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Libro No. 455. El Materialismo Histórico. ACURSS.

Libro No. 455. El Materialismo Histórico. ACURSS.

 

© Libro No. 455. El Materialismo Histórico. ACURSS.  Colección E. O. Julio 27 de 2013.

 

Título original: © El Materialismo Histórico. ACURSS: Academía de Ciencias de la URSS

 

Versión Original: ©  El Materialismo Histórico. Academía de Ciencias de la URSS

Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:  Castellano. Digitalización: Koba.

Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

EL MATERIALISMO HISTÓRICO

 

 

 

 

Academia de Ciencias de la URSS

 

 

 

 

Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:  Castellano. Digitalización: Koba.

Distribución: http://bolchetvo.blogspot.com/

 

 

 

PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN  RUSA.

 

 

 

La primera edición del libro que ofrecemos a la consideración del lector vió la luz en 1951. Los doscientos mil ejemplares que se tiraron de la obra se agotaron rápidamente. Ello atestiguaba la creciente necesidad de un manual de estudio en el que se expusieran sistemáticamente los fundamentos del materialismo histórico, de la ciencia marxista de las leyes generales de desarrollo de la sociedad.

La primera edición del libro fue sometida a la crítica de la prensa y a discusiones especiales en las cátedras de las escuelas superiores de humanidades y en reuniones de profesores de filosofía marxista y de los fundamentos del marxismo, en las que tomaron parte, además, historiadores, economistas y juristas.

En esta segunda edición de la obra, los autores han procurado tener en cuenta todos los valiosos y acertados juicios críticos y observaciones apuntadosen los artículos aparecidos sobre la primera edición y en las reuniones de profesores y personal científico.

En   algunos   de   aquellos   juicios   se   expresó   la conveniencia científica y pedagógica de modificar la estructura del libro, precisar más la exposición en torno a algunos problemas y reducir la extensión de la obra, sin atentar a la claridad del texto, de tal modo que ésta fuera asequible para todos los lectores. Hemos procurado tener en cuenta estos deseos y, en consonancia con ellos, se ha reducido el número de capítulos y el volumen de la obra.

Los autores, a la par que ponen de manifiesto la acción  de  las  leyes  sociológicas  generales,  han procurado   mostrar   en   cada   capítulo  el   carácter peculiar de las leyes y fuerzas motrices inherentes ala sociedad socialista, en la que no existen ya relaciones de producción antagónicas y en la que no se dan la anarquía de la producción, el antagonismo de clases ni la opresión de las naciones. El estudio general de estas leyes y fuerzas motrices peculiares de la sociedad socialista se contiene en los capítulos XI y XII: "Las fuerzas motrices del desarrollo de la sociedad  socialista"  y  "Las  leyes  del  paso  del socialismo al comunismo".

El presente libro sobre El materialismo histórico ha sido escrito por un grupo de autores del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. Los capítulos I, II, III, IX y X, los cuatro primeros   apartados   del   capítulo   VI   y   los   tres primeros del capítulo XI fueron redactados por F. V. Konstantinov, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. El capítulo V, los apartados 5 a 9 del VI y el apartado 4 del capítulo XI los escribió el doctor en Ciencias filosófica G. E. Gleserman. Los Capítulos IV y VIII son obra del profesor Kammari, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. El capítulo VII ha sido redactado por el profesor G. M. Gak, y el capítulo XII por el doctor en Ciencias filosóficas T. A. Stepanian.

La experiencia de la redacción de otros libros didácticos y manuales sobre diversas disciplinas científicas demuestra que esta clase de libros van plasmándose, mejorándose y perfeccionándose a lo largo de los años, de edición en edición. Al preparar la segunda de esta obra como manual para la enseñanza y el estudio, los autores han procurado corregir los defectos, las insuficiencias y algunos errores contenidos en la primera, Rogamos a los lectores que envíen sus observaciones críticas a la presente edición de la obra al Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. (Voljonka 14, Moscú), Los autores.

 

Moscú, marzo de 1954.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I. LA CIENCIA  DEL MATERIALISMO HISTÓRICO.

 

 

 

1. Objeto del materialismo histórico.

Toda      ciencia  tiene     su           objeto  propio  de investigación. La Economía política, por ejemplo, estudia  las  leyes  que  rigen  el  desarrollo  de  las relaciones sociales de producción, es decir, de las relaciones económicas; la ciencia jurídica recae sobre el desarrollo de determinadas formas históricas del Estado y el derecho; la lingüística estudia el lenguaje como fenómeno social específico, las leyes de su desarrollo,  su  función  en la  vida  social,  etc.  Pues bien, ¿cuál es el objeto sobre que versa el materialismo histórico?

El materialismo histórico es la ciencia de las leyes generales que rigen el desarrollo de la sociedad. Las

ciencias  sociales  más  arriba  citadas  (la  Economía política, la ciencia jurídica, la lingüística) estudian el desarrollo de ciertos aspectos de la vida social por separado, de determinadas manifestaciones y modalidades de las relaciones sociales. A diferencia de  estas  ciencias,  el  materialismo  histórico  versa sobre las leyes del desarrollo de la sociedad en su conjunto sobre las relaciones mutuas entre todos los aspectos de la   vida social. Da respuesta a las preguntas de qué es lo que determina el carácter del régimen social, de cómo se halla condicionado el desarrollo de la sociedad, de cómo se pasa de un régimen social a otro, por ejemplo, del capitalismo al socialismo.

El materialismo histórico investiga las leyes generales  del  proceso  histórico,  y  esto  es  lo  que distingue su propósito del de las ciencias sociales especiales y del que persigue la historia política, la cual  está  llamada  también  a  estudiar  todos  los aspectos de la historia de la sociedad, pero en sus manifestaciones    concretas    y    en    su    sucesión cronológica, en los distintos países y a lo largo de las distintas épocas.

El materialismo histórico da la única solución certera, científica, a los problemas teóricos y metodológicos más generales, más cardinales, de la ciencia social, sin cuyo esclarecimiento sería imposible explicar acertadamente el desarrollo de la vida social en su conjunto o el de cualquiera de sus aspectos por separado.

En la vida social, nos encontramos con fenómenos económicos, políticos e ideológicos. ¿Existen entre ellos algunos nexos, y cuál es su carácter? ¿Hay, en medio de la abigarrada, multiforme, compleja y contradictoria sucesión de los acontecimientos históricos, en todo el curso del desarrollo de la sociedad, algún nexo interno y necesario, alguna sujeción a leyes o, por el contrario, debemos admitir que en la vida social, a diferencia de lo que ocurre en la  naturaleza,  reinan  el  azar,  el  caos  y  la arbitrariedad? He aquí uno de los problemas cardinales que nos plantea la ciencia de la sociedad.

La humanidad ha recorrido una larga y compleja trayectoria, que va desde el régimen de la comunidad primitiva, pasando por la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo, hasta el socialismo, instaurado ya en la sexta parte del planeta, en la U.R.S.S., y en vías de construcción  en los  países de  democracia  popular.

Pues bien, ¿cuáles son las fuerzas motrices fundamentales de esta trayectoria progresiva?

La solución científica a estos problemas la ofrece por vez primera el materialismo histórico, la teoría que señala el camino hacia el conocimiento de la historia de la sociedad como un proceso único regido por leyes, considerado en toda su multiformidad y en sus contradicciones, y que nos permite llegar a comprender certeramente el presente y a prever el futuro.

El materialismo histórico constituye una teoría científica coherente y armónica, que explica el desarrollo  de  la  sociedad,  el  paso  de  un  régimen social a otro. Es, además, el único método científico, certero, para estudiar todos los fenómenos sociales y la historia de cada país de por sí y de los pueblos en su conjunto. El materialismo histórico suministra el método científico para el estudio de todas las ramas de la ciencia social. El economista, el jurista, el investigador del arte, el historiador, no podrán orientarse por entre la multiformidad de los fenómenos de la vida social, en medio de la maraña de los sucesos de la historia, más que apoyándose en la teoría y en el método del materialismo histórico; sólo así alcanzarán a descubrir las leyes históricas que prevalecen sobre lo casual, descubrirán el todo detrás  de  las  partes,  el  bosque  que  los  árboles ocultan. El materialismo histórico brinda al investigador el hilo conductor de sus indagaciones, que le permite avanzar libre y conscientemente por entre  el  embrollado  laberinto  de  los  hechos históricos.

 

 

El materialismo histórico, la ciencia de las leyes generales de desarrollo de la sociedad, forma parte integrante del marxismo-leninismo, es el fundamento científico-histórico  sobre  que  descansa  el comunismo,   la   base   teórica   de   la   política,   la estrategia y la táctica de la clase obrera y de su vanguardia revolucionaria, el Partido comunista. El materialismo histórico no es un esquema, no es un conjunto de tesis o principios abstractos que baste con aprenderse de memoria; es, por el contrario, una teoría social perennemente viva y en constante desarrollo creador y, a la par con ello, un método para el conocimiento de la vida social y una guía para la acción.

Para poder participar conscientemente en la gran lucha histórica por la paz, la democracia y el comunismo, hay que conocer las causas reales y las fuerzas motrices de los acontecimientos históricos, hay que conocer las leyes del desarrollo social. El materialismo histórico nos enseña las leyes generales del  desarrollo de  la  sociedad  y nos  permite orientarnos certeramente en medio de los acontecimientos históricos que van sucediendo, comprender su sentido, percatamos claramente de la orientación  del  desarrollo  social,  tener  una perspectiva histórica.

 

2.  La  creación  del  materialismo histórico,  la más grandiosa revolución operada en la ciencia.

El materialismo histórico nació en la década del cuarenta  del  siglo  XIX.  Fue  creado  por  Marx  y Engels,  grandes  sabios  y  pensadores,  maestros  y guías  de  la  clase  obrera.  La  aparición  del materialismo dialéctico e histórico representó la más grandiosa revolución operada en la ciencia.

El materialismo histórico, como el marxismo en general,  no  podía  surgir  en  cualquier  momento  ni bajo cualesquiera condiciones. Nació con arreglo a leyes, al calor de las necesidades del desarrollo de la vida material de la sociedad y como resultado de toda la trayectoria anterior de la ciencia, incluyendo la filosofía. ¿Cuáles fueron las condiciones históricas que condujeron al nacimiento del marxismo?

En primer lugar, a mediados del siglo XIX, alcanzaron un alto grado de intensidad las contradicciones del capitalismo. Testimonio de ello eran, no sólo las crisis periódicas industriales de superproducción en los países capitalistas, sino también la agudización de la lucha de clases. Las fuerzas  productivas  de  la  sociedad  capitalista entraban en contradicción con las relaciones de producción del capitalismo y las exigencias cada vez más apremiantes del desarrollo de la vida material de la sociedad reclamaban la abolición de las relaciones capitalistas de producción y su sustitución por las relaciones de producción socialistas.

 

vanguardia, el proletariado. En los años cuarenta del siglo XIX, apareció en la palestra histórica el proletariado como poderosa fuerza política de vanguardia.

Mientras que bajo el feudalismo las relaciones de clase se ocultaban bajo el manto de las relaciones corporativas, el capitalismo vino a simplificar las relaciones de clase y a ponerlas al desnudo. La lucha de  clases  hacíase  cada  vez  más  patente,  y  ello permitía ver científicamente en esta lucha la fuerza motriz de la historia y explicar cómo las clases y la lucha entre ellas condicionan el régimen económico de la sociedad. Federico Engels escribía: "Mientras que en todos los períodos anteriores la investigación de estas causas propulsoras de la historia era punto menos que imposible -por lo compleja y velada que era la trabazón de aquellas causas con sus efectos-, en la actualidad esta trabazón está ya lo suficientemente  simplificada  para  que  el  enigma pueda descifrarse. Desde la implantación de la gran industria, es decir, por lo menos desde la paz europea de 1815, ya para nadie en Inglaterra era un secreto que allí la lucha política giraba toda en torno a las pretensiones de dominación de dos clases: la aristocracia terrateniente (landed aristocracy) y la burguesía (middle class). En Francia se hizo patente este mismo hecho con el retorno de los Borbones; los historiadores del período de la Restauración, desde Thierry hasta Guizot, Mirmet y Thiers, lo proclaman constantemente como el hecho que da la clave para entender la historia de Francia desde la Edad Media. Y desde 1830, en ambos países se reconoce como tercer beligerante, en la lucha por el Poder, a la clase obrera, al proletariado. Las condiciones se habían simplificado hasta tal punto, que había que cerrar intencionadamente los ojos para no ver en la lucha de estas tres grandes clases y en el choque de sus intereses la fuerza propulsora de la historia moderna, por lo menos en los dos países más avanzados".1

Las exigencias materiales cada vez más apremiantes del paso de la sociedad del capitalismo al socialismo, las exigencias de la lucha de clases del proletariado, hicieron nacer el marxismo. Pero ¿por

qué la cuna del marxismo, y en particular del materialismo histórico, fue precisamente la Alemania de la década del cuarenta del siglo XIX? Porque la revolución  democrático-burguesa  que  en  aquel tiempo estaba gestándose en Alemania hubo de pasar por las contradicciones del capitalismo en una fase más  alta  que  la  que  había  conocido  el  proceso análogo de la revolución en Inglaterra y Francia. La Alemania de mediados del siglo XIX era un país bastante  más  maduro  desde  el  punto  de  vista  del

capitalismo que la Inglaterra del siglo XVII y la Francia del XVIII. En Alemania, habíase formado ya un   proletariado   que   aspiraba   legítimamente   a  desempeñar un papel histórico independiente en la lucha de clases y en la revolución que avanzaba.

 

 

En  segundo  lugar,  con  el  régimen  capitalista  de                       producción   surgió   también   la   nueva   clase   de

 

1  C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú. 1952. t. II, p. 366.

 

 

 

Las tareas que el proletariado de Alemania tenía ante sí reclamaban insistentemente el planteamiento y la solución de los problemas de la teoría y la táctica revolucionarias,  el  esclarecimiento  del  papel histórico de la clase obrera tanto en la revolución burguesa como en la revolución socialista. y a ello se debió precisamente el que Alemania fuese la cuna del materialismo histórico y del marxismo en general y el que los guías del proletariado alemán, Marx y Engels, se revelasen como los creadores de la ciencia social.

No es, en modo alguno, un hecho casual, sino que, por el contrario, responde a sus leyes, el que los

creadores  de  la  ciencia  de  la  sociedad  fuesen  los

ideólogos de la clase obrera. La explicación de ello está en que, mientras el descubrimiento de las leyes de la naturaleza se desliza, en general, sin grandes obstáculos, ya que no choca con los intereses de las clases reaccionarias, la cosa es muy distinta cuando se trata del descubrimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad, pues muchas de estas leyes se enfrentan con los intereses de las fuerzas de la reacción. Esto explica por qué las fuerzas reaccionarias oponen una furiosa resistencia al descubrimiento y, más todavía, a la aplicación de las leyes del desarrollo social que chocan con sus intereses.

Sólo la clase avanzada, personificada por sus ideólogos, aquella clase que no se halla interesada en perpetuar el régimen social viejo y caduco, que mira audazmente al porvenir, puede ser la iniciadora y abanderada del descubrimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad. La ciencia social sólo podían crearla y la crearon los ideólogos del proletariado, de la clase consecuentemente revolucionaria, revolucionaria hasta el fin, interesada en acabar con todas las formas de explotación del hombre por el hombre. Esto explica por qué la auténtica ciencia de las leyes del desarrollo de la sociedad no podía ser creada por los ideólogos de la burguesía, y menos aún por los de la esclavitud o el feudalismo.

La comparación entre los resultados del desarrollo de  las  ciencias  naturales  y  de  la  ciencia  de  la sociedad,   en   el   momento   en   que   apareció   el marxismo, confirma plenamente lo que acabamos de decir. No cabe duda de que las ciencias naturales, a mediados del siglo XIX, habían alcanzado enormes éxitos. La ciencia había ido desalojando al idealismo y a la religión de un campo tras otro, en los dominios de las ciencias naturales. El materialismo filosófico de los siglos XVII y XVIII, basándose en los datos de las ciencias naturales, brindaba una explicación materialista   de   la   naturaleza,   partiendo   de   la naturaleza misma.

En  cambio,  en  las  ciencias  sociales,  históricas, hasta  que  vino  Marx,  siguió  prevaleciendo  de  un modo absoluto el idealismo. Sin hablar del idealismo filosófico y de la religión imperantes en la sociedad capitalista, hasta los pensadores que en su tiempo ocupaban una posición avanzada, como los materialistas ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII o el materialista alemán de los años cuarenta del siglo XIX, Ludwig Feuerbach, seguían abrazando los puntos de vista del idealismo, cuando se trataba de  explicar  los  fenómenos  de  la  vida  social,  la historia  de  la  sociedad.  Teólogos  y  filósofos idealistas,   sociólogos   e   historiadores   burgueses, todos los ideólogos de la aristocracia feudal y de la grande  y  la  pequeña  burguesía,  veían  en  la conciencia, la razón, las ideas políticas, morales, religiosas y las demás ideas y principios, la fuerza motriz fundamental y determinante en el desarrollo de la sociedad.

En  la  naturaleza  actúan,  como  es  sabido,  las fuerzas ciegas y elementales. En la sociedad actúan

los hombres, dotados de razón, de conciencia y de voluntad. De este hecho extraen los idealistas una conclusión falsa, al afirmar que mientras que en la naturaleza  rigen  las  leyes  y  la  necesidad,  en  la historia de la sociedad impera, por el contrario, al parecer, el libre arbitrio del hombre; si los cambios del día y la noche, el transcurso del tiempo; las alteraciones del clima y otros fenómenos de la naturaleza  no  dependen de  la  voluntad  y la conciencia de los hombres, en cambio los acontecimientos de la historia se determinan, según este modo de concebir, por la actividad consciente y la voluntad de los individuos, de los personajes históricos, de los caudillos, los héroes, los generales, los gobernantes y los reyes. Son las ideas, a juicio de los ideólogos burgueses, las que gobiernan el curso de la historia.

A  los  ojos  de  los  historiadores  y  sociólogos idealistas,  la  historia  de  la  sociedad  humana  se tornaba en una cadena de sucesos contingentes, en un caos de errores, de violencias irracionales y aberraciones.   Estos   ideólogos   veían   en   épocas históricas enteras, por ejemplo en la Edad Media, el resultado del extravío de la razón, la consecuencia del odio y la superstición de los hombres, o el fruto de las torpes costumbres de las gentes o de la ceguera del legislador. En vez de explicar las ideas sociales, las concepciones y teorías políticas y las instituciones sociales a la luz del desarrollo de las condiciones materiales de vida de la sociedad, los idealistas exponen toda la historia de la sociedad partiendo de la conciencia de los hombres, de su ideas y teorías filosóficas, políticas, etc. Los  idealistas  consideran que no es la existencia social, que no es la vida material de la sociedad lo que engendra una determinada conciencia social, sino, por el contrario, la conciencia social la que alumbra y condiciona de por sí la vida social, la existencia social.

 

 

 

Para poder crear una concepción científica de la historia, de la vida social, era necesario someter al idealismo a una crítica a fondo, en todos y cada uno de sus aspectos, y expulsarlo de su último refugio, es decir, del campo de la historia. Y esto fue, en efecto, lo que hicieron Marx y Engels.

Los vicios radicales de la concepción idealista de la vida social, de la historia, consisten en lo siguiente.

En  primer  lugar,  los  historiadores  y sociólogos idealistas, al estudiar la historia, la vida social, se fijan solamente en los motivos ideales que guían la actividad de los hombres, sin pararse a investigar qué es lo que engendra y determina estos motivos. Los idealistas se detienen, por tanto, en la apariencia de los fenómenos de la vida social, en la superficie del proceso histórico, sin penetrar en su esencia, sin descubrir las causas materiales profundas de los fenómenos estudiados.

En segundo lugar, los idealistas contraponen metafísicamente la sociedad a la naturaleza, como si entre una y otra mediara un abismo. Ignoran el hecho de que la sociedad, aunque tenga sus características propias, es, sin embargo, parte de la naturaleza, de que   los   fenómenos   sociales,   como   los   de   la naturaleza, se hallan sometidos a la acción de leyes objetivas, que no dependen de la conciencia ni de la voluntad de los hombres.

Los historiadores y los sociólogos, hasta Marx, veían  y  exponían  solamente  los  nexos  fortuitos, externos, entre los acontecimientos históricos, entre los fenómenos sociales. En el mejor de los casos, alcanzaban a trazar un cuadro de determinados aspectos del proceso histórico, a reunir una serie de datos y hechos sueltos, inconexos, pero sin llegar a ofrecer nunca una auténtica ciencia de la sociedad y de las leyes de su desarrollo.

En tercer lugar, la sociología y la historiografía premarxistas  caracterizábanse  por  ignorar  el  papel

decisivo de las masas populares en la historia, reduciendo la historia de la sociedad a la historia de los grandes hombres, los emperadores, los reyes y los caudillos. Los idealistas adoptaban ante las masas, ante   el   pueblo,   una   actitud   de   desprecio;   las consideraban como una "materia" pasiva, sumisa, inerte, a la que infundía vida y movimiento, según ellos, la acción del "espíritu", de las ideas, la acción de las grandes personalidades.

Las falaces concepciones idealistas de la sociedad y  de  la  historia  mantenidas  en  vigor  hasta  la aparición del materialismo histórico obedecían a la situación de clase, a la limitación de los horizontes de clase de los sociólogos e historiadores. Los ideólogos burgueses,  expresando  los  intereses  de  su  clase, desorientan a las masas por medio de sus ardides idealistas. Pintan un cuadro deformado de la vida social, una imagen invertida de la realidad, de la miseria y las calamidades en que se debaten los trabajadores       de       los       países       capitalistas.

 

Manifestándose en contra de la lucha de clase del proletariado por cambiar las condiciones económicas y políticas de vida de la sociedad, los idealistas se esfuerzan en sembrar la creencia ilusoria de que es posible llegar a cambiar estas condiciones de vida por medio del propio perfeccionamiento moral del hombre. El idealismo sirve a las clases explotadoras, al condenar a la pasividad política a las fuerzas progresivas de la sociedad, a los trabajadores, a la clase obrera. La crítica demoledora del idealismo en todos y cada uno de sus aspectos era, pues, condición necesaria para llevar a cabo la revolución operada en la ciencia por Marx y Engels.

Los ideólogos de la burguesía no podían llegar a crear  una  auténtica  ciencia  de  la  sociedad.  No obstante,  y  bajo  la  influencia  del  curso  de  los acontecimientos históricos, bajo la acción de los hechos históricos, los más profundos y perspicaces entre ellos viéronse obligados a adoptar una actitud crítica  ante  las  concepciones  simplistas  y superficiales de los idealistas subjetivos. Los pensadores burgueses más avanzados y los socialistas utópicos de los siglos XVIII, y XIX expresaron una serie de tesis e hipótesis científicas en que podían apoyarse y se apoyaron Marx y Engels. Así, por ejemplo, Helvecio, el materialista de la Ilustración francesa del siglo XVIII, formuló la tesis de la importancia del medio circundante y de las circunstancias de lugar y tiempo en la educación del hombre. Rousseau expresó la conjetura genial de la influencia ejercida por las herramientas de hierro y la agricultura en los orígenes de la desigualdad entre los hombres. El socialista utópico Saint-Simon explicó la revolución francesa del siglo XVIII como resultado de la lucha de clases del tercer estado contra la nobleza feudal. Algunos historiadores franceses e ingleses del primer cuarto del siglo XIX, estudiando los acontecimientos de la época del feudalismo, la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del XVIII, intentaron explicados desde el punto de vista de la lucha de clases. Adam Smith y Ricardo trataron de   analizar   los   fundamentos   económicos   de   la división de clases reinante en la sociedad burguesa. El filósofo idealista alemán Hegel intentó exponer la historia de la humanidad como un proceso necesario, de desarrollo, progresivo y contradictorio, basado, según él, en el desarrollo de un "espíritu universal", fruto de su propia lucubración. Hegel suplantaba el nexo real entre los fenómenos históricos por un nexo sacado de su propia cabeza, extraído del arsenal de su propia  filosofía,  con  lo  cual  mistificaba  las  leyes reales de la historia. No debe desconocerse, sin embargo, que este filósofo sometió a crítica las concepciones subjetivas en torno a la historia y se esforzó por descubrir bajo los acontecimientos históricos  causas  más  profundas  que  las  simples ideas, los designios y la voluntad de estas o las otras personalidades históricas.

 

 Examinando el complejo proceso, sujeto a leyes, de  la  aparición  de  la  ciencia  social,  escribe  V.  I. Lenin:

"Teniendo en cuenta que esta ciencia fue construida,  en  primer  lugar,  por  los  economistas

clásicos,   al   descubrir   la   ley   del   valor   y   la

fundamental división de la sociedad en clases; que fue enriquecida, además, y en relación con ello, por los pensadores ilustrados del siglo XVIII, mediante la lucha contra el feudalismo y el clericalismo, y que fue  impulsada,  pese  a  sus  concepciones reaccionarias, por los historiadores y filósofos de comienzos del siglo XIX, esclareciendo todavía más el problema de la lucha de clases, desarrollando el método dialéctico y aplicándolo o comenzando a aplicado a la vida social, podemos decir que el marxismo, que avanzó con paso de gigante por este camino, representa el más alto desarrollo  de toda la ciencia histórica, económica y filosófica de Europa".2

Hasta qué punto la creación de la concepción materialista de la historia respondía a las crecientes exigencias de la realidad lo demuestra el hecho de que los pensadores avanzados de Rusia de mediados del siglo XIX, los demócratas revolucionarios Belinski, Herzen, Chernichevski y Dobroliubov, diesen, sin contacto alguno con Marx y Engels, pasos importantes  hacia  la  elaboración  de  esta  teoría. Dichos pensadores aportaron, en efecto, puntos de vista muy importantes orientados ya hacia la creación de la nueva ciencia social. Plantearon el problema de las leyes que rigen el proceso histórico y criticaron el subjetivismo y el voluntarismo, avanzando hasta la certera formulación de problemas como el del papel de las masas populares y de la personalidad en la historia, ofreciendo una explicación materialista de diversos aspectos de la vida social, poniendo de manifiesto el carácter de clase de la filosofía, la literatura y el arte y esforzándose por esclarecer las ideas de los hombres a base de sus condiciones de vida. Subrayaron cómo la vida social cambia y se desarrolla a través de las contradicciones y la lucha entre las diversas fuerzas sociales, por medio de la revolución. No obstante, aun siendo materialistas en su explicación de la naturaleza, estos pensadores revolucionarios rusos seguían siendo, de un modo general  y  en  su  conjunto,  idealistas  en  cuanto  al modo de explicar la vida social, pese a sus atisbos geniales sueltos y a sus certeras tesis aisladas. Según ellos, el curso de la historia determinábase en última instancia por el progreso de la ciencia, por la difusión de la cultura entre el pueblo. Eran, en realidad, ideólogos de los campesinos revolucionarios, y ello no los colocaba en el camino de crear la ciencia de las leyes que presiden el desarrollo de la sociedad.

El materialismo histórico sólo podía crearse destruyendo  el  idealismo  bajo  todas  sus  formas  y

sobreponiéndose, al mismo tiempo, a la limitación de

 

2 Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX, pág. 184.

 

horizontes, a la unilateralidad, a la inconsecuencia y la actitud contemplativa del viejo materialismo premarxista, para construir una forma más alta y consecuentemente científica de materialismo, o sea el materialismo dialéctico. Y ésta fue, cabalmente, la gran obra llevada a cabo por Marx y Engels mediante la síntesis de todas las conquistas de las ciencias naturales y de la experiencia histórica universal de la humanidad, principalmente de la experiencia revolucionaria del proletariado.

Para  crear  el  materialismo  dialéctico,  Marx  y

Engels se apoyaron en el viejo materialismo, especialmente en el materialismo de los franceses del siglo XVIII y de Feuerbach, manteniendo en pie lo medular de estas doctrinas, o sea la solución materialista del problema de las relaciones entre el espíritu y la naturaleza, entre la conciencia y la materia. Marx y Engels, desarrollando los postulados del viejo materialismo, crearon una nueva teoría filosófica, el materialismo dialéctico, la concepción científica del mundo del partido marxista de la clase obrera. Marx y Engels crearon la dialéctica materialista, directamente opuesta a la dialéctica idealista de Hegel, extrayendo de ella la médula racional que en la dialéctica hegeliana se escondía bajo una envoltura mística. La dialéctica materialista, el método científico del marxismo, es crítica y revolucionaria hasta sus últimas consecuencias.

Marx y Engels extendieron las tesis del materialismo   dialéctico   al   conocimiento   de   la

sociedad, las aplicaron al estudio de la vida social, a

la explicación de la historia de la sociedad, y crearon así  el  materialismo  histórico.  La  extensión  de  las tesis del materialismo dialéctico al conocimiento de la sociedad permitió resolver acertadamente el fundamental problema de la ciencia social: el problema  de  las  relaciones  entre  el  ser  social  (es decir, la vida material de la sociedad y, ante todo, sus relaciones económicas) y la conciencia social, e hizo posible el esclarecimiento de la historia como un proceso rigurosamente sujeto a leyes.

Por oposición a todas las doctrinas idealistas, que explican el ser social por la conciencia social, el materialismo  histórico  explica  la  conciencia  social por el ser social, por las condiciones materiales de vida de la sociedad. La existencia social determina la conciencia social: tal es el principio fundamental, la piedra angular del materialismo histórico. El modo dialéctico-materialista de abordar el estudio de la sociedad permite comprender los fenómenos sociales en sus nexos internos y en su interdependencia, en su dinámica  y  desarrollo  contradictorios.  El materialismo  histórico  permite  comprender  la historia de la humanidad como un proceso de desarrollo progresivo y de avance, que va desde las formas más bajas de la sociedad hasta las más altas, a través de una serie de contradicciones que surgen y se resuelven por medio de la lucha de las fuerzas

 

 

 

sociales nuevas y avanzadas contra las fuerzas viejas, reaccionarias  y  caducas,  por  medio  de  las revoluciones sociales.

La creación del materialismo histórico por Marx y

Engels fue la más grandiosa conquista del pensamiento científico, una verdadera revolución operada  en  la  ciencia,  en  la  comprensión  de  la historia de la sociedad. En el famoso "Prólogo" a su libro  Contribución  a  la  crítica   de  la  Economía política caracteriza el propio Marx, de un modo genial, las tesis fundamentales del materialismo histórico. He aquí sus palabras:

"En la producción social de su vida, los hombres contraen           determinadas   relaciones           necesarias          e

independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase

de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real

sobre la que se erige una superestructura política y jurídica y a la que corresponden determinadas formas

de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia

de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario,   su   ser   social   el   que   determina   su

conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad  chocan  con  las  relaciones  de  producción

existentes  o,  lo  que  no  es  más  que  la  expresión jurídica  de  esto,  con  las  relaciones  de  propiedad

dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas

relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base   económica,   se   revoluciona,   más   o   menos

rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay

que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud

propia   de   las   ciencias   naturales,   y   las   formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas,

en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no

podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de

revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto

existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social

desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen    nuevas    y    más    altas    relaciones    de

 

propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad sé propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar,   pues,   bien   miradas   las   cosas,   vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan   o,   por   lo   menos,   se   están   gestando,   las condiciones materiales para su realización".3

 

3. Las leyes del desarrollo de la sociedad  y su carácter objetivo.

Mientras   los   historiadores   y   los   sociólogos

buscaban la fundamental causa del desarrollo social en los cambios de las ideas y la actuación de tales o

cuales  personalidades  destacadas,  no  fue  posible

descubrir la sujeción a leyes, los nexos internos necesarios,  en  el  desarrollo  de  la  vida  social:  la

historia discurría, a los ojos de estos sociólogos e

historiadores, simplemente como la manifestación de innumerables aspiraciones y acciones humanas, que se entrelazaban y chocaban las unas con las otras; en una palabra, como la manifestación de incontables contingencias. Pero la ciencia es enemiga del azar: la misión de la ciencia reside en descubrir por debajo de las innumerables manifestaciones fortuitas reales y aparentes los necesarios nexos internos, las leyes por las que se rigen los fenómenos.

Los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII

veían en el feudalismo una aberración histórica, un movimiento  de  retroceso  con  respecto  a  la antigüedad, porque abordaban el estudio del feudalismo de un modo metafísico, y no dialéctico, considerando el  régimen feudal  sin la menor conexión con las condiciones históricas objetivas que lo habían engendrado. Desde el punto de vista de las condiciones de Francia en el siglo XVIII o de las de Rusia en el XIX, el régimen de la servidumbre feudal era  un  régimen  extemporáneo  antinatural, "irracional". Pero, dentro de las condiciones de la Edad  Media,  para  los  pueblos  de  toda  Europa,  al igual que para otros pueblos del mundo, que se encontraban en esta fase de desarrollo, el feudalismo fue un régimen necesario, sujeto a leyes, progresivo y, por tanto, "racional".

Los sociólogos y políticos burgueses declararon fortuito y antinatural un acontecimiento tan sujeto a

leyes y tan necesario desde el punto de vista histórico

como la Gran Revolución Socialista de Octubre en

Rusia. ¿En qué se basaban para negar la sujeción de este acontecimiento a leyes? Sencillamente, en que esta revolución y el régimen social y estatal socialista soviético  instaurado  por  ella  contradecían  los intereses de la burguesía y los conceptos de sus ideólogos acerca del régimen "normal" y "natural" de la sociedad.

Acontecimientos tan adecuados a leyes como el triunfo de la revolución antiimperialista y antifeudal en  China  o  como  la  instauración  del  régimen  de

 

producción  antes  de  que  las  condiciones  materiales               

 

para su existencia hayan madurado en el seno de la

 

3 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t. I, págs. 332-

333.

 

 

 

democracia popular en una serie de países de Europa son considerados por los prohombres reaccionarios de los países capitalistas, incluyendo entre ellos a los dirigentes socialistas de derecha, como fenómenos "anormales", antinaturales. ¿Por qué? Sencillamente, porque estos grandes acontecimientos históricos han venido a descargar un nuevo golpe demoledor sobre el imperialismo y anuncian el hundimiento del régimen capitalista en todos los países. La causa de esta actitud hay que buscarla en la miopía de clase de los  ideólogos  de  la  burguesía,  en  su  miedo  al próximo hundimiento de todo el sistema capitalista y al triunfo del socialismo, en los intereses de clase de la burguesía, que se esfuerza por mantener a toda costa su dominación y por desacreditar y menoscabar la significación de todo lo nuevo, progresivo y revolucionario. Pero, por mucho que los ideólogos de la reacción imperialista se enfurezcan ante tales acontecimientos, el hundimiento del capitalismo y el triunfo del socialismo son algo tan inevitable y tan sujeto a leyes como el hecho de que tras la noche viene el amanecer y el invierno es seguido por la primavera y el verano.

El materialismo histórico nos enseña a considerar todo fenómeno social en relación con las condiciones

en que ha surgido. Todo depende de las condiciones,

del lugar y del tiempo.

"Todo el espíritu del marxismo, todo este sistema, exige que cada situación se considere a) solamente

desde el punto de vista histórico; b) solamente en relación con otras; c) solamente en relación con la experiencia concreta de la historia".4

Sólo abordando los fenómenos sociales de un modo concreto, de un modo histórico, es posible comprender los nexos internos necesarios, las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad.

Los nexos entre los fenómenos son multiformes. Hay nexos externos, aislados, fortuitos, y hay nexos internos, generales y necesarios, constantes, reiterados, esenciales. Las leyes de la naturaleza y las leyes del desarrollo de la sociedad descubiertas por la ciencia expresan los nexos internos, necesarios, generales, reiterados y relativamente constantes y las relaciones de interdependencia entre los fenómenos, nexos y relaciones que brotan de la esencia misma, de la naturaleza de los fenómenos y procesos de que se trata.

Así, por ejemplo, la existencia en la sociedad capitalista de dos clases antagónicas y hostiles entre

sí -el proletariado y la burguesía- y la lucha entre

ellas, no constituye un fenómeno casual, sino necesario,   inevitable,   que   responde  a   la   propia

esencia, a la naturaleza misma del régimen capitalista

de producción. Es una ley del desarrollo del capitalismo. Del mismo modo que de la esencia, de la naturaleza del régimen socialista de producción se deriva  la  inexistencia  en  la  sociedad  socialista  de

 

4 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXXV, pág. 200.

 

clases  hostiles  entre  sí.  Las  relaciones  de  amistad entre la clase obrera y los campesinos son una ley del desarrollo de la sociedad socialista.

La historia demuestra que la aparición y el desarrollo   de   los   procesos   sociales   no   están

determinados por los nexos casuales, externos, entre

estos fenómenos, sino por sus nexos internos y necesarios. Los movimientos de liberación nacional, las revoluciones sociales, la lucha de clases, las guerras, los cambios de unas formaciones sociales por   otras,   no   son   en  modo   alguno   fenómenos casuales, como trata de presentados la sociología burguesa, sino fenómenos rigurosamente regidos por leyes  y  que  responden  al  desarrollo  de  las condiciones de la vida material de la sociedad

El capitalismo no desplazó al feudalismo de un modo casual, sino por un cambio necesario, sujeto a

leyes. Su aparición fué impuesta necesariamente por

determinadas condiciones materiales, por las condiciones  del  desarrollo  económico.  Del  mismo

modo   que   el   socialismo   no   desplaza   hoy   al

capitalismo de un modo casual, sino con arreglo a leyes, de un modo necesario.

La           sociedad,            tal           como    la            consideran         los

sociólogos burgueses, constituye una suma mecánica de individuos. Pero esta concepción es falsa. La sociedad  es  el  producto  de  las  relaciones  mutuas entre los hombres, un determinado sistema de relaciones entre los hombres y, principalmente, de sus relaciones de producción, que forman el fundamento de la sociedad, la base de ésta. Entre los fenómenos de la vida social existen nexos orgánicos. Estos nexos internos, necesarios, permanentes y el condicionamiento de los fenómenos de la vida social constituyen la sujeción a leyes de la vida social, la sujeción a leyes del desarrollo de la sociedad.

Las leyes del desarrollo social (al igual que las leyes de la naturaleza) expresan los nexos reales, objetivos, entre los fenómenos, nexos que existen independientemente de la voluntad y la conciencia de los hombres. Hasta ahora, hasta el socialismo, estas leyes actuaban principalmente de un modo espontáneo, como las leyes naturales. Así, por ejemplo, la ley del valor, en las sociedades en que los productos  del  trabajo  revisten  la  forma  de mercancías, actúa independientemente de que los hombres quieran o no quieran tenerla en cuenta. Bajo el capitalismo, la ley del valor, como las demás leyes económicas, ejerce su acción como una fuerza elemental.

El materialismo histórico considera el desarrollo social  como  un  proceso  histórico-natural.  Lo  cual

significa, en primer lugar, que el desarrollo social es

un desarrollo necesario, sujeto a leyes. Y, en segundo lugar, que las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad tienen una existencia real, objetiva, independiente de la voluntad y de la conciencia, y determinan  la  conciencia  y  la  voluntad,  así  como

 

 

 

también la vida social y la acción de los hombres. Los  hombres  no  pueden  abolir,  destruir  ni transformar las leyes de la naturaleza, ni tampoco las leyes del desarrollo de la sociedad. "Los hombres pueden descubrir estas leyes, llegar a conocerlas, estudiarlas, tomarlas en consideración al actuar y aprovechadas en interés de la sociedad; pero no pueden modificadas sin abolirlas. Y aún menos pueden formar o crear nuevas leyes de la ciencia".5

Ya se trate de la sociedad capitalista, cuyo desarrollo económico discurre de un modo espontáneo, o de la sociedad socialista, que se desarrolla  con  arreglo  a  un  plan,  el  desarrollo  se opera en ambos casos bajo la acción de leyes objetivas, independientes de la voluntad y la conciencia de los hombres. Así, por ejemplo, el carácter objetivo de las leyes económicas de la sociedad capitalista se deja sentir en las crisis periódicas de producción del capitalismo y en el desarrollo, el ahondamiento y la agudización de todas las contradicciones inherentes a este régimen. Los capitalistas querrían que todo fuese prosperidad, que no hubiese crisis, que no se agudizasen las contradicciones, pero estos fenómenos responden a una ley objetiva de la sociedad capitalista, ley independiente de su voluntad.

Para llevar a cabo la revolución socialista y construir el socialismo, la clase obrera de Rusia, bajo la dirección del Partido Comunista, se apoyó en leyes objetivas: en la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas y en las demás leyes del desarrollo económico, así como también en las leyes de la lucha de clases y de la revolución.

El conocimiento de las leyes objetivas permite prever    los    rumbos    del    desarrollo    y    actuar

fructíferamente, con éxito, en interés de la sociedad.

Negar las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad  es  caer  en  el  idealismo  y  equivale  a

renunciar   a   la   ciencia   social.   Negar   las   leyes

objetivas de los fenómenos sociales equivale, asimismo, a renunciar a la posibilidad de prever el

curso de los acontecimientos, a negar la posibilidad

de influir en la marcha de éstos sobre la base de la previsión   científica,   a   negar   la   posibilidad   de gobernar el curso de los acontecimientos mediante el dominio de las leyes de la ciencia.

La ignorancia de las leyes sociales por el hombre no queda nunca impune. Quien actúa en contra de las

leyes objetivas, en contra de la orientación objetiva

del desarrollo histórico, no alcanza sus fines y sale, a la postre, derrotado. Esa suerte corrieron en Rusia los

mencheviques      y      social-revolucionarios,      por

empeñarse en negar la necesidad de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado. Y así les ocurrió a los trotskistas, por negar la posibilidad del

 

 

5 J. Stalin, Problemas económicos del socialismo en la U.R.S.S., Ediciones "Nuestro Tiempo", México, 1952, pág. 4.

 

triunfo   del   socialismo   en   la   U.R.S.S.   Por   eso sufrieron un descalabro los imperialistas norteamericanos, ingleses, franceses y sus adláteres, en los años de 1918 a 1920, quienes se proponían estrangular a la Rusia Soviética. Y esa fué también la suerte que corrió el hitlerismo, cuando se empeñó en esclavizar o destruir a la Unión Soviética y en instaurar la dominación mundial de la Alemania fascista. Corno sufrirá inevitablemente un descalabro la política de aquellos círculos imperialistas que ambicionan implantar su dominación sobre el mundo y volver atrás la rueda de la historia.

La fuerza de los partidos marxistas estriba en que, en   su   actividad   práctica,   en   la   lucha   por   el

comunismo,  se  basan  en  las  leyes  del  desarrollo social, en  el  conocimiento  de  estas  leyes  y en  su

consciente utilización, al servicio de los intereses del pueblo.

Las leyes del desarrollo de la sociedad, al igual

que las leyes de la naturaleza, expresan una relativa constancia en las relaciones entre los fenómenos, aquello que se repite con una cierta regularidad, con una necesaria consecuencia, en presencia de las condiciones objetivas dadas. La existencia de determinadas causas engendra inevitablemente determinados efectos. Por ejemplo, un determinado régimen económico produce necesariamente determinados fenómenos. El régimen económico capitalista engendra inevitablemente las crisis económicas, el paro forzoso, la miseria de las masas, las guerras. Para acabar con los efectos, es necesario acabar con las causas que los engendran. Para acabar con el paro forzoso, con la miseria de las masas, con la crisis de superproducción y las guerras imperialistas, hay que acabar con el capitalismo.

Los  sociólogos  e  historiadores  burgueses  de  la segunda mitad del siglo XIX y del XX -entre los que

podemos citar a H. Rickert, W. Windelband, Max

Weber, E. Meyer y H. Schultz, Bertrand Russell, C. Federn y G. Trevelyan en Inglaterra, y John Dewey, E. Bogardus y E. Ross en los Estados Unidos- negaban   y   niegan   con   fastidiosa   insistencia   la vigencia de leyes objetivas en la historia. Contraponen, de un modo metafísico e idealista, los acontecimientos  histórico-sociales  a  los  fenómenos de la naturaleza y afirman que mientras que éstos se repiten de un modo regular, los fenómenos sociales tienen un carácter específico e individual, que los sustrae a toda posibilidad de repetición. Las guerras greco-persas, las batalla de Austerlitz o la de Poltava, nos  dicen  estos  sociólogos  e  historiadores, sucedieron  una  vez  y  no  volverán  a  repetirse;  de donde llegan a la conclusión de que no es posible hablar, en este campo, de leyes, toda vez que las leyes la expresión de algo general, de algo que se repite, de lo que sucede siempre y en todas partes, con una determinada secuencia.6

 

6 El historiador alemán Eduard Meyer escribe: "Hace mucho que

 

 

 

Los intentos de los sociólogos e historiadores burgueses de contraponer la sociedad a la naturaleza, con el fin de sostener la concepción idealista de la historia y de "fundamentar" la negación de las leyes objetivas  del  desarrollo  de  la  sociedad,  son totalmente  anticientíficos  y  reaccionarios.  La sociedad constituye el eslabón más alto en la cadena general del desarrollo del mundo material. Es una parte específica del mundo material, con sus leyes propias y peculiares de desarrollo. Pero, aunque los fenómenos sociales tengan características cualitativas que los distinguen de los fenómenos de la naturaleza, se hallan sujetos también a leyes objetivas.

Tampoco en la naturaleza, como en la sociedad, existe una identidad absoluta entre los fenómenos.

No  encontraremos  dos  hojas  de  un  árbol  o  dos

animales  de  la  misma  especie  absolutamente idénticos   entre   sí.   Lo   cual   no   impide   que   el naturalista los incluya en una determinada especie vegetal o animal. Lo mismo ocurre en la sociedad. Es claro que el capitalismo se ha desarrollado en los Estados Unidos con modalidades distintas que en Inglaterra, y en el Japón de un modo hasta cierto punto distinto que en Francia; cada país posee ciertos rasgos  propios  y  peculiares,  ciertas  características, que responden a las diferentes condiciones históricas de su desarrollo. Pero, pese a estas características y peculiaridades, hay entre ellos, fundamental y radicalmente, algo general que justifica el que se los reduzca conjuntamente a una sola formación económico-social, a saber: la capitalista.

La sociedad capitalista no ha surgido simultáneamente en los diversos países. Pero, al aparecer la burguesía, en todas partes, en todos los países se desplegó una lucha de clases entre la burguesía y la nobleza por el Poder político. Y en los países capitalistas más importantes, esta lucha de clases  dio  cima  a  la  revolución  antifeudal.  Así sucedió en Inglaterra en el siglo XVII, en Francia en el XVIII y en Alemania en 1848. Cada una de estas revoluciones presenta rasgos peculiares que no se repiten. Pero todas ellas fueron revoluciones antifeudales, burguesas.

Dondequiera que surge el capitalismo crece inevitablemente la riqueza en uno de los polos y la miseria en el otro y se desarrolla inevitablemente la lucha de clase del proletariado contra la burguesía. Tal es la ley del capitalismo. Dondequiera que se agudizan las contradicciones entre el proletariado y la burguesía aumenta la influencia de las ideas del marxismo-leninismo, la influencia de los partidos marxistas, entre la clase obrera. "No se trata aquí del grado  de  desarrollo,  más  alto  o  más  bajo,  que alcanzan los antagonismos sociales engendrados por las leyes naturales de la producción capitalista. Se

 

 

vengo ocupándome del estudio de la Historia y nunca he encontrado una sola ley histórica, ni sé tampoco de nadie que la haya descubierto".

 

trata de las leyes mismas, de las tendencias mismas, que actúan y se imponen con una necesidad férrea".7

El marxismo enseña que los países económica y políticamente   más   desarrollados   muestran   a   los

países menos desarrollados la imagen de su futuro. En  nuestra  época,  la  U.R.S.S.  y  los  países  de

democracia popular revelan el futuro de todos los países capitalista del mundo.

Por consiguiente, la reiteración, como uno de los

rasgos más importantes de la acción de toda ley, incluyendo las leyes histórico-sociales, no se da solamente en la naturaleza, sino también en la vida social.

¿Quiere esto decir que no se den en la sociedad fenómenos irrepetibles, únicos, individuales? Claro

está que no. Aristóteles es irrepetible. El arte griego

antiguo, basado en la mitología, es irrepetible. Pero, por muy individuales y peculiares que sean, también la filosofía de Aristóteles y el arte griego antiguo se hallan sujetos a la acción de las leyes de desarrollo de la sociedad. Las concepciones filosóficas y político- sociales de Aristóteles fueron engendradas por las condiciones de su tiempo, por las relaciones sociales de su época. Y otro tanto podemos decir del arte griego  antiguo,  cuyas  ideas  fueron  tomadas  del arsenal ideológico de la mitología de la antigua Grecia: jamás habría podido surgir ese arte, digamos, en el siglo del vapor y la electricidad.

Vemos, pues, que, pese a la peculiaridad de los fenómenos  histórico-sociales,  comparados  con  los

fenómenos naturales, también en la sociedad y en la

historia,   lo   mismo   que   en   la   naturaleza,   los fenómenos se hallan sujetos a leyes objetivas.

Los sociólogos, historiadores y publicistas burgueses niegan las leves objetivas de la historia de la  sociedad  por  miedo  a  la  implacable  necesidad

histórica. ¿Cómo podrían los ideólogos de la burguesía   reconocer   la   necesidad   histórica   del

hundimiento del capitalismo y del triunfo del socialismo? Sus sofismas, encaminados a la negación de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad, no

persiguen otro fin que socavar la convicción de la clase   obrera   en   el   triunfo   del   socialismo,   la

convicción de que es posible prever el curso de los acontecimientos y transformar conscientemente la sociedad.

Pero si es inadmisible contraponer de un modo absoluto la sociedad a la naturaleza, como hacen los

metafísicos y los idealistas, no es menos inadmisible identificar mecánicamente los fenómenos de la naturaleza  y  los  de  la  sociedad.  Y  la  sociología

burguesa tan pronto contrapone metafísicamente la sociedad a la naturaleza como identifica, a la inversa,

las leyes del desarrollo social con las leyes del desarrollo de la naturaleza, buscando la respuesta a los problemas sociales, históricos, en la naturaleza

 

 

7  C. Marx y F. Engels, Obras escogidas. ed. cit., t. I, pág. 417-

418.

 

 

 

biológica del hombre, supuestamente invariable y eterna. Mientras que las teorías subjetivistas intentan aislar la sociedad de la naturaleza, abrir un abismo entre ellas, las teorías biológicas u otras teorías naturalistas tratan de identificar los fenómenos sociales con los naturales, con los fenómenos biológicos, físicos, mecánicos, de trasplantar a la sociedad las leyes de la biología, de la física y de la mecánica.  Aspiran,  con  ello,  a  justificar  el capitalismo y a presentar todas sus lacras y todos sus vicios -la miseria de los trabajadores, el paro forzoso, etc.- como el resultado inevitable de las leyes eternas de la naturaleza.

En  la  sociología  y  en   la  economía  política burguesas reaccionarias de nuestro tiempo se hallan

muy difundidas las doctrinas del llamado darwinismo

social, del racismo y del neomalthusianismo. El darwinismo social trasplanta mecánicamente a la sociedad la fórmula darwinista de la "lucha por la existencia". Los darwinistas sociales y los racistas llaman "lucha por la existencia" a las guerras imperialistas y al yugo colonial y explican como resultado de una ley natural, biológica, la lucha de las razas "superiores" contra las "inferiores". Estas disparatadas y seudocientíficas teorías reaccionarias están tan alejadas de la ciencia como el cielo de la tierra.

Criticando a uno de los sostenedores de las teorías biológicas, Fr. A. Lange, autor de un libro sobre El

problema obrero, escribía irónicamente Marx:

"El          señor    Lange    ha           hecho   un          gran descubrimiento.  Según  él,  toda  la  historia  puede

reducirse a una gran ley natural. Esta ley naturales la

frase (pues la fórmula darwinista se convierte, al aplicarla así, en una simple frase) de la struggle for life, la "luchar por la existencia", y el contenido de esta frase no es otro que la ley maltusiana de la población o, mejor dicho, de la superpoblación. Por tanto, en vez de analizar la struggle for life, tal como se presenta históricamente bajo formas sociales diferentes, no se encuentra nada mejor que encajar toda lucha concreta en la frase de la struggle for life y trasponer esta frase a la fantasía maltusiana de la población. Hay que reconocer que se trata de un método  muy  convincente  para  encubrir  una ignorancia científica y una pereza mental verdaderamente enfáticas y grandilocuentes".8

La dinámica de la sociedad se halla sujeta a sus propias leyes, que no pueden reducirse a las leyes de

la   naturaleza.   Los   animales   se   encuentran   ya

dispuestos con lo que la naturaleza ha producido sin participación  suya,  y  se  aprovechan  de  ello.  El

hombre,  por  medio  de  su  trabajo,  transforma  la

naturaleza, la somete a su poder, produce lo que la naturaleza misma no crea. Los animales, en la lucha con la naturaleza que los rodea, se valen solamente de  sus  órganos  naturales,  mientras  que  el  hombre

 

utiliza instrumentos de producción que él mismo se encarga de crear. El desarrollo de los animales se reduce al de sus órganos naturales; en cambio, el de la sociedad humana se halla vinculado, ante todo, al desarrollo de las fuerzas productivas.

Por eso no es posible trasplantar a la sociedad las leyes de la naturaleza, aplicar a los fenómenos de la

vida social los conceptos de la física y la biología,

como han tratado de hacerlo, por ejemplo, Augusto

Comte o Herbert Spencer y, siguiendo sus huellas, otros positivistas, idealistas y mecanicistas (entre ellos, A. A. Bogdánov).

El marxismo desenmascara como métodos reaccionarios    y    anticientíficos,    encaminados    a

falsificar la ciencia de la sociedad, todos los intentos dirigidos  a  trasplantar  al  campo  de  las  ciencias

sociales  los  conceptos  de  las  ciencias  naturales. Lenin subrayaba que, "con ayuda de estos conceptos, no es posible realizar ninguna investigación de los

fenómenos  sociales,  esclarecer de ningún  modo  el

método de las ciencias sociales. Nada más fácil que poner   el   rótulo   de   "energético"   o   "biológico-

sociológico"   a   fenómenos   como   las   crisis,   las

revoluciones, la lucha de clases, etc., pero nada tampoco más estéril, más escolástico, más muerto, que semejante actividad" 9

Estas dislocaciones escolásticas y reaccionarias, como las que encontramos en Spencer y en sus partidarios, lo mismo que en Bogdánov y en sus secuaces, proponíanse tergiversar la verdadera base material objetiva del desarrollo de la sociedad, que no es otra que el modo de producción de sus bienes materiales. El marxismo-leninismo ha echado por tierra   tales   teorías,   poniendo   de   manifiesto   su carácter anticientífico y reaccionario.

Al descubrir la base concreta del desarrollo social en  el  desarrollo  de  la  producción  de  los  bienes

materiales necesarios para la vida de los hombres,

Marx  estableció  el  concepto  de  formación económico-social. La formación económico-social es una determinada fase de desarrollo de la sociedad que se caracteriza por su modo propio de producción y, consiguientemente, por relaciones de producción históricamente determinadas y por las relaciones políticas, ideológicas, etc., que surgen a base de ellas. Las relaciones de producción no agotan toda la riqueza de las relaciones sociales, pero son la base económica sobre la que surge la supraestructura a que esa base da vida y que se halla condicionada por ella, es decir, las concepciones políticas, jurídicas, morales, religiosas, artísticas y filosóficas, y las instituciones congruentes con ellas. El modo de producción determina el carácter y la estructura de toda formación económico-social.

La historia conoce cinco tipos de formaciones económico-sociales:  el  régimen  de  la  comunidad

primitiva,   la   sociedad   esclavista,   la   feudal,   la

 

 

 

8 Marx-Engels, Ausgewaälte Briefe, Zurich, 1934, pág. 164.

 

9 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág. 314.

 

 

 

capitalista y la comunista, cuya primera fase, el socialismo, ha sido instaurada ya en la U.R.S.S.

Las leyes de desarrollo de la sociedad tienen un carácter histórico: entre ellas, unas se dan en todas

las formaciones sociales, otras son propias de las formaciones  antagónicas  y  otras,  por  último,  son

leyes de tipo específico, que sólo aparecen en determinadas formaciones económico-sociales.

"En         su           desarrollo           económico,        las          diversas

formaciones sociales -escribe J. V. Stalin- no sólo se subordinan a sus leyes económicas específicas, sino también a las leyes económicas comunes a todas las formaciones, por ejemplo, a leyes como la ley de la unidad de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en una producción social única, como la ley de las relaciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, en el proceso de desarrollo de todas las formaciones sociales. Por consiguiente, las formaciones sociales no sólo están separadas entre sí por sus leyes económicas y específicas,  sino  ligadas  entre    por  leyes económicas comunes a todas ellas".10

Entre las leyes más generales que rigen para todas las   fases   del   desarrollo   social,   para   todas   las

formaciones sociales, se cuentan, por ejemplo, las siguientes leyes sociológicas:

la ley de la acción determinante de la existencia social sobre la conciencia social;

la  ley  de  la  acción  determinante  del  modo  de

producción  de  los  bienes  materiales  sobre  la estructura y el desarrollo de la sociedad;

la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter y el

grado de desarrollo de las fuerzas productivas;

la ley de la acción determinante de la base económica sobre la supraestructura social;

la ley de las revoluciones sociales en el paso de una formación social a otra, y algunas más.

Las leyes sociológicas más generales rigen para todas las fases del desarrollo social; lo único que cambia es su forma de manifestarse en las diferentes

formas   sociales,   por   virtud   de   las   condiciones sociales  en  que  actúan  dentro  de  cada  formación.

Estas leyes generales se revelan mediante el análisis científico de las condiciones y relaciones generales que caracterizan la existencia y el desarrollo de todas

las formaciones económico-sociales en general que desfilan a lo largo de la historia. A base de estas

condiciones generales surgen y se manifiestan, en efecto, las leyes más generales de desarrollo de la sociedad.

Otras leyes, por ejemplo la de la lucha de clases, son propias y específicas de aquellas sociedades en

que   existen   clases   antagónicas.   Estas   leyes   no rigieron durante los miles de años de existencia del régimen de la comunidad primitiva y dejan de regir

 

 

10 J. Stalin, Problemas económicos del socialismo en la U.R.S.S., ed. cit., pág. 67.

 

al desaparecer las clases.

La  lucha  de  clases  pasa,  además,  por  diversas fases de desarrollo histórico, en consonancia con el

desarrollo y los cambios de los modos de producción.

La lucha de clase del proletariado moderno se distingue, naturalmente, de la lucha de clase de los esclavos y de los campesinos feudales, tanto en lo que se refiere a sus objetivos como en cuanto a sus formas y a sus medios. Pero la lucha de clases es ley objetiva y fuerza motriz de desarrollo en todas las formas antagónicas de la sociedad, en particular en la sociedad burguesa y también en el período de transición del capitalismo al socialismo.

Entre las leyes específicas propias y específicas de cada formación social por separado tenemos, por

ejemplo,    la    ley    económica    fundamental    del

capitalismo, la ley económica fundamental de la sociedad socialista, etc.

Muchos   sociólogos   y   economistas   burgueses

erigen en leyes eternas e invariables las leyes históricamente  limitadas  de  la  sociedad  burguesa. Ello responde a su falaz concepción de la sociedad capitalista como un régimen supuestamente natural, invariable y eterno, como el único régimen posible. Uno de los más grandes méritos de Marx y Engels es el haber puesto de relieve el carácter históricamente transitorio de la formación económico-social capitalista y de las leyes que en ella rigen.

El triunfo del socialismo en la U.R.S.S. ha hecho que en la nueva sociedad, junto a la vigencia de las

leyes comunes a todas las formaciones, se afirmen

nuevas leyes específicas y nuevas fuerzas motrices del desarrollo, propias y exclusivas de la sociedad socialista. Lo cual ha venido a confirmar la importantísima  tesis  del  materialismo  histórico  de que cada formación económico-social, además de regirse por las leyes generales del desarrollo de la sociedad, vigentes para toda la historia de la sociedad en  su  conjunto,  posee  sus  leyes  propias  de nacimiento y desarrollo, peculiares y exclusivas de ella.

 

4. Las leyes históricas y la actividad  consciente del hombre. Libertad y necesidad.

Los críticos burgueses del marxismo afirman que

el reconocimiento de las leyes objetivas y de la necesidad   histórica   conduce   inevitablemente   al

fatalismo, a la negación de la actividad consciente

del hombre. Los sociólogos burgueses intentan "convencer" al marxismo de inconsecuencia, de incurrir  en  contradicciones  lógicas  internas.  Dicen que los marxistas reconocen la necesidad histórica del socialismo, pero organizan a la par con ello el partido   de   la   revolución   social,   encargado   de asegurar  la  implantación  del  régimen  socialista. Según ellos, hay que optar por una de dos cosas: o por la necesidad histórica o por la acción revolucionaria.

 

 

 

El sociólogo burgués inglés Carl Federn, en un libro titulado La concepción materialista  de la historia, repitiendo argumentos del neokantiano alemán  Stammler,  escribe:  "Si  el  socialismo estuviese llamado a implantarse con sujeción a leyes, no sería necesario reclamarlo. Si el socialismo fuese realmente la siguiente fase inevitable en la evolución de la sociedad, no habría necesidad de una teoría socialista  y,  menos  aún,  de  un  partido  socialista. Nada justificaría la existencia de un partido llamado a implantar la primavera y el verano".

No es difícil darse cuenta de que quienes así critican al marxismo tergiversan deliberadamente los términos del problema, mezclando y confundiendo procesos distintos. El advenimiento de la primavera y el verano no depende de la acción del hombre. Las estaciones del año se sucedían ya antes de existir la humanidad.  En  cambio,  los  acontecimientos históricos  serían  inconcebibles  sin  la  participación del hombre, sin la acción de éste. La necesidad histórica no se impone al margen de la acción del hombre, sino por medio de ella.

La necesidad del cambio de régimen social, por ejemplo  del  régimen  capitalista,  significa  que  las

condiciones mismas de su vida impulsan inevitablemente a las masas y con fuerza cada vez

mayor a medida que transcurre el tiempo a luchar por la instauración del nuevo régimen. En el curso del desarrollo social, van cambiando las condiciones de

la vida material de los hombres. Estos cambios hacen que el orden social, cuando sobrevive a su tiempo,

resulte insostenible. Y entonces surge en las clases avanzadas,  de  un  modo  más  o  menos  claro,  la

conciencia de que es necesario acabar con el viejo régimen e instaurar otro nuevo, basado en las condiciones  materiales  que  han  ido  madurando  a

favor de él en el seno de la vieja sociedad.

Cuanto más se extienda en las masas la conciencia de la necesidad de acabar con el régimen capitalista,

cuanto  más  enérgica  sea  la  lucha  encaminada  a

sustituirlo por otro régimen social nuevo y más alto, cuanto   mayor   sea   el   grado   de   cohesión   y   de

organización  de  las  masas,  más  rápidamente  se

producirá este cambio.

El reconocimiento de la necesidad histórica, de las leyes objetivas del desarrollo social, nada tiene que

ver con el quietismo, con la pasividad, como falazmente   afirman   los   críticos   burgueses   del

materialismo histórico. Por el contrario, es precisamente la teoría social marxista, que considera el desarrollo social como un proceso rigurosamente

sujeto a leyes, la que pone en movimiento histórico a la  clase  obrera,  la  que  pone  en  pie  a  las  fuerzas

progresivas, movilizándolas y organizándolas para el cumplimiento consciente de su misión histórica creadora,   para   la   lucha   por   la   destrucción   del

capitalismo y la construcción del comunismo, a base de la aplicación consciente de las leyes conocidas.

 

El materialismo histórico es enemigo tanto del subjetivismo y el voluntarismo de los idealistas, que conduce en la práctica, en la política, al aventurerismo, como del materialismo vulgar, de la teoría de la espontaneidad, que condena a la clase obrera y a las fuerzas avanzadas de la sociedad a una actitud pasiva, a esperar que todo se desarrolle por sí mismo, a la manera como tras el invierno viene la primavera. El materialismo vulgar, al considerar la necesidad histórica de un modo abstracto, desvinculada de la acción de las masas populares, de la lucha de clases, condena a las masas a someterse servilmente a las leyes objetivas, convierte las leyes de la historia en fetiches, predica la pasividad. Este punto de vista guarda cierta relación con el fatalismo, cuyo principio es el de que "las cosas son así y no pueden cambiarse", y con la concepción religiosa según la cual "todo ha sido previsto y establecido por la divina providencia".

El materialismo histórico enseña que las leyes del desarrollo de la sociedad son leyes objetivas, que los hombres no pueden crear, modificar o abolir estas leyes, pero sí pueden tener conciencia de ellas, descubrirlas y aplicarlas con conocimiento de causa en interés de la sociedad y, de este modo dominadas, someter la acción de dichas leyes a su poder, hacerse dueños de ellas.

El materialismo histórico ha demostrado, y la experiencia histórica lo confirma plenamente, que la

sociedad humana, pese a toda su complejidad, es susceptible de ser conocida, que es posible conocer y

asimilarse conscientemente las leyes que rigen el desarrollo social. Los datos de la ciencia marxista

acerca de las leyes del desarrollo de la sociedad son auténticos conocimientos, que encierran la significación  de  verdades  objetivas.  La  ciencia  de

estas leyes, la ciencia de la historia de la sociedad, puede llegar a ser y es una ciencia tan exacta como la

biología, por ejemplo. Los partidos comunistas, dominando esta ciencia, pueden aplicar y aplican con éxito las leyes del desarrollo social, en interés de los

trabajadores y para la lucha revolucionaria contra el capitalismo,   para   la   edificación   de   la   sociedad

comunista.

Cuando la clase obrera no está dirigida todavía por su partido marxista y, como consecuencia de ello,

aún no conoce las leyes del desarrollo social, su movimiento presenta un carácter espontáneo, sufre

con frecuencia derrotas, cae bajo la influencia de la ideología y la política burguesas, se mueve en las tinieblas. Otra cosa sucede cuando la clase obrera es

dirigida por el partido marxista, cuando se halla pertrechada con el conocimiento de las leyes de la

lucha de clases contra el capitalismo, pues esto la lleva por el camino más corto y con los menores sacrificios hacia su meta hacia el socialismo. Así lo

ha demostrado la lucha victoriosa de la clase obrera rusa, el triunfo del socialismo en la U.R.S.S.

 

 

 

Con el paso del capitalismo al socialismo, se da el salto del reino de la necesidad ciega al reino de la libertad. Lo cual no debe interpretarse en el sentido de que el socialismo venga a "abolir" la vigencia de las leyes objetivas, la necesidad histórica. No, semejante cosa sería imposible. Las leyes objetivas regirán siempre, determinarán siempre el desarrollo social. Lo que ocurre es que, hasta el triunfo del socialismo, las leyes de la sociedad actuaban, en lo fundamental, de un modo ciego, espontáneo y, frecuentemente, con una fuerza destructora. Bajo el socialismo, en cambio, los hombres utilizan conscientemente las leyes del desarrollo social.

La necesidad es ciega mientras no se la conoce. La  libertad  es  la  conciencia  de  la  necesidad  y  la

posibilidad de someter la acción de ésta a los fines de

los hombres. "La libertad no reside, pues, en una soñada independencia de las leyes naturales -escribe Engels-, sino en la conciencia de estas leyes y en la posibilidad que lleva aparejada de proyectarlas racionalmente sobre determinados fines".11 Lo cual puede aplicarse, no sólo a las leyes de la naturaleza, sino también a las leyes del desarrollo social.

"Las   fuerzas   activas   de   la   sociedad   obran, mientras no las conocemos y contamos con ellas, exactamente   lo   mismo   que   las   fuerzas   de   la naturaleza: de un modo ciego, violento, perturbador. Pero, una vez conocidas, tan pronto como hemos sabido comprender su acción, su tendencia y sus efectos, está en nuestras manos el supeditarlas cada vez más de lleno a nuestra voluntad y alcanzar por medio de ellas los fines propuestos. Tal es lo que ocurre, muy señaladamente, con las gigantescas fuerzas modernas de la producción. Tan pronto como penetremos en su verdadero carácter, esas fuerzas, puestas en manos de los productores asociados, se convertirán de demonios tiránicos en sumisos servidores. Es la misma diferencia que hay entre el poder maléfico de la electricidad en la tormenta y el poder benéfico de la fuerza eléctrica subyugada en el telégrafo y en el arco voltaico; la diferencia que hay entre el incendio destructor y el fuego puesto al servicio del hombre".12

Bajo el socialismo, el desarrollo de la producción y de toda la sociedad deja de tener un carácter elemental. El desarrollo de la producción social y de toda la sociedad socialista se halla sometido a los planes generales del Estado y a la política, científicamente establecida, del Partido Comunista y el Estado socialista. Los planes de la economía nacional del Estado socialista y la política del Partido Comunista se basan en la conciencia de las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad y, principalmente, de las leyes económicas.

Como vemos, también en la sociedad socialista

 

 

11 F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp. de W. Roces, Madrid, 1932, pág. 113.

12 Obra cit., pág. 306.

 

rigen leyes objetivas. También bajo el socialismo, la nueva generación de hombres que surge a la vida se encuentra ya con fuerzas productivas y relaciones de producción  existentes,  no  creadas  por  ellos.  Para poder seguir desarrollando estas fuerzas productivas, cada nueva generación tiene que partir de lo que han creado  ya  las  generaciones  que  la  han  precedido. Cada nuevo paso en el desarrollo de la sociedad se halla determinado por el nivel ya alcanzado en la producción  socialista  y  en  la  productividad  del trabajo. Así, la sociedad socialista no puede saltar de golpe y porrazo, a su antojo y por obra de la voluntad de los hombres, de la primera a la segunda fase del comunismo. El paso gradual al comunismo depende, en último resultado, del incremento de las fuerzas productivas y del consiguiente desarrollo de las relaciones de producción. Y el desarrollo de la producción socialista no se opera espontáneamente, sino que se regula por la acción consciente de la sociedad; a base del conocimiento de las leyes económicas objetivas.

Nunca hasta hoy, en la historia de la sociedad, ha desempeñado un papel tan importante y tan decisivo, tan movilizador, organizador y transformador, como bajo las condiciones de la sociedad socialista, la acción consciente de los hombres, de las ideas avanzadas  y  las  instituciones  políticas.  El  paso gradual del socialismo al comunismo lo asegura el trabajo creador de las masas populares, dirigidas, orientadas y organizadas por la acción del Estado socialista y del Partido comunista, por su política, basada en el conocimiento científico de las leyes objetivas del desarrollo social, de las leyes de la edificación del comunismo y en la aplicación consciente y audaz de estas leyes.

La práctica es el único criterio auténtico para contrastar la veracidad de una teoría. El triunfo de la

Gran   Revolución   de   Octubre,   de   la   revolución

socialista y la construcción del socialismo en la U.R.S.S., la instauración y el fortalecimiento del régimen  de  democracia  popular  en  una  serie  de países de la Europa central y sudoriental y de Asia, constituyen  el  más  grandioso  triunfo  y  la confirmación  práctica  del  materialismo  histórico  y del marxismo en general. Y, al mismo tiempo, el desarrollo de la sociedad en la época contemporánea ofrece la base para el ulterior desarrollo creador del materialismo histórico y de toda la teoría marxista.

 

5. El espíritu de partido del materialismo histórico y su carácter creador.

Los   sociólogos   burgueses   no   se   cansan   de

ensalzar lo que llaman la objetividad de la ciencia, situada, según nos dicen, "al margen de las clases" y

"por  encima  de  los  partidos".  Ellos  no  pueden,

naturalmente, reconocer abiertamente el carácter partidista   burgués   de   su   "ciencia",   pues   eso

equivaldría  a  reconocer sin  tapujos  que  sirve  a  la

 

 

 

minoría explotadora de la sociedad en contra de la mayoría trabajadora. Pero el triunfo del socialismo en la U.R.S.S., los éxitos de la construcción del socialismo en los países de democracia popular de Europa, el triunfo de la revolución popular en China y la agudización de las contradicciones de clase entre el proletariado y la burguesía, en los países capitalistas, y entre el campo del socialismo y el campo del imperialismo, obligan a los sociólogos burgueses y a los dirigentes de los socialistas de derecha a manifestarse abiertamente en favor del capitalismo y en contra el socialismo. Con lo cual estos ideólogos de la burguesía ponen al descubierto a los ojos de todos su pretendida "objetividad" y demuestran bien a las claras que son incapaces de dar un solo paso como no sea en interés de la burguesía y del capitalismo.

Marx, Engels, Lenin y Stalin jamás ocultaron el espíritu de partido del marxismo-leninismo. Y, desde

el primer momento, crearon y desarrollaron el materialismo      histórico      como      una      ciencia

profundamente   de   partido   como   el   fundamento teórico del comunismo y el arma teórica de la clase obrera  y  de  su  Partido  Comunista.  Marx,  Engels,

Lenin y Stalin, y el Partido Comunista de la Unión

Soviética,  han  librado  siempre  una  lucha intransigente e implacable contra todos los enemigos

del   marxismo,   contra   cualquiera   desviación   del

marxismo, por pequeña que ella sea, a favor del idealismo o del materialismo vulgar. Detrás de los

subterfugios verbales, de los sofismas y la escolástica

de los enemigos del marxismo, han descubierto siempre claramente la lucha de los partidos en la filosofía, lucha que expresa, en última instancia, la tendencia, la ideología y los intereses de las clases enemigas en el seno de la sociedad. "La novísima filosofía -escribía Lenin- está tan penetrada del espíritu de partido como la de hace dos mil años. En realidad -una realidad velada por nuevos rótulos seudocientíficos  y  charlatanescos,  o  bajo  una mediocre no pertenencia a ningún partido-, los dos partidos en lucha son el materialismo y el idealismo".13

La marcha del desarrollo histórico contradice a los intereses fundamentales de la moderna burguesía. Y la burguesía y sus ideólogos se dan cada vez más clara  cuenta  de  ello;  por  eso,  movidos  por  sus intereses egoístas y en el empeño de apuntalar el tambaleante  capitalismo,  deforman  descaradamente la realidad, involucran los hechos. El partidismo burgués conduce al subjetivismo y a la arbitrariedad en la ciencia histórica y en la sociología, a la deformación de los hechos, a la renuncia al rigor científico.

Por el contrario, el espíritu proletario de partido, las ideas comunistas, aseguran la más profunda y la

 

 

13 V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, trad. esp., Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú. 1948, pág. 415.

 

más objetiva, la más desapasionada y completa comprensión de la realidad y de las leyes de la vida social. Pues sólo la clase obrera, cuyos intereses coinciden   con   el   curso   objetivo   del   desarrollo histórico y que es la clase consecuentemente revolucionaria, se halla interesada en el conocimiento objetivo, es decir, veraz, de los hechos. He ahí por qué la cientificidad y el espíritu comunista de partido coinciden plenamente.

Marx, Engels, Lenin y Stalin han defendido siempre el materialismo consecuente, el único que puede  proporcionarnos  un  conocimiento  veraz,  el más exacto y el más profundo, tanto de la naturaleza como de la vida social, de la historia de la sociedad. Oponiendo al objetivismo burgués de un Struve el materialismo marxista, escribía Lenin:

"El objetivista nos habla de la necesidad de un determinado  proceso  histórico;  el  materialista registra con exactitud una determinada formación económico-social y las relaciones antagónicas engendradas por ella. El objetivista, mostrándonos la necesidad de una determinada serie de hechos, se expone siempre a abrazar el punto de vista de la apología de estos hechos; el materialista descubre las contradicciones de clase y determina con ello su propio punto de vista. El objetivista habla de las "tendencias históricas inexorables"; el materialista habla de la clase que "regenta" él orden económico de que se trata, creando las formas de resistencia de las otras clases. De este modo, el materialista es, de una parte, más consecuente que el objetivista y mantiene su objetivismo de un modo más profundo y más completo que éste. No se limita a señalar la necesidad  del  proceso,  sino  que  explica  qué formación económico-social concreta da contenido a ese proceso y qué clase concreta determina esa necesidad... De otra parte, el materialismo lleva consigo, por decirlo así, una actitud de partido y obliga a situarse, en cualquier enjuiciamiento de los acontecimientos, abierta y directamente en el punto de vista de un determinado grupo social”.14

En las condiciones actuales, en que el mundo se halla dividido en dos campos -el campo de la paz, la democracia y el socialismo, encabezado por la Unión Soviética, y el campo de la reacción imperialista-, el espíritu proletario, comunista, de partido y los intereses  de  la  auténtica  ciencia  exigen  que  al estudiar los fenómenos sociales, se los enfoque desde el punto de vista de la lucha de los trabajadores por la paz, la democracia y el comunismo.

El materialismo histórico permite a los partidos marxistas arrancar todas las caretas con que tratan de

ocultar su faz los enemigos de la clase obrera, los

enemigos de la paz, la democracia y el socialismo, para poner al desnudo, por debajo del ropaje fraseológico, de la escolástica "sociológica" seudocientífica, los verdaderos intereses y las miras

 

14 V. I. Lenin. Obras completas. ed. rusa, t. I, págs. 380-381.

 

 

 

egoístas de la burguesía.

La unidad de la ciencia y de la acción práctica, la conexión de la teoría y la práctica, es la estrella polar

de todos los partidos marxistas. En esto reside su

gran superioridad sobre sus enemigos. La ciencia marxista-leninista de las leyes del desarrollo social, el  materialismo  histórico,  permite  comprender,  no sólo lo que sucede hoy, sino también lo que ocurrirá mañana, permite prever científicamente la marcha de los acontecimientos, la dirección en que éstos habrán de desarrollarse, y actuar, así, de una manera fecunda y cabal.

De la ciencia marxista-leninista de la sociedad extraen los partidos comunistas la certeza del triunfo

del trabajo sobre el capital, la necesaria claridad de perspectivas; en ella encuentran el arma teórica para

la lucha por la liberación de los trabajadores de toda explotación  y  opresión,  por  el  triunfo  del comunismo.

La grandeza de los descubrimientos científicos de

Marx, Engels, Lenin y Stalin, la grandeza del partido marxista,   basado   en   el   materialismo   histórico,

consiste en haber hecho despertar, en haber infundido

conciencia, en haber organizado y puesto en movimiento a la nueva fuerza histórica gigantesca,

vanguardia de todos los trabajadores y oprimidos, a

la clase obrera, llamada a encabezar el derrocamiento del capitalismo y la edificación del comunismo en todos  los  países.  El  proletariado  revolucionario, aliado a los campesinos trabajadores y bajo la dirección  de  los  partidos  comunistas,  pertrechados con el marxismo, ha triunfado en la U.R.S.S. y en los países de democracia popular.

El materialismo histórico, como el marxismo en general,   constituyen   una   teoría   científica   y   un método de conocimiento científico y de acción revolucionaria. La teoría científica y el método no pueden permanecer estacionarios, tienen necesariamente que desarrollarse y enriquecerse con los nuevos descubrimientos, las concepciones generales y las conclusiones extraídas de la nueva situación, de las nuevas condiciones de la vida social, que inevitablemente van surgiendo en el proceso de desarrollo ininterrumpido de la sociedad. La ciencia marxista se desarrolla incesantemente. Y en este desarrollo y enriquecimiento consiste precisamente el carácter creador del marxismo y, en particular, del materialismo histórico.

Al igual que el materialismo filosófico, que cobra nuevas modalidades con cada descubrimiento aportado por, la época, incluso en el campo de la historia natural (sin hablar de la historia de la humanidad), el materialismo histórico no permanece invariable, sino que se desarrolla y se enriquece con la nueva experiencia de la lucha de clases y de la construcción del comunismo. Los grandes acontecimientos  histórico-mundiales  de  nuestra época, la acción de las nuevas leyes del desarrollo

 

social  encuentran  su  expresión  y  su  síntesis científicas en las decisiones del Partido Comunista de la  Unión  Soviética  y  en  los  geniales  trabajos  de Lenin y Stalin. y estas síntesis representan una nueva y más alta etapa en el desarrollo del marxismo en general y del materialismo histórico en particular.

Para formarse un juicio completo y cabal de la gran obra realizada por Lenin en el desarrollo del materialismo histórico, hay que tener presente que entre la época de Marx y Engels y la de Lenin medió el  período  de  dominación  de  la  Segunda Internacional sobre el movimiento obrero, el período del revisionismo y el oportunismo.

En los años noventa del siglo XIX, el marxismo triunfó decididamente en el movimiento obrero sobre

las diferentes teorías del socialismo premarxista, así

como también sobre la abigarrada mezcolanza de tendencias idealistas en la filosofía, la sociología y la historiografía. Hasta los enemigos de la clase obrera se pusieron, en vista de ello, a coquetear con el marxismo, haciendo juegos malabares y adornándose con la terminología marxista, pero teniendo buen cuidado en castrar al marxismo de lo fundamental, a saber: de la teoría de la revolución socialista y de la dictadura del proletariado. Exponente de esta especie de epidemia extendida por aquel entonces entre los intelectuales burgueses fué el llamado socialismo de cátedra (Sombart y otros en Alemania, Struve, Bulgakov y los "marxistas legales" en Rusia). Esta corriente burguesa, que reconocía de palabra la doctrina económica y las concepciones histórico- sociales de Marx, las desvirtuaba en su raíz, para adaptar el marxismo a los gustos y las conveniencias de la burguesía. El desarrollo social, concebido a la manera de los "socialistas de cátedra", en un proceso liso y llano, evolutivo elemental, de sustitución de unas formas políticas por otras. Estos señores descartan del proceso histórico la lucha de clases y la iniciativa histórica revolucionaria de las masas, como algo "anormal", "morboso", "contrario a ley". El espíritu  del  fatalismo  del  objetivismo  burgués empapa la médula misma de las concepciones de los "socialistas de cátedra".

Reflejo de las influencias de la burguesía sobre el movimiento obrero fueron el bernsteinianismo en Alemania y el "economismo" y el menchevismo en Rusia, tendencias encaminadas a revisar el marxismo y enemigas de él. Los revisionistas alemanes, rusos y de otros países manifestábanse en contra de los fundamentos científico-filosóficos del marxismo, en contra del materialismo dialéctico, al igual que en contra de sus fundamentos científico-históricos, en contra del materialismo histórico. Estos enemigos del marxismo   veían   en   la   dialéctica   marxista   una filosofía hegeliana y rompían los nexos entre la teoría de Marx y sus fundamentos filosóficos, contenidos en el materialismo dialéctico. La lucha de los revisionistas contra la dialéctica materialista era, al

 

 

 

mismo tiempo, la lucha contra la esencia revolucionaria de la teoría social de Marx.

Marchando a la zaga de Bernstein y de su tristemente célebre consigna: "el movimiento lo es

todo, la meta no significa nada", los revisionistas alemanes   y   rusos   del   marxismo   comenzaron   a

predicar la teoría de la espontaneidad en el movimiento obrero. En vez de impulsar la acción revolucionaria  consciente  de  las  masas  proletarias,

que son las que crean activamente la historia, bajo la dirección de su vanguardia, el partido marxista, los

oportunistas predicaban la renuncia a la teoría revolucionaria, a la misión revolucionaria del partido, a  la  dirección  consciente  del  movimiento  obrero

hacia su meta final, la renuncia a la lucha por la dictadura del proletariado y por el socialismo.

Esta falsificación del marxismo no tenía otra mira que desarmar y desorientar al, proletariado, precisamente en la época en que el capitalismo se

convertía en el imperialismo, entraba en la fase de su desarrollo declinante, en que la revolución proletaria

se colocaba a la orden del día y en que el derrocamiento del capitalismo y la victoria del socialismo  comenzaban  a  depender  del  grado  de

conciencia socialista, del grado de organización, cohesión y actividad revolucionaria del proletariado.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la clase obrera de Rusia tenía ante sí las tareas más revolucionarias. Esto explica por qué pesaba de un

modo preferente sobre los marxistas rusos, encabezados   por   Lenin,   la   misión   de   seguir

elaborando la teoría revolucionaria, y en particular el materialismo histórico. Y por qué Rusia se convirtió

en la cuna del leninismo, el marxismo de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias.

En la lucha por la teoría, la estrategia y la táctica

de la clase obrera, los marxistas rusos, dirigidos por Lenin, hubieron de librar una intensa lucha teórica contra  las  tendencias  ideológicas  hostiles  al marxismo. Lucha que fué necesario sostener en dos frentes: en uno, contra el subjetivismo de los populistas,  los  social-revolucionarios,  los anarquistas, los trotskistas, los "otsovistas", con su voluntarismo teórico y su aventurerismo político; en el  otro,  contra  la  teoría  oportunista  de  la espontaneidad  en  el  movimiento  obrero,  contra  la idea mendaz de la evolución pacífica del capitalismo hacia el socialismo, contra la teoría del automatismo, que tiende a rebajar la acción transformadora revolucionaria, creadora y consciente del Partido Comunista y de las masas de la clase obrera.

En la lucha contra las teorías subjetivistas y voluntaristas burguesas y pequeñoburguesas, Lenin, apoyándose en los nuevos elementos y en los nuevos hechos y acontecimientos históricos de su tiempo, defendió y desarrolló los principios del materialismo histórico acerca del carácter objetivo de las leyes del desarrollo social, acerca de la necesidad de tener en

 

cuenta juiciosamente las condiciones objetivas y la correlación de las fuerzas de clase en cada etapa de desarrollo de la lucha de clases y las condiciones reales de la vida material, como las fuerzas determinantes del desarrollo de la sociedad. En su lucha contra la teoría de la espontaneidad de los "economistas", los mencheviques y demás oportunistas, Lenin, defendiendo los fundamentos filosóficos,  dialéctico-materialistas,  de  la  teoría social de Marx, concentró su atención en la solución de problemas del materialismo histórico como el de la fundamentación en todos sus aspectos de la acción revolucionaria y la iniciativa histórica de las masas populares, el esclarecimiento del papel del factor subjetivo en la historia, del papel de la conciencia y la organización socialista del proletariado, la función de las ideas avanzadas, y en particular de la teoría marxista, el cometido de las instituciones políticas y de otras instituciones sociales progresivas en el desarrollo de la sociedad, y muy especialmente la grandiosa  misión  del  partido  marxista  del proletariado y del Estado proletario. En su artículo Contra el boicot, caracterizando la superioridad, la vitalidad y la fuerza del materialismo histórico, escribía Lenin:

"El marxismo se distingue de todas las demás teorías socialistas en que sabe combinar de un modo

notable una perfecta cordura científica en el análisis

de la situación objetiva de las cosas y del curso objetivo   de   la   evolución   con   el   más   decidido

reconocimiento  de  la  importancia  de  la  energía

revolucionaria, de la potencialidad revolucionaria creadora, de la iniciativa revolucionaria de las masas, así  como  también,  por  supuesto,  de  las personalidades sueltas, grupos, organizaciones y partidos capaces de sondear y establecer los nexos con unas u otras clases".15

Sintetizando la nueva experiencia histórica, la experiencia del movimiento obrero internacional en la  época  del  imperialismo  y,  sobre  todo,  la experiencia de la clase obrera rusa y del Partido Comunista de la Unión Soviética, experiencia verdaderamente excepcional por su riqueza y por su importancia histórica internacional, Lenin enriqueció creadoramente el materialismo histórico, lo impulsó y lo desarrolló, lo elevó a una etapa nueva y superior. Lenin descubrió las nuevas leyes que rigen el desarrollo del capitalismo en la época imperialista, lo que le permitió crear y fundamentar en todos sus aspectos la nueva teoría de la revolución socialista: la doctrina  de  la  transformación  gradual  de  la revolución democrático burguesa en revolución socialista,  la  doctrina  de  la  hegemonía  del proletariado en la revolución, la de los aliados del proletariado   y   la   de   la   posibilidad   de   que   el socialismo comenzara triunfando en un solo país, por separado. En los geniales trabajos de Lenin y de su

 

15 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIII, págs. 21-22.

 

 

 

discípulo y continuador de su obra Stalin, encontró el materialismo  histórico  un  desarrollo  extensivo  a todos sus aspectos, en estrecha relación con las tareas de la clase obrera en la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias, en la época del triunfo del socialismo en la sexta parte de la tierra. En estos trabajos se contiene la teoría del desarrollo de la sociedad socialista soviética y se exponen las leyes y fuerzas motrices de su desarrollo, las leyes y las condiciones del paso gradual del socialismo al comunismo. Ni un solo problema del materialismo histórico dejó de ser estudiado y desarrollado en los trabajos de Lenin, Stalin y sus colaboradores.

El materialismo histórico tiene más de cien años de  vida.  Ha sido  probado en  el fuego  de  grandes

combates de clases, en la lucha de los trabajadores

por la paz, la democracia y el socialismo. Ha sido y es el arma teórica segura de los partidos marxistas que encabezan la lucha de los trabajadores, de las masas  oprimidas  y  explotadas,  contra  el imperialismo.  Basándose  en  la  teoría  del materialismo histórico, el Partido comunista de la U.R.S.S. y su Comité Central dirigen con éxito la solución de los grandes problemas de la edificación del comunismo, llevada a cabo por el pueblo soviético. El materialismo histórico demuestra científicamente que todos los caminos de la humanidad conducen hoy al comunismo.

 

6. La bancarrota de la sociología burguesa.

Al  cobrar  la  lucha  de  clases  del  proletariado

formas amenazadoras para el capitalismo y la burguesía -escribe Marx-, sonó la campana funeral de la economía científica burguesa. "Ya no se trataba de si tal o cual teorema era verdadero o falso, sino de si era beneficioso o funesto, cómodo o molesto para él" [para el capitalismo], "de si infringía o no las ordenanzas de policía. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo, los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética".16

Estas palabras pueden aplicarse en su integridad a toda  la  sociología  burguesa  contemporánea.  Los

sociólogos burgueses de la época actual -incluyendo

entre ellos a los del campo de los socialistas de derecha- son unos lamentables sofistas y sicofantes,

servidores de la clase capitalista, enemigos jurados

de la clase obrera y del socialismo.

Todas las teorías sociológicas burguesas en boga se proponen como  meta fundamental y tienen por

principal contenido la defensa del capitalismo y de la política  imperialista  de  la  burguesía  en  su  lucha

contra la clase obrera revolucionaria y las demás fuerzas  avanzadas  de  nuestro  tiempo,  contra  los países  del  socialismo  y  la  democracia  popular.  El

 

 

16 C. Marx, El Capital, Palabras  finales a la 2ª edición, trad. española de W. Roces, México, 1945, tomo 1, pág. 13.

 

sentido político y teórico fundamental de todos los tratados  "teóricos"  de  los  "sabios"  burgueses  se reduce a negar que sea una ley de la historia el desarrollo progresivo de la sociedad, a empeñarse en demostrar  que  el  capitalismo  es  un  régimen inmutable y eterno, a justificar los más grandes crímenes del capitalismo, las guerras imperialistas y la opresión colonial, a predicar, el odio contra la humanidad, el exclusivismo nacional y de raza, la mística y otras formas de oscurantismo, a defender la barbarie fascista y otras fechorías de la reacción imperialista.

Podríamos señalar, como ejemplo de la más cínica justificación  de  las  tropelías  del  imperialismo,  las

numerosas  doctrinas  racistas  y  neomaltusianas  en boga  hoy  y  que  tratan  de  justificar  y  de  razonar

"teóricamente" la opresión nacional-colonial de los pueblos.

Todo el régimen capitalista, y en particular el del

capitalismo monopolista o imperialismo, se basa en la desigualdad nacional y en la opresión de los pueblos. La ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista se halla empapada de ideas de exclusivismo   racial   y   nacional.   Los   sociólogos racistas de la burguesía reaccionaria Liapush, Gobineau, Letourneau, H. S. Chamberlain, Ammon, Woltmann, Gumplowicz y otros, en la segunda mitad del siglo XIX, y todo el tropel de sus continuadores contemporáneos  en  los  EE.UU.,  Inglaterra, Alemania, Francia y el Japón, aspiraban y siguen aspirando a demostrar que los pueblos del mundo se dividen en razas "superiores" e "inferiores". Según los partidarios del racismo, la clave para la comprensión de las vicisitudes históricas de los pueblos hay que buscarla en las características "raciales" de los pueblos y las naciones.

¿A qué se debe el que muchos pueblos de Asia y África se hallen a un nivel de desarrollo técnico- económico inferior al de los pueblos de Europa y Norteamérica? Según los racistas, a las condiciones raciales de unos y otros pueblos. Unos pueblos son, según  ellos,  por  factores  de  raza,  incapaces  de alcanzar un desarrollo económico, político y cultural independiente, lo que vale tanto como decir que la propia naturaleza los condena a la situación de esclavos coloniales. En cambio, otros están llamados a  dominar,  gracias  a  las  cualidades  de  raza  que, según los racistas, les son inherentes. Los fascistas alemanes sostenían que Alemania, es decir, la burguesía alemana, estaba destinada por obra de la naturaleza a ser la dueña y señora del mundo entero. Los racistas anglosajones (de los Estados Unidos e Inglaterra),   por   su   parte,   entienden   que   es   la burguesía de las naciones de habla inglesa la llamada a dominar sobre todos los pueblos.

La fuerza motriz de la historia, según los racistas, no es la lucha de clases, sino la "lucha de razas". La

ley perenne de la humanidad, según estas teorías, es

 

 

 

la  "lucha  por  la  existencia"  de  unas  razas  contra otras, una guerra a muerte entre ellas.

Hace ya mucho tiempo que el  marxismo- leninismo ha echado por tierra estos desvaríos de los

sociólogos burgueses reaccionarios. La historia demuestra que pueblos (como, por ejemplo, los de

China y la India) clasificados por los racistas entre las razas "inferiores" supieron crear culturas muy avanzadas  cuando  todavía  los  antecesores  de  los

ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses y japoneses no habían salido del estado de barbarie.

El atraso actual de los pueblos coloniales no se debe a causas biológicas, a la "inferioridad racial" inventada por los imperialistas, sino a la opresión del

imperialismo y a la dominación de las relaciones feudales y capitalistas. Habiéndose liberado del yugo

de los señores feudales y de los imperialistas extranjeros  e  instaurado  su  República  popular,  el gran pueblo chino ha comenzado a desarrollar con

ritmo acelerado una economía y una cultura avanzadas.  El  pueblo  chino  muestra  al  mundo,

actualmente,  portentos  de  capacidad  histórica creadora de nuevas formas de vida social. Y ahí tenemos también el caso de toda una serie de pueblos

de Rusia, como los yakutes, los buriatos, los kasajos, los    bahkires,    los    tadchikes    y    las    pequeñas

nacionalidades del norte, que, bajo el régimen zarista, no sólo vivían oprimidos, sino que se hallaban condenados   a   desaparecer.   Pues   bien,   bajo   las

condiciones del socialismo, estos pueblos conocen un florecimiento nunca visto en la historia. Todo lo cual

viene a echar por tierra irremediablemente las reaccionarias teorías del racismo.

Las teorías del exclusivismo racial y nacional son anticientíficas  y archirreaccionarias.  Están tomadas del arsenal de los ideólogos de la sociedad esclavista

antigua y no persiguen otro fin que el de justificar la opresión de clase en el seno de los países capitalistas,

la política imperialista de los anexionistas guerreros y la opresión nacional-colonial, lo mismo que en la sociedad    esclavista    servían    para    justificar    la

esclavitud.

Una teoría muy extendida entre la burguesía es la del reaccionario neomaltusianismo. El fundador de

esta  teoría  fué  un  cura  y  economista  reaccionario

inglés llamado Malthus. Según él, la fuente del paro forzoso y de la miseria de las masas reside, no en el

régimen social del capitalismo, sino en el acelerado

crecimiento de la población. Malthus proclamó la "ley" según la cual la población crece en progresión geométrica, al paso que los medios de subsistencia aumentan solamente en progresión aritmética. "Ley" inventada por él para justificar la existencia del capitalismo y que trataba de hacer pasar por una ley natural.

Marx, en El Capital, sometió a una crítica demoledora    la    ignominiosa    teoría    maltusiana,

demostrando, en primer lugar, que no existe tal ley

 

biológica de crecimiento de la población y, en segundo lugar, que las fuerzas productivas y la producción de medios de sustento aumentan más rápidamente que la población, dejando muy atrás al ritmo de desarrollo de ésta; lo que ocurre es que, en virtud del carácter antagónico del régimen capitalista de   producción,   las   riquezas   producidas   se   las apropian quienes no producen, quienes no trabajan, mientras que quienes trabajan y producen todos los bienes de la vida se hallan condenados a la miseria y al hambre.

La teoría maltusiana, pulverizada por Marx, es elevada de nuevo sobre el pavés, actualmente, por los economistas y sociólogos reaccionarios, con el fin de justificar las contradicciones y las lacras del capitalismo. Los neomaltusianos de los Estados Unidos, como Pendell, Cook y otros, tratan de demostrar la necesidad de reducir de un modo tajante la población de todo el planeta. Los neomaltusianos norteamericanos predicen que hay que lanzarse a la "reducción", es decir, al exterminio de la población de los países de Asia y África, y también de los de Europa.

Los neomaltusianos ingleses Bertrand Russell y otros, al igual que sus cofrades norteamericanos, ven

la fuente de la crisis del capitalismo, del paro forzoso

y   la   miseria   de   las   masas,   en   el   "excesivo" crecimiento de la población. Russell (en su libro titulado Nuevas esperanzas para un mundo que cambia) señala la "amenaza" que representa, según él, el crecimiento de la población de la U.R.S.S., de los países de democracia popular y de los países de Asia en general, y preconiza la guerra de exterminio contra estos países y los métodos coactivos de reducción de la población, de la natalidad..

El neomaltusianismo no descansa sobre el menor fundamento   científico.   Esta   teoría,   absurda   del

principio al fin, se da la mano con el racismo y sirve,

en manos de la burguesía, para fines imperialistas, para justificar la guerra atómica y bacteriológica. Teorías como ésta atestiguan la total bancarrota política y moral de la burguesía. Los neomaltusianos, al clamar por el exterminio de los pueblos de las colonias y de otros países, se encargan de poner al desnudo el fondo salvajemente imperialista de su ideología.

La mejor refutación de la teoría neomaltusiana la tenemos en el hecho de que el crecimiento anual de la población de la U.R.S.S. exceda de tres millones, sin que ello conduzca, en el país del socialismo, al paro forzoso, a la miseria, a las guerras ni a los otros males característicos del capitalismo.

La fuente de la miseria de los trabajadores no está en el crecimiento de la población, sino en el propio

régimen  capitalista.  La  burguesía  y  sus  ideólogos

tratan  de  eximir  al  capitalismo  de  toda responsabilidad por el paro forzoso, la miseria de las

masas  y  las  guerras,  atribuyendo  estos  hechos  a

 

 

 

supuestas "leyes" naturales.

Y no menos falaz, infundada y anticientífica es la tercera de las teorías naturalistas preconizadas por el

idealismo:  la  llamada  tendencia  geográfica  de  la

sociología.

En la época del imperialismo, la teoría geográfica del  desarrollo  de  la  sociedad  es  sostenida  por  los

políticos, los ideólogos y los círculos gobernantes de

los países capitalistas. En la Alemania hitleriana, esta seudociencia   fué   elevada,   bajo   el   nombre   de

"geopolítica", al rango de teoría del Estado y puesta

al servicio de la política imperialista y de anexión del fascismo. El geopolítico Haushofer y otros intentaron justificar "científicamente" los desvaríos anexionistas imperialistas, los insensatos planes de "dominación mundial"  y  la  guerra  desencadenada  por  los hitlerianos bajo la consigna del "espacio vital" para la raza "superior" de los alemanes, y una propaganda parecida sostenían los imperialistas japoneses, tratando de justificar su política de anexiones en Asia y en la cuenca del Océano Pacífico.

Algunos ideólogos del imperialismo norteamericano  tratan,  actualmente,  de "fundamentar" las absurdas pretensiones de dominación mundial de los círculos gobernantes de los Estados Unidos con argumentos racistas y geográficos.

Los geopolíticos norteamericanos se empeñan en rehacer  el  mapa  del  mundo.  Sostienen  que  las

fronteras  de  los  Estados  Unidos  y  sus  intereses vitales se hallan en el Elba, en Turquía, en el Irán, en

Taiwán, en Pakistán y en el Japón.

A los fines de justificación de la política imperialista sirve también esa tendencia idealista de

la sociología burguesa que ve el factor fundamental y

decisivo del desarrollo de la sociedad y de la política en la técnica y en la violencia imperialista basada en

ella. Es la tendencia a que a veces se da el nombre de

"sociología atómica". La "sociología atómica", lo mismo que el neomaltusianismo y la geopolítica, tienen partidarios entre los influyentes círculos imperialistas de los Estados Unidos e Inglaterra. La conversión en fetiche de la técnica en general, y en particular de la técnica de guerra y de la bomba atómica y de la fuerza armada basada en ellas, relegando a segundo plano el factor determinante del régimen económico y el papel decisivo de las masas populares en la historia, es el rasgo característico de esta reaccionaria teoría sociológica burguesa.

La   técnica   ejerce,   sin   duda,   una   influencia inmensa en la vida social, pero solamente en relación

con los hombres. La técnica sin los hombres, sin las masas  trabajadoras,  es  un factor  muerto.  Por  muy

destructora que sea la fuerza de la bomba atómica, no hay que perder de vista, en primer lugar, que ya los Estados Unidos no tienen el monopolio de ella y, en

segundo lugar, que los pueblos son más fuertes que todas las bombas atómicas.

 

Siguen extendiéndose todavía hoy entre los sociólogos e historiadores burgueses las tendencias idealistas  subjetivas  de  la  psicología,  el voluntarismo, etc., tendencias que niegan todas las leyes objetivas del desarrollo económico de la sociedad, tratando de reducir la historia de ésta a los actos de las grandes personalidades, de los magnates del capital, etc. Tal es la esencia de las ideas sociológicas del positivismo, del pragmatismo, de la semántica, del personalismo y de toda otra serie de tendencias de la filosofía burguesa. Estas escuelas sociológicas buscan la causa fundamental del desarrollo de la sociedad en la actividad de los hombres eminentes, de los gobernantes y los generales, en el "libre arbitrio" o en tales o cuales ideas y principios políticos, en la mentalidad de los hombres, y no pocas veces se inclinan directamente a la superstición religiosa, buscando la explicación de los fenómenos sociales en la voluntad divina.

Rasgo  característico  de  toda  la  sociología burguesa de nuestro tiempo es el extremo eclecticismo, la contradicción interna. Pese a la abundancia de tendencias de la sociología burguesa, todas  ellas  tienen  como  exponente  común  el idealismo en la explicación de la historia de la sociedad, la negación de las leyes reales, objetivas, de su desarrollo, el empeño por reducir estos fenómenos  a  la  conciencia,  a  la  política  y  a  la voluntad de los gobiernos, a los personajes políticos, como si aquí se encerrara la fuerza fundamental y determinante de la historia, de la vida social. Aunque muchas tendencias de la sociología burguesa (el racismo,  la  geopolítica,  el  neomaltusianismo,  la teoría de la educación y de la técnica como la fuerza fundamental  del  desarrollo  histórico,  etc.)  se disfrazan bajo un ropaje naturalista para presentarse de un modo más plausible ante la ciencia, no debe olvidarse que se trata de diversas modalidades del idealismo. El idealismo, batido y desalojado de sus posiciones por el marxismo, intenta levantar cabeza bajo nuevas formas, pero su esencia sigue siendo la misma; las diversas modalidades de la sociología burguesa distan tanto de la ciencia como el cielo de la tierra.

El extremado reaccionarismo, el eclecticismo, la carencia  de  principios  y  el  odio  son  los  rasgos

característicos de los sociólogos burgueses contemporáneos  y  de  la  sociología  burguesa  en

general. Los sociólogos burgueses no se proponen descubrir la acción real de las leyes y las fuerzas matrices   del   desarrollo   social,   sino   negar   la

posibilidad de llegar a comprender la acción de las leyes sociales y la existencia misma de estas leyes.

Uno  de  los  más  prestigiosos  historiadores ingleses,  Trevelyan,  se  lamenta  de  que  la  vida humana  sea  insuficiente  para  llegar  a  comprender

todos los hechos relacionados con la historia de la sociedad.  Mientras  no  estemos  en  condiciones  de

 

 

 

conocer todos los hechos, la historia, dice, no podrá ser considerada como una ciencia. Es el mismo pensamiento que expresa otro "venerable" historiador inglés, Toynbee. Se expresa aquí la impotencia de los historiadores idealistas, embrollados entre los incontables hechos históricos, y el miedo a situarse ante la tarea de encontrar el nexo interno en que los acontecimientos se hallan engarzados. Los ideólogos de la burguesía actual sienten aversión a las leyes objetivas, sencillamente porque éstas anuncian a su clase el hundimiento inevitable que la aguarda.

Este  mismo  miedo  empapa  todo  el  libro,  más arriba citado, del agnóstico y neokantiano inglés, enemigo del marxismo, Carl Federn, La concepción materialista de la historia (1939). "Si pudiésemos abarcar todos los hechos existentes y llegar a comprender todos los nexos causales en el presente y en el pasado -lo cual requeriría la razón divina-, estaríamos en condiciones de explicar todos los acontecimientos  del  pasado  y  de  prever  el  futuro. Pero nuestro intelecto se halla demasiado poco desarrollado para ello; sólo podemos abarcar con la mente  un  número  limitado  de  hechos  y  no alcanzamos a explicarnos ni siquiera lo que ha sucedido". Fodern considera como simples ficciones, como  vacuas  palabras,  conceptos  científicos  como los de "feudalismo", "capitalismo", "socialismo", "revolución", "leyes históricas", etc., y reduce la misión de la sociología a una descripción escueta de hechos, cayendo con ello en el más trivial subjetivismo.

Los mismos puntos de vista del subjetivismo son compartidos por gran parte de los sociólogos norteamericanos: John Dewey, E. Ross, E. Bógardus, H. Bekker: por no citar a más, pertenecen todos a la llamada escuela semántica, encabezada por Chase y otros.

La desintegración de la sociología y la historiografía burguesas ha llegado al punto de que

los más celosos defensores del idealismo subjetivo

(B.  Croce,  R.  Aron,  R.  Collingweod,  Ch.  Bird  y otros) nieguen, no ya la objetividad de las leyes de la

historia,  sino  incluso  la  objetividad  del  proceso

histórico mismo y de los hechos históricos. Al negar la objetividad del pasado histórico, afirman que el proceso  histórico  lo  crea  la  conciencia  del historiador, que todos los hechos de la historia son fruto del "pensamiento histórico".

La tendencia reaccionaria y el subjetivismo de la sociología  burguesa  contemporánea  se  manifiestan en la negación del sentido progresivo, de los avances del proceso histórico. Los sociólogos e historiadores burgueses reaccionarios niegan que el progreso sea una ley del desarrollo de la sociedad. Reflejan con ello el miedo de la burguesía reaccionaria a la inevitable sustitución del capitalismo por un régimen social más alto, el socialismo.

La  sociología  burguesa  trata  de  ocultar  a  las

 

masas populares las lacras y las contradicciones del capitalismo. Para los sociólogos burgueses, la fuente de la crisis y la precariedad del capitalismo debe buscarse, no en el régimen capitalista de producción, sino en el desarrollo de la técnica, en la difusión del marxismo, en el crecimiento de la población, en la pérdida de "los valores espirituales de vigencia general",  como  los  llama  el  sociólogo norteamericano Endgel.

La decadencia y degeneración de la sociología burguesa las revelan los propios títulos de muchas de sus obras. He aquí, por ejemplo, los de algunos libros de filosofía publicados últimamente en los Estados Unidos: Los Mesías y su misión civilizadora, por W. Watlis;  La  Iglesia  y  el  progreso  social,  por  M. Bowen; La Providencia y la Historia, por W. P. Kasserly, y por ahí adelante.

La sociología burguesa ha sido derrotada en toda la  línea  y  se  halla  en  total  bancarrota,  como  una

seudociencia reaccionaria de los pies a la cabeza. Bancarrota que se ven obligados a reconocer hasta

sus propios corifeos. Poco antes de morir, escribía J. Dewey, en su libro Los problemas del hombre: "Hace unos quince años, digamos, ni las gentes más sagaces

habrían  podido  prever  el  curso  de  los acontecimientos.   Los   hombres   de   una   amplia

concepción del mundo que acariciaban alguna esperanza han podido convencerse de que la marcha real de las cosas se desarrolla en dirección contraria".

No; a los ideólogos de la burguesía no les es dado prever la marcha de los acontecimientos. Ya lo decía

el gran Lenin: "... No es posible calcular de un modo certero, cuando se marcha hacia la catástrofe".17

Ya en 1914, desenmascarando las concepciones positivistas de P. Struve, y sus ataques contra el marxismo, Lenin había descubierto genialmente los

rasgos fundamentales de la bancarrota y el marasmo de la sociología burguesa: la desesperación en cuanto

a  la  posibilidad  de  comprender  el  presente,  la renuncia a la ciencia y a toda generalización, el empeño de eludir las leyes del desarrollo histórico,

de descartar las leyes de la ciencia y suplantarlas por las  leyes  de  la  religión,  la  escolástica  muerta  y

moribunda del escepticismo burgués en boga: todo ello es el fruto del miedo de la burguesía al hundimiento  inevitable  del  capitalismo  y  de  su

obstinación en demostrar la imposibilidad del socialismo.18

Los ideólogos de la burguesía se empeñan en presentar la creciente crisis de todo el sistema del capitalismo    y    los    incontenibles    avances    del

movimiento comunista como "el ocaso de Europa", "el ocaso de la cultura". Los sociólogos burgueses

tratan de mostrar el hundimiento del régimen capitalista agonizante como el hundimiento de toda

 

 

17 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXIII, pág. 128.

18 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX, págs. 179, 182,

185.

 

 

 

cultura, y hablan de las "sombras del crepúsculo", del "derrumbamiento de las esperanzas". Incapaces de comprender y de explicar lo que ante sus ojos está sucediendo, recurren cada vez más a las analogías con el pasado. Se alzan ante su mirada las sombras y los fantasmas de la caída de la antigua Roma. El teórico del partido laborista inglés Harold Laski, en su libro La fe, la razón y la civilización (1944), copiando una idea del reaccionario Spengler, escribía que el mundo actual se estremece hasta en sus más profundos  fundamentos:  "Nuestros  valores  se hunden, casi lo mismo que en el ocaso del imperio romano. Las conquistas científicas, el progreso material, el inmenso ensanchamiento del horizonte, en relación con el desarrollo de nuestros conocimientos: todo ello en su con junto no evoca ya en nosotros el sentimiento de confianza en el futuro".

Los  servidores  de  la  burguesía,  Laski  y  otros como él, tratan de desviar a las masas trabajadoras

del camino de la solución revolucionaria de los problemas históricos ya maduros para ser resueltos.

Su mira, como la de toda la sociología burguesa, no es otra que salvar al capitalismo de su hundimiento, desorientar a las masas trabajadoras, apartarlas de la

lucha  revolucionaria  contra  el  capitalismo agonizante.

Por oposición a la sociología burguesa, el materialismo histórico suministra el conocimiento de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad y

señala a las masas trabajadoras el único camino certero, revolucionario, para resolver los problemas

históricos que aguardan su solución. De todas las teorías sociológicas, sólo el materialismo histórico ha

afrontado victoriosamente la prueba de la realidad, ha sido  contrastado  por  la  experiencia  histórica universal. El curso de la historia, en los cien años

largos que lleva de existencia el marxismo, ha venido a confirmar plenamente la veracidad de esta doctrina.

La aplicación de este método a la investigación de los nuevos hechos, de los nuevos fenómenos sociales de la época contemporánea y a la dirección de la

lucha revolucionaria de los trabajadores, se ha visto coronada por los más brillantes éxitos.

El triunfo del socialismo en la U.R.S.S., el ahondamiento y la agudización de la crisis general del   capitalismo,   la   bancarrota   de   la   ideología

burguesa, los avances del movimiento de liberación de  las  masas oprimidas  y explotadas, el constante

crecimiento del número de militantes de los partidos marxistas y el fortalecimiento incesante de la influencia de la ideología marxista sobre las masas

populares, la victoria de la democracia popular en una serie de países de Europa y Asia: todo ha venido

a confirmar palmariamente los geniales pronósticos de los fundadores del marxismo-leninismo, pronósticos basados en las leyes formuladas por el

materialismo histórico.

 

Resumen.

El  materialismo  histórico  es  la  ciencia  de  la

sociedad, de las leyes generales de su desarrollo, la única teoría y el único método exactos de concepción de  los  fenómenos  sociales  y  de  dirección  de  la práctica  revolucionaria.  La  creación  del materialismo histórico por Marx y Engels vino a revolucionar  la  concepción  de  la  historia, convirtiendo   en   una   ciencia   el   estudio   de   la sociedad. El desarrollo de la sociedad con arreglo a leyes puede ahora ser plenamente comprendido y utilizado en interés de la propia sociedad. Por oposición al idealismo, que niega las leyes del desarrollo social, el materialismo histórico pone de manifiesto las leyes objetivas a que se ajusta el desarrollo de la sociedad.

Gracias al materialismo histórico, que sirve de fundamento  histórico-científico al  marxismo, la teoría del socialismo se ha convertido de una utopía en una ciencia. El Partido comunista, para la elaboración  de su programa,  de su estrategia  y su táctica, para toda su acción, se basa en las leyes objetivas que rigen el desarrollo de la sociedad.

El materialismo histórico es una teoría creadora, que  se  desarrolla   a  base  de  sintetizar  toda  la

experiencia social. El nexo indisoluble entre la teoría

y la práctica es la fuente de que manan la veracidad, la fuerza y la invencibilidad del materialismo histórico.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO II. LAS CONDICIONES DE VIDA MATERIAL DE LA SOCIEDAD.

 

 

 

La vida material de la sociedad, el ser social, es lo primario, y la vida espiritual de la sociedad lo secundario, lo derivado. La vida material de la sociedad es la realidad objetiva: existe independientemente de la conciencia y la voluntad de los hombres. La vida espiritual de la sociedad es el reflejo de esta realidad objetiva, el reflejo del ser.

La fuente de que emana la vida espiritual de la sociedad, la fuente de origen de las ideas y las teorías

sociales,    las    concepciones    políticas,    jurídicas,

religiosas,  artísticas  y  filosóficas,  y  de  las instituciones correspondientes, no se halla en la conciencia de los hombres, en las ideas, teorías, concepciones e instituciones, sino en el ser social, en las condiciones de la vida material de la sociedad.

Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones de vida material de la sociedad, que en última instancia determinan las ideas sociales, las instituciones políticas y de otra clase de la sociedad?

 

1. El medio geográfico.

Entre  "las  condiciones  de  vida  material  de  la

sociedad" figura, ante todo, la naturaleza que rodea a la  sociedad,  el  medio  geográfico.  El  medio geográfico constituye una de las condiciones necesarias y permanentes de la vida material de la sociedad, que, indudablemente, influye sobre el desarrollo de ésta. El trabajo, según la definición de Marx, es "un proceso que se opera entre el hombre y la naturaleza". El medio geográfico que circunda la sociedad forma la base natural del proceso de producción de los bienes materiales.

El medio geográfico, sobre todo en las tempranas fases del desarrollo social, imprime su sello a los modos y las ramas de producción. Es obvio que, por ejemplo, no podía surgir la ganadería allí donde no existían animales aptos para ser domesticados. La existencia en una determinada región de yacimientos minerales hace posible la creación de las correspondientes ramas de la industria extractiva. Claro está que, para que esta posibilidad llegara a convertirse en realidad, tenían que darse, además de las condiciones naturales, las condiciones sociales congruentes, tenía que darse un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.

Las condiciones externas, naturales, de vida de la sociedad se dividen en las dos siguientes clases, con

 

arreglo a la función que desempeñan en la vida material de la sociedad, a lo largo de las diversas fases de su desarrollo:

1) la riqueza natural de medios de producción: la fertilidad natural del suelo, la abundancia de peces en

las aguas, de caza en los bosques, etc.;

2) La riqueza natural de fuentes de medios de trabajo:  saltos  de  agua;  ríos  navegables,  madera,

metales, carbón de hulla, petróleo, etc.

En las fases inferiores de desarrollo de la sociedad predomina  la  importancia  de  la  primera  clase  de

riquezas   naturales   para   la   vida   material   de   la

sociedad; en las fases superiores, la segunda.

En la sociedad primitiva, con sus medios rudimentarios de trabajo, los saltos de agua, los ríos navegables, los yacimientos de hulla, de petróleo, de manganeso o de cromo, no tenían una importancia vital, no influían en la producción material. Pero, en la fase actual de desarrollo de la sociedad, estas riquezas naturales han adquirido una importancia considerable y ejercen una influencia extraordinaria sobre la producción de los bienes materiales. La energía   hidráulica   del   Dniéper,   del   Volga,   del Angara, existieron durante miles y miles de años, sin que hasta la fase actual llegaran a convertirse en una base  natural  grandiosa  para  el  desarrollo  de  las fuerzas productivas. No cabe duda de que las condiciones geográficas favorables aceleran el desarrollo  de  la  sociedad,  mientras  que  las condiciones desfavorables lo entorpecen.

Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones geográficas más favorables para el desarrollo de la sociedad? A primera vista, podría parecer que son las que se dan en los climas tropicales, donde es más generosa la naturaleza que rodea al hombre, donde éste puede obtener con menor inversión de trabajo los medios de sustento que necesita. Pero ya decía Marx que una naturaleza excesivamente pródiga de sus bienes lleva al hombre de la mano, como a niño en andaderas. No le acucia a desarrollarse bajo la presión, de una necesidad natural.

La historia de la sociedad humana demuestra que el medio geográfico más favorable para el desarrollo

social  es  aquel  que  se  distingue  por  su  mayor

variedad. "La base natural de la división social del trabajo, qué mediante los cambios de las condiciones

naturales en que vive sirve al hombre de acicate de

 

 

 

sus   propias   necesidades,   capacidades,   medios   y modos de trabajo, no es la fertilidad absoluta del suelo, sino su diferenciación, la variedad de sus productos naturales".19

El medio geográfico no influye en el desarrollo de la sociedad solamente por medio de las posibilidades naturales más o menos favorables para el desarrollo de la producción social. Las condiciones geográficas, por  ejemplo  las  cadenas  montañosas  que  separan unas  de  otras  las  regiones  del  país,  el  contorno insular de éste, etc., pueden entorpecer o facilitar las comunicaciones entre los diversos pueblos, hacerlos más o menos asequibles para las agresiones guerreras desde el exterior, lo que, en fin de cuentas, influye en su desarrollo.

¿Quiere esto decir que las condiciones naturales, el medio geográfico sean el factor determinante del

que dependen en último resultado el desarrollo de la

sociedad, su estructura y la fisonomía de ésta?

Los partidarios de la tendencia geográfica en sociología y en historiografía sostienen erróneamente que es el medio geográfico (el clima, el suelo, el relieve de un país, el carácter de su fauna y su flora) lo que, directamente o a través de la alimentación o del género de ocupaciones, influye en la fisiología y en la psicología de los hombres, lo que determina sus inclinaciones, su temperamento, su tenacidad, su resistencia, y lo que, por medio de estos rasgos del carácter, decide todo el régimen de la sociedad.

Un pensador de la Ilustración francesa del siglo XVIII, Montesquieu, sostenía que las costumbres y las creencias religiosas de los hombres y el régimen social y político de los pueblos se determinan, fundamentalmente, por las condiciones del clima. En su obra titulada El espíritu de las leyes, escribía Montesquieu: "El calor excesivo mina las energías y abate el ánimo..., los climas fríos infunden al cuerpo y al  espíritu  del  hombre cierto rigor,  que lo hace capaz de actos tenaces, difíciles, grandes y arriesgados". "En los países del norte, el organismo es sano, reciamente constituido, pero desmañado y torpe, y se complace en cualquier género de actividad". "En los pueblos de estos países, escasean los vicios y abundan las virtudes, la sinceridad y la rectitud". "La pusilanimidad de los pueblos de los climas cálidos los ha conducido casi siempre a la esclavitud, al paso que la valentía de los pueblos de climas fríos los ha mantenido en el disfrute de su libertad". Tales eran los juicios históricos de Montesquieu.

Pero ¿cómo explicarse, entonces, que en las mismas  condiciones  climáticas,  en  el  mismo  país,

exista en épocas distintas un régimen social y político

diferente? El clima de Italia apenas cambió desde el tiempo de los Gracos al de Bruto o al de Julio César, y, sin embargo, de una época a otra se produjeron en Roma y en Italia complejos cambios económicos y

 

19 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 565.

 

políticos. Montesquieu, dándose cuenta de que el clima no podía explicar fenómenos como éstos, se armaba un embrollo y recurría a la concepción idealista usual en su tiempo: los cambios políticos y otros cambios sociales hay que explicarlos, decía, por la influencia de la legislación, de la "libre actividad" del legislador.

El sociólogo inglés Buckle, en su libro Historia de  la  civilización  en  Inglaterra,   a  diferencia  de

Montesquieu,  entendía  que  no  era  solamente  el clima, sino, en particular, el suelo, la alimentación y

el medio geográfico (la naturaleza circundante en general), lo que influía de un modo determinante en el carácter de los pueblos, en su psicología, en su

modo de concebir el mundo y en su régimen social y político. Según él, la temible y grandiosa naturaleza

de   los   países   del   trópico,   con   sus   frecuentes terremotos  y  erupciones  volcánicas,  con  sus tormentas y sus lluvias torrenciales, influye sobre la

imaginación de los hombres y se manifiesta en la poderosa  influencia  de  los  brujos  (los  sacerdotes)

sobre la vida de la sociedad. En cambio, la naturaleza de países como Grecia, Inglaterra, etc., contribuye, en opinión de Buckle, al desarrollo del pensamiento

lógico  y  de  la  conciencia  científica.  Este  autor atribuye  la  considerable  influencia  del  clero  y  la

difusión de las ideas supersticiosas en España e Italia a los movimientos sísmicos y a las erupciones volcánicas.

Sin  embargo,  en Italia  y bajo esas condiciones naturales de que se nos habla vivió en la antigüedad

el materialista Lucrecio y vivieron en la época del

Renacimiento el genial Leonardo de Vinci, el ingenioso   escritor   anticlerical   Boccaccio   y   el

valeroso luchador en pro de la ciencia y en contra del

oscurantismo católico Giordano Bruno, por no citar a otros. Inglaterra, que dió al mundo una pléyade de

pensadores materialistas, tales como Bacon, Hohbes,

Toland, Faraday y Darwin, se ve convertida hoy en refugio de oscurantismo y superstición, en hogar de las corrientes filosóficas más desaforadamente idealistas. En la misma China donde un día imperó la ideología  feudal  que  predicaba  a  las  masas   la sumisión y la resignación, ha triunfado hoy la ideología  revolucionaria  del  marxismo  leninismo.

¿Cómo explicar, pues, las diferencias de ideas, de concepciones del mundo, entre gentes que viven bajo

las mismas condiciones geográficas? Es evidente que

desde el punto de vista de la tendencia geográfica de la sociología no sería posible encontrar una respuesta a esta pregunta.

Como tampoco sería posible explicar, con arreglo a esta tendencia, por qué en un mismo país y en una

misma época existen clases contrapuestas, con diferente  psicología  y  con  ideales  y  modos  de concebir   el   mundo   antagónicos.   Solamente   el

materialismo histórico da una respuesta científica a todas estas preguntas.

 

 

 

El medio geográfico es una de las condiciones necesarias y permanentes de la vida material de la sociedad, pero sólo es relativamente permanente e invariable; sus cambios naturales se producen dentro de límites muy amplios, a lo largo de decenas de miles y millones de años, al paso que los cambios radicales del régimen social se llevan a cabo con un ritmo mucho más rápido, en el transcurso de miles o hasta de cientos de años. Por eso un factor relativamente  invariable  como  el  del  medio geográfico no puede ser considerado como causa determinante de los cambios y el desarrollo de la sociedad.

"En el transcurso de tres mil años, Europa -escribe

J. V. Stalin- vió desaparecer tres regímenes sociales: el del comunismo primitivo, el de la esclavitud y el régimen feudal, y en la parte oriental de Europa, en la U.R.S.S., fenecieron cuatro. Pues bien, durante este tiempo las condiciones geográficas de Europa no sufrieron ningún cambio, y si sufrieron alguno, fué tan leve, que la geografía no cree que merece la pena registrarlo. Y se comprende que sea así. Para que el medio geográfico experimente cambios de cierta importancia, hacen falta millones de años, mientras que en unos cientos o en un par de miles de años pueden operarse incluso cambios de la mayor importancia en el régimen social.

De aquí se desprende que el medio geográfico no puede    ser    la    causa    fundamental,    el    factor

determinante  del  desarrollo  social,  pues  ¿cómo  lo que permanece casi invariable a través de decenas de

miles de años va a poder ser la causa fundamental a que obedezca el desarrollo de lo que en espacio de

unos cuantos cientos de años experimenta cambios radicales?"20

Y es que los partidarios de la tendencia geográfica

en sociología consideran la sociedad humana como algo  pasivo,  simplemente  sujeto  a  la  acción  del medio geográfico. Esta concepción acerca de las mutuas relaciones entre la naturaleza y la sociedad es radicalmente falsa: las relaciones entre la sociedad y la  naturaleza  cambian  históricamente  con  el desarrollo de las fuerzas productivas sociales.

A diferencia de los animales, el hombre social no sólo se adapta a la naturaleza, al medio geográfico, sino que, a través de la producción, adapta la naturaleza a sí mismo, a sus necesidades, obliga a las fuerzas naturales a servir a sus fines.

Al desarrollar la producción social, los hombres alteran la fertilidad natural del suelo, unen por medio de canales los ríos, mares y océanos, llevan de un continente a otro las especies vegetales y animales, cambian   la   fauna   y   la   flora   del   planeta.   La humanidad pasa del empleo de un tipo de energía a otro, somete a su poder nuevas fuerzas naturales. De la utilización de la energía motriz animal, la sociedad

 

 

20    J.   V.   Stalin,  Cuestiones  del  leninismo,  trad.  española, Ediciones Sociales, México, 1941, págs. 650-651.

 

pasó  a  la  fuerza  motriz  del  viento,  del  agua,  del vapor, de la electricidad. Y, hoy, la humanidad se halla en vísperas de una nueva y la más grandiosa de las revoluciones técnicas: el empleo de la energía atómica para los fines de la producción.

Con el desarrollo de las fuerzas productivas, de los medios de comunicación y la división social del

trabajo, con la aparición del mercado mundial, se han

desplazado  las  fronteras  del  medio  geográfico  de estos   o   los   otros   pueblos,   se   ha   atenuado   la

dependencia directa de la industria de unos u otros

países con respecto a las fuentes locales de materias primas, ha surgido la necesidad de importar primeras materias. Así, por ejemplo, la industria algodonera de Inglaterra se desarrolló gracias al algodón importado de la India y Egipto; el mineral de hierro de España y Malasia se funde en los altos hornos ingleses. El petróleo de Indonesia, el Irak y el Irán se elabora y refina muy lejos de las fronteras de estos países por los  imperialistas  de los EE.UU.,  Inglaterra  y Holanda.

El progreso técnico, al crear la posibilidad de producir caucho sintético, materiales plásticos y bencina a base del carbón de hulla, ha permitido ensanchar las fuentes de materias primas y reducir la anterior dependencia de la producción con respecto a condiciones naturales como la existencia de yacimientos petrolíferos, de plantas naturales de caucho, etc.

Las proporciones y el carácter de la acción de la sociedad sobre el medio geográfico cambian con arreglo al grado de desarrollo de las fuerzas productivas y con arreglo al grado de desarrollo de la sociedad y al carácter del régimen económico. La época del capitalismo representó un gigantesco paso de avance en el desarrollo de las fuerzas productivas, en la sumisión de las fuerzas elementales de la naturaleza a la sociedad. Pero la meta y la fuerza motriz de la producción capitalista es la acumulación de capital, el hambre de ganancias. El capitalismo lleva consigo, por tanto, una actitud rapaz ante las riquezas  naturales,  lo  que  conduce  a  la transformación de territorios un día florecientes en campos desolados y estériles.

"...Todos  los  progresos  realizados  por  la agricultura   capitalista   -escribía   Marx-   no   son

solamente progresos en el arte de esquilmar al trabajador,  sino también en el arte de esquilmar la

tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fecundidad dentro de un período de tiempo determinado,  es  a  la  vez  un  paso  dado  en  el

agotamiento de las fuentes perennes que alimentan esta  fecundidad.  Este  proceso  de  aniquilación  es

tanto más rápido cuanto más se apoya un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria, como base de su desarrollo.21

 

21 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. 1. pág. 554.

 

 

 

Esta actitud rapaz de los capitalistas ante las riquezas naturales, la codicia que les lleva a extraer las mayores ganancias posibles ahora mismo o en el plazo más corto, sin pararse a pensar en lo que ello pueda perjudicar a la fertilidad del suelo en el futuro, ha conducido a terribles resultados en los Estados Unidos y en otros países capitalistas. Según los datos del sabio norteamericano Bennett, la erosión y la aeración de la superficie labrantía han sustraído casi totalmente al cultivo, en aquel país, 282 millones de acres de tierras.

Solamente acabando con el capitalismo e implantando el socialismo será posible sustituir el rapaz despilfarro de las riquezas naturales por su aprovechamiento racional y planificado al servicio de las necesidades de los trabajadores.

Bajo el régimen del socialismo, se lleva a cabo el cambio racional del medio geográfico en interés de la sociedad: la transformación planificada del mundo vegetal y animal, del clima, de la fertilidad del suelo y hasta del curso de los ríos y del relieve del suelo. Los hombres, a quienes el socialismo convierte en dueños y señores de sus relaciones sociales, pueden gobernar las poderosas fuerzas de la naturaleza. El florecimiento económico, político y cultural de las dieciséis repúblicas socialistas soviéticas agrupadas en la U.R.S.S. y situadas en las más diversas condiciones geográficas, es la confirmación práctica palmaria de cuán absurdas y anticientíficas son las teorías  burguesas  reaccionarias  que  pretenden explicar la estructura y el desarrollo de la sociedad con arreglo a las condiciones del medio geográfico.

No   cabe   duda   de   que   la   diversidad   y   la abundancia de riquezas naturales de la U.R.S.S. ha

ejercido y ejerce una favorable influencia sobre el

desarrollo de sus fuerzas productivas. Una de las condiciones  para  la  rápida  transformación  de  la

U.R.S.S. de un país agrario en un país industrial ha

sido la existencia en su seno de abundantes riquezas naturales: mineral de hierro, carbón, petróleo, etc. Sería falso, sin embargo, querer explicar el rápido ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas de la U.R.S.S. solamente (o fundamentalmente) por las condiciones  naturales  favorables  del  país.  Las mismas riquezas naturales existían en la vieja Rusia, antes de la revolución. Pero, no sólo no eran explotadas, sino que ni siquiera se conocían, ni siquiera  se  habían  explorado.  La  exploración científica planificada y en gran escala del subsuelo del inmenso territorio de la U.R.S.S. se ha llevado a cabo  por  vez  primera  bajo  las  condiciones  del régimen soviético. Solamente en la época soviética han llegado a conocer los pueblos de la U.R.S.S. qué inagotables tesoros guarda la entraña de la tierra poblada por ellos. De por sí, las riquezas naturales de Rusia  encerraban  tan  sólo  la  posibilidad  para  un

 

los terratenientes y capitalistas, esta posibilidad no podía llegar a convertirse en realidad. Para esto, fué necesario que se impusieran las condiciones del régimen socialista soviético.

La prensa y los libros burgueses siguen propagando ampliamente la tendencia geográfica de la sociología y la historiografía, a pesar de que hace ya mucho tiempo que esta teoría ha sido refutada por la ciencia y la experiencia. Los ideólogos de la burguesía reaccionaria, en la época del imperialismo, se valen de estas tendencias sociológicas e historio gráficas  para  tratar  de  justificar  la  política anexionista del imperialismo.

Los partidarios de estas reaccionarias teorías geográficas intentan explicar el atraso económico y

cultural de una serie de países del Oriente asiático, de

África y Sudamérica, por las características de su medio geográfico. Pero esto es una falacia. La verdadera  causa  del  atraso  y  la  miseria  de  la población  de  Turquía,  el  Pakistán,  la  India, Indonesia, Polinesia, el Irán, Egipto, Túnez, Argelia y otros países no es otra que el yugo colonial y semicolonial, el despojo de estos países por los imperialistas ingleses, norteamericanos y de otras nacionalidades.

"Dos circunstancias -escribe Palme Dutt- caracterizan  la  actual  situación  de  la  India.  La

primera es la riqueza del país, sus riquezas naturales,

la abundancia de sus recursos, las posibilidades potenciales para asegurar plenamente la existencia de

su actual población y aun de una población mayor

que la actual. La segunda es la miseria de la India, la miseria de la inmensa mayoría de la población del país..."22

El progreso económico y cultural de los países capitalistas se obtiene a costa del sojuzgamiento y la bestial explotación de los pueblos y del rapaz despilfarro de las riquezas naturales de las colonias y los   países   dependientes.   La   explotación   de   las colonias sigue siendo una de las fuentes de enriquecimiento de los países imperialistas. Los imperialistas entorpecen y frenan artificialmente el desarrollo  de  la  industria,  particularmente,  la industria de construcción de maquinaria, en las colonias y en los países dependientes. Esto explica por  qué  la  producción  industrial  global  de  estos países sólo representa el 5 por 100 de la del mundo capitalista, a pesar de que su población forma el 70 por 100 del censo total de la población de dicho mundo. Las potencias imperialistas convierten a las colonias y a los países dependientes en apéndices agrarios suyos y en fuentes de materias primas para su industria; para lo cual procuran fomentar en las colonias un sistema de relaciones económicas atrasadas y de instituciones políticas reaccionarias.

Cuando los pueblos de la India, Indonesia, Egipto,

 

rápido   desarrollo           económico.        Pero,     en          las                         

 

condiciones de la Rusia zarista, bajo el régimen de

 

22 Palme Dutt, La India de hoy, cit. de la trad. rusa, Moscú, 1948, pág. 22.

 

 

 

etc., hayan logrado sacudir definitivamente el yugo imperialista  y  conquistar  su  plena  libertad económica, demostrarán al mundo qué nivel tan alto de desarrollo pueden alcanzar los países independientes, en las mismas condiciones geográficas. Así lo atestigua ya hoy el ejemplo de la China liberada, con el amplio despliegue de sus poderosas  fuerzas.  La  China  democrática  liberada está desarrollando ya actualmente su edificación industrial socialista en enormes proporciones y llevando a cabo una serie de medidas extraordinariamente importantes para la transformación de la naturaleza: construcción de potentes esclusas, sistemas de riego, estanques artificiales, etc.

Los sostenedores del punto de vista geográfico en la sociología y la historiografía pretenden infundir a

los  pueblos  de  las  colonias  la  idea  de  que  deben

resignarse a su suerte de esclavos, condenarlos a la pasividad. Tratan de justificar la esclavitud colonial,

de   eximir   a   las   potencias   imperialistas   de   su

responsabilidad por el atraso de las colonias esquilmadas y arruinadas por ellas, descargando esta responsabilidad sobre la naturaleza, sobre el medio geográfico.

El materialismo histórico pone de manifiesto la inconsistencia científica de la tendencia geográfica

de  la  sociología  y  la  historiografía  y  ofrece  una

explicación certera de la verdadera función del medio geográfico en el desarrollo de la sociedad. El medio

geográfico  es  una  de las condiciones  necesarias  y

permanentes de la vida material de la sociedad. Acelera o amortigua el curso del desarrollo social. Pero no constituye ni puede constituir la fuerza determinante del desarrollo de la sociedad.

 

2. El crecimiento de la población.

Entre  las  condiciones  de  vida  material  de  la

sociedad, figura también, junto al medio geográfico, el crecimiento de la población, la mayor o menor densidad de ésta. Los habitantes constituyen un elemento   necesario   de   las   condiciones   de   vida material de la sociedad. La vida de la sociedad sería imposible sin un mínimum de población.

No  cabe  duda  de  que  el  crecimiento  de  la población  influye  en  el  desarrollo  de  la  sociedad.

Con  arreglo  a  ciertas  condiciones  históricas concretas, el crecimiento de la población, la mayor o

menor  densidad  de  ésta,  pueden  acelerar  o amortiguar el desarrollo de la economía. De la mayor o menor densidad y del ritmo de crecimiento de la

población dependen, hasta cierto punto, en igualdad de  condiciones,  la  posibilidad  de  asimilación  de

nuevas tierras y hasta el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas. Para poder asimilarse, por ejemplo, las riquezas naturales de Siberia y el Lejano

Oriente, es necesario que la población de estas regiones crezca considerablemente, que aumente su

 

densidad de población. Bajo las condiciones del régimen socialista, esto acelera todavía más el ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas e incrementa la riqueza nacional del país.

Cabe, pues, preguntarse si no será el crecimiento de la población el factor fundamental que determina el carácter del régimen social y el desarrollo de la sociedad. El materialismo histórico contesta negativamente a esta pregunta. El crecimiento de la población  facilita  o  entorpece  el  desarrollo  social, pero no es, en modo alguno, el factor fundamental, determinante, del desarrollo de la sociedad.

El  crecimiento  de  la  población,  de  por  sí,  no puede explicar ni la estructura de la sociedad ni por

qué, digamos, la sociedad feudal fué sustituida concretamente por la sociedad capitalista y no por

otra  cualquiera  y  por  qué  el  capitalismo  es desplazado precisamente por el socialismo, y no por otro régimen social.

"Si el crecimiento de la población fuese el factor determinante  del  desarrollo  social,  a  una  mayor

densidad de población tendría que corresponder forzosamente, en la práctica, un tipo proporcionalmente más elevado de régimen social. Pero, en la realidad, no ocurre así".23

Así, por ejemplo, la densidad de población de la India es mayor que la de los EE.UU., a pesar de lo cual los EE.UU. están por encima de la India, en cuanto al nivel de su desarrollo: la India es un país semifeudal, al paso que los EE.UU. se hallan en la última fase del capitalismo. La densidad de población de Bélgica es 19 veces mayor que la de los EE.UU. y

26 veces mayor que la de la U.R.S.S. y, sin embargo, los EE.UU. ocupan un nivel más alto que Bélgica

desde el punto de vista del desarrollo social, y tanto

los EE.UU. como Bélgica se hallan por debajo de la

U.R.S.S. en toda una época histórica, por cuanto que en ambos países sigue dominando el régimen capitalista, mientras que la U.R.S.S. ha liquidado ya el capitalismo e instaurado en su territorio el régimen socialista.

De donde se desprende que el crecimiento de la población no es ni puede ser el factor fundamental en el desarrollo de la sociedad, el factor que determina el carácter del régimen social, la fisonomía de la sociedad.

En consonancia con el carácter del régimen social, el  crecimiento  de  la  población  puede  influir  de diverso modo sobre el desarrollo de la sociedad. En la U.R.S.S., donde no existen explotadores, el crecimiento de la población significa el aumento del número de trabajadores, de la fuerza básica de producción de la sociedad. Esto explica por qué el crecimiento de la población, en la U.R.S.S., acelera el desarrollo de la sociedad. En cambio, bajo las condiciones del capitalismo, con su paro forzoso crónico, el crecimiento de la población no equivale,

 

23 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit., pág. 60.

 

 

 

de por sí, al incremento de las fuerzas productivas.

En contra de la opinión de los demógrafos y economistas burgueses, el marxismo ha demostrado

que el crecimiento de la población no es, en modo

alguno, independiente de las condiciones sociales del factor biológico, sino que se acelera o se amortigua con arreglo al carácter del régimen social y al grado de su desarrollo. Marx ha puesto de manifiesto, en El Capital, que a cada régimen históricamente determinado de producción son inherentes sus leyes de población propias y específicas. El régimen capitalista de producción, con la explotación y la miseria de las masas que lleva consigo, con las crisis y el paro forzoso, especialmente bajo las condiciones del capitalismo contemporáneo, amortigua el crecimiento de la población, influye sobre ella en un sentido negativo.

El capitalismo se revela como un sistema reaccionario, como un freno para el desarrollo de la

humanidad, ya por el mero hecho de oponer barreras al  crecimiento  de  la  población.  "La  humanidad  -

escribía  Engels-  podría  multiplicarse  más rápidamente de lo que cabe exigir de la sociedad burguesa contemporánea. Lo cual es para nosotros

una condición más para declarar que la sociedad burguesa constituye un obstáculo puesto al progreso y que debe ser eliminado".24

Por el contrario, las condiciones del socialismo, en que crecen de un modo ininterrumpido las fuerzas productivas y el bienestar material de las masas trabajadoras, estimulan por todos los medios el crecimiento de la población. Según los datos de antes de la guerra, la Unión Soviética, con una población de  170  millones  de  habitantes,  arrojaba  un crecimiento natural de la población mayor que toda la Europa capitalista, cuyo censo de población ascendía a 399 millones de personas.

Como resultado del constante desarrollo del bienestar material de los trabajadores y de los éxitos

de la sanidad pública en la U.R.S.S., de 1913 a 1953

el coeficiente de mortalidad ha descendido en más de tres veces, y el descenso de la mortalidad infantil es

mayor aún. Esto hace que el aumento anual medio de

la población, en la U.R.S.S., sea mayor que antes de la guerra. Ello es el resultado del régimen socialista, que  ha  venido  a  liberar  a  los  trabajadores  de  las crisis, el paro forzoso y la miseria.

Los sociólogos y economistas burgueses - partidarios  de  la  tendencia  biológica-  tratan  de

encontrar en el crecimiento de la población la clave

para la comprensión de las leyes y fuerzas motrices de la vida social. Algunos de ellos (por ejemplo, H.

Spencer) ven en el crecimiento de la población la

causa primordial que impulsa el desarrollo de la sociedad y hace marchar a ésta hacia adelante.

Otros    sociólogos           burgueses          adscritos             a              la

tendencia biológica consideran el crecimiento de la

 

24 C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa, pág. 172.

 

población, por el contrario, como la fuerza que frena el desarrollo de la sociedad, y tratan de explicar las guerras, el paro forzoso, el incremento de la miseria y otras lacras del capitalismo como consecuencias del crecimiento "desmedido" de la población.

Como hemos visto más arriba, Malthus, economista   inglés   de   fines   del   siglo   XVIII   y

comienzos   del   XIX,   para   justificar   el   régimen

capitalista, inventó una "ley" según la cual el crecimiento  de  la  población  rebasa,  según  él,  el

incremento    de    la    producción    de    medios    de

subsistencia. En esta inventada "discordancia" entre el crecimiento de la población y el de los medios de subsistencia ve Malthus la causa del hambre, de la miseria, del paro forzoso y de otras calamidades de los   trabajadores   bajo   el   capitalismo.   Pero,   en realidad, el desarrollo de los países capitalistas en los siglos XIX y XX atestigua que, en contra de la llamada "ley" de Malthus, las fuerzas productivas y la riqueza social crecen bastante más aprisa que la población. Lo que ocurre es que los frutos de la creciente productividad del trabajo no se los apropian los trabajadores, sino la burguesía y los demás explotadores.

Marx ha demostrado que, bajo el capitalismo, es la burguesía la que se aprovecha del progreso técnico en contra de los obreros, que el desarrollo de las fuerzas productivas desaloja del proceso de producción a nuevos y nuevos grupos de obreros. Y, a consecuencia de esto, se forma una superpoblación relativa y crece el ejército de reserva del trabajo, el ejército de los parados. Los maltusianos tratan de presentar  esta  superpoblación  relativa,  engendrada por el régimen capitalista, como una superpoblación absoluta, inherente según ellos a toda sociedad y que responde a una "ley natural". Pero el marxismo ha puesto de manifiesto que las causas del paro forzoso, de la miseria de las masas y del hambre no radican en las leyes de la naturaleza, sino en el sistema del capitalismo.

A pesar de que hace ya mucho tiempo que la ciencia y la misma vida social se han encargado de

refutar   la   reaccionaria   teoría   de   Malthus,   los

ideólogos de la burguesía imperialista siguen defendiéndola y propagándola. Se valen de ella para justificar las contradicciones y las lacras del capitalismo  y  para  fundamentar  la  política anexionista del imperialismo.

Winston Churchill, en un discurso pronunciado en octubre de 1951, trataba de explicar las dificultades de la Inglaterra capitalista y las calamidades de su pueblo por la superpoblación del país. "En una isla capaz para alimentar a 30 millones -declaraba Churchill- viven 50 millones de personas". De este modo, el dirigente político de la burguesía inglesa en el  siglo  XX  busca  la  explicación  a  las contradicciones del capitalismo en la necedad inventada en el siglo XVIII por su inspirador, el cura

 

 

 

Malthus.

Pero   aún   más   cínicas   y   repulsivas   que   en

Inglaterra son las formas que las teorías neomaltusianas adoptan en Norteamérica. En 1948 vio  la  luz  en  los  EE.UU.  un  libro  del  fascista Wilhelm Vogt titulado El camino de la salvación, en el que se dice: "La humanidad se encuentra en trance difícil. Debemos damos cuenta de ello y dejar de lamentamos de los sistemas económicos, del tiempo, del fracaso y de la insensibilidad de los santos. Esto será el comienzo de la sabiduría y el primer paso por nuestro largo camino. El segundo consistirá en la limitación de la natalidad y en la restauración de los recursos".  Vogt  declara  que  los  recursos  naturales son limitados y la natalidad es excesiva. Uno de los capítulos de su libro se titula: "Demasiados norteamericanos". Sobran, según él, 45 millones de norteamericanos. La fuente de las calamidades de los pueblos  de  las  colonias  y  países  dependientes  se halla, según Vogt y las gentes de su mentalidad, no en el yugo colonial imperialista, sino en la "superpoblación".

El   neomaltusianismo   postula   la   implantación coactiva  de  medidas  encaminadas  a  restringir  la

natalidad, a poner en práctica la esterilización. y considera  como  los  medios  más  apetecibles  para

restringir la natalidad la guerra y las epidemias. Estos monstruos reputan las malas cosechas, el hambre y las    epidemias,    no    como    azotes,    sino    como

bendiciones. Para los neomaltusianos, la medicina y la sanidad pública no son un bien, sino un mal, por

cuanto que reducen la mortalidad y contribuyen al crecimiento de la población. ¿No habrá  demasiados

niños?, es el título de un libro del neomaltusiano francés P. Rebou (París, 1951).

La  burguesía  imperialista  se  vale  de  las  ideas

seudocientíficas del maltusianismo, al igual que de los desvaríos de la "geopolítica", en su política exterior, como medio para justificar su dominación sobre las colonias y cohonestar el atraso y la miseria escandalosas de los trabajadores. He aquí, por ejemplo, lo que escribe el experto en economía de la burguesía inglesa W. Ensti: "¿Dónde está el Malthus indio que se alce contra la aparición en masa de los niños hindúes que devastan el país?" En todos los escritos de los neomaltusianos, lo mismo que en las obras  del  propio  Malthus,  se  falsifican  los  datos acerca  del  crecimiento  de  la  población  y  de  los medios de subsistencia.

En   su  libro   La  India   de   hoy,  Palme   Dutt, basándose   en   una   cantidad   inmensa   de   datos

incontrovertibles, pulveriza los desvaríos neomaltusianos,    difundidos    para    justificar    la

dominación de los imperialistas ingleses, norteamericanos y otros en los países de Asia, África y  Sudamérica.  En  contra  de  lo  que  sostienen  los

 

supera al crecimiento de la población; el mal está en que los víveres y otros bienes, en los países capitalistas, no se hallan a disposición del pueblo, sino de los explotadores. Como consecuencia de la aterradora mortalidad, el crecimiento de la población en la India es considerablemente más bajo que en Inglaterra y Europa. Así, el censo de población de la India es de 389 millones de habitantes, en comparación con los 100 millones con que el país contaba en el siglo XVI. El crecimiento de la población,  en  término  de  tres  siglos,  ha  sido,  por tanto, solamente de 3,8 veces. La población de Inglaterra y País de Gales, que en 1700 era de 5,1 millones de habitantes, asciende actualmente a 40,4 millones,25  lo que quiere decir que ha aumentado en

8 veces, durante un período de dos siglos y medio. Así   se   derrumba   la   leyenda   del   "desmedido"

crecimiento de la población en la India. Y, con ella,

la reaccionaria teoría neomaltusiana que atribuye al crecimiento de la población la miseria de las masas,

el  hambre  y  el  paro  forzoso  engendrados  por  el

capitalismo.

Sólo  el  materialismo  histórico  nos  ofrece  una explicación científica del crecimiento de la población

y de lo que significa en el desarrollo de la sociedad. El crecimiento de la población constituye una de las

condiciones de la vida material de la sociedad, que influye   en   el   desarrollo  de   ésta,   pero   que   no determina  ni  puede  determinar  la  estructura  de  la

sociedad de que se trata ni su paso de una formación social a otra.

 

3. El modo de producción, factor determinante del desarrollo social.

¿Cuál  es,  entonces,  el  factor  determinante  del

desarrollo social, la causa fundamental que determina la estructura de la sociedad y el paso de un régimen

social a otro? El materialismo histórico enseña que el

factor fundamental, determinante, del desarrollo de la sociedad es el modo de producción de los bienes materiales, del alimento, el vestido, el calzado, la vivienda, el combustible y los instrumentos de producción, necesarios para que la sociedad pueda vivir y desarrollarse.

Para   vivir,   los   hombres   necesitan   alimento, vestido, calzado, tienen que disponer de un techo y

de combustible, etc. Para llegar a poseer estos bienes que    su    vida    hace    indispensables,    necesitan

producirlos. Y la producción de bienes materiales requiere, a su vez, instrumentos de producción y la capacidad necesaria para crearlos y utilizarlos en la

lucha con la naturaleza. La producción de bienes materiales    constituye    la    base    permanente    e

imprescindible de vida de la sociedad. Si la producción cesase, la sociedad desaparecería.

El hombre se remontó sobre el mundo animal y

 

neomaltusianos,   el   aumento   de  la   producción   de               

 

medios de sustento, en la India y en todo el mundo,

 

25  Según las manifestaciones de Churchill más arriba citadas, a

50 millones.

 

 

 

comenzó a ser hombre gracias a la producción. En este  sentido,  dice  Engels  que  el  trabajo  creó  al hombre mismo. Los animales se comportan pasivamente con la naturaleza exterior. Dependen totalmente, en su existencia y desarrollo, de lo que la naturaleza circundante les brinda. La sociedad humana, por el contrario, mantiene una lucha activa con la naturaleza y, por medio de los instrumentos de producción, la hace servir a sus propias necesidades. Valiéndose de las fuerzas y los objetos de la naturaleza exterior, la sociedad crea los productos, los bienes materiales necesarios para su existencia, que la naturaleza no le ofrece ya acabados.

Al producir los medios necesarios para su vida, los hombres producen también, simultáneamente, su

propia vida material. De aquí que la existencia y el

desarrollo de la sociedad humana dependan íntegramente de la producción de los bienes materiales, del desarrollo de la producción. La producción  es  condición  permanente  de  existencia del hombre, una necesidad natural eterna; sin producción,  sería  imposible  el  intercambio  de materias entre el hombre y la naturaleza, es decir, sería imposible la misma vida humana.

Marx  define  el  proceso  de  producción, considerado bajo su forma general y común a todas las fases de desarrollo de la sociedad, como la actividad del hombre encaminada a un fin y que crea los valores de uso, como el proceso con que el hombre, mediante su actividad, facilita, regula y controla el intercambio de materias entre él mismo y la naturaleza. "El hombre pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los brazos y las piernas, la cabeza y las manos, para de ese modo asimilarse, bajo una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda, y a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina".26

A diferencia de los actos instintivos de los animales, el trabajo humano es una actividad encaminada a un fin. Como tal, el trabajo es propio y exclusivo del hombre. La araña, escribe Marx, realiza operaciones parecidas a las del telar, y la abeja, al construir sus panales, podría servir de ejemplo a muchos arquitectos. "Pero hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la peor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar  el  proceso  existía  ya  en  la  mente  del obrero, es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal.  El  obrero  no  se  limita  a  hacer  cambiar  de forma la materia que le brinda la naturaleza, sino que

 

sabe que rige como una ley las modalidades de su actuación y al  cual  tiene necesariamente que supeditar su voluntad".27

El  trabajo  humano,  en  cuanto  actividad encaminada a un fin, en cuanto proceso de acción activa sobre la naturaleza, presupone como condición necesaria la creación y el empleo de instrumentos de producción.

Todo proceso de trabajo, todo proceso de producción, incluye los tres factores siguientes: 1)

una actividad del hombre encaminada a un fin, que es

el trabajo; 2) un objeto sobre el que el trabajo recae;

3)  instrumentos  de  producción  con  ayuda  de  los cuales actúa el hombre.

El proceso de producción surge cuando el hombre comienza a crear instrumentos de producción. Antes

de crear instrumentos de producción, siquiera fuesen los más primitivos, a la manera de la piedra afilada o del palo con ayuda de los cuales atacaba a las fieras o

derribaba los frutos del árbol, el mono antropoide antepasado del hombre no llegó a destacarse todavía

del  reino  animal.  El  mono  antropoide  remontóse sobre el mundo animal y se transformó en el hombre a  partir  del  momento  en  que  comenzó  a  crear

instrumentos de producción. Con ayuda de éstos -de sus órganos artificiales- prolongó, por así decirlo, las

proporciones naturales de su cuerpo y comenzó a someter a su poder la naturaleza. La producción y el empleo de medios de producción "caracterizan el proceso de trabajo específicamente humano".28

También el mono antropoide emplea, a veces, el palo y la piedra como medios de defensa o de ataque. Pero ningún mono, ningún animal, llega a producir ni el más rudimentario instrumento de trabajo. Los animales de todas las especies, hasta las más altas, se limitan a utilizar lo que la naturaleza les ofrece. El único que crea sus instrumentos de producción es el hombre.

La creación y el empleo por el hombre de instrumentos  de  trabajo,  la  aparición  de  la producción, marca el comienzo de un nuevo tipo de desarrollo, el paso del reino animal a la sociedad humana. Esta se caracteriza por la vigencia de nuevas leyes específicas y nuevas formas de desarrollo, radicalmente distintas de las biológicas.

En el proceso del trabajo se transforma, no sólo la naturaleza,   sino   también   el   propio   hombre:   se

perfeccionan  sus  órganos  naturales,  se  refina  su

inteligencia, el hombre adquiere destreza y perspicacia. Gracias al trabajo y a la producción, van progresando a lo largo de los milenios, de generación en generación, los dos principales órganos naturales del hombre, la mano y el cerebro. Por virtud principalmente del trabajo, la mano humana alcanza tal perfección, que es capaz de crear obras inmortales de la pintura como los cuadros de Rafael, de Tiziano,

 

al  mismo  tiempo  realiza  con  ello  su  fin,  fin  que  él                

27 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 200.

 

26 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 199.

 

28 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 202.

 

 

 

de Surikov, de Repin, de Chishkin y de Levitán, o grandiosos monumentos arquitectónicos, como las severas y esbeltas torres del Kremlin de Moscú.

El trabajo fué la condición decisiva para la aparición y el desarrollo de la lengua, del lenguaje

articulado.    Sólo    gracias    al    trabajo    pudo    la

inteligencia del hombre alcanzar un grado tal de desarrollo que le permitiera llegar a descifrar las innumerables cualidades de la materia, descubrir los nexos internos entre los fenómenos de la naturaleza, penetrar en sus leyes y, basándose en ellas, dominar las fuerzas naturales y obligarlas a actuar las unas sobre las otras, en consonancia con los fines, las necesidades y las aspiraciones de la sociedad.

"Paralelamente con el desarrollo de la mano, paso a   paso,   fué   desarrollándose  también  la  cabeza; surgió, primeramente, la contienda de las condiciones de resultados útiles de carácter práctico, y posteriormente, a base de esto, en los pueblos que se encontraban en una situación más favorable, el hombre llegó a comprender las leyes de la naturaleza que   las   hacían   posibles.   Y,   a   la   par   con   la comprensión  sin  cesar  creciente  de  las  leyes naturales, se desarrollaron, a su vez, los medios para actuar sobre la naturaleza. Por medio de la mano solamente, jamás habría llegado el hombre a inventar la máquina de vapor, si a la vez que la mano, paralelamente con ella, y en parte gracias también a ella, no se hubiese desarrollado, asimismo, congruentemente, el cerebro del hombre".29

La experiencia, la destreza y la perspicacia acumuladas   en   el   proceso   de   trabajo   fueron

plasmadas  por  el  hombre  en  los  instrumentos  de

producción.

Instrumentos de producción son el objeto o el conjunto de objetos de que el hombre trabajador se

vale  para  actuar  sobre  el  objeto  del  trabajo.  El hombre pone a contribución, en el proceso de trabajo,

las propiedades mecánicas, físicas y químicas de los cuerpos, para obligar a unos cuerpos a actuar sobre otros, en consonancia con el fin perseguido. Entre los

instrumentos de producción incluye Marx, ante todo, los medios mecánicos de trabajo, el conjunto de los

cuales llama "el sistema óseo y muscular de la producción".  Estos  medios  de  trabajo  eran,  en  la época del feudalismo, el arado con reja de hierro, el

molino de viento y una serie de instrumentos manuales, tales como el telar de mano y otros. Bajo

el capitalismo, encuentran la máxima difusión toda clase de máquinas y sistemas de máquinas.

En consonancia con los cambios operados en los

instrumentos de producción cambia también la fuerza de trabajo  y cambian los hombres llamados a poner en acción aquellos instrumentos. De aquí que los instrumentos de producción históricamente determinados sean la medida del grado de desarrollo

 

de máquinas de nuestros días presupone el correspondiente grado de desarrollo de los hombres, de los trabajadores productores de bienes materiales y a quienes su experiencia productiva y sus hábitos de trabajo capacitan para producir estas máquinas y manejarlas. Al surgir nuevos instrumentos de producción, cambian también el carácter y el grado de  desarrollo  de  la  fuerza  de  trabajo.  Primero, cambian los instrumentos de producción; después, y a  tono  con  ello,  cambian  los  hombres,  los trabajadores que los ponen en movimiento. Mientras no existieron locomotoras, no podía haber maquinistas. Los tractoristas y conductores de segadoras-trilladoras surgieron al aparecer los tractores y la maquinaria agrícola.

Los instrumentos de producción no son solamente la medida y el criterio del grado de desarrollo de la

fuerza de trabajo; son, además, el exponente del nivel

de desarrollo económico alcanzado por la sociedad. "Y así como la estructura y armazón de los restos de

huesos tienen una gran importancia para reconstruir

la organización de especies animales desaparecidas, los vestigios de instrumentos de trabajo nos sirven para apreciar antiguas formaciones económicas de la sociedad  ya  sepultada".  "Lo  que  distingue  a  las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace, con qué instrumentos de trabajo se hace". Las épocas económicas no se distinguen solamente por lo que se produce, sino por el modo cómo se produce, por los medios de trabajo que para ello se emplean".30

Pero, por muy grande que sea la importancia de los instrumentos de trabajo, en el proceso de producción de los bienes materiales y en el desarrollo de la sociedad, de por sí, desligados de los hombres, no constituyen nunca la fuerza de producción social.

"Una  máquina  que  no  presta  servicio  en  el proceso de trabajo es una máquina inútil. Y no sólo es inútil, sino que además cae bajo la acción destructora del intercambio natural de materias. El hierro  se  oxida, la  madera  se  pudre.  La hebra  no tejida o devanada es algodón echado a perder. El trabajo vivo tiene que hacerse cargo de estas cosas, resucitarlas de entre los muertos, convertirlas de valores de uso potenciales en valores de uso reales y activos".31

Los instrumentos de producción los crean y ponen en movimiento los hombres, los productores de los bienes materiales. Las fuerzas productivas de la sociedad no consisten, por tanto, solamente en los instrumentos de producción, sino también, y sobre todo, en los hombres llamados a utilizarlos en los procesos productivos. La fuerza productiva más importante son los trabajadores. "Los obreros, los trabajadores,  son la primordial fuerza productiva de

 

de la fuerza de trabajo humana. La producción a base                 

30 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 101.

 

29 F. Engels, Dialektik der Natur, Berlín, 1955, pág. 22.

 

31 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 101.

 

 

 

toda la humanidad".32

Las fuerzas productivas de la sociedad son, por tanto, los instrumentos de producción mediante los

cuales  se  producen  los  bienes  materiales,  y  los

hombres que los ponen en movimiento, llevando a cabo la producción de dichos bienes, gracias a su experiencia y a sus hábitos de trabajo. Estos dos elementos,  considerados  en  conjunto  e  integrando una unidad, forman las fuerzas productivas de la sociedad.

Ahora bien, las fuerzas productivas no son más que uno de los aspectos del modo de producción.

Constituyen la actitud activa de la sociedad ante la

naturaleza, ante los objetos y las fuerzas naturales de que la sociedad se vale para la producción de los

bienes materiales.

El segundo aspecto necesario de todo modo de producción son las relaciones  de producción  entre los hombres. Los hombres dedicados a producir no mantienen determinadas relaciones solamente con la naturaleza, sino también los unos con los otros.

"En la producción -dice Marx-, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin  asociarse  de  un  cierto  modo,  para  actuar  en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción".33

La   producción   de   los   bienes   materiales   es siempre, en todas las fases de desarrollo de la humanidad, una producción social. El hombre es un ser social. No puede vivir al margen de la sociedad, al margen de las relaciones de producción con los demás hombres. Estos no pueden ocuparse de la producción aisladamente, de un modo individual, independientemente los unos de los otros. La figura y el mito de Robinson no son sino el fruto de la imaginación de los literatos y de los economistas burgueses.  En  la  realidad,  los  hombres  se  han ocupado siempre de la producción y han librado la lucha con la naturaleza, no aisladamente, sino conjuntamente, en grupos, en sociedades. Por eso, en la producción, los hombres establecen siempre entre sí determinadas relaciones de producción, independientes de su voluntad. Los mismos campesinos y artesanos, cuyo trabajo se basa en la propiedad privada sobre los medios de producción y que crean sus productos individualmente, por su cuenta y riesgo, se hallan enlazados, de hecho, con la producción   social.   Su   producción  tiene   carácter social, porque se hallan vinculados con el resto de la sociedad,  con  los  demás  productores  de  bienes

 

 

32 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXIX, pág. 334.

33 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t. I, págs. 71-

76.

 

materiales,  por  medio  de  la  división  social  del trabajo. Y, en particular, los instrumentos de producción empleados por los campesinos y los artesanos, no los han creado ellos mismos, sino otros hombres, los encargados de extraer el mineral de hierro, de convertirlo en hierro fundido y en acero, en arados, hoces y guadañas, en trilladoras, clavos, etc.

Las relaciones de producción forman, en cada sociedad,  una  red  muy  complicada  de  nexos  y

relaciones entre los hombres que toman parte en la producción.  Tomemos  como  ejemplo  la  sociedad

capitalista. En ella existen, ante todo, la propiedad capitalista sobre los medios de producción y, a base de ella, las relaciones de explotación de los obreros

por los capitalistas. Del campo de las relaciones de producción forman también parte las relaciones entre

los hombres que se ocupar en las diversas ramas de la producción. La división del trabajo entre la ciudad y el campo, la explotación capitalista de la aldea por la

ciudad, caen también dentro del campo de las relaciones  de  producción.  Como  son,  asimismo,

relaciones económicas, de producción, todas las que forman la complicada red de las relaciones del mercado,  las  relaciones  de  la  compraventa  y  la

concurrencia. Entre todos estos tipos de relaciones de producción existe un nexo, una interdependencia.

Para poder comprender la vida social, hay que buscar la base sobre que descansa este complejo sistema de relaciones de producción. Esta base, que

determina el carácter del modo de producción y la fisonomía de toda la sociedad, es la relación entre los

hombres y los medios de producción; dicho en otros términos,  la  forma  de  propiedad  que  sobre  éstos

recae.

"Si el estado de las fuerzas productivas responde a la pregunta de con qué instrumentos de producción

crean los hombres los bienes materiales que les son necesarios, el estado de las relaciones de producción

responde ya a otra pregunta: ¿en poder de quién están los medios de producción (la tierra, los bosques, las aguas,   el    subsuelo,   las   materias   primas,   las

herramientas  y  los  edificios  dedicados  a  la producción,  las  vías,  y  medios  de  comunicación,

etc.), a disposición de quién se hallan los medios de producción: a disposición de toda la sociedad, o a disposición  de  determinados  individuos,  grupos  o

clases, que los emplean para explotar a otros individuos, grupos o clases ?"34

Las formas de propiedad sobre los medios de producción determinan todas las demás relaciones vigentes en la sociedad de que se trata; la situación

de los distintos grupos sociales en el campo de la producción,  sus  relaciones  mutuas,  las  formas  de

distribución de los productos: todas estas relaciones dependen íntegramente del carácter de la propiedad sobre los medios de producción.

La propiedad sobre los medios de producción no

 

34 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit., págs. 656-657.

 

 

 

es, simplemente, una relación entre hombres y cosas: es una relación social entre hombres, que se expresa por intermedio de las cosas, a través de la relación con  los  medios  de  producción:  la  clase  de  los hombres   a   la   que   pertenecen   los   medios   de producción (los capitalistas y terratenientes) domina a  los  hombres  carentes  total  o  parcialmente  de medios de producción (a los proletarios y los campesinos). En la fábrica capitalista, por ejemplo, las relaciones entre el capitalista y el obrero es una relación de explotación, de dominación y de sometimiento.

Los   economistas   y   sociólogos   burgueses,   al definir las relaciones económicas entre los hombres,

destacan lo que aparece en la superficie, a saber: las relaciones de distribución de los productos. Tratan de

esfumar, en cambio, lo esencial, lo fundamental: la forma de la propiedad, la relación con los medios de producción, que determina la situación y el lugar que

en la producción ocupan los hombres, dentro de la sociedad.

Criticando la superficialidad de las concepciones burguesas acerca de las relaciones económicas entre los    hombres,    escribe    Marx:    "Antes    de    ser

distribución de los productos, la distribución es: 1)

distribución de los instrumentos de producción, y 2)

lo que sólo representa una caracterización distinta de la relación anterior, distribución de los miembros de la sociedad entre los distintos tipos de producción (clasificación de los individuos entre las relaciones de producción determinadas). La distribución de los productos no es, evidentemente, sino el resultado de esta  distribución  que  va  implícita  en  el  proceso mismo de producción y que determina la estructura de ésta".35

Así, pues, la forma de la propiedad sobre los medios    de    producción    es    lo    principal,    lo

fundamental,  lo  que  determina  la  naturaleza,  el

carácter de las relaciones de producción imperantes en la sociedad de que se trata.

Las relaciones de producción entre los hombres

son relaciones materiales. A diferencia de las relaciones ideológicas, existen al margen de la conciencia e independientemente de la voluntad de los hombres.

Los  falsificadores  del  marxismo,  idealistas  del tipo   de   Max   Adler   y   A.   Bogdánov,   y   sus

continuadores,  por  el  estilo  de  un  E.  Bäse  (en  la

Alemania occidental), tratan de presentar las relaciones de producción como relaciones psíquicas, espirituales, identificando el ser social con la conciencia social. Se basan para ello en el hecho de que los hombres intervienen en la producción como seres dotados de conciencia, de que la actividad productiva es una actividad consciente; de donde, según  ellos,  se  deduce  que  también  las  relaciones

 

 

35 C. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Oeknomie, Moscú, 1939, pág. 208.

 

creadas en el campo de la producción se establecen por  medio  de  la  conciencia,  son  relaciones  de carácter psíquico, espiritual.

Pero el hecho de que los hombres entren en relaciones   los   unos   con   los   otros   como   seres

conscientes no significa, ni mucho menos, que las

relaciones de producción se identifiquen con la conciencia social. He aquí lo que acerca de esto dice Lenin: "Al entrar en relaciones, los hombres, en todas las formaciones sociales más o menos complejas -y, especialmente, en la formación social capitalista-, no tienen   conciencia   de   cuáles   son   las   relaciones sociales que así se plasman, de las leyes con arreglo a las cuales se desarrollan, etc."36

El granjero canadiense, por ejemplo, al vender su trigo, entra en determinadas relaciones de producción con los productores de trigo del mercado mundial, con los hacendados argentinos, los granjeros de los EE.UU., los de Dinamarca, etc., pero no tiene conciencia de ello, ni se apercibe de las relaciones sociales de producción que con este motivo se establecen.

Los revisionistas, al afirmar que las relaciones de producción tienen un carácter inmaterial, se remiten a

la tesis de Marx de que las relaciones de valor son relaciones  de  producción,  pero  sin  que  el  valor

contenga ni un átomo de la materia de que están formadas las mercancías. Y así es, en efecto: el valor de la mercancía es distinto de la forma natural de

ésta. Pero es una relación social de producción de carácter  material,  objetiva  e  independiente  de  la

conciencia de los hombres. El concepto de "relación material" no se reduce a las relaciones entre cosas.

También son relaciones materiales, existentes al margen de la conciencia, las relaciones creadas entre los hombres en el proceso de la producción. y tienen

como base las relaciones de propiedad sobre los medios de producción, sobre las fábricas e industrias,

sobre la tierra; relaciones de cuya materialidad sólo pueden dudar quienes no estén en su sano juicio o se hallen prisioneros de la filosofía idealista burguesa.

Las relaciones de explotación del hombre por el hombre   son   también,   evidentemente,   relaciones

objetivas, materiales: la clase obrera de los países capitalistas siente sobre sí, todos los días y a todas horas, el yugo de esta explotación. Ve y comprende

la diferencia radical que existe entre la realidad de la explotación y los bienes ilusorios en el "otro mundo"

que le prometen los ideólogos de la burguesía, los curas  cristianos,  los  musulmanes,  los socialdemócratas y otros.

Las relaciones de producción entre los hombres que  históricamente  han  existido  y  las  que  existen

pueden revestir una de dos formas: pueden ser relaciones de cooperación y ayuda mutua entre hombres libres de toda explotación, o relaciones de

dominación    y    sometimiento.    Así,    bajo    las

 

36 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág. 309.

 

 

 

condiciones de la esclavitud, del feudalismo y el capitalismo, las relaciones de producción revisten la forma de relaciones de dominación y sometimiento, de relaciones entre explotadores y explotados. Son relaciones de producción que se expresan en la dominación de una clase por otra, relaciones basadas en la propiedad privada sobre los medios de producción y en el divorcio entre los medios de producción y los productores directos.

Por el contrario, bajo las condiciones de la sociedad  socialista,  que  destruye  la  propiedad privada sobre los medios de producción y acaba con la explotación del hombre por el hombre, las relaciones de producción entre los hombres son relaciones de fraternal cooperación y ayuda mutua socialista.

Las relaciones de producción revisten una forma u otra según a quién pertenezcan los medios de producción  y,  consiguientemente,  con  arreglo  al modo como los medios de producción se enlacen con los productores directos.

"Cualesquiera que sean las formas sociales de la producción, sus factores son siempre los medios de producción y los obreros. Pero tanto unos como otros son solamente, mientras se hallan separados, factores potenciales de producción. Para poder producir en realidad, tienen que combinarse. Sus distintas combinaciones distinguen las diversas épocas económicas de la estructura social".37

El modo capitalista de producción se caracteriza por el divorcio entre los productores directos, los obreros, y los medios de producción, por la transformación  de  los  trabajadores  en  proletarios. Para poder existir, para no morirse de hambre, los obreros tienen que vender su fuerza de trabajo al capitalista,  al  propietario  de  los  medios  de producción. Por donde, bajo el régimen capitalista, la unión de los obreros con los medios de producción sólo puede llevarse a cabo mediante la venta de la fuerza de trabajo al capitalista.

En cambio, en la sociedad socialista, los trabajadores se unen directamente con los medios de

producción.   Bajo   este   régimen,   los   medios   de

producción pertenecen a los mismos trabajadores, razón por la cual no se conocen aquí las relaciones de dominación y sometimiento, la explotación del hombre por el hombre.

La historia nos habla también de ciertas relaciones de   transición   de   una   forma   de   relaciones   de

producción a otra. Una de estas formas de transición

fueron, por ejemplo, las relaciones de producción creadas al desintegrarse el régimen de la comunidad

primitiva. A esta fase de transición del régimen de la

comunidad primitiva  al  régimen esclavista engendrado en su seno podemos referir, en particular, las relaciones económicas de la Grecia de Homero, cuya imagen nos transmite la Odisea. En la época de

 

37 C. Marx, El Capital. ed. cit., t. II. pág. 41.

 

la   instauración   de   la   sociedad   de   clase,   eran relaciones transitorias de producción las creadas en el seno de la comunidad agraria (la "marca", entre los germanos, y el "mir" entre los eslavos), que vinieron a sustituir a la comunidad gentilicia. Rasgo característico de la comunidad agraria era la coexistencia en ella de las supervivencias de la propiedad comunal junto a la propiedad privada. Según la expresión de Marx, la comunidad rural fué "la  fase  de  transición  a  la  formación  de  segundo grado, es decir, el tránsito de la sociedad basada en la propiedad colectiva a la sociedad basada en la propiedad privada".38

También en el período de transición del capitalismo,  con  sus  relaciones  de  dominación  y

sometimiento, al socialismo, en el que prevalecen las

relaciones de fraternal cooperación y ayuda mutua entre hombres libres de toda explotación, ocupan su lugar las relaciones transitorias de producción.

Las relaciones socialistas de producción no surgen de  repente,  bajo  una  forma  acabada  y  definitiva.

Estas nuevas formas de relaciones económicas entre los hombres van plasmándose, desarrollándose y afianzándose  a  lo  largo  de  todo  el  período  de

transición del capitalismo al socialismo. En la economía del período de transición del capitalismo al

socialismo,  según  la  definición  de  Lenin,  se combinan los rasgos del régimen capitalista, ya liquidado, pero aún no destruido, y los del régimen socialista, que nace y va desarrollándose.39

Pero, cualquiera que sea el carácter de las relaciones de producción, éstas constituyen siempre, en todas y cada una de las fases de desarrollo de la sociedad, un elemento tan necesario de la producción como las fuerzas productivas. El modo de producción es   la  unidad   de   las   fuerzas   productivas   y  las relaciones  de  producción,  en  el  proceso  de producción de los bienes materiales.

El modo de producción de los bienes materiales determina la estructura de la sociedad. Al modo de producción imperante en la sociedad de que se trata, corresponde  el  régimen  social.  El  modo  de producción determina la presencia o la ausencia de las  clases  sociales,  el  carácter  de  las  relaciones mutuas entre estas clases, el carácter de la ideología dominante y de las instituciones políticas y jurídicas vigentes.

Por ejemplo, el modo capitalista, basado en la propiedad privada sobre los medios de producción,

determina la división de la sociedad en dos clases

antagónicas, el proletariado y la burguesía. Todas las relaciones   sociales   de   la   sociedad   capitalista,

incluyendo   las   concepciones   políticas,   jurídicas,

religiosas  y  artísticas,  así  como  las  instituciones

 

 

38 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXVII, pág.

695.

39 V. I. Lenin, Economía, política en la época de la dictadura del proletariado; ed. rusa, 1953, pág. 3.

 

 

 

sociales, políticas, jurídicas y de otro tipo, se hallan condicionadas por el modo capitalista de producción. "El  modo  de  producción  de  la  vida  material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual, en general".40 La estructura de la sociedad no depende de los deseos ni las intenciones de los hombres, de las ideas o las teorías, de las forma del Estado y del derecho. El carácter y la estructura de toda sociedad se hallan determinados por el modo de producción   imperante.   Al   cambiar   el   modo   de producción, cambia también todo el régimen social, cambian  las  ideas  políticas,  jurídicas,  religiosas, artísticas,  filosóficas,  y  cambian  las  instituciones

políticas, jurídicas, etc., de la sociedad.

Son los cambios operados en el modo de producción de los bienes materiales, y no las ideas y teorías, ni el medio geográfico, ni el crecimiento de la población, los que permiten explicar el carácter del régimen social, de sus ideas e instituciones, comprender por qué un régimen social es desplazado por otro, y por qué precisamente por éste y no por otro cualquiera; por qué, por ejemplo, el régimen social capitalista es desplazado, concretamente, por el régimen socialista. La explicación científica, materialista, del  desarrollo  de la sociedad  ha permitido  establecer  las  leyes  determinadas, objetivas, no dependientes de la voluntad de los hombres,  que  rigen  el  cambio  de  una  formación social por otra, el cambio de las formaciones sociales inferiores por las superiores.

 

Resumen.

Por   tanto,  la  fuente  de  que  nacen  las  ideas

sociales, las concepciones sociales, las teorías e instituciones políticas, debe buscarse en las condiciones de la vida material de la sociedad. Y, dentro del sistema de las condiciones de la vida material de la sociedad, el factor que determina la estructura y el desarrollo de ésta es el modo de producción de los bienes materiales. Al modo de producción imperante en la sociedad de que se trata corresponden el tipo de sociedad, su estructura, y las clases existentes en la sociedad dada, sus ideas, sus concepciones y sus instituciones.

Para no equivocarse en política, el partido del proletariado  debe atenerse, en su actuación, no a los

principios abstractos de la razón humana, sino a las condiciones  concretas  de  la  vida  material  de  la

sociedad y, en particular,  a las del desarrollo de los modos de producción, como factor determinante del desarrollo  social. Los partidos  políticos que hacen

caso omiso de la función determinante de las condiciones de la vida material en el desarrollo de la

sociedad, están irremisiblemente condenados a fracasar.  La bancarrota  de los socialistas  utópicos, de los populistas, de los social-revolucionarios  y de

los  anarquistas   se  explica  por  el  hecho  de  que,

 

volviéndose de espaldas  al  papel  predominante  de las condiciones de vida material de la sociedad, cayeron en el idealismo y basaron  su actuación, no de acuerdo  con las exigencias del desarrollo  de la vida material de la sociedad, sino partiendo de proyectos y planes abstractos y arbitrarios, desconectados de la realidad.

La grandiosa  fuerza vital del partido  marxista- leninista  reside  en  que  se,  basa  siempre,  para  su

actuación, en la comprensión científica de las exigencias del desarrollo  de la vida material  de la

sociedad, sin apartarse  jamás de la vida real, de los intereses de la clase obrera,  de los intereses de las masas populares.

 

 

40 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t. I, pág. 333.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO III. EL DESARROLLO DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS Y DE LAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN.

 

 

 

En el capítulo anterior hemos visto cómo el modo de producción de los bienes materiales es el factor determinante del desarrollo de la sociedad. Nos toca esclarecer   ahora:   1)   por   qué   los   cambios,   el desarrollo de los modos de producción condicionan los cambios de todo el régimen social, el paso de las fases inferiores a las fases superiores de desarrollo;

2) en virtud de qué causas se operan los cambios, el desarrollo de la misma producción social y la sustitución de los modos inferiores de producción por otros más altos; 3) cuáles son las leyes que rigen el desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción.

 

1. La ley del papel  determinante del modo de producción en el desarrollo de la sociedad.

Una de las características de la producción social

consiste en que no se mantienen nunca durante largo tiempo en el mismo punto, sino que cambian y se desarrollan constantemente, y de tal modo que los cambios operados en el modo de producción hacen cambiar inevitablemente todo el régimen social. Los cambios constantes de la producción nacen de la naturaleza de ésta, como el proceso vital, real y necesario, de reproducción de la vida material de la sociedad. Para poder existir, los hombres necesitan trabajar; el proceso de producción tiene que operarse ininterrumpidamente. Y este proceso ininterrumpido y constantemente renovado de producción y reproducción de la vida real es un proceso cambiante.

Los estímulos, los motivos que impulsan a los hombres a cambiar y desarrollar la producción varían

según  las  distintas  épocas.  Estos  estímulos,  según

hemos  visto  más  arriba,  cambian  al  cambiar  los modos  de  producción.  Pero  siempre,  en  todas  las

fases  de  la  historia,  la  producción  se  halla  en  un

estado constante de cambio y desarrollo. El ritmo de estos cambios varía también en las diferentes épocas. En las tempranas fases de desarrollo de la sociedad, los cambios operados en la producción son extraordinariamente lentos, casi insensibles. En la época  de  la  producción  a  base  de  máquinas,  se operan, por el contrario, con gran rapidez. Pero siempre, en todas las fases de desarrollo de la sociedad, vemos que la producción no se estanca durante largo tiempo en el mismo punto, sino que

 

cambia más o menos rápidamente. Y estos cambios abarcan, aunque no simultáneamente, todos y cada uno de los aspectos de la producción social.

Al  actuar  en  el  proceso  del  trabajo  sobre  la naturaleza  exterior,  el  hombre  cambia  también  su

propia  naturaleza.  En  el  proceso  del  trabajo,  va

acumulándose la experiencia productiva de los hombres,  se  perfecciona  su  capacidad  para  crear,

modificar y cambiar los instrumentos de trabajo. La

experiencia productiva y los hábitos de trabajo de los hombres facilitan el desarrollo de la productividad del trabajo y se plasman en nuevos y más perfectos instrumentos de producción.

En la aurora de la humanidad, el hombre se servía de  instrumentos  de  trabajo  hechos  de  piedra;  en

nuestra   época   se   vale   de   la   máquina   como

fundamental instrumento de producción. Y con los instrumentos  de  producción  cambiaron  y  siguen

cambiando los mismos hombres, los productores de

estos instrumentos y de los bienes materiales; en el curso del desarrollo histórico cambian también las relaciones de producción entre los hombres, unos modos de producción son sustituidos por otros.

Las diferentes fases de desarrollo de la sociedad se caracterizan, ante todo, por los diversos modos de

producción de los bienes materiales. En la fase más

temprana  de  desarrollo  de  la  sociedad,  existía  el modo de producción propio de la comunidad primitiva. Este modo fué sustituido por el modo de producción esclavista, el cual dejó el puesto al modo feudal y éste al capitalista, que en nuestra época va viéndose desplazado en un país tras otro por el modo de producción socialista.

En consonancia con los cambios operados en el modo  de  producción  y  con  sujeción  a  ellos,  se

transforma    también,    inevitablemente,    toda    la

estructura de la sociedad, cambian las clases que la integran, sus relaciones, la vida espiritual de la sociedad, sus ideas e instituciones políticas, jurídicas, etc.

Al  gestarse  y  desarrollarse  en  el  seno  de  la sociedad feudal el modo capitalista de producción,

surgieron    nuevas    clases,    la    burguesía    y    el

proletariado; la aparición y el desarrollo del modo capitalista  de  producción  condicionaron  radicales

cambios   en   toda   la   estructura   de   la   sociedad,

 

 

 

determinaron el desplazamiento de la sociedad feudal por  la  sociedad  capitalista;  la  transformación  del modo de producción y la aparición de nuevas clases y de nuevas ideas, de ideas antifeudales, condujo a la revolución, a la sustitución de las instituciones políticas y jurídicas del feudalismo por las de la burguesía, a la dominación de nuevas ideas sociales.

El cambio, operado en la U.R.S.S., del modo capitalista   de   producción   por   el   socialista   ha

determinado un cambio radical de la sociedad: la liquidación    de    las    clases    explotadoras,    una

transformación radical de la situación y el lugar que la clase obrera y los campesinos ocupan en la producción y en la sociedad, el cambio en cuanto a la

misma naturaleza de las clases de los obreros y los campesinos, en cuanto a la naturaleza de la nación y

a las nuevas relaciones mutuas entre las naciones. El triunfo del modo socialista de producción ha traído consigo el triunfo de la conciencia socialista sobre la

conciencia burguesa y pequeñoburguesa.

Todos estos hechos atestiguan que los cambios operados  en  la  estructura  de  la  sociedad  que  han

tenido lugar en la historia, las revoluciones sociales

producidas en diversos países a lo largo de los siglos, no  fueron  sucesos  casuales,  ni  provocados  por  la

voluntad o los deseos de estas o las otras personas, de

tales o cuales partidos, sino el resultado de profundas causas económicas, de los cambios llevados a cabo en el modo de producción, de la sustitución de unos modos de producción por otros, de modos inferiores por otros superiores.

Consiguientemente, la causa fundamental a que responden los cambios radicales de la sociedad, las revoluciones sociales, debe buscarse, no en el campo de las ideas, en la política de tales o cuales gobernantes, sino en las transformaciones operadas en los modos de producción de los bienes materiales. Los cambios del régimen social, de las ideas sociales, de las instituciones políticas y jurídicas, a tono con los cambios del modo de producción, responden a la ley de desarrollo de la sociedad.

El materialismo histórico, por oposición al idealismo, enseña que la historia de la humanidad no puede reducirse a una historia de ideas y de instituciones políticas y jurídicas. La historia de la humanidad es, ante todo, la historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de producción de bienes materiales, sucediéndose los unos a los otros, la historia del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Y, como la fuerza productiva fundamental son los hombres, los trabajadores, los productores de los bienes materiales, la historia de la humanidad es, ante todo, la historia de los trabajadores, la historia de las masas populares. Por eso, la verdadera ciencia histórica debe considerar la historia de la humanidad, no como la historia de los reyes, de los generales y los altos personajes del Estado, sino como la historia

 

de los pueblos, de las masas trabajadoras, como la historia del desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

La clave para esclarecer las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad no hay que buscarla en las

cabezas de los hombres, en su conciencia, sino en los

modos de producción de los bienes materiales, en la economía de la sociedad. De aquí que la misión primordial de la ciencia histórica resida en cobrar conciencia de las leyes económicas que rigen el desarrollo de la sociedad, el desarrollo de la producción, el desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción correspondientes.

 

2. La ley de la obligada  correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas.

Si  los  cambios  constantes  son  una  importante

característica de la producción, hay que preguntarse:

¿en virtud de qué causas y de qué moda se operan los cambios de la producción, del modo de producción, cuál es la línea de continuidad, el nexo interno necesario que en estos cambios se advierte? ¿Cuáles son las leyes que presiden los cambios y el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción?

A  estas  dos  preguntas  contesta  la  ley  de  la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter y el nivel de las fuerzas productivas.

Los cambios y el desarrollo de la producción parten  siempre  de  los  cambios  y  el  desarrollo

operados en las fuerzas productivas y, ante todo, de

los que afectan a los instrumentos de producción. Las fuerzas productivas son el elemento más dinámico y revolucionario de la producción. Por su propia naturaleza, no pueden permanecer nunca quietas durante mucho tiempo en el mismo sitio. Cambian y se desarrollan constantemente, con mayor o menor rapidez.  Las  fuerzas  productivas  en  acción constituyen el proceso de producción, el proceso de la acción de los hombres sobre la naturaleza para la creación de los bienes materiales.

Las fuerzas productivas en acción caracterizan el contenido del proceso productivo, y las relaciones de producción constituyen la forma económica, social, de este proceso. Y el contenido es siempre y dondequiera el factor determinante con respecto a la forma: lo primero que cambia es el contenido y, a tono con él, cambia luego la forma. La forma sigue siempre y dondequiera al contenido y cambia en consonancia  con  éste.  Pero,  al  mismo  tiempo,  la forma  no  es,  por  su  parte,  algo  pasivo,  sino  que influye sobre el desarrollo del contenido. Pues bien; estas tesis del materialismo dialéctico se expresan en la interdependencia de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. En el desarrollo de la sociedad,  lo  primero  que  cambian  son  las  fuerzas

 

 

 

productivas; más tarde, con sujeción a estos cambios y en consonancia con ellos, cambian inevitablemente las relaciones económicas, las relaciones de producción entre los hombres.

Bajo el régimen de la comunidad primitiva, las fuerzas productivas y las relaciones de producción hallábanse   a   un   nivel   extraordinariamente   bajo. Como norma general, no existían todavía, en aquel entonces, trabajo "adicional" ni producto excedente, después de cubrir las necesidades inmediatas de los productores, de los miembros de la sociedad. Por consiguiente, en aquel nivel de desarrollo de la producción, aún no era posible la explotación del hombre por el hombre. Pero, al operarse el tránsito de los instrumentos de piedra a las herramientas de metal y de la caza a la domesticación de los animales y  a  la  ganadería,  se  elevó  la  productividad  del trabajo, apareció el producto excedente, surgieron y se  difundieron  el  cambio  y  la  propiedad  privada sobre  los  medios  de  producción.  En  estas condiciones, se hizo posible y nació la esclavitud, la primera forma de explotación del hombre por el hombre. De este modo, como se ve, las relaciones de producción cambiaron, bajo la acción de los cambios operados en las fuerzas productivas.

La supeditación de los cambias de las relaciones de    producción    al    desarrollo    de    las    fuerzas

productivas  se  manifiesta  en  todas  las  fases  de

desarrollo de la sociedad. Es ésta una ley económica universal. No fué la política de las clases gobernantes

ni fué su supuesto espíritu humanista lo que condujo

a la sustitución de las relaciones del feudalismo y la servidumbre  de  la  gleba  por  las  relaciones capitalistas. No; este cambio fue provocado por el desarrollo de las fuerzas productivas llevado a cabo en el seno de la sociedad feudal. Exactamente lo mismo que las fuerzas productivas que han ido desarrollándose en el seno de la sociedad capitalista imponen  la  sustitución  de  las  relaciones  de producción del capitalismo por las del socialismo.

"Al adquirir nuevas fuerzas productivas -escribía

Marx-, los hombres cambian su modo de producción y, al cambiar el modo de producción, el modo de asegurarse la vida, cambian todas sus relaciones sociales. El molino de mano crea la sociedad de los señores feudales, el molino de vapor la sociedad de los capitalistas industriales".41

Las fuerzas productivas de la sociedad no son solamente  el  elemento  más  dinámico  y revolucionario de la producción; son, además, su factor determinante. A las fuerzas productivas de la sociedad corresponden las relaciones de producción entre los hombres. La producción social es la unidad históricamente definida de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Los hombres no pueden establecer las relaciones de producción a su antojo.

 

 

41  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t., V. pág.

364.

 

Para contar con la posibilidad de dedicarse a la producción de bienes materiales, entran en relaciones de producción necesarias, independientes de su voluntad, a tono con el grado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

La obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter  y el nivel de las fuerzas

productivas   es   una   ley   objetiva   necesaria   del

desarrollo progresivo de la sociedad. Solamente allí donde  las  relaciones  de  producción  se  hallan  en

perfecta  consonancia  con  las  fuerzas  productivas

dejan margen al desarrollo de la producción y las fuerzas  productivas  se  desarrollan  sin entorpecimiento y en toda su plenitud.

Ahora   bien,     las           fuerzas productivas        no permanecen nunca estacionarias. Siendo como son el

elemento más dinámico y revolucionario de la producción, van delante de las relaciones de producción y acaban, a la postre, rebasando el marco

de éstas. Lo característico de las relaciones de producción,  en  todas  las  formaciones  económico-

sociales, es su tendencia a quedarse rezagadas con respecto al desarrollo de las fuerzas productivas. Y esto  hace  que  surja  una  contradicción  entre  las

fuerzas productivas que han ido desarrollándose y las viejas  relaciones  de  producción,  que  permanecen

estancadas. En determinadas condiciones históricas, esta contradicción puede convertirse y se convierte en un conflicto, es decir, en un estado de cosas en

que las relaciones de producción se tornan en trabas para  el  desarrollo  de  ésta.  El  conflicto  entre  las

nuevas fuerzas productivas y las relaciones de producción    envejecidas,    que    han    dejado    de

corresponder a las fuerzas productivas nuevas, tiene que resolverse necesariamente haciendo que cambien las relaciones de producción, para ponerlas a tono

con el carácter de las fuerzas productivas. La infracción de los postulados de esta ley conduce a la

ruptura de la unidad de la producción social, a la crisis  de  la  producción,  al  estancamiento  del desarrollo de las fuerzas productivas, a su parálisis y

a su destrucción.

Ejemplo de la abierta discordancia y del conflicto entre el nivel y el carácter de las fuerzas productivas

y las relaciones de producción es el modo capitalista

de producción, en la fase actual de su desarrollo. Esta dis. cordancia y este conflicto habían surgido ya en la

etapa premonopolista de desarrollo del capitalismo.

El profundo y más completo análisis de dicho conflicto,  que  arrastra  al  capitalismo  a  su hundimiento  inevitable,  es  El  Capital   de  Carlos Marx. El conflicto entre las fuerzas productivas contemporáneas y las relaciones de producción del capitalismo se agudiza y ahonda de un modo extraordinario en la época del imperialismo.

La  esencia  y  el  fundamento  de  este  conflicto consisten en que, mientras el proceso de producción

se ha convertido por su carácter en un proceso social,

 

 

 

la apropiación de los medios de producción y de sus productos -la forma de la propiedad- sigue siendo una   apropiación  privada,  capitalista.   El   carácter social del proceso de producción, bajo el capitalismo, se expresa en el hecho de que, en las empresas capitalistas (a diferencia de lo que ocurría con la economía natural del campesino, no enlazada con el mercado, o con los talleres artesanales de la Edad Media,  que  creaban  todos  los  productos  con  el trabajo individual y con herramientas manuales), se concentran grandes masas de obreros, que, con ayuda de máquinas gigantescas, creadas por el trabajo de muchos miles de hombres, elaboran conjuntamente los productos, las mercancías lanzadas al mercado.

Todos los eslabones de la economía capitalista se hallan íntimamente entrelazados por medio de la división del trabajo entre las diversas ramas de producción y por medio del cambio de mercancías, desarrollado sobre esta base. A diferencia de la desperdigada economía feudal, cuyos eslabones separados se hallaban sueltos y no dependían unos de otros, el mercado del capitalismo abarca a todos los países  del  mundo  capitalista.  Esto  hace  que  el trabajo,  el  proceso  de  producción,  bajo  el capitalismo, se halle socializado en proporciones gigantescas.  Ello  acusa  el  carácter  social  de  las fuerzas productivas contemporáneas. Mientras tanto, la propiedad sobre los medios de producción y sobre los productos mantiene su carácter de propiedad privada, capitalista. Los productos, fruto del trabajo social de muchos miles y millones de proletarios, se los apropian los propietarios de los medios de producción, los capitalistas.

La contradicción entre el carácter social de la producción y la forma privada de la apropiación era inherente también en su fase anterior al modo capitalista de producción. Pero, al desarrollarse el capitalismo, esta contradicción se convierte en un conflicto, que conduce a la destrucción cada vez mayor de las fuerzas productivas.

La discordancia entre las relaciones de producción del   capitalismo   y   el   carácter   de   las   fuerzas

productivas contemporáneas, el conflicto entre unas

y otras, se manifiesta en las crisis periódicas de superproducción cada vez más devastadoras, en la extensión del paro forzoso, la miseria y el hambre, en la crisis general de todo el sistema capitalista, en las asoladoras guerras imperialistas. El déficit crónico de rendimiento del aparato capitalista de producción42, los 45 millones de parados totales y parciales, que trabajan solamente dos o tres días a la semana, son el índice    de    que    las    relaciones    capitalistas    de

 

42  Durante los veinte años que aproximadamente transcurrieron entre las dos guerras mundiales, la industria capitalista trabajó solamente a la mitad o a los dos tercios de su capacidad de rendimiento. El déficit de rendimiento del aparato de producción de la mayoría de las ramas de la industria mundial productoras de artículos de consumo es también un rasgo característico de los países capitalistas en el periodo de postguerra.

 

producción se hacen cada vez más incompatibles con las fuerzas productivas contemporáneas. El carácter social de la producción reclama la apropiación social de  los  productos  del  trabajo,  la  propiedad  social sobre los medios de producción.

La burguesía trata de encontrar solución a las contradicciones  y  al  conflicto  entre  las  fuerzas

productivas    contemporáneas    y    las    relaciones

capitalistas de producción en el reforzamiento de la explotación de los trabajadores y en la militarización

de la economía, es decir, en el desarrollo de las ramas

de la producción que trabajan para la guerra, que se dedican a producir armamentos, y en las guerras imperialistas. Por su parte, las fuerzas avanzadas de la sociedad capitalista, encabezadas por el proletariado, buscan la solución al conflicto entre las fuerzas productivas contemporáneas y las relaciones capitalistas de producción en la destrucción del capitalismo, en la sustitución de las relaciones de producción capitalistas por las socialistas.

La historia de la sociedad humana demuestra que las  fuerzas  productivas,  al  llegar  una  determinada

fase de su desarrollo, chocan con las relaciones de

producción ya envejecidas y caducas. Surge así un conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y las

relaciones de producción superadas, conflicto que es

la base económica de las revoluciones sociales. La solución de este conflicto sólo es posible por la vía de   la   revolución   social,   llamada   a   poner   las relaciones de producción en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas. La clase obrera de la U.R.S.S., aliada a los campesinos más pobres y bajo la dirección del Partido Comunista, llevó a cabo en 1917 la Gran Revolución de Octubre, dando solución con ello a este problema, que había ido madurando. Con la conquista del Poder, la clase obrera, basándose en la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, socializó los medios de producción y los convirtió en propiedad socialista.  De  este  modo,  las  relaciones  de producción fueron puestas en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas. En vez del modo capitalista de producción, se creó el modo de producción socialista y se destruyó la explotación del hombre por el hombre.

Y, así como el modo capitalista de producción constituye, en nuestra época, un ejemplo de abierta discordancia entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas, un ejemplo de infracción de los postulados de la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, el modo socialista de producción triunfante en la U.R.S.S. y que va afirmándose en los países de democracia popular, es ejemplo de la plena consonancia entre unas y otras. Bajo el socialismo, la propiedad social sobre los medios de producción se ajusta plenamente

 

 

 

al carácter social del proceso productivo. Y esta consonancia  explica  por  qué,  en  la  sociedad socialista, no existen las crisis económicas ni el paro forzoso, ni se atenta contra las fuerzas productivas. Bajo las condiciones del socialismo, las fuerzas productivas encuentran pleno margen para su desarrollo.

La ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las

fuerzas productivas tiene, en las condiciones del socialismo, pleno campo de acción. Esta ley pugna

desde hace largo tiempo por abrirse paso en todos los países capitalistas, pero las clases reaccionarias oponen   furiosa   resistencia   a   su   realización.   La

burguesía y los demás explotadores se hallan interesados  en  mantener  y  perpetuar  las  caducas

relaciones capitalistas. Para vencer la resistencia de las fuerzas reaccionarias y despejar el camino a la acción de la ley de la obligada correspondencia de las

relaciones  de  producción  con  él  carácter  de  las fuerzas productivas, se necesita una poderosa fuerza

social de vanguardia, capaz de aplastar la resistencia de los explotadores. En la U.R.S.S. y en los países de democracia popular, esta fuerza fué la alianza de los

obreros y los campesinos. Esta fuerza no existe todavía  en  los  países  capitalistas,  pero  se  está

forjando, y cuando sea una realidad y triunfe, pondrá también allí las relaciones de producción en consonancia    con    el    carácter    de    las    fuerzas

productivas.

La ley de la obligada correspondencia de las relaciones  de  producción  con  el  carácter  de  las

fuerzas   productivas   sirve   de   fundamento   a   los

cambios  de  unas  formaciones  económico-sociales por otras y determina la sustitución de las relaciones de producción ya caducas por otras nuevas, que sientan las bases económicas para el florecimiento de las nuevas y progresivas formaciones económico- sociales.

 

3. La dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones  de producción en las  formaciones  económico-sociales  pre- capitalistas.

La           historia del          desarrollo           de          las          fuerzas

productivas y de las relaciones de producción despliega ante nosotros el cuadro de la sustitución de

las relaciones de producción inferiores por otras más

altas, cambio que se opera como resultado y en consonancia  con  el  operado  en  las  fuerzas productivas.

El proceso de desarrollo histórico de la sociedad, pese a los zigzags y retrocesos que se advierten en

algunos  países  y  en  ciertos  períodos,  es  en  su conjunto  un  proceso  progresivo,   un  proceso  de avance en el desarrollo de las fuerzas productivas: es

la trayectoria que va desde el hacha de piedra y el arco del cazador hasta las gigantescas máquinas de

 

nuestros días, movidas por el vapor y la electricidad. J. V. Stalin, en su estudio Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico, traza el siguiente cuadro esquemático del desarrollo de las fuerzas  productivas  desde  los  tiempos  primitivos hasta nuestros días:

"De las herramientas de piedra sin pulimentar se pasa al arco y la flecha y, en relación con esto, de la caza como sistema de vida a la domesticación de animales y a la ganadería primitiva; de las herramientas de piedra se pasa a las herramientas de metal (al hacha de hierro, al arado con reja de hierro, etc.) y, en consonancia con esto, al cultivo de las plantas  y  a  la  agricultura;  viene  luego  el mejoramiento progresivo de las herramientas metálicas para la elaboración de materiales, se pasa a la fragua de fuelle y a la alfarería y, en consonancia con esto, se desarrollan los oficios artesanos, se desglosan estos oficios de la agricultura, se desarrolla la producción independiente de los artesanos y, más tarde, la manufactura; de los instrumentos artesanos de producción se pasa a la máquina, y la producción artesanal   y   manufacturera   se   transforma   en   la industria mecánica, y, por último, se pasa al sistema de máquinas, y aparece la gran industria mecánica moderna: tal es, en líneas generales y no completas, ni  mucho  menos,  el  cuadro  de  desarrollo  de  las fuerzas productivas sociales, a lo largo de la historia de la humanidad".

Y, en consonancia con el cambio de las fuerzas productivas, cambian también, inevitablemente, las relaciones de producción entre los hombres. En esto se manifiesta la acción de la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas.

 

La base de las relaciones de producción del régimen de la comunidad primitiva era la propiedad social sobre los medios de producción, que correspondía, en lo fundamental, al carácter de las fuerzas productivas, en aquel período. El hacha y el cuchillo de piedra, la lanza, el arco y la flecha, las herramientas agrícolas primitivas, que eran entonces los instrumentos fundamentales de trabajo, excluían la posibilidad de luchar individualmente contra las fuerzas de la naturaleza. La caza, la pesca, la construcción de viviendas, la tala de los bosques para desbrozar los campos y el cultivo de éstos con herramientas agrícolas tan primitivas, imponían el trabajo colectivo de los primitivos habitantes, su cooperación y ayuda mutua.

También la defensa contra los vecinos de las comunidades enemigas -y, en aquel tiempo, considerábanse como enemigos todos los que vivían fuera de la demarcación de la "gens" o de la tribu- reclamaba la acción conjunta de los hombres primitivos dentro de los límites de la comunidad gentilicia,   primero,   y   después   de   la   tribu.   La

 

 

 

insuficiencia de las fuerzas del individuo se compensaba con la unión de las fuerzas de todos, con la acción conjunta de la horda, la "gens", o la tribu.

Al trabajo colectivo correspondía la propiedad social  sobre  los  medios  de  producción,  sobre  las

tierras  y  los  bosques,  en  que  se  recolectaban  los

alimentos y se cazaba, sobre las herramientas y otros productos. En esta fase, no se conocía la propiedad privada sobre los medios de producción, ni existía siquiera el concepto de la propiedad privada. Existía solamente la propiedad personal sobre algunos instrumentos de trabajo, que servían al mismo tiempo de armas personales, de medios para defenderse de las fieras. Pero estos instrumentos primitivos eran asequibles a todos y no podían llegar a convertirse en medios de explotación, tanto más cuanto que la productividad del trabajo era entonces extraordinariamente baja y no existía la posibilidad económica de la explotación del hombre por el hombre. Todo lo obtenido como resultado del trabajo colectivo se repartía por partes iguales. Y no podía existir otra forma de distribución, dada la cantidad extraordinariamente exigua de alimentos, que a duras penas   bastaba   para   cubrir   las   necesidades   más estrictas de la vida. En la sociedad primitiva no se conocía la división de los hombres en ricos y pobres, no existían las clases sociales. Reinaba la igualdad natural primitiva.

Sería falso, sin embargo, idealizar el régimen de la comunidad primitiva. Era aquélla una sociedad en

que las fuerzas productivas se hallaban a un nivel

extraordinariamente bajo; el hombre vivía bajo la estrecha dependencia de la naturaleza, sujeto constantemente a privaciones, padeciendo penuria de alimento y vestido, atormentado por los rayos abrasadores del sol y por el frío; el grado de cultura de aquellos hombres era de lo más rudimentario.

La célula fundamental de la sociedad primitiva era   la   "gens"   matriarcal,   primero,   y   luego   la

patriarcal.    Dentro    de    la    "gens"    matriarcal,

desempeñaba el papel predominante en la sociedad la mujer. Por línea materna se computaban los grados

de parentesco y se transmitían en herencia los bienes

personales. Esta posición predominante de la mujer en la vida social emanaba del papel fundamental desempeñado por ella en la producción, en la economía doméstica y en la agricultura primitiva. Al desarrollarse las fuerzas productivas, con el paso a la ganadería y a la agricultura más desarrollada, fueron cambiando las relaciones sociales y cambió la situación de la mujer: la posición predominante de la mujer se transfirió al hombre y se operó el tránsito a la "gens" patriarcal.

El carácter colectivo de la comunidad primitiva no respondía a un proceso histórico de socialización de los medios de producción altamente desarrollados, sino que era, por el contrario, el resultado de la debilidad,  de  la  pobreza  y  escasez  de  fuerzas  del

 

individuo. Y esta colectividad primitiva sólo podía subsistir mientras las fuerzas productivas siguieran siendo extraordinariamente pobres.

La causa del hundimiento de las comunidades primitivas, y con ellas de las instituciones gentilicias,

fué  el  aumento  de  la  productividad  del  trabajo  y,

como consecuencia de ello, el incremento de la riqueza. El perfeccionamiento gradual de los instrumentos de producción y de los modos de obtención de los medios de sustento condujo, a la postre, a la transformación radical del modo de producción. El hacha de hierro permitió al hombre ensanchar  en  mayores  proporciones  la  tierra labrantía,   y   el   desarrollo   de   los   instrumentos agrícolas convirtió la agricultura en una de las ramas fundamentales del trabajo. La domesticación de los animales -del toro, del caballo, del camello- brindó al hombre una nueva fuerza de tiro. La ganadería se convirtió en una rama aparte, y esto trajo consigo la primera gran división social del trabajo, la separación de la ganadería y la agricultura. Se desglosó también como otra rama especial la producción de herramientas, de utensilios y de prendas de vestir, que fué convirtiéndose cada vez más en ocupación independiente de determinadas personas, los artesanos. El intercambio de productos entre diversas comunidades, al principio puramente fortuito, comenzó a regularizarse con el desarrollo de la productividad del trabajo y la división social de éste.

Los nuevos instrumentos de producción permitían ahora llevar a cabo ésta (la agricultura, la ganadería y la producción artesanal) mediante las fuerzas individuales de algunas personas, sin necesidad de juntar las de toda la comunidad. Y, como consecuencia de ello, la comunidad gentilicia se desintegró  en  familias.  Al  principio,  éstas  eran grandes familias patriarcales, formadas por varias generaciones  de  parientes  cercanos.  Más  tarde,  la gran familia patriarcal se desdobló, a su vez, en pequeñas familias monogámicas, integradas por el marido, la mujer y los hijos.

Al surgir la familia, la riqueza acumulada por las tribus pastoriles dejó de ser patrimonio de la comunidad o la "gens", para convertirse en propiedad de las distintas familias, por separado. Y, sobre la base de la propiedad privada, fué surgiendo la desigualdad económica.

El  trabajo  por  separado,  dentro  de  la  división social  del  trabajo,  condujo  inevitablemente  a  la

propiedad privada sobre los productos y los medios

de producción, del mismo modo que, hasta ahora, el trabajo  conjunto  de  los  hombres  primitivos  había

determinado la producción social sobre los medios de

producción  y  los  productos  del  trabajo.  Mientras todos los miembros de la comunidad india primitiva elaboraban en común todos los productos necesarios para ellos -escribía Lenin-, "fué imposible la propiedad privada. Cuando comenzó a penetrar en la

 

 

 

comunidad la división del trabajo y sus miembros empezaron a ocuparse, cada uno de por sí, en la producción de un producto cualquiera y a venderlo en el mercado, apareció la institución de la propiedad privada, como expresión de este aislamiento material de los productores de mercancías".43

El desarrollo de la productividad del trabajo en la agricultura,  en  la  ganadería  y,  más  tarde,  en  los oficios artesanales trajo consigo el incremento del trabajo adicional y del producto excedente. Surgió así la  posibilidad  económica  de  la  explotación  del hombre por el hombre, la posibilidad de la esclavitud y la necesidad económica de esclavos. Esto daba un valor especial a la fuerza de trabajo y realzaba la demanda de ésta. Era posible, ahora, convertir rentablemente en esclavos a los miembros de otras comunidades hechos prisioneros. Después de lo cual los ricos comenzaron a convertir también en esclavos a los pobres cargados de deudas, sojuzgados económicamente por otros miembros de su propia comunidad. La sociedad se dividió, así, en las clases de los esclavistas y los esclavos.

De este modo, la esclavitud pasó a ser la forma dominante  de  las  relaciones  de  producción,  y  el

régimen de la comunidad primitiva se convirtió en el régimen esclavista.

La base de las relaciones de producción de la sociedad esclavista era la propiedad privada del esclavista sobre los medios de producción y sobre los

propios trabajadores, sobre los esclavos. El esclavista podía  comprar,  vender  y  hasta  matar  al  esclavo,

como una bestia.

En vez de los instrumentos de piedra, en la sociedad    esclavista    existían    los    instrumentos

metálicos,  al  principio  de  bronce  y  más  tarde  de

hierro; la economía primitiva y poco productiva dejó el  puesto  a  formas  económicas  más  desarrolladas

para   la   ganadería,   la   agricultura   y   los   oficios

artesanales. La división del trabajo entre estas ramas reforzó el cambio de productos. En estas condiciones y sobre esta base, se operó el proceso de acumulación de  los  medios  de  producción  en  manos  de  una minoría, de sumisión de la mayoría a la minoría y de transformación de esta mayoría en un conjunto de esclavos.

La  esclavitud  es  la  primera,  históricamente,  la más brutal y descarada forma de la explotación del

hombre por el hombre, bajo la que la producción se

lleva a cabo mediante el trabajo forzoso de los esclavos, explotados por los esclavistas. Esta forma de relaciones de producción, la esclavitud, degradaba al productor a la condición de bestia de trabajo, convirtiéndolo en "instrumento parlante" de producción. La esclavitud no podía interesar al trabajador por el desarrollo de los instrumentos de producción. Protestando contra su inicua situación, los    esclavos    destrozaban    frecuentemente    los

 

instrumentos de producción puestos en sus manos y mutilaban y maltrataban el ganado que debían cuidar. A causa de esto, los esclavistas tenían como norma emplear toscos  y pesados instrumentos  de trabajo, que los esclavos no pudieran romper.

No obstante, y aunque la esclavitud mataba todo estímulo de perfeccionamiento de los instrumentos

de   producción,   representaba   a   pesar   de   todo,

comparada  con  el  régimen  de  la  comunidad primitiva, cierto progreso en cuanto al desarrollo de

las fuerzas productivas. Las relaciones esclavistas de

producción nacieron al calor del desarrollo de las fuerzas productivas y se hallaron, durante cierto período, en consonancia con él. Así lo atestiguan el progreso de la agricultura, de la producción artesanal, de la elaboración de los metales y los éxitos de la técnica de la construcción logrados en el mundo antiguo. Los grandiosos monumentos y obras de la antigüedad, palacios, teatros, circos, templos, los acueductos romanos, la flota marítima y fluvial, así como los grandes sistemas de irrigación y los rudimentos de la agricultura: todo fué creado por el trabajo de masas de esclavos o a base de él, gracias a su implacable y feroz explotación.

La acumulación de una masa inmensa de esclavos permitió por vez primera aplicar en gran escala en la producción la cooperación simple del trabajo, fuente de elevación de la productividad de éste. Así como del fondo del mar emergen los potentes arrecifes de corales y van formando islas y continentes, a pesar de que cada uno de estos elementos, de por sí, es débil e insignificante, así el trabajo acumulado de masas de esclavos permitió crear las obras gigantescas de la antigüedad.

Enjuiciando el papel progresivo de la esclavitud en  el  desarrollo  de  la  sociedad  humana,  escribía

Engels: "Fué la esclavitud la que hizo posible la división del trabajo en gran escala entre la agricultura

y la industria, creando de este modo las condiciones para  el  florecimiento   de  la  cultura   del  mundo antiguo, para la cultura griega. Sin la esclavitud no

habrían llegado a existir el Estado griego, el arte ni la ciencia de Grecia. Sin la esclavitud no habría llegado

a existir el Estado romano. Y sin los fundamentos establecidos por Grecia y por Roma, no existiría tampoco la moderna Europa".44

Las relaciones esclavistas de producción, que habían surgido en su día como forma necesaria del

desarrollo de las fuerzas productivas, convirtiéronse más   tarde   en   trabas   para   el   desarrollo   de   la producción y condujeron al hundimiento del régimen

de la esclavitud. La desmedida y despiadada explotación de los esclavos arrastraba a éstos a su

degradación espiritual y física y equivalía, de hecho, a su asesinato lento. Se destruía, de este modo, la más  importante  de  las  fuerzas  de  producción,  los

hombres,   los   trabajadores.   La   conversión   del

 

 

 

43 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. I, pág. 136.

 

44 F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp., ed. cit., pág. 192.

 

 

 

trabajador en una bestia de trabajo y la de éste en una carga que pesaba sobre los esclavos engendró la mentalidad del desprecio al trabajo, no sólo entre los esclavos, sino también entre los hombres libres. Aristóteles se quejaba de que el contacto con los esclavos desmoralizaba a los ciudadanos libres.

El modo esclavista de producción fomentaba y desarrollaba el parasitismo, ejerciendo una influencia corrosiva sobre toda la sociedad, desalojando el trabajo de los campesinos y los artesanos libres y condenándolos a la ruina. Y así, las relaciones esclavistas de producción acabaron frenando y entorpeciendo el desarrollo de las fuerzas productivas y cerrando el camino al progreso social.

"Allí  donde  la  esclavitud  es  la  forma predominante   de   la   producción,   el   trabajo   se convierte  en  una  actividad  propia  de  esclavos,  es decir, indigna de los hombres libres. Ello hace que se cierre la salida de semejante modo de producción, a la par que, de otro lado, se hace imperativamente necesario acabar con él, pues constituye un obstáculo para  el  desarrollo  de  la  producción.  Esta contradicción lleva a la muerte a toda producción que descansa sobre la esclavitud y a toda sociedad basada en ella".45

El modo esclavista de producción y la sociedad esclavista   no   perecieron   como   resultado   de   la

conquista de Roma por los bárbaros germanos, sino,

ante todo y fundamentalmente, porque la esclavitud era ya una forma caduca, había dejado de ajustarse al

carácter    de    las    fuerzas    productivas,    habíase

convertido en un freno, en un obstáculo para su desarrollo.  En  el  curso  de  los  últimos  dos  o  tres siglos de vida de la sociedad esclavista antigua, este régimen fué hundiéndose en la decadencia, porque las fuerzas productivas habían entrado en conflicto con las relaciones esclavistas de producción y comenzaban a derrumbarse.

"La esclavitud había dejado de ser rentable, por eso feneció. Pero la esclavitud, al morir, dejó clavado su venenoso aguijón en el desprecio de los hombres libres al trabajo productivo. Tal era el callejón sin salida en que se veía metido el mundo romano: la esclavitud  se  había  hecho  económicamente imposible, y el trabajo de los hombres libres se consideraba moralmente despreciable. La primera no podía ya y el segundo no podía aún ser la forma básica de la producción social. Sólo una revolución radical podía encontrar la salida a semejante situación".46

Toda la historia de la sociedad esclavista es la historia de una furiosa lucha de clases, de la lucha

entre  esclavos  y  esclavistas,  entre  pobres  y  ricos,

entre   explotados   y   explotadores,   entre   gentes

 

 

45  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág.

450.

46 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XVI, I, pág.

127.

 

carentes de derechos y gentes que gozaban de todos los privilegios.

El  proceso  del  tránsito  del  modo  esclavista  de producción al modo feudal fué un proceso largo, que

duró varios siglos, escalonado por insurrecciones de esclavos y guerras. Sobre las ruinas de la sociedad

esclavista fué estructurándose gradualmente la nueva sociedad, la sociedad feudal.

Las         nuevas fuerzas productivas        reclamaban

nuevas relaciones de producción a tono con ellas y que dejasen más amplio margen para su desarrollo. "Las nuevas fuerzas productivas exigen que se deje al trabajador  cierta  iniciativa  en  la  producción,  que sienta   cierta   inclinación   al   trabajo   y   se   halle interesado en él. Por eso, el señor feudal prescinde de los esclavos, que no sienten ningún interés por su trabajo ni ponen en él la menor iniciativa, y prefieren entendérselas con los siervos que tienen su propia hacienda y sus herramientas propias y se hallan interesados  en  cierto  grado  por  el  trabajo  en  la medida necesaria para cultivar la tierra y pagar al señor en especie, con una parte de la cosecha".47

El modo feudal de producción surgió en la Europa occidental  como  resultado  de  la  confluencia  y  la

fusión de dos procesos encontrados. De una parte, por efecto de la decadencia del modo de producción

esclavista  y  del  proceso  que  había  ido desarrollándose de retorno a la gleba, a la agricultura, en   concepto   de   arrendatarios   adscritos   a   ella

(colonos),  de  la  plebe  que  antes  había  sido expropiada y separada de la tierra (de los antiguos

campesinos) y de los esclavos. De otra parte, como resultado del proceso de desintegración del régimen

de la comunidad primitiva entre los germanos y en otras tribus y del desarrollo en ellas de la agricultura, primero a base de la propiedad comunal y más tarde

a base de la propiedad privada sobre la tierra.

El retorno a la tierra de la población que antes había  sido  expropiada  y  separada  de  ella  por  los

esclavistas    era:    un    proceso    progresivo,    que

representaba la iniciación del tránsito hacia un nuevo y más alto modo de producción, hacia el feudalismo.

En  Rusia,  el  feudalismo  (la  servidumbre  de  la

gleba) surgió al desintegrarse el régimen de la comunidad primitiva y la esclavitud patriarcal. Las tierras roturadas quedaron, al principio, en propiedad de las comunidades de campesinos. Pero, posteriormente, al desarrollarse la propiedad privada y el cambio, los campesinos fueron cayendo cada vez más bajo la dependencia económica y, más tarde (al surgir las clases y el Estado), bajo la dependencia política de los príncipes, los boyardos y los terratenientes, en cuyas manos habían ido concentrándose enormes extensiones de tierras, grandes cantidades de ganado y otras riquezas.

Si nos atenemos al curso general del desarrollo histórico, las relaciones feudales de producción eran

 

47 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit., pág. 659.

 

 

 

más progresivas que las esclavistas. Comparado con el modo esclavista de producción, el modo feudal representaba una fase más alta del desarrollo económico. En primer lugar, brindaba mayores posibilidades que el régimen de la esclavitud al desarrollo de las fuerzas productivas y, sobre todo, al desarrollo de los propios productores, de los trabajadores; y, en segundo lugar, el modo feudal de producción y la sociedad feudal en su conjunto dejaban  un  margen  más  amplio  para  la  lucha  de clases de los explotados contra los explotadores.

El modo feudal de producción basábase en el divorcio no completo entre los productores directos y los medios fundamentales de producción, en la explotación de los trabajadores. Lo mismo que la esclavitud, este régimen surgió por efecto de causas económicas. La violencia -factor extraeconómico- no hizo más que acelerar el proceso de nacimiento del feudalismo, pero no lo creó. El feudalismo surgió como un modo de producción más beneficioso desde el punto de vista económico, más progresivo que la esclavitud.

La base de las relaciones de producción feudales es la propiedad del señor feudal sobre los medios de

producción, principalmente la tierra, y su propiedad parcial  sobre  el  trabajador,  sobre  el  siervo  de  la

gleba. El grado de dependencia personal del campesino  bajo  el  señor  feudal  variaba  en  los distintos   países   y  en   los   distintos   períodos   de

desarrollo del feudalismo. Como norma general, el terrateniente  feudal  podía comprar  y vender  a  sus

siervos, jugárselos a las cartas, castigarlos, pero no le asistía,  formalmente,  el  derecho  a  darles  muerte,

aunque en realidad abundaran los casos en que los terratenientes feudales mataban a sus siervos por sí y ante sí, sin que mediara ninguna sentencia judicial.

A la par con la propiedad del señor feudal, existía en la época del feudalismo la propiedad individual

del campesino y del artesano sobre sus instrumentos de producción (el caballo, los aperos de labranza y las herramientas) y sobre su economía propia, basada

en el trabajo personal de los mismos productores, interesados de este modo en ella. En esto consistía

una de las características del feudalismo, que, en comparación con el régimen esclavista, abría posibilidades      considerablemente      mayores      al

desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque obligados  a  entregar  al  señor  feudal  su  trabajo

adicional  en  forma  de  prestaciones  personales,  o como renta en especie o en dinero (censos), el campesino siervo podía trabajar para sí el resto del

tiempo. El señor feudal no se cuidaba de alimentar y mantener a la fuerza de trabajo. El campesino y el

artesano tenían que procurarse los medios de sustento necesarios, y ello los interesaba hasta cierto punto en su labor.

En su tiempo, las relaciones feudales de producción     hallábanse,     fundamentalmente,     en

 

consonancia con las fuerzas productivas y permitían su desarrollo. En la época del feudalismo, mejoraron la fundición y elaboración del hierro y se extendieron considerablemente el arado y el hacha de este metal. Y se introdujeron algunas innovaciones de carácter técnico, como la prensa de lagar, el molino de viento, etc. Se elevó la efectividad de la fuerza de tracción animal en la agricultura y se desarrollaron y adquirieron   una   importancia   todavía   mayor   las labores de labranza, la horticultura, la arvicultura, la viticultura y la oleicultura. Los campesinos familiarizáronse con nuevos cultivos cerealistas e industriales y con nuevas variedades de árboles frutales. Se desbrozaron, en mayor extensión que en la época precedente, las tierras para la labranza. Se trabajaban con mayor cuidado los campos y se difundió la rotación de las siembras mediante el sistema de las tres hojas.

Al comienzo de la época feudal, el trabajo de los artesanos aparecía todavía confundido con el de la

economía agrícola. Los terratenientes feudales tenían

en sus haciendas hábiles maestros artesanos, encargados de cortar y coser para ellos y su servidumbre el calzado y los vestidos, de construir sus carros y coches, de hacer sus trabajos de guarnicionería, etc. El desarrollo de la técnica artesanal y de las artes de los maestros artesanos condujo al incremento de la productividad del trabajo y, como resultado de ello, trajo nuevamente consigo la separación de los oficios artesanales y la agricultura.

El hecho de que el artesanado, y más tarde el comercio, se desglosaran como ramas independientes de la actividad económica ejerció una enorme influencia sobre el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad feudal. Desde el siglo XI, fueron   reviviendo   poco   a   poco   en   la   Europa occidental las ciudades que en algunas partes habían permanecido en pie desde los tiempos del Imperio romano y que habían ido quedando desiertas o viéndose invadidas por la agricultura; y, al lado de ellas, surgieron otras nuevas, más densamente pobladas que las de la época de la esclavitud y que comenzaron a convertirse en centros del artesanado y el comercio. Mientras que la sociedad esclavista sólo había llegado a conocer algunas grandes ciudades, Atenas, Roma y otras, bajo el feudalismo, en la Edad Media, surgieron en Europa ciudades como Génova, Venecia, Florencia, Londres, París, Colonia, Lubeck, Lyón, Marsella, Kiev, Moscú, Nóvgorod, Pskov y otros importantes centros urbanos, en los que se concentraban el artesanado y el comercio. Y, asimismo, aparecieron nuevas y grandes ciudades en China, la India, el Japón y otros países.

La técnica del artesanado siguió desarrollándose, bajo el feudalismo, en comparación con el nivel que

había llegado a alcanzar en la sociedad esclavista. En la hilatura, el huso de los antiguos fué sustituido por

 

 

 

la rueca y, más tarde, por la rueda automática de hilar, que permitía ejecutar dos operaciones al mismo tiempo: la de hilar y la de devanar. Se perfeccionó, asimismo, el telar, sustituyéndose el telar vertical por el horizontal, movido a pedal. En la industria de elaboración de la lana, se inventó y aplicó una máquina para el apresto del paño, y en la industria de la seda la máquina de torcer.

Los oficios artesanales fueron diferenciándose y especializándose cada vez más. La industria textil,

por ejemplo, constaba de más de veinte oficios. Y se

implantó  entre  ellos  un  sistema  de  división  del trabajo, a base de un orden sucesivo en la elaboración de los materiales. Al mismo tiempo, se especializó la producción de diversas clases de tejidos (de lana, de seda y de lino).

Siguió desarrollándose, en esta época, la industria extractiva y se llevó a cabo el paso del método primitivo de fundición de los metales, la fundición en troqueles, al método moderno, en altos hornos.

A pesar del empleo, en una serie de ramas de la producción, especialmente en la industria extractiva,

de diversos mecanismos accionados por la fuerza del

agua  y  del  viento,  bajo  el  feudalismo  los instrumentos de trabajo, seguían siendo en general,

instrumentos     manuales,     pequeños,     primitivos,

pesados, limitados y aptos solamente para el manejo individual.

Los  artesanos  de  las  ciudades  agrupábanse  en

gremios. Estos reglamentaban el volumen de mercancías  que  cada  artesano  podía  producir  y fijaban la cantidad de aprendices y oficiales de cada maestro. Las ordenanzas gremiales perseguían como finalidad poner coto a la competencia entre los artesanos. Los gremios cuidábanse, al mismo tiempo, de abastecer a los artesanos de materias primas y los ayudaban a dar salida a sus mercancías. Las organizaciones gremiales protegían a los artesanos contra  la  concurrencia  de  los  advenedizos, campesinos  siervos  que  conocían  un  oficio, emigraban de la aldea a la ciudad, huyendo de la opresión de los terratenientes. Los gremios, a la par que las organizaciones de mercaderes -la guildas- convirtiéronse más tarde en órganos de lucha de los vecinos  de  las  ciudades  contra  los  señores  y  las cargas feudales, por la libertad y la autonomía de las ciudades y sus habitantes.

La aparición de la manufactura junto al taller artesanal representó la fase más alta de desarrollo de

las fuerzas productivas, en la época del feudalismo;

ello trajo consigo, al mismo tiempo, el nacimiento de las nuevas relaciones de producción, de las relaciones

de producción capitalistas.

La explotación de los campesinos siervos y los artesanos por los señores feudales cambió de forma, en el curso de desarrollo del feudalismo, pasando de la prestación personal o renta en trabajo a la renta en especie (censo en especie) y, por último, a la renta en

 

dinero (censo en dinero). No pocas veces, la renta tenía un carácter mixto. El cambio de forma de la renta, es decir, de los métodos de apropiación por el señor feudal del producto excedente de los siervos, se hallaba  en  consonancia  con  el  desarrollo  de  las fuerzas productivas de la sociedad feudal.

En la renta en trabajo, aparecían separados el uno del otro en el tiempo y en el espacio el trabajo necesario, o sea el invertido por el siervo en producir los medios de sustento para sí mismo y su familia, y el trabajo adicional o plustrabajo, destinado al señor feudal. En efecto, el trabajo que el siervo aportaba al señor feudal se efectuaba en la hacienda de éste (en forma de prestación personal), en determinados días y bajo la vigilancia del propio señor o de su administrador o capataz.

Al pasar a la renta en especie, el siervo trabaja todo el tiempo en su propia economía, sin hallarse bajo la vigilancia directa del señor feudal; cuenta en mayor medida con la posibilidad de disponer de su tiempo y de su trabajo, apropiándose el señor feudal, el dueño de la tierra, del producto excedente. "La renta en productos presupone un nivel superior de cultura por parte del productor directo y, por tanto, una fase superior de desarrollo de su trabajo y de la sociedad en general; se distingue de la forma precedente por el hecho de que en ella el trabajo sobrante  ya  no  tiene  que  rendirse  bajo  su  forma natural ni tampoco, por tanto, bajo la inspección y la coacción directas del terrateniente o de sus representantes; es más bien el productor directo, espoleado por la fuerza de las circunstancias y no por la coacción directa, por los preceptos legales y no por el látigo, el que se encarga de rendirlo bajo su propia responsabilidad".48

En esta fase de desarrollo, al igual que en la anterior, la economía de la sociedad feudal es una

economía predominantemente natural y el grado de

explotación depende, según la expresión de Marx, de las proporciones del estómago del señor feudal y de su servidumbre.

La   situación   cambia   bruscamente   cuando   el cambio   y   el   dinero   adquieren   una   importancia

decisiva en la economía. El tránsito de la renta en especie a la renta en dinero marca una etapa ulterior en el desarrollo de la producción, en la división del

trabajo. Lleva consigo, al mismo tiempo, un reforzamiento de la explotación, despertando en el

señor feudal una sed insaciable de apropiación del plustrabajo de los campesinos y los artesanos.

A  pesar  de  esto,  el  paso  a  la  renta  en  dinero

representó  un  progreso.  Venía  a  dar  una independencia cada vez mayor al siervo, enlazaba cada   vez   más   por   medio   del   mercado   a   los productores individuales y vinculaba con la sociedad en grado cada vez mayor al productor directo. Al mismo tiempo, abría el proceso de desintegración del

 

48 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. III, pág. 920.

 

 

 

modo   de   producción   feudal.   El   desarrollo   del cambio, de las relaciones monetarias, corroía y descomponía por dentro la economía feudal y preparaba   el   camino   para   la   aparición   de   las relaciones capitalistas.

El modo feudal de producción revestía diversas variantes,  con  arreglo  a  las  condiciones  históricas

concretas    de    los    diferentes    países.    Pero    la

característica fundamental y decisiva de este régimen en  todas  y  cada  una  de  sus  modalidades  es  la

explotación de los campesinos siervos y los artesanos

por los señores feudales. En esto reside la contradicción fundamental del modo feudal de producción, contradicción que reviste carácter antagónico y provocó una furiosa lucha de clase de los siervos campesinos contra los terratenientes feudales. Lucha que llena toda la historia de la sociedad  feudal  y  da  su  contenido  fundamental  a ésta.

 

4. La dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas r de las relaciones de producción, en la sociedad capitalista.

El paso de las relaciones feudales de producción a

las relaciones de producción capitalistas se llevó a cabo  mediante  el  desarrollo  de  las  fuerzas productivas. Fué el paso de la rueca automática a la máquina de hilar, del telar manual al telar mecánico, del  martillo  movido  por  la  mano  del  herrero  al martillo de vapor, del molino de viento al molino de vapor. El paso de los talleres de los artesanos a la gran producción a base de máquinas, a las grandes fábricas y centros industriales, con cientos, miles y decenas de miles de obreros.

 

Señalando las características del sistema de la técnica maquinista de las grandes empresas del capitalismo, escribía Marx:

"Como sistema orgánico de máquinas de trabajo movidas por medio de un mecanismo de transmisión impulsado por un autómata central, la industria maquinizada  adquiere  aquí  su  fisonomía  más perfecta. La máquina simple es sustituida por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena toda la fábrica y cuya fuerza diabólica, que antes ocultaba la marcha rítmica, pausada y casi solemne de sus miembros gigantescos, se desborda ahora en el torbellino febril, loco, de sus innumerables órganos de trabajo".49

En  vez  de  la  rutinaria  producción  artesanal, basada en el arte, la experiencia y la destreza personales del artesano, aparece la gran empresa capitalista movida por máquinas y basada en la aplicación a la producción de los conocimientos de las ciencias naturales (la mecánica, la física y la química).

Las primeras máquinas, construidas en las manufacturas, eran torpes y caras, razón por la cual

 

no podían encontrar gran difusión. La gran industria maquinizada entró en contradicción con la angosta base técnica del artesanado y la manufactura y vióse obligada a crear su propia y adecuada base técnica, pasando a producir máquinas por medio de otras máquinas.

En la agricultura, el desarrollo del capitalismo condujo al paso de la hacienda señorial del terrateniente, en que la tierra se cultivaba por medio de aperos agrícolas primitivos, a las grandes explotaciones agrarias, basadas en el empleo de la maquinaria agrícola y de la agronomía.

Los nuevos instrumentos de producción de la industria y la agricultura reclamaban, a su vez, una

nueva  organización  del  trabajo,  exigían  del trabajador cierto nivel de cultura, la capacidad para

poner  en  movimiento  las  máquinas  y  manejarlas. Esto  hacía  que  el  capitalista  prefiriera  al  torpe, sumiso y analfabeto siervo el obrero asalariado culto,

libre de los lazos de la servidumbre y familiarizado con el manejo de las máquinas.

El proceso de aparición y desarrollo de las relaciones capitalistas de producción, fué, al mismo tiempo, el proceso de divorcio entre los productores

directos -campesinos y artesanos- y los medios de producción, el proceso de transformación de éstos en

proletarios, en una clase carente de toda propiedad sobre los instrumentos y medios de producción.

"…La      transformación de          los          medios de

producción individuales y desperdigados en medios sociales y concentrados de producción, y por tanto de la propiedad raquítica de muchos en propiedad gigantesca de pocos, o, lo que es lo mismo, la expropiación que priva a la gran masa del pueblo de la tierra y de los medios de vida e instrumentos de trabajo, esta espantosa y difícil expropiación de la masa del pueblo, forma la prehistoria del capital. Abarca toda una serie de métodos violentos… La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más odiosas".50

El paso a las relaciones capitalistas de producción, pese    a   estas   repugnantes    crueldades    que    lo

acompañaron, representó un progreso. Las relaciones

feudales de producción habíanse convertido en trabas para el desarrollo de las fuerzas productivas, no se

hallaban  ya  en  consonancia  con  ellas.  Pese  a  la

resistencia de los señores feudales, las fuerzas avanzadas de la sociedad abrieron el camino a la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones  de  producción  con  el  carácter  de  las fuerzas productivas, abolieron las relaciones de producción feudales, ya caducas, e instauraron otras nuevas, que para su tiempo resultaban progresivas: las capitalistas.

La           base      de           las          relaciones           de          producción

 

 

 

49 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I, págs. 420-421.

 

50 C. Marx. El Capital. trad. esp. ed. cit., t. I. pág. 852.

 

 

 

capitalistas es la propiedad privada sobre los medios de producción y la ausencia de propiedad sobre los productores, sobre los obreros asalariados.

A diferencia del esclavo y del siervo de la gleba, el obrero asalariado se halla, formalmente, libre de

toda dependencia personal. El obrero aparece en el

mercado de trabajo como poseedor de una mercancía, como  propietario  de  su  fuerza  de  trabajo.  Pero, aunque jurídicamente sea libre e independiente del capitalismo, depende de él económicamente. El obrero, privado de medios de producción y de vida, se ve obligado a vender al capitalista su fuerza de trabajo y a someterse al yugo de la explotación. Entre el obrero y los medios de producción que debe poner en movimiento se interpone el capitalista, propietario de dichos medios. El arrendamiento de la fuerza de trabajo es, bajo las condiciones del capitalismo, el único camino por el que pueden combinarse los factores personales y materiales de la producción. El proceso capitalista de la producción es, al mismo tiempo, el proceso de la explotación del trabajo asalariado,  y  el  proceso  de  la  acumulación  del capital.

A diferencia de la explotación descarada de los esclavos y los siervos, que lleva consigo, de un modo

o  de  otro,  la  coacción  extraeconómica,  la  forma

capitalista de la explotación, la apropiación por los capitalistas del plustrabajo de los obreros asalariados, se encubre bajo las formas del arrendamiento libre, de la compraventa de la fuerza de trabajo, del pago aparentemente íntegro del "trabajo comprado”. Pero, en realidad, el capitalista no compra el trabajo, como quieren hacer creer los economistas burgueses, sino la fuerza del trabajo. Con el salario, el capitalista resarce al obrero, no el trabajo que de él obtiene, sino solamente el valor de la fuerza de trabajo. En el proceso de trabajo, el obrero no produce solamente el valor de los productos necesarios para reproducir su fuerza de trabajo, sino que crea, además, la plusvalía que el capitalista se apropia.

Bajo las condiciones del capitalismo, el trabajo necesario, destinado a reproducir el valor de la fuerza

de trabajo, y el plustrabajo o trabajo adicional, que se

apropia el capitalista, no aparecen separados entre sí, como en la prestación personal, sino que se mezclan y confunden  el  uno  con el  otro.  Fué  necesario  el genio de Marx para descubrir el secreto de la explotación capitalista, el secreto de la producción de la plusvalía y del incremento del capital.

El impulso que mueve la producción capitalista no  es  la  satisfacción  de  las  necesidades  de  la

sociedad,  sino  la  obtención  de  ganancia,  la producción de plusvalía; y, bajo las condiciones del

capitalismo monopolista, no la ganancia pura y simple, sino la ganancia máxima.

La  ley  económica  fundamental  del  capitalismo

contemporáneo es el aseguramiento de la máxima ganancia  capitalista,  mediante  la  explotación  y  la

 

ruina de la mayoría de la población del país de que se trata, y el avasallamiento y el saqueo sistemáticos de otros  países,  especialmente  los  países  atrasados  y, por último, mediante las guerras y la militarización de la economía nacional, utilizados para el aseguramiento de las máximas ganancias.51

Al  capitalista  le  es  indiferente  lo  que  produce, tanto le da que sean cañones o tractores, chicle o jabón. Lo que le interesa es obtener la ganancia máxima. Y, como, en la sociedad capitalista, la producción de cañones, tanques, bombas atómicas y sustancias  tóxicas  constituye  el  mejor  de  los negocios, el que asegura las máximas ganancias, los capitalistas anteponen la fabricación de estos y otros medios de exterminio de los hombres a la producción de artículos alimenticios y de medios necesarios de sustento. El hecho de que la producción capitalista tenga como meta la obtención de plusvalía da a la explotación capitalista un carácter especialmente implacable. La sed de ganancias, de acumulación, de incremento del capital no se sacia jamás. A esta repugnante   pasión,   a   esta   avidez   de   lucro,   se sacrifican las vidas de millones de seres, adultos y niños, hombres y mujeres. "En su impulso ciego y desmedido,  en  su  hambre  canina  devoradora  de trabajo excedente, el capital no sólo derriba las barreras   morales,   sino   que   derriba   también   las barreras puramente físicas de la jornada de trabajo. Usurpa al obrero el tiempo de que necesita su cuerpo para crecer, desarrollarse y conservarse sano. Le roba el tiempo indispensable para asimilarse el aire libre y la luz del sol".52

La propiedad capitalista sobre los medios de producción, las relaciones de producción capitalista,

la  sustitución  del  trabajo  servil  por  el  trabajo  del

obrero asalariado abrió, en su día, posibilidades considerablemente más amplias que el feudalismo al

desarrollo de las fuerzas productivas. Ninguna de las

épocas anteriores al capitalismo había conocido un ritmo tan febril en el desarrollo de esas fuerzas: durante uno o dos siglos de existencia de la sociedad capitalista, se crearon fuerzas productivas más poderosas que en toda la historia precedente de la humanidad.

El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a

la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el  ferrocarril,  el  telégrafo  eléctrico,  la  adaptación

para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación,  poblaciones enteras surgiendo de la tierra como por encanto. ¿Cuál de los

siglos  pasados  pudo  sospechar  siquiera  que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?"53

 

 

51   J.  V.  Stalin,  Problemas  económicos del  socialismo  en  la

U.R.S.S., ed. cit., pág. 37.

52 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I, págs. 292-293.

53 C. Marx: y F. Engels, "Manifiesto del Partido Comunista", en

 

 

 

El  crecimiento  arrollador  de  las  fuerzas productivas en el período ascensional de desarrollo del capitalismo atestigua que, en aquel tiempo, las relaciones capitalistas de producción se hallaban plenamente  en  consonancia  con  el  nivel  de  las fuerzas productivas y facilitaban el crecimiento de éstas. Pero, a la par con esto y desde el momento mismo en que aparece, el modo capitalista de producción tiene un carácter antagónico y lleva en su seno irreductibles contradicciones internas: entre el carácter social de la producción y la forma privada, capitalista, de la apropiación; entre la tendencia al ilimitado crecimiento de las fuerzas productivas y los fines limitados de la producción, que oponen límites constantes al desarrollo de ésta; entre la producción y el consumo limitado, que impone condiciones de miseria a la vida de las masas trabajadoras; entre la organización   de   la   producción   dentro   de   cada empresa por separado y la anarquía de la producción en  el  seno  de  la  sociedad;  entre  el  obrero  y  la máquina  como  instrumento  del  capital;  entre  el trabajo intelectual y el trabajo físico, entre la ciencia y el obrero; entre la ciudad y el campo; entre las metrópolis  capitalistas  y  las  colonias.  La contradicción  entre  el  carácter  social  de  la producción y la forma privada de la apropiación encuentra su expresión en el antagonismo entre el proletariado y la burguesía, entre el trabajo y el capital.

El desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista se ha operado y se opera dentro de los marcos de estas contradicciones antagónicas. Cada paso dado en el desarrollo de la producción, bajo el capitalismo, se da a costa del aplastamiento y la esclavización de los obreros, a costa de reforzar su explotación. Bajo el capitalismo, los medios de producción son, al mismo tiempo, medios de explotación. Las máquinas, que constituyen el medio más importante de acrecentamiento de la productividad del trabajo son, bajo el capitalismo, un medio para esclavizar al obrero, para reforzar la explotación, para prolongar la jornada de trabajo y elevar la intensidad de éste. Las máquinas han hecho posible la incorporación a la producción del trabajo de la mujer y del niño, quienes, bajo el capitalismo, se ven sometidos a una explotación aún mayor que el hombre adulto.

El capitalismo convierte al obrero en un autómata, en un apéndice de la máquina, que lo agota física e

intelectualmente,     que     estruja     sus     energías

musculares,  que  le  priva  de  toda  posibilidad  de realizar una libre actividad física y mental.

"Nota   común   a   toda   producción   capitalista,

considerada no sólo como proceso de trabajo, sino también como proceso de explotación del capital, es que,   lejos   de   ser   el   obrero   quien   maneja   las

 

él;  pero  esta  inversión  no  cobra  realidad técnicamente tangible hasta la era de la maquinaria. Al convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital, durante el proceso de trabajo, con el propio obrero; se alza frente a él como trabajo muerto que domina y absorbe la fuerza de trabajo vivo. En la gran industria, erigida sobre la base de la maquinaria, se consuma, como ya hemos apuntado, el divorcio entre las potencias espirituales del proceso de producción y el trabajo manual, con la transformación de aquéllas en resortes del capital sobre el trabajo.54

En el curso del desarrollo del modo capitalista de producción,    son    desalojados    los    productores

independientes,  los  artesanos  y  los  campesinos,  y más    tarde    los    pequeños    capitalistas    se    ven

desplazados por los grandes capitalistas. "Paralelamente con esta centralización del capital

o  expropiación  de  muchos  capitalistas  por  unos

pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la forma  cooperativa  del  proceso  de  trabajo,  la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación sistemática y organizada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de  trabajo  utilizables  sólo  colectivamente,  la economía de todos los medios de producción al ser empleados como medios de producción de un trabajo combinado, social, la absorción de todos los países por  la  red  del  mercado  mundial  y,  como consecuencia de esto, el carácter internacional del régimen capitalista. Conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del mismo proceso capitalista de producción".55

El nuevo período del capitalismo, que se inicia a fines   del   siglo   pasado,   se   caracteriza   por   la

transformación    del    capitalismo    industrial    en

capitalismo monopolista o imperialismo. El imperialismo es la etapa superior y final de desarrollo del capitalismo, que tiene como signo característico el proceso ulterior de concentración y centralización de la producción y del capital, el cual conduce a la dominación de los monopolios. Dominación que se refuerza todavía más mediante la fusión del capital industrial   y   el   capital   bancario,   que   da   como resultado la formación del capital financiero y la dominación de la oligarquía financiera.

La concentración de la producción y, como consecuencia de ello, la socialización del trabajo en los países más importantes del capitalismo -Estados

 

condiciones de trabajo, son éstas las que le manejan a                

54 C. Marx, El Capital, trad. esp. cit., t. I, pág. 465-466.

 

Obras escogidas, edición cit., t. I, pág. 27.

 

55 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 853.

 

 

 

Unidos, Inglaterra, Alemania, el Japón, Francia e Italia-, a fines del siglo XIX y en la primera mitad del XX, se reforzaron extraordinariamente y adquirieron proporciones gigantescas, "En Norteamérica, toda la riqueza nacional se calcula actualmente en 120.000 millones de dólares, equivalentes a unos 240.000 millones  de  rublos,  De  ellos,  cerca  de  la  tercera parte, o sean cerca de 80.000 millones de rublos, pertenecen a dos trusts, el de Rockefeller y el de Morgan,  o  se  hallan  bajo  su  control.  No  más  de

40.000 familias, que forman estos dos trusts, son las dueñas y señoras de 80 millones de obreros asalariados".56

Antes de la segunda guerra mundial, 250 poderosísimas corporaciones capitalistas de los Estados Unidos poseían el 65 por 100 del potencial de toda la industria de transformación del país. Durante la guerra y después de ella, creció considerablemente el potencial de las empresas pertenecientes a estas corporaciones. Y en la actualidad, no son ya decenas de miles, sino decenas de   familias   de   multimillonarios   de   los   Estados Unidos las que imperan sobre millones de esclavos asalariados.

Los poderosos reyes de las finanzas, los Morgan, los Rockefeller, los Mellon y los Dupont, la corporación de Kun-Löb, los grupos de capitalistas de Chicago, Cleveland y Boston, han ido concentrando en sus manos riquezas gigantescas y son los verdaderos gobernantes, los dictadores de los Estados Unidos. Controlan y gobiernan los más grandes consorcios industriales y financieros del país y disponen de miles de millones de dólares. En 1947, las grandes empresas de los Estados Unidos con más de 500 obreros constituían el 1,9 por 100 de todas las empresas  de  la  industria  de  transformación,  Y  en ellas trabajaban el 45,8 por 100 de todos los obreros de dicha industria,

Un proceso análogo de concentración y centralización de la producción y de toda la riqueza del país en manos de los poderosos monopolios capitalistas, se observa en Inglaterra, en la Alemania occidental y en el Japón, en Francia y en Italia.

El carácter social de la producción en los ámbitos de la sociedad capitalista y el mantenimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción: he aquí la contradicción fundamental del capitalismo, de la que emanan todas sus otras contradicciones antagónicas, que inevitablemente la conducen a la ruina. El creciente y cada vez más agudo conflicto entre las fuerzas productivas contemporáneas y las relaciones capitalistas de producción se revela en el hecho  de  que  las  crisis  capitalistas  de superproducción se repiten cada vez con mayor frecuencia y revisten un carácter cada vez más destructor y catastrófico. Y este conflicto cobra una fuerza especial en la época del imperialismo, en que

 

56 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII, pág. 375.

 

la línea ascendente del capitalismo se convierte en una  línea  descendente.  Al  llegar  el  período  de  la crisis general del capitalismo, este conflicto se revela con especial claridad.

El capitalismo contemporáneo se ha convertido en un sistema en descomposición; sus contradicciones internas  se  han  ahondado  y  agudizado  en proporciones nunca vistas, y su desarrollo presenta un carácter catastrófico y destructor, lo que se manifiesta, no sólo en las crisis de superproducción, sino también en las guerras imperialistas.

El carácter antagónico de las contradicciones del sistema capitalista de producción se expresa en la incompatibilidad entre los intereses de las clases fundamentales de la sociedad capitalista, el proletariado y la burguesía, en el incremento de la riqueza en uno de los polos, el de la burguesía, y el de la pobreza y el hambre en el otro polo, el del proletariado. Las ganancias y riquezas de los capitalistas crecen a costa del reforzamiento de la explotación de la clase obrera y a costa del saqueo de los pueblos de las colonias.

Según los datos del prestigioso economista progresivo    norteamericano    Víctor     Perlo,    las

ganancias medias de los consorcios de los Estados

Unidos en el período que va de 1936 a 1953 aumentaron en 7 veces. De 1936 a 1940, ascendieron

a  6.200  millones  de  dólares;  de  1941  a  1945,  a

21.500 millones; de 1950 a 1953 (durante los años de la guerra contra Corea), a 42.300 millones de dólares.

Las  ganancias  de  los  monopolios  estadounidenses

aumentaron de 33.800 millones de dólares en 1948 a

45.500 millones en 1953. El incremento de estas ganancias se logra mediante el reforzamiento de la

explotación de la clase obrera, la intensificación del

trabajo, la elevación de los precios y el descenso del nivel  de  vida  de  los  trabajadores,  mediante  el

aumento   de   los   impuestos   abonados   por   éstos,

mediante la militarización de la producción y la guerra, es decir, convirtiendo la sangre de cientos de miles de seres humanos en oro, en dólares para los multimillonarios. La cuota de explotación de los obreros de los Estados Unidos, en estos últimos años, ha  aumentado  considerablemente.  Según  los  datos del Business Bulletin, en decenas de las ramas más importantes de la industria, el coeficiente de producción por hora de trabajo del obrero ha aumentado, desde 1946, en un 30 por 100. Y, paralelamente con ello, crece el proceso de empobrecimiento de la clase obrera, en los países capitalistas. Según los datos de la asociación obrera de investigación científica de los Estados Unidos, la participación de los salarios de los obreros en el valor por ellos producido, de 1939 a 1953, descendió a cerca de la tercera parte. Muchos millones de obreros de los Estados Unidos perciben salarios inferiores al mísero salario mínimo vital, fijado en 75 centavos de dólar por hora. De 1947 a 1953, el costo de la vida,

 

 

 

en Inglaterra, subió en un 40 por ciento, y en Francia en un 138 por 100.

El desarrollo del capitalismo va acompañado de la ruina del campo, de los granjeros, del descenso de su

capacidad adquisitiva. De 1947 a 1953, la capacidad adquisitiva    de    los    granjeros    norteamericanos

descendió en un 35 por 100. En diez años, de 1942 a

1952, se arruinaron en los Estados Unidos 700.000 granjeros.

La ley, descubierta por Marx, de la depauperación absoluta   y   relativa   de   la   clase   obrera   y   los

campesinos, bajo el capitalismo, la ley de la agudización del antagonismo entre los obreros y los capitalistas, encuentra su plena confirmación bajo las

condiciones del capitalismo monopolista.

El crecimiento y la profundización y agudización de los antagonismos sociales bajo el capitalismo se

traducen en la agudización de la lucha de clases, que

en todos los países del capitalismo conduce inevitablemente  a  la  revolución  proletaria,  a  la

dictadura  del  proletariado,  a  la  destrucción  de  las

relaciones  capitalistas  de  producción  y  a  su sustitución por las relaciones de producción socialistas, en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas de nuestro tiempo.

 

5. Las  fuerzas productivas y las relaciones  de producción de la sociedad socialista.

La           base      de           las          relaciones           socialistas           de

producción es la propiedad social, socialista, sobre los  medios  de  producción.  Las  relaciones  mutuas entre los hombres en el proceso de producción, bajo el socialismo, son relaciones de fraternal cooperación y ayuda mutua socialista entre trabajadores libres de toda explotación.

La  propiedad  socialista,  en  la  U.R.S.S.,  reviste dos formas: la estatal (propiedad de todo el pueblo) y

la cooperativa-koljosiana, propiedad de un grupo de

gentes.

La forma estatal, de todo el pueblo, de la sociedad socialista recae sobre la tierra y el subsuelo, sobre los

bosques y las aguas, las minas y yacimientos minerales, los sovjóses y estaciones de máquinas y

tractores,  el  transporte  y  los  medios  de comunicación, los bancos y el fondo básico de viviendas  de  las  ciudades.  Todos  los  medios  de

producción, de comunicación y de transporte que acabamos  de  enumerar  son  patrimonio  de  todo  el

pueblo, de toda la sociedad socialista.

La  propiedad  cooperativo-koljosiana  comprende los   edificios   y   construcciones   destinadas   a   la

economía de los koljóses y cooperativas y su instrumental,  incluyendo  los  aperos  agrícolas  y  el

ganado de labor, las granjas ganaderas, los fondos de simientes y de seguros y todos los productos del koljós.

La   existencia   de   dos   formas   de   propiedad socialista,   la   de   todo   el   pueblo   (estatal)   y   la

 

cooperativo-koljosiana, responde a las características del tránsito de la clase obrera y los campesinos trabajadores hacia el socialismo. Y refleja, al mismo tiempo, ciertas diferencias en cuanto al grado de desarrollo de las fuerzas productivas en la industria y en la agricultura, con las que no se puede por menos de contar para llevar a cabo la transformación socialista de la economía.

La propiedad socialista estatal, de todo el pueblo, representa   la   forma   más   alta   de   la   propiedad

socialista. Es el resultado de la expropiación de la

burguesía y los terratenientes, y se desarrolla y multiplica por la acción del trabajo de los obreros de la industria, del transporte, de los sovjóses, de las estaciones de máquinas y tractores, por la acción del trabajo de todo el pueblo. Las empresas estatales de la U.R.S.S. son empresas de tipo consecuentemente socialista, pertenecientes al pueblo en su conjunto. La propiedad socialista estatal expresa el grado más alto de socialización de los medios de producción y de trabajo en todos los ámbitos del país.

En la agricultura, la forma cooperativo-koljosiana de la propiedad socialista es el resultado de la socialización voluntaria de los medios fundamentales de producción de los campesinos, agrupados en los koljóses. Han pasado también a propiedad de éstos los medios de producción del sector de los campesinos, ricos, al ser liquidado. Los koljóses son empresas  socialistas,  pues  se  basan  en  la socialización de los medios decisivos de producción y de trabajo. Pero, comparados con las empresas socialistas del Estado, los koljóses representan una forma inferior de socialización del trabajo socialista.

El  koljós  permite  combinar  los  intereses personales y los intereses sociales de los koljosianos, acomodar y supeditar certeramente los intereses personales a los sociales, con el fin de elevar el bienestar de toda la sociedad y de cada koljosiano en particular. La elevación del bienestar de los koljosianos depende de la cantidad y calidad del trabajo por ellos aportado al koljós, de la multiplicación y el fortalecimiento de los koljóses y de la propiedad socialista de todo el pueblo. La forma koljosiana deja margen a la economía personal accesoria de los koljosianos, a la propiedad personal de éstos sobre su vaca, el ganado menor, las aves, y los pequeños aperos de labranza. Y esto facilita la satisfacción de las necesidades personales de vida del koljosiano. Mediante una acertada combinación de los intereses sociales y los personales, la economía personal accesoria del koljosiano contribuye al fortalecimiento y desarrollo del koljós.

Las relaciones socialistas de producción se desarrollan  como  resultado  del  desarrollo  de  las

fuerzas productivas. Así, por ejemplo, el desarrollo

de la propiedad koljosiana se ha traducido en la ampliación de los koljóses. Los pequeños koljóses,

creados en los años de 1929 a 1932, a base de las

 

 

 

fuerzas productivas de aquel entonces, resultaron con el tiempo raquíticos y estrechos para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas: entorpecían la aplicación de las conquistas de la ciencia agronómica y de la técnica nueva, el empleo de tractores, de máquinas-combinadas y de otra maquinaria agrícola. La ampliación de los koljóses, así como la nueva y decisiva función de las estaciones de máquinas y tractores en el desarrollo de la producción koljosiana, traen consigo un nuevo y más amplio desarrollo de las relaciones socialistas de producción en la agricultura, determinado por las exigencias del desarrollo de las fuerzas productivas y por las tareas planteadas por el fortalecimiento y desarrollo de los koljóses, con el fin de asegurar la cantidad suficiente, y más tarde la abundancia de artículos de consumo para el pueblo.

La propiedad estatal es la forma determinante de la propiedad socialista, en la U.R.S.S. Representa, en

primer lugar, la forma más alta de socialización de los medios de producción, que expresa su pertenencia

a toda la sociedad; en segundo lugar, son propiedad del  Estado  los  medios  de  producción  más importantes  y  decisivos  y,  ante  todo,  la  industria

socialista, que constituye el factor determinante de toda  la  economía  nacional;  y,  en  tercer  lugar,  la

propiedad estatal es la predominante, por su peso específico  dentro  de  la  economía  nacional.  Ya  en

1937, se hallaban bajo la propiedad del Estado el

97,35 por 100 de los fondos básicos de producción en la industria y el 76 por 100 de los de la agricultura.

El modo socialista de producción se caracteriza por la reunión de los productores directos con los

medios de producción. Bajo este régimen, los productores asociados, agrupados, trabajan colectivamente, con ayuda de medios de producción

de propiedad social (de todo el pueblo y de las cooperativas  o  koljóses).  Bajo  el  socialismo,  las

condiciones materiales del trabajo no se enfrentan ya a los productores como una fuerza extraña, hostil y antagónica. Entre los trabajadores y los medios de

producción no se interpone aquí el capitalista, del que  bajo  el  capitalismo  depende  la  unión  de  los

factores materiales y personales de la producción en el proceso de trabajo. Bajo las condiciones del socialismo,  la  fuerza  de  trabajo  deja  de  ser  una

mercancía.

Bajo el socialismo, se acaba con la explotación del hombre por el hombre y los productos creados

pertenecen a los mismos productores, en la persona

de su Estado, de la sociedad o del koljós. En este régimen, no existen ya explotadores ni explotados.

Los productos se distribuyen con arreglo al trabajo,

en consonancia con el principio de que "quien no trabaja, no come". El desarrollo de la propiedad socialista no tiende al aseguramiento de la ganancia

 

sociedad.

La ley económica fundamental del socialismo consiste en garantizar la máxima satisfacción de las

necesidades    materiales   y   culturales    sin    cesar

crecientes  de  toda  la  sociedad,  mediante  el incremento y perfeccionamiento ininterrumpidos de la producción socialista, a base de la más alta técnica. Y esta ley económica fundamental del socialismo determina  los  aspectos  más  importantes  del desarrollo del modo socialista de producción.57

La producción socialista tiene un carácter directamente social. El nexo entre los productores lo establece, aquí, la misma propiedad social sobre los medios de producción. La propiedad privada separa a los hombres; la propiedad social socialista, los une.

El carácter social del proceso de producción, bajo las condiciones del socialismo, se refuerza gracias a

la propiedad social sobre los medios de producción.

En esto reside la plena correspondencia de las relaciones socialistas de producción con el estado y

el      carácter      de      las      fuerzas      productivas

contemporáneas.

Pero la plena correspondencia de las relaciones socialistas  de  producción  con  el  carácter  de  las

fuerzas productivas contemporáneas no debe considerarse  de  un  modo  absoluto  y  como  algo

plasmado y definitivo. También bajo el socialismo son  las  fuerzas  productivas  el  elemento  más dinámico y revolucionario de la producción social, y

puede ocurrir que las relaciones de producción o algunos  de  sus  elementos  queden  rezagados  con

respecto al desarrollo de las fuerzas productivas. Esto hace que también bajo el socialismo puedan surgir

contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones socialistas de producción, ya que también aquí las segundas cambian a tono con los cambios

operados en las primeras. Pero las contradicciones que en el modo socialista de producción surgen entre

las crecientes fuerzas productivas y los elementos o aspectos de las relaciones de producción que quedan a la zaga de aquéllas se dan dentro de los marcos de

la correspondencia general entre las fuerzas productivas  y  la  propiedad  social  socialista.  Estas

contradicciones que aquí surgen no se convierten inevitablemente  en  antagonismos  y  en  conflictos. Bajo los modos de producción anteriores, la plena

correspondencia de las relaciones de producción con el  carácter  de  las  fuerzas  productivas  se  trueca

inevitablemente en un conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y las viejas y ya caducas relaciones de producción, conflicto que se resuelve

por medio de la lucha de clases y de la revolución. Bajo   las   condiciones   del   modo   socialista   de

producción, estos conflictos son imposibles. Las contradicciones  que  surgen  en  la  producción socialista  las  resuelve  la  sociedad  socialista  por

 

capitalista,  sino  al  de  la  máxima  satisfacción  de  las               

 

necesidades   materiales   y   culturales   de   toda   la

 

57   J.  V.  Stalin,  Problemas  económicos del  socialismo  en  la

U.R.S.S., ed. cit., pág. 38.

 

 

 

medio de la política del Partido Comunista y del Estado socialista, basada en la conciencia y la aplicación de la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones sociales con el carácter y el desarrollo de las fuerzas productivas.

Bajo el socialismo, no existen clases antagónicas, grupos sociales capaces de oponer resistencia a la

política del Estado socialista, encaminada a vencer

las contradicciones que puedan surgir entre las crecientes  fuerzas  productivas  y  las  relaciones  de

producción rezagadas con respecto al desarrollo de

aquéllas. La resistencia opuesta por los elementos inertes y rutinarios puede vencerse y se vence con éxito  por  el  Estado  soviético,  apoyándose  en  el pueblo. En esto consiste la acción específica de la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, bajo el socialismo. Las contradicciones antagónicas entre las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción conducen necesariamente a choques de clase. El carácter no antagónico de las contradicciones que surgen bajo el socialismo entre las crecientes fuerzas productivas y las relaciones de producción rezagadas hace que estas contradicciones se resuelvan sin conflictos y choques entre clases, por la acción de las fuerzas de toda la sociedad socialista, fundida en una unidad política y moral.

Vemos,  pues,  cómo  actúa  en  la  historia  de  la sociedad la ley de la obligada correspondencia de las

relaciones  de  producción  con  el  carácter  de  las fuerzas   productivas.   La   correspondencia   de   las

relaciones  de  producción  con  el  carácter  de  las fuerzas  productivas  condiciona  el  desarrollo  de  la

producción social sin obstáculos ni entorpecimientos. Allí donde se da esta correspondencia, las fuerzas productivas  encuentran  el  camino  libre  para  su

desarrollo. Ahora bien, esta correspondencia se infringe cuando las fuerzas productivas se desarrollan

y las relaciones de producción quedan rezagadas con respecto a ellas. Y, a la par con esto, las relaciones de producción cambian como resultado de los cambios

operados  en  cuanto  al  nivel  y  al  carácter  de  las fuerzas productivas y en consonancia con ellos. Tal

es la dialéctica del desarrollo contradictorio de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

La  acción  de  la  ley  económica  de  la  obligada

correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, en las sociedades de clases antagónicas, conduce a la revolución  social.  Y,  como  resultado  de  la revolución, se destruyen las relaciones de producción viejas y ya caducas y se instauran nuevas relaciones de producción, las que corresponden al nivel y carácter alcanzado por las fuerzas productivas.

Cada vez que las viejas y caducas relaciones de producción se destruyen, la correspondencia de las

 

alta, abriendo posibilidades cada vez mayores al desarrollo de las fuerzas de producción. Pero la plena correspondencia de las relaciones de producción con el  carácter  de  las  fuerzas  productivas contemporáneas, instaurada en la sociedad socialista a base de la propiedad social sobre los medios de producción, ha abierto posibilidades jamás conocidas en la historia para el rápido e ininterrumpido desarrollo de las fuerzas productivas.

La ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, así como la ley económica fundamental del capitalismo contemporáneo y la ley económica fundamental del socialismo, permiten comprender las dos líneas antagónicas del desarrollo económico que se enfrentan en el mundo actual: la línea de estancamiento y destrucción de las fuerzas productivas en los países del capitalismo y la línea de desarrollo acelerado e incontenible en los países del campo socialista.

La ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las

fuerzas productivas nos da la clave para comprender

la función de las nuevas relaciones de producción, como el motor fundamental y decisivo del desarrollo

de las fuerzas productivas.

 

6. Las fuerzas matrices del desarrollo de la producción.

El problema de las fuerzas motrices del desarrollo

de la producción es uno de los más importantes de la ciencia  social.  Los  cambios  operados  en  la  vida

social, política y espiritual de la sociedad se hallan

condicionados por los que se producen en el campo de las relaciones económicas, y éstos, a su vez, se determinan por los cambios que se operan en las fuerzas productivas y en el desarrollo de ellas. ¿De qué  depende,  pues,  el  desarrollo  de  las  mismas fuerzas productivas y qué es lo que lo determina?

¿Cuál es el motor fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas?

G. V. Plejánov intentó resolver este problema en una serie de trabajos, pero incurriendo en un grave

error. En su libro titulado Problemas fundamentales del marxismo, leemos: "Todo el problema del desarrollo  de  la  economía  se  reduce,  por  tanto,  a

saber cuáles son las causas que determinan el desarrollo de las fuerzas productivas de que dispone

la sociedad. Y, planteado bajo esta forma última, el problema se resuelve, ante todo, con referencia a las características      del     medio     geográfico...     Las

características del medio geográfico condicionan el desarrollo de las fuerzas productivas, el que, a su vez,

determina  el  de  las  relaciones  económicas  y,  con ellas, el de todas las demás relaciones sociales".58

Plejánov, contestando a la pregunta de cuál es la

 

relaciones   de   producción   con   el   carácter   de   las               

 

fuerzas productivas se establece sobre una base más

 

58  G. V. Plejánov, Obras  completas, ed. rusa, t. XVIII, 1918, págs. 204-205.

 

 

 

fuente del desarrollo de las fuerzas productivas, cae claramente, como se ve, en la desviación geográfica. Sería falso, evidentemente, negar que el medio geográfico ejerce cierta influencia sobre el desarrollo de  las  fuerzas  productivas;  ya  hemos  dicho  más arriba que un medio geográfico favorable acelera su desarrollo,   a   la   par   que   otro   desfavorable   lo entorpece. Sin embargo, el medio geográfico permanece relativamente inalterable, constante, razón por la cual no puede ser el motor fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas. Bajo las condiciones del mismo medio geográfico, las fuerzas productivas pueden desarrollarse lentamente o con mayor  rapidez.  El  punto  de  vista  de  Plejánov  no podría explicar por qué las inmensas riquezas naturales de Rusia, y en particular la de los Urales, Siberia y el Asia Central, permanecieron ocultas bajo el capitalismo y hoy, bajo las condiciones del socialismo, se han puesto al servicio de la sociedad.

La teoría que trata de explicar el desarrollo de las fuerzas productivas y, consiguientemente, de toda la sociedad por las características del medio geográfico impide llegar a comprender las causas reales, que no se hallan al margen del modo de producción, sino dentro de él. Al mismo tiempo, esta teoría lleva a conclusiones fatalistas, a la resignación ante las fuerzas elementales de la naturaleza, a la pasividad, a la  inacción  del  hombre.  El  punto  de  vista  de Plejánov, ajeno al marxismo, desarmaba ideológicamente a la clase obrera, la sustraía a la misión de destruir las relaciones capitalistas de producción, que sirven de freno al desarrollo de las fuerzas productivas.

El idealista A. Bogdánov, en su Curso de Economía política, intentaba explicar el desarrollo de las fuerzas productivas por el crecimiento de la población. Explicación también falsa, como se ha puesto ya de relieve en el capítulo anterior.

El renegado del marxismo K. Kautsky, en su libro que lleva por título La concepción materialista de la historia, explica el desarrollo de las fuerzas productivas por la elevación de la conciencia, por el desarrollo de la ciencia: según él, las fuerzas productivas se desarrollan como resultado del desarrollo de la técnica, y ésta adquiere su desarrollo bajo la acción del progreso científico, al desarrollarse el conocimiento de las fuerzas de la naturaleza. Este punto de vista acerca del desarrollo de las fuerzas productivas y de toda la sociedad ha encontrado difusión en los EE.UU., y en otros países capitalistas. La llamada "sociología atómica" es una variante de esta concepción idealista y reaccionaria. Un defensor de esta falsa concepción, en Francia, es Jules Moch, autor del libro titulado Confrontaciones.

No cabe duda de que los progresos de las ciencias, especialmente de las ciencias naturales, ejercen una

 

técnica. La gran industria contemporánea -la metalurgia, la construcción de maquinaria, la electrotécnica, la industria química, etc.- sería imposible sin la aplicación de los conocimientos de las modernas ciencias naturales, de la mecánica, la física y la química. La gran agricultura de nuestro tiempo se basa en la aplicación de la química y la agro-biología. El ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas, en la época de la gran producción a base de   máquinas,   se   ha   intensificado   bruscamente, gracias a la aplicación de las ciencias naturales a la técnica. La gran industria, "por medio de la maquinaria, de los procesos químicos y de otros métodos, revoluciona constantemente, con la base técnica de la producción, las funciones de los obreros y  las  combinaciones  sociales  del  proceso  de trabajo".59 Es éste un rasgo esencialmente característico de la época del socialismo, que ha abierto a la ciencia ilimitadas posibilidades de desarrollo y la aplicación de sus conquistas en la más grande escala, en todos sus aspectos y libre de todo obstáculo, al campo de la producción. La trayectoria de la sociedad socialista demuestra que la ciencia tiende a penetrar cada vez más en todos los ámbitos de la producción y a desempeñar un creciente papel en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Pero, a pesar de todo esto, es falso buscar en el desarrollo de la ciencia, de la conciencia, la causa fundamental y determinante del desarrollo de las fuerzas productivas. Más bien que hablar de lo que la ciencia influye en el desarrollo de las fuerzas productivas, lo correcto sería poner de relieve, por el contrario, lo que la propia ciencia debe, en cuanto a su existencia y a su desarrollo, muy en primer lugar, al desarrollo de la producción, es decir, en última instancia, al desarrollo de las fuerzas productivas. El desarrollo de la producción, al plantear una serie de tareas a las ciencias naturales, fomenta también los medios para resolverlas. Las necesidades de la producción  son,  en  efecto,  el  estímulo  más importante y decisivo para el desarrollo de la misma ciencia. En carta, a Starkenburg, escribía Engels:

"Si es cierto que la técnica, como usted dice, depende  en  parte  considerable  del  estado  de  la

ciencia,  aún  más  depende  ésta  del  estado  y  las

necesidades  de  la  técnica.  El  hecho  de  que  la sociedad sienta una necesidad técnica, estimula más a

la    ciencia    que    diez    universidades.    Toda    la

hidrostática (Torricelli, etc.) surgió de la necesidad de regular el curso de los ríos de las montañas de Italia, en los siglos XVI y XVII. Acerca de la electricidad, hemos comenzado a saber algo racional desde   que   se   descubrió   la   posibilidad   de   su aplicación técnica".60

De las condiciones sociales, económicas, de la producción  dependen,  no  sólo  el  logro  de  tales  o

 

poderosa influencia sobre el desarrollo de las fuerzas                  

 

productivas y, en particular, sobre el desarrollo de la

 

59 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 562.

60 C. Marx y F. Engels, Ausgewähle, Briefe, ed. cit., pág. 411.

 

 

 

cuales descubrimientos, sino también la posibilidad de su aplicación. Sabido es, por ejemplo, que la propiedad del vapor de ser fuerza motriz, fuente de energía, había sido descubierta ya en la antigua Grecia, en el llamado período alejandrino. Pero, en aquel tiempo, bajo las condiciones del  modo esclavista de producción, resultaba imposible poner a contribución semejante descubrimiento. Y tampoco en las condiciones del modo feudal de producción era posible poner en práctica la máquina de vapor, formidable invención del genial mecánico ruso Polsunov.

La posibilidad de aplicar los descubrimientos de la ciencia al desarrollo de las fuerzas productivas de

la sociedad no depende solamente del carácter del modo  de  producción,  sino  también  del  grado  de

desarrollo de éste. Así, el modo capitalista de producción  abrió  en  su  tiempo  la  posibilidad  de aplicar  conscientemente  las  ciencias  naturales  a  la

industria y la agricultura; la ley de la concurrencia capitalista  obligó  a  los  capitalistas  a  reducir  los

gastos  de  producción  y,  con  este  objeto,  a perfeccionar la técnica, a aplicar nuevos inventos que permitiesen incrementar la productividad del trabajo.

Pero la situación cambia bajo las condiciones de dominación  de  los  monopolios  y  de  los  precios

monopolistas en el mercado: los monopolios capitalistas rehúyen frecuentemente las invenciones de   la   ciencia   y   de   la   técnica.   El   capitalismo

monopolista en descomposición frena la aplicación a la producción de los grandes descubrimientos de la

ciencia y la técnica contemporáneas, por oponerse a ello los intereses de los monopolios capitalistas, pues

los nuevos inventos vienen a depreciar el capital fijo en funciones, exigiendo la renovación del equipo industrial.

El gigantesco, y además crónico, déficit de rendimiento del aparato industrial de la mayoría de

los países capitalistas, por falta de pedidos, y el paro forzoso crónico, característico de la época de la crisis general del capitalismo, entorpecen la aplicación y el

empleo de muchos descubrimientos técnico- científicos.

En 1929-1933, durante la crisis económica mundial, el mundo fué testigo de la ofensiva desplegada  por  la  reacción  capitalista  contra  la

ciencia y los descubrimientos científicos. En esta ofensiva   tomaban   parte,   junto   a   los   dirigentes

políticos de la burguesía, ciertos representantes de la ciencia burguesa. Según unos y otros, la causa de las crisis  de  superproducción  y  de  todos  los  males  y

calamidades sociales engendrados por ellas residía en el crecimiento "desmedido" de la ciencia y de los

descubrimientos científicos. En el momento álgido de esta ofensiva reaccionaria, se llegó a lanzar la consigna de la "vuelta a la azada y la pala".

Los monopolios capitalistas acaparan cientos y miles  de  patentes  de  inventos,  para  que  éstos  no

 

vayan a parar a manos de sus competidores. Pero sólo una parte insignificante de ellos llegan a ponerse en práctica. Los demás se inmovilizan durante años y años en las cajas fuertes. Los monopolios capitalistas oponen resistencia al empleo de la energía atómica para fines pacíficos exclusivamente.

Bajo las condiciones del capitalismo en nuestros días, la posibilidad de poner a contribución los descubrimientos científicos y los inventos técnicos se determina por la acción de la ley económica fundamental del capitalismo contemporáneo, por la tendencia a la obtención de la ganancia máxima. Los descubrimientos e invenciones se ponen en práctica, si  permiten  incrementar  las  ganancias  capitalistas. Por   el   contrario,   cuando   ponen   en   peligro   la obtención de la ganancia máxima, si amenazan con depreciar el equipo industrial existente y conducen a la baja de los precios de los monopolios, los monopolistas los mantienen en secreto y los guardan cuidadosamente en sus cajas fuertes.

Por lo dicho, se ve claramente que el desarrollo de las ciencias naturales y técnicas, de por sí, no basta

para explicar el desarrollo de las fuerzas productivas.

Los descubrimientos científicos crean simplemente la posibilidad del desarrollo de la técnica. Pero, el que

esta posibilidad se convierta en realidad, el que los

descubrimientos científicos se apliquen realmente a la producción, el que se ponga realmente a contribución el desarrollo del pensamiento científico, depende íntegramente del modo de producción, de la ley económica fundamental vigente en la sociedad de que se trata, del carácter del régimen social.

Ahora bien, si el desarrollo de las fuerzas productivas   no   puede   explicarse   por   el   medio

geográfico, ni por el crecimiento de la población, ni

por el desarrollo de la ciencia considerado de por sí,

¿no deberán tal vez buscarse las causas radicales y profundas del desarrollo de las fuerzas productivas en el incremento de las necesidades de los hombres?

¿No es acaso la satisfacción de las necesidades apremiantes de los hombres en materia de alimento,

vestido, calzado, vivienda, así como en lo tocante a los   instrumentos   de   trabajo   necesarios   para   la

producción, lo que en todas las formaciones sociales constituye el fin de la producción, directamente o en última instancia?

Es indudable que el incremento de las necesidades de  los  hombres  influye  poderosamente  sobre  el

desarrollo de las fuerzas productivas. Pero el carácter de   las   necesidades   y   el   incremento   de   éstas dependen, a su vez del desarrollo de la producción,

del modo de producción, de las relaciones de producción. Las necesidades del hombre primitivo y

del esclavo eran muy distintas de las del obrero de los países capitalistas, como las de éste se diferencian considerablemente de las del obrero de la sociedad

socialista.

El  incremento  de  la  producción  depende  del

 

 

 

incremento de las necesidades, del incremento del consumo. Pero, en primer lugar, es la producción la que ofrece al consumo el material, los objetos, los productos,   con   lo   cual   crea   la   posibilidad   del consumo, lo engendra. Y, en segundo lugar, la producción no determina solamente los objetos del consumo, sino también los modos de éste. La producción crea los consumidores. La necesidad de alumbrado puede satisfacerse con una antorcha, con una vela o con una lámpara de petróleo. El consumo de lámparas eléctricas hízose posible al surgir la producción de esta clase de objetos. Antes de que la industria  produjera  receptores  de  radio, refrigeradores eléctricos y televisores, no se sentía la necesidad de tales aparatos.

"Aunque el consumo se remonte sobre su tosquedad natural originaria y su carácter inmediato -

y el permanecer en ella seguiría siendo, a su vez, el

resultado de una producción estancada en su tosquedad natural-, en cuanto estímulo tiene como

intermediario     al     objeto...     Una     determinada

producción condiciona, por tanto, un consumo, una distribución y un cambio determinados, y determinadas relaciones de estos diversos factores entre sí".61 Así, pues, considerados en su unidad e interdependencia dialécticas, la producción y el consumo son, a la vez, el punto de partida, y el factor determinante  de  su  desarrollo  reside  en  la producción.

Bajo las condiciones del capitalismo, no existe ni puede existir concordancia entre la producción y el consumo, puesto que el consumo de las masas está limitado por su solvencia, lo que hace que se halle siempre por debajo del desarrollo de la producción. La finalidad inmediata de la producción capitalista - la acumulación de capital- lleva aparejado el mísero nivel de vida de los productores de los bienes materiales el descenso del abastecimiento material de la clase obrera, de todos los trabajadores, su depauperación absoluta y relativa, el descenso progresivo de su nivel de consumo.

Bajo el régimen económico socialista, el incremento de las necesidades (y del poder adquisitivo) de las masas sobrepasa constantemente al incremento de la producción y, por consiguiente, lo impulsa hacia adelante. La producción socialista tiene como ley el incremento constante del consumo de los trabajadores, el auge y el mejoramiento de su situación material. Y esta nueva relación entre la producción y el consumo emana de las relaciones socialistas de producción, del hecho de que esta sociedad ya no conoce la explotación del hombre por el hombre.

Consiguientemente, el incremento de las necesidades influye sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, pero no es la causa que lo determina, ya

 

 

61 C. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Oekonomie, ed. cit., págs. 198-206.

 

que este incremento depende, a su vez, de la misma producción, y su influencia sobre el desarrollo de las fuerzas  productivas  sólo  puede  comprenderse teniendo en cuenta las características del modo de producción y de las relaciones de producción de que se trata.

¿Cuál es, entonces, el motor fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas?

El motor fundamental y decisivo de las fuerzas

productivas son las nuevas relaciones de producción que se hallan en consonancia con el carácter de las fuerzas   productivas.   Y   el   freno   principal   que entorpece el desarrollo de las fuerzas productivas, las viejas y caducas relaciones de producción, que no corresponden ya al carácter de dichas fuerzas.

En El Capital de Marx se contiene un análisis completo y acabado de las leyes que regían el modo

capitalista     de     producción     en     el     período

premonopolista  de  su  existencia.  Marx  ha demostrado que las relaciones de producción de la

sociedad capitalista, la propiedad capitalista sobre los

medios de producción, el hambre insaciable de acumulación del capital, la avidez de ganancias y la concurrencia, fueron poderosas palancas para el desarrollo de las fuerzas productivas en el primer período de desarrollo del capitalismo.

La meta y el motivo propulsor de la producción capitalista son la obtención de ganancias, la producción de plusvalía, la acumulación de capital, mediante la explotación de obreros. El medio de que se valía la burguesía para alcanzar este fin, en el período ascensional de desarrollo del capitalismo, era el   desarrollo   de   las   fuerzas   productivas.   Esta finalidad limitada de la producción, que emanaba de las relaciones de producción del capitalismo, entró en contradicción con el crecimiento de las fuerzas productivas. El desarrollo del modo capitalista de producción ahonda esta contradicción y va convirtiéndose gradualmente en un agudísimo conflicto  entre  las  fuerzas  productivas  y  las relaciones de producción propias del capitalismo.

En su genial obra El imperialismo, etapa superior del capitalismo, V. I. Lenin ha demostrado que la transformación del capitalismo premonopolista en el capitalismo  monopolista  conduce  a  la descomposición del capitalismo. El desarrollo del capitalismo, al conducir inevitablemente, en virtud de la gigantesca concentración del capital, a la dominación  de  los  monopolios,  engendra  la tendencia al estancamiento y a la destrucción de las fuerzas productivas.

Las relaciones capitalistas de producción ya caducas: he ahí el obstáculo fundamental y decisivo que estorba el desarrollo de las fuerzas productivas contemporáneas. Para abrir camino al desarrollo de las fuerzas productivas, hay que acabar con las relaciones  capitalistas  de  producción  y  sustituirlas por las relaciones de producción socialistas. Esto es

 

 

 

lo que enseña el marxismo, pertrechando a la clase obrera y al partido marxista para la revolución socialista.

En 1917, en vísperas de la Gran Revolución socialista  de  Octubre,  el  Partido  Comunista,  su

Comité Central, encabezado por Lenin, por oposición

a los mencheviques y social-revolucionarios, proclamaron que el único camino para asegurar el florecimiento de las fuerzas productivas de Rusia consistía en destruir las relaciones capitalistas de producción.

El capitalismo contemporáneo entorpece por doquier el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. En los años de 1929 a 1939, la producción industrial de los EE.UU. permaneció estancada, sin moverse del sitio. En el período de la segunda guerra mundial, creció bruscamente, pero sólo gracias a la producción de armamentos y artículos para la guerra. Después de la segunda guerra mundial, descendió considerablemente, hasta que, como resultado de la guerra de agresión desencadenada por los EE.UU. contra Corea y en relación con los preparativos para una nueva guerra mundial, es decir, como resultado de la militarización de la economía, lograron los EE.UU. elevar de nuevo, y sólo unilateralmente, su producción industrial. Pero, aun así y a pesar de que el aplastamiento de la Alemania fascista y el Japón había quitado de en medio a los dos principales competidores de los EE.UU. en Europa y Asia, la producción industrial norteamericana, en los años de

1929 a 1951, aumentó solamente, en números redondos,  al  doble.  Y,  si  nos  fijamos  en  países

capitalistas europeos como Francia, Bélgica, Austria,

Dinamarca,  Grecia  y  Luxemburgo,  vemos  que  en ellos la producción industrial, de 1937 a 1953, sólo registra un aumento del 31 por 100, lo que representa solamente a un 2 por 100 anual. Esto equivale, en realidad, a no moverse del sitio, a vegetar. Y en el mismo estado de estancamiento se hallan las fuerzas productivas  de  la  agricultura,  en  los  países capitalistas.

Por oposición a esto, las fuerzas productivas de los países del campo socialista se desarrollan sin interrupción y con fuerza vertiginosa. Así, por ejemplo, en la U.R.S.S., de 1929 a 1951, la producción industrial aumentó casi en 13 veces. En todos  los  países  europeos  de  democracia  popular, pese a lo mucho que sufrieron durante la segunda guerra mundial por la invasión hitleriana y los bombardeos anglo-norteamericanos, la producción industrial crece ininterrumpidamente. En Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania, la producción industrial, en 1953, registraba un aumento del 207 por 100 con respecto a la de

1937.

La causa fundamental y decisiva del desarrollo de las  fuerzas  productivas  en  los  países  del  campo

socialista  reside  en  las  nuevas  relaciones,  en  las

 

relaciones socialistas de producción. Estas relaciones han abierto amplio campo al desarrollo de las fuerzas productivas,  han  creado  nuevos  y  poderosos estímulos para el desarrollo de la producción, para el perfeccionamiento de la técnica y para el desarrollo de los mismos hombres, de los trabajadores, de las masas populares.

Los ideólogos de la burguesía esforzábanse por ahuyentar a las masas del socialismo, afirmando que

éste, al acabar con la propiedad privada, mataba, según ellos, el principal estímulo, la principal fuerza

motriz del desarrollo de la producción y de la cultura. En realidad, como demuestran los hechos, en nuestra época, es precisamente la propiedad capitalista la que

ahoga los estímulos de desarrollo de las fuerzas productivas,  al  paso  que  la  propiedad  socialista

constituye, una poderosa fuerza motriz de ese desarrollo.

En un breve período histórico, se ha llevado a

cabo el grandioso plan de industrialización socialista de la U.R.S.S., lo que ha sido posible solamente a base de las relaciones socialistas de producción. En treinta y cinco años de existencia del régimen soviético, ha aumentado en 39 veces la producción industrial  de  la  U.R.S.S.  Para  acrecentar  su producción industrial en 39 veces, la Inglaterra capitalista ha necesitado 162 años (de 1790 a 1951); Francia, en los últimos noventa años, sólo ha visto aumentar su producción industrial en 5,5 veces; y los EE.UU., en los treinta y cinco años últimos, ha elevado su producción industrial en 2,6 veces solamente.

Tal es la superioridad del modo de producción del socialismo, basado en la propiedad social sobre los

medios de producción.

Cada nuevo tipo de relaciones de producción que se  afirma  en  lugar  del  que  le  precede  y  ya  ha

caducado, abre nuevas y más amplias posibilidades,

más poderosos estímulos, más potentes motivos para el desarrollo de la producción. En esto reside, cabalmente,  la  base  sobre la  que  triunfa  el  nuevo modo de producción sobre el viejo. Y esto se evidencia de un modo muy especial a la luz del ejemplo de las relaciones socialistas de producción.

La  instauración  de  las  relaciones  socialistas  de producción ha abierto el más ancho campo, las más

amplias posibilidades, al desarrollo de las fuerzas productivas, en primer lugar, porque estas relaciones

han conducido a la abolición de la explotación y de las clases explotadoras. En segundo lugar, las relaciones  socialistas  de  producción  constituyen  el

más potente motor de desarrollo de las fuerzas productivas,  porque  aseguran  el  desarrollo  de  la

fuerza productiva más importante de todas, que son los mismos trabajadores, su capacidad, su talento, sus dotes, que el capitalismo ahogaba y ahoga. En tercer

lugar, las relaciones socialistas de producción son las que   más   interesan   a   los   trabajadores   por   los

 

 

 

resultados de su trabajo y por el desarrollo de las fuerzas productivas.

Los intereses materiales han puesto siempre en movimiento  a  enormes  masas  de  hombres,  a  las

clases sociales, a sociedades enteras. Sin embargo, hasta llegar al socialismo, los intereses materiales de

la persona en el seno de las clases trabajadoras y los intereses de la sociedad, eran intereses antagónicos. Las  condiciones  de  las  relaciones  socialistas  de

producción han creado la posibilidad de un desarrollo certero y armónico, de la adecuada combinación de

los intereses materiales personales de los trabajadores con los intereses sociales, con el desarrollo de las fuerzas productivas materiales de la sociedad.

Así, pues, las relaciones socialistas de producción constituyen el poderoso motor del desarrollo de las

fuerzas productivas, porque, hallándose en consonancia con el estado de las fuerzas productivas, abren campo a su desarrollo y engendran poderosos

estímulos  para  el  desarrollo  de  las  fuerzas productivas, interesando en él a toda la sociedad y a

cada uno de los individuos que la forman.

La posibilidad de invertir en el desarrollo de la producción lo que antes se apropiaban y derrochaban

los capitalistas, los terratenientes y su cortejo, unida a la   grandiosa   actividad   creadora   de   las   masas

trabajadoras, al convertirse en dueñas y señoras del país y trabajar, no para los explotadores, sino para sí mismas  y  para  toda  la  sociedad,  constituyen  la

formidable fuente vivificadora del gigantesco ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas, engendradas

por las relaciones socialistas de producción, basadas en la cooperación fraternal y en la ayuda mutua de

los trabajadores.

Si,  hasta  en  las  condiciones  de  un  régimen forzado,  la  cooperación  del  trabajo  engendró  una

nueva fuerza productiva, imagínese cuánto más grandiosa   tiene   que   ser   la   significación   de   la

cooperación del trabajo socialista. Esta cooperación eleva en proporciones mucho mayores la potencia del trabajo  colectivo,  engendra  la  emulación  creadora,

hace nacer una nueva fuerza productiva, que viene a multiplicar considerablemente la suma de las fuerzas

de los individuos aislados.

Y la gran misión de la propiedad socialista como motor  de  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  se

manifiesta también en el campo del progreso técnico. El  modo  socialista  de  producción  ha  liberado  al

desarrollo de la técnica de todos los obstáculos que ante él interponían las relaciones de producción del capitalismo. Bajo las condiciones del socialismo, ha

desaparecido para siempre el antagonismo entre el obrero y la máquina. Si bajo el capitalismo el obrero

era un apéndice de la máquina, bajo el socialismo es el  dueño  de  ella.  Bajo  las  condiciones  del capitalismo,  el  obrero  no  se  halla  interesado  en

perfeccionar los instrumentos de producción, pues las máquinas, al perfeccionarse, lo desalojan del proceso

 

de la producción, y los frutos de la productividad del trabajo, al elevarse ésta, se los apropia el capitalista. El incremento de la productividad del trabajo, bajo el capitalismo, significa el reforzamiento de la explotación de los obreros.

Bajo el socialismo, la máquina alivia y ahorra el trabajo del obrero. Esto explica por qué los inventos

técnicos,  bajo  el  socialismo,  se  convierten  en  un

fenómeno de masas. Solamente en el período que va de 1950 a 1953, se introdujeron en la producción, en

la  U.R.S.S.,  cerca  de  tres  millones  de  inventos

técnicos y de propuestas de racionalización del trabajo. En un solo año, el de 1953, se crearon cerca de 700 nuevos e importantísimos tipos y marcas de máquinas y mecanismos.

El   capitalismo   ahoga,   estrangula   las   fuerzas creadoras  del  trabajador,  aplasta  la  personalidad,

mata los talentos, las dotes e iniciativas del pueblo.

Las relaciones socialistas de producción abren ancho campo para que florezcan la iniciativa, el talento y

las capacidades del pueblo y de la personalidad. Bajo

el socialismo, la producción sirve al hombre y a sus capacidades, a la satisfacción de las crecientes necesidades materiales y culturales de los trabajadores. El régimen socialista abre posibilidades al desarrollo total de las capacidades físicas y espirituales de los trabajadores, y éstos son los que constituyen la fuerza productiva más importante de la sociedad, la que hace andar la producción. Las relaciones de producción del socialismo garantizan la consecución de la gran meta señalada en su día por Marx, en la Crítica del programa de Gotha: "…Cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades!"

Para   asegurar   el   desarrollo   de   las   fuerzas productivas, sin el que no podría llegar a realizarse el

gran principio del comunismo, la sociedad socialista

aplica el principio del socialismo: de cada cual según su capacidad; a cada cual según su trabajo. Este principio expresa la abolición de la explotación del hombre por el hombre, exige de todos los miembros de la sociedad un trabajo adecuado a sus capacidades y garantiza un salario igual por un trabajo igual, es decir, la abolición del pago de salarios desiguales a los trabajadores de distintas naciones y razas, a hombres y mujeres, a adultos y jóvenes. El principio socialista de la distribución garantiza el máximo interés de los trabajadores por los resultados de su trabajo y la superación del igualitarismo pequeñoburgués, y facilita el desarrollo de la conciencia socialista, de la actitud socialista ante el trabajo, el despliegue de la emulación socialista y la

 

 

 

elevación de la productividad del trabajo.

En todo esto se manifiesta la función de las relaciones socialistas de producción como el motor

fundamental y decisivo del desarrollo de las fuerzas

productivas de la sociedad socialista. J. V Stalin, al sintetizar las leyes del desarrollo de las fuerzas productivas en las distintas formaciones sociales, incluyendo la sociedad socialista, escribía: "...Las nuevas relaciones de producción son la fuerza principal y decisiva que determina precisamente el desarrollo continuo y poderoso de las fuerzas productivas,  y  sin  ellas  las  fuerzas  productivas estarían en nuestro país condenadas a vegetar, como vegetan hoy en los países capitalistas".62

Por tanto, los cambios y el desarrollo de las relaciones de producción son provocados y se hallan condicionados por los cambios y el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y, en primer lugar, por el desarrollo de los instrumentos de producción. Los  cambios  y  el  desarrollo  de  las  fuerzas productivas conducen, más temprano o más tarde, a la sustitución de las relaciones de producción ya caducas por otras nuevas y más avanzadas, en consonancia con el nivel y el carácter de las nuevas fuerzas productivas de la sociedad y constituyen el factor fundamental de su desarrollo progresivo.

Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo la sustitución de unas relaciones de producción por otras?

 

7. La ley del tránsito del viejo al nuevo modo de producción.

Las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de

producción en consonancia con ellas no surgen al derrumbarse y desaparecer el viejo régimen, sino que

nacen ya en el seno de él. Los hombres no son libres

para elegir las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Cada nueva generación, al surgir a la

vida, encuentra ya dispuestas y plasmadas las fuerzas

productivas y relaciones de producción creadas por las  generaciones  precedentes.  Para  tener  la posibilidad de producir bienes materiales, cada nueva generación tiene que adaptarse, al principio, a estas nuevas fuerzas productivas y relaciones de producción.  El  modo  de  producción  heredado  por una generación dada, determina la situación que los hombres ocupan en el proceso de producción y las posibilidades y la trayectoria del desarrollo ulterior de las relaciones de producción y las fuerzas productivas.

El nacimiento de las nuevas fuerzas productivas y de  las  nuevas  relaciones  de  producción  tiene  un

carácter espontáneo e impremeditado, pues los hombres,   al   perfeccionar   los   viejos   medios   de

producción y crear otros nuevos, al desarrollar las fuerzas productivas, no tienen conciencia, no comprenden ni se percatan de los resultados sociales

 

 

62   J.  V.  Stalin,  Problemas  económicos del  socialismo  en  la

U.R.S.S., ed. cit. Pág. 58.

 

a que estos cambios operados en los medios de producción pueden conducir y conducen. Su pensamiento, su conciencia, no va más allá de la ganancia inmediata y palpable que puedan obtener de ellos.

Los hombres de la sociedad primitiva, al pasar de los   instrumentos   de   piedra   a   las   herramientas

metálicas, no perseguían otro fin que el de facilitar su

trabajo,  el  de  hacer  éste  más  efectivo,  más productivo.  Hasta  que  los  nuevos  instrumentos  de

hierro encontraron amplia difusión, los hombres no

podían tener conciencia de los resultados sociales a que conducía su empleo. Pero el paso a los instrumentos de hierro condujo, como hemos visto más arriba, al acrecentamiento de la productividad del trabajo, a la aparición y el incremento del plustrabajo y el plusproducto, como consecuencia de lo cual surgió la posibilidad económica de la explotación del hombre por el hombre y de la instauración de la esclavitud. De este modo, el paso a los instrumentos de hierro del trabajo, independientemente de la voluntad y los deseos de los hombres, condujo al hundimiento del régimen de la comunidad primitiva y a su sustitución por el régimen esclavista.

Otro ejemplo. La incipiente burguesía de Europa, en el período del feudalismo, al crear las grandes

empresas   manufactureras   junto   a   los   pequeños

talleres  artesanales  de  los  gremios,  guiábase  ante todo por la aspiración de incrementar en lo posible la

producción de mercancías para abastecer los nuevos

mercados del Oriente y América, de abaratarla y obtener mayores ganancias. La conciencia de la burguesía no iba más allá de estos intereses egoístas y limitados. Es evidente que, cuando creaba las grandes manufacturas, no preveía ni podía prever las consecuencias  sociales  de  sus  actividades  y empresas. Consecuencias consistentes en el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas, que dio nacimiento a nuevas clases antes desconocidas de la sociedad feudal, a la reagrupación de las fuerzas sociales y a los cambios operados en cuanto a la función económica y social de las viejas y las nuevas clases.

La           burguesía,          al            desarrollar          las          fuerzas productivas,  no  tenía  la  conciencia  de  que  esto

conduciría necesariamente, en último resultado, a un choque con el régimen feudal y con el poder estatal

del feudalismo. Y éste fué, en efecto, el resultado social que el desarrollo elemental de las fuerzas productivas  y  las  relaciones  de  producción  trajo

consigo.

Las  contradicciones  y  la  lucha  de  clases  que surgieron entre la burguesía y la aristocracia feudal y

entre  ésta  y  los  campesinos  tenían  como  base

económica el conflicto que espontáneamente había ido creándose entre las nuevas fuerzas productivas y

las relaciones feudales de producción, ya caducas.

 

 

 

Conflicto que condujo en una serie de países, tales como Holanda, Inglaterra, Francia y Alemania, a revoluciones burguesas, antifeudales, como consecuencia de las cuales se hundió el feudalismo y se instauró el régimen capitalista.

Un tercer ejemplo. En la segunda mitad del siglo

XIX y en la primera década del XX, la burguesía rusa, conjuntamente con la burguesía extranjera, fomentó intensivamente en Rusia la gran producción industrial a base de máquinas. La burguesía rusa, aprovechábase de la protección del zarismo y no luchaba en contra de él. Al desarrollar las fuerzas productivas  y  las  relaciones  capitalistas  de producción, la burguesía no tenía conciencia de las consecuencias sociales a que esto llevaba. Cuando construían  fábricas,  centros  industriales  y ferrocarriles, los capitalistas no se daban cuenta de que el desarrollo de las fuerzas productivas de Rusia tenía que conducir a la aparición de la fuerza social revolucionaria, el proletariado, de que preparaba el terreno para poner en pie la alianza del proletariado con los campesinos arruinados y explotados, y de que todo ello traería como resultado la revolución socialista victoriosa. Y este y no otro fué, en efecto, el   resultado   social   objetivo   a   que   condujo   el desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones capitalistas de producción.

El desarrollo de las fuerzas productivas y los cambios que provoca en las relaciones de producción

sólo hasta llegar a un cierto límite se operan de un modo   espontáneo.   Cuando   las   nuevas   fuerzas

productivas que han ido madurando en el seno de la vieja  sociedad  entran  en  conflicto  con  las  viejas

relaciones de producción ya caducas, el desarrollo espontáneo es sustituido por la actividad consciente, por  la  lucha  de  las  clases  avanzadas.  Las  viejas

relaciones de producción, aunque caducas, no desaparecen por sí mismas. Las defienden las clases

caducas dominantes, que disponen del poder del Estado   y   de   todos   los   recursos   de   influencia ideológica  sobre  las  masas.  Estas  fuerzas  sociales

caducas se hallan interesadas en el mantenimiento de las   viejas   relaciones   de   producción   y   oponen

resistencia a las fuerzas sociales avanzadas, que aspiran a acabar con la vieja forma de propiedad y a despejar   el   camino   a   la   ley   económica   de   la

correspondencia de las relaciones de producción con el  carácter  de  las  fuerzas productivas.  Y sólo  por

medio de la lucha de clases, por medio de la revolución violenta, es posible acabar con la vieja forma de propiedad e instaurar la nueva, abriendo así

el camino hacia el desarrollo de las fuerzas productivas.

"Una vez que las nuevas fuerzas productivas están en sazón, las relaciones de producción existentes y sus    representantes,    las    clases    dominantes,    se

convierten en ese obstáculo "insuperable" que sólo puede   eliminarse   por   medio   de   la   actuación

 

consciente de las nuevas clases, por medio de la acción violenta de estas clases, por medio de la revolución".63

En el período de las conmociones revolucionarias, se manifiesta con gran claridad la inmensa importancia movilizadora, organizadora y transformadora de las ideas sociales avanzadas,  de las   instituciones   políticas   revolucionarias   y  del nuevo Poder político. Las nuevas ideas sociales, que han ido surgiendo del conflicto entre las nuevas y las viejas   y   ya   caducas   relaciones   de   producción, teniendo como base las necesidades económicas de la sociedad, facilitan la organización y movilización de las masas, su cohesión en un ejército político revolucionario. Las clases revolucionarias crean un nuevo Poder, un Poder revolucionario, y, apoyándose en él, destruyen las viejas relaciones de producción e instauran otras nuevas, en consonancia con el grado de  desarrollo  ya  alcanzado  por  las  fuerzas productivas.

De  este  modo,  el  proceso  espontáneo  del desarrollo   social,   preparado   por   el   curso   del

desarrollo de las fuerzas productivas, es sustituido

por la actividad consciente de las masas, el desarrollo pacífico   es   desplazado   por   la   transformación

violenta,    la    evolución    es    suplantada    por    la

revolución.

La particularidad de la producción que acabamos de poner de relieve y que caracteriza el proceso de la

aparición espontánea de las nuevas fuerzas productivas  y  de  las  relaciones  de  producción  en

consonancia  con  ellas,  en  el  seno  de  la  vieja sociedad, y, al llegar a una determinada fase, el paso

del desarrollo espontáneo al proceso consciente y violento de destrucción de las relaciones de producción ya caducas, a la revolución, es una ley

sociológica  general.  Esta  ley  pone  de  manifiesto cómo  se  lleva  a  cabo  el  tránsito  de  un  modo  de

producción a otro, el paso de una formación económico-social   inferior   a   otra   superior.   Ley general   que   no   excluye,   ni   mucho   menos,   la

posibilidad  de  ciertas  peculiaridades  propias  en  el paso del capitalismo al socialismo.

La característica del tránsito del capitalismo al socialismo consiste en que en el seno de la sociedad capitalista no surgen ni pueden surgir las relaciones

socialistas de producción, a la manera como las relaciones capitalistas de producción surgieron en el

seno de la producción feudal. Pero tampoco el paso al socialismo es posible si antes, en el seno de la sociedad   capitalista,   no  han   ido   ya   madurando

espontáneamente las condiciones materiales de la sociedad  socialista.  En  el  seno  de  la  sociedad

capitalista  van  creándose  espontáneamente  las nuevas fuerzas productivas necesarias para que aparezcan  las  relaciones  socialistas  de  producción.

En  el  seno  del  capitalismo  y  como  resultado  del

 

63 J. Stalin. Problemas del leninismo, ed. cit., pág. 664.

 

 

 

desarrollo de las fuerzas productivas, va operándose espontáneamente  el  proceso  de  la  sustitución  del papel ejercido por las relaciones capitalistas de producción, su transformación de nuevas relaciones de producción en consonancia con las fuerzas productivas  en  relaciones  viejas,  que  ya  no concuerdan con las nuevas fuerzas que han ido surgiendo. Pero las nuevas relaciones de producción, las relaciones de producción socialistas, que corresponden  a  estas  nuevas  fuerzas  productivas, sólo pueden surgir como resultado de la victoria de la revolución socialista, bajo las condiciones de la dominación política de la clase obrera.

Los  hombres  que  llevan  a  cabo  los  cambios operados   en   las   fuerzas   productivas   no   tienen

conciencia   de   los   resultados   sociales,   de   las

consecuencias sociales de los cambios por ellos introducidos  en  los  instrumentos  de  producción. Ahora bien, ¿esta característica de la producción se refiere  también  al  modo  de  producción  socialista?

¿Puede afirmarse que tampoco bajo las condiciones del socialismo tengan los hombres que transforman y

desarrollan     los     instrumentos     de     producción,

conciencia de los resultados sociales de estos cambios?

El  desarrollo  de  la  producción  socialista  no  es

espontáneo. Las leyes económicas se convierten, bajo este régimen, en leyes comprendidas, utilizadas conscientemente por la sociedad. El socialismo y el comunismo son el resultado de la obra consciente de creación histórica llevada a cabo por las masas populares, bajo la dirección del Partido Comunista. Para la construcción del comunismo,  el  pueblo se basa en la ciencia marxista y tiene conciencia de los resultados sociales de su trabajo. Así, por ejemplo, al realizar la industrialización socialista del país, el pueblo soviético sentó conscientemente los fundamentos materiales del socialismo, y al llevar a cabo el quinto Plan quinquenal, sabe que da un gran paso en el camino del desarrollo de la sociedad socialista hacia el comunismo. Bajo las condiciones del socialismo, los resultados sociales del desarrollo de las fuerzas productivas dejan de ser resultados imprevistos y contrarios a los intereses de los trabajadores. Sin embargo, esto no quiere decir que deje de regir, bajo el socialismo, la ley de la producción  que  acabamos  de  examinar.  Esta  ley sigue siendo inherente a la producción también bajo las condiciones del socialismo, aunque se manifieste aquí de un modo peculiar. También las leyes económicas   del   socialismo   son   leyes   objetivas, reflejo de procesos económicos que se operan independientemente de la voluntad de los hombres. También bajo el modo socialista de producción se encuentra  la  nueva  generación  con  fuerzas productivas ya establecidas y con relaciones de producción creadas por la generación que la ha precedido. Y también aquí, el desarrollo ulterior de

 

las  fuerzas  productivas  está  condicionado  por  el grado de desarrollo alcanzado por dichas fuerzas. El cambio de las relaciones de producción se halla determinado también bajo el socialismo por el desarrollo de las fuerzas productivas. Las contradicciones entre las nuevas fuerzas productivas y   las   relaciones   de   producción   rezagadas   con respecto a ellas surgen independientemente de la voluntad de los hombres. Es cierto que estas contradicciones se van revelando a la conciencia y se van superando, más o menos rápidamente, gracias a la dirección del Partido Comunista y del Estado socialista, que no permiten que las contradicciones se conviertan en conflictos. Pero también en la sociedad socialista surgen en el terreno de la misma realidad, como   resultado   de   la   actividad   productiva   de millones de hombres, que sólo más tarde cobran conciencia  de  ellas.  Aunque  desarrollen  la producción socialista de un modo consciente, los hombres no pueden prever todas las consecuencias sociales de sus actos.

Ningún plan de producción puede tener en cuenta todas las posibilidades que se encierran en la entraña del régimen socialista, en la iniciativa creadora y el trabajo de decenas de millones de hombres. Al planificar  la  dirección  de  la  economía,  se  puede tomar en consideración, prever y determinar los resultados fundamentales de la actividad económica de  la  sociedad  en  tal  o  cual  período,  pero  es imposible prever en todos y cada uno de sus detalles todo lo que ha de presentarse como resultado de la actividad económica de las masas de millones de gentes. Sabido es que los planes socialistas van puntualizándose y corrigiéndose constantemente, en el  curso  de  su  realización.  Además  y  en  fin  de cuentas, cosa muy importante, los individuos que producen los bienes materiales no pueden descontar de antemano todos los cambios y los resultados a que pueden  conducir  estos  cambios,  que  se  producen todos  los  días  y  a  todas  horas  en  la  sociedad socialista, formada por millones de hombres. Para tener conciencia de ellos hay que recurrir a la ciencia, la  cual,  desentrañando  las  leyes  objetivas  de desarrollo de la sociedad socialista, traza sobre esta base la previsión del curso general del desarrollo de los resultados fundamentales de la actividad de los hombres. Basándose en la ciencia marxista, en la previsión científica de la trayectoria seguida por el desarrollo de la sociedad, el Partido Comunista, su Comité Central, organiza y orienta con su política a las masas en la constitución del comunismo, en consonancia con las leyes objetivas de desarrollo de la sociedad.

Consiguientemente, también bajo el socialismo, como en las épocas anteriores a él, constituye el desarrollo  de  la  sociedad  un  proceso  histórico- natural, es decir, necesario, regido por sus leyes.

La  sociología  burguesa  reaccionaria  no  puede

 

 

 

explicar científicamente la concordancia entre el desarrollo espontáneo y el desarrollo consciente de la sociedad. Esta sociología, imbuida totalmente de metafísica, se desvía de la verdad tanto en un sentido como  en  otro.  Muchos  sociólogos  burgueses sostienen que el desarrollo social tiene siempre un carácter consciente y se rige por la conciencia y la voluntad de los hombres. Pero esto se halla en contradicción con innumerables hechos históricos. La historia atestigua que los acontecimientos sociales, incluso aquellos a los que abre cauce la actividad consciente de las clases explotadoras dominantes, acarrean con frecuencia consecuencias sociales completamente inesperadas para ellas. Así, por ejemplo, la primera y la segunda guerra mundiales tradujéronse en resultados con los que los imperialistas que desencadenaron estas guerras no contaban.

Bajo la influencia de semejantes resultados, inesperados para ella, la sociología burguesa cae en

el misticismo, en el fatalismo, afirmando que la vida

de la sociedad y la historia se hallan bajo la acción de fuerzas misteriosas e incomprensibles, la divinidad, el sino, el destino, la fatalidad.

La concepción de la historia como un proceso absolutamente espontáneo es tan insostenible como

la concepción opuesta, o sea la que asigna a la conciencia de los hombres una función determinante en  la  historia.  Ambas  teorías  de  los  sociólogos

burgueses aparecen refutadas por la realidad de la lucha de la clase obrera.

Sólo el materialismo histórico da una explicación racional,   científica,   de   la   correlación   entre   lo

espontáneo y lo consciente en el desarrollo de la sociedad y pone de manifiesto cómo y cuándo el desarrollo espontáneo de la sociedad se convierte en

un desarrollo consciente.

 

Resumen.

Así,        pues,    la            producción         social    cambia

constantemente. El desarrollo de la producción es la base  del  desarrollo  de  la  sociedad  y conduce  al

cambio de todo el régimen social. Los cambios de la

producción  arrancan   siempre  de  los  cambios operados  en las fuerzas productivas, como su elemento  más  revolucionario.   Y,   a   su  vez,  los cambios de las fuerzas productivas arrancan  de los operados  en  los  instrumentos  de  trabajo.  El desarrollo de las fuerzas productivas provoca inevitablemente y en consonancia con ello los cambios en cuanto a las relaciones de producción.

La obligada correspondencia de las relaciones de producción  con  el  carácter  de  las  fuerzas productivas constituye una ley económica de la sociedad. Y las nuevas relaciones de producción son el factor fundamental y decisivo del desarrollo de las fuerzas productivas.

El conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y

 

las relaciones de producción ya caducas es la base económica de las revoluciones sociales.

Las leyes que rigen el desarrollo  de las fuerzas productivas y las relaciones de producción nos dan

la clave para  comprender todo el desarrollo  social. De aquí que la primordial tarea de la ciencia social

consista en el estudio de las leyes económicas.

El   partido   marxista   basa   su   programa,   su estrategia  y su táctica, toda su actividad, no en los

buenos deseos de éstas o las otras personas, ni en los principios  abstractos,  sino, ante  todo, en las  leyes

económicas, en las leyes que rigen el desarrollo  de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. El prototipo del partido marxista, cuya

política se basa  íntegramente en el estudio y en la audaz  aplicación  de  las  leyes  económicas,  es  el

Partido Comunista de la Unión Soviética.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO IV. BASE Y SUPRAESTRUCTURA DE LA SOCIEDAD.

 

 

 

1. Significación del problema.

En  los  capítulos  anteriores  se  ha  explicado  el

papel determinante que el modo de producción desempeña  en  el  origen  de  las  ideas  sociales  e

instituciones    correspondientes.    En    el    presente

capítulo se aborda esta cuestión en forma más concreta; es decir, se examinará de qué manera el modo de producción y qué aspecto particular de éste determina la transformación de las ideas sociales e instituciones  correspondientes.  En  otras  palabras, este capítulo esclarece cuál es la función de las relaciones económicas, como base de la sociedad, en la  transformación  y  desarrollo  de  las  congruentes ideas sociales e instituciones políticas, jurídicas, etc., que constituyen la supraestructura erigida sobre esa base. Se ponen en claro, asimismo, las relaciones mutuas que en el proceso del desarrollo social se establecen entre la base y la supraestructura. Ya en sus  primeros  trabajos  sobre  la  concepción materialista de la historia, en La ideología alemana, en la Miseria de la filosofía, en el Manifiesto del Partido Comunista, etc., Marx y Engels crearon la teoría de la base y la supraestructura. En ellos, demostraron que el desarrollo económico de la sociedad condiciona el desarrollo político y espiritual y que, al cambiar el régimen económico, sus formas de propiedad, cambian también la conciencia de los hombres, sus ideas, teorías y opiniones sociales, sus instituciones y su régimen político. En El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx escribió: "Sobre las diversas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una  superestructura  de  sentimientos,  ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y

plasmados de un modo peculiar".64

En el prólogo a su libro Contribución a la crítica de  la  Economía  política,  Marx  expuso, sumariamente, las tesis fundamentales sobre la base y la supraestructura y sobre sus relaciones mutuas, señalando que el conjunto de las relaciones de producción, que corresponden a determinada fase de desarrollo de las fuerzas productivas, forma "la estructura  económica  de  la  sociedad,  la  base  real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas

 

 

64 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. I, pág. 247, ed. española. Moscú, 1951.

 

de conciencia social".65

Las  tesis  de  Marx  sobre  la  base  y  la supraestructura   se   desprenden   de   la   solución

dialéctica materialista dada al problema de las relaciones entre la conciencia social y el ser social.

Estas tesis vienen a demostrar que es precisamente el modo  de  producción,  que  forma  la  base  del  ser social, lo que condiciona el desarrollo de las ideas

políticas,  jurídicas,  filosóficas,  religiosas,  etc.,  a través del sistema de relaciones de producción. En

épocas de revolución social, al cambiar la base económica de la sociedad, se transforma, con mayor o  menor  rapidez,  toda  la  inmensa  supraestructura

social. Cuando se estudian las transformaciones sociales, hay que distinguir los cambios materiales

operados en las condiciones económicas de producción de los que se producen en las ideas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas y filosóficas,

es  decir,  de  las  formas  ideológicas  en  que  los hombres que luchan por resolver el conflicto entre las

fuerzas productivas y las relaciones de producción cobran  conciencia  de  él.  Las  formas  ideológicas

reflejan  la  vida  material  de  la  sociedad,  y  su desarrollo sólo puede explicarse por el de las condiciones de vida material de ésta.

Engels, al esclarecer las tesis del materialismo histórico  acerca  de  la  base  y  la  supraestructura,

señala que "la estructura económica de la sociedad, en cada momento histórico, era el cimiento real sobre el que se erigía luego, en última instancia, todo el

edificio de las instituciones jurídicas y políticas, de la ideología religiosa, filosofía, etc., de cada período histórico".66

Lenin señala también que la idea cardinal del materialismo marxista, aplicada al estudio de las relaciones sociales, es la de que "las relaciones sociales se dividen en materiales e ideológicas. Las últimas sólo constituyen la supraestructura de las primeras, las cuales se van formando al margen de la voluntad y de la conciencia del hombre, como (resultado) forma de las actividades del hombre dirigidas a asegurar su existencia".67  Las relaciones

 

 

65 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. I, págs. 333, ed. española. Moscú, 1951.

66  F. Engels, Anti-Dühring, trad. W. Roces, ed. Cenit. Madrid,

1932, pág. 13.

67  V. I. Lenin, "¿Quiénes son los "amigos del pueblo" y cómo

 

 

 

económicas son relaciones materiales, primarias, básicas, en tanto que las ideológicas son relaciones derivadas de aquéllas.

Los  filósofos,  sociólogos  y  economistas burgueses,   en   contraposición   a   los   hechos,   se

empeñan en deducir las relaciones económicas de la

conciencia y la voluntad de los hombres. Según sus teorías  anticientíficas,  idealistas,  no  son  las relaciones económicas las que determinan las ideas políticas, jurídicas, etc., y las correspondientes instituciones, sino que son por el contrario estas ideas e instituciones las que determinan el régimen económico de la sociedad. Pero la historia de la sociedad desmiente las teorías idealistas y confirma la justeza de la teoría marxista de la base y la supraestructura. Los hechos atestiguan que el desarrollo económico de la sociedad determina el desarrollo político y espiritual, y no a la inversa.

Las relaciones económicas son primarias; existen y se desarrollan independientemente de la conciencia

y  la  voluntad  de  los  hombres  y  determinan  su

conciencia y su voluntad. Las formas político- jurídicas y las relaciones ideológicas reflejan las relaciones de producción, que constituyen la base de la sociedad.

La teoría marxista de la base y la supraestructura nos suministra el hilo conductor para el estudio de

todo  el  conjunto  de  las  relaciones  sociales.  Esta

teoría pone en evidencia la inconsistencia científica de todas las teorías idealistas posibles acerca de la

sociedad.

 

2. Definición de la base y la supraestructura. Leyes que rigen su desarrollo y sus cambios.

La base es el sistema económico de la sociedad en una  etapa  dada  de su desarrollo.68   Toda formación social tiene su propia base económica, es

decir, sus relaciones de producción. La base está formada: a) por las formas de propiedad sobre los medios de producción; b) por el lugar que ocupan los distintos grupos sociales en el sistema de producción y sus relaciones mutuas, lo que se deriva de la forma de propiedad; c) por las formas de distribución de los productos,  que dependen totalmente de las formas que la propiedad adopte. La base tendrá distinto carácter según quién disponga de los medios de producción; será antagónica, si los medios de producción están en manos de particulares, grupos o clases que se valen de ellos para explotar a otras personas,  grupos  o  clases;  no  lo  será,  si  dichos medios están a la disposición de toda la sociedad.

En las sociedades esclavista, feudal y capitalista, la base tiene un carácter antagónico, ya que se asienta en   la   propiedad   privada   sobre   los   medios   de

 

 

luchan  contra  los socialdemócratas?",  Obras  escogidas,  t.  I., pág. 106, ed. española. Moscú, 1948.

68 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, págs. 5-6. ed. española. Moscú. 1955.

 

producción, en relaciones de dominación y subordinación, en la explotación de una parte de la sociedad por otra. Aquí tiene sus raíces el antagonismo de clases en los regímenes esclavista, feudal y capitalista, antagonismo que se manifiesta en todos los campos de la vida material y espiritual de la sociedad.

Cada base de la sociedad tiene su propia historia. La historia del desarrollo y sustitución de las distintas

bases   es   también   la   historia   del   desarrollo   y sustitución  de  los  diferentes  tipos  de  relaciones

productivas. Las leyes que rigen el desarrollo de esas relaciones, que constituyen la base de las diversas formaciones, han sido ya explicadas al estudiar el

desarrollo dialéctico de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción.

La función de la base estriba en servir económicamente a la sociedad. La base, es decir, el conjunto de las relaciones de producción, contribuye

a  que  se  desenvuelvan  las  fuerzas  productivas  en tanto  que  dichas  relaciones  no  envejecen  ni  se

convierten en un freno, en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas. La nueva base, que sustituye a la vieja, representa un tipo más alto y

avanzado   de   relaciones   de   producción,   y   abre mayores  posibilidades  de  desarrollo  a  las  fuerzas

productivas que la base anterior, la base vieja. La base engendra la supraestructura que le corresponde y determina sus transformaciones, su desarrollo.

"La superestructura -dice J. V. Stalin- la constituyen   las   concepciones   políticas,   jurídicas,

religiosas, artísticas y filosóficas de la sociedad y las instituciones   políticas,   jurídicas,   etc.,   que   les

corresponden.

"Toda base tiene la superestructura correspondiente. La base del régimen feudal tiene su

superestructura, sus concepciones políticas, jurídicas, etc., y las instituciones que les corresponden; la base

capitalista tiene su superestructura, y la socialista, la suya.  Si  se  modifica  o  se  destruye  la  base,  se modifica    o    se    destruye    a    continuación    su

superestructura; si nace una nueva base, nace a continuación la superestructura correspondiente".69

La función de la supraestructura consiste en servir a   la   sociedad   con   sus   concepciones   políticas, jurídicas,    estéticas,    etc.,    y    las    instituciones

correspondientes.

Tanto la base como la supraestructura tienen un carácter    histórico,    transitorio.    La    base    y    la

correspondiente supraestructura viven y operan sólo

a lo largo de un determinado período histórico. Cada supraestructura social vive y actúa durante el mismo

período  histórico  en  que  vive  y  actúa  la  base

económica que la ha engendrado, y se modifica y destruye al modificarse la base de la sociedad dada.

La teoría marxista de la base y la supraestructura

 

 

69 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, págs. 5-6. ed. española. Moscú. 1955.

 

 

 

demuestra que, en una sociedad dividida en clases, la supraestructura tiene carácter de clase. Cada clase posee sus propias concepciones políticas, jurídicas, morales, artísticas, filosóficas, etc.

La misma clase que domina en la producción material, ejerce su dominio en la vida espiritual; ello se debe a que tiene a su servicio la parte fundamental de los hombres dedicados al trabajo físico y a que dispone de las instituciones ideológicas y de los medios materiales de propaganda y difusión de las ideas. En consonancia con sus propias concepciones, que expresan a su vez sus intereses de clase, la clase dominante crea las instituciones estatales, jurídicas, etc., con el fin de defender sus propios intereses y aplastar a las clases enemigas.

Los cambios operados en las relaciones económicas, es decir, en la posición social de los

hombres,  de  las  clases,  acarrean  inevitablemente

cambios en la conciencia humana, determinan la aparición de nuevas concepciones, ideas y teorías. La

supraestructura  se  modifica,  con  mayor  o  menor

rapidez, al modificarse la base, pero los cambios que se operan en la base obedecen, en última instancia, al desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad.

El nacimiento de la base capitalista en el seno de la  sociedad  feudal  condujo,  en  su  tiempo,  a  que

desaparecieran la base feudal y la supraestructura correspondiente  y  a  que  la  supraestructura  feudal fuera desplazada por la capitalista.

La base y la supraestructura se modifican no sólo al pasar de una formación social a otra, sino también

dentro de los marcos de una y la misma formación. Lenin    ha    demostrado,    por    ejemplo,    que    la

centralización y concentración de la producción capitalista engendraron el capitalismo monopolista, que     constituye     la     esencia     económica     del

imperialismo.  El  desarrollo  de  las  fuerzas productivas   de   la   sociedad   capitalista   provocó

profundos cambios en su base económica tales como la  aparición  de  los  monopolios,  la  posición dominante  de  éstos  en  la  economía,  etc.;  y  estos

cambios determinaron, a su vez, las modificaciones correspondientes  en  la  supraestructura  capitalista,

recrudeciéndose con ello la reacción de la burguesía en toda la línea, tanto en el aspecto político como en el ideológico. La democracia burguesa, forma de la

dictadura  de  la  burguesía,  supraestructura  política que corresponde a la época de la libre concurrencia,

degenera cada vez más, para convertirse en simple fachada que oculta la dictadura de un puñado de magnates del capitalismo monopolista, o dejar paso a

la  dictadura  terrorista  de  la  burguesía  imperialista bajo la forma de! fascismo.

Todo el desarrollo de la sociedad, incluyendo el de la supraestructura, está determinado en última instancia,  pero  sólo  en  última  instancia,  por  el

desarrollo de las fuerzas productivas.

"La superestructura -dice Stalin- no  está ligada

 

directamente  a  la  producción,  a  la  actividad productora del hombre. Está ligada a la producción sólo de modo indirecto, a través de la economía, a través  de  la  base.  Por  eso,  la  superestructura  no refleja los cambios en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas inmediata y directamente, sino después de los cambios en la base, por refracción de los cambios de la producción en los cambios de la base".70

El marxismo nos enseña que, en el desarrollo de elementos aislados de la supraestructura, influyen otros elementos de ésta, así como toda la supraestructura en su conjunto. Cada elemento supraestructural sufre, en su desarrollo, el influjo de toda la lucha ideológica y política, que es, a su vez, reflejo de la lucha entre las fuerzas y clases reaccionarias, de una parte, y de otra, las fuerzas y clases progresistas de la sociedad. Las concepciones filosóficas, por ejemplo, se ven influidas, en su desarrollo, por las concepciones políticas, jurídicas, morales, estéticas e influyen, a su vez, sobre todas estas formas ideológicas. La filosofía materialista se desarrolla, directamente, con los éxitos del progreso científico, en lucha contra la religión y el idealismo, pero, por su parte, ejerce una influencia activa sobre el desarrollo de la ciencia, contribuyendo a desplazar y superar la religión.

Los marxistas vulgares y los simplificadores del marxismo   hacen   caso   omiso   de   estos   rasgos

específicos del desarrollo ideológico y se empeñan en deducir, directamente, todo cambio operado en la

ideología  -las  concepciones  filosóficas  o  estéticas, por ejemplo- de los cambios que se producen en las

relaciones económicas, o incluso, en la producción, en la técnica. Lenin puso al descubierto el marxismo vulgar de Shuliatikov, que se empeñaba en "deducir"

de la técnica, de la estructura económica de la manufactura   capitalista,   de   las   relaciones   entre

proletariado y burguesía, todos los conceptos y tesis de la filosofía burguesa, "sin excepción". Este autor afanábase en demostrar que todos los conceptos de la

filosofía burguesa sirven solamente para "designar" las  clases  y  los  grupos  sociales,  así  como  las

relaciones mutuas entre ellos. Según él, los conceptos de "cuerpo" y "espíritu", por ejemplo, designan a los "ejecutores"   y   "organizadores";   el   de   "materia"

designa   al   proletariado,   en   tanto   que   los   de

"movimiento",  "energía",  "espíritu",  "dios",  se refieren    al   "organizador",    al    capitalista.    Para

Shuliatikov, "el dios de Leibnitz es el propietario de

una empresa modelo y, además, un excelente organizador". Lenin calificó el libro de este marxista

vulgar   com. o   "ejemplo   de   una   inconmensurable

trivialización  del  materialismo",  como  una "caricatura de la concepción materialista de la historia".   La   verdad   es   que   estos   conceptos

 

 

70 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 10. ed. española. Moscú. 1955.

 

 

 

filosóficos empleados tanto por la filosofía idealista como por la materialista, fueron acuñados hace ya más  de  dos  mil  años,  por  filósofos  de  diferentes clases sociales y no "designan" la estructura de clase de la sociedad, sino que expresan una determinada concepción de la realidad, así como las relaciones entre la conciencia y el mundo objetivo. Es cierto que los ideólogos de las clases avanzadas o de las reaccionarias expresan, al abordar los problemas filosóficos, determinados intereses, una determinada concepción del mundo, la lucha de clases, pero ello no quiere decir, en modo alguno, que el contenido objetivo de los conceptos filosóficos "materia", "movimiento", etc., desaparezca.

Todo   elemento   de   la   supraestructura   refleja, directa o indirectamente, los cambios operados en la base, pero los refleja de una manera específica, ya que  su  desarrollo  se rige  por  leyes  también específicas. Los nuevos sistemas jurídicos, morales, filosóficos, políticos, las nuevas concepciones religiosas, estéticas, el arte, no nacen en el vacío, no surgen "de la nada" sino vinculados a elementos ideológicos anteriores, asimilando estos elementos, sometiéndolos a una reelaboración y superándolos. Los elementos ideológicos acumulados se utilizan de acuerdo con los intereses de las fuerzas y clases sociales a las que sirven de instrumento de lucha. La transformación radical de la supraestructura, su destrucción cuando caduca y su sustitución por otra nueva no excluyen cierta continuidad en el desarrollo de elementos sueltos de la supraestructura y una relativa autonomía en su desenvolvimiento. Esta continuidad y relativa autonomía se manifiestan en el desarrollo de todas las formas ideológicas y de algunas instituciones, que forman parte de la supraestructura. La burguesía, por ejemplo, no destruyó el aparato represivo del Estado, creado bajo el  régimen  feudal,  sino  que  lo  conservó  y perfeccionó, adaptándolo a sus necesidades e intereses.

La destrucción de la vieja supraestructura y la creación de otra nueva, que se opera con el paso de

un   régimen   económico   a   otro,   significan   una

transformación  radical  de  la  supraestructura,  un cambio cualitativo de su contenido y del carácter de su  actividad.  Al  transformarse  la  base  económica, cambia más temprano o más tarde la supraestructura; sin embargo, ciertos elementos aislados de la vieja supraestructura  no          desaparecen    de          un         modo inmediato,  sino  que  pueden  subsistir  por  algún tiempo,  como  vestigios o restos de lo  viejo en la nueva  sociedad.  Jamás  se  han  dado  formaciones sociales puras, ya que en la sociedad suelen coexistir los restos de la vieja base y los gérmenes de la nueva. Por                        ello,       entre    los          fenómenos        de           orden supraestructural, que aparecen en una sociedad dada, hay que distinguir las ideas e instituciones siguientes: a)  las          creadas   por      el                            régimen                 económico

 

dominante en la sociedad;

b) las que han quedado en pie del régimen económico anterior, agonizante;

c)            las          creadas por         las          nuevas relaciones

económicas, que nacen en la entraña del viejo régimen. En toda sociedad, se libra, tanto en la base como en la supraestructura, una lucha entre los fenómenos viejos y los nuevos; tal es la ley general del desarrollo de toda sociedad.

En las sociedades antagónicas, la sustitución de la base y la supraestructura se lleva a cabo mediante un proceso de lucha de clases. Esta lucha conduce a la revolución social, cuando la modificación gradual de la base y la supraestructura deja paso a una transformación revolucionaria, violenta, cuando al desarrollo espontáneo sucede la actividad consciente, la lucha de las fuerzas y clases avanzadas, revolucionarias. "Es precisamente en esos períodos - subraya Lenin- cuando se manifiesta con la mayor fuerza el papel directo que desempeñan las distintas clases en la determinación de las formas de la vida social y se ponen los cimientos de la supraestructura política, que después habrá de mantenerse durante largo tiempo, sobre la base de las nuevas relaciones de producción".71

Al crear su teoría de la base y la supraestructura, era natural que Marx y Engels prestaran particular

atención al estudio de la base y la supraestructura

del  capitalismo,  la  última  formación  social antagónica.   No   se   limitaron   a   mostrarnos   el

"esqueleto"  de  la  sociedad  burguesa,  es  decir,  sus

relaciones de producción, sino que nos presentaron la formación social capitalista como algo vivo, "con los diversos aspectos de la vida cotidiana, con las manifestaciones  sociales  efectivas  del  antagonismo de clases propio de las relaciones de producción, con su superestructura política burguesa destinada a salvaguardar  el  dominio  de  la  clase  de  los capitalistas, con sus ideas burguesas de libertad, igualdad, etc., con sus relaciones familiares burguesas".72

La base económica del capitalismo se caracteriza por la propiedad capitalista sobre los medios de producción. Las relaciones de producción de la sociedad capitalista tienen el carácter de relaciones antagónicas entre dos clases irreconciliablemente hostiles, de relaciones de explotación del proletariado por la burguesía, que provocan, inevitablemente, la lucha de clases entre ellos.

Sobre la base económica del capitalismo, se ha erigido  la  supraestructora  correspondiente.  Forman

parte de ella las concepciones y teorías políticas y jurídicas   burguesas,   dominantes   en   la   sociedad

 

 

71 V. I. Lenin. "Contra el boicot", Obras completas, t. XIII, pág.

22, 4ª ed. rusa.

72  V. I. Lenin, "¿Quiénes son los "amigos del pueblo" y cómo luchan contra los socialdemócratas?" Obras escogidas, t. I, pág.

96, ed. española. Moscú, 1948.

 

 

 

capitalista; la filosofía, la moral burguesas y el arte de la burguesía, así como las instituciones con ellas congruentes; y aquí figuran también el Estado y el derecho burgués, con sus fuerzas represivas, tribunales,  cárceles,  ejércitos,  servicio  de inteligencia, y democracia burguesa que, en nuestros días degenera cada vez más en fascismo; y de ella forman parte, igualmente, los partidos políticos burgueses y otras organizaciones sociales de la clase dominante, junto con la prensa burguesa, el radio, el cine, el teatro y la Iglesia. Todas estas instituciones y organizaciones imponen la ideología burguesa a la sociedad, a los trabajadores, defienden el régimen burgués, la propiedad y la dominación de los capitalistas, a la par que, en manos de éstos, sirven de instrumentos para ejercer la violencia, para aplastar y oprimir a las masas trabajadoras.

En contraposición a la ideología burguesa, la clase obrera crea, por medio de sus propios ideólogos, su

ideología  socialista,  que  expresa  su  situación  de clase, sus intereses y objetivos. La clase obrera crea

su propio partido, el partido revolucionario, marxista, así como otras organizaciones, con el fin de luchar contra el capitalismo, contra la base capitalista y su

supraestructura.

Desarrollando el marxismo y aplicándolo a la época   del   imperialismo   y   de   las   revoluciones

proletarias, Lenin y su discípulo Stalin impulsaron y

desarrollaron la teoría marxista de la base y la supraestructura, y pusieron de manifiesto de un modo

muy concreto qué cambios se operan en la base y la

supraestructura del capitalismo en el período del imperialismo y, de modo particular, en el de la crisis general del sistema capitalista; y mostraron, al mismo tiempo, cómo la revolución proletaria destruye la supraestructura burguesa y la base capitalista, a la par que crea la base socialista y la supraestructura correspondiente.

 

3.  Acción  mutua   entre  la  base  y  la supraestructura. Función  activa de la supraestructura.

La  supraestructura,  engendrada  por  la  base,  no

permanece inactiva, no se muestra indiferente a la suerte de su base, a la suerte de las clases que existen y luchan en el seno de la sociedad. Una vez que ha surgido,  la  supraestructura  "se  convierte  en  una fuerza activa inmensa, coadyuva activamente a que su base tome cuerpo y se afiance y adopta todas las medidas necesarias para ayudar al nuevo régimen a rematar y destruir la vieja base y las viejas clases".73

Destaca en forma muy acusada la función que desempeñan la lucha base, las nuevas concepciones sociales, las nuevas instituciones políticas, el nuevo Poder, el Poder revolucionario, llamados a barrer por la fuerza, durante la revolución, las viejas relaciones

 

de producción. Así, por ejemplo, la ideología socialista, marxista, y el Estado socialista soviético, sirviendo a la sociedad con las concepciones científicas más avanzadas, más progresivas y revolucionarias y con las instituciones correspondientes, han contribuido activamente a que tome cuerpo, se cree y afiance el régimen económico socialista y sea destruido el sistema capitalista.

Los enemigos y vulgarizadores del marxismo han tergiversado  la  teoría  marxista  de  la  base  y  la

supraestructura, llevándola tanto por los derroteros

del llamado materialismo económico, como por los del voluntarismo y el idealismo subjetivo. Los revisionistas, comenzando por Bernstein, atribuyen al marxismo la negación del papel activo de las ideas y las instituciones supraestructurales, velan el carácter de clase de éstas en la sociedad dividida en clases, etc.

Según la concepción materialista de la historia, la economía   constituye   el   factor   determinante   del

desarrollo, pero no es en modo alguno el único factor

activo. El régimen político, las formas del Poder estatal y otros elementos de la supraestructura aparecen como resultado de la lucha de clases y están condicionados por el desarrollo económico; pero una vez que surgen, influyen, a su vez, sobre este desarrollo.   "¿Por   qué   íbamos   a   luchar   por   la dictadura   política   del   proletariado,   si   el   Poder político  fuese  impotente  en  el  orden  económico?

¡También la violencia (es decir, el Poder del Estado)

es una potencia económica!",74 subraya Engels.

El Poder político, basándose en las leyes objetivas y en las condiciones del desarrollo económico, puede contribuir a que se desarrollen unas formas económicas y puede también entorpecer el desarrollo de otras. Puede contribuir a que la economía marche en una dirección progresiva y acelerar así su desarrollo.  Esta  es  precisamente  la  función  que cumple el Poder revolucionario del proletariado, contribuyendo a que se cree una economía socialista y se destruya la capitalista. Un Poder político reaccionario puede oponer obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas, frenarlo, causar un daño inmenso a toda la sociedad, como hacen, en la actualidad,  todos  los  gobiernos  burgueses  en  los países  capitalistas.  Pero  el  Poder  político,  en  este caso, se hundirá tarde o temprano, barrido por las fuerzas progresivas del desarrollo económico y político de la sociedad.

La economía y la política no son dos factores del mismo rango, independientes entre sí, como suponen

los diversos eclécticos, los idealistas y enemigos del marxismo. La acción mutua entre la economía y la

política se opera entre dos fuerzas desiguales, ya que la economía determina, en última instancia, el desarrollo  de  la  política.  Pero  de  esto  no  puede

 

 

 

73 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 7, ed. española. Moscú, 1955

 

74  C. Marx, F. Engels, Ansgewählte Briefe, Zúrich, 1934. pág.

382.

 

 

 

deducirse,  en  modo  alguno,  que  la  política desempeñe  un  papel  de  segundo  orden, insignificante, como sostienen los oportunistas.

La política, nos dice Lenin, es la expresión concentrada,  la  síntesis  y  la  culminación  de  la

economía.  La  supraestructura  política  expresa  la

dominación de determinada clase en la sociedad y, consiguientemente, la dominación de determinadas relaciones de producción, de determinadas relaciones económicas.

En           la            lucha     sostenida            por         él            contra   los

"economistas" y otros vulgarizadores del marxismo, Lenin nos enseñó que el proletariado sólo puede resolver sus tareas económicas fundamentales y construir el socialismo después de haber instaurado su propio Poder político y utilizando su Poder estatal para destruir la base económica capitalista y crear la socialista. Para llevar a cabo la liberación económica de los trabajadores, el proletariado, apoyándose en su alianza con los campesinos, debe primero conquistar, conservar  y  fortalecer  su  propio  Poder  político  y crear una economía socialista. Por lo tanto, el proletariado debe abordar también las tareas económicas ante todo, políticamente, con la vista puesta en el fortalecimiento de su propio Poder, pues de otro modo no podría resolver tampoco sus tareas económicas. En esto reside la esencia de la fórmula leninista de la primacía de la política sobre la economía.

Los clásicos marxistas-leninistas han luchado siempre contra la concepción idealista, voluntarista, de la función de la política, de la supraestructura política, del papel de la conciencia, de la voluntad, etc., y subrayan que el Partido Comunista, en su política, en toda su actuación, debe apoyarse en las leyes objetivas del desarrollo social, en las leyes de la economía, de la lucha de clases y de la revolución.

La creación de la base socialista, por imponerlo así  la  necesidad,  sólo  comienza  después  de  haber

sido derrocado el Poder de la burguesía y de haberse

instaurado el nuevo Poder, el Poder revolucionario, la dictadura del proletariado. La instauración de este

nuevo Poder es sólo el comienzo de la revolución

socialista. Impulsando la revolución hacia adelante, la clase obrera se vale del poder conquistado para destruir la base capitalista y crear una nueva base, la base   socialista.   De   este   rasgo   peculiar   de   la revolución socialista, que la distingue radicalmente de la revolución burguesa, se desprende la función especial de la supraestructura socialista, del Estado socialista, en la creación, el desarrollo y el fortalecimiento   de   su   propia   base,   de   la   base socialista. El nuevo Poder, el Poder revolucionario, tiene que abordar la edificación de la nueva base sin que exista todavía ningún tipo de economía socialista y asegurar su victoria sobre la base capitalista.

La clase obrera y los campesinos trabajadores, apoyándose   en   su   propio   Poder,   en   el   Poder

 

soviético, pudieron llevar a cabo esta tarea, no contra las leyes objetivas del desarrollo social, sino en plena consonancia con ellas, basándose en estas leyes. El pueblo soviético, al crear la base socialista y destruir la base capitalista, se valió, ante todo, de la ley de la obligada correspondencia del carácter de las relaciones de producción con el estado de las fuerzas productivas. Se apoyó, igualmente, en la ley que expresa  el  papel  determinante  del  modo  de producción en el desarrollo social, en el paso de un régimen social a otro; y se aprovechó asimismo, de las ventajas de la gran industria, de su papel rector en el fomento de toda la economía nacional, así como de la  superioridad  del  sistema  económico  socialista sobre el capitalista.

Después de llevar a cabo la expropiación de los terratenientes y capitalistas, el Poder soviético contó

en seguida con su propia base económica, mediante

la nacionalización de la gran industria, los bancos, la tierra,  el  transporte,  el  monopolio  del  comercio

exterior, etc. La nacionalización de la gran industria

inició la creación de la base socialista; la industrialización socialista del país sentó las premisas económicas y creó las palancas necesarias para la transformación socialista de la agricultura.

En la agricultura, donde predominaba la pequeña hacienda  campesina,  desperdigada,  individual,  el

Poder soviético no pudo crearse, de pronto, una base

económica suficiente en forma de gran producción socialista. Los sovjóses, arteles y comunas, creados

en los primeros años del Poder soviético, eran un

número limitado de islotes socialistas perdidos en el océano de las pequeñas haciendas campesinas. Aquí radicaba la especial dificultad de la edificación socialista en la U.R.S.S.

Al edificar la sociedad socialista, la clase obrera se apoya igualmente en la ley objetiva que expresa el

papel  determinante  de  la  base  con  relación  a  la

supraestructura.  El  Partido  Comunista,  al fundamentar el paso a la política de colectivización de las haciendas campesinas, señaló, más de una vez, que el Poder soviético y la edificación socialista no podían  asentarse  durante  largo  tiempo,  sobre  dos bases económicas diferentes: la gran industria socialista y la pequeña hacienda campesina, desperdigada, individual. Era necesario proceder a la transformación socialista de la agricultura, articular ésta con la industria socialista y construir el sólido cimiento económico único del socialismo.

En su lucha contra los numerosos enemigos del socialismo   dentro   del   país   y   contra   el   cerco

capitalista, el Poder soviético no habría podido sostenerse no ya treinta y nueve años, pero ni un solo

minuto, si no hubiera expropiado inmediatamente a los  terratenientes  y  capitalistas,  si  no  se  hubiera creado su propia base con la nacionalización de la

industria, las tierras, los bancos y el transporte y con el   monopolio   del   comercio   exterior.   El   Poder

 

 

 

soviético pudo consolidarse gracias a que amplió, desarrolló y fortaleció de un modo constante e inquebrantable su propia base económica, es decir, el sistema socialista de la economía, y la propiedad social sobre los medios de producción; gracias a que limitó con toda firmeza, desplazó y, por último, liquidó completamente a los elementos capitalistas de la economía.

La           clase      obrera, dirigida por         el            Partido

Comunista, se valió, hasta el fin, de la función activa, creadora,  revolucionaria  del  Estado  soviético  y  de toda la supraestructura socialista en la edificación de la base socialista, actuando en consonancia con las leyes objetivas del desarrollo social. Las leyes objetivas del desarrollo económico, de la lucha de clases y de la revolución imponían al Partido y al Poder soviético una determinada política económica.

El Poder soviético y la supraestructura soviética en su conjunto crecían, se desarrollaban y fortalecían

a medida que iba creciendo, desarrollándose y fortaleciéndose    la    base    socialista.    La    radical

transformación de la economía soviética, operada como resultado de la victoria del socialismo, provocó también una transformación radical de la estructura

de clase, de la correlación de clases, de la naturaleza misma  de  la  clase  obrera,  de  los  campesinos  e

intelectuales. En consonancia con estos cambios, se produjeron también cambios en la supraestructura política    soviética;    se    modificaron    las    tareas,

funciones y forma del Estado soviético, todo lo cual encontró    expresión    y    sanción    en    la    nueva

Constitución  de  la  U.R.S.S.  Así  se  manifiesta  la acción de la ley del papel determinante de la base con

relación a la supraestructura.

"En el curso de los treinta años últimos, en Rusia ha sido destruida la vieja base, la base capitalista, y

construida una base nueva, una base socialista. En consonancia, ha sido destruida la superestructura de

la  base  capitalista  y  creada  una  nueva superestructura, que corresponde a la base socialista. Por  consiguiente,  las  viejas  instituciones  políticas,

jurídicas y otras han sido reemplazadas por instituciones nuevas, por instituciones socialistas".75

Las relaciones socialistas de producción constituyen la base de la sociedad socialista, ya construida en la U.R.S.S. y que se está construyendo

en los países de democracia popular. Sobre esta base se erige la supraestructura correspondiente, que sirve

a la sociedad socialista con las ideas e instituciones más avanzadas.

En           la            sociedad              socialista,            dominan              las

concepciones filosóficas, políticas, jurídicas, morales y artísticas del marxismo-leninismo, y se han creado las instituciones políticas, jurídicas y culturales correspondientes. Todo esto forma parte también de la    supraestructura    socialista.    En    ella    figura,

 

 

75 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 6, ed. española. Moscú, 1955.

 

asimismo, el sistema de órganos estatales soviéticos, de instituciones jurídicas, culturales, educativas, etc., entre ellas la prensa, las escuelas, los clubes, teatros, cine, radio, bibliotecas y museos. Todas estas instituciones, y cada una de ellas con sus propios medios, educan a los miembros de la sociedad en el espíritu  del  comunismo.  Las  ideas  e  instituciones, que forman la supraestructura socialista, sirven a la causa de la salvaguardia, defensa y fortalecimiento de las bases económicas del socialismo, de la propiedad social sobre los medios de producción.

Lo característico de estas instituciones reside, ante todo, en que surgen y se crean en consonancia con la ideología  científica  del  partido  marxista-leninista, que dirige y encauza las fuerzas de la sociedad y del Estado socialistas. El Partido Comunista y su concepción filosófica del mundo forman parte de la supraestructura de la sociedad socialista. Ahora bien, el Partido Comunista nació y se creó todavía en la entraña del capitalismo, en el desarrollo de la lucha de clase del proletariado, sobre el cimiento granítico de la teoría marxista-leninista, como organizador y guía del movimiento obrero revolucionario, como el forjador de la victoria de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado y de la edificación del socialismo y del comunismo.

El desarrollo ulterior de la base socialista, con el paso  del  socialismo  al  comunismo,  determina también el ulterior desarrollo de la supraestructura. Como ha demostrado J. V. Stalin, este desarrollo no se opera en forma explosiva, como sucede en la sociedad dividida en clases antagónicas, sino gradualmente. La teoría marxista de la base y la supraestructura ha permitido fundamentar científicamente la necesidad de fortalecer la supraestructura socialista y ha permitido, asimismo, descubrir el papel activo que ésta desempeña en la edificación del socialismo y del comunismo. La extinción del Estado socialista sólo tendrá lugar cuando haya triunfado el comunismo en el mundo entero.

La victoria y el fortalecimiento del régimen comunista conducirán también a la total desaparición de la religión y la Iglesia, que aún siguen existiendo en  la  primera  fase  del  comunismo  en  la  U.R.S.S. como  vestigios  del  capitalismo  y  de  otras formaciones sociales que le precedieron.

 

4. El modo de vida y la familia;  sus relaciones con la base y la supraestructura.

El materialismo histórico exige que se distingan

rigurosamente las relaciones primarias, materiales, económicas, de las derivadas, es decir, de las ideológicas;  que  se  distingan  los  fenómenos  de  la base de los de la supraestructura. Sin embargo, en toda sociedad existen muchos fenómenos complejos, que encierran en su seno elementos materiales e ideológicos, elementos básicos y supraestructurales.

 

 

 

¿A qué tipo de fenómenos sociales pertenecen, por ejemplo, las relaciones referentes al modo de vida y las  relaciones  familiares?  ¿Qué  relación  guardan estos fenómenos con la base de la sociedad y con su supraestructura?

Las relaciones referentes al modo de vida y las que  se  crean  entre  las  personas  en  el  seno  de  la

familia, se hallan orgánicamente vinculadas a todo el

conjunto de condiciones de la vida material de los hombres. La manera de vivir cambia de acuerdo con

los cambios operados en el modo de producción, que

constituye la fuerza determinante en el sistema de todas   las   relaciones   sociales.   En   una   sociedad dividida en clases, el modo de vida de la población, así como las relaciones propias de este modo de vida, reflejan el nivel de desarrollo de la producción, las relaciones  económicas  y  las  relaciones  entre  las clases  en  la  sociedad  de  que  se  trate.  Así,  por ejemplo, la manera de vivir del campesino siervo, sus ocupaciones, su vivienda, su alimentación, su vida cotidiana, se distinguen radicalmente de la manera de vivir del terrateniente, de la del proletario y del modo de  vida  del  burgués.  En  todas  las  formaciones sociales  en  que  existe  la  contraposición  entre  la ciudad y el campo, se distingue radicalmente la manera de vivir de la población urbana del tipo de vida de la población agrícola. El modo de vida de los trabajadores y las relaciones propias de la vida en la sociedad socialista se diferencian, esencialmente, de la manera de vivir bajo el capitalismo. Lenin y Stalin, desarrollando las tesis de Marx y Engels, señalan también las peculiaridades nacionales del modo de vida,  condicionadas  por  las  peculiaridades geográficas e históricas del desarrollo del modo de producción   en   distintos   países   y   en   diferentes pueblos.

Las relaciones referentes al modo de vida son fenómenos de orden complejo. Su peculiaridad reside en  el  hecho  de  que  las  relaciones  básicas, económicas, se hallan, como veremos más adelante, estrechamente vinculadas y orgánicamente entrelazadas a los fenómenos de la cultura, tanto la material como la espiritual, y a todo el conjunto de condiciones de la vida social. Del modo de vida de los hombres forman parte también las relaciones familiares.

La  familia,  como  célula  de  la  sociedad, comprende  las  relaciones entre  hombre  y  mujer  y entre padres e hijos. Relaciones tanto materiales, económicas, como jurídicas, ideológicas y morales. La familia cumple una función indispensable en la reproducción de una de las condiciones más importantes de la vida social: la población. Los tipos de familia están determinados por las relaciones económicas y cambian en consonancia con los cambios operados en las formas de la propiedad.

La familia burguesa tiene como fundamento la propiedad  privada.  Las  relaciones  entre  hombre  y

 

mujer y entre padres e hijos se desarrollan, en la sociedad  burguesa,  bajo  la  influencia  de  las relaciones burguesas de propiedad, las cuales se regulan, a su vez, por las relaciones jurídicas burguesas y por la ideología burguesa del lucro. La familia  de  las  sociedades  esclavista  y  feudal,  lo mismo que la de la sociedad capitalista, se basa en la opresión, el avasallamiento y la humillación de la mujer.

Al poner de manifiesto cómo el tipo de familia depende del grado de desarrollo de la producción, decía Marx: "Partiendo de un determinado grado de desarrollo de la producción, del comercio, del consumo, tendremos la forma correspondiente de organización social, la forma correspondiente de organización de la familia, de los estamentos o las clases; en una palabra, la correspondiente sociedad civil".76  Marx llamaba sociedad civil al conjunto de las   relaciones   materiales,   económicas,   existentes entre los hombres.

Marx ha demostrado que la gran industria capitalista destruye, a la par que la base económica

feudal, las viejas relaciones familiares erigidas sobre

ella, particularmente la familia patriarcal del artesano y  del  campesino.  La  gran  industria  crea,  de  este

modo, las premisas de la familia proletaria, en la que

la mujer, los adolescentes y niños de ambos sexos son incorporados al proceso social de la producción fuera  de  los  marcos  de  la  economía  doméstica, gracias a lo cual todos los individuos integrantes de la familia se convierten en miembros iguales en derechos.

La familia socialista se distingue radicalmente de todos los tipos de familia basados en la propiedad

privada. Se desarrolla a base de la propiedad social

sobre los medios de producción, que excluyen la explotación del hombre por el hombre, las relaciones

de   imperio   y   subordinación,   la   opresión   y   la

desigualdad social entre los sexos. La familia socialista se basa en relaciones de fraternal colaboración y de comprensión mutua, socialista, entre el hombre y la mujer para la educación de los hijos.

Decía  Lenin que  puede juzgarse  del  carácter  y nivel de una civilización y una cultura por la posición que la mujer ocupa en la sociedad. Mientras que en la sociedad basada en la propiedad privada y en la explotación, la mujer se halla oprimida y carece de derechos iguales al hombre, en la sociedad socialista es libre y goza de los mismos derechos en todos los órdenes de la actividad social. En el socialismo, los fundamentales estímulos para la fundación de una familia son, primordialmente, la atracción natural y el amor individual, el cariño y afecto por los hijos, la preocupación por su educación; es decir, relaciones auténticamente humanas, no deformadas por las relaciones de la propiedad privada.

 

76 C. Marx, F. Engels, Ansgewählte Briefe, Zúrich, 1934. pág. 8.

 

 

 

En la sociedad socialista, la familia cumple la función de velar por los hijos y por su educación; todavía conserva una parte considerable de las funciones  de  la  vida  doméstica,  en  la  atención prestada a sus miembros; sólo en la fase superior del comunismo perderá estas funciones de orden doméstico, al ser absorbidas casi enteramente por la sociedad.

Las relaciones familiares, en el socialismo, se regulan  por  el  derecho  socialista,  que  protege  los

derechos de los miembros de la familia, de la madre

y del niño. El régimen socialista ha equiparado en derechos al hombre y a la mujer, no sólo a la obrera, sino también a la campesina. El día de trabajo koljosiano pone a la koljosiana en pie de igualdad con el hombre. "Ante el día de trabajo todos son iguales, hombres y mujeres. Quien tenga más días de trabajo, ganará más. Ni el padre ni el marido podrán ya reprochar a la mujer que la alimentan. Ahora, si trabaja, si tiene días de trabajo, será dueña de sí misma". (Stalin).

En la primera fase del comunismo quedan todavía vestigios del capitalismo en la manera de vivir y en las  relaciones  familiares.  En  algunas  regiones  del Este de la U.R.S.S., se conservan, incluso, supervivencias feudales, sobre todo en las relaciones del hombre con la mujer. Para eliminar por completo esos vestigios, hay que recorrer una serie de etapas de transformación económica y cultural de la sociedad; se requiere, para ello, que el Partido Comunista y el Estado soviético desplieguen una inmensa actividad educativo-cultural. La sociedad y el Estado socialistas fortalecen la nueva familia, que interviene en el cumplimiento de una tarea tan importante como es la educación comunista de la nueva generación. Las relaciones de la familia socialista se guían por los principios de la ideología socialista, de la moral comunista.

Por consiguiente, en la familia, como fenómeno social complejo, se ponen de manifiesto tanto las relaciones materiales, económicas, como las relaciones jurídicas, ideológicas y morales; en otras palabras, la familia es un fenómeno que pertenece tanto a la base como a la supraestructura.

 

5. La cultura, y su relación con la base y la supraestructura.

¿Qué es la cultura? ¿Y qué relación guarda con la

producción, con la base y la supraestructura de la sociedad?

Por cultura se entiende, en el sentido amplio de la

palabra, el conjunto de bienes y valores materiales y espirituales creados por la humanidad en el proceso de su actividad práctica histórico-social. Estos bienes y valores expresan el grado de dominio del hombre sobre las fuerzas espontáneas de la naturaleza y de la sociedad. En la cultura de toda formación social, hay que distinguir un aspecto material y otro espiritual; es

 

decir, la cultura material y la espiritual. El concepto de  cultura,  sin  embargo,  suele  emplearse  en  el sentido más restringido de cultura espiritual.

La cultura material se expresa y toma cuerpo en valores materiales  como  la  técnica, los medios  de

transporte    y    de    comunicación,    los    edificios,

viviendas, etc. En este sentido se habla de la historia de la cultura material. La cultura material expresa el nivel y carácter de las fuerzas productivas de la sociedad, el nivel de desarrollo de la producción material. En relación con esto, hablamos de la cultura de la producción, de la cultura del trabajo, del nivel técnico-cultural del trabajador de la producción, de su experiencia productiva, de sus hábitos de trabajo, de su capacidad para asimilar y dirigir la técnica. La productividad del trabajo del obrero depende del carácter de la técnica y de su nivel técnico-cultural.

La cultura espiritual abarca el nivel de desarrollo de los conocimientos, el grado de difusión de éstos

en la sociedad, entre la masa del pueblo, así como el desarrollo de la instrucción, de la enseñanza, el nivel

de desarrollo de la ciencia, del arte, de la sanidad pública, etc.      .

El   fundamental  creador  de   todos  los   bienes

culturales son las masas trabajadoras, las cuales, sin embargo, se ven privadas de estos bienes en toda sociedad basada en la explotación.

El  carácter  de  una  cultura  se  determina  por  el modo  de  producción.  En  la  sociedad  dividida  en

clases, la cultura tiene carácter de clase en un doble sentido:  primero,  en  el  de  que  la  cultura  de  esa

sociedad encierra en su seno dos culturas distintas, contrapuestas y hostiles entre sí; segundo, en el de

que incluso los elementos nacionales comunes de la cultura son utilizados en forma distinta por las diferentes  clases  sociales.  En  la  cultura  de  las

sociedades antagónicas, hay que distinguir la cultura dominante de las clases explotadoras y los elementos

de la cultura de las clases oprimidas, explotadas. En toda cultura nacional de la sociedad burguesa -nos dice  Lenin-  hay  dos  culturas  nacionales,  "existen,

aunque sea sin desarrollar, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada  nación hay

una masa de trabajadores y explotados, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología  democrática  y  socialista.  Pero  en  cada

nación existe asimismo una cultura burguesa (y por añadidura,     en     la     mayoría     de     los     casos,

ultrarreaccionaria y clerical), con la particularidad de que ésta no existe simplemente en forma de "elementos", sino como cultura dominante."77.

El  carácter  de  clase  de  la  cultura  espiritual  se expresa  más  acusadamente  en  la  concepción  del

mundo de las clases que forman o crean una cultura

 

 

77 V. I. Lenin, Notas críticas sobre la cuestión nacional, pág. II, ed. española. Moscú, 1952. (Lenin tiene presentes aquí, las naciones burguesas y su cultura espiritual y, especialmente, las bases ideológicas de esta cultura.-Nota de la Redacción.)

 

 

 

dada.

El  carácter  de  clase  de  la  cultura  espiritual  no puede  concebirse  en  forma  simplista,  a  la  manera

idealista   subjetiva,   tal   como   la   concebían   los

partidarios del "Proletcult" o N. Y. Marr y sus secuaces. Si la cultura -discurrían-, en la sociedad dividida en clases, tiene un contenido de clase, el proletariado, para crear su propia cultura, la cultura proletaria, debe echar por la borda toda la cultura anterior, creada por la humanidad bajo el yugo de las sociedades esclavista, feudal y burguesa; debería, por tanto, consecuentemente, desmontar las viejas líneas férreas, "burguesas", y construir otras propias, "proletarias", barrer con la ciencia burguesa, con la geometría "burguesa", etc., etc. Estas concepciones de la sociedad y su cultura son, evidentemente, concepciones vulgares y simplistas, de un primitivismo anarquista. Como es sabido, muchos de los elementos de la cultura material y espiritual (instrumentos de producción, técnica, conquistas de las ciencias naturales, etc.) pueden servir y servirán, durante largas épocas, a diferentes bases y clases, aunque cada régimen social, cada clase, se sirva de ellos, de forma distinta, en consonancia con sus propios fines y necesidades.

La  burguesía  se  sirve  de  las  conquistas  de  la ciencia y de todos los bienes culturales para explotar,

aplastar    y   sojuzgar    a   los    trabajadores,    para

inculcarles el individualismo burgués, la ideología de la propiedad privada, el nacionalismo; todo ello, con

el  fin  de  mantener  la  dominación  burguesa.  El

proletariado, por el contrario, se vale de la cultura para liberar a los trabajadores de la opresión y explotación, y crea su propia cultura, la cultura socialista, cuya mira es educar a las masas en el espíritu del socialismo, del colectivismo y del internacionalismo proletario, con el fin de prepararlas para la instauración y el fortalecimiento de la dictadura del proletariado, para la edificación del socialismo y del comunismo.

La nueva cultura, la cultura socialista, no brota de pronto, en el vacío. Los forjadores y constructores de

la nueva sociedad, de la sociedad comunista, tienen

que asimilar todo el acervo de la cultura anterior y desarrollarlo e impulsarlo, sobre la base del nuevo régimen social. La clase obrera y los campesinos trabajadores pueden crear y crean con éxito, tanto en la  U.R.S.S.  como  en  los  países  de  democracia popular, una nueva cultura, la cultura socialista, asimilando y reelaborando críticamente cuánto hay de valioso en la cultura anterior, en consonancia con sus propias necesidades, con sus propios intereses y con las tareas de la edificación del socialismo y del comunismo.

Las revoluciones llevadas a cabo en el proceso de desarrollo de la sociedad y de la cultura, no excluyen,

en modo alguno, sino que, por el contrario, presuponen   nexos   históricos   y   una   línea   de

 

continuidad en el desarrollo cultural. Y la base material de estos nexos y de esta línea de continuidad son los nexos y la continuidad que se dan en el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad.

En el curso de tres largas épocas de la historia de la  sociedad  (esclavitud,  feudalismo  y capitalismo), han surgido y se han desarrollado, teniendo como base la propiedad privada sobre los medios de producción  y  la  explotación  del  hombre  por  el hombre, ciertas formas de conciencia social y ciertos rasgos de la cultura, que deben desaparecer y desaparecerán al ser abolidas la propiedad privada y la explotación del hombre por el hombre. Al llevar a cabo la revolución socialista y construir la sociedad comunista, la clase obrera se desembaraza de todo lo que hay de reaccionario en la cultura, en la ciencia y en el arte creados por la humanidad bajo el yugo de las sociedades esclavista, feudal y burguesa; pero, al mismo tiempo, la clase obrera se apropia, hace suyo cuánto hay de positivo y valioso en la cultura, la ciencia  y  el  arte  heredados  del  pasado.  La  clase obrera reelabora, desarrolla e impulsa sobre la nueva base,  sobre  la  base  socialista,  la  gran  herencia cultural del pasado y crea un tipo superior de cultura, la  cultura  socialista.  J.  V.  Stalin  habla,  a  este respecto, de la necesidad de que las masas populares de todas las naciones se incorporen "a una elevada cultura proletaria espiritual y material, bajo formas que correspondan al modo de vida y a la fisonomía nacional de estas masas",78  es decir, bajo una forma nacional.

La expresión ideológica de la cultura socialista, su fundamento teórico, es el marxismo-leninismo, la concepción  filosófica  científica  de la clase obrera, que en la Unión Soviética se ha convertido en la ideología de todas las capas de la sociedad, de todo el pueblo. El marxismo-leninismo, suma y compendio de  todo  el  desarrollo  anterior  de  la  filosofía,  la ciencia y la cultura, es la conquista más alta de la cultura.

La cultura socialista es una cultura auténticamente popular,  creada  por  el  pueblo  y  al  servicio  del

pueblo.  Impregnada  de  un  verdadero  humanismo,

hace que todos los miembros de la sociedad desenvuelvan sus capacidades, en todos sus aspectos. Los hombres, los cuadros que han sabido asimilarse la técnica y la ciencia son lo más valioso de la sociedad socialista. Este humanismo se basa en las relaciones socialistas de producción, que son relaciones de colaboración fraternal y ayuda mutua. La cultura y la producción socialistas, como el régimen socialista en su totalidad, tienen por fin el hombre  y  sus  necesidades.  El  humanismo  de  la cultura  socialista  se  contrapone  al  carácter antihumano de la ideología y cultura burguesas de nuestro tiempo, sumidas en un estado de profunda decadencia   y   descomposición,   precisamente   por

 

78 J. V. Stalin, Obras completas. t. IV, pág. 383. ed. española.

 

 

 

servir al podrido régimen burgués.

De lo que acabamos de decir puede deducirse la relación que guardan algunos elementos de la cultura

con la producción, con la base y la supraestructura.

La cultura material forma parte de las condiciones de vida material, de las fuerzas productivas de la sociedad. Los elementos y medios de la cultura espiritual, como el cine, el teatro y la radio, a la par que todas las concepciones sociales, la literatura y el arte, son fenómenos de la supraestructura. Al destruirse la vieja base y su supraestructura y crearse una nueva base y la supraestructura correspondiente, se modifica, de modo sustancial, el contenido ideológico de la labor de todas las instituciones culturales. Ahora bien, los elementos de la cultura espiritual, que sirven directamente a la producción, como  las  ciencias  naturales  y  la  técnica,  pueden servir y sirven a bases y clases diferentes, tanto a las viejas como a las nuevas. Las ciencias naturales reflejan las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza,  pero,  al  mismo  tiempo,  contribuyen  a crear una concepción científica del mundo y se desarrollan a base de una concepción del mundo determinada. Por tanto, las ciencias naturales están directamente relacionadas, en su desarrollo, con la producción, con la base y la supraestructura. Las ciencias sociales reflejan las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad, sirven a ésta con sus concepciones sociales y se hallan, por tanto, directamente relacionadas con los cambios operados en la base económica, en la supraestructura, así como con todo el conjunto de las relaciones sociales, y sólo de un modo indirecto guardan relación con la actividad productiva. Aunque las ciencias naturales y las sociales tengan sus propias peculiaridades en su desarrollo, unas y otras cambian de acuerdo con las leyes generales que rigen el desarrollo del conocimiento.

La nueva y más alta cultura, engendrada por un régimen económico, nuevo y más progresivo, contribuye activamente, en su conjunto, a que se afiance y venza, en forma definitiva, el nuevo régimen.  Lenin  subraya  especialmente  en  sus trabajos que, para la victoria del socialismo, es necesario asimilar críticamente toda la cultura del pasado  y  crear,  sobre  la  base  del  nuevo  régimen social, una nueva cultura, la cultura socialista. Sin una revolución cultural, sería imposible instaurar un régimen cabal de cooperación en la agricultura.79  El mejoramiento del aparato administrativo y estatal, la eliminación del burocratismo y la incorporación de las masas a una participación activa y decisiva en la dirección del país exigen también la elevación del nivel cultural de la población, y para ello se requiere cierta base material, que en la U.R.S.S. ha sido ya creada con la victoria del socialismo. Lenin señala

 

 

79 V. I. Lenin. Obras completas. t. XXXIII, págs. 434-435. 4ª ed. rusa.

 

que  en  materia  de  cultura  sólo  debe  considerarse como alcanzado lo que ya ha entrado en el modo de vida, en los hábitos de la gente. Hay que procurar - nos dice- que la ciencia no sea un bagaje libresco, muerto, sino que penetre "en la carne y en la sangre, y se convierta, de un modo pleno y verdadero, en parte integrante del modo de vida".80

En nuestro país, se ha llevado a cabo una revolución     cultural,     sobre     la     base     de     la

transformación política y económica. Esta revolución significa  la  incorporación  de  las  grandes  masas

trabajadoras soviéticas a los campos del saber, la ciencia y la  cultura;  significa, igualmente,  el desarrollo   de   la   educación   primaria,   general   y

obligatoria, el desarrollo de la instrucción obligatoria en los grados secundario y superior y la creación de

una nueva intelectualidad, de una intelectualidad socialista; representa, por último, la creación de una nueva cultura, de una cultura nacional por la forma y

socialista por el contenido, y la supresión de la contraposición entre el trabajo físico y el intelectual.

 

6.  El  lenguaje,   como  fenómeno   de  la  vida social.

Hay fenómenos sociales que no pertenecen ni a la

base ni a la supraestructura, pero que actúan en todos o en casi todos los campos de la actividad humana.

Entre   estos   fenómenos   figura,   por   ejemplo,   el

lenguaje.

"La lengua -nos enseña J. V. Stalin- es el medio, el instrumento con el que los hombres se relacionan, intercambian ideas y logran entenderse unos a otros. Directamente   ligada   al   pensamiento,   la   lengua registra y fija en palabras y en palabras combinadas en oraciones los resultados del trabajo del pensamiento, los progresos de la actividad cognoscitiva del hombre, y, de esta forma, hace posible  el  intercambio  de  ideas  en  la  sociedad humana.

"El intercambio de ideas constituye una necesidad permanente  y  vital,  ya  que  sin  él  sería  imposible

organizar las acciones conjuntas de los hombres en la lucha contra las fuerzas de la naturaleza, en la lucha

por  la  producción  de  bienes  materiales indispensables; sería imposible conseguir éxitos en la actividad productora de la sociedad y, por tanto, lo

sería también la existencia misma de la producción social. De ahí que sin una lengua comprensible para

la sociedad y común a sus componentes, la sociedad tenga que cesar de producir, se desintegre y deje de existir como tal. En este sentido, la lengua, siendo

medio de relación, es, al mismo tiempo, un instrumento  de  lucha  y  de  desarrollo  de  la sociedad".81

El lenguaje nació de la necesidad de los hombres

 

 

80 V. I. Lenin. Obras completas. t. XXXIII, pág. 447. 4ª ed. rusa.

81 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 21, ed. española. Moscú, 1955.

 

 

 

de comunicarse entre sí en el proceso de trabajo, y se desarrolla a base del trabajo mismo. Pero el lenguaje no actúa solamente en el campo de la producción material, sino que permite a los hombres "entenderse mutuamente y organizar el trabajo conjunto en todas las esferas de la actividad humana, tanto en la esfera de la producción como en la esfera de las relaciones económicas, tanto en la esfera de la política como en la esfera de la cultura, tanto en la vida social como en la vida privada. Estas particularidades son exclusivas de la lengua, y precisamente porque son exclusivas de la lengua, ésta es objeto de estudio por una ciencia independiente: la lingüística".82

Por su esencia, por sus funciones y por las leyes que  rigen  su  desarrollo,  el  lenguaje  se  distingue

radicalmente   de  la   supraestructura.   No  ha  sido

engendrado, como supraestructura, por ninguna base, sino  que  es  producto  de  toda  la  historia  de  la sociedad, del pueblo, y sirve, en todo el curso de la historia de la sociedad, de la historia del pueblo, que es su creador, no sólo a una sola base, sino a toda la sociedad. El lenguaje no se modifica ni desaparece cada vez que se destruye una vieja base y surge otra nueva.

El lenguaje no lo crea una sola clase, sino todo el pueblo, para satisfacer las necesidades de toda la sociedad, de todas las clases sociales. Se crea como medio de comunicación común a todos los miembros de  la  sociedad  y  comprensible  para  todos,  como medio de comunicación para todo el pueblo. Cuando el  lenguaje  abandona  esta  posición  y  comienza  a servir a una sola clase en detrimento de otra, se convierte en jerga y pierde su cualidad fundamental: la de ser un medio de comunicación entre todos los miembros de la sociedad, cualquiera que sea su situación de clase. El lenguaje puede servir lo mismo al régimen viejo y agonizante que al régimen nuevo y ascensional; igual a la base vieja que a la nueva, a los explotadores que a los explotados.

Desde los tiempos de Pushkin, se destruyeron en

Rusia  dos  bases  económicas  con  sus correspondientes  supraestructuras  -la  feudal  y  la

capitalista- y surgió una tercera, la base socialista.

Sin embargo, la lengua rusa no ha sufrido, durante todo ese tiempo, ninguna transformación radical, explosiva, no se ha producido esa súbita revolución lingüística de que nos hablaban Marr y sus secuaces. La lengua rusa actual difiere muy poco de la que se hablaba y escribía en tiempo de Pushkin.

Cierto es que durante todo ese tiempo se ha enriquecido notablemente el vocabulario de la lengua

rusa; han desaparecido de él muchas palabras caídas en  desuso;  ha  cambiado  el  significado  de  gran

número  de  vocablos;  se  ha  perfeccionado  la estructura gramatical de la lengua y han surgido, particularmente,   muchas   palabras   y   expresiones

 

nuevas, al calor del nacimiento del Estado soviético, de la producción y la cultura socialistas, así como del progreso de la técnica y de la ciencia. Pero el caudal básico del vocabulario y la estructura gramatical de la lengua se conservan en todo lo que tienen de esencial y siguen siendo la base del ruso de hoy. Y es que la destrucción de la vieja base y de su supraestructura no planteaba, en lo más mínimo, la necesidad de destruir la lengua. La lengua rusa ha servido al régimen feudal y al régimen capitalista, a la cultura de los terratenientes y a la cultura burguesa de Rusia, ni más ni menos que ahora sirve al régimen y a la cultura socialistas, y otro tanto podría decirse de todas las lenguas nacionales de los pueblos de la U.R.S.S. y de los países de democracia popular.

A  diferencia  de  la  supraestructura,  el  lenguaje sirve por igual a las clases todas de la sociedad y se

muestra   indiferente   a   la   suerte   de   todas   ellas.

Algunos grupos y clases sociales, sin embargo, distan mucho de ser indiferentes al lenguaje, pues tratan de

utilizarlo en interés propio, de imponerle su léxico

particular,  sus  particulares términos  y expresiones. En esto, se distinguen especialmente las capas altas de las clases poseedoras, explotadoras, divorciadas del  pueblo  y  hostiles  a  éste,  y  a  su  lengua  y  su cultura. La alta aristocracia y las capas superiores de la burguesía crean sus propios dialectos y jergas "de clase", sus "lenguajes" de salón. Pero los dialectos y jergas toman su vocabulario y estructura gramatical de la lengua nacional, razón por la cual no son sino derivaciones de ésta y no pueden desplazarla. Las clases, por tanto, influyen en el desarrollo del lenguaje, pero esto no quiere decir, ni mucho menos, que puedan destruir su carácter de lenguaje común a todo el pueblo, de medio común de comunicación.

El lenguaje figura entre los fenómenos sociales, que  actúan  a  lo  largo  de  toda  la  existencia  de  la

sociedad; nace y se desarrolla al nacer y desarrollarse

la sociedad. "No hay lengua fuera de la sociedad. Por eso, la lengua y las leyes de su desarrollo solamente pueden ser comprendidas si se estudian en ligazón inseparable con la historia de la sociedad, con la historia del pueblo al que pertenece la lengua estudiada y que es su creador y portador".83

Esta tesis de la lingüística marxista pone al descubierto la inconsistencia de las teorías idealistas y metafísicas. Así, por ejemplo, la teoría de los "estadios" en el desarrollo del lenguaje, la teoría idealista del "análisis de los cuatro elementos", la teoría del cruce de lenguas, todas ellas puestas en circulación por Marr y sus secuaces, separan la historia  del  lenguaje  de  la  del  pueblo  que  lo  ha creado y entrañan también la separación del pensamiento y el lenguaje. Semejante divorcio ha conducido a Marr y sus secuaces a conclusiones anticientíficas, idealistas, acerca de la posibilidad de

 

 

 

82 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 34, ed. española. Moscú, 1955.

 

83 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 21, ed. española. Moscú, 1955.

 

 

 

que los hombres lleguen a comunicarse entre sí sin necesidad de un lenguaje, con ayuda del pensamiento "puro", libre de la "materia natural" idiomática, libre de las "normas de la naturaleza"; los ha conducido a la revisión de la tesis marxista de que la lengua es la "realidad inmediata del pensamiento".

El pensamiento se desarrolla a base del material idiomático, es decir, de los términos y frases del lenguaje. No existen pensamientos desnudos, libres del material idiomático. El lenguaje afianza los éxitos alcanzados en la actividad cognoscitiva del pensamiento, incluyendo en ella la del pensamiento abstracto; el desarrollo lingüístico es siempre índice de los éxitos logrados por el pensamiento.

El lenguaje humano fué, desde sus orígenes, el lenguaje hablado, y no el lenguaje de las manos, el lenguaje lineal o "mímico", como sostenían Marr y sus  secuaces,  siguiendo  a  ciertos  lingüistas burgueses. La historia de la sociedad demuestra que ya los pueblos primitivos se servían del lenguaje hablado y que fué él precisamente el que ayudó al hombre a salir del estado animal y a encauzar la producción social. Sólo el lenguaje hablado podía convertirse  y  se  convirtió  en  medio  plenamente eficaz de comunicación entre los hombres, en la sociedad.

Los elementos del lenguaje actual fueron establecidos ya en la más remota antigüedad, antes de la época de la esclavitud. Tratábase de un lenguaje con un caudal básico de palabras muy exiguo y con una  estructura  gramatical  muy  primitiva.  El desarrollo del lenguaje fué pasando de las lenguas gentilicias a las lenguas tribales, de éstas a las de los pueblos y, por último, a las lenguas nacionales. En el futuro, después del triunfo del comunismo en el mundo  entero,  la  humanidad  llegará  a  poseer  una sola lengua universal.

"El posterior desarrollo de la producción; la aparición de las clases; la aparición de la escritura; el

nacimiento   del   Estado,   que   necesitaba   para   la

dirección  una  correspondencia  más  o  menos ordenada; el desarrollo del comercio que precisaba

de ella todavía en mayor medida; la aparición de la

imprenta, los progresos de la literatura: todo eso ocasionó grandes cambios en el desarrollo de la lengua. Durante este tiempo, las tribus y los pueblos se fraccionaban y dispersaban, se mezclaban y se cruzaban, y posteriormente aparecieron las lenguas nacionales y los Estados nacionales, se produjeron revoluciones, a los viejos regímenes sociales sucedieron otros. Todo ello introdujo cambios mayores aun en la lengua y en su desarrollo".84

Por tanto, el lenguaje refleja en su desarrollo los cambios operados en la producción, en el régimen

económico y en todos los órdenes de la vida social, la

cultura y el modo de vida. El desarrollo de la lengua

 

 

84 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág. 21, ed. española. Moscú, 1955.

 

está determinado por todo el desarrollo de la vida social, pero, a la par con eso, se desarrolla también con arreglo a sus propias leyes específicas internas.

Las lenguas no se desarrollan destruyendo las ya existentes  y  creando  otras,  sino  desarrollando  y

perfeccionando los elementos fundamentales de las

lenguas que ya existen. El paso de un estado cualitativo del lenguaje a otro estado cualitativo no se opera en forma explosiva, destruyendo de golpe lo viejo y edificando lo nuevo, sino mediante la acumulación gradual y prolongada de los elementos del nuevo estado cualitativo, de la nueva estructura de la lengua, mediante la extinción gradual de los elementos del viejo estado cualitativo. El marxismo no admite los cambios en forma explosiva, súbitos, en el desarrollo de la lengua, ni tampoco la muerte repentina de la lengua existente y la súbita creación de otra nueva. La historia de las lenguas no conoce estas revoluciones y explosiones repentinas. Y tampoco  el  cruce  de  lenguas  puede  considerarse como resultado de un acto único y decisivo, que surte sus efectos al cabo de unos cuantos años, sino que es un  proceso  lento,  prolongado,  que  a  veces  dura siglos. Así, bajo la opresión colonial, del cruce de dos  lenguas,  por  ejemplo,  no  surge  generalmente otra, que no se asemeje a ninguna de las dos; lo usual es que una de ellas salga victoriosa, conservando su estructura gramatical y su caudal básico de palabras, prosiguiendo su desarrollo con arreglo a sus leyes internas y enriqueciendo su vocabulario a expensas de la otra lengua, en tanto que esta otra va extinguiéndose   poco   a   poco.   La   causa   de   la estabilidad de las lenguas nacionales debe buscarse en la resistencia del pueblo, portador de la lengua, a la asimilación y, además, en la estabilidad de la estructura gramatical y del caudal básico de palabras del lenguaje.

La lengua nacional, que ha ido desarrollándose a base   de   la   lengua   del   pueblo   correspondiente,

consolidado  y  convertido  más  tarde  en  nación,

constituye uno de los necesarios signos distintivos de la nación, de la forma de la cultura nacional.

El   lenguaje   indisolublemente   vinculado   a   la

cultura es forma y medio de desarrollo de ésta; sin embargo, no se puede confundir ni identificar el desarrollo de la cultura o de algunos elementos de ella con el del lenguaje. La cultura, por su contenido social, cambia con cada época, con cada nueva formación en el desarrollo de la sociedad, en tanto que la lengua se conserva, sirviendo por igual a la vieja y a la nueva cultura. En la sociedad dividida en clases, la cultura tiene un carácter de clase, mientras que la lengua ha sido siempre y sigue siendo común a todo el pueblo.

 

Resumen.

La teoría marxista de la base y la supraestructura nos   permite   comprender   las   relaciones   mutuas

 

 

existentes entre las relaciones sociales económicas e ideológicas;  nos permite comprender, asimismo, no sólo el origen y desarrollo de las concepciones políticas, jurídicas, religiosas, artísticas y filosóficas e  instituciones  correspondientes,  sino  también  su papel activo en la vida social, en el desarrollo de la sociedad. La teoría marxista de la base y la supraestructura  nos permite comprender y estudiar las leyes que rigen el desarrollo de la revolución social, del Estado, del derecho, de las formas de la conciencia social.          .

Ahora bien, el materialismo histórico no reduce toda la diversidad de fenómenos de la vida social a las   categorías   de   base   y  supraestructura.    Hay también fenómenos que actúan en todas las esferas de la vida social y que aparecen encuadradas  dentro de ellas solamente en algunos aspectos aislados. Así, por ejemplo, las clases, la lucha de clases, la nación y la cultura tomen un carácter  específico y no se reducen a la base ni a la suprarestructura, aunque su desarrollo se halle condicionado por el desarrollo de la producción, de la base económica y de la supraestructura  de la sociedad.

La teoría marxista de la base y la supraestructura nos  enseña  que  tanto  una  como  otra  tienen  un

carácter   histórico.  La  base  y  la  supraestructura

capitalistas  se hacen reaccionarias  y son destruidas en el curso de la revolución proletaria, creándose en lugar   de  ellas,  en  virtud  de  las  leyes  objetivas sociales, la base y la supraestructura  socialistas.

La  sociedad  socialista,   bajo  la  dirección  del

Partido   Comunista,  crea  la  supraestructura socialista   y  se   vale   de   ella   para   impulsar   el desarrollo de la base socialista y crear todas las condiciones necesarias  para  el paso del socialismo al  comunismo. Todo esto será  examinado con más detalle en los capítulos siguientes.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO V. LAS CLASES Y LA LUCHA DE CLASES.

 

 

 

1.  Causas   de  la  división  de  la  sociedad   en clases. Definición de las clases.

Toda la historia de la humanidad, después de la

desintegración  del  régimen  de  la  comunidad primitiva, es la historia de la lucha de clases. Al cambiar el régimen de producción cambia la naturaleza de clase de la sociedad; sin embargo, en medio de todos estos cambios, la sociedad ha permanecido dividida en clases dominantes y dominadas, en clases explotadoras y explotadas. Sólo el triunfo del socialismo pone fin a la división de la sociedad en clases, abriendo una nueva era en la historia de la humanidad.

La existencia de las clases y la lucha entre ellas ya eran conocidas antes de que apareciera el marxismo. Los economistas ingleses de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (Adam Smith, David Ricardo y otros) habían tratado de descubrir las bases económicas de la división de la sociedad en clases; los  historiadores  franceses  de  comienzos  del  siglo XIX (Thierry, Mignet, Guizot, etc.) habían mostrado, por su parte, cómo la lucha de clases se manifestaba en las revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, la limitación burguesa de horizontes de aquellos economistas e historiadores no les permitía llegar a comprender los verdaderos fundamentos sobre que descansaba la división de la sociedad   en   clases   ni   extraer   las   conclusiones teóricas y prácticas derivadas del reconocimiento del hecho de la lucha de clases. Fueron Marx y Engels quienes, sacando las conclusiones generales de todo el desarrollo de la historia de la humanidad y partiendo de las posiciones del proletariado revolucionario, descubrieron las causas de la división de la sociedad en clases, crearon una teoría científica, armónica y consecuente de las clases y de la lucha de clases, a la vez que señalaban el camino para llegar a la abolición de las clases.

"...Por lo que a mí se refiere -escribía Marx a J. Weydemeyer el 5 de marzo de 1852-, no me cabe el

mérito  de  haber  descubierto  la  existencia  de  las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas.

" Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar:

1) que la existencia de las  clases  sólo va unida a

determinadas  formas históricas  de desarrollo  de la

 

que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases..."85

Sólo  después  de  poner  de  manifiesto  que  la existencia de las clases está vinculada a determinadas

formas históricas del desarrollo de la producción, el marxismo estuvo en condiciones de explicar científicamente el origen de las clases, así como la

naturaleza de ellas.

La división de la sociedad en clases aparece, por vez primera, a consecuencia de la desintegración del

régimen de la comunidad primitiva. En la sociedad

primitiva estaban poco desarrolladas las fuerzas productivas y la productividad del trabajo era baja;

no existía la propiedad privada sobre los medios de

producción ni tampoco la explotación del hombre por el hombre. Mientras la productividad del trabajo no alcanzara determinado nivel no era posible que hubiese trabajo adicional, ni que se diera la explotación  del  hombre  por  el  hombre;  tampoco podía existir la división de la sociedad en clases.

Las clases sociales y la explotación de una clase por otra sólo pudieron surgir cuando el aumento de la

productividad del trabajo condujo a la aparición del

producto adicional y a la disolución de la sociedad gentilicia en familias, cuando la división del trabajo

hizo que apareciera y se desarrollara el intercambio,

a la par que la propiedad comunal era sustituida por la propiedad privada. La propiedad privada acarreó, forzosamente,  la  desigualdad  en  la  posesión  de bienes dentro de la comunidad: en tanto que unas tribus y familias se enriquecían, otras se empobrecían y caían en una situación de dependencia económica.

De  entre  la  masa  de  miembros  de  la  tribu  se destacó la aristocracia gentilicia: los eupátridas en

Grecia, la nobleza de los antiguos germanos, etc. Los patriarcas,   los   jefes   militares,   los   sacerdotes   y

cuantos ocupaban puestos públicos en la sociedad gentilicia,  aprovechaban  su  posición  para enriquecerse  personalmente  o  apoderarse  de  una

parte de la propiedad de la comunidad.

Los  conflictos  bélicos  entre  las  comunidades apresuraron   el   proceso   de   diferenciación   de   la

comunidad en clases. A consecuencia del aumento de

la productividad del trabajo, surgió la posibilidad de

 

producción;   2)   que   la   lucha   de   clases   conduce,                

 

necesariamente, a la dictadura  del proletariado;  3)

 

85 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. II, págs. 424-425, ed. español.

 

 

 

la explotación y se hizo necesaria la mano de obra suplementaria. Ya no resultaba ventajoso matar a los prisioneros, sino convertirlos en esclavos. El botín de guerra contribuía también a que la aristocracia gentilicia fuera enriqueciéndose más aprisa.

La primera forma de esclavitud surgió en el seno mismo de la sociedad patriarcal gentilicia. Se trataba

de una esclavitud de carácter doméstico o patriarcal,

en la cual los esclavos eran utilizados como trabajadores  domésticos  y  como   mano  de  obra

auxiliar,  ya  que  el  trabajo  productivo  básico  lo

realizaban,  como  antes,  los  miembros  libres  de  la

"gens".

A  consecuencia  del  desarrollo  ulterior  de  las fuerzas productivas, de la propiedad privada y del

intercambio, una nueva forma de esclavitud sucedió a

la esclavitud patriarcal, que aun coexistía con las relaciones gentilicias. Los trabajos básicos comenzaron a ser realizados por los esclavos, sobre los que pesaba toda la carga del trabajo productivo. Cobró vigoroso impulso la trata de esclavos, y éstos empezaron a ser considerados como bestias de labor.

De este modo, el desarrollo de la producción y la aparición  de  la  propiedad  privada,  la  división  del

trabajo junto con la ampliación del comercio y el aumento  de la población, acabaron por destruir  el

régimen gentilicio. Con la división del trabajo y la aparición de los oficios, surgieron las ciudades como centros del trabajo artesanal y del comercio. Sobre

las  ruinas  del  régimen  de  la  comunidad  primitiva nació la sociedad esclavista, dividida en clases, con

contradicciones  antagónicas  entre  los  esclavistas  y los esclavos. La propiedad privada sobre los medios

de producción engendró la explotación de unos miembros de la sociedad por otros y dio vida a las relaciones      económicas      de      dominación      y

subordinación.

La aparición de la propiedad privada, de las clases y de la explotación de una clase por otra, sólo puede

explicarse  por  causas  económicas.  No  es  posible

derivar todo esto del influjo de factores no económicos, como los de la violencia política, las

conquistas  militares  y  el  sojuzgamiento  de  unos

pueblos por otros, como sostienen los partidarios de la teoría seudocientífica de la violencia.86  Engels ha señalado   en   su   Anti-Dühring  que   la   propiedad privada apareció antes de que los explotadores pudieran apropiarse de bienes ajenos y que "la violencia   podrá,   indudablemente,   transformar   el estado posesorio, pero nunca engendrar la institución de la propiedad" como tal.87  La violencia nunca ha

 

 

86  La teoría de la violencia era mantenida, en el siglo XIX, por Dühring, que consideraba la violencia como un mal absoluto en la historia. Otros partidarios de esta teoría, como Gumplowicz, atribuían a la violencia en la historia un papel positivo. En lo actualidad, los ideólogos del imperialismo se sirven de esa teoría para fundar el "derecho" a las conquistas militares y al avasallamiento de los pueblos de los países dependientes.

87 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., pág. 171.

 

determinado el carácter de la apropiación de bienes ajenos. El uso que se haga de los bienes capturados en la guerra y la determinación de quién sea el que se apropie de ellos, dependerá de las relaciones de producción imperantes y, en modo alguno del hecho mismo de la violencia. Según el testimonio del historiador y etnógrafo ruso M. Kovalevski, el botín de guerra que capturaban los osetas, es decir, el ganado, los esclavos, se convertía originalmente en objeto de apropiación común; los prisioneros de guerra se transformaban en esclavos de toda la comunidad y los productos de su trabajo ingresaban en   el   fondo   común.88    Con   la   aparición   de   la propiedad privada, el botín de guerra se convirtió en medio  de  enriquecimiento  personal,  ahondándose más, así, la desigualdad en la posesión de bienes. De todo esto se infiere que la violencia no pudo ser la causa de la aparición de la propiedad privada, de la división de la sociedad en clases ni de la explotación de una clase por otra, si bien es cierto que contribuyó a intensificar y consolidar todo este proceso.

La división de la sociedad en clases se caracteriza, ante todo, por las relaciones mutuas, que éstas contraen al efectuar la producción de los bienes materiales. Las diferencias entre las clases están condicionadas por la posición que ocupan en determinado sistema histórico de producción social. Esto quiere decir que cada clase está vinculada a un determinado  modo  histórico  de  producción  y  que todo modo antagónico de producción lleva aparejada una determinada división de la sociedad en clases. Así, al modo esclavista de producción corresponde la división en esclavistas y esclavos; al feudal, la división en señores feudales y siervos; al capitalista, la división entre capitalistas y obreros asalariados. En la sociedad dividida en clases antagónicas, las relaciones de producción tienen el carácter de relaciones de dominación y subordinación. La posición de las clases, dentro de semejante sistema de producción social, está presidida por una abierta contradicción: una es la clase dominante y otra es la clase oprimida.

La distinta posición que ocupen las clases dentro del modo de producción social, depende del distinto

tipo de relaciones  entre las clases y los medios de

producción. La clase dominante monopoliza los medios  de  producción,  es  decir,  posee  todos  los

medios  de  producción  o,  por  lo  menos,  los  más

importantes, en tanto que la clase oprimida se ve privada de ellos, encontrándose en una situación de dependencia económica. Esto permite también que las clases dominantes se apropien del trabajo de las clases oprimidas y las exploten. Dondequiera que una parte de la sociedad monopoliza los medios de producción, el trabajador tiene que dedicar, además de la parte de la jornada necesaria para su propio

 

 

88  M. Kovalevski, Las costumbres actuales y la ley antigua, ed. rusa, t. I, Moscú 1886, pág. 127.

 

 

 

sostenimiento, otra parte de la jornada para mantener al propietario de los medios de producción.

Del tipo de relación que las clases mantienen con los medios de producción -que es lo que constituye el

rasgo esencial y decisivo de las clases- dependen todos los demás rasgos, entre ellos el de la función

que cumplen las clases en la organización social del trabajo. Las clases dominantes, explotadoras; que representan una minoría de la población, concentran

en sus manos la dirección de la producción y de los asuntos políticos y convierten el trabajo intelectual

en monopolio suyo, mientras la enorme mayoría de la población, a la que pertenecen las clases oprimidas y explotadas, se ve condenada a un duro y extenuante

trabajo físico.

La clase que posee los medios de producción es también,  por  regla  general,  la  clase  que  dirige  la

producción. Como ha señalado Marx en El Capital,

"el capitalista no es tal capitalista por ser director industrial, sino al revés; es director industrial por ser

capitalista.  El  alto  mando  sobre  la  industria  se

convierte en atributo del capital, como en la época feudal eran atributo de la propiedad territorial el alto mando en la guerra y el poder judicial".89

Cuando envejecen y caducan las relaciones de producción  existentes,  de  las  que  es  portadora  la

clase dominante, y se convierten en grave obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, cambia también  la  función  que  cumple  esa  clase  en  la

organización social del trabajo. Aunque siga conservando   la   propiedad   sobre   los   medios   de

producción, degenera hasta convertirse en una excrecencia parasitaria en el cuerpo social. Lo mismo

que ocurrió, en otros tiempos, con la aristocracia terrateniente, sucede hoy con la burguesía, de la cual se destaca una extensa capa de rentistas, que vive de

los ingresos que le proporcionan los papeles-valores, "el corte de cupones". El parasitismo creciente de la

burguesía  prueba  que  se ha  convertido  ya  en  una clase caduca y que no sólo es superflua para la producción,   sino   que   impide   abiertamente   su

desarrollo  y  que,  en  consecuencia,  debe  ser suprimida.

El   distinto   tipo   de   relación   que   cada   clase mantiene con los medios de producción condiciona también  las  diferencias  en  cuanto  al  modo  y  la

proporción en que perciben la parte de la riqueza social de que disponen las clases. El capitalista, por

ejemplo, recibe sus ingresos en forma de ganancia sobre el capital que ha invertido en la empresa, mediante la apropiación de la plusvalía producida por

 

Todos estos rasgos, característicos de la división de la sociedad en clases, han sido sintetizados genialmente  por  Lenin  en  la  siguiente  definición: "Las clases son grandes grupos de hombres, que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en determinado sistema histórico de producción social, por las relaciones que mantienen con los medios de producción (relaciones en gran parte establecidas y formalizadas en leyes), por la función que cumplen en la organización social del trabajo, y, en consecuencia, por el modo y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro gracias al lugar diferente que ocupa en determinado régimen económico-social".90

Rasgo común a todas las formaciones sociales basadas en clases antagónicas es la dominación de la propiedad privada sobre los medios de producción; a ello hay que agregar que a toda formación social es inherente una forma particular de propiedad privada y, en consecuencia, un régimen particular de explotación.  La  esclavitud,  la  servidumbre  y  el trabajo asalariado constituyen tres modos de explotación, que se han sucedido unos a otros; es decir, tres fases del desarrollo de la sociedad dividida en clases antagónicas.

En la sociedad esclavista y en la sociedad feudal, los  productores  directos  de  bienes  materiales,  es

decir, los esclavos y los campesinos siervos, no gozaban   de   los   mismos   derechos   y   dependían

personalmente del poseedor de los medios de producción. En estas sociedades, las diferencias de

clase se afianzaban con ayuda del poder político, al dividirse la población en estamentos. A cada estamento se le asignaba jurídicamente determinada

posición dentro del Estado, así como ciertos derechos y obligaciones. Por ello, en las sociedades esclavista

y feudal, las clases formaban, al mismo tiempo, estamentos especiales.91 El modo capitalista de producción simplificó la división de la sociedad en clases,  despojándola  de  la  envoltura  de  los estamentos. En el régimen capitalista, los productores directos -los obreros y campesinos- son libres, desde el punto de vista jurídico, pero se hallan en una situación de dependencia económica respecto a los poseedores de los medios de producción.

Todo modo antagónico de producción engendra dos  clases  fundamentales.  Esclavistas  y  esclavos,

señores feudales y campesinos siervos, burgueses y

proletarios: tales son las clases fundamentales de las

 

el  obrero  asalariado.  Este,  por  el  contrario,  obtiene               

 

sus ingresos en forma de salario, que apenas si cubre el valor de su fuerza de trabajo. Las clases explotadoras, que constituyen una insignificante minoría de la población, se apropian, por regla general, la mayor parte de la renta nacional.

 

89 C. Marx, El Capital, t. I, pág. 369.

 

90 V. I. Lenin, Obras completas, 4ª ed. rusa, t. XXIX, pág. 338.

91  Las clases dominantes constituían los estamentos superiores, como, por ejemplo, la nobleza y el clero en la sociedad feudal.

Estos, a diferencia de los inferiores, gozaban de determinados

privilegios: a los nobles se les eximía del pago de impuestos; no se les sometía a castigos corporales; sólo podían ser juzgados por

los tribunales especiales de la nobleza, tenían derecho a poseer en propiedad campesinos siervos, etc.

 

 

 

sociedades correspondientes. La existencia de estas clases depende directamente del modo de producción en que se basa la formación económico-social de que se  trata.  Las  relaciones  mutuas  y  las  luchas  entre estas clases expresan la contradicción fundamental del modo de producción correspondiente. Sin embargo, en las formaciones de clase sobreviven, junto al modo de producción que domina, restos de modos anteriores en forma de regímenes económicos especiales. Por ello, junto a las clases fundamentales suelen  existir  otras  clases  secundarias,  es  decir, clases de transición. Por ejemplo, en los países capitalistas con fuertes vestigios feudales existen los terratenientes que no constituyen una clase fundamental. En la mayoría de los países capitalistas hay numerosas capas de la pequeña burguesía (pequeños campesinos, artesanos), que han sobrevivido desde los tiempos del feudalismo. La burguesía explota no sólo a los proletarios, sino también a todos los demás trabajadores, particularmente  a  los  campesinos.  El  capitalismo eleva la riqueza de una minoría, a la par que aumenta la pobreza de la mayoría, todo lo cual conduce inevitablemente a una agudización de las contradicciones entre las clases.

La  explicación  de  las  bases  materiales  de  la división de la sociedad en clases pone al descubierto

la oposición existente entre los intereses vitales de las

clases antagónicas, así como su carácter irreconciliable. No es de extrañar, por ello, que los

sociólogos burgueses, tratando de velar, a expensas

de la verdad, la oposición entre las clases, intenten embrollar, por todos los medios, el problema del origen y naturaleza de la división de la sociedad en clases. Gran parte de los representantes de la sociología burguesa reaccionaria niegan, en general, la  existencia  de  las  clases.  Tal  es  la  idea  que difunden, particularmente, muchos políticos, sociólogos y periodistas de los EE.UU., al exaltar el "modo de vida norteamericano". En la Sesión del Consejo Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas, celebrada en 1948, el representante norteamericano Thorpe expresó la peregrina idea de que en los Estados Unidos los trabajadores son patronos y los patronos trabajadores. La realidad capitalista desmiente a cada paso estas fábulas destinadas a engañar a los incautos. Lo que significan todas estas chácharas acerca de la ausencia de clases en los Estados Unidos, podemos comprenderlo si tenemos en cuenta que el 1 por 100 de la población de ese país -la cima del capitalismo- posee el 59 por 100 de toda la riqueza nacional y el

12 por 100 es poseedora del 33 por 100 de dicha riqueza, en tanto que el 87 por 100 restante de la

población -obreros y granjeros- sólo dispone del 8

por 100 de los bienes de la nación.

Muchos sociólogos burgueses, ante la evidencia de los hechos, no se atreven a negar abiertamente la

 

existencia de clases, pero tratan de ocultar la base material, económica, de la división de la sociedad en clases. Representantes de la corriente psicológica en sociología, como Ross, Bogardus, Bernard y otros, definen las clases como grupos de hombres dotados de la misma psicología, las mismas emociones, la misma manera de percibir el mundo exterior, etc. Sociólogos  partidarios  de  la  tendencia  biológica como   Brown,   Helleberg,   etc.,   sostienen   que   la división de la sociedad en clases está basada en diferencias biológicas entre los hombres, en la "desigualdad racial". Los representantes del oscurantismo religioso, como los neotomistas Harrington, Kennedy y otros, consideran que Dios ha establecido la existencia de las clases. Los reaccionarios Warner, Lant y otros afirman que el fundamento de las diferencias de clase no hay que buscarlo en la posición que los hombres ocupan en el sistema económico de la sociedad, sino en su rango social, el cual depende, a su vez, de su educación, de sus relaciones sociales, etc. Todas estas teorías, en las que se hace caso omiso de los fundamentos materiales de la división de la sociedad en clases, aspiran ya a esfumar, a velar las diferencias entre las clases, ya a considerar esas diferencias como algo eterno, natural e indestructible. En ambos casos, la lucha de clases del proletariado es considerada, por tanto, como algo carente de sentido.

Los líderes socialistas de derecha, con su servil actitud  ante  la  burguesía,  preconizan  el  carácter

absurdo de la lucha de clases, así como la necesidad

de la "colaboración" entre ellas. Con este fin, se recurre, no pocas veces, a las teorías "organizativas" y "distributivas" de las clases. Conforme a la teoría de la "organización", uno de cuyos autores es A. Bogdánov, las clases han aparecido en virtud de la división de los hombres en "organizadores" y "ejecutores". Esta teoría hace caso omiso del rasgo fundamental de las clases: la relación que mantienen con los medios de producción y de la cual depende, enteramente,  su  función  en  la  organización  del trabajo social. Los partidarios de esta teoría sostienen que las clases, al cumplir funciones distintas en el proceso de la producción, se complementan entre sí. Basándose en la teoría de la "organización", K. Renner  -redomado  adversario  del  socialismo- afirmaba en su folleto El mundo nuevo y el socialismo, publicado en 1946, que el capitalista ya "ha desaparecido de la conciencia de la mayoría de los  hombres",  puesto  que  sus  funciones organizadoras  en  el  proceso  de  producción  han pasado a manos de los gerentes y técnicos. Tratando de salvar a los capitalistas de la revolución, Renner pretendía convencer a los obreros de que ya no tenían contra quién luchar.

El  mismo  propósito  de  salvar  al  capitalismo cumple la llamada teoría "distributiva", que busca el

origen de las diferencias de clase en las fuentes y

 

 

 

cuantía de sus ingresos, corriendo un velo sobre el radical antagonismo entre ellas, basado en la distinta relación que guardan con los medios de producción. En otros tiempos, preconizaban está teoría Carlos Kautsky y E. Bernstein; en la actualidad, la propagan algunos líderes socialistas de derecha y burócratas sindicales como D. Dubinski en los EE.UU.

La teoría "distributiva" inculca en los obreros la idea de que la lucha de clase del proletariado no debe

ir encaminada a transformar el modo de producción, sino    solamente    a    modificar    el    régimen    de

distribución, es decir, no a transformar revolucionariamente la sociedad, sino a lograr simplemente algunas reformas. En esto se asienta la

falsa   idea   acerca   de   la   posibilidad   de   una

"conciliación" de las clases bajo el capitalismo a base de una redistribución más "justa" de los ingresos; con

ello, se justifica la política reformista, tan grata a la

burguesía.

La teoría marxista-leninista de las clases es, por el contrario, una teoría rigurosamente científica y lleva a la conclusión de que la meta de la lucha de clases es transformar el modo de producción, derrocar el régimen que ha caducado e instaurar otro nuevo, es decir, llevar a cabo una radical transformación revolucionaria de todo el régimen social. La lucha entre las clases antagónicas es, por tanto, una lucha irreconciliable, a muerte. La teoría marxista-leninista de las clases sirve, de este modo, de fundamento a la política de lucha irreconciliable de clase del proletariado  contra  sus  explotadores.  Esta  teoría señala   al   proletariado   cuáles   son   los   caminos efectivos  y  cuáles  sus  medios  de  liberación  y  de lucha por el socialismo. Como ha escrito J. V. Stalin, "la  base  táctica   del  socialismo  científico  es  la doctrina de la lucha intransigente de clases, pues ella es la mejor arma en manos del proletariado. La lucha de clase del proletariado es el arma por medio de la cual éste conquistará el Poder político y expropiará después a la burguesía para instaurar el socialismo".92

 

2.  La  lucha   de  clases,  fuerza  motriz  en  la historia de las sociedades antagónicas.

La teoría marxista de la lucha de clases vino a

poner fin a las concepciones anticientíficas que consideraban    la    historia    como    un    caos    de

acontecimientos, en el que los individuos actúan independientemente   los   unos   de   los   otros.   El

marxismo proporcionó el hilo de engarce que ha permitido descubrir las leyes que rigen en medio del complejo     entrelazamiento     de     acontecimientos

históricos, en una sociedad dividida en clases; aportó la  teoría  de  la  lucha  de  clases.  Marx  y  Engels

demostraron que la lucha de clases es una ley que rige en todas las sociedades formadas por clases antagónicas.  La  lucha  de  clases  informa  toda  la

historia  de  la  sociedad  de  clases  y  constituye  la

 

92 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. I, pág. 361.

 

fuerza motriz de su desarrollo.

En  consonancia  con  esta  ley,  el  desarrollo  de todas las sociedades divididas en clases antagónicas

está condicionado por los cambios que se operan en

las relaciones mutuas entre las clases en el campo de la  producción de  bienes  materiales; está condicionado, asimismo, por la lucha que las clases mantienen entre sí en relación con la función que desempeñan y el lugar que ocupan en la esfera de la producción y distribución de los bienes materiales y, finalmente, por la lucha que sostienen en torno a la radical transformación de la sociedad.

La lucha de clases se libra en todos los órdenes de la  vida  social.  Las  clases  mantienen  una  lucha

económica entre sí por su función y lugar en la producción y distribución de los bienes materiales.

Sostienen también una lucha política por el Poder político, por la transformación de las formas del Estado,  de  las  formas  del  régimen  político.  La

política expresa la relación entre las clases; en forma más concentrada y generalizada, refleja la economía

de la sociedad dividida en clases; refleja, igualmente, los intereses de determinada clase, la lucha de clases. La lucha de clases se sostiene también en el campo

ideológico, bajo la forma de una lucha entre las ideas y  teorías  que  sirven  los  intereses  de  las  clases

revolucionarias y las que sirven los intereses de las clases caducas.

Movidos por el temor a los pueblos oprimidos,

por el temor a la revolución, los ideólogos burgueses niegan la existencia de la lucha de clases o repiten sus  cantinelas  acerca  del  carácter  nefasto  de  esta lucha  para  la  sociedad.  Afirman  que  la  lucha  de clases  hace  retroceder  a  la  sociedad  y  amenaza llevada a su desintegración. Pero la verdad es otra: la lucha revolucionaria de clases impulsa a la sociedad en un sentido ascendente, ya que constituye un medio para  destruir  todo  lo  caduco,  todo  lo  podrido,  es decir, el único medio para abolir el viejo régimen, que se opone al desarrollo ulterior de la sociedad.

La sustitución de un régimen social por otro, más elevado, está condicionada, como ya se ha dicho en

el  capítulo  III,  por  el  conflicto  entre  las  nuevas

fuerzas productivas y las viejas relaciones de producción. En las sociedades antagónicas, este conflicto se manifiesta en la lucha de clases y se resuelve mediante la revolución, que constituye la forma más aguda del choque entre las clases.

La lucha de clases tiene caracteres peculiares en cada formación económico-social.

Bajo el régimen de la esclavitud, la historia de la

sociedad está llena de luchas de los esclavos contra sus  opresores,  los  esclavistas.  Grandes levantamientos de pobres y esclavos se produjeron en Egipto, en la época de la esclavitud. Durante uno de estos levantamientos, según nos informa el papiro Instrucciones de Ipuver (siglo XVIII antes de nuestra era),  "los  pobres  expulsan  al  rey".  En  la  antigua

 

 

 

Grecia, se produjeron sublevaciones de esclavos en Argos,  Esparta,  etc.  Los  esclavos  sublevados  se unían, a veces, con los indigentes libres, y juntos se enfrentaban a sus opresores. La historia de la antigua Roma nos habla también de numerosas rebeliones de esclavos, como las que se produjeron en Sicilia en los años 138-132 antes de nuestra era, bajo la dirección de Euno y Cleón, el levantamiento de esclavos y hombres libres encabezado por Aristónico en el Asia Menor, y, finalmente, la grandiosa sublevación de los esclavos que aclamó por jefe a Espartaco y que duró cerca de tres años, del 74 al 71 antes de nuestra era. En este levantamiento, tomaron parte más de 100.000 esclavos.

Los movimientos revolucionarios de los esclavos fueron minando el régimen de la esclavitud; pero, aunque desempeñaron un importante papel histórico en   la   abolición   de   dicho   régimen,   no   fueron coronados –no podían serlo- con el triunfo. Esto se explica por el hecho de que la clase de los esclavos no representaba a un nuevo régimen de producción, más avanzado. Los esclavos soñaban con liberarse de la esclavitud, pero no estaban en condiciones de crear una nueva sociedad.

En la sociedad feudal, que sucedió al régimen de esclavitud, la lucha de clases de los explotados contra sus explotadores se elevó a un nivel más alto. Los esclavos  constituían,  por  regla  general,  una abigarrada masa de hombres procedentes de diversas tribus y que hablaban distintas lenguas; los campesinos siervos, a diferencia de ellos, formaban una masa más homogénea, desde el punto de vista etnográfico, lo que les facilitaba la realización de acciones conjuntas. Los campesinos medievales eran miembros de una comunidad rural, que ofrecía una tenaz resistencia -pasiva o activa- a los terratenientes.

En la época feudal, los campesinos oprimidos luchaban en todos los países por la tierra, propiedad de los señores feudales, y luchaban también por liberarse de la servidumbre de la gleba. Esta lucha se manifestó en una serie de levantamientos, los más importantes de los cuales fueron los siguientes: en Inglaterra, el levantamiento campesino encabezado por  Wat  Tyler,  en  1381;  en  Francia,  el  de  la Jacquerie, en 1358; en Italia, el acaudillado por Dolcino, en los años de 1303 a 1307, y en Alemania, la guerra campesina de 1524 a 1525. En Rusia, cobraron  enorme  fuerza  las  insurrecciones campesinas encabezadas por Iván Bolotnikov (1606-

1607), Stepán Razin (1666-1671), Kondrat Bulavin

(1707-1708) y Emelián Pugachov (1773-1775). Estos levantamientos expresaban la indignación natural de

los campesinos oprimidos contra el yugo feudal. Un

cronista escribía acerca del levantamiento de Bolotnikov: "los bandidos quieren aplastar al zar y a los boyardos". En China, donde el régimen feudal existió durante cerca de tres milenios, hubo más de

300  grandes  levantamientos  campesinos.  "En  la

 

sociedad  feudal  china,  sólo  la  lucha  de  los campesinos, sólo los levantamientos y guerras campesinas fueron  las  verdaderas  fuerzas  motrices del desarrollo histórico”,93 ha escrito Mao Tse Tung. Los más grandes levantamientos fueron la guerra campesina de 1628 a 1644, durante la cual el ejército campesino revolucionario ocupó Pekín, y la guerra campesina de 1851 a 1864, el llamado movimiento de los "taipings".

Las insurrecciones campesinas, pese a los éxitos temporales de algunas de ellas, fueron aplastadas, en último resultado, por los señores feudales. La debilidad de las sublevaciones campesinas estribaba en su carácter espontáneo y en su falta de organización, lo que puede explicarse por el distinto nivel económico de los campesinos. Sólo bajo la dirección de la clase urbana, unida y revolucionaria, podían los campesinos obtener la victoria sobre los señores feudales. Esa clase urbana se iba gestando en las entrañas de la sociedad feudal a medida que se desarrollaba el nuevo régimen de producción capitalista. Con el desarrollo del trabajo artesanal, de la manufactura y el comercio, creció la burguesía y se elevó el número de oficiales proletarios. Las acciones más resueltas de los campesinos oprimidos estaban vinculadas con los movimientos de los plebeyos, que constituían la capa más baja de la población urbana, los indigentes de la ciudad. Pero esta capa de la pobreza urbana era demasiado débil y carecía de organización; era además ignorante, por todo lo cual no podía convertirse en jefe de los campesinos. La clase que había de encabezar la lucha de los campesinos contra el feudalismo, en las revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII, en Occidente, era la burguesía. Pero, desde el momento en que se formó el proletariado y pasó a sostener una lucha independiente, la burguesía se convirtió en una clase contrarrevolucionaria; el proletariado revolucionario pasó a ser el jefe de los campesinos, primero en Rusia, y más tarde en otros países.

Con la victoria de las revoluciones burguesas, el régimen  capitalista   ocupó  el  lugar  del  régimen feudal; bajo el capitalismo, adquirió gran intensidad la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía.

La lucha del proletariado contra la burguesía comenzó con el desarrollo de la gran industria; las

primeras acciones independientes del proletariado, en

la palestra de la lucha política, tuvieron lugar ya en las décadas del treinta al cuarenta del siglo XIX. En estos años, se producen el levantamiento de los tejedores de Lyon (Francia), en 1831 y 1834; el movimiento cartista de Inglaterra, de 1836 a 1848, y el levantamiento de los tejedores de Silesia (Alemania), en 1844. El proletariado, que ya se había plasmado como clase, se convirtió en una grandiosa fuerza revolucionaria. Su lucha contra la burguesía

 

93 Mao Tse Tung, Obras escogidas, ed. rusa, t. III, pág. 141.

 

 

 

fué coronada, en 1917, por una victoria decisiva en Rusia,  donde,  bajo  la  dirección  del  Partido Comunista, se llevó a cabo y triunfó la Gran Revolución  Socialista  de  Octubre,  que  abre  una nueva era en la historia de la humanidad, la era del comunismo.

A diferencia de las clases explotadas que le han precedido, el proletariado actúa como portador del nuevo modo de producción, del régimen socialista, que habrá de suceder en todos los países al viejo régimen  capitalista.  La  lucha  de  clase  del proletariado no desemboca, por ello, en la sustitución de una forma de explotación por otra, sino en la abolición de todas las formas de explotación del hombre por el hombre. Esta lucha conduce, necesariamente, al comunismo, actuando, de este modo, como la fuerza motriz del desarrollo histórico de la sociedad contemporánea.

 

3. El papel histórico del proletariado. El proletariado, jefe y dirigente de las masas trabajadoras y explotadas.

El mayor mérito de Marx y Engels reside en haber

descubierto el papel histórico-universal del proletariado  como  clase  revolucionaria  llamada  a

derrocar el capitalismo y a conducir la sociedad al

comunismo.

El proletariado no es la clase más revolucionaria porque  sea  la  más  pobre  y  la  más  sufrida.  El

capitalismo condena a la miseria y al sufrimiento no sólo a los proletarios, sino  también a  millones de

pequeños campesinos e indigentes de la ciudad, a muchos  miles  de  "lumpen-proletarios"  (gentes  al

margen   de   toda   clase,   sumidas   en   los   "bajos fondos"), etc.; estas capas y grupos de la población no  son,  sin  embargo,  los  más  revolucionarios.  El

carácter del proletariado, consecuentemente revolucionario, viene determinado por el lugar que

ocupa dentro del sistema capitalista de producción. El proletariado es la fuerza básica en la producción de los bienes materiales, necesarios para la existencia

de la sociedad. A diferencia de los campesinos, vinculados a la forma más atrasada de la economía, a

la pequeña producción, y que se van disgregando como clase a medida que se desarrolla el capitalismo, el proletariado crece continuamente con el desarrollo

del régimen capitalista. Está vinculado a la gran producción industrial y es portador del régimen de

producción más progresivo, el socialista.

Como clase explotada, el proletariado no tiene propiedad alguna sobre los medios de producción.

Como han dicho Marx y Engels en el Manifiesto del

Partido  Comunista,  los  proletarios  no  tienen  nada que  perder  en  la  revolución,  salvo  sus  cadenas;

tienen, en cambio, un mundo que ganar.

El proletariado sólo puede liberarse de la explotación aboliendo la propiedad privada sobre los

medios  de  producción;  es  decir,  suprimiendo  toda

 

forma de explotación del hombre por el hombre. Por ello, al liberarse a sí mismo, el proletariado libra del yugo de clase a todos los trabajadores.

El proletariado va uniéndose y habituándose a la disciplina y a la organización, por las condiciones

mismas de su trabajo en la gran industria; ello le

capacita más que a cualquier otra de las clases trabajadoras para llevar a cabo acciones unidas, conscientes y organizadas.

El  proletariado  no  lucha  sólo  contra  el capitalismo, sino que tiene aliados que debe atraer a

su lado. Por ser la única clase revolucionaria consecuente de la sociedad capitalista, está llamado a ganar la hegemonía, es decir, a ser el dirigente, el

jefe  del  movimiento  revolucionario  de  todas  las masas      trabajadoras      y      explotadas.      Lenin,

desarrollando la idea de Marx y Engels acerca de la misión histórica del proletariado, elaboró en forma completa la tesis de la hegemonía del proletariado en

el movimiento revolucionario, de su misión como dirigente    revolucionario    de    todas    las    masas

trabajadoras explotadas y oprimidas. Lenin vió en la conciencia de su hegemonía y en el cumplimiento de ésta una de las condiciones más importantes de su misión revolucionaria.94

En la sociedad capitalista, existen extensas masas de trabajadores que no son proletarios, las llamadas capas medias de la población, los campesinos, artesanos, etc., vinculadas a la pequeña industria y que ocupan un lugar intermedio entre el proletariado y la burguesía. Son afines al proletariado en cuanto trabajadores oprimidos por los terratenientes y capitalistas; están cerca de la burguesía en tanto que propietarios privados y productores de mercancías. A medida que se desarrolla el capitalismo, las capas medias  se  van  disolviendo,  se  disgregan  y desintegran; una aplastante mayoría de los pequeños campesinos y artesanos se arruina, se empobrece, se ve privada de su propiedad y pasa a engrosar las filas del proletariado; una pequeña minoría se enriquece y se incorpora a las filas de la burguesía.

Sin embargo, este proceso de disgregación de los campesinos no ha conducido, en ningún país capitalista, salvo en Inglaterra, a la desaparición de los  campesinos  como  clase.  Los  campesinos continúan existiendo, bajo el régimen capitalista, como clase de pequeños productores de mercancías, diseminados por todo el país. Los campesinos y artesanos  trabajan  aislados  en  sus  pequeñas haciendas y modestos talleres, aplicando una técnica atrasada, esclavizados por la propiedad privada, explotados por los terratenientes, comerciantes y usureros. Las capas medias, en las cuales figuran, en primer lugar, los pequeños campesinos, constituyen, en la mayoría de los países capitalistas, del 30 al 45 por  100  de  la  población,  y  en  los  menos desarrollados, incluso el 60 y el 70 por 100. Estas

 

94 V. I Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVII, pág. 201.

 

 

 

capas representan importantes reservas de la revolución proletaria, y el proletariado lucha contra la burguesía por atraérselas.

La victoria del proletariado sobre el capital depende del grado en que tenga éxito en su lucha por

la    conquista    de    las    capas    medias    y,    muy

especialmente, de los campesinos. El proletariado no puede   tomar   el   Poder   si   no   logra,   al   menos, neutralizar a estas capas medias; si no consigue aisladas de la burguesía; si, a pesar de todo, forman, en su gran masa, un ejército del capital

Las acciones revolucionarias del proletariado francés en 1848 y 1871 condujeron a una derrota porque la clase obrera no había encontrado apoyo entre los campesinos, chocando con su resistencia. Las revoluciones de febrero y octubre de 1917 en Rusia terminaron victoriosamente porque el proletariado ruso supo atraerse y conducir a la mayoría  de  los  campesinos.  La  experiencia  de  la lucha revolucionaria del proletariado ruso vino a demostrar, prácticamente, que existía la posibilidad efectiva de convertir a los campesinos, a su mayoría explotada, de reserva de la burguesía, como había sido en las revoluciones de Occidente, en reserva del proletariado, en aliado de éste.

En  la  actualidad,  el  proletariado  de  todos  los países capitalistas, siguiendo el ejemplo trazado por

la clase obrera rusa, lucha por atraer a su lado a los

campesinos trabajadores. En los últimos años, se ha extendido considerablemente, en Francia e Italia, la

influencia  de  los  partidos  comunistas  sobre  los

campesinos. La agravación de la crisis agraria, el reforzamiento de la explotación del campo por el capital  monopolista,  han  demostrado  a  los campesinos pobres y medios, con evidencia cada vez mayor, que el capitalismo sólo representa para ellos la ruina y la muerte. Los comunistas de Francia e Italia, al igual que los de otros países capitalistas, hacen ver a los campesinos que la clase obrera se propone, con la revolución, entregar la tierra a los campesinos privados de ella, a los que poseen poca tierra  y a  los  jornaleros del  campo,  y liberados  a todos ellos de cualquier clase de yugo. La lucha consecuente que la clase obrera sostiene por la paz, la democracia y la independencia nacional contra la reacción imperialista atrae también a su lado a los campesinos trabajadores y a otras capas de la población.

Próximos a las capas medias, a quienes el proletariado gana para su causa, se encuentran los intelectuales, que representan una capa social intermedia.  Los  intelectuales  no  han  constituido nunca ni pueden constituir una clase especial, pero tampoco están por encima de las clases. Representan una capa especial de hombres consagrados al trabajo intelectual, que sirven a una u otra clase; existen por ello intelectuales burgueses, pequeñoburgueses y proletarios.

 

En la sociedad capitalista, los intelectuales sirven, en  lo  fundamental,  los intereses  de  la  clase dominante  y  explotadora,  de  la  burguesía.  Como, bajo el capitalismo, se hace en extremo difícil para los   hijos   de   los   trabajadores   el   acceso   a   la instrucción, los intelectuales se reclutan, preferentemente, entre las capas poseedoras: burguesía, nobleza, funcionarios, en parte entre los campesinos acomodados y sólo en grado muy insignificante entre los obreros.

Los intelectuales no pueden tener una política propia; sus actividades están condicionadas por las

clases a que sirven, y sólo pueden representar una

fuerza cuando se unen a la clase obrera.

El proletariado, por ser una clase explotada, sin acceso a la instrucción y a la cultura, no se encuentra en condiciones favorables, bajo el capitalismo, para formar sus propios intelectuales; sólo puede crearlos en masa después de conquistar el Poder político. La formación  de  una  intelectualidad  proletaria comienza, sin embargo, ya bajo el capitalismo, pues en el curso de la lucha revolucionaria del proletariado se destacan del seno de éste cuadros de revolucionarios  profesionales.  Por  otra  parte,  se pasan aliado del proletariado los representantes más decididos y honrados de la intelectualidad burguesa. "Como cualquier otra clase de la sociedad actual -ha señalado Lenin-, el proletariado no sólo crea sus propios intelectuales, sino que también conquista partidarios entre todos los hombres cultos.95

En el pasado, sólo un puñado de intelectuales, los más resueltos y revolucionarios, abrazaban la causa

de  la  clase  obrera.  En  nuestra  época,  en  que  el

régimen capitalista encierra a la sociedad en un callejón sin salida, en que condena a los trabajadores a las calamidades de la guerra, al paro forzoso y a la miseria, y en que amenaza con destruir todos los valores culturales y se hace más evidente el marasmo espiritual de la burguesía, miles y miles de intelectuales avanzados, honestos, capaces de pensar por   su   cuenta,   se   deciden   por   la   causa   del comunismo. La lucha de la clase obrera por la paz, contra   los   instigadores  de   la   guerra,   contra   la reacción imperialista, conduce a capas cada vez más considerables de la intelectualidad de los países capitalistas al lado del socialismo.

 

4.  Las  formas fundamentales de  la  lucha  de clase del proletariado.

La lucha de clase del proletariado adopta las tres

siguientes formas: la económica, la política y la ideológica.

La   lucha   económica  persigue   como   objetivo

defender, principalmente, los intereses profesionales de los obreros; es decir, la elevación del salario, la reducción de la jornada de trabajo, el mejoramiento de  las  condiciones  de  trabajo,  etc.  Las  huelgas,

 

95 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. VI, pág. 176.

 

 

 

parciales y generales, constituyen el arma más importante en la lucha económica del proletariado.

Históricamente, la lucha económica representa la primera forma de la lucha de clase del proletariado.

En todos los países, los obreros comienzan a luchar defendiendo  sus  intereses  económicos.  Y  en  esta

batalla, surgen las primeras organizaciones del proletariado, los sindicatos, que han sido para la clase obrera la escuela de la lucha de clases.

Bajo el capitalismo de nuestros días, la lucha económica  por  las  reivindicaciones  diarias  de  los

obreros,  por  la  elevación  del  salario  y  el mejoramiento de sus condiciones de trabajo, reviste una gran importancia para la clase obrera. Esta lucha,

sin embargo, no puede hacer que la clase obrera se libre de la miseria.

Bajo  el  capitalismo,  es  inevitable  la depauperación relativa y absoluta de la clase obrera y de todos los trabajadores. La depauperación relativa

de la clase obrera se manifiesta en que desciende la participación de la clase obrera en la renta nacional,

en tanto que aumenta, por el contrario, la de los capitalistas.  Junto  a  la  depauperación  relativa,  se opera la depauperación absoluta de la clase obrera.

Como ha dicho Lenin, bajo el capitalismo "el obrero se  empobrece  de  un  modo  absoluto,  es  decir,  va

haciéndose más pobre que antes, se ve obligado a vivir peor, a alimentarse más pobremente y a comer menos, a vivir estrechamente en sótanos y buhardillas".96

En la época del imperialismo, se intensifican tanto la depauperación absoluta como la depauperación relativa de la clase obrera y de todas las masas trabajadoras;  ello  es  consecuencia  de  la  ley económica fundamental del capitalismo moderno. El capitalismo monopolista ya no se contenta con una ganancia media, sino que exige la ganancia máxima.

En la época de la crisis general del capitalismo, se ha vuelto crónico el paro forzoso en masa, lo que

permite a los monopolios reducir el salario de los

obreros   que   trabajan.   Poniendo   en   práctica   un

"sistema para exprimir el sudor" de los trabajadores, los capitalistas intensifican el rendimiento de los obreros, haciéndoles "sudar conforme a todas las reglas de la ciencia". La norma de explotación del trabajo se eleva considerablemente, a consecuencia de ello. Según los cálculos de los economistas, el obrero norteamericano trabajaba para sí, en 1950, poco más del 20 por 100 de su jornada de trabajo; cerca del 15 por 100 de la jornada lo invertía en sostener a los empleados a sueldo del capitalismo y el 65 por 100 restante de la jornada trabajaba para el capitalista.97  La dominación de los monopolios permite al capitalista fijar, altos precios y expoliar a

 

 

96 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII, pág. 405.

97 M. Smith, La situación de la clase obrera en Estados Unidos, Inglaterra y Francia después de l Segunda Guerra Mundial, trad.

rusa, Moscú, 1953, pág. 148.

 

los trabajadores no sólo en tanto que productores de mercancías, sino también como consumidores de éstas. Los capitalistas recurren, asimismo, a la inflación y a los impuestos para desvalijar a los trabajadores. Las concesiones parciales, que los proletarios arrancan a los capitalistas en épocas de prosperidad  o  auge  de  la  vida  económica,  suelen verse   revocadas   por   los   mismos   capitalistas   al cambiar las circunstancias, o reducidas a cero con el aumento de los impuestos y la inflación

Pero del carácter inevitable de la depauperación relativa  y  absoluta  de  los  trabajadores,  bajo  el

capitalismo, no se deduce, en modo alguno, que la

lucha  económica  del  proletariado  sea  infructuosa. Los obreros, al luchar contra los atentados rapaces

del capital, no sólo defienden su existencia misma,

sino que contribuyen al desarrollo progresivo de la sociedad. Al pelear por la reducción de la jornada de trabajo y por el alza de los salarios, el proletariado impide a los capitalistas que multipliquen sus beneficios elevando la plusvalía absoluta, es decir, prolongando la jornada de trabajo; los capitalistas se ven obligados a recurrir a la elevación de la plusvalía relativa, a lo que se llega reduciendo el tiempo de trabajo necesario mediante la intensificación del trabajo  y  el  empleo  de  una  técnica  más perfeccionada. La clase obrera, de este modo, fuerza a los capitalistas a renovar la técnica, a la par que, con la lucha económica, se organiza para abordar las históricas tareas revolucionarias que tiene planteadas. Si los obreros no lucharan contra las aspiraciones rapaces del capital, acabarían convirtiéndose, como ha dicho Marx, en una masa amorfa y pasiva de hombres extenuados, condenados a la suerte desastrosa de los indigentes. "Si los obreros se rindieran cobardemente en sus colisiones diarias con el capital, acabarían por perder, sin duda alguna, la capacidad de iniciar movimientos de mayor envergadura".98

Los proletarios, librando sus batallas económicas contra el capital, organizándose en sindicatos y con

una certera y firme dirección de clase, pueden oponer resistencia a los embates de los patronos contra su

nivel de vida y mejorar, en cierta medida, las condiciones en que tienen que vender su fuerza de trabajo a  los  capitalistas. Ahora  bien,  para  que  el

proletariado se libere de la explotación, tiene que luchar por abolir las relaciones económicas mismas,

que le obligan a vender su fuerza de trabajo.

La  lucha  económica  no  constituye  la  forma fundamental y decisiva de la lucha del proletariado.

La           experiencia        histórica              demuestra         que        el proletariado  sólo  puede  lograr  un  mejoramiento

radical en su situación económica, destruyendo el sistema capitalista de economía. Hace más de siglo y medio que el proletariado lucha, en Inglaterra, por la

 

 

98  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa. t. XIII, pág.

147.

 

 

 

elevación de los salarios y por el mejoramiento de sus condiciones de trabajo. Y no obstante, cabe preguntarse: ¿ha conducido esta lucha a la liberación de la clase obrera inglesa? Es evidente que no. Al seguir a los líderes sindicales reformistas y limitarse a la lucha económica, el proletariado inglés se ha visto   forzado   a   seguir   uncido   al   yugo   de   la explotación capitalista.

En Rusia, el proletariado, dirigido por el Partido

Comunista,  desplegó,  a  la  par  que  la  lucha económica, una lucha política encaminada a derrocar el Poder de la burguesía y establecer su propio Poder político. El resultado de ello está a la vista: es la plena liberación económica de la clase obrera y de todos los trabajadores. Los trabajadores del país del socialismo, libres ya de la explotación capitalista, mejoran continuamente, año tras año, su situación material y elevan su nivel cultural.

Por tanto, con la lucha económica exclusivamente no es posible abolir la explotación capitalista; para

ello, se requiere la lucha política del proletariado,

dirigida a la conquista del Poder político, y, una vez conquistado, a conservarlo y consolidarlo. La lucha política expresa los intereses vitales del proletariado; es, por tanto, la forma superior de la lucha de clases.

Cuando la lucha económica se libra al margen de la   lucha   política,   se   crea   en   los   obreros   una

conciencia tradeunionista; es decir, la conciencia de

sus intereses económicos, exclusivamente. Cuando la clase obrera lucha políticamente, bajo la dirección

del Partido marxista, se forja en ella una verdadera

conciencia proletaria, de clase, basada en la comprensión de sus intereses vitales, comunes a la clase en su conjunto. Por eso Lenin y, siguiendo sus enseñanzas, los comunistas, se oponen a los intentos oportunistas de limitar la actividad del Partido proletario  al  campo  de  las  relaciones  económicas entre los obreros y los patronos. Lenin ha enseñado al Partido del proletariado a ir a todas las capas de la sociedad, a hacerse eco de todas las manifestaciones de opresión y arbitrariedad, violencia y abuso, procedentes de los explotadores, y a crear una conciencia política, no sólo en los obreros, sino en todos los oprimidos. Lenin hace hincapié en que el ideal del dirigente activo del Partido proletario no debe ser el secretario tradeunionista que se limita a defender  los  intereses  económicos  de  los  obreros, sino  el  tribuno  popular,  que  sabe  infundir  a  los obreros la conciencia de la misión histórica universal del proletariado, jefe de todos los trabajadores y explotados.

La lucha de clases del proletariado sólo es una lucha auténtica y consecuente, llevada a sus verdaderos términos, cuando abarca el campo de la política, y cuando, por otra parte, la lucha política no se circunscribe a simples reformas dentro de los marcos del capitalismo. Poniendo al desnudo la diferencia  radical  que  media  entre  la  concepción

 

marxista de la lucha de clases y la concepción liberal, que tiende a reducir, a empequeñecer esta lucha, limitándola a la lucha por reformas aisladas, Lenin ha escrito:  "El  marxismo  considera  que  la  lucha  de clases se desarrolla en su plenitud, que de verdad es una lucha "nacional", solamente cuando, siendo una lucha política, destaca en la política lo más esencial de todo: la estructura del Poder estatal".99 Sólo quien hace  extensivo  su  reconocimiento  de  la  lucha  de clases a la aceptación de la dictadura del proletariado puede considerarse marxista.

La dictadura del proletariado no puede llegar a conquistarse sin llevar a cabo una lucha ideológica. En la sociedad capitalista, la clase dominante pugna tenazmente por imponer su ideología burguesa a los obreros. La ideología burguesa dominante se difunde a través de la escuela, la iglesia, la prensa y el arte, inoculándose  en  los  obreros  por  todas  sus condiciones de vida en la sociedad capitalista. El Partido del proletariado debe luchar por liberar a los obreros de las ideas y prejuicios burgueses, por inculcar la ideología socialista en las masas proletarias.

Para que la lucha espontánea de clases se transforme  en  una  lucha  consciente  es  condición

indispensable  que  el  Partido  marxista  infunda  la

ideología socialista al movimiento obrero, que los obreros   tengan   clara   conciencia   de   su   misión histórica de enterradores del capitalismo y creadores del comunismo. El desarrollo de la gran industria capitalista conduce, necesariamente, a la concentración de la clase obrera y contribuye a su unión y organización. Pero, para que el proletariado sea capaz de derrocar al capitalismo, no sólo debe constituirse como clase, sino que debe, además, tener conciencia de sus intereses de clase cardinales. Debe transformarse, según la expresión de Marx y Engels, de clase en sí en clase para sí, y ello sólo puede lograrse  mediante  la  fusión  de  la  teoría  del socialismo científico con el movimiento obrero.

Sin teoría revolucionaria, no puede haber movimiento   revolucionario.   La   teoría   socialista

marxista constituye una guía revolucionaria para el

movimiento obrero. Mientras éste no se guíe por la teoría revolucionaria; mientras gran parte del proletariado se halle bajo la influencia de la ideología burguesa y pequeñoburguesa, no podrá sacudirse el yugo del capital.

Por ejemplo, la fundamental debilidad del movimiento obrero de los Estados Unidos reside en que la mayoría de los obreros norteamericanos no han logrado liberarse de la influencia ideológica y política  de  la  burguesía.  William  Z.  Foster, presidente del Partido Comunista de los Estados Unidos, ha escrito: "La desgracia de los obreros norteamericanos  está  en  que  no  han  comprendido aún,  ideológicamente,  la  lucha  de  clase  que  ellos

 

99 V. I. Lenin. Obras completas, 4ª ed. rusa, t. XIX, págs. 97-98.

 

 

 

mismos sostienen. Esta incomprensión de los obreros respecto de la posición que su clase ocupa en la sociedad capitalista norteamericana constituye una de las más grandes ventajas de los patronos".100

Las clases explotadoras y sus agentes en el seno del movimiento obrero, los dirigentes de los socialistas de derecha, están muy interesados en oscurecer la conciencia de clase del proletariado, en desviarlo ideológicamente de sus metas, en minar su fe en sus propias fuerzas, en la posibilidad de que el socialismo triunfe en todos los países. En nuestra época, en que el capitalismo se acerca a su fin y entra en la fase de su hundimiento, en que cobra auge la lucha revolucionaria del proletariado en los países capitalistas  y  se  fortalece  el  movimiento  de liberación nacional en las colonias, la burguesía reaccionaria, con ayuda de los dirigentes de los socialistas  de  derecha  y  de  los  dirigentes reaccionarios  de  los  sindicatos  reformistas,  se esfuerza por inocular en el espíritu de la clase obrera la ponzoña de la duda, de la desconfianza en sus propias fuerzas, calumnia sistemáticamente a los comunistas,  a  los  países  del  campo  socialista,  y entona loas al capitalismo. La lucha del Partido revolucionario del proletariado contra la ideología burguesa adquiere, en estas condiciones, una importancia   extraordinaria.   Sólo   a   base   de   la ideología revolucionaria del marxismo-leninismo, puede llegar a superarse la escisión ideológica existente entre los obreros y asegurar la unidad de la clase obrera.  Y la unidad revolucionaria de la clase obrera constituye la condición indispensable para que ésta pueda alcanzar la victoria sobre todos los explotadores.

La fuerza de la lucha de clase del proletariado estriba en su capacidad para saber combinar todas las

formas de dicha lucha: la económica, la política y la ideológica.

 

5. Clases y partidos.

La  lucha  de  clases  encuentra  su  más  acabada

expresión en la lucha entre los partidos políticos, que expresan, a su vez, los intereses de determinadas clases y dirigen la lucha de éstas. Los partidos representan, por su composición, un sector de la clase a que pertenecen, precisamente el más activo desde el punto de vista político.

No todos los partidos políticos, sin embargo, se presentan   abiertamente   como   defensores   de   los

intereses de tal o cual clase. Es cierto que el partido

revolucionario del proletariado actúa claramente, sin necesidad  de  ocultar  los  intereses  de  clase  que

defiende, pero los partidos reaccionarios, que sirven

a las clases explotadoras, se enmascaran cuidadosamente, ocultando su faz de clase. Los enemigos del socialismo se disfrazan, a cada paso, de

 

 

100  W. Foster. El ocaso del capitalismo mundial, ed. en lenguas extranjeras, Moscú. 1951. pág. 83.

 

socialistas; los mercenarios vendidos al capital proclaman su defensa desinteresada de los trabajadores,   y   los   partidos   que   traicionan   los intereses de la nación se llaman a sí mismos partidos nacionales.

Lenin ha enseñado a los trabajadores a no dejarse embaucar  por  tales  falaces  declaraciones;  los  ha

enseñado a descubrir el verdadero rostro de clase de

los partidos burgueses y pequeñoburgueses y a juzgar a los partidos, no por sus rótulos, por sus palabras,

por sus consignas o declaraciones, sino por sus actos.

"Los hombres -ha escrito Lenin- han sido siempre víctimas necias del engaño y de la quimera, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir cuáles  son  los  intereses  de  clase,  que  se  ocultan detrás   de   las   frases,   declaraciones   y   promesas morales, religiosas, políticas y sociales".101

La burguesía se vale del abigarrado cuadro de agrupaciones políticas, desplegado en los países capitalistas,  para  confundir  a  los  trabajadores  y ocultar el antagonismo de clases entre explotadores y explotados.  Y  a  este  mismo  fin  sirve  la  aparente lucha  entre  los  partidos  burgueses,  como  la  que libran en los Estados Unidos demócratas y republicanos. Ambos partidos sirven los intereses del capitalismo monopolista norteamericano, y la diferencia que entre ellos media es insignificante. Luchan entre sí, en realidad, por problemas de poca monta, y cuando más, por el reparto de los jugosos puestecillos del aparato oficial. Sostienen entre sí un duelo verbal, pero carente de contenido, y engañan, de esta manera, a los trabajadores, apartándolos así de  la  necesaria  lucha  de  clase  por  sus  intereses vitales.

Las clases explotadoras no sólo ejercen su dominación  por  medio  de  la  violencia,  sino  que

recurren en amplia escala al engaño de los trabajadores.   Junto   a   los   partidos   abiertamente

reaccionario-fascistas, que emplean de un modo descarado los métodos de terror para aplastar a los trabajadores, hay también, en los países capitalistas,

partidos liberales que tratan de alejar a los obreros de la  lucha  revolucionaria,  prometiéndoles  pequeñas

reformas y concesiones. Los dirigentes socialistas de derecha cumplen, en nuestros días, su función de embaucadores de la clase obrera. Estos recaderos del

imperialismo se valen del atraso de los obreros para servir los intereses del capital, y son los encargados

de inculcar en su espíritu la ideología burguesa, de dividir a la clase obrera y apartarla de la lucha revolucionaria.   Los   partidos   oportunistas   de   los

socialistas de derecha constituyen el más importante punto social de apoyo del imperialismo en el seno del

movimiento obrero.

A cuenta de las enormes ganancias que la burguesía  imperialista  obtiene  del  saqueo  de  las

colonias y países económicamente dependientes, de

 

101 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIX, pág. 7-8.

 

 

 

los altos precios monopolistas, etc., puede permitirse sobornar y corromper a ciertos dirigentes del proletariado, creando la llamada aristocracia obrera, de la que se nutre el oportunismo en el seno del movimiento obrero. "Esta capa de obreros aburguesados -ha dicho Lenin-, esta aristocracia obrera formada por hombres perfectamente filisteos en su manera de vivir, por la cuantía de sus salarios y por  toda  su  concepción  del  mundo  representa  el puntal más importante de la Segunda Internacional, y es,  en  nuestros  días,  el  principal  punto  de  apoyo social (no militar) de la burguesía. Son éstos verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero,  ordenanzas obreros de la clase capitalista..."102

La burguesía inglesa, especialmente, corrompió a los jerarcas de la clase obrera, desde mediados del

siglo   pasado,   aprovechándose   para   ello   de   la

situación monopolista que ocupaba en el mercado mundial y de sus inmensas colonias. En la actualidad,

son los capitalistas norteamericanos quienes marchan

a  la  cabeza  en  esta  política  de  sobornar  a  los dirigentes de la clase obrera, pues disponen para ello de las máximas ganancias que obtienen al esquilmar al proletariado de su propio país y a los pueblos de otros países, arruinados por la segunda guerra mundial.

Los dirigentes oportunistas, corrompidos por las mercedes y las limosnas de la burguesía, defienden

descaradamente al capitalismo. Después de la Gran

Revolución Socialista de Octubre, los partidos socialdemócratas  ayudaron  a  la  burguesía  de  sus

respectivos  países  a  llevar  a  cabo  la  intervención

armada contra la Unión Soviética; salvaron al capitalismo de la revolución proletaria; organizaron sangrientas represiones contra los obreros y despejaron el camino al fascismo, Actualmente, los dirigentes socialistas de derecha apoyan las aventureras ambiciones del imperialismo norteamericano en torno a la dominación mundial y le ayudan a preparar una guerra rapaz contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular. Los jerarcas socialistas de derecha, en su política reformista,  van  mucho  más  lejos  que  sus predecesores de la Segunda Internacional, los Scheidemann, Kautsky, Hilferding, Macdonald y Renaudel. La socialdemocracia de derecha actual, llegando adelante su vieja misión de servidora de su burguesía nacional, se ha convertido en una agencia del imperialismo norteamericano y cumple los más sucios  cometidos  en  la  empresa  de  preparar  una nueva  guerra  y  en  la  lucha  contra  sus  propios pueblos.

Los dirigentes socialistas de derecha hermanan su apoyo a la política exterior, a la política imperialista de los Estados Unidos, con las prédicas en favor de la "colaboración  de  clases"  dentro  de  sus  propios

 

102 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, pág. 182.

 

países. Estos tránsfugas del marxismo declaran que el socialismo es una "causa común" de todas las clases. El renegado de la clase obrera León Blum trataba de convencer   a   los   obreros   franceses   de   que   el socialismo  no  puede  llegar  a  realizarse,  según  él, como resultado de la lucha de clases, sino en virtud del "perfeccionamiento moral del individuo". Para León Blum, la conciencia del proletariado y su lucha de clase constituían el "principal obstáculo" en el camino hacia el socialismo. Los dirigentes laboristas británicos siguen también la política de "colaboración de clases" con la que sirven al capitalismo. Morgan Philips,  secretario   general   del   Partido   Laborista inglés, ha afirmado lo siguiente: "Los socialistas británicos rechazan, íntegramente, el marxismo, al igual que la teoría de la lucha de clases, bajo todas sus formas y manifestaciones. Tanto su política interior como exterior se basan en los principios democráticos cristianos, que nos legaron nuestros grandes reformadores religiosos, mucho antes de que naciera Marx".

Morgan Philips y otros dirigentes socialistas de derecha de la misma calaña no renuncian a participar en la lucha de clases, aunque se manifiesten en contra de la teoría marxista de esta lucha. Lo que ocurre es que participan en ella al lado de la burguesía y en contra del proletariado, sin que les sirva querer envolver esta actitud con frases acerca de los "principios  democráticos  cristianos".  Para comprender cuál es la verdadera función que los dirigentes socialistas de derecha están llamados a desempeñar, basta fijarse en los hechos que ocurren en los países capitalistas, cuando la policía, la gendarmería y las tropas del ejército, obedeciendo órdenes de ministros "socialistas", desencadenan la represión  sobre  los  obreros  huelguistas  e  incluso abren fuego contra ellos. Los dirigentes socialistas de derecha son un instrumento en manos de la burguesía imperialista para luchar contra la clase obrera. Y no menos reaccionario es el papel que desempeñan en el movimiento obrero los dirigentes de la Federación Americana del Trabajo (A.F.O.L.) y de la Confederación de Sindicatos Industriales (C.I.O.), quienes tratan de hacer ver a los obreros que sus intereses coinciden con los de los "businessmen".

La labor de Creen como presidente de la A.F.O.L. fué tan provechosa para los capitalistas que éstos le

premiaron con una medalla de oro en la que figuraba

esta inscripción: "Por haber colaborado con éxito con los industriales."

La  vieja  y  anticuada  teoría  reformista  de  la

"armonía  de  clases"  se  ve  reforzada,  ahora,  con falaces consideraciones acerca de la "desaparición de las clases" y con la afirmación de que las fronteras de clase van borrándose en el seno del capitalismo. Los dirigentes socialistas de derecha, siguiendo a los sociólogos y economistas burgueses, sostienen que la ampliación  de  las  sociedades  anónimas  representa

 

 

 

una "democratización del capital". Tratan de ocultar, con ello, la realidad de que el verdadero dueño y señor sigue siendo el puñado de grandes accionistas, que se vale de la emisión de pequeñas acciones para ampliar el saqueo de la población.

Antes, los dirigentes reformistas, movidos por su afán  de  apartar  al  proletariado  de  la  lucha  por  la

conquista del Poder, restringían el horizonte de la

lucha  de  clases,  reduciéndola  a  una  lucha  por alcanzar  insignificantes  mejoras  en  cuanto  a  las

condiciones de trabajo; en la actualidad, renuncian

pura y simplemente a la lucha de clases. Bajo la bandera   de   la   "colaboración   de   clases",   hacen fracasar  las  huelgas,  organizan  el  esquirolaje  y dividen a los sindicatos; y todo ello, con el fin de reducir a la impotencia a la clase obrera.103

Los partidos de los socialistas de derecha, aunque agrupen a obreros, no son, en realidad de verdad, partidos  proletarios,  sino  partidos  burgueses  en  el seno de la clase obrera. Mediante su influencia sobre las capas más atrasadas de los obreros, dividen al proletariado con el designio de debilitar sus fuerzas e impedir que pueda derrocar al régimen capitalista. Es inevitable, por ello, que en el seno de esos partidos se entable una lucha entre los obreros sencillos, que por su posición de clase gravitan hacia la lucha revolucionaria, y los dirigentes socialistas de derecha que apoyan al capitalismo.

Los verdaderos partidos proletarios, es decir, los que expresan los intereses de la clase obrera, son los

partidos comunistas, creados sobre la base ideológica

del marxismo-leninismo. Estos partidos son defensores consecuentes y decididos de los intereses del proletariado y de todos los trabajadores, a los cuales unen y elevan a la lucha contra toda forma de opresión, a la lucha por el comunismo.

El marxismo-leninismo nos enseña que el partido es la forma superior de organización de clase del proletariado. Siendo la lucha política la forma fundamental de la lucha de clase del proletariado, es lógico que el partido político represente, a su vez, la forma superior de su organización de clase. Todas las demás organizaciones del proletariado (sindicatos, cooperativas, organizaciones culturales, etc.) representan importantes puntos de apoyo en la lucha de  clases,  pero  sólo  el  partido  político  proletario

 

 

103 A qué grado de traición han llegado los reaccionarios jerarcas sindicales, lo demuestra el arreglo concertado en 1950 entre Walter Reuter, presidente del Sindicato de Trabajadores de la Industria Automovilística, y la empresa "General Motors". Conforme a este convenio, los jefes sindicales, después de haber recibido una limosna de la "General Motors", se comprometieron a no declarar huelgas en sus fábricas de automóviles ni a exigir aumento  de  salarios  durante  cinco  años.  Después  de  haber firmado el contrato, la "General Motors" intensificó el trabajo de los obreros en un 25-50 por 100, lo que le permitió despedir a muchos trabajadores. El convenio resultó tan ventajoso para los capitalistas, que las firmas "Ford" y "Chrysler" se adhirieron a él. Walter Reuter es actualmente presidente del Congreso de Sindicatos Industriales.

 

puede unificar la labor de todas las organizaciones proletarias y darles una dirección única en la lucha por liberarse plenamente de toda suerte de opresión. Sin la existencia de un partido revolucionario marxista, templado y capaz, el proletariado no podría alcanzar la victoria sobre sus enemigos de clase, derrocar  el  Poder  de  éstos  y  establecer  su  propio Poder político y, una vez que haya triunfado la revolución, conservar y consolidar el Poder conquistado  y  marchar  por  el  camino  de  la edificación del socialismo.

Para que el partido del proletariado pueda cumplir su misión de jefe, de dirigente de la lucha de clases, se  requiere:  a)  que  sea  el  destacamento  de vanguardia, consciente, marxista, de la clase obrera, pertrechado con el conocimiento de las leyes por las que se rigen la sociedad y la lucha de clases; b) que sea un destacamento organizado de la clase obrera, soldado por la unidad de programa, estrategia y táctica, por la unidad de acción y por una disciplina única;  c)  que  se  mantenga  la  unidad  del  partido como la condición fundamental de su propia fuerza y vitalidad;   d)   que   en   sus   filas   se   observe   una disciplina férrea; e) que el partido sostenga una lucha intransigente contra el oportunismo y depure sus filas de los elementos oportunistas, recordando que no es posible combatir al imperialismo si sus agentes se hallan enquistados en el estado mayor de la clase obrera; f) que reconozca y corrija, valientemente, sus defectos y errores por medio de la crítica y la autocrítica; g) que estreche sus vínculos con las masas, de lo que depende la fuerza del partido; h) que aplique el principio leninista de la dirección colectiva en todos los escalones del partido, desde los más bajos hasta los más altos.

Lenin y sus compañeros de lucha crearon, paso a paso,   el   Partido   Comunista,   en   las   durísimas

condiciones de la Rusia zarista, mientras se replicaba

a los numerosos golpes asestados por el zarismo, y se luchaba contra la burguesía y sus agentes en el seno del movimiento obrero, contra los "economistas", los mencheviques, los trotskistas, social-revolucionarios, anarquistas, nacionalistas, etc. En la creación del Partido Comunista de la U.R.S.S., desempeñaron un papel importantísimo las históricas obras de Lenin,

¿Qué  hacer?,  Un  paso  adelante,  dos  pasos  atrás,

Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática y Materialismo y empiriocriticismo, que sentaron los fundamentos ideológicos, orgánicos, tácticos   y   teóricos   del   partido   de   nuevo   tipo, "Durante veinticinco años, Lenin cuidó y educó a nuestro partido, como el partido obrero más fuerte y templado del mundo", dijo Stalin al pie de la tumba de Lenin.

Inspirándose en el Partido Comunista de la Unión

Soviética,   partido   proletario   de   nuevo   tipo,   se crearon,   en   otros   países,   partidos   comunistas

hermanos.  Después  de  la  Revolución  socialista  de

 

 

 

Octubre, que condujo a la destrucción del yugo de los capitalistas y terratenientes, los representantes de los partidos hermanos, llevados de su admiración por el temple  y  los  éxitos  del  Partido  Comunista  de  la Unión Soviética, le honraron con el título de la "brigada de choque" del movimiento obrero y revolucionario mundial.

Ningún partido ha sufrido ni sufre persecuciones tan duras como las que los partidos comunistas de los

países capitalistas tienen que afrontar por parte de la reacción.  Decenas  de  miles  de  hijos  del  Partido

Comunista francés ofrendaron su vida en aras de la liberación de la patria, durante los años de la ocupación  nazi;  por  ello,  dicho  partido  se  hizo

acreedor,  en  aquellos  años,  al  honroso  título  del

"Partido de los fusilados". Pero la influencia de los comunistas, pese a las persecuciones, crece en todos

los países capitalistas. El número de comunistas en

todo el mundo, antes de la segunda guerra mundial, no pasaba de 5 millones, mientras que en 1952 era ya

superior a 25 millones. Entre los Partidos comunistas

extranjeros hay verdaderos partidos de masas, como el italiano, que ha pasado de 58.000 miembros antes de la guerra a más de 2 millones en 1953; el francés, cuyos efectivos han ascendido de 340.000 a 506.000 miembros, etc. Los Partidos Comunistas de Italia y Francia se han ganado a la mayoría de la clase obrera de  sus  países,  desplegando  una  lucha  heroica  en favor de los intereses de los trabajadores. Y el hecho de que la influencia de los comunistas vaya en aumento es absolutamente lógico. Los partidos comunistas van ganando una autoridad cada vez mayor entre las masas, porque defienden valerosa y abnegadamente los intereses de los trabajadores. En los años en que el fascismo dominaba en Europa, los comunistas fueron los combatientes más firmes, más audaces y abnegados en la lucha contra el yugo fascista, en la lucha por la libertad y la independencia nacional de los pueblos. Y, en nuestros días, siguen siendo los combatientes más esforzados en la defensa de los intereses de los trabajadores, en la lucha por la libertad y la independencia de sus pueblos amenazados por el imperialismo norteamericano, el nuevo pretendiente a la dominación mundial.

Nikos Beloyannis, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Grecia, fusilado en 1952

por órdenes de los imperialistas yanquis, dijo, en sus últimas palabras ante el tribunal que lo condenó: "El

Partido Comunista de Grecia no tiene por qué pedir a nadie diplomas de patriotismo. Los ha recibido ya del pueblo y se los ha ganado con su sangre… Las raíces

del Partido Comunista griego, regadas con la sangre de  los  patriotas,  se  hunden  profundamente  en  las

entrañas  mismas  del  pueblo,  y  no  podrán arrancárselas ni los tribunales militares, ni las condenas a muerte"

La fuente de la fuerza inagotable y de la vitalidad de  los  partidos  comunistas  radica  en  su  íntima

 

vinculación con el pueblo, cuyos intereses defienden.

 

6.  Agudización   de  la  lucha  de  clases  en  los países capitalistas en la etapa actual.

En el período transcurrido desde la terminación de

la segunda guerra mundial, se han agudizado intensamente  las  contradicciones  de  clase  y  se  ha

intensificado   también   la   lucha   de   clases   del

proletariado contra la burguesía en los países capitalistas más importantes. Esta lucha confirma una

vez  más  la  justeza  de  la  ley,  descubierta  por  el

marxismo-leninismo, según la cual es inevitable la agudización de la lucha de clases en la sociedad capitalista,  así  como  la  revolución  socialista.  Las ideas burguesas acerca de una "conciliación" o "colaboración" entre las clases revelan, con mayor evidencia aún, su falta de fundamento.

Todos los cambios operados en la disposición de las       fuerzas de          clases,  tanto     en          la             situación

internacional,   como   en   el   seno   de   cada   país capitalista,    conducen,    necesariamente,    a    una

agudización de la lucha de clases en la sociedad capitalista.

La derrota sufrida por el bloque hitleriano y la

victoria de la Unión Soviética, durante la segunda guerra mundial, cambiaron la correlación de fuerzas entre los dos sistemas -el socialista y el capitalista- en favor del socialismo. Los cálculos de los círculos imperialistas de Estados Unidos e Inglaterra de que la guerra debilitaría a la Unión Soviética y fortalecería al  capitalismo,  resultaron  fallidos.  La  Unión Soviética se fortaleció aún más, y del sistema capitalista se desgajaron, en Europa y Asia, una serie de países en los que se instauró el régimen de democracia popular. La histórica victoria de la revolución democrático-popular en China asestó un durísimo golpe al imperialismo. Todos los países de democracia popular, junto con la Unión Soviética, forman un único y poderoso campo socialista enfrentado al campo del capitalismo. Una de las consecuencias más importantes de la existencia de los dos campos opuestos es el desdoblamiento del mercado  mundial  único  y  omnímodo  en  dos mercados mundiales paralelos: el mercado del campo democrático, socialista, y el mercado de los países del campo imperialista. La contracción del mercado capitalista mundial agrava el fenómeno crónico de las empresas que no trabajan a plena rendimiento y el paro forzoso crónico en los países capitalistas, a la par que agudiza la crisis general del capitalismo, con todas las contradicciones que lleva aparejadas. Los capitalistas tratan de encontrar una solución a sus problemas, intensificando la explotación de los trabajadores, preparando una nueva guerra y sometiendo la economía a sus objetivos bélicos. Pero la militarización de la economía y la intensificación de la carrera de armamentos no pueden resolver las contradicciones inherentes al capitalismo, sino que,

 

 

 

por el contrario, vienen a agudizarlas y ahondarlas aún más. La supeditación de la economía a los fines de guerra agrava las dificultades económicas y empeora  la  situación  material  de  los  trabajadores. Los gastos de guerra absorben casi las tres cuartas partes   del   presupuesto   nacional   de   los   Estados Unidos, el 42 por 100 del de Inglaterra y el 33 por

100  del  de  Francia.  Para  cubrir  estos  gastos,  se recurre a la expoliación de los trabajadores, mediante

el alza de los impuestos, el aumento de la inflación, etc. Los impuestos que pesan sobre la población en

los Estados Unidos se elevaron más de 12 veces en

1952, en comparación con los años 1937 y 1938, tomando  en  cuenta  incluso  la  depreciación  de  la

moneda. Toda la carga de los impuestos, por otra parte, recae sobre los trabajadores. A comienzos de

1952, el obrero norteamericano entregaba al recaudador de impuestos 32 centavos de cada dólar de su salario.

El encauzamiento de la economía por los carriles de la guerra va acompañado, en la industria civil, por

una  reducción  de  la  producción,  lo  que  viene  a agravar aún más el paro forzoso, que ya sin esto tiene carácter crónico. Solamente en los Estados Unidos,

Japón, Inglaterra, Italia y Alemania Occidental, el número de obreros parados total o parcialmente se

elevaba a 32 millones.

La inflación, que ha subido vertiginosamente con la carrera de armamentos, el alza de precios y de los

impuestos conducen a un descenso sistemático del salario real y a la expoliación de los trabajadores en

beneficio de la burguesía.

Según  datos  del  Sindicato  de  Electricistas,  el costo de la vida en los Estados Unidos en 1952 subió

casi tres veces en comparación con 1939. El "modo

de vida norteamericano", tan cacareado por la prensa burguesa, ha conducido a que dos terceras partes de

las  familias  norteamericanas  carezcan  del  mínimo

vital. Pero aún es más grave la situación de la clase obrera en los países capitalistas que dependen de los Estados Unidos y a los que los imperialistas norteamericanos quieren transferir la carga fundamental de la preparación de una nueva guerra.

Todo ello conduce a una agudización de la lucha de clases. En todos los países capitalistas crece el movimiento huelguístico. En efecto, de 1946 a 1950, el número de huelguistas en 16 países capitalistas, incluyendo los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Japón,   Italia,   se   elevó   a   50   millones,   lo   que representa el triple del período de 1935 a 1939. En los Estados Unidos, durante los cinco años anteriores a la segunda guerra mundial, se habían declarado en huelga 5.600.000 obreros; en cambio, en los primeros cinco años de la posguerra el número se elevó a más de 14 millones. En los años siguientes, el número de huelguistas ha continuado aumentando. Según datos proporcionados por el Ministerio de Trabajo de los Estados Unidos, en 1950 se declararon en huelga en

 

el país 2.400.000 obreros; en 1951, 2.200.000; y en

1952, el número de huelguistas fue de 3.500.000.

El movimiento huelguístico reviste formas más agudas en los países esclavizados por el imperialismo norteamericano, en los cuales es especialmente bajo el nivel de vida de los trabajadores. Durante la huelga de los mineros franceses, de septiembre y octubre de

1948, se libraron verdaderos combates, en el curso de los  cuales  la  policía  y  las  tropas  ocuparon  por  la

fuerza de las armas las minas y barriadas obreras, empleando  contra  los  huelguistas  las  bombas  de

gases  lacrimógenos,  los tanques  y la  artillería.  En

1950, el número de huelguistas, en Francia, fué de más  de  millón  y  medio  y  en  agosto  de  1953  se

extendió una ola de huelgas por el país que abarcó a cuatro millones de obreros.

El imperialismo norteamericano estrangula y condena a la ruina a muchas ramas de la industria nacional de otros países capitalistas, provocando con

ello nuevas formas de lucha de clase del proletariado. En   1950,   los   obreros   italianos,   negándose   a

abandonar las fábricas y plantas industriales clausuradas, trabajaron sin patronos durante un período de 80 a 90 días. Los obreros de la fábrica

"Redjano" de Redjo-nel-Emilia, habiendo recibido órdenes de la dirección para cerrar temporalmente la

fábrica, con objeto de adaptarla a la producción de guerra, ocuparon los talleres y durante más de un año, hasta octubre de 1951, continuaron trabajando

dedicados a la producción civil. La dirección de la fábrica    trató    de    expulsarlos    de    los    talleres,

recurriendo a la fuerza o a diversas artimañas, pero acudieron   en   defensa   de   los   obreros,   en   todo

momento, los trabajadores de la ciudad y de toda la región.

En  la  situación  actual,  la  lucha  económica  del

proletariado se halla muy estrechamente vinculada a la lucha política. La defensa de los intereses económicos de los trabajadores depende en una medida muy considerable de los éxitos que logren en su lucha contra una nueva guerra mundial y contra la carrera de armamentos. Los obreros, al declararse en huelga, no sólo luchan por salarios más altos y por mejorar las condiciones de trabajo, sino también contra los planes belicistas. El incremento del movimiento huelguístico revela la fragilidad de la retaguardia de los instigadores imperialistas de guerras.

La preparación de una nueva guerra imperialista va acompañada de un proceso de fascistización de los Estados burgueses, como lo demuestran una serie de hechos, entre ellos la revisión de las Constituciones y leyes electorales vigentes, con el fin de restringir los derechos de los trabajadores; la persecución solapada y la violencia abierta contra los dirigentes del movimiento progresivo y, en particular, contra los comunistas; la promulgación de leyes antiobreras, dirigidas contra los derechos sindicales, como la ley

 

 

 

Tait-Hartley, aprobada en 1947 en Estados Unidos y que coarta el derecho de huelga de los obreros, concediendo a las autoridades la facultad de prohibir las acciones huelguísticas, a la par que reduce el campo de acción de los sindicatos y da facilidades a los patronos para contratar esquiroles. Y aún tiene un carácter fascista más descarado la ley MacCarran, promulgada en 1950, y que permite a las autoridades, si se presenta una "situación extraordinaria", detener y recluir, en campos de concentración, sin orden judicial, a los elementos progresistas.

La fascistización de los regímenes políticos en los países capitalistas, la abolición de los derechos democráticos  más  elementales  provocan  la resistencia que oponen las masas trabajadoras, encabezadas por la clase obrera. Con frecuencia, estallan huelgas como protesta contra las medidas reaccionarias adoptadas por los gobiernos burgueses, en solidaridad con otros obreros o por otros motivos.

El hecho de que la burguesía renuncie a las libertades democráticas burguesas y a la defensa de los intereses nacionales es un indicio revelador de su propia  debilidad.  Al  volverse  todavía  más reaccionaria y convertirse en enemigo principal del movimiento  de  liberación,  rompe  todos  sus  nexos con el pueblo y, con ello, se debilita más aún.

El proletariado es, en la actualidad, la única clase que puede aglutinar en torno suyo a todas las fuerzas democráticas y patrióticas y tomar en sus manos la bandera de la defensa de la democracia y de la soberanía nacional. Todo esto contribuye a fortalecer al proletariado y a debilitar a la burguesía y crea condiciones favorables para que los partidos comunistas y democráticos agrupen, en torno suyo, a la mayoría del pueblo, para que se conviertan en la fuerza dirigente de la nación; y ello, a su vez, viene a suministrarles toda clase de fundamentos para vencer en todos los países capitalistas.

En las condiciones actuales, la lucha por los intereses de clase está vinculada, indisolublemente, a la lucha por los intereses generales democráticos y nacionales, a la lucha por la democracia, por la independencia nacional de los países avasallados por el imperialismo norteamericano.

La lucha por la paz y contra la amenaza de una nueva guerra tiene también este carácter democrático

general. El movimiento de los partidarios de la paz no    puede    considerarse    como    un    movimiento

exclusivamente proletario, ni por su composición ni por sus objetivos. No persigue la meta de destruir al capitalismo y de instaurar el socialismo, sino que se

circunscribe a los objetivos democráticos de la lucha por mantener la paz, por impedir una nueva guerra.

Ahora bien, aunque dicho movimiento se haya limitado a estos objetivos democráticos, sólo ha podido convertirse en una poderosa fuerza gracias a

la dirección del proletariado. Y la tarea central de los partidos   comunistas   y   obreros,   en   las   actuales

 

circunstancias, no puede ser otra que lograr una paz firme y duradera, organizar y unir a las fuerzas de la paz contra las fuerzas de la guerra.

Las masas populares oponen una creciente resistencia    a   los   preparativos    de    guerra    del

imperialismo     norteamericano.     Los    comunistas

franceses e italianos y los de otros países europeos han  declarado  solemnemente,  en  nombre  de  las masas de sus países, que sus pueblos no empuñarán jamás las armas contra la Unión Soviética. Las masas populares de todos los países apoyan la política exterior, la política de paz de la Unión Soviética, encaminada al aflojamiento de la tirantez internacional, a la prohibición de las armas atómicas y demás medios de exterminio en masa de la población, a la reducción de los armamentos y al alivio de la carga de los impuestos. La actuación del Consejo  Mundial  de  la  Paz  y  la  labor  de  los Congresos mundiales en defensa de la paz, convocados por él, han contribuido valiosamente a la causa de la paz. En diversos países, la lucha por la paz ha revestido la forma de acciones directas, prácticas, contra los promotores de una nueva guerra; así, por ejemplo, los obreros se niegan a cargar y descargar   el   material   bélico   norteamericano,   a cumplir los pedidos de guerra de los Estados agresivos, etc.

Los fundadores del marxismo-leninismo han enseñado a los proletarios a apoyar todo movimiento

democrático en contra de la reacción y aglutinar, en torno suyo, a las masas populares. El proletariado

sólo   puede   defender   sus   intereses   de   clase   y garantizar la victoria del socialismo siempre que no

actúe  solo,  aisladamente,  es  decir,  que  luce  como jefe, como dirigente de la lucha democrática general. El proletariado está llamado a ser el jefe de esta lucha

contra la reacción imperialista, que amenaza la seguridad y la independencia nacional de los pueblos.

La idea de la hegemonía del proletariado se halla presente  en  los  programas  de  los  Partidos Comunistas de la Gran Bretaña, la India y el Japón,

elaborados en el período de la posguerra. Desarrollando  en  forma  creadora  el  marxismo  y

aplicándolo  a  las  condiciones  peculiares  del desarrollo de sus países, los partidos comunistas inscriben en sus programas la idea de que las masas

populares deben agruparse en torno al proletariado.

El programa del Partido Comunista de la Gran

Bretaña señala el camino de este país hacia el socialismo,  planteando  la  necesidad  de  la instauración del Poder popular. El programa señala también que una condición importantísima de esta tarea es la creación de una amplia coalición popular formada  por  todas  las  capas  trabajadoras.  "Esta amplia alianza entre todas las capas del pueblo británico, que acabará decididamente con el poder despótico de los ricos sobre el porvenir de la Gran Bretaña, sólo puede ser creada asentándose sobre la

 

 

 

unidad de la clase obrera, como la fuerza decisiva y dirigente de dicha alianza, como la clase más interesada en luchar por una nueva sociedad."

Mientras que el programa del Partido Comunista de    la    Gran    Bretaña    es    un    programa    de

transformaciones   revolucionarias   socialistas,   los

programas de los Partidos Comunistas de la India y el Japón establecen las reivindicaciones de estos partidos con vistas a una revolución democrática, que es, por su esencia, antifeudal y antiimperialista. Los Partidos  Comunistas  de  la  India  y  el  Japón  fijan como condición indispensable para esta revolución la creación del frente único democrático, en el cual se aglutinen, en torno al proletariado, los campesinos, los intelectuales y otras capas medias, así como la burguesía nacional, interesada en librar al país del yugo de los señores feudales y de los imperialistas extranjeros.

Pero una condición importantísima para que las amplias  masas  populares  se  alineen  al  lado  del

proletariado,   en   la   lucha   por   realizar   tanto   la

revolución  democrática  como  la  revolución socialista, es la unión revolucionaria, la unidad revolucionaria  del  proletariado  mismo.  La experiencia histórica demuestra que la reacción imperialista ha podido derrotar al proletariado allí donde éste se hallaba dividido a consecuencia de la política capituladora de los dirigentes socialistas de derecha.

La política escisionista de la clase obrera es una de las armas más importantes utilizadas por los imperialistas  para  aplastar  las  fuerzas  de  la democracia y del socialismo, para hacer descender el nivel de vida de los trabajadores y desencadenar la guerra. La unidad de la clase obrera sólo puede lograrse   luchando,   al   mismo   tiempo,   contra   la política escisionista de los dirigentes socialistas de derecha,  que  llevan  al  movimiento  obrero  la influencia de la burguesía e introducen la división en sus filas. Factor importantísimo en la lucha por la unidad del movimiento obrero es la táctica del frente único, la unidad de acción de los obreros establecida desde abajo, pese a la oposición de los dirigentes socialistas de derecha, en torno a las reivindicaciones políticas y económicas que interesan a todos los obreros.

La unidad de la clase obrera constituye la piedra angular de la victoria decisiva sobre el capitalismo. Si la clase obrera actúa unida, será invencible y no habrá fuerza social capaz de hacerla frente. He ahí por qué los partidos comunistas se plantean la tarea de llegar a la unidad de acción de la clase obrera, de ganar a su lado a las amplias capas de campesinos trabajadores, de organizar una firme alianza entre el proletariado y los campesinos y de aglutinar a los obreros y campesinos en un poderoso y coherente ejército, capaz de resistir a los ataques de la reacción y de derrocar el capitalismo. Este ejército se forja en

 

la lucha de clases, que avanza, incontenible, en los países capitalistas.

La lucha de clases discurre, en esos países, de manera    desigual.    La    debilidad    relativa    del

movimiento obrero en países como Estados Unidos e

Inglaterra puede explicarse, entre otras causas, por el hecho de que la burguesía todavía dispone en ellos de

la posibilidad de sobornar a los dirigentes de la clase

obrera, merced a los beneficios que obtiene explotando a los pueblos de los países coloniales y

dependientes. Ahora bien, la agravación de la crisis

general del capitalismo, y el ascenso del movimiento de liberación nacional en las colonias y países dependientes, reducen esas posibilidades, minan la retaguardia del imperialismo, contribuyen a que la clase obrera se eleve a un plano más revolucionario en el seno mismo de las ciudadelas fundamentales del imperialismo y crean condiciones favorables para la unidad y la victoria de todas las fuerzas revolucionarias.

 

7. La dictadura del proletariado como continuación de la lucha de clases, bajo nuevas formas.  Las  clases  y  la  lucha  de  clases,  en  el período  de  transición  del  capitalismo   al socialismo.

La experiencia de la Unión Soviética y de los países de democracia popular ha venido a confirmar la tesis de los clásicos del marxismo-leninismo de

que  la  conquista  del  Poder  político  por  la  clase obrera,    la    instauración    de    la    dictadura    del

proletariado, constituye el factor decisivo en la supresión de las clases explotadoras, primero, y más

tarde, de todas las clases en general.

La desaparición  de las clases supone, ante todo, la abolición de la propiedad privada sobre los medios

de producción, para dejar paso a la propiedad social. El primer paso, decisivo, para la solución de esta

tarea es la expropiación de los medios de producción pertenecientes a las clases explotadoras, es decir, a los terratenientes y capitalistas.

En Rusia, donde la revolución socialista al mismo tiempo que resolvía sus tareas cardinales debía dar

cima también a las tareas no resueltas por la revolución democrática burguesa, el Poder soviético expidió, el primer día de su existencia, el decreto

sobre la tierra. Por él se abolía para siempre la propiedad privada sobre la tierra y se confiscaban sin

indemnización las tierras de los terratenientes, de la corona y de las comunidades religiosas, entregándose en usufructo gratuito a los campesinos trabajadores.

La aplicación de este decreto permitió que los campesinos  recibieran  más  de  150  millones  de

desiatinas  de  tierras  de  latifundios  y  que desapareciera la agricultura latifundista. Ello hizo posible, a su vez, no sólo que se acabara con las más

pavorosas supervivencias del régimen de la servidumbre feudal, sino también que el proletariado

 

 

 

ganara para su causa, para la revolución socialista, a las amplísimas capas campesinas, que habían sufrido todo el rigor del yugo de los terratenientes.

Para       minar    los          cimientos            económicos       del capitalismo  y  sentar  las  bases  de  la  economía

socialista, el proletariado victorioso nacionalizó, en

el curso de unos meses -de fines de 1917 a mediados de 1918- la gran industria, los bancos, los ferrocarriles,  la  marina  mercante,  el  comercio exterior, etc.

La nacionalización de la industria y los bancos, es decir, la abolición de la propiedad privada sobre las

fábricas,    plantas    industriales,    bancos    y    otras

empresas, así como su transformación en bienes de todo  el  pueblo,  dio  los  siguientes  resultados:  a)

expropiación de la gran burguesía, y más tarde de la

burguesía media, a consecuencia de lo cual la gran burguesía fue destruida por la fuerza; b) eliminación de la dependencia financiera y de otra índole con respecto al capital internacional; e) liberación de la mayoría de la clase obrera (todos los obreros de las industrias nacionalizadas) de la explotación y, por consiguiente, transformación de la clase obrera de clase explotada, privada de medios de producción, en clase liberada de la explotación, dueña con todo el pueblo de las fábricas, plantas industriales, etc.; d) creación de un régimen económico socialista, que fué ocupando las posiciones dominantes de la economía nacional y adquiriendo, paulatinamente, una función rectora en el desarrollo de toda la economía.

La   economía   del   período   de   transición   del capitalismo   al   socialismo   se   caracteriza   por   la

coexistencia  de  varios  tipos  económicos.  En  los

primeros años de la revolución, existían en la Rusia soviética elementos pertenecientes a cinco tipos económicos distintos, entre los cuales se destacaban por su mayor importancia tres formas fundamentales: el tipo socialista, el capitalista privado y el tipo de la pequeña producción de mercancías. A estos tres tipos económicos distintos correspondían, a su vez, tres clases: la clase obrera, los campesinos trabajadores, que no explotaban trabajo ajeno, y los elementos capitalistas (los restos de la burguesía urbana y los kulaks,  en  el  campo),  relegados  a  un  plano secundario, de clase no fundamental.

Los         mismos tipos     de          economía          y, consiguientemente,  las          mismas clases    existen

actualmente en los países de democracia popular del

Centro y Sudeste de Europa, que basándose en la experiencia de la Unión Soviética, y contando con su apoyo, llevan a cabo el paso del capitalismo al socialismo. Estos países resolvieron las tareas de la revolución  democrático-burguesa  en  el  primer período que siguió a su liberación y llevaron a cabo en los años de 1945 a 1946, especialmente, las transformaciones agrarias revolucionarias, siguiendo el ejemplo del país soviético. Sin embargo, en ellos, a diferencia de lo que se hizo en la Unión Soviética, la

 

tierra no fué nacionalizada, sino entregada a los campesinos como propiedad particular. Los partidos comunistas  y  obreros  han  tenido  presente  que  el nuevo Poder, en la mayoría de los países capitalistas, no puede abolir la propiedad privada sobre la tierra inmediatamente después del derrocamiento del viejo régimen, porque la pequeña propiedad privada existe en ellos hace ya muchos decenios y los campesinos creen que su abolición constituye una expropiación injusta. Repartiendo los grandes latifundios feudales y entregándolos en propiedad a los campesinos, el Poder democrático-popular ha acabado con la clase de los terratenientes y logrado que los campesinos trabajadores hagan causa común con el proletariado. A la par que se realizaban estas transformaciones democráticas revolucionarias, ya en la primera etapa de la revolución de los países de democracia popular, se llevaban a cabo también, algunas transformaciones socialistas. Al pasar a la segunda etapa, es decir, a la de las transformaciones socialistas, se dio cima a la nacionalización de la gran industria capitalista, de los bancos, los transportes, etc. Con el cumplimiento de estas tareas, que en la mayoría de los países de democracia  popular  fueron  abordadas  en  los  años

1947 y 1948, se aseguró la desaparición de la gran burguesía.

En el período de transición del capitalismo al socialismo, es inevitable que haya diversos tipos de economía,  ya  que  las  premisas  necesarias  para  la

transformación socialista de la economía nacional no maduran por igual en sus diversas ramas. En Rusia,

como en la mayoría de los países capitalistas, el capitalismo     había     alcanzado     tal     grado     de

concentración de los medios de producción que fué posible expropiárselos a la burguesía inmediatamente después  del  triunfo  de  la  revolución  proletaria,

convirtiéndolos en bienes de toda la sociedad. En la agricultura,   los   medios   de   producción   seguían

hallándose divididos entre millones de pequeños propietarios, pese al crecimiento del capitalismo. Ello hizo que fuera inevitable la existencia de la pequeña

producción mercantil, incluso después de haber triunfado la revolución socialista. Con el reparto de

las tierras de los terratenientes, aumentó más en la Rusia soviética el número de pequeñas haciendas, lo que, unido a la expropiación parcial de los kulaks

llevada a cabo por los comités de campesinos pobres en  la  segunda  mitad  de  1918,  condujo  a  que  se

elevara el peso específico de los campesinos medios; y, como consecuencia de todo ello, el campesino medio   se   convirtió   en   la   figura   central   de   la

agricultura del período de transición.

Si  la  abolición  de  la  propiedad  privada  de  las clases explotadoras constituye el primer paso para la

desaparición de las clases, el segundo lo representa la

colectivización de los medios de producción de los pequeños  productores  de  mercancías.  La  pequeña

producción  mercantil  constituye  la  raíz  económica

 

 

 

más profunda del capitalismo. Como dice Lenin, bajo las condiciones del período de transición del capitalismo al socialismo, la pequeña producción engendra el capitalismo y la burguesía constantemente, cada día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa.

Ahora bien, para acabar con la pequeña propiedad privada de los trabajadores no se puede seguir el mismo camino que para abolir la gran propiedad privada de los explotadores; es decir, el camino de la expropiación. Este camino, al que querían empujar al Partido los enemigos del leninismo, los trotskistas, habría sido fatal para la dictadura del proletariado, ya que  la  clase  obrera  sólo  puede  mantenerse  en  el Poder con el apoyo de los campesinos trabajadores y aliada a ellos.

El  objetivo  del  proletariado  socialista,  con respecto a los explotadores, consiste en aplastar, implacablemente, su resistencia y expropiar sus medios   de   producción.   Pero   el   objetivo   de   la dictadura del proletariado, por lo que toca a las masas del campo y a los trabajadores en general, es absolutamente  distinto:  no  se  trata  de  aplastarlos, sino  de  prestarles  toda  clase  de  ayuda, incorporándolos a la edificación del socialismo.

Como  demuestra  la  experiencia  de  la  Unión

Soviética, el destino del socialismo depende de que se establezca y consolide la alianza entre el proletariado y los campesinos trabajadores, particularmente los campesinos medios. Durante los años de guerra civil, la alianza entre los obreros y los campesinos del país soviético tenía un carácter político  y  militar,  y  se  mantenía  porque  la  clase obrera y los campesinos trabajadores estaban unidos por el interés de derrotar a los intervencionistas y a las guardias blancas. En los años de la edificación pacífica, el Partido Comunista fortaleció la alianza entre la clase obrera y los campesinos trabajadores sobre nuevas bases, sobre bases económicas. Tanto la clase   obrera   como   los   campesinos   trabajadores estaban interesados ahora en restaurar la economía devastada por la guerra y en hacer que el desarrollo de la agricultura se encarrilara por cauces socialistas. El desarrollo por la vía capitalista sólo podía traer la ruina a la mayoría de los campesinos. Esto es lo que determina la comunidad de intereses entre los campesinos trabajadores y la clase obrera.

Al mismo tiempo, era inevitable que dentro de la propia alianza entre la clase obrera y los campesinos

surgieran contradicciones en relación con problemas

especiales, con problemas cotidianos. La clase obrera y  los  campesinos  individuales  no  sólo  son  clases

diferentes por su situación económica, sino también

por las tendencias económicas distintas que una y otra siguen. La tendencia socialista es característica del proletariado; la tendencia mercantil-capitalista lo es de los campesinos, como clase de propietarios privados. Aunque los campesinos no son socialistas

 

por su situación de clase, sí son trabajadores y, por consiguiente, pueden y deben ser incorporados al camino de la edificación del socialismo.

El marxismo-leninismo, al subrayar la necesidad de la alianza entre la clase obrera y los campesinos,

nos enseña que la victoria del socialismo exige no

una alianza cualquiera, sino precisamente una alianza en la que el papel dirigente corresponda a la clase obrera y que tenga como meta la consolidación de la dictadura del proletariado y la edificación del socialismo.

Lenin señala científicamente cuáles son los caminos  para  incorporar  a  los  campesinos trabajadores a la edificación del socialismo, en los artículos y discursos sobre la nueva política económica, y muy especialmente en sus últimos artículos de enero y marzo de 1923, titulados Sobre la cooperación,  Cómo podemos reorganizar  la Rabkrín [Inspección obrera y campesina] y Más vale menos, pero mejor. Lenin señalaba que después que el proletariado ha conquistado el Poder y expropiado a los terratenientes y capitalistas, es necesario desarrollar, por todos los medios, la industria socialista, equipar adecuadamente la agricultura, transformada sobre una nueva base técnica; que es necesario, asimismo, que los pequeños campesinos y los campesinos medios se agrupen, poco a poco, en cooperativas de producción, y que se establezca una alianza económica entre la ciudad y el campo, entre la  industria  y  la  agricultura,  por  medio  del intercambio  de  productos,  desarrollando  por  todos los medios el comercio de Estado y el cooperativo y desplazando a los elementos capitalistas de la circulación de mercancías. Las tesis programáticas de Lenin han servido de base a la política de industrialización del país y a la política de colectivización de las haciendas campesinas, elaboradas posteriormente, bajo todos sus aspectos y a base de una fundamentación científica, en los trabajos de J. V. Stalin, así como en las resoluciones del Partido Comunista y del Gobierno soviético.

La industrialización socialista se tradujo en un aumento del peso específico del régimen socialista de economía y en la eliminación de los elementos capitalistas privados de la industria y del comercio. El desarrollo de la industria socialista significó también un aumento de la fuerza y la influencia de la clase obrera en el país. La industrialización socialista sentó las premisas materiales para la transformación socialista de la agricultura; por otra parte, la ayuda de la clase obrera a los campesinos trabajadores, en el terreno de la producción, fortaleció la alianza entre ellos. De este modo, se crearon las condiciones para que los campesinos ingresaran en masa en los koljóses, a la par que, sobre la base de una colectivización total, se hizo posible la liquidación de la última clase explotadora, que era también, a su vez, la más numerosa: la clase de los kulaks.

 

 

 

La liquidación de esta clase explotadora, que durante largo tiempo había conservado importantes posiciones  en  la  agricultura,  sólo  podía  llevarse  a cabo mediante la expropiación violenta. En el XI Congreso del Partido Comunista (bolchevique), celebrado  en  1922,  Lenin  predecía  que  la  clase obrera y los campesinos trabajadores tendrían que librar una última batalla, decisiva, contra el capitalismo engendrado por la pequeña hacienda campesina. El Partido Comunista y el Poder soviético pusieron en pie, para librar esta batalla, a las masas de campesinos pobres y medios, y a fines de 1929 se produjo el histórico viraje de la política de desplazamiento y restricción de los elementos capitalistas del campo hacia la nueva política de liquidación de los kulaks como clase. Las consecuencias de la colectivización total de las haciendas campesinas y la expropiación de los kulaks fueron las siguientes: a) fué liquidada la clase de los kulaks, la última y a su vez la más numerosa clase explotadora; b) la clase de los campesinos, la más numerosa entre las clases trabajadoras, abrazó el camino del socialismo; c) se creó la base socialista en la rama de la economía nacional de la U.R.S.S. más amplia y de vital necesidad, pero, al mismo tiempo, más atrasada en el pasado, es decir, en la agricultura.

Al analizar cuáles son los caminos que llevan a la desaparición   de   las   clases,   Lenin   abordaba   el problema de las nuevas formas que adopta la lucha de clases en la época de la dictadura del proletariado. Con la instauración de la dictadura del proletariado, no  desaparece  la  lucha  de  clases;  cambia simplemente de- forma y, en muchos aspectos, se vuelve más aguda, más encarnizada. El cambio fundamental que se opera en la lucha de clases, después de la revolución socialista, consiste en que la clase obrera libra ahora esa lucha como clase dominante, empleando contra sus enemigos todas las armas de que dispone el Poder estatal. Las formas anteriores  de  la  lucha  de  clase  del  proletariado pierden su valor. Las huelgas, el boicot, la insurrección y otras formas semejantes dejan de ser armas de la clase obrera para convertirse, por el contrario, en instrumentos de lucha de las clases enemigas. Lenin, en el esbozo del folleto Sobre la dictadura  del proletariado,  señala cinco nuevas formas y tareas de la lucha de clases del proletariado en el período de transición del capitalismo al socialismo.

En primer lugar, como forma nueva de la lucha de clases del proletariado, aparece el aplastamiento  de

la resistencia de los explotadores. Esta resistencia de los explotadores se agudiza, particularmente, cuando,

después de haber sido derrotados, se lanzan encarnizadamente a la lucha por la reconquista del Poder y de la riqueza perdidos.

En segundo lugar, si la dictadura del proletariado ha sido instaurada en un solo país, sujeto al cerco

 

capitalista, la resistencia de los países capitalistas se convierte, inevitablemente, en guerra  civil, que es, por otra parte, la forma más aguda de la lucha de clase del proletariado. A causa de las variadas relaciones internacionales entre los capitalistas, los obreros y campesinos soviéticos tuvieron que librar de 1918 a 1920 no sólo una guerra civil contra los terratenientes y capitalistas derrocados por la revolución, sino que se vieron obligados, al mismo tiempo,  a  rechazar  la  invasión  de  los intervencionistas armados extranjeros.

Una  nueva  forma  de  la  lucha  de  clases  es,  en tercer lugar, la dirección por el Estado de la pequeña burguesía y, en particular,  de los campesinos. Las capas pequeñoburguesas de los trabajadores ocupan una posición intermedia, pues, además de trabajadores, son pequeños propietarios de medios de producción; por ello, adoptan una actitud vacilante entre el proletariado y la burguesía. El Poder estatal constituye un medio importantísimo para que la clase obrera   logre   atraer   a   su   lado   a   estos   aliados inestables, vacilantes. La dictadura del proletariado, según nos enseña Lenin, representa la dirección de todos los trabajadores por una sola clase, el proletariado.

Una cuarta forma de lucha de clases la tenemos en la influencia que la clase obrera ejerce sobre todas las

capas de la intelectualidad burguesa con el fin de

emplear  a  los  especialistas  burgueses  en  la edificación de la nueva sociedad. El proletariado, al

tomar el Poder, no dispone todavía de la experiencia

ni de los conocimientos necesarios para dirigir y administrar la economía del país. De ahí la necesidad de tomar a su servicio a los especialistas burgueses, aprovechando su experiencia y conocimientos, a la par  que  los  reeduca.  La  utilización  de  los especialistas burgueses se convierte en una forma de la lucha de clases, en virtud de que el proletariado victorioso tiene que superar su resistencia, reprimir por la fuerza sus intentos de sabotaje, etc.

Una  nueva  forma  de  la  lucha  de  clases  es,  en quinto lugar, la tarea de educar a toda la población

trabajadora en la  necesidad  de  acatar  una  nueva

disciplina,  la  disciplina  del  trabajo,  la  disciplina social, y la del Estado. El proletariado no sólo tiene que vencer la resistencia del enemigo de clase, sino también la resistencia de grupos y capas atrasados de trabajadores, contaminados por los hábitos y tradiciones  burgueses.  "Tal  vez la  lucha  de  clases vaya también dirigida en el período de transición del capitalismo al socialismo -escribe Lenin- a defender los intereses de la clase obrera frente al puñado de obreros,  grupos  o  capas  de  trabajadores  que  se aferran tenazmente a las tradiciones (y hábitos) del capitalismo y que continúan viendo al Estado soviético como se veía al Estado antes: trabajar para él lo menos y lo peor posible y sacarle todo el dinero

 

 

 

que se pueda".104

La educación de los trabajadores en un nuevo espíritu de disciplina se lleva a cabo, principalmente,

por medio del convencimiento, sin que esto quiera

decir que se descarte la aplicación de métodos coactivos, si bien éstos deben ir dirigidos contra los holgazanes, los parásitos, los aprovechados, los pícaros, etc. La coacción se ejerce por el Estado proletario sujetándose a las leyes que él mismo establece, por medio de sus normas e instituciones jurídicas.

Así, pues, el Poder estatal se convierte en el arma principal  de  la  lucha  del  proletariado  contra  las fuerzas y tradiciones del capitalismo, no sólo en el campo de la política y la economía, sino también en el de la educación ideológica. He ahí por qué Lenin caracterizaba a la dictadura del proletariado, en su trabajo El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, como una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad.

La lucha de clases, lejos de amortiguarse en el período de transición del capitalismo al socialismo,

se  agudiza.  El  leninismo  ha  puesto  al  desnudo  la

"teoría" revisionista burguesa acerca de la atenuación y la extinción de la lucha de clase, que predicaban los

bujarinistas, defensores de los kulaks. "En la historia,

no se ha dado jamás el caso de que las clases moribundas se retiren voluntariamente de la escena -

ha dicho J. V. Stalin-. No se ha dado jamás en la

historia el caso de que la burguesía agonizante no apelase a sus últimas fuerzas para defender su existencia".105 Los elementos capitalistas, que se ven desplazados por los avances del socialismo y que sienten que la tierra se va hundiendo bajo sus pies, no cejan por ello en su resistencia, sino que recurren, por el contrario, a medios y formas de lucha aún más agudos.

El  mundo  capitalista,  llevado  de  su  hostilidad hacia el Poder soviético, ha apoyado con todas sus

fuerzas a los restos de las clases explotadoras dentro del país. Como resultado de la conjunción de dos

fuerzas antisoviéticas, la de los imperialistas extranjeros, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y el Japón, de una parte, y la de la contrarrevolución de la

burguesía y los terratenientes de Rusia, de otra, se llevó a cabo una intervención armada contra el Poder

soviético en los años de 1918 a 1920. Pero, al ser derrotada la intervención armada y al desarrollarse la edificación pacífica por los obreros y campesinos, los

enemigos del Poder soviético trataron de hacer fracasar  esta  obra  de  edificación  organizando  el

sabotaje dentro del país. El sabotaje era una forma de intervención económica y, como la intervención armada, producto de la conjunción de dos fuerzas

 

antisoviéticas: el capital internacional y los grupos de especialistas  burgueses,  enemigos  del  Poder soviético.

Entre las fuerzas enemigas de que se valía la burguesía internacional para tratar de minar al país

del socialismo, ocupaban un lugar especial los restos

de los partidos, grupos y tendencias antileninistas, que habían sido derrotados por el Partido Comunista, y entre los que se contaban los mencheviques, social- revolucionarios,  trotskistas,  zinovietistas, bujarinistas, nacionalistas, etc. La actividad de todos estos grupos enemigos del socialismo reflejaba la resistencia que ofrecían las clases explotadoras derrotadas.

Por eso el Partido Comunista educa a los trabajadores en el espíritu de la vigilancia revolucionaria.

La propia experiencia de los países de democracia popular   viene   a   confirmar   también   el   carácter

inevitable de la lucha de clases, en el período de transición    del    capitalismo    al    socialismo.    La

existencia de la Unión Soviética determina la presencia de ciertas formas peculiares en la lucha de clases  de  estos  países.  Mientras  que  en  la  Unión

Soviética los obreros y campesinos victoriosos se vieron obligados a librar una guerra civil frente a la

contrarrevolución interior y a defender su país de la intervención militar extranjera, en los países de democracia popular del Centro y Sudeste de Europa,

que cuentan con el apoyo de la Unión Soviética, las fuerzas enemigas  no  han podido  desatar  la  guerra

civil. Los imperialistas no han podido desencadenar, por   las   mismas   razones,   contra   esos   países   la

intervención armada, que llegaron a organizar, sin embargo, en Grecia.

Esto no quiere decir, no obstante, que los países

de democracia popular puedan avanzar hacia el socialismo por la vía pacífica, sin lucha de clases y sin que ésta se agudice, como afirmaban los oportunistas de derecha y los nacionalistas infiltrados en las filas de los partidos comunistas y obreros.

El campo imperialista no se resigna, en modo alguno, a que los pueblos del Centro y Sudeste de Europa se hayan sacudido el yugo del imperialismo. Movida por su anhelo de restaurar  el orden capitalista, de hacer fracasar la edificación socialista en esos países, volviéndolos contra la Unión Soviética;  la  reacción  imperialista  recurre  a  los medios más infames y pérfidos, organizando la provocación y el espionaje, complots, actos de sabotaje, incendios premeditados, asesinatos, y preparando la intervención.

La  experiencia  de  la  lucha  de  clases  enseña  a todos los trabajadores la necesidad  de  ejercer  una

vigilancia revolucionaria y de ser intransigentes con

los enemigos del pueblo.

 

 

104 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVIII, pág. 79.

105 J. V. Stalin, Obras completas. ed. española, t. XII, pág., 41.

 

 

 

8. La victoria del socialismo en la U.R.S.S. y los cambios  operado en la estructura de clases de la sociedad soviética.

La victoria del socialismo en la U.R.S.S. produjo

un cambio radical en la economía de la sociedad soviética y, consecuentemente, en su estructura de clases. Los trabajadores soviéticos, después de haber consolidado la propiedad socialista sobre los medios de producción en todas las ramas de la economía nacional, acabaron con la explotación del hombre por el hombre y con todas las clases explotadoras. Desaparecieron los capitalistas en la industria, los terratenientes y kulaks en la agricultura y los comerciantes y especuladores en la esfera de la circulación de mercancías.

La  composición  social  de  la  población  de  la

U.R.S.S., según los datos del censo de 1939, es la siguiente: obreros de la ciudad y del campo, 34,2 por

100;    empleados,    17,5    por    100;    campesinos

koljosianos  y  artesanos  de  cooperativas,  46,9  por

100; campesinos individuales y artesanos no cooperativistas,   2,6   por   100;   personas   que   no

trabajan, 0,04 por 100 de la población.

La sociedad socialista, por consiguiente, está formada por dos clases: los obreros y los campesinos,

y por una capa intermedia: los intelectuales. Todos

estos grupos sociales han experimentado en el curso de la edificación del socialismo cambios muy profundos.

Ha cambiado la clase obrera de la U.R.S.S. De ella  no  forman  parte  ya  obreros  que  trabajen  en

empresas capitalistas privadas, pues semejantes empresas  ya  no  existen  en  la  U.R.S.S.;  tampoco

forman parte de ella los obreros agrícolas, es decir, los jornaleros, explotados por los kulaks. Todos los obreros   soviéticos   trabajan   ahora   en   empresas

socialistas; la clase obrera se ha liberado totalmente de la explotación. Ya no puede llamarse proletariado

a la clase obrera de la Unión Soviética, que es, ahora, una clase obrera de nuevo tipo, la clase obrera de una sociedad  en  que  se  ha  consolidado  la  propiedad

socialista sobre los instrumentos y medios de producción; una clase nueva, que dirige a la sociedad

socialista por el camino hacia el comunismo.

Ha cambiado también la clase de los campesinos en  la  U.R.S.S.,  ya  que  el  Poder  soviético  la  ha

liberado no sólo de los terratenientes, sino también de la explotación de los kulaks. Los campesinos ya

no constituyen una clase de pequeños propietarios privados, sino que son, en su inmensa mayoría, koljosianos. Los koljosianos trabajan conjuntamente

en grandes haciendas colectivas, en las que se hallan colectivizados    los    medios    fundamentales    de

producción y en las que se aplica la técnica agrícola más avanzada.

También se han operado cambios profundos entre

los trabajadores intelectuales de la U.R.S.S. Ha cambiado,   ante   todo,   su   propia   composición:

 

mientras que, antes de la revolución, la mayor parte de ellos procedía de la nobleza, de la burguesía, del clero, etc., en 1936 el 80 al 90 por 100 de los intelectuales soviéticos procedían de la clase obrera, de los campesinos y demás capas de trabajadores. Y ha cambiado, así, también el mismo carácter del trabajo intelectual:  en  tanto  que  antes de  la revolución los intelectuales estaban al servicio de las clases  poseedoras,  los  intelectuales  soviéticos  se hallan al servicio del pueblo. Por consiguiente, en los años de la edificación socialista se ha creado en la U.R.S.S. una intelectualidad de nuevo tipo, soviética, vinculada  estrechamente  a  su  pueblo,  a  la  clase obrera y a los campesinos.

Fruto de todos estos cambios en la estructura de clases de la sociedad soviética es su unidad moral y política. En la sociedad socialista no existen ya clases antagónicas, enemigas, puesto que las clases explotadoras han sido liquidadas y los obreros, campesinos e intelectuales viven y trabajan en una atmósfera de fraternal colaboración. Bajo el socialismo, ya no hay grupos sociales que puedan apropiarse el trabajo ajeno valiéndose de la posición que ocupan en el sistema de producción.

Esto no quiere decir, sin embargo, que hayan desaparecido  todas  las  diferencias  de  clase.  Para llegar a la desaparición  total de las clases no basta que hayan sido destruidas todas las clases explotadoras, ni basta tampoco abolir toda clase de propiedad privada sobre los medios de producción; se requiere también que desaparezca la diferencia esencial entre la ciudad y el campo, así como la que media entre el trabajo físico y el intelectual. Bajo el socialismo, que constituye la primera fase del comunismo, no existe ya contraposición entre la ciudad y el campo, entre el trabajo físico y el intelectual,   puesto   que   no   hay   explotación   del hombre por el hombre; sin embargo, media todavía una diferencia esencial entre ellos. Lo que tiene su explicación en el hecho de que, en la sociedad soviética, existen aún diferencias entre la clase obrera y los campesinos y también entre estas clases y los intelectuales.

La diferencia más esencial que media entre la ciudad y el campo radica, bajo las condiciones del socialismo, en la existencia de dos formas de propiedad socialista: la propiedad estatal y la cooperativa-koljosiana.  La  propiedad  estatal,  que sirve de base a la clase obrera, constituye la forma más alta de colectivización de los medios de producción, que se convierten así en bienes de todo el pueblo; la propiedad koljosiana es la propiedad de los koljóses por separado, y si bien es socialista, social, no es la propiedad de todo el pueblo, sino de un grupo. De estas diferencias entre las dos formas socialistas   de   propiedad   se   deriva   la   diferente posición económica que ocupan los obreros y campesinos en el sistema de la producción socialista.

 

 

 

Los  obreros  y campesinos  se  diferencian, además, por  la  relación  especial  que  mantienen  con  los medios de producción, por su papel específico dentro de la organización social del trabajo, por la distinta manera de percibir sus ingresos; por todo ello, siguen siendo todavía dos clases distintas.

Por consiguiente, la estructura de clases de la sociedad socialista, como las de las sociedades anteriores, está condicionada por las formas de propiedad sobre los medios de producción que en ella imperan.

Las diferencias existentes entre la clase obrera y los campesinos reflejan el carácter peculiar de las vías que siguen una y otra clase en su marcha hacia el comunismo. Pero, a diferencia del período de transición, en que la clase obrera y los campesinos se apoyaban en tipos económicos distintos (el socialista en la industria y el de la pequeña producción de mercancías en la agricultura), estas dos clases descansan, ahora, sobre una base económica común: el sistema socialista de economía, que se ha consolidado tanto en la ciudad como en el campo. Gracias a la colectivización de las haciendas, los campesinos se han ido aproximando a la clase obrera, y los intereses de unos y otros discurren actualmente por el mismo camino, por el camino del fortalecimiento del socialismo y la construcción del comunismo.

La alianza entre la clase obrera y los campesinos koljosianos constituye la base, la médula de la unidad

moral y política de la sociedad soviética. La meta de

esta alianza es la construcción de la sociedad comunista, en la que desaparecerán definitivamente las diferencias entre la clase obrera y los campesinos y la que media entre estas clases y los trabajadores intelectuales. Esta meta sólo puede ser alcanzada con el  fortalecimiento  continuo  de  la  alianza  entre  la clase obrera y los campesinos.

Premisa indispensable de este fortalecimiento es el establecimiento de las debidas proporciones entre el ritmo de desarrollo de la industria y el de la agricultura. Ya en su XII Congreso había subrayado el Partido que "la interdependencia existente entre la clase obrera y los campesinos se apoya, en última instancia, en la interdependencia entre la industria y la agricultura". Los Plenos del Comité Central del Partido Comunista de la U.R.S.S. de septiembre de

1953 y de febrero y marzo de 1954 plantearon la tarea de seguir impulsando, por todos los medios, en

el futuro, la industria pesada, de garantizar el auge

vertical de la agricultura y de superar, de esa manera, la  discontinuidad  que  ha  ido  formándose  entre  el

ritmo  de  desarrollo  de  la  industria  y  el  de  la

agricultura. El cumplimiento de esta tarea asegurará una   elevación   mucho   más   rápida   del   bienestar material del pueblo soviético y representará una contribución importante al fortalecimiento ulterior de la alianza entre la clase obrera y los campesinos.

 

La alianza entre la clase obrera y los campesinos koljosianos se fortalece sobre la base del desarrollo ulterior de las relaciones socialistas de producción. Se fortalece, igualmente, la alianza entre la ciudad y el campo; la ciudad presta una enorme ayuda al campo,  en  el  terreno  de  la  producción, proporcionando a los koljóses por medio de las estaciones de máquinas y tractores una técnica de primera clase. El desarrollo de las estaciones de máquinas y tractores refuerza la dirección del Estado en los koljóses. El Partido Comunista y el Estado socialista fortalecen por todos los medios la alianza entre la ciudad y el campo bajo la forma mercantil, considerando el comercio soviético como un eslabón de importancia vital en el sistema general de las relaciones  económicas  de  producción  entre  la industria de Estado y la agricultura koljosiana. Al continuo fortalecimiento de la alianza entre la clase obrera y los campesinos contribuye también el mejoramiento de las formas de distribución de los productos, así como las medidas adoptadas por el Partido y el  Gobierno para elevar el interés económico  de  los  koljóses  y  koljosianos  en  el aumento de la producción agrícola.

El Partido Comunista y el Estado socialista no sólo fortalecen los nexos económicos entre la clase obrera y los campesinos koljosianos, sino también los vínculos políticos y culturales. Bajo las condiciones del socialismo, la clase obrera sigue siendo la clase más avanzada; es la clase que ejerce la dirección del Estado en la sociedad y la que lleva tras sí a los campesinos, superando las supervivencias de la psicología  de  pequeños  propietarios  que  aún subsisten entre ellos. El ascenso paulatino del nivel cultural hasta ponerse al nivel de la ciudad representa una enorme aportación cultural de la ciudad a los campesinos.

Las fronteras entre las clases se van borrando en la   U.R.S.S.,   gracias   al   fortalecimiento   de   las

relaciones económicas, políticas y culturales entre la

ciudad y el campo.

Estas fronteras entre la clase obrera, los campesinos y los intelectuales van borrándose en el proceso de transición del socialismo al comunismo en forma gradual, sin que este fenómeno vaya acompañado de conflictos de clase. En las formaciones  sociales  antagónicas,  la  fuerza  motriz del  desarrollo  histórico  ha  sido  siempre  y  sigue siendo la lucha de clases; la sociedad socialista, por el contrario, se desarrolla sobre la base de la colaboración fraternal entre todos los grupos sociales que la integran.

La sociedad socialista no conoce los conflictos de clases; las relaciones entre las clases que la forman

son relaciones de colaboración fraternal. Ahora bien,

esto  no  quiere  decir,  en  modo  alguno,  que  haya desaparecido  en  la  U.R.S.S.  todo  terreno  propicio

para la lucha de clases. La ley de la lucha de clases

 

 

 

sigue rigiendo en las relaciones entre la U.R.S.S. y el mundo capitalista, en las relaciones entre la manera socialista  de  vivir  y  las  supervivencias  del capitalismo dentro del propio país.

En los años de la edificación socialista, se han producido profundos cambios en todas las capas de la sociedad  soviética,  por  lo  que  toca  a  sus  ideas, gustos, costumbres, y se ha elevado la conciencia socialista. Pero los vestigios del capitalismo no han desaparecido  todavía  de la  conciencia  de los hombres. Estos vestigios se mantienen, en primer lugar, porque la conciencia humana marcha a la zaga de su existencia; en segundo lugar, porque existe aún el mundo capitalista, empeñado en avivar y mantener dichos vestigios.

Con la derrota y destrucción de los restos de las clases explotadoras en la U.R.S.S., la burguesía ha

perdido toda suerte de apoyos de clase dentro de la

propia Unión Soviética. Por ello mismo pugna, con tenacidad aún mayor, por aprovechar en su beneficio

las  supervivencias  capitalistas  subsistentes  en  la

conciencia de los hombres soviéticos: la psicología de pequeño propietario, la supervivencia de la moral burguesa,   la   sumisión   servil   de   algunas   gentes aisladas ante la cultura de Occidente, las manifestaciones  de  cosmopolitismo,  nacionalismo, etc. Los servicios de inteligencia del imperialismo no se limitan a enviar sus agentes al país socialista desde el  exterior,  sino  que tratan  de  reclutar,  dentro  del país, a gentes contaminadas de los hábitos pequeñoburgueses, llenas de prejuicios nacionalistas, a los arribistas y degenerados. En el informe del Comité Central al XIX Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S. se decía que la sociedad soviética no está libre de la penetración de ideas extrañas, tanto desde fuera -por parte de los Estados capitalistas-  como  desde  dentro,  por  parte  de  los restos aún no liquidados, en el seno del Partido, de los grupos enemigos del Poder soviético. Después de liquidar   las   clases   explotadora   en   la   U.R.S.S. siguieron  existiendo  todavía  enemigos  encubiertos del pueblo, portadores de las ideas y de la moral burguesas. Prueba de esto es el desenmascaramiento del enemigo del pueblo, Beria. Estos enemigos disimulados, con el apoyo del campo imperialista, tratan de impedir que la sociedad soviética avance hacia el comunismo. He ahí por qué el Partido Comunista advierte a los ciudadanos soviéticos de la necesidad de ejercer una atenta vigilancia política y de luchar contra la complacencia y la candidez, que constituyen terreno propicio para toda actividad nociva.

La lucha de clases que libran los trabajadores soviéticos   constructores   del   comunismo,   se   ha

desplazado  ahora  con  mayor  fuerza  del  exterior

contra las fuerzas imperialistas enemigas. El pueblo soviético ha resuelto con éxito, dentro del país, el

problema  de  "quién  vencerá  a  quién",  pero  este

 

problema se plantea, con mayor fuerza aún, en las relaciones entre la U.R.S.S. y los Estados imperialistas. "Puesto que en la U.R.S.S. han sido liquidadas las clases antagónicas y se ha alcanzado la unidad moral y política de la sociedad soviética, toda la agudeza  de la lucha de  clases se ha trasladado ahora, para la U.R.S.S., a la palestra internacional", ha dicho Malenkov.106

La lucha entre los dos sistemas -el socialista y el capitalista- es, por su esencia, una forma peculiar de

la  lucha  de  clases.  Es  la  lucha  del  campo  del

socialismo  contra  el  campo  de  la  reacción imperialista. La lucha entre estos dos campos determina   actualmente   el   curso   de   la   historia universal y constituye el eje en torno al cual gira la lucha de clases de nuestros días.

La debilidad del campo capitalista radica en sus insolubles contradicciones internas, que lo llevarán, inevitablemente, a su hundimiento. Los intentos de los imperialistas de eludir este hundimiento lanzándose a aventuras guerreras y desencadenando una nueva guerra mundial no harán más que acelerar la bancarrota de todo el sistema del capitalismo. La fuerza del campo socialista reside en su unidad interna, en la cohesión de los pueblos que lo forman, después  de  haberse  librado  del  yugo  del imperialismo. La Unión Soviética es el primer país del mundo en que se han suprimido las clases explotadoras,  en  que  no  existen  antagonismos  de clase y en que se ha logrado una cohesión y unidad monolíticas de toda la sociedad. Y en ello se contiene uno de los fundamentos más importantes de la superioridad de la sociedad socialista sobre la capitalista.

 

Resumen.

La teoría marxista-leninista de las clases y de la lucha de clases parte del hecho de que la división de

la sociedad en clases se halla condicionada por un determinado modo de producción de los bienes materiales.  La  lucha  de  clases  constituye una  ley

importantísima y la fuerza motriz de la historia  de las sociedades de tipo antagónico.

El marxismo-leninismo demuestra que la división de la sociedad en clases es un fenómeno histórico; que, por  la  misma fuerza  de la  necesidad  que ha

hecho surgir las clases al llegar a una determinada fase de desarrollo de la sociedad, las clases tendrán

que ser destruidas, cuando la sociedad alcance otra etapa de desarrollo.  La destrucción de las clases es condición  importantísima  para  la  marcha  ulterior

del  progreso  social.  La  lucha  de  clase  del proletariado      conduce     necesariamente      a     la

instauración de la dictadura del proletariado, que es,

 

 

106  G. Malenkov, Informe del Comité Central del P.C.(b) de la Unión Soviética en la Conferencia de finales de 1947, de representantes  de algunos Partidos  Comunistas, ed. rusa, pág.

37.

 

 

a su vez, el instrumento, el medio para acabar con la división de la sociedad en clases y para crear la sociedad sin clases, la sociedad comunista.

La teoría marxista-leninista de las clases y de la lucha de clases pertrecha a los partidos comunistas y

a   los  trabajadores   de  todos  los  países   con  la

concepción  histórica  del  carácter  inevitable  de  la lucha de clases del proletariado  y con la concepción de ésta como un fenómeno sujeto a leyes. Sirve de fundamento a la política proletaria  revolucionaria y pone al desnudo, inexorablemente, la política reformista  y capituladora,  que trata  de "armonizar los  intereses"  del  proletariado  y la  burguesía.  La teoría   marxista-leninista   de   la   lucha   de   clases enseña al partido del proletariado  a no amortiguar esa lucha, a llevarla hasta su final victorioso, hasta el derrocamiento del capitalismo y el triunfo del comunismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VI. EL ESTADO Y EL DERECHO.

 

 

 

En los capítulos sobre "clase y supraestructura" y sobre "Las clases y la lucha de clases" hemos examinado bajo una forma general el problema de las instituciones políticas y jurídicas, del carácter de sus nexos con la base económica y de la función que desempeñan en la vida social, en el desarrollo de la sociedad y en la lucha de clases. En el presente capítulo estudiaremos de un modo especial la naturaleza del Estado y el derecho, sus orígenes y su función en la lucha de clases y en la vida social.

 

1.  El  Estado  y  el  derecho,  como supraestructura política  y jurídica erigida sobre la base económica.

Decía  Lenin  que  había  pocos  problemas  tan

embrollados por los ideólogos de las clases explotadoras, por los representantes de la filosofía, la jurisprudencia y la sociología burguesas como el problema del Estado. Y la explicación de ello está en que el problema de la naturaleza y las funciones del Estado es algo que toca a los intereses vitales de las clases. Esperar de los representantes de la sociología y la jurisprudencia burguesas que pongan al descubierto la verdadera naturaleza del Estado sería tan necio como esperar de los teólogos y los servidores del clero que revelaran la verdadera naturaleza de la religión. Los intereses, la conciencia y el instinto de clase dicen a los representantes de la "ciencia" y a los publicistas burgueses que no conviene disipar las nieblas místicas que envuelven al Estado burgués como resultado de las multiseculares prédicas religiosas y de otro tipo de las clases explotadoras en torno a él.

Los sociólogos y juristas burgueses presentan al

Estado capitalista como una institución situada por encima de las clases y al margen de ellas, situada, a

su modo de ver, por encima de la sociedad. Algunos

de ellos sostienen que el Estado es una organización destinada a "mantener el orden", que, a la manera del guardián nocturno, vela por el descanso de todos los ciudadanos. Otros definen el Estado como el vínculo que mantiene unida a la sociedad y le impide desintegrarse. Otros afirman que la misión del Estado consiste en mitificar las contradicciones de clase, en conciliar entre sí a las clases enemigas, y así sucesivamente.  Todas  estas  "teorías"  coinciden  en una cosa: en negar la naturaleza de clase del Estado.

 

Es la misma posición que adoptan los dirigentes de los socialistas de derecha, en todos los países. Uno de los peores falsificadores del marxismo, Karl Renner, en su folleto titulado El mundo nuevo y el socialismo (1946), presentaba al Estado burgués parlamentario como  una  institución  situada  por  encima  de  las clases,  asegurando  que  el  sufragio  universal convierte al proletariado de clase oprimida en clase "enraizada en el Estado". Es el mismo punto de vista en que se colocan los líderes de los socialistas de derecha en todos los países.

Para juzgar de la naturaleza de tal o cual Estado hay que atenerse, no a lo que escriban acerca de ello

los políticos e ideólogos de la burguesía y de otras clases explotadoras, sin excluir a los socialistas de

derecha, sino a la política mantenida por el Estado de que se trate y a la clase a quien sirva esta política. Las falaces invenciones acerca del Estado que se nos

dice situado por encima de las clases se encarga de refutadas toda la realidad efectiva y cotidiana de los

Estados burgueses, y en particular su actividad en los momentos   de   los   choques   de   clases   entre   el

proletariado y la burguesía, en que todas las armas del poder del Estado, la policía, el ejército, los tribunales de justicia, etc., se ponen abiertamente en

acción para aplastar a los obreros.

En realidad, el Estado es la organización política de la clase económicamente dominante. El Estado es

la   organización   puesta   en   manos   de   la   clase

dominante como arma para aplastar a las otras clases. En su estudio sobre El origen de la familia, de la

propiedad  privada  y  del  Estado,  después  de  un

análisis minucioso y profundo de las condiciones y las causas de la aparición del Estado, concluye F. Engels:

"Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase y como, al mismo tiempo,

nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda

de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para

la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el

Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para  tener  sujetos  a  los  campesinos  siervos,  y  el

 

 

 

moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado".107

El   Estado   socialista,   que   ha   surgido   como resultado de la victoria de la revolución socialista, es el instrumento político de la clase obrera, el instrumento para aplastar a la burguesía y los terratenientes derrocados y para construir la nueva sociedad, la sociedad comunista.

El  Estado  es  una  categoría  histórica:  no  ha existido siempre, sino que surgió al llegar a una determinada fase de desarrollo, al escindirse la sociedad en clases irreconciliablemente hostiles. El Estado no sirve de instrumento de conciliación de las contradicciones de clase, como sostienen los sociólogos y juristas burgueses, sino de instrumento de represión de una clase contra otra. La aparición del Estado es el exponente de las irreductibles contradicciones de clase.

El Estado es una supraestructura política que se erige sobre una determinada base económica. Cada base históricamente determinada, fundada en el antagonismo de clases, crea, engendra su propia supraestructura política y jurídica, su propio Estado y su propio derecho. Y, como supraestructura política que es, el Estado sirve siempre a los intereses de la clase dominante. La clase dominante en el terreno económico es también la fuerza dominante en el terreno  político.  El  Estado  no  puede  mantenerse nunca en una posición imparcial, en una actitud indiferente ante todas las clases que forman la sociedad antagónica.

Lo característico de todos los tipos y formas de los Estados de la explotación es que son, todos ellos,

un  instrumento  político  en  manos  de  la  minoría

explotadora para, reprimir a la mayoría explotada de la población, a los trabajadores. Una sociedad basada

en  la  explotación  de  la  mayoría  laboriosa  de  la

población por una minoría insignificante de explotadores no puede existir sin un órgano de represión, que es el Estado.

El signo fundamental del Estado de explotación es la existencia de un Poder público separado de las

masas del pueblo y plasmado en destacamentos especiales de fuerzas armadas (ejército, policía, etc.). En las sociedades esclavista, feudal y capitalista, el

ejército sirve a los explotadores para reprimir a los trabajadores  dentro  del  país  y  para  las  guerras

anexionistas y defensivas. Para la represión de los trabajadores, todo Estado de las clases explotadoras sostiene,    además    del    ejército,    destacamentos

especialmente   reclutados   de   gentes   armadas   -la policía  y  la  gendarmería-,  así  como  tribunales  de

justicia, cárceles y otras instituciones de la misma índole. La policía y la gendarmería son los destacamentos de represión armada más odiados del

pueblo,  especialmente  destinados  a  descargar  la

 

107 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, pág. 198.

 

mano sobre los trabajadores, sobre los obreros y los campesinos revolucionarios.

En el mecanismo de los Estados, principalmente los de los tiempos actuales, desempeñan una función

importantísima los servicios de información. Son, en el    Estado    burgués,    órganos    de    espionaje    y

diversionismo, de actividades subterráneas, dirigidos en el exterior contra otros Estados y en el interior del país  contra  los  trabajadores.  En  la  actualidad,  las

actividades de los servicios de información están dirigidas,  principalmente,  contra  la  U.R.S.S.  y  los

países de democracia popular. Por medio de estos órganos de espionaje, los Estados imperialistas tratan de  obtener  información  acerca  del  estado  de  las

fuerzas armadas, de los armamentos, de la economía y  de  la  ciencia  y  aspiran  a  minar  la  potencia

económica, política y militar de los países del campo socialista, organizan actos diversionistas, de socavamiento  y  sabotaje,  provocaciones,  atentados

terroristas, etc. Los Estados imperialistas, por medio de   sus   agentes,   pretenden   llevar   a   cabo   una

transformación radical del Estado en los países de democracia popular y restaurar en ellos el régimen capitalista.  Organizadores  e  inspiradores  de  estas

actividades  de  espionaje  y  diversionismo  en  los países   del   campo   socialista   son   los   círculos

imperialistas de los Estados Unidos de América.

En   el   seno   de   los   países   capitalistas,   las actividades de los servicios de información de los

Estados burgueses van dirigidas, principalmente, contra la clase obrera y sus organizaciones. El Estado

burgués, en su empeño por debilitar, minar y desintegrar   las   organizaciones   del   proletariado,

destaca secretamente en el seno de ellas sus espías y provocadores. Valiéndose de la vanidad, el egoísmo, la  cobardía  y  de  otros  defectos  de  las  gentes,  y

poniendo en acción el chantaje, las amenazas y la corrupción,  los  servicios  de  información  de  los

Estados burgueses envuelven en sus redes de espionaje a las gentes menos firmes y tratan de socavar   por   medio   de   ellas   las   organizaciones

proletarias, y ante todo los partidos comunistas, esforzándose por llegar a apoderarse de su dirección

y por privarles de sus cabezas. La historia del movimiento obrero de Rusia conoció provocadores del tipo del cura Gapón, de Malinovski y de otros

agentes  de  la  policía  secreta  zarista.  Y  el  Partido

Comunista desenmascaró como espías, diversionistas y agentes de los servicios de información extranjera a

gentes de la calaña de Beria y otros.

Así, pues, el ejército, la policía, la gendarmería, los servicios de espionaje, los tribunales de justicia y

las  cárceles  son  los  órganos  más  importantes  del

Poder de los Estados de explotación; juntamente con un ejército de funcionarios y las instituciones representativas, estos órganos del Estado de explotación forman el poder político, colocado por encima del pueblo. Aparato del poder político que va

 

 

 

creciendo más y más a medida que se agudizan las contradicciones de clase dentro del país y las contradicciones entre los Estados, en el exterior.

Pueden   servir   de   ejemplo   de   lo   que   es   el gigantesco desarrollo del aparato militar, burocrático

y policiaco del Estado, los EE.UU., país en que las

tropas, la policía y los funcionarios públicos cobran, actualmente, mayores proporciones que en cualquier otro Estado capitalista. El sostenimiento de las enormes fuerzas armadas de los EE.UU. representa una abrumadora carga sobre los trabajadores. Pero, además, los EE.UU. se han convertido en un arsenal de armamentos para todos los Estados burgueses de Europa  y  América,  Asia  y  Australia.  Los imperialistas   norteamericanos,   apoyándose   en   el Pacto  Nord-Atlántico,  obligan  a  los  países capitalistas dependientes de ellos a armarse intensivamente. Jamás el militarismo había oprimido tan duramente a las masas populares de los países capitalistas como en la actualidad. El Estado imperialista norteamericano desempeña actualmente el cometido reaccionario de gendarme del mundo.

Para sostener a los órganos del Poder del Estado hacen falta recursos. La fuente de estos recursos son

los impuestos. La percepción de impuestos de la población   constituye,   pues,   otro   de   los   signos

característicos del Estado. En los Estados explotadores, los impuestos son uno de los medios complementarios del despojo de los trabajadores en

beneficio de quienes los explotan.

A diferencia de la organización gentilicia, preestatal, el Estado se caracteriza por que en él la

población se agrupa, no por el parentesco, sino por

demarcaciones territoriales: por regiones, distritos, provincias, círculos, departamentos,  gobiernos, etc. La división territorial significó una radical transformación de las relaciones sociales, la desintegración  y  el  hundimiento  de  las organizaciones de la comunidad primitiva, basadas en la propiedad común sobre los medios de producción, en los vínculos del linaje y la descendencia común.

El  Estado,  en  sus  funciones  de  defensa  del régimen  económico  existente,  crea  el  derecho,  es

decir, un determinado sistema de normas jurídicas

(leyes y reglas), que expresan los intereses y la voluntad  de  la  clase  dominante  y  que  tienen  un

carácter   coactivo,   obligatorio.   Como   reflejo   y

expresión de determinadas relaciones económicas, de producción, de determinadas  relaciones  de propiedad, el derecho las afianza, las sanciona y las defiende jurídicamente, legislativamente, velando por que sigan desarrollándose.

El derecho es la voluntad de la clase dominante, erigida en ley. El derecho presupone la existencia del Estado. "... El derecho no sería nada sin un aparato capaz   de   constreñir   a   la   observancia   de   sus

 

normas",108 es decir, sin el Estado. Y, a la inversa, el Estado,  para  el  cumplimento  de  sus  funciones,  se basa en las normas del derecho que él mismo establece. Estado y derecho forman, conjuntamente, el elemento más importante de la supraestructura de las sociedades de clase, la parte política-jurídica de ella.

En las sociedades basadas en la explotación, las normas del derecho sirven para reprimir y refrenar a

las clases explotadas. El derecho, en todas las sociedades   antagónicas,   expresa   y   afianza   las

relaciones de dominación y sojuzgamiento, la dictadura de una determinada clase, su papel dominante en la sociedad.

La voluntad erigida en ley de la clase explotadora económica  y  políticamente  dominante  (esclavistas,

terratenientes feudales o capitalistas) se impone, por medio de los órganos del Estado -ejército, policía, tribunales de justicia, cárceles- a toda la sociedad, y

principalmente a los trabajadores, contra quienes y para  el  sojuzgamiento  de  los  cuales  van  dirigidas

estas leyes, las normas del derecho. Por la defensa y la  efectividad  de  las  normas  del  derecho  vela  la fuerza  real  del  Estado,  con  todo  su  aparato  de

coacción.

Los sociólogos y juristas burgueses presentan de un modo deformado la naturaleza y la función del

derecho.  Algunos  tratan  de  presentar  el  derecho

como algo supranatural, recibido "de lo alto", a la manera de las tablas de la ley de Moisés, dictadas

según la leyenda bíblica por Dios en el monte Sinaí.

Otros deducen las normas jurídicas de la "libre" e incondicionada creación del legislador. No faltan quienes busquen la fuente y la naturaleza del derecho en las vivencias éticas o psicológicas, en las emociones. Y hay también sociólogos y juristas burgueses para quienes la fuente y la naturaleza del derecho reside en la "naturaleza del hombre" y que consideran las formas históricamente determinadas, las formas burguesas del derecho, como formas naturales, suprahistóricas, eternas y colocadas por encima de las clases.

Como  se  ve,  todos  los  sociólogos  y  juristas burgueses,  de  un  modo  o  de  otro,  tergiversan,

encubren    y    esfuman    el    verdadero    carácter

sociológico del derecho, sus raíces materiales, económicas,    su    naturaleza    de    clase.    Y    esta

deformación  y  tergiversación  en  que  incurren  los

sociólogos y juristas burgueses en sus doctrinas sobre el derecho es el resultado de una falsificación que persigue un fin político determinado y concreto, el cual no es otro que el de presentar como intereses generales los intereses de clase de los capitalistas, expresados en el derecho de la burguesía.

En  la  falaz  deformación  de  la  naturaleza  del derecho  por  los  sociólogos  y  juristas  burgueses

influye también el hecho de que aparezcan bajo una

 

 

108 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 442, ed. rusa.

 

 

 

forma tergiversada la misma realidad de la sociedad de explotación y sus relaciones sociales: los juristas burgueses, llevados de un hábito de deformación profesional, al manejar las normas jurídicas, se inclinan a considerarlas como algo sustantivo, que existe y se desarrolla de por sí, al margen de las relaciones económicas, y que incluso las determina, en vez de hallarse determinado por ellas, como en realidad sucede. Y el interés de clase de la burguesía se encarga luego de afianzar esta representación deformada, invertida, de los sabios y juristas burgueses acerca del derecho.

Los sociólogos y juristas burgueses ven en el derecho, en la voluntad del Estado, algo dotado de

existencia  propia  e  independiente,  la  expresión  de una "idea del derecho" "al margen de las clases", que

no es otra cosa que una invención de los idealistas. En realidad, el contenido de la voluntad del Estado y el   carácter   de   las   ideas   jurídicas   se   hallan

determinados por las relaciones económicamente dominantes, por los intereses de la clase dominante

en lo económico y en lo político.

El derecho, como el Estado, no es ni puede ser nunca independiente de las relaciones económicas.

Según  sea  el  régimen  económico  de  la  sociedad, según sean las relaciones de producción dominantes

en una sociedad dada, así serán también el Estado y el derecho, las instituciones políticas y jurídicas de esta sociedad.

 

2. Los orígenes del Estado y el derecho.

Para llegar a comprender un fenómeno social, hay que considerarlo en el proceso de su aparición, de sus

cambios  y  de  su  desarrollo,  saber  cuáles  son  las causas que lo han hecho nacer. Si queremos llegar a comprender la naturaleza del Estado y el derecho,

tenemos que explicar cómo y en qué condiciones, por virtud de qué causas nacieron.

Bajo el régimen de la comunidad primitiva, no se conocía aún el Estado. A la cabeza de la "gens", de la tribu o de la agrupación de tribus hallábanse personas

elegidas por toda la población, encargadas de ejercer determinadas  funciones  sociales:  de  organizar  los

trabajos en común, de velar por las aguas, principalmente en los países áridos, de solucionar las disputas  entre  las  "gentes"  y  entre  las  tribus,  de

guardar la observancia de las costumbres establecidas y los usos religiosos, de defender a los miembros de

la propia "gens" contra los de otras tribus, etc. Estos órganos  del  poder  social  no  disponían  de  medios especiales    de    coacción,    independientes    de    la

comunidad gentilicia o de la tribu. Su poder revestía, fundamentalmente, una fuerza moral.

El  Estado  surgió  al  escindirse  la  sociedad  en clases irreconciliablemente hostiles. Los orígenes de este proceso de escisión de la sociedad primitiva y la

aparición  de  la  nueva  supraestructura  social,  del

Estado,   los   revela   claramente   la   historia   del

 

nacimiento del Estado ateniense.

Los  griegos  del  período  ateniense  agrupábanse todavía por "gentes", fratrias y tribus, y las tribus se

agrupaban en ramas étnicas. El gobierno autónomo

de estas sociedades tenia por órgano ejecutivo el Consejo (bulé); al principio, este Consejo se hallaba integrado por los ancianos de las "gentes", y al ampliarse el número de sus componentes, por representantes del pueblo, especialmente elegidos. El poder supremo pertenecía a la asamblea del pueblo (ágora). Esta era convocada por el Consejo, para decidir todos los asuntos importantes de la sociedad. Todos  los  varones  asistentes  a  estas  asambleas podían expresar y defender sus opiniones y objetar a las de otros. El voto se emitía levantando la mano. Existía un jefe o caudillo guerrero (basileus), elegido por la asamblea del pueblo o designado por el Consejo. Pero ni el Consejo ni el jefe guerrero podían emprender nada en contra de la voluntad del pueblo, pues no disponían de otro poder que el del pueblo en armas. El poder supremo pertenecía, por tanto, al pueblo armado, a la "democracia guerrera", como la llamó Engels.

Esta primitiva "democracia guerrera" existía, bajo una u otra forma, en todas las tribus y ramas étnicas.

Con el tiempo, y como resultado del desarrollo de la

productividad   y   la   división   del   trabajo,   de   la propiedad privada y del cambio, fué viéndose socavada  desde  dentro  la  sociedad  gentilicia  sin clases. Al acentuarse la desigualdad patrimonial, la sociedad se escindió en clases antagónicas, en ricos y pobres, esclavistas y esclavos,

Con la escisión de la sociedad en clases hostiles, surgió la necesidad de una institución llamada a velar

por  la  propiedad  privada,  que  el  régimen  de  la

comunidad primitiva no reconocía y que ahora se declaró como fundamento sagrado e intangible del

nuevo  régimen  que  se  había  ido  plasmando.  Esta

institución era el Estado. Su misión consistía en defender los privilegios de los poseedores contra los desposeídos, y ante todo los intereses de los esclavistas contra los esclavos.

El  proceso  de  formación  del  Estado  ateniense ocupó una serie de siglos. Y se llevó a cabo sobre la

base  del  desarrollo  de  las  nuevas  relaciones  de

producción, en medio de una enconada lucha entre las clases que se iban formando: entre poseedores y

desposeídos, esclavistas y esclavos. Engels califica

de clásico el proceso de aparición del Estado esclavista de Atenas, por haberse llevado a cabo a base del desarrollo interior, sin la presión de fuera bajo la forma de la conquista.

En           otros     pueblos,             este                     proceso                               presenta características                distintas,                en          relación                con        otras

condiciones  históricas  de  desarrollo.  Las  distintas

características de la aparición del Estado en los diversos  pueblos  se  explican  por  las  condiciones

históricas en que surgió, y principalmente por el tipo

 

 

 

de formación social que se establece como resultado de la desintegración del régimen de la comunidad primitiva en cada pueblo. La forma inicial y más simple de la escisión de la sociedad en clases es la división en esclavos y esclavistas. Es la fase de desarrollo por la que pasaron la mayoría de los pueblos. Pero no en todos ellos llegó a desarrollarse la esclavitud hasta dar nacimiento a una especial formación económico-social.

Así, por ejemplo, entre los pueblos germanos el proceso de desintegración del régimen de la comunidad gentilicia coincidió en el tiempo con la desintegración del Imperio esclavista romano y de la sociedad esclavista antigua en su conjunto. El entrelazamiento y la fusión de dos procesos económico-sociales -el de la desintegración del régimen esclavista del Imperio romano, de una parte, y de otra el de la desintegración del régimen de la comunidad gentilicia entre los conquistadores- condujeron aquí a la aparición del feudalismo y del Estado feudal. Fué el curso del desarrollo económico entre los pueblos bárbaros germanos el que destruyó el régimen gentilicio-comunal y las instituciones gentilicias, pero la guerra y las expoliaciones guerreras  vinieron  a  reforzar  este  proceso.  En  el curso de la guerra, los altos caudillos guerreros y sus auxiliares y seguidores se quedaron con la parte del león de los despojos. El poder del caudillo militar supremo fué haciéndose hereditario. De simples ejecutores de la voluntad de las tribus y los pueblos, los caudillos guerreros fueron convirtiéndose en usurpadores, en soberanos, en monarcas, en reyes, expresión  política  de  los  intereses  de  la  nobleza feudal que había ido formándose.

También el peculiar y largo proceso de desintegración   del   régimen   comunal   entre   los

pueblos  eslavos  condujo  a  la  formación  de  un régimen feudal, y no esclavista. Entre los eslavos, la

esclavitud no llegó a convertirse en el modo de producción dominante. Las primeras formas del Estado en los principados de Nóvgorod y Kiev (en la

primera mitad del siglo IX) se acercaban ya al tipo del Estado feudal.

El proceso de formación del Estado entre los eslavos del Este, en la antigua Rusia, corrobora la ley general, establecida por el marxismo, según la cual el

Estado surge como producto de las contradicciones irreconciliables de clases. La aparición de una nueva

base  económica,  fundada  en  el  antagonismo  de clases, y de la lucha de clases condujeron a la desintegración  y  la  desaparición  de  unas  y  a  la

degeneración de otras instituciones de la comunidad primitiva, a  su transformación en instituciones  del

Estado colocadas por encima del pueblo y que expresaban la dominación de una clase sobre otras.

Tanto  en  Kiev  como  en  Nóvgorod  y  en  otras

ciudades de la antigua Rusia, seguía manteniéndose, al lado del poder de los príncipes y sus consejos de

 

nobles guerreros y terratenientes, la Veche o concejo de vecinos, como supervivencia del poder del pueblo de la comunidad primitiva, del régimen de la democracia  guerrera.  Pero  la  Veche desempeñaba una función cada vez más subalterna, hasta acabar convirtiéndose en un instrumento puesto en manos de la  minoría  privilegiada,  de  la  nobleza,  encabezada por el príncipe.

También el derecho es, lo mismo que el Estado, un producto del desarrollo histórico. Bajo el régimen

de la comunidad primitiva, las relaciones entre los

hombres se rigen por la tradición, por las costumbres transmitidas de generación en generación. Estas costumbres, emanadas de las condiciones de la vida material de la sociedad primitiva, determinaban lo que podía y lo que no debía hacerse, lo lícito y lo ilícito, y expresaban los intereses generales de los miembros de la sociedad. Los atentados contra ellas eran, por tanto, casos excepcionales.

Pero, tan pronto como la sociedad se escindió en clases, tan pronto como surgieron los intereses antagónicos, las costumbres no podían ya seguir rigiendo la conducta de todos los hombres por igual. Los conceptos de lo bueno y lo malo, lo útil y lo dañino, lo justo y lo injusto, comenzaron a diferenciarse según las distintas clases.

La sociedad primitiva no sabía lo que era el robo, pues no conocía la propiedad privada. Al erigirse la propiedad privada en fundamento de la vida social, apareció   también,   como   infracción   de   ella,   el concepto del robo.

Con arreglo a las costumbres de la sociedad gentilicia, no era posible reducir a esclavitud a los miembros de la misma "gens". El desarrollo de las relaciones económicas, de la dependencia económica de unos hombres bajo otros, dio de lado a las costumbres gentilicias y condujo al ensanchamiento de la esclavitud.

La división de la sociedad en clases y la aparición del Estado hicieron nacer, en vez de las costumbres, el derecho, las normas coactivas del comportamiento de los hombres, establecidas por el Estado y que expresaban, no la voluntad del pueblo, sino la de la clase económica y políticamente dominante. En la sociedad esclavista, el derecho defendía abiertamente y sancionaba la dominación y los privilegios de la nobleza aristocrática y del dinero y el derecho exclusivo a desempeñar los cargos públicos, la explotación de los esclavos y de los hombres libres desposeídos, así como la privación de derechos de los esclavos, es decir, de la inmensa mayoría del pueblo. La ley que castigaba el homicidio en Grecia y en Roma no se aplicaba a quienes dieran muerte a un esclavo. Esta ley defendía solamente a los esclavistas.

Y como el derecho, al igual que el Estado, tenía por principal función defender la propiedad privada

contra quienes no la poseían, las leyes más rigurosas

 

 

 

de la antigüedad eran las que guardaban relación con la  defensa  de  la  propiedad  privada.  Tales  fueron, entre otras, las leyes atribuidas al rey Dracón en Atenas y las leyes de la antigua Roma.

 

3. Las funciones del Estado.

La esencia, la naturaleza de clase del Estado, se expresa en sus funciones, en la misión que el Estado viene llamado a cumplir en la sociedad de clase.

Dos funciones fundamentales caracterizan la actividad  de  todo  Estado:  la  interior,  que  es  la

principal y que expresa las relaciones de clase dentro del país, y la exterior, no tan importante, expresión de las relaciones entre el Estado de que se trata y los

demás. En los Estados de la explotación, la función interior  consiste  en  tener  a  raya  a  la  mayoría

explotada, y la exterior en ensanchar su territorio en interés de la clase dominante y a costa del territorio de  otros  Estados,  o  en  defender  aquél  contra  las

agresiones de éstos. Así ocurría bajo el régimen esclavista y el feudalismo. Así sigue ocurriendo bajo

el capitalismo.

El sojuzgamiento económico, la represión y la explotación de los trabajadores se aseguran, ante todo

y fundamentalmente, mediante el monopolio de la propiedad  de  la  clase  dominante  sobre  todos  los

medios de producción o, por lo menos, sobre los decisivos. Pero la sujeción económica de los trabajadores no basta para mantener en pie, a la larga,

el proceso de producción basado en la explotación. Las clases explotadas forman siempre la mayoría de

la población, y los explotadores la insignificante minoría. Para obligar a cientos de miles de esclavos o

a millones de campesinos siervos a trabajar en las haciendas de los esclavistas o en las de los terratenientes  feudales  se  requería,  además  de  la

sujeción económica, la existencia del Estado, como instrumento de la clase dominante; es decir, de un

aparato de coacción que velara por la explotación de la mayoría en beneficio de la minoría.

La historia de la sociedad esclavista y feudal está

llena de insurrecciones de los esclavos y campesinos siervos contra los esclavistas y terratenientes. El Estado de los esclavistas y el de los señores feudales se encargaban de aplastarlas y de obligar al pueblo a trabajar para los explotadores. Por medio de las guerras de anexión, el Estado basado en la esclavitud aseguraba a los esclavistas la afluencia de nuevos esclavos.  El  Estado  feudal  vinculaba  a  los campesinos al servicio de los terratenientes (derecho feudal). El poder feudal atrapaba a los campesinos siervos que huían de las garras de una explotación insufrible y se los devolvía a los terratenientes feudales, desencadenando sobre ellos la acción de los tribunales y la represión.

La producción capitalista se basa en el llamado

 

capataz, sino por el miedo a morir de hambre. Pero también bajo el capitalismo sigue siendo el Estado un instrumento  de  coacción,  para  asegurar  la explotación de los trabajadores.

En el período de la acumulación capitalista originaria, cientos de miles, millones de campesinos y artesanos viéronse despojados de sus tierras y de otros medios de producción, arrojados de sus lugares habituales de residencia. Y convertidos en indigentes, en mendigos y vagabundos. Una sanguinaria legislación y una cruel represión por parte del Estado ayudaron a los explotadores a obligar a estas gentes a que trabajaran en calidad de obreros asalariados para las empresas capitalistas. Con ayuda de leyes terroristas y monstruosamente crueles, las clases dominantes y su Estado impusieron a esta población expropiada la disciplina del trabajo asalariado. Los pusieron en marcha con el látigo, la marca a fuego y el tormento. La burguesía naciente necesitaba del poder estatal, y lo puso a contribución "... para "regular" los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que convienen a los fabricantes de plusvalía y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de subordinación".109

Sólo con el desarrollo de la producción capitalista pudo el yugo de las relaciones económicas obligar a

los obreros a someterse a la disciplina del trabajo

asalariado, sustituyéndose por la coacción económica la coacción extraeconómica del trabajo. Pero aun así

continúa el Estado montando la guardia en defensa

de la dominación de los capitalistas, como la fuerza llamada a asegurar los pilares del capitalismo, la propiedad privada y la explotación de obreros asalariados. El Estado burgués, sea republicano o monárquico, actúa siempre y dondequiera como un garrote puesto en manos de la clase capitalista, cumpliendo su función principal, que es la de órgano de represión de los trabajadores.

En la época del imperialismo, el Estado burgués recurre   constantemente   a   medidas   de   coacción

extraeconómica. Suprime o coarta con sus leyes (ahí tenemos,  por  ejemplo,  la  ley  Taft-Hartley,  en  los

EE.UU.) el derecho de huelga de los obreros, o bien, si no cree oportuno abolir formalmente el derecho de huelga en su Constitución o en sus leyes, aplasta por

la fuerza los movimientos huelguísticos. Con lo cual el   Estado   burgués   se   desenmascara   como   un

instrumento político en manos de los capitalistas. Lanza contra los huelguistas los destacamentos policíacos y de la gendarmería, las bandas armadas

de sus mercenarios y hasta, si hace falta, las tropas regulares,  provistas  de  ametralladoras,  tanques  y

carros  de  asalto.  Así,  en  Inglaterra,  no  sólo  el gobierno   de   los   conservadores,   sino   el   de   los laboristas    hizo    marchar    contra    los    obreros

 

libre trabajo asalariado. El proletario se ve obligado a                  

 

trabajar  para  el  capitalista,  no  por  el  látigo  del

 

109  K. Marx. Das Kapital, Dietz Verlag, Berlin 1955, t. I, pág.

777.

 

 

 

huelguistas, más de una vez, a las tropas del ejército. Y en Italia, cumpliendo órdenes del ministro de Asuntos interiores, representante del partido que se llama demócrata-cristiano, las tropas ametrallaron a los obreros y a los campesinos pobres.

El Estado de las clases explotadoras cumple su función principal de órgano de represión de las masas

trabajadoras   tanto   por   medio   de   la   violencia

descarada como por la vía de la acción espiritual, ideológica. Para esto, se vale, ante todo, del clero y

de la escuela. Y el Estado contemporáneo dispone,

además de estas dos armas de influencia ideológica sobre los trabajadores, de todo el complejo y ramificado aparato de la propaganda: la prensa burguesa, la radio, el cine, la televisión, el teatro y la literatura.

La función interior, constituye la más importante de todo Estado. Es en ella donde se expresa la naturaleza del Estado, su carácter de clase. La necesidad de asegurar la explotación, reprimiendo a los  trabajadores,  a  los  explotados,  hizo  nacer  el Estado esclavista, el feudal y el burgués.

La función exterior del Estado de la explotación - la lucha por ensanchar su territorio o defenderlo de

los  ataques  de  otros  Estados-  guarda  una  relación muy  estrecha  con  su  función  interior.  La  política

exterior de todo Estado se halla determinada por su régimen  económico  y  es  la  prolongación  de  su política interior. La política exterior de los Estados

de   la  explotación   va   dirigida,  ante   todo,   a  la expansión  de  su  territorio,  a  la  expoliación  y  al

sojuzgamiento de otros pueblos, al ensanchamiento del ámbito de la explotación y a la inclusión en él de

los pueblos que habitan los territorios anexionados. Hasta en los casos en que el Estado esclavista, el feudal o el burgués lleva a cabo la defensa armada de

su país, defiende por encima de todo las riquezas y los  privilegios  de  la  minoría  explotadora  y  las

condiciones que aseguran a esta minoría la dominación  total,  incompartida,  sobre  los trabajadores de su país.

La reaccionaria política interior de los Estados burgueses    contemporáneos,    consistente    en    el

sojuzgamiento de los trabajadores de su propio país, en la opresión nacional y en la discriminación nacional   y   de   raza,   se   complementa   con   la

reaccionaria y agresiva política exterior, encaminada al sojuzgamiento de los pueblos de otros países. La

política exterior de los EE.UU. en Europa, Asia y África, en la América Central y en Sudamérica, es una política que tiende a despojar a los pueblos de su

soberanía   nacional,   una   política   basada   en   la violencia, en el sojuzgamiento, en la explotación y en

la propagación de regímenes policíacos fascistas o semifascistas.

Para llevar a cabo sus funciones, tanto la interior

como la exterior, el Estado de las clases explotadoras se apoya en la fuerza armada y en los órganos de

 

información. La guerra y la amenaza de guerra constituyen los métodos fundamentales de la política exterior de estos Estados. En el cumplimiento de su función exterior, ocupa un puesto destacado la diplomacia. La diplomacia de los Estados basados en la explotación se halla supeditada a su política agresiva y le sirve de cobertura.

 

4. Tipos y formas de Estado.

Los Estados se distinguen, ante todo, por su contenido  de  clase.  Lo  que  determina  el  tipo  de

Estado es la base económica sobre la que el Estado se erige  como  supraestructura  política.  Los  diversos tipos  de  Estado  que  se  suceden  en  la  historia,  el

Estado esclavista, el feudal y el burgués, expresan la dominación de las diversas clases explotadoras que

se suceden históricamente, la esclavista, la feudal y la capitalista. El Estado socialista, en cambio, es un tipo de Estado nuevo y peculiar.

Dentro de los marcos de cada uno de los tipos de

Estado, encontramos diferentes formas de gobierno. Las  formas  del  Estado  en  la  sociedad  esclavista

variaban  según  los  países  y,  dentro  de  cada  país,

según  las  épocas,  pero  todos  estos  Estados respondían al mismo tipo: eran todos ellos variantes

del Estado esclavista.

Así, por ejemplo, ya en la Grecia y en la Roma antigua nos encontramos con diversas formas de Estado: la monarquía y la república, la aristocracia y la democracia esclavistas. "La monarquía, como el poder de uno solo; la república, como la ausencia de todo poder no basado en la elección; la aristocracia, como  el  poder  de  una  minoría  relativamente pequeña; la democracia, como el poder del pueblo (pues eso, poder del pueblo, significa literalmente la palabra griega" democracia"). Todas estas diferencias surgieron  ya  en  la  época de  la  esclavitud.  Pese a ellas, el Estado de la época de la esclavitud era siempre un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o una república, de una aristocracia o una democracia".110

Así como el tipo de Estado depende del régimen económico determinado de la sociedad, de la clase que se halle en el poder, las formas de gobierno dependen de las condiciones históricas concretas de desarrollo del país de que se trata, del nivel de desarrollo  en  que  se  halle  la  formación  de  la sociedad, de la profundidad y la agudeza de las contradicciones de clase, de las correlaciones entre las fuerzas de clase que en ella hayan ido plasmándose, etc.

Los representantes de la sociología y la jurisprudencia burguesas suplantan el problema de la naturaleza de clase del Estado por el de las formas de gobierno, embrollando de este modo el problema y esfumando la naturaleza de clase del Estado, que es, en  realidad,  el  problema  esencial  y decisivo.  Para

 

110 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, pág. 442, ed. rusa.

 

 

 

comprender la verdadera naturaleza de cada Estado y adoptar una actitud certera ante él, es necesario esclarecer, ante todo, el carácter de clase de este Estado, saber cuál es la clase a que sirve.

Detrás de las diferentes formas de Gobierno, no hay que perder de vista el tipo de clase del Estado. La lucha entre los partidos del mundo antiguo -la lucha entre   los   partidarios   de   la   aristocracia   y   los partidarios de la democracia en Atenas o entre los republicanos y los cesaristas en Roma- era una lucha entre diversas fracciones de la clase esclavista. Demócratas y aristócratas, republicanos y monárquicos griegos y romanos coincidían en no reconocer a los esclavos como personas y en valerse del Estado como fuerza para tenerlos a raya.

El  hundimiento  del  modo  esclavista  de producción condujo a la aparición del régimen de

producción  feudal  y  a  la  sustitución  del  Estado

esclavista por el Estado feudal, de la servidumbre de la gleba.

También   las   formas   del   Estado   feudal   eran

distintas. La forma de gobierno más frecuente del Estado feudal era la monarquía, pero había también repúblicas  feudales  (en  las  ciudades  comerciales). Sin embargo, la esencia era, en ambos casos, la misma: en todos los países feudales, el Estado servía de instrumento para la coacción extraeconómica que obligaba a los campesinos a trabajar para los terratenientes, de instrumento de sujeción y represión de los campesinos y los artesanos.

En las primeras fases de su desarrollo, la sociedad feudal    se    caracteriza    por    una    extraordinaria

dispersión de la vida económica, por la ausencia de

sólidas  relaciones  económicas.  El  Estado  feudal, como  supraestructura  política,  refleja inevitablemente  esta  dispersión  económica  y presenta, en este período, un acusado particularismo político y una marcada debilidad del poder central. Cada gran señor feudal, no sólo explota a los campesinos, sino que dispone de sus tribunales de justicia y órganos de represión sobre ellos; es un pequeño rey, dispone de sus propias fuerzas armadas y de sus propios ejecutores y verdugos. "¿Y quién podía salir en defensa de los campesinos? En los tribunales de justicia tomaban asiento los barones, los curas, los patricios o los juristas, todos los cuales sabían muy bien por qué se les pagaba. Pues todos los estamentos oficiales del Imperio vivían a costa de la explotación de los campesinos"111.

Uno de los rasgos característicos de la sociedad y el  Estado  feudales  es  la estructura  jerárquica,  que

forma una complicada escala de jerarquías. En lo alto de la pirámide aparecía el jefe del Estado, el rey (en

la antigua Rusia, el gran príncipe, y más tarde el zar); venían luego sus vasallos, los duques, los marqueses, los boyardos, los barones, los condes, etc. Dentro de

 

 

111 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. VIII, pág.

126.

 

esta escala jerárquica, había sus señores feudales y sus vasallos. Potentados que eran señores feudales con  respecto  a  quienes  se  hallaban  por  debajo  de ellos ocupaban la posición de vasallo en relación con los de arriba. El rey, el gran príncipe o el zar era el primero entre los señores feudales, el soberano supremo.

El derecho feudal, tanto el consuetudinario como el  escrito,  afianzaba  y  sancionaba  las  relaciones

feudales. La desigualdad patrimonial, de clase, de la sociedad feudal se afianzaba jurídicamente como la

desigualdad entre los estamentos. En Francia, el derecho feudal defendía abiertamente los privilegios de los dos primeros estamentos, la nobleza y el clero,

y condenaba a la privación de derechos al tercer estado, del que formaba parte la naciente burguesía.

El carácter de clase del Estado feudal y de su derecho manifestábase en el hecho de que la nobleza y el clero se hallaran exentos de toda clase de impuestos

y cargas.

En   el   seno   de   la   sociedad   feudal   fueron desarrollándose   el   comercio,   el   artesanado,   las

ciudades.  Esto  hizo  que  surgiera  la  necesidad  de

superar  la  dispersión  feudal,  lo  que  sólo  podía lograrse fortaleciendo el poder real. Aparecen así en

algunos Estados europeos, en unos antes y en otros

después, a partir del siglo XIV, primero la forma monárquica representativa, por estamentos, como expresión de un fuerte poder feudal centralizado, y más tarde la monarquía feudal absoluta. Al fortalecerse, el poder central monárquico-feudal se apoya, unas veces, en la burguesía contra los señores feudales, y otras veces, en los señores feudales contra la creciente burguesía. Los príncipes, los boyardos, los duques van perdiendo su independencia y esta aristocracia feudal se convierte gradualmente en la nobleza palaciega del monarca absoluto.

La           monarquía          absoluta              centralizada,      como contrapeso  de  la  dispersión  feudal,  representó  en

todos  los  países  un  fenómeno  progresivo,  en  una

cierta etapa del desarrollo histórico. "Ningún país del mundo   -escribía   Stalin,  con   motivo   del   octavo

centenario de la fundación de Moscú- podía contar

con mantener su independencia ni con adquirir un importante  desarrollo  económico  y  cultural,  si  no sabía liberarse de la dispersión feudal y del embrollo de los príncipes... El mérito histórico de Moscú consiste en que fué y sigue siendo la base y el iniciador de la creación del Estado centralizado en la antigua Rusia."

La monarquía feudal absoluta, aun actuando como instrumento de lucha contra la dispersión feudal, no

dejó  por  ello  de  ser  la  defensora  de  los  señores

feudales, de su propiedad de la tierra y de sus privilegios. Cuando el poder económico y la influencia política de la burguesía, en Inglaterra y Francia, al llegar los siglos XVII y XVIII, comenzó a amenazar la dominación de los señores feudales, el

 

 

 

poder real abrazó la defensa de la nobleza.

El desarrollo de las relaciones capitalistas de producción  convirtió  a  la  burguesía  en  la  clase

económicamente dominante, lo que inevitablemente

tenía que llevarla también a la dominación política. Y alcanzó esta meta en el curso de revoluciones burguesas más o menos decisivas (en Inglaterra, en el siglo XVII, y en Francia en el XVIII), o mediante una avenencia política con la clase de los señores feudales (como en Alemania, en los años de 1848 a

1870).

En el curso de la lucha por la conquista del Poder político, la burguesía, en los siglos XVII y XVIII, se manifestó en contra de los privilegios feudales y de los estamentos, en favor de las libertades democráticas, de la "igualdad" de todos los hombres ante la ley. La burguesía hacía pasar sus intereses de clase por los intereses de todo el pueblo, de toda la nación. Ilusión que venía a reforzar el hecho de que, no sólo la burguesía, sino todas las masas populares explotadas, se hallaban interesadas en la supresión del régimen feudal, ya caduco. Y, como resultado de la victoria de las revoluciones burguesas, la dominación política de los señores feudales, de la nobleza, fué sustituida por la dominación política de la burguesía. El Estado feudal desapareció así de la escena, dejando el puesto al Estado burgués.

Sin embargo, la burguesía, aunque destruyese en tiempo     de     las     revoluciones     burguesas     la

supraestructura  feudal,  no  aplastó  la  máquina  del

Estado centralizado creada por la nobleza, sino que se  limitó  a modificarla, adaptándola  a sus propias

necesidades,  a  la  tarea  de  reforzar  la  base  de  la

sociedad capitalista. La burguesía pudo utilizar la vieja máquina del Estado, porque la revolución burguesa se limita a operar el tránsito de una formación económico-social antagónica a otra basada también en el antagonismo de clases. Porque, en este tránsito, aun cambiando de forma, la explotación de los trabajadores sigue en pie.

El Estado burgués, que surge como resultado del derrocamiento del poder de los señores feudales, es,

bajo todas sus formas -que van desde la república

democrática hasta la monarquía parlamentaria-, una organización dirigida a la represión del proletariado y los   demás   trabajadores   por   la   burguesía,   a   la dictadura   de   la   clase   capitalista.   Así   como   la sociedad feudal era una supraestructura política erigida sobre la base económica del feudalismo, el Estado burgués es una supraestructura política levantada sobre la base económica del capitalismo. El Estado burgués y las constituciones burguesas tienen por misión fortalecer y defender los fundamentos del capitalismo: la propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción, la explotación del proletariado y la dominación de la burguesía. Cualesquiera que sean los partidos burgueses o pequeñoburgueses que suban al Poder -

 

republicanos  o  demócratas,  conservadores  o laboristas, demócratas cristianos, socialistas de derecha o fascistas-, que se turnen en el gobierno, la dirección política de la sociedad capitalista (la dictadura) se mantiene invariablemente en manos de la burguesía. Así lo determinan las relaciones económicas  capitalistas  imperantes  y  así  lo garantizan las constituciones y la legislación burguesas, en las que se limitan los derechos de los trabajadores por el censo de fortuna y el avecindamiento,  las  condiciones  de  edad  e instrucción, la privación de los derechos de sufragio de la mujer en una serie de países capitalistas, los impuestos electorales, etc.). El Estado burgués mantiene a los trabajadores apartados de toda participación decisiva en la vida política. La dominación de la burguesía y la omnipotencia del capital  se aseguran  especialmente  mediante el aparato del Estado, convenientemente escogido, la violencia activa y el engaño, la corrupción, la mentirosa propaganda y todo el sistema de la legislación burguesa.

El Estado burgués es un instrumento de opresión de  clase  y,  a  la  par  con  ello,  un  instrumento  de

opresión y represión de las naciones sojuzgadas por la  burguesía  de  la  nación  dominante.  Todas  las

constituciones burguesas parten, descarada o embozadamente, de la desigualdad de derechos de las naciones y las razas y fortalecen esta desigualdad. El

Estado imperialista de los EE.UU. mantiene en una situación  de  privación  de  derechos  a  millones  de

negros  y  a  los  norteamericanos  de  procedencia eslava,  italiana,  etc.  Los  Estados  imperialistas  de

Inglaterra y Francia aplastan y oprimen a los pueblos de África y Asia.

Los  ideólogos  de  la  burguesía,  incluidos  los

socialistas de derecha, tratan de presentar la democracia burguesa como un poder "puro", "situado por encima de las clases", "nacional". Y se remiten, para ello, a las libertades democráticas inscritas en las constituciones burguesas: a la libertad de palabra, de prensa, de reunión, etc., y a la igualdad de todos ante la ley. Pero estas libertades y esta igualdad de derechos sólo existen sobre el papel, ya que de hecho no pueden acogerse a ellas más que los ricos. ¿Qué clase de igualdad puede existir entre el obrero y el capitalista,   el   pobre   y   el   rico,   el   harto   y   el hambriento?

Hace ya mucho tiempo que los marxistas han puesto en evidencia la falsedad de la democracia burguesa.  Que  han  demostrado  que  la  democracia sólo existe para los ricos, que las chácharas, acerca de la igualdad, bajo el capitalismo, en que un puñado de millonarios acapara fabulosas riquezas, mientras la clase obrera se ve condenada al hambre y a la miseria, son una mentira y un engaño. "Democracia para  una  insignificante  minoría  de  gentes, democracia para los ricos: eso es el democratismo de

 

 

 

la sociedad capitalista", escribía Lenin112.

En una sociedad escindida en clases antagónicas, no existe ni puede existir la igualdad social y política.

En  los  Estados  burgueses,  las  libertades  y  los

derechos tienen un carácter puramente formal, falaz y mentiroso. La libertad de reunión se reduce en la práctica a una frase vacua hasta en las repúblicas burguesas más democráticas, pues los locales en que pueden  celebrarse  reuniones  pertenecen generalmente a la burguesía. El proletariado carece de edificios propios y carece también de tiempo para reunirse, lo que le priva, prácticamente, de la posibilidad   de   ejercitar   su   derecho   de   reunión, aunque se halle escrito en las constituciones burguesas.

Los actos vandálicos de los matones fascistas y profascistas,  de  los  miembros  del  Ku-kux-klan  y

otras organizaciones reaccionarias en los EE.UU., de

los fascistas en España, y de gentes de la misma ralea en otros países, privan a los obreros de la posibilidad

de   reunirse   libremente   para   discutir   problemas

políticos. Los obreros, empleados, sabios, escritores y artistas de los EE.UU., que asisten a los mítines y reuniones organizados por el Partido Comunista y otras organizaciones progresivas o toman parte en la propaganda y agitación en favor de la paz y por la prohibición de las armas atómicas, se ven inscritos en las listas de indeseables (en las "listas negras"), se les arroja del trabajo, se les encarcela o envía a campos de concentración, o se les expulsa del país. Lenin escribía: "Mientras las cosas sigan así, la "igualdad", es decir, la "democracia pura" será un engaño. Para conquistar la verdadera igualdad, para implantar de hecho la democracia para los trabajadores, hay que empezar por arrebatar a los explotadores todos los edificios sociales y de lujo de su propiedad, por dejar a  los  trabajadores  el  tiempo  libre  necesario;  es preciso que velen por la libertad de sus reuniones los obreros  armados,  y  no  señoritos  u  oficiales  al servicio del capitalismo y al mando de soldados embrutecidos"113.

La libertad de prensa, bajo las condiciones del capitalismo, es también una ficción. La tal libertad de prensa significa, en la práctica, la libertad de la burguesía para envenenar la conciencia de la clase obrera, pues las imprentas, los almacenes de papel y las agencias de información se hallan en manos de la burguesía.

En la sociedad burguesa, la prensa es una de las ramas de la industria capitalista, la industria de represión ideológica de los trabajadores. Y la única vez que se alza en defensa de la auténtica verdad es la del reducido número de periódicos de los Partidos Comunistas y de otras organizaciones democráticas.

El derecho de sufragio universal, igual, directo y secreto,  de  que  tanto  se  jactan  los  políticos  e

 

 

112 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág., 432, ed. rusa,

113 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág. 438, ed. rusa.

 

ideólogos de la burguesía, es, de hecho, en todos los países del capitalismo, uno de los medios de dominación  de  la  burguesía  sobre  el  proletariado. Bajo el capitalismo, no existe ni puede existir una participación efectiva de las masas trabajadoras en el gobierno del país, en el gobierno del Estado.

En todos los países capitalistas, por muy "democráticos" que se llamen, son los monopolios capitalistas,  los  magnates  del  capital,  quienes nombran y destituyen a los gobiernos. En la sociedad burguesa,  la  democracia  es  una  democracia capitalista, dirigida contra el pueblo, encaminada a la represión de las masas populares.

Los magnates del capital gastan en las campañas electorales sumas gigantescas, millones de dólares.

Todo el potente aparato de la prensa burguesa, de la

radio, del cine, se pone en acción para confundir, aturdir y desorientar a los electores. El engaño y la corrupción, el chantaje y la intimidación de los electores, la violencia brutal y el terror contra los trabajadores, por ejemplo contra los negros en los EE.UU.:  todas  las  armas  son  buenas  para  dar  el triunfo a los candidatos de la burguesía en las elecciones a la presidencia o al parlamento. Los millonarios norteamericanos subvencionan a la vez las campañas electorales de los dos partidos burgueses, demócratas y republicanos. La victoria o la  derrota  de  cualquiera  de  ellos  en  nada  hace cambiar la situación: en cualquiera de los dos casos salen  ganando  los  monopolios  capitalistas,  y  lo mismo apuestan al burro (emblema del partido demócrata de los EE.UU.) que al elefante (insignia del partido republicano).

El carácter de explotación de clase de la democracia burguesa se expresa tanto en la política interior como en la política exterior del gobierno, y en  la  composición  de  las  instituciones representativas, parlamentos y congresos. En un país industrial como los EE.UU., en que la clase obrera forma la mayoría de la población, esta clase careció durante diez años de toda representación en el Congreso y en los años de 1943 a 1952 tuvo un solo diputado. El Congreso de los EE.UU. se halla totalmente dominado por los grandes capitalistas, que representan una parte insignificante de la población del país.

"...En ninguna parte se manifiesta de un modo tan burdo, bajo una corrupción tan descarada como en Norteamérica el poder del capital, el poder de un puñado de multimillonarios. El capital, dondequiera que existe, domina sobre toda la sociedad, sin que ninguna república democrática, ningún derecho de sufragio hagan cambiar la esencia de la cosa"114.

"En el Senado norteamericano -dice el profesor James Bries- se sientan muchos hombres ricos; unos están allí por ser ricos, otros son ricos por estar allí."

En  las  elecciones  parlamentarias  celebradas  en

 

114 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, pág. 449, ed. rusa.

 

 

 

Francia en 1946, el Partido Comunista obtuvo la mayoría relativa de votos; la fracción comunista era la más numerosa del parlamento. Según todas las reglas, los comunistas tenían derecho preferente a formar gobierno. Pero, en la realidad, en virtud de la dominación económica y política de la burguesía y por  órdenes  de  Wall  Street  y  de  las  doscientas familias de los magnates del capital de Francia, los comunistas fueron eliminados del gobierno del país. El   gobierno   burgués   de   Francia,   la   burguesía francesa, de un modo insolente y cínico, pisotearon la voluntad de la mayoría de la clase obrera de Francia. Democracia de palabra, pero de hecho dictadura de la burguesía: eso es la democracia de los países capitalistas.

Para  mejor  burlar  y  reprimir  la  voluntad  del pueblo,   los   gobiernos   burgueses   implantan   el

llamado sistema electoral mayoritario. Este sistema

les da, con ayuda de tramposas combinaciones - mediante     los     acuerdos     entre     los     partidos

reaccionarios-, amplias posibilidades para reducir la

representación de la clase obrera y de sus partidos comunistas.

La falsedad de la democracia burguesa se expresa

también   en   el   hecho   de   que   los   parlamentos burgueses son reuniones de charlatanes, y todos los problemas políticos importantes se resuelven fuera del parlamento: los millonarios, los banqueros, los bolsistas,  en  sus  conciliábulos  secretos,  deciden cómo   han   de   quedar   formados   los   gobiernos, nombran  y  destituyen  a  los  ministros,  trazan  la política exterior e interior del Estado, dictan los cambios que han de introducirse en la constitución y las leyes que han de aprobarse.

"La fuerza del capital es todo, la Bolsa lo es todo, y los parlamentos, las elecciones son simples marionetas, simples muñecos", escribía Lenin115.

Así, pues, aunque las formas del Estado burgués sean múltiples, su esencia es siempre una y la misma: la dictadura de la burguesía.

Sin embargo, esto no quiere decir que la clase obrera puede mostrarse indiferente ante la forma del

Estado burgués. Comparada con la monarquía feudal,

la democracia burguesa fué un fenómeno progresivo y representó un gran paso de avance en el desarrollo político de la sociedad. "La república burguesa, el parlamento, el sufragio universal, desde el punto de vista del desarrollo universal de la sociedad, representan -dice Lenin- un progreso inmenso. La humanidad  ha  pasado  al  capitalismo,  y  solamente éste, gracias a la cultura urbana, ha dado a la clase oprimida de los proletarios la posibilidad de adquirir conciencia de sí misma y de crear ese movimiento obrero  mundial,  esos  millones  de  obreros organizados como partido en el mundo entero, ese partido socialista [hoy, comunista (F.K.)] que dirige

 

parlamentarismo, sin el sistema electoral, este desarrollo  de  la  clase  obrera  habría  sido imposible".116

Por   eso   a   la   clase   obrera   no   puede   serle indiferente que el Estado capitalista adopte la forma de la democracia burguesa o la de la dictadura terrorista descarada, fascista. La dictadura fascista aplasta todas las organizaciones de la clase obrera y de los trabajadores. La dictadura parlamentaria democrático-burguesa puede ser y es utilizada por la clase obrera para organizar sus fuerzas, para la lucha revolucionaria por la democracia socialista, por la dictadura  del  proletariado.  La  clase  obrera  y  su partido  utilizan  el  parlamento  burgués  y  las elecciones a él, ante todo, como tribuna, como medio de propaganda y de movilización de las masas para la lucha extraparlamentaria, para la lucha abierta, revolucionaria, de clases.

La época del imperialismo trae consigo la agudización   de   todas   las   contradicciones   de   la

sociedad capitalista, su descomposición y el viraje de

la burguesía de la democracia a la reacción. Los cambios operados en el campo económico (la dominación de los monopolios) no pueden por menos de  traducirse  en  los  cambios  introducidos  en  el campo político.

"La supraestructura política erigida sobre la nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (pues el imperialismo es el capitalismo monopolista) es el viraje de la  democracia  hacia la reacción política. Con la libre concurrencia concuerda la democracia. Con los monopolios concuerda la reacción política... Lo mismo en la política exterior que en la interior, el imperialismo aspira a la trasgresión de la democracia, a la reacción. En este sentido, es indiscutible que el imperialismo es la "negación" de la democracia en general, de toda democracia..."117

La concentración de la riqueza nacional en manos de   unos   cuantos   monopolios   capitalistas   y   la

omnipotencia  del  capital  financiero  conducen  a  la

oligarquía  financiera,  a  la  dominación  total  del aparato del Estado por el puñado de reyes sin corona

del acero, del hierro, del petróleo, del carbón, de los

ferrocarriles, de la industria química, electrotécnica y de otras ramas industriales.

Los   puestos   de   ministro   y   los   cargos   más

importantes del Estado son ocupados cada vez con mayor frecuencia por los bolsistas, los banqueros y los magnates industriales. El gobierno directo (y no simplemente a través de sus criaturas) de la máquina del Estado por los magnates del capital es uno de los rasgos característicos del aparato estatal imperialista fascistizado.

El  aparato  del  Estado  burgués  contemporáneo crece en proporciones gigantescas, chupando la savia vital  del  pueblo  trabajador.  El  reforzamiento  del

 

conscientemente   la   lucha   de   las   masas.   Sin   el                  

116 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág. 449, ed. rusa.

 

115 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág. 450, ed. rusa.

 

117 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIII, pág. 31, ed. rusa.

 

 

 

aparato del Estado burgués se traduce, ante todo, en el crecimiento del ejército y la flota, de los servicios de  información  y  espionaje,  de  la  burocracia,  la policía y la gendarmería, es decir, de los órganos de violencia y represión. Lenin escribía, en 1917: "En particular, el imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la época de la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, muestra un extraordinario reforzamiento de la "máquina estatal", un crecimiento sin precedentes de su aparato burocrático y militar, en relación con el reforzamiento de la represión contra el proletariado tanto en los países monárquicos como en los países republicanos más libres"118.

En           relación                con        el            ahondamiento de           las contradicciones de clase y con la preparación y el

desencadenamiento  de  las  guerras  imperialistas,  la

burguesía  se  desentiende,  incluso,  de  la  reducida, falaz y recortada democracia burguesa, para abrazar

el  fascismo.  La  dictadura  fascista  es  la  dictadura

terrorista  de  los  grupos  más  reaccionarios, chovinistas y militaristas de la burguesía imperialista, el aplastamiento de todas las libertades democráticas.

No en vano el fascismo aparece en la época de la crisis  general  del  capitalismo,  en  que  el  sistema

capitalista se conmueve hasta en sus cimientos y en que la burguesía no se halla ya en condiciones de mantener su dominación mediante los métodos de la

democracia burguesa. El paso de la democracia burguesa a la dictadura terrorista abierta, al fascismo,

es expresión de la debilidad, la inestabilidad y la putrefacción   del   capitalismo,   exponente   de   la

incapacidad de la burguesía para seguir gobernando con los viejos métodos. Bajo las condiciones de la agudización  de  las  contradicciones  de  clase,  la

burguesía arroja los cendales que encubrían su dictadura,    destruye    los    elementales    derechos

democráticos y abraza el terrorismo abierto, la represión descarada contra la clase obrera, contra su Partido, contra los militantes progresivos.

El paso de la burguesía a la dictadura fascista se lleva   a   cabo,   sobre   todo,   en   aquellos   países

capitalistas en que más agudas y profundas son las contradicciones de clase y en que la burguesía imperialista   mantiene   una   política   exterior   más

agresiva, tratando de resolver o de ahogar estas contradicciones  mediante  el  desencadenamiento  de

guerras imperialistas. Así sucedió en 1922 en Italia, en 1933 en Alemania y en 1937 en España, y más tarde en otra serie de países capitalistas.

El reforzamiento de la fascización del Estado que hoy se advierte en los EE.UU. y en algunos otros

países imperialistas sirve, ante todo, a la preparación por el capitalismo monopolista de estos países de la tercera   guerra   mundial,  de   la   guerra   contra   la

U.R.S.S. y los países de democracia popular. Cuanto

 

118 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 382, ed. rusa.

 

más ruidosamente grita la venal prensa capitalista acerca de la defensa de la democracia y de la lucha contra el "totalitarismo", más van rodando, en la práctica,  los  Estados  capitalistas  por  la  pendiente hacia el fascismo, más van convirtiéndose en Estados policíacos.

En los Estados Unidos de América, la burguesía se vale cada vez más del Estado para limitar los derechos de la clase obrera, para perseguir al Partido Comunista y a las demás organizaciones progresivas. En los EE.UU. se ha creado una extensa red de espionaje,  las  provocaciones  y  delaciones  se extienden en proporciones nunca vistas, se pone en práctica el sistema de registro obligatorio de los hombres  con  criterio  propio  y  se  les  obliga  a estampar las huellas digitales en las fichas de la policía, como si se tratara de los peores criminales. Todas las personas de ideas progresivas son eliminadas del aparato del Estado. Las bandas militarizadas  del  Ku-Kux-Klan  y  otras  del  mismo jaez disuelven a tiros los mítines de los trabajadores, aplastan por la fuerza las huelgas obreras, destruyen los edificios del Partido Comunista, atentan contra los hombres honrados y de ideas progresivas, a quienes la prensa reaccionaria no ha logrado embrutecer.

Como en la Alemania hitleriana con respecto a los judíos, en los EE.UU. se ha instaurado un régimen de opresión y terror nacional y racial contra los negros, los indios y otros pueblos. Florece en ese país el antisemitismo, la ideología del exclusivismo nacional y racial. El Estado democrático-burgués, en Norteamérica, va convirtiéndose a ritmo acelerado en una dictadura terrorista-fascista, cubierta por una fachada "democrática".

Los círculos gobernantes de los EE.UU. se hallan hoy a la cabeza de la reacción imperialista mundial y,

no  sólo  apoyan,  sino  que  instauran  en  todos  los

países capitalistas regímenes reaccionarios fascistas y semifascistas, proponiéndose como meta ahogar el movimiento obrero revolucionario y la lucha de liberación nacional de los pueblos oprimidos.

La experiencia histórica enseña que la burguesía sólo  logra  destruir  los  derechos  democráticos  e

instaurar  la  dictadura  fascista  allí  donde  la  clase

obrera está dividida y una parte de ella sigue a los capituladores, a los socialistas de derecha. Donde la

clase obrera se mantiene unida y organizada, está en

condiciones de impedir con su lucha la instauración de la dictadura fascista.

La tarea más importante de la clase obrera y de

sus partidos marxistas, en los países capitalistas, consiste en unir y movilizar las fuerzas para la lucha revolucionaria contra el imperialismo y contra el fascismo. Pero en el camino de la clase obrera se interponen los socialistas de derecha. Sembrando la división en las filas de la clase obrera, los dirigentes de los socialistas de derecha debilitan sus fuerzas y

 

 

 

allanan con ello el camino al fascismo. Y, allí donde los socialistas de derecha llegan al Poder, ponen a la orden del día la represión armada contra los obreros revolucionarios. Así lo atestiguan las matanzas de obreros por órdenes de los ministros "socialistas", en una serie de países capitalistas.

Los precursores de los dirigentes de los socialistas de  derecha,  los  dirigentes  de  la  Segunda Internacional, reconocían de palabra la doctrina marxista acerca del Estado, pero en la práctica falsificaban y bastardeaban esta doctrina, extirpando de   ella   lo   principal:   el   reconocimiento   de   la necesidad de destruir la máquina del Estado burgués y de instaurar la dictadura del proletariado. Hoy día, los dirigentes de los socialistas de derecha han roto abiertamente con el marxismo en general, y en particular con la doctrina marxista acerca del Estado. Proclaman cínicamente la caducidad de la doctrina de Marx y Engels acerca del Estado, acerca de la dictadura del proletariado, propagan las más reaccionarias trivialidades burguesas acerca del carácter del Estado como una institución situada "por encima de las clases" y llaman a la clase obrera, no a desmontar y destruir la máquina del Estado burgués, sino a "apoderarse" de ella, con ayuda del sufragio universal.

Pero la clase obrera va apercibiéndose cada vez más de la indisoluble conexión que existe entre la opresión económica del régimen capitalista y el Estado burgués, como instrumento político de la burguesía, al que está asignada la misión de reprimir a los trabajadores.

El capitalismo, como sistema tanto económico cuanto   social,   se   ha   convertido  en   un  sistema

reaccionario  y  hace  ya  mucho  tiempo  que  se  ha

agotado y se sobrevive. Pero se mantiene aún en el

Poder y sigue existiendo en una parte considerable de la tierra, ante todo y fundamentalmente gracias a la violencia política desplegada por la burguesía con ayuda del Estado, y también como resultado de la represión espiritual y del engaño del proletariado, por parte de la burguesía y de sus agentes en el seno del movimiento obrero.

El Estado burgués es la fuerza que vela por mantener en pie al régimen capitalista caduco. Los trabajadores, al defender sus intereses económicos y sus derechos democráticos elementales, el derecho de huelga, de reunión, de manifestación, etc., luchando contra los instigadores de la guerra, chocan inevitablemente con la fuerza política concentrada de la reacción burguesa, materializada en la máquina del Estado burgués. De aquí que la lucha de la clase obrera, encabezada por el Partido marxista, cobre inevitablemente la forma de lucha por el derrocamiento de la dominación política de la burguesía,  por  la  destrucción  de  la  máquina  del Estado burgués, por la instauración de la dictadura del proletariado.

 

La clase obrera no podrá enderezarse, ponerse en pie y liberarse sin destruir toda la supraestructura política y, ante todo, el Estado burgués. Toda la máquina estatal de la burguesía, de abajo arriba, está dirigida a la opresión y la represión de la mayoría de la población explotada por una minoría de explotadores. Por eso, la clase obrera no puede apoderarse de esta máquina, sino que debe desmontarla, destruirla, para crear, en vez del Estado burgués,   un   Estado   de   nuevo   tipo,   el   Estado proletario.

 

5. La dictadura del proletariado, nuevo tipo de

Estado.

La revolución socialista acaba con la dominación política  de  la  burguesía  e  instaura  la  dominación

política del proletariado. Sienta las bases para un Estado de nuevo tipo, radicalmente distinto de todos los que le han precedido. Este Estado es un Estado

socialista, por cuanto sirve de instrumento para la construcción del socialismo y es una supraestructura

política erigida sobre la base socialista. Por su contenido   de   clase,   este   Estado   constituye   la dictadura de la clase obrera, es la expresión de la

dirección estatal de la sociedad por el proletariado.

La revolución socialista y la aparición del Estado proletario  representan  el  más  profundo  y  radical

viraje en toda la historia universal. Con la toma del

Poder por el proletariado, se instaura por vez primera en la historia la dominación política de la clase de los

explotados. Por vez primera en la historia, el Estado

sirve, no para fortalecer la explotación del hombre por el hombre, sino, por el contrario, para destruirla.

La dictadura del proletariado es el instrumento de la revolución proletaria, su más importante punto de apoyo.  El  proletariado  no  puede  llevar  a  cabo  su

misión histórica -derrocar el capitalismo y construir el     socialismo-     sin     instaurar     su     dictadura

revolucionaria. Esta dictadura es necesaria para aplastar la resistencia de la burguesía, consolidar la victoria de la revolución socialista y llevarla hasta el

final, hasta el triunfo definitivo del comunismo.

La dictadura del proletariado no surge como resultado  del  desarrollo  paulatino,  evolutivo,  del

viejo orden burgués, sino por obra de su destrucción

revolucionaria. La instauración de la dictadura del proletariado nada tiene que ver con un simple relevo

de personas en el gobierno del Estado, con el cambio

de un "gabinete ministerial" por otro. El marxismo- leninismo desenmascara la traición de los dirigentes de los socialistas de derecha, que, por miedo a la dictadura  del  proletariado,  reducen  a  un  simple cambio de "gabinetes", de ministros, la conquista del Poder por el proletariado. La experiencia histórica demuestra que la subida al Poder de los llamados gobiernos "socialistas" (a la manera del gobierno de los laboristas en Inglaterra o de los socialdemócratas en   Finlandia)   no   trae   consigo   ningún   cambio

 

 

 

sustancial  en  el  Estado  burgués  ni  en  su  política. Tales gobiernos siguen siendo aparatos subalternos en manos de la burguesía y a su servicio. Sólo el derrocamiento del Poder burgués y la expropiación de la burguesía, la destrucción de la vieja máquina estatal y la creación de un nuevo Estado, el Estado proletario, garantiza la dominación política del proletariado.

La dictadura del proletariado es un tipo nuevo de

Estado, que se diferencia de los Estados anteriores, tanto por su contenido de clase como por la forma de la organización estatal, por su misión histórica, por el papel que desempeña en el desarrollo de la sociedad y, consiguientemente, por sus funciones.

A diferencia de los Estados que lo han precedido, la  misión  de  la  dictadura  del  proletariado  no  se reduce al empleo de la violencia. Son inherentes a ella tres aspectos interdependientes, que determinan su carácter de clase y su misión histórica:

"1) Utilización del Poder del proletariado para aplastar  a  los  explotadores,  para  defender  el  país, para consolidar los lazos con los proletarios de los demás países, para desarrollar y hacer triunfar la revolución en todos los países.

"2) Utilización del Poder del proletariado para apartar definitivamente de la burguesía a las masas trabajadoras y explotadas, para consolidar la alianza entre el proletariado y estas masas, para hacer participar a estas masas en la edificación socialista, para asegurar al proletariado la dirección estatal de estas masas.

"3) Utilización del Poder del proletariado para organizar el socialismo, para suprimir las clases, para pasar a una sociedad sin clases..."119

La dictadura del proletariado es la unidad indisoluble de los tres aspectos que acaban de señalarse. La dictadura del proletariado en un país que se halla bajo las condiciones del cerco capitalista es   inconcebible   sin   la  existencia   de   estos   tres aspectos combinados. Sólo de la combinación de los tres resulta el concepto completo y cabal de la dictadura del proletariado.

El primer aspecto de la dictadura del proletariado determina su misión histórica en la lucha contra las

clases    explotadoras    y    sus    Estados,    expresa

fundamentalmente el lado violento de la dictadura del  proletariado,  que  emana  de  la  necesidad  de

aplastar   la   resistencia   de   los   explotadores.   La

dictadura del proletariado nace y se fortalece en el curso de una enconada lucha de clases contra las clases  explotadoras  derrocadas  dentro  del  país  y contra los Estados capitalistas que las apoyan, fuera de sus fronteras.

Todos los Estados anteriores representaban la dictadura de la minoría explotadora sobre la mayoría explotada; la dictadura del proletariado, por el contrario,  es  la  dictadura de  la  mayoría  explotada

 

sobre la minoría explotadora. Y en esto reside una de las diferencias de principio de la dictadura del proletariado con respecto a todos los Estados de la explotación precedentes y los que hoy subsisten.

El primer aspecto de la dictadura del proletariado, al expresar las tareas del Estado proletario en la lucha contra las clases explotadoras v sus Estados, incluye también la utilización de su Poder estatal por la clase obrera para consolidar las relaciones con los trabajadores de otros países, para ayudar a éstos a liberarse del yugo capitalista. La realización de esta tarea fortalece las posiciones de los trabajadores de todos los países en la lucha contra el imperialismo mundial.

El lado de la violencia es inseparable de la dictadura  del  proletariado.  Sin  embargo,  no  debe verse en la violencia el lado único de la dictadura del proletariado, ni siquiera el lado fundamental. La dictadura del proletariado no representa solamente la violencia con respecto a los explotadores, sino que es también la dirección del proletariado sobre las masas trabajadoras no proletarias. Este papel dirigente de la clase obrera expresa el segundo aspecto de la dictadura del proletariado, que determina su misión con respecto a las masas trabajadoras no proletarias y, principalmente, con respecto a los campesinos.

Desarrollando las ideas de Marx y Engels acerca de la dictadura del proletariado, Lenin completó la fórmula de la dictadura del proletariado, desde el punto de vista del problema de los aliados de la clase obrera. "La dictadura del proletariado -enseña Lenin- es la forma específica de la alianza de clases entre el proletariado, vanguardia de los trabajadores, y las numerosas capas no proletarias de éstos (la pequeña burguesía, los pequeños propietarios, los campesinos, los  intelectuales,  etc.)  o  de  la  mayoría  de  ellas, alianza dirigida contra el capital y encaminada a su total derrocamiento, al completo aplastamiento de la resistencia de la burguesía y de los intentos de restauración por parte de ésta, alianza que tiene como fin la definitiva creación y consolidación del socialismo".120

El principio supremo de la dictadura del proletariado  es,  según  las  palabras  de  Lenin,  la

realización  de  la  alianza  del  proletariado  con  los

campesinos trabajadores, una alianza en que aquél, el proletariado, pueda afirmar su papel dirigente y su

Poder estatal, encauzar el desarrollo de la sociedad

hacia el socialismo.

La alianza de la clase obrera y los campesinos, que forman la mayoría inmensa de la sociedad, fué la

fuerza capaz de vencer en nuestro país la resistencia de   las   clases   explotadoras,   derribar   el   caduco

régimen capitalista y consolidar el nuevo régimen, el régimen socialista soviético.

Con su lucha contra la explotación, el proletariado

expresa los intereses vitales y generales de todos los

 

 

 

119 J. V. Stalin, Obras completas, trad. esp, t. VIII, pág. 32.

 

120 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, págs. 310, ed. rusa.

 

 

 

trabajadores y explotados. Esto le da la posibilidad de apartar de la burguesía a las capas pequeño- burguesas  de  los  trabajadores,  de  establecer  una sólida alianza con ellas y de asegurar su gradual incorporación a la construcción del socialismo. En el apoyo que prestan al Estado proletario las más extensas masas trabajadoras se expresa una de las diferencias de principio de este Estado con respecto a todos los Estados de la explotación.

El tercer aspecto de la dictadura del proletariado determina la misión de ésta en la transformación de toda la sociedad. Este aspecto caracteriza a la dictadura del proletariado como la palanca históricamente necesaria para la transformación socialista de la economía, de todas las relaciones sociales y de la cultura del país, como instrumento para la reeducación de las masas en el espíritu del socialismo, como arma para la destrucción de las clases y la construcción de la sociedad sin clases, de la sociedad comunista.

A diferencia de las formas de Estado anteriores, el

Estado socialista no sólo ayuda a su base a formarse y fortalecerse, sino que actúa, además, como órgano de ella. Dos circunstancias determinan el papel especial del Estado socialista. en lo que se refiere a la transformación económica de la sociedad: la primera es que la revolución proletaria, a la que sirve de instrumento la dictadura del proletariado, tiene como meta acabar con toda explotación del hombre por el hombre, al paso que las revoluciones precedentes se habían limitado a sustituir una forma de explotación por otra; la segunda, que la revolución proletaria comienza en condiciones en que no existe ninguna o casi ninguna forma ya dispuesta de régimen económico socialista. La revolución socialista parte de la conquista por el proletariado del Poder estatal, utilizado como palanca para la construcción de una nueva economía, de la economía socialista. De aquí que el Estado proletario esté llamado a desempeñar un papel constructor creador importantísimo en la edificación de la economía socialista. En las decisiones  del  Partido  que  ha  caracterizado  esta misión del Estado socialista del siguiente modo: "El Estado soviético es la forma más completa y omnímoda de organización obrera, la que realiza en la práctica la construcción del comunismo incorporando a esta labor a masas cada vez más extensas de campesinos. De otra parte, el Estado soviético es la organización obrera que dispone de todos los medios materiales de coerción. Como dictadura del proletariado, el Estado soviético es la palanca de la transformación económica".121

El Estado proletario cuenta con la posibilidad de cumplir eficazmente su misión económica, porque se

basa en la ley de la obligada correspondencia de las

 

 

121 El P.C.U.S. en las resoluciones y acuerdos de los Congresos y Conferencias y de los Plenos del C.C., parte I. 7ª ed. rusa 1953. pág. 490.

 

relaciones  de  producción  con  el  carácter  de  las fuerzas productivas, ley que exige la liquidación de las viejas relaciones de producción, las capitalistas, y la instauración de otras nuevas, las socialistas.

El Estado socialista surge como supraestructura política cuando aún no existe una base socialista plasmada. Pero este Estado brota como expresión de la necesidad económica del paso hacia el socialismo, emanada de la ley objetiva de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, y sirve de instrumento para realizarla. El Estado socialista se apoya, al principio, en las formas socialistas de economía que van introduciéndose por medio de la nacionalización de la industria capitalista, de la banca y del transporte. Durante el período de transición, crece y se fortalece el régimen socialista de la economía, afirmándose como la basé económica del nuevo poder político. El paso de la economía de transición, en que coexisten diversos regímenes de vida, a la economía socialista monolítica, representa la total plasmación y la victoria completa de la nueva base económica, de la base socialista. Y, como resultado de esta victoria, el Estado socialista se desarrolla todavía más: cambian sus funciones y sus formas, y cobra su pleno desarrollo la nueva democracia, la democracia socialista.

De este modo, el Estado socialista, como Estado de  nuevo  tipo,  cumple  una  misión  especial  en  la

transformación  del  régimen  económico  de  la sociedad y, a la par con ello, se desarrolla a base de

los cambios operados en el régimen económico, reflejándose en él los rasgos característicos de éste.

Reflejo del nuevo régimen económico de la sociedad es también la democracia socialista, en la que  toman  cuerpo  las  peculiaridades  del  Estado

proletario, como Estado de nuevo tipo.

El Estado proletario lo construyen las propias masas trabajadoras. Decía Lenin que, a diferencia del

Estado feudal, obra de cientos de poseedores, y del

Estado burgués, obra de miles y decenas de miles de ricos, el Estado socialista sólo puede crearse con la

participación  directa  y  activa  en  el  gobierno  de

decenas de millones de trabajadores.

La dictadura del proletariado es el tipo más alto de   democracia   en   una   sociedad   de   clase,   la

democracia socialista, que expresa los intereses de las masas populares, por oposición a la democracia

capitalista, expresión de los intereses de un puñado de explotadores.

La   dictadura   del   proletariado   es   un   Estado

dictatorial y democrático de un tipo nuevo. La clase obrera lleva a cabo, por medio de él, la represión contra las clases explotadoras, que forman una minoría insignificante de la población, y asegura la democracia para la mayoría inmensa de la población, para los trabajadores.

Por  tanto,  la  instauración  de  la  dictadura  del

 

 

 

proletariado  representa  un  ensanchamiento  enorme de la democracia, la sustitución de la falaz y limitada democracia  burguesa  por  la  democracia  proletaria, que garantiza los más amplios derechos políticos a los  trabajadores,  es  decir,  en  un  comienzo  a  la mayoría de la población, y más tarde (una vez liquidadas las clases explotadoras) a toda ella. "Observamos aquí, cabalmente -escribe Lenin-, uno de los casos de "transformación de la cantidad en calidad": la democracia, llevada a cabo con tal plenitud y consecuencia, las mayores que puedan concebirse, se convierte de democracia burguesa en democracia proletaria"…122

La democracia proletaria, socialista, además, constituye una democracia de tipo nuevo y más alto,

porque pone fin al divorcio entre la proclamación de

los derechos y libertades democráticas y su efectiva realización. La Constitución promulgada en 1918 por la República Socialista Soviética Federativa de Rusia no se limitaba a proclamar los derechos y libertades democráticas, sino que establecía, al mismo tiempo, las  garantías  materiales  necesarias  para  su efectividad. Y este rasgo característico de la democracia socialista adquirió todavía mayor desarrollo en la Constitución promulgada por la U.R.S.S. en 1936, que no se contenta con proclamar la igualdad de derechos de los ciudadanos, sino que los asegura legislativamente de un modo real y efectivo, al liberar a los ciudadanos de toda explotación, que no sólo proclama el derecho al trabajo, sino que garantiza real y efectivamente este derecho,  mediante  el  hecho  de  la  ausencia  de  las crisis en la sociedad soviética y el hecho de la supresión del paro forzoso. El democratismo de la Constitución de la U.R.S.S. es, por tanto, un democratismo socialista.

La democracia socialista asegura al pueblo la libertad  de  toda  explotación,  de  las  crisis económicas, del paro forzoso, de la pobreza. Estas libertades,  que  la  democracia  burguesa  no  da  ni puede dar al pueblo, forman precisamente la base, el fundamento, de todas las otras libertades. La democracia socialista, reflejo del régimen económico de la sociedad socialista, en que no se conoce la explotación del hombre por el hombre, constituye el tipo más alto de democracia.

Y a la par con el Estado socialista, como Estado de nuevo tipo, ha surgido también el derecho socialista, que representa un nuevo y más alto tipo de derecho,  sustancialmente  distinto  del  derecho burgués.

Los enemigos del Estado soviético afirmaban que la dictadura de la clase obrera es la negación del derecho, la sustitución de éste por la violencia pura y simple. Esta afirmación, a todas luces calumniosa, sólo demuestra una cosa, y es que quienes tal sostienen, llegados de su ceguera, de su rencor y de

 

122 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 391, ed. rusa.

 

su estupidez de clase, no reconocen otro derecho que el derecho burgués. En realidad, la clase obrera victoriosa, después de tomar en sus manos el Poder, destruye el viejo derecho, el derecho burgués, declara abolida la vieja legislación, pero crea en su lugar un nuevo derecho, el derecho socialista, y una nueva legalidad, la legalidad revolucionaria.

Por oposición al derecho burgués, expresión de la voluntad  de  la  minoría  explotadora,  el  derecho

soviético   socialista   expresa   en   sus   normas   la voluntad de la clase obrera que se halla en el Poder,

como jefe y representante de todos los trabajadores, es decir, la voluntad y los intereses que son al principio los de la mayoría y más tarde, después del

triunfo del socialismo, los del pueblo soviético en su totalidad.   El   derecho   soviético   es   un   poderoso

instrumento en la lucha por el triunfo del socialismo y del comunismo.

La diferencia radical que media entre el Estado

proletario, como Estado de nuevo tipo, y todos los tipos de Estado que lo han precedido, así como entre el derecho socialista y todos los tipos de derecho anteriores, se refleja también en el destino histórico de uno y otro. Todos los Estados precedentes, que al nacer hicieron posible el desarrollo progresivo de la sociedad, acabaron convirtiéndose con el tiempo en un obstáculo para este desarrollo; acabaron fortaleciendo la dominación de las clases explotadoras, las cuales degeneraron, con el tiempo, en clases caducas. Estos Estados tenían que sucumbir violentamente, por obra de una explosión revolucionaria.  Por  el  contrario,  el  Estado  y  el derecho socialistas no se convierten en un obstáculo interpuesto ante el desarrollo social, ni se hallan expuestos a verse destruidos por la violencia. Son, lejos de ello, la más grandiosa fuerza progresiva, que hace posible el desarrollo de la sociedad y garantiza el triunfo pleno del comunismo. Una vez que hayan cumplido su misión histórica, cuando la división en clases  de  la  sociedad  y  la  lucha  de  clases  se incorporen al pasado, cuando pueda darse por liquidado el capitalismo y el comunismo se haya afianzado en todos los países, el Estado y el derecho socialistas irán extinguiéndose gradualmente.

 

6.  Las  formas  estatales   de  la  dictadura  del proletariado.

Al nuevo contenido de clase del Estado proletario

corresponden también las nuevas formas de la organización política de la sociedad.

En 1871, año en que la heroica clase obrera de

París llevó a cabo el primer intento de instauración de la dictadura del proletariado, se estableció, por la iniciativa creadora de las masas del proletariado revolucionario, una forma de organización del poder político nueva y más alta que el parlamentarismo burgués. La Comuna de París suprimió el viejo ejército,  sustituyéndolo  por  el  pueblo  en  armas,

 

 

 

suprimió la vieja burocracia, sustituyéndola por funcionarios elegidos, amovibles y responsables ante el pueblo. La Comuna de París sustituyó el parlamento, que en los Estados burgueses no es otra cosa que una asamblea de charlatanes, por una institución representativa para trabajar. Teniendo en cuenta  la  importancia  de  estas  transformaciones, Marx llegaba a la conclusión de que la Comuna de París de 1871 constituía una organización estatal de nuevo tipo.

Sin embargo, la conclusión de Marx y Engels en que se presentaba la Comuna como una nueva forma

de organización estatal que permitía llevar a cabo el

paso hacia el socialismo, no fué desarrollada en sus trabajos y cayó en el olvido. En la última década del

siglo XIX, Engels, trazando la crítica del proyecto de

programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana, expresó la opinión de que la república democrática era "la forma específica de la dictadura del proletariado". Claro está que Engels, al decir esto, no se refería precisamente a la república parlamentaria burguesa, sino a una república parlamentaria con nuevo contenido de clase. "La república -escribía Engels en 1894-, con respecto al proletariado, sólo se distingue de la monarquía en que es la forma política ya dispuesta para su futura dominación... Pero la república, como cualquiera otra forma de gobierno, se distingue por su contenido; mientras sea una forma de la democracia burguesa, es tan hostil a nosotros como cualquiera monarquía (abstrayendo de esta hostilidad la forma del fenómeno)".123

La tesis de Engels acerca de la república democrática como la forma de la dictadura del proletariado  fué  considerada  como  aceptable  por todos  los  marxistas  hasta  que  Lenin  llegó  a  una nueva conclusión con respecto a la forma más adecuada de la organización política de la sociedad en el período de transición del capitalismo al socialismo. Sintetizando la experiencia de la revolución de 1905 y de la de febrero de 1917, Lenin descubrió en los Soviets, forjados por la iniciativa creadora de los obreros rusos, la forma estatal de la dictadura del proletariado. Desarrollando creadoramente el marxismo, Lenin llegó a la conclusión de que la mejor forma de la dictadura del proletariado, no era la república parlamentaria, sino la república de los Soviets. La república soviética representaba la forma política buscada y por fin encontrada dentro de cuyos marcos se lleva a cabo la liberación económica del proletariado y se logra la victoria total del socialismo en la U.R.S.S. Una de las condiciones más importantes del triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre fué, precisamente, la creación por el proletariado de los Soviets de diputados obreros y el hecho de que el Partido Comunista  supo  apreciar  la  significación  de  esta

 

 

123  K. Marx und F. Engels, Ausgewähte, Briefe, Zurich 1934, págs. 475 s.

 

iniciativa revolucionaria de los obreros rusos y desplegar la lucha por la entrega de todo el Poder a los Soviets. Con el viejo aparato estatal, destinado a reprimir al pueblo, es indudable que el proletariado no habría logrado afianzar su Poder, y le habría sido imposible crear de golpe un nuevo aparato de Estado.

La peculiaridad de los Soviets estriba, ante todo, en que son la organización estatal más de masas y más democrática de cuantas pueden existir en una sociedad de clase. Antes de convertirse en organización estatal, los Soviets eran ya órganos de la lucha revolucionaria, en que se agrupaban, bajo la dirección del proletariado, las más extensas masas trabajadoras. La fuerza de los Soviets consiste en que son: 1) las organizaciones de masas más extensas, que abarcan a todo el proletariado; 2) las únicas organizaciones de masas que agrupan, bajo la dirección del proletariado, a todos los explotados y oprimidos; 3) los órganos más poderosos de la lucha revolucionaria   de   las   masas;   4)   organizaciones directas de las propias masas y, por tanto, las más democráticas de todas.

Al tomar el Poder en sus manos y convertirse en la organización del Estado, los Soviets, no sólo no

perdieron estos rasgos característicos de organizaciones de masa de los trabajadores, sino que,

por el contrario, los desarrollaron. La esencia del Poder soviético se cifra en que los Soviets, es decir, las    organizaciones    más    de    masas    y    más

revolucionarias de los propios trabajadores, pasan a ser el fundamento político permanente y único del

Poder del Estado. Las masas trabajadoras, que bajo las  condiciones  del  parlamentarismo  burgués  se

hallan  apartadas  de  la  gobernación  del  Estado,  de toda participación decisiva en la vida política y del disfrute de los derechos y libertades democráticas,

son  incorporadas,  bajo  las  condiciones  de  la dictadura  del  proletariado.  y  por  medio  de  los

Soviets, a la participación incondicional, y además decisiva, en el gobierno del Estado.

El sistema soviético aúna en la persona de los

representantes del pueblo el poder legislativo y el ejecutivo. Por oposición al parlamentarismo burgués, los  Soviets  constituyen  un  tipo  de  organización estatal en que los órganos representativos no son reuniones de charlatanes, sino órganos de trabajo y de acción. El aparato estatal soviético "permite combinar las ventajas del parlamentarismo con las ventajas de la democracia inmediata y directa, es decir, aunar en la persona de los representantes elegidos por el pueblo la función legislativa y la ejecución de leyes. Comparado con el parlamentarismo, esto constituye un paso de avance en el desarrollo de la democracia que encierra una significación histórico-mundial".124

El Poder estatal burgués representa, hasta en las repúblicas    burguesas    más    democráticas,    una

 

124 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVI, pág. 79, ed. rusa.

 

 

 

organización por arriba solamente, que no descansa sobre  ninguna  base  política  de  masas.  La organización local de los Estados capitalistas no descansa en órganos representativos democráticos, sino en los municipios, los ayuntamientos y otros órganos por el estilo, supeditados a los representantes del  poder  ejecutivo,  al  ministerio  de  asuntos interiores, a los gobernadores, a los prefectos, etc., y carentes de toda clase de funciones políticas. Su competencia se limita a los asuntos de la administración municipal, a la asistencia social, etc.; se ocupan, según la expresión de Lenin, de tareas inofensivas para el Estado burgués, tales como la de "estañar las tuberías de agua".

A diferencia del régimen parlamentario burgués, el régimen soviético ha creado un sistema único de representación popular de abajo a arriba. Los Soviets constituyen  una  organización  estatal  única  y armónica,  en  la  que  todos  los  órganos  del  Poder, tanto  los  superiores  como  los  locales,  descansan sobre una base democrática general. Los Soviets locales son órganos del Poder estatal con plenitud de derechos y sirven de fundamento a todo el edificio del Estado soviético. El Poder soviético no es sino la unificación y la plasmación de los Soviets de diputados de trabajadores de abajo a arriba, en una organización general de Estado, la República de los Soviets.

Pero, a la par que la organización estatal más de masas  y  más  democrática,  el  Poder  soviético  es

también  el  Estado  más  internacional  de  todos.  El

Poder soviético no sólo ha destruido hasta en sus fundamentos todo el sistema de la opresión nacional, sino que asegura de hecho la participación de los trabajadores de todas las naciones en la construcción de la nueva vida.

El régimen soviético ofrece, asimismo, formas de organización   estatal   nunca   vistas   en   el   mundo burgués, como es la unión fraternal de las repúblicas, agrupadas sobre la base de la federación y la autonomía soviéticas.

La forma de la federación soviética, como la más adecuada   para   la   estructuración   de   un   Estado socialista multinacional, fué descubierta por Lenin. En la Declaración de derechos del pueblo trabajador explotado, redactada por Lenin y aprobada en enero de 1918 por el Tercer Congreso de los Soviets de toda Rusia, se proclamaba la institución de la República Soviética Rusa sobre la base de la libre agrupación de naciones libres en una federación de repúblicas nacionales soviéticas.

Las formas de la federación y la autonomía soviéticas adoptadas en la U.R.S.S. se caracterizan por su gran flexibilidad y variedad, reflejo de la variedad que se advierte en la composición nacional de la población del país. Por nexos federativos se hallan unidas, ante todo, las repúblicas soviéticas de la  Unión,  que  gozan  de  soberanía  como  Estados.

 

Estas repúblicas son Estados independientes, salvo en los asuntos que voluntariamente han conferido a la competencia de los órganos del Poder estatal de toda la Unión. En el seno de algunas repúblicas agrupadas en ésta existen repúblicas autónomas y regiones y distritos nacionales autónomos. Y esta estructura del Estado   socialista   multinacional   brinda   las   más amplias posibilidades al desarrollo político, económico y cultural de todas las naciones y facilita la colaboración de éstas en la construcción del comunismo.

La federación soviética recae sobre la población de determinados territorios, que se distingue por las peculiaridades de su composición nacional y las características de su modo de vivir, representando cierta integridad económica. El Estado soviético reconoce a estos territorios la autonomía, es decir, el derecho a gobernarse políticamente a sí mismos. La esencia de clase de la autonomía soviética reside en el hecho de que todo el Poder pertenece a los trabajadores.

La  federación  soviética,  como  forma  de agrupación de los trabajadores de diversos pueblos y naciones, se distingue radicalmente de la federación burguesa, principalmente por el hecho de que se basa en la agrupación voluntaria y la igualdad de derechos de los pueblos. La voluntariedad de la agrupación la expresa el artículo 17 de la Constitución de la U.R.S.S., que reconoce a cada república de la Unión el derecho a separarse libremente de la U.R.S.S. La igualdad de derechos de las repúblicas soviéticas se expresa en el hecho de que todas las repúblicas socialistas soviéticas que forman la U.R.S.S. -lo mismo las grandes que las pequeñas- gozan de derechos iguales. El principio de la igualdad de derechos de los pueblos encuentra su expresión en el sistema bicameral del órgano supremo del poder de la U.R.S.S. Explicando lo que significa la existencia de  las  dos  Cámaras  del  Soviet  Supremo  de  la U.R.S.S., decía J. V. Stalin: "El sistema de Cámara única sería mejor que el bicameral, si la U.R.S.S. fuera   un   Estado   nacional   homogéneo.   Pero   la U.R.S.S. no es un Estado nacional homogéneo. Poseemos un organismo supremo en el que están representados los intereses comunes de todos los trabajadores de la U.R.S.S. independientemente de su nacionalidad. Este es el Soviet de la Unión. Pero, además de los intereses comunes, las nacionalidades de la U.R.S.S. tienen también sus intereses particulares, específicos, vinculados a sus particularidades   nacionales.   ¿Pueden   descuidarse estos intereses específicos? No, evidentemente. ¿Es necesario tener un organismo supremo especial que refleje precisamente esos intereses específicos? Indiscutiblemente, sí. No cabe la menor duda de que sin un organismo semejante sería imposible gobernar un Estado multinacional como la U.R.S.S. Este organismo es la segunda Cámara, el Soviet de las

 

 

 

Nacionalidades de la U.R.S.S."125

La República de los Soviets es la forma política clásica de la dictadura del proletariado, la forma más

alta de la nueva democracia, que viene a sustituir al

parlamentarismo burgués. Pero los Soviets no son la única forma política posible de la dictadura del proletariado. Ya antes del triunfo de la Gran Revolución socialista de Octubre preveía Lenin que el paso del capitalismo al socialismo, en los diversos países,  se  llevaría  a  cabo  con  algunas particularidades, lo que se reflejaría también en las formas  de la organización política de la sociedad. "Las  formas  de  los  Estados  burgueses  -escribía Lenin- varían extraordinariamente, pero su esencia es siempre una y la misma: todos estos Estados son, de un modo o de otro, pero en última instancia obligadamente, la dictadura de la burguesía. El paso del capitalismo al comunismo no podrá por menos de ofrecer, evidentemente, una enorme abundancia y variedad de formas políticas, pero su esencia será, inevitablemente, una y la misma: la dictadura del proletariado".126

La   aparición   del   régimen   de   la   democracia popular  en una serie de países de Europa y Asia,

liberados por la Unión Soviética de la dominación fascista  imperialista,  ha  venido  a  confirmar  este

pensamiento de Lenin. La experiencia ha demostrado que el régimen de la democracia popular puede cumplir con éxito las funciones de la dictadura del

proletariado, es decir, llevar a cabo la liquidación de los  elementos  capitalistas  y  la  organización  de  la

economía socialista, aplastar la resistencia de las clases explotadoras y organizar y fundir a las masas

trabajadoras en torno a la clase obrera, para la construcción del socialismo. Por su esencia, el régimen de la democracia popular, lo mismo que el

régimen  soviético,  encarna  el  Poder  de  la  clase obrera, en alianza con los trabajadores de la ciudad y

del  campo.  El  Poder  soviético  y  la  democracia popular son dos formas distintas de la dictadura del proletariado.

Las  diferencias  entre  el  régimen  soviético  y  el régimen de la democracia popular se explican por el

hecho de que estas formas del Estado socialista han surgido en condiciones históricas distintas. Rusia fué el  primer  país  de  la  dictadura  del  proletariado,

cercado por Estados capitalistas enemigos. La transformación      gradual      de      la      revolución

democrático-burguesa en revolución socialista condujo, en Rusia, al derrocamiento, por medio de la insurrección armada, del Poder que había existido en

el país hasta la revolución socialista. En medio de la más furiosa lucha de clases, todos los partidos no

proletarios se habían convertido, ya antes de la revolución        de        Octubre,        en        partidos

 

 

125  J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, trad. esp., México,

1941, pág. 619.

126 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 385, ed. rusa.

 

contrarrevolucionarios. He aquí por qué el Poder soviético no se basó en una coalición de diversos partidos (descontando el corto período de duración del bloque de los comunistas con los social- revolucionarios "de izquierda", quienes ya medio año después de haberse instaurado el Poder soviético se sublevaron contra él, pasándose al campo de la contrarrevolución). La gran agudización de la lucha de clases en el primer período del régimen soviético impuso la necesidad de privar a los explotadores de los derechos electorales.

Distintas fueron las condiciones en que surgió la dictadura  del  proletariado  en  los  países  de democracia popular. Estos países no llevan a cabo el tránsito del capitalismo al socialismo ellos solos, sino bajo la ayuda directa de su vecina, la poderosa Unión Soviética, del país del socialismo victorioso.

Después de liberados estos países del régimen fascista,  tomaron  el  Poder  en  ellos  gobiernos  de

Frente Popular, que por aquel entonces no representaban aún el Poder del proletariado. Como

habrá de exponerse en detalle más adelante, en el capítulo VII, bajo el epígrafe de "La teoría marxista- leninista de la revolución", el Poder de la democracia

popular afrontó y resolvió, en su primera etapa, las tareas de la revolución democrático-burguesa.

El  régimen  de  la  democracia  popular,  en  los países de la Europa central y sudoriental, surgió a base del Frente Popular, creado en el curso de la

lucha de liberación nacional y en el que, bajo la dirección   del   proletariado   y   de   su   Partido,   se

agruparon, bajo la plataforma general de la lucha contra  los  invasores  fascistas  alemanes  y  por  la

liberación nacional, diversos partidos existentes con anterioridad, incluyendo algunos partidos burgueses y pequeñoburgueses. Esto hizo posible que en los

países de democracia popular se estableciera un sistema  multipartidista,  que  la  Rusia  Soviética  no

había llegado, de hecho, a conocer. Sin embargo, en el curso del desarrollo de la lucha de clases, se hundieron en la bancarrota y desaparecieron de la

escena los partidos burgueses y conciliadores que abrazaron   el   camino   de   la   lucha   contra   los

trabajadores. Y, gracias a ello, se fortaleció todavía más el papel dirigente del Partido de la clase obrera, en torno al cual se agrupaba la inmensa mayoría del

pueblo, lo que hizo posible la instauración de la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado se instauró, en estos países, como resultado de la transformación gradual de    la    revolución    democrática,    antifeudal    y

antifascista, en revolución socialista, sin necesidad del derrocamiento por la fuerza de los gobiernos que

subieron al Poder después de haber sido liberados estos países del fascismo. Como ya se ha dicho en el capítulo V, a las fuerzas reaccionarias de los países

de democracia popular no les fué posible desencadenar la guerra civil. En la situación creada,

 

 

 

no hubo necesidad de privar de los derechos electorales  a  los  explotadores.  La  existencia  y  la ayuda de la Unión Soviética abrieron a los países de la  Europa  central  y  sudoriental  la  posibilidad  de llevar a cabo el tránsito del capitalismo al socialismo, a  través  de  la  dictadura  del  proletariado,  bajo  la forma de la democracia popular.

En otros países, la dictadura del proletariado, sin la que no podrá llevarse a cabo la transformación

revolucionaria   de   la   sociedad   capitalista   en   la sociedad socialista,  presentará  también  sus  propias

peculiaridades. Así, por ejemplo, el programa del Partido  Comunista  de  la  Gran  Bretaña  y  el  del Partido Progresivo Obrero del Canadá llaman a la

creación de una amplia coalición popular o unión de todas las capas trabajadoras, para acabar con el Poder

de  los  capitalistas  y  ponerlo  en  manos  de  un verdadero gobierno popular, capaz de encabezar la construcción del socialismo. "El pueblo británico -

dice el programa del Partido Comunista de la Gran

Bretaña- podrá transformar la democracia capitalista en una verdadera democracia popular, convirtiendo

el parlamento, obra de la lucha histórica de Bretaña

por la democracia, en instrumento de la democracia, en instrumento de la voluntad de la inmensa mayoría

del pueblo británico". El camino de la Gran Bretaña

hacia el socialismo, a base de la transformación del parlamento, tal como lo señala el programa de los comunistas ingleses, no es el camino del parlamentarismo burgués. Los comunistas ingleses parten de la necesidad, no sólo de conquistar la mayoría parlamentaria, sino de transformar el parlamento mismo, convirtiéndolo en verdadero exponente de la voluntad del pueblo. Para lo cual será necesario derrotar a los actuales gobernantes de la  Gran  Bretaña  y  arrancar  el  Poder  efectivo  de manos de los explotadores. Solamente así  se asegurará el nuevo contenido de clase, el contenido proletario  del  Poder,  contenido,  como  Lenin enseñaba, tan poderoso, que "es capaz de regenerar, vencer y someter a todas las formas, no sólo las nuevas, sino también las viejas".127

 

7. El Partido Comunista, fuerza orientadora en el sistema de la dictadura del proletariado.

La  dictadura  del  proletariado  se  ejerce  bajo  la

dirección del Partido marxista-leninista. Sin la dirección del partido único, del partido de los comunistas, la dictadura del proletariado no puede ser ni completa, ni sólida. Una de las causas a que se debió la derrota de la Comuna de París fué precisamente la inexistencia de un partido marxista de la clase obrera; la dirección de la Comuna de París la compartían dos partidos (el de los blanquistas y el de los proudhonistas), ninguno de los cuales abrazaba las doctrinas del marxismo. Y, por el contrario, una de  las  condiciones  más  importantes  que  hicieron

 

127 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXXI, pág. 83, ed. rusa.

 

posible   la   conquista   y   la   consolidación   de   la dictadura del proletariado en Rusia fué la dirección incompartida del Partido Comunista, tan experimentado en las luchas revolucionarias.

Y fué también la dirección de los partidos marxistas lo que permitió instaurar la dictadura del proletariado en los países de democracia popular. Los partidos comunistas y obreros de estos países conquistaron a la mayoría de los trabajadores y aseguraron su papel de dirección en los eslabones más importantes del aparato del Estado. La creación de partidos, unidos de la clase obrera, mediante la unificación del ala izquierda de los partidos socialdemócratas con los partidos comunistas, sobre la base ideológica del marxismo-leninismo, permitió reforzar el papel dirigente de la clase obrera en toda la vida social y estatal de los países de democracia popular. Actualmente, sólo existen en los países de democracia  popular,  junto  al  partido  de  la  clase obrera, aquellos partidos que (como, por ejemplo, el Partido  Campesino,  en  Polonia,  la  Alianza Campesina Popular, en Bulgaria, el Partido de los pequeños  propietarios,  en  Hungría,  y  otros) reconocen el papel dirigente del partido de la clase obrera y lo ayudan a llevar a cabo su política de construcción del socialismo. Enjuiciando las perspectivas del desarrollo de la democracia popular, decía en febrero de 1948 G. M. Dimitrov que el desarrollo social progresivo "no marcha hacia atrás, hacia  la  diversidad  de  partidos  y  de  grupos,  sino hacia la destrucción de todos los restos del sistema de la explotación, del sistema capitalista, lo que conduce a la formación del partido político único, encargado de dirigir el Estado y la sociedad".

El  Partido  Comunista  asegura  su  dirección  del

Estado y la sociedad por medio de las organizaciones sociales  de  masas  que  forman  el  sistema  de  la

dictadura  del proletariado.  Estas organizaciones de

trabajadores son las "correas de transmisión", las "palancas" por medio de las cuales el Partido Comunista, como fuerza orientadora, pone en movimiento todo el "mecanismo" de la dictadura del proletariado. Sin la fuerza orientadora del Partido y sin las "transmisiones" que lo enlazan con las más extensas masas trabajadoras, sería imposible una dictadura del proletariado estable y sólida.

Entre las más importantes palancas del sistema de la dictadura del proletariado en la Unión Soviética, figuran, ante todo, los Soviets, que forman la base de la organización estatal del país, y esas otras organizaciones sociales de masas que son los Sindicatos,  las  Cooperativas  y  la  Juventud Comunista. A través de estas organizaciones se incorporan a la gobernación del Estado y a la construcción del comunismo las más extensas masas trabajadoras. La fuerza llamada a dirigir, orientar y unificar la actividad de todas las organizaciones de las  masas  trabajadoras  es  el  Partido  Comunista.

 

 

 

Gracias a la actividad de estas organizaciones y a la dirección del Partido Comunista, la actividad política y el grado de organización de los trabajadores de la Unión Soviética se hallan colocados a un nivel tan alto como en ningún país. La más amplia incorporación de los trabajadores a la gobernación del  Estado  multiplica  la  potencia  del  Estado socialista. La dirección del Partido Comunista es una de  las  fuentes  más  importantes  de  la  fuerza  del Estado.

La dirección del Partido Comunista se expresa, ante todo, en el hecho de que este Partido elabora la

línea política y traza las tareas y los métodos de la

actividad práctica de todos los órganos del Poder y de todas las organizaciones sociales, en el terreno

político, económico y cultural. El Partido unifica y

orienta la labor de todas las organizaciones sociales y estatales, traza a todas ellas su meta general. La dirección del Partido se expresa, asimismo, en el hecho de que asegura la promoción a los puestos fundamentales  del  Estado  de  los  mejores trabajadores, comunistas y sin partido, dispuestos a servir honradamente al pueblo. El Partido controla la labor de los órganos del Estado y los ayuda, así, a corregir sus errores y a llevar a la práctica las decisiones  del  gobierno.  Ninguna  decisión importante es adoptada por los órganos del Estado soviético sin ajustarse a las indicaciones orientadoras del Partido.

Lo   cual   no  significa,   evidentemente,  que   el Partido Comunista pueda o deba suplantar a los Soviets,  a  los  Sindicatos  o  a  las  demás organizaciones de masas de los trabajadores. Los intentos de los trotskistas, zinovietistas y bujarinistas de identificar la dictadura de la clase obrera con la "dictadura del Partido" nada tienen de común con el marxismo-leninismo   y   fueron   aplastados   por   el Partido  Comunista  y  su  Comité  Central.  No  es posible suplantar a los Soviets, es decir, al Poder del Estado, por el Partido. Este no lleva a cabo la dictadura del proletariado directamente, sino a través de los Soviets y de las numerosas organizaciones de masas de los trabajadores. El Partido Comunista es la médula del Poder. Pero no puede identificarse con el Poder del Estado. La inadmisibilidad de tal identificación emana, entre otras cosas, del hecho de que, a diferencia del Partido, que es la organización voluntaria de la vanguardia de los trabajadores, el Estado abarca a toda la masa de la población, con las diferencias de clase que aún existen en el seno de ella, y exige la sumisión obligatoria de todos los ciudadanos del país al Poder estatal.

Los "críticos" del régimen soviético al otro lado de sus fronteras afirman que el sistema soviético no

es democrático, puesto que excluye la existencia de

otros Partidos, fuera del Comunista. Sin embargo, la

 

grado de democratismo no lo determina la cantidad de partidos existentes en el país, sino la clase que se halla en el poder, el tipo de política llevada a cabo por el Poder estatal, la situación que las masas populares ocupan en el Estado.

En el País Soviético no hay campo para la existencia de varios partidos, por la sencilla razón de

que  no  existen  clases  antagónicas,  con  intereses

irreconciliablemente hostiles. La dirección de un solo partido,   del   Partido   de   los   comunistas,   es   el

exponente del auténtico democratismo del régimen

estatal soviético, pues este Partido es el efectivo representante de todo el pueblo y lleva a cabo la política  que  responde  a  los  intereses  vitales  del pueblo, a sus anhelos y aspiraciones. "En el curso de las   últimas   décadas,   los   pueblos   de   la   Unión Soviética han experimentado en la práctica lo que eran los partidos más importantes que han existido en Rusia: el partido de los terratenientes (el de las Centenas Negras), el de los capitalistas (los kadetes), el de los mencheviques ("socialistas" de derecha), el de los social-revolucionarios (defensores de los campesinos ricos), y el partido de los comunistas. Los pueblos de nuestro país, en el curso de los acontecimientos revolucionarios desarrollados en la U.R.S.S.,  han  echado  por  la  borda  a  todos  los partidos burgueses y llegado a una conclusión favorable  al  partido  de  los  comunistas,  al  darse cuenta de que este partido es el único partido antiterrateniente y anticapitalista... Se comprende, pues,  que  los  pueblos  de  la  U.R.S.S.  apoyen  con todas sus fuerzas al Partido Comunista, probado en los combates".128

Prueba de la profundísima unidad existente entre el Partido y el pueblo es que el Partido Comunista de la Unión Soviética vaya a las elecciones a los Soviets de diputados de los trabajadores en bloque con los sin partido. Bloque que sólo es posible en el País del Socialismo, donde no existen clases hostiles entre sí y antagónicas, donde los intereses de todo el pueblo forman una unidad indisoluble y donde el Partido Comunista actúa como el exponente de los intereses generales del pueblo.

 

8. Fases de desarrollo y funciones del Estado socialista.

El Estado socialista soviético, que va cambiando y

desarrollándose en consonancia con el desarrollo de la base socialista sobre que se sustenta, ha pasado en

este proceso por dos fases principales. La primera

abarca el periodo que va de la Revolución de Octubre a la liquidación de las clases explotadoras; la segunda

comienza   con   la   liquidación   de   los   elementos

capitalistas de la ciudad y el campo y se halla actualmente en curso.

El            desarrollo           del         Estado  socialista,            como

 

existencia de diversos partidos que luchen entre sí no                 

 

es en modo alguno una prueba de democracia. El

 

128 Respuesta de Pravda a propósito de las declaraciones de Mr. Morrison, Pravda, 1 agosto 1951.

 

 

 

supraestructura política, lo determinan los cambios operados en el régimen económico y consiguientemente, en la estructura de clases de la sociedad. Con ayuda del Estado soviético, como el instrumento más importante de transformación de la sociedad, los trabajadores de la U.R.S.S. han llevado a cabo la destrucción de la vieja base, de la base capitalista, y la construcción de otra nueva, la socialista. Pero a medida que el Estado soviético iba realizando su obra de transformación, cambiaban también las condiciones de su propio desarrollo y cambiaban, asimismo, en consonancia con ellas, sus tareas, sus funciones y sus formas.

En la primera fase de desarrollo del Estado socialista soviético, sus tareas primordiales consistían

en aplastar la resistencia de las clases explotadoras

derrocadas, en organizar la defensa del país contra los ataques de los intervencionistas, en restaurar la industria y la agricultura, en preparar las condiciones para acabar con todos los elementos capitalistas. En consonancia con esto, el Estado soviético cumplió, en este período, dos funciones fundamentales: la supresión de las clases derrocadas, dentro del país, y la defensa de éste contra los ataques de fuera.

Ya sabemos que también en el pasado se caracterizaba la acción de los Estados por estas dos funciones:  la  interior  y  la  exterior. Consiguientemente, también el Estado socialista conservó algunas funciones del Estado anterior, aunque  modificadas  a  tono  con  las  nuevas necesidades del Estado proletario. Pero el contenido de estas funciones, en el Estado socialista, es sustancialmente distinto. Al paso que todos los Estados explotadores reprimen a la mayoría trabajadora de la sociedad en interés de la minoría explotadora, el Estado socialista reprime y aplasta a la minoría explotadora de la sociedad en nombre de los intereses de la mayoría trabajadora.

El Estado soviético realiza mediante diversos medios: políticos (privación de los derechos electorales), militares (represión de las insurrecciones y conspiraciones de los explotadores, etc.) y económicos (confiscación de los medios de producción y de los bienes de los explotadores, reforzamiento  de  los  impuestos  que  gravan  sobre ellos, etc.), la función de aplastamiento de la resistencia  de  las  clases  derrocadas.  Los  órganos más importantes que sirvieron para el cumplimiento de esta función, en el orden militar, fueron el ejército, los servicios de información y los órganos punitivos.

El Estado soviético no incurrió en el funesto error de  la  Comuna  de  París,  que  dió  pruebas  de  una

suavidad extraordinaria con respecto a los enemigos

de   la   revolución.   En   los   primeros   días   de   la revolución   de   Octubre,   se   creó   la   "Cheka"   o Comisión Extraordinaria de lucha frente a la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje, organismo que sembró el espanto entre la burguesía y

 

actuó como vigía inflexible de la revolución.

Los enemigos interiores del País de los Soviets - los  capitalistas  y  terratenientes-  hallábanse  unidos

por miles de hilos a los capitalistas de otros países.

Los capitalistas extranjeros los apoyaban con sus fuerzas y recursos, a la par que ellos, por su parte, actuaban como agentes de los imperialistas extranjeros. De aquí que, en la primera fase de desarrollo del Estado soviético, fueran inseparables la función de aplastar a las clases capitalistas derrocadas dentro del país y la de defender a éste de los ataques del exterior.

La función de la defensa del país de los ataques de fuera, llevada a cabo por el Estado soviético, es

también distinta por principio de la función análoga ejercida por los Estados de la explotación, pues el

Estado socialista defiende de los ataques del exterior las  conquistas  de  la  mayoría  trabajadora,  mientras que el Estado basado en la explotación defiende las

riquezas y los privilegios de la minoría explotadora.

Este   contenido   sustancialmente   nuevo   de   la función de la defensa del país se manifestó ya en los

años  de  la  intervención  militar  extranjera  y  de  la

guerra civil (1918-1920), en que el Estado soviético hubo de repeler la agresión de las fuerzas coaligadas

de     la     intervención     extranjera     y     de     la

contrarrevolución interior. Y el joven Ejército Soviético salió victorioso de este empeño, pese a la gran superioridad de los intervencionistas en armamento, provisiones de guerra y cuadros militares expertos. Lo que se explica, ante todo, por el hecho de que defendía las conquistas de la mayoría trabajadora y contaba, gracias a ello, con el apoyo de las masas populares.

En  consonancia  con  las  condiciones  históricas concretas   de  la  construcción  del   socialismo,   el

Partido Comunista de la Unión Soviética abordó de un  modo  nuevo  el  problema  de  los  órganos  de

defensa del país contra los ataques del exterior. Hasta la victoria de la revolución en la U.R.S.S., la mayoría de  los  marxistas  sostenían  la  opinión  de  que  era

necesario  sustituir  el  ejército  permanente  por  el pueblo en armas. La práctica de la construcción del

socialismo en un solo país, en medio del cerco capitalista, obligó a revisar esta concepción. Después de licenciar el viejo ejército, incapaz de defender a la

República de los Soviets, el proletariado victorioso dirigido  por  el  Partido  Comunista,  creó  un  nuevo

ejército, el Ejército Soviético. Y este ejército debía ser un ejército de cuadros, ya que, en las condiciones modernas, en que la técnica militar ha adquirido un

gigantesco desarrollo, sólo un ejército de cuadros puede  enfrentarse  a  los  ataques  de  los  ejércitos

imperialistas.

Junto    a             las           dos        funciones           fundamentales señaladas, el Estado soviético ejerció, en la primera

fase de su desarrollo, una tercera función: la de la organización de la economía y la educativo-cultural.

 

 

 

Esta función tenía como finalidad impulsar el desarrollo de los gérmenes de la nueva economía, de la economía socialista, y reeducar a los hombres en el espíritu del socialismo. Pero sin llegar a adquirir todavía, en este período, su pleno desarrollo.

La función de la organización de la economía y de  la  labor  educativo-cultural  de  los  órganos  del

Estado soviético, a diferencia de las dos anteriores,

no guarda analogía con las funciones de los Estados precedentes. Esta función es propia y peculiar del

Estado socialista.

Ninguno de los Estados anteriores, incluidos los Estados burgueses, podía realizar las tareas de la organización de la economía nacional, orientar y dirigir el desarrollo económico de la sociedad. La ley de la concurrencia y de la anarquía de la producción, inseparable del capitalismo, excluye la posibilidad de una dirección consciente de la vida económica. La dominación de la propiedad privada sobre los medios de producción condiciona el carácter espontáneo de los procesos económicos y limita la posibilidad de acción del Estado sobre el curso de estos procesos. Al  Estado  capitalista  la  economía,  en  el  sentido propio de la palabra, no le concierne gran cosa, pues no se halla en sus manos. Es, por el contrario, el Estado el que se halla en manos de la economía capitalista, en manos de los propietarios capitalistas de los medios de producción.

El gobierno de la economía nacional sólo es asequible   al   Estado   de   nuevo   tipo,   al   Estado

socialista, proletario, que concentra en sus manos los

más importantes medios de producción, convertidos en patrimonio de todo el pueblo. Sobre la base de la socialización de los medios de producción actúa la ley del desarrollo planificado (proporcional) de la economía del país. La economía nacional socialista sólo puede regirse a base de la ley económica del desarrollo planificado de la economía del país. Ley que ofrece a los órganos del Estado socialista la posibilidad   objetiva   de   planificar   la   producción social.

El Estado soviético, inmediatamente después del triunfo de la revolución, tomó en sus manos las palancas  fundamentales  del  desarrollo  económico, los  puestos  demando  de  la  economía  nacional:  la gran   industria,   los   transportes,   los   bancos,   el comercio exterior, etc., para poder encauzar el desarrollo económico del país por la vía del socialismo. Sin embargo, en los primeros años de la construcción del socialismo, en que el régimen socialista de la economía no era aún el predominante en toda la economía nacional, las posibilidades de planificación de la economía nacional resultaban todavía limitadas y las actividades de organización de la economía por parte del Estado socialista no podían cobrar aún su pleno desarrollo.

La  actividad educativo-cultural  constituye también  una  peculiaridad  propia  y  específica  del

 

Estado socialista. El Estado de la explotación utiliza los medios de influencia espiritual sobre las masas de que dispone (la Iglesia, la escuela, la prensa, etc.), fundamentalmente, al servicio de su función primordial, que es la represión de la mayoría explotada, razón por la cual no se preocupa tanto de la  instrucción  de  las  masas  y  la  elevación  de  su cultura como de oscurecer su conciencia y de aplastar su desarrollo cultural. Por el contrario, el Estado socialista   se   halla   vitalmente   interesado   en   la constante elevación del nivel cultural y de la conciencia política de las masas populares, que constituye una necesidad vital del régimen soviético. La actividad educativo-cultural del Estado soviético sirve a la educación comunista de los trabajadores, va encaminada a superar en su conciencia las supervivencias del capitalismo, a elevar su nivel técnico-cultural. Y estas actividades se hallan inseparablemente unidas a la labor de organización de la economía, ya que el desarrollo de la economía socialista sería imposible sin el desarrollo constante del grado de cultura y de conciencia comunista de los trabajadores, puesto que la base material sobre que descansa el desarrollo de la cultura socialista es el sistema socialista de la economía.

En  la  primera  fase  de  su  desarrollo,  el  Estado soviético preparó las condiciones para acabar con los

elementos capitalistas de la ciudad y el campo. Al

realizarse  la  política  de  industrialización  socialista del  país  y  de  colectivización  de  la  agricultura,  se

sentaron los fundamentos de la economía socialista y

el problema de "quién vencerá a quién" se resolvió en favor del socialismo y en contra del capitalismo. El Estado soviético entró así en la segunda fase de su desarrollo. Se plantearon ante él las tareas de la organización de la economía socialista en todo el país y de la eliminación de los últimos restos de los elementos capitalistas, las de la realización de la revolución cultural, las de la organización de un ejército plenamente a tono con las exigencias más modernas y apto para la defensa del país, las de la construcción de la sociedad comunista. Y, en consonancia con estas tareas, cambiaron también las funciones del Estado socialista.

En           esta       segunda              fase,      fué         declinando         y desapareciendo,          ya           eliminadas                         las          clases

explotadoras, la función de la represión militar dentro del país, que en la primera fase había sido una de las

funciones fundamentales del Estado soviético. Al terminar con todas las clases explotadoras en el seno del  país,  el  Estado  soviético  cumplió  una  de  sus

tareas primordiales, agotándose este aspecto de su actividad y desapareciendo la necesidad de aquella

función  de  la  represión  militar  interior.  Esto  no quiere decir que el Estado socialista no necesite, también en la segunda fase de su desarrollo, poner

coto a las actividades de los elementos enemigos del régimen soviético. Pero ahora no existen ya en el

 

 

 

interior  del  país  clases  a  las  que  sea  necesario aplastar. De aquí que la acción del ejército, de la policía y de los órganos de represión no vaya encaminada ya, en esta fase, contra los enemigos de dentro, sino contra los enemigos exteriores.

En la segunda fase de desarrollo del Estado soviético,  la  función  de  represión  militar  cede  el

puesto  a  la  función  de  velar  por  la  propiedad

socialista contra los ladrones y malversadores de los bienes del pueblo. El velar por la propiedad social se

convierte en una de las funciones fundamentales del

Estado soviético a partir del momento en que la propiedad social se consolida en todas las ramas de la economía nacional. En su informe sobre el "Balance del primer Plan quinquenal", pronunciado en enero de 1933, decía Stalin: "La base de nuestro régimen es la propiedad colectiva, así como la base del capitalismo  es  la  propiedad  privada.  Si  los capitalistas proclamaron la propiedad privada como sagrada e inviolable, logrando a su tiempo la consolidación del régimen capitalista, nosotros los comunistas,  debemos  con  tanta  mayor  razón proclamar la propiedad colectiva como sagrada e inviolable, a fin de consolidar con esto las nuevas formas socialistas de la economía, en todos los dominios de la producción y del comercio".129 Y esta función del Estado socialista seguirá siendo necesaria hasta el momento en que el trabajo se convierta en la primera necesidad vital para todos los miembros de la sociedad y la propiedad social pase a ser el fundamento inmutable e intangible de ésta.

La función de la defensa militar del país se mantiene y desarrolla todavía más en la segunda fase del Estado socialista soviético. Así lo determina el hecho de que, liquidadas las clases explotadoras en la U.R.S.S., el problema de "quién vencerá a quién", victoriosamente resuelto a favor del socialismo en el interior del país, se desplaza íntegramente al campo internacional. El Partido Comunista y su Comité Central previnieron al pueblo soviético contra el peligro del cerco capitalista en torno a la U.R.S.S. y fortalecieron tenaz e incansablemente, por todos los medíos, los órganos militares, de vigilancia y de punición del Estado soviético. La necesidad de esta función de la defensa militar del país sólo desaparecerá  cuando  se  acabe  con  el  cerco capitalista, cuando desaparezca el peligro de los ataques militares desde el exterior. Hasta que ese momento llegue, será la condición más importante de la existencia del país del socialismo el reforzamiento de aquellos órganos del Estado socialista. Bajo las condiciones del cerco capitalista, se impone la más escrupulosa vigilancia y la más infranqueable lucha contra los intentos de los Estados imperialistas de deslizar sus espías y agentes diversionistas en los países del campo del socialismo.

 

Estado socialista no sólo es necesario para rechazar a los rapaces imperialistas en caso de un ataque militar contra la U.R.S.S., sino también para retardar todo lo posible el momento mismo de la agresión y para aprovechar plenamente la tregua pacífica, para defender la causa de la paz. La experiencia histórica demuestra que los pueblos soviéticos no habrían podido disfrutar de los beneficios del trabajo pacífico en el curso de las dos décadas que mediaron entre el final de la primera (1918-1920) y el comienzo de la segunda (1941-1945) guerra de agresión de los imperialistas contra la Unión Soviética, si ésta no hubiese reforzado su ejército y sus servicios de información.

Un factor importante en la defensa de los intereses del Estado de la U.R.S.S., junto al ejército y los servicios de información, es la diplomacia soviética. La  certera  política  exterior  mantenida  por  el Gobierno soviético y sus órganos diplomáticos permite defender la causa de la paz y aprovechar en interés de los trabajadores de la U.R.S.S. y de todo el mundo   las   contradicciones   existentes   entre   los Estados imperialistas.

La función de organización de la economía y educativo-cultural  cobra  su  pleno  desarrollo  en  la

segunda fase del Estado socialista y se convierte en

su función fundamental dentro del país. Como resultado de la transformación socialista de la economía, se ha concentrado en manos del Estado soviético la inmensa masa de los medios de producción. Gracias a la colectivización de la agricultura, el  Poder  soviético  cuenta también  con una base económica socialista en el campo. Y esto, como ha señalado el XVI Congreso del Partido, "ha fortalecido la misión reguladora del Estado proletario en toda la economía nacional del país. Esto ha hecho aumentar la importancia de la dirección planificada, extendiéndola a toda la economía nacional".130

El Estado socialista lleva a cabo la dirección de la economía nacional tomando como base la consciente aplicación de las leyes objetivas de la economía socialista. El Estado, al planificar el desarrollo de todas las ramas de la economía nacional, se basa en las exigencias de la ley económica fundamental del socialismo y en la ley del desarrollo planificado, proporcional, de la economía socialista. No hay que confundir la posibilidad de planificar la producción social con la realidad. Para convertir esta posibilidad en realidad, hay que aprender a trazar los planes de tal modo que reflejen plenamente las exigencias de la ley objetiva del desarrollo planificado, proporcional, de la ley económica natural y de la ley económica fundamental del socialismo.

En consonancia con las leyes económicas del socialismo,  el  Estado  soviético  planifica  la ampliación de la producción socialista, incluyendo la

 

El   fortalecimiento   de   la   potencia   militar   del                        

130 El P.C.U.S. en las resoluciones y acuerdos de los Congresos y

 

129 J. V. Stalin. Cuestiones del leninismo, ed. cit., pág. 470.

 

Conferencias y de los Plenos del C.C., ed. cit., parte II. pág. 605.

 

 

 

producción de fuerza de trabajo calificada. La labor de organización económica de los órganos del Estado no se expresa solamente en el hecho de que éstos elaboran y trazan los planes de la economía nacional, sino también en el de que organizan su realización: distribuyen los recursos materiales y humanos, financian las actividades de la economía nacional, organizan la construcción de empresas, llevan a cabo su dirección, aseguran el control de la ejecución, controlan la aplicación de los planes, etc.

Bajo las condiciones del triunfo del socialismo, se ensanchan considerablemente las proporciones de la

labor educativo-cultural  de los órganos del Estado.

El Estado soviético asume la misión de organizador de  la  revolución  cultural  en  el  país.  Vela  por  la

elevación de la cultura de las más extensas masas de

obreros y campesinos, por el fomento de una intelectualidad socialista, por el desarrollo de la cultura socialista, por el florecimiento de la ciencia y el arte. Como un régimen social superior, el socialismo puede crear y crea riquezas espirituales que sobrepasan a todas las de las sociedades anteriores.  El  Estado  soviético  aborda  y  resuelve todas estas tareas mediante el desarrollo de una red de  instituciones  científicas,  de  instrucción  y  de cultura, la organización y dirección del trabajo de las escuelas, institutos técnicos y establecimientos de enseñanza superior, teatros, museos, bibliotecas, editoriales, estudios de cine, estaciones de radio, etcétera.

La  labor  educativo-cultural  de  los  órganos  del

Estado socialista va encaminada a la formación comunista del hombre soviético, educa a éste en la actitud   comunista   ante  el   trabajo   y  los   bienes sociales,  en  la  disciplina  consciente  y  el colectivismo, en el patriotismo soviético y el internacionalismo, en la amistad y la estimación por los trabajadores de todas las naciones.

Con  sus  actividades  en  el  campo  de  la organización   de   la   economía   y   en   el   campo educativo-cultural, los órganos del Estado socialista facilitan el cumplimiento de los postulados de la ley económica fundamental del socialismo, que consiste en  procurar  la  máxima  satisfacción  de  las necesidades  materiales  y  culturales  sin  cesar crecientes de toda la sociedad.

La actividad de organización de la economía y educativo-cultural seguirá siendo necesaria para la sociedad aun después del triunfo definitivo del comunismo en todos los países y de la muerte del Estado. Pero, entonces, esto no será ya una función del  Estado  y  habrá  perdido  su  carácter  político, puesto que no existirán ya diferencias de clase. Pero, bajo las condiciones del socialismo, en que existen todavía diferencias de clase y se mantienen las supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres, la actividad de organización de la economía y educativo-cultural por

 

parte del Estado, así como otras funciones de éste, revisten un carácter político. En su labor de organización de la economía, de educación y de cultura, el Estado lleva a cabo la política del Partido, la política de la construcción del comunismo, lucha contra las tendencias anárquicas y antiestatales en la economía, contra los vestigios de las tendencias nacidas  de  la  propiedad  privada,  asegura  la superación de la influencia deletérea de la ideología burguesa y de las supervivencias de la vieja moral.

En el tránsito de la primera fase a la segunda, no cambian solamente las funciones, sino también las

formas   del   Estado   socialista   soviético.   Como

siempre, la forma cambia al brotar un nuevo contenido. Es natural que el cambio de forma del

Estado soviético se produzca siguiendo las huellas

del cambio operado en sus tareas y funciones. Establecido  el  fundamento  económico  del socialismo, ello trae consigo necesariamente ciertos cambios en cuanto a la supraestructura soviética. Cambios que fueron determinados por la promulgación, en diciembre de 1936, de la nueva Constitución de la U.R.S.S., la Constitución del socialismo triunfante y de la democracia socialista. Al implantarse y llevarse a la práctica la nueva Constitución de la U.R.S.S., se puso en consonancia con su base económica la supraestructura política y jurídica soviética.

La promulgación de la nueva Constitución de la

U.R.S.S. en 1936 representó un viraje en la vida política del país. En consonancia con la nueva correlación de las fuerzas de clase establecida como resultado  del  triunfo  del  socialismo  y  de  la liquidación de las clases explotadoras en la U.R.S.S., los Soviets de diputados obreros, campesinos y de combatientes del Ejército Rojo, existentes en la primera fase, se transformaron en los Soviets de diputados de los trabajadores.

La democracia soviética adquirió ahora su pleno desarrollo, convirtiéndose en una democracia socialista desarrollada hasta el fin. En la primera fase de su desarrollo, la democracia soviética era una democracia para la mayoría, es decir, para los trabajadores, en la que la minoría explotadora se hallaba privada de los derechos políticos. La Constitución de 1936 implantó un nuevo sistema electoral, basado en el sufragio universal.

En la primera fase de desarrollo del Estado soviético, era inevitable todavía cierta desigualdad en

cuanto a los derechos electorales de la clase obrera y

de los campesinos. En una situación de agudísima lucha de clases, en que aún no se había resuelto el

problema de "quién vencerá a quién" y en que los

campesinos trabajadores no habían abrazado todavía el camino del desarrollo socialista, la concesión a los obreros  de  ciertos  derechos  electorales  preferentes con respecto a los campesinos era una condición necesaria  para  asegurar  la  dirección  política  de  la

 

 

 

clase  obrera.  Sin  esto,  habría  sido  imposible mantener la dictadura del proletariado y construir el socialismo. Y esta exigencia cobró su expresión en las primeras Constituciones soviéticas. La Constitución de la U.R.S.S. de 1936 sustituyó el derecho de sufragio desigual por el sufragio igual, equiparó los derechos electorales de los campesinos a los de los obreros. Y ello fué posible porque los campesinos, al abrazar el camino del socialismo, se acercaron a la clase obrera, lo que vino a fortalecer todavía más la alianza entre los obreros y los campesinos. Y, como consecuencia de ello, la dictadura de la clase obrera, como la clase avanzada de  la  sociedad,  extendió  su  base  social, convirtiéndose en un sistema más flexible y más potente de dirección estatal de la sociedad.

El desarrollo de la democracia soviética en la segunda fase se expresó, asimismo, en la sustitución de las elecciones de varios grados por las elecciones directas. Lo cual impuso importantes cambios en el sistema de los órganos del Poder del Estado. La Constitución de la U.R.S.S. de 1936 implantó, en vez de los congresos de los Soviets de toda la Unión, de las Repúblicas, territorios, regiones y distritos, el sistema de los órganos electivos del Poder que permanecen en funciones hasta las elecciones siguientes: el Soviet Supremo de la U.R.S.S., los Soviets Supremos de las Repúblicas federadas y autónomas y los Soviets de diputados de los trabajadores de los territorios, distritos, etc. Los diputados a todos estos Soviets son elegidos directamente por los ciudadanos, en elecciones directas.

Se ha establecido una distribución más nítida de poderes entre los órganos supremos del Poder del Estado y los órganos supremos de la administración de éste. El Soviet Supremo de la U.R.S.S. es el único órgano a quien compete el derecho a promulgar las leyes de la U.R.S.S. Esto garantiza la estabilidad de las leyes y realza la autoridad de la ley soviética, expresión de la voluntad de todo el pueblo. El Soviet Supremo  de  la  U.R.S.S.,  el  órgano  superior  del Estado soviético, no se limita a promulgar leyes. Elige, además, el Presídium del Soviet Supremo de la U.R.S.S., que cumple las funciones de Presidencia colegiada, dicta los decretos y nombra el Gobierno de la U.R.S.S., responsable ante el Soviet Supremo de la U.R.S.S. y obligado a rendirle cuentas. El Gobierno de la U.R.S.S. o Consejo de Ministros de la U.R.S.S. es el más alto órgano ejecutivo y dispositivo del poder del Estado de la Unión Soviética. Dicta las resoluciones y disposiciones oportunas, a base y en ejecución de las leyes promulgadas por el Soviet Supremo de la U.R.S.S.

La promulgación de la nueva Constitución de la

U.R.S.S. fué la expresión y el fortalecimiento legislativo del triunfo de la economía socialista. Los

artículos de la Constitución que refuerzan el triunfo

 

del socialismo en la economía demuestran cómo la supraestructura de la sociedad socialista ayuda a su base a plasmarse y fortalecerse.

Todo     el            derecho               soviético,            basado en           la

Constitución de la U.R.S.S., ejerce un importante papel en el fortalecimiento de las relaciones socialistas. Por oposición al derecho burgués, que fortalece el orden social conveniente y favorable a los explotadores (a la dominación de la propiedad privada capitalista, a la explotación del hombre por el hombre, a la desigualdad de la mujer, a la opresión nacional, etc.), el derecho soviético vigoriza el orden social conveniente y favorable a los trabajadores: la dominación de la propiedad social socialista, la supresión  de  la  explotación  del  hombre  por  el hombre, la igualdad de derechos de la mujer y el hombre, la igual dad de derechos de las razas y naciones, etc.

El derecho burgués, al igual que todos los tipos de derecho    que    lo    han    precedido,    fortalece    la

desigualdad  económica  entre  los  hombres,  cuya

causa fundamental reside en la propiedad privada sobre los medios de producción y en la explotación del hombre por el hombre. El derecho socialista, por el contrario, fortalece la igualdad real entre los ciudadanos, emanada de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y de la supresión  de  la  explotación  del  hombre  por  el hombre.     Instaura  el  deber  igual  para  todos  de trabajar cada cual con arreglo a su capacidad y el derecho igual para todos los trabajadores de que su trabajo sea remunerado como corresponde a su cantidad y calidad.

Una de las características del derecho burgués es la profunda contradicción entre las normas obligatorias para todos proclamadas por él y las relaciones reales que en la vida se manifiestan. A diferencia de las normas del derecho burgués, que reflejan las relaciones reales del capitalismo bajo una forma invertida, el derecho socialista refleja adecuadamente las relaciones económicas de la sociedad socialista. El derecho socialista no conoce el divorcio entre los derechos y los deberes de los ciudadanos, inherente a la sociedad burguesa, en que las  clases  dominantes  disfrutan  prácticamente  de todos  los  derechos,  mientras  que  las  masas oprimidas, carentes de derechos, soportan sobre sus hombros toda la carga de los deberes.

La Constitución de la U.R.S.S. establece que los ciudadanos de la U.R.S.S. disfrutan de iguales derechos en todas las ramas de la vida económica, estatal, cultural y político-social, independientemente de su origen social, situación de fortuna, raza o nacionalidad, sexo, creencias religiosas, etc. Y estos derechos  no  sólo  son  proclamados  por  la Constitución de la U.R.S.S., sino que se hallan, además, garantizados por las condiciones materiales efectivas, que aseguran su efectividad.

 

 

 

El derecho soviético refleja y fortalece los fundamentos del socialismo, a saber: la propiedad socialista   sobre   los   medios   de   producción,   la supresión de las clases explotadoras y de la explotación del hombre por el hombre y el deber de trabajar de todo ciudadano apto para el trabajo, con arreglo a la fórmula de "el que no trabaja, no come", el  derecho  de  los  ciudadanos  de  la  U.R.S.S.  al trabajo, al descanso, a la instrucción, al disfrute de sus libertades democráticas, y así sucesivamente. A la par que afirma el orden social socialista, el derecho soviético hace posible su desarrollo ulterior.

"El derecho -dice M. I. Kalinin-, siendo como es una supraestructura erigida sobre mutuas relaciones

económicas ya plasmadas, constituye a su vez un factor  que  impulsa  estas  relaciones  mutuas  y  les

imprime una determinada dirección. No cabe duda de que el derecho tiene la virtud, no sólo de fortalecer las  relaciones  ya  establecidas,  sino  también  la  de

impulsar, provocar y facilitar en grado extremo el nacimiento de aquellas relaciones mutuas hacia las

que de un modo consciente tiende el legislador. En esto reside la esencia de la función creadora de la legislación".131

El derecho socialista contribuye activamente al fortalecimiento de las relaciones sociales socialistas y

lucha  contra  cuanto  se  interpone  en  su  camino. Castiga a los enemigos del pueblo, a los traidores a la patria,  a  los  agentes  del  cerco  capitalista,  a  los

malversadores de la propiedad socialista, a quienes atentan   contra   los   derechos   de   los   ciudadanos

soviéticos. Apoyándose en las normas jurídicas, el

Estado lleva el control de las proporciones del trabajo y  el  nivel  del  consumo,  para  asegurar  la  estricta

correspondencia  entre  la  cantidad  y  calidad  del

trabajo aportado por cada trabajador a la producción social y la remuneración percibida por él. Sin esta

regulación jurídica, no podría funcionar normalmente

la economía socialista, ya que, según señalaba Lenin, no es posible, sin caer en el utopismo, pensar que, con el derrocamiento del capitalismo, los hombres comiencen desde el primer momento a trabajar para la sociedad sin ninguna clase de normas jurídicas.

Una de las características del derecho socialista, como un derecho de tipo superior, consiste en que sus normas se hallan totalmente en consonancia con los intereses de todos los trabajadores, con su conciencia de la justicia y con su moral. De aquí que la efectividad de las normas del derecho socialista soviético se halle garantizada, no sólo por la fuerza coercitiva  del  Estado,  sino  también  por  la  ayuda activa  y  consciente  de  los  ciudadanos.  Y  esto distingue radicalmente al derecho socialista soviético del derecho burgués, odiado por las masas trabajadoras, ya que este derecho expresa la voluntad de las clases explotadoras y es adverso a los intereses

 

 

131  M. I. Kalinin, Artículos y discursos (1919-1935), ed. rusa,

1936, pág. 80.

 

de los trabajadores, a su moral y a su conciencia de la justicia.

El derecho soviético es un poderoso instrumento de la educación comunista del pueblo. Velando por

los fundamentos de la sociedad socialista, aplicando la   coacción   a   los   infractores   de   las   leyes   y

estimulando a los constructores de vanguardia del comunismo, las leyes del Estado socialista contribuyen a convertir las reglas de la vida socialista

en  común  en  hábitos  cotidianos  y  en  normas  de moral comunista. Y esta ennoblecedora acción del

derecho soviético sobre la conciencia de las masas constituye uno de sus rasgos característicos, que hace de él un arma activa en la lucha por el triunfo total

del comunismo.

 

9. El fortalecimiento  por todos  los medios  del Estado socialista, como instrumento de la construcción de la nueva sociedad y de defensa de ésta contra el cerco capitalista.

La           experiencia        histórica              ha           demostrado       la

necesidad que al proletariado victorioso se le impone de crear un centralizado, fuerte y poderoso aparato de Poder estatal, capaz de poner en práctica la dictadura del proletariado, es decir, la dirección estatal de la sociedad, para la construcción de la sociedad comunista. El marxismo-leninismo ha puesto de manifiesto la inconsistencia teórica y el carácter antiproletario y pequeñoburgués del anarquismo, que niega  la  necesidad del  Estado proletario. Sin dictadura del proletariado, es imposible construir el comunismo. He ahí por qué Lenin y su Partido subrayan que lo fundamental en el marxismo es la doctrina de la dictadura del proletariado.

El Partido Comunista ha luchado y lucha incansablemente  por  el  fortalecimiento  del  Estado

soviético, desenmascarando todos los intentos de los enemigos  encaminados  a  minar  su  potencia.  El

Partido asestó, así, un golpe demoledor a los bujarinistas, que interpretaban a su manera la tesis marxista de la destrucción de las clases para justificar

su teoría contrarrevolucionaria de amortiguamiento de la lucha de clases y de debilitamiento del poder

del Estado. El Estado socialista irá desapareciendo en el futuro, cuando el comunismo haya triunfado en todos los países o en la mayoría de ellos. Pero no

desaparecerá como resultado de su gradual debilitamiento, sino por el contrario, como resultado

de su fortalecimiento y desarrollo superior, después de liquidado el cerco capitalista.

Aunque el Estado constituye, por su esencia, un

órgano de loa dominación de clase, la necesidad del Estado no desaparece tampoco en el país del socialismo, en que no existen ya clases antagónicas, clases enemigas. Y la explicación de ello está en la subsistencia   del   cerco   capitalista,   con   el   cual mantiene el país del socialismo relaciones que son las de   la   lucha   de   clases.   El   país   del   socialismo

 

 

 

triunfante; rodeado del cerco capitalista, necesita poseer un Estado fuerte, para defender sus conquistas contra los ataques del exterior. Pero, además, la necesidad  del  Estado  socialista  se  explica  por  el hecho de que aún existen diferencias de clase dentro del país, de que existen aún las supervivencias del capitalismo, contra las cuales hay que luchar. El Estado socialista constituye el instrumento fundamental  para  la  construcción  del  comunismo. Este   Estado   expresa   la   dirección   estatal   de   la sociedad por la clase obrera y orienta la marcha de la sociedad hacia el comunismo.

El  fortalecimiento  del  Estado  socialista  fué  la condición          necesaria            de          los          triunfos históricos

alcanzados por los pueblos de la U.R.S.S. "No habríamos podido conseguir en nuestra construcción

pacífica los éxitos de que ahora nos enorgullecemos, si hubiésemos permitido que nuestro Estado se debilitara -dice el Informe del Comité Central del

P.C. de la U.S. ante el XIX Congreso del Partido-. Si no  hubiésemos  fortalecido  nuestro  Estado,  nuestro

Ejército,  nuestros  órganos  punitivos  y  de información, nos habríamos encontrado inermes ante la  faz  de  los  enemigos  y  ante  el  peligro  de  una

agresión militar. El Partido convirtió al país soviético en una fortaleza inexpugnable del socialismo, porque

fortaleció y sigue fortaleciendo por todos los medios el Estado socialista".132

La  fortaleza  y la  potencia  del  Estado  soviético

constituyen la más importante condición de la construcción  del  comunismo  en  la  U.R.S.S.  El Partido Comunista vela incansablemente por llevar a la práctica los principios de Lenin acerca del perfeccionamiento ulterior de los órganos del Estado socialista, de su adaptación a las tareas de la construcción del comunismo. El Partido labora por fortalecer los nexos del aparato estatal soviético con las masas populares, por abaratar el sostenimiento del aparato del Estado, por desarraigar el burocratismo y los métodos burocrático oficinescos de dirección, por estimular  la  iniciativa  de  las  masas.  El  Partido concede la mayor importancia al mejoramiento de la labor del aparato del Estado en interés de los trabajadores, a los esfuerzos por hacer la dirección de la economía nacional y de la cultura más calificada y operativa, por entroncar todavía más el aparato del Estado con las masas populares.

El            fortalecimiento del   Estado   socialista   no requiere  solamente  el  perfeccionamiento  cada  vez

mayor   de   su   "mecanismo",   de   sus   órganos;

presupone también el ensanchamiento y el fortalecimiento  constantes  de  sus  nexos  con  las

masas.  La actividad creadora del pueblo tiene una

importancia decisiva en la construcción del comunismo. La democracia socialista asegura la incorporación  de  millones  de  trabajadores  en  la

 

 

132 G. Malenkov, Informe del C.C. del P.C. (b) al XIX Congreso del Partido, pág. 75.

 

decisión de los asuntos sociales y del Estado y contribuye con ello a la construcción del socialismo, y la acelera. Por medio de la consecuente realización de  la  democracia  soviética,  del  despliegue  de  la crítica y la autocrítica, y principalmente de la crítica desde abajo, los trabajadores se sienten atraídos a la participación activa y decisiva en la gobernación de su propio Estado, al control de la actividad de sus órganos  e  instituciones.  El  desarrollo  de  la democracia soviética, el desarrollo de la crítica y la autocrítica contribuyen al ulterior fortalecimiento del Estado soviético.

El amplio despliegue de la crítica y la autocrítica atestigua   la   auténtica   democracia   del   régimen

soviético. La crítica y la autocrítica constituyen la forma de control del pueblo sobre la actividad de los

órganos estatales, de los sindicatos y de otras organizaciones  sociales.  La  crítica  y  la  autocrítica son  el  arma  más  aguda  en  la  lucha  contra  el

burocratismo y contra las deformaciones burocráticas del aparato del Estado. En la crítica desde abajo se

manifiesta la preocupación de los trabajadores por el fortalecimiento del Estado soviético. Luchando resueltamente  contra  el  burocratismo,  el  Partido

Comunista exige de todos los órganos del Estado y de  todos  los  funcionarios  del  aparato  estatal  que

velen constantemente por las necesidades de los trabajadores, que guarden la más estricta observancia de las leyes soviéticas y castiguen la más mínima

infracción contra los derechos de los ciudadanos soviéticos.   La   inquebrantable   observancia   de   la

legislación  soviética  constituye  una  de  las condiciones necesarias para el fortalecimiento de la

potencia del Estado socialista.

En el transcurso de más de tres décadas que lleva de existencia el Estado soviético, sus enemigos se

hartaron de pronosticar su próximo hundimiento, de afirmar su "debilidad" e "inestabilidad", intentaron

destruirlo o debilitarlo por todos los medios. Pero, a pesar  de  sus  pronósticos  y  de  sus  agresiones,  el Estado soviético se ha fortalecido incesantemente.

El  triunfo  del  socialismo  en  la  U.R.S.S.,  la cohesión de los obreros, campesinos e intelectuales

en un frente común de trabajo, el fortalecimiento de la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. y la plena democratización  de  la  vida  política  del  país,  han

consolidado todavía más el Estado soviético y multiplicado sus fuerzas. La unidad político-moral de

la sociedad soviética, el fortalecimiento de la alianza de la clase obrera y los campesinos koljosianos, la amistad entre los pueblos del país del socialismo y el

auge del patriotismo soviético son otros tantos exponentes  del  afianzamiento  cada  vez  mayor  del

régimen soviético.

La fuente de que manan las fuerzas del Estado socialista  soviético  es  el  régimen  social  soviético,

basado en la indestructible alianza de la clase obrera y  los  campesinos  koljosianos.  El  Estado  socialista

 

 

 

extrae sus fuerzas, no sólo de las mutuas relaciones entre las clases de la sociedad, sino también de las nuevas relaciones mutuas entre las naciones y los pueblos que viven en el país del socialismo. Estas nuevas relaciones mutuas entre las naciones han encontrado su expresión en el régimen del Estado soviético, basado en la colaboración y la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. El Estado socialista es fuerte, además, porque sus actividades están dirigidas y orientadas por el Partido Comunista de la Unión Soviética. Y a ello se debe que el Estado socialista soviético haya salido todavía más fortalecido y engrandecido de las tremendas pruebas históricas por las que hubo de pasar.

La segunda guerra mundial ha sido una prueba decisiva de la solidez del régimen social y político soviético. Nunca hasta ahora se había dado en la historia un caso en que un Estado hubiese salido tan fortalecido de una guerra tan feroz, tanto en lo moral como en lo político y en lo espiritual. El incremento de las fuerzas de la Unión Soviética como resultado de la guerra atestigua la gigantesca vitalidad del régimen soviético.

Pero la grandiosa misión histórica del Estado socialista no se reduce a su actividad transformadora

dentro del país. Hace tres décadas, el día en que se

constituyó la Unión Soviética, J. V. Stalin dijo que el Poder Soviético no pensaba solamente en subsistir, sino en  desarrollare  hasta convertirse  en una poderosa fuerza internacional, capaz de actuar sobre la situación internacional, capaz de hacerla cambiar en interés de los trabajadores".133  La segunda guerra mundial ha demostrado que la Unión Soviética se ha convertido   realmente   en   aquella   fuerza   de   que hablaba Stalin. Durante los años de la segunda guerra mundial, los pueblos de la Unión Soviética, con su heroica lucha, no sólo defendieron la libertad y la independencia de su patria, sino que salvaron la civilización europea de los vándalos fascistas. Como resultado de la guerra y con el apoyo de la Unión Soviética, se liberaron del yugo imperialista los pueblos de una serie de países de la Europa Central y Sudoriental, así como del Asia.

A la luz del ejemplo de dos tipos de Estado, el socialista y el burgués, vemos cómo también su función exterior, su política exterior, expresa la antagónica naturaleza de clase de estos Estados. El Estado socialista soviético, como exponente de los intereses del pueblo, de los trabajadores, mantiene consecuentemente una política de paz. Una paz democrática, sólida y estable, es necesaria para la construcción del comunismo y para bien de todos los pueblos. Junto al Estado soviético, luchan por una paz sólida y estable los Estados de los países de democracia popular. Por el contrario, los Estados imperialistas,  encabezados  por  los  EE.UU., mantienen la política de preparación de una nueva

 

guerra mundial, la política de anexión de territorios extranjeros,   la   política   de   esclavización   de   los pueblos.

La Unión Soviética figura a la cabeza del campo democrático y antiimperialista, que mantiene la lucha

contra la reacción imperialista, por una paz sólida,

por   la   democracia   y   el   socialismo.   El   Estado socialista soviético es el baluarte de la paz en el mundo entero. Se ha convertido en la fuerza de vanguardia  del  desarrollo  progresivo  de  la humanidad.

 

Resumen.

Los  diversos  tipos  y  formas  del  Estado  y  el

derecho constituyen una supraestructura  política y jurídica que se levanta sobre la correspondiente base económica históricamente determinada. El Estado y el derecho son fenómenos históricos, no existen eternamente, y constituyen instrumentos de dominación de una clase sobre otras.

En todos los países capitalistas  contemporáneos, el  Estado  representa,  bajo  una  u  otra  forma,  la

dictadura    de   la   burguesía,   el   instrumento   de

dominación de los explotadores sobre las masas trabajadoras.   La   clase   obrera    de   los   países

capitalistas  está  llamada  a  destruir,  con ayuda  de

sus aliados,  esta dominación y a sustituirla  por su propio Estado, por la dictadura  del proletariado,  la forma más alta de la democracia, la democracia de la mayoría de la sociedad, de los trabajadores.

Los grandes  maestros de la clase obrera,  Marx, Engels,  Lenin  y  Stalin,  han   demostrado  que  el

proletariado  no puede servirse para  sus fines de la

máquina estatal de la burguesía, montada para la opresión de los trabajadores  y fundamentalmente enemiga de éstos. La clase obrera debe romper, destruir el Estado capitalista y crear su propia máquina  de  Estado,  el  Estado  proletario, apoyándose en el cual puede aplastar  la resistencia de los explotadores,  destruir  el capitalismo  y construir  el comunismo. El Estado  socialista  es el instrumento fundamental para  la construcción de la sociedad comunista y la defensa de las conquistas de la revolución socialista contra el cerco capitalista.,

El  fortalecimiento   por   todos  los  medios  del

Estado socialista era y sigue siendo la condición política  decisiva  para  la  marcha  victoriosa  de  la

sociedad soviética hacia el comunismo.

 

 

133 J. V. Stalin, Obras completas, trad. esp., t. V, pág. 159.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VII. LA TEORÍA  MARXISTA-LENINISTA DE LA REVOLUCIÓN.

 

 

 

En los capítulos anteriores, hemos visto que el desarrollo histórico representa el cambio, regido por leyes, de unas formaciones económico-sociales por otras, el cambio de los modos de producción y de las correspondientes formas de la estructura política y social. Hemos de examinar ahora cómo, por qué caminos se cambia una formación social por otra. A esta pregunta contesta la teoría marxista-leninista de la revolución.

Los fundamentos de esta teoría fueron sentados por Marx y Engels, quienes pusieron de manifiesto la

ley  de  la  revolución  social  y  fundamentaron  la

necesidad histórica de la revolución proletaria, de la revolución socialista. Lenin, basándose en la acción

de   las   leyes   de   la   época   del   imperialismo,

descubiertas por él, enriqueció el marxismo con nuevas ideas acerca de los caminos que conducen al triunfo de la revolución del proletariado y creó la nueva teoría de la revolución socialista.

 

1. Naturaleza y causas de la revolución social.

La historia de la sociedad humana atestigua que el

cambio  de  unas  formaciones  sociales  por  otras  se lleva a cabo mediante transformaciones revolucionarias, por medio de revoluciones sociales. Pues   bien,   ¿en   qué   consisten   las   revoluciones sociales y cuáles son sus causas?

En el capítulo tercero de este libro hemos examinado la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas. Esta ley significa que cuando, al crecer y desarrollarse las fuerzas productivas, las relaciones de producción dejan de hallarse en consonancia y entran en contradicción con ellas, esta contradicción tiene que resolverse, tarde o temprano, mediante la instauración de las nuevas relaciones de producción que corresponden a las nuevas fuerzas productivas y que son, por consiguiente, capaces de impulsadas. Y sabemos, asimismo, que las nuevas relaciones de producción (exceptuadas las socialistas, las que surgen una vez que la revolución socialista ha triunfado) van plasmándose de un modo espontáneo en el seno de la vieja sociedad, pero que el cambio de las  relaciones  de  producción  ya  caducas  por  las nuevas no puede llevarse a cabo sin una acción consciente,  violenta,  por  parte  de  las  clases avanzadas. Ahora bien; en una sociedad escindida en

 

clases antagónicas la contradicción entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas se convierte inevitablemente en un conflicto entre unas y otras, pues las relaciones de producción caducas son defendidas y mantenidas en pie por la clase dominante en esta sociedad, que encuentra en ellas la base de su existencia y dominación.

Esto hace que sea inevitable la lucha entre la clase avanzada,  interesada  en  afianzar  las  nuevas relaciones de producción, y la clase reaccionaria dominante, que defiende la intangibilidad de las relaciones de producción ya caducas. Esta lucha, encaminada a derrocar por la violencia las relaciones de producción caducas y a instaurar las nuevas, se manifiesta  ante  todo,  necesariamente,  como  una lucha política, como la lucha por posesionarse del Poder del Estado, ya que en éste se apoya, principalmente, la clase dominante para mantener en pie las relaciones de producción sobre las que descansa su existencia. Mientras las relaciones de producción impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas, el Poder del Estado, llamado a velar por el mantenimiento de estas relaciones, actúa como un factor  favorable  al  desarrollo  económico.  Pero,  a partir del momento en que estas relaciones de producción se convierten en obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas, el Poder estatal de los explotadores se convierte en una fuerza que frena el desarrollo económico. Y, en consecuencia, los intereses del desarrollo económico ulterior exigen que el Poder del Estado imperante sea sustituido por otro nuevo. Las viejas relaciones de producción no pueden ser destruidas si el Poder estatal se mantiene en manos de la clase que las defiende, y las nuevas relaciones de producción no podrán afianzarse si la nueva  clase  no  toma  en  sus  manos  el  Poder  del Estado.

De donde se desprende que, para abrir cauce a la ley de la obligada correspondencia de las relaciones

de producción con el carácter de las fuerzas productivas, es condición necesaria el paso del Poder

del Estado de manos de la clase reaccionaria a las de la clase avanzada. Por eso el problema del Poder del Estado  es,  según  la  definición  de  V.  I.  Lenin,  el

problema fundamental de toda revolución.

Y, como la clase que ocupa el Poder no renuncia a

 

 

 

él voluntariamente, la clase avanzada tiene necesariamente que recurrir a la violencia para derrocar el Poder de la clase dominante y afianzar la dominación de la nueva clase y de las nuevas relaciones de producción.

En esto consiste la naturaleza de toda revolución social. La causa fundamental de la revolución reside,

como  ya  hemos  dicho  más  arriba, en la insoluble

contradicción, en el conflicto entre las nuevas fuerzas productivas   y   las   relaciones   de   producción   ya

caducas.

La base y la causa económica de las revoluciones sociales fué descubierta y expuesta por Marx en el Prólogo a su obra Contribución a la crítica de la Economía política: "Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica  de  esto,  con  las  relaciones  de  propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social".134

Toda revolución es el resultado de la acción de una  serie  de  factores,  objetivos  y  subjetivos.  El

conjunto de los factores objetivos, es decir, de los

cambios  objetivos  que  hacen  que  la  revolución madure totalmente, forman la situación revolucionaria. Según enseña Lenin, la situación revolucionaria se caracteriza por los siguientes rasgos distintivos:

"1) Imposibilidad para las clases dominantes de mantener sin cambios las formas de su dominación; una u otra crisis en las "alturas", crisis de la política de la clase dominante, que produce una brecha por la que se abren paso el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que la revolución avance, no suele bastar con que "los de abajo lo quieran", sino que hace falta, además, que "los de arriba no puedan" seguir viviendo como hasta aquí. 2) Agudización por encima de lo corriente de la pobreza y la miseria de las clases oprimidas. 3) Considerable elevación, a consecuencia de las causas indicadas, de la actividad de las masas, que en los períodos "pacíficos" se dejan despojar calladamente, pero que en los períodos turbulentos se ven empujadas tanto por toda la situación de crisis como por las mismas "alturas" a una actuación histórica independiente".135

Tal  era  la  situación  que  se  presentaba  en  los países de la Europa occidental al producirse las revoluciones de los siglos XVII, XVIII y XIX, y en Rusia en los años 1905 y 1917.

Pero la historia conoce muchos casos en que, existiendo  una  situación  revolucionaria,  en  que,

dándose todas estas condiciones objetivas, no llegó a

 

 

134 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 333.

135 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI, págs. 189-190.

 

producirse,  a  pesar  de  ello,  la  revolución.  En  la década del sesenta del siglo pasado existió en Alemania una situación revolucionaria, como ocurría también en Rusia en los años de 1859 a 1861 y en los de 1879-80, sin que estas situaciones abriesen paso, sin embargo, a la revolución. Ya en el primer año de la guerra imperialista mundial (1914-1915) se daba en una serie de países de la Europa capitalista una situación revolucionaria, sin que llegase por ello a producirse la revolución. Como tampoco condujo a la revolución la situación revolucionaria creada en Alemania en 1923.

Para que la situación revolucionaria se convierta en revolución victoriosa es necesario que al conjunto

de los cambios objetivos se unan ciertos factores subjetivos: "... la capacidad de la clase revolucionaria

de desplegar acciones revolucionarias lo suficientemente fuertes para destruir (o hacer resquebrajarse) el viejo gobierno, el cual nunca, ni en

tiempo de crisis, "cae por sí solo" si no se le empuja".136 Y, en la revolución proletaria, el factor subjetivo lleva implícita la capacidad de la clase obrera para librar acciones revolucionarias decisivas, su   grado   de   conciencia   y   de   organización,   la existencia en su seno de un partido revolucionario capaz de encabezar a las masas trabajadoras del proletariado y a las masas trabajadoras no proletarias, principalmente a los campesinos, y de conducirlas por el camino acertado.

Los enemigos del marxismo, los ideólogos de la burguesía liberal, han intentado reiteradamente demostrar  que  la  revolución  constituye  una desviación de la trayectoria "normal" de desarrollo de la sociedad y que ésta sigue, según ellos, una senda puramente evolucionista. Estos ideólogos ven en la revolución una especie de "enfermedad", de "inflamación del organismo social". Y hacia esta misma concepción fueron descendiendo totalmente también los teóricos de la Segunda Internacional y los dirigentes de los socialistas de derecha, quienes inculcan alevosamente a la clase obrera la idea de que ésta no debe mantener una lucha revolucionaria contra sus explotadores, de que el capitalismo puede llegar a ser sustituido por el socialismo, al parecer, por  la  vía  evolucionista  del  reformismo,  sin necesidad  de  una  revolución  social,  sin  la instauración de la dictadura del proletariado.

En contraposición a toda suerte de concepciones reformistas  liberal  burguesas,  los  fundadores  del

marxismo-leninismo    han    demostrado    que    las

revoluciones  sociales,  lejos  de  constituir desviaciones,   son,   por   el   contrario,   el   camino

necesario, sujeto a leyes, por el que se desarrolla la

sociedad de clase.

Las  revoluciones  -decía  Marx-  son  las locomotoras    de    la    historia.    En    las    épocas

revolucionarias, se elevan al plano de la actividad

 

136 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI, pág. 190.

 

 

 

histórica creadora y consciente masas de millones de trabajadores que en tiempos "normales" viven aplastadas por las clases explotadoras y mantenidas al margen de toda participación decisiva en la vida política. Y esta participación de las masas es precisamente la que hace que las revoluciones aceleren extraordinariamente todo el curso del desarrollo histórico. Desenmascarando la concepción liberal-burguesa de los períodos de revolución como períodos de "locura", en los que se eclipsan el pensamiento y la razón", escribía Lenin:

"Cuando las propias masas populares, con todo su primitivismo virgen, con su espíritu expeditivo sencillo  y  tosco,  comienzan  a  crear  la  historia,  a poner en práctica, directa e inmediatamente, "los principios y las teorías", el burgués se asusta y clama que "la razón es atropellada" (¿no será más bien lo contrario, ¡oh, héroes del filisteísmo!?; ¿no es precisamente en tales momentos cuando sale a la escena de la historia la razón de las masas, y no la razón de las personalidades individuales?, ¿no es precisamente en esos momentos cuando la razón de las masas se convierte en una fuerza viva y real, y no en una fuerza de gabinete?)".137

Los períodos revolucionarios se distinguen por la gran envergadura y la gran riqueza de acontecimientos, por, el alto grado de conciencia de las masas, por la gran audacia y la gran nitidez de la creación histórica, en comparación con los períodos del "progreso" filisteo, reformista. La revolución popular de masas, que levanta a las clases oprimidas a la lucha contra los opresores de clase, no puede por menos  de  ser  una  revolución  creadora,  ya  que destruye lo viejo y crea lo nuevo.

 

2. Tipos históricos de revolución.

Las   revoluciones   sociales   se   distinguen   con arreglo  a  su  carácter  y  a  sus  fuerzas  motrices  y

atendiendo a sus resultados económicos, sociales y políticos.

El  carácter  de  la  revolución,  su  naturaleza,  su

contenido, se determinan sabiendo cuáles son las relaciones de producción que se destruyen y se afianzan como resultado de ella.

Las  fuerzas  motrices  de  la  revolución  son  las clases que llevan a cabo la revolución, que derrocan

las relaciones de producción caducas y a sus portadores, las clases reaccionarias, haciendo posible

el triunfo de las nuevas relaciones de producción.

Con arreglo al carácter y a las fuerzas motrices, se distinguen diversos tipos de revolución. La historia

conoce las sublevaciones de los esclavos contra los esclavistas,  las  sublevaciones  de  los  campesinos

siervos contra los terratenientes, las revoluciones antifeudales  burguesas  y democrático-burguesas  de la época del capitalismo ascendente y de la época del

imperialismo    y,    por    último,    las    revoluciones

 

137 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXXI, pág. 332.

 

proletarias, socialistas.

En la sociedad esclavista, el conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción,

causa   del   derrumbamiento   del   régimen   de   la

esclavitud, residía en la falta de consonancia entre las fuerzas productivas y la forma esclavista de la propiedad privada (no de la propiedad privada en general). Para que las fuerzas productivas siguieran desarrollándose, era necesario sustituir esta forma de la propiedad privada por otra, por la forma de propiedad feudal, terrateniente. Y esto determinó el carácter  de  la  revolución,  que  condujo  a  la sustitución de la esclavitud por el feudalismo.

¿Cuáles   fueron   las  fuerzas   motrices  de   esta revolución?  ¿Existía  en  el  seno  de  la  sociedad

esclavista    una    clase    plenamente    estructurada,

portadora de las nuevas relaciones de producción, de las relaciones feudales? En el seno de la sociedad antigua habían ido madurando ya los gérmenes de las nuevas relaciones de producción, pero no existía aún, ya preparado, el portador del nuevo modo de producción, es decir, la clase llamada a "regentar" las nuevas  relaciones  de  producción.  Las  fuerzas internas de la sociedad antigua, que fueron minando los cimientos de ésta con sus sublevaciones contra los esclavistas, eran los esclavos, más tarde apoyados por  los  colonos.  Los  esclavos,  luchando  contra  el yugo de los esclavistas, aspiraban a restaurar el orden de la comunidad patriarcal. Pero esta meta no se armonizaba con el carácter objetivo del desarrollo, y el resultado necesario de la lucha sostenida por el pueblo  explotado  -por  los  esclavos,  los  colonos  y otras fuerzas- fué la sustitución de unos explotadores por otros, de los esclavistas por los señores feudales.

En  la  sociedad  feudal,  el  conflicto  entre  las fuerzas productivas y las relaciones de producción,

causa de las revoluciones antifeudales, burguesas, residía    en    la    discordancia    entre    las    fuerzas

productivas y la forma feudal caduca de la propiedad privada, y no -tampoco ahora-de la propiedad privada en  general.  El  desarrollo  ulterior  de  las  fuerzas

productivas reclamaba la sustitución de la forma feudal de la propiedad privada por otra, por la forma

capitalista,  que  fué  surgiendo  en  el  seno  de  la sociedad feudal. Y esto determinó el carácter de la revolución,  su  contenido.  A  diferencia  de  lo  que

había ocurrido en la sociedad esclavista, en la sociedad    feudal    fué    estructurándose    la    clase

portadora de las nuevas relaciones de producción, de las relaciones capitalistas. Esta clase era la burguesía, que se desarrolló en el seno de la sociedad feudal. En

cuanto portadora de las nuevas relaciones de producción, la burguesía se manifestó como fuerza

interesada en hacer valer la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el estado de las fuerzas productivas.

La contradicción entre las fuerzas productivas y las         relaciones           de          producción         del          feudalismo

 

 

 

encontró, pues, su expresión en la lucha entre los señores feudales, portadores de las relaciones de producción caducas, y la burguesía, que representaba las nuevas relaciones de producción. Sin embargo, la burguesía no era la única fuerza motriz de la revolución dirigida contra el feudalismo. La gran fuerza motriz de las revoluciones burguesas eran, una vez más, los trabajadores, las masas populares explotadas. La lucha revolucionaria de las masas trabajadoras, lo mismo aquí que en todas las revoluciones, era la expresión de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción ya caducas. Sabemos, en efecto, que el elemento fundamental de las fuerzas productivas son los productores de los bienes materiales, las masas trabajadoras, y los defensores de las relaciones de producción caducas las clases explotadoras dominantes. El conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción encontró su expresión en la rebelión de las masas trabajadoras contra el orden existente y en sus acciones revolucionarias, dirigidas contra la clase explotadora dominante.

En el temprano período de la lucha antifeudal, la historia  registra  numerosas  insurrecciones  de  los

campesinos siervos y de los elementos plebeyos de las ciudades; más tarde, la lucha de los trabajadores

contra el feudalismo se revela en toda su potencia, al surgir las revoluciones burguesas. La participación activa    de    las    masas    trabajadoras,    con    sus

reivindicaciones, en las revoluciones burguesas, convirtió    estas    revoluciones    en    revoluciones

populares, en revoluciones democrático-burguesas.

No toda revolución burguesa es una revolución popular. Así, por ejemplo, la revolución turca (1908)

y  la  revolución  portuguesa  (1910)  fueron,  desde

luego, revoluciones burguesas, pero no populares, ya que apenas participaron en ellas las masas.

Las  masas  populares  que  participaban  en  las

revoluciones antifeudales aspiraban a sacudirse el yugo de los opresores y a convertirse en dueños de su propia situación. Esto hace que la revolución antifeudal, revolución burguesa en cuanto a su carácter, se distinga, cuando las masas populares actúan como sus fuerzas motrices, por las acciones revolucionarias decisivas y las transformaciones democráticas más consecuentes.

Las revoluciones democrático-burguesas de la época del capitalismo que ascendía y se afianzaba acabaron poniendo al timón del Poder del Estado a la burguesía. El puesto de los señores feudales vino a ser  cubierto por  nuevos  explotadores.  Y este desenlace de la lucha fué inevitable, ya que las revoluciones burguesas de aquel tiempo se llevaban a cabo bajo las condiciones del período manufacturero del capitalismo, en que la lucha de clase del proletariado no había adquirido aún suficiente desarrollo. El proletariado era todavía, por aquel entonces, débil y poco numeroso, no poseía su propio

 

partido, no era lo bastante fuerte para formular sus reivindicaciones, y la burguesía seguía siendo aún lo suficientemente revolucionaria para infundir a los obreros y a los campesinos, con su lucha contra la aristocracia feudal, confianza en ella y arrastrarlos a la lucha contra la aristocracia, contra las relaciones de la servidumbre, contra el absolutismo y por la instauración del régimen democrático-burgués.

Todas  las  revoluciones  de  que  hemos  hablado hasta aquí se realizaron en condiciones en que las

fuerzas  productivas  seguían  reclamando  para  su

desarrollo la propiedad privada sobre los medios de producción. Pero la propiedad capitalista constituye la última de las formas de la propiedad privada. Dentro de los marcos del capitalismo se desarrollan fuerzas productivas que rebasan las relaciones capitalistas de producción y exigen para su ulterior desarrollo la sustitución de la propiedad privada por la propiedad social, socialista. Y esto constituye la base material de un nuevo y más alto tipo de revolución, de la revolución proletaria, socialista.

La  revolución  proletaria  pone  fin  a  la  última forma de la propiedad privada y destruye a la par con ella todas las formas de explotación del hombre por el hombre.

La completa maduración de las condiciones materiales  para  la  revolución  proletaria  se  halla

relacionada con el paso del capitalismo a la nueva

fase de su desarrollo, a la fase del imperialismo, en la que las fuerzas productivas se ven condenadas a la

descomposición  y  la  destrucción.  La  época  del

imperialismo es también la época de las revoluciones proletarias. En ella alcanzan una enorme profundidad y una agudización extrema las contradicciones del capitalismo.

La contradicción entre las fuerzas productivas y las      relaciones      capitalistas      de      producción,

contradicción que provoca la revolución social del

proletariado, se manifiesta como la contradicción entre el carácter  social de la producción y la forma privada,  capitalista,  de  la  apropiación  de  lo producido. Y esta contradicción fundamental del capitalismo engendra toda otra serie de contradicciones y encuentra su expresión, ante todo, en el creciente antagonismo entre el proletariado y la burguesía.

La tendencia, descubierta por Marx, de la acumulación capitalista, que conduce a la creciente concentración de la riqueza en uno de los polos de la sociedad y en el otro a la concentración de la miseria, se manifiesta con una fuerza excepcional en la época del imperialismo. La ley económica del capitalismo contemporáneo exige el aseguramiento de la máxima ganancia. Los capitalistas, al arrancar las ganancias máximas,  concentran  en  sus  manos  fabulosas riquezas. En los Estados Unidos, por ejemplo, las ganancias de los monopolios capitalistas aumentaron, en el período que va, de 1938 a 1951, de 3.300 a

 

 

 

42.900 millones de dólares, es decir, en 13 veces, y la fuente de este enriquecimiento es la explotación de la población trabajadora del propio país y de los países dependientes,   el   saqueo,   la   devastación   de   los pueblos y el empobrecimiento de los trabajadores. Las masas obreras y toda la población laboriosa sienten sobre sus espaldas con peso cada vez más agobiante la opresión del imperialismo, la omnipotencia de los monopolios capitalistas, de los trusts y los consorcios, el yugo de la oligarquía financiera, el carácter parasitario del capitalismo monopolista.

En las condiciones actuales, pesa de un modo extraordinariamente agobiador sobre los hombros de

las masas populares, en los países capitalistas, la carrera de los armamentos, y la militarización de la

economía, que van acompañadas por el aumento de los impuestos, el encarecimiento de los artículos de primera necesidad y la devaluación de la moneda por

efecto de la inflación. Todo lo cual contribuye a reforzar la depauperación relativa y absoluta de los

trabajadores.

El imperialismo hace pesar sobre las masas trabajadoras  calamidades  tan  tremendas  como  las

guerras   imperialistas,   que   causan   la   muerte   de decenas   de   millones   de   hombres   e   imponen

privaciones y sufrimientos a cientos de millones de seres. El imperialismo condena al paro forzoso a masas de millones de trabajadores, convierte el paro

temporal en situación crónica y crea el ejército permanente de los parados. El antagonismo entre el

trabajo y el capital adquiere, en la época imperialista, su máxima agudización y profundidad.

Pero el imperialismo no sólo agudiza las contradicciones  existentes  con  anterioridad. Engendra   nuevas   y   agudísimas   contradicciones,

especialmente una: la que media entre unas y otras potencias   imperialistas    y   entre   las   metrópolis

imperialistas y las colonias.

El imperialismo se caracteriza no sólo por la dominación de los monopolios y el capital financiero,

sino también por la exportación de capital a las colonias  y  países  independientes,  a  las  fuentes  de

materias primas y mano de obra baratas. El imperialismo ha venido a reforzar y a llevar a sus últimos límites las contradicciones entre un puñado

de naciones "civilizadas" dominadoras y los cientos de millones de personas que viven en las colonias y

países  dependientes.  El  imperialismo  hace  pesar sobre la población de las colonias un yugo insoportable,  una  opresión  todavía  más  cruel  e

inhumana que en las metrópolis. Todo esto hace que crezca en los países coloniales la indignación contra

el imperialismo, que se ahonde y agudice en ellos la crisis   revolucionaria.   La   acción   de   la   ley   del desarrollo    desigual    del    capitalismo,    bajo    el

imperialismo, y el despliegue de la lucha entre los distintos  grupos  de  capitalistas  por  la  posesión

 

monopolista de las fuentes de materias primas, de los territorios para la inversión de capital y de los mercados para dar salida a sus productos, en condiciones como las de hoy, en que el mundo se halla ya repartido entre un puñado de potencias imperialistas,  hacían  inevitables  las  guerras periódicas por el reajuste del reparto del mundo. Y las guerras imperialistas vienen a agudizar todavía más las viejas contradicciones y a engendrar otras nuevas: entre los países imperialistas vencedores y los vencidos y entre los propios países vencedores. Así sucedió después de la primera guerra mundial, cuyos resultados ahondaron todavía más las contradicciones  en  el  campo  imperialista  y condujeron a la segunda guerra mundial.

La  segunda  guerra  mundial  trajo  consigo  una mayor agudización de las contradicciones entre los

países imperialistas. Por ejemplo, el Japón, que había

pretendido imponer su dominación en Asia y en todo el mundo, llevando a cabo una serie de anexiones

imperialistas,   se   vio   convertido   en   dependencia

colonial   del   imperialismo   norteamericano,   Y   la misma suerte ha corrido la Alemania Occidental, aún no  liberada  de  las  potencias  de  ocupación.  Se agudizan cada vez más las contradicciones entre los Estados Unidos, de una parte, y de otra Inglaterra, Francia, Holanda, Bélgica, a medida que los Estados Unidos pugnan por convertir a estos países en apéndices de su economía y se apoderan de las materias primas y los mercados en las colonias inglesas, francesas, holandesas y belgas. Cada vez es más real también para Inglaterra y para Francia la amenaza de perder íntegramente su independencia nacional. Todas estas contradicciones en el campo de las potencias imperialistas contribuyen, además, a hacer inevitables las nuevas guerras entre ellas. La agudización de las viejas contradicciones del capitalismo y la aparición de otras nuevas significa que, bajo el imperialismo, se desarrolla más y más y cobra una agudización sin precedentes el conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción.

La           agudización        de          las          contradicciones del imperialismo,  la  creciente  lucha  del  proletariado

contra la burguesía, el incremento del movimiento de

liberación nacional en las colonias y países dependientes:  todo  ello,  viene  a  demostrar  que  la

época del capitalismo ha pasado y que este régimen

tiene inevitablemente que hundirse, que en los países dominados por el capital va abriéndose paso la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas.

Pero el que el sistema mundial del imperialismo en su conjunto se halle ya completamente maduro

para la revolución socialista no significa que todos

los países se hallen abocados a esta revolución. La época del imperialismo se caracteriza, a la par con la

supermaduración  de  las  relaciones  de  producción

 

 

 

capitalistas en unos países, por la existencia de considerables supervivencias del feudalismo en otros, situados por ello ante la inminencia de revoluciones antifeudales, democrático-burguesas.

El afianzamiento del régimen capitalista de producción en una serie de países de la Europa occidental (Inglaterra, Francia y Alemania), como resultado de las revoluciones burguesas, y el desarrollo del capitalismo en otros no significó que, en éstos, el feudalismo se retirara de la escena, agonizando  paulatinamente  y  viéndose  desalojado por  la  difusión  del  capitalismo.  Mientras  el Occidente, ya en el siglo pasado, daba al traste en lo fundamental con el feudalismo, una parte inmensa del planeta iba avanzando todavía trabajosamente hacia la etapa de las revoluciones antifeudales. Y las supervivencias del feudalismo se hacen particularmente ostensibles en las colonias y en los países dependientes. Así, en China, antes del triunfo de  la  revolución  popular  los  terratenientes  y  la nobleza  en  toda  una  serie  de  provincias  se apoderaban del 70 por 100 de 109 ingresos de los campesinos. Los terratenientes tenían en sus manos no sólo el poder económico, sino también la administración y el poder judicial, y las supervivencias feudales eran la forma fundamental de la opresión, en las provincias chinas. En la India, los campesinos, que forman el 80 por 100 de la población, se hallan bajo la opresión de los terratenientes y tres cuartas partes de la población campesina carecen, en realidad, de tierra propia. Dentro del siglo del imperialismo, se produjeron revoluciones antifeudales en Rusia, en una serie de países de la Europa central y sudoriental y en China. Y las colonias y los países dependientes se hallan todavía hoy en vísperas de revoluciones antifeudales.

Desde el punto de vista de la perspectiva del desarrollo de la revolución proletaria mundial, el programa de la Internacional Comunista (en 1928) dividía los países en cuatro grupos: 1) países de capitalismo altamente desarrollado, en los que la revolución socialista constituye una perspectiva inmediata; 2) países de nivel medio de desarrollo del capitalismo, que tienen a la vista o bien revoluciones proletarias, con una serie de tareas de carácter democrático-burgués planteadas de paso, o bien revoluciones democrático-burguesas, llamadas a convertirse  más  o  menos  rápidamente  en revoluciones socialistas; 3) colonias, semicolonias y países de pendientes, en las que sólo podrá llegarse a la dictadura del proletariado al cabo de todo un período de transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista; 4) países todavía más atrasados, en los que la insurrección nacional victoriosa abrirá el camino al socialismo,  saltando  la  etapa  del  capitalismo, mediante la ayuda de los países socialistas.

En el primer grupo figuran países tales como los

 

Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia. En el segundo figuró un día Rusia y, hasta la formación de los países de democracia popular, formaban también parte de él Polonia, Rumania y otros; actualmente, podría incluirse en este grupo, por ejemplo, a Grecia. En el tercer grupo figuran Finlandia, la India, Indonesia,  etc.  En  el  cuarto  grupo  tienen  cabida países como el Marruecos francés en el África nordoccidental, el África Occidental francesa y otros.

Hablamos de la posibilidad de que los pueblos pasen directamente al socialismo, saltando la etapa del capitalismo, y es lo cierto que la historia conoce ya hechos ilustrativos de ello. Así, por ejemplo, una serie de pueblos que moran en las repúblicas soviéticas del Asia Central, apoyándose en el triunfo de la revolución proletaria y del socialismo en otras partes del país, han llevado a cabo el paso al socialismo, sin pasar por la fase del capitalismo industrial.

Así, pues, la época del imperialismo lleva consigo no sólo las revoluciones socialistas, sino también las revoluciones democrático-burguesas de tipo especial, susceptibles  de  convertirse  en  revoluciones socialistas.

 

3. La teoría leninista de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista.

V.           I.             Lenin,    poniendo            de          manifiesto          las

particularidades de las revoluciones democrático- burguesas bajo el imperialismo, elaboró la teoría de su transformación en revoluciones socialistas.

Ya durante el período de la revolución burguesa alemana de 1848, habían formulado Marx y Engels la

idea de la revolución ininterrumpida. La esencia de

esta  idea  consistía  en  "hacer  la  revolución permanente hasta que sea descartada la dominación

de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el Poder del Estado..."138 Sin embargo, como señalaba Engels, "el estado del desarrollo económico en el continente distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción capitalista".139    Marx  consideraba  como  condición para el éxito de la lucha de la clase obrera la combinación de la revolución proletaria con el movimiento  revolucionario  campesino:  "En Alemania -escribía Marx-, todo dependerá de la posibilidad de que la revolución proletaria se apoye

en una especie de segunda edición de la guerra de los campesinos."

V. I. Lenin tomó y desarrolló estas ideas de Marx,

que los oportunistas habían relegado al olvido, y creó una   teoría  completa   y  armónica  acerca  de  los caminos  y  las  condiciones  para  el  paso  de  la

 

 

138 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 96.

139 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad. esp., ed. cit., t. I, pág. 109.

 

 

 

revolución democrático-burguesa a la socialista, la teoría de la transformación de la primera en la segunda.   Y   demostró   que   entre   la   revolución burguesa y la proletaria no es obligado que medie un período de dominación de la burguesía, sino que, en la época del imperialismo, cabe perfectamente la posibilidad del paso inmediato de la primera revolución a la segunda.

Ahora bien, ¿qué es lo que sirve de base a esta transformación, lo que la hace posible?

En  las  revoluciones  burguesas  de  la  época  del

capitalismo  ascendente,  era  inevitable,  al  triunfar estas revoluciones, un período más o menos largo de dominación de la burguesía. Pero en la época del imperialismo no hay ya base para que se mantengan en pie de un modo tan prolongado los fundamentos del capitalismo privado, después del triunfo de la revolución democrático-burguesa.

La necesidad de que la revolución democrático- burguesa  se  transforme  en  socialista  está  también

determinada por el hecho de que, en la época actual,

la lucha contra el feudalismo es inseparable de la lucha   contra   el   imperialismo,   el   cual   apoya   y conserva las relaciones feudales ya caducas. Así, por ejemplo, en la Rusia burguesa y terrateniente los intereses de los terratenientes y del zarismo aparecían íntimamente entrelazados con los intereses del imperialismo ruso y occidental, el cual apoyaba con todas sus fuerzas al zarismo y a los fundamentos del feudalismo. He ahí por qué la lucha del pueblo contra el zarismo se fundió con su lucha contra el imperialismo, por qué la revolución contra el zarismo y los terratenientes hubo de transformarse en una revolución contra el imperialismo, es decir, en una revolución proletaria

La transformación de la revolución democrático- burguesa         en          revolución          socialista              se           halla

condicionada, además, por el hecho de que, bajo el

imperialismo, las revoluciones democrático- burguesas  se  caracterizan  de  manera  distinta  que antes por la distribución de las clases, por el diferente papel que éstas desempeñan en la revolución, por las diversas relaciones que entre ellas existen y, consiguientemente, por la diversa integración de las fuerzas motrices de la revolución. Hoy día, la burguesía no puede ya ostentar la hegemonía, la jefatura de la revolución. Este papel ha pasado, en las revoluciones democrático-burguesas, a manos del proletariado. Este cuenta con firmes aliados, no sólo en la revolución democrático-burguesa (todos los sectores campesinos), sino también en la revolución socialista (los campesinos más pobres), lo que le permite llevar a cabo el paso directo, la transformación de la revolución democrático- burguesa en revolución socialista. La burguesía no sólo ha perdido la hegemonía en la revolución democrático-burguesa, sino que, en una serie de países,     se     ha     convertido     en     una     fuerza

 

contrarrevolucionaria. Pero, en relación con esto, no hay que perder de vista la diferencia que media entre los países libres del yugo extranjero y los países dependientes o convertidos en blanco de la agresión imperialista.

En los países independientes, la burguesía desempeña,     en     la     revolución,     un     papel

contrarrevolucionario.  Convertida  ya  en  clase  en

declive y dominada por el miedo al proletariado, forma    un    frente    único   reaccionario    con    los

terratenientes. Con tal de mantener su dominación, se

esfuerza por conservar, como puntales suyos, todos los restos de los viejos tiempos y, principalmente, las instituciones de tipo feudal. Las revoluciones antifeudales, en estos países, se llevan a cabo, por tanto, no sólo sin contar con el apoyo de la burguesía, sino incluso en contra de ella. En la revolución democrático-burguesa rusa, en 1905 y en 1917, la burguesía se unió en un bloque contrarrevolucionario a los terratenientes, contra el proletariado y los campesinos. La hegemonía, en esta revolución, correspondía  al  proletariado,  quien  en  1917  supo hacer que la revolución democrático-burguesa se transformase en socialista.

En las colonias y en los países dependientes, es un poco  más  amplia  la  base  de  la  revolución democrático-burguesa. El yugo de los imperialistas extranjeros pesa, ante todo, sobre los campesinos, los obreros y los artesanos, pero gravita también sobre la burguesía media. La lucha de liberación nacional contra los esclavizadores extranjeros se traduce inevitablemente en una revolución democrática de liberación nacional.

¿Por qué es una revolución la lucha de liberación nacional contra los esclavizadores extranjeros, en las colonias y en los países dependientes? Cuando los ocupantes extranjeros invaden el país, la lucha contra el invasor no es una revolución, sino una guerra. Pero si el esclavizador extranjero cuenta, en el país por él sojuzgado, con el apoyo social de las clases dominantes, entronizadas en el Poder, la lucha por sacudir el yugo de los opresores extranjeros es, a la par con ello, una lucha contra el Poder imperante en el país, una lucha revolucionaria, una revolución.

El sostén social del imperialismo, en las colonias y en los países de pendientes, es, por lo general, la

clase de los terratenientes y la llamada burguesía compradora.   Esta   última   cumple   la   función   de

intermediaria entre el capital extranjero y el mercado local y forma parte de la gran burguesía comercial indígena. En China, la lucha de liberación nacional

contra el imperialismo era, al mismo tiempo, una lucha revolucionaria contra el feudalismo, contra la

clase de los terratenientes y contra la burguesía compradora. El derrocamiento de estas clases era necesario para privar de apoyo dentro del país a los

esclavizadores extranjeros.

A  la  par  con  ello,  las  fuerzas  reaccionarias

 

 

 

interiores encuentran sostén y apoyo en los esclavizadores imperialistas extranjeros. En las colonias  y  en  los  países  dependientes,  el imperialismo procura mantener en pie con todo su poder financiero y militar las instituciones reaccionarias feudales, las supervivencias feudales, con toda su supraestructura burocrático-militarista. Y esto hace que la lucha contra las supervivencias feudales, en estos países, sea inseparable de la lucha contra el imperialismo.

Los países de la Europa central y sudoriental, que habían caído bajo el yugo de los invasores fascistas

alemanes,   fueron   liberados   por   las   fuerzas   del

ejército soviético, con ayuda del movimiento de liberación nacional de aquellos mismos países. Los

invasores fascistas alemanes contaban, dentro de los

países ocupados, con el apoyo de la gran burguesía, de los terratenientes, de los altos funcionarios y de la oficialidad monárquica del ejército, quienes colaboraban con el enemigo invasor para oprimir a los pueblos de dichos países. La lucha de los pueblos contra los esclavizadores fascistas extranjeros, lucha encabezada por el proletariado, hallábase inseparablemente unida a la lucha por el Poder dentro de estos países, a la lucha por expulsar del Poder a los gobiernos existentes, que eran gobiernos colaboracionistas. De aquí que, en estos países, la revolución fuese, en su primera etapa, una revolución antiimperialista y democrática, que luego, bajo la hegemonía del proletariado, se fué transformando en revolución socialista.

Y  así,  en  las  colonias  y  en  los  países dependientes, en los países convertidos en blanco de la opresión extranjera, la revolución por la liberación nacional, dirigida contra el imperialismo extranjero, es inseparable de la revolución antifeudal. Se trata, más concretamente, de una revolución nacional y democrática. Nacional, porque viene a resolver los problemas de la liberación nacional; democrática, porque persigue directamente, no la transformación socialista del país, sino su transformación democrática. Esta revolución democrático-nacional, por cuanto que no rebasa los marcos de la propiedad privada, se halla contenida dentro del tipo de la revolución democrático-burguesa. La revolución democrático-burguesa, en los países oprimidos, se caracteriza, pues, porque en ella "la lucha contra las supervivencias feudales se combina con la lucha contra el imperialismo".140

Este carácter especial de la revolución democrático-burguesa  en  los  países  dependientes

determina también las particularidades de su base social y la composición de sus fuerzas motrices, que

abarcan amplias capas de la nación, incluyendo la burguesía nacional, es decir, la burguesía media, la cual  sufre  también  bajo  la  opresión  del  capital

extranjero y de los elementos feudales y militaristas

 

140 J. V. Stalin, Obras completas, ed. esp., t. IX, pág. 287.

 

de dentro. De donde se desprende la conocida tesis del leninismo de que, mientras en los países imperialistas y opresores la burguesía es contrarrevolucionaria en todas las etapas de la revolución, en las colonias y en los países dependientes  la  burguesía  nacional  puede,  hasta cierto punto y durante un cierto período de tiempo, apoyar el movimiento revolucionario de los trabajadores en contra del imperialismo.

Y  esta  circunstancia  encierra  una  importancia muy grande para la estrategia y la táctica de los partidos proletarios. El Partido Comunista de China logró, en el curso de la lucha revolucionaria, crear un frente revolucionario patriótico, democrático, y llevar al triunfo la revolución popular. Y en el frente unido de todas las fuerzas patrióticas y democráticas se apoyó  la  revolución  en  los  países  de  la  Europa central  y  sudoriental.  En  Bulgaria  fué  el  Frente patrio, en Rumania el Frente democrático-nacional, en Hungría el Frente de la independencia nacional, en Polonia el Frente nacional. Esta experiencia histórica es aleccionadora, y sobre ella construyen su estrategia los partidos comunistas que marchan hacia la revolución democrática. El programa del Partido Comunista de la India, subrayando el carácter antiimperialista de la revolución que se avecina, formula la consigna de la incorporación de la burguesía nacional india al frente nacional unido. El programa del Partido Comunista del Japón, partiendo del hecho de que este país ha caído, después de la segunda guerra mundial, bajo el yugo del régimen de ocupación norteamericano, define el carácter de la revolución que en el Japón se prepara como una revolución democrática, de liberación nacional. Esto explica por qué el Partido Comunista japonés se propone como tarea aglutinar, con vistas a esta revolución, todas las fuerzas patrióticas de la nación, incluyendo la burguesía nacional, como uno de los elementos activos en esta lucha.

Sin embargo, aun en aquellos casos en que la burguesía    se    muestra   dispuesta    a    apoyar    la

revolución, es ya incapaz, en las condiciones de hoy, desempeñar en ella el papel de dirigente, de ostentar

su hegemonía. No puede desempeñar este papel, por la dualidad de su situación, que la induce a mirar en torno  suyo,  recelosamente,  por  miedo  a  que  la

revolución vaya a rebasar los límites que la burguesía se propone. El papel de dirigente de la revolución, la

hegemonía en ésta, ha pasado a manos del proletariado.

La hegemonía del proletariado  y de su partido es

condición importantísima para el desarrollo y el triunfo de la revolución, para su transformación y su paso  directo  de  la  fase  democrática  a  la  fase socialista.

La idea de la hegemonía del proletariado había sido formulada ya por Marx y Engels. Más tarde, la

desarrolló y llevó adelante V. I. Lenin. Este creó una

 

 

 

teoría armónica y completa sobre la dirección de las masas populares por el proletariado, en la revolución democrática y en la socialista. En la lucha contra los mencheviques, que invitaban al proletariado a renunciar a su participación activa en la revolución democrático-burguesa, alegando que la revolución burguesa era, según ellos, incumbencia de la burguesía, Lenin sostuvo y fundamentó la necesidad, no sólo de que el proletariado tomara parte activa en la revolución, sino de que la dirigiera. Puso de manifiesto cómo, bajo las condiciones del imperialismo, la burguesía se halla menos interesada en la revolución burguesa que el proletariado. Y, caracterizando el interés del proletariado por llevar hasta el fin la revolución democrático-burguesa, hizo ver que la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista no podrá adquirir la suficiente amplitud ni alcanzar la victoria mientras no sean derrocados los más antiguos enemigos históricos del proletariado y cómo éste se halla interesado en la más completa destrucción de las supervivencias feudales en la vida económica y en la política, así como en conquistar la libertad más completa, con el fin de asegurarse las condiciones  de  organización  más  amplias  y  más libres para la lucha por el socialismo. Al imponer su hegemonía en la revolución democrático-burguesa, el proletariado abre ante sí la posibilidad de llevar las cosas    adelante,    hasta    transformar    aquélla    en

revolución socialista. 141

La posibilidad de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa la determina el hecho de ser ésta la clase consecuentemente revolucionaria y organizada, que acumula una gran experiencia de lucha política y que tiene a su frente el partido marxista-leninista, pertrechado con la teoría científica revolucionaria. Todo esto le permite desalojar a la burguesía de la dirección de las masas revolucionarias y tomar a su cargo la dirección de los campesinos, interesados en una solución consecuentemente  revolucionaria  del  problema agrario y en la destrucción de la clase feudal y de las supervivencias del feudalismo, es decir, en llevar adelante de un modo consecuente y radical la revolución democrática. Y, como la burguesía no puede dar satisfacción a las necesidades de los campesinos, ello abre ampliamente el camino para que éstos se pasen al lado del proletariado y abracen la dirección proletaria.

El primer ejemplo histórico de la hegemonía del proletariado y de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista lo estableció el proletariado de Rusia, bajo la dirección del Partido Comunista. Basándose en la gran experiencia de la clase obrera rusa, el VI Congreso de la Internacional Comunista sentó la tesis de que la hegemonía del proletariado  constituye la  consigna

 

 

141 Véase V. I. Lenin, "Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática". Obras escogidas, ed. esp., págs. 7-108.

 

estratégica  fundamental  del movimiento comunista, en la revolución democrático-burguesa.

Esta consigna ha guiado a los partidos comunistas de todos los países. El Partido Comunista de China,

aglutinando y organizando las fuerzas para la revolución   popular   victoriosa,   se   guió   por   el

postulado de que "las tareas de la revolución democrático-burguesa, antiimperialista y antifeudal, en China, sólo podrán ser resueltas si al frente de ella

se halla, como lo determina la marcha de la historia, el proletariado, y no la burguesía".142

La consigna estratégica de la hegemonía del proletariado  fué  puesta  también  en  práctica  en  la lucha revolucionaria desarrollada en los territorios de

los países de la Europa Central y Sudoriental. En estos  países,  la  clase  obrera  se  destacó  como  la

iniciadora de la lucha y el combatiente consecuente y aguerrido contra los invasores hitlerianos y sus lacayos dentro del país. Fué ella quien encabezó la

lucha por las transformaciones democráticas consecuentes, tomó la iniciativa para la implantación

de la reforma agraria y conquistó, con ello, la autoridad   y   la   influencia   sobre   el   pueblo,   la hegemonía en la revolución. La marcha de la historia

vino a corroborar, así, la fuerza de la gran idea leninista  de  la  hegemonía  del  proletariado  en  la

revolución democrática.

El desarrollo de la revolución democrática bajo la hegemonía del proletariado exige la creación de un

Poder estatal capaz de llegar a ser el instrumento necesario para afrontar y resolver consecuentemente

las tareas de esta revolución. Lenin sostenía que este

Poder estatal debía ser la dictadura democrático- revolucionaria del proletariado  y los campesinos. La

dictadura  del  proletariado  y  los  campesinos  es  el

Poder basado en la alianza, en la colaboración de estas clases, bajo la dirección del proletariado. La

dictadura           democrático-revolucionaria           del

proletariado y de los campesinos se caracteriza por determinadas tareas y determinadas funciones, que se desprenden del carácter democrático-burgués de la revolución. La dictadura del proletariado y de los campesinos tiene la misión de aplastar la resistencia de las fuerzas contrarrevolucionarias, de destruir la propiedad feudal entregando la tierra a los campesinos, y de implantar las transformaciones democráticas. Como ya hemos dicho, en las colonias y en otros países en que existen considerables supervivencias del feudalismo y a las que el imperialismo hace víctimas de sus agresiones guerreras, la revolución democrático-burguesa es la conjunción  de  la  revolución  antifeudal  y  la revolución antiimperialista. Lo cual trae como consecuencia el ensanchamiento de la base social de la revolución: en estas condiciones, la revolución descansa sobre el frente nacional unido de todas las fuerzas  democráticas  y  patrióticas  del  país.  Y,  en

 

142 Mao Tse Tung, Obras escogidas,  ed. rusa, t. I, págs. 465-466.

 

 

 

consonancia con ello, en estos países, la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y de los campesinos no se presenta en toda su pureza, sino que en ella participan también otras capas de la sociedad, que apoyan la dictadura del proletariado y de los campesinos. Así sucedió en los países de la Europa central y sudoriental, durante la primera etapa de la revolución en estos países. Y, en China, la revolución popular victoriosa condujo a la implantación en la República Popular de la dictadura democrática del pueblo, basada en la alianza de los obreros y los campesinos y dirigida por la clase obrera, con el Partido Comunista a la cabeza.

La dirección de la clase obrera, con la dictadura del  proletariado  y de  los  campesinos,  garantiza  la

inaplazable y completa solución de los problemas de

la revolución democrático-burguesa. Y, al mismo tiempo, asegura la preparación del derrocamiento del capitalismo. La revolución entra en una nueva fase de su desarrollo, caracterizada por la reagrupación de fuerzas en torno al proletariado, al terminar la revolución democrático-burguesa para pasar directamente a la revolución socialista. La revolución democrático-burguesa se transforma en revolución socialista.143

El            paso      de           la            dictadura            democrático- revolucionaria del proletariado y de los campesinos a

la dictadura del proletariado sólo puede llevarse a

cabo por medio de la lucha de clases. Esta lucha, sin embargo, reviste diversas formas, de acuerdo con las

condiciones históricas concretas. El desarrollo de la

revolución puede conducir a la transición pacífica de una etapa a otra, pero puede hacer necesaria también una explosión revolucionaria.

En la revolución rusa de 1917, el paso de la etapa democrático-burguesa a la etapa socialista se operó

como resultado del triunfo de la insurrección armada de Octubre, alcanzado bajo la dirección del Partido

Comunista y de su Comité Central. La necesidad de una explosión revolucionaria obedeció a una serie de circunstancias  históricas  concretas.  La  revolución

democrático-burguesa de Febrero de 1917 en Rusia trajo consigo la instauración de un doble Poder: el

Gobierno  provisional  de  los  burgueses  y terratenientes y los Soviets de Diputados de Obreros y Soldados, que disponían de hecho del Poder. La

creación de los Soviets significaba que, como hubo de  señalar  Lenin,  la  revolución  de  Febrero  había

llegado hasta los mismos límites de la dictadura democrática del proletariado y los campesinos, pero no en su forma "pura", sino mediante la existencia en

el país de un doble Poder. De no haber mediado la traición     de     los     mencheviques     y     social-

revolucionarios, que manejaban los Soviets, engañaban  a  las  masas  y  emponzoñaban  su conciencia con la desconfianza en la posibilidad de

vencer a la burguesía, todo el Poder habría pasado a

 

143 Véase Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp., cap. III.

 

los  Soviets  y,  más  tarde,  por  medio  de  la  lucha librada  dentro  de  los  Soviets,  habría  sido  posible pasar a la dictadura del proletariado sin necesidad de una explosión revolucionaria, sin recurrir a la insurrección armada. En los meses de abril a julio de

1917, el Partido Comunista siguió el rumbo del desarrollo pacífico de la revolución en Rusia, de la

implantación   de   la   dictadura   del   proletariado

mediante la conquista por los comunistas de la mayoría dentro de los Soviets. La conciliación de los

mencheviques    y    social-revolucionarios    con    la

burguesía hizo que los Soviets entregasen la plenitud del Poder en manos del Gobierno provisional contrarrevolucionario, y, para pasar a la revolución socialista, no hubo más remedio que recurrir al derrocamiento de este gobierno por medio de las armas.

En los países de la Europa central y sudoriental, el proceso   de   transformación   de   las   revoluciones

antifeudales  en  revoluciones  socialistas  se  llevó  a cabo  en  otras  circunstancias  y  bajo  otras  formas.

Después de la victoria del ejército soviético sobre los ocupantes fascistas alemanes, se instauró en estos países un régimen de democracia popular. Y, una vez

que  el  Poder  democrático-popular  hubo  llevado  a cabo las tareas propias de la revolución antifeudal, el

proletariado de estos países desplegó la lucha por la revolución socialista. Esta lucha fué coronada por el triunfo en los años 1947-1948, trayendo consigo la

transformación   del   régimen   democrático-popular, para  convertirse  en  la  forma  de  la  dictadura  del

proletariado.

La           transformación de          las          revoluciones democrático-burguesas en socialistas, en los países

de democracia popular, se llevó a cabo por la vía

pacífica,  sin  necesidad  de  explosiones revolucionarias,  porque  las  clases  reaccionarias  se

vieron paralizadas en sus designios por el triunfo del

ejército soviético sobre los ocupantes fascistas alemanes. Mientras que en 1917, en Rusia, los mencheviques y social-revolucionarios habían conseguido durante cierto tiempo envenenar la conciencia de la clase obrera con la desconfianza en sus propias fuerzas y que los Soviets obreros y campesinos renunciasen al Poder en beneficio de la burguesía, el grandioso ejemplo histórico de la conquista de la dictadura del proletariado en Rusia animó a los obreros de los países de democracia popular a luchar resueltamente por la dictadura del proletariado. De este modo, las nuevas condiciones históricas, y en particular la existencia y el apoyo del país del socialismo triunfante, de la Unión Soviética, facilitó a los países de democracia popular la transformación de las revoluciones democrático- burguesas, antifeudales, en revoluciones socialistas.

 

4. La revolución proletaria, socialista.

En  las  revoluciones  llevadas  a  cabo  contra  el

 

 

 

régimen esclavista y contra el feudalismo, las clases trabajadoras que las efectuaron no eran portadoras de las relaciones de producción que históricamente se desprendían y afianzaban como resultado de dichas revoluciones. En la revolución proletaria, socialista, los trabajadores y la clase explotada, el proletariado, que lleva a cabo esta revolución, actúan por primera vez en la historia como los portadores de las nuevas relaciones de producción llamadas a sustituir a las relaciones de producción ya caducas. De aquí que, por vez primera, el proletariado, la clase explotada, se alce como el abanderado de la aplicación de la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, en interés de toda la sociedad. El proletariado es la fuerza llamada a destruir las caducas relaciones burguesas de producción y a instaurar las nuevas relaciones de producción socialistas, en consonancia con las fuerzas productivas.

Mientras que, antes, la implantación de las relaciones de producción congruentes con el estado de las fuerzas productivas había significado la sustitución de una forma de propiedad privada y de una forma de explotación por otra, la revolución socialista viene a liquidar toda propiedad privada sobre  los  medios  de  producción,  instaura  la propiedad social, socialista, y acaba con toda explotación del hombre por el hombre. En esto consiste la grandiosa significación histórica de la revolución proletaria y lo que la diferencia radicalmente de todas las otras revoluciones. Y a ello se debe el que la revolución proletaria represente un viraje radical en la historia del mundo.

La Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia ha venido a confirmar plenamente la verdad del marxismo-leninismo acerca de la significación de la  revolución  proletaria.  Ha  conducido  a  la destrucción de la propiedad privada sobre los medios de producción, a la liquidación de las clases explotadoras y de todas las formas de explotación y opresión y a la instauración del modo de producción socialista, basado en la propiedad social sobre los medios de producción.

A diferencia de la revolución burguesa, cuya misión se reduce a destruir el viejo régimen, la revolución proletaria no se limita a acabar con lo viejo. Se abren ante ella grandes tareas creadoras, pues la revolución proletaria está llamada a organizar sobre nuevas bases, sobre los principios del socialismo, la vida de millones de seres.

La propiedad socialista sobre los medios de producción, las relaciones de producción socialistas,

no  pueden  estructurarse  en  el  seno  de  la  vieja

sociedad, basada en la propiedad privada sobre los medios   de   producción,   en   la   explotación   y   la opresión  de  los  trabajadores.  En  el  seno  de  la sociedad   capitalista   se   crea   solamente   la   base material para la inevitable ofensiva del socialismo.

 

Esta base material va formándose bajo la forma de las nuevas fuerzas productivas, bajo la forma de la socialización del trabajo, y sienta la necesidad del paso de los medios de producción a propiedad de la sociedad. Pero, para que ello se realice, es condición previa necesaria la revolución socialista, la conquista de la dictadura del proletariado. Mientras que la revolución burguesa encuentra ya preparadas las formas de la economía capitalista, que han ido surgiendo espontáneamente, y su misión se reduce a destruir el viejo régimen, la revolución proletaria no recibe, ya dispuestas, las formas socialistas de la economía y su misión consiste, basándose en la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con las fuerzas productivas, en utilizar la dictadura del proletariado como palanca para organizar la economía socialista.

La  burguesía  y  sus  agentes  reformistas  en  el movimiento obrero repiten hasta la saciedad que la

clase obrera, al destruir el viejo estado de cosas, es incapaz de gobernar el Estado y la economía, que el

pueblo no puede arreglárselas sin terratenientes ni capitalistas.  Esta  calumnia  de  los  esclavistas modernos y de los dirigentes de los socialistas de

derecha, de los líderes laboristas y los burócratas sindicales, se estrella contra la grandiosa realidad de

la existencia del socialismo, construido por el pueblo soviético bajo la dirección del Partido Comunista. La experiencia   de  la   revolución  soviética   y  de  la

revolución en los países de democracia popular ha venido a demostrar en el terreno de los hechos que,

sacudiendo  el  yugo  de  los  capitalistas  y terratenientes,  los  obreros  y  los  campesinos  son

capaces de desplegar una grandiosa fuerza creadora en la construcción del nuevo Estado, de la nueva economía y de la nueva cultura.

La revolución socialista, cuya misión consiste en acabar con toda explotación y con toda opresión, no

puede apoyarse en el viejo Estado, creado para aplastar a los trabajadores. Para conseguir estos objetivos, el proletariado necesita crear un Estado de

nuevo  tipo,  diferente  por  principio  de  todos  los

Estados anteriores y llamado a aplastar la resistencia de las clases explotadoras derrocadas y a servir de

instrumento para la construcción del comunismo.

Esto que decimos aparece claramente confirmado por el ejemplo de la Gran Revolución Socialista de

Octubre.   En   el   curso   de   esta   revolución   el

proletariado ruso hubo de enfrentarse con la resistencia exterior y el sabotaje por parte del viejo aparato estatal, burocrático y militar, burgués- terrateniente. La clase obrera sólo podía llevar hasta el fin las transformaciones socialistas aniquilando hasta en sus fundamentos el viejo aparato estatal y creando un Estado nuevo, el Estado proletario soviético. Y la experiencia de los países de democracia popular ha venido a corroborar nuevamente la razón del marxismo-leninismo cuando

 

 

 

sostiene que los trabajadores sólo pueden liberarse del yugo capitalista mediante la destrucción de la maquinaria del Estado burgués. Para aplastar la resistencia de las clases reaccionarias y llevar a cabo las transformaciones socialistas, los trabajadores de estos países, bajo la dirección de los partidos comunistas y obreros, tuvieron también que destruir el viejo aparato estatal y crear un Estado nuevo, el Estado democrático-popular.

Las clases que actúan como portadoras de las nuevas relaciones de producción, de las relaciones avanzadas, y luchan por aplicar e imponer la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, tropiezan siempre con la resistencia de las clases caducas, interesadas en el mantenimiento del viejo régimen. Y ninguna revolución encuentra tanta resistencia como la socialista, ya que en ella se trata de acabar con la propiedad privada, santificada por los siglos, y de destruir todos y cada uno de los fundamentos de la explotación y la opresión. A las fuerzas de la oposición socialista se oponen todas las fuerzas de la vieja sociedad, y la lucha es, aquí, una lucha a vida o muerte. Y esto hace que la revolución socialista, para poder vencer la resistencia de las clases viejas y caducas de la sociedad, necesite disponer de fuerzas incomparablemente mayores que todas las revoluciones del pasado.

Hace ya mucho tiempo que en los países capitalistas ha madurado la necesidad de sustituir las

relaciones    capitalistas    de    producción    por    las

socialistas.  Pero  las  clases  reaccionarias  se interponen ante la realización de esta necesidad histórica. Y, hasta ahora, no se han plasmado todavía, en estos países, las fuerzas necesarias para vencer tales obstáculos. El gran ejemplo histórico de la creación de la poderosa fuerza capaz de vencer la resistencia de las clases reaccionarias y de derrotar a éstas, lo ha dado la clase obrera rusa, que supo atraer a su lado a los millones y millones de campesinos explotados y conducidos, bajo su dirección, al asalto del  zarismo  y del  capitalismo.  En  Rusia  y en  los países de democracia popular, ha sido derrocado el capitalismo   por   los   esfuerzos   conjuntos   de   los obreros y los campesinos, por la alianza de la clase obrera y los campesinos, bajo la dirección del proletariado y de su partido marxista.

La fuerza motriz fundamental y decisiva de la revolución  socialista  es  el  proletariado.  Esta  clase

está llamada por el curso del desarrollo histórico a

ser la enterradora del capitalismo y la creadora de la nueva  sociedad,  del  comunismo.  Y  esta  misión

histórico-universal de la clase obrera se desprende de

la situación que ocupa en la sociedad capitalista. El proletariado  es,  según  las  palabras  de  Lenin,  "el motor intelectual y moral y el ejecutor físico"144 de la

 

la clase más consecuentemente revolucionaria, revolucionaria hasta el fin, en la lucha contra todos los opresores.

Pero el proletariado no lleva a cabo la revolución socialista él solo, aislado del resto de los trabajadores

y de las masas explotadas. La revolución socialista

viene a destruir toda clase de explotación, y ello hace que con los intereses del proletariado coincidan los de todos los trabajadores, es decir, los de la mayoría aplastante de la sociedad.

El leninismo enseña que el proletariado, en su lucha contra el capitalismo, cuenta como aliada con

la  masa  semiproletaria  explotada,  la  cual,  bajo  su

dirección, se convierte también en fuerza motriz de la revolución socialista.

Al            entrar   el            capitalismo         en          la            fase       del

imperialismo, se acentúa vigorosamente la tendencia que lleva a la población trabajadora no proletaria, a los pequeños propietarios, a convertirse en esclavos del capital. Los campesinos de los países capitalistas se ven sometidos cada vez más a la explotación, y se refuerza así, aceleradamente, la expropiación de la pequeña propiedad de la tierra, el despojo de sus tierras de los campesinos. Se extiende la aplicación del trabajo asalariado en todas las ramas de la economía rural. Y todo esto hace que los campesinos trabajadores adopten una actitud cada vez más hostil ante la burguesía y puedan convertirse en aliados del proletariado.

Todo  lo  cual  significa  que  la  población trabajadora  no  proletaria  explotada  puede considerarse como un aliado fiel del proletariado en la lucha por el triunfo de la revolución socialista. Por eso, el leninismo elabora una teoría armónica de la revolución socialista, "añadiendo como aspecto obligado de ésta un nuevo factor: el de la alianza del proletariado y de los elementos semiproletarios de la ciudad y del campo, como condición para el triunfo de la revolución proletaria".145

La grandiosa comprobación histórica de la idea del leninismo acerca de los aliados del proletariado

ha  sido  el  triunfo  de  la  Revolución  Socialista  de

Octubre.  Esta  pudo  llevarse  a  cabo  gracias  a  la alianza de la clase obrera con los campesinos pobres,

que formaban la inmensa mayoría de la población

campesina de Rusia.

Así, pues, las fuerzas motrices de la Revolución Socialista de Octubre fueron la clase obrera y los campesinos pobres, bajo la dirección de aquélla. "La existencia de esta alianza entre la clase obrera y los pobres del campo determinó también la conducta de los campesinos medios, que vacilaron durante largo tiempo y sólo en vísperas de la insurrección de Octubre se orientaron debidamente hacia la revolución, uniéndose a los campesinos pobres".146

El Partido Comunista supo poner a contribución

 

transformación  del  capitalismo  en  el  socialismo.  Es                

145 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp., pág. 87.

 

144 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXI, págs. 54-55.

 

146 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp., pág. 249.

 

 

 

para la causa de la revolución proletaria en Rusia el movimiento democrático general en favor de la paz, el movimiento de los campesinos por la confiscación de las tierras de los terratenientes, el movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos y su lucha por la equiparación de derechos nacionales. Todas estas corrientes del movimiento liberador se fundieron, bajo la dirección del Partido Comunista, con el movimiento socialista del proletariado por el derrocamiento de la burguesía y por la instauración de la dictadura del proletariado.

El leninismo fundamentó, además, el postulado de que el proletariado, al tomar en sus manos el Poder, puede y debe impulsar hacia adelante, bajo su dirección, a todas las masas trabajadoras de la ciudad y del campo, en particular a los campesinos, por el camino  de  la  transformación  socialista  de  la sociedad. Y este postulado del leninismo ha sido brillantemente confirmado en la práctica. En la U.R.S.S. el socialismo triunfó, cabalmente, gracias a la alianza de los obreros y los campesinos, bajo la dirección de la clase obrera. Los campesinos soviéticos marchan hacia el comunismo conjuntamente con el proletariado. Y en los países de democracia popular, los campesinos trabajadores participan también activamente en la construcción socialista, bajo la dirección de la clase obrera. Todo lo cual no hace sino confirmar el triunfo completo de las ideas leninistas acerca de los aliados de la clase obrera en la lucha por el socialismo.

Una de las características más importantes de la revolución socialista, comparada con la revolución

burguesa, estriba en que aquélla aglutina en torno al

proletariado a las masas de millones y millones de trabajadores y explotados, en sólida y perdurable alianza, por la construcción de la sociedad comunista sin clases.

Las  complicadas  tareas  de  la  revolución proletaria,  que  no  admiten  comparación  con  las

anteriores revoluciones en cuanto a la profundidad de

la obra de transformación, hacen que aquélla requiera una  dirección  audaz,  necesite  de  una  vanguardia

experta  y  aguerrida.  La  organización  dirigente  del

proletariado es su partido revolucionario marxista. La Gran   Revolución   Socialista   de   Octubre   triunfó gracias a que al frente de la clase obrera se hallaba el monolítico partido de los comunistas, templado en la lucha, pertrechado con la teoría marxista y vinculado indisolublemente al proletariado y a todas las masas trabajadoras.  El  Partido  Comunista  infundió  a  la clase obrera de Rusia la conciencia de que estaba llamada por la historia a cumplir la misión de ser la primera brigada de choque en la lucha revolucionaria internacional contra el imperialismo. En lucha intransigente contra los conciliadores y capitulacionistas  -contra  los  mencheviques,  los social-revolucionarios y los trotskistas-, el Partido inculcó  a  la  clase  obrera  su  decisión  e  iniciativa

 

revolucionarias, le dio un programa establecido sobre bases científicas, le infundió la seguridad en la victoria, elaboró la estrategia y la táctica de su lucha revolucionaria y la enseñanza aglutinar en torno suyo a los aliados y a organizar sus filas. Con todo ello, el Partido Comunista puso en manos del heroico proletariado ruso la potente arma para la lucha y la victoria. Y el histórico VI Congreso del Partido de los bolcheviques encaminó al Partido y a la clase obrera de Rusia hacia la insurrección armada.

Pertrechado con las enseñanzas de Lenin acerca de la transformación de la revolución democrático-

burguesa  en  revolución  socialista,  con  su  genial

descubrimiento de la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país por separado y con su

doctrina acerca de los Soviets como la forma política

de la dictadura del proletariado, el Partido Comunista condujo a la clase obrera de Rusia a la revolución socialista y a la conquista de la dictadura del proletariado, y lo llevó a la victoria.

 

5. La doctrina del leninismo acerca del triunfo inicial del socialismo en un solo país par separado y de los caminos hacia el triunfo del socialismo en todos los países.

Marx y Engels contaban con que la revolución

socialista  victoriosa  se  produciría  simultáneamente en todos los países del capitalismo, o por lo menos, en los más importantes. No consideraban posible el triunfo del socialismo en un solo país.

Y este punto de vista era acertado, en la época de

Marx y Engels, ya que el capitalismo se hallaba, entonces, en su etapa ascendente. En carta a Engels, escribía Marx: "Una difícil cuestión se encierra para nosotros en lo siguiente: en el continente, la revolución es inevitable y revestirá inmediatamente un carácter socialista. Ahora bien, ¿no se verá inevitablemente aplastada en este pequeño rincón, ya que en la inmensa mayoría de los sitios la burguesía recorre todavía un ascendant  movement [un movimiento ascendente]?"147

V.  I.  Lenin,  teniendo  en  cuenta  las particularidades del imperialismo, adoptó y fundamentó un punto de vista sustancialmente nuevo ante este problema. Puso de manifiesto que el imperialismo representa la fase final del capitalismo, la cual se caracteriza por su línea descendente de desarrollo, por el capitalismo en descomposición. Al investigar esta fase, Lenin descubrió la ley del desarrollo  económico  y  político  desigual  de  los países capitalistas en la época del imperialismo y, partiendo de ella, llegó a la conclusión de la imposibilidad del triunfo simultáneo del socialismo en todos los países y de la posibilidad de que el socialismo comenzara triunfando en un solo país, por separado. La ley del desarrollo desigual en la época del capitalismo monopolista predetermina, a su vez,

 

147 Marx y Engels, Obras completas, ed. rusa. t. XXII, pág. 362.

 

 

 

la no simultaneidad de la maduración de las revoluciones proletarias en los diversos países y, consiguientemente, la posibilidad del triunfo inicial de la revolución en uno o en varios países y la imposibilidad de su triunfo simultáneo en todos ellos.

La  idea  de  la  posibilidad  del  triunfo  del socialismo  en  Rusia  hallábase  ya  implícita  en  la

teoría leninista de la transformación de la revolución

democrático-burguesa    en    revolución    socialista

(1905). Pero fué en 1915, en su artículo titulado La consigna  de  los  Estados  Unidos  de  Europa,  y  de nuevo  en  1916,  en  el  que  lleva  por  título  El programa militar de la revolución proletaria, cuando Lenin desarrolló la formulación de esta tesis.

"El desarrollo del capitalismo -escribía Lenin- sigue un curso extraordinariamente desigual en todos los países. Es ésta una consecuencia inevitable del régimen de producción de mercancías. De aquí la conclusión inmutable de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en todos los países. Empezará triunfando en uno o en varios países, y los demás seguirán siendo durante algún tiempo países burgueses o preburgueses".148

J. V. Stalin, al defender esta teoría leninista, puso de relieve que la desigualdad de desarrollo, existente

ya bajo el capitalismo premonopolista, revestía un

nuevo carácter y se agudizaba extraordinariamente dentro de las condiciones del imperialismo. Al llegar esta etapa, cobra mayor vigor la acción de la ley del desarrollo económico y político desigual de los distintos países. Bajo el imperialismo compiten entre sí, no sólo los diversos capitalistas, sino las agrupaciones monopolistas de éstos, lo que viene a extender y agudizar la competencia, poniendo en acción nuevos medios, formas y métodos de lucha. Bajo el imperialismo, se hallaba totalmente repartido el planeta entre las "grandes potencias".

La desigualdad de desarrollo del capitalismo, en la  época  imperialista,  se  caracteriza  porque  unos

países capitalistas se desarrollan a saltos con respecto

a otros, de tal modo que unos, antes atrasados, no sólo alcanzan, sino que incluso sobrepasan y dejan a

un   lado   a   otros   países   capitalistas   que   antes

marchaban a la cabeza. Esto hace que cambie la correlación de fuerzas entre ellos y que se ponga a la orden del día el problema de la redistribución del mundo ya repartido, de las colonias, los mercados, las  fuentes  de  materias  primas  y  las  zonas  de inversión de capital. Bajo el capitalismo, este nuevo reparto del mundo sólo puede llevarse a cabo por medio de la guerra. De aquí que las guerras imperialistas sean, entre los imperialistas, un medio de lucha inevitable. Todo lo cual trae consigo la profundización y agudización de los conflictos en el campo del imperialismo y el debilitamiento del frente del  capitalismo  mundial,  lo  que  facilita  al proletariado de los distintos países la posibilidad de

 

romper el frente del imperialismo por el eslabón más débil, la posibilidad del triunfo del socialismo en diversos países, por separado.

Se hace posible la ruptura del frente del imperialismo por su eslabón más débil. "¿Y qué es lo

que determina la debilidad de la cadena imperialista,

en un país dado? La existencia en este país de cierto mínimo de desarrollo industrial y cultural. La existencia en él de cierto mínimo de proletariado industrial. El espíritu revolucionario del proletariado y de la vanguardia proletaria, en este país. La existencia en él de un aliado importante del proletariado (por ejemplo, los campesinos), capaz de seguir al proletariado en la lucha decisiva contra el imperialismo. En una palabra, una combinación de condiciones que hagan inevitable el aislamiento y el derrocamiento del imperialismo, en este país".149

Un eslabón débil en la cadena del imperialismo puede ser un país que no se halle necesariamente al

nivel más alto de desarrollo del capitalismo, al nivel más alto de desarrollo industrial, y en que exista el

proletariado más numeroso. La ley del desarrollo desigual del capitalismo, en la época imperialista, tiene su lado económico y su lado político. Significa,

entre otras cosas, que no existe una dependencia proporcional  directa  entre  el  grado  de  madurez

económica y el grado de madurez política de los diversos países con vistas a la revolución socialista. Países  capitalistas  que  marchan  a  la  cabeza  en  la

línea  del  desarrollo económico  (en cuanto  al desarrollo  de  la  técnica  y  de  la  industria  y  al

crecimiento numérico del proletariado) pueden, bajo las     condiciones     del     imperialismo,     hallarse

políticamente menos preparados para la revolución socialista. Y, a la inversa, un país de desarrollo capitalista medio puede aventajar a otros en cuanto al

grado de maduración de las premisas políticas para la revolución   proletaria.   Y,   al   llevar   a   cabo   la

revolución, este país implanta un régimen político incomparablemente más adelantado, el régimen de la dictadura proletaria, sentando con ello las bases para

triunfar sobre el capitalismo también en el aspecto económico.

Para el triunfo de la revolución socialista, no es condición imprescindible que el proletariado forme la mayoría de la población del país, pues el proletariado

cuenta  con  un  aliado  seguro  en  las  masas trabajadoras semiproletarias de la ciudad y el campo,

en  unión  de  las  cuales  constituye  la  aplastante mayoría de la población del país. El proletariado, unido a su aliado, representa una masa revolucionaria

suficientemente poderosa, capaz de lanzarse al asalto decisivo del capitalismo y a su derrocamiento.

Los mencheviques, al negar la posibilidad de la revolución socialista en octubre de 1917, recurrían al argumento de que Rusia no había alcanzado aún el

nivel   de   desarrollo   del   capitalismo   que   hiciera

 

 

 

148 V. I. Lenin, Obras escogidas, ed. esp., t. II, págs. 441-442.

 

149 J. V. Stalin, Obras completas, ed. esp., t. XII, pág. 145 s.

 

 

 

posible el socialismo. Lenin desenmascaró la esencia contrarrevolucionaria de las posiciones de los mencheviques y demostró que si el proletariado tomaba el Poder, el país no sólo podría alcanzar, sino incluso sobrepasar a los países capitalistas más desarrollados, en cuanto al nivel de las fuerzas productivas.  Desde  el  momento  en  que  todo  el sistema del capitalismo en su conjunto se halla ya maduro para la revolución proletaria, la existencia dentro de este sistema de países menos desarrollados desde el punto de vista industrial no puede ser ya un obstáculo para que también en estos países triunfe la revolución.

Así,  pues,  la  ruptura  de  la  cadena  del imperialismo   no   tiene   necesariamente   por   qué

producirse  antes  en  un  país  capitalistamente  más

desarrollado que en otro que le vaya a la zaga. Sin embargo, sería erróneo, asimismo, afirmar que la cadena del imperialismo tiene necesariamente que romperse allí donde el capitalismo se halla menos desarrollado. Lo importante, para la revolución socialista, es que el capitalismo haya alcanzado cierto nivel de desarrollo y que exista un proletariado industrial templado en la lucha de clases.

En octubre de 1917 se rompió en Rusia el frente imperialista y triunfó en este país la revolución proletaria, porque el yugo del imperialismo había adquirido  allí  una  expresión  más  concentrada,  se había hecho insoportable y se levantaba en contra de él un proletariado industrial, que aunque no el más numeroso  era  el  más  revolucionario del  mundo,  a cuya cabeza se hallaba, como  vanguardia suya, el gran partido del leninismo y que contaba, como aliados, con los campesinos revolucionarios y las nacionalidades oprimidas por el zarismo.

La teoría leninista acerca de la posibilidad del triunfo   inicial   del   socialismo   en   un   solo   país

significa,  en  primer  lugar,  la  posibilidad  de  la

conquista del Poder por el proletariado y de la expropiación de los capitalistas y, en segundo lugar, la posibilidad de organizar la propiedad socialista y de crear la sociedad del socialismo.

La gran significación de esta teoría estriba en que da al proletariado de los distintos países, cada uno de

por sí, una perspectiva revolucionaria, desplegando

su  iniciativa  revolucionaria  y  liberándolos  de  la actitud  pasiva  de  expectativa  ante  el  "desenlace

general";  les  enseña  a  aprovecharse  de  todas  las

situaciones favorables que lleguen a crearse para lanzarse al asalto decisivo contra el imperialismo. La clase obrera de Rusia, guiada por la genial teoría leninista, llevó a cabo su revolución socialista victoriosa.

La teoría leninista acerca de la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país fué defendida por el Partido Comunista en lucha contra los mencheviques, los trotskistas, los zinovievistas, los bujarinistas   y   otros   enemigos,   empeñados   en

 

emponzoñar la conciencia de la clase obrera con el veneno  de  la  desconfianza  en  la  posibilidad  del triunfo del socialismo, de la economía socialista, en nuestro país.

J. V. Stalin, concretando la tesis del triunfo del socialismo en la Unión Soviética, puso de manifiesto los  dos  aspectos  del  problema:  el  interior   y  el exterior. Desdobló el problema del triunfo del socialismo en un solo país en estos dos: el problema de la posibilidad de la construcción de una sociedad socialista completa en la U.R.S.S. y el problema del triunfo final y definitivo del socialismo, en el sentido de  la  garantía  total  de que  el  capitalismo  no  será jamás restaurado. Luchando contra los enemigos del socialismo, el Partido Comunista y su dirección defendieron el postulado leninista de que la clase obrera y los campesinos de la U.R.S.S. podían acabar totalmente con su propia burguesía y construir la sociedad socialista completa. En la defensa de la tesis leninista acerca de la posibilidad de la construcción del socialismo en la U.R.S.S., tuvieron una importancia extraordinaria las decisiones de la XIV Conferencia y del XIV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, las cuales pertrecharon al partido con la idea de la posibilidad de construir en nuestro país la sociedad socialista y erigieron  este  postulado  en  ley  del  partido, obligatoria para todos sus miembros. La formidable victoria del socialismo en la U.R.S.S. sentó las bases necesarias para llegar a la conclusión de que era también posible construir en la Unión Soviética el comunismo completo, aun dentro de las condiciones del mantenimiento del cerco capitalista. Tal es el aspecto interior del problema del triunfo del socialismo y el comunismo en un solo país, por separado.

Pero, a la par con esto, el leninismo enseña que el pueblo soviético no puede eliminar con sus solas fuerzas el peligro exterior de una intervención capitalista contra la U.R.S.S. "No puede, porque para acabar con el peligro de una intervención del capitalismo es necesario acabar con el cerco capitalista, y esto sólo es posible conseguido como resultado de una revolución proletaria victoriosa, por lo menos, en algunos países".150

La historia conoce ya dos intervenciones militares organizadas por los Estados imperialistas con el fin

de  restaurar  el  capitalismo  en  la  U.R.S.S.:  una

ocurrió en 1918-1920, la otra en 1941. Ambas terminaron con la derrota de los intervencionistas. La segunda de estas intervenciones fue preparada de un modo incomparablemente más cuidadoso que la primera. No obstante, los intervencionistas fueron aplastados totalmente por el ejército soviético, obligados a repasar las fronteras de la U.R.S.S. y definitivamente aniquilados en su propio territorio. Y no cabe la menor duda de que igual suerte correrán

 

150 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp., pág. 321.

 

 

 

cuantos  intenten  levantar  la  mano  contra  la  gran

Unión Soviética.

Después de la segunda guerra mundial, se operó un cambio radical en la correlación de fuerzas entre el campo del socialismo y el del imperialismo. La U.R.S.S. ya no está sola. El campo socialista abarca hoy cerca de 900 millones de hombres. Y esta fuerza poderosa e invencible es una fuerza ascendente, al paso que el mundo capitalista vive una crisis profundísima e incurable. La burguesía imperialista busca la salvación del capitalismo en la guerra contra el campo socialista. Con toda seguridad puede afirmarse que si los imperialistas se decidieran a cometer  semejante  locura  y  a  desencadenar  una nueva guerra mundial, su aventura conduciría al derrumbamiento de todo el sistema del capitalismo mundial. Esta convicción tiene su base en la experiencia histórica de la primera guerra mundial y de la segunda. La primera guerra mundial terminó con el triunfo de la revolución socialista en Rusia. La segunda hizo que se desprendiesen del sistema capitalista toda una serie de países en Europa y Asia.

Pero, cuanto más se agudizan las contradicciones en el campo del imperialismo, cuanto mayores son

las dificultades con que en él se tropieza, más se deja llevar  la  burguesía  de  impulsos  aventureros;  la

burguesía ha buscado y seguirá buscando la solución a sus dificultades y contradicciones por el camino de desencadenar   nuevas   guerras.   El   peligro   de   la

intervención contra la U.R.S.S. y los países de democracia   popular   sólo   llegará   a   conjurarse

totalmente cuando se acabe con el cerco capitalista. Solamente    cuando    desaparezcan    los    Estados

imperialistas desaparecerán los intentos de intervenciones guerreras y, en relación con ello, los intentos de restauración del capitalismo. Y el cerco

capitalista sólo desaparecerá cuando triunfen las revoluciones socialistas en el conjunto de los países

capitalistas más importantes.

De donde se sigue que el triunfo de la revolución proletaria   en   los   países   capitalistas   no   interesa

solamente a los trabajadores de estos países, sino que interesa también a los trabajadores de la U.R.S.S. y

de los demás países del campo socialista, ya que la suerte del socialismo triunfante en un país depende, entre otros factores, de la suerte del socialismo en los

demás países. De otra parte, la suerte del movimiento de liberación nacional en otros países se halla muy

estrechamente  relacionada  con  los  éxitos  logrados por la construcción del socialismo en la U.R.S.S. y con  los  de  la  construcción  del  socialismo  en  los

países de democracia popular, con el fortalecimiento de la potencia económica, política y cultural y de la

capacidad defensiva de la Unión Soviética y de las democracias populares.

La  teoría  leninista  acerca  de  la  posibilidad  del

triunfo inicial del socialismo en un solo país es, al mismo   tiempo,   la   teoría   del   desarrollo   de   la

 

revolución proletaria mundial.

La   Revolución   Socialista   de   Octubre   no   es simplemente  una  revolución  encerrada  dentro  de

marcos nacionales, sino que es, por su carácter una

revolución internacional, parte de la revolución proletaria mundial. El triunfo de la revolución soviética ha abierto, en efecto, la época de la revolución proletaria mundial. La Revolución Socialista de Octubre ha inaugurado la época de las revoluciones  proletarias  en  los  países  del imperialismo  y  la  época  de  las  revoluciones coloniales antiimperialistas, que forman parte integrante de la revolución proletaria mundial.

La Gran Revolución Socialista de Octubre es la expresión de la crisis general del sistema capitalista.

Y, al mismo tiempo, el desprendimiento de la Unión

Soviética del sistema capitalista ha sido el punto de partida para todo el proceso de ahondamiento y agudización de la crisis general del capitalismo. Con el triunfo del socialismo en la U.R.S.S., ha dejado de existir el capitalismo como un sistema económico único y universal, y el mundo se ha dividido en dos sistemas: el del capitalismo y el del socialismo. La Revolución de Octubre ha asestado un formidable golpe al sistema imperialista. Ha ejercido una profunda influencia revolucionaria sobre los trabajadores de todos los países y les ha servido de formidable ejemplo inspirador. La Revolución de Octubre fué el comienzo de la revolución proletaria mundial y la base para el desarrollo de ésta.

Pero el triunfo del socialismo en la U.R.S.S. no significa que, después de él, la revolución mundial

haya  de  producirse  como  un  acto  simultáneo.  La

revolución socialista mundial se desarrolla y seguirá desarrollándose mediante el desgajamiento revolucionario de una serie de nuevos países del sistema del imperialismo. Después de la segunda guerra mundial, se desprendieron del capitalismo un conjunto de países de la Europa Central y Sudoriental y de Asia.

En  el  ensanchamiento  de  la  ruptura  del  frente imperialista después de la segunda guerra mundial

desempeñó importante papel la victoria de la Unión

Soviética sobre la Alemania hitleriana y el Japón imperialista. El ejército soviético, al aniquilar a las tropas  fascistas  alemanas,  abría  el  camino  a  las fuerzas revolucionarias interiores en los países del centro y el sudoriente de Europa. La victoria de la Unión Soviética en la segunda guerra mundial liberó a China del imperialismo japonés, despejó ante el gran pueblo chino el camino hacia la conquista de la independencia nacional y hacia el aplastamiento de las  fuerzas  reaccionarias  del  interior  del  país  y aceleró el triunfo de la revolución popular en China. Apoyándose en la ayuda de la Unión Soviética, la dictadura de la democracia popular aglutina a las masas trabajadoras de China en torno al proletariado socialista, lleva a cabo con éxito la industrialización

 

 

 

socialista del país, eleva el nivel de la economía y la cultura populares e implanta profundas transformaciones  económico-sociales  y democráticas. La China revolucionaria ha entrado en el período de creación de las bases económicas del socialismo, y este hecho encierra una significación histórica mundial.

Después de desprenderse del sistema capitalista los países de democracia popular de Europa y Asia,

ha entrado en una nueva fase de ahondamiento y agudización la crisis general del capitalismo mundial.

La etapa actual de la crisis general del capitalismo se caracteriza por una descomposición cada vez más acentuada  del  sistema  capitalista  mundial.  A  ello

contribuye poderosamente el creciente poderío económico   de   los   países   del   campo   socialista.

Exponente de la profundización cada vez mayor de la crisis general del sistema mundial del capitalismo es la  desintegración  del  mercado  mundial  único  y

universal, como resultado económico, el más importante de todos, de la segunda guerra mundial.

La U.R.S.S., China, la República Popular de Mongolia, el Vietnam, la Corea del Norte, Polonia, Checoslovaquia,     Rumania,     Hungría,     Bulgaria,

Albania y la República Democrática Alemana han formado  un  nuevo  mercado  mundial,  paralelo  al

mercado mundial del capitalismo.

En los países del campo democrático, socialista, sube  constantemente  el  nivel  de  vida  material  y

cultural de los trabajadores, gracias al desarrollo ininterrumpido de la producción. El intenso ritmo de

incremento  de  la  producción  industrial  en  estos países los pone en condiciones de exportar por sí

mismos, en corto plazo, una cantidad cada vez mayor de mercancías.

Por   lo   que   se   refiere   al   mercado   mundial

imperialista, vemos cómo va contrayéndose más y más, al divorciarse de la U.R.S.S. y de los países democráticos, a consecuencia de la política imperialista de los Estados Unidos; y la contracción del mercado capitalista trae consigo, además, en los países del capitalismo, el aumento del empobrecimiento de las masas, las inevitables crisis periódicas de producción y el incremento del paro forzoso. Del hecho de la desintegración del mercado mundial único se desprende "que la esfera de explotación de los recursos mundiales por los principales países capitalistas (los Estados Unidos, Inglaterra y Francia) no va a ampliarse, sino a reducirse, que las condiciones del mercado mundial de venta empeorarán para esos países, extendiendo y profundizando en ellos el fenómeno de las empresas que no trabajan a pleno rendimiento. En esto, justamente, consiste la profundización de la crisis general del sistema capitalista mundial, profundización relacionada con la disgregación del mercado mundial".151

 

Otro importante factor de profundización de la crisis general del capitalismo es la militarización de la economía nacional, implantada por los gobiernos de los países imperialistas. En los presupuestos de los Estados capitalistas aumentan sin cesar los gastos destinados  a  armamentos.  Durante  el  período  de

1937-38 a 1952-53, los gastos directos de guerra de los Estados Unidos aumentaron casi en 60 veces y los de Inglaterra en 10 veces, aproximadamente. Y la inflación de la producción de guerra ahonda la desproporción entre las posibilidades productivas y la demanda solvente cada vez menor de la población, conduciendo  en  último  resultado  al  incremento  de una nueva y profunda crisis económica.

La  crisis  general  del  capitalismo  mundial  no abarca solamente la economía, sino que se extiende también a la política. Expresión política de esta crisis es la pérdida de la autoridad político-moral de la burguesía entre el pueblo. En el discurso pronunciado en el XIX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, J. V. Stalin ponía de relieve las causas a que obedece el debilitamiento político de la burguesía contemporánea. Cuando la burguesía era una  clase  progresiva,  se  permitía  mantener  una actitud liberal, defendía las libertades democrático- burguesas y se ganaba, así, cierta popularidad entre el pueblo. La burguesía de nuestro tiempo se ha convertido en una fuerza reaccionaria, en el peor enemigo del movimiento de liberación. Del liberalismo de la burguesía no queda, hoy, ni rastro. Se   ha   echado   por   la   borda   la   bandera   de   la democracia burguesa. Antes, la burguesía defendía los derechos y la independencia de las naciones, se consideraba el adalid de los movimientos nacionales. Hoy, vende por dólares los derechos y la independencia  de  las  naciones.  Ha  echado  por  la borda la bandera de la independencia y la soberanía nacionales.

Exponente  económico  y  político  del ahondamiento de la crisis general del capitalismo mundial  es  la  agudización  de  las  contradicciones entre los países imperialistas y, en el seno de estos mismos países, entre la clase obrera y todas las masas trabajadoras, de una parte, y de otra, la burguesía imperialista.

Rasgo característico del capitalismo contemporáneo   es   la   nueva   y   más   profunda

agudización   de   la   crisis   y   el   comienzo   de   la

desintegración del sistema colonial del imperialismo. El triunfo de la revolución popular en China, que encontró  su  ejemplo  inspirador  en  la  Revolución Rusa de Octubre, se ha convertido ahora, a su vez, en ejemplo inspirador para la lucha revolucionaria de los pueblos de las colonias y países dependientes. Bajo la influencia del triunfo del pueblo chino se desarrolla la lucha revolucionaria de liberación nacional en Marruecos, Indonesia, Malaya, Birmania,

 

 

 

151  J. V. Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la

 

U.R.S.S., ed. esp., pág. 30.

 

 

 

las Filipinas y otros países oprimidos por el imperialismo.  Un  formidable  hecho  en  el movimiento de liberación nacional fué el triunfo del pueblo  coreano  en  su  movimiento  de  liberación contra los invasores norteamericanos y sus agentes, los lisimanistas. Los imperialistas norteamericanos y sus satélites, que encubrían su guerra de rapiña bajo la bandera de la Organización de Naciones Unidas, fueron derrotados y fracasaron en sus designios anexionistas. Viéronse obligados a concertar un armisticio en Corea sobre aquel mismo paralelo 38 en que habían desencadenado la guerra. El heroico pueblo coreano, sostenido por la ayuda de los voluntarios populares chinos, demostraron al mundo que los imperialistas son impotentes para reducir a un pueblo, cuando éste lucha por su independencia y su libertad.

El            ahondamiento  de          la            crisis      general del capitalismo mundial hace que el sistema mundial del

capitalismo sea hoy más débil e inestable que en cualquier otra época anterior. Son considerablemente

mayores,  hoy,  las  premisas  objetivas  y  subjetivas para el triunfo de las revoluciones socialistas en los países del capital.

Las particularidades de la actual etapa de la crisis general del capitalismo mundial imprimen su sello a

la  disposición  de  las fuerzas  motrices  de la revolución, que crean condiciones propicias para la formación  de  amplias  coaliciones  populares,  en  la

lucha contra el imperialismo. En la época del imperialismo, la distribución de las fuerzas de clase

hace posible la transformación de la revolución democrático-burguesa    en    revolución    socialista.

Como resultado de la profundización cada vez mayor de la crisis general del capitalismo mundial y de las particularidades que esta crisis presenta en la actual

etapa,  se  crea  también  en  aquellos  países directamente abocados a la revolución socialista una

nueva  disposición  de  fuerzas  favorable  al proletariado.

La  burguesía  se  halla  en  quiebra,  económica,

política e ideológicamente. No puede sustraer a la sociedad a la catástrofe económica. No puede garantizar al pueblo la paz, la independencia nacional y la democracia. Las armas y los métodos políticos de la burguesía imperialista son, hoy, el fascismo y la guerra. La burguesía de nuestro tiempo carece de grandes ideales progresivos. Su ideología es totalmente reaccionaria y no tiene otra médula que el odio al socialismo, al progreso, a la democracia, a la soberanía nacional, a todos los trabajadores. Sólo existe, hoy, una fuerza capaz de levantar la bandera de las libertades democráticas y de la independencia nacional y de conducir tras sí y hacia la victoria a todas las fuerzas patrióticas y amantes de la libertad. Esta fuerza es el proletariado y su partido marxista-

 

Los partidos comunistas de los países capitalistas, teniendo en cuenta estas nuevas condiciones y posibilidades, se esfuerzan por aglutinar en torno al proletariado a las más extensas capas de la nación. En el programa del Partido Comunista de la Gran Bretaña, se destaca la tarea de "crear una amplia coalición popular o agrupación de todas las capas trabajadoras: de la clase obrera organizada, de todos los representantes del trabajo manual e intelectual, de las personas de las profesiones liberales y de la intelectualidad técnica, de todas las capas bajas y medias  de  la  población  en  la  ciudad  y  de  los granjeros en el campo", con el fin de que esta unidad de fuerzas llegue a "transformarse en un movimiento lo suficientemente fuerte para infligir una derrota a los ricos y a sus seguidores en el seno del partido laborista y asegurar la paz y el porvenir para todos los trabajadores".152

El entrelazamiento y la combinación de los intereses  de  clase  del  proletariado  y  de  todos  los

trabajadores  con  los  objetivos  nacionales,  en  un

movimiento unido de todo el pueblo, encabezado por la clase obrera, ensancha la base social de la revolución socialista y facilita el triunfo de ésta.

Los imperialistas sólo mantienen su dominación porque la clase obrera se halla dividida y una parte de

ella se mantiene bajo la influencia de los dirigentes de los socialistas de derecha y de los burócratas sindicales, en cargados de embotar la sensibilidad de

los obreros y de adormecer su conciencia revolucionaria de clase. La ideología y la política de

estos capituladores se limitan a mantener y apoyar el sistema capitalista. Estos agentes de la burguesía en

el seno del proletariado, se vuelven de espaldas a los intereses de la clase obrera y de su nación. Y, a la par con  ello,  cumplen  el  papel  de  cómplices  en  la

opresión de los pueblos de las colonias y los países dependientes por el imperialismo.

Pero, a pesar del terror fascista desplegado por los países imperialistas y de los esfuerzos hechos por los dirigentes de los socialistas de derecha, se ensancha y

se   fortalece   cada   vez   más   el   movimiento   de liberación en los países del capitalismo. A la cabeza

de la lucha de liberación de los trabajadores marchan los partidos comunistas. Los comunistas, fieles al internacionalismo   proletario,   difunden   entre   las

masas trabajadoras las doctrinas del marxismo- leninismo, las ideas de la solidaridad internacional,

de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado y del socialismo, las ideas de la lucha de liberación    nacional.    Los    partidos    comunistas

preconizan en sus países la consecuente lucha de clases  de  los  obreros  y  de  todos  los  trabajadores

contra los explotadores y por el socialismo y encabezan la lucha de los pueblos por la paz, por la democracia y por la soberanía nacional.

 

leninista, que agrupa en torno suyo a todas las masas                  

 

trabajadoras.

 

152  "Los caminos de la Gran  Bretaña  hacia  el socialismo", en

Bolshevik, ed. rusa, número 3. 1951, pág. 58.

 

 

 

Hoy, los trabajadores de los países capitalistas no sólo conocen el socialismo como una aspiración programática, sino que lo ven, además, realizado en la   U.R.S.S.,   y   ello   hace   que   las   ventajas   del socialismo sobre el capitalismo aparezcan cada vez más claras ante los ojos de las más extensas masas. Son los hechos irrefutables los que saltan a la vista y hablan  por    mismos  a  los  pueblos  de  todos  los países. Estos han visto cómo el país del socialismo salvó   al   mundo   de   la   hecatombe,   cuando   el hitlerismo hacía pesar sobre ellos un peligro mortal. Ven cómo los países del campo del socialismo y de la democracia, encabezados por la Unión Soviética, luchan tenaz y consecuentemente por la paz entre los pueblos y hacen que se estrellen los planes de los incendiarios imperialistas de la guerra. Ven que la Unión Soviética y los países de democracia popular son  los  únicos  en  que  no  existen  crisis  ni  paro forzoso y donde el bienestar material y el nivel cultural de los trabajadores se eleva incesantemente, los únicos en que el Estado se halla al servicio de los que trabajan. Todo lo cual viene a iluminar las causas de que nacen los vicios y la podredumbre del capitalismo y señala a los pueblos de los países capitalistas hacia dónde deben marchar y por qué caminos. He aquí por qué el socialismo puede vencer totalmente al capitalismo mediante la emulación pacífica entre los dos sistemas, sin que para llevarlo al triunfo en el mundo entero sean necesarias las guerras ni las revoluciones de exportación. La agudización de las contradicciones del sistema capitalista y los éxitos logrados por el sistema del socialismo se encargan de despertar la conciencia revolucionaria en los trabajadores de los países capitalistas y de hacer germinar y madurar en ella, cada vez más, la idea del asalto contra el imperialismo. El curso de la historia hace que la revolución  proletaria  mundial  se  desarrolle  y extienda  inevitablemente  por  medio  del desgajamiento de nuevos y nuevos países del sistema del imperialismo.

 

Resumen.

La revolución social es la ley que preside el paso de una formación social a otra. El problema fundamental de toda revolución es el de la conquista

del Poder del Estado por la clase revolucionaria.

La revolución socialista  presenta  ciertos  puntos de afinidad con cualquiera otra revolución social (la

abolición de las relaciones de producción anteriores

y la afirmación de otras nuevas, la implantación de la  dictadura  de la  nueva clase),  pero  se distingue

profundamente de las demás por su carácter  y sus

resultados, tales como el de establecer, en lugar de la  propiedad  privada  sobre  los  medios  de producción,  la  propiedad  social,  socialista,  sobre ellos, acabando sobre esta base con todas y cada una de  las  formas  de  explotación  y  de  opresión  del

 

hombre por el hombre.

Bajo las condiciones del imperialismo, la revolución proletaria,  socialista, se ha hecho directa

y prácticamente  inevitable.  En  esta  revolución,  el

proletariado encuentra sus aliados en las masas trabajadoras  semiproletarias   de  la   ciudad   y  el campo, así como en los millones de trabajadores  y explotados que forman las naciones oprimidas por el imperialismo.

El  imperialismo,  al  convertirse  en  un  régimen cada vez más reaccionario  en toda la línea y al reforzar  su opresión de clase y nacional,  engendra múltiples y diversas  formas  de lucha  por  la liberación. El proletariado,  colocándose a la cabeza de esta lucha, la encauza hacia el torrente revolucionario general contra el imperialismo. La desigualdad  de desarrollo  económico y político de los países capitalistas,  bajo el imperialismo, crea la posibilidad de que la cadena del imperialismo se rompa por sus eslabones más débiles, la posibilidad de que el socialismo comience triunfando en un solo país por separado. Y esta posibilidad fué convertida en realidad por la clase obrera de Rusia, bajo la dirección  del  Partido   Comunista,  en  octubre  de

1917. El triunfo del socialismo en un solo país sirvió de ejemplo inspirador y de poderoso estímulo revolucionador, que facilitó y aceleró la ofensiva revolucionaria de los trabajadores  de otros países contra, sus opresores.

El triunfo de la revolución socialista en todos los países es inevitable. Y se llevará a cabo mediante el desgajamiento, con arreglo a leyes, de nuevos y nuevos países del sistema del imperialismo y de su paso al campo del socialismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VIII. LA TEORÍA  MARXISTA-LENINISTA DE LA NACIÓN Y LOS MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN NACIONAL.

 

 

 

 

En el capítulo anterior, hemos visto cómo los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes constituyen, en nuestra época, parte integrante de la revolución socialista mundial. La solución del problema nacional y colonial, importantísimo problema teórico y práctico de la revolución socialista y de la dictadura del proletariado, forma parte de las transformaciones democráticas y socialistas, que han de llevar a toda la humanidad  del  capitalismo  al  socialismo.  El programa   del   Partido   Comunista   acerca   de   la cuestión nacional se basa teóricamente en el materialismo histórico, la ciencia de las leyes del desarrollo social y que incluye la teoría marxista de la nación.

 

1. La teoría marxista de la nación.

El desarrollo de la sociedad, determinado por el

desarrollo de los modos de producción, engendra comunidades humanas como son la gens, la tribu, la

nacionalidad y la nación. Al modo de producción de

la comunidad primitiva correspondía la organización gentilicia de la sociedad. La gens era un grupo económico-social aparte, independiente, formado por personas  unidas  entre    por  vínculos  de descendencia común. Al desarrollarse las fuerzas productivas, las "gentes" crecieron, se desarrollaron, se separaron unas de otras y se agruparon en uniones, en tribus, las cuales, a su vez, pasaron a formar agrupaciones tribales.

Con la aparición de la propiedad privada y de las clases, declinó el régimen de la comunidad primitiva.

Los  individuos  de  las  distintas  "gentes"  y  tribus

agrupados  por  vínculos  de  descendencia  común fueron mezclándose cada vez más entre sí y estableciéndose  en  el  mismo  territorio;  y  así surgieron las llamadas tribus territoriales. Las tribus salieron de su aislamiento y perdieron su existencia independiente y el gobierno tribal fué transfiriéndose al Estado, la organización de la clase dominante en la sociedad. Dentro del Estado, los individuos ya no se agrupan por el parentesco, sino sobre bases territoriales.   Las  nacionalidades   surgieron  de  las tribus unidas por la comunidad de lengua, en el período de transición del régimen de la comunidad primitiva al de la sociedad de clases.

 

La sociedad esclavista era un conglomerado de tribus  y  nacionalidades.  La  nacionalidad  rusa,  al igual   que   otras   del   mismo   país,   surgió   en   la transición del régimen de la comunidad primitiva al modo feudal de producción, al alborear la Edad Media. Así nacieron también las nacionalidades de otros muchos países.153 La nacionalidad no es todavía la nación, sino una agrupación de tribus afines por su idioma y origen, que viven en el mismo territorio.

Las naciones surgen al desaparecer la dispersión feudal, en la época del capitalismo ascensional, sobre la base de la comunidad de vida económica, relacionada, a su vez, con la creación del mercado nacional.

La nación no debe confundirse con la raza o la tribu, ni con la comunidad estatal o religiosa de los pueblos, como pretenden hacer creer la sociología y la historiografía burguesas.

La nación no es una comunidad de raza ni de tribu. Está formada por individuos pertenecientes a

tribus  y  razas  diversas.  La  nación  italiana,  por

ejemplo, fué integrada por romanos, germanos, etruscos, griegos, árabes, etc. La nación francesa la formaron galos, romanos, bretones, germanos, etc. Y otro tanto podríamos decir de las naciones inglesa, norteamericana, alemana, etc., formadas por hombres de distintas razas y tribus.154

Las  diferencias  raciales   entre  los  hombres  se basan en rasgos biológicos externos, como el color de la piel, del cabello, etc. Estas diferencias son el resultado de una larga existencia de los hombres en medios geográficos diversos, y se manifestaban ya antes de aparecer las tribus y nacionalidades y antes, por supuesto, de que surgieran las naciones.

La comunidad nacional no es tampoco la comunidad   de   Estado.   La   gens,   la   tribu,   la

nacionalidad   y   la   nación   requieren   una   lengua común, requisito que no siempre se da, en cambio, en

el Estado. Los imperios de las épocas esclavista y feudal,  por  ejemplo  los  de  Ciro  y  Alejandro  de

 

 

153 F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, caps. III y VIII, en "Obras escogidas" de C. Marx y F. Engels, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1952, y también Archivo de Marx y Engels. ed. rusa, t. IX. págs. 88, 121,

141, 151 y 159.

154 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. II, pág. 312.

 

 

 

Macedonia o el de Carlomagno, eran conglomerados de tribus y nacionalidades, que hablaban distintas lenguas. Y en la actualidad, existen muchos Estados - burgueses y socialistas- integrados por diversas naciones, que hablan sus propias lenguas nacionales.

La lengua nacional es producto de todo la historia del pueblo, plasmado y consolidado como nación. La

lengua nacional se desarrolla partiendo de la lengua

de la nacionalidad correspondiente, y ésta tomando como punto de partida la de las tribus que integran la

nacionalidad de que se trata. Sin la comunidad de

idioma los hombres no podrían relacionarse unos con otros, ni crear una comunidad gentilicia, tribal, una nacionalidad ni una nación.

La comunidad de lengua es, por tanto, uno de los rasgos esenciales de la nación, pero no el único. Los

ingleses  y  los  norteamericanos,  por  ejemplo, hablando el mismo idioma, forman dos naciones distintas. ¿Por qué? Ante todo, porque no habitan un

territorio común. La nación se forma siempre como resultado de una convivencia prolongada y continua

entre los hombres que viven en un mismo territorio. La comunidad de territorio, es también, por tanto, un rasgo  de  los  característicos  de  la  nación.  Pero

tampoco ella, por sí sola, basta para que la nación surja.

Para ello se requiere, además, que los hombres que hablan la misma lengua y habitan el mismo territorio se hallen unidos por lazos económicos. Y

estos lazos surgen con la aparición del capitalismo.

Las tribus eslavas de la Rusia de Kiev (siglos IX a

XII) constituían un pueblo, pero aún no formaban, en aquel tiempo, una nación. La nación rusa comenzó a formarse  en  la  Rusia  moscovita  a  partir  del  siglo XVII, al acabarse con la dispersión feudal y operarse la unificación de los "territorios" económicamente inconexos y de los principados rusos en un todo económico único, mediante el desarrollo de los oficios, del comercio y la creación de un mercado único para toda Rusia.

Poniendo al desnudo la concepción idealista burguesa del populista Mijailovski, según el cual los

vínculos nacionales no eran sino la continuación y

generalización de los vínculos gentilicios, Lenin demostró que la creación de los lazos nacionales significaba históricamente la creación de los nexos burgueses, por ser la burguesía la que encabezaba el proceso de desarrollo de la nación y del mercado nacional.155  Stalin, por su parte, ha evidenciado este proceso histórico poniendo como ejemplo la formación de la nación georgiana, que no se constituyó como tal hasta la segunda mitad del siglo XIX. A este tipo de naciones quería referirse Lenin cuando en 1914 escribía lo siguiente: "Las naciones representan el producto y la forma inevitable de la época burguesa de desarrollo social".156 Y J. V. Stalin

 

 

155 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. I, págs. 137-138.

156 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI, pág. 56.

 

tenía  en  cuenta  las  mismas  naciones  al  decir  que éstas surgen en la época del capitalismo ascensional.

El  proceso  de  formación  de  las  naciones burguesas   se   presenta   en   distintos   países,   en

momentos diversos y en diferentes condiciones históricas.     Los     imperialistas     norteamericanos,

ingleses y de otros países apoyan en las colonias las relaciones feudales, e incluso los vestigios de la esclavitud, frenan y aplastan con ello el proceso de

nacimiento y consolidación de la nación; pero este proceso  sigue  su  marcha,  a  pesar  de  todo,  pues

también allí se desarrolla el capitalismo, se crea una industria, surge un mercado nacional y crecen la burguesía y el proletariado nacionales.

Las condiciones históricas peculiares en que se forma y desarrolla la nación determinan la peculiar

fisonomía espiritual de ésta. Los ingleses, los norteamericanos, los irlandeses, a pesar de hablar el mismo idioma, son tres naciones distintas en vez de

una sola, y a ello contribuye también en considerable medida  la  peculiar  formación  espiritual  creada  en

cada una de estas tres naciones, como consecuencia de las condiciones especiales de su vida social, a lo largo de muchas generaciones.

La fisonomía espiritual de la nación refleja las condiciones de la vida material del pueblo, su modo

de vida particular, su historia, los acontecimientos trascendentales que han dejado honda huella en su vida   y  el   desarrollo   ulterior   de  la   nación.   La

fisonomía espiritual de la nación, o el carácter nacional como también suele llamársele, es algo de

por sí imperceptible, pero que puede ser captado por cuanto se manifiesta en la cultura  nacional,  en las

características de ésta, por ejemplo, en las imágenes de los héroes de la literatura y el arte amados por el pueblo, en sus melodías y canciones, en las danzas

populares, en la epopeya nacional, en los refranes y proverbios, en la pintura, la música, etc.

En la cultura del pueblo ruso, por ejemplo, en sus leyendas y proverbios, en su literatura, su pintura y su música, etc., se expresa la fisonomía espiritual de

la nación rusa, el carácter nacional. Carácter que refleja, a su vez, las condiciones materiales de la vida

social del pueblo ruso, su modo de vida, los acontecimientos más importantes de su historia: el trabajo en medio del rigor de la naturaleza, la lucha

contra los invasores extranjeros, contra la opresión social, etc. De estas características de la historia del

pueblo  ruso,  han  brotado  sus  grandes  cualidades, entre las que Stalin señalaba la claridad de juicio, la firmeza  de  carácter,  la  paciencia  razonable  y  el

impulso revolucionario.

Vista en su desarrollo, la fisonomía espiritual de la nación se manifiesta tanto en el contenido como en

la forma de la cultura nacional. La forma nacional de

la cultura no existe al margen de su contenido y éste, a  su  vez,  reviste  siempre  una  determinada  forma

nacional.  Toda  cultura  tiene  un  carácter  nacional,

 

 

 

pues tanto el contenido como la forma de la cultura nacional reflejan la vida de la nación, las características de su historia y de su modo de ser. El conjunto de medios específicos de expresión de la cultura de una nación constituye la forma nacional de dicha cultura. Estos medios son, principalmente, el idioma y las formas específicas del arte nacional, de su cultura, determinadas, asimismo, por las particularidades de su historia y del modo de vida nacional.

Cada cultura nacional representa la aportación de la  ración  de  que  se  trata  al  acervo  común  de  la

cultura universal, que viene a ser enriquecida, así,

con esa contribución. Los trabajadores -la fuerza fundamental del proceso de producción, exponentes

de los mejores rasgos de la fisonomía espiritual de la

nación y creadores de su idioma y su cultura- constituyen la fuerza básica de la nación.

Sintetizando el proceso histórico de formación y

desarrollo de las naciones, Lenin y Stalin crearon la teoría marxista de la nación, según la cual "la nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de peculiaridades específicas de la cultura nacional.157

Solo   la   conjunción   de   estos   cuatro   rasgos esenciales forma la nación. Los intentos de añadir a

estos cuatro rasgos otro, a saber, la existencia de un

Estado nacional, son profundamente erróneos. Ello equivaldría a excluir de la categoría de nación a las

naciones oprimidas por el imperialismo que carecen

de un Estado propio. La incorporación de este quinto requisito conduciría, asimismo, a la absurda conclusión de que las naciones de la Unión Soviética, por   ejemplo,   que   han   convenido   en   unir   sus repúblicas soviéticas nacionales en un solo Estado, el Estado de la U.R.S.S., han perdido su existencia nacional.

La sociología burguesa reaccionaria considera la nación desde un punto de vista metafísico e idealista,

como  algo  eterno, invariable,  que  existe  fuera  del

tiempo y del espacio. Así surgen las teorías de los racistas, los nacionalistas y los socialistas de derecha acerca de la nación. Según el teórico socialista de derecha austriaco K. Renner (R. Springer), la nación "es una agrupación de hombres que piensan y hablan del mismo modo o "una comunidad cultural de un grupo de hombres que conviven en el tiempo, no vinculada  al  "suelo".  Para  Renner,  hombres  que viven en diferentes países, es decir, sobre diferentes territorios y económicamente desligados unos de otros, también pueden formar una nación. Según la teoría de otro revisionista austriaco, O, Bauer, no son rasgos distintivos de la nación ni la comunidad de

 

 

157 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. XI, pág. 355 y t. II, pág. 316.

 

territorio y de vida económica, ni la comunidad de idioma. Al separar la nación de su territorio y de la base económica que la ha engendrado, reduciéndola así a una "comunidad cultural" o al "carácter nacional", O. Bauer y K. Renner convierten a la nación en algo inmaterial, en una especie de fuerza invisible, misteriosa, parecida al "espíritu nacional" cavilado  por  los  idealistas.  Mofándose  de  estas teorías idealistas, J. V. Stalin escribía que una nación así no era una nación real, que viviese en la tierra, sino  una  entidad  imperceptible,  mística,  de ultratumba.

La teoría de Bauer y Renner no sólo es idealista y metafísica, sino que es, además, nacionalista, ya que

corre un velo sobre los antagonismos de clase existentes   en   el   seno   de   la   nación   burguesa,

predicando la "unidad" de pensamiento y de intereses entre explotados y explotadores; es decir, la sumisión de los primeros a los segundos.

Se  comprende  que  una  teoría  así  haya  sido defendida           por         los          ideólogos            de           la                reacción

imperialista. Así, por ejemplo, el conocido ideólogo del paneuropeísmo, conde Kudenhof-Kalergi, actualmente profesor de Historia de la Universidad

de Nueva York, en un librillo titulado La nación europea,  define  la  nación  como  "una  comunidad

espiritual, aglutinada por un profeta común, jefe, educador y maestro". Propalando la consigna de "los Estados Unidos de Europa", ya denunciada por Lenin

en 1915 y ahora puestos, naturalmente, bajo la égida de los imperialistas norteamericanos y sus agencias,

Kudenhof-Kalergi hace propaganda en favor de los planes  de  esclavización  de  los  pueblos  por  los

imperialistas yanquis y sus socios de la Alemania

Occidental.

Tratando de paliar los antagonismos de clase en el seno de las naciones burguesas y de "fundamentar"

los   objetivos   de   conquista   de   los   imperialistas

norteamericanos, E. Ross, F. Bogardus, B. Russel, G. Mess, G. Kohn y otros propagandistas del racismo, el nacionalismo y el cosmopolitismo, hacen brotar la nación del "espíritu nacional", de la "conciencia nacional". Sostienen, asimismo, que esta conciencia nacional, e incluso la propia nación y la soberanía nacional, así como la libertad y la independencia de todas las naciones, salvo la norteamericana y la inglesa, son "prejuicios" ya pasados de moda, con los que "es hora de acabar", instaurando un "gobierno mundial", es decir, la dominación mundial de los imperialistas yanquis. Estas teorías reaccionarias, que nada tienen que ver con la ciencia, sirven a los fines de los imperialistas norteamericanos, que aspiran a imponer su dominación mundial y a avasallar a todos los pueblos del mundo.

La  teoría  marxista-leninista  de  la  nación  es  la única auténticamente científica. Esta teoría explica la

aparición y el desarrollo de las naciones, así como su conciencia,  por  sus  condiciones  de  vida  material;

 

 

 

señala a todas las naciones del mundo el camino de su liberación del yugo imperialista y demuestra que las naciones, como todo fenómeno histórico, nacen, se desarrollan y están llamadas a morir.

La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió la era de la formación y desarrollo de las nuevas naciones, de las naciones socialistas, radicalmente distintas de las naciones burguesas. Ya antes de la revolución, en 1916, Lenin había previsto el nacimiento de las naciones socialistas, a la par que el desarrollo de la colaboración fraternal entre ellas y su voluntaria aproximación.

Las naciones burguesas se hallan divididas en clases antagónicas, en una minoría explotadora y una

mayoría explotada. Y este antagonismo de clases determina,  asimismo,  las  formas  antagónicas  del

desarrollo de la nación y de la cultura nacional, al mismo tiempo que estampa su huella en la fisonomía espiritual de la nación. En ellas, la fuerza principal y

dirigente es la burguesía, que predica, en el interior de la nación, la "paz de clases" en bien de la "unidad

nacional" al parecer, pero de hecho, en aras de la explotación de los trabajadores de la propia nación. La burguesía aspira a ensanchar el territorio de su

propia nación mediante la conquista de territorios extranjeros,  atiza  la  desconfianza  y  el  odio  hacia

otras naciones y aplasta a las minorías nacionales. Tal es la fisonomía social y política de las naciones burguesas.

Las naciones socialistas han surgido y se han desarrollado, por primera vez, en la Unión Soviética,

sobre la base de la dictadura del proletariado y bajo la  dirección  de  la  clase  obrera  y  de  su  Partido

Comunista, que aplica consecuentemente los principios del internacionalismo en el proceso de la edificación socialista, de la liquidación de las clases

explotadoras, exponentes de la opresión nacional, y en   lucha   intransigente   contra   el   nacionalismo

burgués. Las naciones socialistas surgen, igualmente, en los países de democracia popular.

Caracterizando las naciones socialistas, en 1929,

cuando aún no habían sido completamente liquidadas las clases explotadoras en la U.R.S.S., J. V. Stalin escribía lo siguiente:

"La clase obrera y su partido internacionalista constituyen  la  fuerza  que  cimenta  estas  nuevas

naciones y las dirige. Alianza de la clase obrera y el campesinado trabajador en el interior de la nación

para eliminar los restos del capitalismo en aras de la edificación socialista triunfante; exterminio de los restos de la opresión nacional en aras de la igualdad

de derechos y del libre desarrollo de las naciones y de las minorías nacionales; destrucción de los restos

del nacionalismo en aras de la instauración de la amistad entre los pueblos y del triunfo del internacionalismo;   frente   único   con   todas   las

 

las guerras anexionistas, en la lucha contra el imperialismo: tal es la fisonomía moral, social y política de estas naciones.

Estas naciones deben ser calificadas de naciones socialistas".158

Las naciones socialistas han surgido sobre la base

de las viejas naciones, de las naciones burguesas, sobre sus ruinas, como resultado de la destrucción del capitalismo y de la transformación revolucionaria de las naciones bajo el espíritu del socialismo. Las naciones socialistas de la U.R.S.S. -la rusa, la ucraniana, la bielorrusa, la georgiana, la armenia, la azerbaidzhana, la uzbeka, la kazaja, la tártara, la bashkira, la lituana, la estonia, la letona, la moldava y todas las demás- se distinguen radicalmente de las viejas  naciones  burguesas,  que  allí  existían  antes, tanto por su composición de clase y su fisonomía espiritual como por sus aspiraciones sociales y políticas. Estas nuevas naciones tienen mayor vitalidad y se hallan mucho más unidas que cualquier nación burguesa "por estar libres de las irreconciliables contradicciones de clase que corroen las naciones burguesas y ser mucho más populares que cualquiera de ellas".159

Las naciones socialistas están formadas por las clases trabajadoras, liberadas de la explotación; les sirve de aglutinante la unidad moral y política, ya que en la sociedad socialista no existen clases explotadoras. Estas naciones albergan una nueva comunidad de la vida económica, nacida del sistema económico  y  socialista,  y  acusan  una  nueva fisonomía moral y política, que se manifiesta en la comunidad de cultura, nacional por la forma y socialista por el contenido. En la fisonomía espiritual de estas naciones se reflejan los rasgos del régimen socialista, que les ha dado vida. Las naciones socialistas son fuerzas innovadoras y constructoras de  la  sociedad  comunista;  están  educadas  en  el espíritu del patriotismo soviético, de la amistad entre los pueblos, de la igualdad racial y del respeto a los derechos de otras nacionalidades. Naciones así no existían ni podían existir antes del socialismo.

Habiendo desenmascarado la política imperialista de  asimilación  violenta  de  las  naciones  como  una

política  reaccionaria  y  antipopular,  el  marxismo-

leninismo ha señalado a los pueblos el camino para acabar  con  la   opresión  nacional   e  instaurar  la

igualdad de derechos y la colaboración fraternal y

voluntaria entre las naciones. Y los pueblos de la Unión Soviética han podido comprobar y confirmar, con su acción práctica, este camino.

Dando solución al problema del porvenir de las naciones,    el    marxismo-leninismo    enseña    que,

después  del  triunfo  del  socialismo  en  todos  los países, la humanidad, tras un período de amistad y colaboración entre las naciones y de florecimiento de

 

naciones oprimidas y las que no gozan de plenitud de                 

 

derechos, en la lucha contra la política de anexión y

 

158 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. XI, pág. 361.

159 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. XI, pág. 363

 

 

 

las culturas nacionales, llegará por último a la plena fusión de las naciones sobre la base del comunismo. Pero claro está que esto no podrá ocurrir de pronto ni en breve plazo.

"Del mismo modo que la humanidad sólo puede llegar a la liquidación de las clases después de pasar por un período transitorio de dictadura de la clase oprimida, no podrá llegar tampoco a la fusión inevitable de las naciones sino después de pasar por un período transitorio de plena liberación de todas las naciones oprimidas, es decir, por el período de su libertad de separación".160 Las diferencias nacionales, decía Lenin, subsistirán; "...incluso, mucho tiempo después de la instauración universal de la dictadura del proletariado..."161

Tratar de llegar a la fusión de las naciones, inmediatamente después del triunfo del socialismo, por medio de decretos o de medidas coercitivas, equivaldría de hecho a la política de asimilación violenta, política que sólo favorecería a los imperialistas y podría echar por tierra la obra de la liberación de las naciones y toda la organización de su colaboración fraternal.

Después de la derrota del imperialismo mundial y del  triunfo  del  socialismo  en  todos  los  países,  el

primer   período   será   un   período   de   supresión

definitiva  de  la  opresión  nacional  y  de  la desconfianza mutua entre las naciones, en el que se afianzará la igualdad de derechos entre ellas, un período de establecimiento y consolidación de lazos internacionales entre las mismas y de florecimiento de las culturas y las lenguas nacionales.

Sólo cuando el sistema socialista mundial de economía se haya fortalecido en grado suficiente y el

socialismo  sea  consustancial  con  la  vida  de  los

pueblos, cuando cada nación se haya convencido prácticamente de las ventajas de una lengua común,

única,   por   encima   de   los   numerosos   idiomas

nacionales, comenzarán a extinguirse las diferencias y los idiomas nacionales, para dar paso a un idioma universal, común a todos los hombres.

"Hay que poner a las culturas nacionales en condiciones      de      desenvolverse      y      florecer,

permitiéndoles revelar toda su fuerza latente, a fin de crear las condiciones para su fusión en una cultura común  única,  con  un  idioma  común  único,  en  el

período  de  la  victoria  del  socialismo  en  todo  el mundo. El florecimiento de las culturas, nacionales

por la forma y socialistas por el contenido, con la dictadura del proletariado en un solo país, para su fusión en una cultura socialista común única (por la

forma y por el contenido), con un idioma común único,  cuando  el  proletariado  triunfe  en  todo  el

mundo y el socialismo haya tomado carta de naturaleza en la vida: tal es, precisamente, el modo

 

 

160  V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, págs. 135-

136.

161 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 72.

 

dialéctico  como  Lenin  plantea  la  cuestión  de  la cultura nacional"162.

Bajo el socialismo, cambian sustancialmente las condiciones  de  desarrollo  de  las  naciones,  de  sus

culturas y lenguas nacionales, puesto que, en este período,  carece  ya  de  sentido  hablar  de  opresión

nacional  o  desigualdad  de  derechos,  de sojuzgamiento de unas naciones, culturas o lenguas por otras, ni de la derrota de unos idiomas y de la

victoria de otros, como acontece bajo el capitalismo. Bajo el socialismo, las lenguas y culturas nacionales

cuentan con la plena posibilidad de desarrollarse libremente  y  de  enriquecerse  mutuamente,  sobre bases   de   colaboración   fraternal.   Cuando   haya

triunfado el socialismo en todo el mundo y tras de una prolongada colaboración económica, política y

cultural, se dará la posibilidad de que, al principio, se destaquen de entre centenares de lenguas nacionales las  lenguas  más  ricas  de  grupos  de  naciones;  es

decir, lenguas comunes a varios conjuntos de naciones. Durante la segunda etapa de la dictadura

universal del proletariado, estas lenguas coexistirán con las nacionales hasta que más tarde surja una lengua  universal  única,  que  asumirá  los  mejores

elementos de las lenguas nacionales y de grupos de naciones.

Esta previsión científica del marxismo-leninismo se basa en el profundo análisis de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad.

 

2. Los movimientos nacionales y el problema nacional-colonial.

La opresión de las naciones y nacionalidades es

un fenómeno inevitable bajo el capitalismo, como lo es también el que esta opresión provoque los movimientos de liberación nacional y dé lugar al problema nacional.

La opresión nacional y los movimientos se manifestaron   primeramente   en   el   seno   de   las

monarquías    feudales,    en    cuyas    entrañas    se

desarrollaba el capitalismo y surgían las naciones burguesas   a   la   par   que   cobraban   fuerza   los

movimientos nacionales burgueses.

La esencia de clase y las peculiaridades del movimiento nacional, sus objetivos, sus reivindicaciones y su programa vienen determinados por el carácter del régimen social y la opresión nacional que éste engendra. Al cambiar las condiciones históricas y fuerzas sociales que toman parte en el movimiento nacional, cambian también su contenido y su carácter, así como el fondo mismo del problema nacional. Cada clase concibe y resuelve de manera distinta dicho problema.

El marxismo-leninismo adopta ante los movimientos nacionales una actitud histórica y concreta,    examinando   las   relaciones   que   esos

 

 

162 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. XII, págs. 387-

388.

 

 

 

movimientos guardan con el régimen social del país dado y poniendo de manifiesto su esencia de clase, revelando   el   contenido   de   clase   del   problema nacional.   "No   se   puede   considerar   la   cuestión nacional como algo que exista por sí mismo y fijo de una vez para siempre. Como simple parte del problema general de la transformación del régimen existente, la cuestión nacional se halla íntegramente determinada  por  las  condiciones  del  medio  social, por el carácter del Poder vigente en el país y, en general, por toda la marcha del desarrollo social".163

Al considerar el problema nacional como parte integrante  del  problema  de  la  revolución,  el marxismo-leninismo exige poner de manifiesto las relaciones  que  guarda  este  problema  con  la revolución democrático-burguesa y con la revolución socialista.

Al estudiar el desarrollo de los movimientos nacionales  y  las  distintas  formas  de  resolver  el

problema nacional en un plano histórico universal, hay que distinguir tres períodos:

Primer  período:  el  de  la  liquidación  del feudalismo y del triunfo del capitalismo en la Europa occidental; es, asimismo, el período de la aparición

de las naciones burguesas y de los Estados nacionales en    el    Occidente,    así   como    de    los    Estados

multinacionales en la Europa Oriental; es, por último, el período de las revoluciones democrático-burguesas y   de   los   movimientos   de   liberación   nacional,

vinculados con ellas como parte integrante de esas revoluciones. Los movimientos nacionales burgueses

se extienden en la Europa occidental entre los siglos

XVII y XIX y llegan a su culminación hacia 1871. Las  monarquías  feudales,  los  terratenientes  y  la

burguesía de las naciones dominantes constituyen las

fuerzas principales de la opresión nacional. En este período, el proletariado no se ha convertido aún en

una   fuerza   política   independiente;   por   ello,   la

burguesía de los pueblos avasallados dirige la lucha de las naciones oprimidas por sacudirse el yugo nacional, dando un carácter limitado, burgués, a esa lucha:  es  la  lucha  de  la  burguesía  de  una  nación contra la competencia que le hace la burguesía de otras naciones, tratando con ello de asegurarse "su propio" mercado nacional.

El mercado es la primera escuela en que la burguesía aprende a ser nacionalista, pero las cosas

no se limitan a él, a la esfera económica. Las clases

dominantes   en   la   nación,   valiéndose   del   poder político que detentan, desatan toda clase de persecuciones posibles: prohibición de servirse de la lengua  natal,  cierre  de escuelas,  limitación  y anulación de los derechos electorales y de otros derechos de las naciones oprimidas.

Con la privación de los derechos y libertades democráticos  elementales,  el  sistema  de  opresión

nacional se convierte en un sistema en el que unas

 

163 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. IV, pág. 160.

 

naciones son azuzadas contra otras y se desatan matanzas  y  pogromos.  La  opresión  nacional  se ejerce, con más fuerza aún, sobre los obreros y campesinos, dado que estas clases participan también en  el  movimiento  nacional,  imprimiéndole  un carácter popular y de masas. La burguesía trata, sin embargo, de poner las masas obreras y campesinas al servicio de sus propios fines de clase, arrastrándolas bajo la bandera del nacionalismo.

El segundo período de la historia de los movimientos nacionales es el del imperialismo. El imperialismo representa el ahondamiento y extensión de la opresión sobre una nueva base, la dominación del capital financiero. En la época ascensional de su desarrollo, el capitalismo liberó a las naciones del yugo de las monarquías feudales, pero en la época imperialista  se  ha  convertido  en  el  más  grande opresor y esclavizador de naciones. El imperialismo ha dividido el mundo en un pequeño grupo de naciones dominantes y una mayoría de naciones oprimidas, países coloniales y dependientes, que sufren la explotación despiadada del capital de los países  "civilizados".  Tal  es  la  esencia  del imperialismo en las relaciones nacionales, según nos enseñan las tesis leninistas. Esas relaciones están determinadas por la ley económica fundamental del capitalismo moderno que exige se asegure el máximo beneficio capitalista no sólo mediante la explotación de la mayoría de los habitantes del país dado, sino mediante el avasallamiento y el saqueo sistemático de los pueblos de otros países, principalmente de los países atrasados.

Al capital monopolista le resultan estrechos los límites   de   los   Estados   nacionales   y   trata   de

conquistar, esclavizar y explotar países y naciones

ajenos.   Los   antiguos   Estados   nacionales,   como

Inglaterra, Alemania, Holanda, Francia, Estados Unidos, Japón y otros, se han convertido, por obra de esas conquistas, en Estados multinacionales, coloniales. El reforzamiento del yugo nacional y colonial acarrea, inevitablemente, el crecimiento de los   movimientos   de   liberación   nacional   de   los pueblos oprimidos contra el imperialismo.

El problema nacional-colonial se transforma, en este período, en el de la liberación de los pueblos de los países coloniales y dependientes del yugo del imperialismo. Y como los campesinos constituyen la mayoría de la población en las colonias, el problema nacional-colonial, en la época imperialista, es esencialmente el problema agrario. Ahora bien, este problema no se encierra por completo dentro de estos marcos, ya que son parte integrante del problema nacional-colonial otros problemas como los de la independencia nacional, organización estatal, idioma, cultura, etc.

Los dos períodos citados de la historia de los movimientos nacionales tienen de común el que las

naciones   estén   sometidas   a   la   opresión   y   al

 

 

 

avasallamiento y el que no haya sido resuelta la cuestión nacional. Se diferencian, sin embargo, en que, durante el primer período, el problema nacional no trasciende del marco de algunos Estados multinacionales  y  afecta  sólo  a  unas  cuantas naciones, principalmente europeas, en tanto que en el segundo deja de ser un problema existente en el interior mismo del Estado, para convertirse en un problema entre Estados diversos, en el problema de la liberación de las colonias y países dependientes. Ahora bien, los Estados imperialistas pugnan por mantener bajo su dominación a los países sojuzgados y por someter a otras naciones, nacionalidades o tribus.

El capitalismo en desarrollo, señala Lenin, conoce dos tendencias opuestas en el problema nacional: la primera consiste en el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, en la lucha contra toda opresión nacional, en la destrucción de la dispersión feudal y creación de Estados nacionales; la segunda se manifiesta en el desarrollo e intensificación de todas las relaciones entre las naciones, el derrumbamiento de las barreras nacionales, la creación de vínculos internacionales basados en la unidad internacional del capital, de la vida económica, de la ciencia, etc. La primera tendencia predomina en la época del capitalismo ascensional  y  la  segunda,  en  la  del  imperialismo, pero ambas constituyen una ley del desarrollo del capitalismo.164

La tendencia a internacionalizar la producción y el  cambio,  al  acercamiento  económico  entre  los

pueblos  y  a  la  unificación  paulatina  de  enormes

territorios en un todo único, refleja el desarrollo de las fuerzas productivas y sienta las premisas materiales  para  la  futura  economía  socialista mundial. Esta tendencia, sin embargo, discurre en forma  extraordinariamente  contradictoria,  mediante el sometimiento de unas naciones por otras y el avasallamiento y explotación de las naciones menos desarrolladas por las más desarrolladas. "El saqueo de las colonias y las anexiones coloniales, la opresión nacional y la desigualdad nacional, la arbitrariedad y la violencia imperialistas, la esclavitud colonial, la ausencia de derechos para las nacionalidades y, finalmente,  la  lucha  de  las  naciones  "civilizadas" entre sí por el dominio sobre los pueblos "no civilizados", constituyen las formas en cuyo marco ha  transcurrido  el  proceso  de  acercamiento económico de los pueblos".165

Por ello, en la época del imperialismo, junto a la tendencia   al   acercamiento   económico   y   a   la

"unificación"    de   territorios,   crece   también    la

tendencia a abolir las formas violentas que reviste esa unificación, es decir, crece la lucha por liberar a las nacionalidades oprimidas del yugo imperialista. Esta

 

 

164 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX, pág. 11.

165 J. V. Stalin, Obras completas, t. V, pág. 193.

 

tendencia, al reflejar la indignación de las masas oprimidas contra las formas imperialistas de unificación, representa una tendencia progresiva, ya que sienta las premisas políticas de la unificación voluntaria, de la unión y colaboración entre los pueblos dentro de los marcos de una economía socialista mundial.

La lucha entre estas dos tendencias opuestas informa     toda     la     historia     de     los     Estados

multinacionales burgueses, llevándolos a su hundimiento, ya que la contradicción entre ambas es

insoluble dentro de los marcos del capitalismo. Esas contradicciones determinan el fracaso de la política burguesa en el problema nacional-colonial, así como

su incapacidad para resolverlo.

Por el contrario, las dos tendencias señaladas no constituyen  una  contradicción  insuperable  para  la

clase obrera y su Partido Comunista ni para el Estado

socialista, sino que son dos aspectos de uno y el mismo  proceso  progresivo:  la  liberación  de  las

naciones oprimidas del yugo imperialista y la libre

unificación  de  ellas,  basada  en  la  economía socialista, en la igualdad de derechos, confianza mutua, amistad y colaboración fraternal. Tal es la ley que rige las relaciones nacionales bajo la dictadura del proletariado, en las condiciones del socialismo.

El marxismo-leninismo, al establecer el programa del  Partido  Comunista  ante  el  problema  nacional, tiene presente las dos citadas tendencias capitalistas frente a este problema y se atiene, consecuentemente, al principio del internacionalismo proletario. En la solución marxista-leninista del problema nacional, se parte de estos puntos fundamentales: 1) reconocimiento del derecho de las naciones a su autodeterminación, llegando incluso a la separación, si  bien el  derecho a la autodeterminación y separación no debe confundirse con el problema de la conveniencia de la separación; 2) reconocimiento de la soberanía e igualdad de derechos de todas las razas y naciones; 3) principio universal de organización de los obreros de todas las nacionalidades del país y educación de los trabajadores en el espíritu del internacionalismo proletario y de la amistad entre los pueblos.

El marxismo-leninismo propugna la unión voluntaria  de  las  naciones  y,  fiel  a  este  objetivo,

lanza la consigna del derecho de las naciones a la autodeterminación e incluso a la separación. "Dividir

para unir": esto parece contradictorio y paradójico, y sin embargo, se trata de una contradicción viva y real, no inventada. No hay otro camino para liberar a

las naciones del yugo imperialista. Este es el único método revolucionario y proletario; el único método

socialista  e  internacionalista  para  resolver  el problema nacional.

La Gran Revolución Socialista de Octubre marcó

el comienzo de la solución del problema nacional- colonial. De este modo, abrió el tercer período de la

 

 

 

historia de los movimientos de liberación nacional, el período socialista; es decir, el período de la destrucción del capitalismo y la liquidación del yugo nacional, el de la liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo y de su unificación voluntaria sobre bases socialistas; el período, en fin, de la formación y florecimiento de las naciones socialistas.

La Revolución Socialista de Octubre determinó que  se  operara  una  división  en  el  interior  de  los

movimientos nacionales de Rusia: los movimientos nacionales burgueses se convirtieron en movimientos

reaccionarios y contrarrevolucionarios, dirigidos contra la revolución socialista. En contraposición a ellos,  se  desarrolló  el  movimiento  de  las  masas

trabajadoras de las naciones oprimidas contra los terratenientes   y   capitalistas,   propios   y   extraños,

contra los intervencionistas extranjeros y en favor de la autodeterminación nacional basada en el régimen soviético.  Este  movimiento  se  convirtió  en  parte

integrante de la revolución socialista y sólo pudo lograr la victoria con el triunfo de esta revolución. La

victoria de la revolución socialista sólo fué posible, por otra parte, gracias a su vinculación con este movimiento y se vió facilitada por él.

El  marxismo-leninismo  aborda  la  solución  del problema nacional-colonial situándose en el punto de

vista de los intereses de la clase obrera y de todos los trabajadores. Al examinar cada movimiento nacional se   guía   por   el   método   dialéctico   materialista,

abordando el problema en una forma histórica concreta,   ya   que   los   movimientos   nacionales

presentan caracteres distintos incluso en una misma época. Cada nación requiere una solución peculiar

del problema, en virtud de las condiciones peculiares en que vive. La solución, que resulta buena para un país, no puede ser aplicada en otros sin que medie un

análisis multifacético y cuidadoso de la situación de éstos. Por otra parte, cambian las condiciones en que

viven los pueblos, lo cual quiere decir que debe cambiar también la solución del problema nacional.

Al  valorar  los  movimientos  nacionales  en  una

forma  histórica  concreta,  los  marxistas  establecen una distinción entre movimientos nacionales revolucionarios y reaccionarios. Ya en la década del

40 del siglo XIX, Marx y Engels se pronunciaban en favor  del  movimiento  nacional  de  los  polacos  y

húngaros, que luchaban contra el absolutismo, pero, a la par que eso, se oponían al movimiento nacional de

los checos y eslavos del Sur, por ser un movimiento del que se valían entonces el zarismo y la monarquía austrohúngara contra la revolución. Prestar apoyo al

movimiento nacional de los checos y eslavos del Sur significaba, en aquella época, apoyar indirectamente

al zarismo, que era el enemigo más peligroso del movimiento   revolucionario   en   Europa.   Marx   y Engels  desenmascaraban  la  política  de  opresión

nacional, aplicada por Austria-Hungría y Alemania, y exigían que fueran liberadas las naciones oprimidas

 

sirviendo así la causa de la liberación de los propios alemanes del yugo de la monarquía feudal. La burguesía austro-húngara y la alemana, por el contrario, respaldaban la política de opresión de otras naciones; ésta fué una de las causas principales de la derrota de la Revolución de 1848 en Austria-Hungría y Alemania. De esta manera, se confirmaba plenamente la afirmación de Marx y Engels de que "no puede ser libre el pueblo que oprime a otros pueblos".166

La historia conoce, asimismo, otros movimientos nacionales, que frenaron el desarrollo progresivo de

la sociedad, impidiendo que se elevara la conciencia

de clase de las masas trabajadoras oprimidas. Pueden servir de ejemplo de estos movimientos reaccionarios

el "muridismo" y el "movimiento de Shamil". Este

movimiento  religioso  nacionalista  de  la  primera mitad del siglo XIX, sirvió para esclavizar a los trabajadores del Cáucaso y fué aprovechado por Turquía e Inglaterra para separar de Rusia a los pueblos del Cáucaso, convirtiéndolos así en esclavos coloniales suyos.

En la actualidad, son progresistas aquellos movimientos nacionales que están dirigidos contra el

imperialismo,  pero  son  reaccionarios,  por  el contrario, los que aprovecha la reacción imperialista

contra la revolución, contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular. Los partidos comunistas apoyan los movimientos nacionales de liberación y

no pueden sostener los que tengan un carácter reaccionario.

La autodeterminación de las naciones no es algo absoluto,  sino  parte  integrante  de  la  lucha  de  los

trabajadores por la democracia y el socialismo. Los comunistas se pronuncian por la plena autodeterminación  de  las  naciones,  principalmente

por la liberación de los pueblos de los países coloniales y dependientes mediante su separación de

las potencias imperialistas que los oprimen. Pero se oponen a la separación de las repúblicas nacionales de la U.R.S.S., pues, de llegar a esa separación, estas

naciones  libres  caerían  bajo  el  yugo  del imperialismo.

El problema de si es conveniente o no que se separe la nación dada, es algo que debe resolver la nación misma. Pero los comunistas, lo mismo que

otras fuerzas progresivas, están obligados a influir siempre  sobre  la  voluntad  de  las  naciones  en  un

espíritu democrático y socialista, alimentando no lo que  separa  a los  pueblos, sino lo que les  une; es decir;  las  tradiciones  revolucionarias  de  la  lucha

común contra la opresión de los terratenientes y capitalistas  y  contra  los  invasores  extranjeros;  las

tradiciones de la colaboración internacional de los trabajadores y de su ayuda mutua en la lucha por la

 

 

166  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XV, pág.

223; t. VI, págs. 237-239; v. también Cartas  escogidas de C. Marx y F. Engels, ed. rusa, págs. 228 y 236.

 

 

 

paz, la democracia y la victoria del comunismo.

Lenin trazó, por vez primera, el programa teórico y la política nacional-colonial del Partido Comunista,

partiendo  de  las  tesis  fundamentales  de  Marx  y

Engels  sobre  el  problema  nacional.  Demostró  que este problema es parte integrante de la lucha revolucionaria general por la dictadura del proletariado. Fué el inspirador de la política de igualdad de derechos y de amistad entre los pueblos y dirigió su aplicación práctica. Las indicaciones programáticas de Lenin sobre el problema nacional han sido desarrolladas, en forma creadora, en los trabajos de J. V. Stalin y en las resoluciones del Partido que sintetizan las experiencias de la edificación socialista en la U.R.S.S.

En  el  triunfo  de  la  revolución  socialista  en  la

U.R.S.S. han tenido una enorme importancia estos dos hechos: el que el Partido Comunista, encabezado por Lenin, haya defendido el principio del internacionalismo   proletario   en   la   creación   del partido marxista, luchando contra las tendencias separatistas y nacionalistas del movimiento obrero, y el que el Partido haya forjado un método proletario, internacionalista, para liberar a las naciones.

Partiendo del principio marxista-leninista del internacionalismo proletario, el Partido Comunista de la U.R.S.S. ha subrayado la necesidad de llegar a la unidad de acción entre los proletarios de todas las naciones soviéticas, aglutinándolos en torno al proletariado ruso. El Partido ha establecido la unidad de acción entre los obreros de todas las naciones; gracias a ello, ha logrado encauzar el movimiento de liberación de todos los pueblos de Rusia en la misma dirección  que  el  movimiento  socialista  del proletariado  por  el  triunfo  del  socialismo;  en  el mismo   sentido   que   el   movimiento   democrático general por la paz y que el movimiento de los campesinos por la tierra, derrocando así el Poder de los terratenientes y capitalistas e instaurando la dictadura del proletariado.

La manera como el marxismo-leninismo plantea y resuelve    el    problema    nacional    se    distingue

radicalmente  del  modo  como  lo  han  planteado  y

resuelto los partidos de la Segunda Internacional, es decir, los partidos dirigidos por los socialistas de derecha, que han abrazado las posiciones del imperialismo.

Los partidos de la Segunda Internacional se contentaban con hacer vacuas declaraciones verbales

acerca  de  la  "igualdad  de  las  naciones"  bajo  el

capitalismo y limitaban el problema nacional a un reducido grupo de naciones europeas, sin decidirse a

plantear la igualdad de derechos entre los pueblos

asiáticos y africanos, de una parte, y los europeos, de otra. Tampoco se atrevían a plantear el problema de la igualdad entre negros y blancos.

Dichos partidos no querían plantear el problema nacional  sobre  la  base  revolucionaria  de  la  lucha

 

abierta contra el imperialismo y no se esforzaban por ligar el problema nacional con el de la liberación de las  colonias.  Los  teóricos  de  la  Segunda Internacional, los socialdemócratas austriacos Otto Bauer, K. Renner y otros, lanzaron el programa nacionalista burgués de la llamada "autonomía cultural-nacional", basado en su teoría idealista y metafísica de la nación. El programa de "autonomía cultural-nacional" proponía a las naciones oprimidas que se contentaran con la "autonomía" en cuestiones de enseñanza, de religión o de "asuntos culturales" semejantes, en vez de proponerles el derecho a su autodeterminación e incluso a la separación y el derecho a la creación de un Estado independiente, es decir, el derecho a un desarrollo político, económico y cultural independiente. El programa que proponían partía de la necesidad de mantener la integridad de la monarquía austro-húngara, es decir, de la necesidad de mantener por la fuerza a los pueblos oprimidos dentro de los marcos del "todo" imperialista. Dicho programa venía a perpetuar, por tanto, la dominación que unas naciones ejercían sobre otras, a la par que negaba a los pueblos eslavos avasallados el derecho a su autodeterminación, a crear sus propios Estados independientes.

En Rusia, difundían este reaccionario programa de   "autonomía   cultural-nacional"   los   bundistas,

troskistas  y  los  elementos  que  habían  caído  en  la

desviación nacionalista. El Partido Comunista, encabezado por Lenin, puso al desnudo la esencia

nacionalista burguesa del citado programa, salvando

al movimiento obrero de la influencia corruptora del nacionalismo burgués.

El leninismo desenmascaró despiadadamente las falaces afirmaciones de los imperialistas y de sus auxiliares,   los   dirigentes   socialistas   de   derecha,

acerca de la misión "civilizadora" de los Estados capitalistas en las colonias y acerca de la "igualdad

nacional"  en  los  Estados  burgueses.  Las declaraciones de los socialistas de derecha sobre la "igualdad nacional", no respaldadas directamente por

la lucha de los pueblos oprimidos, constituyen un fraude. El leninismo liga el problema nacional con el

de la liberación de las colonias del yugo imperialista y ensancha el concepto de autodeterminación nacional,  al  proclamar  el  derecho  de  los  pueblos

oprimidos de los países coloniales y dependientes a separarse   de   los   Estados   imperialistas   que   los

oprimen, su derecho a existir como Estados independientes.

 

3. Significación histórica de la experiencia de la

U.R.S.S. en la solución del problema nacional.

La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió una nueva era, la era del socialismo, en las relaciones entre  las  naciones,  aplicando  los  principios  de  la

política leninista sobre el problema nacional. Estos principios son: 1) igualdad y soberanía de todos los

 

 

 

pueblos de Rusia; 2) derecho de las naciones a la autodeterminación, e incluso a la separación y a formar Estados independientes; 3) abolición de todos y cada uno de los privilegios y limitaciones religiosas y nacionales; 4) libre desarrollo de las minorías nacionales y grupos etnográficos.

La Revolución socialista ha acabado con el yugo nacional  y  ha  sentado  los  firmes  cimientos  de  la unión voluntaria de los pueblos en un solo Estado socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Las formas de esta unión, es decir, las formas de autonomía y federación soviéticas, surgieron sobre la marcha de la edificación del multinacional Estado soviético como una creación de las propias masas populares, dirigidas por el Partido Comunista.

La  unión  de  las  repúblicas  soviéticas  en  la U.R.S.S. se hacía necesaria para poner fin, con esfuerzos conjuntos, a la desorganización económica, para llevar a cabo la industrialización del país, distribuir y desarrollar racionalmente las fuerzas productivas en beneficio de los trabajadores de todas las nacionalidades, edificar el socialismo en las condiciones del cerco capitalista hostil y convertir a la U.R.S.S. en una fuerza capaz de influir en la situación  internacional  y  de  hacerla  cambiar  en interés de los trabajadores.

La  clase  obrera  y  el  pueblo  rusos,  bajo  la dirección del Partido Comunista, han ayudado a que

otros pueblos de la U.R.S.S. creen y fortalezcan la organización  estatal  soviética  bajo  las  formas  que

mejor responden a sus particularidades nacionales y han ayudado, asimismo, a que los trabajadores de las

nacionalidades dadas participen en los órganos del poder político, en la administración, en los órganos del poder judicial y en la dirección de la economía.

El Poder soviético no se ha limitado a establecer la igualdad jurídica y política de las naciones, por

más que esto represente ya una gran conquista de significación histórico-mundial. La esencia de la solución comunista del problema reside en acabar, no

sólo con el yugo nacional y la desigualdad jurídica, sino también con "el atraso (económico, político y

cultural) existente de hecho y heredado del pasado por algunas naciones, a fin de dar a los pueblos atrasados la posibilidad de alcanzar a la Rusia central en los aspectos estatal, cultural y económico".167

La clase obrera rusa y el gran pueblo ruso, que constituye la nación más avanzada de todas las naciones soviéticas iguales en derechos han ayudado, sobre la base del régimen soviético, a que pueblos oprimidos y atrasados en otros tiempos desarrollen su propia   industria   socialista   y   creen   sus   propios cuadros calificados de obreros, trabajadores administrativos y del aparato del Estado, así como su propia  intelectualidad  nacional;  han  ayudado asimismo a estos pueblos a alcanzar el nivel de las

 

167 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. V, pág. 41.

 

naciones socialistas, aboliendo así la desigualdad nacional que de hecho existía.

Muchos pueblos y nacionalidades del Norte y el

Este del país, sobre todo del Asia Central -entre ellos, cerca de 25 millones de personas, principalmente de

los pueblos turcos-, no habían pasado por la fase del

capitalismo  industrial.  Y  a  ellos  hay  que  agregar cerca de 6 millones de personas -bashkires, kirguises, osetios y de otras nacionalidades- que antes de la revolución vivían en régimen patriarcal, con un modo de vida gentilicio, hundidos en la incultura y el analfabetismo.168 Decenas de nacionalidades carecían incluso de alfabeto escrito.

Todos estos pueblos, oprimidos y atrasados en otros tiempos, han dado un salto gigantesco del régimen patriarcal y de la vida trashumante al socialismo, sin pasar por la fase capitalista. Ello ha sido posible gracias al régimen soviético, a la política nacional leninista y a la ayuda fraternal brindada por el gran pueblo ruso.

Pueblos que estaban condenados a desaparecer bajo el capitalismo, han renacido a una nueva vida

con  el  socialismo,  consolidándose  como  naciones

socialistas. En tanto que unas naciones socialistas como la rusa, ucraniana, georgiana, armenia, letona,

estonia  y  otras  se  han  formado  en  el  proceso  de

liquidación del capitalismo, sobre las ruinas de las naciones burguesas correspondientes, otras como la turkmena, kazaja, tadzhika, etc., han surgido en el proceso de liquidación del régimen feudal y del capitalismo naciente. La aparición de las relaciones socialistas de producción, de las formas socialistas de economía, constituye la base económica general de la formación de todas las naciones socialistas.

La desigualdad económica entre las naciones de la

U.R.S.S., ha podido ser abolida gracias a que, dentro del rápido ritmo general del desarrollo industrial de

toda   la   Unión   Soviética,   la   industria   de   las

nacionalidades de la periferia, atrasadas económicamente, se ha desarrollado aún más aceleradamente.

Los pueblos de la U.R.S.S. han realizado la revolución socialista no sólo en la vida política y

económica, sino también en el campo de la cultura.

Ya en el año escolar de 1938 a 1939 el número de alumnos  de  las  escuelas  primarias  y  secundarias

había aumentado, en comparación con el año escolar de 1914 a 1915, en 3 veces, en Ucrania; en 4, en

Bielorrusia; en más de 8 en Armenia; casi en 11, en Kazajstán; en 30, en Turkmenia; en 64 en Uzbekistán y  en  680  veces,  en  Tadzhikistán.  En  todas  las

repúblicas soviéticas, se ha implantado, desde 1949, la educación general obligatoria de siete grados y, en

la actualidad, se implanta la educación general obligatoria  de  diez  grados  en  las  capitales  de  las

 

 

168  El Partido  Comunista de la Unión Soviética en las resoluciones  y  acuerdos  de  los  Congresos,  Conferencias   y Plenos del C. C., ed. rusa, parte I, págs. 559 y 561.

 

 

 

repúblicas, en las regiones y centros industriales. Ha aumentado el número de estudiantes en los establecimientos de enseñanza superior de todas las repúblicas y se han creado numerosos cuadros de la intelectualidad de las nacionalidades soviéticas. La U.R.S.S. marcha a la cabeza de todos los países del mundo en cuanto a la cantidad y calidad de especialistas. Se han fundado Academias de Ciencias en 12 repúblicas federadas, y se han creado filiales y centros de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. en otras repúblicas federadas y autónomas.

En la U.R.S.S. se publican obras literarias en más de  cien  idiomas.  Decenas  de  nacionalidades recibieron su propio alfabeto escrito bajo el Poder soviético. De las nacionalidades y naciones en otros tiempos oprimidas han surgido destacados hombres de ciencia, escritores, artistas, dirigentes del Estado y de la economía y jefes militares.

Ha florecido la cultura de todos los pueblos de la

U.R.S.S.; una cultura que educa a las masas en el espíritu del patriotismo soviético, del internacionalismo, de la paz y la amistad entre los pueblos.

La cultura socialista se distingue radicalmente de la cultura burguesa, que domina bajo el capitalismo y

que  es  instrumento  de  esclavización  de  las  masas

trabajadoras en manos de los explotadores. La cultura burguesa  emponzoña  la  conciencia  de  los  pueblos con sus ideas racistas, nacionalistas y cosmopolitas y oscurece su mente para afianzar así la dominación de la burguesía. La cultura socialista, por el contrario, combina  armónicamente  las  tradiciones  nacionales de los pueblos y los intereses vitales generales de todos los trabajadores.

Los pueblos de la U.R.S.S. y de los países de democracia popular, al impulsar la cultura socialista,

se asimilan cuánto hay de positivo y valioso en la cultura  del  pasado  y,  ante  todo,  sus  elementos  y

tradiciones avanzados, revolucionarios, democráticos y socialistas.

Naturalmente, el nuevo contenido de la cultura, es

decir, el contenido socialista, no sólo se sirve de las antiguas formas nacionales aún vigentes, sino que exige también que se creen las nuevas formas que le sean  adecuadas,  nuevos  modos  y  medios  de expresión. Las nuevas formas no desplazan a las antiguas, amadas por el pueblo, sino que vienen a ser un desarrollo sucesivo de éstas, basado en el nuevo contenido, en el contenido socialista.

En la vieja cultura nacional hay también un contenido   reaccionario,   rasgos   antinacionales   y

aspectos caducos que frenan el progreso de la sociedad, tales como las creencias y ritos religiosos,

la hechicería, las venganzas de sangre, la poligamia, la reclusión de la mujer y el uso por ésta del velo para cubrirse el rostro, etc. El socialismo prescinde

de todo lo reaccionario e impulsa en forma creadora las conquistas positivas de la cultura del pasado en

 

beneficio de las masas trabajadoras.

La cultura socialista del gran pueblo ruso, por ser la más rica y desarrollada, desempeña un papel rector

en el desenvolvimiento de las culturas socialistas de

los demás pueblos, convirtiéndose cada vez más en patrimonio   común   de   todos   los   pueblos   de   la U.R.S.S. y de los países de democracia popular. Las conquistas culturales de cada nación soviética pasan a ser bienes de los demás pueblos. En el intercambio cultural  entre  las  naciones  de  la  U.R.S.S., desempeñan importante papel las traducciones de las obras literarias de los pueblos soviéticos al ruso y a otras lenguas nacionales de la Unión Soviética, las exposiciones artísticas nacionales que se presentan en Moscú, las relaciones y la colaboración entre los intelectuales de todas las naciones socialistas. Los representantes de la cultura rusa, que es la más rica de las culturas de la U.R.S.S., prestan una ayuda desinteresada a los intelectuales del resto de las naciones soviéticas, así como de los países de democracia popular.

El  socialismo  ha  forjado  la  amistad  y colaboración fraternal entre los pueblos. La amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. es la más alta conquista de la política nacional del Partido Comunista, una de las más grandes conquistas del socialismo  y  una  de  las  bases  esenciales  de  la pujanza e invencibilidad del multinacional Estado socialista. La amistad entre los pueblos se ha convertido en poderosa fuerza motriz del desarrollo de   la   sociedad   soviética.   Esta   amistad   se   ha fortalecido con la liquidación de las clases explotadoras, que son los principales organizadores de la hostilidad entre las naciones; se ha fortalecido, igualmente, como resultado de la abolición de la explotación del hombre por el hombre, que alimenta la desconfianza mutua y enciende los sentimientos nacionalistas.  La  clase  obrera  y  su  Partido Comunista, enemigos de toda opresión y fieles defensores y guías del internacionalismo, son los abanderados de la amistad entre los pueblos. Esta amistad se ha afianzado al prestarse los pueblos una ayuda mutua durante la edificación económica y cultural. La amistad entre los pueblos contribuye al florecimiento de la cultura socialista de los pueblos de la U.R.S.S., nacional por la forma y socialista por el contenido.

El triunfo del socialismo ha modificado radicalmente  la  fisonomía  de  los  pueblos  de  la

U.R.S.S. Ha desaparecido de ellos la desconfianza

mutua,  se  ha  ahondado  el  sentimiento  de  ayuda mutua    y    se    ha    establecido    una    verdadera

colaboración  fraternal  en  el  interior  del  Estado

socialista, multinacional y único. Este Estado, tras de haber pasado por las pruebas más severas en la gran guerra patriótica, ha demostrado que el régimen socialista soviético es la mejor forma de colaboración entre los pueblos.

 

 

 

Los Estados burgueses multinacionales muestran, en su desarrollo, precisamente lo contrario. Dichos Estados,  basados  en  la  explotación  de  los trabajadores y en la opresión de las naciones, están desgarrados por las contradicciones de clase y los antagonismos nacionales que se manifiestan en su seno. Estos antagonismos determinan la inestabilidad de esos Estados, a la par que los conducen a su hundimiento inevitable. La burguesía es incapaz de resolver el problema nacional; sólo puede "unificar" las naciones por medio de las conquistas, la violencia y el avasallamiento. Los Estados burgueses multinacionales  se  encuentran,  por  ello,  en bancarrota. Se desplomó la monarquía austro- húngara, sufrió la más completa derrota el "Tercer Reich" hitleriano, cayó el imperio de los militaristas japoneses y ha comenzado el hundimiento de los imperios coloniales de Francia, Holanda y la Gran Bretaña.

El triunfo del socialismo y la amistad entre los pueblos sólo puede alcanzarse en lucha implacable contra el nacionalismo, ideología y política encaminada a atizar la desconfianza y la hostilidad entre los pueblos. El nacionalismo es la ideología y la política de las clases explotadoras que tienden a asegurar su dominio sobre los pueblos, siguiendo el pérfido principio de la Roma esclavista: "divide y vencerás". A la par que azuzan a unos pueblos contra otros, los nacionalistas predican la "unidad" de los explotadores y explotados en el seno de cada nación, con el fin de someter los trabajadores a la burguesía, apartándolos de la lucha de clases contra el capitalismo.

El nacionalismo hunde sus raíces en la entraña misma del régimen burgués, ya que la propiedad privada y el capital dividen a los hombres, engendran las discordias nacionales y la opresión nacional. La propiedad social, socialista, y el trabajo colectivo acercan, por el contrario, a los hombres, minan el terreno de las disputas nacionales y acaban con el yugo nacional.

En los partidos comunistas de la sociedad basada en la propiedad privada, pueden surgir desviaciones nacionalistas, nacidas bajo el influjo de las clases explotadoras, que atizan las discordias nacionales y la hostilidad, con el fin de debilitar a los trabajadores. La desviación nacionalista representa la adaptación de la política internacionalista de la clase obrera a la política nacionalista de la burguesía.

El triunfo del socialismo y la abolición de las clases explotadoras en la U.R.S.S. significan, a la par

que la eliminación de la hostilidad nacional, la liquidación de la base social de todo nacionalismo,

así como la superación de las desviaciones nacionalistas en el seno del Partido Comunista de la U.R.S.S.

Los vestigios nacionalistas, sin embargo, no pueden desaparecer de golpe de la conciencia de los

 

hombres. Las supervivencias del capitalismo en las relaciones entre las naciones se mantienen con firmeza, a causa de que pueden enmascararse y ocultarse tras los intereses nacionales. A ello hay que agregar que el cerco capitalista tiende a avivar los vestigios de nacionalismo, con el fin de quebrantar la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. y de minar el poderío del Estado soviético multinacional.

Las supervivencias del nacionalismo se manifiestan, por ejemplo, en el hecho de que algunos

historiadores y escritores corran un velo sobre las

contradicciones de clase en el seno de las naciones burguesas, imaginándose el desenvolvimiento de la cultura nacional, en la sociedad dividida en clases, como si fuera una "corriente única", que avanzara sin luchas de clases. Ciertos historiadores y escritores exaltan todo el pasado nacional, pintando a los reaccionarios señores feudales y a los janes como si fueran héroes nacionales. El nacionalismo se manifiesta, por una parte, en el embellecimiento de la política nacional del zarismo y de la burguesía rusa, y por otra, en el retoque de la ideología y la política reaccionarias de la burguesía nacional o de los dignatarios feudales que aplastaron a los pueblos en alianza con el zarismo, traicionándolos en beneficio de los imperialistas de Occidente.

La idealización de todo el pasado, el embellecimiento de todo el ayer de la nación, incluidos los elementos reaccionarios de la cultura nacional de épocas pasadas, conduce a avivar el nacionalismo. Este se manifiesta, igualmente, en la exaltación de los movimientos reaccionarios, que enarbolan la bandera religiosa y nacionalista del panislamismo, el panturquismo, el sionismo, etc.; se expresa, asimismo, en la ignorancia de la influencia positiva de la cultura rusa avanzada, de las ideas de los demócratas revolucionarios y de los comunistas rusos en los movimientos de liberación de otros pueblos.

Los elementos extraños al socialismo atizan y cultivan  el  odio  nacional  y  la  hostilidad  entre  las

capas más atrasadas de la población. Los vestigios nacionalistas se entrelazan estrechamente con otros

vestigios del capitalismo, como los religiosos, que alimentan  la  desconfianza  hacia  los  creyentes  de otras religiones.

Las supervivencias capitalistas se manifiestan también, en relación con el problema nacional, bajo

la forma del cosmopolitismo, el nihilismo nacional. El Partido Comunista adopta una actitud de respeto hacia  la  cultura  de  todos  los  pueblos,  hacia  el

contenido  progresivo  de  la  cultura  nacional.  El

Partido ha desenmascarado al grupo antipatriótico cosmopolita en la U.R.S.S., que, ocultándose tras la

bandera    del    "internacionalismo",    negaba    las

conquistas de la cultura socialista de los pueblos de la U.R.S.S., particularmente de la cultura del gran

pueblo ruso.

 

 

 

Al establecer la colaboración fraternal entre las naciones socialistas en la edificación del comunismo, el Partido Comunista lucha por la completa liquidación de los vestigios nacionalistas en la conciencia de los hombres, educando a los trabajadores en el espíritu del internacionalismo.

La experiencia de la U.R.S.S. y de los países de democracia popular en el problema nacional ha asestado un golpe mortal a todas las teorías reaccionarias nacionalistas y racistas. Dicha experiencia ha echado por tierra las ideas anticientificas y antihumanas de que la humanidad se divide en razas y naciones "inferiores" y “superiores" y, conforme a las cuales unos pueblos, por su propia naturaleza, están destinados a dominar sobre otros y a explotarlos. La experiencia de numerosos pueblos de la Unión Soviética ha demostrado que no hay pueblos inferiores, pueblos que no puedan hacer avanzar la cultura. La experiencia de la U.R.S.S., de la República Popular China y de otros países de democracia popular ha confirmado que todos los pueblos, una vez liberados del yugo nacional y tras de haber recibido la posibilidad de un desarrollo libre e independiente, pueden impulsar la cultura hacia adelante.

La teoría y la práctica de la igualdad de derechos y de la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S., el

respeto a los derechos de los demás pueblos ha hecho

que todos los pueblos soviéticos se hayan aglutinado en  una  sola  y  fraternal  familia  y  que  todos  los

pueblos amantes de la libertad, de otros países, sean

amigos de la Unión Soviética. La ideología soviética que postula la igualdad de derechos de todas las razas y naciones, la ideología de la amistad de los pueblos, ha  vencido  plenamente  durante  los  años  de  la segunda guerra mundial a la ideología imperialista fascista del más bestial nacionalismo y de odio de razas. Como es sabido, los hitlerianos empuñaron, como su arma ideológica, la antihumana ideología racista, calculando con ello que la prédica del odio racial y nacional sentaría las premisas ideológicas y políticas del dominio de los imperialistas alemanes sobre  otros  pueblos.  Los  hitlerianos  sembraban  el odio y la cizaña entre las naciones para ir esclavizándolas una tras otra.

La ideología y la política racista se convirtieron, de  hecho,  en  fuente  de  debilidad  interna  y  de

aislamiento de la Alemania nazi en política exterior;

fueron, asimismo, uno de los factores que contribuyeron al hundimiento del criminal bloque hitlerista, y la misma suerte aguarda a cuantos traten de hacer suyas la ideología y la política racistas.

Con el paso gradual del socialismo al comunismo, las naciones socialistas se elevan a un nuevo nivel en

su desarrollo económico, político y cultural. En el

curso de la edificación del comunismo, van borrándose las diferencias de clase entre los obreros

y campesinos, así como la línea divisoria entre ellos

 

y los intelectuales. Las naciones socialistas se muestran cada vez más aglutinadas, más monolíticas y libres de los vestigios del capitalismo. Su economía y cultura alcanzan pleno florecimiento.

El socialismo ha puesto fin, en nuestro país, al desarrollo unilateral y a la anormal distribución territorial de las fuerzas productivas, heredados del capitalismo y de la política colonial del zarismo y el imperialismo. En todas las repúblicas nacionales se ha creado la industria socialista. El XIX Congreso del  Partido  Comunista  de  la  Unión  Soviética,  al trazar sus directrices para el quinto plan quinquenal, preveía un mejoramiento sucesivo de la distribución planificada de las fuerzas productivas en el país. Y ello, no sólo para acercar la industria a las fuentes de materias primas y combustible, para acabar con los transportes irracionales y lejanos, y para fortalecer la capacidad  defensiva  de  la  U.R.S.S.,  sino  también para que las repúblicas nacionales y las regiones alcancen un continuo florecimiento económico y cultural.

En los planes de fomento de la industria, del transporte, de la agricultura y el comercio, se toman en cuenta los intereses vitales y generales de toda la Unión Soviética, así como los intereses específicos de todas las repúblicas nacionales soviéticas. Los pueblos soviéticos, cumpliendo estos planes con un espíritu de colaboración fraternal, sientan las bases materiales del comunismo. Sobre estas mismas bases se   desarrolla   también   la   múltiple   colaboración cultural de las naciones socialistas en el campo del progreso técnico, de la ciencia, la literatura y el arte. En esta colaboración, desempeña un enorme papel el intercambio de experiencias en todas las esferas de la producción, del modo de vida y de la cultura. El gran pueblo ruso, poseedor de la cultura más desarrollada, presta una generosa y fraternal ayuda a los demás pueblos en todos los dominios de la edificación comunista. El Partido Comunista y el gobierno de la Unión Soviética consideran que el fortalecimiento de la amistad entre los pueblos soviéticos y de sus relaciones internacionales con los trabajadores de otros países constituye una de sus tareas más importantes.

La experiencia de la Unión Soviética ha demostrado,   en   la   práctica,   la   posibilidad   y

conveniencia de la unión fraternal de los trabajadores de  las  nacionalidades  más  distintas,  basada  en  la

voluntariedad y plena igualdad de derechos, en la amistad entre los pueblos. En la U.R.S.S. se ha aplicado,  por  primera  vez,  el  método  proletario,

internacionalista, de liberar a las naciones oprimidas y este método ha resultado ser el único acertado.

La experiencia de los pueblos de la Unión Soviética es estudiada hoy por las fuerzas democráticas  avanzadas  de  todo  el  mundo.  Los

partidos comunistas de los países de democracia popular, apoyándose en la experiencia de la U.R.S.S.

 

 

 

y guiándose por el marxismo-leninismo, están resolviendo el problema nacional, otorgando a las naciones el derecho a su autodeterminación y una plena igualdad de derechos, estableciendo la colaboración fraternal entre ellas, educando a los trabajadores en el espíritu del socialismo, del internacionalismo y de la amistad entre los pueblos, luchando contra la ideología burguesa, contra el nacionalismo y el cosmopolitismo. En los países de democracia popular se ha puesto fin a la política burguesa-terrateniente de opresión nacional y de enemistad  entre  los  pueblos;  en  esos  países  de Europa y Asia, todas las naciones han obtenido plena igualdad de derechos, así como las condiciones necesarias para su libre desarrollo. La ley protege, en ellas, a las minorías nacionales y se ha liquidado, en la práctica, la desigualdad nacional en el terreno económico y cultural. Así, por ejemplo, los checos ayudan a los eslovacos a desarrollar su industria, a forjar  los  cuadros  de  una  intelectualidad  nacional, etc.

Los países de democracia popular cuentan con el vigoroso apoyo y la ayuda fraternal de la Unión Soviética y se unen en torno a ella como firme baluarte  de  la  paz,  de  la  libertad  y  de  la independencia de todos los pueblos, prestándose una asistencia mutua en la edificación del socialismo. En los países de democracia popular, las viejas naciones, burguesas, se transforman en socialistas en el curso de la edificación del socialismo.

 

4. La escisión del mundo  en dos sistemas  r los movimientos de liberación nacional.

El  triunfo  de  la  Gran Revolución  Socialista  de

Octubre, que liquidó la opresión nacional-colonial en la  sexta  parte  del  mundo,  inauguró  la  era  de  las

revoluciones  nacionales  y  coloniales  bajo  la dirección  del  proletariado.   A  consecuencia  de  la

creación del Estado soviético, el mundo quedó dividido en dos sistemas opuestos, en dos campos: el campo del capitalismo y el del socialismo. La lucha

entre ambos constituye el contenido principal de la época contemporánea.

Señalando lo que había de nuevo en el modo de plantearse el problema nacional, después de haberse creado la República soviética, Lenin hacía ver que ya

no era posible limitarse a pronunciarse en favor del acercamiento  entre  los  trabajadores  de  diferentes

países, en general, sino que "es indispensable seguir la política de la alianza más estrecha entre todos los movimientos de liberación nacional y colonial con la

Rusia soviética, estableciendo las formas de esa alianza de conformidad con el grado de desarrollo del

movimiento comunista entre el proletariado de cada país o del movimiento democrático-burgués de liberación de los obreros y campesinos en los países atrasados o entre las nacionalidades atrasadas".169

 

169 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t, XXXI, pág. 124.

 

Lenin señalaba que el desenlace de la lucha mundial entre capitalismo y comunismo dependería, en fin de cuentas, del hecho de que Rusia, India y China  constituyen  la  inmensa  mayoría  de  la población,  comprendiendo  también  las  colonias,  y que después de la Revolución de Octubre, esta mayoría se incorporaba con inusitada rapidez a la lucha por su liberación. Partiendo de estas afirmaciones de Lenin, Stalin impulsó hacia delante los  problemas  de  la teoría  y táctica  de  las revoluciones nacionales y coloniales, así como el problema de las vías a seguir para alcanzar la victoria sobre el imperialismo.

Los principios teóricos del leninismo se han confirmado  brillantemente  en  la  práctica.  Con  el

triunfo del pueblo chino sobre el imperialismo y la

creación de la República Popular China, los países de democracia popular en Europa y Asia constituyen, junto con la Unión Soviética, la tercera parte de la población del globo terrestre. La victoria alcanzada por el gran pueblo chino representa un enorme fortalecimiento  del  campo  de  la  paz,  de  la democracia y del socialismo, que encabeza la Unión Soviética. Esta victoria, que constituye un duro golpe para el imperialismo, eleva el movimiento de liberación nacional de los pueblos de Oriente a un nuevo nivel, superior, y acelera la crisis y el hundimiento de todo el sistema colonial del imperialismo.

Sin embargo, más de mil millones de hombres sufren todavía la opresión nacional-colonial imperialista. En la actualidad, la fuerza principal de la reacción mundial imperialista, de la opresión colonial, del saqueo y la explotación está constituida por el imperialismo norteamericano, que aspira a la dominación mundial. El capital monopolista de los Estados Unidos somete a una implacable explotación a los pueblos de Alaska, Islas Virginia y Hawái, Filipinas, Puerto Rico, Cuba y la América Latina; explota, igualmente, a los indios y negros de los Estados Unidos y a los pueblos de los países dependientes y colonias de Asia y África. El capital monopolista yanqui ayuda a los imperialistas de Francia. Holanda e Inglaterra a luchar contra los movimientos de liberación nacional de los pueblos de sus colonias.

En los Estados Unidos, los negros carecen, en realidad, de derechos. Los indios, que constituyen la población aborigen de América, fueron exterminados implacablemente por los colonizadores después del descubrimiento  del  continente  americano;  en nuestros días, se ven condenados al hambre, a las enfermedades y a la extinción en las llamadas "reservaciones", donde se les ha arrojado a la fuerza. El promedio de duración de la vida de los indios de la tribu Papago de Arizona es de diecisiete años.

El capital monopolista norteamericano explota a todos los pueblos de las colonias y países capitalistas

 

 

 

con su ayuda financiera, militar y otros géneros de "ayuda". Durante el período de 1920 a 1948, los capitalistas yanquis obtuvieron de sus inversiones de capital en el extranjero, según datos oficiales disminuidos, beneficios por valor de 18.000 millones de dólares, lo que representa una suma tres veces superior a los obtenidos de sus inversiones de capital al   comienzo   del   citado   período.   Las   ganancias anuales obtenidas por los Estados Unidos con sus inversiones de capital en el extranjero, durante el período de 1946 a 1951, superaron en más de dos veces a las logradas anualmente en los 25 años anteriores. Esto se expresa en la honda diferencia existente  entre  la  renta  nacional  de  los  Estados Unidos y la de otros países capitalistas, particularmente los países coloniales y dependientes. La distribución de la renta nacional por cabeza en

1949 era de 1.453 dólares en Estados Unidos; 773, en

Inglaterra; 502, en Holanda; 57, en la India; 51, en

Pakistán;  44,  en  Filipinas;  38,  en  Liberia;  36,  en

Tailandia, y 25 dólares en Indonesia.

Los imperialistas norteamericanos asfixian a la industria nacional no sólo en las colonias, sino también en los países capitalistas altamente desarrollados de Europa (Inglaterra, Francia, Bélgica e Italia), lo que viene a agravar el paro forzoso en masa y la depauperación de los trabajadores. en todos estos países.

Debido a la agravación de la crisis del sistema colonial del imperialismo y del reforzamiento de la

lucha nacional de liberación, los imperialistas aguzan

el ingenio buscando nuevas formas, más flexibles, de avasallamiento y explotación de los pueblos. Así, por ejemplo, los Estados Unidos han proclamado la "independencia" formal de Filipinas, pero conservando  de  hecho  su  dominio  y  no  sin  antes dejar un gobierno pelele, que se apoya en los imperialistas yanquis y gobierna a las Filipinas bajo sus órdenes.

Los  imperialistas  ingleses  proclamaron  a  los cuatro vientos que otorgaban la independencia a la

India y que "abandonaban" este país. Pero, en verdad, siguieron manteniendo las posiciones dominantes en

la economía de la India. Los imperialistas frenan el desarrollo de la industria y la agricultura de la India, a consecuencia de lo cual la economía hindú sigue

siendo en extremo atrasada. Bajo el control de los imperialistas, se halla el 97 por 100 de la industria

petrolera de la India, el 93 por 100 de la hullera, el 90 por 100 de la cerillera, el 80 por 100 de la industria del yute, el 86 por 100 de la del té, el 73 por 100 de

la minería, el 62 por 100 de la industria hullera y 54 por 100 de las plantaciones de caucho. El 72,4 por

100 de las inversiones extranjeras de capital en la India pertenecen a Inglaterra. Durante su dominación en la India, los colonizadores británicos llevaron este

país a la miseria más espantosa. Más del 85 por 100 de la población era analfabeta. Los imperialistas, así

 

como los terratenientes y la burguesía compradora de la India, se aprovechaban de los prejuicios religiosos y  las  casta  para  atizar  los  odios  nacionales  y religiosos entre la población del país, dividida en muchas tribus y nacionalidades. Los imperialistas yanquis se esfuerzan también por esclavizar a los pueblos de la India, pero tropiezan con la resistencia de las fuerzas patrióticas y progresistas del país. Es indudable que los pueblos de la India lucharán por su plena liberación, por la expulsión de los imperialistas de  su  país  y  que,  en  esta  lucha,  cuentan  con  la simpatía y apoyo de todo el campo del socialismo y de la democracia.

Entre los 198 millones de habitantes del África se halla ampliamente extendido el trabajo forzado, con

la  esclavitud  y  la  servidumbre.  La  discriminación

racial se practica en forma implacable y la población aborigen es acorralada en las llamadas reservaciones, en tanto que los colonizadores extranjeros se han apoderado de las mejores tierras. La miseria, el hambre y las enfermedades diezman a la población, privada de asistencia médica. Según datos de la O.N.U., publicados en diciembre de 1952, el 57 por

100  de  los  africanos  muere  antes  de  cumplir  los quince años, a consecuencia de la espantosa miseria,

del  trabajo  extenuante  y  de  la  falta  de  asistencia

médica.

Después de la segunda guerra mundial, han caído bajo el yugo de los imperialistas norteamericanos los

pueblos  del  Japón,  Alemania  Occidental  y  otros países  capitalistas  desarrollados.  Los  imperialistas

yanquis  utilizan  el  territorio  de  esos  países  como bases militares propias y pugnan por convertir a sus

pueblos en esclavos coloniales suyos y en carne de cañón destinada a servir en una agresión contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular, contra

el movimiento nacional de liberación. Los imperialistas yanquis han convertido a su Estado en

gendarme internacional y verdugo de pueblos.

En la lucha por el dominio mundial, los ideólogos del   imperialismo   norteamericano   despliegan   una

campaña contra la soberanía de las naciones y su derecho  a  la  autodeterminación.  Los  imperialistas

empuñan como arma ideológica las ideas del cosmopolitismo y defienden y embellecen el "modo de vida norteamericano", modo de vida burgués y

caduco.  Los  propagandistas  yanquis,  británicos  y otros   defensores   del   cosmopolitismo   ven   en   el

principio  de  la  soberanía  nacional  un  "prejuicio pasado de moda". Esta propaganda se propone, por una parte, emponzoñar la conciencia de los pueblos

británico y norteamericano con ideas nacionalistas y racistas    acerca    de    la    "superioridad"    de    los

anglosajones, acerca de sus derechos al dominio mundial; por otra, se propone servirse de la política de  traición  de la  burguesía  de  otros  países, de su

servilismo ante la Norteamérica capitalista para desarmar así ideológicamente a los pueblos de esos

 

 

 

países, facilitando el camino de su esclavización a los imperialistas yanquis.

Los  dirigentes  socialistas  de  derecha  difunden ampliamente la            ideología             reaccionaria       del

cosmopolitismo. En la actualidad, no sólo sirven fielmente a su propia burguesía, sino también a los

imperialistas yanquis, ayudando a éstos a aplastar los movimientos de liberación en las colonias y países de pendientes y traicionando los intereses nacionales de

sus propios pueblos.

La opresión nacional-colonial despierta, cada vez más,  la  indignación  de  los  pueblos  de  los  países

coloniales y dependientes. La lucha de los pueblos de

las colonias y países dependientes ha alcanzado, en la actualidad, un nuevo nivel, más alto, y en una serie

de países reviste la forma de la lucha armada, con

destacamentos de guerrilleros y ejércitos populares regulares creados en el fragor de esa lucha.

A  la  lucha  de  liberación  nacional  contra  los

imperialistas norteamericanos, no sólo se incorporan los pueblos de los países atrasados, coloniales, sino también los de países capitalistas altamente desarrollados, como Inglaterra, Francia, Alemania Occidental, Japón, Italia y otros. La clase obrera ejerce, cada vez con más firmeza, la hegemonía en la lucha de liberación nacional de los pueblos y los partidos comunistas mantienen en alto la bandera de la independencia nacional y de la soberanía.

En su lucha de liberación nacional, los pueblos aprovechan  en  su  favor  las  contradicciones  que

surgen inevitablemente entre los principales países

capitalistas. Inglaterra, Francia, Italia, Japón, Alemania  Occidental  y  otros  países  capitalistas, caídos   bajo   la   dependencia   norteamericana,   no pueden soportar indefinidamente la situación actual, que se caracteriza por que los imperialistas yanquis han  penetrado  en  su  economía,  tratando  de convertida en apéndice de la economía de Estados Unidos y por el hecho de que el capital norteamericano se ha apoderado de las materias y de los mercados de venta de las colonias británicas y francesas. Los países derrotados -el Japón y la Alemania Occidental- se hallan bajo el yugo del capitalismo yanqui, maniatados por el régimen de ocupación norteamericana. Y, sin embargo, aún no hace mucho que estos países eran grandes potencias imperialistas, que sacudían los cimientos de la dominación de los Estados Unidos, de Inglaterra y Francia en Europa y Asia. Es inevitable que estos países se esfuercen por destruir la dominación norteamericana y seguir la vía de un desarrollo independiente, aprovechando para este fin las contradicciones existentes entre los imperialistas de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia.

Apoyándose  en  la  gran  experiencia  del  Partido

Comunista   de   la   Unión   Soviética,   los   partidos

 

autodeterminación e incluso a su separación de las potencias imperialistas; proclaman, asimismo, la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, sin distinción de creencias religiosas, sexo, raza o nacionalidad, así como el derecho a usar su lengua nativa en todas las instituciones públicas y oficiales y a recibir la enseñanza en su lengua natal.

En los puntos de su programa sobre la cuestión nacional, los partidos comunistas parten del carácter

de las transformaciones sociales revolucionarias, que objetivamente son necesarias en el país de que se

trate en una etapa dada de su desarrollo.

Factores decisivos para el triunfo del movimiento de liberación nacional contra el imperialismo son la

hegemonía de la clase obrera en la lucha liberadora, la creación y el fortalecimiento de la alianza entre la

clase obrera y los campesinos y, sobre esta base, el frente nacional único en los países dependientes.

El movimiento de liberación nacional de cada país

es, en la actualidad, parte integrante de la lucha general del campo de la paz, de la democracia y el socialismo contra el campo imperialista, antidemocrático, de la reacción y la guerra. Pero, a la par con eso, el crecimiento y fortalecimiento del campo de la paz, de la democracia y el socialismo es un importantísimo factor internacional de los éxitos del movimiento nacional de liberación. La existencia del campo de la paz, de la democracia y el socialismo facilita la lucha de los pueblos oprimidos por su liberación del yugo del imperialismo.

Las relaciones entre los pueblos y los países del campo del socialismo y de la democracia tienen un

carácter socialista,  y se atienen a los principios de

plena  igualdad  de  derechos  y  ayuda  mutua. "...Ningún país capitalista hubiera podido prestar a las democracias populares una ayuda tan eficaz y calificada desde el punto de vista técnico como la que les presta la Unión Soviética. No se trata sólo de que   esa   ayuda   es   barata   en   grado   máximo   y altamente calificada desde el punto de vista técnico. Se trata, ante todo, de que la base de esa colaboración es el sincero deseo de ayudarse mutuamente y de alcanzar un auge económico general".170 La Unión Soviética defiende consecuentemente y sostiene el derecho de cada nación a la libre autodeterminación y    a    su    desarrollo    independiente    y    apoya, desinteresadamente, a todas las naciones oprimidas en su lucha por la independencia y la soberanía nacional.

La política de la Unión Soviética, basada en el reconocimiento   de   la   soberanía   e   igualdad   de

derechos de todas las naciones, grandes y pequeñas, aglutina a los trabajadores de todas las naciones en

un campo antiimperialista único, el campo de la paz, de la democracia y el socialismo.

La  Unión  Soviética  es  poderoso  baluarte  de  la

 

comunistas de los países capitalistas y de las colonias                  

 

defienden  el  derecho  de  todas  las  naciones  a  la

 

170   J.  V.  Stalin.  Problemas  económicos del  socialismo en  la

U.R.S.S., ed. española, Moscú. 1953. pág. 30.

 

 

libertad, la igualdad de derechos, la independencia, la seguridad   y   la   colaboración   pacífica   entre   los pueblos; sus intereses son inseparables de la causa de la paz en todo el mundo.

 

Resumen.

El marxismo-leninismo enseña  que el problema nacional-colonial  no es un problema independiente, sino  que  forma  parte  del  problema  general  de  la

lucha de los trabajadores  contra la opresión social.

El imperialismo ha conducido a la ampliación y fortalecimiento de la opresión nacional-colonial, a la

división del mundo capitalista  en un pequeño grupo

de naciones dominantes y un conjunto de naciones oprimidas, que constituyen la inmensa mayoría de la

población del globo terrestre. El problema nacional-

colonial se ha convertido, en la época del imperialismo, en parte integrante del problema de la lucha contra el imperialismo, del problema de la revolución  socialista  y  de  la  dictadura  del proletariado.   Los  movimientos  de  liberación nacional de los pueblos contra el imperialismo son aliados de la revolución socialista del proletariado  y logran triunfar cuando el proletariado ejerce la hegemonía.

El Estado socialista soviético, multinacional, representa   una   solución  ejemplar   del  problema

nacional. Los partidos comunistas y democráticos de

todos los países, apoyándose en la experiencia de la

U.R.S.S., luchan contra todas las formas de opresión nacional,  por la libertad  y la independencia de los pueblos. La experiencia soviética en la solución del problema nacional se aplica con éxito en los países de democracia popular.

En la actualidad, la solución del problema nacional-colonial   está  vinculada  a  los  éxitos  del

campo de la paz, encabezado por la Unión Soviética. La  U.R.S.S.  es  el  baluarte   de  la  libertad   y  la

independencia de los pueblos de todos los países, el prototipo de su futura colaboración voluntaria, de la amistad y de la unión en las condiciones de triunfo

del socialismo en todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO IX. EL  PAPEL  DE LAS MASAS POPULARES Y DE LA PERSONALIDAD EN LA HISTORIA.

 

 

 

Hemos expuesto, en los capítulos anteriores, cuál es el papel de las masas trabajadoras, como la fuerza productiva más importante de todas, el papel de las masas oprimidas y explotadas en la lucha de clases, en los movimientos revolucionarios y de liberación nacional. En el presente capítulo, estudiaremos el papel de las masas populares y esclareceremos la significación de la personalidad en el desarrollo de la sociedad, vista en su conjunto.

 

1. La concepción idealista del papel de la personalidad  y  de  las  masas   populares  en  la historia, y su falta de fundamento.

Dos concepciones diametralmente opuestas entre

sí se enfrentan en lo tocante al problema del papel de las  masas  populares  y  de  la  personalidad  en  la historia: una concepción científica, la materialista, y otra anticientífica, la idealista.

Entre los sociólogos e historiadores burgueses prevalece  el  punto  de  vista  de  que  la  historia

universal es el resultado de la acción de los grandes

hombres, de los héroes, de los caudillos y los conquistadores. La principal fuerza motriz de la historia,  afirman  los  que  sostienen  este  punto  de vista, son los legisladores, los ideólogos, los reyes, los caudillos; el pueblo constituye, por el contrario, una masa pasiva, inerte. Esta teoría idealista explica la aparición de los Estados y de los poderosos imperios, su florecimiento, su decadencia y su colapso, los movimientos sociales, las revoluciones, en  una  palabra,  todos  los  acontecimientos importantes de la historia, como el resultado de la acción llevada a cabo por las personalidades descollantes. Los millones de hombres sencillos, los creadores de los bienes materiales y de los grandes tesoros de la cultura espiritual, las gentes que participan en los movimientos populares de masas, en las revoluciones y en las guerras de liberación, son ignorados por la historiografía y la sociología idealistas, pues se hallan, según estos ideólogos, al margen de la historia.

El  desprecio  y  la  ignorancia  del  papel  de  las masas populares por parte de los sociólogos y los historiadores anteriores al marxismo y de los que se hallan   actualmente   al   servicio   de   la   burguesía reflejan  el  estado  de  humillación  a  que  las  masas

 

trabajadoras se ven sometidas en la sociedad basada en el antagonismo de clases bajo el yugo de las clases explotadoras y eliminadas por la fuerza de toda participación decisiva en la vida política. Las masas trabajadoras, en todas las formaciones sociales antagónicas, viven agobiadas por la miseria y la carencia de derechos, por la necesidad angustiosa de ganarse el pan de cada día, mientras el timón de la política es empuñado por los individuos de las clases gobernantes, encaramados sobre las espaldas del pueblo. Las teorías idealistas subjetivas, según las cuales las masas son incapaces de crear la historia, ya que esta misión se halla reservada a los "elegidos" (es decir, a la minoría explotadora), van encaminadas a justificar y eternizar este estado de humillación de los trabajadores.

Las concepciones idealistas sobre el papel de la personalidad cobran distinto sentido y significación

social, con arreglo a las condiciones históricas. Así,

por ejemplo, entre los pensadores de la Ilustración francesa del siglo XVIII, estas ideas reflejaban la limitación de horizontes de su visión del mundo, la cual, sin embargo, desempeñó en aquel tiempo, vista en su conjunto, un papel progresivo. Por oposición a la concepción teológica medieval de la historia, los ideólogos de la Ilustración francesa se esforzaban por dar una explicación racional de los acontecimientos. Completamente distintos son el designio y el sentido sociales que encierran las concepciones burguesas de la época posterior acerca del papel de las masas populares y de la personalidad en la historia: en ellas, se expresa la ideología de la burguesía reaccionaria, su odio al pueblo, a los trabajadores, su miedo a la actuación revolucionaria de las masas.

En el siglo XIX, las concepciones reaccionarias idealistas subjetivas sobre el papel de la personalidad y de las masas populares en la historia fueron sostenidas   y   desarrolladas,   entre   los   alemanes, primero por los neohegelianos (Bruno Bauer, Max Stirner) y más tarde por los neokantianos (Max Weber,  Windelband  y  otros).  En  Inglaterra, preconizó esta concepción el historiador y publicista Tomás   Carlyle,   muy   influido   por   el   idealismo alemán.  Carlyle  era  partidario  del  llamado "socialismo feudal", ensalzaba el pasado y acabó por convertirse en un reaccionario descarado. En su libro

 

 

 

titulado Los héroes y el culto a los héroes, escribió: "...La historia universal, la historia de lo que el hombre ha llevado a cabo en este mundo, es, en esencia, tal como yo la concibo, la historia de los grandes hombres que se afanan aquí abajo, sobre la tierra... Cuanto se realiza en este mundo, es, sustancialmente, el resultado material externo, la realización práctica y la plasmación de pensamientos emanados de los grandes hombres que han sido enviados al mundo en que vivimos. Y la historia de éstos  encierra,  en  verdad,  el  espíritu  de  toda  la historia universal". La historia universal se reduce, por tanto, según Carlyle, a las biografías de los grandes hombres.

Defensores de esta concepción idealista subjetiva sobre el papel de la personalidad en la historia fueron los populistas (Lavrov, Mijailovski y otros, con su teoría reaccionaria de los "héroes" y la "multitud") y, más tarde, los social-revolucionarios. Según ellos, la masa del pueblo es una "multitud" inerte y pasiva, algo así como una cantidad infinita de ceros; estos ceros, según observa ingeniosamente Plejánov, sólo pueden llegar a convertirse en una determinada magnitud, con arreglo a la teoría de los populistas, siempre y cuando que vayan detrás de una "unidad críticamente  pensante",  detrás  de  un  héroe.  Los héroes, según esta teoría, crean las nuevas ideas, los ideales, según su propia inspiración y a su capricho, y los comunican a la masa, poniéndola en movimiento. El culto a la personalidad de los héroes: tal es el meollo de la concepción profesada por los populistas y los social-revolucionarios.

Estas ideas de los populistas, ideas reaccionarias y anticientíficas,   llevaban   a   las   más   perniciosas

conclusiones prácticas. La táctica populista del terror

individual arrancaba de la teoría de los "héroes" activos y la "multitud" pasiva, que esperaba con los

brazos  cruzados  las  hazañas  de  los  "héroes".  Esta

teoría era funesta para la revolución, pues entorpecía el desarrollo de la lucha revolucionaria de masas de los obreros y los campesinos. Una de las causas de la derrota de los populistas y los social-revolucionarios fué precisamente su negación del papel decisivo de las masas populares en la historia. La teoría de unos y  otros  sobre  los  "héroes"  y  la  "multitud"  fué sometida a crítica en los trabajos de Lenin y en los de Plejánov.

En la época del imperialismo, la burguesía se vale de  las  "teorías"  reaccionarias  idealistas  subjetivas

sobre el papel de la personalidad en la historia para

fundamentar la ideología de la expoliación imperialista y de la dictadura terrorista del fascismo.

El            más   inmediato   antecesor        ideológico   del

fascismo fué el filósofo alemán Nietzsche. En las obras de Nietzsche se mantiene la más repugnante actitud, una actitud despreciativo-señorial, esclavista- capitalista, ante el pueblo. Según este filósofo, "la humanidad es, indudablemente, más bien un medio

 

que un fin... La humanidad es, simplemente, un material de experimentación, la escoria de un gigantesco  fracaso,  un  campo  de  escombros. Nietzsche se refiere con desprecio a la masa trabajadora, a los que él llama "los demasiados", y considera como natural, normal y justificada la situación de esclavitud que les está reservada en las condiciones del capitalismo. La fantasía demencial de este filósofo le hizo concebir el ideal del "superhombre", de la bestia humana, situada "más allá del bien y del mal", que conculcaba la moral de la  mayoría  y  marchaba  derecha  hacia  su  meta egoísta, hacia el poder por entre incendios y ríos de sangre. El principio fundamental del "superhombre" era la voluntad de poder, y a la luz de él todo se hallaba justificado. Esta fanática y cruel "filosofía" nietzscheana, unida a su teoría racista, fué elevada al rango de ideología oficial del Estado por Hitler y sus secuaces.

La teoría racista del fascismo y la idea fascista del "Führer" se hallan íntimamente relacionadas entre sí y se complementan mutuamente. La teoría racista, sin que pueda apoyarse para ello en fundamento alguno, divide a los pueblos en "superiores" e "inferiores" y afirma que la mayoría de los pueblos sólo son aptos para abonar  el  "suelo de la civilización" y se hallan incapacitados para una obra de creación histórica propia e independiente, para la creación de valores culturales. Al mismo tiempo, los racistas   dividen,   a   su   vez,   la   raza   "superior" inventada  por  ellos  en  representantes  de  primera clase, "de pura sangre", de la raza, en la "élite" y en representantes "de menor cuantía", "inferiores", entre los que ellos cuentan las masas populares. La "élite" la encabeza el Führer, dotado de poderes ilimitados para decidir acerca de la suerte de los pueblos. Esta ideología basada en el odio a la humanidad sirvió al hitlerismo de guía y justificación de su barbarie y de sus bestialidades, de su política de exterminio de millones de seres y de destrucción de miles de aldeas y ciudades.

Las fuerzas reaccionarias imperialistas de los Estados Unidos, Inglaterra y otros países capitalistas vuelven a levantar sobre el pavés el racismo y la teoría idealista sobre el papel decisivo de la personalidad en la historia. Se han manifestado como propagandistas de esta teoría en Inglaterra Bertrand Russell y en los Estados Unidos John Dewey, el historiador Robinson y los publicistas reaccionarios Baldwin, MacCormic y otros. Durante las elecciones presidenciales celebradas en Francia a fines de 1953, Baldwin, acongojado por la actividad de que daban muestras las fuerzas democráticas francesas, escribía en el New York Times que sólo "un nuevo Napoleón" podría "salvar" a Francia. Según él, Francia "no sería capaz de elevarse hasta su grandeza potencial" a menos que "un nuevo Napoleón se encargara de unir y regenerar al pueblo francés".

 

 

 

Lo que caracteriza a la ideología burguesa de la época del imperialismo es el odio a los pueblos y el miedo ante ellos. Los ideólogos del imperialismo presentan al pueblo como una fuerza destructora, y no  como  la  gran  fuerza  creadora.  Para  ellos,  las masas populares no son más que un instrumento, un medio en manos de los representantes predestinados de las clases dominantes, el objeto y no el sujeto de la historia. Y cuanto más se ahonda la crisis del capitalismo y más se agudizan las contradicciones de éste, más se extiende entre la burguesía el culto a las personalidades fuertes, a los führers y caudillos, a los "elegidos", a la "élite".

La concepción idealista sobre el papel de la personalidad y de las masas populares en la historia,

nada tiene que ver con la ciencia. Se halla refutada

por la historia toda. Esta enseña que las personalidades, incluso las más descollantes, no pueden cambiar los rumbos fundamentales del desarrollo histórico, no pueden determinar la forma del régimen social y político, salvar de su ruina a un régimen social caduco ni crear otro nuevo. Los emperadores  romanos  poseían  un  poder  inmenso, pero  fueron  impotentes  para  atajar  la  caída  de  la Roma esclavista.

Ningún personaje histórico puede volver atrás la rueda de la historia. Así lo atestigua bien a las claras,

no sólo la historia antigua, sino también la historia

contemporánea.  No  en  vano  han  sufrido  un descalabro tan ignominioso todos los intentos de los

cabecillas de la reacción imperialista de derrocar el

Poder  soviético  y  acabar  con  el  socialismo  en  la

U.R.S.S.

La   derrota   sin   precedente   de   los   agresores fascistas y de sus animadores imperialistas en los Estados Unidos y en la Gran Bretaña ha sido una enseñanza  aleccionadora  para  quienes  hoy  se empeñan en detener los avances de la sociedad, en volver hacia atrás el carro de la historia. La experiencia de la historia enseña que la política encaminada a la dominación mundial de un Estado y a la esclavización y el exterminio de pueblos enteros y, además, de grandes pueblos, es una política aventurera. La meta de semejante política contradice a la marcha objetiva del desarrollo progresivo de la humanidad, a los intereses de todos los pueblos, y se halla condenada a un fracaso total.

La   principal   falla   teórica   de   la   concepción idealista sobre el papel de la personalidad y de las

masas populares en la historia estriba en ignorar las

leyes que presiden el desarrollo de la sociedad. Quienes la profesan toman como base, para explicar

la  historia,  lo  que  aparece  en  la  superficie  de  los

sucesos de la vida social, lo que salta a la vista, pero ignoran u omiten totalmente (en parte, de un modo inconsciente,  pero  en  gran  parte  falsificando  la historia de manera deliberada) lo que se esconde debajo  de  la  superficie  de  los  acontecimientos  y

 

forma el verdadero fundamento de la historia de la vida   social,   su   fuerza   motriz   más   profunda   y decisiva. Y esto les lleva a considerar el factor dominante como lo secundario, como lo fortuito en el desarrollo histórico.

Los  partidarios  de  la  concepción  idealista subjetiva de la historia entienden que el reconocer la

existencia de leyes en la historia y el papel histórico

de la personalidad son cosas que se excluyen mutuamente. El sociólogo subjetivista dice, como el

personaje de Shedrin: "O la ley o yo". Los sociólogos

de esta tendencia no alcanzan a comprender certeramente la correlación entre la necesidad y la libertad históricas, entre lo necesario y lo fortuito en la historia. Como son metafísicos, contraponen la libertad a la necesidad y no saben descubrir detrás de lo contingente lo sujeto a ley.

Algunos historiadores, filósofos y sociólogos burgueses   han   criticado   la   concepción   idealista

subjetiva de la historia y del papel de la personalidad en ella desde el punto de vista del idealismo objetivo.

Han intentado explicar el curso de la historia como un proceso necesario y sujeto a ley, encontrar los nexos internos que unen los fenómenos sociales, y se

han manifestado en contra de la idea subjetiva que atribuye a la personalidad un papel determinante en

la historia. Pero también los idealistas objetivos deforman la historia. En primer lugar, caen en el extremo contrario, por cuanto que niegan de plano la

influencia de la personalidad en la marcha de los acontecimientos   históricos,   dejándose   llevar   del

misticismo, del fatalismo. En segundo lugar, los partidarios  del  idealismo  objetivo,  como  todos  los

idealistas, niegan el papel decisivo de las masas populares  en  la  historia.  Para  ellos,  las personalidades y los pueblos actúan como juguetes

en manos de fuerzas sobrenaturales, en manos del

"destino". La concepción fatalista del desarrollo histórico  se  halla  vinculada  en  gran  parte  a  la

concepción religiosa del mundo, reflejada en la frase

según la cual "el hombre propone y Dios dispone".

Es   ésta   la   concepción   fatalista   del   proceso histórico a que llega Hegel en su Filosofía de la historia. Este filósofo trata de descubrir las leyes que rigen el desarrollo social y critica la simplista concepción de los subjetivistas de su tiempo, pero ve el fundamento del proceso histórico en el "Espíritu universal". Llama a los grandes personajes históricos los  "representantes  del  Espíritu  universal";  el "Espíritu universal" se vale de ellos como instrumentos suyos, sirviéndose de sus pasiones para alcanzar el grado históricamente necesario de su desarrollo. Los pueblos y los grandes hombres, reducidos así a instrumentos del Espíritu universal, de  Dios,  son  impotentes  para  cambiar  en  nada  el curso  de  las  cosas,  "predestinado"  por  él.  Y  así, Hegel y sus partidarios caen en el fatalismo y condenan a los hombres a la inacción, a la pasividad.

 

 

 

Un importante paso de avance en el desarrollo de las concepciones acerca del papel de la personalidad y las masas populares en la historia se contiene ya en las  doctrinas  de  los  historiadores  franceses  de  la época de la Restauración, Guizot, Thierry, Mignet y sus continuadores (Monod y otros). En sus investigaciones,   estos   historiadores   comienzan   a tener en cuenta la acción de las masas populares en la historia, el papel de la lucha de clases (en lo tocante al pasado, en particular con respecto a la lucha contra el feudalismo). Sin embargo, aunque procuren, por oposición  a  los  subjetivistas,  subrayar  la significación de la necesidad histórica, caen en el extremo contrario: pasan por alto la importancia de la personalidad como factor que puede acelerar o entorpecer la marcha del proceso histórico.

El materialismo histórico surge y se desarrolla luchando contra todas las modalidades de las concepciones idealistas acerca del papel de la personalidad y las masas populares en la historia. Marx y Engels critican las doctrinas subjetivistas de los neohegelianos -Bruno Bauer y compañía- sobre el papel de la personalidad en la historia, las doctrinas de los socialistas utópicos, que soñaban con la instauración del régimen socialista por obra de la acción de unos cuantos individuos heroicos, de los inventores de planes encaminados a la estructuración ideal de la sociedad, de los legisladores y de los filántropos ricos. Criticando la teoría burguesa de la "robinsonada", escribía Engels:

"La creencia de que los actos políticos de los caudillos y del Estado son el factor decisivo de la

historia  es  una  creencia  tan  vieja  como  la  propia

historiografía, y a ella se debe muy en primer término el hecho de que sepamos tan poco de la callada revolución que impulsa realmente a los pueblos y que se oculta al fondo de esas ruidosas escenas. Esta creencia ha presidido toda la historia pasada, hasta que vinieron a asestarle el primer golpe los historiadores burgueses de Francia en la época de la Restauración".171

Para valorar certeramente el papel de la personalidad en la historia, en el desarrollo social, era necesario,  ante  todo,  comprender  el  papel  de  las masas populares, creadoras de la historia. Y esto era precisamente lo que no podían hacer los representantes de las teorías idealistas del desarrollo social. La comprensión del papel histórico creador de las masas populares les era ajena. Se reflejaba en ello la limitación de clase de los horizontes mentales de los sostenedores de tales teorías.

Entre todas las doctrinas anteriores al marxismo hay que destacar, porque marcan un formidable paso de avance en la solución del problema en torno al papel de las masas populares y de la personalidad en la  historia,  las  de  los  demócratas  revolucionarios rusos   de   mediados   del   siglo   XIX,   Belinski,

 

Chernichevski,  Dobroliubov  y  otros.  El  punto  de vista adoptado por ellos ante la historia se hallaba impregnado del espíritu de la lucha de clases. Estos pensadores consideraban la acción de los personajes históricos en relación con el movimiento de masas, en relación con las condiciones objetivas de la época. Las personalidades históricas, los grandes personajes, decían  los  autores  a  que  nos  referimos,  aparecen como consecuencia de las circunstancias históricas y expresan, de uno u otro modo, las necesidades de la sociedad de su tiempo.

La personalidad histórica -escribía N. A. Dobroliubov- se ve coronada por el éxito en sus actos cuando sus fines y sus aspiraciones responden a las necesidades ya maduras del pueblo, a las exigencias de los tiempos. "... Los grandes reformadores históricos ejercen una gran influencia sobre el desarrollo  y  el  curso  de  los  acontecimientos históricos en su tiempo y en su pueblo -leemos en Dobroliubov-, pero conviene no olvidar que, antes de que comiencen a influir, ellos mismos se hallan bajo la influencia de las ideas y las costumbres de aquel tiempo y aquella sociedad sobre los que más tarde habrán de actuar con la fuerza de su genio... La historia sólo se ocupa de los hombres, incluso de los grandes hombres, en la medida en que adquieren una significación relevante para el pueblo o para la humanidad. Por consiguiente, el principal cometido de  la  historia  de  un  grande  hombre  consiste  en señalar cómo supo aprovecharse de los medios que tenía ante sí en la época en que vivió y cómo se expresaban en él los elementos del desarrollo vivo que supo encontrar en su pueblo".172

Para Chernichevski y Dobroliubov, el pueblo es la fundamental fuerza de acción de la historia. Sin el pueblo, los llamados grandes hombres no podrían fundar reinos e imperios ni librar guerras; no podrían crear historia.

Los demócratas revolucionarios Belinski, Chernichevski y Dobroliubov llegaron, en este problema,  hasta  los  mismos  umbrales  del materialismo  histórico.  No  pudieron,  sin  embargo, por razón de las condiciones históricas y por razón de la posición de clase que ocupaban, como ideólogos de los campesinos, desarrollar consecuentemente el punto de vista de la lucha de clases. La falta de madurez de las relaciones sociales en la Rusia de mediados del siglo XIX les impedía desentrañar de un modo consecuente la concepción materialista del mundo, haciéndola extensiva también al campo de la vida social. Pero su democratismo revolucionario, su afinidad  con  el  pueblo  trabajador,  con  los campesinos, cuyos anhelos expresaban, los ayudaron a ver lo que no veían los historiadores burgueses de aquel entonces ni ven tampoco los de hoy: el papel de las masas populares, como la fuerza cardinal del

 

 

 

171 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., pág. 167.

 

172 N. A. Dobroliubov, Obras completas, ed. rusa, t. III, pág. 120.

 

 

 

desarrollo histórico.173

El materialismo histórico enseña que, en el curso real  de  la  historia,  junto  a  las  causas  generales  y

principales,  que  determinan  en  lo  fundamental  los

rumbos del desarrollo histórico, influyen también las múltiples condiciones históricas concretas, que contribuyen a modificar el desarrollo y determinan tales o cuales particularidades de la historia de cada pueblo. y en la marcha de los acontecimientos, así como en su desarrollo más acelerado o más lento, ejerce considerable influencia la acción de los hombres que se hallan a la cabeza del movimiento. Son los mismos hombres quienes hacen su historia, aunque no siempre de un modo consciente. Según la expresión  de  Marx,  los  hombres  son,  al  mismo tiempo, los autores y los actores de su propio drama.

La historia de la humanidad la hacen los hombres, pero no de un modo caprichoso, ni en circunstancias libremente elegidas por ellos, sino con sujeción a condiciones objetivas y a leyes, que no dependen de su voluntad. Y la historia no se mueve con velocidad uniforme. Unas veces, el movimiento histórico es extraordinariamente lento, mientras que en las épocas revolucionarias su ritmo se acelera de un modo gigantesco.

El   pueblo   soviético,   dirigido   por   el   Partido

Comunista, sabe ahora, prácticamente, cómo es posible acelerar la marcha de la historia. Así lo atestiguan el cumplimiento antes de plazo de los planes   quinquenales   y   la   transformación   de   la

 

173 Encierran un gran interés las ideas de N. L. Tolstoi acerca del papel de las masas populares y de la personalidad en la historia. Refiriéndose a la Historia de Rusia desde los tiempos más antiguos, de C. M. Soloviev, escribía el gran novelista: "Estoy leyendo la Historia de Soloviev. Según esta Historia, en la Rusia anterior a Pedro todo era indecente: crueldad, robo, tormentos, zafiedad, estupidez, incapacidad para hacer nada. Era difícil co- rregir el gobierno. Y este mismo gobierno indecente ha llegado hasta nuestros días. Leyendo esta historia, llega uno involuntariamente a la conclusión de que la historia de Rusia es una cadena de indecencias.

Pero ¿cómo explicarse que esta cadena de deformidades haya dado como fruto un Estado grande y unido?

¿Acaso esto no demuestra que no fué el gobierno el que hizo la historia?

Pero, además, leyendo cómo robaban, gobernaban, guerreaban y

devastaban (pues sólo de esto nos habla la historia) llega uno, involuntariamente, a preguntarse: ¿qué robaban y devastaban? y de esta pregunta, se pasa a esta otra: ¿quién producía lo que devastaban?  ¿Quién  y  cómo  alimentaba  de  pan  a  todo  este pueblo? ¿Quién hacía los brocados, las alfombras, los vestidos, las  sedas  con  que  se  pavoneaban  los  zares  y  los  boyardos?

¿Quién cazaba los zorros negros y las martas cibelinas que se regalaban a los embajadores, quién extraía el oro y la plata, quién

criaba los caballos, los toros y los carneros, quién construía las casas, los palacios y las iglesias, quién transportaba las mercancías? ¿Y quién mantenía y traía al mundo a todas estas gentes, nacidas todas de la misma raíz? ¿Quién velaba por la

sagrada poesía religiosa del pueblo, quién hizo que un Bogdán Jmelnitskii se entregase a Rusia, y no a Turquía o a Polonia?" (L. N. Tolstoi, Obras completas, ed. rusa, t. LXVIII, pág. 124).

Como exponente de lo  época de los campesinos patriarcales,

Tolstoi veía en el pueblo el creador de los bienes materiales y espirituales y la gran fuerza de la historia.

 

U.R.S.S. de un país agrario en una formidable potencia socialista industrial, con una agricultura koljosiana.

Las posibilidades de acelerar la historia dependen del nivel social de desarrollo económico alcanzado,

de los efectivos numéricos de las masas que toman

parte activa en la vida política, de su grado de conciencia y organización y de su capacidad para comprender cuáles son sus intereses cardinales. Los guías, los ideólogos de las clases avanzadas, al comprender las condiciones de su tiempo y saber qué debe hacerse para que cambien, pueden contribuir a elevar el grado de organización y de conciencia de las masas, dirigir el movimiento de éstas y acelerar con ello la marcha de los acontecimientos. Si los dirigentes no saben interpretar certeramente las condiciones  y  las  exigencias  de  la  época  en  que viven, pueden, con su dirección desacertada, demorar el triunfo de las fuerzas progresivas y, hasta cierto punto, amortiguar la marcha del desarrollo social.

 

2. El pueblo, creador de la historia.

Al   descubrir   Marx   y   Engels   que   la   fuerza

determinante del desarrollo social es el modo de producción  de  los  bienes  materiales,  sentaron  la

posibilidad  de  poner  de  relieve  y  de  esclarecer

científicamente hasta en sus últimas raíces el papel de  las  masas  populares  en  la  historia  y  en  el desarrollo  de  la  sociedad.  La  doctrina  del materialismo histórico acerca del carácter objetivo de las leyes del desarrollo de la sociedad, del papel determinante del modo de producción y de la lucha de clases como fuerza motriz de la historia de toda sociedad de clases, constituye la base para poder resolver científicamente el problema de las relaciones mutuas entre las masas populares, las clases, los partidos y los jefes y el papel respectivo que cada uno de estos factores desempeña en el desarrollo social. La historia de la sociedad es, ante todo, la historia de los modos de producción que a lo largo de ella se suceden, y, a la par con ello, la historia de los productores de los bienes materiales, la historia de las masas trabajadoras, fuerza fundamental del proceso de producción y de la historia de los pueblos.

El            pueblo   forja   la   historia,   principalmente, produciendo bienes materiales; crea con su trabajo

los grandes valores de la cultura material y espiritual, hace  cambiar  los  instrumentos  de  producción  y

desarrolla las fuerzas productivas de la sociedad. Hasta abrumados por la más cruel opresión de clase y soportando  el  pesado  yugo  del  trabajo  coercitivo,

como esclavos y como siervos, los productores de los bienes  materiales,  los  trabajadores,  impulsaban  la

marcha de la historia de la humanidad. Los cambios a primera vista imperceptibles introducidos en los instrumentos de trabajo por millones de hombres a lo

largo de los siglos, preparaban y engendraban grandiosas revoluciones en el campo de la técnica.

 

 

 

Los historiadores burgueses de la técnica gustan de destacar en primer plano el genio creador de los sabios y los inventores individuales, atribuyéndoles todas las conquistas del progreso técnico. Pero los grandes descubrimientos técnicos no sólo son preparados por el curso de la producción, sino que, por regla general, son provocados por él. La posibilidad de aprovechar los descubrimientos técnicos depende de las necesidades y del carácter de la producción, y depende, asimismo, de la existencia de  una  fuerza  de  trabajo  capaz  de  producir  y  de aplicar los nuevos instrumentos de producción.

Un invento técnico o un descubrimiento científico sólo  influye  en  la  marcha  del  desarrollo  social

cuando logra aplicarse en masa en la producción. De aquí que el reconocimiento de la gran significación

de los inventores y los inventos, de los descubrimientos científicos, no refute, ni mucho menos, la tesis del materialismo histórico según la

cual la historia de la sociedad es un proceso regido por  leyes  y  determinado  por  el  desarrollo  de  la

producción; es, ante todo, la historia de los trabajadores, la historia de los pueblos. La actividad de los grandes inventores forma parte integrante de

este proceso, regido por sus leyes.

La producción de bienes materiales es la característica específica de la sociedad y de las leyes

especiales que rigen su desarrollo. Sin producción,

no existiría la sociedad: la producción es la base material determinante de la historia. El desarrollo de

la sociedad y las grandes transformaciones sociales

se determinan, en última instancia, por el desarrollo de las fuerzas productivas.

El principal motor de desarrollo de las fuerzas productivas son y han sido siempre las nuevas relaciones  de  producción.  Ahora  bien,  ¿cómo  las

nuevas relaciones de producción impulsan las fuerzas productivas y condicionan su desarrollo? Las fuerzas

productivas las desarrollan los hombres mismos. Y la energía desplegada por millones de hombres, por los trabajadores, depende de los estímulos creados por

las nuevas relaciones de producción.

Así, pues, el desarrollo de las fuerzas productivas, llevado a cabo por las masas trabajadoras, determina

y ha determinado siempre, en fin de cuentas, toda la

marcha del desarrollo social, el cambio de unas formaciones sociales por otras, de las inferiores por

las superiores.

Los idealistas sostienen, sin embargo, que hay una esfera de actividades que no pertenece al pueblo, a los hombres sencillos, sino a los grandes genios, en los que brilla "la chispa de la divinidad": esta esfera es, según ellos, la de las actividades del espíritu, la de la ciencia, la filosofía y el arte.

Grande e indiscutible es, sin duda, la función del genio  en  el  arte  y  en  la  ciencia.  Pero,  con  serlo,

 

creadora. Sin hablar de que es el trabajo desarrollado por el pueblo en la esfera de la producción material lo  que  permite  al  sabio,  al  escritor,  al  poeta  y  al artista disponer de los ocios necesarios para su obra creadora, la fuente misma de un arte auténticamente grande se halla en el pueblo. Es éste quien da al poeta y al escritor su lengua, creada por él a lo largo de los siglos. El pueblo es el creador, el portador y el depositario del lenguaje. El pueblo ha creado la epopeya, las canciones, los cuentos, los refranes, los proverbios, expresión de la sabiduría popular, y los grandes escritores, poetas y compositores toman sus temas, imágenes y motivos musicales del venero inagotable  de  la  creación  poética  y  artística  del pueblo.

La vida del pueblo y la creación popular son fuentes  de  sabiduría  e  inspiración  para  todos  los

grandes escritores, poetas, compositores y artistas. La

grandeza de la literatura clásica rusa reside precisamente   en   la   riqueza   de   su   contenido

ideológico, en su entraña popular. Expresa el espíritu

y los anhelos de las clases avanzadas y las fuerzas progresivas; recoge y traduce en mayor o menor medida las ansias y las esperanzas del pueblo. Gorki, el gran clásico de la literatura rusa, soviética y universal, escribió:

"El pueblo no es solamente la fuerza creadora de todos los valores materiales; es, además, el manantial único e inagotable de los valores espirituales, el primer filósofo y el primer poeta, el primero en el tiempo y por la belleza y el genio de sus creaciones, el creador de todos los grandes poemas, de todas las tragedias de la tierra y, sobre todo, de la más grande de todas, de la historia de la cultura universal"174

El pueblo, pese a la opresión y a los sufrimientos abrumadores  a  que  se  ve  sometido,  ha  revelado

siempre   una   profunda   vida   interior.   Ha   sabido reflejar su vida en la epopeya, en los relatos, en las

canciones, elevándose a veces a creaciones artísticas tan grandiosas como las de un Prometeo, un Fausto, una Vasilisa Premudraia o un Ilía Murovietz. "Las

mejores obras de los grandes poetas de todos los tiempos manan del venero de la creación colectiva

del pueblo... La caballería andante fué ridiculizada en los  relatos  populares  antes  de  que  Cervantes  lo hiciera,   y   con   la   misma   malicia   y   la   misma melancolía con que él habría de hacerlo".175  Cuando el arte se aparta de esta fuente vivificadora de la inspiración popular, languidece y degenera.

En el primer plano de la escena de la vida política de la historia universal aparecían en el pasado, preferentemente,  las  clases  dominantes  y explotadoras y sus representantes. Las clases oprimidas  parecían  hallarse  completamente  al margen  de  la  política.  Las  masas  trabajadoras,  en todas las sociedades basadas en el antagonismo de

 

también  aquí,  en  el  campo  de  la  cultura  espiritual,               

 

corresponde la gran misión al pueblo y a su acción

 

174 M. Gorki, Obras completas, ed. rusa, t. XXIV, pág. 16.

175 M. Gorki, Obras completas, ed. rusa, t. XXXIII.

 

 

 

clases, viven abrumadas bajo el peso de la explotación, la miseria, las privaciones y la opresión política y espiritual. Si exceptuamos los períodos de los grandes cambios de la historia, diríase que las masas se hunden en el letargo mientras la historia se hace. En 1918, escribía Lenin: "... Hace cien y más años, creaban la historia un puñado de nobles y unos cuantos intelectuales burgueses, mientras las masas de obreros y campesinos dormitaban. Ello hacía que la historia sólo pudiera arrastrarse, entonces, con una lentitud desesperante".176  Al decir esto, Lenin se refería  al  hecho  de  que  el  pueblo,  en  aquellos tiempos, se veía apartado por las clases explotadoras de toda participación decisiva en la política.

Pese a eso, también en el pasado desempeñaron las  masas  populares  un  gran  papel  en  la  lucha política.   Desde   el   momento   mismo   en   que   la sociedad se escindió en clases, fué la lucha de clases la fuerza motriz de la historia, como lo sigue siendo en todas las formaciones capitalistas. Y la lucha de clases es, ante todo, la lucha de las masas populares oprimidas y explotadas contra los explotadores. Las masas populares han desempeñado un papel activo y decisivo en todos los combates de clases, en las guerras de liberación nacional y en las revoluciones sociales.

En la época de las guerras de liberación, la necesidad de defender el hogar y la patria contra la agresión de los esclavizadores extranjeros puso en pie   a   las   masas   populares   y   las   lanzó   a   la participación consciente en la lucha. La historia de los pueblos de la U.R.S.S. abunda en ejemplos que demuestran el papel decisivo desempeñado por las masas populares en el aplastamiento de los invasores y en la defensa de la patria. En la lucha contra los caballeros teutónicos y contra el yugo de los tártaro- mongoles, en la guerra de independencia patria de

1812 contra las tropas napoleónicas: en todos estos combates, el gran pueblo ruso, dirigido por estrategas

tan   gloriosos   como   Alejandro   Nevski,   Dimitri

Donskoi,  Iván  el  Terrible,  Alejandro  Suvórov  y

Mijail Kutúsov, salvó, no sólo a su patria, Rusia, sino a los pueblos de Europa y a la civilización europea.

El ejemplo de la guerra de 1812 revela claramente el papel de las masas populares y el papel de la personalidad  en  el  curso  y  en  el  desenlace  de  la

guerra. Sólo fué posible aniquilar a las tropas napoleónicas  cuando  se  levantó  en  defensa  de  la

patria todo el pueblo ruso, grandes y pequeños. El ejército regular logró cumplir con su importante misión libertadora gracias al apoyo del pueblo. El

genial estratega ruso Kutúsov, con su inteligencia y su arte militar, aceleró y facilitó la victoria sobre el

enemigo.  El  arte  del  jefe  militar  adquiere,  así,  a veces, en presencia de otras condiciones, una importancia grande, siempre y cuando que se ponga

al servicio de los intereses del pueblo, de la nación,

 

de las clases avanzadas, al servicio de los intereses del movimiento progresivo, de los objetivos de una guerra justa.

Napoleón fué derrotado en Rusia, a pesar de su genio militar y de su gran experiencia guerrera. Y fué

derrotado   porque   el   desenlace   de   la   guerra   lo

decidieron causas más profundas y, ante todo, los intereses nacionales de los pueblos a quienes el imperio trataba de sojuzgar. Los intereses vitales de los pueblos demostraron ser más poderosos que el genio de Napoleón y el ejército por él acaudillado.

Y aún es más clara la participación consciente de las masas populares en la creación de la historia, durante las épocas revolucionarias. Lenin escribe, destacando la grandiosa misión de estas masas, en tiempos de revolución:

"La revolución es la fiesta de los oprimidos y los explotados. Nunca como en los tiempos revolucionarios se halla la masa del pueblo en condiciones de participar activamente en la creación del nuevo orden social. En estos momentos, el pueblo es capaz de hacer milagros".177

El paso de una formación social a otra se lleva a cabo siempre por medio de revoluciones sociales. Y, aunque en las revoluciones del pasado los frutos de la victoria no los recogieran, por lo regular, las masas, son  las  masas  del  pueblo  quienes  desempeñan  en ellas el papel fundamental y decisivo, actuando como su fuerza de choque.

Del volumen de las masas que participen en la revolución y del grado de su conciencia y organización dependen siempre el alcance de la revolución, su profundidad y sus resultados. La Revolución Socialista de Octubre fué la revolución más profunda de toda la historia universal porque en ella salieron a la escena histórica, encabezadas por la clase más revolucionaria -por el proletariado y su partido-, masas gigantescas de trabajadores, en número de muchos millones de hombres; y estas masas destruyeron todas las formas de opresión y explotación e hicieron cambiar todas las relaciones sociales, tanto en el campo de la economía y en el de la política como en el plano de la ideología y de los hábitos humanos.

Las clases explotadoras temen a las masas, temen al pueblo. Por eso, incluso en los momentos de las

revoluciones burguesas, en que la burguesía desempeñaba, en  general, un  papel revolucionario,

por ejemplo en la revolución francesa de 1789-1794, la vemos mirar con temor a los descamisados, al pueblo sencillo. Y el odio de la burguesía hacia el

pueblo es todavía mucho mayor en nuestra época, en que la revolución va dirigida contra los fundamentos

del capitalismo, contra el imperialismo, contra la burguesía, en que las extensas masas del proletariado y  de  otras  clases  oprimidas  irrumpen  en  la  vida

política, se lanzan a la actividad creadora histórica

 

 

 

176 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVII, pág., 136.

 

177 V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. IX. pág. 93.

 

 

 

consciente.

Los ideólogos reaccionarios de la burguesía y sus acólitos, los dirigentes de los socialistas de derecha,

se  esfuerzan  por  desviar  a  los  trabajadores  de  la

revolución socialista, por intimidar a la clase obrera frente a los grandiosos objetivos de la gobernación del Estado y de la creación de una nueva sociedad. Sostienen que las masas son incultas e ignorantes, no conocen el arte de gobernar, que sólo saben destruir, pero son incapaces de crear.

Pero no es posible asustar a la clase obrera con el fantasma  de  las  dificultades  de  la  revolución.  El

marxismo-leninismo inculca a las masas populares

una profunda fe en sus fuerzas creadoras. Los maestros  y  jefes  del  proletariado,  Marx,  Engels  y

Lenin, han creído siempre, inquebrantablemente, en

el instinto revolucionario de las masas proletarias, en la inteligencia de las masas trabajadoras. Sabían que en el pueblo laten, ocultas, inagotables fuerzas y talentos  creadores.  Y  nos  enseñan  que  es precisamente la revolución la que eleva al plano de la creación histórica a los millones de hombres, a las masas, al pueblo.

La marcha de la revolución socialista y la lucha por el socialismo han venido a confirmar plenamente

las previsiones de aquellos geniales guías. La Gran

Revolución Socialista de Octubre ha despertado a la acción histórica creadora, como ninguna otra revolución del pasado, las gigantescas fuerzas del pueblo, abriendo con ello la posibilidad de un florecimiento de innumerables talentos en todos los campos de la economía, de la vida del Estado, del arte militar y de la cultura.

Al despertar las fuerzas creadoras del pueblo, la Gran  Revolución  Socialista  de  Octubre  ha  abierto una nueva era en la historia de la humanidad, cuyo signo  característico  es  el  gigantesco  ascenso  del papel de las masas populares. Y esto no es sino el resultado de las condiciones objetivas de desarrollo de la sociedad en la época de la revolución socialista y del socialismo. También en las épocas históricas pasadas se habían levantado las masas explotadas contra sus opresores. Pero, en aquellos tiempos, aún no era posible destruir la explotación y la opresión del hombre por el hombre, pues no se daban todavía, en  aquel  entonces,  las  premisas  materiales  para liberar  al  hombre  de  la  explotación.  Estas condiciones fueron madurando en la época del capitalismo  y,  principalmente,  en  la  etapa imperialista de su desarrollo. Así se explica que las revoluciones pasadas no hicieran más que cambiar la forma de la explotación, sin acabar con ésta.

Las insurrecciones de los esclavos y de los campesinos siervos eran derrotadas por la dispersión,

la      desorganización,      la      ignorancia      y      el

atolondramiento de los esclavos y los siervos. Y la desorganización  y  el  carácter  espontáneo  de  estos

movimientos    tenían    su    razón    de    ser.    Eran,

 

cabalmente, el resultado de las condiciones de producción de las sociedades esclavista y servil.

La potencia invencible de la clase obrera, su cohesión, su fuerza de organización y su grado de

conciencia, su capacidad para conducir a todas las masas  oprimidas  y  explotadas,  se  derivan  de  la

situación especial que la clase obrera ocupa en el sistema de la producción capitalista. La clase obrera, concentrada   en   grandes   masas   en   los   centros

industriales, se organiza y disciplina a través del proceso de producción en las grandes fábricas. Todas

las condiciones de su vida y el curso de la lucha de clases van preparando al proletariado para el cumplimiento de su misión histórica de enterrador

del capitalismo y forjador del socialismo, de jefe de todas las masas explotadas y oprimidas. Pero, de otra

parte, sin la participación de las más extensas masas oprimidas en la revolución socialista y en la creación de   las   nuevas   formas   sociales   de   vida,   sería

imposible llegar a resolver los problemas inmensamente  difíciles  y  complicados  que  lleva

consigo la destrucción de todo lo caduco y reaccionario y la construcción de un nuevo régimen avanzado de vida, del régimen socialista. Así, pues,

tanto las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad como  la  grandiosidad  de  las  tareas  históricas,  la

profundidad de las transformaciones revolucionarias y la naturaleza misma de la clase obrera, todo ello determina el creciente papel histórico de las masas

populares en la revolución socialista.

En las revoluciones burguesas, el objetivo fundamental de las masas trabajadoras consistía en

llevar  a  cabo  una  acción  negativa,  destructiva:  en

destruir las supervivencias del feudalismo, de la monarquía, de la Edad Media. En la revolución socialista, las masas oprimidas, encabezadas por el proletariado y su partido, no se limitan a eso, sino que persiguen, además, un objetivo consciente y creador: echar las bases de la sociedad socialista y de su supraestructura. El espíritu creador de las masas proletarias revolucionarias hizo surgir los Soviets de diputados obreros, llamados a convertirse en la forma propia de la dictadura del proletariado.

La iniciativa y la actividad histórica creadoras y conscientes de las masas populares se despliegan con una fuerza especial en las condiciones de la dictadura de la clase obrera. En la sociedad soviética y en los países de democracia popular, las masas, dirigidas por los partidos comunistas y obreros, forjan conscientemente la historia, están creando conscientemente un mundo nuevo, el mundo del socialismo y del comunismo. Las masas populares, después de sacudir el yugo de la esclavización económica y espiritual, dan pruebas de una energía creadora, una iniciativa y un heroísmo sin precedente en  la  historia,  que  permiten  a  la  nueva  sociedad vencer  todas  las  dificultades  y  las  contradicciones que puedan surgir.

 

 

 

Con el socialismo, como en las épocas históricas anteriores, las masas trabajadoras mueven hacia adelante la producción de bienes materiales, impulsadas por la fuerza de la necesidad económica. La condicionalidad económica de la acción de las masas sigue manteniéndose en las condiciones del socialismo. También en este régimen descansa la actividad laboriosa de las masas sobre leyes económicas objetivas, independientes de la voluntad de los hombres. Pero, en el socialismo, los trabajadores dejan de ser esclavos de la necesidad económica, histórica, porque, con el socialismo, ésta no actúa ya como una fuerza ciega, hostil y espontánea: no sólo se la comprende, se tiene conciencia de ella, sino que, además, se la utiliza en interés de toda la sociedad, en interés del pueblo.

En el socialismo, las masas populares se hallan vitalmente  interesadas  por  los  resultados  de  su trabajo: aquí, las masas trabajan para sí mismas, para su clase y para su sociedad socialista. Las relaciones socialistas de producción, la acción de la ley fundamental  del  socialismo,  hacen  surgir  la emulación socialista de millones de personas, como método de construcción del socialismo y del comunismo. En el socialismo, las masas populares no construyen solamente fábricas y centros industriales, minas, ferrocarriles, koljóses y sovjóses, sino que construyen, además, su propio Estado y participan de un modo decisivo en la vida política del país. Y esta intervención diaria y decisiva de las masas en el gobierno de la economía y del Estado caracteriza el papel sustancialmente nuevo que a las masas populares  les  corresponde  como  creadoras conscientes de la historia, en las condiciones del socialismo.

Antes de la victoria del socialismo, las masas vivían en la opresión y en la ignorancia, condenadas

a  la  incultura  y  el  oscurantismo.  La  revolución

socialista y el triunfo del socialismo han abierto posibilidades hasta entonces insospechadas de actividad creadora de las masas en el desarrollo de una cultura nueva y superior, al servicio del pueblo, al servicio de toda la sociedad. Por vez primera en la historia, la humanidad cuenta, en la sociedad socialista, con una intelectualidad nueva, socialista, que sirve al pueblo y se halla unida a él por miles de vínculos.  Juntamente  con  su  intelectualidad socialista, el pueblo soviético lleva a cabo una construcción cultural sin precedente en la historia y desarrolla la ciencia, la literatura y el arte.

La fuente y la causa del ritmo de desarrollo de la economía nacional y de la cultura en la U.R.S.S. y en

los países de democracia popular, ritmo jamás hasta

ahora conocido en la historia, se halla en el nuevo régimen económico y político; en la actividad histórica creadora, libre y sin cesar creciente, de las más extensas masas populares. El gran pueblo soviético,   encabezado   por    el   partido    de   los

 

comunistas, defendió su patria en la guerra civil de

1918-1920, sacudió el yugo de los intervencionistas extranjeros  y  los  guardias  blancos,  restauró  las

fábricas y los centros industriales, el transporte y la

agricultura. En menos de dos decenios de trabajo pacífico de restauración y de creación, basándose en el régimen soviético, el pueblo creó una industria de primera  clase,  y  una  agricultura  socialista mecanizada, fundó una nueva sociedad, la sociedad soviética, y aseguró el más grandioso florecimiento de la cultura. En esto se revela la inagotable fuerza creadora de las masas trabajadoras liberadas.

La potencia del pueblo liberado se manifestó con una claridad insuperable durante los años de la gran

guerra   patria   de   la   U.R.S.S.   (1941-1945).   La

Alemania hitleriana, valiéndose de los recursos materiales de la Europa por ella esclavizada, invadió

pérfidamente  la  Unión  Soviética.  La  situación  del

país llegó a ser muy difícil y, en determinados momentos, crítica. En los años de 1941 y 1942, el

enemigo  se  presentó  a  las  puertas  de  Moscú  y

Leningrado y en las orillas del Volga. Cayeron en su poder grandes regiones industriales en el Sur y el Oeste del país y las fértiles regiones de Ucrania, el Kubán y el Norte del Cáucaso. Los aliados, los Estados Unidos e Inglaterra, las clases gobernantes de estos países, deseosos de que la Unión Soviética se  desangrara,  no  se  decidían  a  abrir  el  segundo frente. Los políticos burgueses europeos y norteamericanos, incluyendo entre ellos al general Marshall, entonces jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, entreteníanse en calcular cuántas semanas tardarían los alemanes en dominar a la U.R.S.S. Pero el pueblo soviético, encabezado e inspirado por el Partido Comunista, encontró en sí mismo las fuerzas necesarias para pasar de la defensiva a la ofensiva e infligió a las tropas hitlerianas la más ruda derrota, destrozó al enemigo y alcanzó la más grande victoria. Y las increíbles dificultades que el pueblo soviético experimentó en esta guerra no abatieron su voluntad férrea e inquebrantable, su valeroso espíritu, sino que los templaron y fortalecieron todavía más.

En la lucha por el socialismo y en la gran guerra patria contra la Alemania hitleriana brilló por sobre todo la acción del pueblo ruso, reconocido como la fuerza de vanguardia entre todos los pueblos de la Unión Soviética. El pueblo ruso se hallaba preparado para desempeñar este papel dirigente por toda la marcha del desarrollo histórico, por la lucha contra el zarismo y el capitalismo. Todo el pueblo soviético se ganó legítimamente la admiración y la gloria del mundo, por su heroísmo.

El pueblo soviético, creador y avanzada de la sociedad socialista, se convirtió en un pueblo combatiente. Y, con sus hazañas, con su sangre, su trabajo y su maestría militar, defendió y salvó, no sólo el honor, la libertad y la independencia de su

 

 

 

patria, sino, además, toda la civilización europea. En esto reside su mérito inmortal ante la humanidad entera.

Las fuentes de la grandiosa fuerza del pueblo soviético  residen  en  el  régimen  social  y  político

socialista, en el vivificante patriotismo soviético, en

la unidad político-moral de la sociedad soviética, en la indestructible amistad fraternal de los pueblos de la U.R.S.S., en la dirección del Partido Comunista, pertrechado con el conocimiento de las leyes del desarrollo social, y en la ideología socialista, que infunde a las grandes masas la conciencia de sus cardinales intereses, claridad de perspectivas y la seguridad del triunfo del comunismo.

Durante los años de la segunda guerra mundial, el enemigo  destruyó  cientos  de  ciudades  soviéticas, miles de aldeas, fábricas y centros industriales, koljóses, estaciones de máquinas y tractores, sovjóses y ferrocarriles. Quienes contemplaron tanta destrucción pudieron creer a primera vista que harían falta decenas de años para poner de nuevo en pie lo destruido por el enemigo. Pero, a la vuelta de tres o cuatro  años,  la  industria  y  la  agricultura  de  la U.R.S.S. se hallaban ya plenamente restauradas. Y, a fines de 1951, la producción industrial de la U.R.S.S. se  había  elevado al doble sobre el nivel de la  de

1940. De las ruinas y las cenizas volvían a levantarse bellas ciudades y aldeas. Una vez más volvía a revelarse en todo esto la gran fuerza creadora del pueblo, el auténtico forjador de la historia.

En  las  épocas  anteriores  al  socialismo,  la verdadera  misión  del  pueblo  aparecía  escondida  y

oculta. Bajo el régimen de la explotación, las fuerzas

creadoras de los trabajadores se ven aplastadas. En las sociedades basadas en la explotación, sólo se considera como creador el trabajo intelectual, pues el papel   del   trabajo   físico   se   ve   despreciado   y degradado. El capitalismo ahoga y aniquila la iniciativa popular, los talentos del pueblo, las capacidades de los trabajadores; son contados los individuos salidos de la masa del pueblo que, bajo este régimen, logran abrirse camino hacia la alta cultura. Los capitalistas se comportan de un modo rapaz con las fuerzas físicas y espirituales del pueblo.

El socialismo vino a liberar de sus cadenas, por primera vez en la historia, las fuerzas y la iniciativa

de millones de gentes sencillas. Fué el socialismo y sólo él el que, por vez primera, abrió ante las grandes

masas populares los anchos caminos del saber y de la alta cultura; sólo con el socialismo es ley del desarrollo social el incontenible auge técnico-cultural

de todas las masas populares; solamente con este régimen pueden trabajar para sí mismos millones de

seres. En esto reside el secreto del gigantesco ritmo de desarrollo de la industria socialista en la U.R.S.S., jamás visto hasta ahora en la historia, del ritmo de

desarrollo de toda la economía y del florecimiento de la cultura. Gracias a las condiciones del socialismo,

 

el pueblo se convierte en el creador libre y consciente de la historia y ejerce una influencia decisiva sobre todos y cada uno de los aspectos de la vida social.

La  ley  más  importante  de  cuantas  presiden  el desarrollo de la sociedad socialista es la actividad

creadora de las masas populares, en todas las esferas

de  la  vida  social.  En  el  período  del  paso  del socialismo al comunismo, la creación histórica consciente de las masas populares se eleva a un plano nuevo y superior. Las nuevas y grandiosas tareas de la construcción del comunismo engendran nuevas energías en millones de hombres. Se desarrollan y multiplican  las  formas  y  modalidades  de  la emulación socialista de obreros y koljosianos. Crece la actividad política de las masas populares.

La           revolución          socialista            y                             el                            triunfo  del socialismo   y              la                construcción      de          la            sociedad

comunista en la U.R.S.S., el triunfo del régimen de la

democracia popular en una serie de países de Europa y Asia, y particularmente en China, son otras tantas

pruebas irrefutables de la enseñanza del marxismo-

leninismo según la cual el pueblo es la verdadera y principal  fuerza  del  proceso  histórico  y  de  que, siendo  el  creador  de  todos  los  bienes  materiales, puede  también  gobernar  con  éxito  el  Estado  y  la suerte del país.

 

3. El papel de la personalidad en la historia.

El que se reconozca la verdad de que las masas

populares  constituyen  la  fuerza  decisiva  del desarrollo histórico no significa, en modo alguno, negar o desdeñar el papel de la personalidad, ni su influencia en la marcha de los acontecimientos de la historia.   Cuanto   más   activamente   participen   las masas populares en los acontecimientos históricos, más apremiante será el problema de la dirección de estas masas, el problema del papel de los jefes, de los dirigentes de las clases y los partidos, de las personalidades históricas descollantes, de los ideólogos.  Cuanto  más  organizadas  se  hallen  las masas y más alto sea su grado de conciencia, su comprensión de los intereses y los objetivos cardinales, mayor será también la fuerza que representen. Y el grado de organización y de comprensión de los intereses cardinales de clase depende, en primer lugar, de las condiciones de la vida económica y, en segundo lugar, de la actividad de los partidos políticos, así como también de la actividad  de  los  dirigentes  de  los  partidos,  de  los jefes y los ideólogos.

Aun rechazando el absurdo idealista de que las personalidades descollantes pueden crear la historia a

su  arbitrio,  el  materialismo  histórico  reconoce  la

inmensa importancia de la iniciativa de las individualidades  destacadas,  de  las  personalidades, de las organizaciones y los partidos que saben vincularse con la clase avanzada, con las masas, infundirles  conciencia,  señalarles  los  caminos  de

 

 

 

lucha certeros, ayudarles a organizarse.

La misión de los dirigentes de los partidos marxistas   y   de   las   personalidades   progresivas

destacadas  descansa  sobre  el  hecho  de  que  saben

cómo prender certeramente los objetivos de la clase avanzada, la correlación de las fuerzas de clase y la situación en que se desarrolla la lucha de clases de que   comprendan   acertadamente   cómo   hay   que cambiar las condiciones sociales. El gran hombre es un iniciador porque ve más allá que los demás y su voluntad es más fuerte que la de los otros.

La  importancia  de  la  actividad  de  los combatientes destacados en un triunfo del nuevo régimen social, de los jefes de las masas revolucionarias, reside, ante todo, en que saben comprender mejor que los otros la situación histórica, captar el sentido de los acontecimientos, tener conciencia de cómo van madurando las necesidades de la vida social, ver más allá que los demás, abarcar con  mayor  amplitud  que  otros  el  campo  de  la realidad histórica. Lanzando consignas de lucha acertadas, entusiasman a las masas, les inculcan ideas avanzadas que agrupan en torno suyo a millones de gentes, las movilizan, las ayudan a fundirse en un ejército revolucionario, capaz de derrocar lo viejo y crear  lo  nuevo.  Los  jefes,  los  dirigentes  de  los partidos  revolucionarios  expresan  las  necesidades más candentes de la época, los intereses de las clases avanzadas, de las fuerzas sociales avanzadas. Y en ello reside su fuerza.

Las grandes y descollantes personalidades históricas,  como  las  grandes  ideas  de  vanguardia,

surgen generalmente en las épocas de viraje de la

vida de los pueblos, en que se ponen a la orden del día nuevos y grandes objetivos sociales de lucha. En carta a Starkenburg, escribía Engels, refiriéndose a las personalidades descollantes:

"Los  hombres  hacen  ellos  mismos  su  historia, pero hasta ahora no con una voluntad colectiva y con

arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una

sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas estas sociedades impera

la   necesidad,   cuyo   complemento   y   forma   de

manifestarse es la casualidad. La necesidad, que aquí se impone a través de la casualidad, es también, en última instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los grandes hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y un país determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá. Que fuese Napoleón, precisamente este corso, el dictador militar que exigía la República francesa, agotada por su propia guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido un Napoleón habría venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra  el  hecho  de  que  siempre  que  ha  sido

 

necesario  un  hombre:  César,  Augusto,  Cromwell, etc., este hombre ha surgido. Marx descubrió la concepción materialista de la historia, pero Thierry, Mignet,  Guizot  y  todos  los  historiadores  ingleses hasta 1850 demuestran que ya se tendía a ello; y el descubrimiento de la misma concepción por Morgan prueba que se daban ya todas las condiciones para que se descubriese, y necesariamente tenía que ser descubierta".178

Algunos sociólogos del campo idealista reaccionario ponen en tela de juicio este pensamiento de  Engels.  Según  ellos,  ha  habido  épocas  en  la historia de la humanidad que necesitaban de héroes, de grandes hombres, creadores de nuevos ideales y que, al no aparecer éstos, pasaron a la historia como períodos de estancamiento. Semejante opinión nace de la premisa completamente falsa de que son los grandes hombres los que crean la historia y hacen brotar a su arbitrio los acontecimientos. Pero, en realidad, y por el contrario, "...no son los héroes los que hacen la historia, sino que es ésta la que hace a los héroes; por lo tanto, lejos de ser los héroes los que crean el pueblo, es el pueblo el que crea a los héroes e impulsa el progreso de la historia".179

En la lucha de las clases avanzadas contra las clases caducas, en la lucha por la consecución de los nuevos objetivos, se destacan necesariamente los héroes, los jefes, los ideólogos, exponentes de los problemas históricos ya maduros para su solución y que exigen ser resueltos. Así ha sucedido en todas las etapas del desarrollo social. En el movimiento de los esclavos en la Roma antigua se destacó la grandiosa y noble figura del jefe de los esclavos insurrectos, Espartaco. El movimiento campesino revolucionario contra la servidumbre reveló, en Rusia, grandes e intrépidos luchadores como Iván Bolotnikov, Stepan Rasin y Emelian Pugachov. Geniales exponentes de la idea de la revolución campesina fueron Belinski, Chernichevski y Dobroliubov. En Alemania, la revolución campesina dio relieve a la figura de Thomas Münzer y entre los checos a la de Jan Hus.

También la época de las revoluciones burguesas hizo aparecer en primer plano a una serie de personalidades destacadas, de ideólogos. La revolución burguesa de Inglaterra, en el siglo XVII, destacó la figura de Oliverio Cromwell. En vísperas de  la  revolución  burguesa  de  Francia  de  1789 apareció en el primer plano de la escena histórica toda la pléyade de los ideólogos del Siglo de las Luces, y en el curso de la misma revolución se destacaron las figuras de Marat, Saint-Just, Danton y Robespierre. Durante el período de las guerras progresivas libradas por Francia contra la agresión de la Europa feudal, cobraron relieve histórico un grupo de mariscales, al frente del ejército revolucionario.

 

 

178 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t, II, pág.

475.

179 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. española, pág. 18.

 

 

 

La nueva época, al aparecer en la escena de la historia la clase obrera revolucionaria, se caracteriza por la acción de los dos formidables pensadores revolucionarios y jefes del proletariado internacional, Marx y Engels.

Al morir Marx y Engels, los enemigos de la clase obrera  contaban  con  que  la  desaparición  de  los

fundadores del comunismo científico significaría el

fin de la causa por la que ellos habían luchado. Pero sus   cálculos   simplistas   resultaron   fallidos.   El

grandioso movimiento de la clase obrera, la lucha por

el comunismo, respondían a profundas causas económicas y políticas. El triunfo de la revolución proletaria   y   del   comunismo   es   una   necesidad histórica. La época del imperialismo y de las revoluciones proletarias, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, hizo aparecer en la palestra histórica la gran personalidad del genial pensador y jefe del proletariado internacional, V. I. Lenin, fundador  del  Partido Comunista  de la Unión Soviética.

El desarrollo histórico destaca y pone a la orden del   día   nuevas   tareas   y   provoca,   con   ello,   la necesidad  social  de  las  fuerzas  capaces  de acometerlas y resolverlas. Y esta misma necesidad hace que aparezcan los jefes de las clases y los partidos a quienes la historia encomienda la misión de hacer frente a ella. A lo cual hay que añadir que las mismas condiciones sociales determinan la posibilidad de que los hombres de gran capacidad y destacada personalidad se revelen, desarrollen y pongan  en  acción  sus  dotes.  En  el  pueblo  hay siempre talentos; lo que ocurre es que éstos sólo pueden  manifestarse  en  condiciones  sociales propicias.

También en otros campos de la vida social, lo mismo  que  en  el  de  la  política,  vemos  cómo  el

planteamiento de nuevos problemas hace posible que

se destaquen las personalidades relevantes capaces de tomar parte en su solución. Así, por ejemplo, cuando el desarrollo de la ciencia y de la técnica (condicionado siempre, en última instancia, por las necesidades de la producción material, por las necesidades del desarrollo de la sociedad en su conjunto) pone a la orden del día nuevos problemas, nuevas tareas, que, más temprano o más tarde, encuentran los hombres llamados a resolverlas. Un historiador  alemán  formulaba  sagazmente,  a propósito de las teorías idealistas sobre el papel exclusivo y sobrenatural de los genios, en la historia de la sociedad y en la historia de la ciencia, preguntas como las siguientes:

-¿Si Pitágoras no hubiera descubierto su famoso teorema,  acaso  la  humanidad  seguiría  ignorándolo

hasta hoy?

-¿Si no hubiera nacido un Cristóbal Colón, acaso

 

-¿De no haber existido Newton, acaso la humanidad no habría llegado a descubrir la ley universal de la gravedad?

-¿Si no se hubiese descubierto la locomotora a comienzos  del  siglo  XIX,  seguiríamos  empleando

como medio de transporte la dirigencia?

Basta con formular estas preguntas y otras semejantes para evidenciar todo lo que tiene de absurdo y de inconsistente la concepción idealista según la cual la suerte de la humanidad, la historia de la sociedad y la historia de la ciencia dependen totalmente de la casualidad, del nacimiento de estos o aquellos grandes hombres.

Ahora  bien,  cabe  preguntarse:  si  las personalidades     históricas     destacadas     aparecen

siempre  en  la  palestra  de  la  sociedad  cuando  se

plantea la necesidad social de ellas, ¿deberá concluirse, partiendo de aquí, que la casualidad no desempeña ningún papel en la historia?

Semejante conclusión sería, a todas luces, falsa. Las personalidades históricas descollantes surgen, en

primer lugar, más temprano o más tarde; y, en segundo lugar, pueden responder mejor o peor a estas exigencias,  afrontar  y  resolver  mejor  o  peor  los

problemas  planteados:  ello  dependerá  de  su capacidad, de su talento, de los rasgos de su carácter,

y todo esto se reflejará, por lo menos en parte, en el curso de los acontecimientos. Finalmente, el destino individual de los grandes hombres, por ejemplo su

muerte prematura, introduce también un elemento casual en la marcha de los acontecimientos.

El   marxismo   no   niega   la   influencia   de   la casualidad en la marcha del desarrollo social y, en

particular, en el desarrollo de tales o cuales acontecimientos. Refiriéndose al papel de la casualidad   en   la   historia,   escribía   Marx:   "...La

historia  tendría  un  carácter  muy  místico  si  las

"casualidades"  no  desempeñasen  ningún  papel. Como es natural, las casualidades forman parte del

curso general del desarrollo y son compensadas por

otras casualidades. Pero la aceleración o la lentitud del  desarrollo  dependen  en  grado  considerable  de

estas "casualidades", entre las que figura el carácter

de los hombres que encabezan el movimiento al iniciarse éste".180

Pero,  aun  atribuyendo  cierta  importancia  a  la

casualidad, el marxismo subraya que los fenómenos casuales no determinan toda la marcha del desarrollo social. El curso general de la historia se halla determinado por causas y leyes necesarias, y no por tales o cuales factores fortuitos.

El hecho de que los enemigos de la clase obrera y de los campesinos, en la Rusia de 1917, fuesen los terratenientes, los nobles y la burguesía, era un hecho que se derivaba de un modo necesario de toda la marcha  de  la  historia;  lo  que  ya  no  emanaba

 

América  no  habría  sido  descubierta  nunca  por  los                  

 

europeos?

 

180 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.

436

 

 

 

necesariamente de todo el proceso de desarrollo histórico de Rusia era el que al frente de las fuerzas de la nobleza estuviera un zar de capacidad tan extraordinariamente limitada como Nicolás II y que acaudillase a la burguesía un hombre fanfarrón, presuntuoso y charlatán como Kerenski. Esto fue una casualidad, y no cabe duda de que esta casualidad ejerció cierta influencia favorable para las fuerzas de la revolución. De haber habido entre los enemigos de la revolución dirigentes capaces de ver más allá, a los obreros y a los campesinos les habría costado mayor trabajo y mayores sacrificios obtener la victoria, aunque también en este caso y en definitiva habrían salido triunfantes.

La sujeción a leyes del desarrollo de la sociedad se manifiesta, entre otras cosas, en que cada clase destaca y engendra, "a su imagen y semejanza", el tipo  de  jefes,  de  personalidades  políticas,  de dirigentes de su lucha, que corresponde a su propia naturaleza social. El tipo de jefes, personalidades políticas e ideólogos refleja la naturaleza de la clase a que  sirven,  la  fase  histórica  de  desarrollo  de  esta clase, la situación en que actúan.

La  historia  del  capitalismo  está  escrita  en  los anales de la humanidad "con el lenguaje flamígero

del  hierro,  el  fuego  y  la  sangre".  Los  caballeros

andantes del capitalismo se han valido, para afianzar las relaciones sociales burguesas, de los medios más sucios y repugnantes: de la violencia, el vandalismo, la corrupción y el asesinato. Y, sin embargo, por muy poco que tenga de heroico la sociedad burguesa, también para que pudiera nacer fueron necesarios el heroísmo, la abnegación, guerras civiles y luchas de los pueblos. En la cuna del capitalismo se alza toda una pléyade de destacados pensadores, filósofos y dirigentes políticos cuyos nombres han quedado grabados en la historia universal.

Pero, tan pronto como se plasmó la sociedad burguesa,  las  personalidades  revolucionarias  de  la

burguesía fueron sustituidas por jefes burgueses de

otro tipo, por hombres insignificantes que no es posible comparar con sus antecesores. Y el período

del    capitalismo   agonizante   trajo   consigo   una

acentuación todavía mayor en el proceso de degeneración de los ideólogos y los jefes de la burguesía. A la degeneración de la burguesía y al carácter reaccionario de sus miras corresponden la degeneración  y  el  reaccionarismo  de  sus  corifeos. Las grandes figuras políticas, en el campo de las personalidades de la burguesía imperialista, constituyen en la actualidad muy raras excepciones.

La degeneración y el reaccionarismo de la burguesía de nuestro tiempo encuentran su expresión en el hecho de que sus jefes e ideólogos son gentes carentes de conciencia y de honor, individuos de la calaña de los Hitler, los Goering, los MacCarthy, los Chang  Kai-Chek,  los  Sygman  Ree  y  tantos  otros. Uno  de  los  rasgos  más  característicos  de  estos

 

dirigentes, criados de la burguesía imperialista, es su odio a los trabajadores, al socialismo, a todo lo que hay de avanzado en el mundo. Para salvar al putrefacto capitalismo, serían capaces de hundir al mundo en un mar de sangre de los pueblos.

Los jefes y los ideólogos de la burguesía contemporánea,  como  los  dirigentes  de  todas  las

clases   caducas   del   pasado,   se   esfuerzan   por

entorpecer el desarrollo de la sociedad, por hacer a ésta retroceder en su curso. Pretenden abolir las leyes

de la historia, imponer a la historia su voluntad, pero

las leyes de la historia son incancelables. De aquí que la política reaccionaria de gentes del tipo de Hitler, Mussolini, Chang Kai-Chek y Todzio esté condenada inevitablemente al fracaso.

El capitalismo degenerado ha creado un tipo de personajes políticos extraños al pueblo, que odian al

pueblo y son odiados por él, que están dispuestos en

todo  momento  a  traicionar  a  la  patria,  con  tal  de salvar sus intereses egoístas. El nombre de Quisling

se ha convertido, hoy, en un nombre genérico, para

designar con el desprecio de los pueblos a los jefes venales de la burguesía, en los países capitalistas.

A la voluntad de los pueblos opone la burguesía la

idea  y  la  política  del  "puño  de  hierro"  de  un individuo,  de  la  dictadura  terrorista  reaccionaria. Pero la misión fundamental en la historia, en la decisión de la suerte de los países, corresponde a las masas populares.

En  las  condiciones  actuales,  las  masas trabajadores,  encabezadas  por  la  clase  obrera, destacan en su lucha revolucionaria un nuevo tipo de personalidades políticas, un nuevo tipo de jefes, tan distintos de los personajes políticos de la burguesía como el cielo de la tierra.

 

4. El papel de los jefes de la clase obrera.

La  lucha  por  el  comunismo  exige  de  la  clase

obrera un alto grado de conciencia y de organización, de intrepidez y tenacidad revolucionarias, de abnegación y heroísmo. Para vencer en esta lucha, la clase obrera necesita hallarse pertrechada con el conocimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad, con la comprensión de la naturaleza de las clases y de las leyes de la lucha de clases, poseer un programa,  una  estrategia  y  una  táctica científicamente elaboradas, saber utilizar audazmente todas las reservas de la revolución, atraer a su lado a todos los posibles aliados. La clase obrera afronta y resuelve estas tareas bajo la dirección del Partido Comunista.

El partido marxista, formado por los hombres de vanguardia de la clase obrera, es la mejor escuela de formación de los dirigentes del proletariado. Para desarrollar con éxito su acción, el partido marxista tiene que contar con jefes expertos, sagaces y de profunda visión, con dirigentes dotados de autoridad.

La  burguesía  comprende  bien  lo  que  los  jefes

 

 

 

proletarios significan para la lucha revolucionaria de la clase obrera. Por eso, en todos los países, y sobre todo  en  los  períodos  de  mayor  agudización  de  la lucha de clases, en los momentos revolucionarios, se esfuerza por descabezar el movimiento obrero. La burguesía  asesinó  a  los  grandes  jefes  de  la  clase obrera alemana, Carlos Liebknecht, Rosa Luxemburg y     Ernesto    Thaelmann.    Los    intentos    de    la contrarrevolución burguesa de asesinar a Lenin en las jornadas de julio de 1917; el complot de los social- revolucionarios para detener y asesinar a Lenin, el asesinato de Kirov y Kuibichev, son todos eslabones de la cadena de actividades criminales, reaccionarias, de la contrarrevolución burguesa y pequeñoburguesa y de los agentes de la burguesía extranjera, con el fin de privar a la clase obrera y al partido de los comunistas de una dirección probada, experta, de los jefes y los dirigentes reconocidos y dotados de autoridad.

El atentado perpetrado en 1948 contra el dirigente del  Partido  Comunista  italiano  Togliati  y  el  del Partido Comunista japonés Tokuda, el fusilamiento por  el  gobierno  monárquico-fascista  griego  de  los jefes  de  la  clase  obrera  de  Grecia,  la  represión judicial contra los dirigentes del Partido Comunista de los Estados Unidos, el asesinato del presidente del Partido Comunista belga en 1950, son otras tantas manifestaciones de la táctica de la reacción imperialista, de su empeño por descabezar la clase obrera,  entorpeciendo  con  ello  la  marcha  de  la historia.

A comienzos de la década del veinte del siglo actual, ciertos elementos "izquierdistas" del movimiento obrero de Alemania y Holanda se manifestaron en contra de la "dictadura de los jefes". En vez de luchar contra los jefes reaccionarios y corrompidos de la socialdemocracia, que habían dado en quiebra y se revelaban como traidores a la clase obrera, estos "izquierdistas" se levantaban en contra de los jefes en general. Lenin fustigó estas concepciones como una de las manifestaciones de la enfermedad "izquierdista" del comunismo.

"El solo hecho de preguntar: "¿Dictadura del partido   o   bien   dictadura   de   clase?,   ¿dictadura

(partido) de los jefes o bien dictadura (partido) de las

masas?", acredita la más increíble e irremediable confusión de ideas. Hay gentes que se esfuerzan por

inventar  algo  enteramente original  y que,  con  sus

cavilaciones,  no  consiguen  más  que  caer  en  el ridículo. De todos es sabido que las masas se dividen en clases, que oponer las masas a las clases no puede permitirse más que en un sentido, si se opone una mayoría aplastante, en su totalidad, sin distinguir las posiciones ocupadas con relación al régimen social de la producción, a categorías que ocupan una posición  especial  en  este  régimen;  que  las  clases

 

dirigidas por partidos políticos; que los partidos políticos  están  dirigidos,  por  regla  general,  por grupos más o menos estables de las personas más autorizadas, influyentes, expertas, elegidas para los cargos más responsables, y que se llaman jefes".181

Los jefes de los partidos de la Segunda Internacional volvieron la espalda a la clase obrera, para ponerse al servicio de la burguesía. El divorcio entre los jefes de estos partidos y las masas obreras se puso claramente de manifiesto durante la primera guerra imperialista de 1914-1918 y a raíz de ella. La causa fundamental de este divorcio fue explicada ya por Marx y Engels sobre el ejemplo de Inglaterra. Al amparo de su situación de monopolio, Inglaterra, que era entonces "la dueña industrial del mundo" y explotaba  a  cientos  de  millones  de  esclavos coloniales, creó una "aristocracia obrera", a medias pequeñoburguesa, formada por los dirigentes oportunistas del proletariado. Y los jefes de esta "aristocracia obrera" se pusieron al lado de la burguesía,  que  directa  o  indirectamente  los sustentaba.  Estos  dirigentes  fueron  estigmatizados por Marx como traidores.

En la época del imperialismo, no ocupaba esta situación privilegiada solamente Inglaterra, sino que

en ella se encontraban también otros países, como los

Estados Unidos, Alemania, Francia, el Japón y, en parte, Holanda y Bélgica. Gracias a la esclavización y el saqueo de los trabajadores de los países capitalistas y de los pueblos de las colonias, el imperialismo pudo crearse una base económica para escindir a la clase obrera. Por medio de la formación de la "aristocracia obrera", comprada y corrompida por la burguesía, surgió en el seno del movimiento obrero  un  tipo  de  oportunistas  desligados  de  las masas trabajadoras, un tipo de "jefes" consagrados a defender los intereses de la "aristocracia obrera" y los intereses de la burguesía. Tales eran los MacDonald y los Bevin en Inglaterra, los Green, los Murray y los Reuther en los Estados Unidos, los Blum y los Ramadier en Francia, los Saragat en Italia, los Schumacher en Alemania, los Renner en Austria, los Tanner en Finlandia. Lenin escribió que el proletariado revolucionario no podría triunfar sin clavar en la picota y eliminar a estos jefes oportunistas.182

La historia del movimiento obrero internacional conoce diferentes tipos de jefes proletarios.

Un  tipo  es  el  de  los  jefes  prácticos,  que  se destacan en distintos países durante el período de ascenso del movimiento revolucionario. Se trata de

hombres prácticos, intrépidos y abnegados, pero endebles  en  el  terreno  de  la  teoría.  Tal  era,  por

ejemplo, el caso de un Augusto Blanqui, en Francia. Las   masas   siguen   recordando   y   reverenciando durante largo tiempo a esta clase de jefes. Pero el

 

están  generalmente, en la mayoría  de los casos,  por                 

 

lo   menos   en   los   países   civilizados   modernos,

 

181 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 24.

182 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 24.

 

 

 

movimiento obrero no puede vivir de recuerdos solamente. Necesita un programa de lucha claro y científicamente elaborado, una línea firme y certera, una estrategia y una táctica establecidas sobre bases científicas.

Otro tipo de jefes del movimiento obrero fue el que    se   destacó   en   la   época   del    desarrollo

relativamente pacífico del capitalismo, en la época de

la Segunda Internacional. Eran éstos dirigentes relativamente  duchos  en  materia  de  teoría,  pero

débiles en lo tocante al trabajo de organización y a la

actividad revolucionaria práctica. Sus limitaciones se pusieron de manifiesto en el período de ofensiva revolucionaria,  en  que  los  jefes  tienen  que  dar pruebas de su capacidad para lanzar consignas revolucionarias acertadas y para dirigir a las masas revolucionarias. A esta clase de jefes, los teóricos del período pacífico, pertenecían, por ejemplo, Plejánov en Rusia y Kautsky en Alemania. Los puntos de vista teóricos de uno. y otro encerraban ya en sus mejores años divergencias con respecto al marxismo en problemas cardinales (y, sobre todo, en lo fundamental, en la doctrina de la dictadura del proletariado). En el momento de agudización de la lucha de clases, uno y otro se pasaron al campo de la burguesía.

Al agudizarse la lucha de clases y ponerse a la orden del día la revolución, se contrasta verdaderamente la calidad de los partidos y de los jefes. Es entonces cuando los partidos y los jefes tienen que demostrar con hechos su capacidad para dirigir la lucha de las masas. Si tal o cual dirigente deja de servir a la causa de la clase obrera, se aparta del camino revolucionario y traiciona al pueblo, las masas se encargan de desenmascararlo y lo abandonan. La historia nos habla de muchos personajes políticos que llegaron a gozar en su día de cierta  popularidad  y  que  más  tarde  dejaron  de expresar los intereses de las masas, rompieron con ellas, traicionaron a los trabajadores, y entonces las masas se apartaron de ellos o los barrieron de su camino.

Los jefes, los dirigentes del proletariado, para poder hacer frente a los complicados problemas que

plantea  la  dirección  de  la  lucha  de  clases,  deben

combinar la capacidad teórica con la experiencia organizativa práctica del movimiento proletario.

Estas eran, en efecto, las cualidades que aunaban

los grandes jefes del proletariado, Marx, Engels y Lenin. En ellos, vemos a personalidades de un tipo nuevo. Se distinguen por la clara y profunda comprensión   de   las   leyes   del   desarrollo   de   la sociedad y de los objetivos de la clase obrera, por su sagacidad, su profundidad de visión, su cordura en la apreciación de las situaciones, su sentimiento de lo nuevo, su audacia revolucionaria, su valentía y su impavidez, su vinculación con las masas y su fe en la capacidad creadora de éstas, su amor y su dedicación

 

sin límites al pueblo y a la causa del comunismo. Los dirigentes políticos de tipo leninista no sólo enseñan a las masas, sino que aprenden de ellas, prestando oído atento a la crítica de abajo. Y esto distingue radicalmente a los dirigentes de la clase obrera, a los dirigentes del comunismo, de los políticos burgueses y de los dirigentes sociales de viejo tipo, que en el pasado se destacaban en la escena histórica.

La misión histórico-universal de Marx y Engels reside en haber sido los jefes y maestros geniales de

la  clase  obrera  internacional,  los  creadores  de  la

grandiosa teoría del marxismo. Marx y Engels descubrieron  y  fundamentaron  científicamente  el papel histórico del proletariado como enterrador del capitalismo y creador de una nueva sociedad, de la sociedad comunista. Ninguno de los más grandes descubrimientos científicos del pasado llegó a ejercer una influencia tan poderosa sobre los destinos históricos de la humanidad, aceleró la marcha del desarrollo social tanto como la genial doctrina de Marx. A diferencia de los diversos sistemas utópicos del socialismo, creados por diferentes pensadores individuales, el marxismo, como concepción del mundo y como doctrina del comunismo científico, se convirtió en la bandera de lucha de la clase obrera. En esto reside la fuerza invencible del marxismo. A lo largo de todo un siglo, la doctrina de Marx y Engels, creadoramente desarrollada en nuestra época por Lenin, ha sido y es la bandera de combate de la clase obrera de todos los países. El movimiento progresivo de la humanidad se desarrolla en nuestra época bajo la influencia de las ideas inmortales del marxismo-leninismo. Las ideas del marxismo- leninismo, asimiladas por la mente de cientos de millones de hombres, se han convertido actualmente en la poderosa fuerza revolucionaria material del desarrollo histórico.

En  esto  se  revela  la  veracidad  y  la  misión creadora y transformadora del marxismo-leninismo.

Esta  gran  doctrina  no  es sino  la  expresión  de  las

necesidades del desarrollo histórico. El contenido del marxismo-leninismo, el conjunto de sus ideas, no es

la especulación caprichosa de unos cerebros geniales,

sino el reflejo fiel y más profundo de las necesidades sociales ya en sazón para ser satisfechas. La fuerza y la grandeza de la doctrina y de la causa de Marx, Engels y Lenin residen en la fuerza y la grandeza del movimiento revolucionario internacional del proletariado. La suerte final de este movimiento -el triunfo del comunismo- no depende de la vida o la muerte de tales o cuales individuos, por muy grandes que ellos sean. Pero los grandes dirigentes de la clase obrera ponen al descubierto los nexos internos entre los fenómenos, las leyes de desarrollo de la sociedad, las leyes de la revolución proletaria, las leyes de la construcción del socialismo y del comunismo, iluminan con sus doctrinas el camino por el que la sociedad marcha y se desarrolla, el camino de lucha

 

 

 

de  la  clase  obrera  y  aceleran,  con  ello,  el movimiento, acercando el triunfo del comunismo.

De la grandeza y la significación de tal o cual época histórica se juzga con arreglo a la grandeza y a

la significación de los acontecimientos que en ella se producen.  De  las  personalidades  históricas,  de  su

significación y de su papel juzgamos con arreglo a la grandeza de los hechos por ellos realizados, con arreglo    al    papel    que    desempeñan    en    los

acontecimientos, en el movimiento histórico encabezado por ellos.

La época contemporánea es la más importante de toda la historia universal, por la riqueza y la grandeza de los acontecimientos, por la magnitud de las masas

humanas que toman parte en el movimiento social, por el ritmo de los avances, por la profundidad de las

transformaciones sociales que se han llevado y se llevan a cabo.

Cuanto  mayores  son  las  masas  populares  que

intervienen en la palestra de la lucha revolucionaria, mayores  son  también  las  exigencias  que  se  le plantean a la dirección de estas masas. Y ello hace que adquiera una significación primordial el partido marxista, como vanguardia y jefe de la clase obrera. El éxito alcanzado por la acción de los jefes revolucionarios, de los dirigentes de la clase obrera, el papel por ellos desempeñado en el movimiento obrero y en la lucha por el socialismo, dependen de la existencia y las actividades del partido marxista de masas. Para que la doctrina marxista creada por los ideólogos y maestros de la clase obrera penetre en las masas y convierta el movimiento espontáneo en un movimiento consciente, organizado y revolucionario, hace falta un partido marxista. Los partidos marxistas de masas no existían en la época de la actuación de Marx. No se deban todavía, en aquel tiempo, las condiciones propicias para que surgieran esta clase de  partidos.  En  el  período  de  la  Segunda Internacional, los partidos socialistas no eran partidos revolucionarios. Estaban gangrenados por la úlcera del oportunismo, del revisionismo. El gran mérito de V. I. Lenin para con el movimiento obrero revolucionario ruso e internacional reside en haber sabido comprender la importancia de un partido marxista revolucionario de masas, como vanguardia, estado mayor revolucionario y jefe colectivo de la clase obrera. Lenin fue el fundador del partido marxista de nuevo tipo, del Partido Comunista de la Unión Soviética. Gracias a este partido, pudo el socialismo  científico  penetrar  en  el  movimiento obrero espontáneo. Gracias a la dirección del Partido Comunista, adquirió el movimiento obrero de masas la fuerza de la conciencia y la organización, la fuerza que da la claridad de perspectivas, y se hizo invencible.

V. I. Lenin fue el más grande representante del marxismo creador. El mérito histórico-universal de

Lenin consiste en haber trazado un análisis científico

 

genial de la última etapa del capitalismo, del imperialismo,  en  haber  descubierto  las  leyes  que rigen su desarrollo; en haber elaborado la teoría, la estrategia y la táctica de la revolución socialista, en haber  trazado  el  camino  de  la  conquista  de  la dictadura del proletariado y de la construcción del comunismo. Lenin sintetizó científicamente los grandes  acontecimientos  de  la  época  del imperialismo y de las revoluciones proletarias, elevó a síntesis filosófica todo lo que habían aportado de nuevo la práctica revolucionaria y la ciencia en el período posterior a la muerte de Engels. Defendió la doctrina de Marx contra su achatamiento y deformación por los oportunistas de toda laya y, basándose en los principios fundamentales de marxismo, lo desarrolló e impulsó en todos sus aspectos, creando el leninismo, que no es sino el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria. Descubrió la ley del desarrollo económico y político desigual del capitalismo en la época del imperialismo y, basándose en ella, creó la nueva teoría de la revolución proletaria, la doctrina del triunfo inicial del socialismo en un solo país, por separado. Guiándose por el leninismo, el Partido Comunista condujo a la clase obrera y a todos los trabajadores de Rusia a la victoria sobre la burguesía y el capitalismo y a la instauración de la dictadura del proletariado. Los enemigos del leninismo, los mencheviques, los trotskistas, etc., aferrábanse a la conclusión  ya  envejecida  y  superada  de  Marx  y Engels   acerca   de   la   imposibilidad   de   que   el socialismo  triunfase  en  un  solo  país,  acusando  a Lenin, y más tarde a otros discípulos suyos, de desviarse del marxismo. Lenin, como el más grande de los marxistas creadores, tuvo en cuenta, cuerda y certeramente, la nueva situación histórica creada después de la muerte de Marx y Engels y sustituyó la conclusión de los fundadores del marxismo acerca de la imposibilidad de que el socialismo triunfase en un solo país -conclusión que ya no correspondía a las nuevas condiciones- por la tesis según la cual no era posible el triunfo simultáneo del socialismo en todos los países, sino el triunfo inicial del socialismo en un solo país capitalista, por separado.

"¿Qué habría sido del Partido, de la revolución proletaria, del marxismo, si Lenin se hubiera plegado

a  la  letra  del  marxismo,  si  no  hubiera  tenido  la valentía teórica necesaria para echar por tierra una de

las viejas conclusiones del marxismo, sustituyéndola por la nueva conclusión sobre la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país por separado,

en consonancia con la nueva situación histórica? El

Partido habría vagado en las tinieblas, la revolución proletaria se habría quedado sin dirección y la teoría

marxista  habría  comenzado  a  declinar.  Con  ello,

habría salido perdiendo el proletariado y habrían salido ganando sus enemigos".183

 

183 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. española, pág. 341.

 

 

 

Para que triunfe la revolución, una vez que han madurado las condiciones objetivas necesarias para ello, hacen falta no sólo consignas claras y comprensibles para las masas, que expresen sus intereses y sus aspiraciones; hace falta, además, saber elegir acertadamente el momento de la insurrección armada,  el  momento  en  que  la  situación revolucionaria  está  ya  madura  para  ello. Levantándose antes de tiempo, se puede condenar al ejército proletario a la derrota; dejando pasar el momento  oportuno,  se  puede  perder  mucho.  Pues bien, Lenin no era sólo el más grande teórico, pensador e ideólogo de la clase obrera, sino que era, además, un gran estratega y jefe de la revolución socialista, que supo escoger exactamente el momento más propicio para la actuación decisiva de las masas populares.   Basándose   en   la   resolución   del   VI congreso  del  Partido  Comunista,  en  la  que encaminaba al partido y a la clase obrera hacia la revolución socialista, el Comité Central del Partido preparó a las masas para los combates decisivos. En su famosa carta a los miembros del Comité Central, escrita en vísperas de la insurrección de octubre de

1917, decía Lenin:

"Escribo  estas  líneas  el  24  por  la  tarde.  La situación es en extremo crítica. Es claro como la luz del   día   que   hoy   todo   lo   que   sea   aplazar   la insurrección significará verdaderamente la muerte... Hoy todo está pendiente de un hilo... Es menester que la  cosa  se  decida  a  todo  trance  esta  tarde  o  esta noche.

La historia no perdonará ninguna dilación a los revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy, con toda seguridad) y que mañana correrán  el  riesgo  de  perder  mucho,  tal  vez  de perderlo todo...

El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste lo que cueste!

Demorar la acción equivaldría a la muerte".184

Gracias a la sabia dirección del Partido de los comunistas  y  de  su  Comité  Central,  gracias  a  la

dirección de Lenin, la insurrección proletaria del 25 de  octubre  de  1917  triunfó  rápidamente  y con  un

número mínimo de víctimas.

Los  jefes  oportunistas  de  los  partidos  de  la

Segunda Internacional temían a las masas populares y    no    creían    en    sus    fuerzas    creadoras.    El

aristocratismo es también una de las características

de los corifeos de los partidos socialistas de derecha de nuestros días y de otros partidos burgueses. Los jefes de la Segunda Internacional querían enseñar a las masas populares, pero no aprender de ellas.

Los auténticos jefes de la clase obrera, los dirigentes de tipo leninista, son lo más opuesto a los

jefes  señoriales  de  la  Segunda  Internacional.  Se

hallan íntimamente vinculados a las masas y tienen

 

una profunda fe en las fuerzas creadoras de la clase obrera. La fe inquebrantable en la capacidad creadora de los millones de hombres de las masas populares caracteriza   al   Partido   Comunista   de   la   Unión Soviética y a su Comité Central, jefe colectivo del pueblo soviético, dotado de máxima autoridad.

El Comité Central del Partido Comunista está formado por los dirigentes más expertos del Partido, por hombres políticos capaces, conocedores de la economía, los mejores teóricos del Partido, en los que  se  aúna  un  profundo  conocimiento  del marxismo-leninismo con una enorme experiencia práctica. Los dirigentes del Partido Comunista, basándose en el marxismo, en el conocimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad, están en condiciones de penetrar en el fondo de los acontecimientos que van desarrollándose, de ver no sólo como se desarrollan los acontecimientos al presente,  sino  en  qué  dirección  habrán  de desarrollarse en el futuro.

La precisión y la claridad políticas, la veracidad y la   honestidad,   la   impavidez   en   la   lucha   y   la

intransigencia para con los enemigos del pueblo, la

sabiduría y la serenidad en la solución de los problemas complicados, el amor sin límites hacia su

pueblo,  la  dedicación  a  la  causa  del  proletariado

internacional, como la fuerza revolucionaria más importante de nuestro tiempo: tales son los rasgos característicos de los hombres políticos de temple leninista,  de  los  dirigentes  del  movimiento comunista, de los héroes del pueblo en nuestra gran época.

En la actividad del Partido Comunista han tenido siempre   y   tienen   una   importancia   inmensa   los

principios de la dirección colectiva. Estos principios

fueron establecidos por V. I. Lenin y se hallan plasmados en toda la estructura de organización del

Partido  Comunista  y  en  sus  Estatutos.  El  Partido

Comunista, fiel a los principios del marxismo- leninismo, lucha contra la teoría idealista del culto a la personalidad, incompatible con el marxismo.

He aquí lo que escribía Marx acerca de él mismo y de su amigo Engels: "...Enemigo de todo culto a la

personalidad,  mientras  existió  la  Primera Internacional no permití que se dieran a la publicidad los numerosos escritos reconociendo mis méritos con

que   me   importunaban   de   diferentes   países;   ni siquiera los contestaba y sólo alguna que otra vez

daba cuenta de ellos. Engels y yo ingresamos en la Liga secreta de los comunistas bajo la condición de que  se  suprimiera  en  sus  estatutos  todo  lo  que

contribuyera a fomentar la supersticiosa devoción a la autoridad..."185

El leninismo libra una irreconciliable lucha contra la anticientífica y dañina teoría de "los héroes y la multitud", sostenida por los populistas y los social-

 

 

 

184  V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, págs. 203,

204.

 

185 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, pág.

487.

 

 

 

revolucionarios, contra la teoría idealista del culto a la personalidad. Sin embargo, las supervivencias de esta teoría idealista están todavía en pie, y el Partido Comunista lucha resueltamente contra ellas. La teoría idealista del culto a la personalidad se halla en contradicción con los principios leninistas de la dirección colectiva. Esa teoría rebaja el papel del pueblo, el papel de la clase obrera y de su partido, desmoviliza y adormece las fuerzas del pueblo.

El marxismo-leninismo vincula la suerte del comunismo a la actividad de la clase obrera y de las masas  populares,  a  la  dirección  del  Partido Comunista, y no al destino de esta o la otra personalidad individual. Pero asimismo es ajena al marxismo la actitud anarquista de repulsa ante la autoridad, ante la misión del dirigente. En la lucha por el comunismo, han desempeñado y desempeñan un papel muy importante los dirigentes expertos del partido y de la clase obrera, dotados de autoridad y vinculados al pueblo.

En la construcción de la sociedad socialista, el pueblo  soviético  hubo  de  vencer  extraordinarias

dificultades, nacidas del atraso del país, heredado del

viejo régimen, y del cerco capitalista enemigo. El papel desempeñado por el Partido Comunista y sus

dirigentes en la construcción del socialismo consistió

en señalar los caminos y medios certeros y seguros para vencer estas dificultades, basándose para ello en la teoría científica, en el profundo conocimiento de las leyes del desarrollo social y de las leyes de la construcción del socialismo. Fue el de entusiasmar, organizar y movilizar a las masas de los obreros y los campesinos por la construcción del socialismo.

El pueblo soviético ha construído el socialismo por primera vez en el mundo. Numerosos enemigos trataron de desviar al pueblo del camino certero, de sembrar en él la desconfianza en sus propias fuerzas, en  su  capacidad  para  construir  al  socialismo.  Sin haber  acabado  con  las  concepciones  de  los trotskistas, zinovievistas, bujarinistas y nacionalistas, sin haber desenmascarado sus mentirosas ideas y "teorías" y sus falsas directivas políticas, habría sido imposible construir la sociedad socialista. La sabía política  del  Partido  Comunista  y  de  su  Comité Central leninista y la lucha implacable contra los enemigos del leninismo, aseguraron el triunfo del leninismo en el País soviético.

Es en los momentos de duras pruebas cuando se revela de un modo especial el gran papel del Partido

Comunista  y  de  su  dirección.  Cuando,  en  1941,

allanó el enemigo las fronteras de la Unión Soviética, la   situación   era   difícil   y   complicada.   Apreciar

certeramente  la  situación,  pesar  las  fuerzas  del

enemigo y las del propio pueblo, señalar al pueblo la profundidad del peligro que amenazaba y los medios y los caminos para la victoria, aglutinar a millones de hombres en la lucha y dirigir ésta: he aquí lo que había que hacer y lo que hizo el Partido Comunista

 

con su Comité Central a la cabeza. El Partido Comunista de la Unión Soviética, indisolublemente unido al pueblo, lo aglutinó y lo organizó, lo educó en  el  odio  al  enemigo  y  en  el  amor  a  la  patria socialista y lo condujo a la victoria.

El Partido Comunista personifica la unidad político-moral del pueblo soviético, expresa lo que

hay de grande y de bueno en el pueblo soviético y en

la clase obrera: la inteligencia, la tenacidad, la valentía, la nobleza, la inflexible voluntad. El pueblo

soviético ve en el Partido Comunista de la Unión

Soviética   su   dirigente   experto   y   fiel,   su   jefe colectivo.

El derrocamiento del zarismo y del capitalismo, la

destrucción de la explotación del hombre por el hombre, la creación de la sociedad socialista en la U.R.S.S.: todo ello fue logrado por la lucha heroica y abnegada de las masas, dirigidas por el Partido Comunista y su Comité Central leninista.

En la actualidad, el pueblo soviético construye el comunismo. Las leyes del paso del socialismo al comunismo, las leyes de la construcción de la sociedad comunista, son descubiertas por la teoría marxista-leninista, que el Partido Comunista, su Comité Central, desarrolla e impulsa.

Así, pues, la misión de los jefes de la clase obrera y  de  su  Partido  consiste  en  dirigir  sabiamente  la

lucha  de  ésta,  gracias  a  su  experiencia  y  a  su

conocimiento de las leyes del desarrollo social, ayudando de este modo a la clase obrera y a todos los

trabajadores  a  acelerar  el  movimiento  histórico,  a

hacer posible la consecución de la gran meta de la clase obrera, que es el comunismo.

 

Resumen.

El  materialismo  histórico  nos  enseña  que  los

grandes  creadores  de la historia  de la sociedad no son las personalidades individuales, los héroes, los jefes y los caudillos, desligados del pueblo, sino el pueblo mismo, las masas trabajadoras.

El papel que las masas populares desempeñan en la historia  depende de las condiciones objetivas de

su acción. La historia  atestigua que la importancia

de las  masas  trabajadoras va creciendo  a  medida que se desarrolla la sociedad. La importancia del proletariado  y de las  masas  trabajadoras no proletarias encabezadas por él, en el desarrollo de la sociedad, es considerablemente mayor que fue en su tiempo, la de los esclavos y los campesinos siervos. Y la  misión  histórica  creadora   de  las  masas trabajadoras se agiganta  dentro de las condiciones de la construcción del socialismo y del comunismo.

Al marxismo le es ajeno el culto burgués y pequeñoburgués de la personalidad.

Pero, a la par con esto, el materialismo histórico

reconoce la importancia de las grandes personalidades,   de  las  personal   es  avanzadas   y

progresivas,  en la historia  y en el desarrollo  de la

 

 

sociedad.  Las  personalidades   sociales  avanzadas, que comprenden las necesidades del desarrollo de la sociedad y se hallan vinculadas a las fuerzas sociales avanzadas, ayudan a los trabajadores,  con su acción, a acelerar  la marcha de la historia y facilitan a las masas populares la solución de los problemas históricos ya maduros para ser resueltos.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO X. LA CONCIENCIA SOCIAL Y SUS FORMAS.

 

 

 

La conciencia social existe bajo diversas formas, que van apareciendo y cambian históricamente: bajo las formas de las ideas políticas y jurídicas, de la moral, de la ciencia, de la religión, del arte y de la filosofía. Cada una de las formas de la conciencia social, todas ellas reflejo del ser social, posee sus rasgos específicos y cumple su especial función en la vida social, en el desarrollo de la sociedad, en la lucha de clases. El presente capítulo se consagra a examinar el problema de la fuente general de la que nacen y de donde se desarrollan las ideas sociales, el papel que éstas desempeñan en el desarrollo de la sociedad  en  su  conjunto,  y el  problema  del nacimiento y el desarrollo de las distintas formas de la conciencia social por separado, de sus relaciones mutuas y de la función específica de cada una de ellas en el desarrollo de la sociedad. Asimismo estudiaremos  en  este  capítulo,  especialmente,  el papel y la significación de la conciencia socialista, de la ideología socialista, en el nacimiento y desarrollo de la sociedad del socialismo.

 

1.  La  conciencia  social,  reflejo  de  las condiciones de la vida material de la sociedad.

El concepto de conciencia  social,  en el sentido

amplio de la palabra, abarca las concepciones políticas, jurídicas, morales, religiosas, artísticas, filosóficas y otras concepciones sociales, los conocimientos científicos (incluyendo los de las ciencias naturales) y también las particularidades nacionales de tipo psíquico de los diversos pueblos y naciones, en la sociedad de clases, así como la psicología de las distintas clases sociales. En un sentido más estricto, el concepto de conciencia social expresa solamente las ideas, concepciones y teorías sociales, que reflejan el ser social, el régimen social.

El  materialismo  histórico  enseña  que  la conciencia social es el reflejo del ser social, de las

condiciones de la vida material de la sociedad. Según

sea el ser social de los hombres, su vida material, así será su conciencia social.

La conciencia en general es un producto de la

naturaleza, la cualidad que tiene la materia orgánica superior de refleja la realidad. La conciencia social de los hombres es el producto y el reflejo de las condiciones de la vida material de la sociedad. La vida  material  de  la  sociedad,  el  ser  social,  es  lo

 

primario; la vida espiritual de la sociedad, lo secundario, lo derivado. La vida material de la sociedad en una realidad objetiva, que existe independientemente de la conciencia de los hombres, y la vida espiritual de la sociedad, la conciencia de los   hombres,   las   ideas,   teorías   y   concepciones sociales, son el reflejo de la realidad objetiva, del ser social.

Partiendo del hecho de que los hombres, al entrar en relaciones los unos con los otros, actúan como seres dotados de conciencia, los idealistas llegan a la conclusión falsa de la identidad entre el ser social y la conciencia social. Esta concepción falsa, anticientífica, idealista, es criticada por Lenin, en los siguientes términos:

"El ser social y la conciencia social no son idénticos, exactamente lo mismo que no lo son el ser en general y la conciencia en general. De que los hombres, al ponerse en contacto unos con otros, lo hagan  como  seres  conscientes,  no  se  deduce  de ningún modo que la conciencia social sea idéntica al ser social. En todas las formaciones sociales más o menos  complejas  -y  sobre  todo  en  la  formación social capitalista-, los hombres, cuando entran en relación  unos  con  otros,  no  tienen  conciencia  de cuáles son las relaciones sociales que se establecen entre ellos, de las leyes que presiden el desarrollo de estas relaciones, etc. Por ejemplo, un campesino, al vender su trigo, entra en "relación" con los productores mundiales de trigo en el mercado mundial, pero sin tener conciencia de ello, ni tener conciencia tampoco de cuáles son las relaciones sociales  que  se  forman  a  consecuencia  del cambio".186

Los idealistas buscan la fuente de que manan las ideas sociales, las teorías políticas, las concepciones

religiosas, artísticas y de otra clase, en el campo de la

conciencia, en el campo de las ideas, en las cabezas de tales o cuales pensadores, ideólogos, creadores de esas ideas y teorías. El materialismo histórico enseña que  la  fuente  real  en  que  se  originan  las  ideas sociales, la fuente de la que brota y en la que se forma la vida espiritual de la sociedad hay que buscarla, no en las cabezas de los hombres, sino en las condiciones de la vida material de la sociedad misma.  Sólo  este  modo  materialista  de  abordar  el

 

186 V. I. Lenin, Obras completas, t. XIV. pág. 309.

 

 

 

problema   nos   permite   comprender   por   qué   en distintas sociedades o en diferentes fases del desarrollo histórico existen diversas ideas y concepciones sociales, por qué estas concepciones e ideas cambian al cambiar las condiciones de vida de los hombres.

El ser social determina la conciencia social. La conciencia social no puede ser nunca otra cosa que un simple reflejo del ser social. Hasta las confusas y fantásticas  representaciones  religiosas  de  los hombres  son  reflejos,  evidentemente  deformados, pero reflejos a pesar de todo, de las condiciones de la vida material de la sociedad.

En la conciencia social de los hombres se reflejan siempre las condiciones de su vida material. Ahora

bien,  el  modo  como  estas  condiciones  se  reflejen

concretamente dependerá de la fase del desarrollo histórico, del modo de producción de que se trate. En la ideología burguesa, por ejemplo, las imágenes de los hombres y sus relaciones sociales aparecen invertidas, exactamente como en una cámara oscura. Así lo determina el carácter del proceso histórico de la vida material en la sociedad burguesa.

Las concepciones políticas, jurídicas, morales, religiosas,  artísticas  y  filosóficas  de  la  sociedad

constituyen la parte ideológica de la supraestructura

erigida sobre una u otra base económica históricamente determinada. Y la supraestructura cambia al cambiar la base económica.

En las tempranas fases del desarrollo social, la dependencia   de   la   conciencia   social,   de   las

concepciones sociales, con respecto a las condiciones de la vida material de la sociedad y, ante todo, con

respecto  al  régimen  económico  de  la  sociedad,  es algo especialmente claro y evidente. El trabajo intelectual no ha logrado separarse todavía, allí, del

trabajo físico, el proceso de reproducción de la vida social constituye una unidad, un todo: las actividades

espirituales de los hombres aparecen directamente enlazadas, por así decirlo, con la vida material de la sociedad.  Al  carácter  rudimentario  limitado  de  la

vida material de los hombres en la época del régimen de la comunidad primitiva correspondía la limitación

de   su   vida   espiritual:   los   usos   y   costumbres reflejaban la vida primitiva de los hombres de aquel tiempo; sus creencias religiosas eran el reflejo de su

impotencia ante las fuerzas elementales de la naturaleza; a la propiedad social y a la propiedad

colectiva  sobre  los  medios  de  producción correspondía la ausencia de conceptos como los de lo "mío" y lo "tuyo".

Con el transcurso del tiempo, y especialmente al aparecer la división social del trabajo, al surgir las

clases y la sociedad de clases, al separarse del trabajo físico el trabajo intelectual, fue haciéndose más compleja   toda   la   vida   social   de   los   hombres,

incluyendo su vida espiritual. Surgió el Estado y, a la par con él, el derecho. Surgieron y se desarrollaron

 

nuevas formas de conciencia social: aparecieron las concepciones políticas y jurídicas, la ciencia y la filosofía; se desarrollaron y diferenciaron diversas modalidades del arte como elemento de la vida espiritual.

Y se complicó también, en consonancia con todo eso, el propio proceso del reflejo de las condiciones

de su vida material en las cabezas de los hombres.

Hoy, resulta difícil, a veces, captar los nexos de algunos  fenómenos  de  la  conciencia,  de  la  vida

espiritual,  con  las  condiciones  materiales  de  vida.

Dice Plejánov, con razón, que para comprender las danzas del hombre de la sociedad primitiva, basta conocer su modo de producción de los bienes materiales. Las mujeres de las tribus del África reproducen en sus danzas la recolección de raíces, y los hombres, por su parte, simulan en ellas la caza y los choques armados. En cambio, para comprender el minueto -danza aristocrática francesa de los siglos XVII y XVIII- hace falta conocer algo más que el carácter   de   las   actividades   económicas   de   los franceses de aquel tiempo. Para interpretar este tipo de danza o cualquier otra manifestación artística parecida necesitamos estudiar, ante todo, el régimen económico de la sociedad y la división de ésta en clases, la transformación de la nobleza feudal en la clase parasitaria de los cortesanos ociosos y despilfarradores, la psicología de esta clase, etc.

Los         vulgarizadores  y             simplificadores del marxismo,   tales      como    los         "materialistas

económicos",  tratan  de  derivar  directamente  del

proceso de producción las concepciones filosóficas, religiosas, morales y artísticas de los hombres, de explicar el carácter y la orientación del arte, de la filosofía y de la moral por el nivel de la técnica. Esta manera simplista de abordar los fenómenos de la vida espiritual nada tiene que ver con el marxismo, es enemiga  de  éste.  El  materialismo  histórico  enseña que la conciencia social, la ideología de la sociedad y de las clases que la forman se determina por el desarrollo de la producción, por la actividad productiva de la sociedad, pero no directamente, sino a través de la base económica de ésta, a través de las relaciones de producción. La conciencia social no refleja directa y repentinamente los cambios que afectan al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, sino después de las modificaciones efectuadas en la economía, a través de la refracción que  los  cambios  operados  en  la  producción determinan en los del régimen económico de la sociedad. Teniendo en cuenta, además, que algunas formas de la conciencia social no siempre experimentan la influencia determinante de la base económica directamente, sino a través de las relaciones  político-sociales,  por  medio  de  los intereses de clase y de la lucha de clases y también, a veces, por medio de la acción de otras formas de la conciencia social, que se hallan más cerca de la base

 

 

 

de la sociedad.

No pocas veces, las formas ideológicas existentes en una época dada conservan el contenido ideológico

inculcado  en  ellas  por  las  condiciones  de  la  vida

material de épocas muy anteriores. Así, por ejemplo, la religión lleva consigo, junto al contenido engendrado por el régimen económico de la sociedad burguesa,  ideas  y  concepciones  heredadas  de  un lejano  pasado  histórico.  La  religión  cristiana extendida en Europa y América contiene muchas estratificaciones ideológicas cuyas raíces llegan hasta la época de la sociedad primitiva (los mitos sobre la creación del mundo y del hombre, sobre el pecado original,  etc.),  de  la  esclavitud  y  del  feudalismo. Sería absurdo querer descubrir exclusivamente en la vida económica de la sociedad burguesa contemporánea los fundamentos de todos los dislates y prejuicios de la religión. La tradición y el carácter extraordinariamente conservador de la ideología religiosa, unidos al interés de la burguesía por conservar esta clase de prejuicios para refrenar a las masas trabajadoras, hacen que estos elementos religiosos de un remoto pasado sigan manteniéndose en pie hoy, bajo condiciones económicas totalmente distintas, en el siglo de las máquinas, de la electricidad, de la energía atómica y de la cosmología y la biología científicas.

Las formas ideológicas, una vez que han surgido, adquieren       cierta    sustantividad    relativa                en          su

desarrollo.  Y  esta  relativa  independencia  de desarrollo de las formas de la conciencia se expresa

en lo siguiente. Por virtud de la división social del trabajo y, sobre todo, de la separación del trabajo

intelectual y el trabajo físico, el proceso ideológico, la producción espiritual, es decir, el desarrollo de las ideas,  se  desglosa  hasta  cierto  punto  de  la  vida

material de la sociedad. Determinados individuos comienzan    a    apropiarse,    a    asimilarse    ciertos

sentimientos, determinadas concepciones e ideas, basadas en las tradiciones y en la educación recibida en  la  familia,  en  la  escuela,  en  la  iglesia,  en  la

sociedad.

Los ideólogos o autores de ideas, concepciones o ilusiones  de  una  determinada  clase,  al  elaborar

determinadas  teorías,  ciertos  sistemas  científicos  y

filosóficos,  ciertas  formas  artísticas,  en  cada momento        dado,        parten,        consciente        o

inconscientemente, de la situación y los intereses de

esta clase, pero se basan para ello, espontáneamente, en el material ideológico acumulado en el campo de que se trata, creado por sus predecesores. Las relaciones económicas, los intereses de clase determinan lo que ellos, concretamente, seleccionan de lo creado por sus predecesores, la parte de la herencia recogida por ellos; determinan la dirección en  que  se  opera  el  cambio  de  las  ideas,  de  las

 

continúan las tradiciones de sus antecesores que cuando rompen más o menos radicalmente con ellas, el material ideológico acumulado en las épocas precedentes no se mantiene pasivo, sino que influye de uno u otro modo sobre el curso ulterior del desarrollo espiritual de la sociedad.

Todo campo ideológico -la teoría política y jurídica, la moral, la filosofía, el arte, la religión- dispone, como premisas para su desarrollo, de determinado material intelectual que le ha sido transmitido por la época precedente y que le sirve de punto de partida; posee su desarrollo específico, que constituye una forma especial de conciencia social, un modo peculiar de reflejo de la realidad.

Aun siendo indiscutible la influencia determinante (en última instancia) del desarrollo económico sobre los distintos campos de la ideología, Engels señala que  esta  influencia  "se  opera  dentro  de  las condiciones impuestas por el campo concreto: en la filosofía, por ejemplo, por la acción de influencias económicas  (que,  a  su  vez,  en  la  mayoría  de  los casos, sólo se operan bajo su disfraz político, etc.) sobre  el  material  filosófico  existente,  suministrado por los predecesores".187

En el desarrollo de todas las formas de la conciencia social, la filosofía, la ciencia, el arte, etc., cada país (y, al desarrollarse las relaciones internacionales, el mundo todo) posee una determinada tradición, una determinada continuidad ideológica. En Rusia, por ejemplo, la tradición científica materialista va desde Lomonosov y Radichev, pasando por Herzen y Belinski, hasta Chernichevski y Dobroliubov, Sechénov, Pávlov y Timiriazev. Lenin surgió en Rusia, pero debió su origen, no sólo a las condiciones económico-sociales de Rusia, sino a las condiciones internacionales de la época del imperialismo, a las condiciones y las exigencias del movimiento obrero mundial. El leninismo es el marxismo, el desarrollo creador de éste, bajo las condiciones de la nueva época. Y también en el campo de la literatura existe un nexo de continuidad o tradición. Hay, por ejemplo, un engarce entre las creaciones de Pushkin, Griboiedov, Lermontov,  Gógol,  Turguenev  y  Tolstoi.  Como existe también un nexo de continuidad entre la gran literatura clásica rusa del pasado y la literatura soviética, literatura sustancialmente nueva, por lo que se refiere a su contenido social. No sería posible el desarrollo del arte, de la ciencia, de la filosofía, si la crítica revolucionaria y la superación de las concepciones artísticas, de los conceptos científicos y los sistemas filosóficos viejos y caducos no se cuidaran de conservar todo lo verdadero y lo progresivo, todo lo logrado por la humanidad en las épocas anteriores. Por eso el Partido Comunista nos enseña  a  dominar  críticamente  la  gran  herencia

 

concepciones.  Sin  embargo,  lo  mismo  cuando  los                    

 

escritores,  los  artistas,  los  sabios  y  los  filósofos

 

187 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.

466.

 

 

 

cultural del pasado, en particular y especialmente los tesoros del arte clásico ruso progresivo, al igual que los tesoros del arte avanzado que han creado los demás   pueblos.   Sería  imposible  crear  la  nueva cultura de vanguardia, la cultura proletaria socialista, sin asimilarse críticamente todos los tesoros de la cultura avanzada, creados por la humanidad en el pasado. V. I. Lenin escribía, criticando a los vulgarizadores, los simplificadores del  marxismo de la corriente del "proletkult":

"La cultura proletaria no es algo que haya brotado no se sabe de dónde, no es el fruto de las cavilaciones

de gentes que se llaman a sí mismas especialistas en

cultura proletaria. Todo esto es una perfecta necedad. La cultura proletaria sólo puede aparecer con arreglo

a    sus    leyes    mediante    el    desarrollo    de    los

conocimientos acumulados por la humanidad bajo el yugo de la sociedad capitalista, de la sociedad de los terratenientes y de la burocracia".188 Así, en su lucha contra   los   secuaces   del   machismo   de   A.   A. Bogdánov, V. I. Lenin defendía la necesidad de dominar críticamente la gran herencia cultural del pasado, para poder crear la cultura más avanzada, la cultura socialista.

La sociedad socialista se asimila críticamente la herencia cultural de todos los pueblos, de todos los países, de todas las épocas, tomando de ella lo que responde   a   las   necesidades   del   pueblo,   a   las exigencias del desarrollo de la sociedad.

Por su esencia de clase, la ideología soviética, la cultura soviética, se distingue fundamentalmente de toda la ideología y la cultura precedentes. Es una cultura socialista, anticapitalista. Pero no una cultura que haya brotado en el "vacío", sin relación alguna con la herencia cultural del pasado.

Por  tanto,  el  desarrollo  de  la  filosofía,  de  la ciencia,  del  arte  y  de  las  demás  formas  de  la

conciencia social no debe tratar de deducirse de las

ideas ni reducirse a la "filiación de las ideas", como hacen los idealistas. Las raíces de las ideas deben buscarse en el ser social de los hombres, en su ser de clase, en la economía de la sociedad dada. Pero, para ello, es necesario estudiar las relaciones y los nexos de continuidad en el desarrollo de las formas ideológicas. No hay que simplificar superficialmente el  problema,  empeñándose  en  derivar inmediatamente todos los fenómenos ideológicos de la economía y, por tanto, directamente del proceso de producción.

La relativa sustantividad que se advierte en el desarrollo  de  las  formas  de  la  conciencia  social

suscita en los ideólogos idealistas la ilusión de que el proceso    ideológico    es    independiente    de    las

condiciones de la vida material de la sociedad, de la lucha de clases. Y a fortalecer esta ilusión en su conciencia contribuye  el hecho de  que,  siendo  las

formas   de   la   conciencia   social   reflejo   de   las

 

188 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 262.

 

condiciones materiales de vida, van en su desarrollo a la zaga de los cambios operados en la vida material. Primero, cambia la vida social y después, a tono con ella y más o menos pronto, cambia también la conciencia social. A la luz del ejemplo de la religión, vemos cómo algunas ideas y concepciones nacidas en el remoto pasado siguen viviendo miles de años, aun después de haber desaparecido por completo las condiciones que las engendraron.

El hecho de que la conciencia social quede rezagada   con  respecto  al  ser  social  se  debe,  en primer  lugar,  a  que  la  conciencia  es  siempre  un reflejo del ser y, en segundo lugar, al carácter conservador de determinadas formas de la conciencia y de las ideas contenidas en ellas, en particular algunas, tales como las ideas religiosas y las normas de la moral, los usos y costumbres santificados por la religión. El carácter conservador, la inercia, es algo inherente no sólo a la religión y a las ideas religiosas, sino también a otras formas ideológicas. Diversas ideas sociales sobreviven como fósiles a las condiciones sociales que las hicieron brotar y se mantienen en pie por la fuerza de la tradición, al calor de la costumbre, entorpeciendo el desarrollo de nuevas ideas y concepciones. En tercer lugar, el que la conciencia vaya a la zaga del ser social se explica también por el interés de las fuerzas sociales supervivientes  en  el  mantenimiento  de  las  viejas ideas. Las fuerzas reaccionarias, apoyándose en las instituciones que les son propias, apoyan y estimulan las viejas ideas, las ideas reaccionarias.

La tendencia a ir a la zaga es propia, en particular, de la conciencia habitual del hombre, que surge, se plasma y cambia espontáneamente, bajo la acción de las condiciones de la vida circundante. La conciencia científica, a diferencia de la usual, no brota espontáneamente, sino que es forjada por los ideólogos, por los sabios, que descubren las leyes de desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. El pensamiento teórico, cuando es verdaderamente científico, es decir, cuando se basa en el conocimiento de las leyes del desarrollo y de las tendencias que nacen y se revelan en la misma vida, en la realidad, permite prever lo que ha de suceder en el futuro. Así, Marx, al descubrir las leyes de desarrollo de la sociedad capitalista, pronosticó de largo tiempo atrás el inevitable hundimiento del capitalismo y el triunfo del socialismo. Y esta previsión científica ha sido confirmada por todo el curso del desarrollo de la sociedad.

En el análisis de cómo surgen y se desarrollan las formas de la conciencia social y de sus nexos con la

base   económica,   hay   que   tener   en   cuenta   su

interdependencia con la supraestructura jurídica y política,  la  interdependencia   entre  unas  y  otras formas ideológicas: la moral y la religión, la moral y el derecho, la moral y el arte, el arte y la filosofía, etc. Por ejemplo, en todas las fases de desarrollo de

 

 

 

la sociedad hasta el capitalismo, incluyendo a éste, el desarrollo de la moral y de la filosofía idealista se halla bajo la influencia de la religión, y viceversa: la filosofía idealista influye, a su vez, en el desarrollo de la religión y de la moral, la filosofía y la religión ejercen su influencia sobre el arte. etc. Sólo teniendo en cuenta esta interdependencia en todos y cada uno de sus aspectos, es posible llegar a comprender certeramente todo el complejo proceso de desarrollo de la conciencia social, de la vida espiritual de cada clase en particular y de la sociedad en su conjunto.

Los vulgarizadores y deformadores del marxismo del tipo de A. A. Bogdánov, W. M. Shuliatikov y M. N. Pokrovski trataban de derivar directamente las formas ideológicas del nivel de la producción, del estado de la técnica o de las condiciones de la economía. En vez de estudiar de un modo históricamente concreto los fenómenos de la conciencia social y de investigar todos los nexos existentes entre la economía y las formas de la conciencia, teniendo en cuenta la influencia de la lucha de clases y de las relaciones políticas y de la interdependencia entre las diversas formas de la conciencia social, estos tergiversadores del marxismo empeñábanse en explicar la complejas formas ideológicas  como  algo  directamente  emanado  del nivel de desarrollo de la economía. Con lo cual desfiguraban la imagen del proceso histórico y se metían  en  un  callejón  sin  salida  al  explicar fenómenos  tan  complejos  como  el  del  arte  de  la Grecia antigua, el de la literatura rusa de la primera mitad del siglo XIX, etc.

"Así se explica -señalaba Marx- que la producción capitalista sea hostil a ciertas producciones de tipo

artístico, tales como el arte y la poesía, etc. De otro

modo, daremos en aquella manía pretenciosa de los franceses   del   siglo   XVIII,   tan   graciosamente

ridiculizada    por    Lessing:    puesto    que    hemos

sobrepasado a los antiguos en todo lo que se refiere a la mecánica, etc., ¿por qué no hemos de ser capaces de escribir un poema épico? Y así es como Voltaire escribe su Henriade, ¡para no ser menos que el autor de la Ilíada!".189

La relación entre el desarrollo de la producción material y el arte o, por lo menos, algunas modalidades de éste, no es la misma en todos los períodos de la historia. En cuanto al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, la sociedad esclavista de la Grecia antigua estaba por debajo de la sociedad feudal y, sin embargo, el nivel de desarrollo del arte y de sus diversas modalidades, entre los griegos de la antigüedad, era más alto que el de la Edad Media feudal. A pesar de lo cual, también los hechos de la discordancia entre los períodos de florecimiento de algunas manifestaciones del arte y

 

 

189 C. Marx, Historia crítica de la teoría de la plusvalía, trad. de W. Roces, ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1945, t. I, pág. 262.

 

los períodos de desarrollo de la producción material encuentran su explicación en las condiciones de la vida material de una sociedad dada y, en último resultado, en el modo de producción de que se trata.

Entre el atraso económico de Rusia en la primera mitad y a mediados del siglo XIX y el florecimiento de su literatura existe una contradicción a primera vista inexplicable. La Rusia de aquel tiempo era un país económicamente atrasado, feudal. En la Rusia de entonces imperaba el desenfreno del despotismo zarista, de la arbitrariedad y la violencia de los terratenientes y los funcionarios. El zarismo, con su implacable vandalismo, ahogaba y aplastaba cuanto había de vivo, de progresivo y de revolucionario en el país. La población de Rusia era casi en bloque analfabeta, con excepción de una reducida minoría de nobles e intelectuales privilegiados, Se cernía sobre Rusia la tenebrosa noche de la reacción feudal. Pues bien, en este país y en esta época surgió una gran literatura que dio al mundo aquella constelación brillantísima de poetas, escritores, críticos, artistas y compositores de primer rango. Ningún otro país del mundo llegó a conocer, en aquella época, un florecimiento tan portentoso de la literatura, una literatura en que la pujanza de las ideas se aunaba a una fuerza extraordinaria para influir sobre la marcha del desarrollo social.

¿Cómo explicarse esto? ¿No se halla este hecho evidente   en    contradicción    con    la    concepción

materialista de los fenómenos de la vida social? En modo  alguno:  este  fenómeno  a  que  nos  referimos

obedece a sus leyes. Puede contradecir a los puntos de   vista   de   los   vulgarizadores   partidarios   del

"materialismo económico". Pero no a la concepción del materialismo histórico, del marxismo-leninismo. Para explicar este fenómeno, el historiador marxista

debe fijar su atención en lo siguiente. En el primer cuarto  del  siglo  XIX,  las  fuerzas  productivas  de

Rusia   entraron   en   conflicto   con   las   relaciones feudales de la servidumbre. El régimen de la servidumbre en la economía y el zarismo se convirtió

en un freno para el desarrollo de Rusia. Y a la insurrección campesina dirigida por Pugachov había

asestado un golpe al régimen de lo servidumbre y tuvo su reflejo en el desarrollo de las ideas revolucionarias entre los hombres más avanzados de

Rusia. La guerra patria de 1812, coronada por la derrota  y  la  expulsión  de  Rusia  de  las  tropas

napoleónicas, sacudió lo conciencia de toda la sociedad rusa y provocó un auge de los sentimientos nacionales  de  todas  las  capas  de  la  población,

incluyendo la parte más avanzada de la nobleza, que no se avenía ya a las brutales formas del despotismo

monárquico y de la opresión política.

La insurrección de los decembristas, revolucionarios de la nobleza que habían intentado

echar  por  tierra  el  despotismo  de  la  autocracia zarista, fué derrotada por haberse mantenido aislada

 

 

 

del pueblo: y, después de esto, la reacción comenzó a perseguir todavía más implacablemente las ideas revolucionarias. Pero la insurrección de los decembristas no fué estéril. Fortaleció el desarrollo de las ideas revolucionarias en Rusia: el puesto de los revolucionarios de la nobleza pasó o ser ocupado por los revolucionarios de la intelectualidad, por los demócratas revolucionarios. Belinski, Herzen, Chernichevski, Dobroliúbov y otros, expresión de los intereses de los campesinos siervos.

Bajo las condiciones del imperio de la reacción, la literatura  y  la  filosofía  materialista  eran,  para  los

hombres avanzados de Rusia, el único vehículo de

expresión ideológica de las apremiantes necesidades impuestas por el desarrollo progresivo del país, de las

exigencias  cada  vez  más  imperativas  de  la  lucha

contra la servidumbre y el zarismo. La grandeza de la literatura clásica rusa consiste en haber sabido proclamar con una fuerza conmovedora y bajo una forma artística insuperable los pensamientos, los anhelos y las esperanzas del pueblo torturado y oprimido. La literatura clásica rusa surgió y floreció como una fuerza de oposición y de combate contra el régimen   de   la   servidumbre,   impregnada   de   las grandes ideas de liberación del pueblo. Las fuentes de su inspiración fueron las profundísimas contradicciones económicas y de clase de la Rusia de entonces, el odio inextinguible de los campesinos contra la servidumbre y sus aspiraciones de libertad. Y  en  esto  cabalmente  reside  la  causa  del florecimiento y de la fuerza imperecedera de la literatura clásica rusa del siglo XIX.

Para       poder   comprender      los          fenómenos ideológicos,  cualesquiera  que  ellos  sean,  hay  que

partir  del  análisis  de  las  condiciones  en  que  se

desarrolla la vida material de la sociedad, del estudio de las contradicciones de clase en la sociedad de que

se   trata   y   del   grado   de   madurez   de   estas

contradicciones.

La historia del capitalismo nos ofrece ejemplos de países relativamente atrasados desde el punto de vista

económico y que, sin embargo, ocuparon un puesto descollante en el terreno ideológico, en comparación

con otros económicamente más desarrollados. Tal es, por  ejemplo,  el  caso  de  Francia,  que  en  el  siglo XVIII, al principio en el campo de la filosofía y más

tarde, después de la revolución de 1789, también en el       de       las       ideas       políticas,       descollaba

considerablemente  por  sobre  Inglaterra.  Alemania era, a mediados del siglo XIX, un país considerablemente   atrasado   en   comparación   con

Inglaterra y Francia y, sin embargo, en virtud de las condiciones examinadas más arriba (en el capítulo

primero), fué el país en que surgió la más avanzada de las teorías, la teoría de la clase obrera mundial, el marxismo.

El  marxismo  era  la  doctrina  que  sintetizaba científicamente la experiencia del movimiento obrero

 

no sólo de Alemania, sino de todos los países, la más grandiosa revolución operada en la ciencia social y en la filosofía.

También el leninismo, es decir, el marxismo de la época de las revoluciones proletarias, brotó en  un

país que no figuraba entre los adelantados ni en el

terreno económico ni en el político. El leninismo surgió en el período de extrema agudización de todas las contradicciones del imperialismo mundial, en que el capitalismo se convirtió en un capitalismo monopolista, en descomposición, y la revolución proletaria se puso a la orden del día. La Rusia de fines del siglo XIX y comienzos del XX era como el nudo de las contradicciones del capitalismo mundial. De modo semejante a la Alemania del año 1848, la Rusia  de  mediados  del  siglo  XX  llevaba  en  su entraña la revolución y en ella iban madurando, al mismo tiempo, las posibilidades reales de transformación de la revolución democrático- burguesa en revolución socialista. Y a ello se debió el que fuese precisamente Rusia, y no otro país cualquiera, la cuna del leninismo, y su creador el jefe de la clase obrera rusa, Vladimir Ilich Lenin.

Así,  pues,  la  fuente  de  que  emana  la  vida espiritual   de  la  sociedad  debe  buscarse  en  las

condiciones   de   la   vida   material   de   ésta.   La

conciencia social, las ideas sociales son el reflejo de las condiciones de la vida material de la sociedad y, ante todo, de su régimen económico. Al cambiar las condiciones  de  la  vida  material  de  la  sociedad, cambia también la conciencia social.

Esta tesis del materialismo histórico encierra una importancia práctica muy grande para la actuación del partido marxista y para la acción de las fuerzas avanzadas de la sociedad. Para destruir las ideas e instituciones sociales inservibles y reaccionarias, los hábitos y costumbres inservibles y podridos, hay que acabar con las condiciones materiales, económicas, que engendran y alimentan estas ideas, instituciones y costumbres inservibles, podridas y reaccionarias.

La  fuerza  del  Partido  Comunista  de  la  Unión

Soviética   reside   en   que,   por   oposición   a   los populistas, a los anarquistas, a los social- revolucionarios y demás utopistas, partió en su actuación del papel primordial, determinante, de las condiciones  materiales en  el  desarrollo  de la sociedad. En su actuación práctica, el Partido Comunista se apoyaba y se apoya en las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, sin apartarse nunca de la vida real de ésta.

 

2.  Carácter  de  clase  de  la  ideología,  en  la sociedad de clases.

En           una        sociedad              escindida            en          clases

irreconciliablemente  enemigas,  antagónicas,  no puede existir una ideología situada al margen de las

clases, no puede haber ideas políticas y jurídicas, moral, concepciones filosóficas, artísticas, etc., por

 

 

 

encima de las clases. Desde la división de la sociedad en clases enemigas, en opresores y oprimidos, en explotadores y explotados, la ideología ha tenido siempre un carácter de clase, de partido. La ideología dominante siempre ha sido, además, la ideología propia de la clase dominante en lo económico y en lo político, expresión de su situación y de sus intereses y llamada a santificar y fortalecer su dominación económica y política.

"Los pensamientos dominantes -escribían Marx y Engels- son en toda época los de la clase dominante; es decir, la clase que constituye la fuerza material dominante en la sociedad es también, al mismo tiempo, su fuerza espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios de la producción material dispone también, por virtud de ello, de los medios de producción espiritual, y gracias a ello domina y gobierna el pensamiento de cuantos se hallan privados de medios para producir espiritualmente.  Los  pensamientos  dominantes  no son   sino   la   expresión   ideal   de   las   relaciones materiales dominantes".190

La verdad de estas afirmaciones de Marx y Engels se  halla  confirmada  por  toda  la  historia  de  la

sociedad de clases.

En la sociedad esclavista, imperaba la ideología de la clase de los esclavistas. Esta ideología defendía

abiertamente   la   desigualdad   entre   los   hombres,

consideraba la esclavitud como un fenómeno natural, congruente con la "naturaleza" de los hombres. Los

filósofos    Platón    y    Aristóteles,    por    ejemplo,

enseñaban que la esclavitud era una institución, no sólo necesaria, sino natural. Aristóteles escribía: "...unos hombres son por naturaleza libres y otros esclavos, y éstos son esclavos de un modo útil y justo".191

A diferencia de la ideología burguesa actual, que encubre la esclavitud capitalista asalariada con frases acerca de la "igualdad" y la "fraternidad", la filosofía de Platón y Aristóteles hace la apología franca y desembozada de la esclavitud antigua. Platón y Aristóteles eran los ideólogos de la clase esclavista dominante y veían la esclavitud con los ojos de los esclavistas y partiendo de sus intereses.

Pero, tampoco en la antigüedad era igual y uniforme la actitud de los hombres ante la esclavitud.

Por oposición a los esclavistas, los esclavos odiaban la  esclavitud  y  la  consideraban  injusta.  Así  lo

atestiguan, sobre todo, las numerosas insurrecciones de esclavos. La historia del mundo antiguo está llena de acciones de lucha de clases de los esclavos contra

los esclavistas. Y esta lucha reflejábase también, de un modo o de otro, en el campo de las ideas. Los

esclavos expresaban su odio a la esclavitud en ideas que  revestían, no  pocas  veces, forma  religiosa. El

 

 

190  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. IV, págs.

36-37.

191 Aristóteles, Política, cap. 5.

 

cristianismo primitivo, antes de llegar a convertirse en la religión dominante, presenta huellas del odio de los esclavos contra los esclavistas.

Cuando  el  régimen  esclavista  pasó  a  ser  un régimen caduco y la esclavitud se convirtió en freno

del  desarrollo  social,  los  hombres  más  avanzados

comenzaron a ver en ella una institución injusta.

El régimen económico feudal, que vino a sustituir a la esclavitud, descansaba sobre el trabajo de los

campesinos siervos. El siervo era, a diferencia del esclavo,      propiedad      incompleta      del      señor-

terrateniente: éste podía venderlo, pero la ley no le autorizaba ya a darle muerte. Y estas relaciones económicas  encontraban  su reflejo  en  la  ideología

feudal, en las concepciones políticas y jurídicas dominantes,  en las  instituciones  religiosas  y en  la

moral imperante, que justificaban la institución de la servidumbre como un derecho "instituí do por dios".

El paso de la sociedad esclavista a la sociedad

feudal trajo consigo una serie de cambios, no sólo en cuanto al contenido de la conciencia social, sino también en cuanto a la correlación de sus diversas formas. En la sociedad antigua, ejercía una función dominante, a la par con la religión, la ideología política; ocupaban, asimismo, un puesto importante, en  aquella  sociedad,  la  filosofía  y  el  arte,  En  el período de decadencia de la sociedad esclavista, pasó a ocupar el primer plano ideológico la religión. En la época del feudalismo, ésta se erige, íntegra y absolutamente, en la forma ideológica dominante. Todas las demás formas de la conciencia social, la moral, la ciencia, el arte y la filosofía, se hallan supeditadas, en esta época, a la religión. "La iglesia - escribe Engels- era la más alta generalización y la suprema sanción del orden feudal existente".192 Las ideas sociales básicas del cristianismo, del budismo y del islamismo proponíanse justificar la opresión feudal, la servidumbre. El cristianismo defendía la propiedad  privada  de  los  terratenientes, bendiciéndola y santificándola, justificaba el régimen monárquico  y  declaraba  ungidos  por  la  gracia  de Dios a los sangrientos déspotas sentados en el trono, zares, reyes y emperadores.

La historia de la sociedad feudal es la historia de la lucha de los campesinos siervos contra los señores feudales. Y esta lucha cobra su reflejo también en el campo de la ideología. Por oposición a la ideología oficial dominante de la sociedad feudal, surgieron, como expresión de la protesta de los campesinos siervos y los artesanos contra la opresión feudal, una serie   de   herejías   religiosas,   como   las   de   los albigenses y los anabaptistas en el occidente de Europa y la secta de los "estrigolniki" y otras en Rusia.  Los  campesinos  entendían  que  la  tierra  no tenía dueño, que era un patrimonio "divino", que pertenecía  a  todos,  Entre  los  siervos  de  todos  los

 

 

192 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. VIII, pág.

128.

 

 

 

países, comenzó a extenderse el famoso dicho: "Cuando  Adán  araba  y  Eva  hilaba,  ¿quién  era noble?"

La persecución de los heterodoxos (de los herejes, los partidarios de las sectas y los sabios) por el Poder

secular  y  eclesiástico  feudal,  los  procesos  de  la

Inquisición contra las "brujerías", etc., son una de las páginas más sangrientas de la historia, La "santa" Inquisición  católica  enterró  en  las  mazmorras  y quemó  en  las  hogueras  a  cientos  de  miles  de víctimas, Y no es casual que, en nuestro tiempo, la iglesia católica sea una de las animadoras de la reacción  imperialista,  tanto  en  el  campo  político como en el ideológico. La iglesia católica de nuestros días, con el papa de Roma a la cabeza, bendice y justifica todas las bestialidades de los imperialistas.

La  sustitución  del  régimen  feudal  por  el capitalista significa el desplazamiento de la dominación de la ideología feudal por la de la ideología burguesa.

En la sociedad capitalista, la ideología burguesa se   manifiesta   preferentemente   bajo   una   forma

política   y   jurídica   abierta.   Engels   dice   que   la

ideología jurídica es la ideología específicamente burguesa.  Pero  la  burguesía  pone  también  a  su

servicio todas las demás formas de la ideología, entre

ellas esa arma probada de aplastamiento espiritual de las masas que es la religión, la cual conserva, en parte, sus formas tradicionales (catolicismo, religión ortodoxa,   budismo,   islamismo)   y   en   parte   las modifica o reforma (protestantismo: luteranismo, calvinismo).

Es  perfectamente  lógico  que  la  burguesía conserve     y     utilice     las     formas     ideológicas

tradicionales de la sociedad esclavista y feudal, ya

que tanto la esclavitud como el feudalismo y el capitalismo se basan en la propiedad privada sobre

los  medios  de  producción,  en  el  antagonismo  de

clases, en la explotación del hombre por el hombre. Esto hace que, a pesar de las diferencias existentes entre los tres tipos de ideología de las clases explotadoras, haya en ellos mucho de común. No en vano los actuales ideólogos de la burguesía vuelven sus ojos con especial insistencia hacia los modelos de la ideología esclavista y feudal, para fundamentar y justificar el régimen capitalista. Si en los períodos de las revoluciones burguesas la burguesía se apoyaba en las tradiciones progresivas y republicanas, en la actualidad trata de resucitar todo lo bárbaro, lo reaccionario, lo esclavista, lo medieval, lo inspirado en el odio a lo humano.

Por oposición a la desigualdad feudal de la sociedad basada en la servidumbre, la burguesía, cuando todavía era una clase progresiva y revolucionaria,  proclamaba  por  boca  de  sus ideólogos avanzados que los hombres nacen libres e iguales. La consigna política de la naciente burguesía era  la  consigna  de  la  democracia  burguesa,  la

 

consigna de la "libertad, igualdad y fraternidad", y con ella la de la soberanía nacional, la de la unificación nacional, en contraposición al particularismo feudal, al aislamiento territorial. Los ideólogos avanzados de la burguesía, en los albores del  capitalismo,  estaban  sinceramente  convencidos de que, al defender los intereses de la burguesía, defendían los intereses de toda la nación. Y esta creencia no era puramente ilusoria. En la destrucción del régimen de la servidumbre, contra el que aquellos ideólogos se manifestaban, estaba realmente interesada  toda  la  sociedad,  fuera  de  la  nobleza feudal. Y la ideología burguesa progresiva se hallaba en consonancia con esta misión progresiva del capitalismo. Pero, en la época actual, el capitalismo se ha convertido en un sistema reaccionario.

El capitalismo actual, el imperialismo, significa la reacción abierta y descarada, tanto en el campo económico como en el campo político y espiritual. La esencia reaccionaria  de la ideología burguesa actual  encuentra  su  expresión  más  aguda  y repugnante en el fascismo y en sus variantes, en la teoría racista basada en el odio a la humanidad, en las ideas del exclusivismo nacional, en la justificación de las guerras imperialistas, en las ideas del cosmopolitismo, simple variante del nacionalismo de los  círculos  más  agresivos  de  la  burguesía imperialista, principalmente de la burguesía de los Estados Unidos y de sus copartícipes en el bandidaje y el saqueo imperialistas.

La  esencia  reaccionaria  de  la  burguesía imperialista y de su ideología se ha manifestado y se

manifiesta con especial fuerza en la guerra de rapiña

del fascismo alemán y del imperialismo japonés, en la guerra de agresión de los Estados Unidos contra Corea, en las sangrientas bestialidades de los imperialistas, en la persecución contra los elementos del movimiento obrero revolucionario y contra el movimiento de liberación nacional, en la política de esclavización y exterminio de pueblos enteros.

Después del aplastamiento del fascismo alemán y del imperialismo japonés, la reacción imperialista del

mundo entero pasó a ser acaudillada por la burguesía

de los Estados Unidos. El centro de la lucha contra la ideología de la clase obrera, contra el marxismo, se ha desplazado ahora a Norteamérica. En los Estados Unidos se concentran, como en la principal ciudadela del imperialismo, las fuerzas fundamentales del oscurantismo y la reacción, puestas hoy al servicio de la lucha contra las fuerzas de la democracia, de la paz y  del  socialismo,  la  caduca  filosofía  idealista,  la teoría racista, el maltusianismo, el cosmopolitismo, el  oscurantismo  religioso.  El  Vaticano,  la  venal prensa amarilla y el depravado arte decadentista, son las  armas  ideológicas  de  la  "democracia"  de  la bomba atómica y el dólar

La predicación de la insensata idea de la dominación         mundial         del         imperialismo

 

 

 

norteamericano, la preparación de la guerra contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular; la lucha contra la soberanía nacional y la independencia de los pueblos y contra el movimiento de liberación nacional;  el  plan  imperialista  de  creación  de  la llamada  "comunidad  defensiva  europea",  integrada por unos cuantos Estados del occidente de Europa, frente a los restantes Estados europeos y, sobre todo, frente a la Unión Soviética y las democracias populares;  el  programa  de  un  "gobierno  mundial" bajo la férula de los Estados Unidos; los planes de estrangulación  del  movimiento  obrero  y  de liquidación de los restos de la democracia burguesa; la renuncia a la ideología del liberalismo: he ahí el contenido fundamental de la política y de la ideología política imperialistas de la burguesía norteamericana y de la burguesía de los otros países capitalistas a la que aquélla lleva de las riendas, Inglaterra, Francia, Italia, la Alemania occidental, el Japón, etc. En su lucha ideológica contra las fuerzas del campo de la paz, la democracia y el socialismo, los ideólogos de la burguesía imperialista tratan de socavar en las masas populares de los países capitalistas la enorme autoridad de los países del socialismo, de presentar a la U.R.S.S. como una potencia antidemocrática y a los Estados. Unidos, Inglaterra y a todo el mundo capitalista como el baluarte de la democracia.

Los ideólogos de la burguesía pretenden presentar a los países del campo socialista como países "sin

libertad" y llaman países "libres" a aquellos en que imperan la esclavitud capitalista, la explotación y la

opresión, el despotismo fascista y semifascista. Entienden por "libertad", evidentemente, la libertad

de explotación de los obreros y de todos los trabajadores por la burguesía. Todos los enemigos de los trabajadores, todos los enemigos del progreso, los

magnates del capital y los dirigentes de los socialistas de derecha, los defensores del oscurantismo religioso

y los fascistas, se agrupan hoy en la plataforma política reaccionaria de lucha contra los países del campo   socialista,   contra   el   movimiento   obrero

revolucionario  y  el  movimiento  de  liberación nacional.

Uno de los rasgos característicos de la ideología burguesa es la hipocresía y la mentira. Los enemigos declarados   del   socialismo   se   llaman   "nacional-

socialistas" o "socialistas demócratas"; el partido burgués de los enemigos de la democracia se adorna

con la etiqueta de "partido demócrata", los enemigos de la república se atribuyen el nombre de "partido republicano". Esa fraseología hipócrita acerca de la

democracia, de la libre personalidad, de la justicia y del bien general son el ropaje con que la burguesía

trata de encubrir su rapaz política imperialista, dentro y fuera de su país. Esta hipocresía de la ideología imperialista no nace de los rasgos individuales de

este o el otro ideólogo burgués, sino del carácter contradictorio  del  capitalismo,  de  su  esencia  de

 

régimen de explotación, antinacional.

Expresión teórica de la falacia y la hipocresía de la  burguesía  actual  son  la  filosofía  y  la  moral

idealistas, imbuidas del espíritu de la gazmoñería, del

misticismo y el oscurantismo. Hace mucho tiempo, en el período de juventud de la burguesía, sus ideólogos predicaban en una serie de países el materialismo y el ateísmo. Al convertirse en una fuerza reaccionaria, la burguesía ha declarado la guerra al materialismo. Sus ideólogos predican hoy el misticismo, el idealismo más trivial.

Rasgo típico de la ideología burguesa es el individualismo, que brota del suelo de la propiedad privada y de la competencia, con las que toda la sociedad burguesa se convierte en campo de batalla de implacables ambiciones. El llamado espíritu emprendedor capitalista, tan ensalzado por los economistas y poetas, sociólogos y publicistas burgueses, se convierte, de hecho, en la "guerra de todos contra todos". En los umbrales del naciente desarrollo del capitalismo, los ideólogos de la burguesía predicaban el humanismo, aunque interpretado, cierto es, de un modo abstracto. En nuestro tiempo, predican el racismo y el chovinismo, el odio a la humanidad, el canibalismo. La burguesía reaccionaria actual resucita y convierte en "símbolo de  fe"  las  concepciones  más  antihumanas  y  las teorías de los esclavistas, que equiparaban el hombre a las bestias.

Las peculiaridades del desarrollo histórico de algunos países y el grado de agudización de las contradicciones internas hacen que, en estos países, adquiera la ideología burguesa cierta fisonomía especial. Así, por ejemplo, en la época del imperialismo la ideología fascista fué elevada sobre el pavés por la burguesía alemana e italiana antes que por la de Inglaterra y Francia. Ello expresaba las profundas contradicciones internas de la Alemania y la  Italia  imperialistas,  así  como  también  las tendencias de expansión imperialista de estos países. En Inglaterra y en Francia, la burguesía encubría su política reaccionaria bajo una bandera democrática. Pero, en el curso de desarrollo del imperialismo, fueron perdiéndose cada vez más, en estos países, las tradiciones democrático-burguesas. En la actualidad, la burguesía de todos los países imperialistas ha abrazado las posiciones antidemocráticas, fascistas o semifascistas. La burguesía actual ha echado por la borda la bandera de la democracia.

La  propaganda  reaccionaria  idealiza  el capitalismo de los Estados Unidos, el "modo de vida

norteamericano", y trata de presentar a Norteamérica como  la  cuna  del  democratismo.  "Se  olvida",  al

trazar esta mentirosa imagen, de la esclavitud de los negros y del hecho de que en los Estados Unidos tienen una larga tradición las costumbres esclavistas

y las teorías sociales más reaccionarias. La ideología racista  ha  encontrado  siempre  amplia  difusión  en

 

 

 

Norteamérica. Hoy, es la ideología dominante de la burguesía imperialista norteamericana y ha adquirido la significación de la ideología oficial del Estado, inculcada en las mentes por los círculos gobernantes de  los  Estados  Unidos.  La  base  ideológica  de  la actual política interior y exterior de la burguesía norteamericana es la ruptura total con los principios democrático-burgueses de Lincoln y Jefferson, la predicación de la ideología del fascismo, del racismo y del cosmopolitismo, bajo el ropaje de un gran estruendo fraseológico acerca de la democracia y la libertad. No sólo en su propio país, sino en todos los otros países capitalistas, la burguesía imperialista de los Estados Unidos actúa como animadora de la reacción y estranguladora de la democracia y del movimiento de liberación nacional, como gendarme y verdugo internacional.

La ideología burguesa, reaccionaria, se enfrente en  todos  los  países  del  capitalismo  a  la  ideología

revolucionaria, a la ideología socialista de la clase obrera,    al    marxismo-leninismo,    al    socialismo

científico.

La ideología socialista nació como la ideología de la clase más avanzada de la sociedad contemporánea,

del proletariado, como expresión de las exigencias impuestas por el desarrollo de la vida material de la

sociedad, de las tareas históricamente necesarias que plantea el paso revolucionario del capitalismo al socialismo.  La  ideología  socialista  marxista  surgió

sobre la base filosófica del materialismo dialéctico e histórico, como resultado del análisis científico del

desarrollo de la sociedad, de la lucha de clases, como resultado   del   descubrimiento   de   las   leyes   de

desarrollo  del  capitalismo,  como  resultado  de  la crítica consecuentemente revolucionaria de la ideología  burguesa.  Los  creadores  de  la  ideología

socialista científica fueron Marx y Engels. Desarrollaron creadoramente la ideología socialista

marxista, en las condiciones propias de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias, el fundador   del   Partido   Comunista   de   la   Unión

Soviética, Lenin, y sus discípulos y colaboradores, los leninistas.

El marxismo-leninismo es la expresión de los intereses de la fuerza revolucionaria más avanzada de nuestra época, de la clase obrera. Esta fuerza crece,

se templa y se fortalece día tras día; es la fuerza históricamente  llamada  a  destruir  el  capitalismo  y

construir el comunismo, y a ella pertenece el futuro en el mundo entero. Toda la marcha del desarrollo social  conduce  inevitablemente  al  triunfo  de  esta

fuerza grandiosa e invencible.

La ideología socialista marxista parte del hecho de que el capitalismo es un régimen históricamente

transitorio,   régimen   que,   al   sobrevivirse,   se   ha

convertido en reaccionario; de que el capitalismo monopolista   es   el   capitalismo   moribundo,   en

descomposición;  de  que  la  burguesía  es  una  clase

 

envuelta en contradicciones antagónicas insolubles para ella y cada vez más agudizadas. La ideología socialista parte del principio de que la liberación de la clase obrera es obra de ella misma; de que el antagonismo entre el proletariado y la burguesía sólo puede ser resuelto por medio de la revolución socialista, mediante la instauración de la dictadura del proletariado y la construcción del socialismo; de que la clase obrera no puede liberarse más que liberando a toda la sociedad de la explotación del hombre por el hombre; de que no puede ser libre ningún pueblo que oprima a otros.

Bajo   la   bandera   de   la   ideología   socialista marxista-leninista,  lucha  contra  el  capitalismo  la

clase obrera de todo el mundo. Todo el curso del desarrollo histórico confirma la verdad y la fuerza

vital de la ideología socialista. El más grandioso triunfo del marxismo-leninismo es la victoria del socialismo  en  la  U.R.S.S.  y  el  régimen  de  la

democracia popular en una serie de países de Europa y Asia. La sociedad socialista creada en la sexta parte

de la tierra es la realización de las grandes ideas del marxismo-leninismo. En la U.R.S.S., la ideología socialista se ha convertido en la ideología dominante

e incompartida, en la ideología de todo el pueblo. La instauración del régimen de la democracia popular en

una serie de países de Europa y Asia, el crecimiento de  los  partidos  comunistas  y  de  su  influencia  en todos  los  países  del  capitalismo,  el  desarrollo  del

movimiento de liberación nacional en los países coloniales y dependientes: todo ello es exponente de

la verdad y la fuerza vital del marxismo-leninismo. Todo  lo  que  hay  en  el  mundo  de  progresivo  y

revolucionario se agrupa y funde, en nuestro siglo, bajo la bandera de la ideología socialista marxista- leninista.

Entre la ideología socialista revolucionaria de la clase   obrera   y   la   ideología   reaccionaria   de   la

burguesía se libra una lucha irreconciliable, reflejo del antagonismo que media entre el proletariado y la burguesía.

Así, pues, la conciencia social, las ideas sociales, las   concepciones   políticas,   jurídicas,   religiosas,

artísticas, morales y filosóficas, en una sociedad de clases, asumen siempre un carácter de clase y expresan la lucha de clases que se mantiene en este

tipo  de  sociedad.  El  gran  mérito  del  marxismo consiste  en  haber arrancado  a  los  ideólogos  de la

burguesía la máscara de la imparcialidad, poniendo de manifiesto la esencia reaccionaria, de clase, de la ideología  burguesa  moderna.  La  ideología  de  las

clases explotadoras, expresión de sus intereses, deforma  inevitablemente  la  realidad,  no  puede  ser

una ideología científica.

Los  intereses  de  la  clase  obrera,  como  clase consecuente e íntegramente revolucionaria, coinciden

con las tendencias objetivas del desarrollo progresivo de la sociedad. He ahí por qué la ideología de clase

 

 

 

del proletariado es, al mismo tiempo, una ideología consecuentemente científica y el espíritu proletario, comunista, de partido coincide con la objetividad científica. Por oposición a la ideología burguesa, que presenta las relaciones sociales bajo una forma invertida, fetichista, la ideología socialista ofrece una imagen objetiva, verdadera y certera de la realidad, del ser social. En esto reside la fuerza invencible de la ideología socialista.

 

3. Cómo repercute la conciencia social sobre el ser social.

Los   sociólogos   burgueses   dirigen   contra   el

materialismo histórico la absurda acusación de que éste ignora la función de la conciencia, del "factor

ideológico",  en  el  desarrollo  social;  acusan  a  los

marxistas   de   reducir   todo   el   desarrollo   de   la sociedad, al parecer, a la acción automática de la economía. Esta acusación nace de la ignorancia de los sociólogos burgueses, cuando no es el resultado de su tergiversación consciente de las concepciones marxistas.

El materialismo histórico ha reconocido siempre y reconoce   la   enorme   importancia   que   las   ideas

sociales tienen en el desarrollo de la sociedad. Por eso precisamente Marx, Engels y Lenin consagraron

toda su vida a elaborar en todos sus aspectos la teoría del socialismo científico, la ideología de la clase obrera, emancipando al proletariado del yugo de la

ideología burguesa y educándolo en el espíritu de la conciencia socialista. Por eso precisamente todos los

partidos marxistas dedican una atención tan grande a la  lucha  ideológica,  teórica,  contra  la  ideología

burguesa, enemiga de la clase obrera. Ya en 1843, escribía Marx:

"El  arma  de  la  crítica  no puede,  por  supuesto,

sustituir a la crítica de las armas; a la fuerza material debe enfrentarse la fuerza material; pero también la teoría se convierte en una fuerza material, cuando se apodera de las masas".193

En la lucha contra el idealismo, Marx y Engels tuvieron que concentrar su principal atención en la exposición de la tesis fundamental de su teoría social, negada y combatida por sus adversarios: la tesis de la función determinante de las condiciones de la vida material de la sociedad, en que se halla la fuente del origen y de los cambios de las ideas, concepciones y teorías sociales, de las instituciones políticas y jurídicas. Por lo que se refiere al problema la repercusión activa de las ideas sobre el desarrollo de la vida material de la sociedad, este problema se halla positivamente resuelto, en principio, en los trabajos de Marx y Engels, principalmente en los que versan sobre temas de historia. En cambio, el centro de gravedad de sus trabajos filosóficos reside, por virtud de las condiciones históricas en que se escribieron,

 

del materialismo histórico, que es el del papel determinante de las condiciones de la vida material de la sociedad, en el esclarecimiento de las causas que explican los cambios de las ideas, teorías y concepciones. En 1890, escribía Engels. a propósito de esto:

"El que los discípulos [marxistas, F. K.] hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayan este principio cardinal que se negaba,   y   no   siempre   disponíamos   de   tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de  aplicar  prácticamente  el  principio  [del materialismo histórico, como método, F. K.], cambiaba  la  cosa  y  ya  no  había  posibilidad  de error.194

A mediados de los años noventa del siglo pasado, surgió el peligro de una interpretación revisionista

del  marxismo  en  el  sentido  de  un  materialismo

vulgar, que negaba la función de la conciencia, de las ideas, de la supraestructura en su conjunto, dentro del

desarrollo de la sociedad. Esta interpretación llevaba

a los revisionistas a abandonar la lucha contra la ideología burguesa enemiga de la clase obrera, a inclinarse ante el movimiento obrero espontáneo, a negar la revolución socialista y la dictadura del proletariado.

En  la  época  del  imperialismo  y  de  las revoluciones proletarias, en que la agudización de las contradicciones del capitalismo ha llegado a una fase sin precedente, en que se pone a la orden del día la revolución   proletaria   y   se   plantea   como   tarea histórica fundamental la incorporación de millones de hombres a la lucha activa y consciente, constituía un grave peligro esta vulgar "teoría" seudomarxista, propagada por los teoreticastros de la Segunda Internacional. Los partidarios de dicha teoría consideraban el movimiento histórico como un proceso automático, que se desarrollaba al margen de los hombres, al margen de la lucha de clases. Y afirmaban que las mismas fuerzas productivas se encargarían, por la acción de su curso espontáneo, no sólo de crear las premisas, las condiciones materiales para el socialismo, sino incluso de conducir las cosas, necesaria y fatalmente, hacia el socialismo, sin necesidad de la lucha de clases del proletariado y sin que las masas populares desarrollaran una acción propia, histórica y creadora.

Esta  "teoría"  encontraba  su  expresión  más acabada  en  las  prédicas  del  reformismo,  de  la

"integración"    pacífica    del    capitalismo    en    el

socialismo   sin   lucha   de   clases,   sin   la   acción

 

en la defensa y fundamentación del principio central                   

194 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.

 

193 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t, I, pág. 392.

 

460.

 

 

 

revolucionaria del proletariado, sin lucha teórica de los partidos marxistas contra la burguesía y sus ideólogos. Esta "teoría" era defendida en Rusia por los "economistas", los mencheviques y, más tarde, ya en pleno régimen soviético, por los bujarinistas, discrepantes del leninismo. Los "economistas" y, a la zaga  de  ellos,  los  mencheviques  afirmaban  que, puesto que el crecimiento de las fuerzas productivas y el desarrollo de la economía determinan el desarrollo social, el movimiento obrero marcharía espontáneamente por el camino del socialismo, que la clase obrera se encargaría de elaborar por sí misma la ideología socialista y el partido no tenía por qué preocuparse de ilustrarla y educarla en el socialismo.

Tal era la prédica de la espontaneidad, del ir a la zaga, con la que se quería arrastrar a la pasividad al proletariado y a su partido. En realidad, la lucha contra el zarismo y el capitalismo, en Rusia, exigía de la clase obrera y de su partido la más grandiosa actividad  y  energía  revolucionarias,  la  más formidable capacidad de organización, de tenacidad, de fuerza, de cohesión y de disciplina, el más alto grado de conciencia y de heroísmo. ¿Qué era lo que podía dar a la clase obrera la capacidad de organización, la unidad y la cohesión necesarias? Solamente una teoría revolucionaria de vanguardia, el socialismo científico, el partido marxista.

"Sin  teoría  revolucionaria  no  puede  haber tampoco movimiento revolucionario", escribía V. I.

Lenin en el libro en que se sientan los fundamentos ideológicos del Partido Comunista de la Unión Soviética.195

La teoría revolucionaria, si se forja en indestructible vinculación con la práctica revolucionaria; se convierte en una fuerza formidable del movimiento obrero, "…porque ella, y sólo ella, puede dar al movimiento seguridad, capacidad para orientarse y la comprensión de los vínculos internos ante los acontecimientos que se producen en torno nuestro; porque ella, y sólo ella, puede ayudar a la práctica a comprender, no sólo cómo se mueven y hacia  dónde  marchan  las  clases  en  el  momento actual, sino también cómo deben moverse y hacia dónde deben marchar en un futuro próximo".196

En la obra de Lenin titulada ¿Qué hacer? se pone profundamente de manifiesto la significación de la

teoría revolucionaria, de la conciencia socialista y del partido  marxista,  como  fuerza  revolucionadora  y

dirigente del movimiento obrero, y se fundamenta el principio según el cual el partido marxista es la conjunción del movimiento obrero con el socialismo.

El problema de las relaciones entre la conciencia social y el ser social tiene dos facetas: la primera es

el problema del origen, de las fuentes de que nacen y donde se forman las ideas y concepciones sociales, las teorías políticas; la segunda, el problema de la

 

 

195 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. V, pág. 341.

196 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española; t. VI, pág. 89.

 

significación, de la función de las ideas y concepciones sociales, de las teorías políticas, en el desarrollo de la sociedad. Al explicar los cambios operados en la conciencia social por los cambios del ser social, el materialismo histórico no sólo no niega, sino que, por el contrario, subraya la formidable función y significación de las ideas, concepciones y teorías sociales y de las instituciones políticas, jurídicas o de otra índole en la vida y en el desarrollo de la sociedad.

Las ideas, concepciones y teorías sociales son diversas. Hay ideas, concepciones y teorías viejas,

reaccionarias,   que  expresan  los  intereses  de  las

fuerzas caducas de la sociedad. Estas ideas, concepciones y teorías frenan, entorpecen el curso

del    desarrollo    social,    cumplen    una    función

reaccionaria   en   la   historia.   Pero   hay   también, siempre, ideas y teorías sociales nuevas, avanzadas, que expresan las aspiraciones y los intereses de las fuerzas  avanzadas  de  la  sociedad.  Estas  ideas  y teorías avanzadas facilitan y aceleran el curso desarrollo social, ayudan a la realización de las tareas históricas ya maduras para ser resueltas.

Sin la difusión de las ideas avanzadas entre las más  amplias  masas,  sería imposible  unir,  fundir  a

estas masas en la lucha revolucionaria. Sin que estas

ideas avanzadas prendan en las mentes de millones de hombres, jamás se asegurará el triunfo de las fuerzas avanzadas de la sociedad sobre las fuerzas viejas y caducas. Lo que significa, en nuestra época, que la difusión de la ideología socialista, de las ideas revolucionarias del comunismo, entre el proletariado de todos los países es una de las condiciones necesarias  para  el  derrocamiento  de  la  burguesía, para la destrucción del capitalismo y la creación de una nueva sociedad, la sociedad socialista.

Las clases caducas no afirman su dominación solamente mediante el sojuzgamiento físico abierto de las masas. A la par con la violencia, llevan a cabo el sojuzgamiento espiritual de las masas, inculcan en la conciencia de los trabajadores el veneno de su ideología reaccionaria, con ayuda de la cual se esfuerzan por justificar, apuntalar y afianzar su dominación. En este respecto, cumple una función especialmente abyecta la ideología de los socialistas de derecha, la propaganda del reformismo y de la "paz de clases" entre el proletariado y la burguesía, de las calumnias contra el comunismo, contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular. La ideología de los socialistas de derecha es la ideología de la escisión de la clase obrera, una de las formas de la influencia de la burguesía en el seno del movimiento obrero. Ideología especialmente dañina, por el hecho de que se cubre con frases sobre la democracia, sobre el socialismo, sobre los intereses de la clase obrera.

La  ideología  burguesa  reaccionaria  se  difunde entre  las  masas  con  ayuda  del  ramificado  aparato

 

 

 

destinado al sojuzgamiento ideológico de los trabajadores, con ayuda de la iglesia, la escuela, la prensa, la radio, el cine y el teatro. Las ideas, concepciones, hábitos y tradiciones reaccionarias constituyen una fuerza que entorpece los avances de la sociedad, que refrena la actividad de las masas, de las  clases  avanzadas,  que  embota  su  voluntad  de lucha y siembra en ellas la falta de fe en la fuerza del pueblo, en la fuerza de la clase obrera. Por eso, no es posible derrocar el régimen viejo y caduco sin luchar contra la ideología reaccionaria de la burguesía y de los socialistas de derecha. No es posible agrupar, organizar y movilizar a las fuerzas de la clase avanzada para la lucha contra las clases caducas, sin apoyarse en las ideas nuevas y avanzadas.

La formidable significación movilizadora, organizadora y transformadora de las ideas y teorías

avanzadas,   de   las   concepciones   e   instituciones

políticas avanzadas, se manifiesta con una fuerza especial en los períodos revolucionarios. "Las nuevas

ideas y teorías sociales surgen, en rigor, porque son

necesarias para la sociedad, porque sin su labor organizadora, movilizadora y transformadora sería imposible llevar a cabo las tareas que plantea el desarrollo de la vida material de la sociedad y que están ya en sazón de ser cumplidas. Y como surgen sobre la base de las nuevas teorías planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, las nuevas ideas y teorías sociales se abren paso, se convierten en patrimonio de las masas populares, movilizan y organizan a éstas contra las fuerzas sociales caducas, facilitando así el derrocamiento de estas  fuerzas  sociales  caducas  que  frenan  el desarrollo de la vida material de la sociedad.

"He aquí como las ideas y teorías sociales, las instituciones políticas, que brotan sobre la base de las

tareas ya maduras para su solución planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, por el

desarrollo de la existencia social, actúan luego, a su vez,  sobre  esta  existencia  social,  sobre  la  vida material  de  la  sociedad,  creando  las  condiciones

necesarias para llevar a término la ejecución de las tareas ya maduras de la vida material de la sociedad y hacer posible su desarrollo ulterior".197

La   historia   de   las   sociedades   de   clase   se caracteriza por la lucha constante de las ideas nuevas, avanzadas, contra las ideas viejas y caducas. La lucha de ideas refleja la lucha de clases. Así, por ejemplo, la naciente burguesía, antes de lanzarse a la crítica de las relaciones feudales ya caducas por la fuerza de las armas, dirigió el arma de la crítica contra las relaciones medievales subsistentes en la economía, la política, la legislación y la ideología. El asalto a la Bastilla,  en  Francia,  fué  precedido  por  el  asalto librado  contra  las  murallas  ideológicas  del feudalismo por los materialistas franceses, Lamettrie, Holbach, Helvecio, Diderot y otros pensadores de la

 

197 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 649.

 

Ilustración (Montesquieu, Voltaire, Rousseau, D’Alembert).

Toda la historia del pensamiento social en Rusia se halla también llena de las acciones de lucha de las

ideas  progresivas  contra  las  ideas  reaccionarias, reflejo de la lucha entre las clases avanzadas y las

clases reaccionarias. Expresión de la lucha de clases contra la servidumbre y el zarismo eran las ideas de Radischev y los decembristas, las ideas democrático-

revolucionarias de Belinski, Herzen, Ogariev, Chernichevski,   Dobroliubov,   Pisariev,   Saltykov-

Schedrin y otros.

La  Gran  Revolución  Socialista  de  Octubre  de

1917 en Rusia fué precedida de una larga lucha política e ideológica. Después de la muerte de Marx

y Engels, en ningún país ni por ningún partido fué

sometida la ideología de la servidumbre y el feudalismo  y  la  ideología  burguesa  y pequeñoburguesa (de los mencheviques, social- revolucionarios y anarquistas) a una crítica tan total, tan profunda y tan demoledora como en Rusia, por obra del Partido Comunista. A partir de mediados de la década del noventa del siglo XIX, los marxistas rusos, el Partido Comunista fundado por Lenin, libraron una lucha tenaz, intransigente y consecuente contra todos los enemigos del comunismo científico. Las ideas burguesas en el campo de la filosofía, de la economía política, de la historia, de la teoría del socialismo, de los problemas de la literatura y el arte, de la religión, en todos los dominios de la ideología reaccionaria, fueron sometidas a una profunda crítica revolucionaria por Lenin y sus compañeros de armas. Lucha en la que el Partido Comunista se mantenía siempre a la ofensiva frente a la ideología enemiga. La lucha ideológica, teórica, del leninismo contra la ideología burguesa y pequeñoburguesa, conciliadora, fué una de las premisas más importantes del gran triunfo  logrado  por  la  clase  obrera  en  octubre  de

1917.

El   triunfo   de   gran   pueblo   chino   sobre   el imperialismo  y  el  feudalismo,  alcanzado  bajo  la

dirección del glorioso Partido Comunista de China, tuvo   también   como   fundamento   ideológico   la

ideología del marxismo-leninismo. El Partido Comunista de China libró una lucha política e ideológica total contra las ideas y concepciones del

mundo hostiles al marxismo-leninismo.

Hoy   día,   asistimos   a   la   crisis   general   del capitalismo  mundial:  sus  contradicciones  internas

cada   día   más   agudizadas   y   sus   enfermedades

incurables lo conducen a su inevitable hundimiento. Pero el capitalismo no muere por sí mismo, no se

derrumba como un árbol podrido y carcomido: sólo

las  fuerzas  revolucionarias  pueden  destruirlo.  La clase obrera se halla hoy a la cabeza de la lucha histórico-mundial por el progreso social, por la paz, por la democracia y el socialismo, contra el capitalismo  caduco  y  podrido.  Y  se  levanta  en  la

 

 

 

lucha contra las fuerzas de la reacción empuñando la bandera de las ideas del socialismo científico.

Las grandes ideas del socialismo científico son las ideas  más  apremiantes  y  más  vitales  de  nuestro

tiempo. Estas ideas expresan las necesidades ya en sazón del desarrollo de la sociedad, los intereses y las

aspiraciones  de  cientos  de  millones  de  seres humanos.  Atraen  a  su  lado  a  nuevos  y  nuevos millones de hombres laboriosos en todos los países

del mundo capitalista. El triunfo del socialismo en la

U.R.S.S., el triunfo del régimen de la democracia popular en una serie de países de Europa y Asia, el

crecimiento de los partidos marxistas de masas en la

mayoría de los países capitalistas infunden a las ideas del socialismo científico una fuerza transformadora

todavía más poderosa y efectiva.

"La fuerza y la vitalidad del marxismo-leninismo estriban en que se apoya en una teoría de vanguardia que refleja certeramente las exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, en que coloca la teoría a la altura que le corresponde y considera su deber  utilizar  íntegramente  su fuerza  de movilización,  de  organización  y  de transformación".198  La teoría marxista-leninista es la guía para la acción revolucionaria de la clase obrera con el fin de acelerar el movimiento histórico por el camino  hacia  el  derrocamiento  del  caduco capitalismo y la creación de un régimen nuevo, del régimen socialista, en el mundo entero.

El materialismo histórico, a la par que descubrió las leyes de desarrollo de la sociedad y que esclareció científicamente las fuentes en que se forma la vida espiritual de ésta, las causas de los cambios operados en la conciencia social, en las ideas sociales, señaló por primera vez la verdadera función y significación de   las   ideas   en   el   desarrollo   de   la   sociedad, mostrando la repercusión activa de la conciencia social sobre la base material de aquélla.

La función de las ideas sociales es especialmente grande en los períodos de las revoluciones sociales. Las ideas sociales avanzadas son una fuerza movilizadora, organizadora y transformadora que acelera el desarrollo de la sociedad y facilita la destrucción del viejo orden social y la formación de un orden social nuevo.

Las ideas avanzadas, una vez que se adueñan de la conciencia de millones de hombres, se convierten en

una fuerza efectiva, creadora y transformadora, en

una de las condiciones para el paso revolucionario de la sociedad caduca a la nueva sociedad, que viene a sustituir  a  la  vieja.  Así  lo  atestigua  el  formidable papel desempeñado por la ideología socialista, por las ideas del marxismo-leninismo.

 

4.   El   papel   de   la   teoría  marxista,  de   la conciencia  socialista,  en  el desarrollo de  la sociedad soviética.

 

198 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 650.

 

El papel de las ideas y teorías avanzadas en el desarrollo de la sociedad depende, en primer lugar, del carácter del régimen social de que se trate, de su economía y de las fuerzas motrices de su desarrollo; en segundo lugar, de la naturaleza de clase de las ideas; en tercer lugar, del grado de exactitud con que las  teorías  sociales  en  cuestión  reflejen  las necesidades ya maduras del desarrollo de la vida material de la sociedad; en cuarto lugar, del grado de difusión de dichas ideas entre las masas y, en particular, de que las ideas de que se trata sean patrimonio de un individuo o bandera de lucha de las masas populares, de las fuerzas sociales avanzadas.

La tesis teórica del materialismo histórico sobre la función movilizadora, organizadora y transformadora

de las ideas avanzadas en el desarrollo social, tiene

un carácter general, se refiere a todas las formaciones sociales. Pero esta tesis se manifiesta con especial claridad a la luz del ejemplo de la función histórica de la propia teoría marxista-leninista, de la propia ideología socialista. Lo que expresa la formidable fuerza efectiva de la teoría marxista-leninista es el hecho de que esta teoría expresa con la mayor exactitud las exigencias propias del desarrollo de la vida material de la sociedad y es la bandera de la lucha revolucionaria de la clase obrera, de decenas y cientos  de  millones  de  hombres.  El  nexo indestructible entre la teoría y la práctica es uno de los principios cardinales de la doctrina marxista- leninista. El marxismo-leninismo no es solamente la síntesis teórica de la experiencia de la práctica del movimiento obrero de todos los países, sino que es, además, la guía para la acción práctica. A diferencia de   todas   las   teorías   avanzadas   anteriores,   que ofrecían  tan  sólo  una  imagen  más  o  menos aproximada de la realidad, el marxismo-leninismo es una teoría científica que traza la imagen más exacta de esta realidad, que nos da el conocimiento certero de  las  leyes  del  desarrollo  social,  de  la  lucha  de clases, de la revolución socialista, de la construcción del comunismo. y la teoría marxista-leninista no se limita a sintetizar el conocimiento del pasado y del presente, sino que ofrece, además, una previsión científica del futuro. Gracias a esto, la función activa, transformadora, de la teoría marxista-leninista en el desarrollo social es incomparable e inconmensurable con respecto a la función desempeñada por las ideas y  las  teorías  en  toda  la  historia  anterior  de  la sociedad.

En obras como El contrato social de Rousseau, el

Tratado teológico-político y la Ética de Spinoza, el

Sistema de la naturaleza  de Holbach o el Viaje de Petersburgo   a   Moscú  de  Radischev,  exponíanse ideas que eran, sin duda, para su tiempo, ideas avanzadas. Pero el papel desempeñado por ellas en el desarrollo de la sociedad fué limitado, por el hecho de que no llegaron a ser patrimonio más que de un número  reducido  de  personas.  Las  concepciones

 

 

 

filosóficas de los materialistas ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII, lo mismo que la filosofía materialista de Feuerbach, no pasaron de ser patrimonio de unos cuantos, razón por la cual su influencia sobre el curso del desarrollo social fué incomparablemente más pequeña que la acción ejercida por las ideas filosóficas del marxismo- leninismo. Pero conviene no olvidar, además, en relación con esto, que todo el materialismo premarxista tenía un carácter puramente contemplativo, no se hallaba vinculado a la práctica revolucionaria, no se planteaba la tarea de hacer cambiar el mundo.

En toda la historia de la humanidad hasta llegar al socialismo,   vemos   que   sólo   en   los   períodos

revolucionarios es sustituido el desarrollo espontáneo

de la sociedad por la acción consciente de las clases avanzadas, en la que se manifiesta de una forma clara la función movilizadora, organizadora y transformadora de las ideas de vanguardia. Sin embargo, incluso durante las épocas de las revoluciones anteriores, observamos que no sólo las masas, sino también las personas que se hallan a la cabeza del movimiento, carecen de una concepción clara de las leyes de la revolución y de las fuerzas motrices de ésta. Los resultados de las revoluciones precedentes eran, lo mismo para las masas que para los jefes de la burguesía, más o menos inesperados y, a veces, se hallaban incluso en contradicción directa con   lo   esperado   por   ellos.   En   cambio,   en   la revolución socialista y en la construcción del socialismo y el comunismo, la clase obrera actúa pertrechada con un claro programa científico, con el conocimiento de las leyes que presiden el desarrollo de la sociedad y de los objetivos y los caminos del movimiento.

De suyo se comprende que el papel de la teoría marxista-leninista no puede ser el mismo bajo las condiciones  del  capitalismo  que  en  las  del socialismo. Bajo el capitalismo, la teoría marxista- leninista es, en manos de la clase obrera, un arma para el derrocamiento del régimen de la explotación, a la que se oponen la ideología burguesa dominante y el Estado capitalista. Con el triunfo del capitalismo, crece en gigantescas proporciones la significación de la teoría del marxismo-leninismo en el desarrollo de la sociedad. En la U.R.S.S., las grandes ideas del comunismo   han   prendido   en   la   conciencia   de millones de hombres, lo que hace de ellas una poderosísima fuerza creadora material, arma de la conciencia y el desarrollo de la nueva sociedad, que contribuye activamente al desarrollo de la base económica y de todos y cada uno de los aspectos de la vida de la sociedad socialista. En la teoría del marxismo-leninismo se basa toda la actividad del Estado socialista y del Partido Comunista.

La creciente significación de la teoría científica en el desarrollo de la sociedad socialista responde a la

 

naturaleza del socialismo, al carácter de las leyes por las que se rige y a las fuerzas motrices de su desarrollo.  El  nacimiento  y  el  desarrollo  de  la sociedad socialista, como los de toda sociedad, se rigen por sus leyes, constituyen un proceso históricamente condicionado y necesario. Pero la peculiaridad del régimen social socialista estriba en que surge y se desarrolla como resultado de la creación histórica consciente de las masas trabajadoras, dirigidas por el partido marxista. Las premisas materiales de la sociedad socialista, las fuerzas  sociales  de  producción,  de  las  que  forma parte la propia clase obrera -portadora de las relaciones socialistas de producción-, surgieron espontáneamente en el seno de la vieja sociedad, bajo las condiciones del capitalismo. Pero la formación de las relaciones de producción del socialismo no es ya fruto de la vieja sociedad ni brota espontáneamente, sino que es resultado de la revolución socialista, de la actividad  transformadora,  consciente  y  planificada, de los trabajadores, dirigidos por el Estado socialista y  el  Partido  Comunista.  El  pueblo  soviético,  para crear las nuevas relaciones, las relaciones socialistas, se apoyó en el nivel de desarrollo ya alcanzado por las fuerzas productivas y en el conocimiento y la aplicación de la ley económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas.

Toda revolución social trae consigo el cambio del proceso espontáneo de desarrollo de la sociedad por

la acción consciente de las fuerzas avanzadas, que

pugnan por liquidar el viejo régimen e instaurar otro nuevo. Ahora bien, la misión de las anteriores revoluciones  consistía,  fundamentalmente,  en destruir la vieja supraestructura y en crear una supraestructura nueva, a tono con la nueva base de la sociedad que había ido surgiendo espontáneamente. E, inmediatamente después de la revolución, la actividad revolucionaria transformadora consciente dejaba de nuevo el puesto al proceso espontáneo de desarrollo de la sociedad. En la revolución socialista, por el contrario, el despertar a la creación histórica consciente de las amplísimas masas trabajadoras, con el  proletariado  a  la  cabeza,  no  es  más  que  el comienzo, el punto de partida para un nuevo tipo de desarrollo histórico, que se lleva a cabo con arreglo a un plan, orientado hacia sus objetivos, sobre la base del conocimiento y la aplicación plenamente consciente de las leyes del desarrollo social. Y esta creación histórica consciente de las masas populares abarca todo el campo de las relaciones políticas, económicas e ideológicas, todos y cada uno de los aspectos de la vida social, desde la base hasta la supraestructura.

La revolución socialista representa el final de la prehistoria  de  la  humanidad  y  el  comienzo  de  su

auténtica  historia,  de  la  historia  conscientemente

creada por los hombres sobre la base de las leyes

 

 

 

objetivas, conocidas y colocadas bajo el control de la sociedad y conscientemente aplicadas en interés de todo el pueblo.

Las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad pueden    llegar    a    conocerse    también    bajo    el

capitalismo (como las conocieron los marxistas ya en

el siglo XIX), pero el desarrollo del capitalismo presenta un carácter espontáneo, porque la propiedad privada sobre los medios de producción y la anarquía de  ésta  hacen imposible el  control  de la sociedad sobre el desarrollo de la producción. La sumisión de las leyes sociales objetivas al control de la sociedad sólo es posible mediante la implantación de la propiedad social socialista sobre los medios de producción.

En este sentido, el triunfo del socialismo trae consigo un cambio en cuanto a la correlación del

elemento espontáneo y el elemento consciente en el

desarrollo  social.  La  novedad  que  el  socialismo aporta, en este campo, consiste, en primer lugar, en

que   hasta   el   socialismo   ni   los   individuos   que

cambiaban los instrumentos de trabajo ni la misma sociedad en su conjunto podían prever los resultados sociales de aquellos cambios conscientemente introducidos por ellos en el estado de las fuerzas productivas; y, en segundo lugar, en que antes, hasta llegar al socialismo, la actitud de la sociedad ante las premisas  materiales  del  desarrollo  económico creadas por las anteriores generaciones no era una actitud consciente. Pero la cosa radicalmente al comenzar la revolución socialista.

"El comunismo -escribían Marx y Engels- se distingue de todos los movimientos anteriores en que transforma radicalmente el fundamento de todas las anteriores  relaciones  de  producción  y  de  las relaciones  de  la  sociedad  y  considera conscientemente por vez primera todas las premisas que   han   ido   surgiendo   espontáneamente   como creadas por los hombres precedentes, quitándoles su carácter espontáneo y sometiéndolas al poder de los individuos asociados".199

En el régimen de la economía socialista, la sociedad, dirigida por el Partido Comunista y el Estado socialista, no sólo puede prever los resultados fundamentales y decisivos de toda su actividad y la orientación en que la sociedad ha de desarrollarse, sino encauzar, además, con arreglo a un plan, el desarrollo de las fuerzas productivas, de la economía, de la cultura y de todas las relaciones sociales. Esto se logra, en primer lugar, gracias al hecho de que todos los medios de producción han pasado a ser de propiedad socialista y, en segundo lugar, por la razón de que todas las actividades de la sociedad están orientadas por la política del Partido Comunista y del Estado socialista, quienes se basan para ello en el conocimiento de las leyes del desarrollo económico,

 

 

199  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. IV, pág.

60.

 

en   las   leyes   objetivas   de   la   construcción   del socialismo y del comunismo. El conocimiento de las leyes de desarrollo de la sociedad la suministra el marxismo-leninismo. A ello se debe, precisamente, la grandiosa  importancia  que  la  teoría  marxista- leninista   tiene   en   el   desarrollo   de   la   sociedad socialista y en la construcción del comunismo.

Otra   razón   que   determina   la   extraordinaria importancia de la teoría marxista-leninista es la de

que la conciencia queda siempre rezagada con respecto a los cambios operados en las condiciones

de vida material de la sociedad. Y este retraso es especialmente característico de la conciencia usual, que  va  formándose  espontáneamente  a  base  de  la

limitada experiencia cotidiana. Esta conciencia habitual,  el  modo  de  pensar  empírico,  no  está  en

condiciones de penetrar por debajo de la superficie de los fenómenos, de calar en su esencia, en los procesos  profundos  que  van  desarrollándose  en  la

entraña misma de la vida social. No puede ofrecemos una síntesis extensa y certera de la experiencia. Todo

esto queda reservado, y en ello reside su gran importancia, a la ciencia y al pensamiento teórico.

El pensamiento científico, teórico, es el resultado

de un largo desarrollo histórico. La forma más alta del pensamiento teórico es la dialéctica materialista, la ciencia de las leyes más generales del desarrollo de la realidad: la de la naturaleza, la de la sociedad y la del mismo proceso del conocimiento. La dialéctica marxista y la teoría del materialismo histórico permiten   descubrir   la   esencia   de   los   procesos sociales, penetrar en los nexos internos de los fenómenos.  Al  pensamiento  científico,  teórico, basado en el método dialéctico marxista y en el conocimiento de las leyes de la vida social, le es posible poner de manifiesto las tendencias ocultas del desarrollo social y, fijándose en las nacientes y embrionarias contradicciones, apenas visibles, prever el futuro. Y, a su vez, la previsión científica permite a los hombres influir conscientemente sobre el desarrollo  de  la  sociedad  en  consonancia  con  las leyes objetivas.

El            marxismo-leninismo      dota      al            Partido

Comunista,  y  por  medio  de  él  a  todos  los trabajadores, del arma de la previsión científica, de la clara perspectiva de desarrollo de la sociedad y de la certeza en el triunfo del comunismo. Dirigir significa prever. La espontaneidad, la marcha fortuita de las cosas,  es  algo  radicalmente  extraño  al  socialismo. Aún quedan, sin embargo, en nuestro país, funcionarios del aparato estatal, del partido y de los sindicatos, que se confían a la espontaneidad y no se esfuerzan por penetrar en los profundos procesos internos que se operan en la economía y en la vida de la sociedad, hasta que las circunstancias se encargan de darles con la puerta en las narices, poniendo de manifiesto,  como  hechos  consumados,  los descalabros    y    resultados    negativos.    Fácil    es

 

 

 

comprender que esta clase de dirigentes no sirven más que para perjudicar y echar a perder la misión que les ha sido confiada por el pueblo.

El   Partido   Comunista   y   su   Comité   Central, basándose  en  el  conocimiento   de  las  leyes   de

desarrollo de la sociedad, se preocupan de estudiar a

fondo la vida social contemporánea y, basándose en la previsión científica, movilizan a su debido tiempo las masas populares para la solución de las tareas históricas que han llegado ya a su grado de madurez.

El  marxismo-leninismo,  como  la  ciencia de las leyes de desarrollo de la naturaleza y la sociedad, la

ciencia de la revolución de las masas oprimidas y

explotadas, es también la ciencia de las leyes de la construcción  del  socialismo  y  el  comunismo.  Esta

ciencia constituye el arma poderosa, imprescindible e

insustituible, del Partido Comunista. Este, basándose en la ciencia marxista, estará siempre en condiciones de dirigir a las masas populares y de influir activamente,  con  ello,  sobre  las  condiciones  de la vida material de la sociedad, de acelerar su desarrollo en interés de los trabajadores.

La formidable significación transformadora de la teoría marxista-leninista consiste en que esta teoría

expresa certeramente las exigencias ya en sazón del desarrollo de la vida material de la sociedad y los

intereses de las masas populares. Gracias a esto, la ciencia marxista y el Partido Comunista dirigido por ella son capaces de poner en movimiento a las masas

del  pueblo,  de  movilizar  y  organizar  a  los trabajadores   en   el   grandioso   ejército   de   los

constructores del socialismo y del comunismo. La teoría     marxista-leninista     permite     al     Partido

Comunista cumplir con su misión de vanguardia de la clase obrera y de todos los trabajadores.

He  aquí  ahora  algunos  ejemplos  que  ponen  de

manifiesto la formidable significación de la teoría marxista en el triunfo de la revolución socialista, en el triunfo del socialismo. La teoría leninista de la revolución socialista, y en particular la doctrina sobre la  posibilidad  de  que  el  socialismo  empiece triunfando en un solo país por separado, pertrechó ideológicamente al Partido Comunista y a la clase obrera, abrió ante ellos una clara perspectiva y les infundió la certeza en el triunfo de la revolución y del socialismo. Basándose en la teoría marxista-leninista, el Partido Comunista aplastó ideológicamente a los enemigos del socialismo, a los mencheviques, social- revolucionarios, trotskistas, a los agentes de la burguesía, y organizó y fundió a los obreros y campesinos más pobres en el formidable ejército de la revolución socialista. Y este ejército derrocó el poder de la burguesía e instauró la dictadura de la clase  obrera.  Fué  así  como  la  teoría  marxista- leninista señaló el camino hacia el triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre y ejerció, con ello, una influencia gigantesca sobre la marcha de la historia, sobre la suerte de los pueblos de Rusia y de

 

la humanidad entera.

El   Partido   Comunista,   para   dirigir   la   lucha revolucionaria  de  los  obreros  y  los  campesinos,

basábase en las leyes económicas del desarrollo de la

sociedad, en las leyes de la lucha de clases y de la revolución. Y aplicaba estas leyes de un modo consciente y en interés de los trabajadores, con la mira puesta en el triunfo del socialismo sobre el capitalismo. Fué cabalmente el conocimiento de estas leyes,   su   audaz  y  oportuna   utilización,  lo  que permitió al Partido y a la clase obrera orientar victoriosamente el curso de los acontecimientos. El triunfo de la Gran Revolución Socialista de Octubre fué el triunfo del marxismo-leninismo sobre la ideología burguesa y sobre la ideología socialdemócrata. La Revolución de Octubre abrió la posibilidad de la construcción del socialismo.

La teoría leninista de la industrialización del país y de la colectivización de las haciendas campesinas,

teoría desarrollada luego por Stalin y los otros discípulos  de  Lenin,  dió  al  Partido  Comunista  el

arma ideológica necesaria para movilizar a las masas populares en la solución de la gran tarea histórica de la construcción victoriosa del socialismo. El Estado

soviético y el Partido Comunista tuvieron que abrir caminos nuevos hacia la construcción del socialismo,

pues no existía ninguna experiencia histórica acerca de estos problemas. Y, en estas condiciones, adquiría una     importancia     todavía     mayor     la     teoría

revolucionaria  marxista-leninista.  Sin  el conocimiento   de   las   leyes   de   desarrollo   de   la

sociedad, de las leyes de la luchas de clases, jamás habría  sido  posible  asegurar la  organización  de  la

lucha de clases del proletariado por el triunfo del socialismo.

El Partido Comunista dotó al pueblo soviético de

una clara línea general, la línea general de la construcción del socialismo, basada sobre fundamentos científicos en todos y cada uno de sus aspectos. El famoso plan leninista de electrificación del país y los planes quinquenales de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S. eran los planes de la edificación de la economía socialista, basados en el conocimiento de las leyes objetivas de desarrollo de la sociedad.

Al asegurar con su dirección la realización por el pueblo  soviético  de  las  grandiosos  tareas  de  la

industrialización    socialista    del    país    y    de    la

colectivización  de  la  agricultura,  el  Partido Comunista y su Comité Central echaron por tierra las ideas y los designios enemigos al marxismo- leninismo  de  los  trotskistas-zinovievistas, bujarinistas y demás ideas restauradoras del capitalismo y diametralmente opuestas a las exigencias planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad soviética, a las leyes del desarrollo  social  y a  los  intereses  del  pueblo.  Sin haber desenmascarado y aplastado ideológicamente

 

 

 

estas teorías y estos puntos de vista políticos enemigos, sin la victoria del leninismo sobre la ideología burguesa enemiga del pueblo y del socialismo, jamás habría llegado a triunfar éste.

El triunfo del socialismo en la U.R.S.S. es el ejemplo  más  diáfano  y  más  palmario  de  la formidable fuerza movilizadora, organizadora y transformadora de la teoría social revolucionaria, del partido   revolucionario   y   de   su   política,   de   la grandiosa significación de la conciencia de vanguardia, de las ideas avanzadas, en el desarrollo de la sociedad.

El extraordinario mérito del Comité Central del

Partido Comunista de la Unión Soviética estribaba y estriba en haber sabido ofrecer al Partido y a la clase

obrera, con genial perspicacia, la previsión científica

del curso que habían de seguir los acontecimientos, en haber sabido inculcarles la comprensión de los nuevos procesos y contradicciones que iban gestándose   y   apuntando   en   las   entrañas   de   la realidad, de las nuevas exigencias impuestas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, señalando  al  país  las  nuevas  tareas  que  en consonancia con esto se planteaban y movilizando y organizando a las masas populares para la solución de los nuevos problemas, de las nuevas contradicciones que surgían.

Partiendo de la teoría del materialismo histórico sobre   la   función   determinante   de   las   fuerzas

productivas  en  el  desarrollo  de  toda  sociedad,  el

Partido Comunista movilizó a su debido tiempo todas las fuerzas del pueblo y todos los recursos del país,

por encima de todo, en la obra de crear la industria

pesada, productora de medios de producción. Sin una industria pesada habría sido imposible construir el socialismo  y  transformar  la  agricultura  sobre  una base socialista, habría sido imposible asegurar la independencia y la capacidad defensiva del país. Después de resolver esta tarea grandiosa, el Partido Comunista y el Gobierno soviético plantearon ante el país la tarea de acelerar el desarrollo de la industria productora de artículos de consumo popular, la tarea de desarrollar por todos los medios todas las ramas de la agricultura y, ante todo, la producción de trigo, como la base de toda la economía agraria.

El conocimiento de las leyes económicas permitió y sigue permitiendo al Partido Comunista plantear al

país, a su debido tiempo, nuevas tareas históricas y

asegurar,  bajo  su  dirección,  el  cumplimiento oportuno de éstas.

 

5. La educación comunista  de las masas.

Escribían Marx y Engels que para inculcar una

conciencia comunista a las masas y alcanzar el comunismo "se necesita transformar en masa los hombres, transformación que sólo puede lograrse mediante el movimiento práctico, mediante la revolución;  por  tanto,  la  revolución  no  sólo  es

 

necesaria porque es el único camino para derrocar a la clase dominante, sino también porque la clase que la derroca sólo por medio de la revolución puede liberarse de todas las viejas abominaciones y comenzar a crear libremente la nueva sociedad".200

La Gran Revolución Socialista de Octubre, la más profunda y radical transformación político-social que se  ha  conocido,  representó  al  mismo  tiempo  un radical   y   profundo   viraje   en   lo   tocante   a   la conciencia, a la mentalidad, a la ideología de la clase obrera. Trajo consigo el triunfo del marxismo- leninismo sobre el reformismo, sobre el socialdemocratismo. La revolución operada en la mentalidad de la clase obrera significó la ruptura de las masas de millones de hombres con las ideas burguesas y las ilusiones pequeñoburguesas, la convicción de algo indiscutible, de que no era posible seguir viviendo como hasta allí, de que era necesario derrocar el Poder de la burguesía, conquistar la dictadura del proletariado y destruir el capitalismo, crear la sociedad socialista.

El problema fundamental de la revolución socialista es el problema del Poder, la conquista de la dictadura  de  la  clase  obrera.  Como  es  natural,  el viraje operado en la conciencia de las masas afecta ante todo al campo de las concepciones políticas y jurídicas. Es en el transcurso del desarrollo ulterior de la revolución socialista cuando este viraje ideológico abarca también los demás aspectos de la conciencia social: la moral, los hábitos y costumbres de los hombres, la psicología, la manera de concebir el mundo. Así, por ejemplo, el cambio radical de la actitud de las grandes masas ante el trabajo, y ante la propiedad  social,  la  formación  de  una  nueva disciplina del trabajo, la superación de las creencias religiosas  y  la  asimilación  de  la  concepción  del mundo del materialismo dialéctico, sólo se logran a base de la dictadura del proletariado, en el proceso de construcción del sistema socialista de vida.

En el curso de la construcción de la sociedad socialista,     la     clase     obrera,     rehaciéndose     y

reeducándose, apoyándose en el Estado socialista dirigido  por  el  Partido  Comunista,  va  reeducando

paciente y firmemente a millones de campesinos y pequeños propietarios, a cientos de miles de empleados y de intelectuales burgueses, los somete a

la dirección de la vanguardia de los trabajadores, extirpa  en  ellos  los  hábitos,  las  tradiciones  y  las

costumbres  burguesas  y pequeñoburguesas  que  les han sido inculcadas por el régimen capitalista, por la propiedad    privada,    por    la    atmósfera    de    la

competencia bajo el capitalismo, por la mutua hostilidad,    las    querellas,    la    enemistad    y    la

desconfianza. Solamente en una larga lucha, en una actividad práctica incansable encaminada a construir la   nueva   sociedad,   la   sociedad   comunista,   se

reeducan   -dice   Lenin-   los   propios   trabajadores,

 

200 C. Marx y F. Engels, Obrar completas, ed. rusa, t. IV, pág. 60.

 

 

 

quienes no pueden liberarse de sus prejuicios pequeñoburgueses  de  la  noche  a  la  mañana,  por virtud de un decreto o de una consigna.

Las supervivencias del capitalismo en el terreno de   la   conciencia,   las   concepciones,   tradiciones,

hábitos y prejuicios burgueses y pequeñoburgueses

constituyen   un   freno   en   la   construcción   de   la sociedad socialista. Los viejos hábitos y tendencias, tradiciones y prejuicios, heredados de la vieja sociedad,  son  un  enemigo  peligrosísimo  del socialismo -escribía J. V. Stalin en 1924-. "Esas tradiciones y esos hábitos atenazan a millones y millones de trabajadores, dominan a veces a capas enteras del proletariado, suponen en ocasiones un peligro muy grande para la existencia misma de la dictadura  del  proletariado.  Por  eso,  luchar  contra estas  tradiciones  y  hábitos,  vencerlos  sin  falta  en todas las esferas de nuestro trabajo y, finalmente, educar a las nuevas generaciones en el espíritu del socialismo   proletario   son   tareas   inmediatas   de nuestro Partido, sin cuyo cumplimiento es imposible la victoria del socialismo".201

En           las          condiciones        de          la            dictadura             del proletariado,  cobraba  una  importancia  primordial

para la construcción de la economía socialista el inculcar  a  las  masas  una actitud socialista  ante el

trabajo y ante la sociedad socialista, el forjar en ellas una nueva disciplina, una disciplina consciente de trabajadores. Lenin supo ver en los primeros sábados

comunistas  de  los  obreros  soviéticos  la  gran iniciativa creadora de las masas, su triunfo sobre la

inercia y la pasividad, sobre sus propios hábitos, tendencias    y    prejuicios    seculares,    sobre    las

tradiciones burguesas. Fué el comienzo de un viraje incomparablemente más profundo y difícil que el mismo derrocamiento de la burguesía llevado a cabo

en Octubre de 1917.

La formación de una conciencia socialista en la clase obrera y los campesinos de la U.R.S.S. no se

llevó a cabo simultáneamente y del mismo  modo,

sino que presentó sus características especiales en cada uno de los dos casos. La clase obrera, por virtud

de su naturaleza social, de su situación económica, se

inclina más a la ideología socialista. Esto explica por qué la ideología socialista, introducida en el movimiento  obrero  por  el  Partido  Comunista,  se había  convertido  en  la  ideología  dominante  de  la clase   obrera   rusa   ya   en   vísperas   de   la   gran Revolución Socialista de Octubre. En el curso de la construcción socialista, la clase obrera se reeducó en el espíritu del socialismo y se liberó de los hábitos, tendencias y prejuicios seculares de la vieja sociedad más rápidamente que otras capas de ésta. El crecimiento de la emulación socialista en el seno de la clase obrera fué el exponente del desarrollo de la conciencia socialista en sus filas. Las filas de la clase obrera   crecieron,   se   nutrieron   con   millones   de

 

201 J. V. Stalin, Obras completas, t. VI, pág. 161.

 

individuos salidos de las filas de los trabajadores campesinos. Y también estos nuevos refuerzos se reeducaron a imagen y semejanza de la clase obrera socialista.

Las ideas leninistas del Poder soviético, de la alianza de los obreros y campesinos, la idea de la revolución socialista, la idea de la paz entre los pueblos, todos estos aspectos fundamentales del leninismo habían alcanzado el triunfo entre los campesinos trabajadores ya en vísperas de la Gran Revolución Socialista de Octubre y fueron una de las condiciones más importantes de la victoria de ésta. Pero  ello  no  quería  decir,  por    solo,  que  la conciencia de los campesinos en su conjunto fuese ya una conciencia socialista. Antes de la colectivización, los campesinos seguían siendo, como conjunto, una clase de pequeños propietarios privados y la masa campesina hallábase dominada todavía por la ideología pequeñoburguesa. Las ideas del socialismo, de la colectivización socialista, fueron inculcadas en los campesinos por el Partido Comunista y el Estado soviético,  por  la  clase  obrera,  desde  los  primeros años  de  existencia  del  régimen  soviético.  Poco  a poco, bajo la acción de la propaganda del Partido, y sobre todo a base de la propia experiencia, las masas campesinas fueron convenciéndose cada vez más de la necesidad y la conveniencia de pasar de la economía individual a la economía colectiva, socialista.  Pero  tampoco  con  su  entrada  en  los koljóses se convirtieron los campesinos, de golpe y porrazo, en socialistas, pues la conciencia de los hombres va siempre, como sabemos, a la zaga de sus condiciones de existencia. El Estado soviético y el Partido Comunista tuvieron que desarrollar una intensa acción sobre ellos para educar a los campesinos koljosianos en el espíritu del socialismo, para vencer en ellos la psicología individualista inculcada  por  los  siglos  y  convertirlos  en constructores conscientes de la sociedad socialista. La base económica fundamental para la reeducación de los campesinos fué el régimen koljosiano. El triunfo  de  la  colectivización  echó  por  tierra  las teorías mencheviques-trotskistas y otras teorías burguesas según las cuales los campesinos trabajadores eran incapaces de abrazar el camino del socialismo, de romper con la propiedad privada y la clase  obrera  jamás  podría  incorporar  a  los campesinos a la obra de la construcción socialista.

La experiencia de la construcción del socialismo en la U.R.S.S. ha dado también un mentís a las afirmaciones de los mencheviques, los socialistas de derecha y otros enemigos del leninismo en el sentido de que el proletariado tiene que llevar a cabo, antes de nada, la revolución cultural, reeducar a los hombres, crear sus cuadros adiestrados en todos los campos de la economía y la cultura, su propia intelectualidad, para dar luego cima a la transformación   socialista,  conquistar   el   Poder   y

 

 

 

construir el socialismo. Los hechos han venido a confirmar la tesis del leninismo según la cual la revolución cultural sólo puede llevarse y se lleva a cabo después de la conquista del Poder por el proletariado,   sobre   la   base   del   nuevo   régimen político. Sólo después de la revolución socialista, sobre la base de la dictadura del proletariado, puede la clase obrera crear su propia intelectualidad socialista, popular, sus cuadros socialistas.

En los primeros años de existencia del Estado socialista soviético, los cuadros de la intelectualidad socialista eran todavía muy escasos y una parte considerable  de  la  vieja  intelectualidad  se  hallaba bajo la influencia de la ideología burguesa y pequeñoburguesa. Sólo como resultado de la revolución cultural fué posible crear por millones los cuadros de la nueva intelectualidad, de la intelectualidad socialista, surgida de las filas de los obreros y los campesinos. Simultáneamente con esto, la vieja intelectualidad, la intelectualidad prerrevolucionaria, iba educándose en el espíritu de la ideología socialista.

En la práctica de la lucha de clases por el triunfo de   la   revolución   socialista,   en   el   curso   de   la

construcción del socialismo y en la superación de las dificultades  con  que  tropieza  la  edificación  de  la

nueva sociedad, ha ido llevando y lleva a cabo el Partido Comunista la más grandiosa obra de reeducar a un pueblo de doscientos millones de personas en el

espíritu de las grandes ideas del comunismo, en el espíritu del marxismo-leninismo. Hoy, la ideología

socialista soviética es ya, en la U.R.S.S., la ideología de  todo  el  pueblo.  Las  ideas  del  socialismo,  que

forman el contenido de la ideología soviética, se han incorporado sólidamente a la conciencia de todas las capas de la sociedad soviética, a la conciencia de la

mayoría absoluta de los hombres soviéticos, son las que guían y orientan su actividad, en el trabajo y en

toda su vida social y personal.

Los éxitos de la construcción de la economía socialista y el crecimiento de la conciencia socialista

de las masas se condicionan y nutren mutuamente. La conciencia socialista del pueblo soviético es el

reflejo del tipo socialista de vida de la sociedad soviética y hace posible, al mismo tiempo, los éxitos ulteriores del socialismo. El viraje radical operado en

las condiciones de la vida material de la sociedad soviética ha dado como resultado un viraje también

radical en la conciencia de las más amplias masas populares: en su actitud ante el trabajo, en su psicología, en sus hábitos y costumbres, en toda su

concepción del mundo. Pero el triunfo de la conciencia  socialista  no  se  ha  conseguido  por 

mismo, espontáneamente, sino luchando contra todas las corrientes de la ideología burguesa y pequeñoburguesa  y  por  obra  de  la  sistemática  e

incansable acción educativa del Partido Comunista y del Estado socialista soviético.

 

 

6. Rasgos fundamentales de la conciencia socialista. La fisonomía espiritual del hombre soviético.

La conciencia socialista del hombre soviético es la conciencia social más avanzada de cuantas existen.

Las ideas del marxismo-leninismo forman la base teórica inmutable y el contenido fundamental de la conciencia  socialista.  El  carácter  científico  de  la

ideología socialista infunde a ésta una grandiosa y efectiva fuerza transformadora. Opone a las mentiras

burguesas, a las deformadas concepciones de la vida social de nuestra época la clara conciencia científica socialista, incluida del conocimiento de las leyes del

desarrollo de la sociedad.

Por oposición a la reaccionaria ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista y encaminada al

mantenimiento del régimen de la explotación y la

opresión, la conciencia socialista se caracteriza por su espíritu revolucionario, por su hostilidad a todas

las formas de la opresión del hombre por el hombre.

El aliento revolucionario, rasgo distintivo del leninismo, constituye una de las características más importantes de la conciencia socialista. El carácter revolucionario de la ideología socialista, emanado de la naturaleza misma de la clase obrera, tiene su expresión   en  la   Gran   Revolución   Socialista   de Octubre y en las grandes transformaciones revolucionarias, socialistas, de la economía, la vida política y la cultura de los pueblos de la U.R.S.S.

El odio a todo lo caduco y a todo lo viejo, a la rutina, a la inercia y la pasividad, al estancamiento y

al espíritu conservador, el sentimiento de lo nuevo:

tales son las tendencias que educa y cultiva el Partido Comunista en el pueblo soviético, como una de sus más valiosas cualidades. Y estas tendencias se manifiestan en la emulación socialista y en los métodos revolucionarios del trabajo, que crecen y ganan terreno cada vez más, en extensión y en profundidad, en el pueblo soviético. El carácter revolucionario de la conciencia socialista del Partido y del pueblo soviético, la actitud efectiva y creadora ante   la   realidad,   se  traducen  claramente  en  el impulso grandioso y verdaderamente revolucionario de la construcción del comunismo.

La conciencia del pueblo soviético está penetrada de espíritu democrático, expresión del democratismo

socialista   propio   del   régimen   social   y   político

soviético.  La  democracia  socialista  soviética  es  el más alto tipo de democracia. Es la democracia más consecuente  y  efectiva,  en  que  el  propio  pueblo ocupa realmente el puesto de dueño y señor del país, gobierna y administra el Estado y toma una parte decisiva en la vida política. La democracia socialista se distingue radicalmente de la democracia burguesa, democracia simplemente de palabra y de hecho régimen de la dominación política de la burguesía. El régimen democrático socialista es la encarnación real

 

 

 

de la ideología socialista.

La ideología burguesa cultiva y difunde las ideas del   racismo,   del   nacionalismo,   del   chovinismo,

inculca  en  los  hombres  la  desconfianza  mutua,  la

hostilidad y el odio entre los pueblo. Contribuye por todos  los  medios  a  fortalecer  el  régimen  de  la opresión social, nacional y racial. La conciencia socialista, por el contrario, se caracteriza por el rasgo del internacionalismo. La ideología del internacionalismo socialista es la ideología de la amistad, la igualdad de derechos y la fraternidad de los pueblos, la ideología de la solidaridad internacional de los trabajadores. Ideología que ha encontrado  su  encarnación  real  y  efectiva  en  el Estado soviético multinacional, expresión de la igualdad de derechos, la colaboración fraternal y la ayuda mutua de todas las naciones y pueblos que forman la U.R.S.S. La ideología socialista de la amistad entre los pueblos funde las nacionalidades de la Unión Soviética en una grande y unida familia fraternal. La amistad entre los pueblos es la fuerza motriz que impulsa el desarrollo de la sociedad soviética, la fuente de que emanan la fuerza y la invencibilidad del Estado multinacional socialista.

Rasgo importantísimo de la conciencia socialista de los hombres soviéticos es el patriotismo soviético. El patriotismo soviético es el amor, la entrega abnegada y el servicio a la patria socialista. Y encuentra su expresión en los hechos de la vida diaria del hombre soviético, en sus desvelos por el bien y el florecimiento de la patria del socialismo. Durante los años de la Gran guerra patria, el patriotismo soviético tomó cuerpo en el grandioso heroísmo de masas de los combatientes y los guerrilleros en el frente, en el trabajo  heroico  y  abnegado  de  los  obreros, campesinos   e   intelectuales,   de   los   hombres   y mujeres, en la retaguardia. El hombre soviético expresa diariamente su patriotismo en el trabajo, en la emulación socialista, en la preocupación con que vela  por  el  fortalecimiento  de  la  potencia  de  su Estado socialista. El amor efectivo por la patria, la conciencia del orgullo nacional soviético de los pueblos de la U.R.S.S., el orgullo que el hombre soviético siente por el heroico pasado y presente de su  pueblo,  por  el  hecho  de  pertenecer  al  primer pueblo del mundo que ha destruido el capitalismo y creado el régimen socialista, el régimen social más progresivo y más justo, el Estado libre más avanzado, la cultura que marcha a la cabeza en el mundo entero, constituye un sentimiento legítimo y noble. Sentimiento que engendra nuevas fuerzas para la realización de nuevas proezas.

Por oposición a la reaccionaria ideología burguesa del   militarismo,   que   predica   la   utilidad   y   la

perennidad  de  las  guerras  entre  los  pueblos,  la

ideología socialista parte de la convicción de que las guerras son un fenómeno históricamente transitorio.

En la época actual, las guerras son engendradas por

 

la  naturaleza  económica  del  imperialismo.  Al hundirse el imperialismo, al destruirse la propiedad privada sobre los medios de producción, se acabarán también para siempre las guerras. Así lo enseña el leninismo. La conciencia socialista del hombre soviético está imbuida de la aspiración a la paz entre los pueblos y del odio a los instigadores imperialistas de la guerra.

El régimen soviético surgió bajo la bandera de la lucha contra la guerra imperialista, bajo la bandera de

la paz. A lo largo de toda su existencia, el Estado

soviético, dirigido por el Partido Comunista, ha mantenido y mantiene una consecuente política de paz y educa al pueblo soviético en el espíritu de la paz, en el espíritu de la lucha por la paz entre los pueblos. El socialismo sostiene firmemente la causa de la paz entre los pueblos, mientras que el capitalismo engendra, por su propia naturaleza, las guerras.

La ideología de la burguesía está empapada de egoísmo e individualismo, imbuye al hombre el sentimiento  de  que  sólo  debe  preocuparse  de  sí mismo y de lo suyo, aun a costa de sacrificar a los demás y a la propia sociedad. La ideología socialista lleva en su entraña el espíritu del colectivismo y del auténtico humanismo, de la fe en el hombre, de los desvelos por todo hombre trabajador, por el pueblo laborioso. Rasgo inherente al hombre soviético es la actitud socialista ante el trabajo y ante la propiedad social, la conciencia de la necesidad de velar celosamente  por  la  sociedad  en  interés  del  bien común y del bien personal de cada uno.

La conciencia socialista es radicalmente enemiga del individualismo burgués y pequeñoburgués, que

brota  de  las  condiciones  de  la  propiedad  privada

sobre los medios de producción. En el mundo del capitalismo,    imperan    los    principios    egoístas

expresados en axiomas como los de "el hombre es un

lobo para el hombre", "después de mí, el diluvio" y "cada cual a lo suyo y Dios sobre todos". El socialismo, habiendo destruido la propiedad privada, acaba también con estas prácticas antihumanas y afirma el principio del colectivismo. La propiedad privada separa a los hombres, la propiedad colectiva los une.

Rasgo importantísimo de la conciencia socialista es el auténtico humanismo. El humanismo socialista

refleja  el  carácter  humano  del  régimen  social  del

socialismo.

El régimen socialista se basa en la liberación del hombre  de  toda  explotación  y  de  toda  opresión.

Asegura el desarrollo íntegro y total del hombre, de sus    capacidades,    dotes    y    talentos    físicos    e

intelectuales. En la sociedad socialista, el capital más precioso es el hombre. Bajo el socialismo, todas las conquistas  de  la  ciencia  y  de  la  técnica  están

llamadas a servir y sirven al hombre, tienden a facilitar   su   trabajo.   Bajo   las   condiciones   del

 

 

 

capitalismo, por el contrario, las conquistas de la ciencia  y  de  la  técnica,  destinadas  a  facilitar  el trabajo del hombre, se convierten en otros tantos instrumentos de opresión y reforzamiento de la explotación de los trabajadores. "Vemos -dice Marx- que la máquina, que posee la virtud portentosa de acortar y hacer más fructífero el trabajo humano, trae consigo el hambre y la extenuación. Los nuevos inventos de fuentes de riqueza se convierten, por un fatal sortilegio, en fuentes de miseria. Las victorias del arte se adquieren, a lo que parece, a costa de la pérdida de la dignidad moral. A medida que la humanidad afirma su poder sobre la naturaleza, el hombre cae bajo la esclavitud de otro hombre o se convierte en esclavo de su propia infamia. Tal parece como si hasta la luz pura de la ciencia sólo pudiese brillar esplendorosamente sobre el oscuro fondo de la ignorancia.  El  fruto  de  todos  nuestros descubrimientos y de todo nuestro progreso es, evidentemente, el de que las fuerzas materiales se apropien  de  la  vida  espiritual,  mientras  la  vida humana se embrutece y degenera hasta el límite de la fuerza material. Este antagonismo entre la industria y la ciencia actuales, de una parte, y de otra, la miseria y la disolución, este antagonismo entre las fuerzas productivas  y  las  relaciones  sociales  de  nuestra época,  constituye  un  hecho  palpable,  evidente  e

indiscutible".202

A la esencia antihumana del régimen capitalista corresponde      la      ideología      reaccionaria      y

antihumanista   de   la   burguesía   reaccionaria.   El

imperialismo lleva a su fase más alta la opresión, la explotación y el aplastamiento de los trabajadores.

Sólo bajo el socialismo puede el genio humano ponerse al servicio del pueblo, de la causa de la creación y la construcción, de la causa de la felicidad

de millones de gentes sencillas.

Y todas estas características de la sociedad del socialismo  encuentran  su  reflejo  en  la  conciencia

socialista.

La conciencia socialista lleva consigo la certeza en un futuro mejor de la humanidad, en el triunfo

inevitable  del  socialismo  y  del  comunismo  en  el

mundo entero. El espíritu animoso, el optimismo, la alegría de vivir, son rasgos característicos de la conciencia socialista, de la ideología del hombre soviético. El pesimismo, el miedo al futuro, la filosofía de la "aflicción universal" es la filosofía propia de las clases agonizantes.

Y este optimismo propio de la ideología socialista descansa sobre bases científicas. Las fuerzas de las

masas trabajadoras, del campo de la paz, de la democracia   y   el   socialismo,   son   inagotables   e

invencibles. El pueblo soviético, dirigido por el Partido Comunista, marcha con paso seguro e incontenible   hacia   el   comunismo.   La   ideología

 

socialista educa a las masas populares, y en especial a la juventud, en el espíritu del optimismo, de la fe inquebrantable en el futuro, de la seguridad en sus propias fuerzas, y en el triunfo del comunismo en el mundo entero.

Tales son algunos de los rasgos más importantes de la ideología socialista. Esta es la ideología que

inculcan al pueblo soviético el Partido Comunista y

el Estado soviético; y sus rasgos caracterizan la fisonomía espiritual de la mayoría de los hombres de

la sociedad socialista.

La conciencia de los hombres, como ya hemos dicho, va a la zaga de su existencia, de los cambios operados en las condiciones de la vida material de la sociedad. Esto hace que, aun después del triunfo del socialismo, sigan manteniéndose en la conciencia de los hombres algunos vestigios de la vieja sociedad, algunas supervivencias del capitalismo. Estos restos de la ideología burguesa, estas supervivencias de la psicología  y  la  moral  inherentes  a  la  propiedad privada subsisten todavía hoy en la actitud indolente y poco escrupulosa ante el trabajo entre la parte más rezagada de los hombres soviéticos, en su actitud despreocupada ante la propiedad socialista, en su tendencia a aprovecharse de los bienes estatales y koljosianos y a despilfarrados, en su actitud no socialista  ante  la  familia,  etcétera.  Y  entre  los vestigios del pasado que se resisten con más fuerza a morir figuran también los prejuicios nacionalistas y las supervivencias del burocratismo. Otro de los vestigios de la vieja sociedad más reacios a desaparecer y en que se manifiestan el atraso y la inercia, son las creencias religiosas. Aunque en la U.R.S.S. se ha destruido la base económica sobre la que se asentaba la existencia de ideas, concepciones y tendencias enemigas del socialismo, subsisten todavía restos de las clases destruidas, elementos secuaces de los grupos políticos enemigos del Poder soviético que han sido exterminados; restos que son todavía capaces de apoyar y difundir estas concepciones y tendencias. Y no hay que perder de vista tampoco el cerco capitalista, la posibilidad de que se infiltren en el país del socialismo, desde el extranjero,  concepciones,  ideas  y  tendencias extrañas. "No hay que olvidar que los enemigos del Estado soviético intentan difundir, alentar e insuflar toda suerte de corrientes malsanas, de desintegrar ideológicamente a los elementos poco firmes de nuestra sociedad".203

Los vestigios del capitalismo en la conciencia de los hombres se apoyan, además, en las dificultades

con que tropieza la vida y la construcción de la nueva sociedad.

Los vestigios del capitalismo en la conciencia de los  hombres  no  desaparecen  por    mismos.  Se resisten  a  morir  y  pueden  cobrar  nueva  fuerza,

 

 

 

202 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XI, págs. 5-

6.

 

203  G. Malenkov, Informe del C. C. ante el XIX Congreso del

P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. rusa, pág. 94.

 

 

 

especialmente bajo la acción del cerco capitalista. Todo lo que sea debilitar la acción de la ideología socialista equivale a fortalecer la influencia de la ideología burguesa. He aquí por qué el Partido Comunista ha mantenido y sigue manteniendo una lucha enérgica y decidida contra los vestigios del capitalismo en la conciencia de los hombres, por qué consagra una gran atención a la labor ideológica, a la educación comunista de los trabajadores, a la lucha contra las manifestaciones de la ideología burguesa y por qué pertrecha a los cuadros con la ideología del marxismo-leninismo.

 

7. Diversas formas de la conciencia social.

Hemos examinado las leyes que rigen la aparición y los cambios de las ideas sociales y la función de

éstas en el desarrollo de la sociedad. Es necesario examinar ahora, por separado, las diversas formas de la conciencia social y la función específica de cada

una de ellas en la vida social, en el desarrollo de la sociedad. La ideología política y jurídica es la que

más cerca se halla de la base económica de la sociedad.  Por  ello  debemos,  pues,  comenzar  el examen de las formas de la conciencia social.

 

a) La ideología política y jurídica.

Política es la relación entre las clases; expresa en la forma más concentrada y sintética la economía de la sociedad de clase, los intereses de una determinada

clase,  las  relaciones  entre  las  clases,  la  lucha  de clases.

Las formas política y jurídica de la ideología se hallan íntima e inseparablemente vinculadas entre sí,

como el Estado y el derecho.

La ideología política expresa del modo más concentrado los intereses y los fines de tal o cual

clase social, sus relaciones con otras clases y capas de la sociedad y con el Estado. La ideología política

contiene  las  ideas  y  concepciones  de  una determinada clase, las que, a su vez, expresan la actitud de esa clase ante la lucha de clases, ante la

revolución,  ante  el  movimiento  de  liberación nacional y las relaciones mutuas entre las naciones;

esta ideología abarca los problemas de la estructura política de la sociedad, los problemas del Estado y el derecho, de la guerra y la paz, etc.

La ideología jurídica comprende, en esencia, el mismo cuadro de problemas y cobra expresión en las

teorías jurídicas y en las ideas de los hombres acerca de   lo   lícito   y  lo   ilícito.   La   ideología  jurídica imperante en una sociedad dada es la ideología de la

clase dominante y se expresa en la legislación y en la actuación práctica de las instituciones encargadas de

elaborar y aplicar el derecho. Y forma, en unión de estas mismas instituciones, parte integrante de la supraestructura de la sociedad de que se trata.

La ideología política y jurídica de la clase obrera aparece expresada en el marxismo-leninismo, en los

 

programas de los Partidos Comunistas, en sus consignas y llamamientos, en la Constitución de la U.R.S.S. y en las Constituciones de los países de democracia popular. La ideología política y jurídica de la clase obrera halla su expresión en las teorías políticas y jurídicas burguesas, en las Constituciones de los Estados burgueses, y en los programas, declaraciones y consignas de los partidos y los gobiernos de la burguesía.

La ideología política y jurídica impregna todas las otras formas de la conciencia social: la moral, la religión, el arte, la ciencia, la filosofía. La ideología política, a la par que acusa la acción sobre sí misma de las otras formas de la conciencia social, ejerce una enorme influencia sobre ellas.

La ideología política y jurídica de las clases explotadoras sirve a estas clases para presentar su

política  y  su  derecho  como  manifestaciones  "al

margen y por encima de las clases", que abarcan "a todo el pueblo", como algo "suprahistórico", "divino"

o "natural". Pero, a pesar de este enmascaramiento y

de este fetichismo de la política y el derecho por obra de los ideólogos de las clases explotadoras, en el campo de la ideología política y jurídica resulta, sin embargo, bastante más fácil que en otras formas de la ideología poner al desnudo el papel determinante de la base económica, de los intereses materiales y, consiguientemente, de la esencia de clase de las teorías y concepciones políticas y jurídicas. Hoy, es claro para un número cada vez mayor de gentes en toda la tierra que en el mundo se enfrentan una a otra y luchan entre sí dos ideologías jurídicas y dos concepciones de la justicia: la ideología proletaria, coincidente con los intereses de las masas populares y la ideología de la burguesía, que expresa los intereses económicos y políticos de los explotadores y   es   enemiga   de   los   intereses   de   todos   los trabajadores.

La ideología política y jurídica de la clase obrera ha encontrado su fundamentación científica en el marxismo-leninismo, en la teoría marxista de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado, en la doctrina marxista acerca de la naturaleza del Estado y el derecho burgués, de una parte, y de otra el proletariado, acerca de la revolución socialista proletaria  y  del  inevitable  hundimiento  del capitalismo y del triunfo inevitable del socialismo. Las  concepciones  políticas  del  marxismo  se expresan, asimismo, en las enseñanzas relativas a las causas y la naturaleza de las guerras en la época del imperialismo, a las guerras justas e injustas y a la posibilidad de la coexistencia y la emulación pacífica de   los   dos   sistemas   sociales   contrapuestos,   el socialista y el capitalista. El marxismo-leninismo mantiene una lucha consecuente por la paz entre los pueblos, contra el imperialismo y los instigadores de una nueva guerra mundial. La ideología política marxista  aboga  por  la  igualdad  de  derechos  y  la

 

 

 

amistad  de  todas  las  naciones  y  razas,  por  la soberanía y la independencia nacional de los pueblos. Las concepciones políticas del socialismo toman cuerpo en la política y en toda la actividad práctica del  Estado  socialista  soviético  y  del  Partido Comunista de la Unión Soviética, así como en la política de los partidos marxistas de otros países.

La ideología política y jurídica de la burguesía, por el contrario, va dirigida a la represión de la clase

obrera y de todos los trabajadores. Actualmente, la burguesía  es  una  fuerza  reaccionaria.  Las  teorías

políticas y jurídicas de sus ideólogos tratan de justificar la renuncia de la burguesía a la democracia, la necesidad de reforzar las atribuciones del poder

ejecutivo, que lleva a cabo la acción represiva contra los trabajadores. Este carácter reaccionario cobra su

forma  más  descarada  en  las  teorías  políticas  y jurídicas del fascismo. Pero, al desenmascararse el fascismo,    durante    su    dominación    política    en

Alemania, Italia y el Japón, como un régimen sanguinario   y   criminal   contra   los   pueblos   y

producirse su bancarrota política, la burguesía imperialista y sus ideólogos comenzaron a defender e implantar el fascismo en forma velada, bajo el manto

charlatanesco de la defensa de la democracia. En un país  capitalista  tras  otro  se  procede  a  revisar  y

rectificar los principios de la democracia burguesa. Y la dictadura fascista abierta persiste en España y Portugal.

La práctica política y judicial de los EE.UU. se caracteriza por la arbitrariedad de los tribunales, la

ilegalidad, los métodos fascistas de represión contra los militantes avanzados del movimiento obrero, los

procesos inquisitoriales que recuerdan las persecuciones medievales contra las "brujas". Y los ideólogos de la reacción burguesa se esfuerzan por

dar una fundamentación "teórica" a la línea de orientación   de   los   Estados   burgueses   hacia   el

fascismo.

En  1952,  vio  la  luz  en  Nueva  York  un  libro titulado La política exterior de los Estados Unidos,

su organización y dirección. Se trata del informe de uno de los grupos investigadores, instituido por el

Fondo Wilson. Los autores de esta "investigación" tratan de justificar ideológicamente la fascización de los  Estados  Unidos  y  reclaman  un  reforzamiento

todavía  mayor  del  poder  ejecutivo,  sustrayendo  a todo control la actuación de su Presidente. No están

contentos con el actual Congreso de los Estados Unidos, que no les parece aún bastante reaccionario, y pretenden reducirlo a las funciones de un órgano

puramente registrador, sin derecho alguno. Según los autores  de  este  libro,  el  papel  decisivo,  en  los

órganos  del  poder  ejecutivo,  corresponde  a  los órganos militares, y en primer término al ministro de la Guerra. Son ellos, a su juicio, el ministro de la

Guerra y los "jefes profesionales", los llamados a decidir los asuntos de la política exterior, los asuntos

 

de la paz y de la guerra. Los autores abogan por un reforzamiento todavía mayor de la red de espionaje y control del gobierno de los Estados Unidos sobre las ideas de los ciudadanos. Este libro es, sencillamente, una apología, una justificación de las guerras imperialistas de rapiña. "La guerra, aunque espantosa bajo todas sus formas -escriben los autores del libro-, e intransferible a su forma total, no constituye, sin embargo, el peor de los males... La guerra y su preparación son, por tanto, parte integrante necesaria de la política" (pág. 160). Véase, pues, cómo bajo el manto de una investigación "imparcial" se desliza la idea, provechosa para los imperialistas, de la "necesidad" de la guerra. A juicio de estos "investigadores", la guerra es el único medio de resolver los problemas internacionales. Tratando de buscar una justificación "filosófica" a la política exterior imperialista de los Estados Unidos, los autores de la citada obra escriben que el fundamento de esta política reside en los desarraigables "vicios de la naturaleza humana", en la tendencia innata del hombre hacia el mal. De donde se deduce que el único  medio  para  gobernar  a  los  hombres  es  la fuerza. Todo el libro a que nos hemos venido refiriendo es una prédica del fascismo y de los métodos fascistas en la política exterior.

En su libro titulado Francia en busca de una Constitución (París, 1952), el profesor reaccionario francés L. Ruché, sirviendo la voluntad de la burguesía francesa y norteamericana, trata de fundamentar teóricamente su aspiración de que la Constitución francesa de 1946 sea revisada a fondo. Canta las excelencias del reaccionario régimen político  de  los  Estados  Unidos,  ante  el  que  se humilla, y ataca las leyes votadas por el parlamento francés, bajo la presión de los obreros, contra los colaboracionistas  y  contra  la  prensa  fascista, pidiendo su derogación.

Entre las ideas políticas de la burguesía contemporánea, ocupa un lugar destacado la idea de que "la soberanía nacional ha envejecido". Los ideólogos políticos de la burguesía y, en particular, los de la burguesía norteamericana, y a la par con ellos los líderes de los socialistas de derecha, menosprecian  la  soberanía  nacional  y  la independencia de los pueblos y predican la idea de un "gobierno mundial" bajo la égida de los Estados Unidos. Con su prédica de la idea del "Estado mundial" y de la liquidación de la soberanía de los pueblos, tratan de justificar la ideología del cosmopolitismo mediante argumentos sacados del estado actual de la técnica, en particular de la técnica de la guerra y los transportes. Según los ideólogos de la burguesía, en el siglo de la aviación y de la bomba atómica la soberanía nacional de los pueblos representa un anacronismo tan grande como lo era, en los umbrales del siglo XVIII, la propiedad feudal heredada  de  la  Edad  Media.  Los  ideólogos  del

 

 

 

imperialismo abogan por la creación de un "gobierno mundial" y por la liquidación de la independencia nacional de los pueblos, como premisa para la preparación de la guerra.

En realidad, la ideología del cosmopolitismo, la idea del "gobierno mundial", es la ideología imperialista, la ideología de la preparación de la guerra,  la  ideología  de  la  esclavización  de  los pueblos por el imperialismo más rapaz y bandidesco, por el imperialismo norteamericano.

Los planes de una "Europa Unida", de la "Unión

Defensiva Europea", que abarca solamente a seis países de la Europa occidental y va en contra de los demás países europeos, no son más que instrumentos de la política imperialista de los Estados Unidos. Los monopolios imperialistas de los Estados Unidos, mantenidos estrictamente dentro de los marcos nacionales, aspiran a mejorar sus negocios a costa de otros países, a imponer su dominación mundial. Por su parte, la burguesía gobernante en países como Francia, Italia, la Alemania occidental y el Japón, impulsada por el miedo a sus propios pueblos, renuncia a su soberanía nacional, echa por tierra la bandera de la independencia nacional, se humilla servilmente ante los imperialistas norteamericanos y recaba la ayuda de éstos en contra de sus propios pueblos.

Todo esto hace que la ideología del cosmopolitismo se halle, actualmente, en boga, no

sólo en los Estados Unidos, sino también en otros países. El capitalismo ha sido siempre cosmopolita.

La burguesía siempre ha traicionado los intereses nacionales, cuando éstos representan una amenaza a

sus intereses de clase. Y esta verdad se revela con meridiana claridad en la época actual, bajo la dominación de los monopolios capitalistas. Para la

burguesía, la "patria" está allí donde se le aseguran las  máximas  ganancias.  Para  obtener  la  ganancia

máxima, los monopolios capitalistas se ponen de acuerdo con el fin de saquear conjuntamente a los pueblos del mundo. En aras de mantener y perpetuar

el capitalismo, los gobiernos burgueses conciertan entre ellos acuerdos secretos, bloques y alianzas de

guerra dirigidos contra la U.R.S.S. y los demás países del campo socialista, contra el movimiento obrero de los  países  capitalistas  y  contra  el  movimiento  de

liberación nacional de los pueblos coloniales. La ideología  imperialista  del  cosmopolitismo  trata  de

justificar y fundamentar la política cosmopolita de la burguesía, y en particular la política imperialista de los Estados Unidos. La ideología cosmopolita de la

burguesía norteamericana es la expresión de su nacionalismo y de sus extravagantes pretensiones de

dominación mundial. El cosmopolitismo de la burguesía de Francia, Italia y otros países dependientes  de  los  Estados  Unidos  representa  la

traición a sus intereses nacionales.

Los pueblos de todos los países están interesados

 

en la paz. Los trabajadores odian la guerra. La ideología socialista, fiel a los intereses cardinales de los pueblos, preconiza y defiende la paz entre éstos. He aquí por qué el Gobierno soviético y los Estados de democracia popular mantienen una política encaminada a la solución de todos los conflictos por la vía de la paz, por medio de acuerdos pacíficos.

En  el  arsenal  de  la  ideología  política  de  la burguesía imperialista de los Estados Unidos ocupan

un lugar destacado, como veíamos ya en el capítulo primero,  el  racismo,  la  geopolítica  y  la  teoría  del

predominio de la fuerza, de una política mantenida "desde posiciones de fuerza". Los ideólogos y dirigentes      del      imperialismo      norteamericano,

expresando  los  intereses  de  los  monopolios capitalistas  de  los  Estados  Unidos,  defienden  la

política de la fuerza y la violencia, la política del bandolerismo imperialista. Y, por su parte, los profesores burgueses venales, en sus trabajos, tratan

de fundamentar "científicamente" estas doctrinas políticas     encaminadas     al     saqueo.     En     sus

lucubraciones sobre la función de la fuerza y la violencia en la política internacional, estos ideólogos reaccionarios toman como base de sus cálculos los

armamentos modernos, las reservas de bombas atómicas y de hidrógeno, de aviones y de tanques con

que cuentan los Estados Unidos y los países del bloque nord-atlántico. Pero echan sus cuentas sin tomar en consideración la fuerza fundamental de la

historia, que son las masas populares. Fuerza que es, en última instancia, la que decide.

El contenido fundamental, en la ideología política de la burguesía contemporánea, es la propaganda del

anticomunismo,  el  odio  contra  la  U.R.S.S.  y  los países de democracia popular. La campaña contra el comunismo fué declarada por la burguesía hace ya

más de cien años, cuando todavía el comunismo no era, para ella, más que un "fantasma" atemorizador.

En la actualidad, las cosas han cambiado: el comunismo se ha transformado en una fuerza gigantesca  y  tiene  como  exponente,  no  sólo  el

movimiento obrero mundial, sino también la potencia de la U.R.S.S. y de los países de democracia popular.

El país del socialismo -la Unión Soviética- se ha hecho  valer  ante  los  pueblos  de  todos  los  países como el salvador de la civilización mundial frente a

la   tiranía   del   hitlerismo   como   el   consecuente defensor de la paz, de la auténtica democracia y de

socialismo. Los partidos comunistas actúan como expertos exponentes y defensores de los intereses de la  clase  obrera  y  de  todos  los  trabajadores,  como

patrióticos defensores de la independencia nacional, como esforzados luchadores en contra del fascismo y

de la guerra, como firmes combatientes por la paz, la democracia y el socialismo. Y esto es lo que explica por qué crece la influencia de la ideología política

proletaria  entre  las  masas  populares  de  todos  los países y por qué aumenta, a la par con ello, el odio de

 

 

 

la burguesía contra el comunismo.

El punto sensible y vulnerable, en la ideología política de la burguesía actual, es que carece y no

puede por menos de carecer de toda clase de ideales

positivos, pues la época del capitalismo ha pasado ya. La burguesía no puede ofrecer nada al pueblo, como no  sea  ruina,  miseria,  opresión  y  guerras devastadoras.

Pero  ninguna  clase  obligada  a  abandonar  la escena puede reconocer abiertamente su bancarrota

política y moral. No puede reconocerla tampoco la

burguesía. De aquí la falacia y la hipocresía de la ideología   burguesa.   De  aquí  las   más   sutiles   y refinadas formas de la demagogia a que recurren los ideólogos y políticos de la burguesía con el fin de engañar a los trabajadores y de evitar a toda costa la bancarrota del capitalismo.

Una de las armas más importantes de que se vale la burguesía para engañar a las masas populares es la

ideología  de  los  socialistas  de  derecha.  La predicación    de    la    "paz    de    clases",    de    la

"colaboración" del proletariado y la burguesía, del reformismo, de la idea de la "integración pacífica" del capitalismo  en  el socialismo,  de  la idea  de  la

"democratización" del capitalismo y de la participación   de   los   obreros   en   las   ganancias

capitalistas, las lucubraciones en torno al tema de que el capitalismo tradicional se ha convertido en un pretendido  "capitalismo  intelectual",  las  beatíficas

prédicas acerca del perfeccionamiento moral de los obreros por sus propias virtudes, en una palabra, toda

la ideología de los socialistas de derecha, va encaminada   pura   y   simplemente   a   justificar   la

existencia del capitalismo. Bajo el engañoso ropaje de su fraseología socialista y democrática, toda una serie  de  dirigentes  de  los  socialistas  de  derecha

actúan de hecho como enemigos de la clase obrera, como  enemigos  del  socialismo,  de  la  paz  y  la

democracia.

La ideología y la política de los socialistas de derecha son la ideología y la política burguesas en el

seno del movimiento obrero. Los antecesores de los actuales dirigentes de los socialistas de derecha, los

ideólogos de la Segunda Internacional, comenzaron su actividad capituladora con la revisión del marxismo, introduciendo "correcciones" a la doctrina

de  Marx.  Actualmente,  los  dirigentes  de  los socialistas  de  derecha  han  roto  totalmente  con  el

marxismo y actúan como enemigos suyos.

El presidente de la "Internacional" de los socialistas de derecha, Morgan Philips, uno de los

dirigentes del partido laborista inglés, ha declarado lo siguiente:

"Los socialistas ingleses rechazan totalmente el marxismo y la doctrina de la lucha de clases, en todas sus   formas   y   manifestaciones...   El   movimiento

obrero inglés se halla bajo la profunda influencia del movimiento religioso y se mantiene fiel a ella. No

 

reconocemos ni el marxismo, ni el materialismo, ni la lucha de clases."

Este mismo espíritu de hostilidad contra el socialismo   científico,   encubierto   con   hipócritas

palabras acerca de la democracia, inspira también las declaraciones   adoptadas   en   el   congreso   de   la

"Internacional" de los socialistas de derecha. A la gran  teoría  del  marxismo,  triunfante  en  el movimiento   obrero   mundial,   contraponen   estos

señores los desvaríos religiosos, a la radiante luz de la ciencia que ilumina las leyes del desarrollo de la

sociedad el oscurantismo teológico, al materialismo el clericalismo, a la verdad la mentira.

Y también los socialistas franceses de derecha,

coincidiendo con sus colegas ingleses, han roto descaradamente con el marxismo. Mossé, profesor de la Facultad de Derecho de París, escribía en la Revue Socialiste (núm. 40, 1951):

"Entre el marxismo y la filosofía del socialismo francés  existen  profundas  discrepancias...  Nosotros

estamos más cerca del socialismo católico, que desde

hace  algunos  años  viene  acercándose asombrosamente al auténtico socialismo."

Como  se  ve,  la  esencia  de  la  ideología  y  la

política de los dirigentes de los socialistas de derecha no es otra que la predicación de la mística, del oscurantismo  clerical, la alianza  con  los  católicos, con el Vaticano, es decir, con las fuerzas más sombrías de la reacción política y espiritual, la renuncia a la violencia con respecto a la burguesía, para abrazar el camino de la violencia empleada por la policía y las tropas contra el proletariado; las prédicas de la mansedumbre y la reconciliación entre los obreros, la bendición dispensada a los verdugos y estranguladores de las libertades en Francia, en Italia, en los Estados Unidos y en las colonias; la renuncia al marxismo, la renuncia a la lucha de clases, la predicación abierta y descarada de la paz de clases, la colaboración de clase con la burguesía, la defensa del capitalismo en general y del capitalismo norteamericano en particular, la defensa de la política de armamentos y de la ideología imperialista del cosmopolitismo.

El  capitalismo  imperialista  se  declara democrático. Los laboristas ingleses tratan de hacer pasar como socialismo el capitalismo monopolista estatal y las nacionalizaciones capitalistas. Volviéndose de espaldas al hecho ostensible del abismo cada vez más hondo que se abre entre el proletariado y la burguesía, los socialistas de derecha declaran que se van borrando las fronteras entre las clases, que la burguesía va convirtiéndose en un conjunto de servidores cuya función se limita a regentar las empresas. Los laboristas ingleses, preconizando  la  nacionalización  de  una  serie  de ramas de la industria, han declarado a Inglaterra un país socialista. En realidad, esa nacionalización preconizada por los laboristas, nada tiene que ver con

 

 

 

el socialismo. Sólo ha servido, gracias a gigantescas operaciones de compra, a precios superiores al valor real de las empresas, para aumentar las ganancias de la burguesía y acrecentar la carga de los impuestos que pesan sobre los trabajadores.

El sentido de esta política "socialista" de los laboristas    ha    sido    claramente    expresado    por

Morrison, uno de los líderes del laborismo. He aquí

sus palabras:

"Quiero que todos los hombres de negocios, que todos los patronos comprendan que el gobierno laborista no es su enemigo, que todos y cada uno de los ministros de este gobierno desean alargarles la mano,  tratar  con  ellos  de  un  modo  humano  y fraternal, ayudarles a que sus empresas comerciales e industriales sean más beneficiosas que hasta aquí."

Como se ve, esta declaración no deja nada que desear en punto a claridad: pone de manifiesto sin el menor rebozo la verdadera realidad de la política de nacionalización llevada a cabo por los laboristas en Inglaterra, el fondo del llamado "socialismo democrático", de la política a que se ha dado el nombre de "economía mixta".

Los dirigentes de los socialistas de derecha no se proponen como misión luchar contra el capitalismo,

sino, por el contrario, defender y salvar el régimen

capitalista; su objetivo consiste en defender la burguesía, en vez de combatirla. Y, como la clase obrera lucha contra la burguesía a pesar de la política de los socialistas de derecha, éstos se ponen, en la lucha de clases, al lado de la burguesía y de sus gobiernos, frente al proletariado. Los socialistas de derecha  actúan,  en  la  realidad  de  los  hechos,  en contra  del  socialismo,  en  contra  de  la democratización del Estado burgués. El llamado "socialismo democrático" de los socialistas de derecha, socialismo al servicio de la burguesía y de acuerdo con ella, no es más que un artilugio para engañar a las masas. La médula de la actividad ideológica de los socialistas de derecha, como la de la burguesía a la que sirven, no es otra que la lucha contra el comunismo, contra la Unión Soviética y los países de democracia popular.

El socialista francés de derecha Depré ha expresado con toda claridad el sentido y la misión fundamental de las actividades desplegadas por los socialistas de derecha:

"Yo creo -ha dicho con palabras bastante francas- que el único problema que al partido socialista se le

plantea... es el de cómo llevar el desconcierto a las

filas del Partido Comunista, el de acabar con su gran influencia sobre la clase obrera francesa."

En su empeño por engañar y desorientar a la clase

obrera, los dirigentes de los socialistas de derecha no vacilan en matar en ella la fe en sus propias fuerzas, en su capacidad para derrocar el capitalismo y tomar en sus manos la suerte del país correspondiente. Al dividir  a  la  clase  obrera,  minan  y  debilitan  sus

 

fuerzas. Los socialistas de derecha de los países de la Europa occidental apoyan la política reaccionaria de su  propia  burguesía  y  de  la  burguesía norteamericana. No en vano el banquero estadounidense Harriman reconocía los méritos que los socialistas de derecha habían contraído para con la burguesía. Hablando por radio en enero de 1949, declaraba: "Los socialistas de la Europa occidental son los mejores aliados de los Estados Unidos."

La burguesía norteamericana y la de los países europeos, apoyándose en los socialistas de derecha, trataba de "ganar la confianza de la clase obrera de Europa y de acabar con la propaganda comunista". Pero los tiempos en que la burguesía y sus agentes, los dirigentes de los socialistas de derecha, lograban desorientar a las masas trabajadoras con relativa facilidad, han pasado. Las contradicciones del capitalismo crecen. El movimiento nacional de liberación en las colonias mina los fundamentos del imperialismo. A la burguesía de las metrópolis imperialistas   se   le   hace   cada   vez   más   difícil maniobrar para detener el curso del desarrollo histórico, que la arrastra inevitablemente a la ruina.

Las  masas  trabajadoras  se  convencen  cada  vez más por su propia experiencia de la verdad de la

ideología y la política del Partido Comunista y del

papel de traición a que responden la política y la ideología de los dirigentes de los socialistas de derecha. Al llegar al Poder, en Inglaterra y en Italia, en Francia, en Finlandia y en otros países, los socialistas de derecha se han revelado como celosos defensores  del  capitalismo  y  como  los  más enconados enemigos del socialismo y de los trabajadores.

La influencia de la ideología política marxista- leninista ha crecido considerablemente después de la

conquista del Poder por la clase obrera en la U.R.S.S. y en los países de democracia popular. Hoy día, los

trabajadores pueden contrastar a la luz de los hechos los resultados de la trayectoria de los dos sistemas, el capitalista y el socialista, y se convencen cada vez

más de las ventajas y la superioridad del socialismo sobre el capitalismo, desde todos los puntos de vista.

La reaccionaria ideología burguesa política y jurídica frena el desarrollo de la sociedad. Esta ideología defiende y justifica una causa condenada a

morir. El desarrollo de la sociedad marcha inevitablemente   por   derroteros   contrarios   a   la

burguesía y a su ideología. Esa y no otra es la causa de  que  decaiga  su  influencia  y  crezca,  por  el contrario, la de la ideología socialista, proletaria, la

del marxismo.

No debe olvidarse, sin embargo, que la ideología burguesa sigue imperando, a pesar de todo, en gran

parte de la tierra, que esta ideología es engendrada

por las relaciones de la propiedad privada, por la economía  capitalista  y  su  proceso  de  desarrollo

espontáneo,  elaborada  por  un  inmenso  ejército  de

 

 

 

intelectuales servidores de la burguesía y derramada todos los días y a todas horas sobre los trabajadores por la propaganda burguesa. Detrás de la ideología política burguesa están el Estado burgués y las demás instituciones políticas de la burguesía, que disponen de una gigantesca maquinaria para la difusión de la falaz ideología burguesa con que se trata de emponzoñar la conciencia de las masas. El Estado burgués entorpece, además, por todos los medios la difusión de la ideología política avanzada, de la ideología del marxismo.

Pero, a pesar de los esfuerzos de la burguesía y del Estado burgués y de la sumisión de los dirigentes de los socialistas de derecha a la burguesía, la verdad vital de la ideología marxista se ha abierto y se abre más cada día paso hacia las grandes masas, ganando su convencimiento.

Hasta los mismos enemigos del marxismo se ven obligados, a veces, a reconocerlo. Así, por ejemplo,

el profesor de Ciencias políticas de la Universidad de

Washington A. Meier ("especialista" en "problemas de  Rusia"),  escribía  en  un  artículo  titulado  "La

filosofía  soviética"  (en  la  revista  Current  History,

1953):

"Ella [se refiere a la ideología soviética] encuentra eco entre los oprimidos y desheredados del mundo entero..., porque explica a estas gentes, desde luego, algunos  aspectos  de  su  mundo  que  ninguna  otra teoría puede explicarles."

El historiador reaccionario inglés A. Toynbee, en un artículo titulado "Rusia y el Occidente", reconoce que "el comunismo posee una fuerza de atracción para todas las gentes".

Cuando, al celebrarse el octogésimo aniversario del filósofo reaccionario inglés Bertrand Russell, un periodista le preguntó quién era, a su juicio, en los momentos actuales, el filósofo más popular del mundo, Russell vióse obligado a confesar, con amargura y con rencor, que era Carlos Marx.

¿Cómo explicar el hecho irrefutable de que, después de más de cien años de lucha de la burguesía

contra la ideología del socialismo científico, contra la concepción marxista del mundo, esta ideología, esta

concepción del mundo florezca y triunfe? La razón de ello sólo puede ser una: la fuerza de convicción del marxismo-leninismo, la verdad vital e invencible

de esta teoría. Sólo el marxismo-leninismo, la ideología   del   socialismo   científico,   expresa   las

candentes   necesidades  del   desarrollo  de  nuestra época, los intereses, los pensamientos, los anhelos y las esperanzas de los trabajadores de todos los países.

La ideología política y jurídica del socialismo en la U.R.S.S. sirve a la causa del fortalecimiento del

Estado socialista, a la defensa de las leyes del socialismo, a la causa de la unidad del pueblo soviético,   a   la   causa   de   la   construcción   del

comunismo. La ideología política marxista-leninista es la ideología del democratismo y el humanismo

 

socialistas. Y ejerce una grandiosa y alentadora influencia sobre el desarrollo de la ciencia, de la filosofía, de la moral, del arte, de toda la ideología y la cultura del socialismo.

 

b) La moral.

La  moral  o  la  ética  es  el conjunto  de  normas, reglas y principios históricamente variables que reflejan el comportamiento de unos hombres hacia

otros y para con la sociedad; y, en una sociedad de clase, asimismo, su conducta ante su clase, ante su

partido y ante las clases y los partidos enemigos. A diferencia de las normas del derecho, que regulan también las relaciones entre los hombres, pero que

poseen la sanción coercitiva del Estado, las normas de la moral descansan sobre el peso de la opinión

social, en la convicción interior de las gentes y en la fuerza   de   los   hábitos.   Actúan   como   categorías morales los conceptos del bien y del mal, del deber y

la honestidad, de la conciencia y el honor, etc.

El factor determinante y decisivo para enjuiciar la conducta de los hombres son, en última instancia, los

intereses sociales, y, en una sociedad de clase, los

intereses de clase. La opinión social de una determinada  clase  o  de  un  determinado  pueblo

aprueba  y  sanciona  unos  actos  como  buenos  y

morales y reprueba y condena otros como inmorales, malos y deshonestos.

La           conciencia           moral,   el            sentido de          la

responsabilidad, el sentimiento del deber ante la sociedad, ante la patria, ante su clase o ante el pueblo es, a veces, tan grande que resulta ser una fuerza más poderosa que el propio instinto de conservación. La conciencia del alto deber moral para con el partido, para con la clase obrera, infundió a los comunistas, en los años del tenebroso zarismo, fuerzas para soportar toda clase de privaciones, para ir a la cárcel, al  destierro  o  al  cadalso  contentos  de  salvar  a  la patria, por el triunfo del comunismo. La conciencia de un deber moral sagrado ante la patria socialista hizo posible, en los años de la Gran Guerra Patria, las gloriosas hazañas de miles y miles de héroes, de patriotas soviéticos conocidos y anónimos.

Las normas morales, los principios de la moral, no son perennes e invariables. Las doctrinas religiosas e idealistas que nos hablan de los principios "eternos e inconmovibles" de la moral son absurdas. Nunca ha existido ni existe una moral extrahumana, divina o superior  a  las  clases.  La  concepción  de  la  moral como algo inculcado por los preceptos divinos o a tono con cualquier otra definición idealista no es sino un intento consciente o inconsciente de encubrir o desdibujar las raíces terrenales, sociales, de clase, de la moral.

La  moral,  una  de  las  formas  de  la  conciencia social,  es  el  reflejo  de  las  condiciones  de  vida

material  de  la  sociedad  bajo  la  forma  de determinadas normas de conducta de los hombres. La

 

 

 

moral es un fenómeno de carácter supraestructural. De aquí que, al cambiar la base de la sociedad y como resultado de ello, cambien también las formas y el contenido de la moral. "Las ideas de bien y de mal -dice Engels- han cambiado tanto de pueblo a pueblo, de generación a generación, que no pocas veces hasta se contradicen abiertamente" 204

En la sociedad primitiva, las relaciones entre unos y otros hombres se regían por una sucesión de usos

plasmados histórica y espontáneamente como un conjunto de tradiciones que consagraban las ideas y

las normas de vida y de conducta sostenidos a lo largo de miles de años. Estas reglas y estos usos, transmitidos  de  generación  en  generación,  habían

acabado  por  convertirse  en  hábitos.  Se  las consideraba como mandatos de los antepasados. Y, al

surgir la religión, se comenzó a presentar las normas de la moral como preceptos divinos.

En las primeras fases de desarrollo de la sociedad

primitiva, en que el nivel de las fuerzas productivas era todavía muy bajo, el hambre crónica obligaba al hombre primitivo a matar y, a veces, a devorar a los viejos y a los niños. Y nadie tenía esto por inmoral. Al desarrollarse la productividad del trabajo, fué extinguiéndose esta práctica cruel, y a la par con ello cambiaron los hábitos y las normas de la moral. Los ancianos, como depositarios de la experiencia y de la tradición, comenzaron a verse rodeados por los cuidados, la estimación y el respeto de las gentes. Las viejas tradiciones seguían manteniéndose solamente como ritos religiosos, en relación con los sacrificios sacros. Y esto pasó a la religión cristiana, bajo  una  forma  simbólica,  como  lo  revelan,  entre otras cosas, el mito de Cristo, el dios hombre que se entrega al sacrificio, el rito de la comunión, como la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo, etc.

En las primeras fases de la sociedad primitiva, imperaban la poligamia y la poliandria. Las costumbres consagraban estas relaciones familiares conyugales, y a nadie se le pasaba entonces por las mentes considerarlas inmorales. En el curso del progreso social surgió la familia monogámica, y esto hizo cambiar radicalmente las ideas de las gentes acerca de la moralidad e inmoralidad en lo tocante a las relaciones de la familia y el matrimonio: comenzaron a juzgarse como fenómenos inmorales, contrarios a la moral, la poligamia y la poliandria. Sin embargo, en la época de la esclavitud, del feudalismo y del capitalismo, rigen al lado de la institución del matrimonio monogámico leyes que sancionan la prostitución. En la sociedad capitalista, donde todo se convierte en mercancía, también la mujer aparece convertida en objeto de compraventa. El matrimonio burgués es, sencillamente, una transacción. El matrimonio de conveniencias se halla sancionado por la moral burguesa, ya que el dinero y

 

los juicios de la sociedad capitalista. En la sociedad socialista, surge una nueva y sólida familia monogámica, y rige una moral comunista auténticamente humana que regula las relaciones familiares-conyugales. La sociedad socialista considera   inmoral   y   deshonroso   el   matrimonio basado en el cálculo y no en el amor.

En la época de la esclavitud y del feudalismo, la vida orgiástica, el parasitismo, la ociosidad de las

clases dominantes, considerábanse por la moral en vigor  como  fenómenos  perfectamente  lícitos.  La

naciente burguesía de los siglos XVI, XVII y XVIII, de   la   que   se   había   apoderado   la   sed   de   la acumulación y el espíritu emprendedor, miraba ya

con desprecio a los vicios feudales, al despilfarro, a la indolencia, a la granujería, a la vida regalada y

ociosa, y predicaba la moral puritana, el ahorro y la laboriosidad. Pero, más tarde, la misma burguesía, al convertirse  en  un  poder  reaccionario,  degeneró  en

una clase parasitaria, como en su tiempo lo habían sido   los   señores   esclavistas   y   feudales.   Y,   en

consonancia con esto, cambiaron también sus principios morales. El ocio y el parasitismo ya no son considerados como vicios, en el seno de la burguesía

contemporánea.  Por  el  contrario,  la  sociedad burguesa    rodea    de    honores    a    los    magnates

explotadores  cargados  de  riquezas  que  llevan  una vida disipada y parasitaria. En la sociedad socialista, por el contrario, la estimación social y el honor se

reservan para los hombres del trabajo.

El  curso  del  desarrollo  social  que  va  desde  el régimen           social     primitivo             hasta     el            capitalismo

representa un progreso en la trayectoria de desarrollo

de las fuerzas productivas y relaciones sociales, en la trayectoria de desarrollo de la ciencia, del arte y la literatura. Pero este desarrollo progresivo presenta un carácter antagónico y va acompañado por la degradación moral de las clases explotadoras. Engels escribe que el paso de la sociedad primitiva, del régimen gentilicio, a la sociedad de clases, se manifiesta "como una caída desde la sencilla altura moral de la antigua sociedad de la gens. Los intereses más viles -la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común- inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más vergonzosos -el robo, la violencia, la perfidia, la traición- minan la antigua sociedad de la gens, sociedad sin clases, y la conducen a su perdición".205

La moral comunista es la moral de la clase obrera y  de  todos  los  trabajadores,  en  lucha  contra  la

opresión de clase y la opresión nacional. Principio básico de esta moral es la lucha contra todo estado de

opresión del hombre por el hombre, la lucha por la liberación  de  todos  los  trabajadores  de  cualquier clase de explotación, acabando con las diferencias de

 

el  lucro  constituyen  los  criterios  fundamentales  en                

205 F. Engels, "El origen de la familia, la propiedad privada y el

 

204 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., pág. 90.

 

Estado", Obras escogidas, ed. española, t. II, pág. 236.

 

 

 

nación y de raza, la lucha por el comunismo. El bien de toda la sociedad, del pueblo, de los trabajadores, está por encima de todo: tal es el fundamento de la moral  comunista.  En  la  sociedad  capitalista,  el hombre trabajador se ve convertido en objeto de explotación, en fuente de lucro; en la sociedad socialista, por el contrario, lo más precioso es el trabajador, es el hombre.

La  moral  comunista  nace  en  el  seno  de  la sociedad capitalista y tiene por exponente, en ella, al

proletariado.  En  la  sociedad  socialista,  la  moral

comunista pasa a ser la moral dominante, la moral de todo el pueblo. Expresa y refleja, dentro de esta sociedad, las relaciones socialistas de producción, relaciones de cooperación y ayuda mutua entre hombres libres de toda explotación. La moral comunista constituye el punto más alto de desarrollo moral de la humanidad.

Los cambios que afectan a la base económica son, por  tanto,  la  causa  determinante  de  los  cambios

operados en la  moral. Pero  en el desarrollo  de la

moral influyen también las relaciones políticas, el derecho, la religión, la ciencia, la filosofía y el arte. Así, por ejemplo, una política reaccionaria, fascista, estimula y fortalece los rasgos más bestiales de la moral imperante en la sociedad burguesa, erige cínicamente en principio y norma de conducta el amoralismo, el odio a todo lo humano, la perfidia.

En   la   época   anterior   al   socialismo,   influían poderosamente  en  el  desarrollo  de  la  moral  la

religión  y  el  clero.  Ya  en  la  sociedad  primitiva

recibía la moral una sanción religiosa. En la sociedad de clase, para obligar a las masas populares a reconocer  y  acatar  las  normas  de  la  moral establecidas por las clases explotadoras, la religión y el clero presentan esta moral como obra de los mandatos divinos.

La  religión  proclama  como  altas  virtudes  la humildad, la mansedumbre, la resignación, el perdón

de todas las ofensas, el amor a los opresores. "El

esclavo debe obedecer a su señor", "si os golpean en la  mejilla  derecha,  ofreced  la  izquierda",  "amad  a

vuestros enemigos", predica la moral religiosa. Es la

moral que el clero trata de imponer a la clase obrera y a todos los trabajadores, con el designio de reprimir en ellos el odio a sus explotadores.

También el arte influye considerablemente en la plasmación de las normas morales. Así, por ejemplo,

la conciencia moral de las capas avanzadas de la sociedad se educa bajo la acción emancipadora de las grandes  obras  del  arte  que  reflejan  y  ponen  al

desnudo los caracteres y los hábitos de la sociedad esclavista,   feudal   y   capitalista.   Shakespeare   y

Dickens, Moliere y Balzac, Krylov y Griboiedov, Puskin  y  Gogol.  Tolstoi  y  Gorki,  han  marcado  a fuego  para  siempre,  en  sus  inmortales  obras,  las

lacras del mundo de la explotación. La literatura clásica rusa, en la que se desenmascara la abyecta

 

moral de los terratenientes, los altos funcionarios y la burguesía, contribuyó extraordinariamente a inculcar en las capas avanzadas del pueblo ruso los principios e  ideales  de  una  moral  superior.  La  literatura,  el teatro, el cine, la pintura y la música soviéticas han ejercido y ejercen una poderosa influencia sobre la formación de la alta y benéfica fisonomía moral del hombre  del  socialismo,  inculcándole  ideales  como los del patriotismo soviético, la fuerza de la idea, la entrega a la causa del comunismo, la honradez, la claridad y la firmeza políticas, la hombría, la intrepidez y el odio a los enemigos del socialismo.

La influencia de la filosofía sobre la moral acusábase en el hecho de que, ya desde la sociedad

antigua,  consagrara  una  gran  atención  a  los problemas  de  la  ética,  que  trata  de  ofrecer  una

fundamentación teórica a la moral social o de imponerse críticamente a ella. Desde su misma aparición, la filosofía marxista sometió a una crítica

revolucionaria la moral de la nobleza y la de la burguesía. La concepción filosófica del mundo del

marxismo es el fundamento teórico sobre que descansan los principios de la moral comunista.

Consciente  o  inconscientemente,  los  hombres

siempre han derivado de las condiciones de la vida material de una sociedad dada sus conceptos acerca de lo justo y lo injusto, del honor y el deber, del bien y el mal. De aquí que, en una sociedad dividida en clases, los principios de la moral hayan ostentado y ostenten, inevitablemente, un carácter de clase. En una  sociedad  escindida  en  clases irreconciliablemente enemigas no puede existir una moral única para todos. Caracterizando la moral de la sociedad capitalista, escribía Engels: "¿Qué moral se nos predica hoy? Ahí tenemos, en primer término, la moral cristiano-feudal, que nos han legado los viejos tiempos de la fe y que a su vez se divide, sustancialmente, en una moral católica y una moral protestante, con toda una serie de variantes y subdivisiones que van desde la moral católica de los jesuitas y la moral ortodoxa de los protestantes hasta una moral un poco liberal y de manga ancha. Y al lado tenemos la moral burguesa, y al lado de la moral burguesa moderna la moral proletaria del futuro. Por donde solamente en los países más cultos de Europa, el pasado, el presente y el futuro nos brindan tres grandes  grupos  de  teorías  morales  que  pretenden regir los tres a la par y simultáneamente. ¿Cuál es la verdadera? En sentido absoluto y definitivo, ninguna; pero, evidentemente, la que más garantías de permanencia contendrá será aquella moral que represente en el presente la conmoción del presente,

el porvenir; es decir, la moral proletaria".206

El móvil fundamental que impulsa las acciones de la burguesía, su conducta, sus ideas y principios, es la ganancia, el lucro. Marx cita en El Capital las siguientes palabras de un economista acerca de los

 

206 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., pág. 91.

 

 

 

motivos que inspiran los actos de la clase capitalista: "El capital tiene horror a la ausencia de ganancia o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 por 100 y acudirá adonde sea; un 20 por 100, y se sentirá ya animado; con un 50 por 100, positivamente temerario; al 100 por 100 es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; el 300 por 100, y no hay crimen a que no se arriesgue, aunque arrostre el patíbulo".207

"El hombre es un lobo para el hombre"; "tanto tienes, tanto vales"; "el talento se lleva en la cartera";

"cada cual a lo suyo y un dios para todos": en estos

dichos y otros parecidos se expresan las normas de la moral burguesa, nacidas del antagonismo de clases,

de la propiedad privada, de la competencia general.

La sociedad burguesa descansa sobre el principio de "...o despojas a otro o te despojan a ti, o trabajas para otro o el otro trabaja en tu provecho, o eres esclavista o eres esclavo. Y, como es natural, las gentes educadas en esta sociedad se asimilan con la leche de que se amamantan, por así decirlo, la psicología, los hábitos, las ideas de o esclavista o esclavo, o pequeño propietario, pequeño empleado, pequeño funcionario, intelectual, en una palabra, hombre preocupado solamente de poseer lo suyo, sin parar para nada la atención en lo demás".208

El acaparador de grandes reservas de trigo, en la sociedad    capitalista,    está    interesado    en    que

sobrevenga una sequía, en que haya mala cosecha, hambre, pues todo esto hace subir el precio de su

mercancía;   al   médico   burgués   le   interesa   que abunden   los   enfermos;   al   abogado   burgués   le

conviene  que  se  cometan  muchos  delitos;  al arquitecto burgués, que se produzcan muchas incendios  en  la  ciudad;  al  cura,  que  aumente  el

número de muertos. La desgracia de unos es fuente de ganancias e incluso condición de vida para otros.

La mayor calamidad que puede abatirse sobre los pueblos son las guerras imperialistas. Pero, a la par, éstas son también fuente de fabulosas ganancias para

los magnates del capital, para los fabricantes de armamentos. No es otra la causa de que los ideólogos

y las políticos burgueses justifiquen las guerras de rapiña, digan que la guerra es algo natural y eterno. No en vano los monopolios capitalistas temen a la

paz como a la peste.

En la sociedad capitalista, todo se convierte en mercancía, en valor de cambio, todo se compra y se

vende: la mano de obra, la conciencia y el honor, la

dignidad del hombre y sus virtudes, el amor y la belleza,  el  talento  del  artista  y  la  inspiración  del

poeta,   el   genio   del   sabio   y   los   sermones   del

sacerdote. La circulación de las mercancías, escribe Marx, "es como una gran retorta social a la que se lanza todo, para salir de ella cristalizado en dinero. Y

 

 

207 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit., t. I, pág. 851.

208 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 369.

 

de esta alquimia no escapan ni los huesos de los santos, y menos aún otras res sacrosanctae, extra comercium hominum [cosas sagradas, fuera del comercio  de  los  hombres]  mucha  menos  toscas. Como en el dinero desparecen todas las diferencias cualitativas de las mercancías, este radical nivelador barra a su vez todas las diferencias. Pero, de suyo, el dinero es también una mercancía, un objeto material, que puede convertirse en propiedad privada de cualquiera.   De   este   modo,   el   poder   social   se convierte en poder privado de un particular".209 La saciedad capitalista "saluda en el grial la refulgente encarnación de su más genuino principio de vida".210

El dinero es la riqueza, el ideal de la sociedad burguesa; ante él se humillan y a él se sacrifican millones de vidas humanas. Quien posee dinero lo posee todo; quien carece de él se halla condenado a la miseria, a las privaciones y al sufrimiento.

A los ojos del burgués, el dinero es la medida fundamental de la dignidad del hombre. Su posición

social se determina por la cantidad de dinero que

posee. El burgués, poseedor de dinero, puede decir, como escribe Marx: "Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más hermosa, lo que quiere decir que no soy feo, pues los efectos de la fealdad, lo que en ella repele, son destruidos por el dinero. Puede que, físicamente y como individuo, sea cojo, pero, como el dinero me da veinticuatro piernas, mi cojera desaparece; puedo ser idiota, deshonesto, carente de ingenio, necio, pero como el dinero es tenido en alta estima, también el que lo posee es estimado y respetado. El dinero es el mayor de los bienes, y quien lo posee puede considerarse también, por tanto, como excelente; el dinero me exime, además, del trabajo de ser deshonesto, lo que quiere decir que soy un hombre probo".211  En los Estadas Unidos circula este dicho: "Si robas un panecillo, te meten en la cárcel; pero si robas un ferrocarril te hacen senador".

Los moralistas, políticos y publicistas burgueses hablan y escriben mucho acerca de la libre personalidad, de la igualdad de derechos de la mujer, de las altas virtudes, etc., pero ello no es obstáculo para que en todos los Estados capitalistas existan, al amparo de la ley, casas de tolerancia y se mantenga, legalmente  consagrada,  la  desigualdad  entre  los sexos. En el Estado de Alabama de las EE.UU. rige una ley según la cual el marido tiene derecho a castigar a su esposa con un palo, "cuyo grueso no podrá exceder de dos dedos". Leyes parecidas a ésta se hallan vigentes, asimismo, en la "democrática" Inglaterra. He aquí lo que escribía, no hace mucho, el periódico liberal inglés News Chronicle, en una noticia titulada: "Pegad a vuestras mujeres, si os place":

 

 

209 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit. t. I, págs. 144-145.

210 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit. t. I, pág. 145.

211 C. Marx y F. Engels, Ueber Kunst und Literatur, Berlín 1949, pág. 41.

 

 

 

"El marido tiene derecho a castigar físicamente a su esposa, si emplea para ello una vara no más gruesa que su meñique. Tal ha sido el fallo dictado por el juez Taylor Rys, en un proceso del condado de Brentford."

Solamente en la sociedad capitalista pueden publicarse anuncios tan bochornosos como éste, que

en 1948 insertaba el periódico norteamericano New

Day: "Se vende: mujer divorciada, rubia, atractiva, busca hombre que se case con ella y la sostenga en

unión  de  sus  dos  hijas.  Solicitante  deberá  firmar

convenio y estar en condiciones de aportar inmediatamente 10.000 dólares". He ahí una buena ilustración, entre otras muchas innumerables, de lo que es la moral burguesa.

La descomposición moral, el amoralismo, es uno de    los    rasgos    característicos    de    las    clases

explotadoras, en la fase de su decadencia. La nobleza

de Francia, en vísperas de la revolución burguesa de

1789, tenía como divisa esta frase: "Apres nous, le déluge"  [Después  de  nosotros,  el  diluvio].  Y  tal podría ser también el lema de la burguesía reaccionaria de nuestro tiempo. El escritor burgués norteamericano F. Landberg traza un cuadro del parasitismo y la vida de despilfarro de la plutocracia de los Estados Unidos. La burguesía norteamericana, enriquecida con la explotación de su propio pueblo y el despojo de otros países, con la guerra y la sangre de millones de hombres, no sabe cómo emplear el producto de sus expoliaciones. La glotonería, la perversión, el lujo demencial, collares de brillantes para   perros   con   un   valor   de   15.000   dólares, banquetes en homenaje a los perros y los caballos favoritos,  coches  y  troncos  de  caballos  especiales para monos, con sus lacayos propios, gargantillas por las que se pagan hasta 600.000 dólares, comilonas y festines en que se gastan cientos de miles de dólares, y así sucesivamente. "Hastiados de tan "modestas" diversiones, los plutócratas discurrieron otros pasatiempos más fastuosos: sentaban a comer en sus banquetes, entre los invitados, a chimpancés, en las piscinas  cubiertas  accionaban  los  nadadores, cubiertos de escamas de oro, y las canzonetistas emergían  directamente  de  los  gigantescos pasteles".212  Esto sucedía allá por los años noventa del  siglo  XIX.  "Los  sobrantes  incomparablemente

más prodigiosos de nuestros días hacen renacer y muchas veces dejan pálidas a las más fantásticas formas trabajosamente caviladas en otros tiempos de disipar las riquezas del pueblo".213

Las costumbres de la burguesía de nuestros días recuerdan las de los esclavistas de la Roma antigua en la época de la decadencia o las de la aristocracia feudal  en  descomposición.  Pero  la  burguesía  ha

 

 

212 F. Landberg, Sesenta familias de Norteamérica, cit. de la ed. rusa, 1948, pág. 476.

213 F. Landberg, Sesenta familias de Norteamérica, cit. de la ed. rusa, 1948, pág. 477.

 

superado a los predecesores de su clase por sus crímenes contra la humanidad, por sus atrocidades, por sus despilfarros, por su amoralidad. Los sociólogos, filósofos, escritores e ideólogos y los líderes políticos de la burguesía tratan incluso de fundamentar "teóricamente" su cinismo y su amoralismo,  su  ferocidad  y  su  odio  a  todo  lo humano. El portavoz del amoralismo de la burguesía en el siglo XIX fué Federico Nietzsche. El fascismo alemán   hizo   suya   esta   filosofía   y   proclamó   a Nietzsche su padre espiritual.

El fascismo alemán, japonés y español y el imperialismo  norteamericano  son  el  exponente  de todo lo que hay de más abyecto y bestial en la burguesía imperialista. "He venido -dijo Hitler- a liberar al hombre... de esa quimera humillante que se llama   la   conciencia...   Tengo   la   ventaja   de   no sentirme atado por ninguna clase de consideraciones de orden teórico o moral". Hitler preconizaba a la juventud alemana, como ideal, el arquetipo del "superhombre", con rasgos de la bestia de presa. Y en este espíritu bestial se educó al pueblo de Alemania antes de la segunda guerra mundial. La fisonomía del hombre hitleriano es la del hombre sin conciencia y sin honor, degradado hasta el nivel de las fieras. Las atrocidades cometidas por el ejército de Hitler en les países ocupados, y principalmente en el territorio de la U.R.S.S., hicieron palidecer todas las bestialidades de  los  hunos,  de  los  vándalos,  de  las  hordas  de Gengis Kan y de Tamerlán juntas. Los imperialistas alemanes, japoneses, norteamericanos y sus congéneres asociaron la crueldad bárbara a todas las conquistas de la técnica moderna de la destrucción, en el genocidio, las cámaras de gases letales, los horrores  de  los  campos  de  concentración  dé Maidanek y Ausschwitz, la guerra química y bacteriológica, etc.

Después de aplastados la Alemania hitleriana y el

Japón imperialista, el papel de inspirador de toda la reacción internacional y de organizador de una nueva guerra mundial ha pasado a manos del imperialismo norteamericano.

Poco   tiempo   después   de   la   segunda   guerra mundial, la burguesía de los Estados Unidos ha dado

tales  pasos  hacia  el  fascismo,  ha  acumulado  una

experiencia tan copiosa en la lucha bandidesca contra los negros y contra los patriotas de Grecia, Corea y

las Filipinas, que nada tiene ya que envidiar a los

hitlerianos en punto a bestialidad y amoralismo. Los mismos hitlerianos habían tomado como modelo, en su  día,  no  sólo  las  crueldades  de  la  Inquisición católica medieval, sino también las de los linchamientos norteamericanos y el bandolerismo del Ku-Klux-Klan.

La cínica, descarada e impune predicación de una tercera    guerra    mundial    en    los    países    del

imperialismo, la preparación y la propaganda desembozadas de una agresión imperialista contra la

 

 

 

U.R.S.S. y los países de democracia popular, es el exponente del extremo reaccionarismo y de la desenfrenada degradación moral de la burguesía contemporánea.

La  fisonomía  moral  de  la  burguesía norteamericana actual la expresan bien las palabras pronunciadas por el Dr. Nenson, rector de la Universidad de Tampa (Estado de Florida): "A mí me  parece  que  debemos  llevar  a  cabo  una preparación total, basada en la ley de la jungla. Que cada cual se instruya en el arte de matar. Yo no creo que la guerra deba limitarse a los ejércitos y a las fuerzas armadas de mar y aire, ni que deban existir ninguna  clase  de  restricciones  en  cuanto  a  los métodos o a las armas de destrucción. Yo no sancionaría la guerra bacteriológica, el empleo de gases, la bomba atómica y de hidrógeno y el cohete intercontinental. No sería partidario de pedir un trato de excepción para los hospitales, las iglesias, las instituciones científicas ni para ningún grupo especial de la población... Sería hipócrita tratar de mostrar clemencia hacia ningún grupo, cualquiera que él fuese".214

Y no se trata, ni mucho menos, de un caso único. Manifestaciones  de  éstas  las  encontramos  a  cada

paso en la prensa burguesa de los Estados Unidos.

Estas prédicas de los caníbales norteamericanos superan   por   su   cinismo   y   su   odio   contra   la humanidad hasta las mismas bestiales declaraciones de los caníbales hitlerianos.

Los bárbaros bombardeos con que los bandoleros norteamericanos  arrasaban  las  ciudades  y  aldeas

pacíficas coreanas y el exterminio de la población

pacífica de Corea, no eran otra cosa que la aplicación en la práctica de esta canibalesca ideología de la burguesía de los Estados Unidos.

La degradación moral de la burguesía de nuestro tiempo se refleja en la literatura y en el arte. Autores

decadentes como Henri Miller y Faulkner exaltan el crimen  como  expresión  del  "libre  arbitrio".  Los héroes de la literatura burguesa norteamericana son

los gángsters, los bandoleros. El "escritor" Miller define al hombre como un canalla y reputa un error la

existencia del ser humano. Y, durante la guerra, expresaba la esperanza de que en los siglos próximos se  borrase  de  la  faz  de  la  tierra  toda  civilización

humana.  La  filosofía  reaccionaria  del existencialismo,    tan    extendida    en    los    países

capitalistas, predica el odio a todo lo colectivo y declara "carentes de significación" cualesquiera normas de moral. Y el oscurantista Bertrand Russell,

el filósofo inglés tan venerado, predica también abiertamente   el  amoralismo,   la   justificación   del

crimen, la guerra atómica, el neomaltusianismo y el racismo, estas canibalescas teorías de la burguesía imperialista.

El  amoralismo,  el  individualismo  y  el  egoísmo

 

desenfrenados, el odio a la humanidad son el exponente de la podredumbre y la descomposición moral de la burguesía, el exponente de la bancarrota de todo el sistema capitalista. Pero, a la par con ello, no se puede perder de vista que la predicación de este individualismo, este egoísmo y este amoralismo desaforados tiene, además, para la burguesía, otra significación al servicio de sus fines. La burguesía y sus representantes ideológicos tratan de envilecer la conciencia de las capas medias y de lanzarla contra la clase obrera socialista. La burguesía se esfuerza por formar bandas de matones carentes de conciencia y de honor, dispuestas por dinero a todo, a perpetrar toda  clase  de  crímenes.  La  predicación  del amoralismo es uno de los medios de preparación ideológica de la burguesía imperialista para la tercera guerra mundial.

La burguesía y sus ideólogos, en todos los países, han    acusado    y   acusan   hipócritamente   a    los

proletarios y a los comunistas de "inmorales", por el hecho de que el proletariado niega la moral burguesa.

No les cabe en la cabeza que, fuera de su moral egoísta y mentirosa, sea posible otra moral, más alta y más avanzada.

La moral burguesa predica como su fundamental virtud el respeto de la propiedad privada, del Estado

burgués y de la legalidad burguesa. El proletariado, en cambio, las rechaza y lucha contra ellas, pues representa por su propia naturaleza la negación de la

propiedad privada sobre los medios de producción, la fuerza  enemiga  del  capitalismo,  del  Estado  y  del

derecho burgués.

La moral burguesa exige del proletariado la humildad,    la    resignación,    la    sumisión    y    la

mansedumbre, predicando estas cualidades como las

más altas virtudes, mientras que el proletariado las considera como rasgos característicos del esclavo. La

situación del proletariado en la sociedad burguesa, su

misión histórica, exigen de él otras cualidades: la intrepidez revolucionaria, la combatividad, la hombría, el odio a los opresores.

La burguesía predica farisaicamente el amor y la fraternidad entre los hombres y declara que la lucha

de clases es contraria a la moral y a la ley y que sólo sirve para reforzar todavía más la explotación. La clase obrera, por el contrario, ve en la intrépida y

revolucionaria lucha de clases el único medio de acabar  con  la  esclavitud  asalariada.  Criticando  la

moral burguesa, escribía Lenin:

"Nosotros decimos: es moral lo que sirve para destruir la vieja sociedad basada en la explotación y

para unir a todos los trabajadores en torno al proletariado, llamado a crear la nueva sociedad de los

comunistas.

La moral comunista es la que sirve a esta lucha, la que une a los trabajadores en contra de toda explotación".215

 

 

 

214 Cit. de una información de Pravda, 6 agosto 1950.

 

215 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, pág. 268.

 

 

 

La situación del proletariado como clase y su misión histórica de enterrador del capitalismo y de creador de la sociedad comunista exigen de los obreros  la  solidaridad  de  clase,  la  unidad  y  la cohesión en la lucha revolucionaria, la camaradería, la disciplina y la firmeza, la valentía y la abnegación heroica en el cumplimiento del deber de clase, la entrega sin reservas a la causa del comunismo. Sin estas cualidades, el proletariado veríase condenado a una tenebrosa esclavitud. Estas cualidades, forjadas por el proletariado en el trabajo y en la lucha, son al mismo tiempo las normas de su moral y sus virtudes.

La moral comunista, proletaria, es una moral incomparablemente   más   alta   que   la   moral   de

mercaderes, la farisaica y egoísta moral burguesa. La opinión pública proletaria estigmatiza a los traidores

a la clase obrera, a los rompehuelgas y escisionistas, a los conciliadores con la burguesía, a los reformistas y demás lacayos de la clase burguesa. El proletariado

honra a los héroes de la lucha revolucionaria, a los defensores de los intereses de los trabajadores, a los

dirigentes y combatientes de vanguardia de la lucha liberadora de clases. Sus jefes y dirigentes son modelos de elevación moral, de entrega abnegada a

los intereses de los trabajadores, de intransigencia en la lucha contra los enemigos de la clase obrera. La fe

ilimitada en las inagotables fuerzas creadoras del pueblo,  el amor  y la entrega  total al  pueblo, a la causa de la liberación de los trabajadores, la claridad

y la firmeza políticas, el odio a los enemigos del pueblo, la impavidez y la valentía en la lucha por el

comunismo, la modestia, la sencillez, la sensibilidad y el tacto en sus relaciones con las gentes, el odio al

burocratismo,  a  los  empleadillos  deshumanizados, que hunden la cabeza entre los papeles sin ver detrás de ellos a los hombres vivos y a la realidad: he ahí

unos cuantos rasgos distintivos de la fisonomía moral de los dirigentes comunistas, de los dirigentes de la

clase obrera. La divisa de su vida es la lucha por la causa de la clase obrera, por el comunismo. Y en estas   virtudes,   que   trazan   la   fisonomía   de   los

dirigentes de la clase obrera y del Partido Comunista, se reflejan los mejores rasgos característicos de la

propia clase obrera.

Las altas cualidades morales forjadas por la clase obrera en el período de su lucha revolucionaria por el

Poder, se convierten ahora, bajo las condiciones de la sociedad   soviética   socialista,   en   cualidades   del

hombre soviético en general. Pero de suyo se comprende que esto no puede lograrse de repente, sino en el curso de la lucha por el socialismo, en el

curso de la lucha contra la vieja moral burguesa y pequeñoburguesa, en el proceso de la larga y tenaz

labor    educativa    desarrollada    por    el    Partido

Comunista.

La moral proletaria, soviética, socialista, comunista, son conceptos esencialmente idénticos. El

concepto de la moral  comunista es el que expresa

 

con mayor exactitud y plenitud el contenido social de la moral soviética. Abarca todas las cualidades, normas y principios morales forjadas por la clase obrera y por su Partido Comunista en el curso de la lucha revolucionaria y de la construcción del socialismo y el comunismo. La moral comunista refleja las relaciones sociales de producción que han ido plasmándose en la sociedad socialista, y expresa, al mismo tiempo, nuestra meta, nuestro futuro: el triunfo del comunismo en el mundo entero. Lenin decía en 1920, definiendo el contenido fundamental de la moral comunista:

"La moral sirve para que la sociedad humana se eleve  a un  nivel  más  alto,  liberándose  del trabajo

basado en la explotación... La base de la moral comunista  es  la  lucha  por  el  fortalecimiento  y  la

coronación del comunismo. En eso reside también la base de la educación, la formación y la enseñanza comunistas".216

La sociedad capitalista mutila y deforma, física y moralmente, al hombre. La lucha revolucionaria por

el socialismo crea las condiciones necesarias para ennoblecerlo. Sobre la base propicia de las relaciones socialistas de producción, de la fraternal cooperación

y la ayuda mutua entre hombres libres de toda explotación, florecen las mejores capacidades y dotes

humanas.

En el socialismo, el trabajo es obligación sagrada de todo ciudadano. En esta sociedad, no hay margen

para la holgazanería y el parasitismo de la sociedad burguesa. El que no trabaja,  no come. ¿Qué quiere

decir esto? ¿Contra quién van dirigidas las palabras de Lenin? Contra los explotadores, contra todos los

que no trabajan personalmente, sino que obligan a trabajar  a  otros  para  enriquecerse  a  costa  suya. Contra  los  que  viven  en  la  ociosidad  y  quieren

medrar a costa de los otros. El socialismo no necesita ociosos; lo que necesita es que "todos los hombres

trabajen  honradamente,  no para  otros,  no  para los ricos  ni  los  explotadores,  sino  para  ellos  mismos, para la sociedad".217

Los rasgos fundamentales de la moral socialista aparecen  encarnados  en  la  fisonomía  moral  del

pueblo soviético: de los obreros, los koljosianos, los intelectuales, en sus actos y sus hazañas de tiempo de paz  y  de  guerra,  en  su  actitud  comunista  ante  el

trabajo, ante la sociedad, ante el Estado socialista, ante la familia. El patriotismo soviético, la devoción

por la patria socialista, por el pueblo, por el Partido Comunista, la bravura y el heroísmo en el trabajo y en   la   lucha,   la   ayuda   mutua,   el   espíritu   de

camaradería y de fraternidad internacional, la elevación ideológica y la firmeza en los principios

comunistas: todas estas virtudes son cualidades características del hombre soviético de vanguardia,

 

 

216  V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, págs. 269,

270.

217 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 501.

 

 

 

consagrado a la obra intrépida de transformar el mundo, de crear la sociedad socialista.

Uno   de   los   rasgos   más   importantes   en   la fisonomía         moral    del         hombre               soviético              es                el

internacionalismo,  el  amor  y  la  fraternidad  hacia todos  los  pueblos,  naciones  y  razas.  Rasgo  de  la

moral  comunista  que  emana  del  carácter internacional de la clase obrera y de la propia naturaleza de la sociedad socialista soviética. En la

U.R.S.S., todas las naciones y los hombres de todas las razas son iguales en derechos. Todos ellos viven

en   un   régimen   de   estrecha   amistad   y   tienen aseguradas las mismas posibilidades de desarrollo.

Las clases dominantes han aspirado siempre, en

todas las sociedades basadas en la explotación, a reforzar las normas jurídicas con las normas morales. Así, en la sociedad capitalista, las infracciones al derecho  de  propiedad  privada  no  sólo  están castigadas por la ley, sino que se hallan sancionadas, además, por el código de la moral burguesa. Pero entre la moral de las clases oprimidas y el derecho que expresa la voluntad de las clases explotadoras media una discrepancia, un antagonismo.

En la sociedad socialista, las normas jurídicas son, al mismo tiempo, la expresión de la conciencia moral

de la sociedad. Los principios del derecho soviético

coinciden con los principios de la moral comunista. Así, por ejemplo, la propiedad socialista, como base sagrada e inviolable de la sociedad soviética, no sólo se halla sancionada por las leyes soviéticas, sino también   por   la   moral   soviética,   comunista.   El derecho soviético consagra el principio socialista de distribución:  "de  cada  cual  según  su  capacidad,  a cada cual con arreglo a su trabajo". Define los derechos y deberes de los ciudadanos de la U.R.S.S. y proclama el trabajo como deber y causa de honor de todo ciudadano apto para trabajar, lo que coincide enteramente  con  los  principios  de  la  moral comunista.

La  Constitución  de  la  U.R.S.S.  proclama  la defensa de la patria socialista como un deber sagrado

de todo ciudadano soviético, y la moral comunista se identifica    totalmente    con    este    precepto.    Los

tribunales soviéticos castigan la traición a la patria socialista como el más grave de los crímenes, y la moral comunista confirma esta sanción del derecho,

al reputar también el delito de alta traición contra la patria socialista como el crimen más despreciable de

todos. La Constitución Soviética es, a la par que la suprema ley jurídica, el más alto código de moral socialista.   Las   reglas   de   la   convivencia   social

socialista establecidas por las leyes soviéticas coinciden   con   las   normas   morales   del   hombre

soviético. Todo lo cual no quiere decir, naturalmente, que no existan también en la sociedad socialista ciertas diferencias entre la moral y el derecho.

Los  filósofos  y  sociólogos  burgueses  que  se ocupan   de   problemas   éticos   tropiezan   con   las

 

mayores dificultades para resolver el problema de las relaciones mutuas entre la política y la moral, por la sencilla razón de que la amoralidad de la política seguida por los Estados burgueses es algo que salta a la vista. "La política es la política", declaran cínicamente los estadistas burgueses, queriendo dar a entender con ello que en política "todo es lícito". Y muchos  sociólogos  burgueses  declaran  sin andarse con rodeos que moral y política son incompatibles entre sí.

La política del Estado soviético no se contradice ni puede contradecirse con las normas de la moral,

sino que entre una y otra media, por el contrario, una

unidad, una armonía esencial. El principio supremo de la política soviética -el bien del pueblo- es, al

mismo  tiempo,  el  supremo  principio  de  la  moral

comunista.

Si la moral cambia históricamente en consonancia con los cambios operados en las condiciones de vida

material de la sociedad y cada clase social posee su moral  de  clase,  ¿cabría  preguntarse  si  existe  un

criterio de verdad de la moral? Sí, cabe preguntarse esto y es obligado, además, hacerlo.

El marxismo desenmascara los intentos de hacer

pasar la moral dominante en la sociedad burguesa por una moral al margen de las clases, por una moral universal humana, y pone de manifiesto su carácter burgués, propio de una sociedad basada en la explotación. Pero, al mismo tiempo, el marxismo combate y rechaza las prédicas burguesas del amoralismo y del relativismo moral, la negación de las normas morales y la arbitrariedad subjetiva. El marxismo enseña que el factor de progreso moral en la historia son las masas populares, las clases sociales avanzadas.

La moral comunista es la moral verdadera de la humanidad   avanzada.   Es   ésta   la   moral   más

progresiva y, por tanto, la más humana, puesto que

expresa del modo más completo y más exacto la verdad histórica, los intereses de la clase más avanzada de nuestro tiempo, de la clase obrera, y de todos los trabajadores. Y, en la sociedad socialista, esta moral corresponde a los intereses de todo el pueblo. La moral comunista expresa los intereses cardinales del desarrollo progresivo de la sociedad y coincide plenamente con el curso objetivo y la orientación de todo el desarrollo histórico de la humanidad hacia el comunismo, contribuyendo a acelerar este proceso.

Uno de los gloriosos y heroicos combatientes por la felicidad del pueblo, por el comunismo, el escritor

checo Julius Fuchik, en su obra ¿Por qué amamos a nuestro pueblo?, escribía:

"Los comunistas amamos la vida. Por eso, deseando allanar el camino hacia una vida realmente libre, plena y radiante, no vacilamos en sacrificamos,

pues la vida de rodillas, la vida encadenada, esclavizada,  humillada, no es  verdadera  vida, sino

 

 

 

una existencia vegetativa, indigna del hombre. Los comunistas  amamos  al  hombre;  por  eso  no titubeamos en obrar en contra de nuestros propios y mezquinos intereses personales, para que el hombre libre, sano y radiante pueda obtener, al fin, un puesto digno de él bajo el sol. Los comunistas amamos la libertad. Por eso no vacilamos ni por un momento en sometemos a la disciplina más severa de nuestro partido, a la alta disciplina del ejército del camarada Lenin, con el fin de alcanzar la libertad para la humanidad entera. Los comunistas amamos el trabajo creador, el futuro creador de la humanidad; por eso no titubeamos en destruir aquello -pero solamente aquello- que se alza como un obstáculo en el camino de los grandes energías creadoras del hombre. Los comunistas amamos la paz; por eso luchamos. Luchamos contra todas las causas que engendran la guerra, luchamos por una organización del mundo en que no pueda haber criminales capaces de lanzar a millones  de  seres  a  la  muerte.  Los  comunistas amamos  a  nuestro  pueblo.  Sabemos  que  la humanidad no podrá ser libre mientras haya un solo pueblo sometido al yugo de otro. Y no escatimamos ni nuestras fuerzas ni nuestra propia vida en la lucha por la total liberación de nuestro pueblo, para que éste, como igual entre iguales, viva libre entre los pueblos libres del mundo."

En  estas  palabras  se  expresan  con  una  gran belleza  los  principios  fundamentales  de  la  moral

comunista y la función que esta moral desempeña en la lucha de la clase obrera por la paz, por la libertad,

por el comunismo, contra la burguesía y el capitalismo.

Expresión de la  moral  de los comunistas  es la ética del Partido Comunista. Los miembros de este Partido,     como     representantes     que     son     del

destacamento  de  vanguardia  de  los  trabajadores, están obligados a dar ejemplo en la observancia de

las normas de la moral comunista, a ser el espejo en que se miren los trabajadores sin partido, en la lucha por el comunismo. Los comunistas, en los años de la

lucha contra el zarismo y el capitalismo y en el período de construcción del comunismo, han dado y

dan, en la práctica, con su conducta, ejemplo de heroísmo, de firmeza moral, de abnegación y valentía en la lucha por la liberación de los trabajadores, por

la causa del comunismo. La moral comunista tiene una grandiosa importancia activa en la lucha de la

clase obrera contra el capitalismo; constituye una fuerza  muy  poderosa  en  la  construcción  de  la sociedad comunista. Une, cohesiona a los hombres

soviéticos, les inculca el amor por el trabajo, les inspira  verdaderas  hazañas  en  aras  del  bien  de  la

sociedad,  les  infunde  el  alto  concepto  del  deber social.

La  moral  comunista  se  basa  en  la  concepción

 

con el desarrollo de la sociedad socialista. A la moral comunista  está  reservado  el  futuro  en  el  mundo entero. Esta moral anima a millones de seres en la lucha por la paz, por la fraternidad entre los pueblos, por la auténtica democracia socialista; por el comunismo.

 

c) La religión.

La religión es una forma ideológica que proyecta

en   la   conciencia   de   los   hombres   una   imagen fantástica,  ilusoria  y  falsa  de  la  realidad.  "...La religión -escribe Engels- no es más que el reflejo fantástico  que  proyectan  en  las  cabezas  de  los hombres esos poderes materiales que gobiernan su vida diaria, un reflejo en que los poderes terrenales revisten la forma de poderes supraterrenales. En los comienzos de la historia, empiezan siendo las potencias de la naturaleza, las que así se reflejan en la cabeza del hombre, revistiendo, conforme van desarrollándose los diferentes pueblos, las más diversas y abigarradas personificaciones... Pero pronto, al lado de las potencias naturales, entran también  en  acción  los  poderes  sociales,  toda  una serie de poderes que empiezan enfrentándose a los hombres con el mismo carácter extraño y misterioso y gobernándolos con el mismo aparente imperio de la naturaleza que las potencias naturales".218

La religión es la creencia de que existen entes sobrenaturales, fantásticos, es decir, irreales (dioses,

ángeles, demonios, etc.), forjados por la imaginación del hombre, que se siente impotente ante las fuerzas

elementales de la naturaleza o ante el yugo social que lo  avasalla.  Parte  integrante  de  toda  religión  es

también el culto religioso, en que se manifiesta, bajo la forma de una serie de ritos, la adoración de estas fuerzas sobrenaturales.

Las         creencias   religiosas   y   las   instituciones correspondientes  a  ellas  -el  clero,  las  órdenes  y

comunidades religiosas, las escuelas confesionales- constituyen fenómenos sociales de carácter supraestructural,   forman   parte   integrante   de   la

supraestructura erigida sobre la base económica de toda  sociedad  de  explotación,  y  también  de  la

sociedad primitiva, al llegar a cierta fase de su desarrollo. La base económica socialista es la única que no engendra ni nutre una ideología religiosa. Las

creencias e instituciones religiosas existentes en la sociedad  socialista  no  representan,  por  tanto,  una

supraestructura erigida sobre la base socialista de la sociedad, sino simplemente supervivencias de la sociedad     anterior,     vestigios     de     la     vieja

supraestructura capitalista, destruida conjuntamente con la base capitalista en el curso de la revolución

socialista.

La  religión  cumple  una  función  reaccionaria. Surge  ya  en  la  sociedad  primitiva,  pero  sus  ideas

 

científica del mundo, en los principios del marxismo-                   

 

leninismo. Se enriquece y desarrolla conjuntamente

 

218  F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., págs. 346-

347.

 

 

 

siguen   pesando   todavía   sobre   la   conciencia   de cientos  de  millones  de  gentes  en  los  países capitalistas y en otros todavía más atrasados, con el imperio de las relaciones precapitalistas. La vitalidad de la religión se explica, ante todo, por la opresión social que gravita sobre las masas populares, por el hecho de que la religión es estimulada, alentada y utilizada de todos los modos posibles por las clases explotadoras como arma de esclavización espiritual de los trabajadores, como uno de los medios para fortalecer la dominación política sobre las masas del pueblo. He aquí lo que escribía Lenin, explicando la función social de la religión:

"La religión es el opio del pueblo: esta sentencia de  Marx  constituye  la  piedra  angular  de  toda  la

concepción   marxista   acerca   de   la   religión.   El

marxismo  ha  considerado  siempre  todas  las religiones, todo el clero, todas y cada una de las organizaciones religiosas, como órganos de la reacción burguesa puestos al servicio de la defensa de la explotación y del embrutecimiento de la clase obrera".219

Las raíces históricas de la religión se pierden en el más remoto pasado. La religión brotó de las más oscuras e ignorantes representaciones del hombre primitivo acerca de la naturaleza que le rodeaba y de la suya propia. Las condiciones de vida material de la sociedad primitiva que engendraron la religión correspondían a un nivel extraordinariamente bajo de desarrollo de la producción, en el que las fuerzas exteriores de la naturaleza dominaban al hombre. El trueno y el rayo, las tormentas y las inundaciones, el frío   y  la  canícula  abrasadora,   la   sequía   y  los incendios de los bosques, las enfermedades y la muerte: todas las fuerzas elementales pavorosas eran, para el hombre primitivo, fuerzas incomprensibles, secretas y misteriosas. Aquellos hombres sentíanse casi impotentes ante las fuerzas arrolladoras de la naturaleza. Incapaces de someter estas fuerzas a su poder y juzgando por analogía consigo mismos, les atribuían una conciencia y, más tarde, comenzaron a atribuirles virtudes sobrenaturales, a deificadas. Trataban de congraciarse con ellas, de apaciguadas, por medio de brujerías y exorcismos, de súplicas e imploraciones, inmolándoles víctimas. Y así, la impotencia  ante  las  fuerzas  de  la  naturaleza  y  el temor a ellas engendró la creencia en las fuerzas sobrenaturales, en los espíritus, en los dioses, la adoración y el culto a las potencias divinas.

Muchos sabios burgueses, filósofos y teólogos, consideran  la  religión  como  un  fenómeno  eterno,

inherente a la naturaleza humana, propio de todos los hombres y de todos los tiempos. Pero lo cierto es que

la religión no ha existido siempre. La historia de la cultura demuestra que en la fase más temprana de la sociedad  primitiva  no  existían  ninguna  clase  de

religión ni de representaciones religiosas. La religión

 

surge al llegar a una determinada fase de desarrollo de la sociedad primitiva.

Muchos  pensadores  ateos  y  filósofos materialistas, en los siglos anteriores (por ejemplo,

Holbach,  Helvecio,  Diderot,  Feuerbach  y  otros)

atribuían los orígenes de la religión simplemente a la ignorancia, a la inexperiencia, a la incapacidad del

hombre para explicar los fenómenos de la naturaleza.

Pero no es posible explicar las creencias religiosas, basadas   en   la   supuesta   existencia   de   fuerzas

sobrenaturales, simplemente por la ignorancia de los

hombres. Es necesario descubrir los fundamentos objetivos, materiales, económicos, de estas creencias. No debemos considerar al hombre primitivo como un filósofo dedicado a cavilar sobre la existencia de "entes misteriosos" o sobre su propia naturaleza.

Los pensadores de la Ilustración burguesa denunciaron el engaño como la causa o la fuente de las creencias religiosas. También esto era una explicación idealista, no científica, de los orígenes de la religión. No cabe duda de que el engaño ha desempeñado y desempeña un papel muy importante en la historia de la religión, sobre todo bajo las condiciones del capitalismo. Pero, por sí solo, el engaño no puede explicar ni el origen de la religión ni  su  larga  persistencia.  La  religión  no  es simplemente un engaño, sino una ofuscación del hombre. Aquella falsa, ilusoria y fantástica visión del mundo del hombre primitivo brotaba de un modo espontáneo, elemental, engendrada por su impotencia ante las fuerzas de la naturaleza, por el temor a ellas y, en última instancia, por el bajo nivel de las fuerzas productivas, por la limitación de horizontes de sus relaciones sociales.

Al aparecer la explotación del hombre por el hombre, a las fuerzas de la naturaleza que sojuzgaban

a los hombres vinieron a unirse, además, las fuerzas sociales,     que     imponían     a     los     trabajadores

sufrimientos   y   penalidades   tan   grandes   y   aun mayores que las propias fuerzas naturales. "La impotencia de las clases explotadas en la lucha contra

los explotadores engendra la fe en una vida mejor más allá de la tumba tan inevitablemente como la

impotencia del salvaje en la lucha con la naturaleza engendra la creencia en los dioses, en los demonios, en los milagros, etc.".220

Ya algunos destacados materialistas anteriores a

Marx y Engels concibieron la idea de que no es dios quien  crea  al  hombre,  sino,  por  el  contrario,  el

hombre quien crea a dios. Pero, aun expresando esta

idea acertada, los viejos materialistas no acertaban a explicar por qué los hombres desdoblaban el mundo,

por  qué a  la par  del  mundo  natural,  material,  del

mundo de la naturaleza, creaban en su imaginación, fantásticamente, el mundo ilusorio de los seres sobrenaturales.  "Feuerbach  -escribe  Marx-  arranca del   hecho   de   la   autoenajenación   religiosa,   del

 

 

 

219 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XV, págs. 371-372.

 

220 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X, pág. 65.

 

 

 

desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base terrenal. No ve que, después de realizada esta labor, falta por hacer lo principal. En efecto, el hecho de que  la  base  terrenal  se  separe  de    misma  y  se plasme en las nubes como reino independiente sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por   tanto,   lo   primero   que   hay   que   hacer   es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionaria prácticamente, eliminando la contradicción.  Por  consiguiente,  después  de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla".221

No es la vida social el reflejo de las creencias religiosas, de las representaciones religiosas, como afirman los idealistas y los teólogos, sino que, por el contrario, las creencias y representaciones religiosas son el reflejo de las correspondientes condiciones de la vida material de la sociedad, pero un reflejo que se proyecta bajo una forma ilusoria, fantástica, deformada. Al crear sus dioses imaginarios, los hombres les atribuyen cualidades humanas. Los dioses, según la fe religiosa, llevan el mismo tipo de vida que los hombres: actúan, comen y beben, se pelean unos con otros, son astutos y pérfidos, aman y odian y hasta, en ocasiones, seducen a las esposas de los hombres. Así lo atestiguan, no sólo las religiones de los antiguos egipcios, babilonios y griegos, sino incluso la Biblia y el Evangelio de los cristianos. Los cafres del Sur de África, cuando inmolan víctimas a las almas de sus antepasados muertos, imploran de ellas salud, abundancia de bienes y multiplicación de los rebaños de búfalos.

Con la aparición de la sociedad de clases y del Estado cambian también las ideas religiosas de los hombres. Al surgir los poderosos magnates de los Estados, los hombres comienzan a representarse también los dioses como seres todopoderosos que se hallan muy por encima de los mortales.

Que  el  desarrollo  de  las  creencias  religiosas refleja el desarrollo económico-social lo demuestra

claramente el hecho ilustrativo de la transformación

de los dioses gentilicios en tribales, de los dioses de las tribus en dioses nacionales y, por último, en las

deidades únicas y "omnipotentes" de las religiones

monoteístas. Al principio, cada comunidad gentilicia tenía sus propios dioses. Al agruparse estas comunidades en tribus y las tribus en pueblos, se unificaron también los dioses, entre los que se establecieron jerarquías que reflejaban las diferencias en cuanto a la importancia respectiva de las tribus agrupadas. Así, al formarse la antigua monarquía babilónica,  la  principal  deidad  de  la  ciudad  de

 

Babilonia, el dios Marduk, se convirtió en la deidad central  del  reino  babilónico,  pasando  los  demás dioses a ocupar un lugar secundario.

A la aparición del reino terrenal correspondió la aparición  del  reino  celestial.  Dice  Engels  que  el

concepto del "dios único" que rige y gobierna los

multiformes y variados fenómenos de la naturaleza "no es sino el trasunto del déspota oriental único que, de un modo aparente o real, une a las gentes que chocan entre sí por sus intereses".222

Las religiones universales, es decir, las más extendidas entre los pueblos, fueron la cristiana, la mahometana (el Islam) y la budista. A la luz de la aparición y el desarrollo del cristianismo, podemos ver cómo cambia la religión de acuerdo con los cambios operados en la base económica y en el régimen social.

La religión cristiana surgió en el seno del imperio esclavista romano. Al principio, no había existido en

su territorio una religión única. Los dioses de cada pueblo "reinaban" solamente en el área de éste. Junto

al territorio de que se trataba "reinaban", además, otros dioses. Todos estos dioses sólo vivieron en la representación de las gentes mientras existieron los

pueblos que los crearon. La necesidad de complementar el imperio romano "universal" con una

religión  también  "universal"  se  manifestó,  al principio, en el hecho de que la Roma esclavista intentase implantar dentro de su imperio el culto a

todas las deidades de los pueblos sojuzgados, cualesquiera  que  ellos  fuesen.  Los  gobernantes  de

Roma   entronizaron   en   el   panteón   romano   las imágenes de los dioses de los pueblos sometidos y

trataron de crear una nueva religión universal por medio de decretos imperiales. Pero las religiones no se  crean  por  decreto,  sino  que  surgen  por  otros

caminos.

El  cristianismo  surgió  en  la  época  de  la decadencia de la Roma esclavista, cuando se habían

agudizado hasta el extremo las contradicciones entre

los esclavos y los esclavistas, los poseedores y los desposeídos. Nació de la conjunción, de la fusión de

la teología oriental, principalmente la hebrea, y la

vulgarización de la filosofía griega, especialmente la estoica. El cristianismo primitivo se manifestó como la religión de los esclavos y los oprimidos, de los plebeyos desheredados; albergábanse también en ella motivos revolucionarios, el odio de los esclavos y los plebeyos, de los pobres hacia los ricos, hacia los esclavistas.  La  imagen  inicial  de  Cristo  se  dibujó como la de un mesías (salvador) que venía a redimir a los hombres de un yugo, de un sufrimiento insoportable. El cristianismo utilizó, para crear la imagen de Cristo, las ideas acerca del mesías difundidas en las diversas religiones del Oriente, principalmente entre los judíos. Como toda religión,

 

 

 

221 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.

377.

 

222 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XXI, pág.

45.

 

 

 

el cristianismo sólo prometía a los oprimidos un consuelo ilusorio, para "la otra vida". Exhortaba a los esclavos a mantener una actitud de ciega mansedumbre, a resignarse al régimen esclavista. Por eso esta religión se extendió también entre los representantes de la clase esclavista, quienes no tardaron en convertirla en arma ideológica contra los oprimidos. La decadencia y la desintegración del podrido régimen de la esclavitud desmoralizaba a la clase dominante. Los ricos y orgiásticos esclavistas, hartos ya de festines y diversiones, de una vida de francachelas y libertinaje, cayeron en un estado de abatimiento y misticismo. Veían en el inminente hundimiento del imperio romano el fin del mundo. Las insurrecciones de los esclavos y los plebeyos y la ofensiva de los bárbaros empujaron a la clase dominante a la desesperación, fortalecieron las tendencias místicas, la idea del "más allá", del "otro mundo". Y este estado de ánimo de la clase esclavista agonizante reflejábase también en el cristianismo de los primeros tiempos, principalmente a partir del momento en que se convirtió en religión dominante.

Al extenderse considerablemente el cristianismo, los  emperadores  romanos  lo  convirtieron  en  la

religión del Estado esclavista. El hecho de que, como unos   trescientos   cincuenta   años   después   de   su

aparición, el cristianismo se erigiera en la religión oficial  del  Estado  romano,  comprueba  hasta  qué punto correspondía esta religión a los intereses de las

clases explotadoras dominantes.

Al convertirse de ideología de los esclavos y los oprimidos  en  ideología  de  los  esclavistas  y  los

opresores,   en   arma   ideológica   de   las   clases

explotadoras, el cristianismo sufrió grandes cambios en su contenido. Las clases explotadoras, eliminando del cristianismo primitivo los móviles de rebeldía, los motivos antiesclavistas, afirmaron en esta religión los principios que más convenían a sus intereses: los principios de la humildad, de la resignación, de la mansedumbre, de la sumisión a los poderosos.

En la época del feudalismo, el cristianismo siguió evolucionando.            El            sistema jerárquico           de          las

relaciones de la sociedad feudal encontró su reflejo

en la religión cristiana, con su pléyade jerárquica de santos, ángeles y arcángeles, encabezados por el rey de los cielos. La religión cristiana sirvió de puntal espiritual al feudalismo, y la iglesia se convirtió en uno de los más grandes señores feudales. Al clero católico pertenecía, en la Europa occidental, cerca de la tercera parte de todas las tierras. El clero ortodoxo, en Rusia, y el clero musulmán, el budista y otros, en el   Oriente,   poseían   también   inmensas   riquezas: tierras, campesinos siervos, esclavos, percibían y extraían, además, inmensas rentas de los fieles y mantenían a éstos en el "temor de dios" para que no se  rebelasen  contra  las  clases  explotadoras  y  su poder. En la Edad Media, la conciencia de los trabajadores hallábase totalmente empañada, sumida

 

en la confusión, por la ideología religiosa. Hasta la lucha de clases de los campesinos siervos y de la plebe urbana contra los señores feudales revestía la forma de herejías y sectas religiosas, cuyos secuaces luchaban contra el clero dominante, defensor del régimen feudal.

Las primeras revoluciones burguesas (la llamada Reforma y la guerra campesina de Alemania, en el siglo XVI, la revolución de los Países Bajos en el XVI y la de Inglaterra en el XVII) libráronse bajo la bandera de la religión. Los ideólogos de la naciente burguesía, los campesinos y las gentes humildes de las ciudades apelaban al cristianismo primitivo, interpretaban a su modo los dogmas del cristianismo y se oponían a la interpretación que les daba oficialmente el clero de la sociedad feudal.

La burguesía francesa, que llevó a cabo su transformación  revolucionaria  contra  el  feudalismo en  condiciones  más  avanzadas,  se  alzó  ya abiertamente  bajo una bandera política,  y no religiosa. Los ideólogos avanzados de la burguesía francesa del siglo XVIII atacaban a la religión en general,   y   a   la   católica   en   particular.   En   las asambleas nacionales francesas del período de la revolución (1789-1794) congregábanse un número considerable de ideólogos libres de supersticiones religiosas, de ateos.

Al llegar al Poder la burguesía, entró en su última fase el cristianismo, en la Europa occidental. "Ya no

podía servir de ropaje ideológico para envolver las aspiraciones de una clase progresiva cualquiera; se

fué convirtiendo, cada vez más, en patrimonio privativo  de  las  clases  dominantes,  quienes  los

emplean como mero instrumento de gobierno para tener a raya a las clases inferiores. Y cada una de las distintas  clases  utiliza  para  este  fin  su  propia  y

congruente religión: los terratenientes aristocráticos, el jesuitismo católico o la ortodoxia protestante; los

burgueses  liberales  y  radicales,  el  racionalismo; siendo indiferente, para estos efectos, que los señores crean o no, ellos mismos, en sus respectivas religiones".223

Como la burguesía rusa no era revolucionaria, ella y su ideología defendieron siempre la religión, en la que veían un freno seguro para las clases oprimidas. El pavor que le infundió la revolución de 1905-1907 acentuó más aún su beatería. Sólo la superaban en cuanto a farisaica religiosidad la burguesía inglesa y la norteamericana. La burguesía reaccionaria de los Estados Unidos se ajusta celosamente a las prédicas religiosas en aras de sus actividades lucrativas.

La religión es la forma ideológica más conservadora y una de las más reaccionarias. Se transmite de generación en generación y mantiene encadenada la conciencia de los trabajadores.

¿Cómo explicar la subsistencia de la religión y de su imperio sobre las mentes de millones de hombres

 

223 C. Marx y F. Engels. Obras escogidas, t. II, pág. 373.

 

 

 

de la sociedad capitalista en el siglo del vapor y la electricidad, en el siglo de la química y la energía atómica, en el siglo del automóvil y el aeroplano, en el siglo de la biología y la medicina contemporánea? La vitalidad de la religión no puede explicarse solamente por su carácter conservador y por el hecho de que pese extraordinariamente en ella la tradición secular. Las causas de la existencia de la religión y de la religiosidad de las masas, en la sociedad burguesa, radican, en primer lugar, en el sistema del capitalismo, en la anarquía de la producción y en la acción espontánea de sus leyes, en la supuesta impotencia del hombre ante las fuerzas elementales de la economía capitalista. Esto, precisamente, es lo que explica por qué las creencias religiosas tienen su fuente y punto de apoyo no sólo en la conciencia de las masas trabajadoras oprimidas, sino también en la de las clases explotadoras dominantes. En segundo lugar, dichas causas deben buscarse en la opresión que gravita sobre las masas populares. Y, en tercer lugar, en el hecho de que las clases explotadoras apoyan y propagan por todos los medios la religión, porque les sirve como arma ideológica para mantener sojuzgados a los trabajadores.

La opresión capitalista, las guerras engendradas por el capitalismo, las crisis, el paro forzoso y la miseria  imponen  a  la  humanidad  males  y sufrimientos incomparablemente mayores que todas las fuerzas elementales de la naturaleza juntas. En su artículo titulado Sobre la actitud del Partido  obrero ante   la   religión,   escribía   Lenin:   "¿Por   qué   se mantiene la religión en las capas atrasadas del proletariado urbano, en las extensas capas del semi proletariado y entre las masas campesinas? Por la ignorancia  del  pueblo,  contesta  el  progresista burgués, el radical o el materialista burgués... Pero esta manera de ver es superficial, es un punto de vista culto con todas las limitaciones de horizonte de la burguesía. Es una concepción insuficientemente profunda, que no explica las raíces de la religión de un modo materialista, sino idealista. En los países capitalistas contemporáneos, estas raíces son, fundamentalmente, de orden social. En el aplastamiento social de las masas trabajadoras, en la aparente impotencia total de éstas ante las fuerzas ciegas del capitalismo, que se traducen todos los días y a todas horas en sufrimientos mil veces más espantosos, más salvajes para los hombres de las filas de la clase obrera que los desastres impuestos desde fuera, las guerras, los terremotos, etc.: en eso reside la raíz actual más profunda de la religión. "El miedo ha hecho nacer los dioses". El miedo a las fuerzas ciegas del capital, que son ciegas porque no pueden ser previstas por las masas del pueblo, que a cada paso   de   la   vida   del   proletario   y   del   pequeño productor amenazan con arrastrarlo y lo arrastran "súbita", "inesperada" y "fortuitamente" a la ruina y a la miseria, convirtiéndolo en un guiñapo, en un ser

 

hundido en el pauperismo, en la prostitución, en la muerte por hambre: tal es la verdadera raíz de la religión, en nuestro tiempo, la que ante todo y por encima de todo debe tener presente el materialista, si quiere ser algo más que un materialista de la clase preparatoria".224

La religión, en los países capitalistas, es un instrumento de opresión social y el clero forma parte del aparato que sirve para mantener sojuzgadas a las masas trabajador. Por ejemplo, la iglesia protestante y el clero católico, encabezado por el papa de Roma, apoyan en todas partes los regímenes reaccionarios.

El centro de la iglesia católica, el Vaticano, es una empresa capitalista de las más poderosas, propietaria

o socia de muchos importantísimos bancos, establecimientos industriales y comerciales, hoteles y

hasta casas de juego y otras instituciones de lucro. El Vaticano se halla interesado en el mantenimiento del capitalismo,  en  el  sostenimiento  de  la  reacción

imperialista. Por eso apoyó abiertamente a Mussolini y a Hitler y su bandidesca guerra imperialista, sin

protestar ni una sola vez contra sus monstruosos crímenes y bestialidades. Después de la segunda guerra mundial, el Vaticano aconsejó la conveniencia

de mantener una actitud misericordiosa hacia los criminales fascistas de guerra e hizo todo lo posible

por defenderlos y justificarlos.

En  muchos  países  del  capitalismo  están  en  el

Poder partidos católicos o cercanos al clero católico, como ocurre en Italia, en Francia, en la Alemania

occidental, en España y en Portugal. Y estos partidos

católicos se manifiestan como sangrientos verdugos, estranguladores de la libertad y la democracia.

El Vaticano se ha manchado con la complicidad en las espantosas atrocidades de la burguesía imperialista  contra  el  pueblo.  El  clero  católico,

encabezado por el papa, al igual que la iglesia protestante,  se  han  puesto  hoy  al  servicio  de  la

principal fuerza reaccionaria imperialista de nuestros días, el imperialismo norteamericano. El Vaticano, que tiene a su disposición un gigantesco y ramificado

aparato, ejerce las funciones relacionadas con la esclavización   espiritual   de   los   trabajadores   y,

además, funciones de espionaje. Así lo atestiguan los procesos de los arzobispos Mindtzenti y Gres en Hungría y los seguidos en Checoslovaquia, Polonia,

Bulgaria y China contra los curas católicos dedicados a actividades de espionaje y diversionismo. El papa

Pío XII no tiene empacho en predicar las actividades de zapa en contra del pueblo, en los países de democracia  popular,  apoyando  a  los  instigadores

norteamericanos de la guerra y la formación de bloques guerreros imperialistas contra la U.R.S.S. y

las democracias populares, a la par que bendice a los verdugos fascistas y pronuncia anatemas y maldiciones contra cientos de millones de ciudadanos

que en todo el mundo hacen causa común con los

 

224 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XV, págs. 374-375.

 

 

 

comunistas y luchan por la paz.

El clero católico se desenmascara cada vez más ante  el  mundo  entero  como  un  instrumento  de  la

reacción imperialista.

También las demás religiones, especialmente el Islam  y  el  budismo,  cumplen  una  misión reaccionaria.  Todas  las  religiones  predican  a  sus fieles la mansedumbre y la resignación, la sumisión incondicional a los explotadores. Desvían a los trabajadores de la lucha revolucionaria por el mejoramiento efectivo de sus condiciones de vida, y oscurecen su conciencia con mentiras y absurdos acerca de la "vida ultraterrenal" y el "reino de los cielos".

Pero, por muy grande que sea la influencia de la religión  en  la  mente  de  millones  de  seres,  en  los países capitalistas, el desarrollo económico y las contradicciones  de  clase  son  más  fuertes  que  el engaño  religioso  y  toda  otra  clase  de embrutecimiento ideológico. Las contradicciones de clase empujan a las masas oprimidas a la lucha de clases, y la lucha no se compadece con el espíritu de resignación y de servilismo ante los explotadores. El curso  del  desarrollo  histórico  se  encarga  de  ir minando inconteniblemente la fuerza de la reacción social, política y espiritual, incluyendo la religiosa, y conduce al triunfo de las fuerzas progresivas, de las fuerzas del comunismo, que luchan bajo la bandera de la concepción científica, materialista y atea del mundo. La clase obrera, en su lucha contra el capitalismo, a diferencia de los esclavos y de los campesinos siervos de la época del feudalismo, no se apoya en la religión, sino en la ciencia marxista.

La religión y la auténtica ciencia, la ciencia de vanguardia, se excluyen mutuamente, pues toda religión es una doctrina contrapuesta a la ciencia e incompatible con ella.

La ciencia es el conocimiento objetivo de la naturaleza  y  de  la  sociedad,  de  las  leyes  de  su

desarrollo;  y  la  verdad  de  este  conocimiento  la

comprueba   la   práctica.   La   ciencia   pertrecha   al hombre  con  el  conocimiento  real  y,  al  hacerlo,

acrecienta su poder sobre la naturaleza y sobre los

fenómenos sociales, extiende su horizonte visual y realza su confianza en las propias fuerzas, en las fuerzas de la razón humana. La religión da al hombre una visión fantástica y falsa del mundo, adormece su razón, aplasta su capacidad creadora, debilita la voluntad del hombre en la lucha contra las fuerzas de la  naturaleza,  la  voluntad  de  los  oprimidos  en  la lucha contra los opresores. La religión encadena al hombre. Es enemiga del pueblo, de los trabajadores. Es un arma puesta en manos de la reacción.

La   ciencia   va   socavando,   paso   a   paso,   los cimientos   de   la   religión   y   del   idealismo.   La enseñanza de Copérnico asestó un rudo golpe a la concepción geocéntrica del universo, consagrada por la   religión.   Las   leyes   de   Lomonósov   sobre   la

 

conservación de la materia y las leyes de la conservación de la energía minaron el terreno a la doctrina religiosa de la creación del mundo. Con su teoría sobre el origen y la evolución de las especies animales y vegetales y sobre el origen antropoide del hombre,  Darwin  descargó  un  golpe  demoledor  al mito religioso de la creación divina del hombre. Con sus trabajos en el campo de la fisiología y la psicología, los grandes científicos materialistas rusos Sechenov y Pavlov, como Timiriazev y Michurin en el campo de la biología, infligieron nuevas derrotas a la religión y a la concepción idealista del mundo. Los audaces experimentos e investigaciones teóricas de la escuela michuriniana y sus experiencias prácticas acerca de la transformación del mundo vegetal y animal permitieron desplazar las doctrinas idealistas clericales en materia de biología, las doctrinas de Weissman, Mendel y Morgan. Y el marxismo- leninismo ha desalojado para siempre a la religión de su último refugio, del campo de la historia.

Así, pues, a medida que se desarrolla la ciencia, van  perdiendo  terreno  teórico,  más  y  más,  los

prejuicios religiosos. La ciencia se encarga de refutar

de lleno a la religión. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que en la sociedad capitalista el progreso

de   la   ciencia   se   lleva   a   cabo   de   un   modo

contradictorio. La burguesía, en aras del desarrollo de la producción, se ve obligada a apoyarse en la ciencia, pero, de otra parte, teme a ésta y defiende la prioridad de la religión sobre la ciencia; trata de "conciliar" una y otra y, cuando no lo logra, dirige sus ataques directos contra el progreso científico. La ideología burguesa intenta valerse de las dificultades con que tropieza el desarrollo de la ciencia para reforzar las posiciones del idealismo y la religión, interpretando en provecho de ésta los problemas que la ciencia no ha logrado todavía resolver en un momento dado.

La única concepción científica del mundo es el materialismo dialéctico, incompatible con toda superstición y con toda opresión espiritual y social. El marxismo-leninismo ha mantenido siempre una lucha consecuente e irreconciliable contra todo linaje de oscurantismo, de idealismo y de religión. Es él cabalmente quien señala el verdadero camino hacia la superación total de la religión y del régimen de explotación apoyado por ella.

Ya en su temprano trabajo titulado Contribución a la  crítica  de  la  filosofía  del  derecho  de  Hegel,

escribía  Marx:  "La  religión  es  el  suspiro  de  la

criatura angustiada, el alma de un mundo desalmado, el espíritu de un estado de cosas carente de espíritu. La religión es el opio del pueblo".225

En todas sus obras filosóficas, Marx, Engels y Lenin fundamentan un ateísmo militante y consecuente. El Partido Comunista de la Unión Soviética ha sostenido siempre y sostiene una lucha

 

225 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. I, pág. 385.

 

 

 

tenaz e intransigente contra el clericalismo y el oscurantismo religioso en todas y cada una de sus variantes, criticando hasta la más pequeña desviación de la concepción materialista-dialéctica del mundo, del ateísmo consecuente.

La derrota de la revolución de 1905-1907 trajo consigo, en Rusia, una etapa de reacción. Una parte

de la intelectualidad se entregó al misticismo y se

puso  a  predicar  ideas  reaccionarias  acerca  de  la

"construcción y la búsqueda de dios". Los "constructores de dios", aliados a los machistas y a los Bogdánovistas, preconizaban la necesidad de restaurar la religión, tratando con ello de embellecer la religión y el clero cristianos, muy comprometidos. V. I. Lenin salió a la palestra en contra de los predicadores  del  idealismo  y  el  clericalismo,  en contra de los "constructores" y "buscadores de dios", con  su  famoso  libro  Materialismo  y empiriocriticismo y con una serie de artículos. En carta a Gorki, criticando a estos autores, escribía Lenin:

"No es verdad que dios sea un complejo de ideas que evoquen y organicen un sentimiento social. Eso es idealismo Bogdánovista, en el que se encubre el origen material de las ideas. Dios es, ante todo (históricamente  y  todos  los  días),  un  complejo  de ideas engendradas por el obtuso aplastamiento del hombre tanto bajo el yugo de la naturaleza exterior como del de la lucha de clases; ideas que fortalecen este  aplastamiento  y  adormecen  la  lucha  de clases".226

En nuestra época, toda defensa o justificación de la idea de dios, hasta la más refinada o bien intencionada, equivale a justificar la reacción y hacerse cómplice de ella.

"Un millón de pecados, de villanías, de violencias y   de   contagios   físicos   son   descubiertos   más

fácilmente por la multitud y, por tanto, mucho menos

peligrosos  que  las  refinadas  ideas  de  los  deístas, ideas  espirituales  y  vestidas  con  el  ropaje "ideológico" más adornado".227

Por eso los marxistas-leninistas han considerado y consideran  necesario  luchar  contra  los  prejuicios

religiosos y la superstición, cualquiera que sea la forma bajo la que se manifiesten.

En los partidos de los socialistas de derecha está

muy extendida la tolerancia oportunista hacia las prédicas religiosas, e incluso los intentos directos y descarados   de   "armonizar"   el   socialismo   y   la religión.  Los  oportunistas  de  la  Segunda Internacional han declarado que la religión debe considerarse como "incumbencia privada" de cada socialdemócrata. Los socialistas de derecha actuales predican en todos los países el idealismo, el misticismo, el clericalismo y lo que ellos llaman el "socialismo religioso".

 

 

226 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXV, pág. 93.

227 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXV, pág. 90.

 

Desenmascarando a los oportunistas, señalaba Lenin que no se debe identificar la actitud ante la religión por parte del Estado con la que mantiene el partido del proletariado. "Nosotros pedimos que la religión sea un asunto de la incumbencia privada en lo que al Estado se refiere, pero en modo alguno podemos  considerar  la  religión  como  una incumbencia privada en relación con nuestro propio partido".228

El   reconocer   la   religión   como   incumbencia privada con respecto al Estado significa que la iglesia debe hallarse separada del Estado, que el Estado no debe sostener los cultos religiosos, sino que cada ciudadano debe ser absolutamente libre de practicar la religión que desee o de no practicar ninguna, es decir, de ser ateo. El partido del proletariado, al sostener estas reivindicaciones como parte de las transformaciones democráticas, tiende a asegurar a los ciudadanos plena libertad de conciencia y a poner fin a las persecuciones desencadenadas en los países capitalistas contra quienes se apartan de la religión dominante.

Con el triunfo de la Gran Revolución Socialista de

Octubre y la instauración del Poder soviético, la iglesia en la U.R.S.S. ha sido separada del Estado, y

la  escuela  de  la  iglesia.  En  el  artículo  124  de  la

Constitución de la U.R.S.S.: se dice: "La libertad de practicar los cultos religiosos y la libertad de propaganda antirreligiosa se reconocen a todos los ciudadanos."

Pero aun siendo la religión, para el marxismo, un asunto  de  incumbencia  privada  en  relación con  el

Estado, no lo es, en modo alguno, con respecto al

partido de la clase obrera. El partido marxista no puede contemplar con indiferencia las convicciones y los principios predicados o mantenidos por sus miembros. Exige de cuantos en él militan la lucha activa contra toda opresión social y espiritual, contra todas las concepciones rezagadas, contra todos los prejuicios, incluyendo entre ellos los religiosos. La lucha contra la religión no se mantiene solamente por medio de la educación y de la propaganda de la concepción  científica  del  mundo,  sino  también  y sobre todo por medio de la incorporación de los trabajadores a la lucha activa por la transformación revolucionaria de la sociedad. Por esta razón, el Partido Comunista subordina siempre la lucha contra los prejuicios religiosos a las tareas políticas, a los intereses cardinales de la lucha por la dictadura de la clase obrera, por el comunismo.

Para acabar con la religión, con la superstición, con la, mística, no basta con la ilustración que pueda

adquirirse en los libros, por buenos que éstos sean.

Para ello, hay que destruir la base que engendra la religión, la superstición y la mística y de que éstas se nutren. Dicho en otros términos, hay que destruir la sociedad    capitalista    y    construir    la    sociedad

 

228 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X, pág. 66.

 

 

 

comunista.

La  revolución  socialista  y  el  triunfo  del socialismo  en  la  U.R.S.S. han  venido  a  confirmar

plenamente esta tesis del marxismo-leninismo. Con

la  instauración  de  una  economía  socialista planificada, con la destrucción de la explotación del hombre por el hombre y la liquidación de las clases explotadoras en la U.R.S.S., se han destruido para siempre las raíces sociales de la religión. La inmensa mayoría de los ciudadanos de la U.R.S.S. son, hoy, ateos,   no   creen   en   dios.   En   su   lucha   por   el comunismo,  el  pueblo  soviético  no  confía  en  la ayuda de las ilusorias fuerzas celestiales, sino solamente en sus propias fuerzas, en los datos de la ciencia   y   en   la   dirección   del   partido   de   los comunistas.

La técnica de primera clase introducida en la industria  y  en  el  transporte  soviéticos,  la mecanización de la agricultura, creciente de año en año, las medidas adoptadas por el Estado soviético para transformar la naturaleza, la lucha contra la sequía, la aplicación a la agricultura de la ciencia agronómica y la agrobiología, la lucha por altas y estables cosechas, van minando radicalmente el terreno a la superstición religiosa. Decenas de millones de koljosianos de vanguardia comprenden ya claramente que no hay que esperar pasivamente ni la benevolencia de un dios inexistente ni los favores de la naturaleza. Apoyándose en la técnica y en la ciencia  avanzadas,  crean  con  su  trabajo  socialista altos niveles sin precedentes y refutan prácticamente, con ello, las reaccionarias fábulas religiosas.

Sin embargo, las ideas religiosas no han sido aún totalmente desterradas, en la sociedad socialista. La

religión  y  la  superstición  religiosa  siguen  todavía

aferradas a las mentes de una parte considerable de la población, sobre todo en el campo. En la sociedad

socialista, las creencias y las instituciones religiosas

son   una   supervivencia,   una   herencia   del   viejo régimen.

No cabe duda de que las creencias y los hábitos

religiosos constituyen un freno para el desarrollo progresivo de la sociedad en su marcha hacia el comunismo. La lucha contra la visión religiosa del mundo y por la concepción del mundo científica, materialista, es parte integrante de la lucha por el comunismo. Bajo las condiciones de la sociedad socialista, esto hace que adquiera una importancia especial la propaganda de la concepción científica del mundo.

 

d) La ciencia.

La ciencia, como forma especial de la conciencia

social y elemento imprescindible de la cultura, forma un sistema de conocimientos sobre el mundo que nos rodea, sobre las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad. La encargada de comprobar y demostrar la autenticidad, la veracidad

 

y la objetividad de esos conocimientos, es la práctica.

Por oposición a la religión, que es un reflejo fantástico de la realidad, el conocimiento científico,

apoyándose  en  la  práctica  y  contrastado  por  ella,

puede ofrecemos y nos ofrece la verdad objetiva, es decir, el reflejo certero del mundo objetivo. El curso de desarrollo del conocimiento humano va desde el conocimiento  menos  profundo  al  más  profundo, desde el conocimiento de los fenómenos al de la esencia  y  desde  el  de  una  esencia  a  otra  más profunda. La ciencia descubre las leyes del mundo objetivo y nos da, al hacerlo, la posibilidad de prever los  acontecimientos,  sirviendo  así  de  instrumento para la transformación práctica del mundo por el hombre, de instrumento para someter las fuerzas de la naturaleza y de la sociedad a los intereses de ésta.

La ciencia nace al calor de las necesidades de la práctica social y, principalmente, de la producción material. Son objeto de observación y de síntesis científica, ante todo, los fenómenos de la naturaleza relacionados  de  un  modo  o  de  otro  con  la  vida material  de  la  sociedad,  con  la  producción.  La práctica de la producción ha impulsado al hombre al conocimiento de las causas de fenómenos tales como los cambios del día y la noche, las estaciones del año, las variaciones del tiempo, el desbordamiento de los ríos. Las necesidades prácticas movieron al hombre a la necesidad de conocer las causas de las enfermedades de los hombres y los animales, a estudiar las cualidades provechosas y nocivas de los vegetales, las características y las costumbres de los animales,  a  conocer  las  propiedades  mecánicas, físicas y químicas de los cuerpos, de los minerales, etc.

En un principio, los conocimientos del hombre eran muy limitados, se aferraban a la memoria de las

gentes y se transmitían en tradición oral a lo largo de los    siglos.    Estos    conocimientos    se    reducían,

fundamentalmente, a la experiencia productiva del hombre. Pero, al desarrollarse la sociedad, con la división  del  trabajo  y  la  diversificación  de  las

actividades humanas, con la aparición de las clases y del  Estado,  se  ensancharon  los  conocimientos  del

hombre acerca del mundo circundante. La memoria del hombre individual no podía ya retener todos los conocimientos y surgió la necesidad de registrar por

escrito las observaciones y generalizaciones de lo observado. Surgió así el arte de la escritura.

La escritura no fué, como no lo fué tampoco el lenguaje articulado, la invención de un solo hombre. Fué, como medio de intercambio de pensamientos y

vehículo de acumulación de conocimientos, el resultado de los esfuerzos de muchos hombres. Sin

embargo, durante mucho tiempo, el arte de la escritura, en su forma más desarrollada, se mantuvo al igual que la ciencia, como monopolio de un círculo

reducido de personas en los medios de las clases dominantes: los sacerdotes, el clero, los funcionarios

 

 

 

y los intelectuales.

El  arte  de  la  escritura,  una  vez  conocido,  se convirtió  en  poderoso  medio  de  acumulación  de

conocimientos,  que  pudieron  así  transmitirse  de

generación en generación y de unos pueblos a otros. Al principio, el registro por escrito de diversas clases de noticias y observaciones era algo desordenado, incoherente  y,  no  pocas  veces,  contradictorio. Quienes sabían escribir registraban las noticias de las campañas guerreras, las victorias y las derrotas, la vida, los usos y costumbres de otros pueblos, la fauna y la flora de diversos lugares, etc. Y se recogían, asimismo, las observaciones relacionadas con la base sobre que descansa la vida de la sociedad: la producción (la época del desbordamiento de los ríos, el comienzo de las faenas del campo, el tiempo en que  maduraban  los  frutos,  etc.).  Más  tarde,  los apuntes fueron ordenándose y sistematizándose; los conocimientos acumulados permitieron establecer nexos entre ellos, descubrir la interdependencia entre los  fenómenos  y  sus  leyes.  Surgieron,  así,  los primeros rudimentos de la ciencia.

La astronomía surgió de la necesidad práctica de conocer  las  leyes  que  rigen  el  cambio  de  las

estaciones del año y de la necesidad de orientarse para viajar en la noche. En el antiguo Egipto y en

Babilonia,  donde  la  agricultura  se  hallaba íntimamente vinculada a las inundaciones de los ríos, los conocimientos astronómicos eran indispensables

para poder calcular los períodos en que se producían las inundaciones de los ríos que se desbordaban.

El  desarrollo  de  la  astronomía  exigía  el  de  la matemática,   como    base      obligada              de           ella.

Generalmente,   los   astrónomos   antiguos   eran   al mismo tiempo destacados matemáticos. La necesidad de  medir  los  campos  hizo  nacer  la  geometría.  La

construcción de grandes edificios y las complicadas obras hidrotécnicas (canales, presas, diques, etc.), así

como las necesidades de la navegación y de las artes de la guerra, hicieron surgir la mecánica, la que, a su vez, impulsó el desarrollo ulterior de la matemática.

La   necesidad   vital   de   la   lucha   contra   las enfermedades de los hombres y los animales hizo que

aparecieran la medicina y la veterinaria, y ello contribuyó, a su vez, al nacimiento y al desarrollo de la botánica, la zoología, la anatomía y la fisiología.

Por  regla  general,  las  ciencias  naturales  daban respuesta      a             los          problemas          planteados         por                la

producción y generalizaban las enseñanzas de la práctica.   Mucho  antes   de   que   se   formulase   el principio de que el frotamiento se convertía en calor,

el hombre había aprendido a producir el fuego frotando dos palos. Antes de que se descubriera la ley

de la transformación de la energía, ya se realizaba prácticamente esta operación (en la máquina de vapor). Lo que no debe interpretarse en el sentido de

que la ciencia sólo pueda generalizar pasivamente las experiencias previamente conseguidas en el campo

 

de  la  producción.  Nada  de  eso;  la  ciencia, apoyándose en la síntesis teórica de las enseñanzas de la práctica, lleva a cabo descubrimientos que impulsan y revolucionan la propia producción. Tal ha ocurrido, por ejemplo, con el descubrimiento de las leyes  del  vapor  y  la  invención  de  la  máquina  de vapor, con el descubrimiento de las leyes de la electricidad, el de la energía atómica, con el descubrimiento por Michurin de las leyes sobre la plasmación artificial de las formas de los organismos, con el de las leyes del fomento de la fecundidad del suelo,  llevado  a  cabo  por  los  sabios  rusos Dokuchaev, Kostychev y Prianishnikov, etcétera.

La influencia de la producción, de las necesidades económicas,  sobre  el  desarrollo  de  la  ciencia  no

siempre  es  directa,  inmediata,  sino  que  adopta,  a

veces, formas indirectas. Pero, de un modo o de otro, las necesidades de la vida material de la sociedad determinan siempre y dondequiera el desarrollo de la ciencia, aunque los mismos hombres de ciencia no se den, a veces, cuenta de ello.

Los historiadores burgueses afirman que no es la ciencia la que depende de la producción social, sino que, por el contrario, el estado y el desarrollo de la producción dependen del desarrollo de la ciencia. Según ellos, la ciencia es el fruto de las puras cavilaciones y especulaciones del investigador recogido  en  la  soledad  de  su  laboratorio  o  de  su cuarto de estudio, al margen de la vida y de sus necesidades. Pero el mejor mentís a esta concepción idealista lo da la propia historia. Las exigencias de la producción, las necesidades técnicas, han ejercido sobre  la  aparición  y  el  desarrollo  de  las  ciencias mayor influencia que decenas de universidades. La moderna gran industria sería inconcebible sin la mecánica, la física y la química modernas, pero, a su vez,  el  vertiginoso  desarrollo  de  estas  ciencias  ha sido determinado, cabalmente, por las necesidades de la gran industria, basada en las conquistas de las ciencias naturales. La física y la química modernas no podrían concebirse sin la grandiosa técnica de nuestro  tiempo,  la  cual,  puesta  en  manos  de  los físicos y los químicos, da como resultado la gran industria.

La historia de todos los grandes descubrimientos científicos  demuestra  que  la  fuerza  motriz  en  el

nacimiento y el desarrollo de la ciencia han sido la práctica social, las necesidades del desarrollo de las

fuerzas productivas, las necesidades del desarrollo económico, la lucha de clases.

Los mayores éxitos logrados en el desarrollo de

las ciencias naturales en los siglos XVII y XVIII correspondieron al campo de la mecánica, de la astronomía y de la ciencia matemática, relacionada con  ellas.  Estas  ramas  del  conocimiento  científico eran las más directamente vinculadas con las apremiantes necesidades de la creciente industria y con el desarrollo de la vida material de la naciente

 

 

 

sociedad capitalista.

A diferencia de todos los modos de producción anteriores, basados en una técnica rutinaria, el modo

de producción capitalista se basa en la técnica a base

de  máquinas,  inseparable  de  la  aplicación  de  la ciencia a la producción. Y son precisamente las necesidades del desarrollo de la producción, de la técnica maquinista, las que determinan y explican, fundamentalmente, el impetuoso desarrollo de las ciencias naturales.

El primer período de desarrollo de las ciencias naturales de la  época del capitalismo,  a  partir  del

siglo XVI, trajo consigo grandiosos descubrimientos

en el campo de las matemáticas, de la mecánica y de la astronomía, pero en lo tocante al estudio de los

fenómenos  orgánicos  no  rebasó  los  límites  de  las

etapas iniciales del conocimiento. Todavía no fueron investigados, entonces, ni las formas orgánicas en su sucesión histórica (paleontología), ni los cambios históricos de las condiciones geológicas de desarrollo de   los   organismos   (geología).   Los   naturalistas seguían enfocando la naturaleza desde un punto de vista metafísico. Para un estudio más profundo y certero  de  las  formas  de  la  vida  orgánica,  no bastaban, escribe Engels, "los dos fundamentos primarios, la química y la ciencia de la forma estructural orgánica principal, de la célula".229

Desde mediados del siglo XVIII, y sobre todo a partir    del    XIX,    los    grandes    descubrimientos

científicos fueron abriendo una brecha tras otra en la concepción metafísica de la naturaleza: la teoría de

Kant-Laplace sobre los orígenes naturales del sistema solar;  la  doctrina  sobre  el  desarrollo  histórico  del

planeta y la teoría paleontológica sobre la sucesión coherente de los cambios operados en las formas orgánicas  de  la  tierra;  la  aparición  de  la  química

orgánica y la creación artificial de organismos, que vinieron  a  demostrar  la  posibilidad  de  aplicar  las

leyes químicas en el campo de la naturaleza viva; el descubrimiento de la teoría mecánica del calor y de la ley de la transformación de la energía; el de la

estructura celular de los organismos; los descubrimientos  de   Lamarck,   Darwin,  Michurin,

Timiriazev y Pavlov, al igual que muchos otros, llevados a cabo en el campo de las ciencias naturales, vinieron  a  poner  de  manifiesto  la  unidad  de  la

naturaleza y los nexos internos existentes entre todas sus formas, en un desarrollo histórico ininterrumpido.

La teoría del desarrollo no podía haber triunfado en la ciencia bajo las condiciones del feudalismo, en que  la  producción  se  mantenía  en  una  relativa

inercia, en que toda la vida social discurría con una gran  lentitud  y  en  que  prevalecía  una  ideología

religiosa extraordinariamente conservadora. El capitalismo destruyó las relaciones feudales, revolucionó la producción y aceleró con ello el curso

 

 

229  F. Engels, Dialektik der Natur, Dietz Verlag, Berlin, 1955, pág. 196.

 

de la vida social. La revolución operada en el modo de producción trajo consigo las revoluciones políticas burguesas. y todo ello imprimió un poderoso impulso a los grandes progresos logrados en el campo de las ciencias naturales.

Pero, a pesar de todo, el régimen capitalista y la concepción burguesa del mundo limitan y frenan la

marcha  de  la  ciencia.  Los  naturalistas  burgueses,

dominados por una concepción metafísica e idealista del mundo, no podían ni pueden trazar una imagen

certera de la naturaleza ni de la sociedad; les asustan

las contradicciones y el desarrollo a saltos. Los ideólogos burgueses no estaban en condiciones de ofrecer una explicación científica, materialista, de la historia de la sociedad, de poner de manifiesto las leyes  fundamentales  que  rigen  su  desarrollo.  Esto sólo podían hacerlo los ideólogos del proletariado revolucionario. Fué lo que hicieron, en efecto, los fundadores del comunismo científico, los dirigentes de la clase obrera, Marx y Engels.

La  ciencia,  en  la  sociedad  burguesa,  es  una prisionera y una servidora del capital, un instrumento

de explotación. Bajo el capitalismo, el trabajo y la

ciencia se hallan en una relación antagónica: el desarrollo  de  la  ciencia,  como  el  de  las  fuerzas

productivas,     conduce     en     esa     sociedad     al

empobrecimiento de los trabajadores.

El   desarrollo   de   la   ciencia,   en   la   sociedad capitalista,  no  sigue  el  derrotero  de  un  desarrollo

progresivo incesante, sino que discurre a través de las más profundas crisis y contradicciones. Los finales

del siglo XIX y la primera mitad del XX registraron una verdadera revolución en el campo de las ciencias

naturales, especialmente de la física. Los descubrimientos físicos han venido a confirmar la verdad del materialismo dialéctico. Sin embargo, una

parte considerable de los físicos no llegaron a comprender      el      alcance      de      los      nuevos

descubrimientos, no acertaron a sobreponerse a su método metafísico habitual del pensamiento para colocarse en el terreno del materialismo dialéctico,

sino que se mantenían aferrados a la influencia del idealismo, lo que los llevaba a sacar conclusiones

idealistas,  falsas,  de  sus  descubrimientos.  Todo  lo cual condujo a la crisis de las ciencias naturales.

La salida a esta crisis de las ciencias naturales se

hallaba, según hubo de señalar Lenin, en el paso de los naturalistas a las posiciones del materialismo histórico. Pero, en las condiciones de la sociedad burguesa, los naturalistas se educan en la concepción idealista del mundo, que se hace pasar por la "novísima filosofía". Los sabios burgueses, llevados de su situación social y de su educación, adoptan ante la concepción proletaria del mundo, ante el materialismo dialéctico, una actitud preconcebida y hostil. Y hasta cuando, en el curso de sus investigaciones científicas, les sale al paso directamente el carácter dialéctico de los procesos de

 

 

 

la naturaleza, no se deciden a sacar de ellos las conclusiones   materialísticas   dialécticas   obligadas, sino que se pierden en el relativismo.

Sólo los más audaces de los naturalistas de la sociedad  burguesa,  bajo  la  presión  de  los  hechos

irrefutables,  rompen  con  la  concepción  idealista  y

metafísica, para abrazar las posiciones del materialismo dialéctico (tal es, para citar solamente algunos nombres, el caso de sabios como Langevin, Frédéric e Irene Joliot-Curie, Marcel Prenant, Bernal y Blackett).

La avidez de las máximas ganancias, la competencia y las exigencias planteadas por las guerras imperialistas obligan a los capitalistas a desarrollar la técnica y la ciencia. Pero esta misma ambición de la ganancia máxima empuja a los capitalistas, por otra parte, a limitar el desarrollo de la ciencia y de la técnica, cuando los nuevos inventos ponen en peligro la obtención de dicha ganancia. Los monopolios capitalistas someten por entero a sus intereses y a sus fines las actividades de la investigación científica. Bajo las condiciones del capitalismo, los laboratorios e institutos de investigación científica se crean con sujeción al mismo principio que cualquier empresa capitalista: son, sencillamente, empresas capitalistas de un tipo especial y dotadas de un equipo complicado. Cientos y miles de sabios e ingenieros trabajan en ellas bajo las  órdenes  y  el  control  de  los  monopolios capitalistas.

El desarrollo de la ciencia, y principalmente el de la física, el de la química y de las demás ciencias

aplicadas  que  guardan  una  relación  directa  con  el

desarrollo de la técnica, no se interrumpe, como es natural, en la época de la descomposición del capitalismo, pero cobra, al llegar este período, un carácter unilateral y deforme. Se descubren nuevas fuentes de materias primas y energías, nuevos materiales y sucedáneos: la energía atómica, la bencina sintética, los materiales plásticos, etc. Pero, bajo las condiciones del imperialismo, todas estas conquistas no sirven más que para reforzar la explotación y la miseria de las masas, para crear nuevos y más perfeccionados artefactos de matanza y destrucción.

Hemos visto más arriba que la ciencia surge al calor  de  las  necesidades  de  la  práctica,  que  se

desarrolla en íntima relación con las necesidades de

los avances de la técnica, con las exigencias de la producción. Las ciencias naturales sirven a las necesidades de la producción. El conjunto de los conocimientos  científicos,  contrastados  y confirmados por la práctica, nos ofrecen la verdad objetiva.  Estos  conocimientos  verdaderos, científicos, van acumulándose de generación en generación, de una a otra época, de una a otra formación social. No se destruyen al ser sustituida una base económica por otra, sino que se conservan,

 

se  multiplican  y  siguen  desarrollándose.  Los teoremas de Euclides, la ley de la gravitación universal, la ley de la conservación de la materia, la ley de la conservación y la transformación de la energía,  etc.,  son  verdades  objetivas,  que  no dependen del hombre ni de la humanidad. Las leyes de las ciencias naturales y técnicas pueden servir a diferentes modos de producción.

Ahora bien, la ciencia no consiste solamente en la formulación  de  leyes,  teoremas  y  axiomas,  sino

también    n    su   interpretación    y   generalización

filosófica, teórica. Y, en este terreno, se despliega en la ciencia una enconada lucha de opiniones.

La historia de la ciencia es la historia de la lucha

entre el conocimiento y la fe, entre la ciencia y la religión, entre el materialismo y el idealismo; la historia de la lucha entre las tendencias avanzadas, progresivas, revolucionarias, y las tendencias retardatarias,   reaccionarias,   conservadoras.   Lucha que, en la sociedad de clases, es un reflejo de la lucha de clases.

En tiempo de Darwin, se libraba la lucha entre los darwinistas y sus adversarios. En nuestro tiempo, la física, la química y la biología, y no digamos las ciencias sociales, son la palestra en que se mantiene una enconada lucha entre tendencias antagónicas, la lucha entre el pensamiento científico avanzado y las tendencias reaccionarias que pugnan por tirar de la ciencia hacia atrás, preconizando teorías idealistas y metafísicas, radicalmente enemigas de la ciencia.

Las leyes de todas las ciencias, lo mismo las naturales que las sociales, son leyes objetivas, leyes

que     reflejan     procesos     que     se     desarrollan

independientemente de la voluntad de los hombres. En esto consiste el conocimiento científico común a todas las ramas de la ciencia.

Pero, al lado de esto, existe y es también común una diferencia esencial entre las ciencias naturales y

las sociales. Por su mismo objeto de investigación, la mayoría de las ciencias sociales, en especial la economía política, la sociología, la teoría del Estado

y del derecho, afectan a los intereses de las clases explotadoras,  y  esto  hace  que  provoquen  las  más

bajas pasiones, que desencadenen "las furias del interés privado". De aquí que no haya que esperar de los  sabios  burgueses  una  investigación  científica

imparcial de los fenómenos de la vida social, de las leyes  que  rigen  el  desarrollo  de  la  sociedad.  El

descubrimiento y la utilización de las leyes de las ciencias sociales que tocan a los intereses de las fuerzas  caducas  de  la  sociedad,  tropiezan  con  la

resistencia de éstas. Sólo la clase obrera, consecuentemente revolucionaria, y sus ideólogos se

hallan interesados en la investigación objetiva e imparcial de todos los fenómenos de la vida social, en  el  descubrimiento  de  las  leyes  que  rigen  el

desarrollo de la sociedad. Por eso, la única verdadera ciencia social es el marxismo-leninismo, la doctrina

 

 

 

que expresa los intereses de la clase obrera revolucionaria,  los  intereses  de  los  trabajadores,  y nos ofrece el auténtico conocimiento de las leyes del desarrollo de la vida social. Desde el momento en que la burguesía se convierte en una clase reaccionaria, la meta de la economía política, de la sociología y de la historiografía burguesas no es ya la consecución de la verdad, sino la defensa descarada de  los  intereses  de  la  burguesía,  a  los  que  se sacrifican los intereses del conocimiento científico.

Numerosos intelectuales y filósofos burgueses, a la manera de Mach, Eddington, Poincaré, Bertrand

Russell, Wittgestein, Carnap, James, Dewey y otros,

se esfuerzan en demostrar por todos los medios que las leyes matemáticas, físicas, químicas, al igual que

las  de  la  biología  y  las  leyes  sociales,  no  poseen

carácter objetivo, sino que son, a juicio suyo, simplemente el producto de las cavilaciones de la mente, construcciones a que recurre para su comodidad el pensamiento lógico puro. Algunos sabios oscurantistas burgueses ponen hoy en tela de juicio la teoría de Copérnico o afirman que no media una discrepancia esencial entre la teoría heliocéntrica coperniciana y la teoría geocéntrica de Tolomeo. Una parte de los físicos burgueses pone en duda la inmutabilidad de la ley de la conservación de la energía. Y la ciencia burguesa de nuestros días se alía al clericalismo en contra del materialismo filosófico. Así, vemos que el astrónomo inglés Eddington, con su disparatada teoría de "las constantes físicas del universo", trata de resucitar la doctrina idealista de Pitágoras según la cual la esencia del universo radica en los números.

Los genéticos weissmanistas y morganistas mistifican y espiritualizan hoy la biología y la ponen al servicio de fines imperialistas reaccionarios. Los biólogos burgueses, aliados a los sociólogos burgueses, urden reaccionarias teorías racistas para justificar los linchamientos de los negros, las rapaces guerras y la opresión de los pueblos coloniales.

Los descubrimientos de la ciencia bacteriológica y de los microorganismos tienen como misión luchar

contra las enfermedades, contra la peste, el cólera,

etc. La humanidad honra a los grandes sabios que sentaron los fundamentos de la medicina científica. Pero la burguesía reaccionaria convierte la ciencia de la bacteriología en arma para exterminar a los hombres. Los imperialistas norteamericanos y ciertos sabios de los Estados Unidos convertidos en monstruos, valiéndose de la repugnante "experiencia" de los militaristas japoneses, preparan en laboratorios secretos las armas de la guerra bacteriológica, ya empleadas por ellos contra la población pacífica de Corea y de China. He aquí un testimonio que pone bien a las claras el reverso de clase con que nos encontramos en la utilización de las conquistas de la ciencia, dentro de una sociedad de clase.

El            marxismo-leninismo      desenmascara  la

 

pretendida imparcialidad de la ciencia y la filosofía burguesas como una hipócrita ficción para disimular los egoístas y reaccionarios intereses de los explotadores. La clase obrera, en cambio, no tiene por qué encubrir el carácter de clase, de partido, de su ideología y, en particular, de su ciencia social. El marxismo-leninismo defiende y mantiene rigurosamente el principio del espíritu de partido proletario, comunista.

"El riguroso espíritu de partido es la secuela y el resultado del alto desarrollo de la lucha de clases... La burguesía no puede por menos de inclinarse hacia la ausencia de partido... La ausencia de partido es una idea burguesa, el espíritu de partido una idea socialista", escribía Lenin.230

El espíritu proletario, comunista, de partido, por contraposición a la tendencia partidista de la burguesía, significa la emancipación de la ciencia de su sumisión a los intereses egoístas de las clases explotadoras, su emancipación del subjetivismo burgués. Este espíritu proletario, comunista, de partido, no contradice, sino que, por el contrario, responde por entero a los intereses del conocimiento objetivo de la realidad, con los que se halla identificada la clase obrera. Ello explica por qué la ciencia marxista-leninista es perseguida en los países sometidos al yugo del capital.

Siempre la ciencia avanzada y sus representantes han  sido  perseguidos  y  acosados  por  las  clases

reaccionarias y por el clero. Así sucedió en la época del feudalismo, que castigaba con sus calabozos, sus

cámaras de torturas y sus hogueras a los indómitos representantes del pensamiento científico. Así sigue

sucediendo hoy, en la época del imperialismo, en la que la burguesía y el Estado burgués mantienen una lucha  incesante  contra  la  ciencia  de  vanguardia  y

contra los sabios avanzados, en todos los campos del conocimiento (vetos contra la propaganda de la teoría

del darwinismo en una serie de Estados de Norteamérica, medidas de persecución contra Joliot- Curie,  persecución  del  marxismo  y de  la  filosofía

materialista, etc.).

Los desvaríos de que la ciencia es independiente de las condiciones sociales y políticas encuentran el

apoyo de los sociólogos de los países capitalistas,

donde la ciencia se halla al servicio de los Morgan y de  los  Rockefeller,  de  los  Dupont  y  los  Mellon,

donde la suerte de los sabios se halla a merced de la

voluntad de los magnates del capital y los grandes descubrimientos científicos son fuente de males y desventuras para los trabajadores, ya que se traducen en el aumento del paro forzoso.

Sabido es que, en la actualidad, todo un tropel de sabios  a  sueldo  de  la  burguesía  de  los  Estados

Unidos, cumpliendo un encargo de Wall-Street, se

ocupa en "demostrar" que el principio de la soberanía nacional   de   los   pueblos   está   anticuado   y   en

 

230 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X, págs. 60, 61.

 

 

 

preconizar un "gobierno mundial" bajo la égida de Norteamérica. Ellos llevan la voz cantante, a la que hacen coro los ideólogos de la burguesía reaccionaria en los países vasallos de los Estados Unidos. La ciencia   burguesa   se   ha   cubierto   totalmente   de oprobio, al convertirse en propagandista del racismo, del maltusianismo y de todo linaje de oscurantismo.

En contraste con ello, el espléndido florecimiento de la ciencia en la sociedad socialista, en la Unión

Soviética, revela cuán grandiosas e ilimitadas perspectivas se abren ante la ciencia, cuando ésta se

libera de las cadenas del capitalismo, cuando deja de ser una servidora de la caja de caudales y del militarismo. En el país del socialismo, los hombres

de  ciencia  no  sirven  a  los  explotadores,  sino  al pueblo. Servir noblemente a la patria socialista, a la

humanidad progresiva, a la causa del comunismo: tal es  la  elevada  mira  que  orienta  las  mentes  de  los sabios   soviéticos.   "Antes   -dijo   Lenin-,   toda   la

inteligencia  humana,  todo  el  genio  del  hombre creaban  solamente  para  poner  en  manos  de  unos

todos los beneficios de la técnica y la cultura y privar a   otros   de   los   elementos   más   necesarios   para instruirse y desarrollarse. Ahora, todas las maravillas

de la técnica, todas las conquistas de la cultura, se convertirán  en patrimonio  de todo el pueblo,  y la

inteligencia y el genio del hombre ya no volverán a convertirse  nunca  en  medios  de  violencia  ni  en medios de explotación"231.

En la U.R.S.S., la ciencia se desarrolla con arreglo a un plan y al servicio del pueblo. Mientras que, bajo

las condiciones del capitalismo, la ciencia sirve al capital   por   medio   de   la   explotación   de   los

trabajadores, en las condiciones del socialismo es un arma poderosa para la elevación de su bienestar material y de su cultura.

El régimen soviético ha liberado a la ciencia de la nefasta   influencia   de   la   concepción   idealista   y

religiosa del mundo y pertrecha a los sabios con la concepción científica del mundo  más avanzada, la del    materialismo    dialéctico.    El    materialismo

dialéctico, por oposición al idealismo, enseña "que en el   mundo   no   hay   cosas   incognoscibles,   sino

simplemente cosas aún no conocidas, pero que la ciencia y la experiencia se encargarán de revelar y de dar a conocer".232

El  desarrollo  de  la  ciencia  soviética  se  lleva  a cabo en lucha contra las teorías burguesas. La ciencia

sólo puede avanzar evidenciando y superando las ideas reaccionarias, idealistas y metafísicas, en el campo de las matemáticas, de la física, de la química,

de la biología y en el estudio de los fenómenos sociales.

En el desarrollo de la ciencia soviética, han desempeñado y desempeñan una enorme importancia las discusiones teóricas mantenidas en los diversos

 

 

231 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, pág. 436.

232 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 644.

 

campos  de  la  ciencia.  El  régimen  soviético  y  el Partido Comunista educan a los intelectuales en el espíritu de la innovación, les inculcan la audacia y la intrepidez en lo tocante al conocimiento científico, en la  transformación  de  la  naturaleza  y  en  la supeditación de sus fuerzas al poder de la sociedad. El  Partido  Comunista  enseña  a  los  hombres  de ciencia soviéticos a aplicar consecuentemente el método, de la crítica y la autocrítica en aras del desarrollo de la ciencia. La lucha de opiniones es ley del  desarrollo  de  toda  ciencia  avanzada.  El monopolio de los "sacerdotes de la ciencia", que gustan de encerrarse infatuadamente en su torre de marfil,  es  incompatible  con  una  ciencia  de vanguardia.

El  dogmatismo,  el  rutinarismo,  el  talmudismo, son enemigos de la ciencia. Las afirmaciones y las

tesis científicas deben contrastarse en el fuego de la

práctica y permanecer atentas a la voz de ésta. Así, por  ejemplo,  algunos  sabios  soviéticos  adoptaron

dogmáticamente, sin contrastarlas en la práctica, las

tesis de W. R. Williams sobre el sistema de cultivos herbáceos y las aplicaron de un modo esquemático, sin tener en cuenta las diferentes condiciones geológicas y climáticas existentes en la U.R.S.S. E infirieron con ello grave quebranto a la agricultura de las regiones meridionales del país.

El régimen socialista ha abierto ilimitadas posibilidades  al  desarrollo  de  la  ciencia  y  a  su

aplicación en todos los campos de la economía, en interés  del  pueblo.  Ninguna  sociedad  ha  conocido

unas proporciones tan gigantescas en el desarrollo de la  ciencia  y  las  instituciones  científicas  y  en  la

preparación de cuadros científicos como la sociedad socialista construida en la U.R.S.S. y en curso de edificación  en  los  países  de  democracia  popular.

Exponente material de las grandiosas conquistas de la  ciencia  soviética  es  la  poderosa  industria,  el

transporte y la agricultura socialistas, equipadas con la técnica más adelantada. El triunfo del régimen socialista soviético es el triunfo de la ciencia social

avanzada, del marxismo-leninismo.

El país del socialismo es el país de la ciencia de vanguardia, audazmente aplicada en el campo de la

producción.  La  ciencia  soviética  se  apoya  en  las

tradiciones avanzadas, revolucionarias de la ciencia universal, y en particular en las grandes tradiciones

de la ciencia rusa.

Bajo las dificilísimas condiciones de la Rusia zarista, primero, y luego de la Rusia capitalista, bajo la losa de plomo del zarismo, los representantes de la ciencia rusa supieron abrir nuevos caminos en todos los campos del conocimiento. No hay, literalmente, una sola rama de las ciencias naturales en que los sabios rusos no puedan presentar descubrimientos de alcance universal.

Los descubrimientos científicos del gigantesco hombre de ciencia M. W. Lomonosov enriquecieron

 

 

 

toda una serie de ramas del conocimiento científico. Sus méritos se destacan, principalmente, en el campo de la física y en el de la química. Lomonosov imprimió nuevo desarrollo a la hipótesis de los antiguos sobre la estructura atómica de la materia; elaboró  la  teoría  atómica  de  los  gases  y  es  el fundador de la química física.

El creador de la primera máquina de vapor fué el genial inventor ruso Polzunov. En el campo de las

matemáticas, el pueblo ruso dió al mundo la gran figura de Lobachevski, a quien en justicia se le llama

el Copémico de las matemáticas. El invento de la radio corresponde a Popov, el del arco voltaico a Petrov, el de la primera lámpara eléctrica de arco

voltaico a Yablochkov, el de la lámpara eléctrica incandescente  a  Lopeguin.  En  el  campo  de  la

química, la ciencia rusa dió al mundo a Mendeleiev, Sinin y Butlerov. El desarrollo ulterior de la biología materialista    posdarwiniana    corrió   a    cargo    de

Timiriazev, Michurin y su escuela. Dokuchaev, Kostychev,  Prianishnikov  y  Williams  crearon  la

ciencia del suelo, vehículo importantísimo para la producción social. La fisiología contemporánea debe su  rango  científico  a  los  trabajos  de  Sechenov  y

Pavlov. Y los descubrimientos de Mechnikov, Ivanovski, Gamaleia y otros sabios rusos en el campo

de la microbiología representaron destacadas aportaciones a esta ciencia.

La  ciencia  de  los  pueblos  de  la  U.R.S.S.  ha

alcanzado un alto nivel de desarrollo en todos los campos y aspectos, en las condiciones del triunfo del socialismo. Las realizaciones de los físicos soviéticos en el dominio de la energía atómica han echado por tierra el monopolio de los atomistas norteamericanos.

La ciencia soviética avanza y se desarrolla sobre la sólida base ideológica del marxismo-leninismo y

se halla impregnada de la grandiosa idea de servir al pueblo, de la idea de la lucha por el comunismo; del

leninismo, se ha asimilado también el aliento revolucionario ruso, hermanado al dinamismo comunista.

En las condiciones del socialismo, se desarrolla la alianza  de  los  hombres  de  ciencia  con  los  de  la

producción material, que tiene su exponente en la colaboración cada vez más estrecha entre los sabios y los  innovadores  de  la  producción.  En  la  Unión

Soviética, se ha acabado para siempre con la contraposición  entre  el  trabajo  físico  y  el  trabajo

intelectual. La ciencia soviética se apoya en la experiencia de millones de personas, en la práctica de vanguardia  de  los  trabajadores,  innovadores  de  la

industria y de la agricultura. La ciencia, fecundada por  la  práctica  de  la  construcción  del  socialismo,

cuenta con posibilidades jamás conocidas para acelerar su desarrollo. Gracias a la alianza de la ciencia   y   el   trabajo,   el   pueblo   soviético   está

resolviendo con éxito las gigantescas tareas que plantea   el    desarrollo    ulterior    de   las    fuerzas

 

productivas de la sociedad socialista, para la realización del paso gradual al comunismo.

En ninguna otra sociedad ha cumplido la ciencia una función tan grandiosa como la que cumple en el

desarrollo  de  la  sociedad  socialista.  Con  el socialismo,    encuentra    amplio    empleo    en    la

producción, acelerando con ello la marcha del pueblo por el camino hacia el comunismo, todo descubrimiento científico que venga a ensanchar el

poder del hombre sobre la naturaleza y a aliviar el trabajo.

Algunos ideólogos de la burguesía, empeñados en justificar al capitalismo, han llegado a pensar que las raíces  de  las  contradicciones,  de  los  males  y  las

infamias de la sociedad capitalista contemporánea no residen en el hecho de que el capitalismo sea ya un

régimen caduco, sino en el desarrollo "desmedido" de  la  ciencia:  la  ciencia  -dicen  estos  autores-  ha puesto al descubierto sus cualidades "destructoras" y

su  desarrollo  "amenaza"  la  existencia  de  la humanidad y de la civilización.

Esto es calumniar a la ciencia. Las propiedades destructoras de que se habla no son inherentes a la ciencia misma, sino al capitalismo contemporáneo,

que se vale de ella con fines de destrucción. La práctica del desarrollo de la ciencia en la sociedad

socialista y su empleo en interés del pueblo se encargan de refutar esos falaces desvaríos sobre el carácter destructor de la ciencia. La energía atómica,

al igual que otros grandiosos descubrimientos de la ciencia,  puede  representar  también  un  beneficio

gigantesco para la sociedad y dejar de ser una fuerza aniquiladora: ello depende, única y exclusivamente,

del régimen social. Sólo los políticos, filósofos y hombres de ciencia reaccionarios pueden sacar del hecho de que la energía atómica, la bacteriología y la

química  se empleen  para  fines  de  guerra  la conclusión  de  que  es  necesario  "poner  freno  a  la

ciencia". Sólo los enemigos del progreso y los oscurantistas pueden lanzar una consigna como ésta que ha sido pronunciada en los países capitalistas:

"¿No ha llegado la hora de ahorcar a los sabios?" El empleo por los imperialistas de las conquistas de la

ciencia para el exterminio en masa de los hombres demuestra la necesidad de refrenar a las fuerzas imperialistas  reaccionarias,  la  necesidad  de  acabar

con el régimen social que obliga a los genios de la humanidad a servir a la causa de la destrucción.

Ante la humanidad sólo se abre un camino. de salvación: la lucha contra el capitalismo y por el socialismo, por el régimen en que la ciencia se halla

al servicio del pueblo y somete las fuerzas de la naturaleza a los intereses de la sociedad.

 

e) La filosofía.

La característica de la filosofía como forma de la

conciencia social es que expresa la concepción del mundo de una u otra clase de la sociedad de que se

 

 

 

trata.

El desarrollo de la filosofía guarda estrecha relación   con   el   del   conocimiento   científico.   El

problema  fundamental  de  la  filosofía  es  el  de  las

relaciones entre la conciencia, el pensamiento, y el ser, entre el espíritu y la naturaleza. ¿Qué es lo primario, lo inicial: la naturaleza, el mundo material, o la conciencia, el espíritu? ¿El mundo ha existido desde siempre o es obra de la creación de un dios, del espíritu? Y el problema de las relaciones entre el pensar y el ser ofrece, además, un segundo aspecto, a saber: ¿es el pensamiento humano capaz de comprender el mundo, de suministrarnos un conocimiento verdadero del mundo, o éste es incomprensible? Estos dos aspectos del problema fundamental de la filosofía se hallan íntimamente unidos entre sí.

La filosofía, en cuanto forma fundamental de la conciencia  social,  nació  como  la  concepción  del

mundo espontáneamente materialista de las fuerzas sociales progresivas y como antípoda de la religión.

Pero,  al  surgir  en  una  sociedad  ya  escindida  en clases, la filosofía no tarda ella misma en escindirse: frente   a   la   concepción   materialista   aparece   en

seguida la concepción contraria, la idealista. La orientación   materialista   de   la   filosofía   refleja,

generalmente, la situación y las ideas de las clases avanzadas. La filosofía materialista se desarrolla en estrecha  relación  con  el desarrollo  de  las  ciencias

naturales. La filosofía idealista es, por regla general, la concepción del mundo de las clases reaccionarias;

apoya a la religión y obtiene, a su vez, el apoyo de ésta.

El objeto y el contenido de la filosofía cambian históricamente. En la Grecia antigua, la filosofía abarcaba todas las ramas del conocimiento de aquel

entonces. Poco a poco, fueron desgajándose de la filosofía   una   ciencia   tras   otra.   El   proceso   de

diferenciación del conocimiento científico, que desglosó de la filosofía las ciencias especiales, fué un proceso progresivo. Sin embargo, los creadores de

sistemas filosóficos, especialmente los idealistas, no se   resignaban   al   hecho   de   que   su   campo   de

conocimiento se redujera, e intentaron someter a sus dominios las ciencias especiales, obligarlas a entrar dentro  de  los  marcos  de  sus  sistemas.  El  último

sistema filosófico que sostiene la pretensión de la universalidad es la filosofía idealista de Hegel. Hegel

erige su filosofía por encima de las demás ciencias, tratando de forzar a éstas a acomodarse en el lecho de Procusto de su sistema idealista.

La única filosofía consecuentemente científica de nuestra   época   es   el   materialismo   dialéctico,   la

concepción del mundo del partido marxista-leninista, la ciencia de las leyes generales del desarrollo de la naturaleza,  de  la  sociedad  y  del  pensamiento.  El

materialismo dialéctico constituye la más grande conquista del pensamiento científico, la concepción

 

científica del mundo y el método de conocimiento y de acción revolucionaria. "El materialismo dialéctico

-escribe Lenin- no necesita ya de ninguna filosofía situada por encima de las demás ciencias". Lo único

que  queda  en  pie  de  la  filosofía  anterior  es  "la doctrina del pensamiento y sus leyes: la lógica formal

y la dialéctica". Ahora bien, la dialéctica, tal como la concibe Marx y como la concibiera también Hegel, incluye   lo   que   hoy   se   llama   "la   teoría   del

conocimiento, la gnoseología, ciencia que debe enfocar también su objeto desde un punto de vista

histórico, investigando y generalizando los orígenes y el desarrollo del conocimiento y el tránsito del no conocimiento al conocimiento".233

El materialismo y el idealismo filosóficos tienen, cada  uno  por  su  parte,  una  larga  historia.  Como

fenómeno de carácter supraestructural, el desarrollo de la filosofía refleja el desarrollo económico de la sociedad y de la lucha de clases.

La filosofía idealista entiende que la naturaleza, el mundo  material,  es  producto  del  espíritu,  de  la

conciencia, de la idea o de dios. Al igual que la religión, la filosofía idealista reconoce, de un modo o de otro,  de la creación del mundo por un dios, por la

idea, por el espíritu. La filosofía materialista, por el contrario, explica la naturaleza por sí misma, niega la

idea de la creación del mundo y encuentra el fundamento y la unidad del mundo en su ser material.

En           su           famosa obra      Materialismo     y

empiriocriticismo, Lenin demuestra que toda la historia de la filosofía es la palestra de la lucha entre dos partidos filosóficos, el del materialismo y el del idealismo. "La novísima filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace dos mil  años.  En  realidad  -una  realidad  velada  por nuevos rótulos seudocientíficos y charlatanescos, o bajo una mediocre no pertenencia a ningún partido-, los partidos en lucha son el materialismo y el idealismo. El idealismo no es más que una forma afinada, refinada, del fideísmo, que persiste armado con todas sus armas, dispone de muy vastas organizaciones y, sacando provecho de los menores titubeos del pensamiento filosófico, continúa incesantemente su acción sobre las masas".234

Lo   mismo   que   en   política   no   puede   haber neutralidad en la lucha entre las dos clases enemigas,

en filosofía no caben tampoco tendencias neutrales al margen del materialismo y del idealismo, que no se

inclinen a uno de los dos campos. Como subrayaba Lenin, las prédicas de la imparcialidad en filosofía no hacen más que encubrir el intento de embrollar las

dos tendencias contrapuestas, el empeño de conciliar lo inconciliable. Bajo ese rótulo de la imparcialidad

en filosofía se oculta en gran parte la prédica del

 

 

233  V. I. Lenin, Marx, Engels, marxismo, ed. española. Moscú,

1948, pág. 16.

234   V.  I.  Lenin,  Materialismo  y  empiriocriticismo,  ed.  esp., Moscú, 1948, pág. 411.

 

 

 

idealismo y del clericalismo. "La no pertenencia a ningún partido no es en filosofía más que servilismo miserablemente disimulado respecto al idealismo y al fideísmo".235

La lucha del materialismo y el idealismo, como reflejo de la lucha de clases, impregna toda la historia de la filosofía, no sólo la antigua, sino también la moderna. La aparición de un nuevo régimen social y su lucha contra el régimen superviviente ha ido unida siempre a la lucha de las ideas, de la manera de concebir el mundo. Así, en vísperas de la revolución francesa del siglo XVIII surgen destacados filósofos materialistas,  enemigos  de  la  religión  y  del idealismo, tales como Diderot, Lamettrie, Holbach, Helvecio y otros. La filosofía materialista francesa del siglo XVIII preparó ideológicamente el terreno para la revolución burguesa. La reacción aristocrática contra  la  revolución  francesa  y  contra  el materialismo  francés  fué  la  filosofía  idealista alemana, la filosofía de Kant, Fichte y Hegel. La revolución francesa provocó un miedo cerval entre los representantes de la reacción europea, incluyendo la cobarde y mezquina burguesía alemana, que se humillaba servilmente ante la aristocracia feudal. En contraste con los valientes y audaces ataques de los materialistas franceses contra la superstición, la mística y el idealismo, contra todo lo que había de medieval en la economía, en las costumbres, en la política y en la ideología, los filósofos idealistas alemanes arremetían contra el materialismo y el ateísmo y defendían las ideas sociales y las instituciones políticas reaccionarias.

Hay que señalar, sin embargo, que la filosofía de

Hegel llevaba consigo la dialéctica idealista, la doctrina  del  desarrollo  a  través  de  las contradicciones, a saltos, mediante interrupciones de la continuidad gradual. En la dialéctica de los conceptos, Hegel atisbaba la dialéctica del ser. La dialéctica idealista hegeliana era, aunque bajo forma mistificada, el reflejo de la revolución burguesa de Francia de los años 1789-1794. Los clásicos del marxismo-leninismo vieron en la dialéctica de Hegel una importante conquista, un paso de avance en el desarrollo del pensamiento filosófico avanzado.

La lucha de las fuerzas progresivas contra el régimen de la servidumbre feudal, contra la religión

y el idealismo hizo surgir, en Rusia, toda una pléyade de geniales pensadores materialistas: Lomonosov y

Radichev en el siglo XVIII, y en el XIX Herzen, Ogarev, Belinski, Chernichevski, Dobroliubov, Pisarev y otros. He aquí lo que escribía Lenin acerca

de Herzen: "En la Rusia feudal, en la década del 40 del siglo XIX, supo elevarse a una altura tan grande,

que se colocó al nivel de los más profundos pensadores de su tiempo... La primera de las Cartas sobre  el  estudio  de  la  naturaleza  -"Empirismo  e

 

 

235   V.  I.  Lenin,  Materialismo  y  empiriocriticismo,  ed.  esp., Moscú, 1948, pág. 412.

 

idealismo"-, escrita en 1844, nos muestra a un pensador, que, incluso ahora, está a cien codos por encima de un sinfín de naturalistas empíricos contemporáneos que hacen experiencias en las ciencias naturales y de una infinidad de filósofos idealistas y semiidealistas del presente. Herzen llegó de lleno a las puertas del materialismo dialéctico y se detuvo ante el materialismo histórico".236  Y estas palabras de Lenin podrían también aplicarse plenamente  a  los  demócratas  revolucionarios Belinski, Chernichevski y Dobroliubov. El materialismo filosófico de Herzen y de estos otros pensadores   representaba   un   grado   de   madurez superior al de todas las demás manifestaciones del materialismo premarxista y se hallaba considerablemente por encima del materialismo francés del siglo XVIII y del materialismo de Feuerbach.

El materialismo filosófico anterior a Marx era un materialismo  unilateral,  limitado  e  inconsecuente.

Era un materialismo predominantemente mecanicista

y metafísico. Un materialismo "por abajo", en la explicación de la naturaleza, y un idealismo "por arriba",  en  la  explicación  de  la  historia  de  la sociedad. Las deficiencias del materialismo anterior fueron superadas por el materialismo dialéctico, por la   teoría   de   Marx   y   Engels.   El   materialismo dialéctico y el marxismo en su conjunto surgieron sobre la base de determinadas condiciones de la vida material,  de  las  contradicciones  económicas  y sociales del capitalismo, como resultado de la síntesis de la historia de las luchas de clases del proletariado y de los grandes descubrimientos científicos llevados a cabo en el campo de las ciencias naturales. A las condiciones históricas que hicieron posible la aparición del marxismo nos hemos referido ya más detalladamente  en  el  capítulo  primero.  El materialismo dialéctico e histórico es el fruto regido por sus leyes de todo el desarrollo precedente de la ciencia, incluyendo la filosofía.

La           aparición             del         materialismo     dialéctico             e histórico  representó  la  más  grandiosa  revolución

operada en el campo de la filosofía. A diferencia de

las anteriores doctrinas filosóficas, que habían sido el resultado de un individuo o de pequeñas escuelas y grupos aislados de pensadores, el materialismo dialéctico surgió como la concepción del mundo de la clase obrera revolucionaria, como su bandera ideológica de combate. El materialismo dialéctico es una concepción del mundo radicalmente contrapuesta a la de la burguesía. Es la única concepción científica del mundo, monolítica y consecuente, en la que se refleja certeramente la realidad. No se propone solamente interpretar  el mundo, sino transformarlo, es decir, servir de arma para la transformación revolucionaria de la sociedad, de guía para el derrocamiento del capitalismo y para la construcción

 

236 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII, págs. 9-10.

 

 

 

del  comunismo.  El  materialismo  dialéctico  e histórico es la base filosófica del comunismo científico. Tomando como base el materialismo dialéctico e histórico, Marx y Engels crearon la teoría del comunismo científico, es decir, la doctrina de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado y del triunfo del comunismo.

Después de Marx y Engels, el materialismo dialéctico e histórico encontró nuevo desarrollo en

los geniales trabajos del gran Lenin. Lenin trazó la síntesis filosófica de la práctica histórico-mundial y

de los grandes descubrimientos llevados a cabo en el campo de las ciencias naturales durante el período transcurrido desde la muerte de Federico Engels. En

sus trabajos, somete a crítica en todos sus aspectos las corrientes filosóficas burguesas de la época del

imperialismo,  entre  ellas  el  neokantismo,  el machismo, el pragmatismo y el neohegelianismo. En los trabajos de Lenin se hace, además, la crítica del

tosco    y    vulgar    materialismo    mecanicista    y

"económico". Los trabajos filosóficos de Lenin representan  una  nueva  y  más  alta  etapa  en  el

desarrollo  del  materialismo  dialéctico  e  histórico.

Después de él, el materialismo dialéctico e histórico fué nuevamente desarrollado en todos sus aspectos

por los discípulos de Lenin.

El materialismo dialéctico surge y se desarrolla en una lucha irreconciliable con las corrientes de la filosofía idealista y metafísica. El materialismo dialéctico es una concepción científica del mundo íntegra y coherente, consecuente hasta el final e inconciliable con toda superstición y toda mística. Es la única filosofía científica que responde a todas las exigencias de las ciencias naturales contemporáneas. Todos los demás sistemas filosóficos han sufrido una bancarrota total, refutados por la práctica y la ciencia más avanzada de nuestro tiempo. La trayectoria de desarrollo de la ciencia en su conjunto, incluida la de las ciencias naturales, confirma íntegramente las doctrinas del materialismo filosófico marxista, sus tesis acerca de la perennidad de la naturaleza, de la materia y de sus leyes, acerca del hecho de que no es obra de ninguna creación, de que el desarrollo en la naturaleza y en la sociedad discurre dialécticamente y de que la conciencia es capaz de descubrir y descubre la verdad objetiva.

La  filosofía  marxista-leninista  es  la  concepción del mundo dominante en la U.R.S.S. de un modo incompartido. Y consigue nuevos y nuevos adeptos, no  sólo  entre  los  hombres  avanzados  de  la  clase obrera del mundo entero, sino también entre los intelectuales de vanguardia de todos los países.

La fuerza de la filosofía marxista-leninista reside en el hecho de que señala a las masas trabajadoras el

camino para salir de la esclavitud económica, política

y espiritual a que las condena el régimen capitalista. El materialismo dialéctico es el arma teórica de lucha

de  los  partidos  marxistas  en  todos  los  países  del

 

mundo. Es, para todos los intelectuales y naturalistas avanzados, el único método filosófico científico que les infunde confianza en la posibilidad de vencer las dificultades y contradicciones que surgen en el proceso del conocimiento de los nuevos aspectos y fenómenos de la naturaleza, del macrocosmos y del microcosmos.

En la época del imperialismo, el materialismo dialéctico encierra una grandiosa significación para

los  intelectuales  avanzados  de  todo  el  mundo.  La crisis y la decadencia del capitalismo de nuestros días

encuentran su expresión en la crisis, en la decadencia y en la descomposición de toda la cultura burguesa, incluyendo  la  ciencia  y  la  filosofía  del  mundo

burgués. Nunca a lo largo de toda la historia de la sociedad  burguesa  habíamos  asistido  a  semejante

orgía  de la mística, el idealismo  y la  superstición como en la fase actual de desarrollo del capitalismo imperialista.      A      una      sociedad      putrefacta

corresponden, como es natural, los frutos podridos que brotan en el campo de la filosofía.

En los años de su juventud, la burguesía y sus mejores ideólogos proclamaban el poder de la razón humana y su capacidad para conocer el mundo. En

nuestro tiempo, los filósofos burgueses se esfuerzan, ante todo, en negar la razón humana, en poner de

manifiesto su impotencia, su incapacidad para descubrir la verdad objetiva. Están en boga el irracionalismo y la mística, rasgo característico de la

burguesía imperialista, como clase obstinada en detener el curso de la historia y en volver ésta atrás,

hacia el pasado, en su empeño por resucitar el escolasticismo medieval.

Los filósofos reaccionarios de los Estados Unidos, Francia, Austria, Italia, Inglaterra y la Alemania occidental levantan hoy sobre el pavés a Tomás de

Aquino, la cabeza visible de los escolásticos de la

Edad Media: en las universidades norteamericanas, italianas, francesas e inglesas se dan cursos sobre la

filosofía tomista,  a la  que se  dedican, además,  en

esos, países, numerosas obras, estudios, disertaciones y artículos de revista. La bibliografía de Tomás de

Aquino, en la que se enumeran los trabajos acerca de

este filósofo medieval salidos de las prensas en los últimos veinte años, ocupa 315 páginas.

Claro exponente del cuadro de descomposición de

la filosofía burguesa es la filosofía idealista de un autor norteamericano actual, Santayana. Su doctrina sobre los entes "supraterrenales" no es sino una reproducción del "reino de las ideas" de la filosofía platónica y de los "universales" del escolasticismo medieval. Santayana declara sin ambages que es enemigo de la ciencia y que su "filosofía no es ni pretende ser científica". "La verdad y el absurdo - escribe Santayana- pueden considerarse como una y la misma cosa y cabe reputar como desdeñable la diferencia entre una y otro". Y el filósofo norteamericano  Glenn,  autor  de  la    obra  titulada

 

 

 

Introducción  a  la  filosofía, manifiesta que su filosofía se consagra, voluntariamente y sin reservas, al servicio de la teología".

La filosofía más extendida en los Estados Unidos, el   pragmatismo   (James)   y   el   instrumentalismo

(Dewey,   Hook),   es   una   variante   del   idealismo

subjetivo. Esta filosofía borra las fronteras entre el conocimiento y la fe, la ciencia y la religión, la filosofía y la teología.

Uno de los productos ideológicos más podridos de la  reacción  imperialista  es  la  filosofía  idealista

subjetiva del existencialismo, que tantos secuaces encuentra entre la burguesía y los intelectuales burgueses de Francia, Estados Unidos, Inglaterra y la

Alemania occidental. Los existencialistas consideran como sus maestros a San Agustín y otros místicos

medievales, a Nietzsche y a Bergson, pero los inspiradores inmediatos de los existencialistas alemanes  fueron  los  fascistas.  El  odio  a  todo  lo

humano, el desprecio por la razón y por el conocimiento     científico,     el     amoralismo,     la

glorificación de la muerte y del bandolerismo imperialista, figuran entre los rasgos característicos de esta filosofía del capitalismo agonizante. La única

realidad, para los existencialistas, es la existencia personal, individual. Según ellos, la colectividad, el

pueblo, la sociedad son un absurdo, una mentira. La reacción imperialista cultiva y estimula la filosofía existencialista,  con  el  designio  de  corromper  la

conciencia del hombre, destruir la solidaridad proletaria, desviar el pensamiento de los trabajadores

de las contradicciones sociales y la lucha revolucionaria de clases y concentrar su atención en

los intereses personales y estrechamente egoístas.

Y a los mismos fines imperialistas sirve también la  corriente  filosófica  idealista  subjetiva  de  los

semánticos, quienes tratan de reducir la filosofía a un malabarismo escolástico de palabras. Los semánticos

afirman que los conceptos no son un reflejo de la realidad, que conceptos como los de "capitalismo", "socialismo",   "clase",  "burguesía",  "proletariado",

etc.,  carecen  de  todo  sentido  y  significación  real. Todo concepto es, a su juicio, algo convencional y

son, al parecer, las palabras, cuando se les quiere atribuir un sentido real, las que engendran las contradicciones y los conflictos sociales. Según los

semánticos, bastaría con borrar del lenguaje expresiones      como      las      de      "capitalismo",

"comunismo", "socialismo", "lucha de clases", "fascismo", etc., para hacer desaparecer las contradicciones sociales de la sociedad burguesa.

Como toda clase que marcha hacia la ruina y que vive   un   período   de   declive,   de   decadencia,   la

burguesía y sus filósofos buscan su consuelo y su salvación en el misticismo y tratan de corromper ideológica y moralmente la conciencia del pueblo.

No persiguen tampoco otra finalidad las diversas corrientes  filosóficas  idealistas,  que  brotan  en  la

 

sociedad burguesa con la profusión con que brotan los hongos después de la lluvia. Las quimeras filosóficas  de  los  ideólogos  burgueses  de  nuestros días recuerdan, por su oscurantismo y sus designios de corrupción del espíritu, los "aquelarres de brujas" de la Edad Media.

Todas las tendencias de la filosofía idealista reaccionaria de nuestro tiempo coinciden en cuanto a su propósito social, el cual no es otro que combatir al marxismo, al materialismo dialéctico, a las fuerzas del comunismo y del progreso social.

Al idealismo, a la mística, al escolasticismo de los guardianes filosofantes de la burguesía se contrapone la verdad, radiante como el sol, de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico. La concepción marxista-leninista del mundo descansa sobre la base granítica  de  los  grandes  avances  de  la  ciencia moderna y se desarrolla a la par con los éxitos logrados  en  la  práctica  histórica  universal  de  la fuerza más avanzada de la humanidad, de la clase obrera.  La  filosofía  marxista  es  la  doctrina afirmadora de la vida que inculca en el espíritu de los trabajadores la certeza inquebrantable en el triunfo del comunismo.

 

f) El arte.

El   arte   es,   como   las   demás   formas   de   la conciencia social, un reflejo de la vida, de la realidad, una manera especial de conocer ésta. A diferencia de

la ciencia, el arte ofrece un conocimiento, una reproducción de la realidad, de la vida social, de la

existencia y las costumbres de los hombres, no a través  de  conceptos,  sino  por  medio  de  imágenes

artísticas.

Las imágenes del arte realista reflejan y expresan los rasgos más esenciales, más típicos, de la realidad

representada de la vida social, vistos a través de lo individual. El artista realista, al crear sus imágenes,

cala en el mundo interior de lo representado. Nos ofrece, bajo la forma de caracteres individualizados y de sucesos concretos, una plasmación de caracteres

típicos en circunstancias típicas, un reflejo de los rasgos esenciales de la vida social, de la psicología,

de las costumbres, de la fisonomía moral de tales o cuales clases, de estos o los otros grupos sociales. La galería de las obras creadas por el arte revela ante

nosotros todo un mundo de relaciones sociales y acontecimientos históricos.

El arte, como expresión de determinadas concepciones artísticas de la sociedad y como reflejo de  la  vida  social,  forma  parte  de  los  fenómenos

supraestructurales, engendrados por el régimen económico de la sociedad de que se trata. En el arte

cobra su expresión la ideología de una determinada clase.

El arte constituye un elemento importantísimo de

la cultura. Desempeña un papel de enorme importancia en la vida social. Es un producto de la

 

 

 

vida social y la imagen artística de la realidad, pero ejerce, a su vez, una gran influencia sobre la vida social, contribuye a formar los sentimientos, los pensamientos, la voluntad y los principios morales de los hombres.

El arte puede influir sobre la vida social en un sentido progresivo o reaccionario, con arreglo a su

contenido ideológico. El arte reaccionario sirve a los

intereses de las fuerzas sociales reaccionarias y caducas. El arte avanzado expresa los intereses de las

fuerzas sociales progresivas. El arte avanzado lucha

contra  el  régimen  social  reaccionario,  contra  las clases reaccionarias y su ideología, contra las concepciones estéticas retardatarias.

El arte, al igual que las demás formas de la conciencia  social,  brota  de  las  necesidades  de  la

práctica social y, al mismo tiempo, condiciona a esta práctica, con sus medios específicos, artísticos.

La  percepción estética  y el  reflejo  artístico del

mundo, de la vida social, constituye uno de los aspectos de la multiforme vida espiritual de la sociedad,  de  la  conciencia  social.  Al  tomar conciencia del mundo que le rodea, el hombre social descubre   en   él   estas   o   las   otras   propiedades mecánicas, físicas, químicas, biológicas o sociales, ciertas cualidades y ciertos nexos entre ellas, ciertos fenómenos, y las leyes que rigen su desarrollo. Pero, además de estas propiedades y cualidades, de estos nexos y fenómenos, el hombre ve, descubre en el mundo exterior circundante, en la vida social, en la fisonomía espiritual de las gentes, algo distinto, lo que se llama lo hermoso y lo monstruoso, lo bello y lo feo, lo admirable y lo vil, esas cualidades que suscitan en nosotros lo que se califica de deleite estético o, por el contrario, la repulsión estética. Y estas cualidades de lo bello o de lo feo son inherentes de un modo objetivo, real, al mundo circundante, a la fisonomía espiritual, moral, del hombre.

Los representantes de la estética señorial y burguesa   entienden   que  el   arte   sólo  tiene   que ocuparse de lo bello. Es ésta una concepción de los marcos del arte cuyo sentido consiste en hacer que el arte se abstenga de criticar los aspectos negativos de la sociedad basada en la explotación. Pero el arte realista  tiene  por  misión  representar  y  ha representado siempre, no sólo lo bello, sino también lo feo, no sólo lo grande y lo admirable, sino también lo vil, no sólo lo positivo, sino también lo negativo, desenmascarando lo despreciable, lo vulgar y lo caduco y provocando en el pueblo el odio hacia ello. Shylock y Lady Macbeth, Yago y Tartufo, Malchalin y Famusov,  Pliuskin,  Jlestakov  y Sobakevich, Iuduska Golovlev y Klim Samguin, toda esa multiforme galería de tipos creados por la literatura y el arte clásicos universales, ponen al desnudo los rasgos     humanos     negativos,     los     fenómenos

 

lacras de la sociedad, al plasmar sus prototipos de lo negativo, el arte clásico defiende lo bello, lo digno de ser admirado. Los prototipos positivos del arte han servido de modelos de conducta para los hombres avanzados; en ellos se han educado, imitándolos, los grandes revolucionarios. Pero en la literatura del pasado, y especialmente a la literatura del realismo crítico, ocupa mayor lugar el reflejo de los aspectos negativos de la vida, la representación de los tipos reprobables. Ello se explica por el mismo carácter del régimen social y responde a las necesidades del desarrollo  de  la  sociedad,  a  las  necesidades  de  la lucha de clases, de la lucha contra la mentira, que imperaba en las épocas de la esclavitud y el feudalismo y sigue imperando en la época capitalista.

La historia de la sociedad demuestra que las ideas estéticas, las concepciones y los gustos artísticos de

las gentes cambian y se desarrollan en relación con

los cambios y el desarrollo de las condiciones de la vida  material  de  la  sociedad  y,  sobre  todo,  en

relación con el desarrollo económico de ésta.

En una sociedad de clases, son los intereses de clase y la lucha de clases los que influyen directamente sobre el desarrollo del arte y sobre su carácter, y a la par con ellos las distintas formas ideológicas, las teorías políticas y jurídicas, la religión, la moral, el arte y la filosofía.

Para analizar el desarrollo del arte, hay que partir, por consiguiente, de la naturaleza del régimen social

imperante y de sus fundamentos materiales, económicos, tener en cuenta las particularidades del

desarrollo del régimen de que se trata en tal o en cual país,   las   condiciones   concretas,   históricamente

plasmadas, de la vida del pueblo, la situación y los intereses de las diversas clases sociales y la lucha entre   ellas,   las   características   peculiares   de   la

concepción del mundo, la ideología y la psicología y la filosofía dominantes en esa sociedad.

En una sociedad de clase, las concepciones estéticas, artísticas, tienen un carácter de clase, lo mismo que las demás formas ideológicas.

Un gran representante del pensamiento democrático  revolucionario,  N.  G.  Chernichevski,

señaló que la noción de lo bello podía variar, no sólo en las distintas épocas históricas, sino también dentro de una misma época, al cambiar las condiciones. La

noción de lo bello, decía este pensador, no es lo mismo en el noble ocioso que en el campesino que se

afana para vivir. La delgadez, el aire lánguido, la palidez del rostro de una dama aristocrática son, para el noble, signos de belleza, de gracia y de elegancia.

Para el campesino, en cambio, estas cualidades denotan  anemia,  enfermedad.  "...  Al  labriego,  una

beldad a la que apenas da el aire de la calle se le antoja poco atractiva y casi produce en él una impresión desagradable..."237  Su ideal de la belleza

 

reprobables,   y   las   condiciones   sociales   que   los                   

 

engendran. Al poner de manifiesto los vicios y las

 

237  N.  G.  Chernichevski, La  actitud  estética  del arte  ante  la realidad, ed. rusa, 1945, pág. 12.

 

 

 

femenina es el de una mujer de mejillas coloradas, rostro atezado y recia complexión, cualidades en las que él ve los signos de la salud y el vigor necesarios para una vida de trabajo. Chernichevski atribuía con visión  certera,  las  diversas  ideas  de  la  belleza reinantes en las diversas clases a las diferentes condiciones sociales de vida de estas clases y, consiguientemente, a su diferente ideología y psicología.

Sin embargo, y a pesar de que las concepciones artísticas  de  las  gentes  cambien  de  unas  a  otras épocas, con arreglo a los cambios operados en el régimen económico de la sociedad, no cabe duda de que el gran arte realista encierra siempre valores estéticos  permanentes,  que  suscitan  el  deleite artístico de las gentes de diferentes épocas. La poesía de Puskin, de Lermontov, de Shakespeare y de Goethe, la música de Glinka, de Chaikovski, de Beethoven  y  de  Lizst,  la  pintura  de  Surikov,  de Repin, de Rafael y del Tiziano, la escultura de Fidias y Praxiteles han provocado y siguen provocando el deleite estético de muchas generaciones, a lo largo de los siglos. La belleza de estas obras de arte no se marchita, no languidece. ¿A qué se debe esto?

El reflejo artístico de la realidad, lo mismo que la conciencia científica de ella, encierra una verdad objetiva, un fondo vital de verdad, que no muere. Cuanto más profunda y más bella es la reproducción de   la   vida   en   la   obra   de   arte,   mayor   es   la significación social que ésta encierra, mayor es su fuerza de percepción y el deleite artístico que en nosotros suscita, más intenso el entusiasmo que despierta, más vigorosa y profunda la acción educativa, ideológico-artística, que esa obra de arte ejerce. Las creaciones artísticas que saben reflejar profundamente los hechos y las costumbres de una determinada época, y los reflejan, además, bajo una forma artísticamente bella, no llegan a perder su significado aunque cambien los tiempos, porque en la vida social, en la lucha de las fuerzas sociales progresivas contra las fuerzas sociales reaccionarias, contra el mal social, en cualquier época, hay siempre, junto a lo específico, a lo irrepetible y a lo peculiar, muchos rasgos comunes a todas las épocas.

El gran arte del pasado dirigía su filo, por regla general,    contra    el    régimen    viejo,    caduco    y

reaccionario, contra la mentira y el mal reinantes en la   sociedad,   contra   los   vicios   sociales   y   las

costumbres malsanas. Esto explica por qué ese arte, impregnado de espíritu de lucha contra la opresión, la injusticia  y  las  lacras  de  su  tiempo,  causa  tan

profunda  impresión  a  los  hombres  avanzados  del siglo XX, que combaten al capitalismo. Las fuerzas

sociales progresivas de nuestros días ven y aprecian en el arte de Shakespeare, de Puskin, de Balzac y Tolstoi,  de  Glinka  y  Chaikovski,  de  Rafael  y  el

 

costumbres de la época en que vivieron y crearon aquellos artistas, escritores y compositores.

El encanto estético imperecedero del gran arte clásico  reside  en  su  carácter  popular.  El  carácter

popular  del  arte  estriba  en  que  sabe  expresar  las ideas,    las    aspiraciones,    los    sentimientos,    las

esperanzas y los anhelos del pueblo en contra de la opresión social y la explotación. El gran arte se halla enraizado en la creación artística popular y extrae de

la entraña de ésta sus modelos, su inspiración, los motivos  musicales  de  las  canciones  del  pueblo  y

otros valores artísticos.

Las obras del arte clásico, cualquiera que sea la clase social cuya concepción del mundo expresen,

contienen siempre algo de interés humano general, que  les  permite  tocar  al  corazón  e  inflamar  el

entusiasmo de las épocas, de diversas épocas y distintas clases. La luminosa y radiante alegría del amor,   el   dolor   inconsolable   de   una   madre,   el

sentimiento de amistad o camaradería, la lucha contra la injusticia, la maldad y la perfidia, el heroísmo, la

audacia y la intrepidez, la denuncia de la cobardía y la traición, etc., sea cualquiera la época en que se manifiesten, al plasmarse con los rasgos consumados

del arte en la pintura o en la escultura, en la música o en  la  poesía,  no  pueden  por  menos  de  mover  a

entusiasmo a las gentes de otras épocas, de inspirar en ellos el  sentimiento de la admiración o la cólera, una reacción de alegría o de pena.

Todo esto explica por qué el gran arte del pasado sigue conservando su sentido progresivo y suscita, el

deleite estético en las siguientes épocas, ayudando a los hombres a luchar contra los exponentes de los

males sociales, en nuestro propio tiempo.

El desarrollo del arte, la sucesión de períodos que en  su  auge  se  manifiestan,  su  florecimiento  y  su

decadencia, no son, ni mucho menos, algo fortuito, sino que representan una trayectoria sujeta a leyes,

que tiene como base todo el complejo y multiforme proceso   de   desarrollo   de   la   sociedad.   Además, algunos de los períodos de florecimiento del arte no

coinciden con las etapas de alto nivel de desarrollo de las bases materiales de la sociedad. Marx cita, a

título de ejemplo, el arte de la antigua Grecia y las creaciones de Shakespeare. "Por lo que se refiere a ciertas formas del arte, por ejemplo la epopeya, se

reconoce incluso que jamás habrían podido llegar a crearse bajo su forma clásica, la que hace época en la

historia universal, después de iniciada la producción artística en cuanto tal; es decir, que, dentro de la misma esfera del arte, ciertas creaciones importantes

de éste sólo pueden llegar a darse en una fase todavía incipiente del desarrollo artístico".238

Marx pone de manifiesto cómo la epopeya de los antiguos  griegos,  que  surgió  en  una  fase relativamente primitiva del desarrollo social, como

 

Tiziano,  el  genial  reflejo  artístico  de  los  aspectos                    

 

esenciales de la vida social, del modo de ser y las

 

238   C.  Marx  y  F.  Engels, Ueber  Kunst und  Liferatur.  Berlín

1949. pág. 21.

 

 

 

fruto de la mitología popular, no podría haberse desarrollado a base de las relaciones capitalistas de producción y de la concepción del mundo a que éstas sirven de fundamento. En la época de la gran producción capitalista, del ferrocarril, del telégrafo, del teléfono y de la radio, en la época de los bancos y las bolsas capitalistas, no hay ya sitio para figuras como  las  de  Júpiter,  Hermes  y  otros  prototipos creados por la mitología griega, ni para el arte griego que brotó al calor de estos mitos.

Marx señala la hostilidad directa de la producción capitalista con respecto a ciertas ramas del desarrollo

espiritual, especialmente el arte y, en particular, la

poesía. Esta posición hostil del capitalismo frente al arte y a la poesía nace de la división capitalista del

trabajo, que deforma y mata la personalidad, y del

hecho de que el móvil fundamental de la conducta del hombre, bajo el capitalismo, es lucro, el dinero, la sed de acumular por la acumulación misma; y, por último, de la realidad según la cual, bajo el capitalismo, todo se compra y se vende: la conciencia y el honor, la dignidad del hombre, el amor y la amistad.

Las grandes creaciones del arte producidas en la época del capitalismo no se deben, ni mucho menos,

a los progresos de la burguesía, o incluso a los éxitos

de la técnica y de la industria, como sostienen los sociólogos vulgares, sino a causas más complejas. Las más grandes realizaciones del arte coinciden con los períodos de auge social, con los períodos de lucha de las fuerzas sociales avanzadas, de las masas populares, contra el feudalismo, primero, y luego contra el capitalismo, con los períodos de efervescencia en la lucha contra la opresión social. La pintura de Rafael y el Tiziano, de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, las grandes creaciones de Shakespeare y Rabelais, de Cervantes y Goethe, de Puskin,  Gogol,  Lermontov,  Nekrasov  y  Tolstoi, fueron expresiones de protesta y de lucha contra el régimen de la servidumbre, y también contra el poder de los ricos, contra la burguesía rapaz.

Faltan a la verdad los teóricos del arte y los sociólogos idealistas cuando afirman que el arte vive en un mundo aparte, al margen de la sociedad y de la política.  Semejante  arte  no  existe  ni  ha  existido nunca. El arte ha sido siempre y sigue siendo un fenómeno  social,  que  plantea  y  resuelve determinados problemas sociales; en una sociedad de clases, no puede mantenerse al margen de las clases, sino que ha servido siempre y sirve, directa o indirectamente, a determinados fines políticos, es decir, a determinadas clases. Lenin desenmascaraba las ideas burguesas en torno a la idea de la "libertad del arte", en la sociedad burguesa, cuando decía: "Es imposible vivir en la sociedad y hallarse libre de ella. La  libertad  del  escritor,  del  artista  o  del  actor burgués   no   es   otra   cosa   que   la   supeditación disfrazada (o hipócritamente encubierta) al rico, a la

 

corrupción, a los medios de sustento".239

Hasta las tendencias formalistas, tales como el llamado "arte puro", las prédicas sobre "el arte por el

arte",  cumplen  en  el  caso  de  que  se  trata  una

determinada función de clase, la función de apartar a las masas de la lucha política, en interés de los explotadores. Esta función es precisamente la que la burguesía impone a su arte en nuestros días, al encarrilarlo por los caminos del formalismo o del naturalismo.

La  burguesía  de  nuestro  tiempo  y  su  Estado luchan  contra  el  arte  progresivo,  democrático  y

socialista, persiguen a los escritores, a los pintores y

artistas avanzados y tratan de inocular su arte reaccionario.

La  clase  obrera  crea  su  arte  propio,  el  arte

socialista. Lenin ha enseñado que, en contraposición a la prensa y literatura reaccionarias, burguesas y mercantilistas, en contraposición al arribismo y al individualismo de la literatura burguesa, al anarquismo  señorial  y  al  afán  de  lucro,  el proletariado socialista crea una literatura que es parte integrante de la causa general del proletariado, de la causa de la lucha por el socialismo.

El Partido Comunista de la Unión Soviética pone de manifiesto que el arte soviético no puede ser un arte sin ideas, apolítico. Este arte está llamado a cumplir y cumple la importantísima función social de educar al pueblo en el espíritu de las grandes ideas del comunismo. El arte socialista es un arte de profundo contenido ideológico, un arte de partido, impregnado de las ideas del comunismo, de la lucha por liberar a los trabajadores de toda explotación, por llevar al triunfo el régimen social más justo.

El   sentido   partidista   del   arte   reside   en   su tendencia   ideológica.   La   literatura   clásica   rusa,

progresiva y avanzada, lleva en su entraña la grande y  noble  idea  de  servir  al  pueblo.  Los  grandes

demócratas revolucionarios rusos Belinski, Chernichevski y Dobroliubov consideraban como la más alta misión del arte el reflejar certeramente las

realidades  de  la  vida,  el  dar  respuesta  a  los  más agudos y apasionantes problemas de nuestro tiempo,

el  dictar  su  veredicto  aprobatorio  o  condenatorio sobre los diversos fenómenos de la vida, el servir de guía y portavoz de las ideas avanzadas, el servir al

pueblo, ayudándole a marchar hacia adelante. La literatura soviética, la literatura más ideológica y más

avanzada del mundo, ha heredado y desarrolla creadoramente estas tradiciones progresivas de los grandes demócratas revolucionarios y de la literatura

clásica rusa.

El marxismo considera el desarrollo del arte en relación  con  el  desarrollo  de  todas  las  relaciones

sociales y, en particular, con el desarrollo de la lucha

de clases. El ejemplo clásico del análisis marxista del arte,  de  su  contenido  de  clase,  de  su  significado

 

239 V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. X, pág. 30.

 

 

 

artístico y de su función social son los geniales artículos de Lenin sobre León Tolstoi y su obra. Muchos han escrito acerca de Tolstoi, en todo el mundo. Pero nadie como Lenin ha puesto de relieve con tanta profundidad y tanta fuerza la esencia social de la obra de este escritor, uno de los más grandes de la literatura rusa y universal.

Para Plejánov, Tolstoi era un gran escritor, pero un escritor terrateniente, señorial. Sin embargo, quien

vea en Tolstoi solamente el exponente ideológico de los   terratenientes,   jamás   podrá   comprender   la

grandeza ni la poderosa influencia de sus obras.

A diferencia de Plejánov, Lenin vió en la creación de   Tolstoi   mucho   más   que   su   condición   de

terrateniente. Lo fundamental y lo decisivo en la obra de Tolstoi es que en ella se reflejan la revolución

campesina, sus contradicciones, sus lados fuertes y sus lados débiles.

Las contradicciones que se advierten en las ideas

de Tolstoi no surgen simplemente de su pensamiento personal, sino que reflejan las complejas contradicciones arraigadas en las condiciones de la vida material de la sociedad rusa, son el resultado "de las influencias sociales, de las tradiciones históricas, que determinaban la psicología de las diversas clases y las diversas capas de la sociedad rusa en la época partidaria  de la reforma, pero prerrevolucionaria".240

En las obras de Tolstoi cobraba expresión la fuerza y la endeblez del movimiento de las masas campesinas.

Tolstoi trazó un cuadro artístico de toda una época histórica  en  la  vida  de  Rusia.  Y  en  esto  reside

cabalmente la grandeza y la significación histórica de su obra como artista, que marcó un paso de avance

en el desarrollo artístico de toda la humanidad.

Los grandes artistas de la época del capitalismo actuaron  como  críticos  de  la  sociedad  burguesa,

como acusadores de sus contradicciones, lacras y vicios. El arte apologético burgués ha sido siempre

un arte raquítico y superficial.

La  época  del  imperialismo,  que  representa  la putrefacción  del  capitalismo  y  la  ofensiva  de  la

reacción en toda la línea, ha traído consigo el declive, la decadencia y la descomposición del arte burgués.

El arte burgués de nuestros días es el vocero de la reacción, se propone matar en los trabajadores la voluntad     de     lucha     contra     el     capitalismo,

desmoralizarlos y apartarlos de las tareas candentes y apremiantes de la lucha por el socialismo, por la paz

y la democracia. La propaganda de las ideas reaccionarias, antidemocráticas y anticientíficas y de toda clase de superstición, el desprecio al hombre y a

la vida, el empeño por presentar la existencia como obra del azar y por azuzar los instintos zoológicos del

hombre, la predicación de la guerra, del cosmopolitismo y del individualismo: he ahí el contenido del arte burgués contemporáneo, un arte

degenerado y en descomposición.

 

240 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XVI, pág. 295.

 

En una declaración publicada en la antología titulada Escritores  del siglo XX, un escritor norteamericano muy en boga, autor de novelas pornográficas, Henry Miller, escribe: "A mí no me interesan ni la vida de las masas ni las intenciones de los gobiernos existentes en el mundo. Yo confío y creo firmemente en lo que todo el mundo civilizado se encargará de borrar de la faz de la tierra en el próximo siglo."

Uno de los protagonistas de una obra del dramaturgo burgués norteamericano muy a la moda, Eugenio O’Neill, Larry Sleid, profetiza: "Toda la historia del mundo demuestra que la verdad jamás ha influido en su marcha. Es la mentira... lo que inspira nuestra vida, la vida del desventurado hombre, así en estado de embriaguez como en estado de sobriedad."

El  arte  clásico  y  el  arte  avanzado  de  nuestro tiempo  transmiten  el  saber  de  la  verdad  vital  y educan  a  los  lectores,  a  los  espectadores  o  al auditorio  en  el  espíritu  del  humanismo,  del patriotismo y de los altos principios morales. La bandera del arte burgués contemporáneo, por el contrario, es la mentira, la degradación moral, el egoísmo y el individualismo más exacerbado.

El  arte  clásico  y  el  arte  moderno  avanzado abrazan la defensa de la razón, de las luces, de la ciencia.  El  arte  burgués  de  nuestro  tiempo,  en cambio,  predica  el  irracionalismo,  el "subconsciente", lo instintivo, lo patológico, lo paranoico  y  lo  esquizofrénico.  El  llamado surrealismo, esa corriente tan de moda en el arte burgués, considera que el "mérito" de una obra artística es tanto mayor cuanto más absurda y disparatada sea.

Así como en la filosofía burguesa contemporánea impera   el   más   trivial   idealismo,   un   refinado

clericalismo, el misticismo, en el arte burgués reina, a tono con ello, el formalismo en todas sus variantes

y  modalidades  (impresionismo,  surrealismo, cubismo, simbolismo, etc.) Uno de los rasgos característicos   del  formalismo   en   el   arte   es   la

ausencia de ideas, el divorcio entre la forma y el contenido y la tendencia a convertir la forma en algo

pagado de sí mismo.

Otra  de  las  tendencias  del  arte  burgués  es  el

naturalismo,  la representación de los fenómenos de un modo superficial y carente de ideas. Los artistas

naturalistas burgueses de nuestro tiempo pintan con

todo detalle la expoliación, la matanza, la perversión sexual, saborean con gran delectación toda la podredumbre y toda la repugnancia engendradas por el capitalismo agonizante, por el imperialismo.

La estética marxista, al desenmascarar las afirmaciones  de  los  estetas  burgueses  acerca  del

carácter "apolítico", "ideológico"  y "desinteresado"

del arte, libra también una lucha consecuente tanto contra el formalismo como contra el naturalismo. La

estética  marxista  preconiza  la  unidad,  la  armonía

 

 

 

entre el contenido avanzado y la forma artística acabada y perfecta. Cuanto más progresiva, más significativa, más elevada y más certera sea la idea social contenida en el arte y más perfecta la forma artística  adecuada  a  ella,  más  alto  y  más trascendental será el mérito de una obra de arte. Una idea falsa conduce siempre, inevitablemente, a la contradicción interna, a la falta de fuerza de convicción, de veracidad de la obra de arte y, por consiguiente,   a   su  carácter  antiartístico.   En   las grandes obras de arte existe una adecuación, una armonía entre el contenido ideológico y la forma artística; una y otra se hermanan, forman un todo armónico.

El arte socialista es el heredero de lo mejor y lo más progresivo creado por la humanidad en el campo de la creación artística. El arte socialista del proletariado revolucionario va  germinando ya bajo las condiciones del capitalismo. Los mejores representantes de la intelectualidad abrazan ya antes de la revolución socialista la causa de la clase obrera, la causa del socialismo, y entregan su inspiración creadora a la obra de la lucha contra el capitalismo y la burguesía, contra su cultura y su arte corrompidos. Pero el gran arte socialista sólo puede llegar a desarrollarse ampliamente después de la revolución socialista, sobre el suelo del régimen social y político del socialismo.

El proceso de formación y desarrollo del arte socialista   en   la   U.R.S.S.   ha   sido   un   proceso

complicado, difícil y contradictorio. También en el

campo del arte se manifestó la aguda lucha de clases por  la  que  pasó  el  país  durante  el  período  de transición del capitalismo al socialismo. Dentro del abigarrado tropel de los diferentes grupos burgueses y pequeñoburgueses que actuaban en la literatura y el arte, había también corrientes reaccionarias, que preconizaban "la vuelta a la Edad Media" (los "acmeístas") y otras "radicales" y "ultrarrevolucionarias" en cuanto a la forma, como las de los futuristas, los "blusas amarillas", los partidarios del "proletkult" y otros, todos los cuales no  sabían  más  que  negar  y  censurar,  llamando  a echar por la borda la herencia de la cultura clásica, a Puskin  y  Tolstoi,  Turguenev  y  Lermontov, Chaikovski y Glinka, a quienes anatematizaban como "aristócratas". El arte socialista hubo de plasmarse y desarrollarse en una lucha intransigente contra los diversos grupos y tendencias burguesas y pequeñoburguesas.

Las clases explotadoras entorpecían a las masas populares el acceso a la cultura avanzada. Para poder

convertir las mejores obras del arte en patrimonio de

los trabajadores, era necesario luchar contra el régimen social, que condenaba a millones de seres a la ignorancia, a los trabajos forzados y a la miseria. Sólo la revolución socialista y el régimen del socialismo   aseguraron   a   los   trabajadores   de   la

 

U.R.S.S. el acceso a los grandes tesoros del arte clásico y pusieron el arte al servicio del pueblo.

El Partido Comunista de la Unión Soviética y el

Estado soviético impulsan celosamente el desarrollo del arte socialista, forman y educan a los cultivadores

del arte, los pertrechan con la ideología marxista, los

ayudan a sobreponerse a la influencia burguesa y pequeñoburguesa, enderezan la labor de los trabajadores del arte por el fecundo camino del realismo socialista. El Partido Comunista desenmascaró al grupo antipatriótico de los cosmopolitas del arte y los ayudó a superar las tendencias formalistas de la creación artística, especialmente en la música. Los formalistas rechazaban las mejores tradiciones de la música clásica rusa, su alto sentido ideológico, su riqueza de contenido, su realismo, su belleza melódica, su vinculación orgánica con la inspiración de las canciones populares. Los formalistas veían en la asimilación de estas tradiciones una actitud "conservadora", un menoscabo del carácter internacional del arte socialista, y se consideraban como "internacionalistas" e "innovadores" por el simple hecho de copiar las "novísimas" veleidades del  arte  occidental  burgués  putrefacto,  carente  de ideas y decadentista.

El arte socialista soviético es, por su carácter, por su contenido, su forma artística y su función social, el arte más ideológico y más progresivo del mundo. Rasgos importantísimos del arte soviético son la veracidad, el realismo, la ideología socialista, el carácter popular y el patriotismo soviético. Los grandes  héroes  de  la  literatura  soviética  son  el pueblo, los mejores, los más avanzados y heroicos hijos e hijas del pueblo, los patriotas de la patria socialista soviética. En sus obras, el arte soviético presenta al hombre nuevo, un hombre jamás visto hasta ahora en la historia, el exponente de un pueblo libre y heroico, el constructor activo y consciente del comunismo.

El arte soviético es un arte popular porque expresa los  pensamientos  y  las  aspiraciones  del  pueblo,

porque se halla empapado de las grandes ideas del

socialismo y del comunismo, ideas que expresan los intereses  más  vitales  del  pueblo.  Y  es  popular también porque se halla cerca del pueblo y es asequible a éste, porque es patrimonio suyo, lo sirve y lo educa en el espíritu de los grandes principios de la moral comunista.

El arte soviético es nacional por su forma. La forma nacional del arte soviético lo hace asequible al

gran número de pueblos de la Unión Soviética. La multiformidad    de    formas    nacionales    del    arte

soviético le da una gran riqueza de colorido, de tipos, de caracteres, de rasgos, en los que se trasluce toda la diversidad de la vida multinacional, del modo de ser,

de la psicología de los pueblos de la U.R.S.S., constructores del comunismo. Cada pueblo, grande o

 

 

 

pequeño, aporta su parte, genuina e insustituible, al acervo general del arte socialista. La riqueza ideológica y artística del arte socialista se halla vinculada a la conjunción armónica de su forma nacional con su contenido internacional, socialista.

El arte soviético se halla imbuido de optimismo, de  empuje,  de  certeza  en  el  futuro  luminoso  del

pueblo,  en  el  triunfo  del  comunismo,  es  un  arte

afirmativo  de la  vida,  como  la  ideología soviética toda.  "La  vida  es  buena  y  es  bello  vivir":  estas

palabras  del  gran  poeta  soviético  V.  Mayakovski

expresan un sentimiento profundo del libre pueblo soviético, que ha triunfado sobre el capitalismo y se siente pletórico de energías creadoras y de audacia, seguro del triunfo de su gran causa.

El método de la creación artística en todos los campos del arte soviético es el realismo socialista.

Este método exige del arte que exprese de un modo

veraz e históricamente concreto la realidad, enfocada en  su  desarrollo,  en  la  lucha  de  lo  nuevo  y  lo

avanzado contra lo viejo y lo caduco, en la marcha de

la sociedad hacia el comunismo.

J. V. Stalin dijo una vez que los escritores soviéticos eran ingenieros de almas. Quería significar

con ello que la literatura y el arte soviéticos están llamados en su conjunto a cumplir, y cumplen, la

gran función de formar la fisonomía espiritual del hombre soviético, de contribuir a la educación comunista  del  pueblo.  Y  para  que  el  arte  pueda

cumplir con éxito esta misión es necesario que los artistas  conozcan  la   vida   y  sepan   representarla

certeramente en sus obras.

El realismo socialista exige del artista escribir o pintar la verdad, sólo que la verdad artística no es

una simple reproducción fotográfica de la realidad, la

descripción pura y simple de los hechos, a la manera de los dibujos naturalistas de las condiciones de vida,

sino  la  revelación  y  la  reproducción  artística  del

sentido que encierran los fenómenos de la realidad, de las tendencias del desarrollo social. En el desenvolvimiento del arte socialista, tiene una gran importancia la lucha contra la teoría falsa, metafísica, de la ausencia de conflictos en el arte. Esta teoría ha servido para desorientar a los representantes del arte, para desarmarlos en la lucha contra todo lo negativo, lo caduco, lo hostil al socialismo, que aún no ha desaparecido ni desaparece dentro de los marcos de la sociedad soviética.

En la sociedad socialista quedan aún vestigios de la vieja sociedad destruida, supervivencias del capitalismo, aferradas al modo de ser y la conciencia de los hombres. Quedan todavía ciertos residuos no desarraigados de la maldad y la falsedad humanas. Y el arte socialista debe saber captar y reflejar también estos aspectos negativos de la vida en la sociedad soviética, para ponerlos en ridículo, anatematizarlos moralmente, concitar el desprecio y el odio contra ellos.  El  arte  soviético  necesita  sus  Gogol  y  sus

 

Shedrin. La sátira, la risa es también una gran arma de lucha contra el mal y la mentira. La risa es el juicio condenatorio del pueblo sobre todo lo podrido y lo senil, contra lo vicioso y lo reprobable. La risa mata.

El nivel de cultura del pueblo soviético, sus apetencias artísticas, sus gustos estéticos se elevan

sin   cesar.   Y   ello   impone   exigencias   cada   vez

mayores al arte soviético, llamado a servir a la causa de la construcción del comunismo, a la causa de la

educación  comunista,  a  la   causa   del   desarrollo

artístico del pueblo. Un rico contenido de ideas comunistas, un afán inquebrantable de veracidad y una maestría artística consumada: tales son las exigencias que el pueblo soviético impone a su arte.

El arte soviético, como toda la cultura socialista en general, no se desarrolla espontáneamente, por sí

solo. El desarrollo del arte soviético en interés de las

masas   populares   es   orientado   por   el   Partido

Comunista  y  el  Estado  socialista.  La  lucha  del Partido Comunista contra el neutralismo ideológico y el apoliticismo en el arte, contra la adulación y el servilismo ante la depravada cultura burguesa, contra la ideología reaccionaria del cosmopolitismo y contra el formalismo en el arte, ha despejado el camino para el florecimiento del arte soviético.

Ninguna sociedad asigna ni ha asignado nunca en el Estado un lugar tan alto al arte (a la literatura, al teatro, al cine, a la pintura, a la escultura, a la arquitectura y a la música) como el que le atribuyen el Estado soviético y los países de democracia popular. Jamás, en ningún del país capitalista, se ven los servidores del arte rodeados del cariño del pueblo como se les rodea en el país del socialismo y en las democracias populares. Nunca ni en parte alguna han puesto el Estado y el partido gobernante tantos desvelos en sostener y alentar a los cultivadores del arte popular avanzado como el Estado socialista soviético y el Partido Comunista de la U.R.S.S., lo mismo que los Estados de las democracias populares y los partidos comunistas y obreros de estos países.

En  las  condiciones  del  paso  gradual  del socialismo al comunismo, en que las tareas de la educación comunista del pueblo ocupan uno de los primeros lugares, la función social del arte socialista y su significación para la educación comunista de las masas son cada vez más importantes. Y cuanto más plenamente, con mayor profundidad, claridad y veracidad refleje el arte la vida de la sociedad socialista, en su vertiginoso desarrollo, cuanto más fielmente sepa recoger y presentar la vida y la actividad creadoras de los millones de hombres y mujeres de nuestra sociedad, más alta será la misión del arte en la vida de ésta y en la construcción del comunismo.

 

Resumen.

La conciencia social es producto de la existencia

 

 

social, de las condiciones de la vida material de la sociedad. Según sea la existencia social de los hombres, así serán también su conciencia social, sus ideas sociales. Al cambiar las condiciones de la vida material de la sociedad y a tono con ella, cambian asimismo la conciencia social, las ideas políticas y jurídicas, las concepciones morales, religiosas, artísticas  y filosóficas. Las ideas dominantes en una sociedad dada son siempre las ideas de la clase dominante.

El materialismo histórico es el único método que ofrece  una explicación científica de los orígenes de

las  ideas,  concepciones  y  teorías  sociales,  de  la

significación y la función de éstas en el desarrollo de la sociedad.

Las ideas  sociales,  reflejo  como son de la vida

social, desempeñan un papel activo en la vida de la sociedad y en su desarrollo. Las ideas reaccionarias entorpecen, frenan el desarrollo  de la sociedad. Las ideas avanzadas son una fuerza movilizadora, organizadora  y transformadora, que acelera el desarrollo   de   la   sociedad,   ayudando   a   ésta   a resolver los problemas históricos ya maduros para su solución.

El desarrollo de las diferentes formas de la conciencia social confirma la sujeción a leyes del desarrollo de esta conciencia, la relación de dependencia de las ideas sociales con respecto a la existencia social: El análisis del desarrollo de dichas formas permite descubrir su interdependencia  y las particularidades    de  su  desarrollo,   así   como  la función  que  cada  forma  de  la  conciencia  social ejerce de por sí en el desarrollo de la sociedad.

La sociedad socialista, como cualquiera  otra, se halla sometida a la acción de leyes objetivas, que no dependen de la voluntad de los hombres. Ahora bien, con  el  socialismo  estas  leyes  quedan  sujetas  al control de la sociedad. En las condiciones del socialismo, con la planificación de la economía, que determina todos los aspectos de la vida social, aumenta la importancia del factor conciencia, la importancia de la teoría  marxista y del partido  del marxismo en la vida social y en el desarrollo  de la sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO   XI.   LAS   FUERZAS    MOTRICES   DEL    DESARROLLO   DE   LA   SOCIEDAD SOCIALISTA.

 

 

 

El problema de las fuerzas motrices del desarrollo de la sociedad socialista es inseparable del problema de las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad en general y del de las leyes por las que se rige el de la sociedad socialista en particular. Fuerzas motrices cardinales del desarrollo de la sociedad como las fuerzas productivas, el cambio de los modos de producción o la lucha de clases caracterizan también las leyes del desarrollo social.

Lo mismo que en la concepción de las leyes del desarrollo  de  la  sociedad,  en  la  de  las  fuerzas motrices de este desarrollo se contraponen dos tendencias antagónicas: la del materialismo y la del idealismo. Los idealistas consideran como las fuerzas motrices cardinales, determinantes, de la historia de la sociedad las ideas, la conciencia, los móviles políticos,  la  voluntad  de  tales  o  cuales personalidades. El materialismo histórico enseña que las fuerzas motrices del desarrollo de toda sociedad son las causas más profundas que ponen en movimiento a las inmensas masas de los hombres, a las clases sociales, a pueblos enteros. Por ejemplo, las fuerzas motrices en el desarrollo de la sociedad socialista son, ante todo, las causas más profundas que condicionan el carácter y la orientación de la actividad de las masas populares de la sociedad socialista: de la clase obrera, de los campesinos koljosianos y de los intelectuales.

El materialismo histórico, a diferencia del idealismo, incluyendo el positivismo, exige que por

debajo de las causas externas y aparentes se ponga al

descubierto,  ante  todo,  las  fuerzas  motrices cardinales del desarrollo social que impulsan la actividad de los hombres. Escribía Federico Engels que el materialismo histórico "ve la causa final y la fuerza propulsora decisiva de todos los acontecimientos históricos importantes en el desarrollo económico de la sociedad, en las transformaciones del modo de producción y de cambio, en la consiguiente división de la sociedad en distintas clases y en las luchas de estas clases entre sí".241

Como hemos puesto de relieve en los capítulos primero   y   segundo,   la   fuerza   determinante   del

 

 

241 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.

93.

 

desarrollo de toda sociedad es el modo de producción de los bienes materiales. Y, dentro del modo de producción, el elemento más dinámico, más cambiante, más revolucionario, son las fuerzas productivas  materiales  de  la  sociedad,  cuyo desarrollo es el que en última instancia condiciona el de la sociedad toda, el cambio de las relaciones sociales,  el  paso  de  una  formación  social  a  otra. Sobre la base de cada modo de producción históricamente determinado surgen también las fuerzas motrices del desarrollo de la producción y de la sociedad en general específicas de un tipo de sociedad o de una serie de formaciones sociales.

En  las  condiciones  del  socialismo,  actúan  las leyes generales y las fuerzas motrices del desarrollo

inherentes a todas las formaciones sociales y, a la par

con ellas, las nuevas leyes y fuerzas motrices específicas del desarrollo propias y exclusivas de la

sociedad socialista. En la sociedad socialista, en la

que se ha acabado con las clases explotadoras y no existen ya clases antagónicas, el desarrollo cobra un ritmo más acelerado, bajo la acción de las nuevas fuerzas motrices enraizadas en el modo socialista de producción. Entre estas fuerzas motrices figuran la unidad político-moral de la sociedad, la amistad de los pueblos, el patriotismo soviético y la crítica y la autocrítica.

Dentro de una formación social dada, por ejemplo de  la  sociedad  socialista,  hay  que  distinguir  las

fuerzas  motrices  materiales,  económicas,  de desarrollo de la sociedad (las fuerzas productivas y

las relaciones de producción) y las que de ellas se derivan, por ejemplo la unidad político-moral de la sociedad o el patriotismo soviético.

 

1. El modo socialista de producción, fuerza motriz determinante en  el desarrollo de  la sociedad socialista.

El  modo  socialista  de  producción  es  la  fuerza

motriz fundamental, determinante, en el desarrollo de la sociedad socialista. De aquí que el examen de las fuerzas motrices del desarrollo de la sociedad socialista deba comenzar por el de las leyes y fuerzas motrices fundamentales del desarrollo del modo de producción socialista.

Como hemos expuesto en el capítulo tercero, todo

 

 

 

modo de producción presenta dos facetas: la de las fuerzas productivas y la de las relaciones de producción. El desarrollo de las fuerzas productivas, por ser el elemento más dinámico del modo de producción, condiciona en última instancia todo el desarrollo  social,  determina  los  cambios,  el desarrollo de las relaciones de producción y, a través de ellas, los de la supraestructura de la sociedad.

Aunque cambien como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones de producción

no  se  mantienen,  por  su  parte,  pasivas.  Por  el

contrario, repercuten activamente, como hemos visto, sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Las nuevas relaciones de producción, formadas en consonancia con el nivel y el carácter de las fuerzas productivas, no sólo abren margen al desarrollo de éstas, sino que son el motor fundamental y más poderoso para su desarrollo. La plena armonía de las relaciones socialistas de producción con las fuerzas productivas actuales constituye una poderosa fuente de desarrollo de las fuerzas productivas y, consiguientemente, de toda la sociedad, ya que el desarrollo de las fuerzas productivas determina en última instancia el de la sociedad en su conjunto. El modo socialista de producción ha abierto nuevas y verdaderamente ilimitadas posibilidades al desarrollo de las fuerzas productivas.

La meta y el móvil determinante del desarrollo de la producción socialista no es la ganancia, el lucro,

como bajo el capitalismo, sino el asegurar la máxima satisfacción    de    las    necesidades    materiales    y

culturales sin cesar crecientes de toda la sociedad, por   medio   del   auge   y   el   perfeccionamiento

ininterrumpidos de la producción socialista, sobre la base de la técnica más elevada. Los trabajadores, en el socialismo, no trabajan para sus explotadores, sino

para sí mismos, unos para otros, y para toda la sociedad, integrada por los hombres del trabajo. Sólo

la sociedad socialista asegura la conjunción armónica de los intereses personales y los colectivos.

Bajo       el            socialismo,          los          trabajadores,    los

productores de los bienes materiales, se hallan interesados hasta el máximo en los resultados de su trabajo y en el desarrollo de la producción social, en el desarrollo de las fuerzas productivas. El trabajar para sí mismo y para la sociedad, para todo el pueblo, es el más poderoso de los estímulos, la más potente fuerza motriz del desarrollo de la producción que jamás haya conocido la historia. El modo socialista de producción asegura la ampliación ininterrumpida de la reproducción, con la circunstancia, además, de que en el socialismo las fuerzas productivas se desarrollan  a  un  ritmo  como  la  historia  del capitalismo jamás ha llegado a conocerlo.

Bajo  el  capitalismo,  la  propiedad  privada  y  la ambición  de  ganancia  del  capitalista  engendran  la

competencia y la anarquía de la producción, que conducen inevitablemente a las crisis económicas, a

 

catástrofes periódicas, a la dispersión y el despilfarro de las fuerzas productivas. Por el contrario, el modo socialista de producción, en que los trabajadores se esfuerzan para sí mismos y para la sociedad, hace surgir la emulación socialista, poderosa, invencible e inagotable fuerza motriz de desarrollo de la producción, que asegura al trabajo una productividad mucho más alta que bajo el capitalismo.

La emulación socialista entraña la fraternal ayuda mutua entre los trabajadores, una actitud consciente y

creadora  por  parte  de  éstos  ante  el  trabajo.  La

emulación socialista alienta y estimula el florecimiento de los talentos salidos del pueblo, el desarrollo de la iniciativa de millones de hombres. También ella es una poderosa fuerza motriz en el desarrollo de la producción socialista y, consiguientemente,  de  toda  la  sociedad  del socialismo.

La burguesía y sus ideólogos, los defensores del capitalismo, alegan en contra del socialismo que, al

destruirse  la  propiedad  privada  y  la  competencia,

desaparecerán la emulación, el espíritu emprendedor y  la  iniciativa  creadora,  como  consecuencia  de  lo cual,  con  la  implantación  del  socialismo,  se impondrán el abandono y la indolencia. El poderoso desarrollo  de  la  emulación  socialista  y  el florecimiento de las dotes y la iniciativa creadora de las masas populares en la U.R.S.S., se han encargado de dar un rotundo mentís a estas falaces afirmaciones de la burguesía y de sus ideólogos acerca del socialismo.

Los hechos han venido a corroborar plenamente la genial previsión de Lenin de que sólo el socialismo hace nacer la auténtica emulación de las masas populares. Emulación que se distingue radicalmente de la competencia capitalista, regida por leyes bestiales. En un artículo escrito en diciembre de 1917 y titulado ¿Cómo debe organizarse la emulación?, decía Lenin:

"Los escritores burgueses han emborronado y continúan    emborronando    montañas    de    papel,

elogiando la competencia, la iniciativa privada y demás   encantos   y   admirables   hazañas   de   los

capitalistas y de su régimen. Se acusa a los socialistas de no querer comprender el papel de esas hazañas, ni tener  en  cuenta  la  "naturaleza  humana".  Pero,  en

realidad, hace ya mucho tiempo que el capitalismo ha suplantado la pequeña producción independiente de

mercancías, en que la competencia podía, en proporciones más o menos amplias, desarrollar el espíritu  emprendedor,  la  energía  y  la  audacia  de

iniciativa, por la grande y la grandísima producción industrial,    por    las    sociedades    anónimas,    los

consorcios y demás monopolios. La competencia significa, en este tipo de capitalismo, el feroz aplastamiento,   del   espíritu   emprendedor,   de   la

energía, de la iniciativa audaz de la masa de la población,  de  su  inmensa  mayoría,  del  noventa  y

 

 

 

nueve por ciento de los trabajadores; y significa también la sustitución de la emulación por la pillería financiera, el despotismo y el servilismo en los peldaños más elevados de la escala social.

"Lejos de mitigar la emulación, el socialismo, por el contrario, crea por vez primera la posibilidad de aplicarla en escala verdaderamente amplia, verdaderamente  de  masas,  crea  la  posibilidad  de hacer realmente que la mayoría de los trabajadores entren en la liza de una actividad que les permita manifestarse en todo lo que valen, desarrollar sus capacidades, revelar los talentos, que en el pueblo forman un manantial inagotable y que el capitalismo pisoteaba,  oprimía  y  ahogaba  por  miles  y millones".242

La ley de la competencia capitalista es la derrota y la ruina de los unos como precio del triunfo y la

dominación  de  los  otros.  Así  se  desprende  de  la

propia esencia del régimen capitalista, basado en la propiedad privada.

El  principio  sobre  que  descansa  la  emulación

socialista es la fraternal ayuda mutua entre trabajadores libres de toda explotación y que laboran para el bien común; la ayuda de los más adelantados a los rezagados, con el fin de lograr el auge general de la producción.

"La  competencia  dice:  remata  a  los  rezagados para afirmar tu dominio.

"La emulación socialista dice: unos trabajan mal,

otro bien, los terceros mejor todavía; alcanza a los mejores y consigue un ascenso general.

"Esto es lo que en realidad explica el inusitado entusiasmo que, en la producción, abarca a millones

de masas de trabajadores como resultado de la emulación socialista".243

La emulación socialista, en la U.R.S.S., ha ido

desarrollándose a medida que la construcción del socialismo alcanzaba nuevos éxitos. Es el método de la construcción del socialismo y del comunismo, el medio de estimular hasta el máximo la actividad de las masas de millones de trabajadores. Habiendo surgido en sus comienzos como una iniciativa patriótica creadora de los obreros de vanguardia de la industria y el transporte socialistas, con el triunfo del socialismo en la agricultura se extendió a todas las ramas de la economía socialista, a todos los trabajadores de la ciudad y del campo.

La forma inicial de la emulación socialista fueron los sábados comunistas, que surgieron en 1919 y que

Lenin calificó como "la gran iniciativa". Más tarde,

adoptó  una  forma  más  desarrollada,  la  forma  del

trabajo de choque y, desde 1925, la forma actual, la más alta, la de la emulación socialista. En la actualidad, la emulación socialista reviste, además, las   múltiples   modalidades   que   corresponden   al

 

 

242 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, pág. 367.

243 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. XII, págs. 117-

118.

 

movimiento de los innovadores de la producción. Cada etapa y cada forma de la emulación socialista refleja una determinada fase del desarrollo del modo socialista  de  producción  y,  en  particular,  del desarrollo de las fuerzas productivas, de los instrumentos de producción y de los propios trabajadores; es el exponente del auge de la cultura y del grado de conciencia comunista de las masas populares. La etapa actual de la emulación socialista es el resultado del triunfo completo del comunismo en la economía de la U.R.S.S., de la dotación de la economía socialista con la técnica más adelantada, del ascenso del bienestar material de los trabajadores, de los éxitos logrados en el campo de la educación comunista del pueblo.

Los animadores y organizadores de la emulación socialista  son  el  Partido  Comunista  y  el  Estado

soviético dirigido por él, los sindicatos, la Juventud

Comunista y otras organizaciones sociales.

La grandiosa significación del movimiento de emulación socialista reside en que este movimiento, determinado por las más profundas causas objetivas enraizadas en el modo socialista de producción, constituye una poderosa fuerza que moviliza a las masas populares, revoluciona la producción y acelera el desarrollo de ésta. El capitalismo triunfó sobre el feudalismo porque aseguraba una mayor productividad del trabajo.

"¿Por  qué  el  socialismo  puede  y  debe  vencer?

¿Por  qué  necesariamente  vencerá  al  sistema capitalista de la economía? Porque puede dar mejores ejemplos de trabajo, un rendimiento más elevado del trabajo que el sistema de la economía capitalista. Porque puede proporcionar a la sociedad más productos y hacerla más rica de lo que la hace el sistema capitalista de la economía".244

La superioridad del modo socialista de producción sobre el capitalista estriba en que abre posibilidades ilimitadas al desarrollo de las fuerzas productivas y alumbra nuevas fuerzas motrices de desarrollo de la sociedad tan poderosas como la emulación socialista de los trabajadores.

La avanzada de la producción socialista son los hombres de alta cultura productiva que dominan a la

perfección   la   técnica   más   adelantada,   que   son

ejemplo de exactitud y escrupulosidad en el trabajo, que saben valorar el tiempo invertido en su labor y

apreciarlo no sólo en minutos, sino en segundos; son

los innovadores, hombres libres del espíritu rutinario y de la tendencia al estancamiento, que saben abrirse audazmente nuevos caminos en el desarrollo de la técnica y en los métodos de trabajo. Hombres que rompen las viejas normas técnicas y crean otras nuevas y más altas, que corrigen para superarlos la potencialidad proyectada y los planes económicos establecidos por los dirigentes de la industria, la agricultura y el transporte. Los hombres del trabajo

 

244 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 188.

 

 

 

creador,   que   hacen   avanzar   la   técnica.   Y   la emulación socialista se encarga de convertir los métodos  y  las  normas  de  estos  hombres  de vanguardia en patrimonio de las más amplias masas trabajadoras y de acelerar el desarrollo de toda la producción socialista. En esto reside la grandiosa significación de la emulación socialista, como poderosa   fuerza   motriz   en   el   desarrollo   de   la sociedad del socialismo.

La   emulación   socialista,  en   cuanto  poderoso motor de desarrollo de la producción socialista, ha surgido y se desarrolla con éxito en los países de democracia popular, en que se construye el socialismo. Lo cual atestigua que la emulación socialista no es un fenómeno casual y pasajero, sino un fenómeno regido por leyes, que responde a la naturaleza misma del modo socialista de producción. Es  una  de  las  formas  en  que  se  expresan  las relaciones socialistas de producción, potente motor de desarrollo de las fuerzas productivas. A la par con la elevación del nivel de desarrollo técnico-cultural de los trabajadores y con el desarrollo de la técnica, se desarrollan y perfeccionan las formas socialistas de colaboración y ayuda mutua, las formas y modalidades de la emulación socialista, impulsando la producción socialista hacia metas cada vez más altas. El desarrollo ulterior de la emulación socialista, sobre la base del desarrollo constante de la técnica, conducirá necesariamente a un auge de la productividad del trabajo que dejará muy atrás todos los  coeficientes  de  rendimiento  del  trabajo alcanzados bajo el capitalismo.

 

2. La unidad  político-moral, la amistad  de los pueblos de la U.R.S.S. y el patriotismo soviético, fuerzas motrices de desarrollo de la sociedad soviética.

Como resultado del triunfo del socialismo en la

U.R.S.S. y sobre la base del modo socialista de producción se han desplegado y se despliegan otras fuerzas motrices de la sociedad soviética, como son la unidad político-moral, la amistad de los pueblos y el patriotismo soviético.

La ley y la fuerza motriz fundamentales de desarrollo de toda sociedad de clases antagónicas es la lucha de clases. La lucha del proletariado y de los campesinos contra la dominación de la burguesía y los terratenientes hace estremecerse hoy todo el edificio de la sociedad capitalista. Todos los intentos de conciliar las clases de la sociedad burguesa, de paliar la lucha de clases, están indefectiblemente condenados   a   la   derrota.   Las   prédicas   de   los ideólogos   de   la   burguesía,   en   especial   de   los dirigentes de los socialistas de derecha, acerca de la paz de clases, de la unidad de intereses entre la burguesía y el proletariado, son el mayor de los fraudes. Los intereses de los explotadores y los explotados  son  irreconciliables.  Para  liberar  a  los

 

trabajadores de la explotación y la opresión, no hay más camino ni otro medio que la destrucción del capitalismo y el triunfo del socialismo, y esto sólo puede  lograrse  mediante  la  consecuente  e inconciliable lucha de clases de los trabajadores, llevada hasta la implantación de la dictadura del proletariado

En la sociedad socialista y solamente en ella, habiéndose acabado para siempre con la explotación

del  hombre  por  el  hombre,  ha  surgido  por  vez primera la unidad político-moral de la sociedad, que

constituye una nueva ley histórica, una nueva fuerza motriz del desarrollo de la sociedad.

"La  peculiaridad  de  la  sociedad  soviética  del

período actual, a diferencia de cualquier sociedad capitalista, estriba en que en ella no existen ya clases antagónicas,  hostiles;  las  clases  explotadoras  han sido liquidadas, y los obreros, campesinos e intelectuales que constituyen la sociedad soviética, viven y trabajan sobre la base de los principios de la colaboración fraternal. Mientras que a la sociedad capitalista la desgarran las contradicciones irreconciliables  entre  los  obreros  y  del  los capitalistas, entre los campesinos y los terratenientes, conduciendo   a   la   inestabilidad   de   su   situación interior, la sociedad soviética, liberada del yugo de la explotación, no conoce estas contradicciones, está libre de choques de clases y ofrece el cuadro de la colaboración fraternal de los obreros, campesinos e intelectuales. Sobre la base de esta comunidad, se han  desplegado  fuerzas  motrices  tales  como  la unidad moral y política de la sociedad soviética, la fraternidad de los pueblos de la U.R.S.S., el patriotismo soviético. Sobre esta misma base, han surgido la Constitución de la U.R.S.S., aprobada en noviembre de 1936, y la completa democratización de las elecciones para los órganos supremos del país".245

La  naturaleza  de las  clases  y de  las  relaciones entre ellas las determina la naturaleza del modo de producción. La unidad político-moral de la sociedad soviética descansa sobre el hecho de que en la U.R.S.S.  se  ha  acabado  con  la  explotación  del hombre por el hombre y con las clases explotadoras, de que la vida de la clase obrera, de los campesinos koljosianos  y  los  intelectuales  se  basa,  allí,  en  el modo socialista de producción; de que todos los trabajadores están unidos, fundidos, en esta sociedad, por las relaciones socialistas de producción en un plano de amistosa colaboración y ayuda mutua. Mientras que la propiedad privada sobre los medios de producción divide a los hombres y engendra la opresión social, la propiedad social socialista agrupa y une a todas las capas de la sociedad soviética, obreros, campesinos e intelectuales. El factor básico y decisivo en la unidad político-moral de la sociedad socialista   es   la   alianza   de   los   obreros   y  los

 

245 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. española, pág. 397.

 

 

 

campesinos.

La unidad político-moral de la sociedad soviética entraña  la  comunidad  de  intereses  económicos  y

políticos  de  todos  los  grupos  sociales  que  forman

dicha sociedad y la conciencia por parte de ellos de esta  comunidad de intereses; y entraña, asimismo, la existencia de una fisonomía moral y espiritual única en los obreros, campesinos e intelectuales. La clase obrera y los campesinos soviéticos están interesados por igual en el triunfo del comunismo, en el fortalecimiento del Estado socialista soviético, que expresa los intereses del pueblo soviético todo.

La unidad político-moral de la sociedad soviética es  resultado  directo  del  triunfo  completo  de  las

relaciones socialistas de producción, de las relaciones de colaboración fraternal y mutua ayuda socialista

entre trabajadores libres de toda explotación.

En la sociedad capitalista, no existe ninguna clase de unidad político-moral ni cabe hablar de ella. Ni

siquiera en la sociedad soviética, mientras los obreros y  los  campesinos  seguían  manteniendo  distintos

modos de producción y los intelectuales eran todavía, por su parte, intelectuales burgueses, podía haber semejante  unidad,  aunque  existiera  una  estrecha

alianza de la clase obrera y los campesinos, fundamento de clase para la unidad político-moral.

Dicha unidad se estableció al triunfar el régimen socialista no sólo en la ciudad, sino también en el campo, al convertirse en socialistas todos los grupos

sociales de la U.R.S.S., al identificarse los intereses de todo el pueblo con los éxitos del modo socialista

de producción.

Es ley del desarrollo de la sociedad capitalista el aumento,  la  profundización  y  agudización  de  sus

contradicciones  y  antagonismos,  que  conducen  al

hundimiento inevitable del capitalismo. Por el contrario,  la  sociedad  socialista  tiene  como  ley  el

desarrollo de su unidad político-moral.

Pero la unidad político-moral de la sociedad soviética no ha surgido por sí sola, espontáneamente. Ha sido forjada bajo la dirección del Partido Comunista, en el curso de la construcción del comunismo, en la lucha conjunta de los obreros, campesinos e intelectuales soviéticos contra los enemigos exteriores e interiores. Condición necesaria para la unidad político-moral de la sociedad soviética fué la construcción del socialismo y la liquidación de las clases explotadoras en la U.R.S.S., el aplastamiento de los grupos contrarrevolucionarios, enemigos del leninismo, trotskistas, zinovievistas, bujarinistas, nacionalistas de toda laya, y de sus ideologías enemigas. Sin haber acabado con la explotación del hombre por el hombre y aplastado los grupos burgueses y pequeñoburgueses, sin haber afirmado la dominación incompartida de la ideología socialista soviética, jamás habría podido formarse y fortalecerse la unidad político-moral de la sociedad de la U.R.S.S.

 

La más alta expresión de la unidad político-moral de la sociedad soviética es que la fuerza dirigente del Estado y de todo el pueblo soviético radica en el Partido Comunista, cuya política es apoyada como la suya propia por todos los trabajadores de la U.R.S.S. El Partido Comunista suelda, organiza y une política e ideológicamente a los cientos de millones de hombres  que  forman  el  pueblo,  les  infunde  una unidad de objetivos y una conciencia clara de la comunidad en cuanto a los intereses cardinales de todas   las   capas   de   la   sociedad   soviética.   La inapelable autoridad que el Partido Comunista tiene entre las masas ha sido conquistada por él gracias a su entrega sin reservas a la causa del pueblo, en numerosas batallas contra los enemigos de éste, en el curso de su obra victoriosa, sabia y perspicaz, como dirigente  de  la  construcción  del  socialismo.  La certera política interior y exterior del Partido Comunista de la Unión Soviética ha sido contrastada reiteradas veces y comprobada por la práctica, por la realidad. Esta política ha sido coronada por el grandioso triunfo del socialismo y la continua elevación del bienestar material y del nivel cultural del pueblo soviético.

La unidad político-moral de la sociedad soviética encuentra su expresión en la unidad del Partido Comunista, del Gobierno soviético y del pueblo. Unidad que tiene su claro exponente, al llegar el momento de las elecciones a los Soviets de diputados de los trabajadores, en el compacto bloque electoral de comunistas y sin partido.

La unidad político-moral de la sociedad soviética no se estanca. Se fortalece y se hace más profunda de año en año, al calor de los éxitos de la construcción del  comunismo  y,  especialmente,  por  obra  de  la acción educativa del Partido Comunista y del Estado soviético. A medida que van superándose las diferencias aún existentes entre la ciudad y el campo y entre el trabajo intelectual y el trabajo físico, a medida que se van borrando las fronteras y las contradicciones entre los diversos grupos sociales, y conforme van desapareciendo también los vestigios del capitalismo en la conciencia de los trabajadores, se fortalece firmemente la unidad político-moral de la sociedad soviética y esta sociedad se hace cada vez más compacta y monolítica.

En el fortalecimiento y el desarrollo constantes de la unidad político-moral de la sociedad soviética tienen una importancia muy grande las medidas del Partido Comunista y del Gobierno soviético encaminadas a asegurar el auge vertical de la agricultura y la industria, productoras de artículos de consumo popular. La superación del retraso en el ritmo de desarrollo de la agricultura con respecto al de  la  industria  no  sólo  se  traducirá  en  un  auge superior del nivel de bienestar material del pueblo soviético, sino también en un mayor fortalecimiento de  la  alianza  de  los  obreros  y  los  campesinos  y,

 

 

 

consiguientemente, de la unidad político-moral de toda la sociedad soviética. Y todo esto en su conjunto contribuye a acelerar la marcha de la sociedad socialista  hacia  metas  superiores,  hacia  el comunismo.

Así, pues, la unidad político-moral de la sociedad soviética tiene su base en la economía socialista, que

la rige y determina; esta base reside en las relaciones

reales entre la clase obrera, los campesinos koljosianos y los intelectuales, relaciones de amistad,

de  colaboración  y  ayuda  mutua,  de  las  que  es

exponente la unidad de sus intereses cardinales, económicos, políticos y espirituales.

Los dos puntales más importantes de la unidad

político-moral de la sociedad soviética son la alianza de la clase obrera  con los campesinos koljosianos y la   amistad   de   los   pueblos   de   la   U.R.S.S.   El capitalismo no descansa solamente en la explotación de una clase por otra, sino también en la opresión nacional. La sociedad capitalista no se ve debilitada en su interior solamente por los antagonismos de clase,  sino  también  por  las  contradicciones nacionales: por la opresión nacional-colonial, por la enemistad entre las naciones, organizada y enconada por las clases explotadoras. Por oposición al régimen capitalista, que divide a los pueblos, erigiendo los nexos entre las naciones sobre la base de la desigualdad jurídica y la opresión, el socialismo asegura   los   lazos   de   fraternal   colaboración,   de amistad y plena igualdad de derechos de todos los pueblos, grandes y pequeños.

La sabia política nacional leninista del Partido Comunista y del Estado Soviético, basada en el principio del internacionalismo proletario, garantizó la liquidación del régimen de opresión nacional y desigualdad económica, política y cultural entre las naciones, existente en la Rusia zarista. Gracias al régimen socialista soviético, muchos de los pueblos de la U.R.S.S. -uzbekos, tadjikos, kirguises, turkmenos, kasajos, etc.- han podido dar el gran salto desde el primitivo arado de madera hasta el tractor, desde  la  hoz  y  la  guadaña  hasta  la  segadora- trilladora, desde la fragua portátil hasta las grandes fábricas  de  construcción  de  maquinaria,  desde  la rueca primitiva y el telar de mano hasta los combinados textiles, basados en la técnica más perfecta, desde la carreta y la yurta de los pueblos nómadas  hasta  la  ciudad  moderna,  con  sus importantes establecimientos de cultura socialista, bibliotecas, escuelas superiores y escuelas técnicas, teatros de drama y de ópera. A la par con todos los pueblos de la U.R.S.S., los pueblos de las repúblicas soviéticas orientales han sobrepasado, por su nivel económico,   político   y   cultural,   a   los   llamados pueblos "civilizados" de la Europa occidental y de América en toda una época histórica.

 

opresión nacional, a la explotación y al saqueo, a la incultura y a la extinción. Así lo atestigua la situación de los pueblos coloniales oprimidos por el imperialismo inglés, norteamericano, francés, holandés y belga.

En este grandioso salto desde el pasado atraso económico y cultural hasta las cumbres del progreso

social,   representa   un   factor   de   extraordinaria

importancia la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. y  su  mutua  ayuda  fraternal.  Así,  por  ejemplo,  el

pueblo ruso, y a la cabeza de él la clase obrera, ha

prestado y presta una ayuda desinteresada y total, económica, política y cultural, a todos los pueblos de la U.R.S.S., en la obra de la construcción y el desarrollo  de  la  industria  socialista,  de  la organización del Estado socialista nacional y de la cultura, una cultura nacional en cuanto a la forma y socialista en cuanto al contenido.

Como resultado del triunfo del socialismo, todas las naciones de la U.R.S.S. han pasado a ser naciones

socialistas.  No  se  hallan  ya  desgarradas  por  las

contradicciones internas de clase y reina entre ellas la fraternal colaboración y la amistad socialistas.

También  la  amistad  entre  los  pueblos  de  la

U.R.S.S., al igual que la unidad político-moral, va desarrollándose. Los éxitos de la economía socialista y el auge de la cultura del socialismo en todas las repúblicas soviéticas, la colaboración y ayuda mutua de los pueblos en la construcción del comunismo, la educación de todos los pueblos en el espíritu de la ideología socialista del internacionalismo proletario, la lucha contra los vestigios del nacionalismo, que debilitan la amistad entre los pueblos: tales son las condiciones sobre que descansan el fortalecimiento y el desarrollo de la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. "Esta amistad ha nacido y se ha fortalecido en la lucha conjunta de los pueblos de nuestra patria contra los ocupantes extranjeros, contra la autocracia zarista  y  la  opresión  de  los  capitalistas  y terratenientes. Esta amistad está fraguada con la sangre derramada por los pueblos de la U.R.S.S., en los años de la guerra civil y de la gran guerra patria. Esta amistad está cimentada sobre el trabajo creador y la ayuda mutua de los años de la construcción del socialismo en nuestro país. Esta grandiosa y fraternal amistad es indestructible e inquebrantable, y no hay en el mundo fuerza capaz de desgarrarla".246

Ahora bien, ¿por qué la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. y la unidad político-moral son una de

las  fuerzas  motrices  de  desarrollo  de  la  sociedad

socialista soviética?

La  opresión  nacional  y  la  discordia  nacional minan y debilitan a los países del capitalismo. La amistad de los pueblos soviéticos, su fraternal colaboración y ayuda mutua en el cumplimiento de las tareas económicas, políticas, militares y de otro

 

Bajo   las   condiciones   del    capitalismo,   estos                           

 

pueblos  se  habrían  visto  condenados  a  una  dura

 

246  Manifiesto del Comité Central del Partido  Comunista de la

Unión Soviética a todos los electores, ed. rusa, 1954, pág. 16.

 

 

 

orden y en la construcción de la cultura socialista, aseguran al país del socialismo una solidez indestructible y le permiten acelerar el ritmo del desarrollo social. La amistad y la ayuda mutua de los pueblos, no sólo aceleran la construcción del comunismo en la U.R.S.S., sino que hacen, además, de la Unión Soviética una fuerza capaz de influir poderosamente  en  todo  el  curso  de  la  historia mundial. La Unión Soviética se ha convertido, así, en el centro de gravitación de los trabajadores de todos los  países,  de  todos  los  pueblos  oprimidos  del mundo.

En las sociedades antagónicas, la fuerza motriz del desarrollo de la sociedad es la lucha de clases,

razón por la cual sólo por medio de una aguda y enconada lucha de clases es posible llegar a resolver

las  contradicciones  antagónicas  allí  reinantes, destruir el régimen social caduco y abrir el camino hacia un régimen nuevo. En la sociedad socialista,

por el contrario, no existen contradicciones antagónicas en el modo de producción ni entre las

clases; la solución de las tareas ya maduras para ser resueltas y de las contradicciones que surgen, la eliminación  de  los  vestigios  de  lo  anticuado  y  ya

caduco se logra, aquí, sobre la base de la comunidad de  intereses  cardinales  de  todas  las  capas  de  la

sociedad.

La unidad político-moral es fuerza motriz en el desarrollo de la sociedad socialista, porque da a todo

el pueblo la posibilidad de actuar con arreglo a un plan único, amistosamente, organizadamente, de un

modo  coherente,  y no  en medio  del  desorden.  La

Unión Soviética resuelve con éxito todas las grandes y pequeñas tareas de la construcción económica y

cultural,  porque  los  pueblos  soviéticos  se  hallan

unidos, porque no median entre ellos divisiones ni discordias, ni las engendradas por las contradicciones

antagónicas de clase ni las nacidas de la desconfianza

y la enemistad nacional. Decenas de millones de hombres, unidos por intereses y objetivos comunes, actuando en una sola dirección, guiados por la sabiduría y la experiencia de un Partido Comunista monolíticamente compacto y del Estado soviético, representan  una fuerza gigantesca e invencible. El grado de organización y de cohesión, la unidad y la colaboración de decenas de millones de hombres, hacen nacer una nueva fuerza social que rebasa con mucho la simple suma de las fuerzas individuales de estos millones de personas. A ello se debe el que los planes quinquenales soviéticos de desarrollo de la economía nacional se cumplan con éxito invariable. La unidad político-moral de la sociedad soviética asegura la rápida realización de la política del Partido Comunista, de la política de construcción del comunismo, porque esta política expresa las exigencias fundamentales de desarrollo de la vida material de la sociedad soviética, y toda la sociedad soviética   se   halla   vitalmente   interesada   en   su

 

realización.

En los años de la Gran Guerra Patria contra la

Alemania hitleriana, la unidad político-moral de la sociedad socialista soviética fué el manantial de la poderosa fuerza del Estado socialista y aseguró la victoria de la Unión Soviética. Y, en las condiciones de la posguerra, esta unidad político-moral hizo posible en un plazo inaudito por su brevedad la restauración de la economía nacional de la U.R.S.S., aseguró y asegura la potencia de la Unión Soviética como baluarte de la paz y la seguridad de los pueblos y acelera la marcha de la sociedad soviética hacia el comunismo.

Otra poderosa fuerza motriz de desarrollo de la sociedad  socialista  es  el  patriotismo  soviético,  el

amor, la devoción y la fidelidad del pueblo soviético

a su patria socialista.

El  patriotismo  es  uno  de  los  sentimientos  más profundos que viven en todo pueblo, y sus raíces se

remontan a muchos siglos atrás. El patriotismo soviético   ha   heredado   y   continúa   las   mejores

tradiciones del patriotismo nacional del pasado, pero, al mismo tiempo, se distingue cualitativamente del patriotismo   anterior   y   representa   un   tipo   de

patriotismo nuevo y más alto.

Antes de la revolución socialista, los trabajadores, aun amando ardientemente a su suelo patrio y a su

pueblo, odiaban el régimen de explotación existente

en su país. El amor del pueblo a su patria veíase ensombrecido por la amargura de las humillaciones a

que los condenaban los terratenientes y capitalistas,

el régimen del capitalismo.

En           el            patriotismo        soviético             se           hermanan inseparablemente  el  amor  del  pueblo  a  su  suelo

patrio, regado por el sudor y la sangre de muchas de

sus generaciones, y el amor y la devoción por el régimen socialista soviético, erigido sobre esta tierra.

El patriotismo soviético es el sentimiento de orgullo

de pertenecer a la patria socialista, al primer pueblo de la historia que ha construido el socialismo, destruido la explotación y la opresión del hombre por el hombre y creado la cultura socialista, cuya superioridad  sobre  la  cultura  burguesa  es indiscutible. El hombre soviético se siente legítimamente  orgulloso  de  que  su  patria,  la U.R.S.S., haya realizado los anhelos y las esperanzas de los mejores hombres del mundo entero y marche a la vanguardia de toda la humanidad progresiva, abriendo a todos los pueblos el camino hacia la liberación de la esclavitud capitalista, hacia el derrocamiento de toda explotación, hacia una paz sólida entre los pueblos.

El patriotismo soviético es el patriotismo de todo el pueblo, un sentimiento que une a todos los grupos

sociales y naciones que forman la sociedad soviética.

Este sentimiento patriótico de todo el pueblo sólo podía  desarrollarse  en  una  sociedad  en  que  se  ha

acabado con las clases explotadoras, en que todas las

 

 

 

capas de la población y todas las naciones se hallan unidas  por  intereses  comunes.  Y  estos  intereses vitales comunes a todos los trabajadores de la Unión Soviética se manifiestan también en la profunda devoción y fidelidad de los hombres soviéticos a su patria socialista, a su Estado. El patriotismo soviético funde a los obreros, campesinos e intelectuales en una gran familia armónica y fortalece la unidad político-moral de la sociedad. Une a rusos y ucranianos, bielorrusos y lituanos, georgianos y armenios, azerhaijanos y turkmenos, uzbekos y tadjikos, tártaros y bashkires; letones y estonios, a los numerosos pueblos y naciones de la U.R.S.S., en una gran alianza fraternal, cimentada sobre una amistad indestructible.

"La fuerza del patriotismo soviético reside en que descansa, no sobre prejuicios raciales o nacionales,

sino  sobre  la  profunda  devoción  y  fidelidad  del

pueblo de toda la patria soviética, sobre la colaboración fraternal de los trabajadores de todas las

naciones de nuestro país. En el patriotismo soviético

se aúnan armónicamente las tradiciones nacionales de  los pueblos  y los intereses  vitales comunes  de todos los trabajadores de la Unión Soviética. El patriotismo   soviético   no   escinde,   sino   que   el contrario, une a todos los pueblos y nacionalidades de nuestro país en una gran familia coherente y fraternal. En esto hay que buscar los fundamentos de la amistad indestructible y cada día más fuerte de la Unión Soviética".247

El patriotismo soviético no guarda la menor analogía con el nacionalismo y el chovinismo, con

aquel "patrioterismo" de fanfarria que propalaban las

clases explotadoras en la Rusia zarista y que propaga la burguesía en los países capitalistas. Los patriotas soviéticos están empapados de internacionalismo proletario, respetan los derechos y la independencia de todos los países y aspiran a vivir en paz y amistad con ellos. La Unión Soviética es la brigada de choque del proletariado internacional, su destacamento de vanguardia. Al fortalecer su patria socialista y velar por su más rápido desarrollo, los hombres soviéticos no sólo cumplen con sus deberes nacionales, sino que se mantienen fieles, además, a sus deberes internacionales. En el fortalecimiento y la defensa del Estado socialista soviético están vitalmente interesados los trabajadores de todos los países. En nuestro tiempo, no se puede ser internacionalista sin apoyar al campo de la paz, la democracia y el socialismo, sin apoyar a la Unión Soviética y su política de paz y de amistad entre los pueblos.

El patriotismo soviético es una ideología militante y activa, la decisión de consagrar todas sus fuerzas al florecimiento de la patria soviética, el anhelo de trabajar y luchar incansablemente por el triunfo del comunismo. He ahí por qué el patriotismo soviético

 

constituye   una   de   las   fuerzas   motrices   en   el desarrollo de la sociedad soviética. Este sentimiento infunde energías a los hombres soviéticos, a los creadores de la nueva vida, a los constructores del comunismo. El patriotismo soviético es una fuerza vivificante: estimula el heroísmo de masas de los obreros, koljosianos e intelectuales en todos los campos de la vida social. Inflama de entusiasmo a los trabajadores en su labor tesonera y abnegada. Los patriotas soviéticos se preocupan de dar al país más máquinas,  más  tornos,  más  carbón,  más  petróleo, más hierro fundido, más acero, más trigo, más carne, más telas, más calzado; de enriquecer la cultura socialista soviética con nuevas obras literarias y artísticas, con nuevos descubrimientos científicos e inventos técnicos.

El patriotismo soviético representa la conjunción armónica de los intereses personales y los intereses de la sociedad. El patriota soviético no vive aferrado a sus intereses personales estrechos, sino entregado a los intereses de toda la patria, del Estado socialista. Esto eleva las cualidades morales y espirituales de la personalidad,  ensancha  su  horizonte  visual, enriquece, ennoblece y aquilata la vida del hombre, dándole un gran objetivo social. y este objetivo grandioso infunde formidables energías a millones de personas.

La fuerza del patriotismo soviético se patentizó con especial claridad en los años de la gran guerra

patria. De él brotaron las heroicas proezas guerreras de los combatientes en los frentes y el heroísmo de

masas de los obreros, campesinos e intelectuales en la retaguardia. "Con toda razón puede afirmarse que

el trabajo abnegado de los hombres soviéticos en la retaguardia pasará a la historia, juntamente con la lucha heroica del Ejército Rojo, como una hazaña sin precedente del pueblo en la defensa de la patria".248

La unidad político-moral, la amistad de los pueblos, la emulación socialista, la crítica y la autocrítica y el patriotismo soviético son factores que se hallan vinculados entre sí del modo más estrecho y se complementan y nutren los unos a los otros. Constituyen todos ellos nuevas, poderosas y vivificadoras fuerzas motrices de desarrollo de la sociedad soviética, que aceleran su marcha hacia el comunismo. Es, por tanto, una de las tareas más importantes de los trabajadores de la U.R.S.S. la de desarrollar  por  todos  los  medios  y  de  todos  los modos posibles la emulación socialista y la honrada y veraz crítica y autocrítica, fortalecer la unidad político-moral de la sociedad soviética, la alianza de la clase obrera y los campesinos koljosianos y la amistad  entre los  pueblos  de  la  U.R.S.S.,  y desarrollar y cultivar el patriotismo soviético.

 

 

 

247   J.  V.  Stalin,  Sobre  la  Gran  Guerra  Patria   de  la  Unión

Soviética, ed. rusa, 1953, págs. 160-161.

 

248   J.  V.  Stalin,  Sobre  la  Gran  Guerra  Patria   de  la  Unión

Soviética, ed. rusa, 1953, pág. 116.

 

 

 

3. La crítica y la autocrítica, fuerza motriz de desarrollo de la sociedad socialista.

En la sociedad socialista soviética no existen ya

clases enemigas ni contradicciones antagónicas, pero su   desarrollo   se   efectúa   también   a   través   de

contradicciones,  a  través  de  la  lucha  de  lo  nuevo

contra lo viejo, de lo que avanza y va delante contra lo  rezagado  y  lo  caduco.  En  la  vida  social,  hay siempre algo que nace y algo que muere. Pero lo agonizante, lo caduco, no se resigna a morir, sino que lucha por su existencia y cuenta con defensores.

En las sociedades sociales antagónicas, lo viejo y lo nuevo están sostenidos por clases enemigas, la lucha entre lo viejo y lo nuevo presenta un carácter antagónico y se expresa en los choques entre fuerzas de clase contrapuestas, en la lucha de clases.

En la sociedad del socialismo, por el contrario, las contradicciones no tienen un carácter antagónico y detrás de lo viejo y lo nuevo no hay ya clases enemigas. Lo nuevo cuenta, aquí, con el apoyo de la aplastante masa de los hombres de la sociedad socialista. La lucha de lo nuevo contra lo viejo, la superación de las contradicciones y dificultades de crecimiento que surgen en la vida social, se efectúan, en la sociedad socialista, a base de la más completa armonía de las relaciones socialistas de producción con las fuerzas productivas actuales, a base de igualdad de derechos y la amistad de los pueblos y de la creciente y ascensional unidad político-moral de toda la sociedad.

El capitalismo es una trama de contradicciones antagónicas. Su desarrollo entraña la agudización de

estas contradicciones. El socialismo, en cambio, se

caracteriza de abajo arriba, desde la base misma, que es  el  modo  de producción, hasta la cúspide ideológica, por una unidad viva y en desarrollo constante. Esta unidad se expresa en el sistema socialista único de economía vigente en la ciudad y el campo, en la alianza de los obreros y los campesinos, en la amistad entre los hombres del trabajo intelectual y el trabajo físico, en la unidad político-moral de la sociedad soviética, en la vigencia de una única ideología, la ideología socialista. Esta unidad   constituye   el   rasgo   característico   de   la sociedad socialista, la ley que la preside, el manantial inagotable de su poder y la fuerza motriz de su desarrollo.

Y debe tenerse presente, además, que esta unidad de las fuerzas sociales de la sociedad socialista en la

economía,  en  el  campo  de  la  cultura  y  en  la

ideología, no es una unidad inerte, sino viva, una unidad      que      entraña      contradicciones,      pero

contradicciones   no   antagónicas.   En   la   sociedad

socialista, la lucha entre lo nuevo y lo viejo, lo que se desarrolla y lo que perece, lo positivo y lo negativo, tiene como base la unidad creciente de la sociedad.

Después del triunfo del socialismo sobre el capitalismo en la política y en la economía, en todas

 

las relaciones sociales y también en el campo de la cultura; de la ideología y de los hábitos y la manera de ser, ¿qué es lo que perdura como "viejo" en la sociedad socialista?

En primer lugar, como hemos visto, las relaciones de producción van a la zaga del desarrollo de las fuerzas productivas, y las que un día fueron nuevas se convierten, con el tiempo, en viejas. Y eso rige igualmente con el desarrollo de las fuerzas de producción socialistas, las cuales cambian también como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Cambia y se desarrolla la forma de organización del trabajo en las fábricas y en los koljóses. Por el ejemplo de los pequeños koljóses creados en 1929-1930 a base de la técnica de aquel tiempo, vemos cómo pueden envejecer ciertos aspectos, modalidades y elementos de las relaciones de producción, desplazados por una forma más desarrollada de las relaciones de producción socialistas.

Al desarrollarse la técnica y aumentar los cuadros, algunas formas de organización del trabajo envejecen

y dejan de ser un factor que contribuye a elevar la

productividad del trabajo. Y esto hace necesario revisar las formas envejecidas.

En el campo de la ciencia, del arte y de la cultura

socialista en general, el desarrollo de la sociedad socialista hace que algunos elementos comiencen a envejecer, a quedarse rezagados de la vida socialista que crece y se desarrolla impetuosamente, de las crecientes necesidades de la sociedad.

En segundo lugar, bajo el socialismo se mantienen todavía ciertas supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres, y los vestigios aferrados a la conciencia se manifiestan en los hábitos de las gentes, en la vida cotidiana. Las supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres se reflejan en la vida económica. Tal sucede, por ejemplo, con las tendencias de especulación, la actitud indolente ante el trabajo   y ante   la   propiedad   socialista,   la   infracción   del principio socialista según el cual "quien no trabaja, no come", la infracción de las normas de la vivienda colectiva. No es posible marchar hacia adelante sin luchar contra las supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres, sin luchar contra las infracciones de la disciplina en el trabajo, contra los holgazanes y los despilfarradores de los bienes socialistas, contra los arribistas y los burócratas, contra las gentes mendaces, contra los defensores de lo viejo.

En la sociedad socialista, abrazan la defensa de lo viejo las gentes atrasadas, los elementos inertes y rutinarios, y también los restos de las clases destruidas, los secuaces de los grupos enemigos del socialismo que han sido aplastados. El cerco capitalista hostil al socialismo trata, como es natural, de estimular los vestigios de lo viejo, de mantener

 

 

 

vivas las supervivencias del capitalismo en la conciencia  de  los  hombres  soviéticos.  Por  eso,  la lucha contra lo viejo, en la sociedad del socialismo, implica también la lucha contra el cerco capitalista, contra las influencias de la ideología burguesa, enemiga del socialismo.

La lucha de lo nuevo contra lo viejo es una ley objetiva de la sociedad socialista.

Y             el            método               más       importante        para       poner

conscientemente al descubierto y superar lo viejo y afianzar y desarrollar lo nuevo, en la sociedad socialista, es la crítica y la autocrítica soviética, comunista.

"La lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre lo que muere y lo que nace, es la base de nuestro desarrollo.

Si  no  advertimos  y  sacamos  a  la  superficie  con

franqueza y honradez, como corresponde a los bolcheviques, los defectos y los errores de nuestro trabajo, nos cerramos el camino del progreso. Pero nosotros queremos avanzar. Y precisamente porque queremos avanzar, debemos plantearnos como una de nuestras tareas más importantes la de una autocrítica honrada y revolucionaria. De otro modo, no hay avance. De otro modo, no hay desarrollo".249

La importancia de la crítica y la autocrítica reside en que ayudan al pueblo soviético y al Partido Comunista a superar lo viejo y lo caduco y allanar el camino hacia lo nuevo, asegurando la marcha progresiva de la sociedad hacia el comunismo. La crítica y la autocrítica honradas y veraces, y en particular  la  crítica  desde  abajo,  por  parte  de  las masas trabajadoras, sirven de poderoso acicate para poner al desnudo los defectos en el campo de la economía, en el aparato del Estado, en la ciencia, en la literatura y en el arte, en todas las esferas de la vida y de la actividad de la sociedad socialista. La crítica y la autocrítica es un elemento poderoso para incorporar a las masas a la obra de regentar la economía y el Estado, un medio eficaz para la acción consciente del pueblo sobre la marcha del desarrollo socialista. La crítica y la autocrítica fomentan la vigilancia revolucionaria en las filas del Partido Comunista y en el pueblo soviético, elevan la actividad política de los trabajadores, desarrollan en ellos el sentimiento de ser dueños de su país, ayudan a enseñar al pueblo soviético a gobernar el país y contribuyen a seguir desarrollando la democracia socialista.

En la sociedad socialista, las contradicciones se revelan y se superan de otro modo que en la sociedad dividida en clases antagónicas: no por medio de los choques de clases, sino a través de la actividad creadora de las masas populares, entre otros modos por medio de la crítica y la autocrítica. Los hombres soviéticos, dirigidos por el Partido Comunista, ponen al descubierto y superan audaz y resueltamente los

 

 

249  J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t. X, pág. 349;

véase también t. XI, pág. 30.

 

defectos de su trabajo, eliminando cuanto impide a la sociedad marchar hacia adelante.

Las contradicciones del desarrollo, así como las actividades        de          los          elementos         enemigos            del

socialismo, no se descubren y se superan solamente, por supuesto, por la vía de la crítica. Los procesos

negativos y las actividades de los elementos hostiles se ponen al descubierto y se eliminan también mediante   la   actuación   de   los   correspondientes

órganos del Estado socialista.

La crítica y la autocrítica abarcan todas las esferas de la vida y la actividad de la sociedad soviética. La

emulación  socialista,  por  ejemplo,  es  también  la

expresión de la autocrítica revolucionaria efectiva de las  masas.  La  crítica  comunista  se  basa  en  la

iniciativa  creadora  de  millones  de  trabajadores  y

acelera el movimiento de avance de la sociedad. La aguda arma de la crítica del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética ha puesto al desnudo las insuficiencias existentes en el campo de la agricultura, en el funcionamiento del aparato del Estado, en la literatura soviética, en el teatro, en el cine y en la música, y ayuda al pueblo soviético a despejar el camino hacia nuevos éxitos creadores en todos los campos de la economía y la cultura. Las libres discusiones creadoras llevadas a cabo por iniciativa del Comité Central en una serie de campos del conocimiento científico -filosofía, lingüística, biología, fisiología, economía política, etc.- han dado la posibilidad de sacar a la luz y desenmascarar las manifestaciones de objetivismo burgués, las tendencias apologéticas existentes en el trabajo filosófico y científico y las manifestaciones de servilismo ante la ciencia y la filosofía burguesas, poniendo asimismo de manifiesto los vicios de la vulgarización y la falsa simplificación en el campo científico.

Las         supervivencias  del         capitalismo         en          la conciencia de los hombres entorpecen el desarrollo

de  la  economía,  la  ciencia,  la  filosofía  y  el  arte

socialistas. La crítica comunista ayuda a superar las influencias  burguesas  en  el  frente  ideológico  y

contribuye al florecimiento de la cultura socialista.

La crítica y la autocrítica ayudan a desarraigar los vestigios del capitalismo, de la propiedad privada, de las  tendencias  al  aprovechamiento  y  al individualismo, contrarios a la unidad político-moral de la sociedad soviética; las manifestaciones de nacionalismo, contrapuestas a la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S.; las corrientes antipatrióticas y cosmopolitas y la actitud de servilismo ante el Occidente burgués. La amistad de los pueblos de la U.R.S.S. y el patriotismo soviético se desarrollan y fortalecen con ayuda de la crítica y la autocrítica honradas y abiertas.

La autocrítica, y sobre todo la crítica desde abajo, es  una  forma  de  propia  actividad  creadora  de  las

masas populares y de su control sobre el trabajo de

 

 

 

los organismos soviéticos, los sindicatos y demás organizaciones sociales, una de las manifestaciones del democratismo socialista.

"La crítica y la autocrítica son el arma probada del

Partido en la lucha contra los defectos, los errores y los  fenómenos  malsanos  que  minan  el  sano organismo del Partido. La crítica y la autocrítica no debilitan, sino que, por el contrario, fortalecen al Estado soviético, al régimen social soviético, y son un signo de su fuerza y vitalidad.".250

El  Estado  soviético  y  su  fuerza  dirigente,  el Partido  Comunista,  apoyándose  en  la  propia actividad socialista de las masas y con ayuda del despliegue de la crítica y la autocrítica, descubren a su debido tiempo las contradicciones que surgen en la vida social, sin darles la posibilidad de llegar a convertirse en conflictos. El Estado socialista y el Partido Comunista movilizan y organizan a las masas populares para vencer las dificultades y superar las contradicciones, asegurando y acelerando con ello la marcha de la sociedad hacia el comunismo.

 

4. El Partido Comunista, fuerza dirigente y orientadora de la sociedad socialista.

No sería posible comprender las fuerzas motrices

de la sociedad socialista sin esclarecer el papel especial que desempeña en su desarrollo el Partido

Comunista.

El Partido Comunista es la fuerza dirigente y orientadora de la sociedad socialista. Une y encauza

hacia un objetivo único la acción de todas las fuerzas

motrices de esta sociedad, valiéndose de ellas para fortalecer  y  seguir  desarrollando  el  régimen socialista.

La   base  objetiva   de  fuerzas   motrices  de  la sociedad  soviética  tales  como  la  unidad  político-

moral, la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. y el patriotismo   soviético,   es   el   régimen   económico

socialista.   Ahora   bien,   para   que   estas   fuerzas motrices lleguen a formarse tienen que darse, además de las condiciones objetivas, por parte del pueblo, la

conciencia de la unidad de sus intereses, objetivos y tareas  cardinales.  Y  esta  conciencia  se  la  da  el

Partido Comunista. Es él quien eleva el grado de conciencia socialista de las masas populares.

El régimen económico de la sociedad socialista

crea las condiciones materiales objetivas necesarias para   asegurar   la   unidad   de   acción   del   pueblo soviético, pero el Partido Comunista realiza esta unidad, fundiendo al pueblo en una unidad política, ideológica y organizativa.

La edificación de la sociedad comunista no puede llegar   a   alcanzarse   sin   la   aglutinación   de   los esfuerzos conscientes de las masas de millones de trabajadores. El régimen socialista soviético crea posibilidades   jamás   conocidas,   abre   horizontes

 

 

250  G. Malenkov, Informe del Comité Central al XIX Congreso del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. rusa, pág. 85.

 

ilimitados al desarrollo de las fuerzas productivas. Pero, para que esas posibilidades sean aprovechadas, para que lleguen a convertirse en realidades, se requiere la actividad organizadora del Partido, capaz de orientar los esfuerzos de todo el pueblo hacia un objetivo único.

Con la instauración de la dictadura del proletariado, cambia el puesto que el Partido Comunista ocupa en la vida social, cambian el contenido de su acción y el papel que desempeña en el desarrollo de la sociedad. Hasta la revolución socialista,  la  tarea  fundamental  del  Partido Comunista era la de preparar todas las fuerzas para la revolución, para la destrucción de lo viejo, para el derrocamiento del capitalismo. Después de la revolución proletaria, se convierte en el Partido de la construcción del socialismo, en el Partido de la creación de las nuevas formas, de las formas socialistas, de la organización del Estado, de la economía y la cultura. Hasta la revolución, el Partido pone en pie y organiza a los obreros y los campesinos para el asalto contra el viejo orden. Después de instaurada la dominación política de la clase obrera, inspira y organiza a los trabajadores para la construcción, el afianzamiento y el desarrollo del nuevo régimen social y para la defensa de sus conquistas contra los enemigos.

Las grandiosas tareas de la revolución socialista, llamadas a destruir toda explotación del hombre por

el hombre y a crear la sociedad comunista, no pueden compararse   ni   de   lejos   con   las   tareas   de   las

revoluciones burguesas. Y la gigantesca envergadura y  las  enormes  dificultades  de  la  transformación

comunista de la sociedad requieren también una dirección incomparablemente más poderosa desde el punto   de   vista   ideológico   y   organizativo.   Esta

dirección es el Partido Comunista, el Partido de los destructores del capitalismo, de los constructores del

comunismo,  de  los  libertadores  de  todos  los oprimidos y esclavizados.

La  acción  dirigente  y  orientadora  del  Partido

Comunista de la Unión Soviética ha desempeñado un formidable papel en la historia de nuestra patria. El Partido Comunista de la Unión Soviética, después de organizar la alianza de la clase obrera y los campesinos trabajadores, logró, como resultado de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917, derrocar el Poder de los capitalistas y terratenientes, organizar la dictadura del proletariado, liquidar el capitalismo, destruir la explotación del hombre por el hombre y asegurar la construcción de la sociedad socialista. Bajo la dirección del Partido Comunista, los pueblos de la Unión Soviética arrancaron la victoria en la Gran Guerra Patria de los años 1941 a

1945,  aplastaron  al  fascismo  alemán  y  al imperialismo   japonés   y   liberaron   del   yugo   del

imperialismo  a  una  serie  de  pueblos  de  Europa  y

Asia. Jamás ha habido un partido que ejerciera tan

 

 

 

poderosa influencia sobre todo el curso de la historia mundial.

El Partido Comunista de la Unión Soviética dirige a  las  gigantescas  masas  del  pueblo.  Es  el  guía

político de la sociedad y el organizador de la edificación  de  la  nueva  economía  y  de  la  nueva

cultura del socialismo. Dirige todos los campos de la vida social, desde la producción material hasta la esfera de la ideología. Por todo lo cual, el Partido

Comunista no es simplemente el partido dirigente, sino el organizador del nuevo régimen social.

En el curso de la construcción de la sociedad socialista, crece constantemente la importancia del Partido, su influencia sobre la marcha del desarrollo

social. La razón de ello está en las características de la economía socialista y en el auge de la importancia

del factor subjetivo, una vez instaurada la dictadura del proletariado. Después de llevar a cabo la revolución   socialista,   la   clase   obrera,   bajo   la

dirección de su Partido, posee un arma tan poderosa de acción sobre el desarrollo social como es el nuevo

Poder estatal y lo utiliza como arma para destruir la vieja economía y crear otra nueva.

Como resultado de la transformación socialista de

la economía, cambia el carácter de los procesos económicos. También con el socialismo se halla el desarrollo económico sometido a la acción de leyes objetivas, es decir, independientes de la voluntad de los hombres, pero esta acción pierde el carácter espontáneo  que tenía bajo el  capitalismo.  La propiedad social sobre los medios de producción, que descansa fundamentalmente en el sistema socialista de economía, requiere una dirección consciente de la economía con la misma necesidad objetiva con que la propiedad privada sobre los medios de producción, basada fundamentalmente en el sistema capitalista de la economía, engendra inevitablemente el carácter espontáneo de los procesos económicos. El triunfo del sistema socialista en todas las ramas de la economía nacional de la U.R.S.S. lleva consigo un formidable reforzamiento de la posibilidad de dirigir la sociedad de un modo consciente, planificado; van reduciéndose cada vez más, en la economía, las fuerzas espontáneas, sustraídas a un control consciente. En estas condiciones y debido al hecho de que la política del Partido Comunista y del Estado soviético cuentan con el apoyo total de los trabajadores, los éxitos de la construcción del comunismo dependen, ante todo, de los cuadros, del grado de preparación y de capacidad ideológica de los funcionarios del Partido y del aparato del Estado, de su conocimiento de los problemas, de su labor de organización, del modo como sepan utilizar las inagotables reservas y posibilidades que lleva en su entraña el sistema de la economía socialista.

En la sociedad socialista, la actividad de millones de   trabajadores,   organizados   y   unidos   por   las

condiciones de la producción colectiva, sus intereses

 

y sus aspiraciones se encaminan, en general y en su conjunto, en una sola dirección, coincidente con la tendencia objetiva del desarrollo de la sociedad, Y esto da la posibilidad de actuar conscientemente a todo el pueblo, a toda la sociedad, cuyos esfuerzos colectivos orienta el Partido Comunista hacia un objetivo único. Con el socialismo, cambia la significación de las condiciones objetivas y del factor subjetivo:  aumenta  la  importancia  del  factor subjetivo; el papel orientador y organizador del Partido adquiere una significación extraordinaria.

El Partido Comunista es capaz de cumplir con éxito su misión orientadora y organizadora gracias al hecho de que dota al pueblo de una política certera, de   que   lo   une   por   medio   de   su   trabajo   de organización y lo cohesiona y eleva ideológicamente mediante su acción educativa.

La dirección por el Partido de la construcción de la sociedad comunista se manifiesta, ante todo, en

que da a los trabajadores un programa científico de actividades, señala los objetivos de la lucha y los

medios para alcanzarlos, traza los caminos y los métodos de la obra de construcción y elabora una certera línea de acción. El Partido Comunista es el

dirigente político, el jefe del pueblo. La fuerza del

Partido reside, ante todo, en su política sabia y perspicaz. A la justeza de su línea política se deben,

por encima de todo, las grandiosas victorias logradas

por  el  Partido  Comunista  en  la  obra  de  la construcción del comunismo.

La política del Partido Comunista y del Estado

socialista cumple una misión orientadora y dirigente en todos los órdenes de la vida de la sociedad soviética. En la discusión sobre los sindicatos mantenida en 1921, Lenin desenmascaró los intentos de los enemigos del comunismo para aislar de la política la función de las organizaciones sindicales y puso de manifiesto que para un marxista lo fundamental y lo decisivo era abordar políticamente los problemas. Sin abordar las cosas con un enfoque político certero, la clase obrera no podrá retener firmemente el Poder político ni, por tanto, resolver sus tareas económicas. De aquí que el Partido Comunista, para resolver todos los problemas económicos, organizativos, militares, culturales y de otro orden, los aborde siempre y ante todo desde el punto de vista político. En este sentido, la política no puede por menos de tener la primacía sobre los asuntos económicos.

Pero los marxistas no conciben la primacía de la política sobre la economía en el sentido de que la

política tenga una importancia determinante con respecto al régimen económico de la sociedad; sino

en el sentido de que la realización victoriosa de las transformaciones económicas ya maduras para ser resueltas  depende  ante  todo,  cuando  se  dan  las

condiciones objetivas necesarias, de la capacidad de la  clase  obra  para  conquistar  y  retener  el  Poder

 

 

 

político, de la justeza de su política.

Y la experiencia de la U.R.S.S. atestigua claramente  cómo  la  certera  política  del  Partido

Comunista tiene, en efecto, una importancia decisiva

en la construcción del comunismo. El triunfo del socialismo sería inconcebible sin la conquista del poder político  por el proletariado, sin la alianza de este con las masas campesinas trabajadoras. La base objetiva de esta alianza es la comunidad de intereses cardinales de la clase obrera y los campesinos, Pero esta alianza no se establece por sí sola, sino que para ello tiene que existir una política certera por parte del Partido Comunista y del Estado socialista. La política es, enseñaba Lenin, la relación entre las clases, La política de la industrialización socialista del país y de la colectivización de las haciendas campesinas, llevada a cabo bajo la dirección del Partido Comunista, tuvo una importancia decisiva para el afianzamiento de la alianza de los obreros y los campesinos, para la construcción de los fundamentos económicos del socialismo en nuestro país y para la liquidación de las clases explotadoras. El gran mérito histórico  del  Partido  Comunista  de  la  Unión Soviética consiste en haber sabido elaborar y fundamentar científicamente esta política certera y vitalmente  necesaria  y  en  haber  sabido  movilizar para llevarla a cabo las energías de las masas populares. El Partido destrozo la resistencia de los enemigos, derroto a los restauradores trotskistas- bujarinistas del capitalismo, venció las vacilaciones de los elementos atrasados y pusilánimes y condujo a los pueblos de la Unión Soviética al triunfo del socialismo. La justeza de la política del Partido Comunista determinó, por tanto, la suerte del socialismo en la U.R.S.S., la suerte del régimen soviético.

Lo mismo que en el período de transición del capitalismo al comunismo, también en el período del triunfo del socialismo la política del Partido Comunista se guía por el interés de seguir fortaleciendo las relaciones de fraternal colaboración entre la clase obrera y los campesinos. Sería falso suponer que, en la sociedad socialista, donde tanto los obreros como los campesinos son trabajadores de empresas socialistas, no hay para qué preocuparse de fortalecer la alianza entre estas dos clases. También en las condiciones del socialismo sigue siendo la alianza de la clase obrera y los campesinos el fundamento sobre el que descansa la solidez del régimen social soviético, y en el fortalecimiento de esta alianza tiene una importancia decisiva la certera política del Partido.

En la certera política del Partido Comunista y del

Estado socialista encuentra su expresión consciente la necesidad económica. El Partido y el Estado no pueden crear con su política las leyes económicas, pero sí aplicar conscientemente, en interés de la sociedad, las leyes objetivas, una vez comprendidas.

 

La fuerza transformadora del Partido Comunista la determina el hecho de que no actúa en contra de la necesidad económica, sino en consonancia con ella, sin dejar margen a ninguna clase de subjetivismo ni arbitrariedad. Por eso precisamente es la suya una política certera. Y la sabiduría y la perspicacia de esta política se expresan también en el hecho de que el Partido sabe comprender a su debido tiempo las necesidades ya maduras del desarrollo de la vida material de la sociedad y orientar los esfuerzos del pueblo hacia la realización de las tareas determinadas por la necesidad económica.

También bajo el socialismo la orientación de la actividad   del   Partido   Comunista   y   las   tareas

planteadas por él a los trabajadores se determinan por las   condiciones   objetivas,   por   las   posibilidades

materiales alcanzadas. Así, por ejemplo, al promover en 1953-1954 la tarea de lograr en los dos o tres años próximos  un  auge  vertical  de  la  producción  de

artículos de consumo popular, satisfaciendo con ello de un modo suficiente las crecientes necesidades de

la población, el Partido Comunista de la Unión Soviética tenía en cuenta que la solución de esta tarea era posible, sobre la base del poderoso crecimiento

de la industria socialista, Sin una potente industria pesada,    la    solución    de    la    tarea    de    elevar

verticalmente la producción de artículos de consumo popular, habría resultado imposible.

Gracias a             la             certera política del         Partido

Comunista, se esclarecen y resuelven en su momento oportuno las contradicciones que surgen en el desarrollo de la sociedad socialista. Por ejemplo, en el curso del desarrollo de la economía socialista de la U.R.S.S. surgió una discordancia entre el ritmo de desarrollo de la industria y el de la agricultura. Esta quedaba rezagada con respecto a aquélla, lo que comenzaba a frenar el auge de la economía nacional. El Comité Central del P.C. de la U.S., en decisiones adoptadas en septiembre de 1953 y marzo de 1954, planteó ante el pueblo soviético esta tarea: sin amortiguar los esfuerzos en el desarrollo de la industria pesada, intensificar el ritmo de desarrollo de la agricultura, con objeto de asegurar en término de dos   o   tres   años   una   elevación   vertical   de   la producción de artículos de consumo popular. Estas decisiones son un claro exponente de la sabiduría colectiva del órgano de dirección del Partido, de su capacidad para someter a un profundo análisis marxista los procesos que se operan en la economía y adoptar las medidas necesarias para resolver las contradicciones  que  van  surgiendo  y  garantizar  el auge  constante  de  la  economía  nacional  y  de  la cultura del país del socialismo.

Dirigir certeramente el desarrollo de la economía socialista significa advertir y señalar a su debido tiempo las exigencias que en él se hallan ya maduras para ser resueltas, plantear ante el pueblo, en su momento   oportuno,   las   tareas   que   de   aquí   se

 

 

 

desprenden, movilizar, organizar y orientar los esfuerzos del pueblo para su solución. Y todo esto sólo puede hacerse a condición de que los cuadros del Partido y del Estado socialista estudien atentamente los procesos que se operan en la entraña de la vida de la sociedad. El Comité Central del P.C. de la U.S. enseña a los cuadros del Partido y del Estado soviético a estudiar atentamente la realidad, a descubrir los gérmenes de lo nuevo, de lo avanzado y de lo progresivo, para contribuir a su desarrollo; apercibir  en  ellos  los  fenómenos  negativos  que puedan apuntar, para destruirlos a su debido tiempo.

La historia no la crean los individuos, ni decenas, sino millones de hombres, que aportan siempre a ella

algo nuevo, algo creador. Para dirigir la magna obra de la construcción del comunismo, los órganos del

Partido deben estudiar atentamente la vida social, recoger y sintetizar la experiencia de las masas.

El Partido Comunista de la Unión Soviética es

capaz de dirigir con éxito el desarrollo de la sociedad socialista, porque en él se concentra la riquísima experiencia  de  la  dirección  de  las  masas.  En  el Partido y en su Comité Central toma cuerpo la razón colectiva  del  pueblo.  En  el  Comité  Central  del Partido están representados los mejores conocedores de la industria, y la agricultura, del transporte y el comercio, los mejores diplomáticos soviéticos, los mejores teóricos y propagandistas del Partido, los mejores dirigentes del ejército, los exponentes más destacados  de  la  cultura  socialista.  Y  esta composición del órgano dirigente del Partido permite a éste resolver con conocimiento de causa los más complicado a problemas de la edificación del comunismo. Pero el Partido no se apoya solamente, para resolver estos problemas, en la experiencia de sus cuadros dirigentes. El Partido Comunista y su Comité Central, como jefe y dirigente del pueblo, sintetizan y ponen a contribución, en interés de la construcción  del  comunismo,  la  riquísima experiencia de millones de trabajadores. Para dirigir certeramente, hay que complementar la experiencia de los dirigentes con la de todo el Partido, con la de toda la clase obrera y los campesinos, con la experiencia de millones de hombres. Condición indispensable  para  elaborar  y  aplicar  una  línea política certera es que el Partido sepa fortalecer y multiplicar los nexos que lo unen a las masas, escuchar atentamente la voz de éstas, aprender de sus experiencias, recogerlas y sintetizarlas.

Por   oposición   a   la   política   de   los   círculos gobernantes  de  los  países  capitalistas,  extraños  al

pueblo  y  enemigos  de  él,  la  política  del  Partido

Comunista expresa los anhelos y las aspiraciones de las  más  extensas  masas  populares,  la  política  del

Partido Comunista se orienta hacia el fortalecimiento

constante de la inquebrantable alianza de la clase obrera y los campesinos koljosianos y la fraternal

amistad entre los pueblos de la U.R.S.S., hacia el

 

fortalecimiento por todos los medios de la potencia económica y defensiva del Estado socialista, hacia la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales del pueblo, hacia el mantenimiento de la paz en todo el mundo. Por eso esta política encuentra todo el apoyo del pueblo.

El Partido Comunista no es solamente el jefe político, sino también el organizador de las masas. Infunde al ejército de millones de trabajadores una unidad de voluntad y organiza y unifica sus esfuerzos en la construcción del comunismo. La extraordinaria envergadura del trabajo de organización del Partido Comunista responde a la grandiosidad y la profundidad de las tareas de la revolución socialista. "A la par con la reciedumbre de la acción histórica… crecerá también el volumen de las masas encargadas de desarrollarla", escribían Marx y Engels.251 Lenin consideraba esta sentencia de Marx y Engels como una de las más importantes del marxismo. Y la desarrollaba en estos términos: "Cuanto más extenso y más profundo sea el viraje operado en la sociedad, mayor será el número de hombres que lo lleven a cabo,  que  actúen,  en  el  auténtico  sentido  de  la palabra, como los creadores de este viraje".252

La revolución socialista es la más profunda de las revoluciones  sociales,  la  transformación  de  la sociedad  hasta  en  sus  mismos  cimientos. Precisamente por eso, la revolución socialista eleva al plano de la creación histórica consciente a nuevas y nuevas capas del pueblo. Y ello da una importancia especial al trabajo de organización del Partido.

En la unión y cohesión de las masas y en su incorporación a la actividad creadora ha encontrado siempre  el  Partido  Comunista  la  clave  para  salir airoso de los más difíciles empeños de la revolución socialista. El Partido jamás habría podido resolver por sus solas fuerzas tareas históricas como la de la transformación de la U.R.S.S. de un país agrario en un país industrial y la transformación socialista del campo; para ello, hubo de elevar a su realización a masas de millones de obreros y campesinos. Con su trabajo de organización, el Partido asegura la unidad de acción de millones de trabajadores, que son los creadores de la historia.

El Comité Central del Partido Comunista de la

Unión Soviética es el núcleo dirigente de todas las organizaciones de la U.R.S.S., lo mismo las estatales

que  las  sociales.  A  través  de  sus  miembros,  que

trabajan en estas organizaciones, el Partido orienta la actividad de éstas hacia un único objetivo.

El trabajo de organización  del Partido se halla

supeditado enteramente a su política. Pero, al mismo tiempo, la realización de su política depende de su trabajo de organización.

La victoria no viene nunca por sí sola, sino que se

 

 

251  C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. III, pág.

105.

252 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVIII, pág. 397.

 

 

 

conquista. Y el Partido conquista la victoria de su política por medio de una lucha tenaz y perseverante por la realización de la línea del Partido. Habiendo elaborado una línea política certera, el éxito depende del trabajo de organización, de la acertada selección de los hombres y del control de la ejecución de los acuerdos tomados por los órganos dirigentes. Poseer una   política   certera   es   lo   primero   y   lo   más importante,  pero ello  no basta.  Para triunfar,  hace falta convertir esa política en realidad. Y esto no puede lograrlo el Partido solamente con sus propias fuerzas, sin la ayuda de las masas. Lenin burlábase de la absurda idea de que pudiera construirse el comunismo con los esfuerzos de los comunistas solamente. La fuerza del Partido reside en que se halla indisolublemente vinculado a las masas y sabe organizar a éstas para la realización de los ideales del comunismo,  elevar  a  millones  de  trabajadores  al plano de la lucha en pro de los objetivos trazados por él. La certera línea política del Partido Comunista se ve reforzada por su inmenso trabajo de organización, y a ello debe sus éxitos.

La acción organizadora del Partido Comunista va inseparablemente unida a su acción educativa. Para

poder organizar a las masas con vistas al cumplimiento  de  estas  o  las  otras  tareas  políticas,

hace falta, ante todo, convencerlas de la justeza de la política del Partido, de la necesidad de llevar a cabo las    medidas    acordadas.   Sólo    el    método    del

convencimiento   del   Partido   puede   asegurarle   el apoyo  de  las  masas,  la  disposición  de  éstas  a

participar decididamente en la lucha. El Partido tiene que saber convencer a las masas de la justeza de su

política, lanzar y llevar adelante aquellas consignas que sean comprendidas por las masas y que ayuden a éstas a elevarse al nivel de la conciencia del Partido.

Elevar a las masas al nivel de la conciencia del

Partido: en esto reside la más importante tarea educativa    del    Partido    Comunista.    El    Partido

representa  la  más  alta  encarnación  del  grado  de

conciencia  comunista.  Infunde  la  conciencia socialista a las masas de la clase obrera y de todos los

trabajadores,   ilumina   con   la   luz   de   la   teoría

revolucionaria el movimiento obrero espontáneo, eleva éste al plano de una lucha de clases consciente. Tal fué la tarea asignada al Partido por Lenin ya en los mismos años en que lo creaba.

La  diferencia  entre  el  nivel  de  conciencia  del

Partido  Comunista     y  el  nivel  de  las  masas  se mantiene todavía con el socialismo, y ello hace que siga siendo importante, ya dentro de este régimen, la tarea de elevar a las masas al nivel de conciencia del Partido. El Partido Comunista, como fuerza dirigente de la sociedad socialista, pertrechado con la teoría de vanguardia,   ayuda   a   las   masas   a   tener   plena conciencia de las perspectivas de desarrollo de la sociedad, a comprender la importancia histórica de su trabajo  diario,  de  su  iniciativa  creadora.  Por  estar

 

dotado de una teoría científica, el Partido puede ver más allá que las grandes masas del pueblo.

El triunfo del socialismo ha hecho que aumentase considerablemente  la            significación       del          trabajo

educativo del Partido Comunista. El ritmo de la construcción del comunismo depende, en gran parte,

de los éxitos que se logren en cuanto a la educación comunista de las masas, en la obra de superar las supervivencias del capitalismo en la conciencia de

los hombres. El grado de conciencia comunista determina la elevación de la actividad creadora de las

masas,  sin  las  que  no  puede  concebirse  la construcción del comunismo. La sociedad capitalista sólo   puede   existir   ahogando   la   actividad   y   la

conciencia de las masas, y el grado de conciencia de los  trabajadores  se  eleva,  aquí,  en  contra  de  los

deseos de las clases gobernantes, de sus partidos y de su Estado. Por el contrario, la existencia y el desarrollo de la sociedad socialista descansan sobre

la constante elevación del grado de conciencia de las masas, sobre su actividad política y social, sobre la

participación creadora del pueblo en la construcción de la nueva vida. Cada paso de avance por el camino de  la  transformación  socialista  de  la  U.R.S.S.  ha

significado, al mismo tiempo, una nueva etapa en el auge  del  grado  de conciencia de las masas,  en el

desarrollo de su iniciativa creadora. La elevación del grado de conciencia de las masas es el manantial de las  inagotables  fuerzas  creadoras  de  la  sociedad

socialista.

En todas las formaciones sociales anteriores, la mayoría               de          las          gentes, absorbidas          por         sus

preocupaciones cotidianas, no se paraban siquiera a

pensar cómo y hacia dónde se desarrollaba la sociedad. En la sociedad socialista, por el contrario, la inmensa mayoría de la población, gracias a la dirección del Partido Comunista, conoce las perspectivas del desarrollo social y lucha activamente por su realización. Y ello explica, en considerable medida, la rapidez sin precedente que adquiere el ritmo del desarrollo histórico, con el socialismo. En la U.R.S.S. y en los países de democracia popular se ha cumplido la genial previsión de Lenin: "sólo bajo el socialismo comienza el rápido y verdadero movimiento de avance, movimiento realmente de masas, en todos los campos de la vida social y personal, en el que participa la mayoría de la población y, más tarde, la población entera".253  Esta actividad e iniciativa creadoras de las masas son inspiradas, organizadas y educadas por el Partido de los comunistas, fuerza dirigente y orientadora de la sociedad socialista.

A   medida   que  la   U.R.S.S.   avanza   hacia   el comunismo,      se           eleva     la            misión  del          Partido

Comunista, en cuanto fuerza dirigente y orientadora

de la sociedad soviética. Como hemos dicho más arriba,  esto  se  explica  ante  todo  por  las  causas

 

253 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXV, pág. 443.

 

 

 

objetivas, por las características de la economía socialista, la cual no puede desarrollarse de un modo espontáneo, sin una dirección consciente. Y se explica, asimismo, por el hecho de que, en el curso de  la  construcción  del  comunismo,  crece  y  se fortalece el propio Partido, aumenta su fuerza ideológica y organizativa, mejora su composición, se templan y pertrechan ideológicamente sus cuadros, se multiplican sus relaciones con las masas.

En la sociedad socialista, las condiciones de desarrollo del Partido Comunista cambian sustancialmente. El Partido pertenece a la órbita de la supraestructura, lo que quiere decir que su desarrollo se determina por el carácter del régimen económico, por la estructura de clase de la sociedad. En una sociedad en que existían clases antagónicas y el proletariado libraba la más aguda lucha de clases contra las clases enemigas de él, el Partido proletario se desarrollaba y fortalecía luchando contra las corrientes y los grupos oportunistas que surgían en su seno. Durante largos años, el Partido mantuvo una lucha intransigente contra todo linaje de tendencias y grupos oportunistas, "economistas", mencheviques, trotskistas,  bujarinistas,  portavoces  de  las desviaciones nacionalistas y demás enemigos del leninismo. El aplastamiento de todas las corrientes y grupos capituladores en las filas del Partido era condición indispensable para poder triunfar sobre el enemigo de clase.

"Sin aplastar a los "economistas" y a los mencheviques, jamás se habría logrado edificar el Partido y conducir a la clase obrera a la revolución proletaria.

"Sin aplastar a los trotskistas y bujarinistas, jamás se habría logrado del preparar las condiciones necesarias para la edificación del socialismo.

"Sin aplastar a los portavoces de las desviaciones nacionalistas  de  todos  los  matices,  no  se  habría

logrado educar al pueblo en el espíritu del internacionalismo, no se habría logrado defender la bandera de la fraternal amistad entre los pueblos de

la U.R.S.S., no se habría logrado edificar la Unión de

Repúblicas Socialistas Soviéticas".254

En la lucha contra estos grupos capituladores, el Partido defendió la unidad de sus filas y adquirió el temple necesario para poder cumplir su misión de organizador y dirigente de la revolución proletaria y constructor de la sociedad socialista. La unidad de las filas del Partido es condición fundamental de su capacidad combativa. Pero el Partido Comunista de la Unión Soviética no ha sido nunca partidario de la unidad formal, basada en la tolerancia y la conciliación  de  diversas tendencias dentro del Partido. La atenuación de las contradicciones y la conciliación  de  los  principios  contrapuestos  son cosas funestas para el Partido del proletariado, y sólo conducen a la degeneración ideológica. La unidad del

 

254 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. española, pág. 410.

 

Partido Comunista sólo es posible sobre una base de principios, a condición de superar las discrepancias que surgen en el seno del Partido por medio de una lucha de principios en pro de la teoría y la política comunistas, consecuentes, revolucionarias.

Las  discrepancias  internas  que  surgían  en  el pasado radicaban en las propias condiciones de la

lucha de clases. El Partido Comunista es parte de la

clase obrera, y ésta no vive al margen de las demás clases. Sobre el proletariado pesa constantemente la

influencia    de    la    burguesía    y    de    las    capas

pequeñoburguesas de la sociedad. Se hallan sujetas a la influencia de la burguesía las capas menos firmes del proletariado, las que han salido recientemente del seno de la pequeña burguesía y los obreros que por sus condiciones de vida se hallan más cerca de ésta. La heterogénea composición del proletariado lleva consigo la existencia de capas obreras que poseen diferentes hábitos, tendencias y concepciones. Estas diferentes concepciones y corrientes se reflejan también en el Partido, y la presión de la burguesía se encarga de agudizar constantemente estas discrepancias, llegando hasta la lucha de tendencias dentro del Partido. Por eso, bajo el capitalismo y, en general, bajo las condiciones de existencia de clases antagónicas,  son  inevitables  las  discrepancias internas, y, en estas condiciones, los partidos proletarios sólo pueden desarrollarse y fortalecerse a base de superarlas.

Pero, actualmente, en la U.R.S.S. ya no existen tales condiciones. Como resultado del triunfo del socialismo, han sido liquidadas todas las clases explotadoras, no existen ya clases antagónicas y se ha  afianzado la unidad político-moral de la sociedad. Por eso, en la U.R.S.S., han desaparecido las fuentes de  que  emanaban  las  desviaciones  oportunistas. Rasgo característico de la composición interna del Partido Comunista de la Unión Soviética es, hoy, su unidad monolítica, conquistada en una aguda lucha de clases contra los enemigos del leninismo. En consonancia  con  esto,  han  cambiado,  en  el socialismo, las condiciones de desarrollo del Partido, lo mismo que han cambiado las condiciones de desarrollo de toda la sociedad soviética, cuya fuerza motriz no es ya la lucha de clases.

Pero esto no significa, ni mucho menos, que no puedan   volver   a   surgir   en   el   Partido   grupos

enemigos.   Mientras   exista   el   cerco   capitalista,

mientras subsistan las supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres, el Partido Comunista no se hallará inmune a la penetración en sus filas de elementos enemigos, de impostores y gentes extrañas. La situación de monopolio   del   Partido   Comunista   como   único partido  existente  en  el  país  supone  para  él  una ventaja extraordinaria, pero tiene también su lado peligroso. Lenin prevenía reiteradamente contra la posibilidad de que en las filas del Partido Comunista

 

 

 

gobernante se infiltrasen elementos arribistas, aprovechados y tramposos, enemigos del pueblo y agentes del imperialismo internacional. El desenmascaramiento de los trabajos de zapa de un enemigo del pueblo como Beria viene a recordar una vez más que el Partido debe mostrar la más alta y celosa vigilancia revolucionaria.

En el desarrollo de la sociedad socialista se dan contradicciones, se da la lucha entre lo nuevo y lo

viejo, entre lo que se desarrolla y crece y lo que ya ha caducado. Estas contradicciones se reflejan también

en el desarrollo del Partido. Y, aunque la lucha entre lo viejo y lo nuevo se lleva a cabo ahora bajo otras formas y tenga otro contenido que antes, también en

las nuevas condiciones y a base de la cohesión monolítica de sus filas, sigue el Partido depurándose

de lo malo, de todos los elementos enemigos, extraños, caducos y estancados. De aquí que los Estatutos   del   Partido   Comunista   de   la   Unión

Soviética proclamen el deber de los comunistas de

"salvaguardar  por  todos  los  medios  la  unidad  del

Partido, como condición principal de la fuerza y del poderío del Partido".

Dichos Estatutos definen el Partido como la unión

voluntaria y combativa de los comunistas, solidarios de un mismo ideal, integrada por miembros de la clase obrera, campesinos trabajadores e intelectuales laboriosos. La unidad ideológica del Partido se refuerza por su unidad de organización y por una severa disciplina única para todos sus miembros. Y esto asegura la unidad de toda la acción práctica del Partido, que agrupa en sus filas a comunistas identificados en una unidad de pensamiento y una unidad de acción.

Medio importantísimo para reforzar la unidad del

Partido y elevar su nivel ideológico, su disciplina y la cohesión de sus filas es la crítica y la autocrítica. El

Partido Comunista se vale del método de la crítica y

la autocrítica desde su mismo nacimiento, pues este método es inseparable de la propia naturaleza del leninismo. Sin embargo, la crítica y la autocrítica adquieren una significación especial a partir del momento en que el Partido Comunista de la Unión Soviética se erige en Partido gobernante. La crítica y la autocrítica es una importantísima fuerza motriz en el desarrollo del Partido, ayuda a depurar los órganos de éste de todos los elementos estancados, malsanos o enemigos y permite fortalecer y ensanchar los vínculos del Partido con las masas.

Con ayuda de la crítica y la autocrítica educa el

Partido a sus cuadros, les inculca una actitud comunista de principios, lucha contra las tendencias

extrañas al Partido y contra el estancamiento y la

infatuación. El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética enseña a los cuadros a vigilarse sin  miedo,  a  analizar  su  actuación,  a  corregir  y superar valientemente los defectos de su trabajo y a rectificar sus errores. El XIX Congreso del Partido

 

Comunista de la Unión Soviética proclamó la necesidad de luchar contra las tendencias dañinas y peligrosas de la placidez, la satisfacción consigo mismo y la embriaguez de los éxitos. Los burócratas que intentan ahogar la crítica y entorpecer el desarrollo de la acción creadora y de la propia iniciativa de los trabajadores, son enemigos del Partido. Los Estatutos del Partido Comunista de la Unión Soviética imponen como deber de todo miembro del partido "desarrollar la autocrítica y la crítica desde abajo, poner al desnudo los defectos en el trabajo y procurar eliminarlos..." El cerrar el paso a la crítica constituye una grave corruptela, incompatible con la permanencia en las filas del Partido.

Con ayuda de la crítica y la autocrítica pone de manifiesto  y  supera  el  Partido  las  contradicciones

que   van   surgiendo   en   su   propio   desarrollo   y

reestructura el contenido, las formas y los métodos de su trabajo en consonancia con las nuevas tareas.

El Partido, guiado por el método marxista-leninista,

no considera las formas de organización como algo absoluto, establecido de una vez para siempre y adaptables a todas las condiciones. Por el contrario, como señaló el X Congreso del Partido Comunista ruso (bolchevique) en su resolución "sobre el problema de la estructura del Partido", "la forma de organización y los métodos de trabajo se determinan enteramente por las características de la situación histórica concreta dada y las tareas que se desprenden directamente de esta situación".255 De aquí que, al cambiar  la  situación  histórica,  al  cambiar  el contenido del trabajo del Partido, tengan que cambiar también las formas de la estructura de éste.

En una situación como la de la transición gradual del   socialismo   al   comunismo   se   ha   puesto   de

manifiesto también la contradicción existente entre las   nuevas   tareas   del   Partido   y   la   formación

ideológica de sus cuadros. La nueva situación planteaba con toda su fuerza la necesidad de pertrechar ideológicamente a los cuadros. Para llevar

a cabo la educación comunista de los trabajadores, para poder luchar con éxito contra las supervivencias

del capitalismo en la conciencia de los hombres, es indispensable   dotar   a   todos   los   cuadros   de   la ideología de vanguardia, del marxismo-leninismo.

El  XIX  Congreso  del  Partido  Comunista  de  la

Unión   Soviética   condenó   la   subestimación   del trabajo  ideológico  que  revelaba  la  actividad  de

algunas organizaciones del Partido. Y subrayó cómo

esta  subestimación  del  trabajo  ideológico  puede inferir al Partido daños irreparables, ya que crea un

terreno  propicio  para  que  en  él  se  vivifiquen  las

influencias de la ideología burguesa. Desenmascarar incansablemente cualesquiera manifestaciones de la

 

 

255  El Partido  Comunista de la Unión Soviética en las resoluciones  y acuerdos de los Congresos y Conferencias y de los Plenos del C. C., ed. rusa, parte I, 7ª ed., pág. 516.

 

 

 

ideología extraña al marxismo, perfeccionar sistemáticamente  la  preparación  ideológica-política de los cuadros, poner a contribución todos los medios de acción ideológica para la educación comunista de los hombres soviéticos: tales son las tareas señaladas por el XIX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en lo tocante al trabajo ideológico.

Poniendo al descubierto y superando sin temor los defectos  de  su  trabajo  y  de  su  organización  con

ayuda de una audaz crítica y autocrítica, el Partido

Comunista perfecciona su formación ideológica y sus formas de organización y fortalece sus cuadros.

La  fuerza  del  Partido  Comunista  reside  en  la

actividad y en la iniciativa creadora de sus organizaciones y de las masas del Partido. El Partido

no    debe    considerarse    como    un    sistema    de

instituciones o nóminas de militantes, sino que forma un organismo dotado de una acción propia, es la organización  combativa  de  los  comunistas. Condición necesaria para que las masas del Partido puedan desplegar su actividad creadora es la democracia interna, inconcebible sin la dirección colectiva. El Partido es capaz de conducir a los trabajadores por el verdadero camino y de dirigir la construcción del comunismo, porque recoge y condensa la riquísima experiencia de la clase obrera y de todas las masas trabajadoras. La experiencia colectiva del Comité Central descansa sobre la experiencia y la iniciativa de todos los miembros del Partido y asegura la certera dirección de éste y la inquebrantable unidad de sus filas. El Partido Comunista enseña a sus cuadros a aplicar firmemente las normas de la vida del Partido y los principios de su dirección colectiva, establecidos por Lenin.

El manantial de la fuerza del Partido Comunista es          su           vinculación         indisoluble         con         las          masas

trabajadoras, con el   pueblo. El XIX Congreso del

Partido  exige  de  los  comunistas  fortalecer diariamente sus vínculos con las masas, escuchando

atentamente y a su debido tiempo las exigencias y las

necesidades de los trabajadores, no olvidando jamás que en sus nexos con el pueblo reside la fuerza y la

invencibilidad  del  Partido.  A  lo  largo  de  toda  su

historia de más de cincuenta años, el Partido Comunista de la Unión Soviética ha salido vencedor de todas sus pruebas, porque contaba con el apoyo de las masas, porque extraía nuevos y nuevos refuerzos del manantial inagotable de las masas populares. El mejor exponente de los vínculos que unen al Partido con las masas es el crecimiento de sus filas. Y es bien elocuente que en los períodos de más duras pruebas para el País de los Soviets se haya manifestado con una fuerza especial el deseo de los mejores hombres del  pueblo  de  ocupar  un  puesto  en  las  filas  del Partido Comunista, de unir su suerte a la del Partido.

Jamás ha habido en la historia ni hay otro partido que  haya  contado  o  cuente  con  la  confianza  del

pueblo como el comunista. Esta confianza del pueblo

 

la ha ganado el Partido de los comunistas con su sabia política y su abnegada y heroica lucha, con la sangre de miles y miles de sus hijos e hijas que han dado su vida por la causa del pueblo. El Partido ha sabido  ganarse  la  confianza  del  pueblo  con  su valentía  y  su  impavidez  en  el  combate,  con  su firmeza implacable ante los enemigos del pueblo, con su amor y su devoción a los trabajadores, con la claridad de juicio y la sabiduría de su dirección.

El auge de la influencia del Partido Comunista sobre las masas se expresa también en el hecho de que lo rodee una amplia capa de comunistas sin partido, hombres y mujeres que, sin militar en las filas del Partido, son en espíritu comunistas, luchadores conscientes y activos por el comunismo. En las condiciones del socialismo, han cambiado las relaciones mutuas entre los miembros del Partido y los   sin   partido.   Hubo   un   tiempo   en   que   los comunistas miraban a los sin partido y a la permanencia al margen de éste con cierta desconfianza. Y se explica que así fuese, pues por aquel entonces la bandera de los sin partido encubría a diferentes grupos burgueses a quienes no les convenía actuar abiertamente, sin máscara. La situación ha cambiado, con el triunfo del socialismo. El régimen social socialista soviético "une a los sin partido y a los comunistas en la colectividad conjunta de  los  hombres  soviéticos...;  unos  y  otros  han luchado unidos por el fortalecimiento de la potencia de  nuestro  país,  han  combatido  juntos  y  vertido juntos  su  sangre  en  los  frentes  en  nombre  de  la libertad y la grandeza de nuestra patria, juntos han forjado la victoria sobre los enemigos de nuestro país".256     Los   hombres   soviéticos   miembros   del Partido y sin partido son hoy, conjuntamente, los creadores de una obra común. En este sentido, la diferencia entre unos y otros es puramente formal.

El Partido Comunista de la Unión Soviética ha sabido  agrupar  en  torno  suyo  al  pueblo  soviético

todo. Todos los trabajadores soviéticos ven en él su

propio  Partido,  el  jefe  colectivo  reconocido  por todos. En las condiciones del socialismo, en que la

sociedad soviética se halla ya libre de los choques de

clases y descansa sobre la fraternal colaboración de obreros, campesinos e intelectuales, el Partido Comunista representa los intereses de todo el pueblo soviético. Es, como lo proclama el artículo 126 de la Constitución de la U.R.S.S., "el destacamento de vanguardia de los trabajadores en su lucha por la construcción de la sociedad comunista... "

 

Resumen.

La   fuerza   fundamental,   determinante,   en   el

desarrollo de la sociedad socialista es, pues, el modo socialista  de  producción.  Sobre  la  base  del  modo

 

 

256 J. V. Stalin. Discursos en las asambleas electorales de los electores del distrito  Stalin de Moscú, el 11 de diciembre de

1937 y el 9 de febrero de 1946, ed. rusa, 1953, pág. 14.

 

 

socialista de producción han surgido y se han desarrollado  también las nuevas y poderosas fuerzas motrices inherentes al régimen socialista:  la unidad político-moral, la amistad de los pueblos, la crítica y la   autocrítica   y  el   patriotismo   soviético.  Estas fuerzas alumbran, unen y multiplican las energías de las  masas  populares  y hacen  marchar  la  sociedad hacia adelante, acelerando su desarrollo.

El Partido  Comunista es la fuerza orientadora  y dirigente de la sociedad socialista. Cumple la misión

de  dirigente  político,  organizador  y educador  del

pueblo. Como destacamento de vanguardia de los trabajadores   de  la  U.R.S.S., pertrechado  con  una teoría científica, con el conocimiento de las leyes del desarrollo  social, el Partido  Comunista establece la política que corresponde a los intereses del pueblo y a  las  exigencias  del  desarrollo   de  la  sociedad, inculca a las masas la ideología socialista científica y las educa en el espíritu del comunismo. Como la forma más alta de organización de la clase obrera, el Partido  Comunista orienta hacia un único objetivo, la acción de todas las organizaciones soviéticas sociales y estatales y agrupa  los esfuerzos de todos los trabajadores  en la lucha por el triunfo del comunismo.

El Partido  Comunista constituye una gran fuerza transformadora  de la sociedad. Su misión, como la

fuerza  dirigente  y orientadora   de  la  sociedad,  se

eleva con arreglo a leyes en el curso de la construcción del socialismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XII. LAS LEYES DEL PASO DEL SOCIALISMO AL COMUNISMO.

 

 

 

La historia de la sociedad es un proceso histórico- natural de desarrollo, regido por sus leyes, que va desde lo inferior hasta lo superior; la sucesión correlativa de una serie de formaciones económico- sociales. La formación social comunista es la etapa más alta de desarrollo de la sociedad humana. Le sirve de preparación todo el curso de desarrollo de la sociedad capitalista. El paso del capitalismo al comunismo responde a una necesidad histórica ya en sazón de la época contemporánea. El comunismo es la meta final de la lucha de la clase obrera y de su destacamento de vanguardia, el Partido Comunista.

 

1. Las dos fases de la sociedad comunista.

A  diferencia  de  las  concepciones  idealistas  y

metafísicas de los socialistas utópicos, quienes entendían que el comunismo surgiría de golpe, bajo una forma ya definitiva e invariable, el marxismo considera la sociedad comunista como un proceso en desarrollo. Los clásicos del marxismo, abordando la sociedad comunista desde el punto de vista científico de la concepción dialéctico-materialista del mundo, como una sociedad que se desarrolla con arreglo a sus leyes, establecieron teóricamente de la revolución socialista, que el nuevo régimen social llamado a sustituir al capitalismo pasaría por dos fases o etapas: una, la primera, la socialista; otra, la segunda, la comunista. Socialismo y comunismo constituyen dos fases del proceso de maduración de una sola formación  económico-social,  que  es  la  comunista. Los primeros en sacar esta conclusión fueron Marx y Engels, en su estudio titulado Crítica del Programa de Gotha, que vió la luz en 1875.

El socialismo, que surge directamente de la vieja sociedad como resultado de la revolución socialista,

conserva necesariamente algunas supervivencias, tradiciones  y  máculas  de  origen  del  capitalismo.

Previendo las características del socialismo, como la primera fase o fase inferior del comunismo, escribía Marx: "De lo que aquí se trata no es de una sociedad

comunista que se ha  desarrollado  sobre su propia base, sino de una que acaba de salir precisamente de

la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede".257

 

257 C. Marx, "Crítica del Programa  de Gotha", en C. Marx y F.

 

El comunismo, a diferencia del socialismo, se desarrolla ya sobre su propia base, razón por la cual constituye una fase más madura, más desarrollada, la fase superior de la nueva sociedad. "En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ello, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces... la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!".258

El curso de desarrollo de la sociedad socialista instaurada en la U.R.S.S. ha venido a corroborar la

genial previsión de Marx. En los trabajos de V. I. Lenin y de sus discípulos, así como en los acuerdos y

resoluciones del Partido Comunista, se sintetiza teóricamente    la    experiencia    victoriosa    de    la

construcción del socialismo en la U.R.S.S. y se sigue desarrollando creadoramente la teoría del comunismo científico.  La  experiencia  de  la  construcción  del

socialismo y del comunismo en la U.R.S.S. permite determinar de un modo certero y más concreto las

características del socialismo y del comunismo.

¿Cuáles son los rasgos generales de la primera y de la segunda fase de la sociedad comunista?

Tanto en el socialismo como en el comunismo, el modo de producción descansa en la propiedad social

sobre los medios de producción. Lenin escribía, apuntando a este rasgo fundamental común a las dos fases  del  comunismo:  "Marx  llamaba  a  lo  que

usualmente se denomina socialismo la "primera" fase o fase inferior de la sociedad comunista. En cuanto

que entraña la propiedad colectiva sobre los medios de producción, se le puede aplicar también el nombre de "comunismo", siempre y cuando que no se olvide que no se trata del comunismo completo".259

Tanto en el socialismo como en el comunismo, no existen   clases   explotadoras   ni   explotación   del

 

 

Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág. 16.

258 C. Marx, "Crítica del Programa  de Gotha", en C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág. 17.

259 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXV, pág. 441.

 

 

 

hombre por el hombre ni cualquiera otra forma de opresión social. Las relaciones de producción son, en ambas sociedades, relaciones de ayuda mutua y de colaboración  entre  hombres  libres  de  toda explotación.

Lo mismo bajo el socialismo que bajo el comunismo,  la  producción  se  rige  por  una  ley

económica  fundamental  y  tiene  como  fin  la  más

plena satisfacción de las necesidades materiales y culturales   sin   cesar   crecientes   de   la   sociedad,

mediante   el   incremento   y   el   perfeccionamiento

continuos de la producción, a base de la más alta técnica. Por consiguiente, en ambas fases de la nueva sociedad  existe  una  comunidad  de  fines  de producción y una comunidad de medios para satisfacerlos.

Rasgo común a ambas fases de la sociedad comunista es la vigencia de la ley económica del desarrollo armónico proporcional, de desarrollo de toda la economía nacional. A medida que la sociedad va pasando al comunismo, se perfecciona cada vez más  y  va  ampliando  su  radio  de  acción,  hasta abarcado todo, la planificación de la economía nacional, basada en dicha ley. Así en el socialismo como en el comunismo, los órganos económicos dirigentes, apoyándose en las leyes económicas objetivas, ponen en práctica una economía nacional planificada, para lo que se guían por las orientaciones fundamentales de la teoría marxista de la reproducción.

Característica común a las dos fases es el deber igual de todos de trabajar con arreglo a su capacidad.

Por eso, la primera parte de la fórmula que rige tanto

para  el  socialismo  como  para  el  comunismo comienza proclamando la misma exigencia: "de cada cual, según su capacidad". Trabajando con arreglo a su capacidad, los hombres obtienen el derecho a aprovecharse de los bienes materiales y espirituales: en el socialismo, según la cantidad y calidad de su trabajo; en el comunismo, según sus necesidades.

Ambas fases del comunismo se caracterizan por la dominación  de  la  única  ideología  comunista,  la

concepción científica, marxista-leninista del mundo.

Ya con el socialismo, la ideología comunista se convierte   en   ideología   de   todo   el   pueblo.   Sin embargo, en la fase socialista perduran todavía en la conciencia de los hombres ciertas supervivencias del capitalismo; la sociedad no se halla todavía, en esta fase,   totalmente   exenta   de   los   vestigios   de   la ideología burguesa. Estas supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres van superándose en el proceso de la construcción del comunismo  y  de  la  educación  comunista  de  las masas.

Tales son, concisamente resumidos, los rasgos generales del socialismo y el comunismo. Veamos

ahora en qué radican las diferencias existentes entre ambas fases.

 

El comunismo no se diferencia del socialismo por el modo de producción ni por el tipo de las relaciones de producción, sino por el grado de desarrollo, de avance de la nueva sociedad y, sobre todo, por el grado de su madurez económica. El nivel de producción   social   alcanzado   con   el   socialismo permite dar efectividad por vez primera en la historia universal a los grandes derechos del pueblo: el derecho al trabajo, el derecho descanso y el derecho a la instrucción. Pero el nivel de las fuerzas de producción del socialismo no garantiza aún la plena abundancia de bienes materiales, y esto hace que la sociedad se vea obligada a asegurar la distribución de los bienes materiales, en esta fase, con arreglo al trabajo, y no con arreglo a las necesidades.

La diferencia entre el socialismo y el comunismo obedece  a  la  diferencia  en  cuanto  al  nivel  de

desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad.

El socialismo comienza desarrollándose sobre la base técnica  establecida  ya  por  el  capitalismo.  Con  el

socialismo,   comienza   sólo   a   crearse   la   técnica

cualitativamente nueva y elevada que habrá de desarrollarse en todos sus aspectos al llegar al comunismo. Rasgos distintivos de esta técnica nueva son: la mecanización compleja y la automatización de  la  producción  industrial,  la  aplicación  de  la química a la economía nacional, la electrificación de todo el país, el empleo de nuevos tipos de energía, por  ejemplo  de  la  energía  atómica,  etc.  La  base técnica del comunismo, combinada con el pleno y total desarrollo físico e intelectual del hombre, permitirá alcanzar una productividad del trabajo que asegure la abundancia de artículos de consumo.

La diferencia en cuanto al grado de madurez de las relaciones de producción entre el socialismo y el comunismo, reside en lo siguiente. En el socialismo existen dos formas de propiedad social: la estatal (de todo el pueblo) y la cooperativo-koljosiana. Estas dos formas de propiedad surgen inevitablemente como resultado de los distintos caminos de transformación revolucionaria  que  siguen  las  dos  formas  de propiedad privada: la propiedad capitalista y la pequeña  propiedad  campesina.  La  propiedad socialista estatal surge por primera vez como consecuencia de la expropiación de los capitalistas, y la cooperativo-koljosiana como resultado de la agrupación voluntaria de los campesinos trabajadores en   koljóses.   La   existencia   de   dos   formas   de propiedad social, en el socialismo, engendra una producción mercantil de tipo especial, con una economía monetaria y la vigencia de la ley del valor, circunscrita dentro de ciertos límites. En el proceso de desarrollo de la sociedad socialista, ambas formas de propiedad social se desenvuelven sobre la base del desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  y  en consonancia con él. Y esto mismo prepara el paso al comunismo,  hacia  la  unidad  superior  de  las relaciones sociales, en que la propiedad cooperativo-

 

 

 

koljosiana se convertirá en propiedad de todo el pueblo. El paso a la sociedad socialista de todo el pueblo, en los ámbitos de toda la economía, traerá consigo en el futuro la gradual desaparición de la circulación mercantil y de la economía monetaria y la eliminación de la ley del valor.

"En la segunda fase de la sociedad comunista, la cantidad de trabajo invertido en la producción de productos no se medirá indirectamente, a través del valor y de sus formas, como ocurre en la producción mercantil, sino de manera directa e inmediata, por la cantidad   de   tiempo,   por   la   cantidad   de   horas invertidas en la producción de los productos. En cuanto a la distribución del trabajo entre las ramas de la producción, no será regulada por la ley del valor, que entonces habrá perdido ya su fuerza, sino por el incremento de las necesidades de la sociedad en productos. Será ésta una sociedad en la que las necesidades de la misma regularán la producción y el cálculo  de  esas  necesidades  adquirirá  una importancia primordial para los organismos encargados de la planificación"260.

La existencia de dos formas de propiedad social, en el socialismo, lleva aparejada la presencia en ella

de dos clases: la clase obrera y la clase campesina. Se mantiene en pie, aquí, la diferencia esencial entre la

ciudad  y  el  campo.  En  el  socialismo  subsisten también los intelectuales como capa especial, vinculada al mantenimiento de la diferencia esencial

entre el trabajo intelectual y el trabajo físico. En el comunismo, cuando se haya instaurado la propiedad

única  de  todo  el  pueblo  y  se  hayan  destruido  las viejas   formas   de   la   división   del   trabajo,   al

desaparecer la diferencia esencial entre los hombres del trabajo intelectual y los del trabajo físico, irán borrándose las diferencias entre la clase obrera y los

campesinos y entre estos sectores y los intelectuales.

En el socialismo, y en estrecha relación con el nivel  alcanzado  por  las  fuerzas  productivas  y  las

relaciones    de    producción    correspondientes,    la

distribución con arreglo al trabajo se lleva a cabo bajo dos formas: en las empresas del Estado bajo la

forma del salario, y en los koljóses bajo la forma de

los ingresos por días de trabajo. En el comunismo, establecida la base de la propiedad única de todo el pueblo y habiendo desaparecido ya las diferencias de clase, regirá la distribución con arreglo a las necesidades.

Así, pues, el comunismo presupone un grado superior de desarrollo de todo el conjunto de las relaciones de producción.

El  socialismo  asegura,  con  respecto  al capitalismo, un salto gigantesco en el desarrollo de la

cultura, en la elevación del nivel cultural de todo el pueblo. Bajo el socialismo, se ha introducido en la U.R.S.S.,    con    carácter    general,    la    enseñanza

 

 

260  J. V. Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la

U.R.S.S., ed. española, pág. 22.

 

obligatoria de siete años a costa del Estado y va introduciéndose gradualmente la instrucción durante diez  años.  El  comunismo  traerá  consigo  una elevación todavía mayor de la instrucción y la cultura del pueblo, la destrucción de todas las supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres, la superación de la diferencia esencial entre el trabajo intelectual y el físico y la elevación del nivel técnico-cultural de todos los trabajadores hasta el de los ingenieros, técnicos y agrónomos, el desarrollo total de las dotes físicas e intelectuales del hombre.

Expresión sintética de las diferencias entre el comunismo  y  el  socialismo  es  el  principio  de  la

sociedad  comunista:  "de  cada  cual  según  su capacidad, a cada cual según sus necesidades". La

realización de este principio se halla relacionada con la transformación del trabajo en una necesidad vital y primordial,  lo  que  constituye  uno  de  los  signos

fundamentales de la fase superior del comunismo. El principio comunista de la distribución nada tiene que

ver con las ideas anarquistas, pequeñoburguesas, según las cuales en el comunismo los hombres percibirán lo que necesiten, independientemente de

que   trabajen   o   no.   El   comunismo,   como   toda sociedad,   descansa   sobre   el   trabajo.   Con   el

comunismo, el trabajo se convierte en una necesidad primordial de la vida del hombre, en un hábito; el hombre, en esta sociedad, trabajará con arreglo a sus

capacidades y percibirá por su trabajo altamente productivo lo que corresponda a las necesidades de

un hombre culturalmente desarrollado.

El principio comunista de la distribución de los bienes materiales con arreglo a las necesidades no

tiene  tampoco  nada  que  ver  con  las  concepciones

pequeñoburguesas acerca de la igualdad ni con los postulados    relativos    a    la    nivelación    de    las

necesidades  y  los  gustos  de  los  miembros  de  la

sociedad. Los clásicos del marxismo-leninismo enseñan, y la experiencia del socialismo ha venido a confirmado, que los gustos y las necesidades de los hombres no podrán ser nunca iguales. El socialismo y el comunismo entrañan la destrucción de la desigualdad de clases, de la desigualdad entre los poseedores y los desposeídos, pero no significan, ni mucho menos, la igualdad de necesidades y gustos, ni  una  tendencia  niveladora  en  cuanto  a  la distribución de los bienes materiales. El comunismo entraña, por el contrario, un alto desarrollo de las necesidades y los gustos de todos los miembros de la sociedad.

La igualdad lograda con el socialismo encuentra su expresión en la liberación por igual de todos los trabajadores de la explotación del hombre por el hombre,  en  la  implantación  del  deber  igual  para todos de trabajar con arreglo a su capacidad y del derecho igual de todos los trabajadores a ser remunerados      con      arreglo      a      su      trabajo,

 

 

 

independientemente de su sexo, edad o nacionalidad.

Pero, al lado de esta igualdad, ya lograda con el socialismo,  en  esta  sociedad  se  mantienen  aún,

inevitablemente, algunas desigualdades de hecho, en

el sentido de un aseguramiento material desigual de los hombres. "Refutando la vaga fraseología pequeñoburguesa de Lassalle acerca de la "igualdad" y la "justicia" en general, Marx pone de manifiesto la trayectoria  de desarrollo  de la sociedad comunista, que se ve obligada a destruir al principio solamente la "injusticia" de que los medios de producción se vean acaparados por unos cuantos individuos y que no está en condiciones de destruir de una vez la otra injusticia, consistente en la distribución de los artículos de consumo "con arreglo al trabajo" (y no con arreglo a las necesidades)"261. El paso del socialismo al comunismo significa la liquidación de este último residuo de la desigualdad económica.

 

2.            El            paso     gradual               del        socialismo          al comunismo.

El paso del socialismo al comunismo se lleva a

cabo, gradualmente, sin explosiones revolucionarias. La explicación de ello está en que se trata de un

tránsito operado dentro de la misma formación económico-social, a base del mismo modo socialista

de producción y sin que existan clases explotadoras. La propiedad social sobre los medios de producción y  la  certera  política  del  Partido  Comunista  y  del

Estado soviético, establecida sobre fundamentos científicos, hacen que las contradicciones que surgen

entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción,   en   las  condiciones  del  tránsito  del

socialismo al comunismo, no se conviertan en antagonismos, en conflictos sociales, sino que se resuelvan   a   su   debido   tiempo,   de   un   modo

organizado y planificado. El Partido Comunista y el

Estado socialista, como supraestructura política que expresa los intereses de todo el pueblo y se apoya en

las  ventajas  de  la  base  socialista  y  en  las  leyes

económicas objetivas del socialismo, aseguran con su dirección el movimiento de avance de la sociedad, la

marcha de ésta hacia el comunismo. La comunidad

de intereses de obreros, campesinos e intelectuales, vitalmente interesados en la construcción victoriosa del comunismo, vence cuantos obstáculos puedan interponerse en el camino hacia esta grandiosa meta.

El paso al comunismo lleva aparejada la solución de   los   complejos   y   difíciles   problemas   de   la

construcción del comunismo, del auge cultural y de

la reeducación comunista de toda la sociedad. Este tránsito puede llevarse a cabo mediante la solución

gradual de los problemas económicos, culturales y

educativos, íntimamente vinculados entre sí. Pero sin que  se  deba  caer en  la  ligereza  de  pensar  que  se puede correr atropelladamente hacia adelante, pasar a formas más altas de vida económica, antes de que se

 

261 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXV, pág. 438.

 

den las premisas obligadas para ello.

El  carácter  gradual  del  paso  del  socialismo  al comunismo  no  sólo  no  excluye,  sino  que,  por  el

contrario, presupone una serie de cambios radicales,

de saltos cualitativos en esta dirección. El paso de la economía del socialismo a la economía del comunismo,  de  la  fórmula  del  socialismo  a  la fórmula  del  comunismo,  representa  un  salto cualitativo de significación histórico-mundial en el desarrollo de la sociedad socialista.

El modo de producción es la fuerza fundamental y determinante en el desarrollo de la sociedad. Y esta

tesis  cardinal  del  materialismo  histórico  se  refiere

también, plenamente, a la sociedad socialista. Sólo el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas y de

las relaciones de producción congruentes con ellas

puede asegurar el paso del socialismo al comunismo. Ahora  bien,  las  particularidades  con  que  se manifiesta en las condiciones del socialismo esta ley económica general dependen del carácter de la economía socialista, de los postulados de la ley económica  fundamental  del  socialismo.  El socialismo, en plena consonancia con los postulados de esta ley, garantiza el desarrollo de la producción en todos sus aspectos, el auge armónico de todas las ramas de la economía nacional en aras de la máxima satisfacción de las necesidades de toda la sociedad.

Condición           fundamental     para       el            paso      al comunismo es la creación de la correspondiente base

técnico-material de la sociedad, mediante el continuo desarrollo de las relaciones productivas en todos y

cada uno de sus aspectos, mediante el auge de toda la producción social, principalmente la de medios de

producción. La base técnico-material del comunismo es la gran producción socialista industrial y agrícola, basada en la electrificación de todo el país, en la

mecanización compleja de todos los procesos de trabajo, en la automatización total y en la aplicación

de la química a los procesos de producción.

Condición  cardinal  para  el  auge  de  toda  la producción  social  es  el  aumento  preferente  de  la

producción de medios de producción y, principalmente, de instrumentos de trabajo. El auge

preferente de la producción de medios de producción es necesario, ante todo, para asegurar la dotación de las propias empresas en que se producen esos medios

con el equipo más moderno y perfeccionado. En el socialismo,  se  renueva  constantemente  el  equipo

industrial de las fábricas productoras de maquinaria. En las fábricas soviéticas de construcción de maquinaria funcionan ya muchas líneas de máquinas

automáticas. Además, el desarrollo preferente de la industria pesada permite equipar constantemente con

la nueva técnica toda la industria atrasada, el transporte y la agricultura. Y cabalmente a base del desarrollo preferente de la producción de medios de

producción se logra el progreso técnico de la economía nacional y se crea la base técnico-material

 

 

 

para el comunismo.

La genial fórmula de Lenin: El comunismo es el

Poder  soviético más  la  electrificación  de  todo  el país, señala la línea fundamental de la creación de la base  técnico-material  del  comunismo.  En  esta fórmula se subraya que la electrificación de todo el país constituye el fundamento decisivo del progreso técnico, la base energética para la producción comunista. Ahora bien, la electrificación de todo el país  exige  el  auge  técnico-cultural  de  los trabajadores, no sólo en la ciudad, sino también en el campo. "La electrificación, sobre la base del régimen soviético, hará triunfar definitivamente los fundamentos del comunismo en nuestro país, los fundamentos de una vida culta...", escribía Lenin.262

Con  el  socialismo,  dentro  del  régimen  de propiedad social sobre los medios de producción, la

electrificación abarca todas las ramas de la economía

nacional a lo largo de todo el país y va penetrando cada  vez  más,  en  extensión  y  en  profundidad,  en

todos los procesos de producción.

El Estado socialista, en consonancia con las tareas de la construcción del comunismo, asegura un auge de la base energética en el que la energía eléctrica se adelanta al ritmo de producción de la economía nacional en su conjunto. Durante los años que lleva de existencia el Poder soviético, de 1917 a 1953, el volumen de toda la producción industrial de la U.R.S.S. aumentó en cuarenta veces, y la generación de energía eléctrica en setenta. El rápido auge de la base energética desempeñó un papel importantísimo en la creación de una potente industria soviética de primera clase, como base para el éxito en la construcción del comunismo. En el camino hacia el comunismo, la electricidad se ve reforzada por una energía todavía más poderosa, la energía, atómica. Mucho es lo que en la Unión Soviética se hace ya para el empleo de la energía atómica con fines de paz, en interés del desarrollo de la industria.

La  elevación  preferente  de  la  producción  de medios de producción es condición necesaria para

crear la base técnico-material del comunismo. Y esto sienta el fundamento para el auge ininterrumpido de

toda la producción social. El pueblo soviético, fiel a los mandatos de Lenin, ha logrado elevar el peso específico de la producción de la industria pesada

dentro  del  volumen  global  de  la  producción industrial. En 1924-25 la producción de medios de

producción representaba el 34 por 100 de toda la producción industrial de la U.R.S.S.; al final del segundo plan quinquenal, en 1937, representaba ya el

58 por 100, y en 1953 el 70 por 100, aproximadamente.

Sobre la base del auge preferente de la producción de   medios   de   producción,   se   opera   un   rápido progreso técnico de toda la economía nacional. El

Partido  Comunista  y  el  Gobierno  soviético,  en  su

 

262 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXX, pág. 343.

 

política técnica, ponen en práctica firmemente el mandato de Lenin: pasar en todas partes a la aplicación de una técnica maquinizada. En la U.R.S.S., se ha dado cima a la mecanización de una serie de procesos fundamentales en la extracción de la hulla, y actualmente se ha puesto a la orden del día la mecanización compleja de todos los procesos de producción en esta industria extractiva. Ya en 1951, el 95 por 100 de todo el hierro fundido se obtenía en altos hornos dotados de regulación automática de la temperatura de la corriente de aire. La introducción de los aparatos automáticos y telemecanismos es especialmente extensa en las centrales eléctricas. En

1952, más del 90 por 100 de las centrales hidroeléctricas  poseían  mecanismos  complejos  de

gobierno  automático.  Las  fábricas  automáticas  ya

existentes en la U.R.S.S. y en vías de creación son prototipos de la técnica del comunismo.

Se está llevando a cabo con éxito la mecanización

de la agricultura, en la U.R.S.S. En 1953, las estaciones de máquinas y tractores ejecutaron más del 80 por 100 de las faenas agrícolas fundamentales de los koljóses. Y, al ir dotándose cada vez más a la agricultura de la novísima técnica, se asegura la mecanización compleja de todos los procesos de trabajo en el campo.

A diferencia de lo que ocurre en la sociedad capitalista, donde la reproducción ampliada discurre en forma cíclica, sometida a la acción destructora de las crisis, en las condiciones de la sociedad socialista la reproducción ampliada se efectúa rítmica e ininterrumpidamente. Los capitalistas desarrollan la producción con el fin de obtener las máximas ganancias; pero esto conduce inevitablemente al divorcio entre la producción y el consumo de las masas populares, que se ve reducido al mínimo. En el socialismo  y  el  comunismo,  en  plena  consonancia con la ley económica fundamental del socialismo y la ley del desarrollo armónico y planificado de la economía socialista, se halla garantizada la armonía entre el incremento de la producción de medios de producción y el de los artículos de consumo popular, y se logra un auge ininterrumpido del bienestar de todos los trabajadores. En las condiciones del sistema socialista de economía, el desarrollo de las necesidades de las masas se adelanta siempre al incremento de la producción, impulsándolo hacia adelante.   Y   esta   contradicción   de   la   sociedad socialista es un acicate importantísimo para el crecimiento ininterrumpido de toda la producción social.

El auge ininterrumpido de la producción, en las condiciones del socialismo, lo asegura la propia naturaleza del modo socialista de producción. Las relaciones de producción socialistas garantizan el firme desarrollo de las fuerzas productivas, lo que se expresa también en el perfeccionamiento de los instrumentos de  producción,  de la técnica  y en la

 

 

 

elevación del nivel técnico-cultural de los trabajadores. La gran masa de los nuevos elementos que afluyen a la clase obrera de la U.R.S.S. son obreros calificados. De 1940 a 1953, se prepararon más de 7 millones de jóvenes obreros calificados, a través del sistema estatal de las reservas de trabajo. Más de 9 millones de obreros y koljosianos estudian todos los años en los diversos centros del sistema organizado para elevar la calificación de los obreros, sin abandonar las tareas de la producción. De las escuelas superiores y las escuelas técnicas salen anualmente cientos de miles de especialistas.

En el curso de la construcción del comunismo aumenta   sin   cesar   el   número   de   trabajadores

ocupados  directamente  en  las  labores  de  la producción material y disminuye proporcionalmente

el  de  los  que  se  ocupan  en  actividades administrativas y complementarias.

De este modo, en las condiciones del paso del

socialismo al comunismo, van desarrollándose en todos y cada uno de sus aspectos las fuerzas productivas de la sociedad.

El paso al comunismo no sólo exige un continuo y poderoso  incremento   de  las   fuerzas  productivas

socialistas, sino también el congruente desarrollo de las    relaciones    socialistas    de    producción.    Las

relaciones socialistas de producción corresponden plenamente a las fuerzas productivas contemporáneas e  impulsan  eficazmente  a  éstas  a  marchar  hacia

adelante. Pero esto no significa, ni mucho menos, la ausencia de toda clase de contradicciones entre unas

y otras, en el período de transición del socialismo al comunismo: en la fase de la construcción comunista,

las fuerzas productivas marchan y marcharán siempre delante de las relaciones de producción, y también en lo  sucesivo  seguirán  cambiando  las  relaciones  de

producción a tono con el desarrollo de las fuerzas productivas.  El  desarrollo  ulterior  de  las  fuerzas

productivas conducirá, en lo sucesivo, a la elevación de la propiedad cooperativo-koljosiana hasta el nivel de la propiedad de todo el pueblo, a la supresión de

las diferencias esenciales que aún subsisten entre la ciudad  y  el  campo  y  entre  el  trabajo  físico  y  el

intelectual, irá borrando las fronteras entre la clase obrera, los campesinos y los intelectuales e impulsará el paso del principio socialista de distribución con

arreglo al trabajo al principio de distribución comunista a tenor con las necesidades.

La dialéctica del desarrollo del comunismo lleva consigo el que el tránsito a la forma superior de las relaciones comunistas de producción sólo sea posible

a base de desarrollar en todos sus aspectos las fuerzas productivas de la sociedad socialista y las relaciones

de producción congruentes con ellas. En el período del socialismo, desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de las fuerzas productivas la propiedad

socialista de todo el pueblo y la propiedad cooperativo-koljosiana,   el   comercio   soviético,   la

 

circulación monetaria y la distribución con arreglo al trabajo.

La política del Partido Comunista va dirigida al fortalecimiento y desarrollo en todos sus aspectos de

las  relaciones  socialistas  de  producción.  Sin fortalecer y desarrollar no sólo la propiedad estatal,

sino también la cooperativo-koljosiana, sería imposible  la  construcción  del  comunismo.  Ahora bien,  la  existencia  de  dos  formas  de  propiedad

socialista  lleva  aparejada  la  necesidad  de  la circulación  mercantil.  La  propiedad  cooperativo-

koljosiana y la circulación mercantil son y serán durante largo tiempo utilizadas con éxito por la sociedad soviética para el desarrollo de la economía

socialista. Sólo el desarrollo en todos sus aspectos del     comercio     soviético     va     preparando     la

ramificadísima red que en el futuro será necesaria para pasar al principio comunista de la distribución con arreglo a las necesidades.

El  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  de  la sociedad  socialista  conducirá  a  la  creación  de  la

propiedad única de todo el pueblo en el conjunto de la  economía  nacional,  lo  que  permitirá  la planificación total por el Estado de la producción y

distribución de todo lo producido. La futura transformación gradual de la producción koljosiana

en producción para todo el pueblo se llevará a cabo en   plena  consonancia   con   los  intereses  de  los koljóses y los koljosianos. Condición para el paso a

la propiedad única de todo el pueblo es el desarrollo de  la  producción  socialista  sobre  la  base  de  la

conjunción de las dos formas de propiedad social socialista, bajo   el predominio de la propiedad de

todo el pueblo, como la forma superior de propiedad socialista.

En el nuevo auge de la agricultura tienen decisiva

importancia las estaciones de máquinas y tractores del Estado, centros de la vida económica del campo koljosiano y de irradiación política de Partido y educativo-cultural entre los campesinos de los koljóses. En 1954, funcionaban más de 9.000 E.M.T., que daban servicio a 94.000 koljóses. La creciente importancia de las E.M.T. como la base técnico- material del régimen koljosiano no sólo significa el desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura socialista, sino también el desarrollo de las fuerzas socialistas de producción y el incremento de la parte correspondiente a la propiedad de todo el pueblo en la  agricultura.  El  desarrollo  de  las  fuerzas productivas de los koljóses exige imperativamente el perfeccionamiento y la renovación constantes de la técnica, lo que se logra por medio de las E.M.T. El desarrollo  continuo  de  la  técnica  y  de  los mecanismos técnicos preparatorios y la elevación del nivel técnico-cultural de los koljosianos: todo este proceso de desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura, va sentando las premisas para la creación en el futuro de la propiedad única de todo el pueblo.

 

 

 

La preparación de las condiciones del paso del socialismo al comunismo exige la aplicación consecuente del principio de la remuneración con arreglo al trabajo realizado, la rigurosa implantación del principio consistente en interesar materialmente a los trabajadores por los resultados de su trabajo. El marxismo-leninismo sostiene que el factor moral, el entusiasmo de las masas populares, constructores del socialismo, debe combinarse con el principio del interés material. Todo intento de apoyarse solamente en el factor moral, haciendo caso omiso del interés material, es caer en el idealismo. La concepción materialista científica de la vida social, base teórica de la acción del Partido Comunista, exige la combinación  de  los  factores  morales  y  materiales para el desarrollo de la producción. Lenin enseñaba que las masas de muchos millones de hombres no pueden ser llevadas hacia el comunismo solamente por medio el entusiasmo, sino, con ayuda del entusiasmo engendrado por la gran revolución, apelando al interés personal y al cálculo económico: "...de otro modo, jamás llegaremos al comunismo, jamás conduciremos al comunismo a decenas y decenas de millones de hombres. Así nos lo ha demostrado la realidad. Así nos lo ha demostrado la marcha del desarrollo de la revolución".263

El desarrollo de las fuerzas de producción socialistas se encarga de ir borrando las fronteras de clase entre obreros y campesinos. El paso a la propiedad única de todo el pueblo va colocando a todos los hombres en el mismo plano en cuanto a sus relaciones con los medios de producción.

En el comunismo, desaparecerá la diferencia esencial  entre  la  ciudad  y  el  campo.  Lo  cual  no

significa,  naturalmente,  que  un  buen  día  vayan  a

borrarse sin dejar rastro todas las diferencias existentes entre la industria y la agricultura. También

en  el  comunismo  se  mantendrá  alguna  diferencia

entre una y otra, por cuanto que se trata de dos ramas distintas de la economía nacional. A diferencia de lo que ocurre en la industria, la agricultura lleva inseparablemente aparejado un carácter estacional, toda vez que las faenas agrícolas se suceden necesariamente con arreglo a las estaciones del año. Y la agricultura no podrá tampoco ir alcanzando gradualmente, como la industria, la automatización completa de los procesos de producción.

Sobre  la  base  del  desarrollo  de  la  producción, como resultado y en el curso de la solución de las

tareas productivas, van resolviéndose y se resolverán

satisfactoriamente los problemas de la organización de la vida, tanto en la ciudad como en el campo. De

aquí  que  el  resolver  las  tareas  de  la  producción

condicione la satisfacción de las necesidades culturales y de vida de los trabajadores. Y, a su vez, la máxima satisfacción de las crecientes necesidades culturales  y  de  vida  de  los  constructores  de  la

 

sociedad comunista, contribuye a la solución de las tareas productivas.

Condición primordial para la satisfacción de las necesidades sin cesar crecientes de los miembros de

la sociedad socialista y para el paso gradual al comunismo es el incremento de la productividad del

trabajo. Como decía V. I. Lenin, "la elevación de la productividad del trabajo constituye una de las tareas cardinales, ya que sin ello sería imposible el paso definitivo al comunismo".264 El triunfo del socialismo y  la  revolución  cultural  en  la  U.R.S.S.  han conducido, con arreglo a leyes, al incremento de la productividad del trabajo. Hay que reconocer, sin embargo, que el actual nivel de productividad del trabajo es aún insuficiente. "Tarea urgente -dijo G. M, Malenkov en su discurso ante los electores, el 12 de marzo de 1954- es la de velar por una importante elevación de la productividad del trabajo, tarea que ha pasado a ser, en realidad, el centro de toda la actividad práctica del Partido en la dirección del desarrollo ulterior de la economía nacional". Funcionan en la U.R.S.S. numerosas fábricas, minas, sovjóses,   estaciones   de  máquinas   y  tractores   y koljóses  modelos.  El  pueblo  soviético  lucha  por

conseguir el máximo rendimiento de la técnica y por lograr en todas partes seguir mejorando la organización de la producción, por alcanzar un alto nivel cultural en el trabajo, por emplear todos los recursos y posibilidades del trabajo social, dentro de cada empresa y en los ámbitos de todo el Estado.

El   constante   e   importante   incremento   de   la productividad  del  trabajo  socialista  es  condición

importantísima para el logro de nuevas victorias del

socialismo en su emulación económica con el capitalismo. El triunfo del socialismo en la Unión Soviética  ha  significado  un  gigantesco  salto  de avance en el empeño de alcanzar y aventajar, desde el punto de vista económico, a los principales países capitalistas.   El   alto   ritmo   de   desarrollo   de   la economía  socialista,  inconcebible  bajo  el capitalismo, permite lograr plenamente este empeño en la etapa de tránsito al comunismo y alcanzar con ello el triunfo total en la emulación económica entre los dos sistemas, sobrepasar a los países capitalistas más desarrollados en cuanto a la producción de artículos   industriales   y   agrícolas,   calculada   por cabeza de población.

Así, pues, la base material para el paso gradual del   socialismo   al   comunismo   es   un   poderoso

incremento    de    las    fuerzas    productivas    y    el

consiguiente desarrollo de las relaciones de producción.  Y  el  programa  de  construcción  del

comunismo    lleva    también    consigo    la    tarea

importantísima de seguir elevando el nivel cultural de toda la sociedad. El desarrollo cultural de la sociedad socialista tiene dos facetas: la primera es el desarrollo de la personalidad en todos sus aspectos;

 

 

 

263 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXXIII, pág. 36.

 

264 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX, pág. 93.

 

 

 

la segunda, la consecución de un grado de conciencia comunista tan elevado, que el trabajo se considere como la primera necesidad vital para todo ciudadano. El comunismo presupone el desarrollo íntegro y total de las dotes físicas y espirituales de cada individuo. Para  lograr  esto,  se  asegura  en  medida  cada  vez mayor a todos los miembros de la sociedad socialista la posibilidad de recibir la suficiente instrucción para llegar a convertirse en agentes conscientes y activos del desarrollo social. El incremento de la cultura en todos y cada uno de sus aspectos y la educación comunista de las masas desempeñan una importante misión en el desarrollo progresivo de la sociedad socialista por el camino hacia el comunismo. Y una de las condiciones de la elevación de la cultura necesaria para el paso al comunismo es la reducción gradual de la jornada de trabajo, dejando libre el tiempo necesario para que todos  los miembros de la sociedad puedan instruirse en todos los aspectos.

Bajo las condiciones de las sociedades formadas por clases antagónicas, el tiempo libre es privilegio de los explotadores. Esta característica se acusa de un modo  especial  en  la  sociedad  capitalista,  donde, según las palabras de Marx, el tiempo libre de los explotadores se logra transformando en jornada de trabajo la vida entera de las masas explotadas. En las condiciones del régimen socialista, el tiempo libre se convierte en patrimonio de todos los trabajadores. A diferencia de lo que ocurre en muchos países capitalistas, donde la jornada de trabajo se extiende, como en su día en la Rusia zarista, a 10-12 horas, y en  las  colonias  hasta  18,  en  la  U.R.S.S.  rige  la jornada de trabajo de 8 horas; y en una serie de ramas industriales y para todas las personas no adultas, la jornada es todavía más corta. En la U.R.S.S. funciona el sistema de protección del trabajo y de seguros sociales mejor del mundo y todos los obreros y empleados  disfrutan  de  vacaciones  anuales retribuidas.

Durante la etapa de tránsito hacia el comunismo, irá    aumentando    gradualmente    en    los    países

socialistas el tiempo de que los trabajadores disponen para el desarrollo total e íntegro de su personalidad.

En las condiciones del régimen socialista, el aumento del tiempo libre de los trabajadores depende del desarrollo  de  toda  la  producción  social.  Con  el

incremento de la técnica y a medida que se extienden la     mecanización     compleja     del     trabajo,     la

automatización de la producción, la electrificación de todo el país y el dominio de esta técnica por todos los obreros       y       campesinos,       irá       aumentando

constantemente la productividad del trabajo, premisa necesaria para la reducción gradual de la duración de

la jornada.

Existe, en el socialismo, una interdependencia dialéctica entre el aumento del tiempo libre de los

trabajadores y el incremento de la productividad del trabajo:   al   aumentar   la   producción   de   bienes

 

materiales,  los   miembros   de  la  sociedad   hacen posible reducir el tiempo de trabajo y aumentar el tiempo libre; y, a su vez, el aumento del tiempo libre da  a  los  trabajadores  la  posibilidad  de  llegar  a dominar las conquistas de la cultura, de la ciencia y de la técnica y desarrollar íntegramente sus dotes y capacidades, lo que, simultáneamente, conduce a la elevación de la productividad del trabajo y al incremente de la riqueza social, como base del desarrollo armónico de la personalidad.

Marx y Engels señalaban que, en la sociedad comunista, la educación constaría de tres partes: la

formación intelectual, la enseñanza politécnica y la

educación física. Este tipo de educación asegurará, en  su  conjunto,  el  desarrollo  pleno  y  total  de  las

capacidades  espirituales  y  físicas  del  hombre.  La

formación intelectual, a través de los estudios de la escuela media, da a conocer los fundamentos de las ciencias, y la educación física asegura el desarrollo armónico del organismo humano. La enseñanza politécnica tiene como misión instruir al hombre, teórica y prácticamente, en los fundamentos técnicos de las principales ramas de la producción actual.

La  enseñanza  politécnica  no  requiere  la instrucción necesaria a todas las profesiones, sino la

de los fundamentos de la industria contemporánea, el

conocimiento teórico y práctico de las principales ramas de la producción, sin el cual no sería posible el desarrollo íntegro de la generación que se está formando. En los intentos llevados a cabo anteriormente  para  implantar  la  enseñanza politécnica, en la U.R.S.S., se cometieron diversos errores. En primer lugar, se reducía la enseñanza politécnica al artesanado: en vez de enseñar los fundamentos de la industria actual, basada en la producción maquinizada, se trataba de instruir a los alumnos en las actividades artesanales, basadas en el trabajo manual. Y, en segundo lugar, en vez de dotar a quienes tomaban parte en la enseñanza de un sólido conocimiento de los fundamentos de las ciencias necesarios   para   adquirir   una   especialización,   se tendía a enseñar a los niños con arreglo al principio "de todo un poco". Estas deformaciones fueron puestas al desnudo en una decisión del C.C. del P.C. de la U.S., el 5 de septiembre de 1931, "Sobre la escuela primaria y media". En ella se dice que todo intento de divorciar la escuela politécnica de la asimilación sistemática y sólida de las ciencias, especialmente de la física, la química y las matemáticas, constituye la más burda tergiversación de la idea de la escuela politécnica e impide la sistemática y sólida asimilación de estas ciencias, que forman la base teórica de la técnica.

La instrucción politécnica tiene como misión preparar,  ofreciéndoles  un  amplio  horizonte científico, a hombres aptos para poder elegir libremente una profesión. Lo que no significa, sin embargo,  que  la  libre  elección  de  una  profesión

 

 

 

conduzca a la destrucción total de la división del trabajo. En la sociedad comunista, no se tratará de acabar con las profesiones, sino de que cada cual elija libremente la que mejor le convenga. Se acabará con la división social del trabajo existente, pero no con todas las formas de la división del trabajo en general. La actual división del trabajo se traduce en la diferencia esencial entre los hombres del trabajo intelectual y los del trabajo físico, en la diferencia entre el trabajo calificado y no calificado, en la diferencia esencial entre la ciudad y el campo. Estas formas de división del trabajo desaparecerán, pero también con el comunismo subsistirá la división del trabajo que se expresa en una cierta especialización. Sería erróneo creer que, en la sociedad comunista, todos los hombres habrán de ser por igual altamente productivos y trabajar en cualquier esfera de actividades  con  un  conocimiento  perfecto  de  las cosas. Ya Marx observaba que los comunistas no piensan que todo el mundo llegue a pintar como un Rafael, pero sí que todo aquel que lleve dentro un Rafael  tenga  la  posibilidad  de  desarrollar íntegramente  y  sin  obstáculos  sus  dotes  y capacidades.

Como resultado del triunfo del comunismo en la Unión Soviética, se ha destruido la contraposición entre el trabajo físico y el intelectual. En el camino hacia el comunismo, se plantea un problema nuevo: el de acabar con la diferencia esencial subsistente entre el trabajo intelectual y el trabajo físico. Esta diferencia radica en el distinto nivel de desarrollo técnico-cultural de la mayoría de los obreros y campesinos, de una parte, y de otra los intelectuales. Ya  Lenin  previó  que  los  intelectuales  seguirían siendo "una capa especial hasta llegar a la fase superior de desarrollo de la sociedad comunista".265

La diferencia esencial entre el trabajo intelectual y el físico irá desapareciendo gradualmente, en el proceso de elevación del nivel técnico-cultural del pueblo. El paso al comunismo no entraña el descenso del nivel de los hombres del trabajo intelectual hasta el de los trabajadores físicos no calificados, sino, por el contrario, la elevación de todos los obreros y campesinos al  plano de trabajadores cultos e instruidos de la sociedad comunista.

Una importante condición de la elevación cultural de  las  masas  populares,  necesaria  para  el  paso  al

comunismo,   es   el   mejoramiento   radical   de   las

condiciones de la vivienda y el aumento considerable del salario real de los obreros y empleados y de los ingresos de los koljosianos. En la U.R.S.S. se realiza una formidable obra de construcción de viviendas y se opera un auge sistemático del salario real de los obreros y empleados y de los ingresos de los campesinos. La elevación del salario real se lleva a efecto de diversos modos. Contribuye especialmente a  ello  la  rebaja  de  precios  de  los  víveres  y  los

 

265 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXIII, pág. 169.

 

artículos industriales. Desde 1947, la rebaja de precios,  en  la  U.R.S.S.,  se  desarrolla sistemáticamente, de año en año, y lleva aparejada la elevación del nivel de vida de toda la población. Solamente en el período comprendido entre 1947 y

1954, descendieron a menos de la mitad los precios al por menor, en la Unión Soviética: en 1954, eran

2,3 veces menores que en 1947. A medida que se

eleva el nivel técnico-cultural de los trabajadores, éstos  ven  aumentar  también  su  calificación  como

productores,  lo  que  trae  como  consecuencia  un

aumento  de  salarios.  En  el  proceso  de  tránsito gradual del socialismo al comunismo, seguirá operándose la elevación directa de los salarios e ingresos de los trabajadores.

Las crecientes necesidades de los hombres soviéticos  no  se  satisfacen  solamente  mediante  la

obtención de bienes materiales y culturales a base de

los principios del salario socialista. El Estado se encarga  de  satisfacer,  por  medio  de  instituciones sociales, las necesidades de la población en materia de instrucción, servicios culturales, descanso, tratamiento médico, etc. Los gastos del Estado soviético para atenciones de carácter social y cultural representan en la actualidad más del 25 por 100 del presupuesto de gastos del Estado. Estos recursos se destinan a la instrucción gratuita y a la elevación del grado de calificación de los trabajadores, al pago de becas   a   los   alumnos   de   las   escuelas   medias, especiales y superiores, a la ayuda médica gratuita, a la asignación gratuita y exenta de plazas en los sanatorios, casas de reposo e instituciones infantiles, al pago de pensiones e indemnizaciones en concepto de seguro social, al pago de subsidios a las madres de hijos numerosos y a las madres solas, etc.

Exponente sintético del nivel de vida del pueblo es la distribución de la renta nacional. En los países capitalistas, más de la mitad de la renta nacional va a parar a los bolsillos de un puñado de explotadores. En  los  Estados  Unidos,  Inglaterra  y  Francia,  las clases explotadoras se apropian cerca de las tres quintas partes de la renta nacional. Al contrario de lo que sucede en los países capitalistas, en la sociedad socialista toda la renta nacional pertenece al pueblo. Cerca de las tres cuartas partes de la renta nacional de la Unión Soviética se destinan a satisfacer las necesidades personales de orden material y cultural de los trabajadores de la sociedad. La parte restante se emplea en extender la producción socialista y en otras   atenciones   sociales;   es   decir,   se   destina también, en última instancia, a crear las condiciones necesarias para seguir elevando el nivel material y cultural del pueblo.

Como resultado y a base del progreso técnico, del auge de la situación material y cultural del pueblo, de la elevación del grado de conciencia comunista, de las masas y del desarrollo total e íntegro de la personalidad,     el     trabajo     va     convirtiéndose gradualmente en una necesidad vital primordial del hombre, lo que  constituye uno de los signos más importantes del comunismo.

El  trabajo  comunista,  enseñaba  Lenin,  es  un trabajo  voluntario,  "...  el  trabajo  por  el  hábito  de

trabajar para el provecho común y por una actitud

consciente  (ya  convertida  en  hábito)  ante  la necesidad de trabajar para el provecho común, el trabajo como una necesidad del organismo sano". Si en los sábados comunistas los obreros avanzados velaban abnegadamente por cada pud de trigo y de carbón y por los intereses de su Estado patrio, hoy, en las condiciones del paso del socialismo al comunismo, la preocupación de los hombres soviéticos por el desarrollo y la potencia de la patria socialista constituye un fenómeno de masas, un fenómeno típico, que en los hombres avanzados va convirtiéndose poco a poco en hábito. Así lo atestiguan las numerosas formas y modalidades de la emulación socialista (el movimiento por la economía de materias primas, materiales, combustible y energía eléctrica, el movimiento por la elevación de la productividad del trabajo, por la alta calidad de la producción y la reducción de su costo, por elevar la rentabilidad de las empresas, por mejorar el empleo de la técnica y el equipo, por un nivel cultural más alto de la producción, etc.).

El trabajo comunista es el trabajo basado en las más altas conquistas de la ciencia y de la técnica, un

trabajo creador, inspirado, alegre, estimulante, fuente de satisfacción moral para el hombre. Estos rasgos

brillan ya hoy, hasta cierto punto, en el trabajo de los innovadores de la producción y en el movimiento de los racionalizadores y los inventores, en la colaboración cada vez más estrecha de los representantes de la ciencia y de la producción. Y una de las tareas más importantes de la educación comunista  de  los  trabajadores,  en  el  período  de construcción del comunismo, consiste cabalmente en hacer que el trabajo llegue a ser, a los ojos de todos los hombres, una necesidad vital y primordial, fuente de alegría, de placer, de inspiración creadora, y la propiedad  social  el  fundamento  inquebrantable  e intangible de la existencia y el desarrollo de la sociedad.

Tales son las premisas económicas y culturales más importantes y las más importantes leyes del paso del socialismo al comunismo.

 

3.            El            Estado socialista,           instrumento fundamental de la construcción del comunismo.

Partiendo  de  la  teoría  por  él  elaborada  de  la revolución socialista, V. I. Lenin estableció la tesis científica de la posibilidad de que los dos sistemas contrapuestos,    el    socialista    y    el    capitalista, coexistieran durante un período más o menos largo.

 instrumento fundamental de la construcción del socialismo y del comunismo y arma de defensa de la república socialista frente al cerco capitalista. Estas tesis  leninistas  fueron  desarrolladas  posteriormente en los acuerdos y decisiones del Partido Comunista.

Las nuevas tesis teóricas sobre los destinos del Estado socialista en las condiciones del socialismo victorioso   vinieron   a   sintetizar   teóricamente   las nuevas y peculiares condiciones, distintas de aquellas que tenía presentes Engels, al formular la tesis sobre la necesidad inevitable de que el Estado socialista fuese muriendo inmediatamente después del triunfo del proletariado sobre la burguesía: "En cuanto ya no se trate de mantener en la opresión a ninguna clase social, tan pronto como, al abolirse la hegemonía de una clase y la lucha por la existencia individual, inseparable de la anarquía de la producción, se destierren también los conflictos y los abusos resultantes de ello, no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, ese poder especial de represión que es el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta como representante efectivo de toda la sociedad:  la  confiscación  de  los  medios  de producción en nombre de ésta, es a la par su último acto  independiente  como  tal  Estado.  Las intromisiones del Poder público en las relaciones sociales van perdiendo toda razón de ser, primero en un campo y luego en otro, hasta que acaban por desaparecer por sí mismas. El gobierno sobre las personas es sustituido por un régimen administrativo sobre las cosas y por una gestión directa de los procesos de la producción. El Estado no necesita ser "destruido", pues va agonizando poco a poco".266

La tesis de Engels sobre el proceso de muerte el Estado después del triunfo del socialismo iba unida a la doctrina sobre el triunfo simultáneo del socialismo en todos los países civilizados o en la mayoría de ellos.  Ahora  bien,  el  problema  de  la  suerte  del Estado,  dentro  del  comunismo,  se  planteó  de  un modo nuevo a la luz de la teoría leninista de la revolución socialista, teoría que lleva consigo la posibilidad del triunfo inicial del socialismo y del comunismo en un solo país o en varios. Basándose en la   teoría   leninista   de   la   revolución   y   en   las enseñanzas de la situación contemporánea mundial y de la experiencia de la construcción del socialismo y del comunismo, los marxistas soviéticos llegaron a la conclusión de que, ante la presencia del cerco capitalista enemigo, el país del socialismo triunfante debe fortalecer y desarrollar a toda costa el Estado socialista.

El Partido Comunista, guiándose por esta nueva solución teórica del problema referente a la suerte del Estado socialista, asegura el firme y constante reforzamiento y fortalecimiento de este Estado, como instrumento    fundamental    y    decisivo    para    la

 

Y, en relación con esto, fundamentó la necesidad de                      fortalecer  a  toda  costa  el  Estado  socialista,  como

 

266  F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., págs. 307-308.

 

construcción de la sociedad comunista y como arma de defensa del trabajo pacífico, dentro de las condiciones del cerco capitalista.

Hoy, el país soviético no está ya solo. Bajo la bandera de la construcción del socialismo marchan ahora detrás de la U.R.S.S. toda una serie de países  de Europa y Asia. El campo socialista, encabezado por la U.R.S.S., abarca ya la tercera parte de la humanidad, es una fuerza grandiosa e invencible. La invencibilidad del campo del socialismo está asegurada  por  la  existencia  del  sólido  y  potente Estado socialista y de los Estados de los países de democracia popular, cada día más fuertes.

La construcción del comunismo constituye la más profunda transformación de todos los aspectos de la vida  social.  Y  se  lleva  a  cabo  sobre  la  base  del conocimiento de las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad. En la construcción del socialismo, el Partido y el Estado socialista se apoyan en la doctrina del materialismo histórico sobre el papel decisivo de las masas populares en la historia y, en consonancia con ello, sobre el papel decisivo del pueblo en la construcción del comunismo.

El pueblo soviético se ha levantado por primera vez en la historia como el creador del tipo más alto de  sociedad,  el  comunismo.  La  construcción  del comunismo exige del pueblo un grado de conciencia comunista:  la  comprensión  de  la  grandeza  de  su causa, disciplina, abnegación, firmeza y entusiasmo. El  pueblo  soviético  ha  sabido  forjar  en    mismo estas nobles cualidades en la lucha revolucionaria, bajo la dirección del Partido Comunista. Y las ha acrecentado  en  el  proceso  de  construcción  de  la nueva   sociedad,   como   resultado   de   la   acción educativa y organizativa del Estado socialista. El régimen socialista ha alumbrado una actividad y una iniciativa creadora de las masas antes nunca vistas, en todos los campos de la vida social. El Estado soviético   y   el   Partido   Comunista   organizan   y orientan la actividad creadora del pueblo en la solución de los problemas económicos, políticos y culturales que plantea el paso gradual del socialismo al comunismo.

La  alta  productividad  del  trabajo  en  todas  las ramas de la producción socialista es la condición económica fundamental para el triunfo definitivo del nuevo  régimen  social  sobre  el  régimen  del capitalismo en escala mundial. El incremento de la productividad del trabajo socialista constituye la condición más importante para que siga elevándose rápida y constantemente el bienestar del pueblo soviético.  Condición  necesaria  para  resolver  esta tarea es la consecuente aplicación de un cálculo y un control rigurosos sobre la medida del trabajo y del consumo.

"Hasta  el  momento  en  que  se  entre  en la  fase "superior" del comunismo, los socialistas –indicaba Lenin- exigen el más riguroso control por parte de la sociedad y por parte del Estado sobre la medida del trabajo y la medida del consumo... Cálculo y control: he ahí la exigencia fundamental para "poner las cosas en orden", para el debido funcionamiento de la primera fase de la sociedad comunista." Y esta tarea, derivada del principio fundamental del socialismo, se lleva a cabo por medio de las funciones del Estado socialista en el campo de la organización de la economía,  de  la  educación  y  de  la  cultura.  La rigurosa aplicación del principio socialista de la distribución con arreglo al trabajo sería imposible sin la existencia de ciertos elementos de coacción estatal. "También el precepto de que "quien no trabaja, no come" es una forma de coacción", escribía Lenin.

El Estado socialista implanta consecuentemente el principio del socialismo: "de cada cual, según su capacidad; a cada cual, con arreglo a su trabajo". El principio socialista del salario a tono con el trabajo estimula el interés material del trabajador por los resultados de su trabajo, contribuye a incrementar la productividad del trabajo y asegura con ello las condiciones económicas para el paso al comunismo. Y, a la par con esto, la aplicación del principio del socialismo contribuye a educar a los trabajadores en el espíritu de la actitud comunista ante el trabajo, con lo que va creando las condiciones necesarias para que el trabajo se convierta en una necesidad vital y primordial de todos los miembros de la sociedad. Solamente cuando el trabajo llegue a constituir a los ojos de todos los miembros de la sociedad una satisfacción, un placer, la primera necesidad vital del hombre,  desaparecerá  la  necesidad  de  un rigurosísimo control del Estado sobre la medida del trabajo y del consumo.

El Estado soviético crea las condiciones políticas para   la   construcción   del   comunismo,   desarrolla constantemente la unidad político-moral del pueblo, fortalece  la  alianza  de  la  clase  obrera  con  los campesinos y la amistad entre los pueblos, que constituyen el fundamento vital inconmovible del régimen socialista, desarrolla por todos los medios y de todos los modos la democracia soviética e incorpora  cada  vez  más  ampliamente  a  las  masas populares a la participación activa y diaria en el gobierno y la administración del país.

En el despliegue de la iniciativa creadora de las amplias masas populares y en el auge de su actividad política y productiva, tiene una gran importancia el aparato estatal soviético. El rasgo característico fundamental del Estado socialista, como el más democrático  que  se  conoce,  es  su  estrecha vinculación  con  las  masas  populares,  su preocupación por las necesidades candentes de las masas, la operatividad viva de su trabajo entre éstas, organizándolas para la solución de las tareas de la construcción comunista.

Lenin enseñó al Partido a perfeccionar sistemáticamente el aparato estatal, a hacerlo lo más  económico y barato posible y a luchar en él contra todas las manifestaciones de burocratismo, pues éste consiste, principalmente, en divorciarse de las masas, en no atender a los intereses y las exigencias de las masas, lo que es incompatible con la naturaleza del Estado socialista y con las tareas cada vez más ingentes que le impone la obra de la construcción del comunismo.

El perfeccionamiento del aparato estatal soviético, como             el            instrumento      más       importante         de                la construcción  del  comunismo,  es  inconcebible  sin apoyar y estimular en todos sus aspectos la iniciativa creadora de las masas, sin extirpar los métodos formales, oficinescos, burocráticos, de dirección. Dirigir a la manera leninista significa aplicar los principios del centralismo democrático, saber combinar la unidad de dirección en los problemas cardinales que afectan a todo el Estado y en los ámbitos de todo el país con la amplia actividad e iniciativa propias en cada lugar, saber combinar la dirección  colectiva  con  la  autoridad  única  en  el trabajo práctico. Este estilo en el trabajo del aparato estatal permite aunar la rigurosa centralización al amplio despliegue de la iniciativa creadora de todos los colaboradores en la solución de los grandes y pequeños problemas. Al perfeccionar el aparato del Estado soviético, el Partido Comunista y el Gobierno soviético prestan la atención más cuidadosa a la selección de los cuadros y al control de la ejecución de las tareas, que es lo fundamental en el trabajo de organización. El Partido Comunista y el Estado socialista educan a los cuadros en el espíritu de una alta responsabilidad en el cumplimiento de la misión que  tienen  encomendada  y  del  sentimiento  de  su deber para con el pueblo.

El  Partido  Comunista  y  el  Estado  soviético  se preocupan   incansablemente   por   elevar   el   nivel político    y    cultural    de    las    masas    y    educan sistemáticamente a los obreros, campesinos e intelectuales en el espíritu del patriotismo soviético, de la amistad entre los pueblos y del internacionalismo, en el espíritu de la actitud comunista ante la propiedad social y ante el trabajo socialista, en el espíritu del colectivismo y de la comprensión de los intereses estatales de todo el pueblo, en el espíritu de la ideología comunista y de la vigilancia revolucionaria.

Las         condiciones        internacionales para       la construcción del comunismo en la U.R.S.S. son más favorables  que  las  condiciones  en  que  hubo  de abordarse la edificación del socialismo. Sin embargo, también la construcción del comunismo tropieza con dificultades,  no  sólo  las  que  van  aparejadas  a  las grandiosas  tareas  del  auge  de  la  economía  y  la cultura de la sociedad, sino también las que lleva consigo la existencia del cerco capitalista, el cual se esfuerza  por  todas  las  vías  y  todos  los  medios posibles en debilitar a los países del campo socialista.

 

Por eso el Partido Comunista enseña a los ciudadanos soviéticos a estar siempre alertas, a velar por la capacidad defensiva del Estado socialista como por las  niñas  de  sus  ojos  y  a  perfeccionar incansablemente las fuerzas armadas del país del socialismo.

En el campo del imperialismo, se ahondan y refuerzan las contradicciones económicas y políticas, se agudiza la crisis general del capitalismo, avanza la nueva crisis económica, van en aumento la miseria de las masas y el paro forzoso. La existencia del poderoso y cada vez más fuerte campo socialista y la mutua ayuda económica, técnica y cultural entre los países que lo forman facilitan y aceleran considerablemente la construcción del socialismo en los países de democracia popular y la del comunismo en la U.R.S.S. y fortalecen la capacidad defensiva de los países del campo socialista.

Condición importantísima para el éxito en la construcción del socialismo y del comunismo es la paz en todo el mundo. De ahí que las funciones del Estado soviético y de los Estados de democracia popular en cuanto a la defensa militar del campo socialista contra la agresión de fuera sirvan a la causa de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. y a la de la construcción del socialismo en las democracias populares. El Estado socialista, dirigido por el Partido Comunista, ha hecho y hace fracasar con su política exterior los designios de los instigadores imperialistas de la guerra y tiende a asegurar una paz sólida y duradera en todo el mundo.

Tarea importantísima del Estado soviético es el fortalecimiento de las relaciones internacionales del país del socialismo con todos los países del campo socialista y con los trabajadores del mundo entero. En ello se expresa la naturaleza internacional del Estado socialista.

La  construcción  del  comunismo  en  la  Unión Soviética encierra una significación histórico- mundial, contribuye al desarrollo del movimiento de liberación en el mundo entero y es la demostración práctica de la experiencia manifiesta y probada de los caminos que conducen a la creación de nuevas y más altas formas de vida social.

V. I. Lenin señalaba que el factor fundamental y constantemente   en   acción   para   influir   sobre   el desarrollo de la lucha revolucionaria liberadora en todos los países es la victoriosa política económica del Estado soviético. "En este campo de acción, la lucha se ha extendido en escala mundial. Si logramos resolver esta tarea, venceremos con toda seguridad y definitivamente en la palestra mundial. Esto hace que los problemas de la edificación económica adquieran para nosotros una importancia absolutamente excepcional".267

Tienen, actualmente,     enorme importancia internacional  las  medidas  económicas  del  Partido

 

267 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXII, pág. 413.

 

Comunista y el Gobierno soviético encaminadas a lograr un auge vertical en el consumo de las masas populares, en la U.R.S.S. Medidas parecidas a éstas se adoptan también en los países de todo el campo socialista. La prensa reaccionaria burguesa considera el auge del bienestar del pueblo en los países del campo del socialismo como una especie de "bomba económica", con lo que no hace sino delatar el miedo de la burguesía ante la superioridad del sistema socialista de economía sobre el sistema capitalista. He  aquí  lo  que  un  periódico  como  el  New York Herald  Tribune se veía obligado a reconocer, el 11 de abril de 1954:

"Mientras  nosotros  -escribe  este  periódico burgués-    seguimos     adormeciéndonos     con     la manoseada  leyenda  del  "atraso  de  los  rusos",  la gigantesca potencia soviética consolida su poderío económico muchísimo más aprisa que la Europa occidental. El punto de apoyo se desplaza a los artículos de consumo. Créase o no, este acontecimiento es, probablemente, el más peligroso de   la   segunda   mitad   del   siglo   XX.   El   hecho lamentable e incontrovertible [lamentable, naturalmente, para los imperialistas (Red.)] es que en la Unión Soviética se observa, desde la guerra, un gigantesco progreso técnico e industrial..."

Los éxitos pacíficos de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. y de la edificación del socialismo en los países de democracia popular encierran una fuerza mayor que todas las bombas, pues ponen claramente de manifiesto ante los ojos de las gentes sencillas del mundo entero la superioridad del sistema socialista sobre el capitalista y, con ello, ponen en pie a las masas populares en la lucha por la paz, por la democracia y el socialismo.

El  siglo  del  capitalismo  ha  pasado  ya.  Este régimen se ve hoy desgarrado por las contradicciones internas y es fuente de guerras asoladoras, de crisis, paro forzoso, miseria y opresión de las masas populares. El socialismo y el comunismo, por el contrario, son la paz, el bienestar y la felicidad para la humanidad entera. El porvenir pertenece al comunismo.

 

Resumen.

Socialismo y comunismo son dos fases sucesivas en   el   desarrollo   de   la   nueva   sociedad,   de   la formación económico-social comunista.

El  paso  gradual  del  socialismo  al  comunismo exige la creación de la correspondiente base técnico- material,    un    alto    desarrollo    de    las    fuerzas productivas  de  la  sociedad,  una  elevación considerable del grado de productividad del trabajo, el ulterior desarrollo de las relaciones socialistas de producción y un poderoso auge de la cultura de toda la sociedad, de la educación comunista de las masas populares. El paso del socialismo al comunismo requiere  una lucha sistemática y tenaz por superar plenamente todas las supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres y por inculcar  en todos los miembros de la sociedad una  actitud  comunista  ante  el  trabajo   como  la primera   necesidad   vital  del  hombre,  la   debida actitud ante la propiedad social, como fuente de la felicidad   y  el  bienestar   de  todo  el  pueblo,  la educación de los hombres en el espíritu de la entrega abnegada  a la causa del comunismo y del amor ilimitado a la patria socialista y en el espíritu del internacionalismo y el colectivismo.

Instrumento fundamental de la construcción del comunismo es el Estado  socialista,  dirigido  por  el Partido   Comunista.  El  Partido   Comunista  y  el Estado  socialista,  pertrechados  con  la  teoría marxista-leninista en general y en particular  con la teoría del materialismo histórico, ayudan a los trabajadores  a utilizar las leyes del desarrollo social en interés de todo el pueblo, en interés del triunfo del comunismo.

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