© Libro No. 455. El
Materialismo Histórico. ACURSS. Colección E. O. Julio 27 de 2013.
Título original: © El Materialismo Histórico.
ACURSS: Academía de Ciencias de la URSS
Versión Original: © El Materialismo Histórico. Academía de
Ciencias de la URSS
Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:
Castellano. Digitalización: Koba.
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
EL MATERIALISMO
HISTÓRICO

Academia de
Ciencias de la URSS
Edición: Grijalbo, Méjico 1960. Lengua:
Castellano. Digitalización: Koba.
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PROLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN RUSA.
La primera edición del libro que ofrecemos a la
consideración del lector vió la luz en 1951. Los doscientos mil ejemplares que
se tiraron de la obra se agotaron rápidamente. Ello atestiguaba la creciente
necesidad de un manual de estudio en el que se expusieran sistemáticamente los
fundamentos del materialismo histórico, de la ciencia marxista de las leyes
generales de desarrollo de la sociedad.
La primera edición del libro fue sometida a la
crítica de la prensa y a discusiones especiales en las cátedras de las escuelas
superiores de humanidades y en reuniones de profesores de filosofía marxista y
de los fundamentos del marxismo, en las que tomaron parte, además,
historiadores, economistas y juristas.
En esta segunda edición de la obra, los autores han
procurado tener en cuenta todos los valiosos y acertados juicios críticos y
observaciones apuntadosen los artículos aparecidos sobre la primera edición y
en las reuniones de profesores y personal científico.
En
algunos de aquellos
juicios se expresó
la conveniencia científica y pedagógica de modificar la estructura del
libro, precisar más la exposición en torno a algunos problemas y reducir la
extensión de la obra, sin atentar a la claridad del texto, de tal modo que ésta
fuera asequible para todos los lectores. Hemos procurado tener en cuenta estos
deseos y, en consonancia con ellos, se ha reducido el número de capítulos y el
volumen de la obra.
Los autores, a la par que ponen de manifiesto la
acción de las
leyes sociológicas generales,
han procurado mostrar en
cada capítulo el
carácter peculiar de las leyes y fuerzas motrices inherentes ala
sociedad socialista, en la que no existen ya relaciones de producción
antagónicas y en la que no se dan la anarquía de la producción, el antagonismo de
clases ni la opresión de las naciones. El estudio general de estas leyes y
fuerzas motrices peculiares de la sociedad socialista se contiene en los
capítulos XI y XII: "Las fuerzas motrices del desarrollo de la
sociedad socialista" y
"Las leyes del
paso del socialismo al
comunismo".
El presente libro sobre El materialismo histórico ha
sido escrito por un grupo de autores del Instituto de Filosofía de la Academia
de Ciencias de la U.R.S.S. Los capítulos I, II, III, IX y X, los cuatro
primeros apartados del
capítulo VI y
los tres primeros del capítulo
XI fueron redactados por F. V. Konstantinov, miembro correspondiente de la
Academia de Ciencias de la U.R.S.S. El capítulo V, los apartados 5 a 9 del VI y
el apartado 4 del capítulo XI los escribió el doctor en Ciencias filosófica G.
E. Gleserman. Los Capítulos IV y VIII son obra del profesor Kammari, miembro
correspondiente de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. El capítulo VII ha
sido redactado por el profesor G. M. Gak, y el capítulo XII por el doctor en
Ciencias filosóficas T. A. Stepanian.
La experiencia de la redacción de otros libros
didácticos y manuales sobre diversas disciplinas científicas demuestra que esta
clase de libros van plasmándose, mejorándose y perfeccionándose a lo largo de
los años, de edición en edición. Al preparar la segunda de esta obra como
manual para la enseñanza y el estudio, los autores han procurado corregir los
defectos, las insuficiencias y algunos errores contenidos en la primera, Rogamos
a los lectores que envíen sus observaciones críticas a la presente edición de
la obra al Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S.
(Voljonka 14, Moscú), Los autores.
Moscú, marzo de 1954.
CAPÍTULO I. LA CIENCIA DEL MATERIALISMO HISTÓRICO.
1. Objeto del materialismo histórico.
Toda ciencia tiene su objeto propio de investigación. La
Economía política, por ejemplo, estudia
las leyes que
rigen el desarrollo
de las relaciones sociales de
producción, es decir, de las relaciones económicas; la ciencia jurídica recae
sobre el desarrollo de determinadas formas históricas del Estado y el derecho;
la lingüística estudia el lenguaje como fenómeno social específico, las leyes
de su desarrollo, su función
en la vida social,
etc. Pues bien, ¿cuál es el
objeto sobre que versa el materialismo histórico?
El materialismo histórico es la ciencia de las leyes
generales que rigen el desarrollo de la sociedad. Las
ciencias
sociales más arriba
citadas (la Economía política, la ciencia jurídica, la
lingüística) estudian el desarrollo de ciertos aspectos de la vida social por
separado, de determinadas manifestaciones y modalidades de las relaciones
sociales. A diferencia de estas ciencias,
el materialismo histórico
versa sobre las leyes del desarrollo de la sociedad en su conjunto sobre
las relaciones mutuas entre todos los aspectos de la vida social. Da respuesta a las preguntas de
qué es lo que determina el carácter del régimen social, de cómo se halla
condicionado el desarrollo de la sociedad, de cómo se pasa de un régimen social
a otro, por ejemplo, del capitalismo al socialismo.
El materialismo histórico investiga las leyes
generales del proceso
histórico, y esto
es lo que distingue su propósito del de las
ciencias sociales especiales y del que persigue la historia política, la cual está
llamada también a
estudiar todos los aspectos de la historia de la sociedad,
pero en sus manifestaciones
concretas y en
su sucesión cronológica, en los
distintos países y a lo largo de las distintas épocas.
El materialismo histórico da la única solución
certera, científica, a los problemas teóricos y metodológicos más generales,
más cardinales, de la ciencia social, sin cuyo esclarecimiento sería imposible
explicar acertadamente el desarrollo de la vida social en su conjunto o el de
cualquiera de sus aspectos por separado.
En la vida social, nos encontramos con fenómenos económicos,
políticos e ideológicos. ¿Existen entre ellos algunos nexos, y cuál es su
carácter? ¿Hay, en medio de la abigarrada, multiforme, compleja y
contradictoria sucesión de los acontecimientos históricos, en todo el curso del
desarrollo de la sociedad, algún nexo interno y necesario, alguna sujeción a
leyes o, por el contrario, debemos admitir que en la vida social, a diferencia
de lo que ocurre en la naturaleza, reinan
el azar, el
caos y la arbitrariedad? He aquí uno de los
problemas cardinales que nos plantea la ciencia de la sociedad.
La humanidad ha recorrido una larga y compleja
trayectoria, que va desde el régimen de la comunidad primitiva, pasando por la
esclavitud, el feudalismo y el capitalismo, hasta el socialismo, instaurado ya
en la sexta parte del planeta, en la U.R.S.S., y en vías de construcción en los
países de democracia popular.
Pues bien, ¿cuáles son las fuerzas motrices
fundamentales de esta trayectoria progresiva?
La solución científica a estos problemas la ofrece por
vez primera el materialismo histórico, la teoría que señala el camino hacia el
conocimiento de la historia de la sociedad como un proceso único regido por
leyes, considerado en toda su multiformidad y en sus contradicciones, y que nos
permite llegar a comprender certeramente el presente y a prever el futuro.
El materialismo histórico constituye una teoría
científica coherente y armónica, que explica el desarrollo de
la sociedad, el
paso de un
régimen social a otro. Es, además, el único método científico, certero,
para estudiar todos los fenómenos sociales y la historia de cada país de por sí
y de los pueblos en su conjunto. El materialismo histórico suministra el método
científico para el estudio de todas las ramas de la ciencia social. El
economista, el jurista, el investigador del arte, el historiador, no podrán
orientarse por entre la multiformidad de los fenómenos de la vida social, en
medio de la maraña de los sucesos de la historia, más que apoyándose en la
teoría y en el método del materialismo histórico; sólo así alcanzarán a
descubrir las leyes históricas que prevalecen sobre lo casual, descubrirán el
todo detrás de las
partes, el bosque
que los árboles ocultan. El materialismo histórico
brinda al investigador el hilo conductor de sus indagaciones, que le permite
avanzar libre y conscientemente por entre
el embrollado laberinto
de los hechos históricos.
El materialismo histórico, la ciencia de las leyes
generales de desarrollo de la sociedad, forma parte integrante del
marxismo-leninismo, es el fundamento científico-histórico sobre
que descansa el comunismo, la
base teórica de
la política, la estrategia y la táctica de la clase
obrera y de su vanguardia revolucionaria, el Partido comunista. El materialismo
histórico no es un esquema, no es un conjunto de tesis o principios abstractos
que baste con aprenderse de memoria; es, por el contrario, una teoría social
perennemente viva y en constante desarrollo creador y, a la par con ello, un
método para el conocimiento de la vida social y una guía para la acción.
Para poder participar conscientemente en la gran
lucha histórica por la paz, la democracia y el comunismo, hay que conocer las
causas reales y las fuerzas motrices de los acontecimientos históricos, hay que
conocer las leyes del desarrollo social. El materialismo histórico nos enseña
las leyes generales del desarrollo
de la
sociedad y nos permite orientarnos certeramente en medio de
los acontecimientos históricos que van sucediendo, comprender su sentido,
percatamos claramente de la orientación
del desarrollo social,
tener una perspectiva histórica.
2. La creación
del materialismo histórico, la más grandiosa revolución operada en la
ciencia.
El materialismo histórico nació en la década del cuarenta del
siglo XIX. Fue
creado por Marx y
Engels, grandes sabios
y pensadores, maestros
y guías de la
clase obrera. La
aparición del materialismo
dialéctico e histórico representó la más grandiosa revolución operada en la
ciencia.
El materialismo histórico, como el marxismo en
general, no podía
surgir en cualquier
momento ni bajo cualesquiera
condiciones. Nació con arreglo a leyes, al calor de las necesidades del
desarrollo de la vida material de la sociedad y como resultado de toda la
trayectoria anterior de la ciencia, incluyendo la filosofía. ¿Cuáles fueron las
condiciones históricas que condujeron al nacimiento del marxismo?
En primer lugar, a mediados del siglo XIX,
alcanzaron un alto grado de intensidad las contradicciones del capitalismo.
Testimonio de ello eran, no sólo las crisis periódicas industriales de
superproducción en los países capitalistas, sino también la agudización de la
lucha de clases. Las fuerzas
productivas de la
sociedad capitalista entraban en
contradicción con las relaciones de producción del capitalismo y las exigencias
cada vez más apremiantes del desarrollo de la vida material de la sociedad reclamaban
la abolición de las relaciones capitalistas de producción y su sustitución por
las relaciones de producción socialistas.
vanguardia, el proletariado. En los años cuarenta
del siglo XIX, apareció en la palestra histórica el proletariado como poderosa
fuerza política de vanguardia.
Mientras que bajo el feudalismo las relaciones de
clase se ocultaban bajo el manto de las relaciones corporativas, el capitalismo
vino a simplificar las relaciones de clase y a ponerlas al desnudo. La lucha
de clases hacíase
cada vez más
patente, y ello permitía ver científicamente en esta
lucha la fuerza motriz de la historia y explicar cómo las clases y la lucha
entre ellas condicionan el régimen económico de la sociedad. Federico Engels
escribía: "Mientras que en todos los períodos anteriores la investigación
de estas causas propulsoras de la historia era punto menos que imposible -por
lo compleja y velada que era la trabazón de aquellas causas con sus efectos-,
en la actualidad esta trabazón está ya lo suficientemente simplificada
para que el
enigma pueda descifrarse. Desde la implantación de la gran industria, es
decir, por lo menos desde la paz europea de 1815, ya para nadie en Inglaterra
era un secreto que allí la lucha política giraba toda en torno a las
pretensiones de dominación de dos clases: la aristocracia terrateniente (landed
aristocracy) y la burguesía (middle class). En Francia se hizo patente este
mismo hecho con el retorno de los Borbones; los historiadores del período de la
Restauración, desde Thierry hasta Guizot, Mirmet y Thiers, lo proclaman
constantemente como el hecho que da la clave para entender la historia de
Francia desde la Edad Media. Y desde 1830, en ambos países se reconoce como
tercer beligerante, en la lucha por el Poder, a la clase obrera, al
proletariado. Las condiciones se habían simplificado hasta tal punto, que había
que cerrar intencionadamente los ojos para no ver en la lucha de estas tres
grandes clases y en el choque de sus intereses la fuerza propulsora de la
historia moderna, por lo menos en los dos países más avanzados".1
Las exigencias materiales cada vez más apremiantes
del paso de la sociedad del capitalismo al socialismo, las exigencias de la
lucha de clases del proletariado, hicieron nacer el marxismo. Pero ¿por
qué la cuna del marxismo, y en particular del
materialismo histórico, fue precisamente la Alemania de la década del cuarenta
del siglo XIX? Porque la revolución
democrático-burguesa que en
aquel tiempo estaba gestándose en Alemania hubo de pasar por las
contradicciones del capitalismo en una fase más
alta que la que había
conocido el proceso análogo de la revolución en
Inglaterra y Francia. La Alemania de mediados del siglo XIX era un país
bastante más maduro
desde el punto
de vista del
capitalismo que la Inglaterra del siglo XVII y la
Francia del XVIII. En Alemania, habíase formado ya un proletariado que
aspiraba legítimamente a desempeñar
un papel histórico independiente en la lucha de clases y en la revolución que
avanzaba.
En
segundo lugar, con
el régimen capitalista
de producción
surgió también la
nueva clase de
1 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú. 1952. t.
II, p. 366.
Las tareas que el proletariado de Alemania tenía
ante sí reclamaban insistentemente el planteamiento y la solución de los
problemas de la teoría y la táctica revolucionarias, el
esclarecimiento del papel histórico de la clase obrera tanto en
la revolución burguesa como en la revolución socialista. y a ello se debió
precisamente el que Alemania fuese la cuna del materialismo histórico y del
marxismo en general y el que los guías del proletariado alemán, Marx y Engels,
se revelasen como los creadores de la ciencia social.
No es, en modo alguno, un hecho casual, sino que,
por el contrario, responde a sus leyes, el que los
creadores
de la ciencia
de la sociedad
fuesen los
ideólogos de la clase obrera. La explicación de ello
está en que, mientras el descubrimiento de las leyes de la naturaleza se
desliza, en general, sin grandes obstáculos, ya que no choca con los intereses
de las clases reaccionarias, la cosa es muy distinta cuando se trata del
descubrimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad, pues muchas de estas
leyes se enfrentan con los intereses de las fuerzas de la reacción. Esto
explica por qué las fuerzas reaccionarias oponen una furiosa resistencia al descubrimiento
y, más todavía, a la aplicación de las leyes del desarrollo social que chocan
con sus intereses.
Sólo la clase avanzada, personificada por sus
ideólogos, aquella clase que no se halla interesada en perpetuar el régimen
social viejo y caduco, que mira audazmente al porvenir, puede ser la iniciadora
y abanderada del descubrimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad. La
ciencia social sólo podían crearla y la crearon los ideólogos del proletariado,
de la clase consecuentemente revolucionaria, revolucionaria hasta el fin,
interesada en acabar con todas las formas de explotación del hombre por el hombre.
Esto explica por qué la auténtica ciencia de las leyes del desarrollo de la
sociedad no podía ser creada por los ideólogos de la burguesía, y menos aún por
los de la esclavitud o el feudalismo.
La comparación entre los resultados del desarrollo
de las
ciencias naturales y
de la ciencia
de la sociedad, en
el momento en
que apareció el marxismo, confirma plenamente lo que
acabamos de decir. No cabe duda de que las ciencias naturales, a mediados del
siglo XIX, habían alcanzado enormes éxitos. La ciencia había ido desalojando al
idealismo y a la religión de un campo tras otro, en los dominios de las
ciencias naturales. El materialismo filosófico de los siglos XVII y XVIII,
basándose en los datos de las ciencias naturales, brindaba una explicación
materialista de la
naturaleza, partiendo de
la naturaleza misma.
En
cambio, en las
ciencias sociales, históricas, hasta que
vino Marx, siguió
prevaleciendo de un modo absoluto el idealismo. Sin hablar del
idealismo filosófico y de la religión imperantes en la sociedad capitalista,
hasta los pensadores que en su tiempo ocupaban una posición avanzada, como los
materialistas ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII o el materialista
alemán de los años cuarenta del siglo XIX, Ludwig Feuerbach, seguían abrazando
los puntos de vista del idealismo, cuando se trataba de explicar
los fenómenos de la vida
social, la historia de la sociedad.
Teólogos y filósofos idealistas, sociólogos
e historiadores burgueses, todos los ideólogos de la
aristocracia feudal y de la grande y la
pequeña burguesía, veían
en la conciencia, la razón, las
ideas políticas, morales, religiosas y las demás ideas y principios, la fuerza
motriz fundamental y determinante en el desarrollo de la sociedad.
En la naturaleza
actúan, como es
sabido, las fuerzas ciegas y
elementales. En la sociedad actúan
los hombres, dotados de razón, de conciencia y de voluntad.
De este hecho extraen los idealistas una conclusión falsa, al afirmar que
mientras que en la naturaleza rigen las
leyes y la
necesidad, en la historia de la sociedad impera, por el
contrario, al parecer, el libre arbitrio del hombre; si los cambios del día y
la noche, el transcurso del tiempo; las alteraciones del clima y otros
fenómenos de la naturaleza no dependen de
la voluntad y la conciencia de los hombres, en cambio los
acontecimientos de la historia se determinan, según este modo de concebir, por
la actividad consciente y la voluntad de los individuos, de los personajes
históricos, de los caudillos, los héroes, los generales, los gobernantes y los
reyes. Son las ideas, a juicio de los ideólogos burgueses, las que gobiernan el
curso de la historia.
A los ojos
de los historiadores
y sociólogos idealistas, la
historia de la
sociedad humana se tornaba en una cadena de sucesos
contingentes, en un caos de errores, de violencias irracionales y
aberraciones. Estos ideólogos
veían en épocas históricas enteras, por ejemplo en la
Edad Media, el resultado del extravío de la razón, la consecuencia del odio y
la superstición de los hombres, o el fruto de las torpes costumbres de las
gentes o de la ceguera del legislador. En vez de explicar las ideas sociales,
las concepciones y teorías políticas y las instituciones sociales a la luz del
desarrollo de las condiciones materiales de vida de la sociedad, los idealistas
exponen toda la historia de la sociedad partiendo de la conciencia de los hombres,
de su ideas y teorías filosóficas, políticas, etc. Los idealistas
consideran que no es la existencia social, que no es la vida material de
la sociedad lo que engendra una determinada conciencia social, sino, por el
contrario, la conciencia social la que alumbra y condiciona de por sí la vida
social, la existencia social.
Para poder crear una concepción científica de la
historia, de la vida social, era necesario someter al idealismo a una crítica a
fondo, en todos y cada uno de sus aspectos, y expulsarlo de su último refugio,
es decir, del campo de la historia. Y esto fue, en efecto, lo que hicieron Marx
y Engels.
Los vicios radicales de la concepción idealista de
la vida social, de la historia, consisten en lo siguiente.
En
primer lugar, los
historiadores y sociólogos idealistas,
al estudiar la historia, la vida social, se fijan solamente en los motivos
ideales que guían la actividad de los hombres, sin pararse a investigar qué es
lo que engendra y determina estos motivos. Los idealistas se detienen, por
tanto, en la apariencia de los fenómenos de la vida social, en la superficie
del proceso histórico, sin penetrar en su esencia, sin descubrir las causas
materiales profundas de los fenómenos estudiados.
En segundo lugar, los idealistas contraponen
metafísicamente la sociedad a la naturaleza, como si entre una y otra mediara
un abismo. Ignoran el hecho de que la sociedad, aunque tenga sus
características propias, es, sin embargo, parte de la naturaleza, de que los
fenómenos sociales, como
los de la naturaleza, se hallan sometidos a la
acción de leyes objetivas, que no dependen de la conciencia ni de la voluntad
de los hombres.
Los historiadores y los sociólogos, hasta Marx,
veían y
exponían solamente los
nexos fortuitos, externos, entre
los acontecimientos históricos, entre los fenómenos sociales. En el mejor de
los casos, alcanzaban a trazar un cuadro de determinados aspectos del proceso
histórico, a reunir una serie de datos y hechos sueltos, inconexos, pero sin
llegar a ofrecer nunca una auténtica ciencia de la sociedad y de las leyes de
su desarrollo.
En tercer lugar, la sociología y la historiografía
premarxistas caracterizábanse por
ignorar el papel
decisivo de las masas populares en la historia,
reduciendo la historia de la sociedad a la historia de los grandes hombres, los
emperadores, los reyes y los caudillos. Los idealistas adoptaban ante las
masas, ante el pueblo,
una actitud de
desprecio; las consideraban como
una "materia" pasiva, sumisa, inerte, a la que infundía vida y
movimiento, según ellos, la acción del "espíritu", de las ideas, la
acción de las grandes personalidades.
Las falaces concepciones idealistas de la sociedad
y de
la historia mantenidas
en vigor hasta
la aparición del materialismo histórico obedecían a la situación de
clase, a la limitación de los horizontes de clase de los sociólogos e
historiadores. Los ideólogos burgueses,
expresando los intereses
de su clase, desorientan a las masas por medio de
sus ardides idealistas. Pintan un cuadro deformado de la vida social, una
imagen invertida de la realidad, de la miseria y las calamidades en que se debaten
los trabajadores de los
países capitalistas.
Manifestándose en contra de la lucha de clase del
proletariado por cambiar las condiciones económicas y políticas de vida de la
sociedad, los idealistas se esfuerzan en sembrar la creencia ilusoria de que es
posible llegar a cambiar estas condiciones de vida por medio del propio
perfeccionamiento moral del hombre. El idealismo sirve a las clases
explotadoras, al condenar a la pasividad política a las fuerzas progresivas de
la sociedad, a los trabajadores, a la clase obrera. La crítica demoledora del
idealismo en todos y cada uno de sus aspectos era, pues, condición necesaria
para llevar a cabo la revolución operada en la ciencia por Marx y Engels.
Los ideólogos de la burguesía no podían llegar a
crear una auténtica
ciencia de la
sociedad. No obstante, y
bajo la influencia
del curso de los
acontecimientos históricos, bajo la acción de los hechos históricos, los más
profundos y perspicaces entre ellos viéronse obligados a adoptar una actitud
crítica ante las
concepciones simplistas y superficiales de los idealistas subjetivos.
Los pensadores burgueses más avanzados y los socialistas utópicos de los siglos
XVIII, y XIX expresaron una serie de tesis e hipótesis científicas en que
podían apoyarse y se apoyaron Marx y Engels. Así, por ejemplo, Helvecio, el
materialista de la Ilustración francesa del siglo XVIII, formuló la tesis de la
importancia del medio circundante y de las circunstancias de lugar y tiempo en
la educación del hombre. Rousseau expresó la conjetura genial de la influencia
ejercida por las herramientas de hierro y la agricultura en los orígenes de la
desigualdad entre los hombres. El socialista utópico Saint-Simon explicó la
revolución francesa del siglo XVIII como resultado de la lucha de clases del
tercer estado contra la nobleza feudal. Algunos historiadores franceses e
ingleses del primer cuarto del siglo XIX, estudiando los acontecimientos de la
época del feudalismo, la revolución inglesa del siglo XVII y la francesa del
XVIII, intentaron explicados desde el punto de vista de la lucha de clases.
Adam Smith y Ricardo trataron de
analizar los fundamentos
económicos de la división de clases reinante en la sociedad
burguesa. El filósofo idealista alemán Hegel intentó exponer la historia de la
humanidad como un proceso necesario, de desarrollo, progresivo y
contradictorio, basado, según él, en el desarrollo de un "espíritu
universal", fruto de su propia lucubración. Hegel suplantaba el nexo real
entre los fenómenos históricos por un nexo sacado de su propia cabeza, extraído
del arsenal de su propia filosofía, con
lo cual mistificaba
las leyes reales de la historia.
No debe desconocerse, sin embargo, que este filósofo sometió a crítica las
concepciones subjetivas en torno a la historia y se esforzó por descubrir bajo
los acontecimientos históricos
causas más profundas
que las simples ideas, los designios y la voluntad de
estas o las otras personalidades históricas.
Examinando el
complejo proceso, sujeto a leyes, de
la aparición de
la ciencia social,
escribe V. I. Lenin:
"Teniendo en cuenta que esta ciencia fue
construida, en primer
lugar, por los
economistas
clásicos,
al descubrir la
ley del valor
y la
fundamental división de la sociedad en clases; que
fue enriquecida, además, y en relación con ello, por los pensadores ilustrados
del siglo XVIII, mediante la lucha contra el feudalismo y el clericalismo, y
que fue impulsada, pese
a sus concepciones reaccionarias, por los
historiadores y filósofos de comienzos del siglo XIX, esclareciendo todavía más
el problema de la lucha de clases, desarrollando el método dialéctico y
aplicándolo o comenzando a aplicado a la vida social, podemos decir que el
marxismo, que avanzó con paso de gigante por este camino, representa el más
alto desarrollo de toda la ciencia
histórica, económica y filosófica de Europa".2
Hasta qué punto la creación de la concepción
materialista de la historia respondía a las crecientes exigencias de la
realidad lo demuestra el hecho de que los pensadores avanzados de Rusia de
mediados del siglo XIX, los demócratas revolucionarios Belinski, Herzen,
Chernichevski y Dobroliubov, diesen, sin contacto alguno con Marx y Engels,
pasos importantes hacia la
elaboración de esta
teoría. Dichos pensadores aportaron, en efecto, puntos de vista muy
importantes orientados ya hacia la creación de la nueva ciencia social.
Plantearon el problema de las leyes que rigen el proceso histórico y criticaron
el subjetivismo y el voluntarismo, avanzando hasta la certera formulación de
problemas como el del papel de las masas populares y de la personalidad en la
historia, ofreciendo una explicación materialista de diversos aspectos de la
vida social, poniendo de manifiesto el carácter de clase de la filosofía, la
literatura y el arte y esforzándose por esclarecer las ideas de los hombres a
base de sus condiciones de vida. Subrayaron cómo la vida social cambia y se
desarrolla a través de las contradicciones y la lucha entre las diversas
fuerzas sociales, por medio de la revolución. No obstante, aun siendo
materialistas en su explicación de la naturaleza, estos pensadores
revolucionarios rusos seguían siendo, de un modo general y
en su conjunto,
idealistas en cuanto
al modo de explicar la vida social, pese a sus atisbos geniales sueltos
y a sus certeras tesis aisladas. Según ellos, el curso de la historia determinábase
en última instancia por el progreso de la ciencia, por la difusión de la
cultura entre el pueblo. Eran, en realidad, ideólogos de los campesinos
revolucionarios, y ello no los colocaba en el camino de crear la ciencia de las
leyes que presiden el desarrollo de la sociedad.
El materialismo histórico sólo podía crearse
destruyendo el idealismo
bajo todas sus
formas y
sobreponiéndose, al mismo tiempo, a la limitación de
2 Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX, pág. 184.
horizontes, a la unilateralidad, a la inconsecuencia
y la actitud contemplativa del viejo materialismo premarxista, para construir
una forma más alta y consecuentemente científica de materialismo, o sea el
materialismo dialéctico. Y ésta fue, cabalmente, la gran obra llevada a cabo
por Marx y Engels mediante la síntesis de todas las conquistas de las ciencias
naturales y de la experiencia histórica universal de la humanidad,
principalmente de la experiencia revolucionaria del proletariado.
Para
crear el materialismo
dialéctico, Marx y
Engels se apoyaron en el viejo materialismo,
especialmente en el materialismo de los franceses del siglo XVIII y de
Feuerbach, manteniendo en pie lo medular de estas doctrinas, o sea la solución
materialista del problema de las relaciones entre el espíritu y la naturaleza,
entre la conciencia y la materia. Marx y Engels, desarrollando los postulados
del viejo materialismo, crearon una nueva teoría filosófica, el materialismo
dialéctico, la concepción científica del mundo del partido marxista de la clase
obrera. Marx y Engels crearon la dialéctica materialista, directamente opuesta
a la dialéctica idealista de Hegel, extrayendo de ella la médula racional que
en la dialéctica hegeliana se escondía bajo una envoltura mística. La
dialéctica materialista, el método científico del marxismo, es crítica y
revolucionaria hasta sus últimas consecuencias.
Marx y Engels extendieron las tesis del
materialismo dialéctico al
conocimiento de la
sociedad, las aplicaron al estudio de la vida
social, a
la explicación de la historia de la sociedad, y
crearon así el materialismo
histórico. La extensión
de las tesis del materialismo
dialéctico al conocimiento de la sociedad permitió resolver acertadamente el
fundamental problema de la ciencia social: el problema de
las relaciones entre
el ser social
(es decir, la vida material de la sociedad y, ante todo, sus relaciones
económicas) y la conciencia social, e hizo posible el esclarecimiento de la
historia como un proceso rigurosamente sujeto a leyes.
Por oposición a todas las doctrinas idealistas, que
explican el ser social por la conciencia social, el materialismo histórico
explica la conciencia
social por el ser social, por las condiciones materiales de vida de la
sociedad. La existencia social determina la conciencia social: tal es el
principio fundamental, la piedra angular del materialismo histórico. El modo
dialéctico-materialista de abordar el estudio de la sociedad permite comprender
los fenómenos sociales en sus nexos internos y en su interdependencia, en su
dinámica y desarrollo
contradictorios. El materialismo histórico
permite comprender la historia de la humanidad como un proceso
de desarrollo progresivo y de avance, que va desde las formas más bajas de la
sociedad hasta las más altas, a través de una serie de contradicciones que
surgen y se resuelven por medio de la lucha de las fuerzas
sociales nuevas y avanzadas contra las fuerzas
viejas, reaccionarias y caducas,
por medio de las
revoluciones sociales.
La creación del materialismo histórico por Marx y
Engels fue la más grandiosa conquista del
pensamiento científico, una verdadera revolución operada en
la ciencia, en
la comprensión de la
historia de la sociedad. En el famoso "Prólogo" a su libro Contribución
a la crítica
de la Economía política caracteriza el propio Marx,
de un modo genial, las tesis fundamentales del materialismo histórico. He aquí
sus palabras:
"En la producción social de su vida, los
hombres contraen determinadas relaciones necesarias e
independientes de su voluntad, relaciones de
producción que corresponden a una determinada fase
de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.
El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de
la sociedad, la base real
sobre la que se erige una superestructura política y
jurídica y a la que corresponden determinadas formas
de conciencia social. El modo de producción de la
vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en
general. No es la conciencia
de los hombres la que determina su ser, sino, por el
contrario, su ser
social el que
determina su
conciencia. Al llegar a una determinada fase de
desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan
con las relaciones
de producción
existentes
o, lo que
no es más
que la expresión jurídica de
esto, con las
relaciones de propiedad
dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí.
De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas
relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre
así una época de revolución social. Al cambiar la base económica,
se revoluciona, más
o menos
rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida
sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay
que distinguir siempre entre los cambios materiales
ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse
con la exactitud
propia
de las ciencias
naturales, y las
formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas,
en una palabra, las formas ideológicas en que los
hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del
mismo modo que no
podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa
de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de
revolución por su conciencia, sino que, por el
contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la
vida material, por el conflicto
existente entre las fuerzas productivas sociales y
las relaciones de producción. Ninguna formación social
desaparece antes de que se desarrollen todas las
fuerzas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas
y más altas
relaciones de
propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad sé
propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues,
bien miradas las
cosas, vemos siempre que estos
objetivos sólo brotan cuando ya se dan
o, por lo
menos, se están
gestando, las condiciones
materiales para su realización".3
3. Las leyes del desarrollo de la sociedad y su carácter objetivo.
Mientras
los historiadores y
los sociólogos
buscaban la fundamental causa del desarrollo social
en los cambios de las ideas y la actuación de tales o
cuales
personalidades destacadas, no
fue posible
descubrir la sujeción a leyes, los nexos internos
necesarios, en el
desarrollo de la
vida social: la
historia discurría, a los ojos de estos sociólogos e
historiadores, simplemente como la manifestación de
innumerables aspiraciones y acciones humanas, que se entrelazaban y chocaban
las unas con las otras; en una palabra, como la manifestación de incontables
contingencias. Pero la ciencia es enemiga del azar: la misión de la ciencia
reside en descubrir por debajo de las innumerables manifestaciones fortuitas
reales y aparentes los necesarios nexos internos, las leyes por las que se
rigen los fenómenos.
Los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII
veían en el feudalismo una aberración histórica, un
movimiento de retroceso
con respecto a la
antigüedad, porque abordaban el estudio del feudalismo de un modo metafísico, y
no dialéctico, considerando el régimen
feudal sin la menor conexión con las
condiciones históricas objetivas que lo habían engendrado. Desde el punto de
vista de las condiciones de Francia en el siglo XVIII o de las de Rusia en el
XIX, el régimen de la servidumbre feudal era
un régimen extemporáneo
antinatural, "irracional". Pero, dentro de las condiciones de
la Edad Media, para
los pueblos de
toda Europa, al igual que para otros pueblos del mundo,
que se encontraban en esta fase de desarrollo, el feudalismo fue un régimen
necesario, sujeto a leyes, progresivo y, por tanto, "racional".
Los sociólogos y políticos burgueses declararon
fortuito y antinatural un acontecimiento tan sujeto a
leyes y tan necesario desde el punto de vista
histórico
como la Gran Revolución Socialista de Octubre en
Rusia. ¿En qué se basaban para negar la sujeción de
este acontecimiento a leyes? Sencillamente, en que esta revolución y el régimen
social y estatal socialista soviético
instaurado por ella
contradecían los intereses de la
burguesía y los conceptos de sus ideólogos acerca del régimen
"normal" y "natural" de la sociedad.
Acontecimientos tan adecuados a leyes como el
triunfo de la revolución antiimperialista y antifeudal en China
o como la
instauración del régimen
de
producción
antes de que
las condiciones materiales
para su existencia hayan madurado en el seno de la
3 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit., t.
I, págs. 332-
333.
democracia popular en una serie de países de Europa
son considerados por los prohombres reaccionarios de los países capitalistas,
incluyendo entre ellos a los dirigentes socialistas de derecha, como fenómenos
"anormales", antinaturales. ¿Por qué? Sencillamente, porque estos
grandes acontecimientos históricos han venido a descargar un nuevo golpe
demoledor sobre el imperialismo y anuncian el hundimiento del régimen
capitalista en todos los países. La causa de esta actitud hay que buscarla en
la miopía de clase de los ideólogos de
la burguesía, en
su miedo al próximo hundimiento de todo el sistema
capitalista y al triunfo del socialismo, en los intereses de clase de la
burguesía, que se esfuerza por mantener a toda costa su dominación y por
desacreditar y menoscabar la significación de todo lo nuevo, progresivo y
revolucionario. Pero, por mucho que los ideólogos de la reacción imperialista
se enfurezcan ante tales acontecimientos, el hundimiento del capitalismo y el
triunfo del socialismo son algo tan inevitable y tan sujeto a leyes como el
hecho de que tras la noche viene el amanecer y el invierno es seguido por la
primavera y el verano.
El materialismo histórico nos enseña a considerar
todo fenómeno social en relación con las condiciones
en que ha surgido. Todo depende de las condiciones,
del lugar y del tiempo.
"Todo el espíritu del marxismo, todo este
sistema, exige que cada situación se considere a) solamente
desde el punto de vista histórico; b) solamente en
relación con otras; c) solamente en relación con la experiencia concreta de la
historia".4
Sólo abordando los fenómenos sociales de un modo
concreto, de un modo histórico, es posible comprender los nexos internos
necesarios, las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad.
Los nexos entre los fenómenos son multiformes. Hay
nexos externos, aislados, fortuitos, y hay nexos internos, generales y
necesarios, constantes, reiterados, esenciales. Las leyes de la naturaleza y
las leyes del desarrollo de la sociedad descubiertas por la ciencia expresan
los nexos internos, necesarios, generales, reiterados y relativamente
constantes y las relaciones de interdependencia entre los fenómenos, nexos y
relaciones que brotan de la esencia misma, de la naturaleza de los fenómenos y
procesos de que se trata.
Así, por ejemplo, la existencia en la sociedad
capitalista de dos clases antagónicas y hostiles entre
sí -el proletariado y la burguesía- y la lucha entre
ellas, no constituye un fenómeno casual, sino
necesario, inevitable, que
responde a la
propia
esencia, a la naturaleza misma del régimen
capitalista
de producción. Es una ley del desarrollo del
capitalismo. Del mismo modo que de la esencia, de la naturaleza del régimen
socialista de producción se deriva
la inexistencia en
la sociedad socialista
de
4 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXXV,
pág. 200.
clases
hostiles entre sí.
Las relaciones de
amistad entre la clase obrera y los campesinos son una ley del
desarrollo de la sociedad socialista.
La historia demuestra que la aparición y el
desarrollo de los
procesos sociales no
están
determinados por los nexos casuales, externos, entre
estos fenómenos, sino por sus nexos internos y
necesarios. Los movimientos de liberación nacional, las revoluciones sociales,
la lucha de clases, las guerras, los cambios de unas formaciones sociales
por otras, no
son en modo
alguno fenómenos casuales, como
trata de presentados la sociología burguesa, sino fenómenos rigurosamente
regidos por leyes y que
responden al desarrollo
de las condiciones de la vida
material de la sociedad
El capitalismo no desplazó al feudalismo de un modo
casual, sino por un cambio necesario, sujeto a
leyes. Su aparición fué impuesta necesariamente por
determinadas condiciones materiales, por las
condiciones del desarrollo
económico. Del mismo
modo
que el socialismo
no desplaza hoy
al
capitalismo de un modo casual, sino con arreglo a
leyes, de un modo necesario.
La sociedad, tal como la consideran los
sociólogos burgueses, constituye una suma mecánica
de individuos. Pero esta concepción es falsa. La sociedad es
el producto de
las relaciones mutuas entre los hombres, un determinado
sistema de relaciones entre los hombres y, principalmente, de sus relaciones de
producción, que forman el fundamento de la sociedad, la base de ésta. Entre los
fenómenos de la vida social existen nexos orgánicos. Estos nexos internos,
necesarios, permanentes y el condicionamiento de los fenómenos de la vida
social constituyen la sujeción a leyes de la vida social, la sujeción a leyes
del desarrollo de la sociedad.
Las leyes del desarrollo social (al igual que las
leyes de la naturaleza) expresan los nexos reales, objetivos, entre los
fenómenos, nexos que existen independientemente de la voluntad y la conciencia
de los hombres. Hasta ahora, hasta el socialismo, estas leyes actuaban
principalmente de un modo espontáneo, como las leyes naturales. Así, por
ejemplo, la ley del valor, en las sociedades en que los productos del
trabajo revisten la
forma de mercancías, actúa
independientemente de que los hombres quieran o no quieran tenerla en cuenta.
Bajo el capitalismo, la ley del valor, como las demás leyes económicas, ejerce
su acción como una fuerza elemental.
El materialismo histórico considera el desarrollo
social como un
proceso histórico-natural. Lo
cual
significa, en primer lugar, que el desarrollo social
es
un desarrollo necesario, sujeto a leyes. Y, en
segundo lugar, que las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad tienen una
existencia real, objetiva, independiente de la voluntad y de la conciencia, y
determinan la conciencia
y la voluntad,
así como
también la vida social y la acción de los hombres.
Los hombres no
pueden abolir, destruir
ni transformar las leyes de la naturaleza, ni tampoco las leyes del
desarrollo de la sociedad. "Los hombres pueden descubrir estas leyes,
llegar a conocerlas, estudiarlas, tomarlas en consideración al actuar y
aprovechadas en interés de la sociedad; pero no pueden modificadas sin
abolirlas. Y aún menos pueden formar o crear nuevas leyes de la ciencia".5
Ya se trate de la sociedad capitalista, cuyo
desarrollo económico discurre de un modo espontáneo, o de la sociedad
socialista, que se desarrolla con arreglo
a un plan,
el desarrollo se opera en ambos casos bajo la acción de
leyes objetivas, independientes de la voluntad y la conciencia de los hombres.
Así, por ejemplo, el carácter objetivo de las leyes económicas de la sociedad
capitalista se deja sentir en las crisis periódicas de producción del
capitalismo y en el desarrollo, el ahondamiento y la agudización de todas las
contradicciones inherentes a este régimen. Los capitalistas querrían que todo
fuese prosperidad, que no hubiese crisis, que no se agudizasen las
contradicciones, pero estos fenómenos responden a una ley objetiva de la
sociedad capitalista, ley independiente de su voluntad.
Para llevar a cabo la revolución socialista y
construir el socialismo, la clase obrera de Rusia, bajo la dirección del
Partido Comunista, se apoyó en leyes objetivas: en la ley económica de la
obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las
fuerzas productivas y en las demás leyes del desarrollo económico, así como
también en las leyes de la lucha de clases y de la revolución.
El conocimiento de las leyes objetivas permite
prever los rumbos
del desarrollo y
actuar
fructíferamente, con éxito, en interés de la
sociedad.
Negar las leyes objetivas del desarrollo de la
sociedad es caer
en el idealismo
y equivale a
renunciar
a la ciencia
social. Negar las
leyes
objetivas de los fenómenos sociales equivale,
asimismo, a renunciar a la posibilidad de prever el
curso de los acontecimientos, a negar la posibilidad
de influir en la marcha de éstos sobre la base de la
previsión científica, a
negar la posibilidad
de gobernar el curso de los acontecimientos mediante el dominio de las
leyes de la ciencia.
La ignorancia de las leyes sociales por el hombre no
queda nunca impune. Quien actúa en contra de las
leyes objetivas, en contra de la orientación
objetiva
del desarrollo histórico, no alcanza sus fines y
sale, a la postre, derrotado. Esa suerte corrieron en Rusia los
mencheviques
y
social-revolucionarios, por
empeñarse en negar la necesidad de la revolución
proletaria y de la dictadura del proletariado. Y así les ocurrió a los
trotskistas, por negar la posibilidad del
5 J. Stalin, Problemas económicos del socialismo en
la U.R.S.S., Ediciones "Nuestro Tiempo", México, 1952, pág. 4.
triunfo
del socialismo en
la U.R.S.S. Por
eso sufrieron un descalabro los imperialistas norteamericanos, ingleses,
franceses y sus adláteres, en los años de 1918 a 1920, quienes se proponían
estrangular a la Rusia Soviética. Y esa fué también la suerte que corrió el
hitlerismo, cuando se empeñó en esclavizar o destruir a la Unión Soviética y en
instaurar la dominación mundial de la Alemania fascista. Corno sufrirá
inevitablemente un descalabro la política de aquellos círculos imperialistas
que ambicionan implantar su dominación sobre el mundo y volver atrás la rueda
de la historia.
La fuerza de los partidos marxistas estriba en que,
en su
actividad práctica, en
la lucha por
el
comunismo,
se basan en
las leyes del
desarrollo social, en el conocimiento
de estas leyes
y en su
consciente utilización, al servicio de los intereses
del pueblo.
Las leyes del desarrollo de la sociedad, al igual
que las leyes de la naturaleza, expresan una
relativa constancia en las relaciones entre los fenómenos, aquello que se
repite con una cierta regularidad, con una necesaria consecuencia, en presencia
de las condiciones objetivas dadas. La existencia de determinadas causas
engendra inevitablemente determinados efectos. Por ejemplo, un determinado
régimen económico produce necesariamente determinados fenómenos. El régimen
económico capitalista engendra inevitablemente las crisis económicas, el paro
forzoso, la miseria de las masas, las guerras. Para acabar con los efectos, es
necesario acabar con las causas que los engendran. Para acabar con el paro
forzoso, con la miseria de las masas, con la crisis de superproducción y las
guerras imperialistas, hay que acabar con el capitalismo.
Los
sociólogos e historiadores
burgueses de la segunda mitad del siglo XIX y del XX
-entre los que
podemos citar a H. Rickert, W. Windelband, Max
Weber, E. Meyer y H. Schultz, Bertrand Russell, C.
Federn y G. Trevelyan en Inglaterra, y John Dewey, E. Bogardus y E. Ross en los
Estados Unidos- negaban y niegan
con fastidiosa insistencia
la vigencia de leyes objetivas en la historia. Contraponen, de un modo
metafísico e idealista, los acontecimientos
histórico-sociales a los
fenómenos de la naturaleza y afirman que mientras que éstos se repiten
de un modo regular, los fenómenos sociales tienen un carácter específico e
individual, que los sustrae a toda posibilidad de repetición. Las guerras
greco-persas, las batalla de Austerlitz o la de Poltava, nos dicen
estos sociólogos e
historiadores, sucedieron
una vez y
no volverán a
repetirse; de donde llegan a la
conclusión de que no es posible hablar, en este campo, de leyes, toda vez que
las leyes la expresión de algo general, de algo que se repite, de lo que sucede
siempre y en todas partes, con una determinada secuencia.6
6 El historiador alemán Eduard Meyer escribe:
"Hace mucho que
Los intentos de los sociólogos e historiadores
burgueses de contraponer la sociedad a la naturaleza, con el fin de sostener la
concepción idealista de la historia y de "fundamentar" la negación de
las leyes objetivas del desarrollo
de la sociedad,
son totalmente
anticientíficos y reaccionarios. La sociedad constituye el eslabón más alto en
la cadena general del desarrollo del mundo material. Es una parte específica
del mundo material, con sus leyes propias y peculiares de desarrollo. Pero,
aunque los fenómenos sociales tengan características cualitativas que los
distinguen de los fenómenos de la naturaleza, se hallan sujetos también a leyes
objetivas.
Tampoco en la naturaleza, como en la sociedad,
existe una identidad absoluta entre los fenómenos.
No
encontraremos dos hojas
de un árbol
o dos
animales
de la misma
especie absolutamente idénticos entre
sí. Lo cual
no impide que
el naturalista los incluya en una determinada especie vegetal o animal.
Lo mismo ocurre en la sociedad. Es claro que el capitalismo se ha desarrollado
en los Estados Unidos con modalidades distintas que en Inglaterra, y en el
Japón de un modo hasta cierto punto distinto que en Francia; cada país posee
ciertos rasgos propios y
peculiares, ciertas características, que responden a las
diferentes condiciones históricas de su desarrollo. Pero, pese a estas
características y peculiaridades, hay entre ellos, fundamental y radicalmente,
algo general que justifica el que se los reduzca conjuntamente a una sola
formación económico-social, a saber: la capitalista.
La sociedad capitalista no ha surgido
simultáneamente en los diversos países. Pero, al aparecer la burguesía, en
todas partes, en todos los países se desplegó una lucha de clases entre la
burguesía y la nobleza por el Poder político. Y en los países capitalistas más
importantes, esta lucha de clases
dio cima a
la revolución antifeudal.
Así sucedió en Inglaterra en el siglo XVII, en Francia en el XVIII y en
Alemania en 1848. Cada una de estas revoluciones presenta rasgos peculiares que
no se repiten. Pero todas ellas fueron revoluciones antifeudales, burguesas.
Dondequiera que surge el capitalismo crece
inevitablemente la riqueza en uno de los polos y la miseria en el otro y se
desarrolla inevitablemente la lucha de clase del proletariado contra la
burguesía. Tal es la ley del capitalismo. Dondequiera que se agudizan las
contradicciones entre el proletariado y la burguesía aumenta la influencia de
las ideas del marxismo-leninismo, la influencia de los partidos marxistas,
entre la clase obrera. "No se trata aquí del grado de
desarrollo, más alto
o más bajo, que alcanzan los antagonismos sociales
engendrados por las leyes naturales de la producción capitalista. Se
vengo ocupándome del estudio de la Historia y nunca
he encontrado una sola ley histórica, ni sé tampoco de nadie que la haya
descubierto".
trata de las leyes mismas, de las tendencias mismas,
que actúan y se imponen con una necesidad férrea".7
El marxismo enseña que los países económica y
políticamente más desarrollados muestran
a los
países menos desarrollados la imagen de su futuro.
En nuestra época,
la U.R.S.S. y
los países de
democracia popular revelan el futuro de todos los
países capitalista del mundo.
Por consiguiente, la reiteración, como uno de los
rasgos más importantes de la acción de toda ley,
incluyendo las leyes histórico-sociales, no se da solamente en la naturaleza,
sino también en la vida social.
¿Quiere esto decir que no se den en la sociedad
fenómenos irrepetibles, únicos, individuales? Claro
está que no. Aristóteles es irrepetible. El arte
griego
antiguo, basado en la mitología, es irrepetible.
Pero, por muy individuales y peculiares que sean, también la filosofía de
Aristóteles y el arte griego antiguo se hallan sujetos a la acción de las leyes
de desarrollo de la sociedad. Las concepciones filosóficas y político- sociales
de Aristóteles fueron engendradas por las condiciones de su tiempo, por las
relaciones sociales de su época. Y otro tanto podemos decir del arte
griego antiguo, cuyas
ideas fueron tomadas
del arsenal ideológico de la mitología de la antigua Grecia: jamás
habría podido surgir ese arte, digamos, en el siglo del vapor y la
electricidad.
Vemos, pues, que, pese a la peculiaridad de los
fenómenos histórico-sociales, comparados
con los
fenómenos naturales, también en la sociedad y en la
historia,
lo mismo que
en la naturaleza,
los fenómenos se hallan sujetos a leyes objetivas.
Los sociólogos, historiadores y publicistas
burgueses niegan las leves objetivas de la historia de la sociedad
por miedo a
la implacable necesidad
histórica. ¿Cómo podrían los ideólogos de la
burguesía reconocer la
necesidad histórica del
hundimiento del capitalismo y del triunfo del
socialismo? Sus sofismas, encaminados a la negación de las leyes que rigen el
desarrollo de la sociedad, no
persiguen otro fin que socavar la convicción de la
clase obrera en
el triunfo del
socialismo, la
convicción de que es posible prever el curso de los
acontecimientos y transformar conscientemente la sociedad.
Pero si es inadmisible contraponer de un modo
absoluto la sociedad a la naturaleza, como hacen los
metafísicos y los idealistas, no es menos
inadmisible identificar mecánicamente los fenómenos de la naturaleza y
los de la
sociedad. Y la
sociología
burguesa tan pronto contrapone metafísicamente la
sociedad a la naturaleza como identifica, a la inversa,
las leyes del desarrollo social con las leyes del
desarrollo de la naturaleza, buscando la respuesta a los problemas sociales,
históricos, en la naturaleza
7 C. Marx y
F. Engels, Obras escogidas. ed. cit., t. I, pág. 417-
418.
biológica del hombre, supuestamente invariable y
eterna. Mientras que las teorías subjetivistas intentan aislar la sociedad de
la naturaleza, abrir un abismo entre ellas, las teorías biológicas u otras
teorías naturalistas tratan de identificar los fenómenos sociales con los
naturales, con los fenómenos biológicos, físicos, mecánicos, de trasplantar a
la sociedad las leyes de la biología, de la física y de la mecánica. Aspiran,
con ello, a
justificar el capitalismo y a
presentar todas sus lacras y todos sus vicios -la miseria de los trabajadores,
el paro forzoso, etc.- como el resultado inevitable de las leyes eternas de la
naturaleza.
En la sociología
y en la
economía política burguesas
reaccionarias de nuestro tiempo se hallan
muy difundidas las doctrinas del llamado darwinismo
social, del racismo y del neomalthusianismo. El
darwinismo social trasplanta mecánicamente a la sociedad la fórmula darwinista
de la "lucha por la existencia". Los darwinistas sociales y los
racistas llaman "lucha por la existencia" a las guerras imperialistas
y al yugo colonial y explican como resultado de una ley natural, biológica, la
lucha de las razas "superiores" contra las "inferiores".
Estas disparatadas y seudocientíficas teorías reaccionarias están tan alejadas
de la ciencia como el cielo de la tierra.
Criticando a uno de los sostenedores de las teorías
biológicas, Fr. A. Lange, autor de un libro sobre El
problema obrero, escribía irónicamente Marx:
"El señor Lange ha hecho un gran descubrimiento. Según
él, toda la
historia puede
reducirse a una gran ley natural. Esta ley naturales
la
frase (pues la fórmula darwinista se convierte, al
aplicarla así, en una simple frase) de la struggle for life, la "luchar
por la existencia", y el contenido de esta frase no es otro que la ley
maltusiana de la población o, mejor dicho, de la superpoblación. Por tanto, en
vez de analizar la struggle for life, tal como se presenta históricamente bajo
formas sociales diferentes, no se encuentra nada mejor que encajar toda lucha
concreta en la frase de la struggle for life y trasponer esta frase a la
fantasía maltusiana de la población. Hay que reconocer que se trata de un
método muy convincente
para encubrir una ignorancia científica y una pereza mental
verdaderamente enfáticas y grandilocuentes".8
La dinámica de la sociedad se halla sujeta a sus
propias leyes, que no pueden reducirse a las leyes de
la
naturaleza. Los animales
se encuentran ya
dispuestos con lo que la naturaleza ha producido sin
participación suya, y
se aprovechan de
ello. El
hombre,
por medio de
su trabajo, transforma
la
naturaleza, la somete a su poder, produce lo que la
naturaleza misma no crea. Los animales, en la lucha con la naturaleza que los
rodea, se valen solamente de sus órganos
naturales, mientras que
el hombre
utiliza instrumentos de producción que él mismo se
encarga de crear. El desarrollo de los animales se reduce al de sus órganos
naturales; en cambio, el de la sociedad humana se halla vinculado, ante todo,
al desarrollo de las fuerzas productivas.
Por eso no es posible trasplantar a la sociedad las
leyes de la naturaleza, aplicar a los fenómenos de la
vida social los conceptos de la física y la
biología,
como han tratado de hacerlo, por ejemplo, Augusto
Comte o Herbert Spencer y, siguiendo sus huellas,
otros positivistas, idealistas y mecanicistas (entre ellos, A. A. Bogdánov).
El marxismo desenmascara como métodos
reaccionarios y anticientíficos, encaminados a
falsificar la ciencia de la sociedad, todos los
intentos dirigidos a trasplantar
al campo de
las ciencias
sociales
los conceptos de
las ciencias naturales. Lenin subrayaba que, "con
ayuda de estos conceptos, no es posible realizar ninguna investigación de los
fenómenos
sociales, esclarecer de
ningún modo el
método de las ciencias sociales. Nada más fácil que
poner el rótulo
de "energético" o
"biológico-
sociológico"
a fenómenos como
las crisis, las
revoluciones, la lucha de clases, etc., pero nada
tampoco más estéril, más escolástico, más muerto, que semejante actividad"
9
Estas dislocaciones escolásticas y reaccionarias,
como las que encontramos en Spencer y en sus partidarios, lo mismo que en
Bogdánov y en sus secuaces, proponíanse tergiversar la verdadera base material
objetiva del desarrollo de la sociedad, que no es otra que el modo de
producción de sus bienes materiales. El marxismo-leninismo ha echado por
tierra tales teorías,
poniendo de manifiesto
su carácter anticientífico y reaccionario.
Al descubrir la base concreta del desarrollo social
en el
desarrollo de la
producción de los
bienes
materiales necesarios para la vida de los hombres,
Marx
estableció el concepto
de formación económico-social. La
formación económico-social es una determinada fase de desarrollo de la sociedad
que se caracteriza por su modo propio de producción y, consiguientemente, por
relaciones de producción históricamente determinadas y por las relaciones
políticas, ideológicas, etc., que surgen a base de ellas. Las relaciones de
producción no agotan toda la riqueza de las relaciones sociales, pero son la
base económica sobre la que surge la supraestructura a que esa base da vida y
que se halla condicionada por ella, es decir, las concepciones políticas,
jurídicas, morales, religiosas, artísticas y filosóficas, y las instituciones
congruentes con ellas. El modo de producción determina el carácter y la
estructura de toda formación económico-social.
La historia conoce cinco tipos de formaciones
económico-sociales: el régimen
de la comunidad
primitiva,
la sociedad esclavista,
la feudal, la
8 Marx-Engels, Ausgewaälte Briefe, Zurich, 1934,
pág. 164.
9 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV,
pág. 314.
capitalista y la comunista, cuya primera fase, el
socialismo, ha sido instaurada ya en la U.R.S.S.
Las leyes de desarrollo de la sociedad tienen un
carácter histórico: entre ellas, unas se dan en todas
las formaciones sociales, otras son propias de las
formaciones antagónicas y
otras, por último,
son
leyes de tipo específico, que sólo aparecen en
determinadas formaciones económico-sociales.
"En su desarrollo económico, las diversas
formaciones sociales -escribe J. V. Stalin- no sólo
se subordinan a sus leyes económicas específicas, sino también a las leyes
económicas comunes a todas las formaciones, por ejemplo, a leyes como la ley de
la unidad de las fuerzas productivas y las relaciones de producción en una
producción social única, como la ley de las relaciones entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción, en el proceso de desarrollo de
todas las formaciones sociales. Por consiguiente, las formaciones sociales no sólo
están separadas entre sí por sus leyes económicas y específicas, sino
ligadas entre sí
por leyes económicas comunes a
todas ellas".10
Entre las leyes más generales que rigen para todas
las fases del
desarrollo social, para
todas las
formaciones sociales, se cuentan, por ejemplo, las
siguientes leyes sociológicas:
la ley de la acción determinante de la existencia
social sobre la conciencia social;
la ley de
la acción determinante
del modo de
producción
de los bienes
materiales sobre la estructura y el desarrollo de la sociedad;
la ley económica de la obligada correspondencia de
las relaciones de producción con el carácter y el
grado de desarrollo de las fuerzas productivas;
la ley de la acción determinante de la base
económica sobre la supraestructura social;
la ley de las revoluciones sociales en el paso de
una formación social a otra, y algunas más.
Las leyes sociológicas más generales rigen para
todas las fases del desarrollo social; lo único que cambia es su forma de
manifestarse en las diferentes
formas
sociales, por virtud
de las condiciones sociales en
que actúan dentro
de cada formación.
Estas leyes generales se revelan mediante el
análisis científico de las condiciones y relaciones generales que caracterizan
la existencia y el desarrollo de todas
las formaciones económico-sociales en general que
desfilan a lo largo de la historia. A base de estas
condiciones generales surgen y se manifiestan, en
efecto, las leyes más generales de desarrollo de la sociedad.
Otras leyes, por ejemplo la de la lucha de clases,
son propias y específicas de aquellas sociedades en
que
existen clases antagónicas. Estas
leyes no rigieron durante los
miles de años de existencia del régimen de la comunidad primitiva y dejan de
regir
10 J. Stalin, Problemas económicos del socialismo en
la U.R.S.S., ed. cit., pág. 67.
al desaparecer las clases.
La lucha de
clases pasa, además,
por diversas fases de desarrollo
histórico, en consonancia con el
desarrollo y los cambios de los modos de producción.
La lucha de clase del proletariado moderno se
distingue, naturalmente, de la lucha de clase de los esclavos y de los
campesinos feudales, tanto en lo que se refiere a sus objetivos como en cuanto
a sus formas y a sus medios. Pero la lucha de clases es ley objetiva y fuerza
motriz de desarrollo en todas las formas antagónicas de la sociedad, en
particular en la sociedad burguesa y también en el período de transición del
capitalismo al socialismo.
Entre las leyes específicas propias y específicas de
cada formación social por separado tenemos, por
ejemplo,
la ley económica
fundamental del
capitalismo, la ley económica fundamental de la
sociedad socialista, etc.
Muchos
sociólogos y economistas
burgueses
erigen en leyes eternas e invariables las leyes
históricamente limitadas de
la sociedad burguesa. Ello responde a su falaz concepción
de la sociedad capitalista como un régimen supuestamente natural, invariable y
eterno, como el único régimen posible. Uno de los más grandes méritos de Marx y
Engels es el haber puesto de relieve el carácter históricamente transitorio de
la formación económico-social capitalista y de las leyes que en ella rigen.
El triunfo del socialismo en la U.R.S.S. ha hecho
que en la nueva sociedad, junto a la vigencia de las
leyes comunes a todas las formaciones, se afirmen
nuevas leyes específicas y nuevas fuerzas motrices
del desarrollo, propias y exclusivas de la sociedad socialista. Lo cual ha
venido a confirmar la importantísima
tesis del materialismo
histórico de que cada formación
económico-social, además de regirse por las leyes generales del desarrollo de
la sociedad, vigentes para toda la historia de la sociedad en su
conjunto, posee sus
leyes propias de nacimiento y desarrollo, peculiares y
exclusivas de ella.
4. Las leyes históricas y la actividad consciente del hombre. Libertad y necesidad.
Los críticos burgueses del marxismo afirman que
el reconocimiento de las leyes objetivas y de la
necesidad histórica conduce
inevitablemente al
fatalismo, a la negación de la actividad consciente
del hombre. Los sociólogos burgueses intentan
"convencer" al marxismo de inconsecuencia, de incurrir en
contradicciones lógicas internas.
Dicen que los marxistas reconocen la necesidad histórica del socialismo,
pero organizan a la par con ello el partido
de la revolución
social, encargado de asegurar
la implantación del
régimen socialista. Según ellos,
hay que optar por una de dos cosas: o por la necesidad histórica o por la
acción revolucionaria.
El sociólogo burgués inglés Carl Federn, en un libro
titulado La concepción materialista de
la historia, repitiendo argumentos del neokantiano alemán Stammler,
escribe: "Si el
socialismo estuviese llamado a implantarse con sujeción a leyes, no
sería necesario reclamarlo. Si el socialismo fuese realmente la siguiente fase
inevitable en la evolución de la sociedad, no habría necesidad de una teoría
socialista y, menos
aún, de un
partido socialista. Nada
justificaría la existencia de un partido llamado a implantar la primavera y el
verano".
No es difícil darse cuenta de que quienes así
critican al marxismo tergiversan deliberadamente los términos del problema,
mezclando y confundiendo procesos distintos. El advenimiento de la primavera y
el verano no depende de la acción del hombre. Las estaciones del año se
sucedían ya antes de existir la humanidad.
En cambio, los
acontecimientos históricos
serían inconcebibles sin
la participación del hombre, sin
la acción de éste. La necesidad histórica no se impone al margen de la acción
del hombre, sino por medio de ella.
La necesidad del cambio de régimen social, por
ejemplo del régimen
capitalista, significa que
las
condiciones mismas de su vida impulsan
inevitablemente a las masas y con fuerza cada vez
mayor a medida que transcurre el tiempo a luchar por
la instauración del nuevo régimen. En el curso del desarrollo social, van
cambiando las condiciones de
la vida material de los hombres. Estos cambios hacen
que el orden social, cuando sobrevive a su tiempo,
resulte insostenible. Y entonces surge en las clases
avanzadas, de un
modo más o
menos claro, la
conciencia de que es necesario acabar con el viejo
régimen e instaurar otro nuevo, basado en las condiciones materiales
que han ido
madurando a
favor de él en el seno de la vieja sociedad.
Cuanto más se extienda en las masas la conciencia de
la necesidad de acabar con el régimen capitalista,
cuanto
más enérgica sea
la lucha encaminada
a
sustituirlo por otro régimen social nuevo y más
alto, cuanto mayor sea
el grado de
cohesión y de
organización
de las masas,
más rápidamente se
producirá este cambio.
El reconocimiento de la necesidad histórica, de las
leyes objetivas del desarrollo social, nada tiene que
ver con el quietismo, con la pasividad, como
falazmente afirman los
críticos burgueses del
materialismo histórico. Por el contrario, es
precisamente la teoría social marxista, que considera el desarrollo social como
un proceso rigurosamente
sujeto a leyes, la que pone en movimiento histórico
a la clase obrera,
la que pone
en pie a
las fuerzas
progresivas, movilizándolas y organizándolas para el
cumplimiento consciente de su misión histórica creadora, para
la lucha por
la destrucción del
capitalismo y la construcción del comunismo, a base
de la aplicación consciente de las leyes conocidas.
El materialismo histórico es enemigo tanto del
subjetivismo y el voluntarismo de los idealistas, que conduce en la práctica,
en la política, al aventurerismo, como del materialismo vulgar, de la teoría de
la espontaneidad, que condena a la clase obrera y a las fuerzas avanzadas de la
sociedad a una actitud pasiva, a esperar que todo se desarrolle por sí mismo, a
la manera como tras el invierno viene la primavera. El materialismo vulgar, al
considerar la necesidad histórica de un modo abstracto, desvinculada de la
acción de las masas populares, de la lucha de clases, condena a las masas a
someterse servilmente a las leyes objetivas, convierte las leyes de la historia
en fetiches, predica la pasividad. Este punto de vista guarda cierta relación
con el fatalismo, cuyo principio es el de que "las cosas son así y no
pueden cambiarse", y con la concepción religiosa según la cual "todo
ha sido previsto y establecido por la divina providencia".
El materialismo histórico enseña que las leyes del
desarrollo de la sociedad son leyes objetivas, que los hombres no pueden crear,
modificar o abolir estas leyes, pero sí pueden tener conciencia de ellas,
descubrirlas y aplicarlas con conocimiento de causa en interés de la sociedad
y, de este modo dominadas, someter la acción de dichas leyes a su poder,
hacerse dueños de ellas.
El materialismo histórico ha demostrado, y la
experiencia histórica lo confirma plenamente, que la
sociedad humana, pese a toda su complejidad, es
susceptible de ser conocida, que es posible conocer y
asimilarse conscientemente las leyes que rigen el
desarrollo social. Los datos de la ciencia marxista
acerca de las leyes del desarrollo de la sociedad
son auténticos conocimientos, que encierran la significación de
verdades objetivas. La
ciencia de
estas leyes, la ciencia de la historia de la
sociedad, puede llegar a ser y es una ciencia tan exacta como la
biología, por ejemplo. Los partidos comunistas,
dominando esta ciencia, pueden aplicar y aplican con éxito las leyes del
desarrollo social, en interés de los
trabajadores y para la lucha revolucionaria contra
el capitalismo, para la
edificación de la
sociedad
comunista.
Cuando la clase obrera no está dirigida todavía por
su partido marxista y, como consecuencia de ello,
aún no conoce las leyes del desarrollo social, su
movimiento presenta un carácter espontáneo, sufre
con frecuencia derrotas, cae bajo la influencia de
la ideología y la política burguesas, se mueve en las tinieblas. Otra cosa
sucede cuando la clase obrera es
dirigida por el partido marxista, cuando se halla
pertrechada con el conocimiento de las leyes de la
lucha de clases contra el capitalismo, pues esto la
lleva por el camino más corto y con los menores sacrificios hacia su meta hacia
el socialismo. Así lo
ha demostrado la lucha victoriosa de la clase obrera
rusa, el triunfo del socialismo en la U.R.S.S.
Con el paso del capitalismo al socialismo, se da el
salto del reino de la necesidad ciega al reino de la libertad. Lo cual no debe
interpretarse en el sentido de que el socialismo venga a "abolir" la
vigencia de las leyes objetivas, la necesidad histórica. No, semejante cosa
sería imposible. Las leyes objetivas regirán siempre, determinarán siempre el
desarrollo social. Lo que ocurre es que, hasta el triunfo del socialismo, las
leyes de la sociedad actuaban, en lo fundamental, de un modo ciego, espontáneo
y, frecuentemente, con una fuerza destructora. Bajo el socialismo, en cambio,
los hombres utilizan conscientemente las leyes del desarrollo social.
La necesidad es ciega mientras no se la conoce.
La libertad es
la conciencia de
la necesidad y la
posibilidad de someter la acción de ésta a los fines
de
los hombres. "La libertad no reside, pues, en
una soñada independencia de las leyes naturales -escribe Engels-, sino en la
conciencia de estas leyes y en la posibilidad que lleva aparejada de
proyectarlas racionalmente sobre determinados fines".11 Lo cual puede
aplicarse, no sólo a las leyes de la naturaleza, sino también a las leyes del
desarrollo social.
"Las
fuerzas activas de
la sociedad obran, mientras no las conocemos y contamos
con ellas, exactamente lo mismo
que las fuerzas
de la naturaleza: de un modo
ciego, violento, perturbador. Pero, una vez conocidas, tan pronto como hemos
sabido comprender su acción, su tendencia y sus efectos, está en nuestras manos
el supeditarlas cada vez más de lleno a nuestra voluntad y alcanzar por medio
de ellas los fines propuestos. Tal es lo que ocurre, muy señaladamente, con las
gigantescas fuerzas modernas de la producción. Tan pronto como penetremos en su
verdadero carácter, esas fuerzas, puestas en manos de los productores
asociados, se convertirán de demonios tiránicos en sumisos servidores. Es la
misma diferencia que hay entre el poder maléfico de la electricidad en la
tormenta y el poder benéfico de la fuerza eléctrica subyugada en el telégrafo y
en el arco voltaico; la diferencia que hay entre el incendio destructor y el
fuego puesto al servicio del hombre".12
Bajo el socialismo, el desarrollo de la producción y
de toda la sociedad deja de tener un carácter elemental. El desarrollo de la
producción social y de toda la sociedad socialista se halla sometido a los
planes generales del Estado y a la política, científicamente establecida, del
Partido Comunista y el Estado socialista. Los planes de la economía nacional
del Estado socialista y la política del Partido Comunista se basan en la
conciencia de las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad y, principalmente,
de las leyes económicas.
Como vemos, también en la sociedad socialista
11 F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp. de W. Roces,
Madrid, 1932, pág. 113.
12 Obra cit., pág. 306.
rigen leyes objetivas. También bajo el socialismo,
la nueva generación de hombres que surge a la vida se encuentra ya con fuerzas
productivas y relaciones de producción
existentes, no creadas
por ellos. Para poder seguir desarrollando estas fuerzas
productivas, cada nueva generación tiene que partir de lo que han creado ya
las generaciones que
la han precedido. Cada nuevo paso en el desarrollo
de la sociedad se halla determinado por el nivel ya alcanzado en la producción socialista
y en la productividad
del trabajo. Así, la sociedad socialista no puede saltar de golpe y
porrazo, a su antojo y por obra de la voluntad de los hombres, de la primera a
la segunda fase del comunismo. El paso gradual al comunismo depende, en último
resultado, del incremento de las fuerzas productivas y del consiguiente
desarrollo de las relaciones de producción. Y el desarrollo de la producción
socialista no se opera espontáneamente, sino que se regula por la acción
consciente de la sociedad; a base del conocimiento de las leyes económicas
objetivas.
Nunca hasta hoy, en la historia de la sociedad, ha
desempeñado un papel tan importante y tan decisivo, tan movilizador,
organizador y transformador, como bajo las condiciones de la sociedad
socialista, la acción consciente de los hombres, de las ideas avanzadas y
las instituciones políticas.
El paso gradual del socialismo al
comunismo lo asegura el trabajo creador de las masas populares, dirigidas,
orientadas y organizadas por la acción del Estado socialista y del Partido
comunista, por su política, basada en el conocimiento científico de las leyes
objetivas del desarrollo social, de las leyes de la edificación del comunismo y
en la aplicación consciente y audaz de estas leyes.
La práctica es el único criterio auténtico para
contrastar la veracidad de una teoría. El triunfo de la
Gran
Revolución de Octubre,
de la revolución
socialista y la construcción del socialismo en la
U.R.S.S., la instauración y el fortalecimiento del régimen de
democracia popular en
una serie de países de la Europa central y sudoriental
y de Asia, constituyen el más
grandioso triunfo y la
confirmación práctica del
materialismo histórico y del marxismo en general. Y, al mismo
tiempo, el desarrollo de la sociedad en la época contemporánea ofrece la base
para el ulterior desarrollo creador del materialismo histórico y de toda la
teoría marxista.
5. El espíritu de partido del materialismo histórico
y su carácter creador.
Los
sociólogos burgueses no
se cansan de
ensalzar lo que llaman la objetividad de la ciencia,
situada, según nos dicen, "al margen de las clases" y
"por
encima de los
partidos". Ellos no
pueden,
naturalmente, reconocer abiertamente el carácter
partidista burgués de
su "ciencia", pues
eso
equivaldría
a reconocer sin tapujos
que sirve a la
minoría explotadora de la sociedad en contra de la
mayoría trabajadora. Pero el triunfo del socialismo en la U.R.S.S., los éxitos
de la construcción del socialismo en los países de democracia popular de
Europa, el triunfo de la revolución popular en China y la agudización de las
contradicciones de clase entre el proletariado y la burguesía, en los países
capitalistas, y entre el campo del socialismo y el campo del imperialismo,
obligan a los sociólogos burgueses y a los dirigentes de los socialistas de derecha
a manifestarse abiertamente en favor del capitalismo y en contra el socialismo.
Con lo cual estos ideólogos de la burguesía ponen al descubierto a los ojos de
todos su pretendida "objetividad" y demuestran bien a las claras que
son incapaces de dar un solo paso como no sea en interés de la burguesía y del
capitalismo.
Marx, Engels, Lenin y Stalin jamás ocultaron el
espíritu de partido del marxismo-leninismo. Y, desde
el primer momento, crearon y desarrollaron el
materialismo histórico como
una ciencia
profundamente
de partido como
el fundamento teórico del
comunismo y el arma teórica de la clase obrera
y de su
Partido Comunista. Marx,
Engels,
Lenin y Stalin, y el Partido Comunista de la Unión
Soviética,
han librado siempre
una lucha intransigente e implacable
contra todos los enemigos
del
marxismo, contra cualquiera
desviación del
marxismo, por pequeña que ella sea, a favor del
idealismo o del materialismo vulgar. Detrás de los
subterfugios verbales, de los sofismas y la
escolástica
de los enemigos del marxismo, han descubierto
siempre claramente la lucha de los partidos en la filosofía, lucha que expresa,
en última instancia, la tendencia, la ideología y los intereses de las clases
enemigas en el seno de la sociedad. "La novísima filosofía -escribía
Lenin- está tan penetrada del espíritu de partido como la de hace dos mil años.
En realidad -una realidad velada por nuevos rótulos seudocientíficos y charlatanescos, o
bajo una mediocre no pertenencia
a ningún partido-, los dos partidos en lucha son el materialismo y el
idealismo".13
La marcha del desarrollo histórico contradice a los
intereses fundamentales de la moderna burguesía. Y la burguesía y sus ideólogos
se dan cada vez más clara cuenta de
ello; por eso,
movidos por sus intereses egoístas y en el empeño de
apuntalar el tambaleante
capitalismo, deforman descaradamente la realidad, involucran los
hechos. El partidismo burgués conduce al subjetivismo y a la arbitrariedad en
la ciencia histórica y en la sociología, a la deformación de los hechos, a la
renuncia al rigor científico.
Por el contrario, el espíritu proletario de partido,
las ideas comunistas, aseguran la más profunda y la
13 V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo,
trad. esp., Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú. 1948, pág. 415.
más objetiva, la más desapasionada y completa
comprensión de la realidad y de las leyes de la vida social. Pues sólo la clase
obrera, cuyos intereses coinciden
con el curso
objetivo del desarrollo histórico y que es la clase
consecuentemente revolucionaria, se halla interesada en el conocimiento
objetivo, es decir, veraz, de los hechos. He ahí por qué la cientificidad y el
espíritu comunista de partido coinciden plenamente.
Marx, Engels, Lenin y Stalin han defendido siempre
el materialismo consecuente, el único que puede
proporcionarnos un conocimiento
veraz, el más exacto y el más
profundo, tanto de la naturaleza como de la vida social, de la historia de la
sociedad. Oponiendo al objetivismo burgués de un Struve el materialismo
marxista, escribía Lenin:
"El objetivista nos habla de la necesidad de un
determinado proceso histórico;
el materialista registra con
exactitud una determinada formación económico-social y las relaciones
antagónicas engendradas por ella. El objetivista, mostrándonos la necesidad de
una determinada serie de hechos, se expone siempre a abrazar el punto de vista
de la apología de estos hechos; el materialista descubre las contradicciones de
clase y determina con ello su propio punto de vista. El objetivista habla de
las "tendencias históricas inexorables"; el materialista habla de la
clase que "regenta" él orden económico de que se trata, creando las
formas de resistencia de las otras clases. De este modo, el materialista es, de
una parte, más consecuente que el objetivista y mantiene su objetivismo de un
modo más profundo y más completo que éste. No se limita a señalar la
necesidad del proceso,
sino que explica
qué formación económico-social concreta da contenido a ese proceso y qué
clase concreta determina esa necesidad... De otra parte, el materialismo lleva
consigo, por decirlo así, una actitud de partido y obliga a situarse, en
cualquier enjuiciamiento de los acontecimientos, abierta y directamente en el
punto de vista de un determinado grupo social”.14
En las condiciones actuales, en que el mundo se
halla dividido en dos campos -el campo de la paz, la democracia y el
socialismo, encabezado por la Unión Soviética, y el campo de la reacción
imperialista-, el espíritu proletario, comunista, de partido y los
intereses de la
auténtica ciencia exigen
que al estudiar los fenómenos
sociales, se los enfoque desde el punto de vista de la lucha de los
trabajadores por la paz, la democracia y el comunismo.
El materialismo histórico permite a los partidos
marxistas arrancar todas las caretas con que tratan de
ocultar su faz los enemigos de la clase obrera, los
enemigos de la paz, la democracia y el socialismo,
para poner al desnudo, por debajo del ropaje fraseológico, de la escolástica
"sociológica" seudocientífica, los verdaderos intereses y las miras
14 V. I. Lenin. Obras completas. ed. rusa, t. I,
págs. 380-381.
egoístas de la burguesía.
La unidad de la ciencia y de la acción práctica, la
conexión de la teoría y la práctica, es la estrella polar
de todos los partidos marxistas. En esto reside su
gran superioridad sobre sus enemigos. La ciencia
marxista-leninista de las leyes del desarrollo social, el materialismo
histórico, permite comprender,
no sólo lo que sucede hoy, sino también lo que ocurrirá mañana, permite
prever científicamente la marcha de los acontecimientos, la dirección en que
éstos habrán de desarrollarse, y actuar, así, de una manera fecunda y cabal.
De la ciencia marxista-leninista de la sociedad
extraen los partidos comunistas la certeza del triunfo
del trabajo sobre el capital, la necesaria claridad
de perspectivas; en ella encuentran el arma teórica para
la lucha por la liberación de los trabajadores de
toda explotación y opresión,
por el triunfo
del comunismo.
La grandeza de los descubrimientos científicos de
Marx, Engels, Lenin y Stalin, la grandeza del
partido marxista, basado en
el materialismo histórico,
consiste en haber hecho despertar, en haber
infundido
conciencia, en haber organizado y puesto en
movimiento a la nueva fuerza histórica gigantesca,
vanguardia de todos los trabajadores y oprimidos, a
la clase obrera, llamada a encabezar el
derrocamiento del capitalismo y la edificación del comunismo en todos los
países. El proletariado
revolucionario, aliado a los campesinos trabajadores y bajo la
dirección de los
partidos comunistas, pertrechados con el marxismo, ha triunfado en
la U.R.S.S. y en los países de democracia popular.
El materialismo histórico, como el marxismo en
general, constituyen una
teoría científica y un
método de conocimiento científico y de acción revolucionaria. La teoría
científica y el método no pueden permanecer estacionarios, tienen
necesariamente que desarrollarse y enriquecerse con los nuevos descubrimientos,
las concepciones generales y las conclusiones extraídas de la nueva situación,
de las nuevas condiciones de la vida social, que inevitablemente van surgiendo
en el proceso de desarrollo ininterrumpido de la sociedad. La ciencia marxista
se desarrolla incesantemente. Y en este desarrollo y enriquecimiento consiste
precisamente el carácter creador del marxismo y, en particular, del
materialismo histórico.
Al igual que el materialismo filosófico, que cobra
nuevas modalidades con cada descubrimiento aportado por, la época, incluso en
el campo de la historia natural (sin hablar de la historia de la humanidad), el
materialismo histórico no permanece invariable, sino que se desarrolla y se
enriquece con la nueva experiencia de la lucha de clases y de la construcción
del comunismo. Los grandes acontecimientos
histórico-mundiales de nuestra época, la acción de las nuevas leyes
del desarrollo
social
encuentran su expresión
y su síntesis científicas en las decisiones del
Partido Comunista de la Unión Soviética
y en los
geniales trabajos de Lenin y Stalin. y estas síntesis
representan una nueva y más alta etapa en el desarrollo del marxismo en general
y del materialismo histórico en particular.
Para formarse un juicio completo y cabal de la gran
obra realizada por Lenin en el desarrollo del materialismo histórico, hay que
tener presente que entre la época de Marx y Engels y la de Lenin medió el período
de dominación de
la Segunda Internacional sobre el
movimiento obrero, el período del revisionismo y el oportunismo.
En los años noventa del siglo XIX, el marxismo
triunfó decididamente en el movimiento obrero sobre
las diferentes teorías del socialismo premarxista,
así
como también sobre la abigarrada mezcolanza de
tendencias idealistas en la filosofía, la sociología y la historiografía. Hasta
los enemigos de la clase obrera se pusieron, en vista de ello, a coquetear con
el marxismo, haciendo juegos malabares y adornándose con la terminología
marxista, pero teniendo buen cuidado en castrar al marxismo de lo fundamental,
a saber: de la teoría de la revolución socialista y de la dictadura del
proletariado. Exponente de esta especie de epidemia extendida por aquel entonces
entre los intelectuales burgueses fué el llamado socialismo de cátedra (Sombart
y otros en Alemania, Struve, Bulgakov y los "marxistas legales" en
Rusia). Esta corriente burguesa, que reconocía de palabra la doctrina económica
y las concepciones histórico- sociales de Marx, las desvirtuaba en su raíz,
para adaptar el marxismo a los gustos y las conveniencias de la burguesía. El
desarrollo social, concebido a la manera de los "socialistas de
cátedra", en un proceso liso y llano, evolutivo elemental, de sustitución
de unas formas políticas por otras. Estos señores descartan del proceso
histórico la lucha de clases y la iniciativa histórica revolucionaria de las
masas, como algo "anormal", "morboso", "contrario a
ley". El espíritu del fatalismo
del objetivismo burgués empapa la médula misma de las
concepciones de los "socialistas de cátedra".
Reflejo de las influencias de la burguesía sobre el
movimiento obrero fueron el bernsteinianismo en Alemania y el
"economismo" y el menchevismo en Rusia, tendencias encaminadas a
revisar el marxismo y enemigas de él. Los revisionistas alemanes, rusos y de
otros países manifestábanse en contra de los fundamentos científico-filosóficos
del marxismo, en contra del materialismo dialéctico, al igual que en contra de
sus fundamentos científico-históricos, en contra del materialismo histórico.
Estos enemigos del marxismo veían en
la dialéctica marxista
una filosofía hegeliana y rompían los nexos entre la teoría de Marx y
sus fundamentos filosóficos, contenidos en el materialismo dialéctico. La lucha
de los revisionistas contra la dialéctica materialista era, al
mismo tiempo, la lucha contra la esencia
revolucionaria de la teoría social de Marx.
Marchando a la zaga de Bernstein y de su tristemente
célebre consigna: "el movimiento lo es
todo, la meta no significa nada", los
revisionistas alemanes y rusos
del marxismo comenzaron
a
predicar la teoría de la espontaneidad en el
movimiento obrero. En vez de impulsar la acción revolucionaria consciente
de las masas
proletarias,
que son las que crean activamente la historia, bajo
la dirección de su vanguardia, el partido marxista, los
oportunistas predicaban la renuncia a la teoría
revolucionaria, a la misión revolucionaria del partido, a la
dirección consciente del
movimiento obrero
hacia su meta final, la renuncia a la lucha por la
dictadura del proletariado y por el socialismo.
Esta falsificación del marxismo no tenía otra mira
que desarmar y desorientar al, proletariado, precisamente en la época en que el
capitalismo se
convertía en el imperialismo, entraba en la fase de
su desarrollo declinante, en que la revolución proletaria
se colocaba a la orden del día y en que el
derrocamiento del capitalismo y la victoria del socialismo comenzaban
a depender del
grado de
conciencia socialista, del grado de organización,
cohesión y actividad revolucionaria del proletariado.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la clase
obrera de Rusia tenía ante sí las tareas más revolucionarias. Esto explica por
qué pesaba de un
modo preferente sobre los marxistas rusos,
encabezados por Lenin,
la misión de
seguir
elaborando la teoría revolucionaria, y en particular
el materialismo histórico. Y por qué Rusia se convirtió
en la cuna del leninismo, el marxismo de la época
del imperialismo y de las revoluciones proletarias.
En la lucha por la teoría, la estrategia y la
táctica
de la clase obrera, los marxistas rusos, dirigidos
por Lenin, hubieron de librar una intensa lucha teórica contra las
tendencias ideológicas hostiles
al marxismo. Lucha que fué necesario sostener en dos frentes: en uno,
contra el subjetivismo de los populistas,
los social-revolucionarios, los anarquistas, los trotskistas, los
"otsovistas", con su voluntarismo teórico y su aventurerismo
político; en el otro, contra
la teoría oportunista
de la espontaneidad en
el movimiento obrero,
contra la idea mendaz de la
evolución pacífica del capitalismo hacia el socialismo, contra la teoría del
automatismo, que tiende a rebajar la acción transformadora revolucionaria,
creadora y consciente del Partido Comunista y de las masas de la clase obrera.
En la lucha contra las teorías subjetivistas y
voluntaristas burguesas y pequeñoburguesas, Lenin, apoyándose en los nuevos
elementos y en los nuevos hechos y acontecimientos históricos de su tiempo,
defendió y desarrolló los principios del materialismo histórico acerca del
carácter objetivo de las leyes del desarrollo social, acerca de la necesidad de
tener en
cuenta juiciosamente las condiciones objetivas y la
correlación de las fuerzas de clase en cada etapa de desarrollo de la lucha de
clases y las condiciones reales de la vida material, como las fuerzas
determinantes del desarrollo de la sociedad. En su lucha contra la teoría de la
espontaneidad de los "economistas", los mencheviques y demás
oportunistas, Lenin, defendiendo los fundamentos filosóficos, dialéctico-materialistas, de
la teoría social de Marx,
concentró su atención en la solución de problemas del materialismo histórico
como el de la fundamentación en todos sus aspectos de la acción revolucionaria
y la iniciativa histórica de las masas populares, el esclarecimiento del papel
del factor subjetivo en la historia, del papel de la conciencia y la
organización socialista del proletariado, la función de las ideas avanzadas, y
en particular de la teoría marxista, el cometido de las instituciones políticas
y de otras instituciones sociales progresivas en el desarrollo de la sociedad,
y muy especialmente la grandiosa
misión del partido
marxista del proletariado y del
Estado proletario. En su artículo Contra el boicot, caracterizando la
superioridad, la vitalidad y la fuerza del materialismo histórico, escribía
Lenin:
"El marxismo se distingue de todas las demás
teorías socialistas en que sabe combinar de un modo
notable una perfecta cordura científica en el
análisis
de la situación objetiva de las cosas y del curso
objetivo de la
evolución con el
más decidido
reconocimiento
de la importancia
de la energía
revolucionaria, de la potencialidad revolucionaria
creadora, de la iniciativa revolucionaria de las masas, así como
también, por supuesto,
de las personalidades sueltas,
grupos, organizaciones y partidos capaces de sondear y establecer los nexos con
unas u otras clases".15
Sintetizando la nueva experiencia histórica, la
experiencia del movimiento obrero internacional en la época
del imperialismo y,
sobre todo, la experiencia de la clase obrera rusa y del
Partido Comunista de la Unión Soviética, experiencia verdaderamente excepcional
por su riqueza y por su importancia histórica internacional, Lenin enriqueció
creadoramente el materialismo histórico, lo impulsó y lo desarrolló, lo elevó a
una etapa nueva y superior. Lenin descubrió las nuevas leyes que rigen el
desarrollo del capitalismo en la época imperialista, lo que le permitió crear y
fundamentar en todos sus aspectos la nueva teoría de la revolución socialista:
la doctrina de la
transformación gradual de la
revolución democrático burguesa en revolución socialista, la
doctrina de la
hegemonía del proletariado en la
revolución, la de los aliados del proletariado
y la de
la posibilidad de
que el socialismo comenzara
triunfando en un solo país, por separado. En los geniales trabajos de Lenin y
de su
15 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIII,
págs. 21-22.
discípulo y continuador de su obra Stalin, encontró
el materialismo histórico un
desarrollo extensivo a todos sus aspectos, en estrecha relación
con las tareas de la clase obrera en la época del imperialismo y de las
revoluciones proletarias, en la época del triunfo del socialismo en la sexta
parte de la tierra. En estos trabajos se contiene la teoría del desarrollo de
la sociedad socialista soviética y se exponen las leyes y fuerzas motrices de
su desarrollo, las leyes y las condiciones del paso gradual del socialismo al
comunismo. Ni un solo problema del materialismo histórico dejó de ser estudiado
y desarrollado en los trabajos de Lenin, Stalin y sus colaboradores.
El materialismo histórico tiene más de cien años
de vida.
Ha sido probado en el fuego
de grandes
combates de clases, en la lucha de los trabajadores
por la paz, la democracia y el socialismo. Ha sido y
es el arma teórica segura de los partidos marxistas que encabezan la lucha de
los trabajadores, de las masas
oprimidas y explotadas,
contra el imperialismo. Basándose
en la teoría
del materialismo histórico, el Partido comunista de la U.R.S.S. y su
Comité Central dirigen con éxito la solución de los grandes problemas de la
edificación del comunismo, llevada a cabo por el pueblo soviético. El
materialismo histórico demuestra científicamente que todos los caminos de la
humanidad conducen hoy al comunismo.
6. La bancarrota de la sociología burguesa.
Al
cobrar la lucha
de clases del
proletariado
formas amenazadoras para el capitalismo y la
burguesía -escribe Marx-, sonó la campana funeral de la economía científica
burguesa. "Ya no se trataba de si tal o cual teorema era verdadero o
falso, sino de si era beneficioso o funesto, cómodo o molesto para él"
[para el capitalismo], "de si infringía o no las ordenanzas de policía.
Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo,
los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y
a las perversas intenciones de la apologética".16
Estas palabras pueden aplicarse en su integridad a
toda la
sociología burguesa contemporánea. Los
sociólogos burgueses de la época actual -incluyendo
entre ellos a los del campo de los socialistas de
derecha- son unos lamentables sofistas y sicofantes,
servidores de la clase capitalista, enemigos jurados
de la clase obrera y del socialismo.
Todas las teorías sociológicas burguesas en boga se
proponen como meta fundamental y tienen
por
principal contenido la defensa del capitalismo y de
la política imperialista de
la burguesía en
su lucha
contra la clase obrera revolucionaria y las demás
fuerzas avanzadas de
nuestro tiempo, contra
los países del socialismo
y la democracia
popular. El
16 C. Marx, El Capital, Palabras finales a la 2ª edición, trad. española de W.
Roces, México, 1945, tomo 1, pág. 13.
sentido político y teórico fundamental de todos los
tratados "teóricos" de
los "sabios" burgueses
se reduce a negar que sea una ley de la historia el desarrollo
progresivo de la sociedad, a empeñarse en demostrar que
el capitalismo es
un régimen inmutable y eterno, a
justificar los más grandes crímenes del capitalismo, las guerras imperialistas
y la opresión colonial, a predicar, el odio contra la humanidad, el
exclusivismo nacional y de raza, la mística y otras formas de oscurantismo, a
defender la barbarie fascista y otras fechorías de la reacción imperialista.
Podríamos señalar, como ejemplo de la más cínica
justificación de las
tropelías del imperialismo,
las
numerosas
doctrinas racistas y
neomaltusianas en boga hoy
y que tratan
de justificar y
de razonar
"teóricamente" la opresión
nacional-colonial de los pueblos.
Todo el régimen capitalista, y en particular el del
capitalismo monopolista o imperialismo, se basa en
la desigualdad nacional y en la opresión de los pueblos. La ideología burguesa
imperante en la sociedad capitalista se halla empapada de ideas de
exclusivismo racial y
nacional. Los sociólogos racistas de la burguesía
reaccionaria Liapush, Gobineau, Letourneau, H. S. Chamberlain, Ammon, Woltmann,
Gumplowicz y otros, en la segunda mitad del siglo XIX, y todo el tropel de sus
continuadores contemporáneos en los
EE.UU., Inglaterra, Alemania,
Francia y el Japón, aspiraban y siguen aspirando a demostrar que los pueblos
del mundo se dividen en razas "superiores" e "inferiores".
Según los partidarios del racismo, la clave para la comprensión de las
vicisitudes históricas de los pueblos hay que buscarla en las características
"raciales" de los pueblos y las naciones.
¿A qué se debe el que muchos pueblos de Asia y
África se hallen a un nivel de desarrollo técnico- económico inferior al de los
pueblos de Europa y Norteamérica? Según los racistas, a las condiciones
raciales de unos y otros pueblos. Unos pueblos son, según ellos,
por factores de
raza, incapaces de alcanzar un desarrollo económico, político
y cultural independiente, lo que vale tanto como decir que la propia naturaleza
los condena a la situación de esclavos coloniales. En cambio, otros están
llamados a dominar, gracias
a las cualidades
de raza que, según los racistas, les son inherentes.
Los fascistas alemanes sostenían que Alemania, es decir, la burguesía alemana,
estaba destinada por obra de la naturaleza a ser la dueña y señora del mundo
entero. Los racistas anglosajones (de los Estados Unidos e Inglaterra), por
su parte, entienden
que es la burguesía de las naciones de habla
inglesa la llamada a dominar sobre todos los pueblos.
La fuerza motriz de la historia, según los racistas,
no es la lucha de clases, sino la "lucha de razas". La
ley perenne de la humanidad, según estas teorías, es
la
"lucha por la
existencia" de unas
razas contra otras, una guerra a
muerte entre ellas.
Hace ya mucho tiempo que el marxismo- leninismo ha echado por tierra
estos desvaríos de los
sociólogos burgueses reaccionarios. La historia
demuestra que pueblos (como, por ejemplo, los de
China y la India) clasificados por los racistas
entre las razas "inferiores" supieron crear culturas muy
avanzadas cuando todavía
los antecesores de los
ingleses, norteamericanos, alemanes, franceses y
japoneses no habían salido del estado de barbarie.
El atraso actual de los pueblos coloniales no se
debe a causas biológicas, a la "inferioridad racial" inventada por
los imperialistas, sino a la opresión del
imperialismo y a la dominación de las relaciones
feudales y capitalistas. Habiéndose liberado del yugo
de los señores feudales y de los imperialistas
extranjeros e instaurado
su República popular,
el gran pueblo chino ha comenzado a desarrollar con
ritmo acelerado una economía y una cultura
avanzadas. El pueblo
chino muestra al
mundo,
actualmente,
portentos de capacidad
histórica creadora de nuevas formas de vida social. Y ahí tenemos
también el caso de toda una serie de pueblos
de Rusia, como los yakutes, los buriatos, los
kasajos, los bahkires, los
tadchikes y las
pequeñas
nacionalidades del norte, que, bajo el régimen
zarista, no sólo vivían oprimidos, sino que se hallaban condenados a
desaparecer. Pues bien,
bajo las
condiciones del socialismo, estos pueblos conocen un
florecimiento nunca visto en la historia. Todo lo cual
viene a echar por tierra irremediablemente las
reaccionarias teorías del racismo.
Las teorías del exclusivismo racial y nacional son
anticientíficas y
archirreaccionarias. Están tomadas del
arsenal de los ideólogos de la sociedad esclavista
antigua y no persiguen otro fin que el de justificar
la opresión de clase en el seno de los países capitalistas,
la política imperialista de los anexionistas
guerreros y la opresión nacional-colonial, lo mismo que en la sociedad esclavista servían
para justificar la
esclavitud.
Una teoría muy extendida entre la burguesía es la
del reaccionario neomaltusianismo. El fundador de
esta
teoría fué un
cura y economista
reaccionario
inglés llamado Malthus. Según él, la fuente del paro
forzoso y de la miseria de las masas reside, no en el
régimen social del capitalismo, sino en el acelerado
crecimiento de la población. Malthus proclamó la
"ley" según la cual la población crece en progresión geométrica, al
paso que los medios de subsistencia aumentan solamente en progresión
aritmética. "Ley" inventada por él para justificar la existencia del
capitalismo y que trataba de hacer pasar por una ley natural.
Marx, en El Capital, sometió a una crítica
demoledora la ignominiosa teoría
maltusiana,
demostrando, en primer lugar, que no existe tal ley
biológica de crecimiento de la población y, en
segundo lugar, que las fuerzas productivas y la producción de medios de
sustento aumentan más rápidamente que la población, dejando muy atrás al ritmo
de desarrollo de ésta; lo que ocurre es que, en virtud del carácter antagónico
del régimen capitalista de
producción, las riquezas
producidas se las apropian quienes no producen, quienes no
trabajan, mientras que quienes trabajan y producen todos los bienes de la vida
se hallan condenados a la miseria y al hambre.
La teoría maltusiana, pulverizada por Marx, es
elevada de nuevo sobre el pavés, actualmente, por los economistas y sociólogos
reaccionarios, con el fin de justificar las contradicciones y las lacras del
capitalismo. Los neomaltusianos de los Estados Unidos, como Pendell, Cook y
otros, tratan de demostrar la necesidad de reducir de un modo tajante la
población de todo el planeta. Los neomaltusianos norteamericanos predicen que
hay que lanzarse a la "reducción", es decir, al exterminio de la población
de los países de Asia y África, y también de los de Europa.
Los neomaltusianos ingleses Bertrand Russell y
otros, al igual que sus cofrades norteamericanos, ven
la fuente de la crisis del capitalismo, del paro
forzoso
y la miseria
de las masas,
en el "excesivo" crecimiento de la
población. Russell (en su libro titulado Nuevas esperanzas para un mundo que
cambia) señala la "amenaza" que representa, según él, el crecimiento
de la población de la U.R.S.S., de los países de democracia popular y de los
países de Asia en general, y preconiza la guerra de exterminio contra estos
países y los métodos coactivos de reducción de la población, de la natalidad..
El neomaltusianismo no descansa sobre el menor
fundamento científico. Esta
teoría, absurda del
principio al fin, se da la mano con el racismo y
sirve,
en manos de la burguesía, para fines imperialistas,
para justificar la guerra atómica y bacteriológica. Teorías como ésta
atestiguan la total bancarrota política y moral de la burguesía. Los
neomaltusianos, al clamar por el exterminio de los pueblos de las colonias y de
otros países, se encargan de poner al desnudo el fondo salvajemente
imperialista de su ideología.
La mejor refutación de la teoría neomaltusiana la
tenemos en el hecho de que el crecimiento anual de la población de la U.R.S.S.
exceda de tres millones, sin que ello conduzca, en el país del socialismo, al
paro forzoso, a la miseria, a las guerras ni a los otros males característicos
del capitalismo.
La fuente de la miseria de los trabajadores no está
en el crecimiento de la población, sino en el propio
régimen
capitalista. La burguesía
y sus ideólogos
tratan
de eximir al
capitalismo de toda responsabilidad por el paro forzoso, la
miseria de las
masas y las
guerras, atribuyendo estos
hechos a
supuestas "leyes" naturales.
Y no menos falaz, infundada y anticientífica es la
tercera de las teorías naturalistas preconizadas por el
idealismo:
la llamada tendencia
geográfica de la
sociología.
En la época del imperialismo, la teoría geográfica
del desarrollo de
la sociedad es
sostenida por los
políticos, los ideólogos y los círculos gobernantes
de
los países capitalistas. En la Alemania hitleriana,
esta seudociencia fué elevada,
bajo el nombre
de
"geopolítica", al rango de teoría del
Estado y puesta
al servicio de la política imperialista y de anexión
del fascismo. El geopolítico Haushofer y otros intentaron justificar
"científicamente" los desvaríos anexionistas imperialistas, los
insensatos planes de "dominación mundial" y
la guerra desencadenada
por los hitlerianos bajo la
consigna del "espacio vital" para la raza "superior" de los
alemanes, y una propaganda parecida sostenían los imperialistas japoneses,
tratando de justificar su política de anexiones en Asia y en la cuenca del
Océano Pacífico.
Algunos ideólogos del imperialismo
norteamericano tratan, actualmente,
de "fundamentar" las absurdas pretensiones de dominación
mundial de los círculos gobernantes de los Estados Unidos con argumentos
racistas y geográficos.
Los geopolíticos norteamericanos se empeñan en
rehacer el mapa
del mundo. Sostienen
que las
fronteras
de los Estados
Unidos y sus
intereses vitales se hallan en el Elba, en Turquía, en el Irán, en
Taiwán, en Pakistán y en el Japón.
A los fines de justificación de la política
imperialista sirve también esa tendencia idealista de
la sociología burguesa que ve el factor fundamental
y
decisivo del desarrollo de la sociedad y de la
política en la técnica y en la violencia imperialista basada en
ella. Es la tendencia a que a veces se da el nombre
de
"sociología atómica". La "sociología
atómica", lo mismo que el neomaltusianismo y la geopolítica, tienen
partidarios entre los influyentes círculos imperialistas de los Estados Unidos
e Inglaterra. La conversión en fetiche de la técnica en general, y en
particular de la técnica de guerra y de la bomba atómica y de la fuerza armada
basada en ellas, relegando a segundo plano el factor determinante del régimen
económico y el papel decisivo de las masas populares en la historia, es el rasgo
característico de esta reaccionaria teoría sociológica burguesa.
La
técnica ejerce, sin
duda, una influencia inmensa en la vida social, pero
solamente en relación
con los hombres. La técnica sin los hombres, sin las
masas trabajadoras, es un
factor muerto. Por
muy
destructora que sea la fuerza de la bomba atómica,
no hay que perder de vista, en primer lugar, que ya los Estados Unidos no
tienen el monopolio de ella y, en
segundo lugar, que los pueblos son más fuertes que
todas las bombas atómicas.
Siguen extendiéndose todavía hoy entre los
sociólogos e historiadores burgueses las tendencias idealistas subjetivas
de la psicología,
el voluntarismo, etc., tendencias que niegan todas las leyes objetivas
del desarrollo económico de la sociedad, tratando de reducir la historia de
ésta a los actos de las grandes personalidades, de los magnates del capital,
etc. Tal es la esencia de las ideas sociológicas del positivismo, del
pragmatismo, de la semántica, del personalismo y de toda otra serie de tendencias
de la filosofía burguesa. Estas escuelas sociológicas buscan la causa
fundamental del desarrollo de la sociedad en la actividad de los hombres
eminentes, de los gobernantes y los generales, en el "libre arbitrio"
o en tales o cuales ideas y principios políticos, en la mentalidad de los
hombres, y no pocas veces se inclinan directamente a la superstición religiosa,
buscando la explicación de los fenómenos sociales en la voluntad divina.
Rasgo
característico de toda
la sociología burguesa de nuestro
tiempo es el extremo eclecticismo, la contradicción interna. Pese a la
abundancia de tendencias de la sociología burguesa, todas ellas
tienen como exponente
común el idealismo en la
explicación de la historia de la sociedad, la negación de las leyes reales,
objetivas, de su desarrollo, el empeño por reducir estos fenómenos a
la conciencia, a
la política y
a la voluntad de los gobiernos, a
los personajes políticos, como si aquí se encerrara la fuerza fundamental y
determinante de la historia, de la vida social. Aunque muchas tendencias de la
sociología burguesa (el racismo, la geopolítica,
el neomaltusianismo, la teoría de la educación y de la técnica
como la fuerza fundamental del desarrollo
histórico, etc.) se disfrazan bajo un ropaje naturalista para
presentarse de un modo más plausible ante la ciencia, no debe olvidarse que se
trata de diversas modalidades del idealismo. El idealismo, batido y desalojado
de sus posiciones por el marxismo, intenta levantar cabeza bajo nuevas formas,
pero su esencia sigue siendo la misma; las diversas modalidades de la
sociología burguesa distan tanto de la ciencia como el cielo de la tierra.
El extremado reaccionarismo, el eclecticismo, la
carencia de principios
y el odio
son los rasgos
característicos de los sociólogos burgueses
contemporáneos y de
la sociología burguesa
en
general. Los sociólogos burgueses no se proponen
descubrir la acción real de las leyes y las fuerzas matrices del
desarrollo social, sino
negar la
posibilidad de llegar a comprender la acción de las
leyes sociales y la existencia misma de estas leyes.
Uno de los
más prestigiosos historiadores ingleses, Trevelyan,
se lamenta de que la
vida humana sea insuficiente
para llegar a
comprender
todos los hechos relacionados con la historia de la
sociedad. Mientras no
estemos en condiciones
de
conocer todos los hechos, la historia, dice, no
podrá ser considerada como una ciencia. Es el mismo pensamiento que expresa
otro "venerable" historiador inglés, Toynbee. Se expresa aquí la
impotencia de los historiadores idealistas, embrollados entre los incontables
hechos históricos, y el miedo a situarse ante la tarea de encontrar el nexo
interno en que los acontecimientos se hallan engarzados. Los ideólogos de la
burguesía actual sienten aversión a las leyes objetivas, sencillamente porque éstas
anuncian a su clase el hundimiento inevitable que la aguarda.
Este
mismo miedo empapa
todo el libro,
más arriba citado, del agnóstico y neokantiano inglés, enemigo del
marxismo, Carl Federn, La concepción materialista de la historia (1939).
"Si pudiésemos abarcar todos los hechos existentes y llegar a comprender
todos los nexos causales en el presente y en el pasado -lo cual requeriría la
razón divina-, estaríamos en condiciones de explicar todos los
acontecimientos del pasado
y de prever
el futuro. Pero nuestro intelecto
se halla demasiado poco desarrollado para ello; sólo podemos abarcar con la
mente un
número limitado de
hechos y no alcanzamos a explicarnos ni siquiera lo
que ha sucedido". Fodern considera como simples ficciones, como vacuas
palabras, conceptos científicos
como los de "feudalismo", "capitalismo",
"socialismo", "revolución", "leyes históricas",
etc., y reduce la misión de la sociología a una descripción escueta de hechos,
cayendo con ello en el más trivial subjetivismo.
Los mismos puntos de vista del subjetivismo son
compartidos por gran parte de los sociólogos norteamericanos: John Dewey, E.
Ross, E. Bógardus, H. Bekker: por no citar a más, pertenecen todos a la llamada
escuela semántica, encabezada por Chase y otros.
La desintegración de la sociología y la
historiografía burguesas ha llegado al punto de que
los más celosos defensores del idealismo subjetivo
(B.
Croce, R. Aron,
R. Collingweod, Ch.
Bird y otros) nieguen, no ya la
objetividad de las leyes de la
historia,
sino incluso la
objetividad del proceso
histórico mismo y de los hechos históricos. Al negar
la objetividad del pasado histórico, afirman que el proceso histórico
lo crea la
conciencia del historiador, que
todos los hechos de la historia son fruto del "pensamiento
histórico".
La tendencia reaccionaria y el subjetivismo de la
sociología burguesa contemporánea
se manifiestan en la negación del
sentido progresivo, de los avances del proceso histórico. Los sociólogos e
historiadores burgueses reaccionarios niegan que el progreso sea una ley del
desarrollo de la sociedad. Reflejan con ello el miedo de la burguesía
reaccionaria a la inevitable sustitución del capitalismo por un régimen social
más alto, el socialismo.
La
sociología burguesa trata
de ocultar a las
masas populares las lacras y las contradicciones del
capitalismo. Para los sociólogos burgueses, la fuente de la crisis y la
precariedad del capitalismo debe buscarse, no en el régimen capitalista de
producción, sino en el desarrollo de la técnica, en la difusión del marxismo,
en el crecimiento de la población, en la pérdida de "los valores
espirituales de vigencia general",
como los llama
el sociólogo norteamericano
Endgel.
La decadencia y degeneración de la sociología
burguesa las revelan los propios títulos de muchas de sus obras. He aquí, por
ejemplo, los de algunos libros de filosofía publicados últimamente en los
Estados Unidos: Los Mesías y su misión civilizadora, por W. Watlis; La
Iglesia y el
progreso social, por M.
Bowen; La Providencia y la Historia, por W. P. Kasserly, y por ahí adelante.
La sociología burguesa ha sido derrotada en toda
la línea
y se halla
en total bancarrota,
como una
seudociencia reaccionaria de los pies a la cabeza.
Bancarrota que se ven obligados a reconocer hasta
sus propios corifeos. Poco antes de morir, escribía
J. Dewey, en su libro Los problemas del hombre: "Hace unos quince años,
digamos, ni las gentes más sagaces
habrían
podido prever el
curso de los acontecimientos. Los
hombres de una
amplia
concepción del mundo que acariciaban alguna
esperanza han podido convencerse de que la marcha real de las cosas se
desarrolla en dirección contraria".
No; a los ideólogos de la burguesía no les es dado
prever la marcha de los acontecimientos. Ya lo decía
el gran Lenin: "... No es posible calcular de
un modo certero, cuando se marcha hacia la catástrofe".17
Ya en 1914, desenmascarando las concepciones
positivistas de P. Struve, y sus ataques contra el marxismo, Lenin había
descubierto genialmente los
rasgos fundamentales de la bancarrota y el marasmo
de la sociología burguesa: la desesperación en cuanto
a la posibilidad
de comprender el
presente, la renuncia a la
ciencia y a toda generalización, el empeño de eludir las leyes del desarrollo
histórico,
de descartar las leyes de la ciencia y suplantarlas
por las leyes de
la religión, la
escolástica muerta y
moribunda del escepticismo burgués en boga: todo
ello es el fruto del miedo de la burguesía al hundimiento inevitable
del capitalismo y
de su
obstinación en demostrar la imposibilidad del
socialismo.18
Los ideólogos de la burguesía se empeñan en
presentar la creciente crisis de todo el sistema del capitalismo y
los incontenibles avances
del
movimiento comunista como "el ocaso de
Europa", "el ocaso de la cultura". Los sociólogos burgueses
tratan de mostrar el hundimiento del régimen
capitalista agonizante como el hundimiento de toda
17 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXXIII, pág. 128.
18 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX,
págs. 179, 182,
185.
cultura, y hablan de las "sombras del
crepúsculo", del "derrumbamiento de las esperanzas". Incapaces
de comprender y de explicar lo que ante sus ojos está sucediendo, recurren cada
vez más a las analogías con el pasado. Se alzan ante su mirada las sombras y
los fantasmas de la caída de la antigua Roma. El teórico del partido laborista
inglés Harold Laski, en su libro La fe, la razón y la civilización (1944),
copiando una idea del reaccionario Spengler, escribía que el mundo actual se
estremece hasta en sus más profundos
fundamentos: "Nuestros valores
se hunden, casi lo mismo que en el ocaso del imperio romano. Las
conquistas científicas, el progreso material, el inmenso ensanchamiento del
horizonte, en relación con el desarrollo de nuestros conocimientos: todo ello
en su con junto no evoca ya en nosotros el sentimiento de confianza en el
futuro".
Los
servidores de la
burguesía, Laski y
otros como él, tratan de desviar a las masas trabajadoras
del camino de la solución revolucionaria de los
problemas históricos ya maduros para ser resueltos.
Su mira, como la de toda la sociología burguesa, no
es otra que salvar al capitalismo de su hundimiento, desorientar a las masas
trabajadoras, apartarlas de la
lucha
revolucionaria contra el
capitalismo agonizante.
Por oposición a la sociología burguesa, el
materialismo histórico suministra el conocimiento de las leyes que rigen el
desarrollo de la sociedad y
señala a las masas trabajadoras el único camino
certero, revolucionario, para resolver los problemas
históricos que aguardan su solución. De todas las
teorías sociológicas, sólo el materialismo histórico ha
afrontado victoriosamente la prueba de la realidad,
ha sido contrastado por
la experiencia histórica universal. El curso de la historia,
en los cien años
largos que lleva de existencia el marxismo, ha
venido a confirmar plenamente la veracidad de esta doctrina.
La aplicación de este método a la investigación de
los nuevos hechos, de los nuevos fenómenos sociales de la época contemporánea y
a la dirección de la
lucha revolucionaria de los trabajadores, se ha
visto coronada por los más brillantes éxitos.
El triunfo del socialismo en la U.R.S.S., el
ahondamiento y la agudización de la crisis general del capitalismo, la
bancarrota de la
ideología
burguesa, los avances del movimiento de liberación
de las
masas oprimidas y explotadas, el
constante
crecimiento del número de militantes de los partidos
marxistas y el fortalecimiento incesante de la influencia de la ideología
marxista sobre las masas
populares, la victoria de la democracia popular en
una serie de países de Europa y Asia: todo ha venido
a confirmar palmariamente los geniales pronósticos
de los fundadores del marxismo-leninismo, pronósticos basados en las leyes
formuladas por el
materialismo histórico.
Resumen.
El
materialismo histórico es
la ciencia de la
sociedad, de las leyes generales de su desarrollo,
la única teoría y el único método exactos de concepción de los
fenómenos sociales y
de dirección de la
práctica revolucionaria. La
creación del materialismo
histórico por Marx y Engels vino a revolucionar
la concepción de
la historia, convirtiendo en
una ciencia el
estudio de la sociedad. El desarrollo de la sociedad
con arreglo a leyes puede ahora ser plenamente comprendido y utilizado en
interés de la propia sociedad. Por oposición al idealismo, que niega las leyes
del desarrollo social, el materialismo histórico pone de manifiesto las leyes
objetivas a que se ajusta el desarrollo de la sociedad.
Gracias al materialismo histórico, que sirve de
fundamento histórico-científico al marxismo, la teoría del socialismo se ha
convertido de una utopía en una ciencia. El Partido comunista, para la
elaboración de su programa, de su estrategia y su táctica, para toda su acción, se basa en
las leyes objetivas que rigen el desarrollo de la sociedad.
El materialismo histórico es una teoría creadora,
que se
desarrolla a base
de sintetizar toda
la
experiencia social. El nexo indisoluble entre la
teoría
y la práctica es la fuente de que manan la
veracidad, la fuerza y la invencibilidad del materialismo histórico.
CAPÍTULO II. LAS CONDICIONES DE VIDA MATERIAL DE LA
SOCIEDAD.
La vida material de la sociedad, el ser social, es
lo primario, y la vida espiritual de la sociedad lo secundario, lo derivado. La
vida material de la sociedad es la realidad objetiva: existe independientemente
de la conciencia y la voluntad de los hombres. La vida espiritual de la
sociedad es el reflejo de esta realidad objetiva, el reflejo del ser.
La fuente de que emana la vida espiritual de la
sociedad, la fuente de origen de las ideas y las teorías
sociales,
las concepciones políticas, jurídicas,
religiosas,
artísticas y filosóficas,
y de las instituciones correspondientes, no se
halla en la conciencia de los hombres, en las ideas, teorías, concepciones e
instituciones, sino en el ser social, en las condiciones de la vida material de
la sociedad.
Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones de vida
material de la sociedad, que en última instancia determinan las ideas sociales,
las instituciones políticas y de otra clase de la sociedad?
1. El medio geográfico.
Entre
"las condiciones de
vida material de la
sociedad" figura, ante todo, la naturaleza que
rodea a la sociedad, el
medio geográfico. El
medio geográfico constituye una de las condiciones necesarias y
permanentes de la vida material de la sociedad, que, indudablemente, influye
sobre el desarrollo de ésta. El trabajo, según la definición de Marx, es
"un proceso que se opera entre el hombre y la naturaleza". El medio
geográfico que circunda la sociedad forma la base natural del proceso de
producción de los bienes materiales.
El medio geográfico, sobre todo en las tempranas
fases del desarrollo social, imprime su sello a los modos y las ramas de
producción. Es obvio que, por ejemplo, no podía surgir la ganadería allí donde
no existían animales aptos para ser domesticados. La existencia en una
determinada región de yacimientos minerales hace posible la creación de las
correspondientes ramas de la industria extractiva. Claro está que, para que
esta posibilidad llegara a convertirse en realidad, tenían que darse, además de
las condiciones naturales, las condiciones sociales congruentes, tenía que
darse un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.
Las condiciones externas, naturales, de vida de la
sociedad se dividen en las dos siguientes clases, con
arreglo a la función que desempeñan en la vida
material de la sociedad, a lo largo de las diversas fases de su desarrollo:
1) la riqueza natural de medios de producción: la
fertilidad natural del suelo, la abundancia de peces en
las aguas, de caza en los bosques, etc.;
2) La riqueza natural de fuentes de medios de
trabajo: saltos de
agua; ríos navegables,
madera,
metales, carbón de hulla, petróleo, etc.
En las fases inferiores de desarrollo de la sociedad
predomina la importancia
de la primera
clase de
riquezas
naturales para la
vida material de
la
sociedad; en las fases superiores, la segunda.
En la sociedad primitiva, con sus medios
rudimentarios de trabajo, los saltos de agua, los ríos navegables, los
yacimientos de hulla, de petróleo, de manganeso o de cromo, no tenían una
importancia vital, no influían en la producción material. Pero, en la fase
actual de desarrollo de la sociedad, estas riquezas naturales han adquirido una
importancia considerable y ejercen una influencia extraordinaria sobre la
producción de los bienes materiales. La energía hidráulica
del Dniéper, del
Volga, del Angara, existieron
durante miles y miles de años, sin que hasta la fase actual llegaran a
convertirse en una base natural grandiosa
para el desarrollo
de las fuerzas productivas. No
cabe duda de que las condiciones geográficas favorables aceleran el
desarrollo de la
sociedad, mientras que
las condiciones desfavorables lo entorpecen.
Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones geográficas
más favorables para el desarrollo de la sociedad? A primera vista, podría
parecer que son las que se dan en los climas tropicales, donde es más generosa
la naturaleza que rodea al hombre, donde éste puede obtener con menor inversión
de trabajo los medios de sustento que necesita. Pero ya decía Marx que una
naturaleza excesivamente pródiga de sus bienes lleva al hombre de la mano, como
a niño en andaderas. No le acucia a desarrollarse bajo la presión, de una
necesidad natural.
La historia de la sociedad humana demuestra que el
medio geográfico más favorable para el desarrollo
social
es aquel que
se distingue por
su mayor
variedad. "La base natural de la división
social del trabajo, qué mediante los cambios de las condiciones
naturales en que vive sirve al hombre de acicate de
sus
propias necesidades, capacidades, medios
y modos de trabajo, no es la fertilidad absoluta del suelo, sino su
diferenciación, la variedad de sus productos naturales".19
El medio geográfico no influye en el desarrollo de
la sociedad solamente por medio de las posibilidades naturales más o menos
favorables para el desarrollo de la producción social. Las condiciones
geográficas, por ejemplo las
cadenas montañosas que
separan unas de otras
las regiones del
país, el contorno insular de éste, etc., pueden
entorpecer o facilitar las comunicaciones entre los diversos pueblos, hacerlos
más o menos asequibles para las agresiones guerreras desde el exterior, lo que,
en fin de cuentas, influye en su desarrollo.
¿Quiere esto decir que las condiciones naturales, el
medio geográfico sean el factor determinante del
que dependen en último resultado el desarrollo de la
sociedad, su estructura y la fisonomía de ésta?
Los partidarios de la tendencia geográfica en
sociología y en historiografía sostienen erróneamente que es el medio
geográfico (el clima, el suelo, el relieve de un país, el carácter de su fauna
y su flora) lo que, directamente o a través de la alimentación o del género de
ocupaciones, influye en la fisiología y en la psicología de los hombres, lo que
determina sus inclinaciones, su temperamento, su tenacidad, su resistencia, y
lo que, por medio de estos rasgos del carácter, decide todo el régimen de la
sociedad.
Un pensador de la Ilustración francesa del siglo
XVIII, Montesquieu, sostenía que las costumbres y las creencias religiosas de
los hombres y el régimen social y político de los pueblos se determinan,
fundamentalmente, por las condiciones del clima. En su obra titulada El
espíritu de las leyes, escribía Montesquieu: "El calor excesivo mina las
energías y abate el ánimo..., los climas fríos infunden al cuerpo y al espíritu
del hombre cierto rigor, que lo hace capaz de actos tenaces,
difíciles, grandes y arriesgados". "En los países del norte, el
organismo es sano, reciamente constituido, pero desmañado y torpe, y se
complace en cualquier género de actividad". "En los pueblos de estos
países, escasean los vicios y abundan las virtudes, la sinceridad y la
rectitud". "La pusilanimidad de los pueblos de los climas cálidos los
ha conducido casi siempre a la esclavitud, al paso que la valentía de los
pueblos de climas fríos los ha mantenido en el disfrute de su libertad".
Tales eran los juicios históricos de Montesquieu.
Pero ¿cómo explicarse, entonces, que en las
mismas condiciones climáticas,
en el mismo
país,
exista en épocas distintas un régimen social y
político
diferente? El clima de Italia apenas cambió desde el
tiempo de los Gracos al de Bruto o al de Julio César, y, sin embargo, de una
época a otra se produjeron en Roma y en Italia complejos cambios económicos y
19 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 565.
políticos. Montesquieu, dándose cuenta de que el
clima no podía explicar fenómenos como éstos, se armaba un embrollo y recurría
a la concepción idealista usual en su tiempo: los cambios políticos y otros
cambios sociales hay que explicarlos, decía, por la influencia de la
legislación, de la "libre actividad" del legislador.
El sociólogo inglés Buckle, en su libro Historia
de la
civilización en Inglaterra,
a diferencia de
Montesquieu,
entendía que no
era solamente el clima, sino, en particular, el suelo, la
alimentación y
el medio geográfico (la naturaleza circundante en
general), lo que influía de un modo determinante en el carácter de los pueblos,
en su psicología, en su
modo de concebir el mundo y en su régimen social y
político. Según él, la temible y grandiosa naturaleza
de los países
del trópico, con
sus frecuentes terremotos y
erupciones volcánicas, con
sus tormentas y sus lluvias torrenciales, influye sobre la
imaginación de los hombres y se manifiesta en la
poderosa influencia de
los brujos (los
sacerdotes)
sobre la vida de la sociedad. En cambio, la
naturaleza de países como Grecia, Inglaterra, etc., contribuye, en opinión de
Buckle, al desarrollo del pensamiento
lógico y de
la conciencia científica.
Este autor atribuye la
considerable influencia del
clero y la
difusión de las ideas supersticiosas en España e
Italia a los movimientos sísmicos y a las erupciones volcánicas.
Sin
embargo, en Italia y bajo esas condiciones naturales de que se
nos habla vivió en la antigüedad
el materialista Lucrecio y vivieron en la época del
Renacimiento el genial Leonardo de Vinci, el
ingenioso escritor anticlerical Boccaccio
y el
valeroso luchador en pro de la ciencia y en contra
del
oscurantismo católico Giordano Bruno, por no citar a
otros. Inglaterra, que dió al mundo una pléyade de
pensadores materialistas, tales como Bacon, Hohbes,
Toland, Faraday y Darwin, se ve convertida hoy en
refugio de oscurantismo y superstición, en hogar de las corrientes filosóficas
más desaforadamente idealistas. En la misma China donde un día imperó la
ideología feudal que
predicaba a las
masas la sumisión y la
resignación, ha triunfado hoy la ideología
revolucionaria del marxismo
leninismo.
¿Cómo explicar, pues, las diferencias de ideas, de
concepciones del mundo, entre gentes que viven bajo
las mismas condiciones geográficas? Es evidente que
desde el punto de vista de la tendencia geográfica
de la sociología no sería posible encontrar una respuesta a esta pregunta.
Como tampoco sería posible explicar, con arreglo a
esta tendencia, por qué en un mismo país y en una
misma época existen clases contrapuestas, con
diferente psicología y
con ideales y
modos de concebir el
mundo antagónicos. Solamente
el
materialismo histórico da una respuesta científica a
todas estas preguntas.
El medio geográfico es una de las condiciones
necesarias y permanentes de la vida material de la sociedad, pero sólo es
relativamente permanente e invariable; sus cambios naturales se producen dentro
de límites muy amplios, a lo largo de decenas de miles y millones de años, al
paso que los cambios radicales del régimen social se llevan a cabo con un ritmo
mucho más rápido, en el transcurso de miles o hasta de cientos de años. Por eso
un factor relativamente invariable como
el del medio geográfico no puede ser considerado
como causa determinante de los cambios y el desarrollo de la sociedad.
"En el transcurso de tres mil años, Europa
-escribe
J. V. Stalin- vió desaparecer tres regímenes
sociales: el del comunismo primitivo, el de la esclavitud y el régimen feudal,
y en la parte oriental de Europa, en la U.R.S.S., fenecieron cuatro. Pues bien,
durante este tiempo las condiciones geográficas de Europa no sufrieron ningún
cambio, y si sufrieron alguno, fué tan leve, que la geografía no cree que
merece la pena registrarlo. Y se comprende que sea así. Para que el medio
geográfico experimente cambios de cierta importancia, hacen falta millones de años,
mientras que en unos cientos o en un par de miles de años pueden operarse
incluso cambios de la mayor importancia en el régimen social.
De aquí se desprende que el medio geográfico no
puede ser la
causa fundamental, el
factor
determinante
del desarrollo social,
pues ¿cómo lo que permanece casi invariable a través de
decenas de
miles de años va a poder ser la causa fundamental a
que obedezca el desarrollo de lo que en espacio de
unos cuantos cientos de años experimenta cambios
radicales?"20
Y es que los partidarios de la tendencia geográfica
en sociología consideran la sociedad humana como
algo pasivo, simplemente
sujeto a la
acción del medio geográfico. Esta
concepción acerca de las mutuas relaciones entre la naturaleza y la sociedad es
radicalmente falsa: las relaciones entre la sociedad y la naturaleza
cambian históricamente con el
desarrollo de las fuerzas productivas sociales.
A diferencia de los animales, el hombre social no
sólo se adapta a la naturaleza, al medio geográfico, sino que, a través de la
producción, adapta la naturaleza a sí mismo, a sus necesidades, obliga a las
fuerzas naturales a servir a sus fines.
Al desarrollar la producción social, los hombres
alteran la fertilidad natural del suelo, unen por medio de canales los ríos,
mares y océanos, llevan de un continente a otro las especies vegetales y
animales, cambian la fauna
y la flora
del planeta. La humanidad pasa del empleo de un tipo de
energía a otro, somete a su poder nuevas fuerzas naturales. De la utilización
de la energía motriz animal, la sociedad
20 J. V.
Stalin, Cuestiones del
leninismo, trad. española, Ediciones Sociales, México, 1941,
págs. 650-651.
pasó a la
fuerza motriz del
viento, del agua,
del vapor, de la electricidad. Y, hoy, la humanidad se halla en vísperas
de una nueva y la más grandiosa de las revoluciones técnicas: el empleo de la
energía atómica para los fines de la producción.
Con el desarrollo de las fuerzas productivas, de los
medios de comunicación y la división social del
trabajo, con la aparición del mercado mundial, se
han
desplazado
las fronteras del
medio geográfico de estos
o los otros
pueblos, se ha
atenuado la
dependencia directa de la industria de unos u otros
países con respecto a las fuentes locales de
materias primas, ha surgido la necesidad de importar primeras materias. Así,
por ejemplo, la industria algodonera de Inglaterra se desarrolló gracias al
algodón importado de la India y Egipto; el mineral de hierro de España y
Malasia se funde en los altos hornos ingleses. El petróleo de Indonesia, el
Irak y el Irán se elabora y refina muy lejos de las fronteras de estos países
por los imperialistas de los EE.UU., Inglaterra
y Holanda.
El progreso técnico, al crear la posibilidad de
producir caucho sintético, materiales plásticos y bencina a base del carbón de
hulla, ha permitido ensanchar las fuentes de materias primas y reducir la
anterior dependencia de la producción con respecto a condiciones naturales como
la existencia de yacimientos petrolíferos, de plantas naturales de caucho, etc.
Las proporciones y el carácter de la acción de la
sociedad sobre el medio geográfico cambian con arreglo al grado de desarrollo
de las fuerzas productivas y con arreglo al grado de desarrollo de la sociedad
y al carácter del régimen económico. La época del capitalismo representó un
gigantesco paso de avance en el desarrollo de las fuerzas productivas, en la
sumisión de las fuerzas elementales de la naturaleza a la sociedad. Pero la
meta y la fuerza motriz de la producción capitalista es la acumulación de capital,
el hambre de ganancias. El capitalismo lleva consigo, por tanto, una actitud
rapaz ante las riquezas naturales, lo que conduce
a la transformación de
territorios un día florecientes en campos desolados y estériles.
"...Todos
los progresos realizados
por la agricultura capitalista
-escribía Marx- no
son
solamente progresos en el arte de esquilmar al
trabajador, sino también en el arte de
esquilmar la
tierra, y cada paso que se da en la intensificación
de su fecundidad dentro de un período de tiempo determinado, es
a la vez
un paso dado
en el
agotamiento de las fuentes perennes que alimentan
esta fecundidad. Este
proceso de aniquilación
es
tanto más rápido cuanto más se apoya un país, como
ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria,
como base de su desarrollo.21
21 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. 1. pág. 554.
Esta actitud rapaz de los capitalistas ante las
riquezas naturales, la codicia que les lleva a extraer las mayores ganancias
posibles ahora mismo o en el plazo más corto, sin pararse a pensar en lo que
ello pueda perjudicar a la fertilidad del suelo en el futuro, ha conducido a
terribles resultados en los Estados Unidos y en otros países capitalistas.
Según los datos del sabio norteamericano Bennett, la erosión y la aeración de
la superficie labrantía han sustraído casi totalmente al cultivo, en aquel país,
282 millones de acres de tierras.
Solamente acabando con el capitalismo e implantando
el socialismo será posible sustituir el rapaz despilfarro de las riquezas
naturales por su aprovechamiento racional y planificado al servicio de las
necesidades de los trabajadores.
Bajo el régimen del socialismo, se lleva a cabo el
cambio racional del medio geográfico en interés de la sociedad: la
transformación planificada del mundo vegetal y animal, del clima, de la
fertilidad del suelo y hasta del curso de los ríos y del relieve del suelo. Los
hombres, a quienes el socialismo convierte en dueños y señores de sus
relaciones sociales, pueden gobernar las poderosas fuerzas de la naturaleza. El
florecimiento económico, político y cultural de las dieciséis repúblicas
socialistas soviéticas agrupadas en la U.R.S.S. y situadas en las más diversas
condiciones geográficas, es la confirmación práctica palmaria de cuán absurdas
y anticientíficas son las teorías
burguesas reaccionarias que
pretenden explicar la estructura y el desarrollo de la sociedad con
arreglo a las condiciones del medio geográfico.
No cabe duda
de que la
diversidad y la abundancia de riquezas naturales de la
U.R.S.S. ha
ejercido y ejerce una favorable influencia sobre el
desarrollo de sus fuerzas productivas. Una de las
condiciones para la
rápida transformación de la
U.R.S.S. de un país agrario en un país industrial ha
sido la existencia en su seno de abundantes riquezas
naturales: mineral de hierro, carbón, petróleo, etc. Sería falso, sin embargo,
querer explicar el rápido ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas de la
U.R.S.S. solamente (o fundamentalmente) por las condiciones naturales
favorables del país.
Las mismas riquezas naturales existían en la vieja Rusia, antes de la
revolución. Pero, no sólo no eran explotadas, sino que ni siquiera se conocían,
ni siquiera se habían
explorado. La exploración científica planificada y en gran
escala del subsuelo del inmenso territorio de la U.R.S.S. se ha llevado a
cabo por
vez primera bajo
las condiciones del régimen soviético. Solamente en la época
soviética han llegado a conocer los pueblos de la U.R.S.S. qué inagotables
tesoros guarda la entraña de la tierra poblada por ellos. De por sí, las
riquezas naturales de Rusia
encerraban tan sólo
la posibilidad para
un
los terratenientes y capitalistas, esta posibilidad
no podía llegar a convertirse en realidad. Para esto, fué necesario que se
impusieran las condiciones del régimen socialista soviético.
La prensa y los libros burgueses siguen propagando
ampliamente la tendencia geográfica de la sociología y la historiografía, a
pesar de que hace ya mucho tiempo que esta teoría ha sido refutada por la
ciencia y la experiencia. Los ideólogos de la burguesía reaccionaria, en la
época del imperialismo, se valen de estas tendencias sociológicas e historio
gráficas para tratar
de justificar la
política anexionista del imperialismo.
Los partidarios de estas reaccionarias teorías
geográficas intentan explicar el atraso económico y
cultural de una serie de países del Oriente
asiático, de
África y Sudamérica, por las características de su
medio geográfico. Pero esto es una falacia. La verdadera causa
del atraso y
la miseria de la
población de Turquía,
el Pakistán, la
India, Indonesia, Polinesia, el Irán, Egipto, Túnez, Argelia y otros
países no es otra que el yugo colonial y semicolonial, el despojo de estos
países por los imperialistas ingleses, norteamericanos y de otras nacionalidades.
"Dos circunstancias -escribe Palme Dutt-
caracterizan la actual
situación de la
India. La
primera es la riqueza del país, sus riquezas
naturales,
la abundancia de sus recursos, las posibilidades
potenciales para asegurar plenamente la existencia de
su actual población y aun de una población mayor
que la actual. La segunda es la miseria de la India,
la miseria de la inmensa mayoría de la población del país..."22
El progreso económico y cultural de los países
capitalistas se obtiene a costa del sojuzgamiento y la bestial explotación de
los pueblos y del rapaz despilfarro de las riquezas naturales de las colonias y
los países dependientes. La
explotación de las colonias sigue siendo una de las fuentes
de enriquecimiento de los países imperialistas. Los imperialistas entorpecen y
frenan artificialmente el desarrollo
de la industria,
particularmente, la industria de
construcción de maquinaria, en las colonias y en los países dependientes. Esto
explica por qué la
producción industrial global
de estos países sólo representa
el 5 por 100 de la del mundo capitalista, a pesar de que su población forma el
70 por 100 del censo total de la población de dicho mundo. Las potencias
imperialistas convierten a las colonias y a los países dependientes en
apéndices agrarios suyos y en fuentes de materias primas para su industria;
para lo cual procuran fomentar en las colonias un sistema de relaciones
económicas atrasadas y de instituciones políticas reaccionarias.
Cuando los pueblos de la India, Indonesia, Egipto,
rápido desarrollo económico. Pero, en las
condiciones de la Rusia zarista, bajo el régimen de
22 Palme Dutt, La India de hoy, cit. de la trad.
rusa, Moscú, 1948, pág. 22.
etc., hayan logrado sacudir definitivamente el yugo
imperialista y conquistar
su plena libertad económica, demostrarán al mundo qué
nivel tan alto de desarrollo pueden alcanzar los países independientes, en las
mismas condiciones geográficas. Así lo atestigua ya hoy el ejemplo de la China
liberada, con el amplio despliegue de sus poderosas fuerzas.
La China democrática
liberada está desarrollando ya actualmente su edificación industrial
socialista en enormes proporciones y llevando a cabo una serie de medidas
extraordinariamente importantes para la transformación de la naturaleza:
construcción de potentes esclusas, sistemas de riego, estanques artificiales,
etc.
Los sostenedores del punto de vista geográfico en la
sociología y la historiografía pretenden infundir a
los
pueblos de las
colonias la idea
de que deben
resignarse a su suerte de esclavos, condenarlos a la
pasividad. Tratan de justificar la esclavitud colonial,
de
eximir a las
potencias imperialistas de
su
responsabilidad por el atraso de las colonias
esquilmadas y arruinadas por ellas, descargando esta responsabilidad sobre la
naturaleza, sobre el medio geográfico.
El materialismo histórico pone de manifiesto la
inconsistencia científica de la tendencia geográfica
de la sociología
y la historiografía y
ofrece una
explicación certera de la verdadera función del
medio geográfico en el desarrollo de la sociedad. El medio
geográfico
es una de las condiciones necesarias
y
permanentes de la vida material de la sociedad.
Acelera o amortigua el curso del desarrollo social. Pero no constituye ni puede
constituir la fuerza determinante del desarrollo de la sociedad.
2. El crecimiento de la población.
Entre
las condiciones de
vida material de la
sociedad, figura también, junto al medio geográfico,
el crecimiento de la población, la mayor o menor densidad de ésta. Los
habitantes constituyen un elemento
necesario de las
condiciones de vida material de la sociedad. La vida de la
sociedad sería imposible sin un mínimum de población.
No cabe duda
de que el
crecimiento de la población
influye en el
desarrollo de la
sociedad.
Con
arreglo a ciertas
condiciones históricas concretas,
el crecimiento de la población, la mayor o
menor
densidad de ésta,
pueden acelerar o amortiguar el desarrollo de la economía. De
la mayor o menor densidad y del ritmo de crecimiento de la
población dependen, hasta cierto punto, en igualdad
de condiciones, la
posibilidad de asimilación
de
nuevas tierras y hasta el ritmo de desarrollo de las
fuerzas productivas. Para poder asimilarse, por ejemplo, las riquezas naturales
de Siberia y el Lejano
Oriente, es necesario que la población de estas
regiones crezca considerablemente, que aumente su
densidad de población. Bajo las condiciones del
régimen socialista, esto acelera todavía más el ritmo de desarrollo de las
fuerzas productivas e incrementa la riqueza nacional del país.
Cabe, pues, preguntarse si no será el crecimiento de
la población el factor fundamental que determina el carácter del régimen social
y el desarrollo de la sociedad. El materialismo histórico contesta
negativamente a esta pregunta. El crecimiento de la población facilita
o entorpece el
desarrollo social, pero no es, en
modo alguno, el factor fundamental, determinante, del desarrollo de la
sociedad.
El
crecimiento de la
población, de por
sí, no puede explicar ni la
estructura de la sociedad ni por
qué, digamos, la sociedad feudal fué sustituida
concretamente por la sociedad capitalista y no por
otra
cualquiera y por
qué el capitalismo
es desplazado precisamente por el socialismo, y no por otro régimen
social.
"Si el crecimiento de la población fuese el
factor determinante del desarrollo
social, a una
mayor
densidad de población tendría que corresponder
forzosamente, en la práctica, un tipo proporcionalmente más elevado de régimen
social. Pero, en la realidad, no ocurre así".23
Así, por ejemplo, la densidad de población de la
India es mayor que la de los EE.UU., a pesar de lo cual los EE.UU. están por
encima de la India, en cuanto al nivel de su desarrollo: la India es un país
semifeudal, al paso que los EE.UU. se hallan en la última fase del capitalismo.
La densidad de población de Bélgica es 19 veces mayor que la de los EE.UU. y
26 veces mayor que la de la U.R.S.S. y, sin embargo,
los EE.UU. ocupan un nivel más alto que Bélgica
desde el punto de vista del desarrollo social, y
tanto
los EE.UU. como Bélgica se hallan por debajo de la
U.R.S.S. en toda una época histórica, por cuanto que
en ambos países sigue dominando el régimen capitalista, mientras que la
U.R.S.S. ha liquidado ya el capitalismo e instaurado en su territorio el
régimen socialista.
De donde se desprende que el crecimiento de la
población no es ni puede ser el factor fundamental en el desarrollo de la
sociedad, el factor que determina el carácter del régimen social, la fisonomía
de la sociedad.
En consonancia con el carácter del régimen social,
el crecimiento de
la población puede
influir de diverso modo sobre el
desarrollo de la sociedad. En la U.R.S.S., donde no existen explotadores, el
crecimiento de la población significa el aumento del número de trabajadores, de
la fuerza básica de producción de la sociedad. Esto explica por qué el
crecimiento de la población, en la U.R.S.S., acelera el desarrollo de la
sociedad. En cambio, bajo las condiciones del capitalismo, con su paro forzoso
crónico, el crecimiento de la población no equivale,
23 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit.,
pág. 60.
de por sí, al incremento de las fuerzas productivas.
En contra de la opinión de los demógrafos y
economistas burgueses, el marxismo ha demostrado
que el crecimiento de la población no es, en modo
alguno, independiente de las condiciones sociales
del factor biológico, sino que se acelera o se amortigua con arreglo al
carácter del régimen social y al grado de su desarrollo. Marx ha puesto de
manifiesto, en El Capital, que a cada régimen históricamente determinado de
producción son inherentes sus leyes de población propias y específicas. El
régimen capitalista de producción, con la explotación y la miseria de las masas
que lleva consigo, con las crisis y el paro forzoso, especialmente bajo las
condiciones del capitalismo contemporáneo, amortigua el crecimiento de la
población, influye sobre ella en un sentido negativo.
El capitalismo se revela como un sistema
reaccionario, como un freno para el desarrollo de la
humanidad, ya por el mero hecho de oponer barreras
al crecimiento de
la población. "La
humanidad -
escribía
Engels- podría multiplicarse
más rápidamente de lo que cabe exigir de la sociedad burguesa
contemporánea. Lo cual es para nosotros
una condición más para declarar que la sociedad
burguesa constituye un obstáculo puesto al progreso y que debe ser
eliminado".24
Por el contrario, las condiciones del socialismo, en
que crecen de un modo ininterrumpido las fuerzas productivas y el bienestar
material de las masas trabajadoras, estimulan por todos los medios el
crecimiento de la población. Según los datos de antes de la guerra, la Unión
Soviética, con una población de 170 millones
de habitantes, arrojaba
un crecimiento natural de la población mayor que toda la Europa
capitalista, cuyo censo de población ascendía a 399 millones de personas.
Como resultado del constante desarrollo del
bienestar material de los trabajadores y de los éxitos
de la sanidad pública en la U.R.S.S., de 1913 a 1953
el coeficiente de mortalidad ha descendido en más de
tres veces, y el descenso de la mortalidad infantil es
mayor aún. Esto hace que el aumento anual medio de
la población, en la U.R.S.S., sea mayor que antes de
la guerra. Ello es el resultado del régimen socialista, que ha
venido a liberar
a los trabajadores
de las crisis, el paro forzoso y
la miseria.
Los sociólogos y economistas burgueses -
partidarios de la
tendencia biológica- tratan
de
encontrar en el crecimiento de la población la clave
para la comprensión de las leyes y fuerzas motrices
de la vida social. Algunos de ellos (por ejemplo, H.
Spencer) ven en el crecimiento de la población la
causa primordial que impulsa el desarrollo de la
sociedad y hace marchar a ésta hacia adelante.
Otros sociólogos burgueses adscritos a la
tendencia biológica consideran el crecimiento de la
24 C. Marx y F. Engels, Cartas escogidas, ed. rusa,
pág. 172.
población, por el contrario, como la fuerza que
frena el desarrollo de la sociedad, y tratan de explicar las guerras, el paro
forzoso, el incremento de la miseria y otras lacras del capitalismo como
consecuencias del crecimiento "desmedido" de la población.
Como hemos visto más arriba, Malthus,
economista inglés de
fines del siglo
XVIII y
comienzos
del XIX, para
justificar el régimen
capitalista, inventó una "ley" según la
cual el crecimiento de la
población rebasa, según
él, el
incremento
de la producción de
medios de
subsistencia. En esta inventada
"discordancia" entre el crecimiento de la población y el de los
medios de subsistencia ve Malthus la causa del hambre, de la miseria, del paro
forzoso y de otras calamidades de los
trabajadores bajo el
capitalismo. Pero, en realidad, el desarrollo de los países
capitalistas en los siglos XIX y XX atestigua que, en contra de la llamada
"ley" de Malthus, las fuerzas productivas y la riqueza social crecen
bastante más aprisa que la población. Lo que ocurre es que los frutos de la
creciente productividad del trabajo no se los apropian los trabajadores, sino
la burguesía y los demás explotadores.
Marx ha demostrado que, bajo el capitalismo, es la
burguesía la que se aprovecha del progreso técnico en contra de los obreros,
que el desarrollo de las fuerzas productivas desaloja del proceso de producción
a nuevos y nuevos grupos de obreros. Y, a consecuencia de esto, se forma una
superpoblación relativa y crece el ejército de reserva del trabajo, el ejército
de los parados. Los maltusianos tratan de presentar esta
superpoblación relativa, engendrada por el régimen capitalista, como
una superpoblación absoluta, inherente según ellos a toda sociedad y que
responde a una "ley natural". Pero el marxismo ha puesto de
manifiesto que las causas del paro forzoso, de la miseria de las masas y del
hambre no radican en las leyes de la naturaleza, sino en el sistema del
capitalismo.
A pesar de que hace ya mucho tiempo que la ciencia y
la misma vida social se han encargado de
refutar
la reaccionaria teoría
de Malthus, los
ideólogos de la burguesía imperialista siguen
defendiéndola y propagándola. Se valen de ella para justificar las
contradicciones y las lacras del capitalismo
y para fundamentar
la política anexionista del
imperialismo.
Winston Churchill, en un discurso pronunciado en
octubre de 1951, trataba de explicar las dificultades de la Inglaterra
capitalista y las calamidades de su pueblo por la superpoblación del país.
"En una isla capaz para alimentar a 30 millones -declaraba Churchill-
viven 50 millones de personas". De este modo, el dirigente político de la
burguesía inglesa en el siglo XX
busca la explicación
a las contradicciones del
capitalismo en la necedad inventada en el siglo XVIII por su inspirador, el
cura
Malthus.
Pero
aún más cínicas
y repulsivas que
en
Inglaterra son las formas que las teorías
neomaltusianas adoptan en Norteamérica. En 1948 vio la
luz en los
EE.UU. un libro
del fascista Wilhelm Vogt titulado
El camino de la salvación, en el que se dice: "La humanidad se encuentra
en trance difícil. Debemos damos cuenta de ello y dejar de lamentamos de los
sistemas económicos, del tiempo, del fracaso y de la insensibilidad de los
santos. Esto será el comienzo de la sabiduría y el primer paso por nuestro
largo camino. El segundo consistirá en la limitación de la natalidad y en la
restauración de los recursos".
Vogt declara que
los recursos naturales son limitados y la natalidad es
excesiva. Uno de los capítulos de su libro se titula: "Demasiados
norteamericanos". Sobran, según él, 45 millones de norteamericanos. La
fuente de las calamidades de los pueblos
de las colonias
y países dependientes
se halla, según Vogt y las gentes de su mentalidad, no en el yugo
colonial imperialista, sino en la "superpoblación".
El
neomaltusianismo postula la
implantación coactiva de medidas
encaminadas a restringir
la
natalidad, a poner en práctica la esterilización. y
considera como los
medios más apetecibles
para
restringir la natalidad la guerra y las epidemias.
Estos monstruos reputan las malas cosechas, el hambre y las epidemias, no
como azotes, sino
como
bendiciones. Para los neomaltusianos, la medicina y
la sanidad pública no son un bien, sino un mal, por
cuanto que reducen la mortalidad y contribuyen al
crecimiento de la población. ¿No habrá
demasiados
niños?, es el título de un libro del neomaltusiano
francés P. Rebou (París, 1951).
La
burguesía imperialista se
vale de las
ideas
seudocientíficas del maltusianismo, al igual que de
los desvaríos de la "geopolítica", en su política exterior, como
medio para justificar su dominación sobre las colonias y cohonestar el atraso y
la miseria escandalosas de los trabajadores. He aquí, por ejemplo, lo que
escribe el experto en economía de la burguesía inglesa W. Ensti: "¿Dónde
está el Malthus indio que se alce contra la aparición en masa de los niños
hindúes que devastan el país?" En todos los escritos de los neomaltusianos,
lo mismo que en las obras del propio
Malthus, se falsifican
los datos acerca del
crecimiento de la
población y de los
medios de subsistencia.
En su libro
La India de
hoy, Palme Dutt, basándose en
una cantidad inmensa
de datos
incontrovertibles, pulveriza los desvaríos
neomaltusianos, difundidos para
justificar la
dominación de los imperialistas ingleses,
norteamericanos y otros en los países de Asia, África y Sudamérica.
En contra de
lo que sostienen
los
supera al crecimiento de la población; el mal está
en que los víveres y otros bienes, en los países capitalistas, no se hallan a
disposición del pueblo, sino de los explotadores. Como consecuencia de la
aterradora mortalidad, el crecimiento de la población en la India es
considerablemente más bajo que en Inglaterra y Europa. Así, el censo de
población de la India es de 389 millones de habitantes, en comparación con los
100 millones con que el país contaba en el siglo XVI. El crecimiento de la
población, en término
de tres siglos,
ha sido, por tanto, solamente de 3,8 veces. La
población de Inglaterra y País de Gales, que en 1700 era de 5,1 millones de
habitantes, asciende actualmente a 40,4 millones,25 lo que quiere decir que ha aumentado en
8 veces, durante un período de dos siglos y medio.
Así se
derrumba la leyenda
del "desmedido"
crecimiento de la población en la India. Y, con
ella,
la reaccionaria teoría neomaltusiana que atribuye al
crecimiento de la población la miseria de las masas,
el
hambre y el
paro forzoso engendrados
por el
capitalismo.
Sólo el materialismo
histórico nos ofrece
una explicación científica del crecimiento de la población
y de lo que significa en el desarrollo de la
sociedad. El crecimiento de la población constituye una de las
condiciones de la vida material de la sociedad, que
influye en el
desarrollo de ésta,
pero que no determina
ni puede determinar
la estructura de la
sociedad de que se trata ni su paso de una formación
social a otra.
3. El modo de producción, factor determinante del
desarrollo social.
¿Cuál
es, entonces, el
factor determinante del
desarrollo social, la causa fundamental que
determina la estructura de la sociedad y el paso de un régimen
social a otro? El materialismo histórico enseña que
el
factor fundamental, determinante, del desarrollo de
la sociedad es el modo de producción de los bienes materiales, del alimento, el
vestido, el calzado, la vivienda, el combustible y los instrumentos de
producción, necesarios para que la sociedad pueda vivir y desarrollarse.
Para
vivir, los hombres
necesitan alimento, vestido, calzado,
tienen que disponer de un techo y
de combustible, etc. Para llegar a poseer estos
bienes que su vida
hace indispensables, necesitan
producirlos. Y la producción de bienes materiales
requiere, a su vez, instrumentos de producción y la capacidad necesaria para
crearlos y utilizarlos en la
lucha con la naturaleza. La producción de bienes
materiales constituye la
base permanente e
imprescindible de vida de la sociedad. Si la
producción cesase, la sociedad desaparecería.
El hombre se remontó sobre el mundo animal y
neomaltusianos,
el aumento de
la producción de
medios de sustento, en la India y en todo el mundo,
25 Según las
manifestaciones de Churchill más arriba citadas, a
50 millones.
comenzó a ser hombre gracias a la producción. En
este sentido, dice
Engels que el
trabajo creó al hombre mismo. Los animales se comportan
pasivamente con la naturaleza exterior. Dependen totalmente, en su existencia y
desarrollo, de lo que la naturaleza circundante les brinda. La sociedad humana,
por el contrario, mantiene una lucha activa con la naturaleza y, por medio de
los instrumentos de producción, la hace servir a sus propias necesidades.
Valiéndose de las fuerzas y los objetos de la naturaleza exterior, la sociedad
crea los productos, los bienes materiales necesarios para su existencia, que la
naturaleza no le ofrece ya acabados.
Al producir los medios necesarios para su vida, los
hombres producen también, simultáneamente, su
propia vida material. De aquí que la existencia y el
desarrollo de la sociedad humana dependan
íntegramente de la producción de los bienes materiales, del desarrollo de la
producción. La producción es condición
permanente de existencia del hombre, una necesidad natural
eterna; sin producción, sería imposible
el intercambio de materias entre el hombre y la naturaleza,
es decir, sería imposible la misma vida humana.
Marx
define el proceso
de producción, considerado bajo
su forma general y común a todas las fases de desarrollo de la sociedad, como
la actividad del hombre encaminada a un fin y que crea los valores de uso, como
el proceso con que el hombre, mediante su actividad, facilita, regula y
controla el intercambio de materias entre él mismo y la naturaleza. "El
hombre pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los
brazos y las piernas, la cabeza y las manos, para de ese modo asimilarse, bajo
una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda, y
a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la
transforma, transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que
dormitan en él y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia
disciplina".26
A diferencia de los actos instintivos de los
animales, el trabajo humano es una actividad encaminada a un fin. Como tal, el
trabajo es propio y exclusivo del hombre. La araña, escribe Marx, realiza
operaciones parecidas a las del telar, y la abeja, al construir sus panales,
podría servir de ejemplo a muchos arquitectos. "Pero hay algo en que el
peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la peor abeja, y es el hecho de
que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del
proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el
proceso existía ya
en la mente
del obrero, es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El
obrero no se
limita a hacer
cambiar de forma la materia que
le brinda la naturaleza, sino que
sabe que rige como una ley las modalidades de su
actuación y al cual tiene necesariamente que supeditar su
voluntad".27
El
trabajo humano, en
cuanto actividad encaminada a un
fin, en cuanto proceso de acción activa sobre la naturaleza, presupone como
condición necesaria la creación y el empleo de instrumentos de producción.
Todo proceso de trabajo, todo proceso de producción,
incluye los tres factores siguientes: 1)
una actividad del hombre encaminada a un fin, que es
el trabajo; 2) un objeto sobre el que el trabajo
recae;
3)
instrumentos de producción
con ayuda de los
cuales actúa el hombre.
El proceso de producción surge cuando el hombre
comienza a crear instrumentos de producción. Antes
de crear instrumentos de producción, siquiera fuesen
los más primitivos, a la manera de la piedra afilada o del palo con ayuda de
los cuales atacaba a las fieras o
derribaba los frutos del árbol, el mono antropoide
antepasado del hombre no llegó a destacarse todavía
del
reino animal. El
mono antropoide remontóse sobre el mundo animal y se
transformó en el hombre a partir del
momento en que
comenzó a crear
instrumentos de producción. Con ayuda de éstos -de
sus órganos artificiales- prolongó, por así decirlo, las
proporciones naturales de su cuerpo y comenzó a
someter a su poder la naturaleza. La producción y el empleo de medios de
producción "caracterizan el proceso de trabajo específicamente
humano".28
También el mono antropoide emplea, a veces, el palo
y la piedra como medios de defensa o de ataque. Pero ningún mono, ningún
animal, llega a producir ni el más rudimentario instrumento de trabajo. Los
animales de todas las especies, hasta las más altas, se limitan a utilizar lo
que la naturaleza les ofrece. El único que crea sus instrumentos de producción
es el hombre.
La creación y el empleo por el hombre de
instrumentos de trabajo,
la aparición de la
producción, marca el comienzo de un nuevo tipo de desarrollo, el paso del reino
animal a la sociedad humana. Esta se caracteriza por la vigencia de nuevas
leyes específicas y nuevas formas de desarrollo, radicalmente distintas de las
biológicas.
En el proceso del trabajo se transforma, no sólo la
naturaleza, sino también
el propio hombre:
se
perfeccionan
sus órganos naturales,
se refina su
inteligencia, el hombre adquiere destreza y
perspicacia. Gracias al trabajo y a la producción, van progresando a lo largo
de los milenios, de generación en generación, los dos principales órganos
naturales del hombre, la mano y el cerebro. Por virtud principalmente del
trabajo, la mano humana alcanza tal perfección, que es capaz de crear obras
inmortales de la pintura como los cuadros de Rafael, de Tiziano,
al mismo tiempo
realiza con ello
su fin, fin
que él
27 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 200.
26 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 199.
28 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 202.
de Surikov, de Repin, de Chishkin y de Levitán, o
grandiosos monumentos arquitectónicos, como las severas y esbeltas torres del
Kremlin de Moscú.
El trabajo fué la condición decisiva para la
aparición y el desarrollo de la lengua, del lenguaje
articulado.
Sólo gracias al
trabajo pudo la
inteligencia del hombre alcanzar un grado tal de
desarrollo que le permitiera llegar a descifrar las innumerables cualidades de
la materia, descubrir los nexos internos entre los fenómenos de la naturaleza,
penetrar en sus leyes y, basándose en ellas, dominar las fuerzas naturales y
obligarlas a actuar las unas sobre las otras, en consonancia con los fines, las
necesidades y las aspiraciones de la sociedad.
"Paralelamente con el desarrollo de la mano,
paso a paso, fué
desarrollándose también la
cabeza; surgió, primeramente, la contienda de las condiciones de
resultados útiles de carácter práctico, y posteriormente, a base de esto, en
los pueblos que se encontraban en una situación más favorable, el hombre llegó
a comprender las leyes de la naturaleza que
las hacían posibles.
Y, a la
par con la comprensión sin
cesar creciente de las leyes naturales, se desarrollaron, a su vez,
los medios para actuar sobre la naturaleza. Por medio de la mano solamente,
jamás habría llegado el hombre a inventar la máquina de vapor, si a la vez que
la mano, paralelamente con ella, y en parte gracias también a ella, no se
hubiese desarrollado, asimismo, congruentemente, el cerebro del hombre".29
La experiencia, la destreza y la perspicacia
acumuladas en el
proceso de trabajo
fueron
plasmadas
por el hombre
en los instrumentos
de
producción.
Instrumentos de producción son el objeto o el
conjunto de objetos de que el hombre trabajador se
vale
para actuar sobre
el objeto del
trabajo. El hombre pone a
contribución, en el proceso de trabajo,
las propiedades mecánicas, físicas y químicas de los
cuerpos, para obligar a unos cuerpos a actuar sobre otros, en consonancia con
el fin perseguido. Entre los
instrumentos de producción incluye Marx, ante todo,
los medios mecánicos de trabajo, el conjunto de los
cuales llama "el sistema óseo y muscular de la
producción". Estos medios
de trabajo eran,
en la época del feudalismo, el
arado con reja de hierro, el
molino de viento y una serie de instrumentos
manuales, tales como el telar de mano y otros. Bajo
el capitalismo, encuentran la máxima difusión toda
clase de máquinas y sistemas de máquinas.
En consonancia con los cambios operados en los
instrumentos de producción cambia también la fuerza
de trabajo y cambian los hombres
llamados a poner en acción aquellos instrumentos. De aquí que los instrumentos
de producción históricamente determinados sean la medida del grado de
desarrollo
de máquinas de nuestros días presupone el
correspondiente grado de desarrollo de los hombres, de los trabajadores
productores de bienes materiales y a quienes su experiencia productiva y sus
hábitos de trabajo capacitan para producir estas máquinas y manejarlas. Al
surgir nuevos instrumentos de producción, cambian también el carácter y el
grado de desarrollo de la fuerza
de trabajo. Primero, cambian los instrumentos de
producción; después, y a tono con
ello, cambian los
hombres, los trabajadores que los
ponen en movimiento. Mientras no existieron locomotoras, no podía haber
maquinistas. Los tractoristas y conductores de segadoras-trilladoras surgieron
al aparecer los tractores y la maquinaria agrícola.
Los instrumentos de producción no son solamente la
medida y el criterio del grado de desarrollo de la
fuerza de trabajo; son, además, el exponente del
nivel
de desarrollo económico alcanzado por la sociedad.
"Y así como la estructura y armazón de los restos de
huesos tienen una gran importancia para reconstruir
la organización de especies animales desaparecidas,
los vestigios de instrumentos de trabajo nos sirven para apreciar antiguas
formaciones económicas de la sociedad
ya sepultada". "Lo
que distingue a las
épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace, con
qué instrumentos de trabajo se hace". Las épocas económicas no se
distinguen solamente por lo que se produce, sino por el modo cómo se produce,
por los medios de trabajo que para ello se emplean".30
Pero, por muy grande que sea la importancia de los
instrumentos de trabajo, en el proceso de producción de los bienes materiales y
en el desarrollo de la sociedad, de por sí, desligados de los hombres, no
constituyen nunca la fuerza de producción social.
"Una
máquina que no
presta servicio en el
proceso de trabajo es una máquina inútil. Y no sólo es inútil, sino que además
cae bajo la acción destructora del intercambio natural de materias. El hierro se
oxida, la madera se
pudre. La hebra no tejida o devanada es algodón echado a
perder. El trabajo vivo tiene que hacerse cargo de estas cosas, resucitarlas de
entre los muertos, convertirlas de valores de uso potenciales en valores de uso
reales y activos".31
Los instrumentos de producción los crean y ponen en
movimiento los hombres, los productores de los bienes materiales. Las fuerzas
productivas de la sociedad no consisten, por tanto, solamente en los
instrumentos de producción, sino también, y sobre todo, en los hombres llamados
a utilizarlos en los procesos productivos. La fuerza productiva más importante
son los trabajadores. "Los obreros, los trabajadores, son la primordial fuerza productiva de
de la fuerza de trabajo humana. La producción a base
30 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 101.
29 F. Engels, Dialektik der Natur, Berlín, 1955,
pág. 22.
31 C. Marx, El Capital, ed. cit., t. I, pág. 101.
toda la humanidad".32
Las fuerzas productivas de la sociedad son, por
tanto, los instrumentos de producción mediante los
cuales
se producen los
bienes materiales, y los
hombres que los ponen en movimiento, llevando a cabo
la producción de dichos bienes, gracias a su experiencia y a sus hábitos de
trabajo. Estos dos elementos,
considerados en conjunto
e integrando una unidad, forman
las fuerzas productivas de la sociedad.
Ahora bien, las fuerzas productivas no son más que
uno de los aspectos del modo de producción.
Constituyen la actitud activa de la sociedad ante la
naturaleza, ante los objetos y las fuerzas naturales
de que la sociedad se vale para la producción de los
bienes materiales.
El segundo aspecto necesario de todo modo de
producción son las relaciones de
producción entre los hombres. Los
hombres dedicados a producir no mantienen determinadas relaciones solamente con
la naturaleza, sino también los unos con los otros.
"En la producción -dice Marx-, los hombres no
actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre
los otros. No pueden producir sin
asociarse de un
cierto modo, para
actuar en común y establecer un
intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados
vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y
sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se
efectúa la producción".33
La
producción de los
bienes materiales es siempre, en todas las fases de desarrollo
de la humanidad, una producción social. El hombre es un ser social. No puede
vivir al margen de la sociedad, al margen de las relaciones de producción con
los demás hombres. Estos no pueden ocuparse de la producción aisladamente, de
un modo individual, independientemente los unos de los otros. La figura y el
mito de Robinson no son sino el fruto de la imaginación de los literatos y de
los economistas burgueses. En la
realidad, los hombres
se han ocupado siempre de la
producción y han librado la lucha con la naturaleza, no aisladamente, sino
conjuntamente, en grupos, en sociedades. Por eso, en la producción, los hombres
establecen siempre entre sí determinadas relaciones de producción,
independientes de su voluntad. Los mismos campesinos y artesanos, cuyo trabajo
se basa en la propiedad privada sobre los medios de producción y que crean sus
productos individualmente, por su cuenta y riesgo, se hallan enlazados, de
hecho, con la producción social. Su
producción tiene carácter social, porque se hallan vinculados
con el resto de la sociedad, con los
demás productores de
bienes
32 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXIX,
pág. 334.
33 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit.,
t. I, págs. 71-
76.
materiales,
por medio de
la división social
del trabajo. Y, en particular, los instrumentos de producción empleados
por los campesinos y los artesanos, no los han creado ellos mismos, sino otros
hombres, los encargados de extraer el mineral de hierro, de convertirlo en
hierro fundido y en acero, en arados, hoces y guadañas, en trilladoras, clavos,
etc.
Las relaciones de producción forman, en cada
sociedad, una red
muy complicada de
nexos y
relaciones entre los hombres que toman parte en la
producción. Tomemos como
ejemplo la sociedad
capitalista. En ella existen, ante todo, la
propiedad capitalista sobre los medios de producción y, a base de ella, las
relaciones de explotación de los obreros
por los capitalistas. Del campo de las relaciones de
producción forman también parte las relaciones entre
los hombres que se ocupar en las diversas ramas de
la producción. La división del trabajo entre la ciudad y el campo, la
explotación capitalista de la aldea por la
ciudad, caen también dentro del campo de las
relaciones de producción.
Como son, asimismo,
relaciones económicas, de producción, todas las que
forman la complicada red de las relaciones del mercado, las
relaciones de la
compraventa y la
concurrencia. Entre todos estos tipos de relaciones
de producción existe un nexo, una interdependencia.
Para poder comprender la vida social, hay que buscar
la base sobre que descansa este complejo sistema de relaciones de producción.
Esta base, que
determina el carácter del modo de producción y la
fisonomía de toda la sociedad, es la relación entre los
hombres y los medios de producción; dicho en otros
términos, la forma
de propiedad que
sobre éstos
recae.
"Si el estado de las fuerzas productivas
responde a la pregunta de con qué instrumentos de producción
crean los hombres los bienes materiales que les son
necesarios, el estado de las relaciones de producción
responde ya a otra pregunta: ¿en poder de quién
están los medios de producción (la tierra, los bosques, las aguas, el
subsuelo, las materias
primas, las
herramientas
y los edificios
dedicados a la producción, las
vías, y medios
de comunicación,
etc.), a disposición de quién se hallan los medios
de producción: a disposición de toda la sociedad, o a disposición de
determinados individuos, grupos
o
clases, que los emplean para explotar a otros
individuos, grupos o clases ?"34
Las formas de propiedad sobre los medios de
producción determinan todas las demás relaciones vigentes en la sociedad de que
se trata; la situación
de los distintos grupos sociales en el campo de la
producción, sus relaciones
mutuas, las formas
de
distribución de los productos: todas estas
relaciones dependen íntegramente del carácter de la propiedad sobre los medios
de producción.
La propiedad sobre los medios de producción no
34 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit.,
págs. 656-657.
es, simplemente, una relación entre hombres y cosas:
es una relación social entre hombres, que se expresa por intermedio de las
cosas, a través de la relación con
los medios de
producción: la clase
de los hombres a
la que pertenecen
los medios de producción (los capitalistas y
terratenientes) domina a los hombres
carentes total o
parcialmente de medios de
producción (a los proletarios y los campesinos). En la fábrica capitalista, por
ejemplo, las relaciones entre el capitalista y el obrero es una relación de
explotación, de dominación y de sometimiento.
Los
economistas y sociólogos
burgueses, al definir las
relaciones económicas entre los hombres,
destacan lo que aparece en la superficie, a saber:
las relaciones de distribución de los productos. Tratan de
esfumar, en cambio, lo esencial, lo fundamental: la
forma de la propiedad, la relación con los medios de producción, que determina
la situación y el lugar que
en la producción ocupan los hombres, dentro de la
sociedad.
Criticando la superficialidad de las concepciones
burguesas acerca de las relaciones económicas entre los hombres,
escribe Marx: "Antes de
ser
distribución de los productos, la distribución es:
1)
distribución de los instrumentos de producción, y 2)
lo que sólo representa una caracterización distinta
de la relación anterior, distribución de los miembros de la sociedad entre los
distintos tipos de producción (clasificación de los individuos entre las
relaciones de producción determinadas). La distribución de los productos no es,
evidentemente, sino el resultado de esta
distribución que va
implícita en el
proceso mismo de producción y que determina la estructura de
ésta".35
Así, pues, la forma de la propiedad sobre los
medios de producción es
lo principal, lo
fundamental,
lo que determina
la naturaleza, el
carácter de las relaciones de producción imperantes
en la sociedad de que se trata.
Las relaciones de producción entre los hombres
son relaciones materiales. A diferencia de las
relaciones ideológicas, existen al margen de la conciencia e independientemente
de la voluntad de los hombres.
Los
falsificadores del marxismo,
idealistas del tipo de
Max Adler y
A. Bogdánov, y
sus
continuadores,
por el estilo
de un E.
Bäse (en la
Alemania occidental), tratan de presentar las
relaciones de producción como relaciones psíquicas, espirituales, identificando
el ser social con la conciencia social. Se basan para ello en el hecho de que
los hombres intervienen en la producción como seres dotados de conciencia, de
que la actividad productiva es una actividad consciente; de donde, según ellos,
se deduce que
también las relaciones
35 C. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen
Oeknomie, Moscú, 1939, pág. 208.
creadas en el campo de la producción se establecen
por medio de
la conciencia, son
relaciones de carácter psíquico,
espiritual.
Pero el hecho de que los hombres entren en
relaciones los unos
con los otros
como seres
conscientes no significa, ni mucho menos, que las
relaciones de producción se identifiquen con la
conciencia social. He aquí lo que acerca de esto dice Lenin: "Al entrar en
relaciones, los hombres, en todas las formaciones sociales más o menos
complejas -y, especialmente, en la formación social capitalista-, no
tienen conciencia de
cuáles son las
relaciones sociales que así se plasman, de las leyes con arreglo a las
cuales se desarrollan, etc."36
El granjero canadiense, por ejemplo, al vender su
trigo, entra en determinadas relaciones de producción con los productores de
trigo del mercado mundial, con los hacendados argentinos, los granjeros de los
EE.UU., los de Dinamarca, etc., pero no tiene conciencia de ello, ni se
apercibe de las relaciones sociales de producción que con este motivo se
establecen.
Los revisionistas, al afirmar que las relaciones de
producción tienen un carácter inmaterial, se remiten a
la tesis de Marx de que las relaciones de valor son
relaciones de producción,
pero sin que
el valor
contenga ni un átomo de la materia de que están
formadas las mercancías. Y así es, en efecto: el valor de la mercancía es
distinto de la forma natural de
ésta. Pero es una relación social de producción de
carácter material, objetiva
e independiente de la
conciencia de los hombres. El concepto de
"relación material" no se reduce a las relaciones entre cosas.
También son relaciones materiales, existentes al
margen de la conciencia, las relaciones creadas entre los hombres en el proceso
de la producción. y tienen
como base las relaciones de propiedad sobre los
medios de producción, sobre las fábricas e industrias,
sobre la tierra; relaciones de cuya materialidad
sólo pueden dudar quienes no estén en su sano juicio o se hallen prisioneros de
la filosofía idealista burguesa.
Las relaciones de explotación del hombre por el
hombre son también,
evidentemente, relaciones
objetivas, materiales: la clase obrera de los países
capitalistas siente sobre sí, todos los días y a todas horas, el yugo de esta
explotación. Ve y comprende
la diferencia radical que existe entre la realidad
de la explotación y los bienes ilusorios en el "otro mundo"
que le prometen los ideólogos de la burguesía, los
curas cristianos, los
musulmanes, los socialdemócratas
y otros.
Las relaciones de producción entre los hombres
que históricamente han
existido y las
que existen
pueden revestir una de dos formas: pueden ser
relaciones de cooperación y ayuda mutua entre hombres libres de toda
explotación, o relaciones de
dominación
y sometimiento. Así,
bajo las
36 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIV,
pág. 309.
condiciones de la esclavitud, del feudalismo y el
capitalismo, las relaciones de producción revisten la forma de relaciones de
dominación y sometimiento, de relaciones entre explotadores y explotados. Son
relaciones de producción que se expresan en la dominación de una clase por
otra, relaciones basadas en la propiedad privada sobre los medios de producción
y en el divorcio entre los medios de producción y los productores directos.
Por el contrario, bajo las condiciones de la
sociedad socialista, que
destruye la propiedad privada sobre los medios de
producción y acaba con la explotación del hombre por el hombre, las relaciones
de producción entre los hombres son relaciones de fraternal cooperación y ayuda
mutua socialista.
Las relaciones de producción revisten una forma u
otra según a quién pertenezcan los medios de producción y,
consiguientemente, con arreglo
al modo como los medios de producción se enlacen con los productores
directos.
"Cualesquiera que sean las formas sociales de
la producción, sus factores son siempre los medios de producción y los obreros.
Pero tanto unos como otros son solamente, mientras se hallan separados,
factores potenciales de producción. Para poder producir en realidad, tienen que
combinarse. Sus distintas combinaciones distinguen las diversas épocas
económicas de la estructura social".37
El modo capitalista de producción se caracteriza por
el divorcio entre los productores directos, los obreros, y los medios de
producción, por la transformación
de los trabajadores
en proletarios. Para poder
existir, para no morirse de hambre, los obreros tienen que vender su fuerza de
trabajo al capitalista, al propietario
de los medios
de producción. Por donde, bajo el régimen capitalista, la unión de los
obreros con los medios de producción sólo puede llevarse a cabo mediante la
venta de la fuerza de trabajo al capitalista.
En cambio, en la sociedad socialista, los
trabajadores se unen directamente con los medios de
producción.
Bajo este régimen,
los medios de
producción pertenecen a los mismos trabajadores,
razón por la cual no se conocen aquí las relaciones de dominación y
sometimiento, la explotación del hombre por el hombre.
La historia nos habla también de ciertas relaciones
de transición de
una forma de
relaciones de
producción a otra. Una de estas formas de transición
fueron, por ejemplo, las relaciones de producción
creadas al desintegrarse el régimen de la comunidad
primitiva. A esta fase de transición del régimen de
la
comunidad primitiva
al régimen esclavista engendrado
en su seno podemos referir, en particular, las relaciones económicas de la
Grecia de Homero, cuya imagen nos transmite la Odisea. En la época de
37 C. Marx, El Capital. ed. cit., t. II. pág. 41.
la
instauración de la
sociedad de clase,
eran relaciones transitorias de producción las creadas en el seno de la
comunidad agraria (la "marca", entre los germanos, y el
"mir" entre los eslavos), que vinieron a sustituir a la comunidad
gentilicia. Rasgo característico de la comunidad agraria era la coexistencia en
ella de las supervivencias de la propiedad comunal junto a la propiedad
privada. Según la expresión de Marx, la comunidad rural fué "la fase
de transición a la formación
de segundo grado, es decir, el
tránsito de la sociedad basada en la propiedad colectiva a la sociedad basada
en la propiedad privada".38
También en el período de transición del
capitalismo, con sus
relaciones de dominación
y
sometimiento, al socialismo, en el que prevalecen
las
relaciones de fraternal cooperación y ayuda mutua
entre hombres libres de toda explotación, ocupan su lugar las relaciones
transitorias de producción.
Las relaciones socialistas de producción no surgen
de repente, bajo
una forma acabada
y definitiva.
Estas nuevas formas de relaciones económicas entre
los hombres van plasmándose, desarrollándose y afianzándose a
lo largo de
todo el período
de
transición del capitalismo al socialismo. En la
economía del período de transición del capitalismo al
socialismo,
según la definición
de Lenin, se combinan los rasgos del régimen
capitalista, ya liquidado, pero aún no destruido, y los del régimen socialista,
que nace y va desarrollándose.39
Pero, cualquiera que sea el carácter de las
relaciones de producción, éstas constituyen siempre, en todas y cada una de las
fases de desarrollo de la sociedad, un elemento tan necesario de la producción
como las fuerzas productivas. El modo de producción es la
unidad de las
fuerzas productivas y las
relaciones de producción,
en el proceso
de producción de los bienes materiales.
El modo de producción de los bienes materiales
determina la estructura de la sociedad. Al modo de producción imperante en la
sociedad de que se trata, corresponde
el régimen social.
El modo de producción determina la presencia o la
ausencia de las clases sociales,
el carácter de
las relaciones mutuas entre estas
clases, el carácter de la ideología dominante y de las instituciones políticas
y jurídicas vigentes.
Por ejemplo, el modo capitalista, basado en la
propiedad privada sobre los medios de producción,
determina la división de la sociedad en dos clases
antagónicas, el proletariado y la burguesía. Todas
las relaciones sociales de
la sociedad capitalista,
incluyendo
las concepciones políticas,
jurídicas,
religiosas
y artísticas, así
como las instituciones
38 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. XXVII, pág.
695.
39 V. I. Lenin, Economía, política en la época de la
dictadura del proletariado; ed. rusa, 1953, pág. 3.
sociales, políticas, jurídicas y de otro tipo, se
hallan condicionadas por el modo capitalista de producción. "El modo
de producción de
la vida material condiciona los procesos de la vida
social, política y espiritual, en general".40 La estructura de la sociedad
no depende de los deseos ni las intenciones de los hombres, de las ideas o las
teorías, de las forma del Estado y del derecho. El carácter y la estructura de
toda sociedad se hallan determinados por el modo de producción imperante.
Al cambiar el
modo de producción, cambia
también todo el régimen social, cambian
las ideas políticas,
jurídicas, religiosas,
artísticas, filosóficas, y
cambian las instituciones
políticas, jurídicas, etc., de la sociedad.
Son los cambios operados en el modo de producción de
los bienes materiales, y no las ideas y teorías, ni el medio geográfico, ni el
crecimiento de la población, los que permiten explicar el carácter del régimen
social, de sus ideas e instituciones, comprender por qué un régimen social es
desplazado por otro, y por qué precisamente por éste y no por otro cualquiera;
por qué, por ejemplo, el régimen social capitalista es desplazado,
concretamente, por el régimen socialista. La explicación científica, materialista,
del desarrollo de la sociedad ha permitido
establecer las leyes
determinadas, objetivas, no dependientes de la voluntad de los
hombres, que rigen
el cambio de
una formación social por otra, el
cambio de las formaciones sociales inferiores por las superiores.
Resumen.
Por
tanto, la fuente
de que nacen
las ideas
sociales, las concepciones sociales, las teorías e
instituciones políticas, debe buscarse en las condiciones de la vida material
de la sociedad. Y, dentro del sistema de las condiciones de la vida material de
la sociedad, el factor que determina la estructura y el desarrollo de ésta es
el modo de producción de los bienes materiales. Al modo de producción imperante
en la sociedad de que se trata corresponden el tipo de sociedad, su estructura,
y las clases existentes en la sociedad dada, sus ideas, sus concepciones y sus
instituciones.
Para no equivocarse en política, el partido del
proletariado debe atenerse, en su
actuación, no a los
principios abstractos de la razón humana, sino a las
condiciones concretas de
la vida material
de la
sociedad y, en particular, a las del desarrollo de los modos de
producción, como factor determinante del desarrollo social. Los partidos políticos que hacen
caso omiso de la función determinante de las
condiciones de la vida material en el desarrollo de la
sociedad, están irremisiblemente condenados a
fracasar. La bancarrota de los socialistas utópicos, de los populistas, de los
social-revolucionarios y de
los
anarquistas se explica
por el hecho
de que,
volviéndose de espaldas al
papel predominante de las condiciones de vida material de la
sociedad, cayeron en el idealismo y basaron
su actuación, no de acuerdo con
las exigencias del desarrollo de la vida
material de la sociedad, sino partiendo de proyectos y planes abstractos y
arbitrarios, desconectados de la realidad.
La grandiosa
fuerza vital del partido
marxista- leninista reside en
que se, basa
siempre, para su
actuación, en la comprensión científica de las
exigencias del desarrollo de la vida
material de la
sociedad, sin apartarse jamás de la vida real, de los intereses de la
clase obrera, de los intereses de las
masas populares.
40 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed. cit.,
t. I, pág. 333.
CAPÍTULO III. EL DESARROLLO DE LAS FUERZAS
PRODUCTIVAS Y DE LAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN.
En el capítulo anterior hemos visto cómo el modo de
producción de los bienes materiales es el factor determinante del desarrollo de
la sociedad. Nos toca esclarecer
ahora: 1) por
qué los cambios,
el desarrollo de los modos de producción condicionan los cambios de todo
el régimen social, el paso de las fases inferiores a las fases superiores de
desarrollo;
2) en virtud de qué causas se operan los cambios, el
desarrollo de la misma producción social y la sustitución de los modos
inferiores de producción por otros más altos; 3) cuáles son las leyes que rigen
el desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción.
1. La ley del papel
determinante del modo de producción en el desarrollo de la sociedad.
Una de las características de la producción social
consiste en que no se mantienen nunca durante largo
tiempo en el mismo punto, sino que cambian y se desarrollan constantemente, y
de tal modo que los cambios operados en el modo de producción hacen cambiar
inevitablemente todo el régimen social. Los cambios constantes de la producción
nacen de la naturaleza de ésta, como el proceso vital, real y necesario, de
reproducción de la vida material de la sociedad. Para poder existir, los
hombres necesitan trabajar; el proceso de producción tiene que operarse ininterrumpidamente.
Y este proceso ininterrumpido y constantemente renovado de producción y
reproducción de la vida real es un proceso cambiante.
Los estímulos, los motivos que impulsan a los
hombres a cambiar y desarrollar la producción varían
según
las distintas épocas.
Estos estímulos, según
hemos
visto más arriba,
cambian al cambiar
los modos de producción.
Pero siempre, en
todas las
fases de la
historia, la producción
se halla en un
estado constante de cambio y desarrollo. El ritmo de
estos cambios varía también en las diferentes épocas. En las tempranas fases de
desarrollo de la sociedad, los cambios operados en la producción son
extraordinariamente lentos, casi insensibles. En la época de
la producción a base de
máquinas, se operan, por el
contrario, con gran rapidez. Pero siempre, en todas las fases de desarrollo de
la sociedad, vemos que la producción no se estanca durante largo tiempo en el
mismo punto, sino que
cambia más o menos rápidamente. Y estos cambios
abarcan, aunque no simultáneamente, todos y cada uno de los aspectos de la
producción social.
Al
actuar en el
proceso del trabajo
sobre la naturaleza exterior,
el hombre cambia
también su
propia
naturaleza. En el
proceso del trabajo,
va
acumulándose la experiencia productiva de los
hombres, se perfecciona
su capacidad para
crear,
modificar y cambiar los instrumentos de trabajo. La
experiencia productiva y los hábitos de trabajo de
los hombres facilitan el desarrollo de la productividad del trabajo y se
plasman en nuevos y más perfectos instrumentos de producción.
En la aurora de la humanidad, el hombre se servía
de instrumentos de
trabajo hechos de
piedra; en
nuestra
época se vale
de la máquina
como
fundamental instrumento de producción. Y con los
instrumentos de producción
cambiaron y siguen
cambiando los mismos hombres, los productores de
estos instrumentos y de los bienes materiales; en el
curso del desarrollo histórico cambian también las relaciones de producción
entre los hombres, unos modos de producción son sustituidos por otros.
Las diferentes fases de desarrollo de la sociedad se
caracterizan, ante todo, por los diversos modos de
producción de los bienes materiales. En la fase más
temprana
de desarrollo de
la sociedad, existía
el modo de producción propio de la comunidad primitiva. Este modo fué
sustituido por el modo de producción esclavista, el cual dejó el puesto al modo
feudal y éste al capitalista, que en nuestra época va viéndose desplazado en un
país tras otro por el modo de producción socialista.
En consonancia con los cambios operados en el
modo de
producción y con
sujeción a ellos,
se
transforma
también, inevitablemente, toda
la
estructura de la sociedad, cambian las clases que la
integran, sus relaciones, la vida espiritual de la sociedad, sus ideas e
instituciones políticas, jurídicas, etc.
Al
gestarse y desarrollarse
en el seno
de la sociedad feudal el modo
capitalista de producción,
surgieron
nuevas clases, la
burguesía y el
proletariado; la aparición y el desarrollo del modo
capitalista de producción
condicionaron radicales
cambios
en toda la
estructura de la
sociedad,
determinaron el desplazamiento de la sociedad feudal
por la
sociedad capitalista; la
transformación del modo de
producción y la aparición de nuevas clases y de nuevas ideas, de ideas
antifeudales, condujo a la revolución, a la sustitución de las instituciones políticas
y jurídicas del feudalismo por las de la burguesía, a la dominación de nuevas
ideas sociales.
El cambio, operado en la U.R.S.S., del modo
capitalista de producción
por el socialista
ha
determinado un cambio radical de la sociedad: la
liquidación de las
clases explotadoras, una
transformación radical de la situación y el lugar
que la clase obrera y los campesinos ocupan en la producción y en la sociedad,
el cambio en cuanto a la
misma naturaleza de las clases de los obreros y los
campesinos, en cuanto a la naturaleza de la nación y
a las nuevas relaciones mutuas entre las naciones.
El triunfo del modo socialista de producción ha traído consigo el triunfo de la
conciencia socialista sobre la
conciencia burguesa y pequeñoburguesa.
Todos estos hechos atestiguan que los cambios
operados en la
estructura de la
sociedad que han
tenido lugar en la historia, las revoluciones
sociales
producidas en diversos países a lo largo de los
siglos, no fueron sucesos
casuales, ni provocados
por la
voluntad o los deseos de estas o las otras personas,
de
tales o cuales partidos, sino el resultado de
profundas causas económicas, de los cambios llevados a cabo en el modo de
producción, de la sustitución de unos modos de producción por otros, de modos
inferiores por otros superiores.
Consiguientemente, la causa fundamental a que
responden los cambios radicales de la sociedad, las revoluciones sociales, debe
buscarse, no en el campo de las ideas, en la política de tales o cuales
gobernantes, sino en las transformaciones operadas en los modos de producción
de los bienes materiales. Los cambios del régimen social, de las ideas
sociales, de las instituciones políticas y jurídicas, a tono con los cambios
del modo de producción, responden a la ley de desarrollo de la sociedad.
El materialismo histórico, por oposición al
idealismo, enseña que la historia de la humanidad no puede reducirse a una
historia de ideas y de instituciones políticas y jurídicas. La historia de la
humanidad es, ante todo, la historia del desarrollo de la producción, la
historia de los modos de producción de bienes materiales, sucediéndose los unos
a los otros, la historia del desarrollo de las fuerzas productivas y de las
relaciones de producción. Y, como la fuerza productiva fundamental son los
hombres, los trabajadores, los productores de los bienes materiales, la
historia de la humanidad es, ante todo, la historia de los trabajadores, la
historia de las masas populares. Por eso, la verdadera ciencia histórica debe
considerar la historia de la humanidad, no como la historia de los reyes, de
los generales y los altos personajes del Estado, sino como la historia
de los pueblos, de las masas trabajadoras, como la
historia del desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de
producción.
La clave para esclarecer las leyes que rigen el
desarrollo de la sociedad no hay que buscarla en las
cabezas de los hombres, en su conciencia, sino en
los
modos de producción de los bienes materiales, en la
economía de la sociedad. De aquí que la misión primordial de la ciencia
histórica resida en cobrar conciencia de las leyes económicas que rigen el
desarrollo de la sociedad, el desarrollo de la producción, el desarrollo de las
fuerzas productivas y de las relaciones de producción correspondientes.
2. La ley de la obligada correspondencia de las relaciones de
producción con el carácter de las fuerzas productivas.
Si los cambios
constantes son una
importante
característica de la producción, hay que
preguntarse:
¿en virtud de qué causas y de qué moda se operan los
cambios de la producción, del modo de producción, cuál es la línea de
continuidad, el nexo interno necesario que en estos cambios se advierte?
¿Cuáles son las leyes que presiden los cambios y el desarrollo de las fuerzas
productivas y las relaciones de producción?
A estas dos
preguntas contesta la
ley de la obligada correspondencia de las relaciones
de producción con el carácter y el nivel de las fuerzas productivas.
Los cambios y el desarrollo de la producción
parten siempre de
los cambios y
el desarrollo
operados en las fuerzas productivas y, ante todo, de
los que afectan a los instrumentos de producción.
Las fuerzas productivas son el elemento más dinámico y revolucionario de la
producción. Por su propia naturaleza, no pueden permanecer nunca quietas
durante mucho tiempo en el mismo sitio. Cambian y se desarrollan
constantemente, con mayor o menor rapidez.
Las fuerzas productivas
en acción constituyen el proceso
de producción, el proceso de la acción de los hombres sobre la naturaleza para
la creación de los bienes materiales.
Las fuerzas productivas en acción caracterizan el
contenido del proceso productivo, y las relaciones de producción constituyen la
forma económica, social, de este proceso. Y el contenido es siempre y
dondequiera el factor determinante con respecto a la forma: lo primero que
cambia es el contenido y, a tono con él, cambia luego la forma. La forma sigue
siempre y dondequiera al contenido y cambia en consonancia con
éste. Pero, al
mismo tiempo, la forma
no es, por
su parte, algo
pasivo, sino que influye sobre el desarrollo del
contenido. Pues bien; estas tesis del materialismo dialéctico se expresan en la
interdependencia de las fuerzas productivas y las relaciones de producción. En
el desarrollo de la sociedad, lo primero
que cambian son
las fuerzas
productivas; más tarde, con sujeción a estos cambios
y en consonancia con ellos, cambian inevitablemente las relaciones económicas,
las relaciones de producción entre los hombres.
Bajo el régimen de la comunidad primitiva, las
fuerzas productivas y las relaciones de producción hallábanse a
un nivel extraordinariamente bajo. Como norma general, no existían
todavía, en aquel entonces, trabajo "adicional" ni producto
excedente, después de cubrir las necesidades inmediatas de los productores, de
los miembros de la sociedad. Por consiguiente, en aquel nivel de desarrollo de
la producción, aún no era posible la explotación del hombre por el hombre.
Pero, al operarse el tránsito de los instrumentos de piedra a las herramientas
de metal y de la caza a la domesticación de los animales y a
la ganadería, se
elevó la productividad
del trabajo, apareció el producto excedente, surgieron y se difundieron
el cambio y la propiedad
privada sobre los medios
de producción. En
estas condiciones, se hizo posible y nació la esclavitud, la primera
forma de explotación del hombre por el hombre. De este modo, como se ve, las
relaciones de producción cambiaron, bajo la acción de los cambios operados en
las fuerzas productivas.
La supeditación de los cambias de las relaciones
de producción al
desarrollo de las
fuerzas
productivas
se manifiesta en
todas las fases
de
desarrollo de la sociedad. Es ésta una ley económica
universal. No fué la política de las clases gobernantes
ni fué su supuesto espíritu humanista lo que condujo
a la sustitución de las relaciones del feudalismo y
la servidumbre de la
gleba por las
relaciones capitalistas. No; este cambio fue provocado por el desarrollo
de las fuerzas productivas llevado a cabo en el seno de la sociedad feudal.
Exactamente lo mismo que las fuerzas productivas que han ido desarrollándose en
el seno de la sociedad capitalista imponen
la sustitución de
las relaciones de producción del capitalismo por las del
socialismo.
"Al adquirir nuevas fuerzas productivas
-escribía
Marx-, los hombres cambian su modo de producción y,
al cambiar el modo de producción, el modo de asegurarse la vida, cambian todas
sus relaciones sociales. El molino de mano crea la sociedad de los señores
feudales, el molino de vapor la sociedad de los capitalistas
industriales".41
Las fuerzas productivas de la sociedad no son
solamente el elemento
más dinámico y revolucionario de la producción; son,
además, su factor determinante. A las fuerzas productivas de la sociedad
corresponden las relaciones de producción entre los hombres. La producción
social es la unidad históricamente definida de las fuerzas productivas y las
relaciones de producción. Los hombres no pueden establecer las relaciones de
producción a su antojo.
41 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t., V. pág.
364.
Para contar con la posibilidad de dedicarse a la
producción de bienes materiales, entran en relaciones de producción necesarias,
independientes de su voluntad, a tono con el grado de desarrollo de sus fuerzas
productivas materiales.
La obligada correspondencia de las relaciones de
producción con el carácter y el nivel de
las fuerzas
productivas
es una ley
objetiva necesaria del
desarrollo progresivo de la sociedad. Solamente allí
donde las relaciones
de producción se
hallan en
perfecta
consonancia con las
fuerzas productivas
dejan margen al desarrollo de la producción y las
fuerzas productivas se
desarrollan sin entorpecimiento y
en toda su plenitud.
Ahora bien, las fuerzas productivas no
permanecen nunca estacionarias. Siendo como son el
elemento más dinámico y revolucionario de la
producción, van delante de las relaciones de producción y acaban, a la postre,
rebasando el marco
de éstas. Lo característico de las relaciones de
producción, en todas
las formaciones económico-
sociales, es su tendencia a quedarse rezagadas con
respecto al desarrollo de las fuerzas productivas. Y esto hace
que surja una
contradicción entre las
fuerzas productivas que han ido desarrollándose y
las viejas relaciones de
producción, que permanecen
estancadas. En determinadas condiciones históricas,
esta contradicción puede convertirse y se convierte en un conflicto, es decir,
en un estado de cosas en
que las relaciones de producción se tornan en trabas
para el
desarrollo de ésta.
El conflicto entre
las
nuevas fuerzas productivas y las relaciones de
producción envejecidas, que
han dejado de
corresponder a las fuerzas productivas nuevas, tiene
que resolverse necesariamente haciendo que cambien las relaciones de
producción, para ponerlas a tono
con el carácter de las fuerzas productivas. La
infracción de los postulados de esta ley conduce a la
ruptura de la unidad de la producción social, a la
crisis de la
producción, al estancamiento
del desarrollo de las fuerzas productivas, a su parálisis y
a su destrucción.
Ejemplo de la abierta discordancia y del conflicto
entre el nivel y el carácter de las fuerzas productivas
y las relaciones de producción es el modo
capitalista
de producción, en la fase actual de su desarrollo.
Esta dis. cordancia y este conflicto habían surgido ya en la
etapa premonopolista de desarrollo del capitalismo.
El profundo y más completo análisis de dicho
conflicto, que arrastra
al capitalismo a su
hundimiento inevitable, es El Capital
de Carlos Marx. El conflicto
entre las fuerzas productivas contemporáneas y las relaciones de producción del
capitalismo se agudiza y ahonda de un modo extraordinario en la época del
imperialismo.
La
esencia y el
fundamento de este
conflicto consisten en que, mientras el proceso de producción
se ha convertido por su carácter en un proceso
social,
la apropiación de los medios de producción y de sus
productos -la forma de la propiedad- sigue siendo una apropiación
privada, capitalista. El
carácter social del proceso de producción, bajo el capitalismo, se
expresa en el hecho de que, en las empresas capitalistas (a diferencia de lo
que ocurría con la economía natural del campesino, no enlazada con el mercado,
o con los talleres artesanales de la Edad Media, que
creaban todos los
productos con el trabajo individual y con herramientas
manuales), se concentran grandes masas de obreros, que, con ayuda de máquinas
gigantescas, creadas por el trabajo de muchos miles de hombres, elaboran
conjuntamente los productos, las mercancías lanzadas al mercado.
Todos los eslabones de la economía capitalista se
hallan íntimamente entrelazados por medio de la división del trabajo entre las
diversas ramas de producción y por medio del cambio de mercancías, desarrollado
sobre esta base. A diferencia de la desperdigada economía feudal, cuyos
eslabones separados se hallaban sueltos y no dependían unos de otros, el
mercado del capitalismo abarca a todos los países del
mundo capitalista. Esto
hace que el trabajo,
el proceso de
producción, bajo el capitalismo, se halle socializado en
proporciones gigantescas. Ello acusa
el carácter social
de las fuerzas productivas
contemporáneas. Mientras tanto, la propiedad sobre los medios de producción y
sobre los productos mantiene su carácter de propiedad privada, capitalista. Los
productos, fruto del trabajo social de muchos miles y millones de proletarios,
se los apropian los propietarios de los medios de producción, los capitalistas.
La contradicción entre el carácter social de la
producción y la forma privada de la apropiación era inherente también en su
fase anterior al modo capitalista de producción. Pero, al desarrollarse el
capitalismo, esta contradicción se convierte en un conflicto, que conduce a la
destrucción cada vez mayor de las fuerzas productivas.
La discordancia entre las relaciones de producción
del capitalismo y
el carácter de
las fuerzas
productivas contemporáneas, el conflicto entre unas
y otras, se manifiesta en las crisis periódicas de
superproducción cada vez más devastadoras, en la extensión del paro forzoso, la
miseria y el hambre, en la crisis general de todo el sistema capitalista, en
las asoladoras guerras imperialistas. El déficit crónico de rendimiento del
aparato capitalista de producción42, los 45 millones de parados totales y
parciales, que trabajan solamente dos o tres días a la semana, son el
índice de que
las relaciones capitalistas de
42 Durante
los veinte años que aproximadamente transcurrieron entre las dos guerras
mundiales, la industria capitalista trabajó solamente a la mitad o a los dos
tercios de su capacidad de rendimiento. El déficit de rendimiento del aparato
de producción de la mayoría de las ramas de la industria mundial productoras de
artículos de consumo es también un rasgo característico de los países
capitalistas en el periodo de postguerra.
producción se hacen cada vez más incompatibles con
las fuerzas productivas contemporáneas. El carácter social de la producción
reclama la apropiación social de
los productos del
trabajo, la propiedad
social sobre los medios de producción.
La burguesía trata de encontrar solución a las
contradicciones y al
conflicto entre las
fuerzas
productivas
contemporáneas y las
relaciones
capitalistas de producción en el reforzamiento de la
explotación de los trabajadores y en la militarización
de la economía, es decir, en el desarrollo de las
ramas
de la producción que trabajan para la guerra, que se
dedican a producir armamentos, y en las guerras imperialistas. Por su parte,
las fuerzas avanzadas de la sociedad capitalista, encabezadas por el
proletariado, buscan la solución al conflicto entre las fuerzas productivas
contemporáneas y las relaciones capitalistas de producción en la destrucción
del capitalismo, en la sustitución de las relaciones de producción capitalistas
por las socialistas.
La historia de la sociedad humana demuestra que
las fuerzas productivas,
al llegar una
determinada
fase de su desarrollo, chocan con las relaciones de
producción ya envejecidas y caducas. Surge así un
conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y las
relaciones de producción superadas, conflicto que es
la base económica de las revoluciones sociales. La
solución de este conflicto sólo es posible por la vía de la
revolución social, llamada
a poner las relaciones de producción en consonancia
con el carácter de las fuerzas productivas. La clase obrera de la U.R.S.S.,
aliada a los campesinos más pobres y bajo la dirección del Partido Comunista,
llevó a cabo en 1917 la Gran Revolución de Octubre, dando solución con ello a
este problema, que había ido madurando. Con la conquista del Poder, la clase
obrera, basándose en la ley económica de la obligada correspondencia de las
relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, socializó
los medios de producción y los convirtió en propiedad socialista. De
este modo, las
relaciones de producción fueron puestas
en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas. En vez del modo
capitalista de producción, se creó el modo de producción socialista y se
destruyó la explotación del hombre por el hombre.
Y, así como el modo capitalista de producción
constituye, en nuestra época, un ejemplo de abierta discordancia entre las
relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas, un ejemplo
de infracción de los postulados de la ley de la obligada correspondencia de las
relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, el modo
socialista de producción triunfante en la U.R.S.S. y que va afirmándose en los
países de democracia popular, es ejemplo de la plena consonancia entre unas y
otras. Bajo el socialismo, la propiedad social sobre los medios de producción
se ajusta plenamente
al carácter social del proceso productivo. Y esta
consonancia explica por
qué, en la
sociedad socialista, no existen las crisis económicas ni el paro
forzoso, ni se atenta contra las fuerzas productivas. Bajo las condiciones del
socialismo, las fuerzas productivas encuentran pleno margen para su desarrollo.
La ley económica de la obligada correspondencia de
las relaciones de producción con el carácter de las
fuerzas productivas tiene, en las condiciones del
socialismo, pleno campo de acción. Esta ley pugna
desde hace largo tiempo por abrirse paso en todos
los países capitalistas, pero las clases reaccionarias oponen furiosa
resistencia a su
realización. La
burguesía y los demás explotadores se hallan
interesados en mantener
y perpetuar las
caducas
relaciones capitalistas. Para vencer la resistencia
de las fuerzas reaccionarias y despejar el camino a la acción de la ley de la
obligada correspondencia de las
relaciones
de producción con
él carácter de las
fuerzas productivas, se necesita una poderosa fuerza
social de vanguardia, capaz de aplastar la
resistencia de los explotadores. En la U.R.S.S. y en los países de democracia
popular, esta fuerza fué la alianza de los
obreros y los campesinos. Esta fuerza no existe
todavía en los
países capitalistas, pero
se está
forjando, y cuando sea una realidad y triunfe,
pondrá también allí las relaciones de producción en consonancia con
el carácter de
las fuerzas
productivas.
La ley de la obligada correspondencia de las
relaciones de producción
con el carácter
de las
fuerzas
productivas sirve de
fundamento a los
cambios
de unas formaciones
económico-sociales por otras y determina la sustitución de las relaciones
de producción ya caducas por otras nuevas, que sientan las bases económicas
para el florecimiento de las nuevas y progresivas formaciones económico-
sociales.
3. La dialéctica del desarrollo de las fuerzas
productivas y de las relaciones de
producción en las formaciones económico-sociales pre- capitalistas.
La historia del desarrollo de las fuerzas
productivas y de las relaciones de producción
despliega ante nosotros el cuadro de la sustitución de
las relaciones de producción inferiores por otras
más
altas, cambio que se opera como resultado y en
consonancia con el
operado en las
fuerzas productivas.
El proceso de desarrollo histórico de la sociedad,
pese a los zigzags y retrocesos que se advierten en
algunos
países y en
ciertos períodos, es
en su conjunto un
proceso progresivo, un
proceso de avance en el
desarrollo de las fuerzas productivas: es
la trayectoria que va desde el hacha de piedra y el
arco del cazador hasta las gigantescas máquinas de
nuestros días, movidas por el vapor y la
electricidad. J. V. Stalin, en su estudio Sobre el materialismo dialéctico y el
materialismo histórico, traza el siguiente cuadro esquemático del desarrollo de
las fuerzas productivas desde
los tiempos primitivos hasta nuestros días:
"De las herramientas de piedra sin pulimentar
se pasa al arco y la flecha y, en relación con esto, de la caza como sistema de
vida a la domesticación de animales y a la ganadería primitiva; de las
herramientas de piedra se pasa a las herramientas de metal (al hacha de hierro,
al arado con reja de hierro, etc.) y, en consonancia con esto, al cultivo de
las plantas y a la agricultura;
viene luego el mejoramiento progresivo de las
herramientas metálicas para la elaboración de materiales, se pasa a la fragua
de fuelle y a la alfarería y, en consonancia con esto, se desarrollan los
oficios artesanos, se desglosan estos oficios de la agricultura, se desarrolla
la producción independiente de los artesanos y, más tarde, la manufactura; de
los instrumentos artesanos de producción se pasa a la máquina, y la producción
artesanal y manufacturera se
transforma en la industria mecánica, y, por último, se
pasa al sistema de máquinas, y aparece la gran industria mecánica moderna: tal
es, en líneas generales y no completas, ni
mucho menos, el
cuadro de desarrollo
de las fuerzas productivas
sociales, a lo largo de la historia de la humanidad".
Y, en consonancia con el cambio de las fuerzas
productivas, cambian también, inevitablemente, las relaciones de producción
entre los hombres. En esto se manifiesta la acción de la ley de la obligada
correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas
productivas.
La base de las relaciones de producción del régimen
de la comunidad primitiva era la propiedad social sobre los medios de
producción, que correspondía, en lo fundamental, al carácter de las fuerzas
productivas, en aquel período. El hacha y el cuchillo de piedra, la lanza, el
arco y la flecha, las herramientas agrícolas primitivas, que eran entonces los
instrumentos fundamentales de trabajo, excluían la posibilidad de luchar
individualmente contra las fuerzas de la naturaleza. La caza, la pesca, la
construcción de viviendas, la tala de los bosques para desbrozar los campos y
el cultivo de éstos con herramientas agrícolas tan primitivas, imponían el
trabajo colectivo de los primitivos habitantes, su cooperación y ayuda mutua.
También la defensa contra los vecinos de las
comunidades enemigas -y, en aquel tiempo, considerábanse como enemigos todos
los que vivían fuera de la demarcación de la "gens" o de la tribu-
reclamaba la acción conjunta de los hombres primitivos dentro de los límites de
la comunidad gentilicia, primero, y
después de la
tribu. La
insuficiencia de las fuerzas del individuo se
compensaba con la unión de las fuerzas de todos, con la acción conjunta de la
horda, la "gens", o la tribu.
Al trabajo colectivo correspondía la propiedad
social sobre los
medios de producción,
sobre las
tierras
y los bosques,
en que se
recolectaban los
alimentos y se cazaba, sobre las herramientas y
otros productos. En esta fase, no se conocía la propiedad privada sobre los
medios de producción, ni existía siquiera el concepto de la propiedad privada.
Existía solamente la propiedad personal sobre algunos instrumentos de trabajo,
que servían al mismo tiempo de armas personales, de medios para defenderse de
las fieras. Pero estos instrumentos primitivos eran asequibles a todos y no
podían llegar a convertirse en medios de explotación, tanto más cuanto que la
productividad del trabajo era entonces extraordinariamente baja y no existía la
posibilidad económica de la explotación del hombre por el hombre. Todo lo
obtenido como resultado del trabajo colectivo se repartía por partes iguales. Y
no podía existir otra forma de distribución, dada la cantidad
extraordinariamente exigua de alimentos, que a duras penas bastaba
para cubrir las
necesidades más estrictas de la
vida. En la sociedad primitiva no se conocía la división de los hombres en
ricos y pobres, no existían las clases sociales. Reinaba la igualdad natural
primitiva.
Sería falso, sin embargo, idealizar el régimen de la
comunidad primitiva. Era aquélla una sociedad en
que las fuerzas productivas se hallaban a un nivel
extraordinariamente bajo; el hombre vivía bajo la
estrecha dependencia de la naturaleza, sujeto constantemente a privaciones,
padeciendo penuria de alimento y vestido, atormentado por los rayos abrasadores
del sol y por el frío; el grado de cultura de aquellos hombres era de lo más
rudimentario.
La célula fundamental de la sociedad primitiva
era la
"gens"
matriarcal, primero, y
luego la
patriarcal.
Dentro de la
"gens" matriarcal,
desempeñaba el papel predominante en la sociedad la
mujer. Por línea materna se computaban los grados
de parentesco y se transmitían en herencia los
bienes
personales. Esta posición predominante de la mujer
en la vida social emanaba del papel fundamental desempeñado por ella en la
producción, en la economía doméstica y en la agricultura primitiva. Al
desarrollarse las fuerzas productivas, con el paso a la ganadería y a la
agricultura más desarrollada, fueron cambiando las relaciones sociales y cambió
la situación de la mujer: la posición predominante de la mujer se transfirió al
hombre y se operó el tránsito a la "gens" patriarcal.
El carácter colectivo de la comunidad primitiva no
respondía a un proceso histórico de socialización de los medios de producción
altamente desarrollados, sino que era, por el contrario, el resultado de la
debilidad, de la
pobreza y escasez
de fuerzas del
individuo. Y esta colectividad primitiva sólo podía
subsistir mientras las fuerzas productivas siguieran siendo extraordinariamente
pobres.
La causa del hundimiento de las comunidades
primitivas, y con ellas de las instituciones gentilicias,
fué el aumento
de la productividad
del trabajo y,
como consecuencia de ello, el incremento de la
riqueza. El perfeccionamiento gradual de los instrumentos de producción y de
los modos de obtención de los medios de sustento condujo, a la postre, a la
transformación radical del modo de producción. El hacha de hierro permitió al
hombre ensanchar en mayores
proporciones la tierra labrantía, y
el desarrollo de
los instrumentos agrícolas
convirtió la agricultura en una de las ramas fundamentales del trabajo. La
domesticación de los animales -del toro, del caballo, del camello- brindó al
hombre una nueva fuerza de tiro. La ganadería se convirtió en una rama aparte,
y esto trajo consigo la primera gran división social del trabajo, la separación
de la ganadería y la agricultura. Se desglosó también como otra rama especial
la producción de herramientas, de utensilios y de prendas de vestir, que fué
convirtiéndose cada vez más en ocupación independiente de determinadas
personas, los artesanos. El intercambio de productos entre diversas
comunidades, al principio puramente fortuito, comenzó a regularizarse con el
desarrollo de la productividad del trabajo y la división social de éste.
Los nuevos instrumentos de producción permitían
ahora llevar a cabo ésta (la agricultura, la ganadería y la producción
artesanal) mediante las fuerzas individuales de algunas personas, sin necesidad
de juntar las de toda la comunidad. Y, como consecuencia de ello, la comunidad
gentilicia se desintegró en familias.
Al principio, éstas
eran grandes familias patriarcales, formadas por varias
generaciones de parientes
cercanos. Más tarde,
la gran familia patriarcal se desdobló, a su vez, en pequeñas familias
monogámicas, integradas por el marido, la mujer y los hijos.
Al surgir la familia, la riqueza acumulada por las
tribus pastoriles dejó de ser patrimonio de la comunidad o la "gens",
para convertirse en propiedad de las distintas familias, por separado. Y, sobre
la base de la propiedad privada, fué surgiendo la desigualdad económica.
El
trabajo por separado,
dentro de la
división social del trabajo,
condujo inevitablemente a la
propiedad privada sobre los productos y los medios
de producción, del mismo modo que, hasta ahora, el
trabajo conjunto de
los hombres primitivos
había
determinado la producción social sobre los medios de
producción
y los productos
del trabajo. Mientras todos los miembros de la comunidad
india primitiva elaboraban en común todos los productos necesarios para ellos
-escribía Lenin-, "fué imposible la propiedad privada. Cuando comenzó a
penetrar en la
comunidad la división del trabajo y sus miembros
empezaron a ocuparse, cada uno de por sí, en la producción de un producto
cualquiera y a venderlo en el mercado, apareció la institución de la propiedad
privada, como expresión de este aislamiento material de los productores de
mercancías".43
El desarrollo de la productividad del trabajo en la
agricultura, en la
ganadería y, más
tarde, en los oficios artesanales trajo consigo el
incremento del trabajo adicional y del producto excedente. Surgió así la posibilidad
económica de la explotación del hombre por el hombre, la posibilidad de
la esclavitud y la necesidad económica de esclavos. Esto daba un valor especial
a la fuerza de trabajo y realzaba la demanda de ésta. Era posible, ahora, convertir
rentablemente en esclavos a los miembros de otras comunidades hechos
prisioneros. Después de lo cual los ricos comenzaron a convertir también en
esclavos a los pobres cargados de deudas, sojuzgados económicamente por otros
miembros de su propia comunidad. La sociedad se dividió, así, en las clases de
los esclavistas y los esclavos.
De este modo, la esclavitud pasó a ser la forma
dominante de las
relaciones de producción,
y el
régimen de la comunidad primitiva se convirtió en el
régimen esclavista.
La base de las relaciones de producción de la
sociedad esclavista era la propiedad privada del esclavista sobre los medios de
producción y sobre los
propios trabajadores, sobre los esclavos. El
esclavista podía comprar, vender
y hasta matar
al esclavo,
como una bestia.
En vez de los instrumentos de piedra, en la
sociedad esclavista existían
los instrumentos
metálicos,
al principio de
bronce y más
tarde de
hierro; la economía primitiva y poco productiva dejó
el puesto a
formas económicas más
desarrolladas
para la ganadería,
la agricultura y
los oficios
artesanales. La división del trabajo entre estas
ramas reforzó el cambio de productos. En estas condiciones y sobre esta base,
se operó el proceso de acumulación de
los medios de
producción en manos
de una minoría, de sumisión de la
mayoría a la minoría y de transformación de esta mayoría en un conjunto de
esclavos.
La
esclavitud es la
primera, históricamente, la más brutal y descarada forma de la
explotación del
hombre por el hombre, bajo la que la producción se
lleva a cabo mediante el trabajo forzoso de los
esclavos, explotados por los esclavistas. Esta forma de relaciones de
producción, la esclavitud, degradaba al productor a la condición de bestia de
trabajo, convirtiéndolo en "instrumento parlante" de producción. La
esclavitud no podía interesar al trabajador por el desarrollo de los
instrumentos de producción. Protestando contra su inicua situación, los esclavos
destrozaban frecuentemente los
instrumentos de producción puestos en sus manos y
mutilaban y maltrataban el ganado que debían cuidar. A causa de esto, los
esclavistas tenían como norma emplear toscos
y pesados instrumentos de
trabajo, que los esclavos no pudieran romper.
No obstante, y aunque la esclavitud mataba todo
estímulo de perfeccionamiento de los instrumentos
de
producción, representaba a
pesar de todo,
comparada
con el régimen
de la comunidad primitiva, cierto progreso en
cuanto al desarrollo de
las fuerzas productivas. Las relaciones esclavistas
de
producción nacieron al calor del desarrollo de las
fuerzas productivas y se hallaron, durante cierto período, en consonancia con
él. Así lo atestiguan el progreso de la agricultura, de la producción
artesanal, de la elaboración de los metales y los éxitos de la técnica de la
construcción logrados en el mundo antiguo. Los grandiosos monumentos y obras de
la antigüedad, palacios, teatros, circos, templos, los acueductos romanos, la
flota marítima y fluvial, así como los grandes sistemas de irrigación y los rudimentos
de la agricultura: todo fué creado por el trabajo de masas de esclavos o a base
de él, gracias a su implacable y feroz explotación.
La acumulación de una masa inmensa de esclavos
permitió por vez primera aplicar en gran escala en la producción la cooperación
simple del trabajo, fuente de elevación de la productividad de éste. Así como
del fondo del mar emergen los potentes arrecifes de corales y van formando
islas y continentes, a pesar de que cada uno de estos elementos, de por sí, es
débil e insignificante, así el trabajo acumulado de masas de esclavos permitió
crear las obras gigantescas de la antigüedad.
Enjuiciando el papel progresivo de la esclavitud
en el
desarrollo de la
sociedad humana, escribía
Engels: "Fué la esclavitud la que hizo posible
la división del trabajo en gran escala entre la agricultura
y la industria, creando de este modo las condiciones
para el
florecimiento de la
cultura del mundo antiguo, para la cultura griega. Sin la
esclavitud no
habrían llegado a existir el Estado griego, el arte
ni la ciencia de Grecia. Sin la esclavitud no habría llegado
a existir el Estado romano. Y sin los fundamentos
establecidos por Grecia y por Roma, no existiría tampoco la moderna
Europa".44
Las relaciones esclavistas de producción, que habían
surgido en su día como forma necesaria del
desarrollo de las fuerzas productivas,
convirtiéronse más tarde en
trabas para el
desarrollo de la producción y condujeron al hundimiento
del régimen
de la esclavitud. La desmedida y despiadada
explotación de los esclavos arrastraba a éstos a su
degradación espiritual y física y equivalía, de
hecho, a su asesinato lento. Se destruía, de este modo, la más importante
de las fuerzas
de producción, los
hombres,
los trabajadores. La
conversión del
43 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. I,
pág. 136.
44 F. Engels, Anti-Dühring, trad. esp., ed. cit.,
pág. 192.
trabajador en una bestia de trabajo y la de éste en
una carga que pesaba sobre los esclavos engendró la mentalidad del desprecio al
trabajo, no sólo entre los esclavos, sino también entre los hombres libres.
Aristóteles se quejaba de que el contacto con los esclavos desmoralizaba a los
ciudadanos libres.
El modo esclavista de producción fomentaba y
desarrollaba el parasitismo, ejerciendo una influencia corrosiva sobre toda la
sociedad, desalojando el trabajo de los campesinos y los artesanos libres y
condenándolos a la ruina. Y así, las relaciones esclavistas de producción
acabaron frenando y entorpeciendo el desarrollo de las fuerzas productivas y
cerrando el camino al progreso social.
"Allí
donde la esclavitud
es la forma predominante de
la producción, el
trabajo se convierte en
una actividad propia
de esclavos, es decir, indigna de los hombres libres. Ello
hace que se cierre la salida de semejante modo de producción, a la par que, de
otro lado, se hace imperativamente necesario acabar con él, pues constituye un
obstáculo para el desarrollo
de la producción.
Esta contradicción lleva a la muerte a toda producción que descansa
sobre la esclavitud y a toda sociedad basada en ella".45
El modo esclavista de producción y la sociedad
esclavista no perecieron
como resultado de
la
conquista de Roma por los bárbaros germanos, sino,
ante todo y fundamentalmente, porque la esclavitud
era ya una forma caduca, había dejado de ajustarse al
carácter
de las fuerzas
productivas, habíase
convertido en un freno, en un obstáculo para su
desarrollo. En el
curso de los
últimos dos o tres
siglos de vida de la sociedad esclavista antigua, este régimen fué hundiéndose
en la decadencia, porque las fuerzas productivas habían entrado en conflicto
con las relaciones esclavistas de producción y comenzaban a derrumbarse.
"La esclavitud había dejado de ser rentable,
por eso feneció. Pero la esclavitud, al morir, dejó clavado su venenoso aguijón
en el desprecio de los hombres libres al trabajo productivo. Tal era el
callejón sin salida en que se veía metido el mundo romano: la esclavitud se
había hecho económicamente imposible, y el trabajo de los
hombres libres se consideraba moralmente despreciable. La primera no podía ya y
el segundo no podía aún ser la forma básica de la producción social. Sólo una
revolución radical podía encontrar la salida a semejante situación".46
Toda la historia de la sociedad esclavista es la
historia de una furiosa lucha de clases, de la lucha
entre
esclavos y esclavistas,
entre pobres y
ricos,
entre
explotados y explotadores, entre
gentes
45 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XIV, pág.
450.
46 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. XVI, I, pág.
127.
carentes de derechos y gentes que gozaban de todos
los privilegios.
El
proceso del tránsito
del modo esclavista
de producción al modo feudal fué un proceso largo, que
duró varios siglos, escalonado por insurrecciones de
esclavos y guerras. Sobre las ruinas de la sociedad
esclavista fué estructurándose gradualmente la nueva
sociedad, la sociedad feudal.
Las nuevas fuerzas productivas reclamaban
nuevas relaciones de producción a tono con ellas y
que dejasen más amplio margen para su desarrollo. "Las nuevas fuerzas
productivas exigen que se deje al trabajador
cierta iniciativa en
la producción, que sienta
cierta inclinación al
trabajo y se
halle interesado en él. Por eso, el señor feudal prescinde de los
esclavos, que no sienten ningún interés por su trabajo ni ponen en él la menor
iniciativa, y prefieren entendérselas con los siervos que tienen su propia
hacienda y sus herramientas propias y se hallan interesados en
cierto grado por el trabajo
en la medida necesaria para
cultivar la tierra y pagar al señor en especie, con una parte de la
cosecha".47
El modo feudal de producción surgió en la Europa
occidental como resultado
de la confluencia
y la
fusión de dos procesos encontrados. De una parte,
por efecto de la decadencia del modo de producción
esclavista
y del proceso
que había ido desarrollándose de retorno a la gleba, a
la agricultura, en concepto de
arrendatarios adscritos a
ella
(colonos),
de la plebe
que antes había
sido expropiada y separada de la tierra (de los antiguos
campesinos) y de los esclavos. De otra parte, como
resultado del proceso de desintegración del régimen
de la comunidad primitiva entre los germanos y en
otras tribus y del desarrollo en ellas de la agricultura, primero a base de la
propiedad comunal y más tarde
a base de la propiedad privada sobre la tierra.
El retorno a la tierra de la población que antes
había sido expropiada
y separada de
ella por los
esclavistas
era: un proceso
progresivo, que
representaba la iniciación del tránsito hacia un
nuevo y más alto modo de producción, hacia el feudalismo.
En
Rusia, el feudalismo
(la servidumbre de la
gleba) surgió al desintegrarse el régimen de la
comunidad primitiva y la esclavitud patriarcal. Las tierras roturadas quedaron,
al principio, en propiedad de las comunidades de campesinos. Pero,
posteriormente, al desarrollarse la propiedad privada y el cambio, los
campesinos fueron cayendo cada vez más bajo la dependencia económica y, más
tarde (al surgir las clases y el Estado), bajo la dependencia política de los
príncipes, los boyardos y los terratenientes, en cuyas manos habían ido
concentrándose enormes extensiones de tierras, grandes cantidades de ganado y
otras riquezas.
Si nos atenemos al curso general del desarrollo
histórico, las relaciones feudales de producción eran
47 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed. cit.,
pág. 659.
más progresivas que las esclavistas. Comparado con
el modo esclavista de producción, el modo feudal representaba una fase más alta
del desarrollo económico. En primer lugar, brindaba mayores posibilidades que
el régimen de la esclavitud al desarrollo de las fuerzas productivas y, sobre
todo, al desarrollo de los propios productores, de los trabajadores; y, en
segundo lugar, el modo feudal de producción y la sociedad feudal en su conjunto
dejaban un margen
más amplio para
la lucha de clases de los explotados contra los
explotadores.
El modo feudal de producción basábase en el divorcio
no completo entre los productores directos y los medios fundamentales de
producción, en la explotación de los trabajadores. Lo mismo que la esclavitud,
este régimen surgió por efecto de causas económicas. La violencia -factor
extraeconómico- no hizo más que acelerar el proceso de nacimiento del
feudalismo, pero no lo creó. El feudalismo surgió como un modo de producción
más beneficioso desde el punto de vista económico, más progresivo que la
esclavitud.
La base de las relaciones de producción feudales es
la propiedad del señor feudal sobre los medios de
producción, principalmente la tierra, y su propiedad
parcial sobre el
trabajador, sobre el
siervo de la
gleba. El grado de dependencia personal del
campesino bajo el
señor feudal variaba
en los distintos países
y en los
distintos períodos de
desarrollo del feudalismo. Como norma general, el
terrateniente feudal podía comprar
y vender a sus
siervos, jugárselos a las cartas, castigarlos, pero
no le asistía, formalmente, el
derecho a darles
muerte,
aunque en realidad abundaran los casos en que los
terratenientes feudales mataban a sus siervos por sí y ante sí, sin que mediara
ninguna sentencia judicial.
A la par con la propiedad del señor feudal, existía
en la época del feudalismo la propiedad individual
del campesino y del artesano sobre sus instrumentos
de producción (el caballo, los aperos de labranza y las herramientas) y sobre
su economía propia, basada
en el trabajo personal de los mismos productores,
interesados de este modo en ella. En esto consistía
una de las características del feudalismo, que, en
comparación con el régimen esclavista, abría posibilidades considerablemente mayores
al
desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque
obligados a entregar
al señor feudal
su trabajo
adicional
en forma de
prestaciones personales, o como renta en especie o en dinero (censos),
el campesino siervo podía trabajar para sí el resto del
tiempo. El señor feudal no se cuidaba de alimentar y
mantener a la fuerza de trabajo. El campesino y el
artesano tenían que procurarse los medios de
sustento necesarios, y ello los interesaba hasta cierto punto en su labor.
En su tiempo, las relaciones feudales de
producción hallábanse, fundamentalmente, en
consonancia con las fuerzas productivas y permitían
su desarrollo. En la época del feudalismo, mejoraron la fundición y elaboración
del hierro y se extendieron considerablemente el arado y el hacha de este
metal. Y se introdujeron algunas innovaciones de carácter técnico, como la
prensa de lagar, el molino de viento, etc. Se elevó la efectividad de la fuerza
de tracción animal en la agricultura y se desarrollaron y adquirieron una
importancia todavía mayor
las labores de labranza, la horticultura, la arvicultura, la viticultura
y la oleicultura. Los campesinos familiarizáronse con nuevos cultivos
cerealistas e industriales y con nuevas variedades de árboles frutales. Se
desbrozaron, en mayor extensión que en la época precedente, las tierras para la
labranza. Se trabajaban con mayor cuidado los campos y se difundió la rotación
de las siembras mediante el sistema de las tres hojas.
Al comienzo de la época feudal, el trabajo de los
artesanos aparecía todavía confundido con el de la
economía agrícola. Los terratenientes feudales
tenían
en sus haciendas hábiles maestros artesanos,
encargados de cortar y coser para ellos y su servidumbre el calzado y los
vestidos, de construir sus carros y coches, de hacer sus trabajos de
guarnicionería, etc. El desarrollo de la técnica artesanal y de las artes de
los maestros artesanos condujo al incremento de la productividad del trabajo y,
como resultado de ello, trajo nuevamente consigo la separación de los oficios
artesanales y la agricultura.
El hecho de que el artesanado, y más tarde el
comercio, se desglosaran como ramas independientes de la actividad económica
ejerció una enorme influencia sobre el desarrollo de las fuerzas productivas de
la sociedad feudal. Desde el siglo XI, fueron
reviviendo poco a
poco en la
Europa occidental las ciudades que en algunas partes habían permanecido
en pie desde los tiempos del Imperio romano y que habían ido quedando desiertas
o viéndose invadidas por la agricultura; y, al lado de ellas, surgieron otras
nuevas, más densamente pobladas que las de la época de la esclavitud y que
comenzaron a convertirse en centros del artesanado y el comercio. Mientras que
la sociedad esclavista sólo había llegado a conocer algunas grandes ciudades,
Atenas, Roma y otras, bajo el feudalismo, en la Edad Media, surgieron en Europa
ciudades como Génova, Venecia, Florencia, Londres, París, Colonia, Lubeck,
Lyón, Marsella, Kiev, Moscú, Nóvgorod, Pskov y otros importantes centros
urbanos, en los que se concentraban el artesanado y el comercio. Y, asimismo,
aparecieron nuevas y grandes ciudades en China, la India, el Japón y otros
países.
La técnica del artesanado siguió desarrollándose,
bajo el feudalismo, en comparación con el nivel que
había llegado a alcanzar en la sociedad esclavista.
En la hilatura, el huso de los antiguos fué sustituido por
la rueca y, más tarde, por la rueda automática de
hilar, que permitía ejecutar dos operaciones al mismo tiempo: la de hilar y la
de devanar. Se perfeccionó, asimismo, el telar, sustituyéndose el telar
vertical por el horizontal, movido a pedal. En la industria de elaboración de
la lana, se inventó y aplicó una máquina para el apresto del paño, y en la
industria de la seda la máquina de torcer.
Los oficios artesanales fueron diferenciándose y
especializándose cada vez más. La industria textil,
por ejemplo, constaba de más de veinte oficios. Y se
implantó
entre ellos un
sistema de división
del trabajo, a base de un orden sucesivo en la elaboración de los
materiales. Al mismo tiempo, se especializó la producción de diversas clases de
tejidos (de lana, de seda y de lino).
Siguió desarrollándose, en esta época, la industria
extractiva y se llevó a cabo el paso del método primitivo de fundición de los
metales, la fundición en troqueles, al método moderno, en altos hornos.
A pesar del empleo, en una serie de ramas de la
producción, especialmente en la industria extractiva,
de diversos mecanismos accionados por la fuerza del
agua y del
viento, bajo el
feudalismo los instrumentos de
trabajo, seguían siendo en general,
instrumentos
manuales, pequeños, primitivos,
pesados, limitados y aptos solamente para el manejo
individual.
Los
artesanos de las
ciudades agrupábanse en
gremios. Estos reglamentaban el volumen de
mercancías que cada
artesano podía producir
y fijaban la cantidad de aprendices y oficiales de cada maestro. Las
ordenanzas gremiales perseguían como finalidad poner coto a la competencia
entre los artesanos. Los gremios cuidábanse, al mismo tiempo, de abastecer a
los artesanos de materias primas y los ayudaban a dar salida a sus mercancías.
Las organizaciones gremiales protegían a los artesanos contra la
concurrencia de los
advenedizos, campesinos siervos que
conocían un oficio, emigraban de la aldea a la ciudad,
huyendo de la opresión de los terratenientes. Los gremios, a la par que las
organizaciones de mercaderes -la guildas- convirtiéronse más tarde en órganos
de lucha de los vecinos de las
ciudades contra los
señores y las cargas feudales, por la libertad y la
autonomía de las ciudades y sus habitantes.
La aparición de la manufactura junto al taller
artesanal representó la fase más alta de desarrollo de
las fuerzas productivas, en la época del feudalismo;
ello trajo consigo, al mismo tiempo, el nacimiento
de las nuevas relaciones de producción, de las relaciones
de producción capitalistas.
La explotación de los campesinos siervos y los
artesanos por los señores feudales cambió de forma, en el curso de desarrollo
del feudalismo, pasando de la prestación personal o renta en trabajo a la renta
en especie (censo en especie) y, por último, a la renta en
dinero (censo en dinero). No pocas veces, la renta
tenía un carácter mixto. El cambio de forma de la renta, es decir, de los
métodos de apropiación por el señor feudal del producto excedente de los
siervos, se hallaba en consonancia
con el desarrollo
de las fuerzas productivas de la
sociedad feudal.
En la renta en trabajo, aparecían separados el uno
del otro en el tiempo y en el espacio el trabajo necesario, o sea el invertido
por el siervo en producir los medios de sustento para sí mismo y su familia, y
el trabajo adicional o plustrabajo, destinado al señor feudal. En efecto, el
trabajo que el siervo aportaba al señor feudal se efectuaba en la hacienda de
éste (en forma de prestación personal), en determinados días y bajo la
vigilancia del propio señor o de su administrador o capataz.
Al pasar a la renta en especie, el siervo trabaja
todo el tiempo en su propia economía, sin hallarse bajo la vigilancia directa
del señor feudal; cuenta en mayor medida con la posibilidad de disponer de su
tiempo y de su trabajo, apropiándose el señor feudal, el dueño de la tierra,
del producto excedente. "La renta en productos presupone un nivel superior
de cultura por parte del productor directo y, por tanto, una fase superior de
desarrollo de su trabajo y de la sociedad en general; se distingue de la forma
precedente por el hecho de que en ella el trabajo sobrante ya
no tiene que
rendirse bajo su
forma natural ni tampoco, por tanto, bajo la inspección y la coacción
directas del terrateniente o de sus representantes; es más bien el productor
directo, espoleado por la fuerza de las circunstancias y no por la coacción
directa, por los preceptos legales y no por el látigo, el que se encarga de
rendirlo bajo su propia responsabilidad".48
En esta fase de desarrollo, al igual que en la
anterior, la economía de la sociedad feudal es una
economía predominantemente natural y el grado de
explotación depende, según la expresión de Marx, de
las proporciones del estómago del señor feudal y de su servidumbre.
La
situación cambia bruscamente
cuando el cambio y
el dinero adquieren
una importancia
decisiva en la economía. El tránsito de la renta en
especie a la renta en dinero marca una etapa ulterior en el desarrollo de la
producción, en la división del
trabajo. Lleva consigo, al mismo tiempo, un
reforzamiento de la explotación, despertando en el
señor feudal una sed insaciable de apropiación del
plustrabajo de los campesinos y los artesanos.
A pesar de
esto, el paso
a la renta
en dinero
representó
un progreso. Venía
a dar una independencia cada vez mayor al siervo,
enlazaba cada vez más
por medio del
mercado a los productores individuales y vinculaba con
la sociedad en grado cada vez mayor al productor directo. Al mismo tiempo,
abría el proceso de desintegración del
48 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t.
III, pág. 920.
modo de producción
feudal. El desarrollo
del cambio, de las relaciones monetarias, corroía y descomponía por
dentro la economía feudal y preparaba
el camino para
la aparición de
las relaciones capitalistas.
El modo feudal de producción revestía diversas
variantes, con arreglo
a las condiciones
históricas
concretas
de los diferentes países.
Pero la
característica fundamental y decisiva de este
régimen en todas y
cada una de
sus modalidades es la
explotación de los campesinos siervos y los
artesanos
por los señores feudales. En esto reside la
contradicción fundamental del modo feudal de producción, contradicción que
reviste carácter antagónico y provocó una furiosa lucha de clase de los siervos
campesinos contra los terratenientes feudales. Lucha que llena toda la historia
de la sociedad feudal y
da su contenido
fundamental a ésta.
4. La dialéctica del desarrollo de las fuerzas
productivas r de las relaciones de producción, en la sociedad capitalista.
El paso de las relaciones feudales de producción a
las relaciones de producción capitalistas se llevó a
cabo mediante el
desarrollo de las
fuerzas productivas. Fué el paso de la rueca automática a la máquina de
hilar, del telar manual al telar mecánico, del
martillo movido por
la mano del
herrero al martillo de vapor, del
molino de viento al molino de vapor. El paso de los talleres de los artesanos a
la gran producción a base de máquinas, a las grandes fábricas y centros
industriales, con cientos, miles y decenas de miles de obreros.
Señalando las características del sistema de la
técnica maquinista de las grandes empresas del capitalismo, escribía Marx:
"Como sistema orgánico de máquinas de trabajo
movidas por medio de un mecanismo de transmisión impulsado por un autómata
central, la industria maquinizada
adquiere aquí su
fisonomía más perfecta. La
máquina simple es sustituida por un monstruo mecánico cuyo cuerpo llena toda la
fábrica y cuya fuerza diabólica, que antes ocultaba la marcha rítmica, pausada
y casi solemne de sus miembros gigantescos, se desborda ahora en el torbellino
febril, loco, de sus innumerables órganos de trabajo".49
En vez de
la rutinaria producción
artesanal, basada en el arte, la experiencia y la destreza personales
del artesano, aparece la gran empresa capitalista movida por máquinas y basada
en la aplicación a la producción de los conocimientos de las ciencias naturales
(la mecánica, la física y la química).
Las primeras máquinas, construidas en las
manufacturas, eran torpes y caras, razón por la cual
no podían encontrar gran difusión. La gran industria
maquinizada entró en contradicción con la angosta base técnica del artesanado y
la manufactura y vióse obligada a crear su propia y adecuada base técnica,
pasando a producir máquinas por medio de otras máquinas.
En la agricultura, el desarrollo del capitalismo
condujo al paso de la hacienda señorial del terrateniente, en que la tierra se
cultivaba por medio de aperos agrícolas primitivos, a las grandes explotaciones
agrarias, basadas en el empleo de la maquinaria agrícola y de la agronomía.
Los nuevos instrumentos de producción de la
industria y la agricultura reclamaban, a su vez, una
nueva
organización del trabajo,
exigían del trabajador cierto
nivel de cultura, la capacidad para
poner en movimiento
las máquinas y
manejarlas. Esto hacía que
el capitalista prefiriera
al torpe, sumiso y analfabeto
siervo el obrero asalariado culto,
libre de los lazos de la servidumbre y familiarizado
con el manejo de las máquinas.
El proceso de aparición y desarrollo de las
relaciones capitalistas de producción, fué, al mismo tiempo, el proceso de
divorcio entre los productores
directos -campesinos y artesanos- y los medios de
producción, el proceso de transformación de éstos en
proletarios, en una clase carente de toda propiedad
sobre los instrumentos y medios de producción.
"…La transformación de los medios de
producción individuales y desperdigados en medios
sociales y concentrados de producción, y por tanto de la propiedad raquítica de
muchos en propiedad gigantesca de pocos, o, lo que es lo mismo, la expropiación
que priva a la gran masa del pueblo de la tierra y de los medios de vida e
instrumentos de trabajo, esta espantosa y difícil expropiación de la masa del
pueblo, forma la prehistoria del capital. Abarca toda una serie de métodos
violentos… La expropiación del productor directo se lleva a cabo con el más
despiadado vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más infames, más
sucias, más mezquinas y más odiosas".50
El paso a las relaciones capitalistas de producción,
pese a estas
repugnantes crueldades que
lo
acompañaron, representó un progreso. Las relaciones
feudales de producción habíanse convertido en trabas
para el desarrollo de las fuerzas productivas, no se
hallaban
ya en consonancia
con ellas. Pese
a la
resistencia de los señores feudales, las fuerzas
avanzadas de la sociedad abrieron el camino a la ley económica de la obligada
correspondencia de las relaciones
de producción con
el carácter de las
fuerzas productivas, abolieron las relaciones de producción feudales, ya
caducas, e instauraron otras nuevas, que para su tiempo resultaban progresivas:
las capitalistas.
La base de las relaciones de producción
49 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I,
págs. 420-421.
50 C. Marx. El Capital. trad. esp. ed. cit., t. I.
pág. 852.
capitalistas es la propiedad privada sobre los
medios de producción y la ausencia de propiedad sobre los productores, sobre
los obreros asalariados.
A diferencia del esclavo y del siervo de la gleba,
el obrero asalariado se halla, formalmente, libre de
toda dependencia personal. El obrero aparece en el
mercado de trabajo como poseedor de una mercancía,
como propietario de
su fuerza de
trabajo. Pero, aunque
jurídicamente sea libre e independiente del capitalismo, depende de él
económicamente. El obrero, privado de medios de producción y de vida, se ve
obligado a vender al capitalista su fuerza de trabajo y a someterse al yugo de
la explotación. Entre el obrero y los medios de producción que debe poner en
movimiento se interpone el capitalista, propietario de dichos medios. El
arrendamiento de la fuerza de trabajo es, bajo las condiciones del capitalismo,
el único camino por el que pueden combinarse los factores personales y
materiales de la producción. El proceso capitalista de la producción es, al
mismo tiempo, el proceso de la explotación del trabajo asalariado, y
el proceso de la acumulación
del capital.
A diferencia de la explotación descarada de los
esclavos y los siervos, que lleva consigo, de un modo
o de otro,
la coacción extraeconómica, la
forma
capitalista de la explotación, la apropiación por
los capitalistas del plustrabajo de los obreros asalariados, se encubre bajo
las formas del arrendamiento libre, de la compraventa de la fuerza de trabajo,
del pago aparentemente íntegro del "trabajo comprado”. Pero, en realidad,
el capitalista no compra el trabajo, como quieren hacer creer los economistas
burgueses, sino la fuerza del trabajo. Con el salario, el capitalista resarce
al obrero, no el trabajo que de él obtiene, sino solamente el valor de la fuerza
de trabajo. En el proceso de trabajo, el obrero no produce solamente el valor
de los productos necesarios para reproducir su fuerza de trabajo, sino que
crea, además, la plusvalía que el capitalista se apropia.
Bajo las condiciones del capitalismo, el trabajo
necesario, destinado a reproducir el valor de la fuerza
de trabajo, y el plustrabajo o trabajo adicional,
que se
apropia el capitalista, no aparecen separados entre
sí, como en la prestación personal, sino que se mezclan y confunden el
uno con el otro.
Fué necesario el genio de Marx para descubrir el secreto de
la explotación capitalista, el secreto de la producción de la plusvalía y del
incremento del capital.
El impulso que mueve la producción capitalista
no es
la satisfacción de
las necesidades de la
sociedad,
sino la obtención
de ganancia, la producción de plusvalía; y, bajo las
condiciones del
capitalismo monopolista, no la ganancia pura y
simple, sino la ganancia máxima.
La ley económica
fundamental del capitalismo
contemporáneo es el aseguramiento de la máxima
ganancia capitalista, mediante
la explotación y la
ruina de la mayoría de la población del país de que
se trata, y el avasallamiento y el saqueo sistemáticos de otros países,
especialmente los países
atrasados y, por último, mediante
las guerras y la militarización de la economía nacional, utilizados para el
aseguramiento de las máximas ganancias.51
Al
capitalista le es
indiferente lo que
produce, tanto le da que sean cañones o tractores, chicle o jabón. Lo
que le interesa es obtener la ganancia máxima. Y, como, en la sociedad
capitalista, la producción de cañones, tanques, bombas atómicas y
sustancias tóxicas constituye
el mejor de los
negocios, el que asegura las máximas ganancias, los capitalistas anteponen la
fabricación de estos y otros medios de exterminio de los hombres a la
producción de artículos alimenticios y de medios necesarios de sustento. El
hecho de que la producción capitalista tenga como meta la obtención de
plusvalía da a la explotación capitalista un carácter especialmente implacable.
La sed de ganancias, de acumulación, de incremento del capital no se sacia
jamás. A esta repugnante pasión, a
esta avidez de
lucro, se sacrifican las vidas
de millones de seres, adultos y niños, hombres y mujeres. "En su impulso
ciego y desmedido, en su
hambre canina devoradora
de trabajo excedente, el capital no sólo derriba las barreras morales,
sino que derriba
también las barreras puramente
físicas de la jornada de trabajo. Usurpa al obrero el tiempo de que necesita su
cuerpo para crecer, desarrollarse y conservarse sano. Le roba el tiempo
indispensable para asimilarse el aire libre y la luz del sol".52
La propiedad capitalista sobre los medios de
producción, las relaciones de producción capitalista,
la
sustitución del trabajo
servil por el
trabajo del
obrero asalariado abrió, en su día, posibilidades
considerablemente más amplias que el feudalismo al
desarrollo de las fuerzas productivas. Ninguna de
las
épocas anteriores al capitalismo había conocido un
ritmo tan febril en el desarrollo de esas fuerzas: durante uno o dos siglos de
existencia de la sociedad capitalista, se crearon fuerzas productivas más
poderosas que en toda la historia precedente de la humanidad.
El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el
empleo de las máquinas, la aplicación de la química a
la industria y a la agricultura, la navegación de
vapor, el ferrocarril, el
telégrafo eléctrico, la
adaptación
para el cultivo de continentes enteros, la apertura
de los ríos a la navegación, poblaciones
enteras surgiendo de la tierra como por encanto. ¿Cuál de los
siglos
pasados pudo sospechar
siquiera que semejantes fuerzas
productivas dormitasen en el seno del trabajo social?"53
51 J. V.
Stalin, Problemas económicos del socialismo
en la
U.R.S.S., ed. cit., pág. 37.
52 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I,
págs. 292-293.
53 C. Marx: y F. Engels, "Manifiesto del
Partido Comunista", en
El
crecimiento arrollador de
las fuerzas productivas en el período
ascensional de desarrollo del capitalismo atestigua que, en aquel tiempo, las
relaciones capitalistas de producción se hallaban plenamente en
consonancia con el
nivel de las fuerzas productivas y facilitaban el crecimiento
de éstas. Pero, a la par con esto y desde el momento mismo en que aparece, el
modo capitalista de producción tiene un carácter antagónico y lleva en su seno
irreductibles contradicciones internas: entre el carácter social de la
producción y la forma privada, capitalista, de la apropiación; entre la
tendencia al ilimitado crecimiento de las fuerzas productivas y los fines
limitados de la producción, que oponen límites constantes al desarrollo de
ésta; entre la producción y el consumo limitado, que impone condiciones de
miseria a la vida de las masas trabajadoras; entre la organización de
la producción dentro
de cada empresa por separado y
la anarquía de la producción en el seno
de la sociedad;
entre el obrero
y la máquina como
instrumento del capital;
entre el trabajo intelectual y el
trabajo físico, entre la ciencia y el obrero; entre la ciudad y el campo; entre
las metrópolis capitalistas y las colonias.
La contradicción entre el
carácter social de la
producción y la forma privada de la apropiación encuentra su expresión en el
antagonismo entre el proletariado y la burguesía, entre el trabajo y el
capital.
El desarrollo de las fuerzas productivas de la
sociedad capitalista se ha operado y se opera dentro de los marcos de estas
contradicciones antagónicas. Cada paso dado en el desarrollo de la producción,
bajo el capitalismo, se da a costa del aplastamiento y la esclavización de los
obreros, a costa de reforzar su explotación. Bajo el capitalismo, los medios de
producción son, al mismo tiempo, medios de explotación. Las máquinas, que
constituyen el medio más importante de acrecentamiento de la productividad del
trabajo son, bajo el capitalismo, un medio para esclavizar al obrero, para
reforzar la explotación, para prolongar la jornada de trabajo y elevar la
intensidad de éste. Las máquinas han hecho posible la incorporación a la
producción del trabajo de la mujer y del niño, quienes, bajo el capitalismo, se
ven sometidos a una explotación aún mayor que el hombre adulto.
El capitalismo convierte al obrero en un autómata,
en un apéndice de la máquina, que lo agota física e
intelectualmente,
que estruja sus
energías
musculares,
que le priva
de toda posibilidad
de realizar una libre actividad física y mental.
"Nota
común a toda
producción capitalista,
considerada no sólo como proceso de trabajo, sino
también como proceso de explotación del capital, es que, lejos
de ser el
obrero quien maneja
las
él; pero esta
inversión no cobra
realidad técnicamente tangible hasta la era de la maquinaria. Al
convertirse en un autómata, el instrumento de trabajo se enfrenta como capital,
durante el proceso de trabajo, con el propio obrero; se alza frente a él como
trabajo muerto que domina y absorbe la fuerza de trabajo vivo. En la gran
industria, erigida sobre la base de la maquinaria, se consuma, como ya hemos
apuntado, el divorcio entre las potencias espirituales del proceso de
producción y el trabajo manual, con la transformación de aquéllas en resortes
del capital sobre el trabajo.54
En el curso del desarrollo del modo capitalista de
producción, son desalojados los
productores
independientes,
los artesanos y
los campesinos, y más
tarde los pequeños
capitalistas se ven
desplazados por los grandes capitalistas.
"Paralelamente con esta centralización del capital
o
expropiación de muchos
capitalistas por unos
pocos, se desarrolla en una escala cada vez mayor la
forma cooperativa del
proceso de trabajo,
la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación
sistemática y organizada de la tierra, la transformación de los medios de
trabajo en medios de trabajo utilizables
sólo colectivamente, la economía de todos los medios de producción
al ser empleados como medios de producción de un trabajo combinado, social, la
absorción de todos los países por
la red del
mercado mundial y,
como consecuencia de esto, el carácter internacional del régimen
capitalista. Conforme disminuye progresivamente el número de magnates
capitalistas que usurpan y monopolizan este proceso de transformación, crece la
masa de la miseria, de la opresión, del esclavizamiento, de la degeneración, de
la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, cada vez más
numerosa y más disciplinada, más unida y más organizada por el mecanismo del
mismo proceso capitalista de producción".55
El nuevo período del capitalismo, que se inicia a
fines del siglo
pasado, se caracteriza
por la
transformación
del capitalismo industrial en
capitalismo monopolista o imperialismo. El
imperialismo es la etapa superior y final de desarrollo del capitalismo, que
tiene como signo característico el proceso ulterior de concentración y
centralización de la producción y del capital, el cual conduce a la dominación
de los monopolios. Dominación que se refuerza todavía más mediante la fusión
del capital industrial y el
capital bancario, que
da como resultado la formación
del capital financiero y la dominación de la oligarquía financiera.
La concentración de la producción y, como
consecuencia de ello, la socialización del trabajo en los países más
importantes del capitalismo -Estados
condiciones de trabajo, son éstas las que le manejan
a
54 C. Marx, El Capital, trad. esp. cit., t. I, pág.
465-466.
Obras escogidas, edición cit., t. I, pág. 27.
55 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I,
pág. 853.
Unidos, Inglaterra, Alemania, el Japón, Francia e
Italia-, a fines del siglo XIX y en la primera mitad del XX, se reforzaron
extraordinariamente y adquirieron proporciones gigantescas, "En
Norteamérica, toda la riqueza nacional se calcula actualmente en 120.000
millones de dólares, equivalentes a unos 240.000 millones de
rublos, De ellos,
cerca de la
tercera parte, o sean cerca de 80.000 millones de rublos, pertenecen a
dos trusts, el de Rockefeller y el de Morgan,
o se hallan
bajo su control.
No más de
40.000 familias, que forman estos dos trusts, son
las dueñas y señoras de 80 millones de obreros asalariados".56
Antes de la segunda guerra mundial, 250
poderosísimas corporaciones capitalistas de los Estados Unidos poseían el 65
por 100 del potencial de toda la industria de transformación del país. Durante
la guerra y después de ella, creció considerablemente el potencial de las
empresas pertenecientes a estas corporaciones. Y en la actualidad, no son ya
decenas de miles, sino decenas de
familias de multimillonarios de
los Estados Unidos las que
imperan sobre millones de esclavos asalariados.
Los poderosos reyes de las finanzas, los Morgan, los
Rockefeller, los Mellon y los Dupont, la corporación de Kun-Löb, los grupos de
capitalistas de Chicago, Cleveland y Boston, han ido concentrando en sus manos
riquezas gigantescas y son los verdaderos gobernantes, los dictadores de los
Estados Unidos. Controlan y gobiernan los más grandes consorcios industriales y
financieros del país y disponen de miles de millones de dólares. En 1947, las
grandes empresas de los Estados Unidos con más de 500 obreros constituían el
1,9 por 100 de todas las empresas
de la industria
de transformación, Y en
ellas trabajaban el 45,8 por 100 de todos los obreros de dicha industria,
Un proceso análogo de concentración y centralización
de la producción y de toda la riqueza del país en manos de los poderosos
monopolios capitalistas, se observa en Inglaterra, en la Alemania occidental y
en el Japón, en Francia y en Italia.
El carácter social de la producción en los ámbitos
de la sociedad capitalista y el mantenimiento de la propiedad privada sobre los
medios de producción: he aquí la contradicción fundamental del capitalismo, de
la que emanan todas sus otras contradicciones antagónicas, que inevitablemente
la conducen a la ruina. El creciente y cada vez más agudo conflicto entre las
fuerzas productivas contemporáneas y las relaciones capitalistas de producción
se revela en el hecho de que
las crisis capitalistas
de superproducción se repiten cada vez con mayor frecuencia y revisten
un carácter cada vez más destructor y catastrófico. Y este conflicto cobra una
fuerza especial en la época del imperialismo, en que
56 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII,
pág. 375.
la línea ascendente del capitalismo se convierte en
una línea descendente.
Al llegar el
período de la crisis general del capitalismo, este
conflicto se revela con especial claridad.
El capitalismo contemporáneo se ha convertido en un
sistema en descomposición; sus contradicciones internas se
han ahondado y
agudizado en proporciones nunca
vistas, y su desarrollo presenta un carácter catastrófico y destructor, lo que
se manifiesta, no sólo en las crisis de superproducción, sino también en las
guerras imperialistas.
El carácter antagónico de las contradicciones del
sistema capitalista de producción se expresa en la incompatibilidad entre los
intereses de las clases fundamentales de la sociedad capitalista, el
proletariado y la burguesía, en el incremento de la riqueza en uno de los
polos, el de la burguesía, y el de la pobreza y el hambre en el otro polo, el
del proletariado. Las ganancias y riquezas de los capitalistas crecen a costa
del reforzamiento de la explotación de la clase obrera y a costa del saqueo de
los pueblos de las colonias.
Según los datos del prestigioso economista
progresivo norteamericano Víctor
Perlo, las
ganancias medias de los consorcios de los Estados
Unidos en el período que va de 1936 a 1953
aumentaron en 7 veces. De 1936 a 1940, ascendieron
a 6.200 millones
de dólares; de
1941 a 1945,
a
21.500 millones; de 1950 a 1953 (durante los años de
la guerra contra Corea), a 42.300 millones de dólares.
Las
ganancias de los
monopolios estadounidenses
aumentaron de 33.800 millones de dólares en 1948 a
45.500 millones en 1953. El incremento de estas
ganancias se logra mediante el reforzamiento de la
explotación de la clase obrera, la intensificación
del
trabajo, la elevación de los precios y el descenso
del nivel de vida
de los trabajadores,
mediante el
aumento
de los impuestos
abonados por éstos,
mediante la militarización de la producción y la
guerra, es decir, convirtiendo la sangre de cientos de miles de seres humanos
en oro, en dólares para los multimillonarios. La cuota de explotación de los
obreros de los Estados Unidos, en estos últimos años, ha aumentado
considerablemente. Según los
datos del Business Bulletin, en decenas de las ramas más importantes de
la industria, el coeficiente de producción por hora de trabajo del obrero ha
aumentado, desde 1946, en un 30 por 100. Y, paralelamente con ello, crece el
proceso de empobrecimiento de la clase obrera, en los países capitalistas.
Según los datos de la asociación obrera de investigación científica de los
Estados Unidos, la participación de los salarios de los obreros en el valor por
ellos producido, de 1939 a 1953, descendió a cerca de la tercera parte. Muchos
millones de obreros de los Estados Unidos perciben salarios inferiores al
mísero salario mínimo vital, fijado en 75 centavos de dólar por hora. De 1947 a
1953, el costo de la vida,
en Inglaterra, subió en un 40 por ciento, y en
Francia en un 138 por 100.
El desarrollo del capitalismo va acompañado de la
ruina del campo, de los granjeros, del descenso de su
capacidad adquisitiva. De 1947 a 1953, la capacidad
adquisitiva de los
granjeros norteamericanos
descendió en un 35 por 100. En diez años, de 1942 a
1952, se arruinaron en los Estados Unidos 700.000
granjeros.
La ley, descubierta por Marx, de la depauperación
absoluta y relativa
de la clase
obrera y los
campesinos, bajo el capitalismo, la ley de la
agudización del antagonismo entre los obreros y los capitalistas, encuentra su
plena confirmación bajo las
condiciones del capitalismo monopolista.
El crecimiento y la profundización y agudización de
los antagonismos sociales bajo el capitalismo se
traducen en la agudización de la lucha de clases,
que
en todos los países del capitalismo conduce
inevitablemente a la
revolución proletaria, a la
dictadura
del proletariado, a
la destrucción de las
relaciones
capitalistas de producción
y a su sustitución por las relaciones de
producción socialistas, en consonancia con el carácter de las fuerzas
productivas de nuestro tiempo.
5. Las
fuerzas productivas y las relaciones
de producción de la sociedad socialista.
La base de las relaciones socialistas
de
producción es la propiedad social, socialista, sobre
los medios de
producción. Las relaciones
mutuas entre los hombres en el proceso de producción, bajo el
socialismo, son relaciones de fraternal cooperación y ayuda mutua socialista
entre trabajadores libres de toda explotación.
La
propiedad socialista, en
la U.R.S.S., reviste dos formas: la estatal (propiedad de
todo el pueblo) y
la cooperativa-koljosiana, propiedad de un grupo de
gentes.
La forma estatal, de todo el pueblo, de la sociedad
socialista recae sobre la tierra y el subsuelo, sobre los
bosques y las aguas, las minas y yacimientos
minerales, los sovjóses y estaciones de máquinas y
tractores,
el transporte y
los medios de comunicación, los bancos y el fondo básico
de viviendas de las
ciudades. Todos los
medios de
producción, de comunicación y de transporte que
acabamos de enumerar
son patrimonio de
todo el
pueblo, de toda la sociedad socialista.
La
propiedad
cooperativo-koljosiana comprende
los edificios y
construcciones destinadas a la
economía de los koljóses y cooperativas y su
instrumental, incluyendo los
aperos agrícolas y el
ganado de labor, las granjas ganaderas, los fondos
de simientes y de seguros y todos los productos del koljós.
La
existencia de dos
formas de propiedad socialista, la
de todo el
pueblo (estatal) y la
cooperativo-koljosiana, responde a las
características del tránsito de la clase obrera y los campesinos trabajadores
hacia el socialismo. Y refleja, al mismo tiempo, ciertas diferencias en cuanto
al grado de desarrollo de las fuerzas productivas en la industria y en la
agricultura, con las que no se puede por menos de contar para llevar a cabo la
transformación socialista de la economía.
La propiedad socialista estatal, de todo el pueblo,
representa la forma
más alta de
la propiedad
socialista. Es el resultado de la expropiación de la
burguesía y los terratenientes, y se desarrolla y
multiplica por la acción del trabajo de los obreros de la industria, del
transporte, de los sovjóses, de las estaciones de máquinas y tractores, por la
acción del trabajo de todo el pueblo. Las empresas estatales de la U.R.S.S. son
empresas de tipo consecuentemente socialista, pertenecientes al pueblo en su
conjunto. La propiedad socialista estatal expresa el grado más alto de
socialización de los medios de producción y de trabajo en todos los ámbitos del
país.
En la agricultura, la forma cooperativo-koljosiana
de la propiedad socialista es el resultado de la socialización voluntaria de
los medios fundamentales de producción de los campesinos, agrupados en los
koljóses. Han pasado también a propiedad de éstos los medios de producción del
sector de los campesinos, ricos, al ser liquidado. Los koljóses son
empresas socialistas, pues
se basan en la
socialización de los medios decisivos de producción y de trabajo. Pero,
comparados con las empresas socialistas del Estado, los koljóses representan
una forma inferior de socialización del trabajo socialista.
El
koljós permite combinar
los intereses personales y los intereses
sociales de los koljosianos, acomodar y supeditar certeramente los intereses
personales a los sociales, con el fin de elevar el bienestar de toda la
sociedad y de cada koljosiano en particular. La elevación del bienestar de los
koljosianos depende de la cantidad y calidad del trabajo por ellos aportado al
koljós, de la multiplicación y el fortalecimiento de los koljóses y de la
propiedad socialista de todo el pueblo. La forma koljosiana deja margen a la
economía personal accesoria de los koljosianos, a la propiedad personal de
éstos sobre su vaca, el ganado menor, las aves, y los pequeños aperos de
labranza. Y esto facilita la satisfacción de las necesidades personales de vida
del koljosiano. Mediante una acertada combinación de los intereses sociales y
los personales, la economía personal accesoria del koljosiano contribuye al
fortalecimiento y desarrollo del koljós.
Las relaciones socialistas de producción se
desarrollan como resultado
del desarrollo de las
fuerzas productivas. Así, por ejemplo, el desarrollo
de la propiedad koljosiana se ha traducido en la
ampliación de los koljóses. Los pequeños koljóses,
creados en los años de 1929 a 1932, a base de las
fuerzas productivas de aquel entonces, resultaron
con el tiempo raquíticos y estrechos para el desarrollo ulterior de las fuerzas
productivas: entorpecían la aplicación de las conquistas de la ciencia
agronómica y de la técnica nueva, el empleo de tractores, de
máquinas-combinadas y de otra maquinaria agrícola. La ampliación de los
koljóses, así como la nueva y decisiva función de las estaciones de máquinas y
tractores en el desarrollo de la producción koljosiana, traen consigo un nuevo
y más amplio desarrollo de las relaciones socialistas de producción en la
agricultura, determinado por las exigencias del desarrollo de las fuerzas
productivas y por las tareas planteadas por el fortalecimiento y desarrollo de
los koljóses, con el fin de asegurar la cantidad suficiente, y más tarde la
abundancia de artículos de consumo para el pueblo.
La propiedad estatal es la forma determinante de la
propiedad socialista, en la U.R.S.S. Representa, en
primer lugar, la forma más alta de socialización de
los medios de producción, que expresa su pertenencia
a toda la sociedad; en segundo lugar, son propiedad
del Estado los
medios de producción
más importantes y decisivos
y, ante todo,
la industria
socialista, que constituye el factor determinante de
toda la
economía nacional; y,
en tercer lugar,
la
propiedad estatal es la predominante, por su peso
específico dentro de
la economía nacional.
Ya en
1937, se hallaban bajo la propiedad del Estado el
97,35 por 100 de los fondos básicos de producción en
la industria y el 76 por 100 de los de la agricultura.
El modo socialista de producción se caracteriza por
la reunión de los productores directos con los
medios de producción. Bajo este régimen, los
productores asociados, agrupados, trabajan colectivamente, con ayuda de medios
de producción
de propiedad social (de todo el pueblo y de las
cooperativas o koljóses).
Bajo el socialismo,
las
condiciones materiales del trabajo no se enfrentan
ya a los productores como una fuerza extraña, hostil y antagónica. Entre los
trabajadores y los medios de
producción no se interpone aquí el capitalista, del
que bajo
el capitalismo depende
la unión de los
factores materiales y personales de la producción en
el proceso de trabajo. Bajo las condiciones del socialismo, la
fuerza de trabajo
deja de ser
una
mercancía.
Bajo el socialismo, se acaba con la explotación del
hombre por el hombre y los productos creados
pertenecen a los mismos productores, en la persona
de su Estado, de la sociedad o del koljós. En este
régimen, no existen ya explotadores ni explotados.
Los productos se distribuyen con arreglo al trabajo,
en consonancia con el principio de que "quien
no trabaja, no come". El desarrollo de la propiedad socialista no tiende
al aseguramiento de la ganancia
sociedad.
La ley económica fundamental del socialismo consiste
en garantizar la máxima satisfacción de las
necesidades
materiales y culturales
sin cesar
crecientes
de toda la
sociedad, mediante el incremento y perfeccionamiento
ininterrumpidos de la producción socialista, a base de la más alta técnica. Y
esta ley económica fundamental del socialismo determina los
aspectos más importantes
del desarrollo del modo socialista de producción.57
La producción socialista tiene un carácter
directamente social. El nexo entre los productores lo establece, aquí, la misma
propiedad social sobre los medios de producción. La propiedad privada separa a
los hombres; la propiedad social socialista, los une.
El carácter social del proceso de producción, bajo
las condiciones del socialismo, se refuerza gracias a
la propiedad social sobre los medios de producción.
En esto reside la plena correspondencia de las
relaciones socialistas de producción con el estado y
el
carácter de las
fuerzas productivas
contemporáneas.
Pero la plena correspondencia de las relaciones
socialistas de producción
con el carácter
de las
fuerzas productivas contemporáneas no debe
considerarse de un
modo absoluto y
como algo
plasmado y definitivo. También bajo el socialismo
son las
fuerzas productivas el
elemento más dinámico y
revolucionario de la producción social, y
puede ocurrir que las relaciones de producción o
algunos de sus
elementos queden rezagados
con
respecto al desarrollo de las fuerzas productivas.
Esto hace que también bajo el socialismo puedan surgir
contradicciones entre las fuerzas productivas y las
relaciones socialistas de producción, ya que también aquí las segundas cambian
a tono con los cambios
operados en las primeras. Pero las contradicciones
que en el modo socialista de producción surgen entre
las crecientes fuerzas productivas y los elementos o
aspectos de las relaciones de producción que quedan a la zaga de aquéllas se
dan dentro de los marcos de
la correspondencia general entre las fuerzas
productivas y la
propiedad social socialista.
Estas
contradicciones que aquí surgen no se convierten
inevitablemente en antagonismos
y en conflictos. Bajo los modos de producción
anteriores, la plena
correspondencia de las relaciones de producción con
el carácter de
las fuerzas productivas
se trueca
inevitablemente en un conflicto entre las nuevas
fuerzas productivas y las viejas y ya caducas relaciones de producción,
conflicto que se resuelve
por medio de la lucha de clases y de la revolución.
Bajo las condiciones
del modo socialista
de
producción, estos conflictos son imposibles. Las
contradicciones que surgen
en la producción socialista las
resuelve la sociedad
socialista por
capitalista,
sino al de
la máxima satisfacción
de las
necesidades
materiales y culturales
de toda la
57 J. V.
Stalin, Problemas económicos del socialismo
en la
U.R.S.S., ed. cit., pág. 38.
medio de la política del Partido Comunista y del
Estado socialista, basada en la conciencia y la aplicación de la ley económica
de la obligada correspondencia de las relaciones sociales con el carácter y el
desarrollo de las fuerzas productivas.
Bajo el socialismo, no existen clases antagónicas,
grupos sociales capaces de oponer resistencia a la
política del Estado socialista, encaminada a vencer
las contradicciones que puedan surgir entre las
crecientes fuerzas productivas
y las relaciones
de
producción rezagadas con respecto al desarrollo de
aquéllas. La resistencia opuesta por los elementos
inertes y rutinarios puede vencerse y se vence con éxito por
el Estado soviético,
apoyándose en el pueblo. En esto consiste la acción
específica de la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de
producción con el carácter de las fuerzas productivas, bajo el socialismo. Las
contradicciones antagónicas entre las fuerzas productivas y las relaciones
capitalistas de producción conducen necesariamente a choques de clase. El
carácter no antagónico de las contradicciones que surgen bajo el socialismo
entre las crecientes fuerzas productivas y las relaciones de producción
rezagadas hace que estas contradicciones se resuelvan sin conflictos y choques
entre clases, por la acción de las fuerzas de toda la sociedad socialista,
fundida en una unidad política y moral.
Vemos,
pues, cómo actúa
en la historia
de la sociedad la ley de la
obligada correspondencia de las
relaciones
de producción con
el carácter de las
fuerzas productivas. La
correspondencia de las
relaciones
de producción con
el carácter de las
fuerzas productivas condiciona
el desarrollo de la
producción social sin obstáculos ni
entorpecimientos. Allí donde se da esta correspondencia, las fuerzas
productivas encuentran el
camino libre para
su
desarrollo. Ahora bien, esta correspondencia se
infringe cuando las fuerzas productivas se desarrollan
y las relaciones de producción quedan rezagadas con
respecto a ellas. Y, a la par con esto, las relaciones de producción cambian
como resultado de los cambios
operados
en cuanto al
nivel y al
carácter de las fuerzas productivas y en consonancia con
ellos. Tal
es la dialéctica del desarrollo contradictorio de
las fuerzas productivas y las relaciones de producción.
La
acción de la
ley económica de
la obligada
correspondencia de las relaciones de producción con
el carácter de las fuerzas productivas, en las sociedades de clases
antagónicas, conduce a la revolución
social. Y, como
resultado de la revolución, se destruyen las relaciones de
producción viejas y ya caducas y se instauran nuevas relaciones de producción,
las que corresponden al nivel y carácter alcanzado por las fuerzas productivas.
Cada vez que las viejas y caducas relaciones de
producción se destruyen, la correspondencia de las
alta, abriendo posibilidades cada vez mayores al
desarrollo de las fuerzas de producción. Pero la plena correspondencia de las
relaciones de producción con el
carácter de las
fuerzas productivas
contemporáneas, instaurada en la sociedad socialista a base de la propiedad
social sobre los medios de producción, ha abierto posibilidades jamás conocidas
en la historia para el rápido e ininterrumpido desarrollo de las fuerzas
productivas.
La ley económica de la obligada correspondencia de
las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, así
como la ley económica fundamental del capitalismo contemporáneo y la ley
económica fundamental del socialismo, permiten comprender las dos líneas
antagónicas del desarrollo económico que se enfrentan en el mundo actual: la
línea de estancamiento y destrucción de las fuerzas productivas en los países
del capitalismo y la línea de desarrollo acelerado e incontenible en los países
del campo socialista.
La ley económica de la obligada correspondencia de
las relaciones de producción con el carácter de las
fuerzas productivas nos da la clave para comprender
la función de las nuevas relaciones de producción,
como el motor fundamental y decisivo del desarrollo
de las fuerzas productivas.
6. Las fuerzas matrices del desarrollo de la
producción.
El problema de las fuerzas motrices del desarrollo
de la producción es uno de los más importantes de la
ciencia social. Los
cambios operados en
la vida
social, política y espiritual de la sociedad se
hallan
condicionados por los que se producen en el campo de
las relaciones económicas, y éstos, a su vez, se determinan por los cambios que
se operan en las fuerzas productivas y en el desarrollo de ellas. ¿De qué depende,
pues, el desarrollo
de las mismas fuerzas productivas y qué es lo que lo
determina?
¿Cuál es el motor fundamental del desarrollo de las
fuerzas productivas?
G. V. Plejánov intentó resolver este problema en una
serie de trabajos, pero incurriendo en un grave
error. En su libro titulado Problemas fundamentales
del marxismo, leemos: "Todo el problema del desarrollo de
la economía se
reduce, por tanto,
a
saber cuáles son las causas que determinan el
desarrollo de las fuerzas productivas de que dispone
la sociedad. Y, planteado bajo esta forma última, el
problema se resuelve, ante todo, con referencia a las características del
medio geográfico... Las
características del medio geográfico condicionan el
desarrollo de las fuerzas productivas, el que, a su vez,
determina
el de las
relaciones económicas y, con
ellas, el de todas las demás relaciones sociales".58
Plejánov, contestando a la pregunta de cuál es la
relaciones
de producción con
el carácter de
las
fuerzas productivas se establece sobre una base más
58 G. V.
Plejánov, Obras completas, ed. rusa, t.
XVIII, 1918, págs. 204-205.
fuente del desarrollo de las fuerzas productivas,
cae claramente, como se ve, en la desviación geográfica. Sería falso,
evidentemente, negar que el medio geográfico ejerce cierta influencia sobre el
desarrollo de las fuerzas
productivas; ya hemos
dicho más arriba que un medio
geográfico favorable acelera su desarrollo,
a la par
que otro desfavorable lo entorpece. Sin embargo, el medio
geográfico permanece relativamente inalterable, constante, razón por la cual no
puede ser el motor fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas. Bajo
las condiciones del mismo medio geográfico, las fuerzas productivas pueden
desarrollarse lentamente o con mayor
rapidez. El punto
de vista de
Plejánov no podría explicar por
qué las inmensas riquezas naturales de Rusia, y en particular la de los Urales,
Siberia y el Asia Central, permanecieron ocultas bajo el capitalismo y hoy,
bajo las condiciones del socialismo, se han puesto al servicio de la sociedad.
La teoría que trata de explicar el desarrollo de las
fuerzas productivas y, consiguientemente, de toda la sociedad por las
características del medio geográfico impide llegar a comprender las causas
reales, que no se hallan al margen del modo de producción, sino dentro de él.
Al mismo tiempo, esta teoría lleva a conclusiones fatalistas, a la resignación
ante las fuerzas elementales de la naturaleza, a la pasividad, a la inacción
del hombre. El
punto de vista
de Plejánov, ajeno al marxismo, desarmaba ideológicamente a la clase
obrera, la sustraía a la misión de destruir las relaciones capitalistas de
producción, que sirven de freno al desarrollo de las fuerzas productivas.
El idealista A. Bogdánov, en su Curso de Economía
política, intentaba explicar el desarrollo de las fuerzas productivas por el
crecimiento de la población. Explicación también falsa, como se ha puesto ya de
relieve en el capítulo anterior.
El renegado del marxismo K. Kautsky, en su libro que
lleva por título La concepción materialista de la historia, explica el
desarrollo de las fuerzas productivas por la elevación de la conciencia, por el
desarrollo de la ciencia: según él, las fuerzas productivas se desarrollan como
resultado del desarrollo de la técnica, y ésta adquiere su desarrollo bajo la
acción del progreso científico, al desarrollarse el conocimiento de las fuerzas
de la naturaleza. Este punto de vista acerca del desarrollo de las fuerzas
productivas y de toda la sociedad ha encontrado difusión en los EE.UU., y en
otros países capitalistas. La llamada "sociología atómica" es una
variante de esta concepción idealista y reaccionaria. Un defensor de esta falsa
concepción, en Francia, es Jules Moch, autor del libro titulado
Confrontaciones.
No cabe duda de que los progresos de las ciencias,
especialmente de las ciencias naturales, ejercen una
técnica. La gran industria contemporánea -la
metalurgia, la construcción de maquinaria, la electrotécnica, la industria
química, etc.- sería imposible sin la aplicación de los conocimientos de las
modernas ciencias naturales, de la mecánica, la física y la química. La gran
agricultura de nuestro tiempo se basa en la aplicación de la química y la
agro-biología. El ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas, en la época
de la gran producción a base de
máquinas, se ha
intensificado bruscamente, gracias
a la aplicación de las ciencias naturales a la técnica. La gran industria,
"por medio de la maquinaria, de los procesos químicos y de otros métodos,
revoluciona constantemente, con la base técnica de la producción, las funciones
de los obreros y las combinaciones
sociales del proceso
de trabajo".59 Es éste un rasgo esencialmente característico de la
época del socialismo, que ha abierto a la ciencia ilimitadas posibilidades de
desarrollo y la aplicación de sus conquistas en la más grande escala, en todos
sus aspectos y libre de todo obstáculo, al campo de la producción. La
trayectoria de la sociedad socialista demuestra que la ciencia tiende a
penetrar cada vez más en todos los ámbitos de la producción y a desempeñar un
creciente papel en el desarrollo de las fuerzas productivas.
Pero, a pesar de todo esto, es falso buscar en el
desarrollo de la ciencia, de la conciencia, la causa fundamental y determinante
del desarrollo de las fuerzas productivas. Más bien que hablar de lo que la
ciencia influye en el desarrollo de las fuerzas productivas, lo correcto sería
poner de relieve, por el contrario, lo que la propia ciencia debe, en cuanto a
su existencia y a su desarrollo, muy en primer lugar, al desarrollo de la
producción, es decir, en última instancia, al desarrollo de las fuerzas productivas.
El desarrollo de la producción, al plantear una serie de tareas a las ciencias
naturales, fomenta también los medios para resolverlas. Las necesidades de la
producción son, en
efecto, el estímulo
más importante y decisivo para el desarrollo de la misma ciencia. En
carta, a Starkenburg, escribía Engels:
"Si es cierto que la técnica, como usted dice,
depende en parte
considerable del estado
de la
ciencia,
aún más depende
ésta del estado
y las
necesidades
de la técnica.
El hecho de
que la sociedad sienta una
necesidad técnica, estimula más a
la
ciencia que diez
universidades. Toda la
hidrostática (Torricelli, etc.) surgió de la
necesidad de regular el curso de los ríos de las montañas de Italia, en los
siglos XVI y XVII. Acerca de la electricidad, hemos comenzado a saber algo
racional desde que se
descubrió la posibilidad
de su aplicación
técnica".60
De las condiciones sociales, económicas, de la
producción dependen, no
sólo el logro
de tales o
poderosa influencia sobre el desarrollo de las
fuerzas
productivas y, en particular, sobre el desarrollo de
la
59 C. Marx, El Capital, trad. esp., ed. cit., t. I,
pág. 562.
60 C. Marx y F. Engels, Ausgewähle, Briefe, ed.
cit., pág. 411.
cuales descubrimientos, sino también la posibilidad
de su aplicación. Sabido es, por ejemplo, que la propiedad del vapor de ser
fuerza motriz, fuente de energía, había sido descubierta ya en la antigua
Grecia, en el llamado período alejandrino. Pero, en aquel tiempo, bajo las
condiciones del modo esclavista de
producción, resultaba imposible poner a contribución semejante descubrimiento.
Y tampoco en las condiciones del modo feudal de producción era posible poner en
práctica la máquina de vapor, formidable invención del genial mecánico ruso
Polsunov.
La posibilidad de aplicar los descubrimientos de la
ciencia al desarrollo de las fuerzas productivas de
la sociedad no depende solamente del carácter del
modo de
producción, sino también
del grado de
desarrollo de éste. Así, el modo capitalista de
producción abrió en
su tiempo la
posibilidad de aplicar conscientemente las
ciencias naturales a la
industria y la agricultura; la ley de la
concurrencia capitalista obligó a
los capitalistas a
reducir los
gastos
de producción y,
con este objeto,
a perfeccionar la técnica, a aplicar nuevos inventos que permitiesen
incrementar la productividad del trabajo.
Pero la situación cambia bajo las condiciones de
dominación de los
monopolios y de
los precios
monopolistas en el mercado: los monopolios
capitalistas rehúyen frecuentemente las invenciones de la
ciencia y de
la técnica. El
capitalismo
monopolista en descomposición frena la aplicación a
la producción de los grandes descubrimientos de la
ciencia y la técnica contemporáneas, por oponerse a
ello los intereses de los monopolios capitalistas, pues
los nuevos inventos vienen a depreciar el capital
fijo en funciones, exigiendo la renovación del equipo industrial.
El gigantesco, y además crónico, déficit de
rendimiento del aparato industrial de la mayoría de
los países capitalistas, por falta de pedidos, y el
paro forzoso crónico, característico de la época de la crisis general del
capitalismo, entorpecen la aplicación y el
empleo de muchos descubrimientos técnico-
científicos.
En 1929-1933, durante la crisis económica mundial,
el mundo fué testigo de la ofensiva desplegada
por la reacción
capitalista contra la
ciencia y los descubrimientos científicos. En esta
ofensiva tomaban parte,
junto a los
dirigentes
políticos de la burguesía, ciertos representantes de
la ciencia burguesa. Según unos y otros, la causa de las crisis de
superproducción y de
todos los males
y
calamidades sociales engendrados por ellas residía
en el crecimiento "desmedido" de la ciencia y de los
descubrimientos científicos. En el momento álgido de
esta ofensiva reaccionaria, se llegó a lanzar la consigna de la "vuelta a
la azada y la pala".
Los monopolios capitalistas acaparan cientos y
miles de
patentes de inventos,
para que éstos
no
vayan a parar a manos de sus competidores. Pero sólo
una parte insignificante de ellos llegan a ponerse en práctica. Los demás se
inmovilizan durante años y años en las cajas fuertes. Los monopolios
capitalistas oponen resistencia al empleo de la energía atómica para fines
pacíficos exclusivamente.
Bajo las condiciones del capitalismo en nuestros
días, la posibilidad de poner a contribución los descubrimientos científicos y
los inventos técnicos se determina por la acción de la ley económica
fundamental del capitalismo contemporáneo, por la tendencia a la obtención de
la ganancia máxima. Los descubrimientos e invenciones se ponen en práctica,
si permiten incrementar
las ganancias capitalistas. Por el
contrario, cuando ponen
en peligro la obtención de la ganancia máxima, si
amenazan con depreciar el equipo industrial existente y conducen a la baja de
los precios de los monopolios, los monopolistas los mantienen en secreto y los
guardan cuidadosamente en sus cajas fuertes.
Por lo dicho, se ve claramente que el desarrollo de
las ciencias naturales y técnicas, de por sí, no basta
para explicar el desarrollo de las fuerzas
productivas.
Los descubrimientos científicos crean simplemente la
posibilidad del desarrollo de la técnica. Pero, el que
esta posibilidad se convierta en realidad, el que
los
descubrimientos científicos se apliquen realmente a
la producción, el que se ponga realmente a contribución el desarrollo del
pensamiento científico, depende íntegramente del modo de producción, de la ley
económica fundamental vigente en la sociedad de que se trata, del carácter del
régimen social.
Ahora bien, si el desarrollo de las fuerzas
productivas no puede
explicarse por el
medio
geográfico, ni por el crecimiento de la población,
ni
por el desarrollo de la ciencia considerado de por
sí,
¿no deberán tal vez buscarse las causas radicales y
profundas del desarrollo de las fuerzas productivas en el incremento de las
necesidades de los hombres?
¿No es acaso la satisfacción de las necesidades
apremiantes de los hombres en materia de alimento,
vestido, calzado, vivienda, así como en lo tocante a
los instrumentos de
trabajo necesarios para
la
producción, lo que en todas las formaciones sociales
constituye el fin de la producción, directamente o en última instancia?
Es indudable que el incremento de las necesidades
de los
hombres influye poderosamente
sobre el
desarrollo de las fuerzas productivas. Pero el
carácter de las necesidades
y el incremento
de éstas dependen, a su vez del
desarrollo de la producción,
del modo de producción, de las relaciones de
producción. Las necesidades del hombre primitivo y
del esclavo eran muy distintas de las del obrero de
los países capitalistas, como las de éste se diferencian considerablemente de
las del obrero de la sociedad
socialista.
El
incremento de la
producción depende del
incremento de las necesidades, del incremento del
consumo. Pero, en primer lugar, es la producción la que ofrece al consumo el
material, los objetos, los productos,
con lo cual
crea la posibilidad
del consumo, lo engendra. Y, en segundo lugar, la producción no
determina solamente los objetos del consumo, sino también los modos de éste. La
producción crea los consumidores. La necesidad de alumbrado puede satisfacerse
con una antorcha, con una vela o con una lámpara de petróleo. El consumo de lámparas
eléctricas hízose posible al surgir la producción de esta clase de objetos.
Antes de que la industria produjera receptores
de radio, refrigeradores
eléctricos y televisores, no se sentía la necesidad de tales aparatos.
"Aunque el consumo se remonte sobre su
tosquedad natural originaria y su carácter inmediato -
y el permanecer en ella seguiría siendo, a su vez,
el
resultado de una producción estancada en su
tosquedad natural-, en cuanto estímulo tiene como
intermediario
al objeto... Una
determinada
producción condiciona, por tanto, un consumo, una
distribución y un cambio determinados, y determinadas relaciones de estos
diversos factores entre sí".61 Así, pues, considerados en su unidad e
interdependencia dialécticas, la producción y el consumo son, a la vez, el
punto de partida, y el factor determinante
de su desarrollo
reside en la producción.
Bajo las condiciones del capitalismo, no existe ni
puede existir concordancia entre la producción y el consumo, puesto que el
consumo de las masas está limitado por su solvencia, lo que hace que se halle
siempre por debajo del desarrollo de la producción. La finalidad inmediata de
la producción capitalista - la acumulación de capital- lleva aparejado el
mísero nivel de vida de los productores de los bienes materiales el descenso
del abastecimiento material de la clase obrera, de todos los trabajadores, su depauperación
absoluta y relativa, el descenso progresivo de su nivel de consumo.
Bajo el régimen económico socialista, el incremento
de las necesidades (y del poder adquisitivo) de las masas sobrepasa
constantemente al incremento de la producción y, por consiguiente, lo impulsa
hacia adelante. La producción socialista tiene como ley el incremento constante
del consumo de los trabajadores, el auge y el mejoramiento de su situación
material. Y esta nueva relación entre la producción y el consumo emana de las
relaciones socialistas de producción, del hecho de que esta sociedad ya no conoce
la explotación del hombre por el hombre.
Consiguientemente, el incremento de las necesidades
influye sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, pero no es la causa que
lo determina, ya
61 C. Marx, Grundrisse der Kritik der politischen
Oekonomie, ed. cit., págs. 198-206.
que este incremento depende, a su vez, de la misma
producción, y su influencia sobre el desarrollo de las fuerzas productivas
sólo puede comprenderse teniendo en cuenta las
características del modo de producción y de las relaciones de producción de que
se trata.
¿Cuál es, entonces, el motor fundamental del
desarrollo de las fuerzas productivas?
El motor fundamental y decisivo de las fuerzas
productivas son las nuevas relaciones de producción
que se hallan en consonancia con el carácter de las fuerzas productivas. Y el freno
principal que entorpece el
desarrollo de las fuerzas productivas, las viejas y caducas relaciones de
producción, que no corresponden ya al carácter de dichas fuerzas.
En El Capital de Marx se contiene un análisis
completo y acabado de las leyes que regían el modo
capitalista
de producción en
el período
premonopolista
de su existencia.
Marx ha demostrado que las
relaciones de producción de la
sociedad capitalista, la propiedad capitalista sobre
los
medios de producción, el hambre insaciable de
acumulación del capital, la avidez de ganancias y la concurrencia, fueron
poderosas palancas para el desarrollo de las fuerzas productivas en el primer
período de desarrollo del capitalismo.
La meta y el motivo propulsor de la producción
capitalista son la obtención de ganancias, la producción de plusvalía, la
acumulación de capital, mediante la explotación de obreros. El medio de que se
valía la burguesía para alcanzar este fin, en el período ascensional de
desarrollo del capitalismo, era el
desarrollo de las
fuerzas productivas. Esta finalidad limitada de la producción,
que emanaba de las relaciones de producción del capitalismo, entró en
contradicción con el crecimiento de las fuerzas productivas. El desarrollo del
modo capitalista de producción ahonda esta contradicción y va convirtiéndose
gradualmente en un agudísimo conflicto
entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción propias del
capitalismo.
En su genial obra El imperialismo, etapa superior
del capitalismo, V. I. Lenin ha demostrado que la transformación del
capitalismo premonopolista en el capitalismo
monopolista conduce a la
descomposición del capitalismo. El desarrollo del capitalismo, al conducir
inevitablemente, en virtud de la gigantesca concentración del capital, a la
dominación de los
monopolios, engendra la tendencia al estancamiento y a la
destrucción de las fuerzas productivas.
Las relaciones capitalistas de producción ya
caducas: he ahí el obstáculo fundamental y decisivo que estorba el desarrollo
de las fuerzas productivas contemporáneas. Para abrir camino al desarrollo de
las fuerzas productivas, hay que acabar con las relaciones capitalistas
de producción y
sustituirlas por las relaciones de producción socialistas. Esto es
lo que enseña el marxismo, pertrechando a la clase
obrera y al partido marxista para la revolución socialista.
En 1917, en vísperas de la Gran Revolución
socialista de Octubre,
el Partido Comunista,
su
Comité Central, encabezado por Lenin, por oposición
a los mencheviques y social-revolucionarios,
proclamaron que el único camino para asegurar el florecimiento de las fuerzas
productivas de Rusia consistía en destruir las relaciones capitalistas de
producción.
El capitalismo contemporáneo entorpece por doquier
el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. En los años de 1929 a
1939, la producción industrial de los EE.UU. permaneció estancada, sin moverse
del sitio. En el período de la segunda guerra mundial, creció bruscamente, pero
sólo gracias a la producción de armamentos y artículos para la guerra. Después
de la segunda guerra mundial, descendió considerablemente, hasta que, como
resultado de la guerra de agresión desencadenada por los EE.UU. contra Corea y
en relación con los preparativos para una nueva guerra mundial, es decir, como
resultado de la militarización de la economía, lograron los EE.UU. elevar de
nuevo, y sólo unilateralmente, su producción industrial. Pero, aun así y a
pesar de que el aplastamiento de la Alemania fascista y el Japón había quitado
de en medio a los dos principales competidores de los EE.UU. en Europa y Asia,
la producción industrial norteamericana, en los años de
1929 a 1951, aumentó solamente, en números
redondos, al doble.
Y, si nos
fijamos en países
capitalistas europeos como Francia, Bélgica,
Austria,
Dinamarca,
Grecia y Luxemburgo,
vemos que en ellos la producción industrial, de 1937 a
1953, sólo registra un aumento del 31 por 100, lo que representa solamente a un
2 por 100 anual. Esto equivale, en realidad, a no moverse del sitio, a vegetar.
Y en el mismo estado de estancamiento se hallan las fuerzas productivas de
la agricultura, en
los países capitalistas.
Por oposición a esto, las fuerzas productivas de los
países del campo socialista se desarrollan sin interrupción y con fuerza
vertiginosa. Así, por ejemplo, en la U.R.S.S., de 1929 a 1951, la producción
industrial aumentó casi en 13 veces. En todos
los países europeos
de democracia popular, pese a lo mucho que sufrieron
durante la segunda guerra mundial por la invasión hitleriana y los bombardeos
anglo-norteamericanos, la producción industrial crece ininterrumpidamente. En
Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Albania, la producción
industrial, en 1953, registraba un aumento del 207 por 100 con respecto a la de
1937.
La causa fundamental y decisiva del desarrollo de
las fuerzas productivas
en los países
del campo
socialista
reside en las
nuevas relaciones, en las
relaciones socialistas de producción. Estas
relaciones han abierto amplio campo al desarrollo de las fuerzas
productivas, han creado
nuevos y poderosos estímulos para el desarrollo de la
producción, para el perfeccionamiento de la técnica y para el desarrollo de los
mismos hombres, de los trabajadores, de las masas populares.
Los ideólogos de la burguesía esforzábanse por
ahuyentar a las masas del socialismo, afirmando que
éste, al acabar con la propiedad privada, mataba,
según ellos, el principal estímulo, la principal fuerza
motriz del desarrollo de la producción y de la
cultura. En realidad, como demuestran los hechos, en nuestra época, es
precisamente la propiedad capitalista la que
ahoga los estímulos de desarrollo de las fuerzas
productivas, al paso
que la propiedad
socialista
constituye, una poderosa fuerza motriz de ese
desarrollo.
En un breve período histórico, se ha llevado a
cabo el grandioso plan de industrialización
socialista de la U.R.S.S., lo que ha sido posible solamente a base de las
relaciones socialistas de producción. En treinta y cinco años de existencia del
régimen soviético, ha aumentado en 39 veces la producción industrial de
la U.R.S.S. Para
acrecentar su producción
industrial en 39 veces, la Inglaterra capitalista ha necesitado 162 años (de
1790 a 1951); Francia, en los últimos noventa años, sólo ha visto aumentar su
producción industrial en 5,5 veces; y los EE.UU., en los treinta y cinco años
últimos, ha elevado su producción industrial en 2,6 veces solamente.
Tal es la superioridad del modo de producción del
socialismo, basado en la propiedad social sobre los
medios de producción.
Cada nuevo tipo de relaciones de producción que
se afirma en
lugar del que
le precede y
ya ha
caducado, abre nuevas y más amplias posibilidades,
más poderosos estímulos, más potentes motivos para
el desarrollo de la producción. En esto reside, cabalmente, la
base sobre la que
triunfa el nuevo modo de producción sobre el viejo. Y
esto se evidencia de un modo muy especial a la luz del ejemplo de las
relaciones socialistas de producción.
La
instauración de las
relaciones socialistas de producción ha abierto el más ancho campo,
las más
amplias posibilidades, al desarrollo de las fuerzas
productivas, en primer lugar, porque estas relaciones
han conducido a la abolición de la explotación y de
las clases explotadoras. En segundo lugar, las relaciones socialistas
de producción constituyen
el
más potente motor de desarrollo de las fuerzas
productivas, porque aseguran
el desarrollo de la
fuerza productiva más importante de todas, que son
los mismos trabajadores, su capacidad, su talento, sus dotes, que el
capitalismo ahogaba y ahoga. En tercer
lugar, las relaciones socialistas de producción son
las que más interesan
a los trabajadores por
los
resultados de su trabajo y por el desarrollo de las
fuerzas productivas.
Los intereses materiales han puesto siempre en
movimiento a enormes
masas de hombres,
a las
clases sociales, a sociedades enteras. Sin embargo,
hasta llegar al socialismo, los intereses materiales de
la persona en el seno de las clases trabajadoras y
los intereses de la sociedad, eran intereses antagónicos. Las condiciones
de las relaciones
socialistas de
producción han creado la posibilidad de un
desarrollo certero y armónico, de la adecuada combinación de
los intereses materiales personales de los
trabajadores con los intereses sociales, con el desarrollo de las fuerzas
productivas materiales de la sociedad.
Así, pues, las relaciones socialistas de producción
constituyen el poderoso motor del desarrollo de las
fuerzas productivas, porque, hallándose en
consonancia con el estado de las fuerzas productivas, abren campo a su
desarrollo y engendran poderosos
estímulos
para el desarrollo
de las fuerzas productivas, interesando en él a toda
la sociedad y a
cada uno de los individuos que la forman.
La posibilidad de invertir en el desarrollo de la
producción lo que antes se apropiaban y derrochaban
los capitalistas, los terratenientes y su cortejo,
unida a la grandiosa actividad
creadora de las
masas
trabajadoras, al convertirse en dueñas y señoras del
país y trabajar, no para los explotadores, sino para sí mismas y
para toda la
sociedad, constituyen la
formidable fuente vivificadora del gigantesco ritmo
de desarrollo de las fuerzas productivas, engendradas
por las relaciones socialistas de producción,
basadas en la cooperación fraternal y en la ayuda mutua de
los trabajadores.
Si,
hasta en las
condiciones de un
régimen forzado, la cooperación
del trabajo engendró
una
nueva fuerza productiva, imagínese cuánto más
grandiosa tiene que
ser la significación de
la
cooperación del trabajo socialista. Esta cooperación
eleva en proporciones mucho mayores la potencia del trabajo colectivo,
engendra la emulación
creadora,
hace nacer una nueva fuerza productiva, que viene a
multiplicar considerablemente la suma de las fuerzas
de los individuos aislados.
Y la gran misión de la propiedad socialista como
motor de
desarrollo de las
fuerzas productivas se
manifiesta también en el campo del progreso técnico.
El modo
socialista de producción
ha liberado al
desarrollo de la técnica de todos los obstáculos que
ante él interponían las relaciones de producción del capitalismo. Bajo las
condiciones del socialismo, ha
desaparecido para siempre el antagonismo entre el
obrero y la máquina. Si bajo el capitalismo el obrero
era un apéndice de la máquina, bajo el socialismo es
el dueño
de ella. Bajo
las condiciones del capitalismo, el
obrero no se
halla interesado en
perfeccionar los instrumentos de producción, pues
las máquinas, al perfeccionarse, lo desalojan del proceso
de la producción, y los frutos de la productividad
del trabajo, al elevarse ésta, se los apropia el capitalista. El incremento de
la productividad del trabajo, bajo el capitalismo, significa el reforzamiento
de la explotación de los obreros.
Bajo el socialismo, la máquina alivia y ahorra el
trabajo del obrero. Esto explica por qué los inventos
técnicos,
bajo el socialismo,
se convierten en un
fenómeno de masas. Solamente en el período que va de
1950 a 1953, se introdujeron en la producción, en
la
U.R.S.S., cerca de
tres millones de
inventos
técnicos y de propuestas de racionalización del
trabajo. En un solo año, el de 1953, se crearon cerca de 700 nuevos e
importantísimos tipos y marcas de máquinas y mecanismos.
El
capitalismo ahoga, estrangula
las fuerzas creadoras del
trabajador, aplasta la
personalidad,
mata los talentos, las dotes e iniciativas del
pueblo.
Las relaciones socialistas de producción abren ancho
campo para que florezcan la iniciativa, el talento y
las capacidades del pueblo y de la personalidad.
Bajo
el socialismo, la producción sirve al hombre y a sus
capacidades, a la satisfacción de las crecientes necesidades materiales y
culturales de los trabajadores. El régimen socialista abre posibilidades al
desarrollo total de las capacidades físicas y espirituales de los trabajadores,
y éstos son los que constituyen la fuerza productiva más importante de la
sociedad, la que hace andar la producción. Las relaciones de producción del
socialismo garantizan la consecución de la gran meta señalada en su día por Marx,
en la Crítica del programa de Gotha: "…Cuando, con el desarrollo de los
individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y
corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces
podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la
sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual según su capacidad; a
cada cual según sus necesidades!"
Para
asegurar el desarrollo
de las fuerzas productivas, sin el que no podría
llegar a realizarse el
gran principio del comunismo, la sociedad socialista
aplica el principio del socialismo: de cada cual
según su capacidad; a cada cual según su trabajo. Este principio expresa la
abolición de la explotación del hombre por el hombre, exige de todos los
miembros de la sociedad un trabajo adecuado a sus capacidades y garantiza un
salario igual por un trabajo igual, es decir, la abolición del pago de salarios
desiguales a los trabajadores de distintas naciones y razas, a hombres y
mujeres, a adultos y jóvenes. El principio socialista de la distribución
garantiza el máximo interés de los trabajadores por los resultados de su
trabajo y la superación del igualitarismo pequeñoburgués, y facilita el
desarrollo de la conciencia socialista, de la actitud socialista ante el
trabajo, el despliegue de la emulación socialista y la
elevación de la productividad del trabajo.
En todo esto se manifiesta la función de las
relaciones socialistas de producción como el motor
fundamental y decisivo del desarrollo de las fuerzas
productivas de la sociedad socialista. J. V Stalin,
al sintetizar las leyes del desarrollo de las fuerzas productivas en las
distintas formaciones sociales, incluyendo la sociedad socialista, escribía:
"...Las nuevas relaciones de producción son la fuerza principal y decisiva
que determina precisamente el desarrollo continuo y poderoso de las fuerzas
productivas, y sin
ellas las fuerzas
productivas estarían en nuestro país condenadas a vegetar, como vegetan
hoy en los países capitalistas".62
Por tanto, los cambios y el desarrollo de las
relaciones de producción son provocados y se hallan condicionados por los
cambios y el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad y, en primer
lugar, por el desarrollo de los instrumentos de producción. Los cambios
y el desarrollo
de las fuerzas productivas conducen, más temprano o
más tarde, a la sustitución de las relaciones de producción ya caducas por
otras nuevas y más avanzadas, en consonancia con el nivel y el carácter de las
nuevas fuerzas productivas de la sociedad y constituyen el factor fundamental
de su desarrollo progresivo.
Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo la sustitución de
unas relaciones de producción por otras?
7. La ley del tránsito del viejo al nuevo modo de
producción.
Las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de
producción en consonancia con ellas no surgen al
derrumbarse y desaparecer el viejo régimen, sino que
nacen ya en el seno de él. Los hombres no son libres
para elegir las fuerzas productivas y las relaciones
de producción. Cada nueva generación, al surgir a la
vida, encuentra ya dispuestas y plasmadas las
fuerzas
productivas y relaciones de producción creadas por
las generaciones precedentes.
Para tener la posibilidad de producir bienes materiales,
cada nueva generación tiene que adaptarse, al principio, a estas nuevas fuerzas
productivas y relaciones de producción.
El modo de
producción heredado por una generación dada, determina la
situación que los hombres ocupan en el proceso de producción y las
posibilidades y la trayectoria del desarrollo ulterior de las relaciones de
producción y las fuerzas productivas.
El nacimiento de las nuevas fuerzas productivas y
de las
nuevas relaciones de
producción tiene un
carácter espontáneo e impremeditado, pues los
hombres, al perfeccionar los
viejos medios de
producción y crear otros nuevos, al desarrollar las
fuerzas productivas, no tienen conciencia, no comprenden ni se percatan de los
resultados sociales
62 J. V.
Stalin, Problemas económicos del socialismo
en la
U.R.S.S., ed. cit. Pág. 58.
a que estos cambios operados en los medios de
producción pueden conducir y conducen. Su pensamiento, su conciencia, no va más
allá de la ganancia inmediata y palpable que puedan obtener de ellos.
Los hombres de la sociedad primitiva, al pasar de
los instrumentos de
piedra a las
herramientas
metálicas, no perseguían otro fin que el de
facilitar su
trabajo,
el de hacer
éste más efectivo,
más productivo. Hasta que
los nuevos instrumentos
de
hierro encontraron amplia difusión, los hombres no
podían tener conciencia de los resultados sociales a
que conducía su empleo. Pero el paso a los instrumentos de hierro condujo, como
hemos visto más arriba, al acrecentamiento de la productividad del trabajo, a
la aparición y el incremento del plustrabajo y el plusproducto, como
consecuencia de lo cual surgió la posibilidad económica de la explotación del
hombre por el hombre y de la instauración de la esclavitud. De este modo, el
paso a los instrumentos de hierro del trabajo, independientemente de la voluntad
y los deseos de los hombres, condujo al hundimiento del régimen de la comunidad
primitiva y a su sustitución por el régimen esclavista.
Otro ejemplo. La incipiente burguesía de Europa, en
el período del feudalismo, al crear las grandes
empresas
manufactureras junto a
los pequeños
talleres
artesanales de los
gremios, guiábase ante todo por la aspiración de incrementar en
lo posible la
producción de mercancías para abastecer los nuevos
mercados del Oriente y América, de abaratarla y
obtener mayores ganancias. La conciencia de la burguesía no iba más allá de
estos intereses egoístas y limitados. Es evidente que, cuando creaba las
grandes manufacturas, no preveía ni podía prever las consecuencias sociales
de sus actividades
y empresas. Consecuencias consistentes en el poderoso desarrollo de las
fuerzas productivas, que dio nacimiento a nuevas clases antes desconocidas de
la sociedad feudal, a la reagrupación de las fuerzas sociales y a los cambios
operados en cuanto a la función económica y social de las viejas y las nuevas
clases.
La burguesía, al desarrollar las fuerzas
productivas, no tenía
la conciencia de
que esto
conduciría necesariamente, en último resultado, a un
choque con el régimen feudal y con el poder estatal
del feudalismo. Y éste fué, en efecto, el resultado
social que el desarrollo elemental de las fuerzas productivas y
las relaciones de
producción trajo
consigo.
Las
contradicciones y la
lucha de clases
que surgieron entre la burguesía y la aristocracia feudal y
entre
ésta y los
campesinos tenían como
base
económica el conflicto que espontáneamente había ido
creándose entre las nuevas fuerzas productivas y
las relaciones feudales de producción, ya caducas.
Conflicto que condujo en una serie de países, tales
como Holanda, Inglaterra, Francia y Alemania, a revoluciones burguesas,
antifeudales, como consecuencia de las cuales se hundió el feudalismo y se
instauró el régimen capitalista.
Un tercer ejemplo. En la segunda mitad del siglo
XIX y en la primera década del XX, la burguesía
rusa, conjuntamente con la burguesía extranjera, fomentó intensivamente en
Rusia la gran producción industrial a base de máquinas. La burguesía rusa,
aprovechábase de la protección del zarismo y no luchaba en contra de él. Al
desarrollar las fuerzas productivas
y las relaciones
capitalistas de producción, la
burguesía no tenía conciencia de las consecuencias sociales a que esto llevaba.
Cuando construían fábricas, centros
industriales y ferrocarriles, los
capitalistas no se daban cuenta de que el desarrollo de las fuerzas productivas
de Rusia tenía que conducir a la aparición de la fuerza social revolucionaria,
el proletariado, de que preparaba el terreno para poner en pie la alianza del
proletariado con los campesinos arruinados y explotados, y de que todo ello
traería como resultado la revolución socialista victoriosa. Y este y no otro
fué, en efecto, el resultado social
objetivo a que
condujo el desarrollo de las
fuerzas productivas y de las relaciones capitalistas de producción.
El desarrollo de las fuerzas productivas y los
cambios que provoca en las relaciones de producción
sólo hasta llegar a un cierto límite se operan de un
modo espontáneo. Cuando
las nuevas fuerzas
productivas que han ido madurando en el seno de la
vieja sociedad entran
en conflicto con
las viejas
relaciones de producción ya caducas, el desarrollo
espontáneo es sustituido por la actividad consciente, por la
lucha de las
clases avanzadas. Las
viejas
relaciones de producción, aunque caducas, no
desaparecen por sí mismas. Las defienden las clases
caducas dominantes, que disponen del poder del
Estado y de
todos los recursos
de influencia ideológica sobre
las masas. Estas
fuerzas sociales
caducas se hallan interesadas en el mantenimiento de
las viejas relaciones
de producción y
oponen
resistencia a las fuerzas sociales avanzadas, que
aspiran a acabar con la vieja forma de propiedad y a despejar el
camino a la
ley económica de
la
correspondencia de las relaciones de producción con
el carácter de
las fuerzas productivas. Y sólo
por
medio de la lucha de clases, por medio de la
revolución violenta, es posible acabar con la vieja forma de propiedad e
instaurar la nueva, abriendo así
el camino hacia el desarrollo de las fuerzas
productivas.
"Una vez que las nuevas fuerzas productivas
están en sazón, las relaciones de producción existentes y sus representantes, las
clases dominantes, se
convierten en ese obstáculo "insuperable"
que sólo puede eliminarse por
medio de la
actuación
consciente de las nuevas clases, por medio de la
acción violenta de estas clases, por medio de la revolución".63
En el período de las conmociones revolucionarias, se
manifiesta con gran claridad la inmensa importancia movilizadora, organizadora
y transformadora de las ideas sociales avanzadas, de las
instituciones políticas revolucionarias y del
nuevo Poder político. Las nuevas ideas sociales, que han ido surgiendo del
conflicto entre las nuevas y las viejas
y ya caducas
relaciones de producción, teniendo como base las
necesidades económicas de la sociedad, facilitan la organización y movilización
de las masas, su cohesión en un ejército político revolucionario. Las clases
revolucionarias crean un nuevo Poder, un Poder revolucionario, y, apoyándose en
él, destruyen las viejas relaciones de producción e instauran otras nuevas, en
consonancia con el grado de
desarrollo ya alcanzado
por las fuerzas productivas.
De este modo,
el proceso espontáneo
del desarrollo social, preparado
por el curso
del
desarrollo de las fuerzas productivas, es sustituido
por la actividad consciente de las masas, el
desarrollo pacífico es desplazado
por la transformación
violenta,
la evolución es
suplantada por la
revolución.
La particularidad de la producción que acabamos de
poner de relieve y que caracteriza el proceso de la
aparición espontánea de las nuevas fuerzas
productivas y de
las relaciones de
producción en
consonancia
con ellas, en
el seno de
la vieja sociedad, y, al llegar a
una determinada fase, el paso
del desarrollo espontáneo al proceso consciente y
violento de destrucción de las relaciones de producción ya caducas, a la
revolución, es una ley
sociológica
general. Esta ley
pone de manifiesto cómo se
lleva a cabo
el tránsito de
un modo de
producción a otro, el paso de una formación
económico-social inferior a
otra superior. Ley general
que no excluye,
ni mucho menos,
la
posibilidad
de ciertas peculiaridades propias
en el paso del capitalismo al
socialismo.
La característica del tránsito del capitalismo al
socialismo consiste en que en el seno de la sociedad capitalista no surgen ni
pueden surgir las relaciones
socialistas de producción, a la manera como las
relaciones capitalistas de producción surgieron en el
seno de la producción feudal. Pero tampoco el paso
al socialismo es posible si antes, en el seno de la sociedad capitalista, no
han ido ya
madurando
espontáneamente las condiciones materiales de la
sociedad socialista. En
el seno de
la sociedad
capitalista
van creándose espontáneamente las nuevas fuerzas productivas necesarias
para que aparezcan las relaciones
socialistas de producción.
En el seno
del capitalismo y
como resultado del
63 J. Stalin. Problemas del leninismo, ed. cit.,
pág. 664.
desarrollo de las fuerzas productivas, va operándose
espontáneamente el proceso
de la sustitución
del papel ejercido por las relaciones capitalistas de producción, su
transformación de nuevas relaciones de producción en consonancia con las
fuerzas productivas en relaciones
viejas, que ya no
concuerdan con las nuevas fuerzas que han ido surgiendo. Pero las nuevas
relaciones de producción, las relaciones de producción socialistas, que
corresponden a estas
nuevas fuerzas productivas, sólo pueden surgir como
resultado de la victoria de la revolución socialista, bajo las condiciones de
la dominación política de la clase obrera.
Los
hombres que llevan
a cabo los
cambios operados en las
fuerzas productivas no
tienen
conciencia
de los resultados
sociales, de las
consecuencias sociales de los cambios por ellos
introducidos en los
instrumentos de producción. Ahora bien, ¿esta característica
de la producción se refiere también al
modo de producción
socialista?
¿Puede afirmarse que tampoco bajo las condiciones
del socialismo tengan los hombres que transforman y
desarrollan
los instrumentos de
producción,
conciencia de los resultados sociales de estos
cambios?
El
desarrollo de la
producción socialista no es
espontáneo. Las leyes económicas se convierten, bajo
este régimen, en leyes comprendidas, utilizadas conscientemente por la
sociedad. El socialismo y el comunismo son el resultado de la obra consciente
de creación histórica llevada a cabo por las masas populares, bajo la dirección
del Partido Comunista. Para la construcción del comunismo, el
pueblo se basa en la ciencia marxista y tiene conciencia de los
resultados sociales de su trabajo. Así, por ejemplo, al realizar la
industrialización socialista del país, el pueblo soviético sentó
conscientemente los fundamentos materiales del socialismo, y al llevar a cabo
el quinto Plan quinquenal, sabe que da un gran paso en el camino del desarrollo
de la sociedad socialista hacia el comunismo. Bajo las condiciones del
socialismo, los resultados sociales del desarrollo de las fuerzas productivas
dejan de ser resultados imprevistos y contrarios a los intereses de los
trabajadores. Sin embargo, esto no quiere decir que deje de regir, bajo el
socialismo, la ley de la producción
que acabamos de
examinar. Esta ley sigue siendo inherente a la producción
también bajo las condiciones del socialismo, aunque se manifieste aquí de un
modo peculiar. También las leyes económicas
del socialismo son
leyes objetivas, reflejo de
procesos económicos que se operan independientemente de la voluntad de los
hombres. También bajo el modo socialista de producción se encuentra la
nueva generación con
fuerzas productivas ya establecidas y con relaciones de producción
creadas por la generación que la ha precedido. Y también aquí, el desarrollo
ulterior de
las
fuerzas productivas está
condicionado por el grado de desarrollo alcanzado por dichas
fuerzas. El cambio de las relaciones de producción se halla determinado también
bajo el socialismo por el desarrollo de las fuerzas productivas. Las
contradicciones entre las nuevas fuerzas productivas y las
relaciones de producción
rezagadas con respecto a ellas
surgen independientemente de la voluntad de los hombres. Es cierto que estas
contradicciones se van revelando a la conciencia y se van superando, más o
menos rápidamente, gracias a la dirección del Partido Comunista y del Estado
socialista, que no permiten que las contradicciones se conviertan en
conflictos. Pero también en la sociedad socialista surgen en el terreno de la
misma realidad, como resultado de
la actividad productiva
de millones de hombres, que sólo más tarde cobran conciencia de
ellas. Aunque desarrollen
la producción socialista de un modo consciente, los hombres no pueden
prever todas las consecuencias sociales de sus actos.
Ningún plan de producción puede tener en cuenta
todas las posibilidades que se encierran en la entraña del régimen socialista,
en la iniciativa creadora y el trabajo de decenas de millones de hombres. Al
planificar la dirección
de la economía,
se puede tomar en consideración,
prever y determinar los resultados fundamentales de la actividad económica
de la
sociedad en tal
o cual período,
pero es imposible prever en todos
y cada uno de sus detalles todo lo que ha de presentarse como resultado de la
actividad económica de las masas de millones de gentes. Sabido es que los
planes socialistas van puntualizándose y corrigiéndose constantemente, en
el curso
de su realización.
Además y en
fin de cuentas, cosa muy
importante, los individuos que producen los bienes materiales no pueden
descontar de antemano todos los cambios y los resultados a que pueden conducir
estos cambios, que se producen todos los
días y a
todas horas en
la sociedad socialista, formada
por millones de hombres. Para tener conciencia de ellos hay que recurrir a la
ciencia, la cual, desentrañando
las leyes objetivas
de desarrollo de la sociedad socialista, traza sobre esta base la
previsión del curso general del desarrollo de los resultados fundamentales de
la actividad de los hombres. Basándose en la ciencia marxista, en la previsión
científica de la trayectoria seguida por el desarrollo de la sociedad, el
Partido Comunista, su Comité Central, organiza y orienta con su política a las
masas en la constitución del comunismo, en consonancia con las leyes objetivas
de desarrollo de la sociedad.
Consiguientemente, también bajo el socialismo, como
en las épocas anteriores a él, constituye el desarrollo de
la sociedad un
proceso histórico- natural, es
decir, necesario, regido por sus leyes.
La
sociología burguesa reaccionaria
no puede
explicar científicamente la concordancia entre el
desarrollo espontáneo y el desarrollo consciente de la sociedad. Esta
sociología, imbuida totalmente de metafísica, se desvía de la verdad tanto en
un sentido como en otro.
Muchos sociólogos burgueses sostienen que el desarrollo social
tiene siempre un carácter consciente y se rige por la conciencia y la voluntad
de los hombres. Pero esto se halla en contradicción con innumerables hechos
históricos. La historia atestigua que los acontecimientos sociales, incluso
aquellos a los que abre cauce la actividad consciente de las clases
explotadoras dominantes, acarrean con frecuencia consecuencias sociales
completamente inesperadas para ellas. Así, por ejemplo, la primera y la segunda
guerra mundiales tradujéronse en resultados con los que los imperialistas que
desencadenaron estas guerras no contaban.
Bajo la influencia de semejantes resultados,
inesperados para ella, la sociología burguesa cae en
el misticismo, en el fatalismo, afirmando que la
vida
de la sociedad y la historia se hallan bajo la
acción de fuerzas misteriosas e incomprensibles, la divinidad, el sino, el
destino, la fatalidad.
La concepción de la historia como un proceso
absolutamente espontáneo es tan insostenible como
la concepción opuesta, o sea la que asigna a la
conciencia de los hombres una función determinante en la
historia. Ambas teorías
de los sociólogos
burgueses aparecen refutadas por la realidad de la
lucha de la clase obrera.
Sólo el materialismo histórico da una explicación
racional, científica, de
la correlación entre
lo
espontáneo y lo consciente en el desarrollo de la
sociedad y pone de manifiesto cómo y cuándo el desarrollo espontáneo de la
sociedad se convierte en
un desarrollo consciente.
Resumen.
Así, pues, la producción social
cambia
constantemente. El desarrollo de la producción es la
base del
desarrollo de la
sociedad y conduce al
cambio de todo el régimen social. Los cambios de la
producción
arrancan siempre de
los cambios operados en las fuerzas productivas, como su
elemento más revolucionario. Y,
a su vez,
los cambios de las fuerzas productivas arrancan de los operados en
los instrumentos de
trabajo. El desarrollo de las
fuerzas productivas provoca inevitablemente y en consonancia con ello los
cambios en cuanto a las relaciones de producción.
La obligada correspondencia de las relaciones de
producción con el
carácter de las
fuerzas productivas constituye una ley económica de la sociedad. Y las
nuevas relaciones de producción son el factor fundamental y decisivo del
desarrollo de las fuerzas productivas.
El conflicto entre las nuevas fuerzas productivas y
las relaciones de producción ya caducas es la base
económica de las revoluciones sociales.
Las leyes que rigen el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones
de producción nos dan
la clave para
comprender todo el desarrollo
social. De aquí que la primordial tarea de la ciencia social
consista en el estudio de las leyes económicas.
El
partido marxista basa
su programa, su estrategia y su táctica, toda su actividad, no en los
buenos deseos de éstas o las otras personas, ni en
los principios abstractos, sino, ante
todo, en las leyes
económicas, en las leyes que rigen el
desarrollo de las fuerzas productivas y
de las relaciones de producción. El prototipo del partido marxista, cuya
política se basa
íntegramente en el estudio y en la audaz
aplicación de las
leyes económicas, es el
Partido Comunista de la Unión Soviética.
CAPÍTULO IV. BASE Y SUPRAESTRUCTURA DE LA SOCIEDAD.
1. Significación del problema.
En los capítulos
anteriores se ha
explicado el
papel determinante que el modo de producción
desempeña en el
origen de las
ideas sociales e
instituciones
correspondientes. En el
presente
capítulo se aborda esta cuestión en forma más
concreta; es decir, se examinará de qué manera el modo de producción y qué
aspecto particular de éste determina la transformación de las ideas sociales e
instituciones correspondientes. En
otras palabras, este capítulo
esclarece cuál es la función de las relaciones económicas, como base de la
sociedad, en la transformación y
desarrollo de las
congruentes ideas sociales e instituciones políticas, jurídicas, etc.,
que constituyen la supraestructura erigida sobre esa base. Se ponen en claro,
asimismo, las relaciones mutuas que en el proceso del desarrollo social se
establecen entre la base y la supraestructura. Ya en sus primeros
trabajos sobre la
concepción materialista de la historia, en La ideología alemana, en la
Miseria de la filosofía, en el Manifiesto del Partido Comunista, etc., Marx y
Engels crearon la teoría de la base y la supraestructura. En ellos, demostraron
que el desarrollo económico de la sociedad condiciona el desarrollo político y
espiritual y que, al cambiar el régimen económico, sus formas de propiedad,
cambian también la conciencia de los hombres, sus ideas, teorías y opiniones
sociales, sus instituciones y su régimen político. En El Dieciocho Brumario de
Luis Bonaparte, Marx escribió: "Sobre las diversas formas de propiedad,
sobre las condiciones sociales de existencia, se levanta toda una superestructura de
sentimientos, ilusiones, modos de
pensar y concepciones de vida diversos y
plasmados de un modo peculiar".64
En el prólogo a su libro Contribución a la crítica
de la
Economía política, Marx
expuso, sumariamente, las tesis fundamentales sobre la base y la
supraestructura y sobre sus relaciones mutuas, señalando que el conjunto de las
relaciones de producción, que corresponden a determinada fase de desarrollo de
las fuerzas productivas, forma "la estructura económica
de la sociedad,
la base real sobre la que se levanta la
superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas
64 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. I, pág.
247, ed. española. Moscú, 1951.
de conciencia social".65
Las
tesis de Marx
sobre la base
y la supraestructura se
desprenden de la
solución
dialéctica materialista dada al problema de las
relaciones entre la conciencia social y el ser social.
Estas tesis vienen a demostrar que es precisamente
el modo de producción,
que forma la
base del ser social, lo que condiciona el desarrollo
de las ideas
políticas,
jurídicas, filosóficas, religiosas,
etc., a través del sistema de
relaciones de producción. En
épocas de revolución social, al cambiar la base
económica de la sociedad, se transforma, con mayor o menor
rapidez, toda la
inmensa supraestructura
social. Cuando se estudian las transformaciones
sociales, hay que distinguir los cambios materiales
operados en las condiciones económicas de producción
de los que se producen en las ideas jurídicas, políticas, religiosas,
artísticas y filosóficas,
es
decir, de las
formas ideológicas en
que los hombres que luchan por
resolver el conflicto entre las
fuerzas productivas y las relaciones de producción
cobran conciencia de
él. Las formas
ideológicas
reflejan
la vida material
de la sociedad,
y su desarrollo sólo puede
explicarse por el de las condiciones de vida material de ésta.
Engels, al esclarecer las tesis del materialismo
histórico acerca de
la base y
la supraestructura,
señala que "la estructura económica de la
sociedad, en cada momento histórico, era el cimiento real sobre el que se
erigía luego, en última instancia, todo el
edificio de las instituciones jurídicas y políticas,
de la ideología religiosa, filosofía, etc., de cada período histórico".66
Lenin señala también que la idea cardinal del
materialismo marxista, aplicada al estudio de las relaciones sociales, es la de
que "las relaciones sociales se dividen en materiales e ideológicas. Las
últimas sólo constituyen la supraestructura de las primeras, las cuales se van
formando al margen de la voluntad y de la conciencia del hombre, como
(resultado) forma de las actividades del hombre dirigidas a asegurar su
existencia".67 Las relaciones
65 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. I, págs.
333, ed. española. Moscú, 1951.
66 F. Engels,
Anti-Dühring, trad. W. Roces, ed. Cenit. Madrid,
1932, pág. 13.
67 V. I.
Lenin, "¿Quiénes son los "amigos del pueblo" y cómo
económicas son relaciones materiales, primarias,
básicas, en tanto que las ideológicas son relaciones derivadas de aquéllas.
Los
filósofos, sociólogos y
economistas burgueses, en contraposición a
los hechos, se
empeñan en deducir las relaciones económicas de la
conciencia y la voluntad de los hombres. Según sus
teorías anticientíficas, idealistas,
no son las relaciones económicas las que determinan
las ideas políticas, jurídicas, etc., y las correspondientes instituciones,
sino que son por el contrario estas ideas e instituciones las que determinan el
régimen económico de la sociedad. Pero la historia de la sociedad desmiente las
teorías idealistas y confirma la justeza de la teoría marxista de la base y la
supraestructura. Los hechos atestiguan que el desarrollo económico de la
sociedad determina el desarrollo político y espiritual, y no a la inversa.
Las relaciones económicas son primarias; existen y
se desarrollan independientemente de la conciencia
y la voluntad
de los hombres
y determinan su
conciencia y su voluntad. Las formas político-
jurídicas y las relaciones ideológicas reflejan las relaciones de producción,
que constituyen la base de la sociedad.
La teoría marxista de la base y la supraestructura
nos suministra el hilo conductor para el estudio de
todo el conjunto
de las relaciones
sociales. Esta
teoría pone en evidencia la inconsistencia
científica de todas las teorías idealistas posibles acerca de la
sociedad.
2. Definición de la base y la supraestructura. Leyes
que rigen su desarrollo y sus cambios.
La base es el sistema económico de la sociedad en
una etapa dada
de su desarrollo.68 Toda formación
social tiene su propia base económica, es
decir, sus relaciones de producción. La base está
formada: a) por las formas de propiedad sobre los medios de producción; b) por
el lugar que ocupan los distintos grupos sociales en el sistema de producción y
sus relaciones mutuas, lo que se deriva de la forma de propiedad; c) por las
formas de distribución de los productos,
que dependen totalmente de las formas que la propiedad adopte. La base
tendrá distinto carácter según quién disponga de los medios de producción; será
antagónica, si los medios de producción están en manos de particulares, grupos
o clases que se valen de ellos para explotar a otras personas, grupos
o clases; no
lo será, si
dichos medios están a la disposición de toda la sociedad.
En las sociedades esclavista, feudal y capitalista,
la base tiene un carácter antagónico, ya que se asienta en la
propiedad privada sobre
los medios de
luchan
contra los
socialdemócratas?", Obras escogidas,
t. I., pág. 106, ed. española.
Moscú, 1948.
68 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, págs.
5-6. ed. española. Moscú. 1955.
producción, en relaciones de dominación y
subordinación, en la explotación de una parte de la sociedad por otra. Aquí
tiene sus raíces el antagonismo de clases en los regímenes esclavista, feudal y
capitalista, antagonismo que se manifiesta en todos los campos de la vida
material y espiritual de la sociedad.
Cada base de la sociedad tiene su propia historia.
La historia del desarrollo y sustitución de las distintas
bases
es también la
historia del desarrollo
y sustitución de los
diferentes tipos de
relaciones
productivas. Las leyes que rigen el desarrollo de
esas relaciones, que constituyen la base de las diversas formaciones, han sido
ya explicadas al estudiar el
desarrollo dialéctico de las fuerzas productivas y
de las relaciones de producción.
La función de la base estriba en servir
económicamente a la sociedad. La base, es decir, el conjunto de las relaciones
de producción, contribuye
a que se
desenvuelvan las fuerzas
productivas en tanto que
dichas relaciones no
envejecen ni se
convierten en un freno, en un obstáculo para el
desarrollo de las fuerzas productivas. La nueva base, que sustituye a la vieja,
representa un tipo más alto y
avanzado
de relaciones de
producción, y abre mayores
posibilidades de desarrollo
a las fuerzas
productivas que la base anterior, la base vieja. La
base engendra la supraestructura que le corresponde y determina sus
transformaciones, su desarrollo.
"La superestructura -dice J. V. Stalin- la
constituyen las concepciones políticas,
jurídicas,
religiosas, artísticas y filosóficas de la sociedad
y las instituciones políticas, jurídicas,
etc., que les
corresponden.
"Toda base tiene la superestructura
correspondiente. La base del régimen feudal tiene su
superestructura, sus concepciones políticas,
jurídicas, etc., y las instituciones que les corresponden; la base
capitalista tiene su superestructura, y la
socialista, la suya. Si se
modifica o se
destruye la base,
se modifica o se
destruye a continuación su
superestructura; si nace una nueva base, nace a
continuación la superestructura correspondiente".69
La función de la supraestructura consiste en servir
a la
sociedad con sus
concepciones políticas,
jurídicas, estéticas, etc.,
y las instituciones
correspondientes.
Tanto la base como la supraestructura tienen un
carácter histórico, transitorio. La
base y la
correspondiente supraestructura viven y operan sólo
a lo largo de un determinado período histórico. Cada
supraestructura social vive y actúa durante el mismo
período
histórico en que
vive y actúa
la base
económica que la ha engendrado, y se modifica y
destruye al modificarse la base de la sociedad dada.
La teoría marxista de la base y la supraestructura
69 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, págs.
5-6. ed. española. Moscú. 1955.
demuestra que, en una sociedad dividida en clases,
la supraestructura tiene carácter de clase. Cada clase posee sus propias
concepciones políticas, jurídicas, morales, artísticas, filosóficas, etc.
La misma clase que domina en la producción material,
ejerce su dominio en la vida espiritual; ello se debe a que tiene a su servicio
la parte fundamental de los hombres dedicados al trabajo físico y a que dispone
de las instituciones ideológicas y de los medios materiales de propaganda y
difusión de las ideas. En consonancia con sus propias concepciones, que
expresan a su vez sus intereses de clase, la clase dominante crea las
instituciones estatales, jurídicas, etc., con el fin de defender sus propios intereses
y aplastar a las clases enemigas.
Los cambios operados en las relaciones económicas,
es decir, en la posición social de los
hombres,
de las clases,
acarrean inevitablemente
cambios en la conciencia humana, determinan la
aparición de nuevas concepciones, ideas y teorías. La
supraestructura
se modifica, con
mayor o menor
rapidez, al modificarse la base, pero los cambios
que se operan en la base obedecen, en última instancia, al desarrollo de las
fuerzas productivas de la sociedad.
El nacimiento de la base capitalista en el seno de
la sociedad feudal
condujo, en su
tiempo, a que
desaparecieran la base feudal y la supraestructura
correspondiente y a
que la supraestructura feudal fuera desplazada por la capitalista.
La base y la supraestructura se modifican no sólo al
pasar de una formación social a otra, sino también
dentro de los marcos de una y la misma formación.
Lenin ha demostrado, por
ejemplo, que la
centralización y concentración de la producción
capitalista engendraron el capitalismo monopolista, que constituye la
esencia económica del
imperialismo.
El desarrollo de
las fuerzas productivas de
la sociedad capitalista
provocó
profundos cambios en su base económica tales como
la aparición de
los monopolios, la
posición dominante de éstos
en la economía,
etc.; y estos
cambios determinaron, a su vez, las modificaciones
correspondientes en la
supraestructura capitalista,
recrudeciéndose con ello la reacción de la burguesía
en toda la línea, tanto en el aspecto político como en el ideológico. La
democracia burguesa, forma de la
dictadura
de la burguesía,
supraestructura política que corresponde
a la época de la libre concurrencia,
degenera cada vez más, para convertirse en simple
fachada que oculta la dictadura de un puñado de magnates del capitalismo
monopolista, o dejar paso a
la
dictadura terrorista de
la burguesía imperialista bajo la forma de! fascismo.
Todo el desarrollo de la sociedad, incluyendo el de
la supraestructura, está determinado en última instancia, pero
sólo en última
instancia, por el
desarrollo de las fuerzas productivas.
"La superestructura -dice Stalin- no está ligada
directamente
a la producción,
a la actividad productora del hombre. Está ligada
a la producción sólo de modo indirecto, a través de la economía, a través de la base.
Por eso, la
superestructura no refleja los
cambios en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas inmediata y
directamente, sino después de los cambios en la base, por refracción de los
cambios de la producción en los cambios de la base".70
El marxismo nos enseña que, en el desarrollo de
elementos aislados de la supraestructura, influyen otros elementos de ésta, así
como toda la supraestructura en su conjunto. Cada elemento supraestructural
sufre, en su desarrollo, el influjo de toda la lucha ideológica y política, que
es, a su vez, reflejo de la lucha entre las fuerzas y clases reaccionarias, de
una parte, y de otra, las fuerzas y clases progresistas de la sociedad. Las
concepciones filosóficas, por ejemplo, se ven influidas, en su desarrollo, por
las concepciones políticas, jurídicas, morales, estéticas e influyen, a su vez,
sobre todas estas formas ideológicas. La filosofía materialista se desarrolla,
directamente, con los éxitos del progreso científico, en lucha contra la
religión y el idealismo, pero, por su parte, ejerce una influencia activa sobre
el desarrollo de la ciencia, contribuyendo a desplazar y superar la religión.
Los marxistas vulgares y los simplificadores del
marxismo hacen caso
omiso de estos
rasgos
específicos del desarrollo ideológico y se empeñan
en deducir, directamente, todo cambio operado en la
ideología
-las concepciones filosóficas
o estéticas, por ejemplo- de los
cambios que se producen en las
relaciones económicas, o incluso, en la producción,
en la técnica. Lenin puso al descubierto el marxismo vulgar de Shuliatikov, que
se empeñaba en "deducir"
de la técnica, de la estructura económica de la
manufactura capitalista, de
las relaciones entre
proletariado y burguesía, todos los conceptos y
tesis de la filosofía burguesa, "sin excepción". Este autor afanábase
en demostrar que todos los conceptos de la
filosofía burguesa sirven solamente para
"designar" las clases y
los grupos sociales,
así como las
relaciones mutuas entre ellos. Según él, los
conceptos de "cuerpo" y "espíritu", por ejemplo, designan a
los "ejecutores" y "organizadores"; el
de "materia"
designa
al proletariado, en
tanto que los
de
"movimiento", "energía", "espíritu", "dios", se refieren
al "organizador", al
capitalista. Para
Shuliatikov, "el dios de Leibnitz es el
propietario de
una empresa modelo y, además, un excelente
organizador". Lenin calificó el libro de este marxista
vulgar com.
o "ejemplo de
una inconmensurable
trivialización
del materialismo", como
una "caricatura de la concepción materialista de la
historia". La verdad
es que estos
conceptos
70 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
10. ed. española. Moscú. 1955.
filosóficos empleados tanto por la filosofía
idealista como por la materialista, fueron acuñados hace ya más de
dos mil años,
por filósofos de
diferentes clases sociales y no "designan" la estructura de
clase de la sociedad, sino que expresan una determinada concepción de la
realidad, así como las relaciones entre la conciencia y el mundo objetivo. Es
cierto que los ideólogos de las clases avanzadas o de las reaccionarias
expresan, al abordar los problemas filosóficos, determinados intereses, una determinada
concepción del mundo, la lucha de clases, pero ello no quiere decir, en modo
alguno, que el contenido objetivo de los conceptos filosóficos
"materia", "movimiento", etc., desaparezca.
Todo
elemento de la
supraestructura refleja, directa
o indirectamente, los cambios operados en la base, pero los refleja de una
manera específica, ya que su desarrollo
se rige por leyes
también específicas. Los nuevos sistemas jurídicos, morales,
filosóficos, políticos, las nuevas concepciones religiosas, estéticas, el arte,
no nacen en el vacío, no surgen "de la nada" sino vinculados a
elementos ideológicos anteriores, asimilando estos elementos, sometiéndolos a
una reelaboración y superándolos. Los elementos ideológicos acumulados se
utilizan de acuerdo con los intereses de las fuerzas y clases sociales a las
que sirven de instrumento de lucha. La transformación radical de la
supraestructura, su destrucción cuando caduca y su sustitución por otra nueva
no excluyen cierta continuidad en el desarrollo de elementos sueltos de la
supraestructura y una relativa autonomía en su desenvolvimiento. Esta
continuidad y relativa autonomía se manifiestan en el desarrollo de todas las
formas ideológicas y de algunas instituciones, que forman parte de la
supraestructura. La burguesía, por ejemplo, no destruyó el aparato represivo
del Estado, creado bajo el régimen feudal,
sino que lo
conservó y perfeccionó,
adaptándolo a sus necesidades e intereses.
La destrucción de la vieja supraestructura y la
creación de otra nueva, que se opera con el paso de
un
régimen económico a
otro, significan una
transformación
radical de la
supraestructura, un cambio cualitativo
de su contenido y del carácter de su
actividad. Al transformarse
la base económica, cambia más temprano o más tarde la
supraestructura; sin embargo, ciertos elementos aislados de la vieja
supraestructura no desaparecen de un modo
inmediato, sino que
pueden subsistir por
algún tiempo, como vestigios o restos de lo viejo en la nueva sociedad.
Jamás se han
dado formaciones sociales puras,
ya que en la sociedad suelen coexistir los restos de la vieja base y los
gérmenes de la nueva. Por ello, entre los fenómenos de orden
supraestructural, que aparecen en una sociedad dada, hay que distinguir las
ideas e instituciones siguientes: a) las creadas por el régimen
económico
dominante en la sociedad;
b) las que han quedado en pie del régimen económico
anterior, agonizante;
c) las creadas por las nuevas relaciones
económicas, que nacen en la entraña del viejo
régimen. En toda sociedad, se libra, tanto en la base como en la
supraestructura, una lucha entre los fenómenos viejos y los nuevos; tal es la
ley general del desarrollo de toda sociedad.
En las sociedades antagónicas, la sustitución de la
base y la supraestructura se lleva a cabo mediante un proceso de lucha de
clases. Esta lucha conduce a la revolución social, cuando la modificación
gradual de la base y la supraestructura deja paso a una transformación
revolucionaria, violenta, cuando al desarrollo espontáneo sucede la actividad
consciente, la lucha de las fuerzas y clases avanzadas, revolucionarias.
"Es precisamente en esos períodos - subraya Lenin- cuando se manifiesta
con la mayor fuerza el papel directo que desempeñan las distintas clases en la
determinación de las formas de la vida social y se ponen los cimientos de la
supraestructura política, que después habrá de mantenerse durante largo tiempo,
sobre la base de las nuevas relaciones de producción".71
Al crear su teoría de la base y la supraestructura,
era natural que Marx y Engels prestaran particular
atención al estudio de la base y la supraestructura
del
capitalismo, la última
formación social antagónica. No
se limitaron a
mostrarnos el
"esqueleto" de
la sociedad burguesa,
es decir, sus
relaciones de producción, sino que nos presentaron
la formación social capitalista como algo vivo, "con los diversos aspectos
de la vida cotidiana, con las manifestaciones
sociales efectivas del
antagonismo de clases propio de las relaciones de producción, con su
superestructura política burguesa destinada a salvaguardar el
dominio de la
clase de los capitalistas, con sus ideas burguesas de
libertad, igualdad, etc., con sus relaciones familiares burguesas".72
La base económica del capitalismo se caracteriza por
la propiedad capitalista sobre los medios de producción. Las relaciones de
producción de la sociedad capitalista tienen el carácter de relaciones
antagónicas entre dos clases irreconciliablemente hostiles, de relaciones de
explotación del proletariado por la burguesía, que provocan, inevitablemente,
la lucha de clases entre ellos.
Sobre la base económica del capitalismo, se ha
erigido la supraestructora correspondiente. Forman
parte de ella las concepciones y teorías políticas y
jurídicas burguesas, dominantes
en la sociedad
71 V. I. Lenin. "Contra el boicot", Obras
completas, t. XIII, pág.
22, 4ª ed. rusa.
72 V. I.
Lenin, "¿Quiénes son los "amigos del pueblo" y cómo luchan
contra los socialdemócratas?" Obras escogidas, t. I, pág.
96, ed. española. Moscú, 1948.
capitalista; la filosofía, la moral burguesas y el
arte de la burguesía, así como las instituciones con ellas congruentes; y aquí
figuran también el Estado y el derecho burgués, con sus fuerzas represivas,
tribunales, cárceles, ejércitos,
servicio de inteligencia, y
democracia burguesa que, en nuestros días degenera cada vez más en fascismo; y
de ella forman parte, igualmente, los partidos políticos burgueses y otras
organizaciones sociales de la clase dominante, junto con la prensa burguesa, el
radio, el cine, el teatro y la Iglesia. Todas estas instituciones y
organizaciones imponen la ideología burguesa a la sociedad, a los trabajadores,
defienden el régimen burgués, la propiedad y la dominación de los capitalistas,
a la par que, en manos de éstos, sirven de instrumentos para ejercer la
violencia, para aplastar y oprimir a las masas trabajadoras.
En contraposición a la ideología burguesa, la clase
obrera crea, por medio de sus propios ideólogos, su
ideología
socialista, que expresa
su situación de clase, sus intereses y objetivos. La clase
obrera crea
su propio partido, el partido revolucionario,
marxista, así como otras organizaciones, con el fin de luchar contra el
capitalismo, contra la base capitalista y su
supraestructura.
Desarrollando el marxismo y aplicándolo a la
época del imperialismo y de las
revoluciones
proletarias, Lenin y su discípulo Stalin impulsaron
y
desarrollaron la teoría marxista de la base y la
supraestructura, y pusieron de manifiesto de un modo
muy concreto qué cambios se operan en la base y la
supraestructura del capitalismo en el período del
imperialismo y, de modo particular, en el de la crisis general del sistema
capitalista; y mostraron, al mismo tiempo, cómo la revolución proletaria
destruye la supraestructura burguesa y la base capitalista, a la par que crea
la base socialista y la supraestructura correspondiente.
3.
Acción mutua entre
la base y la
supraestructura. Función activa de la
supraestructura.
La
supraestructura, engendrada por
la base, no
permanece inactiva, no se muestra indiferente a la
suerte de su base, a la suerte de las clases que existen y luchan en el seno de
la sociedad. Una vez que ha surgido,
la supraestructura "se
convierte en una fuerza activa inmensa, coadyuva
activamente a que su base tome cuerpo y se afiance y adopta todas las medidas
necesarias para ayudar al nuevo régimen a rematar y destruir la vieja base y
las viejas clases".73
Destaca en forma muy acusada la función que
desempeñan la lucha base, las nuevas concepciones sociales, las nuevas
instituciones políticas, el nuevo Poder, el Poder revolucionario, llamados a
barrer por la fuerza, durante la revolución, las viejas relaciones
de producción. Así, por ejemplo, la ideología
socialista, marxista, y el Estado socialista soviético, sirviendo a la sociedad
con las concepciones científicas más avanzadas, más progresivas y
revolucionarias y con las instituciones correspondientes, han contribuido
activamente a que tome cuerpo, se cree y afiance el régimen económico
socialista y sea destruido el sistema capitalista.
Los enemigos y vulgarizadores del marxismo han
tergiversado la teoría
marxista de la
base y la
supraestructura, llevándola tanto por los derroteros
del llamado materialismo económico, como por los del
voluntarismo y el idealismo subjetivo. Los revisionistas, comenzando por
Bernstein, atribuyen al marxismo la negación del papel activo de las ideas y
las instituciones supraestructurales, velan el carácter de clase de éstas en la
sociedad dividida en clases, etc.
Según la concepción materialista de la historia, la
economía constituye el
factor determinante del
desarrollo, pero no es en modo alguno el único
factor
activo. El régimen político, las formas del Poder
estatal y otros elementos de la supraestructura aparecen como resultado de la
lucha de clases y están condicionados por el desarrollo económico; pero una vez
que surgen, influyen, a su vez, sobre este desarrollo. "¿Por
qué íbamos a
luchar por la dictadura política
del proletariado, si
el Poder político fuese
impotente en el
orden económico?
¡También la violencia (es decir, el Poder del
Estado)
es una potencia económica!",74 subraya Engels.
El Poder político, basándose en las leyes objetivas
y en las condiciones del desarrollo económico, puede contribuir a que se
desarrollen unas formas económicas y puede también entorpecer el desarrollo de
otras. Puede contribuir a que la economía marche en una dirección progresiva y
acelerar así su desarrollo. Esta es
precisamente la función
que cumple el Poder revolucionario del proletariado, contribuyendo a que
se cree una economía socialista y se destruya la capitalista. Un Poder político
reaccionario puede oponer obstáculos al desarrollo de las fuerzas productivas,
frenarlo, causar un daño inmenso a toda la sociedad, como hacen, en la
actualidad, todos los
gobiernos burgueses en los
países capitalistas. Pero
el Poder político,
en este caso, se hundirá tarde o
temprano, barrido por las fuerzas progresivas del desarrollo económico y
político de la sociedad.
La economía y la política no son dos factores del
mismo rango, independientes entre sí, como suponen
los diversos eclécticos, los idealistas y enemigos
del marxismo. La acción mutua entre la economía y la
política se opera entre dos fuerzas desiguales, ya
que la economía determina, en última instancia, el desarrollo de
la política. Pero
de esto no
puede
73 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
7, ed. española. Moscú, 1955
74 C. Marx,
F. Engels, Ansgewählte Briefe, Zúrich, 1934. pág.
382.
deducirse,
en modo alguno,
que la política desempeñe un
papel de segundo
orden, insignificante, como sostienen los oportunistas.
La política, nos dice Lenin, es la expresión
concentrada, la síntesis
y la culminación
de la
economía.
La supraestructura política
expresa la
dominación de determinada clase en la sociedad y,
consiguientemente, la dominación de determinadas relaciones de producción, de
determinadas relaciones económicas.
En la lucha sostenida por él contra los
"economistas" y otros vulgarizadores del
marxismo, Lenin nos enseñó que el proletariado sólo puede resolver sus tareas
económicas fundamentales y construir el socialismo después de haber instaurado
su propio Poder político y utilizando su Poder estatal para destruir la base
económica capitalista y crear la socialista. Para llevar a cabo la liberación
económica de los trabajadores, el proletariado, apoyándose en su alianza con
los campesinos, debe primero conquistar, conservar y
fortalecer su propio
Poder político y crear una economía socialista. Por lo
tanto, el proletariado debe abordar también las tareas económicas ante todo,
políticamente, con la vista puesta en el fortalecimiento de su propio Poder,
pues de otro modo no podría resolver tampoco sus tareas económicas. En esto
reside la esencia de la fórmula leninista de la primacía de la política sobre
la economía.
Los clásicos marxistas-leninistas han luchado
siempre contra la concepción idealista, voluntarista, de la función de la
política, de la supraestructura política, del papel de la conciencia, de la
voluntad, etc., y subrayan que el Partido Comunista, en su política, en toda su
actuación, debe apoyarse en las leyes objetivas del desarrollo social, en las
leyes de la economía, de la lucha de clases y de la revolución.
La creación de la base socialista, por imponerlo
así la
necesidad, sólo comienza
después de haber
sido derrocado el Poder de la burguesía y de haberse
instaurado el nuevo Poder, el Poder revolucionario,
la dictadura del proletariado. La instauración de este
nuevo Poder es sólo el comienzo de la revolución
socialista. Impulsando la revolución hacia adelante,
la clase obrera se vale del poder conquistado para destruir la base capitalista
y crear una nueva base, la base
socialista. De este
rasgo peculiar de
la revolución socialista, que la distingue radicalmente de la revolución
burguesa, se desprende la función especial de la supraestructura socialista,
del Estado socialista, en la creación, el desarrollo y el fortalecimiento de
su propia base,
de la base socialista. El nuevo Poder, el Poder
revolucionario, tiene que abordar la edificación de la nueva base sin que
exista todavía ningún tipo de economía socialista y asegurar su victoria sobre
la base capitalista.
La clase obrera y los campesinos trabajadores,
apoyándose en su
propio Poder, en
el Poder
soviético, pudieron llevar a cabo esta tarea, no
contra las leyes objetivas del desarrollo social, sino en plena consonancia con
ellas, basándose en estas leyes. El pueblo soviético, al crear la base
socialista y destruir la base capitalista, se valió, ante todo, de la ley de la
obligada correspondencia del carácter de las relaciones de producción con el
estado de las fuerzas productivas. Se apoyó, igualmente, en la ley que
expresa el papel
determinante del modo
de producción en el desarrollo social, en el paso de un régimen social a
otro; y se aprovechó asimismo, de las ventajas de la gran industria, de su
papel rector en el fomento de toda la economía nacional, así como de la superioridad
del sistema económico
socialista sobre el capitalista.
Después de llevar a cabo la expropiación de los
terratenientes y capitalistas, el Poder soviético contó
en seguida con su propia base económica, mediante
la nacionalización de la gran industria, los bancos,
la tierra, el transporte,
el monopolio del
comercio
exterior, etc. La nacionalización de la gran
industria
inició la creación de la base socialista; la
industrialización socialista del país sentó las premisas económicas y creó las
palancas necesarias para la transformación socialista de la agricultura.
En la agricultura, donde predominaba la pequeña
hacienda campesina, desperdigada,
individual, el
Poder soviético no pudo crearse, de pronto, una base
económica suficiente en forma de gran producción
socialista. Los sovjóses, arteles y comunas, creados
en los primeros años del Poder soviético, eran un
número limitado de islotes socialistas perdidos en
el océano de las pequeñas haciendas campesinas. Aquí radicaba la especial
dificultad de la edificación socialista en la U.R.S.S.
Al edificar la sociedad socialista, la clase obrera
se apoya igualmente en la ley objetiva que expresa el
papel
determinante de la
base con relación
a la
supraestructura.
El Partido Comunista,
al fundamentar el paso a la política de colectivización de las haciendas
campesinas, señaló, más de una vez, que el Poder soviético y la edificación
socialista no podían asentarse durante
largo tiempo, sobre
dos bases económicas diferentes: la gran industria socialista y la
pequeña hacienda campesina, desperdigada, individual. Era necesario proceder a
la transformación socialista de la agricultura, articular ésta con la industria
socialista y construir el sólido cimiento económico único del socialismo.
En su lucha contra los numerosos enemigos del
socialismo dentro del
país y contra
el cerco
capitalista, el Poder soviético no habría podido
sostenerse no ya treinta y nueve años, pero ni un solo
minuto, si no hubiera expropiado inmediatamente a
los terratenientes y
capitalistas, si no
se hubiera creado su propia base
con la nacionalización de la
industria, las tierras, los bancos y el transporte y
con el monopolio del
comercio exterior. El
Poder
soviético pudo consolidarse gracias a que amplió,
desarrolló y fortaleció de un modo constante e inquebrantable su propia base
económica, es decir, el sistema socialista de la economía, y la propiedad
social sobre los medios de producción; gracias a que limitó con toda firmeza,
desplazó y, por último, liquidó completamente a los elementos capitalistas de
la economía.
La clase obrera, dirigida por el Partido
Comunista, se valió, hasta el fin, de la función
activa, creadora, revolucionaria del
Estado soviético y de
toda la supraestructura socialista en la edificación de la base socialista,
actuando en consonancia con las leyes objetivas del desarrollo social. Las
leyes objetivas del desarrollo económico, de la lucha de clases y de la
revolución imponían al Partido y al Poder soviético una determinada política
económica.
El Poder soviético y la supraestructura soviética en
su conjunto crecían, se desarrollaban y fortalecían
a medida que iba creciendo, desarrollándose y
fortaleciéndose la base
socialista. La radical
transformación de la economía soviética, operada
como resultado de la victoria del socialismo, provocó también una
transformación radical de la estructura
de clase, de la correlación de clases, de la
naturaleza misma de la
clase obrera, de
los campesinos e
intelectuales. En consonancia con estos cambios, se
produjeron también cambios en la supraestructura política soviética; se
modificaron las tareas,
funciones y forma del Estado soviético, todo lo cual
encontró expresión y
sanción en la
nueva
Constitución
de la U.R.S.S.
Así se manifiesta
la acción de la ley del papel determinante de la base con
relación a la supraestructura.
"En el curso de los treinta años últimos, en
Rusia ha sido destruida la vieja base, la base capitalista, y
construida una base nueva, una base socialista. En
consonancia, ha sido destruida la superestructura de
la base capitalista
y creada una
nueva superestructura, que corresponde a la base socialista. Por consiguiente,
las viejas instituciones
políticas,
jurídicas y otras han sido reemplazadas por
instituciones nuevas, por instituciones socialistas".75
Las relaciones socialistas de producción constituyen
la base de la sociedad socialista, ya construida en la U.R.S.S. y que se está
construyendo
en los países de democracia popular. Sobre esta base
se erige la supraestructura correspondiente, que sirve
a la sociedad socialista con las ideas e
instituciones más avanzadas.
En la sociedad socialista, dominan las
concepciones filosóficas, políticas, jurídicas,
morales y artísticas del marxismo-leninismo, y se han creado las instituciones
políticas, jurídicas y culturales correspondientes. Todo esto forma parte
también de la supraestructura socialista. En
ella figura,
75 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
6, ed. española. Moscú, 1955.
asimismo, el sistema de órganos estatales
soviéticos, de instituciones jurídicas, culturales, educativas, etc., entre
ellas la prensa, las escuelas, los clubes, teatros, cine, radio, bibliotecas y
museos. Todas estas instituciones, y cada una de ellas con sus propios medios,
educan a los miembros de la sociedad en el espíritu del
comunismo. Las ideas
e instituciones, que forman la
supraestructura socialista, sirven a la causa de la salvaguardia, defensa y
fortalecimiento de las bases económicas del socialismo, de la propiedad social
sobre los medios de producción.
Lo característico de estas instituciones reside,
ante todo, en que surgen y se crean en consonancia con la ideología científica
del partido marxista-leninista, que dirige y encauza las
fuerzas de la sociedad y del Estado socialistas. El Partido Comunista y su
concepción filosófica del mundo forman parte de la supraestructura de la
sociedad socialista. Ahora bien, el Partido Comunista nació y se creó todavía
en la entraña del capitalismo, en el desarrollo de la lucha de clase del
proletariado, sobre el cimiento granítico de la teoría marxista-leninista, como
organizador y guía del movimiento obrero revolucionario, como el forjador de la
victoria de la revolución proletaria, de la dictadura del proletariado y de la
edificación del socialismo y del comunismo.
El desarrollo ulterior de la base socialista, con el
paso del
socialismo al comunismo,
determina también el ulterior desarrollo de la supraestructura. Como ha
demostrado J. V. Stalin, este desarrollo no se opera en forma explosiva, como
sucede en la sociedad dividida en clases antagónicas, sino gradualmente. La
teoría marxista de la base y la supraestructura ha permitido fundamentar
científicamente la necesidad de fortalecer la supraestructura socialista y ha
permitido, asimismo, descubrir el papel activo que ésta desempeña en la
edificación del socialismo y del comunismo. La extinción del Estado socialista
sólo tendrá lugar cuando haya triunfado el comunismo en el mundo entero.
La victoria y el fortalecimiento del régimen
comunista conducirán también a la total desaparición de la religión y la
Iglesia, que aún siguen existiendo en
la primera fase
del comunismo en
la U.R.S.S. como vestigios
del capitalismo y de otras formaciones sociales que le
precedieron.
4. El modo de vida y la familia; sus relaciones con la base y la
supraestructura.
El materialismo histórico exige que se distingan
rigurosamente las relaciones primarias, materiales,
económicas, de las derivadas, es decir, de las ideológicas; que
se distingan los
fenómenos de la base de los de la supraestructura. Sin
embargo, en toda sociedad existen muchos fenómenos complejos, que encierran en
su seno elementos materiales e ideológicos, elementos básicos y
supraestructurales.
¿A qué tipo de fenómenos sociales pertenecen, por
ejemplo, las relaciones referentes al modo de vida y las relaciones
familiares? ¿Qué relación
guardan estos fenómenos con la base de la sociedad y con su
supraestructura?
Las relaciones referentes al modo de vida y las
que se
crean entre las
personas en el
seno de la
familia, se hallan orgánicamente vinculadas a todo
el
conjunto de condiciones de la vida material de los
hombres. La manera de vivir cambia de acuerdo con
los cambios operados en el modo de producción, que
constituye la fuerza determinante en el sistema de
todas las relaciones
sociales. En una
sociedad dividida en clases, el modo de vida de la población, así como
las relaciones propias de este modo de vida, reflejan el nivel de desarrollo de
la producción, las relaciones
económicas y las
relaciones entre las clases
en la sociedad
de que se
trate. Así, por ejemplo, la manera de vivir del campesino
siervo, sus ocupaciones, su vivienda, su alimentación, su vida cotidiana, se
distinguen radicalmente de la manera de vivir del terrateniente, de la del
proletario y del modo de vida del
burgués. En todas
las formaciones sociales en
que existe la
contraposición entre la ciudad y el campo, se distingue
radicalmente la manera de vivir de la población urbana del tipo de vida de la
población agrícola. El modo de vida de los trabajadores y las relaciones
propias de la vida en la sociedad socialista se diferencian, esencialmente, de
la manera de vivir bajo el capitalismo. Lenin y Stalin, desarrollando las tesis
de Marx y Engels, señalan también las peculiaridades nacionales del modo de
vida, condicionadas por
las peculiaridades geográficas e
históricas del desarrollo del modo de producción en
distintos países y
en diferentes pueblos.
Las relaciones referentes al modo de vida son
fenómenos de orden complejo. Su peculiaridad reside en el
hecho de que
las relaciones básicas, económicas, se hallan, como veremos
más adelante, estrechamente vinculadas y orgánicamente entrelazadas a los
fenómenos de la cultura, tanto la material como la espiritual, y a todo el
conjunto de condiciones de la vida social. Del modo de vida de los hombres
forman parte también las relaciones familiares.
La
familia, como célula
de la sociedad, comprende las
relaciones entre hombre y
mujer y entre padres e hijos.
Relaciones tanto materiales, económicas, como jurídicas, ideológicas y morales.
La familia cumple una función indispensable en la reproducción de una de las
condiciones más importantes de la vida social: la población. Los tipos de
familia están determinados por las relaciones económicas y cambian en
consonancia con los cambios operados en las formas de la propiedad.
La familia burguesa tiene como fundamento la
propiedad privada. Las
relaciones entre hombre
y
mujer y entre padres e hijos se desarrollan, en la
sociedad burguesa, bajo
la influencia de las
relaciones burguesas de propiedad, las cuales se regulan, a su vez, por las
relaciones jurídicas burguesas y por la ideología burguesa del lucro. La
familia de las
sociedades esclavista y
feudal, lo mismo que la de la
sociedad capitalista, se basa en la opresión, el avasallamiento y la
humillación de la mujer.
Al poner de manifiesto cómo el tipo de familia
depende del grado de desarrollo de la producción, decía Marx: "Partiendo
de un determinado grado de desarrollo de la producción, del comercio, del
consumo, tendremos la forma correspondiente de organización social, la forma
correspondiente de organización de la familia, de los estamentos o las clases;
en una palabra, la correspondiente sociedad civil".76 Marx llamaba sociedad civil al conjunto de
las relaciones materiales,
económicas, existentes entre los
hombres.
Marx ha demostrado que la gran industria capitalista
destruye, a la par que la base económica
feudal, las viejas relaciones familiares erigidas
sobre
ella, particularmente la familia patriarcal del
artesano y del campesino.
La gran industria
crea, de este
modo, las premisas de la familia proletaria, en la
que
la mujer, los adolescentes y niños de ambos sexos
son incorporados al proceso social de la producción fuera de
los marcos de
la economía doméstica, gracias a lo cual todos los
individuos integrantes de la familia se convierten en miembros iguales en
derechos.
La familia socialista se distingue radicalmente de
todos los tipos de familia basados en la propiedad
privada. Se desarrolla a base de la propiedad social
sobre los medios de producción, que excluyen la
explotación del hombre por el hombre, las relaciones
de
imperio y subordinación, la
opresión y la
desigualdad social entre los sexos. La familia
socialista se basa en relaciones de fraternal colaboración y de comprensión
mutua, socialista, entre el hombre y la mujer para la educación de los hijos.
Decía Lenin
que puede juzgarse del
carácter y nivel de una civilización
y una cultura por la posición que la mujer ocupa en la sociedad. Mientras que
en la sociedad basada en la propiedad privada y en la explotación, la mujer se
halla oprimida y carece de derechos iguales al hombre, en la sociedad
socialista es libre y goza de los mismos derechos en todos los órdenes de la
actividad social. En el socialismo, los fundamentales estímulos para la
fundación de una familia son, primordialmente, la atracción natural y el amor
individual, el cariño y afecto por los hijos, la preocupación por su educación;
es decir, relaciones auténticamente humanas, no deformadas por las relaciones
de la propiedad privada.
76 C. Marx, F. Engels, Ansgewählte Briefe, Zúrich,
1934. pág. 8.
En la sociedad socialista, la familia cumple la
función de velar por los hijos y por su educación; todavía conserva una parte
considerable de las funciones de la
vida doméstica, en
la atención prestada a sus
miembros; sólo en la fase superior del comunismo perderá estas funciones de
orden doméstico, al ser absorbidas casi enteramente por la sociedad.
Las relaciones familiares, en el socialismo, se
regulan por el
derecho socialista, que
protege los
derechos de los miembros de la familia, de la madre
y del niño. El régimen socialista ha equiparado en
derechos al hombre y a la mujer, no sólo a la obrera, sino también a la
campesina. El día de trabajo koljosiano pone a la koljosiana en pie de igualdad
con el hombre. "Ante el día de trabajo todos son iguales, hombres y
mujeres. Quien tenga más días de trabajo, ganará más. Ni el padre ni el marido
podrán ya reprochar a la mujer que la alimentan. Ahora, si trabaja, si tiene
días de trabajo, será dueña de sí misma". (Stalin).
En la primera fase del comunismo quedan todavía
vestigios del capitalismo en la manera de vivir y en las relaciones
familiares. En algunas
regiones del Este de la U.R.S.S.,
se conservan, incluso, supervivencias feudales, sobre todo en las relaciones
del hombre con la mujer. Para eliminar por completo esos vestigios, hay que
recorrer una serie de etapas de transformación económica y cultural de la
sociedad; se requiere, para ello, que el Partido Comunista y el Estado
soviético desplieguen una inmensa actividad educativo-cultural. La sociedad y
el Estado socialistas fortalecen la nueva familia, que interviene en el
cumplimiento de una tarea tan importante como es la educación comunista de la
nueva generación. Las relaciones de la familia socialista se guían por los
principios de la ideología socialista, de la moral comunista.
Por consiguiente, en la familia, como fenómeno
social complejo, se ponen de manifiesto tanto las relaciones materiales,
económicas, como las relaciones jurídicas, ideológicas y morales; en otras
palabras, la familia es un fenómeno que pertenece tanto a la base como a la
supraestructura.
5. La cultura, y su relación con la base y la
supraestructura.
¿Qué es la cultura? ¿Y qué relación guarda con la
producción, con la base y la supraestructura de la
sociedad?
Por cultura se entiende, en el sentido amplio de la
palabra, el conjunto de bienes y valores materiales
y espirituales creados por la humanidad en el proceso de su actividad práctica
histórico-social. Estos bienes y valores expresan el grado de dominio del
hombre sobre las fuerzas espontáneas de la naturaleza y de la sociedad. En la
cultura de toda formación social, hay que distinguir un aspecto material y otro
espiritual; es
decir, la cultura material y la espiritual. El
concepto de cultura, sin
embargo, suele emplearse
en el sentido más restringido de
cultura espiritual.
La cultura material se expresa y toma cuerpo en
valores materiales como la
técnica, los medios de
transporte
y de comunicación, los
edificios,
viviendas, etc. En este sentido se habla de la
historia de la cultura material. La cultura material expresa el nivel y
carácter de las fuerzas productivas de la sociedad, el nivel de desarrollo de
la producción material. En relación con esto, hablamos de la cultura de la
producción, de la cultura del trabajo, del nivel técnico-cultural del
trabajador de la producción, de su experiencia productiva, de sus hábitos de
trabajo, de su capacidad para asimilar y dirigir la técnica. La productividad
del trabajo del obrero depende del carácter de la técnica y de su nivel
técnico-cultural.
La cultura espiritual abarca el nivel de desarrollo
de los conocimientos, el grado de difusión de éstos
en la sociedad, entre la masa del pueblo, así como
el desarrollo de la instrucción, de la enseñanza, el nivel
de desarrollo de la ciencia, del arte, de la sanidad
pública, etc. .
El
fundamental creador de
todos los bienes
culturales son las masas trabajadoras, las cuales,
sin embargo, se ven privadas de estos bienes en toda sociedad basada en la
explotación.
El
carácter de una
cultura se determina
por el modo de
producción. En la
sociedad dividida en
clases, la cultura tiene carácter de clase en un
doble sentido: primero, en
el de que
la cultura de esa
sociedad encierra en su seno dos culturas distintas,
contrapuestas y hostiles entre sí; segundo, en el de
que incluso los elementos nacionales comunes de la
cultura son utilizados en forma distinta por las diferentes clases
sociales. En la
cultura de las
sociedades antagónicas, hay que distinguir la
cultura dominante de las clases explotadoras y los elementos
de la cultura de las clases oprimidas, explotadas.
En toda cultura nacional de la sociedad burguesa -nos dice Lenin-
hay dos culturas
nacionales, "existen,
aunque sea sin desarrollar, elementos de cultura
democrática y socialista, pues en cada
nación hay
una masa de trabajadores y explotados, cuyas
condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática
y socialista. Pero
en cada
nación existe asimismo una cultura burguesa (y por
añadidura, en la
mayoría de los
casos,
ultrarreaccionaria y clerical), con la
particularidad de que ésta no existe simplemente en forma de
"elementos", sino como cultura dominante."77.
El
carácter de clase
de la cultura
espiritual se expresa más
acusadamente en la
concepción del
mundo de las clases que forman o crean una cultura
77 V. I. Lenin, Notas críticas sobre la cuestión
nacional, pág. II, ed. española. Moscú, 1952. (Lenin tiene presentes aquí, las
naciones burguesas y su cultura espiritual y, especialmente, las bases
ideológicas de esta cultura.-Nota de la Redacción.)
dada.
El
carácter de clase
de la cultura
espiritual no puede concebirse
en forma simplista,
a la manera
idealista
subjetiva, tal como
la concebían los
partidarios del "Proletcult" o N. Y. Marr
y sus secuaces. Si la cultura -discurrían-, en la sociedad dividida en clases,
tiene un contenido de clase, el proletariado, para crear su propia cultura, la
cultura proletaria, debe echar por la borda toda la cultura anterior, creada
por la humanidad bajo el yugo de las sociedades esclavista, feudal y burguesa;
debería, por tanto, consecuentemente, desmontar las viejas líneas férreas,
"burguesas", y construir otras propias, "proletarias",
barrer con la ciencia burguesa, con la geometría "burguesa", etc.,
etc. Estas concepciones de la sociedad y su cultura son, evidentemente,
concepciones vulgares y simplistas, de un primitivismo anarquista. Como es
sabido, muchos de los elementos de la cultura material y espiritual
(instrumentos de producción, técnica, conquistas de las ciencias naturales,
etc.) pueden servir y servirán, durante largas épocas, a diferentes bases y
clases, aunque cada régimen social, cada clase, se sirva de ellos, de forma
distinta, en consonancia con sus propios fines y necesidades.
La
burguesía se sirve
de las conquistas
de la ciencia y de todos los
bienes culturales para explotar,
aplastar
y sojuzgar a
los trabajadores, para
inculcarles el individualismo burgués, la ideología
de la propiedad privada, el nacionalismo; todo ello, con
el fin de
mantener la dominación
burguesa. El
proletariado, por el contrario, se vale de la
cultura para liberar a los trabajadores de la opresión y explotación, y crea su
propia cultura, la cultura socialista, cuya mira es educar a las masas en el
espíritu del socialismo, del colectivismo y del internacionalismo proletario,
con el fin de prepararlas para la instauración y el fortalecimiento de la
dictadura del proletariado, para la edificación del socialismo y del comunismo.
La nueva cultura, la cultura socialista, no brota de
pronto, en el vacío. Los forjadores y constructores de
la nueva sociedad, de la sociedad comunista, tienen
que asimilar todo el acervo de la cultura anterior y
desarrollarlo e impulsarlo, sobre la base del nuevo régimen social. La clase
obrera y los campesinos trabajadores pueden crear y crean con éxito, tanto en
la U.R.S.S. como
en los países
de democracia popular, una nueva
cultura, la cultura socialista, asimilando y reelaborando críticamente cuánto
hay de valioso en la cultura anterior, en consonancia con sus propias
necesidades, con sus propios intereses y con las tareas de la edificación del
socialismo y del comunismo.
Las revoluciones llevadas a cabo en el proceso de
desarrollo de la sociedad y de la cultura, no excluyen,
en modo alguno, sino que, por el contrario,
presuponen nexos históricos
y una línea
de
continuidad en el desarrollo cultural. Y la base
material de estos nexos y de esta línea de continuidad son los nexos y la
continuidad que se dan en el desarrollo de las fuerzas productivas de la
sociedad.
En el curso de tres largas épocas de la historia de
la sociedad (esclavitud,
feudalismo y capitalismo), han
surgido y se han desarrollado, teniendo como base la propiedad privada sobre
los medios de producción y la
explotación del hombre
por el hombre, ciertas formas de
conciencia social y ciertos rasgos de la cultura, que deben desaparecer y
desaparecerán al ser abolidas la propiedad privada y la explotación del hombre
por el hombre. Al llevar a cabo la revolución socialista y construir la sociedad
comunista, la clase obrera se desembaraza de todo lo que hay de reaccionario en
la cultura, en la ciencia y en el arte creados por la humanidad bajo el yugo de
las sociedades esclavista, feudal y burguesa; pero, al mismo tiempo, la clase
obrera se apropia, hace suyo cuánto hay de positivo y valioso en la cultura, la
ciencia y el
arte heredados del
pasado. La clase obrera reelabora, desarrolla e impulsa
sobre la nueva base, sobre la
base socialista, la
gran herencia cultural del pasado
y crea un tipo superior de cultura, la
cultura socialista. J.
V. Stalin habla,
a este respecto, de la necesidad
de que las masas populares de todas las naciones se incorporen "a una
elevada cultura proletaria espiritual y material, bajo formas que correspondan
al modo de vida y a la fisonomía nacional de estas masas",78 es decir, bajo una forma nacional.
La expresión ideológica de la cultura socialista, su
fundamento teórico, es el marxismo-leninismo, la concepción filosófica
científica de la clase obrera,
que en la Unión Soviética se ha convertido en la ideología de todas las capas
de la sociedad, de todo el pueblo. El marxismo-leninismo, suma y compendio
de todo
el desarrollo anterior
de la filosofía,
la ciencia y la cultura, es la conquista más alta de la cultura.
La cultura socialista es una cultura auténticamente
popular, creada por
el pueblo y
al servicio del
pueblo.
Impregnada de un
verdadero humanismo,
hace que todos los miembros de la sociedad
desenvuelvan sus capacidades, en todos sus aspectos. Los hombres, los cuadros
que han sabido asimilarse la técnica y la ciencia son lo más valioso de la
sociedad socialista. Este humanismo se basa en las relaciones socialistas de
producción, que son relaciones de colaboración fraternal y ayuda mutua. La
cultura y la producción socialistas, como el régimen socialista en su
totalidad, tienen por fin el hombre y sus
necesidades. El humanismo
de la cultura socialista
se contrapone al
carácter antihumano de la ideología y cultura burguesas de nuestro
tiempo, sumidas en un estado de profunda decadencia y
descomposición,
precisamente por
78 J. V. Stalin, Obras completas. t. IV, pág. 383.
ed. española.
servir al podrido régimen burgués.
De lo que acabamos de decir puede deducirse la
relación que guardan algunos elementos de la cultura
con la producción, con la base y la supraestructura.
La cultura material forma parte de las condiciones
de vida material, de las fuerzas productivas de la sociedad. Los elementos y
medios de la cultura espiritual, como el cine, el teatro y la radio, a la par
que todas las concepciones sociales, la literatura y el arte, son fenómenos de
la supraestructura. Al destruirse la vieja base y su supraestructura y crearse
una nueva base y la supraestructura correspondiente, se modifica, de modo
sustancial, el contenido ideológico de la labor de todas las instituciones
culturales. Ahora bien, los elementos de la cultura espiritual, que sirven
directamente a la producción, como
las ciencias naturales
y la técnica,
pueden servir y sirven a bases y clases diferentes, tanto a las viejas
como a las nuevas. Las ciencias naturales reflejan las leyes que rigen el
desarrollo de la naturaleza, pero, al
mismo tiempo, contribuyen
a crear una concepción científica del mundo y se desarrollan a base de
una concepción del mundo determinada. Por tanto, las ciencias naturales están
directamente relacionadas, en su desarrollo, con la producción, con la base y
la supraestructura. Las ciencias sociales reflejan las leyes que rigen el
desarrollo de la sociedad, sirven a ésta con sus concepciones sociales y se
hallan, por tanto, directamente relacionadas con los cambios operados en la
base económica, en la supraestructura, así como con todo el conjunto de las
relaciones sociales, y sólo de un modo indirecto guardan relación con la
actividad productiva. Aunque las ciencias naturales y las sociales tengan sus
propias peculiaridades en su desarrollo, unas y otras cambian de acuerdo con
las leyes generales que rigen el desarrollo del conocimiento.
La nueva y más alta cultura, engendrada por un
régimen económico, nuevo y más progresivo, contribuye activamente, en su
conjunto, a que se afiance y venza, en forma definitiva, el nuevo régimen. Lenin
subraya especialmente en sus
trabajos que, para la victoria del socialismo, es necesario asimilar
críticamente toda la cultura del pasado
y crear, sobre
la base del
nuevo régimen social, una nueva
cultura, la cultura socialista. Sin una revolución cultural, sería imposible
instaurar un régimen cabal de cooperación en la agricultura.79 El mejoramiento del aparato administrativo y
estatal, la eliminación del burocratismo y la incorporación de las masas a una
participación activa y decisiva en la dirección del país exigen también la
elevación del nivel cultural de la población, y para ello se requiere cierta
base material, que en la U.R.S.S. ha sido ya creada con la victoria del
socialismo. Lenin señala
79 V. I. Lenin. Obras completas. t. XXXIII, págs.
434-435. 4ª ed. rusa.
que en materia
de cultura sólo
debe considerarse como alcanzado
lo que ya ha entrado en el modo de vida, en los hábitos de la gente. Hay que
procurar - nos dice- que la ciencia no sea un bagaje libresco, muerto, sino que
penetre "en la carne y en la sangre, y se convierta, de un modo pleno y
verdadero, en parte integrante del modo de vida".80
En nuestro país, se ha llevado a cabo una
revolución cultural, sobre
la base de
la
transformación política y económica. Esta revolución
significa la incorporación
de las grandes
masas
trabajadoras soviéticas a los campos del saber, la
ciencia y la cultura; significa, igualmente, el desarrollo de
la educación primaria,
general y
obligatoria, el desarrollo de la instrucción
obligatoria en los grados secundario y superior y la creación de
una nueva intelectualidad, de una intelectualidad
socialista; representa, por último, la creación de una nueva cultura, de una
cultura nacional por la forma y
socialista por el contenido, y la supresión de la
contraposición entre el trabajo físico y el intelectual.
6. El lenguaje,
como fenómeno de
la vida social.
Hay fenómenos sociales que no pertenecen ni a la
base ni a la supraestructura, pero que actúan en
todos o en casi todos los campos de la actividad humana.
Entre
estos fenómenos figura,
por ejemplo, el
lenguaje.
"La lengua -nos enseña J. V. Stalin- es el
medio, el instrumento con el que los hombres se relacionan, intercambian ideas
y logran entenderse unos a otros. Directamente
ligada al pensamiento, la
lengua registra y fija en palabras y en palabras combinadas en oraciones
los resultados del trabajo del pensamiento, los progresos de la actividad
cognoscitiva del hombre, y, de esta forma, hace posible el
intercambio de ideas
en la sociedad humana.
"El intercambio de ideas constituye una
necesidad permanente y vital,
ya que sin
él sería imposible
organizar las acciones conjuntas de los hombres en
la lucha contra las fuerzas de la naturaleza, en la lucha
por la producción
de bienes materiales indispensables; sería imposible
conseguir éxitos en la actividad productora de la sociedad y, por tanto, lo
sería también la existencia misma de la producción
social. De ahí que sin una lengua comprensible para
la sociedad y común a sus componentes, la sociedad
tenga que cesar de producir, se desintegre y deje de existir como tal. En este
sentido, la lengua, siendo
medio de relación, es, al mismo tiempo, un
instrumento de lucha
y de desarrollo
de la sociedad".81
El lenguaje nació de la necesidad de los hombres
80 V. I. Lenin. Obras completas. t. XXXIII, pág.
447. 4ª ed. rusa.
81 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
21, ed. española. Moscú, 1955.
de comunicarse entre sí en el proceso de trabajo, y
se desarrolla a base del trabajo mismo. Pero el lenguaje no actúa solamente en
el campo de la producción material, sino que permite a los hombres
"entenderse mutuamente y organizar el trabajo conjunto en todas las
esferas de la actividad humana, tanto en la esfera de la producción como en la
esfera de las relaciones económicas, tanto en la esfera de la política como en
la esfera de la cultura, tanto en la vida social como en la vida privada. Estas
particularidades son exclusivas de la lengua, y precisamente porque son
exclusivas de la lengua, ésta es objeto de estudio por una ciencia
independiente: la lingüística".82
Por su esencia, por sus funciones y por las leyes
que rigen su
desarrollo, el lenguaje
se distingue
radicalmente
de la supraestructura. No ha sido
engendrado, como supraestructura, por ninguna base,
sino que
es producto de
toda la historia
de la sociedad, del pueblo, y
sirve, en todo el curso de la historia de la sociedad, de la historia del
pueblo, que es su creador, no sólo a una sola base, sino a toda la sociedad. El
lenguaje no se modifica ni desaparece cada vez que se destruye una vieja base y
surge otra nueva.
El lenguaje no lo crea una sola clase, sino todo el
pueblo, para satisfacer las necesidades de toda la sociedad, de todas las
clases sociales. Se crea como medio de comunicación común a todos los miembros
de la
sociedad y comprensible
para todos, como medio de comunicación para todo el
pueblo. Cuando el lenguaje abandona
esta posición y
comienza a servir a una sola
clase en detrimento de otra, se convierte en jerga y pierde su cualidad
fundamental: la de ser un medio de comunicación entre todos los miembros de la
sociedad, cualquiera que sea su situación de clase. El lenguaje puede servir lo
mismo al régimen viejo y agonizante que al régimen nuevo y ascensional; igual a
la base vieja que a la nueva, a los explotadores que a los explotados.
Desde los tiempos de Pushkin, se destruyeron en
Rusia
dos bases económicas
con sus correspondientes supraestructuras -la
feudal y la
capitalista- y surgió una tercera, la base
socialista.
Sin embargo, la lengua rusa no ha sufrido, durante
todo ese tiempo, ninguna transformación radical, explosiva, no se ha producido
esa súbita revolución lingüística de que nos hablaban Marr y sus secuaces. La
lengua rusa actual difiere muy poco de la que se hablaba y escribía en tiempo
de Pushkin.
Cierto es que durante todo ese tiempo se ha
enriquecido notablemente el vocabulario de la lengua
rusa; han desaparecido de él muchas palabras caídas
en desuso; ha
cambiado el significado
de gran
número
de vocablos; se
ha perfeccionado la estructura gramatical de la lengua y han
surgido, particularmente, muchas palabras
y expresiones
nuevas, al calor del nacimiento del Estado
soviético, de la producción y la cultura socialistas, así como del progreso de
la técnica y de la ciencia. Pero el caudal básico del vocabulario y la
estructura gramatical de la lengua se conservan en todo lo que tienen de
esencial y siguen siendo la base del ruso de hoy. Y es que la destrucción de la
vieja base y de su supraestructura no planteaba, en lo más mínimo, la necesidad
de destruir la lengua. La lengua rusa ha servido al régimen feudal y al régimen
capitalista, a la cultura de los terratenientes y a la cultura burguesa de
Rusia, ni más ni menos que ahora sirve al régimen y a la cultura socialistas, y
otro tanto podría decirse de todas las lenguas nacionales de los pueblos de la
U.R.S.S. y de los países de democracia popular.
A
diferencia de la
supraestructura, el lenguaje sirve por igual a las clases todas
de la sociedad y se
muestra
indiferente a la
suerte de todas
ellas.
Algunos grupos y clases sociales, sin embargo,
distan mucho de ser indiferentes al lenguaje, pues tratan de
utilizarlo en interés propio, de imponerle su léxico
particular,
sus particulares términos y expresiones. En esto, se distinguen
especialmente las capas altas de las clases poseedoras, explotadoras,
divorciadas del pueblo y
hostiles a éste,
y a su
lengua y su cultura. La alta aristocracia y las capas
superiores de la burguesía crean sus propios dialectos y jergas "de
clase", sus "lenguajes" de salón. Pero los dialectos y jergas
toman su vocabulario y estructura gramatical de la lengua nacional, razón por
la cual no son sino derivaciones de ésta y no pueden desplazarla. Las clases,
por tanto, influyen en el desarrollo del lenguaje, pero esto no quiere decir,
ni mucho menos, que puedan destruir su carácter de lenguaje común a todo el
pueblo, de medio común de comunicación.
El lenguaje figura entre los fenómenos sociales,
que actúan a
lo largo de
toda la existencia
de la
sociedad; nace y se desarrolla al nacer y
desarrollarse
la sociedad. "No hay lengua fuera de la
sociedad. Por eso, la lengua y las leyes de su desarrollo solamente pueden ser
comprendidas si se estudian en ligazón inseparable con la historia de la
sociedad, con la historia del pueblo al que pertenece la lengua estudiada y que
es su creador y portador".83
Esta tesis de la lingüística marxista pone al
descubierto la inconsistencia de las teorías idealistas y metafísicas. Así, por
ejemplo, la teoría de los "estadios" en el desarrollo del lenguaje,
la teoría idealista del "análisis de los cuatro elementos", la teoría
del cruce de lenguas, todas ellas puestas en circulación por Marr y sus
secuaces, separan la historia del lenguaje
de la del
pueblo que lo ha
creado y entrañan también la separación del pensamiento y el lenguaje.
Semejante divorcio ha conducido a Marr y sus secuaces a conclusiones
anticientíficas, idealistas, acerca de la posibilidad de
82 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
34, ed. española. Moscú, 1955.
83 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
21, ed. española. Moscú, 1955.
que los hombres lleguen a comunicarse entre sí sin
necesidad de un lenguaje, con ayuda del pensamiento "puro", libre de
la "materia natural" idiomática, libre de las "normas de la
naturaleza"; los ha conducido a la revisión de la tesis marxista de que la
lengua es la "realidad inmediata del pensamiento".
El pensamiento se desarrolla a base del material
idiomático, es decir, de los términos y frases del lenguaje. No existen
pensamientos desnudos, libres del material idiomático. El lenguaje afianza los
éxitos alcanzados en la actividad cognoscitiva del pensamiento, incluyendo en
ella la del pensamiento abstracto; el desarrollo lingüístico es siempre índice
de los éxitos logrados por el pensamiento.
El lenguaje humano fué, desde sus orígenes, el
lenguaje hablado, y no el lenguaje de las manos, el lenguaje lineal o
"mímico", como sostenían Marr y sus
secuaces, siguiendo a
ciertos lingüistas burgueses. La
historia de la sociedad demuestra que ya los pueblos primitivos se servían del
lenguaje hablado y que fué él precisamente el que ayudó al hombre a salir del
estado animal y a encauzar la producción social. Sólo el lenguaje hablado podía
convertirse y se
convirtió en medio
plenamente eficaz de comunicación entre los hombres, en la sociedad.
Los elementos del lenguaje actual fueron
establecidos ya en la más remota antigüedad, antes de la época de la
esclavitud. Tratábase de un lenguaje con un caudal básico de palabras muy
exiguo y con una estructura gramatical
muy primitiva. El desarrollo del lenguaje fué pasando de las
lenguas gentilicias a las lenguas tribales, de éstas a las de los pueblos y,
por último, a las lenguas nacionales. En el futuro, después del triunfo del
comunismo en el mundo entero, la
humanidad llegará a
poseer una sola lengua universal.
"El posterior desarrollo de la producción; la
aparición de las clases; la aparición de la escritura; el
nacimiento
del Estado, que
necesitaba para la
dirección
una correspondencia más
o menos ordenada; el desarrollo
del comercio que precisaba
de ella todavía en mayor medida; la aparición de la
imprenta, los progresos de la literatura: todo eso
ocasionó grandes cambios en el desarrollo de la lengua. Durante este tiempo,
las tribus y los pueblos se fraccionaban y dispersaban, se mezclaban y se
cruzaban, y posteriormente aparecieron las lenguas nacionales y los Estados
nacionales, se produjeron revoluciones, a los viejos regímenes sociales
sucedieron otros. Todo ello introdujo cambios mayores aun en la lengua y en su
desarrollo".84
Por tanto, el lenguaje refleja en su desarrollo los
cambios operados en la producción, en el régimen
económico y en todos los órdenes de la vida social,
la
cultura y el modo de vida. El desarrollo de la
lengua
84 J. V. Stalin, El marxismo y la lingüística, pág.
21, ed. española. Moscú, 1955.
está determinado por todo el desarrollo de la vida
social, pero, a la par con eso, se desarrolla también con arreglo a sus propias
leyes específicas internas.
Las lenguas no se desarrollan destruyendo las ya
existentes y creando
otras, sino desarrollando
y
perfeccionando los elementos fundamentales de las
lenguas que ya existen. El paso de un estado
cualitativo del lenguaje a otro estado cualitativo no se opera en forma
explosiva, destruyendo de golpe lo viejo y edificando lo nuevo, sino mediante
la acumulación gradual y prolongada de los elementos del nuevo estado
cualitativo, de la nueva estructura de la lengua, mediante la extinción gradual
de los elementos del viejo estado cualitativo. El marxismo no admite los
cambios en forma explosiva, súbitos, en el desarrollo de la lengua, ni tampoco
la muerte repentina de la lengua existente y la súbita creación de otra nueva.
La historia de las lenguas no conoce estas revoluciones y explosiones
repentinas. Y tampoco el cruce
de lenguas puede
considerarse como resultado de un acto único y decisivo, que surte sus
efectos al cabo de unos cuantos años, sino que es un proceso
lento, prolongado, que
a veces dura siglos. Así, bajo la opresión colonial,
del cruce de dos lenguas, por
ejemplo, no surge
generalmente otra, que no se asemeje a ninguna de las dos; lo usual es
que una de ellas salga victoriosa, conservando su estructura gramatical y su
caudal básico de palabras, prosiguiendo su desarrollo con arreglo a sus leyes
internas y enriqueciendo su vocabulario a expensas de la otra lengua, en tanto
que esta otra va extinguiéndose
poco a poco.
La causa de
la estabilidad de las lenguas nacionales debe buscarse en la resistencia
del pueblo, portador de la lengua, a la asimilación y, además, en la
estabilidad de la estructura gramatical y del caudal básico de palabras del
lenguaje.
La lengua nacional, que ha ido desarrollándose a
base de la
lengua del pueblo
correspondiente,
consolidado
y convertido más
tarde en nación,
constituye uno de los necesarios signos distintivos
de la nación, de la forma de la cultura nacional.
El
lenguaje indisolublemente vinculado
a la
cultura es forma y medio de desarrollo de ésta; sin
embargo, no se puede confundir ni identificar el desarrollo de la cultura o de
algunos elementos de ella con el del lenguaje. La cultura, por su contenido
social, cambia con cada época, con cada nueva formación en el desarrollo de la
sociedad, en tanto que la lengua se conserva, sirviendo por igual a la vieja y
a la nueva cultura. En la sociedad dividida en clases, la cultura tiene un
carácter de clase, mientras que la lengua ha sido siempre y sigue siendo común
a todo el pueblo.
Resumen.
La teoría marxista de la base y la supraestructura
nos permite comprender
las relaciones mutuas
existentes entre las relaciones sociales económicas
e ideológicas; nos permite comprender,
asimismo, no sólo el origen y desarrollo de las concepciones políticas,
jurídicas, religiosas, artísticas y filosóficas e instituciones
correspondientes, sino también
su papel activo en la vida social, en el desarrollo de la sociedad. La
teoría marxista de la base y la supraestructura
nos permite comprender y estudiar las leyes que rigen el desarrollo de
la revolución social, del Estado, del derecho, de las formas de la conciencia
social. .
Ahora bien, el materialismo histórico no reduce toda
la diversidad de fenómenos de la vida social a las categorías
de base y
supraestructura. Hay también
fenómenos que actúan en todas las esferas de la vida social y que aparecen
encuadradas dentro de ellas solamente en
algunos aspectos aislados. Así, por ejemplo, las clases, la lucha de clases, la
nación y la cultura tomen un carácter
específico y no se reducen a la base ni a la suprarestructura, aunque su
desarrollo se halle condicionado por el desarrollo de la producción, de la base
económica y de la supraestructura de la
sociedad.
La teoría marxista de la base y la supraestructura
nos enseña que
tanto una como
otra tienen un
carácter
histórico. La base
y la supraestructura
capitalistas
se hacen reaccionarias y son
destruidas en el curso de la revolución proletaria, creándose en lugar de
ellas, en virtud
de las leyes
objetivas sociales, la base y la supraestructura socialistas.
La
sociedad socialista, bajo
la dirección del
Partido
Comunista, crea la
supraestructura socialista y se
vale de ella
para impulsar el desarrollo de la base socialista y crear
todas las condiciones necesarias
para el paso del socialismo al comunismo. Todo esto será examinado con más detalle en los capítulos
siguientes.
CAPITULO V. LAS CLASES Y LA LUCHA DE CLASES.
1.
Causas de la
división de la
sociedad en clases. Definición
de las clases.
Toda la historia de la humanidad, después de la
desintegración
del régimen de
la comunidad primitiva, es la
historia de la lucha de clases. Al cambiar el régimen de producción cambia la
naturaleza de clase de la sociedad; sin embargo, en medio de todos estos
cambios, la sociedad ha permanecido dividida en clases dominantes y dominadas,
en clases explotadoras y explotadas. Sólo el triunfo del socialismo pone fin a
la división de la sociedad en clases, abriendo una nueva era en la historia de
la humanidad.
La existencia de las clases y la lucha entre ellas
ya eran conocidas antes de que apareciera el marxismo. Los economistas ingleses
de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX (Adam Smith, David Ricardo y
otros) habían tratado de descubrir las bases económicas de la división de la
sociedad en clases; los
historiadores franceses de
comienzos del siglo XIX (Thierry, Mignet, Guizot, etc.)
habían mostrado, por su parte, cómo la lucha de clases se manifestaba en las
revoluciones inglesa y francesa de los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, la
limitación burguesa de horizontes de aquellos economistas e historiadores no
les permitía llegar a comprender los verdaderos fundamentos sobre que
descansaba la división de la sociedad
en clases ni
extraer las conclusiones teóricas y prácticas derivadas
del reconocimiento del hecho de la lucha de clases. Fueron Marx y Engels
quienes, sacando las conclusiones generales de todo el desarrollo de la
historia de la humanidad y partiendo de las posiciones del proletariado
revolucionario, descubrieron las causas de la división de la sociedad en
clases, crearon una teoría científica, armónica y consecuente de las clases y
de la lucha de clases, a la vez que señalaban el camino para llegar a la
abolición de las clases.
"...Por lo que a mí se refiere -escribía Marx a
J. Weydemeyer el 5 de marzo de 1852-, no me cabe el
mérito
de haber descubierto
la existencia de las
clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas.
" Lo que yo he aportado de nuevo ha sido
demostrar:
1) que la existencia de las clases
sólo va unida a
determinadas
formas históricas de
desarrollo de la
que esta misma dictadura no es de por sí más que el
tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin
clases..."85
Sólo
después de poner
de manifiesto que la
existencia de las clases está vinculada a determinadas
formas históricas del desarrollo de la producción,
el marxismo estuvo en condiciones de explicar científicamente el origen de las
clases, así como la
naturaleza de ellas.
La división de la sociedad en clases aparece, por
vez primera, a consecuencia de la desintegración del
régimen de la comunidad primitiva. En la sociedad
primitiva estaban poco desarrolladas las fuerzas
productivas y la productividad del trabajo era baja;
no existía la propiedad privada sobre los medios de
producción ni tampoco la explotación del hombre por
el hombre. Mientras la productividad del trabajo no alcanzara determinado nivel
no era posible que hubiese trabajo adicional, ni que se diera la
explotación del hombre
por el hombre;
tampoco podía existir la división de la sociedad en clases.
Las clases sociales y la explotación de una clase
por otra sólo pudieron surgir cuando el aumento de la
productividad del trabajo condujo a la aparición del
producto adicional y a la disolución de la sociedad
gentilicia en familias, cuando la división del trabajo
hizo que apareciera y se desarrollara el
intercambio,
a la par que la propiedad comunal era sustituida por
la propiedad privada. La propiedad privada acarreó, forzosamente, la
desigualdad en la
posesión de bienes dentro de la
comunidad: en tanto que unas tribus y familias se enriquecían, otras se
empobrecían y caían en una situación de dependencia económica.
De entre la
masa de miembros
de la tribu
se destacó la aristocracia gentilicia: los eupátridas en
Grecia, la nobleza de los antiguos germanos, etc.
Los patriarcas, los jefes
militares, los sacerdotes
y
cuantos ocupaban puestos públicos en la sociedad
gentilicia, aprovechaban su
posición para enriquecerse personalmente
o apoderarse de una
parte de la propiedad de la comunidad.
Los
conflictos bélicos entre
las comunidades apresuraron el
proceso de diferenciación de
la
comunidad en clases. A consecuencia del aumento de
la productividad del trabajo, surgió la posibilidad
de
producción;
2) que la
lucha de clases
conduce,
necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3)
85 C. Marx, F. Engels, Obras escogidas, t. II, págs.
424-425, ed. español.
la explotación y se hizo necesaria la mano de obra
suplementaria. Ya no resultaba ventajoso matar a los prisioneros, sino
convertirlos en esclavos. El botín de guerra contribuía también a que la
aristocracia gentilicia fuera enriqueciéndose más aprisa.
La primera forma de esclavitud surgió en el seno
mismo de la sociedad patriarcal gentilicia. Se trataba
de una esclavitud de carácter doméstico o
patriarcal,
en la cual los esclavos eran utilizados como
trabajadores domésticos y
como mano de
obra
auxiliar,
ya que el
trabajo productivo básico
lo
realizaban,
como antes, los
miembros libres de la
"gens".
A
consecuencia del desarrollo
ulterior de las fuerzas productivas, de la propiedad
privada y del
intercambio, una nueva forma de esclavitud sucedió a
la esclavitud patriarcal, que aun coexistía con las
relaciones gentilicias. Los trabajos básicos comenzaron a ser realizados por
los esclavos, sobre los que pesaba toda la carga del trabajo productivo. Cobró
vigoroso impulso la trata de esclavos, y éstos empezaron a ser considerados
como bestias de labor.
De este modo, el desarrollo de la producción y la
aparición de la
propiedad privada, la
división del
trabajo junto con la ampliación del comercio y el
aumento de la población, acabaron por
destruir el
régimen gentilicio. Con la división del trabajo y la
aparición de los oficios, surgieron las ciudades como centros del trabajo
artesanal y del comercio. Sobre
las
ruinas del régimen
de la comunidad
primitiva nació la sociedad esclavista, dividida en clases, con
contradicciones
antagónicas entre los
esclavistas y los esclavos. La
propiedad privada sobre los medios
de producción engendró la explotación de unos
miembros de la sociedad por otros y dio vida a las relaciones económicas de
dominación y
subordinación.
La aparición de la propiedad privada, de las clases
y de la explotación de una clase por otra, sólo puede
explicarse
por causas económicas.
No es posible
derivar todo esto del influjo de factores no
económicos, como los de la violencia política, las
conquistas
militares y el
sojuzgamiento de unos
pueblos por otros, como sostienen los partidarios de
la teoría seudocientífica de la violencia.86
Engels ha señalado en su
Anti-Dühring que la
propiedad privada apareció antes de que los explotadores pudieran
apropiarse de bienes ajenos y que "la violencia podrá,
indudablemente, transformar el estado posesorio, pero nunca engendrar la
institución de la propiedad" como tal.87
La violencia nunca ha
86 La teoría
de la violencia era mantenida, en el siglo XIX, por Dühring, que consideraba la
violencia como un mal absoluto en la historia. Otros partidarios de esta
teoría, como Gumplowicz, atribuían a la violencia en la historia un papel
positivo. En lo actualidad, los ideólogos del imperialismo se sirven de esa
teoría para fundar el "derecho" a las conquistas militares y al
avasallamiento de los pueblos de los países dependientes.
87 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed.
cit., pág. 171.
determinado el carácter de la apropiación de bienes
ajenos. El uso que se haga de los bienes capturados en la guerra y la
determinación de quién sea el que se apropie de ellos, dependerá de las
relaciones de producción imperantes y, en modo alguno del hecho mismo de la
violencia. Según el testimonio del historiador y etnógrafo ruso M. Kovalevski,
el botín de guerra que capturaban los osetas, es decir, el ganado, los
esclavos, se convertía originalmente en objeto de apropiación común; los
prisioneros de guerra se transformaban en esclavos de toda la comunidad y los
productos de su trabajo ingresaban en
el fondo común.88
Con la aparición
de la propiedad privada, el
botín de guerra se convirtió en medio
de enriquecimiento personal,
ahondándose más, así, la desigualdad en la posesión de bienes. De todo
esto se infiere que la violencia no pudo ser la causa de la aparición de la
propiedad privada, de la división de la sociedad en clases ni de la explotación
de una clase por otra, si bien es cierto que contribuyó a intensificar y
consolidar todo este proceso.
La división de la sociedad en clases se caracteriza,
ante todo, por las relaciones mutuas, que éstas contraen al efectuar la
producción de los bienes materiales. Las diferencias entre las clases están
condicionadas por la posición que ocupan en determinado sistema histórico de
producción social. Esto quiere decir que cada clase está vinculada a un
determinado modo histórico
de producción y que
todo modo antagónico de producción lleva aparejada una determinada división de
la sociedad en clases. Así, al modo esclavista de producción corresponde la
división en esclavistas y esclavos; al feudal, la división en señores feudales
y siervos; al capitalista, la división entre capitalistas y obreros
asalariados. En la sociedad dividida en clases antagónicas, las relaciones de
producción tienen el carácter de relaciones de dominación y subordinación. La
posición de las clases, dentro de semejante sistema de producción social, está
presidida por una abierta contradicción: una es la clase dominante y otra es la
clase oprimida.
La distinta posición que ocupen las clases dentro
del modo de producción social, depende del distinto
tipo de relaciones
entre las clases y los medios de
producción. La clase dominante monopoliza los
medios de producción,
es decir, posee
todos los
medios
de producción o,
por lo menos,
los más
importantes, en tanto que la clase oprimida se ve
privada de ellos, encontrándose en una situación de dependencia económica. Esto
permite también que las clases dominantes se apropien del trabajo de las clases
oprimidas y las exploten. Dondequiera que una parte de la sociedad monopoliza
los medios de producción, el trabajador tiene que dedicar, además de la parte
de la jornada necesaria para su propio
88 M.
Kovalevski, Las costumbres actuales y la ley antigua, ed. rusa, t. I, Moscú
1886, pág. 127.
sostenimiento, otra parte de la jornada para
mantener al propietario de los medios de producción.
Del tipo de relación que las clases mantienen con
los medios de producción -que es lo que constituye el
rasgo esencial y decisivo de las clases- dependen
todos los demás rasgos, entre ellos el de la función
que cumplen las clases en la organización social del
trabajo. Las clases dominantes, explotadoras; que representan una minoría de la
población, concentran
en sus manos la dirección de la producción y de los
asuntos políticos y convierten el trabajo intelectual
en monopolio suyo, mientras la enorme mayoría de la
población, a la que pertenecen las clases oprimidas y explotadas, se ve
condenada a un duro y extenuante
trabajo físico.
La clase que posee los medios de producción es
también, por regla
general, la clase
que dirige la
producción. Como ha señalado Marx en El Capital,
"el capitalista no es tal capitalista por ser
director industrial, sino al revés; es director industrial por ser
capitalista.
El alto mando
sobre la industria
se
convierte en atributo del capital, como en la época
feudal eran atributo de la propiedad territorial el alto mando en la guerra y
el poder judicial".89
Cuando envejecen y caducan las relaciones de
producción existentes, de
las que es
portadora la
clase dominante, y se convierten en grave obstáculo
para el desarrollo de las fuerzas productivas, cambia también la
función que cumple
esa clase en la
organización social del trabajo. Aunque siga
conservando la propiedad
sobre los medios
de
producción, degenera hasta convertirse en una
excrecencia parasitaria en el cuerpo social. Lo mismo
que ocurrió, en otros tiempos, con la aristocracia
terrateniente, sucede hoy con la burguesía, de la cual se destaca una extensa
capa de rentistas, que vive de
los ingresos que le proporcionan los
papeles-valores, "el corte de cupones". El parasitismo creciente de
la
burguesía
prueba que se ha
convertido ya en una
clase caduca y que no sólo es superflua para la producción, sino
que impide abiertamente su
desarrollo
y que, en
consecuencia, debe ser suprimida.
El
distinto tipo de
relación que cada
clase mantiene con los medios de producción condiciona también las
diferencias en cuanto
al modo y la
proporción en que perciben la parte de la riqueza
social de que disponen las clases. El capitalista, por
ejemplo, recibe sus ingresos en forma de ganancia
sobre el capital que ha invertido en la empresa, mediante la apropiación de la
plusvalía producida por
Todos estos rasgos, característicos de la división
de la sociedad en clases, han sido sintetizados genialmente por
Lenin en la
siguiente definición: "Las
clases son grandes grupos de hombres, que se diferencian entre sí por el lugar
que ocupan en determinado sistema histórico de producción social, por las
relaciones que mantienen con los medios de producción (relaciones en gran parte
establecidas y formalizadas en leyes), por la función que cumplen en la
organización social del trabajo, y, en consecuencia, por el modo y la
proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen. Las
clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de
otro gracias al lugar diferente que ocupa en determinado régimen
económico-social".90
Rasgo común a todas las formaciones sociales basadas
en clases antagónicas es la dominación de la propiedad privada sobre los medios
de producción; a ello hay que agregar que a toda formación social es inherente
una forma particular de propiedad privada y, en consecuencia, un régimen
particular de explotación. La esclavitud,
la servidumbre y el
trabajo asalariado constituyen tres modos de explotación, que se han sucedido
unos a otros; es decir, tres fases del desarrollo de la sociedad dividida en
clases antagónicas.
En la sociedad esclavista y en la sociedad feudal,
los productores directos
de bienes materiales,
es
decir, los esclavos y los campesinos siervos, no
gozaban de los
mismos derechos y
dependían
personalmente del poseedor de los medios de
producción. En estas sociedades, las diferencias de
clase se afianzaban con ayuda del poder político, al
dividirse la población en estamentos. A cada estamento se le asignaba
jurídicamente determinada
posición dentro del Estado, así como ciertos
derechos y obligaciones. Por ello, en las sociedades esclavista
y feudal, las clases formaban, al mismo tiempo,
estamentos especiales.91 El modo capitalista de producción simplificó la
división de la sociedad en clases,
despojándola de la
envoltura de los estamentos. En el régimen capitalista,
los productores directos -los obreros y campesinos- son libres, desde el punto
de vista jurídico, pero se hallan en una situación de dependencia económica
respecto a los poseedores de los medios de producción.
Todo modo antagónico de producción engendra dos clases
fundamentales. Esclavistas y
esclavos,
señores feudales y campesinos siervos, burgueses y
proletarios: tales son las clases fundamentales de
las
el
obrero asalariado. Este,
por el contrario,
obtiene
sus ingresos en forma de salario, que apenas si
cubre el valor de su fuerza de trabajo. Las clases explotadoras, que
constituyen una insignificante minoría de la población, se apropian, por regla
general, la mayor parte de la renta nacional.
89 C. Marx, El Capital, t. I, pág. 369.
90 V. I. Lenin, Obras completas, 4ª ed. rusa, t.
XXIX, pág. 338.
91 Las clases
dominantes constituían los estamentos superiores, como, por ejemplo, la nobleza
y el clero en la sociedad feudal.
Estos, a diferencia de los inferiores, gozaban de
determinados
privilegios: a los nobles se les eximía del pago de
impuestos; no se les sometía a castigos corporales; sólo podían ser juzgados
por
los tribunales especiales de la nobleza, tenían
derecho a poseer en propiedad campesinos siervos, etc.
sociedades correspondientes. La existencia de estas
clases depende directamente del modo de producción en que se basa la formación
económico-social de que se trata. Las
relaciones mutuas y
las luchas entre estas clases expresan la contradicción
fundamental del modo de producción correspondiente. Sin embargo, en las
formaciones de clase sobreviven, junto al modo de producción que domina, restos
de modos anteriores en forma de regímenes económicos especiales. Por ello,
junto a las clases fundamentales suelen
existir otras clases
secundarias, es decir, clases de transición. Por ejemplo, en
los países capitalistas con fuertes vestigios feudales existen los
terratenientes que no constituyen una clase fundamental. En la mayoría de los
países capitalistas hay numerosas capas de la pequeña burguesía (pequeños
campesinos, artesanos), que han sobrevivido desde los tiempos del feudalismo.
La burguesía explota no sólo a los proletarios, sino también a todos los demás
trabajadores, particularmente a los campesinos. El
capitalismo eleva la riqueza de una minoría, a la par que aumenta la
pobreza de la mayoría, todo lo cual conduce inevitablemente a una agudización
de las contradicciones entre las clases.
La
explicación de las
bases materiales de la
división de la sociedad en clases pone al descubierto
la oposición existente entre los intereses vitales
de las
clases antagónicas, así como su carácter
irreconciliable. No es de extrañar, por ello, que los
sociólogos burgueses, tratando de velar, a expensas
de la verdad, la oposición entre las clases,
intenten embrollar, por todos los medios, el problema del origen y naturaleza
de la división de la sociedad en clases. Gran parte de los representantes de la
sociología burguesa reaccionaria niegan, en general, la existencia
de las clases.
Tal es la
idea que difunden,
particularmente, muchos políticos, sociólogos y periodistas de los EE.UU., al
exaltar el "modo de vida norteamericano". En la Sesión del Consejo
Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas, celebrada en
1948, el representante norteamericano Thorpe expresó la peregrina idea de que
en los Estados Unidos los trabajadores son patronos y los patronos
trabajadores. La realidad capitalista desmiente a cada paso estas fábulas destinadas
a engañar a los incautos. Lo que significan todas estas chácharas acerca de la
ausencia de clases en los Estados Unidos, podemos comprenderlo si tenemos en
cuenta que el 1 por 100 de la población de ese país -la cima del capitalismo-
posee el 59 por 100 de toda la riqueza nacional y el
12 por 100 es poseedora del 33 por 100 de dicha
riqueza, en tanto que el 87 por 100 restante de la
población -obreros y granjeros- sólo dispone del 8
por 100 de los bienes de la nación.
Muchos sociólogos burgueses, ante la evidencia de
los hechos, no se atreven a negar abiertamente la
existencia de clases, pero tratan de ocultar la base
material, económica, de la división de la sociedad en clases. Representantes de
la corriente psicológica en sociología, como Ross, Bogardus, Bernard y otros,
definen las clases como grupos de hombres dotados de la misma psicología, las
mismas emociones, la misma manera de percibir el mundo exterior, etc.
Sociólogos partidarios de la tendencia
biológica como Brown, Helleberg,
etc., sostienen que
la división de la sociedad en clases está basada en diferencias
biológicas entre los hombres, en la "desigualdad racial". Los
representantes del oscurantismo religioso, como los neotomistas Harrington,
Kennedy y otros, consideran que Dios ha establecido la existencia de las
clases. Los reaccionarios Warner, Lant y otros afirman que el fundamento de las
diferencias de clase no hay que buscarlo en la posición que los hombres ocupan
en el sistema económico de la sociedad, sino en su rango social, el cual
depende, a su vez, de su educación, de sus relaciones sociales, etc. Todas
estas teorías, en las que se hace caso omiso de los fundamentos materiales de
la división de la sociedad en clases, aspiran ya a esfumar, a velar las
diferencias entre las clases, ya a considerar esas diferencias como algo eterno,
natural e indestructible. En ambos casos, la lucha de clases del proletariado
es considerada, por tanto, como algo carente de sentido.
Los líderes socialistas de derecha, con su servil
actitud ante la
burguesía, preconizan el
carácter
absurdo de la lucha de clases, así como la necesidad
de la "colaboración" entre ellas. Con este
fin, se recurre, no pocas veces, a las teorías "organizativas" y
"distributivas" de las clases. Conforme a la teoría de la
"organización", uno de cuyos autores es A. Bogdánov, las clases han
aparecido en virtud de la división de los hombres en "organizadores"
y "ejecutores". Esta teoría hace caso omiso del rasgo fundamental de
las clases: la relación que mantienen con los medios de producción y de la cual
depende, enteramente, su función
en la organización
del trabajo social. Los partidarios de esta teoría sostienen que las
clases, al cumplir funciones distintas en el proceso de la producción, se
complementan entre sí. Basándose en la teoría de la "organización",
K. Renner -redomado adversario
del socialismo- afirmaba en su
folleto El mundo nuevo y el socialismo, publicado en 1946, que el capitalista
ya "ha desaparecido de la conciencia de la mayoría de los hombres", puesto
que sus funciones organizadoras en
el proceso de
producción han pasado a manos de
los gerentes y técnicos. Tratando de salvar a los capitalistas de la
revolución, Renner pretendía convencer a los obreros de que ya no tenían contra
quién luchar.
El mismo propósito
de salvar al
capitalismo cumple la llamada teoría "distributiva", que busca
el
origen de las diferencias de clase en las fuentes y
cuantía de sus ingresos, corriendo un velo sobre el
radical antagonismo entre ellas, basado en la distinta relación que guardan con
los medios de producción. En otros tiempos, preconizaban está teoría Carlos
Kautsky y E. Bernstein; en la actualidad, la propagan algunos líderes
socialistas de derecha y burócratas sindicales como D. Dubinski en los EE.UU.
La teoría "distributiva" inculca en los
obreros la idea de que la lucha de clase del proletariado no debe
ir encaminada a transformar el modo de producción,
sino solamente a
modificar el régimen
de
distribución, es decir, no a transformar
revolucionariamente la sociedad, sino a lograr simplemente algunas reformas. En
esto se asienta la
falsa
idea acerca de
la posibilidad de
una
"conciliación" de las clases bajo el
capitalismo a base de una redistribución más "justa" de los ingresos;
con
ello, se justifica la política reformista, tan grata
a la
burguesía.
La teoría marxista-leninista de las clases es, por
el contrario, una teoría rigurosamente científica y lleva a la conclusión de
que la meta de la lucha de clases es transformar el modo de producción,
derrocar el régimen que ha caducado e instaurar otro nuevo, es decir, llevar a
cabo una radical transformación revolucionaria de todo el régimen social. La
lucha entre las clases antagónicas es, por tanto, una lucha irreconciliable, a
muerte. La teoría marxista-leninista de las clases sirve, de este modo, de fundamento
a la política de lucha irreconciliable de clase del proletariado contra
sus explotadores. Esta
teoría señala al proletariado cuáles
son los caminos efectivos y
cuáles sus medios
de liberación y de
lucha por el socialismo. Como ha escrito J. V. Stalin, "la base
táctica del socialismo
científico es la doctrina de la lucha intransigente de
clases, pues ella es la mejor arma en manos del proletariado. La lucha de clase
del proletariado es el arma por medio de la cual éste conquistará el Poder
político y expropiará después a la burguesía para instaurar el
socialismo".92
2. La lucha
de clases, fuerza
motriz en la historia de las sociedades antagónicas.
La teoría marxista de la lucha de clases vino a
poner fin a las concepciones anticientíficas que
consideraban la historia
como un caos
de
acontecimientos, en el que los individuos actúan
independientemente los unos
de los otros.
El
marxismo proporcionó el hilo de engarce que ha
permitido descubrir las leyes que rigen en medio del complejo entrelazamiento de
acontecimientos
históricos, en una sociedad dividida en clases;
aportó la teoría de
la lucha de
clases. Marx y
Engels
demostraron que la lucha de clases es una ley que
rige en todas las sociedades formadas por clases antagónicas. La
lucha de clases
informa toda la
historia
de la sociedad
de clases y
constituye la
92 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
I, pág. 361.
fuerza motriz de su desarrollo.
En
consonancia con esta
ley, el desarrollo
de todas las sociedades divididas en clases antagónicas
está condicionado por los cambios que se operan en
las relaciones mutuas entre las clases en el campo
de la producción de bienes
materiales; está condicionado, asimismo, por la lucha que las clases
mantienen entre sí en relación con la función que desempeñan y el lugar que
ocupan en la esfera de la producción y distribución de los bienes materiales y,
finalmente, por la lucha que sostienen en torno a la radical transformación de
la sociedad.
La lucha de clases se libra en todos los órdenes de
la vida
social. Las clases
mantienen una lucha
económica entre sí por su función y lugar en la
producción y distribución de los bienes materiales.
Sostienen también una lucha política por el Poder
político, por la transformación de las formas del Estado, de
las formas del
régimen político. La
política expresa la relación entre las clases; en
forma más concentrada y generalizada, refleja la economía
de la sociedad dividida en clases; refleja,
igualmente, los intereses de determinada clase, la lucha de clases. La lucha de
clases se sostiene también en el campo
ideológico, bajo la forma de una lucha entre las
ideas y teorías que
sirven los intereses
de las clases
revolucionarias y las que sirven los intereses de
las clases caducas.
Movidos por el temor a los pueblos oprimidos,
por el temor a la revolución, los ideólogos
burgueses niegan la existencia de la lucha de clases o repiten sus cantinelas
acerca del carácter
nefasto de esta lucha
para la sociedad.
Afirman que la
lucha de clases hace
retroceder a la
sociedad y amenaza llevada a su desintegración. Pero la
verdad es otra: la lucha revolucionaria de clases impulsa a la sociedad en un
sentido ascendente, ya que constituye un medio para destruir
todo lo caduco,
todo lo podrido,
es decir, el único medio para abolir el viejo régimen, que se opone al
desarrollo ulterior de la sociedad.
La sustitución de un régimen social por otro, más
elevado, está condicionada, como ya se ha dicho en
el
capítulo III, por
el conflicto entre
las nuevas
fuerzas productivas y las viejas relaciones de
producción. En las sociedades antagónicas, este conflicto se manifiesta en la
lucha de clases y se resuelve mediante la revolución, que constituye la forma
más aguda del choque entre las clases.
La lucha de clases tiene caracteres peculiares en
cada formación económico-social.
Bajo el régimen de la esclavitud, la historia de la
sociedad está llena de luchas de los esclavos contra
sus opresores, los
esclavistas. Grandes levantamientos
de pobres y esclavos se produjeron en Egipto, en la época de la esclavitud.
Durante uno de estos levantamientos, según nos informa el papiro Instrucciones
de Ipuver (siglo XVIII antes de nuestra era),
"los pobres expulsan
al rey". En
la antigua
Grecia, se produjeron sublevaciones de esclavos en
Argos, Esparta, etc.
Los esclavos sublevados
se unían, a veces, con los indigentes libres, y juntos se enfrentaban a
sus opresores. La historia de la antigua Roma nos habla también de numerosas
rebeliones de esclavos, como las que se produjeron en Sicilia en los años
138-132 antes de nuestra era, bajo la dirección de Euno y Cleón, el
levantamiento de esclavos y hombres libres encabezado por Aristónico en el Asia
Menor, y, finalmente, la grandiosa sublevación de los esclavos que aclamó por
jefe a Espartaco y que duró cerca de tres años, del 74 al 71 antes de nuestra
era. En este levantamiento, tomaron parte más de 100.000 esclavos.
Los movimientos revolucionarios de los esclavos
fueron minando el régimen de la esclavitud; pero, aunque desempeñaron un
importante papel histórico en la abolición
de dicho régimen,
no fueron coronados –no podían
serlo- con el triunfo. Esto se explica por el hecho de que la clase de los
esclavos no representaba a un nuevo régimen de producción, más avanzado. Los
esclavos soñaban con liberarse de la esclavitud, pero no estaban en condiciones
de crear una nueva sociedad.
En la sociedad feudal, que sucedió al régimen de
esclavitud, la lucha de clases de los explotados contra sus explotadores se
elevó a un nivel más alto. Los esclavos
constituían, por regla
general, una abigarrada masa de
hombres procedentes de diversas tribus y que hablaban distintas lenguas; los
campesinos siervos, a diferencia de ellos, formaban una masa más homogénea,
desde el punto de vista etnográfico, lo que les facilitaba la realización de
acciones conjuntas. Los campesinos medievales eran miembros de una comunidad
rural, que ofrecía una tenaz resistencia -pasiva o activa- a los
terratenientes.
En la época feudal, los campesinos oprimidos
luchaban en todos los países por la tierra, propiedad de los señores feudales,
y luchaban también por liberarse de la servidumbre de la gleba. Esta lucha se
manifestó en una serie de levantamientos, los más importantes de los cuales
fueron los siguientes: en Inglaterra, el levantamiento campesino encabezado
por Wat
Tyler, en 1381;
en Francia, el
de la Jacquerie, en 1358; en
Italia, el acaudillado por Dolcino, en los años de 1303 a 1307, y en Alemania,
la guerra campesina de 1524 a 1525. En Rusia, cobraron enorme
fuerza las insurrecciones campesinas encabezadas por
Iván Bolotnikov (1606-
1607), Stepán Razin (1666-1671), Kondrat Bulavin
(1707-1708) y Emelián Pugachov (1773-1775). Estos
levantamientos expresaban la indignación natural de
los campesinos oprimidos contra el yugo feudal. Un
cronista escribía acerca del levantamiento de
Bolotnikov: "los bandidos quieren aplastar al zar y a los boyardos".
En China, donde el régimen feudal existió durante cerca de tres milenios, hubo
más de
300
grandes levantamientos campesinos.
"En la
sociedad
feudal china, sólo
la lucha de los
campesinos, sólo los levantamientos y guerras campesinas fueron las
verdaderas fuerzas motrices del desarrollo histórico”,93 ha
escrito Mao Tse Tung. Los más grandes levantamientos fueron la guerra campesina
de 1628 a 1644, durante la cual el ejército campesino revolucionario ocupó
Pekín, y la guerra campesina de 1851 a 1864, el llamado movimiento de los
"taipings".
Las insurrecciones campesinas, pese a los éxitos
temporales de algunas de ellas, fueron aplastadas, en último resultado, por los
señores feudales. La debilidad de las sublevaciones campesinas estribaba en su
carácter espontáneo y en su falta de organización, lo que puede explicarse por
el distinto nivel económico de los campesinos. Sólo bajo la dirección de la
clase urbana, unida y revolucionaria, podían los campesinos obtener la victoria
sobre los señores feudales. Esa clase urbana se iba gestando en las entrañas de
la sociedad feudal a medida que se desarrollaba el nuevo régimen de producción
capitalista. Con el desarrollo del trabajo artesanal, de la manufactura y el
comercio, creció la burguesía y se elevó el número de oficiales proletarios.
Las acciones más resueltas de los campesinos oprimidos estaban vinculadas con
los movimientos de los plebeyos, que constituían la capa más baja de la
población urbana, los indigentes de la ciudad. Pero esta capa de la pobreza
urbana era demasiado débil y carecía de organización; era además ignorante, por
todo lo cual no podía convertirse en jefe de los campesinos. La clase que había
de encabezar la lucha de los campesinos contra el feudalismo, en las
revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII, en Occidente, era la
burguesía. Pero, desde el momento en que se formó el proletariado y pasó a
sostener una lucha independiente, la burguesía se convirtió en una clase
contrarrevolucionaria; el proletariado revolucionario pasó a ser el jefe de los
campesinos, primero en Rusia, y más tarde en otros países.
Con la victoria de las revoluciones burguesas, el
régimen capitalista ocupó
el lugar del
régimen feudal; bajo el capitalismo, adquirió gran intensidad la lucha
de clases entre el proletariado y la burguesía.
La lucha del proletariado contra la burguesía
comenzó con el desarrollo de la gran industria; las
primeras acciones independientes del proletariado,
en
la palestra de la lucha política, tuvieron lugar ya
en las décadas del treinta al cuarenta del siglo XIX. En estos años, se
producen el levantamiento de los tejedores de Lyon (Francia), en 1831 y 1834;
el movimiento cartista de Inglaterra, de 1836 a 1848, y el levantamiento de los
tejedores de Silesia (Alemania), en 1844. El proletariado, que ya se había
plasmado como clase, se convirtió en una grandiosa fuerza revolucionaria. Su
lucha contra la burguesía
93 Mao Tse Tung, Obras escogidas, ed. rusa, t. III,
pág. 141.
fué coronada, en 1917, por una victoria decisiva en
Rusia, donde, bajo
la dirección del
Partido Comunista, se llevó a cabo y triunfó la Gran Revolución Socialista
de Octubre, que
abre una nueva era en la historia
de la humanidad, la era del comunismo.
A diferencia de las clases explotadas que le han
precedido, el proletariado actúa como portador del nuevo modo de producción,
del régimen socialista, que habrá de suceder en todos los países al viejo
régimen capitalista. La
lucha de clase
del proletariado no desemboca, por ello, en la sustitución de una forma
de explotación por otra, sino en la abolición de todas las formas de
explotación del hombre por el hombre. Esta lucha conduce, necesariamente, al
comunismo, actuando, de este modo, como la fuerza motriz del desarrollo
histórico de la sociedad contemporánea.
3. El papel histórico del proletariado. El
proletariado, jefe y dirigente de las masas trabajadoras y explotadas.
El mayor mérito de Marx y Engels reside en haber
descubierto el papel histórico-universal del
proletariado como clase
revolucionaria llamada a
derrocar el capitalismo y a conducir la sociedad al
comunismo.
El proletariado no es la clase más revolucionaria
porque sea la
más pobre y
la más sufrida.
El
capitalismo condena a la miseria y al sufrimiento no
sólo a los proletarios, sino también
a millones de
pequeños campesinos e indigentes de la ciudad, a
muchos miles de
"lumpen-proletarios" (gentes al
margen
de toda clase,
sumidas en los
"bajos fondos"), etc.; estas capas y grupos de la población
no son,
sin embargo, los
más revolucionarios. El
carácter del proletariado, consecuentemente
revolucionario, viene determinado por el lugar que
ocupa dentro del sistema capitalista de producción.
El proletariado es la fuerza básica en la producción de los bienes materiales,
necesarios para la existencia
de la sociedad. A diferencia de los campesinos,
vinculados a la forma más atrasada de la economía, a
la pequeña producción, y que se van disgregando como
clase a medida que se desarrolla el capitalismo, el proletariado crece
continuamente con el desarrollo
del régimen capitalista. Está vinculado a la gran
producción industrial y es portador del régimen de
producción más progresivo, el socialista.
Como clase explotada, el proletariado no tiene
propiedad alguna sobre los medios de producción.
Como han dicho Marx y Engels en el Manifiesto del
Partido
Comunista, los proletarios
no tienen nada que
perder en la
revolución, salvo sus
cadenas;
tienen, en cambio, un mundo que ganar.
El proletariado sólo puede liberarse de la
explotación aboliendo la propiedad privada sobre los
medios
de producción; es
decir, suprimiendo toda
forma de explotación del hombre por el hombre. Por
ello, al liberarse a sí mismo, el proletariado libra del yugo de clase a todos
los trabajadores.
El proletariado va uniéndose y habituándose a la
disciplina y a la organización, por las condiciones
mismas de su trabajo en la gran industria; ello le
capacita más que a cualquier otra de las clases
trabajadoras para llevar a cabo acciones unidas, conscientes y organizadas.
El
proletariado no lucha
sólo contra el capitalismo, sino que tiene aliados que
debe atraer a
su lado. Por ser la única clase revolucionaria
consecuente de la sociedad capitalista, está llamado a ganar la hegemonía, es
decir, a ser el dirigente, el
jefe del movimiento
revolucionario de todas
las masas trabajadoras y
explotadas. Lenin,
desarrollando la idea de Marx y Engels acerca de la
misión histórica del proletariado, elaboró en forma completa la tesis de la
hegemonía del proletariado en
el movimiento revolucionario, de su misión como
dirigente revolucionario de
todas las masas
trabajadoras explotadas y oprimidas. Lenin vió en la
conciencia de su hegemonía y en el cumplimiento de ésta una de las condiciones
más importantes de su misión revolucionaria.94
En la sociedad capitalista, existen extensas masas
de trabajadores que no son proletarios, las llamadas capas medias de la
población, los campesinos, artesanos, etc., vinculadas a la pequeña industria y
que ocupan un lugar intermedio entre el proletariado y la burguesía. Son afines
al proletariado en cuanto trabajadores oprimidos por los terratenientes y
capitalistas; están cerca de la burguesía en tanto que propietarios privados y
productores de mercancías. A medida que se desarrolla el capitalismo, las capas
medias se van
disolviendo, se disgregan
y desintegran; una aplastante mayoría de los pequeños campesinos y
artesanos se arruina, se empobrece, se ve privada de su propiedad y pasa a
engrosar las filas del proletariado; una pequeña minoría se enriquece y se
incorpora a las filas de la burguesía.
Sin embargo, este proceso de disgregación de los
campesinos no ha conducido, en ningún país capitalista, salvo en Inglaterra, a
la desaparición de los campesinos como
clase. Los campesinos continúan existiendo, bajo el
régimen capitalista, como clase de pequeños productores de mercancías,
diseminados por todo el país. Los campesinos y artesanos trabajan
aislados en sus
pequeñas haciendas y modestos talleres, aplicando una técnica atrasada,
esclavizados por la propiedad privada, explotados por los terratenientes,
comerciantes y usureros. Las capas medias, en las cuales figuran, en primer
lugar, los pequeños campesinos, constituyen, en la mayoría de los países
capitalistas, del 30 al 45 por 100 de
la población, y
en los menos desarrollados, incluso el 60 y el 70
por 100. Estas
94 V. I Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVII,
pág. 201.
capas representan importantes reservas de la
revolución proletaria, y el proletariado lucha contra la burguesía por
atraérselas.
La victoria del proletariado sobre el capital
depende del grado en que tenga éxito en su lucha por
la
conquista de las
capas medias y,
muy
especialmente, de los campesinos. El proletariado no
puede tomar el
Poder si no
logra, al menos, neutralizar a estas capas medias; si
no consigue aisladas de la burguesía; si, a pesar de todo, forman, en su gran
masa, un ejército del capital
Las acciones revolucionarias del proletariado
francés en 1848 y 1871 condujeron a una derrota porque la clase obrera no había
encontrado apoyo entre los campesinos, chocando con su resistencia. Las
revoluciones de febrero y octubre de 1917 en Rusia terminaron victoriosamente
porque el proletariado ruso supo atraerse y conducir a la mayoría de
los campesinos. La
experiencia de la lucha revolucionaria del proletariado ruso
vino a demostrar, prácticamente, que existía la posibilidad efectiva de
convertir a los campesinos, a su mayoría explotada, de reserva de la burguesía,
como había sido en las revoluciones de Occidente, en reserva del proletariado,
en aliado de éste.
En la actualidad,
el proletariado de
todos los países capitalistas,
siguiendo el ejemplo trazado por
la clase obrera rusa, lucha por atraer a su lado a
los
campesinos trabajadores. En los últimos años, se ha
extendido considerablemente, en Francia e Italia, la
influencia
de los partidos
comunistas sobre los
campesinos. La agravación de la crisis agraria, el
reforzamiento de la explotación del campo por el capital monopolista,
han demostrado a los
campesinos pobres y medios, con evidencia cada vez mayor, que el capitalismo
sólo representa para ellos la ruina y la muerte. Los comunistas de Francia e
Italia, al igual que los de otros países capitalistas, hacen ver a los
campesinos que la clase obrera se propone, con la revolución, entregar la
tierra a los campesinos privados de ella, a los que poseen poca tierra y a
los jornaleros del campo,
y liberados a todos ellos de
cualquier clase de yugo. La lucha consecuente que la clase obrera sostiene por
la paz, la democracia y la independencia nacional contra la reacción
imperialista atrae también a su lado a los campesinos trabajadores y a otras
capas de la población.
Próximos a las capas medias, a quienes el
proletariado gana para su causa, se encuentran los intelectuales, que
representan una capa social intermedia.
Los intelectuales no
han constituido nunca ni pueden
constituir una clase especial, pero tampoco están por encima de las clases.
Representan una capa especial de hombres consagrados al trabajo intelectual,
que sirven a una u otra clase; existen por ello intelectuales burgueses,
pequeñoburgueses y proletarios.
En la sociedad capitalista, los intelectuales
sirven, en lo fundamental,
los intereses de la
clase dominante y explotadora,
de la burguesía.
Como, bajo el capitalismo, se hace en extremo difícil para los hijos
de los trabajadores el
acceso a la instrucción, los intelectuales se
reclutan, preferentemente, entre las capas poseedoras: burguesía, nobleza,
funcionarios, en parte entre los campesinos acomodados y sólo en grado muy
insignificante entre los obreros.
Los intelectuales no pueden tener una política
propia; sus actividades están condicionadas por las
clases a que sirven, y sólo pueden representar una
fuerza cuando se unen a la clase obrera.
El proletariado, por ser una clase explotada, sin
acceso a la instrucción y a la cultura, no se encuentra en condiciones
favorables, bajo el capitalismo, para formar sus propios intelectuales; sólo
puede crearlos en masa después de conquistar el Poder político. La
formación de una
intelectualidad proletaria
comienza, sin embargo, ya bajo el capitalismo, pues en el curso de la lucha
revolucionaria del proletariado se destacan del seno de éste cuadros de
revolucionarios profesionales. Por
otra parte, se pasan aliado del proletariado los
representantes más decididos y honrados de la intelectualidad burguesa.
"Como cualquier otra clase de la sociedad actual -ha señalado Lenin-, el
proletariado no sólo crea sus propios intelectuales, sino que también conquista
partidarios entre todos los hombres cultos.95
En el pasado, sólo un puñado de intelectuales, los
más resueltos y revolucionarios, abrazaban la causa
de la clase
obrera. En nuestra
época, en que el
régimen capitalista encierra a la sociedad en un
callejón sin salida, en que condena a los trabajadores a las calamidades de la
guerra, al paro forzoso y a la miseria, y en que amenaza con destruir todos los
valores culturales y se hace más evidente el marasmo espiritual de la
burguesía, miles y miles de intelectuales avanzados, honestos, capaces de
pensar por su cuenta,
se deciden por
la causa del comunismo. La lucha de la clase obrera
por la paz, contra los instigadores
de la guerra,
contra la reacción imperialista,
conduce a capas cada vez más considerables de la intelectualidad de los países
capitalistas al lado del socialismo.
4. Las formas fundamentales de la
lucha de clase del proletariado.
La lucha de clase del proletariado adopta las tres
siguientes formas: la económica, la política y la
ideológica.
La
lucha económica persigue
como objetivo
defender, principalmente, los intereses
profesionales de los obreros; es decir, la elevación del salario, la reducción
de la jornada de trabajo, el mejoramiento de
las condiciones de
trabajo, etc. Las
huelgas,
95 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. VI,
pág. 176.
parciales y generales, constituyen el arma más
importante en la lucha económica del proletariado.
Históricamente, la lucha económica representa la
primera forma de la lucha de clase del proletariado.
En todos los países, los obreros comienzan a luchar
defendiendo sus intereses
económicos. Y en
esta
batalla, surgen las primeras organizaciones del
proletariado, los sindicatos, que han sido para la clase obrera la escuela de
la lucha de clases.
Bajo el capitalismo de nuestros días, la lucha
económica por las
reivindicaciones diarias de los
obreros,
por la elevación
del salario y el
mejoramiento de sus condiciones de trabajo, reviste una gran importancia para
la clase obrera. Esta lucha,
sin embargo, no puede hacer que la clase obrera se
libre de la miseria.
Bajo el capitalismo,
es inevitable la depauperación relativa y absoluta de la
clase obrera y de todos los trabajadores. La depauperación relativa
de la clase obrera se manifiesta en que desciende la
participación de la clase obrera en la renta nacional,
en tanto que aumenta, por el contrario, la de los
capitalistas. Junto a
la depauperación relativa,
se opera la depauperación absoluta de la clase obrera.
Como ha dicho Lenin, bajo el capitalismo "el
obrero se empobrece de
un modo absoluto,
es decir, va
haciéndose más pobre que antes, se ve obligado a
vivir peor, a alimentarse más pobremente y a comer menos, a vivir estrechamente
en sótanos y buhardillas".96
En la época del imperialismo, se intensifican tanto
la depauperación absoluta como la depauperación relativa de la clase obrera y
de todas las masas trabajadoras;
ello es consecuencia
de la ley económica fundamental del capitalismo
moderno. El capitalismo monopolista ya no se contenta con una ganancia media,
sino que exige la ganancia máxima.
En la época de la crisis general del capitalismo, se
ha vuelto crónico el paro forzoso en masa, lo que
permite a los monopolios reducir el salario de los
obreros
que trabajan. Poniendo
en práctica un
"sistema para exprimir el sudor" de los
trabajadores, los capitalistas intensifican el rendimiento de los obreros,
haciéndoles "sudar conforme a todas las reglas de la ciencia". La
norma de explotación del trabajo se eleva considerablemente, a consecuencia de
ello. Según los cálculos de los economistas, el obrero norteamericano trabajaba
para sí, en 1950, poco más del 20 por 100 de su jornada de trabajo; cerca del
15 por 100 de la jornada lo invertía en sostener a los empleados a sueldo del
capitalismo y el 65 por 100 restante de la jornada trabajaba para el
capitalista.97 La dominación de los
monopolios permite al capitalista fijar, altos precios y expoliar a
96 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XVIII,
pág. 405.
97 M. Smith, La situación de la clase obrera en
Estados Unidos, Inglaterra y Francia después de l Segunda Guerra Mundial, trad.
rusa, Moscú, 1953, pág. 148.
los trabajadores no sólo en tanto que productores de
mercancías, sino también como consumidores de éstas. Los capitalistas recurren,
asimismo, a la inflación y a los impuestos para desvalijar a los trabajadores.
Las concesiones parciales, que los proletarios arrancan a los capitalistas en
épocas de prosperidad o auge
de la vida
económica, suelen verse revocadas
por los mismos
capitalistas al cambiar las
circunstancias, o reducidas a cero con el aumento de los impuestos y la
inflación
Pero del carácter inevitable de la depauperación
relativa y absoluta
de los trabajadores,
bajo el
capitalismo, no se deduce, en modo alguno, que la
lucha
económica del proletariado
sea infructuosa. Los obreros, al
luchar contra los atentados rapaces
del capital, no sólo defienden su existencia misma,
sino que contribuyen al desarrollo progresivo de la
sociedad. Al pelear por la reducción de la jornada de trabajo y por el alza de
los salarios, el proletariado impide a los capitalistas que multipliquen sus
beneficios elevando la plusvalía absoluta, es decir, prolongando la jornada de
trabajo; los capitalistas se ven obligados a recurrir a la elevación de la
plusvalía relativa, a lo que se llega reduciendo el tiempo de trabajo necesario
mediante la intensificación del trabajo
y el empleo
de una técnica
más perfeccionada. La clase obrera, de este modo, fuerza a los
capitalistas a renovar la técnica, a la par que, con la lucha económica, se
organiza para abordar las históricas tareas revolucionarias que tiene planteadas.
Si los obreros no lucharan contra las aspiraciones rapaces del capital,
acabarían convirtiéndose, como ha dicho Marx, en una masa amorfa y pasiva de
hombres extenuados, condenados a la suerte desastrosa de los indigentes.
"Si los obreros se rindieran cobardemente en sus colisiones diarias con el
capital, acabarían por perder, sin duda alguna, la capacidad de iniciar
movimientos de mayor envergadura".98
Los proletarios, librando sus batallas económicas
contra el capital, organizándose en sindicatos y con
una certera y firme dirección de clase, pueden
oponer resistencia a los embates de los patronos contra su
nivel de vida y mejorar, en cierta medida, las
condiciones en que tienen que vender su fuerza de trabajo a los
capitalistas. Ahora bien, para
que el
proletariado se libere de la explotación, tiene que
luchar por abolir las relaciones económicas mismas,
que le obligan a vender su fuerza de trabajo.
La lucha económica
no constituye la
forma fundamental y decisiva de la lucha del proletariado.
La experiencia histórica demuestra que el proletariado sólo
puede lograr un
mejoramiento
radical en su situación económica, destruyendo el
sistema capitalista de economía. Hace más de siglo y medio que el proletariado
lucha, en Inglaterra, por la
98 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa. t. XIII, pág.
147.
elevación de los salarios y por el mejoramiento de
sus condiciones de trabajo. Y no obstante, cabe preguntarse: ¿ha conducido esta
lucha a la liberación de la clase obrera inglesa? Es evidente que no. Al seguir
a los líderes sindicales reformistas y limitarse a la lucha económica, el
proletariado inglés se ha visto
forzado a seguir
uncido al yugo
de la explotación capitalista.
En Rusia, el proletariado, dirigido por el Partido
Comunista,
desplegó, a la
par que la
lucha económica, una lucha política encaminada a derrocar el Poder de la
burguesía y establecer su propio Poder político. El resultado de ello está a la
vista: es la plena liberación económica de la clase obrera y de todos los
trabajadores. Los trabajadores del país del socialismo, libres ya de la
explotación capitalista, mejoran continuamente, año tras año, su situación
material y elevan su nivel cultural.
Por tanto, con la lucha económica exclusivamente no
es posible abolir la explotación capitalista; para
ello, se requiere la lucha política del
proletariado,
dirigida a la conquista del Poder político, y, una
vez conquistado, a conservarlo y consolidarlo. La lucha política expresa los
intereses vitales del proletariado; es, por tanto, la forma superior de la
lucha de clases.
Cuando la lucha económica se libra al margen de
la lucha política,
se crea en
los obreros una
conciencia tradeunionista; es decir, la conciencia
de
sus intereses económicos, exclusivamente. Cuando la
clase obrera lucha políticamente, bajo la dirección
del Partido marxista, se forja en ella una verdadera
conciencia proletaria, de clase, basada en la
comprensión de sus intereses vitales, comunes a la clase en su conjunto. Por
eso Lenin y, siguiendo sus enseñanzas, los comunistas, se oponen a los intentos
oportunistas de limitar la actividad del Partido proletario al
campo de las
relaciones económicas entre los
obreros y los patronos. Lenin ha enseñado al Partido del proletariado a ir a
todas las capas de la sociedad, a hacerse eco de todas las manifestaciones de
opresión y arbitrariedad, violencia y abuso, procedentes de los explotadores, y
a crear una conciencia política, no sólo en los obreros, sino en todos los
oprimidos. Lenin hace hincapié en que el ideal del dirigente activo del Partido
proletario no debe ser el secretario tradeunionista que se limita a
defender los intereses
económicos de los
obreros, sino el tribuno
popular, que sabe
infundir a los obreros la conciencia de la misión
histórica universal del proletariado, jefe de todos los trabajadores y
explotados.
La lucha de clases del proletariado sólo es una
lucha auténtica y consecuente, llevada a sus verdaderos términos, cuando abarca
el campo de la política, y cuando, por otra parte, la lucha política no se
circunscribe a simples reformas dentro de los marcos del capitalismo. Poniendo
al desnudo la diferencia radical que
media entre la
concepción
marxista de la lucha de clases y la concepción
liberal, que tiende a reducir, a empequeñecer esta lucha, limitándola a la
lucha por reformas aisladas, Lenin ha escrito:
"El marxismo considera
que la lucha
de clases se desarrolla en su plenitud, que de verdad es una lucha
"nacional", solamente cuando, siendo una lucha política, destaca en
la política lo más esencial de todo: la estructura del Poder estatal".99
Sólo quien hace extensivo su
reconocimiento de la
lucha de clases a la aceptación
de la dictadura del proletariado puede considerarse marxista.
La dictadura del proletariado no puede llegar a
conquistarse sin llevar a cabo una lucha ideológica. En la sociedad
capitalista, la clase dominante pugna tenazmente por imponer su ideología
burguesa a los obreros. La ideología burguesa dominante se difunde a través de
la escuela, la iglesia, la prensa y el arte, inoculándose en
los obreros por
todas sus condiciones de vida en
la sociedad capitalista. El Partido del proletariado debe luchar por liberar a
los obreros de las ideas y prejuicios burgueses, por inculcar la ideología
socialista en las masas proletarias.
Para que la lucha espontánea de clases se
transforme en una
lucha consciente es
condición
indispensable
que el Partido
marxista infunda la
ideología socialista al movimiento obrero, que los
obreros tengan clara
conciencia de su
misión histórica de enterradores del capitalismo y creadores del
comunismo. El desarrollo de la gran industria capitalista conduce,
necesariamente, a la concentración de la clase obrera y contribuye a su unión y
organización. Pero, para que el proletariado sea capaz de derrocar al
capitalismo, no sólo debe constituirse como clase, sino que debe, además, tener
conciencia de sus intereses de clase cardinales. Debe transformarse, según la
expresión de Marx y Engels, de clase en sí en clase para sí, y ello sólo puede
lograrse mediante la
fusión de la
teoría del socialismo científico
con el movimiento obrero.
Sin teoría revolucionaria, no puede haber
movimiento revolucionario. La
teoría socialista
marxista constituye una guía revolucionaria para el
movimiento obrero. Mientras éste no se guíe por la
teoría revolucionaria; mientras gran parte del proletariado se halle bajo la
influencia de la ideología burguesa y pequeñoburguesa, no podrá sacudirse el
yugo del capital.
Por ejemplo, la fundamental debilidad del movimiento
obrero de los Estados Unidos reside en que la mayoría de los obreros
norteamericanos no han logrado liberarse de la influencia ideológica y
política de la
burguesía. William Z.
Foster, presidente del Partido Comunista de los Estados Unidos, ha
escrito: "La desgracia de los obreros norteamericanos está
en que no
han comprendido aún, ideológicamente, la
lucha de clase
que ellos
99 V. I. Lenin. Obras completas, 4ª ed. rusa, t.
XIX, págs. 97-98.
mismos sostienen. Esta incomprensión de los obreros
respecto de la posición que su clase ocupa en la sociedad capitalista
norteamericana constituye una de las más grandes ventajas de los
patronos".100
Las clases explotadoras y sus agentes en el seno del
movimiento obrero, los dirigentes de los socialistas de derecha, están muy
interesados en oscurecer la conciencia de clase del proletariado, en desviarlo
ideológicamente de sus metas, en minar su fe en sus propias fuerzas, en la
posibilidad de que el socialismo triunfe en todos los países. En nuestra época,
en que el capitalismo se acerca a su fin y entra en la fase de su hundimiento,
en que cobra auge la lucha revolucionaria del proletariado en los países
capitalistas y se
fortalece el movimiento
de liberación nacional en las colonias, la burguesía reaccionaria, con
ayuda de los dirigentes de los socialistas
de derecha y
de los dirigentes reaccionarios de
los sindicatos reformistas,
se esfuerza por inocular en el espíritu de la clase obrera la ponzoña de
la duda, de la desconfianza en sus propias fuerzas, calumnia sistemáticamente a
los comunistas, a los
países del campo
socialista, y entona loas al
capitalismo. La lucha del Partido revolucionario del proletariado contra la
ideología burguesa adquiere, en estas condiciones, una importancia extraordinaria. Sólo
a base de
la ideología revolucionaria del marxismo-leninismo, puede llegar a
superarse la escisión ideológica existente entre los obreros y asegurar la
unidad de la clase obrera. Y la unidad
revolucionaria de la clase obrera constituye la condición indispensable para
que ésta pueda alcanzar la victoria sobre todos los explotadores.
La fuerza de la lucha de clase del proletariado
estriba en su capacidad para saber combinar todas las
formas de dicha lucha: la económica, la política y
la ideológica.
5. Clases y partidos.
La lucha de
clases encuentra su
más acabada
expresión en la lucha entre los partidos políticos,
que expresan, a su vez, los intereses de determinadas clases y dirigen la lucha
de éstas. Los partidos representan, por su composición, un sector de la clase a
que pertenecen, precisamente el más activo desde el punto de vista político.
No todos los partidos políticos, sin embargo, se
presentan abiertamente como
defensores de los
intereses de tal o cual clase. Es cierto que el
partido
revolucionario del proletariado actúa claramente,
sin necesidad de ocultar
los intereses de
clase que
defiende, pero los partidos reaccionarios, que
sirven
a las clases explotadoras, se enmascaran
cuidadosamente, ocultando su faz de clase. Los enemigos del socialismo se
disfrazan, a cada paso, de
100 W.
Foster. El ocaso del capitalismo mundial, ed. en lenguas extranjeras, Moscú.
1951. pág. 83.
socialistas; los mercenarios vendidos al capital
proclaman su defensa desinteresada de los trabajadores, y
los partidos que
traicionan los intereses de la
nación se llaman a sí mismos partidos nacionales.
Lenin ha enseñado a los trabajadores a no dejarse
embaucar por tales
falaces declaraciones; los ha
enseñado a descubrir el verdadero rostro de clase de
los partidos burgueses y pequeñoburgueses y a juzgar
a los partidos, no por sus rótulos, por sus palabras,
por sus consignas o declaraciones, sino por sus
actos.
"Los hombres -ha escrito Lenin- han sido
siempre víctimas necias del engaño y de la quimera, y lo seguirán siendo
mientras no aprendan a descubrir cuáles
son los intereses
de clase, que
se ocultan detrás de
las frases, declaraciones y
promesas morales, religiosas, políticas y sociales".101
La burguesía se vale del abigarrado cuadro de
agrupaciones políticas, desplegado en los países capitalistas, para
confundir a los
trabajadores y ocultar el
antagonismo de clases entre explotadores y explotados. Y
a este mismo
fin sirve la
aparente lucha entre los
partidos burgueses, como
la que libran en los Estados
Unidos demócratas y republicanos. Ambos partidos sirven los intereses del
capitalismo monopolista norteamericano, y la diferencia que entre ellos media
es insignificante. Luchan entre sí, en realidad, por problemas de poca monta, y
cuando más, por el reparto de los jugosos puestecillos del aparato oficial.
Sostienen entre sí un duelo verbal, pero carente de contenido, y engañan, de
esta manera, a los trabajadores, apartándolos así de la
necesaria lucha de
clase por sus
intereses vitales.
Las clases explotadoras no sólo ejercen su
dominación por medio
de la violencia,
sino que
recurren en amplia escala al engaño de los
trabajadores. Junto a
los partidos abiertamente
reaccionario-fascistas, que emplean de un modo
descarado los métodos de terror para aplastar a los trabajadores, hay también,
en los países capitalistas,
partidos liberales que tratan de alejar a los
obreros de la lucha revolucionaria, prometiéndoles pequeñas
reformas y concesiones. Los dirigentes socialistas
de derecha cumplen, en nuestros días, su función de embaucadores de la clase
obrera. Estos recaderos del
imperialismo se valen del atraso de los obreros para
servir los intereses del capital, y son los encargados
de inculcar en su espíritu la ideología burguesa, de
dividir a la clase obrera y apartarla de la lucha revolucionaria. Los
partidos oportunistas de
los
socialistas de derecha constituyen el más importante
punto social de apoyo del imperialismo en el seno del
movimiento obrero.
A cuenta de las enormes ganancias que la
burguesía imperialista obtiene
del saqueo de las
colonias y países económicamente dependientes, de
101 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XIX,
pág. 7-8.
los altos precios monopolistas, etc., puede
permitirse sobornar y corromper a ciertos dirigentes del proletariado, creando
la llamada aristocracia obrera, de la que se nutre el oportunismo en el seno
del movimiento obrero. "Esta capa de obreros aburguesados -ha dicho
Lenin-, esta aristocracia obrera formada por hombres perfectamente filisteos en
su manera de vivir, por la cuantía de sus salarios y por toda
su concepción del
mundo representa el puntal más importante de la Segunda
Internacional, y es, en nuestros
días, el principal
punto de apoyo social (no militar) de la burguesía.
Son éstos verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, ordenanzas obreros de la clase
capitalista..."102
La burguesía inglesa, especialmente, corrompió a los
jerarcas de la clase obrera, desde mediados del
siglo
pasado, aprovechándose para
ello de la
situación monopolista que ocupaba en el mercado
mundial y de sus inmensas colonias. En la actualidad,
son los capitalistas norteamericanos quienes marchan
a la cabeza
en esta política
de sobornar a los
dirigentes de la clase obrera, pues disponen para ello de las máximas ganancias
que obtienen al esquilmar al proletariado de su propio país y a los pueblos de
otros países, arruinados por la segunda guerra mundial.
Los dirigentes oportunistas, corrompidos por las
mercedes y las limosnas de la burguesía, defienden
descaradamente al capitalismo. Después de la Gran
Revolución Socialista de Octubre, los partidos
socialdemócratas ayudaron a
la burguesía de sus
respectivos
países a llevar
a cabo la
intervención
armada contra la Unión Soviética; salvaron al
capitalismo de la revolución proletaria; organizaron sangrientas represiones
contra los obreros y despejaron el camino al fascismo, Actualmente, los
dirigentes socialistas de derecha apoyan las aventureras ambiciones del
imperialismo norteamericano en torno a la dominación mundial y le ayudan a
preparar una guerra rapaz contra la U.R.S.S. y los países de democracia
popular. Los jerarcas socialistas de derecha, en su política reformista, van
mucho más lejos que sus predecesores de la Segunda Internacional,
los Scheidemann, Kautsky, Hilferding, Macdonald y Renaudel. La socialdemocracia
de derecha actual, llegando adelante su vieja misión de servidora de su
burguesía nacional, se ha convertido en una agencia del imperialismo
norteamericano y cumple los más sucios
cometidos en la
empresa de preparar
una nueva guerra y
en la lucha
contra sus propios pueblos.
Los dirigentes socialistas de derecha hermanan su
apoyo a la política exterior, a la política imperialista de los Estados Unidos,
con las prédicas en favor de la "colaboración de
clases" dentro de
sus propios
102 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII,
pág. 182.
países. Estos tránsfugas del marxismo declaran que
el socialismo es una "causa común" de todas las clases. El renegado
de la clase obrera León Blum trataba de convencer a
los obreros franceses
de que el socialismo no
puede llegar a
realizarse, según él, como resultado de la lucha de clases,
sino en virtud del "perfeccionamiento moral del individuo". Para León
Blum, la conciencia del proletariado y su lucha de clase constituían el
"principal obstáculo" en el camino hacia el socialismo. Los
dirigentes laboristas británicos siguen también la política de
"colaboración de clases" con la que sirven al capitalismo. Morgan
Philips, secretario general
del Partido Laborista inglés, ha afirmado lo siguiente:
"Los socialistas británicos rechazan, íntegramente, el marxismo, al igual
que la teoría de la lucha de clases, bajo todas sus formas y manifestaciones.
Tanto su política interior como exterior se basan en los principios
democráticos cristianos, que nos legaron nuestros grandes reformadores
religiosos, mucho antes de que naciera Marx".
Morgan Philips y otros dirigentes socialistas de
derecha de la misma calaña no renuncian a participar en la lucha de clases,
aunque se manifiesten en contra de la teoría marxista de esta lucha. Lo que
ocurre es que participan en ella al lado de la burguesía y en contra del
proletariado, sin que les sirva querer envolver esta actitud con frases acerca
de los "principios
democráticos cristianos". Para comprender cuál es la verdadera función
que los dirigentes socialistas de derecha están llamados a desempeñar, basta
fijarse en los hechos que ocurren en los países capitalistas, cuando la
policía, la gendarmería y las tropas del ejército, obedeciendo órdenes de
ministros "socialistas", desencadenan la represión sobre
los obreros huelguistas
e incluso abren fuego contra
ellos. Los dirigentes socialistas de derecha son un instrumento en manos de la
burguesía imperialista para luchar contra la clase obrera. Y no menos
reaccionario es el papel que desempeñan en el movimiento obrero los dirigentes
de la Federación Americana del Trabajo (A.F.O.L.) y de la Confederación de
Sindicatos Industriales (C.I.O.), quienes tratan de hacer ver a los obreros que
sus intereses coinciden con los de los "businessmen".
La labor de Creen como presidente de la A.F.O.L. fué
tan provechosa para los capitalistas que éstos le
premiaron con una medalla de oro en la que figuraba
esta inscripción: "Por haber colaborado con
éxito con los industriales."
La vieja y
anticuada teoría reformista
de la
"armonía
de clases" se
ve reforzada, ahora,
con falaces consideraciones acerca de la "desaparición de las
clases" y con la afirmación de que las fronteras de clase van borrándose
en el seno del capitalismo. Los dirigentes socialistas de derecha, siguiendo a
los sociólogos y economistas burgueses, sostienen que la ampliación de
las sociedades anónimas
representa
una "democratización del capital". Tratan
de ocultar, con ello, la realidad de que el verdadero dueño y señor sigue
siendo el puñado de grandes accionistas, que se vale de la emisión de pequeñas
acciones para ampliar el saqueo de la población.
Antes, los dirigentes reformistas, movidos por su
afán de
apartar al proletariado
de la lucha
por la
conquista del Poder, restringían el horizonte de la
lucha de clases,
reduciéndola a una
lucha por alcanzar insignificantes mejoras
en cuanto a las
condiciones de trabajo; en la actualidad, renuncian
pura y simplemente a la lucha de clases. Bajo la
bandera de la
"colaboración de clases", hacen fracasar las
huelgas, organizan el
esquirolaje y dividen a los
sindicatos; y todo ello, con el fin de reducir a la impotencia a la clase
obrera.103
Los partidos de los socialistas de derecha, aunque
agrupen a obreros, no son, en realidad de verdad, partidos proletarios,
sino partidos burgueses
en el seno de la clase obrera.
Mediante su influencia sobre las capas más atrasadas de los obreros, dividen al
proletariado con el designio de debilitar sus fuerzas e impedir que pueda
derrocar al régimen capitalista. Es inevitable, por ello, que en el seno de
esos partidos se entable una lucha entre los obreros sencillos, que por su
posición de clase gravitan hacia la lucha revolucionaria, y los dirigentes
socialistas de derecha que apoyan al capitalismo.
Los verdaderos partidos proletarios, es decir, los
que expresan los intereses de la clase obrera, son los
partidos comunistas, creados sobre la base
ideológica
del marxismo-leninismo. Estos partidos son
defensores consecuentes y decididos de los intereses del proletariado y de
todos los trabajadores, a los cuales unen y elevan a la lucha contra toda forma
de opresión, a la lucha por el comunismo.
El marxismo-leninismo nos enseña que el partido es
la forma superior de organización de clase del proletariado. Siendo la lucha
política la forma fundamental de la lucha de clase del proletariado, es lógico
que el partido político represente, a su vez, la forma superior de su
organización de clase. Todas las demás organizaciones del proletariado
(sindicatos, cooperativas, organizaciones culturales, etc.) representan
importantes puntos de apoyo en la lucha de
clases, pero sólo
el partido político
proletario
103 A qué grado de traición han llegado los
reaccionarios jerarcas sindicales, lo demuestra el arreglo concertado en 1950
entre Walter Reuter, presidente del Sindicato de Trabajadores de la Industria
Automovilística, y la empresa "General Motors". Conforme a este
convenio, los jefes sindicales, después de haber recibido una limosna de la
"General Motors", se comprometieron a no declarar huelgas en sus
fábricas de automóviles ni a exigir aumento
de salarios durante
cinco años. Después
de haber firmado el contrato, la
"General Motors" intensificó el trabajo de los obreros en un 25-50
por 100, lo que le permitió despedir a muchos trabajadores. El convenio resultó
tan ventajoso para los capitalistas, que las firmas "Ford" y "Chrysler"
se adhirieron a él. Walter Reuter es actualmente presidente del Congreso de
Sindicatos Industriales.
puede unificar la labor de todas las organizaciones
proletarias y darles una dirección única en la lucha por liberarse plenamente
de toda suerte de opresión. Sin la existencia de un partido revolucionario
marxista, templado y capaz, el proletariado no podría alcanzar la victoria
sobre sus enemigos de clase, derrocar
el Poder de
éstos y establecer
su propio Poder político y, una
vez que haya triunfado la revolución, conservar y consolidar el Poder
conquistado y marchar
por el camino
de la edificación del socialismo.
Para que el partido del proletariado pueda cumplir
su misión de jefe, de dirigente de la lucha de clases, se requiere:
a) que sea
el destacamento de vanguardia, consciente, marxista, de la
clase obrera, pertrechado con el conocimiento de las leyes por las que se rigen
la sociedad y la lucha de clases; b) que sea un destacamento organizado de la
clase obrera, soldado por la unidad de programa, estrategia y táctica, por la
unidad de acción y por una disciplina única;
c) que se
mantenga la unidad del
partido como la condición fundamental de su propia fuerza y
vitalidad; d) que
en sus filas
se observe una disciplina férrea; e) que el partido
sostenga una lucha intransigente contra el oportunismo y depure sus filas de
los elementos oportunistas, recordando que no es posible combatir al
imperialismo si sus agentes se hallan enquistados en el estado mayor de la
clase obrera; f) que reconozca y corrija, valientemente, sus defectos y errores
por medio de la crítica y la autocrítica; g) que estreche sus vínculos con las
masas, de lo que depende la fuerza del partido; h) que aplique el principio
leninista de la dirección colectiva en todos los escalones del partido, desde
los más bajos hasta los más altos.
Lenin y sus compañeros de lucha crearon, paso a
paso, el Partido
Comunista, en las
durísimas
condiciones de la Rusia zarista, mientras se
replicaba
a los numerosos golpes asestados por el zarismo, y
se luchaba contra la burguesía y sus agentes en el seno del movimiento obrero,
contra los "economistas", los mencheviques, los trotskistas,
social-revolucionarios, anarquistas, nacionalistas, etc. En la creación del
Partido Comunista de la U.R.S.S., desempeñaron un papel importantísimo las
históricas obras de Lenin,
¿Qué
hacer?, Un paso
adelante, dos pasos
atrás,
Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución
democrática y Materialismo y empiriocriticismo, que sentaron los fundamentos
ideológicos, orgánicos, tácticos y teóricos
del partido de
nuevo tipo, "Durante
veinticinco años, Lenin cuidó y educó a nuestro partido, como el partido obrero
más fuerte y templado del mundo", dijo Stalin al pie de la tumba de Lenin.
Inspirándose en el Partido Comunista de la Unión
Soviética,
partido proletario de
nuevo tipo, se crearon,
en otros países,
partidos comunistas
hermanos.
Después de la
Revolución socialista de
Octubre, que condujo a la destrucción del yugo de
los capitalistas y terratenientes, los representantes de los partidos hermanos,
llevados de su admiración por el temple
y los éxitos
del Partido Comunista
de la Unión Soviética, le
honraron con el título de la "brigada de choque" del movimiento
obrero y revolucionario mundial.
Ningún partido ha sufrido ni sufre persecuciones tan
duras como las que los partidos comunistas de los
países capitalistas tienen que afrontar por parte de
la reacción. Decenas de
miles de hijos
del Partido
Comunista francés ofrendaron su vida en aras de la
liberación de la patria, durante los años de la ocupación nazi;
por ello, dicho
partido se hizo
acreedor,
en aquellos años,
al honroso título
del
"Partido de los fusilados". Pero la
influencia de los comunistas, pese a las persecuciones, crece en todos
los países capitalistas. El número de comunistas en
todo el mundo, antes de la segunda guerra mundial,
no pasaba de 5 millones, mientras que en 1952 era ya
superior a 25 millones. Entre los Partidos
comunistas
extranjeros hay verdaderos partidos de masas, como
el italiano, que ha pasado de 58.000 miembros antes de la guerra a más de 2
millones en 1953; el francés, cuyos efectivos han ascendido de 340.000 a
506.000 miembros, etc. Los Partidos Comunistas de Italia y Francia se han
ganado a la mayoría de la clase obrera de
sus países, desplegando
una lucha heroica
en favor de los intereses de los trabajadores. Y el hecho de que la
influencia de los comunistas vaya en aumento es absolutamente lógico. Los partidos
comunistas van ganando una autoridad cada vez mayor entre las masas, porque
defienden valerosa y abnegadamente los intereses de los trabajadores. En los
años en que el fascismo dominaba en Europa, los comunistas fueron los
combatientes más firmes, más audaces y abnegados en la lucha contra el yugo
fascista, en la lucha por la libertad y la independencia nacional de los
pueblos. Y, en nuestros días, siguen siendo los combatientes más esforzados en
la defensa de los intereses de los trabajadores, en la lucha por la libertad y
la independencia de sus pueblos amenazados por el imperialismo norteamericano,
el nuevo pretendiente a la dominación mundial.
Nikos Beloyannis, miembro del Comité Central del
Partido Comunista de Grecia, fusilado en 1952
por órdenes de los imperialistas yanquis, dijo, en
sus últimas palabras ante el tribunal que lo condenó: "El
Partido Comunista de Grecia no tiene por qué pedir a
nadie diplomas de patriotismo. Los ha recibido ya del pueblo y se los ha ganado
con su sangre… Las raíces
del Partido Comunista griego, regadas con la sangre
de los
patriotas, se hunden
profundamente en las
entrañas
mismas del pueblo,
y no podrán arrancárselas ni los tribunales
militares, ni las condenas a muerte"
La fuente de la fuerza inagotable y de la vitalidad
de los
partidos comunistas radica
en su íntima
vinculación con el pueblo, cuyos intereses
defienden.
6.
Agudización de la
lucha de clases
en los países capitalistas en la
etapa actual.
En el período transcurrido desde la terminación de
la segunda guerra mundial, se han agudizado
intensamente las contradicciones de
clase y se ha
intensificado
también la lucha
de clases del
proletariado contra la burguesía en los países
capitalistas más importantes. Esta lucha confirma una
vez más la
justeza de la
ley, descubierta por el
marxismo-leninismo, según la cual es inevitable la
agudización de la lucha de clases en la sociedad capitalista, así
como la revolución
socialista. Las ideas burguesas
acerca de una "conciliación" o "colaboración" entre las
clases revelan, con mayor evidencia aún, su falta de fundamento.
Todos los cambios operados en la disposición de las fuerzas de clases, tanto en la situación
internacional,
como en el
seno de cada
país capitalista,
conducen, necesariamente, a
una
agudización de la lucha de clases en la sociedad
capitalista.
La derrota sufrida por el bloque hitleriano y la
victoria de la Unión Soviética, durante la segunda
guerra mundial, cambiaron la correlación de fuerzas entre los dos sistemas -el
socialista y el capitalista- en favor del socialismo. Los cálculos de los
círculos imperialistas de Estados Unidos e Inglaterra de que la guerra
debilitaría a la Unión Soviética y fortalecería al capitalismo,
resultaron fallidos. La
Unión Soviética se fortaleció aún más, y del sistema capitalista se
desgajaron, en Europa y Asia, una serie de países en los que se instauró el régimen
de democracia popular. La histórica victoria de la revolución
democrático-popular en China asestó un durísimo golpe al imperialismo. Todos
los países de democracia popular, junto con la Unión Soviética, forman un único
y poderoso campo socialista enfrentado al campo del capitalismo. Una de las
consecuencias más importantes de la existencia de los dos campos opuestos es el
desdoblamiento del mercado mundial único
y omnímodo en dos
mercados mundiales paralelos: el mercado del campo democrático, socialista, y
el mercado de los países del campo imperialista. La contracción del mercado
capitalista mundial agrava el fenómeno crónico de las empresas que no trabajan
a plena rendimiento y el paro forzoso crónico en los países capitalistas, a la
par que agudiza la crisis general del capitalismo, con todas las
contradicciones que lleva aparejadas. Los capitalistas tratan de encontrar una
solución a sus problemas, intensificando la explotación de los trabajadores,
preparando una nueva guerra y sometiendo la economía a sus objetivos bélicos.
Pero la militarización de la economía y la intensificación de la carrera de
armamentos no pueden resolver las contradicciones inherentes al capitalismo,
sino que,
por el contrario, vienen a agudizarlas y ahondarlas
aún más. La supeditación de la economía a los fines de guerra agrava las
dificultades económicas y empeora
la situación material
de los trabajadores. Los gastos de guerra absorben
casi las tres cuartas partes del presupuesto
nacional de los
Estados Unidos, el 42 por 100 del de Inglaterra y el 33 por
100 del de
Francia. Para cubrir
estos gastos, se recurre a la expoliación de los
trabajadores, mediante
el alza de los impuestos, el aumento de la
inflación, etc. Los impuestos que pesan sobre la población en
los Estados Unidos se elevaron más de 12 veces en
1952, en comparación con los años 1937 y 1938,
tomando en cuenta
incluso la depreciación
de la
moneda. Toda la carga de los impuestos, por otra
parte, recae sobre los trabajadores. A comienzos de
1952, el obrero norteamericano entregaba al
recaudador de impuestos 32 centavos de cada dólar de su salario.
El encauzamiento de la economía por los carriles de
la guerra va acompañado, en la industria civil, por
una
reducción de la
producción, lo que
viene a agravar aún más el paro
forzoso, que ya sin esto tiene carácter crónico. Solamente en los Estados
Unidos,
Japón, Inglaterra, Italia y Alemania Occidental, el
número de obreros parados total o parcialmente se
elevaba a 32 millones.
La inflación, que ha subido vertiginosamente con la
carrera de armamentos, el alza de precios y de los
impuestos conducen a un descenso sistemático del
salario real y a la expoliación de los trabajadores en
beneficio de la burguesía.
Según
datos del Sindicato
de Electricistas, el costo de la vida en los Estados Unidos en
1952 subió
casi tres veces en comparación con 1939. El
"modo
de vida norteamericano", tan cacareado por la
prensa burguesa, ha conducido a que dos terceras partes de
las
familias norteamericanas carezcan
del mínimo
vital. Pero aún es más grave la situación de la
clase obrera en los países capitalistas que dependen de los Estados Unidos y a
los que los imperialistas norteamericanos quieren transferir la carga
fundamental de la preparación de una nueva guerra.
Todo ello conduce a una agudización de la lucha de
clases. En todos los países capitalistas crece el movimiento huelguístico. En
efecto, de 1946 a 1950, el número de huelguistas en 16 países capitalistas,
incluyendo los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Japón, Italia,
se elevó a 50 millones,
lo que representa el triple del
período de 1935 a 1939. En los Estados Unidos, durante los cinco años
anteriores a la segunda guerra mundial, se habían declarado en huelga 5.600.000
obreros; en cambio, en los primeros cinco años de la posguerra el número se
elevó a más de 14 millones. En los años siguientes, el número de huelguistas ha
continuado aumentando. Según datos proporcionados por el Ministerio de Trabajo
de los Estados Unidos, en 1950 se declararon en huelga en
el país 2.400.000 obreros; en 1951, 2.200.000; y en
1952, el número de huelguistas fue de 3.500.000.
El movimiento huelguístico reviste formas más agudas
en los países esclavizados por el imperialismo norteamericano, en los cuales es
especialmente bajo el nivel de vida de los trabajadores. Durante la huelga de
los mineros franceses, de septiembre y octubre de
1948, se libraron verdaderos combates, en el curso
de los cuales la
policía y las
tropas ocuparon por la
fuerza de las armas las minas y barriadas obreras,
empleando contra los
huelguistas las bombas
de
gases
lacrimógenos, los tanques y la
artillería. En
1950, el número de huelguistas, en Francia, fué de
más de
millón y medio
y en agosto
de 1953 se
extendió una ola de huelgas por el país que abarcó a
cuatro millones de obreros.
El imperialismo norteamericano estrangula y condena
a la ruina a muchas ramas de la industria nacional de otros países
capitalistas, provocando con
ello nuevas formas de lucha de clase del
proletariado. En 1950, los
obreros italianos, negándose
a
abandonar las fábricas y plantas industriales
clausuradas, trabajaron sin patronos durante un período de 80 a 90 días. Los
obreros de la fábrica
"Redjano" de Redjo-nel-Emilia, habiendo
recibido órdenes de la dirección para cerrar temporalmente la
fábrica, con objeto de adaptarla a la producción de
guerra, ocuparon los talleres y durante más de un año, hasta octubre de 1951,
continuaron trabajando
dedicados a la producción civil. La dirección de la
fábrica trató de
expulsarlos de los
talleres,
recurriendo a la fuerza o a diversas artimañas, pero
acudieron en defensa
de los obreros,
en todo
momento, los trabajadores de la ciudad y de toda la
región.
En la situación
actual, la lucha
económica del
proletariado se halla muy estrechamente vinculada a
la lucha política. La defensa de los intereses económicos de los trabajadores
depende en una medida muy considerable de los éxitos que logren en su lucha
contra una nueva guerra mundial y contra la carrera de armamentos. Los obreros,
al declararse en huelga, no sólo luchan por salarios más altos y por mejorar
las condiciones de trabajo, sino también contra los planes belicistas. El
incremento del movimiento huelguístico revela la fragilidad de la retaguardia
de los instigadores imperialistas de guerras.
La preparación de una nueva guerra imperialista va
acompañada de un proceso de fascistización de los Estados burgueses, como lo
demuestran una serie de hechos, entre ellos la revisión de las Constituciones y
leyes electorales vigentes, con el fin de restringir los derechos de los
trabajadores; la persecución solapada y la violencia abierta contra los
dirigentes del movimiento progresivo y, en particular, contra los comunistas;
la promulgación de leyes antiobreras, dirigidas contra los derechos sindicales,
como la ley
Tait-Hartley, aprobada en 1947 en Estados Unidos y
que coarta el derecho de huelga de los obreros, concediendo a las autoridades
la facultad de prohibir las acciones huelguísticas, a la par que reduce el
campo de acción de los sindicatos y da facilidades a los patronos para
contratar esquiroles. Y aún tiene un carácter fascista más descarado la ley
MacCarran, promulgada en 1950, y que permite a las autoridades, si se presenta
una "situación extraordinaria", detener y recluir, en campos de concentración,
sin orden judicial, a los elementos progresistas.
La fascistización de los regímenes políticos en los
países capitalistas, la abolición de los derechos democráticos más
elementales provocan la resistencia que oponen las masas
trabajadoras, encabezadas por la clase obrera. Con frecuencia, estallan huelgas
como protesta contra las medidas reaccionarias adoptadas por los gobiernos
burgueses, en solidaridad con otros obreros o por otros motivos.
El hecho de que la burguesía renuncie a las
libertades democráticas burguesas y a la defensa de los intereses nacionales es
un indicio revelador de su propia
debilidad. Al volverse
todavía más reaccionaria y
convertirse en enemigo principal del movimiento
de liberación, rompe
todos sus nexos con el pueblo y, con ello, se debilita
más aún.
El proletariado es, en la actualidad, la única clase
que puede aglutinar en torno suyo a todas las fuerzas democráticas y
patrióticas y tomar en sus manos la bandera de la defensa de la democracia y de
la soberanía nacional. Todo esto contribuye a fortalecer al proletariado y a
debilitar a la burguesía y crea condiciones favorables para que los partidos
comunistas y democráticos agrupen, en torno suyo, a la mayoría del pueblo, para
que se conviertan en la fuerza dirigente de la nación; y ello, a su vez, viene
a suministrarles toda clase de fundamentos para vencer en todos los países
capitalistas.
En las condiciones actuales, la lucha por los
intereses de clase está vinculada, indisolublemente, a la lucha por los
intereses generales democráticos y nacionales, a la lucha por la democracia,
por la independencia nacional de los países avasallados por el imperialismo
norteamericano.
La lucha por la paz y contra la amenaza de una nueva
guerra tiene también este carácter democrático
general. El movimiento de los partidarios de la paz
no puede considerarse como
un movimiento
exclusivamente proletario, ni por su composición ni
por sus objetivos. No persigue la meta de destruir al capitalismo y de
instaurar el socialismo, sino que se
circunscribe a los objetivos democráticos de la
lucha por mantener la paz, por impedir una nueva guerra.
Ahora bien, aunque dicho movimiento se haya limitado
a estos objetivos democráticos, sólo ha podido convertirse en una poderosa
fuerza gracias a
la dirección del proletariado. Y la tarea central de
los partidos comunistas y
obreros, en las
actuales
circunstancias, no puede ser otra que lograr una paz
firme y duradera, organizar y unir a las fuerzas de la paz contra las fuerzas
de la guerra.
Las masas populares oponen una creciente
resistencia a los
preparativos de guerra
del
imperialismo
norteamericano. Los comunistas
franceses e italianos y los de otros países europeos
han declarado solemnemente,
en nombre de las
masas de sus países, que sus pueblos no empuñarán jamás las armas contra la
Unión Soviética. Las masas populares de todos los países apoyan la política
exterior, la política de paz de la Unión Soviética, encaminada al aflojamiento
de la tirantez internacional, a la prohibición de las armas atómicas y demás
medios de exterminio en masa de la población, a la reducción de los armamentos
y al alivio de la carga de los impuestos. La actuación del Consejo Mundial
de la Paz
y la labor
de los Congresos mundiales en
defensa de la paz, convocados por él, han contribuido valiosamente a la causa
de la paz. En diversos países, la lucha por la paz ha revestido la forma de
acciones directas, prácticas, contra los promotores de una nueva guerra; así,
por ejemplo, los obreros se niegan a cargar y descargar el
material bélico norteamericano, a cumplir los pedidos de guerra de los
Estados agresivos, etc.
Los fundadores del marxismo-leninismo han enseñado a
los proletarios a apoyar todo movimiento
democrático en contra de la reacción y aglutinar, en
torno suyo, a las masas populares. El proletariado
sólo
puede defender sus
intereses de clase
y garantizar la victoria del socialismo siempre que no
actúe
solo, aisladamente, es
decir, que luce
como jefe, como dirigente de la lucha democrática general. El
proletariado está llamado a ser el jefe de esta lucha
contra la reacción imperialista, que amenaza la
seguridad y la independencia nacional de los pueblos.
La idea de la hegemonía del proletariado se halla
presente en los
programas de los
Partidos Comunistas de la Gran Bretaña, la India y el Japón,
elaborados en el período de la posguerra.
Desarrollando en forma
creadora el marxismo
y
aplicándolo
a las condiciones
peculiares del desarrollo de sus
países, los partidos comunistas inscriben en sus programas la idea de que las
masas
populares deben agruparse en torno al proletariado.
El programa del Partido Comunista de la Gran
Bretaña señala el camino de este país hacia el
socialismo, planteando la
necesidad de la instauración del Poder popular. El
programa señala también que una condición importantísima de esta tarea es la
creación de una amplia coalición popular formada por
todas las capas
trabajadoras. "Esta amplia
alianza entre todas las capas del pueblo británico, que acabará decididamente
con el poder despótico de los ricos sobre el porvenir de la Gran Bretaña, sólo
puede ser creada asentándose sobre la
unidad de la clase obrera, como la fuerza decisiva y
dirigente de dicha alianza, como la clase más interesada en luchar por una
nueva sociedad."
Mientras que el programa del Partido Comunista
de la Gran
Bretaña es un
programa de
transformaciones
revolucionarias
socialistas, los
programas de los Partidos Comunistas de la India y
el Japón establecen las reivindicaciones de estos partidos con vistas a una
revolución democrática, que es, por su esencia, antifeudal y antiimperialista.
Los Partidos Comunistas de
la India y el Japón
fijan como condición indispensable para esta revolución la creación del
frente único democrático, en el cual se aglutinen, en torno al proletariado,
los campesinos, los intelectuales y otras capas medias, así como la burguesía
nacional, interesada en librar al país del yugo de los señores feudales y de
los imperialistas extranjeros.
Pero una condición importantísima para que las
amplias masas populares
se alineen al
lado del
proletariado,
en la lucha
por realizar tanto
la
revolución
democrática como la
revolución socialista, es la unión revolucionaria, la unidad revolucionaria del
proletariado mismo. La experiencia histórica demuestra que la
reacción imperialista ha podido derrotar al proletariado allí donde éste se
hallaba dividido a consecuencia de la política capituladora de los dirigentes
socialistas de derecha.
La política escisionista de la clase obrera es una
de las armas más importantes utilizadas por los imperialistas para
aplastar las fuerzas
de la democracia y del
socialismo, para hacer descender el nivel de vida de los trabajadores y
desencadenar la guerra. La unidad de la clase obrera sólo puede lograrse luchando,
al mismo tiempo,
contra la política escisionista
de los dirigentes socialistas de derecha,
que llevan al
movimiento obrero la influencia de la burguesía e introducen la
división en sus filas. Factor importantísimo en la lucha por la unidad del
movimiento obrero es la táctica del frente único, la unidad de acción de los
obreros establecida desde abajo, pese a la oposición de los dirigentes
socialistas de derecha, en torno a las reivindicaciones políticas y económicas
que interesan a todos los obreros.
La unidad de la clase obrera constituye la piedra
angular de la victoria decisiva sobre el capitalismo. Si la clase obrera actúa
unida, será invencible y no habrá fuerza social capaz de hacerla frente. He ahí
por qué los partidos comunistas se plantean la tarea de llegar a la unidad de
acción de la clase obrera, de ganar a su lado a las amplias capas de campesinos
trabajadores, de organizar una firme alianza entre el proletariado y los
campesinos y de aglutinar a los obreros y campesinos en un poderoso y coherente
ejército, capaz de resistir a los ataques de la reacción y de derrocar el
capitalismo. Este ejército se forja en
la lucha de clases, que avanza, incontenible, en los
países capitalistas.
La lucha de clases discurre, en esos países, de
manera desigual. La
debilidad relativa del
movimiento obrero en países como Estados Unidos e
Inglaterra puede explicarse, entre otras causas, por
el hecho de que la burguesía todavía dispone en ellos de
la posibilidad de sobornar a los dirigentes de la
clase
obrera, merced a los beneficios que obtiene
explotando a los pueblos de los países coloniales y
dependientes. Ahora bien, la agravación de la crisis
general del capitalismo, y el ascenso del movimiento
de liberación nacional en las colonias y países dependientes, reducen esas
posibilidades, minan la retaguardia del imperialismo, contribuyen a que la
clase obrera se eleve a un plano más revolucionario en el seno mismo de las
ciudadelas fundamentales del imperialismo y crean condiciones favorables para
la unidad y la victoria de todas las fuerzas revolucionarias.
7. La dictadura del proletariado como continuación
de la lucha de clases, bajo nuevas formas.
Las clases y
la lucha de
clases, en el período
de transición del
capitalismo al socialismo.
La experiencia de la Unión Soviética y de los países
de democracia popular ha venido a confirmar la tesis de los clásicos del
marxismo-leninismo de
que la conquista
del Poder político
por la clase obrera, la
instauración de la
dictadura del
proletariado, constituye el factor decisivo en la
supresión de las clases explotadoras, primero, y más
tarde, de todas las clases en general.
La desaparición
de las clases supone, ante todo, la abolición de la propiedad privada
sobre los medios
de producción, para dejar paso a la propiedad
social. El primer paso, decisivo, para la solución de esta
tarea es la expropiación de los medios de producción
pertenecientes a las clases explotadoras, es decir, a los terratenientes y
capitalistas.
En Rusia, donde la revolución socialista al mismo
tiempo que resolvía sus tareas cardinales debía dar
cima también a las tareas no resueltas por la
revolución democrática burguesa, el Poder soviético expidió, el primer día de
su existencia, el decreto
sobre la tierra. Por él se abolía para siempre la
propiedad privada sobre la tierra y se confiscaban sin
indemnización las tierras de los terratenientes, de
la corona y de las comunidades religiosas, entregándose en usufructo gratuito a
los campesinos trabajadores.
La aplicación de este decreto permitió que los
campesinos recibieran más
de 150 millones
de
desiatinas
de tierras de
latifundios y que desapareciera la agricultura
latifundista. Ello hizo posible, a su vez, no sólo que se acabara con las más
pavorosas supervivencias del régimen de la
servidumbre feudal, sino también que el proletariado
ganara para su causa, para la revolución socialista,
a las amplísimas capas campesinas, que habían sufrido todo el rigor del yugo de
los terratenientes.
Para minar los cimientos económicos del capitalismo y sentar
las bases de
la economía
socialista, el proletariado victorioso nacionalizó,
en
el curso de unos meses -de fines de 1917 a mediados
de 1918- la gran industria, los bancos, los ferrocarriles, la
marina mercante, el
comercio exterior, etc.
La nacionalización de la industria y los bancos, es
decir, la abolición de la propiedad privada sobre las
fábricas,
plantas industriales, bancos
y otras
empresas, así como su transformación en bienes de
todo el
pueblo, dio los
siguientes resultados: a)
expropiación de la gran burguesía, y más tarde de la
burguesía media, a consecuencia de lo cual la gran
burguesía fue destruida por la fuerza; b) eliminación de la dependencia
financiera y de otra índole con respecto al capital internacional; e)
liberación de la mayoría de la clase obrera (todos los obreros de las
industrias nacionalizadas) de la explotación y, por consiguiente,
transformación de la clase obrera de clase explotada, privada de medios de
producción, en clase liberada de la explotación, dueña con todo el pueblo de
las fábricas, plantas industriales, etc.; d) creación de un régimen económico
socialista, que fué ocupando las posiciones dominantes de la economía nacional
y adquiriendo, paulatinamente, una función rectora en el desarrollo de toda la
economía.
La
economía del período
de transición del capitalismo al
socialismo se caracteriza
por la
coexistencia
de varios tipos
económicos. En los
primeros años de la revolución, existían en la Rusia
soviética elementos pertenecientes a cinco tipos económicos distintos, entre
los cuales se destacaban por su mayor importancia tres formas fundamentales: el
tipo socialista, el capitalista privado y el tipo de la pequeña producción de
mercancías. A estos tres tipos económicos distintos correspondían, a su vez,
tres clases: la clase obrera, los campesinos trabajadores, que no explotaban
trabajo ajeno, y los elementos capitalistas (los restos de la burguesía urbana
y los kulaks, en el
campo), relegados a
un plano secundario, de clase no
fundamental.
Los mismos tipos de economía y, consiguientemente, las mismas clases existen
actualmente en los países de democracia popular del
Centro y Sudeste de Europa, que basándose en la
experiencia de la Unión Soviética, y contando con su apoyo, llevan a cabo el
paso del capitalismo al socialismo. Estos países resolvieron las tareas de la
revolución democrático-burguesa en
el primer período que siguió a su
liberación y llevaron a cabo en los años de 1945 a 1946, especialmente, las
transformaciones agrarias revolucionarias, siguiendo el ejemplo del país
soviético. Sin embargo, en ellos, a diferencia de lo que se hizo en la Unión
Soviética, la
tierra no fué nacionalizada, sino entregada a los
campesinos como propiedad particular. Los partidos comunistas y
obreros han tenido
presente que el nuevo Poder, en la mayoría de los países
capitalistas, no puede abolir la propiedad privada sobre la tierra
inmediatamente después del derrocamiento del viejo régimen, porque la pequeña
propiedad privada existe en ellos hace ya muchos decenios y los campesinos
creen que su abolición constituye una expropiación injusta. Repartiendo los
grandes latifundios feudales y entregándolos en propiedad a los campesinos, el
Poder democrático-popular ha acabado con la clase de los terratenientes y
logrado que los campesinos trabajadores hagan causa común con el proletariado.
A la par que se realizaban estas transformaciones democráticas revolucionarias,
ya en la primera etapa de la revolución de los países de democracia popular, se
llevaban a cabo también, algunas transformaciones socialistas. Al pasar a la
segunda etapa, es decir, a la de las transformaciones socialistas, se dio cima
a la nacionalización de la gran industria capitalista, de los bancos, los
transportes, etc. Con el cumplimiento de estas tareas, que en la mayoría de los
países de democracia popular fueron
abordadas en los
años
1947 y 1948, se aseguró la desaparición de la gran
burguesía.
En el período de transición del capitalismo al
socialismo, es inevitable que haya diversos tipos de economía, ya
que las premisas
necesarias para la
transformación socialista de la economía nacional no
maduran por igual en sus diversas ramas. En Rusia,
como en la mayoría de los países capitalistas, el
capitalismo había alcanzado tal
grado de
concentración de los medios de producción que fué
posible expropiárselos a la burguesía inmediatamente después del
triunfo de la
revolución proletaria,
convirtiéndolos en bienes de toda la sociedad. En la
agricultura, los medios
de producción seguían
hallándose divididos entre millones de pequeños
propietarios, pese al crecimiento del capitalismo. Ello hizo que fuera
inevitable la existencia de la pequeña
producción mercantil, incluso después de haber
triunfado la revolución socialista. Con el reparto de
las tierras de los terratenientes, aumentó más en la
Rusia soviética el número de pequeñas haciendas, lo que, unido a la
expropiación parcial de los kulaks
llevada a cabo por los comités de campesinos pobres
en la
segunda mitad de
1918, condujo a
que se
elevara el peso específico de los campesinos medios;
y, como consecuencia de todo ello, el campesino medio se
convirtió en la
figura central de
la
agricultura del período de transición.
Si la abolición
de la propiedad
privada de las clases explotadoras constituye el primer
paso para la
desaparición de las clases, el segundo lo representa
la
colectivización de los medios de producción de los
pequeños productores de
mercancías. La pequeña
producción
mercantil constituye la
raíz económica
más profunda del capitalismo. Como dice Lenin, bajo
las condiciones del período de transición del capitalismo al socialismo, la
pequeña producción engendra el capitalismo y la burguesía constantemente, cada
día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa.
Ahora bien, para acabar con la pequeña propiedad
privada de los trabajadores no se puede seguir el mismo camino que para abolir
la gran propiedad privada de los explotadores; es decir, el camino de la
expropiación. Este camino, al que querían empujar al Partido los enemigos del
leninismo, los trotskistas, habría sido fatal para la dictadura del
proletariado, ya que la clase
obrera sólo puede
mantenerse en el Poder con el apoyo de los campesinos
trabajadores y aliada a ellos.
El
objetivo del proletariado
socialista, con respecto a los
explotadores, consiste en aplastar, implacablemente, su resistencia y expropiar
sus medios de producción.
Pero el objetivo
de la dictadura del
proletariado, por lo que toca a las masas del campo y a los trabajadores en
general, es absolutamente distinto: no
se trata de
aplastarlos, sino de prestarles
toda clase de
ayuda, incorporándolos a la edificación del socialismo.
Como
demuestra la experiencia
de la Unión
Soviética, el destino del socialismo depende de que
se establezca y consolide la alianza entre el proletariado y los campesinos
trabajadores, particularmente los campesinos medios. Durante los años de guerra
civil, la alianza entre los obreros y los campesinos del país soviético tenía
un carácter político y militar,
y se mantenía
porque la clase obrera y los campesinos trabajadores
estaban unidos por el interés de derrotar a los intervencionistas y a las
guardias blancas. En los años de la edificación pacífica, el Partido Comunista
fortaleció la alianza entre la clase obrera y los campesinos trabajadores sobre
nuevas bases, sobre bases económicas. Tanto la clase obrera
como los campesinos
trabajadores estaban interesados ahora en restaurar la economía
devastada por la guerra y en hacer que el desarrollo de la agricultura se
encarrilara por cauces socialistas. El desarrollo por la vía capitalista sólo
podía traer la ruina a la mayoría de los campesinos. Esto es lo que determina
la comunidad de intereses entre los campesinos trabajadores y la clase obrera.
Al mismo tiempo, era inevitable que dentro de la
propia alianza entre la clase obrera y los campesinos
surgieran contradicciones en relación con problemas
especiales, con problemas cotidianos. La clase
obrera y los campesinos
individuales no sólo
son clases
diferentes por su situación económica, sino también
por las tendencias económicas distintas que una y
otra siguen. La tendencia socialista es característica del proletariado; la
tendencia mercantil-capitalista lo es de los campesinos, como clase de
propietarios privados. Aunque los campesinos no son socialistas
por su situación de clase, sí son trabajadores y,
por consiguiente, pueden y deben ser incorporados al camino de la edificación
del socialismo.
El marxismo-leninismo, al subrayar la necesidad de
la alianza entre la clase obrera y los campesinos,
nos enseña que la victoria del socialismo exige no
una alianza cualquiera, sino precisamente una
alianza en la que el papel dirigente corresponda a la clase obrera y que tenga
como meta la consolidación de la dictadura del proletariado y la edificación
del socialismo.
Lenin señala científicamente cuáles son los
caminos para incorporar
a los campesinos trabajadores a la edificación del
socialismo, en los artículos y discursos sobre la nueva política económica, y
muy especialmente en sus últimos artículos de enero y marzo de 1923, titulados
Sobre la cooperación, Cómo podemos
reorganizar la Rabkrín [Inspección
obrera y campesina] y Más vale menos, pero mejor. Lenin señalaba que después
que el proletariado ha conquistado el Poder y expropiado a los terratenientes y
capitalistas, es necesario desarrollar, por todos los medios, la industria
socialista, equipar adecuadamente la agricultura, transformada sobre una nueva
base técnica; que es necesario, asimismo, que los pequeños campesinos y los
campesinos medios se agrupen, poco a poco, en cooperativas de producción, y que
se establezca una alianza económica entre la ciudad y el campo, entre la industria
y la agricultura,
por medio del intercambio de
productos, desarrollando por
todos los medios el comercio de Estado y el cooperativo y desplazando a
los elementos capitalistas de la circulación de mercancías. Las tesis
programáticas de Lenin han servido de base a la política de industrialización
del país y a la política de colectivización de las haciendas campesinas,
elaboradas posteriormente, bajo todos sus aspectos y a base de una
fundamentación científica, en los trabajos de J. V. Stalin, así como en las
resoluciones del Partido Comunista y del Gobierno soviético.
La industrialización socialista se tradujo en un
aumento del peso específico del régimen socialista de economía y en la
eliminación de los elementos capitalistas privados de la industria y del
comercio. El desarrollo de la industria socialista significó también un aumento
de la fuerza y la influencia de la clase obrera en el país. La
industrialización socialista sentó las premisas materiales para la
transformación socialista de la agricultura; por otra parte, la ayuda de la
clase obrera a los campesinos trabajadores, en el terreno de la producción,
fortaleció la alianza entre ellos. De este modo, se crearon las condiciones
para que los campesinos ingresaran en masa en los koljóses, a la par que, sobre
la base de una colectivización total, se hizo posible la liquidación de la
última clase explotadora, que era también, a su vez, la más numerosa: la clase
de los kulaks.
La liquidación de esta clase explotadora, que
durante largo tiempo había conservado importantes posiciones en
la agricultura, sólo
podía llevarse a cabo mediante la expropiación violenta. En
el XI Congreso del Partido Comunista (bolchevique), celebrado en
1922, Lenin predecía
que la clase obrera y los campesinos trabajadores
tendrían que librar una última batalla, decisiva, contra el capitalismo
engendrado por la pequeña hacienda campesina. El Partido Comunista y el Poder
soviético pusieron en pie, para librar esta batalla, a las masas de campesinos
pobres y medios, y a fines de 1929 se produjo el histórico viraje de la
política de desplazamiento y restricción de los elementos capitalistas del
campo hacia la nueva política de liquidación de los kulaks como clase. Las
consecuencias de la colectivización total de las haciendas campesinas y la
expropiación de los kulaks fueron las siguientes: a) fué liquidada la clase de
los kulaks, la última y a su vez la más numerosa clase explotadora; b) la clase
de los campesinos, la más numerosa entre las clases trabajadoras, abrazó el
camino del socialismo; c) se creó la base socialista en la rama de la economía
nacional de la U.R.S.S. más amplia y de vital necesidad, pero, al mismo tiempo,
más atrasada en el pasado, es decir, en la agricultura.
Al analizar cuáles son los caminos que llevan a la
desaparición de las
clases, Lenin abordaba
el problema de las nuevas formas que adopta la lucha de clases en la
época de la dictadura del proletariado. Con la instauración de la dictadura del
proletariado, no desaparece la
lucha de clases;
cambia simplemente de- forma y, en muchos aspectos, se vuelve más aguda,
más encarnizada. El cambio fundamental que se opera en la lucha de clases,
después de la revolución socialista, consiste en que la clase obrera libra
ahora esa lucha como clase dominante, empleando contra sus enemigos todas las
armas de que dispone el Poder estatal. Las formas anteriores de la lucha
de clase del
proletariado pierden su valor. Las huelgas, el boicot, la insurrección y
otras formas semejantes dejan de ser armas de la clase obrera para convertirse,
por el contrario, en instrumentos de lucha de las clases enemigas. Lenin, en el
esbozo del folleto Sobre la dictadura
del proletariado, señala cinco
nuevas formas y tareas de la lucha de clases del proletariado en el período de
transición del capitalismo al socialismo.
En primer lugar, como forma nueva de la lucha de
clases del proletariado, aparece el aplastamiento de
la resistencia de los explotadores. Esta resistencia
de los explotadores se agudiza, particularmente, cuando,
después de haber sido derrotados, se lanzan
encarnizadamente a la lucha por la reconquista del Poder y de la riqueza
perdidos.
En segundo lugar, si la dictadura del proletariado
ha sido instaurada en un solo país, sujeto al cerco
capitalista, la resistencia de los países
capitalistas se convierte, inevitablemente, en guerra civil, que es, por otra parte, la forma más
aguda de la lucha de clase del proletariado. A causa de las variadas relaciones
internacionales entre los capitalistas, los obreros y campesinos soviéticos
tuvieron que librar de 1918 a 1920 no sólo una guerra civil contra los
terratenientes y capitalistas derrocados por la revolución, sino que se vieron
obligados, al mismo tiempo, a rechazar
la invasión de los
intervencionistas armados extranjeros.
Una
nueva forma de
la lucha de
clases es, en tercer lugar, la dirección por el Estado
de la pequeña burguesía y, en particular,
de los campesinos. Las capas pequeñoburguesas de los trabajadores ocupan
una posición intermedia, pues, además de trabajadores, son pequeños
propietarios de medios de producción; por ello, adoptan una actitud vacilante
entre el proletariado y la burguesía. El Poder estatal constituye un medio
importantísimo para que la clase obrera
logre atraer a
su lado a estos aliados inestables, vacilantes. La dictadura
del proletariado, según nos enseña Lenin, representa la dirección de todos los
trabajadores por una sola clase, el proletariado.
Una cuarta forma de lucha de clases la tenemos en la
influencia que la clase obrera ejerce sobre todas las
capas de la intelectualidad burguesa con el fin de
emplear
a los especialistas
burgueses en la edificación de la nueva sociedad. El
proletariado, al
tomar el Poder, no dispone todavía de la experiencia
ni de los conocimientos necesarios para dirigir y
administrar la economía del país. De ahí la necesidad de tomar a su servicio a
los especialistas burgueses, aprovechando su experiencia y conocimientos, a la
par que
los reeduca. La
utilización de los especialistas burgueses se convierte en
una forma de la lucha de clases, en virtud de que el proletariado victorioso
tiene que superar su resistencia, reprimir por la fuerza sus intentos de
sabotaje, etc.
Una
nueva forma de
la lucha de
clases es, en quinto lugar, la tarea de educar a toda la
población
trabajadora en la
necesidad de acatar
una nueva
disciplina,
la disciplina del
trabajo, la disciplina social, y la del Estado. El
proletariado no sólo tiene que vencer la resistencia del enemigo de clase, sino
también la resistencia de grupos y capas atrasados de trabajadores,
contaminados por los hábitos y tradiciones
burgueses. "Tal vez la
lucha de clases vaya también dirigida en el período de
transición del capitalismo al socialismo -escribe Lenin- a defender los
intereses de la clase obrera frente al puñado de obreros, grupos
o capas de
trabajadores que se aferran tenazmente a las tradiciones (y
hábitos) del capitalismo y que continúan viendo al Estado soviético como se
veía al Estado antes: trabajar para él lo menos y lo peor posible y sacarle
todo el dinero
que se pueda".104
La educación de los trabajadores en un nuevo
espíritu de disciplina se lleva a cabo, principalmente,
por medio del convencimiento, sin que esto quiera
decir que se descarte la aplicación de métodos
coactivos, si bien éstos deben ir dirigidos contra los holgazanes, los
parásitos, los aprovechados, los pícaros, etc. La coacción se ejerce por el
Estado proletario sujetándose a las leyes que él mismo establece, por medio de
sus normas e instituciones jurídicas.
Así, pues, el Poder estatal se convierte en el arma
principal de la
lucha del proletariado
contra las fuerzas y tradiciones
del capitalismo, no sólo en el campo de la política y la economía, sino también
en el de la educación ideológica. He ahí por qué Lenin caracterizaba a la
dictadura del proletariado, en su trabajo El izquierdismo, enfermedad infantil
del comunismo, como una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica,
militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las
tradiciones de la vieja sociedad.
La lucha de clases, lejos de amortiguarse en el
período de transición del capitalismo al socialismo,
se
agudiza. El leninismo
ha puesto al
desnudo la
"teoría" revisionista burguesa acerca de
la atenuación y la extinción de la lucha de clase, que predicaban los
bujarinistas, defensores de los kulaks. "En la
historia,
no se ha dado jamás el caso de que las clases
moribundas se retiren voluntariamente de la escena -
ha dicho J. V. Stalin-. No se ha dado jamás en la
historia el caso de que la burguesía agonizante no
apelase a sus últimas fuerzas para defender su existencia".105 Los
elementos capitalistas, que se ven desplazados por los avances del socialismo y
que sienten que la tierra se va hundiendo bajo sus pies, no cejan por ello en
su resistencia, sino que recurren, por el contrario, a medios y formas de lucha
aún más agudos.
El mundo capitalista,
llevado de su
hostilidad hacia el Poder soviético, ha apoyado con todas sus
fuerzas a los restos de las clases explotadoras
dentro del país. Como resultado de la conjunción de dos
fuerzas antisoviéticas, la de los imperialistas
extranjeros, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y el Japón, de una parte, y la
de la contrarrevolución de la
burguesía y los terratenientes de Rusia, de otra, se
llevó a cabo una intervención armada contra el Poder
soviético en los años de 1918 a 1920. Pero, al ser
derrotada la intervención armada y al desarrollarse la edificación pacífica por
los obreros y campesinos, los
enemigos del Poder soviético trataron de hacer
fracasar esta obra
de edificación organizando
el
sabotaje dentro del país. El sabotaje era una forma
de intervención económica y, como la intervención armada, producto de la
conjunción de dos fuerzas
antisoviéticas: el capital internacional y los
grupos de especialistas burgueses, enemigos
del Poder soviético.
Entre las fuerzas enemigas de que se valía la
burguesía internacional para tratar de minar al país
del socialismo, ocupaban un lugar especial los
restos
de los partidos, grupos y tendencias antileninistas,
que habían sido derrotados por el Partido Comunista, y entre los que se
contaban los mencheviques, social- revolucionarios, trotskistas,
zinovietistas, bujarinistas, nacionalistas, etc. La actividad de todos
estos grupos enemigos del socialismo reflejaba la resistencia que ofrecían las
clases explotadoras derrotadas.
Por eso el Partido Comunista educa a los
trabajadores en el espíritu de la vigilancia revolucionaria.
La propia experiencia de los países de democracia
popular viene a
confirmar también el
carácter
inevitable de la lucha de clases, en el período de
transición del capitalismo al
socialismo. La
existencia de la Unión Soviética determina la
presencia de ciertas formas peculiares en la lucha de clases de
estos países. Mientras
que en la
Unión
Soviética los obreros y campesinos victoriosos se
vieron obligados a librar una guerra civil frente a la
contrarrevolución interior y a defender su país de
la intervención militar extranjera, en los países de democracia popular del
Centro y Sudeste de Europa,
que cuentan con el apoyo de la Unión Soviética, las
fuerzas enemigas no han podido
desatar la guerra
civil. Los imperialistas no han podido desencadenar,
por las mismas
razones, contra esos
países la
intervención armada, que llegaron a organizar, sin
embargo, en Grecia.
Esto no quiere decir, no obstante, que los países
de democracia popular puedan avanzar hacia el
socialismo por la vía pacífica, sin lucha de clases y sin que ésta se agudice,
como afirmaban los oportunistas de derecha y los nacionalistas infiltrados en
las filas de los partidos comunistas y obreros.
El campo imperialista no se resigna, en modo alguno,
a que los pueblos del Centro y Sudeste de Europa se hayan sacudido el yugo del
imperialismo. Movida por su anhelo de restaurar
el orden capitalista, de hacer fracasar la edificación socialista en
esos países, volviéndolos contra la Unión Soviética; la
reacción imperialista recurre
a los medios más infames y
pérfidos, organizando la provocación y el espionaje, complots, actos de
sabotaje, incendios premeditados, asesinatos, y preparando la intervención.
La
experiencia de la
lucha de clases
enseña a todos los trabajadores
la necesidad de ejercer
una
vigilancia revolucionaria y de ser intransigentes
con
los enemigos del pueblo.
104 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXVIII, pág. 79.
105 J. V. Stalin, Obras completas. ed. española, t.
XII, pág., 41.
8. La victoria del socialismo en la U.R.S.S. y los
cambios operado en la estructura de
clases de la sociedad soviética.
La victoria del socialismo en la U.R.S.S. produjo
un cambio radical en la economía de la sociedad
soviética y, consecuentemente, en su estructura de clases. Los trabajadores
soviéticos, después de haber consolidado la propiedad socialista sobre los
medios de producción en todas las ramas de la economía nacional, acabaron con
la explotación del hombre por el hombre y con todas las clases explotadoras.
Desaparecieron los capitalistas en la industria, los terratenientes y kulaks en
la agricultura y los comerciantes y especuladores en la esfera de la circulación
de mercancías.
La
composición social de
la población de la
U.R.S.S., según los datos del censo de 1939, es la
siguiente: obreros de la ciudad y del campo, 34,2 por
100;
empleados, 17,5 por
100; campesinos
koljosianos
y artesanos de
cooperativas, 46,9 por
100; campesinos individuales y artesanos no
cooperativistas, 2,6 por
100; personas que
no
trabajan, 0,04 por 100 de la población.
La sociedad socialista, por consiguiente, está
formada por dos clases: los obreros y los campesinos,
y por una capa intermedia: los intelectuales. Todos
estos grupos sociales han experimentado en el curso
de la edificación del socialismo cambios muy profundos.
Ha cambiado la clase obrera de la U.R.S.S. De
ella no
forman parte ya
obreros que trabajen
en
empresas capitalistas privadas, pues semejantes
empresas ya no
existen en la
U.R.S.S.; tampoco
forman parte de ella los obreros agrícolas, es
decir, los jornaleros, explotados por los kulaks. Todos los obreros soviéticos
trabajan ahora en
empresas
socialistas; la clase obrera se ha liberado
totalmente de la explotación. Ya no puede llamarse proletariado
a la clase obrera de la Unión Soviética, que es,
ahora, una clase obrera de nuevo tipo, la clase obrera de una sociedad en
que se ha
consolidado la propiedad
socialista sobre los instrumentos y medios de
producción; una clase nueva, que dirige a la sociedad
socialista por el camino hacia el comunismo.
Ha cambiado también la clase de los campesinos
en la
U.R.S.S., ya que
el Poder soviético
la ha
liberado no sólo de los terratenientes, sino también
de la explotación de los kulaks. Los campesinos ya
no constituyen una clase de pequeños propietarios
privados, sino que son, en su inmensa mayoría, koljosianos. Los koljosianos
trabajan conjuntamente
en grandes haciendas colectivas, en las que se
hallan colectivizados los medios
fundamentales de
producción y en las que se aplica la técnica
agrícola más avanzada.
También se han operado cambios profundos entre
los trabajadores intelectuales de la U.R.S.S. Ha
cambiado, ante todo,
su propia composición:
mientras que, antes de la revolución, la mayor parte
de ellos procedía de la nobleza, de la burguesía, del clero, etc., en 1936 el
80 al 90 por 100 de los intelectuales soviéticos procedían de la clase obrera,
de los campesinos y demás capas de trabajadores. Y ha cambiado, así, también el
mismo carácter del trabajo intelectual:
en tanto que
antes de la revolución los
intelectuales estaban al servicio de las clases
poseedoras, los intelectuales
soviéticos se hallan al servicio
del pueblo. Por consiguiente, en los años de la edificación socialista se ha
creado en la U.R.S.S. una intelectualidad de nuevo tipo, soviética,
vinculada estrechamente a
su pueblo, a
la clase obrera y a los
campesinos.
Fruto de todos estos cambios en la estructura de
clases de la sociedad soviética es su unidad moral y política. En la sociedad
socialista no existen ya clases antagónicas, enemigas, puesto que las clases
explotadoras han sido liquidadas y los obreros, campesinos e intelectuales
viven y trabajan en una atmósfera de fraternal colaboración. Bajo el
socialismo, ya no hay grupos sociales que puedan apropiarse el trabajo ajeno
valiéndose de la posición que ocupan en el sistema de producción.
Esto no quiere decir, sin embargo, que hayan
desaparecido todas las
diferencias de clase.
Para llegar a la desaparición
total de las clases no basta que hayan sido destruidas todas las clases
explotadoras, ni basta tampoco abolir toda clase de propiedad privada sobre los
medios de producción; se requiere también que desaparezca la diferencia
esencial entre la ciudad y el campo, así como la que media entre el trabajo
físico y el intelectual. Bajo el socialismo, que constituye la primera fase del
comunismo, no existe ya contraposición entre la ciudad y el campo, entre el
trabajo físico y el intelectual,
puesto que no
hay explotación del hombre por el hombre; sin embargo, media
todavía una diferencia esencial entre ellos. Lo que tiene su explicación en el
hecho de que, en la sociedad soviética, existen aún diferencias entre la clase
obrera y los campesinos y también entre estas clases y los intelectuales.
La diferencia más esencial que media entre la ciudad
y el campo radica, bajo las condiciones del socialismo, en la existencia de dos
formas de propiedad socialista: la propiedad estatal y la
cooperativa-koljosiana. La propiedad
estatal, que sirve de base a la
clase obrera, constituye la forma más alta de colectivización de los medios de
producción, que se convierten así en bienes de todo el pueblo; la propiedad
koljosiana es la propiedad de los koljóses por separado, y si bien es
socialista, social, no es la propiedad de todo el pueblo, sino de un grupo. De
estas diferencias entre las dos formas socialistas de
propiedad se deriva
la diferente posición económica
que ocupan los obreros y campesinos en el sistema de la producción socialista.
Los
obreros y campesinos se
diferencian, además, por la relación
especial que mantienen
con los medios de producción, por
su papel específico dentro de la organización social del trabajo, por la
distinta manera de percibir sus ingresos; por todo ello, siguen siendo todavía
dos clases distintas.
Por consiguiente, la estructura de clases de la
sociedad socialista, como las de las sociedades anteriores, está condicionada
por las formas de propiedad sobre los medios de producción que en ella imperan.
Las diferencias existentes entre la clase obrera y
los campesinos reflejan el carácter peculiar de las vías que siguen una y otra
clase en su marcha hacia el comunismo. Pero, a diferencia del período de
transición, en que la clase obrera y los campesinos se apoyaban en tipos
económicos distintos (el socialista en la industria y el de la pequeña
producción de mercancías en la agricultura), estas dos clases descansan, ahora,
sobre una base económica común: el sistema socialista de economía, que se ha
consolidado tanto en la ciudad como en el campo. Gracias a la colectivización
de las haciendas, los campesinos se han ido aproximando a la clase obrera, y
los intereses de unos y otros discurren actualmente por el mismo camino, por el
camino del fortalecimiento del socialismo y la construcción del comunismo.
La alianza entre la clase obrera y los campesinos
koljosianos constituye la base, la médula de la unidad
moral y política de la sociedad soviética. La meta
de
esta alianza es la construcción de la sociedad
comunista, en la que desaparecerán definitivamente las diferencias entre la
clase obrera y los campesinos y la que media entre estas clases y los
trabajadores intelectuales. Esta meta sólo puede ser alcanzada con el fortalecimiento continuo
de la alianza
entre la clase obrera y los
campesinos.
Premisa indispensable de este fortalecimiento es el
establecimiento de las debidas proporciones entre el ritmo de desarrollo de la
industria y el de la agricultura. Ya en su XII Congreso había subrayado el
Partido que "la interdependencia existente entre la clase obrera y los
campesinos se apoya, en última instancia, en la interdependencia entre la
industria y la agricultura". Los Plenos del Comité Central del Partido
Comunista de la U.R.S.S. de septiembre de
1953 y de febrero y marzo de 1954 plantearon la
tarea de seguir impulsando, por todos los medios, en
el futuro, la industria pesada, de garantizar el
auge
vertical de la agricultura y de superar, de esa
manera, la discontinuidad que
ha ido formándose
entre el
ritmo de desarrollo
de la industria
y el de la
agricultura. El cumplimiento de esta tarea asegurará
una elevación mucho
más rápida del
bienestar material del pueblo soviético y representará una contribución
importante al fortalecimiento ulterior de la alianza entre la clase obrera y
los campesinos.
La alianza entre la clase obrera y los campesinos
koljosianos se fortalece sobre la base del desarrollo ulterior de las
relaciones socialistas de producción. Se fortalece, igualmente, la alianza
entre la ciudad y el campo; la ciudad presta una enorme ayuda al campo, en
el terreno de la producción, proporcionando a los koljóses por
medio de las estaciones de máquinas y tractores una técnica de primera clase.
El desarrollo de las estaciones de máquinas y tractores refuerza la dirección
del Estado en los koljóses. El Partido Comunista y el Estado socialista
fortalecen por todos los medios la alianza entre la ciudad y el campo bajo la
forma mercantil, considerando el comercio soviético como un eslabón de
importancia vital en el sistema general de las relaciones económicas
de producción entre
la industria de Estado y la agricultura koljosiana. Al continuo
fortalecimiento de la alianza entre la clase obrera y los campesinos contribuye
también el mejoramiento de las formas de distribución de los productos, así
como las medidas adoptadas por el Partido y el
Gobierno para elevar el interés económico de
los koljóses y
koljosianos en el aumento de la producción agrícola.
El Partido Comunista y el Estado socialista no sólo
fortalecen los nexos económicos entre la clase obrera y los campesinos
koljosianos, sino también los vínculos políticos y culturales. Bajo las
condiciones del socialismo, la clase obrera sigue siendo la clase más avanzada;
es la clase que ejerce la dirección del Estado en la sociedad y la que lleva
tras sí a los campesinos, superando las supervivencias de la psicología de pequeños propietarios
que aún subsisten entre ellos. El
ascenso paulatino del nivel cultural hasta ponerse al nivel de la ciudad
representa una enorme aportación cultural de la ciudad a los campesinos.
Las fronteras entre las clases se van borrando en
la U.R.S.S., gracias
al fortalecimiento de
las
relaciones económicas, políticas y culturales entre
la
ciudad y el campo.
Estas fronteras entre la clase obrera, los
campesinos y los intelectuales van borrándose en el proceso de transición del
socialismo al comunismo en forma gradual, sin que este fenómeno vaya acompañado
de conflictos de clase. En las formaciones
sociales antagónicas, la
fuerza motriz del desarrollo
histórico ha sido
siempre y sigue siendo la lucha de clases; la sociedad
socialista, por el contrario, se desarrolla sobre la base de la colaboración
fraternal entre todos los grupos sociales que la integran.
La sociedad socialista no conoce los conflictos de
clases; las relaciones entre las clases que la forman
son relaciones de colaboración fraternal. Ahora
bien,
esto no quiere
decir, en modo
alguno, que haya desaparecido en la U.R.S.S.
todo terreno propicio
para la lucha de clases. La ley de la lucha de
clases
sigue rigiendo en las relaciones entre la U.R.S.S. y
el mundo capitalista, en las relaciones entre la manera socialista de
vivir y las
supervivencias del capitalismo
dentro del propio país.
En los años de la edificación socialista, se han
producido profundos cambios en todas las capas de la sociedad soviética,
por lo que
toca a sus
ideas, gustos, costumbres, y se ha elevado la conciencia socialista.
Pero los vestigios del capitalismo no han desaparecido todavía
de la conciencia de los hombres. Estos vestigios se mantienen,
en primer lugar, porque la conciencia humana marcha a la zaga de su existencia;
en segundo lugar, porque existe aún el mundo capitalista, empeñado en avivar y
mantener dichos vestigios.
Con la derrota y destrucción de los restos de las
clases explotadoras en la U.R.S.S., la burguesía ha
perdido toda suerte de apoyos de clase dentro de la
propia Unión Soviética. Por ello mismo pugna, con
tenacidad aún mayor, por aprovechar en su beneficio
las
supervivencias capitalistas subsistentes
en la
conciencia de los hombres soviéticos: la psicología
de pequeño propietario, la supervivencia de la moral burguesa, la
sumisión servil de
algunas gentes aisladas ante la
cultura de Occidente, las manifestaciones
de cosmopolitismo, nacionalismo, etc. Los servicios de
inteligencia del imperialismo no se limitan a enviar sus agentes al país
socialista desde el exterior, sino
que tratan de reclutar,
dentro del país, a gentes
contaminadas de los hábitos pequeñoburgueses, llenas de prejuicios
nacionalistas, a los arribistas y degenerados. En el informe del Comité Central
al XIX Congreso del Partido Comunista de la U.R.S.S. se decía que la sociedad
soviética no está libre de la penetración de ideas extrañas, tanto desde fuera
-por parte de los Estados capitalistas-
como desde dentro,
por parte de los
restos aún no liquidados, en el seno del Partido, de los grupos enemigos del
Poder soviético. Después de liquidar
las clases explotadora
en la U.R.S.S. siguieron existiendo
todavía enemigos encubiertos del pueblo, portadores de las
ideas y de la moral burguesas. Prueba de esto es el desenmascaramiento del
enemigo del pueblo, Beria. Estos enemigos disimulados, con el apoyo del campo
imperialista, tratan de impedir que la sociedad soviética avance hacia el
comunismo. He ahí por qué el Partido Comunista advierte a los ciudadanos
soviéticos de la necesidad de ejercer una atenta vigilancia política y de luchar
contra la complacencia y la candidez, que constituyen terreno propicio para
toda actividad nociva.
La lucha de clases que libran los trabajadores
soviéticos constructores del
comunismo, se ha
desplazado
ahora con mayor
fuerza del exterior
contra las fuerzas imperialistas enemigas. El pueblo
soviético ha resuelto con éxito, dentro del país, el
problema
de "quién vencerá
a quién", pero
este
problema se plantea, con mayor fuerza aún, en las
relaciones entre la U.R.S.S. y los Estados imperialistas. "Puesto que en
la U.R.S.S. han sido liquidadas las clases antagónicas y se ha alcanzado la
unidad moral y política de la sociedad soviética, toda la agudeza de la lucha de clases se ha trasladado ahora, para la
U.R.S.S., a la palestra internacional", ha dicho Malenkov.106
La lucha entre los dos sistemas -el socialista y el
capitalista- es, por su esencia, una forma peculiar de
la lucha de
clases. Es la
lucha del campo
del
socialismo
contra el campo
de la reacción imperialista. La lucha entre estos
dos campos determina actualmente el
curso de la
historia universal y constituye el eje en torno al cual gira la lucha de
clases de nuestros días.
La debilidad del campo capitalista radica en sus
insolubles contradicciones internas, que lo llevarán, inevitablemente, a su
hundimiento. Los intentos de los imperialistas de eludir este hundimiento
lanzándose a aventuras guerreras y desencadenando una nueva guerra mundial no
harán más que acelerar la bancarrota de todo el sistema del capitalismo. La
fuerza del campo socialista reside en su unidad interna, en la cohesión de los
pueblos que lo forman, después de haberse
librado del yugo
del imperialismo. La Unión Soviética es el primer país del mundo en que
se han suprimido las clases explotadoras,
en que no
existen antagonismos de clase y en que se ha logrado una cohesión
y unidad monolíticas de toda la sociedad. Y en ello se contiene uno de los
fundamentos más importantes de la superioridad de la sociedad socialista sobre
la capitalista.
Resumen.
La teoría marxista-leninista de las clases y de la
lucha de clases parte del hecho de que la división de
la sociedad en clases se halla condicionada por un
determinado modo de producción de los bienes materiales. La
lucha de clases
constituye una ley
importantísima y la fuerza motriz de la
historia de las sociedades de tipo
antagónico.
El marxismo-leninismo demuestra que la división de
la sociedad en clases es un fenómeno histórico; que, por la
misma fuerza de la necesidad
que ha
hecho surgir las clases al llegar a una determinada
fase de desarrollo de la sociedad, las clases tendrán
que ser destruidas, cuando la sociedad alcance otra
etapa de desarrollo. La destrucción de
las clases es condición
importantísima para la
marcha ulterior
del
progreso social. La
lucha de clase
del proletariado conduce necesariamente a
la
instauración de la dictadura del proletariado, que
es,
106 G.
Malenkov, Informe del Comité Central del P.C.(b) de la Unión Soviética en la
Conferencia de finales de 1947, de representantes de algunos Partidos Comunistas, ed. rusa, pág.
37.
a su vez, el instrumento, el medio para acabar con
la división de la sociedad en clases y para crear la sociedad sin clases, la
sociedad comunista.
La teoría marxista-leninista de las clases y de la
lucha de clases pertrecha a los partidos comunistas y
a los trabajadores
de todos los
países con la
concepción
histórica del carácter
inevitable de la lucha de clases del proletariado y con la concepción de ésta como un fenómeno
sujeto a leyes. Sirve de fundamento a la política proletaria revolucionaria y pone al desnudo,
inexorablemente, la política reformista
y capituladora, que trata de "armonizar los intereses" del
proletariado y la burguesía.
La teoría
marxista-leninista de la
lucha de clases enseña al partido del
proletariado a no amortiguar esa lucha,
a llevarla hasta su final victorioso, hasta el derrocamiento del capitalismo y
el triunfo del comunismo.
CAPITULO VI. EL ESTADO Y EL DERECHO.
En los capítulos sobre "clase y
supraestructura" y sobre "Las clases y la lucha de clases" hemos
examinado bajo una forma general el problema de las instituciones políticas y
jurídicas, del carácter de sus nexos con la base económica y de la función que
desempeñan en la vida social, en el desarrollo de la sociedad y en la lucha de
clases. En el presente capítulo estudiaremos de un modo especial la naturaleza
del Estado y el derecho, sus orígenes y su función en la lucha de clases y en
la vida social.
1. El Estado
y el derecho,
como supraestructura política y
jurídica erigida sobre la base económica.
Decía
Lenin que había
pocos problemas tan
embrollados por los ideólogos de las clases
explotadoras, por los representantes de la filosofía, la jurisprudencia y la
sociología burguesas como el problema del Estado. Y la explicación de ello está
en que el problema de la naturaleza y las funciones del Estado es algo que toca
a los intereses vitales de las clases. Esperar de los representantes de la
sociología y la jurisprudencia burguesas que pongan al descubierto la verdadera
naturaleza del Estado sería tan necio como esperar de los teólogos y los servidores
del clero que revelaran la verdadera naturaleza de la religión. Los intereses,
la conciencia y el instinto de clase dicen a los representantes de la
"ciencia" y a los publicistas burgueses que no conviene disipar las
nieblas místicas que envuelven al Estado burgués como resultado de las
multiseculares prédicas religiosas y de otro tipo de las clases explotadoras en
torno a él.
Los sociólogos y juristas burgueses presentan al
Estado capitalista como una institución situada por
encima de las clases y al margen de ellas, situada, a
su modo de ver, por encima de la sociedad. Algunos
de ellos sostienen que el Estado es una organización
destinada a "mantener el orden", que, a la manera del guardián
nocturno, vela por el descanso de todos los ciudadanos. Otros definen el Estado
como el vínculo que mantiene unida a la sociedad y le impide desintegrarse.
Otros afirman que la misión del Estado consiste en mitificar las
contradicciones de clase, en conciliar entre sí a las clases enemigas, y así
sucesivamente. Todas estas
"teorías"
coinciden en una cosa: en negar
la naturaleza de clase del Estado.
Es la misma posición que adoptan los dirigentes de
los socialistas de derecha, en todos los países. Uno de los peores
falsificadores del marxismo, Karl Renner, en su folleto titulado El mundo nuevo
y el socialismo (1946), presentaba al Estado burgués parlamentario como una
institución situada por
encima de las clases,
asegurando que el
sufragio universal convierte al
proletariado de clase oprimida en clase "enraizada en el Estado". Es
el mismo punto de vista en que se colocan los líderes de los socialistas de
derecha en todos los países.
Para juzgar de la naturaleza de tal o cual Estado
hay que atenerse, no a lo que escriban acerca de ello
los políticos e ideólogos de la burguesía y de otras
clases explotadoras, sin excluir a los socialistas de
derecha, sino a la política mantenida por el Estado
de que se trate y a la clase a quien sirva esta política. Las falaces
invenciones acerca del Estado que se nos
dice situado por encima de las clases se encarga de
refutadas toda la realidad efectiva y cotidiana de los
Estados burgueses, y en particular su actividad en
los momentos de los
choques de clases
entre el
proletariado y la burguesía, en que todas las armas
del poder del Estado, la policía, el ejército, los tribunales de justicia,
etc., se ponen abiertamente en
acción para aplastar a los obreros.
En realidad, el Estado es la organización política
de la clase económicamente dominante. El Estado es
la
organización puesta en
manos de la
clase
dominante como arma para aplastar a las otras
clases. En su estudio sobre El origen de la familia, de la
propiedad
privada y del
Estado, después de un
análisis minucioso y profundo de las condiciones y
las causas de la aparición del Estado, concluye F. Engels:
"Como el Estado nació de la necesidad de
refrenar los antagonismos de clase y como, al mismo tiempo,
nació en medio del conflicto de esas clases, es, por
regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente
dominante, que, con ayuda
de él, se convierte también en la clase
políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para
la represión y la explotación de la clase oprimida.
Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener
sometidos a los esclavos; el
Estado feudal era el órgano de que se valía la
nobleza para tener sujetos
a los campesinos
siervos, y el
moderno Estado representativo es el instrumento de
que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado".107
El
Estado socialista, que
ha surgido como resultado de la victoria de la
revolución socialista, es el instrumento político de la clase obrera, el
instrumento para aplastar a la burguesía y los terratenientes derrocados y para
construir la nueva sociedad, la sociedad comunista.
El
Estado es una
categoría histórica: no ha
existido siempre, sino que surgió al llegar a una determinada fase de
desarrollo, al escindirse la sociedad en clases irreconciliablemente hostiles.
El Estado no sirve de instrumento de conciliación de las contradicciones de
clase, como sostienen los sociólogos y juristas burgueses, sino de instrumento
de represión de una clase contra otra. La aparición del Estado es el exponente
de las irreductibles contradicciones de clase.
El Estado es una supraestructura política que se
erige sobre una determinada base económica. Cada base históricamente
determinada, fundada en el antagonismo de clases, crea, engendra su propia
supraestructura política y jurídica, su propio Estado y su propio derecho. Y,
como supraestructura política que es, el Estado sirve siempre a los intereses
de la clase dominante. La clase dominante en el terreno económico es también la
fuerza dominante en el terreno político. El
Estado no puede
mantenerse nunca en una posición imparcial, en una actitud indiferente
ante todas las clases que forman la sociedad antagónica.
Lo característico de todos los tipos y formas de los
Estados de la explotación es que son, todos ellos,
un
instrumento político en
manos de la
minoría
explotadora para, reprimir a la mayoría explotada de
la población, a los trabajadores. Una sociedad basada
en la explotación
de la mayoría
laboriosa de la
población por una minoría insignificante de
explotadores no puede existir sin un órgano de represión, que es el Estado.
El signo fundamental del Estado de explotación es la
existencia de un Poder público separado de las
masas del pueblo y plasmado en destacamentos
especiales de fuerzas armadas (ejército, policía, etc.). En las sociedades
esclavista, feudal y capitalista, el
ejército sirve a los explotadores para reprimir a
los trabajadores dentro del
país y para
las guerras
anexionistas y defensivas. Para la represión de los
trabajadores, todo Estado de las clases explotadoras sostiene, además
del ejército, destacamentos
especialmente
reclutados de gentes
armadas -la policía y
la gendarmería-, así
como tribunales de
justicia, cárceles y otras instituciones de la misma
índole. La policía y la gendarmería son los destacamentos de represión armada
más odiados del
pueblo,
especialmente destinados a
descargar la
107 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II,
pág. 198.
mano sobre los trabajadores, sobre los obreros y los
campesinos revolucionarios.
En el mecanismo de los Estados, principalmente los
de los tiempos actuales, desempeñan una función
importantísima los servicios de información. Son, en
el Estado burgués,
órganos de espionaje
y
diversionismo, de actividades subterráneas,
dirigidos en el exterior contra otros Estados y en el interior del país contra
los trabajadores. En
la actualidad, las
actividades de los servicios de información están
dirigidas, principalmente, contra
la U.R.S.S. y los
países de democracia popular. Por medio de estos
órganos de espionaje, los Estados imperialistas tratan de obtener
información acerca del
estado de las
fuerzas armadas, de los armamentos, de la economía
y de
la ciencia y
aspiran a minar
la potencia
económica, política y militar de los países del
campo socialista, organizan actos diversionistas, de socavamiento y
sabotaje, provocaciones, atentados
terroristas, etc. Los Estados imperialistas, por
medio de sus agentes,
pretenden llevar a
cabo una
transformación radical del Estado en los países de
democracia popular y restaurar en ellos el régimen capitalista. Organizadores
e inspiradores de
estas
actividades
de espionaje y
diversionismo en los países
del campo socialista
son los círculos
imperialistas de los Estados Unidos de América.
En el seno
de los países
capitalistas, las actividades de
los servicios de información de los
Estados burgueses van dirigidas, principalmente,
contra la clase obrera y sus organizaciones. El Estado
burgués, en su empeño por debilitar, minar y
desintegrar las organizaciones del
proletariado,
destaca secretamente en el seno de ellas sus espías
y provocadores. Valiéndose de la vanidad, el egoísmo, la cobardía
y de otros
defectos de las
gentes, y
poniendo en acción el chantaje, las amenazas y la
corrupción, los servicios
de información de los
Estados burgueses envuelven en sus redes de
espionaje a las gentes menos firmes y tratan de socavar por
medio de ellas
las organizaciones
proletarias, y ante todo los partidos comunistas,
esforzándose por llegar a apoderarse de su dirección
y por privarles de sus cabezas. La historia del
movimiento obrero de Rusia conoció provocadores del tipo del cura Gapón, de
Malinovski y de otros
agentes
de la policía
secreta zarista. Y
el Partido
Comunista desenmascaró como espías, diversionistas y
agentes de los servicios de información extranjera a
gentes de la calaña de Beria y otros.
Así, pues, el ejército, la policía, la gendarmería,
los servicios de espionaje, los tribunales de justicia y
las
cárceles son los
órganos más importantes
del
Poder de los Estados de explotación; juntamente con
un ejército de funcionarios y las instituciones representativas, estos órganos
del Estado de explotación forman el poder político, colocado por encima del
pueblo. Aparato del poder político que va
creciendo más y más a medida que se agudizan las
contradicciones de clase dentro del país y las contradicciones entre los
Estados, en el exterior.
Pueden
servir de ejemplo
de lo que
es el gigantesco desarrollo del
aparato militar, burocrático
y policiaco del Estado, los EE.UU., país en que las
tropas, la policía y los funcionarios públicos
cobran, actualmente, mayores proporciones que en cualquier otro Estado
capitalista. El sostenimiento de las enormes fuerzas armadas de los EE.UU.
representa una abrumadora carga sobre los trabajadores. Pero, además, los
EE.UU. se han convertido en un arsenal de armamentos para todos los Estados
burgueses de Europa y América,
Asia y Australia.
Los imperialistas
norteamericanos, apoyándose en
el Pacto Nord-Atlántico, obligan
a los países capitalistas dependientes de ellos a
armarse intensivamente. Jamás el militarismo había oprimido tan duramente a las
masas populares de los países capitalistas como en la actualidad. El Estado
imperialista norteamericano desempeña actualmente el cometido reaccionario de
gendarme del mundo.
Para sostener a los órganos del Poder del Estado
hacen falta recursos. La fuente de estos recursos son
los impuestos. La percepción de impuestos de la
población constituye, pues,
otro de los
signos
característicos del Estado. En los Estados
explotadores, los impuestos son uno de los medios complementarios del despojo
de los trabajadores en
beneficio de quienes los explotan.
A diferencia de la organización gentilicia,
preestatal, el Estado se caracteriza por que en él la
población se agrupa, no por el parentesco, sino por
demarcaciones territoriales: por regiones,
distritos, provincias, círculos, departamentos,
gobiernos, etc. La división territorial significó una radical
transformación de las relaciones sociales, la desintegración y
el hundimiento de las
organizaciones de la comunidad primitiva, basadas en la propiedad común sobre
los medios de producción, en los vínculos del linaje y la descendencia común.
El
Estado, en sus
funciones de defensa
del régimen económico existente,
crea el derecho,
es
decir, un determinado sistema de normas jurídicas
(leyes y reglas), que expresan los intereses y la
voluntad de la
clase dominante y
que tienen un
carácter
coactivo, obligatorio. Como
reflejo y
expresión de determinadas relaciones económicas, de
producción, de determinadas
relaciones de propiedad, el
derecho las afianza, las sanciona y las defiende jurídicamente, legislativamente,
velando por que sigan desarrollándose.
El derecho es la voluntad de la clase dominante,
erigida en ley. El derecho presupone la existencia del Estado. "... El
derecho no sería nada sin un aparato capaz
de constreñir a
la observancia de
sus
normas",108 es decir, sin el Estado. Y, a la
inversa, el Estado, para el
cumplimento de sus
funciones, se basa en las normas
del derecho que él mismo establece. Estado y derecho forman, conjuntamente, el
elemento más importante de la supraestructura de las sociedades de clase, la
parte política-jurídica de ella.
En las sociedades basadas en la explotación, las
normas del derecho sirven para reprimir y refrenar a
las clases explotadas. El derecho, en todas las
sociedades antagónicas, expresa
y afianza las
relaciones de dominación y sojuzgamiento, la
dictadura de una determinada clase, su papel dominante en la sociedad.
La voluntad erigida en ley de la clase explotadora
económica y políticamente
dominante (esclavistas,
terratenientes feudales o capitalistas) se impone,
por medio de los órganos del Estado -ejército, policía, tribunales de justicia,
cárceles- a toda la sociedad, y
principalmente a los trabajadores, contra quienes y
para el
sojuzgamiento de los
cuales van dirigidas
estas leyes, las normas del derecho. Por la defensa
y la efectividad de
las normas del
derecho vela la fuerza
real del Estado,
con todo su
aparato de
coacción.
Los sociólogos y juristas burgueses presentan de un
modo deformado la naturaleza y la función del
derecho.
Algunos tratan de
presentar el derecho
como algo supranatural, recibido "de lo
alto", a la manera de las tablas de la ley de Moisés, dictadas
según la leyenda bíblica por Dios en el monte Sinaí.
Otros deducen las normas jurídicas de la
"libre" e incondicionada creación del legislador. No faltan quienes
busquen la fuente y la naturaleza del derecho en las vivencias éticas o
psicológicas, en las emociones. Y hay también sociólogos y juristas burgueses
para quienes la fuente y la naturaleza del derecho reside en la
"naturaleza del hombre" y que consideran las formas históricamente
determinadas, las formas burguesas del derecho, como formas naturales,
suprahistóricas, eternas y colocadas por encima de las clases.
Como se ve,
todos los sociólogos
y juristas burgueses, de
un modo o
de otro, tergiversan,
encubren
y esfuman el
verdadero carácter
sociológico del derecho, sus raíces materiales,
económicas, su naturaleza de
clase. Y esta
deformación
y tergiversación en
que incurren los
sociólogos y juristas burgueses en sus doctrinas
sobre el derecho es el resultado de una falsificación que persigue un fin
político determinado y concreto, el cual no es otro que el de presentar como
intereses generales los intereses de clase de los capitalistas, expresados en
el derecho de la burguesía.
En la falaz
deformación de la
naturaleza del derecho por
los sociólogos y
juristas burgueses
influye también el hecho de que aparezcan bajo una
108 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 442,
ed. rusa.
forma tergiversada la misma realidad de la sociedad
de explotación y sus relaciones sociales: los juristas burgueses, llevados de
un hábito de deformación profesional, al manejar las normas jurídicas, se
inclinan a considerarlas como algo sustantivo, que existe y se desarrolla de
por sí, al margen de las relaciones económicas, y que incluso las determina, en
vez de hallarse determinado por ellas, como en realidad sucede. Y el interés de
clase de la burguesía se encarga luego de afianzar esta representación deformada,
invertida, de los sabios y juristas burgueses acerca del derecho.
Los sociólogos y juristas burgueses ven en el
derecho, en la voluntad del Estado, algo dotado de
existencia
propia e independiente, la
expresión de una "idea del
derecho" "al margen de las clases", que
no es otra cosa que una invención de los idealistas.
En realidad, el contenido de la voluntad del Estado y el carácter
de las ideas
jurídicas se hallan
determinados por las relaciones económicamente
dominantes, por los intereses de la clase dominante
en lo económico y en lo político.
El derecho, como el Estado, no es ni puede ser nunca
independiente de las relaciones económicas.
Según
sea el régimen
económico de la
sociedad, según sean las relaciones de producción dominantes
en una sociedad dada, así serán también el Estado y
el derecho, las instituciones políticas y jurídicas de esta sociedad.
2. Los orígenes del Estado y el derecho.
Para llegar a comprender un fenómeno social, hay que
considerarlo en el proceso de su aparición, de sus
cambios
y de su
desarrollo, saber cuáles
son las causas que lo han hecho
nacer. Si queremos llegar a comprender la naturaleza del Estado y el derecho,
tenemos que explicar cómo y en qué condiciones, por
virtud de qué causas nacieron.
Bajo el régimen de la comunidad primitiva, no se
conocía aún el Estado. A la cabeza de la "gens", de la tribu o de la
agrupación de tribus hallábanse personas
elegidas por toda la población, encargadas de
ejercer determinadas funciones sociales:
de organizar los
trabajos en común, de velar por las aguas,
principalmente en los países áridos, de solucionar las disputas entre
las "gentes" y
entre las tribus,
de
guardar la observancia de las costumbres
establecidas y los usos religiosos, de defender a los miembros de
la propia "gens" contra los de otras
tribus, etc. Estos órganos del poder
social no disponían
de medios especiales de
coacción, independientes de
la
comunidad gentilicia o de la tribu. Su poder
revestía, fundamentalmente, una fuerza moral.
El
Estado surgió al
escindirse la sociedad
en clases irreconciliablemente hostiles. Los orígenes de este proceso de
escisión de la sociedad primitiva y la
aparición
de la nueva
supraestructura social, del
Estado,
los revela claramente
la historia del
nacimiento del Estado ateniense.
Los
griegos del período
ateniense agrupábanse todavía por
"gentes", fratrias y tribus, y las tribus se
agrupaban en ramas étnicas. El gobierno autónomo
de estas sociedades tenia por órgano ejecutivo el
Consejo (bulé); al principio, este Consejo se hallaba integrado por los
ancianos de las "gentes", y al ampliarse el número de sus
componentes, por representantes del pueblo, especialmente elegidos. El poder
supremo pertenecía a la asamblea del pueblo (ágora). Esta era convocada por el
Consejo, para decidir todos los asuntos importantes de la sociedad. Todos los
varones asistentes a
estas asambleas podían expresar y
defender sus opiniones y objetar a las de otros. El voto se emitía levantando
la mano. Existía un jefe o caudillo guerrero (basileus), elegido por la
asamblea del pueblo o designado por el Consejo. Pero ni el Consejo ni el jefe
guerrero podían emprender nada en contra de la voluntad del pueblo, pues no
disponían de otro poder que el del pueblo en armas. El poder supremo
pertenecía, por tanto, al pueblo armado, a la "democracia guerrera",
como la llamó Engels.
Esta primitiva "democracia guerrera"
existía, bajo una u otra forma, en todas las tribus y ramas étnicas.
Con el tiempo, y como resultado del desarrollo de la
productividad
y la división
del trabajo, de
la propiedad privada y del cambio, fué viéndose socavada desde
dentro la sociedad
gentilicia sin clases. Al
acentuarse la desigualdad patrimonial, la sociedad se escindió en clases
antagónicas, en ricos y pobres, esclavistas y esclavos,
Con la escisión de la sociedad en clases hostiles,
surgió la necesidad de una institución llamada a velar
por la propiedad
privada, que el
régimen de la
comunidad primitiva no reconocía y que ahora se
declaró como fundamento sagrado e intangible del
nuevo
régimen que se
había ido plasmando.
Esta
institución era el Estado. Su misión consistía en
defender los privilegios de los poseedores contra los desposeídos, y ante todo
los intereses de los esclavistas contra los esclavos.
El
proceso de formación
del Estado ateniense ocupó una serie de siglos. Y se
llevó a cabo sobre la
base del desarrollo
de las nuevas
relaciones de
producción, en medio de una enconada lucha entre las
clases que se iban formando: entre poseedores y
desposeídos, esclavistas y esclavos. Engels califica
de clásico el proceso de aparición del Estado
esclavista de Atenas, por haberse llevado a cabo a base del desarrollo
interior, sin la presión de fuera bajo la forma de la conquista.
En otros pueblos,
este proceso presenta
características distintas, en relación con otras
condiciones
históricas de desarrollo.
Las distintas
características de la aparición del Estado en los
diversos pueblos se
explican por las
condiciones
históricas en que surgió, y principalmente por el
tipo
de formación social que se establece como resultado
de la desintegración del régimen de la comunidad primitiva en cada pueblo. La
forma inicial y más simple de la escisión de la sociedad en clases es la
división en esclavos y esclavistas. Es la fase de desarrollo por la que pasaron
la mayoría de los pueblos. Pero no en todos ellos llegó a desarrollarse la
esclavitud hasta dar nacimiento a una especial formación económico-social.
Así, por ejemplo, entre los pueblos germanos el
proceso de desintegración del régimen de la comunidad gentilicia coincidió en
el tiempo con la desintegración del Imperio esclavista romano y de la sociedad
esclavista antigua en su conjunto. El entrelazamiento y la fusión de dos
procesos económico-sociales -el de la desintegración del régimen esclavista del
Imperio romano, de una parte, y de otra el de la desintegración del régimen de
la comunidad gentilicia entre los conquistadores- condujeron aquí a la aparición
del feudalismo y del Estado feudal. Fué el curso del desarrollo económico entre
los pueblos bárbaros germanos el que destruyó el régimen gentilicio-comunal y
las instituciones gentilicias, pero la guerra y las expoliaciones guerreras vinieron
a reforzar este
proceso. En el curso de la guerra, los altos caudillos
guerreros y sus auxiliares y seguidores se quedaron con la parte del león de
los despojos. El poder del caudillo militar supremo fué haciéndose hereditario.
De simples ejecutores de la voluntad de las tribus y los pueblos, los caudillos
guerreros fueron convirtiéndose en usurpadores, en soberanos, en monarcas, en
reyes, expresión política de
los intereses de
la nobleza feudal que había ido
formándose.
También el peculiar y largo proceso de
desintegración del régimen
comunal entre los
pueblos
eslavos condujo a
la formación de un
régimen feudal, y no esclavista. Entre los eslavos, la
esclavitud no llegó a convertirse en el modo de
producción dominante. Las primeras formas del Estado en los principados de
Nóvgorod y Kiev (en la
primera mitad del siglo IX) se acercaban ya al tipo
del Estado feudal.
El proceso de formación del Estado entre los eslavos
del Este, en la antigua Rusia, corrobora la ley general, establecida por el
marxismo, según la cual el
Estado surge como producto de las contradicciones
irreconciliables de clases. La aparición de una nueva
base
económica, fundada en
el antagonismo de clases, y de la lucha de clases condujeron
a la desintegración y la
desaparición de unas
y a la
degeneración de otras instituciones de la comunidad
primitiva, a su transformación en
instituciones del
Estado colocadas por encima del pueblo y que
expresaban la dominación de una clase sobre otras.
Tanto en Kiev
como en Nóvgorod
y en otras
ciudades de la antigua Rusia, seguía manteniéndose,
al lado del poder de los príncipes y sus consejos de
nobles guerreros y terratenientes, la Veche o
concejo de vecinos, como supervivencia del poder del pueblo de la comunidad
primitiva, del régimen de la democracia
guerrera. Pero la
Veche desempeñaba una función cada vez más subalterna, hasta acabar
convirtiéndose en un instrumento puesto en manos de la minoría
privilegiada, de la
nobleza, encabezada por el
príncipe.
También el derecho es, lo mismo que el Estado, un
producto del desarrollo histórico. Bajo el régimen
de la comunidad primitiva, las relaciones entre los
hombres se rigen por la tradición, por las
costumbres transmitidas de generación en generación. Estas costumbres, emanadas
de las condiciones de la vida material de la sociedad primitiva, determinaban
lo que podía y lo que no debía hacerse, lo lícito y lo ilícito, y expresaban
los intereses generales de los miembros de la sociedad. Los atentados contra
ellas eran, por tanto, casos excepcionales.
Pero, tan pronto como la sociedad se escindió en
clases, tan pronto como surgieron los intereses antagónicos, las costumbres no
podían ya seguir rigiendo la conducta de todos los hombres por igual. Los
conceptos de lo bueno y lo malo, lo útil y lo dañino, lo justo y lo injusto,
comenzaron a diferenciarse según las distintas clases.
La sociedad primitiva no sabía lo que era el robo,
pues no conocía la propiedad privada. Al erigirse la propiedad privada en
fundamento de la vida social, apareció
también, como infracción
de ella, el concepto del robo.
Con arreglo a las costumbres de la sociedad
gentilicia, no era posible reducir a esclavitud a los miembros de la misma
"gens". El desarrollo de las relaciones económicas, de la dependencia
económica de unos hombres bajo otros, dio de lado a las costumbres gentilicias
y condujo al ensanchamiento de la esclavitud.
La división de la sociedad en clases y la aparición
del Estado hicieron nacer, en vez de las costumbres, el derecho, las normas
coactivas del comportamiento de los hombres, establecidas por el Estado y que
expresaban, no la voluntad del pueblo, sino la de la clase económica y
políticamente dominante. En la sociedad esclavista, el derecho defendía
abiertamente y sancionaba la dominación y los privilegios de la nobleza
aristocrática y del dinero y el derecho exclusivo a desempeñar los cargos
públicos, la explotación de los esclavos y de los hombres libres desposeídos,
así como la privación de derechos de los esclavos, es decir, de la inmensa
mayoría del pueblo. La ley que castigaba el homicidio en Grecia y en Roma no se
aplicaba a quienes dieran muerte a un esclavo. Esta ley defendía solamente a
los esclavistas.
Y como el derecho, al igual que el Estado, tenía por
principal función defender la propiedad privada
contra quienes no la poseían, las leyes más
rigurosas
de la antigüedad eran las que guardaban relación con
la defensa de
la propiedad privada.
Tales fueron, entre otras, las
leyes atribuidas al rey Dracón en Atenas y las leyes de la antigua Roma.
3. Las funciones del Estado.
La esencia, la naturaleza de clase del Estado, se
expresa en sus funciones, en la misión que el Estado viene llamado a cumplir en
la sociedad de clase.
Dos funciones fundamentales caracterizan la
actividad de todo
Estado: la interior,
que es la
principal y que expresa las relaciones de clase
dentro del país, y la exterior, no tan importante, expresión de las relaciones
entre el Estado de que se trata y los
demás. En los Estados de la explotación, la función
interior consiste en
tener a raya
a la mayoría
explotada, y la exterior en ensanchar su territorio
en interés de la clase dominante y a costa del territorio de otros
Estados, o en
defender aquél contra
las
agresiones de éstos. Así ocurría bajo el régimen
esclavista y el feudalismo. Así sigue ocurriendo bajo
el capitalismo.
El sojuzgamiento económico, la represión y la
explotación de los trabajadores se aseguran, ante todo
y fundamentalmente, mediante el monopolio de la
propiedad de la
clase dominante sobre
todos los
medios de producción o, por lo menos, sobre los
decisivos. Pero la sujeción económica de los trabajadores no basta para
mantener en pie, a la larga,
el proceso de producción basado en la explotación.
Las clases explotadas forman siempre la mayoría de
la población, y los explotadores la insignificante
minoría. Para obligar a cientos de miles de esclavos o
a millones de campesinos siervos a trabajar en las
haciendas de los esclavistas o en las de los terratenientes feudales
se requería, además
de la
sujeción económica, la existencia del Estado, como
instrumento de la clase dominante; es decir, de un
aparato de coacción que velara por la explotación de
la mayoría en beneficio de la minoría.
La historia de la sociedad esclavista y feudal está
llena de insurrecciones de los esclavos y campesinos
siervos contra los esclavistas y terratenientes. El Estado de los esclavistas y
el de los señores feudales se encargaban de aplastarlas y de obligar al pueblo
a trabajar para los explotadores. Por medio de las guerras de anexión, el
Estado basado en la esclavitud aseguraba a los esclavistas la afluencia de
nuevos esclavos. El Estado
feudal vinculaba a los
campesinos al servicio de los terratenientes (derecho feudal). El poder feudal
atrapaba a los campesinos siervos que huían de las garras de una explotación
insufrible y se los devolvía a los terratenientes feudales, desencadenando
sobre ellos la acción de los tribunales y la represión.
La producción capitalista se basa en el llamado
capataz, sino por el miedo a morir de hambre. Pero
también bajo el capitalismo sigue siendo el Estado un instrumento de
coacción, para asegurar
la explotación de los trabajadores.
En el período de la acumulación capitalista
originaria, cientos de miles, millones de campesinos y artesanos viéronse
despojados de sus tierras y de otros medios de producción, arrojados de sus
lugares habituales de residencia. Y convertidos en indigentes, en mendigos y
vagabundos. Una sanguinaria legislación y una cruel represión por parte del
Estado ayudaron a los explotadores a obligar a estas gentes a que trabajaran en
calidad de obreros asalariados para las empresas capitalistas. Con ayuda de
leyes terroristas y monstruosamente crueles, las clases dominantes y su Estado
impusieron a esta población expropiada la disciplina del trabajo asalariado.
Los pusieron en marcha con el látigo, la marca a fuego y el tormento. La
burguesía naciente necesitaba del poder estatal, y lo puso a contribución
"... para "regular" los salarios, es decir, para sujetarlos
dentro de los límites que convienen a los fabricantes de plusvalía y para
alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de
subordinación".109
Sólo con el desarrollo de la producción capitalista
pudo el yugo de las relaciones económicas obligar a
los obreros a someterse a la disciplina del trabajo
asalariado, sustituyéndose por la coacción económica
la coacción extraeconómica del trabajo. Pero aun así
continúa el Estado montando la guardia en defensa
de la dominación de los capitalistas, como la fuerza
llamada a asegurar los pilares del capitalismo, la propiedad privada y la
explotación de obreros asalariados. El Estado burgués, sea republicano o
monárquico, actúa siempre y dondequiera como un garrote puesto en manos de la
clase capitalista, cumpliendo su función principal, que es la de órgano de
represión de los trabajadores.
En la época del imperialismo, el Estado burgués
recurre constantemente a
medidas de coacción
extraeconómica. Suprime o coarta con sus leyes (ahí
tenemos, por ejemplo,
la ley Taft-Hartley,
en los
EE.UU.) el derecho de huelga de los obreros, o bien,
si no cree oportuno abolir formalmente el derecho de huelga en su Constitución
o en sus leyes, aplasta por
la fuerza los movimientos huelguísticos. Con lo cual
el Estado burgués
se desenmascara como
un
instrumento político en manos de los capitalistas.
Lanza contra los huelguistas los destacamentos policíacos y de la gendarmería,
las bandas armadas
de sus mercenarios y hasta, si hace falta, las
tropas regulares, provistas de
ametralladoras, tanques y
carros
de asalto. Así,
en Inglaterra, no
sólo el gobierno de
los conservadores, sino
el de los laboristas hizo
marchar contra los
obreros
libre trabajo asalariado. El proletario se ve
obligado a
trabajar
para el capitalista,
no por el
látigo del
109 K. Marx.
Das Kapital, Dietz Verlag, Berlin 1955, t. I, pág.
777.
huelguistas, más de una vez, a las tropas del
ejército. Y en Italia, cumpliendo órdenes del ministro de Asuntos interiores,
representante del partido que se llama demócrata-cristiano, las tropas
ametrallaron a los obreros y a los campesinos pobres.
El Estado de las clases explotadoras cumple su
función principal de órgano de represión de las masas
trabajadoras
tanto por medio
de la violencia
descarada como por la vía de la acción espiritual,
ideológica. Para esto, se vale, ante todo, del clero y
de la escuela. Y el Estado contemporáneo dispone,
además de estas dos armas de influencia ideológica
sobre los trabajadores, de todo el complejo y ramificado aparato de la
propaganda: la prensa burguesa, la radio, el cine, la televisión, el teatro y
la literatura.
La función interior, constituye la más importante de
todo Estado. Es en ella donde se expresa la naturaleza del Estado, su carácter
de clase. La necesidad de asegurar la explotación, reprimiendo a los trabajadores,
a los explotados,
hizo nacer el Estado esclavista, el feudal y el burgués.
La función exterior del Estado de la explotación -
la lucha por ensanchar su territorio o defenderlo de
los
ataques de otros
Estados- guarda una
relación muy estrecha con su función
interior. La política
exterior de todo Estado se halla determinada por su
régimen económico y
es la prolongación
de su política interior. La
política exterior de los Estados
de la explotación
va dirigida, ante
todo, a la expansión
de su territorio,
a la expoliación
y al
sojuzgamiento de otros pueblos, al ensanchamiento
del ámbito de la explotación y a la inclusión en él de
los pueblos que habitan los territorios anexionados.
Hasta en los casos en que el Estado esclavista, el feudal o el burgués lleva a
cabo la defensa armada de
su país, defiende por encima de todo las riquezas y
los privilegios de
la minoría explotadora
y las
condiciones que aseguran a esta minoría la
dominación total, incompartida,
sobre los trabajadores de su
país.
La reaccionaria política interior de los Estados
burgueses contemporáneos, consistente en
el
sojuzgamiento de los trabajadores de su propio país,
en la opresión nacional y en la discriminación nacional y
de raza, se
complementa con la
reaccionaria y agresiva política exterior,
encaminada al sojuzgamiento de los pueblos de otros países. La
política exterior de los EE.UU. en Europa, Asia y
África, en la América Central y en Sudamérica, es una política que tiende a
despojar a los pueblos de su
soberanía
nacional, una política
basada en la violencia, en el sojuzgamiento, en la
explotación y en
la propagación de regímenes policíacos fascistas o
semifascistas.
Para llevar a cabo sus funciones, tanto la interior
como la exterior, el Estado de las clases
explotadoras se apoya en la fuerza armada y en los órganos de
información. La guerra y la amenaza de guerra
constituyen los métodos fundamentales de la política exterior de estos Estados.
En el cumplimiento de su función exterior, ocupa un puesto destacado la
diplomacia. La diplomacia de los Estados basados en la explotación se halla
supeditada a su política agresiva y le sirve de cobertura.
4. Tipos y formas de Estado.
Los Estados se distinguen, ante todo, por su
contenido de clase.
Lo que determina
el tipo de
Estado es la base económica sobre la que el Estado
se erige como supraestructura política.
Los diversos tipos de
Estado que se
suceden en la
historia, el
Estado esclavista, el feudal y el burgués, expresan
la dominación de las diversas clases explotadoras que
se suceden históricamente, la esclavista, la feudal
y la capitalista. El Estado socialista, en cambio, es un tipo de Estado nuevo y
peculiar.
Dentro de los marcos de cada uno de los tipos de
Estado, encontramos diferentes formas de gobierno.
Las formas del
Estado en la
sociedad esclavista
variaban
según los países
y, dentro de
cada país,
según
las épocas, pero
todos estos Estados respondían al mismo tipo: eran todos
ellos variantes
del Estado esclavista.
Así, por ejemplo, ya en la Grecia y en la Roma
antigua nos encontramos con diversas formas de Estado: la monarquía y la
república, la aristocracia y la democracia esclavistas. "La monarquía,
como el poder de uno solo; la república, como la ausencia de todo poder no
basado en la elección; la aristocracia, como
el poder de una minoría
relativamente pequeña; la democracia, como el poder del pueblo (pues
eso, poder del pueblo, significa literalmente la palabra griega"
democracia"). Todas estas diferencias surgieron ya
en la época de
la esclavitud. Pese a ellas, el Estado de la época de la
esclavitud era siempre un Estado esclavista, ya se tratara de una monarquía o
una república, de una aristocracia o una democracia".110
Así como el tipo de Estado depende del régimen
económico determinado de la sociedad, de la clase que se halle en el poder, las
formas de gobierno dependen de las condiciones históricas concretas de
desarrollo del país de que se trata, del nivel de desarrollo en
que se halle
la formación de la
sociedad, de la profundidad y la agudeza de las contradicciones de clase, de
las correlaciones entre las fuerzas de clase que en ella hayan ido plasmándose,
etc.
Los representantes de la sociología y la
jurisprudencia burguesas suplantan el problema de la naturaleza de clase del
Estado por el de las formas de gobierno, embrollando de este modo el problema y
esfumando la naturaleza de clase del Estado, que es, en realidad,
el problema esencial
y decisivo. Para
110 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, pág. 442,
ed. rusa.
comprender la verdadera naturaleza de cada Estado y
adoptar una actitud certera ante él, es necesario esclarecer, ante todo, el
carácter de clase de este Estado, saber cuál es la clase a que sirve.
Detrás de las diferentes formas de Gobierno, no hay
que perder de vista el tipo de clase del Estado. La lucha entre los partidos
del mundo antiguo -la lucha entre
los partidarios de
la aristocracia y
los partidarios de la democracia en Atenas o entre los republicanos y
los cesaristas en Roma- era una lucha entre diversas fracciones de la clase
esclavista. Demócratas y aristócratas, republicanos y monárquicos griegos y
romanos coincidían en no reconocer a los esclavos como personas y en valerse
del Estado como fuerza para tenerlos a raya.
El
hundimiento del modo
esclavista de producción condujo
a la aparición del régimen de
producción
feudal y a
la sustitución del
Estado
esclavista por el Estado feudal, de la servidumbre
de la gleba.
También
las formas del
Estado feudal eran
distintas. La forma de gobierno más frecuente del
Estado feudal era la monarquía, pero había también repúblicas feudales
(en las ciudades
comerciales). Sin embargo, la esencia era, en ambos casos, la misma: en
todos los países feudales, el Estado servía de instrumento para la coacción
extraeconómica que obligaba a los campesinos a trabajar para los
terratenientes, de instrumento de sujeción y represión de los campesinos y los
artesanos.
En las primeras fases de su desarrollo, la sociedad
feudal se caracteriza por
una extraordinaria
dispersión de la vida económica, por la ausencia de
sólidas
relaciones económicas. El
Estado feudal, como supraestructura política,
refleja inevitablemente esta dispersión
económica y presenta, en este
período, un acusado particularismo político y una marcada debilidad del poder
central. Cada gran señor feudal, no sólo explota a los campesinos, sino que
dispone de sus tribunales de justicia y órganos de represión sobre ellos; es un
pequeño rey, dispone de sus propias fuerzas armadas y de sus propios ejecutores
y verdugos. "¿Y quién podía salir en defensa de los campesinos? En los
tribunales de justicia tomaban asiento los barones, los curas, los patricios o
los juristas, todos los cuales sabían muy bien por qué se les pagaba. Pues
todos los estamentos oficiales del Imperio vivían a costa de la explotación de
los campesinos"111.
Uno de los rasgos característicos de la sociedad y
el Estado feudales
es la estructura jerárquica,
que
forma una complicada escala de jerarquías. En lo
alto de la pirámide aparecía el jefe del Estado, el rey (en
la antigua Rusia, el gran príncipe, y más tarde el
zar); venían luego sus vasallos, los duques, los marqueses, los boyardos, los
barones, los condes, etc. Dentro de
111 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. VIII, pág.
126.
esta escala jerárquica, había sus señores feudales y
sus vasallos. Potentados que eran señores feudales con respecto
a quienes se
hallaban por debajo
de ellos ocupaban la posición de vasallo en relación con los de arriba.
El rey, el gran príncipe o el zar era el primero entre los señores feudales, el
soberano supremo.
El derecho feudal, tanto el consuetudinario como
el escrito, afianzaba
y sancionaba las
relaciones
feudales. La desigualdad patrimonial, de clase, de
la sociedad feudal se afianzaba jurídicamente como la
desigualdad entre los estamentos. En Francia, el
derecho feudal defendía abiertamente los privilegios de los dos primeros
estamentos, la nobleza y el clero,
y condenaba a la privación de derechos al tercer
estado, del que formaba parte la naciente burguesía.
El carácter de clase del Estado feudal y de su
derecho manifestábase en el hecho de que la nobleza y el clero se hallaran
exentos de toda clase de impuestos
y cargas.
En el seno
de la sociedad
feudal fueron
desarrollándose el comercio,
el artesanado, las
ciudades.
Esto hizo que
surgiera la necesidad
de
superar
la dispersión feudal,
lo que sólo
podía lograrse fortaleciendo el poder real. Aparecen así en
algunos Estados europeos, en unos antes y en otros
después, a partir del siglo XIV, primero la forma
monárquica representativa, por estamentos, como expresión de un fuerte poder
feudal centralizado, y más tarde la monarquía feudal absoluta. Al fortalecerse,
el poder central monárquico-feudal se apoya, unas veces, en la burguesía contra
los señores feudales, y otras veces, en los señores feudales contra la
creciente burguesía. Los príncipes, los boyardos, los duques van perdiendo su
independencia y esta aristocracia feudal se convierte gradualmente en la nobleza
palaciega del monarca absoluto.
La monarquía absoluta centralizada, como
contrapeso de la
dispersión feudal, representó
en
todos
los países un
fenómeno progresivo, en una
cierta etapa del desarrollo histórico. "Ningún
país del mundo -escribía Stalin,
con motivo del
octavo
centenario de la fundación de Moscú- podía contar
con mantener su independencia ni con adquirir un
importante desarrollo económico
y cultural, si no
sabía liberarse de la dispersión feudal y del embrollo de los príncipes... El
mérito histórico de Moscú consiste en que fué y sigue siendo la base y el
iniciador de la creación del Estado centralizado en la antigua Rusia."
La monarquía feudal absoluta, aun actuando como
instrumento de lucha contra la dispersión feudal, no
dejó por ello
de ser la
defensora de los
señores
feudales, de su propiedad de la tierra y de sus
privilegios. Cuando el poder económico y la influencia política de la
burguesía, en Inglaterra y Francia, al llegar los siglos XVII y XVIII, comenzó
a amenazar la dominación de los señores feudales, el
poder real abrazó la defensa de la nobleza.
El desarrollo de las relaciones capitalistas de
producción convirtió a
la burguesía en
la clase
económicamente dominante, lo que inevitablemente
tenía que llevarla también a la dominación política.
Y alcanzó esta meta en el curso de revoluciones burguesas más o menos decisivas
(en Inglaterra, en el siglo XVII, y en Francia en el XVIII), o mediante una
avenencia política con la clase de los señores feudales (como en Alemania, en
los años de 1848 a
1870).
En el curso de la lucha por la conquista del Poder
político, la burguesía, en los siglos XVII y XVIII, se manifestó en contra de
los privilegios feudales y de los estamentos, en favor de las libertades
democráticas, de la "igualdad" de todos los hombres ante la ley. La
burguesía hacía pasar sus intereses de clase por los intereses de todo el
pueblo, de toda la nación. Ilusión que venía a reforzar el hecho de que, no
sólo la burguesía, sino todas las masas populares explotadas, se hallaban interesadas
en la supresión del régimen feudal, ya caduco. Y, como resultado de la victoria
de las revoluciones burguesas, la dominación política de los señores feudales,
de la nobleza, fué sustituida por la dominación política de la burguesía. El
Estado feudal desapareció así de la escena, dejando el puesto al Estado
burgués.
Sin embargo, la burguesía, aunque destruyese en
tiempo de las
revoluciones burguesas la
supraestructura
feudal, no aplastó
la máquina del
Estado centralizado creada por la nobleza, sino que
se limitó a modificarla, adaptándola a sus propias
necesidades,
a la tarea
de reforzar la
base de la
sociedad capitalista. La burguesía pudo utilizar la
vieja máquina del Estado, porque la revolución burguesa se limita a operar el
tránsito de una formación económico-social antagónica a otra basada también en
el antagonismo de clases. Porque, en este tránsito, aun cambiando de forma, la
explotación de los trabajadores sigue en pie.
El Estado burgués, que surge como resultado del
derrocamiento del poder de los señores feudales, es,
bajo todas sus formas -que van desde la república
democrática hasta la monarquía parlamentaria-, una
organización dirigida a la represión del proletariado y los demás
trabajadores por la
burguesía, a la dictadura de
la clase capitalista. Así
como la sociedad feudal era una
supraestructura política erigida sobre la base económica del feudalismo, el
Estado burgués es una supraestructura política levantada sobre la base
económica del capitalismo. El Estado burgués y las constituciones burguesas
tienen por misión fortalecer y defender los fundamentos del capitalismo: la
propiedad privada sobre los instrumentos y medios de producción, la explotación
del proletariado y la dominación de la burguesía. Cualesquiera que sean los
partidos burgueses o pequeñoburgueses que suban al Poder -
republicanos
o demócratas, conservadores
o laboristas, demócratas cristianos, socialistas de derecha o
fascistas-, que se turnen en el gobierno, la dirección política de la sociedad
capitalista (la dictadura) se mantiene invariablemente en manos de la
burguesía. Así lo determinan las relaciones económicas capitalistas
imperantes y así lo
garantizan las constituciones y la legislación burguesas, en las que se limitan
los derechos de los trabajadores por el censo de fortuna y el
avecindamiento, las condiciones
de edad e instrucción, la privación de los derechos
de sufragio de la mujer en una serie de países capitalistas, los impuestos
electorales, etc.). El Estado burgués mantiene a los trabajadores apartados de
toda participación decisiva en la vida política. La dominación de la burguesía
y la omnipotencia del capital se
aseguran especialmente mediante el aparato del Estado,
convenientemente escogido, la violencia activa y el engaño, la corrupción, la mentirosa
propaganda y todo el sistema de la legislación burguesa.
El Estado burgués es un instrumento de opresión
de clase
y, a la
par con ello,
un instrumento de
opresión y represión de las naciones sojuzgadas por
la burguesía de
la nación dominante.
Todas las
constituciones burguesas parten, descarada o
embozadamente, de la desigualdad de derechos de las naciones y las razas y
fortalecen esta desigualdad. El
Estado imperialista de los EE.UU. mantiene en una
situación de privación
de derechos a
millones de
negros y a
los norteamericanos de
procedencia eslava,
italiana, etc. Los
Estados imperialistas de
Inglaterra y Francia aplastan y oprimen a los
pueblos de África y Asia.
Los
ideólogos de la
burguesía, incluidos los
socialistas de derecha, tratan de presentar la
democracia burguesa como un poder "puro", "situado por encima de
las clases", "nacional". Y se remiten, para ello, a las
libertades democráticas inscritas en las constituciones burguesas: a la
libertad de palabra, de prensa, de reunión, etc., y a la igualdad de todos ante
la ley. Pero estas libertades y esta igualdad de derechos sólo existen sobre el
papel, ya que de hecho no pueden acogerse a ellas más que los ricos. ¿Qué clase
de igualdad puede existir entre el obrero y el capitalista, el
pobre y el
rico, el harto
y el hambriento?
Hace ya mucho tiempo que los marxistas han puesto en
evidencia la falsedad de la democracia burguesa. Que
han demostrado que
la democracia sólo existe para
los ricos, que las chácharas, acerca de la igualdad, bajo el capitalismo, en
que un puñado de millonarios acapara fabulosas riquezas, mientras la clase
obrera se ve condenada al hambre y a la miseria, son una mentira y un engaño.
"Democracia para una insignificante minoría
de gentes, democracia para los
ricos: eso es el democratismo de
la sociedad capitalista", escribía Lenin112.
En una sociedad escindida en clases antagónicas, no
existe ni puede existir la igualdad social y política.
En los Estados
burgueses, las libertades
y los
derechos tienen un carácter puramente formal, falaz
y mentiroso. La libertad de reunión se reduce en la práctica a una frase vacua
hasta en las repúblicas burguesas más democráticas, pues los locales en que
pueden celebrarse reuniones
pertenecen generalmente a la burguesía. El proletariado carece de
edificios propios y carece también de tiempo para reunirse, lo que le priva,
prácticamente, de la posibilidad
de ejercitar su
derecho de reunión, aunque se halle escrito en las
constituciones burguesas.
Los actos vandálicos de los matones fascistas y
profascistas, de los
miembros del Ku-kux-klan
y
otras organizaciones reaccionarias en los EE.UU., de
los fascistas en España, y de gentes de la misma
ralea en otros países, privan a los obreros de la posibilidad
de
reunirse libremente para
discutir problemas
políticos. Los obreros, empleados, sabios,
escritores y artistas de los EE.UU., que asisten a los mítines y reuniones
organizados por el Partido Comunista y otras organizaciones progresivas o toman
parte en la propaganda y agitación en favor de la paz y por la prohibición de
las armas atómicas, se ven inscritos en las listas de indeseables (en las
"listas negras"), se les arroja del trabajo, se les encarcela o envía
a campos de concentración, o se les expulsa del país. Lenin escribía: "Mientras
las cosas sigan así, la "igualdad", es decir, la "democracia
pura" será un engaño. Para conquistar la verdadera igualdad, para
implantar de hecho la democracia para los trabajadores, hay que empezar por
arrebatar a los explotadores todos los edificios sociales y de lujo de su
propiedad, por dejar a los trabajadores
el tiempo libre
necesario; es preciso que velen
por la libertad de sus reuniones los obreros
armados, y no
señoritos u oficiales
al servicio del capitalismo y al mando de soldados embrutecidos"113.
La libertad de prensa, bajo las condiciones del
capitalismo, es también una ficción. La tal libertad de prensa significa, en la
práctica, la libertad de la burguesía para envenenar la conciencia de la clase
obrera, pues las imprentas, los almacenes de papel y las agencias de
información se hallan en manos de la burguesía.
En la sociedad burguesa, la prensa es una de las
ramas de la industria capitalista, la industria de represión ideológica de los
trabajadores. Y la única vez que se alza en defensa de la auténtica verdad es
la del reducido número de periódicos de los Partidos Comunistas y de otras
organizaciones democráticas.
El derecho de sufragio universal, igual, directo y
secreto, de que
tanto se jactan
los políticos e
112 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág., 432,
ed. rusa,
113 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág.
438, ed. rusa.
ideólogos de la burguesía, es, de hecho, en todos
los países del capitalismo, uno de los medios de dominación de
la burguesía sobre
el proletariado. Bajo el
capitalismo, no existe ni puede existir una participación efectiva de las masas
trabajadoras en el gobierno del país, en el gobierno del Estado.
En todos los países capitalistas, por muy
"democráticos" que se llamen, son los monopolios capitalistas, los
magnates del capital,
quienes nombran y destituyen a los gobiernos. En la sociedad
burguesa, la democracia
es una democracia capitalista, dirigida contra el
pueblo, encaminada a la represión de las masas populares.
Los magnates del capital gastan en las campañas
electorales sumas gigantescas, millones de dólares.
Todo el potente aparato de la prensa burguesa, de la
radio, del cine, se pone en acción para confundir,
aturdir y desorientar a los electores. El engaño y la corrupción, el chantaje y
la intimidación de los electores, la violencia brutal y el terror contra los
trabajadores, por ejemplo contra los negros en los EE.UU.: todas
las armas son
buenas para dar el
triunfo a los candidatos de la burguesía en las elecciones a la presidencia o
al parlamento. Los millonarios norteamericanos subvencionan a la vez las
campañas electorales de los dos partidos burgueses, demócratas y republicanos.
La victoria o la derrota de
cualquiera de ellos
en nada hace cambiar la situación: en cualquiera de
los dos casos salen ganando los
monopolios capitalistas, y lo
mismo apuestan al burro (emblema del partido demócrata de los EE.UU.) que al
elefante (insignia del partido republicano).
El carácter de explotación de clase de la democracia
burguesa se expresa tanto en la política interior como en la política exterior
del gobierno, y en la composición
de las instituciones representativas, parlamentos y
congresos. En un país industrial como los EE.UU., en que la clase obrera forma
la mayoría de la población, esta clase careció durante diez años de toda
representación en el Congreso y en los años de 1943 a 1952 tuvo un solo
diputado. El Congreso de los EE.UU. se halla totalmente dominado por los
grandes capitalistas, que representan una parte insignificante de la población
del país.
"...En ninguna parte se manifiesta de un modo
tan burdo, bajo una corrupción tan descarada como en Norteamérica el poder del
capital, el poder de un puñado de multimillonarios. El capital, dondequiera que
existe, domina sobre toda la sociedad, sin que ninguna república democrática,
ningún derecho de sufragio hagan cambiar la esencia de la cosa"114.
"En el Senado norteamericano -dice el profesor
James Bries- se sientan muchos hombres ricos; unos están allí por ser ricos,
otros son ricos por estar allí."
En las elecciones
parlamentarias celebradas en
114 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, pág. 449,
ed. rusa.
Francia en 1946, el Partido Comunista obtuvo la
mayoría relativa de votos; la fracción comunista era la más numerosa del
parlamento. Según todas las reglas, los comunistas tenían derecho preferente a
formar gobierno. Pero, en la realidad, en virtud de la dominación económica y
política de la burguesía y por
órdenes de Wall
Street y de
las doscientas familias de los
magnates del capital de Francia, los comunistas fueron eliminados del gobierno
del país. El gobierno burgués
de Francia, la burguesía
francesa, de un modo insolente y cínico, pisotearon la voluntad de la mayoría
de la clase obrera de Francia. Democracia de palabra, pero de hecho dictadura
de la burguesía: eso es la democracia de los países capitalistas.
Para
mejor burlar y
reprimir la voluntad
del pueblo, los gobiernos
burgueses implantan el
llamado sistema electoral mayoritario. Este sistema
les da, con ayuda de tramposas combinaciones -
mediante los acuerdos entre
los partidos
reaccionarios-, amplias posibilidades para reducir
la
representación de la clase obrera y de sus partidos
comunistas.
La falsedad de la democracia burguesa se expresa
también
en el hecho
de que los
parlamentos burgueses son reuniones de charlatanes, y todos los
problemas políticos importantes se resuelven fuera del parlamento: los
millonarios, los banqueros, los bolsistas,
en sus conciliábulos
secretos, deciden cómo han
de quedar formados
los gobiernos, nombran y
destituyen a los
ministros, trazan la política exterior e interior del Estado,
dictan los cambios que han de introducirse en la constitución y las leyes que
han de aprobarse.
"La fuerza del capital es todo, la Bolsa lo es
todo, y los parlamentos, las elecciones son simples marionetas, simples
muñecos", escribía Lenin115.
Así, pues, aunque las formas del Estado burgués sean
múltiples, su esencia es siempre una y la misma: la dictadura de la burguesía.
Sin embargo, esto no quiere decir que la clase
obrera puede mostrarse indiferente ante la forma del
Estado burgués. Comparada con la monarquía feudal,
la democracia burguesa fué un fenómeno progresivo y
representó un gran paso de avance en el desarrollo político de la sociedad.
"La república burguesa, el parlamento, el sufragio universal, desde el
punto de vista del desarrollo universal de la sociedad, representan -dice
Lenin- un progreso inmenso. La humanidad
ha pasado al
capitalismo, y solamente éste, gracias a la cultura urbana,
ha dado a la clase oprimida de los proletarios la posibilidad de adquirir
conciencia de sí misma y de crear ese movimiento obrero mundial,
esos millones de
obreros organizados como partido en el mundo entero, ese partido
socialista [hoy, comunista (F.K.)] que dirige
parlamentarismo, sin el sistema electoral, este
desarrollo de la
clase obrera habría
sido imposible".116
Por eso a
la clase obrera
no puede serle indiferente que el Estado capitalista
adopte la forma de la democracia burguesa o la de la dictadura terrorista
descarada, fascista. La dictadura fascista aplasta todas las organizaciones de
la clase obrera y de los trabajadores. La dictadura parlamentaria
democrático-burguesa puede ser y es utilizada por la clase obrera para
organizar sus fuerzas, para la lucha revolucionaria por la democracia
socialista, por la dictadura del proletariado.
La clase obrera
y su partido utilizan
el parlamento burgués
y las elecciones a él, ante todo,
como tribuna, como medio de propaganda y de movilización de las masas para la
lucha extraparlamentaria, para la lucha abierta, revolucionaria, de clases.
La época del imperialismo trae consigo la
agudización de todas
las contradicciones de
la
sociedad capitalista, su descomposición y el viraje
de
la burguesía de la democracia a la reacción. Los
cambios operados en el campo económico (la dominación de los monopolios) no
pueden por menos de traducirse en
los cambios introducidos
en el campo político.
"La supraestructura política erigida sobre la
nueva economía, sobre el capitalismo monopolista (pues el imperialismo es el
capitalismo monopolista) es el viraje de la
democracia hacia la reacción
política. Con la libre concurrencia concuerda la democracia. Con los monopolios
concuerda la reacción política... Lo mismo en la política exterior que en la
interior, el imperialismo aspira a la trasgresión de la democracia, a la
reacción. En este sentido, es indiscutible que el imperialismo es la
"negación" de la democracia en general, de toda
democracia..."117
La concentración de la riqueza nacional en manos
de unos cuantos
monopolios capitalistas y la
omnipotencia
del capital financiero
conducen a la
oligarquía
financiera, a la
dominación total del aparato del Estado por el puñado de reyes
sin corona
del acero, del hierro, del petróleo, del carbón, de
los
ferrocarriles, de la industria química,
electrotécnica y de otras ramas industriales.
Los
puestos de ministro
y los cargos
más
importantes del Estado son ocupados cada vez con
mayor frecuencia por los bolsistas, los banqueros y los magnates industriales.
El gobierno directo (y no simplemente a través de sus criaturas) de la máquina
del Estado por los magnates del capital es uno de los rasgos característicos
del aparato estatal imperialista fascistizado.
El
aparato del Estado
burgués contemporáneo crece en
proporciones gigantescas, chupando la savia vital del
pueblo trabajador. El
reforzamiento del
conscientemente
la lucha de
las masas. Sin
el
116 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág.
449, ed. rusa.
115 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVIII, pág.
450, ed. rusa.
117 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIII, pág. 31,
ed. rusa.
aparato del Estado burgués se traduce, ante todo, en
el crecimiento del ejército y la flota, de los servicios de información
y espionaje, de
la burocracia, la policía y la gendarmería, es decir, de los
órganos de violencia y represión. Lenin escribía, en 1917: "En particular,
el imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos
monopolios capitalistas, la época de la transformación del capitalismo
monopolista en capitalismo monopolista de Estado, muestra un extraordinario
reforzamiento de la "máquina estatal", un crecimiento sin precedentes
de su aparato burocrático y militar, en relación con el reforzamiento de la
represión contra el proletariado tanto en los países monárquicos como en los
países republicanos más libres"118.
En relación con el ahondamiento de las
contradicciones de clase y con la preparación y el
desencadenamiento
de las guerras
imperialistas, la
burguesía
se desentiende, incluso,
de la reducida, falaz y recortada democracia
burguesa, para abrazar
el
fascismo. La dictadura
fascista es la
dictadura
terrorista
de los grupos
más reaccionarios, chovinistas y
militaristas de la burguesía imperialista, el aplastamiento de todas las
libertades democráticas.
No en vano el fascismo aparece en la época de la
crisis general del
capitalismo, en que
el sistema
capitalista se conmueve hasta en sus cimientos y en
que la burguesía no se halla ya en condiciones de mantener su dominación
mediante los métodos de la
democracia burguesa. El paso de la democracia
burguesa a la dictadura terrorista abierta, al fascismo,
es expresión de la debilidad, la inestabilidad y la
putrefacción del capitalismo, exponente
de la
incapacidad de la burguesía para seguir gobernando
con los viejos métodos. Bajo las condiciones de la agudización de
las contradicciones de
clase, la
burguesía arroja los cendales que encubrían su
dictadura, destruye los
elementales derechos
democráticos y abraza el terrorismo abierto, la
represión descarada contra la clase obrera, contra su Partido, contra los
militantes progresivos.
El paso de la burguesía a la dictadura fascista se
lleva a cabo,
sobre todo, en
aquellos países
capitalistas en que más agudas y profundas son las
contradicciones de clase y en que la burguesía imperialista mantiene
una política exterior
más
agresiva, tratando de resolver o de ahogar estas
contradicciones mediante el
desencadenamiento de
guerras imperialistas. Así sucedió en 1922 en
Italia, en 1933 en Alemania y en 1937 en España, y más tarde en otra serie de
países capitalistas.
El reforzamiento de la fascización del Estado que
hoy se advierte en los EE.UU. y en algunos otros
países imperialistas sirve, ante todo, a la
preparación por el capitalismo monopolista de estos países de la tercera guerra
mundial, de la
guerra contra la
U.R.S.S. y los países de democracia popular. Cuanto
118 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 382,
ed. rusa.
más ruidosamente grita la venal prensa capitalista
acerca de la defensa de la democracia y de la lucha contra el
"totalitarismo", más van rodando, en la práctica, los
Estados capitalistas por
la pendiente hacia el fascismo,
más van convirtiéndose en Estados policíacos.
En los Estados Unidos de América, la burguesía se
vale cada vez más del Estado para limitar los derechos de la clase obrera, para
perseguir al Partido Comunista y a las demás organizaciones progresivas. En los
EE.UU. se ha creado una extensa red de espionaje, las
provocaciones y delaciones
se extienden en proporciones nunca vistas, se pone en práctica el
sistema de registro obligatorio de los hombres
con criterio propio
y se les
obliga a estampar las huellas
digitales en las fichas de la policía, como si se tratara de los peores
criminales. Todas las personas de ideas progresivas son eliminadas del aparato
del Estado. Las bandas militarizadas
del Ku-Kux-Klan y
otras del mismo jaez disuelven a tiros los mítines de
los trabajadores, aplastan por la fuerza las huelgas obreras, destruyen los
edificios del Partido Comunista, atentan contra los hombres honrados y de ideas
progresivas, a quienes la prensa reaccionaria no ha logrado embrutecer.
Como en la Alemania hitleriana con respecto a los
judíos, en los EE.UU. se ha instaurado un régimen de opresión y terror nacional
y racial contra los negros, los indios y otros pueblos. Florece en ese país el
antisemitismo, la ideología del exclusivismo nacional y racial. El Estado
democrático-burgués, en Norteamérica, va convirtiéndose a ritmo acelerado en
una dictadura terrorista-fascista, cubierta por una fachada
"democrática".
Los círculos gobernantes de los EE.UU. se hallan hoy
a la cabeza de la reacción imperialista mundial y,
no sólo apoyan,
sino que instauran
en todos los
países capitalistas regímenes reaccionarios
fascistas y semifascistas, proponiéndose como meta ahogar el movimiento obrero
revolucionario y la lucha de liberación nacional de los pueblos oprimidos.
La experiencia histórica enseña que la burguesía
sólo logra destruir
los derechos democráticos
e
instaurar
la dictadura fascista
allí donde la
clase
obrera está dividida y una parte de ella sigue a los
capituladores, a los socialistas de derecha. Donde la
clase obrera se mantiene unida y organizada, está en
condiciones de impedir con su lucha la instauración
de la dictadura fascista.
La tarea más importante de la clase obrera y de
sus partidos marxistas, en los países capitalistas,
consiste en unir y movilizar las fuerzas para la lucha revolucionaria contra el
imperialismo y contra el fascismo. Pero en el camino de la clase obrera se
interponen los socialistas de derecha. Sembrando la división en las filas de la
clase obrera, los dirigentes de los socialistas de derecha debilitan sus
fuerzas y
allanan con ello el camino al fascismo. Y, allí
donde los socialistas de derecha llegan al Poder, ponen a la orden del día la
represión armada contra los obreros revolucionarios. Así lo atestiguan las
matanzas de obreros por órdenes de los ministros "socialistas", en
una serie de países capitalistas.
Los precursores de los dirigentes de los socialistas
de derecha, los
dirigentes de la
Segunda Internacional, reconocían de palabra la doctrina marxista acerca
del Estado, pero en la práctica falsificaban y bastardeaban esta doctrina,
extirpando de ella lo
principal: el reconocimiento de
la necesidad de destruir la máquina del Estado burgués y de instaurar la
dictadura del proletariado. Hoy día, los dirigentes de los socialistas de
derecha han roto abiertamente con el marxismo en general, y en particular con
la doctrina marxista acerca del Estado. Proclaman cínicamente la caducidad de
la doctrina de Marx y Engels acerca del Estado, acerca de la dictadura del
proletariado, propagan las más reaccionarias trivialidades burguesas acerca del
carácter del Estado como una institución situada "por encima de las
clases" y llaman a la clase obrera, no a desmontar y destruir la máquina
del Estado burgués, sino a "apoderarse" de ella, con ayuda del
sufragio universal.
Pero la clase obrera va apercibiéndose cada vez más
de la indisoluble conexión que existe entre la opresión económica del régimen
capitalista y el Estado burgués, como instrumento político de la burguesía, al
que está asignada la misión de reprimir a los trabajadores.
El capitalismo, como sistema tanto económico
cuanto social, se
ha convertido en
un sistema
reaccionario
y hace ya
mucho tiempo que
se ha
agotado y se sobrevive. Pero se mantiene aún en el
Poder y sigue existiendo en una parte considerable
de la tierra, ante todo y fundamentalmente gracias a la violencia política
desplegada por la burguesía con ayuda del Estado, y también como resultado de
la represión espiritual y del engaño del proletariado, por parte de la
burguesía y de sus agentes en el seno del movimiento obrero.
El Estado burgués es la fuerza que vela por mantener
en pie al régimen capitalista caduco. Los trabajadores, al defender sus
intereses económicos y sus derechos democráticos elementales, el derecho de
huelga, de reunión, de manifestación, etc., luchando contra los instigadores de
la guerra, chocan inevitablemente con la fuerza política concentrada de la
reacción burguesa, materializada en la máquina del Estado burgués. De aquí que
la lucha de la clase obrera, encabezada por el Partido marxista, cobre inevitablemente
la forma de lucha por el derrocamiento de la dominación política de la
burguesía, por la
destrucción de la
máquina del Estado burgués, por
la instauración de la dictadura del proletariado.
La clase obrera no podrá enderezarse, ponerse en pie
y liberarse sin destruir toda la supraestructura política y, ante todo, el
Estado burgués. Toda la máquina estatal de la burguesía, de abajo arriba, está
dirigida a la opresión y la represión de la mayoría de la población explotada
por una minoría de explotadores. Por eso, la clase obrera no puede apoderarse
de esta máquina, sino que debe desmontarla, destruirla, para crear, en vez del
Estado burgués, un Estado
de nuevo tipo,
el Estado proletario.
5. La dictadura del proletariado, nuevo tipo de
Estado.
La revolución socialista acaba con la dominación
política de la
burguesía e instaura
la dominación
política del proletariado. Sienta las bases para un
Estado de nuevo tipo, radicalmente distinto de todos los que le han precedido.
Este Estado es un Estado
socialista, por cuanto sirve de instrumento para la
construcción del socialismo y es una supraestructura
política erigida sobre la base socialista. Por su
contenido de clase,
este Estado constituye
la dictadura de la clase obrera, es la expresión de la
dirección estatal de la sociedad por el
proletariado.
La revolución socialista y la aparición del Estado
proletario representan el
más profundo y
radical
viraje en toda la historia universal. Con la toma
del
Poder por el proletariado, se instaura por vez
primera en la historia la dominación política de la clase de los
explotados. Por vez primera en la historia, el
Estado
sirve, no para fortalecer la explotación del hombre
por el hombre, sino, por el contrario, para destruirla.
La dictadura del proletariado es el instrumento de
la revolución proletaria, su más importante punto de apoyo. El
proletariado no puede
llevar a cabo
su
misión histórica -derrocar el capitalismo y
construir el socialismo- sin
instaurar su dictadura
revolucionaria. Esta dictadura es necesaria para
aplastar la resistencia de la burguesía, consolidar la victoria de la
revolución socialista y llevarla hasta el
final, hasta el triunfo definitivo del comunismo.
La dictadura del proletariado no surge como
resultado del desarrollo
paulatino, evolutivo, del
viejo orden burgués, sino por obra de su destrucción
revolucionaria. La instauración de la dictadura del
proletariado nada tiene que ver con un simple relevo
de personas en el gobierno del Estado, con el cambio
de un "gabinete ministerial" por otro. El
marxismo- leninismo desenmascara la traición de los dirigentes de los
socialistas de derecha, que, por miedo a la dictadura del
proletariado, reducen a
un simple cambio de
"gabinetes", de ministros, la conquista del Poder por el
proletariado. La experiencia histórica demuestra que la subida al Poder de los
llamados gobiernos "socialistas" (a la manera del gobierno de los
laboristas en Inglaterra o de los socialdemócratas en Finlandia)
no trae consigo
ningún cambio
sustancial
en el Estado
burgués ni en
su política. Tales gobiernos
siguen siendo aparatos subalternos en manos de la burguesía y a su servicio.
Sólo el derrocamiento del Poder burgués y la expropiación de la burguesía, la
destrucción de la vieja máquina estatal y la creación de un nuevo Estado, el
Estado proletario, garantiza la dominación política del proletariado.
La dictadura del proletariado es un tipo nuevo de
Estado, que se diferencia de los Estados anteriores,
tanto por su contenido de clase como por la forma de la organización estatal,
por su misión histórica, por el papel que desempeña en el desarrollo de la
sociedad y, consiguientemente, por sus funciones.
A diferencia de los Estados que lo han precedido,
la misión de
la dictadura del
proletariado no se reduce al empleo de la violencia. Son
inherentes a ella tres aspectos interdependientes, que determinan su carácter
de clase y su misión histórica:
"1) Utilización del Poder del proletariado para
aplastar a los
explotadores, para defender
el país, para consolidar los
lazos con los proletarios de los demás países, para desarrollar y hacer
triunfar la revolución en todos los países.
"2) Utilización del Poder del proletariado para
apartar definitivamente de la burguesía a las masas trabajadoras y explotadas,
para consolidar la alianza entre el proletariado y estas masas, para hacer
participar a estas masas en la edificación socialista, para asegurar al
proletariado la dirección estatal de estas masas.
"3) Utilización del Poder del proletariado para
organizar el socialismo, para suprimir las clases, para pasar a una sociedad
sin clases..."119
La dictadura del proletariado es la unidad
indisoluble de los tres aspectos que acaban de señalarse. La dictadura del
proletariado en un país que se halla bajo las condiciones del cerco capitalista
es inconcebible sin
la existencia de
estos tres aspectos combinados.
Sólo de la combinación de los tres resulta el concepto completo y cabal de la
dictadura del proletariado.
El primer aspecto de la dictadura del proletariado
determina su misión histórica en la lucha contra las
clases
explotadoras y sus
Estados, expresa
fundamentalmente el lado violento de la dictadura
del proletariado, que
emana de la
necesidad de
aplastar
la resistencia de
los explotadores. La
dictadura del proletariado nace y se fortalece en el
curso de una enconada lucha de clases contra las clases explotadoras
derrocadas dentro del
país y contra los Estados
capitalistas que las apoyan, fuera de sus fronteras.
Todos los Estados anteriores representaban la
dictadura de la minoría explotadora sobre la mayoría explotada; la dictadura
del proletariado, por el contrario,
es la dictadura de
la mayoría explotada
sobre la minoría explotadora. Y en esto reside una
de las diferencias de principio de la dictadura del proletariado con respecto a
todos los Estados de la explotación precedentes y los que hoy subsisten.
El primer aspecto de la dictadura del proletariado,
al expresar las tareas del Estado proletario en la lucha contra las clases
explotadoras v sus Estados, incluye también la utilización de su Poder estatal
por la clase obrera para consolidar las relaciones con los trabajadores de
otros países, para ayudar a éstos a liberarse del yugo capitalista. La
realización de esta tarea fortalece las posiciones de los trabajadores de todos
los países en la lucha contra el imperialismo mundial.
El lado de la violencia es inseparable de la
dictadura del proletariado.
Sin embargo, no
debe verse en la violencia el lado único de la dictadura del
proletariado, ni siquiera el lado fundamental. La dictadura del proletariado no
representa solamente la violencia con respecto a los explotadores, sino que es
también la dirección del proletariado sobre las masas trabajadoras no
proletarias. Este papel dirigente de la clase obrera expresa el segundo aspecto
de la dictadura del proletariado, que determina su misión con respecto a las
masas trabajadoras no proletarias y, principalmente, con respecto a los
campesinos.
Desarrollando las ideas de Marx y Engels acerca de
la dictadura del proletariado, Lenin completó la fórmula de la dictadura del
proletariado, desde el punto de vista del problema de los aliados de la clase
obrera. "La dictadura del proletariado -enseña Lenin- es la forma
específica de la alianza de clases entre el proletariado, vanguardia de los
trabajadores, y las numerosas capas no proletarias de éstos (la pequeña
burguesía, los pequeños propietarios, los campesinos, los intelectuales, etc.)
o de la mayoría
de ellas, alianza dirigida contra
el capital y encaminada a su total derrocamiento, al completo aplastamiento de
la resistencia de la burguesía y de los intentos de restauración por parte de
ésta, alianza que tiene como fin la definitiva creación y consolidación del
socialismo".120
El principio supremo de la dictadura del
proletariado es, según
las palabras de
Lenin, la
realización
de la alianza
del proletariado con
los
campesinos trabajadores, una alianza en que aquél,
el proletariado, pueda afirmar su papel dirigente y su
Poder estatal, encauzar el desarrollo de la sociedad
hacia el socialismo.
La alianza de la clase obrera y los campesinos, que
forman la mayoría inmensa de la sociedad, fué la
fuerza capaz de vencer en nuestro país la
resistencia de las clases
explotadoras, derribar el
caduco
régimen capitalista y consolidar el nuevo régimen,
el régimen socialista soviético.
Con su lucha contra la explotación, el proletariado
expresa los intereses vitales y generales de todos
los
119 J. V. Stalin, Obras completas, trad. esp, t.
VIII, pág. 32.
120 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXIX, págs.
310, ed. rusa.
trabajadores y explotados. Esto le da la posibilidad
de apartar de la burguesía a las capas pequeño- burguesas de
los trabajadores, de
establecer una sólida alianza con
ellas y de asegurar su gradual incorporación a la construcción del socialismo.
En el apoyo que prestan al Estado proletario las más extensas masas
trabajadoras se expresa una de las diferencias de principio de este Estado con
respecto a todos los Estados de la explotación.
El tercer aspecto de la dictadura del proletariado
determina la misión de ésta en la transformación de toda la sociedad. Este
aspecto caracteriza a la dictadura del proletariado como la palanca
históricamente necesaria para la transformación socialista de la economía, de
todas las relaciones sociales y de la cultura del país, como instrumento para
la reeducación de las masas en el espíritu del socialismo, como arma para la
destrucción de las clases y la construcción de la sociedad sin clases, de la
sociedad comunista.
A diferencia de las formas de Estado anteriores, el
Estado socialista no sólo ayuda a su base a formarse
y fortalecerse, sino que actúa, además, como órgano de ella. Dos circunstancias
determinan el papel especial del Estado socialista. en lo que se refiere a la
transformación económica de la sociedad: la primera es que la revolución
proletaria, a la que sirve de instrumento la dictadura del proletariado, tiene
como meta acabar con toda explotación del hombre por el hombre, al paso que las
revoluciones precedentes se habían limitado a sustituir una forma de explotación
por otra; la segunda, que la revolución proletaria comienza en condiciones en
que no existe ninguna o casi ninguna forma ya dispuesta de régimen económico
socialista. La revolución socialista parte de la conquista por el proletariado
del Poder estatal, utilizado como palanca para la construcción de una nueva
economía, de la economía socialista. De aquí que el Estado proletario esté
llamado a desempeñar un papel constructor creador importantísimo en la
edificación de la economía socialista. En las decisiones del
Partido que ha
caracterizado esta misión del
Estado socialista del siguiente modo: "El Estado soviético es la forma más
completa y omnímoda de organización obrera, la que realiza en la práctica la
construcción del comunismo incorporando a esta labor a masas cada vez más
extensas de campesinos. De otra parte, el Estado soviético es la organización
obrera que dispone de todos los medios materiales de coerción. Como dictadura
del proletariado, el Estado soviético es la palanca de la transformación
económica".121
El Estado proletario cuenta con la posibilidad de
cumplir eficazmente su misión económica, porque se
basa en la ley de la obligada correspondencia de las
121 El P.C.U.S. en las resoluciones y acuerdos de
los Congresos y Conferencias y de los Plenos del C.C., parte I. 7ª ed. rusa
1953. pág. 490.
relaciones
de producción con
el carácter de las
fuerzas productivas, ley que exige la liquidación de las viejas relaciones de
producción, las capitalistas, y la instauración de otras nuevas, las
socialistas.
El Estado socialista surge como supraestructura
política cuando aún no existe una base socialista plasmada. Pero este Estado
brota como expresión de la necesidad económica del paso hacia el socialismo,
emanada de la ley objetiva de la obligada correspondencia de las relaciones de
producción con el carácter de las fuerzas productivas, y sirve de instrumento
para realizarla. El Estado socialista se apoya, al principio, en las formas
socialistas de economía que van introduciéndose por medio de la nacionalización
de la industria capitalista, de la banca y del transporte. Durante el período
de transición, crece y se fortalece el régimen socialista de la economía,
afirmándose como la basé económica del nuevo poder político. El paso de la
economía de transición, en que coexisten diversos regímenes de vida, a la
economía socialista monolítica, representa la total plasmación y la victoria
completa de la nueva base económica, de la base socialista. Y, como resultado
de esta victoria, el Estado socialista se desarrolla todavía más: cambian sus
funciones y sus formas, y cobra su pleno desarrollo la nueva democracia, la
democracia socialista.
De este modo, el Estado socialista, como Estado
de nuevo
tipo, cumple una
misión especial en la
transformación
del régimen económico
de la sociedad y, a la par con
ello, se desarrolla a base de
los cambios operados en el régimen económico,
reflejándose en él los rasgos característicos de éste.
Reflejo del nuevo régimen económico de la sociedad
es también la democracia socialista, en la que
toman cuerpo las
peculiaridades del Estado
proletario, como Estado de nuevo tipo.
El Estado proletario lo construyen las propias masas
trabajadoras. Decía Lenin que, a diferencia del
Estado feudal, obra de cientos de poseedores, y del
Estado burgués, obra de miles y decenas de miles de
ricos, el Estado socialista sólo puede crearse con la
participación
directa y activa
en el gobierno
de
decenas de millones de trabajadores.
La dictadura del proletariado es el tipo más alto
de democracia en
una sociedad de
clase, la
democracia socialista, que expresa los intereses de
las masas populares, por oposición a la democracia
capitalista, expresión de los intereses de un puñado
de explotadores.
La
dictadura del proletariado es
un Estado
dictatorial y democrático de un tipo nuevo. La clase
obrera lleva a cabo, por medio de él, la represión contra las clases
explotadoras, que forman una minoría insignificante de la población, y asegura
la democracia para la mayoría inmensa de la población, para los trabajadores.
Por
tanto, la instauración
de la dictadura
del
proletariado
representa un ensanchamiento enorme de la democracia, la sustitución de la
falaz y limitada democracia
burguesa por la
democracia proletaria, que
garantiza los más amplios derechos políticos a los trabajadores,
es decir, en
un comienzo a la
mayoría de la población, y más tarde (una vez liquidadas las clases
explotadoras) a toda ella. "Observamos aquí, cabalmente -escribe Lenin-,
uno de los casos de "transformación de la cantidad en calidad": la
democracia, llevada a cabo con tal plenitud y consecuencia, las mayores que
puedan concebirse, se convierte de democracia burguesa en democracia
proletaria"…122
La democracia proletaria, socialista, además,
constituye una democracia de tipo nuevo y más alto,
porque pone fin al divorcio entre la proclamación de
los derechos y libertades democráticas y su efectiva
realización. La Constitución promulgada en 1918 por la República Socialista
Soviética Federativa de Rusia no se limitaba a proclamar los derechos y
libertades democráticas, sino que establecía, al mismo tiempo, las garantías
materiales necesarias para
su efectividad. Y este rasgo característico de la democracia socialista
adquirió todavía mayor desarrollo en la Constitución promulgada por la U.R.S.S.
en 1936, que no se contenta con proclamar la igualdad de derechos de los
ciudadanos, sino que los asegura legislativamente de un modo real y efectivo,
al liberar a los ciudadanos de toda explotación, que no sólo proclama el
derecho al trabajo, sino que garantiza real y efectivamente este derecho, mediante
el hecho de
la ausencia de las
crisis en la sociedad soviética y el hecho de la supresión del paro forzoso. El
democratismo de la Constitución de la U.R.S.S. es, por tanto, un democratismo
socialista.
La democracia socialista asegura al pueblo la
libertad de toda
explotación, de las
crisis económicas, del paro forzoso, de la pobreza. Estas
libertades, que la
democracia burguesa no
da ni puede dar al pueblo, forman
precisamente la base, el fundamento, de todas las otras libertades. La
democracia socialista, reflejo del régimen económico de la sociedad socialista,
en que no se conoce la explotación del hombre por el hombre, constituye el tipo
más alto de democracia.
Y a la par con el Estado socialista, como Estado de
nuevo tipo, ha surgido también el derecho socialista, que representa un nuevo y
más alto tipo de derecho,
sustancialmente distinto del
derecho burgués.
Los enemigos del Estado soviético afirmaban que la
dictadura de la clase obrera es la negación del derecho, la sustitución de éste
por la violencia pura y simple. Esta afirmación, a todas luces calumniosa, sólo
demuestra una cosa, y es que quienes tal sostienen, llegados de su ceguera, de
su rencor y de
122 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 391,
ed. rusa.
su estupidez de clase, no reconocen otro derecho que
el derecho burgués. En realidad, la clase obrera victoriosa, después de tomar
en sus manos el Poder, destruye el viejo derecho, el derecho burgués, declara
abolida la vieja legislación, pero crea en su lugar un nuevo derecho, el
derecho socialista, y una nueva legalidad, la legalidad revolucionaria.
Por oposición al derecho burgués, expresión de la
voluntad de la
minoría explotadora, el
derecho
soviético
socialista expresa en
sus normas la voluntad de la clase obrera que se halla
en el Poder,
como jefe y representante de todos los trabajadores,
es decir, la voluntad y los intereses que son al principio los de la mayoría y
más tarde, después del
triunfo del socialismo, los del pueblo soviético en
su totalidad. El derecho
soviético es un
poderoso
instrumento en la lucha por el triunfo del
socialismo y del comunismo.
La diferencia radical que media entre el Estado
proletario, como Estado de nuevo tipo, y todos los
tipos de Estado que lo han precedido, así como entre el derecho socialista y
todos los tipos de derecho anteriores, se refleja también en el destino
histórico de uno y otro. Todos los Estados precedentes, que al nacer hicieron
posible el desarrollo progresivo de la sociedad, acabaron convirtiéndose con el
tiempo en un obstáculo para este desarrollo; acabaron fortaleciendo la
dominación de las clases explotadoras, las cuales degeneraron, con el tiempo, en
clases caducas. Estos Estados tenían que sucumbir violentamente, por obra de
una explosión revolucionaria. Por el
contrario, el Estado
y el derecho socialistas no se
convierten en un obstáculo interpuesto ante el desarrollo social, ni se hallan
expuestos a verse destruidos por la violencia. Son, lejos de ello, la más
grandiosa fuerza progresiva, que hace posible el desarrollo de la sociedad y
garantiza el triunfo pleno del comunismo. Una vez que hayan cumplido su misión
histórica, cuando la división en clases
de la sociedad
y la lucha
de clases se incorporen al pasado, cuando pueda darse
por liquidado el capitalismo y el comunismo se haya afianzado en todos los
países, el Estado y el derecho socialistas irán extinguiéndose gradualmente.
6. Las formas
estatales de la
dictadura del proletariado.
Al nuevo contenido de clase del Estado proletario
corresponden también las nuevas formas de la
organización política de la sociedad.
En 1871, año en que la heroica clase obrera de
París llevó a cabo el primer intento de instauración
de la dictadura del proletariado, se estableció, por la iniciativa creadora de
las masas del proletariado revolucionario, una forma de organización del poder
político nueva y más alta que el parlamentarismo burgués. La Comuna de París
suprimió el viejo ejército,
sustituyéndolo por el
pueblo en armas,
suprimió la vieja burocracia, sustituyéndola por
funcionarios elegidos, amovibles y responsables ante el pueblo. La Comuna de
París sustituyó el parlamento, que en los Estados burgueses no es otra cosa que
una asamblea de charlatanes, por una institución representativa para trabajar.
Teniendo en cuenta la importancia
de estas transformaciones, Marx llegaba a la
conclusión de que la Comuna de París de 1871 constituía una organización
estatal de nuevo tipo.
Sin embargo, la conclusión de Marx y Engels en que
se presentaba la Comuna como una nueva forma
de organización estatal que permitía llevar a cabo
el
paso hacia el socialismo, no fué desarrollada en sus
trabajos y cayó en el olvido. En la última década del
siglo XIX, Engels, trazando la crítica del proyecto
de
programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana,
expresó la opinión de que la república democrática era "la forma
específica de la dictadura del proletariado". Claro está que Engels, al
decir esto, no se refería precisamente a la república parlamentaria burguesa,
sino a una república parlamentaria con nuevo contenido de clase. "La
república -escribía Engels en 1894-, con respecto al proletariado, sólo se
distingue de la monarquía en que es la forma política ya dispuesta para su
futura dominación... Pero la república, como cualquiera otra forma de gobierno,
se distingue por su contenido; mientras sea una forma de la democracia
burguesa, es tan hostil a nosotros como cualquiera monarquía (abstrayendo de
esta hostilidad la forma del fenómeno)".123
La tesis de Engels acerca de la república
democrática como la forma de la dictadura del proletariado fué
considerada como aceptable
por todos los marxistas
hasta que Lenin
llegó a una nueva conclusión con respecto a la forma
más adecuada de la organización política de la sociedad en el período de
transición del capitalismo al socialismo. Sintetizando la experiencia de la
revolución de 1905 y de la de febrero de 1917, Lenin descubrió en los Soviets,
forjados por la iniciativa creadora de los obreros rusos, la forma estatal de
la dictadura del proletariado. Desarrollando creadoramente el marxismo, Lenin
llegó a la conclusión de que la mejor forma de la dictadura del proletariado,
no era la república parlamentaria, sino la república de los Soviets. La
república soviética representaba la forma política buscada y por fin encontrada
dentro de cuyos marcos se lleva a cabo la liberación económica del proletariado
y se logra la victoria total del socialismo en la U.R.S.S. Una de las
condiciones más importantes del triunfo de la Gran Revolución Socialista de
Octubre fué, precisamente, la creación por el proletariado de los Soviets de
diputados obreros y el hecho de que el Partido Comunista supo
apreciar la significación
de esta
123 K. Marx
und F. Engels, Ausgewähte, Briefe, Zurich 1934, págs. 475 s.
iniciativa revolucionaria de los obreros rusos y
desplegar la lucha por la entrega de todo el Poder a los Soviets. Con el viejo
aparato estatal, destinado a reprimir al pueblo, es indudable que el
proletariado no habría logrado afianzar su Poder, y le habría sido imposible
crear de golpe un nuevo aparato de Estado.
La peculiaridad de los Soviets estriba, ante todo,
en que son la organización estatal más de masas y más democrática de cuantas
pueden existir en una sociedad de clase. Antes de convertirse en organización
estatal, los Soviets eran ya órganos de la lucha revolucionaria, en que se
agrupaban, bajo la dirección del proletariado, las más extensas masas
trabajadoras. La fuerza de los Soviets consiste en que son: 1) las
organizaciones de masas más extensas, que abarcan a todo el proletariado; 2)
las únicas organizaciones de masas que agrupan, bajo la dirección del
proletariado, a todos los explotados y oprimidos; 3) los órganos más poderosos
de la lucha revolucionaria de las
masas; 4) organizaciones directas de las propias masas
y, por tanto, las más democráticas de todas.
Al tomar el Poder en sus manos y convertirse en la
organización del Estado, los Soviets, no sólo no
perdieron estos rasgos característicos de
organizaciones de masa de los trabajadores, sino que,
por el contrario, los desarrollaron. La esencia del
Poder soviético se cifra en que los Soviets, es decir, las organizaciones más
de masas y
más
revolucionarias de los propios trabajadores, pasan a
ser el fundamento político permanente y único del
Poder del Estado. Las masas trabajadoras, que bajo
las condiciones del
parlamentarismo burgués se
hallan
apartadas de la
gobernación del Estado,
de toda participación decisiva en la vida política y del disfrute de los
derechos y libertades democráticas,
son
incorporadas, bajo las
condiciones de la dictadura
del proletariado. y por medio
de los
Soviets, a la participación incondicional, y además
decisiva, en el gobierno del Estado.
El sistema soviético aúna en la persona de los
representantes del pueblo el poder legislativo y el
ejecutivo. Por oposición al parlamentarismo burgués, los Soviets
constituyen un tipo
de organización estatal en que
los órganos representativos no son reuniones de charlatanes, sino órganos de
trabajo y de acción. El aparato estatal soviético "permite combinar las
ventajas del parlamentarismo con las ventajas de la democracia inmediata y
directa, es decir, aunar en la persona de los representantes elegidos por el
pueblo la función legislativa y la ejecución de leyes. Comparado con el
parlamentarismo, esto constituye un paso de avance en el desarrollo de la
democracia que encierra una significación histórico-mundial".124
El Poder estatal burgués representa, hasta en las
repúblicas burguesas más
democráticas, una
124 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXVI, pág. 79,
ed. rusa.
organización por arriba solamente, que no descansa
sobre ninguna base
política de masas.
La organización local de los Estados capitalistas no descansa en órganos
representativos democráticos, sino en los municipios, los ayuntamientos y otros
órganos por el estilo, supeditados a los representantes del poder
ejecutivo, al ministerio
de asuntos interiores, a los
gobernadores, a los prefectos, etc., y carentes de toda clase de funciones
políticas. Su competencia se limita a los asuntos de la administración
municipal, a la asistencia social, etc.; se ocupan, según la expresión de
Lenin, de tareas inofensivas para el Estado burgués, tales como la de
"estañar las tuberías de agua".
A diferencia del régimen parlamentario burgués, el
régimen soviético ha creado un sistema único de representación popular de abajo
a arriba. Los Soviets constituyen
una organización estatal
única y armónica, en la que
todos los órganos
del Poder, tanto los
superiores como los
locales, descansan sobre una base
democrática general. Los Soviets locales son órganos del Poder estatal con
plenitud de derechos y sirven de fundamento a todo el edificio del Estado
soviético. El Poder soviético no es sino la unificación y la plasmación de los
Soviets de diputados de trabajadores de abajo a arriba, en una organización
general de Estado, la República de los Soviets.
Pero, a la par que la organización estatal más de
masas y
más democrática, el
Poder soviético es
también
el Estado más
internacional de todos.
El
Poder soviético no sólo ha destruido hasta en sus
fundamentos todo el sistema de la opresión nacional, sino que asegura de hecho
la participación de los trabajadores de todas las naciones en la construcción
de la nueva vida.
El régimen soviético ofrece, asimismo, formas de
organización estatal nunca
vistas en el
mundo burgués, como es la unión fraternal de las repúblicas, agrupadas
sobre la base de la federación y la autonomía soviéticas.
La forma de la federación soviética, como la más
adecuada para la
estructuración de un
Estado socialista multinacional, fué descubierta por Lenin. En la
Declaración de derechos del pueblo trabajador explotado, redactada por Lenin y
aprobada en enero de 1918 por el Tercer Congreso de los Soviets de toda Rusia,
se proclamaba la institución de la República Soviética Rusa sobre la base de la
libre agrupación de naciones libres en una federación de repúblicas nacionales
soviéticas.
Las formas de la federación y la autonomía
soviéticas adoptadas en la U.R.S.S. se caracterizan por su gran flexibilidad y
variedad, reflejo de la variedad que se advierte en la composición nacional de
la población del país. Por nexos federativos se hallan unidas, ante todo, las
repúblicas soviéticas de la Unión, que
gozan de soberanía
como Estados.
Estas repúblicas son Estados independientes, salvo
en los asuntos que voluntariamente han conferido a la competencia de los
órganos del Poder estatal de toda la Unión. En el seno de algunas repúblicas
agrupadas en ésta existen repúblicas autónomas y regiones y distritos
nacionales autónomos. Y esta estructura del Estado socialista
multinacional brinda las
más amplias posibilidades al desarrollo político, económico y cultural
de todas las naciones y facilita la colaboración de éstas en la construcción
del comunismo.
La federación soviética recae sobre la población de
determinados territorios, que se distingue por las peculiaridades de su
composición nacional y las características de su modo de vivir, representando
cierta integridad económica. El Estado soviético reconoce a estos territorios
la autonomía, es decir, el derecho a gobernarse políticamente a sí mismos. La
esencia de clase de la autonomía soviética reside en el hecho de que todo el
Poder pertenece a los trabajadores.
La
federación soviética, como
forma de agrupación de los trabajadores
de diversos pueblos y naciones, se distingue radicalmente de la federación
burguesa, principalmente por el hecho de que se basa en la agrupación
voluntaria y la igualdad de derechos de los pueblos. La voluntariedad de la
agrupación la expresa el artículo 17 de la Constitución de la U.R.S.S., que
reconoce a cada república de la Unión el derecho a separarse libremente de la
U.R.S.S. La igualdad de derechos de las repúblicas soviéticas se expresa en el
hecho de que todas las repúblicas socialistas soviéticas que forman la U.R.S.S.
-lo mismo las grandes que las pequeñas- gozan de derechos iguales. El principio
de la igualdad de derechos de los pueblos encuentra su expresión en el sistema
bicameral del órgano supremo del poder de la U.R.S.S. Explicando lo que
significa la existencia de las dos
Cámaras del Soviet
Supremo de la U.R.S.S., decía J. V. Stalin: "El
sistema de Cámara única sería mejor que el bicameral, si la U.R.S.S. fuera un
Estado nacional homogéneo.
Pero la U.R.S.S. no es un Estado
nacional homogéneo. Poseemos un organismo supremo en el que están representados
los intereses comunes de todos los trabajadores de la U.R.S.S.
independientemente de su nacionalidad. Este es el Soviet de la Unión. Pero,
además de los intereses comunes, las nacionalidades de la U.R.S.S. tienen
también sus intereses particulares, específicos, vinculados a sus
particularidades nacionales. ¿Pueden
descuidarse estos intereses específicos? No, evidentemente. ¿Es
necesario tener un organismo supremo especial que refleje precisamente esos
intereses específicos? Indiscutiblemente, sí. No cabe la menor duda de que sin
un organismo semejante sería imposible gobernar un Estado multinacional como la
U.R.S.S. Este organismo es la segunda Cámara, el Soviet de las
Nacionalidades de la U.R.S.S."125
La República de los Soviets es la forma política
clásica de la dictadura del proletariado, la forma más
alta de la nueva democracia, que viene a sustituir
al
parlamentarismo burgués. Pero los Soviets no son la
única forma política posible de la dictadura del proletariado. Ya antes del
triunfo de la Gran Revolución socialista de Octubre preveía Lenin que el paso
del capitalismo al socialismo, en los diversos países, se
llevaría a cabo
con algunas particularidades, lo
que se reflejaría también en las formas
de la organización política de la sociedad. "Las formas
de los Estados
burgueses -escribía Lenin- varían
extraordinariamente, pero su esencia es siempre una y la misma: todos estos
Estados son, de un modo o de otro, pero en última instancia obligadamente, la
dictadura de la burguesía. El paso del capitalismo al comunismo no podrá por
menos de ofrecer, evidentemente, una enorme abundancia y variedad de formas
políticas, pero su esencia será, inevitablemente, una y la misma: la dictadura
del proletariado".126
La
aparición del régimen
de la democracia popular en una serie de países de Europa y Asia,
liberados por la Unión Soviética de la dominación
fascista imperialista, ha
venido a confirmar
este
pensamiento de Lenin. La experiencia ha demostrado
que el régimen de la democracia popular puede cumplir con éxito las funciones
de la dictadura del
proletariado, es decir, llevar a cabo la liquidación
de los elementos capitalistas
y la organización
de la
economía socialista, aplastar la resistencia de las
clases explotadoras y organizar y fundir a las masas
trabajadoras en torno a la clase obrera, para la
construcción del socialismo. Por su esencia, el régimen de la democracia
popular, lo mismo que el
régimen
soviético, encarna el
Poder de la
clase obrera, en alianza con los trabajadores de la ciudad y
del
campo. El Poder
soviético y la
democracia popular son dos formas distintas de la dictadura del
proletariado.
Las
diferencias entre el
régimen soviético y el
régimen de la democracia popular se explican por el
hecho de que estas formas del Estado socialista han
surgido en condiciones históricas distintas. Rusia fué el primer
país de la
dictadura del proletariado,
cercado por Estados capitalistas enemigos. La
transformación gradual de
la revolución
democrático-burguesa en revolución socialista
condujo, en Rusia, al derrocamiento, por medio de la insurrección armada, del
Poder que había existido en
el país hasta la revolución socialista. En medio de
la más furiosa lucha de clases, todos los partidos no
proletarios se habían convertido, ya antes de la
revolución de Octubre, en partidos
125 J. V.
Stalin, Cuestiones del leninismo, trad. esp., México,
1941, pág. 619.
126 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXV, pág. 385,
ed. rusa.
contrarrevolucionarios. He aquí por qué el Poder
soviético no se basó en una coalición de diversos partidos (descontando el
corto período de duración del bloque de los comunistas con los social-
revolucionarios "de izquierda", quienes ya medio año después de
haberse instaurado el Poder soviético se sublevaron contra él, pasándose al
campo de la contrarrevolución). La gran agudización de la lucha de clases en el
primer período del régimen soviético impuso la necesidad de privar a los
explotadores de los derechos electorales.
Distintas fueron las condiciones en que surgió la
dictadura del proletariado
en los países
de democracia popular. Estos países no llevan a cabo el tránsito del
capitalismo al socialismo ellos solos, sino bajo la ayuda directa de su vecina,
la poderosa Unión Soviética, del país del socialismo victorioso.
Después de liberados estos países del régimen
fascista, tomaron el
Poder en ellos
gobiernos de
Frente Popular, que por aquel entonces no
representaban aún el Poder del proletariado. Como
habrá de exponerse en detalle más adelante, en el
capítulo VII, bajo el epígrafe de "La teoría marxista- leninista de la
revolución", el Poder de la democracia
popular afrontó y resolvió, en su primera etapa, las
tareas de la revolución democrático-burguesa.
El
régimen de la
democracia popular, en los
países de la Europa central y sudoriental, surgió a base del Frente Popular,
creado en el curso de la
lucha de liberación nacional y en el que, bajo la
dirección del proletariado y de su
Partido, se
agruparon, bajo la plataforma general de la lucha
contra los invasores
fascistas alemanes y
por la
liberación nacional, diversos partidos existentes
con anterioridad, incluyendo algunos partidos burgueses y pequeñoburgueses.
Esto hizo posible que en los
países de democracia popular se estableciera un
sistema multipartidista, que
la Rusia Soviética
no
había llegado, de hecho, a conocer. Sin embargo, en
el curso del desarrollo de la lucha de clases, se hundieron en la bancarrota y
desaparecieron de la
escena los partidos burgueses y conciliadores que
abrazaron el camino
de la lucha
contra los
trabajadores. Y, gracias a ello, se fortaleció
todavía más el papel dirigente del Partido de la clase obrera, en torno al cual
se agrupaba la inmensa mayoría del
pueblo, lo que hizo posible la instauración de la
dictadura del proletariado.
La dictadura del proletariado se instauró, en estos
países, como resultado de la transformación gradual de la
revolución democrática, antifeudal y
antifascista, en revolución socialista, sin
necesidad del derrocamiento por la fuerza de los gobiernos que
subieron al Poder después de haber sido liberados
estos países del fascismo. Como ya se ha dicho en el capítulo V, a las fuerzas
reaccionarias de los países
de democracia popular no les fué posible
desencadenar la guerra civil. En la situación creada,
no hubo necesidad de privar de los derechos
electorales a los
explotadores. La existencia
y la ayuda de la Unión Soviética
abrieron a los países de la Europa central
y sudoriental la
posibilidad de llevar a cabo el
tránsito del capitalismo al socialismo, a
través de la
dictadura del proletariado,
bajo la forma de la democracia
popular.
En otros países, la dictadura del proletariado, sin
la que no podrá llevarse a cabo la transformación
revolucionaria
de la sociedad
capitalista en la sociedad socialista, presentará
también sus propias
peculiaridades. Así, por ejemplo, el programa del
Partido Comunista de
la Gran Bretaña
y el del Partido Progresivo Obrero del Canadá
llaman a la
creación de una amplia coalición popular o unión de
todas las capas trabajadoras, para acabar con el Poder
de los capitalistas
y ponerlo en
manos de un verdadero gobierno popular, capaz de
encabezar la construcción del socialismo. "El pueblo británico -
dice el programa del Partido Comunista de la Gran
Bretaña- podrá transformar la democracia capitalista
en una verdadera democracia popular, convirtiendo
el parlamento, obra de la lucha histórica de Bretaña
por la democracia, en instrumento de la democracia,
en instrumento de la voluntad de la inmensa mayoría
del pueblo británico". El camino de la Gran
Bretaña
hacia el socialismo, a base de la transformación del
parlamento, tal como lo señala el programa de los comunistas ingleses, no es el
camino del parlamentarismo burgués. Los comunistas ingleses parten de la
necesidad, no sólo de conquistar la mayoría parlamentaria, sino de transformar
el parlamento mismo, convirtiéndolo en verdadero exponente de la voluntad del
pueblo. Para lo cual será necesario derrotar a los actuales gobernantes de
la Gran
Bretaña y arrancar
el Poder efectivo
de manos de los explotadores. Solamente así se asegurará el nuevo contenido de clase, el
contenido proletario del Poder,
contenido, como Lenin enseñaba, tan poderoso, que "es
capaz de regenerar, vencer y someter a todas las formas, no sólo las nuevas,
sino también las viejas".127
7. El Partido Comunista, fuerza orientadora en el
sistema de la dictadura del proletariado.
La
dictadura del proletariado
se ejerce bajo
la
dirección del Partido marxista-leninista. Sin la
dirección del partido único, del partido de los comunistas, la dictadura del
proletariado no puede ser ni completa, ni sólida. Una de las causas a que se
debió la derrota de la Comuna de París fué precisamente la inexistencia de un
partido marxista de la clase obrera; la dirección de la Comuna de París la
compartían dos partidos (el de los blanquistas y el de los proudhonistas),
ninguno de los cuales abrazaba las doctrinas del marxismo. Y, por el contrario,
una de las condiciones
más importantes que
hicieron
127 V. I. Lenin, Obras completas, t. XXXI, pág. 83,
ed. rusa.
posible
la conquista y
la consolidación de
la dictadura del proletariado en Rusia fué la dirección incompartida del
Partido Comunista, tan experimentado en las luchas revolucionarias.
Y fué también la dirección de los partidos marxistas
lo que permitió instaurar la dictadura del proletariado en los países de
democracia popular. Los partidos comunistas y obreros de estos países
conquistaron a la mayoría de los trabajadores y aseguraron su papel de
dirección en los eslabones más importantes del aparato del Estado. La creación
de partidos, unidos de la clase obrera, mediante la unificación del ala
izquierda de los partidos socialdemócratas con los partidos comunistas, sobre
la base ideológica del marxismo-leninismo, permitió reforzar el papel dirigente
de la clase obrera en toda la vida social y estatal de los países de democracia
popular. Actualmente, sólo existen en los países de democracia popular,
junto al partido
de la clase obrera, aquellos partidos que (como,
por ejemplo, el Partido Campesino, en
Polonia, la Alianza Campesina Popular, en Bulgaria, el
Partido de los pequeños
propietarios, en Hungría,
y otros) reconocen el papel
dirigente del partido de la clase obrera y lo ayudan a llevar a cabo su
política de construcción del socialismo. Enjuiciando las perspectivas del
desarrollo de la democracia popular, decía en febrero de 1948 G. M. Dimitrov
que el desarrollo social progresivo "no marcha hacia atrás, hacia la
diversidad de partidos
y de grupos,
sino hacia la destrucción de todos los restos del sistema de la
explotación, del sistema capitalista, lo que conduce a la formación del partido
político único, encargado de dirigir el Estado y la sociedad".
El
Partido Comunista asegura
su dirección del
Estado y la sociedad por medio de las organizaciones
sociales de masas
que forman el
sistema de la
dictadura del
proletariado. Estas organizaciones de
trabajadores son las "correas de
transmisión", las "palancas" por medio de las cuales el Partido
Comunista, como fuerza orientadora, pone en movimiento todo el
"mecanismo" de la dictadura del proletariado. Sin la fuerza orientadora
del Partido y sin las "transmisiones" que lo enlazan con las más
extensas masas trabajadoras, sería imposible una dictadura del proletariado
estable y sólida.
Entre las más importantes palancas del sistema de la
dictadura del proletariado en la Unión Soviética, figuran, ante todo, los
Soviets, que forman la base de la organización estatal del país, y esas otras
organizaciones sociales de masas que son los Sindicatos, las
Cooperativas y la
Juventud Comunista. A través de estas organizaciones se incorporan a la
gobernación del Estado y a la construcción del comunismo las más extensas masas
trabajadoras. La fuerza llamada a dirigir, orientar y unificar la actividad de
todas las organizaciones de las
masas trabajadoras es
el Partido Comunista.
Gracias a la actividad de estas organizaciones y a
la dirección del Partido Comunista, la actividad política y el grado de
organización de los trabajadores de la Unión Soviética se hallan colocados a un
nivel tan alto como en ningún país. La más amplia incorporación de los
trabajadores a la gobernación del
Estado multiplica la
potencia del Estado socialista. La dirección del Partido
Comunista es una de las fuentes
más importantes de
la fuerza del Estado.
La dirección del Partido Comunista se expresa, ante
todo, en el hecho de que este Partido elabora la
línea política y traza las tareas y los métodos de
la
actividad práctica de todos los órganos del Poder y
de todas las organizaciones sociales, en el terreno
político, económico y cultural. El Partido unifica y
orienta la labor de todas las organizaciones
sociales y estatales, traza a todas ellas su meta general. La dirección del
Partido se expresa, asimismo, en el hecho de que asegura la promoción a los
puestos fundamentales del Estado
de los mejores trabajadores, comunistas y sin
partido, dispuestos a servir honradamente al pueblo. El Partido controla la
labor de los órganos del Estado y los ayuda, así, a corregir sus errores y a
llevar a la práctica las decisiones
del gobierno. Ninguna
decisión importante es adoptada por los órganos del Estado soviético sin
ajustarse a las indicaciones orientadoras del Partido.
Lo cual no
significa, evidentemente, que
el Partido Comunista pueda o deba suplantar a los Soviets, a
los Sindicatos o
a las demás organizaciones de masas de los
trabajadores. Los intentos de los trotskistas, zinovietistas y bujarinistas de
identificar la dictadura de la clase obrera con la "dictadura del
Partido" nada tienen de común con el marxismo-leninismo y
fueron aplastados por
el Partido Comunista y
su Comité Central.
No es posible suplantar a los
Soviets, es decir, al Poder del Estado, por el Partido. Este no lleva a cabo la
dictadura del proletariado directamente, sino a través de los Soviets y de las
numerosas organizaciones de masas de los trabajadores. El Partido Comunista es
la médula del Poder. Pero no puede identificarse con el Poder del Estado. La
inadmisibilidad de tal identificación emana, entre otras cosas, del hecho de
que, a diferencia del Partido, que es la organización voluntaria de la
vanguardia de los trabajadores, el Estado abarca a toda la masa de la
población, con las diferencias de clase que aún existen en el seno de ella, y
exige la sumisión obligatoria de todos los ciudadanos del país al Poder
estatal.
Los "críticos" del régimen soviético al
otro lado de sus fronteras afirman que el sistema soviético no
es democrático, puesto que excluye la existencia de
otros Partidos, fuera del Comunista. Sin embargo, la
grado de democratismo no lo determina la cantidad de
partidos existentes en el país, sino la clase que se halla en el poder, el tipo
de política llevada a cabo por el Poder estatal, la situación que las masas
populares ocupan en el Estado.
En el País Soviético no hay campo para la existencia
de varios partidos, por la sencilla razón de
que no existen
clases antagónicas, con
intereses
irreconciliablemente hostiles. La dirección de un
solo partido, del Partido
de los comunistas,
es el
exponente del auténtico democratismo del régimen
estatal soviético, pues este Partido es el efectivo
representante de todo el pueblo y lleva a cabo la política que
responde a los
intereses vitales del pueblo, a sus anhelos y aspiraciones.
"En el curso de las últimas décadas,
los pueblos de
la Unión Soviética han
experimentado en la práctica lo que eran los partidos más importantes que han
existido en Rusia: el partido de los terratenientes (el de las Centenas Negras),
el de los capitalistas (los kadetes), el de los mencheviques ("socialistas"
de derecha), el de los social-revolucionarios (defensores de los campesinos
ricos), y el partido de los comunistas. Los pueblos de nuestro país, en el
curso de los acontecimientos revolucionarios desarrollados en la U.R.S.S., han
echado por la
borda a todos
los partidos burgueses y llegado a una conclusión favorable al
partido de los
comunistas, al darse cuenta de que este partido es el único
partido antiterrateniente y anticapitalista... Se comprende, pues, que
los pueblos de la U.R.S.S.
apoyen con todas sus fuerzas al
Partido Comunista, probado en los combates".128
Prueba de la profundísima unidad existente entre el
Partido y el pueblo es que el Partido Comunista de la Unión Soviética vaya a
las elecciones a los Soviets de diputados de los trabajadores en bloque con los
sin partido. Bloque que sólo es posible en el País del Socialismo, donde no
existen clases hostiles entre sí y antagónicas, donde los intereses de todo el
pueblo forman una unidad indisoluble y donde el Partido Comunista actúa como el
exponente de los intereses generales del pueblo.
8. Fases de desarrollo y funciones del Estado
socialista.
El Estado socialista soviético, que va cambiando y
desarrollándose en consonancia con el desarrollo de
la base socialista sobre que se sustenta, ha pasado en
este proceso por dos fases principales. La primera
abarca el periodo que va de la Revolución de Octubre
a la liquidación de las clases explotadoras; la segunda
comienza
con la liquidación
de los elementos
capitalistas de la ciudad y el campo y se halla
actualmente en curso.
El desarrollo del Estado socialista, como
existencia de diversos partidos que luchen entre sí
no
es en modo alguno una prueba de democracia. El
128 Respuesta de Pravda a propósito de las
declaraciones de Mr. Morrison, Pravda, 1 agosto 1951.
supraestructura política, lo determinan los cambios
operados en el régimen económico y consiguientemente, en la estructura de
clases de la sociedad. Con ayuda del Estado soviético, como el instrumento más
importante de transformación de la sociedad, los trabajadores de la U.R.S.S.
han llevado a cabo la destrucción de la vieja base, de la base capitalista, y
la construcción de otra nueva, la socialista. Pero a medida que el Estado
soviético iba realizando su obra de transformación, cambiaban también las condiciones
de su propio desarrollo y cambiaban, asimismo, en consonancia con ellas, sus
tareas, sus funciones y sus formas.
En la primera fase de desarrollo del Estado
socialista soviético, sus tareas primordiales consistían
en aplastar la resistencia de las clases
explotadoras
derrocadas, en organizar la defensa del país contra
los ataques de los intervencionistas, en restaurar la industria y la
agricultura, en preparar las condiciones para acabar con todos los elementos
capitalistas. En consonancia con esto, el Estado soviético cumplió, en este
período, dos funciones fundamentales: la supresión de las clases derrocadas,
dentro del país, y la defensa de éste contra los ataques de fuera.
Ya sabemos que también en el pasado se caracterizaba
la acción de los Estados por estas dos funciones: la
interior y la
exterior. Consiguientemente, también el Estado socialista conservó
algunas funciones del Estado anterior, aunque
modificadas a tono
con las nuevas necesidades del Estado proletario. Pero
el contenido de estas funciones, en el Estado socialista, es sustancialmente
distinto. Al paso que todos los Estados explotadores reprimen a la mayoría
trabajadora de la sociedad en interés de la minoría explotadora, el Estado
socialista reprime y aplasta a la minoría explotadora de la sociedad en nombre
de los intereses de la mayoría trabajadora.
El Estado soviético realiza mediante diversos
medios: políticos (privación de los derechos electorales), militares (represión
de las insurrecciones y conspiraciones de los explotadores, etc.) y económicos
(confiscación de los medios de producción y de los bienes de los explotadores,
reforzamiento de los
impuestos que gravan
sobre ellos, etc.), la función de aplastamiento de la resistencia de
las clases derrocadas.
Los órganos más importantes que
sirvieron para el cumplimiento de esta función, en el orden militar, fueron el
ejército, los servicios de información y los órganos punitivos.
El Estado soviético no incurrió en el funesto error
de la
Comuna de París,
que dió pruebas
de una
suavidad extraordinaria con respecto a los enemigos
de la revolución.
En los primeros
días de la revolución de
Octubre, se creó
la "Cheka" o Comisión Extraordinaria de lucha frente a
la contrarrevolución, la especulación y el sabotaje, organismo que sembró el
espanto entre la burguesía y
actuó como vigía inflexible de la revolución.
Los enemigos interiores del País de los Soviets -
los capitalistas y
terratenientes- hallábanse unidos
por miles de hilos a los capitalistas de otros
países.
Los capitalistas extranjeros los apoyaban con sus
fuerzas y recursos, a la par que ellos, por su parte, actuaban como agentes de
los imperialistas extranjeros. De aquí que, en la primera fase de desarrollo
del Estado soviético, fueran inseparables la función de aplastar a las clases
capitalistas derrocadas dentro del país y la de defender a éste de los ataques
del exterior.
La función de la defensa del país de los ataques de
fuera, llevada a cabo por el Estado soviético, es
también distinta por principio de la función análoga
ejercida por los Estados de la explotación, pues el
Estado socialista defiende de los ataques del
exterior las conquistas de
la mayoría trabajadora,
mientras que el Estado basado en la explotación defiende las
riquezas y los privilegios de la minoría
explotadora.
Este
contenido sustancialmente nuevo
de la función de la defensa del
país se manifestó ya en los
años de la
intervención militar extranjera
y de la
guerra civil (1918-1920), en que el Estado soviético
hubo de repeler la agresión de las fuerzas coaligadas
de la intervención extranjera y
de la
contrarrevolución interior. Y el joven Ejército
Soviético salió victorioso de este empeño, pese a la gran superioridad de los
intervencionistas en armamento, provisiones de guerra y cuadros militares
expertos. Lo que se explica, ante todo, por el hecho de que defendía las
conquistas de la mayoría trabajadora y contaba, gracias a ello, con el apoyo de
las masas populares.
En
consonancia con las
condiciones históricas concretas de
la construcción del
socialismo, el
Partido Comunista de la Unión Soviética abordó de
un modo
nuevo el problema
de los órganos
de
defensa del país contra los ataques del exterior.
Hasta la victoria de la revolución en la U.R.S.S., la mayoría de los
marxistas sostenían la
opinión de que
era
necesario
sustituir el ejército
permanente por el pueblo en armas. La práctica de la
construcción del
socialismo en un solo país, en medio del cerco
capitalista, obligó a revisar esta concepción. Después de licenciar el viejo
ejército, incapaz de defender a la
República de los Soviets, el proletariado victorioso
dirigido por el
Partido Comunista, creó
un nuevo
ejército, el Ejército Soviético. Y este ejército
debía ser un ejército de cuadros, ya que, en las condiciones modernas, en que
la técnica militar ha adquirido un
gigantesco desarrollo, sólo un ejército de cuadros
puede enfrentarse a
los ataques de
los ejércitos
imperialistas.
Junto a las dos funciones fundamentales señaladas, el Estado soviético ejerció, en
la primera
fase de su desarrollo, una tercera función: la de la
organización de la economía y la educativo-cultural.
Esta función tenía como finalidad impulsar el
desarrollo de los gérmenes de la nueva economía, de la economía socialista, y
reeducar a los hombres en el espíritu del socialismo. Pero sin llegar a
adquirir todavía, en este período, su pleno desarrollo.
La función de la organización de la economía y
de la
labor educativo-cultural de
los órganos del
Estado soviético, a diferencia de las dos
anteriores,
no guarda analogía con las funciones de los Estados
precedentes. Esta función es propia y peculiar del
Estado socialista.
Ninguno de los Estados anteriores, incluidos los
Estados burgueses, podía realizar las tareas de la organización de la economía
nacional, orientar y dirigir el desarrollo económico de la sociedad. La ley de
la concurrencia y de la anarquía de la producción, inseparable del capitalismo,
excluye la posibilidad de una dirección consciente de la vida económica. La
dominación de la propiedad privada sobre los medios de producción condiciona el
carácter espontáneo de los procesos económicos y limita la posibilidad de
acción del Estado sobre el curso de estos procesos. Al Estado
capitalista la economía,
en el sentido propio de la palabra, no le concierne
gran cosa, pues no se halla en sus manos. Es, por el contrario, el Estado el
que se halla en manos de la economía capitalista, en manos de los propietarios
capitalistas de los medios de producción.
El gobierno de la economía nacional sólo es
asequible al Estado
de nuevo tipo,
al Estado
socialista, proletario, que concentra en sus manos
los
más importantes medios de producción, convertidos en
patrimonio de todo el pueblo. Sobre la base de la socialización de los medios
de producción actúa la ley del desarrollo planificado (proporcional) de la
economía del país. La economía nacional socialista sólo puede regirse a base de
la ley económica del desarrollo planificado de la economía del país. Ley que
ofrece a los órganos del Estado socialista la posibilidad objetiva
de planificar la
producción social.
El Estado soviético, inmediatamente después del
triunfo de la revolución, tomó en sus manos las palancas fundamentales
del desarrollo económico, los puestos
demando de la
economía nacional: la gran
industria, los transportes, los
bancos, el comercio exterior,
etc., para poder encauzar el desarrollo económico del país por la vía del
socialismo. Sin embargo, en los primeros años de la construcción del
socialismo, en que el régimen socialista de la economía no era aún el
predominante en toda la economía nacional, las posibilidades de planificación
de la economía nacional resultaban todavía limitadas y las actividades de
organización de la economía por parte del Estado socialista no podían cobrar
aún su pleno desarrollo.
La actividad
educativo-cultural constituye
también una peculiaridad
propia y específica
del
Estado socialista. El Estado de la explotación
utiliza los medios de influencia espiritual sobre las masas de que dispone (la
Iglesia, la escuela, la prensa, etc.), fundamentalmente, al servicio de su
función primordial, que es la represión de la mayoría explotada, razón por la
cual no se preocupa tanto de la
instrucción de las
masas y la
elevación de su cultura como de oscurecer su conciencia y
de aplastar su desarrollo cultural. Por el contrario, el Estado socialista se
halla vitalmente interesado
en la constante elevación del
nivel cultural y de la conciencia política de las masas populares, que
constituye una necesidad vital del régimen soviético. La actividad
educativo-cultural del Estado soviético sirve a la educación comunista de los
trabajadores, va encaminada a superar en su conciencia las supervivencias del
capitalismo, a elevar su nivel técnico-cultural. Y estas actividades se hallan
inseparablemente unidas a la labor de organización de la economía, ya que el
desarrollo de la economía socialista sería imposible sin el desarrollo
constante del grado de cultura y de conciencia comunista de los trabajadores,
puesto que la base material sobre que descansa el desarrollo de la cultura
socialista es el sistema socialista de la economía.
En la primera
fase de su
desarrollo, el Estado soviético preparó las condiciones para
acabar con los
elementos capitalistas de la ciudad y el campo. Al
realizarse
la política de
industrialización socialista del país
y de colectivización de
la agricultura, se
sentaron los fundamentos de la economía socialista y
el problema de "quién vencerá a quién" se
resolvió en favor del socialismo y en contra del capitalismo. El Estado
soviético entró así en la segunda fase de su desarrollo. Se plantearon ante él
las tareas de la organización de la economía socialista en todo el país y de la
eliminación de los últimos restos de los elementos capitalistas, las de la
realización de la revolución cultural, las de la organización de un ejército
plenamente a tono con las exigencias más modernas y apto para la defensa del
país, las de la construcción de la sociedad comunista. Y, en consonancia con
estas tareas, cambiaron también las funciones del Estado socialista.
En esta segunda fase, fué declinando y desapareciendo, ya
eliminadas las clases
explotadoras, la función de la represión militar
dentro del país, que en la primera fase había sido una de las
funciones fundamentales del Estado soviético. Al
terminar con todas las clases explotadoras en el seno del país,
el Estado soviético
cumplió una de sus
tareas primordiales, agotándose este aspecto de su
actividad y desapareciendo la necesidad de aquella
función
de la represión
militar interior. Esto
no quiere decir que el Estado socialista no necesite, también en la
segunda fase de su desarrollo, poner
coto a las actividades de los elementos enemigos del
régimen soviético. Pero ahora no existen ya en el
interior
del país clases
a las que
sea necesario aplastar. De aquí
que la acción del ejército, de la policía y de los órganos de represión no vaya
encaminada ya, en esta fase, contra los enemigos de dentro, sino contra los
enemigos exteriores.
En la segunda fase de desarrollo del Estado
soviético, la función
de represión militar
cede el
puesto a la
función de velar
por la propiedad
socialista contra los ladrones y malversadores de
los bienes del pueblo. El velar por la propiedad social se
convierte en una de las funciones fundamentales del
Estado soviético a partir del momento en que la
propiedad social se consolida en todas las ramas de la economía nacional. En su
informe sobre el "Balance del primer Plan quinquenal", pronunciado en
enero de 1933, decía Stalin: "La base de nuestro régimen es la propiedad
colectiva, así como la base del capitalismo
es la propiedad
privada. Si los capitalistas proclamaron la propiedad
privada como sagrada e inviolable, logrando a su tiempo la consolidación del
régimen capitalista, nosotros los comunistas,
debemos con tanta
mayor razón proclamar la
propiedad colectiva como sagrada e inviolable, a fin de consolidar con esto las
nuevas formas socialistas de la economía, en todos los dominios de la
producción y del comercio".129 Y esta función del Estado socialista
seguirá siendo necesaria hasta el momento en que el trabajo se convierta en la
primera necesidad vital para todos los miembros de la sociedad y la propiedad
social pase a ser el fundamento inmutable e intangible de ésta.
La función de la defensa militar del país se
mantiene y desarrolla todavía más en la segunda fase del Estado socialista
soviético. Así lo determina el hecho de que, liquidadas las clases explotadoras
en la U.R.S.S., el problema de "quién vencerá a quién",
victoriosamente resuelto a favor del socialismo en el interior del país, se
desplaza íntegramente al campo internacional. El Partido Comunista y su Comité
Central previnieron al pueblo soviético contra el peligro del cerco capitalista
en torno a la U.R.S.S. y fortalecieron tenaz e incansablemente, por todos los
medíos, los órganos militares, de vigilancia y de punición del Estado
soviético. La necesidad de esta función de la defensa militar del país sólo
desaparecerá cuando se
acabe con el
cerco capitalista, cuando desaparezca el peligro de los ataques
militares desde el exterior. Hasta que ese momento llegue, será la condición
más importante de la existencia del país del socialismo el reforzamiento de
aquellos órganos del Estado socialista. Bajo las condiciones del cerco
capitalista, se impone la más escrupulosa vigilancia y la más infranqueable
lucha contra los intentos de los Estados imperialistas de deslizar sus espías y
agentes diversionistas en los países del campo del socialismo.
Estado socialista no sólo es necesario para rechazar
a los rapaces imperialistas en caso de un ataque militar contra la U.R.S.S.,
sino también para retardar todo lo posible el momento mismo de la agresión y
para aprovechar plenamente la tregua pacífica, para defender la causa de la
paz. La experiencia histórica demuestra que los pueblos soviéticos no habrían
podido disfrutar de los beneficios del trabajo pacífico en el curso de las dos
décadas que mediaron entre el final de la primera (1918-1920) y el comienzo de
la segunda (1941-1945) guerra de agresión de los imperialistas contra la Unión
Soviética, si ésta no hubiese reforzado su ejército y sus servicios de
información.
Un factor importante en la defensa de los intereses
del Estado de la U.R.S.S., junto al ejército y los servicios de información, es
la diplomacia soviética. La certera política
exterior mantenida por el
Gobierno soviético y sus órganos diplomáticos permite defender la causa de la
paz y aprovechar en interés de los trabajadores de la U.R.S.S. y de todo el
mundo las contradicciones existentes
entre los Estados imperialistas.
La función de organización de la economía y
educativo-cultural cobra su
pleno desarrollo en la
segunda fase del Estado socialista y se convierte en
su función fundamental dentro del país. Como
resultado de la transformación socialista de la economía, se ha concentrado en
manos del Estado soviético la inmensa masa de los medios de producción. Gracias
a la colectivización de la agricultura, el
Poder soviético cuenta también con una base económica socialista en el
campo. Y esto, como ha señalado el XVI Congreso del Partido, "ha
fortalecido la misión reguladora del Estado proletario en toda la economía
nacional del país. Esto ha hecho aumentar la importancia de la dirección
planificada, extendiéndola a toda la economía nacional".130
El Estado socialista lleva a cabo la dirección de la
economía nacional tomando como base la consciente aplicación de las leyes
objetivas de la economía socialista. El Estado, al planificar el desarrollo de
todas las ramas de la economía nacional, se basa en las exigencias de la ley
económica fundamental del socialismo y en la ley del desarrollo planificado,
proporcional, de la economía socialista. No hay que confundir la posibilidad de
planificar la producción social con la realidad. Para convertir esta posibilidad
en realidad, hay que aprender a trazar los planes de tal modo que reflejen
plenamente las exigencias de la ley objetiva del desarrollo planificado,
proporcional, de la ley económica natural y de la ley económica fundamental del
socialismo.
En consonancia con las leyes económicas del
socialismo, el Estado
soviético planifica la ampliación de la producción socialista,
incluyendo la
El
fortalecimiento de la
potencia militar del
130 El P.C.U.S. en las resoluciones y acuerdos de
los Congresos y
129 J. V. Stalin. Cuestiones del leninismo, ed.
cit., pág. 470.
Conferencias y de los Plenos del C.C., ed. cit.,
parte II. pág. 605.
producción de fuerza de trabajo calificada. La labor
de organización económica de los órganos del Estado no se expresa solamente en
el hecho de que éstos elaboran y trazan los planes de la economía nacional,
sino también en el de que organizan su realización: distribuyen los recursos
materiales y humanos, financian las actividades de la economía nacional,
organizan la construcción de empresas, llevan a cabo su dirección, aseguran el
control de la ejecución, controlan la aplicación de los planes, etc.
Bajo las condiciones del triunfo del socialismo, se
ensanchan considerablemente las proporciones de la
labor educativo-cultural de los órganos del Estado.
El Estado soviético asume la misión de organizador
de la
revolución cultural en
el país. Vela
por la
elevación de la cultura de las más extensas masas de
obreros y campesinos, por el fomento de una
intelectualidad socialista, por el desarrollo de la cultura socialista, por el
florecimiento de la ciencia y el arte. Como un régimen social superior, el
socialismo puede crear y crea riquezas espirituales que sobrepasan a todas las
de las sociedades anteriores. El Estado
soviético aborda y
resuelve todas estas tareas mediante el desarrollo de una red de instituciones
científicas, de instrucción
y de cultura, la organización y
dirección del trabajo de las escuelas, institutos técnicos y establecimientos
de enseñanza superior, teatros, museos, bibliotecas, editoriales, estudios de
cine, estaciones de radio, etcétera.
La labor educativo-cultural de
los órganos del
Estado socialista va encaminada a la formación
comunista del hombre soviético, educa a éste en la actitud comunista
ante el trabajo
y los bienes sociales, en
la disciplina consciente
y el colectivismo, en el patriotismo
soviético y el internacionalismo, en la amistad y la estimación por los
trabajadores de todas las naciones.
Con sus actividades
en el campo
de la organización de
la economía y
en el campo educativo-cultural, los órganos del
Estado socialista facilitan el cumplimiento de los postulados de la ley
económica fundamental del socialismo, que consiste en procurar
la máxima satisfacción
de las necesidades materiales
y culturales sin
cesar crecientes de toda la sociedad.
La actividad de organización de la economía y
educativo-cultural seguirá siendo necesaria para la sociedad aun después del
triunfo definitivo del comunismo en todos los países y de la muerte del Estado.
Pero, entonces, esto no será ya una función del
Estado y habrá
perdido su carácter
político, puesto que no existirán ya diferencias de clase. Pero, bajo
las condiciones del socialismo, en que existen todavía diferencias de clase y
se mantienen las supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia
de los hombres, la actividad de organización de la economía y
educativo-cultural por
parte del Estado, así como otras funciones de éste,
revisten un carácter político. En su labor de organización de la economía, de
educación y de cultura, el Estado lleva a cabo la política del Partido, la
política de la construcción del comunismo, lucha contra las tendencias
anárquicas y antiestatales en la economía, contra los vestigios de las
tendencias nacidas de la
propiedad privada, asegura
la superación de la influencia deletérea de la ideología burguesa y de
las supervivencias de la vieja moral.
En el tránsito de la primera fase a la segunda, no
cambian solamente las funciones, sino también las
formas
del Estado socialista
soviético. Como
siempre, la forma cambia al brotar un nuevo
contenido. Es natural que el cambio de forma del
Estado soviético se produzca siguiendo las huellas
del cambio operado en sus tareas y funciones.
Establecido el fundamento
económico del socialismo, ello
trae consigo necesariamente ciertos cambios en cuanto a la supraestructura
soviética. Cambios que fueron determinados por la promulgación, en diciembre de
1936, de la nueva Constitución de la U.R.S.S., la Constitución del socialismo
triunfante y de la democracia socialista. Al implantarse y llevarse a la
práctica la nueva Constitución de la U.R.S.S., se puso en consonancia con su
base económica la supraestructura política y jurídica soviética.
La promulgación de la nueva Constitución de la
U.R.S.S. en 1936 representó un viraje en la vida
política del país. En consonancia con la nueva correlación de las fuerzas de
clase establecida como resultado
del triunfo del
socialismo y de la
liquidación de las clases explotadoras en la U.R.S.S., los Soviets de diputados
obreros, campesinos y de combatientes del Ejército Rojo, existentes en la
primera fase, se transformaron en los Soviets de diputados de los trabajadores.
La democracia soviética adquirió ahora su pleno
desarrollo, convirtiéndose en una democracia socialista desarrollada hasta el
fin. En la primera fase de su desarrollo, la democracia soviética era una
democracia para la mayoría, es decir, para los trabajadores, en la que la
minoría explotadora se hallaba privada de los derechos políticos. La
Constitución de 1936 implantó un nuevo sistema electoral, basado en el sufragio
universal.
En la primera fase de desarrollo del Estado
soviético, era inevitable todavía cierta desigualdad en
cuanto a los derechos electorales de la clase obrera
y
de los campesinos. En una situación de agudísima
lucha de clases, en que aún no se había resuelto el
problema de "quién vencerá a quién" y en
que los
campesinos trabajadores no habían abrazado todavía
el camino del desarrollo socialista, la concesión a los obreros de
ciertos derechos electorales
preferentes con respecto a los campesinos era una condición
necesaria para asegurar
la dirección política
de la
clase
obrera. Sin esto,
habría sido imposible mantener la dictadura del
proletariado y construir el socialismo. Y esta exigencia cobró su expresión en
las primeras Constituciones soviéticas. La Constitución de la U.R.S.S. de 1936
sustituyó el derecho de sufragio desigual por el sufragio igual, equiparó los
derechos electorales de los campesinos a los de los obreros. Y ello fué posible
porque los campesinos, al abrazar el camino del socialismo, se acercaron a la
clase obrera, lo que vino a fortalecer todavía más la alianza entre los obreros
y los campesinos. Y, como consecuencia de ello, la dictadura de la clase
obrera, como la clase avanzada de
la sociedad, extendió
su base social, convirtiéndose en un sistema más
flexible y más potente de dirección estatal de la sociedad.
El desarrollo de la democracia soviética en la
segunda fase se expresó, asimismo, en la sustitución de las elecciones de
varios grados por las elecciones directas. Lo cual impuso importantes cambios
en el sistema de los órganos del Poder del Estado. La Constitución de la
U.R.S.S. de 1936 implantó, en vez de los congresos de los Soviets de toda la
Unión, de las Repúblicas, territorios, regiones y distritos, el sistema de los
órganos electivos del Poder que permanecen en funciones hasta las elecciones
siguientes: el Soviet Supremo de la U.R.S.S., los Soviets Supremos de las
Repúblicas federadas y autónomas y los Soviets de diputados de los trabajadores
de los territorios, distritos, etc. Los diputados a todos estos Soviets son
elegidos directamente por los ciudadanos, en elecciones directas.
Se ha establecido una distribución más nítida de
poderes entre los órganos supremos del Poder del Estado y los órganos supremos
de la administración de éste. El Soviet Supremo de la U.R.S.S. es el único
órgano a quien compete el derecho a promulgar las leyes de la U.R.S.S. Esto
garantiza la estabilidad de las leyes y realza la autoridad de la ley
soviética, expresión de la voluntad de todo el pueblo. El Soviet Supremo de la U.R.S.S.,
el órgano superior
del Estado soviético, no se limita a promulgar leyes. Elige, además, el
Presídium del Soviet Supremo de la U.R.S.S., que cumple las funciones de
Presidencia colegiada, dicta los decretos y nombra el Gobierno de la U.R.S.S.,
responsable ante el Soviet Supremo de la U.R.S.S. y obligado a rendirle cuentas.
El Gobierno de la U.R.S.S. o Consejo de Ministros de la U.R.S.S. es el más alto
órgano ejecutivo y dispositivo del poder del Estado de la Unión Soviética.
Dicta las resoluciones y disposiciones oportunas, a base y en ejecución de las
leyes promulgadas por el Soviet Supremo de la U.R.S.S.
La promulgación de la nueva Constitución de la
U.R.S.S. fué la expresión y el fortalecimiento
legislativo del triunfo de la economía socialista. Los
artículos de la Constitución que refuerzan el
triunfo
del socialismo en la economía demuestran cómo la
supraestructura de la sociedad socialista ayuda a su base a plasmarse y
fortalecerse.
Todo el derecho soviético, basado en la
Constitución de la U.R.S.S., ejerce un importante
papel en el fortalecimiento de las relaciones socialistas. Por oposición al
derecho burgués, que fortalece el orden social conveniente y favorable a los
explotadores (a la dominación de la propiedad privada capitalista, a la
explotación del hombre por el hombre, a la desigualdad de la mujer, a la
opresión nacional, etc.), el derecho soviético vigoriza el orden social
conveniente y favorable a los trabajadores: la dominación de la propiedad
social socialista, la supresión de la
explotación del hombre
por el hombre, la igualdad de
derechos de la mujer y el hombre, la igual dad de derechos de las razas y
naciones, etc.
El derecho burgués, al igual que todos los tipos de
derecho que lo
han precedido, fortalece
la
desigualdad
económica entre los
hombres, cuya
causa fundamental reside en la propiedad privada
sobre los medios de producción y en la explotación del hombre por el hombre. El
derecho socialista, por el contrario, fortalece la igualdad real entre los
ciudadanos, emanada de la abolición de la propiedad privada sobre los medios de
producción y de la supresión de la
explotación del hombre
por el hombre. Instaura
el deber igual
para todos de trabajar cada cual con arreglo a su
capacidad y el derecho igual para todos los trabajadores de que su trabajo sea
remunerado como corresponde a su cantidad y calidad.
Una de las características del derecho burgués es la
profunda contradicción entre las normas obligatorias para todos proclamadas por
él y las relaciones reales que en la vida se manifiestan. A diferencia de las
normas del derecho burgués, que reflejan las relaciones reales del capitalismo
bajo una forma invertida, el derecho socialista refleja adecuadamente las
relaciones económicas de la sociedad socialista. El derecho socialista no
conoce el divorcio entre los derechos y los deberes de los ciudadanos, inherente
a la sociedad burguesa, en que las
clases dominantes disfrutan
prácticamente de todos los
derechos, mientras que
las masas oprimidas, carentes de
derechos, soportan sobre sus hombros toda la carga de los deberes.
La Constitución de la U.R.S.S. establece que los
ciudadanos de la U.R.S.S. disfrutan de iguales derechos en todas las ramas de
la vida económica, estatal, cultural y político-social, independientemente de
su origen social, situación de fortuna, raza o nacionalidad, sexo, creencias
religiosas, etc. Y estos derechos
no sólo son
proclamados por la Constitución de la U.R.S.S., sino que se
hallan, además, garantizados por las condiciones materiales efectivas, que
aseguran su efectividad.
El derecho soviético refleja y fortalece los
fundamentos del socialismo, a saber: la propiedad socialista sobre
los medios de
producción, la supresión de las
clases explotadoras y de la explotación del hombre por el hombre y el deber de
trabajar de todo ciudadano apto para el trabajo, con arreglo a la fórmula de
"el que no trabaja, no come", el
derecho de los
ciudadanos de la
U.R.S.S. al trabajo, al descanso,
a la instrucción, al disfrute de sus libertades democráticas, y así sucesivamente.
A la par que afirma el orden social socialista, el derecho soviético hace
posible su desarrollo ulterior.
"El derecho -dice M. I. Kalinin-, siendo como
es una supraestructura erigida sobre mutuas relaciones
económicas ya plasmadas, constituye a su vez un
factor que impulsa
estas relaciones mutuas
y les
imprime una determinada dirección. No cabe duda de
que el derecho tiene la virtud, no sólo de fortalecer las relaciones
ya establecidas, sino
también la de
impulsar, provocar y facilitar en grado extremo el
nacimiento de aquellas relaciones mutuas hacia las
que de un modo consciente tiende el legislador. En
esto reside la esencia de la función creadora de la legislación".131
El derecho socialista contribuye activamente al
fortalecimiento de las relaciones sociales socialistas y
lucha
contra cuanto se
interpone en su
camino. Castiga a los enemigos del pueblo, a los traidores a la
patria, a los
agentes del cerco
capitalista, a los
malversadores de la propiedad socialista, a quienes
atentan contra los
derechos de los
ciudadanos
soviéticos. Apoyándose en las normas jurídicas, el
Estado lleva el control de las proporciones del
trabajo y el nivel
del consumo, para
asegurar la estricta
correspondencia
entre la cantidad
y calidad del
trabajo aportado por cada trabajador a la producción
social y la remuneración percibida por él. Sin esta
regulación jurídica, no podría funcionar normalmente
la economía socialista, ya que, según señalaba
Lenin, no es posible, sin caer en el utopismo, pensar que, con el derrocamiento
del capitalismo, los hombres comiencen desde el primer momento a trabajar para
la sociedad sin ninguna clase de normas jurídicas.
Una de las características del derecho socialista,
como un derecho de tipo superior, consiste en que sus normas se hallan
totalmente en consonancia con los intereses de todos los trabajadores, con su
conciencia de la justicia y con su moral. De aquí que la efectividad de las
normas del derecho socialista soviético se halle garantizada, no sólo por la
fuerza coercitiva del Estado,
sino también por
la ayuda activa y
consciente de los
ciudadanos. Y esto distingue radicalmente al derecho
socialista soviético del derecho burgués, odiado por las masas trabajadoras, ya
que este derecho expresa la voluntad de las clases explotadoras y es adverso a
los intereses
131 M. I.
Kalinin, Artículos y discursos (1919-1935), ed. rusa,
1936, pág. 80.
de los trabajadores, a su moral y a su conciencia de
la justicia.
El derecho soviético es un poderoso instrumento de
la educación comunista del pueblo. Velando por
los fundamentos de la sociedad socialista, aplicando
la coacción a
los infractores de
las leyes y
estimulando a los constructores de vanguardia del
comunismo, las leyes del Estado socialista contribuyen a convertir las reglas
de la vida socialista
en común en
hábitos cotidianos y
en normas de moral comunista. Y esta ennoblecedora
acción del
derecho soviético sobre la conciencia de las masas
constituye uno de sus rasgos característicos, que hace de él un arma activa en
la lucha por el triunfo total
del comunismo.
9. El fortalecimiento por todos
los medios del Estado socialista,
como instrumento de la construcción de la nueva sociedad y de defensa de ésta
contra el cerco capitalista.
La experiencia histórica ha demostrado la
necesidad que al proletariado victorioso se le
impone de crear un centralizado, fuerte y poderoso aparato de Poder estatal,
capaz de poner en práctica la dictadura del proletariado, es decir, la
dirección estatal de la sociedad, para la construcción de la sociedad
comunista. El marxismo-leninismo ha puesto de manifiesto la inconsistencia
teórica y el carácter antiproletario y pequeñoburgués del anarquismo, que
niega la
necesidad del Estado proletario.
Sin dictadura del proletariado, es imposible construir el comunismo. He ahí por
qué Lenin y su Partido subrayan que lo fundamental en el marxismo es la
doctrina de la dictadura del proletariado.
El Partido Comunista ha luchado y lucha
incansablemente por el
fortalecimiento del Estado
soviético, desenmascarando todos los intentos de los
enemigos encaminados a
minar su potencia.
El
Partido asestó, así, un golpe demoledor a los
bujarinistas, que interpretaban a su manera la tesis marxista de la destrucción
de las clases para justificar
su teoría contrarrevolucionaria de amortiguamiento
de la lucha de clases y de debilitamiento del poder
del Estado. El Estado socialista irá desapareciendo
en el futuro, cuando el comunismo haya triunfado en todos los países o en la
mayoría de ellos. Pero no
desaparecerá como resultado de su gradual
debilitamiento, sino por el contrario, como resultado
de su fortalecimiento y desarrollo superior, después
de liquidado el cerco capitalista.
Aunque el Estado constituye, por su esencia, un
órgano de loa dominación de clase, la necesidad del
Estado no desaparece tampoco en el país del socialismo, en que no existen ya
clases antagónicas, clases enemigas. Y la explicación de ello está en la
subsistencia del cerco
capitalista, con el
cual mantiene el país del socialismo relaciones que son las de la
lucha de clases.
El país del
socialismo
triunfante; rodeado del cerco capitalista, necesita
poseer un Estado fuerte, para defender sus conquistas contra los ataques del
exterior. Pero, además, la necesidad
del Estado socialista
se explica por el
hecho de que aún existen diferencias de clase dentro del país, de que existen
aún las supervivencias del capitalismo, contra las cuales hay que luchar. El
Estado socialista constituye el instrumento fundamental para
la construcción del
comunismo. Este Estado expresa
la dirección estatal
de la sociedad por la clase
obrera y orienta la marcha de la sociedad hacia el comunismo.
El
fortalecimiento del Estado
socialista fué la condición necesaria de los triunfos históricos
alcanzados por los pueblos de la U.R.S.S. "No
habríamos podido conseguir en nuestra construcción
pacífica los éxitos de que ahora nos enorgullecemos,
si hubiésemos permitido que nuestro Estado se debilitara -dice el Informe del
Comité Central del
P.C. de la U.S. ante el XIX Congreso del Partido-.
Si no hubiésemos fortalecido
nuestro Estado, nuestro
Ejército,
nuestros órganos punitivos
y de información, nos habríamos
encontrado inermes ante la faz de
los enemigos y
ante el peligro
de una
agresión militar. El Partido convirtió al país
soviético en una fortaleza inexpugnable del socialismo, porque
fortaleció y sigue fortaleciendo por todos los
medios el Estado socialista".132
La
fortaleza y la potencia
del Estado soviético
constituyen la más importante condición de la
construcción del comunismo
en la U.R.S.S.
El Partido Comunista vela incansablemente por llevar a la práctica los
principios de Lenin acerca del perfeccionamiento ulterior de los órganos del
Estado socialista, de su adaptación a las tareas de la construcción del
comunismo. El Partido labora por fortalecer los nexos del aparato estatal
soviético con las masas populares, por abaratar el sostenimiento del aparato
del Estado, por desarraigar el burocratismo y los métodos burocrático
oficinescos de dirección, por estimular
la iniciativa de las masas.
El Partido concede la mayor
importancia al mejoramiento de la labor del aparato del Estado en interés de
los trabajadores, a los esfuerzos por hacer la dirección de la economía
nacional y de la cultura más calificada y operativa, por entroncar todavía más
el aparato del Estado con las masas populares.
El fortalecimiento del
Estado socialista no requiere
solamente el perfeccionamiento cada
vez
mayor
de su "mecanismo", de
sus órganos;
presupone también el ensanchamiento y el
fortalecimiento constantes de
sus nexos con
las
masas. La
actividad creadora del pueblo tiene una
importancia decisiva en la construcción del
comunismo. La democracia socialista asegura la incorporación de
millones de trabajadores
en la
132 G. Malenkov, Informe del C.C. del P.C. (b) al
XIX Congreso del Partido, pág. 75.
decisión de los asuntos sociales y del Estado y
contribuye con ello a la construcción del socialismo, y la acelera. Por medio
de la consecuente realización de la democracia
soviética, del despliegue
de la crítica y la autocrítica, y
principalmente de la crítica desde abajo, los trabajadores se sienten atraídos
a la participación activa y decisiva en la gobernación de su propio Estado, al
control de la actividad de sus órganos e instituciones. El
desarrollo de la democracia soviética, el desarrollo de la
crítica y la autocrítica contribuyen al ulterior fortalecimiento del Estado
soviético.
El amplio despliegue de la crítica y la autocrítica
atestigua la auténtica
democracia del régimen
soviético. La crítica y la autocrítica constituyen
la forma de control del pueblo sobre la actividad de los
órganos estatales, de los sindicatos y de otras
organizaciones sociales. La
crítica y la
autocrítica son el arma
más aguda en
la lucha contra
el
burocratismo y contra las deformaciones burocráticas
del aparato del Estado. En la crítica desde abajo se
manifiesta la preocupación de los trabajadores por
el fortalecimiento del Estado soviético. Luchando resueltamente contra
el burocratismo, el
Partido
Comunista exige de todos los órganos del Estado y
de todos
los funcionarios del
aparato estatal que
velen constantemente por las necesidades de los
trabajadores, que guarden la más estricta observancia de las leyes soviéticas y
castiguen la más mínima
infracción contra los derechos de los ciudadanos
soviéticos. La inquebrantable observancia
de la
legislación
soviética constituye una
de las condiciones necesarias
para el fortalecimiento de la
potencia del Estado socialista.
En el transcurso de más de tres décadas que lleva de
existencia el Estado soviético, sus enemigos se
hartaron de pronosticar su próximo hundimiento, de
afirmar su "debilidad" e "inestabilidad", intentaron
destruirlo o debilitarlo por todos los medios. Pero,
a pesar de sus
pronósticos y de
sus agresiones, el Estado soviético se ha fortalecido
incesantemente.
El
triunfo del socialismo
en la U.R.S.S.,
la cohesión de los obreros, campesinos e intelectuales
en un frente común de trabajo, el fortalecimiento de
la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. y la plena democratización de
la vida política
del país, han
consolidado todavía más el Estado soviético y
multiplicado sus fuerzas. La unidad político-moral de
la sociedad soviética, el fortalecimiento de la
alianza de la clase obrera y los campesinos koljosianos, la amistad entre los
pueblos del país del socialismo y el
auge del patriotismo soviético son otros tantos
exponentes del afianzamiento
cada vez mayor
del
régimen soviético.
La fuente de que manan las fuerzas del Estado
socialista soviético es
el régimen social
soviético,
basado en la indestructible alianza de la clase
obrera y los campesinos
koljosianos. El Estado
socialista
extrae sus fuerzas, no sólo de las mutuas relaciones
entre las clases de la sociedad, sino también de las nuevas relaciones mutuas
entre las naciones y los pueblos que viven en el país del socialismo. Estas
nuevas relaciones mutuas entre las naciones han encontrado su expresión en el
régimen del Estado soviético, basado en la colaboración y la amistad de los
pueblos de la U.R.S.S. El Estado socialista es fuerte, además, porque sus
actividades están dirigidas y orientadas por el Partido Comunista de la Unión
Soviética. Y a ello se debe que el Estado socialista soviético haya salido
todavía más fortalecido y engrandecido de las tremendas pruebas históricas por
las que hubo de pasar.
La segunda guerra mundial ha sido una prueba
decisiva de la solidez del régimen social y político soviético. Nunca hasta
ahora se había dado en la historia un caso en que un Estado hubiese salido tan
fortalecido de una guerra tan feroz, tanto en lo moral como en lo político y en
lo espiritual. El incremento de las fuerzas de la Unión Soviética como
resultado de la guerra atestigua la gigantesca vitalidad del régimen soviético.
Pero la grandiosa misión histórica del Estado
socialista no se reduce a su actividad transformadora
dentro del país. Hace tres décadas, el día en que se
constituyó la Unión Soviética, J. V. Stalin dijo que
el Poder Soviético no pensaba solamente en subsistir, sino en desarrollare
hasta convertirse en una poderosa
fuerza internacional, capaz de actuar sobre la situación internacional, capaz
de hacerla cambiar en interés de los trabajadores".133 La segunda guerra mundial ha demostrado que
la Unión Soviética se ha convertido
realmente en aquella
fuerza de que hablaba Stalin. Durante los años de la
segunda guerra mundial, los pueblos de la Unión Soviética, con su heroica
lucha, no sólo defendieron la libertad y la independencia de su patria, sino
que salvaron la civilización europea de los vándalos fascistas. Como resultado
de la guerra y con el apoyo de la Unión Soviética, se liberaron del yugo
imperialista los pueblos de una serie de países de la Europa Central y
Sudoriental, así como del Asia.
A la luz del ejemplo de dos tipos de Estado, el
socialista y el burgués, vemos cómo también su función exterior, su política
exterior, expresa la antagónica naturaleza de clase de estos Estados. El Estado
socialista soviético, como exponente de los intereses del pueblo, de los
trabajadores, mantiene consecuentemente una política de paz. Una paz
democrática, sólida y estable, es necesaria para la construcción del comunismo
y para bien de todos los pueblos. Junto al Estado soviético, luchan por una paz
sólida y estable los Estados de los países de democracia popular. Por el
contrario, los Estados imperialistas,
encabezados por los
EE.UU., mantienen la política de preparación de una nueva
guerra mundial, la política de anexión de
territorios extranjeros, la política
de esclavización de
los pueblos.
La Unión Soviética figura a la cabeza del campo
democrático y antiimperialista, que mantiene la lucha
contra la reacción imperialista, por una paz sólida,
por la democracia
y el socialismo.
El Estado socialista soviético
es el baluarte de la paz en el mundo entero. Se ha convertido en la fuerza de
vanguardia del desarrollo
progresivo de la humanidad.
Resumen.
Los
diversos tipos y
formas del Estado
y el
derecho constituyen una supraestructura política y jurídica que se levanta sobre la
correspondiente base económica históricamente determinada. El Estado y el
derecho son fenómenos históricos, no existen eternamente, y constituyen
instrumentos de dominación de una clase sobre otras.
En todos los países capitalistas contemporáneos, el Estado
representa, bajo una
u otra forma,
la
dictadura
de la burguesía,
el instrumento de
dominación de los explotadores sobre las masas
trabajadoras. La clase
obrera de los
países
capitalistas
está llamada a
destruir, con ayuda de
sus aliados,
esta dominación y a sustituirla
por su propio Estado, por la dictadura
del proletariado, la forma más
alta de la democracia, la democracia de la mayoría de la sociedad, de los
trabajadores.
Los grandes
maestros de la clase obrera,
Marx, Engels, Lenin y
Stalin, han demostrado
que el
proletariado
no puede servirse para sus fines
de la
máquina estatal de la burguesía, montada para la
opresión de los trabajadores y
fundamentalmente enemiga de éstos. La clase obrera debe romper, destruir el
Estado capitalista y crear su propia máquina
de Estado, el
Estado proletario, apoyándose en
el cual puede aplastar la resistencia de
los explotadores, destruir el capitalismo y construir
el comunismo. El Estado
socialista es el instrumento
fundamental para la construcción de la
sociedad comunista y la defensa de las conquistas de la revolución socialista
contra el cerco capitalista.,
El
fortalecimiento por todos
los medios del
Estado socialista era y sigue siendo la condición
política decisiva para
la marcha victoriosa
de la
sociedad soviética hacia el comunismo.
133 J. V. Stalin, Obras completas, trad. esp., t. V,
pág. 159.
CAPITULO VII. LA TEORÍA MARXISTA-LENINISTA DE LA REVOLUCIÓN.
En los capítulos anteriores, hemos visto que el
desarrollo histórico representa el cambio, regido por leyes, de unas
formaciones económico-sociales por otras, el cambio de los modos de producción
y de las correspondientes formas de la estructura política y social. Hemos de
examinar ahora cómo, por qué caminos se cambia una formación social por otra. A
esta pregunta contesta la teoría marxista-leninista de la revolución.
Los fundamentos de esta teoría fueron sentados por
Marx y Engels, quienes pusieron de manifiesto la
ley de la
revolución social y
fundamentaron la
necesidad histórica de la revolución proletaria, de
la revolución socialista. Lenin, basándose en la acción
de las leyes
de la época
del imperialismo,
descubiertas por él, enriqueció el marxismo con
nuevas ideas acerca de los caminos que conducen al triunfo de la revolución del
proletariado y creó la nueva teoría de la revolución socialista.
1. Naturaleza y causas de la revolución social.
La historia de la sociedad humana atestigua que el
cambio
de unas formaciones
sociales por otras
se lleva a cabo mediante transformaciones revolucionarias, por medio de
revoluciones sociales. Pues bien, ¿en
qué consisten las
revoluciones sociales y cuáles son sus causas?
En el capítulo tercero de este libro hemos examinado
la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el
carácter de las fuerzas productivas. Esta ley significa que cuando, al crecer y
desarrollarse las fuerzas productivas, las relaciones de producción dejan de
hallarse en consonancia y entran en contradicción con ellas, esta contradicción
tiene que resolverse, tarde o temprano, mediante la instauración de las nuevas
relaciones de producción que corresponden a las nuevas fuerzas productivas y
que son, por consiguiente, capaces de impulsadas. Y sabemos, asimismo, que las
nuevas relaciones de producción (exceptuadas las socialistas, las que surgen
una vez que la revolución socialista ha triunfado) van plasmándose de un modo
espontáneo en el seno de la vieja sociedad, pero que el cambio de las relaciones
de producción ya
caducas por las nuevas no puede llevarse a cabo sin una
acción consciente, violenta, por
parte de las
clases avanzadas. Ahora bien; en una sociedad escindida en
clases antagónicas la contradicción entre las viejas
relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas se convierte
inevitablemente en un conflicto entre unas y otras, pues las relaciones de
producción caducas son defendidas y mantenidas en pie por la clase dominante en
esta sociedad, que encuentra en ellas la base de su existencia y dominación.
Esto hace que sea inevitable la lucha entre la clase
avanzada, interesada en
afianzar las nuevas relaciones de producción, y la clase
reaccionaria dominante, que defiende la intangibilidad de las relaciones de
producción ya caducas. Esta lucha, encaminada a derrocar por la violencia las
relaciones de producción caducas y a instaurar las nuevas, se manifiesta ante
todo, necesariamente, como
una lucha política, como la lucha por posesionarse del Poder del Estado,
ya que en éste se apoya, principalmente, la clase dominante para mantener en
pie las relaciones de producción sobre las que descansa su existencia. Mientras
las relaciones de producción impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas,
el Poder del Estado, llamado a velar por el mantenimiento de estas relaciones,
actúa como un factor favorable al
desarrollo económico. Pero,
a partir del momento en que estas relaciones de producción se convierten
en obstáculos para el desarrollo de las fuerzas productivas, el Poder estatal
de los explotadores se convierte en una fuerza que frena el desarrollo
económico. Y, en consecuencia, los intereses del desarrollo económico ulterior
exigen que el Poder del Estado imperante sea sustituido por otro nuevo. Las
viejas relaciones de producción no pueden ser destruidas si el Poder estatal se
mantiene en manos de la clase que las defiende, y las nuevas relaciones de
producción no podrán afianzarse si la nueva
clase no toma
en sus manos
el Poder del Estado.
De donde se desprende que, para abrir cauce a la ley
de la obligada correspondencia de las relaciones
de producción con el carácter de las fuerzas
productivas, es condición necesaria el paso del Poder
del Estado de manos de la clase reaccionaria a las
de la clase avanzada. Por eso el problema del Poder del Estado es,
según la definición
de V. I.
Lenin, el
problema fundamental de toda revolución.
Y, como la clase que ocupa el Poder no renuncia a
él voluntariamente, la clase avanzada tiene
necesariamente que recurrir a la violencia para derrocar el Poder de la clase
dominante y afianzar la dominación de la nueva clase y de las nuevas relaciones
de producción.
En esto consiste la naturaleza de toda revolución
social. La causa fundamental de la revolución reside,
como ya hemos
dicho más arriba, en la insoluble
contradicción, en el conflicto entre las nuevas
fuerzas productivas y las
relaciones de producción
ya
caducas.
La base y la causa económica de las revoluciones
sociales fué descubierta y expuesta por Marx en el Prólogo a su obra
Contribución a la crítica de la Economía política: "Al llegar a una
determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la
sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es
más que la expresión jurídica de esto,
con las relaciones
de propiedad dentro de las cuales
se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de
revolución social".134
Toda revolución es el resultado de la acción de
una serie de
factores, objetivos y
subjetivos. El
conjunto de los factores objetivos, es decir, de los
cambios
objetivos que hacen
que la revolución madure totalmente, forman la
situación revolucionaria. Según enseña Lenin, la situación revolucionaria se
caracteriza por los siguientes rasgos distintivos:
"1) Imposibilidad para las clases dominantes de
mantener sin cambios las formas de su dominación; una u otra crisis en las
"alturas", crisis de la política de la clase dominante, que produce
una brecha por la que se abren paso el descontento y la indignación de las
clases oprimidas. Para que la revolución avance, no suele bastar con que
"los de abajo lo quieran", sino que hace falta, además, que "los
de arriba no puedan" seguir viviendo como hasta aquí. 2) Agudización por
encima de lo corriente de la pobreza y la miseria de las clases oprimidas. 3)
Considerable elevación, a consecuencia de las causas indicadas, de la actividad
de las masas, que en los períodos "pacíficos" se dejan despojar
calladamente, pero que en los períodos turbulentos se ven empujadas tanto por
toda la situación de crisis como por las mismas "alturas" a una
actuación histórica independiente".135
Tal era la
situación que se
presentaba en los países de la Europa occidental al
producirse las revoluciones de los siglos XVII, XVIII y XIX, y en Rusia en los
años 1905 y 1917.
Pero la historia conoce muchos casos en que,
existiendo una situación
revolucionaria, en que,
dándose todas estas condiciones objetivas, no llegó
a
134 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad.
esp., ed. cit., t. I, pág. 333.
135 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI,
págs. 189-190.
producirse,
a pesar de
ello, la revolución.
En la década del sesenta del
siglo pasado existió en Alemania una situación revolucionaria, como ocurría
también en Rusia en los años de 1859 a 1861 y en los de 1879-80, sin que estas
situaciones abriesen paso, sin embargo, a la revolución. Ya en el primer año de
la guerra imperialista mundial (1914-1915) se daba en una serie de países de la
Europa capitalista una situación revolucionaria, sin que llegase por ello a
producirse la revolución. Como tampoco condujo a la revolución la situación
revolucionaria creada en Alemania en 1923.
Para que la situación revolucionaria se convierta en
revolución victoriosa es necesario que al conjunto
de los cambios objetivos se unan ciertos factores
subjetivos: "... la capacidad de la clase revolucionaria
de desplegar acciones revolucionarias lo
suficientemente fuertes para destruir (o hacer resquebrajarse) el viejo
gobierno, el cual nunca, ni en
tiempo de crisis, "cae por sí solo" si no
se le empuja".136 Y, en la revolución proletaria, el factor subjetivo
lleva implícita la capacidad de la clase obrera para librar acciones
revolucionarias decisivas, su
grado de conciencia
y de organización, la existencia en su seno de un partido
revolucionario capaz de encabezar a las masas trabajadoras del proletariado y a
las masas trabajadoras no proletarias, principalmente a los campesinos, y de
conducirlas por el camino acertado.
Los enemigos del marxismo, los ideólogos de la
burguesía liberal, han intentado reiteradamente demostrar que
la revolución constituye
una desviación de la trayectoria "normal" de desarrollo de la
sociedad y que ésta sigue, según ellos, una senda puramente evolucionista.
Estos ideólogos ven en la revolución una especie de "enfermedad", de
"inflamación del organismo social". Y hacia esta misma concepción
fueron descendiendo totalmente también los teóricos de la Segunda Internacional
y los dirigentes de los socialistas de derecha, quienes inculcan alevosamente a
la clase obrera la idea de que ésta no debe mantener una lucha revolucionaria
contra sus explotadores, de que el capitalismo puede llegar a ser sustituido
por el socialismo, al parecer, por
la vía evolucionista
del reformismo, sin necesidad
de una revolución
social, sin la instauración de la dictadura del
proletariado.
En contraposición a toda suerte de concepciones
reformistas liberal burguesas,
los fundadores del
marxismo-leninismo
han demostrado que
las
revoluciones
sociales, lejos de
constituir desviaciones, son, por
el contrario, el
camino
necesario, sujeto a leyes, por el que se desarrolla
la
sociedad de clase.
Las
revoluciones -decía Marx-
son las locomotoras de
la historia. En
las épocas
revolucionarias, se elevan al plano de la actividad
136 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI,
pág. 190.
histórica creadora y consciente masas de millones de
trabajadores que en tiempos "normales" viven aplastadas por las
clases explotadoras y mantenidas al margen de toda participación decisiva en la
vida política. Y esta participación de las masas es precisamente la que hace
que las revoluciones aceleren extraordinariamente todo el curso del desarrollo
histórico. Desenmascarando la concepción liberal-burguesa de los períodos de
revolución como períodos de "locura", en los que se eclipsan el
pensamiento y la razón", escribía Lenin:
"Cuando las propias masas populares, con todo
su primitivismo virgen, con su espíritu expeditivo sencillo y
tosco, comienzan a
crear la historia,
a poner en práctica, directa e inmediatamente, "los principios y
las teorías", el burgués se asusta y clama que "la razón es
atropellada" (¿no será más bien lo contrario, ¡oh, héroes del
filisteísmo!?; ¿no es precisamente en tales momentos cuando sale a la escena de
la historia la razón de las masas, y no la razón de las personalidades
individuales?, ¿no es precisamente en esos momentos cuando la razón de las
masas se convierte en una fuerza viva y real, y no en una fuerza de
gabinete?)".137
Los períodos revolucionarios se distinguen por la
gran envergadura y la gran riqueza de acontecimientos, por, el alto grado de
conciencia de las masas, por la gran audacia y la gran nitidez de la creación
histórica, en comparación con los períodos del "progreso" filisteo,
reformista. La revolución popular de masas, que levanta a las clases oprimidas
a la lucha contra los opresores de clase, no puede por menos de ser una
revolución creadora, ya que
destruye lo viejo y crea lo nuevo.
2. Tipos históricos de revolución.
Las
revoluciones sociales se
distinguen con arreglo a
su carácter y
a sus fuerzas
motrices y
atendiendo a sus resultados económicos, sociales y
políticos.
El
carácter de la
revolución, su naturaleza,
su
contenido, se determinan sabiendo cuáles son las
relaciones de producción que se destruyen y se afianzan como resultado de ella.
Las
fuerzas motrices de
la revolución son
las clases que llevan a cabo la revolución, que derrocan
las relaciones de producción caducas y a sus
portadores, las clases reaccionarias, haciendo posible
el triunfo de las nuevas relaciones de producción.
Con arreglo al carácter y a las fuerzas motrices, se
distinguen diversos tipos de revolución. La historia
conoce las sublevaciones de los esclavos contra los
esclavistas, las sublevaciones
de los campesinos
siervos contra los terratenientes, las revoluciones
antifeudales burguesas y democrático-burguesas de la época del capitalismo ascendente y de
la época del
imperialismo
y, por último,
las revoluciones
137 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXXI,
pág. 332.
proletarias, socialistas.
En la sociedad esclavista, el conflicto entre las
fuerzas productivas y las relaciones de producción,
causa
del derrumbamiento del
régimen de la
esclavitud, residía en la falta de consonancia entre
las fuerzas productivas y la forma esclavista de la propiedad privada (no de la
propiedad privada en general). Para que las fuerzas productivas siguieran
desarrollándose, era necesario sustituir esta forma de la propiedad privada por
otra, por la forma de propiedad feudal, terrateniente. Y esto determinó el
carácter de la
revolución, que condujo
a la sustitución de la esclavitud
por el feudalismo.
¿Cuáles
fueron las fuerzas
motrices de esta revolución? ¿Existía
en el seno
de la sociedad
esclavista
una clase plenamente estructurada,
portadora de las nuevas relaciones de producción, de
las relaciones feudales? En el seno de la sociedad antigua habían ido madurando
ya los gérmenes de las nuevas relaciones de producción, pero no existía aún, ya
preparado, el portador del nuevo modo de producción, es decir, la clase llamada
a "regentar" las nuevas
relaciones de producción.
Las fuerzas internas de la
sociedad antigua, que fueron minando los cimientos de ésta con sus
sublevaciones contra los esclavistas, eran los esclavos, más tarde apoyados
por los
colonos. Los esclavos,
luchando contra el yugo de los esclavistas, aspiraban a
restaurar el orden de la comunidad patriarcal. Pero esta meta no se armonizaba
con el carácter objetivo del desarrollo, y el resultado necesario de la lucha
sostenida por el pueblo explotado -por
los esclavos, los
colonos y otras fuerzas- fué la
sustitución de unos explotadores por otros, de los esclavistas por los señores
feudales.
En la sociedad
feudal, el conflicto
entre las fuerzas productivas y
las relaciones de producción,
causa de las revoluciones antifeudales, burguesas,
residía en la
discordancia entre las
fuerzas
productivas y la forma feudal caduca de la propiedad
privada, y no -tampoco ahora-de la propiedad privada en general.
El desarrollo ulterior
de las fuerzas
productivas reclamaba la sustitución de la forma
feudal de la propiedad privada por otra, por la forma
capitalista,
que fué surgiendo
en el seno
de la sociedad feudal. Y esto
determinó el carácter de la revolución,
su contenido. A
diferencia de lo que
había ocurrido en la sociedad esclavista, en la
sociedad feudal fué
estructurándose la clase
portadora de las nuevas relaciones de producción, de
las relaciones capitalistas. Esta clase era la burguesía, que se desarrolló en
el seno de la sociedad feudal. En
cuanto portadora de las nuevas relaciones de
producción, la burguesía se manifestó como fuerza
interesada en hacer valer la ley de la obligada
correspondencia de las relaciones de producción con el estado de las fuerzas
productivas.
La contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción del feudalismo
encontró, pues, su expresión en la lucha entre los
señores feudales, portadores de las relaciones de producción caducas, y la
burguesía, que representaba las nuevas relaciones de producción. Sin embargo,
la burguesía no era la única fuerza motriz de la revolución dirigida contra el
feudalismo. La gran fuerza motriz de las revoluciones burguesas eran, una vez
más, los trabajadores, las masas populares explotadas. La lucha revolucionaria
de las masas trabajadoras, lo mismo aquí que en todas las revoluciones, era la
expresión de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones
de producción ya caducas. Sabemos, en efecto, que el elemento fundamental de
las fuerzas productivas son los productores de los bienes materiales, las masas
trabajadoras, y los defensores de las relaciones de producción caducas las
clases explotadoras dominantes. El conflicto entre las fuerzas productivas y
las relaciones de producción encontró su expresión en la rebelión de las masas
trabajadoras contra el orden existente y en sus acciones revolucionarias,
dirigidas contra la clase explotadora dominante.
En el temprano período de la lucha antifeudal, la
historia registra numerosas
insurrecciones de los
campesinos siervos y de los elementos plebeyos de
las ciudades; más tarde, la lucha de los trabajadores
contra el feudalismo se revela en toda su potencia,
al surgir las revoluciones burguesas. La participación activa de
las masas trabajadoras, con
sus
reivindicaciones, en las revoluciones burguesas,
convirtió estas revoluciones en
revoluciones
populares, en revoluciones democrático-burguesas.
No toda revolución burguesa es una revolución
popular. Así, por ejemplo, la revolución turca (1908)
y la revolución
portuguesa (1910) fueron,
desde
luego, revoluciones burguesas, pero no populares, ya
que apenas participaron en ellas las masas.
Las
masas populares que
participaban en las
revoluciones antifeudales aspiraban a sacudirse el
yugo de los opresores y a convertirse en dueños de su propia situación. Esto
hace que la revolución antifeudal, revolución burguesa en cuanto a su carácter,
se distinga, cuando las masas populares actúan como sus fuerzas motrices, por
las acciones revolucionarias decisivas y las transformaciones democráticas más
consecuentes.
Las revoluciones democrático-burguesas de la época
del capitalismo que ascendía y se afianzaba acabaron poniendo al timón del
Poder del Estado a la burguesía. El puesto de los señores feudales vino a
ser cubierto por nuevos
explotadores. Y este desenlace de
la lucha fué inevitable, ya que las revoluciones burguesas de aquel tiempo se
llevaban a cabo bajo las condiciones del período manufacturero del capitalismo,
en que la lucha de clase del proletariado no había adquirido aún suficiente
desarrollo. El proletariado era todavía, por aquel entonces, débil y poco
numeroso, no poseía su propio
partido, no era lo bastante fuerte para formular sus
reivindicaciones, y la burguesía seguía siendo aún lo suficientemente
revolucionaria para infundir a los obreros y a los campesinos, con su lucha
contra la aristocracia feudal, confianza en ella y arrastrarlos a la lucha
contra la aristocracia, contra las relaciones de la servidumbre, contra el
absolutismo y por la instauración del régimen democrático-burgués.
Todas
las revoluciones de
que hemos hablado hasta aquí se realizaron en
condiciones en que las
fuerzas
productivas seguían reclamando
para su
desarrollo la propiedad privada sobre los medios de
producción. Pero la propiedad capitalista constituye la última de las formas de
la propiedad privada. Dentro de los marcos del capitalismo se desarrollan
fuerzas productivas que rebasan las relaciones capitalistas de producción y
exigen para su ulterior desarrollo la sustitución de la propiedad privada por
la propiedad social, socialista. Y esto constituye la base material de un nuevo
y más alto tipo de revolución, de la revolución proletaria, socialista.
La
revolución proletaria pone
fin a la
última forma de la propiedad privada y destruye a la par con ella todas
las formas de explotación del hombre por el hombre.
La completa maduración de las condiciones
materiales para la
revolución proletaria se
halla
relacionada con el paso del capitalismo a la nueva
fase de su desarrollo, a la fase del imperialismo,
en la que las fuerzas productivas se ven condenadas a la
descomposición
y la destrucción.
La época del
imperialismo es también la época de las revoluciones
proletarias. En ella alcanzan una enorme profundidad y una agudización extrema
las contradicciones del capitalismo.
La contradicción entre las fuerzas productivas y
las relaciones capitalistas de
producción,
contradicción que provoca la revolución social del
proletariado, se manifiesta como la contradicción
entre el carácter social de la
producción y la forma privada,
capitalista, de la
apropiación de lo producido. Y esta contradicción
fundamental del capitalismo engendra toda otra serie de contradicciones y
encuentra su expresión, ante todo, en el creciente antagonismo entre el
proletariado y la burguesía.
La tendencia, descubierta por Marx, de la
acumulación capitalista, que conduce a la creciente concentración de la riqueza
en uno de los polos de la sociedad y en el otro a la concentración de la
miseria, se manifiesta con una fuerza excepcional en la época del imperialismo.
La ley económica del capitalismo contemporáneo exige el aseguramiento de la
máxima ganancia. Los capitalistas, al arrancar las ganancias máximas, concentran
en sus manos
fabulosas riquezas. En los Estados Unidos, por ejemplo, las ganancias de
los monopolios capitalistas aumentaron, en el período que va, de 1938 a 1951,
de 3.300 a
42.900 millones de dólares, es decir, en 13 veces, y
la fuente de este enriquecimiento es la explotación de la población trabajadora
del propio país y de los países dependientes,
el saqueo, la
devastación de los pueblos y el empobrecimiento de los
trabajadores. Las masas obreras y toda la población laboriosa sienten sobre sus
espaldas con peso cada vez más agobiante la opresión del imperialismo, la
omnipotencia de los monopolios capitalistas, de los trusts y los consorcios, el
yugo de la oligarquía financiera, el carácter parasitario del capitalismo
monopolista.
En las condiciones actuales, pesa de un modo
extraordinariamente agobiador sobre los hombros de
las masas populares, en los países capitalistas, la
carrera de los armamentos, y la militarización de la
economía, que van acompañadas por el aumento de los
impuestos, el encarecimiento de los artículos de primera necesidad y la
devaluación de la moneda por
efecto de la inflación. Todo lo cual contribuye a
reforzar la depauperación relativa y absoluta de los
trabajadores.
El imperialismo hace pesar sobre las masas
trabajadoras calamidades tan
tremendas como las
guerras
imperialistas, que causan
la muerte de decenas
de millones de
hombres e imponen
privaciones y sufrimientos a cientos de millones de
seres. El imperialismo condena al paro forzoso a masas de millones de
trabajadores, convierte el paro
temporal en situación crónica y crea el ejército
permanente de los parados. El antagonismo entre el
trabajo y el capital adquiere, en la época
imperialista, su máxima agudización y profundidad.
Pero el imperialismo no sólo agudiza las
contradicciones existentes con
anterioridad. Engendra nuevas y
agudísimas contradicciones,
especialmente una: la que media entre unas y otras
potencias imperialistas y
entre las metrópolis
imperialistas y las colonias.
El imperialismo se caracteriza no sólo por la
dominación de los monopolios y el capital financiero,
sino también por la exportación de capital a las
colonias y países
independientes, a las
fuentes de
materias primas y mano de obra baratas. El
imperialismo ha venido a reforzar y a llevar a sus últimos límites las
contradicciones entre un puñado
de naciones "civilizadas" dominadoras y
los cientos de millones de personas que viven en las colonias y
países
dependientes. El imperialismo
hace pesar sobre la población de
las colonias un yugo insoportable,
una opresión todavía
más cruel e
inhumana que en las metrópolis. Todo esto hace que
crezca en los países coloniales la indignación contra
el imperialismo, que se ahonde y agudice en ellos la
crisis revolucionaria. La
acción de la
ley del desarrollo desigual
del capitalismo, bajo
el
imperialismo, y el despliegue de la lucha entre los
distintos grupos de
capitalistas por la
posesión
monopolista de las fuentes de materias primas, de
los territorios para la inversión de capital y de los mercados para dar salida
a sus productos, en condiciones como las de hoy, en que el mundo se halla ya
repartido entre un puñado de potencias imperialistas, hacían
inevitables las guerras periódicas por el reajuste del
reparto del mundo. Y las guerras imperialistas vienen a agudizar todavía más
las viejas contradicciones y a engendrar otras nuevas: entre los países
imperialistas vencedores y los vencidos y entre los propios países vencedores.
Así sucedió después de la primera guerra mundial, cuyos resultados ahondaron
todavía más las contradicciones en el
campo imperialista y condujeron a la segunda guerra mundial.
La
segunda guerra mundial
trajo consigo una mayor agudización de las contradicciones
entre los
países imperialistas. Por ejemplo, el Japón, que
había
pretendido imponer su dominación en Asia y en todo
el mundo, llevando a cabo una serie de anexiones
imperialistas,
se vio convertido
en dependencia
colonial
del imperialismo norteamericano, Y la
misma suerte ha corrido la Alemania Occidental, aún no liberada
de las potencias
de ocupación. Se agudizan cada vez más las contradicciones
entre los Estados Unidos, de una parte, y de otra Inglaterra, Francia, Holanda,
Bélgica, a medida que los Estados Unidos pugnan por convertir a estos países en
apéndices de su economía y se apoderan de las materias primas y los mercados en
las colonias inglesas, francesas, holandesas y belgas. Cada vez es más real
también para Inglaterra y para Francia la amenaza de perder íntegramente su
independencia nacional. Todas estas contradicciones en el campo de las
potencias imperialistas contribuyen, además, a hacer inevitables las nuevas
guerras entre ellas. La agudización de las viejas contradicciones del
capitalismo y la aparición de otras nuevas significa que, bajo el imperialismo,
se desarrolla más y más y cobra una agudización sin precedentes el conflicto
entre las fuerzas productivas y las relaciones capitalistas de producción.
La agudización de las contradicciones del imperialismo, la creciente
lucha del proletariado
contra la burguesía, el incremento del movimiento de
liberación nacional en las colonias y países
dependientes: todo ello,
viene a demostrar
que la
época del capitalismo ha pasado y que este régimen
tiene inevitablemente que hundirse, que en los
países dominados por el capital va abriéndose paso la ley de la obligada
correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de las fuerzas
productivas.
Pero el que el sistema mundial del imperialismo en
su conjunto se halle ya completamente maduro
para la revolución socialista no significa que todos
los países se hallen abocados a esta revolución. La
época del imperialismo se caracteriza, a la par con la
supermaduración
de las relaciones
de producción
capitalistas en unos países, por la existencia de
considerables supervivencias del feudalismo en otros, situados por ello ante la
inminencia de revoluciones antifeudales, democrático-burguesas.
El afianzamiento del régimen capitalista de
producción en una serie de países de la Europa occidental (Inglaterra, Francia
y Alemania), como resultado de las revoluciones burguesas, y el desarrollo del
capitalismo en otros no significó que, en éstos, el feudalismo se retirara de
la escena, agonizando
paulatinamente y viéndose
desalojado por la difusión
del capitalismo. Mientras
el Occidente, ya en el siglo pasado, daba al traste en lo fundamental
con el feudalismo, una parte inmensa del planeta iba avanzando todavía
trabajosamente hacia la etapa de las revoluciones antifeudales. Y las
supervivencias del feudalismo se hacen particularmente ostensibles en las
colonias y en los países dependientes. Así, en China, antes del triunfo de la
revolución popular los
terratenientes y la nobleza
en toda una
serie de provincias
se apoderaban del 70 por 100 de 109 ingresos de los campesinos. Los
terratenientes tenían en sus manos no sólo el poder económico, sino también la
administración y el poder judicial, y las supervivencias feudales eran la forma
fundamental de la opresión, en las provincias chinas. En la India, los
campesinos, que forman el 80 por 100 de la población, se hallan bajo la
opresión de los terratenientes y tres cuartas partes de la población campesina
carecen, en realidad, de tierra propia. Dentro del siglo del imperialismo, se
produjeron revoluciones antifeudales en Rusia, en una serie de países de la
Europa central y sudoriental y en China. Y las colonias y los países dependientes
se hallan todavía hoy en vísperas de revoluciones antifeudales.
Desde el punto de vista de la perspectiva del
desarrollo de la revolución proletaria mundial, el programa de la Internacional
Comunista (en 1928) dividía los países en cuatro grupos: 1) países de
capitalismo altamente desarrollado, en los que la revolución socialista
constituye una perspectiva inmediata; 2) países de nivel medio de desarrollo
del capitalismo, que tienen a la vista o bien revoluciones proletarias, con una
serie de tareas de carácter democrático-burgués planteadas de paso, o bien
revoluciones democrático-burguesas, llamadas a convertirse más
o menos rápidamente
en revoluciones socialistas; 3) colonias, semicolonias y países de
pendientes, en las que sólo podrá llegarse a la dictadura del proletariado al
cabo de todo un período de transformación de la revolución democrático-burguesa
en revolución socialista; 4) países todavía más atrasados, en los que la
insurrección nacional victoriosa abrirá el camino al socialismo, saltando
la etapa del
capitalismo, mediante la ayuda de los países socialistas.
En el primer grupo figuran países tales como los
Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia. En el
segundo figuró un día Rusia y, hasta la formación de los países de democracia
popular, formaban también parte de él Polonia, Rumania y otros; actualmente,
podría incluirse en este grupo, por ejemplo, a Grecia. En el tercer grupo
figuran Finlandia, la India, Indonesia,
etc. En el
cuarto grupo tienen
cabida países como el Marruecos francés en el África nordoccidental, el
África Occidental francesa y otros.
Hablamos de la posibilidad de que los pueblos pasen
directamente al socialismo, saltando la etapa del capitalismo, y es lo cierto
que la historia conoce ya hechos ilustrativos de ello. Así, por ejemplo, una
serie de pueblos que moran en las repúblicas soviéticas del Asia Central,
apoyándose en el triunfo de la revolución proletaria y del socialismo en otras
partes del país, han llevado a cabo el paso al socialismo, sin pasar por la
fase del capitalismo industrial.
Así, pues, la época del imperialismo lleva consigo
no sólo las revoluciones socialistas, sino también las revoluciones
democrático-burguesas de tipo especial, susceptibles de convertirse en
revoluciones socialistas.
3. La teoría leninista de la transformación de la
revolución democrático-burguesa en revolución socialista.
V. I. Lenin, poniendo de manifiesto las
particularidades de las revoluciones democrático-
burguesas bajo el imperialismo, elaboró la teoría de su transformación en
revoluciones socialistas.
Ya durante el período de la revolución burguesa
alemana de 1848, habían formulado Marx y Engels la
idea de la revolución ininterrumpida. La esencia de
esta
idea consistía en
"hacer la revolución permanente hasta que sea
descartada la dominación
de las clases más o menos poseedoras, hasta que el
proletariado conquiste el Poder del Estado..."138 Sin embargo, como
señalaba Engels, "el estado del desarrollo económico en el continente
distaba mucho de estar maduro para poder eliminar la producción
capitalista".139 Marx consideraba
como condición para el éxito de
la lucha de la clase obrera la combinación de la revolución proletaria con el
movimiento revolucionario campesino:
"En Alemania -escribía Marx-, todo dependerá de la posibilidad de
que la revolución proletaria se apoye
en una especie de segunda edición de la guerra de
los campesinos."
V. I. Lenin tomó y desarrolló estas ideas de Marx,
que los oportunistas habían relegado al olvido, y
creó una teoría completa
y armónica acerca
de los caminos y las condiciones
para el paso
de la
138 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad.
esp., ed. cit., t. I, pág. 96.
139 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, trad.
esp., ed. cit., t. I, pág. 109.
revolución democrático-burguesa a la socialista, la
teoría de la transformación de la primera en la segunda. Y
demostró que entre
la revolución burguesa y la
proletaria no es obligado que medie un período de dominación de la burguesía,
sino que, en la época del imperialismo, cabe perfectamente la posibilidad del
paso inmediato de la primera revolución a la segunda.
Ahora bien, ¿qué es lo que sirve de base a esta
transformación, lo que la hace posible?
En las revoluciones
burguesas de la
época del
capitalismo
ascendente, era inevitable,
al triunfar estas revoluciones,
un período más o menos largo de dominación de la burguesía. Pero en la época
del imperialismo no hay ya base para que se mantengan en pie de un modo tan
prolongado los fundamentos del capitalismo privado, después del triunfo de la
revolución democrático-burguesa.
La necesidad de que la revolución democrático-
burguesa se transforme
en socialista está
también
determinada por el hecho de que, en la época actual,
la lucha contra el feudalismo es inseparable de la
lucha contra el
imperialismo, el cual
apoya y conserva las relaciones
feudales ya caducas. Así, por ejemplo, en la Rusia burguesa y terrateniente los
intereses de los terratenientes y del zarismo aparecían íntimamente
entrelazados con los intereses del imperialismo ruso y occidental, el cual
apoyaba con todas sus fuerzas al zarismo y a los fundamentos del feudalismo. He
ahí por qué la lucha del pueblo contra el zarismo se fundió con su lucha contra
el imperialismo, por qué la revolución contra el zarismo y los terratenientes
hubo de transformarse en una revolución contra el imperialismo, es decir, en
una revolución proletaria
La transformación de la revolución democrático-
burguesa en revolución socialista se halla
condicionada, además, por el hecho de que, bajo el
imperialismo, las revoluciones democrático-
burguesas se caracterizan
de manera distinta
que antes por la distribución de las clases, por el diferente papel que
éstas desempeñan en la revolución, por las diversas relaciones que entre ellas
existen y, consiguientemente, por la diversa integración de las fuerzas
motrices de la revolución. Hoy día, la burguesía no puede ya ostentar la
hegemonía, la jefatura de la revolución. Este papel ha pasado, en las
revoluciones democrático-burguesas, a manos del proletariado. Este cuenta con
firmes aliados, no sólo en la revolución democrático-burguesa (todos los
sectores campesinos), sino también en la revolución socialista (los campesinos
más pobres), lo que le permite llevar a cabo el paso directo, la transformación
de la revolución democrático- burguesa en revolución socialista. La burguesía
no sólo ha perdido la hegemonía en la revolución democrático-burguesa, sino
que, en una serie de países, se ha
convertido en una
fuerza
contrarrevolucionaria. Pero, en relación con esto,
no hay que perder de vista la diferencia que media entre los países libres del
yugo extranjero y los países dependientes o convertidos en blanco de la
agresión imperialista.
En los países independientes, la burguesía
desempeña, en la
revolución, un papel
contrarrevolucionario. Convertida
ya en clase
en
declive y dominada por el miedo al proletariado,
forma un frente
único reaccionario con
los
terratenientes. Con tal de mantener su dominación,
se
esfuerza por conservar, como puntales suyos, todos
los restos de los viejos tiempos y, principalmente, las instituciones de tipo
feudal. Las revoluciones antifeudales, en estos países, se llevan a cabo, por
tanto, no sólo sin contar con el apoyo de la burguesía, sino incluso en contra
de ella. En la revolución democrático-burguesa rusa, en 1905 y en 1917, la
burguesía se unió en un bloque contrarrevolucionario a los terratenientes,
contra el proletariado y los campesinos. La hegemonía, en esta revolución, correspondía al
proletariado, quien en
1917 supo hacer que la revolución
democrático-burguesa se transformase en socialista.
En las colonias y en los países dependientes, es un
poco más
amplia la base
de la revolución democrático-burguesa. El yugo de
los imperialistas extranjeros pesa, ante todo, sobre los campesinos, los
obreros y los artesanos, pero gravita también sobre la burguesía media. La
lucha de liberación nacional contra los esclavizadores extranjeros se traduce
inevitablemente en una revolución democrática de liberación nacional.
¿Por qué es una revolución la lucha de liberación
nacional contra los esclavizadores extranjeros, en las colonias y en los países
dependientes? Cuando los ocupantes extranjeros invaden el país, la lucha contra
el invasor no es una revolución, sino una guerra. Pero si el esclavizador
extranjero cuenta, en el país por él sojuzgado, con el apoyo social de las
clases dominantes, entronizadas en el Poder, la lucha por sacudir el yugo de
los opresores extranjeros es, a la par con ello, una lucha contra el Poder imperante
en el país, una lucha revolucionaria, una revolución.
El sostén social del imperialismo, en las colonias y
en los países de pendientes, es, por lo general, la
clase de los terratenientes y la llamada burguesía
compradora. Esta última
cumple la función
de
intermediaria entre el capital extranjero y el
mercado local y forma parte de la gran burguesía comercial indígena. En China,
la lucha de liberación nacional
contra el imperialismo era, al mismo tiempo, una
lucha revolucionaria contra el feudalismo, contra la
clase de los terratenientes y contra la burguesía
compradora. El derrocamiento de estas clases era necesario para privar de apoyo
dentro del país a los
esclavizadores extranjeros.
A la par
con ello, las
fuerzas reaccionarias
interiores encuentran sostén y apoyo en los
esclavizadores imperialistas extranjeros. En las colonias y
en los países
dependientes, el imperialismo
procura mantener en pie con todo su poder financiero y militar las
instituciones reaccionarias feudales, las supervivencias feudales, con toda su
supraestructura burocrático-militarista. Y esto hace que la lucha contra las
supervivencias feudales, en estos países, sea inseparable de la lucha contra el
imperialismo.
Los países de la Europa central y sudoriental, que
habían caído bajo el yugo de los invasores fascistas
alemanes,
fueron liberados por
las fuerzas del
ejército soviético, con ayuda del movimiento de
liberación nacional de aquellos mismos países. Los
invasores fascistas alemanes contaban, dentro de los
países ocupados, con el apoyo de la gran burguesía,
de los terratenientes, de los altos funcionarios y de la oficialidad monárquica
del ejército, quienes colaboraban con el enemigo invasor para oprimir a los
pueblos de dichos países. La lucha de los pueblos contra los esclavizadores
fascistas extranjeros, lucha encabezada por el proletariado, hallábase
inseparablemente unida a la lucha por el Poder dentro de estos países, a la
lucha por expulsar del Poder a los gobiernos existentes, que eran gobiernos colaboracionistas.
De aquí que, en estos países, la revolución fuese, en su primera etapa, una
revolución antiimperialista y democrática, que luego, bajo la hegemonía del
proletariado, se fué transformando en revolución socialista.
Y así, en
las colonias y
en los países dependientes, en los países
convertidos en blanco de la opresión extranjera, la revolución por la
liberación nacional, dirigida contra el imperialismo extranjero, es inseparable
de la revolución antifeudal. Se trata, más concretamente, de una revolución
nacional y democrática. Nacional, porque viene a resolver los problemas de la
liberación nacional; democrática, porque persigue directamente, no la transformación
socialista del país, sino su transformación democrática. Esta revolución
democrático-nacional, por cuanto que no rebasa los marcos de la propiedad
privada, se halla contenida dentro del tipo de la revolución
democrático-burguesa. La revolución democrático-burguesa, en los países
oprimidos, se caracteriza, pues, porque en ella "la lucha contra las
supervivencias feudales se combina con la lucha contra el
imperialismo".140
Este carácter especial de la revolución
democrático-burguesa en los
países dependientes
determina también las particularidades de su base
social y la composición de sus fuerzas motrices, que
abarcan amplias capas de la nación, incluyendo la
burguesía nacional, es decir, la burguesía media, la cual sufre
también bajo la
opresión del capital
extranjero y de los elementos feudales y
militaristas
140 J. V. Stalin, Obras completas, ed. esp., t. IX,
pág. 287.
de dentro. De donde se desprende la conocida tesis
del leninismo de que, mientras en los países imperialistas y opresores la
burguesía es contrarrevolucionaria en todas las etapas de la revolución, en las
colonias y en los países dependientes
la burguesía nacional
puede, hasta cierto punto y
durante un cierto período de tiempo, apoyar el movimiento revolucionario de los
trabajadores en contra del imperialismo.
Y esta circunstancia
encierra una importancia muy grande para la estrategia y
la táctica de los partidos proletarios. El Partido Comunista de China logró, en
el curso de la lucha revolucionaria, crear un frente revolucionario patriótico,
democrático, y llevar al triunfo la revolución popular. Y en el frente unido de
todas las fuerzas patrióticas y democráticas se apoyó la
revolución en los
países de la
Europa central y sudoriental.
En Bulgaria fué el Frente patrio, en Rumania el Frente democrático-nacional,
en Hungría el Frente de la independencia nacional, en Polonia el Frente
nacional. Esta experiencia histórica es aleccionadora, y sobre ella construyen
su estrategia los partidos comunistas que marchan hacia la revolución
democrática. El programa del Partido Comunista de la India, subrayando el
carácter antiimperialista de la revolución que se avecina, formula la consigna
de la incorporación de la burguesía nacional india al frente nacional unido. El
programa del Partido Comunista del Japón, partiendo del hecho de que este país
ha caído, después de la segunda guerra mundial, bajo el yugo del régimen de
ocupación norteamericano, define el carácter de la revolución que en el Japón
se prepara como una revolución democrática, de liberación nacional. Esto
explica por qué el Partido Comunista japonés se propone como tarea aglutinar,
con vistas a esta revolución, todas las fuerzas patrióticas de la nación,
incluyendo la burguesía nacional, como uno de los elementos activos en esta
lucha.
Sin embargo, aun en aquellos casos en que la
burguesía se muestra
dispuesta a apoyar
la
revolución, es ya incapaz, en las condiciones de
hoy, desempeñar en ella el papel de dirigente, de ostentar
su hegemonía. No puede desempeñar este papel, por la
dualidad de su situación, que la induce a mirar en torno suyo,
recelosamente, por miedo
a que la
revolución vaya a rebasar los límites que la
burguesía se propone. El papel de dirigente de la revolución, la
hegemonía en ésta, ha pasado a manos del
proletariado.
La hegemonía del proletariado y de su partido es
condición importantísima para el desarrollo y el
triunfo de la revolución, para su transformación y su paso directo
de la fase
democrática a la
fase socialista.
La idea de la hegemonía del proletariado había sido
formulada ya por Marx y Engels. Más tarde, la
desarrolló y llevó adelante V. I. Lenin. Este creó
una
teoría armónica y completa sobre la dirección de las
masas populares por el proletariado, en la revolución democrática y en la
socialista. En la lucha contra los mencheviques, que invitaban al proletariado
a renunciar a su participación activa en la revolución democrático-burguesa,
alegando que la revolución burguesa era, según ellos, incumbencia de la
burguesía, Lenin sostuvo y fundamentó la necesidad, no sólo de que el
proletariado tomara parte activa en la revolución, sino de que la dirigiera.
Puso de manifiesto cómo, bajo las condiciones del imperialismo, la burguesía se
halla menos interesada en la revolución burguesa que el proletariado. Y,
caracterizando el interés del proletariado por llevar hasta el fin la
revolución democrático-burguesa, hizo ver que la lucha de la clase obrera
contra la clase capitalista no podrá adquirir la suficiente amplitud ni
alcanzar la victoria mientras no sean derrocados los más antiguos enemigos
históricos del proletariado y cómo éste se halla interesado en la más completa
destrucción de las supervivencias feudales en la vida económica y en la
política, así como en conquistar la libertad más completa, con el fin de
asegurarse las condiciones de organización
más amplias y más
libres para la lucha por el socialismo. Al imponer su hegemonía en la
revolución democrático-burguesa, el proletariado abre ante sí la posibilidad de
llevar las cosas adelante, hasta
transformar aquélla en
revolución socialista. 141
La posibilidad de la hegemonía del proletariado en
la revolución democrático-burguesa la determina el hecho de ser ésta la clase
consecuentemente revolucionaria y organizada, que acumula una gran experiencia
de lucha política y que tiene a su frente el partido marxista-leninista,
pertrechado con la teoría científica revolucionaria. Todo esto le permite
desalojar a la burguesía de la dirección de las masas revolucionarias y tomar a
su cargo la dirección de los campesinos, interesados en una solución consecuentemente revolucionaria del
problema agrario y en la destrucción de la clase feudal y de las
supervivencias del feudalismo, es decir, en llevar adelante de un modo
consecuente y radical la revolución democrática. Y, como la burguesía no puede
dar satisfacción a las necesidades de los campesinos, ello abre ampliamente el
camino para que éstos se pasen al lado del proletariado y abracen la dirección
proletaria.
El primer ejemplo histórico de la hegemonía del
proletariado y de la transformación de la revolución democrático-burguesa en
revolución socialista lo estableció el proletariado de Rusia, bajo la dirección
del Partido Comunista. Basándose en la gran experiencia de la clase obrera
rusa, el VI Congreso de la Internacional Comunista sentó la tesis de que la
hegemonía del proletariado constituye
la consigna
141 Véase V. I. Lenin, "Dos tácticas de la
socialdemocracia en la revolución democrática". Obras escogidas, ed. esp.,
págs. 7-108.
estratégica
fundamental del movimiento
comunista, en la revolución democrático-burguesa.
Esta consigna ha guiado a los partidos comunistas de
todos los países. El Partido Comunista de China,
aglutinando y organizando las fuerzas para la
revolución popular victoriosa,
se guió por
el
postulado de que "las tareas de la revolución
democrático-burguesa, antiimperialista y antifeudal, en China, sólo podrán ser
resueltas si al frente de ella
se halla, como lo determina la marcha de la
historia, el proletariado, y no la burguesía".142
La consigna estratégica de la hegemonía del
proletariado fué puesta
también en práctica
en la lucha revolucionaria
desarrollada en los territorios de
los países de la Europa Central y Sudoriental. En
estos países, la
clase obrera se
destacó como la
iniciadora de la lucha y el combatiente consecuente
y aguerrido contra los invasores hitlerianos y sus lacayos dentro del país. Fué
ella quien encabezó la
lucha por las transformaciones democráticas
consecuentes, tomó la iniciativa para la implantación
de la reforma agraria y conquistó, con ello, la
autoridad y la
influencia sobre el
pueblo, la hegemonía en la
revolución. La marcha de la historia
vino a corroborar, así, la fuerza de la gran idea
leninista de la
hegemonía del proletariado
en la
revolución democrática.
El desarrollo de la revolución democrática bajo la
hegemonía del proletariado exige la creación de un
Poder estatal capaz de llegar a ser el instrumento
necesario para afrontar y resolver consecuentemente
las tareas de esta revolución. Lenin sostenía que
este
Poder estatal debía ser la dictadura democrático-
revolucionaria del proletariado y los
campesinos. La
dictadura
del proletariado y
los campesinos es el
Poder basado en la alianza, en la colaboración de
estas clases, bajo la dirección del proletariado. La
dictadura
democrático-revolucionaria
del
proletariado y de los campesinos se caracteriza por
determinadas tareas y determinadas funciones, que se desprenden del carácter
democrático-burgués de la revolución. La dictadura del proletariado y de los
campesinos tiene la misión de aplastar la resistencia de las fuerzas
contrarrevolucionarias, de destruir la propiedad feudal entregando la tierra a
los campesinos, y de implantar las transformaciones democráticas. Como ya hemos
dicho, en las colonias y en otros países en que existen considerables supervivencias
del feudalismo y a las que el imperialismo hace víctimas de sus agresiones
guerreras, la revolución democrático-burguesa es la conjunción de la revolución
antifeudal y la revolución antiimperialista. Lo cual trae
como consecuencia el ensanchamiento de la base social de la revolución: en
estas condiciones, la revolución descansa sobre el frente nacional unido de
todas las fuerzas democráticas y
patrióticas del país.
Y, en
142 Mao Tse Tung, Obras escogidas, ed. rusa, t. I, págs. 465-466.
consonancia con ello, en estos países, la dictadura
democrático-revolucionaria del proletariado y de los campesinos no se presenta
en toda su pureza, sino que en ella participan también otras capas de la
sociedad, que apoyan la dictadura del proletariado y de los campesinos. Así
sucedió en los países de la Europa central y sudoriental, durante la primera
etapa de la revolución en estos países. Y, en China, la revolución popular
victoriosa condujo a la implantación en la República Popular de la dictadura
democrática del pueblo, basada en la alianza de los obreros y los campesinos y
dirigida por la clase obrera, con el Partido Comunista a la cabeza.
La dirección de la clase obrera, con la dictadura
del proletariado y de
los campesinos, garantiza
la
inaplazable y completa solución de los problemas de
la revolución democrático-burguesa. Y, al mismo
tiempo, asegura la preparación del derrocamiento del capitalismo. La revolución
entra en una nueva fase de su desarrollo, caracterizada por la reagrupación de
fuerzas en torno al proletariado, al terminar la revolución
democrático-burguesa para pasar directamente a la revolución socialista. La
revolución democrático-burguesa se transforma en revolución socialista.143
El paso de la dictadura democrático- revolucionaria del proletariado y de los
campesinos a
la dictadura del proletariado sólo puede llevarse a
cabo por medio de la lucha de clases. Esta lucha,
sin embargo, reviste diversas formas, de acuerdo con las
condiciones históricas concretas. El desarrollo de
la
revolución puede conducir a la transición pacífica
de una etapa a otra, pero puede hacer necesaria también una explosión
revolucionaria.
En la revolución rusa de 1917, el paso de la etapa
democrático-burguesa a la etapa socialista se operó
como resultado del triunfo de la insurrección armada
de Octubre, alcanzado bajo la dirección del Partido
Comunista y de su Comité Central. La necesidad de
una explosión revolucionaria obedeció a una serie de circunstancias históricas
concretas. La revolución
democrático-burguesa de Febrero de 1917 en Rusia
trajo consigo la instauración de un doble Poder: el
Gobierno
provisional de los
burgueses y terratenientes y los
Soviets de Diputados de Obreros y Soldados, que disponían de hecho del Poder.
La
creación de los Soviets significaba que, como hubo
de señalar Lenin,
la revolución de
Febrero había
llegado hasta los mismos límites de la dictadura
democrática del proletariado y los campesinos, pero no en su forma
"pura", sino mediante la existencia en
el país de un doble Poder. De no haber mediado la
traición de los
mencheviques y social-
revolucionarios, que manejaban los Soviets,
engañaban a las
masas y emponzoñaban
su conciencia con la desconfianza en la posibilidad de
vencer a la burguesía, todo el Poder habría pasado a
143 Véase Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed.
esp., cap. III.
los
Soviets y, más
tarde, por medio
de la lucha librada
dentro de los
Soviets, habría sido
posible pasar a la dictadura del proletariado sin necesidad de una
explosión revolucionaria, sin recurrir a la insurrección armada. En los meses
de abril a julio de
1917, el Partido Comunista siguió el rumbo del
desarrollo pacífico de la revolución en Rusia, de la
implantación
de la dictadura
del proletariado
mediante la conquista por los comunistas de la
mayoría dentro de los Soviets. La conciliación de los
mencheviques
y social-revolucionarios con
la
burguesía hizo que los Soviets entregasen la
plenitud del Poder en manos del Gobierno provisional contrarrevolucionario, y,
para pasar a la revolución socialista, no hubo más remedio que recurrir al
derrocamiento de este gobierno por medio de las armas.
En los países de la Europa central y sudoriental, el
proceso de transformación de
las revoluciones
antifeudales
en revoluciones socialistas
se llevó a cabo
en otras circunstancias y
bajo otras formas.
Después de la victoria del ejército soviético sobre
los ocupantes fascistas alemanes, se instauró en estos países un régimen de
democracia popular. Y, una vez
que el Poder
democrático-popular hubo llevado
a cabo las tareas propias de la revolución antifeudal, el
proletariado de estos países desplegó la lucha por
la revolución socialista. Esta lucha fué coronada por el triunfo en los años
1947-1948, trayendo consigo la
transformación
del régimen democrático-popular, para convertirse
en la forma
de la dictadura
del
proletariado.
La transformación de las revoluciones democrático-burguesas en
socialistas, en los países
de democracia popular, se llevó a cabo por la vía
pacífica,
sin necesidad de
explosiones revolucionarias, porque las
clases reaccionarias se
vieron paralizadas en sus designios por el triunfo
del
ejército soviético sobre los ocupantes fascistas
alemanes. Mientras que en 1917, en Rusia, los mencheviques y
social-revolucionarios habían conseguido durante cierto tiempo envenenar la
conciencia de la clase obrera con la desconfianza en sus propias fuerzas y que
los Soviets obreros y campesinos renunciasen al Poder en beneficio de la
burguesía, el grandioso ejemplo histórico de la conquista de la dictadura del
proletariado en Rusia animó a los obreros de los países de democracia popular a
luchar resueltamente por la dictadura del proletariado. De este modo, las
nuevas condiciones históricas, y en particular la existencia y el apoyo del
país del socialismo triunfante, de la Unión Soviética, facilitó a los países de
democracia popular la transformación de las revoluciones democrático-
burguesas, antifeudales, en revoluciones socialistas.
4. La revolución proletaria, socialista.
En las revoluciones
llevadas a cabo
contra el
régimen esclavista y contra el feudalismo, las
clases trabajadoras que las efectuaron no eran portadoras de las relaciones de
producción que históricamente se desprendían y afianzaban como resultado de
dichas revoluciones. En la revolución proletaria, socialista, los trabajadores
y la clase explotada, el proletariado, que lleva a cabo esta revolución, actúan
por primera vez en la historia como los portadores de las nuevas relaciones de
producción llamadas a sustituir a las relaciones de producción ya caducas. De
aquí que, por vez primera, el proletariado, la clase explotada, se alce como el
abanderado de la aplicación de la ley de la obligada correspondencia de las
relaciones de producción con el carácter de las fuerzas productivas, en interés
de toda la sociedad. El proletariado es la fuerza llamada a destruir las
caducas relaciones burguesas de producción y a instaurar las nuevas relaciones
de producción socialistas, en consonancia con las fuerzas productivas.
Mientras que, antes, la implantación de las
relaciones de producción congruentes con el estado de las fuerzas productivas
había significado la sustitución de una forma de propiedad privada y de una
forma de explotación por otra, la revolución socialista viene a liquidar toda
propiedad privada sobre los medios
de producción, instaura
la propiedad social, socialista, y acaba con toda explotación del hombre
por el hombre. En esto consiste la grandiosa significación histórica de la
revolución proletaria y lo que la diferencia radicalmente de todas las otras
revoluciones. Y a ello se debe el que la revolución proletaria represente un
viraje radical en la historia del mundo.
La Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia ha
venido a confirmar plenamente la verdad del marxismo-leninismo acerca de la
significación de la revolución proletaria.
Ha conducido a la
destrucción de la propiedad privada sobre los medios de producción, a la liquidación
de las clases explotadoras y de todas las formas de explotación y opresión y a
la instauración del modo de producción socialista, basado en la propiedad
social sobre los medios de producción.
A diferencia de la revolución burguesa, cuya misión
se reduce a destruir el viejo régimen, la revolución proletaria no se limita a
acabar con lo viejo. Se abren ante ella grandes tareas creadoras, pues la
revolución proletaria está llamada a organizar sobre nuevas bases, sobre los
principios del socialismo, la vida de millones de seres.
La propiedad socialista sobre los medios de
producción, las relaciones de producción socialistas,
no
pueden estructurarse en
el seno de
la vieja
sociedad, basada en la propiedad privada sobre los
medios de producción,
en la explotación
y la opresión de los trabajadores.
En el seno
de la sociedad capitalista
se crea solamente
la base material para la
inevitable ofensiva del socialismo.
Esta base material va formándose bajo la forma de
las nuevas fuerzas productivas, bajo la forma de la socialización del trabajo,
y sienta la necesidad del paso de los medios de producción a propiedad de la
sociedad. Pero, para que ello se realice, es condición previa necesaria la
revolución socialista, la conquista de la dictadura del proletariado. Mientras
que la revolución burguesa encuentra ya preparadas las formas de la economía
capitalista, que han ido surgiendo espontáneamente, y su misión se reduce a
destruir el viejo régimen, la revolución proletaria no recibe, ya dispuestas,
las formas socialistas de la economía y su misión consiste, basándose en la ley
económica de la obligada correspondencia de las relaciones de producción con
las fuerzas productivas, en utilizar la dictadura del proletariado como palanca
para organizar la economía socialista.
La
burguesía y sus
agentes reformistas en el
movimiento obrero repiten hasta la saciedad que la
clase obrera, al destruir el viejo estado de cosas,
es incapaz de gobernar el Estado y la economía, que el
pueblo no puede arreglárselas sin terratenientes ni
capitalistas. Esta calumnia
de los esclavistas modernos y de los dirigentes de
los socialistas de
derecha, de los líderes laboristas y los burócratas
sindicales, se estrella contra la grandiosa realidad de
la existencia del socialismo, construido por el
pueblo soviético bajo la dirección del Partido Comunista. La experiencia de
la revolución soviética
y de la
revolución en los países de democracia popular ha
venido a demostrar en el terreno de los hechos que,
sacudiendo
el yugo de
los capitalistas y terratenientes, los
obreros y los
campesinos son
capaces de desplegar una grandiosa fuerza creadora
en la construcción del nuevo Estado, de la nueva economía y de la nueva
cultura.
La revolución socialista, cuya misión consiste en
acabar con toda explotación y con toda opresión, no
puede apoyarse en el viejo Estado, creado para
aplastar a los trabajadores. Para conseguir estos objetivos, el proletariado
necesita crear un Estado de
nuevo
tipo, diferente por
principio de todos
los
Estados anteriores y llamado a aplastar la
resistencia de las clases explotadoras derrocadas y a servir de
instrumento para la construcción del comunismo.
Esto que decimos aparece claramente confirmado por
el ejemplo de la Gran Revolución Socialista de
Octubre.
En el curso
de esta revolución
el
proletariado ruso hubo de enfrentarse con la
resistencia exterior y el sabotaje por parte del viejo aparato estatal,
burocrático y militar, burgués- terrateniente. La clase obrera sólo podía
llevar hasta el fin las transformaciones socialistas aniquilando hasta en sus
fundamentos el viejo aparato estatal y creando un Estado nuevo, el Estado
proletario soviético. Y la experiencia de los países de democracia popular ha
venido a corroborar nuevamente la razón del marxismo-leninismo cuando
sostiene que los trabajadores sólo pueden liberarse
del yugo capitalista mediante la destrucción de la maquinaria del Estado
burgués. Para aplastar la resistencia de las clases reaccionarias y llevar a
cabo las transformaciones socialistas, los trabajadores de estos países, bajo
la dirección de los partidos comunistas y obreros, tuvieron también que
destruir el viejo aparato estatal y crear un Estado nuevo, el Estado
democrático-popular.
Las clases que actúan como portadoras de las nuevas
relaciones de producción, de las relaciones avanzadas, y luchan por aplicar e
imponer la ley de la obligada correspondencia de las relaciones de producción
con el carácter de las fuerzas productivas, tropiezan siempre con la
resistencia de las clases caducas, interesadas en el mantenimiento del viejo
régimen. Y ninguna revolución encuentra tanta resistencia como la socialista,
ya que en ella se trata de acabar con la propiedad privada, santificada por los
siglos, y de destruir todos y cada uno de los fundamentos de la explotación y
la opresión. A las fuerzas de la oposición socialista se oponen todas las
fuerzas de la vieja sociedad, y la lucha es, aquí, una lucha a vida o muerte. Y
esto hace que la revolución socialista, para poder vencer la resistencia de las
clases viejas y caducas de la sociedad, necesite disponer de fuerzas
incomparablemente mayores que todas las revoluciones del pasado.
Hace ya mucho tiempo que en los países capitalistas
ha madurado la necesidad de sustituir las
relaciones
capitalistas de producción por
las
socialistas.
Pero las clases
reaccionarias se interponen ante
la realización de esta necesidad histórica. Y, hasta ahora, no se han plasmado
todavía, en estos países, las fuerzas necesarias para vencer tales obstáculos.
El gran ejemplo histórico de la creación de la poderosa fuerza capaz de vencer
la resistencia de las clases reaccionarias y de derrotar a éstas, lo ha dado la
clase obrera rusa, que supo atraer a su lado a los millones y millones de
campesinos explotados y conducidos, bajo su dirección, al asalto del zarismo
y del capitalismo. En
Rusia y en los países de democracia popular, ha sido
derrocado el capitalismo por los
esfuerzos conjuntos de
los obreros y los campesinos, por la alianza de la clase obrera y los campesinos,
bajo la dirección del proletariado y de su partido marxista.
La fuerza motriz fundamental y decisiva de la
revolución socialista es
el proletariado. Esta
clase
está llamada por el curso del desarrollo histórico a
ser la enterradora del capitalismo y la creadora de
la nueva sociedad, del
comunismo. Y esta
misión
histórico-universal de la clase obrera se desprende
de
la situación que ocupa en la sociedad capitalista.
El proletariado es, según
las palabras de
Lenin, "el motor intelectual
y moral y el ejecutor físico"144 de la
la clase más consecuentemente revolucionaria,
revolucionaria hasta el fin, en la lucha contra todos los opresores.
Pero el proletariado no lleva a cabo la revolución
socialista él solo, aislado del resto de los trabajadores
y de las masas explotadas. La revolución socialista
viene a destruir toda clase de explotación, y ello
hace que con los intereses del proletariado coincidan los de todos los
trabajadores, es decir, los de la mayoría aplastante de la sociedad.
El leninismo enseña que el proletariado, en su lucha
contra el capitalismo, cuenta como aliada con
la masa semiproletaria explotada,
la cual, bajo
su
dirección, se convierte también en fuerza motriz de
la revolución socialista.
Al entrar el capitalismo en la fase del
imperialismo, se acentúa vigorosamente la tendencia
que lleva a la población trabajadora no proletaria, a los pequeños
propietarios, a convertirse en esclavos del capital. Los campesinos de los
países capitalistas se ven sometidos cada vez más a la explotación, y se
refuerza así, aceleradamente, la expropiación de la pequeña propiedad de la
tierra, el despojo de sus tierras de los campesinos. Se extiende la aplicación
del trabajo asalariado en todas las ramas de la economía rural. Y todo esto
hace que los campesinos trabajadores adopten una actitud cada vez más hostil
ante la burguesía y puedan convertirse en aliados del proletariado.
Todo lo cual
significa que la
población trabajadora no proletaria
explotada puede considerarse como
un aliado fiel del proletariado en la lucha por el triunfo de la revolución
socialista. Por eso, el leninismo elabora una teoría armónica de la revolución
socialista, "añadiendo como aspecto obligado de ésta un nuevo factor: el
de la alianza del proletariado y de los elementos semiproletarios de la ciudad
y del campo, como condición para el triunfo de la revolución
proletaria".145
La grandiosa comprobación histórica de la idea del
leninismo acerca de los aliados del proletariado
ha sido el
triunfo de la
Revolución Socialista de
Octubre.
Esta pudo llevarse
a cabo gracias
a la alianza de la clase obrera
con los campesinos pobres,
que formaban la inmensa mayoría de la población
campesina de Rusia.
Así, pues, las fuerzas motrices de la Revolución
Socialista de Octubre fueron la clase obrera y los campesinos pobres, bajo la
dirección de aquélla. "La existencia de esta alianza entre la clase obrera
y los pobres del campo determinó también la conducta de los campesinos medios,
que vacilaron durante largo tiempo y sólo en vísperas de la insurrección de
Octubre se orientaron debidamente hacia la revolución, uniéndose a los
campesinos pobres".146
El Partido Comunista supo poner a contribución
transformación
del capitalismo en
el socialismo. Es
145 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp.,
pág. 87.
144 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa. t. XXI,
págs. 54-55.
146 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp.,
pág. 249.
para la causa de la revolución proletaria en Rusia
el movimiento democrático general en favor de la paz, el movimiento de los
campesinos por la confiscación de las tierras de los terratenientes, el
movimiento de liberación nacional de los pueblos oprimidos y su lucha por la
equiparación de derechos nacionales. Todas estas corrientes del movimiento
liberador se fundieron, bajo la dirección del Partido Comunista, con el
movimiento socialista del proletariado por el derrocamiento de la burguesía y
por la instauración de la dictadura del proletariado.
El leninismo fundamentó, además, el postulado de que
el proletariado, al tomar en sus manos el Poder, puede y debe impulsar hacia
adelante, bajo su dirección, a todas las masas trabajadoras de la ciudad y del
campo, en particular a los campesinos, por el camino de
la transformación socialista
de la sociedad. Y este postulado
del leninismo ha sido brillantemente confirmado en la práctica. En la U.R.S.S.
el socialismo triunfó, cabalmente, gracias a la alianza de los obreros y los
campesinos, bajo la dirección de la clase obrera. Los campesinos soviéticos
marchan hacia el comunismo conjuntamente con el proletariado. Y en los países
de democracia popular, los campesinos trabajadores participan también
activamente en la construcción socialista, bajo la dirección de la clase
obrera. Todo lo cual no hace sino confirmar el triunfo completo de las ideas
leninistas acerca de los aliados de la clase obrera en la lucha por el
socialismo.
Una de las características más importantes de la
revolución socialista, comparada con la revolución
burguesa, estriba en que aquélla aglutina en torno
al
proletariado a las masas de millones y millones de
trabajadores y explotados, en sólida y perdurable alianza, por la construcción
de la sociedad comunista sin clases.
Las
complicadas tareas de
la revolución proletaria, que
no admiten comparación
con las
anteriores revoluciones en cuanto a la profundidad
de
la obra de transformación, hacen que aquélla
requiera una dirección audaz,
necesite de una
vanguardia
experta
y aguerrida. La
organización dirigente del
proletariado es su partido revolucionario marxista.
La Gran Revolución Socialista
de Octubre triunfó gracias a que al frente de la clase
obrera se hallaba el monolítico partido de los comunistas, templado en la
lucha, pertrechado con la teoría marxista y vinculado indisolublemente al
proletariado y a todas las masas trabajadoras.
El Partido Comunista
infundió a la clase obrera de Rusia la conciencia de que
estaba llamada por la historia a cumplir la misión de ser la primera brigada de
choque en la lucha revolucionaria internacional contra el imperialismo. En
lucha intransigente contra los conciliadores y capitulacionistas -contra
los mencheviques, los social-revolucionarios y los
trotskistas-, el Partido inculcó a la
clase obrera su
decisión e iniciativa
revolucionarias, le dio un programa establecido
sobre bases científicas, le infundió la seguridad en la victoria, elaboró la
estrategia y la táctica de su lucha revolucionaria y la enseñanza aglutinar en
torno suyo a los aliados y a organizar sus filas. Con todo ello, el Partido
Comunista puso en manos del heroico proletariado ruso la potente arma para la
lucha y la victoria. Y el histórico VI Congreso del Partido de los bolcheviques
encaminó al Partido y a la clase obrera de Rusia hacia la insurrección armada.
Pertrechado con las enseñanzas de Lenin acerca de la
transformación de la revolución democrático-
burguesa
en revolución socialista,
con su genial
descubrimiento de la posibilidad del triunfo del
socialismo en un solo país por separado y con su
doctrina acerca de los Soviets como la forma
política
de la dictadura del proletariado, el Partido
Comunista condujo a la clase obrera de Rusia a la revolución socialista y a la
conquista de la dictadura del proletariado, y lo llevó a la victoria.
5. La doctrina del leninismo acerca del triunfo
inicial del socialismo en un solo país par separado y de los caminos hacia el
triunfo del socialismo en todos los países.
Marx y Engels contaban con que la revolución
socialista
victoriosa se produciría
simultáneamente en todos los países del capitalismo, o por lo menos, en
los más importantes. No consideraban posible el triunfo del socialismo en un
solo país.
Y este punto de vista era acertado, en la época de
Marx y Engels, ya que el capitalismo se hallaba,
entonces, en su etapa ascendente. En carta a Engels, escribía Marx: "Una
difícil cuestión se encierra para nosotros en lo siguiente: en el continente,
la revolución es inevitable y revestirá inmediatamente un carácter socialista.
Ahora bien, ¿no se verá inevitablemente aplastada en este pequeño rincón, ya
que en la inmensa mayoría de los sitios la burguesía recorre todavía un
ascendant movement [un movimiento ascendente]?"147
V. I. Lenin,
teniendo en cuenta
las particularidades del imperialismo, adoptó y fundamentó un punto de
vista sustancialmente nuevo ante este problema. Puso de manifiesto que el
imperialismo representa la fase final del capitalismo, la cual se caracteriza
por su línea descendente de desarrollo, por el capitalismo en descomposición.
Al investigar esta fase, Lenin descubrió la ley del desarrollo económico
y político desigual
de los países capitalistas en la
época del imperialismo y, partiendo de ella, llegó a la conclusión de la
imposibilidad del triunfo simultáneo del socialismo en todos los países y de la
posibilidad de que el socialismo comenzara triunfando en un solo país, por
separado. La ley del desarrollo desigual en la época del capitalismo
monopolista predetermina, a su vez,
147 Marx y Engels, Obras completas, ed. rusa. t.
XXII, pág. 362.
la no simultaneidad de la maduración de las
revoluciones proletarias en los diversos países y, consiguientemente, la
posibilidad del triunfo inicial de la revolución en uno o en varios países y la
imposibilidad de su triunfo simultáneo en todos ellos.
La idea de
la posibilidad del
triunfo del socialismo en
Rusia hallábase ya
implícita en la
teoría leninista de la transformación de la
revolución
democrático-burguesa en
revolución socialista
(1905). Pero fué en 1915, en su artículo titulado La
consigna de los
Estados Unidos de
Europa, y de nuevo
en 1916, en
el que lleva
por título El programa militar de la revolución
proletaria, cuando Lenin desarrolló la formulación de esta tesis.
"El desarrollo del capitalismo -escribía Lenin-
sigue un curso extraordinariamente desigual en todos los países. Es ésta una
consecuencia inevitable del régimen de producción de mercancías. De aquí la
conclusión inmutable de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en
todos los países. Empezará triunfando en uno o en varios países, y los demás
seguirán siendo durante algún tiempo países burgueses o preburgueses".148
J. V. Stalin, al defender esta teoría leninista,
puso de relieve que la desigualdad de desarrollo, existente
ya bajo el capitalismo premonopolista, revestía un
nuevo carácter y se agudizaba extraordinariamente
dentro de las condiciones del imperialismo. Al llegar esta etapa, cobra mayor
vigor la acción de la ley del desarrollo económico y político desigual de los
distintos países. Bajo el imperialismo compiten entre sí, no sólo los diversos
capitalistas, sino las agrupaciones monopolistas de éstos, lo que viene a
extender y agudizar la competencia, poniendo en acción nuevos medios, formas y
métodos de lucha. Bajo el imperialismo, se hallaba totalmente repartido el
planeta entre las "grandes potencias".
La desigualdad de desarrollo del capitalismo, en
la época
imperialista, se caracteriza
porque unos
países capitalistas se desarrollan a saltos con
respecto
a otros, de tal modo que unos, antes atrasados, no
sólo alcanzan, sino que incluso sobrepasan y dejan a
un lado a
otros países capitalistas que
antes
marchaban a la cabeza. Esto hace que cambie la
correlación de fuerzas entre ellos y que se ponga a la orden del día el
problema de la redistribución del mundo ya repartido, de las colonias, los
mercados, las fuentes de
materias primas y
las zonas de inversión de capital. Bajo el capitalismo,
este nuevo reparto del mundo sólo puede llevarse a cabo por medio de la guerra.
De aquí que las guerras imperialistas sean, entre los imperialistas, un medio
de lucha inevitable. Todo lo cual trae consigo la profundización y agudización
de los conflictos en el campo del imperialismo y el debilitamiento del frente
del capitalismo mundial,
lo que facilita
al proletariado de los distintos países la posibilidad de
romper el frente del imperialismo por el eslabón más
débil, la posibilidad del triunfo del socialismo en diversos países, por
separado.
Se hace posible la ruptura del frente del
imperialismo por su eslabón más débil. "¿Y qué es lo
que determina la debilidad de la cadena
imperialista,
en un país dado? La existencia en este país de
cierto mínimo de desarrollo industrial y cultural. La existencia en él de
cierto mínimo de proletariado industrial. El espíritu revolucionario del
proletariado y de la vanguardia proletaria, en este país. La existencia en él
de un aliado importante del proletariado (por ejemplo, los campesinos), capaz
de seguir al proletariado en la lucha decisiva contra el imperialismo. En una
palabra, una combinación de condiciones que hagan inevitable el aislamiento y
el derrocamiento del imperialismo, en este país".149
Un eslabón débil en la cadena del imperialismo puede
ser un país que no se halle necesariamente al
nivel más alto de desarrollo del capitalismo, al
nivel más alto de desarrollo industrial, y en que exista el
proletariado más numeroso. La ley del desarrollo
desigual del capitalismo, en la época imperialista, tiene su lado económico y
su lado político. Significa,
entre otras cosas, que no existe una dependencia
proporcional directa entre
el grado de
madurez
económica y el grado de madurez política de los
diversos países con vistas a la revolución socialista. Países capitalistas
que marchan a
la cabeza en la
línea
del desarrollo económico (en cuanto
al desarrollo de la
técnica y de
la industria y al
crecimiento numérico del proletariado) pueden, bajo
las condiciones del
imperialismo, hallarse
políticamente menos preparados para la revolución
socialista. Y, a la inversa, un país de desarrollo capitalista medio puede
aventajar a otros en cuanto al
grado de maduración de las premisas políticas para
la revolución proletaria. Y,
al llevar a
cabo la
revolución, este país implanta un régimen político
incomparablemente más adelantado, el régimen de la dictadura proletaria,
sentando con ello las bases para
triunfar sobre el capitalismo también en el aspecto
económico.
Para el triunfo de la revolución socialista, no es
condición imprescindible que el proletariado forme la mayoría de la población
del país, pues el proletariado
cuenta
con un aliado
seguro en las
masas trabajadoras semiproletarias de la ciudad y el campo,
en unión de
las cuales constituye
la aplastante mayoría de la
población del país. El proletariado, unido a su aliado, representa una masa
revolucionaria
suficientemente poderosa, capaz de lanzarse al
asalto decisivo del capitalismo y a su derrocamiento.
Los mencheviques, al negar la posibilidad de la
revolución socialista en octubre de 1917, recurrían al argumento de que Rusia
no había alcanzado aún el
nivel
de desarrollo del
capitalismo que hiciera
148 V. I. Lenin, Obras escogidas, ed. esp., t. II,
págs. 441-442.
149 J. V. Stalin, Obras completas, ed. esp., t. XII,
pág. 145 s.
posible el socialismo. Lenin desenmascaró la esencia
contrarrevolucionaria de las posiciones de los mencheviques y demostró que si
el proletariado tomaba el Poder, el país no sólo podría alcanzar, sino incluso
sobrepasar a los países capitalistas más desarrollados, en cuanto al nivel de
las fuerzas productivas. Desde el
momento en que
todo el sistema del capitalismo
en su conjunto se halla ya maduro para la revolución proletaria, la existencia
dentro de este sistema de países menos desarrollados desde el punto de vista
industrial no puede ser ya un obstáculo para que también en estos países
triunfe la revolución.
Así,
pues, la ruptura
de la cadena
del imperialismo no tiene
necesariamente por qué
producirse
antes en un
país capitalistamente más
desarrollado que en otro que le vaya a la zaga. Sin
embargo, sería erróneo, asimismo, afirmar que la cadena del imperialismo tiene
necesariamente que romperse allí donde el capitalismo se halla menos
desarrollado. Lo importante, para la revolución socialista, es que el
capitalismo haya alcanzado cierto nivel de desarrollo y que exista un
proletariado industrial templado en la lucha de clases.
En octubre de 1917 se rompió en Rusia el frente
imperialista y triunfó en este país la revolución proletaria, porque el yugo
del imperialismo había adquirido
allí una expresión
más concentrada, se había hecho insoportable y se levantaba en
contra de él un proletariado industrial, que aunque no el más numeroso era
el más revolucionario del mundo,
a cuya cabeza se hallaba, como
vanguardia suya, el gran partido del leninismo y que contaba, como
aliados, con los campesinos revolucionarios y las nacionalidades oprimidas por
el zarismo.
La teoría leninista acerca de la posibilidad del
triunfo inicial del
socialismo en un
solo país
significa,
en primer lugar,
la posibilidad de la
conquista del Poder por el proletariado y de la
expropiación de los capitalistas y, en segundo lugar, la posibilidad de
organizar la propiedad socialista y de crear la sociedad del socialismo.
La gran significación de esta teoría estriba en que
da al proletariado de los distintos países, cada uno de
por sí, una perspectiva revolucionaria, desplegando
su
iniciativa revolucionaria y
liberándolos de la actitud
pasiva de expectativa
ante el "desenlace
general";
les enseña a
aprovecharse de todas
las
situaciones favorables que lleguen a crearse para
lanzarse al asalto decisivo contra el imperialismo. La clase obrera de Rusia,
guiada por la genial teoría leninista, llevó a cabo su revolución socialista
victoriosa.
La teoría leninista acerca de la posibilidad del
triunfo del socialismo en un solo país fué defendida por el Partido Comunista
en lucha contra los mencheviques, los trotskistas, los zinovievistas, los
bujarinistas y otros
enemigos, empeñados en
emponzoñar la conciencia de la clase obrera con el
veneno de la
desconfianza en la
posibilidad del triunfo del
socialismo, de la economía socialista, en nuestro país.
J. V. Stalin, concretando la tesis del triunfo del
socialismo en la Unión Soviética, puso de manifiesto los dos
aspectos del problema:
el interior y el
exterior. Desdobló el problema del triunfo del socialismo en un solo país en
estos dos: el problema de la posibilidad de la construcción de una sociedad
socialista completa en la U.R.S.S. y el problema del triunfo final y definitivo
del socialismo, en el sentido de la garantía
total de que el
capitalismo no será jamás restaurado. Luchando contra los
enemigos del socialismo, el Partido Comunista y su dirección defendieron el
postulado leninista de que la clase obrera y los campesinos de la U.R.S.S.
podían acabar totalmente con su propia burguesía y construir la sociedad
socialista completa. En la defensa de la tesis leninista acerca de la
posibilidad de la construcción del socialismo en la U.R.S.S., tuvieron una
importancia extraordinaria las decisiones de la XIV Conferencia y del XIV
Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, las cuales pertrecharon
al partido con la idea de la posibilidad de construir en nuestro país la
sociedad socialista y erigieron
este postulado en
ley del partido, obligatoria para todos sus miembros.
La formidable victoria del socialismo en la U.R.S.S. sentó las bases necesarias
para llegar a la conclusión de que era también posible construir en la Unión
Soviética el comunismo completo, aun dentro de las condiciones del
mantenimiento del cerco capitalista. Tal es el aspecto interior del problema
del triunfo del socialismo y el comunismo en un solo país, por separado.
Pero, a la par con esto, el leninismo enseña que el
pueblo soviético no puede eliminar con sus solas fuerzas el peligro exterior de
una intervención capitalista contra la U.R.S.S. "No puede, porque para
acabar con el peligro de una intervención del capitalismo es necesario acabar
con el cerco capitalista, y esto sólo es posible conseguido como resultado de
una revolución proletaria victoriosa, por lo menos, en algunos países".150
La historia conoce ya dos intervenciones militares
organizadas por los Estados imperialistas con el fin
de
restaurar el capitalismo
en la U.R.S.S.:
una
ocurrió en 1918-1920, la otra en 1941. Ambas
terminaron con la derrota de los intervencionistas. La segunda de estas
intervenciones fue preparada de un modo incomparablemente más cuidadoso que la
primera. No obstante, los intervencionistas fueron aplastados totalmente por el
ejército soviético, obligados a repasar las fronteras de la U.R.S.S. y
definitivamente aniquilados en su propio territorio. Y no cabe la menor duda de
que igual suerte correrán
150 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. esp.,
pág. 321.
cuantos
intenten levantar la
mano contra la
gran
Unión Soviética.
Después de la segunda guerra mundial, se operó un
cambio radical en la correlación de fuerzas entre el campo del socialismo y el
del imperialismo. La U.R.S.S. ya no está sola. El campo socialista abarca hoy
cerca de 900 millones de hombres. Y esta fuerza poderosa e invencible es una
fuerza ascendente, al paso que el mundo capitalista vive una crisis
profundísima e incurable. La burguesía imperialista busca la salvación del
capitalismo en la guerra contra el campo socialista. Con toda seguridad puede
afirmarse que si los imperialistas se decidieran a cometer semejante
locura y a
desencadenar una nueva guerra
mundial, su aventura conduciría al derrumbamiento de todo el sistema del
capitalismo mundial. Esta convicción tiene su base en la experiencia histórica
de la primera guerra mundial y de la segunda. La primera guerra mundial terminó
con el triunfo de la revolución socialista en Rusia. La segunda hizo que se
desprendiesen del sistema capitalista toda una serie de países en Europa y
Asia.
Pero, cuanto más se agudizan las contradicciones en
el campo del imperialismo, cuanto mayores son
las dificultades con que en él se tropieza, más se
deja llevar la burguesía
de impulsos aventureros;
la
burguesía ha buscado y seguirá buscando la solución
a sus dificultades y contradicciones por el camino de desencadenar nuevas
guerras. El peligro
de la
intervención contra la U.R.S.S. y los países de
democracia popular sólo
llegará a conjurarse
totalmente cuando se acabe con el cerco capitalista.
Solamente cuando desaparezcan los
Estados
imperialistas desaparecerán los intentos de
intervenciones guerreras y, en relación con ello, los intentos de restauración
del capitalismo. Y el cerco
capitalista sólo desaparecerá cuando triunfen las
revoluciones socialistas en el conjunto de los países
capitalistas más importantes.
De donde se sigue que el triunfo de la revolución
proletaria en los
países capitalistas no
interesa
solamente a los trabajadores de estos países, sino
que interesa también a los trabajadores de la U.R.S.S. y
de los demás países del campo socialista, ya que la
suerte del socialismo triunfante en un país depende, entre otros factores, de
la suerte del socialismo en los
demás países. De otra parte, la suerte del
movimiento de liberación nacional en otros países se halla muy
estrechamente
relacionada con los
éxitos logrados por la construcción
del socialismo en la U.R.S.S. y con
los de la
construcción del socialismo
en los
países de democracia popular, con el fortalecimiento
de la potencia económica, política y cultural y de la
capacidad defensiva de la Unión Soviética y de las
democracias populares.
La
teoría leninista acerca
de la posibilidad
del
triunfo inicial del socialismo en un solo país es,
al mismo tiempo, la
teoría del desarrollo
de la
revolución proletaria mundial.
La
Revolución Socialista de
Octubre no es simplemente una
revolución encerrada dentro
de
marcos nacionales, sino que es, por su carácter una
revolución internacional, parte de la revolución
proletaria mundial. El triunfo de la revolución soviética ha abierto, en
efecto, la época de la revolución proletaria mundial. La Revolución Socialista
de Octubre ha inaugurado la época de las revoluciones proletarias
en los países
del imperialismo y la
época de las revoluciones
coloniales antiimperialistas, que forman parte integrante de la revolución
proletaria mundial.
La Gran Revolución Socialista de Octubre es la
expresión de la crisis general del sistema capitalista.
Y, al mismo tiempo, el desprendimiento de la Unión
Soviética del sistema capitalista ha sido el punto
de partida para todo el proceso de ahondamiento y agudización de la crisis
general del capitalismo. Con el triunfo del socialismo en la U.R.S.S., ha
dejado de existir el capitalismo como un sistema económico único y universal, y
el mundo se ha dividido en dos sistemas: el del capitalismo y el del
socialismo. La Revolución de Octubre ha asestado un formidable golpe al sistema
imperialista. Ha ejercido una profunda influencia revolucionaria sobre los trabajadores
de todos los países y les ha servido de formidable ejemplo inspirador. La
Revolución de Octubre fué el comienzo de la revolución proletaria mundial y la
base para el desarrollo de ésta.
Pero el triunfo del socialismo en la U.R.S.S. no
significa que, después de él, la revolución mundial
haya de producirse
como un acto
simultáneo. La
revolución socialista mundial se desarrolla y
seguirá desarrollándose mediante el desgajamiento revolucionario de una serie
de nuevos países del sistema del imperialismo. Después de la segunda guerra
mundial, se desprendieron del capitalismo un conjunto de países de la Europa
Central y Sudoriental y de Asia.
En el ensanchamiento de
la ruptura del
frente imperialista después de la segunda guerra mundial
desempeñó importante papel la victoria de la Unión
Soviética sobre la Alemania hitleriana y el Japón
imperialista. El ejército soviético, al aniquilar a las tropas fascistas
alemanas, abría el
camino a las fuerzas revolucionarias interiores en los
países del centro y el sudoriente de Europa. La victoria de la Unión Soviética
en la segunda guerra mundial liberó a China del imperialismo japonés, despejó
ante el gran pueblo chino el camino hacia la conquista de la independencia
nacional y hacia el aplastamiento de las
fuerzas reaccionarias del
interior del país y
aceleró el triunfo de la revolución popular en China. Apoyándose en la ayuda de
la Unión Soviética, la dictadura de la democracia popular aglutina a las masas
trabajadoras de China en torno al proletariado socialista, lleva a cabo con
éxito la industrialización
socialista del país, eleva el nivel de la economía y
la cultura populares e implanta profundas transformaciones económico-sociales y democráticas. La China revolucionaria ha entrado
en el período de creación de las bases económicas del socialismo, y este hecho
encierra una significación histórica mundial.
Después de desprenderse del sistema capitalista los
países de democracia popular de Europa y Asia,
ha entrado en una nueva fase de ahondamiento y
agudización la crisis general del capitalismo mundial.
La etapa actual de la crisis general del capitalismo
se caracteriza por una descomposición cada vez más acentuada del
sistema capitalista mundial.
A ello
contribuye poderosamente el creciente poderío
económico de los
países del campo
socialista.
Exponente de la profundización cada vez mayor de la
crisis general del sistema mundial del capitalismo es la desintegración del
mercado mundial único
y
universal, como resultado económico, el más
importante de todos, de la segunda guerra mundial.
La U.R.S.S., China, la República Popular de
Mongolia, el Vietnam, la Corea del Norte, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, Bulgaria,
Albania y la República Democrática Alemana han
formado un nuevo
mercado mundial, paralelo
al
mercado mundial del capitalismo.
En los países del campo democrático, socialista,
sube constantemente el
nivel de vida
material y
cultural de los trabajadores, gracias al desarrollo
ininterrumpido de la producción. El intenso ritmo de
incremento
de la producción
industrial en estos países los pone en condiciones de
exportar por sí
mismos, en corto plazo, una cantidad cada vez mayor
de mercancías.
Por lo que
se refiere al
mercado mundial
imperialista, vemos cómo va contrayéndose más y más,
al divorciarse de la U.R.S.S. y de los países democráticos, a consecuencia de
la política imperialista de los Estados Unidos; y la contracción del mercado
capitalista trae consigo, además, en los países del capitalismo, el aumento del
empobrecimiento de las masas, las inevitables crisis periódicas de producción y
el incremento del paro forzoso. Del hecho de la desintegración del mercado
mundial único se desprende "que la esfera de explotación de los recursos
mundiales por los principales países capitalistas (los Estados Unidos,
Inglaterra y Francia) no va a ampliarse, sino a reducirse, que las condiciones
del mercado mundial de venta empeorarán para esos países, extendiendo y
profundizando en ellos el fenómeno de las empresas que no trabajan a pleno
rendimiento. En esto, justamente, consiste la profundización de la crisis
general del sistema capitalista mundial, profundización relacionada con la
disgregación del mercado mundial".151
Otro importante factor de profundización de la
crisis general del capitalismo es la militarización de la economía nacional,
implantada por los gobiernos de los países imperialistas. En los presupuestos
de los Estados capitalistas aumentan sin cesar los gastos destinados a
armamentos. Durante el
período de
1937-38 a 1952-53, los gastos directos de guerra de
los Estados Unidos aumentaron casi en 60 veces y los de Inglaterra en 10 veces,
aproximadamente. Y la inflación de la producción de guerra ahonda la
desproporción entre las posibilidades productivas y la demanda solvente cada
vez menor de la población, conduciendo
en último resultado
al incremento de una nueva y profunda crisis económica.
La
crisis general del
capitalismo mundial no abarca solamente la economía, sino que se
extiende también a la política. Expresión política de esta crisis es la pérdida
de la autoridad político-moral de la burguesía entre el pueblo. En el discurso
pronunciado en el XIX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, J.
V. Stalin ponía de relieve las causas a que obedece el debilitamiento político
de la burguesía contemporánea. Cuando la burguesía era una clase
progresiva, se permitía
mantener una actitud liberal,
defendía las libertades democrático- burguesas y se ganaba, así, cierta
popularidad entre el pueblo. La burguesía de nuestro tiempo se ha convertido en
una fuerza reaccionaria, en el peor enemigo del movimiento de liberación. Del
liberalismo de la burguesía no queda, hoy, ni rastro. Se ha
echado por la
borda la bandera
de la democracia burguesa.
Antes, la burguesía defendía los derechos y la independencia de las naciones,
se consideraba el adalid de los movimientos nacionales. Hoy, vende por dólares
los derechos y la independencia de las
naciones. Ha echado
por la borda la bandera de la
independencia y la soberanía nacionales.
Exponente
económico y político
del ahondamiento de la crisis general del capitalismo mundial es
la agudización de
las contradicciones entre los
países imperialistas y, en el seno de estos mismos países, entre la clase
obrera y todas las masas trabajadoras, de una parte, y de otra, la burguesía
imperialista.
Rasgo característico del capitalismo
contemporáneo es la
nueva y más
profunda
agudización
de la crisis
y el comienzo
de la
desintegración del sistema colonial del
imperialismo. El triunfo de la revolución popular en China, que encontró su
ejemplo inspirador en
la Revolución Rusa de Octubre, se
ha convertido ahora, a su vez, en ejemplo inspirador para la lucha
revolucionaria de los pueblos de las colonias y países dependientes. Bajo la
influencia del triunfo del pueblo chino se desarrolla la lucha revolucionaria
de liberación nacional en Marruecos, Indonesia, Malaya, Birmania,
151 J. V.
Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la
U.R.S.S., ed. esp., pág. 30.
las Filipinas y otros países oprimidos por el
imperialismo. Un formidable
hecho en el movimiento de liberación nacional fué el
triunfo del pueblo coreano en su movimiento
de liberación contra los
invasores norteamericanos y sus agentes, los lisimanistas. Los imperialistas
norteamericanos y sus satélites, que encubrían su guerra de rapiña bajo la
bandera de la Organización de Naciones Unidas, fueron derrotados y fracasaron
en sus designios anexionistas. Viéronse obligados a concertar un armisticio en
Corea sobre aquel mismo paralelo 38 en que habían desencadenado la guerra. El
heroico pueblo coreano, sostenido por la ayuda de los voluntarios populares
chinos, demostraron al mundo que los imperialistas son impotentes para reducir
a un pueblo, cuando éste lucha por su independencia y su libertad.
El ahondamiento de la crisis general del capitalismo
mundial hace que el sistema mundial del
capitalismo sea hoy más débil e inestable que en
cualquier otra época anterior. Son considerablemente
mayores,
hoy, las premisas
objetivas y subjetivas para el triunfo de las
revoluciones socialistas en los países del capital.
Las particularidades de la actual etapa de la crisis
general del capitalismo mundial imprimen su sello a
la
disposición de las fuerzas
motrices de la revolución, que
crean condiciones propicias para la formación
de amplias coaliciones
populares, en la
lucha contra el imperialismo. En la época del
imperialismo, la distribución de las fuerzas de clase
hace posible la transformación de la revolución
democrático-burguesa en revolución socialista.
Como resultado de la profundización cada vez mayor
de la crisis general del capitalismo mundial y de las particularidades que esta
crisis presenta en la actual
etapa,
se crea también
en aquellos países directamente abocados a la revolución
socialista una
nueva
disposición de fuerzas
favorable al proletariado.
La
burguesía se halla
en quiebra, económica,
política e ideológicamente. No puede sustraer a la
sociedad a la catástrofe económica. No puede garantizar al pueblo la paz, la
independencia nacional y la democracia. Las armas y los métodos políticos de la
burguesía imperialista son, hoy, el fascismo y la guerra. La burguesía de
nuestro tiempo carece de grandes ideales progresivos. Su ideología es
totalmente reaccionaria y no tiene otra médula que el odio al socialismo, al
progreso, a la democracia, a la soberanía nacional, a todos los trabajadores. Sólo
existe, hoy, una fuerza capaz de levantar la bandera de las libertades
democráticas y de la independencia nacional y de conducir tras sí y hacia la
victoria a todas las fuerzas patrióticas y amantes de la libertad. Esta fuerza
es el proletariado y su partido marxista-
Los partidos comunistas de los países capitalistas,
teniendo en cuenta estas nuevas condiciones y posibilidades, se esfuerzan por
aglutinar en torno al proletariado a las más extensas capas de la nación. En el
programa del Partido Comunista de la Gran Bretaña, se destaca la tarea de
"crear una amplia coalición popular o agrupación de todas las capas
trabajadoras: de la clase obrera organizada, de todos los representantes del
trabajo manual e intelectual, de las personas de las profesiones liberales y de
la intelectualidad técnica, de todas las capas bajas y medias de
la población en
la ciudad y
de los granjeros en el
campo", con el fin de que esta unidad de fuerzas llegue a
"transformarse en un movimiento lo suficientemente fuerte para infligir
una derrota a los ricos y a sus seguidores en el seno del partido laborista y
asegurar la paz y el porvenir para todos los trabajadores".152
El entrelazamiento y la combinación de los
intereses de clase
del proletariado y
de todos los
trabajadores
con los objetivos
nacionales, en un
movimiento unido de todo el pueblo, encabezado por
la clase obrera, ensancha la base social de la revolución socialista y facilita
el triunfo de ésta.
Los imperialistas sólo mantienen su dominación
porque la clase obrera se halla dividida y una parte de
ella se mantiene bajo la influencia de los
dirigentes de los socialistas de derecha y de los burócratas sindicales, en
cargados de embotar la sensibilidad de
los obreros y de adormecer su conciencia
revolucionaria de clase. La ideología y la política de
estos capituladores se limitan a mantener y apoyar
el sistema capitalista. Estos agentes de la burguesía en
el seno del proletariado, se vuelven de espaldas a
los intereses de la clase obrera y de su nación. Y, a la par con ello,
cumplen el papel
de cómplices en la
opresión de los pueblos de las colonias y los países
dependientes por el imperialismo.
Pero, a pesar del terror fascista desplegado por los
países imperialistas y de los esfuerzos hechos por los dirigentes de los
socialistas de derecha, se ensancha y
se
fortalece cada vez
más el movimiento
de liberación en los países del capitalismo. A la cabeza
de la lucha de liberación de los trabajadores
marchan los partidos comunistas. Los comunistas, fieles al
internacionalismo proletario, difunden
entre las
masas trabajadoras las doctrinas del marxismo-
leninismo, las ideas de la solidaridad internacional,
de la revolución proletaria, de la dictadura del
proletariado y del socialismo, las ideas de la lucha de liberación nacional.
Los partidos comunistas
preconizan en sus países la consecuente lucha de
clases de los
obreros y de
todos los trabajadores
contra los explotadores y por el socialismo y
encabezan la lucha de los pueblos por la paz, por la democracia y por la
soberanía nacional.
leninista, que agrupa en torno suyo a todas las
masas
trabajadoras.
152 "Los
caminos de la Gran Bretaña hacia
el socialismo", en
Bolshevik, ed. rusa, número 3. 1951, pág. 58.
Hoy, los trabajadores de los países capitalistas no
sólo conocen el socialismo como una aspiración programática, sino que lo ven,
además, realizado en la U.R.S.S., y
ello hace que
las ventajas del socialismo sobre el capitalismo
aparezcan cada vez más claras ante los ojos de las más extensas masas. Son los
hechos irrefutables los que saltan a la vista y hablan por
sí mismos a
los pueblos de
todos los países. Estos han visto
cómo el país del socialismo salvó
al mundo de
la hecatombe, cuando
el hitlerismo hacía pesar sobre ellos un peligro mortal. Ven cómo los
países del campo del socialismo y de la democracia, encabezados por la Unión
Soviética, luchan tenaz y consecuentemente por la paz entre los pueblos y hacen
que se estrellen los planes de los incendiarios imperialistas de la guerra. Ven
que la Unión Soviética y los países de democracia popular son los
únicos en que
no existen crisis
ni paro forzoso y donde el
bienestar material y el nivel cultural de los trabajadores se eleva
incesantemente, los únicos en que el Estado se halla al servicio de los que
trabajan. Todo lo cual viene a iluminar las causas de que nacen los vicios y la
podredumbre del capitalismo y señala a los pueblos de los países capitalistas hacia
dónde deben marchar y por qué caminos. He aquí por qué el socialismo puede
vencer totalmente al capitalismo mediante la emulación pacífica entre los dos
sistemas, sin que para llevarlo al triunfo en el mundo entero sean necesarias
las guerras ni las revoluciones de exportación. La agudización de las
contradicciones del sistema capitalista y los éxitos logrados por el sistema
del socialismo se encargan de despertar la conciencia revolucionaria en los
trabajadores de los países capitalistas y de hacer germinar y madurar en ella,
cada vez más, la idea del asalto contra el imperialismo. El curso de la
historia hace que la revolución
proletaria mundial se
desarrolle y extienda inevitablemente por
medio del desgajamiento de nuevos
y nuevos países del sistema del imperialismo.
Resumen.
La revolución social es la ley que preside el paso
de una formación social a otra. El problema fundamental de toda revolución es
el de la conquista
del Poder del Estado por la clase revolucionaria.
La revolución socialista presenta
ciertos puntos de afinidad con
cualquiera otra revolución social (la
abolición de las relaciones de producción anteriores
y la afirmación de otras nuevas, la implantación de
la dictadura de la
nueva clase), pero se distingue
profundamente de las demás por su carácter y sus
resultados, tales como el de establecer, en lugar de
la propiedad privada
sobre los medios
de producción, la propiedad
social, socialista, sobre ellos, acabando sobre esta base con
todas y cada una de las formas
de explotación y
de opresión del
hombre por el hombre.
Bajo las condiciones del imperialismo, la revolución
proletaria, socialista, se ha hecho
directa
y prácticamente
inevitable. En esta
revolución, el
proletariado encuentra sus aliados en las masas
trabajadoras semiproletarias de
la ciudad y el
campo, así como en los millones de trabajadores
y explotados que forman las naciones oprimidas por el imperialismo.
El
imperialismo, al convertirse
en un régimen cada vez más reaccionario en toda la línea y al reforzar su opresión de clase y nacional, engendra múltiples y diversas formas
de lucha por la liberación. El proletariado, colocándose a la cabeza de esta lucha, la
encauza hacia el torrente revolucionario general contra el imperialismo. La
desigualdad de desarrollo económico y político de los países
capitalistas, bajo el imperialismo, crea
la posibilidad de que la cadena del imperialismo se rompa por sus eslabones más
débiles, la posibilidad de que el socialismo comience triunfando en un solo
país por separado. Y esta posibilidad fué convertida en realidad por la clase
obrera de Rusia, bajo la dirección del Partido
Comunista, en octubre
de
1917. El triunfo del socialismo en un solo país
sirvió de ejemplo inspirador y de poderoso estímulo revolucionador, que
facilitó y aceleró la ofensiva revolucionaria de los trabajadores de otros países contra, sus opresores.
El triunfo de la revolución socialista en todos los
países es inevitable. Y se llevará a cabo mediante el desgajamiento, con
arreglo a leyes, de nuevos y nuevos países del sistema del imperialismo y de su
paso al campo del socialismo.
CAPITULO VIII. LA TEORÍA MARXISTA-LENINISTA DE LA NACIÓN Y LOS
MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN NACIONAL.
En el capítulo anterior, hemos visto cómo los
movimientos de liberación nacional de los países coloniales y dependientes
constituyen, en nuestra época, parte integrante de la revolución socialista
mundial. La solución del problema nacional y colonial, importantísimo problema
teórico y práctico de la revolución socialista y de la dictadura del
proletariado, forma parte de las transformaciones democráticas y socialistas,
que han de llevar a toda la humanidad
del capitalismo al
socialismo. El programa del
Partido Comunista acerca
de la cuestión nacional se basa
teóricamente en el materialismo histórico, la ciencia de las leyes del
desarrollo social y que incluye la teoría marxista de la nación.
1. La teoría marxista de la nación.
El desarrollo de la sociedad, determinado por el
desarrollo de los modos de producción, engendra
comunidades humanas como son la gens, la tribu, la
nacionalidad y la nación. Al modo de producción de
la comunidad primitiva correspondía la organización
gentilicia de la sociedad. La gens era un grupo económico-social aparte,
independiente, formado por personas
unidas entre sí
por vínculos de descendencia común. Al desarrollarse las
fuerzas productivas, las "gentes" crecieron, se desarrollaron, se
separaron unas de otras y se agruparon en uniones, en tribus, las cuales, a su
vez, pasaron a formar agrupaciones tribales.
Con la aparición de la propiedad privada y de las
clases, declinó el régimen de la comunidad primitiva.
Los
individuos de las
distintas "gentes" y
tribus
agrupados
por vínculos de
descendencia común fueron mezclándose
cada vez más entre sí y estableciéndose
en el mismo
territorio; y así surgieron las llamadas tribus
territoriales. Las tribus salieron de su aislamiento y perdieron su existencia
independiente y el gobierno tribal fué transfiriéndose al Estado, la
organización de la clase dominante en la sociedad. Dentro del Estado, los
individuos ya no se agrupan por el parentesco, sino sobre bases
territoriales. Las nacionalidades surgieron
de las tribus unidas por la
comunidad de lengua, en el período de transición del régimen de la comunidad
primitiva al de la sociedad de clases.
La sociedad esclavista era un conglomerado de
tribus y
nacionalidades. La nacionalidad
rusa, al igual que
otras del mismo
país, surgió en
la transición del régimen de la comunidad primitiva al modo feudal de
producción, al alborear la Edad Media. Así nacieron también las nacionalidades
de otros muchos países.153 La nacionalidad no es todavía la nación, sino una
agrupación de tribus afines por su idioma y origen, que viven en el mismo
territorio.
Las naciones surgen al desaparecer la dispersión
feudal, en la época del capitalismo ascensional, sobre la base de la comunidad
de vida económica, relacionada, a su vez, con la creación del mercado nacional.
La nación no debe confundirse con la raza o la
tribu, ni con la comunidad estatal o religiosa de los pueblos, como pretenden
hacer creer la sociología y la historiografía burguesas.
La nación no es una comunidad de raza ni de tribu.
Está formada por individuos pertenecientes a
tribus y razas
diversas. La nación
italiana, por
ejemplo, fué integrada por romanos, germanos,
etruscos, griegos, árabes, etc. La nación francesa la formaron galos, romanos,
bretones, germanos, etc. Y otro tanto podríamos decir de las naciones inglesa,
norteamericana, alemana, etc., formadas por hombres de distintas razas y
tribus.154
Las
diferencias raciales entre
los hombres se basan en rasgos biológicos externos, como
el color de la piel, del cabello, etc. Estas diferencias son el resultado de
una larga existencia de los hombres en medios geográficos diversos, y se
manifestaban ya antes de aparecer las tribus y nacionalidades y antes, por
supuesto, de que surgieran las naciones.
La comunidad nacional no es tampoco la
comunidad de Estado.
La gens, la
tribu, la
nacionalidad
y la nación
requieren una lengua común, requisito que no siempre se
da, en cambio, en
el Estado. Los imperios de las épocas esclavista y
feudal, por ejemplo
los de Ciro
y Alejandro de
153 F. Engels, El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado, caps. III y VIII, en "Obras escogidas" de C.
Marx y F. Engels, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1952, y también
Archivo de Marx y Engels. ed. rusa, t. IX. págs. 88, 121,
141, 151 y 159.
154 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
II, pág. 312.
Macedonia o el de Carlomagno, eran conglomerados de
tribus y nacionalidades, que hablaban distintas lenguas. Y en la actualidad,
existen muchos Estados - burgueses y socialistas- integrados por diversas
naciones, que hablan sus propias lenguas nacionales.
La lengua nacional es producto de todo la historia
del pueblo, plasmado y consolidado como nación. La
lengua nacional se desarrolla partiendo de la lengua
de la nacionalidad correspondiente, y ésta tomando
como punto de partida la de las tribus que integran la
nacionalidad de que se trata. Sin la comunidad de
idioma los hombres no podrían relacionarse unos con
otros, ni crear una comunidad gentilicia, tribal, una nacionalidad ni una
nación.
La comunidad de lengua es, por tanto, uno de los
rasgos esenciales de la nación, pero no el único. Los
ingleses
y los norteamericanos, por
ejemplo, hablando el mismo idioma, forman dos naciones distintas. ¿Por
qué? Ante todo, porque no habitan un
territorio común. La nación se forma siempre como
resultado de una convivencia prolongada y continua
entre los hombres que viven en un mismo territorio.
La comunidad de territorio, es también, por tanto, un rasgo de
los característicos de
la nación. Pero
tampoco ella, por sí sola, basta para que la nación
surja.
Para ello se requiere, además, que los hombres que
hablan la misma lengua y habitan el mismo territorio se hallen unidos por lazos
económicos. Y
estos lazos surgen con la aparición del capitalismo.
Las tribus eslavas de la Rusia de Kiev (siglos IX a
XII) constituían un pueblo, pero aún no formaban, en
aquel tiempo, una nación. La nación rusa comenzó a formarse en
la Rusia moscovita
a partir del
siglo XVII, al acabarse con la dispersión feudal y operarse la
unificación de los "territorios" económicamente inconexos y de los
principados rusos en un todo económico único, mediante el desarrollo de los
oficios, del comercio y la creación de un mercado único para toda Rusia.
Poniendo al desnudo la concepción idealista burguesa
del populista Mijailovski, según el cual los
vínculos nacionales no eran sino la continuación y
generalización de los vínculos gentilicios, Lenin
demostró que la creación de los lazos nacionales significaba históricamente la
creación de los nexos burgueses, por ser la burguesía la que encabezaba el
proceso de desarrollo de la nación y del mercado nacional.155 Stalin, por su parte, ha evidenciado este
proceso histórico poniendo como ejemplo la formación de la nación georgiana,
que no se constituyó como tal hasta la segunda mitad del siglo XIX. A este tipo
de naciones quería referirse Lenin cuando en 1914 escribía lo siguiente:
"Las naciones representan el producto y la forma inevitable de la época
burguesa de desarrollo social".156 Y J. V. Stalin
155 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. I,
págs. 137-138.
156 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t: XXI,
pág. 56.
tenía en cuenta
las mismas naciones
al decir que éstas surgen en la época del capitalismo
ascensional.
El
proceso de formación
de las naciones burguesas se
presenta en distintos
países, en
momentos diversos y en diferentes condiciones
históricas. Los imperialistas norteamericanos,
ingleses y de otros países apoyan en las colonias
las relaciones feudales, e incluso los vestigios de la esclavitud, frenan y
aplastan con ello el proceso de
nacimiento y consolidación de la nación; pero este
proceso sigue su
marcha, a pesar
de todo, pues
también allí se desarrolla el capitalismo, se crea
una industria, surge un mercado nacional y crecen la burguesía y el
proletariado nacionales.
Las condiciones históricas peculiares en que se
forma y desarrolla la nación determinan la peculiar
fisonomía espiritual de ésta. Los ingleses, los
norteamericanos, los irlandeses, a pesar de hablar el mismo idioma, son tres
naciones distintas en vez de
una sola, y a ello contribuye también en
considerable medida la peculiar
formación espiritual creada
en
cada una de estas tres naciones, como consecuencia
de las condiciones especiales de su vida social, a lo largo de muchas
generaciones.
La fisonomía espiritual de la nación refleja las
condiciones de la vida material del pueblo, su modo
de vida particular, su historia, los acontecimientos
trascendentales que han dejado honda huella en su vida y
el desarrollo ulterior
de la nación.
La
fisonomía espiritual de la nación, o el carácter
nacional como también suele llamársele, es algo de
por sí imperceptible, pero que puede ser captado por
cuanto se manifiesta en la cultura
nacional, en las
características de ésta, por ejemplo, en las
imágenes de los héroes de la literatura y el arte amados por el pueblo, en sus
melodías y canciones, en las danzas
populares, en la epopeya nacional, en los refranes y
proverbios, en la pintura, la música, etc.
En la cultura del pueblo ruso, por ejemplo, en sus
leyendas y proverbios, en su literatura, su pintura y su música, etc., se
expresa la fisonomía espiritual de
la nación rusa, el carácter nacional. Carácter que
refleja, a su vez, las condiciones materiales de la vida
social del pueblo ruso, su modo de vida, los
acontecimientos más importantes de su historia: el trabajo en medio del rigor
de la naturaleza, la lucha
contra los invasores extranjeros, contra la opresión
social, etc. De estas características de la historia del
pueblo
ruso, han brotado
sus grandes cualidades, entre las que Stalin señalaba la
claridad de juicio, la firmeza de carácter,
la paciencia razonable
y el
impulso revolucionario.
Vista en su desarrollo, la fisonomía espiritual de
la nación se manifiesta tanto en el contenido como en
la forma de la cultura nacional. La forma nacional
de
la cultura no existe al margen de su contenido y
éste, a su vez,
reviste siempre una
determinada forma
nacional.
Toda cultura tiene
un carácter nacional,
pues tanto el contenido como la forma de la cultura
nacional reflejan la vida de la nación, las características de su historia y de
su modo de ser. El conjunto de medios específicos de expresión de la cultura de
una nación constituye la forma nacional de dicha cultura. Estos medios son,
principalmente, el idioma y las formas específicas del arte nacional, de su
cultura, determinadas, asimismo, por las particularidades de su historia y del
modo de vida nacional.
Cada cultura nacional representa la aportación de
la ración de
que se trata
al acervo común
de la
cultura universal, que viene a ser enriquecida, así,
con esa contribución. Los trabajadores -la fuerza
fundamental del proceso de producción, exponentes
de los mejores rasgos de la fisonomía espiritual de
la
nación y creadores de su idioma y su cultura-
constituyen la fuerza básica de la nación.
Sintetizando el proceso histórico de formación y
desarrollo de las naciones, Lenin y Stalin crearon
la teoría marxista de la nación, según la cual "la nación es una comunidad
humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad
de cuatro rasgos principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio,
de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de
peculiaridades específicas de la cultura nacional.157
Solo la conjunción
de estos cuatro
rasgos esenciales forma la nación. Los intentos de añadir a
estos cuatro rasgos otro, a saber, la existencia de
un
Estado nacional, son profundamente erróneos. Ello
equivaldría a excluir de la categoría de nación a las
naciones oprimidas por el imperialismo que carecen
de un Estado propio. La incorporación de este quinto
requisito conduciría, asimismo, a la absurda conclusión de que las naciones de
la Unión Soviética, por ejemplo, que
han convenido en
unir sus repúblicas soviéticas
nacionales en un solo Estado, el Estado de la U.R.S.S., han perdido su
existencia nacional.
La sociología burguesa reaccionaria considera la
nación desde un punto de vista metafísico e idealista,
como
algo eterno, invariable, que
existe fuera del
tiempo y del espacio. Así surgen las teorías de los
racistas, los nacionalistas y los socialistas de derecha acerca de la nación.
Según el teórico socialista de derecha austriaco K. Renner (R. Springer), la
nación "es una agrupación de hombres que piensan y hablan del mismo modo o
"una comunidad cultural de un grupo de hombres que conviven en el tiempo,
no vinculada al "suelo". Para
Renner, hombres que viven en diferentes países, es decir,
sobre diferentes territorios y económicamente desligados unos de otros, también
pueden formar una nación. Según la teoría de otro revisionista austriaco, O,
Bauer, no son rasgos distintivos de la nación ni la comunidad de
157 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
XI, pág. 355 y t. II, pág. 316.
territorio y de vida económica, ni la comunidad de
idioma. Al separar la nación de su territorio y de la base económica que la ha
engendrado, reduciéndola así a una "comunidad cultural" o al
"carácter nacional", O. Bauer y K. Renner convierten a la nación en
algo inmaterial, en una especie de fuerza invisible, misteriosa, parecida al
"espíritu nacional" cavilado
por los idealistas.
Mofándose de estas teorías idealistas, J. V. Stalin
escribía que una nación así no era una nación real, que viviese en la tierra,
sino una
entidad imperceptible, mística,
de ultratumba.
La teoría de Bauer y Renner no sólo es idealista y
metafísica, sino que es, además, nacionalista, ya que
corre un velo sobre los antagonismos de clase
existentes en el
seno de la
nación burguesa,
predicando la "unidad" de pensamiento y de
intereses entre explotados y explotadores; es decir, la sumisión de los
primeros a los segundos.
Se
comprende que una
teoría así haya
sido defendida por los ideólogos de la reacción
imperialista. Así, por ejemplo, el conocido ideólogo
del paneuropeísmo, conde Kudenhof-Kalergi, actualmente profesor de Historia de
la Universidad
de Nueva York, en un librillo titulado La nación
europea, define la
nación como "una
comunidad
espiritual, aglutinada por un profeta común, jefe,
educador y maestro". Propalando la consigna de "los Estados Unidos de
Europa", ya denunciada por Lenin
en 1915 y ahora puestos, naturalmente, bajo la égida
de los imperialistas norteamericanos y sus agencias,
Kudenhof-Kalergi hace propaganda en favor de los
planes de esclavización
de los pueblos
por los
imperialistas yanquis y sus socios de la Alemania
Occidental.
Tratando de paliar los antagonismos de clase en el
seno de las naciones burguesas y de "fundamentar"
los
objetivos de conquista
de los imperialistas
norteamericanos, E. Ross, F. Bogardus, B. Russel, G.
Mess, G. Kohn y otros propagandistas del racismo, el nacionalismo y el
cosmopolitismo, hacen brotar la nación del "espíritu nacional", de la
"conciencia nacional". Sostienen, asimismo, que esta conciencia
nacional, e incluso la propia nación y la soberanía nacional, así como la
libertad y la independencia de todas las naciones, salvo la norteamericana y la
inglesa, son "prejuicios" ya pasados de moda, con los que "es
hora de acabar", instaurando un "gobierno mundial", es decir, la
dominación mundial de los imperialistas yanquis. Estas teorías reaccionarias,
que nada tienen que ver con la ciencia, sirven a los fines de los imperialistas
norteamericanos, que aspiran a imponer su dominación mundial y a avasallar a
todos los pueblos del mundo.
La
teoría marxista-leninista de
la nación es la
única auténticamente científica. Esta teoría explica la
aparición y el desarrollo de las naciones, así como
su conciencia, por sus
condiciones de vida
material;
señala a todas las naciones del mundo el camino de
su liberación del yugo imperialista y demuestra que las naciones, como todo
fenómeno histórico, nacen, se desarrollan y están llamadas a morir.
La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió la
era de la formación y desarrollo de las nuevas naciones, de las naciones
socialistas, radicalmente distintas de las naciones burguesas. Ya antes de la
revolución, en 1916, Lenin había previsto el nacimiento de las naciones
socialistas, a la par que el desarrollo de la colaboración fraternal entre
ellas y su voluntaria aproximación.
Las naciones burguesas se hallan divididas en clases
antagónicas, en una minoría explotadora y una
mayoría explotada. Y este antagonismo de clases
determina, asimismo, las
formas antagónicas del
desarrollo de la nación y de la cultura nacional, al
mismo tiempo que estampa su huella en la fisonomía espiritual de la nación. En
ellas, la fuerza principal y
dirigente es la burguesía, que predica, en el
interior de la nación, la "paz de clases" en bien de la "unidad
nacional" al parecer, pero de hecho, en aras de
la explotación de los trabajadores de la propia nación. La burguesía aspira a
ensanchar el territorio de su
propia nación mediante la conquista de territorios
extranjeros, atiza la
desconfianza y el
odio hacia
otras naciones y aplasta a las minorías nacionales.
Tal es la fisonomía social y política de las naciones burguesas.
Las naciones socialistas han surgido y se han
desarrollado, por primera vez, en la Unión Soviética,
sobre la base de la dictadura del proletariado y
bajo la dirección de
la clase obrera
y de su
Partido
Comunista, que aplica consecuentemente los
principios del internacionalismo en el proceso de la edificación socialista, de
la liquidación de las clases
explotadoras, exponentes de la opresión nacional, y
en lucha intransigente contra
el nacionalismo
burgués. Las naciones socialistas surgen,
igualmente, en los países de democracia popular.
Caracterizando las naciones socialistas, en 1929,
cuando aún no habían sido completamente liquidadas
las clases explotadoras en la U.R.S.S., J. V. Stalin escribía lo siguiente:
"La clase obrera y su partido internacionalista
constituyen la fuerza
que cimenta estas
nuevas
naciones y las dirige. Alianza de la clase obrera y
el campesinado trabajador en el interior de la nación
para eliminar los restos del capitalismo en aras de
la edificación socialista triunfante; exterminio de los restos de la opresión
nacional en aras de la igualdad
de derechos y del libre desarrollo de las naciones y
de las minorías nacionales; destrucción de los restos
del nacionalismo en aras de la instauración de la
amistad entre los pueblos y del triunfo del internacionalismo; frente
único con todas
las
las guerras anexionistas, en la lucha contra el
imperialismo: tal es la fisonomía moral, social y política de estas naciones.
Estas naciones deben ser calificadas de naciones
socialistas".158
Las naciones socialistas han surgido sobre la base
de las viejas naciones, de las naciones burguesas,
sobre sus ruinas, como resultado de la destrucción del capitalismo y de la
transformación revolucionaria de las naciones bajo el espíritu del socialismo.
Las naciones socialistas de la U.R.S.S. -la rusa, la ucraniana, la bielorrusa,
la georgiana, la armenia, la azerbaidzhana, la uzbeka, la kazaja, la tártara,
la bashkira, la lituana, la estonia, la letona, la moldava y todas las demás-
se distinguen radicalmente de las viejas
naciones burguesas, que
allí existían antes, tanto por su composición de clase y su
fisonomía espiritual como por sus aspiraciones sociales y políticas. Estas
nuevas naciones tienen mayor vitalidad y se hallan mucho más unidas que
cualquier nación burguesa "por estar libres de las irreconciliables
contradicciones de clase que corroen las naciones burguesas y ser mucho más
populares que cualquiera de ellas".159
Las naciones socialistas están formadas por las
clases trabajadoras, liberadas de la explotación; les sirve de aglutinante la
unidad moral y política, ya que en la sociedad socialista no existen clases
explotadoras. Estas naciones albergan una nueva comunidad de la vida económica,
nacida del sistema económico y socialista,
y acusan una
nueva fisonomía moral y política, que se manifiesta en la comunidad de
cultura, nacional por la forma y socialista por el contenido. En la fisonomía
espiritual de estas naciones se reflejan los rasgos del régimen socialista, que
les ha dado vida. Las naciones socialistas son fuerzas innovadoras y
constructoras de la sociedad
comunista; están educadas
en el espíritu del patriotismo soviético,
de la amistad entre los pueblos, de la igualdad racial y del respeto a los
derechos de otras nacionalidades. Naciones así no existían ni podían existir
antes del socialismo.
Habiendo desenmascarado la política imperialista
de asimilación violenta
de las naciones
como una
política
reaccionaria y antipopular,
el marxismo-
leninismo ha señalado a los pueblos el camino para
acabar con la
opresión nacional e
instaurar la
igualdad de derechos y la colaboración fraternal y
voluntaria entre las naciones. Y los pueblos de la
Unión Soviética han podido comprobar y confirmar, con su acción práctica, este
camino.
Dando solución al problema del porvenir de las
naciones, el marxismo-leninismo enseña
que,
después
del triunfo del
socialismo en todos
los países, la humanidad, tras un período de amistad y colaboración
entre las naciones y de florecimiento de
naciones oprimidas y las que no gozan de plenitud de
derechos, en la lucha contra la política de anexión
y
158 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
XI, pág. 361.
159 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
XI, pág. 363
las culturas nacionales, llegará por último a la
plena fusión de las naciones sobre la base del comunismo. Pero claro está que
esto no podrá ocurrir de pronto ni en breve plazo.
"Del mismo modo que la humanidad sólo puede
llegar a la liquidación de las clases después de pasar por un período
transitorio de dictadura de la clase oprimida, no podrá llegar tampoco a la
fusión inevitable de las naciones sino después de pasar por un período
transitorio de plena liberación de todas las naciones oprimidas, es decir, por
el período de su libertad de separación".160 Las diferencias nacionales,
decía Lenin, subsistirán; "...incluso, mucho tiempo después de la
instauración universal de la dictadura del proletariado..."161
Tratar de llegar a la fusión de las naciones,
inmediatamente después del triunfo del socialismo, por medio de decretos o de
medidas coercitivas, equivaldría de hecho a la política de asimilación
violenta, política que sólo favorecería a los imperialistas y podría echar por
tierra la obra de la liberación de las naciones y toda la organización de su
colaboración fraternal.
Después de la derrota del imperialismo mundial y
del triunfo del
socialismo en todos
los países, el
primer
período será un
período de supresión
definitiva
de la opresión
nacional y de la
desconfianza mutua entre las naciones, en el que se afianzará la igualdad de
derechos entre ellas, un período de establecimiento y consolidación de lazos
internacionales entre las mismas y de florecimiento de las culturas y las
lenguas nacionales.
Sólo cuando el sistema socialista mundial de
economía se haya fortalecido en grado suficiente y el
socialismo
sea consustancial con
la vida de los
pueblos, cuando cada nación se haya convencido
prácticamente de las ventajas de una lengua común,
única,
por encima de
los numerosos idiomas
nacionales, comenzarán a extinguirse las diferencias
y los idiomas nacionales, para dar paso a un idioma universal, común a todos
los hombres.
"Hay que poner a las culturas nacionales en
condiciones de desenvolverse y
florecer,
permitiéndoles revelar toda su fuerza latente, a fin
de crear las condiciones para su fusión en una cultura común única,
con un idioma
común único, en el
período
de la victoria
del socialismo en
todo el mundo. El florecimiento
de las culturas, nacionales
por la forma y socialistas por el contenido, con la
dictadura del proletariado en un solo país, para su fusión en una cultura
socialista común única (por la
forma y por el contenido), con un idioma común
único, cuando el
proletariado triunfe en
todo el
mundo y el socialismo haya tomado carta de
naturaleza en la vida: tal es, precisamente, el modo
160 V. I.
Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXII, págs. 135-
136.
161 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 72.
dialéctico
como Lenin plantea
la cuestión de la
cultura nacional"162.
Bajo el socialismo, cambian sustancialmente las
condiciones de desarrollo
de las naciones,
de sus
culturas y lenguas nacionales, puesto que, en este
período, carece ya
de sentido hablar
de opresión
nacional
o desigualdad de
derechos, de sojuzgamiento de unas
naciones, culturas o lenguas por otras, ni de la derrota de unos idiomas y de
la
victoria de otros, como acontece bajo el
capitalismo. Bajo el socialismo, las lenguas y culturas nacionales
cuentan con la plena posibilidad de desarrollarse
libremente y de
enriquecerse mutuamente, sobre bases
de colaboración fraternal.
Cuando haya
triunfado el socialismo en todo el mundo y tras de
una prolongada colaboración económica, política y
cultural, se dará la posibilidad de que, al
principio, se destaquen de entre centenares de lenguas nacionales las lenguas
más ricas de
grupos de naciones;
es
decir, lenguas comunes a varios conjuntos de
naciones. Durante la segunda etapa de la dictadura
universal del proletariado, estas lenguas
coexistirán con las nacionales hasta que más tarde surja una lengua universal
única, que asumirá
los mejores
elementos de las lenguas nacionales y de grupos de
naciones.
Esta previsión científica del marxismo-leninismo se
basa en el profundo análisis de las leyes que rigen el desarrollo de la
sociedad.
2. Los movimientos nacionales y el problema
nacional-colonial.
La opresión de las naciones y nacionalidades es
un fenómeno inevitable bajo el capitalismo, como lo
es también el que esta opresión provoque los movimientos de liberación nacional
y dé lugar al problema nacional.
La opresión nacional y los movimientos se
manifestaron primeramente en
el seno de
las
monarquías
feudales, en cuyas
entrañas se
desarrollaba el capitalismo y surgían las naciones
burguesas a la
par que cobraban
fuerza los
movimientos nacionales burgueses.
La esencia de clase y las peculiaridades del
movimiento nacional, sus objetivos, sus reivindicaciones y su programa vienen
determinados por el carácter del régimen social y la opresión nacional que éste
engendra. Al cambiar las condiciones históricas y fuerzas sociales que toman
parte en el movimiento nacional, cambian también su contenido y su carácter,
así como el fondo mismo del problema nacional. Cada clase concibe y resuelve de
manera distinta dicho problema.
El marxismo-leninismo adopta ante los movimientos
nacionales una actitud histórica y concreta,
examinando las relaciones
que esos
162 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
XII, págs. 387-
388.
movimientos guardan con el régimen social del país
dado y poniendo de manifiesto su esencia de clase, revelando el
contenido de clase
del problema nacional. "No
se puede considerar
la cuestión nacional como algo
que exista por sí mismo y fijo de una vez para siempre. Como simple parte del
problema general de la transformación del régimen existente, la cuestión
nacional se halla íntegramente determinada
por las condiciones
del medio social, por el carácter del Poder vigente en
el país y, en general, por toda la marcha del desarrollo social".163
Al considerar el problema nacional como parte
integrante del problema
de la revolución,
el marxismo-leninismo exige poner de manifiesto las relaciones que
guarda este problema
con la revolución
democrático-burguesa y con la revolución socialista.
Al estudiar el desarrollo de los movimientos
nacionales y las
distintas formas de
resolver el
problema nacional en un plano histórico universal,
hay que distinguir tres períodos:
Primer
período: el de
la liquidación del feudalismo y del triunfo del capitalismo
en la Europa occidental; es, asimismo, el período de la aparición
de las naciones burguesas y de los Estados
nacionales en el Occidente, así
como de los
Estados
multinacionales en la Europa Oriental; es, por
último, el período de las revoluciones democrático-burguesas y de
los movimientos de
liberación nacional,
vinculados con ellas como parte integrante de esas
revoluciones. Los movimientos nacionales burgueses
se extienden en la Europa occidental entre los
siglos
XVII y XIX y llegan a su culminación hacia 1871.
Las monarquías feudales,
los terratenientes y la
burguesía de las naciones dominantes constituyen las
fuerzas principales de la opresión nacional. En este
período, el proletariado no se ha convertido aún en
una
fuerza política independiente; por
ello, la
burguesía de los pueblos avasallados dirige la lucha
de las naciones oprimidas por sacudirse el yugo nacional, dando un carácter
limitado, burgués, a esa lucha: es la
lucha de la
burguesía de una
nación contra la competencia que le hace la burguesía de otras naciones,
tratando con ello de asegurarse "su propio" mercado nacional.
El mercado es la primera escuela en que la burguesía
aprende a ser nacionalista, pero las cosas
no se limitan a él, a la esfera económica. Las
clases
dominantes
en la nación,
valiéndose del poder político que detentan, desatan toda
clase de persecuciones posibles: prohibición de servirse de la lengua natal,
cierre de escuelas, limitación
y anulación de los derechos electorales y de otros derechos de las
naciones oprimidas.
Con la privación de los derechos y libertades
democráticos elementales, el
sistema de opresión
nacional se convierte en un sistema en el que unas
163 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
IV, pág. 160.
naciones son azuzadas contra otras y se desatan
matanzas y pogromos.
La opresión nacional
se ejerce, con más fuerza aún, sobre los obreros y campesinos, dado que
estas clases participan también en el movimiento
nacional, imprimiéndole un carácter popular y de masas. La burguesía
trata, sin embargo, de poner las masas obreras y campesinas al servicio de sus
propios fines de clase, arrastrándolas bajo la bandera del nacionalismo.
El segundo período de la historia de los movimientos
nacionales es el del imperialismo. El imperialismo representa el ahondamiento y
extensión de la opresión sobre una nueva base, la dominación del capital
financiero. En la época ascensional de su desarrollo, el capitalismo liberó a
las naciones del yugo de las monarquías feudales, pero en la época
imperialista se ha
convertido en el
más grande opresor y esclavizador
de naciones. El imperialismo ha dividido el mundo en un pequeño grupo de
naciones dominantes y una mayoría de naciones oprimidas, países coloniales y
dependientes, que sufren la explotación despiadada del capital de los
países "civilizados". Tal
es la esencia
del imperialismo en las relaciones nacionales, según nos enseñan las
tesis leninistas. Esas relaciones están determinadas por la ley económica
fundamental del capitalismo moderno que exige se asegure el máximo beneficio
capitalista no sólo mediante la explotación de la mayoría de los habitantes del
país dado, sino mediante el avasallamiento y el saqueo sistemático de los
pueblos de otros países, principalmente de los países atrasados.
Al capital monopolista le resultan estrechos los
límites de los
Estados nacionales y
trata de
conquistar, esclavizar y explotar países y naciones
ajenos.
Los antiguos Estados
nacionales, como
Inglaterra, Alemania, Holanda, Francia, Estados
Unidos, Japón y otros, se han convertido, por obra de esas conquistas, en
Estados multinacionales, coloniales. El reforzamiento del yugo nacional y
colonial acarrea, inevitablemente, el crecimiento de los movimientos
de liberación nacional
de los pueblos oprimidos contra
el imperialismo.
El problema nacional-colonial se transforma, en este
período, en el de la liberación de los pueblos de los países coloniales y
dependientes del yugo del imperialismo. Y como los campesinos constituyen la
mayoría de la población en las colonias, el problema nacional-colonial, en la
época imperialista, es esencialmente el problema agrario. Ahora bien, este
problema no se encierra por completo dentro de estos marcos, ya que son parte
integrante del problema nacional-colonial otros problemas como los de la independencia
nacional, organización estatal, idioma, cultura, etc.
Los dos períodos citados de la historia de los
movimientos nacionales tienen de común el que las
naciones
estén sometidas a
la opresión y al
avasallamiento y el que no haya sido resuelta la
cuestión nacional. Se diferencian, sin embargo, en que, durante el primer
período, el problema nacional no trasciende del marco de algunos Estados
multinacionales y afecta
sólo a unas
cuantas naciones, principalmente europeas, en tanto que en el segundo
deja de ser un problema existente en el interior mismo del Estado, para
convertirse en un problema entre Estados diversos, en el problema de la
liberación de las colonias y países dependientes. Ahora bien, los Estados
imperialistas pugnan por mantener bajo su dominación a los países sojuzgados y
por someter a otras naciones, nacionalidades o tribus.
El capitalismo en desarrollo, señala Lenin, conoce
dos tendencias opuestas en el problema nacional: la primera consiste en el
despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, en la lucha
contra toda opresión nacional, en la destrucción de la dispersión feudal y
creación de Estados nacionales; la segunda se manifiesta en el desarrollo e
intensificación de todas las relaciones entre las naciones, el derrumbamiento
de las barreras nacionales, la creación de vínculos internacionales basados en
la unidad internacional del capital, de la vida económica, de la ciencia, etc.
La primera tendencia predomina en la época del capitalismo ascensional y la segunda,
en la del
imperialismo, pero ambas constituyen una ley del desarrollo del
capitalismo.164
La tendencia a internacionalizar la producción y
el cambio, al
acercamiento económico entre
los
pueblos
y a la
unificación paulatina de
enormes
territorios en un todo único, refleja el desarrollo
de las fuerzas productivas y sienta las premisas materiales para
la futura economía
socialista mundial. Esta tendencia, sin embargo, discurre en forma extraordinariamente contradictoria, mediante el sometimiento de unas naciones por
otras y el avasallamiento y explotación de las naciones menos desarrolladas por
las más desarrolladas. "El saqueo de las colonias y las anexiones coloniales,
la opresión nacional y la desigualdad nacional, la arbitrariedad y la violencia
imperialistas, la esclavitud colonial, la ausencia de derechos para las
nacionalidades y, finalmente, la lucha
de las naciones
"civilizadas" entre sí por el dominio sobre los pueblos
"no civilizados", constituyen las formas en cuyo marco ha transcurrido
el proceso de
acercamiento económico de los pueblos".165
Por ello, en la época del imperialismo, junto a la
tendencia al acercamiento económico
y a la
"unificación" de
territorios, crece también
la
tendencia a abolir las formas violentas que reviste
esa unificación, es decir, crece la lucha por liberar a las nacionalidades
oprimidas del yugo imperialista. Esta
164 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XX,
pág. 11.
165 J. V. Stalin, Obras completas, t. V, pág. 193.
tendencia, al reflejar la indignación de las masas
oprimidas contra las formas imperialistas de unificación, representa una
tendencia progresiva, ya que sienta las premisas políticas de la unificación
voluntaria, de la unión y colaboración entre los pueblos dentro de los marcos
de una economía socialista mundial.
La lucha entre estas dos tendencias opuestas
informa toda la
historia de los
Estados
multinacionales burgueses, llevándolos a su
hundimiento, ya que la contradicción entre ambas es
insoluble dentro de los marcos del capitalismo. Esas
contradicciones determinan el fracaso de la política burguesa en el problema
nacional-colonial, así como
su incapacidad para resolverlo.
Por el contrario, las dos tendencias señaladas no
constituyen una contradicción
insuperable para la
clase obrera y su Partido Comunista ni para el
Estado
socialista, sino que son dos aspectos de uno y el
mismo proceso progresivo:
la liberación de las
naciones oprimidas del yugo imperialista y la libre
unificación
de ellas, basada
en la economía socialista, en la igualdad de
derechos, confianza mutua, amistad y colaboración fraternal. Tal es la ley que
rige las relaciones nacionales bajo la dictadura del proletariado, en las
condiciones del socialismo.
El marxismo-leninismo, al establecer el programa
del Partido Comunista
ante el problema
nacional, tiene presente las dos citadas tendencias capitalistas frente
a este problema y se atiene, consecuentemente, al principio del
internacionalismo proletario. En la solución marxista-leninista del problema
nacional, se parte de estos puntos fundamentales: 1) reconocimiento del derecho
de las naciones a su autodeterminación, llegando incluso a la separación,
si bien el derecho a la autodeterminación y separación
no debe confundirse con el problema de la conveniencia de la separación; 2)
reconocimiento de la soberanía e igualdad de derechos de todas las razas y
naciones; 3) principio universal de organización de los obreros de todas las
nacionalidades del país y educación de los trabajadores en el espíritu del
internacionalismo proletario y de la amistad entre los pueblos.
El marxismo-leninismo propugna la unión
voluntaria de las
naciones y, fiel
a este objetivo,
lanza la consigna del derecho de las naciones a la
autodeterminación e incluso a la separación. "Dividir
para unir": esto parece contradictorio y
paradójico, y sin embargo, se trata de una contradicción viva y real, no
inventada. No hay otro camino para liberar a
las naciones del yugo imperialista. Este es el único
método revolucionario y proletario; el único método
socialista
e internacionalista para
resolver el problema nacional.
La Gran Revolución Socialista de Octubre marcó
el comienzo de la solución del problema nacional-
colonial. De este modo, abrió el tercer período de la
historia de los movimientos de liberación nacional,
el período socialista; es decir, el período de la destrucción del capitalismo y
la liquidación del yugo nacional, el de la liberación de los pueblos oprimidos
por el imperialismo y de su unificación voluntaria sobre bases socialistas; el
período, en fin, de la formación y florecimiento de las naciones socialistas.
La Revolución Socialista de Octubre determinó
que se
operara una división
en el interior
de los
movimientos nacionales de Rusia: los movimientos
nacionales burgueses se convirtieron en movimientos
reaccionarios y contrarrevolucionarios, dirigidos
contra la revolución socialista. En contraposición a ellos, se
desarrolló el movimiento
de las masas
trabajadoras de las naciones oprimidas contra los
terratenientes y capitalistas, propios
y extraños,
contra los intervencionistas extranjeros y en favor
de la autodeterminación nacional basada en el régimen soviético. Este
movimiento se convirtió
en parte
integrante de la revolución socialista y sólo pudo
lograr la victoria con el triunfo de esta revolución. La
victoria de la revolución socialista sólo fué
posible, por otra parte, gracias a su vinculación con este movimiento y se vió
facilitada por él.
El
marxismo-leninismo aborda la
solución del problema nacional-colonial
situándose en el punto de
vista de los intereses de la clase obrera y de todos
los trabajadores. Al examinar cada movimiento nacional se guía
por el método
dialéctico materialista,
abordando el problema en una forma histórica
concreta, ya que
los movimientos nacionales
presentan caracteres distintos incluso en una misma
época. Cada nación requiere una solución peculiar
del problema, en virtud de las condiciones
peculiares en que vive. La solución, que resulta buena para un país, no puede
ser aplicada en otros sin que medie un
análisis multifacético y cuidadoso de la situación
de éstos. Por otra parte, cambian las condiciones en que
viven los pueblos, lo cual quiere decir que debe
cambiar también la solución del problema nacional.
Al
valorar los movimientos
nacionales en una
forma
histórica concreta, los
marxistas establecen una distinción
entre movimientos nacionales revolucionarios y reaccionarios. Ya en la década
del
40 del siglo XIX, Marx y Engels se pronunciaban en
favor del movimiento
nacional de los
polacos y
húngaros, que luchaban contra el absolutismo, pero,
a la par que eso, se oponían al movimiento nacional de
los checos y eslavos del Sur, por ser un movimiento
del que se valían entonces el zarismo y la monarquía austrohúngara contra la
revolución. Prestar apoyo al
movimiento nacional de los checos y eslavos del Sur
significaba, en aquella época, apoyar indirectamente
al zarismo, que era el enemigo más peligroso del
movimiento revolucionario en
Europa. Marx y Engels
desenmascaraban la política
de opresión
nacional, aplicada por Austria-Hungría y Alemania, y
exigían que fueran liberadas las naciones oprimidas
sirviendo así la causa de la liberación de los
propios alemanes del yugo de la monarquía feudal. La burguesía austro-húngara y
la alemana, por el contrario, respaldaban la política de opresión de otras
naciones; ésta fué una de las causas principales de la derrota de la Revolución
de 1848 en Austria-Hungría y Alemania. De esta manera, se confirmaba plenamente
la afirmación de Marx y Engels de que "no puede ser libre el pueblo que
oprime a otros pueblos".166
La historia conoce, asimismo, otros movimientos
nacionales, que frenaron el desarrollo progresivo de
la sociedad, impidiendo que se elevara la conciencia
de clase de las masas trabajadoras oprimidas. Pueden
servir de ejemplo de estos movimientos reaccionarios
el "muridismo" y el "movimiento de
Shamil". Este
movimiento
religioso nacionalista de
la primera mitad del siglo XIX,
sirvió para esclavizar a los trabajadores del Cáucaso y fué aprovechado por
Turquía e Inglaterra para separar de Rusia a los pueblos del Cáucaso,
convirtiéndolos así en esclavos coloniales suyos.
En la actualidad, son progresistas aquellos
movimientos nacionales que están dirigidos contra el
imperialismo,
pero son reaccionarios, por el
contrario, los que aprovecha la reacción imperialista
contra la revolución, contra la U.R.S.S. y los
países de democracia popular. Los partidos comunistas apoyan los movimientos
nacionales de liberación y
no pueden sostener los que tengan un carácter
reaccionario.
La autodeterminación de las naciones no es algo
absoluto, sino parte
integrante de la
lucha de los
trabajadores por la democracia y el socialismo. Los
comunistas se pronuncian por la plena autodeterminación de
las naciones, principalmente
por la liberación de los pueblos de los países
coloniales y dependientes mediante su separación de
las potencias imperialistas que los oprimen. Pero se
oponen a la separación de las repúblicas nacionales de la U.R.S.S., pues, de
llegar a esa separación, estas
naciones
libres caerían bajo
el yugo del imperialismo.
El problema de si es conveniente o no que se separe
la nación dada, es algo que debe resolver la nación misma. Pero los comunistas,
lo mismo que
otras fuerzas progresivas, están obligados a influir
siempre sobre la
voluntad de las
naciones en un
espíritu democrático y socialista, alimentando no lo
que separa a los
pueblos, sino lo que les une; es
decir; las tradiciones
revolucionarias de la
lucha
común contra la opresión de los terratenientes y
capitalistas y contra
los invasores extranjeros;
las
tradiciones de la colaboración internacional de los
trabajadores y de su ayuda mutua en la lucha por la
166 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XV, pág.
223; t. VI, págs. 237-239; v. también Cartas escogidas de C. Marx y F. Engels, ed. rusa,
págs. 228 y 236.
paz, la democracia y la victoria del comunismo.
Lenin trazó, por vez primera, el programa teórico y
la política nacional-colonial del Partido Comunista,
partiendo
de las tesis
fundamentales de Marx y
Engels
sobre el problema
nacional. Demostró que este problema es parte integrante de la
lucha revolucionaria general por la dictadura del proletariado. Fué el
inspirador de la política de igualdad de derechos y de amistad entre los
pueblos y dirigió su aplicación práctica. Las indicaciones programáticas de
Lenin sobre el problema nacional han sido desarrolladas, en forma creadora, en
los trabajos de J. V. Stalin y en las resoluciones del Partido que sintetizan
las experiencias de la edificación socialista en la U.R.S.S.
En el triunfo
de la revolución
socialista en la
U.R.S.S. han tenido una enorme importancia estos dos
hechos: el que el Partido Comunista, encabezado por Lenin, haya defendido el
principio del internacionalismo
proletario en la
creación del partido marxista,
luchando contra las tendencias separatistas y nacionalistas del movimiento
obrero, y el que el Partido haya forjado un método proletario,
internacionalista, para liberar a las naciones.
Partiendo del principio marxista-leninista del
internacionalismo proletario, el Partido Comunista de la U.R.S.S. ha subrayado
la necesidad de llegar a la unidad de acción entre los proletarios de todas las
naciones soviéticas, aglutinándolos en torno al proletariado ruso. El Partido
ha establecido la unidad de acción entre los obreros de todas las naciones;
gracias a ello, ha logrado encauzar el movimiento de liberación de todos los
pueblos de Rusia en la misma dirección
que el movimiento
socialista del proletariado por
el triunfo del
socialismo; en el mismo
sentido que el
movimiento democrático general
por la paz y que el movimiento de los campesinos por la tierra, derrocando así
el Poder de los terratenientes y capitalistas e instaurando la dictadura del
proletariado.
La manera como el marxismo-leninismo plantea y
resuelve el problema
nacional se distingue
radicalmente
del modo como
lo han planteado
y
resuelto los partidos de la Segunda Internacional,
es decir, los partidos dirigidos por los socialistas de derecha, que han
abrazado las posiciones del imperialismo.
Los partidos de la Segunda Internacional se
contentaban con hacer vacuas declaraciones verbales
acerca
de la "igualdad de las naciones" bajo
el
capitalismo y limitaban el problema nacional a un
reducido grupo de naciones europeas, sin decidirse a
plantear la igualdad de derechos entre los pueblos
asiáticos y africanos, de una parte, y los europeos,
de otra. Tampoco se atrevían a plantear el problema de la igualdad entre negros
y blancos.
Dichos partidos no querían plantear el problema
nacional sobre la
base revolucionaria de
la lucha
abierta contra el imperialismo y no se esforzaban
por ligar el problema nacional con el de la liberación de las colonias.
Los teóricos de
la Segunda Internacional, los
socialdemócratas austriacos Otto Bauer, K. Renner y otros, lanzaron el programa
nacionalista burgués de la llamada "autonomía cultural-nacional",
basado en su teoría idealista y metafísica de la nación. El programa de
"autonomía cultural-nacional" proponía a las naciones oprimidas que
se contentaran con la "autonomía" en cuestiones de enseñanza, de
religión o de "asuntos culturales" semejantes, en vez de proponerles
el derecho a su autodeterminación e incluso a la separación y el derecho a la
creación de un Estado independiente, es decir, el derecho a un desarrollo
político, económico y cultural independiente. El programa que proponían partía
de la necesidad de mantener la integridad de la monarquía austro-húngara, es
decir, de la necesidad de mantener por la fuerza a los pueblos oprimidos dentro
de los marcos del "todo" imperialista. Dicho programa venía a
perpetuar, por tanto, la dominación que unas naciones ejercían sobre otras, a
la par que negaba a los pueblos eslavos avasallados el derecho a su
autodeterminación, a crear sus propios Estados independientes.
En Rusia, difundían este reaccionario programa
de "autonomía cultural-nacional" los bundistas,
troskistas
y los elementos
que habían caído
en la
desviación nacionalista. El Partido Comunista,
encabezado por Lenin, puso al desnudo la esencia
nacionalista burguesa del citado programa, salvando
al movimiento obrero de la influencia corruptora del
nacionalismo burgués.
El leninismo desenmascaró despiadadamente las
falaces afirmaciones de los imperialistas y de sus auxiliares, los
dirigentes socialistas de
derecha,
acerca de la misión "civilizadora" de los
Estados capitalistas en las colonias y acerca de la "igualdad
nacional"
en los Estados
burgueses. Las declaraciones de
los socialistas de derecha sobre la "igualdad nacional", no
respaldadas directamente por
la lucha de los pueblos oprimidos, constituyen un
fraude. El leninismo liga el problema nacional con el
de la liberación de las colonias del yugo
imperialista y ensancha el concepto de autodeterminación nacional, al
proclamar el derecho
de los pueblos
oprimidos de los países coloniales y dependientes a
separarse de los
Estados imperialistas que
los
oprimen, su derecho a existir como Estados
independientes.
3. Significación histórica de la experiencia de la
U.R.S.S. en la solución del problema nacional.
La Gran Revolución Socialista de Octubre abrió una
nueva era, la era del socialismo, en las relaciones entre las
naciones, aplicando los
principios de la
política leninista sobre el problema nacional. Estos
principios son: 1) igualdad y soberanía de todos los
pueblos de Rusia; 2) derecho de las naciones a la
autodeterminación, e incluso a la separación y a formar Estados independientes;
3) abolición de todos y cada uno de los privilegios y limitaciones religiosas y
nacionales; 4) libre desarrollo de las minorías nacionales y grupos
etnográficos.
La Revolución socialista ha acabado con el yugo
nacional y ha
sentado los firmes
cimientos de la unión voluntaria de los pueblos en un solo
Estado socialista, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Las formas de esta unión, es decir, las formas de
autonomía y federación soviéticas, surgieron sobre la marcha de la edificación
del multinacional Estado soviético como una creación de las propias masas
populares, dirigidas por el Partido Comunista.
La unión de
las repúblicas soviéticas
en la U.R.S.S. se hacía necesaria
para poner fin, con esfuerzos conjuntos, a la desorganización económica, para
llevar a cabo la industrialización del país, distribuir y desarrollar
racionalmente las fuerzas productivas en beneficio de los trabajadores de todas
las nacionalidades, edificar el socialismo en las condiciones del cerco
capitalista hostil y convertir a la U.R.S.S. en una fuerza capaz de influir en
la situación internacional y
de hacerla cambiar
en interés de los trabajadores.
La clase obrera
y el pueblo
rusos, bajo la dirección del Partido Comunista, han
ayudado a que
otros pueblos de la U.R.S.S. creen y fortalezcan la
organización estatal soviética
bajo las formas
que
mejor responden a sus particularidades nacionales y
han ayudado, asimismo, a que los trabajadores de las
nacionalidades dadas participen en los órganos del
poder político, en la administración, en los órganos del poder judicial y en la
dirección de la economía.
El Poder soviético no se ha limitado a establecer la
igualdad jurídica y política de las naciones, por
más que esto represente ya una gran conquista de
significación histórico-mundial. La esencia de la solución comunista del
problema reside en acabar, no
sólo con el yugo nacional y la desigualdad jurídica,
sino también con "el atraso (económico, político y
cultural) existente de hecho y heredado del pasado
por algunas naciones, a fin de dar a los pueblos atrasados la posibilidad de
alcanzar a la Rusia central en los aspectos estatal, cultural y
económico".167
La clase obrera rusa y el gran pueblo ruso, que
constituye la nación más avanzada de todas las naciones soviéticas iguales en
derechos han ayudado, sobre la base del régimen soviético, a que pueblos
oprimidos y atrasados en otros tiempos desarrollen su propia industria
socialista y creen
sus propios cuadros calificados
de obreros, trabajadores administrativos y del aparato del Estado, así como su
propia intelectualidad nacional;
han ayudado asimismo a estos
pueblos a alcanzar el nivel de las
167 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
V, pág. 41.
naciones socialistas, aboliendo así la desigualdad
nacional que de hecho existía.
Muchos pueblos y nacionalidades del Norte y el
Este del país, sobre todo del Asia Central -entre
ellos, cerca de 25 millones de personas, principalmente de
los pueblos turcos-, no habían pasado por la fase
del
capitalismo
industrial. Y a
ellos hay que
agregar cerca de 6 millones de personas -bashkires, kirguises, osetios y
de otras nacionalidades- que antes de la revolución vivían en régimen
patriarcal, con un modo de vida gentilicio, hundidos en la incultura y el
analfabetismo.168 Decenas de nacionalidades carecían incluso de alfabeto
escrito.
Todos estos pueblos, oprimidos y atrasados en otros
tiempos, han dado un salto gigantesco del régimen patriarcal y de la vida
trashumante al socialismo, sin pasar por la fase capitalista. Ello ha sido
posible gracias al régimen soviético, a la política nacional leninista y a la
ayuda fraternal brindada por el gran pueblo ruso.
Pueblos que estaban condenados a desaparecer bajo el
capitalismo, han renacido a una nueva vida
con el socialismo,
consolidándose como naciones
socialistas. En tanto que unas naciones socialistas
como la rusa, ucraniana, georgiana, armenia, letona,
estonia
y otras se
han formado en
el proceso de
liquidación del capitalismo, sobre las ruinas de las
naciones burguesas correspondientes, otras como la turkmena, kazaja, tadzhika,
etc., han surgido en el proceso de liquidación del régimen feudal y del
capitalismo naciente. La aparición de las relaciones socialistas de producción,
de las formas socialistas de economía, constituye la base económica general de
la formación de todas las naciones socialistas.
La desigualdad económica entre las naciones de la
U.R.S.S., ha podido ser abolida gracias a que,
dentro del rápido ritmo general del desarrollo industrial de
toda la Unión
Soviética, la industria
de las
nacionalidades de la periferia, atrasadas
económicamente, se ha desarrollado aún más aceleradamente.
Los pueblos de la U.R.S.S. han realizado la
revolución socialista no sólo en la vida política y
económica, sino también en el campo de la cultura.
Ya en el año escolar de 1938 a 1939 el número de
alumnos de las
escuelas primarias y
secundarias
había aumentado, en comparación con el año escolar
de 1914 a 1915, en 3 veces, en Ucrania; en 4, en
Bielorrusia; en más de 8 en Armenia; casi en 11, en
Kazajstán; en 30, en Turkmenia; en 64 en Uzbekistán y en
680 veces, en
Tadzhikistán. En todas
las
repúblicas soviéticas, se ha implantado, desde 1949,
la educación general obligatoria de siete grados y, en
la actualidad, se implanta la educación general
obligatoria de diez
grados en las
capitales de las
168 El
Partido Comunista de la Unión Soviética
en las resoluciones y acuerdos
de los Congresos,
Conferencias y Plenos del C. C.,
ed. rusa, parte I, págs. 559 y 561.
repúblicas, en las regiones y centros industriales.
Ha aumentado el número de estudiantes en los establecimientos de enseñanza
superior de todas las repúblicas y se han creado numerosos cuadros de la
intelectualidad de las nacionalidades soviéticas. La U.R.S.S. marcha a la
cabeza de todos los países del mundo en cuanto a la cantidad y calidad de
especialistas. Se han fundado Academias de Ciencias en 12 repúblicas federadas,
y se han creado filiales y centros de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S. en
otras repúblicas federadas y autónomas.
En la U.R.S.S. se publican obras literarias en más
de cien
idiomas. Decenas de
nacionalidades recibieron su propio alfabeto escrito bajo el Poder
soviético. De las nacionalidades y naciones en otros tiempos oprimidas han
surgido destacados hombres de ciencia, escritores, artistas, dirigentes del
Estado y de la economía y jefes militares.
Ha florecido la cultura de todos los pueblos de la
U.R.S.S.; una cultura que educa a las masas en el
espíritu del patriotismo soviético, del internacionalismo, de la paz y la
amistad entre los pueblos.
La cultura socialista se distingue radicalmente de
la cultura burguesa, que domina bajo el capitalismo y
que es instrumento
de esclavización de
las masas
trabajadoras en manos de los explotadores. La
cultura burguesa emponzoña la
conciencia de los
pueblos con sus ideas racistas, nacionalistas y cosmopolitas y oscurece
su mente para afianzar así la dominación de la burguesía. La cultura
socialista, por el contrario, combina
armónicamente las tradiciones
nacionales de los pueblos y los intereses vitales generales de todos los
trabajadores.
Los pueblos de la U.R.S.S. y de los países de
democracia popular, al impulsar la cultura socialista,
se asimilan cuánto hay de positivo y valioso en la
cultura del pasado
y, ante todo,
sus elementos y
tradiciones avanzados, revolucionarios, democráticos
y socialistas.
Naturalmente, el nuevo contenido de la cultura, es
decir, el contenido socialista, no sólo se sirve de
las antiguas formas nacionales aún vigentes, sino que exige también que se
creen las nuevas formas que le sean
adecuadas, nuevos modos
y medios de expresión. Las nuevas formas no desplazan
a las antiguas, amadas por el pueblo, sino que vienen a ser un desarrollo
sucesivo de éstas, basado en el nuevo contenido, en el contenido socialista.
En la vieja cultura nacional hay también un
contenido reaccionario, rasgos
antinacionales y
aspectos caducos que frenan el progreso de la
sociedad, tales como las creencias y ritos religiosos,
la hechicería, las venganzas de sangre, la
poligamia, la reclusión de la mujer y el uso por ésta del velo para cubrirse el
rostro, etc. El socialismo prescinde
de todo lo reaccionario e impulsa en forma creadora
las conquistas positivas de la cultura del pasado en
beneficio de las masas trabajadoras.
La cultura socialista del gran pueblo ruso, por ser
la más rica y desarrollada, desempeña un papel rector
en el desenvolvimiento de las culturas socialistas
de
los demás pueblos, convirtiéndose cada vez más en
patrimonio común de
todos los pueblos
de la U.R.S.S. y de los países
de democracia popular. Las conquistas culturales de cada nación soviética pasan
a ser bienes de los demás pueblos. En el intercambio cultural entre
las naciones de
la U.R.S.S., desempeñan
importante papel las traducciones de las obras literarias de los pueblos
soviéticos al ruso y a otras lenguas nacionales de la Unión Soviética, las exposiciones
artísticas nacionales que se presentan en Moscú, las relaciones y la
colaboración entre los intelectuales de todas las naciones socialistas. Los
representantes de la cultura rusa, que es la más rica de las culturas de la
U.R.S.S., prestan una ayuda desinteresada a los intelectuales del resto de las
naciones soviéticas, así como de los países de democracia popular.
El
socialismo ha forjado
la amistad y colaboración fraternal entre los pueblos.
La amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. es la más alta conquista de la
política nacional del Partido Comunista, una de las más grandes conquistas del
socialismo y una
de las bases esenciales de la
pujanza e invencibilidad del multinacional Estado socialista. La amistad entre
los pueblos se ha convertido en poderosa fuerza motriz del desarrollo de la
sociedad soviética. Esta
amistad se ha fortalecido con la liquidación de las
clases explotadoras, que son los principales organizadores de la hostilidad
entre las naciones; se ha fortalecido, igualmente, como resultado de la
abolición de la explotación del hombre por el hombre, que alimenta la desconfianza
mutua y enciende los sentimientos nacionalistas. La
clase obrera y
su Partido Comunista, enemigos de
toda opresión y fieles defensores y guías del internacionalismo, son los
abanderados de la amistad entre los pueblos. Esta amistad se ha afianzado al
prestarse los pueblos una ayuda mutua durante la edificación económica y
cultural. La amistad entre los pueblos contribuye al florecimiento de la
cultura socialista de los pueblos de la U.R.S.S., nacional por la forma y
socialista por el contenido.
El triunfo del socialismo ha modificado
radicalmente la fisonomía
de los pueblos
de la
U.R.S.S. Ha desaparecido de ellos la desconfianza
mutua,
se ha ahondado
el sentimiento de
ayuda mutua y se
ha establecido una
verdadera
colaboración
fraternal en el
interior del Estado
socialista, multinacional y único. Este Estado, tras
de haber pasado por las pruebas más severas en la gran guerra patriótica, ha
demostrado que el régimen socialista soviético es la mejor forma de
colaboración entre los pueblos.
Los Estados burgueses multinacionales muestran, en
su desarrollo, precisamente lo contrario. Dichos Estados, basados
en la explotación
de los trabajadores y en la
opresión de las naciones, están desgarrados por las contradicciones de clase y
los antagonismos nacionales que se manifiestan en su seno. Estos antagonismos
determinan la inestabilidad de esos Estados, a la par que los conducen a su
hundimiento inevitable. La burguesía es incapaz de resolver el problema
nacional; sólo puede "unificar" las naciones por medio de las
conquistas, la violencia y el avasallamiento. Los Estados burgueses
multinacionales se encuentran,
por ello, en bancarrota. Se desplomó la monarquía
austro- húngara, sufrió la más completa derrota el "Tercer Reich"
hitleriano, cayó el imperio de los militaristas japoneses y ha comenzado el
hundimiento de los imperios coloniales de Francia, Holanda y la Gran Bretaña.
El triunfo del socialismo y la amistad entre los
pueblos sólo puede alcanzarse en lucha implacable contra el nacionalismo,
ideología y política encaminada a atizar la desconfianza y la hostilidad entre
los pueblos. El nacionalismo es la ideología y la política de las clases
explotadoras que tienden a asegurar su dominio sobre los pueblos, siguiendo el
pérfido principio de la Roma esclavista: "divide y vencerás". A la
par que azuzan a unos pueblos contra otros, los nacionalistas predican la "unidad"
de los explotadores y explotados en el seno de cada nación, con el fin de
someter los trabajadores a la burguesía, apartándolos de la lucha de clases
contra el capitalismo.
El nacionalismo hunde sus raíces en la entraña misma
del régimen burgués, ya que la propiedad privada y el capital dividen a los
hombres, engendran las discordias nacionales y la opresión nacional. La
propiedad social, socialista, y el trabajo colectivo acercan, por el contrario,
a los hombres, minan el terreno de las disputas nacionales y acaban con el yugo
nacional.
En los partidos comunistas de la sociedad basada en
la propiedad privada, pueden surgir desviaciones nacionalistas, nacidas bajo el
influjo de las clases explotadoras, que atizan las discordias nacionales y la
hostilidad, con el fin de debilitar a los trabajadores. La desviación
nacionalista representa la adaptación de la política internacionalista de la
clase obrera a la política nacionalista de la burguesía.
El triunfo del socialismo y la abolición de las
clases explotadoras en la U.R.S.S. significan, a la par
que la eliminación de la hostilidad nacional, la
liquidación de la base social de todo nacionalismo,
así como la superación de las desviaciones
nacionalistas en el seno del Partido Comunista de la U.R.S.S.
Los vestigios nacionalistas, sin embargo, no pueden
desaparecer de golpe de la conciencia de los
hombres. Las supervivencias del capitalismo en las
relaciones entre las naciones se mantienen con firmeza, a causa de que pueden
enmascararse y ocultarse tras los intereses nacionales. A ello hay que agregar
que el cerco capitalista tiende a avivar los vestigios de nacionalismo, con el
fin de quebrantar la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S. y de minar el
poderío del Estado soviético multinacional.
Las supervivencias del nacionalismo se manifiestan,
por ejemplo, en el hecho de que algunos
historiadores y escritores corran un velo sobre las
contradicciones de clase en el seno de las naciones
burguesas, imaginándose el desenvolvimiento de la cultura nacional, en la
sociedad dividida en clases, como si fuera una "corriente única", que
avanzara sin luchas de clases. Ciertos historiadores y escritores exaltan todo
el pasado nacional, pintando a los reaccionarios señores feudales y a los janes
como si fueran héroes nacionales. El nacionalismo se manifiesta, por una parte,
en el embellecimiento de la política nacional del zarismo y de la burguesía rusa,
y por otra, en el retoque de la ideología y la política reaccionarias de la
burguesía nacional o de los dignatarios feudales que aplastaron a los pueblos
en alianza con el zarismo, traicionándolos en beneficio de los imperialistas de
Occidente.
La idealización de todo el pasado, el
embellecimiento de todo el ayer de la nación, incluidos los elementos
reaccionarios de la cultura nacional de épocas pasadas, conduce a avivar el
nacionalismo. Este se manifiesta, igualmente, en la exaltación de los movimientos
reaccionarios, que enarbolan la bandera religiosa y nacionalista del
panislamismo, el panturquismo, el sionismo, etc.; se expresa, asimismo, en la
ignorancia de la influencia positiva de la cultura rusa avanzada, de las ideas
de los demócratas revolucionarios y de los comunistas rusos en los movimientos
de liberación de otros pueblos.
Los elementos extraños al socialismo atizan y
cultivan el odio
nacional y la
hostilidad entre las
capas más atrasadas de la población. Los vestigios
nacionalistas se entrelazan estrechamente con otros
vestigios del capitalismo, como los religiosos, que
alimentan la desconfianza
hacia los creyentes
de otras religiones.
Las supervivencias capitalistas se manifiestan
también, en relación con el problema nacional, bajo
la forma del cosmopolitismo, el nihilismo nacional.
El Partido Comunista adopta una actitud de respeto hacia la
cultura de todos
los pueblos, hacia
el
contenido
progresivo de la
cultura nacional. El
Partido ha desenmascarado al grupo antipatriótico
cosmopolita en la U.R.S.S., que, ocultándose tras la
bandera
del
"internacionalismo",
negaba las
conquistas de la cultura socialista de los pueblos
de la U.R.S.S., particularmente de la cultura del gran
pueblo ruso.
Al establecer la colaboración fraternal entre las
naciones socialistas en la edificación del comunismo, el Partido Comunista
lucha por la completa liquidación de los vestigios nacionalistas en la
conciencia de los hombres, educando a los trabajadores en el espíritu del
internacionalismo.
La experiencia de la U.R.S.S. y de los países de
democracia popular en el problema nacional ha asestado un golpe mortal a todas
las teorías reaccionarias nacionalistas y racistas. Dicha experiencia ha echado
por tierra las ideas anticientificas y antihumanas de que la humanidad se
divide en razas y naciones "inferiores" y “superiores" y,
conforme a las cuales unos pueblos, por su propia naturaleza, están destinados
a dominar sobre otros y a explotarlos. La experiencia de numerosos pueblos de
la Unión Soviética ha demostrado que no hay pueblos inferiores, pueblos que no
puedan hacer avanzar la cultura. La experiencia de la U.R.S.S., de la República
Popular China y de otros países de democracia popular ha confirmado que todos
los pueblos, una vez liberados del yugo nacional y tras de haber recibido la
posibilidad de un desarrollo libre e independiente, pueden impulsar la cultura
hacia adelante.
La teoría y la práctica de la igualdad de derechos y
de la amistad entre los pueblos de la U.R.S.S., el
respeto a los derechos de los demás pueblos ha hecho
que todos los pueblos soviéticos se hayan aglutinado
en una
sola y fraternal
familia y que
todos los
pueblos amantes de la libertad, de otros países,
sean
amigos de la Unión Soviética. La ideología soviética
que postula la igualdad de derechos de todas las razas y naciones, la ideología
de la amistad de los pueblos, ha
vencido plenamente durante
los años de la
segunda guerra mundial a la ideología imperialista fascista del más bestial
nacionalismo y de odio de razas. Como es sabido, los hitlerianos empuñaron,
como su arma ideológica, la antihumana ideología racista, calculando con ello
que la prédica del odio racial y nacional sentaría las premisas ideológicas y
políticas del dominio de los imperialistas alemanes sobre otros
pueblos. Los hitlerianos
sembraban el odio y la cizaña
entre las naciones para ir esclavizándolas una tras otra.
La ideología y la política racista se convirtieron,
de hecho, en
fuente de debilidad
interna y de
aislamiento de la Alemania nazi en política
exterior;
fueron, asimismo, uno de los factores que
contribuyeron al hundimiento del criminal bloque hitlerista, y la misma suerte
aguarda a cuantos traten de hacer suyas la ideología y la política racistas.
Con el paso gradual del socialismo al comunismo, las
naciones socialistas se elevan a un nuevo nivel en
su desarrollo económico, político y cultural. En el
curso de la edificación del comunismo, van
borrándose las diferencias de clase entre los obreros
y campesinos, así como la línea divisoria entre
ellos
y los intelectuales. Las naciones socialistas se
muestran cada vez más aglutinadas, más monolíticas y libres de los vestigios
del capitalismo. Su economía y cultura alcanzan pleno florecimiento.
El socialismo ha puesto fin, en nuestro país, al
desarrollo unilateral y a la anormal distribución territorial de las fuerzas
productivas, heredados del capitalismo y de la política colonial del zarismo y
el imperialismo. En todas las repúblicas nacionales se ha creado la industria
socialista. El XIX Congreso del
Partido Comunista de la Unión
Soviética, al trazar sus
directrices para el quinto plan quinquenal, preveía un mejoramiento sucesivo de
la distribución planificada de las fuerzas productivas en el país. Y ello, no
sólo para acercar la industria a las fuentes de materias primas y combustible,
para acabar con los transportes irracionales y lejanos, y para fortalecer la
capacidad defensiva de
la U.R.S.S., sino
también para que las repúblicas nacionales y las regiones alcancen un
continuo florecimiento económico y cultural.
En los planes de fomento de la industria, del
transporte, de la agricultura y el comercio, se toman en cuenta los intereses
vitales y generales de toda la Unión Soviética, así como los intereses
específicos de todas las repúblicas nacionales soviéticas. Los pueblos
soviéticos, cumpliendo estos planes con un espíritu de colaboración fraternal,
sientan las bases materiales del comunismo. Sobre estas mismas bases se desarrolla
también la múltiple
colaboración cultural de las naciones socialistas en el campo del
progreso técnico, de la ciencia, la literatura y el arte. En esta colaboración,
desempeña un enorme papel el intercambio de experiencias en todas las esferas
de la producción, del modo de vida y de la cultura. El gran pueblo ruso,
poseedor de la cultura más desarrollada, presta una generosa y fraternal ayuda
a los demás pueblos en todos los dominios de la edificación comunista. El
Partido Comunista y el gobierno de la Unión Soviética consideran que el
fortalecimiento de la amistad entre los pueblos soviéticos y de sus relaciones
internacionales con los trabajadores de otros países constituye una de sus
tareas más importantes.
La experiencia de la Unión Soviética ha
demostrado, en la
práctica, la posibilidad
y
conveniencia de la unión fraternal de los
trabajadores de las nacionalidades más
distintas, basada en la
voluntariedad y plena igualdad de derechos, en la
amistad entre los pueblos. En la U.R.S.S. se ha aplicado, por
primera vez, el
método proletario,
internacionalista, de liberar a las naciones
oprimidas y este método ha resultado ser el único acertado.
La experiencia de los pueblos de la Unión Soviética
es estudiada hoy por las fuerzas democráticas
avanzadas de todo
el mundo. Los
partidos comunistas de los países de democracia
popular, apoyándose en la experiencia de la U.R.S.S.
y guiándose por el marxismo-leninismo, están
resolviendo el problema nacional, otorgando a las naciones el derecho a su
autodeterminación y una plena igualdad de derechos, estableciendo la
colaboración fraternal entre ellas, educando a los trabajadores en el espíritu
del socialismo, del internacionalismo y de la amistad entre los pueblos,
luchando contra la ideología burguesa, contra el nacionalismo y el
cosmopolitismo. En los países de democracia popular se ha puesto fin a la
política burguesa-terrateniente de opresión nacional y de enemistad entre
los pueblos; en
esos países de Europa y Asia, todas las naciones han
obtenido plena igualdad de derechos, así como las condiciones necesarias para
su libre desarrollo. La ley protege, en ellas, a las minorías nacionales y se
ha liquidado, en la práctica, la desigualdad nacional en el terreno económico y
cultural. Así, por ejemplo, los checos ayudan a los eslovacos a desarrollar su
industria, a forjar los cuadros
de una intelectualidad nacional, etc.
Los países de democracia popular cuentan con el
vigoroso apoyo y la ayuda fraternal de la Unión Soviética y se unen en torno a
ella como firme baluarte de la
paz, de la
libertad y de la
independencia de todos los pueblos, prestándose una asistencia mutua en la
edificación del socialismo. En los países de democracia popular, las viejas
naciones, burguesas, se transforman en socialistas en el curso de la
edificación del socialismo.
4. La escisión del mundo en dos sistemas r los movimientos de liberación nacional.
El
triunfo de la
Gran Revolución Socialista de
Octubre, que liquidó la opresión nacional-colonial
en la sexta parte
del mundo, inauguró
la era de las
revoluciones
nacionales y coloniales
bajo la dirección del
proletariado. A consecuencia
de la
creación del Estado soviético, el mundo quedó
dividido en dos sistemas opuestos, en dos campos: el campo del capitalismo y el
del socialismo. La lucha
entre ambos constituye el contenido principal de la
época contemporánea.
Señalando lo que había de nuevo en el modo de
plantearse el problema nacional, después de haberse creado la República
soviética, Lenin hacía ver que ya
no era posible limitarse a pronunciarse en favor del
acercamiento entre los
trabajadores de diferentes
países, en general, sino que "es indispensable
seguir la política de la alianza más estrecha entre todos los movimientos de
liberación nacional y colonial con la
Rusia soviética, estableciendo las formas de esa
alianza de conformidad con el grado de desarrollo del
movimiento comunista entre el proletariado de cada
país o del movimiento democrático-burgués de liberación de los obreros y
campesinos en los países atrasados o entre las nacionalidades
atrasadas".169
169 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t, XXXI,
pág. 124.
Lenin señalaba que el desenlace de la lucha mundial
entre capitalismo y comunismo dependería, en fin de cuentas, del hecho de que
Rusia, India y China constituyen la
inmensa mayoría de la
población, comprendiendo también
las colonias, y que después de la Revolución de Octubre,
esta mayoría se incorporaba con inusitada rapidez a la lucha por su liberación.
Partiendo de estas afirmaciones de Lenin, Stalin impulsó hacia delante los problemas
de la teoría y táctica
de las revoluciones nacionales y
coloniales, así como el problema de las vías a seguir para alcanzar la victoria
sobre el imperialismo.
Los principios teóricos del leninismo se han
confirmado brillantemente en
la práctica. Con el
triunfo del pueblo chino sobre el imperialismo y la
creación de la República Popular China, los países
de democracia popular en Europa y Asia constituyen, junto con la Unión
Soviética, la tercera parte de la población del globo terrestre. La victoria
alcanzada por el gran pueblo chino representa un enorme fortalecimiento del
campo de la
paz, de la democracia y del socialismo, que encabeza
la Unión Soviética. Esta victoria, que constituye un duro golpe para el
imperialismo, eleva el movimiento de liberación nacional de los pueblos de
Oriente a un nuevo nivel, superior, y acelera la crisis y el hundimiento de
todo el sistema colonial del imperialismo.
Sin embargo, más de mil millones de hombres sufren
todavía la opresión nacional-colonial imperialista. En la actualidad, la fuerza
principal de la reacción mundial imperialista, de la opresión colonial, del
saqueo y la explotación está constituida por el imperialismo norteamericano,
que aspira a la dominación mundial. El capital monopolista de los Estados
Unidos somete a una implacable explotación a los pueblos de Alaska, Islas
Virginia y Hawái, Filipinas, Puerto Rico, Cuba y la América Latina; explota,
igualmente, a los indios y negros de los Estados Unidos y a los pueblos de los
países dependientes y colonias de Asia y África. El capital monopolista yanqui
ayuda a los imperialistas de Francia. Holanda e Inglaterra a luchar contra los
movimientos de liberación nacional de los pueblos de sus colonias.
En los Estados Unidos, los negros carecen, en
realidad, de derechos. Los indios, que constituyen la población aborigen de
América, fueron exterminados implacablemente por los colonizadores después del
descubrimiento del continente
americano; en nuestros días, se
ven condenados al hambre, a las enfermedades y a la extinción en las llamadas "reservaciones",
donde se les ha arrojado a la fuerza. El promedio de duración de la vida de los
indios de la tribu Papago de Arizona es de diecisiete años.
El capital monopolista norteamericano explota a
todos los pueblos de las colonias y países capitalistas
con su ayuda financiera, militar y otros géneros de
"ayuda". Durante el período de 1920 a 1948, los capitalistas yanquis
obtuvieron de sus inversiones de capital en el extranjero, según datos
oficiales disminuidos, beneficios por valor de 18.000 millones de dólares, lo
que representa una suma tres veces superior a los obtenidos de sus inversiones
de capital al comienzo del
citado período. Las
ganancias anuales obtenidas por los Estados Unidos con sus inversiones
de capital en el extranjero, durante el período de 1946 a 1951, superaron en
más de dos veces a las logradas anualmente en los 25 años anteriores. Esto se
expresa en la honda diferencia existente
entre la renta
nacional de los
Estados Unidos y la de otros países capitalistas, particularmente los
países coloniales y dependientes. La distribución de la renta nacional por
cabeza en
1949 era de 1.453 dólares en Estados Unidos; 773, en
Inglaterra; 502, en Holanda; 57, en la India; 51, en
Pakistán;
44, en Filipinas;
38, en Liberia;
36, en
Tailandia, y 25 dólares en Indonesia.
Los imperialistas norteamericanos asfixian a la
industria nacional no sólo en las colonias, sino también en los países
capitalistas altamente desarrollados de Europa (Inglaterra, Francia, Bélgica e
Italia), lo que viene a agravar el paro forzoso en masa y la depauperación de
los trabajadores. en todos estos países.
Debido a la agravación de la crisis del sistema
colonial del imperialismo y del reforzamiento de la
lucha nacional de liberación, los imperialistas
aguzan
el ingenio buscando nuevas formas, más flexibles, de
avasallamiento y explotación de los pueblos. Así, por ejemplo, los Estados
Unidos han proclamado la "independencia" formal de Filipinas, pero
conservando de hecho
su dominio y no sin
antes dejar un gobierno pelele, que se apoya en los imperialistas
yanquis y gobierna a las Filipinas bajo sus órdenes.
Los
imperialistas ingleses proclamaron
a los cuatro vientos que
otorgaban la independencia a la
India y que "abandonaban" este país. Pero,
en verdad, siguieron manteniendo las posiciones dominantes en
la economía de la India. Los imperialistas frenan el
desarrollo de la industria y la agricultura de la India, a consecuencia de lo
cual la economía hindú sigue
siendo en extremo atrasada. Bajo el control de los
imperialistas, se halla el 97 por 100 de la industria
petrolera de la India, el 93 por 100 de la hullera,
el 90 por 100 de la cerillera, el 80 por 100 de la industria del yute, el 86
por 100 de la del té, el 73 por 100 de
la minería, el 62 por 100 de la industria hullera y
54 por 100 de las plantaciones de caucho. El 72,4 por
100 de las inversiones extranjeras de capital en la
India pertenecen a Inglaterra. Durante su dominación en la India, los
colonizadores británicos llevaron este
país a la miseria más espantosa. Más del 85 por 100
de la población era analfabeta. Los imperialistas, así
como los terratenientes y la burguesía compradora de
la India, se aprovechaban de los prejuicios religiosos y las
casta para atizar
los odios nacionales
y religiosos entre la población del país, dividida en muchas tribus y
nacionalidades. Los imperialistas yanquis se esfuerzan también por esclavizar a
los pueblos de la India, pero tropiezan con la resistencia de las fuerzas
patrióticas y progresistas del país. Es indudable que los pueblos de la India
lucharán por su plena liberación, por la expulsión de los imperialistas de su
país y que,
en esta lucha,
cuentan con la simpatía y apoyo de todo el campo del
socialismo y de la democracia.
Entre los 198 millones de habitantes del África se
halla ampliamente extendido el trabajo forzado, con
la
esclavitud y la
servidumbre. La discriminación
racial se practica en forma implacable y la
población aborigen es acorralada en las llamadas reservaciones, en tanto que
los colonizadores extranjeros se han apoderado de las mejores tierras. La
miseria, el hambre y las enfermedades diezman a la población, privada de
asistencia médica. Según datos de la O.N.U., publicados en diciembre de 1952,
el 57 por
100 de los
africanos muere antes
de cumplir los quince años, a consecuencia de la
espantosa miseria,
del
trabajo extenuante y
de la falta
de asistencia
médica.
Después de la segunda guerra mundial, han caído bajo
el yugo de los imperialistas norteamericanos los
pueblos
del Japón, Alemania
Occidental y otros países
capitalistas desarrollados. Los
imperialistas
yanquis
utilizan el territorio
de esos países
como bases militares propias y pugnan por convertir a sus
pueblos en esclavos coloniales suyos y en carne de
cañón destinada a servir en una agresión contra la U.R.S.S. y los países de
democracia popular, contra
el movimiento nacional de liberación. Los
imperialistas yanquis han convertido a su Estado en
gendarme internacional y verdugo de pueblos.
En la lucha por el dominio mundial, los ideólogos
del imperialismo norteamericano despliegan
una
campaña contra la soberanía de las naciones y su
derecho a la
autodeterminación. Los imperialistas
empuñan como arma ideológica las ideas del
cosmopolitismo y defienden y embellecen el "modo de vida
norteamericano", modo de vida burgués y
caduco.
Los propagandistas yanquis,
británicos y otros defensores
del cosmopolitismo ven
en el
principio
de la soberanía
nacional un "prejuicio pasado de moda". Esta
propaganda se propone, por una parte, emponzoñar la conciencia de los pueblos
británico y norteamericano con ideas nacionalistas y
racistas acerca de
la "superioridad" de
los
anglosajones, acerca de sus derechos al dominio
mundial; por otra, se propone servirse de la política de traición
de la burguesía de
otros países, de su
servilismo ante la Norteamérica capitalista para
desarmar así ideológicamente a los pueblos de esos
países, facilitando el camino de su esclavización a
los imperialistas yanquis.
Los
dirigentes socialistas de
derecha difunden ampliamente la ideología reaccionaria del
cosmopolitismo. En la actualidad, no sólo sirven
fielmente a su propia burguesía, sino también a los
imperialistas yanquis, ayudando a éstos a aplastar
los movimientos de liberación en las colonias y países de pendientes y
traicionando los intereses nacionales de
sus propios pueblos.
La opresión nacional-colonial despierta, cada vez
más, la
indignación de los
pueblos de los
países
coloniales y dependientes. La lucha de los pueblos
de
las colonias y países dependientes ha alcanzado, en
la actualidad, un nuevo nivel, más alto, y en una serie
de países reviste la forma de la lucha armada, con
destacamentos de guerrilleros y ejércitos populares
regulares creados en el fragor de esa lucha.
A la lucha
de liberación nacional
contra los
imperialistas norteamericanos, no sólo se incorporan
los pueblos de los países atrasados, coloniales, sino también los de países
capitalistas altamente desarrollados, como Inglaterra, Francia, Alemania
Occidental, Japón, Italia y otros. La clase obrera ejerce, cada vez con más
firmeza, la hegemonía en la lucha de liberación nacional de los pueblos y los
partidos comunistas mantienen en alto la bandera de la independencia nacional y
de la soberanía.
En su lucha de liberación nacional, los pueblos
aprovechan en su
favor las contradicciones que
surgen inevitablemente entre los principales países
capitalistas. Inglaterra, Francia, Italia, Japón,
Alemania Occidental y
otros países capitalistas, caídos bajo
la dependencia norteamericana, no pueden soportar indefinidamente la
situación actual, que se caracteriza por que los imperialistas yanquis han penetrado
en su economía,
tratando de convertida en
apéndice de la economía de Estados Unidos y por el hecho de que el capital
norteamericano se ha apoderado de las materias y de los mercados de venta de
las colonias británicas y francesas. Los países derrotados -el Japón y la
Alemania Occidental- se hallan bajo el yugo del capitalismo yanqui, maniatados
por el régimen de ocupación norteamericana. Y, sin embargo, aún no hace mucho
que estos países eran grandes potencias imperialistas, que sacudían los
cimientos de la dominación de los Estados Unidos, de Inglaterra y Francia en
Europa y Asia. Es inevitable que estos países se esfuercen por destruir la
dominación norteamericana y seguir la vía de un desarrollo independiente,
aprovechando para este fin las contradicciones existentes entre los
imperialistas de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia.
Apoyándose
en la gran
experiencia del Partido
Comunista
de la Unión
Soviética, los partidos
autodeterminación e incluso a su separación de las
potencias imperialistas; proclaman, asimismo, la igualdad de derechos de todos
los ciudadanos, sin distinción de creencias religiosas, sexo, raza o
nacionalidad, así como el derecho a usar su lengua nativa en todas las
instituciones públicas y oficiales y a recibir la enseñanza en su lengua natal.
En los puntos de su programa sobre la cuestión
nacional, los partidos comunistas parten del carácter
de las transformaciones sociales revolucionarias,
que objetivamente son necesarias en el país de que se
trate en una etapa dada de su desarrollo.
Factores decisivos para el triunfo del movimiento de
liberación nacional contra el imperialismo son la
hegemonía de la clase obrera en la lucha liberadora,
la creación y el fortalecimiento de la alianza entre la
clase obrera y los campesinos y, sobre esta base, el
frente nacional único en los países dependientes.
El movimiento de liberación nacional de cada país
es, en la actualidad, parte integrante de la lucha
general del campo de la paz, de la democracia y el socialismo contra el campo
imperialista, antidemocrático, de la reacción y la guerra. Pero, a la par con
eso, el crecimiento y fortalecimiento del campo de la paz, de la democracia y
el socialismo es un importantísimo factor internacional de los éxitos del
movimiento nacional de liberación. La existencia del campo de la paz, de la
democracia y el socialismo facilita la lucha de los pueblos oprimidos por su liberación
del yugo del imperialismo.
Las relaciones entre los pueblos y los países del
campo del socialismo y de la democracia tienen un
carácter socialista,
y se atienen a los principios de
plena
igualdad de derechos
y ayuda mutua. "...Ningún país capitalista
hubiera podido prestar a las democracias populares una ayuda tan eficaz y
calificada desde el punto de vista técnico como la que les presta la Unión
Soviética. No se trata sólo de que
esa ayuda es
barata en grado
máximo y altamente calificada
desde el punto de vista técnico. Se trata, ante todo, de que la base de esa
colaboración es el sincero deseo de ayudarse mutuamente y de alcanzar un auge
económico general".170 La Unión Soviética defiende consecuentemente y
sostiene el derecho de cada nación a la libre autodeterminación y a
su desarrollo independiente y
apoya, desinteresadamente, a todas las naciones oprimidas en su lucha
por la independencia y la soberanía nacional.
La política de la Unión Soviética, basada en el
reconocimiento de la
soberanía e igualdad
de
derechos de todas las naciones, grandes y pequeñas,
aglutina a los trabajadores de todas las naciones en
un campo antiimperialista único, el campo de la paz,
de la democracia y el socialismo.
La Unión Soviética
es poderoso baluarte
de la
comunistas de los países capitalistas y de las
colonias
defienden
el derecho de
todas las naciones
a la
170 J. V.
Stalin. Problemas económicos del socialismo en
la
U.R.S.S., ed. española, Moscú. 1953. pág. 30.
libertad, la igualdad de derechos, la independencia,
la seguridad y la
colaboración pacífica entre
los pueblos; sus intereses son inseparables de la causa de la paz en
todo el mundo.
Resumen.
El marxismo-leninismo enseña que el problema nacional-colonial no es un problema independiente, sino que
forma parte del
problema general de la
lucha de los trabajadores contra la opresión social.
El imperialismo ha conducido a la ampliación y
fortalecimiento de la opresión nacional-colonial, a la
división del mundo capitalista en un pequeño grupo
de naciones dominantes y un conjunto de naciones
oprimidas, que constituyen la inmensa mayoría de la
población del globo terrestre. El problema nacional-
colonial se ha convertido, en la época del
imperialismo, en parte integrante del problema de la lucha contra el
imperialismo, del problema de la revolución
socialista y de
la dictadura del proletariado. Los
movimientos de liberación nacional de los pueblos contra el
imperialismo son aliados de la revolución socialista del proletariado y logran triunfar cuando el proletariado
ejerce la hegemonía.
El Estado socialista soviético, multinacional,
representa una solución
ejemplar del problema
nacional. Los partidos comunistas y democráticos de
todos los países, apoyándose en la experiencia de la
U.R.S.S., luchan contra todas las formas de opresión
nacional, por la libertad y la independencia de los pueblos. La
experiencia soviética en la solución del problema nacional se aplica con éxito
en los países de democracia popular.
En la actualidad, la solución del problema
nacional-colonial está vinculada
a los éxitos
del
campo de la paz, encabezado por la Unión Soviética.
La U.R.S.S. es
el baluarte de
la libertad y la
independencia de los pueblos de todos los países, el
prototipo de su futura colaboración voluntaria, de la amistad y de la unión en
las condiciones de triunfo
del socialismo en todo el mundo.
CAPITULO IX. EL
PAPEL DE LAS MASAS POPULARES Y DE
LA PERSONALIDAD EN LA HISTORIA.
Hemos expuesto, en los capítulos anteriores, cuál es
el papel de las masas trabajadoras, como la fuerza productiva más importante de
todas, el papel de las masas oprimidas y explotadas en la lucha de clases, en
los movimientos revolucionarios y de liberación nacional. En el presente
capítulo, estudiaremos el papel de las masas populares y esclareceremos la
significación de la personalidad en el desarrollo de la sociedad, vista en su
conjunto.
1. La concepción idealista del papel de la
personalidad y de
las masas populares
en la historia, y su falta de
fundamento.
Dos concepciones diametralmente opuestas entre
sí se enfrentan en lo tocante al problema del papel
de las masas populares
y de la
personalidad en la historia: una concepción científica, la
materialista, y otra anticientífica, la idealista.
Entre los sociólogos e historiadores burgueses
prevalece el punto
de vista de
que la historia
universal es el resultado de la acción de los
grandes
hombres, de los héroes, de los caudillos y los
conquistadores. La principal fuerza motriz de la historia, afirman
los que sostienen
este punto de vista, son los legisladores, los
ideólogos, los reyes, los caudillos; el pueblo constituye, por el contrario,
una masa pasiva, inerte. Esta teoría idealista explica la aparición de los
Estados y de los poderosos imperios, su florecimiento, su decadencia y su
colapso, los movimientos sociales, las revoluciones, en una
palabra, todos los
acontecimientos importantes de la historia, como el resultado de la
acción llevada a cabo por las personalidades descollantes. Los millones de
hombres sencillos, los creadores de los bienes materiales y de los grandes
tesoros de la cultura espiritual, las gentes que participan en los movimientos
populares de masas, en las revoluciones y en las guerras de liberación, son
ignorados por la historiografía y la sociología idealistas, pues se hallan,
según estos ideólogos, al margen de la historia.
El
desprecio y la
ignorancia del papel
de las masas populares por parte
de los sociólogos y los historiadores anteriores al marxismo y de los que se
hallan actualmente al
servicio de la
burguesía reflejan el estado
de humillación a
que las masas
trabajadoras se ven sometidas en la sociedad basada
en el antagonismo de clases bajo el yugo de las clases explotadoras y
eliminadas por la fuerza de toda participación decisiva en la vida política.
Las masas trabajadoras, en todas las formaciones sociales antagónicas, viven
agobiadas por la miseria y la carencia de derechos, por la necesidad angustiosa
de ganarse el pan de cada día, mientras el timón de la política es empuñado por
los individuos de las clases gobernantes, encaramados sobre las espaldas del
pueblo. Las teorías idealistas subjetivas, según las cuales las masas son
incapaces de crear la historia, ya que esta misión se halla reservada a los
"elegidos" (es decir, a la minoría explotadora), van encaminadas a
justificar y eternizar este estado de humillación de los trabajadores.
Las concepciones idealistas sobre el papel de la
personalidad cobran distinto sentido y significación
social, con arreglo a las condiciones históricas.
Así,
por ejemplo, entre los pensadores de la Ilustración
francesa del siglo XVIII, estas ideas reflejaban la limitación de horizontes de
su visión del mundo, la cual, sin embargo, desempeñó en aquel tiempo, vista en
su conjunto, un papel progresivo. Por oposición a la concepción teológica
medieval de la historia, los ideólogos de la Ilustración francesa se esforzaban
por dar una explicación racional de los acontecimientos. Completamente
distintos son el designio y el sentido sociales que encierran las concepciones
burguesas de la época posterior acerca del papel de las masas populares y de la
personalidad en la historia: en ellas, se expresa la ideología de la burguesía
reaccionaria, su odio al pueblo, a los trabajadores, su miedo a la actuación
revolucionaria de las masas.
En el siglo XIX, las concepciones reaccionarias
idealistas subjetivas sobre el papel de la personalidad y de las masas
populares en la historia fueron sostenidas
y desarrolladas, entre
los alemanes, primero por los
neohegelianos (Bruno Bauer, Max Stirner) y más tarde por los neokantianos (Max
Weber, Windelband y
otros). En Inglaterra, preconizó esta concepción el
historiador y publicista Tomás
Carlyle, muy influido
por el idealismo alemán. Carlyle
era partidario del
llamado "socialismo feudal", ensalzaba el pasado y acabó por
convertirse en un reaccionario descarado. En su libro
titulado Los héroes y el culto a los héroes,
escribió: "...La historia universal, la historia de lo que el hombre ha
llevado a cabo en este mundo, es, en esencia, tal como yo la concibo, la
historia de los grandes hombres que se afanan aquí abajo, sobre la tierra...
Cuanto se realiza en este mundo, es, sustancialmente, el resultado material
externo, la realización práctica y la plasmación de pensamientos emanados de
los grandes hombres que han sido enviados al mundo en que vivimos. Y la
historia de éstos encierra, en
verdad, el espíritu
de toda la historia universal". La historia
universal se reduce, por tanto, según Carlyle, a las biografías de los grandes
hombres.
Defensores de esta concepción idealista subjetiva
sobre el papel de la personalidad en la historia fueron los populistas (Lavrov,
Mijailovski y otros, con su teoría reaccionaria de los "héroes" y la
"multitud") y, más tarde, los social-revolucionarios. Según ellos, la
masa del pueblo es una "multitud" inerte y pasiva, algo así como una
cantidad infinita de ceros; estos ceros, según observa ingeniosamente Plejánov,
sólo pueden llegar a convertirse en una determinada magnitud, con arreglo a la
teoría de los populistas, siempre y cuando que vayan detrás de una "unidad
críticamente pensante", detrás
de un héroe.
Los héroes, según esta teoría, crean las nuevas ideas, los ideales,
según su propia inspiración y a su capricho, y los comunican a la masa,
poniéndola en movimiento. El culto a la personalidad de los héroes: tal es el
meollo de la concepción profesada por los populistas y los
social-revolucionarios.
Estas ideas de los populistas, ideas reaccionarias y
anticientíficas, llevaban a
las más perniciosas
conclusiones prácticas. La táctica populista del
terror
individual arrancaba de la teoría de los
"héroes" activos y la "multitud" pasiva, que esperaba con
los
brazos
cruzados las hazañas
de los "héroes". Esta
teoría era funesta para la revolución, pues
entorpecía el desarrollo de la lucha revolucionaria de masas de los obreros y
los campesinos. Una de las causas de la derrota de los populistas y los
social-revolucionarios fué precisamente su negación del papel decisivo de las
masas populares en la historia. La teoría de unos y otros
sobre los "héroes" y
la "multitud" fué sometida a crítica en los trabajos de
Lenin y en los de Plejánov.
En la época del imperialismo, la burguesía se vale
de las
"teorías"
reaccionarias idealistas subjetivas
sobre el papel de la personalidad en la historia
para
fundamentar la ideología de la expoliación
imperialista y de la dictadura terrorista del fascismo.
El más inmediato
antecesor ideológico del
fascismo fué el filósofo alemán Nietzsche. En las
obras de Nietzsche se mantiene la más repugnante actitud, una actitud
despreciativo-señorial, esclavista- capitalista, ante el pueblo. Según este
filósofo, "la humanidad es, indudablemente, más bien un medio
que un fin... La humanidad es, simplemente, un
material de experimentación, la escoria de un gigantesco fracaso,
un campo de
escombros. Nietzsche se refiere con desprecio a la masa trabajadora, a
los que él llama "los demasiados", y considera como natural, normal y
justificada la situación de esclavitud que les está reservada en las
condiciones del capitalismo. La fantasía demencial de este filósofo le hizo
concebir el ideal del "superhombre", de la bestia humana, situada
"más allá del bien y del mal", que conculcaba la moral de la mayoría
y marchaba derecha
hacia su meta egoísta, hacia el poder por entre
incendios y ríos de sangre. El principio fundamental del
"superhombre" era la voluntad de poder, y a la luz de él todo se
hallaba justificado. Esta fanática y cruel "filosofía" nietzscheana,
unida a su teoría racista, fué elevada al rango de ideología oficial del Estado
por Hitler y sus secuaces.
La teoría racista del fascismo y la idea fascista
del "Führer" se hallan íntimamente relacionadas entre sí y se
complementan mutuamente. La teoría racista, sin que pueda apoyarse para ello en
fundamento alguno, divide a los pueblos en "superiores" e
"inferiores" y afirma que la mayoría de los pueblos sólo son aptos
para abonar el "suelo de la civilización" y se
hallan incapacitados para una obra de creación histórica propia e
independiente, para la creación de valores culturales. Al mismo tiempo, los
racistas dividen, a
su vez, la
raza "superior"
inventada por ellos
en representantes de
primera clase, "de pura sangre", de la raza, en la
"élite" y en representantes "de menor cuantía",
"inferiores", entre los que ellos cuentan las masas populares. La
"élite" la encabeza el Führer, dotado de poderes ilimitados para
decidir acerca de la suerte de los pueblos. Esta ideología basada en el odio a
la humanidad sirvió al hitlerismo de guía y justificación de su barbarie y de
sus bestialidades, de su política de exterminio de millones de seres y de
destrucción de miles de aldeas y ciudades.
Las fuerzas reaccionarias imperialistas de los
Estados Unidos, Inglaterra y otros países capitalistas vuelven a levantar sobre
el pavés el racismo y la teoría idealista sobre el papel decisivo de la
personalidad en la historia. Se han manifestado como propagandistas de esta
teoría en Inglaterra Bertrand Russell y en los Estados Unidos John Dewey, el
historiador Robinson y los publicistas reaccionarios Baldwin, MacCormic y
otros. Durante las elecciones presidenciales celebradas en Francia a fines de
1953, Baldwin, acongojado por la actividad de que daban muestras las fuerzas
democráticas francesas, escribía en el New York Times que sólo "un nuevo
Napoleón" podría "salvar" a Francia. Según él, Francia "no
sería capaz de elevarse hasta su grandeza potencial" a menos que "un
nuevo Napoleón se encargara de unir y regenerar al pueblo francés".
Lo que caracteriza a la ideología burguesa de la
época del imperialismo es el odio a los pueblos y el miedo ante ellos. Los
ideólogos del imperialismo presentan al pueblo como una fuerza destructora, y
no como
la gran fuerza
creadora. Para ellos,
las masas populares no son más que un instrumento, un medio en manos de
los representantes predestinados de las clases dominantes, el objeto y no el
sujeto de la historia. Y cuanto más se ahonda la crisis del capitalismo y más
se agudizan las contradicciones de éste, más se extiende entre la burguesía el
culto a las personalidades fuertes, a los führers y caudillos, a los
"elegidos", a la "élite".
La concepción idealista sobre el papel de la
personalidad y de las masas populares en la historia,
nada tiene que ver con la ciencia. Se halla refutada
por la historia toda. Esta enseña que las
personalidades, incluso las más descollantes, no pueden cambiar los rumbos
fundamentales del desarrollo histórico, no pueden determinar la forma del
régimen social y político, salvar de su ruina a un régimen social caduco ni
crear otro nuevo. Los emperadores
romanos poseían un
poder inmenso, pero fueron
impotentes para atajar
la caída de la
Roma esclavista.
Ningún personaje histórico puede volver atrás la
rueda de la historia. Así lo atestigua bien a las claras,
no sólo la historia antigua, sino también la
historia
contemporánea.
No en vano
han sufrido un descalabro tan ignominioso todos los
intentos de los
cabecillas de la reacción imperialista de derrocar
el
Poder
soviético y acabar
con el socialismo
en la
U.R.S.S.
La
derrota sin precedente
de los agresores fascistas y de sus animadores
imperialistas en los Estados Unidos y en la Gran Bretaña ha sido una
enseñanza aleccionadora para
quienes hoy se empeñan en detener los avances de la
sociedad, en volver hacia atrás el carro de la historia. La experiencia de la
historia enseña que la política encaminada a la dominación mundial de un Estado
y a la esclavización y el exterminio de pueblos enteros y, además, de grandes
pueblos, es una política aventurera. La meta de semejante política contradice a
la marcha objetiva del desarrollo progresivo de la humanidad, a los intereses
de todos los pueblos, y se halla condenada a un fracaso total.
La
principal falla teórica
de la concepción idealista sobre el papel de la
personalidad y de las
masas populares en la historia estriba en ignorar
las
leyes que presiden el desarrollo de la sociedad.
Quienes la profesan toman como base, para explicar
la
historia, lo que
aparece en la
superficie de los
sucesos de la vida social, lo que salta a la vista,
pero ignoran u omiten totalmente (en parte, de un modo inconsciente, pero
en gran parte
falsificando la historia de
manera deliberada) lo que se esconde debajo
de la superficie
de los acontecimientos y
forma el verdadero fundamento de la historia de la
vida social, su
fuerza motriz más
profunda y decisiva. Y esto les
lleva a considerar el factor dominante como lo secundario, como lo fortuito en
el desarrollo histórico.
Los
partidarios de la
concepción idealista subjetiva de
la historia entienden que el reconocer la
existencia de leyes en la historia y el papel
histórico
de la personalidad son cosas que se excluyen
mutuamente. El sociólogo subjetivista dice, como el
personaje de Shedrin: "O la ley o yo". Los
sociólogos
de esta tendencia no alcanzan a comprender
certeramente la correlación entre la necesidad y la libertad históricas, entre
lo necesario y lo fortuito en la historia. Como son metafísicos, contraponen la
libertad a la necesidad y no saben descubrir detrás de lo contingente lo sujeto
a ley.
Algunos historiadores, filósofos y sociólogos
burgueses han criticado
la concepción idealista
subjetiva de la historia y del papel de la
personalidad en ella desde el punto de vista del idealismo objetivo.
Han intentado explicar el curso de la historia como
un proceso necesario y sujeto a ley, encontrar los nexos internos que unen los
fenómenos sociales, y se
han manifestado en contra de la idea subjetiva que
atribuye a la personalidad un papel determinante en
la historia. Pero también los idealistas objetivos
deforman la historia. En primer lugar, caen en el extremo contrario, por cuanto
que niegan de plano la
influencia de la personalidad en la marcha de los
acontecimientos históricos, dejándose
llevar del
misticismo, del fatalismo. En segundo lugar, los
partidarios del idealismo
objetivo, como todos
los
idealistas, niegan el papel decisivo de las masas
populares en la
historia. Para ellos,
las personalidades y los pueblos actúan como juguetes
en manos de fuerzas sobrenaturales, en manos del
"destino". La concepción fatalista del
desarrollo histórico se halla
vinculada en gran
parte a la
concepción religiosa del mundo, reflejada en la
frase
según la cual "el hombre propone y Dios
dispone".
Es ésta la
concepción fatalista del
proceso histórico a que llega Hegel en su Filosofía de la historia. Este
filósofo trata de descubrir las leyes que rigen el desarrollo social y critica
la simplista concepción de los subjetivistas de su tiempo, pero ve el
fundamento del proceso histórico en el "Espíritu universal". Llama a
los grandes personajes históricos los
"representantes del Espíritu
universal"; el
"Espíritu universal" se vale de ellos como instrumentos suyos,
sirviéndose de sus pasiones para alcanzar el grado históricamente necesario de
su desarrollo. Los pueblos y los grandes hombres, reducidos así a instrumentos
del Espíritu universal, de Dios, son
impotentes para cambiar
en nada el curso
de las cosas,
"predestinado" por él.
Y así, Hegel y sus partidarios
caen en el fatalismo y condenan a los hombres a la inacción, a la pasividad.
Un importante paso de avance en el desarrollo de las
concepciones acerca del papel de la personalidad y las masas populares en la
historia se contiene ya en las
doctrinas de los
historiadores franceses de la
época de la Restauración, Guizot, Thierry, Mignet y sus continuadores (Monod y
otros). En sus investigaciones,
estos historiadores comienzan
a tener en cuenta la acción de las masas populares en la historia, el
papel de la lucha de clases (en lo tocante al pasado, en particular con respecto
a la lucha contra el feudalismo). Sin embargo, aunque procuren, por
oposición a los
subjetivistas, subrayar la significación de la necesidad histórica,
caen en el extremo contrario: pasan por alto la importancia de la personalidad
como factor que puede acelerar o entorpecer la marcha del proceso histórico.
El materialismo histórico surge y se desarrolla
luchando contra todas las modalidades de las concepciones idealistas acerca del
papel de la personalidad y las masas populares en la historia. Marx y Engels
critican las doctrinas subjetivistas de los neohegelianos -Bruno Bauer y
compañía- sobre el papel de la personalidad en la historia, las doctrinas de
los socialistas utópicos, que soñaban con la instauración del régimen
socialista por obra de la acción de unos cuantos individuos heroicos, de los
inventores de planes encaminados a la estructuración ideal de la sociedad, de
los legisladores y de los filántropos ricos. Criticando la teoría burguesa de
la "robinsonada", escribía Engels:
"La creencia de que los actos políticos de los
caudillos y del Estado son el factor decisivo de la
historia
es una creencia
tan vieja como
la propia
historiografía, y a ella se debe muy en primer
término el hecho de que sepamos tan poco de la callada revolución que impulsa
realmente a los pueblos y que se oculta al fondo de esas ruidosas escenas. Esta
creencia ha presidido toda la historia pasada, hasta que vinieron a asestarle
el primer golpe los historiadores burgueses de Francia en la época de la
Restauración".171
Para valorar certeramente el papel de la
personalidad en la historia, en el desarrollo social, era necesario, ante
todo, comprender el
papel de las masas populares, creadoras de la
historia. Y esto era precisamente lo que no podían hacer los representantes de
las teorías idealistas del desarrollo social. La comprensión del papel
histórico creador de las masas populares les era ajena. Se reflejaba en ello la
limitación de clase de los horizontes mentales de los sostenedores de tales
teorías.
Entre todas las doctrinas anteriores al marxismo hay
que destacar, porque marcan un formidable paso de avance en la solución del
problema en torno al papel de las masas populares y de la personalidad en
la historia, las
de los demócratas
revolucionarios rusos de mediados
del siglo XIX,
Belinski,
Chernichevski,
Dobroliubov y otros.
El punto de vista adoptado por ellos ante la historia
se hallaba impregnado del espíritu de la lucha de clases. Estos pensadores
consideraban la acción de los personajes históricos en relación con el
movimiento de masas, en relación con las condiciones objetivas de la época. Las
personalidades históricas, los grandes personajes, decían los
autores a que
nos referimos, aparecen como consecuencia de las
circunstancias históricas y expresan, de uno u otro modo, las necesidades de la
sociedad de su tiempo.
La personalidad histórica -escribía N. A.
Dobroliubov- se ve coronada por el éxito en sus actos cuando sus fines y sus
aspiraciones responden a las necesidades ya maduras del pueblo, a las
exigencias de los tiempos. "... Los grandes reformadores históricos
ejercen una gran influencia sobre el desarrollo
y el curso
de los acontecimientos históricos en su tiempo y en
su pueblo -leemos en Dobroliubov-, pero conviene no olvidar que, antes de que
comiencen a influir, ellos mismos se hallan bajo la influencia de las ideas y
las costumbres de aquel tiempo y aquella sociedad sobre los que más tarde
habrán de actuar con la fuerza de su genio... La historia sólo se ocupa de los
hombres, incluso de los grandes hombres, en la medida en que adquieren una
significación relevante para el pueblo o para la humanidad. Por consiguiente,
el principal cometido de la historia
de un grande
hombre consiste en señalar cómo supo aprovecharse de los
medios que tenía ante sí en la época en que vivió y cómo se expresaban en él
los elementos del desarrollo vivo que supo encontrar en su pueblo".172
Para Chernichevski y Dobroliubov, el pueblo es la
fundamental fuerza de acción de la historia. Sin el pueblo, los llamados
grandes hombres no podrían fundar reinos e imperios ni librar guerras; no
podrían crear historia.
Los demócratas revolucionarios Belinski,
Chernichevski y Dobroliubov llegaron, en este problema, hasta
los mismos umbrales
del materialismo histórico. No
pudieron, sin embargo, por razón de las condiciones
históricas y por razón de la posición de clase que ocupaban, como ideólogos de
los campesinos, desarrollar consecuentemente el punto de vista de la lucha de
clases. La falta de madurez de las relaciones sociales en la Rusia de mediados
del siglo XIX les impedía desentrañar de un modo consecuente la concepción
materialista del mundo, haciéndola extensiva también al campo de la vida
social. Pero su democratismo revolucionario, su afinidad con el pueblo
trabajador, con los campesinos, cuyos anhelos expresaban, los
ayudaron a ver lo que no veían los historiadores burgueses de aquel entonces ni
ven tampoco los de hoy: el papel de las masas populares, como la fuerza
cardinal del
171 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed.
cit., pág. 167.
172 N. A. Dobroliubov, Obras completas, ed. rusa, t.
III, pág. 120.
desarrollo histórico.173
El materialismo histórico enseña que, en el curso
real de
la historia, junto
a las causas
generales y
principales,
que determinan en
lo fundamental los
rumbos del desarrollo histórico, influyen también
las múltiples condiciones históricas concretas, que contribuyen a modificar el
desarrollo y determinan tales o cuales particularidades de la historia de cada
pueblo. y en la marcha de los acontecimientos, así como en su desarrollo más
acelerado o más lento, ejerce considerable influencia la acción de los hombres
que se hallan a la cabeza del movimiento. Son los mismos hombres quienes hacen
su historia, aunque no siempre de un modo consciente. Según la expresión de
Marx, los hombres
son, al mismo tiempo, los autores y los actores de su
propio drama.
La historia de la humanidad la hacen los hombres,
pero no de un modo caprichoso, ni en circunstancias libremente elegidas por
ellos, sino con sujeción a condiciones objetivas y a leyes, que no dependen de
su voluntad. Y la historia no se mueve con velocidad uniforme. Unas veces, el
movimiento histórico es extraordinariamente lento, mientras que en las épocas
revolucionarias su ritmo se acelera de un modo gigantesco.
El
pueblo soviético, dirigido
por el Partido
Comunista, sabe ahora, prácticamente, cómo es
posible acelerar la marcha de la historia. Así lo atestiguan el cumplimiento
antes de plazo de los planes
quinquenales y la
transformación de la
173 Encierran un gran interés las ideas de N. L.
Tolstoi acerca del papel de las masas populares y de la personalidad en la
historia. Refiriéndose a la Historia de Rusia desde los tiempos más antiguos,
de C. M. Soloviev, escribía el gran novelista: "Estoy leyendo la Historia
de Soloviev. Según esta Historia, en la Rusia anterior a Pedro todo era
indecente: crueldad, robo, tormentos, zafiedad, estupidez, incapacidad para
hacer nada. Era difícil co- rregir el gobierno. Y este mismo gobierno indecente
ha llegado hasta nuestros días. Leyendo esta historia, llega uno
involuntariamente a la conclusión de que la historia de Rusia es una cadena de
indecencias.
Pero ¿cómo explicarse que esta cadena de
deformidades haya dado como fruto un Estado grande y unido?
¿Acaso esto no demuestra que no fué el gobierno el
que hizo la historia?
Pero, además, leyendo cómo robaban, gobernaban,
guerreaban y
devastaban (pues sólo de esto nos habla la historia)
llega uno, involuntariamente, a preguntarse: ¿qué robaban y devastaban? y de
esta pregunta, se pasa a esta otra: ¿quién producía lo que devastaban? ¿Quién
y cómo alimentaba
de pan a
todo este pueblo? ¿Quién hacía
los brocados, las alfombras, los vestidos, las
sedas con que
se pavoneaban los
zares y los
boyardos?
¿Quién cazaba los zorros negros y las martas
cibelinas que se regalaban a los embajadores, quién extraía el oro y la plata,
quién
criaba los caballos, los toros y los carneros, quién
construía las casas, los palacios y las iglesias, quién transportaba las
mercancías? ¿Y quién mantenía y traía al mundo a todas estas gentes, nacidas
todas de la misma raíz? ¿Quién velaba por la
sagrada poesía religiosa del pueblo, quién hizo que
un Bogdán Jmelnitskii se entregase a Rusia, y no a Turquía o a Polonia?"
(L. N. Tolstoi, Obras completas, ed. rusa, t. LXVIII, pág. 124).
Como exponente de lo
época de los campesinos patriarcales,
Tolstoi veía en el pueblo el creador de los bienes
materiales y espirituales y la gran fuerza de la historia.
U.R.S.S. de un país agrario en una formidable
potencia socialista industrial, con una agricultura koljosiana.
Las posibilidades de acelerar la historia dependen
del nivel social de desarrollo económico alcanzado,
de los efectivos numéricos de las masas que toman
parte activa en la vida política, de su grado de
conciencia y organización y de su capacidad para comprender cuáles son sus
intereses cardinales. Los guías, los ideólogos de las clases avanzadas, al
comprender las condiciones de su tiempo y saber qué debe hacerse para que
cambien, pueden contribuir a elevar el grado de organización y de conciencia de
las masas, dirigir el movimiento de éstas y acelerar con ello la marcha de los
acontecimientos. Si los dirigentes no saben interpretar certeramente las condiciones y
las exigencias de
la época en que
viven, pueden, con su dirección desacertada, demorar el triunfo de las fuerzas
progresivas y, hasta cierto punto, amortiguar la marcha del desarrollo social.
2. El pueblo, creador de la historia.
Al
descubrir Marx y
Engels que la
fuerza
determinante del desarrollo social es el modo de
producción de los
bienes materiales, sentaron
la
posibilidad
de poner de
relieve y de
esclarecer
científicamente hasta en sus últimas raíces el papel
de las
masas populares en
la historia y
en el desarrollo de
la sociedad. La
doctrina del materialismo
histórico acerca del carácter objetivo de las leyes del desarrollo de la
sociedad, del papel determinante del modo de producción y de la lucha de clases
como fuerza motriz de la historia de toda sociedad de clases, constituye la
base para poder resolver científicamente el problema de las relaciones mutuas
entre las masas populares, las clases, los partidos y los jefes y el papel
respectivo que cada uno de estos factores desempeña en el desarrollo social. La
historia de la sociedad es, ante todo, la historia de los modos de producción
que a lo largo de ella se suceden, y, a la par con ello, la historia de los
productores de los bienes materiales, la historia de las masas trabajadoras,
fuerza fundamental del proceso de producción y de la historia de los pueblos.
El pueblo forja
la historia, principalmente, produciendo bienes
materiales; crea con su trabajo
los grandes valores de la cultura material y
espiritual, hace cambiar los
instrumentos de producción
y
desarrolla las fuerzas productivas de la sociedad.
Hasta abrumados por la más cruel opresión de clase y soportando el
pesado yugo del
trabajo coercitivo,
como esclavos y como siervos, los productores de los
bienes materiales, los
trabajadores, impulsaban la
marcha de la historia de la humanidad. Los cambios a
primera vista imperceptibles introducidos en los instrumentos de trabajo por
millones de hombres a lo
largo de los siglos, preparaban y engendraban
grandiosas revoluciones en el campo de la técnica.
Los historiadores burgueses de la técnica gustan de
destacar en primer plano el genio creador de los sabios y los inventores
individuales, atribuyéndoles todas las conquistas del progreso técnico. Pero
los grandes descubrimientos técnicos no sólo son preparados por el curso de la
producción, sino que, por regla general, son provocados por él. La posibilidad
de aprovechar los descubrimientos técnicos depende de las necesidades y del
carácter de la producción, y depende, asimismo, de la existencia de una fuerza de
trabajo capaz de
producir y de aplicar los nuevos instrumentos de
producción.
Un invento técnico o un descubrimiento científico
sólo influye en
la marcha del
desarrollo social
cuando logra aplicarse en masa en la producción. De
aquí que el reconocimiento de la gran significación
de los inventores y los inventos, de los
descubrimientos científicos, no refute, ni mucho menos, la tesis del
materialismo histórico según la
cual la historia de la sociedad es un proceso regido
por leyes y
determinado por el
desarrollo de la
producción; es, ante todo, la historia de los
trabajadores, la historia de los pueblos. La actividad de los grandes
inventores forma parte integrante de
este proceso, regido por sus leyes.
La producción de bienes materiales es la
característica específica de la sociedad y de las leyes
especiales que rigen su desarrollo. Sin producción,
no existiría la sociedad: la producción es la base
material determinante de la historia. El desarrollo de
la sociedad y las grandes transformaciones sociales
se determinan, en última instancia, por el
desarrollo de las fuerzas productivas.
El principal motor de desarrollo de las fuerzas
productivas son y han sido siempre las nuevas relaciones de
producción. Ahora bien,
¿cómo las
nuevas relaciones de producción impulsan las fuerzas
productivas y condicionan su desarrollo? Las fuerzas
productivas las desarrollan los hombres mismos. Y la
energía desplegada por millones de hombres, por los trabajadores, depende de
los estímulos creados por
las nuevas relaciones de producción.
Así, pues, el desarrollo de las fuerzas productivas,
llevado a cabo por las masas trabajadoras, determina
y ha determinado siempre, en fin de cuentas, toda la
marcha del desarrollo social, el cambio de unas
formaciones sociales por otras, de las inferiores por
las superiores.
Los idealistas sostienen, sin embargo, que hay una
esfera de actividades que no pertenece al pueblo, a los hombres sencillos, sino
a los grandes genios, en los que brilla "la chispa de la divinidad":
esta esfera es, según ellos, la de las actividades del espíritu, la de la
ciencia, la filosofía y el arte.
Grande e indiscutible es, sin duda, la función del
genio en
el arte y
en la ciencia.
Pero, con serlo,
creadora. Sin hablar de que es el trabajo
desarrollado por el pueblo en la esfera de la producción material lo que
permite al sabio,
al escritor, al
poeta y al artista disponer de los ocios necesarios
para su obra creadora, la fuente misma de un arte auténticamente grande se
halla en el pueblo. Es éste quien da al poeta y al escritor su lengua, creada
por él a lo largo de los siglos. El pueblo es el creador, el portador y el
depositario del lenguaje. El pueblo ha creado la epopeya, las canciones, los
cuentos, los refranes, los proverbios, expresión de la sabiduría popular, y los
grandes escritores, poetas y compositores toman sus temas, imágenes y motivos
musicales del venero inagotable de la
creación poética y
artística del pueblo.
La vida del pueblo y la creación popular son
fuentes de sabiduría
e inspiración para
todos los
grandes escritores, poetas, compositores y artistas.
La
grandeza de la literatura clásica rusa reside
precisamente en la
riqueza de su
contenido
ideológico, en su entraña popular. Expresa el
espíritu
y los anhelos de las clases avanzadas y las fuerzas
progresivas; recoge y traduce en mayor o menor medida las ansias y las
esperanzas del pueblo. Gorki, el gran clásico de la literatura rusa, soviética
y universal, escribió:
"El pueblo no es solamente la fuerza creadora
de todos los valores materiales; es, además, el manantial único e inagotable de
los valores espirituales, el primer filósofo y el primer poeta, el primero en
el tiempo y por la belleza y el genio de sus creaciones, el creador de todos
los grandes poemas, de todas las tragedias de la tierra y, sobre todo, de la
más grande de todas, de la historia de la cultura universal"174
El pueblo, pese a la opresión y a los sufrimientos
abrumadores a que
se ve sometido,
ha revelado
siempre
una profunda vida
interior. Ha sabido reflejar su vida en la epopeya, en
los relatos, en las
canciones, elevándose a veces a creaciones
artísticas tan grandiosas como las de un Prometeo, un Fausto, una Vasilisa
Premudraia o un Ilía Murovietz. "Las
mejores obras de los grandes poetas de todos los
tiempos manan del venero de la creación colectiva
del pueblo... La caballería andante fué ridiculizada
en los relatos populares
antes de que
Cervantes lo hiciera, y
con la misma
malicia y la
misma melancolía con que él habría de hacerlo".175 Cuando el arte se aparta de esta fuente
vivificadora de la inspiración popular, languidece y degenera.
En el primer plano de la escena de la vida política
de la historia universal aparecían en el pasado, preferentemente, las
clases dominantes y explotadoras y sus representantes. Las
clases oprimidas parecían hallarse
completamente al margen de
la política. Las
masas trabajadoras, en todas las sociedades basadas en el
antagonismo de
también
aquí, en el
campo de la
cultura espiritual,
corresponde la gran misión al pueblo y a su acción
174 M. Gorki, Obras completas, ed. rusa, t. XXIV,
pág. 16.
175 M. Gorki, Obras completas, ed. rusa, t. XXXIII.
clases, viven abrumadas bajo el peso de la
explotación, la miseria, las privaciones y la opresión política y espiritual.
Si exceptuamos los períodos de los grandes cambios de la historia, diríase que
las masas se hunden en el letargo mientras la historia se hace. En 1918,
escribía Lenin: "... Hace cien y más años, creaban la historia un puñado
de nobles y unos cuantos intelectuales burgueses, mientras las masas de obreros
y campesinos dormitaban. Ello hacía que la historia sólo pudiera arrastrarse,
entonces, con una lentitud desesperante".176 Al decir esto, Lenin se refería al
hecho de que
el pueblo, en
aquellos tiempos, se veía apartado por las clases explotadoras de toda
participación decisiva en la política.
Pese a eso, también en el pasado desempeñaron
las masas populares
un gran papel
en la lucha política. Desde
el momento mismo
en que la sociedad se escindió en clases, fué la
lucha de clases la fuerza motriz de la historia, como lo sigue siendo en todas
las formaciones capitalistas. Y la lucha de clases es, ante todo, la lucha de
las masas populares oprimidas y explotadas contra los explotadores. Las masas
populares han desempeñado un papel activo y decisivo en todos los combates de
clases, en las guerras de liberación nacional y en las revoluciones sociales.
En la época de las guerras de liberación, la
necesidad de defender el hogar y la patria contra la agresión de los
esclavizadores extranjeros puso en pie
a las masas
populares y las
lanzó a la participación consciente en la lucha. La
historia de los pueblos de la U.R.S.S. abunda en ejemplos que demuestran el
papel decisivo desempeñado por las masas populares en el aplastamiento de los
invasores y en la defensa de la patria. En la lucha contra los caballeros
teutónicos y contra el yugo de los tártaro- mongoles, en la guerra de
independencia patria de
1812 contra las tropas napoleónicas: en todos estos
combates, el gran pueblo ruso, dirigido por estrategas
tan
gloriosos como Alejandro
Nevski, Dimitri
Donskoi,
Iván el Terrible,
Alejandro Suvórov y
Mijail Kutúsov, salvó, no sólo a su patria, Rusia,
sino a los pueblos de Europa y a la civilización europea.
El ejemplo de la guerra de 1812 revela claramente el
papel de las masas populares y el papel de la personalidad en
el curso y
en el desenlace
de la
guerra. Sólo fué posible aniquilar a las tropas
napoleónicas cuando se
levantó en defensa
de la
patria todo el pueblo ruso, grandes y pequeños. El
ejército regular logró cumplir con su importante misión libertadora gracias al
apoyo del pueblo. El
genial estratega ruso Kutúsov, con su inteligencia y
su arte militar, aceleró y facilitó la victoria sobre el
enemigo.
El arte del
jefe militar adquiere,
así, a veces, en presencia de
otras condiciones, una importancia grande, siempre y cuando que se ponga
al servicio de los intereses del pueblo, de la
nación,
de las clases avanzadas, al servicio de los
intereses del movimiento progresivo, de los objetivos de una guerra justa.
Napoleón fué derrotado en Rusia, a pesar de su genio
militar y de su gran experiencia guerrera. Y fué
derrotado
porque el desenlace
de la guerra
lo
decidieron causas más profundas y, ante todo, los
intereses nacionales de los pueblos a quienes el imperio trataba de sojuzgar.
Los intereses vitales de los pueblos demostraron ser más poderosos que el genio
de Napoleón y el ejército por él acaudillado.
Y aún es más clara la participación consciente de
las masas populares en la creación de la historia, durante las épocas
revolucionarias. Lenin escribe, destacando la grandiosa misión de estas masas,
en tiempos de revolución:
"La revolución es la fiesta de los oprimidos y
los explotados. Nunca como en los tiempos revolucionarios se halla la masa del
pueblo en condiciones de participar activamente en la creación del nuevo orden
social. En estos momentos, el pueblo es capaz de hacer milagros".177
El paso de una formación social a otra se lleva a
cabo siempre por medio de revoluciones sociales. Y, aunque en las revoluciones
del pasado los frutos de la victoria no los recogieran, por lo regular, las
masas, son las masas
del pueblo quienes
desempeñan en ellas el papel
fundamental y decisivo, actuando como su fuerza de choque.
Del volumen de las masas que participen en la
revolución y del grado de su conciencia y organización dependen siempre el
alcance de la revolución, su profundidad y sus resultados. La Revolución
Socialista de Octubre fué la revolución más profunda de toda la historia
universal porque en ella salieron a la escena histórica, encabezadas por la
clase más revolucionaria -por el proletariado y su partido-, masas gigantescas
de trabajadores, en número de muchos millones de hombres; y estas masas
destruyeron todas las formas de opresión y explotación e hicieron cambiar todas
las relaciones sociales, tanto en el campo de la economía y en el de la
política como en el plano de la ideología y de los hábitos humanos.
Las clases explotadoras temen a las masas, temen al
pueblo. Por eso, incluso en los momentos de las
revoluciones burguesas, en que la burguesía
desempeñaba, en general, un papel revolucionario,
por ejemplo en la revolución francesa de 1789-1794,
la vemos mirar con temor a los descamisados, al pueblo sencillo. Y el odio de
la burguesía hacia el
pueblo es todavía mucho mayor en nuestra época, en
que la revolución va dirigida contra los fundamentos
del capitalismo, contra el imperialismo, contra la
burguesía, en que las extensas masas del proletariado y de
otras clases oprimidas
irrumpen en la
vida
política, se lanzan a la actividad creadora
histórica
176 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXVII, pág., 136.
177 V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. IX.
pág. 93.
consciente.
Los ideólogos reaccionarios de la burguesía y sus
acólitos, los dirigentes de los socialistas de derecha,
se
esfuerzan por desviar
a los trabajadores
de la
revolución socialista, por intimidar a la clase
obrera frente a los grandiosos objetivos de la gobernación del Estado y de la
creación de una nueva sociedad. Sostienen que las masas son incultas e
ignorantes, no conocen el arte de gobernar, que sólo saben destruir, pero son
incapaces de crear.
Pero no es posible asustar a la clase obrera con el
fantasma de las
dificultades de la
revolución. El
marxismo-leninismo inculca a las masas populares
una profunda fe en sus fuerzas creadoras. Los
maestros y jefes
del proletariado, Marx,
Engels y
Lenin, han creído siempre, inquebrantablemente, en
el instinto revolucionario de las masas proletarias,
en la inteligencia de las masas trabajadoras. Sabían que en el pueblo laten,
ocultas, inagotables fuerzas y talentos
creadores. Y nos
enseñan que es precisamente la revolución la que eleva al
plano de la creación histórica a los millones de hombres, a las masas, al
pueblo.
La marcha de la revolución socialista y la lucha por
el socialismo han venido a confirmar plenamente
las previsiones de aquellos geniales guías. La Gran
Revolución Socialista de Octubre ha despertado a la
acción histórica creadora, como ninguna otra revolución del pasado, las
gigantescas fuerzas del pueblo, abriendo con ello la posibilidad de un
florecimiento de innumerables talentos en todos los campos de la economía, de
la vida del Estado, del arte militar y de la cultura.
Al despertar las fuerzas creadoras del pueblo, la
Gran Revolución Socialista
de Octubre ha
abierto una nueva era en la historia de la humanidad, cuyo signo característico es
el gigantesco ascenso
del papel de las masas populares. Y esto no es sino el resultado de las
condiciones objetivas de desarrollo de la sociedad en la época de la revolución
socialista y del socialismo. También en las épocas históricas pasadas se habían
levantado las masas explotadas contra sus opresores. Pero, en aquellos tiempos,
aún no era posible destruir la explotación y la opresión del hombre por el
hombre, pues no se daban todavía, en
aquel entonces, las
premisas materiales para liberar
al hombre de
la explotación. Estas condiciones fueron madurando en la
época del capitalismo y, principalmente, en
la etapa imperialista de su
desarrollo. Así se explica que las revoluciones pasadas no hicieran más que
cambiar la forma de la explotación, sin acabar con ésta.
Las insurrecciones de los esclavos y de los
campesinos siervos eran derrotadas por la dispersión,
la
desorganización, la ignorancia y
el
atolondramiento de los esclavos y los siervos. Y la
desorganización y el
carácter espontáneo de
estos
movimientos
tenían su razón
de ser. Eran,
cabalmente, el resultado de las condiciones de
producción de las sociedades esclavista y servil.
La potencia invencible de la clase obrera, su
cohesión, su fuerza de organización y su grado de
conciencia, su capacidad para conducir a todas las
masas oprimidas y
explotadas, se derivan
de la
situación especial que la clase obrera ocupa en el
sistema de la producción capitalista. La clase obrera, concentrada en
grandes masas en
los centros
industriales, se organiza y disciplina a través del
proceso de producción en las grandes fábricas. Todas
las condiciones de su vida y el curso de la lucha de
clases van preparando al proletariado para el cumplimiento de su misión
histórica de enterrador
del capitalismo y forjador del socialismo, de jefe
de todas las masas explotadas y oprimidas. Pero, de otra
parte, sin la participación de las más extensas
masas oprimidas en la revolución socialista y en la creación de las
nuevas formas sociales
de vida, sería
imposible llegar a resolver los problemas
inmensamente difíciles y
complicados que lleva
consigo la destrucción de todo lo caduco y
reaccionario y la construcción de un nuevo régimen avanzado de vida, del
régimen socialista. Así, pues,
tanto las leyes objetivas del desarrollo de la
sociedad como la grandiosidad
de las tareas
históricas, la
profundidad de las transformaciones revolucionarias
y la naturaleza misma de la clase obrera, todo ello determina el creciente
papel histórico de las masas
populares en la revolución socialista.
En las revoluciones burguesas, el objetivo
fundamental de las masas trabajadoras consistía en
llevar a cabo
una acción negativa,
destructiva: en
destruir las supervivencias del feudalismo, de la
monarquía, de la Edad Media. En la revolución socialista, las masas oprimidas,
encabezadas por el proletariado y su partido, no se limitan a eso, sino que
persiguen, además, un objetivo consciente y creador: echar las bases de la
sociedad socialista y de su supraestructura. El espíritu creador de las masas
proletarias revolucionarias hizo surgir los Soviets de diputados obreros,
llamados a convertirse en la forma propia de la dictadura del proletariado.
La iniciativa y la actividad histórica creadoras y
conscientes de las masas populares se despliegan con una fuerza especial en las
condiciones de la dictadura de la clase obrera. En la sociedad soviética y en
los países de democracia popular, las masas, dirigidas por los partidos
comunistas y obreros, forjan conscientemente la historia, están creando
conscientemente un mundo nuevo, el mundo del socialismo y del comunismo. Las
masas populares, después de sacudir el yugo de la esclavización económica y espiritual,
dan pruebas de una energía creadora, una iniciativa y un heroísmo sin
precedente en la historia,
que permiten a
la nueva sociedad vencer todas
las dificultades y las contradicciones que puedan surgir.
Con el socialismo, como en las épocas históricas
anteriores, las masas trabajadoras mueven hacia adelante la producción de
bienes materiales, impulsadas por la fuerza de la necesidad económica. La
condicionalidad económica de la acción de las masas sigue manteniéndose en las
condiciones del socialismo. También en este régimen descansa la actividad
laboriosa de las masas sobre leyes económicas objetivas, independientes de la
voluntad de los hombres. Pero, en el socialismo, los trabajadores dejan de ser
esclavos de la necesidad económica, histórica, porque, con el socialismo, ésta
no actúa ya como una fuerza ciega, hostil y espontánea: no sólo se la
comprende, se tiene conciencia de ella, sino que, además, se la utiliza en
interés de toda la sociedad, en interés del pueblo.
En el socialismo, las masas populares se hallan
vitalmente interesadas por
los resultados de su
trabajo: aquí, las masas trabajan para sí mismas, para su clase y para su
sociedad socialista. Las relaciones socialistas de producción, la acción de la
ley fundamental del socialismo,
hacen surgir la emulación socialista de millones de
personas, como método de construcción del socialismo y del comunismo. En el
socialismo, las masas populares no construyen solamente fábricas y centros
industriales, minas, ferrocarriles, koljóses y sovjóses, sino que construyen,
además, su propio Estado y participan de un modo decisivo en la vida política
del país. Y esta intervención diaria y decisiva de las masas en el gobierno de
la economía y del Estado caracteriza el papel sustancialmente nuevo que a las
masas populares les corresponde
como creadoras conscientes de la
historia, en las condiciones del socialismo.
Antes de la victoria del socialismo, las masas
vivían en la opresión y en la ignorancia, condenadas
a la incultura
y el oscurantismo.
La revolución
socialista y el triunfo del socialismo han abierto
posibilidades hasta entonces insospechadas de actividad creadora de las masas
en el desarrollo de una cultura nueva y superior, al servicio del pueblo, al
servicio de toda la sociedad. Por vez primera en la historia, la humanidad
cuenta, en la sociedad socialista, con una intelectualidad nueva, socialista,
que sirve al pueblo y se halla unida a él por miles de vínculos. Juntamente
con su intelectualidad socialista, el pueblo
soviético lleva a cabo una construcción cultural sin precedente en la historia
y desarrolla la ciencia, la literatura y el arte.
La fuente y la causa del ritmo de desarrollo de la
economía nacional y de la cultura en la U.R.S.S. y en
los países de democracia popular, ritmo jamás hasta
ahora conocido en la historia, se halla en el nuevo
régimen económico y político; en la actividad histórica creadora, libre y sin
cesar creciente, de las más extensas masas populares. El gran pueblo
soviético, encabezado por
el partido de
los
comunistas, defendió su patria en la guerra civil de
1918-1920, sacudió el yugo de los intervencionistas
extranjeros y los
guardias blancos, restauró
las
fábricas y los centros industriales, el transporte y
la
agricultura. En menos de dos decenios de trabajo
pacífico de restauración y de creación, basándose en el régimen soviético, el
pueblo creó una industria de primera
clase, y una
agricultura socialista
mecanizada, fundó una nueva sociedad, la sociedad soviética, y aseguró el más
grandioso florecimiento de la cultura. En esto se revela la inagotable fuerza
creadora de las masas trabajadoras liberadas.
La potencia del pueblo liberado se manifestó con una
claridad insuperable durante los años de la gran
guerra
patria de la
U.R.S.S. (1941-1945). La
Alemania hitleriana, valiéndose de los recursos
materiales de la Europa por ella esclavizada, invadió
pérfidamente
la Unión Soviética.
La situación del
país llegó a ser muy difícil y, en determinados
momentos, crítica. En los años de 1941 y 1942, el
enemigo
se presentó a
las puertas de
Moscú y
Leningrado y en las orillas del Volga. Cayeron en su
poder grandes regiones industriales en el Sur y el Oeste del país y las
fértiles regiones de Ucrania, el Kubán y el Norte del Cáucaso. Los aliados, los
Estados Unidos e Inglaterra, las clases gobernantes de estos países, deseosos
de que la Unión Soviética se
desangrara, no se
decidían a abrir
el segundo frente. Los políticos
burgueses europeos y norteamericanos, incluyendo entre ellos al general
Marshall, entonces jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, entreteníanse
en calcular cuántas semanas tardarían los alemanes en dominar a la U.R.S.S.
Pero el pueblo soviético, encabezado e inspirado por el Partido Comunista,
encontró en sí mismo las fuerzas necesarias para pasar de la defensiva a la ofensiva
e infligió a las tropas hitlerianas la más ruda derrota, destrozó al enemigo y
alcanzó la más grande victoria. Y las increíbles dificultades que el pueblo
soviético experimentó en esta guerra no abatieron su voluntad férrea e
inquebrantable, su valeroso espíritu, sino que los templaron y fortalecieron
todavía más.
En la lucha por el socialismo y en la gran guerra
patria contra la Alemania hitleriana brilló por sobre todo la acción del pueblo
ruso, reconocido como la fuerza de vanguardia entre todos los pueblos de la
Unión Soviética. El pueblo ruso se hallaba preparado para desempeñar este papel
dirigente por toda la marcha del desarrollo histórico, por la lucha contra el
zarismo y el capitalismo. Todo el pueblo soviético se ganó legítimamente la
admiración y la gloria del mundo, por su heroísmo.
El pueblo soviético, creador y avanzada de la
sociedad socialista, se convirtió en un pueblo combatiente. Y, con sus hazañas,
con su sangre, su trabajo y su maestría militar, defendió y salvó, no sólo el
honor, la libertad y la independencia de su
patria, sino, además, toda la civilización europea.
En esto reside su mérito inmortal ante la humanidad entera.
Las fuentes de la grandiosa fuerza del pueblo
soviético residen en
el régimen social
y político
socialista, en el vivificante patriotismo soviético,
en
la unidad político-moral de la sociedad soviética,
en la indestructible amistad fraternal de los pueblos de la U.R.S.S., en la
dirección del Partido Comunista, pertrechado con el conocimiento de las leyes
del desarrollo social, y en la ideología socialista, que infunde a las grandes
masas la conciencia de sus cardinales intereses, claridad de perspectivas y la
seguridad del triunfo del comunismo.
Durante los años de la segunda guerra mundial, el
enemigo destruyó cientos
de ciudades soviéticas, miles de aldeas, fábricas y
centros industriales, koljóses, estaciones de máquinas y tractores, sovjóses y
ferrocarriles. Quienes contemplaron tanta destrucción pudieron creer a primera
vista que harían falta decenas de años para poner de nuevo en pie lo destruido
por el enemigo. Pero, a la vuelta de tres o cuatro años,
la industria y
la agricultura de la
U.R.S.S. se hallaban ya plenamente restauradas. Y, a fines de 1951, la
producción industrial de la U.R.S.S. se
había elevado al doble sobre el
nivel de la de
1940. De las ruinas y las cenizas volvían a
levantarse bellas ciudades y aldeas. Una vez más volvía a revelarse en todo
esto la gran fuerza creadora del pueblo, el auténtico forjador de la historia.
En las épocas
anteriores al socialismo,
la verdadera misión del
pueblo aparecía escondida
y
oculta. Bajo el régimen de la explotación, las
fuerzas
creadoras de los trabajadores se ven aplastadas. En
las sociedades basadas en la explotación, sólo se considera como creador el
trabajo intelectual, pues el papel
del trabajo físico
se ve despreciado
y degradado. El capitalismo ahoga y aniquila la iniciativa popular, los
talentos del pueblo, las capacidades de los trabajadores; son contados los
individuos salidos de la masa del pueblo que, bajo este régimen, logran abrirse
camino hacia la alta cultura. Los capitalistas se comportan de un modo rapaz
con las fuerzas físicas y espirituales del pueblo.
El socialismo vino a liberar de sus cadenas, por
primera vez en la historia, las fuerzas y la iniciativa
de millones de gentes sencillas. Fué el socialismo y
sólo él el que, por vez primera, abrió ante las grandes
masas populares los anchos caminos del saber y de la
alta cultura; sólo con el socialismo es ley del desarrollo social el
incontenible auge técnico-cultural
de todas las masas populares; solamente con este
régimen pueden trabajar para sí mismos millones de
seres. En esto reside el secreto del gigantesco
ritmo de desarrollo de la industria socialista en la U.R.S.S., jamás visto
hasta ahora en la historia, del ritmo de
desarrollo de toda la economía y del florecimiento
de la cultura. Gracias a las condiciones del socialismo,
el pueblo se convierte en el creador libre y
consciente de la historia y ejerce una influencia decisiva sobre todos y cada
uno de los aspectos de la vida social.
La ley más
importante de cuantas
presiden el desarrollo de la
sociedad socialista es la actividad
creadora de las masas populares, en todas las
esferas
de la vida
social. En el
período del paso
del socialismo al comunismo, la creación histórica consciente de las
masas populares se eleva a un plano nuevo y superior. Las nuevas y grandiosas
tareas de la construcción del comunismo engendran nuevas energías en millones
de hombres. Se desarrollan y multiplican
las formas y
modalidades de la emulación socialista de obreros y
koljosianos. Crece la actividad política de las masas populares.
La revolución socialista y el triunfo del socialismo y la construcción de la sociedad
comunista en la U.R.S.S., el triunfo del régimen de
la
democracia popular en una serie de países de Europa
y Asia, y particularmente en China, son otras tantas
pruebas irrefutables de la enseñanza del marxismo-
leninismo según la cual el pueblo es la verdadera y
principal fuerza del
proceso histórico y
de que, siendo el
creador de todos
los bienes materiales, puede también
gobernar con éxito
el Estado y la
suerte del país.
3. El papel de la personalidad en la historia.
El que se reconozca la verdad de que las masas
populares
constituyen la fuerza
decisiva del desarrollo histórico
no significa, en modo alguno, negar o desdeñar el papel de la personalidad, ni
su influencia en la marcha de los acontecimientos de la historia. Cuanto
más activamente participen
las masas populares en los acontecimientos históricos, más apremiante
será el problema de la dirección de estas masas, el problema del papel de los
jefes, de los dirigentes de las clases y los partidos, de las personalidades
históricas descollantes, de los ideólogos.
Cuanto más organizadas
se hallen las masas y más alto sea su grado de
conciencia, su comprensión de los intereses y los objetivos cardinales, mayor
será también la fuerza que representen. Y el grado de organización y de
comprensión de los intereses cardinales de clase depende, en primer lugar, de
las condiciones de la vida económica y, en segundo lugar, de la actividad de
los partidos políticos, así como también de la actividad de
los dirigentes de
los partidos, de los
jefes y los ideólogos.
Aun rechazando el absurdo idealista de que las
personalidades descollantes pueden crear la historia a
su
arbitrio, el materialismo
histórico reconoce la
inmensa importancia de la iniciativa de las
individualidades destacadas, de
las personalidades, de las
organizaciones y los partidos que saben vincularse con la clase avanzada, con
las masas, infundirles conciencia, señalarles
los caminos de
lucha certeros, ayudarles a organizarse.
La misión de los dirigentes de los partidos
marxistas y de
las personalidades progresivas
destacadas
descansa sobre el
hecho de que
saben
cómo prender certeramente los objetivos de la clase
avanzada, la correlación de las fuerzas de clase y la situación en que se
desarrolla la lucha de clases de que
comprendan acertadamente cómo
hay que cambiar las condiciones
sociales. El gran hombre es un iniciador porque ve más allá que los demás y su
voluntad es más fuerte que la de los otros.
La
importancia de la
actividad de los combatientes destacados en un triunfo del
nuevo régimen social, de los jefes de las masas revolucionarias, reside, ante
todo, en que saben comprender mejor que los otros la situación histórica,
captar el sentido de los acontecimientos, tener conciencia de cómo van
madurando las necesidades de la vida social, ver más allá que los demás,
abarcar con mayor amplitud
que otros el
campo de la realidad histórica. Lanzando consignas de
lucha acertadas, entusiasman a las masas, les inculcan ideas avanzadas que
agrupan en torno suyo a millones de gentes, las movilizan, las ayudan a
fundirse en un ejército revolucionario, capaz de derrocar lo viejo y crear lo
nuevo. Los jefes,
los dirigentes de los
partidos revolucionarios expresan
las necesidades más candentes de
la época, los intereses de las clases avanzadas, de las fuerzas sociales
avanzadas. Y en ello reside su fuerza.
Las grandes y descollantes personalidades
históricas, como las
grandes ideas de
vanguardia,
surgen generalmente en las épocas de viraje de la
vida de los pueblos, en que se ponen a la orden del
día nuevos y grandes objetivos sociales de lucha. En carta a Starkenburg,
escribía Engels, refiriéndose a las personalidades descollantes:
"Los
hombres hacen ellos
mismos su historia, pero hasta ahora no con una
voluntad colectiva y con
arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de
una
sociedad dada y circunscrita. Sus aspiraciones se
entrecruzan; por eso en todas estas sociedades impera
la
necesidad, cuyo complemento
y forma de
manifestarse es la casualidad. La necesidad, que
aquí se impone a través de la casualidad, es también, en última instancia, la
económica. Y aquí es donde debemos hablar de los grandes hombres. El hecho de
que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y un país
determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se
planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos
bueno, pero a la larga aparecerá. Que fuese Napoleón, precisamente este corso,
el dictador militar que exigía la República francesa, agotada por su propia
guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido un Napoleón habría
venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra
el hecho de
que siempre que
ha sido
necesario
un hombre: César,
Augusto, Cromwell, etc., este hombre
ha surgido. Marx descubrió la concepción materialista de la historia, pero
Thierry, Mignet, Guizot y
todos los historiadores
ingleses hasta 1850 demuestran que ya se tendía a ello; y el
descubrimiento de la misma concepción por Morgan prueba que se daban ya todas
las condiciones para que se descubriese, y necesariamente tenía que ser
descubierta".178
Algunos sociólogos del campo idealista reaccionario
ponen en tela de juicio este pensamiento de
Engels. Según ellos,
ha habido épocas
en la historia de la humanidad
que necesitaban de héroes, de grandes hombres, creadores de nuevos ideales y
que, al no aparecer éstos, pasaron a la historia como períodos de
estancamiento. Semejante opinión nace de la premisa completamente falsa de que
son los grandes hombres los que crean la historia y hacen brotar a su arbitrio
los acontecimientos. Pero, en realidad, y por el contrario, "...no son los
héroes los que hacen la historia, sino que es ésta la que hace a los héroes;
por lo tanto, lejos de ser los héroes los que crean el pueblo, es el pueblo el
que crea a los héroes e impulsa el progreso de la historia".179
En la lucha de las clases avanzadas contra las
clases caducas, en la lucha por la consecución de los nuevos objetivos, se
destacan necesariamente los héroes, los jefes, los ideólogos, exponentes de los
problemas históricos ya maduros para su solución y que exigen ser resueltos.
Así ha sucedido en todas las etapas del desarrollo social. En el movimiento de
los esclavos en la Roma antigua se destacó la grandiosa y noble figura del jefe
de los esclavos insurrectos, Espartaco. El movimiento campesino revolucionario
contra la servidumbre reveló, en Rusia, grandes e intrépidos luchadores como
Iván Bolotnikov, Stepan Rasin y Emelian Pugachov. Geniales exponentes de la
idea de la revolución campesina fueron Belinski, Chernichevski y Dobroliubov.
En Alemania, la revolución campesina dio relieve a la figura de Thomas Münzer y
entre los checos a la de Jan Hus.
También la época de las revoluciones burguesas hizo
aparecer en primer plano a una serie de personalidades destacadas, de
ideólogos. La revolución burguesa de Inglaterra, en el siglo XVII, destacó la
figura de Oliverio Cromwell. En vísperas de
la revolución burguesa
de Francia de
1789 apareció en el primer plano de la escena histórica toda la pléyade
de los ideólogos del Siglo de las Luces, y en el curso de la misma revolución
se destacaron las figuras de Marat, Saint-Just, Danton y Robespierre. Durante
el período de las guerras progresivas libradas por Francia contra la agresión
de la Europa feudal, cobraron relieve histórico un grupo de mariscales, al
frente del ejército revolucionario.
178 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t, II, pág.
475.
179 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed.
española, pág. 18.
La nueva época, al aparecer en la escena de la
historia la clase obrera revolucionaria, se caracteriza por la acción de los
dos formidables pensadores revolucionarios y jefes del proletariado
internacional, Marx y Engels.
Al morir Marx y Engels, los enemigos de la clase
obrera contaban con
que la desaparición
de los
fundadores del comunismo científico significaría el
fin de la causa por la que ellos habían luchado.
Pero sus cálculos simplistas
resultaron fallidos. El
grandioso movimiento de la clase obrera, la lucha
por
el comunismo, respondían a profundas causas
económicas y políticas. El triunfo de la revolución proletaria y
del comunismo es
una necesidad histórica. La
época del imperialismo y de las revoluciones proletarias, a fines del siglo XIX
y comienzos del XX, hizo aparecer en la palestra histórica la gran personalidad
del genial pensador y jefe del proletariado internacional, V. I. Lenin,
fundador del Partido Comunista de la Unión Soviética.
El desarrollo histórico destaca y pone a la orden
del día nuevas
tareas y provoca,
con ello, la necesidad
social de las
fuerzas capaces de acometerlas y resolverlas. Y esta misma
necesidad hace que aparezcan los jefes de las clases y los partidos a quienes
la historia encomienda la misión de hacer frente a ella. A lo cual hay que
añadir que las mismas condiciones sociales determinan la posibilidad de que los
hombres de gran capacidad y destacada personalidad se revelen, desarrollen y pongan en
acción sus dotes.
En el pueblo
hay siempre talentos; lo que ocurre es que éstos sólo pueden manifestarse
en condiciones sociales propicias.
También en otros campos de la vida social, lo
mismo que en
el de la
política, vemos cómo
el
planteamiento de nuevos problemas hace posible que
se destaquen las personalidades relevantes capaces
de tomar parte en su solución. Así, por ejemplo, cuando el desarrollo de la
ciencia y de la técnica (condicionado siempre, en última instancia, por las
necesidades de la producción material, por las necesidades del desarrollo de la
sociedad en su conjunto) pone a la orden del día nuevos problemas, nuevas
tareas, que, más temprano o más tarde, encuentran los hombres llamados a
resolverlas. Un historiador alemán formulaba
sagazmente, a propósito de las teorías
idealistas sobre el papel exclusivo y sobrenatural de los genios, en la
historia de la sociedad y en la historia de la ciencia, preguntas como las
siguientes:
-¿Si Pitágoras no hubiera descubierto su famoso
teorema, acaso la
humanidad seguiría ignorándolo
hasta hoy?
-¿Si no hubiera nacido un Cristóbal Colón, acaso
-¿De no haber existido Newton, acaso la humanidad no
habría llegado a descubrir la ley universal de la gravedad?
-¿Si no se hubiese descubierto la locomotora a
comienzos del siglo
XIX, seguiríamos empleando
como medio de transporte la dirigencia?
Basta con formular estas preguntas y otras
semejantes para evidenciar todo lo que tiene de absurdo y de inconsistente la
concepción idealista según la cual la suerte de la humanidad, la historia de la
sociedad y la historia de la ciencia dependen totalmente de la casualidad, del
nacimiento de estos o aquellos grandes hombres.
Ahora
bien, cabe preguntarse:
si las personalidades históricas destacadas aparecen
siempre
en la palestra
de la sociedad
cuando se
plantea la necesidad social de ellas, ¿deberá
concluirse, partiendo de aquí, que la casualidad no desempeña ningún papel en
la historia?
Semejante conclusión sería, a todas luces, falsa.
Las personalidades históricas descollantes surgen, en
primer lugar, más temprano o más tarde; y, en
segundo lugar, pueden responder mejor o peor a estas exigencias, afrontar
y resolver mejor
o peor los
problemas
planteados: ello dependerá
de su capacidad, de su talento,
de los rasgos de su carácter,
y todo esto se reflejará, por lo menos en parte, en
el curso de los acontecimientos. Finalmente, el destino individual de los
grandes hombres, por ejemplo su
muerte prematura, introduce también un elemento
casual en la marcha de los acontecimientos.
El
marxismo no niega
la influencia de
la casualidad en la marcha del desarrollo social y, en
particular, en el desarrollo de tales o cuales
acontecimientos. Refiriéndose al papel de la casualidad en
la historia, escribía
Marx: "...La
historia
tendría un carácter
muy místico si las
"casualidades" no
desempeñasen ningún papel. Como es natural, las casualidades
forman parte del
curso general del desarrollo y son compensadas por
otras casualidades. Pero la aceleración o la
lentitud del desarrollo dependen
en grado considerable
de
estas "casualidades", entre las que figura
el carácter
de los hombres que encabezan el movimiento al
iniciarse éste".180
Pero,
aun atribuyendo cierta
importancia a la
casualidad, el marxismo subraya que los fenómenos
casuales no determinan toda la marcha del desarrollo social. El curso general
de la historia se halla determinado por causas y leyes necesarias, y no por
tales o cuales factores fortuitos.
El hecho de que los enemigos de la clase obrera y de
los campesinos, en la Rusia de 1917, fuesen los terratenientes, los nobles y la
burguesía, era un hecho que se derivaba de un modo necesario de toda la
marcha de la
historia; lo que
ya no emanaba
América
no habría sido
descubierta nunca por
los
europeos?
180 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t. II, pág.
436
necesariamente de todo el proceso de desarrollo
histórico de Rusia era el que al frente de las fuerzas de la nobleza estuviera
un zar de capacidad tan extraordinariamente limitada como Nicolás II y que
acaudillase a la burguesía un hombre fanfarrón, presuntuoso y charlatán como
Kerenski. Esto fue una casualidad, y no cabe duda de que esta casualidad
ejerció cierta influencia favorable para las fuerzas de la revolución. De haber
habido entre los enemigos de la revolución dirigentes capaces de ver más allá,
a los obreros y a los campesinos les habría costado mayor trabajo y mayores
sacrificios obtener la victoria, aunque también en este caso y en definitiva
habrían salido triunfantes.
La sujeción a leyes del desarrollo de la sociedad se
manifiesta, entre otras cosas, en que cada clase destaca y engendra, "a su
imagen y semejanza", el tipo
de jefes, de
personalidades políticas, de dirigentes de su lucha, que corresponde a
su propia naturaleza social. El tipo de jefes, personalidades políticas e
ideólogos refleja la naturaleza de la clase a que sirven,
la fase histórica
de desarrollo de
esta clase, la situación en que actúan.
La
historia del capitalismo
está escrita en los
anales de la humanidad "con el lenguaje flamígero
del
hierro, el fuego
y la sangre".
Los caballeros
andantes del capitalismo se han valido, para
afianzar las relaciones sociales burguesas, de los medios más sucios y
repugnantes: de la violencia, el vandalismo, la corrupción y el asesinato. Y,
sin embargo, por muy poco que tenga de heroico la sociedad burguesa, también
para que pudiera nacer fueron necesarios el heroísmo, la abnegación, guerras
civiles y luchas de los pueblos. En la cuna del capitalismo se alza toda una
pléyade de destacados pensadores, filósofos y dirigentes políticos cuyos
nombres han quedado grabados en la historia universal.
Pero, tan pronto como se plasmó la sociedad
burguesa, las personalidades revolucionarias de la
burguesía fueron sustituidas por jefes burgueses de
otro tipo, por hombres insignificantes que no es
posible comparar con sus antecesores. Y el período
del
capitalismo agonizante trajo
consigo una
acentuación todavía mayor en el proceso de
degeneración de los ideólogos y los jefes de la burguesía. A la degeneración de
la burguesía y al carácter reaccionario de sus miras corresponden la
degeneración y el
reaccionarismo de sus
corifeos. Las grandes figuras políticas, en el campo de las
personalidades de la burguesía imperialista, constituyen en la actualidad muy
raras excepciones.
La degeneración y el reaccionarismo de la burguesía
de nuestro tiempo encuentran su expresión en el hecho de que sus jefes e
ideólogos son gentes carentes de conciencia y de honor, individuos de la calaña
de los Hitler, los Goering, los MacCarthy, los Chang Kai-Chek,
los Sygman Ree y tantos
otros. Uno de los
rasgos más característicos de
estos
dirigentes, criados de la burguesía imperialista, es
su odio a los trabajadores, al socialismo, a todo lo que hay de avanzado en el
mundo. Para salvar al putrefacto capitalismo, serían capaces de hundir al mundo
en un mar de sangre de los pueblos.
Los jefes y los ideólogos de la burguesía
contemporánea, como los
dirigentes de todas
las
clases
caducas del pasado,
se esfuerzan por
entorpecer el desarrollo de la sociedad, por hacer a
ésta retroceder en su curso. Pretenden abolir las leyes
de la historia, imponer a la historia su voluntad,
pero
las leyes de la historia son incancelables. De aquí
que la política reaccionaria de gentes del tipo de Hitler, Mussolini, Chang
Kai-Chek y Todzio esté condenada inevitablemente al fracaso.
El capitalismo degenerado ha creado un tipo de
personajes políticos extraños al pueblo, que odian al
pueblo y son odiados por él, que están dispuestos en
todo
momento a traicionar
a la patria,
con tal de salvar sus intereses egoístas. El nombre
de Quisling
se ha convertido, hoy, en un nombre genérico, para
designar con el desprecio de los pueblos a los jefes
venales de la burguesía, en los países capitalistas.
A la voluntad de los pueblos opone la burguesía la
idea y la
política del "puño
de hierro" de un
individuo, de la
dictadura terrorista reaccionaria. Pero la misión fundamental en
la historia, en la decisión de la suerte de los países, corresponde a las masas
populares.
En las condiciones
actuales, las masas trabajadores, encabezadas
por la clase
obrera, destacan en su lucha revolucionaria un nuevo tipo de
personalidades políticas, un nuevo tipo de jefes, tan distintos de los
personajes políticos de la burguesía como el cielo de la tierra.
4. El papel de los jefes de la clase obrera.
La lucha por
el comunismo exige
de la clase
obrera un alto grado de conciencia y de
organización, de intrepidez y tenacidad revolucionarias, de abnegación y
heroísmo. Para vencer en esta lucha, la clase obrera necesita hallarse
pertrechada con el conocimiento de las leyes del desarrollo de la sociedad, con
la comprensión de la naturaleza de las clases y de las leyes de la lucha de
clases, poseer un programa, una estrategia
y una táctica científicamente elaboradas, saber
utilizar audazmente todas las reservas de la revolución, atraer a su lado a todos
los posibles aliados. La clase obrera afronta y resuelve estas tareas bajo la
dirección del Partido Comunista.
El partido marxista, formado por los hombres de
vanguardia de la clase obrera, es la mejor escuela de formación de los
dirigentes del proletariado. Para desarrollar con éxito su acción, el partido
marxista tiene que contar con jefes expertos, sagaces y de profunda visión, con
dirigentes dotados de autoridad.
La
burguesía comprende bien
lo que los
jefes
proletarios significan para la lucha revolucionaria
de la clase obrera. Por eso, en todos los países, y sobre todo en
los períodos de
mayor agudización de la
lucha de clases, en los momentos revolucionarios, se esfuerza por descabezar el
movimiento obrero. La burguesía
asesinó a los
grandes jefes de
la clase obrera alemana, Carlos
Liebknecht, Rosa Luxemburg y Ernesto Thaelmann. Los
intentos de la contrarrevolución burguesa de asesinar a
Lenin en las jornadas de julio de 1917; el complot de los social-
revolucionarios para detener y asesinar a Lenin, el asesinato de Kirov y
Kuibichev, son todos eslabones de la cadena de actividades criminales,
reaccionarias, de la contrarrevolución burguesa y pequeñoburguesa y de los
agentes de la burguesía extranjera, con el fin de privar a la clase obrera y al
partido de los comunistas de una dirección probada, experta, de los jefes y los
dirigentes reconocidos y dotados de autoridad.
El atentado perpetrado en 1948 contra el dirigente
del Partido Comunista
italiano Togliati y
el del Partido Comunista japonés
Tokuda, el fusilamiento por el gobierno
monárquico-fascista griego de los
jefes de
la clase obrera
de Grecia, la
represión judicial contra los dirigentes del Partido Comunista de los
Estados Unidos, el asesinato del presidente del Partido Comunista belga en
1950, son otras tantas manifestaciones de la táctica de la reacción
imperialista, de su empeño por descabezar la clase obrera, entorpeciendo
con ello la
marcha de la historia.
A comienzos de la década del veinte del siglo
actual, ciertos elementos "izquierdistas" del movimiento obrero de
Alemania y Holanda se manifestaron en contra de la "dictadura de los
jefes". En vez de luchar contra los jefes reaccionarios y corrompidos de
la socialdemocracia, que habían dado en quiebra y se revelaban como traidores a
la clase obrera, estos "izquierdistas" se levantaban en contra de los
jefes en general. Lenin fustigó estas concepciones como una de las manifestaciones
de la enfermedad "izquierdista" del comunismo.
"El solo hecho de preguntar: "¿Dictadura
del partido o bien
dictadura de clase?,
¿dictadura
(partido) de los jefes o bien dictadura (partido) de
las
masas?", acredita la más increíble e
irremediable confusión de ideas. Hay gentes que se esfuerzan por
inventar
algo enteramente original y que,
con sus
cavilaciones,
no consiguen más
que caer en el
ridículo. De todos es sabido que las masas se dividen en clases, que oponer las
masas a las clases no puede permitirse más que en un sentido, si se opone una
mayoría aplastante, en su totalidad, sin distinguir las posiciones ocupadas con
relación al régimen social de la producción, a categorías que ocupan una
posición especial en
este régimen; que
las clases
dirigidas por partidos políticos; que los partidos
políticos están dirigidos,
por regla general,
por grupos más o menos estables de las personas más autorizadas,
influyentes, expertas, elegidas para los cargos más responsables, y que se
llaman jefes".181
Los jefes de los partidos de la Segunda
Internacional volvieron la espalda a la clase obrera, para ponerse al servicio
de la burguesía. El divorcio entre los jefes de estos partidos y las masas
obreras se puso claramente de manifiesto durante la primera guerra imperialista
de 1914-1918 y a raíz de ella. La causa fundamental de este divorcio fue
explicada ya por Marx y Engels sobre el ejemplo de Inglaterra. Al amparo de su
situación de monopolio, Inglaterra, que era entonces "la dueña industrial
del mundo" y explotaba a cientos
de millones de
esclavos coloniales, creó una "aristocracia obrera", a medias
pequeñoburguesa, formada por los dirigentes oportunistas del proletariado. Y
los jefes de esta "aristocracia obrera" se pusieron al lado de la
burguesía, que directa
o indirectamente los sustentaba. Estos
dirigentes fueron estigmatizados por Marx como traidores.
En la época del imperialismo, no ocupaba esta
situación privilegiada solamente Inglaterra, sino que
en ella se encontraban también otros países, como
los
Estados Unidos, Alemania, Francia, el Japón y, en
parte, Holanda y Bélgica. Gracias a la esclavización y el saqueo de los
trabajadores de los países capitalistas y de los pueblos de las colonias, el
imperialismo pudo crearse una base económica para escindir a la clase obrera.
Por medio de la formación de la "aristocracia obrera", comprada y
corrompida por la burguesía, surgió en el seno del movimiento obrero un
tipo de oportunistas
desligados de las masas trabajadoras, un tipo de
"jefes" consagrados a defender los intereses de la "aristocracia
obrera" y los intereses de la burguesía. Tales eran los MacDonald y los
Bevin en Inglaterra, los Green, los Murray y los Reuther en los Estados Unidos,
los Blum y los Ramadier en Francia, los Saragat en Italia, los Schumacher en
Alemania, los Renner en Austria, los Tanner en Finlandia. Lenin escribió que el
proletariado revolucionario no podría triunfar sin clavar en la picota y
eliminar a estos jefes oportunistas.182
La historia del movimiento obrero internacional
conoce diferentes tipos de jefes proletarios.
Un tipo es
el de los
jefes prácticos, que se
destacan en distintos países durante el período de ascenso del movimiento
revolucionario. Se trata de
hombres prácticos, intrépidos y abnegados, pero
endebles en el
terreno de la
teoría. Tal era,
por
ejemplo, el caso de un Augusto Blanqui, en Francia.
Las masas siguen
recordando y reverenciando durante largo tiempo a esta
clase de jefes. Pero el
están
generalmente, en la mayoría de
los casos, por
lo
menos en los
países civilizados modernos,
181 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 24.
182 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 24.
movimiento obrero no puede vivir de recuerdos
solamente. Necesita un programa de lucha claro y científicamente elaborado, una
línea firme y certera, una estrategia y una táctica establecidas sobre bases
científicas.
Otro tipo de jefes del movimiento obrero fue el
que se destacó
en la época
del desarrollo
relativamente pacífico del capitalismo, en la época
de
la Segunda Internacional. Eran éstos dirigentes
relativamente duchos en
materia de teoría,
pero
débiles en lo tocante al trabajo de organización y a
la
actividad revolucionaria práctica. Sus limitaciones
se pusieron de manifiesto en el período de ofensiva revolucionaria, en
que los jefes
tienen que dar pruebas de su capacidad para lanzar
consignas revolucionarias acertadas y para dirigir a las masas revolucionarias.
A esta clase de jefes, los teóricos del período pacífico, pertenecían, por
ejemplo, Plejánov en Rusia y Kautsky en Alemania. Los puntos de vista teóricos
de uno. y otro encerraban ya en sus mejores años divergencias con respecto al
marxismo en problemas cardinales (y, sobre todo, en lo fundamental, en la
doctrina de la dictadura del proletariado). En el momento de agudización de la
lucha de clases, uno y otro se pasaron al campo de la burguesía.
Al agudizarse la lucha de clases y ponerse a la
orden del día la revolución, se contrasta verdaderamente la calidad de los
partidos y de los jefes. Es entonces cuando los partidos y los jefes tienen que
demostrar con hechos su capacidad para dirigir la lucha de las masas. Si tal o
cual dirigente deja de servir a la causa de la clase obrera, se aparta del
camino revolucionario y traiciona al pueblo, las masas se encargan de
desenmascararlo y lo abandonan. La historia nos habla de muchos personajes
políticos que llegaron a gozar en su día de cierta popularidad
y que más
tarde dejaron de expresar los intereses de las masas,
rompieron con ellas, traicionaron a los trabajadores, y entonces las masas se
apartaron de ellos o los barrieron de su camino.
Los jefes, los dirigentes del proletariado, para
poder hacer frente a los complicados problemas que
plantea
la dirección de
la lucha de
clases, deben
combinar la capacidad teórica con la experiencia
organizativa práctica del movimiento proletario.
Estas eran, en efecto, las cualidades que aunaban
los grandes jefes del proletariado, Marx, Engels y
Lenin. En ellos, vemos a personalidades de un tipo nuevo. Se distinguen por la
clara y profunda comprensión de las
leyes del desarrollo
de la sociedad y de los objetivos
de la clase obrera, por su sagacidad, su profundidad de visión, su cordura en
la apreciación de las situaciones, su sentimiento de lo nuevo, su audacia
revolucionaria, su valentía y su impavidez, su vinculación con las masas y su
fe en la capacidad creadora de éstas, su amor y su dedicación
sin límites al pueblo y a la causa del comunismo.
Los dirigentes políticos de tipo leninista no sólo enseñan a las masas, sino
que aprenden de ellas, prestando oído atento a la crítica de abajo. Y esto
distingue radicalmente a los dirigentes de la clase obrera, a los dirigentes
del comunismo, de los políticos burgueses y de los dirigentes sociales de viejo
tipo, que en el pasado se destacaban en la escena histórica.
La misión histórico-universal de Marx y Engels
reside en haber sido los jefes y maestros geniales de
la clase obrera
internacional, los creadores
de la
grandiosa teoría del marxismo. Marx y Engels
descubrieron y fundamentaron
científicamente el papel
histórico del proletariado como enterrador del capitalismo y creador de una
nueva sociedad, de la sociedad comunista. Ninguno de los más grandes
descubrimientos científicos del pasado llegó a ejercer una influencia tan
poderosa sobre los destinos históricos de la humanidad, aceleró la marcha del
desarrollo social tanto como la genial doctrina de Marx. A diferencia de los
diversos sistemas utópicos del socialismo, creados por diferentes pensadores
individuales, el marxismo, como concepción del mundo y como doctrina del
comunismo científico, se convirtió en la bandera de lucha de la clase obrera.
En esto reside la fuerza invencible del marxismo. A lo largo de todo un siglo,
la doctrina de Marx y Engels, creadoramente desarrollada en nuestra época por
Lenin, ha sido y es la bandera de combate de la clase obrera de todos los
países. El movimiento progresivo de la humanidad se desarrolla en nuestra época
bajo la influencia de las ideas inmortales del marxismo-leninismo. Las ideas
del marxismo- leninismo, asimiladas por la mente de cientos de millones de
hombres, se han convertido actualmente en la poderosa fuerza revolucionaria
material del desarrollo histórico.
En esto se
revela la veracidad
y la misión creadora y transformadora del
marxismo-leninismo.
Esta
gran doctrina no es
sino la
expresión de las
necesidades del desarrollo histórico. El contenido
del marxismo-leninismo, el conjunto de sus ideas, no es
la especulación caprichosa de unos cerebros
geniales,
sino el reflejo fiel y más profundo de las
necesidades sociales ya en sazón para ser satisfechas. La fuerza y la grandeza
de la doctrina y de la causa de Marx, Engels y Lenin residen en la fuerza y la
grandeza del movimiento revolucionario internacional del proletariado. La
suerte final de este movimiento -el triunfo del comunismo- no depende de la
vida o la muerte de tales o cuales individuos, por muy grandes que ellos sean.
Pero los grandes dirigentes de la clase obrera ponen al descubierto los nexos internos
entre los fenómenos, las leyes de desarrollo de la sociedad, las leyes de la
revolución proletaria, las leyes de la construcción del socialismo y del
comunismo, iluminan con sus doctrinas el camino por el que la sociedad marcha y
se desarrolla, el camino de lucha
de la clase
obrera y aceleran,
con ello, el movimiento, acercando el triunfo del
comunismo.
De la grandeza y la significación de tal o cual
época histórica se juzga con arreglo a la grandeza y a
la significación de los acontecimientos que en ella
se producen. De las
personalidades históricas, de su
significación y de su papel juzgamos con arreglo a
la grandeza de los hechos por ellos realizados, con arreglo al
papel que desempeñan en
los
acontecimientos, en el movimiento histórico
encabezado por ellos.
La época contemporánea es la más importante de toda
la historia universal, por la riqueza y la grandeza de los acontecimientos, por
la magnitud de las masas
humanas que toman parte en el movimiento social, por
el ritmo de los avances, por la profundidad de las
transformaciones sociales que se han llevado y se
llevan a cabo.
Cuanto
mayores son las
masas populares que
intervienen en la palestra de la lucha
revolucionaria, mayores son también
las exigencias que
se le plantean a la dirección de
estas masas. Y ello hace que adquiera una significación primordial el partido
marxista, como vanguardia y jefe de la clase obrera. El éxito alcanzado por la
acción de los jefes revolucionarios, de los dirigentes de la clase obrera, el
papel por ellos desempeñado en el movimiento obrero y en la lucha por el
socialismo, dependen de la existencia y las actividades del partido marxista de
masas. Para que la doctrina marxista creada por los ideólogos y maestros de la
clase obrera penetre en las masas y convierta el movimiento espontáneo en un
movimiento consciente, organizado y revolucionario, hace falta un partido
marxista. Los partidos marxistas de masas no existían en la época de la
actuación de Marx. No se deban todavía, en aquel tiempo, las condiciones
propicias para que surgieran esta clase de
partidos. En el
período de la
Segunda Internacional, los partidos socialistas no eran partidos
revolucionarios. Estaban gangrenados por la úlcera del oportunismo, del
revisionismo. El gran mérito de V. I. Lenin para con el movimiento obrero
revolucionario ruso e internacional reside en haber sabido comprender la
importancia de un partido marxista revolucionario de masas, como vanguardia,
estado mayor revolucionario y jefe colectivo de la clase obrera. Lenin fue el
fundador del partido marxista de nuevo tipo, del Partido Comunista de la Unión
Soviética. Gracias a este partido, pudo el socialismo científico
penetrar en el
movimiento obrero espontáneo. Gracias a la dirección del Partido
Comunista, adquirió el movimiento obrero de masas la fuerza de la conciencia y
la organización, la fuerza que da la claridad de perspectivas, y se hizo
invencible.
V. I. Lenin fue el más grande representante del
marxismo creador. El mérito histórico-universal de
Lenin consiste en haber trazado un análisis
científico
genial de la última etapa del capitalismo, del
imperialismo, en haber
descubierto las leyes
que rigen su desarrollo; en haber elaborado la teoría, la estrategia y
la táctica de la revolución socialista, en haber trazado
el camino de
la conquista de la
dictadura del proletariado y de la construcción del comunismo. Lenin sintetizó
científicamente los grandes
acontecimientos de la
época del imperialismo y de las
revoluciones proletarias, elevó a síntesis filosófica todo lo que habían
aportado de nuevo la práctica revolucionaria y la ciencia en el período
posterior a la muerte de Engels. Defendió la doctrina de Marx contra su
achatamiento y deformación por los oportunistas de toda laya y, basándose en
los principios fundamentales de marxismo, lo desarrolló e impulsó en todos sus
aspectos, creando el leninismo, que no es sino el marxismo de la época del
imperialismo y de la revolución proletaria. Descubrió la ley del desarrollo
económico y político desigual del capitalismo en la época del imperialismo y,
basándose en ella, creó la nueva teoría de la revolución proletaria, la
doctrina del triunfo inicial del socialismo en un solo país, por separado.
Guiándose por el leninismo, el Partido Comunista condujo a la clase obrera y a
todos los trabajadores de Rusia a la victoria sobre la burguesía y el
capitalismo y a la instauración de la dictadura del proletariado. Los enemigos
del leninismo, los mencheviques, los trotskistas, etc., aferrábanse a la
conclusión ya envejecida
y superada de
Marx y Engels acerca
de la imposibilidad de
que el socialismo triunfase
en un solo
país, acusando a Lenin, y más tarde a otros discípulos
suyos, de desviarse del marxismo. Lenin, como el más grande de los marxistas
creadores, tuvo en cuenta, cuerda y certeramente, la nueva situación histórica
creada después de la muerte de Marx y Engels y sustituyó la conclusión de los
fundadores del marxismo acerca de la imposibilidad de que el socialismo
triunfase en un solo país -conclusión que ya no correspondía a las nuevas
condiciones- por la tesis según la cual no era posible el triunfo simultáneo
del socialismo en todos los países, sino el triunfo inicial del socialismo en
un solo país capitalista, por separado.
"¿Qué habría sido del Partido, de la revolución
proletaria, del marxismo, si Lenin se hubiera plegado
a la letra
del marxismo, si
no hubiera tenido
la valentía teórica necesaria para echar por tierra una de
las viejas conclusiones del marxismo, sustituyéndola
por la nueva conclusión sobre la posibilidad del triunfo del socialismo en un
solo país por separado,
en consonancia con la nueva situación histórica? El
Partido habría vagado en las tinieblas, la
revolución proletaria se habría quedado sin dirección y la teoría
marxista
habría comenzado a
declinar. Con ello,
habría salido perdiendo el proletariado y habrían
salido ganando sus enemigos".183
183 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed.
española, pág. 341.
Para que triunfe la revolución, una vez que han
madurado las condiciones objetivas necesarias para ello, hacen falta no sólo
consignas claras y comprensibles para las masas, que expresen sus intereses y
sus aspiraciones; hace falta, además, saber elegir acertadamente el momento de
la insurrección armada, el momento
en que la
situación revolucionaria
está ya madura
para ello. Levantándose antes de
tiempo, se puede condenar al ejército proletario a la derrota; dejando pasar el
momento oportuno, se
puede perder mucho.
Pues bien, Lenin no era sólo el más grande teórico, pensador e ideólogo
de la clase obrera, sino que era, además, un gran estratega y jefe de la
revolución socialista, que supo escoger exactamente el momento más propicio
para la actuación decisiva de las masas populares. Basándose
en la resolución
del VI congreso del
Partido Comunista, en la que encaminaba al partido y a la clase obrera
hacia la revolución socialista, el Comité Central del Partido preparó a las masas
para los combates decisivos. En su famosa carta a los miembros del Comité
Central, escrita en vísperas de la insurrección de octubre de
1917, decía Lenin:
"Escribo
estas líneas el
24 por la
tarde. La situación es en extremo
crítica. Es claro como la luz del día que
hoy todo lo
que sea aplazar
la insurrección significará verdaderamente la muerte... Hoy todo está
pendiente de un hilo... Es menester que la
cosa se decida
a todo trance
esta tarde o esta
noche.
La historia no perdonará ninguna dilación a los
revolucionarios que hoy pueden triunfar (y que triunfarán hoy, con toda
seguridad) y que mañana correrán el riesgo
de perder mucho,
tal vez de perderlo todo...
El gobierno vacila. ¡Hay que acabar con él, cueste
lo que cueste!
Demorar la acción equivaldría a la muerte".184
Gracias a la sabia dirección del Partido de los
comunistas y de
su Comité Central,
gracias a la
dirección de Lenin, la insurrección proletaria del
25 de octubre de
1917 triunfó rápidamente
y con un
número mínimo de víctimas.
Los
jefes oportunistas de
los partidos de la
Segunda Internacional temían a las masas populares
y no
creían en sus
fuerzas creadoras. El
aristocratismo es también una de las características
de los corifeos de los partidos socialistas de
derecha de nuestros días y de otros partidos burgueses. Los jefes de la Segunda
Internacional querían enseñar a las masas populares, pero no aprender de ellas.
Los auténticos jefes de la clase obrera, los
dirigentes de tipo leninista, son lo más opuesto a los
jefes
señoriales de la
Segunda Internacional. Se
hallan íntimamente vinculados a las masas y tienen
una profunda fe en las fuerzas creadoras de la clase
obrera. La fe inquebrantable en la capacidad creadora de los millones de
hombres de las masas populares caracteriza
al Partido Comunista
de la Unión Soviética y a su Comité Central, jefe
colectivo del pueblo soviético, dotado de máxima autoridad.
El Comité Central del Partido Comunista está formado
por los dirigentes más expertos del Partido, por hombres políticos capaces,
conocedores de la economía, los mejores teóricos del Partido, en los que se
aúna un profundo
conocimiento del
marxismo-leninismo con una enorme experiencia práctica. Los dirigentes del
Partido Comunista, basándose en el marxismo, en el conocimiento de las leyes
del desarrollo de la sociedad, están en condiciones de penetrar en el fondo de
los acontecimientos que van desarrollándose, de ver no sólo como se desarrollan
los acontecimientos al presente,
sino en qué
dirección habrán de desarrollarse en el futuro.
La precisión y la claridad políticas, la veracidad y
la honestidad, la
impavidez en la
lucha y la
intransigencia para con los enemigos del pueblo, la
sabiduría y la serenidad en la solución de los
problemas complicados, el amor sin límites hacia su
pueblo,
la dedicación a
la causa del
proletariado
internacional, como la fuerza revolucionaria más
importante de nuestro tiempo: tales son los rasgos característicos de los
hombres políticos de temple leninista,
de los dirigentes
del movimiento comunista, de los
héroes del pueblo en nuestra gran época.
En la actividad del Partido Comunista han tenido
siempre y tienen
una importancia inmensa
los
principios de la dirección colectiva. Estos
principios
fueron establecidos por V. I. Lenin y se hallan
plasmados en toda la estructura de organización del
Partido
Comunista y en
sus Estatutos. El
Partido
Comunista, fiel a los principios del marxismo-
leninismo, lucha contra la teoría idealista del culto a la personalidad,
incompatible con el marxismo.
He aquí lo que escribía Marx acerca de él mismo y de
su amigo Engels: "...Enemigo de todo culto a la
personalidad,
mientras existió la
Primera Internacional no permití que se dieran a la publicidad los
numerosos escritos reconociendo mis méritos con
que me importunaban de
diferentes países; ni siquiera los contestaba y sólo alguna que
otra vez
daba cuenta de ellos. Engels y yo ingresamos en la
Liga secreta de los comunistas bajo la condición de que se
suprimiera en sus
estatutos todo lo que
contribuyera a fomentar la supersticiosa devoción a
la autoridad..."185
El leninismo libra una irreconciliable lucha contra
la anticientífica y dañina teoría de "los héroes y la multitud",
sostenida por los populistas y los social-
184 V. I.
Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI, págs. 203,
204.
185 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. XXVI, pág.
487.
revolucionarios, contra la teoría idealista del
culto a la personalidad. Sin embargo, las supervivencias de esta teoría
idealista están todavía en pie, y el Partido Comunista lucha resueltamente
contra ellas. La teoría idealista del culto a la personalidad se halla en
contradicción con los principios leninistas de la dirección colectiva. Esa
teoría rebaja el papel del pueblo, el papel de la clase obrera y de su partido,
desmoviliza y adormece las fuerzas del pueblo.
El marxismo-leninismo vincula la suerte del
comunismo a la actividad de la clase obrera y de las masas populares,
a la dirección
del Partido Comunista, y no al
destino de esta o la otra personalidad individual. Pero asimismo es ajena al
marxismo la actitud anarquista de repulsa ante la autoridad, ante la misión del
dirigente. En la lucha por el comunismo, han desempeñado y desempeñan un papel
muy importante los dirigentes expertos del partido y de la clase obrera,
dotados de autoridad y vinculados al pueblo.
En la construcción de la sociedad socialista, el
pueblo soviético hubo
de vencer extraordinarias
dificultades, nacidas del atraso del país, heredado
del
viejo régimen, y del cerco capitalista enemigo. El
papel desempeñado por el Partido Comunista y sus
dirigentes en la construcción del socialismo
consistió
en señalar los caminos y medios certeros y seguros
para vencer estas dificultades, basándose para ello en la teoría científica, en
el profundo conocimiento de las leyes del desarrollo social y de las leyes de
la construcción del socialismo. Fue el de entusiasmar, organizar y movilizar a
las masas de los obreros y los campesinos por la construcción del socialismo.
El pueblo soviético ha construído el socialismo por
primera vez en el mundo. Numerosos enemigos trataron de desviar al pueblo del
camino certero, de sembrar en él la desconfianza en sus propias fuerzas,
en su
capacidad para construir
al socialismo. Sin haber
acabado con las
concepciones de los trotskistas, zinovievistas, bujarinistas
y nacionalistas, sin haber desenmascarado sus mentirosas ideas y
"teorías" y sus falsas directivas políticas, habría sido imposible
construir la sociedad socialista. La sabía política del
Partido Comunista y de su
Comité Central leninista y la lucha implacable contra los enemigos del
leninismo, aseguraron el triunfo del leninismo en el País soviético.
Es en los momentos de duras pruebas cuando se revela
de un modo especial el gran papel del Partido
Comunista
y de su
dirección. Cuando, en
1941,
allanó el enemigo las fronteras de la Unión
Soviética, la situación era
difícil y complicada.
Apreciar
certeramente
la situación, pesar
las fuerzas del
enemigo y las del propio pueblo, señalar al pueblo
la profundidad del peligro que amenazaba y los medios y los caminos para la
victoria, aglutinar a millones de hombres en la lucha y dirigir ésta: he aquí
lo que había que hacer y lo que hizo el Partido Comunista
con su Comité Central a la cabeza. El Partido
Comunista de la Unión Soviética, indisolublemente unido al pueblo, lo aglutinó
y lo organizó, lo educó en el odio
al enemigo y
en el amor
a la patria socialista y lo condujo a la victoria.
El Partido Comunista personifica la unidad
político-moral del pueblo soviético, expresa lo que
hay de grande y de bueno en el pueblo soviético y en
la clase obrera: la inteligencia, la tenacidad, la
valentía, la nobleza, la inflexible voluntad. El pueblo
soviético ve en el Partido Comunista de la Unión
Soviética
su dirigente experto
y fiel, su
jefe colectivo.
El derrocamiento del zarismo y del capitalismo, la
destrucción de la explotación del hombre por el
hombre, la creación de la sociedad socialista en la U.R.S.S.: todo ello fue
logrado por la lucha heroica y abnegada de las masas, dirigidas por el Partido
Comunista y su Comité Central leninista.
En la actualidad, el pueblo soviético construye el
comunismo. Las leyes del paso del socialismo al comunismo, las leyes de la
construcción de la sociedad comunista, son descubiertas por la teoría
marxista-leninista, que el Partido Comunista, su Comité Central, desarrolla e
impulsa.
Así, pues, la misión de los jefes de la clase obrera
y de
su Partido consiste
en dirigir sabiamente
la
lucha de ésta,
gracias a su
experiencia y a su
conocimiento de las leyes del desarrollo social,
ayudando de este modo a la clase obrera y a todos los
trabajadores
a acelerar el
movimiento histórico, a
hacer posible la consecución de la gran meta de la
clase obrera, que es el comunismo.
Resumen.
El
materialismo histórico nos
enseña que los
grandes
creadores de la historia de la sociedad no son las personalidades
individuales, los héroes, los jefes y los caudillos, desligados del pueblo,
sino el pueblo mismo, las masas trabajadoras.
El papel que las masas populares desempeñan en la
historia depende de las condiciones
objetivas de
su acción. La historia atestigua que la importancia
de las
masas trabajadoras va
creciendo a medida que se desarrolla la sociedad. La
importancia del proletariado y de
las masas trabajadoras no proletarias encabezadas por
él, en el desarrollo de la sociedad, es considerablemente mayor que fue en su
tiempo, la de los esclavos y los campesinos siervos. Y la misión
histórica creadora de
las masas trabajadoras se
agiganta dentro de las condiciones de la
construcción del socialismo y del comunismo.
Al marxismo le es ajeno el culto burgués y
pequeñoburgués de la personalidad.
Pero, a la par con esto, el materialismo histórico
reconoce la importancia de las grandes
personalidades, de las
personal es avanzadas
y
progresivas,
en la historia y en el
desarrollo de la
sociedad.
Las personalidades sociales
avanzadas, que comprenden las necesidades del desarrollo de la sociedad
y se hallan vinculadas a las fuerzas sociales avanzadas, ayudan a los
trabajadores, con su acción, a
acelerar la marcha de la historia y
facilitan a las masas populares la solución de los problemas históricos ya
maduros para ser resueltos.
CAPÍTULO X. LA CONCIENCIA SOCIAL Y SUS FORMAS.
La conciencia social existe bajo diversas formas,
que van apareciendo y cambian históricamente: bajo las formas de las ideas
políticas y jurídicas, de la moral, de la ciencia, de la religión, del arte y
de la filosofía. Cada una de las formas de la conciencia social, todas ellas
reflejo del ser social, posee sus rasgos específicos y cumple su especial
función en la vida social, en el desarrollo de la sociedad, en la lucha de
clases. El presente capítulo se consagra a examinar el problema de la fuente general
de la que nacen y de donde se desarrollan las ideas sociales, el papel que
éstas desempeñan en el desarrollo de la sociedad en
su conjunto, y el
problema del nacimiento y el
desarrollo de las distintas formas de la conciencia social por separado, de sus
relaciones mutuas y de la función específica de cada una de ellas en el
desarrollo de la sociedad. Asimismo estudiaremos en
este capítulo, especialmente, el papel y la significación de la conciencia
socialista, de la ideología socialista, en el nacimiento y desarrollo de la
sociedad del socialismo.
1. La conciencia
social, reflejo de las
condiciones de la vida material de la sociedad.
El concepto de conciencia social,
en el sentido
amplio de la palabra, abarca las concepciones
políticas, jurídicas, morales, religiosas, artísticas, filosóficas y otras
concepciones sociales, los conocimientos científicos (incluyendo los de las
ciencias naturales) y también las particularidades nacionales de tipo psíquico
de los diversos pueblos y naciones, en la sociedad de clases, así como la
psicología de las distintas clases sociales. En un sentido más estricto, el
concepto de conciencia social expresa solamente las ideas, concepciones y
teorías sociales, que reflejan el ser social, el régimen social.
El
materialismo histórico enseña
que la conciencia social es el
reflejo del ser social, de las
condiciones de la vida material de la sociedad.
Según
sea el ser social de los hombres, su vida material,
así será su conciencia social.
La conciencia en general es un producto de la
naturaleza, la cualidad que tiene la materia
orgánica superior de refleja la realidad. La conciencia social de los hombres
es el producto y el reflejo de las condiciones de la vida material de la
sociedad. La vida material de
la sociedad, el ser social,
es lo
primario; la vida espiritual de la sociedad, lo
secundario, lo derivado. La vida material de la sociedad en una realidad
objetiva, que existe independientemente de la conciencia de los hombres, y la
vida espiritual de la sociedad, la conciencia de los hombres,
las ideas, teorías
y concepciones sociales, son el
reflejo de la realidad objetiva, del ser social.
Partiendo del hecho de que los hombres, al entrar en
relaciones los unos con los otros, actúan como seres dotados de conciencia, los
idealistas llegan a la conclusión falsa de la identidad entre el ser social y
la conciencia social. Esta concepción falsa, anticientífica, idealista, es
criticada por Lenin, en los siguientes términos:
"El ser social y la conciencia social no son
idénticos, exactamente lo mismo que no lo son el ser en general y la conciencia
en general. De que los hombres, al ponerse en contacto unos con otros, lo
hagan como seres
conscientes, no se
deduce de ningún modo que la
conciencia social sea idéntica al ser social. En todas las formaciones sociales
más o menos complejas -y
sobre todo en
la formación social capitalista-,
los hombres, cuando entran en relación
unos con otros,
no tienen conciencia
de cuáles son las relaciones sociales que se establecen entre ellos, de
las leyes que presiden el desarrollo de estas relaciones, etc. Por ejemplo, un
campesino, al vender su trigo, entra en "relación" con los
productores mundiales de trigo en el mercado mundial, pero sin tener conciencia
de ello, ni tener conciencia tampoco de cuáles son las relaciones sociales que se forman
a consecuencia del cambio".186
Los idealistas buscan la fuente de que manan las
ideas sociales, las teorías políticas, las concepciones
religiosas, artísticas y de otra clase, en el campo
de la
conciencia, en el campo de las ideas, en las cabezas
de tales o cuales pensadores, ideólogos, creadores de esas ideas y teorías. El
materialismo histórico enseña que
la fuente real
en que se
originan las ideas sociales, la fuente de la que brota y
en la que se forma la vida espiritual de la sociedad hay que buscarla, no en
las cabezas de los hombres, sino en las condiciones de la vida material de la
sociedad misma. Sólo este
modo materialista de
abordar el
186 V. I. Lenin, Obras completas, t. XIV. pág. 309.
problema
nos permite comprender
por qué en distintas sociedades o en diferentes
fases del desarrollo histórico existen diversas ideas y concepciones sociales,
por qué estas concepciones e ideas cambian al cambiar las condiciones de vida
de los hombres.
El ser social determina la conciencia social. La
conciencia social no puede ser nunca otra cosa que un simple reflejo del ser
social. Hasta las confusas y fantásticas
representaciones religiosas de los
hombres son reflejos,
evidentemente deformados, pero
reflejos a pesar de todo, de las condiciones de la vida material de la
sociedad.
En la conciencia social de los hombres se reflejan
siempre las condiciones de su vida material. Ahora
bien, el modo
como estas condiciones
se reflejen
concretamente dependerá de la fase del desarrollo
histórico, del modo de producción de que se trate. En la ideología burguesa,
por ejemplo, las imágenes de los hombres y sus relaciones sociales aparecen
invertidas, exactamente como en una cámara oscura. Así lo determina el carácter
del proceso histórico de la vida material en la sociedad burguesa.
Las concepciones políticas, jurídicas, morales,
religiosas, artísticas y
filosóficas de la
sociedad
constituyen la parte ideológica de la
supraestructura
erigida sobre una u otra base económica
históricamente determinada. Y la supraestructura cambia al cambiar la base
económica.
En las tempranas fases del desarrollo social, la
dependencia de la
conciencia social, de
las
concepciones sociales, con respecto a las
condiciones de la vida material de la sociedad y, ante todo, con
respecto
al régimen económico
de la sociedad,
es algo especialmente claro y evidente. El trabajo intelectual no ha
logrado separarse todavía, allí, del
trabajo físico, el proceso de reproducción de la
vida social constituye una unidad, un todo: las actividades
espirituales de los hombres aparecen directamente
enlazadas, por así decirlo, con la vida material de la sociedad. Al
carácter rudimentario limitado
de la
vida material de los hombres en la época del régimen
de la comunidad primitiva correspondía la limitación
de su vida
espiritual: los usos
y costumbres reflejaban la vida
primitiva de los hombres de aquel tiempo; sus creencias religiosas eran el
reflejo de su
impotencia ante las fuerzas elementales de la
naturaleza; a la propiedad social y a la propiedad
colectiva
sobre los medios
de producción correspondía la ausencia
de conceptos como los de lo "mío" y lo "tuyo".
Con el transcurso del tiempo, y especialmente al
aparecer la división social del trabajo, al surgir las
clases y la sociedad de clases, al separarse del
trabajo físico el trabajo intelectual, fue haciéndose más compleja toda
la vida social
de los hombres,
incluyendo su vida espiritual. Surgió el Estado y, a
la par con él, el derecho. Surgieron y se desarrollaron
nuevas formas de conciencia social: aparecieron las
concepciones políticas y jurídicas, la ciencia y la filosofía; se desarrollaron
y diferenciaron diversas modalidades del arte como elemento de la vida
espiritual.
Y se complicó también, en consonancia con todo eso,
el propio proceso del reflejo de las condiciones
de su vida material en las cabezas de los hombres.
Hoy, resulta difícil, a veces, captar los nexos de
algunos fenómenos de
la conciencia, de
la vida
espiritual,
con las condiciones
materiales de vida.
Dice Plejánov, con razón, que para comprender las
danzas del hombre de la sociedad primitiva, basta conocer su modo de producción
de los bienes materiales. Las mujeres de las tribus del África reproducen en
sus danzas la recolección de raíces, y los hombres, por su parte, simulan en
ellas la caza y los choques armados. En cambio, para comprender el minueto
-danza aristocrática francesa de los siglos XVII y XVIII- hace falta conocer
algo más que el carácter de las
actividades económicas de
los franceses de aquel tiempo. Para interpretar este tipo de danza o
cualquier otra manifestación artística parecida necesitamos estudiar, ante
todo, el régimen económico de la sociedad y la división de ésta en clases, la
transformación de la nobleza feudal en la clase parasitaria de los cortesanos
ociosos y despilfarradores, la psicología de esta clase, etc.
Los vulgarizadores y simplificadores del marxismo, tales como
los "materialistas
económicos",
tratan de derivar
directamente del
proceso de producción las concepciones filosóficas,
religiosas, morales y artísticas de los hombres, de explicar el carácter y la
orientación del arte, de la filosofía y de la moral por el nivel de la técnica.
Esta manera simplista de abordar los fenómenos de la vida espiritual nada tiene
que ver con el marxismo, es enemiga
de éste. El
materialismo histórico enseña que la conciencia social, la ideología
de la sociedad y de las clases que la forman se determina por el desarrollo de
la producción, por la actividad productiva de la sociedad, pero no
directamente, sino a través de la base económica de ésta, a través de las
relaciones de producción. La conciencia social no refleja directa y
repentinamente los cambios que afectan al nivel de desarrollo de las fuerzas
productivas, sino después de las modificaciones efectuadas en la economía, a
través de la refracción que los cambios
operados en la
producción determinan en los del régimen económico de la sociedad.
Teniendo en cuenta, además, que algunas formas de la conciencia social no
siempre experimentan la influencia determinante de la base económica
directamente, sino a través de las relaciones
político-sociales, por medio
de los intereses de clase y de la
lucha de clases y también, a veces, por medio de la acción de otras formas de
la conciencia social, que se hallan más cerca de la base
de la sociedad.
No pocas veces, las formas ideológicas existentes en
una época dada conservan el contenido ideológico
inculcado
en ellas por
las condiciones de
la vida
material de épocas muy anteriores. Así, por ejemplo,
la religión lleva consigo, junto al contenido engendrado por el régimen
económico de la sociedad burguesa,
ideas y concepciones
heredadas de un lejano
pasado histórico. La
religión cristiana extendida en
Europa y América contiene muchas estratificaciones ideológicas cuyas raíces
llegan hasta la época de la sociedad primitiva (los mitos sobre la creación del
mundo y del hombre, sobre el pecado original,
etc.), de la
esclavitud y del
feudalismo. Sería absurdo querer descubrir exclusivamente en la vida
económica de la sociedad burguesa contemporánea los fundamentos de todos los
dislates y prejuicios de la religión. La tradición y el carácter
extraordinariamente conservador de la ideología religiosa, unidos al interés de
la burguesía por conservar esta clase de prejuicios para refrenar a las masas
trabajadoras, hacen que estos elementos religiosos de un remoto pasado sigan
manteniéndose en pie hoy, bajo condiciones económicas totalmente distintas, en
el siglo de las máquinas, de la electricidad, de la energía atómica y de la
cosmología y la biología científicas.
Las formas ideológicas, una vez que han surgido,
adquieren cierta sustantividad relativa en su
desarrollo.
Y esta relativa
independencia de desarrollo de las
formas de la conciencia se expresa
en lo siguiente. Por virtud de la división social
del trabajo y, sobre todo, de la separación del trabajo
intelectual y el trabajo físico, el proceso
ideológico, la producción espiritual, es decir, el desarrollo de las
ideas, se desglosa
hasta cierto punto
de la vida
material de la sociedad. Determinados individuos
comienzan a apropiarse, a
asimilarse ciertos
sentimientos, determinadas concepciones e ideas,
basadas en las tradiciones y en la educación recibida en la
familia, en la
escuela, en la
iglesia, en la
sociedad.
Los ideólogos o autores de ideas, concepciones o
ilusiones de una
determinada clase, al
elaborar
determinadas
teorías, ciertos sistemas
científicos y
filosóficos,
ciertas formas artísticas,
en cada momento dado, parten, consciente o
inconscientemente, de la situación y los intereses
de
esta clase, pero se basan para ello,
espontáneamente, en el material ideológico acumulado en el campo de que se
trata, creado por sus predecesores. Las relaciones económicas, los intereses de
clase determinan lo que ellos, concretamente, seleccionan de lo creado por sus
predecesores, la parte de la herencia recogida por ellos; determinan la
dirección en que se
opera el cambio
de las ideas,
de las
continúan las tradiciones de sus antecesores que
cuando rompen más o menos radicalmente con ellas, el material ideológico
acumulado en las épocas precedentes no se mantiene pasivo, sino que influye de
uno u otro modo sobre el curso ulterior del desarrollo espiritual de la
sociedad.
Todo campo ideológico -la teoría política y
jurídica, la moral, la filosofía, el arte, la religión- dispone, como premisas
para su desarrollo, de determinado material intelectual que le ha sido
transmitido por la época precedente y que le sirve de punto de partida; posee
su desarrollo específico, que constituye una forma especial de conciencia
social, un modo peculiar de reflejo de la realidad.
Aun siendo indiscutible la influencia determinante
(en última instancia) del desarrollo económico sobre los distintos campos de la
ideología, Engels señala que esta influencia
"se opera dentro
de las condiciones impuestas por
el campo concreto: en la filosofía, por ejemplo, por la acción de influencias
económicas (que, a
su vez, en
la mayoría de los
casos, sólo se operan bajo su disfraz político, etc.) sobre el
material filosófico existente,
suministrado por los predecesores".187
En el desarrollo de todas las formas de la
conciencia social, la filosofía, la ciencia, el arte, etc., cada país (y, al
desarrollarse las relaciones internacionales, el mundo todo) posee una
determinada tradición, una determinada continuidad ideológica. En Rusia, por
ejemplo, la tradición científica materialista va desde Lomonosov y Radichev,
pasando por Herzen y Belinski, hasta Chernichevski y Dobroliubov, Sechénov,
Pávlov y Timiriazev. Lenin surgió en Rusia, pero debió su origen, no sólo a las
condiciones económico-sociales de Rusia, sino a las condiciones internacionales
de la época del imperialismo, a las condiciones y las exigencias del movimiento
obrero mundial. El leninismo es el marxismo, el desarrollo creador de éste,
bajo las condiciones de la nueva época. Y también en el campo de la literatura
existe un nexo de continuidad o tradición. Hay, por ejemplo, un engarce entre
las creaciones de Pushkin, Griboiedov, Lermontov, Gógol,
Turguenev y Tolstoi.
Como existe también un nexo de continuidad entre la gran literatura
clásica rusa del pasado y la literatura soviética, literatura sustancialmente
nueva, por lo que se refiere a su contenido social. No sería posible el
desarrollo del arte, de la ciencia, de la filosofía, si la crítica
revolucionaria y la superación de las concepciones artísticas, de los conceptos
científicos y los sistemas filosóficos viejos y caducos no se cuidaran de
conservar todo lo verdadero y lo progresivo, todo lo logrado por la humanidad
en las épocas anteriores. Por eso el Partido Comunista nos enseña a
dominar críticamente la
gran herencia
concepciones.
Sin embargo, lo
mismo cuando los
escritores,
los artistas, los
sabios y los
filósofos
187 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t. II, pág.
466.
cultural del pasado, en particular y especialmente
los tesoros del arte clásico ruso progresivo, al igual que los tesoros del arte
avanzado que han creado los demás
pueblos. Sería imposible
crear la nueva cultura de vanguardia, la cultura
proletaria socialista, sin asimilarse críticamente todos los tesoros de la
cultura avanzada, creados por la humanidad en el pasado. V. I. Lenin escribía,
criticando a los vulgarizadores, los simplificadores del marxismo de la corriente del "proletkult":
"La cultura proletaria no es algo que haya
brotado no se sabe de dónde, no es el fruto de las cavilaciones
de gentes que se llaman a sí mismas especialistas en
cultura proletaria. Todo esto es una perfecta
necedad. La cultura proletaria sólo puede aparecer con arreglo
a sus leyes
mediante el desarrollo de
los
conocimientos acumulados por la humanidad bajo el
yugo de la sociedad capitalista, de la sociedad de los terratenientes y de la
burocracia".188 Así, en su lucha contra
los secuaces del
machismo de A.
A. Bogdánov, V. I. Lenin defendía la necesidad de dominar críticamente
la gran herencia cultural del pasado, para poder crear la cultura más avanzada,
la cultura socialista.
La sociedad socialista se asimila críticamente la
herencia cultural de todos los pueblos, de todos los países, de todas las
épocas, tomando de ella lo que responde
a las necesidades
del pueblo, a
las exigencias del desarrollo de la sociedad.
Por su esencia de clase, la ideología soviética, la
cultura soviética, se distingue fundamentalmente de toda la ideología y la
cultura precedentes. Es una cultura socialista, anticapitalista. Pero no una
cultura que haya brotado en el "vacío", sin relación alguna con la
herencia cultural del pasado.
Por
tanto, el desarrollo
de la filosofía,
de la ciencia, del
arte y de
las demás formas
de la
conciencia social no debe tratar de deducirse de las
ideas ni reducirse a la "filiación de las
ideas", como hacen los idealistas. Las raíces de las ideas deben buscarse
en el ser social de los hombres, en su ser de clase, en la economía de la
sociedad dada. Pero, para ello, es necesario estudiar las relaciones y los
nexos de continuidad en el desarrollo de las formas ideológicas. No hay que
simplificar superficialmente el
problema, empeñándose en
derivar inmediatamente todos los fenómenos ideológicos de la economía y,
por tanto, directamente del proceso de producción.
La relativa sustantividad que se advierte en el
desarrollo de las
formas de la
conciencia social
suscita en los ideólogos idealistas la ilusión de
que el proceso ideológico es
independiente de las
condiciones de la vida material de la sociedad, de
la lucha de clases. Y a fortalecer esta ilusión en su conciencia
contribuye el hecho de que,
siendo las
formas
de la conciencia
social reflejo de
las
188 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 262.
condiciones materiales de vida, van en su desarrollo
a la zaga de los cambios operados en la vida material. Primero, cambia la vida
social y después, a tono con ella y más o menos pronto, cambia también la
conciencia social. A la luz del ejemplo de la religión, vemos cómo algunas
ideas y concepciones nacidas en el remoto pasado siguen viviendo miles de años,
aun después de haber desaparecido por completo las condiciones que las
engendraron.
El hecho de que la conciencia social quede
rezagada con respecto
al ser social
se debe, en primer
lugar, a que
la conciencia es
siempre un reflejo del ser y, en
segundo lugar, al carácter conservador de determinadas formas de la conciencia
y de las ideas contenidas en ellas, en particular algunas, tales como las ideas
religiosas y las normas de la moral, los usos y costumbres santificados por la
religión. El carácter conservador, la inercia, es algo inherente no sólo a la
religión y a las ideas religiosas, sino también a otras formas ideológicas.
Diversas ideas sociales sobreviven como fósiles a las condiciones sociales que
las hicieron brotar y se mantienen en pie por la fuerza de la tradición, al
calor de la costumbre, entorpeciendo el desarrollo de nuevas ideas y
concepciones. En tercer lugar, el que la conciencia vaya a la zaga del ser
social se explica también por el interés de las fuerzas sociales
supervivientes en el
mantenimiento de las
viejas ideas. Las fuerzas reaccionarias, apoyándose en las instituciones
que les son propias, apoyan y estimulan las viejas ideas, las ideas
reaccionarias.
La tendencia a ir a la zaga es propia, en
particular, de la conciencia habitual del hombre, que surge, se plasma y cambia
espontáneamente, bajo la acción de las condiciones de la vida circundante. La
conciencia científica, a diferencia de la usual, no brota espontáneamente, sino
que es forjada por los ideólogos, por los sabios, que descubren las leyes de
desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. El pensamiento
teórico, cuando es verdaderamente científico, es decir, cuando se basa en el conocimiento
de las leyes del desarrollo y de las tendencias que nacen y se revelan en la
misma vida, en la realidad, permite prever lo que ha de suceder en el futuro.
Así, Marx, al descubrir las leyes de desarrollo de la sociedad capitalista,
pronosticó de largo tiempo atrás el inevitable hundimiento del capitalismo y el
triunfo del socialismo. Y esta previsión científica ha sido confirmada por todo
el curso del desarrollo de la sociedad.
En el análisis de cómo surgen y se desarrollan las
formas de la conciencia social y de sus nexos con la
base
económica, hay que
tener en cuenta
su
interdependencia con la supraestructura jurídica y
política, la interdependencia entre
unas y otras formas ideológicas: la moral y la
religión, la moral y el derecho, la moral y el arte, el arte y la filosofía,
etc. Por ejemplo, en todas las fases de desarrollo de
la sociedad hasta el capitalismo, incluyendo a éste,
el desarrollo de la moral y de la filosofía idealista se halla bajo la
influencia de la religión, y viceversa: la filosofía idealista influye, a su
vez, en el desarrollo de la religión y de la moral, la filosofía y la religión
ejercen su influencia sobre el arte. etc. Sólo teniendo en cuenta esta
interdependencia en todos y cada uno de sus aspectos, es posible llegar a
comprender certeramente todo el complejo proceso de desarrollo de la conciencia
social, de la vida espiritual de cada clase en particular y de la sociedad en
su conjunto.
Los vulgarizadores y deformadores del marxismo del
tipo de A. A. Bogdánov, W. M. Shuliatikov y M. N. Pokrovski trataban de derivar
directamente las formas ideológicas del nivel de la producción, del estado de
la técnica o de las condiciones de la economía. En vez de estudiar de un modo
históricamente concreto los fenómenos de la conciencia social y de investigar
todos los nexos existentes entre la economía y las formas de la conciencia,
teniendo en cuenta la influencia de la lucha de clases y de las relaciones
políticas y de la interdependencia entre las diversas formas de la conciencia
social, estos tergiversadores del marxismo empeñábanse en explicar la complejas
formas ideológicas como algo
directamente emanado del nivel de desarrollo de la economía. Con
lo cual desfiguraban la imagen del proceso histórico y se metían en
un callejón sin salida al
explicar fenómenos tan complejos
como el del
arte de la Grecia antigua, el de la literatura rusa
de la primera mitad del siglo XIX, etc.
"Así se explica -señalaba Marx- que la
producción capitalista sea hostil a ciertas producciones de tipo
artístico, tales como el arte y la poesía, etc. De
otro
modo, daremos en aquella manía pretenciosa de los
franceses del siglo
XVIII, tan graciosamente
ridiculizada
por Lessing: puesto
que hemos
sobrepasado a los antiguos en todo lo que se refiere
a la mecánica, etc., ¿por qué no hemos de ser capaces de escribir un poema
épico? Y así es como Voltaire escribe su Henriade, ¡para no ser menos que el
autor de la Ilíada!".189
La relación entre el desarrollo de la producción
material y el arte o, por lo menos, algunas modalidades de éste, no es la misma
en todos los períodos de la historia. En cuanto al nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas, la sociedad esclavista de la Grecia antigua estaba por
debajo de la sociedad feudal y, sin embargo, el nivel de desarrollo del arte y
de sus diversas modalidades, entre los griegos de la antigüedad, era más alto
que el de la Edad Media feudal. A pesar de lo cual, también los hechos de la
discordancia entre los períodos de florecimiento de algunas manifestaciones del
arte y
189 C. Marx, Historia crítica de la teoría de la
plusvalía, trad. de W. Roces, ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1945, t.
I, pág. 262.
los períodos de desarrollo de la producción material
encuentran su explicación en las condiciones de la vida material de una
sociedad dada y, en último resultado, en el modo de producción de que se trata.
Entre el atraso económico de Rusia en la primera
mitad y a mediados del siglo XIX y el florecimiento de su literatura existe una
contradicción a primera vista inexplicable. La Rusia de aquel tiempo era un
país económicamente atrasado, feudal. En la Rusia de entonces imperaba el
desenfreno del despotismo zarista, de la arbitrariedad y la violencia de los
terratenientes y los funcionarios. El zarismo, con su implacable vandalismo,
ahogaba y aplastaba cuanto había de vivo, de progresivo y de revolucionario en el
país. La población de Rusia era casi en bloque analfabeta, con excepción de una
reducida minoría de nobles e intelectuales privilegiados, Se cernía sobre Rusia
la tenebrosa noche de la reacción feudal. Pues bien, en este país y en esta
época surgió una gran literatura que dio al mundo aquella constelación
brillantísima de poetas, escritores, críticos, artistas y compositores de
primer rango. Ningún otro país del mundo llegó a conocer, en aquella época, un
florecimiento tan portentoso de la literatura, una literatura en que la pujanza
de las ideas se aunaba a una fuerza extraordinaria para influir sobre la marcha
del desarrollo social.
¿Cómo explicarse esto? ¿No se halla este hecho
evidente en contradicción con
la concepción
materialista de los fenómenos de la vida social? En
modo alguno: este
fenómeno a que
nos referimos
obedece a sus leyes. Puede contradecir a los puntos
de vista de
los vulgarizadores partidarios
del
"materialismo económico". Pero no a la
concepción del materialismo histórico, del marxismo-leninismo. Para explicar
este fenómeno, el historiador marxista
debe fijar su atención en lo siguiente. En el primer
cuarto del siglo
XIX, las fuerzas
productivas de
Rusia
entraron en conflicto
con las relaciones feudales de la servidumbre. El
régimen de la servidumbre en la economía y el zarismo se convirtió
en un freno para el desarrollo de Rusia. Y a la
insurrección campesina dirigida por Pugachov había
asestado un golpe al régimen de lo servidumbre y
tuvo su reflejo en el desarrollo de las ideas revolucionarias entre los hombres
más avanzados de
Rusia. La guerra patria de 1812, coronada por la
derrota y la
expulsión de Rusia
de las tropas
napoleónicas, sacudió lo conciencia de toda la
sociedad rusa y provocó un auge de los sentimientos nacionales de
todas las capas
de la población,
incluyendo la parte más avanzada de la nobleza, que
no se avenía ya a las brutales formas del despotismo
monárquico y de la opresión política.
La insurrección de los decembristas, revolucionarios
de la nobleza que habían intentado
echar
por tierra el
despotismo de la
autocracia zarista, fué derrotada por haberse mantenido aislada
del pueblo: y, después de esto, la reacción comenzó
a perseguir todavía más implacablemente las ideas revolucionarias. Pero la
insurrección de los decembristas no fué estéril. Fortaleció el desarrollo de
las ideas revolucionarias en Rusia: el puesto de los revolucionarios de la
nobleza pasó o ser ocupado por los revolucionarios de la intelectualidad, por
los demócratas revolucionarios. Belinski, Herzen, Chernichevski, Dobroliúbov y
otros, expresión de los intereses de los campesinos siervos.
Bajo las condiciones del imperio de la reacción, la
literatura y la
filosofía materialista eran,
para los
hombres avanzados de Rusia, el único vehículo de
expresión ideológica de las apremiantes necesidades
impuestas por el desarrollo progresivo del país, de las
exigencias
cada vez más
imperativas de la
lucha
contra la servidumbre y el zarismo. La grandeza de
la literatura clásica rusa consiste en haber sabido proclamar con una fuerza
conmovedora y bajo una forma artística insuperable los pensamientos, los
anhelos y las esperanzas del pueblo torturado y oprimido. La literatura clásica
rusa surgió y floreció como una fuerza de oposición y de combate contra el
régimen de la
servidumbre, impregnada de
las grandes ideas de liberación del pueblo. Las fuentes de su
inspiración fueron las profundísimas contradicciones económicas y de clase de
la Rusia de entonces, el odio inextinguible de los campesinos contra la
servidumbre y sus aspiraciones de libertad. Y
en esto cabalmente
reside la causa
del florecimiento y de la fuerza imperecedera de la literatura clásica
rusa del siglo XIX.
Para poder comprender los fenómenos ideológicos, cualesquiera
que ellos sean,
hay que
partir
del análisis de
las condiciones en
que se
desarrolla la vida material de la sociedad, del
estudio de las contradicciones de clase en la sociedad de que
se
trata y del
grado de madurez
de estas
contradicciones.
La historia del capitalismo nos ofrece ejemplos de
países relativamente atrasados desde el punto de vista
económico y que, sin embargo, ocuparon un puesto
descollante en el terreno ideológico, en comparación
con otros económicamente más desarrollados. Tal es,
por ejemplo, el
caso de Francia,
que en el
siglo XVIII, al principio en el campo de la filosofía y más
tarde, después de la revolución de 1789, también en
el de las
ideas políticas, descollaba
considerablemente
por sobre Inglaterra.
Alemania era, a mediados del siglo XIX, un país considerablemente atrasado
en comparación con
Inglaterra y Francia y, sin embargo, en virtud de
las condiciones examinadas más arriba (en el capítulo
primero), fué el país en que surgió la más avanzada
de las teorías, la teoría de la clase obrera mundial, el marxismo.
El
marxismo era la
doctrina que sintetizaba científicamente la experiencia
del movimiento obrero
no sólo de Alemania, sino de todos los países, la
más grandiosa revolución operada en la ciencia social y en la filosofía.
También el leninismo, es decir, el marxismo de la
época de las revoluciones proletarias, brotó en
un
país que no figuraba entre los adelantados ni en el
terreno económico ni en el político. El leninismo
surgió en el período de extrema agudización de todas las contradicciones del
imperialismo mundial, en que el capitalismo se convirtió en un capitalismo
monopolista, en descomposición, y la revolución proletaria se puso a la orden
del día. La Rusia de fines del siglo XIX y comienzos del XX era como el nudo de
las contradicciones del capitalismo mundial. De modo semejante a la Alemania
del año 1848, la Rusia de mediados
del siglo XX
llevaba en su entraña la revolución y en ella iban
madurando, al mismo tiempo, las posibilidades reales de transformación de la
revolución democrático- burguesa en revolución socialista. Y a ello se debió el
que fuese precisamente Rusia, y no otro país cualquiera, la cuna del leninismo,
y su creador el jefe de la clase obrera rusa, Vladimir Ilich Lenin.
Así,
pues, la fuente
de que emana
la vida espiritual de
la sociedad debe
buscarse en las
condiciones
de la vida
material de ésta.
La
conciencia social, las ideas sociales son el reflejo
de las condiciones de la vida material de la sociedad y, ante todo, de su
régimen económico. Al cambiar las condiciones
de la vida
material de la
sociedad, cambia también la conciencia social.
Esta tesis del materialismo histórico encierra una
importancia práctica muy grande para la actuación del partido marxista y para
la acción de las fuerzas avanzadas de la sociedad. Para destruir las ideas e
instituciones sociales inservibles y reaccionarias, los hábitos y costumbres
inservibles y podridos, hay que acabar con las condiciones materiales,
económicas, que engendran y alimentan estas ideas, instituciones y costumbres
inservibles, podridas y reaccionarias.
La
fuerza del Partido
Comunista de la
Unión
Soviética
reside en que,
por oposición a
los populistas, a los anarquistas, a los social- revolucionarios y demás
utopistas, partió en su actuación del papel primordial, determinante, de las
condiciones materiales en el
desarrollo de la sociedad. En su
actuación práctica, el Partido Comunista se apoyaba y se apoya en las
exigencias del desarrollo de la vida material de la sociedad, sin apartarse
nunca de la vida real de ésta.
2.
Carácter de clase
de la ideología,
en la sociedad de clases.
En una sociedad escindida en clases
irreconciliablemente
enemigas, antagónicas, no puede existir una ideología situada al
margen de las
clases, no puede haber ideas políticas y jurídicas,
moral, concepciones filosóficas, artísticas, etc., por
encima de las clases. Desde la división de la
sociedad en clases enemigas, en opresores y oprimidos, en explotadores y
explotados, la ideología ha tenido siempre un carácter de clase, de partido. La
ideología dominante siempre ha sido, además, la ideología propia de la clase
dominante en lo económico y en lo político, expresión de su situación y de sus
intereses y llamada a santificar y fortalecer su dominación económica y
política.
"Los pensamientos dominantes -escribían Marx y
Engels- son en toda época los de la clase dominante; es decir, la clase que
constituye la fuerza material dominante en la sociedad es también, al mismo
tiempo, su fuerza espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los
medios de la producción material dispone también, por virtud de ello, de los
medios de producción espiritual, y gracias a ello domina y gobierna el
pensamiento de cuantos se hallan privados de medios para producir espiritualmente. Los
pensamientos dominantes no son
sino la expresión
ideal de las
relaciones materiales dominantes".190
La verdad de estas afirmaciones de Marx y Engels
se halla
confirmada por toda
la historia de la
sociedad de clases.
En la sociedad esclavista, imperaba la ideología de
la clase de los esclavistas. Esta ideología defendía
abiertamente
la desigualdad entre
los hombres,
consideraba la esclavitud como un fenómeno natural,
congruente con la "naturaleza" de los hombres. Los
filósofos
Platón y Aristóteles, por
ejemplo,
enseñaban que la esclavitud era una institución, no
sólo necesaria, sino natural. Aristóteles escribía: "...unos hombres son
por naturaleza libres y otros esclavos, y éstos son esclavos de un modo útil y
justo".191
A diferencia de la ideología burguesa actual, que
encubre la esclavitud capitalista asalariada con frases acerca de la
"igualdad" y la "fraternidad", la filosofía de Platón y
Aristóteles hace la apología franca y desembozada de la esclavitud antigua.
Platón y Aristóteles eran los ideólogos de la clase esclavista dominante y
veían la esclavitud con los ojos de los esclavistas y partiendo de sus
intereses.
Pero, tampoco en la antigüedad era igual y uniforme
la actitud de los hombres ante la esclavitud.
Por oposición a los esclavistas, los esclavos
odiaban la esclavitud y
la consideraban injusta.
Así lo
atestiguan, sobre todo, las numerosas insurrecciones
de esclavos. La historia del mundo antiguo está llena de acciones de lucha de
clases de los esclavos contra
los esclavistas. Y esta lucha reflejábase también,
de un modo o de otro, en el campo de las ideas. Los
esclavos expresaban su odio a la esclavitud en ideas
que revestían, no pocas
veces, forma religiosa. El
190 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. IV, págs.
36-37.
191 Aristóteles, Política, cap. 5.
cristianismo primitivo, antes de llegar a
convertirse en la religión dominante, presenta huellas del odio de los esclavos
contra los esclavistas.
Cuando
el régimen esclavista
pasó a ser un
régimen caduco y la esclavitud se convirtió en freno
del
desarrollo social, los
hombres más avanzados
comenzaron a ver en ella una institución injusta.
El régimen económico feudal, que vino a sustituir a
la esclavitud, descansaba sobre el trabajo de los
campesinos siervos. El siervo era, a diferencia del
esclavo, propiedad incompleta del
señor-
terrateniente: éste podía venderlo, pero la ley no
le autorizaba ya a darle muerte. Y estas relaciones económicas encontraban
su reflejo en la
ideología
feudal, en las concepciones políticas y jurídicas
dominantes, en las instituciones
religiosas y en la
moral imperante, que justificaban la institución de
la servidumbre como un derecho "instituí do por dios".
El paso de la sociedad esclavista a la sociedad
feudal trajo consigo una serie de cambios, no sólo
en cuanto al contenido de la conciencia social, sino también en cuanto a la
correlación de sus diversas formas. En la sociedad antigua, ejercía una función
dominante, a la par con la religión, la ideología política; ocupaban, asimismo,
un puesto importante, en aquella sociedad,
la filosofía y
el arte, En el
período de decadencia de la sociedad esclavista, pasó a ocupar el primer plano
ideológico la religión. En la época del feudalismo, ésta se erige, íntegra y
absolutamente, en la forma ideológica dominante. Todas las demás formas de la
conciencia social, la moral, la ciencia, el arte y la filosofía, se hallan
supeditadas, en esta época, a la religión. "La iglesia - escribe Engels-
era la más alta generalización y la suprema sanción del orden feudal
existente".192 Las ideas sociales básicas del cristianismo, del budismo y
del islamismo proponíanse justificar la opresión feudal, la servidumbre. El
cristianismo defendía la propiedad
privada de los terratenientes,
bendiciéndola y santificándola, justificaba el régimen monárquico y
declaraba ungidos por
la gracia de Dios a los sangrientos déspotas sentados
en el trono, zares, reyes y emperadores.
La historia de la sociedad feudal es la historia de
la lucha de los campesinos siervos contra los señores feudales. Y esta lucha
cobra su reflejo también en el campo de la ideología. Por oposición a la
ideología oficial dominante de la sociedad feudal, surgieron, como expresión de
la protesta de los campesinos siervos y los artesanos contra la opresión
feudal, una serie de herejías
religiosas, como las
de los albigenses y los
anabaptistas en el occidente de Europa y la secta de los "estrigolniki"
y otras en Rusia. Los campesinos
entendían que la
tierra no tenía dueño, que era un
patrimonio "divino", que pertenecía
a todos, Entre
los siervos de
todos los
192 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. VIII, pág.
128.
países, comenzó a extenderse el famoso dicho:
"Cuando Adán araba
y Eva hilaba,
¿quién era noble?"
La persecución de los heterodoxos (de los herejes,
los partidarios de las sectas y los sabios) por el Poder
secular
y eclesiástico feudal,
los procesos de la
Inquisición contra las "brujerías", etc.,
son una de las páginas más sangrientas de la historia, La "santa"
Inquisición católica enterró
en las mazmorras
y quemó en las
hogueras a cientos
de miles de víctimas, Y no es casual que, en nuestro
tiempo, la iglesia católica sea una de las animadoras de la reacción imperialista,
tanto en el
campo político como en el
ideológico. La iglesia católica de nuestros días, con el papa de Roma a la
cabeza, bendice y justifica todas las bestialidades de los imperialistas.
La
sustitución del régimen
feudal por el capitalista significa el desplazamiento de
la dominación de la ideología feudal por la de la ideología burguesa.
En la sociedad capitalista, la ideología burguesa
se manifiesta preferentemente bajo
una forma
política
y jurídica abierta.
Engels dice que
la
ideología jurídica es la ideología específicamente
burguesa. Pero la
burguesía pone también
a su
servicio todas las demás formas de la ideología,
entre
ellas esa arma probada de aplastamiento espiritual
de las masas que es la religión, la cual conserva, en parte, sus formas
tradicionales (catolicismo, religión ortodoxa,
budismo, islamismo) y
en parte las modifica o reforma (protestantismo:
luteranismo, calvinismo).
Es
perfectamente lógico que
la burguesía conserve y
utilice las formas
ideológicas
tradicionales de la sociedad esclavista y feudal, ya
que tanto la esclavitud como el feudalismo y el
capitalismo se basan en la propiedad privada sobre
los
medios de producción,
en el antagonismo
de
clases, en la explotación del hombre por el hombre.
Esto hace que, a pesar de las diferencias existentes entre los tres tipos de
ideología de las clases explotadoras, haya en ellos mucho de común. No en vano
los actuales ideólogos de la burguesía vuelven sus ojos con especial
insistencia hacia los modelos de la ideología esclavista y feudal, para
fundamentar y justificar el régimen capitalista. Si en los períodos de las
revoluciones burguesas la burguesía se apoyaba en las tradiciones progresivas y
republicanas, en la actualidad trata de resucitar todo lo bárbaro, lo
reaccionario, lo esclavista, lo medieval, lo inspirado en el odio a lo humano.
Por oposición a la desigualdad feudal de la sociedad
basada en la servidumbre, la burguesía, cuando todavía era una clase progresiva
y revolucionaria, proclamaba por
boca de sus ideólogos avanzados que los hombres nacen
libres e iguales. La consigna política de la naciente burguesía era la
consigna de la
democracia burguesa, la
consigna de la "libertad, igualdad y
fraternidad", y con ella la de la soberanía nacional, la de la unificación
nacional, en contraposición al particularismo feudal, al aislamiento
territorial. Los ideólogos avanzados de la burguesía, en los albores del capitalismo,
estaban sinceramente convencidos de que, al defender los intereses
de la burguesía, defendían los intereses de toda la nación. Y esta creencia no
era puramente ilusoria. En la destrucción del régimen de la servidumbre, contra
el que aquellos ideólogos se manifestaban, estaba realmente interesada toda
la sociedad, fuera
de la nobleza feudal. Y la ideología burguesa
progresiva se hallaba en consonancia con esta misión progresiva del
capitalismo. Pero, en la época actual, el capitalismo se ha convertido en un
sistema reaccionario.
El capitalismo actual, el imperialismo, significa la
reacción abierta y descarada, tanto en el campo económico como en el campo
político y espiritual. La esencia reaccionaria
de la ideología burguesa actual
encuentra su expresión
más aguda y repugnante en el fascismo y en sus
variantes, en la teoría racista basada en el odio a la humanidad, en las ideas
del exclusivismo nacional, en la justificación de las guerras imperialistas, en
las ideas del cosmopolitismo, simple variante del nacionalismo de los círculos
más agresivos de la burguesía imperialista, principalmente de la
burguesía de los Estados Unidos y de sus copartícipes en el bandidaje y el
saqueo imperialistas.
La
esencia reaccionaria de
la burguesía imperialista y de su
ideología se ha manifestado y se
manifiesta con especial fuerza en la guerra de
rapiña
del fascismo alemán y del imperialismo japonés, en
la guerra de agresión de los Estados Unidos contra Corea, en las sangrientas
bestialidades de los imperialistas, en la persecución contra los elementos del
movimiento obrero revolucionario y contra el movimiento de liberación nacional,
en la política de esclavización y exterminio de pueblos enteros.
Después del aplastamiento del fascismo alemán y del
imperialismo japonés, la reacción imperialista del
mundo entero pasó a ser acaudillada por la burguesía
de los Estados Unidos. El centro de la lucha contra
la ideología de la clase obrera, contra el marxismo, se ha desplazado ahora a
Norteamérica. En los Estados Unidos se concentran, como en la principal
ciudadela del imperialismo, las fuerzas fundamentales del oscurantismo y la
reacción, puestas hoy al servicio de la lucha contra las fuerzas de la
democracia, de la paz y del socialismo,
la caduca filosofía
idealista, la teoría racista, el
maltusianismo, el cosmopolitismo, el
oscurantismo religioso. El
Vaticano, la venal prensa amarilla y el depravado arte
decadentista, son las armas ideológicas
de la "democracia" de la
bomba atómica y el dólar
La predicación de la insensata idea de la
dominación mundial del imperialismo
norteamericano, la preparación de la guerra contra
la U.R.S.S. y los países de democracia popular; la lucha contra la soberanía
nacional y la independencia de los pueblos y contra el movimiento de liberación
nacional; el plan
imperialista de creación
de la llamada "comunidad defensiva
europea", integrada por unos
cuantos Estados del occidente de Europa, frente a los restantes Estados
europeos y, sobre todo, frente a la Unión Soviética y las democracias
populares; el programa
de un "gobierno mundial" bajo la férula de los Estados
Unidos; los planes de estrangulación
del movimiento obrero
y de liquidación de los restos de
la democracia burguesa; la renuncia a la ideología del liberalismo: he ahí el
contenido fundamental de la política y de la ideología política imperialistas
de la burguesía norteamericana y de la burguesía de los otros países
capitalistas a la que aquélla lleva de las riendas, Inglaterra, Francia,
Italia, la Alemania occidental, el Japón, etc. En su lucha ideológica contra
las fuerzas del campo de la paz, la democracia y el socialismo, los ideólogos
de la burguesía imperialista tratan de socavar en las masas populares de los
países capitalistas la enorme autoridad de los países del socialismo, de
presentar a la U.R.S.S. como una potencia antidemocrática y a los Estados.
Unidos, Inglaterra y a todo el mundo capitalista como el baluarte de la
democracia.
Los ideólogos de la burguesía pretenden presentar a
los países del campo socialista como países "sin
libertad" y llaman países "libres" a
aquellos en que imperan la esclavitud capitalista, la explotación y la
opresión, el despotismo fascista y semifascista.
Entienden por "libertad", evidentemente, la libertad
de explotación de los obreros y de todos los
trabajadores por la burguesía. Todos los enemigos de los trabajadores, todos
los enemigos del progreso, los
magnates del capital y los dirigentes de los
socialistas de derecha, los defensores del oscurantismo religioso
y los fascistas, se agrupan hoy en la plataforma
política reaccionaria de lucha contra los países del campo socialista,
contra el movimiento
obrero
revolucionario
y el movimiento
de liberación nacional.
Uno de los rasgos característicos de la ideología
burguesa es la hipocresía y la mentira. Los enemigos declarados del
socialismo se llaman
"nacional-
socialistas" o "socialistas
demócratas"; el partido burgués de los enemigos de la democracia se adorna
con la etiqueta de "partido demócrata",
los enemigos de la república se atribuyen el nombre de "partido
republicano". Esa fraseología hipócrita acerca de la
democracia, de la libre personalidad, de la justicia
y del bien general son el ropaje con que la burguesía
trata de encubrir su rapaz política imperialista,
dentro y fuera de su país. Esta hipocresía de la ideología imperialista no nace
de los rasgos individuales de
este o el otro ideólogo burgués, sino del carácter
contradictorio del capitalismo,
de su esencia
de
régimen de explotación, antinacional.
Expresión teórica de la falacia y la hipocresía de
la burguesía actual
son la filosofía
y la moral
idealistas, imbuidas del espíritu de la gazmoñería,
del
misticismo y el oscurantismo. Hace mucho tiempo, en
el período de juventud de la burguesía, sus ideólogos predicaban en una serie
de países el materialismo y el ateísmo. Al convertirse en una fuerza
reaccionaria, la burguesía ha declarado la guerra al materialismo. Sus
ideólogos predican hoy el misticismo, el idealismo más trivial.
Rasgo típico de la ideología burguesa es el
individualismo, que brota del suelo de la propiedad privada y de la
competencia, con las que toda la sociedad burguesa se convierte en campo de
batalla de implacables ambiciones. El llamado espíritu emprendedor capitalista,
tan ensalzado por los economistas y poetas, sociólogos y publicistas burgueses,
se convierte, de hecho, en la "guerra de todos contra todos". En los
umbrales del naciente desarrollo del capitalismo, los ideólogos de la burguesía
predicaban el humanismo, aunque interpretado, cierto es, de un modo abstracto.
En nuestro tiempo, predican el racismo y el chovinismo, el odio a la humanidad,
el canibalismo. La burguesía reaccionaria actual resucita y convierte en
"símbolo de fe" las
concepciones más antihumanas
y las teorías de los esclavistas,
que equiparaban el hombre a las bestias.
Las peculiaridades del desarrollo histórico de
algunos países y el grado de agudización de las contradicciones internas hacen
que, en estos países, adquiera la ideología burguesa cierta fisonomía especial.
Así, por ejemplo, en la época del imperialismo la ideología fascista fué
elevada sobre el pavés por la burguesía alemana e italiana antes que por la de
Inglaterra y Francia. Ello expresaba las profundas contradicciones internas de
la Alemania y la Italia imperialistas, así
como también las tendencias de expansión imperialista de
estos países. En Inglaterra y en Francia, la burguesía encubría su política
reaccionaria bajo una bandera democrática. Pero, en el curso de desarrollo del
imperialismo, fueron perdiéndose cada vez más, en estos países, las tradiciones
democrático-burguesas. En la actualidad, la burguesía de todos los países
imperialistas ha abrazado las posiciones antidemocráticas, fascistas o
semifascistas. La burguesía actual ha echado por la borda la bandera de la
democracia.
La
propaganda reaccionaria idealiza
el capitalismo de los Estados Unidos, el "modo de vida
norteamericano", y trata de presentar a
Norteamérica como la cuna
del democratismo. "Se
olvida", al
trazar esta mentirosa imagen, de la esclavitud de
los negros y del hecho de que en los Estados Unidos tienen una larga tradición
las costumbres esclavistas
y las teorías sociales más reaccionarias. La
ideología racista ha encontrado
siempre amplia difusión
en
Norteamérica. Hoy, es la ideología dominante de la
burguesía imperialista norteamericana y ha adquirido la significación de la
ideología oficial del Estado, inculcada en las mentes por los círculos
gobernantes de los Estados
Unidos. La base
ideológica de la actual política interior y exterior de la
burguesía norteamericana es la ruptura total con los principios
democrático-burgueses de Lincoln y Jefferson, la predicación de la ideología
del fascismo, del racismo y del cosmopolitismo, bajo el ropaje de un gran
estruendo fraseológico acerca de la democracia y la libertad. No sólo en su
propio país, sino en todos los otros países capitalistas, la burguesía
imperialista de los Estados Unidos actúa como animadora de la reacción y
estranguladora de la democracia y del movimiento de liberación nacional, como
gendarme y verdugo internacional.
La ideología burguesa, reaccionaria, se enfrente
en todos
los países del
capitalismo a la
ideología
revolucionaria, a la ideología socialista de la
clase obrera, al marxismo-leninismo, al
socialismo
científico.
La ideología socialista nació como la ideología de
la clase más avanzada de la sociedad contemporánea,
del proletariado, como expresión de las exigencias
impuestas por el desarrollo de la vida material de la
sociedad, de las tareas históricamente necesarias
que plantea el paso revolucionario del capitalismo al socialismo. La
ideología socialista marxista
surgió
sobre la base filosófica del materialismo dialéctico
e histórico, como resultado del análisis científico del
desarrollo de la sociedad, de la lucha de clases,
como resultado del descubrimiento de
las leyes de
desarrollo
del capitalismo, como
resultado de la crítica consecuentemente revolucionaria de
la ideología burguesa. Los
creadores de la
ideología
socialista científica fueron Marx y Engels.
Desarrollaron creadoramente la ideología socialista
marxista, en las condiciones propias de la época del
imperialismo y de las revoluciones proletarias, el fundador del
Partido Comunista de
la Unión
Soviética, Lenin, y sus discípulos y colaboradores,
los leninistas.
El marxismo-leninismo es la expresión de los
intereses de la fuerza revolucionaria más avanzada de nuestra época, de la
clase obrera. Esta fuerza crece,
se templa y se fortalece día tras día; es la fuerza
históricamente llamada a
destruir el capitalismo
y
construir el comunismo, y a ella pertenece el futuro
en el mundo entero. Toda la marcha del desarrollo social conduce
inevitablemente al triunfo
de esta
fuerza grandiosa e invencible.
La ideología socialista marxista parte del hecho de
que el capitalismo es un régimen históricamente
transitorio,
régimen que, al
sobrevivirse, se ha
convertido en reaccionario; de que el capitalismo
monopolista es el
capitalismo moribundo, en
descomposición;
de que la
burguesía es una
clase
envuelta en contradicciones antagónicas insolubles
para ella y cada vez más agudizadas. La ideología socialista parte del
principio de que la liberación de la clase obrera es obra de ella misma; de que
el antagonismo entre el proletariado y la burguesía sólo puede ser resuelto por
medio de la revolución socialista, mediante la instauración de la dictadura del
proletariado y la construcción del socialismo; de que la clase obrera no puede
liberarse más que liberando a toda la sociedad de la explotación del hombre por
el hombre; de que no puede ser libre ningún pueblo que oprima a otros.
Bajo la bandera
de la ideología
socialista marxista-leninista,
lucha contra el
capitalismo la
clase obrera de todo el mundo. Todo el curso del
desarrollo histórico confirma la verdad y la fuerza
vital de la ideología socialista. El más grandioso
triunfo del marxismo-leninismo es la victoria del socialismo en
la U.R.S.S. y
el régimen de la
democracia popular en una serie de países de Europa
y Asia. La sociedad socialista creada en la sexta parte
de la tierra es la realización de las grandes ideas
del marxismo-leninismo. En la U.R.S.S., la ideología socialista se ha
convertido en la ideología dominante
e incompartida, en la ideología de todo el pueblo.
La instauración del régimen de la democracia popular en
una serie de países de Europa y Asia, el crecimiento
de los
partidos comunistas y
de su influencia
en todos los países
del capitalismo, el
desarrollo del
movimiento de liberación nacional en los países
coloniales y dependientes: todo ello es exponente de
la verdad y la fuerza vital del marxismo-leninismo.
Todo lo
que hay en
el mundo de
progresivo y
revolucionario se agrupa y funde, en nuestro siglo,
bajo la bandera de la ideología socialista marxista- leninista.
Entre la ideología socialista revolucionaria de la
clase obrera y
la ideología reaccionaria de
la
burguesía se libra una lucha irreconciliable,
reflejo del antagonismo que media entre el proletariado y la burguesía.
Así, pues, la conciencia social, las ideas sociales,
las concepciones políticas,
jurídicas, religiosas,
artísticas, morales y filosóficas, en una sociedad
de clases, asumen siempre un carácter de clase y expresan la lucha de clases
que se mantiene en este
tipo de sociedad.
El gran mérito
del marxismo consiste en
haber arrancado a los
ideólogos de la
burguesía la máscara de la imparcialidad, poniendo
de manifiesto la esencia reaccionaria, de clase, de la ideología burguesa
moderna. La ideología
de las
clases explotadoras, expresión de sus intereses,
deforma inevitablemente la
realidad, no puede
ser
una ideología científica.
Los
intereses de la
clase obrera, como
clase consecuente e íntegramente revolucionaria, coinciden
con las tendencias objetivas del desarrollo
progresivo de la sociedad. He ahí por qué la ideología de clase
del proletariado es, al mismo tiempo, una ideología
consecuentemente científica y el espíritu proletario, comunista, de partido
coincide con la objetividad científica. Por oposición a la ideología burguesa,
que presenta las relaciones sociales bajo una forma invertida, fetichista, la
ideología socialista ofrece una imagen objetiva, verdadera y certera de la
realidad, del ser social. En esto reside la fuerza invencible de la ideología
socialista.
3. Cómo repercute la conciencia social sobre el ser
social.
Los
sociólogos burgueses dirigen
contra el
materialismo histórico la absurda acusación de que
éste ignora la función de la conciencia, del "factor
ideológico",
en el desarrollo
social; acusan a los
marxistas
de reducir todo
el desarrollo de
la sociedad, al parecer, a la acción automática de la economía. Esta
acusación nace de la ignorancia de los sociólogos burgueses, cuando no es el
resultado de su tergiversación consciente de las concepciones marxistas.
El materialismo histórico ha reconocido siempre y
reconoce la enorme
importancia que las
ideas
sociales tienen en el desarrollo de la sociedad. Por
eso precisamente Marx, Engels y Lenin consagraron
toda su vida a elaborar en todos sus aspectos la
teoría del socialismo científico, la ideología de la clase obrera, emancipando
al proletariado del yugo de la
ideología burguesa y educándolo en el espíritu de la
conciencia socialista. Por eso precisamente todos los
partidos marxistas dedican una atención tan grande a
la lucha
ideológica, teórica, contra
la ideología
burguesa, enemiga de la clase obrera. Ya en 1843,
escribía Marx:
"El
arma de la
crítica no puede, por
supuesto,
sustituir a la crítica de las armas; a la fuerza
material debe enfrentarse la fuerza material; pero también la teoría se
convierte en una fuerza material, cuando se apodera de las masas".193
En la lucha contra el idealismo, Marx y Engels
tuvieron que concentrar su principal atención en la exposición de la tesis
fundamental de su teoría social, negada y combatida por sus adversarios: la
tesis de la función determinante de las condiciones de la vida material de la
sociedad, en que se halla la fuente del origen y de los cambios de las ideas,
concepciones y teorías sociales, de las instituciones políticas y jurídicas.
Por lo que se refiere al problema la repercusión activa de las ideas sobre el
desarrollo de la vida material de la sociedad, este problema se halla
positivamente resuelto, en principio, en los trabajos de Marx y Engels,
principalmente en los que versan sobre temas de historia. En cambio, el centro
de gravedad de sus trabajos filosóficos reside, por virtud de las condiciones
históricas en que se escribieron,
del materialismo histórico, que es el del papel
determinante de las condiciones de la vida material de la sociedad, en el
esclarecimiento de las causas que explican los cambios de las ideas, teorías y
concepciones. En 1890, escribía Engels. a propósito de esto:
"El que los discípulos [marxistas, F. K.] hagan
a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en
parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que
subrayan este principio cardinal que se negaba, y
no siempre disponíamos
de tiempo, espacio y ocasión
para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego
de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una
época histórica y, por tanto, de aplicar
prácticamente el principio
[del materialismo histórico, como método, F. K.], cambiaba la
cosa y ya no había
posibilidad de error.194
A mediados de los años noventa del siglo pasado,
surgió el peligro de una interpretación revisionista
del
marxismo en el
sentido de un
materialismo
vulgar, que negaba la función de la conciencia, de
las ideas, de la supraestructura en su conjunto, dentro del
desarrollo de la sociedad. Esta interpretación
llevaba
a los revisionistas a abandonar la lucha contra la
ideología burguesa enemiga de la clase obrera, a inclinarse ante el movimiento
obrero espontáneo, a negar la revolución socialista y la dictadura del
proletariado.
En la época
del imperialismo y
de las revoluciones proletarias,
en que la agudización de las contradicciones del capitalismo ha llegado a una
fase sin precedente, en que se pone a la orden del día la revolución proletaria
y se plantea
como tarea histórica fundamental
la incorporación de millones de hombres a la lucha activa y consciente,
constituía un grave peligro esta vulgar "teoría" seudomarxista,
propagada por los teoreticastros de la Segunda Internacional. Los partidarios
de dicha teoría consideraban el movimiento histórico como un proceso
automático, que se desarrollaba al margen de los hombres, al margen de la lucha
de clases. Y afirmaban que las mismas fuerzas productivas se encargarían, por
la acción de su curso espontáneo, no sólo de crear las premisas, las
condiciones materiales para el socialismo, sino incluso de conducir las cosas,
necesaria y fatalmente, hacia el socialismo, sin necesidad de la lucha de
clases del proletariado y sin que las masas populares desarrollaran una acción
propia, histórica y creadora.
Esta
"teoría"
encontraba su expresión
más acabada en las
prédicas del reformismo,
de la
"integración" pacífica
del capitalismo en
el
socialismo
sin lucha de
clases, sin la
acción
en la defensa y fundamentación del principio central
194 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t. II, pág.
193 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t, I, pág. 392.
460.
revolucionaria del proletariado, sin lucha teórica
de los partidos marxistas contra la burguesía y sus ideólogos. Esta
"teoría" era defendida en Rusia por los "economistas", los
mencheviques y, más tarde, ya en pleno régimen soviético, por los bujarinistas,
discrepantes del leninismo. Los "economistas" y, a la zaga de
ellos, los mencheviques
afirmaban que, puesto que el
crecimiento de las fuerzas productivas y el desarrollo de la economía
determinan el desarrollo social, el movimiento obrero marcharía espontáneamente
por el camino del socialismo, que la clase obrera se encargaría de elaborar por
sí misma la ideología socialista y el partido no tenía por qué preocuparse de
ilustrarla y educarla en el socialismo.
Tal era la prédica de la espontaneidad, del ir a la
zaga, con la que se quería arrastrar a la pasividad al proletariado y a su
partido. En realidad, la lucha contra el zarismo y el capitalismo, en Rusia,
exigía de la clase obrera y de su partido la más grandiosa actividad y
energía revolucionarias, la más
formidable capacidad de organización, de tenacidad, de fuerza, de cohesión y de
disciplina, el más alto grado de conciencia y de heroísmo. ¿Qué era lo que
podía dar a la clase obrera la capacidad de organización, la unidad y la
cohesión necesarias? Solamente una teoría revolucionaria de vanguardia, el
socialismo científico, el partido marxista.
"Sin
teoría revolucionaria no
puede haber tampoco movimiento
revolucionario", escribía V. I.
Lenin en el libro en que se sientan los fundamentos
ideológicos del Partido Comunista de la Unión Soviética.195
La teoría revolucionaria, si se forja en
indestructible vinculación con la práctica revolucionaria; se convierte en una
fuerza formidable del movimiento obrero, "…porque ella, y sólo ella, puede
dar al movimiento seguridad, capacidad para orientarse y la comprensión de los
vínculos internos ante los acontecimientos que se producen en torno nuestro;
porque ella, y sólo ella, puede ayudar a la práctica a comprender, no sólo cómo
se mueven y hacia dónde marchan
las clases en
el momento actual, sino también
cómo deben moverse y hacia dónde deben marchar en un futuro próximo".196
En la obra de Lenin titulada ¿Qué hacer? se pone
profundamente de manifiesto la significación de la
teoría revolucionaria, de la conciencia socialista y
del partido marxista, como
fuerza revolucionadora y
dirigente del movimiento obrero, y se fundamenta el
principio según el cual el partido marxista es la conjunción del movimiento
obrero con el socialismo.
El problema de las relaciones entre la conciencia
social y el ser social tiene dos facetas: la primera es
el problema del origen, de las fuentes de que nacen
y donde se forman las ideas y concepciones sociales, las teorías políticas; la
segunda, el problema de la
195 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. V,
pág. 341.
196 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española; t.
VI, pág. 89.
significación, de la función de las ideas y
concepciones sociales, de las teorías políticas, en el desarrollo de la
sociedad. Al explicar los cambios operados en la conciencia social por los
cambios del ser social, el materialismo histórico no sólo no niega, sino que,
por el contrario, subraya la formidable función y significación de las ideas,
concepciones y teorías sociales y de las instituciones políticas, jurídicas o
de otra índole en la vida y en el desarrollo de la sociedad.
Las ideas, concepciones y teorías sociales son
diversas. Hay ideas, concepciones y teorías viejas,
reaccionarias,
que expresan los
intereses de las
fuerzas caducas de la sociedad. Estas ideas,
concepciones y teorías frenan, entorpecen el curso
del
desarrollo social, cumplen
una función
reaccionaria
en la historia.
Pero hay también, siempre, ideas y teorías sociales
nuevas, avanzadas, que expresan las aspiraciones y los intereses de las
fuerzas avanzadas de
la sociedad. Estas
ideas y teorías avanzadas
facilitan y aceleran el curso desarrollo social, ayudan a la realización de las
tareas históricas ya maduras para ser resueltas.
Sin la difusión de las ideas avanzadas entre las
más amplias masas,
sería imposible unir, fundir
a
estas masas en la lucha revolucionaria. Sin que
estas
ideas avanzadas prendan en las mentes de millones de
hombres, jamás se asegurará el triunfo de las fuerzas avanzadas de la sociedad
sobre las fuerzas viejas y caducas. Lo que significa, en nuestra época, que la
difusión de la ideología socialista, de las ideas revolucionarias del
comunismo, entre el proletariado de todos los países es una de las condiciones
necesarias para el
derrocamiento de la
burguesía, para la destrucción del capitalismo y la creación de una
nueva sociedad, la sociedad socialista.
Las clases caducas no afirman su dominación
solamente mediante el sojuzgamiento físico abierto de las masas. A la par con
la violencia, llevan a cabo el sojuzgamiento espiritual de las masas, inculcan
en la conciencia de los trabajadores el veneno de su ideología reaccionaria,
con ayuda de la cual se esfuerzan por justificar, apuntalar y afianzar su
dominación. En este respecto, cumple una función especialmente abyecta la
ideología de los socialistas de derecha, la propaganda del reformismo y de la "paz
de clases" entre el proletariado y la burguesía, de las calumnias contra
el comunismo, contra la U.R.S.S. y los países de democracia popular. La
ideología de los socialistas de derecha es la ideología de la escisión de la
clase obrera, una de las formas de la influencia de la burguesía en el seno del
movimiento obrero. Ideología especialmente dañina, por el hecho de que se cubre
con frases sobre la democracia, sobre el socialismo, sobre los intereses de la
clase obrera.
La
ideología burguesa reaccionaria
se difunde entre las
masas con ayuda
del ramificado aparato
destinado al sojuzgamiento ideológico de los
trabajadores, con ayuda de la iglesia, la escuela, la prensa, la radio, el cine
y el teatro. Las ideas, concepciones, hábitos y tradiciones reaccionarias
constituyen una fuerza que entorpece los avances de la sociedad, que refrena la
actividad de las masas, de las
clases avanzadas, que
embota su voluntad
de lucha y siembra en ellas la falta de fe en la fuerza del pueblo, en
la fuerza de la clase obrera. Por eso, no es posible derrocar el régimen viejo
y caduco sin luchar contra la ideología reaccionaria de la burguesía y de los
socialistas de derecha. No es posible agrupar, organizar y movilizar a las
fuerzas de la clase avanzada para la lucha contra las clases caducas, sin
apoyarse en las ideas nuevas y avanzadas.
La formidable significación movilizadora,
organizadora y transformadora de las ideas y teorías
avanzadas,
de las concepciones e
instituciones
políticas avanzadas, se manifiesta con una fuerza
especial en los períodos revolucionarios. "Las nuevas
ideas y teorías sociales surgen, en rigor, porque
son
necesarias para la sociedad, porque sin su labor
organizadora, movilizadora y transformadora sería imposible llevar a cabo las
tareas que plantea el desarrollo de la vida material de la sociedad y que están
ya en sazón de ser cumplidas. Y como surgen sobre la base de las nuevas teorías
planteadas por el desarrollo de la vida material de la sociedad, las nuevas
ideas y teorías sociales se abren paso, se convierten en patrimonio de las
masas populares, movilizan y organizan a éstas contra las fuerzas sociales
caducas, facilitando así el derrocamiento de estas fuerzas
sociales caducas que
frenan el desarrollo de la vida
material de la sociedad.
"He aquí como las ideas y teorías sociales, las
instituciones políticas, que brotan sobre la base de las
tareas ya maduras para su solución planteadas por el
desarrollo de la vida material de la sociedad, por el
desarrollo de la existencia social, actúan luego, a
su vez, sobre esta
existencia social, sobre
la vida material de la sociedad,
creando las condiciones
necesarias para llevar a término la ejecución de las
tareas ya maduras de la vida material de la sociedad y hacer posible su
desarrollo ulterior".197
La
historia de las
sociedades de clase
se caracteriza por la lucha constante de las ideas nuevas, avanzadas,
contra las ideas viejas y caducas. La lucha de ideas refleja la lucha de
clases. Así, por ejemplo, la naciente burguesía, antes de lanzarse a la crítica
de las relaciones feudales ya caducas por la fuerza de las armas, dirigió el
arma de la crítica contra las relaciones medievales subsistentes en la
economía, la política, la legislación y la ideología. El asalto a la
Bastilla, en Francia,
fué precedido por
el asalto librado contra
las murallas ideológicas
del feudalismo por los materialistas franceses, Lamettrie, Holbach,
Helvecio, Diderot y otros pensadores de la
197 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 649.
Ilustración (Montesquieu, Voltaire, Rousseau,
D’Alembert).
Toda la historia del pensamiento social en Rusia se
halla también llena de las acciones de lucha de las
ideas
progresivas contra las
ideas reaccionarias, reflejo de
la lucha entre las clases avanzadas y las
clases reaccionarias. Expresión de la lucha de
clases contra la servidumbre y el zarismo eran las ideas de Radischev y los
decembristas, las ideas democrático-
revolucionarias de Belinski, Herzen, Ogariev,
Chernichevski, Dobroliubov, Pisariev,
Saltykov-
Schedrin y otros.
La Gran Revolución
Socialista de Octubre
de
1917 en Rusia fué precedida de una larga lucha
política e ideológica. Después de la muerte de Marx
y Engels, en ningún país ni por ningún partido fué
sometida la ideología de la servidumbre y el
feudalismo y la
ideología burguesa y pequeñoburguesa (de los mencheviques,
social- revolucionarios y anarquistas) a una crítica tan total, tan profunda y
tan demoledora como en Rusia, por obra del Partido Comunista. A partir de
mediados de la década del noventa del siglo XIX, los marxistas rusos, el
Partido Comunista fundado por Lenin, libraron una lucha tenaz, intransigente y
consecuente contra todos los enemigos del comunismo científico. Las ideas
burguesas en el campo de la filosofía, de la economía política, de la historia,
de la teoría del socialismo, de los problemas de la literatura y el arte, de la
religión, en todos los dominios de la ideología reaccionaria, fueron sometidas
a una profunda crítica revolucionaria por Lenin y sus compañeros de armas.
Lucha en la que el Partido Comunista se mantenía siempre a la ofensiva frente a
la ideología enemiga. La lucha ideológica, teórica, del leninismo contra la
ideología burguesa y pequeñoburguesa, conciliadora, fué una de las premisas más
importantes del gran triunfo
logrado por la
clase obrera en
octubre de
1917.
El
triunfo de gran
pueblo chino sobre
el imperialismo y el
feudalismo, alcanzado bajo
la
dirección del glorioso Partido Comunista de China,
tuvo también como
fundamento ideológico la
ideología del marxismo-leninismo. El Partido
Comunista de China libró una lucha política e ideológica total contra las ideas
y concepciones del
mundo hostiles al marxismo-leninismo.
Hoy
día, asistimos a
la crisis general
del capitalismo mundial: sus
contradicciones internas
cada
día más agudizadas
y sus enfermedades
incurables lo conducen a su inevitable hundimiento.
Pero el capitalismo no muere por sí mismo, no se
derrumba como un árbol podrido y carcomido: sólo
las
fuerzas revolucionarias pueden
destruirlo. La clase obrera se
halla hoy a la cabeza de la lucha histórico-mundial por el progreso social, por
la paz, por la democracia y el socialismo, contra el capitalismo caduco
y podrido. Y
se levanta en la
lucha contra las fuerzas de la reacción empuñando la
bandera de las ideas del socialismo científico.
Las grandes ideas del socialismo científico son las
ideas más apremiantes
y más vitales
de nuestro
tiempo. Estas ideas expresan las necesidades ya en
sazón del desarrollo de la sociedad, los intereses y las
aspiraciones
de cientos de
millones de seres humanos. Atraen
a su lado
a nuevos y
nuevos millones de hombres laboriosos en todos los países
del mundo capitalista. El triunfo del socialismo en
la
U.R.S.S., el triunfo del régimen de la democracia
popular en una serie de países de Europa y Asia, el
crecimiento de los partidos marxistas de masas en la
mayoría de los países capitalistas infunden a las
ideas del socialismo científico una fuerza transformadora
todavía más poderosa y efectiva.
"La fuerza y la vitalidad del
marxismo-leninismo estriban en que se apoya en una teoría de vanguardia que
refleja certeramente las exigencias del desarrollo de la vida material de la
sociedad, en que coloca la teoría a la altura que le corresponde y considera su
deber utilizar íntegramente
su fuerza de movilización, de
organización y de transformación".198 La teoría marxista-leninista es la guía para
la acción revolucionaria de la clase obrera con el fin de acelerar el
movimiento histórico por el camino
hacia el derrocamiento
del caduco capitalismo y la creación
de un régimen nuevo, del régimen socialista, en el mundo entero.
El materialismo histórico, a la par que descubrió
las leyes de desarrollo de la sociedad y que esclareció científicamente las
fuentes en que se forma la vida espiritual de ésta, las causas de los cambios
operados en la conciencia social, en las ideas sociales, señaló por primera vez
la verdadera función y significación de
las ideas en
el desarrollo de
la sociedad, mostrando la
repercusión activa de la conciencia social sobre la base material de aquélla.
La función de las ideas sociales es especialmente
grande en los períodos de las revoluciones sociales. Las ideas sociales
avanzadas son una fuerza movilizadora, organizadora y transformadora que
acelera el desarrollo de la sociedad y facilita la destrucción del viejo orden
social y la formación de un orden social nuevo.
Las ideas avanzadas, una vez que se adueñan de la
conciencia de millones de hombres, se convierten en
una fuerza efectiva, creadora y transformadora, en
una de las condiciones para el paso revolucionario
de la sociedad caduca a la nueva sociedad, que viene a sustituir a
la vieja. Así
lo atestigua el
formidable papel desempeñado por la ideología socialista, por las ideas
del marxismo-leninismo.
4. El papel
de la teoría
marxista, de la conciencia socialista,
en el desarrollo de la sociedad soviética.
198 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 650.
El papel de las ideas y teorías avanzadas en el
desarrollo de la sociedad depende, en primer lugar, del carácter del régimen
social de que se trate, de su economía y de las fuerzas motrices de su
desarrollo; en segundo lugar, de la naturaleza de clase de las ideas; en tercer
lugar, del grado de exactitud con que las
teorías sociales en
cuestión reflejen las necesidades ya maduras del desarrollo de
la vida material de la sociedad; en cuarto lugar, del grado de difusión de
dichas ideas entre las masas y, en particular, de que las ideas de que se trata
sean patrimonio de un individuo o bandera de lucha de las masas populares, de
las fuerzas sociales avanzadas.
La tesis teórica del materialismo histórico sobre la
función movilizadora, organizadora y transformadora
de las ideas avanzadas en el desarrollo social,
tiene
un carácter general, se refiere a todas las
formaciones sociales. Pero esta tesis se manifiesta con especial claridad a la
luz del ejemplo de la función histórica de la propia teoría marxista-leninista,
de la propia ideología socialista. Lo que expresa la formidable fuerza efectiva
de la teoría marxista-leninista es el hecho de que esta teoría expresa con la
mayor exactitud las exigencias propias del desarrollo de la vida material de la
sociedad y es la bandera de la lucha revolucionaria de la clase obrera, de
decenas y cientos de millones
de hombres. El
nexo indestructible entre la teoría y la práctica es uno de los
principios cardinales de la doctrina marxista- leninista. El marxismo-leninismo
no es solamente la síntesis teórica de la experiencia de la práctica del
movimiento obrero de todos los países, sino que es, además, la guía para la
acción práctica. A diferencia de
todas las teorías
avanzadas anteriores, que ofrecían
tan sólo una
imagen más o
menos aproximada de la realidad, el marxismo-leninismo es una teoría
científica que traza la imagen más exacta de esta realidad, que nos da el
conocimiento certero de las leyes
del desarrollo social,
de la lucha
de clases, de la revolución socialista, de la construcción del
comunismo. y la teoría marxista-leninista no se limita a sintetizar el
conocimiento del pasado y del presente, sino que ofrece, además, una previsión
científica del futuro. Gracias a esto, la función activa, transformadora, de la
teoría marxista-leninista en el desarrollo social es incomparable e
inconmensurable con respecto a la función desempeñada por las ideas y las
teorías en toda
la historia anterior
de la sociedad.
En obras como El contrato social de Rousseau, el
Tratado teológico-político y la Ética de Spinoza, el
Sistema de la naturaleza de Holbach o el Viaje de Petersburgo a
Moscú de Radischev,
exponíanse ideas que eran, sin duda, para su tiempo, ideas avanzadas.
Pero el papel desempeñado por ellas en el desarrollo de la sociedad fué
limitado, por el hecho de que no llegaron a ser patrimonio más que de un
número reducido de
personas. Las concepciones
filosóficas de los materialistas ingleses y
franceses de los siglos XVII y XVIII, lo mismo que la filosofía materialista de
Feuerbach, no pasaron de ser patrimonio de unos cuantos, razón por la cual su
influencia sobre el curso del desarrollo social fué incomparablemente más
pequeña que la acción ejercida por las ideas filosóficas del marxismo-
leninismo. Pero conviene no olvidar, además, en relación con esto, que todo el
materialismo premarxista tenía un carácter puramente contemplativo, no se
hallaba vinculado a la práctica revolucionaria, no se planteaba la tarea de
hacer cambiar el mundo.
En toda la historia de la humanidad hasta llegar al
socialismo, vemos que
sólo en los
períodos
revolucionarios es sustituido el desarrollo
espontáneo
de la sociedad por la acción consciente de las
clases avanzadas, en la que se manifiesta de una forma clara la función
movilizadora, organizadora y transformadora de las ideas de vanguardia. Sin
embargo, incluso durante las épocas de las revoluciones anteriores, observamos
que no sólo las masas, sino también las personas que se hallan a la cabeza del
movimiento, carecen de una concepción clara de las leyes de la revolución y de
las fuerzas motrices de ésta. Los resultados de las revoluciones precedentes
eran, lo mismo para las masas que para los jefes de la burguesía, más o menos
inesperados y, a veces, se hallaban incluso en contradicción directa con lo
esperado por ellos.
En cambio, en
la revolución socialista y en la construcción del socialismo y el
comunismo, la clase obrera actúa pertrechada con un claro programa científico,
con el conocimiento de las leyes que presiden el desarrollo de la sociedad y de
los objetivos y los caminos del movimiento.
De suyo se comprende que el papel de la teoría
marxista-leninista no puede ser el mismo bajo las condiciones del
capitalismo que en
las del socialismo. Bajo el
capitalismo, la teoría marxista- leninista es, en manos de la clase obrera, un
arma para el derrocamiento del régimen de la explotación, a la que se oponen la
ideología burguesa dominante y el Estado capitalista. Con el triunfo del
capitalismo, crece en gigantescas proporciones la significación de la teoría
del marxismo-leninismo en el desarrollo de la sociedad. En la U.R.S.S., las
grandes ideas del comunismo han prendido
en la conciencia
de millones de hombres, lo que hace de ellas una poderosísima fuerza
creadora material, arma de la conciencia y el desarrollo de la nueva sociedad,
que contribuye activamente al desarrollo de la base económica y de todos y cada
uno de los aspectos de la vida de la sociedad socialista. En la teoría del
marxismo-leninismo se basa toda la actividad del Estado socialista y del
Partido Comunista.
La creciente significación de la teoría científica
en el desarrollo de la sociedad socialista responde a la
naturaleza del socialismo, al carácter de las leyes
por las que se rige y a las fuerzas motrices de su desarrollo. El
nacimiento y el
desarrollo de la sociedad socialista, como los de toda
sociedad, se rigen por sus leyes, constituyen un proceso históricamente
condicionado y necesario. Pero la peculiaridad del régimen social socialista
estriba en que surge y se desarrolla como resultado de la creación histórica
consciente de las masas trabajadoras, dirigidas por el partido marxista. Las
premisas materiales de la sociedad socialista, las fuerzas sociales
de producción, de
las que forma parte la propia clase obrera -portadora
de las relaciones socialistas de producción-, surgieron espontáneamente en el
seno de la vieja sociedad, bajo las condiciones del capitalismo. Pero la
formación de las relaciones de producción del socialismo no es ya fruto de la
vieja sociedad ni brota espontáneamente, sino que es resultado de la revolución
socialista, de la actividad
transformadora, consciente y
planificada, de los trabajadores, dirigidos por el Estado socialista
y el
Partido Comunista. El
pueblo soviético, para crear las nuevas relaciones, las
relaciones socialistas, se apoyó en el nivel de desarrollo ya alcanzado por las
fuerzas productivas y en el conocimiento y la aplicación de la ley económica de
la obligada correspondencia de las relaciones de producción con el carácter de
las fuerzas productivas.
Toda revolución social trae consigo el cambio del
proceso espontáneo de desarrollo de la sociedad por
la acción consciente de las fuerzas avanzadas, que
pugnan por liquidar el viejo régimen e instaurar
otro nuevo. Ahora bien, la misión de las anteriores revoluciones consistía,
fundamentalmente, en destruir la
vieja supraestructura y en crear una supraestructura nueva, a tono con la nueva
base de la sociedad que había ido surgiendo espontáneamente. E, inmediatamente
después de la revolución, la actividad revolucionaria transformadora consciente
dejaba de nuevo el puesto al proceso espontáneo de desarrollo de la sociedad.
En la revolución socialista, por el contrario, el despertar a la creación
histórica consciente de las amplísimas masas trabajadoras, con el proletariado
a la cabeza,
no es más
que el comienzo, el punto de
partida para un nuevo tipo de desarrollo histórico, que se lleva a cabo con
arreglo a un plan, orientado hacia sus objetivos, sobre la base del
conocimiento y la aplicación plenamente consciente de las leyes del desarrollo
social. Y esta creación histórica consciente de las masas populares abarca todo
el campo de las relaciones políticas, económicas e ideológicas, todos y cada
uno de los aspectos de la vida social, desde la base hasta la supraestructura.
La revolución socialista representa el final de la
prehistoria de la
humanidad y el
comienzo de su
auténtica
historia, de la
historia conscientemente
creada por los hombres sobre la base de las leyes
objetivas, conocidas y colocadas bajo el control de
la sociedad y conscientemente aplicadas en interés de todo el pueblo.
Las leyes objetivas del desarrollo de la sociedad
pueden llegar a
conocerse también bajo
el
capitalismo (como las conocieron los marxistas ya en
el siglo XIX), pero el desarrollo del capitalismo
presenta un carácter espontáneo, porque la propiedad privada sobre los medios
de producción y la anarquía de ésta hacen imposible el control
de la sociedad sobre el desarrollo de la producción. La sumisión de las
leyes sociales objetivas al control de la sociedad sólo es posible mediante la
implantación de la propiedad social socialista sobre los medios de producción.
En este sentido, el triunfo del socialismo trae
consigo un cambio en cuanto a la correlación del
elemento espontáneo y el elemento consciente en el
desarrollo
social. La novedad
que el socialismo aporta, en este campo, consiste,
en primer lugar, en
que
hasta el socialismo
ni los individuos
que
cambiaban los instrumentos de trabajo ni la misma
sociedad en su conjunto podían prever los resultados sociales de aquellos
cambios conscientemente introducidos por ellos en el estado de las fuerzas
productivas; y, en segundo lugar, en que antes, hasta llegar al socialismo, la
actitud de la sociedad ante las premisas
materiales del desarrollo
económico creadas por las anteriores generaciones no era una actitud
consciente. Pero la cosa radicalmente al comenzar la revolución socialista.
"El comunismo -escribían Marx y Engels- se
distingue de todos los movimientos anteriores en que transforma radicalmente el
fundamento de todas las anteriores
relaciones de producción
y de las relaciones de
la sociedad y
considera conscientemente por vez primera todas las premisas que han
ido surgiendo espontáneamente como creadas por los hombres precedentes,
quitándoles su carácter espontáneo y sometiéndolas al poder de los individuos
asociados".199
En el régimen de la economía socialista, la
sociedad, dirigida por el Partido Comunista y el Estado socialista, no sólo
puede prever los resultados fundamentales y decisivos de toda su actividad y la
orientación en que la sociedad ha de desarrollarse, sino encauzar, además, con
arreglo a un plan, el desarrollo de las fuerzas productivas, de la economía, de
la cultura y de todas las relaciones sociales. Esto se logra, en primer lugar,
gracias al hecho de que todos los medios de producción han pasado a ser de
propiedad socialista y, en segundo lugar, por la razón de que todas las
actividades de la sociedad están orientadas por la política del Partido
Comunista y del Estado socialista, quienes se basan para ello en el
conocimiento de las leyes del desarrollo económico,
199 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. IV, pág.
60.
en las leyes
objetivas de la
construcción del socialismo y
del comunismo. El conocimiento de las leyes de desarrollo de la sociedad la
suministra el marxismo-leninismo. A ello se debe, precisamente, la grandiosa importancia
que la teoría
marxista- leninista tiene en
el desarrollo de
la sociedad socialista y en la
construcción del comunismo.
Otra
razón que determina
la extraordinaria importancia de
la teoría marxista-leninista es la de
que la conciencia queda siempre rezagada con
respecto a los cambios operados en las condiciones
de vida material de la sociedad. Y este retraso es
especialmente característico de la conciencia usual, que va
formándose espontáneamente a
base de la
limitada experiencia cotidiana. Esta conciencia
habitual, el modo
de pensar empírico,
no está en
condiciones de penetrar por debajo de la superficie
de los fenómenos, de calar en su esencia, en los procesos profundos
que van desarrollándose en la
entraña misma de la vida social. No puede ofrecemos
una síntesis extensa y certera de la experiencia. Todo
esto queda reservado, y en ello reside su gran
importancia, a la ciencia y al pensamiento teórico.
El pensamiento científico, teórico, es el resultado
de un largo desarrollo histórico. La forma más alta
del pensamiento teórico es la dialéctica materialista, la ciencia de las leyes
más generales del desarrollo de la realidad: la de la naturaleza, la de la
sociedad y la del mismo proceso del conocimiento. La dialéctica marxista y la
teoría del materialismo histórico permiten
descubrir la esencia
de los procesos sociales, penetrar en los nexos
internos de los fenómenos. Al pensamiento
científico, teórico, basado en el
método dialéctico marxista y en el conocimiento de las leyes de la vida social,
le es posible poner de manifiesto las tendencias ocultas del desarrollo social
y, fijándose en las nacientes y embrionarias contradicciones, apenas visibles,
prever el futuro. Y, a su vez, la previsión científica permite a los hombres
influir conscientemente sobre el desarrollo
de la sociedad
en consonancia con
las leyes objetivas.
El marxismo-leninismo dota al Partido
Comunista,
y por medio
de él a
todos los trabajadores, del arma
de la previsión científica, de la clara perspectiva de desarrollo de la
sociedad y de la certeza en el triunfo del comunismo. Dirigir significa prever.
La espontaneidad, la marcha fortuita de las cosas, es
algo radicalmente extraño
al socialismo. Aún quedan, sin
embargo, en nuestro país, funcionarios del aparato estatal, del partido y de
los sindicatos, que se confían a la espontaneidad y no se esfuerzan por
penetrar en los profundos procesos internos que se operan en la economía y en
la vida de la sociedad, hasta que las circunstancias se encargan de darles con
la puerta en las narices, poniendo de manifiesto, como
hechos consumados, los descalabros y
resultados negativos. Fácil
es
comprender que esta clase de dirigentes no sirven
más que para perjudicar y echar a perder la misión que les ha sido confiada por
el pueblo.
El
Partido Comunista y
su Comité Central, basándose en
el conocimiento de
las leyes de
desarrollo de la sociedad, se preocupan de estudiar
a
fondo la vida social contemporánea y, basándose en
la previsión científica, movilizan a su debido tiempo las masas populares para
la solución de las tareas históricas que han llegado ya a su grado de madurez.
El
marxismo-leninismo, como la
ciencia de las leyes de desarrollo de la naturaleza y la sociedad, la
ciencia de la revolución de las masas oprimidas y
explotadas, es también la ciencia de las leyes de la
construcción del socialismo
y el comunismo.
Esta
ciencia constituye el arma poderosa, imprescindible
e
insustituible, del Partido Comunista. Este,
basándose en la ciencia marxista, estará siempre en condiciones de dirigir a
las masas populares y de influir activamente,
con ello, sobre
las condiciones de la vida material de la sociedad, de
acelerar su desarrollo en interés de los trabajadores.
La formidable significación transformadora de la
teoría marxista-leninista consiste en que esta teoría
expresa certeramente las exigencias ya en sazón del
desarrollo de la vida material de la sociedad y los
intereses de las masas populares. Gracias a esto, la
ciencia marxista y el Partido Comunista dirigido por ella son capaces de poner
en movimiento a las masas
del
pueblo, de movilizar
y organizar a los
trabajadores en el
grandioso ejército de
los
constructores del socialismo y del comunismo. La
teoría marxista-leninista permite
al Partido
Comunista cumplir con su misión de vanguardia de la
clase obrera y de todos los trabajadores.
He aquí ahora
algunos ejemplos que
ponen de
manifiesto la formidable significación de la teoría
marxista en el triunfo de la revolución socialista, en el triunfo del
socialismo. La teoría leninista de la revolución socialista, y en particular la
doctrina sobre la posibilidad de
que el socialismo
empiece triunfando en un solo país por separado, pertrechó
ideológicamente al Partido Comunista y a la clase obrera, abrió ante ellos una
clara perspectiva y les infundió la certeza en el triunfo de la revolución y
del socialismo. Basándose en la teoría marxista-leninista, el Partido Comunista
aplastó ideológicamente a los enemigos del socialismo, a los mencheviques,
social- revolucionarios, trotskistas, a los agentes de la burguesía, y organizó
y fundió a los obreros y campesinos más pobres en el formidable ejército de la
revolución socialista. Y este ejército derrocó el poder de la burguesía e
instauró la dictadura de la clase
obrera. Fué así
como la teoría
marxista- leninista señaló el camino hacia el triunfo de la Gran Revolución
Socialista de Octubre y ejerció, con ello, una influencia gigantesca sobre la
marcha de la historia, sobre la suerte de los pueblos de Rusia y de
la humanidad entera.
El
Partido Comunista, para
dirigir la lucha revolucionaria de
los obreros y
los campesinos,
basábase en las leyes económicas del desarrollo de
la
sociedad, en las leyes de la lucha de clases y de la
revolución. Y aplicaba estas leyes de un modo consciente y en interés de los
trabajadores, con la mira puesta en el triunfo del socialismo sobre el
capitalismo. Fué cabalmente el conocimiento de estas leyes, su
audaz y oportuna
utilización, lo que permitió al Partido y a la clase obrera
orientar victoriosamente el curso de los acontecimientos. El triunfo de la Gran
Revolución Socialista de Octubre fué el triunfo del marxismo-leninismo sobre la
ideología burguesa y sobre la ideología socialdemócrata. La Revolución de
Octubre abrió la posibilidad de la construcción del socialismo.
La teoría leninista de la industrialización del país
y de la colectivización de las haciendas campesinas,
teoría desarrollada luego por Stalin y los otros
discípulos de Lenin,
dió al Partido
Comunista el
arma ideológica necesaria para movilizar a las masas
populares en la solución de la gran tarea histórica de la construcción
victoriosa del socialismo. El Estado
soviético y el Partido Comunista tuvieron que abrir
caminos nuevos hacia la construcción del socialismo,
pues no existía ninguna experiencia histórica acerca
de estos problemas. Y, en estas condiciones, adquiría una importancia todavía
mayor la teoría
revolucionaria
marxista-leninista. Sin el conocimiento de
las leyes de
desarrollo de la
sociedad, de las leyes de la luchas de clases, jamás
habría sido posible
asegurar la organización de la
lucha de clases del proletariado por el triunfo del
socialismo.
El Partido Comunista dotó al pueblo soviético de
una clara línea general, la línea general de la
construcción del socialismo, basada sobre fundamentos científicos en todos y
cada uno de sus aspectos. El famoso plan leninista de electrificación del país
y los planes quinquenales de desarrollo de la economía nacional de la U.R.S.S.
eran los planes de la edificación de la economía socialista, basados en el
conocimiento de las leyes objetivas de desarrollo de la sociedad.
Al asegurar con su dirección la realización por el
pueblo soviético de
las grandiosos tareas
de la
industrialización
socialista del país
y de la
colectivización
de la agricultura,
el Partido Comunista y su Comité
Central echaron por tierra las ideas y los designios enemigos al marxismo-
leninismo de los
trotskistas-zinovievistas, bujarinistas y demás ideas restauradoras del
capitalismo y diametralmente opuestas a las exigencias planteadas por el
desarrollo de la vida material de la sociedad soviética, a las leyes del
desarrollo social y a
los intereses del
pueblo. Sin haber desenmascarado
y aplastado ideológicamente
estas teorías y estos puntos de vista políticos
enemigos, sin la victoria del leninismo sobre la ideología burguesa enemiga del
pueblo y del socialismo, jamás habría llegado a triunfar éste.
El triunfo del socialismo en la U.R.S.S. es el
ejemplo más diáfano
y más palmario
de la formidable fuerza
movilizadora, organizadora y transformadora de la teoría social revolucionaria,
del partido revolucionario y
de su política,
de la grandiosa significación de
la conciencia de vanguardia, de las ideas avanzadas, en el desarrollo de la
sociedad.
El extraordinario mérito del Comité Central del
Partido Comunista de la Unión Soviética estribaba y
estriba en haber sabido ofrecer al Partido y a la clase
obrera, con genial perspicacia, la previsión
científica
del curso que habían de seguir los acontecimientos,
en haber sabido inculcarles la comprensión de los nuevos procesos y
contradicciones que iban gestándose
y apuntando en
las entrañas de
la realidad, de las nuevas exigencias impuestas por el desarrollo de la
vida material de la sociedad, señalando
al país las
nuevas tareas que en
consonancia con esto se planteaban y movilizando y organizando a las masas
populares para la solución de los nuevos problemas, de las nuevas
contradicciones que surgían.
Partiendo de la teoría del materialismo histórico
sobre la función
determinante de las
fuerzas
productivas
en el desarrollo
de toda sociedad,
el
Partido Comunista movilizó a su debido tiempo todas
las fuerzas del pueblo y todos los recursos del país,
por encima de todo, en la obra de crear la industria
pesada, productora de medios de producción. Sin una
industria pesada habría sido imposible construir el socialismo y
transformar la agricultura
sobre una base socialista, habría
sido imposible asegurar la independencia y la capacidad defensiva del país.
Después de resolver esta tarea grandiosa, el Partido Comunista y el Gobierno
soviético plantearon ante el país la tarea de acelerar el desarrollo de la
industria productora de artículos de consumo popular, la tarea de desarrollar
por todos los medios todas las ramas de la agricultura y, ante todo, la
producción de trigo, como la base de toda la economía agraria.
El conocimiento de las leyes económicas permitió y
sigue permitiendo al Partido Comunista plantear al
país, a su debido tiempo, nuevas tareas históricas y
asegurar,
bajo su dirección,
el cumplimiento oportuno de éstas.
5. La educación comunista de las masas.
Escribían Marx y Engels que para inculcar una
conciencia comunista a las masas y alcanzar el
comunismo "se necesita transformar en masa los hombres, transformación que
sólo puede lograrse mediante el movimiento práctico, mediante la
revolución; por tanto,
la revolución no
sólo es
necesaria porque es el único camino para derrocar a
la clase dominante, sino también porque la clase que la derroca sólo por medio
de la revolución puede liberarse de todas las viejas abominaciones y comenzar a
crear libremente la nueva sociedad".200
La Gran Revolución Socialista de Octubre, la más
profunda y radical transformación político-social que se ha
conocido, representó al
mismo tiempo un radical
y profundo viraje
en lo tocante
a la conciencia, a la
mentalidad, a la ideología de la clase obrera. Trajo consigo el triunfo del
marxismo- leninismo sobre el reformismo, sobre el socialdemocratismo. La revolución
operada en la mentalidad de la clase obrera significó la ruptura de las masas
de millones de hombres con las ideas burguesas y las ilusiones
pequeñoburguesas, la convicción de algo indiscutible, de que no era posible
seguir viviendo como hasta allí, de que era necesario derrocar el Poder de la
burguesía, conquistar la dictadura del proletariado y destruir el capitalismo,
crear la sociedad socialista.
El problema fundamental de la revolución socialista
es el problema del Poder, la conquista de la dictadura de
la clase obrera.
Como es natural,
el viraje operado en la conciencia de las masas afecta ante todo al
campo de las concepciones políticas y jurídicas. Es en el transcurso del
desarrollo ulterior de la revolución socialista cuando este viraje ideológico
abarca también los demás aspectos de la conciencia social: la moral, los
hábitos y costumbres de los hombres, la psicología, la manera de concebir el
mundo. Así, por ejemplo, el cambio radical de la actitud de las grandes masas
ante el trabajo, y ante la propiedad
social, la formación
de una nueva disciplina del trabajo, la superación
de las creencias religiosas y la
asimilación de la
concepción del mundo del
materialismo dialéctico, sólo se logran a base de la dictadura del
proletariado, en el proceso de construcción del sistema socialista de vida.
En el curso de la construcción de la sociedad
socialista, la clase
obrera, rehaciéndose y
reeducándose, apoyándose en el Estado socialista
dirigido por el
Partido Comunista, va
reeducando
paciente y firmemente a millones de campesinos y
pequeños propietarios, a cientos de miles de empleados y de intelectuales
burgueses, los somete a
la dirección de la vanguardia de los trabajadores,
extirpa en ellos
los hábitos, las
tradiciones y las
costumbres
burguesas y pequeñoburguesas que
les han sido inculcadas por el régimen capitalista, por la
propiedad privada, por
la atmósfera de
la
competencia bajo el capitalismo, por la mutua
hostilidad, las querellas, la
enemistad y la
desconfianza. Solamente en una larga lucha, en una
actividad práctica incansable encaminada a construir la nueva
sociedad, la sociedad
comunista, se
reeducan
-dice Lenin- los
propios trabajadores,
200 C. Marx y F. Engels, Obrar completas, ed. rusa,
t. IV, pág. 60.
quienes no pueden liberarse de sus prejuicios
pequeñoburgueses de la
noche a la
mañana, por virtud de un decreto
o de una consigna.
Las supervivencias del capitalismo en el terreno
de la
conciencia, las concepciones, tradiciones,
hábitos y prejuicios burgueses y pequeñoburgueses
constituyen
un freno en
la construcción de
la sociedad socialista. Los viejos hábitos y tendencias, tradiciones y
prejuicios, heredados de la vieja sociedad,
son un enemigo
peligrosísimo del socialismo
-escribía J. V. Stalin en 1924-. "Esas tradiciones y esos hábitos atenazan
a millones y millones de trabajadores, dominan a veces a capas enteras del
proletariado, suponen en ocasiones un peligro muy grande para la existencia
misma de la dictadura del proletariado.
Por eso, luchar
contra estas tradiciones y
hábitos, vencerlos sin
falta en todas las esferas de
nuestro trabajo y, finalmente, educar a las nuevas generaciones en el espíritu
del socialismo proletario son
tareas inmediatas de nuestro Partido, sin cuyo cumplimiento es
imposible la victoria del socialismo".201
En las condiciones de la dictadura del proletariado,
cobraba una importancia
primordial
para la construcción de la economía socialista el
inculcar a las
masas una actitud socialista ante el
trabajo y ante la sociedad socialista, el forjar en
ellas una nueva disciplina, una disciplina consciente de trabajadores. Lenin
supo ver en los primeros sábados
comunistas
de los obreros
soviéticos la gran iniciativa creadora de las masas, su
triunfo sobre la
inercia y la pasividad, sobre sus propios hábitos,
tendencias y prejuicios seculares, sobre
las
tradiciones burguesas. Fué el comienzo de un viraje
incomparablemente más profundo y difícil que el mismo derrocamiento de la
burguesía llevado a cabo
en Octubre de 1917.
La formación de una conciencia socialista en la
clase obrera y los campesinos de la U.R.S.S. no se
llevó a cabo simultáneamente y del mismo modo,
sino que presentó sus características especiales en
cada uno de los dos casos. La clase obrera, por virtud
de su naturaleza social, de su situación económica,
se
inclina más a la ideología socialista. Esto explica
por qué la ideología socialista, introducida en el movimiento obrero
por el Partido
Comunista, se había convertido
en la ideología
dominante de la clase
obrera rusa ya
en vísperas de
la gran Revolución Socialista de
Octubre. En el curso de la construcción socialista, la clase obrera se reeducó
en el espíritu del socialismo y se liberó de los hábitos, tendencias y
prejuicios seculares de la vieja sociedad más rápidamente que otras capas de
ésta. El crecimiento de la emulación socialista en el seno de la clase obrera
fué el exponente del desarrollo de la conciencia socialista en sus filas. Las
filas de la clase obrera crecieron, se
nutrieron con millones
de
201 J. V. Stalin, Obras completas, t. VI, pág. 161.
individuos salidos de las filas de los trabajadores
campesinos. Y también estos nuevos refuerzos se reeducaron a imagen y semejanza
de la clase obrera socialista.
Las ideas leninistas del Poder soviético, de la
alianza de los obreros y campesinos, la idea de la revolución socialista, la
idea de la paz entre los pueblos, todos estos aspectos fundamentales del
leninismo habían alcanzado el triunfo entre los campesinos trabajadores ya en
vísperas de la Gran Revolución Socialista de Octubre y fueron una de las
condiciones más importantes de la victoria de ésta. Pero ello
no quería decir,
por sí solo,
que la conciencia de los
campesinos en su conjunto fuese ya una conciencia socialista. Antes de la
colectivización, los campesinos seguían siendo, como conjunto, una clase de
pequeños propietarios privados y la masa campesina hallábase dominada todavía
por la ideología pequeñoburguesa. Las ideas del socialismo, de la
colectivización socialista, fueron inculcadas en los campesinos por el Partido
Comunista y el Estado soviético,
por la clase
obrera, desde los
primeros años de existencia
del régimen soviético.
Poco a poco, bajo la acción de la
propaganda del Partido, y sobre todo a base de la propia experiencia, las masas
campesinas fueron convenciéndose cada vez más de la necesidad y la conveniencia
de pasar de la economía individual a la economía colectiva, socialista. Pero
tampoco con su
entrada en los koljóses se convirtieron los campesinos,
de golpe y porrazo, en socialistas, pues la conciencia de los hombres va
siempre, como sabemos, a la zaga de sus condiciones de existencia. El Estado
soviético y el Partido Comunista tuvieron que desarrollar una intensa acción
sobre ellos para educar a los campesinos koljosianos en el espíritu del
socialismo, para vencer en ellos la psicología individualista inculcada por
los siglos y
convertirlos en constructores
conscientes de la sociedad socialista. La base económica fundamental para la
reeducación de los campesinos fué el régimen koljosiano. El triunfo de
la colectivización echó
por tierra las teorías mencheviques-trotskistas y otras
teorías burguesas según las cuales los campesinos trabajadores eran incapaces
de abrazar el camino del socialismo, de romper con la propiedad privada y la
clase obrera jamás
podría incorporar a los
campesinos a la obra de la construcción socialista.
La experiencia de la construcción del socialismo en
la U.R.S.S. ha dado también un mentís a las afirmaciones de los mencheviques,
los socialistas de derecha y otros enemigos del leninismo en el sentido de que
el proletariado tiene que llevar a cabo, antes de nada, la revolución cultural,
reeducar a los hombres, crear sus cuadros adiestrados en todos los campos de la
economía y la cultura, su propia intelectualidad, para dar luego cima a la
transformación socialista, conquistar
el Poder y
construir el socialismo. Los hechos han venido a
confirmar la tesis del leninismo según la cual la revolución cultural sólo
puede llevarse y se lleva a cabo después de la conquista del Poder por el
proletariado, sobre la
base del nuevo
régimen político. Sólo después de la revolución socialista, sobre la
base de la dictadura del proletariado, puede la clase obrera crear su propia
intelectualidad socialista, popular, sus cuadros socialistas.
En los primeros años de existencia del Estado
socialista soviético, los cuadros de la intelectualidad socialista eran todavía
muy escasos y una parte considerable
de la vieja
intelectualidad se hallaba bajo la influencia de la ideología
burguesa y pequeñoburguesa. Sólo como resultado de la revolución cultural fué
posible crear por millones los cuadros de la nueva intelectualidad, de la
intelectualidad socialista, surgida de las filas de los obreros y los
campesinos. Simultáneamente con esto, la vieja intelectualidad, la
intelectualidad prerrevolucionaria, iba educándose en el espíritu de la
ideología socialista.
En la práctica de la lucha de clases por el triunfo
de la
revolución socialista, en
el curso de
la
construcción del socialismo y en la superación de
las dificultades con que
tropieza la edificación
de la
nueva sociedad, ha ido llevando y lleva a cabo el
Partido Comunista la más grandiosa obra de reeducar a un pueblo de doscientos
millones de personas en el
espíritu de las grandes ideas del comunismo, en el
espíritu del marxismo-leninismo. Hoy, la ideología
socialista soviética es ya, en la U.R.S.S., la
ideología de todo el
pueblo. Las ideas
del socialismo, que
forman el contenido de la ideología soviética, se
han incorporado sólidamente a la conciencia de todas las capas de la sociedad
soviética, a la conciencia de la
mayoría absoluta de los hombres soviéticos, son las
que guían y orientan su actividad, en el trabajo y en
toda su vida social y personal.
Los éxitos de la construcción de la economía
socialista y el crecimiento de la conciencia socialista
de las masas se condicionan y nutren mutuamente. La
conciencia socialista del pueblo soviético es el
reflejo del tipo socialista de vida de la sociedad
soviética y hace posible, al mismo tiempo, los éxitos ulteriores del
socialismo. El viraje radical operado en
las condiciones de la vida material de la sociedad
soviética ha dado como resultado un viraje también
radical en la conciencia de las más amplias masas
populares: en su actitud ante el trabajo, en su psicología, en sus hábitos y
costumbres, en toda su
concepción del mundo. Pero el triunfo de la
conciencia socialista no
se ha conseguido
por sí
mismo, espontáneamente, sino luchando contra todas
las corrientes de la ideología burguesa y pequeñoburguesa y
por obra de
la sistemática e
incansable acción educativa del Partido Comunista y
del Estado socialista soviético.
6. Rasgos fundamentales de la conciencia socialista.
La fisonomía espiritual del hombre soviético.
La conciencia socialista del hombre soviético es la
conciencia social más avanzada de cuantas existen.
Las ideas del marxismo-leninismo forman la base
teórica inmutable y el contenido fundamental de la conciencia socialista.
El carácter científico
de la
ideología socialista infunde a ésta una grandiosa y
efectiva fuerza transformadora. Opone a las mentiras
burguesas, a las deformadas concepciones de la vida
social de nuestra época la clara conciencia científica socialista, incluida del
conocimiento de las leyes del
desarrollo de la sociedad.
Por oposición a la reaccionaria ideología burguesa
imperante en la sociedad capitalista y encaminada al
mantenimiento del régimen de la explotación y la
opresión, la conciencia socialista se caracteriza
por su espíritu revolucionario, por su hostilidad a todas
las formas de la opresión del hombre por el hombre.
El aliento revolucionario, rasgo distintivo del
leninismo, constituye una de las características más importantes de la
conciencia socialista. El carácter revolucionario de la ideología socialista,
emanado de la naturaleza misma de la clase obrera, tiene su expresión en
la Gran Revolución
Socialista de Octubre y en las
grandes transformaciones revolucionarias, socialistas, de la economía, la vida
política y la cultura de los pueblos de la U.R.S.S.
El odio a todo lo caduco y a todo lo viejo, a la
rutina, a la inercia y la pasividad, al estancamiento y
al espíritu conservador, el sentimiento de lo nuevo:
tales son las tendencias que educa y cultiva el
Partido Comunista en el pueblo soviético, como una de sus más valiosas
cualidades. Y estas tendencias se manifiestan en la emulación socialista y en
los métodos revolucionarios del trabajo, que crecen y ganan terreno cada vez
más, en extensión y en profundidad, en el pueblo soviético. El carácter
revolucionario de la conciencia socialista del Partido y del pueblo soviético,
la actitud efectiva y creadora ante la realidad,
se traducen claramente
en el impulso grandioso y
verdaderamente revolucionario de la construcción del comunismo.
La conciencia del pueblo soviético está penetrada de
espíritu democrático, expresión del democratismo
socialista
propio del régimen
social y político
soviético.
La democracia socialista
soviética es el más alto tipo de democracia. Es la
democracia más consecuente y efectiva,
en que el
propio pueblo ocupa realmente el
puesto de dueño y señor del país, gobierna y administra el Estado y toma una
parte decisiva en la vida política. La democracia socialista se distingue
radicalmente de la democracia burguesa, democracia simplemente de palabra y de
hecho régimen de la dominación política de la burguesía. El régimen democrático
socialista es la encarnación real
de la ideología socialista.
La ideología burguesa cultiva y difunde las ideas
del racismo, del
nacionalismo, del chovinismo,
inculca
en los hombres
la desconfianza mutua,
la
hostilidad y el odio entre los pueblo. Contribuye
por todos los medios
a fortalecer el
régimen de la opresión social, nacional y racial. La
conciencia socialista, por el contrario, se caracteriza por el rasgo del
internacionalismo. La ideología del internacionalismo socialista es la
ideología de la amistad, la igualdad de derechos y la fraternidad de los
pueblos, la ideología de la solidaridad internacional de los trabajadores. Ideología
que ha encontrado su encarnación
real y efectiva
en el Estado soviético
multinacional, expresión de la igualdad de derechos, la colaboración fraternal
y la ayuda mutua de todas las naciones y pueblos que forman la U.R.S.S. La
ideología socialista de la amistad entre los pueblos funde las nacionalidades
de la Unión Soviética en una grande y unida familia fraternal. La amistad entre
los pueblos es la fuerza motriz que impulsa el desarrollo de la sociedad
soviética, la fuente de que emanan la fuerza y la invencibilidad del Estado
multinacional socialista.
Rasgo importantísimo de la conciencia socialista de
los hombres soviéticos es el patriotismo soviético. El patriotismo soviético es
el amor, la entrega abnegada y el servicio a la patria socialista. Y encuentra
su expresión en los hechos de la vida diaria del hombre soviético, en sus
desvelos por el bien y el florecimiento de la patria del socialismo. Durante
los años de la Gran guerra patria, el patriotismo soviético tomó cuerpo en el
grandioso heroísmo de masas de los combatientes y los guerrilleros en el
frente, en el trabajo heroico y
abnegado de los
obreros, campesinos e intelectuales, de
los hombres y mujeres, en la retaguardia. El hombre
soviético expresa diariamente su patriotismo en el trabajo, en la emulación
socialista, en la preocupación con que vela
por el fortalecimiento de la potencia
de su Estado socialista. El amor
efectivo por la patria, la conciencia del orgullo nacional soviético de los
pueblos de la U.R.S.S., el orgullo que el hombre soviético siente por el heroico
pasado y presente de su pueblo, por
el hecho de
pertenecer al primer pueblo del mundo que ha destruido el
capitalismo y creado el régimen socialista, el régimen social más progresivo y
más justo, el Estado libre más avanzado, la cultura que marcha a la cabeza en
el mundo entero, constituye un sentimiento legítimo y noble. Sentimiento que
engendra nuevas fuerzas para la realización de nuevas proezas.
Por oposición a la reaccionaria ideología burguesa
del militarismo, que
predica la utilidad
y la
perennidad
de las guerras
entre los pueblos,
la
ideología socialista parte de la convicción de que
las guerras son un fenómeno históricamente transitorio.
En la época actual, las guerras son engendradas por
la
naturaleza económica del
imperialismo. Al hundirse el imperialismo,
al destruirse la propiedad privada sobre los medios de producción, se acabarán
también para siempre las guerras. Así lo enseña el leninismo. La conciencia
socialista del hombre soviético está imbuida de la aspiración a la paz entre
los pueblos y del odio a los instigadores imperialistas de la guerra.
El régimen soviético surgió bajo la bandera de la
lucha contra la guerra imperialista, bajo la bandera de
la paz. A lo largo de toda su existencia, el Estado
soviético, dirigido por el Partido Comunista, ha
mantenido y mantiene una consecuente política de paz y educa al pueblo
soviético en el espíritu de la paz, en el espíritu de la lucha por la paz entre
los pueblos. El socialismo sostiene firmemente la causa de la paz entre los
pueblos, mientras que el capitalismo engendra, por su propia naturaleza, las
guerras.
La ideología de la burguesía está empapada de
egoísmo e individualismo, imbuye al hombre el sentimiento de
que sólo debe
preocuparse de sí mismo y de lo suyo, aun a costa de
sacrificar a los demás y a la propia sociedad. La ideología socialista lleva en
su entraña el espíritu del colectivismo y del auténtico humanismo, de la fe en
el hombre, de los desvelos por todo hombre trabajador, por el pueblo laborioso.
Rasgo inherente al hombre soviético es la actitud socialista ante el trabajo y
ante la propiedad social, la conciencia de la necesidad de velar
celosamente por la
sociedad en interés
del bien común y del bien
personal de cada uno.
La conciencia socialista es radicalmente enemiga del
individualismo burgués y pequeñoburgués, que
brota de las
condiciones de la
propiedad privada
sobre los medios de producción. En el mundo del
capitalismo, imperan los
principios egoístas
expresados en axiomas como los de "el hombre es
un
lobo para el hombre", "después de mí, el
diluvio" y "cada cual a lo suyo y Dios sobre todos". El
socialismo, habiendo destruido la propiedad privada, acaba también con estas
prácticas antihumanas y afirma el principio del colectivismo. La propiedad
privada separa a los hombres, la propiedad colectiva los une.
Rasgo importantísimo de la conciencia socialista es
el auténtico humanismo. El humanismo socialista
refleja
el carácter humano
del régimen social
del
socialismo.
El régimen socialista se basa en la liberación del
hombre de toda
explotación y de
toda opresión.
Asegura el desarrollo íntegro y total del hombre, de
sus capacidades, dotes
y talentos físicos
e
intelectuales. En la sociedad socialista, el capital
más precioso es el hombre. Bajo el socialismo, todas las conquistas de
la ciencia y
de la técnica
están
llamadas a servir y sirven al hombre, tienden a
facilitar su trabajo.
Bajo las condiciones
del
capitalismo, por el contrario, las conquistas de la
ciencia y de
la técnica, destinadas
a facilitar el trabajo del hombre, se convierten en otros
tantos instrumentos de opresión y reforzamiento de la explotación de los
trabajadores. "Vemos -dice Marx- que la máquina, que posee la virtud
portentosa de acortar y hacer más fructífero el trabajo humano, trae consigo el
hambre y la extenuación. Los nuevos inventos de fuentes de riqueza se
convierten, por un fatal sortilegio, en fuentes de miseria. Las victorias del
arte se adquieren, a lo que parece, a costa de la pérdida de la dignidad moral.
A medida que la humanidad afirma su poder sobre la naturaleza, el hombre cae
bajo la esclavitud de otro hombre o se convierte en esclavo de su propia
infamia. Tal parece como si hasta la luz pura de la ciencia sólo pudiese
brillar esplendorosamente sobre el oscuro fondo de la ignorancia. El
fruto de todos
nuestros descubrimientos y de todo nuestro progreso es, evidentemente,
el de que las fuerzas materiales se apropien
de la vida
espiritual, mientras la
vida humana se embrutece y degenera hasta el límite de la fuerza
material. Este antagonismo entre la industria y la ciencia actuales, de una
parte, y de otra, la miseria y la disolución, este antagonismo entre las
fuerzas productivas y las
relaciones sociales de
nuestra época, constituye un
hecho palpable, evidente
e
indiscutible".202
A la esencia antihumana del régimen capitalista
corresponde la ideología reaccionaria y
antihumanista
de la burguesía
reaccionaria. El
imperialismo lleva a su fase más alta la opresión,
la explotación y el aplastamiento de los trabajadores.
Sólo bajo el socialismo puede el genio humano
ponerse al servicio del pueblo, de la causa de la creación y la construcción,
de la causa de la felicidad
de millones de gentes sencillas.
Y todas estas características de la sociedad del
socialismo encuentran su
reflejo en la
conciencia
socialista.
La conciencia socialista lleva consigo la certeza en
un futuro mejor de la humanidad, en el triunfo
inevitable
del socialismo y
del comunismo en el
mundo entero. El espíritu animoso, el optimismo, la
alegría de vivir, son rasgos característicos de la conciencia socialista, de la
ideología del hombre soviético. El pesimismo, el miedo al futuro, la filosofía
de la "aflicción universal" es la filosofía propia de las clases
agonizantes.
Y este optimismo propio de la ideología socialista
descansa sobre bases científicas. Las fuerzas de las
masas trabajadoras, del campo de la paz, de la
democracia y el
socialismo, son inagotables
e
invencibles. El pueblo soviético, dirigido por el
Partido Comunista, marcha con paso seguro e incontenible hacia
el comunismo. La
ideología
socialista educa a las masas populares, y en
especial a la juventud, en el espíritu del optimismo, de la fe inquebrantable
en el futuro, de la seguridad en sus propias fuerzas, y en el triunfo del
comunismo en el mundo entero.
Tales son algunos de los rasgos más importantes de
la ideología socialista. Esta es la ideología que
inculcan al pueblo soviético el Partido Comunista y
el Estado soviético; y sus rasgos caracterizan la
fisonomía espiritual de la mayoría de los hombres de
la sociedad socialista.
La conciencia de los hombres, como ya hemos dicho,
va a la zaga de su existencia, de los cambios operados en las condiciones de la
vida material de la sociedad. Esto hace que, aun después del triunfo del
socialismo, sigan manteniéndose en la conciencia de los hombres algunos
vestigios de la vieja sociedad, algunas supervivencias del capitalismo. Estos
restos de la ideología burguesa, estas supervivencias de la psicología y la moral
inherentes a la
propiedad privada subsisten todavía hoy en la actitud indolente y poco
escrupulosa ante el trabajo entre la parte más rezagada de los hombres
soviéticos, en su actitud despreocupada ante la propiedad socialista, en su
tendencia a aprovecharse de los bienes estatales y koljosianos y a
despilfarrados, en su actitud no socialista
ante la familia,
etcétera. Y entre
los vestigios del pasado que se resisten con más fuerza a morir figuran
también los prejuicios nacionalistas y las supervivencias del burocratismo.
Otro de los vestigios de la vieja sociedad más reacios a desaparecer y en que
se manifiestan el atraso y la inercia, son las creencias religiosas. Aunque en
la U.R.S.S. se ha destruido la base económica sobre la que se asentaba la
existencia de ideas, concepciones y tendencias enemigas del socialismo,
subsisten todavía restos de las clases destruidas, elementos secuaces de los
grupos políticos enemigos del Poder soviético que han sido exterminados; restos
que son todavía capaces de apoyar y difundir estas concepciones y tendencias. Y
no hay que perder de vista tampoco el cerco capitalista, la posibilidad de que
se infiltren en el país del socialismo, desde el extranjero, concepciones,
ideas y tendencias extrañas. "No hay que olvidar
que los enemigos del Estado soviético intentan difundir, alentar e insuflar
toda suerte de corrientes malsanas, de desintegrar ideológicamente a los
elementos poco firmes de nuestra sociedad".203
Los vestigios del capitalismo en la conciencia de
los hombres se apoyan, además, en las dificultades
con que tropieza la vida y la construcción de la
nueva sociedad.
Los vestigios del capitalismo en la conciencia de
los hombres no
desaparecen por sí
mismos. Se resisten a
morir y pueden
cobrar nueva fuerza,
202 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. XI, págs. 5-
6.
203 G.
Malenkov, Informe del C. C. ante el XIX Congreso del
P.C.(b) de la U.R.S.S., ed. rusa, pág. 94.
especialmente bajo la acción del cerco capitalista.
Todo lo que sea debilitar la acción de la ideología socialista equivale a
fortalecer la influencia de la ideología burguesa. He aquí por qué el Partido
Comunista ha mantenido y sigue manteniendo una lucha enérgica y decidida contra
los vestigios del capitalismo en la conciencia de los hombres, por qué consagra
una gran atención a la labor ideológica, a la educación comunista de los
trabajadores, a la lucha contra las manifestaciones de la ideología burguesa y
por qué pertrecha a los cuadros con la ideología del marxismo-leninismo.
7. Diversas formas de la conciencia social.
Hemos examinado las leyes que rigen la aparición y
los cambios de las ideas sociales y la función de
éstas en el desarrollo de la sociedad. Es necesario
examinar ahora, por separado, las diversas formas de la conciencia social y la
función específica de cada
una de ellas en la vida social, en el desarrollo de
la sociedad. La ideología política y jurídica es la que
más cerca se halla de la base económica de la
sociedad. Por ello
debemos, pues, comenzar
el examen de las formas de la conciencia social.
a) La ideología política y jurídica.
Política es la relación entre las clases; expresa en
la forma más concentrada y sintética la economía de la sociedad de clase, los
intereses de una determinada
clase,
las relaciones entre
las clases, la
lucha de clases.
Las formas política y jurídica de la ideología se
hallan íntima e inseparablemente vinculadas entre sí,
como el Estado y el derecho.
La ideología política expresa del modo más
concentrado los intereses y los fines de tal o cual
clase social, sus relaciones con otras clases y
capas de la sociedad y con el Estado. La ideología política
contiene
las ideas y
concepciones de una determinada clase, las que, a su vez,
expresan la actitud de esa clase ante la lucha de clases, ante la
revolución,
ante el movimiento
de liberación nacional y las
relaciones mutuas entre las naciones;
esta ideología abarca los problemas de la estructura
política de la sociedad, los problemas del Estado y el derecho, de la guerra y
la paz, etc.
La ideología jurídica comprende, en esencia, el
mismo cuadro de problemas y cobra expresión en las
teorías jurídicas y en las ideas de los hombres
acerca de lo lícito
y lo ilícito.
La ideología jurídica imperante en una sociedad dada es la
ideología de la
clase dominante y se expresa en la legislación y en
la actuación práctica de las instituciones encargadas de
elaborar y aplicar el derecho. Y forma, en unión de
estas mismas instituciones, parte integrante de la supraestructura de la
sociedad de que se trata.
La ideología política y jurídica de la clase obrera
aparece expresada en el marxismo-leninismo, en los
programas de los Partidos Comunistas, en sus
consignas y llamamientos, en la Constitución de la U.R.S.S. y en las
Constituciones de los países de democracia popular. La ideología política y
jurídica de la clase obrera halla su expresión en las teorías políticas y
jurídicas burguesas, en las Constituciones de los Estados burgueses, y en los
programas, declaraciones y consignas de los partidos y los gobiernos de la
burguesía.
La ideología política y jurídica impregna todas las
otras formas de la conciencia social: la moral, la religión, el arte, la
ciencia, la filosofía. La ideología política, a la par que acusa la acción
sobre sí misma de las otras formas de la conciencia social, ejerce una enorme
influencia sobre ellas.
La ideología política y jurídica de las clases
explotadoras sirve a estas clases para presentar su
política
y su derecho
como manifestaciones "al
margen y por encima de las clases", que abarcan
"a todo el pueblo", como algo "suprahistórico",
"divino"
o "natural". Pero, a pesar de este
enmascaramiento y
de este fetichismo de la política y el derecho por
obra de los ideólogos de las clases explotadoras, en el campo de la ideología
política y jurídica resulta, sin embargo, bastante más fácil que en otras
formas de la ideología poner al desnudo el papel determinante de la base
económica, de los intereses materiales y, consiguientemente, de la esencia de
clase de las teorías y concepciones políticas y jurídicas. Hoy, es claro para
un número cada vez mayor de gentes en toda la tierra que en el mundo se enfrentan
una a otra y luchan entre sí dos ideologías jurídicas y dos concepciones de la
justicia: la ideología proletaria, coincidente con los intereses de las masas
populares y la ideología de la burguesía, que expresa los intereses económicos
y políticos de los explotadores y
es enemiga de
los intereses de
todos los trabajadores.
La ideología política y jurídica de la clase obrera
ha encontrado su fundamentación científica en el marxismo-leninismo, en la
teoría marxista de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado, en la
doctrina marxista acerca de la naturaleza del Estado y el derecho burgués, de
una parte, y de otra el proletariado, acerca de la revolución socialista
proletaria y del
inevitable hundimiento del capitalismo y del triunfo inevitable del
socialismo. Las concepciones políticas
del marxismo se expresan, asimismo, en las enseñanzas
relativas a las causas y la naturaleza de las guerras en la época del
imperialismo, a las guerras justas e injustas y a la posibilidad de la
coexistencia y la emulación pacífica de
los dos sistemas
sociales contrapuestos, el socialista y el capitalista. El
marxismo-leninismo mantiene una lucha consecuente por la paz entre los pueblos,
contra el imperialismo y los instigadores de una nueva guerra mundial. La
ideología política marxista aboga por
la igualdad de
derechos y la
amistad
de todas las
naciones y razas,
por la soberanía y la
independencia nacional de los pueblos. Las concepciones políticas del
socialismo toman cuerpo en la política y en toda la actividad práctica del Estado
socialista soviético y
del Partido Comunista de la Unión
Soviética, así como en la política de los partidos marxistas de otros países.
La ideología política y jurídica de la burguesía,
por el contrario, va dirigida a la represión de la clase
obrera y de todos los trabajadores. Actualmente, la
burguesía es una
fuerza reaccionaria. Las
teorías
políticas y jurídicas de sus ideólogos tratan de
justificar la renuncia de la burguesía a la democracia, la necesidad de
reforzar las atribuciones del poder
ejecutivo, que lleva a cabo la acción represiva
contra los trabajadores. Este carácter reaccionario cobra su
forma
más descarada en
las teorías políticas
y jurídicas del fascismo. Pero, al desenmascararse el fascismo, durante
su dominación política
en
Alemania, Italia y el Japón, como un régimen
sanguinario y criminal
contra los pueblos
y
producirse su bancarrota política, la burguesía
imperialista y sus ideólogos comenzaron a defender e implantar el fascismo en
forma velada, bajo el manto
charlatanesco de la defensa de la democracia. En un
país capitalista tras
otro se procede
a revisar y
rectificar los principios de la democracia burguesa.
Y la dictadura fascista abierta persiste en España y Portugal.
La práctica política y judicial de los EE.UU. se
caracteriza por la arbitrariedad de los tribunales, la
ilegalidad, los métodos fascistas de represión
contra los militantes avanzados del movimiento obrero, los
procesos inquisitoriales que recuerdan las
persecuciones medievales contra las "brujas". Y los ideólogos de la
reacción burguesa se esfuerzan por
dar una fundamentación "teórica" a la
línea de orientación de los
Estados burgueses hacia
el
fascismo.
En 1952, vio
la luz en
Nueva York un
libro titulado La política exterior de los Estados Unidos,
su organización y dirección. Se trata del informe de
uno de los grupos investigadores, instituido por el
Fondo Wilson. Los autores de esta
"investigación" tratan de justificar ideológicamente la fascización
de los Estados Unidos
y reclaman un
reforzamiento
todavía
mayor del poder
ejecutivo, sustrayendo a todo control la actuación de su Presidente.
No están
contentos con el actual Congreso de los Estados
Unidos, que no les parece aún bastante reaccionario, y pretenden reducirlo a
las funciones de un órgano
puramente registrador, sin derecho alguno. Según los
autores de este
libro, el papel
decisivo, en los
órganos
del poder ejecutivo,
corresponde a los órganos militares, y en primer término al
ministro de la Guerra. Son ellos, a su juicio, el ministro de la
Guerra y los "jefes profesionales", los
llamados a decidir los asuntos de la política exterior, los asuntos
de la paz y de la guerra. Los autores abogan por un
reforzamiento todavía mayor de la red de espionaje y control del gobierno de
los Estados Unidos sobre las ideas de los ciudadanos. Este libro es,
sencillamente, una apología, una justificación de las guerras imperialistas de
rapiña. "La guerra, aunque espantosa bajo todas sus formas -escriben los
autores del libro-, e intransferible a su forma total, no constituye, sin
embargo, el peor de los males... La guerra y su preparación son, por tanto, parte
integrante necesaria de la política" (pág. 160). Véase, pues, cómo bajo el
manto de una investigación "imparcial" se desliza la idea, provechosa
para los imperialistas, de la "necesidad" de la guerra. A juicio de
estos "investigadores", la guerra es el único medio de resolver los
problemas internacionales. Tratando de buscar una justificación
"filosófica" a la política exterior imperialista de los Estados
Unidos, los autores de la citada obra escriben que el fundamento de esta
política reside en los desarraigables "vicios de la naturaleza
humana", en la tendencia innata del hombre hacia el mal. De donde se
deduce que el único medio para gobernar a
los hombres es la
fuerza. Todo el libro a que nos hemos venido refiriendo es una prédica del
fascismo y de los métodos fascistas en la política exterior.
En su libro titulado Francia en busca de una
Constitución (París, 1952), el profesor reaccionario francés L. Ruché,
sirviendo la voluntad de la burguesía francesa y norteamericana, trata de
fundamentar teóricamente su aspiración de que la Constitución francesa de 1946
sea revisada a fondo. Canta las excelencias del reaccionario régimen
político de los
Estados Unidos, ante
el que se humilla, y ataca las leyes votadas por el
parlamento francés, bajo la presión de los obreros, contra los colaboracionistas y
contra la prensa
fascista, pidiendo su derogación.
Entre las ideas políticas de la burguesía
contemporánea, ocupa un lugar destacado la idea de que "la soberanía
nacional ha envejecido". Los ideólogos políticos de la burguesía y, en
particular, los de la burguesía norteamericana, y a la par con ellos los
líderes de los socialistas de derecha, menosprecian la
soberanía nacional y la
independencia de los pueblos y predican la idea de un "gobierno
mundial" bajo la égida de los Estados Unidos. Con su prédica de la idea
del "Estado mundial" y de la liquidación de la soberanía de los
pueblos, tratan de justificar la ideología del cosmopolitismo mediante
argumentos sacados del estado actual de la técnica, en particular de la técnica
de la guerra y los transportes. Según los ideólogos de la burguesía, en el siglo
de la aviación y de la bomba atómica la soberanía nacional de los pueblos
representa un anacronismo tan grande como lo era, en los umbrales del siglo
XVIII, la propiedad feudal heredada de la
Edad Media. Los
ideólogos del
imperialismo abogan por la creación de un
"gobierno mundial" y por la liquidación de la independencia nacional
de los pueblos, como premisa para la preparación de la guerra.
En realidad, la ideología del cosmopolitismo, la
idea del "gobierno mundial", es la ideología imperialista, la
ideología de la preparación de la guerra,
la ideología de
la esclavización de los
pueblos por el imperialismo más rapaz y bandidesco, por el imperialismo
norteamericano.
Los planes de una "Europa Unida", de la
"Unión
Defensiva Europea", que abarca solamente a seis
países de la Europa occidental y va en contra de los demás países europeos, no
son más que instrumentos de la política imperialista de los Estados Unidos. Los
monopolios imperialistas de los Estados Unidos, mantenidos estrictamente dentro
de los marcos nacionales, aspiran a mejorar sus negocios a costa de otros
países, a imponer su dominación mundial. Por su parte, la burguesía gobernante
en países como Francia, Italia, la Alemania occidental y el Japón, impulsada
por el miedo a sus propios pueblos, renuncia a su soberanía nacional, echa por
tierra la bandera de la independencia nacional, se humilla servilmente ante los
imperialistas norteamericanos y recaba la ayuda de éstos en contra de sus
propios pueblos.
Todo esto hace que la ideología del cosmopolitismo
se halle, actualmente, en boga, no
sólo en los Estados Unidos, sino también en otros
países. El capitalismo ha sido siempre cosmopolita.
La burguesía siempre ha traicionado los intereses
nacionales, cuando éstos representan una amenaza a
sus intereses de clase. Y esta verdad se revela con
meridiana claridad en la época actual, bajo la dominación de los monopolios
capitalistas. Para la
burguesía, la "patria" está allí donde se
le aseguran las máximas ganancias.
Para obtener la
ganancia
máxima, los monopolios capitalistas se ponen de
acuerdo con el fin de saquear conjuntamente a los pueblos del mundo. En aras de
mantener y perpetuar
el capitalismo, los gobiernos burgueses conciertan
entre ellos acuerdos secretos, bloques y alianzas de
guerra dirigidos contra la U.R.S.S. y los demás
países del campo socialista, contra el movimiento obrero de los países
capitalistas y contra
el movimiento de
liberación nacional de los pueblos coloniales. La
ideología imperialista del
cosmopolitismo trata de
justificar y fundamentar la política cosmopolita de
la burguesía, y en particular la política imperialista de los Estados Unidos.
La ideología cosmopolita de la
burguesía norteamericana es la expresión de su
nacionalismo y de sus extravagantes pretensiones de
dominación mundial. El cosmopolitismo de la
burguesía de Francia, Italia y otros países dependientes de
los Estados Unidos
representa la
traición a sus intereses nacionales.
Los pueblos de todos los países están interesados
en la paz. Los trabajadores odian la guerra. La
ideología socialista, fiel a los intereses cardinales de los pueblos, preconiza
y defiende la paz entre éstos. He aquí por qué el Gobierno soviético y los
Estados de democracia popular mantienen una política encaminada a la solución
de todos los conflictos por la vía de la paz, por medio de acuerdos pacíficos.
En el arsenal
de la ideología
política de la burguesía imperialista de los Estados
Unidos ocupan
un lugar destacado, como veíamos ya en el capítulo
primero, el racismo,
la geopolítica y
la teoría del
predominio de la fuerza, de una política mantenida
"desde posiciones de fuerza". Los ideólogos y dirigentes del
imperialismo norteamericano,
expresando
los intereses de
los monopolios capitalistas de
los Estados Unidos,
defienden la
política de la fuerza y la violencia, la política
del bandolerismo imperialista. Y, por su parte, los profesores burgueses
venales, en sus trabajos, tratan
de fundamentar "científicamente" estas
doctrinas políticas encaminadas al
saqueo. En sus
lucubraciones sobre la función de la fuerza y la
violencia en la política internacional, estos ideólogos reaccionarios toman
como base de sus cálculos los
armamentos modernos, las reservas de bombas atómicas
y de hidrógeno, de aviones y de tanques con
que cuentan los Estados Unidos y los países del
bloque nord-atlántico. Pero echan sus cuentas sin tomar en consideración la
fuerza fundamental de la
historia, que son las masas populares. Fuerza que
es, en última instancia, la que decide.
El contenido fundamental, en la ideología política
de la burguesía contemporánea, es la propaganda del
anticomunismo,
el odio contra
la U.R.S.S. y los
países de democracia popular. La campaña contra el comunismo fué declarada por
la burguesía hace ya
más de cien años, cuando todavía el comunismo no
era, para ella, más que un "fantasma" atemorizador.
En la actualidad, las cosas han cambiado: el
comunismo se ha transformado en una fuerza gigantesca y
tiene como exponente,
no sólo el
movimiento obrero mundial, sino también la potencia
de la U.R.S.S. y de los países de democracia popular.
El país del socialismo -la Unión Soviética- se ha
hecho valer ante
los pueblos de
todos los países como el salvador de la civilización
mundial frente a
la
tiranía del hitlerismo
como el consecuente defensor de la paz, de la
auténtica democracia y de
socialismo. Los partidos comunistas actúan como
expertos exponentes y defensores de los intereses de la clase
obrera y de
todos los trabajadores,
como
patrióticos defensores de la independencia nacional,
como esforzados luchadores en contra del fascismo y
de la guerra, como firmes combatientes por la paz,
la democracia y el socialismo. Y esto es lo que explica por qué crece la
influencia de la ideología política
proletaria
entre las masas
populares de todos
los países y por qué aumenta, a la par con ello, el odio de
la burguesía contra el comunismo.
El punto sensible y vulnerable, en la ideología
política de la burguesía actual, es que carece y no
puede por menos de carecer de toda clase de ideales
positivos, pues la época del capitalismo ha pasado
ya. La burguesía no puede ofrecer nada al pueblo, como no sea
ruina, miseria, opresión
y guerras devastadoras.
Pero
ninguna clase obligada
a abandonar la escena puede reconocer abiertamente su
bancarrota
política y moral. No puede reconocerla tampoco la
burguesía. De aquí la falacia y la hipocresía de la
ideología burguesa. De
aquí las más
sutiles y refinadas formas de la
demagogia a que recurren los ideólogos y políticos de la burguesía con el fin
de engañar a los trabajadores y de evitar a toda costa la bancarrota del
capitalismo.
Una de las armas más importantes de que se vale la
burguesía para engañar a las masas populares es la
ideología
de los socialistas
de derecha. La predicación de
la "paz de
clases", de la
"colaboración" del proletariado y la
burguesía, del reformismo, de la idea de la "integración pacífica"
del capitalismo en el socialismo, de la
idea de
la
"democratización" del capitalismo y de la
participación de los
obreros en las
ganancias
capitalistas, las lucubraciones en torno al tema de
que el capitalismo tradicional se ha convertido en un pretendido "capitalismo intelectual", las
beatíficas
prédicas acerca del perfeccionamiento moral de los
obreros por sus propias virtudes, en una palabra, toda
la ideología de los socialistas de derecha, va
encaminada pura y
simplemente a justificar
la
existencia del capitalismo. Bajo el engañoso ropaje
de su fraseología socialista y democrática, toda una serie de
dirigentes de los
socialistas de derecha
actúan de hecho como enemigos de la clase obrera,
como enemigos del
socialismo, de la
paz y la
democracia.
La ideología y la política de los socialistas de
derecha son la ideología y la política burguesas en el
seno del movimiento obrero. Los antecesores de los
actuales dirigentes de los socialistas de derecha, los
ideólogos de la Segunda Internacional, comenzaron su
actividad capituladora con la revisión del marxismo, introduciendo
"correcciones" a la doctrina
de Marx. Actualmente,
los dirigentes de los
socialistas de derecha
han roto totalmente
con el
marxismo y actúan como enemigos suyos.
El presidente de la "Internacional" de los
socialistas de derecha, Morgan Philips, uno de los
dirigentes del partido laborista inglés, ha
declarado lo siguiente:
"Los socialistas ingleses rechazan totalmente
el marxismo y la doctrina de la lucha de clases, en todas sus formas
y manifestaciones... El
movimiento
obrero inglés se halla bajo la profunda influencia
del movimiento religioso y se mantiene fiel a ella. No
reconocemos ni el marxismo, ni el materialismo, ni
la lucha de clases."
Este mismo espíritu de hostilidad contra el
socialismo científico, encubierto
con hipócritas
palabras acerca de la democracia, inspira también
las declaraciones adoptadas en
el congreso de
la
"Internacional" de los socialistas de
derecha. A la gran teoría del
marxismo, triunfante en el
movimiento obrero mundial,
contraponen estos
señores los desvaríos religiosos, a la radiante luz
de la ciencia que ilumina las leyes del desarrollo de la
sociedad el oscurantismo teológico, al materialismo
el clericalismo, a la verdad la mentira.
Y también los socialistas franceses de derecha,
coincidiendo con sus colegas ingleses, han roto
descaradamente con el marxismo. Mossé, profesor de la Facultad de Derecho de
París, escribía en la Revue Socialiste (núm. 40, 1951):
"Entre el marxismo y la filosofía del
socialismo francés existen profundas
discrepancias... Nosotros
estamos más cerca del socialismo católico, que desde
hace
algunos años viene
acercándose asombrosamente al auténtico socialismo."
Como se ve,
la esencia de
la ideología y la
política de los dirigentes de los socialistas de
derecha no es otra que la predicación de la mística, del oscurantismo clerical, la alianza con
los católicos, con el Vaticano,
es decir, con las fuerzas más sombrías de la reacción política y espiritual, la
renuncia a la violencia con respecto a la burguesía, para abrazar el camino de
la violencia empleada por la policía y las tropas contra el proletariado; las
prédicas de la mansedumbre y la reconciliación entre los obreros, la bendición
dispensada a los verdugos y estranguladores de las libertades en Francia, en
Italia, en los Estados Unidos y en las colonias; la renuncia al marxismo, la
renuncia a la lucha de clases, la predicación abierta y descarada de la paz de
clases, la colaboración de clase con la burguesía, la defensa del capitalismo
en general y del capitalismo norteamericano en particular, la defensa de la
política de armamentos y de la ideología imperialista del cosmopolitismo.
El
capitalismo imperialista se
declara democrático. Los laboristas ingleses tratan de hacer pasar como
socialismo el capitalismo monopolista estatal y las nacionalizaciones
capitalistas. Volviéndose de espaldas al hecho ostensible del abismo cada vez
más hondo que se abre entre el proletariado y la burguesía, los socialistas de
derecha declaran que se van borrando las fronteras entre las clases, que la
burguesía va convirtiéndose en un conjunto de servidores cuya función se limita
a regentar las empresas. Los laboristas ingleses, preconizando la
nacionalización de una
serie de ramas de la industria,
han declarado a Inglaterra un país socialista. En realidad, esa nacionalización
preconizada por los laboristas, nada tiene que ver con
el socialismo. Sólo ha servido, gracias a
gigantescas operaciones de compra, a precios superiores al valor real de las
empresas, para aumentar las ganancias de la burguesía y acrecentar la carga de
los impuestos que pesan sobre los trabajadores.
El sentido de esta política "socialista"
de los laboristas ha sido
claramente expresado por
Morrison, uno de los líderes del laborismo. He aquí
sus palabras:
"Quiero que todos los hombres de negocios, que
todos los patronos comprendan que el gobierno laborista no es su enemigo, que
todos y cada uno de los ministros de este gobierno desean alargarles la
mano, tratar con
ellos de un
modo humano y fraternal, ayudarles a que sus empresas
comerciales e industriales sean más beneficiosas que hasta aquí."
Como se ve, esta declaración no deja nada que desear
en punto a claridad: pone de manifiesto sin el menor rebozo la verdadera
realidad de la política de nacionalización llevada a cabo por los laboristas en
Inglaterra, el fondo del llamado "socialismo democrático", de la
política a que se ha dado el nombre de "economía mixta".
Los dirigentes de los socialistas de derecha no se
proponen como misión luchar contra el capitalismo,
sino, por el contrario, defender y salvar el régimen
capitalista; su objetivo consiste en defender la
burguesía, en vez de combatirla. Y, como la clase obrera lucha contra la
burguesía a pesar de la política de los socialistas de derecha, éstos se ponen,
en la lucha de clases, al lado de la burguesía y de sus gobiernos, frente al
proletariado. Los socialistas de derecha
actúan, en la
realidad de los
hechos, en contra del
socialismo, en contra
de la democratización del Estado
burgués. El llamado "socialismo democrático" de los socialistas de
derecha, socialismo al servicio de la burguesía y de acuerdo con ella, no es
más que un artilugio para engañar a las masas. La médula de la actividad
ideológica de los socialistas de derecha, como la de la burguesía a la que
sirven, no es otra que la lucha contra el comunismo, contra la Unión Soviética
y los países de democracia popular.
El socialista francés de derecha Depré ha expresado
con toda claridad el sentido y la misión fundamental de las actividades
desplegadas por los socialistas de derecha:
"Yo creo -ha dicho con palabras bastante
francas- que el único problema que al partido socialista se le
plantea... es el de cómo llevar el desconcierto a
las
filas del Partido Comunista, el de acabar con su
gran influencia sobre la clase obrera francesa."
En su empeño por engañar y desorientar a la clase
obrera, los dirigentes de los socialistas de derecha
no vacilan en matar en ella la fe en sus propias fuerzas, en su capacidad para
derrocar el capitalismo y tomar en sus manos la suerte del país
correspondiente. Al dividir a la
clase obrera, minan
y debilitan sus
fuerzas. Los socialistas de derecha de los países de
la Europa occidental apoyan la política reaccionaria de su propia
burguesía y de
la burguesía norteamericana. No
en vano el banquero estadounidense Harriman reconocía los méritos que los
socialistas de derecha habían contraído para con la burguesía. Hablando por
radio en enero de 1949, declaraba: "Los socialistas de la Europa
occidental son los mejores aliados de los Estados Unidos."
La burguesía norteamericana y la de los países
europeos, apoyándose en los socialistas de derecha, trataba de "ganar la
confianza de la clase obrera de Europa y de acabar con la propaganda
comunista". Pero los tiempos en que la burguesía y sus agentes, los
dirigentes de los socialistas de derecha, lograban desorientar a las masas
trabajadoras con relativa facilidad, han pasado. Las contradicciones del
capitalismo crecen. El movimiento nacional de liberación en las colonias mina
los fundamentos del imperialismo. A la burguesía de las metrópolis
imperialistas se le
hace cada vez
más difícil maniobrar para
detener el curso del desarrollo histórico, que la arrastra inevitablemente a la
ruina.
Las
masas trabajadoras se
convencen cada vez más por su propia experiencia de la
verdad de la
ideología y la política del Partido Comunista y del
papel de traición a que responden la política y la
ideología de los dirigentes de los socialistas de derecha. Al llegar al Poder,
en Inglaterra y en Italia, en Francia, en Finlandia y en otros países, los
socialistas de derecha se han revelado como celosos defensores del
capitalismo y como
los más enconados enemigos del
socialismo y de los trabajadores.
La influencia de la ideología política marxista-
leninista ha crecido considerablemente después de la
conquista del Poder por la clase obrera en la
U.R.S.S. y en los países de democracia popular. Hoy día, los
trabajadores pueden contrastar a la luz de los
hechos los resultados de la trayectoria de los dos sistemas, el capitalista y
el socialista, y se convencen cada vez
más de las ventajas y la superioridad del socialismo
sobre el capitalismo, desde todos los puntos de vista.
La reaccionaria ideología burguesa política y
jurídica frena el desarrollo de la sociedad. Esta ideología defiende y
justifica una causa condenada a
morir. El desarrollo de la sociedad marcha
inevitablemente por derroteros
contrarios a la
burguesía y a su ideología. Esa y no otra es la
causa de que decaiga
su influencia y
crezca, por el contrario, la de la ideología socialista,
proletaria, la
del marxismo.
No debe olvidarse, sin embargo, que la ideología
burguesa sigue imperando, a pesar de todo, en gran
parte de la tierra, que esta ideología es engendrada
por las relaciones de la propiedad privada, por la
economía capitalista y
su proceso de
desarrollo
espontáneo,
elaborada por un
inmenso ejército de
intelectuales servidores de la burguesía y derramada
todos los días y a todas horas sobre los trabajadores por la propaganda
burguesa. Detrás de la ideología política burguesa están el Estado burgués y
las demás instituciones políticas de la burguesía, que disponen de una
gigantesca maquinaria para la difusión de la falaz ideología burguesa con que
se trata de emponzoñar la conciencia de las masas. El Estado burgués entorpece,
además, por todos los medios la difusión de la ideología política avanzada, de
la ideología del marxismo.
Pero, a pesar de los esfuerzos de la burguesía y del
Estado burgués y de la sumisión de los dirigentes de los socialistas de derecha
a la burguesía, la verdad vital de la ideología marxista se ha abierto y se
abre más cada día paso hacia las grandes masas, ganando su convencimiento.
Hasta los mismos enemigos del marxismo se ven
obligados, a veces, a reconocerlo. Así, por ejemplo,
el profesor de Ciencias políticas de la Universidad
de
Washington A. Meier ("especialista" en
"problemas de Rusia"), escribía
en un artículo
titulado "La
filosofía
soviética" (en la
revista Current History,
1953):
"Ella [se refiere a la ideología soviética]
encuentra eco entre los oprimidos y desheredados del mundo entero..., porque
explica a estas gentes, desde luego, algunos
aspectos de su
mundo que ninguna
otra teoría puede explicarles."
El historiador reaccionario inglés A. Toynbee, en un
artículo titulado "Rusia y el Occidente", reconoce que "el
comunismo posee una fuerza de atracción para todas las gentes".
Cuando, al celebrarse el octogésimo aniversario del
filósofo reaccionario inglés Bertrand Russell, un periodista le preguntó quién
era, a su juicio, en los momentos actuales, el filósofo más popular del mundo,
Russell vióse obligado a confesar, con amargura y con rencor, que era Carlos
Marx.
¿Cómo explicar el hecho irrefutable de que, después
de más de cien años de lucha de la burguesía
contra la ideología del socialismo científico,
contra la concepción marxista del mundo, esta ideología, esta
concepción del mundo florezca y triunfe? La razón de
ello sólo puede ser una: la fuerza de convicción del marxismo-leninismo, la
verdad vital e invencible
de esta teoría. Sólo el marxismo-leninismo, la
ideología del socialismo
científico, expresa las
candentes
necesidades del desarrollo
de nuestra época, los intereses,
los pensamientos, los anhelos y las esperanzas de los trabajadores de todos los
países.
La ideología política y jurídica del socialismo en
la U.R.S.S. sirve a la causa del fortalecimiento del
Estado socialista, a la defensa de las leyes del
socialismo, a la causa de la unidad del pueblo soviético, a
la causa de
la construcción del
comunismo. La ideología política marxista-leninista
es la ideología del democratismo y el humanismo
socialistas. Y ejerce una grandiosa y alentadora
influencia sobre el desarrollo de la ciencia, de la filosofía, de la moral, del
arte, de toda la ideología y la cultura del socialismo.
b) La moral.
La moral o
la ética es el
conjunto de normas, reglas y principios históricamente
variables que reflejan el comportamiento de unos hombres hacia
otros y para con la sociedad; y, en una sociedad de
clase, asimismo, su conducta ante su clase, ante su
partido y ante las clases y los partidos enemigos. A
diferencia de las normas del derecho, que regulan también las relaciones entre
los hombres, pero que
poseen la sanción coercitiva del Estado, las normas
de la moral descansan sobre el peso de la opinión
social, en la convicción interior de las gentes y en
la fuerza de los
hábitos. Actúan como
categorías morales los conceptos del bien y del mal, del deber y
la honestidad, de la conciencia y el honor, etc.
El factor determinante y decisivo para enjuiciar la
conducta de los hombres son, en última instancia, los
intereses sociales, y, en una sociedad de clase, los
intereses de clase. La opinión social de una
determinada clase o
de un determinado
pueblo
aprueba
y sanciona unos
actos como buenos
y
morales y reprueba y condena otros como inmorales,
malos y deshonestos.
La conciencia moral, el sentido de la
responsabilidad, el sentimiento del deber ante la
sociedad, ante la patria, ante su clase o ante el pueblo es, a veces, tan
grande que resulta ser una fuerza más poderosa que el propio instinto de
conservación. La conciencia del alto deber moral para con el partido, para con
la clase obrera, infundió a los comunistas, en los años del tenebroso zarismo,
fuerzas para soportar toda clase de privaciones, para ir a la cárcel, al destierro
o al cadalso
contentos de salvar
a la patria, por el triunfo del comunismo.
La conciencia de un deber moral sagrado ante la patria socialista hizo posible,
en los años de la Gran Guerra Patria, las gloriosas hazañas de miles y miles de
héroes, de patriotas soviéticos conocidos y anónimos.
Las normas morales, los principios de la moral, no
son perennes e invariables. Las doctrinas religiosas e idealistas que nos
hablan de los principios "eternos e inconmovibles" de la moral son
absurdas. Nunca ha existido ni existe una moral extrahumana, divina o
superior a las
clases. La concepción
de la moral como algo inculcado por los preceptos
divinos o a tono con cualquier otra definición idealista no es sino un intento
consciente o inconsciente de encubrir o desdibujar las raíces terrenales, sociales,
de clase, de la moral.
La
moral, una de
las formas de
la conciencia social, es
el reflejo de
las condiciones de
vida
material
de la sociedad
bajo la forma
de determinadas normas de conducta de los hombres. La
moral es un fenómeno de carácter supraestructural.
De aquí que, al cambiar la base de la sociedad y como resultado de ello,
cambien también las formas y el contenido de la moral. "Las ideas de bien
y de mal -dice Engels- han cambiado tanto de pueblo a pueblo, de generación a
generación, que no pocas veces hasta se contradicen abiertamente" 204
En la sociedad primitiva, las relaciones entre unos
y otros hombres se regían por una sucesión de usos
plasmados histórica y espontáneamente como un
conjunto de tradiciones que consagraban las ideas y
las normas de vida y de conducta sostenidos a lo
largo de miles de años. Estas reglas y estos usos, transmitidos de
generación en generación,
habían
acabado
por convertirse en
hábitos. Se las consideraba como mandatos de los
antepasados. Y, al
surgir la religión, se comenzó a presentar las
normas de la moral como preceptos divinos.
En las primeras fases de desarrollo de la sociedad
primitiva, en que el nivel de las fuerzas
productivas era todavía muy bajo, el hambre crónica obligaba al hombre
primitivo a matar y, a veces, a devorar a los viejos y a los niños. Y nadie
tenía esto por inmoral. Al desarrollarse la productividad del trabajo, fué
extinguiéndose esta práctica cruel, y a la par con ello cambiaron los hábitos y
las normas de la moral. Los ancianos, como depositarios de la experiencia y de
la tradición, comenzaron a verse rodeados por los cuidados, la estimación y el
respeto de las gentes. Las viejas tradiciones seguían manteniéndose solamente
como ritos religiosos, en relación con los sacrificios sacros. Y esto pasó a la
religión cristiana, bajo una forma
simbólica, como lo
revelan, entre otras cosas, el
mito de Cristo, el dios hombre que se entrega al sacrificio, el rito de la
comunión, como la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo, etc.
En las primeras fases de la sociedad primitiva,
imperaban la poligamia y la poliandria. Las costumbres consagraban estas
relaciones familiares conyugales, y a nadie se le pasaba entonces por las
mentes considerarlas inmorales. En el curso del progreso social surgió la
familia monogámica, y esto hizo cambiar radicalmente las ideas de las gentes
acerca de la moralidad e inmoralidad en lo tocante a las relaciones de la
familia y el matrimonio: comenzaron a juzgarse como fenómenos inmorales,
contrarios a la moral, la poligamia y la poliandria. Sin embargo, en la época
de la esclavitud, del feudalismo y del capitalismo, rigen al lado de la
institución del matrimonio monogámico leyes que sancionan la prostitución. En
la sociedad capitalista, donde todo se convierte en mercancía, también la mujer
aparece convertida en objeto de compraventa. El matrimonio burgués es,
sencillamente, una transacción. El matrimonio de conveniencias se halla
sancionado por la moral burguesa, ya que el dinero y
los juicios de la sociedad capitalista. En la
sociedad socialista, surge una nueva y sólida familia monogámica, y rige una
moral comunista auténticamente humana que regula las relaciones
familiares-conyugales. La sociedad socialista considera inmoral
y deshonroso el
matrimonio basado en el cálculo y no en el amor.
En la época de la esclavitud y del feudalismo, la
vida orgiástica, el parasitismo, la ociosidad de las
clases dominantes, considerábanse por la moral en
vigor como fenómenos
perfectamente lícitos. La
naciente burguesía de los siglos XVI, XVII y XVIII,
de la
que se había
apoderado la sed
de la acumulación y el espíritu
emprendedor, miraba ya
con desprecio a los vicios feudales, al despilfarro,
a la indolencia, a la granujería, a la vida regalada y
ociosa, y predicaba la moral puritana, el ahorro y
la laboriosidad. Pero, más tarde, la misma burguesía, al convertirse en
un poder reaccionario,
degeneró en
una clase parasitaria, como en su tiempo lo habían
sido los señores
esclavistas y feudales.
Y, en
consonancia con esto, cambiaron también sus
principios morales. El ocio y el parasitismo ya no son considerados como
vicios, en el seno de la burguesía
contemporánea.
Por el contrario,
la sociedad burguesa rodea
de honores a
los magnates
explotadores
cargados de riquezas
que llevan una vida disipada y parasitaria. En la
sociedad socialista, por el contrario, la estimación social y el honor se
reservan para los hombres del trabajo.
El curso del
desarrollo social que
va desde el régimen social primitivo hasta el capitalismo
representa un progreso en la trayectoria de
desarrollo
de las fuerzas productivas y relaciones sociales, en
la trayectoria de desarrollo de la ciencia, del arte y la literatura. Pero este
desarrollo progresivo presenta un carácter antagónico y va acompañado por la
degradación moral de las clases explotadoras. Engels escribe que el paso de la
sociedad primitiva, del régimen gentilicio, a la sociedad de clases, se
manifiesta "como una caída desde la sencilla altura moral de la antigua
sociedad de la gens. Los intereses más viles -la baja codicia, la brutal avidez
por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común-
inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más
vergonzosos -el robo, la violencia, la perfidia, la traición- minan la antigua
sociedad de la gens, sociedad sin clases, y la conducen a su
perdición".205
La moral comunista es la moral de la clase obrera
y de
todos los trabajadores,
en lucha contra
la
opresión de clase y la opresión nacional. Principio
básico de esta moral es la lucha contra todo estado de
opresión del hombre por el hombre, la lucha por la
liberación de todos
los trabajadores de
cualquier clase de explotación, acabando con las diferencias de
el lucro constituyen
los criterios fundamentales
en
205 F. Engels, "El origen de la familia, la
propiedad privada y el
204 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed.
cit., pág. 90.
Estado", Obras escogidas, ed. española, t. II,
pág. 236.
nación y de raza, la lucha por el comunismo. El bien
de toda la sociedad, del pueblo, de los trabajadores, está por encima de todo:
tal es el fundamento de la moral
comunista. En la
sociedad capitalista, el hombre trabajador se ve convertido en
objeto de explotación, en fuente de lucro; en la sociedad socialista, por el
contrario, lo más precioso es el trabajador, es el hombre.
La moral comunista
nace en el
seno de la sociedad capitalista y tiene por
exponente, en ella, al
proletariado.
En la sociedad
socialista, la moral
comunista pasa a ser la moral dominante, la moral de
todo el pueblo. Expresa y refleja, dentro de esta sociedad, las relaciones
socialistas de producción, relaciones de cooperación y ayuda mutua entre
hombres libres de toda explotación. La moral comunista constituye el punto más
alto de desarrollo moral de la humanidad.
Los cambios que afectan a la base económica son,
por tanto, la
causa determinante de
los cambios
operados en la
moral. Pero en el desarrollo de la
moral influyen también las relaciones políticas, el
derecho, la religión, la ciencia, la filosofía y el arte. Así, por ejemplo, una
política reaccionaria, fascista, estimula y fortalece los rasgos más bestiales
de la moral imperante en la sociedad burguesa, erige cínicamente en principio y
norma de conducta el amoralismo, el odio a todo lo humano, la perfidia.
En la época
anterior al socialismo,
influían poderosamente en el
desarrollo de la
moral la
religión
y el clero.
Ya en la
sociedad primitiva
recibía la moral una sanción religiosa. En la
sociedad de clase, para obligar a las masas populares a reconocer y
acatar las normas
de la moral establecidas por las clases
explotadoras, la religión y el clero presentan esta moral como obra de los
mandatos divinos.
La
religión proclama como
altas virtudes la humildad, la mansedumbre, la resignación,
el perdón
de todas las ofensas, el amor a los opresores.
"El
esclavo debe obedecer a su señor", "si os
golpean en la mejilla derecha,
ofreced la izquierda", "amad
a
vuestros enemigos", predica la moral religiosa.
Es la
moral que el clero trata de imponer a la clase
obrera y a todos los trabajadores, con el designio de reprimir en ellos el odio
a sus explotadores.
También el arte influye considerablemente en la
plasmación de las normas morales. Así, por ejemplo,
la conciencia moral de las capas avanzadas de la
sociedad se educa bajo la acción emancipadora de las grandes obras
del arte que
reflejan y ponen
al
desnudo los caracteres y los hábitos de la sociedad
esclavista, feudal y
capitalista. Shakespeare y
Dickens, Moliere y Balzac, Krylov y Griboiedov,
Puskin y
Gogol. Tolstoi y
Gorki, han marcado
a fuego para siempre,
en sus inmortales
obras, las
lacras del mundo de la explotación. La literatura
clásica rusa, en la que se desenmascara la abyecta
moral de los terratenientes, los altos funcionarios
y la burguesía, contribuyó extraordinariamente a inculcar en las capas
avanzadas del pueblo ruso los principios e
ideales de una
moral superior. La
literatura, el teatro, el cine,
la pintura y la música soviéticas han ejercido y ejercen una poderosa
influencia sobre la formación de la alta y benéfica fisonomía moral del
hombre del socialismo,
inculcándole ideales como los del patriotismo soviético, la fuerza
de la idea, la entrega a la causa del comunismo, la honradez, la claridad y la
firmeza políticas, la hombría, la intrepidez y el odio a los enemigos del
socialismo.
La influencia de la filosofía sobre la moral
acusábase en el hecho de que, ya desde la sociedad
antigua,
consagrara una gran
atención a los problemas
de la ética,
que trata de
ofrecer una
fundamentación teórica a la moral social o de
imponerse críticamente a ella. Desde su misma aparición, la filosofía marxista
sometió a una crítica
revolucionaria la moral de la nobleza y la de la
burguesía. La concepción filosófica del mundo del
marxismo es el fundamento teórico sobre que
descansan los principios de la moral comunista.
Consciente
o inconscientemente, los
hombres
siempre han derivado de las condiciones de la vida
material de una sociedad dada sus conceptos acerca de lo justo y lo injusto,
del honor y el deber, del bien y el mal. De aquí que, en una sociedad dividida
en clases, los principios de la moral hayan ostentado y ostenten,
inevitablemente, un carácter de clase. En una
sociedad escindida en
clases irreconciliablemente enemigas no puede existir una moral única
para todos. Caracterizando la moral de la sociedad capitalista, escribía
Engels: "¿Qué moral se nos predica hoy? Ahí tenemos, en primer término, la
moral cristiano-feudal, que nos han legado los viejos tiempos de la fe y que a
su vez se divide, sustancialmente, en una moral católica y una moral
protestante, con toda una serie de variantes y subdivisiones que van desde la
moral católica de los jesuitas y la moral ortodoxa de los protestantes hasta
una moral un poco liberal y de manga ancha. Y al lado tenemos la moral
burguesa, y al lado de la moral burguesa moderna la moral proletaria del
futuro. Por donde solamente en los países más cultos de Europa, el pasado, el
presente y el futuro nos brindan tres grandes
grupos de teorías
morales que pretenden regir los tres a la par y
simultáneamente. ¿Cuál es la verdadera? En sentido absoluto y definitivo,
ninguna; pero, evidentemente, la que más garantías de permanencia contendrá
será aquella moral que represente en el presente la conmoción del presente,
el porvenir; es decir, la moral proletaria".206
El móvil fundamental que impulsa las acciones de la
burguesía, su conducta, sus ideas y principios, es la ganancia, el lucro. Marx
cita en El Capital las siguientes palabras de un economista acerca de los
206 F. Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed.
cit., pág. 91.
motivos que inspiran los actos de la clase
capitalista: "El capital tiene horror a la ausencia de ganancia o a la
ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza al vacío. Conforme aumenta la
ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 por 100 y acudirá adonde
sea; un 20 por 100, y se sentirá ya animado; con un 50 por 100, positivamente
temerario; al 100 por 100 es capaz de saltar por encima de todas las leyes
humanas; el 300 por 100, y no hay crimen a que no se arriesgue, aunque arrostre
el patíbulo".207
"El hombre es un lobo para el hombre";
"tanto tienes, tanto vales"; "el talento se lleva en la
cartera";
"cada cual a lo suyo y un dios para
todos": en estos
dichos y otros parecidos se expresan las normas de
la moral burguesa, nacidas del antagonismo de clases,
de la propiedad privada, de la competencia general.
La sociedad burguesa descansa sobre el principio de
"...o despojas a otro o te despojan a ti, o trabajas para otro o el otro
trabaja en tu provecho, o eres esclavista o eres esclavo. Y, como es natural,
las gentes educadas en esta sociedad se asimilan con la leche de que se
amamantan, por así decirlo, la psicología, los hábitos, las ideas de o
esclavista o esclavo, o pequeño propietario, pequeño empleado, pequeño
funcionario, intelectual, en una palabra, hombre preocupado solamente de poseer
lo suyo, sin parar para nada la atención en lo demás".208
El acaparador de grandes reservas de trigo, en la
sociedad capitalista, está
interesado en que
sobrevenga una sequía, en que haya mala cosecha,
hambre, pues todo esto hace subir el precio de su
mercancía;
al médico burgués
le interesa que abunden
los enfermos; al
abogado burgués le
conviene
que se cometan
muchos delitos; al arquitecto burgués, que se produzcan
muchas incendios en la
ciudad; al cura,
que aumente el
número de muertos. La desgracia de unos es fuente de
ganancias e incluso condición de vida para otros.
La mayor calamidad que puede abatirse sobre los
pueblos son las guerras imperialistas. Pero, a la par, éstas son también fuente
de fabulosas ganancias para
los magnates del capital, para los fabricantes de
armamentos. No es otra la causa de que los ideólogos
y las políticos burgueses justifiquen las guerras de
rapiña, digan que la guerra es algo natural y eterno. No en vano los monopolios
capitalistas temen a la
paz como a la peste.
En la sociedad capitalista, todo se convierte en
mercancía, en valor de cambio, todo se compra y se
vende: la mano de obra, la conciencia y el honor, la
dignidad del hombre y sus virtudes, el amor y la
belleza, el talento
del artista y
la inspiración del
poeta,
el genio del
sabio y los
sermones del
sacerdote. La circulación de las mercancías, escribe
Marx, "es como una gran retorta social a la que se lanza todo, para salir
de ella cristalizado en dinero. Y
207 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit.,
t. I, pág. 851.
208 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 369.
de esta alquimia no escapan ni los huesos de los
santos, y menos aún otras res sacrosanctae, extra comercium hominum [cosas
sagradas, fuera del comercio de los
hombres] mucha menos
toscas. Como en el dinero desparecen todas las diferencias cualitativas
de las mercancías, este radical nivelador barra a su vez todas las diferencias.
Pero, de suyo, el dinero es también una mercancía, un objeto material, que
puede convertirse en propiedad privada de cualquiera. De
este modo, el
poder social se convierte en poder privado de un
particular".209 La saciedad capitalista "saluda en el grial la
refulgente encarnación de su más genuino principio de vida".210
El dinero es la riqueza, el ideal de la sociedad
burguesa; ante él se humillan y a él se sacrifican millones de vidas humanas.
Quien posee dinero lo posee todo; quien carece de él se halla condenado a la
miseria, a las privaciones y al sufrimiento.
A los ojos del burgués, el dinero es la medida
fundamental de la dignidad del hombre. Su posición
social se determina por la cantidad de dinero que
posee. El burgués, poseedor de dinero, puede decir,
como escribe Marx: "Soy feo, pero puedo comprarme la mujer más hermosa, lo
que quiere decir que no soy feo, pues los efectos de la fealdad, lo que en ella
repele, son destruidos por el dinero. Puede que, físicamente y como individuo,
sea cojo, pero, como el dinero me da veinticuatro piernas, mi cojera
desaparece; puedo ser idiota, deshonesto, carente de ingenio, necio, pero como
el dinero es tenido en alta estima, también el que lo posee es estimado y respetado.
El dinero es el mayor de los bienes, y quien lo posee puede considerarse
también, por tanto, como excelente; el dinero me exime, además, del trabajo de
ser deshonesto, lo que quiere decir que soy un hombre probo".211 En los Estadas Unidos circula este dicho:
"Si robas un panecillo, te meten en la cárcel; pero si robas un
ferrocarril te hacen senador".
Los moralistas, políticos y publicistas burgueses
hablan y escriben mucho acerca de la libre personalidad, de la igualdad de
derechos de la mujer, de las altas virtudes, etc., pero ello no es obstáculo
para que en todos los Estados capitalistas existan, al amparo de la ley, casas
de tolerancia y se mantenga, legalmente
consagrada, la desigualdad
entre los sexos. En el Estado de
Alabama de las EE.UU. rige una ley según la cual el marido tiene derecho a
castigar a su esposa con un palo, "cuyo grueso no podrá exceder de dos
dedos". Leyes parecidas a ésta se hallan vigentes, asimismo, en la
"democrática" Inglaterra. He aquí lo que escribía, no hace mucho, el
periódico liberal inglés News Chronicle, en una noticia titulada: "Pegad a
vuestras mujeres, si os place":
209 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit. t.
I, págs. 144-145.
210 C. Marx, El Capital, trad. española, ed. cit. t.
I, pág. 145.
211 C. Marx y F. Engels, Ueber Kunst und Literatur,
Berlín 1949, pág. 41.
"El marido tiene derecho a castigar físicamente
a su esposa, si emplea para ello una vara no más gruesa que su meñique. Tal ha
sido el fallo dictado por el juez Taylor Rys, en un proceso del condado de
Brentford."
Solamente en la sociedad capitalista pueden
publicarse anuncios tan bochornosos como éste, que
en 1948 insertaba el periódico norteamericano New
Day: "Se vende: mujer divorciada, rubia,
atractiva, busca hombre que se case con ella y la sostenga en
unión de sus
dos hijas. Solicitante
deberá firmar
convenio y estar en condiciones de aportar
inmediatamente 10.000 dólares". He ahí una buena ilustración, entre otras
muchas innumerables, de lo que es la moral burguesa.
La descomposición moral, el amoralismo, es uno
de los rasgos
característicos de las
clases
explotadoras, en la fase de su decadencia. La
nobleza
de Francia, en vísperas de la revolución burguesa de
1789, tenía como divisa esta frase: "Apres
nous, le déluge" [Después de
nosotros, el diluvio].
Y tal podría ser también el lema
de la burguesía reaccionaria de nuestro tiempo. El escritor burgués
norteamericano F. Landberg traza un cuadro del parasitismo y la vida de
despilfarro de la plutocracia de los Estados Unidos. La burguesía
norteamericana, enriquecida con la explotación de su propio pueblo y el despojo
de otros países, con la guerra y la sangre de millones de hombres, no sabe cómo
emplear el producto de sus expoliaciones. La glotonería, la perversión, el lujo
demencial, collares de brillantes para
perros con un
valor de 15.000
dólares, banquetes en homenaje a los perros y los caballos favoritos, coches
y troncos de
caballos especiales para monos,
con sus lacayos propios, gargantillas por las que se pagan hasta 600.000
dólares, comilonas y festines en que se gastan cientos de miles de dólares, y
así sucesivamente. "Hastiados de tan "modestas" diversiones, los
plutócratas discurrieron otros pasatiempos más fastuosos: sentaban a comer en
sus banquetes, entre los invitados, a chimpancés, en las piscinas cubiertas
accionaban los nadadores, cubiertos de escamas de oro, y las
canzonetistas emergían directamente de
los gigantescos
pasteles".212 Esto sucedía allá por
los años noventa del siglo XIX.
"Los sobrantes incomparablemente
más prodigiosos de nuestros días hacen renacer y
muchas veces dejan pálidas a las más fantásticas formas trabajosamente
caviladas en otros tiempos de disipar las riquezas del pueblo".213
Las costumbres de la burguesía de nuestros días
recuerdan las de los esclavistas de la Roma antigua en la época de la
decadencia o las de la aristocracia feudal
en descomposición. Pero
la burguesía ha
212 F. Landberg, Sesenta familias de Norteamérica,
cit. de la ed. rusa, 1948, pág. 476.
213 F. Landberg, Sesenta familias de Norteamérica,
cit. de la ed. rusa, 1948, pág. 477.
superado a los predecesores de su clase por sus
crímenes contra la humanidad, por sus atrocidades, por sus despilfarros, por su
amoralidad. Los sociólogos, filósofos, escritores e ideólogos y los líderes
políticos de la burguesía tratan incluso de fundamentar
"teóricamente" su cinismo y su amoralismo, su
ferocidad y su
odio a todo
lo humano. El portavoz del amoralismo de la burguesía en el siglo XIX
fué Federico Nietzsche. El fascismo alemán
hizo suya esta
filosofía y proclamó
a Nietzsche su padre espiritual.
El fascismo alemán, japonés y español y el
imperialismo norteamericano son
el exponente de todo lo que hay de más abyecto y bestial
en la burguesía imperialista. "He venido -dijo Hitler- a liberar al
hombre... de esa quimera humillante que se llama la
conciencia... Tengo la
ventaja de no sentirme atado por ninguna clase de
consideraciones de orden teórico o moral". Hitler preconizaba a la
juventud alemana, como ideal, el arquetipo del "superhombre", con
rasgos de la bestia de presa. Y en este espíritu bestial se educó al pueblo de
Alemania antes de la segunda guerra mundial. La fisonomía del hombre hitleriano
es la del hombre sin conciencia y sin honor, degradado hasta el nivel de las
fieras. Las atrocidades cometidas por el ejército de Hitler en les países
ocupados, y principalmente en el territorio de la U.R.S.S., hicieron palidecer
todas las bestialidades de los hunos,
de los vándalos,
de las hordas
de Gengis Kan y de Tamerlán juntas. Los imperialistas alemanes,
japoneses, norteamericanos y sus congéneres asociaron la crueldad bárbara a
todas las conquistas de la técnica moderna de la destrucción, en el genocidio,
las cámaras de gases letales, los horrores
de los campos
de concentración dé Maidanek y Ausschwitz, la guerra química y
bacteriológica, etc.
Después de aplastados la Alemania hitleriana y el
Japón imperialista, el papel de inspirador de toda
la reacción internacional y de organizador de una nueva guerra mundial ha
pasado a manos del imperialismo norteamericano.
Poco
tiempo después de
la segunda guerra mundial, la burguesía de los Estados
Unidos ha dado
tales
pasos hacia el
fascismo, ha acumulado
una
experiencia tan copiosa en la lucha bandidesca
contra los negros y contra los patriotas de Grecia, Corea y
las Filipinas, que nada tiene ya que envidiar a los
hitlerianos en punto a bestialidad y amoralismo. Los
mismos hitlerianos habían tomado como modelo, en su día,
no sólo las
crueldades de la
Inquisición católica medieval, sino también las de los linchamientos
norteamericanos y el bandolerismo del Ku-Klux-Klan.
La cínica, descarada e impune predicación de una
tercera guerra mundial
en los países
del
imperialismo, la preparación y la propaganda
desembozadas de una agresión imperialista contra la
U.R.S.S. y los países de democracia popular, es el
exponente del extremo reaccionarismo y de la desenfrenada degradación moral de
la burguesía contemporánea.
La
fisonomía moral de
la burguesía norteamericana
actual la expresan bien las palabras pronunciadas por el Dr. Nenson, rector de
la Universidad de Tampa (Estado de Florida): "A mí me parece
que debemos llevar
a cabo una preparación total, basada en la ley de la
jungla. Que cada cual se instruya en el arte de matar. Yo no creo que la guerra
deba limitarse a los ejércitos y a las fuerzas armadas de mar y aire, ni que
deban existir ninguna clase de
restricciones en cuanto
a los métodos o a las armas de
destrucción. Yo no sancionaría la guerra bacteriológica, el empleo de gases, la
bomba atómica y de hidrógeno y el cohete intercontinental. No sería partidario
de pedir un trato de excepción para los hospitales, las iglesias, las
instituciones científicas ni para ningún grupo especial de la población...
Sería hipócrita tratar de mostrar clemencia hacia ningún grupo, cualquiera que
él fuese".214
Y no se trata, ni mucho menos, de un caso único.
Manifestaciones de éstas
las encontramos a cada
paso en la prensa burguesa de los Estados Unidos.
Estas prédicas de los caníbales norteamericanos
superan por su
cinismo y su
odio contra la humanidad hasta las mismas bestiales
declaraciones de los caníbales hitlerianos.
Los bárbaros bombardeos con que los bandoleros
norteamericanos arrasaban las
ciudades y aldeas
pacíficas coreanas y el exterminio de la población
pacífica de Corea, no eran otra cosa que la
aplicación en la práctica de esta canibalesca ideología de la burguesía de los
Estados Unidos.
La degradación moral de la burguesía de nuestro
tiempo se refleja en la literatura y en el arte. Autores
decadentes como Henri Miller y Faulkner exaltan el
crimen como expresión
del "libre arbitrio". Los héroes de la literatura burguesa
norteamericana son
los gángsters, los bandoleros. El
"escritor" Miller define al hombre como un canalla y reputa un error
la
existencia del ser humano. Y, durante la guerra,
expresaba la esperanza de que en los siglos próximos se borrase
de la faz
de la tierra
toda civilización
humana.
La filosofía reaccionaria
del existencialismo, tan extendida
en los países
capitalistas, predica el odio a todo lo colectivo y
declara "carentes de significación" cualesquiera normas de moral. Y
el oscurantista Bertrand Russell,
el filósofo inglés tan venerado, predica también
abiertamente el amoralismo,
la justificación del
crimen, la guerra atómica, el neomaltusianismo y el
racismo, estas canibalescas teorías de la burguesía imperialista.
El
amoralismo, el individualismo y el egoísmo
desenfrenados, el odio a la humanidad son el
exponente de la podredumbre y la descomposición moral de la burguesía, el
exponente de la bancarrota de todo el sistema capitalista. Pero, a la par con
ello, no se puede perder de vista que la predicación de este individualismo,
este egoísmo y este amoralismo desaforados tiene, además, para la burguesía,
otra significación al servicio de sus fines. La burguesía y sus representantes
ideológicos tratan de envilecer la conciencia de las capas medias y de lanzarla
contra la clase obrera socialista. La burguesía se esfuerza por formar bandas
de matones carentes de conciencia y de honor, dispuestas por dinero a todo, a
perpetrar toda clase de
crímenes. La predicación
del amoralismo es uno de los medios de preparación ideológica de la burguesía
imperialista para la tercera guerra mundial.
La burguesía y sus ideólogos, en todos los países,
han acusado y
acusan hipócritamente a
los
proletarios y a los comunistas de
"inmorales", por el hecho de que el proletariado niega la moral
burguesa.
No les cabe en la cabeza que, fuera de su moral
egoísta y mentirosa, sea posible otra moral, más alta y más avanzada.
La moral burguesa predica como su fundamental virtud
el respeto de la propiedad privada, del Estado
burgués y de la legalidad burguesa. El proletariado,
en cambio, las rechaza y lucha contra ellas, pues representa por su propia
naturaleza la negación de la
propiedad privada sobre los medios de producción, la
fuerza enemiga del
capitalismo, del Estado
y del
derecho burgués.
La moral burguesa exige del proletariado la
humildad, la resignación, la
sumisión y la
mansedumbre, predicando estas cualidades como las
más altas virtudes, mientras que el proletariado las
considera como rasgos característicos del esclavo. La
situación del proletariado en la sociedad burguesa,
su
misión histórica, exigen de él otras cualidades: la
intrepidez revolucionaria, la combatividad, la hombría, el odio a los
opresores.
La burguesía predica farisaicamente el amor y la
fraternidad entre los hombres y declara que la lucha
de clases es contraria a la moral y a la ley y que
sólo sirve para reforzar todavía más la explotación. La clase obrera, por el
contrario, ve en la intrépida y
revolucionaria lucha de clases el único medio de
acabar con la
esclavitud asalariada. Criticando
la
moral burguesa, escribía Lenin:
"Nosotros decimos: es moral lo que sirve para
destruir la vieja sociedad basada en la explotación y
para unir a todos los trabajadores en torno al
proletariado, llamado a crear la nueva sociedad de los
comunistas.
La moral comunista es la que sirve a esta lucha, la
que une a los trabajadores en contra de toda explotación".215
214 Cit. de una información de Pravda, 6 agosto
1950.
215 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI,
pág. 268.
La situación del proletariado como clase y su misión
histórica de enterrador del capitalismo y de creador de la sociedad comunista
exigen de los obreros la solidaridad
de clase, la
unidad y la cohesión en la lucha revolucionaria, la
camaradería, la disciplina y la firmeza, la valentía y la abnegación heroica en
el cumplimiento del deber de clase, la entrega sin reservas a la causa del
comunismo. Sin estas cualidades, el proletariado veríase condenado a una
tenebrosa esclavitud. Estas cualidades, forjadas por el proletariado en el
trabajo y en la lucha, son al mismo tiempo las normas de su moral y sus
virtudes.
La moral comunista, proletaria, es una moral
incomparablemente más alta
que la moral
de
mercaderes, la farisaica y egoísta moral burguesa.
La opinión pública proletaria estigmatiza a los traidores
a la clase obrera, a los rompehuelgas y
escisionistas, a los conciliadores con la burguesía, a los reformistas y demás
lacayos de la clase burguesa. El proletariado
honra a los héroes de la lucha revolucionaria, a los
defensores de los intereses de los trabajadores, a los
dirigentes y combatientes de vanguardia de la lucha
liberadora de clases. Sus jefes y dirigentes son modelos de elevación moral, de
entrega abnegada a
los intereses de los trabajadores, de intransigencia
en la lucha contra los enemigos de la clase obrera. La fe
ilimitada en las inagotables fuerzas creadoras del
pueblo, el amor y la entrega
total al pueblo, a la causa de la
liberación de los trabajadores, la claridad
y la firmeza políticas, el odio a los enemigos del
pueblo, la impavidez y la valentía en la lucha por el
comunismo, la modestia, la sencillez, la
sensibilidad y el tacto en sus relaciones con las gentes, el odio al
burocratismo,
a los empleadillos
deshumanizados, que hunden la cabeza entre los papeles sin ver detrás de
ellos a los hombres vivos y a la realidad: he ahí
unos cuantos rasgos distintivos de la fisonomía
moral de los dirigentes comunistas, de los dirigentes de la
clase obrera. La divisa de su vida es la lucha por
la causa de la clase obrera, por el comunismo. Y en estas virtudes,
que trazan la
fisonomía de los
dirigentes de la clase obrera y del Partido
Comunista, se reflejan los mejores rasgos característicos de la
propia clase obrera.
Las altas cualidades morales forjadas por la clase
obrera en el período de su lucha revolucionaria por el
Poder, se convierten ahora, bajo las condiciones de
la sociedad soviética socialista,
en cualidades del
hombre soviético en general. Pero de suyo se
comprende que esto no puede lograrse de repente, sino en el curso de la lucha
por el socialismo, en el
curso de la lucha contra la vieja moral burguesa y
pequeñoburguesa, en el proceso de la larga y tenaz
labor
educativa desarrollada por
el Partido
Comunista.
La moral proletaria, soviética, socialista,
comunista, son conceptos esencialmente idénticos. El
concepto de la moral
comunista es el que expresa
con mayor exactitud y plenitud el contenido social
de la moral soviética. Abarca todas las cualidades, normas y principios morales
forjadas por la clase obrera y por su Partido Comunista en el curso de la lucha
revolucionaria y de la construcción del socialismo y el comunismo. La moral
comunista refleja las relaciones sociales de producción que han ido plasmándose
en la sociedad socialista, y expresa, al mismo tiempo, nuestra meta, nuestro
futuro: el triunfo del comunismo en el mundo entero. Lenin decía en 1920,
definiendo el contenido fundamental de la moral comunista:
"La moral sirve para que la sociedad humana se
eleve a un nivel
más alto, liberándose
del trabajo
basado en la explotación... La base de la moral
comunista es la
lucha por el
fortalecimiento y la
coronación del comunismo. En eso reside también la
base de la educación, la formación y la enseñanza comunistas".216
La sociedad capitalista mutila y deforma, física y
moralmente, al hombre. La lucha revolucionaria por
el socialismo crea las condiciones necesarias para
ennoblecerlo. Sobre la base propicia de las relaciones socialistas de
producción, de la fraternal cooperación
y la ayuda mutua entre hombres libres de toda
explotación, florecen las mejores capacidades y dotes
humanas.
En el socialismo, el trabajo es obligación sagrada
de todo ciudadano. En esta sociedad, no hay margen
para la holgazanería y el parasitismo de la sociedad
burguesa. El que no trabaja, no come.
¿Qué quiere
decir esto? ¿Contra quién van dirigidas las palabras
de Lenin? Contra los explotadores, contra todos los
que no trabajan personalmente, sino que obligan a
trabajar a otros
para enriquecerse a
costa suya. Contra los
que viven en
la ociosidad y
quieren
medrar a costa de los otros. El socialismo no
necesita ociosos; lo que necesita es que "todos los hombres
trabajen
honradamente, no para otros,
no para los ricos ni
los explotadores, sino
para ellos mismos, para la sociedad".217
Los rasgos fundamentales de la moral socialista
aparecen encarnados en
la fisonomía moral
del
pueblo soviético: de los obreros, los koljosianos,
los intelectuales, en sus actos y sus hazañas de tiempo de paz y
de guerra, en
su actitud comunista
ante el
trabajo, ante la sociedad, ante el Estado
socialista, ante la familia. El patriotismo soviético, la devoción
por la patria socialista, por el pueblo, por el
Partido Comunista, la bravura y el heroísmo en el trabajo y en la
lucha, la ayuda
mutua, el espíritu
de
camaradería y de fraternidad internacional, la
elevación ideológica y la firmeza en los principios
comunistas: todas estas virtudes son cualidades
características del hombre soviético de vanguardia,
216 V. I.
Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXI, págs. 269,
270.
217 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 501.
consagrado a la obra intrépida de transformar el
mundo, de crear la sociedad socialista.
Uno de los
rasgos más importantes
en la fisonomía moral del hombre soviético es el
internacionalismo,
el amor y
la fraternidad hacia todos
los pueblos, naciones
y razas. Rasgo
de la
moral
comunista que emana
del carácter internacional de la clase
obrera y de la propia naturaleza de la sociedad socialista soviética. En la
U.R.S.S., todas las naciones y los hombres de todas
las razas son iguales en derechos. Todos ellos viven
en un régimen
de estrecha amistad
y tienen aseguradas las mismas
posibilidades de desarrollo.
Las clases dominantes han aspirado siempre, en
todas las sociedades basadas en la explotación, a
reforzar las normas jurídicas con las normas morales. Así, en la sociedad
capitalista, las infracciones al derecho
de propiedad privada
no sólo están castigadas por la ley, sino que se
hallan sancionadas, además, por el código de la moral burguesa. Pero entre la
moral de las clases oprimidas y el derecho que expresa la voluntad de las
clases explotadoras media una discrepancia, un antagonismo.
En la sociedad socialista, las normas jurídicas son,
al mismo tiempo, la expresión de la conciencia moral
de la sociedad. Los principios del derecho soviético
coinciden con los principios de la moral comunista.
Así, por ejemplo, la propiedad socialista, como base sagrada e inviolable de la
sociedad soviética, no sólo se halla sancionada por las leyes soviéticas, sino
también por la
moral soviética, comunista.
El derecho soviético consagra el principio socialista de
distribución: "de cada
cual según su
capacidad, a cada cual con
arreglo a su trabajo". Define los derechos y deberes de los ciudadanos de
la U.R.S.S. y proclama el trabajo como deber y causa de honor de todo ciudadano
apto para trabajar, lo que coincide enteramente
con los principios
de la moral comunista.
La
Constitución de la
U.R.S.S. proclama la defensa de la patria socialista como un
deber sagrado
de todo ciudadano soviético, y la moral comunista se
identifica totalmente con
este precepto. Los
tribunales soviéticos castigan la traición a la
patria socialista como el más grave de los crímenes, y la moral comunista
confirma esta sanción del derecho,
al reputar también el delito de alta traición contra
la patria socialista como el crimen más despreciable de
todos. La Constitución Soviética es, a la par que la
suprema ley jurídica, el más alto código de moral socialista. Las
reglas de la
convivencia social
socialista establecidas por las leyes soviéticas
coinciden con las
normas morales del
hombre
soviético. Todo lo cual no quiere decir,
naturalmente, que no existan también en la sociedad socialista ciertas
diferencias entre la moral y el derecho.
Los
filósofos y sociólogos
burgueses que se ocupan
de problemas éticos
tropiezan con las
mayores dificultades para resolver el problema de
las relaciones mutuas entre la política y la moral, por la sencilla razón de
que la amoralidad de la política seguida por los Estados burgueses es algo que
salta a la vista. "La política es la política", declaran cínicamente
los estadistas burgueses, queriendo dar a entender con ello que en política
"todo es lícito". Y muchos
sociólogos burgueses declaran
sin andarse con rodeos que moral y política son incompatibles entre sí.
La política del Estado soviético no se contradice ni
puede contradecirse con las normas de la moral,
sino que entre una y otra media, por el contrario,
una
unidad, una armonía esencial. El principio supremo
de la política soviética -el bien del pueblo- es, al
mismo
tiempo, el supremo
principio de la
moral
comunista.
Si la moral cambia históricamente en consonancia con
los cambios operados en las condiciones de vida
material de la sociedad y cada clase social posee su
moral de
clase, ¿cabría preguntarse
si existe un
criterio de verdad de la moral? Sí, cabe preguntarse
esto y es obligado, además, hacerlo.
El marxismo desenmascara los intentos de hacer
pasar la moral dominante en la sociedad burguesa por
una moral al margen de las clases, por una moral universal humana, y pone de
manifiesto su carácter burgués, propio de una sociedad basada en la
explotación. Pero, al mismo tiempo, el marxismo combate y rechaza las prédicas
burguesas del amoralismo y del relativismo moral, la negación de las normas
morales y la arbitrariedad subjetiva. El marxismo enseña que el factor de
progreso moral en la historia son las masas populares, las clases sociales
avanzadas.
La moral comunista es la moral verdadera de la
humanidad avanzada. Es
ésta la moral
más
progresiva y, por tanto, la más humana, puesto que
expresa del modo más completo y más exacto la verdad
histórica, los intereses de la clase más avanzada de nuestro tiempo, de la
clase obrera, y de todos los trabajadores. Y, en la sociedad socialista, esta
moral corresponde a los intereses de todo el pueblo. La moral comunista expresa
los intereses cardinales del desarrollo progresivo de la sociedad y coincide
plenamente con el curso objetivo y la orientación de todo el desarrollo
histórico de la humanidad hacia el comunismo, contribuyendo a acelerar este proceso.
Uno de los gloriosos y heroicos combatientes por la
felicidad del pueblo, por el comunismo, el escritor
checo Julius Fuchik, en su obra ¿Por qué amamos a
nuestro pueblo?, escribía:
"Los comunistas amamos la vida. Por eso,
deseando allanar el camino hacia una vida realmente libre, plena y radiante, no
vacilamos en sacrificamos,
pues la vida de rodillas, la vida encadenada,
esclavizada, humillada, no es verdadera
vida, sino
una existencia vegetativa, indigna del hombre. Los
comunistas amamos al
hombre; por eso no
titubeamos en obrar en contra de nuestros propios y mezquinos intereses
personales, para que el hombre libre, sano y radiante pueda obtener, al fin, un
puesto digno de él bajo el sol. Los comunistas amamos la libertad. Por eso no
vacilamos ni por un momento en sometemos a la disciplina más severa de nuestro
partido, a la alta disciplina del ejército del camarada Lenin, con el fin de
alcanzar la libertad para la humanidad entera. Los comunistas amamos el trabajo
creador, el futuro creador de la humanidad; por eso no titubeamos en destruir
aquello -pero solamente aquello- que se alza como un obstáculo en el camino de
los grandes energías creadoras del hombre. Los comunistas amamos la paz; por
eso luchamos. Luchamos contra todas las causas que engendran la guerra,
luchamos por una organización del mundo en que no pueda haber criminales
capaces de lanzar a millones de seres
a la muerte.
Los comunistas amamos a
nuestro pueblo. Sabemos
que la humanidad no podrá ser
libre mientras haya un solo pueblo sometido al yugo de otro. Y no escatimamos
ni nuestras fuerzas ni nuestra propia vida en la lucha por la total liberación
de nuestro pueblo, para que éste, como igual entre iguales, viva libre entre
los pueblos libres del mundo."
En estas palabras
se expresan con
una gran belleza los
principios fundamentales de
la moral
comunista y la función que esta moral desempeña en
la lucha de la clase obrera por la paz, por la libertad,
por el comunismo, contra la burguesía y el
capitalismo.
Expresión de la
moral de los comunistas es la ética del Partido Comunista. Los
miembros de este Partido, como representantes que
son del
destacamento
de vanguardia de
los trabajadores, están obligados
a dar ejemplo en la observancia de
las normas de la moral comunista, a ser el espejo en
que se miren los trabajadores sin partido, en la lucha por el comunismo. Los
comunistas, en los años de la
lucha contra el zarismo y el capitalismo y en el
período de construcción del comunismo, han dado y
dan, en la práctica, con su conducta, ejemplo de
heroísmo, de firmeza moral, de abnegación y valentía en la lucha por la
liberación de los trabajadores, por
la causa del comunismo. La moral comunista tiene una
grandiosa importancia activa en la lucha de la
clase obrera contra el capitalismo; constituye una
fuerza muy poderosa
en la construcción
de la sociedad comunista. Une,
cohesiona a los hombres
soviéticos, les inculca el amor por el trabajo, les
inspira verdaderas hazañas
en aras del
bien de la
sociedad,
les infunde el
alto concepto del
deber social.
La moral comunista
se basa en
la concepción
con el desarrollo de la sociedad socialista. A la
moral comunista está reservado
el futuro en
el mundo entero. Esta moral anima
a millones de seres en la lucha por la paz, por la fraternidad entre los
pueblos, por la auténtica democracia socialista; por el comunismo.
c) La religión.
La religión es una forma ideológica que proyecta
en la conciencia
de los hombres
una imagen fantástica, ilusoria
y falsa de
la realidad. "...La religión -escribe Engels- no es
más que el reflejo fantástico que proyectan
en las cabezas
de los hombres esos poderes
materiales que gobiernan su vida diaria, un reflejo en que los poderes
terrenales revisten la forma de poderes supraterrenales. En los comienzos de la
historia, empiezan siendo las potencias de la naturaleza, las que así se
reflejan en la cabeza del hombre, revistiendo, conforme van desarrollándose los
diferentes pueblos, las más diversas y abigarradas personificaciones... Pero
pronto, al lado de las potencias naturales, entran también en acción los
poderes sociales, toda
una serie de poderes que empiezan enfrentándose a los hombres con el
mismo carácter extraño y misterioso y gobernándolos con el mismo aparente
imperio de la naturaleza que las potencias naturales".218
La religión es la creencia de que existen entes
sobrenaturales, fantásticos, es decir, irreales (dioses,
ángeles, demonios, etc.), forjados por la
imaginación del hombre, que se siente impotente ante las fuerzas
elementales de la naturaleza o ante el yugo social
que lo avasalla. Parte
integrante de toda
religión es
también el culto religioso, en que se manifiesta,
bajo la forma de una serie de ritos, la adoración de estas fuerzas
sobrenaturales.
Las creencias religiosas
y las instituciones correspondientes a
ellas -el clero,
las órdenes y
comunidades religiosas, las escuelas confesionales-
constituyen fenómenos sociales de carácter supraestructural, forman
parte integrante de
la
supraestructura erigida sobre la base económica de
toda sociedad de
explotación, y también
de la
sociedad primitiva, al llegar a cierta fase de su
desarrollo. La base económica socialista es la única que no engendra ni nutre
una ideología religiosa. Las
creencias e instituciones religiosas existentes en
la sociedad socialista no
representan, por tanto,
una
supraestructura erigida sobre la base socialista de
la sociedad, sino simplemente supervivencias de la sociedad anterior, vestigios de
la vieja
supraestructura capitalista, destruida conjuntamente
con la base capitalista en el curso de la revolución
socialista.
La
religión cumple una
función reaccionaria. Surge ya
en la sociedad
primitiva, pero sus
ideas
científica del mundo, en los principios del
marxismo-
leninismo. Se enriquece y desarrolla conjuntamente
218 F.
Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., págs. 346-
347.
siguen
pesando todavía sobre
la conciencia de cientos
de millones de
gentes en los
países capitalistas y en otros todavía más atrasados, con el imperio de
las relaciones precapitalistas. La vitalidad de la religión se explica, ante
todo, por la opresión social que gravita sobre las masas populares, por el
hecho de que la religión es estimulada, alentada y utilizada de todos los modos
posibles por las clases explotadoras como arma de esclavización espiritual de los
trabajadores, como uno de los medios para fortalecer la dominación política
sobre las masas del pueblo. He aquí lo que escribía Lenin, explicando la
función social de la religión:
"La religión es el opio del pueblo: esta
sentencia de Marx constituye
la piedra angular
de toda la
concepción
marxista acerca de
la religión. El
marxismo
ha considerado siempre
todas las religiones, todo el
clero, todas y cada una de las organizaciones religiosas, como órganos de la
reacción burguesa puestos al servicio de la defensa de la explotación y del
embrutecimiento de la clase obrera".219
Las raíces históricas de la religión se pierden en
el más remoto pasado. La religión brotó de las más oscuras e ignorantes
representaciones del hombre primitivo acerca de la naturaleza que le rodeaba y
de la suya propia. Las condiciones de vida material de la sociedad primitiva
que engendraron la religión correspondían a un nivel extraordinariamente bajo
de desarrollo de la producción, en el que las fuerzas exteriores de la
naturaleza dominaban al hombre. El trueno y el rayo, las tormentas y las
inundaciones, el frío y la
canícula abrasadora, la
sequía y los incendios de los bosques, las
enfermedades y la muerte: todas las fuerzas elementales pavorosas eran, para el
hombre primitivo, fuerzas incomprensibles, secretas y misteriosas. Aquellos
hombres sentíanse casi impotentes ante las fuerzas arrolladoras de la
naturaleza. Incapaces de someter estas fuerzas a su poder y juzgando por
analogía consigo mismos, les atribuían una conciencia y, más tarde, comenzaron
a atribuirles virtudes sobrenaturales, a deificadas. Trataban de congraciarse
con ellas, de apaciguadas, por medio de brujerías y exorcismos, de súplicas e
imploraciones, inmolándoles víctimas. Y así, la impotencia ante
las fuerzas de
la naturaleza y el
temor a ellas engendró la creencia en las fuerzas sobrenaturales, en los
espíritus, en los dioses, la adoración y el culto a las potencias divinas.
Muchos sabios burgueses, filósofos y teólogos,
consideran la religión
como un fenómeno
eterno,
inherente a la naturaleza humana, propio de todos
los hombres y de todos los tiempos. Pero lo cierto es que
la religión no ha existido siempre. La historia de
la cultura demuestra que en la fase más temprana de la sociedad primitiva
no existían ninguna
clase de
religión ni de representaciones religiosas. La
religión
surge al llegar a una determinada fase de desarrollo
de la sociedad primitiva.
Muchos
pensadores ateos y
filósofos materialistas, en los siglos anteriores (por ejemplo,
Holbach,
Helvecio, Diderot, Feuerbach
y otros)
atribuían los orígenes de la religión simplemente a
la ignorancia, a la inexperiencia, a la incapacidad del
hombre para explicar los fenómenos de la naturaleza.
Pero no es posible explicar las creencias
religiosas, basadas en la
supuesta existencia de
fuerzas
sobrenaturales, simplemente por la ignorancia de los
hombres. Es necesario descubrir los fundamentos
objetivos, materiales, económicos, de estas creencias. No debemos considerar al
hombre primitivo como un filósofo dedicado a cavilar sobre la existencia de
"entes misteriosos" o sobre su propia naturaleza.
Los pensadores de la Ilustración burguesa
denunciaron el engaño como la causa o la fuente de las creencias religiosas.
También esto era una explicación idealista, no científica, de los orígenes de
la religión. No cabe duda de que el engaño ha desempeñado y desempeña un papel
muy importante en la historia de la religión, sobre todo bajo las condiciones
del capitalismo. Pero, por sí solo, el engaño no puede explicar ni el origen de
la religión ni su larga
persistencia. La religión
no es simplemente un engaño, sino
una ofuscación del hombre. Aquella falsa, ilusoria y fantástica visión del
mundo del hombre primitivo brotaba de un modo espontáneo, elemental, engendrada
por su impotencia ante las fuerzas de la naturaleza, por el temor a ellas y, en
última instancia, por el bajo nivel de las fuerzas productivas, por la
limitación de horizontes de sus relaciones sociales.
Al aparecer la explotación del hombre por el hombre,
a las fuerzas de la naturaleza que sojuzgaban
a los hombres vinieron a unirse, además, las fuerzas
sociales, que imponían a
los trabajadores
sufrimientos
y penalidades tan
grandes y aun mayores que las propias fuerzas
naturales. "La impotencia de las clases explotadas en la lucha contra
los explotadores engendra la fe en una vida mejor
más allá de la tumba tan inevitablemente como la
impotencia del salvaje en la lucha con la naturaleza
engendra la creencia en los dioses, en los demonios, en los milagros,
etc.".220
Ya algunos destacados materialistas anteriores a
Marx y Engels concibieron la idea de que no es dios
quien crea al
hombre, sino, por
el contrario, el
hombre quien crea a dios. Pero, aun expresando esta
idea acertada, los viejos materialistas no acertaban
a explicar por qué los hombres desdoblaban el mundo,
por qué
a la par
del mundo natural,
material, del
mundo de la naturaleza, creaban en su imaginación,
fantásticamente, el mundo ilusorio de los seres sobrenaturales. "Feuerbach -escribe
Marx- arranca del hecho
de la autoenajenación religiosa,
del
219 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XV,
págs. 371-372.
220 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X,
pág. 65.
desdoblamiento del mundo en un mundo religioso,
imaginario, y otro real. Su cometido consiste en disolver el mundo religioso,
reduciéndolo a su base terrenal. No ve que, después de realizada esta labor,
falta por hacer lo principal. En efecto, el hecho de que la
base terrenal se
separe de sí
misma y se plasme en las nubes como reino independiente
sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de esta
base terrenal consigo misma. Por
tanto, lo primero
que hay que hacer
es comprender ésta en su contradicción y luego revolucionaria
prácticamente, eliminando la contradicción.
Por consiguiente, después
de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada
familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente
aquélla".221
No es la vida social el reflejo de las creencias
religiosas, de las representaciones religiosas, como afirman los idealistas y
los teólogos, sino que, por el contrario, las creencias y representaciones
religiosas son el reflejo de las correspondientes condiciones de la vida
material de la sociedad, pero un reflejo que se proyecta bajo una forma
ilusoria, fantástica, deformada. Al crear sus dioses imaginarios, los hombres
les atribuyen cualidades humanas. Los dioses, según la fe religiosa, llevan el
mismo tipo de vida que los hombres: actúan, comen y beben, se pelean unos con
otros, son astutos y pérfidos, aman y odian y hasta, en ocasiones, seducen a
las esposas de los hombres. Así lo atestiguan, no sólo las religiones de los
antiguos egipcios, babilonios y griegos, sino incluso la Biblia y el Evangelio
de los cristianos. Los cafres del Sur de África, cuando inmolan víctimas a las
almas de sus antepasados muertos, imploran de ellas salud, abundancia de bienes
y multiplicación de los rebaños de búfalos.
Con la aparición de la sociedad de clases y del
Estado cambian también las ideas religiosas de los hombres. Al surgir los
poderosos magnates de los Estados, los hombres comienzan a representarse
también los dioses como seres todopoderosos que se hallan muy por encima de los
mortales.
Que el desarrollo
de las creencias
religiosas refleja el desarrollo económico-social lo demuestra
claramente el hecho ilustrativo de la transformación
de los dioses gentilicios en tribales, de los dioses
de las tribus en dioses nacionales y, por último, en las
deidades únicas y "omnipotentes" de las
religiones
monoteístas. Al principio, cada comunidad gentilicia
tenía sus propios dioses. Al agruparse estas comunidades en tribus y las tribus
en pueblos, se unificaron también los dioses, entre los que se establecieron
jerarquías que reflejaban las diferencias en cuanto a la importancia respectiva
de las tribus agrupadas. Así, al formarse la antigua monarquía babilónica, la
principal deidad de
la ciudad de
Babilonia, el dios Marduk, se convirtió en la deidad
central del reino
babilónico, pasando los
demás dioses a ocupar un lugar secundario.
A la aparición del reino terrenal correspondió la
aparición del reino
celestial. Dice Engels
que el
concepto del "dios único" que rige y
gobierna los
multiformes y variados fenómenos de la naturaleza
"no es sino el trasunto del déspota oriental único que, de un modo
aparente o real, une a las gentes que chocan entre sí por sus
intereses".222
Las religiones universales, es decir, las más
extendidas entre los pueblos, fueron la cristiana, la mahometana (el Islam) y
la budista. A la luz de la aparición y el desarrollo del cristianismo, podemos
ver cómo cambia la religión de acuerdo con los cambios operados en la base
económica y en el régimen social.
La religión cristiana surgió en el seno del imperio
esclavista romano. Al principio, no había existido en
su territorio una religión única. Los dioses de cada
pueblo "reinaban" solamente en el área de éste. Junto
al territorio de que se trataba
"reinaban", además, otros dioses. Todos estos dioses sólo vivieron en
la representación de las gentes mientras existieron los
pueblos que los crearon. La necesidad de
complementar el imperio romano "universal" con una
religión
también
"universal" se manifestó,
al principio, en el hecho de que la Roma esclavista intentase implantar
dentro de su imperio el culto a
todas las deidades de los pueblos sojuzgados,
cualesquiera que ellos
fuesen. Los gobernantes
de
Roma
entronizaron en el
panteón romano las imágenes de los dioses de los pueblos
sometidos y
trataron de crear una nueva religión universal por
medio de decretos imperiales. Pero las religiones no se crean
por decreto, sino
que surgen por
otros
caminos.
El
cristianismo surgió en
la época de la
decadencia de la Roma esclavista, cuando se habían
agudizado hasta el extremo las contradicciones entre
los esclavos y los esclavistas, los poseedores y los
desposeídos. Nació de la conjunción, de la fusión de
la teología oriental, principalmente la hebrea, y la
vulgarización de la filosofía griega, especialmente
la estoica. El cristianismo primitivo se manifestó como la religión de los
esclavos y los oprimidos, de los plebeyos desheredados; albergábanse también en
ella motivos revolucionarios, el odio de los esclavos y los plebeyos, de los
pobres hacia los ricos, hacia los esclavistas.
La imagen inicial
de Cristo se
dibujó como la de un mesías (salvador) que venía a redimir a los hombres
de un yugo, de un sufrimiento insoportable. El cristianismo utilizó, para crear
la imagen de Cristo, las ideas acerca del mesías difundidas en las diversas
religiones del Oriente, principalmente entre los judíos. Como toda religión,
221 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t. II, pág.
377.
222 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. XXI, pág.
45.
el cristianismo sólo prometía a los oprimidos un
consuelo ilusorio, para "la otra vida". Exhortaba a los esclavos a
mantener una actitud de ciega mansedumbre, a resignarse al régimen esclavista.
Por eso esta religión se extendió también entre los representantes de la clase
esclavista, quienes no tardaron en convertirla en arma ideológica contra los
oprimidos. La decadencia y la desintegración del podrido régimen de la
esclavitud desmoralizaba a la clase dominante. Los ricos y orgiásticos esclavistas,
hartos ya de festines y diversiones, de una vida de francachelas y libertinaje,
cayeron en un estado de abatimiento y misticismo. Veían en el inminente
hundimiento del imperio romano el fin del mundo. Las insurrecciones de los
esclavos y los plebeyos y la ofensiva de los bárbaros empujaron a la clase
dominante a la desesperación, fortalecieron las tendencias místicas, la idea
del "más allá", del "otro mundo". Y este estado de ánimo de
la clase esclavista agonizante reflejábase también en el cristianismo de los primeros
tiempos, principalmente a partir del momento en que se convirtió en religión
dominante.
Al extenderse considerablemente el cristianismo,
los emperadores romanos
lo convirtieron en la
religión del Estado esclavista. El hecho de que,
como unos trescientos cincuenta
años después de
su
aparición, el cristianismo se erigiera en la
religión oficial del Estado
romano, comprueba hasta
qué punto correspondía esta religión a los intereses de las
clases explotadoras dominantes.
Al convertirse de ideología de los esclavos y los
oprimidos en ideología
de los esclavistas
y los
opresores,
en arma ideológica
de las clases
explotadoras, el cristianismo sufrió grandes cambios
en su contenido. Las clases explotadoras, eliminando del cristianismo primitivo
los móviles de rebeldía, los motivos antiesclavistas, afirmaron en esta
religión los principios que más convenían a sus intereses: los principios de la
humildad, de la resignación, de la mansedumbre, de la sumisión a los poderosos.
En la época del feudalismo, el cristianismo siguió
evolucionando. El sistema jerárquico de las
relaciones de la sociedad feudal encontró su reflejo
en la religión cristiana, con su pléyade jerárquica
de santos, ángeles y arcángeles, encabezados por el rey de los cielos. La
religión cristiana sirvió de puntal espiritual al feudalismo, y la iglesia se
convirtió en uno de los más grandes señores feudales. Al clero católico
pertenecía, en la Europa occidental, cerca de la tercera parte de todas las
tierras. El clero ortodoxo, en Rusia, y el clero musulmán, el budista y otros,
en el Oriente, poseían
también inmensas riquezas: tierras, campesinos siervos,
esclavos, percibían y extraían, además, inmensas rentas de los fieles y
mantenían a éstos en el "temor de dios" para que no se rebelasen
contra las clases
explotadoras y su poder. En la Edad Media, la conciencia de
los trabajadores hallábase totalmente empañada, sumida
en la confusión, por la ideología religiosa. Hasta
la lucha de clases de los campesinos siervos y de la plebe urbana contra los
señores feudales revestía la forma de herejías y sectas religiosas, cuyos
secuaces luchaban contra el clero dominante, defensor del régimen feudal.
Las primeras revoluciones burguesas (la llamada
Reforma y la guerra campesina de Alemania, en el siglo XVI, la revolución de
los Países Bajos en el XVI y la de Inglaterra en el XVII) libráronse bajo la
bandera de la religión. Los ideólogos de la naciente burguesía, los campesinos
y las gentes humildes de las ciudades apelaban al cristianismo primitivo,
interpretaban a su modo los dogmas del cristianismo y se oponían a la
interpretación que les daba oficialmente el clero de la sociedad feudal.
La burguesía francesa, que llevó a cabo su
transformación revolucionaria contra
el feudalismo en condiciones
más avanzadas, se
alzó ya abiertamente bajo una bandera política, y no religiosa. Los ideólogos avanzados de la
burguesía francesa del siglo XVIII atacaban a la religión en general, y
a la católica
en particular. En
las asambleas nacionales francesas del período de la revolución
(1789-1794) congregábanse un número considerable de ideólogos libres de
supersticiones religiosas, de ateos.
Al llegar al Poder la burguesía, entró en su última
fase el cristianismo, en la Europa occidental. "Ya no
podía servir de ropaje ideológico para envolver las
aspiraciones de una clase progresiva cualquiera; se
fué convirtiendo, cada vez más, en patrimonio
privativo de las
clases dominantes, quienes
los
emplean como mero instrumento de gobierno para tener
a raya a las clases inferiores. Y cada una de las distintas clases
utiliza para este
fin su propia
y
congruente religión: los terratenientes
aristocráticos, el jesuitismo católico o la ortodoxia protestante; los
burgueses
liberales y radicales,
el racionalismo; siendo indiferente,
para estos efectos, que los señores crean o no, ellos mismos, en sus
respectivas religiones".223
Como la burguesía rusa no era revolucionaria, ella y
su ideología defendieron siempre la religión, en la que veían un freno seguro
para las clases oprimidas. El pavor que le infundió la revolución de 1905-1907
acentuó más aún su beatería. Sólo la superaban en cuanto a farisaica
religiosidad la burguesía inglesa y la norteamericana. La burguesía
reaccionaria de los Estados Unidos se ajusta celosamente a las prédicas
religiosas en aras de sus actividades lucrativas.
La religión es la forma ideológica más conservadora
y una de las más reaccionarias. Se transmite de generación en generación y
mantiene encadenada la conciencia de los trabajadores.
¿Cómo explicar la subsistencia de la religión y de
su imperio sobre las mentes de millones de hombres
223 C. Marx y F. Engels. Obras escogidas, t. II,
pág. 373.
de la sociedad capitalista en el siglo del vapor y
la electricidad, en el siglo de la química y la energía atómica, en el siglo
del automóvil y el aeroplano, en el siglo de la biología y la medicina
contemporánea? La vitalidad de la religión no puede explicarse solamente por su
carácter conservador y por el hecho de que pese extraordinariamente en ella la
tradición secular. Las causas de la existencia de la religión y de la
religiosidad de las masas, en la sociedad burguesa, radican, en primer lugar,
en el sistema del capitalismo, en la anarquía de la producción y en la acción
espontánea de sus leyes, en la supuesta impotencia del hombre ante las fuerzas
elementales de la economía capitalista. Esto, precisamente, es lo que explica
por qué las creencias religiosas tienen su fuente y punto de apoyo no sólo en
la conciencia de las masas trabajadoras oprimidas, sino también en la de las
clases explotadoras dominantes. En segundo lugar, dichas causas deben buscarse
en la opresión que gravita sobre las masas populares. Y, en tercer lugar, en el
hecho de que las clases explotadoras apoyan y propagan por todos los medios la
religión, porque les sirve como arma ideológica para mantener sojuzgados a los
trabajadores.
La opresión capitalista, las guerras engendradas por
el capitalismo, las crisis, el paro forzoso y la miseria imponen
a la humanidad
males y sufrimientos
incomparablemente mayores que todas las fuerzas elementales de la naturaleza
juntas. En su artículo titulado Sobre la actitud del Partido obrero ante
la religión, escribía
Lenin: "¿Por qué
se mantiene la religión en las capas atrasadas del proletariado urbano,
en las extensas capas del semi proletariado y entre las masas campesinas? Por
la ignorancia del pueblo,
contesta el progresista burgués, el radical o el
materialista burgués... Pero esta manera de ver es superficial, es un punto de
vista culto con todas las limitaciones de horizonte de la burguesía. Es una
concepción insuficientemente profunda, que no explica las raíces de la religión
de un modo materialista, sino idealista. En los países capitalistas
contemporáneos, estas raíces son, fundamentalmente, de orden social. En el
aplastamiento social de las masas trabajadoras, en la aparente impotencia total
de éstas ante las fuerzas ciegas del capitalismo, que se traducen todos los
días y a todas horas en sufrimientos mil veces más espantosos, más salvajes
para los hombres de las filas de la clase obrera que los desastres impuestos
desde fuera, las guerras, los terremotos, etc.: en eso reside la raíz actual
más profunda de la religión. "El miedo ha hecho nacer los dioses". El
miedo a las fuerzas ciegas del capital, que son ciegas porque no pueden ser
previstas por las masas del pueblo, que a cada paso de
la vida del
proletario y del
pequeño productor amenazan con arrastrarlo y lo arrastran
"súbita", "inesperada" y "fortuitamente" a la
ruina y a la miseria, convirtiéndolo en un guiñapo, en un ser
hundido en el pauperismo, en la prostitución, en la
muerte por hambre: tal es la verdadera raíz de la religión, en nuestro tiempo,
la que ante todo y por encima de todo debe tener presente el materialista, si
quiere ser algo más que un materialista de la clase preparatoria".224
La religión, en los países capitalistas, es un
instrumento de opresión social y el clero forma parte del aparato que sirve
para mantener sojuzgadas a las masas trabajador. Por ejemplo, la iglesia
protestante y el clero católico, encabezado por el papa de Roma, apoyan en
todas partes los regímenes reaccionarios.
El centro de la iglesia católica, el Vaticano, es
una empresa capitalista de las más poderosas, propietaria
o socia de muchos importantísimos bancos,
establecimientos industriales y comerciales, hoteles y
hasta casas de juego y otras instituciones de lucro.
El Vaticano se halla interesado en el mantenimiento del capitalismo, en
el sostenimiento de
la reacción
imperialista. Por eso apoyó abiertamente a Mussolini
y a Hitler y su bandidesca guerra imperialista, sin
protestar ni una sola vez contra sus monstruosos
crímenes y bestialidades. Después de la segunda guerra mundial, el Vaticano
aconsejó la conveniencia
de mantener una actitud misericordiosa hacia los
criminales fascistas de guerra e hizo todo lo posible
por defenderlos y justificarlos.
En
muchos países del
capitalismo están en el
Poder partidos católicos o cercanos al clero
católico, como ocurre en Italia, en Francia, en la Alemania
occidental, en España y en Portugal. Y estos
partidos
católicos se manifiestan como sangrientos verdugos,
estranguladores de la libertad y la democracia.
El Vaticano se ha manchado con la complicidad en las
espantosas atrocidades de la burguesía imperialista contra
el pueblo. El
clero católico,
encabezado por el papa, al igual que la iglesia
protestante, se han
puesto hoy al
servicio de la
principal fuerza reaccionaria imperialista de
nuestros días, el imperialismo norteamericano. El Vaticano, que tiene a su
disposición un gigantesco y ramificado
aparato, ejerce las funciones relacionadas con la
esclavización espiritual de
los trabajadores y,
además, funciones de espionaje. Así lo atestiguan
los procesos de los arzobispos Mindtzenti y Gres en Hungría y los seguidos en
Checoslovaquia, Polonia,
Bulgaria y China contra los curas católicos
dedicados a actividades de espionaje y diversionismo. El papa
Pío XII no tiene empacho en predicar las actividades
de zapa en contra del pueblo, en los países de democracia popular,
apoyando a los
instigadores
norteamericanos de la guerra y la formación de
bloques guerreros imperialistas contra la U.R.S.S. y
las democracias populares, a la par que bendice a
los verdugos fascistas y pronuncia anatemas y maldiciones contra cientos de
millones de ciudadanos
que en todo el mundo hacen causa común con los
224 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XV,
págs. 374-375.
comunistas y luchan por la paz.
El clero católico se desenmascara cada vez más
ante el
mundo entero como
un instrumento de la
reacción imperialista.
También las demás religiones, especialmente el
Islam y
el budismo, cumplen
una misión reaccionaria. Todas
las religiones predican
a sus fieles la mansedumbre y la
resignación, la sumisión incondicional a los explotadores. Desvían a los
trabajadores de la lucha revolucionaria por el mejoramiento efectivo de sus
condiciones de vida, y oscurecen su conciencia con mentiras y absurdos acerca
de la "vida ultraterrenal" y el "reino de los cielos".
Pero, por muy grande que sea la influencia de la
religión en la
mente de millones
de seres, en los
países capitalistas, el desarrollo económico y las contradicciones de
clase son más
fuertes que el engaño
religioso y toda
otra clase de embrutecimiento ideológico. Las
contradicciones de clase empujan a las masas oprimidas a la lucha de clases, y
la lucha no se compadece con el espíritu de resignación y de servilismo ante
los explotadores. El curso del desarrollo
histórico se encarga
de ir minando inconteniblemente
la fuerza de la reacción social, política y espiritual, incluyendo la
religiosa, y conduce al triunfo de las fuerzas progresivas, de las fuerzas del
comunismo, que luchan bajo la bandera de la concepción científica, materialista
y atea del mundo. La clase obrera, en su lucha contra el capitalismo, a
diferencia de los esclavos y de los campesinos siervos de la época del
feudalismo, no se apoya en la religión, sino en la ciencia marxista.
La religión y la auténtica ciencia, la ciencia de
vanguardia, se excluyen mutuamente, pues toda religión es una doctrina
contrapuesta a la ciencia e incompatible con ella.
La ciencia es el conocimiento objetivo de la
naturaleza y de
la sociedad, de
las leyes de su
desarrollo;
y la verdad
de este conocimiento
la
comprueba
la práctica. La
ciencia pertrecha al hombre
con el conocimiento
real y, al
hacerlo,
acrecienta su poder sobre la naturaleza y sobre los
fenómenos sociales, extiende su horizonte visual y
realza su confianza en las propias fuerzas, en las fuerzas de la razón humana.
La religión da al hombre una visión fantástica y falsa del mundo, adormece su
razón, aplasta su capacidad creadora, debilita la voluntad del hombre en la
lucha contra las fuerzas de la
naturaleza, la voluntad
de los oprimidos
en la lucha contra los opresores.
La religión encadena al hombre. Es enemiga del pueblo, de los trabajadores. Es
un arma puesta en manos de la reacción.
La
ciencia va socavando,
paso a paso,
los cimientos de la
religión y del
idealismo. La enseñanza de
Copérnico asestó un rudo golpe a la concepción geocéntrica del universo,
consagrada por la religión. Las
leyes de Lomonósov
sobre la
conservación de la materia y las leyes de la
conservación de la energía minaron el terreno a la doctrina religiosa de la
creación del mundo. Con su teoría sobre el origen y la evolución de las
especies animales y vegetales y sobre el origen antropoide del hombre, Darwin
descargó un golpe
demoledor al mito religioso de la
creación divina del hombre. Con sus trabajos en el campo de la fisiología y la
psicología, los grandes científicos materialistas rusos Sechenov y Pavlov, como
Timiriazev y Michurin en el campo de la biología, infligieron nuevas derrotas a
la religión y a la concepción idealista del mundo. Los audaces experimentos e
investigaciones teóricas de la escuela michuriniana y sus experiencias
prácticas acerca de la transformación del mundo vegetal y animal permitieron
desplazar las doctrinas idealistas clericales en materia de biología, las
doctrinas de Weissman, Mendel y Morgan. Y el marxismo- leninismo ha desalojado
para siempre a la religión de su último refugio, del campo de la historia.
Así, pues, a medida que se desarrolla la ciencia,
van perdiendo terreno
teórico, más y
más, los
prejuicios religiosos. La ciencia se encarga de
refutar
de lleno a la religión. Hay que tener en cuenta, sin
embargo, que en la sociedad capitalista el progreso
de la ciencia
se lleva a
cabo de un
modo
contradictorio. La burguesía, en aras del desarrollo
de la producción, se ve obligada a apoyarse en la ciencia, pero, de otra parte,
teme a ésta y defiende la prioridad de la religión sobre la ciencia; trata de
"conciliar" una y otra y, cuando no lo logra, dirige sus ataques
directos contra el progreso científico. La ideología burguesa intenta valerse
de las dificultades con que tropieza el desarrollo de la ciencia para reforzar
las posiciones del idealismo y la religión, interpretando en provecho de ésta los
problemas que la ciencia no ha logrado todavía resolver en un momento dado.
La única concepción científica del mundo es el
materialismo dialéctico, incompatible con toda superstición y con toda opresión
espiritual y social. El marxismo-leninismo ha mantenido siempre una lucha
consecuente e irreconciliable contra todo linaje de oscurantismo, de idealismo
y de religión. Es él cabalmente quien señala el verdadero camino hacia la
superación total de la religión y del régimen de explotación apoyado por ella.
Ya en su temprano trabajo titulado Contribución a
la crítica de
la filosofía del
derecho de Hegel,
escribía
Marx: "La religión
es el suspiro
de la
criatura angustiada, el alma de un mundo desalmado,
el espíritu de un estado de cosas carente de espíritu. La religión es el opio
del pueblo".225
En todas sus obras filosóficas, Marx, Engels y Lenin
fundamentan un ateísmo militante y consecuente. El Partido Comunista de la
Unión Soviética ha sostenido siempre y sostiene una lucha
225 C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa,
t. I, pág. 385.
tenaz e intransigente contra el clericalismo y el
oscurantismo religioso en todas y cada una de sus variantes, criticando hasta
la más pequeña desviación de la concepción materialista-dialéctica del mundo,
del ateísmo consecuente.
La derrota de la revolución de 1905-1907 trajo
consigo, en Rusia, una etapa de reacción. Una parte
de la intelectualidad se entregó al misticismo y se
puso a predicar
ideas reaccionarias acerca
de la
"construcción y la búsqueda de dios". Los
"constructores de dios", aliados a los machistas y a los
Bogdánovistas, preconizaban la necesidad de restaurar la religión, tratando con
ello de embellecer la religión y el clero cristianos, muy comprometidos. V. I.
Lenin salió a la palestra en contra de los predicadores del
idealismo y el
clericalismo, en contra de los
"constructores" y "buscadores de dios", con su
famoso libro Materialismo
y empiriocriticismo y con una serie de artículos. En carta a Gorki,
criticando a estos autores, escribía Lenin:
"No es verdad que dios sea un complejo de ideas
que evoquen y organicen un sentimiento social. Eso es idealismo Bogdánovista,
en el que se encubre el origen material de las ideas. Dios es, ante todo
(históricamente y todos
los días), un
complejo de ideas engendradas por
el obtuso aplastamiento del hombre tanto bajo el yugo de la naturaleza exterior
como del de la lucha de clases; ideas que fortalecen este aplastamiento
y adormecen la
lucha de clases".226
En nuestra época, toda defensa o justificación de la
idea de dios, hasta la más refinada o bien intencionada, equivale a justificar
la reacción y hacerse cómplice de ella.
"Un millón de pecados, de villanías, de
violencias y de contagios
físicos son descubiertos más
fácilmente por la multitud y, por tanto, mucho menos
peligrosos
que las refinadas
ideas de los
deístas, ideas espirituales y
vestidas con el
ropaje "ideológico" más adornado".227
Por eso los marxistas-leninistas han considerado y
consideran necesario luchar
contra los prejuicios
religiosos y la superstición, cualquiera que sea la
forma bajo la que se manifiesten.
En los partidos de los socialistas de derecha está
muy extendida la tolerancia oportunista hacia las
prédicas religiosas, e incluso los intentos directos y descarados de
"armonizar" el socialismo
y la religión. Los
oportunistas de la
Segunda Internacional han declarado que la religión debe considerarse
como "incumbencia privada" de cada socialdemócrata. Los socialistas
de derecha actuales predican en todos los países el idealismo, el misticismo,
el clericalismo y lo que ellos llaman el "socialismo religioso".
226 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXV,
pág. 93.
227 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXXV,
pág. 90.
Desenmascarando a los oportunistas, señalaba Lenin
que no se debe identificar la actitud ante la religión por parte del Estado con
la que mantiene el partido del proletariado. "Nosotros pedimos que la
religión sea un asunto de la incumbencia privada en lo que al Estado se
refiere, pero en modo alguno podemos
considerar la religión
como una incumbencia privada en
relación con nuestro propio partido".228
El
reconocer la religión
como incumbencia privada con respecto
al Estado significa que la iglesia debe hallarse separada del Estado, que el
Estado no debe sostener los cultos religiosos, sino que cada ciudadano debe ser
absolutamente libre de practicar la religión que desee o de no practicar
ninguna, es decir, de ser ateo. El partido del proletariado, al sostener estas
reivindicaciones como parte de las transformaciones democráticas, tiende a
asegurar a los ciudadanos plena libertad de conciencia y a poner fin a las
persecuciones desencadenadas en los países capitalistas contra quienes se
apartan de la religión dominante.
Con el triunfo de la Gran Revolución Socialista de
Octubre y la instauración del Poder soviético, la
iglesia en la U.R.S.S. ha sido separada del Estado, y
la
escuela de la
iglesia. En el
artículo 124 de la
Constitución de la U.R.S.S.: se dice: "La
libertad de practicar los cultos religiosos y la libertad de propaganda
antirreligiosa se reconocen a todos los ciudadanos."
Pero aun siendo la religión, para el marxismo, un
asunto de incumbencia
privada en relación con
el
Estado, no lo es, en modo alguno, con respecto al
partido de la clase obrera. El partido marxista no
puede contemplar con indiferencia las convicciones y los principios predicados
o mantenidos por sus miembros. Exige de cuantos en él militan la lucha activa
contra toda opresión social y espiritual, contra todas las concepciones
rezagadas, contra todos los prejuicios, incluyendo entre ellos los religiosos.
La lucha contra la religión no se mantiene solamente por medio de la educación
y de la propaganda de la concepción
científica del mundo,
sino también y sobre todo por medio de la incorporación de
los trabajadores a la lucha activa por la transformación revolucionaria de la
sociedad. Por esta razón, el Partido Comunista subordina siempre la lucha
contra los prejuicios religiosos a las tareas políticas, a los intereses
cardinales de la lucha por la dictadura de la clase obrera, por el comunismo.
Para acabar con la religión, con la superstición,
con la, mística, no basta con la ilustración que pueda
adquirirse en los libros, por buenos que éstos sean.
Para ello, hay que destruir la base que engendra la
religión, la superstición y la mística y de que éstas se nutren. Dicho en otros
términos, hay que destruir la sociedad
capitalista y construir
la sociedad
228 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X,
pág. 66.
comunista.
La
revolución socialista y
el triunfo del socialismo en
la U.R.S.S. han venido
a confirmar
plenamente esta tesis del marxismo-leninismo. Con
la
instauración de una
economía socialista planificada,
con la destrucción de la explotación del hombre por el hombre y la liquidación
de las clases explotadoras en la U.R.S.S., se han destruido para siempre las
raíces sociales de la religión. La inmensa mayoría de los ciudadanos de la
U.R.S.S. son, hoy, ateos, no creen
en dios. En
su lucha por
el comunismo, el pueblo
soviético no confía
en la ayuda de las ilusorias
fuerzas celestiales, sino solamente en sus propias fuerzas, en los datos de la
ciencia y en
la dirección del
partido de los comunistas.
La técnica de primera clase introducida en la
industria y en
el transporte soviéticos,
la mecanización de la agricultura, creciente de año en año, las medidas
adoptadas por el Estado soviético para transformar la naturaleza, la lucha
contra la sequía, la aplicación a la agricultura de la ciencia agronómica y la
agrobiología, la lucha por altas y estables cosechas, van minando radicalmente
el terreno a la superstición religiosa. Decenas de millones de koljosianos de
vanguardia comprenden ya claramente que no hay que esperar pasivamente ni la
benevolencia de un dios inexistente ni los favores de la naturaleza. Apoyándose
en la técnica y en la ciencia
avanzadas, crean con
su trabajo socialista altos niveles sin precedentes y
refutan prácticamente, con ello, las reaccionarias fábulas religiosas.
Sin embargo, las ideas religiosas no han sido aún
totalmente desterradas, en la sociedad socialista. La
religión
y la superstición
religiosa siguen todavía
aferradas a las mentes de una parte considerable de
la población, sobre todo en el campo. En la sociedad
socialista, las creencias y las instituciones
religiosas
son una supervivencia, una
herencia del viejo régimen.
No cabe duda de que las creencias y los hábitos
religiosos constituyen un freno para el desarrollo
progresivo de la sociedad en su marcha hacia el comunismo. La lucha contra la
visión religiosa del mundo y por la concepción del mundo científica,
materialista, es parte integrante de la lucha por el comunismo. Bajo las
condiciones de la sociedad socialista, esto hace que adquiera una importancia
especial la propaganda de la concepción científica del mundo.
d) La ciencia.
La ciencia, como forma especial de la conciencia
social y elemento imprescindible de la cultura,
forma un sistema de conocimientos sobre el mundo que nos rodea, sobre las leyes
que rigen el desarrollo de la naturaleza y de la sociedad. La encargada de
comprobar y demostrar la autenticidad, la veracidad
y la objetividad de esos conocimientos, es la
práctica.
Por oposición a la religión, que es un reflejo
fantástico de la realidad, el conocimiento científico,
apoyándose
en la práctica
y contrastado por
ella,
puede ofrecemos y nos ofrece la verdad objetiva, es
decir, el reflejo certero del mundo objetivo. El curso de desarrollo del
conocimiento humano va desde el conocimiento
menos profundo al
más profundo, desde el
conocimiento de los fenómenos al de la esencia
y desde el
de una esencia
a otra más profunda. La ciencia descubre las leyes
del mundo objetivo y nos da, al hacerlo, la posibilidad de prever los acontecimientos, sirviendo
así de instrumento para la transformación práctica
del mundo por el hombre, de instrumento para someter las fuerzas de la
naturaleza y de la sociedad a los intereses de ésta.
La ciencia nace al calor de las necesidades de la
práctica social y, principalmente, de la producción material. Son objeto de
observación y de síntesis científica, ante todo, los fenómenos de la naturaleza
relacionados de un
modo o de
otro con la
vida material de la
sociedad, con la
producción. La práctica de la
producción ha impulsado al hombre al conocimiento de las causas de fenómenos
tales como los cambios del día y la noche, las estaciones del año, las
variaciones del tiempo, el desbordamiento de los ríos. Las necesidades
prácticas movieron al hombre a la necesidad de conocer las causas de las
enfermedades de los hombres y los animales, a estudiar las cualidades
provechosas y nocivas de los vegetales, las características y las costumbres de
los animales, a conocer
las propiedades mecánicas, físicas y químicas de los cuerpos,
de los minerales, etc.
En un principio, los conocimientos del hombre eran
muy limitados, se aferraban a la memoria de las
gentes y se transmitían en tradición oral a lo largo
de los siglos. Estos
conocimientos se reducían,
fundamentalmente, a la experiencia productiva del
hombre. Pero, al desarrollarse la sociedad, con la división del
trabajo y la
diversificación de las
actividades humanas, con la aparición de las clases
y del Estado, se
ensancharon los conocimientos
del
hombre acerca del mundo circundante. La memoria del
hombre individual no podía ya retener todos los conocimientos y surgió la
necesidad de registrar por
escrito las observaciones y generalizaciones de lo
observado. Surgió así el arte de la escritura.
La escritura no fué, como no lo fué tampoco el
lenguaje articulado, la invención de un solo hombre. Fué, como medio de
intercambio de pensamientos y
vehículo de acumulación de conocimientos, el
resultado de los esfuerzos de muchos hombres. Sin
embargo, durante mucho tiempo, el arte de la
escritura, en su forma más desarrollada, se mantuvo al igual que la ciencia,
como monopolio de un círculo
reducido de personas en los medios de las clases
dominantes: los sacerdotes, el clero, los funcionarios
y los intelectuales.
El arte de
la escritura, una
vez conocido, se convirtió
en poderoso medio
de acumulación de
conocimientos,
que pudieron así
transmitirse de
generación en generación y de unos pueblos a otros.
Al principio, el registro por escrito de diversas clases de noticias y
observaciones era algo desordenado, incoherente
y, no pocas
veces, contradictorio. Quienes
sabían escribir registraban las noticias de las campañas guerreras, las
victorias y las derrotas, la vida, los usos y costumbres de otros pueblos, la
fauna y la flora de diversos lugares, etc. Y se recogían, asimismo, las
observaciones relacionadas con la base sobre que descansa la vida de la
sociedad: la producción (la época del desbordamiento de los ríos, el comienzo
de las faenas del campo, el tiempo en que
maduraban los frutos,
etc.). Más tarde,
los apuntes fueron ordenándose y sistematizándose; los conocimientos
acumulados permitieron establecer nexos entre ellos, descubrir la
interdependencia entre los
fenómenos y sus
leyes. Surgieron, así,
los primeros rudimentos de la ciencia.
La astronomía surgió de la necesidad práctica de
conocer las leyes
que rigen el
cambio de las
estaciones del año y de la necesidad de orientarse
para viajar en la noche. En el antiguo Egipto y en
Babilonia,
donde la agricultura
se hallaba íntimamente vinculada
a las inundaciones de los ríos, los conocimientos astronómicos eran
indispensables
para poder calcular los períodos en que se producían
las inundaciones de los ríos que se desbordaban.
El
desarrollo de la
astronomía exigía el
de la matemática, como base obligada de ella.
Generalmente,
los astrónomos antiguos
eran al mismo tiempo destacados
matemáticos. La necesidad de medir los
campos hizo nacer
la geometría. La
construcción de grandes edificios y las complicadas
obras hidrotécnicas (canales, presas, diques, etc.), así
como las necesidades de la navegación y de las artes
de la guerra, hicieron surgir la mecánica, la que, a su vez, impulsó el
desarrollo ulterior de la matemática.
La
necesidad vital de
la lucha contra
las enfermedades de los hombres y los animales hizo que
aparecieran la medicina y la veterinaria, y ello
contribuyó, a su vez, al nacimiento y al desarrollo de la botánica, la
zoología, la anatomía y la fisiología.
Por
regla general, las
ciencias naturales daban respuesta a los problemas planteados por la
producción y generalizaban las enseñanzas de la
práctica. Mucho antes
de que se
formulase el principio de que el
frotamiento se convertía en calor,
el hombre había aprendido a producir el fuego
frotando dos palos. Antes de que se descubriera la ley
de la transformación de la energía, ya se realizaba
prácticamente esta operación (en la máquina de vapor). Lo que no debe
interpretarse en el sentido de
que la ciencia sólo pueda generalizar pasivamente
las experiencias previamente conseguidas en el campo
de la producción.
Nada de eso;
la ciencia, apoyándose en la
síntesis teórica de las enseñanzas de la práctica, lleva a cabo descubrimientos
que impulsan y revolucionan la propia producción. Tal ha ocurrido, por ejemplo,
con el descubrimiento de las leyes
del vapor y
la invención de
la máquina de vapor, con el descubrimiento de las leyes
de la electricidad, el de la energía atómica, con el descubrimiento por
Michurin de las leyes sobre la plasmación artificial de las formas de los
organismos, con el de las leyes del fomento de la fecundidad del suelo, llevado
a cabo por
los sabios rusos Dokuchaev, Kostychev y Prianishnikov,
etcétera.
La influencia de la producción, de las necesidades
económicas, sobre el
desarrollo de la
ciencia no
siempre
es directa, inmediata,
sino que adopta,
a
veces, formas indirectas. Pero, de un modo o de
otro, las necesidades de la vida material de la sociedad determinan siempre y
dondequiera el desarrollo de la ciencia, aunque los mismos hombres de ciencia
no se den, a veces, cuenta de ello.
Los historiadores burgueses afirman que no es la
ciencia la que depende de la producción social, sino que, por el contrario, el
estado y el desarrollo de la producción dependen del desarrollo de la ciencia.
Según ellos, la ciencia es el fruto de las puras cavilaciones y especulaciones
del investigador recogido en la
soledad de su
laboratorio o de su
cuarto de estudio, al margen de la vida y de sus necesidades. Pero el mejor
mentís a esta concepción idealista lo da la propia historia. Las exigencias de
la producción, las necesidades técnicas, han ejercido sobre la
aparición y el
desarrollo de las
ciencias mayor influencia que decenas de universidades. La moderna gran
industria sería inconcebible sin la mecánica, la física y la química modernas,
pero, a su vez, el vertiginoso
desarrollo de estas
ciencias ha sido determinado,
cabalmente, por las necesidades de la gran industria, basada en las conquistas
de las ciencias naturales. La física y la química modernas no podrían
concebirse sin la grandiosa técnica de nuestro
tiempo, la cual,
puesta en manos
de los físicos y los químicos, da
como resultado la gran industria.
La historia de todos los grandes descubrimientos
científicos demuestra que
la fuerza motriz
en el
nacimiento y el desarrollo de la ciencia han sido la
práctica social, las necesidades del desarrollo de las
fuerzas productivas, las necesidades del desarrollo
económico, la lucha de clases.
Los mayores éxitos logrados en el desarrollo de
las ciencias naturales en los siglos XVII y XVIII
correspondieron al campo de la mecánica, de la astronomía y de la ciencia
matemática, relacionada con ellas. Estas
ramas del conocimiento
científico eran las más directamente vinculadas con las apremiantes
necesidades de la creciente industria y con el desarrollo de la vida material
de la naciente
sociedad capitalista.
A diferencia de todos los modos de producción
anteriores, basados en una técnica rutinaria, el modo
de producción capitalista se basa en la técnica a
base
de
máquinas, inseparable de
la aplicación de la
ciencia a la producción. Y son precisamente las necesidades del desarrollo de
la producción, de la técnica maquinista, las que determinan y explican,
fundamentalmente, el impetuoso desarrollo de las ciencias naturales.
El primer período de desarrollo de las ciencias
naturales de la época del
capitalismo, a partir
del
siglo XVI, trajo consigo grandiosos descubrimientos
en el campo de las matemáticas, de la mecánica y de
la astronomía, pero en lo tocante al estudio de los
fenómenos
orgánicos no rebasó
los límites de las
etapas iniciales del conocimiento. Todavía no fueron
investigados, entonces, ni las formas orgánicas en su sucesión histórica
(paleontología), ni los cambios históricos de las condiciones geológicas de
desarrollo de los organismos
(geología). Los naturalistas seguían enfocando la naturaleza
desde un punto de vista metafísico. Para un estudio más profundo y certero de
las formas de
la vida orgánica,
no bastaban, escribe Engels, "los dos fundamentos primarios, la
química y la ciencia de la forma estructural orgánica principal, de la
célula".229
Desde mediados del siglo XVIII, y sobre todo a
partir del XIX,
los grandes descubrimientos
científicos fueron abriendo una brecha tras otra en
la concepción metafísica de la naturaleza: la teoría de
Kant-Laplace sobre los orígenes naturales del
sistema solar; la doctrina
sobre el desarrollo
histórico del
planeta y la teoría paleontológica sobre la sucesión
coherente de los cambios operados en las formas orgánicas de
la tierra; la
aparición de la
química
orgánica y la creación artificial de organismos, que
vinieron a demostrar
la posibilidad de
aplicar las
leyes químicas en el campo de la naturaleza viva; el
descubrimiento de la teoría mecánica del calor y de la ley de la transformación
de la energía; el de la
estructura celular de los organismos; los
descubrimientos de Lamarck,
Darwin, Michurin,
Timiriazev y Pavlov, al igual que muchos otros,
llevados a cabo en el campo de las ciencias naturales, vinieron a
poner de manifiesto
la unidad de la
naturaleza y los nexos internos existentes entre
todas sus formas, en un desarrollo histórico ininterrumpido.
La teoría del desarrollo no podía haber triunfado en
la ciencia bajo las condiciones del feudalismo, en que la
producción se mantenía
en una relativa
inercia, en que toda la vida social discurría con
una gran lentitud y
en que prevalecía
una ideología
religiosa extraordinariamente conservadora. El
capitalismo destruyó las relaciones feudales, revolucionó la producción y
aceleró con ello el curso
229 F.
Engels, Dialektik der Natur, Dietz Verlag, Berlin, 1955, pág. 196.
de la vida social. La revolución operada en el modo
de producción trajo consigo las revoluciones políticas burguesas. y todo ello
imprimió un poderoso impulso a los grandes progresos logrados en el campo de
las ciencias naturales.
Pero, a pesar de todo, el régimen capitalista y la
concepción burguesa del mundo limitan y frenan la
marcha
de la ciencia.
Los naturalistas burgueses,
dominados por una concepción metafísica e idealista
del mundo, no podían ni pueden trazar una imagen
certera de la naturaleza ni de la sociedad; les
asustan
las contradicciones y el desarrollo a saltos. Los
ideólogos burgueses no estaban en condiciones de ofrecer una explicación
científica, materialista, de la historia de la sociedad, de poner de manifiesto
las leyes fundamentales que
rigen su desarrollo.
Esto sólo podían hacerlo los ideólogos del proletariado revolucionario.
Fué lo que hicieron, en efecto, los fundadores del comunismo científico, los
dirigentes de la clase obrera, Marx y Engels.
La
ciencia, en la
sociedad burguesa, es una
prisionera y una servidora del capital, un instrumento
de explotación. Bajo el capitalismo, el trabajo y la
ciencia se hallan en una relación antagónica: el
desarrollo de la
ciencia, como el
de las fuerzas
productivas,
conduce en esa
sociedad al
empobrecimiento de los trabajadores.
El
desarrollo de la
ciencia, en la
sociedad capitalista, no sigue
el derrotero de
un desarrollo
progresivo incesante, sino que discurre a través de
las más profundas crisis y contradicciones. Los finales
del siglo XIX y la primera mitad del XX registraron
una verdadera revolución en el campo de las ciencias
naturales, especialmente de la física. Los
descubrimientos físicos han venido a confirmar la verdad del materialismo
dialéctico. Sin embargo, una
parte considerable de los físicos no llegaron a
comprender el alcance de
los nuevos
descubrimientos, no acertaron a sobreponerse a su
método metafísico habitual del pensamiento para colocarse en el terreno del
materialismo dialéctico,
sino que se mantenían aferrados a la influencia del
idealismo, lo que los llevaba a sacar conclusiones
idealistas,
falsas, de sus
descubrimientos. Todo lo cual condujo a la crisis de las ciencias
naturales.
La salida a esta crisis de las ciencias naturales se
hallaba, según hubo de señalar Lenin, en el paso de
los naturalistas a las posiciones del materialismo histórico. Pero, en las
condiciones de la sociedad burguesa, los naturalistas se educan en la
concepción idealista del mundo, que se hace pasar por la "novísima
filosofía". Los sabios burgueses, llevados de su situación social y de su
educación, adoptan ante la concepción proletaria del mundo, ante el
materialismo dialéctico, una actitud preconcebida y hostil. Y hasta cuando, en
el curso de sus investigaciones científicas, les sale al paso directamente el
carácter dialéctico de los procesos de
la naturaleza, no se deciden a sacar de ellos las
conclusiones materialísticas dialécticas
obligadas, sino que se pierden en el relativismo.
Sólo los más audaces de los naturalistas de la
sociedad burguesa, bajo
la presión de
los hechos
irrefutables,
rompen con la
concepción idealista y
metafísica, para abrazar las posiciones del
materialismo dialéctico (tal es, para citar solamente algunos nombres, el caso
de sabios como Langevin, Frédéric e Irene Joliot-Curie, Marcel Prenant, Bernal
y Blackett).
La avidez de las máximas ganancias, la competencia y
las exigencias planteadas por las guerras imperialistas obligan a los
capitalistas a desarrollar la técnica y la ciencia. Pero esta misma ambición de
la ganancia máxima empuja a los capitalistas, por otra parte, a limitar el
desarrollo de la ciencia y de la técnica, cuando los nuevos inventos ponen en
peligro la obtención de dicha ganancia. Los monopolios capitalistas someten por
entero a sus intereses y a sus fines las actividades de la investigación científica.
Bajo las condiciones del capitalismo, los laboratorios e institutos de
investigación científica se crean con sujeción al mismo principio que cualquier
empresa capitalista: son, sencillamente, empresas capitalistas de un tipo
especial y dotadas de un equipo complicado. Cientos y miles de sabios e
ingenieros trabajan en ellas bajo las
órdenes y el
control de los
monopolios capitalistas.
El desarrollo de la ciencia, y principalmente el de
la física, el de la química y de las demás ciencias
aplicadas
que guardan una
relación directa con el
desarrollo de la técnica, no se interrumpe, como es
natural, en la época de la descomposición del capitalismo, pero cobra, al
llegar este período, un carácter unilateral y deforme. Se descubren nuevas
fuentes de materias primas y energías, nuevos materiales y sucedáneos: la
energía atómica, la bencina sintética, los materiales plásticos, etc. Pero,
bajo las condiciones del imperialismo, todas estas conquistas no sirven más que
para reforzar la explotación y la miseria de las masas, para crear nuevos y más
perfeccionados artefactos de matanza y destrucción.
Hemos visto más arriba que la ciencia surge al
calor de
las necesidades de
la práctica, que se
desarrolla en íntima relación con las necesidades de
los avances de la técnica, con las exigencias de la
producción. Las ciencias naturales sirven a las necesidades de la producción.
El conjunto de los conocimientos
científicos, contrastados y confirmados por la práctica, nos ofrecen la
verdad objetiva. Estos conocimientos
verdaderos, científicos, van acumulándose de generación en generación,
de una a otra época, de una a otra formación social. No se destruyen al ser
sustituida una base económica por otra, sino que se conservan,
se
multiplican y siguen
desarrollándose. Los teoremas de
Euclides, la ley de la gravitación universal, la ley de la conservación de la
materia, la ley de la conservación y la transformación de la energía, etc.,
son verdades objetivas,
que no dependen del hombre ni de
la humanidad. Las leyes de las ciencias naturales y técnicas pueden servir a
diferentes modos de producción.
Ahora bien, la ciencia no consiste solamente en la
formulación de leyes,
teoremas y axiomas,
sino
también
n su interpretación y
generalización
filosófica, teórica. Y, en este terreno, se
despliega en la ciencia una enconada lucha de opiniones.
La historia de la ciencia es la historia de la lucha
entre el conocimiento y la fe, entre la ciencia y la
religión, entre el materialismo y el idealismo; la historia de la lucha entre
las tendencias avanzadas, progresivas, revolucionarias, y las tendencias
retardatarias, reaccionarias, conservadoras. Lucha que, en la sociedad de clases, es un
reflejo de la lucha de clases.
En tiempo de Darwin, se libraba la lucha entre los
darwinistas y sus adversarios. En nuestro tiempo, la física, la química y la
biología, y no digamos las ciencias sociales, son la palestra en que se
mantiene una enconada lucha entre tendencias antagónicas, la lucha entre el
pensamiento científico avanzado y las tendencias reaccionarias que pugnan por
tirar de la ciencia hacia atrás, preconizando teorías idealistas y metafísicas,
radicalmente enemigas de la ciencia.
Las leyes de todas las ciencias, lo mismo las
naturales que las sociales, son leyes objetivas, leyes
que
reflejan procesos que
se desarrollan
independientemente de la voluntad de los hombres. En
esto consiste el conocimiento científico común a todas las ramas de la ciencia.
Pero, al lado de esto, existe y es también común una
diferencia esencial entre las ciencias naturales y
las sociales. Por su mismo objeto de investigación,
la mayoría de las ciencias sociales, en especial la economía política, la
sociología, la teoría del Estado
y del derecho, afectan a los intereses de las clases
explotadoras, y esto
hace que provoquen
las más
bajas pasiones, que desencadenen "las furias
del interés privado". De aquí que no haya que esperar de los sabios
burgueses una investigación
científica
imparcial de los fenómenos de la vida social, de las
leyes que rigen
el desarrollo de
la sociedad. El
descubrimiento y la utilización de las leyes de las
ciencias sociales que tocan a los intereses de las fuerzas caducas
de la sociedad,
tropiezan con la
resistencia de éstas. Sólo la clase obrera,
consecuentemente revolucionaria, y sus ideólogos se
hallan interesados en la investigación objetiva e
imparcial de todos los fenómenos de la vida social, en el
descubrimiento de las
leyes que rigen
el
desarrollo de la sociedad. Por eso, la única
verdadera ciencia social es el marxismo-leninismo, la doctrina
que expresa los intereses de la clase obrera
revolucionaria, los intereses
de los trabajadores,
y nos ofrece el auténtico conocimiento de las leyes del desarrollo de la
vida social. Desde el momento en que la burguesía se convierte en una clase
reaccionaria, la meta de la economía política, de la sociología y de la
historiografía burguesas no es ya la consecución de la verdad, sino la defensa
descarada de los intereses
de la burguesía,
a los que se
sacrifican los intereses del conocimiento científico.
Numerosos intelectuales y filósofos burgueses, a la
manera de Mach, Eddington, Poincaré, Bertrand
Russell, Wittgestein, Carnap, James, Dewey y otros,
se esfuerzan en demostrar por todos los medios que
las leyes matemáticas, físicas, químicas, al igual que
las de la
biología y las
leyes sociales, no
poseen
carácter objetivo, sino que son, a juicio suyo,
simplemente el producto de las cavilaciones de la mente, construcciones a que
recurre para su comodidad el pensamiento lógico puro. Algunos sabios
oscurantistas burgueses ponen hoy en tela de juicio la teoría de Copérnico o
afirman que no media una discrepancia esencial entre la teoría heliocéntrica
coperniciana y la teoría geocéntrica de Tolomeo. Una parte de los físicos
burgueses pone en duda la inmutabilidad de la ley de la conservación de la
energía. Y la ciencia burguesa de nuestros días se alía al clericalismo en
contra del materialismo filosófico. Así, vemos que el astrónomo inglés
Eddington, con su disparatada teoría de "las constantes físicas del
universo", trata de resucitar la doctrina idealista de Pitágoras según la
cual la esencia del universo radica en los números.
Los genéticos weissmanistas y morganistas mistifican
y espiritualizan hoy la biología y la ponen al servicio de fines imperialistas
reaccionarios. Los biólogos burgueses, aliados a los sociólogos burgueses,
urden reaccionarias teorías racistas para justificar los linchamientos de los
negros, las rapaces guerras y la opresión de los pueblos coloniales.
Los descubrimientos de la ciencia bacteriológica y
de los microorganismos tienen como misión luchar
contra las enfermedades, contra la peste, el cólera,
etc. La humanidad honra a los grandes sabios que
sentaron los fundamentos de la medicina científica. Pero la burguesía
reaccionaria convierte la ciencia de la bacteriología en arma para exterminar a
los hombres. Los imperialistas norteamericanos y ciertos sabios de los Estados
Unidos convertidos en monstruos, valiéndose de la repugnante
"experiencia" de los militaristas japoneses, preparan en laboratorios
secretos las armas de la guerra bacteriológica, ya empleadas por ellos contra
la población pacífica de Corea y de China. He aquí un testimonio que pone bien
a las claras el reverso de clase con que nos encontramos en la utilización de
las conquistas de la ciencia, dentro de una sociedad de clase.
El marxismo-leninismo desenmascara la
pretendida imparcialidad de la ciencia y la
filosofía burguesas como una hipócrita ficción para disimular los egoístas y
reaccionarios intereses de los explotadores. La clase obrera, en cambio, no
tiene por qué encubrir el carácter de clase, de partido, de su ideología y, en
particular, de su ciencia social. El marxismo-leninismo defiende y mantiene
rigurosamente el principio del espíritu de partido proletario, comunista.
"El riguroso espíritu de partido es la secuela
y el resultado del alto desarrollo de la lucha de clases... La burguesía no
puede por menos de inclinarse hacia la ausencia de partido... La ausencia de
partido es una idea burguesa, el espíritu de partido una idea socialista",
escribía Lenin.230
El espíritu proletario, comunista, de partido, por
contraposición a la tendencia partidista de la burguesía, significa la
emancipación de la ciencia de su sumisión a los intereses egoístas de las
clases explotadoras, su emancipación del subjetivismo burgués. Este espíritu
proletario, comunista, de partido, no contradice, sino que, por el contrario,
responde por entero a los intereses del conocimiento objetivo de la realidad,
con los que se halla identificada la clase obrera. Ello explica por qué la ciencia
marxista-leninista es perseguida en los países sometidos al yugo del capital.
Siempre la ciencia avanzada y sus representantes
han sido
perseguidos y acosados
por las clases
reaccionarias y por el clero. Así sucedió en la
época del feudalismo, que castigaba con sus calabozos, sus
cámaras de torturas y sus hogueras a los indómitos
representantes del pensamiento científico. Así sigue
sucediendo hoy, en la época del imperialismo, en la
que la burguesía y el Estado burgués mantienen una lucha incesante
contra la ciencia
de vanguardia y
contra los sabios avanzados, en todos los campos del
conocimiento (vetos contra la propaganda de la teoría
del darwinismo en una serie de Estados de
Norteamérica, medidas de persecución contra Joliot- Curie, persecución
del marxismo y de
la filosofía
materialista, etc.).
Los desvaríos de que la ciencia es independiente de
las condiciones sociales y políticas encuentran el
apoyo de los sociólogos de los países capitalistas,
donde la ciencia se halla al servicio de los Morgan
y de los
Rockefeller, de los
Dupont y los
Mellon,
donde la suerte de los sabios se halla a merced de
la
voluntad de los magnates del capital y los grandes
descubrimientos científicos son fuente de males y desventuras para los
trabajadores, ya que se traducen en el aumento del paro forzoso.
Sabido es que, en la actualidad, todo un tropel de
sabios a
sueldo de la
burguesía de los
Estados
Unidos, cumpliendo un encargo de Wall-Street, se
ocupa en "demostrar" que el principio de
la soberanía nacional de los
pueblos está anticuado
y en
230 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. X,
págs. 60, 61.
preconizar un "gobierno mundial" bajo la
égida de Norteamérica. Ellos llevan la voz cantante, a la que hacen coro los
ideólogos de la burguesía reaccionaria en los países vasallos de los Estados
Unidos. La ciencia burguesa se
ha cubierto totalmente
de oprobio, al convertirse en propagandista del racismo, del
maltusianismo y de todo linaje de oscurantismo.
En contraste con ello, el espléndido florecimiento
de la ciencia en la sociedad socialista, en la Unión
Soviética, revela cuán grandiosas e ilimitadas
perspectivas se abren ante la ciencia, cuando ésta se
libera de las cadenas del capitalismo, cuando deja
de ser una servidora de la caja de caudales y del militarismo. En el país del
socialismo, los hombres
de
ciencia no sirven
a los explotadores,
sino al pueblo. Servir noblemente
a la patria socialista, a la
humanidad progresiva, a la causa del comunismo: tal
es la
elevada mira que
orienta las mentes
de los sabios soviéticos.
"Antes -dijo Lenin-,
toda la
inteligencia
humana, todo el
genio del hombre creaban solamente
para poner en
manos de unos
todos los beneficios de la técnica y la cultura y
privar a otros de
los elementos más
necesarios para instruirse y
desarrollarse. Ahora, todas las maravillas
de la técnica, todas las conquistas de la cultura,
se convertirán en patrimonio de todo el pueblo, y la
inteligencia y el genio del hombre ya no volverán a
convertirse nunca en
medios de violencia
ni en medios de
explotación"231.
En la U.R.S.S., la ciencia se desarrolla con arreglo
a un plan y al servicio del pueblo. Mientras que, bajo
las condiciones del capitalismo, la ciencia sirve al
capital por medio
de la explotación
de los
trabajadores, en las condiciones del socialismo es
un arma poderosa para la elevación de su bienestar material y de su cultura.
El régimen soviético ha liberado a la ciencia de la
nefasta influencia de
la concepción idealista
y
religiosa del mundo y pertrecha a los sabios con la
concepción científica del mundo más
avanzada, la del materialismo dialéctico. El
materialismo
dialéctico, por oposición al idealismo, enseña
"que en el mundo no
hay cosas incognoscibles, sino
simplemente cosas aún no conocidas, pero que la
ciencia y la experiencia se encargarán de revelar y de dar a conocer".232
El
desarrollo de la
ciencia soviética se
lleva a cabo en lucha contra las
teorías burguesas. La ciencia
sólo puede avanzar evidenciando y superando las
ideas reaccionarias, idealistas y metafísicas, en el campo de las matemáticas,
de la física, de la química,
de la biología y en el estudio de los fenómenos
sociales.
En el desarrollo de la ciencia soviética, han
desempeñado y desempeñan una enorme importancia las discusiones teóricas
mantenidas en los diversos
231 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI,
pág. 436.
232 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 644.
campos
de la ciencia.
El régimen soviético
y el Partido Comunista educan a
los intelectuales en el espíritu de la innovación, les inculcan la audacia y la
intrepidez en lo tocante al conocimiento científico, en la transformación de
la naturaleza y
en la supeditación de sus fuerzas
al poder de la sociedad. El Partido Comunista
enseña a los
hombres de ciencia soviéticos a
aplicar consecuentemente el método, de la crítica y la autocrítica en aras del
desarrollo de la ciencia. La lucha de opiniones es ley del desarrollo
de toda ciencia
avanzada. El monopolio de los
"sacerdotes de la ciencia", que gustan de encerrarse infatuadamente
en su torre de marfil, es incompatible
con una ciencia
de vanguardia.
El
dogmatismo, el rutinarismo,
el talmudismo, son enemigos de la
ciencia. Las afirmaciones y las
tesis científicas deben contrastarse en el fuego de
la
práctica y permanecer atentas a la voz de ésta. Así,
por ejemplo, algunos
sabios soviéticos adoptaron
dogmáticamente, sin contrastarlas en la práctica,
las
tesis de W. R. Williams sobre el sistema de cultivos
herbáceos y las aplicaron de un modo esquemático, sin tener en cuenta las
diferentes condiciones geológicas y climáticas existentes en la U.R.S.S. E
infirieron con ello grave quebranto a la agricultura de las regiones
meridionales del país.
El régimen socialista ha abierto ilimitadas
posibilidades al desarrollo
de la ciencia
y a su
aplicación en todos los campos de la economía, en
interés del pueblo.
Ninguna sociedad ha
conocido
unas proporciones tan gigantescas en el desarrollo
de la ciencia y
las instituciones científicas
y en la
preparación de cuadros científicos como la sociedad
socialista construida en la U.R.S.S. y en curso de edificación en
los países de
democracia popular.
Exponente material de las grandiosas conquistas de
la ciencia soviética
es la poderosa
industria, el
transporte y la agricultura socialistas, equipadas
con la técnica más adelantada. El triunfo del régimen socialista soviético es
el triunfo de la ciencia social
avanzada, del marxismo-leninismo.
El país del socialismo es el país de la ciencia de
vanguardia, audazmente aplicada en el campo de la
producción.
La ciencia soviética
se apoya en las
tradiciones avanzadas, revolucionarias de la ciencia
universal, y en particular en las grandes tradiciones
de la ciencia rusa.
Bajo las dificilísimas condiciones de la Rusia
zarista, primero, y luego de la Rusia capitalista, bajo la losa de plomo del
zarismo, los representantes de la ciencia rusa supieron abrir nuevos caminos en
todos los campos del conocimiento. No hay, literalmente, una sola rama de las
ciencias naturales en que los sabios rusos no puedan presentar descubrimientos
de alcance universal.
Los descubrimientos científicos del gigantesco
hombre de ciencia M. W. Lomonosov enriquecieron
toda una serie de ramas del conocimiento científico.
Sus méritos se destacan, principalmente, en el campo de la física y en el de la
química. Lomonosov imprimió nuevo desarrollo a la hipótesis de los antiguos
sobre la estructura atómica de la materia; elaboró la
teoría atómica de los gases
y es el fundador de la química física.
El creador de la primera máquina de vapor fué el
genial inventor ruso Polzunov. En el campo de las
matemáticas, el pueblo ruso dió al mundo la gran
figura de Lobachevski, a quien en justicia se le llama
el Copémico de las matemáticas. El invento de la
radio corresponde a Popov, el del arco voltaico a Petrov, el de la primera
lámpara eléctrica de arco
voltaico a Yablochkov, el de la lámpara eléctrica
incandescente a Lopeguin.
En el campo
de la
química, la ciencia rusa dió al mundo a Mendeleiev,
Sinin y Butlerov. El desarrollo ulterior de la biología materialista posdarwiniana corrió
a cargo de
Timiriazev, Michurin y su escuela. Dokuchaev,
Kostychev, Prianishnikov y
Williams crearon la
ciencia del suelo, vehículo importantísimo para la
producción social. La fisiología contemporánea debe su rango
científico a los
trabajos de Sechenov
y
Pavlov. Y los descubrimientos de Mechnikov,
Ivanovski, Gamaleia y otros sabios rusos en el campo
de la microbiología representaron destacadas
aportaciones a esta ciencia.
La
ciencia de los
pueblos de la
U.R.S.S. ha
alcanzado un alto nivel de desarrollo en todos los
campos y aspectos, en las condiciones del triunfo del socialismo. Las
realizaciones de los físicos soviéticos en el dominio de la energía atómica han
echado por tierra el monopolio de los atomistas norteamericanos.
La ciencia soviética avanza y se desarrolla sobre la
sólida base ideológica del marxismo-leninismo y
se halla impregnada de la grandiosa idea de servir
al pueblo, de la idea de la lucha por el comunismo; del
leninismo, se ha asimilado también el aliento
revolucionario ruso, hermanado al dinamismo comunista.
En las condiciones del socialismo, se desarrolla la
alianza de los
hombres de ciencia
con los de la
producción material, que tiene su exponente en la
colaboración cada vez más estrecha entre los sabios y los innovadores
de la producción.
En la Unión
Soviética, se ha acabado para siempre con la
contraposición entre el
trabajo físico y
el trabajo
intelectual. La ciencia soviética se apoya en la
experiencia de millones de personas, en la práctica de vanguardia de
los trabajadores, innovadores
de la
industria y de la agricultura. La ciencia, fecundada
por la
práctica de la
construcción del socialismo,
cuenta con posibilidades jamás conocidas para
acelerar su desarrollo. Gracias a la alianza de la ciencia y
el trabajo, el
pueblo soviético está
resolviendo con éxito las gigantescas tareas que
plantea el desarrollo ulterior
de las fuerzas
productivas de la sociedad socialista, para la
realización del paso gradual al comunismo.
En ninguna otra sociedad ha cumplido la ciencia una
función tan grandiosa como la que cumple en el
desarrollo
de la sociedad
socialista. Con el socialismo, encuentra
amplio empleo en
la
producción, acelerando con ello la marcha del pueblo
por el camino hacia el comunismo, todo descubrimiento científico que venga a
ensanchar el
poder del hombre sobre la naturaleza y a aliviar el
trabajo.
Algunos ideólogos de la burguesía, empeñados en
justificar al capitalismo, han llegado a pensar que las raíces de
las contradicciones, de
los males y las
infamias de la sociedad capitalista contemporánea no
residen en el hecho de que el capitalismo sea ya un
régimen caduco, sino en el desarrollo
"desmedido" de la ciencia:
la ciencia -dicen
estos autores- ha puesto al descubierto sus cualidades
"destructoras" y
su
desarrollo
"amenaza" la existencia
de la humanidad y de la
civilización.
Esto es calumniar a la ciencia. Las propiedades
destructoras de que se habla no son inherentes a la ciencia misma, sino al
capitalismo contemporáneo,
que se vale de ella con fines de destrucción. La
práctica del desarrollo de la ciencia en la sociedad
socialista y su empleo en interés del pueblo se
encargan de refutar esos falaces desvaríos sobre el carácter destructor de la
ciencia. La energía atómica,
al igual que otros grandiosos descubrimientos de la
ciencia, puede representar
también un beneficio
gigantesco para la sociedad y dejar de ser una
fuerza aniquiladora: ello depende, única y exclusivamente,
del régimen social. Sólo los políticos, filósofos y
hombres de ciencia reaccionarios pueden sacar del hecho de que la energía
atómica, la bacteriología y la
química se
empleen para fines
de guerra la conclusión
de que es
necesario "poner freno
a la
ciencia". Sólo los enemigos del progreso y los
oscurantistas pueden lanzar una consigna como ésta que ha sido pronunciada en
los países capitalistas:
"¿No ha llegado la hora de ahorcar a los
sabios?" El empleo por los imperialistas de las conquistas de la
ciencia para el exterminio en masa de los hombres
demuestra la necesidad de refrenar a las fuerzas imperialistas reaccionarias, la
necesidad de acabar
con el régimen social que obliga a los genios de la
humanidad a servir a la causa de la destrucción.
Ante la humanidad sólo se abre un camino. de
salvación: la lucha contra el capitalismo y por el socialismo, por el régimen
en que la ciencia se halla
al servicio del pueblo y somete las fuerzas de la
naturaleza a los intereses de la sociedad.
e) La filosofía.
La característica de la filosofía como forma de la
conciencia social es que expresa la concepción del
mundo de una u otra clase de la sociedad de que se
trata.
El desarrollo de la filosofía guarda estrecha
relación con el
del conocimiento científico.
El
problema
fundamental de la
filosofía es el
de las
relaciones entre la conciencia, el pensamiento, y el
ser, entre el espíritu y la naturaleza. ¿Qué es lo primario, lo inicial: la
naturaleza, el mundo material, o la conciencia, el espíritu? ¿El mundo ha
existido desde siempre o es obra de la creación de un dios, del espíritu? Y el
problema de las relaciones entre el pensar y el ser ofrece, además, un segundo
aspecto, a saber: ¿es el pensamiento humano capaz de comprender el mundo, de
suministrarnos un conocimiento verdadero del mundo, o éste es incomprensible?
Estos dos aspectos del problema fundamental de la filosofía se hallan
íntimamente unidos entre sí.
La filosofía, en cuanto forma fundamental de la
conciencia social, nació
como la concepción
del
mundo espontáneamente materialista de las fuerzas
sociales progresivas y como antípoda de la religión.
Pero, al surgir
en una sociedad
ya escindida en clases, la filosofía no tarda ella misma
en escindirse: frente a la
concepción materialista aparece
en
seguida la concepción contraria, la idealista. La
orientación materialista de
la filosofía refleja,
generalmente, la situación y las ideas de las clases
avanzadas. La filosofía materialista se desarrolla en estrecha relación
con el desarrollo de
las ciencias
naturales. La filosofía idealista es, por regla
general, la concepción del mundo de las clases reaccionarias;
apoya a la religión y obtiene, a su vez, el apoyo de
ésta.
El objeto y el contenido de la filosofía cambian
históricamente. En la Grecia antigua, la filosofía abarcaba todas las ramas del
conocimiento de aquel
entonces. Poco a poco, fueron desgajándose de la
filosofía una ciencia
tras otra. El
proceso de
diferenciación del conocimiento científico, que
desglosó de la filosofía las ciencias especiales, fué un proceso progresivo.
Sin embargo, los creadores de
sistemas filosóficos, especialmente los idealistas,
no se resignaban al
hecho de que
su campo de
conocimiento se redujera, e intentaron someter a sus
dominios las ciencias especiales, obligarlas a entrar dentro de
los marcos de
sus sistemas. El
último
sistema filosófico que sostiene la pretensión de la
universalidad es la filosofía idealista de Hegel. Hegel
erige su filosofía por encima de las demás ciencias,
tratando de forzar a éstas a acomodarse en el lecho de Procusto de su sistema
idealista.
La única filosofía consecuentemente científica de
nuestra época es
el materialismo dialéctico,
la
concepción del mundo del partido marxista-leninista,
la ciencia de las leyes generales del desarrollo de la naturaleza, de
la sociedad y
del pensamiento. El
materialismo dialéctico constituye la más grande
conquista del pensamiento científico, la concepción
científica del mundo y el método de conocimiento y
de acción revolucionaria. "El materialismo dialéctico
-escribe Lenin- no necesita ya de ninguna filosofía
situada por encima de las demás ciencias". Lo único
que
queda en pie
de la filosofía
anterior es "la doctrina del pensamiento y sus
leyes: la lógica formal
y la dialéctica". Ahora bien, la dialéctica,
tal como la concibe Marx y como la concibiera también Hegel, incluye lo
que hoy se
llama "la teoría
del
conocimiento, la gnoseología, ciencia que debe
enfocar también su objeto desde un punto de vista
histórico, investigando y generalizando los orígenes
y el desarrollo del conocimiento y el tránsito del no conocimiento al
conocimiento".233
El materialismo y el idealismo filosóficos tienen,
cada uno
por su parte,
una larga historia.
Como
fenómeno de carácter supraestructural, el desarrollo
de la filosofía refleja el desarrollo económico de la sociedad y de la lucha de
clases.
La filosofía idealista entiende que la naturaleza,
el mundo material, es
producto del espíritu,
de la
conciencia, de la idea o de dios. Al igual que la
religión, la filosofía idealista reconoce, de un modo o de otro, de la creación del mundo por un dios, por la
idea, por el espíritu. La filosofía materialista,
por el contrario, explica la naturaleza por sí misma, niega la
idea de la creación del mundo y encuentra el
fundamento y la unidad del mundo en su ser material.
En su famosa obra Materialismo y
empiriocriticismo, Lenin demuestra que toda la
historia de la filosofía es la palestra de la lucha entre dos partidos
filosóficos, el del materialismo y el del idealismo. "La novísima
filosofía está tan penetrada del espíritu de partido como la filosofía de hace
dos mil años. En
realidad -una realidad
velada por nuevos rótulos
seudocientíficos y charlatanescos, o bajo una mediocre no pertenencia a ningún
partido-, los partidos en lucha son el materialismo y el idealismo. El
idealismo no es más que una forma afinada, refinada, del fideísmo, que persiste
armado con todas sus armas, dispone de muy vastas organizaciones y, sacando
provecho de los menores titubeos del pensamiento filosófico, continúa
incesantemente su acción sobre las masas".234
Lo
mismo que en
política no puede
haber neutralidad en la lucha entre las dos clases enemigas,
en filosofía no caben tampoco tendencias neutrales
al margen del materialismo y del idealismo, que no se
inclinen a uno de los dos campos. Como subrayaba
Lenin, las prédicas de la imparcialidad en filosofía no hacen más que encubrir
el intento de embrollar las
dos tendencias contrapuestas, el empeño de conciliar
lo inconciliable. Bajo ese rótulo de la imparcialidad
en filosofía se oculta en gran parte la prédica del
233 V. I.
Lenin, Marx, Engels, marxismo, ed. española. Moscú,
1948, pág. 16.
234 V. I.
Lenin, Materialismo y
empiriocriticismo, ed. esp., Moscú, 1948, pág. 411.
idealismo y del clericalismo. "La no
pertenencia a ningún partido no es en filosofía más que servilismo
miserablemente disimulado respecto al idealismo y al fideísmo".235
La lucha del materialismo y el idealismo, como
reflejo de la lucha de clases, impregna toda la historia de la filosofía, no
sólo la antigua, sino también la moderna. La aparición de un nuevo régimen
social y su lucha contra el régimen superviviente ha ido unida siempre a la
lucha de las ideas, de la manera de concebir el mundo. Así, en vísperas de la
revolución francesa del siglo XVIII surgen destacados filósofos
materialistas, enemigos de
la religión y del
idealismo, tales como Diderot, Lamettrie, Holbach, Helvecio y otros. La
filosofía materialista francesa del siglo XVIII preparó ideológicamente el
terreno para la revolución burguesa. La reacción aristocrática contra la revolución francesa
y contra el materialismo francés
fué la filosofía
idealista alemana, la filosofía de Kant, Fichte y Hegel. La revolución
francesa provocó un miedo cerval entre los representantes de la reacción
europea, incluyendo la cobarde y mezquina burguesía alemana, que se humillaba
servilmente ante la aristocracia feudal. En contraste con los valientes y
audaces ataques de los materialistas franceses contra la superstición, la
mística y el idealismo, contra todo lo que había de medieval en la economía, en
las costumbres, en la política y en la ideología, los filósofos idealistas
alemanes arremetían contra el materialismo y el ateísmo y defendían las ideas
sociales y las instituciones políticas reaccionarias.
Hay que señalar, sin embargo, que la filosofía de
Hegel llevaba consigo la dialéctica idealista, la
doctrina del desarrollo
a través de las
contradicciones, a saltos, mediante interrupciones de la continuidad gradual.
En la dialéctica de los conceptos, Hegel atisbaba la dialéctica del ser. La
dialéctica idealista hegeliana era, aunque bajo forma mistificada, el reflejo
de la revolución burguesa de Francia de los años 1789-1794. Los clásicos del
marxismo-leninismo vieron en la dialéctica de Hegel una importante conquista,
un paso de avance en el desarrollo del pensamiento filosófico avanzado.
La lucha de las fuerzas progresivas contra el
régimen de la servidumbre feudal, contra la religión
y el idealismo hizo surgir, en Rusia, toda una
pléyade de geniales pensadores materialistas: Lomonosov y
Radichev en el siglo XVIII, y en el XIX Herzen,
Ogarev, Belinski, Chernichevski, Dobroliubov, Pisarev y otros. He aquí lo que
escribía Lenin acerca
de Herzen: "En la Rusia feudal, en la década
del 40 del siglo XIX, supo elevarse a una altura tan grande,
que se colocó al nivel de los más profundos
pensadores de su tiempo... La primera de las Cartas sobre el
estudio de la
naturaleza -"Empirismo e
235 V. I.
Lenin, Materialismo y
empiriocriticismo, ed. esp., Moscú, 1948, pág. 412.
idealismo"-, escrita en 1844, nos muestra a un
pensador, que, incluso ahora, está a cien codos por encima de un sinfín de
naturalistas empíricos contemporáneos que hacen experiencias en las ciencias
naturales y de una infinidad de filósofos idealistas y semiidealistas del
presente. Herzen llegó de lleno a las puertas del materialismo dialéctico y se
detuvo ante el materialismo histórico".236
Y estas palabras de Lenin podrían también aplicarse plenamente a
los demócratas revolucionarios Belinski, Chernichevski y
Dobroliubov. El materialismo filosófico de Herzen y de estos otros
pensadores representaba un
grado de madurez superior al de todas las demás
manifestaciones del materialismo premarxista y se hallaba considerablemente por
encima del materialismo francés del siglo XVIII y del materialismo de
Feuerbach.
El materialismo filosófico anterior a Marx era un
materialismo unilateral, limitado
e inconsecuente.
Era un materialismo predominantemente mecanicista
y metafísico. Un materialismo "por abajo",
en la explicación de la naturaleza, y un idealismo "por arriba", en
la explicación de
la historia de la
sociedad. Las deficiencias del materialismo anterior fueron superadas por el
materialismo dialéctico, por la
teoría de Marx
y Engels. El
materialismo dialéctico y el marxismo en su conjunto surgieron sobre la
base de determinadas condiciones de la vida material, de
las contradicciones económicas
y sociales del capitalismo, como resultado de la síntesis de la historia
de las luchas de clases del proletariado y de los grandes descubrimientos
científicos llevados a cabo en el campo de las ciencias naturales. A las
condiciones históricas que hicieron posible la aparición del marxismo nos hemos
referido ya más detalladamente en el
capítulo primero. El materialismo dialéctico e histórico es el
fruto regido por sus leyes de todo el desarrollo precedente de la ciencia,
incluyendo la filosofía.
La aparición del materialismo dialéctico e
histórico representó la
más grandiosa revolución
operada en el campo de la filosofía. A diferencia de
las anteriores doctrinas filosóficas, que habían
sido el resultado de un individuo o de pequeñas escuelas y grupos aislados de
pensadores, el materialismo dialéctico surgió como la concepción del mundo de
la clase obrera revolucionaria, como su bandera ideológica de combate. El
materialismo dialéctico es una concepción del mundo radicalmente contrapuesta a
la de la burguesía. Es la única concepción científica del mundo, monolítica y
consecuente, en la que se refleja certeramente la realidad. No se propone solamente
interpretar el mundo, sino
transformarlo, es decir, servir de arma para la transformación revolucionaria
de la sociedad, de guía para el derrocamiento del capitalismo y para la
construcción
236 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XVIII, págs. 9-10.
del
comunismo. El materialismo
dialéctico e histórico es la base
filosófica del comunismo científico. Tomando como base el materialismo
dialéctico e histórico, Marx y Engels crearon la teoría del comunismo
científico, es decir, la doctrina de la revolución proletaria, de la dictadura
del proletariado y del triunfo del comunismo.
Después de Marx y Engels, el materialismo dialéctico
e histórico encontró nuevo desarrollo en
los geniales trabajos del gran Lenin. Lenin trazó la
síntesis filosófica de la práctica histórico-mundial y
de los grandes descubrimientos llevados a cabo en el
campo de las ciencias naturales durante el período transcurrido desde la muerte
de Federico Engels. En
sus trabajos, somete a crítica en todos sus aspectos
las corrientes filosóficas burguesas de la época del
imperialismo,
entre ellas el
neokantismo, el machismo, el pragmatismo
y el neohegelianismo. En los trabajos de Lenin se hace, además, la crítica del
tosco
y vulgar materialismo mecanicista y
"económico". Los trabajos filosóficos de
Lenin representan una nueva
y más alta
etapa en el
desarrollo
del materialismo dialéctico
e histórico.
Después de él, el materialismo dialéctico e
histórico fué nuevamente desarrollado en todos sus aspectos
por los discípulos de Lenin.
El materialismo dialéctico surge y se desarrolla en
una lucha irreconciliable con las corrientes de la filosofía idealista y
metafísica. El materialismo dialéctico es una concepción científica del mundo
íntegra y coherente, consecuente hasta el final e inconciliable con toda
superstición y toda mística. Es la única filosofía científica que responde a
todas las exigencias de las ciencias naturales contemporáneas. Todos los demás
sistemas filosóficos han sufrido una bancarrota total, refutados por la práctica
y la ciencia más avanzada de nuestro tiempo. La trayectoria de desarrollo de la
ciencia en su conjunto, incluida la de las ciencias naturales, confirma
íntegramente las doctrinas del materialismo filosófico marxista, sus tesis
acerca de la perennidad de la naturaleza, de la materia y de sus leyes, acerca
del hecho de que no es obra de ninguna creación, de que el desarrollo en la
naturaleza y en la sociedad discurre dialécticamente y de que la conciencia es
capaz de descubrir y descubre la verdad objetiva.
La
filosofía marxista-leninista es
la concepción del mundo dominante
en la U.R.S.S. de un modo incompartido. Y consigue nuevos y nuevos adeptos,
no sólo
entre los hombres
avanzados de la
clase obrera del mundo entero, sino también entre los intelectuales de
vanguardia de todos los países.
La fuerza de la filosofía marxista-leninista reside
en el hecho de que señala a las masas trabajadoras el
camino para salir de la esclavitud económica,
política
y espiritual a que las condena el régimen
capitalista. El materialismo dialéctico es el arma teórica de lucha
de los partidos
marxistas en todos
los países del
mundo. Es, para todos los intelectuales y
naturalistas avanzados, el único método filosófico científico que les infunde
confianza en la posibilidad de vencer las dificultades y contradicciones que
surgen en el proceso del conocimiento de los nuevos aspectos y fenómenos de la
naturaleza, del macrocosmos y del microcosmos.
En la época del imperialismo, el materialismo
dialéctico encierra una grandiosa significación para
los
intelectuales avanzados de
todo el mundo.
La crisis y la decadencia del capitalismo de nuestros días
encuentran su expresión en la crisis, en la
decadencia y en la descomposición de toda la cultura burguesa, incluyendo la
ciencia y la
filosofía del mundo
burgués. Nunca a lo largo de toda la historia de la
sociedad burguesa habíamos
asistido a semejante
orgía de la
mística, el idealismo y la superstición como en la fase actual de
desarrollo del capitalismo imperialista.
A una sociedad putrefacta
corresponden, como es natural, los frutos podridos
que brotan en el campo de la filosofía.
En los años de su juventud, la burguesía y sus
mejores ideólogos proclamaban el poder de la razón humana y su capacidad para
conocer el mundo. En
nuestro tiempo, los filósofos burgueses se
esfuerzan, ante todo, en negar la razón humana, en poner de
manifiesto su impotencia, su incapacidad para
descubrir la verdad objetiva. Están en boga el irracionalismo y la mística,
rasgo característico de la
burguesía imperialista, como clase obstinada en
detener el curso de la historia y en volver ésta atrás,
hacia el pasado, en su empeño por resucitar el
escolasticismo medieval.
Los filósofos reaccionarios de los Estados Unidos,
Francia, Austria, Italia, Inglaterra y la Alemania occidental levantan hoy
sobre el pavés a Tomás de
Aquino, la cabeza visible de los escolásticos de la
Edad Media: en las universidades norteamericanas,
italianas, francesas e inglesas se dan cursos sobre la
filosofía tomista,
a la que se dedican, además, en
esos, países, numerosas obras, estudios,
disertaciones y artículos de revista. La bibliografía de Tomás de
Aquino, en la que se enumeran los trabajos acerca de
este filósofo medieval salidos de las prensas en los
últimos veinte años, ocupa 315 páginas.
Claro exponente del cuadro de descomposición de
la filosofía burguesa es la filosofía idealista de
un autor norteamericano actual, Santayana. Su doctrina sobre los entes
"supraterrenales" no es sino una reproducción del "reino de las
ideas" de la filosofía platónica y de los "universales" del
escolasticismo medieval. Santayana declara sin ambages que es enemigo de la
ciencia y que su "filosofía no es ni pretende ser científica".
"La verdad y el absurdo - escribe Santayana- pueden considerarse como una
y la misma cosa y cabe reputar como desdeñable la diferencia entre una y
otro". Y el filósofo norteamericano
Glenn, autor de la obra
titulada
Introducción
a la filosofía, manifiesta que su filosofía se
consagra, voluntariamente y sin reservas, al servicio de la teología".
La filosofía más extendida en los Estados Unidos,
el pragmatismo (James)
y el instrumentalismo
(Dewey,
Hook), es una
variante del idealismo
subjetivo. Esta filosofía borra las fronteras entre
el conocimiento y la fe, la ciencia y la religión, la filosofía y la teología.
Uno de los productos ideológicos más podridos de
la reacción imperialista
es la filosofía
idealista
subjetiva del existencialismo, que tantos secuaces
encuentra entre la burguesía y los intelectuales burgueses de Francia, Estados
Unidos, Inglaterra y la
Alemania occidental. Los existencialistas consideran
como sus maestros a San Agustín y otros místicos
medievales, a Nietzsche y a Bergson, pero los
inspiradores inmediatos de los existencialistas alemanes fueron
los fascistas. El
odio a todo
lo
humano, el desprecio por la razón y por el
conocimiento científico, el
amoralismo, la
glorificación de la muerte y del bandolerismo
imperialista, figuran entre los rasgos característicos de esta filosofía del
capitalismo agonizante. La única
realidad, para los existencialistas, es la
existencia personal, individual. Según ellos, la colectividad, el
pueblo, la sociedad son un absurdo, una mentira. La
reacción imperialista cultiva y estimula la filosofía existencialista, con
el designio de
corromper la
conciencia del hombre, destruir la solidaridad
proletaria, desviar el pensamiento de los trabajadores
de las contradicciones sociales y la lucha
revolucionaria de clases y concentrar su atención en
los intereses personales y estrechamente egoístas.
Y a los mismos fines imperialistas sirve también
la corriente filosófica
idealista subjetiva de los
semánticos, quienes tratan de reducir la filosofía a
un malabarismo escolástico de palabras. Los semánticos
afirman que los conceptos no son un reflejo de la
realidad, que conceptos como los de "capitalismo",
"socialismo",
"clase",
"burguesía",
"proletariado",
etc.,
carecen de todo
sentido y significación
real. Todo concepto es, a su juicio, algo convencional y
son, al parecer, las palabras, cuando se les quiere
atribuir un sentido real, las que engendran las contradicciones y los
conflictos sociales. Según los
semánticos, bastaría con borrar del lenguaje
expresiones como las
de "capitalismo",
"comunismo", "socialismo",
"lucha de clases", "fascismo", etc., para hacer desaparecer
las contradicciones sociales de la sociedad burguesa.
Como toda clase que marcha hacia la ruina y que
vive un período
de declive, de
decadencia, la
burguesía y sus filósofos buscan su consuelo y su
salvación en el misticismo y tratan de corromper ideológica y moralmente la
conciencia del pueblo.
No persiguen tampoco otra finalidad las diversas
corrientes filosóficas idealistas,
que brotan en la
sociedad burguesa con la profusión con que brotan
los hongos después de la lluvia. Las quimeras filosóficas de
los ideólogos burgueses
de nuestros días recuerdan, por
su oscurantismo y sus designios de corrupción del espíritu, los
"aquelarres de brujas" de la Edad Media.
Todas las tendencias de la filosofía idealista
reaccionaria de nuestro tiempo coinciden en cuanto a su propósito social, el
cual no es otro que combatir al marxismo, al materialismo dialéctico, a las
fuerzas del comunismo y del progreso social.
Al idealismo, a la mística, al escolasticismo de los
guardianes filosofantes de la burguesía se contrapone la verdad, radiante como
el sol, de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico. La concepción
marxista-leninista del mundo descansa sobre la base granítica de
los grandes avances
de la ciencia moderna y se desarrolla a la par con
los éxitos logrados en la
práctica histórica universal
de la fuerza más avanzada de la
humanidad, de la clase obrera. La filosofía
marxista es la doctrina afirmadora de la vida que inculca en
el espíritu de los trabajadores la certeza inquebrantable en el triunfo del
comunismo.
f) El arte.
El arte es,
como las demás
formas de la conciencia social, un reflejo de la vida,
de la realidad, una manera especial de conocer ésta. A diferencia de
la ciencia, el arte ofrece un conocimiento, una
reproducción de la realidad, de la vida social, de la
existencia y las costumbres de los hombres, no a
través de conceptos,
sino por medio
de imágenes
artísticas.
Las imágenes del arte realista reflejan y expresan
los rasgos más esenciales, más típicos, de la realidad
representada de la vida social, vistos a través de
lo individual. El artista realista, al crear sus imágenes,
cala en el mundo interior de lo representado. Nos
ofrece, bajo la forma de caracteres individualizados y de sucesos concretos,
una plasmación de caracteres
típicos en circunstancias típicas, un reflejo de los
rasgos esenciales de la vida social, de la psicología,
de las costumbres, de la fisonomía moral de tales o
cuales clases, de estos o los otros grupos sociales. La galería de las obras
creadas por el arte revela ante
nosotros todo un mundo de relaciones sociales y
acontecimientos históricos.
El arte, como expresión de determinadas concepciones
artísticas de la sociedad y como reflejo de
la vida social,
forma parte de
los fenómenos
supraestructurales, engendrados por el régimen
económico de la sociedad de que se trata. En el arte
cobra su expresión la ideología de una determinada
clase.
El arte constituye un elemento importantísimo de
la cultura. Desempeña un papel de enorme importancia
en la vida social. Es un producto de la
vida social y la imagen artística de la realidad,
pero ejerce, a su vez, una gran influencia sobre la vida social, contribuye a
formar los sentimientos, los pensamientos, la voluntad y los principios morales
de los hombres.
El arte puede influir sobre la vida social en un
sentido progresivo o reaccionario, con arreglo a su
contenido ideológico. El arte reaccionario sirve a
los
intereses de las fuerzas sociales reaccionarias y
caducas. El arte avanzado expresa los intereses de las
fuerzas sociales progresivas. El arte avanzado lucha
contra
el régimen social
reaccionario, contra las clases reaccionarias y su ideología,
contra las concepciones estéticas retardatarias.
El arte, al igual que las demás formas de la
conciencia social, brota
de las necesidades
de la
práctica social y, al mismo tiempo, condiciona a
esta práctica, con sus medios específicos, artísticos.
La percepción
estética y el reflejo
artístico del
mundo, de la vida social, constituye uno de los
aspectos de la multiforme vida espiritual de la sociedad, de
la conciencia social.
Al tomar conciencia del mundo que
le rodea, el hombre social descubre en él
estas o las
otras propiedades mecánicas,
físicas, químicas, biológicas o sociales, ciertas cualidades y ciertos nexos
entre ellas, ciertos fenómenos, y las leyes que rigen su desarrollo. Pero,
además de estas propiedades y cualidades, de estos nexos y fenómenos, el hombre
ve, descubre en el mundo exterior circundante, en la vida social, en la
fisonomía espiritual de las gentes, algo distinto, lo que se llama lo hermoso y
lo monstruoso, lo bello y lo feo, lo admirable y lo vil, esas cualidades que
suscitan en nosotros lo que se califica de deleite estético o, por el
contrario, la repulsión estética. Y estas cualidades de lo bello o de lo feo
son inherentes de un modo objetivo, real, al mundo circundante, a la fisonomía
espiritual, moral, del hombre.
Los representantes de la estética señorial y
burguesa entienden que
el arte sólo
tiene que ocuparse de lo bello.
Es ésta una concepción de los marcos del arte cuyo sentido consiste en hacer
que el arte se abstenga de criticar los aspectos negativos de la sociedad
basada en la explotación. Pero el arte realista
tiene por misión
representar y ha representado siempre, no sólo lo bello,
sino también lo feo, no sólo lo grande y lo admirable, sino también lo vil, no sólo
lo positivo, sino también lo negativo, desenmascarando lo despreciable, lo
vulgar y lo caduco y provocando en el pueblo el odio hacia ello. Shylock y Lady
Macbeth, Yago y Tartufo, Malchalin y Famusov,
Pliuskin, Jlestakov y Sobakevich, Iuduska Golovlev y Klim
Samguin, toda esa multiforme galería de tipos creados por la literatura y el
arte clásicos universales, ponen al desnudo los rasgos humanos
negativos, los fenómenos
lacras de la sociedad, al plasmar sus prototipos de
lo negativo, el arte clásico defiende lo bello, lo digno de ser admirado. Los
prototipos positivos del arte han servido de modelos de conducta para los
hombres avanzados; en ellos se han educado, imitándolos, los grandes
revolucionarios. Pero en la literatura del pasado, y especialmente a la
literatura del realismo crítico, ocupa mayor lugar el reflejo de los aspectos
negativos de la vida, la representación de los tipos reprobables. Ello se
explica por el mismo carácter del régimen social y responde a las necesidades
del desarrollo de la
sociedad, a las
necesidades de la lucha de clases, de la lucha contra la
mentira, que imperaba en las épocas de la esclavitud y el feudalismo y sigue
imperando en la época capitalista.
La historia de la sociedad demuestra que las ideas
estéticas, las concepciones y los gustos artísticos de
las gentes cambian y se desarrollan en relación con
los cambios y el desarrollo de las condiciones de la
vida material de
la sociedad y,
sobre todo, en
relación con el desarrollo económico de ésta.
En una sociedad de clases, son los intereses de
clase y la lucha de clases los que influyen directamente sobre el desarrollo
del arte y sobre su carácter, y a la par con ellos las distintas formas
ideológicas, las teorías políticas y jurídicas, la religión, la moral, el arte
y la filosofía.
Para analizar el desarrollo del arte, hay que
partir, por consiguiente, de la naturaleza del régimen social
imperante y de sus fundamentos materiales,
económicos, tener en cuenta las particularidades del
desarrollo del régimen de que se trata en tal o en
cual país, las condiciones
concretas, históricamente
plasmadas, de la vida del pueblo, la situación y los
intereses de las diversas clases sociales y la lucha entre ellas,
las características peculiares
de la
concepción del mundo, la ideología y la psicología y
la filosofía dominantes en esa sociedad.
En una sociedad de clase, las concepciones
estéticas, artísticas, tienen un carácter de clase, lo mismo que las demás
formas ideológicas.
Un gran representante del pensamiento
democrático revolucionario, N.
G. Chernichevski,
señaló que la noción de lo bello podía variar, no
sólo en las distintas épocas históricas, sino también dentro de una misma
época, al cambiar las condiciones. La
noción de lo bello, decía este pensador, no es lo
mismo en el noble ocioso que en el campesino que se
afana para vivir. La delgadez, el aire lánguido, la
palidez del rostro de una dama aristocrática son, para el noble, signos de
belleza, de gracia y de elegancia.
Para el campesino, en cambio, estas cualidades
denotan anemia, enfermedad.
"... Al labriego,
una
beldad a la que apenas da el aire de la calle se le
antoja poco atractiva y casi produce en él una impresión
desagradable..."237 Su ideal de la
belleza
reprobables,
y las condiciones
sociales que los
engendran. Al poner de manifiesto los vicios y las
237 N. G.
Chernichevski, La actitud estética
del arte ante la realidad, ed. rusa, 1945, pág. 12.
femenina es el de una mujer de mejillas coloradas,
rostro atezado y recia complexión, cualidades en las que él ve los signos de la
salud y el vigor necesarios para una vida de trabajo. Chernichevski atribuía
con visión certera, las
diversas ideas de la belleza reinantes en las diversas clases a
las diferentes condiciones sociales de vida de estas clases y,
consiguientemente, a su diferente ideología y psicología.
Sin embargo, y a pesar de que las concepciones
artísticas de las
gentes cambien de
unas a otras épocas, con arreglo a los cambios
operados en el régimen económico de la sociedad, no cabe duda de que el gran
arte realista encierra siempre valores estéticos permanentes,
que suscitan el
deleite artístico de las gentes de diferentes épocas. La poesía de
Puskin, de Lermontov, de Shakespeare y de Goethe, la música de Glinka, de
Chaikovski, de Beethoven y de
Lizst, la pintura
de Surikov, de Repin, de Rafael y del Tiziano, la
escultura de Fidias y Praxiteles han provocado y siguen provocando el deleite
estético de muchas generaciones, a lo largo de los siglos. La belleza de estas
obras de arte no se marchita, no languidece. ¿A qué se debe esto?
El reflejo artístico de la realidad, lo mismo que la
conciencia científica de ella, encierra una verdad objetiva, un fondo vital de
verdad, que no muere. Cuanto más profunda y más bella es la reproducción
de la
vida en la
obra de arte,
mayor es la significación social que ésta encierra,
mayor es su fuerza de percepción y el deleite artístico que en nosotros
suscita, más intenso el entusiasmo que despierta, más vigorosa y profunda la
acción educativa, ideológico-artística, que esa obra de arte ejerce. Las
creaciones artísticas que saben reflejar profundamente los hechos y las
costumbres de una determinada época, y los reflejan, además, bajo una forma
artísticamente bella, no llegan a perder su significado aunque cambien los
tiempos, porque en la vida social, en la lucha de las fuerzas sociales
progresivas contra las fuerzas sociales reaccionarias, contra el mal social, en
cualquier época, hay siempre, junto a lo específico, a lo irrepetible y a lo
peculiar, muchos rasgos comunes a todas las épocas.
El gran arte del pasado dirigía su filo, por regla
general, contra el
régimen viejo, caduco
y
reaccionario, contra la mentira y el mal reinantes
en la sociedad, contra
los vicios sociales
y las
costumbres malsanas. Esto explica por qué ese arte,
impregnado de espíritu de lucha contra la opresión, la injusticia y
las lacras de
su tiempo, causa
tan
profunda
impresión a los
hombres avanzados del siglo XX, que combaten al capitalismo.
Las fuerzas
sociales progresivas de nuestros días ven y aprecian
en el arte de Shakespeare, de Puskin, de Balzac y Tolstoi, de
Glinka y Chaikovski,
de Rafael y el
costumbres de la época en que vivieron y crearon
aquellos artistas, escritores y compositores.
El encanto estético imperecedero del gran arte
clásico reside en
su carácter popular.
El carácter
popular
del arte estriba
en que sabe
expresar las ideas, las
aspiraciones, los sentimientos, las
esperanzas y los anhelos del pueblo en contra de la
opresión social y la explotación. El gran arte se halla enraizado en la
creación artística popular y extrae de
la entraña de ésta sus modelos, su inspiración, los
motivos musicales de
las canciones del
pueblo y
otros valores artísticos.
Las obras del arte clásico, cualquiera que sea la
clase social cuya concepción del mundo expresen,
contienen siempre algo de interés humano general,
que les
permite tocar al
corazón e inflamar
el
entusiasmo de las épocas, de diversas épocas y
distintas clases. La luminosa y radiante alegría del amor, el
dolor inconsolable de
una madre, el
sentimiento de amistad o camaradería, la lucha
contra la injusticia, la maldad y la perfidia, el heroísmo, la
audacia y la intrepidez, la denuncia de la cobardía
y la traición, etc., sea cualquiera la época en que se manifiesten, al
plasmarse con los rasgos consumados
del arte en la pintura o en la escultura, en la
música o en la poesía,
no pueden por
menos de mover
a
entusiasmo a las gentes de otras épocas, de inspirar
en ellos el sentimiento de la admiración
o la cólera, una reacción de alegría o de pena.
Todo esto explica por qué el gran arte del pasado
sigue conservando su sentido progresivo y suscita, el
deleite estético en las siguientes épocas, ayudando
a los hombres a luchar contra los exponentes de los
males sociales, en nuestro propio tiempo.
El desarrollo del arte, la sucesión de períodos que
en su
auge se manifiestan,
su florecimiento y su
decadencia, no son, ni mucho menos, algo fortuito,
sino que representan una trayectoria sujeta a leyes,
que tiene como base todo el complejo y multiforme
proceso de desarrollo
de la sociedad.
Además, algunos de los períodos de florecimiento del arte no
coinciden con las etapas de alto nivel de desarrollo
de las bases materiales de la sociedad. Marx cita, a
título de ejemplo, el arte de la antigua Grecia y
las creaciones de Shakespeare. "Por lo que se refiere a ciertas formas del
arte, por ejemplo la epopeya, se
reconoce incluso que jamás habrían podido llegar a
crearse bajo su forma clásica, la que hace época en la
historia universal, después de iniciada la
producción artística en cuanto tal; es decir, que, dentro de la misma esfera
del arte, ciertas creaciones importantes
de éste sólo pueden llegar a darse en una fase
todavía incipiente del desarrollo artístico".238
Marx pone de manifiesto cómo la epopeya de los
antiguos griegos, que
surgió en una
fase relativamente primitiva del desarrollo social, como
Tiziano,
el genial reflejo
artístico de los
aspectos
esenciales de la vida social, del modo de ser y las
238 C. Marx
y F. Engels, Ueber
Kunst und Liferatur. Berlín
1949. pág. 21.
fruto de la mitología popular, no podría haberse
desarrollado a base de las relaciones capitalistas de producción y de la
concepción del mundo a que éstas sirven de fundamento. En la época de la gran
producción capitalista, del ferrocarril, del telégrafo, del teléfono y de la
radio, en la época de los bancos y las bolsas capitalistas, no hay ya sitio
para figuras como las de
Júpiter, Hermes y
otros prototipos creados por la
mitología griega, ni para el arte griego que brotó al calor de estos mitos.
Marx señala la hostilidad directa de la producción
capitalista con respecto a ciertas ramas del desarrollo
espiritual, especialmente el arte y, en particular,
la
poesía. Esta posición hostil del capitalismo frente
al arte y a la poesía nace de la división capitalista del
trabajo, que deforma y mata la personalidad, y del
hecho de que el móvil fundamental de la conducta del
hombre, bajo el capitalismo, es lucro, el dinero, la sed de acumular por la
acumulación misma; y, por último, de la realidad según la cual, bajo el
capitalismo, todo se compra y se vende: la conciencia y el honor, la dignidad
del hombre, el amor y la amistad.
Las grandes creaciones del arte producidas en la
época del capitalismo no se deben, ni mucho menos,
a los progresos de la burguesía, o incluso a los
éxitos
de la técnica y de la industria, como sostienen los
sociólogos vulgares, sino a causas más complejas. Las más grandes realizaciones
del arte coinciden con los períodos de auge social, con los períodos de lucha
de las fuerzas sociales avanzadas, de las masas populares, contra el
feudalismo, primero, y luego contra el capitalismo, con los períodos de
efervescencia en la lucha contra la opresión social. La pintura de Rafael y el
Tiziano, de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, las grandes creaciones de Shakespeare
y Rabelais, de Cervantes y Goethe, de Puskin,
Gogol, Lermontov, Nekrasov
y Tolstoi, fueron expresiones de
protesta y de lucha contra el régimen de la servidumbre, y también contra el
poder de los ricos, contra la burguesía rapaz.
Faltan a la verdad los teóricos del arte y los
sociólogos idealistas cuando afirman que el arte vive en un mundo aparte, al
margen de la sociedad y de la política.
Semejante arte no
existe ni ha
existido nunca. El arte ha sido siempre y sigue siendo un fenómeno social,
que plantea y
resuelve determinados problemas sociales; en una sociedad de clases, no
puede mantenerse al margen de las clases, sino que ha servido siempre y sirve,
directa o indirectamente, a determinados fines políticos, es decir, a
determinadas clases. Lenin desenmascaraba las ideas burguesas en torno a la
idea de la "libertad del arte", en la sociedad burguesa, cuando
decía: "Es imposible vivir en la sociedad y hallarse libre de ella. La libertad
del escritor, del
artista o del
actor burgués no es
otra cosa que
la supeditación disfrazada (o
hipócritamente encubierta) al rico, a la
corrupción, a los medios de sustento".239
Hasta las tendencias formalistas, tales como el
llamado "arte puro", las prédicas sobre "el arte por el
arte",
cumplen en el
caso de que
se trata una
determinada función de clase, la función de apartar
a las masas de la lucha política, en interés de los explotadores. Esta función
es precisamente la que la burguesía impone a su arte en nuestros días, al
encarrilarlo por los caminos del formalismo o del naturalismo.
La
burguesía de nuestro
tiempo y su
Estado luchan contra el
arte progresivo, democrático
y
socialista, persiguen a los escritores, a los
pintores y
artistas avanzados y tratan de inocular su arte
reaccionario.
La clase obrera
crea su arte
propio, el arte
socialista. Lenin ha enseñado que, en contraposición
a la prensa y literatura reaccionarias, burguesas y mercantilistas, en
contraposición al arribismo y al individualismo de la literatura burguesa, al
anarquismo señorial y
al afán de
lucro, el proletariado socialista
crea una literatura que es parte integrante de la causa general del
proletariado, de la causa de la lucha por el socialismo.
El Partido Comunista de la Unión Soviética pone de
manifiesto que el arte soviético no puede ser un arte sin ideas, apolítico.
Este arte está llamado a cumplir y cumple la importantísima función social de
educar al pueblo en el espíritu de las grandes ideas del comunismo. El arte
socialista es un arte de profundo contenido ideológico, un arte de partido,
impregnado de las ideas del comunismo, de la lucha por liberar a los
trabajadores de toda explotación, por llevar al triunfo el régimen social más
justo.
El
sentido partidista del
arte reside en
su tendencia ideológica. La
literatura clásica rusa,
progresiva y avanzada, lleva en su entraña la grande
y noble
idea de servir
al pueblo. Los
grandes
demócratas revolucionarios rusos Belinski,
Chernichevski y Dobroliubov consideraban como la más alta misión del arte el
reflejar certeramente las
realidades
de la vida,
el dar respuesta
a los más agudos y apasionantes problemas de
nuestro tiempo,
el
dictar su veredicto
aprobatorio o condenatorio sobre los diversos fenómenos de
la vida, el servir de guía y portavoz de las ideas avanzadas, el servir al
pueblo, ayudándole a marchar hacia adelante. La
literatura soviética, la literatura más ideológica y más
avanzada del mundo, ha heredado y desarrolla
creadoramente estas tradiciones progresivas de los grandes demócratas
revolucionarios y de la literatura
clásica rusa.
El marxismo considera el desarrollo del arte en
relación con el
desarrollo de todas
las relaciones
sociales y, en particular, con el desarrollo de la
lucha
de clases. El ejemplo clásico del análisis marxista
del arte, de su
contenido de clase,
de su significado
239 V. I. Lenin. Obras completas, ed. rusa, t. X,
pág. 30.
artístico y de su función social son los geniales
artículos de Lenin sobre León Tolstoi y su obra. Muchos han escrito acerca de
Tolstoi, en todo el mundo. Pero nadie como Lenin ha puesto de relieve con tanta
profundidad y tanta fuerza la esencia social de la obra de este escritor, uno
de los más grandes de la literatura rusa y universal.
Para Plejánov, Tolstoi era un gran escritor, pero un
escritor terrateniente, señorial. Sin embargo, quien
vea en Tolstoi solamente el exponente ideológico de
los terratenientes, jamás
podrá comprender la
grandeza ni la poderosa influencia de sus obras.
A diferencia de Plejánov, Lenin vió en la creación
de Tolstoi mucho
más que su
condición de
terrateniente. Lo fundamental y lo decisivo en la
obra de Tolstoi es que en ella se reflejan la revolución
campesina, sus contradicciones, sus lados fuertes y
sus lados débiles.
Las contradicciones que se advierten en las ideas
de Tolstoi no surgen simplemente de su pensamiento
personal, sino que reflejan las complejas contradicciones arraigadas en las
condiciones de la vida material de la sociedad rusa, son el resultado "de
las influencias sociales, de las tradiciones históricas, que determinaban la
psicología de las diversas clases y las diversas capas de la sociedad rusa en
la época partidaria de la reforma, pero
prerrevolucionaria".240
En las obras de Tolstoi cobraba expresión la fuerza
y la endeblez del movimiento de las masas campesinas.
Tolstoi trazó un cuadro artístico de toda una época
histórica en la
vida de Rusia.
Y en esto
reside
cabalmente la grandeza y la significación histórica
de su obra como artista, que marcó un paso de avance
en el desarrollo artístico de toda la humanidad.
Los grandes artistas de la época del capitalismo
actuaron como críticos
de la sociedad
burguesa,
como acusadores de sus contradicciones, lacras y
vicios. El arte apologético burgués ha sido siempre
un arte raquítico y superficial.
La época del
imperialismo, que representa
la putrefacción del capitalismo
y la ofensiva
de la
reacción en toda la línea, ha traído consigo el
declive, la decadencia y la descomposición del arte burgués.
El arte burgués de nuestros días es el vocero de la
reacción, se propone matar en los trabajadores la voluntad de
lucha contra el
capitalismo,
desmoralizarlos y apartarlos de las tareas candentes
y apremiantes de la lucha por el socialismo, por la paz
y la democracia. La propaganda de las ideas
reaccionarias, antidemocráticas y anticientíficas y de toda clase de
superstición, el desprecio al hombre y a
la vida, el empeño por presentar la existencia como
obra del azar y por azuzar los instintos zoológicos del
hombre, la predicación de la guerra, del
cosmopolitismo y del individualismo: he ahí el contenido del arte burgués
contemporáneo, un arte
degenerado y en descomposición.
240 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XVI,
pág. 295.
En una declaración publicada en la antología
titulada Escritores del siglo XX, un
escritor norteamericano muy en boga, autor de novelas pornográficas, Henry
Miller, escribe: "A mí no me interesan ni la vida de las masas ni las
intenciones de los gobiernos existentes en el mundo. Yo confío y creo
firmemente en lo que todo el mundo civilizado se encargará de borrar de la faz
de la tierra en el próximo siglo."
Uno de los protagonistas de una obra del dramaturgo
burgués norteamericano muy a la moda, Eugenio O’Neill, Larry Sleid, profetiza:
"Toda la historia del mundo demuestra que la verdad jamás ha influido en
su marcha. Es la mentira... lo que inspira nuestra vida, la vida del
desventurado hombre, así en estado de embriaguez como en estado de
sobriedad."
El arte clásico
y el arte
avanzado de nuestro tiempo transmiten
el saber de
la verdad vital
y educan a los
lectores, a los
espectadores o al auditorio
en el espíritu
del humanismo, del patriotismo y de los altos principios
morales. La bandera del arte burgués contemporáneo, por el contrario, es la mentira,
la degradación moral, el egoísmo y el individualismo más exacerbado.
El arte clásico
y el arte
moderno avanzado abrazan la
defensa de la razón, de las luces, de la ciencia. El
arte burgués de
nuestro tiempo, en cambio,
predica el irracionalismo, el "subconsciente", lo instintivo,
lo patológico, lo paranoico y lo
esquizofrénico. El llamado surrealismo, esa corriente tan de
moda en el arte burgués, considera que el "mérito" de una obra
artística es tanto mayor cuanto más absurda y disparatada sea.
Así como en la filosofía burguesa contemporánea
impera el más
trivial idealismo, un
refinado
clericalismo, el misticismo, en el arte burgués
reina, a tono con ello, el formalismo en todas sus variantes
y
modalidades (impresionismo, surrealismo, cubismo, simbolismo, etc.) Uno
de los rasgos característicos del formalismo
en el arte
es la
ausencia de ideas, el divorcio entre la forma y el
contenido y la tendencia a convertir la forma en algo
pagado de sí mismo.
Otra de las
tendencias del arte
burgués es el
naturalismo,
la representación de los fenómenos de un modo superficial y carente de
ideas. Los artistas
naturalistas burgueses de nuestro tiempo pintan con
todo detalle la expoliación, la matanza, la
perversión sexual, saborean con gran delectación toda la podredumbre y toda la
repugnancia engendradas por el capitalismo agonizante, por el imperialismo.
La estética marxista, al desenmascarar las
afirmaciones de los
estetas burgueses acerca
del
carácter "apolítico",
"ideológico" y
"desinteresado"
del arte, libra también una lucha consecuente tanto
contra el formalismo como contra el naturalismo. La
estética
marxista preconiza la
unidad, la armonía
entre el contenido avanzado y la forma artística
acabada y perfecta. Cuanto más progresiva, más significativa, más elevada y más
certera sea la idea social contenida en el arte y más perfecta la forma
artística adecuada a
ella, más alto
y más trascendental será el
mérito de una obra de arte. Una idea falsa conduce siempre, inevitablemente, a
la contradicción interna, a la falta de fuerza de convicción, de veracidad de
la obra de arte y, por consiguiente,
a su carácter
antiartístico. En las grandes obras de arte existe una
adecuación, una armonía entre el contenido ideológico y la forma artística; una
y otra se hermanan, forman un todo armónico.
El arte socialista es el heredero de lo mejor y lo
más progresivo creado por la humanidad en el campo de la creación artística. El
arte socialista del proletariado revolucionario va germinando ya bajo las condiciones del
capitalismo. Los mejores representantes de la intelectualidad abrazan ya antes
de la revolución socialista la causa de la clase obrera, la causa del
socialismo, y entregan su inspiración creadora a la obra de la lucha contra el
capitalismo y la burguesía, contra su cultura y su arte corrompidos. Pero el
gran arte socialista sólo puede llegar a desarrollarse ampliamente después de
la revolución socialista, sobre el suelo del régimen social y político del
socialismo.
El proceso de formación y desarrollo del arte
socialista en la
U.R.S.S. ha sido
un proceso
complicado, difícil y contradictorio. También en el
campo del arte se manifestó la aguda lucha de clases
por la
que pasó el
país durante el
período de transición del
capitalismo al socialismo. Dentro del abigarrado tropel de los diferentes
grupos burgueses y pequeñoburgueses que actuaban en la literatura y el arte,
había también corrientes reaccionarias, que preconizaban "la vuelta a la
Edad Media" (los "acmeístas") y otras "radicales" y
"ultrarrevolucionarias" en cuanto a la forma, como las de los
futuristas, los "blusas amarillas", los partidarios del
"proletkult" y otros, todos los cuales no sabían
más que negar
y censurar, llamando
a echar por la borda la herencia de la cultura clásica, a Puskin y
Tolstoi, Turguenev y
Lermontov, Chaikovski y Glinka, a quienes anatematizaban como
"aristócratas". El arte socialista hubo de plasmarse y desarrollarse
en una lucha intransigente contra los diversos grupos y tendencias burguesas y
pequeñoburguesas.
Las clases explotadoras entorpecían a las masas
populares el acceso a la cultura avanzada. Para poder
convertir las mejores obras del arte en patrimonio
de
los trabajadores, era necesario luchar contra el
régimen social, que condenaba a millones de seres a la ignorancia, a los
trabajos forzados y a la miseria. Sólo la revolución socialista y el régimen
del socialismo aseguraron a
los trabajadores de
la
U.R.S.S. el acceso a los grandes tesoros del arte
clásico y pusieron el arte al servicio del pueblo.
El Partido Comunista de la Unión Soviética y el
Estado soviético impulsan celosamente el desarrollo
del arte socialista, forman y educan a los cultivadores
del arte, los pertrechan con la ideología marxista,
los
ayudan a sobreponerse a la influencia burguesa y
pequeñoburguesa, enderezan la labor de los trabajadores del arte por el fecundo
camino del realismo socialista. El Partido Comunista desenmascaró al grupo
antipatriótico de los cosmopolitas del arte y los ayudó a superar las
tendencias formalistas de la creación artística, especialmente en la música.
Los formalistas rechazaban las mejores tradiciones de la música clásica rusa,
su alto sentido ideológico, su riqueza de contenido, su realismo, su belleza melódica,
su vinculación orgánica con la inspiración de las canciones populares. Los
formalistas veían en la asimilación de estas tradiciones una actitud
"conservadora", un menoscabo del carácter internacional del arte
socialista, y se consideraban como "internacionalistas" e
"innovadores" por el simple hecho de copiar las "novísimas"
veleidades del arte occidental
burgués putrefacto, carente
de ideas y decadentista.
El arte socialista soviético es, por su carácter,
por su contenido, su forma artística y su función social, el arte más
ideológico y más progresivo del mundo. Rasgos importantísimos del arte
soviético son la veracidad, el realismo, la ideología socialista, el carácter
popular y el patriotismo soviético. Los grandes
héroes de la
literatura soviética son el
pueblo, los mejores, los más avanzados y heroicos hijos e hijas del pueblo, los
patriotas de la patria socialista soviética. En sus obras, el arte soviético
presenta al hombre nuevo, un hombre jamás visto hasta ahora en la historia, el
exponente de un pueblo libre y heroico, el constructor activo y consciente del
comunismo.
El arte soviético es un arte popular porque expresa
los pensamientos y
las aspiraciones del
pueblo,
porque se halla empapado de las grandes ideas del
socialismo y del comunismo, ideas que expresan los
intereses más vitales
del pueblo. Y
es popular también porque se
halla cerca del pueblo y es asequible a éste, porque es patrimonio suyo, lo
sirve y lo educa en el espíritu de los grandes principios de la moral
comunista.
El arte soviético es nacional por su forma. La forma
nacional del arte soviético lo hace asequible al
gran número de pueblos de la Unión Soviética. La
multiformidad de formas
nacionales del arte
soviético le da una gran riqueza de colorido, de
tipos, de caracteres, de rasgos, en los que se trasluce toda la diversidad de
la vida multinacional, del modo de ser,
de la psicología de los pueblos de la U.R.S.S.,
constructores del comunismo. Cada pueblo, grande o
pequeño, aporta su parte, genuina e insustituible,
al acervo general del arte socialista. La riqueza ideológica y artística del
arte socialista se halla vinculada a la conjunción armónica de su forma
nacional con su contenido internacional, socialista.
El arte soviético se halla imbuido de optimismo,
de empuje, de
certeza en el
futuro luminoso del
pueblo,
en el triunfo
del comunismo, es
un arte
afirmativo de
la vida,
como la ideología soviética toda. "La
vida es buena
y es bello
vivir": estas
palabras
del gran poeta
soviético V. Mayakovski
expresan un sentimiento profundo del libre pueblo
soviético, que ha triunfado sobre el capitalismo y se siente pletórico de
energías creadoras y de audacia, seguro del triunfo de su gran causa.
El método de la creación artística en todos los
campos del arte soviético es el realismo socialista.
Este método exige del arte que exprese de un modo
veraz e históricamente concreto la realidad,
enfocada en su desarrollo,
en la lucha
de lo nuevo
y lo
avanzado contra lo viejo y lo caduco, en la marcha
de
la sociedad hacia el comunismo.
J. V. Stalin dijo una vez que los escritores
soviéticos eran ingenieros de almas. Quería significar
con ello que la literatura y el arte soviéticos
están llamados en su conjunto a cumplir, y cumplen, la
gran función de formar la fisonomía espiritual del
hombre soviético, de contribuir a la educación comunista del
pueblo. Y para
que el arte
pueda
cumplir con éxito esta misión es necesario que los
artistas conozcan la
vida y sepan
representarla
certeramente en sus obras.
El realismo socialista exige del artista escribir o
pintar la verdad, sólo que la verdad artística no es
una simple reproducción fotográfica de la realidad,
la
descripción pura y simple de los hechos, a la manera
de los dibujos naturalistas de las condiciones de vida,
sino la revelación
y la reproducción
artística del
sentido que encierran los fenómenos de la realidad,
de las tendencias del desarrollo social. En el desenvolvimiento del arte
socialista, tiene una gran importancia la lucha contra la teoría falsa,
metafísica, de la ausencia de conflictos en el arte. Esta teoría ha servido
para desorientar a los representantes del arte, para desarmarlos en la lucha
contra todo lo negativo, lo caduco, lo hostil al socialismo, que aún no ha
desaparecido ni desaparece dentro de los marcos de la sociedad soviética.
En la sociedad socialista quedan aún vestigios de la
vieja sociedad destruida, supervivencias del capitalismo, aferradas al modo de
ser y la conciencia de los hombres. Quedan todavía ciertos residuos no
desarraigados de la maldad y la falsedad humanas. Y el arte socialista debe
saber captar y reflejar también estos aspectos negativos de la vida en la
sociedad soviética, para ponerlos en ridículo, anatematizarlos moralmente,
concitar el desprecio y el odio contra ellos.
El arte soviético
necesita sus Gogol
y sus
Shedrin. La sátira, la risa es también una gran arma
de lucha contra el mal y la mentira. La risa es el juicio condenatorio del
pueblo sobre todo lo podrido y lo senil, contra lo vicioso y lo reprobable. La
risa mata.
El nivel de cultura del pueblo soviético, sus
apetencias artísticas, sus gustos estéticos se elevan
sin
cesar. Y ello
impone exigencias cada
vez
mayores al arte soviético, llamado a servir a la
causa de la construcción del comunismo, a la causa de la
educación
comunista, a la
causa del desarrollo
artístico del pueblo. Un rico contenido de ideas
comunistas, un afán inquebrantable de veracidad y una maestría artística
consumada: tales son las exigencias que el pueblo soviético impone a su arte.
El arte soviético, como toda la cultura socialista
en general, no se desarrolla espontáneamente, por sí
solo. El desarrollo del arte soviético en interés de
las
masas
populares es orientado
por el Partido
Comunista
y el Estado
socialista. La lucha
del Partido Comunista contra el neutralismo ideológico y el apoliticismo
en el arte, contra la adulación y el servilismo ante la depravada cultura
burguesa, contra la ideología reaccionaria del cosmopolitismo y contra el
formalismo en el arte, ha despejado el camino para el florecimiento del arte
soviético.
Ninguna sociedad asigna ni ha asignado nunca en el
Estado un lugar tan alto al arte (a la literatura, al teatro, al cine, a la
pintura, a la escultura, a la arquitectura y a la música) como el que le
atribuyen el Estado soviético y los países de democracia popular. Jamás, en
ningún del país capitalista, se ven los servidores del arte rodeados del cariño
del pueblo como se les rodea en el país del socialismo y en las democracias
populares. Nunca ni en parte alguna han puesto el Estado y el partido gobernante
tantos desvelos en sostener y alentar a los cultivadores del arte popular
avanzado como el Estado socialista soviético y el Partido Comunista de la
U.R.S.S., lo mismo que los Estados de las democracias populares y los partidos
comunistas y obreros de estos países.
En las condiciones
del paso gradual
del socialismo al comunismo, en que las tareas de la educación comunista
del pueblo ocupan uno de los primeros lugares, la función social del arte
socialista y su significación para la educación comunista de las masas son cada
vez más importantes. Y cuanto más plenamente, con mayor profundidad, claridad y
veracidad refleje el arte la vida de la sociedad socialista, en su vertiginoso
desarrollo, cuanto más fielmente sepa recoger y presentar la vida y la
actividad creadoras de los millones de hombres y mujeres de nuestra sociedad,
más alta será la misión del arte en la vida de ésta y en la construcción del
comunismo.
Resumen.
La conciencia social es producto de la existencia
social, de las condiciones de la vida material de la
sociedad. Según sea la existencia social de los hombres, así serán también su
conciencia social, sus ideas sociales. Al cambiar las condiciones de la vida
material de la sociedad y a tono con ella, cambian asimismo la conciencia
social, las ideas políticas y jurídicas, las concepciones morales, religiosas,
artísticas y filosóficas. Las ideas
dominantes en una sociedad dada son siempre las ideas de la clase dominante.
El materialismo histórico es el único método que
ofrece una explicación científica de los
orígenes de
las
ideas, concepciones y
teorías sociales, de la
significación y la función de éstas en el desarrollo
de la sociedad.
Las ideas
sociales, reflejo como son de la vida
social, desempeñan un papel activo en la vida de la
sociedad y en su desarrollo. Las ideas reaccionarias entorpecen, frenan el
desarrollo de la sociedad. Las ideas
avanzadas son una fuerza movilizadora, organizadora y transformadora, que acelera el
desarrollo de la
sociedad, ayudando a
ésta a resolver los problemas
históricos ya maduros para su solución.
El desarrollo de las diferentes formas de la
conciencia social confirma la sujeción a leyes del desarrollo de esta
conciencia, la relación de dependencia de las ideas sociales con respecto a la
existencia social: El análisis del desarrollo de dichas formas permite
descubrir su interdependencia y las
particularidades de su
desarrollo, así como
la función que cada
forma de la
conciencia social ejerce de por
sí en el desarrollo de la sociedad.
La sociedad socialista, como cualquiera otra, se halla sometida a la acción de leyes
objetivas, que no dependen de la voluntad de los hombres. Ahora bien, con el
socialismo estas leyes
quedan sujetas al control de la sociedad. En las condiciones
del socialismo, con la planificación de la economía, que determina todos los
aspectos de la vida social, aumenta la importancia del factor conciencia, la
importancia de la teoría marxista y del
partido del marxismo en la vida social y
en el desarrollo de la sociedad.
CAPITULO
XI. LAS FUERZAS
MOTRICES DEL DESARROLLO
DE LA SOCIEDAD SOCIALISTA.
El problema de las fuerzas motrices del desarrollo
de la sociedad socialista es inseparable del problema de las leyes que rigen el
desarrollo de la sociedad en general y del de las leyes por las que se rige el
de la sociedad socialista en particular. Fuerzas motrices cardinales del
desarrollo de la sociedad como las fuerzas productivas, el cambio de los modos
de producción o la lucha de clases caracterizan también las leyes del
desarrollo social.
Lo mismo que en la concepción de las leyes del
desarrollo de la
sociedad, en la
de las fuerzas motrices de este desarrollo se
contraponen dos tendencias antagónicas: la del materialismo y la del idealismo.
Los idealistas consideran como las fuerzas motrices cardinales, determinantes,
de la historia de la sociedad las ideas, la conciencia, los móviles
políticos, la voluntad
de tales o
cuales personalidades. El materialismo histórico enseña que las fuerzas
motrices del desarrollo de toda sociedad son las causas más profundas que ponen
en movimiento a las inmensas masas de los hombres, a las clases sociales, a
pueblos enteros. Por ejemplo, las fuerzas motrices en el desarrollo de la
sociedad socialista son, ante todo, las causas más profundas que condicionan el
carácter y la orientación de la actividad de las masas populares de la sociedad
socialista: de la clase obrera, de los campesinos koljosianos y de los
intelectuales.
El materialismo histórico, a diferencia del
idealismo, incluyendo el positivismo, exige que por
debajo de las causas externas y aparentes se ponga
al
descubierto,
ante todo, las
fuerzas motrices cardinales del
desarrollo social que impulsan la actividad de los hombres. Escribía Federico
Engels que el materialismo histórico "ve la causa final y la fuerza
propulsora decisiva de todos los acontecimientos históricos importantes en el
desarrollo económico de la sociedad, en las transformaciones del modo de
producción y de cambio, en la consiguiente división de la sociedad en distintas
clases y en las luchas de estas clases entre sí".241
Como hemos puesto de relieve en los capítulos
primero y segundo,
la fuerza determinante del
241 C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, ed.
española, t. II, pág.
93.
desarrollo de toda sociedad es el modo de producción
de los bienes materiales. Y, dentro del modo de producción, el elemento más
dinámico, más cambiante, más revolucionario, son las fuerzas productivas materiales
de la sociedad,
cuyo desarrollo es el que en última instancia condiciona el de la
sociedad toda, el cambio de las relaciones sociales, el
paso de una
formación social a
otra. Sobre la base de cada modo de producción históricamente
determinado surgen también las fuerzas motrices del desarrollo de la producción
y de la sociedad en general específicas de un tipo de sociedad o de una serie
de formaciones sociales.
En las condiciones
del socialismo, actúan
las leyes generales y las fuerzas motrices del desarrollo
inherentes a todas las formaciones sociales y, a la
par
con ellas, las nuevas leyes y fuerzas motrices
específicas del desarrollo propias y exclusivas de la
sociedad socialista. En la sociedad socialista, en
la
que se ha acabado con las clases explotadoras y no
existen ya clases antagónicas, el desarrollo cobra un ritmo más acelerado, bajo
la acción de las nuevas fuerzas motrices enraizadas en el modo socialista de
producción. Entre estas fuerzas motrices figuran la unidad político-moral de la
sociedad, la amistad de los pueblos, el patriotismo soviético y la crítica y la
autocrítica.
Dentro de una formación social dada, por ejemplo
de la
sociedad socialista, hay
que distinguir las
fuerzas
motrices materiales, económicas,
de desarrollo de la sociedad (las fuerzas productivas y
las relaciones de producción) y las que de ellas se
derivan, por ejemplo la unidad político-moral de la sociedad o el patriotismo
soviético.
1. El modo socialista de producción, fuerza motriz
determinante en el desarrollo de la sociedad socialista.
El modo socialista
de producción es
la fuerza
motriz fundamental, determinante, en el desarrollo
de la sociedad socialista. De aquí que el examen de las fuerzas motrices del
desarrollo de la sociedad socialista deba comenzar por el de las leyes y
fuerzas motrices fundamentales del desarrollo del modo de producción
socialista.
Como hemos expuesto en el capítulo tercero, todo
modo de producción presenta dos facetas: la de las
fuerzas productivas y la de las relaciones de producción. El desarrollo de las
fuerzas productivas, por ser el elemento más dinámico del modo de producción,
condiciona en última instancia todo el desarrollo social,
determina los cambios,
el desarrollo de las relaciones de producción y, a través de ellas, los
de la supraestructura de la sociedad.
Aunque cambien como resultado del desarrollo de las
fuerzas productivas, las relaciones de producción
no se mantienen,
por su parte,
pasivas. Por el
contrario, repercuten activamente, como hemos visto,
sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Las nuevas relaciones de
producción, formadas en consonancia con el nivel y el carácter de las fuerzas
productivas, no sólo abren margen al desarrollo de éstas, sino que son el motor
fundamental y más poderoso para su desarrollo. La plena armonía de las
relaciones socialistas de producción con las fuerzas productivas actuales
constituye una poderosa fuente de desarrollo de las fuerzas productivas y, consiguientemente,
de toda la sociedad, ya que el desarrollo de las fuerzas productivas determina
en última instancia el de la sociedad en su conjunto. El modo socialista de
producción ha abierto nuevas y verdaderamente ilimitadas posibilidades al
desarrollo de las fuerzas productivas.
La meta y el móvil determinante del desarrollo de la
producción socialista no es la ganancia, el lucro,
como bajo el capitalismo, sino el asegurar la máxima
satisfacción de las
necesidades materiales y
culturales sin cesar crecientes de toda la sociedad,
por medio del
auge y el
perfeccionamiento
ininterrumpidos de la producción socialista, sobre
la base de la técnica más elevada. Los trabajadores, en el socialismo, no
trabajan para sus explotadores, sino
para sí mismos, unos para otros, y para toda la
sociedad, integrada por los hombres del trabajo. Sólo
la sociedad socialista asegura la conjunción
armónica de los intereses personales y los colectivos.
Bajo el socialismo, los trabajadores, los
productores de los bienes materiales, se hallan
interesados hasta el máximo en los resultados de su trabajo y en el desarrollo
de la producción social, en el desarrollo de las fuerzas productivas. El
trabajar para sí mismo y para la sociedad, para todo el pueblo, es el más
poderoso de los estímulos, la más potente fuerza motriz del desarrollo de la
producción que jamás haya conocido la historia. El modo socialista de
producción asegura la ampliación ininterrumpida de la reproducción, con la
circunstancia, además, de que en el socialismo las fuerzas productivas se
desarrollan a un
ritmo como la
historia del capitalismo jamás ha
llegado a conocerlo.
Bajo el capitalismo,
la propiedad privada
y la ambición de
ganancia del capitalista
engendran la
competencia y la anarquía de la producción, que
conducen inevitablemente a las crisis económicas, a
catástrofes periódicas, a la dispersión y el
despilfarro de las fuerzas productivas. Por el contrario, el modo socialista de
producción, en que los trabajadores se esfuerzan para sí mismos y para la
sociedad, hace surgir la emulación socialista, poderosa, invencible e
inagotable fuerza motriz de desarrollo de la producción, que asegura al trabajo
una productividad mucho más alta que bajo el capitalismo.
La emulación socialista entraña la fraternal ayuda
mutua entre los trabajadores, una actitud consciente y
creadora
por parte de
éstos ante el
trabajo. La
emulación socialista alienta y estimula el
florecimiento de los talentos salidos del pueblo, el desarrollo de la
iniciativa de millones de hombres. También ella es una poderosa fuerza motriz
en el desarrollo de la producción socialista y, consiguientemente, de
toda la sociedad
del socialismo.
La burguesía y sus ideólogos, los defensores del
capitalismo, alegan en contra del socialismo que, al
destruirse
la propiedad privada
y la competencia,
desaparecerán la emulación, el espíritu emprendedor
y la
iniciativa creadora, como
consecuencia de lo cual,
con la implantación
del socialismo, se impondrán el abandono y la indolencia. El
poderoso desarrollo de la
emulación socialista y el
florecimiento de las dotes y la iniciativa creadora de las masas populares en
la U.R.S.S., se han encargado de dar un rotundo mentís a estas falaces
afirmaciones de la burguesía y de sus ideólogos acerca del socialismo.
Los hechos han venido a corroborar plenamente la
genial previsión de Lenin de que sólo el socialismo hace nacer la auténtica
emulación de las masas populares. Emulación que se distingue radicalmente de la
competencia capitalista, regida por leyes bestiales. En un artículo escrito en
diciembre de 1917 y titulado ¿Cómo debe organizarse la emulación?, decía Lenin:
"Los escritores burgueses han emborronado y
continúan emborronando montañas
de papel,
elogiando la competencia, la iniciativa privada y
demás encantos y
admirables hazañas de
los
capitalistas y de su régimen. Se acusa a los
socialistas de no querer comprender el papel de esas hazañas, ni tener en
cuenta la "naturaleza humana".
Pero, en
realidad, hace ya mucho tiempo que el capitalismo ha
suplantado la pequeña producción independiente de
mercancías, en que la competencia podía, en
proporciones más o menos amplias, desarrollar el espíritu emprendedor,
la energía y
la audacia de
iniciativa, por la grande y la grandísima producción
industrial, por las
sociedades anónimas, los
consorcios y demás monopolios. La competencia
significa, en este tipo de capitalismo, el feroz aplastamiento, del
espíritu emprendedor, de
la
energía, de la iniciativa audaz de la masa de la
población, de su
inmensa mayoría, del
noventa y
nueve por ciento de los trabajadores; y significa
también la sustitución de la emulación por la pillería financiera, el
despotismo y el servilismo en los peldaños más elevados de la escala social.
"Lejos de mitigar la emulación, el socialismo,
por el contrario, crea por vez primera la posibilidad de aplicarla en escala
verdaderamente amplia, verdaderamente
de masas, crea
la posibilidad de hacer realmente que la mayoría de los
trabajadores entren en la liza de una actividad que les permita manifestarse en
todo lo que valen, desarrollar sus capacidades, revelar los talentos, que en el
pueblo forman un manantial inagotable y que el capitalismo pisoteaba, oprimía
y ahogaba por
miles y millones".242
La ley de la competencia capitalista es la derrota y
la ruina de los unos como precio del triunfo y la
dominación
de los otros.
Así se desprende
de la
propia esencia del régimen capitalista, basado en la
propiedad privada.
El
principio sobre que
descansa la emulación
socialista es la fraternal ayuda mutua entre
trabajadores libres de toda explotación y que laboran para el bien común; la
ayuda de los más adelantados a los rezagados, con el fin de lograr el auge
general de la producción.
"La
competencia dice: remata
a los rezagados para afirmar tu dominio.
"La emulación socialista dice: unos trabajan
mal,
otro bien, los terceros mejor todavía; alcanza a los
mejores y consigue un ascenso general.
"Esto es lo que en realidad explica el
inusitado entusiasmo que, en la producción, abarca a millones
de masas de trabajadores como resultado de la
emulación socialista".243
La emulación socialista, en la U.R.S.S., ha ido
desarrollándose a medida que la construcción del
socialismo alcanzaba nuevos éxitos. Es el método de la construcción del
socialismo y del comunismo, el medio de estimular hasta el máximo la actividad
de las masas de millones de trabajadores. Habiendo surgido en sus comienzos
como una iniciativa patriótica creadora de los obreros de vanguardia de la
industria y el transporte socialistas, con el triunfo del socialismo en la
agricultura se extendió a todas las ramas de la economía socialista, a todos
los trabajadores de la ciudad y del campo.
La forma inicial de la emulación socialista fueron
los sábados comunistas, que surgieron en 1919 y que
Lenin calificó como "la gran iniciativa".
Más tarde,
adoptó
una forma más
desarrollada, la forma
del
trabajo de choque y, desde 1925, la forma actual, la
más alta, la de la emulación socialista. En la actualidad, la emulación
socialista reviste, además, las
múltiples modalidades que
corresponden al
242 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXVI,
pág. 367.
243 J. V. Stalin, Obras completas, ed. española, t.
XII, págs. 117-
118.
movimiento de los innovadores de la producción. Cada
etapa y cada forma de la emulación socialista refleja una determinada fase del
desarrollo del modo socialista de producción
y, en particular,
del desarrollo de las fuerzas productivas, de los instrumentos de
producción y de los propios trabajadores; es el exponente del auge de la
cultura y del grado de conciencia comunista de las masas populares. La etapa
actual de la emulación socialista es el resultado del triunfo completo del
comunismo en la economía de la U.R.S.S., de la dotación de la economía
socialista con la técnica más adelantada, del ascenso del bienestar material de
los trabajadores, de los éxitos logrados en el campo de la educación comunista
del pueblo.
Los animadores y organizadores de la emulación
socialista son el
Partido Comunista y
el Estado
soviético dirigido por él, los sindicatos, la
Juventud
Comunista y otras organizaciones sociales.
La grandiosa significación del movimiento de
emulación socialista reside en que este movimiento, determinado por las más
profundas causas objetivas enraizadas en el modo socialista de producción,
constituye una poderosa fuerza que moviliza a las masas populares, revoluciona
la producción y acelera el desarrollo de ésta. El capitalismo triunfó sobre el
feudalismo porque aseguraba una mayor productividad del trabajo.
"¿Por
qué el socialismo
puede y debe
vencer?
¿Por qué necesariamente vencerá
al sistema capitalista de la
economía? Porque puede dar mejores ejemplos de trabajo, un rendimiento más
elevado del trabajo que el sistema de la economía capitalista. Porque puede
proporcionar a la sociedad más productos y hacerla más rica de lo que la hace
el sistema capitalista de la economía".244
La superioridad del modo socialista de producción
sobre el capitalista estriba en que abre posibilidades ilimitadas al desarrollo
de las fuerzas productivas y alumbra nuevas fuerzas motrices de desarrollo de
la sociedad tan poderosas como la emulación socialista de los trabajadores.
La avanzada de la producción socialista son los
hombres de alta cultura productiva que dominan a la
perfección
la técnica más
adelantada, que son
ejemplo de exactitud y escrupulosidad en el trabajo,
que saben valorar el tiempo invertido en su labor y
apreciarlo no sólo en minutos, sino en segundos; son
los innovadores, hombres libres del espíritu
rutinario y de la tendencia al estancamiento, que saben abrirse audazmente
nuevos caminos en el desarrollo de la técnica y en los métodos de trabajo.
Hombres que rompen las viejas normas técnicas y crean otras nuevas y más altas,
que corrigen para superarlos la potencialidad proyectada y los planes
económicos establecidos por los dirigentes de la industria, la agricultura y el
transporte. Los hombres del trabajo
244 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 188.
creador,
que hacen avanzar
la técnica. Y la
emulación socialista se encarga de convertir los métodos y las normas
de estos hombres
de vanguardia en patrimonio de las más amplias masas trabajadoras y de
acelerar el desarrollo de toda la producción socialista. En esto reside la
grandiosa significación de la emulación socialista, como poderosa fuerza
motriz en el
desarrollo de la sociedad del socialismo.
La
emulación socialista, en
cuanto poderoso motor de desarrollo
de la producción socialista, ha surgido y se desarrolla con éxito en los países
de democracia popular, en que se construye el socialismo. Lo cual atestigua que
la emulación socialista no es un fenómeno casual y pasajero, sino un fenómeno
regido por leyes, que responde a la naturaleza misma del modo socialista de
producción. Es una de
las formas en
que se expresan
las relaciones socialistas de producción, potente motor de desarrollo de
las fuerzas productivas. A la par con la elevación del nivel de desarrollo
técnico-cultural de los trabajadores y con el desarrollo de la técnica, se
desarrollan y perfeccionan las formas socialistas de colaboración y ayuda
mutua, las formas y modalidades de la emulación socialista, impulsando la
producción socialista hacia metas cada vez más altas. El desarrollo ulterior de
la emulación socialista, sobre la base del desarrollo constante de la técnica,
conducirá necesariamente a un auge de la productividad del trabajo que dejará
muy atrás todos los coeficientes de
rendimiento del trabajo alcanzados bajo el capitalismo.
2. La unidad
político-moral, la amistad de los
pueblos de la U.R.S.S. y el patriotismo soviético, fuerzas motrices de
desarrollo de la sociedad soviética.
Como resultado del triunfo del socialismo en la
U.R.S.S. y sobre la base del modo socialista de
producción se han desplegado y se despliegan otras fuerzas motrices de la
sociedad soviética, como son la unidad político-moral, la amistad de los
pueblos y el patriotismo soviético.
La ley y la fuerza motriz fundamentales de
desarrollo de toda sociedad de clases antagónicas es la lucha de clases. La
lucha del proletariado y de los campesinos contra la dominación de la burguesía
y los terratenientes hace estremecerse hoy todo el edificio de la sociedad
capitalista. Todos los intentos de conciliar las clases de la sociedad
burguesa, de paliar la lucha de clases, están indefectiblemente condenados a la derrota.
Las prédicas de
los ideólogos de la
burguesía, en especial
de los dirigentes de los
socialistas de derecha, acerca de la paz de clases, de la unidad de intereses
entre la burguesía y el proletariado, son el mayor de los fraudes. Los
intereses de los explotadores y los explotados
son irreconciliables. Para
liberar a los
trabajadores de la explotación y la opresión, no hay
más camino ni otro medio que la destrucción del capitalismo y el triunfo del
socialismo, y esto sólo puede
lograrse mediante la
consecuente e inconciliable lucha
de clases de los trabajadores, llevada hasta la implantación de la dictadura
del proletariado
En la sociedad socialista y solamente en ella,
habiéndose acabado para siempre con la explotación
del
hombre por el
hombre, ha surgido
por vez primera la unidad
político-moral de la sociedad, que
constituye una nueva ley histórica, una nueva fuerza
motriz del desarrollo de la sociedad.
"La
peculiaridad de la
sociedad soviética del
período actual, a diferencia de cualquier sociedad
capitalista, estriba en que en ella no existen ya clases antagónicas, hostiles;
las clases explotadoras
han sido liquidadas, y los obreros, campesinos e intelectuales que
constituyen la sociedad soviética, viven y trabajan sobre la base de los
principios de la colaboración fraternal. Mientras que a la sociedad capitalista
la desgarran las contradicciones irreconciliables entre
los obreros y
del los capitalistas, entre los
campesinos y los terratenientes, conduciendo
a la inestabilidad de
su situación interior, la
sociedad soviética, liberada del yugo de la explotación, no conoce estas
contradicciones, está libre de choques de clases y ofrece el cuadro de la
colaboración fraternal de los obreros, campesinos e intelectuales. Sobre la
base de esta comunidad, se han
desplegado fuerzas motrices
tales como la unidad moral y política de la sociedad
soviética, la fraternidad de los pueblos de la U.R.S.S., el patriotismo
soviético. Sobre esta misma base, han surgido la Constitución de la U.R.S.S.,
aprobada en noviembre de 1936, y la completa democratización de las elecciones
para los órganos supremos del país".245
La
naturaleza de las clases
y de las relaciones entre ellas las determina la
naturaleza del modo de producción. La unidad político-moral de la sociedad
soviética descansa sobre el hecho de que en la U.R.S.S. se
ha acabado con
la explotación del hombre por el hombre y con las clases
explotadoras, de que la vida de la clase obrera, de los campesinos
koljosianos y los
intelectuales se basa,
allí, en el modo socialista de producción; de que
todos los trabajadores están unidos, fundidos, en esta sociedad, por las
relaciones socialistas de producción en un plano de amistosa colaboración y
ayuda mutua. Mientras que la propiedad privada sobre los medios de producción
divide a los hombres y engendra la opresión social, la propiedad social socialista
agrupa y une a todas las capas de la sociedad soviética, obreros, campesinos e
intelectuales. El factor básico y decisivo en la unidad político-moral de la
sociedad socialista es la
alianza de los
obreros y los
245 J. V. Stalin, Cuestiones del leninismo, ed.
española, pág. 397.
campesinos.
La unidad político-moral de la sociedad soviética
entraña la comunidad
de intereses económicos
y
políticos
de todos los
grupos sociales que
forman
dicha sociedad y la conciencia por parte de ellos de
esta comunidad de intereses; y entraña,
asimismo, la existencia de una fisonomía moral y espiritual única en los
obreros, campesinos e intelectuales. La clase obrera y los campesinos
soviéticos están interesados por igual en el triunfo del comunismo, en el
fortalecimiento del Estado socialista soviético, que expresa los intereses del
pueblo soviético todo.
La unidad político-moral de la sociedad soviética
es resultado directo
del triunfo completo
de las
relaciones socialistas de producción, de las
relaciones de colaboración fraternal y mutua ayuda socialista
entre trabajadores libres de toda explotación.
En la sociedad capitalista, no existe ninguna clase
de unidad político-moral ni cabe hablar de ella. Ni
siquiera en la sociedad soviética, mientras los
obreros y los campesinos
seguían manteniendo distintos
modos de producción y los intelectuales eran
todavía, por su parte, intelectuales burgueses, podía haber semejante unidad,
aunque existiera una
estrecha
alianza de la clase obrera y los campesinos,
fundamento de clase para la unidad político-moral.
Dicha unidad se estableció al triunfar el régimen
socialista no sólo en la ciudad, sino también en el campo, al convertirse en
socialistas todos los grupos
sociales de la U.R.S.S., al identificarse los
intereses de todo el pueblo con los éxitos del modo socialista
de producción.
Es ley del desarrollo de la sociedad capitalista el
aumento, la profundización y
agudización de sus
contradicciones
y antagonismos, que
conducen al
hundimiento inevitable del capitalismo. Por el
contrario, la sociedad
socialista tiene como
ley el
desarrollo de su unidad político-moral.
Pero la unidad político-moral de la sociedad
soviética no ha surgido por sí sola, espontáneamente. Ha sido forjada bajo la
dirección del Partido Comunista, en el curso de la construcción del comunismo,
en la lucha conjunta de los obreros, campesinos e intelectuales soviéticos
contra los enemigos exteriores e interiores. Condición necesaria para la unidad
político-moral de la sociedad soviética fué la construcción del socialismo y la
liquidación de las clases explotadoras en la U.R.S.S., el aplastamiento de los
grupos contrarrevolucionarios, enemigos del leninismo, trotskistas,
zinovievistas, bujarinistas, nacionalistas de toda laya, y de sus ideologías
enemigas. Sin haber acabado con la explotación del hombre por el hombre y
aplastado los grupos burgueses y pequeñoburgueses, sin haber afirmado la
dominación incompartida de la ideología socialista soviética, jamás habría
podido formarse y fortalecerse la unidad político-moral de la sociedad de la
U.R.S.S.
La más alta expresión de la unidad político-moral de
la sociedad soviética es que la fuerza dirigente del Estado y de todo el pueblo
soviético radica en el Partido Comunista, cuya política es apoyada como la suya
propia por todos los trabajadores de la U.R.S.S. El Partido Comunista suelda,
organiza y une política e ideológicamente a los cientos de millones de
hombres que forman
el pueblo, les
infunde una unidad de objetivos y
una conciencia clara de la comunidad en cuanto a los intereses cardinales de
todas las capas
de la sociedad
soviética. La inapelable
autoridad que el Partido Comunista tiene entre las masas ha sido conquistada
por él gracias a su entrega sin reservas a la causa del pueblo, en numerosas
batallas contra los enemigos de éste, en el curso de su obra victoriosa, sabia
y perspicaz, como dirigente de la
construcción del socialismo.
La certera política interior y exterior del Partido Comunista de la
Unión Soviética ha sido contrastada reiteradas veces y comprobada por la
práctica, por la realidad. Esta política ha sido coronada por el grandioso
triunfo del socialismo y la continua elevación del bienestar material y del
nivel cultural del pueblo soviético.
La unidad político-moral de la sociedad soviética
encuentra su expresión en la unidad del Partido Comunista, del Gobierno
soviético y del pueblo. Unidad que tiene su claro exponente, al llegar el
momento de las elecciones a los Soviets de diputados de los trabajadores, en el
compacto bloque electoral de comunistas y sin partido.
La unidad político-moral de la sociedad soviética no
se estanca. Se fortalece y se hace más profunda de año en año, al calor de los
éxitos de la construcción del
comunismo y, especialmente, por
obra de la acción educativa del Partido Comunista y
del Estado soviético. A medida que van superándose las diferencias aún
existentes entre la ciudad y el campo y entre el trabajo intelectual y el
trabajo físico, a medida que se van borrando las fronteras y las
contradicciones entre los diversos grupos sociales, y conforme van
desapareciendo también los vestigios del capitalismo en la conciencia de los
trabajadores, se fortalece firmemente la unidad político-moral de la sociedad
soviética y esta sociedad se hace cada vez más compacta y monolítica.
En el fortalecimiento y el desarrollo constantes de
la unidad político-moral de la sociedad soviética tienen una importancia muy
grande las medidas del Partido Comunista y del Gobierno soviético encaminadas a
asegurar el auge vertical de la agricultura y la industria, productoras de
artículos de consumo popular. La superación del retraso en el ritmo de
desarrollo de la agricultura con respecto al de
la industria no
sólo se traducirá
en un auge superior del nivel de bienestar material
del pueblo soviético, sino también en un mayor fortalecimiento de la
alianza de los
obreros y los
campesinos y,
consiguientemente, de la unidad político-moral de
toda la sociedad soviética. Y todo esto en su conjunto contribuye a acelerar la
marcha de la sociedad socialista
hacia metas superiores,
hacia el comunismo.
Así, pues, la unidad político-moral de la sociedad
soviética tiene su base en la economía socialista, que
la rige y determina; esta base reside en las
relaciones
reales entre la clase obrera, los campesinos
koljosianos y los intelectuales, relaciones de amistad,
de
colaboración y ayuda
mutua, de las
que es
exponente la unidad de sus intereses cardinales,
económicos, políticos y espirituales.
Los dos puntales más importantes de la unidad
político-moral de la sociedad soviética son la
alianza de la clase obrera con los
campesinos koljosianos y la
amistad de los
pueblos de la
U.R.S.S. El capitalismo no
descansa solamente en la explotación de una clase por otra, sino también en la
opresión nacional. La sociedad capitalista no se ve debilitada en su interior
solamente por los antagonismos de clase,
sino también por
las contradicciones nacionales:
por la opresión nacional-colonial, por la enemistad entre las naciones, organizada
y enconada por las clases explotadoras. Por oposición al régimen capitalista,
que divide a los pueblos, erigiendo los nexos entre las naciones sobre la base
de la desigualdad jurídica y la opresión, el socialismo asegura los
lazos de fraternal
colaboración, de amistad y plena
igualdad de derechos de todos los pueblos, grandes y pequeños.
La sabia política nacional leninista del Partido
Comunista y del Estado Soviético, basada en el principio del internacionalismo
proletario, garantizó la liquidación del régimen de opresión nacional y
desigualdad económica, política y cultural entre las naciones, existente en la
Rusia zarista. Gracias al régimen socialista soviético, muchos de los pueblos
de la U.R.S.S. -uzbekos, tadjikos, kirguises, turkmenos, kasajos, etc.- han
podido dar el gran salto desde el primitivo arado de madera hasta el tractor, desde la
hoz y la
guadaña hasta la
segadora- trilladora, desde la fragua portátil hasta las grandes
fábricas de construcción
de maquinaria, desde
la rueca primitiva y el telar de mano hasta los combinados textiles,
basados en la técnica más perfecta, desde la carreta y la yurta de los pueblos
nómadas hasta la
ciudad moderna, con
sus importantes establecimientos de cultura socialista, bibliotecas,
escuelas superiores y escuelas técnicas, teatros de drama y de ópera. A la par
con todos los pueblos de la U.R.S.S., los pueblos de las repúblicas soviéticas
orientales han sobrepasado, por su nivel económico, político
y cultural, a
los llamados pueblos
"civilizados" de la Europa occidental y de América en toda una época
histórica.
opresión nacional, a la explotación y al saqueo, a
la incultura y a la extinción. Así lo atestigua la situación de los pueblos
coloniales oprimidos por el imperialismo inglés, norteamericano, francés,
holandés y belga.
En este grandioso salto desde el pasado atraso
económico y cultural hasta las cumbres del progreso
social,
representa un factor
de extraordinaria
importancia la amistad de los pueblos de la U.R.S.S.
y su
mutua ayuda fraternal.
Así, por ejemplo,
el
pueblo ruso, y a la cabeza de él la clase obrera, ha
prestado y presta una ayuda desinteresada y total,
económica, política y cultural, a todos los pueblos de la U.R.S.S., en la obra
de la construcción y el desarrollo
de la industria
socialista, de la organización del Estado socialista
nacional y de la cultura, una cultura nacional en cuanto a la forma y
socialista en cuanto al contenido.
Como resultado del triunfo del socialismo, todas las
naciones de la U.R.S.S. han pasado a ser naciones
socialistas.
No se hallan
ya desgarradas por
las
contradicciones internas de clase y reina entre
ellas la fraternal colaboración y la amistad socialistas.
También
la amistad entre
los pueblos de la
U.R.S.S., al igual que la unidad político-moral, va
desarrollándose. Los éxitos de la economía socialista y el auge de la cultura
del socialismo en todas las repúblicas soviéticas, la colaboración y ayuda
mutua de los pueblos en la construcción del comunismo, la educación de todos
los pueblos en el espíritu de la ideología socialista del internacionalismo
proletario, la lucha contra los vestigios del nacionalismo, que debilitan la
amistad entre los pueblos: tales son las condiciones sobre que descansan el fortalecimiento
y el desarrollo de la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. "Esta amistad
ha nacido y se ha fortalecido en la lucha conjunta de los pueblos de nuestra
patria contra los ocupantes extranjeros, contra la autocracia zarista y
la opresión de
los capitalistas y terratenientes. Esta amistad está fraguada
con la sangre derramada por los pueblos de la U.R.S.S., en los años de la
guerra civil y de la gran guerra patria. Esta amistad está cimentada sobre el
trabajo creador y la ayuda mutua de los años de la construcción del socialismo
en nuestro país. Esta grandiosa y fraternal amistad es indestructible e
inquebrantable, y no hay en el mundo fuerza capaz de desgarrarla".246
Ahora bien, ¿por qué la amistad entre los pueblos de
la U.R.S.S. y la unidad político-moral son una de
las
fuerzas motrices de
desarrollo de la
sociedad
socialista soviética?
La
opresión nacional y
la discordia nacional minan y debilitan a los países del
capitalismo. La amistad de los pueblos soviéticos, su fraternal colaboración y
ayuda mutua en el cumplimiento de las tareas económicas, políticas, militares y
de otro
Bajo
las condiciones del
capitalismo, estos
pueblos
se habrían visto
condenados a una
dura
246
Manifiesto del Comité Central del Partido Comunista de la
Unión Soviética a todos los electores, ed. rusa,
1954, pág. 16.
orden y en la construcción de la cultura socialista,
aseguran al país del socialismo una solidez indestructible y le permiten
acelerar el ritmo del desarrollo social. La amistad y la ayuda mutua de los
pueblos, no sólo aceleran la construcción del comunismo en la U.R.S.S., sino
que hacen, además, de la Unión Soviética una fuerza capaz de influir
poderosamente en todo
el curso de
la historia mundial. La Unión
Soviética se ha convertido, así, en el centro de gravitación de los
trabajadores de todos los países, de
todos los pueblos
oprimidos del mundo.
En las sociedades antagónicas, la fuerza motriz del
desarrollo de la sociedad es la lucha de clases,
razón por la cual sólo por medio de una aguda y
enconada lucha de clases es posible llegar a resolver
las
contradicciones antagónicas allí
reinantes, destruir el régimen social caduco y abrir el camino hacia un
régimen nuevo. En la sociedad socialista,
por el contrario, no existen contradicciones
antagónicas en el modo de producción ni entre las
clases; la solución de las tareas ya maduras para
ser resueltas y de las contradicciones que surgen, la eliminación de
los vestigios de
lo anticuado y ya
caduco se logra, aquí, sobre la base de la comunidad
de intereses cardinales
de todas las
capas de la
sociedad.
La unidad político-moral es fuerza motriz en el
desarrollo de la sociedad socialista, porque da a todo
el pueblo la posibilidad de actuar con arreglo a un
plan único, amistosamente, organizadamente, de un
modo
coherente, y no en medio
del desorden. La
Unión Soviética resuelve con éxito todas las grandes
y pequeñas tareas de la construcción económica y
cultural,
porque los pueblos
soviéticos se hallan
unidos, porque no median entre ellos divisiones ni
discordias, ni las engendradas por las contradicciones
antagónicas de clase ni las nacidas de la
desconfianza
y la enemistad nacional. Decenas de millones de
hombres, unidos por intereses y objetivos comunes, actuando en una sola
dirección, guiados por la sabiduría y la experiencia de un Partido Comunista
monolíticamente compacto y del Estado soviético, representan una fuerza gigantesca e invencible. El grado
de organización y de cohesión, la unidad y la colaboración de decenas de
millones de hombres, hacen nacer una nueva fuerza social que rebasa con mucho
la simple suma de las fuerzas individuales de estos millones de personas. A
ello se debe el que los planes quinquenales soviéticos de desarrollo de la
economía nacional se cumplan con éxito invariable. La unidad político-moral de
la sociedad soviética asegura la rápida realización de la política del Partido
Comunista, de la política de construcción del comunismo, porque esta política
expresa las exigencias fundamentales de desarrollo de la vida material de la
sociedad soviética, y toda la sociedad soviética se
halla vitalmente interesada
en su
realización.
En los años de la Gran Guerra Patria contra la
Alemania hitleriana, la unidad político-moral de la
sociedad socialista soviética fué el manantial de la poderosa fuerza del Estado
socialista y aseguró la victoria de la Unión Soviética. Y, en las condiciones
de la posguerra, esta unidad político-moral hizo posible en un plazo inaudito
por su brevedad la restauración de la economía nacional de la U.R.S.S., aseguró
y asegura la potencia de la Unión Soviética como baluarte de la paz y la
seguridad de los pueblos y acelera la marcha de la sociedad soviética hacia el
comunismo.
Otra poderosa fuerza motriz de desarrollo de la
sociedad socialista es
el patriotismo soviético,
el
amor, la devoción y la fidelidad del pueblo
soviético
a su patria socialista.
El
patriotismo es uno
de los sentimientos
más profundos que viven en todo pueblo, y sus raíces se
remontan a muchos siglos atrás. El patriotismo
soviético ha heredado
y continúa las
mejores
tradiciones del patriotismo nacional del pasado,
pero, al mismo tiempo, se distingue cualitativamente del patriotismo anterior
y representa un
tipo de
patriotismo nuevo y más alto.
Antes de la revolución socialista, los trabajadores,
aun amando ardientemente a su suelo patrio y a su
pueblo, odiaban el régimen de explotación existente
en su país. El amor del pueblo a su patria veíase
ensombrecido por la amargura de las humillaciones a
que los condenaban los terratenientes y
capitalistas,
el régimen del capitalismo.
En el patriotismo soviético se hermanan inseparablemente el
amor del pueblo
a su suelo
patrio, regado por el sudor y la sangre de muchas de
sus generaciones, y el amor y la devoción por el
régimen socialista soviético, erigido sobre esta tierra.
El patriotismo soviético es el sentimiento de
orgullo
de pertenecer a la patria socialista, al primer
pueblo de la historia que ha construido el socialismo, destruido la explotación
y la opresión del hombre por el hombre y creado la cultura socialista, cuya
superioridad sobre la
cultura burguesa es indiscutible. El hombre soviético se
siente legítimamente orgulloso de
que su patria,
la U.R.S.S., haya realizado los anhelos y las esperanzas de los mejores
hombres del mundo entero y marche a la vanguardia de toda la humanidad
progresiva, abriendo a todos los pueblos el camino hacia la liberación de la
esclavitud capitalista, hacia el derrocamiento de toda explotación, hacia una
paz sólida entre los pueblos.
El patriotismo soviético es el patriotismo de todo
el pueblo, un sentimiento que une a todos los grupos
sociales y naciones que forman la sociedad
soviética.
Este sentimiento patriótico de todo el pueblo sólo
podía desarrollarse en
una sociedad en
que se ha
acabado con las clases explotadoras, en que todas
las
capas de la población y todas las naciones se hallan
unidas por intereses
comunes. Y estos
intereses vitales comunes a todos los trabajadores de la Unión Soviética
se manifiestan también en la profunda devoción y fidelidad de los hombres
soviéticos a su patria socialista, a su Estado. El patriotismo soviético funde
a los obreros, campesinos e intelectuales en una gran familia armónica y
fortalece la unidad político-moral de la sociedad. Une a rusos y ucranianos,
bielorrusos y lituanos, georgianos y armenios, azerhaijanos y turkmenos,
uzbekos y tadjikos, tártaros y bashkires; letones y estonios, a los numerosos
pueblos y naciones de la U.R.S.S., en una gran alianza fraternal, cimentada
sobre una amistad indestructible.
"La fuerza del patriotismo soviético reside en
que descansa, no sobre prejuicios raciales o nacionales,
sino
sobre la profunda
devoción y fidelidad
del
pueblo de toda la patria soviética, sobre la
colaboración fraternal de los trabajadores de todas las
naciones de nuestro país. En el patriotismo
soviético
se aúnan armónicamente las tradiciones nacionales
de los pueblos y los intereses vitales comunes de todos los trabajadores de la Unión
Soviética. El patriotismo
soviético no escinde,
sino que el contrario, une a todos los pueblos y
nacionalidades de nuestro país en una gran familia coherente y fraternal. En
esto hay que buscar los fundamentos de la amistad indestructible y cada día más
fuerte de la Unión Soviética".247
El patriotismo soviético no guarda la menor analogía
con el nacionalismo y el chovinismo, con
aquel "patrioterismo" de fanfarria que
propalaban las
clases explotadoras en la Rusia zarista y que
propaga la burguesía en los países capitalistas. Los patriotas soviéticos están
empapados de internacionalismo proletario, respetan los derechos y la
independencia de todos los países y aspiran a vivir en paz y amistad con ellos.
La Unión Soviética es la brigada de choque del proletariado internacional, su
destacamento de vanguardia. Al fortalecer su patria socialista y velar por su
más rápido desarrollo, los hombres soviéticos no sólo cumplen con sus deberes
nacionales, sino que se mantienen fieles, además, a sus deberes
internacionales. En el fortalecimiento y la defensa del Estado socialista
soviético están vitalmente interesados los trabajadores de todos los países. En
nuestro tiempo, no se puede ser internacionalista sin apoyar al campo de la
paz, la democracia y el socialismo, sin apoyar a la Unión Soviética y su
política de paz y de amistad entre los pueblos.
El patriotismo soviético es una ideología militante
y activa, la decisión de consagrar todas sus fuerzas al florecimiento de la
patria soviética, el anhelo de trabajar y luchar incansablemente por el triunfo
del comunismo. He ahí por qué el patriotismo soviético
constituye
una de las
fuerzas motrices en
el desarrollo de la sociedad soviética. Este sentimiento infunde
energías a los hombres soviéticos, a los creadores de la nueva vida, a los
constructores del comunismo. El patriotismo soviético es una fuerza
vivificante: estimula el heroísmo de masas de los obreros, koljosianos e
intelectuales en todos los campos de la vida social. Inflama de entusiasmo a
los trabajadores en su labor tesonera y abnegada. Los patriotas soviéticos se
preocupan de dar al país más máquinas,
más tornos, más
carbón, más petróleo, más hierro fundido, más acero, más
trigo, más carne, más telas, más calzado; de enriquecer la cultura socialista
soviética con nuevas obras literarias y artísticas, con nuevos descubrimientos
científicos e inventos técnicos.
El patriotismo soviético representa la conjunción
armónica de los intereses personales y los intereses de la sociedad. El
patriota soviético no vive aferrado a sus intereses personales estrechos, sino
entregado a los intereses de toda la patria, del Estado socialista. Esto eleva
las cualidades morales y espirituales de la personalidad, ensancha
su horizonte visual, enriquece, ennoblece y aquilata la
vida del hombre, dándole un gran objetivo social. y este objetivo grandioso
infunde formidables energías a millones de personas.
La fuerza del patriotismo soviético se patentizó con
especial claridad en los años de la gran guerra
patria. De él brotaron las heroicas proezas
guerreras de los combatientes en los frentes y el heroísmo de
masas de los obreros, campesinos e intelectuales en
la retaguardia. "Con toda razón puede afirmarse que
el trabajo abnegado de los hombres soviéticos en la
retaguardia pasará a la historia, juntamente con la lucha heroica del Ejército
Rojo, como una hazaña sin precedente del pueblo en la defensa de la
patria".248
La unidad político-moral, la amistad de los pueblos,
la emulación socialista, la crítica y la autocrítica y el patriotismo soviético
son factores que se hallan vinculados entre sí del modo más estrecho y se
complementan y nutren los unos a los otros. Constituyen todos ellos nuevas,
poderosas y vivificadoras fuerzas motrices de desarrollo de la sociedad
soviética, que aceleran su marcha hacia el comunismo. Es, por tanto, una de las
tareas más importantes de los trabajadores de la U.R.S.S. la de desarrollar por
todos los medios
y de todos
los modos posibles la emulación socialista y la honrada y veraz crítica
y autocrítica, fortalecer la unidad político-moral de la sociedad soviética, la
alianza de la clase obrera y los campesinos koljosianos y la amistad entre los
pueblos de la
U.R.S.S., y desarrollar y
cultivar el patriotismo soviético.
247 J. V.
Stalin, Sobre la
Gran Guerra Patria
de la Unión
Soviética, ed. rusa, 1953, págs. 160-161.
248 J. V.
Stalin, Sobre la
Gran Guerra Patria
de la Unión
Soviética, ed. rusa, 1953, pág. 116.
3. La crítica y la autocrítica, fuerza motriz de
desarrollo de la sociedad socialista.
En la sociedad socialista soviética no existen ya
clases enemigas ni contradicciones antagónicas, pero
su desarrollo se
efectúa también a
través de
contradicciones,
a través de
la lucha de
lo nuevo
contra lo viejo, de lo que avanza y va delante
contra lo rezagado y
lo caduco. En
la vida social,
hay siempre algo que nace y algo que muere. Pero lo agonizante, lo
caduco, no se resigna a morir, sino que lucha por su existencia y cuenta con
defensores.
En las sociedades sociales antagónicas, lo viejo y
lo nuevo están sostenidos por clases enemigas, la lucha entre lo viejo y lo
nuevo presenta un carácter antagónico y se expresa en los choques entre fuerzas
de clase contrapuestas, en la lucha de clases.
En la sociedad del socialismo, por el contrario, las
contradicciones no tienen un carácter antagónico y detrás de lo viejo y lo
nuevo no hay ya clases enemigas. Lo nuevo cuenta, aquí, con el apoyo de la
aplastante masa de los hombres de la sociedad socialista. La lucha de lo nuevo
contra lo viejo, la superación de las contradicciones y dificultades de
crecimiento que surgen en la vida social, se efectúan, en la sociedad
socialista, a base de la más completa armonía de las relaciones socialistas de
producción con las fuerzas productivas actuales, a base de igualdad de derechos
y la amistad de los pueblos y de la creciente y ascensional unidad
político-moral de toda la sociedad.
El capitalismo es una trama de contradicciones
antagónicas. Su desarrollo entraña la agudización de
estas contradicciones. El socialismo, en cambio, se
caracteriza de abajo arriba, desde la base misma,
que es el modo
de producción, hasta la cúspide ideológica, por una unidad viva y en desarrollo
constante. Esta unidad se expresa en el sistema socialista único de economía
vigente en la ciudad y el campo, en la alianza de los obreros y los campesinos,
en la amistad entre los hombres del trabajo intelectual y el trabajo físico, en
la unidad político-moral de la sociedad soviética, en la vigencia de una única
ideología, la ideología socialista. Esta unidad constituye
el rasgo característico de
la sociedad socialista, la ley que la preside, el manantial inagotable
de su poder y la fuerza motriz de su desarrollo.
Y debe tenerse presente, además, que esta unidad de
las fuerzas sociales de la sociedad socialista en la
economía,
en el campo
de la cultura
y en la
ideología, no es una unidad inerte, sino viva, una
unidad que entraña contradicciones, pero
contradicciones
no antagónicas. En
la sociedad
socialista, la lucha entre lo nuevo y lo viejo, lo
que se desarrolla y lo que perece, lo positivo y lo negativo, tiene como base
la unidad creciente de la sociedad.
Después del triunfo del socialismo sobre el
capitalismo en la política y en la economía, en todas
las relaciones sociales y también en el campo de la
cultura; de la ideología y de los hábitos y la manera de ser, ¿qué es lo que
perdura como "viejo" en la sociedad socialista?
En primer lugar, como hemos visto, las relaciones de
producción van a la zaga del desarrollo de las fuerzas productivas, y las que
un día fueron nuevas se convierten, con el tiempo, en viejas. Y eso rige
igualmente con el desarrollo de las fuerzas de producción socialistas, las
cuales cambian también como resultado del desarrollo de las fuerzas
productivas. Cambia y se desarrolla la forma de organización del trabajo en las
fábricas y en los koljóses. Por el ejemplo de los pequeños koljóses creados en
1929-1930 a base de la técnica de aquel tiempo, vemos cómo pueden envejecer
ciertos aspectos, modalidades y elementos de las relaciones de producción,
desplazados por una forma más desarrollada de las relaciones de producción
socialistas.
Al desarrollarse la técnica y aumentar los cuadros,
algunas formas de organización del trabajo envejecen
y dejan de ser un factor que contribuye a elevar la
productividad del trabajo. Y esto hace necesario
revisar las formas envejecidas.
En el campo de la ciencia, del arte y de la cultura
socialista en general, el desarrollo de la sociedad
socialista hace que algunos elementos comiencen a envejecer, a quedarse
rezagados de la vida socialista que crece y se desarrolla impetuosamente, de
las crecientes necesidades de la sociedad.
En segundo lugar, bajo el socialismo se mantienen
todavía ciertas supervivencias del capitalismo en la economía y en la
conciencia de los hombres, y los vestigios aferrados a la conciencia se
manifiestan en los hábitos de las gentes, en la vida cotidiana. Las
supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres se reflejan en
la vida económica. Tal sucede, por ejemplo, con las tendencias de especulación,
la actitud indolente ante el trabajo y
ante la propiedad
socialista, la infracción
del principio socialista según el cual "quien no trabaja, no
come", la infracción de las normas de la vivienda colectiva. No es posible
marchar hacia adelante sin luchar contra las supervivencias del capitalismo en
la conciencia de los hombres, sin luchar contra las infracciones de la
disciplina en el trabajo, contra los holgazanes y los despilfarradores de los
bienes socialistas, contra los arribistas y los burócratas, contra las gentes
mendaces, contra los defensores de lo viejo.
En la sociedad socialista, abrazan la defensa de lo
viejo las gentes atrasadas, los elementos inertes y rutinarios, y también los
restos de las clases destruidas, los secuaces de los grupos enemigos del
socialismo que han sido aplastados. El cerco capitalista hostil al socialismo
trata, como es natural, de estimular los vestigios de lo viejo, de mantener
vivas las supervivencias del capitalismo en la
conciencia de los
hombres soviéticos. Por
eso, la lucha contra lo viejo, en
la sociedad del socialismo, implica también la lucha contra el cerco
capitalista, contra las influencias de la ideología burguesa, enemiga del
socialismo.
La lucha de lo nuevo contra lo viejo es una ley
objetiva de la sociedad socialista.
Y el método más importante para poner
conscientemente al descubierto y superar lo viejo y
afianzar y desarrollar lo nuevo, en la sociedad socialista, es la crítica y la
autocrítica soviética, comunista.
"La lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre lo
que muere y lo que nace, es la base de nuestro desarrollo.
Si no advertimos
y sacamos a
la superficie con
franqueza y honradez, como corresponde a los
bolcheviques, los defectos y los errores de nuestro trabajo, nos cerramos el
camino del progreso. Pero nosotros queremos avanzar. Y precisamente porque
queremos avanzar, debemos plantearnos como una de nuestras tareas más
importantes la de una autocrítica honrada y revolucionaria. De otro modo, no
hay avance. De otro modo, no hay desarrollo".249
La importancia de la crítica y la autocrítica reside
en que ayudan al pueblo soviético y al Partido Comunista a superar lo viejo y
lo caduco y allanar el camino hacia lo nuevo, asegurando la marcha progresiva
de la sociedad hacia el comunismo. La crítica y la autocrítica honradas y
veraces, y en particular la crítica
desde abajo, por
parte de las masas trabajadoras, sirven de poderoso
acicate para poner al desnudo los defectos en el campo de la economía, en el
aparato del Estado, en la ciencia, en la literatura y en el arte, en todas las
esferas de la vida y de la actividad de la sociedad socialista. La crítica y la
autocrítica es un elemento poderoso para incorporar a las masas a la obra de
regentar la economía y el Estado, un medio eficaz para la acción consciente del
pueblo sobre la marcha del desarrollo socialista. La crítica y la autocrítica
fomentan la vigilancia revolucionaria en las filas del Partido Comunista y en
el pueblo soviético, elevan la actividad política de los trabajadores, desarrollan
en ellos el sentimiento de ser dueños de su país, ayudan a enseñar al pueblo
soviético a gobernar el país y contribuyen a seguir desarrollando la democracia
socialista.
En la sociedad socialista, las contradicciones se
revelan y se superan de otro modo que en la sociedad dividida en clases
antagónicas: no por medio de los choques de clases, sino a través de la
actividad creadora de las masas populares, entre otros modos por medio de la
crítica y la autocrítica. Los hombres soviéticos, dirigidos por el Partido
Comunista, ponen al descubierto y superan audaz y resueltamente los
249 J. V.
Stalin, Obras completas, ed. española, t. X, pág. 349;
véase también t. XI, pág. 30.
defectos de su trabajo, eliminando cuanto impide a
la sociedad marchar hacia adelante.
Las contradicciones del desarrollo, así como las
actividades de los elementos enemigos del
socialismo, no se descubren y se superan solamente,
por supuesto, por la vía de la crítica. Los procesos
negativos y las actividades de los elementos
hostiles se ponen al descubierto y se eliminan también mediante la
actuación de los
correspondientes
órganos del Estado socialista.
La crítica y la autocrítica abarcan todas las
esferas de la vida y la actividad de la sociedad soviética. La
emulación
socialista, por ejemplo,
es también la
expresión de la autocrítica revolucionaria efectiva
de las masas. La
crítica comunista se
basa en la
iniciativa
creadora de millones
de trabajadores y
acelera el movimiento de avance de la sociedad. La
aguda arma de la crítica del Comité Central del Partido Comunista de la Unión
Soviética ha puesto al desnudo las insuficiencias existentes en el campo de la
agricultura, en el funcionamiento del aparato del Estado, en la literatura
soviética, en el teatro, en el cine y en la música, y ayuda al pueblo soviético
a despejar el camino hacia nuevos éxitos creadores en todos los campos de la
economía y la cultura. Las libres discusiones creadoras llevadas a cabo por
iniciativa del Comité Central en una serie de campos del conocimiento
científico -filosofía, lingüística, biología, fisiología, economía política,
etc.- han dado la posibilidad de sacar a la luz y desenmascarar las
manifestaciones de objetivismo burgués, las tendencias apologéticas existentes
en el trabajo filosófico y científico y las manifestaciones de servilismo ante
la ciencia y la filosofía burguesas, poniendo asimismo de manifiesto los vicios
de la vulgarización y la falsa simplificación en el campo científico.
Las supervivencias del capitalismo en la
conciencia de los hombres entorpecen el desarrollo
de la economía,
la ciencia, la
filosofía y el
arte
socialistas. La crítica comunista ayuda a superar
las influencias burguesas en
el frente ideológico
y
contribuye al florecimiento de la cultura
socialista.
La crítica y la autocrítica ayudan a desarraigar los
vestigios del capitalismo, de la propiedad privada, de las tendencias
al aprovechamiento y al
individualismo, contrarios a la unidad político-moral de la sociedad soviética;
las manifestaciones de nacionalismo, contrapuestas a la amistad entre los
pueblos de la U.R.S.S.; las corrientes antipatrióticas y cosmopolitas y la
actitud de servilismo ante el Occidente burgués. La amistad de los pueblos de
la U.R.S.S. y el patriotismo soviético se desarrollan y fortalecen con ayuda de
la crítica y la autocrítica honradas y abiertas.
La autocrítica, y sobre todo la crítica desde abajo,
es una
forma de propia
actividad creadora de las
masas populares y de su control sobre el trabajo de
los organismos soviéticos, los sindicatos y demás
organizaciones sociales, una de las manifestaciones del democratismo
socialista.
"La crítica y la autocrítica son el arma
probada del
Partido en la lucha contra los defectos, los errores
y los fenómenos malsanos
que minan el
sano organismo del Partido. La crítica y la autocrítica no debilitan,
sino que, por el contrario, fortalecen al Estado soviético, al régimen social
soviético, y son un signo de su fuerza y vitalidad.".250
El
Estado soviético y
su fuerza dirigente,
el Partido Comunista, apoyándose
en la propia actividad socialista de las masas y
con ayuda del despliegue de la crítica y la autocrítica, descubren a su debido
tiempo las contradicciones que surgen en la vida social, sin darles la
posibilidad de llegar a convertirse en conflictos. El Estado socialista y el
Partido Comunista movilizan y organizan a las masas populares para vencer las
dificultades y superar las contradicciones, asegurando y acelerando con ello la
marcha de la sociedad hacia el comunismo.
4. El Partido Comunista, fuerza dirigente y
orientadora de la sociedad socialista.
No sería posible comprender las fuerzas motrices
de la sociedad socialista sin esclarecer el papel
especial que desempeña en su desarrollo el Partido
Comunista.
El Partido Comunista es la fuerza dirigente y
orientadora de la sociedad socialista. Une y encauza
hacia un objetivo único la acción de todas las
fuerzas
motrices de esta sociedad, valiéndose de ellas para
fortalecer y seguir
desarrollando el régimen socialista.
La base objetiva
de fuerzas motrices
de la sociedad soviética
tales como la
unidad político-
moral, la amistad de los pueblos de la U.R.S.S. y el
patriotismo soviético, es
el régimen económico
socialista.
Ahora bien, para
que estas fuerzas motrices lleguen a formarse tienen
que darse, además de las condiciones objetivas, por parte del pueblo, la
conciencia de la unidad de sus intereses, objetivos
y tareas cardinales. Y
esta conciencia se
la da el
Partido Comunista. Es él quien eleva el grado de
conciencia socialista de las masas populares.
El régimen económico de la sociedad socialista
crea las condiciones materiales objetivas necesarias
para asegurar la
unidad de acción
del pueblo soviético, pero el
Partido Comunista realiza esta unidad, fundiendo al pueblo en una unidad
política, ideológica y organizativa.
La edificación de la sociedad comunista no puede
llegar a alcanzarse
sin la aglutinación de
los esfuerzos conscientes de las masas de millones de trabajadores. El
régimen socialista soviético crea posibilidades jamás
conocidas, abre horizontes
250 G.
Malenkov, Informe del Comité Central al XIX Congreso del P.C.(b) de la
U.R.S.S., ed. rusa, pág. 85.
ilimitados al desarrollo de las fuerzas productivas.
Pero, para que esas posibilidades sean aprovechadas, para que lleguen a
convertirse en realidades, se requiere la actividad organizadora del Partido,
capaz de orientar los esfuerzos de todo el pueblo hacia un objetivo único.
Con la instauración de la dictadura del
proletariado, cambia el puesto que el Partido Comunista ocupa en la vida
social, cambian el contenido de su acción y el papel que desempeña en el
desarrollo de la sociedad. Hasta la revolución socialista, la
tarea fundamental del
Partido Comunista era la de preparar todas las fuerzas para la
revolución, para la destrucción de lo viejo, para el derrocamiento del
capitalismo. Después de la revolución proletaria, se convierte en el Partido de
la construcción del socialismo, en el Partido de la creación de las nuevas
formas, de las formas socialistas, de la organización del Estado, de la
economía y la cultura. Hasta la revolución, el Partido pone en pie y organiza a
los obreros y los campesinos para el asalto contra el viejo orden. Después de
instaurada la dominación política de la clase obrera, inspira y organiza a los
trabajadores para la construcción, el afianzamiento y el desarrollo del nuevo
régimen social y para la defensa de sus conquistas contra los enemigos.
Las grandiosas tareas de la revolución socialista,
llamadas a destruir toda explotación del hombre por
el hombre y a crear la sociedad comunista, no pueden
compararse ni de
lejos con las
tareas de las
revoluciones burguesas. Y la gigantesca envergadura
y las
enormes dificultades de
la transformación
comunista de la sociedad requieren también una
dirección incomparablemente más poderosa desde el punto de
vista ideológico y
organizativo. Esta
dirección es el Partido Comunista, el Partido de los
destructores del capitalismo, de los constructores del
comunismo,
de los libertadores
de todos los oprimidos y esclavizados.
La
acción dirigente y
orientadora del Partido
Comunista de la Unión Soviética ha desempeñado un
formidable papel en la historia de nuestra patria. El Partido Comunista de la
Unión Soviética, después de organizar la alianza de la clase obrera y los
campesinos trabajadores, logró, como resultado de la Gran Revolución Socialista
de Octubre de 1917, derrocar el Poder de los capitalistas y terratenientes,
organizar la dictadura del proletariado, liquidar el capitalismo, destruir la
explotación del hombre por el hombre y asegurar la construcción de la sociedad
socialista. Bajo la dirección del Partido Comunista, los pueblos de la Unión
Soviética arrancaron la victoria en la Gran Guerra Patria de los años 1941 a
1945,
aplastaron al fascismo
alemán y al imperialismo japonés
y liberaron del
yugo del
imperialismo
a una serie
de pueblos de
Europa y
Asia. Jamás ha habido un partido que ejerciera tan
poderosa influencia sobre todo el curso de la
historia mundial.
El Partido Comunista de la Unión Soviética dirige
a las
gigantescas masas del
pueblo. Es el
guía
político de la sociedad y el organizador de la
edificación de la
nueva economía y
de la nueva
cultura del socialismo. Dirige todos los campos de
la vida social, desde la producción material hasta la esfera de la ideología.
Por todo lo cual, el Partido
Comunista no es simplemente el partido dirigente,
sino el organizador del nuevo régimen social.
En el curso de la construcción de la sociedad
socialista, crece constantemente la importancia del Partido, su influencia
sobre la marcha del desarrollo
social. La razón de ello está en las características
de la economía socialista y en el auge de la importancia
del factor subjetivo, una vez instaurada la
dictadura del proletariado. Después de llevar a cabo la revolución socialista,
la clase obrera,
bajo la
dirección de su Partido, posee un arma tan poderosa
de acción sobre el desarrollo social como es el nuevo
Poder estatal y lo utiliza como arma para destruir
la vieja economía y crear otra nueva.
Como resultado de la transformación socialista de
la economía, cambia el carácter de los procesos
económicos. También con el socialismo se halla el desarrollo económico sometido
a la acción de leyes objetivas, es decir, independientes de la voluntad de los
hombres, pero esta acción pierde el carácter espontáneo que tenía bajo el capitalismo.
La propiedad social sobre los medios de producción, que descansa
fundamentalmente en el sistema socialista de economía, requiere una dirección
consciente de la economía con la misma necesidad objetiva con que la propiedad
privada sobre los medios de producción, basada fundamentalmente en el sistema
capitalista de la economía, engendra inevitablemente el carácter espontáneo de
los procesos económicos. El triunfo del sistema socialista en todas las ramas
de la economía nacional de la U.R.S.S. lleva consigo un formidable
reforzamiento de la posibilidad de dirigir la sociedad de un modo consciente,
planificado; van reduciéndose cada vez más, en la economía, las fuerzas
espontáneas, sustraídas a un control consciente. En estas condiciones y debido
al hecho de que la política del Partido Comunista y del Estado soviético
cuentan con el apoyo total de los trabajadores, los éxitos de la construcción
del comunismo dependen, ante todo, de los cuadros, del grado de preparación y
de capacidad ideológica de los funcionarios del Partido y del aparato del
Estado, de su conocimiento de los problemas, de su labor de organización, del
modo como sepan utilizar las inagotables reservas y posibilidades que lleva en
su entraña el sistema de la economía socialista.
En la sociedad socialista, la actividad de millones
de trabajadores, organizados
y unidos por
las
condiciones de la producción colectiva, sus
intereses
y sus aspiraciones se encaminan, en general y en su
conjunto, en una sola dirección, coincidente con la tendencia objetiva del
desarrollo de la sociedad, Y esto da la posibilidad de actuar conscientemente a
todo el pueblo, a toda la sociedad, cuyos esfuerzos colectivos orienta el
Partido Comunista hacia un objetivo único. Con el socialismo, cambia la
significación de las condiciones objetivas y del factor subjetivo: aumenta
la importancia del
factor subjetivo; el papel orientador y organizador del Partido adquiere
una significación extraordinaria.
El Partido Comunista es capaz de cumplir con éxito
su misión orientadora y organizadora gracias al hecho de que dota al pueblo de
una política certera, de que lo
une por medio
de su trabajo
de organización y lo cohesiona y eleva ideológicamente mediante su
acción educativa.
La dirección por el Partido de la construcción de la
sociedad comunista se manifiesta, ante todo, en
que da a los trabajadores un programa científico de
actividades, señala los objetivos de la lucha y los
medios para alcanzarlos, traza los caminos y los
métodos de la obra de construcción y elabora una certera línea de acción. El
Partido Comunista es el
dirigente político, el jefe del pueblo. La fuerza
del
Partido reside, ante todo, en su política sabia y
perspicaz. A la justeza de su línea política se deben,
por encima de todo, las grandiosas victorias
logradas
por el Partido
Comunista en la
obra de la construcción del comunismo.
La política del Partido Comunista y del Estado
socialista cumple una misión orientadora y dirigente
en todos los órdenes de la vida de la sociedad soviética. En la discusión sobre
los sindicatos mantenida en 1921, Lenin desenmascaró los intentos de los
enemigos del comunismo para aislar de la política la función de las
organizaciones sindicales y puso de manifiesto que para un marxista lo
fundamental y lo decisivo era abordar políticamente los problemas. Sin abordar
las cosas con un enfoque político certero, la clase obrera no podrá retener
firmemente el Poder político ni, por tanto, resolver sus tareas económicas. De
aquí que el Partido Comunista, para resolver todos los problemas económicos,
organizativos, militares, culturales y de otro orden, los aborde siempre y ante
todo desde el punto de vista político. En este sentido, la política no puede
por menos de tener la primacía sobre los asuntos económicos.
Pero los marxistas no conciben la primacía de la
política sobre la economía en el sentido de que la
política tenga una importancia determinante con
respecto al régimen económico de la sociedad; sino
en el sentido de que la realización victoriosa de
las transformaciones económicas ya maduras para ser resueltas depende
ante todo, cuando
se dan las
condiciones objetivas necesarias, de la capacidad de
la clase
obra para conquistar
y retener el
Poder
político, de la justeza de su política.
Y la experiencia de la U.R.S.S. atestigua
claramente cómo la
certera política del
Partido
Comunista tiene, en efecto, una importancia decisiva
en la construcción del comunismo. El triunfo del
socialismo sería inconcebible sin la conquista del poder político por el proletariado, sin la alianza de este
con las masas campesinas trabajadoras. La base objetiva de esta alianza es la
comunidad de intereses cardinales de la clase obrera y los campesinos, Pero
esta alianza no se establece por sí sola, sino que para ello tiene que existir
una política certera por parte del Partido Comunista y del Estado socialista.
La política es, enseñaba Lenin, la relación entre las clases, La política de la
industrialización socialista del país y de la colectivización de las haciendas
campesinas, llevada a cabo bajo la dirección del Partido Comunista, tuvo una
importancia decisiva para el afianzamiento de la alianza de los obreros y los
campesinos, para la construcción de los fundamentos económicos del socialismo
en nuestro país y para la liquidación de las clases explotadoras. El gran
mérito histórico del Partido
Comunista de la
Unión Soviética consiste en haber sabido elaborar y fundamentar
científicamente esta política certera y vitalmente necesaria
y en haber
sabido movilizar para llevarla a
cabo las energías de las masas populares. El Partido destrozo la resistencia de
los enemigos, derroto a los restauradores trotskistas- bujarinistas del
capitalismo, venció las vacilaciones de los elementos atrasados y pusilánimes y
condujo a los pueblos de la Unión Soviética al triunfo del socialismo. La
justeza de la política del Partido Comunista determinó, por tanto, la suerte
del socialismo en la U.R.S.S., la suerte del régimen soviético.
Lo mismo que en el período de transición del
capitalismo al comunismo, también en el período del triunfo del socialismo la
política del Partido Comunista se guía por el interés de seguir fortaleciendo
las relaciones de fraternal colaboración entre la clase obrera y los
campesinos. Sería falso suponer que, en la sociedad socialista, donde tanto los
obreros como los campesinos son trabajadores de empresas socialistas, no hay
para qué preocuparse de fortalecer la alianza entre estas dos clases. También
en las condiciones del socialismo sigue siendo la alianza de la clase obrera y
los campesinos el fundamento sobre el que descansa la solidez del régimen
social soviético, y en el fortalecimiento de esta alianza tiene una importancia
decisiva la certera política del Partido.
En la certera política del Partido Comunista y del
Estado socialista encuentra su expresión consciente
la necesidad económica. El Partido y el Estado no pueden crear con su política
las leyes económicas, pero sí aplicar conscientemente, en interés de la
sociedad, las leyes objetivas, una vez comprendidas.
La fuerza transformadora del Partido Comunista la
determina el hecho de que no actúa en contra de la necesidad económica, sino en
consonancia con ella, sin dejar margen a ninguna clase de subjetivismo ni
arbitrariedad. Por eso precisamente es la suya una política certera. Y la
sabiduría y la perspicacia de esta política se expresan también en el hecho de
que el Partido sabe comprender a su debido tiempo las necesidades ya maduras
del desarrollo de la vida material de la sociedad y orientar los esfuerzos del
pueblo hacia la realización de las tareas determinadas por la necesidad
económica.
También bajo el socialismo la orientación de la
actividad del Partido
Comunista y las
tareas
planteadas por él a los trabajadores se determinan
por las condiciones objetivas,
por las posibilidades
materiales alcanzadas. Así, por ejemplo, al promover
en 1953-1954 la tarea de lograr en los dos o tres años próximos un
auge vertical de
la producción de
artículos de consumo popular, satisfaciendo con ello
de un modo suficiente las crecientes necesidades de
la población, el Partido Comunista de la Unión
Soviética tenía en cuenta que la solución de esta tarea era posible, sobre la
base del poderoso crecimiento
de la industria socialista, Sin una potente
industria pesada, la solución
de la tarea
de elevar
verticalmente la producción de artículos de consumo
popular, habría resultado imposible.
Gracias a la certera política del Partido
Comunista, se esclarecen y resuelven en su momento
oportuno las contradicciones que surgen en el desarrollo de la sociedad
socialista. Por ejemplo, en el curso del desarrollo de la economía socialista
de la U.R.S.S. surgió una discordancia entre el ritmo de desarrollo de la
industria y el de la agricultura. Esta quedaba rezagada con respecto a aquélla,
lo que comenzaba a frenar el auge de la economía nacional. El Comité Central
del P.C. de la U.S., en decisiones adoptadas en septiembre de 1953 y marzo de
1954, planteó ante el pueblo soviético esta tarea: sin amortiguar los esfuerzos
en el desarrollo de la industria pesada, intensificar el ritmo de desarrollo de
la agricultura, con objeto de asegurar en término de dos o
tres años una
elevación vertical de
la producción de artículos de consumo popular. Estas decisiones son un
claro exponente de la sabiduría colectiva del órgano de dirección del Partido,
de su capacidad para someter a un profundo análisis marxista los procesos que
se operan en la economía y adoptar las medidas necesarias para resolver las
contradicciones que van
surgiendo y garantizar
el auge constante de la economía
nacional y de la
cultura del país del socialismo.
Dirigir certeramente el desarrollo de la economía
socialista significa advertir y señalar a su debido tiempo las exigencias que
en él se hallan ya maduras para ser resueltas, plantear ante el pueblo, en su
momento oportuno, las
tareas que de
aquí se
desprenden, movilizar, organizar y orientar los
esfuerzos del pueblo para su solución. Y todo esto sólo puede hacerse a
condición de que los cuadros del Partido y del Estado socialista estudien
atentamente los procesos que se operan en la entraña de la vida de la sociedad.
El Comité Central del P.C. de la U.S. enseña a los cuadros del Partido y del
Estado soviético a estudiar atentamente la realidad, a descubrir los gérmenes
de lo nuevo, de lo avanzado y de lo progresivo, para contribuir a su desarrollo;
apercibir en ellos
los fenómenos negativos
que puedan apuntar, para destruirlos a su debido tiempo.
La historia no la crean los individuos, ni decenas,
sino millones de hombres, que aportan siempre a ella
algo nuevo, algo creador. Para dirigir la magna obra
de la construcción del comunismo, los órganos del
Partido deben estudiar atentamente la vida social,
recoger y sintetizar la experiencia de las masas.
El Partido Comunista de la Unión Soviética es
capaz de dirigir con éxito el desarrollo de la
sociedad socialista, porque en él se concentra la riquísima experiencia de
la dirección de
las masas. En el
Partido y en su Comité Central toma cuerpo la razón colectiva del
pueblo. En el
Comité Central del Partido están representados los mejores
conocedores de la industria, y la agricultura, del transporte y el comercio,
los mejores diplomáticos soviéticos, los mejores teóricos y propagandistas del
Partido, los mejores dirigentes del ejército, los exponentes más
destacados de la
cultura socialista. Y esta
composición del órgano dirigente del Partido permite a éste resolver con
conocimiento de causa los más complicado a problemas de la edificación del
comunismo. Pero el Partido no se apoya solamente, para resolver estos
problemas, en la experiencia de sus cuadros dirigentes. El Partido Comunista y
su Comité Central, como jefe y dirigente del pueblo, sintetizan y ponen a
contribución, en interés de la construcción
del comunismo, la
riquísima experiencia de millones de trabajadores. Para dirigir
certeramente, hay que complementar la experiencia de los dirigentes con la de
todo el Partido, con la de toda la clase obrera y los campesinos, con la
experiencia de millones de hombres. Condición indispensable para
elaborar y aplicar
una línea política certera es que
el Partido sepa fortalecer y multiplicar los nexos que lo unen a las masas,
escuchar atentamente la voz de éstas, aprender de sus experiencias, recogerlas
y sintetizarlas.
Por
oposición a la
política de los
círculos gobernantes de los
países capitalistas, extraños
al
pueblo y enemigos
de él, la
política del Partido
Comunista expresa los anhelos y las aspiraciones de
las más
extensas masas populares,
la política del
Partido Comunista se orienta hacia el
fortalecimiento
constante de la inquebrantable alianza de la clase
obrera y los campesinos koljosianos y la fraternal
amistad entre los pueblos de la U.R.S.S., hacia el
fortalecimiento por todos los medios de la potencia
económica y defensiva del Estado socialista, hacia la máxima satisfacción de
las necesidades materiales y culturales del pueblo, hacia el mantenimiento de
la paz en todo el mundo. Por eso esta política encuentra todo el apoyo del
pueblo.
El Partido Comunista no es solamente el jefe
político, sino también el organizador de las masas. Infunde al ejército de
millones de trabajadores una unidad de voluntad y organiza y unifica sus
esfuerzos en la construcción del comunismo. La extraordinaria envergadura del
trabajo de organización del Partido Comunista responde a la grandiosidad y la
profundidad de las tareas de la revolución socialista. "A la par con la
reciedumbre de la acción histórica… crecerá también el volumen de las masas
encargadas de desarrollarla", escribían Marx y Engels.251 Lenin
consideraba esta sentencia de Marx y Engels como una de las más importantes del
marxismo. Y la desarrollaba en estos términos: "Cuanto más extenso y más
profundo sea el viraje operado en la sociedad, mayor será el número de hombres
que lo lleven a cabo, que actúen,
en el auténtico
sentido de la palabra, como los creadores de este
viraje".252
La revolución socialista es la más profunda de las
revoluciones sociales, la
transformación de la sociedad
hasta en sus
mismos cimientos. Precisamente
por eso, la revolución socialista eleva al plano de la creación histórica
consciente a nuevas y nuevas capas del pueblo. Y ello da una importancia
especial al trabajo de organización del Partido.
En la unión y cohesión de las masas y en su
incorporación a la actividad creadora ha encontrado siempre el
Partido Comunista la
clave para salir airoso de los más difíciles empeños de
la revolución socialista. El Partido jamás habría podido resolver por sus solas
fuerzas tareas históricas como la de la transformación de la U.R.S.S. de un
país agrario en un país industrial y la transformación socialista del campo;
para ello, hubo de elevar a su realización a masas de millones de obreros y
campesinos. Con su trabajo de organización, el Partido asegura la unidad de
acción de millones de trabajadores, que son los creadores de la historia.
El Comité Central del Partido Comunista de la
Unión Soviética es el núcleo dirigente de todas las
organizaciones de la U.R.S.S., lo mismo las estatales
que las sociales.
A través de
sus miembros, que
trabajan en estas organizaciones, el Partido orienta
la actividad de éstas hacia un único objetivo.
El trabajo de organización del Partido se halla
supeditado enteramente a su política. Pero, al mismo
tiempo, la realización de su política depende de su trabajo de organización.
La victoria no viene nunca por sí sola, sino que se
251 C. Marx y
F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. III, pág.
105.
252 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXVIII, pág. 397.
conquista. Y el Partido conquista la victoria de su
política por medio de una lucha tenaz y perseverante por la realización de la
línea del Partido. Habiendo elaborado una línea política certera, el éxito
depende del trabajo de organización, de la acertada selección de los hombres y
del control de la ejecución de los acuerdos tomados por los órganos dirigentes.
Poseer una política certera
es lo primero
y lo más importante, pero ello
no basta. Para triunfar, hace falta convertir esa política en
realidad. Y esto no puede lograrlo el Partido solamente con sus propias
fuerzas, sin la ayuda de las masas. Lenin burlábase de la absurda idea de que
pudiera construirse el comunismo con los esfuerzos de los comunistas solamente.
La fuerza del Partido reside en que se halla indisolublemente vinculado a las
masas y sabe organizar a éstas para la realización de los ideales del
comunismo, elevar a
millones de trabajadores
al plano de la lucha en pro de los objetivos trazados por él. La certera
línea política del Partido Comunista se ve reforzada por su inmenso trabajo de
organización, y a ello debe sus éxitos.
La acción organizadora del Partido Comunista va
inseparablemente unida a su acción educativa. Para
poder organizar a las masas con vistas al
cumplimiento de estas
o las otras
tareas políticas,
hace falta, ante todo, convencerlas de la justeza de
la política del Partido, de la necesidad de llevar a cabo las medidas
acordadas. Sólo el
método del
convencimiento
del Partido puede
asegurarle el apoyo de
las masas, la
disposición de éstas
a
participar decididamente en la lucha. El Partido
tiene que saber convencer a las masas de la justeza de su
política, lanzar y llevar adelante aquellas
consignas que sean comprendidas por las masas y que ayuden a éstas a elevarse
al nivel de la conciencia del Partido.
Elevar a las masas al nivel de la conciencia del
Partido: en esto reside la más importante tarea
educativa del Partido
Comunista. El Partido
representa
la más alta
encarnación del grado
de
conciencia
comunista. Infunde la
conciencia socialista a las masas de la clase obrera y de todos los
trabajadores,
ilumina con la
luz de la
teoría
revolucionaria el movimiento obrero espontáneo,
eleva éste al plano de una lucha de clases consciente. Tal fué la tarea
asignada al Partido por Lenin ya en los mismos años en que lo creaba.
La
diferencia entre el
nivel de conciencia
del
Partido
Comunista y el
nivel de las
masas se mantiene todavía con el
socialismo, y ello hace que siga siendo importante, ya dentro de este régimen,
la tarea de elevar a las masas al nivel de conciencia del Partido. El Partido
Comunista, como fuerza dirigente de la sociedad socialista, pertrechado con la
teoría de vanguardia, ayuda a
las masas a
tener plena conciencia de las
perspectivas de desarrollo de la sociedad, a comprender la importancia
histórica de su trabajo diario, de su iniciativa
creadora. Por estar
dotado de una teoría científica, el Partido puede
ver más allá que las grandes masas del pueblo.
El triunfo del socialismo ha hecho que aumentase
considerablemente la significación del trabajo
educativo del Partido Comunista. El ritmo de la
construcción del comunismo depende, en gran parte,
de los éxitos que se logren en cuanto a la educación
comunista de las masas, en la obra de superar las supervivencias del
capitalismo en la conciencia de
los hombres. El grado de conciencia comunista
determina la elevación de la actividad creadora de las
masas,
sin las que
no puede concebirse
la construcción del comunismo. La sociedad capitalista sólo puede
existir ahogando la
actividad y la
conciencia de las masas, y el grado de conciencia de
los trabajadores se
eleva, aquí, en
contra de los
deseos de las clases gobernantes, de sus partidos y
de su Estado. Por el contrario, la existencia y el desarrollo de la sociedad
socialista descansan sobre
la constante elevación del grado de conciencia de
las masas, sobre su actividad política y social, sobre la
participación creadora del pueblo en la construcción
de la nueva vida. Cada paso de avance por el camino de la
transformación socialista de
la U.R.S.S. ha
significado, al mismo tiempo, una nueva etapa en el
auge del
grado de conciencia de las
masas, en el
desarrollo de su iniciativa creadora. La elevación
del grado de conciencia de las masas es el manantial de las inagotables
fuerzas creadoras de
la sociedad
socialista.
En todas las formaciones sociales anteriores, la
mayoría de las gentes, absorbidas por sus
preocupaciones cotidianas, no se paraban siquiera a
pensar cómo y hacia dónde se desarrollaba la
sociedad. En la sociedad socialista, por el contrario, la inmensa mayoría de la
población, gracias a la dirección del Partido Comunista, conoce las
perspectivas del desarrollo social y lucha activamente por su realización. Y
ello explica, en considerable medida, la rapidez sin precedente que adquiere el
ritmo del desarrollo histórico, con el socialismo. En la U.R.S.S. y en los
países de democracia popular se ha cumplido la genial previsión de Lenin:
"sólo bajo el socialismo comienza el rápido y verdadero movimiento de
avance, movimiento realmente de masas, en todos los campos de la vida social y
personal, en el que participa la mayoría de la población y, más tarde, la
población entera".253 Esta
actividad e iniciativa creadoras de las masas son inspiradas, organizadas y
educadas por el Partido de los comunistas, fuerza dirigente y orientadora de la
sociedad socialista.
A
medida que la
U.R.S.S. avanza hacia
el comunismo, se eleva la misión del Partido
Comunista, en cuanto fuerza dirigente y orientadora
de la sociedad soviética. Como hemos dicho más
arriba, esto se
explica ante todo
por las causas
253 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXV,
pág. 443.
objetivas, por las características de la economía
socialista, la cual no puede desarrollarse de un modo espontáneo, sin una
dirección consciente. Y se explica, asimismo, por el hecho de que, en el curso
de la
construcción del comunismo,
crece y se fortalece el propio Partido, aumenta su
fuerza ideológica y organizativa, mejora su composición, se templan y
pertrechan ideológicamente sus cuadros, se multiplican sus relaciones con las
masas.
En la sociedad socialista, las condiciones de
desarrollo del Partido Comunista cambian sustancialmente. El Partido pertenece
a la órbita de la supraestructura, lo que quiere decir que su desarrollo se
determina por el carácter del régimen económico, por la estructura de clase de
la sociedad. En una sociedad en que existían clases antagónicas y el
proletariado libraba la más aguda lucha de clases contra las clases enemigas de
él, el Partido proletario se desarrollaba y fortalecía luchando contra las corrientes
y los grupos oportunistas que surgían en su seno. Durante largos años, el
Partido mantuvo una lucha intransigente contra todo linaje de tendencias y
grupos oportunistas, "economistas", mencheviques, trotskistas, bujarinistas,
portavoces de las desviaciones nacionalistas y demás
enemigos del leninismo. El aplastamiento de todas las corrientes y grupos
capituladores en las filas del Partido era condición indispensable para poder
triunfar sobre el enemigo de clase.
"Sin aplastar a los "economistas" y a
los mencheviques, jamás se habría logrado edificar el Partido y conducir a la
clase obrera a la revolución proletaria.
"Sin aplastar a los trotskistas y bujarinistas,
jamás se habría logrado del preparar las condiciones necesarias para la
edificación del socialismo.
"Sin aplastar a los portavoces de las
desviaciones nacionalistas de todos
los matices, no
se habría
logrado educar al pueblo en el espíritu del
internacionalismo, no se habría logrado defender la bandera de la fraternal
amistad entre los pueblos de
la U.R.S.S., no se habría logrado edificar la Unión
de
Repúblicas Socialistas Soviéticas".254
En la lucha contra estos grupos capituladores, el
Partido defendió la unidad de sus filas y adquirió el temple necesario para
poder cumplir su misión de organizador y dirigente de la revolución proletaria
y constructor de la sociedad socialista. La unidad de las filas del Partido es
condición fundamental de su capacidad combativa. Pero el Partido Comunista de
la Unión Soviética no ha sido nunca partidario de la unidad formal, basada en
la tolerancia y la conciliación de diversas tendencias dentro del Partido. La
atenuación de las contradicciones y la conciliación de
los principios contrapuestos
son cosas funestas para el Partido del proletariado, y sólo conducen a
la degeneración ideológica. La unidad del
254 Historia del P.C.(b) de la U.R.S.S., ed.
española, pág. 410.
Partido Comunista sólo es posible sobre una base de
principios, a condición de superar las discrepancias que surgen en el seno del
Partido por medio de una lucha de principios en pro de la teoría y la política
comunistas, consecuentes, revolucionarias.
Las
discrepancias internas que
surgían en el pasado radicaban en las propias
condiciones de la
lucha de clases. El Partido Comunista es parte de la
clase obrera, y ésta no vive al margen de las demás
clases. Sobre el proletariado pesa constantemente la
influencia
de la burguesía
y de las
capas
pequeñoburguesas de la sociedad. Se hallan sujetas a
la influencia de la burguesía las capas menos firmes del proletariado, las que
han salido recientemente del seno de la pequeña burguesía y los obreros que por
sus condiciones de vida se hallan más cerca de ésta. La heterogénea composición
del proletariado lleva consigo la existencia de capas obreras que poseen
diferentes hábitos, tendencias y concepciones. Estas diferentes concepciones y
corrientes se reflejan también en el Partido, y la presión de la burguesía se
encarga de agudizar constantemente estas discrepancias, llegando hasta la lucha
de tendencias dentro del Partido. Por eso, bajo el capitalismo y, en general,
bajo las condiciones de existencia de clases antagónicas, son
inevitables las discrepancias internas, y, en estas
condiciones, los partidos proletarios sólo pueden desarrollarse y fortalecerse
a base de superarlas.
Pero, actualmente, en la U.R.S.S. ya no existen
tales condiciones. Como resultado del triunfo del socialismo, han sido
liquidadas todas las clases explotadoras, no existen ya clases antagónicas y se
ha afianzado la unidad político-moral de
la sociedad. Por eso, en la U.R.S.S., han desaparecido las fuentes de que
emanaban las desviaciones
oportunistas. Rasgo característico de la composición interna del Partido
Comunista de la Unión Soviética es, hoy, su unidad monolítica, conquistada en
una aguda lucha de clases contra los enemigos del leninismo. En
consonancia con esto,
han cambiado, en el
socialismo, las condiciones de desarrollo del Partido, lo mismo que han
cambiado las condiciones de desarrollo de toda la sociedad soviética, cuya
fuerza motriz no es ya la lucha de clases.
Pero esto no significa, ni mucho menos, que no
puedan volver a
surgir en el
Partido grupos
enemigos.
Mientras exista el
cerco capitalista,
mientras subsistan las supervivencias del
capitalismo en la economía y en la conciencia de los hombres, el Partido
Comunista no se hallará inmune a la penetración en sus filas de elementos
enemigos, de impostores y gentes extrañas. La situación de monopolio del
Partido Comunista como
único partido existente en
el país supone
para él una ventaja extraordinaria, pero tiene
también su lado peligroso. Lenin prevenía reiteradamente contra la posibilidad
de que en las filas del Partido Comunista
gobernante se infiltrasen elementos arribistas,
aprovechados y tramposos, enemigos del pueblo y agentes del imperialismo
internacional. El desenmascaramiento de los trabajos de zapa de un enemigo del
pueblo como Beria viene a recordar una vez más que el Partido debe mostrar la
más alta y celosa vigilancia revolucionaria.
En el desarrollo de la sociedad socialista se dan
contradicciones, se da la lucha entre lo nuevo y lo
viejo, entre lo que se desarrolla y crece y lo que
ya ha caducado. Estas contradicciones se reflejan también
en el desarrollo del Partido. Y, aunque la lucha
entre lo viejo y lo nuevo se lleva a cabo ahora bajo otras formas y tenga otro
contenido que antes, también en
las nuevas condiciones y a base de la cohesión
monolítica de sus filas, sigue el Partido depurándose
de lo malo, de todos los elementos enemigos,
extraños, caducos y estancados. De aquí que los Estatutos del
Partido Comunista de
la Unión
Soviética proclamen el deber de los comunistas de
"salvaguardar
por todos los
medios la unidad
del
Partido, como condición principal de la fuerza y del
poderío del Partido".
Dichos Estatutos definen el Partido como la unión
voluntaria y combativa de los comunistas, solidarios
de un mismo ideal, integrada por miembros de la clase obrera, campesinos
trabajadores e intelectuales laboriosos. La unidad ideológica del Partido se
refuerza por su unidad de organización y por una severa disciplina única para
todos sus miembros. Y esto asegura la unidad de toda la acción práctica del
Partido, que agrupa en sus filas a comunistas identificados en una unidad de
pensamiento y una unidad de acción.
Medio importantísimo para reforzar la unidad del
Partido y elevar su nivel ideológico, su disciplina
y la cohesión de sus filas es la crítica y la autocrítica. El
Partido Comunista se vale del método de la crítica y
la autocrítica desde su mismo nacimiento, pues este
método es inseparable de la propia naturaleza del leninismo. Sin embargo, la
crítica y la autocrítica adquieren una significación especial a partir del
momento en que el Partido Comunista de la Unión Soviética se erige en Partido
gobernante. La crítica y la autocrítica es una importantísima fuerza motriz en
el desarrollo del Partido, ayuda a depurar los órganos de éste de todos los
elementos estancados, malsanos o enemigos y permite fortalecer y ensanchar los
vínculos del Partido con las masas.
Con ayuda de la crítica y la autocrítica educa el
Partido a sus cuadros, les inculca una actitud
comunista de principios, lucha contra las tendencias
extrañas al Partido y contra el estancamiento y la
infatuación. El Comité Central del Partido Comunista
de la Unión Soviética enseña a los cuadros a vigilarse sin miedo,
a analizar su
actuación, a corregir
y superar valientemente los defectos de su trabajo y a rectificar sus
errores. El XIX Congreso del Partido
Comunista de la Unión Soviética proclamó la
necesidad de luchar contra las tendencias dañinas y peligrosas de la placidez,
la satisfacción consigo mismo y la embriaguez de los éxitos. Los burócratas que
intentan ahogar la crítica y entorpecer el desarrollo de la acción creadora y
de la propia iniciativa de los trabajadores, son enemigos del Partido. Los
Estatutos del Partido Comunista de la Unión Soviética imponen como deber de
todo miembro del partido "desarrollar la autocrítica y la crítica desde
abajo, poner al desnudo los defectos en el trabajo y procurar
eliminarlos..." El cerrar el paso a la crítica constituye una grave
corruptela, incompatible con la permanencia en las filas del Partido.
Con ayuda de la crítica y la autocrítica pone de
manifiesto y supera
el Partido las
contradicciones
que van surgiendo
en su propio
desarrollo y
reestructura el contenido, las formas y los métodos
de su trabajo en consonancia con las nuevas tareas.
El Partido, guiado por el método marxista-leninista,
no considera las formas de organización como algo
absoluto, establecido de una vez para siempre y adaptables a todas las
condiciones. Por el contrario, como señaló el X Congreso del Partido Comunista
ruso (bolchevique) en su resolución "sobre el problema de la estructura
del Partido", "la forma de organización y los métodos de trabajo se
determinan enteramente por las características de la situación histórica
concreta dada y las tareas que se desprenden directamente de esta situación".255
De aquí que, al cambiar la situación
histórica, al cambiar
el contenido del trabajo del Partido, tengan que cambiar también las
formas de la estructura de éste.
En una situación como la de la transición gradual
del socialismo al
comunismo se ha
puesto de
manifiesto también la contradicción existente entre
las nuevas tareas
del Partido y
la formación
ideológica de sus cuadros. La nueva situación
planteaba con toda su fuerza la necesidad de pertrechar ideológicamente a los
cuadros. Para llevar
a cabo la educación comunista de los trabajadores,
para poder luchar con éxito contra las supervivencias
del capitalismo en la conciencia de los hombres, es
indispensable dotar a
todos los cuadros
de la ideología de vanguardia,
del marxismo-leninismo.
El XIX Congreso
del Partido Comunista
de la
Unión
Soviética condenó la
subestimación del trabajo ideológico
que revelaba la
actividad de
algunas organizaciones del Partido. Y subrayó cómo
esta
subestimación del trabajo
ideológico puede inferir al Partido
daños irreparables, ya que crea un
terreno
propicio para que
en él se
vivifiquen las
influencias de la ideología burguesa. Desenmascarar
incansablemente cualesquiera manifestaciones de la
255 El
Partido Comunista de la Unión Soviética
en las resoluciones y acuerdos de los
Congresos y Conferencias y de los Plenos del C. C., ed. rusa, parte I, 7ª ed.,
pág. 516.
ideología extraña al marxismo, perfeccionar
sistemáticamente la preparación
ideológica-política de los cuadros, poner a contribución todos los
medios de acción ideológica para la educación comunista de los hombres
soviéticos: tales son las tareas señaladas por el XIX Congreso del Partido
Comunista de la Unión Soviética en lo tocante al trabajo ideológico.
Poniendo al descubierto y superando sin temor los
defectos de su
trabajo y de
su organización con
ayuda de una audaz crítica y autocrítica, el Partido
Comunista perfecciona su formación ideológica y sus
formas de organización y fortalece sus cuadros.
La
fuerza del Partido
Comunista reside en la
actividad y en la iniciativa creadora de sus
organizaciones y de las masas del Partido. El Partido
no
debe considerarse como
un sistema de
instituciones o nóminas de militantes, sino que
forma un organismo dotado de una acción propia, es la organización combativa
de los comunistas. Condición necesaria para que las
masas del Partido puedan desplegar su actividad creadora es la democracia
interna, inconcebible sin la dirección colectiva. El Partido es capaz de
conducir a los trabajadores por el verdadero camino y de dirigir la
construcción del comunismo, porque recoge y condensa la riquísima experiencia
de la clase obrera y de todas las masas trabajadoras. La experiencia colectiva
del Comité Central descansa sobre la experiencia y la iniciativa de todos los
miembros del Partido y asegura la certera dirección de éste y la inquebrantable
unidad de sus filas. El Partido Comunista enseña a sus cuadros a aplicar
firmemente las normas de la vida del Partido y los principios de su dirección
colectiva, establecidos por Lenin.
El manantial de la fuerza del Partido Comunista es su vinculación indisoluble con las masas
trabajadoras, con el pueblo. El XIX Congreso del
Partido
exige de los
comunistas fortalecer diariamente
sus vínculos con las masas, escuchando
atentamente y a su debido tiempo las exigencias y
las
necesidades de los trabajadores, no olvidando jamás
que en sus nexos con el pueblo reside la fuerza y la
invencibilidad
del Partido. A
lo largo de
toda su
historia de más de cincuenta años, el Partido
Comunista de la Unión Soviética ha salido vencedor de todas sus pruebas, porque
contaba con el apoyo de las masas, porque extraía nuevos y nuevos refuerzos del
manantial inagotable de las masas populares. El mejor exponente de los vínculos
que unen al Partido con las masas es el crecimiento de sus filas. Y es bien
elocuente que en los períodos de más duras pruebas para el País de los Soviets
se haya manifestado con una fuerza especial el deseo de los mejores hombres
del pueblo de
ocupar un puesto
en las filas
del Partido Comunista, de unir su suerte a la del Partido.
Jamás ha habido en la historia ni hay otro partido
que haya
contado o cuente
con la confianza
del
pueblo como el comunista. Esta confianza del pueblo
la ha ganado el Partido de los comunistas con su
sabia política y su abnegada y heroica lucha, con la sangre de miles y miles de
sus hijos e hijas que han dado su vida por la causa del pueblo. El Partido ha
sabido ganarse la
confianza del pueblo
con su valentía y
su impavidez en
el combate, con su
firmeza implacable ante los enemigos del pueblo, con su amor y su devoción a los
trabajadores, con la claridad de juicio y la sabiduría de su dirección.
El auge de la influencia del Partido Comunista sobre
las masas se expresa también en el hecho de que lo rodee una amplia capa de
comunistas sin partido, hombres y mujeres que, sin militar en las filas del
Partido, son en espíritu comunistas, luchadores conscientes y activos por el
comunismo. En las condiciones del socialismo, han cambiado las relaciones
mutuas entre los miembros del Partido y los
sin partido. Hubo
un tiempo en
que los comunistas miraban a los
sin partido y a la permanencia al margen de éste con cierta desconfianza. Y se
explica que así fuese, pues por aquel entonces la bandera de los sin partido
encubría a diferentes grupos burgueses a quienes no les convenía actuar
abiertamente, sin máscara. La situación ha cambiado, con el triunfo del
socialismo. El régimen social socialista soviético "une a los sin partido
y a los comunistas en la colectividad conjunta de los
hombres soviéticos...; unos
y otros han luchado unidos por el fortalecimiento de
la potencia de nuestro país,
han combatido juntos
y vertido juntos su
sangre en los
frentes en nombre
de la libertad y la grandeza de
nuestra patria, juntos han forjado la victoria sobre los enemigos de nuestro
país".256 Los hombres
soviéticos miembros del Partido y sin partido son hoy,
conjuntamente, los creadores de una obra común. En este sentido, la diferencia
entre unos y otros es puramente formal.
El Partido Comunista de la Unión Soviética ha
sabido agrupar en
torno suyo al
pueblo soviético
todo. Todos los trabajadores soviéticos ven en él su
propio
Partido, el jefe
colectivo reconocido por todos. En las condiciones del socialismo,
en que la
sociedad soviética se halla ya libre de los choques
de
clases y descansa sobre la fraternal colaboración de
obreros, campesinos e intelectuales, el Partido Comunista representa los
intereses de todo el pueblo soviético. Es, como lo proclama el artículo 126 de
la Constitución de la U.R.S.S., "el destacamento de vanguardia de los
trabajadores en su lucha por la construcción de la sociedad comunista... "
Resumen.
La
fuerza fundamental, determinante, en
el
desarrollo de la sociedad socialista es, pues, el
modo socialista de producción.
Sobre la base
del modo
256 J. V. Stalin. Discursos en las asambleas
electorales de los electores del distrito
Stalin de Moscú, el 11 de diciembre de
1937 y el 9 de febrero de 1946, ed. rusa, 1953, pág.
14.
socialista de producción han surgido y se han
desarrollado también las nuevas y
poderosas fuerzas motrices inherentes al régimen socialista: la unidad político-moral, la amistad de los
pueblos, la crítica y la
autocrítica y el
patriotismo soviético. Estas fuerzas alumbran, unen y multiplican
las energías de las masas populares
y hacen marchar la
sociedad hacia adelante, acelerando su desarrollo.
El Partido
Comunista es la fuerza orientadora
y dirigente de la sociedad socialista. Cumple la misión
de
dirigente político, organizador
y educador del
pueblo. Como destacamento de vanguardia de los
trabajadores de la
U.R.S.S., pertrechado con una teoría científica, con el conocimiento de
las leyes del desarrollo social, el
Partido Comunista establece la política
que corresponde a los intereses del pueblo y a
las exigencias del
desarrollo de la
sociedad, inculca a las masas la ideología socialista científica y las
educa en el espíritu del comunismo. Como la forma más alta de organización de
la clase obrera, el Partido Comunista
orienta hacia un único objetivo, la acción de todas las organizaciones
soviéticas sociales y estatales y agrupa
los esfuerzos de todos los trabajadores
en la lucha por el triunfo del comunismo.
El Partido
Comunista constituye una gran fuerza transformadora de la sociedad. Su misión, como la
fuerza
dirigente y orientadora de
la sociedad, se
eleva con arreglo a leyes en el curso de la
construcción del socialismo.
CAPITULO XII. LAS LEYES DEL PASO DEL SOCIALISMO AL
COMUNISMO.
La historia de la sociedad es un proceso histórico-
natural de desarrollo, regido por sus leyes, que va desde lo inferior hasta lo
superior; la sucesión correlativa de una serie de formaciones económico-
sociales. La formación social comunista es la etapa más alta de desarrollo de
la sociedad humana. Le sirve de preparación todo el curso de desarrollo de la
sociedad capitalista. El paso del capitalismo al comunismo responde a una
necesidad histórica ya en sazón de la época contemporánea. El comunismo es la meta
final de la lucha de la clase obrera y de su destacamento de vanguardia, el
Partido Comunista.
1. Las dos fases de la sociedad comunista.
A
diferencia de las
concepciones idealistas y
metafísicas de los socialistas utópicos, quienes
entendían que el comunismo surgiría de golpe, bajo una forma ya definitiva e
invariable, el marxismo considera la sociedad comunista como un proceso en
desarrollo. Los clásicos del marxismo, abordando la sociedad comunista desde el
punto de vista científico de la concepción dialéctico-materialista del mundo,
como una sociedad que se desarrolla con arreglo a sus leyes, establecieron
teóricamente de la revolución socialista, que el nuevo régimen social llamado a
sustituir al capitalismo pasaría por dos fases o etapas: una, la primera, la
socialista; otra, la segunda, la comunista. Socialismo y comunismo constituyen
dos fases del proceso de maduración de una sola formación económico-social, que
es la comunista. Los primeros en sacar esta
conclusión fueron Marx y Engels, en su estudio titulado Crítica del Programa de
Gotha, que vió la luz en 1875.
El socialismo, que surge directamente de la vieja
sociedad como resultado de la revolución socialista,
conserva necesariamente algunas supervivencias,
tradiciones y máculas
de origen del
capitalismo.
Previendo las características del socialismo, como
la primera fase o fase inferior del comunismo, escribía Marx: "De lo que
aquí se trata no es de una sociedad
comunista que se ha
desarrollado sobre su propia
base, sino de una que acaba de salir precisamente de
la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta
todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el
intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede".257
257 C. Marx, "Crítica del Programa de Gotha", en C. Marx y F.
El comunismo, a diferencia del socialismo, se
desarrolla ya sobre su propia base, razón por la cual constituye una fase más
madura, más desarrollada, la fase superior de la nueva sociedad. "En la
fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la
subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con
ello, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el
trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital;
cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan
también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la
riqueza colectiva, sólo entonces... la sociedad podrá escribir en sus banderas:
¡de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus
necesidades!".258
El curso de desarrollo de la sociedad socialista
instaurada en la U.R.S.S. ha venido a corroborar la
genial previsión de Marx. En los trabajos de V. I.
Lenin y de sus discípulos, así como en los acuerdos y
resoluciones del Partido Comunista, se sintetiza
teóricamente la experiencia victoriosa de
la
construcción del socialismo en la U.R.S.S. y se
sigue desarrollando creadoramente la teoría del comunismo científico. La
experiencia de la
construcción del
socialismo y del comunismo en la U.R.S.S. permite
determinar de un modo certero y más concreto las
características del socialismo y del comunismo.
¿Cuáles son los rasgos generales de la primera y de
la segunda fase de la sociedad comunista?
Tanto en el socialismo como en el comunismo, el modo
de producción descansa en la propiedad social
sobre los medios de producción. Lenin escribía,
apuntando a este rasgo fundamental común a las dos fases del
comunismo: "Marx llamaba
a lo que
usualmente se denomina socialismo la
"primera" fase o fase inferior de la sociedad comunista. En cuanto
que entraña la propiedad colectiva sobre los medios
de producción, se le puede aplicar también el nombre de "comunismo",
siempre y cuando que no se olvide que no se trata del comunismo
completo".259
Tanto en el socialismo como en el comunismo, no
existen clases explotadoras ni
explotación del
Engels, Obras escogidas, ed. española, t. II, pág.
16.
258 C. Marx, "Crítica del Programa de Gotha", en C. Marx y F. Engels, Obras
escogidas, ed. española, t. II, pág. 17.
259 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXV,
pág. 441.
hombre por el hombre ni cualquiera otra forma de
opresión social. Las relaciones de producción son, en ambas sociedades,
relaciones de ayuda mutua y de colaboración
entre hombres libres
de toda explotación.
Lo mismo bajo el socialismo que bajo el
comunismo, la producción
se rige por
una ley
económica
fundamental y tiene
como fin la más
plena satisfacción de las necesidades materiales y
culturales sin cesar
crecientes de la
sociedad,
mediante
el incremento y
el perfeccionamiento
continuos de la producción, a base de la más alta
técnica. Por consiguiente, en ambas fases de la nueva sociedad existe
una comunidad de
fines de producción y una
comunidad de medios para satisfacerlos.
Rasgo común a ambas fases de la sociedad comunista
es la vigencia de la ley económica del desarrollo armónico proporcional, de
desarrollo de toda la economía nacional. A medida que la sociedad va pasando al
comunismo, se perfecciona cada vez más
y va ampliando
su radio de
acción, hasta abarcado todo, la
planificación de la economía nacional, basada en dicha ley. Así en el
socialismo como en el comunismo, los órganos económicos dirigentes, apoyándose
en las leyes económicas objetivas, ponen en práctica una economía nacional
planificada, para lo que se guían por las orientaciones fundamentales de la
teoría marxista de la reproducción.
Característica común a las dos fases es el deber
igual de todos de trabajar con arreglo a su capacidad.
Por eso, la primera parte de la fórmula que rige
tanto
para el socialismo
como para el
comunismo comienza proclamando la misma exigencia: "de cada cual,
según su capacidad". Trabajando con arreglo a su capacidad, los hombres
obtienen el derecho a aprovecharse de los bienes materiales y espirituales: en
el socialismo, según la cantidad y calidad de su trabajo; en el comunismo,
según sus necesidades.
Ambas fases del comunismo se caracterizan por la
dominación de la
única ideología comunista,
la
concepción científica, marxista-leninista del mundo.
Ya con el socialismo, la ideología comunista se
convierte en ideología
de todo el
pueblo. Sin embargo, en la fase
socialista perduran todavía en la conciencia de los hombres ciertas
supervivencias del capitalismo; la sociedad no se halla todavía, en esta
fase, totalmente exenta
de los vestigios
de la ideología burguesa. Estas
supervivencias del capitalismo en la conciencia de los hombres van superándose
en el proceso de la construcción del comunismo
y de la
educación comunista de las
masas.
Tales son, concisamente resumidos, los rasgos
generales del socialismo y el comunismo. Veamos
ahora en qué radican las diferencias existentes
entre ambas fases.
El comunismo no se diferencia del socialismo por el
modo de producción ni por el tipo de las relaciones de producción, sino por el
grado de desarrollo, de avance de la nueva sociedad y, sobre todo, por el grado
de su madurez económica. El nivel de producción social
alcanzado con el
socialismo permite dar efectividad por vez primera en la historia
universal a los grandes derechos del pueblo: el derecho al trabajo, el derecho
descanso y el derecho a la instrucción. Pero el nivel de las fuerzas de producción
del socialismo no garantiza aún la plena abundancia de bienes materiales, y
esto hace que la sociedad se vea obligada a asegurar la distribución de los
bienes materiales, en esta fase, con arreglo al trabajo, y no con arreglo a las
necesidades.
La diferencia entre el socialismo y el comunismo
obedece a la
diferencia en cuanto
al nivel de
desarrollo de las fuerzas productivas de la
sociedad.
El socialismo comienza desarrollándose sobre la base
técnica establecida ya
por el capitalismo.
Con el
socialismo,
comienza sólo a
crearse la técnica
cualitativamente nueva y elevada que habrá de
desarrollarse en todos sus aspectos al llegar al comunismo. Rasgos distintivos
de esta técnica nueva son: la mecanización compleja y la automatización de la
producción industrial, la
aplicación de la química a la economía nacional, la
electrificación de todo el país, el empleo de nuevos tipos de energía, por ejemplo
de la energía
atómica, etc. La
base técnica del comunismo, combinada con el pleno y total desarrollo
físico e intelectual del hombre, permitirá alcanzar una productividad del
trabajo que asegure la abundancia de artículos de consumo.
La diferencia en cuanto al grado de madurez de las
relaciones de producción entre el socialismo y el comunismo, reside en lo
siguiente. En el socialismo existen dos formas de propiedad social: la estatal
(de todo el pueblo) y la cooperativo-koljosiana. Estas dos formas de propiedad
surgen inevitablemente como resultado de los distintos caminos de
transformación revolucionaria que siguen
las dos formas
de propiedad privada: la propiedad capitalista y la pequeña propiedad
campesina. La propiedad socialista estatal surge por
primera vez como consecuencia de la expropiación de los capitalistas, y la
cooperativo-koljosiana como resultado de la agrupación voluntaria de los
campesinos trabajadores en koljóses. La
existencia de dos
formas de propiedad social, en
el socialismo, engendra una producción mercantil de tipo especial, con una
economía monetaria y la vigencia de la ley del valor, circunscrita dentro de
ciertos límites. En el proceso de desarrollo de la sociedad socialista, ambas
formas de propiedad social se desenvuelven sobre la base del desarrollo de
las fuerzas productivas
y en consonancia con él. Y esto
mismo prepara el paso al comunismo,
hacia la unidad
superior de las relaciones sociales, en que la propiedad
cooperativo-
koljosiana se convertirá en propiedad de todo el
pueblo. El paso a la sociedad socialista de todo el pueblo, en los ámbitos de
toda la economía, traerá consigo en el futuro la gradual desaparición de la
circulación mercantil y de la economía monetaria y la eliminación de la ley del
valor.
"En la segunda fase de la sociedad comunista,
la cantidad de trabajo invertido en la producción de productos no se medirá
indirectamente, a través del valor y de sus formas, como ocurre en la
producción mercantil, sino de manera directa e inmediata, por la cantidad de
tiempo, por la
cantidad de horas invertidas en la producción de los
productos. En cuanto a la distribución del trabajo entre las ramas de la
producción, no será regulada por la ley del valor, que entonces habrá perdido
ya su fuerza, sino por el incremento de las necesidades de la sociedad en
productos. Será ésta una sociedad en la que las necesidades de la misma
regularán la producción y el cálculo
de esas necesidades
adquirirá una importancia
primordial para los organismos encargados de la planificación"260.
La existencia de dos formas de propiedad social, en
el socialismo, lleva aparejada la presencia en ella
de dos clases: la clase obrera y la clase campesina.
Se mantiene en pie, aquí, la diferencia esencial entre la
ciudad y el
campo. En el
socialismo subsisten también los
intelectuales como capa especial, vinculada al mantenimiento de la diferencia
esencial
entre el trabajo intelectual y el trabajo físico. En
el comunismo, cuando se haya instaurado la propiedad
única de todo
el pueblo y
se hayan destruido
las viejas formas de
la división del
trabajo, al
desaparecer la diferencia esencial entre los hombres
del trabajo intelectual y los del trabajo físico, irán borrándose las
diferencias entre la clase obrera y los
campesinos y entre estos sectores y los
intelectuales.
En el socialismo, y en estrecha relación con el
nivel alcanzado por
las fuerzas productivas
y las
relaciones
de producción correspondientes, la
distribución con arreglo al trabajo se lleva a cabo
bajo dos formas: en las empresas del Estado bajo la
forma del salario, y en los koljóses bajo la forma
de
los ingresos por días de trabajo. En el comunismo,
establecida la base de la propiedad única de todo el pueblo y habiendo
desaparecido ya las diferencias de clase, regirá la distribución con arreglo a
las necesidades.
Así, pues, el comunismo presupone un grado superior
de desarrollo de todo el conjunto de las relaciones de producción.
El
socialismo asegura, con
respecto al capitalismo, un salto
gigantesco en el desarrollo de la
cultura, en la elevación del nivel cultural de todo
el pueblo. Bajo el socialismo, se ha introducido en la U.R.S.S., con
carácter general, la
enseñanza
260 J. V.
Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la
U.R.S.S., ed. española, pág. 22.
obligatoria de siete años a costa del Estado y va
introduciéndose gradualmente la instrucción durante diez años.
El comunismo traerá
consigo una elevación todavía
mayor de la instrucción y la cultura del pueblo, la destrucción de todas las
supervivencias del capitalismo en la economía y en la conciencia de los
hombres, la superación de la diferencia esencial entre el trabajo intelectual y
el físico y la elevación del nivel técnico-cultural de todos los trabajadores
hasta el de los ingenieros, técnicos y agrónomos, el desarrollo total de las
dotes físicas e intelectuales del hombre.
Expresión sintética de las diferencias entre el
comunismo y el
socialismo es el
principio de la
sociedad
comunista: "de cada
cual según su capacidad, a cada cual según sus
necesidades". La
realización de este principio se halla relacionada
con la transformación del trabajo en una necesidad vital y primordial, lo
que constituye uno
de los signos
fundamentales de la fase superior del comunismo. El
principio comunista de la distribución nada tiene que
ver con las ideas anarquistas, pequeñoburguesas,
según las cuales en el comunismo los hombres percibirán lo que necesiten,
independientemente de
que
trabajen o no.
El comunismo, como
toda sociedad, descansa sobre
el trabajo. Con
el
comunismo, el trabajo se convierte en una necesidad
primordial de la vida del hombre, en un hábito; el hombre, en esta sociedad,
trabajará con arreglo a sus
capacidades y percibirá por su trabajo altamente
productivo lo que corresponda a las necesidades de
un hombre culturalmente desarrollado.
El principio comunista de la distribución de los
bienes materiales con arreglo a las necesidades no
tiene
tampoco nada que
ver con las
concepciones
pequeñoburguesas acerca de la igualdad ni con los
postulados relativos a
la nivelación de
las
necesidades
y los gustos
de los miembros
de la
sociedad. Los clásicos del marxismo-leninismo
enseñan, y la experiencia del socialismo ha venido a confirmado, que los gustos
y las necesidades de los hombres no podrán ser nunca iguales. El socialismo y
el comunismo entrañan la destrucción de la desigualdad de clases, de la
desigualdad entre los poseedores y los desposeídos, pero no significan, ni
mucho menos, la igualdad de necesidades y gustos, ni una
tendencia niveladora en
cuanto a la distribución de los bienes materiales. El
comunismo entraña, por el contrario, un alto desarrollo de las necesidades y
los gustos de todos los miembros de la sociedad.
La igualdad lograda con el socialismo encuentra su
expresión en la liberación por igual de todos los trabajadores de la
explotación del hombre por el hombre,
en la implantación
del deber igual
para todos de trabajar con arreglo a su capacidad y del derecho igual de
todos los trabajadores a ser remunerados
con arreglo a
su trabajo,
independientemente de su sexo, edad o nacionalidad.
Pero, al lado de esta igualdad, ya lograda con el
socialismo, en esta
sociedad se mantienen
aún,
inevitablemente, algunas desigualdades de hecho, en
el sentido de un aseguramiento material desigual de
los hombres. "Refutando la vaga fraseología pequeñoburguesa de Lassalle
acerca de la "igualdad" y la "justicia" en general, Marx
pone de manifiesto la trayectoria de
desarrollo de la sociedad comunista, que
se ve obligada a destruir al principio solamente la "injusticia" de
que los medios de producción se vean acaparados por unos cuantos individuos y
que no está en condiciones de destruir de una vez la otra injusticia,
consistente en la distribución de los artículos de consumo "con arreglo al
trabajo" (y no con arreglo a las necesidades)"261. El paso del
socialismo al comunismo significa la liquidación de este último residuo de la
desigualdad económica.
2. El paso gradual del socialismo al comunismo.
El paso del socialismo al comunismo se lleva a
cabo, gradualmente, sin explosiones revolucionarias.
La explicación de ello está en que se trata de un
tránsito operado dentro de la misma formación
económico-social, a base del mismo modo socialista
de producción y sin que existan clases explotadoras.
La propiedad social sobre los medios de producción y la
certera política del
Partido Comunista y del
Estado soviético, establecida sobre fundamentos
científicos, hacen que las contradicciones que surgen
entre las fuerzas productivas y las relaciones de
producción, en las
condiciones del tránsito
del
socialismo al comunismo, no se conviertan en
antagonismos, en conflictos sociales, sino que se resuelvan a
su debido tiempo,
de un modo
organizado y planificado. El Partido Comunista y el
Estado socialista, como supraestructura política que
expresa los intereses de todo el pueblo y se apoya en
las
ventajas de la
base socialista y
en las leyes
económicas objetivas del socialismo, aseguran con su
dirección el movimiento de avance de la sociedad, la
marcha de ésta hacia el comunismo. La comunidad
de intereses de obreros, campesinos e intelectuales,
vitalmente interesados en la construcción victoriosa del comunismo, vence
cuantos obstáculos puedan interponerse en el camino hacia esta grandiosa meta.
El paso al comunismo lleva aparejada la solución
de los
complejos y difíciles
problemas de la
construcción del comunismo, del auge cultural y de
la reeducación comunista de toda la sociedad. Este
tránsito puede llevarse a cabo mediante la solución
gradual de los problemas económicos, culturales y
educativos, íntimamente vinculados entre sí. Pero
sin que se deba
caer en la ligereza
de pensar que se
puede correr atropelladamente hacia adelante, pasar a formas más altas de vida
económica, antes de que se
261 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXV,
pág. 438.
den las premisas obligadas para ello.
El
carácter gradual del
paso del socialismo
al comunismo no sólo
no excluye, sino
que, por el
contrario, presupone una serie de cambios radicales,
de saltos cualitativos en esta dirección. El paso de
la economía del socialismo a la economía del comunismo, de
la fórmula del
socialismo a la fórmula
del comunismo, representa
un salto cualitativo de
significación histórico-mundial en el desarrollo de la sociedad socialista.
El modo de producción es la fuerza fundamental y
determinante en el desarrollo de la sociedad. Y esta
tesis
cardinal del materialismo
histórico se refiere
también, plenamente, a la sociedad socialista. Sólo
el poderoso desarrollo de las fuerzas productivas y de
las relaciones de producción congruentes con ellas
puede asegurar el paso del socialismo al comunismo.
Ahora bien, las
particularidades con que se
manifiesta en las condiciones del socialismo esta ley económica general
dependen del carácter de la economía socialista, de los postulados de la ley
económica fundamental del
socialismo. El socialismo, en
plena consonancia con los postulados de esta ley, garantiza el desarrollo de la
producción en todos sus aspectos, el auge armónico de todas las ramas de la
economía nacional en aras de la máxima satisfacción de las necesidades de toda
la sociedad.
Condición fundamental para el paso al
comunismo es la creación de la correspondiente base
técnico-material de la sociedad, mediante el
continuo desarrollo de las relaciones productivas en todos y
cada uno de sus aspectos, mediante el auge de toda
la producción social, principalmente la de medios de
producción. La base técnico-material del comunismo
es la gran producción socialista industrial y agrícola, basada en la
electrificación de todo el país, en la
mecanización compleja de todos los procesos de
trabajo, en la automatización total y en la aplicación
de la química a los procesos de producción.
Condición
cardinal para el
auge de toda
la producción social es el aumento
preferente de la
producción de medios de producción y,
principalmente, de instrumentos de trabajo. El auge
preferente de la producción de medios de producción
es necesario, ante todo, para asegurar la dotación de las propias empresas en
que se producen esos medios
con el equipo más moderno y perfeccionado. En el
socialismo, se renueva
constantemente el equipo
industrial de las fábricas productoras de
maquinaria. En las fábricas soviéticas de construcción de maquinaria funcionan
ya muchas líneas de máquinas
automáticas. Además, el desarrollo preferente de la
industria pesada permite equipar constantemente con
la nueva técnica toda la industria atrasada, el
transporte y la agricultura. Y cabalmente a base del desarrollo preferente de
la producción de medios de
producción se logra el progreso técnico de la
economía nacional y se crea la base técnico-material
para el comunismo.
La genial fórmula de Lenin: El comunismo es el
Poder
soviético más la electrificación de
todo el país, señala la línea
fundamental de la creación de la base
técnico-material del comunismo.
En esta fórmula se subraya que la
electrificación de todo el país constituye el fundamento decisivo del progreso
técnico, la base energética para la producción comunista. Ahora bien, la
electrificación de todo el país
exige el auge
técnico-cultural de los trabajadores, no sólo en la ciudad, sino
también en el campo. "La electrificación, sobre la base del régimen
soviético, hará triunfar definitivamente los fundamentos del comunismo en
nuestro país, los fundamentos de una vida culta...", escribía Lenin.262
Con el socialismo,
dentro del régimen
de propiedad social sobre los medios de producción, la
electrificación abarca todas las ramas de la
economía
nacional a lo largo de todo el país y va penetrando
cada vez
más, en extensión
y en profundidad,
en
todos los procesos de producción.
El Estado socialista, en consonancia con las tareas
de la construcción del comunismo, asegura un auge de la base energética en el
que la energía eléctrica se adelanta al ritmo de producción de la economía
nacional en su conjunto. Durante los años que lleva de existencia el Poder
soviético, de 1917 a 1953, el volumen de toda la producción industrial de la
U.R.S.S. aumentó en cuarenta veces, y la generación de energía eléctrica en
setenta. El rápido auge de la base energética desempeñó un papel importantísimo
en la creación de una potente industria soviética de primera clase, como base
para el éxito en la construcción del comunismo. En el camino hacia el
comunismo, la electricidad se ve reforzada por una energía todavía más
poderosa, la energía, atómica. Mucho es lo que en la Unión Soviética se hace ya
para el empleo de la energía atómica con fines de paz, en interés del
desarrollo de la industria.
La
elevación preferente de
la producción de medios de producción es condición
necesaria para
crear la base técnico-material del comunismo. Y esto
sienta el fundamento para el auge ininterrumpido de
toda la producción social. El pueblo soviético, fiel
a los mandatos de Lenin, ha logrado elevar el peso específico de la producción
de la industria pesada
dentro
del volumen global
de la producción industrial. En 1924-25 la
producción de medios de
producción representaba el 34 por 100 de toda la
producción industrial de la U.R.S.S.; al final del segundo plan quinquenal, en
1937, representaba ya el
58 por 100, y en 1953 el 70 por 100,
aproximadamente.
Sobre la base del auge preferente de la producción
de medios de
producción, se opera
un rápido progreso técnico de
toda la economía nacional. El
Partido
Comunista y el
Gobierno soviético, en su
262 V. I. Lenin, Obras completas. ed. rusa, t. XXX,
pág. 343.
política técnica, ponen en práctica firmemente el
mandato de Lenin: pasar en todas partes a la aplicación de una técnica
maquinizada. En la U.R.S.S., se ha dado cima a la mecanización de una serie de
procesos fundamentales en la extracción de la hulla, y actualmente se ha puesto
a la orden del día la mecanización compleja de todos los procesos de producción
en esta industria extractiva. Ya en 1951, el 95 por 100 de todo el hierro
fundido se obtenía en altos hornos dotados de regulación automática de la temperatura
de la corriente de aire. La introducción de los aparatos automáticos y
telemecanismos es especialmente extensa en las centrales eléctricas. En
1952, más del 90 por 100 de las centrales
hidroeléctricas poseían mecanismos
complejos de
gobierno
automático. Las fábricas
automáticas ya
existentes en la U.R.S.S. y en vías de creación son
prototipos de la técnica del comunismo.
Se está llevando a cabo con éxito la mecanización
de la agricultura, en la U.R.S.S. En 1953, las
estaciones de máquinas y tractores ejecutaron más del 80 por 100 de las faenas
agrícolas fundamentales de los koljóses. Y, al ir dotándose cada vez más a la
agricultura de la novísima técnica, se asegura la mecanización compleja de
todos los procesos de trabajo en el campo.
A diferencia de lo que ocurre en la sociedad
capitalista, donde la reproducción ampliada discurre en forma cíclica, sometida
a la acción destructora de las crisis, en las condiciones de la sociedad
socialista la reproducción ampliada se efectúa rítmica e ininterrumpidamente.
Los capitalistas desarrollan la producción con el fin de obtener las máximas
ganancias; pero esto conduce inevitablemente al divorcio entre la producción y
el consumo de las masas populares, que se ve reducido al mínimo. En el socialismo y
el comunismo, en
plena consonancia con la ley
económica fundamental del socialismo y la ley del desarrollo armónico y
planificado de la economía socialista, se halla garantizada la armonía entre el
incremento de la producción de medios de producción y el de los artículos de
consumo popular, y se logra un auge ininterrumpido del bienestar de todos los
trabajadores. En las condiciones del sistema socialista de economía, el
desarrollo de las necesidades de las masas se adelanta siempre al incremento de
la producción, impulsándolo hacia adelante.
Y esta contradicción de
la sociedad socialista es un
acicate importantísimo para el crecimiento ininterrumpido de toda la producción
social.
El auge ininterrumpido de la producción, en las
condiciones del socialismo, lo asegura la propia naturaleza del modo socialista
de producción. Las relaciones de producción socialistas garantizan el firme
desarrollo de las fuerzas productivas, lo que se expresa también en el
perfeccionamiento de los instrumentos de
producción, de la técnica y en la
elevación del nivel técnico-cultural de los
trabajadores. La gran masa de los nuevos elementos que afluyen a la clase
obrera de la U.R.S.S. son obreros calificados. De 1940 a 1953, se prepararon
más de 7 millones de jóvenes obreros calificados, a través del sistema estatal
de las reservas de trabajo. Más de 9 millones de obreros y koljosianos estudian
todos los años en los diversos centros del sistema organizado para elevar la
calificación de los obreros, sin abandonar las tareas de la producción. De las
escuelas superiores y las escuelas técnicas salen anualmente cientos de miles
de especialistas.
En el curso de la construcción del comunismo
aumenta sin cesar
el número de
trabajadores
ocupados
directamente en las
labores de la producción material y disminuye
proporcionalmente
el de los
que se ocupan
en actividades administrativas y
complementarias.
De este modo, en las condiciones del paso del
socialismo al comunismo, van desarrollándose en
todos y cada uno de sus aspectos las fuerzas productivas de la sociedad.
El paso al comunismo no sólo exige un continuo y
poderoso incremento de
las fuerzas productivas
socialistas, sino también el congruente desarrollo
de las relaciones socialistas de
producción. Las
relaciones socialistas de producción corresponden
plenamente a las fuerzas productivas contemporáneas e impulsan
eficazmente a éstas
a marchar hacia
adelante. Pero esto no significa, ni mucho menos, la
ausencia de toda clase de contradicciones entre unas
y otras, en el período de transición del socialismo
al comunismo: en la fase de la construcción comunista,
las fuerzas productivas marchan y marcharán siempre
delante de las relaciones de producción, y también en lo sucesivo
seguirán cambiando las
relaciones de
producción a tono con el desarrollo de las fuerzas
productivas. El desarrollo
ulterior de las
fuerzas
productivas conducirá, en lo sucesivo, a la
elevación de la propiedad cooperativo-koljosiana hasta el nivel de la propiedad
de todo el pueblo, a la supresión de
las diferencias esenciales que aún subsisten entre
la ciudad y el
campo y entre
el trabajo físico
y el
intelectual, irá borrando las fronteras entre la
clase obrera, los campesinos y los intelectuales e impulsará el paso del
principio socialista de distribución con
arreglo al trabajo al principio de distribución
comunista a tenor con las necesidades.
La dialéctica del desarrollo del comunismo lleva
consigo el que el tránsito a la forma superior de las relaciones comunistas de
producción sólo sea posible
a base de desarrollar en todos sus aspectos las
fuerzas productivas de la sociedad socialista y las relaciones
de producción congruentes con ellas. En el período
del socialismo, desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de las fuerzas
productivas la propiedad
socialista de todo el pueblo y la propiedad
cooperativo-koljosiana, el comercio
soviético, la
circulación monetaria y la distribución con arreglo
al trabajo.
La política del Partido Comunista va dirigida al
fortalecimiento y desarrollo en todos sus aspectos de
las
relaciones socialistas de
producción. Sin fortalecer y desarrollar
no sólo la propiedad estatal,
sino también la cooperativo-koljosiana, sería
imposible la construcción
del comunismo. Ahora bien,
la existencia de dos formas
de propiedad
socialista
lleva aparejada la
necesidad de la circulación mercantil.
La propiedad cooperativo-
koljosiana y la circulación mercantil son y serán
durante largo tiempo utilizadas con éxito por la sociedad soviética para el
desarrollo de la economía
socialista. Sólo el desarrollo en todos sus aspectos
del comercio soviético va
preparando la
ramificadísima red que en el futuro será necesaria
para pasar al principio comunista de la distribución con arreglo a las
necesidades.
El
desarrollo de las
fuerzas productivas de la
sociedad socialista conducirá
a la creación
de la
propiedad única de todo el pueblo en el conjunto de
la economía nacional,
lo que permitirá
la planificación total por el Estado de la producción y
distribución de todo lo producido. La futura
transformación gradual de la producción koljosiana
en producción para todo el pueblo se llevará a cabo
en plena consonancia
con los intereses
de los koljóses y los
koljosianos. Condición para el paso a
la propiedad única de todo el pueblo es el
desarrollo de la producción
socialista sobre la
base de la
conjunción de las dos formas de propiedad social
socialista, bajo el predominio de la
propiedad de
todo el pueblo, como la forma superior de propiedad
socialista.
En el nuevo auge de la agricultura tienen decisiva
importancia las estaciones de máquinas y tractores
del Estado, centros de la vida económica del campo koljosiano y de irradiación
política de Partido y educativo-cultural entre los campesinos de los koljóses.
En 1954, funcionaban más de 9.000 E.M.T., que daban servicio a 94.000 koljóses.
La creciente importancia de las E.M.T. como la base técnico- material del
régimen koljosiano no sólo significa el desarrollo de las fuerzas productivas
de la agricultura socialista, sino también el desarrollo de las fuerzas
socialistas de producción y el incremento de la parte correspondiente a la
propiedad de todo el pueblo en la
agricultura. El desarrollo
de las fuerzas productivas de los koljóses exige
imperativamente el perfeccionamiento y la renovación constantes de la técnica,
lo que se logra por medio de las E.M.T. El desarrollo continuo
de la técnica
y de los mecanismos técnicos preparatorios y la
elevación del nivel técnico-cultural de los koljosianos: todo este proceso de
desarrollo de las fuerzas productivas de la agricultura, va sentando las
premisas para la creación en el futuro de la propiedad única de todo el pueblo.
La preparación de las condiciones del paso del
socialismo al comunismo exige la aplicación consecuente del principio de la
remuneración con arreglo al trabajo realizado, la rigurosa implantación del
principio consistente en interesar materialmente a los trabajadores por los
resultados de su trabajo. El marxismo-leninismo sostiene que el factor moral,
el entusiasmo de las masas populares, constructores del socialismo, debe
combinarse con el principio del interés material. Todo intento de apoyarse
solamente en el factor moral, haciendo caso omiso del interés material, es caer
en el idealismo. La concepción materialista científica de la vida social, base
teórica de la acción del Partido Comunista, exige la combinación de
los factores morales
y materiales para el desarrollo
de la producción. Lenin enseñaba que las masas de muchos millones de hombres no
pueden ser llevadas hacia el comunismo solamente por medio el entusiasmo, sino,
con ayuda del entusiasmo engendrado por la gran revolución, apelando al interés
personal y al cálculo económico: "...de otro modo, jamás llegaremos al
comunismo, jamás conduciremos al comunismo a decenas y decenas de millones de
hombres. Así nos lo ha demostrado la realidad. Así nos lo ha demostrado la
marcha del desarrollo de la revolución".263
El desarrollo de las fuerzas de producción
socialistas se encarga de ir borrando las fronteras de clase entre obreros y
campesinos. El paso a la propiedad única de todo el pueblo va colocando a todos
los hombres en el mismo plano en cuanto a sus relaciones con los medios de
producción.
En el comunismo, desaparecerá la diferencia
esencial entre la
ciudad y el
campo. Lo cual
no
significa,
naturalmente, que un
buen día vayan
a
borrarse sin dejar rastro todas las diferencias
existentes entre la industria y la agricultura. También
en el comunismo
se mantendrá alguna
diferencia
entre una y otra, por cuanto que se trata de dos
ramas distintas de la economía nacional. A diferencia de lo que ocurre en la
industria, la agricultura lleva inseparablemente aparejado un carácter
estacional, toda vez que las faenas agrícolas se suceden necesariamente con
arreglo a las estaciones del año. Y la agricultura no podrá tampoco ir
alcanzando gradualmente, como la industria, la automatización completa de los
procesos de producción.
Sobre la base
del desarrollo de
la producción, como resultado y
en el curso de la solución de las
tareas productivas, van resolviéndose y se
resolverán
satisfactoriamente los problemas de la organización
de la vida, tanto en la ciudad como en el campo. De
aquí que el
resolver las tareas
de la producción
condicione la satisfacción de las necesidades
culturales y de vida de los trabajadores. Y, a su vez, la máxima satisfacción
de las crecientes necesidades culturales
y de vida
de los constructores
de la
sociedad comunista, contribuye a la solución de las
tareas productivas.
Condición primordial para la satisfacción de las
necesidades sin cesar crecientes de los miembros de
la sociedad socialista y para el paso gradual al
comunismo es el incremento de la productividad del
trabajo. Como decía V. I. Lenin, "la elevación
de la productividad del trabajo constituye una de las tareas cardinales, ya que
sin ello sería imposible el paso definitivo al comunismo".264 El triunfo
del socialismo y la revolución
cultural en la
U.R.S.S. han conducido, con
arreglo a leyes, al incremento de la productividad del trabajo. Hay que
reconocer, sin embargo, que el actual nivel de productividad del trabajo es aún
insuficiente. "Tarea urgente -dijo G. M, Malenkov en su discurso ante los
electores, el 12 de marzo de 1954- es la de velar por una importante elevación
de la productividad del trabajo, tarea que ha pasado a ser, en realidad, el
centro de toda la actividad práctica del Partido en la dirección del desarrollo
ulterior de la economía nacional". Funcionan en la U.R.S.S. numerosas
fábricas, minas, sovjóses,
estaciones de máquinas
y tractores y koljóses
modelos. El pueblo
soviético lucha por
conseguir el máximo rendimiento de la técnica y por
lograr en todas partes seguir mejorando la organización de la producción, por
alcanzar un alto nivel cultural en el trabajo, por emplear todos los recursos y
posibilidades del trabajo social, dentro de cada empresa y en los ámbitos de
todo el Estado.
El
constante e importante
incremento de la productividad del
trabajo socialista es
condición
importantísima para el logro de nuevas victorias del
socialismo en su emulación económica con el
capitalismo. El triunfo del socialismo en la Unión Soviética ha
significado un gigantesco
salto de avance en el empeño de
alcanzar y aventajar, desde el punto de vista económico, a los principales
países capitalistas. El alto
ritmo de desarrollo
de la economía socialista,
inconcebible bajo el capitalismo, permite lograr plenamente
este empeño en la etapa de tránsito al comunismo y alcanzar con ello el triunfo
total en la emulación económica entre los dos sistemas, sobrepasar a los países
capitalistas más desarrollados en cuanto a la producción de artículos industriales y agrícolas, calculada
por cabeza de población.
Así, pues, la base material para el paso gradual
del socialismo al
comunismo es un
poderoso
incremento
de las fuerzas
productivas y el
consiguiente desarrollo de las relaciones de
producción. Y el
programa de construcción
del
comunismo
lleva también consigo
la tarea
importantísima de seguir elevando el nivel cultural
de toda la sociedad. El desarrollo cultural de la sociedad socialista tiene dos
facetas: la primera es el desarrollo de la personalidad en todos sus aspectos;
263 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t:
XXXIII, pág. 36.
264 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XXIX,
pág. 93.
la segunda, la consecución de un grado de conciencia
comunista tan elevado, que el trabajo se considere como la primera necesidad
vital para todo ciudadano. El comunismo presupone el desarrollo íntegro y total
de las dotes físicas y espirituales de cada individuo. Para lograr
esto, se asegura
en medida cada
vez mayor a todos los miembros de la sociedad socialista la posibilidad
de recibir la suficiente instrucción para llegar a convertirse en agentes
conscientes y activos del desarrollo social. El incremento de la cultura en
todos y cada uno de sus aspectos y la educación comunista de las masas
desempeñan una importante misión en el desarrollo progresivo de la sociedad
socialista por el camino hacia el comunismo. Y una de las condiciones de la
elevación de la cultura necesaria para el paso al comunismo es la reducción
gradual de la jornada de trabajo, dejando libre el tiempo necesario para que
todos los miembros de la sociedad puedan
instruirse en todos los aspectos.
Bajo las condiciones de las sociedades formadas por
clases antagónicas, el tiempo libre es privilegio de los explotadores. Esta
característica se acusa de un modo
especial en la
sociedad capitalista, donde, según las palabras de Marx, el tiempo
libre de los explotadores se logra transformando en jornada de trabajo la vida
entera de las masas explotadas. En las condiciones del régimen socialista, el
tiempo libre se convierte en patrimonio de todos los trabajadores. A diferencia
de lo que ocurre en muchos países capitalistas, donde la jornada de trabajo se
extiende, como en su día en la Rusia zarista, a 10-12 horas, y en las
colonias hasta 18,
en la U.R.S.S.
rige la jornada de trabajo de 8
horas; y en una serie de ramas industriales y para todas las personas no
adultas, la jornada es todavía más corta. En la U.R.S.S. funciona el sistema de
protección del trabajo y de seguros sociales mejor del mundo y todos los
obreros y empleados disfrutan de
vacaciones anuales retribuidas.
Durante la etapa de tránsito hacia el comunismo,
irá aumentando gradualmente en
los países
socialistas el tiempo de que los trabajadores
disponen para el desarrollo total e íntegro de su personalidad.
En las condiciones del régimen socialista, el
aumento del tiempo libre de los trabajadores depende del desarrollo de
toda la producción
social. Con el
incremento de la técnica y a medida que se extienden
la mecanización compleja del
trabajo, la
automatización de la producción, la electrificación
de todo el país y el dominio de esta técnica por todos los obreros y
campesinos, irá aumentando
constantemente la productividad del trabajo, premisa
necesaria para la reducción gradual de la duración de
la jornada.
Existe, en el socialismo, una interdependencia
dialéctica entre el aumento del tiempo libre de los
trabajadores y el incremento de la productividad del
trabajo: al aumentar
la producción de
bienes
materiales,
los miembros de
la sociedad hacen posible reducir el tiempo de trabajo y
aumentar el tiempo libre; y, a su vez, el aumento del tiempo libre da a los trabajadores
la posibilidad de
llegar a dominar las conquistas
de la cultura, de la ciencia y de la técnica y desarrollar íntegramente sus
dotes y capacidades, lo que, simultáneamente, conduce a la elevación de la
productividad del trabajo y al incremente de la riqueza social, como base del
desarrollo armónico de la personalidad.
Marx y Engels señalaban que, en la sociedad
comunista, la educación constaría de tres partes: la
formación intelectual, la enseñanza politécnica y la
educación física. Este tipo de educación asegurará,
en su
conjunto, el desarrollo
pleno y total
de las
capacidades
espirituales y físicas
del hombre. La
formación intelectual, a través de los estudios de
la escuela media, da a conocer los fundamentos de las ciencias, y la educación
física asegura el desarrollo armónico del organismo humano. La enseñanza
politécnica tiene como misión instruir al hombre, teórica y prácticamente, en
los fundamentos técnicos de las principales ramas de la producción actual.
La
enseñanza politécnica no
requiere la instrucción necesaria
a todas las profesiones, sino la
de los fundamentos de la industria contemporánea, el
conocimiento teórico y práctico de las principales
ramas de la producción, sin el cual no sería posible el desarrollo íntegro de
la generación que se está formando. En los intentos llevados a cabo
anteriormente para implantar
la enseñanza politécnica, en la
U.R.S.S., se cometieron diversos errores. En primer lugar, se reducía la
enseñanza politécnica al artesanado: en vez de enseñar los fundamentos de la
industria actual, basada en la producción maquinizada, se trataba de instruir a
los alumnos en las actividades artesanales, basadas en el trabajo manual. Y, en
segundo lugar, en vez de dotar a quienes tomaban parte en la enseñanza de un
sólido conocimiento de los fundamentos de las ciencias necesarios para
adquirir una especialización, se tendía a enseñar a los niños con arreglo
al principio "de todo un poco". Estas deformaciones fueron puestas al
desnudo en una decisión del C.C. del P.C. de la U.S., el 5 de septiembre de
1931, "Sobre la escuela primaria y media". En ella se dice que todo
intento de divorciar la escuela politécnica de la asimilación sistemática y
sólida de las ciencias, especialmente de la física, la química y las
matemáticas, constituye la más burda tergiversación de la idea de la escuela
politécnica e impide la sistemática y sólida asimilación de estas ciencias, que
forman la base teórica de la técnica.
La instrucción politécnica tiene como misión
preparar, ofreciéndoles un
amplio horizonte científico, a
hombres aptos para poder elegir libremente una profesión. Lo que no significa,
sin embargo, que la
libre elección de
una profesión
conduzca a la destrucción total de la división del
trabajo. En la sociedad comunista, no se tratará de acabar con las profesiones,
sino de que cada cual elija libremente la que mejor le convenga. Se acabará con
la división social del trabajo existente, pero no con todas las formas de la
división del trabajo en general. La actual división del trabajo se traduce en
la diferencia esencial entre los hombres del trabajo intelectual y los del
trabajo físico, en la diferencia entre el trabajo calificado y no calificado,
en la diferencia esencial entre la ciudad y el campo. Estas formas de división
del trabajo desaparecerán, pero también con el comunismo subsistirá la división
del trabajo que se expresa en una cierta especialización. Sería erróneo creer
que, en la sociedad comunista, todos los hombres habrán de ser por igual
altamente productivos y trabajar en cualquier esfera de actividades con
un conocimiento perfecto
de las cosas. Ya Marx observaba
que los comunistas no piensan que todo el mundo llegue a pintar como un Rafael,
pero sí que todo aquel que lleve dentro un Rafael tenga
la posibilidad de
desarrollar íntegramente y sin
obstáculos sus dotes
y capacidades.
Como resultado del triunfo del comunismo en la Unión
Soviética, se ha destruido la contraposición entre el trabajo físico y el
intelectual. En el camino hacia el comunismo, se plantea un problema nuevo: el
de acabar con la diferencia esencial subsistente entre el trabajo intelectual y
el trabajo físico. Esta diferencia radica en el distinto nivel de desarrollo
técnico-cultural de la mayoría de los obreros y campesinos, de una parte, y de
otra los intelectuales. Ya Lenin previó
que los intelectuales
seguirían siendo "una capa especial hasta llegar a la fase superior
de desarrollo de la sociedad comunista".265
La diferencia esencial entre el trabajo intelectual
y el físico irá desapareciendo gradualmente, en el proceso de elevación del
nivel técnico-cultural del pueblo. El paso al comunismo no entraña el descenso
del nivel de los hombres del trabajo intelectual hasta el de los trabajadores
físicos no calificados, sino, por el contrario, la elevación de todos los
obreros y campesinos al plano de
trabajadores cultos e instruidos de la sociedad comunista.
Una importante condición de la elevación cultural
de las
masas populares, necesaria
para el paso
al
comunismo,
es el mejoramiento radical
de las
condiciones de la vivienda y el aumento considerable
del salario real de los obreros y empleados y de los ingresos de los
koljosianos. En la U.R.S.S. se realiza una formidable obra de construcción de
viviendas y se opera un auge sistemático del salario real de los obreros y
empleados y de los ingresos de los campesinos. La elevación del salario real se
lleva a efecto de diversos modos. Contribuye especialmente a ello
la rebaja de
precios de los
víveres y los
265 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXXIII, pág. 169.
artículos industriales. Desde 1947, la rebaja de
precios, en la
U.R.S.S., se desarrolla sistemáticamente, de año en año, y
lleva aparejada la elevación del nivel de vida de toda la población. Solamente
en el período comprendido entre 1947 y
1954, descendieron a menos de la mitad los precios
al por menor, en la Unión Soviética: en 1954, eran
2,3 veces menores que en 1947. A medida que se
eleva el nivel técnico-cultural de los trabajadores,
éstos ven aumentar
también su calificación
como
productores,
lo que trae
como consecuencia un
aumento
de salarios. En
el proceso de
tránsito gradual del socialismo al comunismo, seguirá operándose la
elevación directa de los salarios e ingresos de los trabajadores.
Las crecientes necesidades de los hombres
soviéticos no se
satisfacen solamente mediante
la
obtención de bienes materiales y culturales a base
de
los principios del salario socialista. El Estado se
encarga de satisfacer,
por medio de
instituciones sociales, las necesidades de la población en materia de
instrucción, servicios culturales, descanso, tratamiento médico, etc. Los
gastos del Estado soviético para atenciones de carácter social y cultural
representan en la actualidad más del 25 por 100 del presupuesto de gastos del
Estado. Estos recursos se destinan a la instrucción gratuita y a la elevación
del grado de calificación de los trabajadores, al pago de becas a
los alumnos de
las escuelas medias, especiales y superiores, a la ayuda
médica gratuita, a la asignación gratuita y exenta de plazas en los sanatorios,
casas de reposo e instituciones infantiles, al pago de pensiones e
indemnizaciones en concepto de seguro social, al pago de subsidios a las madres
de hijos numerosos y a las madres solas, etc.
Exponente sintético del nivel de vida del pueblo es
la distribución de la renta nacional. En los países capitalistas, más de la
mitad de la renta nacional va a parar a los bolsillos de un puñado de
explotadores. En los Estados
Unidos, Inglaterra y
Francia, las clases explotadoras
se apropian cerca de las tres quintas partes de la renta nacional. Al contrario
de lo que sucede en los países capitalistas, en la sociedad socialista toda la
renta nacional pertenece al pueblo. Cerca de las tres cuartas partes de la
renta nacional de la Unión Soviética se destinan a satisfacer las necesidades
personales de orden material y cultural de los trabajadores de la sociedad. La
parte restante se emplea en extender la producción socialista y en otras atenciones
sociales; es decir,
se destina también, en última
instancia, a crear las condiciones necesarias para seguir elevando el nivel
material y cultural del pueblo.
Como resultado y a base del progreso técnico, del
auge de la situación material y cultural del pueblo, de la elevación del grado
de conciencia comunista, de las masas y del desarrollo total e íntegro de la
personalidad, el trabajo
va convirtiéndose gradualmente
en una necesidad vital primordial del hombre, lo que constituye uno de los signos más importantes
del comunismo.
El
trabajo comunista, enseñaba
Lenin, es un trabajo
voluntario, "... el
trabajo por el
hábito de
trabajar para el provecho común y por una actitud
consciente
(ya convertida en
hábito) ante la necesidad de trabajar para el provecho
común, el trabajo como una necesidad del organismo sano". Si en los
sábados comunistas los obreros avanzados velaban abnegadamente por cada pud de
trigo y de carbón y por los intereses de su Estado patrio, hoy, en las
condiciones del paso del socialismo al comunismo, la preocupación de los
hombres soviéticos por el desarrollo y la potencia de la patria socialista
constituye un fenómeno de masas, un fenómeno típico, que en los hombres
avanzados va convirtiéndose poco a poco en hábito. Así lo atestiguan las
numerosas formas y modalidades de la emulación socialista (el movimiento por la
economía de materias primas, materiales, combustible y energía eléctrica, el
movimiento por la elevación de la productividad del trabajo, por la alta
calidad de la producción y la reducción de su costo, por elevar la rentabilidad
de las empresas, por mejorar el empleo de la técnica y el equipo, por un nivel
cultural más alto de la producción, etc.).
El trabajo comunista es el trabajo basado en las más
altas conquistas de la ciencia y de la técnica, un
trabajo creador, inspirado, alegre, estimulante,
fuente de satisfacción moral para el hombre. Estos rasgos
brillan ya hoy, hasta cierto punto, en el trabajo de
los innovadores de la producción y en el movimiento de los racionalizadores y
los inventores, en la colaboración cada vez más estrecha de los representantes
de la ciencia y de la producción. Y una de las tareas más importantes de la
educación comunista de los
trabajadores, en el
período de construcción del
comunismo, consiste cabalmente en hacer que el trabajo llegue a ser, a los ojos
de todos los hombres, una necesidad vital y primordial, fuente de alegría, de
placer, de inspiración creadora, y la propiedad
social el fundamento
inquebrantable e intangible de la
existencia y el desarrollo de la sociedad.
Tales son las premisas económicas y culturales más
importantes y las más importantes leyes del paso del socialismo al comunismo.
3. El Estado socialista,
instrumento fundamental de la construcción del comunismo.
Partiendo
de la teoría
por él elaborada
de la revolución socialista, V.
I. Lenin estableció la tesis científica de la posibilidad de que los dos
sistemas contrapuestos, el socialista y
el capitalista, coexistieran
durante un período más o menos largo.
instrumento
fundamental de la construcción del socialismo y del comunismo y arma de defensa
de la república socialista frente al cerco capitalista. Estas tesis leninistas
fueron desarrolladas posteriormente en los acuerdos y decisiones
del Partido Comunista.
Las nuevas tesis teóricas sobre los destinos del Estado
socialista en las condiciones del socialismo victorioso vinieron
a sintetizar teóricamente las nuevas y peculiares condiciones,
distintas de aquellas que tenía presentes Engels, al formular la tesis sobre la
necesidad inevitable de que el Estado socialista fuese muriendo inmediatamente
después del triunfo del proletariado sobre la burguesía: "En cuanto ya no
se trate de mantener en la opresión a ninguna clase social, tan pronto como, al
abolirse la hegemonía de una clase y la lucha por la existencia individual,
inseparable de la anarquía de la producción, se destierren también los
conflictos y los abusos resultantes de ello, no habrá ya nada que reprimir ni
hará falta, por tanto, ese poder especial de represión que es el Estado. El
primer acto en que el Estado se manifiesta como representante efectivo de toda
la sociedad: la confiscación
de los medios
de producción en nombre de ésta, es a la par su último acto independiente
como tal Estado.
Las intromisiones del Poder público en las relaciones sociales van
perdiendo toda razón de ser, primero en un campo y luego en otro, hasta que
acaban por desaparecer por sí mismas. El gobierno sobre las personas es
sustituido por un régimen administrativo sobre las cosas y por una gestión
directa de los procesos de la producción. El Estado no necesita ser
"destruido", pues va agonizando poco a poco".266
La tesis de Engels sobre el proceso de muerte el
Estado después del triunfo del socialismo iba unida a la doctrina sobre el
triunfo simultáneo del socialismo en todos los países civilizados o en la
mayoría de ellos. Ahora bien,
el problema de la suerte
del Estado, dentro del
comunismo, se planteó
de un modo nuevo a la luz de la
teoría leninista de la revolución socialista, teoría que lleva consigo la
posibilidad del triunfo inicial del socialismo y del comunismo en un solo país
o en varios. Basándose en la
teoría leninista de
la revolución y
en las enseñanzas de la
situación contemporánea mundial y de la experiencia de la construcción del
socialismo y del comunismo, los marxistas soviéticos llegaron a la conclusión
de que, ante la presencia del cerco capitalista enemigo, el país del socialismo
triunfante debe fortalecer y desarrollar a toda costa el Estado socialista.
El Partido Comunista, guiándose por esta nueva
solución teórica del problema referente a la suerte del Estado socialista,
asegura el firme y constante reforzamiento y fortalecimiento de este Estado,
como instrumento fundamental y
decisivo para la
Y, en relación con esto, fundamentó la necesidad de fortalecer
a toda costa
el Estado socialista,
como
266 F.
Engels, Anti-Dühring, trad. española, ed. cit., págs. 307-308.
construcción de la sociedad comunista y como arma de
defensa del trabajo pacífico, dentro de las condiciones del cerco capitalista.
Hoy, el país soviético no está ya solo. Bajo la
bandera de la construcción del socialismo marchan ahora detrás de la U.R.S.S.
toda una serie de países de Europa y
Asia. El campo socialista, encabezado por la U.R.S.S., abarca ya la tercera
parte de la humanidad, es una fuerza grandiosa e invencible. La invencibilidad
del campo del socialismo está asegurada
por la existencia
del sólido y
potente Estado socialista y de los Estados de los países de democracia
popular, cada día más fuertes.
La construcción del comunismo constituye la más
profunda transformación de todos los aspectos de la vida social.
Y se lleva
a cabo sobre
la base del conocimiento de las leyes objetivas del
desarrollo de la sociedad. En la construcción del socialismo, el Partido y el
Estado socialista se apoyan en la doctrina del materialismo histórico sobre el
papel decisivo de las masas populares en la historia y, en consonancia con
ello, sobre el papel decisivo del pueblo en la construcción del comunismo.
El pueblo soviético se ha levantado por primera vez
en la historia como el creador del tipo más alto de sociedad,
el comunismo. La
construcción del comunismo exige
del pueblo un grado de conciencia comunista:
la comprensión de la grandeza
de su causa, disciplina,
abnegación, firmeza y entusiasmo. El
pueblo soviético ha
sabido forjar en
sí mismo estas nobles cualidades
en la lucha revolucionaria, bajo la dirección del Partido Comunista. Y las ha
acrecentado en el
proceso de construcción
de la nueva sociedad,
como resultado de
la acción educativa y
organizativa del Estado socialista. El régimen socialista ha alumbrado una
actividad y una iniciativa creadora de las masas antes nunca vistas, en todos
los campos de la vida social. El Estado soviético y
el Partido Comunista
organizan y orientan la
actividad creadora del pueblo en la solución de los problemas económicos,
políticos y culturales que plantea el paso gradual del socialismo al comunismo.
La alta productividad
del trabajo en
todas las ramas de la producción
socialista es la condición económica fundamental para el triunfo definitivo del
nuevo régimen social
sobre el régimen
del capitalismo en escala mundial. El incremento de la productividad del
trabajo socialista constituye la condición más importante para que siga
elevándose rápida y constantemente el bienestar del pueblo soviético. Condición
necesaria para resolver
esta tarea es la consecuente aplicación de un cálculo y un control
rigurosos sobre la medida del trabajo y del consumo.
"Hasta
el momento en
que se entre
en la fase "superior"
del comunismo, los socialistas –indicaba Lenin- exigen el más riguroso control
por parte de la sociedad y por parte del Estado sobre la medida del trabajo y
la medida del consumo... Cálculo y control: he ahí la exigencia fundamental
para "poner las cosas en orden", para el debido funcionamiento de la
primera fase de la sociedad comunista." Y esta tarea, derivada del
principio fundamental del socialismo, se lleva a cabo por medio de las funciones
del Estado socialista en el campo de la organización de la economía, de
la educación y
de la cultura.
La rigurosa aplicación del principio socialista de la distribución con
arreglo al trabajo sería imposible sin la existencia de ciertos elementos de
coacción estatal. "También el precepto de que "quien no trabaja, no
come" es una forma de coacción", escribía Lenin.
El Estado socialista implanta consecuentemente el
principio del socialismo: "de cada cual, según su capacidad; a cada cual,
con arreglo a su trabajo". El principio socialista del salario a tono con
el trabajo estimula el interés material del trabajador por los resultados de su
trabajo, contribuye a incrementar la productividad del trabajo y asegura con
ello las condiciones económicas para el paso al comunismo. Y, a la par con
esto, la aplicación del principio del socialismo contribuye a educar a los
trabajadores en el espíritu de la actitud comunista ante el trabajo, con lo que
va creando las condiciones necesarias para que el trabajo se convierta en una
necesidad vital y primordial de todos los miembros de la sociedad. Solamente
cuando el trabajo llegue a constituir a los ojos de todos los miembros de la
sociedad una satisfacción, un placer, la primera necesidad vital del
hombre, desaparecerá la
necesidad de un rigurosísimo control del Estado sobre la
medida del trabajo y del consumo.
El Estado soviético crea las condiciones políticas
para la construcción del
comunismo, desarrolla constantemente
la unidad político-moral del pueblo, fortalece
la alianza de la clase
obrera con los campesinos y la amistad entre los
pueblos, que constituyen el fundamento vital inconmovible del régimen
socialista, desarrolla por todos los medios y de todos los modos la democracia
soviética e incorpora cada vez
más ampliamente a
las masas populares a la
participación activa y diaria en el gobierno y la administración del país.
En el despliegue de la iniciativa creadora de las amplias
masas populares y en el auge de su actividad política y productiva, tiene una
gran importancia el aparato estatal soviético. El rasgo característico
fundamental del Estado socialista, como el más democrático que
se conoce, es
su estrecha vinculación con
las masas populares,
su preocupación por las necesidades candentes de las masas, la
operatividad viva de su trabajo entre éstas, organizándolas para la solución de
las tareas de la construcción comunista.
Lenin enseñó al Partido a perfeccionar
sistemáticamente el aparato estatal, a hacerlo lo más económico y barato posible y a luchar en él
contra todas las manifestaciones de burocratismo, pues éste consiste,
principalmente, en divorciarse de las masas, en no atender a los intereses y
las exigencias de las masas, lo que es incompatible con la naturaleza del
Estado socialista y con las tareas cada vez más ingentes que le impone la obra
de la construcción del comunismo.
El perfeccionamiento del aparato estatal soviético,
como el instrumento más importante de la construcción del
comunismo, es inconcebible
sin apoyar y estimular en todos sus aspectos la iniciativa creadora de
las masas, sin extirpar los métodos formales, oficinescos, burocráticos, de
dirección. Dirigir a la manera leninista significa aplicar los principios del
centralismo democrático, saber combinar la unidad de dirección en los problemas
cardinales que afectan a todo el Estado y en los ámbitos de todo el país con la
amplia actividad e iniciativa propias en cada lugar, saber combinar la dirección colectiva
con la autoridad
única en el trabajo práctico. Este estilo en el
trabajo del aparato estatal permite aunar la rigurosa centralización al amplio
despliegue de la iniciativa creadora de todos los colaboradores en la solución
de los grandes y pequeños problemas. Al perfeccionar el aparato del Estado
soviético, el Partido Comunista y el Gobierno soviético prestan la atención más
cuidadosa a la selección de los cuadros y al control de la ejecución de las
tareas, que es lo fundamental en el trabajo de organización. El Partido
Comunista y el Estado socialista educan a los cuadros en el espíritu de una
alta responsabilidad en el cumplimiento de la misión que tienen
encomendada y del
sentimiento de su deber para con el pueblo.
El
Partido Comunista y
el Estado soviético
se preocupan
incansablemente por elevar
el nivel político y
cultural de las
masas y educan sistemáticamente a los obreros,
campesinos e intelectuales en el espíritu del patriotismo soviético, de la
amistad entre los pueblos y del internacionalismo, en el espíritu de la actitud
comunista ante la propiedad social y ante el trabajo socialista, en el espíritu
del colectivismo y de la comprensión de los intereses estatales de todo el
pueblo, en el espíritu de la ideología comunista y de la vigilancia
revolucionaria.
Las condiciones internacionales para la construcción del
comunismo en la U.R.S.S. son más favorables
que las condiciones
en que hubo
de abordarse la edificación del socialismo. Sin embargo, también la
construcción del comunismo tropieza con dificultades, no
sólo las que
van aparejadas a las grandiosas tareas
del auge de la economía
y la cultura de la sociedad, sino
también las que lleva consigo la existencia del cerco capitalista, el cual se
esfuerza por todas
las vías y
todos los medios posibles en debilitar a los países del
campo socialista.
Por eso el Partido Comunista enseña a los ciudadanos
soviéticos a estar siempre alertas, a velar por la capacidad defensiva del
Estado socialista como por las
niñas de sus
ojos y a
perfeccionar incansablemente las fuerzas armadas del país del
socialismo.
En el campo del imperialismo, se ahondan y refuerzan
las contradicciones económicas y políticas, se agudiza la crisis general del
capitalismo, avanza la nueva crisis económica, van en aumento la miseria de las
masas y el paro forzoso. La existencia del poderoso y cada vez más fuerte campo
socialista y la mutua ayuda económica, técnica y cultural entre los países que
lo forman facilitan y aceleran considerablemente la construcción del socialismo
en los países de democracia popular y la del comunismo en la U.R.S.S. y
fortalecen la capacidad defensiva de los países del campo socialista.
Condición importantísima para el éxito en la
construcción del socialismo y del comunismo es la paz en todo el mundo. De ahí
que las funciones del Estado soviético y de los Estados de democracia popular
en cuanto a la defensa militar del campo socialista contra la agresión de fuera
sirvan a la causa de la construcción del comunismo en la U.R.S.S. y a la de la
construcción del socialismo en las democracias populares. El Estado socialista,
dirigido por el Partido Comunista, ha hecho y hace fracasar con su política
exterior los designios de los instigadores imperialistas de la guerra y tiende
a asegurar una paz sólida y duradera en todo el mundo.
Tarea importantísima del Estado soviético es el
fortalecimiento de las relaciones internacionales del país del socialismo con
todos los países del campo socialista y con los trabajadores del mundo entero.
En ello se expresa la naturaleza internacional del Estado socialista.
La
construcción del comunismo
en la Unión Soviética encierra una significación
histórico- mundial, contribuye al desarrollo del movimiento de liberación en el
mundo entero y es la demostración práctica de la experiencia manifiesta y
probada de los caminos que conducen a la creación de nuevas y más altas formas
de vida social.
V. I. Lenin señalaba que el factor fundamental y
constantemente en acción
para influir sobre
el desarrollo de la lucha revolucionaria liberadora en todos los países
es la victoriosa política económica del Estado soviético. "En este campo
de acción, la lucha se ha extendido en escala mundial. Si logramos resolver
esta tarea, venceremos con toda seguridad y definitivamente en la palestra
mundial. Esto hace que los problemas de la edificación económica adquieran para
nosotros una importancia absolutamente excepcional".267
Tienen, actualmente, enorme importancia
internacional las medidas
económicas del Partido
267 V. I. Lenin, Obras completas, ed. rusa, t.
XXXII, pág. 413.
Comunista y el Gobierno soviético encaminadas a
lograr un auge vertical en el consumo de las masas populares, en la U.R.S.S.
Medidas parecidas a éstas se adoptan también en los países de todo el campo
socialista. La prensa reaccionaria burguesa considera el auge del bienestar del
pueblo en los países del campo del socialismo como una especie de "bomba
económica", con lo que no hace sino delatar el miedo de la burguesía ante
la superioridad del sistema socialista de economía sobre el sistema capitalista.
He aquí
lo que un
periódico como el New
York Herald Tribune se veía obligado a
reconocer, el 11 de abril de 1954:
"Mientras
nosotros -escribe este
periódico burgués- seguimos adormeciéndonos con
la manoseada leyenda del
"atraso de los
rusos", la gigantesca
potencia soviética consolida su poderío económico muchísimo más aprisa que la
Europa occidental. El punto de apoyo se desplaza a los artículos de consumo.
Créase o no, este acontecimiento es, probablemente, el más peligroso de la
segunda mitad del
siglo XX. El
hecho lamentable e incontrovertible [lamentable, naturalmente, para los
imperialistas (Red.)] es que en la Unión Soviética se observa, desde la guerra,
un gigantesco progreso técnico e industrial..."
Los éxitos pacíficos de la construcción del
comunismo en la U.R.S.S. y de la edificación del socialismo en los países de
democracia popular encierran una fuerza mayor que todas las bombas, pues ponen
claramente de manifiesto ante los ojos de las gentes sencillas del mundo entero
la superioridad del sistema socialista sobre el capitalista y, con ello, ponen
en pie a las masas populares en la lucha por la paz, por la democracia y el
socialismo.
El siglo del
capitalismo ha pasado
ya. Este régimen se ve hoy
desgarrado por las contradicciones internas y es fuente de guerras asoladoras,
de crisis, paro forzoso, miseria y opresión de las masas populares. El
socialismo y el comunismo, por el contrario, son la paz, el bienestar y la
felicidad para la humanidad entera. El porvenir pertenece al comunismo.
Resumen.
Socialismo y comunismo son dos fases sucesivas
en el
desarrollo de la
nueva sociedad, de
la formación económico-social comunista.
El paso gradual
del socialismo al
comunismo exige la creación de la correspondiente base técnico-
material, un alto
desarrollo de las
fuerzas productivas de la
sociedad, una elevación considerable del grado de
productividad del trabajo, el ulterior desarrollo de las relaciones socialistas
de producción y un poderoso auge de la cultura de toda la sociedad, de la
educación comunista de las masas populares. El paso del socialismo al comunismo
requiere una lucha sistemática y tenaz
por superar plenamente todas las supervivencias del capitalismo en la economía
y en la conciencia de los hombres y por inculcar en todos los miembros de la sociedad una actitud
comunista ante el
trabajo como la primera
necesidad vital del
hombre, la debida actitud ante la propiedad social,
como fuente de la felicidad y el
bienestar de todo
el pueblo, la educación de los hombres en el espíritu de
la entrega abnegada a la causa del
comunismo y del amor ilimitado a la patria socialista y en el espíritu del
internacionalismo y el colectivismo.
Instrumento fundamental de la construcción del
comunismo es el Estado socialista, dirigido
por el Partido Comunista.
El Partido Comunista
y el Estado socialista,
pertrechados con la
teoría marxista-leninista en general y en particular con la teoría del materialismo histórico,
ayudan a los trabajadores a utilizar las
leyes del desarrollo social en interés de todo el pueblo, en interés del
triunfo del comunismo.


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