© Libro No. 436. Mendigos en España. Kress,Nancy. Colección Emancipación Obrera. Junio 22 de 2013.
Título
original: © Beggars in Spain (c) 1992, Nancy Kress
Lo único que podemos decir de la autora de este poético cuento es que
participó en el concurso de cuentos inéditos del CACyF correspondiente al año
pasado, que mereció una mención del jurado y que no nos hemos podido comunicar
con ella por teléfono.
Versión Original: © Título original: Beggars in Spain (c) 1992,
Nancy Kress
Traducción: Nora Susana Todaro
Edición original:
Revista AXXON N° 43 p. 19-175
________________________________________
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar
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Portada e Ilustración E.O. de Imagenes:
epublibre - Mendigos
en España. www.epublibre.org
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Mendigos en España
Nancy Kress
(Premios Hugo y Nebula 1992)
"Con
energía y con vigilia constante, id
adelante y traednos victorias."
Abraham
Lincoln, al Mayor General Joseph Hooker, 1863.
Sinopsis
Año 2019. Una nueva
especie de seres humanos, los Insomnes, disponen de mayor conocimiento y poder.
Modificados por la ingeniería genética para no tener que dormir, los Insomnes
cuentan con más horas de actividad, no enferman nunca y son más longevos. Sus
superdotados descendientes, los Superinsomnes, pueden desarrollar además una
nueva biotecnología por la que aspiran a dominar el mundo. En el otro extremo
de la sociedad se encuentran los Durmientes —los nuevos mendigos del futuro
cercano—, cuyo recelo de los Insomnes es notorio, pues dependen de éstos para
garantizar su propia supervivencia. En semejante contexto, tres personajes de
diferente condición exponen su particular punto de vista sobre un conflicto que
se intuye inminente e inevitable.
Publicada
inicialmente como novela corta en el Isaac Asimov's Science Fiction Magazine y
seleccionada por Gardner Dozois en su antología para «Lo mejor del año 1991»,
MENDIGOS EN ESPAÑA, la novela corta, se alzó con los premios Nebula de 1991 y
el Hugo de 1992. Kress siguió desarrollando la idea a partir de esa novela
corta que ahora forma la primera parte del presente libro y le da nombre.
MENDIGOS EN ESPAÑA fue finalista del Premio Nebula de 1993 y, también, del
Premio Hugo de 1994.
http://www.epublibre.org/libro/detalle/257
Nancy
Kress Mendigos
en España
I
Se sentaron tiesos en
sus antiguas sillas Eames, dos personas que no deseaban estar allí, o una que
no lo deseaba y otra que se resentía por la resistencia de la otra. El doctor
Ong ya lo había visto antes. En dos minutos estuvo seguro: la que se resistía
furiosamente era la mujer. Perdería. El hombre lo pagaría luego, con
pequeñeces, por mucho tiempo.
—Supongo que ya
pidieron los informes financieros necesarios —dijo amablemente Roger Camden—,
de modo que vayamos directamente a los detalles, ¿de acuerdo, doctor?
—Seguro —dijo Ong—.
¿Por qué no empieza por decirme todas las modificaciones genéticas que desea
para el bebé?
La mujer se volvió
repentinamente en la silla. Tenía entre veinticinco y treinta años —obviamente
una segunda esposa— pero ya parecía decaída, como si convivir con Roger Camden
la estuviera desgastando. No le extrañaría en lo más mínimo, pensó Ong, que así
fuera. El cabello de la señora Camden era castaño, sus ojos eran castaños, su
piel tenía un tinte castaño que habría sido bonito con algo de color en las
mejillas. Llevaba un abrigo castaño, ni barato ni a la moda, y zapatos que
parecían vagamente ortopédicos. Ong buscó en los informes su nombre: Elizabeth.
Apostó a que la gente lo olvidaba a menudo.
Junto a ella, Roger
Camden irradiaba una nerviosa vitalidad; un hombre de edad al-go más que
mediana, cuya cabeza en forma de bala no casaba con el cuidadoso corte de pelo
y el traje de negocios de seda italiana.
Ong no necesitó
consultar sus informes para recordar algo sobre Roger Camden. Una caricatura de
su cabeza de bala había sido la principal ilustración de la edición por cable
del Wall Street Journal del día anterior:
Camden había dirigido
una importante jugada en inversiones cuasi-fraudulentas de data-atoll.
Ong no estaba seguro
de qué era una inversión cuasi-fraudulenta de data-atoll.
—Una niña —dijo
Elizabeth Camden. Ong no esperaba que ella hablara primero. Su voz fue otra
sorpresa: clase alta británica—. Rubia, ojos verdes, alta, delgada.
Ong sonrió.
—Los factores de
apariencia son los más fáciles de lograr, como seguramente sabrán. Pero todo lo
que podemos hacer en cuanto a la "delgadez" es darle una disposición
genética en tal sentido. Cómo la alimenten, naturalmente…
—Sí, sí —dijo Roger
Camden— eso es obvio. Ahora: inteligencia. Gran inteligen-cia. Y osadía.
—Lo siento, señor
Camden; los factores de personalidad no
se conocen aún lo bas-tante como para permitir a la genética…
—Sólo lo ponía a
prueba —dijo Camden, con una sonrisa que a Ong le pareció que quería ser
simpática.
Elizabeth Camden
dijo:
—Capacidad musical.
—Otra vez, señora
Camden, todo lo que podemos garantizar es cierta disposición hacia la música.
—Con eso basta —dijo
Camden—. Todas las correcciones para cualquier problema de salud ligado a lo
genético, por supuesto.
—Por supuesto —dijo
el doctor Ong. Los clientes no hablaron. Hasta el momento su lista era modesta,
en vista de la riqueza de Camden; con la mayoría de los clientes había que
discutir para que no pretendieran tendencias genéticas contradictorias, o exceso
de alte-raciones, o expectativas irreales.
Esperó. La tensión
irradiaba en la habitación como calor.
—Y —dijo Camden—, que
no necesite dormir.
Elizabeth Camden
volvió la cabeza para mirar por la ventana.
Ong tomó de su
escritorio un imán sujeta-papeles. Habló en tono amable:
—¿Podría saber cómo
se enteró de que existe ese programa de modificación genéti-ca?
Camden hizo una
mueca.
—No está negando que
exista.
Lo anoto a su favor,
Doctor.
Ong se contuvo.
—¿Podría saber cómo
se enteró de que el programa existe?
Camden rebuscó en el
bolsillo interior de su traje. La seda se arrugó y se deformó; cuerpo y traje
provenían de diferentes clases sociales. Camden era, recordó Ong, un yagaís-ta,
amigo personal del propio Kenzo Yagai.
Le alcanzó una hoja
de impresora: las especificaciones del programa.
—No se moleste en
buscar la falla de seguridad en su banco de datos, Doctor; no la encontrará. Si
le sirve de consuelo, nadie más lo logrará. Ahora bien. —Se incorporó
súbi-tamente y su tono cambió—. Sé que ha creado hasta ahora veinte niños que
no necesitan dormir para nada. Que diecinueve son hasta ahora sanos,
inteligentes y psicológicamente normales. De hecho mejor que normales; son
inusualmente precoces. El mayor tiene ya cuatro años y puede leer en dos
idiomas. Sé que están pensando en ofrecer al mercado esta modificación genética
en unos años. Todo lo que quiero es la posibilidad de comprarla para mi hija
ya. Al precio que pidan.
Ong quedó perplejo.
—No puedo discutir
esto unilateralmente con usted, señor Camden. Ni el robo de nuestros archivos…
—No hubo robo. Su
sistema vomitó espontáneamente una burbuja de información en una salida
pública; les llevaría un tiempo del demonio probar lo contrario…
—… ni la oferta de
negociar esta modificación genética quedan bajo mi sola autori-dad.
Ambos deben
discutirse con el Directorio del Instituto.
—Sin duda, sin duda.
¿Cuándo puedo hablar con ellos?
—¿Usted?
Camden lo miró desde
su asiento. Ong pensó que pocos hombres podían lucir tan confiados a medio
metro por debajo del nivel de los ojos.
—Por supuesto. Me
gustaría presentar mi oferta a quienquiera que tenga real autori-dad para
aceptarla. Sólo una sana negociación.
—No es sólo una
cuestión comercial, señor Camden.
—No es tampoco sólo
investigación pura —replicó Camden—.
Son una corporación
comercial. Y tienen exenciones impositivas que se otorgan so-lamente a firmas
que cumplen ciertas normas de juego limpio.
Por un momento a Ong
no se le ocurrió qué quería decir.
—Normas de juego
limpio…
—… pensadas para
proteger a las minorías cuando actúan como proveedores. Sé que nunca se
aplicaron en el caso de clientes, excepto para limitaciones en instalaciones de
ener-gía-Y.
Pero se puede hacer
la prueba, doctor Ong. Las minorías tienen derecho a que se les ofrezca el
mismo producto que a los que no son minoría. Sé que al Instituto no le caería
bien un juicio, Doctor. Ninguna de sus veinte familias de la prueba genética
beta es negra o judía.
—¡Un juicio!… ¡pero
usted no es negro ni judío!
—Pertenezco a otra
minoría.
Polaco-americano. Mi
apellido era Kaminsky. —Camden al fin se puso de pie y sonrió cálidamente—.
Vea, es descabellado. Usted lo sabe, yo lo sé, y ambos sabemos que de todos
modos los periodistas igualmente lo disfrutarían. Y usted sabe que yo no quiero
entablar una demanda descabellada, solamente como amenaza de una publicidad
prematura y adversa para lograr lo que quiero. Sólo quiero para mi hija ese
maravilloso adelanto que han conseguido.
Su rostro cambió,
adoptando una expresión que Ong no hubiera creído posible en esas facciones:
ansiedad.
—Doctor,… ¿sabe usted
cuánto más habría logrado si no hubiera tenido que dormir en toda mi vida?
Elizabeth Camden dijo
ásperamente:
—Apenas duermes
ahora.
Camden bajó la vista,
como si hubiera olvidado que ella estaba allí.
—Bueno, no querida,
ahora no. Pero cuando era joven… la escuela, podría haber terminado los
estudios aún manteniendo… Bueno, nada que ahora importe.
Lo que sí importa,
Doctor, es que usted, yo y su Directorio lleguemos a un acuerdo.
—Señor Camden, por
favor retírese ya mismo.
—¿Quiere decir antes
de que usted pierda los estribos por mi presunción? No sería el primero.
Espero que arregle
una reunión para finales de la semana próxima, cuándo y dónde usted diga, por
supuesto. Basta con que informe a mi secretaria, Diane Clavers, los detalles.
Cuando a ustedes les quede cómodo.
Ong no los acompañó a
la puerta. Le palpitaban las sienes.
Elizabeth Camden se
volvió desde la puerta:
—¿Qué pasó con el
vigésimo?
—¿Qué?
—El vigésimo bebé. Mi
esposo dijo que diecinueve son sanos y normales. ¿Qué su-cedió con el vigésimo?
Las palpitaciones
aumentaron.
Ong sabía que no
debía contestar; que probablemente Camden ya sabía la respuesta, aunque no la
supiera su mujer; que él, Ong, de todos modos iba a contestar; que luego se
arrepentiría, amargamente, de su falta de autocontrol.
—El vigésimo bebé
murió. Sus padres resultaron ser inestables. Se separaron durante el embarazo,
y la madre no pudo soportar las veinticuatro horas de llanto de un bebé que
nunca duerme.
Elizabeth Camden lo
miró con ojos desorbitados:
—¿Lo mató?
—Accidentalmente
—dijo brevemente Camden—. Sacudió al chiquito demasiado fuerte.
Se dirigió, ceñudo, a
Ong:
—Niñeras, Doctor. En
turnos.
Deberían haber
elegido solamente padres lo bastante ricos como para pagar niñeras en turnos.
—¡Eso es horrible!
—exclamó la señora Camden, sin que Ong pudiera saber si se refería a la muerte
del bebé, a la falta de niñeras o al descuido del Instituto. Ong cerró los
ojos.
Cuando se fueron,
tomó diez miligramos de ciclobenzaprine III. Por su espalda, sólo por su
espalda. Otra vez le dolía su vieja herida. Luego se detuvo ante la ventana
largo rato, sosteniendo aún el imán sujeta-papeles, sintiendo cómo cedía la
presión en sus sienes, cómo se iba relajando. Ante él el Lago Michigan lamía
pacíficamente la orilla; la policía había hecho una redada de los sin techo la
noche anterior, y todavía no habían tenido tiempo de volver.
Sólo quedaban sus
desechos, tirados entre los arbustos del parque ribereño: mantas raídas,
diarios, bolsas de plástico como patéticos estandartes pisoteados. Era ilegal
dormir en el parque, entrar a éste sin un permiso de residencia, era ilegal no
tener vivienda ni resi-dencia. Mientras Ong miraba, empleados uniformados del
parque comenzaron a ensartar metódicamente los diarios y a meterlos en limpios
recipientes autopropulsados.
Ong tomó el teléfono
para llamar al Presidente del Directorio del Instituto Biotech.
Había cuatro hombres
y tres mujeres sentados en torno a la pulida mesa de caoba de la sala de
reuniones. Doctor, abogado, jefe indio, pensó Susan Melling, mirando a Ong,
Sullivan y Camden, y sonrió. Ong notó la sonrisa y la miró con frialdad. Asno
pomposo. Judy Sullivan, abogada del Instituto, se volvió para hablar en voz
baja con el abogado de Camden, un hombre delgado y nervioso con cara de
obedecer al amo. El amo, Roger Cam-den, el mismísimo jefe indio, era el que más
feliz parecía. El letal hombrecito —¿Cómo se hace para llegar a ser tan rico,
partiendo de la nada? Ella, Susan, nunca lo sabría— irradiaba excitación.
Brillaba, ardía, tan diferente de los habituales aspirantes a padres que
intrigó a Susan. Generalmente los padres y madres —especialmente los padres— se
sentaban allí con aspecto de estar en una fusión de empresas. Camden lucía como
si estuviera en una fiesta de cumpleaños.
Y, por supuesto, así
era. Susan le dirigió una sonrisa, y le agradó ver que se la de-volvía.
Rapaz, pero con un
encanto que solamente podía describirse como inocente… ¿Cómo sería en la cama?
Ong frunció majestuosamente el entrecejo y se puso de pie para hablar.
—Damas y caballeros,
creo que podemos empezar. Tal vez corresponda presentarlos. El señor Roger
Camden, la señora Camden, por supuesto, nuestros clientes.
El doctor John
Jaworski, abogado del señor Camden. Señor Camden, esta es Judith Sullivan, jefa
de Legales del Instituto; Samuel Krenshaw, en representación del Director del
Instituto, Doctor Brad Marsteiner, quien lamentablemente no puede estar hoy
aquí; y la doctora Susan Melling, quien desarrolló la modificación genética que
afecta el sueño. Hay algunos puntos de interés legal para ambas partes…
—Olvide los contratos
por un minuto —interrumpió Camden—.
Hablemos del asunto
del sueño.
Quiero hacer unas
preguntas.
—¿Qué querría saber?
—dijo Susan. Los ojos de Camden eran muy azules en su es-tólida cara; no era lo
que ella esperaba. La señora Camden, quien por lo visto carecía tanto de nombre
de pila como de abogado, ya que Jaworski fue presentado como el de su esposo
pero no de ella, miraba con una expresión que no podía saberse si era adusta o
asustada.
Ong dijo ácidamente:
—Entonces tal vez
deberíamos comenzar por una breve presentación de la doctora Melling.
Susan hubiera
preferido contestar preguntas, para ver qué preguntaba Camden. Pero ya había
disgustado a Ong lo suficiente por una sesión, y se levantó obediente.
—Permítanme comenzar
por una breve descripción del sueño. Los investigadores saben desde hace tiempo
que existen en realidad tres tipos de sueño. Uno es el "sueño de ondas
lentas", caracterizado en el Electroencefalograma por ondas delta. Otro es
el de "mo-vimientos oculares rápidos", o sueño REM1, que es mucho más
ligero y abarca la mayor parte de los sueños. Juntos forman el "núcleo del
sueño". El tercer tipo es el "opcional", así llamado porque la
gente puede pasarse sin él sin efectos dañinos, y algunos durmientes prescinden
totalmente de éste, durmiendo naturalmente tres o cuatro horas por día.
—Como yo —dijo
Camden—. Me entrené para ello. ¿No puede hacer eso todo el mundo?
Por lo visto, serían
preguntas y respuestas después de todo.
—No. El mecanismo del
sueño tiene cierta flexibilidad, pero no es la misma para todos. El núcleo rafe
del cerebro…
Ong intervino:
—No creo que
necesitemos ese nivel de detalle, Susan. Atengámonos a lo básico.
—El núcleo rafe
regula el balance entre los neurotransmisores y los péptidos que empuja al
sueño, ¿no?
Susan no pudo evitar
un gesto de diversión. Camden, el agudo y despiadado finan-ciero, estaba allí
tratando de parecer solemne, como un alumno de escuela esperando que elogien su
tarea para el hogar. Ong se veía agrio. La señora Camden miraba a lo lejos por
la ventana.
—Correcto, señor
Camden. Ha hecho sus investigaciones.
—Se trata de mi hija
—dijo Camden, y Susan contuvo el aliento. ¿Cuándo había si-do la última vez que
oyera ese tono de adoración en la voz de alguien?
Pero nadie pareció
notarlo.
—Bien, entonces —dijo
Susan—, ya sabe que la razón por la que la gente duerme es porque se crea en el
cerebro una presión hacia el sueño. Durante los últimos treinta años, la
investigación ha determinado que esa es la única razón. Ni el sueño de ondas lentas
ni el REM sirven a funciones que no
puedan llevarse a cabo también con el cuerpo y el cerebro despiertos.
Suceden muchas cosas
durante el sueño, pero pueden suceder también despiertos, si se hacen otros
ajustes hormonales.
Alguna vez el sueño
cumplió una importante función evolutiva. Una vez que el pre-mamífero había
llenado su estómago y diseminado su esperma, el sueño lo mantenía quieto y a
salvo de predadores. Era una ayuda a la supervivencia. Pero ahora es un
mecanismo obsoleto, como el apéndice. Se pone en marcha todas las noches, pero
ya desapareció su necesidad. Así que suprimimos esa puesta en marcha en su
origen, los genes.
Ong dio un respingo.
Odiaba que simplificara así. O tal vez lo que odiaba era el tono ligero. Si la
presentación la hubiera hecho Marsteiner, no habría figurado el pre-mamífero.
—¿Y qué hay de la
necesidad de soñar? —preguntó Camden.
—No es necesario. Un
remanente de bombardeo de la corteza para mantenerla semi alerta en caso de que
un predador atacara durante el sueño. La vigilia es mejor.
—¿Y entonces por qué
no directamente la vigilia? Desde el principio de la evolu-ción.
La estaba poniendo a
prueba.
Susan le dirigió una
amplia y generosa sonrisa, divirtiéndose con su descaro.
—Se lo dije,
seguridad ante los predadores. Aunque cuando ataca un predador mo-derno
—digamos, un inversor cuasi fraudulento de data-atoll— es más seguro estar
des-pierto.
Camden atacó:
—¿Y que hay del alto
porcentaje de sueño REM en fetos y bebés?
—También un remanente
evolutivo. El cerebro se desarrolla perfectamente sin él.
—¿Y qué de la
recomposición neural durante el sueño de ondas lentas?
—Sigue existiendo.
Pero puede llevarse a cabo durante la vigilia, si se programa el ADN para ello.
No se pierde eficiencia neural, por lo que sabemos.
—¿Y la alta
producción de enzima del crecimiento durante el sueño de ondas len-tas?
Susan lo miró con
admiración.
—Prosigue sin el
sueño. Los ajustes genéticos la ligan a otros cambios en la glándula pineal.
—¿Y que pasa con…?
—¿… los efectos
colaterales? —dijo la señora Camden.
Había olvidado que
estaba allí.
La joven la miraba,
con las comisuras de la boca apretadas.
—Me alegra que lo
preguntara, señora Camden. Porque existen efectos colaterales. —Susan hizo una
pausa, disfrutándolo—.
Comparados con los
niños de la misma edad, los insomnes —sin manipulación ge-nética de su cociente
intelectual— son más inteligentes, mejores para resolver problemas, y más
alegres.
Camden tomó un
cigarrillo.
Este hábito arcaico,
sucio, sorprendió a Susan. Luego vio que era deliberado: Roger Camden llamando
la atención con un despliegue ostentoso, para apartarla de lo que sentía. Su
encendedor era de oro, monogramado, inocentemente llamativo.
—Permítanme
explicarlo —dijo Susan—. El sueño REM bombardea la corteza ce-rebral con
disparos neuronales azarosos desde el tálamo cerebral; los sueños se producen
porque la pobre y asediada corteza trata de encontrarles sentido a las imágenes
y los re-cuerdos activados. Se desperdicia mucha energía en eso.
Sin ese desperdicio,
los cerebros insomnes se evitan el desgaste y coordinan mejor los datos de la
vida real. De ahí: más inteligencia y capacidad para resolver problemas.
Además, los médicos
hace sesenta años que saben que los antidepresivos, que mejo-ran el ánimo de
pacientes deprimidos, también suprimen totalmente el sueño REM. Lo que probaron
en los últimos diez años es que la inversa también es válida: si se suprime el
sueño REM la gente no se deprime. Los niños insomnes son agradables, amistosos…
alegres. No hay otra palabra para describirlo.
—¿A qué costo?
—preguntó la señora Camden. Su nuca estaba rígida y contraía la mandíbula.
—Sin costo. No hay
efectos colaterales.
—Por ahora —replicó
la señora Camden.
—Por ahora —aceptó
Susan encogiéndose de hombros.
—¡Sólo tienen cuatro
años, a lo sumo!
Ong y Krenshaw la
estudiaban detenidamente. Susan notó que la señora Camden se dio cuenta; se
hundió en el asiento, arropándose en su abrigo de pieles, con el rostro
inex-presivo.
Camden no miró a su
esposa.
Arrojó una nube de
humo de su cigarrillo y dijo:
—Todo tiene su costo,
doctora Melling.
Le gustó la forma en
que decía su nombre.
—Habitualmente, sí.
Especialmente en modificación genética. Pero honestamente no pudimos encontrar
ninguno aquí, aunque lo buscamos. —Sonrió directamente a Camden, mirándolo a
los ojos—. ¿Es demasiado bueno para creerlo, que alguna vez el universo nos dé
algo todo positivo, todo progreso, todo beneficio, sin penalidades ocultas?
—No es el universo.
Es la inteligencia de gente como usted —dijo Camden, sor-prendiéndola más que
todo lo que sucediera antes. Sus ojos le sostenían la mirada. Se le encogió el
pecho.
—Creo —dijo secamente
el doctor Ong—, que la filosofía del universo está más allá de lo que nos ocupa
ahora. Señor Camden, si no tiene más preguntas médicas, tal vez podamos volver
a los puntos legales que plantearon los doctores Sullivan y Jaworski. Gra-cias,
doctora Melling.
Susan asintió con la
cabeza.
No volvió a mirar a
Camden. Pero supo lo que decía, cómo se veía, que estaba allí.
La casa era
aproximadamente lo que esperaba, una enorme imitación Tudor sobre el Lago
Michigan al norte de Chicago. Espeso bosque entre el acceso y la casa, terreno
abierto entre la casa y el agua. Parches de nieve cubrían el dormido césped.
Aunque hacía cuatro meses que Biotech trabajaba con los Camden, esa era la
primera vez que Susan los visitaba.
Mientras avanzaba
hacia la casa, detrás entró otro auto.
No, un camión, que
siguió por la curva del camino de acceso hacia una entrada de servicio al
costado de la casa. Un hombre llamó a la puerta de servicio, mientras otro
co-menzaba a descargar un corralito envuelto en plástico. Blanco, con conejitos
rosados y amarillos. Susan cerró un momento los ojos.
Camden abrió él mismo
la puerta. Se le notaba el esfuerzo por no parecer preocupa-do:
—¡No necesitaba
venir, Susan, yo hubiera ido a la ciudad!
—No es lo que yo
quería, Roger. ¿Está la señora Camden?
—En la sala.
Camden la guió hasta
una amplia habitación con chimenea de piedra. Muebles rústi-cos ingleses,
grabados de perros y barcos, todos colgados cincuenta centímetros demasiado
altos; debía de haber decorado Elizabeth Camden. No se levantó de su sillón de
orejas al entrar Susan.
—Si me disculpan,
seré rápida y concisa —dijo Susan—, porque no quiero que esto sea para ustedes
más difícil de lo necesario. Tenemos los resultados de todas las pruebas de
amniocentesis, ultrasonido y Langston. El feto está bien, desarrollándose como
corresponde para dos semanas, sin problemas de implantación en la pared
uterina. Pero surgió una com-plicación.
—¿Cuál? —dijo Camden.
Sacó un cigarrillo, miró a su mujer y lo guardó sin en-cender.
Susan dijo
serenamente:
—Señora Camden, por
casualidad, sus dos ovarios produjeron óvulos el mes pasado. Sacamos uno para
la cirugía genética.
Por una casualidad
aún mayor el segundo quedó fertilizado y se implantó. Lleva dos fetos.
Elizabeth Camden se
quedó dura:
—¿Mellizos?
—No —dijo Susan.
Luego se dio cuenta de lo que había dicho—. Quiero decir sí. Son mellizos pero
no idénticos. Sólo uno ha sido alterado genéticamente. El otro no se le
parecerá más que dos hermanos cualesquiera. Es lo que se llama un bebé normal.
Y tengo entendido que no deseaban lo que se llama un bebé normal.
—No. Yo no —dijo
Camden.
—Yo sí —dijo
Elizabeth Camden.
Camden le dirigió una
fiera mirada que Susan no pudo entender. Volvió a sacar el cigarrillo y lo
encendió. Estaba de perfil, concentrado en sus pensamientos, y Susan dudó que
supiera que el cigarrillo estaba allí o que lo estaba encendiendo.
—¿Afecta al bebé que
el otro esté allí?
—No —dijo Susan—. Por
supuesto que no. Simplemente… coexisten.
—¿Puede abortarlo?
—No sin correr el
riesgo de abortarlos a ambos. Remover el feto no alterado puede producir
cambios en el revestimiento uterino que lleven a malograr espontáneamente el
otro —inspiró profundamente—. Por supuesto, la opción existe. Podemos reiniciar
todo el pro-ceso. Pero ya les dije oportunamente que tuvieron suerte en que la
fertilización in vitro se lograra recién en el segundo intento. A algunas
parejas les lleva ocho o diez. Si empezára-mos de nuevo podría ser un largo
proceso.
—La presencia de ese
segundo feto —dijo Camden—, ¿perjudica a mi hija? ¿Le quita nutrientes o algo
así, o cambiará algo para ella durante el resto del embarazo?
—No. Excepto que
existe una posibilidad de parto prematuro.
Dos fetos ocupan
mucho espacio en el vientre, y si están muy apretados el naci-miento puede ser
prematuro. Pero…
—¿Cuánto? ¿Como para
amenazar la supervivencia?
—Es improbable.
Camden siguió
fumando. Apareció un hombre en la puerta:
—Señor, llamada de
Londres.
James Kendall para el
señor Yagai.
—La tomaré—. Camden
se levantó. Susan lo miró estudiar el rostro de su esposa. Cuando habló, se
dirigió a ésta:
—Bueno, Elizabeth,
está bien —y salió.
Las dos mujeres se
quedaron sentadas en silencio por un largo momento. Susan era consciente de su
propia perplejidad; no era el Camden que esperaba. Notó que Elizabeth Camden la
miraba divertida.
—Oh sí, Doctora. Él
es así.
Susan no dijo nada.
—Absolutamente
dominante.
Pero esta vez no —rió
suavemente, excitada—. Dos. ¿Sabe…
sabe el sexo del
otro?
—Ambos fetos son
femeninos.
—Yo quería una niña,
sabe usted. Ahora la tendré.
—Entonces seguirá con
el embarazo.
—¡Oh, sí! Gracias por
venir, Doctora.
La despedían. Nadie
la acompañó a la puerta. Pero cuando estaba por subir a su au-to, Camden salió
corriendo, sin abrigo.
—¡Susan, quería
agradecerte!
Por venir hasta aquí
a decírnoslo personalmente.
—Ya lo has hecho.
—Sí, bueno. ¿Seguro
que el segundo feto no puede perjudicar a mi hija?
Susan contestó,
deliberadamente:
—Ni el feto
genéticamente alterado puede perjudicar al concebido naturalmente.
Él sonrió. Su voz era
baja y ansiosa:
—Y tú piensas que eso
debería preocuparme en igual medida.
Pero no es así. ¿Y
por qué debería disimular lo que siento, especialmente contigo?
Susan abrió la puerta
del auto. No estaba preparada para esto, o había cambiado de idea, o algo. Pero
entonces Camden se inclinó a cerrar la puerta del auto, sin trazas de flirteo
ni de intenciones de congraciarse:
—Mejor que encargue
otro corralito.
—Sí.
—Y un segundo
cochecito.
—Sí.
—Pero no otra niñera
nocturna.
—Eso queda de tu
cuenta.
—Y de la tuya.
Se inclinó,
abruptamente, y la besó; un beso tan cortés y respetuoso que chocó a Su-san.
Una actitud
conquistadora o anhelante no le hubiera chocado; esto sí. Camden no le dio
oportunidad de reaccionar; cerró la puerta del auto y se volvió a la casa.
Susan manejó hacia la salida, con las manos temblorosas en el volante hasta que
la diversión reemplazó a la sorpresa: había sido un beso deliberadamente
distante, respetuoso, un enigma preparado. Y nada podía garantizar mejor que
debería haber sido de otro modo.
Se preguntó qué
nombre pondría Camden a sus hijas.
El Doctor Ong
recorrió el corredor del hospital, sumergido en una media luz. De la guardia de
Maternidad salió una enfermera dispuesta a detenerlo —era medianoche, había
pasado la hora de visitas—, lo reconoció y volvió a su sitio. A la vuelta
estaba la ventana de observación de la nursery. Para sorpresa de Ong, Susan
Melling estaba parada contra el vidrio. Para más sorpresa de su parte, estaba
llorando.
Ong se dio cuenta de
que nunca le había gustado esa mujer; y tal vez ninguna otra. Aún las dotadas
de mentes superiores parecían no poder evitar volverse tontas por sus
emo-ciones.
—Mire —dijo Susan con
una risita y tapándose un poco la cara—. Mire, Doctor.
Tras el cristal,
Roger Camden, con bata y mascarilla, sostenía un bebé con camisita blanca y
sabanita rosa. Los ojos azules de Camden —teatralmente azules, realmente un
hombre no debería tener ojos tan llamativos— relucían. El bebé tenía la cabeza
cubierta de una pelusa rubia, grandes ojos y piel rosada. Los ojos de Camden,
por sobre la mascarilla, proclamaban que ningún bebé había tenido nunca tales
atributos.
—¿Un nacimiento sin
complicaciones? —preguntó Ong.
—Sí —Susan sollozó—.
Todo en orden. Elizabeth está bien, duerme. ¿No es her-mosa? Tiene el espíritu
más audaz que he conocido. —Se secó la nariz en la manga; Ong notó que estaba
bebida—. ¿Le dije que una vez estuve comprometida? Hace quince años, en la facultad
de medicina. Rompí porque empezó a resultar tan aburrido, tan vulgar.
¡Oh, Dios!, no
debería estar contándole todo esto, lo siento.
Ong se alejó. Tras el
cristal, Roger Camden dejó al bebé en una cunita de ruedas. La placa decía NIÑA
CAMDEN, 1.9.5 LIBRAS. Una enfermera nocturna miraba, indulgente.
Ong no se quedó para
ver a Camden salir de la nursery o para escuchar lo que Susan Melling le decía,
fuera lo que fuera. Ong fue a preparar la factura. Bajo las presentes
cir-cunstancias, el informe de Melling no era confiable. Una oportunidad
perfecta, sin antece-dentes, para registrar en detalle una alteración genética
con un control no alterado, y Me-lling estaba más interesada en sus propias
melosas emociones.
Obviamente, Ong
tendría que hacer él mismo el informe, después de arreglar la cuenta. Estaba
ávido de detalles, y no sólo sobre el bebé de rosadas mejillas que había
alza-do Camden. Quería saberlo todo sobre el nacimiento del bebé de la otra
cuna: NIÑA CAMDEN, 2.5.1 LIBRAS. La beba de cabello oscuro y rostro con manchas
rojizas, que yacía bajo su sabanita rosada, dormida.
II
El primer recuerdo de
Leisha eran unas líneas flotantes que en realidad no existían. Lo sabía porque
cuando extendía el puño para tocarlas no había nada. Después se dio cuen-ta de
que las líneas flotantes eran luz: la luz del sol colándose en franjas por las
cortinas de su habitación, por entre las persianas de madera del comedor, por
el enrejado del invernade-ro.
El día en que
descubrió que el flujo dorado era luz se rió en voz alta, con la alegría del
descubrimiento, y Papá se volvió desde donde ponía flores en macetas y le
sonrió.
Toda la casa estaba
llena de luz. La luz desbordaba el lago, recorría los altos cielos rasos
blancos, formaba charcos en los brillantes pisos de madera. Ella y Alice se
movían siempre entre la luz, y a veces Leisha se detenía y echaba hacia atrás
la cabeza para que le corriera por la cara. Podía sentirla, como si fuera agua.
La mejor luz, por
supuesto, era la del invernadero. Allí le gustaba estar a Papá cuando volvía a
casa de hacer dinero. Papá plantaba y regaba, tarareando, y Leisha y Alice
corrían entre los tablones de flores, con sus maravillosos olores de tierra,
pasando del lado oscuro del invernadero, donde crecían las grandes flores
púrpura, al soleado, con su des-pliegue de flores amarillas, yendo y viniendo,
entrando y saliendo de la luz.
—¡Prosperan! —le
decía Papá—, todas las flores cumpliendo sus promesas. ¡Alice, ten cuidado!
Casi volteas esa orquídea. —Alice, obediente, dejaba de correr por un rato.
Papá nunca le decía a Leisha que no corriera.
Un rato después se
iría la luz. Alice y Leisha tomarían su baño, y luego Alice se pondría apática
o irritable. No jugaría con Leisha, aún cuando le dejara elegir el juego o
tener todas las mejores muñecas. La Nana llevaría a Alice a "la cama"
y Leisha charlaría un poco más con Papá, hasta que le dijera que tenía que ir a
su estudio con los papeles que hacían dinero.
Leisha siempre sentía
cierto pesar cuando él tenía que irse, pero nunca duraba mucho porque llegaba
Mademoiselle y comenzaban las lecciones, que le gustaban. ¡Era tan interesante
aprender cosas! Ya podía cantar veinte canciones y escribir todas las letras
del alfabeto y contar hasta cincuenta. Y para cuando terminaran las lecciones,
volvería la luz y sería el momento del desayuno.
El desayuno era el
único momento que no le gustaba a Leisha. Papá se había mar-chado a la oficina,
y Leisha y Alice tomaban el desayuno con Mamá en el gran comedor. Mamá llevaba
su bata, que gustaba a Leisha, y no olía raro ni hablaba raro como después durante
el día, pero igual el desayuno no era divertido. Mamá siempre empezaba con La
Pregunta.
—Alice, querida,
¿cómo dormiste?
—Bien, Mamá.
—¿Tuviste lindos
sueños?
Por mucho tiempo
Alice dijo que no. Luego un día dijo:
—Soñé con un caballo.
Yo lo montaba.
Mamá aplaudió, besó a
Alice y le dio un buñuelo dulce extra.
Después de esto Alice
siempre tuvo un sueño para contarle a Mamá.
Una vez Leisha dijo:
—Yo también tuve un
sueño.
Soñé que la luz
entraba por la ventana y me envolvía toda como una sábana, y en-tonces me besó
en los ojos.
Mamá dejó su taza tan
bruscamente que el café se volcó.
—No me mientas,
Leisha. No tuviste un sueño.
—Sí que lo tuve —dijo
Leisha.
—Sólo los niños que
duermen pueden tener sueños. No me mientas, no tuviste un sueño.
—¡Sí, lo tuve, lo
tuve!
—gritó Leisha. Casi
podía verlo: la luz fluyendo por la ventana y envolviéndola como una sábana
dorada.
—¡No toleraré una
niña mentirosa!, ¿me oyes, Leisha? ¡No lo toleraré!
—¡Tú eres mentirosa!
—gritó Leisha, sabiendo que no era verdad lo que decía, odiándose por ello pero
odiando a Mamá mucho más y eso también estaba mal, y allí estaba Alice, dura y
como congelada; Alice estaba espantada y todo por culpa de Leisha.
Mamá dio un grito
agudo:
—¡Nana, Nana! ¡Lleve
inmediatamente a Leisha a su habitación! ¡No puede sentarse con gente
civilizada si no es capaz de dejar de decir mentiras!
Leisha comenzó a
llorar. La Nana la llevó a su habitación.
Ni siquiera había
tomado el desayuno, pero eso no le importaba; mientras lloraba lo único que
veía eran los ojos azorados de Alice, con sus quebrados reflejos de luz.
Pero Leisha no lloró
mucho tiempo. La Nana le leyó una historia, y luego jugó con ella al Salto de
Datos, y luego subió Alice y la Nana las llevó a las dos a Chicago, al Zoo,
donde había maravillosos animales que ver, animales que Leisha ni soñaba… ni tampoco
Alice. Y para cuando volvieron Mamá ya se había ido a su habitación y Leisha
sabía que estaría allí con los vasos que olían raro, y que no tendría que verla
por el resto del día.
Pero esa noche fue a
la habitación de su madre.
—Debo ir al baño —le
dijo a Mademoiselle. Mademoiselle le preguntó:
—¿Necesitas ayuda?
—tal vez porque Alice aún necesitaba ayuda en el baño. Pero Leisha no, y
agradeció. Luego se sentó un minuto en el toilet aunque no viniera nada, para
que no fuera mentira lo que dijo.
Leisha recorrió el
vestíbulo en puntas de pie. Primero fue a la habitación de Alice. Brillaba una
lucecita en la pared, cerca de la "cuna". En la habitación de Leisha
no había cuna. Miró a su hermana por entre los barrotes. Alice yacía de costado,
con los ojos cerra-dos. Sus párpados se movían rápidamente, como cortinas
agitadas por el viento. Su mandí-bula y su cuello pendían flojamente.
Leisha cerró con
cuidado la puerta y fue a la habitación de sus padres.
Ellos no
"dormían" en una cuna sino en una enorme "cama", con
bastante lugar entre ellos como para más gente. Los párpados de Mamá no se
movían; reposaba de espaldas haciendo un ruido jrr-jrr con la nariz. Se le
sentía fuerte el olor raro.
Leisha retrocedió y
fue de puntillas hacia Papá. Se veía como Alice, sólo que su mandíbula y su
cuello estaban aún más flojos, con pliegues de piel colgando como el toldo que
se había caído en el patio trasero. A Leisha le dolía verlo así. Entonces lo ojos
de Papá se abrieron tan rápidamente que Leisha gritó.
Papá se deslizó de la
cama y la levantó, echando una rápida mirada a Mamá. Pero ella no se movió.
Papá sólo tenía puestos los calzoncillos. La llevó al vestíbulo, donde
apa-reció corriendo Mademoiselle, diciendo:
—¡Oh, señor! Lo
siento, ella dijo que iba al baño…
—Está bien —dijo
Papá—, la llevaré conmigo.
—¡No! —gritó Leisha,
porque Papá estaba en calzoncillos, y la habitación tenía ese olor raro de
Mamá. Pero Papá la llevó al invernadero, la sentó en un banco, se envolvió en
un trozo de plástico verde que se usaba para cubrir plantas y se sentó junto a
ella.
—Ahora, ¿qué pasó
Leisha?
¿Qué estabas
haciendo?
Leisha no contestó.
—Estabas mirando
dormir a la gente, ¿verdad? —dijo Papá, y como su voz era más suave Leisha
murmuró: "Sí". Inmediatamente se sintió mejor; hacía bien no mentir.
—Estabas mirando
dormir a la gente porque tú no duermes y sentías curiosidad, ¿no? Como George
el Curioso en tu libro.
—Sí —dijo Leisha—.
¡Yo pensé que me habías dicho que de noche hacías plata en tu estudio!
Papá sonrió.
—No toda la noche.
Parte.
Pero después duermo,
aunque no mucho —subió a Leisha a su regazo—. Yo no ne-cesito dormir mucho, de
modo que hago de noche más que la mayor parte de la gente. Dis-tintas personas
necesitan distinta cantidad de sueño. Y unos pocos, muy pocos, son como tú. No
necesitas dormir nada.
—¿Por qué no?
—Porque eres
especial. Mejor que otra gente. Antes de que nacieras hice que unos doctores me
ayudaran a hacerte así.
—¿Por qué?
—Para que puedas
hacer lo que quieras y manifiestes tu personalidad.
Leisha se retorció en
sus brazos para mirarlo interrogante; no entendía sus palabras.
Papá se estiró y tocó
una flor solitaria que crecía en un árbol alto de maceta. La flor tenía unos
gruesos pétalos, como la crema que él ponía al café, y el centro era rosa
pálido.
—Mira, Leisha… este
árbol hizo esta flor. Porque puede.
Sólo este árbol puede
hacer este tipo de flor maravillosa. Esa planta que cuelga allí no puede, ni
tampoco aquellas. Sólo este árbol. Por lo tanto, la cosa más importante en el
mundo para este árbol es producir esta flor. La flor es la individualidad del
árbol —es decir, él mismo y no otra cosa— puesta de manifiesto. Nada más
importa.
—No entiendo, Papá.
—Algún día lo
entenderás.
—Pero yo quiero
entender ahora —dijo Leisha, y Papá rió, encantado, y la abrazó. El abrazo le
hizo bien, pero aún quería entender.
—Cuando haces plata,
¿esa es tu indivi… eso?
—Sí —dijo alegremente
Papá.
—Entonces, ¿nadie más
puede hacer plata, como sólo ese árbol puede hacer esa flor?
—Nadie más puede
hacerla de la forma en que yo lo hago.
—¿Y qué haces con la
plata?
—Compro cosas para
ti. Esta casa, tus vestidos, Mademoiselle para enseñarte, el au-to para viajar
en él.
—¿Qué hace el árbol
con la flor?
—Se vanagloria con
ella —dijo Papá, lo que no tenía sentido—. La excelencia es lo que cuenta,
Leisha. La excelencia basada en el esfuerzo individual. Y eso es lo único que
cuenta.
—Tengo frío, Papá.
—Entonces mejor te
llevo de vuelta con Mademoiselle.
Leisha no se movió.
Tocó con un dedo la flor.
—Quiero dormir, Papá.
—No, no quieres, mi
amor.
Dormir es perder el
tiempo, perder vida. Es una pequeña muerte.
—Alice duerme.
—Alice no es como tú.
—¿Alice no es
especial?
—No, tú lo eres.
—¿Por qué no hiciste
especial a Alice también?
—Alice se hizo sola.
No tuve oportunidad de hacerla especial.
Era demasiado duro
todo. Leisha dejó de acariciar la flor y se deslizó de la falda de Papá.
Él le sonrió.
—Mi querida
preguntona.
Cuando crezcas,
encontrarás tu propia excelencia, y será de una clase nueva, de una especie que
el mundo nunca ha visto. Incluso puedes ser como Kenzo Yagai. Él creó el
generador Yagai, que da energía al mundo.
—Papá, quedas cómico
envuelto en el plástico de las flores —rió Leisha. Papá tam-bién rió.
Pero entonces ella
dijo:
—Cuando sea grande
aprovecharé que soy especial para encontrar la forma de que Alice también sea
especial —y Papá dejó de reír.
La llevó de vuelta
con Mademoiselle, quien le enseñó a escribir su nombre, y eso fue tan excitante
que olvidó la intrigante conversación con Papá.
Eran seis letras,
todas diferentes, y juntas eran su nombre.
Leisha lo escribió
una y otra vez, riendo, y Mademoiselle rió también. Pero después, en la mañana,
Leisha pensó de nuevo en la conversación con Papá. Pensó en ella a menudo,
dando vueltas en su mente a las poco familiares palabras como si fueran
piedritas, pero la parte en la que más pensó no era una palabra; era la cara
contraída de Papá cuando ella le dijo que usaría su condición de especial para
hacer especial a Alice también.
Todas las semanas la
doctora Melling venía a ver a Leisha y Alice, a veces sola, a veces con otra
gente. A Leisha y Alice les gustaba la doctora Melling, porque reía mucho y sus
ojos eran brillantes y cálidos. A menudo también estaba Papá allí. La doctora
Melling jugaba con ella, primero con Alice y Leisha por separado y luego
juntas. Les tomaba fotos y las pesaba. Las hacía recostar sobre una mesa y les
pegaba cositas de metal en las sienes, lo que sonaría alarmante pero no lo era
porque había muchas máquinas para mirar, todas haciendo ruidos interesantes,
mientras estaban tendidas allí. La doctora Melling era tan buena contestando
preguntas como Papá. Una vez Leisha preguntó:
—¿La doctora Melling
es una persona especial, como Kenzo Yagai?
Y Papá rió y miró a
la doctora Melling y dijo: "Oh, sí, por supuesto".
Cuando Leisha tenía
cinco años, ella y Alice empezaron la escuela. El chófer de Pa-pá las llevaba
todos los días a Chicago. Estaban en aulas diferentes, lo que molestaba a
Leisha. Los niños del aula de Leisha eran todos mayores. Pero desde el primer
día adoró la escuela, con su fascinante equipo de ciencias y cajones
electrónicos llenos de rompecabezas matemáticos y otros niños con quienes
buscar países en el mapa. En medio año ya la habían pasado a otra aula
diferente, donde los niños eran aún mayores, pero igual le eran agrada-bles.
Leisha comenzó a estudiar japonés. Le encantaba dibujar los hermosos caracteres
en grueso papel. Papá dijo:
—La Escuela Sauley
fue una buena elección.
Pero a Alice no le
gustaba la Escuela Sauley. Quería ir a la escuela en el ómnibus amarillo como
la hija de la cocinera.
Lloró y tiró al suelo
sus pinturas en la Escuela Sauley. Después Mamá salió de su habitación —hacía
semanas que Leisha no la veía, pero sabía que Alice sí— y tiró al suelo unos
candelabros que había en la repisa. Los candelabros, que eran de porcelana, se
rom-pieron. Leisha corrió a juntar los trozos mientras Mamá y Papá se gritaban
en el vestíbulo, junto a la gran escalera.
—¡También es mi hija!
¡Y yo digo que puede ir!
—¡No tienes derecho a
opinar! ¡Una borracha perdida, el peor ejemplo posible para ambas… y yo creí
que obtenía una fina aristócrata inglesa!
—¡Obtuviste lo que
pagaste!
¡Nada! ¡Nunca
necesitaste nada de mí ni de nadie!
—¡Paren! —gritó
Leisha—.
¡Paren! —Y se hizo
silencio en el vestíbulo. Leisha se cortó con la porcelana; la sangre goteó en
la alfombra. Papá corrió a levantarla.
—¡Paren! —sollozó
Leisha, y no entendió cuando Papá dijo quedamente:— Páralo tú, Leisha.
Nada de lo que hagan
debe siquiera tocarte. Debes ser lo suficientemente fuerte.
Leisha hundió la
cabeza en el hombro de Papá.
Transfirieron a Alice
a la Escuela Elemental Carl Sandburg, a la cual viajaba en el ómnibus amarillo
con la hija de la cocinera.
Unas semanas después
Papá les dijo que Mamá se iba por unas semanas a un hospi-tal, para dejar de
tomar tanto. Cuando saliera, dijo, se iría a vivir un tiempo a otro lado. Ella
y Papá no eran felices. Leisha y Alice se quedarían con Papá y podrían visitar
a Mamá a veces. Se los dijo con mucho cuidado, eligiendo las palabras pero
respetando la verdad. Leisha ya sabía que la verdad era muy importante.
Ser fiel a la verdad
era ser fiel a uno mismo, a su propia especial condición; a su in-dividualidad.
Un individuo respeta los hechos, y por lo tanto dice siempre la verdad.
Mamá, Papá no lo dijo
pero Leisha lo sabía, no respetaba los hechos.
—No quiero que Mamá
se vaya —dijo Alice, y comenzó a llorar. Leisha pensó que Papá la alzaría, pero
no lo hizo. Sólo se quedó allí mirándolas.
Leisha rodeó a Alice
con sus brazos:
—¡Está bien, Alice,
está bien! ¡Haremos que todo esté bien! Jugaré contigo todo el tiempo que no
estemos en la escuela, para que no extrañes a Mamá.
Alice se abrazó a
Leisha, y ésta le hizo girar la cabeza para que no viera la cara de Papá.
III
Kenzo Yagai venía a
dictar conferencias en Estados Unidos. El título de su charla, que ofrecería en
Nueva York, Los Angeles, Chicago y Washington, y repetiría en Washing-ton
dirigiéndose especialmente al parlamento, era "Implicancias Políticas
Futuras de la Energía Barata". Leisha Camden, de once años, tendría con él
una entrevista privada al fi-nalizar la conferencia de Chicago, concertada por
su padre.
Había estudiado la
teoría de la fusión fría en la escuela, y su profesora de Estudios Globales
había explicado los cambios que producía en el mundo la aplicación, patentada
por Yagai, de lo que hasta entonces había sido una teoría impracticable.
La creciente
prosperidad del Tercer Mundo, la mortal agonía de los viejos sistemas
comunistas, la declinación de los países petroleros, la recuperación del
poderío económico de los Estados Unidos. Su grupo de trabajo había escrito el
guión de un noticiero, que fil-maron con el equipo de calidad profesional que
tenía la escuela, sobre cómo vivía una fami-lia en Estados Unidos en 1985, con
energía cara y confiando en la seguridad social basada en los impuestos,
mientras que una familia del 2019 vivía con energía barata y confiando en el
contrato como base de la civilización. Algunas partes de su propia
investigación la habían intrigado.
—Japón cree que Kenzo
Yagai fue un traidor a su propio país —le dijo a Papá du-rante la cena.
—No —replicó Camden—.
Algunos japoneses piensan eso. Ten cuidado con las ge-neralizaciones, Leisha.
Yagai patentó y comercializó primero la energía-Y en los Estados Unidos porque
aquí al menos quedaba una chispa de empresa individual. Gracias a su in-vento,
nuestro país ha vuelto a inclinarse hacia una meritocracia individual, y Japón
se ha visto obligado a seguirlo.
—Tu padre siempre ha
creído en ello —dijo Susan—. Come tus arvejas, Leisha.
Leisha comió sus
arvejas. Hacía menos de un año que Susan y Papá se habían casa-do, y aún
resultaba extraño tenerla allí; aunque agradable. Papá decía que Susan era una
valiosa incorporación a su hogar: inteligente, con iniciativa y alegre. Como la
propia Leisha.
—Recuerda, Leisha
—dijo Camden—, el valor de un hombre para la sociedad no descansa en lo que
piense que harán, serán o dirán los demás, sino en sí mismo. En lo que
realmente puede hacer, y hacerlo bien. La herramienta básica de la civilización
es el contra-to. Los contratos son voluntarios y mutuamente beneficiosos. Al
contrario de la coerción, que está mal.
—El fuerte no tiene
derecho a sacarle algo al débil por la fuerza —dijo Susan—. Alice, come tú
también las arvejas.
—Ni el débil a
sacarle algo al fuerte por la fuerza —dijo Camden—. Esta es la base de lo que
le oirás decir a Kenzo Yagai esta noche, Leisha.
—No me gustan las
arvejas —dijo Alice.
—A tu cuerpo sí
—replicó Camden—. Son un buen alimento.
Alice sonrió. A
Leisha se le aligeró el corazón: Alice ya no sonreía mucho durante la cena.
—Mi cuerpo no tiene
ningún contrato con las arvejas.
—Sí, lo tiene
—contestó con impaciencia Camden—. Tu cuerpo se beneficia con ellas, así que
come.
La sonrisa de Alice
se desvaneció. Leisha bajó la vista hacia su plato, y repentina-mente se le
ocurrió una salida.
—No, Papá. Mira: el
cuerpo de Alice se beneficia, pero las arvejas ¡no!… de modo que no hay
contrato. ¡Alice tiene razón!
Camden soltó una
carcajada, y dijo a Susan:
—Once años… once.
Hasta Alice sonrió, y
Leisha agitó triunfante su cuchara, que envió reflejos plateados de luz sobre
la pared opuesta.
Pero, aún así, Alice
no quería ir a escuchar a Kenzo Yagai.
Iría a dormir a casa
de su amiga Julie, y se rizarían juntas el cabello. Para mayor sorpresa, Susan
tampoco iría. Ella y Papá se miraron raro al despedirse, pensó Leisha, pero
estaba demasiado excitada para reflexionar sobre eso. Iba a oír a Kenzo Yagai.
Yagai era un hombre pequeño, oscuro y delgado.
A Leisha le gustó su acento. Le gustó, también, algo en él que le llevó un rato
definir.
—Papá —susurró en la
semi oscuridad del auditorio—, es un hombre jovial.
Papá la abrazó.
Yagai habló sobre
economía y espiritualidad:
—La espiritualidad de
un hombre (que es solamente su dignidad como hombre) re-posa sobre su propio
esfuerzo. La dignidad y la valía no las otorga automáticamente un nacimiento
aristocrático; basta mirar la historia para verlo. La dignidad y la valía no las
otorga automáticamente la riqueza heredada; un gran heredero puede ser un
ladrón, un de-rrochador, cruel, explotador, una persona que deja al mundo mucho
más pobre de como lo encontró. Ni la mera existencia confieren la dignidad y la
valía; un asesino en masa existe, pero tiene un valor negativo para su sociedad
y no posee dignidad en su ansia de matar.
No, la única
dignidad, la única espiritualidad descansa sobre lo que un hombre pue-de lograr
con su esfuerzo. Robarle a un hombre la posibilidad de tener logros, y de
inter-cambiar sus logros con los demás, es robarle su dignidad espiritual.
Por eso en nuestro
tiempo ha fracasado el comunismo. Toda coerción, toda fuerza que releve al
hombre de lograr las cosas por su propio esfuerzo, causa un daño espiritual y
debilita a una sociedad. La conscripción, el robo, el fraude, la violencia, la
falta de repre-sentación legislativa, todas ellas roban al hombre su
oportunidad de elegir, de tener sus propios logros, de intercambiar esos logros
con los demás. La coerción es una trampa; no produce nada nuevo. Solamente la
libertad, la libertad de tener logros e intercambiarlos libremente, crea el
entorno adecuado para la dignidad y la espiritualidad del hombre.
Leisha aplaudió tan
fuerte que le dolieron las manos. Cuando iba hacia los camerinos con Papá
sintió que le costaba respirar, ¡Kenzo Yagai!
Pero las bambalinas
estaban más pobladas de lo que esperaba.
Había cámaras por
todas partes.
Papá dijo:
—Señor Yagai, le
presento a mi hija Leisha —y las cámaras se acercaron y la enfo-caron a ella.
Un japonés le dijo algo al oído a Yagai, y él la miró más de cerca.
—¡Ah, sí! —dijo.
—Mira aquí, Leisha
—dijo alguien, y ella obedeció. Una cámara robot se le acercó tanto a la cara
que Leisha retrocedió, sobresaltada. Papá protestó agudamente a uno, luego a
otro. Las cámaras no se movieron. Súbitamente una mujer se arrodilló frente a
Leisha y le acercó un micrófono:
—¿Cómo es no dormir
nunca, Leisha?
—¿Qué?
Alguien rió. No era
una risa amable.
—Criando genios…
Leisha sintió una
mano sobre su hombro. Kenzo Yagai la asió firmemente, apartán-dola de las
cámaras. Inmediatamente, como por arte de magia, se formó una línea de
japo-neses ante Yagai, que se abrió solamente para que pasara Papá. Cubiertos
por esa línea, los tres se dirigieron a un camarín y Kenzo Yagai cerró la
puerta.
—No debes dejar que
te molesten, Leisha —dijo con su maravilloso acento—. Nun-ca. Hay un viejo
proverbio oriental que dice: "Los perros ladran pero la caravana
avanza". No debes dejar que los ladridos de perros groseros o envidiosos
retrasen tu caravana perso-nal.
—No los dejaré
—suspiró Leisha, no muy segura de qué querían decir sus palabras, pero sabiendo
que luego habría tiempo de pensarlo, de charlarlo con Papá. Por ahora estaba
encandilada por Kenzo Yagai, por ver en persona al hombre que estaba cambiando
el mun-do sin violencia, sin armas, intercambiando el resultado de su
particular esfuerzo individual.
—Estudiamos su
filosofía en mi escuela, señor Yagai.
Kenzo Yagai miró a
Papá. Éste dijo:
—Una escuela privada.
Pero la hermana de Leisha también la estudia, aunque su-perficialmente, en el
sistema público. Despacio, Kenzo, pero llega.
Leisha notó que su
padre no explicó por qué Alice no estaba con ellos allí.
Al volver a casa,
Leisha se sentó por horas a pensar en todo lo que había sucedido. Cuando Alice
volvió de casa de Julie a la mañana siguiente, Leisha corrió a su encuentro.
Pero Alice parecía enojada por algo.
—Alice, ¿qué pasa?
—¿No te parece que ya
tengo bastante que soportar en la escuela? —gritó Alice—. ¡Todos lo saben, pero
al menos cuando te estabas tranquila no importaba demasiado! ¡Ha-bían dejado de
molestarme! ¿Por qué tuviste que hacer eso?
—¿Hacer qué?
—preguntó Leisha, azorada.
Alice le arrojó algo:
una copia en papel del periódico de la mañana, con un papel más fino que el del
sistema que usaban los Camden. Cayó abierta a sus pies, y Leisha se quedó
viendo su propia imagen, a tres columnas, junto a Kenzo Yagai. El titular decía:
YAGAI Y EL FUTURO:
¿QUEDA SITIO PARA LOS
DEMAS? INVENTOR DE ENERGIA-Y CONFE-RENCIA CON HIJA "SIN SUEÑO" DEL
MEGAFINANCISTA ROGER CAMDEN.
Alice pateó el papel:
—También estaba en la
televisión anoche… por ¡televisión! ¡Yo me esfuerzo por no resultar estirada o
extraña, y tú haces esto! ¡Ahora Julie probablemente ni me invite a su fiesta
de pijamas la semana próxima! —subió corriendo las amplias escaleras curvas
hacia su habitación.
Leisha bajó la vista
hacia el periódico. Oyó la voz de Kenzo Yagai dentro de su ca-beza: "Los
perros ladran pero la caravana avanza". Miró hacia la escalera vacía y
dijo en voz alta:
—Alice… te queda muy
lindo el pelo así, rizado.
IV
—Quiero conocer a los
demás —dijo Leisha—. ¿Por qué me mantuvieron aparte de ellos tanto tiempo?
—No te mantuve aparte
—respondió Camden—. No ofrecer no es lo mismo que negar. ¿Por qué no habrías de
pedirlo tú? Ahora eres tú quien lo quiere.
Leisha lo miró. Tenía
15 años y estaba en el último curso de la Escuela Sauley.
—¿Por qué no me lo
ofreciste?
—¿Por qué habría de
hacerlo?
—No lo sé —contestó
Leisha—. Pero me diste todo lo demás.
—Incluida la libertad
para pedir lo que quisieras.
Leisha buscó la
contradicción, y la encontró.
—Yo no pedí la mayor
parte de las cosas que me brindaste para mi educación, por-que no sabía lo
bastante como para pedirlas, y tú, como adulto, lo hiciste. Pero nunca me
ofreciste la oportunidad de conocer a ninguno de los otros mutantes insomnes…
—No uses esa palabra
—interrumpió Camden.
—… de modo que o bien
pensaste que no era esencial para mi educación o bien te-nías otro motivo para
no querer que los conociera.
—Falso —dijo Camden—.
Existe una tercera
posibilidad.
Que yo pensara que es
esencial para tu educación conocerlos, que yo lo quisiera, pero que este asunto
ofreciera una oportunidad de fomentar tu iniciativa personal esperando que tú
lo pidieras.
—Muy bien —dijo
Leisha, un poco desafiante; parecía haber muchos desafíos entre ellos
últimamente, sin motivo aparente.
Cuadró los hombros y
adelantó sus pechos nacientes:
—Lo estoy pidiendo.
¿Cuántos insomnes hay, quiénes son y dónde están?
—Si usas ese término
"los insomnes" —respondió Camden—, es que ya has estado leyendo algo
por tu cuenta. De modo que probablemente sepas que hay 1.082 de vosotros hasta
ahora en los Estados Unidos, unos pocos más en el extranjero, la mayoría en
grandes ciudades. Hay setenta y nueve en Chicago, la mayoría niños pequeños.
Sólo diecinueve son mayores que tú.
Leisha no negó haber
leído algo de eso. Camden se inclinó hacia adelante en su silla para mirarla.
Leisha se preguntó si estaría necesitando anteojos; su cabello ya era
totalmente gris, escaso y tieso como solitarias pajas de escoba. El Wall Street
Journal lo incluía entre los cien hombres más ricos de América, y el Women's
Wear Daily señalaba que era el único multimillonario del país que no se movía
en la sociedad de las fiestas internacionales, de los bailes de caridad y los
jets particulares. El jet de Camden lo transportaba a reuniones de negocios por
todo el mundo, a la presidencia del Instituto de Economía Yagai y poco más. Con
los años se había vuelto más rico, más aislado y más cerebral. Leisha sintió
una oleada del viejo afecto.
Se arrojó de costado
en un sillón de cuero, con las largas piernas colgando sobre un apoyabrazos. Se
rascó, distraída, una picadura de mosquito en el muslo. —Bueno, entonces me
gustaría conocer a Richard Keller.
—Vivía en Chicago y
era el insomne del testeo beta más próximo a ella en edad. Tenía 17.
—¿Y por qué
pedírmelo? ¿Por qué no vas directamente?
Leisha sintió una
nota de impaciencia en su voz. Le gustaba que explorara las cosas primero, para
comentarlas con él luego.
Ambas partes eran
importantes.
Leisha rió: —¿Sabes,
Papá?, eres predecible.
Camden rió también.
En medio de las risas entró Susan:
—Por cierto, no lo
es. Roger, ¿qué hay de esa reunión en Buenos Aires el jueves? ¿Se confirma o
no? —Al no tener respuesta, su voz se tornó más aguda:— ¡Roger, te estoy
hablando!
Leisha apartó la
vista. Dos años antes, Susan dejó finalmente la investigación gené-tica para
ocuparse de la casa y la agenda de Camden; antes había intentado
infructuosamen-te hacer las dos cosas. A Leisha le parecía que, desde que
dejara Biotech, Susan había cam-biado. Su voz era más tensa, insistía en que la
cocinera y el jardinero cumplieran sus ins-trucciones al pie de la letra. Su
cabellera rubia se había convertido en rígidas ondas platina-das.
—Confirmada —dijo
Roger.
—Bueno, gracias por
al menos contestarme. ¿Iré yo?
—Si quieres.
—Quiero.
Susan salió. Leisha
se puso de pie y se estiró, levantándose sobre las puntas de los pies.
Era agradable
alzarse, estirarse, sentir que la luz del sol, entrando por los amplios
ventanales, le bañaba la cara. Sonrió a su padre y se encontró con que la
miraba con una expresión inesperada.
—Leisha…
—¿Qué?
—Ve a Keller, pero sé
prudente.
—¿En qué?
Pero Camden no
contestó.
La voz en el teléfono
sonaba evasiva. —¿Leisha Camden? Sí, sé quién eres. ¿El jueves a las tres?
La casa era modesta,
colonial de haría unos treinta años, en una tranquila calle sub-urbana en la
que se podía vigilar desde la ventana a los niñitos que andaban en bicicleta.
Pocos techos tenían más de una célula de energía-Y. Los árboles, enormes viejos
arces, eran hermosos.
—Adelante —dijo
Richard Keller.
No era más alto que
ella, rechoncho, con un feo acné. Probablemente no tenía otras alteraciones
genéticas aparte del sueño, supuso Leisha. Tenía un espeso cabello oscuro, la
frente baja y gruesas cejas negras como cepillos. Antes de cerrar la puerta
Leisha vio que miraba su coche con chófer, estacionado en la entrada junto a
una oxidada bicicleta.
—Todavía no puedo
manejar —dijo ella—. Sólo tengo quince.
—Es fácil aprender
—dijo Keller—. ¿Me dices a qué has venido?
A Leisha le gustó que
fuera tan directo. —A conocer a otro insomne.
—¿Quieres decir que
nunca te encontraste con ninguno de nosotros?
—¿Quieres decir que
todos los demás se conocen? —No se lo esperaba.
—Ven a mi habitación,
Leisha.
Lo siguió hasta el
fondo de la casa, en la que no parecía haber nadie más. Su habita-ción era
amplia y aireada, llena de computadoras y archivadores. En un rincón había un
aparato de remo. Parecía una versión zaparrastrosa del cuarto de cualquier
compañero bri-llante de la Escuela Sauley, excepto porque había más espacio sin
la cama.
Se dirigió a la
pantalla de la computadora.
—¡Vaya!… ¿trabajas en ecuaciones de Boesc?
—En una aplicación.
—¿A qué?
—A patrones
migratorios de peces.
Leisha sonrió: —Sí…
funcionaría. Nunca lo había pensado.
Keller parecía no
saber qué hacer con esa sonrisa. Miró primero a la pared, luego a su barbilla.
—¿Estás interesada en
modelos Gaea?, ¿en el ambiente?
—Bueno, no —confesó
Leisha—. No particularmente. Estudiaré ciencias políticas en Harvard. Derecho.
Pero por supuesto vimos modelos Gaea en la escuela.
Keller logró
finalmente despegar la vista de ella. Se pasó la mano por el oscuro ca-bello y
le dijo:
—Siéntate, si
quieres.
Leisha se sentó,
mirando apreciativamente las láminas de la pared, que mezclaban el verde con el
azul, como corrientes oceánicas.
—Me gustan esos
dibujos, ¿los programaste tú?
—No eres para nada
como te imaginaba —fue la respuesta de Keller.
—¿Cómo habías pensado
que era?
Sin dudar, él
contestó:
—Estirada. Engreída.
Superficial, a pesar de tu cociente intelectual.
Se sintió más dolida
de lo que hubiera esperado. Keller le espetó:
—Eres la única
insomne realmente rica. Pero seguramente lo sabías.
—No, nunca me fijé en
ese punto.
Tomó asiento a su
lado, estirando sus piernas regordetas frente a sí, con una indo-lencia que no
tenía nada que ver con relajarse.
—En realidad tiene
sentido.
La gente rica no hace
modificaciones genéticas a sus hijos para que sean superio-res… piensan que por
ser sus descendientes ya lo serán. Y los pobres no pueden pagárselo. Los
insomnes somos de clase media alta, a lo sumo. Hijos de profesores, científicos,
gente que valora el cerebro y el tiempo.
—Mi padre valora el
cerebro y el tiempo —dijo Leisha—. Es el principal colabora-dor de Kenzo Yagai.
—¡Leisha!, ¿piensas
que no lo sé? ¿Quieres deslumbrarme o qué?
Ella contestó,
intencionadamente: —Estoy conversando contigo. —Pero al minuto siguiente sintió
cómo el dolor alteraba sus facciones.
—Lo siento —murmuró
Keller.
Saltó de la silla y
retrocedió hacia la computadora—. Lo siento. Pero… no entiendo qué haces aquí.
—Me siento sola
—respondió Leisha, para su propia sorpresa.
Lo miró—. Es cierto,
estoy sola. Tengo amigos, y a Papá y a Alice… pero nadie sabe realmente, nadie
entiende… ¿qué?
Ni sé lo que estoy
diciendo.
Keller sonrió. La
sonrisa cambiaba completamente su rostro, lo iluminaba.
—¡Oh, yo sí lo sé!
¿Qué hacer cuando dicen "¡Anoche tuve un sueño tan especial!"?
—¡Sí! —replicó
Leisha—.
Pero eso no es nada…
la cosa es cuando yo digo "Esta noche te lo busco" y me mi-ran con
esa expresión rara que significa "Lo hará mientras yo duermo".
—Aún eso no es nada
—dijo Keller—. La cosa es cuando juegas básquet después de la cena en el
gimnasio y vas por algo para comer y dices "Demos un paseo junto al
lago" y te contestan "Estoy muy cansado. Ya me voy a la cama".
—Pero eso realmente
no es nada —saltó Leisha—. La cosa es cuando estás real-mente absorto en la
película y llegas a un punto en que es tan divinamente hermosa que saltas y
dices "¡Sí, sí!", y Susan dice "Leisha, realmente… crees que
eres la primera persona que disfruta algo".
—¿Quién es Susan?
—dijo Keller.
El encanto estaba
roto. Pero no del todo; Leisha pudo decir "Mi madrastra" sin
sen-tirse muy incómoda respecto a lo que Susan había parecido ser y lo que
resultó. Allí, muy cerca, estaba Keller, sonriendo tan alegremente,
comprendiendo, y repentinamente la inva-dió un alivio tan grande que fue
derecho hacia él y le rodeó el cuello con sus brazos, apre-tándolos recién
cuando notó que se apartaba por la sorpresa. Comenzó a sollozar… ella, Leisha,
que nunca lloraba.
—¡Epa! —dijo
Richard—.
¡Epa!
—Brillante —dijo
riendo Leisha—. Brillante respuesta.
Ella pudo sentir su
sonrisa incómoda: —¿Prefieres ver mis curvas de migración de peces?
—No —sollozó Leisha,
y él continuó sosteniéndola, palmeándole la espalda, di-ciéndole sin palabras
que estaba en su hogar.
Camden la esperaba,
aunque era más de medianoche. Había estado fumando mucho. Le dijo pausadamente
tras el aire azulado:
—¿La pasaste bien,
Leisha?
—Sí.
—Me alegro —dijo él,
apagando su último cigarrillo, y subió la escalera, lentamente y algo rígido,
pues tenía cerca de setenta ya, rumbo a la cama.
Por casi un año
fueron a todas partes juntos: a nadar, a bailar, a los museos, al teatro, a la
biblioteca. Richard le presentó a los otros, un grupo de doce muchachos entre
catorce y diecinueve, todos inteligentes y vivaces. Todos insomnes.
Leisha aprendió.
Los padres de Tony,
como los suyos, se habían divorciado. Pero él, de catorce años, vivía con su
madre, quien no había querido especialmente un niño insomne, mientras su padre
que sí lo quería había adquirido un hovercar rojo y una amiguita joven que diseñaba
sillas ergonómicas en París. Tony tenía prohibido decirle a nadie —ni a
parientes o compa-ñeros de escuela— que era insomne. "Te considerarían un
monstruo", decía su madre, evi-tando mirarlo a la cara. La única vez que
la desobedeció recibió una paliza y se mudaron a otro barrio. Tenía entonces
nueve años.
Jeanine, casi tan
delgada y zanquilarga como Leisha, se estaba entrenando en pati-naje sobre
hielo para las Olimpíadas.
Practicaba doce horas
al día, cosa que nunca podría hacer un durmiente que aún asistiera a la
escuela. Todavía el periodismo no se había enterado. Jeanine temía que, si lo
hacían, de algún modo le impedirían competir.
Jack, como Leisha,
entraría a la universidad en setiembre. A diferencia de Leisha, ya había
comenzado su carrera. La práctica del derecho debía esperar a que terminara sus
estudios; la práctica de las finanzas sólo requería dinero. Jack no tenía
mucho, pero sus precisos análisis convirtieron $600 ahorrados de trabajos
veraniegos en $3.000 con inver-siones en la bolsa de valores, luego en $10.000,
y entonces tenía suficiente como para poder especular con datos.
Jack tenía quince, lo
cual significaba que era demasiado joven para hacer inversiones legalmente, de
modo que las transacciones se hacían a nombre de Kevin Baker, el mayor de los
insomnes, que vivía en Austin. Jack le contaba a Leisha:
—Cuando alcancé una
ganancia del 84% en dos trimestres consecutivos, los analis-tas de datos me
detectaron. Sólo estaban husmeando. Bueno, era su trabajo; aunque los montos
totales fueran realmente pequeños. Lo que les llama la atención son los
patrones. Si se toman el trabajo de relacionar bancos de datos y se topan con
que Kevin es un insomne, ¿tratarán de impedirnos de algún modo invertir?
—Eso es paranoia
—dijo Leisha.
—No, no lo es —dijo
Jeanine—. Leisha, no sabes.
—Quieres decir porque
he estado protegida por el dinero y los cuidados de mi padre —replicó Leisha.
Nadie sonrió; confrontaban sus ideas abiertamente, sin alusiones veladas. Sin
sueños.
—Sí —dijo Jeanine—.
Tu padre suena terrible. Y te educó para creer que no deben ponerse trabas en
el camino del progreso… ¡Jesús, es un yagaísta!
Bueno, pues nos
alegramos por ti —lo dijo sin sarcasmo, y Leisha asintió—. Pero no siempre el
mundo es así. Nos odian.
—Eso es demasiado
fuerte —dijo Carol—. No es odio.
—Bueno, puede ser
—asintió Jeanine—. Pero son diferentes de nosotros. Somos mejores, y
naturalmente se resienten.
—No veo qué tiene de
natural —dijo Tony—. ¿No sería igual de natural admirar lo que es mejor? Eso
hacemos nosotros. ¿Alguno siente resentimiento hacia Kenzo Yagai por su genio?
¿O hacia Nelson Wade, el físico? ¿O hacia Catherine Raduski?
—No nos resentimos
porque somos mejores —dijo Richard—.
Y con esto queda
demostrado.
—Lo que deberíamos
hacer es tener nuestra propia sociedad —dijo Tony—. ¿Por qué permitir que sus
regulaciones restrinjan nuestro progreso natural y honesto? ¿Por qué deben
impedirle a Jeanine competir con ellos y a Jack invertir en sus propios
términos por-que somos insomnes?
Algunos de ellos son
más brillantes que otros. Algunos son más persistentes. Bueno, nosotros tenemos
más concentración, más estabilidad bioquímica y más tiempo. Los hom-bres no son
creados iguales.
—Sé justo, Jack;
nadie nos ha impedido nada todavía —dijo Jeanine.
—Pero lo harán.
—Espera —dijo
Jeanine. La conversación la perturbaba profundamente—. Quiero decir, sí, en
muchos sentidos somos mejores. Pero estás citando fuera de contexto. La
De-claración de la Independencia no dice que todos los hombres sean iguales en
capacidades. Habla de derechos y posibilidades; significa que son iguales ante
la ley. No tenemos mayor derecho a una sociedad separada o a estar libres de
restricciones sociales que cualquier otro. No existe otra forma de intercambiar
libremente los resultados del esfuerzo propio más que el que se apliquen a
todos las mismas reglas.
—Hablas como una
auténtica yagaísta —dijo Richard, estrujándole la mano.
—Ya son demasiadas
discusiones intelectuales para mí —dijo riendo Carol—. He-mos estado horas con
esto. ¡Por Dios, estamos en la playa! ¿Quién quiere nadar conmigo?
—Yo —dijo Jeanine—.
Vamos, Jack.
Todos se levantaron,
sacudiéndose la arena, dejando los anteojos de sol. Richard hi-zo poner de pie
a Leisha. Pero justo antes de que corrieran hacia el agua Tony le puso una
flaca mano sobre el brazo:
—Otra pregunta,
Leisha. Sólo para que lo pienses. Si logramos más que otros, y ha-cemos
intercambio con los durmientes cuando es mutuamente beneficioso, no haciendo
distinciones entre el fuerte y el débil, ¿qué obligación tenemos hacia aquellos
tan débiles que no tienen nada para intercambiar con nosotros? Vamos a dar ya
más de lo que recibi-mos, ¿tendremos que llegar a no recibir nada a cambio?
¿Tenemos que cuidar a los defor-mados, discapacitados, enfermos, perezosos e
inútiles de ellos con el producto de nuestro trabajo?
—¿Deben hacerlo los
durmientes? —replicó Leisha.
—Kenzo Yagai diría
que no.
Él es durmiente.
—Él diría que
recibirán los beneficios del intercambio contractual aún cuando no sean parte
directa del contrato. Todo el mundo está mejor alimentado y más sano gracias a
la energía.
—¡Vengan! —gritó
Jeanine—.
¡Leisha, me hunden!
¡Jack, basta! ¡Leisha, ayúdame!
Leisha rió. Justo
antes de ir por Jeanine, captó la mirada de Richard, y la de Tony: Richard
gozoso, Tony enojado. Con ella, pero, ¿por qué? ¿Qué había hecho, sino
argumen-tar en favor de la dignidad y el intercambio?
Entonces Jack le
arrojó agua, y Carol empujó a Jack hacia las tibias olas, y Richard la rodeaba
con sus brazos, riendo.
Cuando se sacó el
agua de los ojos, Tony se había ido.
Medianoche.
—Muy bien —dijo
Carol—, ¿quién será el primero?
En el claro entre los
arbustos, los seis adolescentes se miraron. Una lámpara Y, a baja potencia para
crear atmósfera, lanzaba sombras fantasmagóricas sobre sus rostros y sus
desnudas piernas. Los árboles de Roger Camden se alzaban espesos y oscuros en torno,
formando una barrera entre ellos y los edificios más cercanos de la casa.
Hacía mucho calor. El
aire de agosto era pesado. Habían votado en contra de traer un campo-Y de aire
acondicionado, porque se trataba de un retorno a lo primitivo, a lo peli-groso;
y primitivo sería.
Seis pares de ojos se
clavaron en el vaso que sostenía Carol.
—Vamos —dijo—. ¿Quién
quiere beber? —Hablaba despreocupadamente, teatral-mente alto—. Fue bastante
difícil conseguir esto.
—¿Cómo lo lograste?
—preguntó Richard, que era, sin contar a Tony, el miembro del grupo con menos
contactos familiares y menos dinero—. ¡Y en forma bebible!
—Mi primo Brian es
proveedor de farmacia del Instituto Biotech. Y es curioso. —Hubo señales de
asentimiento en el círculo; excepto Leisha, eran insomnes precisamente porque
tenían parientes relacionados de algún modo con Biotech. Y todos eran curiosos.
El vaso contenía interleukin-1, un reforzador del sistema inmune, una de las
muchas sustancias que como efecto colateral inducían al cerebro a un sueño
rápido y profundo.
Leisha se quedó
mirando el vaso. Sintió que le subía un calor en el bajo vientre, no muy
distinto del que sentía cuando ella y Richard hacían el amor.
Tony dijo: —¡Dámelo!
Carol lo hizo.
—Recuerda que sólo
necesitas un sorbito.
Tony se llevó el vaso
a la boca, se detuvo, los miró desafiante por sobre el borde del vaso y bebió.
Carol tomó de vuelta
el vaso.
Todos vigilaron a
Tony. En un minuto se tendía en el desnudo suelo; en dos cerraba los ojos,
dormido.
No era como mirar
dormir a los padres, a los hermanos, a amigos. Era Tony. Apar-taron la vista,
de él y de los demás.
Leisha sintió que el
calor en su entrepierna hormigueaba, casi obsceno.
Cuando fue su turno,
bebió lentamente, luego pasó el vaso a Jeanine. Comenzó a sentir la cabeza
pesada, como rellena de estopa húmeda. Los árboles que bordeaban el claro se
hicieron borrosos. La lámpara también… ya no era brillante y clara sino sucia y
salpicada; si la tocaba, mancharía. Luego la oscuridad invadió su cerebro,
llevándoselo: llevándose su mente. Trató de llamar "¡Papá!", para que
la retuviera, pero entonces la oscuridad la cubrió.
Todos tuvieron dolor
de cabeza después. Arrastrarse entre los bosques en la tenue luz matinal fue
una tortura, mezclada con una extraña vergüenza. No se tocaron. Leisha caminaba
lo más lejos posible de Richard. Pasó un día hasta que desaparecieron las punta-das
de la base de su cráneo y las náuseas de su estómago.
Ni siquiera habían
soñado.
—Quiero que vengas
conmigo esta noche —dijo Leisha por décima o undécima vez—. En sólo dos días
nos vamos a la universidad; es la última oportunidad. Realmente quiero que
conozcas a Richard.
Alice estaba de
bruces sobre su cama. El cabello, castaño y opaco, le caía sobre la cara.
Vestía un caro mono
de seda amarilla, de Ann Patterson, que se plegaba en frunces sobre sus
rodillas.
—¿Por qué? ¿Qué te
importa que lo conozca o no?
—Porque eres mi
hermana —dijo Leisha. Se cuidó mucho de no decir "melliza". Nada
enojaba tanto a Alice.
—No quiero. —Al
momento el rostro de Alice cambió—. ¡Oh!, lo siento, Leisha… no quise parecer
tan irritada. Pero… pero no quiero.
—No a todos, sólo a
Richard.
Y sólo por una hora
más o menos.
Luego te vuelves y
empacas para ir a la Universidad del Noroeste.
—No voy a la
Universidad.
Leisha se quedó
mirándola.
—Estoy embarazada
—dijo Alice.
Leisha se sentó en la
cama.
Alice giró sobre su
espalda, se apartó el cabello de los ojos y rió. Leisha trató de no escucharla.
—¡Mírate! —dijo
Alice—. Se podría pensar que la embarazada eres tú. Pero no lo estarás, ¿verdad
Leisha?, no antes de lo conveniente. No tú.
—¿Y cómo? —preguntó
Leisha—. Ambas tenemos los casquetes…
—Me lo hice sacar
—dijo Alice.
—¿Querías
embarazarte?
—¡Maldición, sí! Y
Papá no puede hacer nada al respecto.
Excepto, por
supuesto, cortarme el crédito totalmente, pero no creo que lo haga, ¿y tú?
—volvió a reír—. Ni siquiera tratándose de mí.
—Pero Alice… ¿por
qué? ¡No será sólo para enojar a Papá!
—No —dijo Alice—.
Hasta tú podrías suponerlo, ¿o no? Es porque quiero tener al-go que amar. Algo
propio. Algo que no tenga nada que ver con esta casa.
Leisha pensó en ella
y Alice corriendo por el invernadero, años atrás, ella y Alice entrando y
saliendo de la luz.
—No fue tan malo
crecer en esta casa.
—Leisha, eres
estúpida. No sé cómo alguien tan despierto puede ser tan estúpido. ¡Sal de mi
habitación! ¡Fuera!
—Pero Alice… un bebé…
—¡Vete! —gritó
Alice—.
¡Vete a Harvard, a
tener éxito!
¡Sal de aquí!
Leisha saltó de la
cama.
—¡Con gusto! Eres
irracional, Alice. No piensas en el futuro, no planificas un be-bé…
—Pero nunca podía
mantener el enojo. Éste se esfumó, dejando su mente vacía. Mi-ró a Alice, quien
repentinamente extendió los brazos, y se arrojó en ellos.
—Tú eres el bebé
—dijo Alice encantada—. Tú lo eres.
Eres tan… no sé qué.
Eres un bebé.
Leisha no dijo nada.
Se sentía tibia en los brazos de Alice, se sentía completa, como dos niñitas
entrando y saliendo de la luz.
—Yo te ayudaré,
Alice. Si Papá no lo hace.
Alice la empujó
abruptamente:
—No necesito tu
ayuda.
Se quedó parada.
Leisha frotó sus brazos vacíos, con los dedos aferrados al codo opuesto. Alice
pateó la maleta vacía y abierta que se suponía debía empacar para ir a la
Universidad, y repentinamente sonrió, con una sonrisa que hizo que Leisha
apartara la vista. Se preparó para más agresiones. Pero lo que Alice dijo fue:
—Que la pases bien en
Harvard.
V
Le encantó Harvard.
A la primera vista
del Massachusetts Hall, medio siglo más viejo que los Estados Unidos, Leisha
sintió algo que le había estado faltando en Chicago: tiempo, raíces,
tradi-ción. Tocó los ladrillos de la Biblioteca Widener, las vitrinas del Museo
Peabody, como si fueran el grial. Nunca había sido particularmente sensible al
mito o al drama; la angustia de Julieta le parecía artificial, la de Willy
Loman una pérdida de tiempo.
Sólo el Rey Arturo,
luchando por crear un orden social mejor, le había interesado. Pero ahora,
caminando bajo los enormes árboles otoñales, percibió un destello de una fuerza
que podía abarcar generaciones, fortunas legadas para fomentar aprendizajes y logros
que los benefactores nunca verían, el esfuerzo individual expandiéndose y dando
forma a los siglos por venir. Se detuvo y miró el cielo por entre las hojas,
miró los edificios delibe-radamente sólidos. En ese momento pensó en Camden,
torciendo la voluntad de todo un instituto de investigaciones genéticas para
crearla a ella a imagen de lo que deseaba.
En un mes se había
olvidado de semejantes disquisiciones.
El volumen de trabajo
era increíble, aún para ella. En la Escuela Sauley fomentaban la exploración
individual a su propio ritmo; en Harvard sabían lo que querían de ella, y
marcaban el ritmo. En los últimos veinte años, bajo la dirección académica de
un hombre que en su juventud había presenciado consternado la dominación
económica japonesa, Har-vard se había convertido en controvertido líder de un
retorno al duro aprendizaje de los hechos, las teorías, las aplicaciones, la
resolución de problemas, la eficiencia intelectual. La escuela aceptaba una de
cada doscientas solicitudes de inscripción llegadas de todo el mun-do. La hija
del Primer Ministro Británico había fracasado en su primer año y la habían
mandado de vuelta a casa.
Leisha tenía una
habitación individual en un nuevo dormitorio. En un dormitorio porque había
pasado tantos años aislada en Chicago que estaba ansiosa de compañía, pero
individual para no molestar a nadie cuando trabajaba toda la noche. En su
segundo día, un muchacho del corredor de abajo se dejó caer en su habitación y
se encaramó en el borde de su escritorio.
—Así que tú eres
Leisha Camden.
—Sí.
—Dieciséis años.
—Casi diecisiete.
—Y nos superarás a
todos, tengo entendido, sin siquiera intentarlo.
A Leisha se le borró
la sonrisa. El muchacho la miraba por debajo de un entrecejo fruncido y
sonreía, con los ojos muy brillantes. Leisha había aprendido de Richard, Tony y
los otros a reconocer la bronca disimulada.
—Sí —contestó
fríamente Leisha—, eso haré.
—¿Estás segura? ¿Con
tu cabello de niñita linda y tu cerebro de niñita mutante?
—¡Déjala en paz,
Hannaway!
—dijo otra voz. Un
alto muchacho rubio, tan delgado que sus costillas parecían on-ditas en arena
dorada, apareció en vaqueros y descalzo, secándose el cabello—. ¿No te can-sas
de andar por ahí como un imbécil?
—¿Y tú? —dijo
Hannaway. Dejó el escritorio y se dirigió a la puerta. El rubio se apartó, y
Leisha se interpuso.
—La razón por la que
voy a superarlos —dijo tranquilamente— es que tengo ciertas ventajas.
Incluyendo no dormir. De modo que después de "superarlos” con mucho gusto
los ayudaré a estudiar para los exámenes, así también aprueban.
El rubio, secándose
las orejas, rió. Pero Hannaway se quedó mirándola, mientras aparecía en sus
ojos una expresión que hizo retroceder a Leisha. La empujó y salió corrien-do.
—Estuvo bien, Camden
—dijo el rubio—. Se lo merecía.
—Pero lo dije en
serio —dijo Leisha—. Lo ayudaré a estudiar.
El rubio bajó la
toalla y la miró fijamente.
—¿En serio?
¿Realmente lo dijo en serio?
—¡Sí! ¿Por qué todos
lo ponen en duda?
—Bueno —dijo el
muchacho—.
Yo no. Puede ayudarme
si me meto en problemas —sonrió repentinamente—. Pero no sucederá.
—¿Por qué no?
—Porque soy tan bueno
en todo como usted, Leisha Camden.
Lo estudió: —No es
uno de los nuestros. No es insomne.
—No lo necesito. Sé
lo que puedo hacer. Hacer, ser, crear, intercambiar.
—¡Eres un yagaísta!
—exclamó ella, encantada.
—¡Por supuesto! —le
tendió la mano—. Stewart Sutter. ¿Qué te parecería una ham-burguesa de pescado
en el Yard?
—Grandioso —dijo
Leisha.
Salieron juntos,
charlando animadamente. Ella trataba de no hacer caso cuando la gente se la
quedaba mirando. Allí estaba, en Harvard, con un mundo que se le abría, con
tiempo para aprender y gente como Stewart Sutter, que la aceptaba y la
estimulaba.
En todas sus horas de
vigilia.
Se absorbió
totalmente en sus estudios. Roger Camden vino una vez, se paseó con ella,
escuchando, sonriendo. Estaba más en su ambiente de lo que ella esperaba:
conocía al padre de Stewart Sutter, al abuelo de Kate Addams. Hablaron de
Harvard, de negocios, de Harvard, del Instituto de Economía Yagai, de Harvard.
Una vez Leisha le preguntó "¿Cómo está Alice?", pero Camden dijo que
no sabía, que se había mudado y no quería verlo. Le hacía llegar una pensión
por su abogado. Dijo todo esto con el rostro sereno.
Leisha fue al Baile
de Bienvenida con Stewart, que también estudiaba el preparato-rio de derecho
pero estaba dos años más adelante. Se fue un fin de semana a París con Kate
Addams y otras dos amigas, tomando el Concorde III. Tuvo una disputa con
Stewart sobre si la metáfora de la superconductividad podía aplicarse al
yagaísmo, una pelea estúpida que ambos sabían que era estúpida pero igual la
tuvieron, y luego se convirtieron en amantes. Tras las torpes exploraciones
sexuales con Richard, Stewart resultaba hábil, experimentado, sonriendo
ligeramente cuando le enseñaba cómo tener un orgasmo por sí sola o con él.
Leisha estaba deslumbrada. "Es tan divertido", dijo, y Stewart la
miró con una ternura que ella sabía que tenía algo de turbación, pero no
entendía por qué.
A mitad de semestre
tenía las notas más altas del primer curso. En los exámenes parciales tuvo bien
todas las respuestas de todas las preguntas. Fue con Stewart a celebrarlo con
una cerveza, y cuando volvieron la habitación de Leisha estaba destruida: la
compu-tadora aplastada, los bancos de datos borrados, los impresos y libros
ardían en un cesto me-tálico de desperdicios. Habían hecho trizas sus ropas y
partido su escritorio. Lo único intac-to era la cama.
Stewart dijo:
—No es posible que
hayan hecho esto en silencio. ¡Todo el mundo en el piso… ca-ray, hasta en el
piso de abajo!, tuvo que enterarse. Alguien llamará a la policía.
Pero nadie lo hizo.
Leisha se sentó en el borde de la cama, ofuscada, mirando lo que quedaba de su
traje de baile. Al día siguiente Dave Hannaway le dirigió una larga y amplia
sonrisa.
Camden voló
nuevamente al este, furioso. Le rentó un departamento en Cambridge con
seguridad electrónica y un guardaespaldas llamado Toshio. Cuando se fue, Leisha
des-pidió al guardaespaldas pero se quedó con el departamento. Les daba a ella
y Stewart más privacidad, que usaban para discutir interminablemente la
situación. Leisha era la que ar-gumentaba que era una aberración, una
inmadurez.
—Siempre hubo odio,
Stewart.
A los judíos, a los
negros, a los inmigrantes, odio a los yagaístas por tener más ini-ciativa y
dignidad. Solamente soy el último objeto de odio. No es nada nuevo, nada
espe-cial. No implica una especie de división básica entre durmientes e
insomnes.
Stewart se incorporó
en la cama y buscó los emparedados en la mesa de luz.
—¿Te parece que no?
Leisha, eres un tipo de persona totalmente diferente, más ade-cuada
evolutivamente, no sólo para sobrevivir sino para predominar.
Todos los demás
"objetos de odio" que nombraste, excepto los yagaístas, eran
secto-res carentes de poder en su sociedad.
Ocupaban posiciones
inferiores.
En cambio vosotros…
los tres insomnes de Derecho en Harvard estáis en la Revista de Derecho.
Todos. Kevin Baker,
el mayor, ya ha fundado una exitosa firma de software para bio-interfase y está
ganando dinero, y mucho.
Todo insomne está
teniendo las máximas calificaciones, ninguno tiene problemas psicológicos,
todos sois sanos… y la mayoría no ha llegado a adulto. ¿Cuánto odio piensas que
encontraréis cuando hayáis conquistado el mundo de las finanzas y los sitios de
privile-gio y la política nacional?
—Dame un emparedado
—dijo Leisha—. He aquí mi evidencia de que estás equi-vocado: tú mismo, Kenzo
Yagai, Kate Addams, el profesor Lane, mi padre. Todo durmien-te que habita el
mundo de los negocios limpios, de los contratos de mutuo beneficio. Y sois la mayoría,
o al menos la mayoría de los que importan.
Creéis que la
competencia entre los más capaces lleva a mejores condiciones de in-tercambio
para todos, fuertes y débiles. Los insomnes están haciendo contribuciones
reales y concretas a la sociedad, en un montón de campos. Eso tiene que
contrapesar las incomo-didades que causamos.
Somos valiosos para
vosotros. Tú lo sabes.
Stewart sacudió las
migas de las sábanas.
—Sí, yo sí. Y los
demás yagaístas.
—Los yagaístas
controlan el mundo de los negocios y de las finanzas y el académi-co. O los
controlarán pronto. Deberían hacerlo en una meritocracia. Subestimas a las
mayo-rías, Stew.
La ética no es
privativa de los que se destacan.
—Espero que tengas
razón —dijo Stewart—. Porque, sabes, estoy enamorado de ti.
Leisha abandonó su
emparedado.
—Alegría —murmuró
Stewart contra su pecho—, tú eres alegría.
Cuando Leisha fue a
su casa para el día de Acción de Gracias, le contó a Richard de Stewart. Él la
escuchó con los labios apretados.
—Un durmiente.
—Una persona —replicó
Leisha—. Una persona buena, inteligente y exitosa.
—¿Sabes lo que han
hecho tus buenos, inteligentes y exitosos durmientes, Leisha? Han eliminado a
Jeanine del patinaje olímpico. Por "alteración genética, análoga al abuso
de esteroides para crear una ventaja no deportiva". Chris Devereaux dejó Stanford:
le hicieron trizas el laboratorio, destruyendo dos años de trabajo en proteínas
de conformación de memoria. La compañía de software de Kevin Baker está
luchando contra una asquerosa campaña, por supuesto clandestina, sobre los
niños que usan software diseñado por "mentes no humanas". Corrupción,
esclavitud mental, influencias satánicas: toda la cantilena de la caza de
brujas. ¡Despierta, Leisha!
El eco de sus
palabras resonó por un momento en ambos. Richard estaba en guardia, como un
boxeador, con los dientes apretados. Finalmente dijo, muy quedo:
—¿Lo amas?
—Sí —respondió
Leisha—, lo siento.
—Es tu elección —dijo
fríamente Richard—. ¿Qué haces mientras duerme? ¿Mirar-lo?
—¡Haces que suene
como una perversión!
Richard no dijo nada.
Leisha respiró hondo. Habló rápido pero con calma, en un to-rrente controlado
de palabras:
—Mientras duerme
Stewart, trabajo. Lo mismo que tú. Richard… no me hagas esto. Yo no quería
herirte. Y no quiero perder al grupo. Creo que los durmientes pertenecen a
nuestra misma especie… ¿vas a castigarme por eso? ¿Vas a sumarte al odio? ¿Vas
a decirme que no puedo pertenecer a un mundo más amplio que incluya a toda la
gente honesta y va-liosa, duerma o no?
¿Vas a decirme que la
división más importante es la genética y no la de la espiritua-lidad económica?
¿Vas a obligarme a hacer una elección artificial, "nosotros" o
"ellos"?
Richard tomó una
pulsera.
Leisha la reconoció:
se la había regalado ella en el verano. Su voz era tranquila:
—No, no es una
elección —jugó un momento con los eslabones, y luego levantó la vista hacia
ella—. No por ahora.
Al comenzar la
primavera, Camden caminaba más lentamente. Tomaba medicinas para la presión,
para el corazón. Él y Susan, le dijo a Leisha, se iban a divorciar.
—Cambió, Leisha,
después que me casé con ella. Tú lo viste.
Era independiente,
productiva, feliz, y en unos años dejó todo y se convirtió en una arpía, en una
arpía quejosa —sacudió la cabeza, genuinamente asombrado—. Tú viste el cambio.
Así era. Un recuerdo
le brotó: Susan planteándoles a ella y Alice "juegos" que en realidad
eran pruebas mentales de control, con sus cabellos bailoteando en torno a sus
ojos alegres. En ese entonces Alice amaba a Susan, tanto como Leisha.
—Papá, quiero la
dirección de Alice.
—Ya te dije en
Harvard que no la tengo —dijo Camden. Se revolvió en su silla, con el gesto
impaciente de un cuerpo que no esperaba el deterioro. En enero había muerto
Ken-zo Yagai de un cáncer de páncreas, y a Camden le había caído muy mal—.
Le paso su pensión
por intermedio de un abogado, por elección de ella.
—Entonces quiero la
dirección del abogado.
Pero el abogado se
negó a decirle dónde estaba Alice.
—No quiere que la
encuentren, señorita Camden. Quiso romper completamente.
—No conmigo —dijo
Leisha.
—Sí —respondió el
abogado, con un cierto brillo en los ojos, el mismo que había visto en los de
Dave Hannaway.
Voló a Austin antes
de regresar a Boston, retrasándose un día en retomar las clases. Kevin Baker la
recibió de inmediato, cancelando una reunión con la IBM. Ella le explicó lo que
necesitaba y él puso a trabajar en ello a sus mejores expertos en redes de
datos, sin de-cirles por qué. En dos horas tenía la dirección de Alice, tomada
de los archivos electrónicos del abogado. Se dio cuenta de que era la primera
vez que recurría a la ayuda de uno de los insomnes, y se la habían brindado
instantáneamente. Sin intercambio.
Alice estaba en
Pennsylvania.
El fin de semana
siguiente Leisha rentó un hovercar con chófer (había aprendido a manejar, pero
sólo autos terrestres) y fue a High Ridge, en los montes Apalaches.
Era un caserío
aislado, a cuarenta kilómetros del hospital más cercano. Alice vivía con un
hombre llamado Ed, un silencioso carpintero veinte años mayor que ella, en una
cabaña en los bosques. Tenía agua corriente y electricidad, pero no red de
noticias. La tierra se veía pelada y desnuda a la luz de comienzos de
primavera, moteada con parches de hielo. Aparentemente Alice y Ed no
trabajaban. Alice estaba embarazada de ocho meses.
—No te quería aquí
—le dijo a Leisha—. ¿Por qué viniste?
—Porque eres mi
hermana.
—¡Dios, mírate! ¿Es
eso lo que usan en Harvard?, ¿esas botas? ¿Desde cuando si-gues la moda,
Leisha? Siempre estuviste demasiado ocupada siendo una intelectual para
preocuparte por la ropa.
—¿Qué es todo esto
Alice?
¿Por qué estás aquí?,
¿qué haces?
—Vivo —dijo Alice—.
Lejos del querido Papá, lejos de Chicago, lejos de la borra-cha y quebrada
Susan… ¿sabías que bebe? Igualito que Mamá. Hace eso con la gente, pero no a
mí.
Yo me salí. Me
pregunto si tú lo harás algún día.
—¿Salir? ¿Para esto?
—Soy feliz —dijo
enojada Alice—. ¿No se supone que de eso se trata? ¿No es ese el objetivo de
vuestro gran Kenzo Yagai, la felicidad por el esfuerzo individual?
Leisha pensó en decir
que no veía que Alice hiciera ningún esfuerzo. Pero no lo dijo. Una gallina
cruzó corriendo el patio de la cabaña. Detrás, se alzaban las Montañas Great
Smoky por sobre una bruma azul. Leisha pensó en cómo sería el lugar en invierno:
aislado del mundo en el que la gente luchaba por sus metas, aprendía, cambiaba.
—Me alegra que seas
feliz, Alice.
—¿Tú lo eres?
—Sí.
—Entonces también me
alegro —dijo, casi desafiante, Alice.
Y al minuto siguiente
abrazó abruptamente a Leisha, con fiereza, aplastando entre ellas el gran bulto
de su vientre. Su cabello tenía un perfume dulce, como el césped fresco del
atardecer.
—Volveré a visitarte,
Alice.
—No lo hagas —dijo
Alice.
VI
MUTANTE INSOMNE RUEGA
QUE ANULEN ALTERACION GENETICA, proclamaba el titular en el Mercado. "¡POR
FAVOR, DÉJENME DORMIR COMO LA GENTE VERDADERA!" PIDE UNA NIÑA.
Leisha tecleó su
número de crédito y ordenó al kiosco una impresión, aunque solía ignorar los
diarios electrónicos. El encabezado siguió dando vueltas.
Un empleado del
Mercado dejó de apilar cajas en estantes y la miró. Bruce, el guar-daespaldas
de Leisha, miró al empleado.
Ella tenía veintidós
años, cursaba el último año de Leyes en Harvard, dirigía la Re-vista de Leyes y
era la primera de su clase. Los tres siguientes eran Jonathan Cocchiara, Len
Carter y Martha Wentz, todos insomnes.
Una vez en su
departamento, hojeó el impreso. Luego conectó con la red del Grupo, en Austin.
Los archivos tenían
más noticias sobre la niña, con comentarios de otros insomnes, pero antes de
que pudiera llamarlos apareció la voz de Kevin Baker en la línea.
—Leisha, me alegra
que llamaras. Estaba por hacerlo yo.
—¿Cuál es la
situación de esta Stella Bevington, Kev? ¿Alguien ha averiguado?
—Randy Davies. Es de
Chicago, pero no creo que lo conozcas, todavía está en la escuela.
Él está en Park Ridge
y Stella en Skokie. Los padres no quisieron hablar con él (de hecho lo trataron
bastante mal) pero se las arregló para ver a Stella.
No parece un caso de
maltrato, sólo la estupidez habitual: los padres querían un hijo genio,
ahorraron y juntaron, y ahora no pueden acostumbrarse a lo que es. Le gritan
que duerma, la tratan mal de palabra cuando los contradice, pero por ahora no
hay violencia física.
—¿Pueden iniciarse
acciones legales por maltrato emocional?
—No creo que deseemos
dar ese paso todavía. Dos de los nuestros se mantendrán en contacto con Stella
(no tiene módem, y no les dijo a los padres de la red) y Randy infor-mará una
vez por semana.
Leisha se mordió el
labio.
—Un diario dice que
tiene siete años.
—Sí.
—Puede que no deba
quedarse allí. Y tengo residencia en Illinois, puedo presentar una demanda por
malos tratos desde aquí si Candy tiene mucho que hacer… —Siete años.
—No. Esperemos un
poco. Probablemente Stella estará bien.
Tú lo sabes.
Lo sabía. Casi todos
los insomnes seguían estando "bien” por más oposición que encontraran de
parte del sector estúpido de la sociedad. Y sólo era el sector estúpido, se
dijo Leisha; una minoría pequeña pero ruidosa. La mayor parte de la gente podía
aceptar la presencia creciente de los insomnes, y lo hacía, desde que quedó
claro que esta presencia no sólo implicaba mayor potencial sino también
beneficios crecientes para todo el país.
Kevin Baker, quien
tenía ahora veintiséis años, había hecho una fortuna con micro-chips tan
revolucionarios que la Inteligencia Artificial, antes un sueño dudoso, estaba
cada año más cerca de convertirse en realidad. Carolyn Rizzolo había ganado el
Premio Pulitzer de teatro con su obra Luz Matinal. Tenía veinticuatro. Jeremy
Robinson había hecho un trabajo interesante en aplicaciones de la
superconductividad cuando aún era estudiante de Stanford. William Thaine, quien
dirigía la Revista de Leyes cuando Leisha entró a Harvard, ahora se dedicaba a
la práctica privada. Nunca había perdido un caso. Tenía veintiséis, y ya estaba
tomando casos importantes. Sus clientes tenían en cuenta su habilidad y no su
edad.
Pero no todos
reaccionaban así.
Kevin Baker y Richard
Keller habían iniciado la red que conectaba a los insomnes en un estrecho
grupo, siempre al tanto de las luchas de los demás. Leisha Camden financiaba
las batallas legales, los gastos de educación de los insomnes cuyos padres no
podían costearlos, el apoyo a niños en malas situaciones emocionales. Rhonda
Lavelier obtuvo una licencia de madre sustituta en California, y siempre que
fuera posible el Grupo maniobraba para que le asignaran a los pequeños insomnes
que debían ser separados de sus padres. El Grupo tenía ahora tres abogados
matriculados, y el año siguiente tendrían cuatro más, regis-trados en cinco
estados diferentes.
La única vez que no
pudieron sacar legalmente a un niño maltratado lo secuestraron.
Era Timmy De Marzo,
de cuatro años. Leisha se había opuesto a esa acción. Arguyó desde el punto de
vista moral y el práctico (ambos eran lo mismo para ella), que si creían en su
sociedad, en sus leyes fundamentales y en su propia capacidad para pertenecer a
ésta como individuos productivos libres de contratar, debían atenerse a las
leyes contractuales de la propia sociedad. Los insomnes eran, en su mayor
parte, yagaístas, y entonces debían saber esto. Y si los pescaba el FBI la
justicia y la prensa los crucificarían.
No los pescaron.
Timmy De Marzo —quien
todavía no podía pedir ayuda por la red, por lo que cono-cieron su situación a
través del rastreo automático de informes policiales que mantenía Ke-vin por
medio de su compañía— fue sustraído de su propio patio trasero en Wichita. Había
pasado el último año en un aislado remolque en Dakota del Norte, aunque nada
era lo bas-tante aislado como para no tener módem. Lo cuidaba una madre
sustituta legalmente irre-prochable que había pasado allí toda su vida. Era la
prima segunda de un insomne, una mu-jer gorda y alegre, con más cerebro de lo
que aparentaba. Era yagaísta. No había ningún registro de la existencia del
niño en los bancos de datos: ni del Servicio de Recaudación Impositiva, ni de
las escuelas, ni siquiera en el registro computarizado de compras del al-macén
local. La comida específica para el niño se enviaba mensualmente con un camión
propiedad de insomnes de State College, Pennsylvania.
Diez integrantes del
Grupo sabían del secuestro, sobre 3.428 nacidos en los Estados Unidos.
De este total, 2.691
integraban el Grupo, vía la red. Otros 701 eran todavía dema-siado pequeños
para usar un módem. Sólo 36 insomnes, por alguna razón, no eran parte del
Grupo.
Tony Indivino arregló
el secuestro.
—Es de Tony que
quería hablarte —le dijo Kevin—. Empezó de nuevo. Esta vez está decidido. Está
comprando tierras.
Leisha dobló
cuidadosamente el diario y lo dejó sobre la mesa.
—¿Dónde?
—En las Montañas
Allegheny, al sur del Estado de Nueva York.
Muchas tierras. Está
urbanizando ahora. En primavera empieza con los edificios.
—¿Sigue financiándolo
Jennifer Sharifi? —Era la hija, nacida en América, de un príncipe árabe que
había querido un hijo insomne. El príncipe había muerto y Jennifer, de ojos
oscuros y políglota, era más rica de lo que nunca sería Leisha.
—Sí. Está empezando a
tener seguidores, Leisha.
—Lo sé.
—Llámalo.
—Lo haré. Manténme
informada sobre Stella.
Trabajó hasta
medianoche en la Revista de Leyes, luego hasta las cuatro de la mañana
preparando sus clases. De cuatro a cinco atendió asuntos legales del Grupo. A
las cinco llamó a Tony, todavía en Chicago. Había terminado la escuela, cursado
un semestre en la Universidad del Noroeste, y finalmente había explotado contra
su madre por obligarlo a vivir como un durmiente. A Leisha le parecía que la
explosión no terminaba nunca.
—¿Tony?, Leisha.
—Las respuestas son
sí, sí, no y vete al diablo.
Leisha apretó los
dientes.
—Muy bien. Ahora dime
las preguntas.
—¿Planteas en serio
lo de que los insomnes creen su propia sociedad autosuficiente? ¿Quiere
Jennifer financiar un proyecto tan grande como la construcción de una pequeña
ciudad? ¿No crees que tira por tierra todo lo que puede lograrse mediante la
paciente inte-gración del Grupo al conjunto? ¿Y qué se hace con las
contradicciones de vivir en una ciu-dad armada restringida y aún así tener
intercambio con el exterior?
—Yo nunca te mandaría
a ti al diablo.
—Un hurra por ti
—dijo Tony, añadiendo luego:— Lo siento. Eso suena como uno de ellos.
—Es malo para
nosotros, Tony.
—Gracias por no decir
que no pude evitarlo.
Ella se preguntó si
era así.
—No somos especies
diferentes.
—Díselo a los
durmientes.
—Exageras. Hay
quienes odian por ahí, siempre hay quienes odian, pero abando-nar…
—No estamos
abandonando. Todo lo que creamos puede ser intercambiado libre-mente: software,
hardware, novelas, información, teorías, consejos legales.
Podemos entrar y
salir. Pero tendremos un lugar seguro a donde volver. Sin sangui-juelas que
creen que les debemos nuestra sangre porque somos mejores.
—No es cuestión de
deudas.
—¿En serio? —dijo
Tony—.
Aclaremos esto,
Leisha. A fondo.
Tú eres yagaísta, ¿en
qué crees?
—Tony…
—Dilo —dijo Tony, con
un tono que le recordó al chico de catorce años que era cuando Richard los
presentó. Al mismo tiempo vio la cara de su padre; no como era ahora, después
del by-pass, sino como había sido cuando ella era niña y la sentaba en su regazo
para explicarle que ella era especial.
—Creo en el
intercambio voluntario para beneficio mutuo.
Que la dignidad
espiritual proviene de mantenerse con el esfuerzo propio, y del in-tercambio
del resultado de esos esfuerzos en cooperación mutua extendida a toda la
socie-dad. Que el símbolo de todo esto es el contrato. Y que nos necesitamos
los unos a los otros para un intercambio más completo y beneficioso.
—Bien —espetó Tony—.
Pero, ¿qué dices de los mendigos en España?
—¿Los qué?
—Caminas por la calle
en un país pobre, como España, y ves un mendigo. ¿Le das un dólar?
—Probablemente.
—¿Por qué? No está
intercambiando nada contigo. No tiene nada para cambiar.
—Lo sé. Por
amabilidad. Por compasión.
—Ves seis mendigos.
¿A todos les das un dólar?
—Probablemente —dijo
Leisha.
—Lo harías. Ves cien
mendigos y no tienes la fortuna de Leisha Camden… ¿A to-dos les das un dólar?
—No.
—¿Por qué?
Leisha se armó de
paciencia.
Poca gente podía
hacerla desear interrumpir una comunicación.
Tony era uno de
ellos.
—Reduciría demasiado
mis recursos. Mi vida tiene prioridad en cuanto a los recur-sos que obtengo.
—Muy bien. Ahora
considera esto: en el Instituto Biotech (donde tú y yo comenza-mos, mi querida
pseudo hermana) la doctora Melling ayer…
—¿Quién?
—La doctora Susan
Melling. ¡Oh, Dios!, me había olvidado… ¡Estuvo casada con tu padre!
—La perdí de vista
—dijo Leisha—. No me enteré de que había vuelto a la investi-gación. Alice
dijo… no importa. ¿Qué pasa en Biotech?
—Dos hechos
cruciales, que acaban de difundir. Hicieron el análisis genético fetal a Carla
Dutcher. El gen de insomnes es dominante. La próxima generación del grupo
tampoco dormirá.
—Ya todos lo sabíamos
—dijo Leisha. Carla Dutcher era la primera insomne emba-razada. Su esposo era
durmiente—. Todo el mundo esperaba eso.
—Pero para la prensa
de todos modos será un regalo de los dioses. Imagina: ¡CRIA DE MUTANTES! ¡NUEVA
RAZA PUEDE DOMINAR LA NUEVA GENERACION!
Leisha no lo negó.
—¿Y el segundo?
—Es triste, Leisha.
Acabamos de tener nuestro primer muerto.
Se le encogió el
estómago:
—¿Quién?
—Bernie Kuhn, de
Seatle —ella no lo conocía—. Un accidente automovilístico. Pa-rece bastante
claro: perdió el control en una curva pronunciada al fallarle los frenos.
Llevaba sólo unos meses de conducir, tenía diecisiete. Pero lo significativo
aquí es que los padres donaron su cuerpo y su cerebro a Biotech conjuntamente
con la Escuela de Medicina de Chicago. Lo disecarán para poder ver por primera
vez los efectos sobre el cuerpo y el cere-bro de la falta prolongada de sueño.
—Hacen lo correcto
—dijo Leisha—. Pobre chico. ¿Pero qué temes que encuentren?
—No lo sé. No soy
médico.
Pero sea lo que sea,
si los cultores del odio pueden usarlo en nuestra contra lo harán.
—Estás paranoico,
Tony.
—Imposible. Los
insomnes tenemos personalidades calmas y más conectadas con la realidad de lo
corriente. ¿No lees la literatura sobre el tema?
—Tony…
—¿Que tal si caminas
por esa calle de España y un centenar de mendigos quieren cada uno un dólar y
tú dices que no y ellos no tienen nada que intercambiar contigo pero están tan
corroídos por la ira por lo que tú tienes que te atacan, te lo sacan y te golpean
por mera envidia y desesperanza?
Leisha no contestó.
—¿Dirás que no es una
actitud humana, Leisha? ¿Que nunca sucede?
—Sucede —contestó
Leisha serenamente—. Pero no tan seguido.
—Una mierda. Lee más
historia. Lee más periódicos. Pero el asunto es: ¿qué hace un buen yagaísta que
cree en los contratos de mutuo beneficio con la gente que no tiene nada que
intercambiar y solamente puede recibir?
—Tú no eres…
—¿Qué, Leisha? En los
términos más objetivos que puedas aplicar, ¿qué les debe-mos a los necesitados
ávidos y no productivos?
—Lo que dije
originalmente: amabilidad, compasión.
—¿Aunque no la
retribuyan? ¿Por qué?
—Porque… —se detuvo.
—¿Por qué? ¿Por qué
los seres humanos productivos y respetuosos de las leyes de-berían algo a los
que no producen mucho ni respetan las leyes? ¿Qué justificación filosófica,
económica o espiritual existe para deberles algo? Sé tan honesta como conozco
que eres.
Leisha puso su cabeza
entre las rodillas. La pregunta la superaba, pero no trató de evadirla.
—No lo sé. Sólo sé
que es así.
—¿Por qué?
Ella no contestó.
Tras una pausa, lo hizo Tony. Había desaparecido de su voz el desafío
intelectual. Dijo, casi tiernamente: —Ven en la primavera a ver el
emplazamiento de Santuario. La construcción estará adelantada para entonces.
—No —dijo Leisha.
—Me complacería.
—No. El camino no es
un retiro armado.
—Los mendigos se
están volviendo más agresivos, Leisha —dijo Tony—. A medida que los insomnes se
hacen más ricos, y no me refiero a dinero.
—Tony… —dijo ella, y
se detuvo. No podía pensar en nada que decir.
—No andes mucho por
las calles armada sólo con las obras de Kenzo Yagai.
En marzo, un marzo de
frío cortante con vientos que bajaban por el río Charles, Ri-chard Keller llegó
a Cambridge. Hacía cuatro años que Leisha no lo veía. No le avisó que venía por
la red del Grupo. Ella bajaba apurada por la acera de su casa, arropada hasta
los ojos en un echarpe rojo para protegerse del frío helado, y lo encontró
parado ante la puerta. Detrás de Leisha, su guardaespaldas se puso en guardia.
—¡Richard! Está bien,
Bruce, es un viejo amigo.
—Hola Leisha.
Se veía más pesado,
más robusto, con los hombros más anchos de lo que ella recor-daba.
Pero la cara era la
de Richard, más adulta pero sin cambios: oscuras cejas bajas, os-curo cabello
rebelde. Se había dejado la barba.
—Luces hermosa —dijo
él.
Ella le alcanzó una
taza de café:
—¿Vienes por
negocios?
Sabía, por la red,
que había terminado su Maestría y realizado un trabajo destacado de biología
marina en el Caribe, pero lo había dejado hacía un año y desaparecido de la
red.
—No, placer. —Sonrió
repentinamente, la misma vieja sonrisa que iluminaba su cara oscura—. Casi no
me acordé de qué era eso por un largo tiempo. Satisfacción sí, todos somos
buenos para la satisfacción del trabajo cumplido, pero, ¿placer?, ¿antojo?,
¿capricho? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo tonto, Leisha?
Ella sonrió.
—Comí azúcar hilada
en la ducha.
—¿En serio? ¿Y por
qué?
—Para ver si se
disolvía en dibujos pegajosos rosados.
—¿Y lo hizo?
—Sí. Encantadores.
—¿Y esa fue tu última
tontería? ¿Cuándo fue?
—El verano pasado
—contestó, riendo, Leisha.
—Bueno, la mía es más
reciente. Es esta, estoy en Boston por el mero placer espon-táneo de verte.
Leisha dejó de reír.
—Usas un tono
demasiado intenso para un placer espontáneo, Richard.
—Ssíí —dijo él,
intensamente. Ella volvió a reír. Él no.
—Estuve en la India,
Leisha.
Y en China y en
Africa. Mayormente pensando, observando. Primero viajé como durmiente, sin
llamar la atención. Luego me puse a buscar a los insomnes de India y China. Son
unos pocos, sabes, cuyos parientes quisieron venir aquí para la operación.
Son bastante
aceptados y los dejan tranquilos. Yo traté de entender por qué países
desesperadamente pobres (al menos para nuestro estándar, allí la energía-Y se
consigue casi únicamente en las grandes ciudades) no tienen problemas en
aceptar la superioridad de los insomnes, mientras que los estadounidenses, con
más prosperidad que en ningún momento de la historia, se resienten cada vez
más.
—¿Y lo descubriste?
—preguntó Leisha.
—No. Pero descubrí
algo más, observando esas comunas y villas y kampongs. So-mos demasiado
individualistas.
Leisha se sintió
decepcionada. Recordó la cara de su padre diciéndole: "Lo que cuenta es la
excelencia, Leisha. La excelencia basada en el esfuerzo individual…" Tomó
la taza de Richard.
—¿Más café?
Él la tomó de la
muñeca y la miró a la cara.
—No me
malinterpretes, Leisha. No estoy hablando de trabajo. Somos demasiado
individuales en el resto de nuestras vidas.
Demasiado racionales
emocionalmente. Demasiado solitarios. El aislamiento mata algo más que el libre
flujo de ideas. Mata la alegría.
No le soltó la
muñeca. Ella lo miró profundamente a los ojos, llegando tan hondo como nunca
antes: sentía como si mirara dentro del pozo de una mina, vertiginoso y
atemo-rizante, sabiendo que en el fondo podía haber oro u oscuridad. O ambas
cosas.
Richard dijo
suavemente: —¿Y Stewart?
—Terminó hace mucho
tiempo.
Cosa de estudiantes
—no parecía su propia voz.
—¿Kevin?
—No, nunca… somos
solamente amigos.
—No estaba seguro.
¿Alguien?
—No.
Le soltó la muñeca.
Leisha lo miró tímidamente. De pronto él rió:
—Alegría, Leisha.
Le recordó algo, pero
no pudo ubicarlo y en seguida desapareció. Ella rió también, una risa ligera y
burbujeante, como azúcar rosa hilado en verano.
—Ven a casa, Leisha.
Tuvo otro ataque al corazón.
En el teléfono, la
voz de Susan Melling sonaba cansada.
Leisha preguntó: —¿Es
serio?
—Los médicos no están
seguros. O dicen que no lo están.
Quiere verte. ¿Puedes
dejar los estudios?
Era mayo, sobre los
exámenes finales. Las pruebas de la Revista de Leyes estaban retrasadas.
Richard había comenzado un nuevo negocio, consultor marino para los pescado-res
de Boston afligidos por inexplicables cambios bruscos de las corrientes
oceánicas, y estaba trabajando veinte horas por día.
—Iré —contestó
Leisha.
Hacía más frío en
Chicago que en Boston. Los árboles empezaban a brotar. Sobre el Lago Michigan,
que llenaba las ventanas de la casa de su padre, unas nubes aborregadas
esparcían un frío rocío. Leisha notó que Susan estaba viviendo allí: sus
cepillos en el tocador de su padre, sus periódicos en la repisa del vestíbulo.
—Leisha —dijo Camden.
Se veía viejo. La piel gris, las mejillas hundidas, la mirada asustada y
decepcionada de un hombre que había aceptado el vigor como algo inseparable de
su vida, como el aire que respiraba. En un rincón del cuarto, en una pequeña
silla siglo XVIII, estaba sentada una mujer baja y rechoncha, con cabellos
castaños.
—Alice.
—Hola, Leisha.
—Alice. Te busqué…
No debía haber dicho
eso.
Leisha había buscado,
pero no mucho, sabiendo que no quería que la encontraran.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien —dijo
Alice.
Parecía remota,
gentil, muy distinta de la Alice de seis años atrás, en las peladas co-linas de
Pennsylvania. Camden se movió penosamente en la cama. Miró a Leisha con ojos
que, ella notó, no habían perdido su brillo azul.
—Le pedí a Alice que
viniera. Y a Susan. Susan vino hace un tiempo. Me muero, Leisha.
Nadie lo contradijo.
Leisha, conociendo su respeto por los hechos, calló. El cariño le hacía doler
el pecho.
—John Jaworski tiene
mi testamento. Ninguna de ustedes puede romperlo. Pero quería decirles
personalmente qué contiene.
Estuve vendiendo en
los últimos años, liquidando. La mayor parte de mis bienes está ahora
disponible. Dejé un décimo a Alice, un décimo a Susan, un décimo a Elizabeth y
el resto a ti, Leisha, porque eres la única con la capacidad individual de usar
el dinero en todo su potencial para progresar.
Leisha miró alterada
a Alice, que le devolvió la mirada con su extraña y remota calma.
—¿Elizabeth? ¿Mi
madre? ¿Está viva?
—Sí —dijo Camden.
—¡Me dijiste que
había muerto! ¡Hace años!
—Sí. Pensé que era
mejor para ti. A ella no le gustaba lo que eras, estaba celosa de lo que
podrías ser. Y no tenía nada qué brindarte. Solamente te hubiera causado daño
emo-cional.
Mendigos en España…
—Eso estuvo mal, Papá. Estuviste mal. Es mi madre… —no pudo terminar la frase.
Camden no se inmutó.
—No lo creo. Pero
ahora eres adulta. Puedes verla si quieres.
La siguió mirando con
sus ojos brillantes, hundidos, mientras en torno a Leisha el aire parecía
espesarse y crepitar. Su padre le había mentido. Susan la miraba con
deteni-miento, esbozando una sonrisa. ¿Le agradaba ver cómo caía Camden en la
estima de su hija? ¿Es que siempre había estado celosa de su relación, de
Leisha…?
Estaba pensando como
Tony.
Esta idea la paralizó
por un momento. Pero siguió mirando a Camden, que le devol-vía la mirada sin
inmutarse, un hombre que aún en su lecho de muerte estaba seguro de tener
razón.
Alice la tomó del
codo, hablándole tan suavemente que nadie más pudo oírla.
—Ya pasó, Leisha. En
un rato te sentirás bien.
Alice había dejado a
su hijo en California, con el que era su esposo desde hacía dos años, Beck
Watrous, un contratista de obras que había conocido cuando era camarera de un
centro turístico de las Islas Artificiales.
Beck había adoptado a
Jordan, el hijo de Alice.
—Antes de Beck pasé
una mala temporada —dijo Alice con su voz distante—. ¿Sa-bes que cuando estaba
embarazada solía soñar que Jordan sería insomne, como tú? Y me despertaba con
mareos matinales por un bebé que sólo sería un estúpido como yo. Estuve con Ed
(en Pennsylvania, ¿recuerdas?, viniste a verme allí una vez) dos años más. Me
ale-graba cuando me pegaba. Deseaba que Papá pudiera verlo. Al menos Ed me
tocaba.
Leisha hizo un ruido
con la garganta.
—Finalmente me fui
porque tenía miedo por Jordan. Me fui a California, y no hice más que comer
durante un año. Llegué a pesar más de ochenta kilos.
—Leisha calculó que
mediría alrededor de un metro sesenta—.
Luego vine a casa a
ver a Mamá.
—No me lo dijiste
—intervino Leisha—. Sabías que estaba viva y no me lo contaste.
—Pasa la mitad del
tiempo en un secadero —dijo Alice con brutal simplicidad—. No te hubiera visto
aunque lo intentaras. Pero me vio a mí, y se babeaba llamándome su
"verdadera” hija, y me vomitó encima. Yo me alejé de ella y miré mi
vestido, y me di cuenta de que tenía que vomitarlo, de tan feo que era.
Deliberadamente feo. Comenzó a gritar que Papá había arruinado su vida, y la
mía, todo por ti. ¿Y sabes qué hice?
—¿Qué? —dijo Leisha,
con voz trémula.
—Volé a casa, quemé
toda mi ropa, me conseguí un trabajo, comencé a estudiar, ba-jé veinte kilos y
puse a Jordan en terapia de juego.
Las hermanas permanecieron sentadas en
silencio. Tras la ventana el lago estaba oscuro, sin luna ni estrellas. Fue
Leisha la que de pronto se estremeció, y Alice la que le palmeó el hombro.
—Dime… —No sabía qué
quería que le dijera, pero quería oír la voz de Alice, su voz tal como era
ahora, gentil y remota, ya no herida por el hecho hiriente de la mera
exis-tencia de Leisha. Su hiriente existencia—… cuéntame de Jordan. ¿Ya tiene
cinco? ¿Cómo es?
Alice se volvió para
mirar a Leisha a los ojos.
—Es un niño feliz y
común.
Absolutamente común y
corriente.
Camden murió una
semana después.
Después del funeral,
Leisha intentó ver a su madre en el Centro Brookfield de Adic-ción al Alcohol y
a las Drogas. Le dijeron que Elizabeth Camden no veía a nadie más que a su
única hija, Alice Camden Watrous.
Susan Melling,
vestida de negro, llevó a Leisha al aeropuerto. Hablaba fluidamente, con
determinación de los estudios de Leisha, de Harvard, de la Revista. Leisha le
contesta-ba con monosílabos, pero ella persistía, preguntando, exigiendo
respuestas. ¿Cuándo tendría sus exámenes? ¿Había pedido alguna entrevista para
buscar trabajo? Gradualmente Leisha comenzó a salir del mutismo en que se había
sumergido cuando bajaran a tierra el ataúd de su padre. Se dio cuenta de que el
persistente interrogatorio de Susan era una amabilidad.
—Sacrificó a un
montón de gente —dijo súbitamente.
—No a mí —dijo Susan,
mientras entraba en el estacionamiento del aeropuerto—. Sólo durante un tiempo,
cuando dejé mi trabajo para hacer el de él.
Roger no respetaba
mucho el sacrificio.
—¿Estaba equivocado
en eso? —preguntó Leisha, con involuntaria desesperación.
Susan sonrió
tristemente.
—No, no estaba
equivocado.
No debería haber
dejado nunca mis investigaciones. Me tomó mucho tiempo volver a ser yo misma
después.
Hace eso con la
gente, resonó en su mente. ¿Lo había dicho Susan?, ¿Alice? No lo recordaba.
Vio a su padre en el
viejo invernadero, plantando y replantando las llamativas flores exóticas que
tanto amaba.
Estaba cansada. Era
fatiga muscular por la tensión, lo sabía; se recuperaría con veinte minutos de
descanso. Le ardían los ojos por las desacostumbradas lágrimas. Los cerró,
recostándose sobre la butaca del coche.
Susan estacionó el
automóvil, apagó el motor y dijo: —Hay algo que quiero decirte, Leisha.
Leisha abrió los
ojos.
—¿Sobre el
testamento?
Susan sonrió
forzadamente.
—No. No tienes
problemas con cómo dividió los bienes, ¿verdad? Te parece razo-nable. Pero no
es eso. El equipo de investigación de Biotech y la Escuela de Medicina ha
terminado los análisis del cerebro de Bernie Kuhn.
Leisha se volvió
hacia ella.
Estaba intrigada por
la complejidad de su expresión. Reflejaba determinación, satis-facción, enojo y
algo más que Leisha no ubicaba.
—Lo publicaremos la
semana próxima —dijo Susan—, en la Revista de Medicina de Nueva Inglaterra. Se
cuidó increíblemente la seguridad; nada de filtraciones a la prensa popular.
Pero quiero decirte ahora, personalmente, lo que encontramos. Para que estés pre-parada.
—Adelante —dijo
Leisha.
Sentía una opresión
en el pecho.
—¿Recuerdas cuando tú
y los otros chicos insomnes tomaron interleukin-1 para ver cómo era dormir,
cuando tenías dieciséis?
—¿Cómo lo supiste?
—Los vigilábamos
mucho más de cerca de lo que pensaban.
¿Recuerdas el dolor
de cabeza que les dio?
—Sí —ella, Richard,
Tony, Carol, Jeanine… desde que la rechazaron en el Comité Olímpico, Jeanine no
volvió a patinar.
Era maestra de jardín
de infantes en Butte, Montana.
—Del interleukin-1
quería hablarte; al menos en parte. Es una de un grupo de sus-tancias que
estimulan el sistema inmunitario. Aumentan la producción de anticuerpos, la
actividad de los glóbulos blancos y muchas otras actividades inmunológicas. La
gente nor-mal tiene producción de IL-1 durante la fase de ondas lentas del
sueño. Eso significa que tienen (tenemos) estimulación del sistema inmune
durante el sueño. Una de las preguntas que los investigadores nos hicimos hace
veintiocho años era: ¿enfermarán más seguido los niños insomnes, por no tener
ese aporte de IL-1?
—Nunca estuve enferma
—dijo Leisha.
—Sí. Tuviste varicela
y tres resfríos leves a los cuatro años —precisó Susan—. Pero en general erais
todos un grupo muy sano. De modo que a los investigadores nos quedó la teoría
alternativa para el refuerzo inmunológico durante el sueño: que el aumento de
la ac-tividad inmune existe como contrapartida de una mayor vulnerabilidad del
cuerpo a las enfermedades durante el sueño, probablemente conectada a las
fluctuaciones de la tempera-tura corporal durante el sueño REM. En otras
palabras, que el sueño causaba la vulnerabi-lidad que contrarrestaban los
pirógenos endógenos como el IL-1. El sueño era el problema y el estímulo
inmunológico la solución.
Sin sueño no
existiría el problema. ¿Me sigues?
—Sí.
—Por supuesto.
Pregunta tonta. —Susan se apartó el cabello de la cara. Estaba en-caneciendo en
las sienes, y tenía una pequeña mancha de vejez junto a la oreja derecha.
—En estos años
reunimos miles (o puede que cientos de miles) de tomografías ce-rebrales tuyas
y de los demás chicos, además de interminables electroencefalogramas, muestras
de fluido cerebroespinal y todo lo demás. Pero no podíamos ver realmente dentro
de vuestros cerebros, saber qué pasaba allí.
Hasta que Bernie Kuhn
se dio ese topetazo.
—Susan —dijo Leisha—,
dímelo directamente, sin más vueltas.
—No envejecerás.
—¿Qué?
—Bueno,
cosméticamente sí: canas, arrugas, flaccidez. Pero la ausencia de péptidos del
sueño y todo lo demás afecta los sistemas de restauración de tejidos de una
forma que no entendemos. Bernie Kuhn tenía un hígado perfecto. Pulmones
perfectos, corazón perfec-to, nódulos linfáticos perfectos, páncreas perfecto,
médula oblongada perfecta. No sólo sanos o jóvenes; perfectos. Hay un estímulo
de la regeneración de tejidos que deriva clara-mente del funcionamiento del
sistema inmunológico pero que es radicalmente distinto de lo que hubiéramos
sospechado. Los órganos no muestran desgaste alguno, ni siquiera el mí-nimo
esperable a los diecisiete. Se auto reparan… una y otra vez.
—¿Por cuánto tiempo?
—musitó Leisha.
—¿Y quién diablos lo
sabe?
Bernie Kuhn era
joven… puede que haya un mecanismo compensatorio que lo inte-rrumpe en algún
punto y os vengáis abajo de golpe, como una jodida galería de Dorian Grays.
Pero no lo creo.
Tampoco creo que siga
por siempre; una regeneración de tejidos no puede hacer eso. Pero mucho, mucho
tiempo.
Leisha se quedó
contemplando los reflejos borrosos en el parabrisas del automóvil. Vio la cara
de su padre contra el satén azul del féretro, rodeada de rosas blancas. Su
cora-zón, que no se regeneraba, había fallado.
—El futuro es sólo
especulación en este caso. Sabemos que las estructuras péptidas que inducen al
sueño en las personas normales recuerdan los componentes de paredes celu-lares
bacterianas. Puede que haya una conexión entre el sueño y la receptividad patógena.
No sabemos.
Pero la ignorancia
nunca detuvo a los periódicos. Quería prepararte porque los lla-marán
superhombres, homo perfectus, y quién sabe qué más. Inmortales.
Las dos mujeres
permanecieron en silencio. Finalmente Leisha dijo:
—Voy a informar a los
demás.
Por nuestra red de
datos. No te preocupes por la seguridad. Kevin Baker diseño la red del Grupo, y
nadie se entera de lo que no queremos que se enteren.
—¿Ya están tan bien
organizados?
—Sí.
Susan pareció decir
algo para sí y apartó la vista de Leisha.
—Mejor entremos, o
perderás tu vuelo.
—Susan…
—¿Qué?
—Gracias.
—De nada —dijo Susan,
y Leisha notó en su voz lo que antes había visto en su ex-presión sin poder
ubicar: ansiedad.
Regeneración de
tejidos. Mucho, mucho tiempo, canturreaba la sangre en los oídos de Leisha
durante su viaje a Boston. Regeneración de tejidos. Y, eventualmente:
inmortales. No, eso no, se decía severamente. Eso no. Pero la sangre no
escuchaba.
—¡Qué sonrisa! —dijo
su vecino de asiento de la primera clase del avión, un hombre en viaje de
negocios que no la había reconocido—. ¿Viene de alguna gran fiesta en Chica-go?
—No, de un funeral.
El hombre pareció
asombrado, y luego disgustado. Leisha miró por la ventanilla ha-cia el suelo,
allá lejos. Ríos como microcircuitos, campos como prolijas fichas de archivo. Y
en el horizonte esponjosas nubes blancas, como masas de flores exóticas, capullos
de un invernadero lleno de luz.
La carta no era más
gruesa que cualquier envío en papel, pero era tan raro que cual-quiera de ellos
recibiera una carta con la dirección a mano que Richard estaba nervioso.
—Podría ser un
explosivo.
Leisha miró la carta
en la repisa del vestíbulo: "SRA. LIESHA CAMDEN", letras imprenta
mayúsculas, mal escrito.
—Parece escritura
infantil —dijo.
Richard permanecía en
pie, con la cabeza baja y los pies separados. Pero su expresión era solamente
preocupada.
—Tal vez sea
deliberadamente infantil. Pueden haber pensado que desconfiarías menos.
—¿Quienes? ¿Nos
estamos volviendo tan paranoides, Richard?
La pregunta no lo
hizo desistir.
—Sí. Por el momento.
Una semana antes la
Revista de Medicina de Nueva Inglaterra había publicado el cuidadoso y sobrio
artículo de Susan. Una hora más tarde las emisoras y redes explotaban en
especulaciones, drama, furia y temor. Junto con los demás miembros del Grupo,
habían aislado e individualizado cada uno de estos cuatro componentes, buscando
la reacción do-minante: especulación ("Los insomnes pueden vivir siglos, y
esto podría llevar a que…"); drama ("Si un insomne se casa sólo con
durmientes, su vida puede alcanzar a una docena de matrimonios, y varias
docenas de hijos, una confusa familia mixta…"); furia ("El ir contra
las leyes de la naturaleza sólo nos ha aportado esta supuesta gente antinatural
que vivirá con la ventaja tramposa del tiempo: tiempo para acumular más
capacidad, más poder, más propiedades como el resto nunca podremos ni
imaginar…"); y temor ("¿En cuánto tiempo nos dominará la
super-raza?").
—Todos son temor, de
uno u otro tipo —dijo finalmente Carolyn Rizzolo, y la Red dejó de clasificar.
Leisha estaba dando
los exámenes finales de su último año en la escuela de leyes. Los comentarios
la acompañaban cada día en el campus, por los corredores, en clase; cada día
los olvidaba en el trajín de los exámenes, donde todos los estudiantes quedaban
reduci-dos al mismo status de suplicantes ante la gran universidad. Luego,
temporalmente exhaus-ta, caminaba silenciosamente a casa hacia Richard y la Red
del Grupo, consciente de las miradas de la gente en la calle, consciente de su
guardaespaldas, Bruce, entre ella y los de-más.
—Se calmará —dijo
Leisha.
Richard no contestó.
La ciudad de Salt
Springs, Texas, promulgó una ordenanza local que no permitía a los insomnes
tener licencia de expendio de licores, basándose en que los estatutos de
dere-chos civiles descansaban en la cláusula de que "todos los hombres
fueron creados iguales", lo que claramente no incluía a los insomnes.
No había insomnes en
un radio de más de cien kilómetros de Salt Springs y nadie había pedido una
licencia de expendio de licores en los últimos diez años, pero la United Press
y la Datanet News tomaron la historia y en veinticuatro horas aparecieron calurosos
editoriales, de ambos bandos, por toda la nación.
Se dictaron más
ordenanzas locales. En Pollux, Pennsylvania, se podía denegar el alquiler de
departamentos a insomnes basándose en que su prolongada vigilia aumentaría el
uso y desgaste de la propiedad y las cuentas de servicios. En Cranston Estates,
California, se prohibía a los insomnes operar negocios abiertos las
veinticuatro horas: "competencia desleal".
Iroquois County,
Nueva York, les prohibía actuar como jurados, arguyendo que un jurado que
incluyera insomnes no constituía "un jurado de pares".
—Todas estas reglas
serán abolidas en instancias judiciales superiores —dijo Leis-ha—. ¡Pero, Dios!
¡La pérdida de tiempo y dinero para lograrlo! —mientras lo decía una parte de
su mente notaba que su tono era igual al de Roger Camden.
El estado de Georgia,
en el cual algunos actos sexuales entre adultos que consintie-ran en ellos aún
eran considerados crímenes, decidió que el sexo entre insomnes y durmien-tes
era una felonía de tercer grado, clasificándolo como bestialismo.
Kevin Baker había
diseñado un software que revisaba las redes de noticias a alta ve-locidad,
señalaba todas las historias que implicaban discriminación o ataques contra los
insomnes y las clasificaba. La Red del Grupo daba acceso a esos archivos.
Leisha les dio una
leída y llamó a Kevin.
—¿No puedes crear un
programa paralelo que señale las notas que nos defienden? Estamos obteniendo
una visión parcial.
—Tienes razón —dijo
Kevin, algo sorprendido—. No lo pensé.
—Piénsalo —dijo
sombríamente Leisha. Richard la miraba sin decir nada.
La alteraban mucho
las noticias sobre niños insomnes. Aislamiento escolar, maltrato verbal por los
hermanos, ataques de matones de barrio, confuso resentimiento de padres que
querían un niño excepcional pero no habían considerado que pudiera vivir siglos.
El consejo escolar de Cold River, Iowa, votó que se excluyera a los niños
insomnes de las aulas convencionales, porque su rápido aprendizaje "creaba
sentimientos de inadecuación en otros, interfiriendo en la tarea
educativa". Destinó fondos para que los insomnes tuvieran tutores
domiciliarios, pero no consiguió voluntarios entre su plantel de profesores.
Leisha comenzó a
pasar tanto tiempo en la Red con los niños como destinaba a es-tudiar para sus
exámenes, que estaban fijados para julio.
Stella Bevington dejó
de usar su módem.
El segundo programa
de Kevin catalogó editoriales impulsando un trato justo para los insomnes. El
consejo escolar de Denver destinó fondos a un programa por el cual los niños
más dotados, incluidos los insomnes, podrían utilizar sus talentos y formar equipos
para ser tutores de niños más pequeños. Rive Beau, en Louisiana, eligió a la
insomne Da-nielle du Cherney para el Consejo Metropolitano, a pesar de que sólo
tenía veintidós años, lo que no era reglamentario. La prestigiosa firma de
investigaciones médicas Halley Hall publicitó ampliamente la contratación de
Christopher Amren, un insomne con doctorado en física celular.
Dora Clarq, una
insomne de Dallas, abrió una carta que le estaba dirigida y un ex-plosivo
plástico le voló un brazo.
Leisha y Richard
contemplaron el sobre en la repisa del vestíbulo. El papel era grue-so, color
crema, pero no caro: el tipo de papel voluminoso teñido en un tono pergamino.
No tenía remitente. Richard llamó a Liz Bishop, una insomne que se estaba
especializando en Justicia Criminal en Michigan. Nunca había hablado con ella
(ni tampoco Leisha), pero en seguida se conectó con la Red y les dijo cómo
abrirlo, o que si lo preferían volaría ella para hacerlo. Richard y Leisha
siguieron sus instrucciones para detonación remota en el sótano del edificio.
Nada explotó. Una vez abierto el sobre, sacaron la carta y la leyeron:
Estimada Señora Camden:
Usted fue muy buena conmigo y yo siento
hacerle esto pero renuncio. Se están po-niendo muy pesados en el sindicato no
oficialmente pero usted sabe como son esas cosas. Yo en su lugar no iría al
sindicato por otro guardaespaldas y trataría de encontrar uno pri-vadamente.
Pero tenga cuidado. Repito que lo siento pero yo también tengo que vivir.
Bruce—No sé si reírme o llorar —dijo Leisha—.
Nosotros dos llevando semejante equipo, pasando horas en instalar esto para que
no detonara un explosivo…
—De todos modos no
tenía mucho más que hacer —dijo Richard. Desde la oleada antiinsomnes, todos
sus clientes de consultoría marina excepto dos, vulnerables ante el mercado y
por lo tanto ante la opinión pública, habían cancelado sus cuentas.
La Red, todavía
conectada en la terminal de Leisha, emitió un llamado de emergen-cia. Leisha
llegó primero. Era Tony.
—Leisha, necesito tu
ayuda legal, si aceptas. Tratan de atacarme en Santuario. Por favor vuela aquí.
Santuario era un
conjunto de toscas cuchilladas de color marrón en la tierra prima-veral.
Estaba situada en los
Montes Allegheny, al sur del estado de Nueva York, antiguas colinas redondeadas
por el tiempo y cubiertas de pinos y nogales americanos. Una estupen-da
carretera llevaba allí desde la ciudad más cercana, Belmont. Allí se
levantaban, en dis-tintas etapas de construcción, edificios bajos, fáciles de
mantener, de diseño sencillo pero gracioso. Jennifer Sharifi, con aspecto
agotado, salió al encuentro de Leisha y Richard.
—Tony quiere hablar
contigo, pero me pidió que primero les mostrara todo a ambos.
—¿Qué pasa? —preguntó
suavemente Leisha. No había visto nunca a Jennifer antes, pero ningún insomne
lucía así (estrujada, exhausta, desgastada) a menos que el nivel de tensión
fuera enorme.
Jennifer no trató de
evadir la pregunta.
—Luego, primero vean
Santuario. Tony respeta tu opinión enormemente, Leisha. Quiere que vean todo.
Los dormitorios eran
para cincuenta personas, con habitaciones comunes para coci-nar, comer,
descansar y bañarse, y una zona privada de oficinas, estudios y laboratorios
para trabajar.
—Los llamamos igual
dormitorios, a pesar de la etimología —dijo Jennifer, tratando de sonreír.
Leisha miró a Richard.
La sonrisa fue un
fracaso.
Estaba impresionada,
contra su voluntad, por lo completo de los planes de Tony para vidas que debían
ser al mismo tiempo comunitarias e intensamente privadas. Había un gimnasio, un
pequeño hospital…
—Para fin de año
tendremos dieciocho médicos matriculados, sabes, y cuatro pien-san venir aquí,
y una guardería de día, una escuela, una granja de cultivos intensivos.
—La mayor parte de la
comida vendrá de afuera. También la mayoría de los traba-jos, aunque harán la
mayor cantidad posible desde aquí, por red informática.
No nos estamos
aislando del mundo… solamente creamos un lugar seguro desde donde intercambiar
con él.
Leisha no respondió.
Además del servicio
energético, energía-Y autosuficiente, estaba muy impresionada por la
planificación humana. Tony tenía insomnes interesados de casi cualquier campo
que pudieran necesitar, tanto para los requerimientos internos como para tratar
con el mundo exterior.
—Lo primero son los
abogados y contadores —dijo Jennifer—.
Es nuestra primera
línea de defensa para salvaguardarnos. Tony reconoce que la mayoría de las
batallas modernas por el poder se libran en las cortes y en la bolsa.
Pero no todas. Al
final, Jennifer les mostró los planes para la defensa física. Los ex-plicó con
una mezcla de desafío y orgullo: se había hecho el máximo esfuerzo para detener
atacantes sin herirlos. La vigilancia electrónica rodeaba completamente los casi
cuatrocien-tos kilómetros cuadrados que había comprado Jennifer (Leisha pensó,
admirada, que algu-nos condados eran más pequeños). Al cerrar el contacto, se
activaba un campo de fuerza de media milla en la cerca que daba un choque
eléctrico a cualquiera que se acercara a pie, "Pero sólo hacia afuera, no
queremos que vayan a lastimarse nuestros niños". La entrada indeseada de
vehículos y robots se identificaba por un sistema que detectaba todo objeto
metálico de más de cierta masa que se moviera en Santuario. Todo móvil metálico
que no tuviera un aparato de identificación especial diseñado por Donna
Pospula, una insomne que patentara importantes componentes electrónicos, era
considerado sospechoso.
—Por supuesto, no
estamos preparados para un ataque aéreo o un asalto armado di-recto —dijo
Jennifer—. Pero no es lo que esperamos. Solamente cultores del odio con
mo-tivaciones personales —su voz se hizo más débil.
Leisha tocó con la
punta de los dedos la copia de los planos de seguridad. La pertur-baban.
—Si no podemos
integrarnos en el mundo… libre comercio debería implicar libre tránsito.
—Bueh, sí —dijo
Jennifer, una respuesta tan poco propia de una insomne, cínica e imprecisa, que
Leisha se quedó mirándola—.
Tengo algo que
decirte, Leisha.
—¿Qué?
—Tony no está aquí.
—¿Y dónde está?
—En la cárcel del
condado de Allegheny. ¡Es cierto que estamos teniendo pleitos por la
zonificación de Santuario… zonificación! ¡En este lugar aislado!
Pero es algo más,
algo que ocurrió esta mañana. Arrestaron a Tony por el secuestro de Timmy De
Marzo.
La habitación pareció
oscilar.
—¿El FBI?
—Sí.
—¿Cómo… cómo lo
descubrieron?
—Algún agente
eventualmente resolvió el caso. No nos dijeron cómo. Tony necesita un abogado,
Leisha. Dana Monteiro ya aceptó, pero Tony te quiere a ti.
—¡Jennifer… no daré
los exámenes finales hasta julio!
—Dice que esperará.
Mientras tanto Dana será su abogada.
¿Conseguirás tu
título?
—Por supuesto. Pero
ya tengo un trabajo esperándome con Morehouse, Kennedy & Anderson en Nueva
York… —se detuvo. Richard le dirigía una dura mirada, mientras Jen-nifer
contemplaba el piso. Leisha dijo, suavemente: —¿Qué alegará?
—Culpable —dijo
Jennifer—, con… ¿cómo se llama legalmente? Circunstancias atenuantes.
Leisha asintió. Había
temido que Tony se declarara inocente: más mentiras, subter-fugios, tramoyas
políticas. Su mente recorrió rápidamente circunstancias atenuantes,
prece-dentes, pruebas en antecedentes… Podrían usar Clements contra Voy…
—Dana está ahora en
la cárcel —dijo Jennifer—. ¿Quieren ir conmigo?
—Sí.
En Belmont, sede del
condado, no les permitieron ver a Tony.
Dana Monteiro, como
su representante, podía entrar y salir libremente. Leisha, que no era
oficialmente nada, no podía ir a ninguna parte. Eso les dijo un hombre en la
oficina de la Fiscalía, que permaneció impasible mientras les hablaba, y que
escupió en el suelo hacia sus pies cuando se iban, aunque eso lo dejó con la
mancha del salivazo en su piso de la corte.
Richard y Leisha se
dirigieron en el automóvil rentado al aeropuerto para volar a Boston.
En el camino Richard
dijo que la dejaba. Se mudaba a Santuario ya, aunque todavía no estuviera
funcionando, para ayudar en la planificación y en la construcción.
Pasaba la mayor parte
del tiempo en su casa de la ciudad, estudiando ferozmente pa-ra los exámenes o
contactando a los niños insomnes por la Red. No había contratado a otro
guardaespaldas para reemplazar a Bruce, lo que hacía que saliera poco; esa
reticencia a su vez la enojaba consigo misma. Una o dos veces al día repasaba
los informes electrónicos de Kevin.
Había signos de
esperanza. El Times de Nueva York publicó un editorial, difundido ampliamente
por los servicios electrónicos de noticias:
PROSPERIDAD Y ODIO: UNA CURVA LOGICA QUE CASI NO VEMOS Los Estados Unidos nunca han sido un país que
valorara mucho la calma, la lógica, la ra-cionalidad. Tenemos, como pueblo,
tendencia a etiquetar estas cosas como "frías". Tenemos, como pueblo,
tendencia a admirar el sentimiento y la acción: en nuestras historias y
memorias no exaltamos la creación de la Constitución sino su defensa en
IwoJima; tampoco los logros intelectuales de un Stephen Hawkings sino la
heroica pasión de un Charles Lindbergh; ni a los inventores de los monorraíles
y computadoras que nos unen sino a los compositores de furibundas canciones de
rebeldía que nos separan.
Un aspecto peculiar
de este fenómeno es que se hace más fuerte en tiempos de pros-peridad. Cuanto
mejor están nuestros ciudadanos, cuanto más contentos por los resultados que
viven de un calmo razonar, más apasionados se muestran en su tendencia a la emoción.
Consideren, en el siglo pasado, los ostentosos excesos de los Años Locos y el
regodeo anti-sistema de los sesenta. Consideren, en nuestro propio siglo, la
prosperidad sin precedentes que trajo la energía-Y; y consideren luego que
Kenzo Yagai, excepto para sus seguidores, fue visto como un lógico despiadado y
avaricioso, mientras que la adulación nacional se vuelca hacia el escritor
neonihilista Stephen Castelli, hacia la "tierna" actriz Brenda Foss y
hacia el temerario clavadista de pozos gravitatorios Jim Morse Luter.
Pero sobre todo,
mientras evalúan este fenómeno en sus casas provistas de energía-Y, consideren
el actual brote de sentimientos irracionales hacia los "insomnes" a
partir de la publicación de los descubrimientos conjuntos del Instituto Biotech
y la Escuela Médica de Chicago sobre regeneración de tejidos en los insomnes.
La mayoría de los
insomnes son inteligentes. La mayoría son calmos, si se entiende este término
tan maltratado como la capacidad de dirigir las energías a resolver problemas
más que a emocionarse con ellos. (Aún la ganadora del Premio Pulitzer Carolyn
Rizzolo nos brindó un asombroso juego de ideas, no de pasiones desencadenadas.)
Todos ellos muestran una tendencia natural a realizar logros, decididamente
respaldada por tener un tercio de tiempo más al día para alcanzarlos. Sus
logros residen, en su mayor parte, en campos lógicos más que emocionales:
computadoras, ley, finanzas, física, investigación médica. Son racionales,
ordenados, calmos, inteligentes, alegres, jóvenes, y posiblemente longevos.
Y, en nuestros
Estados Unidos de prosperidad sin precedentes, crecientemente odia-dos.
El odio que hemos
visto florecer tan acabadamente en los últimos meses, ¿brota, realmente, de la
"ventaja desleal" que tienen los insomnes sobre el resto de nosotros
para conseguir trabajo, ascensos, dinero, éxito? ¿Es realmente envidia por la buena
suerte de los insomnes? ¿O proviene de algo más pernicioso, enraizado en
nuestra tradición de acción del "pistolero más rápido" americano:
odio por el que es lógico, calmo, considerado; un odio, de hecho, hacia la
mente superior?
Si es así, tal vez
debamos pensar en los fundadores de esta nación: Jefferson, Wa-shington, Paine,
Adams… todos habitantes de la Edad de la Razón. Estos hombres crearon nuestro
sistema de leyes, ordenado y equilibrado, precisamente para proteger la propiedad
y los logros creados por los esfuerzos individuales de mentes equilibradas y
racionales. Los insomnes pueden ser la prueba interna más severa de nuestra
sensata creencia en la ley y el orden. No, los insomnes no fueron "creados
iguales", pero debemos examinar nuestra acti-tud hacia ellos con igual
cuidado que nuestra jurisprudencia más sensata. Puede que no nos guste lo que
encontremos sobre nuestras motivaciones, pero nuestra credibilidad como pue-blo
puede depender de la racionalidad y la inteligencia de este examen.
Ambas cosas
estuvieron escasas en la reacción del público ante los resultados de la
investigación del mes pasado.
La ley no es teatro.
Antes de redactar leyes que reflejen sentimientos dramáticos y exaltados,
debemos estar muy seguros de comprender la diferencia.
Leisha se arrebujó feliz, sonriente,
contemplando con deleite la pantalla. Llamó al Times: ¿quién había escrito el
editorial? La recepcionista, que la había atendido con cordia-lidad, se volvió
reticente. El Times no proporcionaba esa información, "sin investigación
interna previa".
No logró deprimirla.
Rondó por todo el departamento, tras días de estar sentada ante su escritorio o
la pantalla. El contento le exigía acción física. Lavó platos, ordenó libros.
Habían quedado huecos
en el mobiliario cuando Richard se llevó sus pertenencias; algo más calmada,
reordenó los muebles para cubrirlos.
Susan Melling la
llamó para hablar del editorial del Times, y charlaron cálidamente unos
minutos. Cuando Susan cortó la comunicación el teléfono volvió a sonar.
—¿Leisha? Tu voz es
la misma de antes. Habla Stewart Sutter.
—¡Stewart! —No lo
había visto en años. El romance había durado dos años y luego se había
disuelto, no por algún suceso desagradable sino por la presión de los estudios
de ambos. Parada frente a la terminal, oyendo su voz, Leisha sintió nuevamente
sus manos en los pechos como en la estrecha cama del dormitorio: tantos años
hasta encontrarle un buen uso a una cama. Las manos fantasmales se convirtieron
en las de Richard, y la atenazó una repentina pena.
—Escucha —dijo
Stewart—, te llamo porque hay cierta información que creo que debes conocer.
Das tus exámenes la semana próxima, ¿verdad? Y luego tienes un posible trabajo
con Morehouse, Kennedy & Anderson.
—¿Cómo sabes todo
eso, Stewart?
—Rumores en el
"Caballeros".
Bueno, no exageremos,
pero la comunidad legal de Nueva York (al menos esta par-te) es más pequeña de
lo que crees. Y tú eres una figura muy visible.
—Sí —admitió Leisha,
neutral.
—Nadie duda que
obtendrás el título, pero sí hay dudas respecto al trabajo con Mo-rehouse,
Kennedy. Tienes dos socios principales, Alan Morehouse y Seth Brown, que
cam-biaron de idea desde este… sacudón. "Publicidad negativa para la
firma", "convertir la ley en un circo", bla, bla, bla. Conoces
el paño.
Pero tienes también
dos ardientes defensores, Ann Carlyle y Michael Kennedy, el propio patriarca.
Es todo un cerebro. De cualquier modo, quería que te enteraras de todo esto
para que supieras cómo es la situación exactamente y con quiénes contar llegado
el momento de la lucha interna.
—Gracias —dijo
Leisha—.
Stew… ¿Por qué te
preocupas por si entro o no. ¿Por qué te importa?
Hubo un silencio al
otro extremo de la línea. Luego Stewart dijo, muy bajo: —No somos todos cabezas
huecas aquí, Leisha. A algunos todavía nos importa la justicia. Y tam-bién el
progreso.
Leisha se iluminó,
como una burbuja de luz animada.
—También tienen mucho
apoyo aquí —dijo Stewart— para esa estúpida demanda por la zonificación en
Santuario. Puede que no se den cuenta, pero la tienen. Lo que los de la
Comisión de Parques tratan de conseguir es… pero sólo están siendo usados de
fachada. Tú lo sabes.
De todos modos,
cuando llegue a la corte tendrán toda la ayuda que necesiten.
—Santuario no es obra
mía, para nada.
—¿No? Bueno, hablaba
de vosotros en conjunto.
—Gracias, en serio.
¿Como están tus cosas?
—Bien. Soy papá.
—¿En serio? ¿Niño o
niña?
—Una niña. Una
hermosa brujita que me tiene loco. Me gustaría que conocieras a mi esposa,
Leisha.
—A mí también
—respondió Leisha.
Pasó el resto de la
noche estudiando. Seguía sintiendo la burbuja, y reconoció exac-tamente qué
era: alegría.
Todo estaría bien. El
contrato, no escrito, entre ella y su sociedad —la sociedad de Kenzo Yagai, la
de su padre— se cumpliría. Con disenso y conflictos y, sí, algo de odio: de
repente pensó en los mendigos en España de Tony, furiosos ante el fuerte por no
serlo ellos. Sí, pero se cumpliría.
Creía en eso.
Decididamente.
VII
Leisha pasó los
exámenes finales en julio. No le parecieron difíciles. A la salida tres
com-pañeros, dos hombres y una mujer, siguieron charlando con Leisha, como por
casualidad, hasta que subió a salvo a un taxi cuyo conductor no la reconoció, o
no dio muestras de ello. Los tres eran durmientes. Un par de estudiantes, unos
rubios prolijamente rasurados con las caras largas y la arrogancia sin motivo
de los tontos con dinero, vieron a Leisha y le hicieron muecas.
La compañera de
Leisha les respondió.
Leisha debía volar a
Chicago la mañana siguiente. Se encontraría allí con Alicia, para ordenar la
gran casa sobre el lago, disponer de los efectos personales de Roger Camden y
poner la propiedad en venta. No había tenido tiempo hasta entonces.
Recordaba a su padre
en el invernadero, con un sombrero de copa chata que había encontrado al algún
sitio, plantando orquídeas, jazmines y pasionarias.
Cuando sonó el timbre
de la puerta se sobresaltó; casi nunca tenía visitantes.
Se apresuró a
encender la cámara exterior —puede que fueran Jonathan o Martha, de vuelta en
Boston para sorprenderla, para celebrar—, ¿por qué no había pensado antes en
algún tipo de celebración?
Richard contemplaba
la cámara. Había estado llorando.
Abrió de un tirón la
puerta.
Richard no hizo el
menor intento de entrar. Leisha vio que lo que por la cámara había registrado
como pena era en realidad algo más: lágrimas de bronca.
—Tony murió.
Leisha extendió
ciegamente la mano. Él no la tomó.
—Lo mataron en
prisión. No las autoridades… los otros prisioneros. En el patio. Asesinos,
violadores, saqueadores, la escoria de la tierra… y pensaron que tenían derecho
a matarlo a él por ser diferente.
Ahora Richard le
agarró el brazo, con tanta fuerza que algo, algún hueso, se desplazó bajo la
carne y le oprimió un nervio.
—No sólo diferente…
mejor.
Porque era mejor,
porque todos lo somos, no nos ponemos de pie y lo gritamos, por un condenado
sentimiento de no querer herir sus sentimientos… ¡Dios!
Leisha liberó su
brazo y se lo frotó, muda, contemplando la cara de Richard.
—Lo golpearon hasta
matarlo con un caño de plomo. Nadie sabe cómo lo consi-guieron. Lo golpearon
detrás de la cabeza y luego lo voltearon y…
—¡No! —dijo Leisha,
con un gemido.
Richard la miró. A
pesar de sus gritos, de la violenta presión en su brazo, Leisha tu-vo la
confusa impresión de que recién la veía realmente. Siguió frotándose el brazo,
mirán-dolo aterrorizada. Él dijo, suavemente:
—He venido a llevarte
a Santuario, Leisha. Dan Walcott y Vernon Bulriss están afuera en el auto. Si
es necesario, entre los tres te llevaremos. Pero vendrás. ¿Lo ves, no? No estás
segura aquí, siendo tan conocida y con tu aspecto espectacular… eres un blanco
natural, el más natural. ¿Tendremos que obligarte o ves, finalmente, que no
tenemos otra opción, que los bastardos no nos dejan otra opción, más que
Santuario?
Leisha cerró los
ojos. Tony a los catorce años, en la playa.
Tony, con los ojos
fieros e iluminados, el primero en extender la mano para tomar el
interleukin-1. Mendigos en España.
—Iré.
Nunca había conocido
una furia igual. La asustaba, apareciendo en oleadas a lo largo de la noche,
retrocediendo pero volviendo a brotar. Richard la sostenía entre sus brazos,
recostados contra la pared de la biblioteca, y el abrazo no hacía mayor diferencia.
En la sala Dan y Vernon hablaban en voz baja.
La furia surgía a
veces en gritos, y Leisha se oía y pensaba no me reconozco. A veces se tornaba
en llanto, o en hablar de Tony, de todos ellos. Ni los gritos ni el llanto ni
el hablar la aplacaban.
El planificar sí, un
poco.
Con una voz fría que
le sonaba ajena, Leisha le contó a Richard del viaje para cerrar la casa de
Chicago. Tenía que ir; Alice ya estaba allí. Si Richard, Dan y Vernon la ponían
en el avión, y Alice la esperaba al otro lado con guardias del sindicato, estaría
bastante segura. Cambiaría el pasaje de vuelta de Boston a Belmont e iría de
allí a Santuario con Richard.
—La gente ya está
llegando —explicó Richard—. Jennifer Sharifi lo está organi-zando todo,
aceitando a los proveedores durmientes con tanto dinero que no pueden
resis-tirse. ¿Qué harás con esta casa, Leisha?, ¿con tus muebles, la terminal,
la ropa?
Leisha contempló su
familiar entorno. En las paredes se alineaban los libros de leyes, rojos,
verdes, castaños, pero la misma información estaba disponible por red. Sobre el
escritorio, había una taza de café descansando sobre un impreso. A su lado
estaba el recibo que le había pedido al taxista esa tarde, un frívolo souvenir
del día en que se había recibido; había pensado enmarcarlo. Por encima del
escritorio había un retrato holográfico de Kenzo Yagai.
—Que se pudra
—contestó.
Richard la estrechó
más entre sus brazos.
—Nunca te había visto
así —dijo Alice, con prudencia—. Es algo más que el levan-tar la casa, ¿verdad?
—Pongamos manos a la
obra —dijo Leisha. Sacó bruscamente un traje del armario de su padre. —¿Quieres
algo de esto para tu esposo?
—No le irían bien.
—¿Los sombreros?
—No —dijo Alice—.
Leisha, ¿qué te pasa?
—¡Hagamos esto!
—Arrojó todas las ropas del armario de Roger Camden en una pila en el suelo,
garabateó en un papel PARA LA AGENCIA DE VOLUNTARIOS y lo puso sobre la pila.
Silenciosamente, Alice comenzó a agregar ropas de los cajones de la cómoda, que
ya tenía pegado un papel que decía SUBASTA PUBLICA.
Ya estaban
descolgadas todas las cortinas de la casa; Alice lo había hecho el día
an-terior.
También había
arrollado las alfombras. El sol se reflejaba rojizo sobre la madera desnuda de
los pisos.
—¿Y qué hay de tu
vieja habitación? —preguntó Leisha—. ¿Qué quieres de allí?
—Ya lo etiqueté —dijo
Alice—. El jueves vendrá la mudadora.
—Bien. ¿Qué más?
—El invernadero.
Sanderson ha estado regando todo, pero realmente no sabía cuán-ta agua
necesitaba cada planta, de modo que algunas están…
—Despide a Sanderson
—espetó Leisha—. Las exóticas pueden morirse. O que las envíen a un hospital,
si prefieres. Ten cuidado solamente con las venenosas. Vamos, ocu-pémonos de la
biblioteca.
Se había cortado el
cabello, a Leisha le pareció que le quedaba horrible, formando mechones
castaños en punta en torno a su ancho rostro. Además había engordado.
Comen-zaba a parecerse a su madre.
—¿Recuerdas —dijo— la
noche en que te dije que estaba embarazada, justo antes de irte a Harvard?
—¡Acomodemos la
biblioteca!
—¿Recuerdas? —dijo
Alice—.
¡Por Dios, Leisha!
¿No puedes escuchar a nadie más que a ti misma? ¿Tienes que ser tan como Papá
cada minuto?
—¡No soy como Papá!
—¡Un cuerno no lo
eres! Eres exactamente como él te hizo. Pero no se trata de eso. ¿Recuerdas esa
noche?
Leisha pasó sobre la
alfombra y salió. Alice se quedó sentada.
Leisha volvió a
entrar.
—Lo recuerdo.
—Estabas al borde de
las lágrimas —dijo, implacable, Alice, con voz tranquila—. Ni siquiera recuerdo
exactamente por qué. Puede que porque después de todo no iría a la universidad.
Pero te rodeé con mis
brazos y por primera vez en años (en años, Leisha) sentí realmente que eras mi
hermana. A pesar de todo, de tus vagabundeos de noche por los pasi-llos y la
exhibición de discusiones con Papá y la escuela especial y las largas piernas y
el cabello dorado artificiales; de toda esa mierda.
Parecías necesitar
que te abrazara. Parecías necesitarme. Parecías necesitar algo.
—¿De qué estás
hablando? —preguntó Leisha—. ¿Es que sólo puedes estar cerca de alguien cuando
está en problemas y te necesita? ¿Es que sólo puedes ser mi hermana si sufro
por alguna pena, alguna herida abierta? ¿Es ese el lazo entre vosotros, los
durmientes: "Protégeme mientras estoy inconsciente, estoy tan desvalido
como tú."?
—No —contestó Alice—.
Estoy diciendo que tú eres mi hermana sólo cuando estás sufriendo alguna pena.
Leisha la miró
fijamente.
—Eres estúpida,
Alice.
—Lo sé —contestó con
calma Alice—. Comparada contigo lo soy, y lo sé.
Alice se irguió
enojada. Se sentía avergonzada por lo que había dicho Alice, aunque fuera
verdad y ambas lo supieran, y la furia seguía en ella, como un vacío oscuro,
informe y ardiente. Lo que más le molestaba era la carencia de forma. Sin forma
no podía haber ac-ción; sin acción, la furia seguía bullendo en su interior,
ahogándola.
—Cuando tenía doce
—dijo Alice—, Susan me regaló un vestido para nuestro cum-pleaños. Tú estabas
fuera, en alguno de esos viajes de estudios que tu fantasiosa escuela
progresiva organizaba siempre. El vestido era de seda celeste, con encaje
antiguo… muy hermoso. Estaba emocionada, no sólo porque era hermoso sino porque
Susan me lo había traído a mí y para ti había traído software. El vestido era
mío. Sentía que el vestido era yo —en la oscuridad creciente, Leisha apenas
distinguía sus toscas facciones—. La primera vez que me lo puse un muchacho
dijo: "¿Le robaste el vestido a tu hermana, Alice?, ¿se lo sacaste
mientras dormía?". Después se rió como loco, como hacían siempre.
Tiré ese vestido. Ni
siquiera se lo expliqué a Susan, aunque pienso que debe de haber entendido. Lo
que era tuyo era tuyo, y lo que no era tuyo era tuyo también. Así lo decidió
Papá.
Así lo inscribió en
nuestros genes.
—¿Tú también? —dijo
Leisha—. ¿No difieres en nada de los demás mendigos en-vidiosos?
Alice se levantó de
la alfombra. Lo hizo lentamente, tomándose tiempo para sacu-dirse el polvo de
la parte trasera de su arrugada falda, para alisar la tela estampada. Luego
caminó hacia Leisha y la golpeó en la boca.
—¿Ahora te parezco
más real?
—preguntó
tranquilamente.
Leisha se llevó la
mano a la boca y sintió sangre. En ese momento sonó el teléfono, la línea
personal no registrada de Camden. Alice se acercó al aparato, levantó el
auricular, escuchó y se lo entregó con calma a Leisha.
—Es para ti.
Muda, Leisha lo tomó.
—¿Leisha? Habla
Kevin. Escucha, sucedió algo. Me llamó Stella Bevington, por te-léfono, no por
la Red, creo que sus padres le desconectaron el módem. Cuando levanté el tubo
ella gritó "¡Habla Stella! ¡Me están pegando, está borracho…!" y se
cortó la comuni-cación. Randy se fue a Santuario… diablos, se fueron todos. Tú
eres la que está más cerca, sigue en Skokie. Mas vale que llegues rápido.
¿Tienes guardaespaldas de confianza?
—Sí —dijo Leisha,
aunque no los tenía; finalmente, la furia tomaba forma—. Puedo hacerme cargo.
—No sé cómo harás
para sacarla de allí —dijo Kevin—. Te reconocerán, saben que llamó a alguien,
hasta puede que la hayan desmayado…
—Yo me haré cargo
—dijo Leisha.
—¿Hacerte cargo de
qué?
—preguntó Alice.
Leisha la encaró, y
aun sintiendo al mismo tiempo que no debía hacerlo, le dijo:
—De lo que tu gente
hace. A uno de nosotros. Una niña de siete años que está sien-do golpeada por
sus padres porque es insomne… por ser mejor que vosotros… —corrió escaleras
abajo y hacia el automóvil rentado en el que había llegado del aeropuerto.
Alice corrió tras
ella.
—Tu auto no, Leisha.
Pueden rastrear un auto rentado como si nada. El mío.
Leisha gritó: —Si
crees que eres…
Alice abrió de un
tirón la puerta de su baqueteado Toyota, un modelo tan viejo que las cámaras de
energía-Y no estaban en el interior sino que colgaban burdamente a los
cos-tados. Le indicó a Leisha el asiento del acompañante, cerró de un portazo y
se coló tras el asiento del conductor. Tenía las manos firmes.
—¿A dónde?
Leisha sintió que
todo se volvía negro. Metió la cabeza entre las piernas, tanto como el estrecho
Toyota le permitía. Hacía dos… no, tres días que no comía. Desde la noche
an-terior a los exámenes. El desvanecimiento se alivió, reapareciendo en cuanto
levantó la cabeza.
Le dio a Alice la
dirección en Skokie.
—Quédate en la parte
trasera —dijo Alice—. Y en la guantera hay un pañuelo… póntelo. Bajo, como para
taparte la cara lo más posible.
Alice había parado el
auto en la carretera 42. Leisha dijo:
—Pero aquí no…
—Es una oficina para
emergencias del sindicato de guardias. Debe parecer que te-nemos alguna
protección, Leisha. No le diremos nada. Enseguida vuelvo.
En tres minutos salió
con un hombre enorme con un barato traje oscuro. Éste se des-lizó en el asiento
delantero, junto a Alice, sin decir nada. Alice no los presentó.
La casa era pequeña,
un poco deslucida, y se veía luz en la planta baja, pero no en el piso alto. Al
norte, lejos de Chicago, brillaban las primeras estrellas. Alice dijo al
guarda:
—Salga del auto y
quédese junto a la portezuela… no, más a la luz… y no haga na-da a menos que me
ataquen de algún modo.
El hombre asintió.
Alice se adentró en el sendero. Leisha se deslizó del asiento tra-sero y la
alcanzó a los dos tercios del camino hacia la puerta de plástico del frente.
—Alice, ¿qué demonios
estás haciendo? Yo tengo que…
—Baja la voz —dijo
Alice, mirando al guardia—. Leisha, piensa. Te reconocerían. Aquí, cerca de
Chicago, con una hija insomne… esta gente ha estado viendo tu retrato en las
revistas por años. Te conocen. Saben que serás abogada. A mí no me vieron
nunca. Yo no soy nadie.
—Alice…
—¡Por el amor de
Dios, vuelve al auto! —susurró Alice, y llamó a la puerta.
Leisha se apartó del
sendero, escondiéndose en la sombra de un sauce. Un hombre abrió la puerta, con
el rostro totalmente inexpresivo. Alice dijo:
—Agencia de
Protección Infantil. Recibimos un llamado de una niña, de este núme-ro. Déjeme
entrar.
—Aquí no hay ninguna
niña.
—Esto es una
emergencia, prioridad uno —dijo Alice—.
Acta de Protección
Infantil 186.
¡Déjeme entrar!
El hombre, con rostro
aún sin expresión, echó un vistazo a la enorme figura junto al auto.
—¿Tiene orden de
registro?
—No la necesito en
una emergencia infantil prioridad uno.
Si no me deja entrar,
tendrá un problema legal como nunca siquiera imaginó.
Leisha apretó los
labios. Nadie creería eso; era charlatanería legal… Le dolió la boca donde la
había golpeado Alice.
El hombre se apartó
para dejar pasar a Alice.
El guardia se
adelantó. Leisha dudó, y lo dejó pasar. Él entró con Alice.
Leisha esperó, sola,
en la oscuridad.
En tres minutos
habían salido, llevando el guardia una niña. A la luz del porche se destacó la
palidez del rostro de Alice. Leisha saltó a abrir la puerta del auto, ayudando
al guardia a acomodar a la niña adentro. Éste fruncía el entrecejo, con un
gesto entre intrigado y cauteloso. Alice dijo:
—Aquí tiene. Son cien
dólares extra. Para que se vuelva a la ciudad por su cuenta.
—¡Hey…! —exclamó el
guardia, pero tomó el dinero. Se quedó mirándolas mientras Alice arrancaba.
—Irá directo a la
policía —dijo Leisha desanimada—. Tiene que ir, o pierde su puesto en el
sindicato.
—Lo sé —dijo Alice—.
Pero para entonces no estaremos en el auto.
—¿Dónde?
—En el hospital —dijo
Alice.
—Alice, no podemos…
—Leisha no terminó la frase, y se volvió hacia el asiento trasero—. ¿Stella,
estás consciente?
—Sí —dijo una
vocecita.
Leisha tanteó hasta
encontrar la luz del asiento trasero. Stella yacía encogida, con el rostro
contorsionado de dolor. Se sostenía el brazo izquierdo con el derecho. Tenía un
sólo moretón en la cara, sobre el ojo izquierdo.
—Tú eres Leisha
Camden —dijo la niña, y comenzó a llorar.
—Tiene el brazo roto
—dijo Alice.
—Querida, ¿puedes…
—Leisha sentía la garganta cerrada, le costaba articular las palabras— …puedes
aguantar hasta que te llevemos a un doctor?
—Sí —dijo Stella—.
¡Pero que no me lleven allá de vuelta!
—No lo haremos —dijo
Leisha—. Nunca.
Miraba a Alice y veía
la cara de Tony. Alice dijo:
—Hay un hospital
comunal a unos quince kilómetros hacia el sur.
—¿Cómo lo sabes?
—Estuve allí una vez.
Sobredosis de drogas —dijo brevemente Alice. Conducía in-clinada sobre el
volante, con cara de estar pensando furiosamente. Leisha también pensaba,
tratando de ver la forma de evitar el cargo legal de secuestro. Probablemente
no podrían decir que la niña fue voluntariamente con ellas: sin duda Stella
cooperaría, pero a su edad y en su condición probablemente sería considerada
non sui juris, y su palabra no tendría peso legal…
—Alice, no podremos
ni siquiera entrar al hospital sin datos de seguro social. Veri-ficables por
red.
—Escucha —dijo Alice,
no a Leisha sino por sobre su hombro, hacia el asiento tra-sero—, te diré lo
que haremos, Stella. Yo les diré que eres mi hija y que te caíste desde una
roca grande que trepabas cuando paramos a merendar en una zona para acampar de la
ca-rretera. Estamos viajando de California a Philadelphia para visitar a tu
abuela. Tu nombre es Jordan Watrous y tienes cinco años.
—Tengo siete, para
ocho —dijo Stella.
—Eres una niñita de
cinco muy alta. Tu cumpleaños es el 23 de marzo. ¿Podrás ha-cerlo, Stella?
—Sí —dijo la niña,
con voz algo más segura.
Leisha miró fijo a
Alice:
—¿Tú puedes hacer
esto?
—Por supuesto —dijo
Alice—. Soy hija de Roger Camden.
Alice llevó, medio
alzada, a Stella a la Sala de Guardia del pequeño hospital comu-nal. Leisha las
contempló desde el automóvil: una mujer regordeta y baja, una niña delgada con
el brazo torcido. Luego condujo el auto hasta el lugar más apartado del estacionamien-to,
bajo la dudosa sombra de un arce raquítico, y lo cerró con llave. Se ajustó el
pañuelo tapándose más la cara.
El número de
matrícula y el nombre de Alicia estarían ya en todas las comisarías y en todas
las agencias de alquiler de automóviles. Los bancos de datos médicos eran más
lentos; a menudo solamente volcaban datos de servicios locales una vez al día,
celosos de la interferencia gubernamental en lo que, a pesar de medio siglo de
batallas legales, aún era un sector privado.
Alice y Stella
probablemente no tuvieran problemas en el hospital. Probablemente. Pero Alice
no podría rentar otro automóvil.
Leisha sí.
Pero los archivos que
alertarían a las agencias de alquiler sobre Alice Camden Watrous podrían o no
incluir como dato que era la melliza de Leisha Camden.
Leisha contempló las
hileras de vehículos del estacionamiento. Un lujoso y des-pampanante Chrysler,
una furgoneta Ikeda, una línea de Toyotas y Mercedes clase media, un antiguo
Cadillac '99 —podía imaginar la cara de su dueño si desaparecía— diez o doce autos
pequeños baratos, un hovercar con el chófer de uniforme dormido ante el
volante. Y una camioneta granjera destartalada.
Leisha se dirigió a
la camioneta. Había un hombre al volante, fumando. Se acordó de su padre.
—Hola —dijo Leisha.
El hombre bajó la
ventanilla pero no contestó. Tenía un cabello castaño grasiento.
—¿Ve ese hovercar
allí? —dijo Leisha, tratando de que su voz sonara aguda y juve-nil.
El hombre lo miró de
reojo, con indiferencia; no alcanzaba a ver que el conductor dormía.
—Es mi
guardaespaldas. Cree que estoy en el hospital, como me ordenó mi padre,
haciéndome ver este labio —sentía la hinchazón donde la había golpeado Alice.
—¿Y con eso?
Leisha dio una
patadita en el piso.
—Que no quiero ir. Es
una mierda y Papá también. Quiero largarme. Le daré 4.000 créditos bancarios
por su camioneta. En efectivo.
El hombre abrió
grandes los ojos, arrojó el cigarrillo y volvió a mirar el hovercar. El chófer
era corpulento y estaba lo bastante cerca como para oír un grito.
—Todo lindo y legal
—dijo Leisha, afectando una sonrisa.
Sentía que se le
doblaban las rodillas.
—Déjeme ver el
dinero.
Leisha se alejó de la
camioneta, hasta donde no pudiera alcanzarla, y sacó el dinero de su
portamonedas. Acostumbraba llevar mucho efectivo, porque siempre había tenido a
Bruce, o a alguien. Siempre había estado segura.
—Salga de la
camioneta por el otro lado —dijo Leisha— y trabe la puerta al salir. Deje las
llaves en el asiento, donde pueda verlas desde aquí. Entonces pondré el dinero
so-bre el techo, en un lugar donde lo pueda ver.
El hombre rió, con
una risa como pedregullo cayendo.
—Eres una pequeña
Dabney Engh, ¿no? ¿Es esto lo que les enseñan a las jovencitas de alta sociedad
en las escuelas caras?
Leisha no tenía idea
de quién era Dabney Engh. Esperó, observando como el hombre trataba de
encontrar la forma de engañarla, y tratando de ocultar su alegría. Pensó en
Tony.
—Está bien —dijo él,
saliendo de la camioneta.
—¡Trabe la puerta!
Con una mueca, volvió
a abrir la puerta y puso la traba. Leisha puso el dinero sobre el techo, abrió
la puerta del lado del volante, se trepó, trabó la puerta y cerró las
ventanillas.
El hombre rió. Ella
puso la llave en encendido, arrancó y condujo hacia la calle. Le temblaban las
manos.
Dio dos vueltas a la
manzana.
Cuando volvió, el
hombre se había ido y el conductor del hovercar seguía durmien-do. Había
considerado la posibilidad de que el hombre lo despertara, por pura maldad,
pero no. Estacionó la camioneta y esperó.
Una hora y media más
tarde Alice y una enfermera sacaban a Stella en una silla de ruedas por la
entrada de Emergencias.
Leisha saltó de la
camioneta y gritó "¡Aquí, Alice!", agitando los brazos. Estaba
demasiado oscuro como para ver la expresión de Alice, de modo que sólo le
restaba esperar que no mostrara asombro ante la baqueteada camioneta y que no
le hubiera dicho a la en-fermera que las esperaba un auto rojo.
Alice dijo:
—Esta es Julie
Bergadon, una amiga a quien llamé mientras le curaba el brazo a Jordan —la
enfermera asintió sin interés.
Las mujeres ayudaron
a Stella a subir a la alta cabina de la camioneta; no había asiento trasero.
Stella tenía el brazo enyesado y se veía drogada.
—¿Cómo? —preguntó
Alice mientras partían.
Leisha no contestó.
Estaba mirando un hovercar de la policía que aterrizaba en el otro extremo del
estacionamiento. Bajaron dos oficiales y se encaminaron directamente hacia el
auto de Alice bajo el raquítico arce.
—¡Mi Dios! —exclamó
Alice.
Por primera vez
parecía asustada.
—No nos seguirán el
rastro —dijo Leisha—. No a esta camioneta. Puedes estar tranquila.
—Leisha —la voz de
Alice se alzaba, atemorizada—. Stella está dormida.
Leisha echó un
vistazo a la criatura, recostada contra el hombro de Alice.
—No, no está dormida,
está inconsciente por los calmantes.
—¿Está bien?, ¿es
normal para… ella?
—Podemos perder el
sentido.
Incluso podemos
experimentar el sueño inducido químicamente.
—Tony, ella, Richard
y Jeanine en el bosque a medianoche…—.
¿No lo sabías, Alice?
—No.
—No sabemos mucho una
de la otra, ¿verdad?
Avanzaron en silencio
hacia el sur. Finalmente Alice preguntó:
—¿A dónde la
llevaremos?
—No sé. El primer
lugar en el que buscaría la policía es con cualquiera de los in-somnes…
—No puedes
arriesgarte, tal como están las cosas —dijo Alice, preocupada—. Pero todos mis
amigos están en California, y no creo que podamos llevar esta lata oxidada tan
lejos sin que nos detengan.
—Igual no resultaría.
—¿Qué haremos?
—Déjame pensar.
En una bajada de
autopista encontró un teléfono público. No tendría protección de datos, como la
Red del Grupo. ¿Estaría intervenida la línea abierta de Kevin? Probablemen-te.
Sin duda la de
Santuario sí lo estaba.
Santuario. Todos
estaban yendo o ya estaban allí, había dicho Kevin. Refugiados, tratando de que
las Montañas Allengheny los rodearan como una pequeña cerca protectora. Excepto
los niños como Stella, que no podían.
¿A dónde? ¿Con quién?
Leisha cerró los
ojos. Los insomnes estaban descartados, pues la policía encontraría a Stella en
horas. ¿Susan Melling?
Demasiado notoria
como madrastra de Alice y co-beneficiaria del testamento de Camden; la
interrogarían inmediatamente. No podía ser nadie a quien se pudiera relacionar
con Alice. Tenía que ser un durmiente que Leisha conociera y en quien confiara,
¿y dónde encontrar a alguien que cumpliera esos requisitos?, ¿y cómo decidir
arriesgarse con alguien? Se quedó un largo rato en la oscura cabina telefónica.
Luego caminó hacia la
camioneta.
Alice dormía, con la
cabeza reclinada sobre el asiento. Un hilillo de baba corría por su barbilla.
Tenía el rostro pálido y cansado, a la escasa luz de la cabina. Leisha volvió
al teléfono.
—¿Stewart? ¿Stewart
Sutter?
—¿Sí?
—Habla Leisha Camden.
Pasó algo —le contó la historia brevemente, en frases concisas.
Stewart no la
interrumpió.
—Leisha… —comenzó a
decir Stewart, y se interrumpió.
—Necesito ayuda,
Stewart —"Te ayudaré, Alice", "No necesito tu ayuda". Sopló
el viento sobre el oscuro campo junto a la cabina y Leisha se estremeció. Oyó
en el viento el débil ruego de un mendigo. En el viento, y con su propia voz.
—Está bien —dijo
Stewart— te diré qué haremos. Tengo una prima en Ripley, Nueva York, justo en
la frontera estatal de Pennsylvania por vuestra ruta hacia el este. Tiene que
ser en Nueva York, porque es donde tengo matrícula. Lleva allí a la niña. Yo
llamaré a mi prima y le diré que van. Es una mujer mayor, una gran activista,
se llama Janet Patterson. Vive en…
—¿Qué te hace pensar
que colaborará? Puede ir presa. Y tú también.
—Estuvo presa tantas
veces que no lo creerías. En todas las protestas políticas desde Vietnam. Pero
nadie irá preso. Ahora soy de hecho vuestro abogado, y tengo privilegios. Haré
que declaren a Stella bajo la tutela del Estado. No será difícil con el precedente
que establecísteis en el hospital de Skokie. Luego se la puede transferir a un
hogar sustituto en Nueva York. Conozco el sitio adecuado, gente buena y amable.
Entonces Alice…
—Ella es residente de
Illinois. No puedes…
—Sí, puedo. Desde que
se difundieron los resultados de esas investigaciones sobre la prolongada vida
de los insomnes, los legisladores se han visto perseguidos para aprobar leyes
por estúpidos electores asustados o celosos, o simplemente enojados.
El resultado es un
cuerpo de supuestas "leyes" abarrotado de contradicciones, ab-surdos
y coladuras. A largo plazo no se sostendrán (o al menos eso espero) pero por
ahora pueden explotarse. Las puedo usar para crear el caso más condenadamente enmarañado
para Stella que se haya visto jamás, y mientras tanto no podrán regresarla a su
casa. Pero eso no servirá para Alice… necesitará un abogado matriculado en
Illinois.
—Tenemos una —dijo
Leisha—. Candace Holt.
—No, no un insomne.
Confía en mí para eso, Leisha. Encontraré uno bueno. Hay un hombre en… ¿estás
llorando?
—No —dijo Leisha,
llorando.
—¡Ah, Dios! —dijo
Stewart—. ¡Bastardos! Siento que haya pasado todo esto, Leis-ha.
—No te preocupes
—dijo Leisha.
Cuando tuvo la
dirección de la prima de Stewart volvió a la camioneta. Alice seguía dormida, y
Stella inconsciente. Leisha cerró la portezuela lo más despacio posible. El
motor se ahogó y rugió, pero Alice no se despertó. En la oscura y estrecha
cabina las acompañaba un montón de gente: Stewart Sutter, Tony Indivino, Susan
Melling, Kenzo Yagai, Roger Camden.
A Stewart Sutter le
dijo: "Me llamaste para informarme de la situación en Morehou-se &
Kennedy. Estás arriesgando tu carrera y a tu prima por Stella. Sin esperar
ganar nada. Como Susan cuando me informó por adelantado de los resultados del
estudio de Bernie Kuhn. Susan, que malgastó su vida por seguir a Papá y la
recuperó con su propio esfuerzo.
Un contrato que no
tiene en cuenta a ambos participantes no es un contrato. Lo sabe cualquier
estudiante de primer año.”
A Kenzo Yagai le
dijo: "El intercambio no siempre es lineal. No viste eso. Si Stewart me da
algo y yo le doy algo a Stella, y dentro de diez años Stella es diferente por
eso y le da algo a alguien más que aún no conocemos, eso es una ecología.
Una ecología de
intercambios, sí, en la que cada nicho es necesario aunque no estén ligados por
un contrato. ¿Un caballo necesita de un pez? La respuesta es sí.”
A Tony le dijo:
"Sí, hay mendigos en España que no intercambian, que no dan nada ni hacen
nada. Pero hay algo más que mendigos en España. Si te apartas de los mendigos
te apartas de todo el condenado país. Y te apartas de la posibilidad de una
ecología de ayuda. Eso es lo que quería Alice aquella noche, hace tantos años,
en su dormitorio.
Embarazada, asustada,
enojada, celosa, quería ayudarme a mí, y yo no la dejaba porque no lo
necesitaba. Pero ahora lo necesité y ella me ayudó. Los mendigos necesitan
ayudar tanto como que los ayuden.”
Y, finalmente, sólo
quedaba Papá. Hasta podía verlo, con los ojos brillantes, soste-niendo flores
exóticas de gruesos pétalos en sus manos fuertes. Le dijo a Camden: "Te
equivocabas.
Alice es especial.
¡Oh, Papá… lo especial que es! Te equivocabas.”
En cuanto pensó esto
sintió que se iluminaba. No con la brillante burbuja de la ale-gría ni con la
dura claridad del examen, sino algo distinto: como el sol, entrando suavemen-te
por los vidrios del invernadero, donde dos niñas corren, entrando y saliendo de
su luz. De repente se sintió ella misma luz, no brillante sino traslúcida, un
medio para que la luz del sol pasara hacia algún otro lugar.
Condujo a la mujer
dormida y a la niña lastimada a través de la noche, hacia el este, hacia la
frontera estatal.


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