© Libro N° 15026. La Pastorcita Y El Deshollinador. Andersen, Hans Christian. Emancipación. Abril 18 de 2026
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LA
PASTORCITA Y EL DESHOLLINADOR
Hans
Christian Andersen
La Pastorcita Y El Deshollinador
Hans Christian Andersen
¿Has visto alguna vez un verdadero aparador chapado a la antigua, con la
madera ennegrecida por el tiempo y todo cubierto de hojas rizadas y ridículos
adornos tallados? Pues en cierta sala quedaba uno como recuerdo de la
bisabuela, y estaba tallado de arriba abajo con rosas y tulipanes y los floreos
más extraños, entre los que asomaban unas cabecitas de ciervo con sus astas. En
el centro mismo aparecía la figura completa de un hombre que miraba con una
sonrisa burlona, aunque no podía decirse que se estuviera riendo. Tenía patas
de chivo, dos pequeños cuernos en la frente y una larguísima barba. Los niños
de la casa lo llamaban el
"General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”.
Era un nombre de muy difícil pronunciación, y no son muchos los que alcanzan un
grado tan alto en el ejército. Tenía que haber sido un personaje muy
importante, pues si no, ¿quién se hubiera tomado tanto trabajo en tallarlo? En
fin, de todos modos, allí estaba; y todo el tiempo le era poco para mirar hacia
la mesa que había debajo del espejo, por la sencilla razón de que allí se veía
una linda pastorcita de porcelana.
La pastorcita llevaba zapatos dorados, el vestido delicadamente sujeto
con una rosa roja, un sombrero de oro y un cayado también de oro: era
sencillamente encantadora. Muy cerca de ella había un pequeño deshollinador de
chimeneas, negro como el carbón, aunque también estaba hecho de porcelana.
Realmente era tan limpio y pulcro como el que más, pues, como ven, no dejaba de
ser un deshollinador de adorno. El artesano que lo hizo, de habérselo
propuesto, habría podido convertirlo fácilmente en un príncipe, pues sostenía
su escalera de la manera más graciosa y sus mejillas eran tan rosadas y blancas
como las de una muchacha. Esto acaso fuera un defecto, ya que no le habrían
venido mal algunas manchas de tizne.
Lo habían colocado muy cerca de la pastora, y como era de esperarse, se
enamoraron enseguida. Sin duda que estaban hechos el uno para el otro, pues
ambos venían de la misma porcelana y eran igualmente jóvenes y frágiles.
Cerca de ellos, casi tres veces más grande, había otra figura: un chino
viejo que podía menear la cabeza. También estaba hecho de porcelana, y
afirmaba, aunque no podía probarlo, que era el abuelo de la pastorcita. Fuese o
no verdad, pasaba por guardián suyo, así que cuando el
"General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”
pidió la mano de la pastora, el chino se la concedió con un movimiento de
cabeza.
–Ese es el esposo que te conviene –le dijo–; apostaría a que está hecho
de caoba. Serás la señora del
"General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”.
Ese aparador suyo está lleno de plata, y ¡vaya usted a saber la de cosas que
tendrá guardadas en las gavetas!
–Me niego a entrar en ese oscuro aparador –respondió la pastorcita–. Me
han dicho que ya tiene encerradas dentro a once esposas de porcelana.
–Entonces tú completarás la docena –dijo el chino–. Esta noche, tan
pronto el viejo aparador empiece a crujir, te casas con él, o yo no soy un
chino.
Y luego de cabecear otra vez, se quedó dormido.
Pero la pastorcita estaba deshecha en llanto y miró a su idolatrado
novio, el deshollinador de chimeneas.
–Por favor –le dijo ella–: vayámonos por el ancho mundo, aquí no podemos
quedarnos.
–Haré lo que tú quieras –respondió el deshollinador–. Vámonos ahora
mismo. Estoy seguro de que con mi trabajo ganaré lo suficiente para los dos.
–¡Ojalá estuviésemos ya a salvo en el suelo! –dijo ella–. No me sentiré
tranquila hasta que no estemos allá afuera, en el ancho y vasto mundo.
El deshollinador hizo lo que pudo para consolarla. Le enseñó cómo poner
sus piececitos en los bordes tallados de la mesa, y luego en las molduras
doradas que descendían alrededor de las patas, y así, y con la ayuda de la
escalera, se encontraron por fin en el suelo. Pero cuando volvieron la vista al
viejo aparador, ¡qué sorpresa se llevaron! Allí todo era agitación: por todas
partes los ciervos asomaban sus cabezas y estiraban sus astas y retorcían los
cuellos. El “General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”
no hacía más que dar brincos mientras le gritaba al chino viejo:
–¡Mira que se escapan! ¡Mira que se escapan!
Aquello acabó por asustarlos, y, de un salto, se metieron en la gaveta
que había bajo el asiento de la ventana. Allí encontraron tres o cuatro barajas
–ninguna de ellas completa– y un pequeño teatro de muñecos que ya estaba armado
de la mejor forma posible. Se hallaban representando una comedia, y todas las
reinas –de copas y oros, de espadas y bastos– ocupaban la primera fila y se
abanicaban con sus tulipanes, mientras las sotas permanecían de pie tras ellas
dejando ver bien claro que tenían dos cabezas, una arriba y otra abajo, tal
como sucede en la baraja. La comedia trataba de dos novios a quienes no
permitían casarse, y esto hizo llorar a la pastorcita por lo mucho que se
parecía a su propia historia.
–No puedo soportarlo más –dijo–. Tengo que salir de esta gaveta.
Pero en cuanto llegaron al suelo, vieron que allá sobre la mesa el chino
viejo se había despertado y se estaba meciendo con todo el cuerpo atrás y
adelante, pues quiero que sepan que por abajo era de una sola pieza.
–¡Ahí viene el chino viejo! –gritó la pastorcita, y se asustó tanto, que
cayó sobre sus rodillas de porcelana.
–Se me ocurre una idea –dijo el deshollinador–. Si nos deslizáramos
dentro de esa gran jarra de flores que está en el rincón, podríamos escondernos
entre las rosas y la lavanda, y echarle sal en los ojos cuando se acercase.
–No ganaríamos nada con ello –dijo la pastorcita–. Sé que la jarra y el
chino fueron novios en un tiempo; y cuando dos personas se han querido, siempre
les queda un resto de afecto. No, no hay más remedio que irnos por el ancho
mundo.
–¿Y de veras serás tan valiente como para arriesgarte a tanto, como para
salir conmigo por el ancho mundo? –preguntó el deshollinador–. ¿Te das bien
cuenta de lo grande que es y de que nunca más podremos volver aquí?
–Sí –respondió ella.
Entonces el deshollinador la miró fijamente y le dijo:
–Mi camino pasa a través de la chimenea. ¿Eres de verdad tan valiente
que te atreves a entrar conmigo en la estufa y a trepar luego por caño arriba
hasta meternos en la chimenea? Una vez allí, sé muy bien lo que tengo que
hacer. Subiremos tan alto, que no podrán alcanzarnos, y en el extremo superior
de la chimenea hallaremos la abertura que desemboca al ancho mundo.
Y la condujo hasta la puerta de la estufa.
–¡Qué oscura es! –dijo la pastorcita. Pero lo siguió a pesar de todo a
través de la estufa, hasta meterse por el caño, donde la noche era cerrada.
–Ahora ya estamos en la chimenea –dijo él–. ¡Mira, mira cómo brilla esa
estrella allá en lo alto!
Sí, era en realidad una estrella que desde el cielo les enviaba su luz,
como si quisiera enseñarles el camino. Y se arrastraron y treparon –la subida
era horrible–, siempre arriba y más arriba. Y en todo el tiempo el
deshollinador no dejaba de ayudar a la pastorcita, alzándola y sujetándola, y
enseñándole los mejores sitios para poner sus piececitos de porcelana. Hasta
que, por fin, alcanzaron el remate mismo de la chimenea y se sentaron en el
borde, pues se hallaban muertos de cansancio, y no es para maravillarse.
Allá sobre sus cabezas se abría la noche con todas sus estrellas, y
abajo yacía la ciudad con todos sus tejados. En torno a ellos y tan lejos como
alcanzaba la vista, extendíase el ancho mundo. La pobre pastora no había
imaginado jamás nada semejante, y reclinando su cabecita sobre el hombro del
deshollinador se echó a llorar y a llorar, hasta que comenzó a desteñirse el
oro de la banda que llevaba a la cintura.
–¡Eso es demasiado! –dijo–. No puedo soportarlo; el mundo es demasiado
grande. ¡Quién pudiera estar otra vez en aquella mesita bajo el espejo! No
volveré a ser feliz hasta que no regrese. Te he seguido hasta el ancho mundo:
ahora, si algo me amas, tendrás que llevarme otra vez a casa.
El deshollinador trató de convencerla con todos los razonamientos
imaginables. Le recordó al chino viejo y al
"General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”,
pero ella lloraba tan amargamente y daba tantos besos a su pequeño
deshollinador de chimeneas, que este hubo de ceder al fin, aunque le pareció
que aquello era lo peor que podían hacer.
Con grandes dificultades arrastráronse de nuevo por la chimenea abajo;
se deslizaron por el estrecho y desagradable caño y otra vez se encontraron
dentro de la oscura estufa, desde cuya puerta se pusieron a atisbar lo que
ocurría en la estancia.
No se escuchaba ni el más pequeño ruido. Se asomaron un poco y… ¡Santo
cielo! ¡Allí, en medio del piso, yacía deshecho el chino viejo! Al tratar de
perseguirlos, se había caído de la mesa, y allí estaba roto en tres pedazos.
Toda la espalda se le había desprendido en bloque, y la cabeza había rodado a
un rincón. El “General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia- Guillermitopatasdechivo” estaba donde
siempre, absorto en profundos pensamientos.
–¡Qué horror! –exclamó la pastorcita–. El abuelo está roto, y todo por
culpa nuestra. No me consolaré jamás.
Y se retorcía sus manos delicadas.
–Todavía hay tiempo de repararlo –dijo el deshollinador–. Puede quedar
muy bien. Vaya, no hay que angustiarse tanto. En cuanto le arreglen la espalda
y le pongan un bonito remache en el cuello, quedará otra vez como nuevo y podrá
decirnos aún muchas cosas desagradables.
–¿De veras que lo crees así? –dijo ella. Y enseguida treparon a la mesa
donde habían estado antes.
–Bien, ya estamos otra vez en el punto de partida –dijo el
deshollinador–. Podíamos habernos ahorrado todo el trabajo.
–¡Cómo me gustaría que el abuelo estuviese ya a salvo con su remache!
–dijo la pastorcita–. ¿Crees que costará mucho?
¡Vaya si lo repararon bien! La familia hizo que le pegaran la espalda, y
que le pusieran en el cuello un bonito remache. Estaba como nuevo; solo que no
podía mover la cabeza.
–Te has vuelto muy orgulloso y estirado desde que te caíste –dijo el
“General-Mándalotodo-en-Vanguardia-y-retaguardia-Guillermitopatasdechivo”–,
aunque no encuentro en ello ningún motivo de orgullo. Y a fin de cuentas, ¿vas
a entregármela o no?
Nos hubiese conmovido ver las miradas suplicantes que dirigían al chino
viejo el deshollinador y la pastorcita: ¡Tenían tanto miedo de que dijera sí
con la cabeza! Pero le era imposible hacerlo, y además detestaba confesarle a
un extraño que llevaba para siempre un remache en el cuello. Así que ya no se
separó nunca de la pareja de porcelana, y vivieron siempre agradecidos al
remache del abuelo, y continuaron amándose hasta que, por fin, también ellos se
rompieron un día.
Traducción de Eliseo Diego.
FIN


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