© Libro N° 14999. Los Cuatro Hermanos Ingeniosos. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/los_cuatro_hermanos_ingeniosos
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LOS CUATRO HERMANOS INGENIOSOS
Hermanos
Grimm
Los Cuatro Hermanos Ingeniosos
Hermanos Grimm
Érase un pobre hombre que tenía cuatro hijos. Cuando fueron mayores, los
llamó y les dijo:
- Hijos míos, es cuestión de que os marchéis por esos mundos, pues yo no
tengo nada para daros. Id a otros países, aprended un oficio y procurad abriros
camino.
Dispusiéronse los cuatro a marcharse y, tras despedirse de su padre,
partieron juntos. Al cabo de algún tiempo de caminar a la ventura llegaron a
una encrucijada, de la que partían caminos en cuatro direcciones. Y dijo el
mayor:
- Aquí hemos de separarnos. Dentro de cuatro años, en este mismo día y
lugar, volveremos a reunirnos. Entretanto, que cada cual busque fortuna por su
lado.
Marcharon cada uno en una dirección. El primero se encontró con un
hombre, que le preguntó dónde iba y cuál era su propósito.
- Quiero aprender un oficio - respondióle el muchacho.
- Vente conmigo. Aprenderás a ser ladrón - le contestó el desconocido.
- No - respondió el mozo -, éste no es un oficio honorable. Se acaba
siempre en badajo de horca.
- ¡Oh, no temas por eso! Sólo te enseñaré a apropiarte lo que nadie más
podría obtener, y de modo que no quede rastro.
El muchacho se dejó convencer, y al lado de aquel hombre aprendió a ser
un ladrón perfecto, tan hábil, que cuando se había prendado de un objeto, caía
irremediablemente en sus manos.
El segundo hermano halló a otro sujeto que le hizo la misma pregunta:
qué quería aprender.
- Todavía no lo sé - respondió.
- En este caso, vente conmigo y serás astrólogo. No hay oficio mejor,
pues nada habrá que se te oculte.
Gustóle la idea al joven, y llegó a ser un astrólogo consumado. Al
terminar su aprendizaje, se despidió de su maestro, y éste le dio un anteojo,
diciéndole:
- Con esto podrás ver cuanto ocurre en la tierra y en el cielo. Nada se
ocultará a tu mirada.
Al tercer hermano adiestrólo un cazador, enseñándole todas las mañas y
recursos de su arte, con tanto aprovechamiento por parte del discípulo, que
salió hecho un consumado montero. Al despedirse, el maestro lo obsequió con una
escopeta y le dijo:
- Donde pongas el ojo, allá irá la bala; jamás errarás la puntería.
Finalmente, el menor de los hermanos se encontró también con un
viandante que le preguntó por sus propósitos.
- ¿No te gustaría ser sastre? - le dijo.
- No sé - contestó el mozo -. Eso de pasarse las horas con las piernas
cruzadas, desde la mañana a la noche, y estar manejando continuamente la aguja
y la plancha, no me seduce, ni mucho menos.
- ¡No lo digas! - exclamó el hombre -. Tú hablas por lo que has visto;
pero conmigo aprenderás un arte muy distinto, decente, productivo, y muy
honroso incluso.
Dejóse persuadir el muchacho, se fue con el sastre y aprendió a fondo su
profesión. Cuando se despidió, ya terminado el aprendizaje, diole su patrón una
aguja, diciéndole:
- Con ella puedes coser cuanto te venga a la mano, aunque sea tan duro
como el acero; y quedará tan bien juntado, que no se verá la costura.
Cuando ya hubieron transcurrido los cuatro años convenidos, los hermanos
volvieron a encontrarse en el mismo lugar en que se habían separado, y, después
de abrazarse y besarse, regresaron a la casa paterna.
- ¡Muy bien! - exclamó el padre, satisfecho -. ¿Otra vez os trae el
viento a mi lado?
Contáronle ellos sus andanzas y lo que cada uno había aprendido.
Sentados todos juntos bajo un árbol que se levantaba delante de la casa, dijo
el padre:
-Voy a poneros a prueba. Quiero ver de lo que sois capaces -. Y, mirando
hacia arriba, manifestó al hijo segundo En la cumbre de este árbol, entre dos
ramas, hay un nido de pinzones. Dime cuántos huevos contiene.
Cogió el astrólogo su anteojo y dirigiéndolo al nido, respondió:
- Cinco.
Entonces se volvió el padre al mayor:
- Ve a buscar los huevos sin que lo note el pájaro que los está
incubando.
El hábil ladrón subió al árbol y, sin que el avecilla notase nada ni se
moviese del nido, le quitó de debajo del cuerpo los cinco huevos y los bajó a
su padre. Tomándolos el viejo, colocó uno en cada canto de la mesa, y el
quinto, en el centro, y dijo al cazador:
- De un solo disparo has de partir en dos los cinco huevos.
El mozo se echó la escopeta a la cara, disparó y partió por la mitad los
cinco huevos de un solo tiro. Por lo visto usaba una pólvora capaz de dar la
vuelta a la esquina.
- Ahora te toca a ti - dijo el padre al hijo menor -. Vas a coser los
huevos, y hasta los polluelos que hay dentro, de tal forma que no se vean los
efectos del disparo.
Sacó el sastre su aguja y procedió a coser tal como su padre le pedía.
Cuando hubo terminado, el ladrón volvió los huevos al nido, colocándolos debajo
del ave que los empollaba, sin que ésta lo notase. Y a los pocos días nacieron
los pequeños con una tirita roja alrededor del cuello, por donde los cosiera el
sastre.
- Está bien - dijo el viejo a sus hijos -. Tengo que felicitaras por
vuestro éxito. Habéis empleado bien el tiempo, aprendiendo cosas provechosas, y
no sabría a cuál de los cuatro dar la preferencia. Esto se verá en cuanto se
presente una ocasión de aplicar vuestras artes.
Poco tiempo después se produjo gran revuelo en el país, pues un dragón
había raptado a la hija del Rey. Éste se pasaba cavilando día y noche, y, al
fin, mandó pregonar que quien la rescatase se casaría con ella. Dijeron
entonces los hermanos:
- He aquí una oportunidad de distinguirnos - y se propusieron partir
juntos a liberar a la princesa.
- Pronto sabré dónde se halla - dijo el astrólogo, y, mirando por su
telescopio, declaró -: Ya lo veo; está muy lejos de aquí, en una roca en medio
del mar. A su lado hay un dragón que la guarda.
Presentóse al Rey, pidióle un barco para él y sus hermanos y los cuatro
se hicieron a la mar, con rumbo a la roca. Al llegar a ella vieron a la hija
del Rey, con el dragón dormido en el regazo. Dijo el cazador:
- No puedo disparar, pues mataría también a la princesa.
- Voy a intervenir yo - anunció el ladrón, y, deslizándose hasta el
lugar, llevóse a la doncella con tanta ligereza y agilidad, que el monstruo no
se dio cuenta de nada y siguió roncando. Contentísimos, corrieron a embarcar de
nuevo y zarparon sin pérdida de tiempo. Pero el dragón, que al despertar no
había encontrado a la princesa, salió furioso en su persecución, surcando los
aires con terrorífico resoplido. Cuando se cernía ya sobre el barco y se
disponía a precipitarse sobre él, apuntándole el cazador con la escopeta,
disparó una bala que le atravesó el corazón. Cayó muerto el monstruo; pero era
tan enorme que, al desplomarse sobre el navío, lo destrozó completamente. Los
náufragos pudieron aferrarse a unas tablas y quedaron flotando en la superficie
de las olas, en situación apuradísima. Mas el sastre, ni corto ni perezoso,
sacando su aguja maravillosa, hilvanó las tablas a toda prisa con unas puntadas
y, desde ellas, pescó todas las piezas del barco, cosiéndolas con tanta
perfección que, al poco rato, la nave volvía a hallarse en condiciones de
navegar, y los hermanos pudieron arribar felizmente a su patria.
El Rey sintió una inmensa alegría al volver a ver a su hija, y dijo a
los cuatro hermanos:
- Uno de vosotros ha de recibirla por esposa. Decidid quién ha de ser.
Suscitóse entonces una viva disputa entre ellos, pues cada uno alegaba
sus derechos. Decía el astrólogo:
- Si yo no hubiese descubierto a la princesa, de nada habrían servido
vuestras artes. Por tanto, me pertenece a mí.
El ladrón observaba:
- ¿De qué habría servido descubrirla, si yo no la hubiese sacado de
entre las garras del dragón? Mía es, pues.
Y el cazador:
- La princesa y todos vosotros hubierais sido destrozados por el
monstruo. Mi bala os libró de sus garras. En consecuencia, es a mí a quien
corresponde.
Y el sastre, a su vez:
- Y si yo, con mi arte, no hubiese recompuesto el barco, todos habríamos
muerto ahogados. Por tanto, es mía.
Intervino entonces el Rey:
- Todos tenéis igual derecho; pero como la princesa no puede ser de
todos, no será de ninguno. En cambio, daré a cada cual una parte del reino en
compensación.
Satisfizo el ofrecimiento a los hermanos, los cuales dijeron:
- Es mejor esto que el que nazcan disputas entre nosotros.
Y cada cual recibió una cuarta parte del reino, y todos vivieron felices
en compañía de su viejo padre durante todo el tiempo que plugo a Dios.
*
* * *
*
FIN


Publicar un comentario