© Libro N° 14998. La Hilandera Holgazana. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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LA
HILANDERA HOLGAZANA
Hermanos
Grimm
La Hilandera Holgazana
Hermanos Grimm
Vivían en un pueblo un hombre y su mujer, la cual era holgazana en
extremo, y no había modo de hacerla trabajar. Lo que su marido le daba para
hilar, lo dejaba a medio hacer, y lo que hilaba, lo liaba de cualquier modo, en
vez de devanarlo. Si su esposo la reñía, ella tenía siempre la respuesta a
punto.
- ¡Cómo voy a devanar - replicóle en una ocasión - si no tengo
devanadera! Ve tú al bosque y hazme una.
- Si sólo es eso - dijo el marido -, iré al bosque a buscar madera y te
haré una.
Temió la mujer que, una vez su esposo tuviese el material, le hiciese,
en efecto, una devanadera y la obligase a hilar de nuevo. Estuvo pensando un
poco, hasta que se le ocurrió una buena idea. Siguió secretamente al hombre y,
al subirse éste a un árbol para escoger una rama y cortarla, disimulándose ella
entre las matas de modo que no pudiese ser vista, gritó:
"El que corte madera, morirá;
quien devane con ella, se perderá".
Al oírlo el marido, dejó el hacha unos momentos, pensando en lo que
podría significar aquello.
- ¡Bah! - exclamó al fin -. ¡Qué puede ser! Un ruido cualquiera. Sería
un tonto si me preocupase -. Y, empuñando de nuevo el hacha, volvió a su
trabajo. Pero oyó la misma voz:
"El que corte madera, morirá;
quien devane con ella, se perderá".
Detúvose él, sintió miedo y quedó reflexionando. Pero, al cabo de un
rato, tomó nuevos ánimos, volvió a coger el hacha... y ¡dale! Y he aquí que por
tercera vez repitieron en alta voz, desde el bosque:
"El que corte madera, morirá;
quien devane con ella, se perderá".
Aquello era ya demasiado, se le pasaron al hombre todas las ganas; bajó
del árbol más que deprisa y emprendió el camino de su casa. La mujer regresó
también, corriendo por atajos, para llegar antes. Cuando el hombre entró en la
casa, allí estaba ella con aire inocente, como si nada hubiese ocurrido, y le
preguntó:
- ¿Qué? ¿Traes una buena devanadera?
- No - respondió él -. Tendrás que dejar el devanado - y, contándole lo
que había sucedido en el bosque, la dejó en paz en adelante.
Sin embargo, pronto volvió el marido a quejarse del desorden que reinaba
en la casa.
- Mujer - díjole -, es una vergüenza que el lino hilado siga ahí en
madejas, de cualquier manera.
- ¿Sabes qué? - respondió la mujer -; ya que no has podido hacerte con
una devanadera, tú te subes al desván y yo me colocaré abajo; te echaré el hilo
hacia arriba y tú me lo vuelves a echar abajo, y de este modo saldrá una
madeja.
- Bueno - dijo el marido; y lo hicieron así. Y cuando hubieron
terminado, prosiguió él:
- Bien, ya tenemos el hilo enmadejado; ahora hace falta cocerlo.
A la mujer aquello le venía también cuesta arriba, pero respondió:
- Sí, mañana de madrugada lo coceremos - e imaginó un nuevo truco.
Levantóse a primera hora, encendió fuego y puso el caldero; pero en vez
del hilo, echó dentro un montón de estopa, dejando que cociese. Luego fue a ver
a su marido, que se estaba aún en la cama, y le dijo:
- Tengo que salir; levántate y vigila el hilo, que se está cociendo en
el caldero. Mas procura no dormirte y estar al tanto, pues si cuando cante el
gallo no vigilas, en vez de hilo tendremos estopa.
El hombre, deseoso de hacer bien las cosas y no descuidar ningún
detalle, levantóse y se vistió con toda diligencia, bajando, acto seguido, a la
cocina. Pero al llegar al caldero y echar una mirada a su interior, vio con
espanto una masa de estopa. El infeliz no dijo nada, pensando que la desgracia
era culpa de descuido, y jamás volvió a mentar el hilo ni la hilatura. Pero
¡hay que ver la mala pieza que era aquella mujer!
*
* * *
*
FIN


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