© Libro N° 14979. Juan-Mi-Erizo (Juan Erizo). Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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JUAN-MI-ERIZO
(Juan Erizo)
Hermanos Grimm
Juan-Mi-Erizo
(Juan Erizo)
Hermanos Grimm
Érase una vez un rico campesino que no tenía ningún hijo con su mujer. A
menudo cuando iba con los demás campesinos a la ciudad éstos se burlaban de él
y le preguntaban por qué no tenía hijos. Una vez se puso muy furioso y cuando
llegó a su casa dijo: "¡Yo quiero tener un hijo! ¡Aunque sea un
erizo!" Su mujer entonces tuvo un hijo que era de mitad para arriba un
erizo y de mitad para abajo un niño, y cuando vio a su hijo se asustó mucho y
dijo: "¿Lo ves? ¡Nos has echado encima una maldición!" Entonces dijo el
marido: "Ya no sirve de nada lamentarse, tenemos que bautizar al niño,
pero no podemos darle ningún padrino." La mujer dijo: "Y tampoco
podemos bautizarlo más que con el nombre de Juan-mi-erizo." Cuando estuvo
bautizado dijo el cura: "A éste con sus púas no se le puede poner en una
cama como es debido." Así que le prepararon un poco de paja detrás de la
estufa y acostaron allí a Juan-mi-erizo. Tampoco podía alimentarse del pecho de
la madre, pues la hubiera pinchado con sus púas. Así, se pasó ocho años tumbado
detrás de la estufa, y su padre estaba ya harto de él y deseando que se
muriera; pero no se moría, y allí seguía acostado. Ocurrió entonces que en la
ciudad había mercado y el campesino quiso ir. Entonces le preguntó a su mujer
qué quería que le trajera. "Un poco de carne y un par de panecillos que
hacen falta en casa," dijo ella. Después le preguntó a la criada y ésta le
pidió un par de zapatillas y unas medias de rombos. Finalmente dijo también:
"¿Y tú qué quieres, Juan-mi-erizo?" - "Padrecito," dijo,
"tráeme una gaita, anda." Cuando el campesino volvió a casa le dio a
su mujer lo que le había traído: la carne y los panecillos; luego le dio a la
criada las zapatillas y las medias de rombos, y finalmente se fue detrás de la
estufa y le dio a Juan-mi-erizo la gaita. Y cuando Juan-mi-erizo la tuvo dijo:
"Padrecito, anda, ve a la herrería y encarga que le pongan herraduras a mi
gallo, que entonces me marcharé cabalgando en él y no volveré jamás." El
padre entonces se puso muy contento porque iba a librarse de él e hizo que
herraran al gallo, y cuando estuvo listo Juan-mi-erizo se montó en él y se
marchó, levándose también cerdos y asnos, pues quería apacentarlos en el
bosque. Una vez en él, sin embargo, el gallo tuvo que volar con él hasta un
alto árbol, y allí se quedó, cuidando de los asnos y los cerdos, y allí estuvo
muchos años, hasta que el rebaño se hizo grandísimo, y su padre no supo nada de
él. Y mientras estaba en el árbol tocaba su gaita y hacía una música muy
hermosa. Una vez pasó por allí un rey que se había perdido y oyó la música;
entonces se quedó muy asombrado y envió a un criado a que mirara de dónde
procedía la música. Este miró por todas partes, pero lo único que vio fue,
arriba en el árbol, un pequeño animal que parecía un gallo con un erizo encima
y que era el que tocaba la música. Entonces el rey le dijo al criado que le
preguntara por qué estaba allí y si no sabría cuál era el camino para volver a
su reino. Juan-mi-erizo se bajó entonces del árbol y le dijo que le enseñaría
el camino si el rey le prometía por escrito que le daría lo primero con lo que
se encontrara en la corte real cuando llegara a casa. El rey pensó: "Eso
puedes hacerlo tranquilamente, pues Juan-mi-erizo no entiende y puedes escribir
lo que tú quieras." El rey entonces cogió pluma y tinta y escribió
cualquier cosa, y una vez hecho esto Juan-mi-erizo le enseñó el camino y llegó
felizmente a casa. Pero a su hija, que le vio llegar desde lejos, le entró
tanta alegría que salió corriendo a su encuentro y le besó. Él se acordó de
Juan-mi-erizo y le contó lo que le había sucedido y que le había tenido que
prometer por escrito a un extraño animal que iba montado en un gallo y tocaba
una bella música que le daría lo primero que se encontrara al llegar a casa,
pero que como Juan-mi-erizo no sabía leer, lo que había escrito realmente era
que no se lo daría. La princesa se alegró mucho y dijo que eso estaba muy bien,
pues jamás se hubiera ido con él.
Juan-mi-erizo, por su parte, siguió apacentando los asnos y los cerdos y
siempre estaba alegre subido al árbol y tocando su gaita. Y sucedió entonces
que pasó por allí con sus criados y sus alfiles otro rey que se había perdido y
no sabía volver a casa porque el bosque era muy grande. Entonces oyó también a
lo lejos la bella música y le preguntó a su alfil qué sería aquello, que fuera
a mirar de dónde procedía. El alfil llegó debajo del árbol y vio arriba del
todo al gallo con Juan-mi-erizo encima. El alfil le preguntó qué era lo que
hacía allí arriba. "Estoy apacentando mis asnos y mis cerdos. ¿Qué se os
ofrece?" El alfil dijo que se habían perdido y no podrían regresar a su
reino si él no les enseñaba el camino. Entonces Juan-mi-erizo se bajó con su
gallo del árbol y le dijo al viejo rey que le enseñaría el camino si le daba lo
primero que se encontrara en su casa delante del palacio real. El rey dijo que
sí y le confirmó por escrito a Juan-mi-erizo que se lo daría. Una vez hecho
esto Juan-mi-erizo se puso al frente montado en el gallo y le enseñó el camino,
y el rey regresó felizmente a su reino. Cuando llegó a la corte hubo una gran
alegría. Y el rey tenía una única hija que era muy bella y salió a su
encuentro, se le abrazó al cuello y le besó y se alegró mucho de que su viejo
padre hubiera vuelto. Le preguntó también que dónde había estado por el mundo
tanto tiempo y él entonces le contó que se había perdido y a punto había estado
de no volver jamás, pero que cuando pasaba por un gran bosque un ser medio erizo,
medio hombre que estaba montado en un gallo subido a un alto árbol y tocaba una
bella música le había ayudado y le había enseñado el camino, y que él a cambio
le había prometido que le daría lo primero que se encontrara en la corte real,
y que lo primero había sido ella y lo sentía muchísimo. Ella, sin embargo, le
prometió entonces que, por amor a su viejo padre, se iría con él si iba por
allí.
Juan-mi-erizo, sin embargo, siguió cuidando sus cerdos, y los cerdos
tuvieron más cerdos y éstos tuvieron otros y así sucesivamente, hasta que al
final eran ya tantos que llenaban el bosque entero. Entonces Juan-mi-erizo hizo
que le dijeran a su padre que vaciaran y limpiaran todos los establos del
pueblo, que iba a ir con una piara de cerdos tan grande que todo el que supiera
hacer matanza tendría que ponerse a hacerla. Cuando su padre lo oyó se quedó
muy afligido, pues pensaba que Juan-mi-erizo se habría muerto ya hacía mucho
tiempo. Pero Juan-mi-erizo se montó en su gallo, condujo los cerdos hasta el
pueblo y los hizo matar. ¡Uf, menuda carnicería! ¡Se podía oír hasta a dos
horas de camino de distancia! Después dijo Juan-mi-erizo: "Padrecito, haz
que hierren de nuevo a mi gallo en la herrería y entonces me marcharé de aquí y
no volveré en toda mi vida." El padre entonces hizo que herraran al gallo
y se alegró mucho de que Juan-mi-erizo no quisiera volver.
Juan-mi-erizo se fue cabalgando al primer reino; allí el rey había dado
orden de que si llegaba uno montado en un gallo y con una gaita, dispararan
todos contra él y le golpearan y le dieran cuchilladas para que no llegara al
palacio. Cuando Juan-mi-erizo llegó se abalanzaron sobre él con las bayonetas,
pero él espoleó a su gallo, pasó volando sobre la puerta del palacio y se posó
en la ventana del rey y le dijo que le diera lo que le había prometido o de lo
contrario les quitaría la vida a él y a su hija. El rey entonces le dijo a su
hija con buenas palabras que tenía que marcharse con él si quería salvar su
vida y la suya propia. Ella se vistió de blanco, y su padre le dio un coche con
seis caballos y unos magníficos criados, dinero y enseres. Ella se montó en el
coche y Juan-mi-erizo se sentó con su gallo a su lado; luego se despidieron y
se marcharon de allí, y el rey pensó que no volvería a verlos. Pero no sucedió
lo que él pensaba, pues cuando estaban ya a un trecho de camino de la ciudad
Juan-mi-erizo la desnudó y la pinchó con su piel de erizo hasta que estuvo
completamente llena de sangre. "Éste es el pago a vuestra falsedad. Vete,
que no te quiero," le dijo, y la echó de allí a su casa, y ya estaba
ultrajada para toda su vida.
Juan-mi-erizo, por su parte, siguió cabalgando en su gallo con su gaita
hacia el segundo reino, a cuyo rey le había enseñado también el camino. Éste,
sin embargo, había dispuesto que si llegaba alguien como Juan-mi-erizo le
presentaran armas y le dejaran franco el paso, lanzaran vivas y le llevaran al
palacio real. Cuando la princesa le vio se asustó, pues realmente tenía un
aspecto extrañísimo, pero pensó que no quedaba más remedio, pues se lo había
prometido a su padre. El rey entonces le dio la bienvenida a Juan-mi-erizo y
éste tuvo que acompañarle a la mesa real, y ella se sentó a su lado, y comieron
y bebieron. Cuando se hizo de noche y se iban a ir a dormir a ella le dieron
mucho miedo sus púas, pero él le dijo que no temiera, que no sufriría ningún daño,
y al viejo rey le dijo que apostara cuatro hombres en la puerta de la alcoba y
que encendieran un gran fuego, y que cuando él entrara en la alcoba y fuera a
acostarse en la cama se desprendería de su piel de erizo y la dejaría a los
pies de la cama; entonces los hombres tendrían que acudir rápidamente y echarla
al fuego y quedarse allí hasta que el fuego la hubiera consumido. Cuando la
campana dio las once entró en la alcoba y se quitó la piel de erizo y la dejó a
los pies de la cama; entonces entraron los hombres y la cogieron rápidamente y
la echaron al fuego, y cuando el fuego la consumió él quedó salvado, echado
allí en la cama como una persona normal y corriente, aunque negro como el
carbón, igual que si se hubiera quemado. El rey envió allí a su médico y le
limpió con buenas pomadas y le untó con bálsamo, y entonces se volvió blanco y
quedó convertido en un joven y hermoso señor. Cuando la princesa lo vio se
alegró mucho, y se levantaron muy contentos y comieron y bebieron y se celebró
la boda, y el viejo rey le otorgó su reino a Juan-mi-erizo.
Cuando habían pasado ya unos cuantos años se fue de viaje con su esposa
a la casa de su padre y le dijo que era su hijo; el padre, sin embargo, le
contestó que no tenía ninguno, que solamente había tenido uno una vez, pero que
había nacido con púas como un erizo y se había marchado por esos mundos. Él
entonces se dio a conocer y el anciano padre se alegró mucho y se fue con él a
su reino.
Juanmierizo (Juan Erizo)
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FIN


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