© Libro N° 14974. El Reyezuelo Y El Oso. Hermanos Grimm. Emancipación. Marzo 28 de 2026
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EL
REYEZUELO
Y
EL OSO
Hermanos
Grimm
El Reyezuelo Y El Oso
Hermanos Grimm
Un día de verano salieron de paseo el lobo y el oso. Éste, oyendo el
melodioso canto de un pajarillo, dijo:
- Hermano lobo, ¿qué pájaro es éste que tan bien canta?
- Es el rey de los pájaros - respondió el lobo -. Hemos de inclinarnos
ante él.
Era, en efecto, el reyezuelo.
- En este caso - respondió el oso - me gustaría ver su palacio real.
Enséñamelo.
- No es tan fácil como crees - dijo el lobo -; debes aguardar a que
venga la Señora Reina.
Al poco rato se presentó la Reina, llevando comida en el pico, y llegó
también el Rey, para dar de comer a sus crías. El oso quería seguirlos sin más
ceremonias; pero el lobo lo sujetó por la manga, diciéndole:
- No, debes aguardar a que los reyes padres se hayan vuelto a marchar.
Tomaron nota del agujero donde estaba el nido, y se retiraron.
Pero el oso no podía dominar su impaciencia; a toda costa quería ver el
real palacio, y, al poco rato, volvió al lugar. El Rey y la Reina se habían
ausentado, y el oso, echando una mirada al nido, vio en él cinco o seis
polluelos.
- ¿Esto es un palacio real? - exclamó -. ¡Vaya un palacio miserable! Ni
vosotros sois hijos de reyes, sino unos pícaros.
Al oir esto los jóvenes reyezuelos, montando en cólera se pusieron a
gritar:
- ¡No es verdad! Nuestros padres son gente noble. Nos pagarás caro este
insulto, oso.
El oso y el lobo, inquietos, se volvieron a sus respectivas madrigueras,
mientras los pajarillos continuaban gritando y alborotando. Cuando sus padres
regresaron con más comida, los hijos les dijeron:
- No tocaremos una pata de mosca, aunque tengamos que morirnos de
hambre, antes de que dejéis bien sentado si somos o no hijos legítimos. El oso
estuvo aquí y nos insultó.
Dijo entonces el padre Rey:
- Estad tranquilos, que nosotros arreglaremos este asunto.
Y, emprendiendo el vuelo junto con la Señora Reina, llegaron a la
entrada de la cueva del oso, y gritó el Rey:
- Oso gruñón, ¿por qué has insultado a nuestros hijos? Lo pagarás caro,
pues vamos a hacerte una guerra sin cuartel.
Con esto declararon la guerra al oso, el cual llamó en su auxilio a
todos los cuadrúpedos: el buey, el asno, el ciervo, el corzo y todos los demás
que habitan la superficie de la tierra. Por su parte, el reyezuelo convocó a
todos los que viven en el aire, no sólo a las aves, grandes y chicas, sino
también a los mosquitos, avispones, abejas y moscas; todos hubieron de acudir.
Cuando sonó la hora de comenzar las hostilidades, el reyezuelo envió
espías al lugar donde había instalado su cuartel general el jefe del ejército
enemigo. El mosquito, que era el más astuto, recorrió el bosque en el que se
concentraban las fuerzas adversarias, y se posó, finalmente, bajo una hoja del
árbol a cuyo pie se daban las consignas. El oso llamó a la zorra y le dijo:
- Zorra, tú eres el más sagaz de todos los animales; serás el general, y
nos acaudillarás.
- De buen grado - respondió la zorra -; pero, ¿qué señal adoptaremos?
Nadie dijo una palabra.
- Pues bien - prosiguió la zorra -: Yo tengo un hermoso rabo, largo y
poblado, como un penacho rojo; mientras lo mantenga enhiesto, es señal de que
la cosa marcha bien, y vosotros debéis avanzar; pero si lo bajo, echad a correr
con todas vuestras fuerzas.
- Al oír esta consigna, el mosquito emprendió el vuelo a su campo y lo
comunicó al reyezuelo con todo detalle.
Al amanecer el día en que debía librarse la batalla, viose, desde lejos,
venir todo el ejército de cuadrúpedos a un trote furioso y armando un estruendo
que hacía retemblar la tierra. El reyezuelo avanzó, por su parte, al frente de
sus aladas huestes, hendiendo el aire con una pavorosa algarabía de chillidos,
zumbidos y aleteos. Y los dos ejércitos se embistieron con furor. El reyezuelo
envió al avispón con orden de situarse bajo el rabo de la zorra y picarle con
todas sus fuerzas. A la primera punzada, la raposa dio un respingo y levantó la
pata; resistió, sin embargo, manteniendo la cola enhiesta; la segunda picadura
la obligó a bajarla un momento; y a la tercera, no pudiendo ya aguantar, lanzó
un grito y puso el rabo entre piernas. Al verlo los animales, creyeron que todo
estaba perdido y emprendieron la fuga, buscando cada uno refugio en su
madriguera; así, las aves ganaron la batalla.
Volaron entonces los reyes padres hasta el nido y dijeron a sus crías:
- ¡Alegraos, pequeños, comed y bebed cuanto os apetezca; hemos ganado la
guerra!
Pero los polluelos replicaron:
- No comeremos hasta que el oso venga ante nuestro nido a presentar
excusas y reconozca nuestra alcurnia.
Voló el reyezuelo a la cueva del oso, y gritó:
- Gruñón, tienes que presentarte ante el nido de mis hijos a pedirles
perdón y decirles que son personas de alcurnia; de otro modo, te vamos a romper
las costillas.
El oso, asustado, apresuróse a ir para presentar sus excusas, y sólo
entonces se declararon satisfechos los jóvenes reyezuelos, que comieron,
bebieron y armaron gran jolgorio hasta muy avanzada la noche.
*
* * *
*
FIN


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