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Libro N° 14935. Dramas Históricos. Shakespeare, William. Parte Tres


© Libro N° 14935. Dramas Históricos. Shakespeare, William. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © Dramas Históricos. William Shakespeare

 

Versión Original: © Dramas Históricos. William Shakespeare

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

DRAMAS HISTÓRICOS

parte  tres

William Shakespeare


Otros MOZOS DE TABERNA

Músicos

VIGILANTE PRIMERO

LACAYO PRIMERO

LACAYO SEGUNDO

PAJE del rey

MENSAJERO

Soldados, criados, vigilantes

EPÍLOGO

www.lectulandia.com - Página 724

INTRODUCCIÓN

Entra RUMOR, cubierto de lenguas pintadas.

RUMOR ¡Paren las orejas! Pues, ¿quién podría cerrarlas a la voz tonante de Rumor?

Del Oriente al Oeste donde el sol se pone, cabalgo en el viento, caballo siempre fresco, y cuento y recuento los actos iniciados sobre la esfera de esta tierra. En cada una de mis lenguas va montada una infamia; en todos los idiomas la repito

y lleno los oídos de los hombres

de falsas novedades. Hablo de concordia mientras el odio, bajo el disfraz de la armonía, hiere al mundo.

¿Y quién sino Rumor, quién sino yo,

podría provocar tremendas levas

y afanosos preparativos de defensa

en un año al cual se cree grávido

de una guerra cruel, cuando en verdad

está preñado de otras penas?

Rumor es flauta donde soplan

conjeturas, envidias, suspicacias;

sacar de ella una nota es tan sencillo

que incluso puede hacerlo el torpe monstruo de innúmeras cabezas, la discorde

y caprichosa multitud. Mas no hace falta analizar mi anatomía ante un público que me conoce bien. Entonces,

¿a qué vino Rumor? Difundo la primicia del triunfo del rey Harry, que apagó la llama de la osada rebelión,

sofocándola en sangre de rebeldes: Hotspur y sus tropas en Shrewsbury sufrieron la derrota. ¿Pero acaso diré

de entrada la verdad? Mi oficio es, antes bien, correr la voz de que el de Monmouth ha caído bajo la ira noble de Hotspur y su espada, y de que el rey, por el furor de Douglas,

ha inclinado su testa coronada

www.lectulandia.com - Página 725

ante la muerte. Y eso he difundido

por las rústicas aldeas entre Shrewsbury y las vetustas piedras carcomidas

de esta fortaleza, donde el padre de Hotspur, Northumberland, ya viejo, finge enfermedad. No cesan de llegar correos fatigados, y ni uno de ellos trae una noticia

que yo mismo no haya transmitido.

Brindan las lenguas de Rumor falso consuelo, más dañoso que males verdaderos.

Sale.

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PRIMER ACTO

ESCENA I

Por una puerta entra LORD BARDOLPH.

LORD BARDOLPH

¿Quién cuida aquí la puerta? ¿Dónde está el conde?

PORTERO (Desde dentro.) ¿A quién debo anunciar?

LORD BARDOLPH Di al conde

que aquí está lord Bardolph esperándolo.

PORTERO (Desde dentro.) Su señoría está paseando en el jardín.

Si os place, milord, es suficiente

con llamar a la puerta, que él mismo

os ha de responder.

Entra el conde de NORTHUMBERLAND, caracterizado

como enfermo, con una muleta y gorro de dormir.

LORD BARDOLPH Aquí llega el conde.

NORTHUMBERLAND ¿Qué nuevas hay, lord Bardolph? Cada instante pudiera ser el padre de un desastre.

Son tiempos de barbarie: la discordia,

como un caballo sobrealimentado,

se desbocó y arrasa cuanto encuentra

en su carrera loca.

LORD BARDOLPH Noble conde,

os traigo ciertas nuevas desde Shrewsbury.

NORTHUMBERLAND ¡Dios quiera que sean buenas!

LORD BARDOLPH Son tan buenas

cuanto pudiera el corazón ansiarlas.

Casi herido de muerte yace el rey,

y para gloria de vuestro hijo y señor mío ha sido aniquilado Harry Monmouth;

ambos Blunt fueron muertos por Douglas; John Lancaster y Westmorland y Stafford escaparon y ese verraco que Harry cebaba,

ese armatoste, ese cascajo de sir John,

www.lectulandia.com - Página 727

de vuestro hijo es prisionero. ¡Qué jornada, cuánta rabia y rugido y qué radiosa victoria la cerró! Los siglos

no han visto nada semejante desde César.

NORTHUMBERLAND Todo esto,

¿de dónde sale? ¿Visteis la batalla?

¿Venís de Shrewsbury?

LORD BARDOLPH Hablé con uno

que de allí, milord, venía,

un caballero de buen nombre y buena cuna, que con gusto contome estas verdades.

Entra TRAVERS.

NORTHUMBERLAND Aquí llega mi fiel Travers, a quien el martes envié por novedades.

LORD BARDOLPH Milord, yo lo pasé en el camino; en su poder no obran más noticias

que aquellas que le diera yo.

NORTHUMBERLAND Muy bien, Travers, ¿qué buenas nuevas traes?

TRAVERS Milord, lord Bardolph me envió de vuelta con alegres noticias, mas, teniendo

mejor montura que la mía, me sacó ventaja.

Poco después, a punta de espuela

llegó un hidalgo medio muerto de cansancio que se paró para dar a su caballo ensangrentado un momento de respiro. Pidió que le indicaran el camino

de Chester, y yo a él nuevas de Shrewsbury.

Dijo que la suerte de la rebelión

era adversa y fría estaba la espuela

del joven Percy, tras lo cual dio rienda

a su caballo apenas repuesto

e hincando hasta la rueda los armados

talones en los flancos palpitantes,

se lanzó al camino; parecía

en su carrera devorarlo y ya

no hubo ocasión de más preguntas.

NORTHUMBERLAND ¿Qué?

www.lectulandia.com - Página 728

¡De nuevo! ¿Dijo que la espuela

de Harry Percy estaba fría?

¿En vez de Hotspur, Coldspur? ¿Que fallaba la suerte a nuestro bando?

LORD BARDOLPH ¿Sabéis qué, milord, os digo?

Si mi joven señor no ha triunfado

juro cambiar por un botón mi baronía;

y de esto, que ya no se hable más.

NORTHUMBERLAND ¿Por qué pues dio noticias semejantes de pérdida y desastre el caballero

que adelantó a Travers?

LORD BARDOLPH ¿Ese?

Ese era, a fe mía, un infeliz

que robó el caballo que montaba

y hablaba por hablar. Ved, aquí llegan más noticias.

Entra MORTON.

NORTHUMBERLAND Cielos, la frente de este hombre se parece al frontispicio de un libro que preanuncia

su trágica materia; así luce

la playa en que la ola poderosa

deja marcado el territorio que usurpara.

¿Di, Morton, de Shrewsbury vienes?

MORTON Noble amo,

huyo de Shrewsbury, donde la muerte odiosa se ha puesto su más horrible máscara para espantar a nuestro bando.

NORTHUMBERLAND ¿Qué fue de mi hijo, qué de mi hermano?

Tiemblas, y la blancura de tu rostro

habla más claramente que tu lengua.

Un hombre así, así de desvaído

y débil y embotado, medio muerto

como este y así desconsolado

abrió, en lo más hondo de la noche,

de Príamo el dosel para decirle

que media Troya ardía, pero el rey

encontró la verdad antes que hallara

el mensajero sus palabras. Igualmente

antes de que hables, sé yo que Harry ha muerto.

www.lectulandia.com - Página 729

Te disponías a decir: «Vuestro hijo

hizo esto, vuestro hermano aquello,

y el noble Douglas lo de más allá»,

vertiendo en mis oídos codiciosos

sus audaces ataques y guardándote

para el final, para llenarlos para siempre,

el suspiro que aventa los elogios:

«Hermano, hijo, todos están muertos».

MORTON Douglas vive, vuestro hermano también.

En cuanto a vuestro hijo…

NORTHUMBERLAND Sí, ha muerto.

¡Mira qué lengua suelta tiene la sospecha!

Aquel que solo teme cierta cosa

que no quiere saber

por la mirada de los otros se da cuenta

que aquello que temía sucedió.

Habla ya, Morton. Contradice a un conde:

he de tomarlo como dulce afrenta

y hacerte rico por decir que miento.

MORTON Es imposible para mí contradeciros. Sois demasiado grande, es demasiado aguda vuestra mente, cierto vuestro miedo.

NORTHUMBERLAND Sin embargo no dices que Percy haya muerto.

Una reacia confesión hay en tus ojos.

Meneas la cabeza, tienes miedo

de decir la verdad, como si eso

fuera pecado. Si está muerto, dilo.

Peca aquel que habla mal de un muerto,

no el que dice que ya no vive más.

Con todo, el que nos trae malas noticias

cumple tarea ingrata, para siempre

ha de sonar su voz en la memoria

cual fúnebre campana

repicando por un amigo que partió.

LORD BARDOLPH

No puedo creer, milord, que vuestro hijo haya muerto.

MORTON (A NORTHUMBERLAND.) Me da pena forzaros a creer lo que yo mismo quisiera que Dios

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me dispensara de haber visto:

pues estos ojos viéronlo cubierto

de sangre y sin aliento,

dando débil respuesta a los asaltos

de Harry Monmouth, cuya cólera fulmínea arrojó al invicto Percy a tierra

de donde no habría de alzarse ya con vida. La muerte de aquel cuyo espíritu encendía hasta al más torpe aldeano de su bando, una vez propalada, apagó el fuego de lo mejor templado de su ejército.

Era de su metal que su partido

se aceraba, y una vez mellado

el filo de su vida, todos los demás

tornáronse plomo pesado y romo.

Y como una cosa que en reposo es pesada vuela velozmente cuando ha tomado impulso, así el peso de la pérdida de Hotspur parecía aligerar a los que huían: no buscan las flechas su blanco

más raudas que aquellos soldados

salvar sus vidas. Ese noble Worcester,

¡qué pronto lo tomaron prisionero!

Y ese escocés furioso,

el sanguinario Douglas, cuyos golpes

empeñosos tres veces abatieran

al fantasma del rey, se amilanó

y honró con su espalda el vergonzoso

tropel de las espaldas fugitivas;

el miedo lo hizo tropezar, y fue apresado; en resumidas cuentas, ha triunfado el rey y contra vos, a toda marcha, envía un ejército al mando de Westmorland

y el joven Lancaster. Milord, es todo.

NORTHUMBERLAND Ya tendré tiempo de llorar por ello. En el veneno está el remedio y estas nuevas, que de estar bien me hubieran enfermado, estando enfermo me han curado en parte. Como ese desgraciado cuyas rodillas (goznes vencidos, arruinados por la fiebre) apenas soportan el peso de su cuerpo

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y empero en un acceso de dolor escapa

veloz como un incendio a los cuidados

de su enfermera, así a mis miembros,

debilitados por la pena, ahora la pena

los ha llenado de odio y triplicado

en fuerza.

Arroja su muleta.

¡Fuera esta muleta de marica!

Un escamoso guantelete de juntas de acero cubrirá esta mano.

Se arranca el gorro de dormir.

¡Y tú también, enferma cofia!

Eres defensa demasiado delicada

para una testa que unos príncipes cebados de victoria quisieran ver rodar.

¡Ceñid con hierro mi frente, que venga

la hora más cruel que el tiempo y el rencor osen traer, para que juzgue ceñuda

al rabioso Northumberland! ¡Que el cielo bese la tierra, que Natura no contenga ya las olas salvajes! ¡Muera el orden y no sea ya el mundo el escenario

de una larga disputa titubeante!

¡Que en todo pecho impere el alma de Caín y al lanzarse cada cual a su carrera sangrienta se acabe de una vez esta obra torpe

y sea la noche quien entierre a los muertos!

LORD BARDOLPH Estos extremos de furia os hacen mal, milord.

MORTON Querido conde, que el honor no se divorcie, en vuestro corazón, de la prudencia.

Las vidas de vuestros amados partidarios tienen vuestra salud por fundamento y ella por fuerza habrá de resentirse

si os dais a una rabia tempestuosa.

Noble señor, cuando dijisteis «Levantémonos» ya habíais sopesado los peligros

de la guerra y las chances de ganarla. Os era claro que en el reparto de golpes podrían derribar a vuestro hijo. Bien sabíais

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que era osado, marchaba por un filo

del cual es más probable despeñarse

que salir adelante.

Erais consciente de que su cuerpo estaba expuesto a ser herido, y su espíritu listo para llevarlo a donde fuera

más caliente el negocio de mandobles.

Sin embargo dijisteis «En marcha»

y nada de esto que teníais tan sabido

os apartó del inflexible plan. Muy bien:

¿qué hay de nuevo ahora? Esta audaz empresa, ¿qué trajo que no fuera de esperarse?

LORD BARDOLPH Los que estamos metidos en este desastre sabíamos todos que nos aventurábamos

en mares tan revueltos que la chance de salir con vida era una en diez; con todo, el beneficio perseguido ahogó la ponderación de los peligros: derrotados, aventurémonos de nuevo, pongamos todo en juego, hacienda y vida.

MORTON Estamos muy a tiempo, mi noble señor:

he escuchado afirmar, y lo tengo por cierto,

que el noble arzobispo de York se ha alzado en armas con tropas muy bien equipadas. Es un hombre que mantiene sujetos a sus partidarios

con doble cadena. Vuestro hijo y señor mío solo contaba con carcazas, sombras y simulacros de hombres.

La propia palabra «rebelión» alejaba

las almas de aquello que los cuerpos hacían, y luchaban por mero compromiso, asqueados, como quien toma un remedio, de modo que solo sus armas combatían, mientras que a sus mentes la palabra «rebelión» las había helado como peces

en un estanque invernal. Pero ahora el obispo tornará la revuelta en religión. Tenido por sincero y por piadoso

arrastra cuerpos y almas; su alzamiento

se inviste con la sangre del noble rey Richard

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rascada de las piedras de Pomfret;

su queja y su causa, del cielo las deriva;

dice que ha de salvar a un país que, malherido boquea bajo el peso del gran Bolingbroke;

y grandes y pequeños se arrebañan para marchar tras él.

NORTHUMBERLAND Sabía yo esto, pero sinceramente el dolor lo borró de mi memoria.

Entrad conmigo: que cada uno exponga

cuál es en su opinión el mejor modo

de lograr seguridad y venganza.

Despachad correos, cartas; hagámonos

de amigos lo más rápido posible.

Nunca tuvimos tan pocos, y jamás

hemos necesitado tanto de ellos.

Salen.

ESCENA II

Entra FALSTAFF seguido de su PAJE,

que le lleva la espada y el escudo.

FALSTAFF A ver, señorito, tremendo gigante, ¿qué dice el doctor de mis aguas?

PAJE Dijo, señor, que el agua es en sí misma un agua perfectamente saludable, pero en cuanto al dueño que la orinó, podría estar mucho más enfermo de lo que imagina.

FALSTAFF Por lo que parece, hasta el último mentecato ha hecho un deporte de mofarse de mí. El cerebro del hombre, ese barro mezclado con necedad, no es capaz de inventar algo que incline a la risa más de lo que yo invento, o lo que se inventa sobre mí. No solo soy ingenioso, sino también causa del ingenio de otros. Aquí estoy, de pie ante ti como una chancha que hubiera aplastado a todos sus lechoncitos menos uno. Si el príncipe te puso a mi servicio por otro motivo que resaltar mi tamaño, es que ya no me funciona el seso. Mandrágora hijoputa, eres más adecuado para adornar mi sombrero que para pisarme los talones. Hasta ahora, nunca tuve un ágata como asistente, pero no te engarzaré en oro ni en plata, sino en la más rústica montura, y te mandaré de vuelta con tu amo como alhaja (con la alhajita de tu amo el príncipe, cuyo mentón sigue lampiño). Más fácil me saldría a mí barba en la mano que a él en las mejillas, y sin embargo no vacila en decir que su rostro es un rostro real, de media corona. Que Dios lo complete

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cuando quiera, pero más le vale seguir siendo un rostro de media corona, porque ningún barbero se ganará con él una entera; sin embargo no deja de alardear como si fuera hombre desde que su padre era soltero. Que se quede con su gracia: te aseguro que ya casi se ha quedado sin la mía. ¿Qué dijo maese Tontelton sobre el satén para mi capa corta y mis calzas?

PAJE Dijo, señor, que debías procurar darle una garantía mejor que Bardolph. No quiso aceptar pagarés de ninguno de los dos; no le gustó el garante.

FALSTAFF ¡Condenado sea como el glotón! ¡Ruego a Dios que también se le abrase la lengua! ¡Un Achitofel hijo de mala madre, un truhán de marca mayor, bellaco, capaz de hacer un trato con un caballero y luego exigirle garantías! ¡Esos hijoputas pelicortos ahora solo gastan zapatos de tacón y manojos enteros de llaves tintineantes en torno a la cintura, y si un hombre les hace una honesta compra a crédito, se atreven a pedirle garantías! Darles garantías me hace tan feliz como si me obligaran a beber matarratas. ¡Como que soy un caballero, esperaba que me enviara veintidós yardas de satén, y me envía «garantías»! Bueno, puede dormir con garantía porque tiene un par de cuernos de la abundancia garantizados (¿dónde está Bardolph?) por las abundantes ligerezas de su esposa.

PAJE Ha ido a Smithfield a comprar un caballo para vuestra señoría.

FALSTAFF Yo lo compré a él en el mercado de rufianes, y él quiere comprarme un caballo en el mercado de jamelgos… ¡Si pudiera comprarme una esposa en el burdel, ya estaría bien servido, bien montado y bien casado!

Entran el GRAN JUEZ

y su ASISTENTE.

PAJE Señor, aquí viene el noble caballero que encarceló al príncipe cuando este le pegó por defender a Bardolph.

FALSTAFF (Apartándose.) Ocultémonos, no pienso verlo.

GRAN JUEZ (A su ASISTENTE.) ¿Quién es ese que va allí?

ASISTENTE Falstaff, si me permite decirlo su señoría.

GRAN JUEZ ¿El hombre complicado en aquel robo?

ASISTENTE El mismo, milord, pero desde entonces prestó buen servicio en Shrewsbury y, según me han dicho, ahora ha sido enviado a cumplir una misión con lord John Lancaster.

GRAN JUEZ

ASISTENTE

¿Qué, a York? Dile que vuelva aquí.

¡Sir John Falstaff!

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FALSTAFF (Al PAJE.) Dile que soy sordo.

PAJE (Al ASISTENTE.) Debes hablar más alto; mi amo está sordo.

GRAN JUEZ Seguro, sobre todo a un buen consejo. (Al ASISTENTE.) Pellízcale el brazo para que repare en ti; necesito hablar con él.

ASISTENTE ¡Sir John, por favor!

FALSTAFF ¡Cómo, tan joven y mendigando! ¿Acaso no hay guerras?

¿No hay empleos? ¿Acaso no le faltan súbditos al rey? ¿No necesitan soldados los rebeldes? Sería una vergüenza alistarse del lado incorrecto, pero mendigar es más vergonzoso que ponerse del mal lado.

ASISTENTE Me juzgas mal, señor.

FALSTAFF ¿Por qué, señor, acaso dije que eras hombre honesto? Dejando de lado mi rango de caballero y de soldado, habría mentido como un villano si lo hubiera dicho.

ASISTENTE Te ruego, señor, que dejes de lado tu condición de caballero y soldado y me permitas afirmar que mientes si dices que no soy honesto como un villano.

FALSTAFF ¿Que te dé permiso para decirme eso? ¿Que deje de lado lo que soy? ¡Que me cuelguen si te doy algún permiso! ¡Y si te lo tomas, más te valdrá que te cuelguen! Te equivocaste de presa. ¡Y ahora, fuera, aire!

ASISTENTE

GRAN JUEZ

Señor, mi amo quiere hablarte.

Sir John Falstaff, una palabra.

FALSTAFF ¡Mi buen señor! Dios dé a vuestra señoría un buen día. Me alegra veros aquí, levantado. Había oído decir que su señoría estaba enfermo. Espero que hayáis salido con autorización médica. Aunque no podemos decir que su señoría ha dejado de ser joven, ha sufrido ya los embates de las fiebres, ha saboreado la sal del tiempo, y humildísimamente ruego a vuestra señoría que brinde a vuestra salud los mayores cuidados.

GRAN JUEZ Sir John, te mandé a buscar antes de tu expedición a Shrewsbury.

FALSTAFF Y, si vuestra señoría me disculpa, he oído que su majestad ha vuelto de Gales bastante malparado.

GRAN JUEZ No hablo de su majestad. No te presentaste cuando te convocaron.

FALSTAFF Y también he oído decir que su majestad ha sufrido una condenada apoplejía.

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GRAN JUEZ Bien, ¡que Dios le dé salud! Te ruego me dejes hablar.

FALSTAFF Esta apoplejía, según entiendo, es una especie de letargo, si me permite vuestra señoría, un adormecimiento de la sangre, un condenado hormigueo.

GRAN JUEZ No me digas. Que sea como fuere.

FALSTAFF La causan el pesar, el exceso de estudio y la perturbación del cerebro. He leído los efectos en Galeno, y es una especie de sordera.

GRAN JUEZ Creo que la afección la has contraído tú, que no escuchas lo que te digo.

FALSTAFF Muy bien, señor mío, muy bien. Si os complace, es la enfermedad de no escuchar, de no prestar atención, lo que me perturba.

GRAN JUEZ Tal vez unos buenos grillos en los talones mejoren la atención de tus oídos, y no me molestaría administrarte yo esa medicina.

FALSTAFF Soy tan pobre como Job, milord, pero no tan paciente. Vuestra señoría puede administrarme el remedio de la prisión a causa de mi pobreza, pero que yo sea un paciente capaz de seguir vuestra prescripción es algo que despertaría en los sabios una pizca de escrúpulos o hasta un escrúpulo entero.

GRAN JUEZ Cuando te mandé llamar era por asuntos en los que hasta tu vida estaba en juego.

FALSTAFF Como me aconsejó mi abogado, instruido en las leyes militares de esta tierra, no me presenté.

GRAN JUEZ La verdad es, sir John, que llevas una vida de gran infamia.

FALSTAFF Con menos no se arreglaría alguien de mi tamaño.

GRAN JUEZ Tus medios son magros, y fastuoso tu entorno.

FALSTAFF Me gustaría que fuera a la inversa: fastuosos mis medios, y magro mi contorno.

GRAN JUEZ Has llevado al joven príncipe por mal camino.

FALSTAFF El joven príncipe me llevó por mal camino a mí. Yo soy el gordo panzón, y él mi perro lazarillo.

GRAN JUEZ Bien, aborrezco escarbar en una herida fresca. Tu día de servicio en Shrewsbury ha echado un manto de luz sobre tu oscura incursión nocturna en Gad’s Hill. Da gracias a la intranquilidad de los tiempos que corren por la tranquilidad con que se tomará tu transgresión.

FALSTAFF ¿Milord?

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GRAN JUEZ Pero como todo está bien así, que así sea. No despertemos al lobo dormido.

FALSTAFF Despertar a un lobo es tan malo como oler a zorro.

GRAN JUEZ ¡Pero si eres una vela que ya consumió su mejor parte!

FALSTAFF Un cirio, milord, hecho de sebo; si dijera que soy de cera, mi tamaño sería una obra magna de la abeja industriosa.

GRAN JUEZ Ni una cana de tu barba te induce a la mesura.

FALSTAFF Me induce a la gordura.

GRAN JUEZ Todo el tiempo sigues al príncipe como un mala sombra.

FALSTAFF No es así, milord. La mala sombra suele ser ligera, pero espero que la que me toque a mí me acepte sin pesar; aunque concedo que, en algunos aspectos, no puedo seguirle el paso. No sé, no sé. En estos tiempos materialistas la virtud está tan mal vista que el verdadero valor se atribuye al domador de osos y el ingenio rápido a los taberneros, que lo desperdician en calcular las cuentas; todos los otros dones humanos, según los valores de esta época, importan menos que un rábano. Vosotros los viejos no consideráis la capacidad de nosotros, los jóvenes. Medís la potencia de nuestros hígados según la amargura de vuestra bilis; y nosotros, los que estamos en la vanguardia de la juventud, somos a veces, debo confesarlo, un poco revoltosos.

GRAN JUEZ ¿Y escribes en la lista de los jóvenes un nombre de letras marcadas ya por la vejez? ¿Acaso no tienes los ojos lacrimosos, las manos marchitas, las mejillas macilentas, barba blanca, piernas consumidas y una panza creciente? ¿No tienes la voz cascada, corto aliento, papada doble, mente simple y todas las partes arrasadas por la antigüedad? ¿Y te atreves a llamarte joven? ¡Qué vergüenza, sir John!

FALSTAFF Milord, nací alrededor de las tres de la tarde con la cabeza blanca y un poco panzón. En cuanto a la voz, la perdí entonando salmos a los gritos. No daré más pruebas de mi juventud. La verdad es que solo soy viejo en mi buen juicio y comprensión, y si alguien apuesta mil marcos a que me supera en brincos y cabriolas de danzarín, será mejor que me preste el dinero y se olvide del asunto. En cuanto al tirón de orejas que os propinó el príncipe, fue el acto de un príncipe rudo, que vos tomasteis como sensato caballero que sois. Ya lo he reprendido, y el joven león se arrepiente… (Aparte.) Aunque no con la boca llena de ceniza y vestido de arpillera, sino con sedas nuevas y el más añejo jerez.

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GRAN JUEZ ¡Que el cielo le envíe un compañero mejor!

FALSTAFF ¡Que el cielo le envíe al compañero un príncipe mejor! No puedo sacármelo de encima.

GRAN JUEZ Bien, el rey os ha separado, a ti y al príncipe Harry. He oído que vas a unirte a lord John Lancaster contra el arzobispo y el conde de Northumberland.

FALSTAFF Sí, y tengo que agradecérselo a vuestra mente ingeniosa y tierna. Pero será mejor que roguéis todos vosotros, los que besáis a mi señora la Paz en vuestras casas, que los dos ejércitos no se enfrenten en un día caluroso; porque por Dios que me llevo solamente dos camisas y me propongo no sudar demasiado. Si es un día caluroso, que nunca más escupa blanco si alguien me ve blandiendo otra cosa que una botella. ¡No hay empresa de peligro en que no me encuentre metido de cabeza! Ya sé que no puedo durar eternamente, pero siempre ha sido costumbre de la nación inglesa abusar de aquello que tiene de bueno. Todos insisten en que soy viejo; deberían darme un descanso. ¡Por Dios, ojalá mi nombre no fuera tan aterrador para el enemigo! Preferiría oxidarme hasta morir que acabar reducido a nada por la erosión del movimiento perpetuo.

GRAN JUEZ Bueno, a portarse bien, y que Dios bendiga tu expedición.

FALSTAFF ¿Vuestra señoría no me prestaría mil monedas para ir bien equipado?

GRAN JUEZ Ni un penique, ni un penique. No tienes cara suficiente para cargar tantas cruces. Que te vaya bien. Dale mis saludos a mi primo Westmorland.

Salen el GRAN JUEZ

y su ASISTENTE.

FALSTAFF Que me machaquen con una maza si lo hago. Ya no se puede separar la vejez de la codicia, así como no se puede separar la juventud de la lascivia; pero la gota irrita a la primera y la viruela atormenta a la segunda, por lo que ambas categorías se salvan de mi maldición. ¡Muchacho!

PAJE ¿Señor?

FALSTAFF ¿Cuánto dinero me queda en la bolsa?

PAJE Siete monedas de plata y dos peniques.

FALSTAFF La consunción de mi bolsa no tiene remedio. Pedir prestado solo sirve para estirar su muerte, pero la enfermedad es incurable. (Le da unas cartas al PAJE.) Llévale esta carta a milord de Lancaster; esta otra, al príncipe; esta al conde de Westmorland, y esta a la vieja doña Úrsula, a quien le he

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prometido casamiento cada semana desde que me apareció el primer pelo gris en la barbilla. Cuando lo hayas hecho, ya sabes dónde encontrarme. (Sale el PAJE.) ¡Que la viruela ataque a esta gota, o la gota a esta viruela, porque una o la otra han decidido divertirse con mi dedo gordo! No importa si rengueo; tengo la guerra como pretexto y mi pensión parecerá bien justificada. Le sacaré buen provecho a la enfermedad.

Sale.

ESCENA III

Entran el ARZOBISPO de York,

el conde mariscal Thomas MOWBRAY,

lord HASTINGS y LORD BARDOLPH.

ARZOBISPO Ya conocéis nuestros motivos y también nuestros medios; ahora, nobilísimos amigos, decid con claridad vuestra opinión respecto a nuestras esperanzas.

Vos el primero, lord mariscal, ¿qué pensáis?

MOWBRAY Apruebo la ocasión de nuestra lucha pero me gustaría saber cómo

hemos de reunir la fuerza suficiente

para hacer frente al rey sin temor.

HASTINGS Nuestras tropas ascienden de momento a veinticinco mil soldados de élite;

y tenemos la firme esperanza

de contar con refuerzos de Northumberland cuyo pecho se abrasa con el fuego de las injurias recibidas.

LORD BARDOLPH Entonces la cuestión, lord Hastings, es: ¿pueden vencer nuestros veinticinco mil hombres sin la ayuda de Northumberland?

HASTINGS Con él, pueden.

LORD BARDOLPH Sí, con él sí; tal es el punto. Pero si sin él somos demasiado débiles, mi opinión es que no debemos arriesgarnos hasta no haber asegurado su asistencia.

En un asunto tan cruento como este

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no se puede aceptar la conjetura

ni la esperanza ni la presunción

de ayudas inciertas.

ARZOBISPO Gran verdad es, lord Bardolph, y de hecho ese fue el caso de Hotspur en Shrewsbury.

LORD BARDOLPH En efecto, milord; se nutrió de esperanzas, comió aire y promesas de apoyo

regodeándose con un futuro ejército

que al fin fue menor que el menor de sus sueños; así, con esas fantasías demenciales llevó a sus tropas a la muerte

y saltó al abismo con los ojos cerrados.

HASTINGS Empero, si me permitís, nunca hubo mal alguno en barajar las probabilidades

y fundar en ellas esperanzas.

LORD BARDOLPH Sí que lo hay, cuando una guerra como esta, en pleno curso, en su momento decisivo,

depende tanto de sus ilusiones

que es como esos brotes prematuros,

de los que en realidad hay menos esperanza de verlos madurar que certidumbre de que la helada acabará con ellos.

Cuando queremos construir, primero

examinamos el terreno, luego

dibujamos el plano; y cuando ya tenemos

la imagen de la casa, calculamos

el costo de la construcción; si nos supera ¿qué queda, sino hacer otro diseño, más modesto, o renunciar a construir? Con más razón, en este gran trabajo (prácticamente, derribar un reino y hacer otro) debemos estudiar terreno y planos,

discutir los cimientos más seguros, consultar peritos, conocer nuestros medios, qué chances hay de completar nuestro trabajo si tropezamos con adversas circunstancias; de lo contrario fabricamos defensas

de papel y de números, usando nombres en vez de hombres, como aquel

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que diseña una casa mayor que sus fuerzas y la abandona a medio construir dejando su inversión desnuda

a merced de las nubes plañideras, despojo para la hosca tiranía del invierno.

HASTINGS Supongamos que nuestras esperanzas, aunque parecen alumbradas felizmente, hayan nacido muertas y ya no tengamos un hombre más que aquellos que tenemos; de todos modos nos alcanzan, creo,

para igualar al rey.

LORD BARDOLPH ¿Qué, los del rey

son solamente veinticinco mil?

HASTINGS No más que eso; ni siquiera eso.

En estos tiempos tormentosos, sus ejércitos combaten en tres frentes; marchan unos contra Francia, otros contra Glendower, contra nosotros no le queda más que un tercio. Así vacila el rey, partido en tres,

y suenan a hueco sus arcas arruinadas.

LORD BARDOLPH ¿No deberíamos temer que reúna sus dispersos ejércitos y empeñe

contra nosotros todo su poder?

HASTINGS Dejaría indefensas sus espaldas,

con franceses y galeses ladrando a sus talones; nunca hará eso.

LORD BARDOLPH ¿Quién pensáis

que ha de mandar las tropas que enfrentemos?

HASTINGS El duque de Lancaster y Westmorland;

contra Glendower, va el rey con Harry Monmouth;

lo que no sé es quién comanda los ejércitos

despachados a Francia.

ARZOBISPO ¡Adelante!

Proclamemos la rebelión y sus motivos.

El pueblo está asqueado de su propia elección, empachado a resultas de un amor demasiado voraz. El que construye

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en corazón vulgar, hace una casa

insegura y volátil.

¡Ah, necia multitud, cómo atronaste

el cielo con tu aplauso, bendiciendo

a Bolingbroke, antes que fuera

lo que quisiste hacer de él!

Y ahora que está a tu gusto aderezado,

estúpida cebona, estás tan harta de él que te propones vomitarlo. Así, no de otro modo, perro vulgo, arrojaste de tu insaciable entraña al rey Richard; ahora bien quisieras tragar al muerto que entonces vomitaste y aúllas en su busca. ¿Qué confianza inspiran estos tiempos? Todos esos que en vida de Richard ansiaban verlo muerto gimen ahora de amor sobre su tumba. Los que su testa pía cubrieron de barro cuando por la soberbia Londres marchó triste tras los talones del famoso Bolingbroke claman ahora: «¡Devuélvenos, tierra, aquel rey y llévate este otro!». ¡Pensamientos de hombres malditos! El pasado

y el porvenir parecen lo mejor;

lo peor, el presente.

MOWBRAY ¿Reunimos nuestras tropas y marchamos?

HASTINGS Del tiempo somos súbditos y el tiempo ordena que partamos.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA 1

Entran doña SIEMPRELISTA, la posadera, y COLMILLO, un oficial de justicia, seguido a distancia por CEPO, otro oficial.

SIEMPRELISTA Maese Colmillo, ¿habéis iniciado las acciones?

COLMILLO Así es.

SIEMPRELISTA ¿Dónde está vuestro asistente? ¿Es un hombre enérgico? ¿Estará a la altura de su misión?

COLMILLO ¡Jovenzuelo!… ¿Dónde está Cepo?

SIEMPRELISTA ¡Dios mío! ¡El buen maese Cepo!

CEPO Aquí estoy, aquí estoy.

COLMILLO Cepo, debemos arrestar a sir John Falstaff.

SIEMPRELISTA Sí, mi buen maese Cepo, lo he denunciado yo.

CEPO Alguno de nosotros podría perder la vida, seguro que desenvaina el puñal.

SIEMPRELISTA ¡Ay, cuidaos de él! ¡En mi casa me lanzó una buena es tocada, brutalmente, lo juro! No le importa cuánto mal pueda hacer; si tiene el arma desenvainada, es un demonio: no se fija adonde la clava, y no se salva nadie: hombres, niños o mujeres.

COLMILLO Si logro ponerle las manos encima, su estocada no me preocupa.

SIEMPRELISTA A mí tampoco. Estaré a vuestro lado.

COLMILLO Si lo agarro, con una sola trompada…

SIEMPRELISTA Su conducta me ha arruinado, lo perjuro; sus cuentas pendientes son infinitivas. Buen maese Colmillo, aferradlo fuerte y, maese Cepo, no lo dejéis escabullirse. Viene siempre al Rincón del Chancho (disculpadme la expresión) a comprar monturas, y está invitado a comer en La Cabeza del Leopardo, en la calle Lombard, con maese Suave, el comerciante en sedas. Como mi denunciación ha sido registrada, y mi asunto es por todos conocido, que venga aquí a responder de sus actos. Cien marcos es más de lo que una pobre mujer sola puede aguantar, y yo he aguantado y aguantado y aguantado, y he sido postergada y postergada y postergada de un día para otro con tales engaños que hasta pensarlo da vergüenza. Es un trato

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francamente indecente, y solo una burra y una bestia de mujer podría aguantar las trastadas de semejante canalla.

Entran FALSTAFF, Bardolph

y el PAJE.

Aquí viene, y ese bribón irredento de Bardolph, con la nariz tinta en vino, lo acompaña. Hacedme el servicio, maese Colmillo y maese Cepo, hacédmelo, hacédmelo.

FALSTAFF ¿Qué pasa, a quién se le murió la yegua? ¿Qué ocurre?

COLMILLO Sir John, os arresto por denuncia de doña Siemprelista.

FALSTAFF (Desenvaina.) ¡Fuera, esbirros! ¡Desenvaina, Bardolph, córtame la cabeza de este villano, y arroja a la puta al canal!

Bardolph desenvaina.

SIEMPRELISTA ¿Tirarme al canal? Yo te tiro al canal a ti. (Riñen.) ¿Qué te crees, bastardo y canalla? ¡Asesino, criminal! Ah, villano comicida, ¿serás capaz de matar a los oficiales de Dios y del rey? ¡Crápula homisino, eres un homisino, un mata-hombre y un mata-mujer.

FALSTAFF ¡Mantenlos a distancia, Bardolph!

COLMILLO ¡Refuerzos, refuerzos!

SIEMPRELISTA ¡Buena gente, traed un par de refuerzos! ¿Te atreverás? Te atreverás, ¿no es cierto? ¡Anda, bribón, atrévete, atrévete, canalla homisino!

PAJE ¡Atrás, fregona, galopona, huevinflona! ¡Cuando termine contigo, te quedará el tabernáculo al rojo!

Entra el GRAN JUEZ con sus hombres.

GRAN JUEZ ¿Qué ocurre? ¡Todos quietos, ya mismo!

Termina la riña.

COLMILLO inmoviliza a FALSTAFF.

SIEMPRELISTA Mi buen señor, sed bueno conmigo. Os suplico, apoyadme.

GRAN JUEZ ¿Qué, sir John? ¿Armando camorra aquí? Para nada condice con tu rango, momento o situación. Ya casi deberías estar llegando a York.

(A COLMILLO.) Suéltalo, hombre, ¿por qué te agarras de él?

SIEMPRELISTA Mi veneradísimo señor, con permiso de vuestra gracia, soy una pobre viuda de Eastcheap y lo arrestan por denuncia mía.

GRAN JUEZ ¿Por qué suma?

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SIEMPRELISTA Por todo lo que se pueda sumar, milord, porque no me ha dejado nada de nada: me he quedado sin techo y sin empleo. Ha metido toda mi sustancia dentro de su enorme tripa.

(A FALSTAFF.) Pero algo recuperaré de ahí dentro, o pasaré las noches montando una pesadilla en cada sueño tuyo.

FALSTAFF Llegado el caso, creo que yo soy quien tiene mejor probabilidad de montarte a ti, pesadilla.

GRAN JUEZ ¿Cómo es posible, sir John? ¿Qué hombre decente soportaría esta tempestad de improperios? ¿No te da vergüenza llevar a una pobre viuda a estos extremos para recuperar lo que es suyo?

FALSTAFF (A SIEMPRELISTA.) ¿Cuál es la enorme suma que te debo?

SIEMPRELISTA Por la Virgen, si fueras hombre honesto, me darías tu persona, y tu dinero también. Sobre una copa enchapada en oro, sentado ante la mesa redonda de la cámara del Delfín de mi taberna, caldeada con el mejor carbón, un miércoles de Pentecostés cuando el príncipe te rompió la cabeza por representar a su padre como un cantor de Windsor aspirante al trono, mientras yo te lavaba la herida, me juraste que te casarías conmigo y harías de mí una dama. ¿Te atreves a negarlo? ¿Acaso no entró la señora Grasa, la mujer del carnicero, que me llamó comadre Siemprelista y que venía a pedir prestado un poco de vinagre para preparar un buen plato de langostinos, que tú manifestaste tu deseo de probar, y que yo te dije que serían pésimos para tu herida fresca? ¿Y acaso cuando ella se fue no me dijiste que no debía tener tanto familiarizamiento con esa pobre gente, que pronto me llamaría señora? ¿Y no me besaste, y no me mandaste a buscar treinta y tres chelines? Si te atreves, jura sobre la Biblia que no es cierto.

Llora.

FALSTAFF ¡Milord, es una pobre loca! ¡Anda diciendo por toda la ciudad que su hijo mayor es igual a vos! Ha estado en buena posición y la verdad es que la pobreza le ha sorbido el seso. En cuanto a estos necios oficiales, os ruego que me permitáis resarcirme y emprenderla contra ellos.

GRAN JUEZ Sir John, sir John, conozco perfectamente tu retorcida manera de hacer de verdad mentira. Ni tu rostro confiado ni la multitud de palabras que brotan de tu boca con insolente descaro conseguirán conmover mi imparcialidad. Según me parece, has abusado del complaciente espíritu de esta mujer, forzándola a prestar servicios a tu bolsa y a tu persona.

SIEMPRELISTA Sí, milord, así fue.

GRAN JUEZ Te ruego que te calles. (A FALSTAFF.) Págale lo que le debes, y recóbrate

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a ti mismo reparando la infamia que cometiste con ella. Lo primero puedes hacerlo con dinero; lo segundo, con arrepentimiento común y corriente.

FALSTAFF Milord, no soportaré esta reprimenda sin dar réplica. Llamáis insolente descaro a la honrosa audacia; si uno se inclina ante vos y nada dice, ya es virtuoso. No, milord, no olvido mi humilde deber, y no seré vuestro cortesano. Os digo en serio que deseo ser liberado de estos oficiales, ya que debo cumplir con celeridad la misión que el rey me ha encomendado.

GRAN JUEZ Hablas como si tuvieras autoridad para obrar mal. Contesta según la nobleza que alegas, y satisface la demanda de esta pobre mujer.

FALSTAFF Ven aquí, posadera.

Ella se acerca.

Entra el maese GOWER, un mensajero.

GRAN JUEZ Maese Gower, ¿cuáles son las novedades?

GOWER Ya llega el rey, con Harry, príncipe de Gales.

El resto lo sabréis por esta nota.

El GRAN JUEZ examina el papel y conversa aparte con GOWER.

FALSTAFF ¡Mi palabra de caballero!

SIEMPRELISTA Eso ya lo escuché otras veces.

FALSTAFF ¡Palabra de caballero! Vamos, no se hable más del asunto.

SIEMPRELISTA ¡Por el sagrado suelo que piso, creo que lo mejor será que empeñe mi platería y los tapices del comedor!

FALSTAFF Copas, copas de cristal, eso es lo mejor para beber; y en cuanto a tus paredes, unas bonitas caricaturas, o la historia del Hijo Pródigo, o una escena de caza alemana a la acuarela valen tanto como miles de esos colgajos y esos tapices cagados por las moscas. Digamos diez libras, si las consigues. Vamos, si no fuera por tu mal carácter no habría en Inglaterra mejor muchacha que tú. Lávate la cara y retira la denuncia. Vamos, no debes enojarte conmigo. ¿Acaso no me conoces? Vamos, vamos, sé muy bien que te instigaron a hacerme esto.

SIEMPRELISTA Te ruego, sir John, aunque solo sean veinte, veinte medias libras… ¡Me apenaría tanto empeñar mi platería! ¡Dios no lo permita!

FALSTAFF No se hable más, buscaré en otro lado. Nunca dejarás de ser una tonta.

SIEMPRELISTA Bien, bien, lo tendrás, aunque tenga que empeñar el vestido. Espero que vengas a cenar. ¿Me pagarás después todo junto?

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FALSTAFF ¿Crees que pienso morirme? (A Bardolph y el PAJE.) Ya mordió el anzuelo; picó, picó. No se despeguen de ella.

SIEMPRELISTA ¿Quieres que Dolly Rajasábanas venga a cenar contigo?

FALSTAFF Ni una palabra más. Que venga.

Salen SIEMPRELISTA, COLMILLO, CEPO, Bardolph y el PAJE.

GRAN JUEZ (A GOWER.) He oído noticias mejores.

FALSTAFF ¿Qué noticias, milord?

GRAN JUEZ (A GOWER.) ¿Dónde acampó el rey anoche?

GOWER En Basingstoke, milord.

FALSTAFF (Al GRAN JUEZ.) Espero, milord, que todo esté bien. ¿Qué noticias son esas?

GRAN JUEZ (A GOWER.) ¿Vuelven con él todas las tropas?

GOWER No; mil quinientos infantes y quinientos jinetes han marchado con mi señor Lancaster contra Northumberland y el arzobispo.

FALSTAFF (Al GRAN JUEZ.) ¿Regresa el rey de Gales, mi noble señor?

GRAN JUEZ (A GOWER.) Ahora te daré unas cartas. Será mejor que me acompañes, mi buen Gower.

FALSTAFF ¡Milord!

GRAN JUEZ ¿Qué pasa?

FALSTAFF Maese Gower, ¿puedo invitaros a cenar?

GOWER Debo acompañar a milord el juez, aquí presente. Os agradezco, buen sir John.

GRAN JUEZ Sir John, te demoras demasiado aquí; debes reclutar hombres en los pueblos por los que pases.

FALSTAFF ¿Cenáis conmigo, maese Gower?

GRAN JUEZ ¿Qué amo alocado te enseñó esos modales, sir John?

FALSTAFF Maese Gower, si mis modales son impropios, es porque me los enseñó algún loco. (Al GRAN JUEZ.) Así lo enseña la esgrima, milord: un contragolpe por cada golpe… y nos separamos a mano.

GRAN JUEZ Que Dios te ilumine; estás loco de atar.

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Salen.

ESCENA II

Entran el PRÍNCIPE HENRY y POINS.

PRÍNCIPE HENRY Por Dios, qué cansado estoy.

POINS ¿Tan bajo hemos caído? Yo creía que el cansancio no aquejaba a los de sangre real.

PRÍNCIPE HENRY A fe mía que sí, aunque reconocerlo sea vergonzoso para mi grandeza. ¿No es despreciable que quiera echarme un traguito de cerveza?

POINS Bueno, un príncipe no debería ser tan versado en disolución como para recordar un brebaje tan vulgar.

PRÍNCIPE HENRY Entonces parece que mis gustos no son principescos, porque juro por mi gaznate que en este momento recuerdo bien a esa pobre criatura, la cerveza. Y por cierto, estas humildes consideraciones me divorcian de mi grandeza. ¡Qué desgracia recordar tu nombre plebeyo! ¡O reconocer mañana tu plebeya cara! ¡O saber cuántos pares de medias de seda posees… Vale decir las que llevas puestas y otras que antes eran de color durazno… ¡O tener en cuenta el inventario de tus camisas, una para todo uso, y otra de recambio! Pero el guardián de la cancha de tenis lo sabe mejor que yo, porque nada revela mejor la falta de ropa blanca que el hecho de que no tengas una raqueta en los vestuarios, ya que todos tus países bajos, con sus más bajas costumbres, han acabado por devorarse tu holanda.

POINS ¡Qué mal te sienta, después de haberte esforzado tanto, hablar con tal ligereza! ¿Cuántos jóvenes príncipes se expresarían así teniendo al padre tan enfermo como se encuentra ahora el tuyo?

PRÍNCIPE HENRY ¿Quieres que te diga algo, Poins?

POINS A fe mía que sí, y ojalá sea algo excelente.

PRÍNCIPE HENRY Nada que exceda tu nivel mental.

POINS Adelante, estaré a la altura de lo que digas.

PRÍNCIPE HENRY No es propio, te digo, que esté triste ahora que mi padre está enfermo; aunque bien podría decirte a ti, a quien me complace, para mal o para bien, llamar amigo, que podría estar triste, y mucho.

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POINS Difícilmente, con semejante motivo.

PRÍNCIPE HENRY ¡Por mi vida que en perversidad y obstinación me crees tan avanzado en el libro diabólico como tú y Falstaff! Bien, que el fin sea la prueba de cada cual. Pero te digo que mi corazón sangra por la enfermedad de mi padre, y que cultivar la compañía de alguien tan vil como tú me impide, si reflexiono, cualquier manifestación de pena.

POINS ¿Y qué reflexionas?

PRÍNCIPE HENRY ¿Qué pensarías de mí si me pusiera a llorar?

POINS Que eres un principesco hipócrita.

PRÍNCIPE HENRY Lo mismo pensaría todo el mundo, y como todo el mundo tienes la bendición de pensar tú. Jamás el pensamiento de un hombre ha seguido mejor que el tuyo el camino de todo el mundo. Así que todo el mundo me creería un hipócrita. ¿Y qué induce a tu honorable cerebro a pensar eso?

POINS Bueno; que hayas sido tan disoluto y tan apegado a Falstaff.

PRÍNCIPE HENRY Y a ti.

POINS Por la luz que nos alumbra que de mí se habla bien: lo he oído con mis propias orejas. Lo peor que pueden decir de mí es que soy un segundón que se las arregla solo y un buen soldado; y, en confianza, no puedo negar ninguna de ambas cosas.

Entran BARDOLPH

y el PAJE.

Hostias, aquí viene Bardolph.

PRÍNCIPE HENRY Y el muchacho que le di a Falstaff. Cuando se lo di era un cristiano, y mira ahora en qué lo ha transformado ese canalla panzón: en un simio.

BARDOLPH Dios salve a vuestra gracia.

PRÍNCIPE HENRY Y a la tuya, noble Bardolph.

POINS (A BARDOLPH.) Vamos, burro virtuoso, tonto vergonzoso, ¿por qué siempre sonrojado? ¿Por qué te sonrojas ahora? ¡Si pareces una doncella y no un soldado! ¿Tanto lío por haberse bajado un par de cañas?

PAJE Este hombre me llamó, milord, detrás de la roja celosía de una taberna, y no pude distinguir su roja cara del rojo de la ventana. Finalmente discerní sus ojos, y me pareció que me espiaba desde dos agujeros hechos en las enaguas de la posadera.

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PRÍNCIPE HENRY (A POINS.) ¿Ves cómo ha progresado el chico?

BARDOLPH ¡Fuera de aquí, hijoputa, conejo en dos patas! ¡Fuera de aquí!

PAJE ¡Fuera vos, canalla, pesadilla de Altea!

PRÍNCIPE HENRY A ver, muchacho, instrúyenos. ¿De qué pesadilla hablas?

PAJE Caramba, milord, Altea soñó que paría una antorcha. Por eso le dije pesadilla de Altea.

PRÍNCIPE HENRY ¡Tu interpretación bien vale una corona! (Le da dinero.) Aquí tienes, muchacho.

POINS ¡Ah, que este pimpollo nunca se agusane! (Le da dinero al PAJE.) Que estos seis peniques te protejan.

BARDOLPH Si no lo cuelgan con vosotros, será porque engañó a la horca.

PRÍNCIPE HENRY ¿Y cómo está tu amo, Bardolph?

BARDOLPH Bien, milord. Se ha enterado de que veníais a la ciudad. Aquí hay una carta para vos.

POINS Y entregada con debido respeto. ¿Y cómo está pasando tu amo su veranito de San Juan?

BARDOLPH Con buena salud del cuerpo, señor.

El PRÍNCIPE HENRY

lee la carta.

POINS Virgen Santa, son sus partes inmortales las que necesitan al médico. Claro que eso no lo inquieta, pues aunque las tenga enfermas no se muere.

PRÍNCIPE HENRY Le di a esa bola de sebo tanta confianza como a mi perro, y se aferra a su privilegio: mira cómo me escribe.

Le da la carta

a POINS.

POINS «John Falstaff, caballero.» Ha de decírselo a todo el mundo a la menor ocasión; igual que esos que tienen algún parentesco con el rey y que cuando se pinchan el dedo aprovechan para decir: «¡Ved cómo se derrama mi sangre real!» «¿Cómo es eso?», pregunta alguno que finge no entender. La respuesta está tan pronta como la gorra de un pedigüeño: «Soy un primo pobre del rey, señor».

PRÍNCIPE HENRY Para ser parientes nuestros tendrían que remontar su linaje hasta el hijo de Noé. Pero la carta… (Lee.) «Sir John Falstaff, caballero, al hijo del

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rey más caro a su padre, Harry, príncipe de Gales: salud.»

POINS ¡Como si fuera el rey y tú el vasallo!

PRÍNCIPE HENRY ¡Silencio!… «Imitaré en brevedad a los honorables romanos.»

POINS Seguramente se refiere a su corto aliento, porque enseguida se queda sin aire.

PRÍNCIPE HENRY «Me encomiendo a ti, te encomio y te abandono.

No le des demasiada confianza a Poins, porque abusa tanto de tu favor que anda diciendo que te casarás con su hermana Nell.

Arrepiéntete de los momentos de ocio si es que puedes, y que te vaya bien. Tuyo en las buenas y en las malas (y tú sabrás cuáles son cuáles), Jack Falstaff para mis allegados, John para mis hermanos y hermanas, y sir John para toda Europa.»

POINS Milord, empaparé esta carta en jerez y se la haré comer.

PRÍNCIPE HENRY Eso sería obligarlo a tragarse unas cuantas docenas de sus palabras. ¿Pero me usas de este modo, Ned? ¿Debo casarme con tu hermana?

POINS ¡Dios no le depare a la chica peor suerte! Pero nunca dije tal cosa.

PRÍNCIPE HENRY Bien, así perdemos el tiempo como bobos, mientras los espíritus de los sabios, flotando entre nubes, se burlan de nosotros. (A BARDOLPH.) ¿Tu amo está aquí en Londres?

BARDOLPH Sí, milord.

PRÍNCIPE HENRY ¿Dónde cena? ¿El viejo jabalí sigue comiendo en el chiquero de siempre?

BARDOLPH En el sitio de siempre, milord, en Eastcheap.

PRÍNCIPE HENRY ¿Y en qué compañía?

PAJE Con sus compinches del alma, ninguno converso.

PRÍNCIPE HENRY ¿Cena con él alguna mujer?

PAJE No, milord, salvo la anciana doña Siemprelista y doña Dolly Rajasábanas.

PRÍNCIPE HENRY ¿Y cuán puta será esa?

PAJE Una verdadera dama, señor, y pariente de mi amo.

PRÍNCIPE HENRY ¡Tan parientes como las vaquitas de la parroquia y los toros de la ciudad! ¿Y si les cayéramos por ahí a la hora de la cena, Ned?

POINS Soy tu sombra, señor, y te sigo.

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PRÍNCIPE HENRY Caballeritos: tú, muchacho, y tú, Bardolph, ni una palabra a vuestro amo de que he llegado a la ciudad. (Les da dinero.) Esto es por vuestro silencio.

BARDOLPH No tengo lengua, señor.

PAJE Y en cuanto a la mía, señor, la tendré dominada.

PRÍNCIPE HENRY Adiós, idos ya.

Salen BARDOLPH

y el PAJE.

Esta Dolly Rajasábanas debe ser buena pieza.

POINS Y tan frecuentada como el camino entre Saint Albans y Londres.

PRÍNCIPE HENRY ¿Cómo haremos esta noche para ver a Falstaff en su salsa sin que él nos vea a nosotros?

POINS Pongámonos jubones de cuero y mandiles, y sirvámoslo como dos meseros.

PRÍNCIPE HENRY ¿De Dios a toro? ¡Vaya descenso! Así le pasó a Júpiter. ¿De joven príncipe a mozo principiante? Una transformación vulgar a la que me someteré, pues vale la pena hacer el tonto si el propósito es bueno. Vamos, Ned.

Salen.

ESCENA III

Entran el conde de NORTHUMBERLAND, LADY NORTHUMBERLAND y LADY PERCY.

NORTHUMBERLAND Os lo ruego, esposa e hija mías, suavizad el camino de mis ásperos asuntos; no adoptéis el visaje de estos tiempos

ni seáis, como ellos, un problema para Percy.

LADY NORTHUMBERLAND Me he dado por vencida; nada más diré; obra a tu antojo; tú sabrás lo que haces.

NORTHUMBERLAND Ay, querida esposa, mi honor está empeñado y solo mi partida puede redimirlo.

LADY PERCY ¡Y sin embargo, en nombre de Dios,

no vayáis a esa guerra! Hubo un tiempo, padre, en que faltasteis a vuestra palabra

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cuando a ella os debíais más que hoy; cuando vuestro Percy, el Harry de mi alma, avizoraba el Norte, esperando

ver llegar a su padre con refuerzos.

Largamente miró, y en vano. ¿Quién

os persuadió de quedaros en casa

aquella vez? Hubo dos glorias

perdidas, la vuestra y la de él.

Que a la vuestra devuelva Dios su brillo; la de él, a él estaba unida tan firmemente como el sol

a la brillante bóveda del cielo

y su luz impulsaba a la bravura

a toda la caballería de Inglaterra.

De hecho era el espejo ante el cual

la joven nobleza se vestía.

No tenía piernas quien su paso no imitaba; un hablar algo turbio, un defecto con que Natura lo marcó, devino

acento propio de valientes;

los de habla lenta y clara abandonaban

su propia perfección por parecérsele.

Así su dieta, su dicción, sus arrebatos,

su porte y sus rutinas militares,

sus gustos y placeres eran el ejemplo

y el espejo, el manuscrito y el libro

al que los otros se atenían. A él

(¡a esa maravilla, ese milagro de hombre,

que de nadie fue segundo ni de vos secundado!)

ante el dios espantoso de la guerra

en desventaja lo dejasteis,

en una lucha en que no tuvo más ayuda que la fama del nombre Hotspur;

así lo abandonasteis. Nunca, ¡oh, nunca jamás!, hagáis a su espectro la afrenta de mantener vuestra palabra

más rigurosa y delicadamente

con otros que con él. Dejadlos solos.

El mariscal y el arzobispo son bien fuertes. Si hubiera tenido mi dulce Harry apenas la mitad de sus soldados

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hoy estaría yo colgada de su cuello

hablando del entierro de Hal Monmouth.

NORTHUMBERLAND ¡Hijita, qué carácter del demonio!

Me desanimas lamentando nuevamente

mis pasados descuidos; mas debo partir

en busca del peligro: bien podría

encontrarme él a mí en un momento

en que estuviera menos preparado.

LADY NORTHUMBERLAND ¡Huye a Escocia, hasta que los nobles y el pueblo armado den alguna muestra

de su poder!

LADY PERCY Si al rey aventajaran,

uníos a ellos como un nervio de acero

da más fuerza a lo fuerte. Pero,

por lo que más queráis, dejadlos probar solos.

Así hizo Percy, así le tocó hacer,

así he quedado viuda y no me alcanza

la vida para llorar lo bastante

sobre el recuerdo de mi noble esposo

de modo tal que su memoria crezca

y retoñe a la altura de los cielos.

NORTHUMBERLAND Venid, entrad conmigo. Mi espíritu está cual la marea que alcanza su pico

y se detiene, sin crecer ni retirarse.

Me gustaría unirme al arzobispo

mas miles de razones me retienen.

Me decido por Escocia. Allí

estaré hasta que la ocasión y la victoria

suspiren por mi compañía.

Salen.

ESCENA IV

Una mesa dispuesta, con sillas. Entra un MOZO DE TABERNA, seguido de otro con un plato de orejones.

MOZO DE TABERNA PRIMERO ¿Qué demonios traes ahí? ¿Orejones? ¿No sabes que sir John no los soporta?

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MOZO DE TABERNA SEGUNDO Hostias, es verdad. Una vez el príncipe le puso delante un plato de orejones, y le dijo: «Los presento, señores: aquí sir John, aquí cinco Ore-Johns»; y quitándose el sombrero, agregó: «Mis respetos a los seis caballeros más resecos, redondos, arrugados y amarillos de Inglaterra». Sir John casi se muere de rabia, pero a esta altura no se acuerda de nada.

MOZO DE TABERNA PRIMERO Entonces tápalos, sírvelos y fíjate si encuentras por ahí a la murga de Ratero. Doña Rajasábanas querrá oír algo de música.

Sale el MOZO DE TABERNA SEGUNDO.

El MOZO DE TABERNA PRIMERO cubre la mesa.

Entra el MOZO DE TABERNA SEGUNDO.

MOZO DE TABERNA SEGUNDO Caballero, también estarán el príncipe y maese Poins. Se pondrán jubones y mandiles de los nuestros y sir John no debe saberlo; así dice Bardolph.

MOZO DE TABERNA PRIMERO ¡Cielo santo, se va a armar una buena! Es una estratagema excelente, excelente…

MOZO DE TABERNA SEGUNDO Voy a ver si encuentro a Ratero.

Salen.

Entran doña SIEMPRELISTA y DOLLY RAJASÁBANAS, borracha.

SIEMPRELISTA A fe mía, corazoncito, se me hace que estás resuperpuesta. Tu pulsión late tan extraordinariamente cuanto el corazón podría desearlo, y tienes las mejillas, te lo garanto, más coloradas que una rosa; pero mira, a fe mía, sinceramente has bebido demasiado canarias, y ese vino penetra que es una maravilla y se te perfumina por la sangre sin darte tiempo a decir «hola». ¿Te sientes bien?

DOLLY RAJASÁBANAS Voy mejoran… ¡hip!

SIEMPRELISTA ¡Bien dicho! La buena salud no tiene precio.

Entra FALSTAFF.

Mira, aquí llega sir John.

FALSTAFF (Canta.) «Ay qué siglo noble y puro…» ¡Vacíen ese orinal! (Sigue cantando.) «… le tocó al rey Arturo…» ¿Qué tal doña Dolly?

SIEMPRELISTA Mareada como un murciélago, doy palabra.

FALSTAFF Muy propio de su gremio; cuando no se menean, se marean.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Ese es el consuelo que me das? ¡Ojalá revientes como un sapo, sucio, canalla!

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FALSTAFF Doña Dolly, vosotras hacéis bastante para que los hombres revienten.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Qué tengo que ver yo? Reventarás por la gula y la enfermedad, no por mí.

FALSTAFF Si el cocinero ayuda a la gula, vosotras ayudáis a la enfermedad, Dolly. Tomamos de vosotras tantas cosas, Dolly, tantas cosas; créeme lo que te digo, mi pobre virtud, créeme.

DOLLY RAJASÁBANAS Sí, Jesús, tomáis nuestras cadenillas y nuestras joyas.

FALSTAFF Sí, y vuestros broches, perlas y carbunclos; porque ser valiente en el servicio es marchar sin pausa, sabes; precipitarse en cualquier brecha con la pica valientemente enarbolada, afrontar con valentía el bisturí del cirujano, y, como un valiente, ni siquiera detenerse ante los cañones cargados de pólvora…

DOLLY RAJASÁBANAS ¡Que te cuelguen, bagre barrero!

SIEMPRELISTA Palabra, que es la misma historia de siempre. No hay vez que os encontréis sin disputear por algo. Sois más reumáticos, palabra de honor, que dos tostadas resecas; no tenéis la menor tolerancia con las deformidades del otro. ¡Demonios! Alguien ha de ser tolerante, (a DOLLY) y esa tienes que ser tú; el barco más frágil y menos cargado, como dicen, debe ceder el paso.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Y puede acaso un frágil y vacío barquito soportar un barril tan grande y lleno? Allí dentro hay un cargamento entero de vino de Burdeos; no se ha visto jamás barco mejor lastrado. Ven, Jack, y hagamos las paces. Vas a la guerra y nadie nos garantiza que nos veamos de nuevo.

Entra un MOZO DE TABERNA.

MOZO DE TABERNA Señor, el portaestandarte Pistola está abajo, y quisiera hablar con vos.

DOLLY RAJASÁBANAS Que lo ahorquen, cretino camorrista. No lo dejéis subir; es el canalla más bocasucia de Inglaterra.

SIEMPRELISTA Si es camorrista, no lo dejéis subir. No, a fe mía, no, que yo debo convivir con mis convecinos. Camorreos no. Tengo mi buen nombre y mi honor está entre los más limpios. Cerrad la puerta; que no entre ningún camorrista. No pienso empezar con camorrizaciones a esta altura de mi vida. Cerrad la puerta, os lo ruego.

FALSTAFF ¿Me puedes escuchar un momento, posadera?

SIEMPRELISTA Cálmate a ti mismo, sir John. Aquí no sube ningún camorrista.

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FALSTAFF ¿Me oyes? Es mi portaestandarte.

SIEMPRELISTA ¡Me importa un pito, sir John, no quiero saber nada de él! Tu portaestandarte camorrista no sube y no sube. El otro día me encontré con el señor Tísico, el delegado, y me dijo texturalmente (no fue mucho más allá del miércoles pasado, a fe mía) «Vecina Siemprelista», me dijo (y maese Mudo el pastor de nuestra iglesia andaba por ahí), «Vecina Siemprelista» dijo, «reciba gente decente, porque», dijo, «está usted echando a perder su reputación». Así dijo, y yo sé por qué lo dijo. «Porque», dijo, «usted es una mujer honesta, y por tal se la tiene; por lo tanto ponga atención a los huéspedes que recibe. No reciba», dijo, «a agentes de la camorra». No subirá ni uno solo aquí. Te hubiera encantado escuchar lo que dijo. No, nada de camorristas.

FALSTAFF No es un camorrista; reconozco que jugando a las cartas no es del todo fiable, pero por lo demás es completamente inofensivo. Puedes apalearlo tan tranquilamente como a un perro faldero. Desistiría de buscarle camorra a una linda gallinita de Guinea apenas erizase un poco las plumas en señal de resistencia. Hazlo subir, mozo.

Sale el MOZO DE TABERNA.

SIEMPRELISTA ¿Cartas, has dicho? No le vedaré el ingreso a mi casa a alguien que se dedica al honesto oficio de llevar cartas, pero la camorra no me gusta, palabra que no, me pongo fatal nomás oír hablar de camorristas. Sentid, señores, cómo tiemblo, sentid, no os miento.

DOLLY RAJASÁBANAS En efecto, tiembla.

SIEMPRELISTA ¿No es cierto que sí? Sí, por cierto que sí, tiemblo como una hoja de álamo temblón. Virgen Santa, no soporto a los camorristas.

Entran PISTOLA, BARDOLPH y el PAJE.

PISTOLA ¡Dios os guarde, sir John!

FALSTAFF Bienvenido, portaestandarte Pistola. Hete aquí una buena copa de jerez: hazte cargo de ella, y descarga una salva de artillería en honor de mi posadera.

PISTOLA Estoy dispuesto a descargar contra ella, sir John, no uno, sino dos tiros.

FALSTAFF Veo difícil que le hagan mella, caballero; es a prueba de balas.

SIEMPRELISTA No pienso beber ni mellas ni balas; no beberé más que lo que se me antoje a mí, y no para gusto de ninguno, yo.

PISTOLA ¿Y vos que decís, doña Dorothy? Podría tiraros a vos.

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DOLLY RAJASÁBANAS ¿A mí? ¿Cómo se te ocurre, casposo, mugriento? ¿Qué se ha creído el arrastrado y miserable, el tramposo culosucio? ¡Fuera de aquí, canalla podrido, fuera! Yo soy bocado para tu señor, no para ti.

PISTOLA ¿De qué la vas Dorothy? Mira que…

DOLLY RAJASÁBANAS ¡Fuera, fuera, ratero asqueroso, punguista, manolarga! Te juro por este vino que como se te ocurra jugar conmigo a la navajita atrevida, te entierro mi cuchillo hasta el mango en la podrida boca. ¡Fuera, borrachín de mala muerte, espadón de feria! ¡Mírenmelo, al señor soldado! ¡Dios del cielo, con charreteras y todo! ¡Habrase visto!

Esgrime un cuchillo.

PISTOLA (Desenvainando.) ¡Esto te costará el cuello, cretina!

SIEMPRELISTA ¡Aquí no, buen capitán Pistola! ¡Por favor, no, mi querido capitán!

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Capitán? ¿No te da vergüenza, abominable tramposo, que te llamen capitán? Si los capitanes hicieran lo que es debido te molerían a palos por tomar su grado sin merecerlo. ¿Capitán tú, esclavo? ¿Capitán por qué? ¿Por romperle el cuello a una pobre puta vieja en un burdel? ¡Capitán! Que lo cuelguen, miserable rufián, que vive de la fruta pasada y los pasteles mohosos. ¡Capitán, este canalla! Dios del cielo, tipos como este harán la palabra «capitán» tan odiosa como la palabra «montar», que era una palabra perfectamente honesta hasta que se encimó con malas compañías; si yo fuera capitán me preocuparía bastante.

BARDOLPH Vamos, baja, mi buen portaestandarte.

FALSTAFF Tranquila, Dolly, ya basta.

Se la lleva a un lado.

PISTOLA ¡No y no! ¡Sabes lo que te digo, teniente Bardolph! Yo podría hacerla pedazos. Me las pagará.

PAJE Por favor, baja.

PISTOLA No sin antes haberla condenado

a la infernal laguna de Plutón.

Mira esta mano: por ella

ha de caer en la profunda sima

donde el Erebo ríe y sus víctimas lloran.

¡Firmes la línea y el anzuelo, digo!

¡Abajo, abajo, perros traidores!

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¡Nada temo si está mi Herena aquí!

Desenvaina la espada.

SIEMPRELISTA Capitán Quepistola, tranquilo, cariño. A fe mía, es muy tarde. El suelo nos asista, basta ya, agravad vuestra cólera.

PISTOLA ¡Ah, si es cosa de risa! ¿Cómo unas bestias de tiro, unos jamelgos que alimentados de huecas promesas apenas cubren treinta millas en un día, podrían compararse a un griego troyano, a un César o un Caníbal?

¡No, que se vayan con el rey Cerbero

aunque ruja la bóveda celeste!

¿O acaso vamos a volvernos locos

por semejantes tonterías?

SIEMPRELISTA De veras que son palabras muy amargas, capitán.

BARDOLPH Vete, Pistola, amigo, antes que tengamos aquí una batalla campal.

PISTOLA ¡Mueran los hombres como perros!

¡Repartid reinos como chucherías!

¡Nada temo, si está mi Herena aquí!

SIEMPRELISTA Palabra, capitán, que no está. ¿Creéis que si estuviera os la negaría? ¡Por el amor de Dios, calmaos!

PISTOLA Bien, come y engorda, mi bella Calípolis.

Vamos, traigan un poco de jerez.

Si fortune me tormente, sperato me contento. ¿Tenemos miedo a los cañones? ¡No! ¿Al diablo? ¡No! Traed un poco de jerez. Y tú, cariño descansa aquí.

Deja su espada en el suelo.

¿Acabaron ya todas las disputas

o alguna pulla falta por montar?

Bebe.

FALSTAFF Pistola, quisiera estar tranquilo.

PISTOLA Caballero, beso vuestra dulce manopla. ¡Hemos marchado juntos bajo tantas estrellas!

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DOLLY RAJASÁBANAS Por el amor de Dios, tíralo por la escalera. No soporto a un canalla tan charlatán.

PISTOLA ¿«Tíralo por la escalera»? ¿No hemos oído hablar de las yeguas de Galloway, que a cualquier jinete pueden soportar?

FALSTAFF Bardolph, sácalo al aire libre. Se da demasiados humos; que se evapore de una vez.

BARDOLPH (A PISTOLA.) Vamos, fuera, abajo.

PISTOLA ¿Qué, tenemos que operar? ¿Hay una sangría que hacer?

Agarra su espada.

¡Que me duerma acunado por la muerte

y se abrevien así mis tristes días!

¡Que mis horribles, abiertas heridas

devanen la madeja de las Parcas!

¡Ven, Atropos, a mí!

SIEMPRELISTA ¡Zas, ahora sí que se armó!

FALSTAFF Pásame mi estoque, muchacho.

SIEMPRELISTA ¡Por favor, Jack, no desenvaines!

FALSTAFF (A PISTOLA.) Vamos, vete.

Esgrime su estoque.

Pelean.

SIEMPRELISTA ¡Bonito escándalo! Si he de vivir de sobreasalto en sobreasalto, renuncio a tener posada. (FALSTAFF ataca.) ¡Lo que faltaba, tener aquí un señor asesinado! (PISTOLA ataca.) ¡Ay, ay, envainad, envainad esos desnudos aceros!

Sale PISTOLA, perseguido por BARDOLPH.

DOLLY RAJASÁBANAS Calma, Jack, por favor; el canalla ya se ha ido. ¡Ah, Jack, hijo de puta, qué valiente habías resultado, cretinito mío!

SIEMPRELISTA ¿No estarás herido en la ingle? Me pareció que te había dado una fea estocada en la barriga.

Regresa BARDOLPH.

FALSTAFF ¿Lo echaste a la calle?

BARDOLPH Sí, señor; el canalla está borracho. Lo habéis herido en un hombro.

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FALSTAFF ¡Vulgar canalla! ¡Desafiarme a mí!

DOLLY RAJASÁBANAS ¡Ah, picarón! ¡Pobre tontito, cómo sudas! Ven, déjame que te seque la cara. Venga para acá, mi gordito hijo de puta. Ah, cretino, por Dios, te quiero tanto. Eres tan valiente como Héctor de Troya, y vales por cinco Agamenones y diez veces más que los Nueve de la Fama. ¡Ah, verraco!

FALSTAFF ¡Un canalla andrajoso! Voy a mantear a ese cretino hasta que reviente.

DOLLY RAJASÁBANAS Si necesitas hacerlo, hazlo. Y si lo haces, yo te daré una manteadita entre dos sábanas.

Entran MÚSICOS.

PAJE Ha llegado la música, señor.

FALSTAFF Tocad, señores.

Los MÚSICOS tocan.

Siéntate en mis rodillas, Dolly. ¡Un canalla andrajoso y fanfarrón! El cretino ha escapado de mí como el azogue.

DOLLY RAJASÁBANAS A fe mía que sí, y tú lo perseguiste como una iglesia. Vamos a ver, hijoputa, puerquito cebado de San Bartolomé, cuándo dejas de dar golpes por el día y puntazos por la noche y empiezas a preparar tu viejo cuerpo para el cielo.

Entran el PRÍNCIPE HENRY

y POINS disfrazados

de mozos de taberna.

FALSTAFF Calla, querida Dolly, no hagas de calavera; no me invites a pensar en mi fin.

DOLLY RAJASÁBANAS Dígame usted, muy señor mío, ¿qué tal es el príncipe?

FALSTAFF Un buen muchacho, aunque un poco vacío. No habría sido un mal pinche de cocina; para pelar papas puede servir.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Y Poins? Dicen que es bastante ingenioso.

FALSTAFF ¿Ingenioso, Poins? ¡Que lo cuelguen, a ese mandril! Tiene un cerebro más duro que la mostaza de Tewkesbury y menos imaginación que un martillo de madera.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Y por qué pues el príncipe lo quiere tanto?

FALSTAFF Porque ambos calzan medias de la misma talla, y Poins tira bien los tejos,

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come bagre y come hinojo, bebe ron de una fuente donde flotan velitas encendidas, juega al rango con los muchachos, salta taburetes con los pies atados, jura con gracia, usa botas ajustadas. Y no fastidia con historias edificantes. Es por estas y otras divertidas facultades, que denotan una mente débil y un cuerpo fuerte, que el príncipe lo quiere. Y el príncipe es igual a él: pon a cada uno en un platillo de la balanza, y el peso de un cabello bastará para inclinarla.

PRÍNCIPE HENRY (Aparte, a POINS.) ¿No merecería esta rueda de carro que le cortaran las orejas?

POINS Démosle una paliza delante de su puta.

PRÍNCIPE HENRY Mira cómo el viejo decrépito se hace rascar la cabeza como un loro.

POINS ¿No es raro que el deseo sobreviva tanto tiempo a la potencia?

FALSTAFF Bésame, Dolly.

Ella lo besa.

PRÍNCIPE HENRY ¡Saturno y Venus han entrado en conjunción! ¿Qué dice el almanaque?

POINS ¡Y su criado, el Triángulo de Fuego del Zodíaco, cuchichea al oído de la exfulana de su amo, su paño de lágrimas, su confidente!

FALSTAFF (A DOLLY.) Me das unos besos de lo más zalameros.

DOLLY RAJASÁBANAS Te los doy con amor verdadero y constante.

FALSTAFF Soy viejo, soy viejo.

DOLLY RAJASÁBANAS Me gustas más que cualquiera de esos jovencitos llenos de caspa.

FALSTAFF ¿Qué tela te gustaría para un vestido? Recibiré dinero el jueves; mañana tendrás un sombrero. ¡Una canción alegre! (Música otra vez.) Vamos, se hace tarde; debemos acostarnos. Me olvidarás no bien me vaya.

DOLLY RAJASÁBANAS Hablando así conseguirás que llore. De verdad, no me pondré bonita nunca más hasta que vuelvas… Espera, y ya verás.

FALSTAFF Francis, un poco de jerez.

PRÍNCIPE HENRY Y POINS (Adelantándose.) Ya voy, ya voy, señor.

FALSTAFF ¡Vaya, un bastardo del rey! ¿Y tú no eres el hermano gemelo de Poins?

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PRÍNCIPE HENRY ¡Y bien, globo inmundo, de continentes enteros de pecados, mira la vida que llevas!

FALSTAFF Mejor que la tuya: yo al menos soy un caballero, tú sacas corchos y pones manteles.

PRÍNCIPE HENRY Así es: pero a ti te sacaré de aquí por las orejas.

SIEMPRELISTA ¡Que el Señor guarde a su majestad! ¡Por mi fe, bienvenido a Londres! ¡Que el Señor bendiga ya mismo vuestro dulce rostro! ¡Oh, Jesús!, ¿estáis llegando de Gales?

FALSTAFF ¡Ah, loco e hideputa montón de majestad! Mira aquí: por esta carne alegre y esta sangre corrompida, bienvenido seas.

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Qué te pasa, gordo asqueroso? ¿Qué idioteces dices?

POINS (Al PRÍNCIPE HENRY.) Si no machacas esto en caliente, te apartará de tu venganza y hará de todo una broma.

PRÍNCIPE HENRY (A FALSTAFF.) ¡Tú, hijo de puta, fábrica andante de velas de sebo! ¡Con qué vileza has hablado de mí ante esta virtuosa, decente y amable señorita!

SIEMPRELISTA Que Dios bendiga vuestro buen corazón. Eso es ella, sí señor.

FALSTAFF (Al PRÍNCIPE HENRY.) ¿Has escuchado todo lo que dije?

PRÍNCIPE HENRY Sí, y tú me reconociste perfectamente, como cuando huiste en Gad’s Hill; sabías que estaba detrás de ti y hablaste adrede para poner a prueba mi paciencia.

FALSTAFF No, no y no. No es verdad; yo no sabía que estabas escuchando.

PRÍNCIPE HENRY Te voy a hacer confesar que me insultaste adrede, y luego verás el castigo que te tengo preparado.

FALSTAFF No hubo insultos, Hal. Por mi honor, ningún insulto.

PRÍNCIPE HENRY ¿No? ¿Y qué fue el desprecio de llamarme «pinche de cocina», «pelapapas» y no sé cuántas cosas más?

FALSTAFF No fueron insultos, Hal.

POINS ¿No fueron insultos?

FALSTAFF Nada de insultos, Ned; en absoluto, honesto Ned, ningún insulto. Lo menosprecié ante los perdidos (al PRÍNCIPE HENRY) para que los perdidos no se aficionaran a ti; haciendo lo cual me comporté como un amigo solícito y un súbdito leal, y tu padre de seguro me lo agradecerá. Nada de insultos,

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Hal; no, Ned, nada; de veras que no, hijos míos, no.

PRÍNCIPE HENRY A ver cómo evitas que tu puro miedo y completa cobardía te dejen mal parado con esta virtuosa señorita que está aquí junto a nosotros. Dime ¿está ella entre los perdidos? ¿Es tu posadera, aquí, una perdida? ¿O el perdido es tu paje? ¿O lo es el honesto Bardolph, cuya nariz arde de encendida devoción?

POINS Responde, olmo muerto, responde…

FALSTAFF El Malo ha puesto a Bardolph en la lista de los irrecuperables y su cara es la cocina personal de Lucifer, donde se preparan exclusivamente amigos-del-trago a la parrilla. En cuanto al muchacho, un ángel bueno anda tras él, pero también el diablo está interesado en esa mercadería.

PRÍNCIPE HENRY ¿Y las mujeres?

FALSTAFF Una de ellas ya arde en el infierno, y hasta contagia su ardor a otras pobres almas. En cuanto a la otra, me ha prestado dinero; si será condenada por eso, no lo sé.

SIEMPRELISTA Te garantizo que no.

FALSTAFF No, supongo que no; supongo que en un proceso por usura saldrías bien librada. Pero, por la Virgen, hay contra ti otra acusación que acaso sí te lleve al infierno: dicen que, contrariando la ley, permites que se consuma carne en tu establecimiento.

SIEMPRELISTA Eso se hace en todas las posadas. ¿Qué importa un poco de carne, un pernil o dos, en toda una Cuaresma?

PRÍNCIPE HENRY Usted, noble señorita…

DOLLY RAJASÁBANAS ¿Qué dice su alteza?

FALSTAFF Su alteza dice cosas contra las cuales su carne se rebela.

PETO llama a la puerta

desde dentro.

SIEMPRELISTA ¿Quién llama tan fuerte? Ve a ver quién es, Francis.

Entra PETO.

PRÍNCIPE HENRY Peto, ¿cómo estás? ¿Qué novedades hay?

PETO Vuestro padre, el rey, está en Westminster

y veinte mensajeros extenuados

llegan del Norte; en el camino hacia aquí

dejé a unos doce capitanes

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descubiertos, sudorosos, golpeando

la puerta en las tabernas, preguntando

a todo el mundo por sir John Falstaff.

PRÍNCIPE HENRY Oh, cielos, Poins, me siento muy culpable de profanar tan vanamente

un tiempo tan precioso

mientras la tempestad de la revuelta, preñada, como el viento sur, de negras nubes, empieza a derramarse sobre nuestras cabezas desarmadas. Dame ya

capa y espada. Falstaff, buenas noches.

Salen el PRÍNCIPE HENRY y POINS.

FALSTAFF Ahora venía el bocado más dulce de la noche, y hay que partir dejándolo intacto.

Golpean a la puerta.

Sale BARDOLPH.

¿Más golpes a la puerta?

Entra BARDOLPH.

¿Qué hay? ¿Qué pasa ahora?

BARDOLPH Debéis marchar ya mismo, sir. Una docena de capitanes os esperan a la puerta.

FALSTAFF (Al PAJE.) Paga a los músicos, caballerito. Adiós, posadera; adiós, Dolly. Ya veis, muñecas, cuán requeridos son los hombres de mérito. El inútil se va a dormir tranquilo mientras el hombre de acción es llamado a filas. Adiós, muñequitas. Si no me despachan enseguida, pasaré a veros antes de partir.

Salen los MÚSICOS.

DOLLY RAJASÁBANAS No puedo hablar. Si no estuviera a punto de estallarme el corazón… Bien, dulce Jack, cuídate mucho.

FALSTAFF Adiós, adiós.

Sale con BARDOLPH, PETO y el PAJE.

SIEMPRELISTA Bueno, que te vaya bien. Te conocí hace veintinueve años en la estación de los guisantes, y no sé de otro más honesto y de corazón más leal. Bueno, que te vaya bien.

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BARDOLPH (Asomándose.) ¡Doña Rajasábanas!

SIEMPRELISTA ¿Qué pasa?

BARDOLPH Dígale a doña Rajasábanas que venga. Mi amo quiere decirle algo.

SIEMPRELISTA ¡Corre, Dolly, corre! Corre, ve, buena Dolly.

Salen por distintas puertas.

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TERCER ACTO

ESCENA I

Entra el REY HENRY en camisón,

con un paje.

REY HENRY (Entrega unas cartas.)

Ve, llama a los condes de Surrey y de Warwick. Pero antes de que vengan, diles que les pido que lean estas cartas con cuidado.

Sale el paje.

Ya duermen a estas horas miles de mis súbditos más pobres. Ah, el sueño, dulce sueño que por Natura vela, ¿tanto te espanté

que ahora ya no pesas más sobre mis párpados ni hundes mis sentidos en la nada?

¿Por qué prefieres, sueño, chozas malolientes, donde te tiendes en incómodos jergones entre moscas nocturnas que, zumbando, acunan tu letargo, y desprecias perfumadas recámaras de nobles, sus lechos ricamente doselados

y envueltos por el son de dulces melodías? Ah, dios obtuso que te acuestas con los siervos en lechos repugnantes, ¿por qué niegas tu visita al lecho de los reyes,

como si fuera garita de vigía

o alarma de reloj? ¿Has de cerrar

los ojos del grumete y mecer su mente

en la agitada cuna del oleaje

mientras todos los vientos se desatan

encrespando la cima de las olas,

rizando sus cabezas como monstruos

colgados de las nubes tornadizas,

con una batahola tal que hasta la misma muerte se despierta? ¿Y puedes, arbitrario, dar descanso al húmedo grumete

en hora tan brutal, y en la noche más calma,

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con todos los recursos a tu alcance,

negárselo a un rey? Dormid, entonces,

los pobres y felices. Mi cabeza

coronada me priva de esa suerte.

Entran los condes de WARWICK y Surrey.

WARWICK ¡Muy buenos días a su majestad!

REY HENRY ¿Ya es el buen día?

WARWICK Más de la una.

REY HENRY Entonces buenos días, mis señores.

¿Habéis leído la carta que os mandé?

WARWICK Sí, mi señor.

REY HENRY Sabéis entonces que el cuerpo de la nación está apestado: crecen en él males

horribles, que amenazan detener

su corazón.

WARWICK Es solamente un cuerpo destemplado, que recuperará su antigua fuerza

con poca medicina y bien aconsejado.

Northumberland muy pronto se apaciguará.

REY HENRY ¡Oh, Dios, si se pudiera leer el destino como un libro, y ver los cambios de los tiempos que aplanan las montañas y, cansados

de su sólida firmeza, derriten continentes

dentro del mar! ¡Y ver también cómo se ensancha el cinturón de playas que, ciñendo el talle de Neptuno, contiene los océanos!

¡Burlón, destino vierte en la copa del cambio licores de variada cualidad! ¡Ah, si pudiera verse todo esto,

el joven más feliz, al conocer su vida

y ver los riesgos a pasar y las penurias

que acechan su camino, sin dudarlo

el libro cerraría, prefiriendo

quedarse allí sentado hasta morir!

Northumberland y Richard celebraban

banquetes amistosos diez años atrás;

un par de años más tarde, combatían.

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Ocho años apenas han pasado

desde que Percy fuera mi hombre más querido: bregaba por mi causa como hermano, jugándose por mí la vida misma. ¡Si hasta llegó, por mí, a desafiar

a Richard en la cara! Alguno lo vio…

(A WARWICK.) Según recuerdo, primo Neville, tú viste a Richard, desbordándole las lágrimas,

vencido y ya humillado ante Northumberland, decir estas palabras, pura profecía:

«Northumberland, tú habrás de ser la escalera que lleve a Bolingbroke, mi primo, a ocupar mi trono». Entonces, y ante Dios lo juro, no era esa mi intención: fui forzado por los graves

apremios del momento a sellar

mi unión con la corona. Y dijo después:

«Ha de llegar la hora, llegará,

en que este absceso pútrido reviente,

esparciendo pecado y corrupción».

Predijo así el mal que ahora nos aqueja

y que ha acabado con nuestra amistad.

WARWICK En toda vida humana hay una historia que repite historias del pasado,

cuyo adecuado estudio nos permite,

a veces con acierto, actuar como profetas de cosas todavía no ocurridas

y que en su germen yacen, incipientes.

El tiempo las empolla y les da vida;

según este fatal razonamiento

pudo el rey Richard suponer

que el gran Northumberland, traidor con él, encontraría en vos suelo más fértil para sembrar su germen de falsía.

REY HENRY ¿Son estas cosas pues inevitables?

Perfecto, enfrentémoslas así;

exige atención lo inevitable.

El obispo y Northumberland, se dice, están al frente de cincuenta mil soldados.

WARWICK No puede ser, señor. El rumor, tal como el eco de la voz, duplica lo temido.

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Id a vuestro lecho, majestad.

Os juro por mi alma, mi señor:

las fuerzas que enviasteis al combate

conseguirán un triunfo fácilmente.

Para tranquilizaros más, os digo

con certeza que Glendower está muerto.

Habéis pasado enfermo quince días,

y no dormir por cierto agrava

vuestra indisposición.

REY HENRY Aceptaré el consejo.

Y cuando acaben estas guerras intestinas,

señores, partiremos hacia Tierra Santa.

Salen.

ESCENA II

Entran los jueces HUECO y SILENCIO.

HUECO ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Venga esa mano, señor, venga esa mano. Por Dios, qué madrugador! ¿Y cómo le va a mi buen compadre Silencio?

SILENCIO Buenos días, buen compadre Hueco.

HUECO ¿Y cómo está mi comadre, tu compañera de lecho? ¿Y tu hija y ahijada mía, la bella Ellen?

SILENCIO Ni tan bella, compadre Hueco; un pajarito negro.

HUECO Sea lo que Dios quiera, señor, apuesto a que mi compadre William es un buen estudiante. ¿Sigue en Oxford, verdad?

SILENCIO Así es señor, y bastante me cuesta.

HUECO Pronto ha de pasar a las aulas de Derecho. Yo alguna vez estuve en las de Clement’s Inn, y pienso que todavía estarán hablando por ahí del loco de Hueco.

SILENCIO Entonces te llamaban «el tremendo Hueco», compadre.

HUECO Cielo santo, me decían cualquier cosa, y de hecho no había nada que no hiciera, por cierto, y además, a tope. Estaba yo, y el pequeño John Pocacosa, de Staffordshire, y el negro George Corrales, y Francis Roehuesos, y Will Bocón, un muchacho de los Cotswold… Desde entonces no han vuelto a verse cuatro camorristas semejantes en todas las escuelas

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de Derecho. Y te digo que sabíamos dónde encontrar buena mercadería, y teníamos las mejores chicas a nuestra disposición. Y estaba Jack Falstaff, hoy sir John, por aquel entonces un muchacho, paje de Thomas Mowbray, duque de Norfolk.

SILENCIO ¿Ese sir John, compadre, que está al llegar en busca de soldados?

HUECO El mismo sir John; exactamente el mismo. Lo vi romperle la cabeza a Scoggin en la puerta del palacio cuando era solo un mocoso así de alto. Y ese mismo día yo me peleé detrás del Gray’s Inn con un tal Sansón Bacalao, un frutero. ¡Jesús, qué días más locos aquellos! Y pensar que tantos de mis viejos conocidos están muertos.

SILENCIO Todos hemos de seguirlos, compadre.

HUECO Cierto, es cierto; así es, seguro que sí. La muerte, como dice el salmista, es segura para todos; todo ha de morir. ¿A cuánto está una buena yunta de bueyes en la feria de Stamford?

SILENCIO Palabra que no he pasado por allí.

HUECO La muerte es segura. ¿El viejo Double de tu pueblo está vivo todavía?

SILENCIO Muerto, señor.

HUECO ¡Muerto! ¡Jesús, Jesús! ¡Un fenómeno tirando con el arco; y muerto! Un tiro tirando tiros. Juan de Gante lo adoraba, y apostaba fortunas por él. Podía dar en el blanco a doce veintenas de pasos, y disparar tan derecho a catorce o catorce y media, que se te alegraba el corazón de verlo. ¿A cuánto están las veinte ovejas?

SILENCIO Según; una veintena de buenas ovejas debe andar por las diez libras.

HUECO ¿Y el viejo Double está muerto, nomás?

SILENCIO Aquí vienen dos hombres de sir John Falstaff, creo.

Entran BARDOLPH

y el PAJE.

Buenos días, honorables caballeros.

BARDOLPH Por favor, señores, ¿cuál de vosotros es el juez Hueco?

HUECO Yo soy Robert Hueco, un pobre hidalgo de este condado, y juez de paz de su majestad. ¿Qué deseáis de mí?

BARDOLPH Os traigo saludos de mi capitán, señor. Mi capitán, un grandioso gentilhombre, ¡viva el cielo!, y un muy gallardo comandante.

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HUECO Me honran sus saludos, señor. Siempre lo he tenido por un buen sable. ¿Cómo está el buen caballero? ¿Puedo preguntar por milady, su esposa?

BARDOLPH Perdón, señor, un soldado está mejor acomodado sin esposa.

HUECO Bien dicho, a fe mía, bien dicho, señor, y de hecho está bien dicho, además. «Mejor acomodado.» Está muy bien; vaya, si lo está. Las buenas expresiones seguramente son, y han sido siempre, muy loables. «Acomodado»… Eso viene de acommodo, acommodas, acommodat. Muy bien, una buena expresión.

BARDOLPH Perdón, señor, he oído la palabra… ¿«expresión», dijo vuesa merced? Por el momento, no sé nada de expresiones, pero mantendré con la punta de mi espada que la palabra es muy propia de un militar, una excelente voz de mando, ¡viva el cielo! «Acomodado»: o sea, cuando un hombre está, como se dice, acomodado, o cuando un hombre se comporta de modo tal que podría pensarse que es acomodado; lo cual es excelente.

Entra FALSTAFF.

HUECO Es muy cierto. Mirad, aquí llega el buen sir John. (A FALSTAFF.) Dadme vuestra mano, dadme vuestra buena mano, señoría. A fe mía, lucís bien, y lleváis más que bien vuestros años. Bienvenido, buen sir John.

FALSTAFF Me alegra veros bien, buen maese Robert Hueco. (A SILENCIO.) ¿Maese Cartadetriunfo, supongo?

HUECO No, sir John, es mi compadre Silencio, que ejerce de juez de paz aquí conmigo.

FALSTAFF Buen maese Silencio, es apropiado que seáis un hombre de paz.

SILENCIO Bienvenida su señoría.

FALSTAFF ¡Puf, esto sí que es calor, caballeros! ¿Me tenéis media docena de hombres aptos para el servicio?

HUECO ¡Virgen santa, sí los tenemos, señor! ¿Queréis sentaros?

FALSTAFF Dejadme verlos, por favor.

Se sienta.

HUECO ¿Dónde está la lista? ¿Dónde está la lista? ¿Dónde está la lista? A ver, a ver, a ver. Bueno, bueno, bueno, bueno, bueno. Sí, señor, ¡Virgen santa!: Ralph Mohoso. (A SILENCIO.) Que vayan pasando mientras los llamo, vamos, pasando, vamos, vamos. A ver; (llama) ¿dónde está Mohoso?

Entra MOHOSO.

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MOHOSO Aquí, para serviros.

HUECO ¿Qué os parece, sir John? Buenos brazos, buenas piernas, un muchacho joven, fuerte y de buena familia.

FALSTAFF ¿Te llamas Mohoso?

MOHOSO Sí, para serviros.

FALSTAFF Hace mucho que no te usan.

HUECO ¡Ja, ja, ja, un gran chiste, palabra! Lo que no se usa se llena de moho. Está muy bueno, de verdad, tiene gracia, sir John, mucha gracia.

FALSTAFF Apúntalo.

MOHOSO Ya me han tomado bastante de punto; ahora podríais dejarme tranquilo. Mi pobre vieja va a quedar deshecha, sin nadie que le haga la huerta ni nada. No necesitáis apuntarme, para nada; hay otros más aptos que yo para ir.

FALSTAFF Vamos, Mohoso, tranquilo. Vendrás, Mohoso; es hora de que te den uso, y hasta abuso.

MOHOSO ¿Abuso?

HUECO Calma, muchacho, calma. Hazte a un lado. (MOHOSO se aparta.) ¿Dónde crees que estás? A ver el otro, sir John, dejadme ver… ¡Simon Sombra!

FALSTAFF ¡Por la Virgen! Este me servirá para sentarme debajo. Como soldado, puede llegar a ser un poco frío.

HUECO (Llama.) ¿Dónde está Sombra?

Entra SOMBRA.

SOMBRA Aquí, señor.

FALSTAFF Sombra, ¿de quién eres hijo?

SOMBRA Hijo de mi madre, señor.

FALSTAFF ¡Hijo de tu madre! Es probable, y la sombra de tu padre. Porque el hijo de una mujer es la sombra de un hombre. De hecho, a menudo es así, pero ¡vaya uno a saber cuánto hay de la sustancia del padre!

HUECO ¿Os gusta, sir John?

FALSTAFF Sombra servirá para el verano. Apúntalo; en los registros de reclutamiento nunca está de más algún fantasma.

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HUECO (Llama.) ¡Thomas Verruga!

Entra VERRUGA.

VERRUGA Presente, señor.

FALSTAFF ¿Te llamas Verruga?

VERRUGA Sí, señor.

FALSTAFF Eres una verruga bastante peluda y desflecada.

HUECO ¿Lo apunto, señor?

FALSTAFF Mirad con qué harapos se cubre: el edificio entero está prendido con alfileres y a punto de derrumbarse; me parece superfluo apuntarlo. Lo que necesita es que lo apuntalen; pues lo que es puntadas, ya no hay donde meterle una.

HUECO ¡Ja, ja, ja, muy acertado, señor, muy acertado! Os felicito, señor. (Llama.) ¡Francis Débil!

Entra DÉBIL.

DÉBIL Presente, señor.

HUECO ¿A qué te dedicas, Débil?

DÉBIL Soy sastre de señoras, señor.

HUECO ¿Lo apunto, sir John?

FALSTAFF Apúntalo. Pero si hubiera sido sastre de hombres, las puntadas te las habría metido él. (A DÉBIL.) ¿Estás dispuesto a hacer en los ejércitos enemigos tantos agujeros como en unas enaguas de mujer?

DÉBIL Haré lo más que pueda, señor; no podéis exigirme más.

FALSTAFF ¡Bien dicho, honrado sastre de señoras; bien dicho, animoso Débil! Serás tan valiente como la iracunda paloma o el más atrevido de los ratones. Apuntadme al sastre de señoras. Muy bien, maese Hueco; más fuerte, con un punto bien puntudo.

DÉBIL Me habría gustado que Verruga pudiera venir, señor.

FALSTAFF A mí me hubiese gustado que fueras sastre de hombres, para que lo remendaras y despiojaras y me lo dejaras en condiciones de venir. No puedo enrolar un soldado que es en sí mismo un batallón. Dejémoslo así, poderoso Débil.

DÉBIL Así estará bien, señor.

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FALSTAFF Te quedo muy agradecido, reverendo Débil. ¿Quién sigue?

HUECO (Llama.) ¡Peter Novillo del Prado!

FALSTAFF ¡Caray, veamos a ese Novillo!

Entra NOVILLO.

NOVILLO Aquí estoy, señor.

FALSTAFF ¡Cielo santo, este promete! Vamos, apuntadme a Novillo, dadle puntazos hasta que pegue un buen rugido.

NOVILLO Por Dios, mi buen lord capitán…

FALSTAFF ¿Cómo, ya ruges, antes de los puntazos?

NOVILLO Por Dios, señor, soy un hombre enfermo.

FALSTAFF ¿Qué enfermedad tienes?

NOVILLO Un catarro hijo de puta, señor; una tos, señor, que me pesqué tocando la campana en ese asunto del aniversario de la coronación del rey, señor.

FALSTAFF Vamos, si estás enfermo irás a la guerra en camisón. Ya te curaremos ese catarro, y arreglaré las cosas de tal modo que tus parientes tocarán la campana por ti. ¿Ya están todos?

HUECO Tenéis dos más de los que os hacen falta. Debéis tomar solo cuatro, señor, y por lo tanto os ruego que me acompañéis a cenar.

FALSTAFF Vamos, beberé con vos, pero no puedo quedarme a cenar. A fe mía, me alegra veros, maese Hueco.

HUECO Ah, sir John, ¿os acordáis de aquella noche que pasamos en el molino de Saint George’s Field?

FALSTAFF Dejemos eso, maese Hueco, dejemos eso.

HUECO ¡Ah, que noche más alegre! ¿Y vive aún Jane Trabajonocturno?

FALSTAFF Vive, maese Hueco.

HUECO No me podía ni ver.

FALSTAFF Ni de lejos, ni de lejos. Siempre dijo que no podía soportar a maese Hueco.

HUECO Cielo santo, yo la volvía loca de rabia. Era una buena pieza, entonces. ¿Se mantiene bien?

FALSTAFF Es vieja, maese Hueco, vieja.

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HUECO Claro, debe ser vieja; no tiene ninguna posibilidad de no serlo. Seguro que es vieja; cuando yo llegué a Clement’s Inn, ella ya había tenido a Robin Trabajonocturno con el viejo Trabajonocturno.

SILENCIO De eso hace cincuenta y cinco años.

HUECO ¡Ah, compadre Silencio, si hubieras visto lo que vimos este caballero y yo! Acá está sir John, que no me deja mentir…

FALSTAFF Oímos las campanas de la medianoche, maese Hueco.

HUECO Así fue, señor, así fue; a fe mía, sir John, que así fue. Nuestra contraseña era «¡Salud y adentro!». Vamos, vamos a cenar; vamos, vamos. ¡Jesús, las cosas que hemos visto! Vamos, vamos.

Salen HUECO, FALSTAFF

y SILENCIO.

NOVILLO Mi buen maese Tenedor Bardolph, sed mi amigo y aquí hay cuatro enriques de diez chelines en coronas francesas para vos. A decir verdad, señor, tengo tantas ganas de ir a la guerra, como de que me cuelguen. Si se tratara de mí solamente, señor, me daría lo mismo; pero por mi parte, habida cuenta de que no quiero ir, preferiría quedarme con mi gente; por lo demás, señor, en lo que a mí respecta, no me preocupa demasiado.

BARDOLPH (Tomando el dinero.) Ve, hazte a un lado.

NOVILLO se aparta.

MOHOSO Buen maese cabo capitán, sed también amigo mío, por el bien de mi pobre vieja. No tendrá nadie que le haga nada cuando yo me vaya, y es vieja y no puede valerse sola. Hay cuarenta para vos, señor.

BARDOLPH Ve, hazte a un lado.

MOHOSO se aparta.

DÉBIL A mí, palabra de honor, me da lo mismo. Se muere solo una vez. Debemos una muerte a Dios. Nunca he soportado a los espíritus ruines. Si es mi destino, bien; si no lo es, también. Ningún hombre es demasiado bueno para servir a su príncipe. Y sea como sea, el que muera este año estará libre el próximo.

BARDOLPH Bien dicho; eres un buen muchacho.

DÉBIL De veras, no soporto los espíritus ruines.

Entran FALSTAFF, HUECO y SILENCIO.

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FALSTAFF A ver, señor, ¿qué hombres me llevo?

HUECO Los cuatro que elijáis.

BARDOLPH (A FALSTAFF.) Una palabra, señor. Tengo tres libras para librar a Mohoso y Novillo.

FALSTAFF Está bien, adelante.

HUECO Veamos, sir John, ¿cuáles son los cuatro que os lleváis?

FALSTAFF Elegid por mí.

HUECO ¡Por la Virgen! Pues entonces: Mohoso, Novillo, Débil y Sombra.

FALSTAFF Mohoso y Novillo. Tú, Mohoso, quédate en casa hasta que estés pasado; y en cuanto a ti, Novillo, dedícate a crecer hasta que estés maduro. No los quiero a ninguno de los dos.

Salen NOVILLO

y MOHOSO.

HUECO Sir John, sir John, no os equivoquéis. Ellos son los que más os convienen, y yo quisiera ofreceros lo mejor.

FALSTAFF ¿Vais a enseñarme, maese Hueco, cómo elegir mis hombres? ¿Qué me importan los brazos, las piernas, la musculatura, la talla y la apariencia general de un hombre? Dadme su espíritu, maese Hueco. Aquí tenéis a Verruga: ¿veis que pinta más astrosa tiene? Él va a cargarte y dispararte al ritmo de un martillo de calderero; irá y vendrá más rápido que el cervecero entre el tanque y el barril. E incluso este tipo, Sombra, con su media cara; dadme a este hombre. No presenta blanco al enemigo; el artillero haría mejor negocio disparándole al filo de una navaja. En cuanto a una retirada, ¡cuán velozmente ha de ponerse a salvo este Débil, el sastre de señoras! ¡Ah, dadme hombres de desecho y desechadme los grandes hombres! A ver, Bardolph, ponme un mosquetón en manos de Verruga.

BARDOLPH Agárralo bien, Verruga. ¡Presenten armas! ¡Hop, dos! ¡Descanso!

FALSTAFF (A VERRUGA.) Ven, muéstrame como manejas ese mosquetón. Eso; muy bien. Vamos, perfecto, excelente. Ah, dadme siempre el tirador pequeño, demacrado, viejo, reseco, calvo. Bien hecho, Verruga; tienes buena miga y mejores costras. Ten, aquí hay medio chelín para ti.

Le da una moneda.

HUECO No domina el oficio; no lo hace bien. Recuerdo que en Mile-End Green, cuando yo estaba en Clement’s Inn (hacía de sir Dagonet en el Festival

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Arturiano de Tiro) había un muchacho pequeño, puro nervios, que te manejaba el arma así, retrocedía, te recargaba, y te volvía una vez y otra. «¡Ra-ta-ta!» hacía; «¡Bum!» hacía; y otra vez atrás y otra vez adelante. Nunca he visto otro igual.

FALSTAFF Estos muchachos funcionarán lo más bien, maese Hueco. Dios os guarde, maese Silencio; con vos no hay que gastar muchas palabras. Caballeros, adiós a los dos; os agradezco. Esta noche debo hacer una docena de millas. Bardolph, dales su equipo a los soldados.

HUECO ¡Sir John, que Dios os bendiga! ¡El Señor sea con vos! ¡El Señor nos traiga la paz! A vuestro regreso, visitad mi casa; renovemos nuestra antigua amistad. Puede que vaya con vos a la corte.

FALSTAFF ¡Quiera el cielo que así sea!

HUECO Ni una palabra más. Id con Dios.

FALSTAFF Adiós, gentiles caballeros.

Salen HUECO y SILENCIO.

Vamos, Bardolph, llévatelos.

Salen BARDOLPH, DÉBIL, SOMBRA y VERRUGA.

Cuando vuelva, voy a sacarles el jugo a estos jueces. Bien veo el fondo de este Hueco. ¡Señor, señor, qué proclives somos los viejos al vicio de mentir! Este muerto de hambre no ha hecho más que dar la lata con sus locuras de juventud y sus hazañas en Turnbull Street, y de cada tres palabras una era mentira, homenaje rendido a sus oyentes con más puntualidad que el tributo del Gran Turco. Lo recuerdo en Clement’s Inn como un monigote de esos que se hacen en la sobremesa con la cáscara del queso. Cuando estaba desnudo, era imposible no ver en él un rábano hendido con una fantástica cabeza tallada a cuchillo. De tan raquítico, sus dimensiones eran, a primera vista, invencibles. Era un auténtico genio del hambre, pero lascivo como un mono, y las putas lo llamaban mandrágora. Iba siempre en la retaguardia de la moda, y les cantaba a las más desencuadernadas lo que había oído silbar a los carreros, jurando que eran sus fantasías y nocturnos. Y ahora esta daga del Vicio se ha vuelto un caballero, y habla de Juan de Gante con tanta familiaridad como si hubiera sido su hermano del alma; yo apostaría la mía a que no lo ha visto más que una vez en un torneo en Tilt-yard, el día en que le rompieron la cabeza por dar empujones para acercarse al séquito del mariscal. Yo lo vi, y le dije a Juan de Gante que estaba aporreando su propio nombre, porque de tan escuálido se lo habría podido plegar, a él y a su equipo, como un guante dentro de una piel de anguila. El estuche de un oboe

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le habría servido de palacio y de corte; y ahora tiene tierras y bueyes. Si vuelvo intimaremos, y haré de él mis dos piedras filosofales. Si el tierno albur es un cebo para el viejo lucio, no veo razón para no pegarle, según la ley natural, un buen mordisco. Que madure la ocasión, y es cosa hecha.

Sale.

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CUARTO ACTO

ESCENA I

Entran armados el ARZOBISPO de York, Thomas MOWBRAY,

lord HASTINGS, y Coleville, en el bosque de Gaultres.

ARZOBISPO ¿Cómo se llama este bosque?

HASTINGS Es el bosque de Gaultres, si os place.

ARZOBISPO Detengámonos, milores, y enviemos una avanzada a averiguar el número

de nuestros enemigos.

HASTINGS Ya fue enviada.

ARZOBISPO Bien hecho. Mis amigos, mis hermanos en esta gran empresa, he de contaros

que he recibido cartas de Northumberland.

En concreto, su contenido es este:

él hubiera querido estar aquí

con un ejército acorde a su rango

mas no ha podido reclutarlo, por lo cual

se retira a Escocia a esperar que mejore

su suerte, y de todo corazón nos desea

que sobrevivamos a todos los peligros

y al temible choque con nuestros adversarios.

MOWBRAY Con esto tocan fondo nuestras esperanzas y quedan hechas trizas.

Entra un MENSAJERO.

HASTINGS ¿Qué hay de nuevo?

MENSAJERO A menos de una milla, por el oeste

avanza bien formado el enemigo.

Por el frente que cubren, han de ser

treinta mil hombres, más o menos.

MOWBRAY Exactamente lo que calculamos.

En marcha, ya, midámonos con ellos.

Entra el conde de WESTMORLAND.

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ARZOBISPO ¿Qué jefe viene ahí, de punta en blanco armado?

MOWBRAY El conde de Westmorland, creo.

WESTMORLAND Salud os desea nuestro general, el príncipe John, duque de Lancaster.

ARZOBISPO La paz con vos, milord de Westmorland.

¿Qué es lo que os trae por aquí?

WESTMORLAND Bien, milord, lo esencial de mi mensaje a vuestra gracia está expresamente

dirigido. Si esta revolución

se presentase en traje propio

cual ruin, abyecta chusma conducida

por una sanguinaria juventud,

trayendo por escolta al Furor

y por aval muchachos y mendigos;

digo, si la culpable sedición

apareciese así, en su ordinaria

y natural manera, no estaríais vos,

padre reverendo, ni estos señores nobles

aquí para ornar con vuestras dignidades

la figura espantable de un sangriento

y torpe motín. Vos, lord arzobispo,

cuyo solio sobre la paz se afirma,

cuya barba fue tocada por la mano de plata de la paz, cuya instrucción y enseñanzas tuteló la paz, cuyo blanco traje figura la inocencia, la paloma

y el espíritu de la paz bendita,

¿por qué a vos mismo os traducís tan mal del agraciado idioma de la paz

al estruendoso y tosco de la guerra,

trocando vuestros libros por sepulcros,

vuestra tinta por sangre,

por lanzas vuestra pluma,

y vuestra lengua divinal por un clarín

estridente y un toque de rebato?

ARZOBISPO ¿Por qué obro así? Ese es el punto, sí.

Brevemente, el caso es que estamos

todos enfermos; nuestras horas de desorden

y excesos provocaron esta fiebre

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que ahora requiere una sangría;

de esta enfermedad nuestro rey Richard, contagiado, murió; empero, mi noble Westmorland, no me presento aquí como médico ni como enemigo de la paz

deambulo entre cuadrillas de soldados;

si ocasionalmente me revisto

del temible aparato de la guerra

solo es para poner a dieta

las mentes empachadas de indulgencia y purgar las obstrucciones que amenazan con taponar las venas mismas de la vida. He puesto en la balanza

el mal que nuestras armas han de hacer y el que sufrimos: nuestras aflicciones hallo que pesan más que nuestras faltas. Vemos adónde va del tiempo la corriente y a ella nos arrastra, sustrayéndonos

de nuestra calma, el torrente de los hechos.

Tenemos la lista de todas nuestras quejas

y hemos de presentarla cuando llegue la ocasión; hace tiempo queremos darla al rey, mas fue imposible conseguir audiencia

por más que la rogamos.

Cuando sufrimos injusticias y quisiéramos desplegar nuestras quejas, los que más injustamente nos trataron son los mismos que nos niegan acceso a su persona. Los avatares de los días recién idos,

cuyo recuerdo está escrito en la tierra

con sangre fresca todavía, más las amenazas que cada instante aporta, nos llevaron a esta malsonante rebelión,

no por quebrar la paz o alguna de sus ramas, sino para plantar una paz real,

en la cual coincidan el nombre y la sustancia.

WESTMORLAND ¿Cuándo fue vuestro reclamo desoído?

¿En qué aspecto os ha vejado el rey?

¿Qué sobornado par os ha acosado tanto

que ahora selláis con un sello divino

el libro ilícito y sangriento de esta revuelta espuria?

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ARZOBISPO Hermano general, del bien común estoy haciendo causa personal.

WESTMORLAND No haya nada que arreglar, y si lo hubiera, el indicado para hacerlo no sois vos.

MOWBRAY ¿Por qué no él en parte, en parte todos los que sufrimos las injurias del pasado y soportamos la pesada, inicua mano

del presente sobre la honra nuestra?

WESTMORLAND Mi buen lord Mowbray, ved ese presente y sus necesidades

y acordaréis que son los tiempos y no el rey quienes os maltrataron.

En cuanto a vos, no me parece

que ni el rey ni el presente os proporcionen una pulgada de terreno en qué fundar una queja. ¿No se os devolvieron acaso todas las heredades del duque de Norfolk, vuestro padre insigne, de grata memoria?

MOWBRAY ¿Acaso mi padre perdió algo de su honra que sea necesario devolverme?

El rey Richard, que lo amaba,

se vio obligado a desterrarlo;

y cuando Henry Bolingbroke y él

montados ambos y alzados de sus sillas,

sus corceles piafantes desafiando a las espuelas, lanza en ristre, caladas las viseras,

ojos soltando chispas detrás del acero, el sonoro clarín llamando a la embestida, allí, entonces, cuando nada ya podía separar a mi padre del pecho de Henry, allí el rey arrojó su bastón

(y su propia vida a ese bastón estaba unida), allí arrojó por tierra su propia persona

y las vidas que con la ley o con la espada desde entonces malograra Bolingbroke.

WESTMORLAND Habláis, lord Mowbray, sin saber lo qué decís.

Bolingbroke era reputado entonces

el noble más valiente de Inglaterra.

¿Quién sabe a quién hubiera sonreído la fortuna?

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Aun si hubiera vencido vuestro padre

su victoria no hubiera pasado de Coventry:

el país al unísono le gritaba su odio

y todas las plegarias y el amor

eran para Henry, a quien idolatraban

y bendecían, de hecho, más que al rey.

Pero es esta una mera digresión;

me envía aquí mi general, el príncipe,

a escuchar vuestras quejas y anunciaros

que su alteza os concede audiencia;

y en la medida en que vuestras demandas sean justas, serán satisfechas, y apartado todo lo que pueda hacernos enemigos.

MOWBRAY Pero él nos ha obligado a arrancarle esta oferta:

la hace por política, no por amor.

WESTMORLAND Mowbray, tomarlo así es en extremo arrogante. Se os ofrece paz

por generosidad y no por miedo.

A la vista tenéis nuestro ejército

y, por mi honor, su ánimo es tan alto

que no admite ni sombra de temor;

nuestro bando tiene más campeones ilustres,

nuestros hombres más experiencia militar;

nuestra armadura es fuerte cual la vuestra,

nuestra causa, mejor; la razón quiere entonces

que nuestros corazones sean igual de buenos.

No digáis entonces que esta oferta es forzada.

MOWBRAY Si es por mí, ya no hay más de qué hablar.

WESTMORLAND Esto muestra lo que hay de inconfesable en los delitos vuestros. Mala causa

ha de ser esa que no puede exponerse.

HASTINGS ¿Tiene el príncipe John suficiente mandato de su padre como para escucharnos

y decidir, sin límite ninguno,

acerca de los puntos que exigimos?

WESTMORLAND Eso está implícito en su cargo de general en jefe. Me extraña

que hagáis una pregunta tan inane.

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ARZOBISPO Tomad entonces, milord de Westmorland, esta cédula con nuestros reclamos.

Sea cada demanda satisfecha,

cada partidario nuestro, presente o ausente, amnistiado en debida, legal forma, y ejecutado todo sin demoras,

y volveremos respetuosamente

a nuestro cauce y depondremos

nuestras armas en brazos de la paz.

WESTMORLAND (Tomando la cédula.)

Voy a enseñarla al general. Después,

si os place, milores, encontrémonos

en presencia de nuestras tropas

y allí, o bien sellemos la paz (Dios lo quiera)

o sean las espadas las que zanjen,

en el momento, nuestras diferencias.

ARZOBISPO Milord, así lo haremos.

Sale WESTMORLAND.

MOWBRAY Algo me dice

que la paz bajo estas condiciones

no ha de ser duradera.

HASTINGS ¿Por qué no?

Si se firma la paz en términos tan amplios y absolutos, tal cual lo hemos pedido, esta paz será firme cual montaña.

MOWBRAY Sí, pero la opinión sobre nosotros será tal que la más fútil y falsa acusación,

sí, cada peregrina y mínima y absurda

sospecha, ha de traerle el rey

el regusto de esta sedición;

de modo que aunque nuestra lealtad fuera mayor que la de un mártir de la Fe, aventados seremos por viento tan rudo

que nuestro trigo ha de volar mezclado con la paja, sin distinción alguna

entre lo bueno y lo que no lo es.

ARZOBISPO No, milord, no. Notad que el rey está harto de quejas fastidiosas y disputas bizantinas.

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Se ha dado cuenta que matar una sospecha matando al sospechoso, produce otras dos en las personas de sus herederos;

así, querrá hacer tabla rasa del pasado, borrar todo registro de sus equivocaciones: bien sabe que no puede desmalezar este país tan totalmente

que ya no dé lugar a sus temores;

las raíces de amigos y enemigos

están entreveradas de tal modo

que al arrancar de cuajo a estos daña a aquellos; así esta tierra, cual culpable esposa lo hace montar en cólera,

mas cuando está por descargarle un golpe ella levanta al hijo de ambos y el puño y el castigo quedan

del aire suspendidos.

HASTINGS Por otra parte, el rey ha gastado todas sus herramientas de castigo en sofocar ya tantas rebeliones que hoy es un león sin garras; puede amenazar, pero no herir.

ARZOBISPO Exactamente.

Creedme, mi buen lord mariscal,

si ajustamos bien esta reconciliación

nuestra paz será como ese brazo roto

que una vez soldado es más fuerte que nunca.

MOWBRAY Sea.

Entra el conde de WESTMORLAND.

Aquí regresa milord de Westmorland.

WESTMORLAND El príncipe está cerca. ¿Consiente vuestra merced en encontrarse con su alteza a mitad de camino entre ambos ejércitos?

MOWBRAY ¡Adelante, con Dios, milord de York!

ARZOBISPO Adelantaos, milord, y presentad nuestros respetos a su gracia. Os seguimos.

Atraviesan el escenario.

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Entra el PRÍNCIPE JOHN con varios asistentes.

PRÍNCIPE JOHN Sed bienvenido, primo Mowbray; buenos días, gentil lord arzobispo;

lo mismo para vos, lord Hastings, para todos. Milord de York, mejor figura hacíais cuando vuestro rebaño, convocado por las campanas, os rodeaba

oyendo reverente el comentario

de los textos sagrados,

que ahora, de hierro revestido,

puesto a alentar al son de los tambores

a una chusma rebelde, transformando

la vida en muerte, en espada la palabra.

Aquel que es favorito de un monarca

y al sol de ese favor florece,

¡qué daño puede hacer bajo la sombra

de esa grandeza, cuando abusa de ella!

Tal vuestro caso, pues ¿quién no ha oído hablar de lo profundo de vuestra inscripción en el Libro de Dios? Ante Él

erais nuestro vocero, ante nosotros

la figurada voz del propio Dios,

el mensajero y mediador

entre la gracia y santidad del cielo

y la torpe órbita de nuestros afanes.

¡Oh, quién hubiera creído

que abusaríais de vuestra dignidad

y emplearíais el favor y la gracia divinos como un traidor ministro que comete,

en nombre del príncipe, hechos deshonrosos! Habéis alzado, falseando la voluntad de Dios, a los súbditos de Su vicario, mi padre, y los habéis traído aquí, en manada,

a perturbar la paz del cielo y la del rey.

ARZOBISPO Mi buen lord de Lancaster,

no estoy aquí contra la paz de vuestro padre, pero, como le he dicho ya a lord Westmorland, es claro que el desorden de estos tiempos nos ha amontonado y comprimido en esta forma monstruosa con el fin

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de preservar nuestra seguridad.

He enviado a vuestra alteza el petitorio

con un detalle de nuestros reclamos;

es el mismo que fuera rechazado en la corte con máximo desdén dando origen a la hidra de la guerra, cuyos ojos, empero, pueden ser cerrados como por encanto: que sean atendidas nuestras aspiraciones justas y legítimas y una sincera obediencia, curada

de su locura, ha de caer mansamente

a los pies de su majestad.

MOWBRAY Y si no, dispuestos estamos

a probar fortuna, hasta el último hombre.

HASTINGS Y aunque cayéramos, no faltará quien haga otro intento; y si él también fracasa

habrá quien lo secunde; la derrota

ha de engendrar al fin una victoria,

pues esta lucha ha de pasar

de heredero a heredero mientras quede

una generación en Inglaterra.

PRÍNCIPE JOHN Sois demasiado superficial, Hastings,

para sondear en los abismos del futuro.

WESTMORLAND Pluga a vuestra alteza decirles sin más qué le parecen sus reclamaciones.

PRÍNCIPE JOHN Me parecen muy bien, consiento en todas y juro aquí, por la honra de mi estirpe

que han sido mal interpretadas

las verdaderas intenciones de mi padre

y algunos en su entorno se han tomado

la libertad de deformar su contenido.

(Al ARZOBISPO.) Milord, vuestros males tendrán remedio; lo tendrán por mi alma, y sin demora.

Si estáis conforme, despedid a vuestras tropas (cada cual que se vuelva a su condado) que lo propio hemos de hacer nosotros;

y aquí, entre los dos ejércitos

amistosamente bebamos y abracémonos

para que todos lleven a sus casas

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la noticia: concordia y amistad

han sido entre nosotros restauradas.

ARZOBISPO De esos remedios, príncipe, os tomo la palabra.

PRÍNCIPE JOHN Y yo os la doy, y la he de mantener,

y en prenda de ella brindo a la salud de vuestra gracia.

HASTINGS (A Coleville.) Id, capitán, y llevad estas nuevas al ejército. Que reciban su paga y se vayan.

Sé que estarán felices. Partid ya.

Sale Coleville.

Se escancian bebidas.

ARZOBISPO Brindo por vos, milord de Westmorland.

Bebe.

WESTMORLAND (Bebiendo.) Y yo por vos. Y si supierais qué dolores supuso para mí el alumbramiento

de esta paz, muy copiosamente beberíais; pero mi amor por vos ha de mostrarse más a las claras dentro de muy poco.

ARZOBISPO No dudo de vos.

WESTMORLAND Eso me alegra.

(Bebiendo.) Salud, mi gentil primo, milord Mowbray.

MOWBRAY Brindáis a mi salud en momento oportuno pues de pronto he sentido un malestar.

ARZOBISPO Los hombres a menudo están contentos en medio la desgracia; pero al éxito

es cierta languidez que lo preanuncia.

WESTMORLAND Entonces, primo, alegraos, puesto que vuestro malestar significa que algo bueno

os espera mañana.

ARZOBISPO Mi corazón está contento, creedme.

MOWBRAY Mala cosa, si vuestra regla es cierta.

Un clamor desde dentro.

PRÍNCIPE JOHN La paz se ha anunciado, oíd esos gritos.

MOWBRAY Lo bueno sería gritar una victoria.

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ARZOBISPO La paz es la mejor de las conquistas pues ambas partes se someten noblemente y ninguna es vencida.

PRÍNCIPE JOHN (A WESTMORLAND.) Id, milord,

y licenciad también a nuestras tropas.

Sale.

WESTMORLAND (Al ARZOBISPO.)

Querido lord, hagamos que desfilen

las tropas de ambos bandos, así vemos

contra quiénes hubiéramos luchado.

ARZOBISPO Id, mi buen Hastings, antes de que sean licenciados, que marchen ante nos.

Sale HASTINGS.

PRÍNCIPE JOHN Señores, supongo que esta noche descansaremos juntos.

Entra el conde de WESTMORLAND

con sus capitanes.

¿Por qué, primo,

se mantiene formado nuestro ejército?

WESTMORLAND Los jefes, encargados por vos de las tropas, no romperán filas si no les habláis vos.

PRÍNCIPE JOHN Conocen sus deberes.

Entra HASTINGS.

HASTINGS (Al ARZOBISPO.)

Milord, nuestro ejército ya se ha dispersado; como novillos librados del yugo al Este, al Oeste, al Norte, al Sur

han partido; o como un grupo de escolares que al término del curso se apresuran rumbo a su hogar y diversiones predilectas.

WESTMORLAND Buenas nuevas, lord Hastings, y en virtud de ellas os arresto, traidor de alta traición:

y vos, lord arzobispo y vos, lord Mowbray, sois reos de la pena capital.

Los capitanes arrestan al ARZOBISPO,

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a HASTINGS y MOWBRAY.

MOWBRAY ¿Es justa y honorable esta conducta?

WESTMORLAND ¿Lo era vuestra rebelión?

ARZOBISPO ¿Faltaréis a la palabra empeñada?

PRÍNCIPE JOHN Yo no he empeñado nada.

Remediar vuestros males prometí

y por mi honor que los remediaré

con la más cristiana de las solicitudes;

en cuanto a vos, rebeldes,

probaréis el sabor del castigo debido

a vuestra rebelión.

A la ligera reclutasteis un ejército,

chochos con él, hasta aquí lo trajisteis,

y estúpidamente a casa fue devuelto.

¡Que suenen los tambores, se persiga

a los dispersos y los rezagados!

Dios, no nosotros, hoy ha combatido

venciendo fácilmente. Conducid

a estos traidores rumbo el tajo,

lecho adecuado para la traición y su final suspiro.

Salen.

ESCENA II

Toques de clarín.

Movimiento de tropas.

Entran FALSTAFF y COLEVILLE.

FALSTAFF ¿Cómo os llamáis, señor? ¿Cuál es vuestro rango, y de dónde sois?

COLEVILLE Soy un caballero, señor, y me llamo Coleville del Valle.

FALSTAFF Muy bien, entonces Coleville es vuestro nombre, caballero vuestro rango, y el valle vuestro lugar. Coleville seguirá siendo vuestro nombre, traidor vuestro rango, y el calabozo vuestro lugar; un lugar bien hondo, con lo cual podréis seguir siendo Coleville del Valle.

COLEVILLE ¿No seréis vos, acaso, sir John Falstaff?

FALSTAFF Sea quien fuere, soy tan bueno como él. ¿Os rendís, señor, o deberé sudar por culpa vuestra? Si me hacéis sudar, sudaré las lágrimas de quienes os

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aman y han de llorar vuestra muerte; por tanto, despiértense en vos el miedo y el temblor, y encomendaos a mi clemencia.

COLEVILLE (Arrodillándose.) Creo que sois sir John Falstaff, visto lo cual me rindo.

FALSTAFF Tengo en esta barriga mía una entera academia de lenguas, y no hay una de ellas que no proclame mi nombre. Si tuviera una barriga más común, sería sencillamente el tipo más movedizo de Europa. Mi panza, mi panza, mi panza me pierde. Aquí llega nuestro general.

Entran el PRÍNCIPE JOHN, el conde de WESTMORLAND,

sir John Blunt y otros lores y soldados.

PRÍNCIPE JOHN Ha acabado todo; basta de perseguirlos.

Traed las tropas de vuelta, buen primo Westmorland.

Sale WESTMORLAND.

Bien, ¿dónde estuviste, Falstaff, todo este tiempo?

Llegas cuando ya todo ha terminado.

Por mi vida que tus maniobras dilatorias

te harán quebrar, más tarde o más temprano, el brazo de la horca.

FALSTAFF Lo lamentable, señor, sería que no se quebrara. No sabía que el reproche y la censura eran la recompensa del coraje. ¿Creéis que soy una golondrina, una flecha, una bala? ¿Puede acaso mi pobre y viejo aparato motor desarrollar la velocidad del pensamiento? Me he apresurado hasta el último extremo, la última pulgada de mis posibilidades; he reventado ciento ochenta caballos de posta; y una vez aquí, aún cubierto del polvo del viaje, pero limpio, inmaculado en mi valor, he tomado prisionero a sir Coleville del Valle, el más temible caballero, el enemigo más valiente. ¿De qué ha servido? Nada más verme se rindió, de modo que puedo afirmar en justicia, como el romano narigón: «Vine, vi y vencí».

PRÍNCIPE JOHN Fue más por su cortesía que por tu mérito.

FALSTAFF No lo sé; helo aquí rendido; y ruego a vuestra alteza que mi proeza sea registrada con las demás de esta jornada; caso contrario, por Dios que la haré referir en una balada especial, que llevará mi propio retrato en la portada, con Coleville besándome los pies; si me veo obligado a ello, os juro por mi nobleza que en comparación conmigo pareceréis monedas de oro falso, y en el claro cielo de la fama mi brillo opacará el vuestro como la luna llena torna cenicientas a las estrellas, que a su lado parecen cabecitas de alfiler. Por lo tanto, reconoced mis derechos y permitid que el mérito se eleve.

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PRÍNCIPE JOHN El tuyo es demasiado pesado para elevarse.

FALSTAFF Dejadlo brillar, entonces.

PRÍNCIPE JOHN Es demasiado craso para brillar.

FALSTAFF Dejadlo hacer algo, mi buen señor, que me reporte algún beneficio, y llamad a eso que haga como gustéis.

PRÍNCIPE JOHN ¿Te llamas Coleville?

COLEVILLE Así es, milord.

PRÍNCIPE JOHN Eres un rebelde famoso, Coleville.

FALSTAFF Y un famoso leal lo capturó.

COLEVILLE Lo soy, milord, pero mis superiores son quienes me han puesto en este trance. Si hubiera sido yo quien los mandara, vencerlos os habría costado más caro.

FALSTAFF No sé cuánto habrán costado tus superiores, pero tú, como un buen chico, te me entregaste gratis. Gracias por el regalo.

Entra el conde

de WESTMORLAND.

PRÍNCIPE JOHN Bien, ¿habéis terminado la persecución?

WESTMORLAND Se ha tocado la retirada

y suspendido las operaciones.

PRÍNCIPE JOHN Enviad a Coleville y sus aliados a York y ejecutadlos de inmediato. Blunt, llévatelo bien cuidado.

Sale Blunt,

con COLEVILLE bajo custodia.

Y ahora, milores, a la corte, rápido.

He oído que mi padre, el rey, está enfermo. Las noticias del triunfo han de ir por delante

(a WESTMORLAND) y vos, primo, las llevaréis, para confortarlo; os seguiremos a buen paso.

FALSTAFF Milord, os ruego que me permitáis

ir por Gloucestershire, y al llegar a la corte seáis bueno conmigo en vuestro buen informe.

PRÍNCIPE JOHN Que te vaya bien, Falstaff. Como comandante hablaré de ti mejor de

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lo que mereces.

Salen todos menos FALSTAFF.

FALSTAFF Ojalá tuvieras un poco de ingenio; te valdría más que tu ducado. A fe mía, este joven sin sangre en las venas no me quiere nada, ni hay ser humano capaz de arrancarle una sonrisa. Pero es lógico que así sea: no bebe vino. Estos chicos mojigatos nunca llegan a nada; las bebidas demasiado flojas les hielan la sangre, comer tanto pescado les provoca la enfermedad verde y cuando se casan solo engendran hembras. Suelen ser cobardes y estúpidos; lo cual nos pasaría también a algunos de nosotros, si no fuera porque nos ocupamos de calentarnos. Un buen vino de Jerez tiene dos efectos. Cuando se le sube a uno a la cabeza, seca todos los vapores estúpidos, toscos y lerdos que andan por el cerebro, tornándolo más abierto, rápido, inventivo, pleno de agudas, osadas y deliciosas figuras, las cuales, transferidas a la lengua y la voz, dan lugar a ocurrencias muy ingeniosas, incluso excelentes. La segunda propiedad del excelente jerez es el calentamiento de la sangre, que antes, fría y estancada, daba al hígado un tinte opaco y blanquecino, signo seguro de pusilanimidad y cobardía; pero que, una vez calentada por el jerez, recorre fluidamente su camino desde las partes internas a las exteriores. Ilumina la cara, que como luz y guía, da la orden de armarse al resto de ese pequeño reino, el hombre; entonces el populacho de las fuerzas vitales y los espíritus interiores rodean a su capitán, el corazón; el cual, agrandado y ufano de su comitiva, no se te arredrará ante nada ni ante nadie; valor este que le viene del jerez. Así, la destreza militar no es nada sin vino, que es quien la pone en marcha; y el conocimiento es un montón de oro guardado por un demonio hasta que el vino de Jerez le da su grado y licencia para ejercer. De ahí viene la valentía del príncipe Harry: la sangre frígida que heredó de su padre, tierra pobre, estéril y pelada, él la ha abonado, roturado y sembrado con el excelente empeño de beber bien y una buena reserva de vino fértil, y así se ha hecho ardoroso y valiente. Si yo tuviera mil hijos, la primera regla de conducta que les enseñaría sería abjurar de las bebidas flojas y darse al jerez.

Entra BARDOLPH.

¿Cómo va eso, Bardolph?

BARDOLPH Ha licenciado al ejército y se han ido todos.

FALSTAFF Que se vayan. Iré por Gloucestershire, a visitar a maese Robert Hueco, hidalgo del rey. Lo he estado ablandando como cera entre el pulgar y el índice y es hora de estamparle mi sello. Vámonos.

Salen.

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ESCENA III

Entran el REY HENRY en un lecho, el conde de WARWICK, Thomas, duque de CLARENCE, Humphrey, duque de GLOUCESTER, y otros.

REY HENRY Ahora, mis señores, si Dios pone fin con bien a la sangrienta lucha interna,

a nuestra juventud conduciremos

a otros y más altos campos de batalla,

donde se blanden solo espadas

que han recibido santa bendición.

Está lista la flota y reunidas

nuestras fuerzas; poder suficiente poseen

los que habrán de ejercerlo en nuestra ausencia, y todo se acomoda a nuestro anhelo; tan solo desearíamos sentirnos

más fuertes y serenos desde ahora

hasta el momento en que los rebeldes

se sometan al yugo del gobierno.

WARWICK Muy pronto, majestad, disfrutaréis de fuerza y calma.

REY HENRY Humphrey de Gloucester, hijo mío,

¿no sabes dónde está el príncipe, tu hermano?

GLOUCESTER Fue de caza, milord, a Windsor, según creo.

REY HENRY ¿Y quién lo acompañaba?

GLOUCESTER Milord, no lo sé.

REY HENRY ¿No lo acompaña Thomas de Clarence, su hermano?

GLOUCESTER No, buen señor, aquí está Thomas.

CLARENCE ¿Cuál es vuestro deseo, mi señor y padre?

REY HENRY El mejor para ti, Thomas de Clarence. Es raro que no estés junto a tu hermano. Ya sabes que él te quiere, pero lo descuidas. En sus afectos tienes un lugar mejor

que todos tus hermanos. Cuídalo, muchacho:

tú serás quien medie, tras mi muerte, entre Harry y los demás. Entonces, no lo ignores, no dejes que su amor se debilite,

ni pierdas la ventaja de su gracia

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con actitudes frías que aparenten

que su afecto no es correspondido;

si prestas atención, verás que Harry es noble:

capaz de conmoverse hasta las lágrimas al ver a un desgraciado y dar limosnas con generosidad. Aunque eso no le impide, ganado por la cólera, ser duro

cual piedra, caprichoso como invierno

y tan imprevisible como esos carámbanos que suelen sorprendernos en un día primaveral. Así, vale la pena

observar en detalle su carácter.

Repréndelo en sus yerros, siempre con respeto, si ves que está de ánimo jocoso;

si está ceñudo dale tiempo, que su furia acabará en la nada, como una ballena varada que en la arena se debate en vano. Si aprendes esto, Thomas, vas a ser refugio para cada amigo tuyo,

y rodearás a tus hermanos, uniéndolos

con un lazo de oro que los ate

e impida que el veneno de malvadas sugerencias (esta época por fuerza las provoca) se mezcle con la sangre vuestra,

de modo que no llegue a derramarse nunca, sea el veneno tan fuerte como acónito o tan fatal como la pólvora instantánea.

CLARENCE

REY HENRY

CLARENCE

REY HENRY

CLARENCE

Lo observaré con ojo amante y cuidadoso.

¿Por qué no estás con él en Windsor, Thomas?

No está allí; hoy cena en Londres.

¿Y quién está con él? ¿Lo sabes?

Está con Poins y otros compinches habituales.

REY HENRY Siempre es la tierra más rica la más propicia para la hierba mala. Y en él, el más vivo retrato de mi noble juventud,

la mala hierba crece como plaga;

mis penas, por lo tanto, no terminarán

en el momento en que la muerte llegue.

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Mi corazón no deja de sangrar cuando imagino esas épocas erráticas, perversas, que sin dudas veréis todos en cuanto yo comparta el sueño eterno de mis antepasados, pues cuando carezca de freno su carácter tumultuoso, cuando la terca furia y la pasión

le den consejo, cuando disponga sin límites de todos los recursos necesarios

para dar rienda suelta a sus derroches,

¿con qué alas volará su espíritu

enfrentando la decadencia y el peligro?

WARWICK Señor, lo juzgáis mal. El príncipe

con gran cuidado estudia a sus compañeros y pone tanto empeño en la tarea

como el que haría falta a quien quisiera hablar con gran soltura en lengua extraña: en ese caso, es imprescindible

buscar y comprender incluso las palabras impúdicas, groseras que, como lo sabe sin duda vuestra alteza, dejan de ser útiles, excepto para odiarlas, al alumno

que bien las aprendió. Tal como ocurre

con esas bastas expresiones,

de igual manera el príncipe renunciará, cuando el momento llegue, a sus pésimos secuaces, recordándolos tan solo como una pauta útil cuando deba

medir y sopesar vidas ajenas,

tornando así en ventaja un mal pasado.

REY HENRY Difícil que la abeja abandone la miel por más que su panal se yerga en la carroña. ¿Quién es el que ha llegado? ¿Es Westmorland?

Entra el conde de WESTMORLAND.

WESTMORLAND ¡Salud, mi soberano, y más dicha aún que la que ahora os darán

mis buenas nuevas! Besa vuestra mano,

alteza, John el príncipe.

Mowbray, junto al obispo Scrope, Hastings y todos

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han sido sometidos al rigor

de vuestra ley. No queda ni una espada

rebelde combatiendo, y la paz

en todas partes alza su ramo de olivo.

He aquí una carta rica en pormenores

donde podréis leer con más detalle

el modo en que la acción se llevó a cabo.

REY HENRY ¡Westmorland, eres pájaro estival que hasta en invierno cantas para saludar el despuntar del nuevo día!

Entra HARCOURT.

Más noticias.

HARCOURT ¡ Que el cielo, majestad, os guarde de enemigos, y caiga todo aquel que contra vos se alce

como han caído estos que vengo a contaros! El conde de Northumberland y lord Bardolph, con poderosa tropa de escoceses

e ingleses, ante el alguacil de Yorkshire

cayeron derrotados. Este documento

os da los pormenores del combate.

REY HENRY ¿Por qué estas noticias, que son buenas, agravan mi salud? ¿Es que Fortuna

no vendrá nunca a darme a manos llenas? ¿Traerá sus más hermosas frases siempre dibujadas con letras repugnantes? Suele darnos

estómago muy sano, pero no alimento

(tal lo que ocurre con los pobres

que gozan de salud), o nos da un banquete y niega el apetito (como pasa con los ricos que tienen abundancia mas no pueden disfrutarla). Tendría que alegrarme por la feliz noticia, y la vista

me falla, me tiembla la cabeza. Auxiliadme, me siento mal.

Se desmaya.

GLOUCESTER ¡Valor, majestad!

CLARENCE ¡Oh, mi real padre!

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WESTMORLAND ¡Señor, abrid los ojos, reanimaos!

WARWICK Tened paciencia, príncipes; sabéis que sufre estos ataques con frecuencia. Dejadle respirar y se recobrará.

CLARENCE No podrá soportar tanto tormento. Preocupación y angustias pesan en su mente, y tanto han socavado la coraza

de su cuerpo, que ya se ven en ella brechas por donde escapará la vida.

GLOUCESTER Me asusta el pueblo, pues se ha visto en estos días nacer niños que no ha engendrado nadie,

monstruos que contradicen a Natura.

Las estaciones cambian sus costumbres,

cual si el año, hallando algunos meses

en letargo, hubiera decidido

pasárselos por alto.

CLARENCE El río ha subido ya tres veces

sin que en medio hubiese bajado la corriente, y en el pasado, dicen viejas crónicas, eso es lo que ocurrió cuando enfermara

de muerte Eduardo, nuestro bisabuelo.

WARWICK Hablad más quedo, príncipes, el rey despierta.

GLOUCESTER Esta apoplejía es un anticipo de la muerte.

REY HENRY Os ruego me llevéis a otra habitación, y hacedlo suavemente, os lo imploro.

Se llevan el lecho del rey.

Que nadie haga ruido, amigos míos,

a menos que una mano tierna y compasiva con música dulcísima dé alivio a mi pobre espíritu.

WARWICK Enviad músicos a su habitación.

Sale alguien.

Se oye música.

REY HENRY (Quitándose la corona.)

Ponedme la corona aquí a mi lado,

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PRÍNCIPE HENRY

sobre la almohada.

CLARENCE pone la corona

sobre la almohada.

CLARENCE Sus ojos se extravían, se demuda.

WARWICK Menos ruido, silencio.

Entra el PRÍNCIPE HENRY.

PRÍNCIPE HENRY ¿Y Clarence? ¿Lo habéis visto?

CLARENCE Estoy aquí, hermano, lleno de pesar.

PRÍNCIPE HENRY

¿Qué? ¿Llueve dentro y no hay tormenta fuera?

¿Cómo está el rey?

GLOUCESTER Muy gravemente enfermo.

PRÍNCIPE HENRY ¿No sabe aún de las buenas noticias? Decídselas.

GLOUCESTER Se ha puesto peor al conocerlas.

PRÍNCIPE HENRY Si solo la alegría lo ha enfermado, se recuperará sin médico.

WARWICK Señores, menos ruido. Bajad la voz, príncipe.

El rey parece a punto de dormirse.

CLARENCE Mejor vamos a otra habitación. WARWICK Alteza, ¿no queréis acompañarnos?

Pues no, me sentaré aquí junto a mi padre.

Salen todos salvo el REY HENRY y el PRÍNCIPE HENRY.

La música cesa.

¿Por qué estará a su lado la corona,

si no hay socia de lecho más inquieta?

¡Molestia reluciente, fardo de oro

que dejas abiertas las puertas del sueño

a las insomnes noches de vigilia!

¡Dormir con ella ahora! Pero nunca

con un sueño tan profundo ni tan dulce

como el de aquellos pobres que, tocados

con sus míseros gorros de dormir,

ahuyentan el insomnio con ronquidos.

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¡Oh, majestad, aprietas tanto al que te lleva cual la rica armadura al mediodía,

que suele achicharrar al mismo que protege! No se mueve la pluma frente a su nariz. Será que no respira. Si no, se agitaría en el aire un peso tan ingrávido.

¡Señor y padre mío! Este sueño,

sin dudas, es profundo. Es el mismo

que supo divorciar de la corona

a tanto rey inglés. Te debo lágrimas,

la pena y el dolor de los que llevan, padre, igual sangre que tú corriendo por las venas: te pagará con creces esa deuda la natural ternura del amor filial.

En cuanto a ti, me debes la imperial corona:

por ser el más cercano en sangre a ti

y ser tu primogénito, me corresponde.

Se pone la corona en la cabeza.

Hela aquí; Dios la guarde. Ni aunque en único y gigantesco brazo concentrara el mundo la suma de su fuerza,

podría separar de mi cabeza

este honor recibido por linaje.

Lo entregaré a mis hijos, como tú a mí.

Sale.

El REY HENRY se despierta.

REY HENRY ¡Warwick, Clarence, Gloucester!

Entran el conde de WARWICK

y los duques de GLOUCESTER y CLARENCE.

CLARENCE ¿Llamasteis, señor?

WARWICK ¿Cuál es vuestro deseo, majestad?

¿Cómo estáis, señor?

REY HENRY ¿Por qué me habéis dejado solo aquí, señores?

CLARENCE El príncipe mi hermano estaba aquí, mi señor, pues se hizo cargo de velar por vos.

REY HENRY ¿El príncipe de Gales? ¿Dónde está?

Deseo verlo.

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WARWICK Está abierta esta puerta; por aquí salió.

GLOUCESTER No pasó por el cuarto en el que estábamos…

REY HENRY ¿Dónde está la corona? ¿Quién se la ha llevado?

WARWICK Estaba aquí, señor, cuando nos fuimos.

REY HENRY La ha tomado el príncipe. Id a buscarlo.

¿Tanta prisa tenía que supuso

que ya dormía yo el sueño de la muerte? Buscadlo y traedlo aquí, milord de Warwick.

Sale WARWICK.

Su acción agrava más mi enfermedad y acelera mi fin. ¡Ved, hijos, cómo sois! ¡Con cuánta rapidez Natura se rebela si el oro es su meta más preciada! ¡Pensar que para esto los amantes padres pasaron tantas noches de vigilia

y tantos días laboriosos que acabaron dejándole el cerebro seco y agotado y los huesos molidos! ¡Para esto acrecentó unas pilas de oro que no siempre ganó con honradez; para esto les dio educación de caballeros,

en artes y marciales ejercicios!

En cada flor libamos, cual la abeja

que vuelve a la colmena con su carga

de cera y miel; y tal como la abeja,

nos matan como premio a nuestro esfuerzo. Solo amargura tiene un padre agonizante como pago de todos sus desvelos.

Entra WARWICK.

¿Y ahora dónde está ese hijo que no puede quedarse junto a mí hasta el momento en que la enfermedad, su cómplice, decida poner fin a mi existencia?

WARWICK Señor, encontré al príncipe aquí al lado; las lágrimas bañaban sus mejillas

y su dolor era tan hondo

que hasta la tiranía (a quien solo

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la sangre satisface) hubiera enfriado,

conmovida, su acero en esas lágrimas.

En un momento estará a vuestro lado.

REY HENRY ¿Y por qué se llevó consigo la corona?

Entra el PRÍNCIPE HENRY.

Aquí viene. Acércate a mí, Harry.

(A los demás.) Ahora salid todos, y dejadnos solos.

Salen todos salvo el REY HENRY y el PRÍNCIPE HENRY.

PRÍNCIPE HENRY Creí que nunca más oiría tu voz.

REY HENRY Tu deseo fue el padre de ese pensamiento.

Mi estancia se prolonga demasiado,

te canso. ¿Tanto codicias mi trono

que debes requisar antes de tiempo

mis honores? ¡Oh, necia juventud,

anhelas la grandeza que te abrumará!

Será breve tu espera: ya mi dignidad

respira con un hálito tan débil

que cesará muy pronto. Mi día se apaga.

Te has robado algo que en escasas horas

habría sido tuyo por derecho:

así, en mi agonía se confirman

mis miedos más profundos. Siempre pareció que tú no me querías; quieres que me muera sabiéndolo de cierto. Mil cuchillos ocultos en tu mente se afilaron contra tu corazón de piedra

tan solo para herir mis últimos momentos. ¿No puedes ni siquiera darme esos momentos? Entonces vete, cava tú mi tumba

y pide a las campanas que repiquen

por tu coronación, no por mi muerte.

Las lágrimas que caigan sobre mi ataúd

serán agua bendita sobre tu cabeza.

Solo tendrás que hundirme en el olvido,

convertirme en bocado de gusanos.

Habrá que cesar a mis funcionarios,

lograr la anulación de mis decretos:

la hora habrá llegado de tomarse en solfa

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la antigua cortesía y las formalidades. ¡Es la coronación del quinto Harry! ¡Arriba, vanidad! ¡Abajo el noble estado! ¡Lo mismo que vosotros, sabios consejeros! ¡Y de los cuatro puntos cardinales que acuda hasta la corte inglesa

toda clase de inútiles mandriles!

Ya pueden los vecinos liberarse

de su escoria: si tienen por allí

algún rufián que jura, bebe, baila,

se pasa cada noche de jarana,

que mata y roba y que comete

con técnicas novísimas los crímenes

más viejos, ya no deben preocuparse más. Con oro cubrirá sus culpas Inglaterra; tendrá el rufián honores, títulos, poder, ya que el rey le ha quitado su bozal

a la licencia. Ya a sus anchas, la salvaje

perra suelta desgarra carne de inocentes.

¡Ah, pobre reino mío, acosado

por mil guerras civiles! No bastó

mi afán para librarte del desorden,

¿qué harás cuando el desorden te gobierne?

Una vez más serás un páramo

habitado por lobos, como antaño.

PRÍNCIPE HENRY Perdón, señor. Las lágrimas impiden

que me haya anticipado a este reproche,

profundo y dolorido, que acabáis

de hacerme y que yo acabo de escuchar.

Aquí está la corona; la devuelvo.

Devuelve la corona al rey

y se arrodilla.

¡Que Aquel que ciñe otra, e inmortal,

os la conserve mucho tiempo! Solo tiene, para mí, la importancia que le ha dado vuestro honor, y si miento, que me quede aquí arrodillado eternamente, como estoy,

en prueba del respeto sincero que siento por vos. Dios es testigo: cuando entré, al ver que vuestra majestad no respiraba,

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un frío congeló mi corazón. Si miento,

que ahora mismo muera en el pecado,

sin poder demostrar a los incrédulos

mi decisión de hacer un noble cambio

en mi conducta. Cuando entré y os vi

allí tendido, muerto (casi muerto yo

también, pensando que lo estabais)

dirigí la palabra a esta corona,

como si me entendiera, y le dije:

«Por cuidarte perdió mi padre la salud;

tu oro puro impuro me resulta,

pues con menos quilates se fabrican

las áureas medicinas curativas;

en cambio tú, el oro más fino y apreciado, devoraste la vida de mi padre».

Con esta acusación, señor, me la ceñí

sobre la sien, probándola como si fuera

el hostil asesino de mi padre,

de quien deseaba yo legítima venganza.

Mas si en algún momento sentí júbilo,

si alguna vanidad me hinchó los pensamientos, o si por rebeldía o por soberbia le di la bienvenida a su poder,

¡que no permita Dios que esa corona

se pose alguna vez en mi cabeza,

y haga de mí el más humilde de los siervos rendido de rodillas ante ella!

REY HENRY ¡Fue Dios quien guió tu mano, hijo mío, instándote a llevarla y a ganarte

de ese modo el amor profundo de tu padre, por expresar tan sabiamente tus excusas! Acércate, hijo mío, siéntate en la cama y escucha atentamente mi consejo,

el último consejo que he de darte.

El PRÍNCIPE HENRY se sienta en la cama.

Por medios indirectos, retorcidos,

obtuve esta corona, y bien sé

con qué conflictos pude conservarla.

A ti te llegará con más tranquilidad,

mayor honor y más respeto:

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conmigo se sepultan los dudosos medios de los que me serví con tal de conquistarla. En mí, esa corona parecía

un emblema usurpado por la fuerza,

y rara vez pasaba un día sin que alguien

viniera a recordarme que, gracias a él,

lucía esa corona mi cabeza,

y por lo tanto, cada día se colmaba de la sangre vertida en los combates, manchando la supuesta paz. Como sabes, mi respuesta al desorden siempre ha sido combatirlo: mi reino fue el teatro donde esa misma obra fue interpretada una vez tras otra. Y ahora, con mi muerte, seguro cambiarán los ánimos:

lo que yo tuve que comprar, es para ti

herencia por derecho y sucesión.

Aunque tu posición es más segura,

no estás del todo firme, sin embargo,

ya que el odio aún no se ha extinguido

y todos tus amigos (por obligación

serán amigos tuyos) hace poco

que han perdido sus garras y aguijones,

cuyo poder sirvió para encumbrarme,

haciéndome temer al mismo tiempo

que ese mismo poder pudiera destronarme.

Para que así no fuera, los eliminé,

y ahora los envío a Tierra Santa,

evitando que el ocio les sugiera

alguna nueva mala idea sobre mí,

mi reino o mi gobierno. Por lo tanto, Harry, mantén siempre sus mentes ocupadas

con guerras extranjeras, para que los hechos que transcurren en sitios muy remotos disipen los recuerdos del pasado.

Más cosas te diría, mas no tengo fuerzas para hacerlo. ¡Que Dios perdone el modo en que logré ceñirme la corona

y te permita a ti vivir en paz con ella!

PRÍNCIPE HENRY Mi señor: la ganasteis, la llevasteis, la cuidasteis, y ahora me la dais.

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Os juro que pondré todo mi esfuerzo

en defenderla contra el mundo adverso.

Entran el PRÍNCIPE JOHN de Lancaster,

el conde de WARWICK y otros.

REY HENRY Aquí viene mi buen hijo John de Lancaster.

PRÍNCIPE JOHN ¡Salud y paz y dicha para el rey, mi padre!

REY HENRY La dicha y la paz llegan contigo, mi John.

En cuanto a la salud, ay, se ha volado

con alas juveniles de este mustio árbol.

Ya ves, aquí toca a su fin mi paso por el mundo.

¿Y dónde está milord de Warwick?

PRÍNCIPE HENRY ¡Milord de Warwick!

WARWICK se adelanta.

REY HENRY ¿Tiene algún nombre especial la habitación donde sufrí el desvanecimiento?

WARWICK Jerusalén la llaman, mi señor.

REY HENRY ¡Loado sea Dios! Allí debe acabar mi vida.

Hace años me fue vaticinado,

que moriría en Jerusalén,

y por eso pensé que moriría

en Tierra Santa. Mas llevadme ahora

a esta Jerusalén. Allí he de morir.

Salen,

llevando al REY HENRY en su lecho.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Entran HUECO, FALSTAFF,

BARDOLPH y el paje.

HUECO (A FALSTAFF.) ¡Pucha digo, caballero, no me plantaréis esta noche! ¡Davy!

¡Te estoy llamando!

FALSTAFF Tendréis que disculparme, maese Hueco.

HUECO No os disculpo, no os disculparé, no admitiré disculpas, no hay disculpa que valga, no os disculparé. ¡Davy, para cuándo!

Entra DAVY.

DAVY Aquí estoy, señor.

HUECO Ay, Davy, Davy, Davy. A ver, Davy, déjame ver, Davy, veamos… Ah, sí, caramba, William el cocinero… Dile que venga ahora mismo. Sir John, no os disculparé si os vais.

DAVY A fe mía, señor, que vuestra intimación no podrá cumplirse. Y además, señor, os lo digo otra vez: ¿sembramos trigo en el barbecho?

HUECO Trigo de primavera, Davy. En cuanto a William el cocinero… ¿No quedan pichones?

DAVY Sí que hay, señor. Aquí está ahora la cuenta del herrero, por las herraduras y el arado.

HUECO Que la revisen y la paguen. Sir John, no hay disculpa que valga.

DAVY Y también, señor, hay que ponerle un asa nueva al cubo y, señor, ¿se le descontará a William el cocinero de su salario por el jerez que perdió en la feria de Hinckley?

HUECO Responderá por eso. Unos pichones, Davy, un par de pollos de patas cortas, un buen pedazo de capón y algunas bonitas golosinas. Dile a William el cocinero.

DAVY ¿Se queda el guerrero a pasar la noche, señor?

HUECO Sí, Davy, y lo atenderé de lo mejor: un amigo en la corte vale más que un penique en la bolsa. Y trata bien a sus hombres, Davy, porque son unos truhanes redomados y si no lo haces andarán desparramando roña por ahí.

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DAVY Les sobra con qué hacerlo, señor; llevan las camisas más sucias que he visto en mi vida.

HUECO Muy ingenioso, Davy. Y ahora, hablemos de tus asuntos, Davy.

DAVY Os ruego, señor, que apoyéis a William Visera de Woodmancote contra Clement Compra de la Colina.

HUECO Contra ese tal Visera hay muchas quejas, Davy. Por lo que sé, es un bribón de tomo y lomo.

DAVY Concedo a su señoría que así es, pero, señor, no permita Dios que un bribón no consiga clemencia si la pide un amigo. Un hombre honesto, señor, puede hablar por sí mismo, pero un bribón no. Yo he servido honradamente a su señoría, señor, durante ocho años. Y si no puedo, una o dos veces por lustro, conseguir que se proteja a un bribón de la demanda de un hombre honrado, será porque gozo de escaso crédito por parte de su señoría. El bribón es un honesto amigo mío, señor, y por lo tanto os suplico que lo favorezcáis.

HUECO Está bien, no sufrirá ningún daño. Y ahora a lo tuyo, Davy.

Sale DAVY.

¿Dónde estáis, sir John? Vamos, vamos, quitaos las botas. Vuestra mano, maese Bardolph.

BARDOLPH Me alegra ver a su señoría.

HUECO Os lo agradezco de corazón, amable maese Bardolph. (Al paje.) Y bienvenido, hombrón. Vamos, sir John.

FALSTAFF Ya os sigo, maese Hueco.

Sale HUECO.

Bardolph, ocúpate de los caballos.

Sale BARDOLPH con el paje.

Si me serraran convenientemente, podrían hacer conmigo cuatro docenas de báculos barbudos iguales a este santulón de Hueco. Maravilla la estrecha semejanza que hay entre su espíritu y el espíritu de sus hombres. Ellos, al imitarlo, se comportan como jueces imbéciles; él, al tratar con ellos se convierte en un criado que es juez. El trato constante los ha llevado a unir tan íntimamente sus espíritus, que se apiñan en bandada como pájaros del mismo plumaje. Si yo necesitara algún favor de maese Hueco, me ganaría el de sus hombres atribuyéndome la amistad del amo; si lo necesitara de sus

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hombres, adularía a maese Hueco diciéndole que nadie podría mandar a sus criados como él. Es cierto que la sabia conducta o el comportamiento necio se contagian por contacto, como las enfermedades, y por eso es mejor que los hombres se fijen bien en qué compañías andan. Este Hueco me dará material suficiente para que el príncipe Harry no deje de soltar la carcajada mientras llegan y pasan seis modas diferentes (es decir, cuatro trimestres, o dos pleitos), y yo me reiré sin intervallums. ¡Oh, qué gran efecto puede ejercer una mentira enriquecida con un juramento oportuno, y una broma dicha con expresión triste, sobre un joven que nunca ha sufrido todavía ni un dolor de espalda! ¡Ya lo veréis reírse hasta que su cara parezca una capa húmeda mal colgada a secar!

HUECO (Desde dentro.) ¡Sir John!

FALSTAFF Ya voy, maese Hueco, ya voy.

Sale.

ESCENA II

Entran el conde de WARWICK por una puerta,

y el GRAN JUEZ por otra.

WARWICK Vaya, señor juez, ¿adónde vais?

GRAN JUEZ ¿Cómo está el rey?

WARWICK Mejor que nunca. Se han acabado todos sus pesares.

GRAN JUEZ No quiero suponer que ha muerto.

WARWICK Todo siguió el curso natural;

ya no se encuentra más entre los vivos.

GRAN JUEZ Querría que me hubiera llevado consigo.

Los servicios que en vida le presté

me exponen a sufrir ahora grandes daños.

WARWICK Por cierto, sé que el rey os quiere poco.

GRAN JUEZ Lo sé, y por eso me preparo a padecer

los malos tiempos: por terribles que estos sean,

seguramente no serán peores

que aquellos que mi mente ha imaginado.

Entran el PRÍNCIPE JOHN de Lancaster

y los duques de CLARENCE y GLOUCESTER.

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WARWICK Aquí están los abrumados retoños

del fallecido Harry. ¡Ah, si el Harry

que está vivo tuviera al menos el carácter

del menos bueno de estos caballeros!

Conservarían su cargo muchos nobles

que deberán cederlos a sujetos viles.

GRAN JUEZ ¡Oh, Dios, temo que todo se destruya!

PRÍNCIPE JOHN Buen día, primo Warwick; buenos días.

GLOUCESTER Y CLARENCE Buen día, primo.

PRÍNCIPE JOHN No sabemos siquiera qué decir.

WARWICK Lo sabemos, mas es nuestro argumento

tan pesaroso y triste que aquí nadie

encuentra las palabras que podrían expresarlo.

PRÍNCIPE JOHN ¡Que tenga paz aquel que nos ha puesto tristes!

GRAN JUEZ ¡Y que tengamos paz también nosotros, para que nuestra pena no se agrave!

GLOUCESTER Mi buen señor, perdisteis un amigo, y me atrevo a decir que no es prestado

el gesto de dolor… Es vuestro, de seguro.

PRÍNCIPE JOHN (Al GRAN JUEZ.)

Aunque ninguno sabe ahora qué le espera, vos tenéis las peores perspectivas. Lo siento, y ojalá que me equivoque.

CLARENCE (Al GRAN JUEZ.) Ahora deberéis hablarle con respeto a Falstaff, en contra de vuestra inclinación.

GRAN JUEZ He cumplido, mis príncipes, mi deber con honor, siguiendo los mandatos imparciales

de mi alma, y jamás me veréis suplicar

un perdón improbable, de mendigo.

Si mi lealtad y mi inocencia no me ayudan, iré a reunirme con nuestro difunto rey,

y le diré quién me ha enviado al otro mundo.

Entra el REY HENRY V.

WARWICK Aquí viene el príncipe.

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GRAN JUEZ ¡Buen día, y que Dios salve a vuestra majestad!

REY HENRY V Esta prenda tan nueva y tan espléndida que es mi majestad no me sienta tan bien como creéis. Hermanos, con temor

vuestro pesar se mezcla. Esta es la corte inglesa, no la turca; ningún sultán a otro sultán sucede, sino Harry a Harry. El pesar os sienta bien, hermanos, sin embargo.

El luto os confiere un noble porte,

y tanto, que yo mismo lo pondré de moda, llevándolo en mi corazón. Así,

podéis sentir tristeza hermanos, pero solo la misma que a todos nos aqueja. En cuanto a mí, por Dios os aseguro

que no seré tan solo hermano sino un padre. Si me cargáis de amor, yo he de cargar con vuestras desazones. Si queréis, llorad por Harry, que lo mismo he de hacer yo; pero el Harry que está vivo ha de trocar en una hora feliz cada lágrima vertida.

PRÍNCIPE JOHN, GLOUCESTER Y CLARENCE

No esperábamos otra cosa de su majestad.

REY HENRY V Me miráis extrañados, todos, (al GRAN JUEZ) y vos, especialmente. Creo que pensáis que no os quiero.

GRAN JUEZ Lo pienso aunque en verdad sé que no tiene su majestad motivos justos para odiarme.

REY HENRY V ¿No? ¿Acaso podría un príncipe encumbrado

olvidar la indignidad a la que me sometisteis?

¿Reprender, amonestar y encarcelar

sin miramiento al heredero de Inglaterra? ¿Fue una falta leve? ¿Puede ser lavada fácilmente en las aguas del Leteo y olvidarse?

GRAN JUEZ Entonces yo representaba a vuestro padre, encarnaba el poder del rey. Y, hallándome

en plena aplicación de su ley, atareado

en pos del bien común, vuestra alteza olvidó mi rango, de todo el poder de la ley,

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la majestad de la justicia,

y la imagen del rey que yo encarnaba,

al punto de golpearme en el tribunal.

Al ofenderme así, ofendisteis también

la autoridad de vuestro padre, que a través de mí os envió a la cárcel. ¿Creéis que actué mal? ¿Os gustaría acaso ahora que sois rey tener un hijo que desoiga los decretos,

someta vuestra imagen de justicia

a públicos azotes y entorpezca

el curso de la ley, mellando así la espada que protege la paz y la seguridad de vuestra real persona? O, peor,

un hijo que desprecie vuestra real imagen y se burle de hecho, a través de otros, de todas vuestras leyes y mandatos. Pensadlo bien: estáis ahora en el lugar del padre de ese hijo que profana abiertamente vuestra dignidad,

que desafía sin recato vuestras leyes

más severas y osa desdeñaros.

Y ahora imaginad que os defiendo,

y que, en vuestro nombre, con indulgencia acallo a vuestro hijo. Sopesad el caso fríamente, y luego sentenciadme.

Y, como rey que sois, decid si lo que hice manchó mi dignidad, mi cargo, mi persona o la soberanía de mi buen señor.

REY HENRY V La razón os asiste, juez, y juzgáis bien.

Conservaréis la espada y la balanza:

os deseo que crezca vuestro honor

y tengáis larga vida para ver a un hijo mío que os ofenda y obedezca como yo. Que viva también yo para decir

lo que de vos dijo mi padre: «Qué fortuna tener a mi servicio un hombre que se atreve a juzgar los delitos de mi hijo; y más fortuna aún tener un hijo

que entrega de este modo su grandeza

a la justicia». Vos me encerrasteis en prisión; ahora yo dejo en vuestra mano encerrada

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esta espada sin mancha que se os confió, con una condición: usadla con coraje,

con la misma imparcial justicia que impartisteis en mi caso. Aquí tenéis mi mano. Para mi juventud seréis un padre;

lo que mi voz dirá será lo que la vuestra haya hecho llegar a mis oídos,

y cada decisión mía tendrá que contar antes con el sello de vuestra sabia aprobación. Y príncipes, creedme, os lo ruego:

mis locuras quedaron enterradas

en el sepulcro de mi padre,

y yo lo sobrevivo y sobrevive

en mí su mismo espíritu. Desmentiré

lo que de mí el mundo espera, frustraré

las profecías y he de aniquilar las malas lenguas que por meras apariencias ya han firmado

mi condena. Creció hasta el momento la marea de mi sangre, hinchada por la vanidad. Ahora menguará para volver al mar

y obedecer la noble ley que rige a las mareas, fluyendo de aquí en más con calma majestuosa. Convoquemos ahora al Parlamento:

nos hacen falta los más nobles consejeros para elevar el cuerpo de este estado al rango que merecen las naciones

con el mejor gobierno. Que la paz

o la guerra, o ambas cosas juntas,

no sean para nosotros cosa excepcional.

(Al GRAN JUEZ.) En todo esto, padre, vos tenéis la última palabra.

(A TODOS.) Tras la coronación convocaremos, tal como dije antes, al gobierno en pleno.

Si toma en cuenta Dios mis buenas intenciones, ni un súbdito del reino rogará con justa causa: que Dios acorte un día la feliz vida de Harry.

Sale.

ESCENA III

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Una mesa dispuesta con sillas.

Entran FALSTAFF, HUECO, SILENCIO, DAVY con copas,

BARDOLPH, y el paje.

HUECO (A FALSTAFF) Vamos a ver mi huerto, y allí comeremos bajo una glorieta unas manzanas de mi propia cosecha con un dulce de alcaraveas y cosas por el estilo (vamos, compadre Silencio) y después a la cama.

FALSTAFF ¡Cielo santo, qué casa más bonita y bien puesta tenéis aquí!

HUECO Poca cosa, poca cosa, poca cosa; mendigos, todos mendigos, sir John. Por la Virgen, corre un lindo airecito. Pon la mesa, Davy, pon la mesa…

DAVY pone la mesa.

Bien hecho, Davy.

FALSTAFF Este Davy os sirve para todo: es camarero y mayordomo.

HUECO Un buen criado, un buen criado, un excelente criado, sir John… Hostias, he bebido demasiado jerez con la cena… Un buen criado. Ahora sentaos, sentaos. (A SILENCIO.) Vamos, compadre.

SILENCIO Ah, pícaros, como dicen, lo único que nos interesa es…

Canta.

Comer y comer, a más no poder,

y dar gracias a Dios por sus dones;

la carne es barata, las mujeres caras,

y así andamos a los empujones,

calientes y alegres todo el santo día

y locos de loca alegría.

FALSTAFF ¡Eso sí que es un corazón alegre! Maese Silencio, os habéis ganado un brindis a vuestra salud.

HUECO Ponle algo de vino a maese Bardolph, Davy.

DAVY (A FALSTAFF.) Dulce señor, sentaos. (A BARDOLPH.) Estoy con vos enseguida (a FALSTAFF) el más dulce de los señores, sentaos. Maese paje, buen maese paje, vos también. ¡Buen provecho! Lo que nos falte de comida, nos sobrará de bebida; tendréis que perdonarnos; todo es con la mejor voluntad.

Sale.

HUECO ¡Alegraos, maese Bardolph, y vos también, soldadito!

SILENCIO (Cantando.)

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Alegría, la mujer es una arpía,

arpía tu mujer, arpía la mía.

¡A reír señores! ¿Por qué pasarla mal?

¡Alegría, bienvenido el carnaval!

¡Alegría, alegría!

FALSTAFF Nunca pensé que maese Silencio fuera tan fogoso.

SILENCIO ¿Quién, yo? Yo solo me he puesto alegre dos veces en mi vida, y una es esta.

Entra DAVY

con un plato de manzanas.

DAVY He aquí un buen plato de manzanas rojas.

HUECO ¡Davy!

DAVY ¿Su señoría? (A FALSTAFF.) ¿Una copa de vino, señor?

SILENCIO (Canta.)

Una copa, una copa de vino

que durmiera en vasija de roble

beberé a tu salud, amor mío:

corazón que es feliz vive el doble.

FALSTAFF Bien dicho, maese Silencio.

SILENCIO Y la pasaremos muy bien; ya llega la parte más dulce de la noche.

FALSTAFF ¡Salud y larga vida, maese Silencio!

SILENCIO ¡Llenad la copa y que siga la vuelta! ¡La mía, la vaciaré de un trago, así tenga una milla de hondo!

HUECO ¡Bienvenido, honrado Bardolph! ¡Si queréis algo y no lo pedís, que el diablo os lleve! (Al paje.) ¡Bienvenido, mi diablillo flaco, y bien que bienvenido! Beberé a la salud de maese Bardolph y de todos los chevaliers de Londres.

Bebe.

DAVY Espero ver Londres alguna vez, antes de morir.

BARDOLPH ¡Y que yo te vea allí, Davy!

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HUECO Santo cielo, se echarían un jarro de un cuarto, ¿o no, maese Bardolph?

BARDOLPH Y uno de medio también, señor.

HUECO ¡Por los clavos de Cristo, que sí! El canalla se os pegará como abrojo, os lo aseguro; no se despegará, no; está bien educado.

BARDOLPH Y yo lo tendré bien a mano, sí señor.

HUECO ¡Ah, eso es hablar como un rey! ¡A no privarse de nada, a divertirse!

Golpean a la puerta.

A ver, ¿quién está ahí? ¿Quién llama?

Sale DAVY. HUECO bebe.

FALSTAFF ¡Epa, este está bebiendo más que yo!

SILENCIO (Cantando.)

Si en beber soy el primero,

si en beber soy el campeón

seré armado caballero

como Mingo el muy meón.

¿No era así?

FALSTAFF Así era.

SILENCIO ¿Sí? Reconózcanme entonces que un viejo puede hacer algo bien hecho.

Vuelve DAVY.

DAVY Con permiso de vuestra merced, hay aquí un tal Pistola que trae noticias de la corte.

FALSTAFF ¿De la corte? Que pase.

Entra PISTOLA.

¿Cómo estás, Pistola?

PISTOLA Sir John, Dios te bendiga.

FALSTAFF ¿Qué vientos te traen por aquí, Pistola?

PISTOLA No ese viento malo que a nadie sopla un bien. Querido caballero, hoy eres uno de los hombres más grandes del reino.

SILENCIO ¡Por la Virgen, sí lo es, el más grande de todos, a excepción del buen

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hidalgo Puff de Barson!

PISTOLA ¿Puff?

¡Un puff en tu podrida boca, charlatán!

Soy tu pistola, sir John, y tu amigo,

y a troche y moche cabalgué hasta aquí,

y traigo buenas nuevas, las felices

noticias de una nueva edad dorada.

FALSTAFF Te ruego que las des, pero en un idioma de este mundo.

PISTOLA ¡Me la chupan el mundo y los viles mundanos!

Hablo de los placeres dorados del África.

FALSTAFF ¡Oh, vil noble asirio, desembucha esas nuevas!

¡Saca al rey Cofetua de su triste ignorancia!

SILENCIO (Cantando.)

Y Robin Hood, Escarlata y el pequeño Juan.

PISTOLA ¿Se atreve la canalla ruin del muladar a competir con un ahijado de las Musas? ¿Serán las buenas nuevas blanco de ruin befa? Si es así, buen Pistola, hunde tu cabeza

en el regazo de las Furias.

HUECO Honesto caballero, nada sabía de vuestro linaje.

PISTOLA Peor para ti.

HUECO Perdonadme, señor. Si vos, señor, tenéis nuevas de la corte, considero que os quedan dos caminos: o revelarlas, o callarlas. Y yo, señor, que esto os digo, tengo cierta autoridad por mandato del rey.

PISTOLA ¿Por mandato de cuál rey, pordiosero, canalla? Habla o te mato.

HUECO Del rey Harry.

PISTOLA ¿Harry el Cuarto o el Quinto?

HUECO Harry el Cuarto.

PISTOLA ¡Un culo vale entonces tu mandato!

Sir John, tu tierno corderillo es ya el rey.

Harry el Quinto es él. Hablo con verdad.

Cuando Pistola mienta hacedle así (hace una higa); desafiadlo como españoles pendencieros.

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FALSTAFF ¿Qué, está muerto el viejo rey?

PISTOLA Como un pescado. ¿Por qué dudar de mi palabra?

FALSTAFF ¡Vamos, Bardolph, que ensillen mi caballo! ¡Maese Hueco, elegid el cargo que queráis, es vuestro! ¡Pistola, serás cargado y recargado de dignidades!

BARDOLPH ¡Ah, qué día más feliz! ¡No cambiaría mi suerte por un título de caballero!

PISTOLA ¿Qué, he traído buenas noticias?

FALSTAFF (A DAVY.) Acostad a maese Silencio.

Sale DAVY con SILENCIO.

Maese Hueco… Milord Hueco… o lo que quieras ser. Yo soy ahora el administrador de la fortuna… calzaos las botas; cabalgaremos toda la noche. ¡Oh, querido Pistola! ¡Anda, Bardolph!

Sale BARDOLPH.

Ven acá, Pistola, cuéntame más, y mientras tanto piensa qué me pedirás de bueno. ¡Las botas, las botas, maese Hueco! Seguro que el joven rey se muere por verme pronto. Tomemos los caballos de cualquiera. Tengo las leyes de Inglaterra en mis manos. ¡Bienaventurados los que han sido mis amigos, y pobre del gran juez!

PISTOLA Que los buitres más viles caigan sobre él. «¿Donde está la vida que yo llevaba?», dicen. Bien, aquí está. ¡Ah, que alegres se deslicen los días que se aprestan a llegar!

Salen.

ESCENA IV

Entran los VIGILANTES de la parroquia llevando a la rastra a doña SIEMPRELISTA y a DOLLY RAJASÁBANAS.

SIEMPRELISTA ¡No, bellaco redomado! Por Dios que moriría por verte en la horca.

Me dislocaste el hombro.

VIGILANTE PRIMERO Los alguaciles la dejaron en mis manos, y garantizo que tendrá un festín de azotes. Asesinaron hace poco a uno o dos tipos por causa de ella.

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DOLLY RAJASÁBANAS ¡Mientes, cepo de carne! Y, te lo aviso, cara de culo: ¡si llego a perder el niño que llevo en el vientre, mejor sería para ti haberle pegado a tu madre, paliducho!

SIEMPRELISTA ¡Dios mío, si hubiera venido sir John! ¡Uno que yo sé la pagaría con sangre! ¡De todos modos, ruego a Dios que el fruto de ese vientre no llegue a feliz término!

VIGILANTE PRIMERO Si así ocurre, tendrás que ponerte una docena de cojines en la panza, en vez de los once que tienes ahora. Vamos, os venís las dos conmigo. Os acuso, porque ha muerto el hombre al que golpearon con la complicidad de Pistola.

DOLLY RAJASÁBANAS ¡Ya verás, flacucho, bajorrelieve de incensario! ¡Te haré colgar por esto, criminal con uniforme, guardiacárcel roñoso, muerto de hambre! ¡Si no te cuelgan, te lo juro, dejo de usar faldas!

VIGILANTE PRIMERO ¡Vamos, vamos ya, caballero andante con polleras!

SIEMPRELISTA ¡Qué injusto es que el justo triunfe sobre el fuerte! Pero, en fin, se sufre para poder gozar.

DOLLY RAJASÁBANAS Vamos, canalla, llévame ante un juez.

SIEMPRELISTA Sí, vamos ya, sabueso muerto de hambre.

DOLLY RAJASÁBANAS ¡Mayordomo de la muerte, puro hueso!

SIEMPRELISTA ¡Átomo de esqueleto!

DOLLY RAJASÁBANAS Vamos, anémico, proyecto de canalla.

VIGILANTE PRIMERO Muy bien.

Salen.

ESCENA V

Entran dos LACAYOS, sembrando la calle de junquillos.

LACAYO PRIMERO Más junquillos, más junquillos.

LACAYO SEGUNDO Serán las dos cuando vuelvan de la coronación. ¡Deprisa, deprisa!

Salen.

Entran FALSTAFF, HUECO, PISTOLA, Bardolph y el paje.

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FALSTAFF Quedaos junto a mí, maese Hueco. Haré que el rey os conceda su gracia. Cuando pase por aquí le haré un guiño, y fijaos muy bien en la cara que me pondrá.

PISTOLA Dios bendiga vuestros pulmones, caballero.

FALSTAFF Ven aquí Pistola, detrás de mí. (A HUECO.) ¡Ah, si hubiera tenido tiempo de mandar a hacer libreas nuevas, me habría gastado las mil libras que me prestasteis! Pero no importa; más me sienta esta apariencia humilde, porque así él se dará cuenta de cuánto deseaba verlo.

HUECO Así es.

FALSTAFF Demuestra la profundidad de mi afecto…

PISTOLA Así es.

FALSTAFF De mi devoción…

PISTOLA Así es, así es, así es.

FALSTAFF Así fue: cabalgar día y noche, sin pensar, sin recordar, sin tomarme siquiera el tiempo de cambiarme…

PISTOLA Es lo mejor, seguro.

FALSTAFF Estar aquí, todo sucio del viaje, sudando por el deseo de verlo, sin pensar en otra cosa, relegando al olvido todo lo demás, como si no tuviera otra cosa que hacer más que verlo a él.

PISTOLA Es semper idem, porque absque hoc nihil est: en cada parte está el todo.

HUECO En efecto.

PISTOLA Caballero, he de inflamar tu noble hígado y montarás en cólera.

Tu Dolly, esa Helena de tus pensamientos, ha sido recluida en celda sórdida

y expuesta en la prisión a toda clase de contagios por obra de una mano cruel, bestial y sucia. Despierta a la Venganza de su oscura cueva, invocando a la cruel sierpe de Alecto, porque tu Dolly está en chirona.

Pistola dice solo la pura verdad.

FALSTAFF Yo la liberaré.

Gritos desde dentro.

Suenan trompetas.

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PISTOLA ¡Ruge el mar y resuenan las trompetas!

Entran el REY HENRY V el PRÍNCIPE JOHN de Lancaster, los duques de Clarence y Gloucester, el GRAN JUEZ y otros.

FALSTAFF ¡Que Dios guarde tu gracia, mi Hal, mi rey Hal!

PISTOLA ¡Que el cielo te proteja, noble hijo de la gloria!

FALSTAFF Dios te salve, mi muchacho.

REY HENRY V Milord gran juez, hablad con este necio.

GRAN JUEZ (A FALSTAFF.) ¿Has perdido la cabeza? ¿No sabes a quién le has dirigido esas palabras?

FALSTAFF ¡A mi rey, mi Zeus! ¡Corazón, hablo contigo!

REY HENRY V No te conozco, viejo. Mejor, reza. ¡Qué mal sientan las canas a un bufón! Durante mucho tiempo soñé con un hombre igual a ti, así de viejo y de profano, hinchado como tú por los excesos.

Pero ahora, ya despierto, mi sueño me repugna. Deberías achicar tu panza y aumentar tu gracia; deja de lado la glotonería:

las fauces de la tumba que te espera

triplican en tamaño a las que aguardan

a los demás mortales. No repliques

con una broma necia, ni supongas

que soy lo que antes fui, pues Dios ya sabe, y lo sabrá muy pronto el mundo, que he dejado mis hábitos atrás:

lo mismo ocurrirá con mis antiguas compañías. Cuando escuches que soy de nuevo lo que era, acércate a mí y serás, como fuiste, mecenas y tutor de mis desmanes.

Hasta entonces, y bajo pena de muerte prohíbo como hice con el resto de mis malos consejeros, tu presencia a menos de diez millas

de mi real persona. En cuanto a tu subsistencia, correrá por mi cuenta, porque la escasez te incitaría al mal seguramente;

en cuanto te reformes, te daremos

un cargo acorde a tus capacidades y virtudes.

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(Al GRAN JUEZ.) Encargaos, milord, de que mis órdenes sean ejecutadas. Vamos.

Sale el REY HENRY V

con su séquito.

FALSTAFF Maese Hueco, os debo mil libras.

HUECO Sí, a fe mía, sir John, y os ruego que me las devolváis para que pueda llevármelas a casa.

FALSTAFF Eso será difícil, maese Hueco. Pero no os preocupéis. Me llamará para verme en privado. Lo que ocurre es que debe mostrarse al mundo de este modo. Vuestro ascenso no corre peligro. Yo seré el hombre que os haga grande.

HUECO No veo cómo, a menos que me deis vuestro jubón y lo rellenemos con paja.

Os suplico, buen sir John, dadme al menos quinientas de mis mil libras.

FALSTAFF Señor, cumpliré mi palabra. Todo lo que él dijo estaba coloreado por las exigencias de la ocasión.

HUECO Temo que ese color os tiña con el matiz de la muerte.

FALSTAFF No temáis los colores de nadie. Venid conmigo a cenar: vamos, teniente Pistola; vamos, Bardolph. Ya me mandará a llamar esta noche.

Entran el GRAN JUEZ y el PRÍNCIPE JOHN,

con oficiales.

GRAN JUEZ (A los oficiales.)

Llevad a sir John Falstaff y a los demás

a la prisión de Fleet.

FALSTAFF Milord, milord…

GRAN JUEZ No puedo hablar ahora. Pronto os escucharé.

Llevadlos ya.

PISTOLA Si fortuna me tormenta, spero me contenta.

Salen todos

salvo el PRÍNCIPE JOHN y el GRAN JUEZ.

PRÍNCIPE JOHN Me gusta esta actitud del rey. Ha dicho que sus viejos compañeros tendrán asegurada la existencia,

pero serán desterrados hasta que su conducta sea más sabia, prudente y decorosa.

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GRAN JUEZ Y así será.

PRÍNCIPE JOHN Y el rey ha convocado al Parlamento.

GRAN JUEZ En efecto.

PRÍNCIPE JOHN Puedo apostar que, antes de fin de año,

las espadas civiles y el valor de la nación

darán combate en Francia. Me lo contó un pajarito, y, hasta donde sé, al rey le gustó la canción. ¿Venís conmigo?

Salen.

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EPÍLOGO

Entra el EPÍLOGO.

EPÍLOGO Primero mi temor, después mi cortesía, por último mis palabras.

Mi temor es que no os haya gustado; mi cortesía es tributo obligado, y mis palabras para pediros perdón. Si esperáis ahora un buen discurso, me deshacéis, porque lo que tengo para decir lo hice yo mismo, y lo que diré, me temo, será mi propio error. Pero a lo hecho, pecho. Sabed que estoy aquí, al final de una obra desagradable, para suplicaros paciencia y prometeros una mejor. Quería, por cierto, compensaros con esto, que, si os llega sin suerte, a mí me manda a la quiebra y a vosotros, mis amables acreedores, os deja perdidos. Si me condonáis parte de la deuda, os pagaré algo y, como casi todos los deudores, os haré infinitas promesas.

Si mi lengua no puede convenceros de absolverme, ¿me pediréis que lo intente con las piernas? Y eso sería un pago leve, el de saldar mi deuda bailando. Pero una buena conciencia exige dar todas las satisfacciones posibles, y eso intento. Todas las damas presentes ya me han perdonado; si los caballeros no lo hacen será porque discrepan con las damas, algo que nunca se ha visto en reuniones como esta.

Una palabra más, os suplico. Si no estáis empachados de tanta gordura, nuestro humilde autor continuará la historia con sir John, y os alegrará con la bella Catalina de Francia, país donde, por lo que sé, Falstaff morirá deslomado, si es que vuestras duras opiniones no lo matan antes. Pues Oldcastle murió como mártir, y este hombre no es él. Mi lengua está cansada; cuando también lo estén mis piernas, os desearé buenas noches; y por eso me arrodillo ante vosotros, más, por cierto, para rezar por la reina.

Baila y luego se arrodilla pidiendo aplausos.

Sale.

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ENRIQUE V

versión de

Elvio E. Gandolfo

Probablemente escrita en 1599, pues no figura en el catálogo de Francis Meres de 1598. Algunas metáforas teatrales sugieren que la obra fue concebida para celebrar la inauguración de teatro Globe, que abrió entre febrero y septiembre de 1599. Un Cuarto muy deficiente se publicó en 1600 y se reimprimió en 1602 y en 1619. El texto del Primer Folio de 1623 es mucho más nítido y coherente y parece haber sido compuesto a partir del manuscrito de Shakespeare.

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SIEMPRELISTA), ahora esposa de

DRAMATIS PERSONAE

CORO

ENRIQUE V, rey de Inglaterra, pretendiente al trono francés

Duque de GLOUCESTER, su hermano

Duque de CLARENCE, su hermano

Duque de EXETER, su tío

Duque de YORK, su primo

Conde de SALISBURY

Conde de WESTMORELAND

Conde de WARWICK

Arzobispo de CANTERBURY

Obispo de ELY

Ricardo, conde de CAMBRIDGE, traidor

Enrique, lord SCROPE de Masham, traidor

Sir Thomas GREY, traidor

PISTOLA, antiguo compañero de Falstaff NIM, antiguo compañero de Falstaff BARDOLPH, antiguo compañero de Falstaff Un MUCHACHO, antiguo paje de Falstaff

Posadera, ex mistress Quickly (doña Pistola

Sir Thomas ERPINGHAM

Capitán GOWER, un inglés

Capitán FLUELLEN, un galés

Capitán MACMORRIS, un irlandés

Capitán JAMY, un escocés

John BATES, soldado inglés

Alexander COURT, soldado inglés

Michael WILLIAMS, soldado inglés

Un HERALDO

REY CARLOS VI, rey de Francia

REINA ISABEL, su esposa

Luis, el DELFÍN, hijo y heredero de ambos CATHERINE, hija de ambos

ALICE, dama de honor de Catherine

El CONDESTABLE de Francia, noble francés de Agincourt

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Duque de BORBÓN, noble francés de Agincourt

Duque de ORLEANS, noble francés de Agincourt

Duque de Berri, noble francés de Agincourt

Lord RAMBURES, noble francés de Agincourt

Lord GRANDPRÉ, noble francés de Agincourt

Duque de BORGOÑA

MONTJOY, el heraldo francés

GOBERNADOR de Harfleur

EMBAJADORES franceses ante el rey de Inglaterra

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PRIMER ACTO

PRÓLOGO

Entra el CORO.

CORO ¡Ah, tener una musa de fuego, que subiera al más brillante cielo de la invención:

un reino por escenario, príncipes actuando,

y monarcas contemplando la escena prodigiosa! Entonces Enrique el batallador, como quien era, tendría el porte de Marte, y, pisándole los talones, sujetos como una jauría, el hambre, la espada y el fuego se agacharían esperando ser usados. Pero, ilustres gentes, perdonen a los espíritus sin vuelo que se han atrevido a traer a este indigno tablado un tema tan fastuoso.

¿Puede este gallinero contener los vastos campos de Francia?

¿O podemos hacer entrar en esta O de madera

los cascos que aterraron el aire en Agincourt?

Oh, perdonen: ya que un número garabateado puede representar en poco espacio un millón, permítannos que, como cifras de esta gran cuenta, actuemos sobre las fuerzas de su imaginación. Supongan que la faja de estos muros

encierra ahora dos poderosas monarquías, cuyas frentes altas, alzadas y casi en contacto mantiene apartadas el peligroso y estrecho océano. Completen nuestras imperfecciones

con sus pensamientos: dividan a un hombre en mil partes y construyan un poderoso ejército imaginario.

Cuando hablemos de caballos, piensen que los ven, imprimiendo sus cascos orgullosos en la tierra blanda; porque sus pensamientos tienen que ser ahora

los que vistan a nuestros reyes. Y los lleven de un lado a otro, saltando sobre las épocas, transformando los logros de muchos años en una hora de reloj: para cuyo oficio acepten que yo, el coro de esta historia,

haga de prólogo y les ruegue la humilde paciencia de oír, de juzgar amablemente, nuestra obra.

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Sale.

ESCENA I

Entran el arzobispo de CANTERBURY

y el obispo de ELY.

CANTERBURY Se lo aseguro, monseñor: se impulsa hoy el mismo proyecto de ley que en el undécimo año

del reinado del rey último

estuvo a punto de aprobarse en perjuicio nuestro y que aquellos tiempos agitados y tambaleantes apartaron de toda consideración.

ELY ¿Pero cómo lo resistiremos ahora, monseñor?

CANTERBURY Hay que pensarlo. Si se aprueba en nuestra contra, perdemos la mejor mitad de nuestras posesiones, porque nos quitarían todas las tierras temporales

que los devotos dejan por testamento a la Iglesia.

Así se tasa: aquello que para honor del rey

mantenga bien a quince condes y mil quinientos caballeros, a seis mil doscientos buenos escuderos,

y lo que sostenga muy bien a cien casas de caridad para alivio de leprosos y ancianos,

débiles almas indigentes que no pueden trabajar, además de mil libras anuales para los cofres del rey. Eso es lo que fija el proyecto de ley.

ELY Es un gran trago.

CANTERBURY Que se traga la copa y todo.

ELY ¿Pero cómo impedirlo?

CANTERBURY El rey está lleno de bondad y consideración.

ELY Y es un sincero amigo de la santa Iglesia.

CANTERBURY El curso de su juventud no lo prometía. No bien la vida abandonó el cuerpo de su padre, su salvajismo, que lo mortificaba,

pareció morir también. Sí: en ese mismo instante la reflexión llegó como un ángel

y a latigazos expulsó de él al Adán pecador,

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dejando su cuerpo como un paraíso

que contenía y rodeaba a espíritus celestes. Nunca nadie se hizo erudito tan bruscamente; nunca llegó la reforma como una oleada

de tan impetuosa corriente a lavar los pecados; ni nunca el extravío con cabeza de Hidra perdió tan pronto su asiento, y tan de repente, como en este rey.

ELY El cambio es una bendición para nosotros.

CANTERBURY Basta oírlo razonar en teología para que, lleno de admiración, uno desee en lo profundo que el rey se convierta en prelado;

basta oírlo discutir asuntos de bien común para afirmar que nunca estudió otra cosa; escucharlo hablar de guerra es como oír una batalla temible vuelta música;

si pasa a cualquier cuestión de política, desatará el nudo gordiano con tanta facilidad como su jarretera: porque cuando habla,

el aire, ese libertino leve, permanece inmóvil,

y el mudo asombro acecha en los oídos de los hombres para captar sus frases dulces e impregnadas de miel: de tal modo que los dueños de esta teoría deben ser el arte y la práctica de la vida.

Es una maravilla cómo pudo lograrlo su gracia, dada su afición a los caminos inútiles,

a los compañeros ignorantes, groseros, y vacíos, a llenar sus horas con orgías, banquetes y juegos, sin que nunca se advirtiese en él estudio alguno, ningún retiro, ningún apartamiento de los sitios públicos y el vulgo.

ELY La fresa crece bajo la ortiga,

y las bayas jugosas mejor medran y maduran junto a la fruta de especie más vulgar;

así el príncipe escondía su reflexión bajo el velo del salvajismo: así, sin duda,

creció como la hierba de estío, más veloz por la noche, sin ser vista, pero pujante en su vigor natural.

CANTERBURY Así ha de ser, porque los milagros han terminado,

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y por necesidad debemos admitir los medios por los que se perfeccionan las cosas.

ELY Pero, mi buen señor,

¿cómo atenuaremos este proyecto de ley impulsado por los Comunes? ¿Su majestad se inclina por él, o no?

CANTERBURY Parece indiferente,

o mejor aún se inclina hacia nuestro lado

en vez de alentar a quienes obran en nuestra contra; porque le hice una oferta a su majestad,

en nombre de nuestro Concilio eclesiástico y respecto a asuntos pendientes hoy que expresé a su gracia en detalle:

en lo que respecta a Francia, dar una suma mayor que la que nunca antes dio el clero de una sola vez a sus predecesores.

ELY ¿Como pareció recibida la oferta, milord?

CANTERBURY Su majestad la recibió bien, salvo que no hubo tiempo de escuchar, como advertí que su gracia deseaba hacer, las diversas y patentes razones

de sus legítimos derechos a ciertos ducados, y en general a la corona y el trono de Francia, procedentes de Eduardo, su bisabuelo.

ELY ¿Cuál fue el impedimento que lo interrumpió?

CANTERBURY El embajador francés pidió audiencia

en ese instante… y creo que es la hora

de escucharlo. ¿Son las cuatro?

ELY Son.

CANTERBURY Entonces entremos, para conocer su mensaje, que yo podría adivinar incluso antes

de que el francés dijera una palabra.

ELY Lo acompañaré, ansío oírlo.

Salen.

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ESCENA II

Entran el REY ENRIQUE, los duques de Gloucester,

Clarence, y EXETER y los condes de Warwick

y WESTMORELAND.

REY ENRIQUE ¿Dónde está mi ilustre monseñor de Canterbury?

EXETER No está aquí presente.

REY ENRIQUE Envía por él, mi buen tío.

WESTMORELAND ¿Hacemos entrar al embajador, su majestad?

REY ENRIQUE Todavía no, primo mío. Antes de oírlo debiéramos tener resueltas cosas de peso, que ocupan nuestro pensamiento,

acerca de nosotros y de Francia.

Entran el arzobispo de CANTERBURY

y el obispo de ELY.

CANTERBURY Dios y sus ángeles custodien este trono sagrado, y te hagan ocuparlo mucho tiempo.

REY ENRIQUE Se lo agradecemos mucho.

Y le rogamos, mi docto monseñor, que prosiga, y explique con justeza y religiosidad

por qué la ley sálica que tienen en Francia nos excluye o no de nuestra pretensión.

Y Dios no permita, mi querido y fiel señor,

que deforme usted, retuerza o falsee su interpretación, o imponga a su alma comprensiva lindos sofismas que presenten títulos ilegítimos, cuyo derecho no se adecue con color natural a la verdad;

porque bien sabe Dios cuántos que hoy tienen salud dejarán correr su sangre en apoyo

de lo que nos incite a hacer su eminencia. Cuídese pues de cómo empeña usted su persona,

y cómo despierta nuestra dormida espada de guerra; le pedimos en nombre de Dios que se cuide. Porque nunca dos reinos semejantes combatieron sin que corriera mucha sangre, cuyas gotas inocentes son en cada caso una aflicción, una queja dolorida contra aquel cuyas faltas afilaron las espadas que provocaran tal derroche de veloz mortandad.

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Hable bajo este conjuro, monseñor,

porque escucharemos, tomaremos nota y creeremos de corazón que lo que usted dice está lavado en su conciencia

tan puramente como el pecado original con el bautismo.

CANTERBURY

Entonces escúchenme, ilustre soberano y ustedes pares, que deben su existencia, sus vidas y servicios

a este trono imperial. No hay prohibiciones a lo que su alteza pretende respecto a Francia sino esta, que ellos toman de Faramond:

«In terram Salicam mulieres ne succedant», «En tierra sálica ninguna mujer heredará».

Los franceses alegan sin razón que dicha tierra sálica es el reino de Francia, y Faramond, el fundador de esta ley que excluye a las mujeres.

Con todo, sus propios autores afirman lealmente que la tierra sálica queda en Alemania, entre los ríos de Elba y Sala,

donde habiendo sojuzgado Carlomagno a los sajones, dejó asentados tras de sí a algunos francos que, desdeñando a las mujeres alemanas

por ciertas conductas deshonestas de sus vidas, establecieron esta ley: a saber, que hembra ninguna sería heredera de tierra sálica; la cual,

como dije, se extiende entre el Elba y el Sala, en Alemania hoy es llamada Meissen. Bien se ve entonces que la ley sálica

no fue pensada para el reino de Francia.

Ni tuvieron los franceses la tierra sálica

hasta cuatrocientos veintiún años después

de la muerte del rey Faramond,

(vanamente considerado fundador de esta ley)

que ocurrió en el año cuatrocientos veintiséis

de nuestra redención; y Carlomagno

sojuzgó a los sajones y asentó a los francos

más allá del río Sala, en el año

ochocientos cinco. Además, dicen sus cronistas, el rey Pipino, que destronó a Childerico,

reclamó ser heredero general de la corona de Francia como descendiente de Blithilda, hija del rey Clotario. También Hugo Capeto (que usurpó la corona

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de Carlos, duque de Lorena, único heredero varón de la línea y tronco legítimo de Carlomagno, para dorar su título con algún viso de legalidad aunque en rigor era corrupto y nulo)

se presentó como heredero de lady Lingarda, hija de Carlos II, que era el hijo

del emperador Luis, siendo Luis el hijo de Carlomagno. Por otra parte, Luis IX, que era el único hijo del usurpador Capeto, no pudo llevar la corona de Francia,

con la conciencia en calma hasta dejar sentado que la bella reina Isabel, su abuela, descendía en línea directa de la dama Ermengarda, hija de Carlos, el antedicho duque de Lorena, por cuyo matrimonio la línea de Carlomagno volvió a reunirse con la corona de Francia. Así queda claro como el sol

que el título del rey Pipino, el reclamo de Hugo Capeto, y la tranquilidad del rey Luis, parecen todos apoyarse en el derecho y el título de la hembra;

y así hacen los reyes de Francia hasta hoy, aunque sostengan esta ley sálica para bloquear los derechos de su alteza por línea femenina, y prefieren ocultarlos en una red antes

que renegar de sus títulos apócrifos, usurpados a su majestad y sus progenitores.

REY ENRIQUE

¿Puedo hacer este reclamo, en derecho y en conciencia?

CANTERBURY ¡O que el pecado caiga sobre mí, temido soberano! Porque está escrito en el Libro de los Números: «Cuando el hijo muere, que la herencia

pase a la hija». Noble señor, defienda usted

lo que le pertenece, despliegue su bandera sangrienta, vuelva la mirada a sus poderosos ancestros.

Vaya, mi temido señor, a la tumba de su bisabuelo,

de quien recibió los derechos; invoque su espíritu guerrero, y el de su tío abuelo, Eduardo el Príncipe Negro, quien representó en suelo francés una tragedia

al derrotar al ejército entero de Francia,

mientras su muy poderoso padre sobre una colina

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permanecía sonriendo y contemplando cómo su cachorro de león saciaba su sed en la sangre de los nobles franceses.

¡Oh, nobles de Inglaterra que con la mitad de sus fuerzas pudieron enfrentar a todo el orgullo de Francia,

y dejar a la otra mitad riendo a un costado, sin trabajo, y frescos para actuar!

ELY Despierte, rey, el recuerdo de esos muertos valientes, y con su brazo poderoso renueve sus hazañas. Usted es su heredero, usted se sienta en su trono, en sus venas corren la sangre y el coraje

que les dio renombre. Su tres veces potente majestad está en la primavera misma de su juventud, maduro para hazañas y empresas grandiosas.

EXETER Sus reyes y monarcas hermanos de la tierra esperan todos que se lance usted

como lo hicieron antes los leones de su sangre.

WESTMORELAND

Saben que su majestad tiene motivos; y medios y poder, su alteza bien que los tiene. Nunca un rey de Inglaterra contó con nobles más ricos y súbditos más leales,

con corazones que dejaron en Inglaterra los cuerpos y plantaron las tiendas en los campos de Francia.

CANTERBURY Deje, querido soberano, que sus cuerpos lo sigan con sangre, espada y fuego, para ganar su derecho.

En cuya ayuda nosotros, hombres de Iglesia, reuniremos para su alteza una suma tan cuantiosa como nunca recogió el clero de una sola vez para ninguno de sus antepasados.

REY ENRIQUE

No solo debemos armarnos para invadir a los franceses, sino también tomar medidas para defendernos

de los escoceses, que se echarán sobre nosotros en cuanto tengan la ocasión favorable.

CANTERBURY Los que habitan las fronteras, ilustre soberano, serán muro suficiente para defender

nuestro interior de los rateros vecinos.

REY ENRIQUE No me refiero solo a los rateros rampantes,

sino a la intención general de los escoceses,

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que siempre han sido vecinos veleidosos. Porque habrán leído que mi bisabuelo nunca marchó con sus fuerzas a Francia

sin que los escoceses se volcaran sobre su reino desprotegido, como la marea por una brecha con la plenitud completa de su fuerza,

asolando los campos desnudos con ataques ardientes, cercando castillos y ciudades con tremendos asedios, de modo que Inglaterra, vacía de defensas, se estremeció y tembló con sus estrépitos.

CANTERBURY Ella ha sufrido más temores que daños, señor. Porque escuchadla ejemplificar por sí misma: cuando toda su caballería estaba en Francia,

era una viuda enlutada por sus nobles,

no solo se defendió muy bien

sino que atrapó y enjauló como ganado al rey de Escocia, a quien envió a Francia

a aumentar con reyes presos la fama del rey Eduardo y enriquecer sus crónicas de tantas alabanzas como hay en el limo y el fondo del mar barcos hundidos y tesoros sin cuenta.

UN LORD Pero hay un dicho muy antiguo y verdadero:

«Si quieres a Francia conquistar,

por Escocia debes empezar».

Pues cuando el águila Inglaterra sale de caza,

la comadreja Escocia se desliza a su nido indefenso y se apura a chupar los huevos principescos, haciendo de ratón cuando el gato no está,

para matar y destrozar más de lo que puede comer.

EXETER Se deduce así que el gato ha de quedarse en casa.

Pero eso es una necesidad extrema,

porque tenemos cerraduras para guardar lo básico, y hermosas trampas para cazar ladrones mezquinos. Mientras la mano armada lucha en el extranjero, la cabeza sensata se defiende sola en casa.

Porque el gobierno, aunque alto, bajo e inferior, aun dividido en partes, mantiene la armonía, concertando en cadencia plena y natural, como la música.

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CANTERBURY Es cierto. Por eso el cielo divide

el gobierno del hombre en funciones diversas, poniendo su esfuerzo en movimiento continuo, al que se le fija como propósito y meta la obediencia. Así trabajan las abejas,

criaturas que por ley natural enseñan

el acto del orden a un reino de personas.

Tienen un rey y oficiales de distinto rango:

algunos, como magistrados, castigan dentro;

otros, como mercaderes, se atreven a comerciar fuera; otros como soldados, armados con sus aguijones, saquean los aterciopelados capullos del verano, botín que con alegres marchas traen a casa hasta la tienda real de su emperador,

que ocupado en su majestad vigila

a los albañiles cantores que alzan techos de oro, a los ordenados ciudadanos que amasan la miel, a los pobres cargadores que se amontonan con pesados fardos ante su puerta estrecha,

al juez de rostro grave y zumbido sombrío que entrega a los pálidos verdugos

el zángano bostezante y holgazán. Deduzco esto:

que muchas cosas, si tienen relación plena

con un solo centro, pueden trabajar

de muy diverso modo. Así como muchas flechas lanzadas en distintas direcciones vuelan hacia un solo blanco, o muchos caminos

se encuentran en una ciudad,

o muchos ríos de agua dulce confluyen

en un solo mar salado, o muchas líneas

confluyen en el centro del reloj de sol,

así mil acciones, una vez lanzadas, pueden

dar en un mismo fin, y llegar a buen término

sin sufrimiento. A Francia por lo tanto, mi soberano.

Divida usted su Inglaterra feliz en cuatro,

y llévese una cuarta parte,

que con ella hará temblar a la Galia entera.

Si con tres veces más poder aquí en casa

no podemos defender nuestras puertas del perro, que el perro nos despedace, y nuestra nación pierda su fama de energía y buen gobierno.

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REY ENRIQUE Que entren los mensajeros que envió el delfín.

Salen uno o más.

Ya estamos bien resueltos, y con la ayuda de Dios y la de ustedes, nobles nervios de nuestro poder, como Francia es nuestra, la obligaremos a eliminarse o la haremos pedazos. Nos sentaremos allí, a gobernar en amplio dominio a Francia

y todos sus ducados, casi reinos,

o dejaremos estos huesos en una urna indigna, sin tierra que los cubra ni nada que los recuerde. La historia hablará en voz alta

y libremente de nuestros actos, o nuestra tumba, como un mudo esclavo turco, tendrá boca sin lengua, y no será honrada ni con un epitafio de cera.

Entran los EMBAJADORES de Francia,

con un cofre.

Ahora estamos preparados para oír lo que desea nuestro buen primo el delfín, porque hemos sabido que los saludos que traen son de él, no del rey.

EMBAJADOR ¿Tendría a bien su majestad darnos licencia para presentar libremente el encargo que traemos, o bien, ahorrando palabras, debemos dar a entender

lo que quiere el delfín y el objeto de nuestra embajada?

REY ENRIQUE No soy un tirano, sino un rey de Cristo, a cuya gracia mi pasión está tan sujeta

como nuestros infelices encadenados en las cárceles. Cuéntanos por lo tanto con franca sencillez y sin rodeos lo que piensa el delfín.

EMBAJADOR Lo haré en pocas palabras:

hace poco su majestad envió a Francia el reclamo de ciertos ducados, por los derechos

de su gran predecesor, el rey Eduardo III.

En respuesta al reclamo, el príncipe nuestro señor dice que es usted muy joven todavía

y le ruega considerar que no hay nada en Francia que se pueda obtener bailando una trivial «gallarda»: en esos ducados usted no puede hacer festines. Por eso le envía, ajustado a su carácter,

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el tesoro de este cofre, y a cambio de ello desea no volver a oírlo reclamar jamás esos ducados. Eso dice el delfín.

REY ENRIQUE ¿De qué tesoro se trata, tío?

EXETER (Abriendo el cofre.) Pelotas de tenis, majestad.

REY ENRIQUE Nos alegra que el delfín sea tan amable con nosotros. Agradecemos el regalo y la molestia que se tomaron ustedes. Cuando ajustemos nuestras raquetas a estas pelotas, jugaremos en Francia un partido que, con la gracia de Dios, hará caer la corona de su padre en la contienda.

Dile que ha entablado una partida con un jugador tal que todas las canchas de Francia se verán sacudidas por sus voleos. Y entendemos bien que nos quiera reprochar nuestros días más locos, sin medir qué uso hicimos de ellos.

Nunca valoramos este pobre trono de Inglaterra, y por lo tanto, al vivir lejos de él, nos entregamos a una bárbara licencia: porque es muy común que los hombres sean más alegres cuanto más alejados están de casa.

Pero dile al delfín que mantendré mi rango,

me portaré como rey, y desplegaré mis velas de grandeza cuando me alce en el trono de Francia. Porque aquí dejé de lado mi majestad

y me esforcé como un jornalero,

pero allí me alzaré con tanta gloria

que encandilaré todos los ojos de Francia, y al mirarme el delfín quedará ciego.

Y dile al agradable príncipe que esta broma suya

ha convertido las pelotas en balas de cañón, y su alma se lastrará de pena por la venganza terrible

que volará con ellas: porque por su burla mil viudas quedarán burladas de sus queridos maridos,

madres burladas de sus hijos y burlados los castillos caídos; y hay algunos aún por engendrar y nacer

que tendrán motivos para maldecir el desdén del delfín.

Pero todo esto queda librado a la voluntad de Dios,

a quien apelo, y en cuyo nombre

dile al delfín que voy a ponerme en marcha para vengarme como pueda, y a prestar

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mi mano llena de razón a una causa sagrada. Así que márchense en paz. Y digan al delfín que su broma sabrá a ingenio de vuelo bajo

cuando miles lloren más de lo que con ella hayan reído.

Llévenlos con salvoconducto. Vayan con bien.

Salen los EMBAJADORES.

EXETER Sí que fue un mensaje divertido.

REY ENRIQUE Esperemos hacer que quien lo envió se ruborice. Por lo tanto, milores, no perdamos una sola hora feliz que pueda adelantar nuestra expedición;

porque ahora no tenemos pensamientos para nosotros sino para Francia, salvo los dedicados a Dios, que van por delante de nuestros asuntos.

Que los fondos para estas guerras

se reúnan pronto, y se piense en todo

lo que con razonable rapidez pueda agregar

más plumas a nuestras alas; porque, lo digo ante Dios, reprenderemos al delfín a la puerta de su padre.

Que cada cual ponga pues su pensamiento a la tarea para que pueda iniciarse esta justa empresa.

Trompetas.

Salen.

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SEGUNDO ACTO

Entra el CORO.

CORO Ya toda la juventud de Inglaterra está en llamas, y las prendas de seda en los guardarropas. Prosperan los armeros, y la idea del honor reina solitaria en el pecho de cada hombre.

Ya venden el forraje para comprar el caballo, siguiendo con talones alados, como Mercurios ingleses el espejo de todos los reyes cristianos. Porque ahora la esperanza está en el aire

y oculta una espada que del puño a la punta ensarta coronas imperiales, reales y ducales, prometidas a Enrique y sus seguidores.

Los franceses, advertidos por buenos informes de estos preparativos muy terribles, tiemblan de miedo, y con pálida política buscan desviar los propósitos ingleses.

¡Ah, Inglaterra! Amóldate a tu grandeza interior, como un cuerpo pequeño de corazón poderoso: ¿qué no podrías hacer, a qué no te llevaría el honor, si todos tus hijos sintieran por ti amor y piedad filial? Pero mira: Francia ha descubierto tu falla: una madriguera de pechos vacíos, que llena

con coronas traicioneras; y tres hombres corruptos (uno, Ricardo, conde de Cambridge; el segundo, Enrique, lord Scrope de Masham; y el tercero sir Thomas Grey, caballero de Northumberland)

por el oro de Francia (¡oh, gran desdoro!),

han tramado una conspiración con la miedosa Francia; y a manos de ellos este honorable rey debe morir,

si el infierno y la traición cumplen sus promesas, antes de embarcar hacia Francia, y en Southampton. Aguanten ustedes con paciencia, que pondremos en orden el abuso de la distancia, y forzaremos la acción.

La suma está pagada, confabulados los traidores, el rey ha partido de Londres, y la escena se traslada, caballeros, a Southampton.

Allí está el teatro ahora, allí deben sentarse ustedes, y desde allí los llevaremos sanos y salvos a Francia,

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y volveremos a traerlos, hechizando los mares estrechos para ofrecerles una suave travesía: porque, si podemos, no revolveremos con nuestra obra un solo estómago.

Pero solo cuando el rey llegue y solo entonces, trasladaremos la escena a Southampton.

Sale.

ESCENA I

Entran el cabo NIM y el teniente BARDOLPH.

BARDOLPH Feliz encuentro, cabo Nim.

NIM Buenos días, teniente Bardolph.

BARDOLPH Y bien, ¿todavía son amigos tú y el alférez Pistola?

NIM Por mi parte, no me importa. Pero cuando llegue la hora, habrá sonrisas: ahí pasará lo que tenga que pasar. No me atrevo a batirme, claro, pero cerraré los ojos y hundiré el hierro. Es un hierro sencillo, pero ¿y qué? Sirve para tostar queso, y soporta el frío, como la espada de cualquier otro, y se acabó.

BARDOLPH Los invitaré a almorzar a los dos para que hagan las paces, y seremos tres hermanos juramentados rumbo a Francia. Acéptalo, buen cabo Nim.

NIM Viviré tanto como pueda, eso es seguro, y cuando no pueda ya vivir, haré lo que pueda. Ese es mi respaldo, ese es el asunto.

BARDOLPH Lo cierto, cabo, es que él se casó con Nell Quickly, y realmente ella te la jugó, porque el que estaba prometido con Nell eras tú.

NIM No puedo decirlo. Que las cosas sean como deben. Los hombres pueden dormir, y dejar a veces la garganta al aire, y la gente dice que los cuchillos tienen filo. Aunque la Paciencia sea una yegua cansada, sigue arrastrando las patas. Habrá conclusiones. Bueno, no puedo decirlo.

Entran el alférez PISTOLA y la posadera doña SIEMPRELISTA.

BARDOLPH Buenos días, alférez Pistola. (A NIM.) Aquí llegan el alférez Pistola y su mujer. Mi buen cabo, ahora ten paciencia.

NIM ¿Cómo va, mi posadero Pistola?

PISTOLA ¿Posadero me llamas, perro inmundo? Juro por las orejas de Dios que desprecio el término. Y que mi Nell ya no atenderá huéspedes.

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SIEMPRELISTA No, a fe mía, por mucho tiempo; porque no podemos alojar y mantener a doce o catorce damas que viven honestamente de la punta de sus agujas, sin que se piense que tenemos un burdel hecho y derecho.

NIM extrae su espada.

¡Ay, Virgen santa, mira que si lo atraviesan ahora veremos cometerse un adulterio voluntario y un asesinato!

PISTOLA desenvaina.

BARDOLPH Mi buen teniente, mi buen cabo, que no pase nada aquí.

NIM ¡Puf!

PISTOLA Puf para ti, perro de Islandia. Cuzquito islandés de orejas puntiagudas.

SIEMPRELISTA Buen cabo Nim, muestra tu valor, y envaina la espada.

Envainan las espadas.

NIM ¿Quieres salir? Te preferiría solus.

PISTOLA ¿Solus, perro ilustre? ¡Ah, víbora malvada!

Solus en tu muy maravillosa jeta,

solus en tus dientes, y en tu gañote,

y en tus odiosos pulmones, sí, solus en tu barriga, ¡demonios!, y lo que es peor, en tu asquerosa boca. Te meteré el solus en las tripas,

porque sé matar, y el gatillo de Pistola está listo y pronto seguirá el tiro fulminante.

NIM No soy el diablo Barbason, no puedes conjurarme. Qué ganas de golpearte parejamente bien. Si te pones pesado conmigo, Pistola, te sacudiré con mi espada todo lo que pueda, para decirlo por las buenas. Si quieres que nos apartemos de aquí, te pincharé un poco las tripas, para decirlo por las buenas, todo lo que pueda, y ese es el asunto.

PISTOLA ¡Ah, malvado fanfarrón, maldito animal rabioso!

La tumba bosteza y la muerte mimosa se acerca.

Así que a fallecer, entonces.

Sacan sus espadas.

BARDOLPH Escuchen, escuchen lo que digo.

Saca su espada.

Como que soy soldado que al que dé el primer golpe le

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hundo esta hasta la empuñadura.

PISTOLA Un juramento de gran poder, y la furia se calma.

Envainan las espadas.

(A NIM.) Choca los cinco, dame tu pata delantera.

Tienes un ánimo corajudo.

NIM Te cortaré la garganta una u otra vez, para decirlo por las buenas, ese es el asunto.

PISTOLA Coupe la gorge,

así se dice. Te vuelvo a desafiar.

Perro de Creta, ¿crees que te llevarás a mi esposa?

No, ve al hospital,

saca de la tina de las enfermedades infames a esa mendiga leprosa de la raza de Crésida, llamada Doll Rajasábanas, y cásate con ella. Yo tengo, y retendré, a la ex Quickly

como única mujer; y, ¡basta!, es suficiente. Lárgate.

Entra el MUCHACHO corriendo.

MUCHACHO Mi buen posadero Pistola, tiene que venir a ver a mi amo, y usted, posadera. Está muy enfermo, y quiere meterse en cama. Mi buen Bardolph, mete la cara bajo sus sábanas y hazle de calentador. Doy fe de que está muy enfermo.

BARDOLPH ¡Aléjate, granuja!

SIEMPRELISTA Por cierto que uno de estos días les hará de budín a los cuervos. El rey le ha roto el corazón. Buen esposo, ven a casa enseguida.

Sale con el MUCHACHO.

BARDOLPH Vamos, ¿logré amigarlos a los dos? Debemos marchar juntos a Francia. ¿Por qué diablos tenemos que guardar cuchillos para degollarnos unos a otros?

PISTOLA ¡Que desborden los ríos y los demonios aúllen por comida!

NIM ¿Me pagarás los ocho chelines que te gané apostando?

PISTOLA Miserable es el esclavo que paga.

NIM Los quiero ahora. Ese es el asunto.

PISTOLA Que la hombría decida. Vayamos afuera.

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Sacan las espadas.

BARDOLPH Juro por esta espada que al primero que lance una estocada, lo mato. Por esta espada que lo haré.

PISTOLA La espada es un juramento, y los juramentos deben cumplirse.

Envaina su espada.

BARDOLPH Cabo Nim, y tú: si van a ser amigos, sean amigos. Y si no, sean también enemigos míos. Por favor, envainen.

NIM ¿Cobraré mis ocho chelines?

PISTOLA Recibirás un tercio de libra, pagado en el acto, y también te invitaré con un trago,

y nos unirán la amistad y la fraternidad.

Viviré por Nim, y Nim vivirá por mí.

¿No es justo? Porque seré cantinero

del ejército, y subirán las ganancias.

Dame la mano.

NIM ¿Tendré mi «tercio»?

PISTOLA Al contado, pagado con exactitud.

NIM Bueno, pues ese es el asunto.

NIM y BARDOLPH envainan sus espadas.

Entra la posadera doña SIEMPRELISTA.

SIEMPRELISTA Si han nacido de mujer, vengan rápido a ver a sir John. Ah, pobrecito, una ardiente fiebre terciana diaria lo agita de tal modo, que da pena verlo. Queridos señores, vayan a verlo.

Sale.

NIM El rey se descargó de malos humores con el caballero, y esa es la cuestión.

PISTOLA Nim, has dicho la verdad.

Tiene el corazón destrozado y corroborado.

NIM El rey es un buen rey, pero es como tiene que ser. Se deja llevar por humores y corcoveos.

PISTOLA Vamos a compadecer al caballero… porque nosotros, corderitos míos, queremos vivir.

Salen.

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ESCENA II

Entran los duques de EXETER y GLOUCESTER

y el conde de WESTMORELAND.

GLOUCESTER

¡Por Dios! Su gracia es audaz al confiar en estos traidores.

EXETER Muy pronto serán detenidos.

WESTMORELAND ¡Qué serenos y calmos se presentan, como si en sus pechos se asentara la obediencia, coronada por una fe y una lealtad constantes!

GLOUCESTER El rey tomó nota de todo lo que traman, por intercepciones con las que ellos ni sueñan.

EXETER Sí, pero ese hombre que era su compañero de alcoba, y a quien abrumó de favores generosos,

¿cómo vendió la vida de su soberano a la muerte y la traición por un dinero extranjero?

Suenan trompetas. Entran el REY ENRIQUE, lord SCROPE, el conde de CAMBRIDGE y sir Thomas GREY.

REY ENRIQUE Ahora el viento es favorable, y vamos a embarcar.

Mi lord de Cambridge, mi buen lord de Masham

y tú, mi buen caballero, denme su opinión. ¿No creen que las fuerzas que llevamos se abrirán paso a través de las de Francia, llevando a cabo la acción

para la que las hemos reunido como ejército?

SCROPE Sin duda, mi señor, si cada cual hace todo lo que puede.

REY ENRIQUE No dudo de eso, porque estamos bien convencidos de que no llevamos de aquí un solo corazón

que no palpite en buen acuerdo con el nuestro, ni dejamos detrás uno solo que no desee que nos acompañen la conquista y el éxito.

GREY Es cierto. Los que eran enemigos de su padre

han convertido su hiel en miles, y sirven a mi señor con corazones llenos de obediencia y celo.

REY ENRIQUE Por eso, tenemos grandes motivos de agradecimiento, y antes nos olvidaremos del uso de nuestra mano

que de recompensar el mérito y los servicios

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según valor y su importancia.

SCROPE Así sus servidores se esforzarán con nervios de acero, y el trabajo se refrescará a sí mismo en la esperanza, para prestar a su majestad servicios continuos.

REY ENRIQUE No esperamos menos. Tío de Exeter:

liberen al hombre detenido ayer

por ofender a nuestra persona. Consideramos que lo impulsó el exceso de vino,

y que, como lo habrá pensado mejor, lo perdonamos.

SCROPE Eso es piedad, pero también demasiada confianza. Que se lo castigue, soberano, para que el ejemplo no engendre, al tolerarlo, más casos semejantes.

REY ENRIQUE Oh, aun así seamos misericordiosos.

CAMBRIDGE

Su majestad puede serlo, y sin embargo castigar también.

GREY Señor, mostrará usted gran misericordia si lo deja vivo después de haberle hecho probar castigo duro.

REY ENRIQUE Ay, el excesivo afecto y cuidado que muestran por mí son graves plegarias contra este pobre infeliz.

Si no cerramos los ojos ante las faltas pequeñas que causa la embriaguez, ¿cómo vamos a abrirlos de par en par cuando aparezcan ante nosotros crímenes capitales masticados, tragados y digeridos? Dejaremos pues libre a ese hombre aunque Cambridge, Scrope y Grey, en su amable preocupación y cariñosa solicitud por nuestra persona,

querrían castigarlo. Y pasemos ya a la cuestión francesa.

¿Quiénes son los comisarios que acaban de nombrarse?

CAMBRIDGE Yo soy uno, señor:

su majestad me hizo solicitarlo hoy.

SCROPE También yo, su majestad.

GREY Y yo, mi real soberano.

REY ENRIQUE

Entonces Ricardo, conde de Cambridge, esta es su orden;

y aquí está la suya, lord Scrope de Masham, y señor caballero, Grey de Northumberland, esta es la suya.

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Léanlas, y entérense de que sé lo que valen.

Mi lord de Westmoreland, y tío Exeter,

esta noche embarcaremos. ¿Caramba, qué pasa, caballeros?

¿Qué ven en esos papeles, que pierden tanto

el color? Miren cómo cambian: se les han vuelto papel las mejillas. Caray, ¿qué leen allí para acobardarse tanto y que la sangre

les haya abandonado el rostro?

CAMBRIDGE Confieso mi falta,

y me someto a la clemencia de su majestad.

GREY Y SCROPE A ella apelamos todos.

REY ENRIQUE La clemencia que estaba viva en mí hace un momento fue aniquilada y muerta por los consejos de ustedes.

No deben atreverse, por vergüenza, a hablar de clemencia, porque sus propias razones se vuelven en su contra, como perros contra los amos, para desgarrarlos. ¿Ven, príncipes y nobles pares míos,

a estos monstruos ingleses? A este milord de Cambridge, bien saben ustedes lo inclinado que estaba nuestro afecto a colmarlo de todos los privilegios

que corresponden a su estirpe; y malvado,

por unas míseras coronas ha conspirado a la ligera y jurado, al intrigar con Francia,

matarnos aquí en Hampton. Juramento también hecho por este caballero, no menos ligado a nosotros

que Cambridge por nuestra generosidad. Pero, ah, ¿que te diré a ti, lord Scrope, tú, criatura, cruel, salvaje e inhumana?

Tú que tenías la llave de todos mis secretos, que conocías hasta el fondo de mi alma,

que casi podrías haberme acuñado en monedas de oro si hubieras querido utilizarme en tu provecho:

¿será posible que el soborno extranjero llegara a arrancar de ti una chispa de maldad

que pudiera quemarme un dedo? Esto es tan extraño que aunque su verdad sea tan fácil

de distinguir como el negro sobre el blanco, mis ojos apenas pueden verlo.

La traición y el asesinato van siempre juntos,

como dos diablos que unidos en un yugo por un mismo fin,

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trabajan tan groseramente por intereses naturales que la admiración no se asombra ante ellos; pero a ti, contra todo decoro, te estaba reservado provocar asombro al tiempo que traición y asesinato. Y sea cual fuere el astuto demonio que ha obrado tan extrañamente sobre ti, tiene que haber ganado fama de excelente en el infierno.

Otros demonios que incitan a traicionar

remiendan y confunden la condenación

con manchas, colores, y formas tomadas

de refulgentes semblanzas de piedad;

pero el que te moldeó a ti, te ordenó rebelarte, no te dio motivos por los que debieras traicionar, salvo el de adornarte con el nombre de traidor. Si ese mismo demonio que así te ha engañado recorriera con su paso de león el mundo entero, podría retornar al vasto Tártaro

y decir a las legiones: «Nunca conquisté

tan fácilmente un alma como la de ese inglés».

¡Ah, cómo infectaste de sospecha

la dulzura de la confianza! ¿Se muestran sumisos los hombres?

Bueno, así eras tú. ¿Parecen graves y doctos?

Así eras tú. ¿Provienen de familia noble?

También tú. ¿Parecen religiosos?

También tú. ¿O comen con sobriedad,

libres de pasiones groseras, o de alegría o furia, serenos de espíritu, sin ser doblegados por la sangre, engalanados y provistos de atuendos modestos,

no usando el ojo sin agregar el oído, y sin fiarse de ninguno de los dos sin juzgar con claridad? Así parecías tú, tan espléndidamente provisto.

Y así con tu caída has dejado una especie de mancha que marca de sospecha al hombre cabal, mejor dotado. Lloraré por ti, porque esta rebelión tuya

es para mí como una segunda caída del hombre. Las faltas de estos hombres son evidentes. Arréstenlos para que respondan ante la ley, y que Dios les perdone lo que han hecho.

EXETER Te detengo por alta traición, a ti, que respondes al nombre de Ricardo, conde de Cambridge. Te detengo por alta traición, a ti que respondes al nombre de Enrique, lord Scrope de Masham. Te detengo por alta traición, a

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ti que respondes al nombre de Thomas Grey, caballero de Northumberland.

SCROPE Dios ha descubierto con justicia nuestros fines, y, más arrepentido de mi falta que de mi muerte, ruego a vuestra alteza que la perdone

aunque el precio vaya a pagarlo mi cuerpo.

CAMBRIDGE En cuanto a mí, el oro de Francia no me sedujo, aunque lo reconozco como motivo

para realizar más pronto lo que pensaba. Pero agradezco a Dios que lo haya evitado, por lo que me alegraré en el sufrimiento, al suplicar a Dios y a ti que me perdonen.

GREY Nunca antes un súbdito fiel se regocijó más

con el descubrimiento de la traición más peligrosa

de lo que yo lo hago en este momento por mí,

impedido como estoy de consumar una empresa

maldita. Perdona mi falta, aunque no mi cuerpo, soberano.

REY ENRIQUE

Que Dios misericordioso los perdone. Oigan su sentencia:

han conspirado contra nuestra real persona, aliados con un enemigo declarado y establecido, y han recibido de sus arcas

el salario en oro de nuestra muerte:

con ello habrían condenado a vuestro rey al asesinato, a sus príncipes e iguales a la esclavitud,

a sus súbditos a la opresión y el desprecio, y a su reino entero a la desolación.

No buscamos venganza en cuanto a nuestra persona, pero debemos velar por la seguridad del reino, cuya ruina ustedes buscaron, así que los entregamos a sus leyes. Salgan pues de aquí,

pobres desgraciados miserables, camino a su muerte; que Dios, que es clemente, les dé paciencia

para soportar su sabor, y auténtico arrepentimiento de todas sus graves culpas. Llévenselos de aquí.

Salen los traidores, custodiados.

Ahora, señores, a Francia: esta empresa

les traerá tanta gloria a ustedes como a nosotros.

No dudamos de que será una guerra hermosa y afortunada,

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puesto que Dios tan graciosamente ha sacado a luz esta peligrosa traición que acechaba a nuestro paso para estorbarnos el comienzo. Ahora no dudamos de que toda aspereza de camino quedó suavizada. Adelante, pues, queridos compatriotas. Entreguemos nuestro poder a las manos de Dios, poniéndolo en marcha de inmediato.

Al mar con alegría, los estandartes de guerra al frente:

no hay rey de Inglaterra, si no es rey de Francia.

ESCENA III

Entran el alférez PISTOLA, el cabo NIM, el teniente BARDOLPH, el MUCHACHO, y la posadera doña SIEMPRELISTA.

SIEMPRELISTA Por favor, dulce esposo, tesoro mío, déjame acompañarte a Staines.

PISTOLA No, que mi corazón viril se duele. Bardolph, alégrate; Nim, despierta tu vena fanfarrona; muchacho, arriba con tu coraje. Porque Falstaff ha muerto,

y por lo tanto, debemos llorar.

BARDOLPH Me gustaría estar con él dondequiera se encuentre, en el cielo o en el infierno.

SIEMPRELISTA No, seguro que no está en el infierno. Está en el seno de Arturo, si alguna vez un hombre estuvo en el seno de Arturo. Tuvo un final hermoso, y se nos fue como un niño recién bautizado. Partió entre las doce y la una, justo con el cambio de la marea: porque después de que lo vi juguetear con las sábanas, y jugar con flores, y sonreír a las puntas de sus dedos, supe que solo había un camino para él. Tenía la nariz afilada como una pluma, y hablaba de campos verdes. «¿Qué hay, sir John?», le dije, «¡Vamos, hombre! Tenga ánimo». Entonces gritó «Dios, Dios, Dios», tres o cuatro veces. Y yo, para consolarlo, le dije que no tenía que pensar en Dios; esperaba que aún no le hiciera falta molestarse en tales pensamientos. Entonces me pidió que le abrigara más los pies. Metí la mano en la cama y se los toqué, y estaban fríos como piedras. Entonces le toqué las rodillas, y así arriba y arriba, y todo estaba frío como piedra.

NIM Dicen que pedía jerez a gritos.

SIEMPRELISTA Sí, eso hizo.

BARDOLPH Y mujeres.

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SIEMPRELISTA No, eso no.

MUCHACHO Sí, lo hizo, y dijo que eran demonios encarnados.

SIEMPRELISTA Nunca pudo tolerar el encarnado: era un color que jamás le gustó.

MUCHACHO Una vez dijo que por culpa de las mujeres se lo llevaría el diablo.

SIEMPRELISTA Es cierto que, en efecto, manejó mujeres: pero luego se puso reumático, y hablaba de la Ramera de Babilonia.

MUCHACHO ¿Recuerdan cuando vio una mosca en la nariz de Bardolplh, y dijo que era un alma negra ardiendo en el infierno?

BARDOLPH Bueno, se acabó el combustible que mantenía ese fuego. Esta es toda la riqueza que amasé por servirlo.

NIM ¿Nos vamos? El rey ya habrá partido de Southampton.

PISTOLA Vamos, marchemos. Amor mío, dame tus labios.

Cuida de mis objetos y mis bienes muebles.

Que reine el buen sentido. El lema es: «No se fía». No confíes en nadie, porque los juramentos son paja, y las promesas de los hombres tortas de hojaldre,

y el único perro leal, patito mío, es «bien cerrado». Por lo tanto, que tu consejero sea «¡Cuidado!». Ve y límpiate los cristales. ¡Compañeros de armas, vámonos a Francia, como sanguijuelas, a chupar, chupar, y chupar de la sangre misma!

MUCHACHO (Aparte.) Dicen que no es demasiado buen alimento.

PISTOLA Toca su dulce boca, y después marchemos.

BARDOLPH Adiós, posadera.

La besa.

NIM Yo no puedo besar, ese es el asunto, pero adiós.

PISTOLA (A doña SIEMPRELISTA.) Muestra que eres ama de casa.

Ten bien cerrado, te lo ordeno.

SIEMPRELISTA ¡Que les vaya bien! ¡Adiós!

Salen por lados diferentes.

ESCENA IV

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Trompetas. Entran el REY CARLOS VI de Francia, el DELFÍN, el CONDESTABLE, y los duques de Berri y de Borbón.

REY CARLOS Así que los ingleses marchan sobre nosotros, con toda su fuerza, y nos corresponde contestar como reyes más que ciudadanos en la defensa. Por eso los duques de Berri y de Borbón,

de Brabante y de Orleans, se adelantarán,

y tú, príncipe delfín, los acompañarás de inmediato para colmar y reforzar nuestras plazas fuertes con hombres valientes y medios defensivos. Porque Inglaterra se acerca con tanta ferocidad como las aguas chupadas por un remolino. Nos toca entonces ser tan previsores

como el miedo nos enseña, vistas las recientes lecciones que los fatales y subestimados ingleses han dejado en nuestros campos.

DELFÍN Mi muy respetado padre,

es muy adecuado que nos armemos contra el enemigo, porque la paz no debiera adormecer tanto un reino (aunque no hubiera guerra ni lucha a la vista) como para no mantener, reunir y sumar

defensas, tropas y preparativos,

como si se esperase una guerra.

Por eso digo: salgamos a pasar revista

a las zonas enfermas y débiles de Francia.

Y hagámoslo sin mostrar temor, no en todo caso más que si oyéramos decir que Inglaterra

se ocupa en una danza morisca en Pentecostés. Porque, mi buen soberano, la gobierna un rey tan vano; ese joven tan inútil, frívolo, hueco y caprichoso, empuña su cetro de un modo tan grotesco que no puede inspirar temor.

CONDESTABLE ¡Oh, cuidado, príncipe delfín! Se equivoca usted mucho con este rey.

Que su alteza consulte a sus últimos embajadores respecto a la majestad con que escuchó su embajada, lo bien provisto que estaba de nobles consejeros, lo modesto que fue en las réplicas y, además, qué terrible en la firmeza de su decisión,

y descubrirá que sus ya agotadas vanidades,

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no eran más que el exterior de este Bruto de Roma, que ocultaba la discreción con un manto de capricho, tal como los jardineros cubren con estiércol las raíces que brotarán primero y serán las más delicadas.

DELFÍN Bueno, no es así, mi señor condestable.

Pero aunque así lo creamos, poco importa.

En casos de defensa es mejor suponer

al enemigo más poderoso de lo que parece. Así se completan mejor los medios defensivos: pues prepararse mezquina y débilmente

es ser como el avaro que estropea su capa por regatear un poco de tela.

REY CARLOS Pensemos que el rey Enrique es fuerte. Y ustedes, príncipes, ármense con fuerza para salirle al encuentro. Su parentela se ha alimentado de nuestra carne,

y él desciende de esa raza sanguinaria

que nos ha perseguido en nuestros caminos familiares.

Lo atestigua la vergüenza demasiado memorable

de cuando, en la fatal batalla de Crécy,

la mano de aquel de negro nombre,

Eduardo el Príncipe Negro de Gales,

capturó a todos nuestros príncipes

mientras su padre montado en la cumbre de la montaña, erguido en el aire, coronado por el sol de oro, miraba a su vástago heroico y sonreía al verlo destruir la obra de la naturaleza y borrar

las formas que Dios y los padres franceses habían hecho en veinte años. Esta es una rama de aquel tronco victorioso; temamos

su fortaleza natural y el destino de su especie.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Embajadores de Enrique, rey de Inglaterra, piden que su majestad los admita.

REY CARLOS Les otorgamos audiencia inmediata. Hazlos entrar.

Sale el MENSAJERO.

Ya ven que esta cacería sigue deprisa, amigos.

DELFÍN Vuelva usted la cabeza y frene la persecución.

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Porque los perros cobardes usan más la boca

cuando lo que parecen amenazar más corre ante ellos.

Mi buen soberano, detenga en seco a los ingleses,

y hágales saber de qué monarquía es usted cabeza.

El aprecio a uno mismo, majestad, no es pecado tan vil como el desprecio de sí.

Entra el duque de EXETER.

REY CARLOS ¿Vienes de parte de nuestro hermano de Inglaterra?

EXETER Vengo de su parte, y así saluda a su majestad: quiere que usted, en nombre de Dios Todopoderoso, se despoje y deje separadas

las glorias prestadas que por don del cielo, por ley de la naturaleza y las naciones, pertenecen a él y sus herederos, es decir la corona, y todos los amplios honores que pertenecen por costumbre y ordenación de los tiempos

a la corona de Francia. Y para que sepa

que no es una pretensión siniestra ni absurda,

sacada de los agujeros de polilla de días hace tiempo idos, ni rascada del polvo del antiguo olvido,

le envía este memorable árbol genealógico,

en verdad demostrativo en cada una de sus ramas, con el deseo de que revise usted este linaje;

y cuando haya reconocido que desciende en línea directa del más famoso de sus famosos ancestros,

Eduardo III, le ruega a usted renunciar entonces a su corona y a su reino, usurpado ilegalmente a él, su poseedor auténtico y por nacimiento.

REY CARLOS ¿Y si no, qué pasará?

EXETER Una lucha sangrienta. Pues aun si ocultan la corona en sus corazones, de allí la arrancará.

Por lo tanto ya viene en feroz tempestad, con truenos y terremotos, como un Júpiter, dispuesto a obligar si no basta el reclamo;

y le ruego a usted, por las entrañas del Señor, que entregue la corona, y tenga piedad

de las pobres almas para quienes esta guerra voraz

abre sus enormes fauces; y que sobre su cabeza derrama las lágrimas de las viudas, los gritos de los huérfanos,

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la sangre de los muertos, los gemidos de las doncellas por los maridos, los padres y los amados prometidos que la contienda habrá de devorar.

Ese es su reclamo, su amenaza, y mi mensaje, salvo que esté presente el delfín,

para quien también traigo recado expresamente.

REY CARLOS En cuanto a nosotros, lo consideraremos con tiempo. Mañana volverás con nuestra respuesta definitiva

a nuestro hermano de Inglaterra.

DELFÍN En cuanto al delfín,

aquí está: ¿qué le envía Inglaterra?

EXETER Desdén y desafío, poca consideración, desprecio; y todo cuanto no pueda disminuir

al poderoso remitente: así lo estima a usted.

Eso dice mi rey: y si su alteza, su padre,

no endulza la amarga burla que envió usted a su alteza, otorgando todo lo que se le reclama,

promoverá una respuesta tan abrasadora a esa burla que las cuevas y los vientres de los sótanos de Francia lamentarán su exceso y devolverán la burla con el eco de su artillería.

DELFÍN Dígale que si mi padre da una respuesta favorable, será contra mi voluntad, porque yo no deseo

sino combatir con Inglaterra. Con ese fin, como adecuadas para su juventud y vanidad, le obsequié aquellas pelotas de París.

EXETER Él hará que el Louvre de París tiemble por ello,

aunque fuera el mejor campo de tenis de la poderosa Europa.

Y esté seguro usted de que verá una diferencia, como maravillados la encontramos sus súbditos, entre la promesa de sus años inmaduros

y los que hoy domina: ahora él pesa el tiempo hasta el último grano. Eso leerá usted

en pérdidas que sufra, si él permanece en Francia.

REY CARLOS (Levantándose.) Mañana conocerá usted en detalle lo que pensamos.

Trompetas.

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EXETER Que nos despachen enseguida, no sea que nuestro rey venga aquí en persona a preguntar por qué tardamos; pues ya ha desembarcado en esta tierra.

REY CARLOS

Será usted despachado pronto con honrosas condiciones.

Una noche es poco respiro y pausa escasa

para contestar asuntos de tanta importancia.

Trompetas.

Salen.

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TERCER ACTO

Entra el CORO.

CORO Así, con alas de imaginación, vuela nuestra rápida escena con movimiento no menos veloz que el vuelo

del pensamiento. Supongan que han visto al bien equipado rey en el muelle de Dover embarcar su real persona, y a su valiente flota

con gallardetes de seda que abanican al joven Febo.

Jueguen con la fantasía, y miren

trepar a los grumetes por las jarcias de cáñamo; oigan el agudo silbato, que ordena

los sonidos confusos; contemplen las velas cosidas, hinchadas por el viento que avanza,

empujar los enormes cascos por el mar rugoso, afrontando el alto oleaje. Ah, traten de pensar que están de pie en la orilla y contemplan

una ciudad bailando sobre las olas inconstantes:

porque eso parece la majestuosa flota

que ha puesto rumbo a Harfleur. ¡Síganla, síganla!

Aferren la mente a los timones de esta armada,

y dejen a su Inglaterra, quieta como la medianoche, custodiada por abuelos, niños y ancianas,

que han pasado o no han llegado al vigor o la potencia.

Porque, ¿quién que tenga el mentón enriquecido

por un solo pelo, no seguirá a Francia

a estos caballeros elegidos y excelsos?

Trabajen, trabajen con el pensamiento, y vean allí un asedio. Vean la artillería sobre sus cureñas,

con las bocas fatales abiertas sobre los muros de Harfleur.

Supongan que el embajador francés regresa,

le dice a Enrique que el rey le ofrece

a su hija Catherine, y con ella, como dote, algunos ducados mezquinos y poco provechosos. La oferta no cae bien, y el ágil artillero

ahora toca con su mecha los diabólicos cañones.

Gritos y trompetería,

y descargas de artillería.

Y todo se derrumba ante ellos. Sigan siendo amables y completen nuestra actuación con su mente.

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Sale.

ESCENA I

Trompetas.

Entran el REY ENRIQUE y el ejército inglés

con escalas de asalto.

REY ENRIQUE Otra vez a la brecha, queridos amigos, otra vez, o tapen la muralla con nuestros muertos ingleses.

En la paz nada conviene más a un hombre que la serena modestia y la humildad,

pero si el estallido de la guerra suena en los oídos, entonces hay que imitar la conducta del tigre. Tensen los músculos, conjuren a la sangre,

disfracen el buen carácter con la furia de rasgos crueles, y luego den a los ojos un aspecto terrible: que espíen por las troneras del cráneo

como el cañón de bronce, y que el ceño los abrume, terrible como la roca astillada

cuelga y se proyecta sobre su base sacudida socavada por el océano salvaje y devastador. Ahora aprieten los dientes y abran

las ventanas de la nariz, contengan fuerte el aliento y concentren el espíritu a su máxima altura. Adelante, adelante, nobles ingleses,

cuya sangre viene de padres probados en la guerra, padres que como otros tantos Alejandros, combatieron en estas playas de la mañana a la noche, y envainaron las espadas por falta de resistencia. No deshonren a sus madres; atestigüen hoy

que aquellos a los que llaman padres los engendraron.

Sean ejemplo para los de sangre más vulgar,

y enséñenles a combatir. Y ustedes,

mis bravos de infantería, cuyos miembros se hicieron en Inglaterra, muéstrennos aquí el vigor de sus pastos; permítannos jurar que son dignos de su raza, cosa que no dudo, porque no hay ni uno de ustedes tan bajo ni tan vil que no tenga un lustre de nobleza en la mirada. Los veo como galgos que tiran de la correa,

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ansiosos por correr. La caza ha comenzado.

Sigan a su espíritu, y en este asalto

griten: «¡Dios con Harry, Inglaterra y san jorge!».

Fragor de gritos y trompetas, y descargas de artillería. Salen.

ESCENA II

Entran NIM, BARDOLPH, el alférez PISTOLA y el MUCHACHO.

BARDOLPH ¡Sigan, sigan, sigan! ¡A la brecha, a la brecha!

NIM Por favor, cabo, párate. Los golpes son demasiado violentos, y por mi parte no tengo nueve vidas. El asunto en cuestión se ha puesto al rojo, y esa es la pura canción.

PISTOLA La pura canción es adecuada, porque abundan las cuestiones. Los golpes vienen y van, los vasallos de Dios caen y mueren,

Canta.

y la espada y el escudo

en la batalla campal

ganan gloria inmortal.

MUCHACHO Si estuviera en una taberna de Londres, daría toda mi fama por una jarra de cerveza, y seguridad.

PISTOLA Y yo.

Canta.

Si mis deseos se impusieran

mi propósito se cumpliría

y yo de largo seguiría.

MUCHACHO (Canta.)

Tan debidamente

pero no con tanta fama

como el pájaro canta en la rama.

Entra el capitán FLUELLEN y los hace seguir.

FLUELLEN ¡Por Dios! ¡A la brecha, perros! ¡Avancen, cobardes!

PISTOLA Misericordia, gran duque, con los hombres de barro.

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Calme su furia, calme su furia viril,

calme su furia, gran duque. Buen gallo, calme su furia. Aplique la tolerancia, mi dulce pollo.

NIM ¡Estas son buenas cuestiones!

FLUELLEN empieza a golpear a NIM.

Su señoría gasta malos humores.

Salen todos menos el MUCHACHO.

MUCHACHO Aunque soy joven, he observado a estos tres fanfarrones. Soy el mozo que los sirve a los tres, aunque si los tres me sirvieran a mí no conseguirían entre todos armar mi criado, porque en verdad tres payasos así no suman un hombre. En cuanto a Bardolph, tiene las entrañas blancas y la cara roja, y aunque eso le da un aspecto terrible, no combate. En cuanto a Pistola, tiene una lengua que mata y una espada tranquila: por eso mata de palabra y conserva el arma intacta. En cuanto a Nim, ha oído que los hombres de pocas palabras son los mejores, y por entonces desdeña decir sus oraciones por temor a que lo tomen por cobarde. Pero sus pocas malas palabras están a la altura de sus muy pocas buenas acciones: porque nunca le ha roto la crisma a nadie sino a sí mismo, y eso fue contra un poste, mientras estaba borracho. Son capaces de robar cualquier cosa, y luego lo llaman «compra». Bardolph robó el estuche de un laúd, lo llevó a cuestas doce leguas y lo vendió por tres medios peniques. Nim y Bardolph son hermanos juramentados en el pillaje, y en Calais robaron una pala de cocina para el carbón. Por esta hazaña de servicio supe que eran gente dispuesta a ensuciarse las manos. Querrían que me familiarizara con los bolsillos de los demás tanto como sus guantes o sus pañuelos: algo que va contra mi hombría, porque sacar algo del bolsillo ajeno para ponerlo en el mío, es embolsar fechorías. Tengo que dejarlos y buscar un servicio mejor. Su villanía me revuelve este estómago débil, y por lo tanto tengo que vomitarla.

Sale.

ESCENA III

Entran el capitán GOWER y el capitán FLUELLEN.

GOWER Capitán Fluellen, tiene que venir enseguida a las minas. El duque de Gloucester quiere hablar con usted.

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FLUELLEN ¿A las minas? Dígale al duque que no está bien ir a las minas. Fíjese usted que las minas no acuerdan con las leyes de la guerra: no tienen concavidad suficiente. Porque fíjese bien, el adversario (puede discutírselo al duque) ha cavado él mismo, cuatro metros por abajo, las contraminas. Por Cristo, creo que si no se toman medidas volará todo.

GOWER El duque de Gloucester, a quien se le dio la orden del asedio, está aconsejado en todo por un irlandés, un caballero muy valiente, doy fe.

FLUELLEN Es el capitán MacMorris, ¿verdad?

GOWER Creo que sí.

FLUELLEN Por Cristo, es un asno como no hay otro en el mundo. Se lo diré en la cara. No sabe del verdadero arte de la guerra, fíjese bien, del arte romano, más de lo que sabe un cachorrito.

Entran el capitán MACMORRIS y el capitán JAMY.

GOWER Allí viene, y el capitán escocés, Jamy, lo acompaña.

FLUELLEN El capitán Jamy es un caballero maravillosamente valeroso, por cierto, y de gran actividad y erudición en las guerras antiguas, según lo que conozco de sus disposiciones. Por Cristo, mantendrá sus opiniones tan bien como cualquier otro militar del mundo, en el arte de la guerra antigua de los romanos.

JAMY Buenos días le doy, capitán Fluellen.

FLUELLEN Buenos días a su señoría, capitán Jamy.

GOWER ¿Cómo van las cosas, capitán MacMorris? ¿Abandonó ya las minas? ¿Los cavadores han dejado?

MACMORRIS Por Cristo, que eso estuvo muy mal hecho. El trabajo se fue abandonando. La trompeta toca retirada. Por mi mano y el alma de mi padre que el trabajo estuvo mal hecho, fue abandonado. Yo habría volado la ciudad, Dios me libre, en una hora. Oh, estuvo mal hecho, mal hecho, por mi mano, estuvo mal hecho.

FLUELLEN Capitán MacMorris, le ruego ahora que me conceda un momento de discusión con usted, tocante en parte o respecto al arte de la guerra, las guerras romanas, por bien de discutir, fíjese bien, y a modo de amable comunicación. En parte para satisfacer mi opinión y en parte para la satisfacción, fíjese bien, de mi mente. En lo relativo al arte militar, ese es el punto.

JAMY Estará muy bien, doy fe, con estos dos buenos capitanes, y por cierto les daré

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mi réplica, en cuanto llegue la ocasión. Pardiez que lo haré.

MACMORRIS No es hora de discursear, así que Cristo me salve. Hoy hace calor, y también arden el clima y las guerras y el rey y los duques. No es hora de discursos. La ciudad está sitiada. Y la trompeta nos llama a la brecha, y nosotros hablamos y, por Cristo, no hacemos nada. Vaya vergüenza para todos. O sea que Dios me libre, es una vergüenza quedarse quieto, es una vergüenza, por mi mano. Y hay gargantas que cortar, y trabajos por hacer, y no se hace nada, que Cristo me salve.

JAMY Por la Santa Misa, que antes de que el sueño invada mis ojos, haré un buen servicio, y quedaré tendido en tierra. O me matarán, y lo pagaré con todo el valor que pueda, cosa que haré seguramente, y no hay más que decir. Pardiez, cómo me gustaría oír una discusión entre ustedes dos.

FLUELLEN Capitán MacMorris, creo, fíjese bien, salvo corrección, que no hay muchos en su nación…

MACMORRIS ¿Mi nación? ¿Qué es mi nación? ¿Un villano, un bastardo, un granuja y un bribón? ¿Qué pasa con mi nación? ¿Quién habla de mi nación?

FLUELLEN Fíjese bien, si toma el asunto de otra manera que la que lleva, capitán MacMorris, posiblemente creería que no me trata usted con la amabilidad y discreción que debiera emplear conmigo, fíjese bien, siendo un hombre como usted, tanto en el arte de la guerra como por la estirpe de mi cuna, así como en otras particularidades.

MACMORRIS No veo en qué es usted tan bueno como yo. De modo que, Cristo me salve, le cortaré la cabeza.

GOWER Caballeros ambos, están los dos equivocados.

JAMY Vaya, eso sí que es grave.

Una trompeta llama a parlamento.

GOWER La ciudad llama a parlamentar.

FLUELLEN Capitán MacMorris, en cuanto se presente una oportunidad mejor, fíjese bien, tendré la valentía de decirle que conozco el arte de la guerra. Y dejémoslo así.

Salen. Trompetas.

Entran el REY ENRIQUE y todo su séquito,

ante las puertas de la ciudad.

REY ENRIQUE ¿Qué resuelve ahora el gobernador de la ciudad?

Este es el último parlamento que admitimos.

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Ríndanse pues a nuestra misericordia,

o como hombres orgullosos de la destrucción

desafíennos a llegar a lo peor. Pues como que soy soldado, nombre que a mi juicio es el que mejor me sienta,

que si empiezo otra vez el cañoneo no dejaré Harfleur a medio conquistar, hasta que yazca enterrada en sus cenizas.

Las puertas de la piedad estarán todas cerradas, y el soldado carnicero, de corazón áspero y duro, con libertad para su mano sanguinaria tendrá una conciencia más ancha que el infierno, y segará como hierba las vidas

de hermosas doncellas y niños florecientes. ¿Qué me importa entonces que la guerra impía, adornada con llamas como el príncipe de los demonios, con el rostro tiznado se libre a todas las ferocidades ligadas a la ruina y la completa desolación?

¿Qué me importa cuando ustedes mismos son la causa de que sus puras doncellas caigan en manos de la violación ardiente y forzada?

¿Qué rienda puede controlar la maldad licenciosa cuando se echa en feroz carrera cuesta abajo? Sería tan inútil desperdiciar nuestras vanas órdenes en los soldados enloquecidos por el pillaje como enviar preceptos al leviatán

para que viniera a tierra. Por eso, hombres de Harfleur, apiádense de su ciudad y de su gente

mientras mis soldados obedecen mis órdenes, mientras el viento fresco y moderado de la clemencia rechaza aún los vahos contagiosos y mugrientos del crimen impetuoso, el saqueo y la villanía.

Si no: bien, en un momento esperen ver al soldado ciego y ensangrentado deshacer con turbia mano los rizos de sus hijas entre agudos chillidos;

a vuestros padres agarrados por la plateada barba

y sus venerables cabezas machacadas contra los muros; a sus niños desnudos ensartados en picas, mientras las madres enloquecidas rasgan las nubes

con sus alaridos, como las mujeres de Judea

ante los asesinos cazadores de sangre de Herodes.

¿Qué dicen? ¿Cederán y evitarán esto?

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¿O, culpables en la defensa, serán así destruidos?

Entra el GOBERNADOR

sobre la muralla.

GOBERNADOR Hoy han terminado nuestras esperanzas.

El delfín, a quien pedimos socorro

nos contesta que sus fuerzas aún no están listas

para levantar tan gran asedio. Por lo tanto, temido rey, damos nuestra ciudad y nuestras vidas a tu dulce clemencia. Entra por nuestras puertas, dispón de nosotros y de los nuestros. Ya no podemos defendernos.

REY ENRIQUE Abran las puertas.

Sale el GOBERNADOR.

Ven, tío Exeter,

ve y entra a Harfleur. Quédate allí,

y fortifícala reciamente contra los franceses.

Ten misericordia de todos ellos. En cuanto a nosotros querido tío, como llega el invierno, y la enfermedad crece entre nuestros soldados, nos retiraremos a Calais. Esta noche en Harfleur seremos tu huésped:

mañana estaremos listos para la marcha.

Se abren las puertas.

Trompetas, y entran en la ciudad.

ESCENA IV

Entran la princesa CATHERINE y ALICE,

una anciana dama de honor.

CATHERINE Alice, tu as été en Angleterre, et tu bien parles le langage.[23]

ALICE Un peu, madame.

CATHERINE Je te prie, m’enseignez. Il faut que j’apprenne à parler. Comment appelez-vous la main en anglais?

ALICE La main? Elle est appelée de hand.

CATHERINE De hand. Et les doigts?

ALICE Les doigts? Ma foi, j’oublie les doigts, mais je me souviendrai. Les doigts… je pense qu’ils sont appelés de fingres. Oui, de fingres.

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CATHERINE La main, de hand; les doigts, de fingres. Je pense que je suis le bon écolier; j’ai gagné deux mots d’anglais vitement. Comment appelez-vous les ongles?

ALICE Les ongles? Nous les appelons de nails.

CATHERINE De nails. Écoutez: dites-moi si je parle bien: de hand, de fingres, et de nails.

ALICE C’est bien dit, madame. Il est fort bon anglais.

CATHERINE Dites-moi l’anglais pour le bras.

ALICE De arma, madame.

CATHERINE Et le coude?

ALICE D’elbow.

CATHERINE D’elbow. Je m’en fais la répétition de tous les mots que vous m’avez appris dès à présent.

ALICE Il est trop difficile, madame, comme je pense.

CATHERINE Excusez-moi, Alice. Écoutez: d’hand, de fingre, de nails, d’arma, de bilbow.

ALICE D’elbow, madame.

CATHERINE O Seigneur Dieu, je m’en oublie! D’elbow. Comment appelez-vous le col?

ALICE De nick, madame.

CATHERINE De nick. Et le menton?

ALICE De chin.

CATHERINE De sin. Le col, de nick; le menton, de sin.

ALICE Oui. Sauf votre honneur, en vérité vous prononcez les mots aussi droit que les natifs d’Angleterre.

CATHERINE Je ne doute point d’apprendre, par la grâce de Dieu, et en peu de temps. ALICE N’avez-vous y déjà oublié ce que je vous ai enseigné?

CATHERINE Non, et je récitarai à vous promptement: d’hand, de fingres, de mailès… ALICE De nails, madame.

CATHERINE De nails, de arma, de ilbow…

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ALICE Sauf votre honneur, d’elbow.

CATHERINE Ainsi dis-je. D’elbow, de nick, et de sin. Comment appelez-vous les pieds et la robe?

ALICE De foot, madame, et de cown.

CATHERINE De foot et de cown? O Seigneur Dieu! Ils sont les mots de son mauvais, corruptible, gros, et impudique, et non pour les dames d’honneur d’user. Je ne voudrais prononcer ces mots devant les seigneurs de France pour tout le monde. Uf! De foot et de cown! Néanmoins, je récitarai une autre fois ma leçon ensemble. D’hand, de fingre, de nails, d’arma, de nick, de sin, de foot, de cown.

ALICE Excellent, madame!

CATHERINE C’est assez pour une fois. Allons-nous à diner.

Salen.

ESCENA V

Entran el REY CARLOS VI de Francia, el DELFÍN,

el CONDESTABLE, y otros.

REY CARLOS No hay duda de que ya ha cruzado el Soma.

CONDESTABLE Y si no vamos a combatirlo, mi señor, no vivimos ya en Francia; abandonemos todo

y entreguemos nuestros viñedos a un pueblo bárbaro.

DELFÍN O Dieu vivant! ¿Acaso unos pocos gajitos nuestros, el vaciamiento de la lujuria de nuestros padres, nuestros injertos, plantados en tronco estéril y salvaje, van a crecer de pronto hasta las nubes

y mirar desde arriba a quienes los injertaron?

BORBÓN ¡Normandos, nada sino bastardos normandos!

Mort de ma vie, si siguen avanzando

sin que los combatan, venderé mi ducado para comprar una ciénaga y una sucia granja en esa remota y recortada isla de Albión.

CONDESTABLE Dieu de batailles! ¿De dónde sacan ese temple? ¿No es el clima que tienen neblinoso, áspero y gris, no se ve el sol pálido y como desdeñoso

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ya mata la fruta con su ceño? ¿Puede el agua hervida,

esa papilla de cebada, ese brebaje para mulas derrengadas, cocerles la sangre fría hasta una valentía tan ardiente?

Y nuestra sangre vivaz, animada por el vino, ¿parecerá helada? ¡Por el honor de nuestra tierra!

¡No nos quedemos colgando como carámbanos del techo de la casa, mientras un pueblo más helado

suda gotas de valor juvenil en nuestras ricas campiñas (que bien podemos llamar «pobres»

si vemos quiénes son sus señores nativos)!

DELFÍN Por mi fe y por mi honor: nuestras damas se burlan de nosotros y dicen a las otras

que nuestra valentía está exhausta, y que entregarán sus cuerpos a la lujuria de los jóvenes ingleses, para repoblar Francia con guerreros bastardos.

BORBÓN «Vayan a las escuelas de baile inglesas», nos piden, «y enseñen a bailar gavotas y corantos»,

diciendo que solo tenemos gracia en los talones y que somos los más rápidos para escapar.

REY CARLOS ¿Dónde está Montjoy, el heraldo? Envíenlo deprisa.

Que salude al rey de Inglaterra con nuestro reto tajante.

Levántense, príncipes, y con el honor afilado

más que las espadas, corran al campo de batalla.

Charles Debralet, gran condestable de Francia,

y ustedes, duques de Orleans, de Borbón y de Berri, Alençon, Brabante, Bar, y Borgoña, Jacques Chatillon, Rambures, Vaudemont,

Beaumont, Grandpré, Roussi, y Fauconberg, Foix, Lestrelles, Boucicault, y Charolais,

altos duques, grandes príncipes, barones, lores, y caballeros, por sus grandes tronos líbrennos ya de esta gran vergüenza. Detengan a Enrique de Inglaterra, que barre nuestra tierra con pendones tintos en la sangre de Harfleur; láncense sobre sus huestes, como la nieve derretida

sobre los valles, a cuya sede vulgar y vasalla

escupen los Alpes cuando vacían sus humores húmedos.

Caigan sobre él (tienen poder suficiente),

y en un carro cautivo a Rouen

tráiganlo prisionero.

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CONDESTABLE Así habla la grandeza.

Lamento que sus fuerzas sean tan escasas,

que sus soldados marchen enfermos y hambrientos, porque estoy seguro de que él cuando vea nuestro ejército dejará caer el corazón en el sumidero del miedo y, antes que la victoria, nos ofrecerá rescate.

REY CARLOS Por lo tanto, señor condestable, apuren a Montjoy, y que le diga a Inglaterra que lo enviamos

para saber cuál será el rescate voluntario.

Príncipe delfín, tú permanecerás con nosotros en Rouen.

DELFÍN Suplico a vuestra majestad que no sea así.

REY CARLOS Ten paciencia, porque te quedarás con nosotros. Ahora adelante, señor condestable y príncipes todos, tráigannos pronto la nueva de que Inglaterra ha caído.

Salen todos.

ESCENA VI

Entran los capitanes GOWER y FLUELLEN.

GOWER ¿Cómo están las cosas, capitán Fluellen, viene del puente?

FLUELLEN Le aseguro que en el puente están cumpliéndose servicios excelentes.

GOWER ¿Está a salvo el duque de Exeter?

FLUELLEN El duque de Exeter es tan magnánimo como Agamenón, y un hombre al que aprecio y honro con mi alma y mi corazón y mi deber y mi vida y mi fuerza viviente y absoluta. No está, Dios sea loado y bendito, herido para nada en el mundo; defiende el puente con la mayor valentía, con excelente disciplina. Hay un alférez abanderado allá en el puente; creo en toda conciencia que es un hombre tan valiente como Marco Antonio, y que no cuenta con la menor estima en el mundo, pero por cierto que lo vi actuar con gran coraje.

GOWER ¿Cómo lo llaman?

FLUELLEN Lo llaman alférez Pistola.

GOWER No lo conozco.

Entra el alférez PISTOLA.

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FLUELLEN He aquí al hombre.

PISTOLA Capitán, le ruego que me haga un favor.

El duque de Exeter lo quiere a usted mucho.

FLUELLEN Sí, alabado sea Dios, he merecido algún afecto de su parte.

PISTOLA Bardolph, un soldado firme, de corazón fuerte,

y sereno valor, por culpa del cruel destino

y de la rueda giratoria y furiosa de la Fortuna, esa diosa ciega que se alza

sobre la incansable rueda rodante…

FLUELLEN Con su permiso, alférez Pistola: a la Fortuna la pintan ciega, con una venda sobre los ojos, para significar que la Fortuna es ciega. Y también la pintan con una rueda, para significarle a usted (esa es la moraleja del asunto) que es giratoria e inconstante y mudanza y variación. Y tiene el pie apoyado, fíjese bien, sobre una piedra esférica, que rueda y rueda y rueda. A decir verdad, el poeta hace una excelente descripción de ella: la Fortuna es una moraleja excelente.

PISTOLA La Fortuna es la enemiga de Bardolph y le frunce el ceño, porque él ha robado una reliquia,

y debe ser ahorcado. Una muerte maldita:

que la horca abra las fauces para un perro,

que el hombre en cambio quede libre, y que el cáñamo no sofoque su gaznate.

Pero Exeter ha dictado la sentencia de muerte por una reliquia de poco valor.

Por eso, vaya usted a hablarle, que el duque oirá su voz, y no deje que corten el hilo de la vida de Bardolph con un filo de cordel de un penique y vil infamia. Hable, capitán, por su vida, y yo lo recompensaré.

FLUELLEN Alférez Pistola, comprendo solo en parte lo que quiere decir.

PISTOLA Bueno, pues entonces regocíjese por ello.

FLUELLEN Por cierto, alférez, no es cosa de la cual regocijarse. Porque, fíjese bien, si ese hombre fuera mi hermano, yo querría que el duque se diera el gusto, y lo hiciera ejecutar. Porque hay que mantener la disciplina.

PISTOLA ¡Muérete y que te condenen! ¡Tu amistad no vale un higo!

FLUELLEN Está bien.

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PISTOLA Un higo de España.

FLUELLEN Muy bien.

PISTOLA Digo, el higo

en tus tripas y tus sucias fauces.

Sale.

FLUELLEN Capitán Gower, ¿no oye usted que truena y relampaguea?

GOWER Caramba, ¿este es el alférez del que me había hablado? Ahora lo recuerdo.

Un alcahuete. Un ratero.

FLUELLEN Le aseguro que en el puente soltaba tantas voces corajudas como puedan oírse en un día de verano. Pero está muy bien. Lo que me dijo a mí, está bien, le garanto, cuando llegue el momento.

GOWER Caramba, es un tarado, un tonto, un rufián, que de vez en cuando va a una guerra, para fanfarronear cuando vuelve a Londres bajo forma de soldado. Y estos tipos son una luz para los nombres de los comandantes, y se aprenden de memoria qué hechos ocurrieron: en tal o cual baluarte, en tal trinchera, en tal o cual convoy, quién se portó con valentía, a quién le pegaron un tiro, quién sufrió deshonra, qué condiciones puso el enemigo: y todo esto lo envuelven bien con frases de guerra, que adornan con juramentos recién acuñados. Y maravilla pensar en lo que una barba cortada al estilo general y un horrendo uniforme de campaña llegan a lograr entre botellas espumeantes y cerebros bañados en cerveza. Pero hay que aprender a reconocer a estos fabricantes de vergüenza de la época, o uno corre el riesgo de equivocarse de maravilla.

FLUELLEN Le diré algo, capitán Gower: comprendo que él no es el hombre por el que bien quisiera él que el mundo lo tomase. Si le encuentro un solo agujero en el jubón, le diré lo que pienso.

Se oye un tambor.

Escuche, viene el rey, y debo hablar con él sobre el puente.

Entran el REY ENRIQUE y sus pobres soldados,

con tambores y banderas.

Dios salve a su majestad.

REY ENRIQUE ¿Cómo están las cosas, Fluellen? ¿Vienes del puente?

FLUELLEN Sí, con la venia de su majestad. El duque de Exeter ha defendido el puente con la mayor valentía. Los franceses se han retirado, fíjese bien, y hubo momentos muy valerosos y bravíos. Pardiez: el enemigo iba a

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apoderarse del puente, pero lo obligaron a retirarse, y ahora el duque de Exeter es dueño del puente. Puedo decirle a su majestad que el duque es un valiente.

REY ENRIQUE ¿Cuántos hombres ha perdido, Fluellen?

FLUELLEN Las pérdidas del enemigo han sido muy grandes, razonablemente grandes. Pardiez, por mi parte creo que el duque no ha perdido un solo hombre, salvo uno que quizá deba ser ejecutado por robar en una iglesia, un tal Bardolph, si su majestad lo conoce. Tiene la cara llena de bubones, pústulas, verrugas y fuegos fatuos, y los labios le soplan en la nariz, que es como un carbón encendido, a veces azul y a veces roja. Pero su nariz ha sido ejecutada, y su fuego apagado.

REY ENRIQUE Querríamos que todos los delincuentes de ese tipo sean eliminados, y damos órdenes expresas de que en nuestras marchas a través del país no se tome nada por la fuerza en las aldeas, nada sin pagarlo, y que ningún francés sea insultado o maltratado con lenguaje desdeñoso. Porque cuando la dulzura y la crueldad se juegan un reino, el jugador más suave es el que más pronto gana.

Trompetas.

Entra MONTJOY.

MONTJOY Me conocen ustedes por mi traje.

REY ENRIQUE De acuerdo, te conozco. ¿Qué noticias me traes?

MONTJOY Lo que piensa mi señor.

REY ENRIQUE Revélalo.

MONTJOY Así dice mi rey: «Dile a Enrique, rey de Inglaterra, que aunque parecíamos muertos, apenas estábamos dormidos. La prudencia es mejor soldado que la prisa. Dile que podríamos haberlo rechazado en Harfleur, pero que creímos mejor no apretar una herida hasta que estuviera madura. Ahora es nuestro turno de hablar, y nuestra voz es imperial. Inglaterra se arrepentirá de su locura, descubrirá su debilidad y admirará nuestra paciencia. Dile por lo tanto que piense en su rescate, que debe estar en proporción a las pérdidas que hemos sufrido, a los súbditos que hemos perdido, a las desgracias que hemos digerido: que para dar respuesta a ello, ha de doblegar su mezquindad. Porque para nuestras pérdidas, su tesoro es demasiado pobre; para la efusión de nuestra sangre, no alcanzan todas las tropas de su reino; y para la deshonra que sufrimos, ver su propia persona arrodillada a nuestros pies es una satisfacción débil e indigna. A eso, agrega mi reto, y dile por último que ha traicionado a sus seguidores, cuya condena

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está dictada.» Así dice mi rey y señor; ese es mi mensaje.

REY ENRIQUE ¿Cómo te llamas? Conozco tu dignidad.

MONTJOY Montjoy.

REY ENRIQUE Cumples muy bien con tu oficio. Regresa ya y dile a tu rey que, antes que buscarlo ahora, prefiero marchar a Calais

sin molestias, porque a decir verdad

(aunque no es sabio confesar tanto

a un enemigo astuto y aprovechado)

mi gente está muy debilitada por la enfermedad,

y mis fuerzas disminuidas, y los pocos con que cuento casi no son mejores que otros tantos franceses; cuando tenían salud, te lo aseguro, heraldo, creía que sobre cada par de piernas inglesas

podían caminar tres franceses. Pero perdóname, Dios, que así me jacte. El aire de Francia

me ha contagiado el vicio. Debo arrepentirme.

Ve, pues, dile a tu señor que aquí estoy; mi rescate es este cuerpo frágil y sin valor, mi ejército una mera escolta débil y enferma.

Sin embargo, por Dios, dile que seguiremos en marcha, aunque la propia Francia y otro vecino semejante

nos salgan al paso. Toma esto, Montjoy, por tu trabajo.

Ve a decirle a tu señor que lo piense bien.

Si podemos pasar, pasaremos; si nos ponen trabas, desteñiremos el suelo marrón de Francia

con la roja sangre de ustedes. Y ahora, Montjoy, adiós. El resumen de toda nuestra respuesta es solo esto: no buscaremos batalla tal como estamos, pero tampoco la esquivaremos.

Dile eso a tu señor.

MONTJOY Eso le transmitiré. Gracias a su alteza.

Sale.

GLOUCESTER Espero que no caigan sobre nosotros ahora.

REY ENRIQUE Estamos en manos de Dios, hermano, no de ellos.

Marchen al puente. Ya se acerca la noche.

Acamparemos más allá del río,

y mañana ordenaremos seguir adelante.

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Salen.

ESCENA VII

Entran el CONDESTABLE, lord RAMBURES,

los duques de ORLEANS y BORBÓN

con otros.

CONDESTABLE ¡Bah! Tengo la mejor armadura del mundo. Ojalá fuera de día.

ORLEANS Tienes una armadura excelente. Pero reconoce que mi caballo tiene lo suyo.

CONDESTABLE Es el mejor caballo de Europa.

ORLEANS ¿Nunca llegará la mañana?

BORBÓN Mi señor de Orleans y mi señor gran condestable, ¿hablan de caballo y armadura?

ORLEANS Está usted tan bien provisto de ambas cosas como cualquier príncipe del mundo.

BORBÓN ¡Qué noche larga es esta! No cambiaría mi caballo por ninguno que ande sobre cuatro cascos. ¡Ajá! Rebota en la tierra como si tuviera entrañas de espuma: le cheval volant, el Pegaso, qui a les narines de feu! Cuando lo monto me elevo, soy un halcón; trota en el aire, la tierra canta cuando la toca, el cuerno más bajo de su casco es más musical que la flauta de Hermes.

ORLEANS Tiene el color de la nuez moscada.

BORBÓN Y el ardor del jengibre. Es un animal para Perseo. Es aire y fuego puros, y en él no se manifiestan nunca los elementos opacos de la tierra y el agua, salvo en paciente quietud mientras su jinete lo monta. Esto sí es un caballo, y a todos los demás rocines puede usted llamarlos bestias.

CONDESTABLE Por cierto, señor mío, es un caballo de lo más excelente y perfecto.

BORBÓN Es el príncipe de los palafrenes. Su relincho es como la orden de un monarca, y su rostro obliga a rendirle homenaje.

ORLEANS Basta ya, primo.

BORBÓN No, no tiene ingenio el hombre incapaz de rendir variadas y merecidas alabanzas a mi corcel, desde que despierta la alondra hasta que se acuesta el cordero. El tema es tan inagotable como el mar. Transforma los granos de

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arena en lenguas elocuentes, y mi caballo les dará argumento a todas. Es asunto para que argumente un soberano, y para que lo monte el soberano de un soberano cabalgue, y para que el mundo, familiar y desconocido, deje de lado sus ocupaciones particulares, y se maraville. Una vez escribí un soneto en su alabanza, y empezaba así: «Prodigio de la naturaleza…».

ORLEANS He oído un soneto de uno a su amada que empezaba así.

BORBÓN Entonces él imitó el que compuse para mi corcel, porque mi caballo es mi amada.

ORLEANS Su amada sostiene bien.

BORBÓN A mí me sostiene bien, que es la alabanza debida y la perfección de una amada buena y particular.

CONDESTABLE No, porque ayer me pareció ver que tu amada te sacudía bonitamente las espaldas.

BORBÓN Tal vez lo mismo hizo la tuya.

CONDESTABLE La mía no llevaba riendas.

BORBÓN Ah, entonces quizá era vieja y amable, y usted galopaba como un jinete irlandés, con las rodillas desnudas y los calzones ajustados.

CONDESTABLE Tiene usted un juicio certero en cosas de equitación.

BORBÓN Pues deje que le enseñe: los que cabalgan así, y no lo hacen con cuidado, terminan en sucios pantanos. Prefiero tener a mi caballo por amada.

CONDESTABLE Yo haría lo mismo si mi amada fuera una burra.

BORBÓN Le diré, condestable, que al menos mi amante lleva su propio pelo.

CONDESTABLE También podría jactarme de eso, si tuviera por amada a una cerda.

BORBÓN «Le chien est retourné à son propre vomissement, et la truie lavée au bourbier.»[24] Aunque tú te sirves de todo.

CONDESTABLE Pero no me sirvo de mi caballo como amada, ni de un proverbio así, tan poco adecuado.

RAMBURES Mi señor condestable, ¿lo que vi anoche en la armadura que está en su tienda, son estrellas o soles?

CONDESTABLE Estrellas, señor mío.

BORBÓN Algunas caerán mañana, espero.

CONDESTABLE Y sin embargo a mi cielo no le faltarán.

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BORBÓN Puede ser, porque lleva muchas de sobra, y sería más honroso que algunas no estuvieran.

CONDESTABLE Lo mismo que caballo con las alabanzas, señor: trotaría igual si descargaran algunos de sus alardes.

BORBÓN ¡Ojalá pudiera cargarlo con lo que merece! ¿Es que nunca se hará de día? Mañana trotaré una milla, y mi camino quedará pavimentado de caras inglesas.

CONDESTABLE No diré lo mismo, por temor a que me aparten de mi camino por descarado. Pero si fuera ya de mañana, me gustaría agarrar a los ingleses por las orejas.

RAMBURES ¿Quién se arriesga a apostar conmigo por veinte prisioneros?

CONDESTABLE Primero tiene que arriesgar usted mismo, antes de tenerlos.

BORBÓN Es medianoche. Voy a armarme.

Sale.

ORLEANS El duque de Borbón ansía que llegue la mañana.

RAMBURES Ansía comer ingleses.

CONDESTABLE Creo que se comerá todo lo que mate.

ORLEANS Por la blanca mano de mi dama, es un príncipe muy valiente.

CONDESTABLE Jura por su pie, para que ella pueda pisotear el juramento.

ORLEANS Es sencillamente el caballero más activo de Francia.

CONDESTABLE Hacer es actividad, y él siempre está haciendo algo.

ORLEANS Que yo sepa, nunca ha hecho daño.

CONDESTABLE Ni hará ningún daño mañana. Sin embargo mantendrá su buena fama.

ORLEANS Sé que es valiente.

CONDESTABLE Eso me lo contó alguien que lo conoce mejor que usted.

ORLEANS ¿Quién es?

CONDESTABLE Pardiez, me lo dijo él mismo, y dijo que no le importaba quién lo supiera.

ORLEANS No precisa hacerlo; no es una virtud oculta en él.

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CONDESTABLE Doy fe, señor, de que sí. Nunca la ha visto nadie que no fuera su lacayo. Es un valor encapuchado, y cuando se muestra aletea.

ORLEANS «La mala voluntad nunca habla bien.»

CONDESTABLE Mejoraré ese proverbio con «La amistad es aduladora».

ORLEANS Y yo lo corregiré con «Hay que darle al diablo lo que merece».

CONDESTABLE ¡Bien hallado! Ahí está su amigo haciendo de diablo. Apunto al ojo mismo de ese proverbio con «¡Maldito sea el diablo!».

ORLEANS En proverbios usted es el mejor de los dos, porque «El tonto dispara demasiado pronto».

CONDESTABLE Se ha pasado usted del blanco.

ORLEANS No es la primera vez que lo dejan a usted atrás.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Mi señor gran condestable, los ingleses están a mil quinientos pasos de estas tiendas.

CONDESTABLE ¿Quién ha medido el terreno?

MENSAJERO El señor Grandpré.

CONDESTABLE Un caballero de lo más valiente y experto.

Sale el MENSAJERO.

¡Ojalá fuera de día! Ay, pobre Enrique de Inglaterra. No ansía el alba tanto como nosotros.

ORLEANS Qué tipo desgraciado y terco es este rey de Inglaterra: ¡venir con sus seguidores de cerebro torpe a perderse tan lejos de casa!

CONDESTABLE Si los ingleses tuvieran alguna perspicacia, escaparían.

ORLEANS Carecen de ella: porque si sus cabezas tuvieran la menor armadura intelectual, nunca podrían llevar cascos tan pesados.

RAMBURES Esa isla de Inglaterra produce criaturas muy valientes. Sus mastines tienen un coraje inigualable.

ORLEANS Cachorros necios, que vienen con los ojos cerrados a meterse en la boca de un oso ruso, y a hacerse triturar las cabezas como manzanas podridas. Bien podría usted decir: «Valiente la pulga que se atreve a desayunar sobre el labio de un león».

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CONDESTABLE Exacto, exacto. Y los hombres se parecen a los mastines, en el ataque violento y feroz; la inteligencia la dejan con sus mujeres. Por eso, deles usted grandes tajadas de ternera, hierro y acero, que comerán como lobos y pelearán como demonios.

ORLEANS Sí, pero a los ingleses les falta por completo la carne de ternera.

CONDESTABLE Entonces mañana descubriremos que solo tienen estómago para comer, pero no para luchar. Ya es hora de armarse. Vamos, ¿nos ponemos a eso?

ORLEANS Ya son las dos. Pero déjeme ver: a eso de las diez cada uno de nosotros tendrá cien ingleses.

Salen.

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CUARTO ACTO

Entra el CORO.

CORO Ahora traten ustedes de imaginar el momento

en que un murmullo reptante y la oscuridad desbordada llenan la ancha nave del universo. De campamento

en campamento por el turbio vientre de la noche suena tan quedamente el rumor de cada ejército, que los centinelas designados casi reciben

los cuchicheos secretos de las guardias del otro.

Hogueras responden a hogueras y, a través de las pálidas llamas, cada ejército distingue el rostro sombrío del otro.

Los corceles amenazan a los corceles, con relinchos agudos y jactanciosos que atraviesan el oído sordo de la noche,

y en las tiendas, los armeros, que equipan a los combatientes, ajustan los remaches con martillos atareados, dando una temible nota de preparativos.

Los gallos del campo cantan, tañen los relojes, nombrando la tercera hora de la somnolienta mañana. Orgullosos de su cantidad y seguros de ánimo, los franceses confiados y alegres por demás

se juegan por poco precio los ingleses a los dados, y reprenden a la noche de paso lento y lisiado, que, como una bruja sucia y fea, aburrida y renga va pasando. Los pobres ingleses condenados, como si fueran al sacrificio, se aguardan pacientes junto a sus vigilantes hogueras y rumian

sobre el peligro de la mañana; y su gesto triste, las largas mejillas macilentas y los uniformes gastados por la guerra, se presentan a la mirada de la luna como otros tantos fantasmas horrendos. Ah, quien mire ahora al capitán real

de esta banda ruinosa ir de guardia en guardia, de tienda en tienda, que exclame:

«¡Loado y glorificado sea!». Pues él, sin detenerse, visita a todo su ejército, y a todos

da los buenos días con una sonrisa modesta y los llama hermanos, amigos y compatriotas.

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Su rostro real no muestra el menor reflejo del temible ejército por el que está rodeado; ni sacrifica una sola pizca de color

a la noche fatigosa y en vela; antes bien

se lo ve fresco; supera la fatiga

con expresión alegre y dulce majestad,

para que cada desdichado, antes pálido y lánguido, al contemplarlo, saque consuelo de su aspecto. Una generosidad universal como la del sol, que, derritiendo el frío miedo,

otorga a cada cual su mirada espléndida,

de modo que todos, nobles y plebeyos,

vean, aunque el reflejo sea indigno,

un pequeño toque de Harry en la noche.

Y así nuestra escena debe volar a la batalla,

donde, oh, dolor, poco honraremos el nombre de Agincourt con cuatro o cinco trozos de hojalata mellados y viles, mal manejados en refriegas ridículas.

Sin embargo quédense sentados y vean, imaginando cosas reales donde hay caricaturas.

Sale.

ESCENA I

Entran el REY ENRIQUE y el duque de GLOUCESTER,

luego el duque de Clarence.

REY ENRIQUE Gloucester, es cierto que estamos en gran peligro; tanto más grande pues debiera ser nuestro valor. Buenos días, hermano Clarence. ¡Dios Todopoderoso! ¡Hay cierta alma buena en las cosas malas,

si los hombres saben observar y destilarla!

Porque nuestros malos vecinos nos hacen tempraneros, lo cual es a la vez saludable y adecuado. Además, son nuestras conciencias exteriores,

y predican para nosotros, advirtiéndonos

que nos preparemos decentemente para el fin.

Así podemos recoger miel de las malas hierbas

y sacar una moraleja del diablo mismo.

Entra sir Thomas ERPINGHAM.

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Buenos días, viejo sir Thomas Erpingham.

Una blanda almohada sería para esa cabeza blanca mejor que un montón de duros terrones franceses.

ERPINGHAM No es así, majestad. Prefiero este alojamiento, porque me permite decir: «Estoy acostado como un rey».

REY ENRIQUE

Bueno es que los hombres amen sus molestias presentes para dar ejemplo. Así se eleva el espíritu, y cuando el alma se acelera, sin duda

los órganos, aunque antes difuntos y muertos, rompen su tumba soñolienta y se mueven de nuevo con piel renovada y fresca ligereza.

Préstame tu capa, sir Thomas. Ustedes dos, hermanos, saluden de mi parte a los príncipes de nuestro campamento. Denles los buenos días y díganles que deseo verlos a todos en mi pabellón, y enseguida.

GLOUCESTER Así lo haremos, majestad.

ERPINGHAM ¿Acompaño a su alteza?

REY ENRIQUE No, mi buen caballero.

Ve con mis hermanos a ver a mis lores ingleses.

Yo he de discutir un momento a solas con mi espíritu, y por lo tanto no quiero otra compañía.

ERPINGHAM Que el Señor del cielo te bendiga, noble Harry.

REY ENRIQUE Dios te bendiga, viejo amigo, hablas animosamente.

Salen todos menos el REY ENRIQUE.

Entra PISTOLA.

PISTOLA Qui va là?

REY ENRIQUE Un amigo.

PISTOLA Explícame: ¿eres oficial,

o eres bajo, común y popular?

REY ENRIQUE Soy un caballero de una compañía.

PISTOLA ¿Arrastras tu poderosa pica?

REY ENRIQUE Así es. ¿Qué eres tú?

PISTOLA Un caballero tan bueno como el emperador.

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REY ENRIQUE Entonces eres mejor que el rey.

PISTOLA El rey es un buen chico y un corazón de oro, un mozo sólido, un vástago de la fortuna,

un hijo de buena cepa, de puños bien valientes.

Yo le beso los sucios zapatos, y amo de corazón

a ese muchacho encantador. ¿Tú cómo te llamas?

REY ENRIQUE Harry le roi.

PISTOLA ¿Leroy? Un apellido de Cornuailles. ¿Eres de allí?

REY ENRIQUE No. Soy galés.

PISTOLA ¿Conoces a Fluellen?

REY ENRIQUE Sí.

PISTOLA Dile que el día de San David

le partiré su puerro en la crisma.

REY ENRIQUE No lleves ese día tu daga en la gorra, porque él puede partírtela en la tuya.

PISTOLA ¿Eres amigo suyo?

REY ENRIQUE Y también su paisano.

PISTOLA ¡Entonces, que te den con un higo!

REY ENRIQUE Te agradezco. Dios sea contigo.

PISTOLA A mí me llaman Pistola.

REY ENRIQUE Le sienta muy bien a tu fiereza.

Sale PISTOLA.

Entran los capitanes FLUELLEN y GOWER.

El rey ENRIQUE se mantiene apartado.

GOWER ¡Capitán Fluellen!

FLUELLEN ¡Hola! En nombre de Jesucristo, habla un poco más bajo. Es causa de la mayor admiración del mundo universal cuando no se respetan las auténticas y antiguas prerrogativas y leyes de las guerras. Si solo se tomara el trabajo de examinar las guerras de Pompeyo el Grande, descubriría, se lo garantizo, que en el campo de Pompeyo no había dimes y diretes ni idas y venidas. Descubriría, te garantizo, que las ceremonias de la guerra, y sus precauciones, y sus formas, y su sobriedad, y su modestia, eran entonces de muy otra manera.

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GOWER Caramba, el enemigo habla en voz alta. Se lo oye toda la noche.

FLUELLEN Si el enemigo es un asno y un imbécil y un charlatán pedante, ¿le parece bien que también nosotros seamos asnos, imbéciles y charlatanes pedantes? ¿Lo piensa en toda conciencia?

GOWER Hablaré más bajo.

FLUELLEN Se lo ruego y le suplico que lo haga.

Salen FLUELLEN y GOWER.

REY ENRIQUE Aunque parezca un poco pasado de moda, hay gran prudencia y valor en este galés.

Entran tres soldados. John BATES, Alexander

COURT y Michael WILLIAMS.

COURT

BATES

Hermano John Bates, ¿no es la mañana lo que asoma por allí?

Creo que sí. Pero no tenemos muchos motivos para desear que se acerque.

WILLIAMS Vemos por allí que empieza el día, pero creo que nunca lo veremos terminar. ¿Quién va?

REY ENRIQUE Un amigo.

WILLIAMS ¿A las órdenes de qué capitán sirves?

REY ENRIQUE A las órdenes de sir Thomas Erpingham.

WILLIAMS Es un jefe viejo y bueno y un caballero bondadoso. Dime, te lo ruego, ¿qué piensa él de nuestra situación?

REY ENRIQUE Que somos como náufragos en un banco de arena, que esperan a que la próxima marea los arrastre de nuevo.

BATES ¿No le dijo al rey lo que pensaba?

REY ENRIQUE No, ni es conveniente que se lo diga. Porque aunque lo diga yo, creo que el rey no es sino un hombre, como lo soy yo. La violeta huele para él como para mí; el cielo se le aparece como se me aparece a mí. Todos sus sentidos son humanos. Si se deja de lado el ceremonial, surge en su desnudez como un nuevo hombre y, aunque sus deseos vuelen más alto que los nuestros, al bajar bajan con alas parecidas. Por lo tanto cuando ve razones de temer, sus miedos, sin duda, son del mismo sabor que los nuestros. Sin embargo, en buena lógica, ningún hombre debiera mostrarle el menor atisbo de temor, porque él, al mostrarlo a su vez, desalentaría a su ejército.

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BATES Puede mostrar todo el valor externo que quiera, pero creo, por más que la noche esté fría, que preferiría estar hundido en el Támesis hasta el cuello. Y a mí me gustaría que lo estuviera, y yo junto a él, fuera como fuera, con tal de que nos hubiéramos ido de aquí.

REY ENRIQUE Yo diré en conciencia sobre el rey que, a fe mía, creo, no desearía estar en otra parte que donde está.

BATES Pues ojalá entonces estuviera aquí él solo. Así tendría la seguridad de pagar su rescate, y salvar las vidas de muchos hombres pobres.

REY ENRIQUE Me atrevo a decir que no lo quiere usted tan mal para desearle que estuviera aquí solo, aunque lo diga para tantear los sentimientos de los demás. Creo que yo no podría morir en ninguna parte tan satisfecho como junto al rey, porque su causa es justa y su lucha, honrosa.

WILLIAMS Eso es más de lo que sabemos.

BATES Sí, o más de lo que debiéramos averiguar. Porque ya sabemos bastante que somos súbditos del rey. Si su causa es errada, nuestra obediencia nos absuelve de la culpa.

WILLIAMS Pero si la causa no fuese buena, el propio rey tendría una pesada cuenta que rendir, cuando todas esas piernas y brazos y cabezas cortadas en una batalla se unieran al final del día para gritar juntas «Morimos en tal sitio»; unos jurando, otros llorando por un médico, algunos por haber dejado a sus mujeres en la pobreza, otros por las deudas sin pagar, otros más por los hijos vulnerables y abandonados. Me temo que pocos de los que mueren en batalla mueren bien; porque ¿cómo disponer de las cosas con caridad cuando el asunto en discusión es la sangre? Ahora bien, si estos hombres no mueren bien, será negra cosa para el rey que los llevó a eso; mientras que desobedecer iría contra toda idea de sumisión.

REY ENRIQUE De modo que si un hijo que su padre envía a comerciar naufraga en el mar en estado de pecado, la responsabilidad de su maldad, según lo que usted dice, debiera caer sobre el padre, que lo envió. O si un criado transportara, por orden de su amo, una suma de dinero, y fuera asaltado por ladrones, y muriese cargado de pecados imperdonables, usted diría que los negocios del amo son los responsables de la condena del criado. Pero no es así. El rey no está obligado a responder por el modo particular en que muere cada soldado, ni el padre por el de su hijo, ni el amo por el de su criado, porque cuando les piden sus servicios no pretenden que mueran. Además, no existe rey cuya causa sea tan inmaculada que, llevada al arbitrio de las espadas, todos sus soldados estén sin mancha. Algunos, tal vez, llevan en sí la culpa del asesinato premeditado y alevoso; otros, la de

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haber engañado a doncellas rompiendo sus juramentos; otros, la de haber tomado la guerra como refugio, tras haber ensangrentado antes el blando pecho de la paz con robos y pillajes. Ahora bien, si estos hombres han derrotado a la ley y eludido el castigo natural, aunque puedan escapar de los hombres, no tienen alas con que volar lejos de Dios. La guerra es su verdugo. La guerra es su venganza. Hay hombres, pues, que en la refriega del rey son castigados por haber roto antes las leyes del rey. Donde temieron la muerte, salvaron la vida, y donde creyeron estar a salvo, murieron. Entonces, si mueren sin preparación, el rey no es más culpable de su condena que culpable antes de las impiedades por las que ahora son castigados. La obediencia de cada súbdito pertenece al rey, pero el alma de cada súbdito le pertenece a sí mismo. Por eso cada soldado debiera hacer en la guerra lo que hace el enfermo en su cama: lavar su conciencia de toda mancha. Y al morir así, la muerte es para él ventaja; o si no muere, el tiempo tan benditamente perdido en tal preparación es provecho. Y para el que escapa, no sería pecado pensar que, con un obsequio tan generoso, Dios lo deja sobrevivir a ese día para que vea su grandeza y para enseñarle a otros cómo prepararse.

BATES Es cierto: a cada hombre que muere en pecado, el pecado le cae sobre la cabeza. El rey no tiene por qué responder por él. Yo no pido que responda por mí, y sin embargo estoy decidido a luchar por él con toda mi energía.

REY ENRIQUE Yo mismo oí decir al rey que no quiere ser rescatado.

WILLIAMS Sí, lo dijo, para hacernos luchar alegremente; pero cuando nos corten la garganta puede que a él lo rescaten, y nosotros no habremos sacado nada.

REY ENRIQUE Si vivo para verlo, nunca volveré a confiar en su palabra.

WILLIAMS ¡Págale a él entonces! El disgusto que pueda sentir un pobre civil contra un monarca es tan peligroso como una bala de fogueo. Daría lo mismo que te pusieran a convertir el sol en hielo abanicándolo con una pluma de pavo real. ¡Que nunca volverás a confiar en su palabra! Vaya tontería.

REY ENRIQUE Tu reproche es un poco fuerte. Me pondrías furioso, si el momento fuera oportuno.

WILLIAMS Que haya pelea entre nosotros, si es que vives.

REY ENRIQUE La acepto.

WILLIAMS ¿Cómo te reconoceré?

REY ENRIQUE Dame una prenda tuya, y la llevaré en mi gorro. Si después te atreves a reconocerla, pelearé contigo.

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WILLIAMS Aquí tienes mi guante. Dame uno tuyo.

REY ENRIQUE Toma.

Intercambian guantes.

WILLIAMS También lo llevaré en mi gorro. Si a partir de mañana te acercas a mí y dices «Ese es mi guante», por esta mano que te aplicaré una bofetada en la oreja.

REY ENRIQUE Si vivo para verlo, lo reclamaré.

WILLIAMS Igual te daría hacerte ahorcar.

REY ENRIQUE Bueno, lo haré aunque te acompañe el rey.

WILLIAMS Mantén tu palabra. Que lo pases bien.

BATES Sean amigos, ingleses tontos, sean amigos. Ya tenemos bastante con las peleas francesas, si hubiera manera de contarlas.

REY ENRIQUE Por cierto, los franceses pueden apostar veinte coronas contra una que nos ganarán, porque las llevan sobre los hombros. Pero para un inglés no es traición cortar coronas francesas, y mañana el propio rey será un cortador.

Salen los soldados.

¡Que eso recaiga sobre el rey!

«Que nuestras vidas, nuestras almas, nuestras deudas, nuestras afligidas esposas, nuestros hijos y nuestros pecados recaigan sobre el rey.»

Tenemos que responder por todo. ¡Ah, condición dura, hermana gemela de la grandeza: sujeta al aliento

de cualquier tonto, cuyos sentidos no pueden sentir más que su propio dolor! ¿Qué infinita serenidad

deben resignar los reyes que gozarán los hombres corrientes?

¿Y qué tienen los reyes que los corrientes no tengan,

salvo la ceremonia, la constante ceremonia? ¿Y qué eres tú, tú, ídolo de la ceremonia? ¿Qué clase de dios eres, que sufres más

las penas de los mortales que tus adoradores? ¿Cuáles son tus rentas? ¿Cuáles tus ingresos? Ah, ceremonia, muéstrame lo que vales. ¿Cuál es la esencia de tu adoración?

¿Eres otra cosa que lugar, grado y forma

que causan temor reverencial y miedo

en otros hombres? Por lo cual eres menos feliz,

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siendo temida, que ellos al temer.

¿Qué bebes a menudo, en vez de dulces homenajes,

sino adulación envenenada? Oh, gran grandeza, enférmate, y pídele a tu ceremonia que te cure. ¿Acaso crees que la fiebre cruel se irá

con solo soplarle títulos adulatorios?

¿Acaso cederá ante las genuflexiones

y reverencias profundas? ¿Acaso tú puedes, cuando mandas en la rodilla del mendigo, mandar también en su salud? No, sueño orgulloso que juegas tan sutilmente con el reposo de un rey; soy un rey que te conoce bien, y sé

que no es la unción, el cetro y la esfera, ni la espada, la maza, la corona imperial, ni el manto entretejido de oro y perlas,

ni los títulos rimbombantes que anteceden al rey, ni el trono en que se sienta, ni la marea de pompa lo que golpea la alta orilla de este mundo:

no, nada de todo esto, tres veces fastuosa ceremonia, nada de todo esto, tendido en el lecho real,

puede dormir tan profundamente como el esclavo miserable que con el cuerpo lleno y el alma vacía

se entrega al descanso, repleto de pan bien ganado

con su esfuerzo; nunca ve la hórrida noche, hija del infierno, sino que, como un lacayo del alba al ocaso

suda bajo los ojos de Febo, y duerme toda la noche en el Elíseo; al día siguiente, después del alba

se levanta y ayuda a Hiperión a montar su caballo, y así sigue a lo largo de todo el año

con provechoso esfuerzo hasta la tumba. Y a no ser por la ceremonia ese miserable,

que pasa los días afanándose y las noches en el sueño, tendría ventaja y superioridad sobre un rey. El esclavo, integrante de la paz del país,

la disfruta, pero a su opaco cerebro poco le importa qué vigilia ha mantenido el rey para conservar la paz cuyas horas aprovecha mejor el aldeano.

Entra

sir Thomas ERPINGHAM.

ERPINGHAM Señor mío, sus nobles, ansiosos por su ausencia

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buscan por el campamento para encontrarlo.

REY ENRIQUE Reúnelos a todos en mi tienda, mi buen caballero, llegaré a ella antes que tú.

ERPINGHAM Así lo haré, mi señor.

Sale.

REY ENRIQUE Oh, dios de las batallas, reviste de acero

el corazón de mis soldados. No dejes que el miedo los posea. Quítales ya la facultad de contar, si el número de enemigos va a hacerles perder el ánimo. Hoy, oh, Señor, no te acuerdes, no, de la falta

que cometió mi padre al ceñirse la corona. He enterrado de nuevo el cadáver de Ricardo, y sobre él he vertido más lágrimas contritas

que las gotas de sangre que brotaron de él por la fuerza.

Mantengo al año a quinientos pobres

que dos veces al día alzan sus manos marchitas

al cielo para pedir perdón por la sangre. Y he construido dos capillas, donde sacerdotes tristes y solemnes cantan de continuo por el alma de Ricardo. Haré más, aunque todo cuanto pueda hacer no vale nada, porque mi penitencia, que implora perdón, llega después del mal.

Entra

el duque de GLOUCESTER.

GLOUCESTER Majestad.

REY ENRIQUE ¿Es la voz de mi hermano Gloucester? Sí.

Conozco tu mensaje; iré contigo.

El día, amigos míos, y todas las cosas me esperan.

Salen.

ESCENA II

Entran los duques de BORBÓN y de ORLEANS,

y lord RAMBURES.

ORLEANS El sol dora nuestras armaduras. ¡Arriba, mis señores!

BORBÓN Monte cheval! ¡Mi caballo! Valet, lacquais! ¡Eh!

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ORLEANS ¡Oh, espíritu valiente!

BORBÓN Via les eaux et terre!

ORLEANS Rien plus? L‘air et feu!

BORBÓN Cieux, primo Orleans!

Entra el CONDESTABLE.

¡Hola, mi señor condestable!

CONDESTABLE Escuchen cómo relinchan nuestros corceles por entrar en servicio.

BORBÓN Móntenlos y háganles tajos en los flancos

para que su sangre ardiente salpique los ojos de los ingleses y apague su coraje superfluo. ¡Ah!

RAMBURES ¿Qué: quieren que lloren la sangre de nuestros caballos?

¿Cómo contemplaremos entonces sus lágrimas naturales?

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO

Pares franceses, los ingleses están alineados para la batalla.

CONDESTABLE

¡A los caballos, príncipes valientes, a los caballos enseguida! Bastará que miren a esa pobre banda muerta de hambre para que el espléndido aspecto de ustedes les sorba el alma no dejando más que la cáscara y la corteza de hombres.

No hay trabajo suficiente para todas nuestras manos. En sus venas enfermizas apenas hay bastante sangre para dejar una mancha en cada puñal desnudo

que nuestros bravos franceses desenvainen hoy y vuelvan a envainar por falta de acción. En cuanto soplemos sobre ellos,

el hálito de nuestro coraje los derribará.

Es evidente sin ninguna excepción, señores,

que nuestros lacayos sobrantes y nuestros campesinos, que en acción innecesaria hormiguean alrededor de nuestros batallones, bastarían

para purgar este campo de un enemigo tan incapaz de nada, aunque nosotros nos quedáramos al pie de esta montaña parados cerca en ociosa y trivial conversación.

Pero nuestro honor no lo permite. ¿Qué queda por decir?

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Hagamos poco, poquitísimo

y todo estará hecho, después… que suenen las trompetas con el estruendoso llamado a montar,

porque bastará acercarnos para paralizarlos de terror y que Inglaterra se tienda de miedo y se rinda.

Entra lord GRANDPRÉ.

GRANDPRÉ ¿Por qué tardan tanto, señores de Francia? Estas carroñas isleñas, negligentes de sus huesos, mal combinan con el campo mañanero.

Sus cortinas andrajosas flamean tristemente y nuestro aire las sacude con desdén al pasar. El poderoso Marte parece en quiebra

en su ejército mendigo y espía débilmente por la mirilla de un casco herrumbroso.

Los jinetes están como candelabros inmóviles con cirios en las manos, y sus pobres matungos doblan la cabeza, colgantes la piel y los flancos; de sus ojos de palidez mortal caen legañas y en sus bocas lívidas y opacas el freno

está sucio de hierba masticada, quieto e inmóvil.

Y sus verdugos, los cuervos bribones,

vuelan impacientes sobre ellos esperando su hora. No puede hacerse en palabras una descripción que muestre la vitalidad de semejante ejército, tan inerte se muestra en vida.

CONDESTABLE Han dicho sus oraciones, y esperan la muerte.

BORBÓN ¿Les enviamos víveres y trajes nuevos, damos forraje a sus caballos en ayuno

y después luchamos con ellos?

CONDESTABLE Solo espero a mi estandarte. ¡Al ataque!

Tomaré la bandera de un trompeta

y la usaré en mi prisa. ¡Vamos, vamos adelante! El sol está alto, y estamos desperdiciando el día.

Salen.

ESCENA III

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Entran los duques de GLOUCESTER, CLARENCE y EXETER, los condes de SALISBURY y WARWICK, y sir Thomas ERPINGHAM con toda su hueste.

GLOUCESTER ¿Dónde está el rey?

CLARENCE El rey ha cabalgado en persona a ver el ejército enemigo.

WARWICK Tienen al menos sesenta mil combatientes.

EXETER Nos superan cinco a uno. Además, están todos descansados.

SALISBURY ¡Que el brazo de Dios golpee con nosotros!

Es una proporción terrible.

Dios los acompañe, príncipes. Voy a mi puesto. Si no volvemos a encontrarnos sino en el cielo, entonces, alegremente, mi noble señor de Clarence, mi querido señor Gloucester, mi buen lord Exeter,

y (a WARWICK) mi buen pariente, guerreros todos, adiós.

CLARENCE Adiós, buen Salisbury, y que la buena suerte te acompañe.

EXETER Adiós, buen señor. Lucha hoy con valentía; aunque hago mal en recordártelo

porque estás hecho de auténtico coraje.

Sale SALISBURY.

CLARENCE Está tan lleno de coraje como de bondad.

Es un príncipe en ambas cosas.

Entra el REY ENRIQUE,

detrás.

WARWICK ¡Ah, ojalá tuviéramos aquí

la diezmilésima parte de los hombres de Inglaterra que hoy no trabajan!

REY ENRIQUE ¿Quién es el que desea eso?

¿Mi primo Warwick? No, mi muy buen primo. Si estamos marcados para morir, somos bastantes

para que nuestro país sienta la pérdida; y si es para vivir, cuantos menos hombres, más grande la porción de honor. Te ruego, por Dios, que no desees un solo hombre más. Por Júpiter, no soy codicioso con el oro,

ni me importa a quién alimento a costa mía; no me importa que otros usen mis prendas: en mis deseos no entran esas cosas exteriores. Pero si codiciar el honor es un pecado

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soy el alma más pecadora que existe.

No, primo, a fe mía, no desees un hombre más de Inglaterra. Por la paz de Dios, no querría perder tan gran honor como creo que un hombre más compartiría conmigo,

ni por la mejor de las esperanzas. Ah, no deseo uno más.

Más bien proclama pronto entre mis huestes

que a quien no tenga estómago para este combate, lo dejen partir. Que le den su pasaporte

y le pongan coronas en la bolsa para el viaje.

No querríamos morir en compañía de ese hombre que teme morir como compañero nuestro. Al día de hoy le llaman de San Crispín.

El que lo sobreviva y vuelva a casa sano y salvo se alzará en puntas de pie cuando nombren este día

y ante el nombre de San Crispín se hinchará de orgullo.

Quien quede vivo hoy y llegue a la vejez,

cada año, en la víspera de ese día, invitará a sus vecinos diciendo: «Mañana es San Crispín».

Después se arremangará para mostrar sus cicatrices

y dirá: «Estas heridas las recibí el día de San Crispín».

Los viejos olvidan; todo será olvidado,

pero él recordará con satisfacción

las proezas de este día. Entonces nuestros nombres serán familiares a su boca como palabras cotidianas: el rey Harry, Bedford y Exeter,

Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester,

seremos recordados de nuevo entre copas rebosantes.

El buen hombre enseñará esta historia a su hijo,

y de aquí hasta el fin del mundo

el día de San Crispín y Crispiniano nunca pasará sin que en esa historia seamos recordados nosotros, estos pocos, felices pocos, nuestra banda de hermanos. Porque quien hoy derrame su sangre conmigo

será mi hermano; por muy ruin que sea, este día habrá de ennoblecerlo.

Y los caballeros de Inglaterra que están ahora en sus camas se considerarán malditos por no haber estado aquí,

y tendrán en poco su valor cuando hable alguno que combatió con nosotros el día de San Crispín.

Entra el conde de SALISBURY.

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SALISBURY Mi soberano señor, ven rápido.

Los franceses ya están en brava formación de combate y van a cargar sobre nosotros sin dilación.

REY ENRIQUE Todo está preparado si lo están nuestros ánimos.

WARWICK Que muera el hombre cuyo ánimo se eche atrás ahora.

REY ENRIQUE ¿No deseas más refuerzos de Inglaterra, primo?

WARWICK ¡Que se haga la voluntad de Dios, majestad,

aun cuando tú y yo solos, sin más ayuda, tuviéramos que luchar en esta batalla majestuosa!

REY ENRIQUE Caramba, ya has dejado de desear cinco mil hombres, lo que me gusta más que desear solo uno más.

Todos conocen sus puestos. Dios sea con ustedes.

Trompetas.

Entra MONTJOY.

MONTJOY Una vez más vengo a saber de ti, rey Harry, si no quieres tratar tu rescate ahora

antes de tu muy segura derrota.

Pues ciertamente estás tan cerca del abismo

que por fuerza serás engullido. Además, por piedad, el condestable desea que invites al arrepentimiento a tus seguidores, para que sus almas puedan hacer una retirada dulce y pacífica

de estos campos donde sus pobres cuerpos, desdichados, han de caer y pudrirse.

REY ENRIQUE ¿Y ahora quién te envía?

MONTJOY El condestable de Francia.

REY ENRIQUE Te ruego que vuelvas con mi anterior respuesta.

Diles que acaben conmigo, y después vendan mis huesos.

Buen Dios, ¿por qué se burlan así de la pobre gente?

El hombre que una vez vendió la piel del león antes de matarlo, murió al fin mientras lo cazaba. Sin duda muchos de nuestros cuerpos

tendrán sus tumbas donde nacieron; y sobre ellas, espero, veremos vivir en bronce los actos de este día. Y quienes dejen sus huesos valientes en Francia, muriendo como hombres, aunque enterrados en basurales

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tendrán fama. Porque allí los saludará el sol y se llevará al cielo su honor

dejando las partes terrenas para infectar este clima, con un hedor que causará en Francia una peste. Vean, pues, cuánto valor hay de sobra en los ingleses, que, estando muertos, como el rebote de las balas pueden crear una segunda trayectoria de destrucción y desatar una segunda ola de mortalidad.

Permíteme hablar con orgullo. Dile al condestable que solo somos guerreros en los días de trabajo. Nuestros colores y dorados están sucios

de marchas bajo la lluvia en estos campos penosos.

No hay una sola pluma en nuestro ejército:

buena prueba, espero, de que no huiremos volando

y el tiempo nos ha estropeado los equipos.

Pero, por la misa, llevamos el corazón engalanado.

Y mis pobres soldados me dicen que, antes de caer la noche, tendrán ropas más limpias, ya que sacarán por la cabeza las alegres chaquetas nuevas a los soldados franceses y las pasarán a otro uso. Si lo hacen

(y si Dios quiere lo harán), entonces mi rescate será reunido enseguida. Heraldo, ahórrate trabajo. No vengas más por el rescate, amable heraldo.

Juro que no tendrán ustedes otro que mis coyunturas; si las reciben como voy a dejárselas

les serán de poco provecho. Díselo al condestable.

MONTJOY Así lo haré, rey Harry. Y ahora adiós.

No volverás a oír al heraldo.

Sale MONTJOY.

Entra el duque de YORK.

YORK Señor mío, te ruego humildemente de rodillas

que me des el mando de la vanguardia.

REY ENRIQUE Tómalo, bravo York. Ahora soldados, adelante.

Y tú, Dios, dispón del día como te plazca.

Salen.

ESCENA IV

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Trompetas. Escaramuzas.

Entran PISTOLA, un SOLDADO FRANCÉS

y el MUCHACHO.

PISTOLA ¡Ríndete, perro!

SOLDADO FRANCÉS Je pense que vous êtes le gentilhomme de bon qualité.

PISTOLA Qualité? «Calin o custure me!»[25] ¿Eres caballero? ¿Cómo te llamas? Habla.

SOLDADO FRANCÉS O Seigneur Dieu!

PISTOLA (Aparte.) O señer Dié debe ser un caballero. Sopesa mis palabras, O señer Dié, y fíjate: morirás a punta de espada, O señer Dié, salvo, O señer Dié, que me des

un egregio rescate.

SOLDADO FRANCÉS O prenez miséricorde! Ayez pitié de moi!

PISTOLA Un «moá» no sirve, o me das cuarenta o te saco la tripa por la garganta

en gotas de sangre roja.

SOLDADO FRANCÉS Est-il impossible d’échapper la force de ton bras? PISTOLA ¿Ofreces grasa, perro? Maldita cabra lujuriosa,

¿me ofreces grasa?

SOLDADO FRANCÉS O pardonne-moi!

PISTOLA ¿Conque eso dices? ¿Un tonel de «moás»?

Acércate, muchacho. Pregúntame en francés a este esclavo cómo se llama.

MUCHACHO Écoutez: comment êtes-vous appelé?

SOLDADO FRANCÉS Monsieur Le Fer.

MUCHACHO Dice que se llama señor Hierro.

PISTOLA ¿Señor Hierro? Yo lo herraré, lo rascaré y lo freiré. Dile eso mismo en francés.

MUCHACHO No sé cómo se dice en francés herraré, rascaré y freiré.

PISTOLA Dile que se prepare, porque le cortaré la garganta.

SOLDADO FRANCÉS Que dit-il, monsieur?

MUCHACHO Il me commande à vous dire que vous faites vous prêt, car ce soldat ici

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est disposé tout à cette heure de couper votre gorge.

PISTOLA Oui, couper la gorge, par ma foi, paisano; a menos que des coronas, buenas coronas, quedarás mutilado por esta espada mía.

SOLDADO FRANCÉS O je vous supplie, pour l’amour de Dieu, me pardonner. Je suis le gentilhomme de bonne maison. Gardez ma vie, et je vous donnerai deux cents écus.

PISTOLA ¿Qué dice?

MUCHACHO Le ruega que le perdone la vida. Es un caballero de buena familia, y le dará a usted como rescate doscientas coronas.

PISTOLA Dile que mi furia se aplacará,

y que tomaré las coronas.

SOLDADO FRANCÉS Petit monsieur, que dit-il?

MUCHACHO Encore qu’il est contre son jurement de pardonner aucun prisonnier; néanmois, pour les écus que vous lui ci promettez, il est content à vous donner la liberté, le franchisement.

SOLDADO FRANCÉS (Arrodillándose ante PISTOLA.) Sur mes genoux je vous donne mille remerciements, et je m’estime heureux que j’ai tombé entre les mains d’un chevalier, comme je pense, le plus brave, vaillant, et trésdistingué seigneur d’Angleterre.

PISTOLA Explícamelo, muchacho.

MUCHACHO Le da mil gracias de rodillas, y se considera feliz de haber caído en las manos de alguien que, según él, es el más valiente y valeroso y tres veces digno señor de Inglaterra.

PISTOLA Como que chupo sangre que mostraré cierta piedad. Sígueme.

MUCHACHO Suivez-vous le grand capitaine.

Salen PISTOLA

y el SOLDADO FRANCÉS.

Nunca vi salir una voz tan plena de un pecho tan vacío. Pero el dicho es cierto: «El cántaro vacío es el que más suena». Bardolph y Nim tienen diez veces más valor que este demonio rugidor de la vieja comedia, al que cualquiera podría cortar las uñas con un puñal de madera, y los dos están ahorcados; y también lo estaría este, si se hubiera atrevido a robar algo con riesgo. Debo quedarme con los lacayos que cuidan el equipo de nuestro campamento. Los franceses podrían hacerse de un buen botín a costa

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nuestra, si supieran dónde está, porque solo lo custodian unos muchachos.

Sale.

ESCENA V

Entran el CONDESTABLE, los duques de ORLEANS

y BORBÓN, y lord Rambures.

CONDESTABLE O diable!

ORLEANS O Seigneur! Le jour est perdu, tout est perdu!

BORBÓN Mort de ma vie! ¡Está todo perdido, todo!

El oprobio y la vergüenza eterna

se sientan burlones sobre nuestros penachos.

Breve ruido de armas.

O méchante fortune! (A RAMBURES.) No huyas.

ORLEANS Aún quedamos suficientes vivos en el campo para sofocar a los ingleses en nuestra multitud, si pudiera pensarse en algún orden.

BORBÓN Que el diablo haga orden. ¡Volvamos otra vez!

Y quien no siga a Borbón ahora,

que se vaya a casa y, sombrero en mano,

como un vulgar alcahuete guarde la puerta del cuarto donde un esclavo tan ruin como mi perro deshonra a su hija más hermosa.

CONDESTABLE

El desorden que ha sido nuestra ruina nos favorece ahora.

Vayamos a ofrendar nuestras vidas a montones.

BORBÓN Me mezclaré con la multitud.

Acortemos la vida, para que no se alargue la vergüenza.

Salen.

ESCENA VI

Trompetas.

Entran el REY ENRIQUE y su séquito

con prisioneros.

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REY ENRIQUE Lo hicimos bien, tres veces valientes compatriotas. Pero no todo ha terminado; los franceses siguen dominando el campo.

EXETER El duque de York saluda a su majestad.

REY ENRIQUE ¿Vive, buen tío? En la última hora lo vi caer tres veces y tres veces volver a levantarse y luchar.

Lo cubría la sangre, del casco hasta la espuela.

EXETER En ese atuendo está tendido el valiente, abonando la llanura. Y a su sangriento lado, camarada suyo en heridas honorables, yace también el noble conde de Suffolk. Suffolk murió primero, y York, todo tajeado, se acerca a él, donde yacía hundido en sangre, y lo toma de la barba, besa las heridas

que le bostezan sangrientas en el rostro,

y en voz alta grita: «Espera, querido primo Suffolk, mi alma acompañará a la tuya hasta el cielo.

Espera, dulce alma, a la mía; después volemos juntos, como juntos mantuvimos nuestro don de caballeros en este campo glorioso y bien peleado».

Al oír estas palabras me acerqué y quise animarlo.

Me sonrió mirándome, me tendió la mano

y con un débil apretón dijo: «Mi querido señor, recuerda el servicio que presté a mi soberano». Luego se volvió, y rodeó el cuello de Suffolk con el brazo herido, y le besó los labios,

y así, casado con la muerte, selló con sangre un testamento de amor noblemente terminado. La forma hermosa y dulce en que lo hizo forzó en mí las aguas que habría contenido. Pero no me quedaba bastante de hombre,

y todo lo que había en mí de madre me subió a los ojos y me entregó a las lágrimas.

REY ENRIQUE No te censuro,

porque al oírte debo forzar a controlarse

a mis ojos nublados, o también ellos se derramarán.

Clamor.

Pero oye, ¿qué es ese ruido de armas?

Los franceses han reunido a sus hombres dispersos.

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Cada soldado debe pues matar a sus prisioneros.

Los soldados matan a sus prisioneros.

Haz correr la orden.

PISTOLA Coup’ la gorge.

Salen.

ESCENA VII

Entran los capitanes FLUELLEN y GOWER.

FLUELLEN ¡Matar a los muchachos y el equipo! Eso va expresamente contra las leyes de las armas. Es la más consumada rufianería, fíjese bien, que puede concebirse. Dígame a plena conciencia, ¿es así o no es así?

GOWER Es cierto que no queda un solo muchacho vivo. Y los que han hecho esta matanza son los granujas cobardes que huyeron del campo de batalla. Además, han quemado la tienda del rey y se han llevado todo lo que había; ante lo cual el rey muy justamente ha ordenado que cada soldado le corte la garganta a su prisionero. Este sí que es un rey valiente.

FLUELLEN Sí, nació en Monmouth. Capitán Gower, ¿cómo se llama la ciudad donde nació Alejandro el Gordo?

GOWER Alejandro el Grande.

FLUELLEN Caramba, por favor, ¿acaso decir gordo no es decir grande? El gordo o el grande o el poderoso o el enorme o el magnánimo son lo mismo, salvo que la frase queda un poco variada.

GOWER Creo que Alejandro el Grande nació en Macedonia. Su padre era Filipo de Macedonia, según tengo entendido.

FLUELLEN Creo que es en Macedonia donde nació Alejandro. Creo, capitán, que si se fija en los mapas del mundo le garanto que descubrirá, comparando a Macedonia con Monmouth, que las situaciones, si se fija bien, son muy parecidas. En Macedonia hay un río, y también hay un río en Monmouth. En Monmouth se llama Wye, pero queda fuera del alcance de mis sesos cómo se llama el otro río; de todos modos es lo mismo. Se parecen como mis dedos a mis dedos, y hay salmones en los dos. Si se fija bien en la vida de Alejandro, la vida de Harry de Monmouth la sigue indiferentemente bien. Porque hay parecidismos en todas las cosas. Dios sabe, y usted también, que Alejandro, en sus rabietas y malos humores y disgustos y en

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sus indignaciones, y también por tener un poco intoxicado el cerebro, en sus beberajes y furores, fíjese bien, mató a su mejor amigo, Clito…

GOWER En eso nuestro rey no se le parece. Él nunca mató a un amigo.

FLUELLEN No está bien, le hago notar, quitarme el cuento de la boca antes de haberlo acabado y liquidado. Hablo solo por parecidismos y comparancias. Así como Alejandro mató a su amigo Clito, estando en beberaje y copas, así también Harry de Monmouth, estando en su sano juicio y bien razonante, echó al caballero gordo del jubón y la gran barriga: aquel de las bromas y burlas… he olvidado cómo se llamaba.

GOWER Sir John Falstaff.

FLUELLEN Ese mismo. Se lo digo: hay buenos hombres nacidos en Monmouth.

GOWER Ahí viene su majestad.

Trompetas.

Entran el REY ENRIQUE y el ejército inglés

con el duque de Borbón, el duque de Orleans

y otros prisioneros. Fanfarria.

REY ENRIQUE Desde que llegué a Francia no he sentido furia hasta este instante. Toma a un trompeta, heraldo: cabalga hasta aquellos jinetes de la colina.

Si van a luchar con nosotros, ordénales que bajen o despejen el campo: ofenden nuestra vista.

Si no hacen ninguna de ambas cosas, iremos a buscarlos y los haremos escurrirse tan rápido como piedras lanzadas por antiguas hondas asirias.

Además les cortaremos la garganta a estos que tenemos, y ni un solo hombre de los que hemos atrapado saboreará nuestra clemencia. Ve a decírselo.

Entra MONTJOY.

EXETER Aquí viene el heraldo de los franceses, majestad.

GLOUCESTER Tiene una mirada más humilde que de costumbre.

REY ENRIQUE

¿Qué pasa, heraldo, qué significa esto? ¿Acaso no sabes que he comprometido mis huesos como rescate? ¿Vuelves otra vez a pedírmelo?

MONTJOY No, gran rey.

Vengo a ti a pedirte licencia piadosa

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para que podamos recorrer este campo ensangrentado para contar nuestros muertos y después enterrarlos, y para separar a los nobles de los simples soldados: porque muchos de nuestros príncipes, oh, desdicha, están empapados y ahogados en sangre mercenaria. Del mismo modo nuestros plebeyos

mojan sus aldeanos miembros en sangre de príncipes, y nuestros corceles heridos patalean

hundidos hasta el pecho en sangre, y con loca rabia sacuden los cascos herrados contra sus amos muertos, matándolos dos veces. Ah, danos permiso, gran rey para recorrer el campo seguros, y disponer de sus cadáveres.

REY ENRIQUE Te digo francamente, heraldo, que no sé si la victoria es nuestra o no,

porque aún muchos jinetes de los tuyos se asoman y galopan por el campo.

MONTJOY La victoria es tuya.

REY ENRIQUE Alabado sea Dios por ello, y no nuestra fuerza.

¿Cómo se llama ese castillo que se alza aquí cerca?

MONTJOY Lo llaman Agincourt.

REY ENRIQUE Entonces llamaremos a esta la batalla de Agincourt, combatida el día de San Crispín y San Crispiniano.

FLUELLEN Su abuelo de usted de famosa memoria, con licencia de su majestad, y su bisabuelo Eduardo el Príncipe Negro de Gales, según leí en las crónicas, libraron aquí en Francia una muy brava batalla.

REY ENRIQUE Lo hicieron, Fluellen.

FLUELLEN Su majestad dice mucha verdad. Si es que sus majestades lo recuerdan, los galeses se portaron muy bien en un huerto donde crecían puerros, al llevar puerros en sus sombreros de Monmouth; y según sabe su majestad, el puerro hoy sigue siendo una honorable divisa de valor. Y creo que su majestad no desdeñará llevar los puerros el día de San David.

REY ENRIQUE Lo llevo en recuerdo honorable; porque ya sabes que soy galés, buen compatriota.

FLUELLEN Toda el agua del Wye no lavaría la sangre galesa del cuerpo de su majestad, puedo asegurarlo. Dios la bendiga y la conserve, mientras le

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plazca a su gracia y a su majestad también.

REY ENRIQUE Gracias, mi buen compatriota.

FLUELLEN Por Jesús, que soy compatriota de su majestad, no me importa quién lo sepa, lo confesaré al mundo entero. No necesito avergonzarme de su majestad, alabado sea Dios, mientras su majestad sea un hombre honesto.

REY ENRIQUE Dios quiera conservarme así.

Entra WILLIAMS con un guante en el gorro.

Que nuestros heraldos lo acompañen.

Tráiganme la cantidad exacta de muertos

de ambos bandos.

Salen MONTJOY, GOWER

y un heraldo inglés.

Llamen a aquel camarada.

EXETER (A WILLIAMS.) Soldado, tienes que venir a ver al rey.

REY ENRIQUE Soldado, ¿por qué llevas ese guante en el gorro?

WILLIAMS Si a su majestad no le disgusta, es de alguien con quien debería luchar, si es que está vivo.

REY ENRIQUE ¿Un inglés?

WILLIAMS Si a su majestad no le disgusta, es un bribón que peleó conmigo anoche: a quien, si está vivo, y se atreve a reconocer este guante, he jurado darle una bofetada en la oreja; y si diviso mi guante en el gorro de él (que él juró, como soldado que era, llevar si vivía) se lo quitaré directamente a golpes.

REY ENRIQUE ¿Qué piensa usted, capitán Fluellen? ¿Es adecuado que este soldado mantenga su juramento?

FLUELLEN Si no, es un cobarde y un villano además; lo digo a conciencia, si a su majestad no le disgusta.

REY ENRIQUE Puede ocurrir que su enemigo sea un caballero de alto rango, que esté libre de responder a lo convenido.

FLUELLEN Aunque sea de rango tan alto como el diablo, como el mismo Lucifer o Belcebú, es necesario, fíjese bien su alteza, que mantenga su juramento. Si perjurase, fíjese bien, su reputación sería como la del más grande granuja y villano que haya posado un zapato negro sobre el suelo de Dios y en su tierra, lo digo a conciencia.

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REY ENRIQUE Entonces mantenga el juramento, amigo, cuando encuentre a ese hombre.

WILLIAMS Así lo haré, majestad, mientras viva.

REY ENRIQUE ¿A las órdenes de quién sirves?

WILLIAMS A las del capitán Gower, majestad.

FLUELLEN Gower es un buen capitán, y un buen conocedor y erudito en guerras.

REY ENRIQUE Dile que venga a verme, soldado.

WILLIAMS Lo haré, majestad.

Sale.

REY ENRIQUE Escuche, Fluellen, hágame este favor. (Le da el otro guante de Williams.) Lleve esta prenda por mí; póngasela en el gorro. Cuando Alençon y yo caímos juntos, recogí este guante de su yelmo. Si alguien lo reclama, es amigo de Alençon y enemigo de nuestra persona. Si encuentra a alguien así, deténgalo usted, si me tiene afecto.

FLUELLEN Su majestad me hace honores tan grandes como pueda desear el corazón de sus súbditos. Me gustaría ver al hombre de dos piernas que se sienta agraviado por este guante, eso es todo; pero me gustaría verlo una vez. Quiera Dios en su bondad que yo lo vea.

REY ENRIQUE ¿Conoce a Gower?

FLUELLEN Es un querido amigo mío, si a usted no le disgusta.

REY ENRIQUE Le ruego que vaya a buscarlo y lo traiga a mi tienda.

FLUELLEN Lo traeré.

Sale.

REY ENRIQUE Lord Warwick y hermano Gloucester,

sigan a Fluellen pisándole los talones.

El guante que le di como prenda

puede valerle un buen golpe en la oreja.

Es del soldado. Según el acuerdo, debiera

llevarlo yo mismo. Síguelo, buen primo Warwick.

Si el soldado lo golpea, ya que juzgo por su aspecto que cumplirá su palabra, puede producirse alguna desgracia violenta, porque sé que Fluellen es bravo

y, tocado por la cólera, caliente como la pólvora,

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y listo a devolver con rapidez una ofensa.

Síguelo, y cuida que no haya daño entre ellos.

Tú, tío Exeter, ven conmigo.

Salen.

ESCENA VIII

Entran el capitán GOWER y WILLIAMS.

WILLIAMS Le garanto que es para hacerlo caballero, capitán.

Entra el capitán FLUELLEN.

FLUELLEN Por la voluntad de Dios y su placer, capitán, le ruego que vaya enseguida a ver al rey. Tal vez saque usted más provecho que el que pueda soñar.

WILLIAMS Señor, ¿conoce este guante?

FLUELLEN ¿Conocer el guante? Sé que el guante es un guante.

WILLIAMS Yo lo conozco (arrancando el guante del gorro de Fluellen) y lo reclamo.

Golpea a FLUELLEN.

FLUELLEN ¡Sangre de Dios! Un rufián traidor donde los haya en el mundo universal, o en Francia, o en Inglaterra.

GOWER (A WILLIAMS.) ¿Cómo es eso, señor? ¡Villano!

WILLIAMS ¿Se cree que soy un perjuro?

FLUELLEN Apártese, capitán Gower. Pagaré a la traición con golpes, se lo garanto.

WILLIAMS No soy ningún traidor.

FLUELLEN Miente tu garganta. Te acuso en nombre de su majestad, préndanlo. Es amigo del duque de Alençon.

Entran el conde de WARWICK

y el duque de Gloucester.

WARWICK ¿Qué pasa, qué pasa, cuál es el problema?

FLUELLEN Lord Warwick, aquí tiene (alabado sea Dios por ello) una traición de lo más contagiosa tan expuesta a luz, fíjese bien, como podría uno desearlo en un día de verano.

Entran el REY ENRIQUE

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y el duque de EXETER.

Aquí está su majestad.

REY ENRIQUE ¿Qué pasa, cuál es el problema?

FLUELLEN Majestad, aquí tenemos un villano y traidor que, fíjese su gracia, ha golpeado el guante que su majestad tomó del casco de Alençon.

WILLIAMS Majestad, ese guante era mío, aquí está su pareja, y el hombre a quien se lo di a cambio prometió llevarlo en su gorro. Yo le prometí golpearlo si lo hacía. Encontré a este hombre con mi guante en el gorro, y cumplí mi palabra.

FLUELLEN Su majestad oye ahora, con el respeto a la hombría de su majestad, qué bribón mendigante y atroz es este piojoso. Espero que su majestad me dé testimonio y atestigüe y pruebe que este es el guante de Alençon que su majestad me dio, en su conciencia ahora.

REY ENRIQUE

Dame el guante, soldado. Aquí está su compañero, mira.

Por cierto, fue a mí a quien prometiste golpear,

y me trataste con palabras muy duras.

FLUELLEN Si a su majestad no le disgusta, que el cuello de este responda, si es que existe ley marcial en el mundo.

REY ENRIQUE ¿Cómo puedes darme satisfacción?

WILLIAMS Señor, todas las ofensas salen del corazón. Del mío nunca ha salido ninguna que pudiera ofender a su majestad.

REY ENRIQUE Fue a nosotros que insultaste.

WILLIAMS Su majestad no se presentó como él mismo. Se me apareció como un hombre común. Lo prueban la noche, sus prendas, su humildad. Y lo que su alteza sufrió bajo esa forma, le ruego que lo considere como culpa vuestra, y no mía, porque si hubiera sido el que yo creí, no cometí ofensa. Por lo tanto le ruego a su alteza que me perdone.

REY ENRIQUE Acércate, tío Exeter, llena este guante de coronas y dáselo a este hombre. Guárdalo, amigo,

y llévalo como signo de honor en tu gorro hasta que yo lo reclame. Dale las coronas. Y, capitán, debe usted hacer las paces con él.

FLUELLEN Por este día y esta luz que este tipo tiene ánimo suficiente en la tripa. Toma, aquí tienes doce peniques para ti, y te ruego que sirvas a Dios, y te

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mantengas lejos de riñas, de querellas, de peleas y de discusiones, y te aseguro que más te vale.

WILLIAMS No quiero saber nada de tu dinero.

FLUELLEN Es de buena voluntad, puedo asegurártelo, te servirá para remendarte los zapatos. Vamos, ¿por qué ser tan pedante? Llevas los zapatos rotos. Es un buen chelín, te lo garanto; si no, te lo cambio.

Entra

un HERALDO inglés.

REY ENRIQUE Y bien, heraldo, ¿se han contado los muertos?

HERALDO Aquí está la cantidad de franceses muertos.

REY ENRIQUE Tío, ¿que prisioneros notables hemos tomado?

EXETER Carlos, duque de Orleans, sobrino del rey; Juan, duque de Borbón, y el señor de Boucicault; más sus buenos mil quinientos señores y barones, caballeros e hidalgos, sin contar los plebeyos.

REY ENRIQUE Esta lista me habla de diez mil franceses muertos en el campo de batalla. De ese número yacen allí ciento veintiséis príncipes

y nobles portaestandartes; hay que agregar ocho mil cuatrocientos caballeros, escuderos y valientes señores, quinientos de los cuales fueron ungidos caballeros ayer mismo.

Así que en estos diez mil que han perdido hay apenas mil seiscientos mercenarios:

el resto son príncipes, barones, señores, caballeros, escuderos e hidalgos de buena sangre y estirpe.

Los nombres de sus nobles muertos son: Charles Delabret, gran condestable de Francia; Jacques Châtillon, almirante de Francia;

el jefe de los ballesteros, señor de Rambures;

el gran maestre de Francia, bravo señor Guiscard Dauphin; Jean, duque de Alençon; Antonio, duque de Brabante, hermano del duque de Borgoña; y Eduardo, duque de Bar. Entre los valiente condes: Grandpré y Roussi,

Fauconbridge y Foix, Beaumont y Marle, Vaudemont y Lestrelles.

He aquí una asamblea real de muertos.

¿Dónde está la lista de nuestros muertos ingleses?

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Le entregan otro papel.

Eduardo duque de York, el conde de Suffolk, sir Ricardo Keighley y Davy Gam, escudero; nadie más de nombre ilustre, y de todos los demás solo veinticinco. Oh, Dios, Tu brazo estuvo aquí, y no a nosotros, sino solo a Tu brazo

lo atribuimos todo. ¿Cuándo si no, sin estratagema, choque frontal y en el juego limpio de la batalla, se oyó hablar de pérdida tan grande y tan pequeña, de un lado y del otro? Acepta la gloria, Dios, porque no pertenece sino a Ti.

EXETER Es maravilloso.

REY ENRIQUE Vengan, marchemos en procesión a la aldea,

y que se proclame en nuestro ejército que hay pena de muerte para quien se jacte de esto, o mezquine a Dios la alabanza que solo a Él pertenece.

FLUELLEN ¿ No es justo, si a su majestad no le disgusta, decir cuántos hombres murieron?

REY ENRIQUE Sí, capitán, pero con este reconocimiento:

que Dios ha combatido por nosotros.

FLUELLEN Sí, lo digo a conciencia; nos hizo un gran bien.

REY ENRIQUE Cumplamos todos los ritos sagrados: que se canten el Non nobis y el Te Deum; que entierren con piedad a los muertos;

y luego a Calais, y después a Inglaterra,

donde nunca llegaron de Francia hombres tan felices.

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QUINTO ACTO

Entra el CORO.

CORO Que quienes no han leído la historia me permitan hacerles de apuntador; y a quienes sí lo han hecho les ruego humildemente que acepten la disculpa

por el tiempo, los números, y el debido curso de las cosas, que no pueden presentarse aquí en su enorme y viviente realidad.

Ahora llevamos el rey hacia Calais.

Supongan que ya está allí; una vez que lo hayan visto, transpórtenlo en sus alados pensamientos a través del mar. Miren: la playa inglesa

bordea las olas con una empalizada de hombres, doncellas, esposas y niños, cuyos gritos y palmadas sofocan la profunda voz del mar,

que como un heraldo precede al rey

y le prepara el camino. Permítanle pues desembarcar y véanlo solemnemente instalado en Londres.

Tan veloz marcha el pensamiento, que ahora mismo pueden imaginarlo ya en Blackheath,

donde sus nobles quieren que delante de él se lleve su casco abollado y su espada doblada

a través de la ciudad; él lo prohíbe, porque está libre de vanidad y del orgullo de la propia gloria; y entrega todo trofeo,

todo honor y ostentación, no a sí mismo sino a Dios.

Pero ahora observen en la forja vivaz y el taller

del pensamiento cómo Londres vuelca sus ciudadanos. El alcalde y sus concejales, con su mejor atavío, como los senadores de la antigua Roma con los plebeyos siguiéndolos en enjambre,

salen y buscan a su César conquistador para recibirlo.

Así sería recibido el general de nuestra graciosa emperatriz, por dar un ejemplo semejante aunque menor y caro

a nuestro corazón, si ahora (como puede ocurrir un día) regresara de Irlanda con la rebelión ensartada en su acero. ¡Cuántos abandonarían la ciudad pacífica

para darle la bienvenida! Mucho más, y con mucho más motivo, hicieron aquellos por Harry. Ahora pónganlo en Londres:

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donde la aún lamentable situación de los franceses invita al rey de Inglaterra a quedarse a gusto.

El emperador viene a hablar en favor de Francia para establecer la paz entre ellos:

omitan todos los hechos que puedan haber ocurrido hasta el regreso de Harry a Francia.

Allí debemos llevarlo, y yo he representado

el intermedio haciéndoles recordar que transcurrió. Perdonen pues este resumen, y que sus ojos vayan tras el pensamiento, pronto de regreso a Francia.

Sale.

ESCENA I

Entran el capitán GOWER y el capitán FLUELLEN,

con un puerro en el gorro y un garrote.

GOWER No, es cierto. ¿Pero por qué llevas tu puerro hoy? El día de San David ya pasó.

FLUELLEN En todas las cosas hay ocasiones y causas del por qué y el para qué. Se lo diré, como amigo mío que es, capitán Gower. El bribón maldito, mendigo espantoso y fanfarrón de Pistola (que usted y usted mismo y todo el mundo saben que no vale más que un tipo, fíjese bien, que no vale nada) vino a verme ayer, y me trajo pan y sal, fíjese bien, y me dijo que me comiera el puerro. Fue en un lugar donde no podía pelearme con él, pero yo tendré la audacia de llevarlo en mi gorro hasta que vuelva a verlo de nuevo, y entonces le diré algo de lo que pienso.

Entra el alférez PISTOLA.

GOWER Bueno, ahí viene, hinchado como un pavo real.

FLUELLEN No me importan sus hinchazones ni sus pavos. Dios te bendiga, alférez Pistola: maldito bribón espantoso y fanfarrón, Dios te bendiga.

PISTOLA Eh, ¿estás chiflado? ¿Tienes sed, vulgar troyano, de verme doblar la fatal tela de la Parca? ¡Fuera! El olor a puerro me revuelve el estómago.

FLUELLEN Te ruego de todo corazón, maldito canalla espantoso, que por mi deseo y mi solicitud y mis peticiones, te comas, fíjate bien, este puerro. Porque, fíjate bien, no te gusta, y no le sienta bien a tus afectos y tus apetitos y tus digestiones, por eso quiero que te lo comas.

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PISTOLA Ni por Caldwallader y todas sus cabras.

FLUELLEN Aquí tienes una cabra para ti. (Golpea a PISTOLA.) ¿Tendrás la bondad de comértelo, canalla espantoso?

PISTOLA Troyano vulgar, vas a morir.

FLUELLEN Lo que dices es muy cierto, canalla espantoso, cuando sea la voluntad de Dios. Mientras tanto quiero que tú vivas y te comas tus provisiones. Vamos, aquí tienes salsa para acompañarlas. (Lo golpea.) Ayer me llamaste «escudero montañés», pero hoy te voy a hacer «escudero de bajo rango». Te ruego que mastiques. Si puedes burlarte de un puerro, también puedes comer uno.

GOWER Basta, capitán, lo ha dejado aturdido.

FLUELLEN Por Jesús, o se come parte de mi puerro, o le golpearé la crisma por cuatro días y cuatro noches. Muerde, por favor. Es bueno para tu herida nueva y tu zapallo ensangrentado.

PISTOLA ¿Debo morder?

FLUELLEN Sí, por cierto, y sin duda y además sin preguntas ni ambigüedades.

PISTOLA Por este puerro, que me vengaré atrozmente… (FLUELLEN lo amenaza.) Como, y como… Pero juro…

FLUELLEN Come, te lo ruego. ¿Quieres un poco de salsa para tu puerro? No hay bastante puerro para jurar por él.

PISTOLA Deja el garrote en paz, como ves, estoy comiendo.

FLUELLEN Te sentará muy bien, canalla espantoso, te lo digo de corazón. No, te ruego que no tires nada. El pellejo es bueno para el zapallo roto. De hoy en adelante, cuando tengas ocasión de ver puerros, te ruego que te burles de ellos, eso es todo.

PISTOLA Bueno.

FLUELLEN Sí, el puerro es bueno. Toma, aquí tienes un ochavo para curarte el zapallo.

PISTOLA ¿Para mí, un ochavo?

FLUELLEN Sí, de verdad, y en serio que lo tienes que tomar, o deberás comerte otro puerro que llevo en el bolsillo.

PISTOLA Acepto tu ochavo ansioso de venganza.

FLUELLEN Si te debo algo, te lo pagaré en garrotazos. Serás traficante en madera, y

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a mí no me comprarás más que garrotazos. Que Dios sea contigo, y te guarde, y te cure la cabeza.

Sale.

PISTOLA Por esto se agitará entero.

GOWER Vete, vete, eres un canalla cobarde y falso. ¿Te burlas de una tradición antigua, iniciada por un motivo honorable y llevada como un trofeo memorable del valor antiguo, y no te atreves a sostener con actos una sola de tus palabras? Dos o tres veces te he visto burlarte e irritar a este caballero. Creíste que como no hablaba el inglés con la fluidez nativa, no podría manejar un garrote inglés. Has descubierto que no es así. Por lo tanto deja que un correctivo galés te enseñe buenos modales ingleses. Que te vaya bien.

Sale.

PISTOLA ¿Ahora la Fortuna se hace la puta conmigo? Tengo noticias de que mi Nora ha muerto de mal francés en el hospital,

y que me han quitado mi lugar de refugio.

Me vuelvo viejo, y me arrancan el honor a garrotazos de los miembros cansados. Bien, me haré alcahuete, y un poco flaco para ser carterista de manos rápidas. Me escabulliré a Inglaterra, y allí robaré escabullido, y me pondré parches en estas heridas de garrotazos, y juraré que me las hicieron en la guerra de las Galias.

Sale.

ESCENA II

Entran por una puerta el REY ENRIQUE, los duques de EXETER y Clarence, el conde de WARWICK y otros señores; por otra, el REY CARLOS VI de Francia, la REINA ISABEL, el duque de BORGOÑA y otros franceses, entre ellos la princesa CATHERINE y ALICE.

REY ENRIQUE

Paz para este encuentro, pues para la paz nos reunimos.

Salud y un muy buen día a nuestro hermano

y nuestra hermana de Francia. Alegría y buenos deseos a nuestra muy bella y noble prima Catherine;

y como rama y miembro de esta realeza, por quien se ha dispuesto esta gran reunión,

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te saludamos, duque de Borgoña.

Y salud a todos ustedes, príncipes y nobles de Francia.

REY CARLOS Muy contentos estamos de contemplar tu rostro, muy digno hermano de Inglaterra. Bienvenido seas, como así también todos ustedes, príncipes ingleses.

REINA ISABEL Ojalá sea tan feliz el resultado, hermano de Inglaterra, de este buen día y esta grata reunión,

como alegres estamos nosotros de contemplar tus ojos:

tus ojos que hasta ahora llevaban en ellos, contra los franceses que se cruzaban en su mira, las bolas fatales de los basiliscos asesinos.

Esperamos sinceramente que el veneno de tales miradas haya perdido su calidad, y que este día trueque todas las penas y disputas en amor.

REY ENRIQUE

REINA ISABEL

Para decir amén a eso, aquí aparecemos.

Los saludo, príncipes ingleses todos.

BORGOÑA Mis respetos para ambos, con igual afecto, grandes reyes de Francia y de Inglaterra. He trabajado con todo mi ingenio, mis esfuerzos y grandes energías, para traer a sus majestades imperiales a este tribunal y a esta entrevista real.

De eso pueden dar testimonio sus altezas de ambas partes.

Dado, entonces, que mi esfuerzo ha tenido éxito,

al punto de que se han reunido aquí

cara a cara y los ojos de uno en los del otro,

no me desautoricen si pregunto ante su real presencia qué obstáculo o qué impedimento hay

para que la paz desnuda, pobre y mutilada, amada nodriza de las artes, la abundancia y los alegres nacimientos, pueda alzar su amable rostro en este jardín, el mejor del mundo, nuestra fértil Francia.

Ay, hace demasiado tiempo ya que fue expulsada de Francia, y todos nuestros cultivos yacen amontonados, corrompiéndose en su propia fertilidad.

Las viñas, alegres consoladoras del corazón, mueren sin ser podadas: los parejos setos

dejan escapar desordenadas ramas como prisioneros que se han dejado crecer salvajemente el pelo;

en los campos en barbecho, arraigan la cizaña, la cicuta

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y la fumaria tenaz, mientras se oxidan los arados que debieran arrancar semejante salvajismo.

El prado llano, que antes producía dulcemente la prímula pecosa, la pimpinela y el verde trébol, al faltar la guadaña, sin ser corregido, ruinoso, concibe por ocio, y no engendra otra cosa

que odiosas bardanas, cardos espinosos, y lampazos, y pierde así tanta belleza como utilidad.

Y todas nuestras viñas, barbechos, prados y setos, defectuosos en su naturaleza, vuelven a ser páramos. También nuestras familias, nuestros hijos y nosotros mismos hemos perdido, o no aprendemos por falta de tiempo, las ciencias que convendrían a nuestro país;

en cambio crecemos como salvajes (como los soldados que no meditan en otra cosa que la sangre): entregados al insulto y las miradas torvas, la ropa desordenada, y todo lo que no parezca natural. Para devolvernos a nuestro primer estado

están ustedes reunidos aquí, y mi discurso ruega que pueda yo saber por qué la paz amable no puede expulsar estos inconvenientes

y bendecirnos con sus cualidades anteriores.

REY ENRIQUE Duque de Borgoña, si quieres la paz, cuya falta alimenta las imperfecciones que has citado, tienes que comprar esa paz con pleno acuerdo a nuestras justas demandas, cuyo protocolo y aspectos particulares tienes anotados brevemente en tus manos.

BORGOÑA El rey las ha oído, y hasta este momento no ha contestado.

REY ENRIQUE Bien; entonces la paz,

que antes reclamabas tan urgente, está en su respuesta.

REY CARLOS No he dado a los artículos

sino una mirada somera. Si su majestad lo quiere puede designar enseguida a alguien de su Consejo que vuelva a sentarse con nosotros, para revisarlos con la mayor atención: muy pronto daremos nuestro acuerdo y nuestra respuesta final.

REY ENRIQUE Así lo haremos, hermano. Vayan, tío Exeter

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y hermano Clarence; y tú, hermano Gloucester; Warwick y Huntingdon, vayan también con el rey, y lleven consigo poderes plenos para ratificar, aumentar o alterar, como vuestra sabiduría vea más ventajoso para nuestra dignidad,

cuanto conste o falte en nuestras demandas, y lo suscribiremos. Queridísima hermana,

¿quieres ir con los príncipes, o quedarte con nosotros?

REINA ISABEL Gracioso hermano nuestro, iré con ellos. Tal vez una voz de mujer pueda hacer algún bien si se obstinan demasiado en algunos puntos.

REY ENRIQUE Pero deja a la prima Catherine aquí con nosotros. Es nuestra demanda principal; está comprendida entre los primeros artículos.

REINA ISABEL Tiene permiso completo.

Salen todos menos el REY ENRIQUE, CATHERINE y ALICE.

REY ENRIQUE Bella y muy bella Catherine: ¿aceptas enseñar a un soldado los términos que puedan entrar en los oídos de una dama

y defender la causa del amor ante su amable corazón?

CATHERINE Su majestad se burla de mí. No puedo hablar su inglés.

REY ENRIQUE Oh, bella Catherine, si me amaras desde lo hondo de tu corazón francés, me alegraría oírtelo confesar en quebrada lengua inglesa. ¿Qué te parezco, Kate?

CATHERINE Pardonnez-moi, no entiendo qué es «parezco».

REY ENRIQUE Pareces un ángel, Kate, y eres como un ángel.

CATHERINE Que dit-il? que je sois semblable à les anges?

ALICE Oui, vraiment (sauf votre grâce) ainsi dit-il.

REY ENRIQUE Eso dije, querida Catherine, y no debo ruborizarme de confirmarlo.

CATHERINE O bon Dieu! Les langues des hommes sont pleines de tromperies.

REY ENRIQUE ¿Qué dice, la hermosa? ¿Que las lenguas de los hombres están llenas de engaños?

ALICE Oui, que las lenguas de los hombgues están llenas de engañós: eso dice la pguincesa.

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REY ENRIQUE La princesa es la mejor mujer inglesa. A fe, Kate, que mi cortejo se ajusta a tu comprensión. Me alegra que no hables un inglés mejor, porque, si pudieras, descubrirías en mí un rey tan sencillo que creerías que vendí mi granja para comprar mi corona. No sé hablar de amor con delicadezas, sino decir directamente «Te amo». Y si entonces me apuras diciéndome «¿De veras?», me doy por vencido. Dame tu respuesta sincera y estrechémonos las manos y trato hecho. ¿Qué dices, señora?

CATHERINE Sauf votre honneur, yo entender bien.

REY ENRIQUE Pardiez, si me pusieras a hacer versos o a bailar por ti, Kate, bueno, me destruirías. Para lo primero me faltan las palabras y la medida; y para lo otro no soy fuerte en la medida… aunque tengo una medida razonable de fuerza. Si pudiera ganar a una dama haciendo salto de rana, o saltando sobre mi montura con la armadura en la espalda, lo digo con perdón de la jactancia, con seguiría pronto una esposa. O si tuviera que acuchillar por mi amor, o hacer caracolear mi caballo por sus favores, golpearía como un carnicero y cabalgaría firme como un mono, sin caerme. Pero por Dios, Kate, no puedo poner cara de carnero degollado, ni jadear de elocuencia, ni soy astuto para el quejido: solo para los juramentos lisos y llanos, que lanzo cuando me provocan, y que nunca rompo porque me hayan provocado. Si puedes amar a alguien así, Kate, con una cara que no vale la pena que el sol la tueste, que nunca se mira en el espejo por amor a lo que ve, entonces que el ojo sea tu cocinero. Te hablo con franqueza de soldado: si puedes amarme por esto, tómame. Si no, decirte que me moriré es cierto: pero no por tu amor, por Dios que no. Sin embargo te amo, es cierto. Y mientras vivas, querida Kate, elige a un tipo de constancia simple e intocada, como el mineral sin acuñar, que por fuerza te será fiel porque no tiene el don para ir a cortejar a otros lugares. Porque esos tipos de lengua infinita, capaces de ganar a fuerza de rimas los favores de las damas, siempre vuelven a salir de ellos razonando. ¡Caray! El que habla es solo un charlatán; una poesía no es más que una balada; la buena pierna se caerá, la espalda recta ha de doblarse, la barba negra encanecerá, la cabeza rizada quedará calva, el rostro bello se arrugará, los ojos plenos acabarán ahuecándose, pero un buen corazón, Kate, es el sol y la luna… O más bien el sol y no la luna, porque brilla sin cambiar y se mantiene invariable su curso. Si quieres a un hombre así, tómame; y cuando me tomes, tomarás a un soldado, tomarás a un rey. ¿Qué respondes entonces a mi amor? Habla, bella mía; y bellamente, te lo ruego.

CATHERINE ¿Es posible que vaya a amag al ennemi de Fgancia?

REY ENRIQUE No, no es posible que ames a un enemigo de Francia, Kate. Pero al

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amarme a mí, amarías a un amigo, porque amo tanto a Francia que no quiero separarme de ni una sola de sus aldeas, quiero que sea toda mía; y Kate, si Francia es mía, y yo soy tuyo, entonces tuya es Francia, y tú eres mía.

CATHERINE Eso no lo compguendo.

REY ENRIQUE ¿No, Kate? Te lo diré en francés, que estoy seguro se me pegará a la lengua como una recién casada al cuello de su esposo, sin que pueda ser desprendida. Je quand suis le possesseur de France, et quand vous avez la possession de moi… déjame ver, ¿entonces qué? ¡Que san Dionisio me asista!… donc vôtre est France, y vous êtes mienne. Para mí es más fácil, Kate, conquistar el reino que hablar mejor francés. En francés nunca podré conmoverte, salvo para que te rías de mí.

CATHERINE Sauf votre honneur, le français que vous parlez, il est meilleur que l’anglais lequel je parle.

REY ENRIQUE No, a fe mía que no, Kate. Diría que tu modo de hablar mi lengua, y mi modo de hablar la tuya, con su sincera defectuosidad, corren parejos. Pero Kate, ¿entiendes todo esto en inglés? ¿Puedes amarme?

CATHERINE No puedo decirlo.

REY ENRIQUE ¿Puede decirlo alguno de los que te rodean, Kate? Se lo preguntaré. Vamos, sé que me amas, y por la noche cuando te vayas a tu alcoba, le preguntarás a esta doncella sobre mí, y sé, Kate, que denigrarás aquello de mí que amas con el corazón. Pero, buena Kate, búrlate de mí con piedad, gentil princesa, porque te quiero cruelmente. Si alguna vez llegas a ser mía, Kate (como una fe salvadora me asegura que serás), te tomaré por asalto, y por lo tanto necesitas probar que eres buena engendradora de soldados. ¿No podríamos tú y yo, entre San Dionisio y San Jorge, componer un muchacho, medio francés y medio inglés, que vaya a Constantinopla a tirarle de la barba al turco? ¿No podríamos hacerlo? ¿Qué me dices, mi bella flor de lis?

CATHERINE Eso no lo sé.

REY ENRIQUE No; eso es para saberlo después, pero ahora promételo. Promete, Kate, que por tu parte francesa te empeñarás en ese niño; y en cuanto la mitad inglesa te doy mi palabra de rey y de soltero. ¿Qué contestas, la plus belle Catherine du monde, mon très chère et divine déesse?

CATHERINE Su majestad tiene un francés fausse suficiente para engañar a la demoiselle más sensata que haya en France.

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REY ENRIQUE ¡Fuera mi francés falso! Por mi honor, en auténtico inglés, te amo, Kate. Por ese mismo honor no me atrevo a jurar que me amas, aunque mi sangre empieza a halagarme diciéndome que sí, a pesar del pobre y nada tentador efecto de mi rostro. ¡Maldita sea ahora la ambición de mi padre! Cuando me tuvo pensaba en guerras civiles: por eso fui creado con un exterior rudo, con un aspecto de hierro, y cuando cortejo a las damas las asusto. Pero a fe mía, Kate, que cuanto más viejo me vuelva mejor pareceré. Mi consuelo es que la vejez, esa malvada arruinadora de la belleza, ya no puede arruinarme la cara. Me tienes, si es que me tienes, en mi peor momento, y con el uso, si es que me usas, me pondré cada vez mejor: y por lo tanto dime, mi muy bella Catherine, ¿vas a quererme? Deja de lado tus rubores de virgen, confiesa los pensamientos de tu corazón con un gesto de emperatriz, tómame de la mano y di: «Harry de Inglaterra, soy tuya»; que en cuanto esas palabras bendigan mis oídos, te diré en voz alta, «Inglaterra es tuya, Irlanda es tuya, Francia es tuya, y tuyo es Enrique Plantagenet»; quien, aunque hable yo ante él, si bien no es buen par del mejor rey, descubrirás que es el mejor rey de los buenos pares. Vamos, responde con música vacilante: porque tu voz es música y tu inglés vacila. Por lo tanto, reina de todo, Catherine, abre tu alma en vacilante inglés: ¿me quieres?

CATHERINE Segá como le plazca al roi mon père.

REY ENRIQUE

Pues, le parecerá muy bien, Kate. Le parecerá bien, Kate.

CATHERINE Entonces me dejagá contenta a mí también.

REY ENRIQUE A lo cual, te beso la mano, y te llamo mi reina.

CATHERINE Laissez, mon seigneur, laissez, laissez! Ma foi, je ne veux point que vous abbaissez votre grandeur en baisant la main d’une de votre seigneurie indigne serviteur. Excusez-moi, je vous supplie, mon treis-puissant seigneur.

REY ENRIQUE Entonces te besaré los labios, Kate.

CATHERINE Les dames et demoiselles pour être baisées devant leurs noces, il n’est pas la coutume de France.

REY ENRIQUE (A ALICE.) Señora intérprete, ¿qué dice?

ALICE Que no es la façon pour las damas de Francia… no sé cómo se dice baiser en inglés.

REY ENRIQUE Besar.

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ALICE Su majestad entendre mejor que moi.

REY ENRIQUE ¿Quiere decir que no es costumbre de las damas de Francia besar antes de casarse?

ALICE Oui, vraiment.

REY ENRIQUE Oh, Kate, las costumbres remilgadas se inclinan ante los grandes reyes. Querida Kate, tú y yo no podemos dejarnos confinar por los límites de la moda de un país. Somos los que hacemos las costumbres, Kate, y la libertad propia de nuestro rango tapa la boca de los que buscan faltas, como haré yo con la tuya, por mantener la moda remilgada de tu país y negarme un beso. Sé, pues, paciente y ríndete. (La besa.) Hay brujería en tus labios, Kate. Hay más elocuencia en un toque azucarado de tus labios que en las lenguas del Consejo de Francia, y ellos persuadirán a Harry de Inglaterra más rápido que una petición conjunta de monarcas. Aquí viene tu padre.

Entran el REY CARLOS, la REINA ISABEL,

el duque de BORGOÑA y los nobles franceses e ingleses.

BORGOÑA Dios salve a su majestad. Mi real primo, ¿le enseñan inglés a nuestra princesa?

REY ENRIQUE Quería enseñarle, mi apuesto primo, cuán perfectamente la amo, y eso es buen inglés.

BORGOÑA ¿No es aplicada?

REY ENRIQUE Nuestra lengua es áspera, primo, y mi carácter nada suave; y no teniendo voz ni corazón de adulador no puedo conjurar en ella el espíritu del amor para que aparezca en sus rasgos verdaderos.

BORGOÑA Perdona la franqueza de mi alegría, si te respondo yo. Si quieres conjurar en ella, debes trazar un círculo: si conjuras en ella el amor en su auténtica imagen, debe presentarse desnudo y ciego. ¿Puedes culparla entonces, siendo una doncella que aún se ruboriza con el carmesí virginal del pudor, si niega la aparición de un desnudo muchacho ciego en su ser desnudo y evidente? Señor mío, sería una condición muy dura de imponer a una doncella.

REY ENRIQUE Sin embargo ellas cierran los ojos y ceden, porque el amor es ciego y obliga.

BORGOÑA Entonces están disculpadas, señor mío, porque no ven lo que hacen.

REY ENRIQUE Entonces, mi buen señor, enseña a tu prima que acepte cerrar los ojos.

BORGOÑA Cerraré los ojos para que consienta, señor mío, si tú le enseñas que

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entienda lo que quiero decir. Porque las doncellas, cuando están bien alimentadas y cálidas en verano, son como las moscas en San Bartolomé: ciegas, aunque tengan ojos. Y entonces soportan que las manoseen, mientras que antes no se dejarían ni mirar.

REY ENRIQUE Esta moraleja me ata al tiempo y a un verano ardiente, y así al fin atraparé a la mosca, tu prima, y también ella tendrá que estar ciega.

BORGOÑA Como lo está el amor, señor mío, antes de amar.

REY ENRIQUE Así es. Y tal vez algunos de ustedes deban agradecer al amor por mi ceguera, que no puede ver más de una hermosa ciudad francesa porque una hermosa doncella francesa se cruza en mi camino.

REY CARLOS Sí, señor mío, las ve usted en perspectiva: las ciudades se han vuelto una sola doncella, porque están todas protegidas por murallas doncellas que la guerra no ha penetrado nunca.

REY ENRIQUE ¿Será mi esposa Kate?

REY CARLOS Si así os place.

REY ENRIQUE Me siento feliz, siempre que las ciudades de las que usted habla puedan acompañarla: así la doncella que se cruzaba en el camino de mi deseo le enseñará el camino a mi voluntad.

REY CARLOS Hemos consentido en todos los términos razonables.

REY ENRIQUE ¿Es así, mis nobles de Inglaterra?

WARWICK El rey ha suscrito todos los artículos: primero su hija y después todo lo demás, según la propuesta en firme.

EXETER Solo no ha suscrito aún esto: allí donde su majestad exige que el rey de Francia, en la primera ocasión que tenga de escribir en lo concerniente a cesiones, nombre a su alteza de esta forma y con estos agregados: (Lee.) en francés, Notre très cher fils Henri, Roi d’Angleterre, Héritier de France; y en latín, Praeclarissimus filius noster Henricus, Rex Angliae et Haeres Franciae.

REY CARLOS Tampoco esto lo he negado, hermano; a pedido tuyo lo concederé.

REY ENRIQUE

Te ruego entonces, en nombre del amor y la alianza cordial, que dejes que ese artículo se alinee con el resto, y con ello me des a tu hija.

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REY CARLOS Tómala, hijo arrogante, y de su sangre engéndrame descendencia, para que los reinos enfrentados

de Francia e Inglaterra, cuyas mismas costas palidecen de envidia por la felicidad del otro,

cesen en su odio; para que esta afectuosa unión implante en sus dulces corazones la buena vecindad

y la concordia cristiana, y la guerra nunca vuelva a alzar su ensangrentada espada entre Inglaterra y la bella Francia.

TODOS ¡Amén!

REY ENRIQUE Ahora bienvenida, Kate, y que todos sean mis testigos de que la beso como mi reina soberana.

Trompetas.

REINA ISABEL Dios, el mejor hacedor de matrimonios, funda sus corazones en uno, sus dominios en uno,

así como marido y mujer, siendo dos, son uno en el amor, para que haya entre ambos reinos tal desposorio

que nunca puedan el mal ánimo o los celos feroces que turban el lecho del matrimonio bendito, interponerse entre los acuerdos de estos reinos y provocar el divorcio de su íntima alianza;

que los ingleses reciban a los franceses como ingleses y los franceses a los ingleses como si franceses fueran, y que a esto Dios diga «Amén».

TODOS ¡Amén!

REY ENRIQUE Preparémonos para nuestro matrimonio. En cuyo día, señor de Borgoña, para seguridad de nuestras alianzas, tomaremos juramento a ti y a todos los nobles.

Entonces yo juraré ante Catherine, y tú ante mí,

y ojalá nuestros juramentos sean bien guardados y prósperos.

Marcha solemne.

Salen.

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EPÍLOGO

Entra el CORO.

CORO Con pluma tosca e incapaz, inclinada la espalda, nuestro autor ha traído la historia hasta aquí, confinando en poco espacio a hombres poderosos,

y mutilando con sobresaltos el curso pleno de su gloria. Poco tiempo, pero en ese poco vivió grandiosamente esta estrella de Inglaterra. La Fortuna forjó su espada, con la que consiguió el mejor jardín del mundo,

y dejó como señor imperial de él a su hijo. Enrique VI, coronado en pañales rey de Francia e Inglaterra, sucesor de este monarca.

Bajo su reinado los gobernantes fueron tantos

que perdieron Francia e hicieron sangrar a Inglaterra, espectáculo que nuestro escenario ha mostrado a menudo. Si no por otra cosa, en recuerdo de ello,

acepten lo aquí mostrado en sus espíritus benévolos.

Sale.

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ENRIQUE VIII

versión de

Carlos Gamerro

Aunque nada se dice de ello en el Primer Folio de 1623, la crítica moderna ha dictaminado que Shakespeare escribió esta obra —el único drama histórico de su producción jacobina— en colaboración con John Fletcher, un dramaturgo más joven. Fue escrita y estrenada en 1613. Durante una de sus primeras representaciones, el 29 de junio de 1613, un cañonazo en escena provocó el incendio del teatro Globe. El único texto conservado es el que se imprimió en el Primer Folio de 1623.

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DRAMATIS PERSONAE

PRÓLOGO

REY Enrique VIII

Duque de BUCKINGHAM

Duque de NORFOLK

Duque de SUFFOLK

Conde de SURREY

Lord ABERGAVENNY

Lord SANDS (sir Walter Sands)

LORD CHAMBELÁN

LORD CANCILLER

Sir Henry GUILFORD

Sir Thomas LOVELL

Sir Nicholas VAUX

Sir Anthony DENNY

Cardenal WOLSEY

Thomas CROMWELL, al servicio de Wolsey, luego al del rey

SECRETARIO de Wolsey

SIRVIENTE de Wolsey

Cardenal CAMPEGIO

GARDINER, secretario del rey, luego obispo de Winchester Paje de Gardiner

Obispo de LINCOLN

Thomas CRANMER, arzobispo de Canterbury

BRANDON

OFICIAL de orden

INTENDENTE del duque de Buckingham

Tres CABALLEROS

ESCRIBIENTE

PREGONERO

MENSAJERO para la reina Catalina

GUARDIA del recinto del Consejo

Doctor BUTTS

PORTERO

CRIADO del portero

SIRVIENTE

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Heraldo mayor de la jarretera

REINA Catalina, esposa del rey Enrique, luego divorciada GRIFFITH, gentilhombre ujier de la reina Catalina PACIENCIA, criada de la reina Catalina

Dama que asiste a la reina Catalina CABALLERO que asiste a la reina Catalina

Lord CAPUCIO, embajador del emperador Carlos V ANA Bolena

ANCIANA DAMA, amiga de ana Bolena

EPÍLOGO

Lores, señoras, caballeros; obispos, sacerdotes, maceros; jueces, alcalde mayor de Londres, corregidores, ciudadanos; guardias, alguaciles de vara, alabarderos; escribientes, secretarios; asistentes, persevantes, pajes, miembros del coro, músicos, bailarines que aparecen como espíritus ante la reina Catalina

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PRÓLOGO

Entra

el PRÓLOGO.

PRÓLOGO No he venido a haceros reír. Presentamos ahora escenas de gran nobleza, tales que el ojo llora, pues son de carácter triste, elevado y conmovedor, de aspecto serio y grave, tan llenas de pompa y dolor, que aquellos capaces de piedad pueden dejar caer aquí su lágrima; el tema la habrá de merecer.

Los que su dinero entregan con la esperanza

de toparse con algo que puedan creer, sin mudanza hallarán aquí la verdad. A quienes han venido a ver ricos espectáculos, la obra va a complacer, y si ponen atención, y buena voluntad,

pueden dejar su chelín en libertad,

y ganar la riqueza de estas dos horas breves. Solo aquel que espera soeces burlas leves en boca de un bufón multicolor, tocado con guardas amarillas, se irá decepcionado. Pues, amables oyentes, si vais a confundir nuestra verdad selecta con una vil función de gresca y payasada, eso quiere decir que nos falta seso, y honor a la reputación

de veracidad que nos acompaña, y que perderemos amigos entre los aquí presentes, que son de lo más entendido.

Por eso, sed indulgentes, y así como sois, señores, los más felices y principales espectadores, poneos serios ahora, que así os queremos ver. Los personajes de esta historia, con todo su poder tal como eran en vida imaginadlos, rodeados del fervor y del sudor de sus amigos y aliados.

Y luego, en un instante, ved con qué presteza en infortunio se trueca la grandeza.

Si os dura entonces la alegría, dirá la gente toda, que puede llorar un hombre en el día de su boda.

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PRIMER ACTO

ESCENA I

Entran el duque de NORFOLK por una puerta; por la otra,

el duque de BUCKINGHAM y lord ABERGAVENNY.

BUCKINGHAM Buenos días, qué gusto veros. ¿Cómo habéis estado desde nuestro encuentro en Francia?

NORFOLK El gusto, vuestra merced,

es mío. Bien de salud, y desde entonces, admirado de lo que he visto allí.

BUCKINGHAM Una fiebre inoportuna

me mantuvo prisionero en mi cuarto mientras

esos dos soles de la gloria, esas luces hechas hombre, se encontraban en el valle de Andrés.

NORFOLK Fue entre Guynes

y Andrés. Yo estaba presente, los vi saludarse a caballo, y luego desmontar. Cuando se abrazaron fue como si hubieran crecido enlazados,

y, de ser así, ¿qué cuatro reyes darían el peso de uno compuesto por estos dos?

BUCKINGHAM Y allí estaba yo,

preso en mi cuarto.

NORFOLK Y así fue que os perdisteis

un vislumbre de gloria terrena; pues hasta ese día podemos decir que la pompa vivía soltera, y hoy, casada, se multiplica por dos. Cada día

daba su lección al anterior, y el final resumió las maravillas de todos. Un día los franceses, como dioses paganos, llegaban escamados de oro, opacando a los ingleses; al otro Inglaterra se volvía la India, y cada inglés

parecía una mina. Los pequeños pajes, todos dorados, eran como querubines; y las altas damas, que por poco sudaban bajo el peso de su pompa, llevaban

el rostro pintado por el esfuerzo. Si a una función se llamaba incomparable, la noche siguiente

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la deslucía y humillaba. Ambos reyes brillaban por igual, mas siempre parecía mayor

el brillo del presente; cuando aparecían juntos el ojo no podía distinguirlos, y el espectador, si se le pedía que eligiera entre los dos,

no lograba abrir la boca. Cuando los heraldos de estos dos soles (así todos los llaman) convocaron a los valientes a la justa, estos, con proezas que exceden los límites

de la imaginación, volvieron creíble la historia

de las hazañas de Bevis, mostrando que eran posibles.

BUCKINGHAM ¡Vaya, exageráis!

NORFOLK Por mi honor y mi apego

a la verdad, menos vida da a lo que cuento

la boca del hablador, que aquella con la que hablaban los mismos hechos. De todo emanaba realeza,

y cumplieron su función los oficiales; nada hubo que atentara contra el orden y el despliegue de la fiesta: todo en su lugar y bien visible.

BUCKINGHAM ¿Y quién, puede saberse, puso en marcha, y juntó el cuerpo y los miembros de tan gallardo espectáculo?

NORFOLK Uno que no supondríais demasiado versado en tales cuestiones.

BUCKINGHAM ¿A quién os referís, milord?

NORFOLK Todo esto estuvo a cargo del muy discreto y reverendísimo cardenal de York.

BUCKINGHAM Vaya con el diablo, ningún pastel está a salvo

de su ambicioso dedo. ¿Qué tenía que hacer él en festejos tan desaforados? Me asombra que esa bola de sebo pueda interponer su bulto entre la tierra y el benéfico sol,

y absorber todos sus rayos.

NORFOLK Por cierto señor,

algo tiene que lo lleva por ese camino, pues carece de un linaje en que apoyarse, y de la senda que este traza al heredero;

ni lo ensalzan hazañas en favor de la corona,

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ni es familiar de ministro eminente.

Más bien, como la araña, que teje su propia tela, por propio mérito se abre paso, y nos hace saber que es por este don del cielo que se ha ganado su lugar junto al rey.

ABERGAVENNY No sé decir qué fue

lo que obtuvo del cielo: que ojo más experto se ocupe de escudriñarlo; pero ese orgullo que su persona desborda, ¿de dónde lo sacó? Si no es del infierno, el diablo es un tacaño.

O ya lo ha dado todo; y este hombre, sin su ayuda inaugura un nuevo infierno.

BUCKINGHAM ¿Y quién diablos le dio el derecho de elegir, sin consultar al rey, a quienes debían acompañarlo en este viaje a Francia? Viene y redacta una lista de gentileshombres

a quienes a cambio de gravosas contribuciones hará pequeñas mercedes; y pasando por encima del honorable Consejo, una mera carta suya señala y obliga, a quien la recibe, a ponerse a su disposición.

ABERGAVENNY Al menos tres de mi sangre

a causa de ello se han visto obligados a mutilar su patrimonio, tanto, que ya nunca volverán a ser los mismos de antes.

BUCKINGHAM Muchos se han quebrado

las espaldas, cargando con sus señoríos en este viaje grandioso. ¿Y para qué sirvió todo ese despilfarro, sino para engendrar tan pobre progenie?

NORFOLK Muy a mi pesar concuerdo

con vos. La paz alcanzada con Francia no vale el precio que pagamos por ella.

BUCKINGHAM Lo supieron todos

después de la horrible tormenta que la coronó.

Sin consultarse entre sí, entendieron la general profecía:

que la tempestad, al desgarrar los ropajes

de aquella paz, presagiaba su pronta ruptura.

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NORFOLK Y el presagio se cumplió, pues Francia ha roto la alianza y ha incautado los bienes de nuestros mercaderes en Burdeos.

ABERGAVENNY ¿Fue por eso

que se ha llamado a silencio a nuestro embajador?

NORFOLK Así es.

ABERGAVENNY ¡Linda paz la que conseguimos, y pagada a precio tan excesivo!

BUCKINGHAM Estos son los logros

de nuestro reverendo cardenal.

NORFOLK Si vuestra merced

me permite, vuestras disputas privadas con el cardenal son ya cuestión de Estado. Me atrevo a aconsejaros (y tened en cuenta que de todo corazón deseo

que vos y vuestro honor estén a salvo) que no olvidéis que la malicia y el poder del cardenal

van siempre de la mano. Tened en cuenta además que su odio, avivado, nunca ha carecido

de instrumentos para actuar. Conocéis su naturaleza:

es vengativo, y sé que el filo de su espada

corta más que bien; es muy larga, y puede decirse que llega lejos, y donde ella no alcanza, allí la arroja. Guardad en secreto este consejo

en vuestro pecho; os servirá. Y mirad si no se acerca la roca que os he aconsejado evitar.

Entra el cardenal WOLSEY, precedido por la bolsa del tesoro, lo siguen algunos guardias y dos secretarios con documentos.

Al pasar, el cardenal WOLSEY clava los ojos en Buckingham, y BUCKINGHAM en él, ambos llenos de desprecio.

WOLSEY Conque el intendente del duque de Buckingham.

¿Cuál es su testimonio?

SECRETARIO Con su permiso, es este.

WOLSEY ¿Está listo para comparecer?

SECRETARIO Sí, eminencia.

WOLSEY Bien. Con esto tendremos lo necesario para bajarle a Buckingham su altanera mirada.

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Salen el cardenal WOLSEY y su cortejo.

BUCKINGHAM Está rabioso el cuzco del carnicero, y mi poder no alcanza a ponerle un bozal. Será mejor entonces no despertarlo de su sueño. El libro de un mendigo vale más que la sangre de un noble.

NORFOLK ¿Estáis furioso acaso?

Pedid a Dios templanza; es todo el remedio que requiere vuestro mal.

BUCKINGHAM Su mirada me mostró

que algo trama en mi contra; su ojo hizo de mí

su abyecto objeto. Ahora mismo me la está haciendo.

Ha ido a ver al rey. Lo seguiré, y enfrentándolo,

lo obligaré a bajar los ojos al suelo.

NORFOLK Señor,

quedaos, dejad que vuestra cólera y vuestra razón discurran sobre vuestro propósito. Para subir

un cerro empinado hay que empezar despacio. El enfado es como un caballo brioso, si le dan rienda suelta

su propio ardor lo agota. No hay hombre en Inglaterra que pueda aconsejarme como vos: sed con vos como seríais con vuestro amigo.

BUCKINGHAM Iré con el rey

y la boca del honor acallará de una vez

la insolencia de este fulano de Ipswich, o proclamará que ya no hay diferencias y somos todos iguales.

NORFOLK Cuidado: no calentéis el horno para el enemigo

tanto que termine quemándoos. Por ser demasiado veloces podemos seguir de largo a lo que buscamos,

y perderlo por correr de más. ¿Acaso no sabéis

que el fuego, al hinchar el líquido y hacer que se vuelque, en realidad lo disminuye? Tened cuidado,

os vuelvo a decir que en toda Inglaterra ningún alma salvo la vuestra tiene fuerza para dirigiros,

si solo dejáis que la savia de la razón apague o al menos modere el fuego de vuestra pasión.

BUCKINGHAM Señor,

os agradezco, y seguiré al pie de la letra

vuestra receta. Pero voy a deciros algo

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de este arrogante sujeto, a quien no acuso

por rencor, sino por motivos sinceros, con hechos y pruebas tan claras como las fuentes de julio cuando vemos cada piedrita del fondo; os digo que es corrupto y traidor.

NORFOLK No digáis traidor.

BUCKINGHAM Se lo diré al rey, y mi alegato será inquebrantable

como una costa rocosa. Escuchad: este zorro beato

o lobo, o ambos a la vez (pues es tan voraz como sutil, y tiene tantas ganas de hacer daño

como habilidad para causarlo) deja que su inclinación y su propósito se infecten uno al otro

e induce a su majestad a tan costoso tratado solo para exhibir sus pompas en Francia,

como lo hace aquí. Y todo a cambio de una entrevista que, tras costarnos una fortuna, como una copa de cristal se quebró al enjuagarla.

NORFOLK Así fue, sin duda.

BUCKINGHAM Dejadme seguir. El astuto cardenal redactó a su gusto los términos del tratado.

Y cada vez que él exclamaba «¡Que así sea!», así

eran ratificados, con lo que luego nos fueron

de tanto provecho como una muleta a un muerto.

Ah, pero eso sí, lo ha hecho nuestro conde cardenal,

y el gran Wolsey nunca se equivoca. Y después

(decidme si esto no es el cachorro de la vieja perra traición)

nos cae de visita Carlos el emperador, bajo pretexto

de visitar a la reina, su tía. Esa fue su excusa, cuando en verdad vino a cuchichear

con Wolsey, temiendo que la amistad de Francia e Inglaterra, producto de la reciente entrevista, fuera a perjudicarlo. La alianza dejaba entrever peligros que lo amenazaban. De ahí que entra en tratativas secretas con nuestro cardenal, y según creo (y creo bien, pues estoy seguro

de que el emperador pagó antes de prometer, por lo que su petición fue concedida antes de hacerse)

cuando hubo allanado el camino, y lo hubo empedrado en oro, al emperador no se le ocurrió nada mejor

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que pedirle que hiciera cambiar al rey de idea,

y rompiera el tratado de paz. El rey debe saber, y seré yo quien se lo diga, de qué manera su honor

se compra y se vende a gusto y provecho del cardenal.

NORFOLK Me apena oír que se diga de él todo esto.

Ojalá en parte fuera errado.

BUCKINGHAM Ni una sílaba.

Las pruebas lo mostrarán tal cual lo pinto.

Entra BRANDON, precedido por un OFICIAL de orden,

y dos o tres guardias.

BRANDON Oficial, cumplid con vuestro deber.

OFICIAL Señor, milord

duque de Buckingham, conde de Hereford,

Stafford y Northampton, en nombre de nuestro soberano el rey os arresto bajo el cargo de alta traición.

BUCKINGHAM ¡Mirad, milord, cómo la red ha caído sobre mí!

Intrigas y ardides acabarán conmigo.

BRANDON Me duele veros perder la libertad,

y me apena tener que tomar parte en el asunto.

Por voluntad del rey seréis llevado a la Torre.

BUCKINGHAM

De nada me servirá proclamar mi inocencia, la mancha más negra ha caído sobre mí, tiñendo

hasta mi parte más blanca. ¡Hágase la voluntad del cielo, en esto como en todo! Obedezco. ¡Adiós, milord Abergavenny, que os vaya bien!

BRANDON No, no. Os hará compañía. (A ABERGAVENNY.)

Por voluntad del rey

y en espera de su ulterior decisión, vos también iréis a la Torre.

ABERGAVENNY Entonces, como bien dijo el duque, que se haga la voluntad del cielo, y la del rey sea por mí obedecida.

BRANDON Tengo una orden del rey

para apresar a lord Montague; al confesor

del duque, John de la Car, y a un tal Gilbert Perk,

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su secretario.

BUCKINGHAM Con que esas tenemos. Parece que están

todos los miembros de la conjura. No seremos más, espero.

BRANDON Un fraile de la Cartuja.

BUCKINGHAM ¿Quién? ¿Nicholas Hopkins?

BRANDON El mismo.

BUCKINGHAM Me ha traicionado mi intendente. Ha visto el oro del todopoderoso cardenal. Ya se ha trazado

mi vida. Soy apenas la sombra

del pobre Buckingham, cuya forma asume esta nube repentina, oscureciendo mi nítido sol. Adiós, milord.

Salen.

ESCENA II

Trompetas. Entran el REY Enrique, apoyado en el hombro del cardenal WOLSEY, los nobles y sir Thomas Lovell. El cardenal se sienta a los pies del rey, del lado derecho. El secretario de Wolsey permanece en actitud de servicio.

REY Mi vida misma, desde el fondo de su corazón, os agradece vuestro gran cuidado. Estaba

la conspiración cargada, y yo en la línea de fuego.

Os agradezco que la hayáis sofocado.

Traed a mi presencia a ese sirviente de Buckingham.

Quiero que ratifique su confesión en persona. Paso a paso nos hará el relato de las muchas traiciones de su señor.

Ruido desde el interior. Gritos de «¡Paso a la reina!».

Entra la REINA, precedida por los duques de Norfolk y Suffolk.

Se arrodilla. El rey se levanta del trono, la hace incorporarse, la besa y le ofrece el sitio a su lado.

REINA No, no. Seguiré de rodillas. Vengo a pedir una merced.

REY En pie; sentaos junto a nosotros. De esa merced una mitad ni debéis mencionarla; pues la mitad de mi poder es vuestra; la otra mitad os la doy antes que la pidáis. Tomadla.

REINA Gracias, majestad.

Mi petición apunta a que os améis más

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a vos mismo, y que en ese amor no descuidéis ni vuestro honor ni la dignidad de vuestro cargo.

REY Proseguid, mi señora.

REINA Hombres leales

a vos, y en no pequeño número, han venido a advertirme de la desesperación

de vuestros súbditos. Las recientes ordenanzas promulgadas han herido el corazón

de su lealtad; por eso, aunque los reproches

más amargos, lord cardenal, los dirigen a vos,

en tanto instigador de tales exacciones,

tampoco el rey, nuestro señor, cuyo honor el cielo

mantenga limpio de mancha, escapa

al inapropiado lenguaje que usan, lenguaje tal que revienta las costuras de la lealtad, y asoma como franca rebelión.

NORFOLK Nada de «casi». Asoma francamente. Por estos impuestos los fabricantes de paño, impedidos de ocupar

a sus muchos obreros, han despedido a hiladores, cardadores, bataneros y tejedores;

los cuales, sin otro oficio, faltos de medios y bajo el azote del hambre, en su desesperación se han levantado. Desafían a las consecuencias en su propia cara; el peligro, dicen, está de su lado.

REY ¿Impuestos?

¿Dónde impuestos? ¿Y a qué? Milord cardenal, a vos se os culpa, tanto como a mí. ¿Qué sabéis de esos impuestos?

WOLSEY Señor, con vuestro permiso, mi parte

en los asuntos del estado es limitada; apenas soy el más conspicuo de la fila donde otros marcan el paso a la par de mí.

REINA ¿Apenas, milord?

Quizá vos no sepáis más que otros, pero las medidas que disponéis son de todos conocidas, incluso

de aquellos a quienes ningún bien hacen, y a vos deben el forzoso gusto de conocerlas. Las exacciones

de las que pongo en conocimiento a nuestro soberano

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son pestilentes al oído, y la espalda

que quiera portarlas se sacrifica a la carga. Dicen que vos las pergeñasteis, salvo que injustamente os las hayan endilgado.

REY ¡Exacciones!

¿De qué clase? ¿De qué naturaleza son,

decidme, esas exacciones?

REINA Grande es mi atrevimiento

al abusar de vuestra paciencia. Mas la promesa

de vuestro perdón me da valor. A vuestros súbditos aflige la contribución que exige de cada uno

la sexta parte de su patrimonio, a ser entregada sin demora; y el motivo que se aduce

son vuestras guerras en Francia. Así las bocas se envalentonan, y escupen sus obligaciones; en los fríos corazones se congela la lealtad.

Donde había plegarias, ahora hay maldiciones, y la bien dispuesta obediencia se halla sometida a voluntades en llamas. Vuestra alteza, os suplico que os ocupéis sin demora de todo esto; no existe asunto más urgente.

REY Por mi vida,

es cosa que va contra mi voluntad.

WOLSEY En lo que a mí

respecta, apenas se puede culpar a mi voto, que solo emití después de que los doctos jueces aprobaran la medida. Si se va a dar permiso de calumniarme a lenguas groseras, si quienes todo ignoran de mis cualidades y persona van a ser los cronistas de mis actos, solo diré

que tal es el sino de quien ocupa un alto cargo; tal la dura zarza que la virtud debe atravesar. Debemos tomar las medidas necesarias, sin miedo a la maliciosa censura de aquellos que, como peces voraces, siempre siguen a la nave bien equipada, sin otro beneficio que la vana espera.

Lo que mejor hacemos, los intérpretes envidiosos, o sea los tibios, nos lo niegan, y nunca aceptan nuestro mérito. Lo que hacemos peor, en cambio,

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cae muy bien a los de entendimiento basto, que lo proclaman nuestra obra suprema.

Si por miedo a la burla nos quedáramos quietos echaríamos raíces aquí sentados, o nos volveríamos meras efigies de hombres de Estado.

REY Lo hecho bien

y con cuidado nos exime de temores;

deben en cambio temerse las consecuencias de aquello sin anterior ejemplo iniciado. ¿Existe algún precedente para una contribución como esta? Me temo que no. No debemos arrancar a los súbditos

de nuestras leyes y ensartarlos en nuestra voluntad. ¿La sexta parte? ¡Temible contribución! Así cortamos del árbol las ramas, el tronco y hasta la corteza;

y aunque le dejemos la raíz, por esos tajos, el aire le bebe la savia. En cada condado donde se haya cuestionado la medida, comunicad

nuestro perdón a todo aquel que haya resistido la validez de la contribución. Lo dejo en vuestras manos, ocupaos.

WOLSEY (Aparte, a su secretario.) Una palabra. Enviad cartas a cada condado con la gracia y el perdón del rey. Los agraviados villanos me tienen poca simpatía. Que se corra la voz

de que fue por nuestra intercesión que el rey llegó a revocar la medida. En cuanto pueda os daré instrucciones más detalladas.

Sale el secretario.

Entra el INTENDENTE de Buckingham.

REINA Lamento que el duque de Buckingham haya incurrido en vuestra desaprobación.

REY Muchos lo lamentan.

Es un caballero ilustrado, y un gran orador. Nadie debe más que él a la naturaleza; fue educado para ser maestro de maestros, sin recurso a otro distinto de sí mismo. Y sin embargo ved lo que sucede cuando

a tan nobles cualidades falta buen gobierno;

la mente se corrompe y asumen formas malignas,

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diez veces más horribles de lo que fueron bellas. Este hombre tan completo, inscripto entre maravillas, cuya hora de discurso parecía un minuto

a nuestro embelesado oído, él, señora mía, en hábitos monstruosos ha arropado los dones que alguna vez fueron suyos. Se ha vuelto negro, como tiznado en el infierno. Sentaos a mi lado. Oiréis de boca de su servidor y confidente cosas que acongojan al honor. Que repita el relato de sus intrigas, que tanto pesar

nos causa y tanto nos cuesta escuchar.

WOLSEY Adelántate y repite sin remilgos, como escrupuloso súbdito que eres, todo cuanto has oído

de boca del duque de Buckingham.

REY Dilo sin miedo.

INTENDENTE En primer lugar, solía decir (cada día chorreaba de su boca este veneno) que si el rey moría sin descendencia, él se las arreglaría

para quedarse con el cetro. Estas palabras, textuales, dijo en mi presencia a lord Abergavenny, su yerno, ante quien juró, además, vengarse del cardenal.

WOLSEY Tome nota vuestra alteza del grado de peligro que demuestra el duque en este punto.

No contento con desearle el mal a vuestra altísima Persona, su maligna voluntad va más allá, y alcanza a vuestros amigos.

REINA Mi docto lord cardenal,

usad un poco de la caridad.

REY Continúa.

En caso de fallar yo, ¿en qué basaba

su derecho a la corona? ¿Lo escuchasteis, alguna vez, decir algo al respecto?

INTENDENTE Una vana

profecía de Nicholas Henton[26] le dio esperanzas.

REY ¿Quién es ese Henton?

INTENDENTE Su confesor, señor.

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Un fraile cartujo que hora a hora le daba de comer palabras de soberanía.

REY ¿Cómo sabéis todo esto?

INTENDENTE Poco antes de que vuestra majestad encarase

su empresa en Francia, estando el duque en su mansión de The Rose, en la parroquia de Saint Lawrence Poultney, me preguntó qué opinaba el pueblo de Londres sobre el viaje a Francia. Le contesté que temían

que los franceses mostraran su perfidia, para desgracia del rey. Ahí saltó el duque, y afirmó

que eso mismo había escuchado; lo que, temía, vendría a probar la verdad de las palabras que dijo un santo monje, «el cual», me dijo el duque, «más de una vez ha venido a mí a pedirme

le concediera con John de la Car, mi capellán,

una hora a solas, para hablar de un asunto

de gran importancia, del que mi capellán, bajo

secreto de confesión, no debía repetir

una palabra a nadie, excepto a mí; y en tono

solemne y confidencial, haciendo una pausa dramática, le dijo lo siguiente: “Decid al duque que ni el rey

ni sus herederos prosperarán. Que se esfuerce en ganar el amor del pueblo, y así llegará el duque un día a gobernar Inglaterra”».

REINA Si recuerdo bien, vos no sois otro que el intendente del duque, y habéis perdido vuestro puesto a causa de las protestas de los arrendatarios. Tened cuidado

de que vuestro rencor no os lleve a acusar a uno de condición noble, y a perder vuestra alma, de condición más noble aún. Os lo ruego, tened cuidado.

REY Dejadlo seguir.

Procede, vamos.

INTENDENTE Por mi alma que solo digo la verdad.

Dije a mi señor el duque que el diablo

había engañado al monje, y podía ser muy peligroso que, rumiando tales cuestiones, llegara a fraguar un plan (algo que, si acababa creyendo en ellas, bien podía suceder). A ello contestó:

«Calla, en nada me puede dañar»; y agregó luego

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que si el rey enfermo hubiera muerto, pronto habría rodado la cabeza de sir Thomas Lovell y la del cardenal.

REY ¡Ajá! ¿Así, tan vil?

Este hombre trama lo peor. ¿Sabes más?

INTENDENTE Sí, majestad.

REY Adelante, pues.

INTENDENTE Estábamos en Greenwich; vuestra alteza había reprendido al duque por el asunto de sir William Bulmer…

REY Lo recuerdo

bien. Estando él consagrado a mi servicio,

el duque lo retuvo al suyo. ¿Qué pasó entonces?

INTENDENTE «Si por esto», dijo el duque, «el rey me hubiera enviado a la Torre, yo habría llevado a cabo

lo que mi padre quiso y no pudo ejecutar contra el usurpador Ricardo en Salisbury: si el rey lo hubiera recibido en su presencia, al arrodillarse en señal de respeto, le habría hundido el puñal en el vientre».

REY ¡Ah, traidor, gigantesco traidor!

WOLSEY ¿Seguís, señora, creyendo que su alteza puede estar seguro si ese hombre queda libre?

REINA ¡Que Dios ponga todo en su lugar!

REY Tú, ¿qué más?

INTENDENTE

Después de «el duque, su padre» con el «puñal», se irguió y llevando una mano a la daga y la otra al pecho, alzando los ojos al cielo, lanzó un terrible juramento, que, en resumidas cuentas, afirmaba que, si era maltratado, iría más lejos que su padre;

tan lejos como un acto realizado deja atrás a un propósito titubeante.

REY Ese es su objetivo:

envainar su puñal en nuestro cuerpo.

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Su arresto queda confirmado; que vaya a juicio. Si en la ley encuentra misericordia, es suya; si no, que no la busque en nosotros. ¡Por mi honor que nunca he visto mayor traidor!

Sale.

ESCENA III

Entran el LORD CHAMBELÁN y lord SANDS.

LORD CHAMBELÁN ¿Será posible que los encantos de Francia hayan trastornado tanto a nuestros hombres?

SANDS Es costumbre seguir las costumbres nuevas, por más ridículas y poco varoniles que sean.

LORD CHAMBELÁN A mi entender,

lo único que nuestros ingleses

sacaron del reciente viaje a Francia

fue una nueva mueca, o dos, para adornar la cara.

Pero eso sí: vinieron avispados;

pues cuando las mantienen cobran tal aplomo, que uno juraría que incluso sus narices fueron consejeras de Clotario o de Pepino.

SANDS Vinieron con piernas nuevas, pero eso sí, cojas. Quien los viera andar por primera vez, creería que padecen de cojera o de esparavanes.

LORD CHAMBELÁN

¿Y habéis visto sus ropas? Afectan un corte tan pagano que se diría que la Cristiandad les queda corta.

Entra sir Thomas LOVELL.

¿Qué hay de nuevo, sir Thomas Lovell?

LOVELL En verdad, señor,

nada salvo la nueva proclama fijada a las puertas del palacio.

LORD CHAMBELÁN ¿Y qué dictamina?

LOVELL La reforma

de nuestros tan viajados galanes, esos que llenan

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la corte de trifulcas, sastres y parloteo.

LORD CHAMBELÁN ¡Ya era hora! Y ahora espero que nuestros messieurs comprendan que un cortesano inglés puede ser sabio sin haber visto nunca el Louvre.

LOVELL Las nuevas disposiciones

les dejan dos opciones: o descartan los restos

de plumas y estupidez que trajeron de Francia, junto con las erradas nociones sobre lo honorable

que allí imperan, como ser duelos y fuegos artificiales (bajo la cintura); y renuncian de cuajo a su fe

en el tenis, las medias altas y las calzas cortas llenas de tajos, y todos sus otros recuerdos de viaje; y se abstienen de usar el saber foráneo para abusar de quienes son mejores de lo que jamás serán ellos; o se vuelven con sus compañeritos de juegos. Allí podrán cum privilegio decir «oui» hasta gastar la retaguardia de su lujuria, y causar gracia.

SANDS Era hora de aplicar la cura, pues la peste empezaba a extenderse.

LORD CHAMBELÁN ¡Nuestras damas, pobres, sufrirán mucho la pérdida de tan prolijas vanidades!

LOVELL ¡Ahí sí, señores, que tendremos lamentos! Los astutos hijos de puta saben cómo llevarse una dama al huerto. No hay nada como una canción francesa y un violín.

SANDS ¡Que les meta violín el diablo! Me alegro de que se vayan, pues ya no tienen remedio. Ahora por fin un honrado lord del campo como yo, que hace rato

no tiene dónde tocar, puede venir con su cancioncilla, lograr una hora de atención, y ¡por la Virgen! hacer valer su música.

LORD CHAMBELÁN Bien dicho, lord Sands.

No habéis perdido los dientes de potro, según veo.

SANDS No, milord. Y cuando lo haga, morderé con las encías.

LORD CHAMBELÁN ¿Adónde vais, sir Thomas?

LOVELL A la residencia del cardenal, adonde

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vos también estáis invitado.

LORD CHAMBELÁN Es verdad.

Esta noche da una cena de gran fasto

para muchos lores y damas. La flor del reino se encontrará allí, os lo aseguro.

LOVELL Sin duda

ese clérigo es de disposición generosa. Tiene una mano fértil como nuestra tierra; su rocío alcanza a todos.

LORD CHAMBELÁN Es noble sin duda, el que afirme lo contrario miente como un bellaco.

SANDS Puede serlo, milord: tiene con qué. Mezquinar sería, en él, peor pecado que la herejía.

Un hombre con sus medios debe ser liberal; para eso están: para dar el ejemplo.

LORD CHAMBELÁN Verdad,

verdad. Pero pocos hoy dan en tal medida. Señores, mi barca espera. Venid conmigo. Mi buen sir Thomas, vamos. No podemos llegar tarde,

pues esta noche sir Henry Guilford y yo oficiamos de maestros de ceremonias.

SANDS Estoy a vuestras órdenes.

Salen.

ESCENA IV

Oboes. Bajo el dosel, una mesita para el cardenal Wolsey; para los huéspedes, una mesa más larga. Por una puerta entran ANA Bolena y otras damas y caballeros, como huéspedes; por otra puerta entra sir Henry GUILFORD.

GUILFORD Señoras, doy a todas una general bienvenida de parte de su eminencia. Quiere dedicar esta noche a vosotras y a la amable diversión, y espera

que ninguna de tan noble compañía

haya venido con sus penas. Quiere verlas alegres, tanto como la buena compañía y el buen vino puedan alegrar a la buena gente.

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Entran el LORD CHAMBELÁN, lord SANDS y sir Thomas LOVELL.

(A LORD CHAMBERLÁN.) Habéis tardado, señor. A mí, solo pensar en esta bella compañía, me puso alas.

LORD CHAMBELÁN Sois joven, sir Harry Guilford.

SANDS Si el cardenal…, ¿me oís, sir Thomas Lovell?, tuviera la mitad de mis anhelos laicos,

a más de una le daría un rápido banquete que la dejaría saciada, y después a descansar. Por mi vida que son hermosas, y dulces además.

LOVELL ¡Ah, si vuestra merced fuera el confesor de alguna de ellas!

SANDS Ojalá lo fuera; ninguna

podría quejarse de penitencia severa.

LOVELL ¿Ligera entonces?

SANDS Tan ligera como una cama de plumón.

LORD CHAMBELÁN

Sentaos, señoras, queridas señoras. Por favor, sir Harry, acomodad aquel lado, que yo me ocupo de este.

Ya entra su eminencia. No os quedéis duras: dos mujeres lado a lado vuelven el clima helado. Lord Sands, por favor, a ver si me las despabiláis. Sentaos entre estas señoras.

SANDS A fe mía que sí,

y gracias a vuestra señoría. Permiso, señoras,

os pido disculpas por anticipado, por si digo locuras; me viene de mi padre.

ANA ¿Estaba loco, señor?

SANDS Muy loco. Completamente loco. Estaba enamorado.

Pero eso sí, no mordía. Haría como yo, ahora,

os daría veinte besos en un soplo.

La besa.

LORD CHAMBELÁN ¡Bravo, milord!

Ya estáis todos en vuestros lugares. Caballeros, si alguna dama mantiene el ceño fruncido,

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la culpa será vuestra.

SANDS Para cumplir con ese deber

me basto solo.

Oboes. Entra el cardenal WOLSEY y se sienta

bajo el dosel.

WOLSEY Queridos huéspedes, os doy la bienvenida.

Pero no seré amigo de la noble dama

o caballero que no dé rienda suelta a su alegría.

A todos, ¡salud!

Bebe.

SANDS Noble es vuestra eminencia.

Denme una copa para expresar mi gratitud, y me ahorraré las palabras.

WOLSEY Estoy en deuda con vos,

lord Sands. Poned de buen humor a vuestras vecinas.

Señoras, no estáis alegres; caballeros,

¿de quién es la culpa?

SANDS Del vino tinto, señor,

que no ha subido aún a sus mejillas; cuando lo haga, charlarán hasta callarnos.

ANA Sois alegre y juguetón,

lord Sands.

SANDS Sobre todo cuando gano en el juego. Brindo por vos, señora, y vaciad el vaso, pues brindo por algo…

ANA Que no podéis mostrarme.

SANDS Ya vio vuestra eminencia qué pronto han hablado.

Tambores y trompetas. Descarga de pequeños cañones.

WOLSEY ¿Y eso?

LORD CHAMBELÁN Vosotros, id a ver. Moveos.

Sale un sirviente.

WOLSEY Voces de guerra.

¿Qué pueden significar? No temáis, señoras,

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todas las leyes de la guerra os protegen.

Entra el SIRVIENTE.

LORD CHAMBELÁN ¿Y bien? ¿Quiénes son?

SIRVIENTE Desconocidos. Nobles todos,

o así lo parecen. Dejaron su barca, saltaron

a tierra y ahora se acercan; parecen embajadores de príncipes extranjeros.

WOLSEY Vos, buen lord chambelán,

habláis francés; id a darles la bienvenida;

os ruego que les brindéis una recepción honorable.

Y escortadlos hasta aquí, para que este cielo

de bellezas derrame su fulgor sobre ellos.

Sale el LORD CHAMBELÁN, acompañado por asistentes.

Todos se levantan. Se retiran las mesas.

Si el banquete se ha roto, lo arreglaremos pronto. Buen provecho para todos; y una vez más, extiendo sobre vosotros mi saludo: bienvenidos.

Oboes. Entran el REY y su séquito enmascarados, disfrazados de pastores, guiados por el LORD

CHAMBELÁN.

Pasan frente al cardenal y lo saludan con gracia.

Distinguida compañía. ¿Qué se les ofrece?

LORD CHAMBELÁN Me han rogado, ya que no hablan bien inglés, que os diga que llegó hasta ellos la fama

de la bella y noble compañía que hoy

se encontraría reunida aquí. Entonces,

por el gran respeto que la belleza les inspira, no podían menos que abandonar sus rebaños, y, con vuestra venia, solazarse en la vista

de estas damas y pasar un buen rato con ellas.

WOLSEY Contestadles, milord, que es grande el honor que hacen a mi pobre casa. ¡Gracias, y a divertirse!

Cada uno elige una dama;

el REY elige a Ana Bolena.

REY La más delicada mano que yo haya tocado.

Belleza, hasta hoy nunca te había conocido.

Música. Bailan.

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WOLSEY ¡Milord!

LORD CHAMBELÁN ¿Eminencia?

WOLSEY Decidles lo siguiente:

que entre ellos debe haber alguno que por su persona merezca más que yo ocupar este asiento.

Si supiera quién es, por amor y por deber, se lo dejaría con gusto.

LORD CHAMBELÁN Enseguida, milord.

Cuchichea con los enmascarados.

WOLSEY ¿Y? ¿Qué dicen?

LORD CHAMBELÁN Confiesan que, en efecto,

hay uno así; y, si vuestra eminencia lo descubre, aceptará vuestra oferta.

WOLSEY Veamos, pues.

Se levanta del asiento.

Con permiso, caballeros; que aquí haré

mi real elección.

Hace una reverencia frente al REY.

REY (Se quita la máscara.) No os equivocáis, milord.

Os encuentro en buena compañía, y hacéis bien.

Cardenal: si no fuerais hombre de iglesia

os juzgaría desfavorablemente.

WOLSEY Me alegra

que vuestra majestad esté de humor tan bueno.

REY Lord chambelán, acercaos. ¿Quién es esa bella dama?

LORD CHAMBELÁN Con vuestro permiso, la hija de Thomas Bullen, vizconde de Rochford, una de las damas de la reina.

REY Por el cielo que es delicada. Dulce mía, sería poco cortés invitarte a bailar

y no besarte. Caballeros, a todos, ¡salud!

¡Y que pegue la vuelta!

WOLSEY Sir Thomas, ¿está listo ya el banquete en la sala privada?

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LOVELL Sí, milord.

WOLSEY Vuestra majestad,

os veo algo acalorado de tanto bailar.

REY Algo demasiado.

WOLSEY El aire está más fresco, milord,

en la sala de al lado.

REY Vaya entonces cada uno con su dama: dulce compañera seguiremos juntos por ahora. ¡A divertirse,

mi buen lord cardenal! Primero brindaré por estas damas, media docena de veces; y volveré a conducir

otra solemne danza; luego podremos soñar cuál es la más agraciada. ¡Músicos, a tocar!

Salen, con trompetas.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA I

Entran dos CABALLEROS

por distintas puertas.

PRIMER CABALLERO

¿Adónde vais tan deprisa?

SEGUNDO CABALLERO ¡Ah, Dios os guarde!

A Westminster Hall, para ver qué será del gran duque de Buckingham.

PRIMER CABALLERO Puedo ahorraros la tarea,

señor. Todo ha terminado, salvo la ceremonia

de devolver al prisionero.

SEGUNDO CABALLERO ¿Estuvisteis allí?

PRIMER CABALLERO Sí, sin duda.

SEGUNDO CABALLERO Por favor, contadme lo que pasó.

PRIMER CABALLERO

No os será difícil adivinarlo.

SEGUNDO CABALLERO ¿Lo hallaron culpable?

PRIMER CABALLERO Así fue. Lo hallaron culpable y lo condenaron.

SEGUNDO CABALLERO

Me apena enterarme de ello.

PRIMER CABALLERO No sois el único, sabedlo.

SEGUNDO CABALLERO Por favor, decidme cómo sucedió.

PRIMER CABALLERO Lo haré en pocas palabras. El gran duque se sentó en el banquillo, y una vez más se declaró inocente de las acusaciones, alegando

muchas razones agudas para vencer a la ley. El abogado del rey, por el contrario, recurrió a testimonios, pruebas y confesiones de varios testigos, que el propio duque quiso oír viva voce. Dieron testimonio en su contra su intendente, sir Gilbert Perk su secretario, y su confesor

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John Car, junto con ese monje del demonio, Hopkins, el padre de tantas maldades.

SEGUNDO CABALLERO Fue él

quien lo azuzó con sus profecías.

PRIMER CABALLERO El mismo.

Hubo sobre el duque un diluvio de acusaciones. Él trató de quitárselas de encima, pero en vano;

y, basándose en estas pruebas, sus pares lo declararon culpable de alta traición. Habló larga y doctamente; pues estaba en juego su vida. Pero no hubo caso, lo que no fue olvidado solo consiguió dar lástima.

SEGUNDO CABALLERO Y después de todo eso, ¿cómo se comportó?

PRIMER CABALLERO Cuando lo regresaron al banquillo, para oír la campanada fúnebre, o sea su sentencia,

se retorció de dolor y sudó, sudó mucho,

y la cólera lo movió a hablar mal, atropellándose; pero luego volvió a ser el mismo, y de ahí en más mostró en todo una paciencia noble y tierna.

SEGUNDO CABALLERO

No parece temer a la muerte.

PRIMER CABALLERO ¿Él? Seguro que no;

nunca fue tan mujeril. Pero claro, sin duda

la causa lo entristece un poco.

SEGUNDO CABALLERO Seguro

que detrás de todo esto está el cardenal.

PRIMER CABALLERO Es probable,

todo apunta en esa dirección. Primero

le sacan a Kildare el cargo de virrey de Irlanda, y a toda prisa envían a Surrey a reemplazarlo, no vaya a ser que ayude a su suegro.

SEGUNDO CABALLERO Fue una maniobra

de lo más insidiosa.

PRIMER CABALLERO Cuando Surrey regrese se la hará pagar. Todos lo saben:

a quien el rey muestra favor, el cardenal sin pérdida de tiempo le consigue empleo

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bien lejos de la corte.

SEGUNDO CABALLERO La gente del pueblo lo odia

a muerte, juro por mi alma que quisieran verlo

hundido a diez brazas de profundidad. Al duque en cambio lo aman con igual intensidad. Buckingham

el generoso, lo llaman, espejo de toda cortesía…

PRIMER CABALLERO

Silencio. Aquí viene la noble ruina de la que habláis.

Entra BUCKINGHAM, de vuelta de su proceso. Alguaciles de varas rematadas en metal, el hacha con la hoja vuelta hacia él; alabardas a ambos lados. Lo acompañan sir Thomas LOVELL, sir Nicholas VAUX, sir Walter Sands, gente del pueblo, etcétera.

SEGUNDO CABALLERO Observemos en silencio.

BUCKINGHAM Buena gente,

vosotros que habéis venido para apiadaros de mí, escuchad, y luego volved a casa y perdedme para siempre. Hoy, se me ha declarado traidor, y con ese título debo morir. Y sin embargo,

que el cielo me desmienta, y mi conciencia me hunda en el infierno cuando caiga el hacha, si no soy leal. No culpo a la ley por mi muerte; lo que ha hecho, dados los testimonios, no fue más que justicia.

Pero a quienes la buscaron, querría verlos más cristianos. Sean lo que sean, de corazón los perdono. Que se cuiden no obstante de regodearse

del daño que hacen, de erigir sus maldades sobre las tumbas de los grandes señores,

pues entonces mi sangre inocente gritará sus nombres.

No espero más vida en este mundo,

ni pediré por ella al rey, aunque sus mercedes superan todas las faltas que yo pueda cometer. Vosotros que me amasteis, y os atrevisteis

a llorar por el pobre Buckingham, a quien la única amargura que la muerte causa es tener que dejaros, acompañadme

a mi final como ángeles protectores, y cuando caiga sobre mí el largo divorcio de acero,

ofreced vuestras plegarias para que mi alma suba al cielo. ¡En marcha, por Dios!

LOVELL Ruego a vuestra merced, por caridad, que si alguna

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vez el encono contra mí, se ocultó

en vuestro corazón, me perdonéis ahora.

BUCKINGHAM

Os perdono, sir Thomas Lovell, con toda la franqueza con que quisiera ser perdonado. Perdono a todos. Las ofensas contra mí no pueden ser tales

que no pueda con todas hacer las paces. Mi tumba no llevará la negra marca del rencor. Encomendadme a su majestad; y si alguna vez pregunta por el pobre Buckingham, decidle

que lo encontrasteis camino al cielo. Mis plegarias y mis votos todavía son del rey, y hasta que mi alma me abandone seguirán pidiendo por él: que viva más años que los que yo tengo tiempo de contar, que amado y amoroso sea su reinado;

y que cuando la edad avanzada lo conduzca al fin, tengan él y la virtud el mismo monumento.

LOVELL Conduciré a vuestra merced hasta el embarcadero, adonde os entregaré a sir Nicholas Vaux;

él se hará cargo hasta el final.

VAUX Atención,

listos todos. Se acerca el duque. Que la barca esté pronta, y equipada con todo lo que conviene a la grandeza de su persona.

BUCKINGHAM No, sir Nicholas,

dejadlo así. Honrarme ahora sería una burla. Cuando vine hacia aquí, era lord Gran Condestable; era el duque de Buckingham. Ahora soy apenas

el pobre Edward Bohun. Y sin embargo soy más rico que mis acusadores, que no conocen la verdad. La sello ahora, con la sangre que un día

los hará gemir. Mi noble padre, Henry

de Buckingham, el primero en armarse contra Ricardo el usurpador, se vio obligado en mala hora a huir a casa de su sirviente Banister.

El miserable lo traicionó, y él cayó sin proceso. ¡Dios lo tenga en su gloria! Al acceder al trono Enrique VII, apiadándose de la pérdida

de mi padre, me devolvió los honores, y restauró mi nombre

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de la ruina a la nobleza. Ahora su hijo,

Enrique VIII, me arrebata de un solo golpe

vida, nombre, honor y todo cuanto en este mundo

me hacía feliz. He tenido mi proceso,

y debo admitir que ha sido en regla. En esto al menos soy un poco más feliz que mi desgraciado padre. Pero en una cosa nos iguala la fortuna:

ambos caímos por nuestros sirvientes, por aquellos a quienes dimos nuestro amor. ¡Desleal servicio! El cielo sabe por qué caminos nos lleva. Vosotros

que me escucháis, oíd la verdad de labios de un moribundo:

si sois liberales en dar amor y confianza, cuidaos

de no ser pródigos; pues los amigos que hacéis

de todo corazón, ni bien adviertan el menor

traspié en vuestras fortunas, se apartarán de vosotros

como el agua, y en vano los buscaréis hasta el día

en que vuelvan para hundiros. ¡Vosotros, buena gente, rezad por mí! Debo dejaros ahora; ha llegado la última hora de esta vida larga y agotadora.

Adiós;

y si alguna vez queréis contar un hecho triste

hablad de mi caída. He terminado. Que Dios se apiade de mí.

Salen

el duque y su cortejo.

PRIMER CABALLERO Señor, todo esto me apena mucho, y temo que es un llamado a que caigan maldiciones

sobre las cabezas de los ejecutores.

SEGUNDO CABALLERO

Muy doloroso, si el duque es inocente. Pero tengo noticia de un mal mayor que está a punto de caer sobre nosotros.

PRIMER CABALLERO ¡Los ángeles guardianes nos protejan!

¿Qué puede ser? ¿Acaso dudáis de mi discreción?

SEGUNDO CABALLERO Con un secreto de tanto peso, toda discreción puede ser poca.

PRIMER CABALLERO Confiádmelo, os lo ruego, no soy de hablar demasiado.

SEGUNDO CABALLERO Os tengo confianza, os lo revelaré.

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¿No habéis oído, en el último tiempo, el zumbido de un rumor acerca de la separación del rey y Catalina?

PRIMER CABALLERO Sí, lo oí, pero no tenía fundamento, y en cuanto el rey lo oyó, ordenó con gran enojo al alcalde mayor que le pusiera inmediato freno, y acallara las lenguas que se atrevían

a propagarlo.

SEGUNDO CABALLERO Y con todo, señor, la calumnia ha resultado ser verdad, y crece, más fresca de lo que nunca fue, y todos dan por hecho que el rey se va a tirar el lance. El cardenal o alguno de su entorno, por ojeriza a la reina, le han llenado al rey la cabeza de escrúpulos,

y estos la perderán. La reciente visita del cardenal Campegio, quien nadie duda ha venido a ocuparse del asunto, parece confirmarlo.

PRIMER CABALLERO Esto es cosa

del cardenal. Lo hace para vengarse del emperador Carlos, que no quiso concederle el arzobispado de Toledo.

SEGUNDO CABALLERO Me parece

que habéis dado en el blanco. ¿Pero no es una crueldad que sea la reina quien pague por ello? El cardenal hará su voluntad, y ella debe caer.

PRIMER CABALLERO Qué penoso.

Me parece que aquí estamos algo expuestos.

Sigamos hablando en un lugar más privado.

Salen.

ESCENA II

Entra el LORD CHAMBELÁN con una carta.

LORD CHAMBELÁN (Leyendo.) «Milord: he puesto todo mi empeño en que los caballos que mandasteis pedir fueran bien elegidos, domados y equipados. Eran jóvenes y hermosos, de la mejor raza del norte. Cuando estaban por

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salir hacia Londres vino un criado del lord cardenal, munido de una orden, y por fuerza mayor me los quitó, aduciendo que a su amo debía servirse antes que a un súbdito, sino antes que al mismo rey. Y con eso nos tapó la boca, señor.»

Me temo que así será. En fin, que se los quede.

A este paso se quedará con todo.

Entran a verlo los duques de NORFOLK y SUFFOLK.

NORFOLK Gusto en veros, milord chambelán.

LORD CHAMBELÁN Buenos días a vuestras mercedes.

SUFFOLK ¿Qué está haciendo el rey?

LORD CHAMBELÁN Lo dejé solo,

agobiado por tristes pensamientos y problemas.

NORFOLK ¿Por qué causa?

LORD CHAMBELÁN Parece que el haberse casado con la esposa de su hermano le remuerde ahora la conciencia.

SUFFOLK (Aparte.) Más bien es su conciencia la que muerde a otra dama.

NORFOLK Ya sé, y es obra del cardenal, del cardenal-rey, el ciego hijo mayor de la Fortuna, cuya rueda hace girar según él desea. Un día el rey lo verá.

SUFFOLK Dios lo quiera; si no, nunca se verá a sí mismo.

NORFOLK Toda su labor es para él sagrada;

todo merece su celo. Rompe nuestro tratado con el emperador, sobrino de la reina,

y se interna en el alma del rey, esparciendo temores, desesperantes dudas sobre su matrimonio: y, para remediarlas, propone al rey la cura de un divorcio, la pérdida de una joya

que por veinte años ha colgado de su cuello sin que jamás se le haya empañado el brillo; de aquella cuyo amor es como el de los ángeles por los hombres justos; de aquella que aun cuando reciba el más duro golpe de la fortuna dará su bendición al rey. ¿No es obra pía?

LORD CHAMBELÁN Dios me libre de semejante consejero. Es verdad que tales rumores se encuentran en todas las bocas

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y hacen llorar a cada corazón leal. El que se atreva verá fácilmente el fin de todo esto:

la hermana del rey francés. Algún día el cielo abrirá los ojos del rey, por tanto tiempo dormidos al juego de ese malvado audaz.

SUFFOLK Y caerán nuestras cadenas.

NORFOLK Debemos rezar, y con ganas, por nuestra salvación, o ese prepotente hará de los príncipes

nuevos pajes: ha amasado

el honor de todos, hasta formar una sola bola que moldea a su antojo.

SUFFOLK En lo que a mí respecta

señores, ni lo amo ni le temo, y aquí va mi credo: sin su apoyo fui hecho y sin él me sostengo, con la venia de su majestad; de aire son sus maldiciones y bendiciones; no las creo.

Lo conozco desde siempre, y por eso

se lo dejo al Papa, que fue quien lo hizo tan orgulloso.

NORFOLK Entremos y propongamos al rey asuntos nuevos para distraerlo de sus tristes pensamientos.

¿Venís con nosotros, señor?

LORD CHAMBELÁN Os ruego me disculpéis.

El rey requiere mi presencia en otra parte.

Además, no es el mejor momento para interrumpirlo.

¡Salud a vuestras señorías!

NORFOLK Gracias, milord chambelán.

Sale el LORD CHAMBELÁN.

El REY corre la cortina y se sienta a leer, pensativo.

SUFFOLK Se lo ve triste. Debe estar muy afligido.

REY ¿Quién anda ahí? ¿Eh?

NORFOLK Ruego a Dios no esté enojado.

REY

¡Que quién anda ahí, he dicho! ¿Cómo os atrevéis a interrumpir mis meditaciones privadas? ¿Qué soy yo, eh?

NORFOLK Un rey lleno de gracia para perdonar ofensas sin intención. Si hemos cometido

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una infracción, fue por necesidad

de saber vuestra voluntad en asuntos de estado.

REY Yo os enseñaré a conocer vuestro lugar y ocasión. Os parece momento para asuntos temporales, ¿eh?

Entran WOLSEY y CAMPEGIO con una comisión.

¿Quién llega? ¿Mi buen lord cardenal? Ah, Wolsey, bálsamo de mi conciencia herida, eres una cura

digna de un rey. (A CAMPEGIO.) Ilustrado y reverendísimo señor, sed bienvenido a nuestro reino. (A WOLSEY.) Cuidad, milord, que mis promesas no queden en palabras.

WOLSEY No temáis, señor.

Ahora, si vuestra merced nos diera al menos una hora de audiencia en privado…

REY (A NORFOLK y SUFFOLK.) Estamos ocupados. Idos.

NORFOLK (Aparte, a SUFFOLK.)

¡No tiene orgullo, el cura!

SUFFOLK (Aparte, a NORFOLK) ¡A quién se le ocurre!

Yo en su lugar me cuidaría un poco más.

Esto no puede seguir así.

NORFOLK (Aparte, a SUFFOLK.) Y si sigue,

mejor que se cuide de mí.

SUFFOLK (Aparte, a NORFOLK) Y también de mí.

Salen NORFOLK y SUFFOLK.

WOLSEY Al someter vuestros escrúpulos

al voto de toda cristiandad,

vuestra majestad ha sentado un precedente de prudencia para todos los príncipes.

¿Quién ahora se dirá ofendido? ¿Qué calumnia os alcanzará? Los mismos españoles, ligados

a la reina por lazos de sangre y afecto, aceptarán, si tienen buena fe, la limpieza del procedimiento. Todos los clérigos instruidos de la cristiandad podrán emitir su voto. Respondiendo a vuestra invitación, Roma, la cuna de la sabiduría,

nos ha enviado esta boca que habla por todos, este buen hombre, este justo e instruido sacerdote,

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el cardenal Campegio, a quien os vuelvo a presentar.

REY Y a quien vuelvo a abrazar y dar la bienvenida. Agradezco al colegio de cardenales el afectuoso gesto de enviarme al hombre que habría deseado.

CAMPEGIO Vuestra merced, por su nobleza, merece el afecto de cualquier extranjero. En manos de vuestra alteza pongo mi comisión, en virtud de la cual, vos, milord cardenal de York, por mandato de la corte de Roma, seréis con este humilde servidor

juez imparcial del asunto.

REY Dos hombres iguales

en justicia. En el acto se informará a la reina

de los motivos de vuestra visita. ¿Dónde está Gardiner?

WOLSEY Por el amor que siempre le habéis tenido,

vuestra majestad, sé que no le negaréis aquello

que hasta las de rango inferior pueden exigir por ley:

eruditos capaces de defender su causa.

REY Y contará con los mejores, y el que más se destaque

tendrá mi favor, Dios sea servido. Cardenal, hacedme el favor de llamar a Gardiner, mi nuevo secretario. Me parece el hombre indicado.

Sale WOLSEY.

Entra WOLSEY con GARDINER.

WOLSEY (Aparte, a GARDINER.)

Dame la mano. El favor y la dicha son tuyos ahora.

Ya eres hombre del rey.

GARDINER (Aparte, a WOLSEY.) Pero siempre a las órdenes de vuestra merced, cuya mano me ha elevado.

REY Ven aquí, Gardiner.

Caminan y susurran.

CAMPEGIO

Milord de York, el puesto de este hombre, ¿no lo ocupaba antes, un tal doctor Pace?

WOLSEY En efecto, así era.

CAMPEGIO ¿Y no era acaso un hombre instruido?

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WOLSEY Por supuesto.

CAMPEGIO Entonces, creedme si os digo que sobre vos corre un mal rumor, milord cardenal.

WOLSEY ¿Cómo? ¿Sobre mí?

CAMPEGIO Se atreven a decir que le teníais envidia; que temiendo que su virtud le valiera mayor ascendiente, lo mantuvisteis siempre en el extranjero, y que por eso, de tan amargado, enloqueció y murió.

WOLSEY Que la paz del Señor

sea con él, y hasta aquí llega mi piedad cristiana. Y a los vivos que sigan murmurando, yo tengo dónde ponerlos.

El tonto pretendía ser virtuoso. Este buen muchacho, en cambio, hace exactamente lo que le digo;

cerca de mí solo quiero a otros como él. Sabedlo, hermano, no nacimos para que nos estorben los de abajo.

REY Informad de esto a la reina. Hacedlo con gentileza.

Sale GARDINER.

Se me ocurre que Blackfriars es el mejor lugar para recibir a nuestros sabios; allí

os reuniréis a considerar tan grave asunto.

Mi Wolsey, ocupaos de equiparlo bien. ¡Ay, milord! ¿No es un crimen que el lecho de un hombre vigoroso pierda tan dulce compañera? ¡Ah, conciencia, conciencia! Delicado punto de dolor, que me obligas a dejarla.

Salen.

ESCENA III

Entran ANA Bolena y una ANCIANA DAMA.

ANA Tampoco por eso. No, lo que duele es que su alteza la deje después de tantos años de vivir con ella. ¡Una señora tan virtuosa que nadie se atreve

a decir palabra que la deshonre! Por mi vida que nunca ha hecho nada malo. Y ahora,

tras haber visto desde el trono girar tantos soles, y con cada uno ver crecer su majestad

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y pompa, mil veces más duras de perder que dulces de adquirir, después de todo esto, la mandan de paseo. Es eso lo que me apena; apenaría a un monstruo.

ANCIANA DAMA Corazones más duros

se derriten y lloran por ella.

ANA Ay, más le valdría

no haber conocido nunca la pompa; pues aunque sea solo terrenal, si la Fortuna

se la arrebata a quien vivió con ella, es un divorcio que duele tanto como el de alma y cuerpo.

ANCIANA DAMA ¡Pobre señora! Ha vuelto a ser una extranjera.

ANA Razón de más para apiadarse de ella. En verdad, juro que prefiero haber nacido en cuna baja,

y hallar contento entre el humilde común de la gente, que encaramarme en la desgracia recamada, vistiendo penas de oro.

ANCIANA DAMA No hay bien mayor

que contentarnos con lo nuestro.

ANA Por mi fe

y mi virginidad que nunca sería reina.

ANCIANA DAMA Por

mi virginidad perdida que la daría de nuevo por serlo, y lo mismo harías tú, a pesar de este aliño de hipocresía. Eres mujer,

y bien hecha, y tu corazón también es femenino, afecto a la grandeza, el dinero y el poder;

los cuales, si vamos a ser francas, son bendiciones; y con el debido respeto a tus remilgos, tu elástica conciencia de cabritilla las recibiría con gusto si te dignaras a estirarla este poquito.

ANA A fe mía que no.

ANCIANA DAMA A la mía que sí. ¿No te harías reina, pues?

ANA Ni por todo el oro del mundo.

ANCIANA DAMA Qué extraño.

Vieja como soy, yo me vendería por tres peniques

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alcahuetes, si por mis favores me los pagaran. Pero en fin, dime, ¿y duquesa? ¿Aguantarían tus muslos el peso de ese título?

ANA No, de veras.

ANCIANA DAMA Entonces te falta aguante. A ver, bajemos un escalón. ¿Si se te acercara un conde, no quedaría tu virginidad

como la mía en menos de lo que se desvanece un rubor? Si tu espalda no soporta ese peso, ¿cómo aguantará el de un niño?

ANA ¡Cómo hablas!

Juro de nuevo que no sería reina aunque

me ofrecieran el mundo.

ANCIANA DAMA Por la pequeña Inglaterra

te van a dar con la bola de la realeza, y aceptarás. Yo lo haría por Caernarvonshire, aunque la corona no otorgara sino ese territorio. ¿Quién viene?

Entra el LORD CHAMBELÁN.

LORD CHAMBELÁN Buenos días, señoras. ¿Cuánto me costaría saber el secreto de vuestra charla?

ANA Milord, no vale el precio

de vuestra demanda; preguntarlo ya es pagar de más.

Nos condolíamos de las desgracias de nuestra señora.

LORD CHAMBELÁN Es esa una ocupación muy loable, y digna de tan virtuosas mujeres. No perdamos las esperanzas, puede que todo acabe bien.

ANA ¡Ruego a Dios que así sea!

LORD CHAMBELÁN Vuestro corazón es generoso, y el cielo bendice a los de vuestra condición. Y, bella señora, para que veáis que no hablo en vano, y que al rey no le han pasado inadvertidas vuestras muchas virtudes. Su majestad, en reconocimiento,

se ha propuesto honraros nada menos que con el título de marquesa de Pembroke; título al cual agrega

una pensión anual de mi libras esterlinas, como muestra de generosidad.

ANA No sé bien

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cómo corresponder a tales dones; de nada valdría ofrecer todo lo mío y más. A las palabras

de mis ruegos les faltará santidad, mis buenos deseos poco serán más que frases huecas; y sin embargo ruegos y deseos son todo lo que puedo ofrecer. Suplico a vuestra merced transmita al rey

la obediencia y el agradecimiento de una tímida doncella que ruega por su salud y grandeza.

LORD CHAMBELÁN Señora, no puedo sino confirmar la alta opinión que el rey tiene de vos. (Aparte.) La he mirado bien.

Su honor y su belleza, en conjunción, le han ganado un rey. A ver si todavía de esta dama

no surge una joya que ilumine la isla entera.

(A ellas.) Diré al rey que hablé con vos.

ANA ¡Honorable señor!

Sale

el LORD CHAMBELÁN.

ANCIANA DAMA ¡Bueno, bueno, parece que así son las cosas!

Dieciséis años hace que mendigo en esta corte

y no soy sino una mendiga cortesana, que siempre llegaba, cuando pedía dinero,

demasiado tarde o muy temprano. Y a ti, (¡ah, destino!) que no eres aquí más que un pescado fresco, te llenan la boca antes de abrirla. ¡Maldita, maldita seas, fortuna no buscada!

ANA Esto es muy extraño.

ANCIANA DAMA ¿Qué? ¿Sabe mal? ¿Es amargo? Cuarenta peniques a que no. Cuentan una vieja historia de una dama

que no quiso hacerse reina. No, ni por Egipto y todo su barro se iba a rebajar. ¿La conoces?

ANA Vamos, vamos, estás contenta.

ANCIANA DAMA Con tu suerte

superaría a la alondra. ¡Marquesa de Pembroke! ¡Y mil libras al año en mera señal de respeto! ¡Sin otra obligación! Por mi vida que promete miles y miles más; la cola del honor es más larga que el frente de su vestido. Ahora ya sabemos

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que tu espalda aguanta el peso de un marquesado.

¿No te sientes con más fuerza que hace un rato?

ANA Imagina lo que quieras, y diviértete con ello;

a mí déjame fuera. Que me muera si todo esto me enciende en algo la sangre. No, me da vértigo más bien pensar en lo que vendrá.

La reina se ha quedado sin nadie que la consuele, la descuidamos con nuestra ausencia. Te ruego que no le cuentes nada de esto.

ANCIANA DAMA ¿Por quién me tomas?

Salen.

ESCENA IV

Trompetas, fanfarria y cornetas. Entran dos maceros con varas cortas de plata; detrás de ellos dos escribientes en hábito de doctores; luego el arzobispo de Canterbury, solo; luego los obispos de LINCOLN, Ely, Rochester y Saint Asaph; luego, a corta distancia, un gentilhombre portando la bolsa con el gran sello y un capelo de cardenal; luego dos sacerdotes, cada uno llevando una cruz de plata; luego GRIFFITH, gentilhombre ujier, la cabeza descubierta, acompañado por un oficial de orden que lleva la maza de plata; luego dos gentileshombres llevando dos grandes columnas de plata; luego, lado a lado, los dos cardenales, WOLSEY y CAMPEGIO, y dos nobles con espada y maza. El REY se sienta bajo el pabellón. Los dos cardenales se sientan un poco más abajo, como jueces. La REINA se sitúa a cierta distancia del rey. Los obispos se colocan a ambos lados de la corte, a la manera de un consistorio; un poco más abajo, los ESCRIBIENTES. El resto de los presentes permanece de pie ocupando el escenario en el orden adecuado.

WOLSEY Que se haga silencio mientras damos lectura a nuestra

comisión de Roma.

REY ¿Para qué? Ya ha sido leída

públicamente, y todas las partes han reconocido su autoridad. No perdamos más el tiempo.

WOLSEY Que así sea entonces. Proceded.

ESCRIBIENTE Decid: «Enrique, rey de Inglaterra, compareced ante el tribunal».

PREGONERO Enrique, rey de Inglaterra, compareced ante el tribunal.

REY Aquí estoy.

ESCRIBIENTE Decid: «Catalina, reina de Inglaterra, compareced ante el tribunal».

PREGONERO Catalina, reina de Inglaterra, compareced ante el tribunal.

La REINA no contesta. Se levanta de su asiento, atraviesa la corte, llega hasta el REY y se arrodilla

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a sus pies. Luego habla.

REINA Señor, os pido que actuéis conmigo de manera justa y correcta, y que tengáis compasión, pues soy una pobre mujer, y extranjera además,

nacida fuera de vuestros dominios, que aquí no tiene ni juez imparcial, ni garantía alguna de amistad fiable, ni justo proceso. Ay, señor, ¿en qué

os he ofendido? ¿Es que acaso mi comportamiento os ha dado algún motivo de disgusto para que decidáis descartarme así

y retirarme vuestro favor? El cielo es testigo

de que siempre he sido una esposa humilde y fiel, dócil en todo momento a vuestra voluntad, temerosa siempre de atizar vuestro descontento, vasalla fiel de vuestro humor alegre o triste,

de acuerdo a cómo se presentara. ¿Cuándo sucedió que contradijera vuestros deseos, o que no los hiciera también míos? Si alguien era vuestro amigo,

¿no me esforcé yo por amarlo, aunque supiese que era mi enemigo? Y si el amigo era mío y causaba vuestro enojo, ¿acaso seguía queriéndolo yo, o le anunciaba que desde entonces le retiraba mi amistad? Tomad nota, señor,

de que con esta obediencia he sido vuestra esposa por más de veinte años, y he recibido la bendición de varios hijos vuestros. Si en el transcurso y avatar de todo ese tiempo, podéis alegar, y probar,

cosa alguna que afecte mi honor en algo, mi fidelidad conyugal y mi amor y deber

a vuestra sagrada persona, entonces en nombre de Dios apartadme de vuestro lado, entregadme a la justicia más severa y que la puerta del desprecio

más infame se cierre sobre mí. Tened en cuenta, señor, que vuestro padre, el rey, tenía fama de ser un muy prudente príncipe, de inteligencia

y juicio sin par. El mío, Fernando, rey de España, era considerado por todos uno de los príncipes más sabios que hayan reinado en mucho tiempo. No hay duda pues de que el consejo que cada uno convocó en su reino era competente para discutir esta misma cuestión; y ambos coincidieron

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en que nuestro matrimonio era legítimo. Por todo esto humildemente os ruego un aplazamiento, hasta que puedan acudir en mi ayuda

mis amigos de España, cuyo consejo pediré. Si no es posible, en el nombre de Dios, haced vuestra voluntad.

WOLSEY Señora,

aquí tenéis a todos estos reverendos padres elegidos por vos, hombres doctos y de probada integridad; los mejores del reino, que se han reunido para argumentar en favor vuestro. Si buscáis recuperar la tranquilidad y sosegar

la inquietud del rey, es inútil que sigáis importunando a esta corte.

CAMPEGIO Su eminencia ha hablado

justa y correctamente. Y por ello corresponde, señora, que esta real sesión proceda, y sin demora se presenten y se oigan los argumentos

de las partes.

REINA Lord cardenal, a vos os hablo.

WOLSEY Señora, estoy a vuestra disposición.

REINA Señor,

estoy a punto de llorar; pero pensando

que soy una reina, o al menos por mucho tiempo lo he soñado, y soy, eso sin duda,

la hija de un rey, haré de mis lágrimas

chispas de fuego.

WOLSEY Esperad. Tened paciencia.

REINA Cuando vos tengáis humildad. No, mejor antes,

o Dios me castigará. Por indicios indudables

creo que sois mi enemigo, y por lo tanto os recuso

como mi juez. Pues sois vos quien ha avivado

entre mi señor y yo esta llama de discordia

(¡que el rocío de Dios la apagara!) y por lo tanto repito que os aborrezco y con toda mi alma os rechazo como juez. Sois sin duda mi más encarnizado enemigo, y en absoluto sois amigo de la verdad.

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WOLSEY Señora, confieso que os desconozco;

esa manera de hablar no se condice con vuestra persona, que ha mostrado siempre una sabiduría y dulzura superiores a lo habitual

en las mujeres. Vuestras palabras me ofenden. No guardo hacia vos animosidad alguna, ni quiero

ser injusto con vos, ni con nadie. Si hasta aquí

he llegado, y dispuesto a ir más lejos, lo hago

autorizado por una comisión del consistorio,

nada menos que el colegio de cardenales de Roma.

Me acusáis de avivar la llama de la discordia.

Lo niego. El rey está aquí presente. Si él me oyera faltar a la verdad, qué severo (y justo) castigo

no haría caer sobre mi falsía; tan severo como la herida que habéis infligido a mi veracidad. Me sabe el rey inocente de vuestra acusación, tanto como vulnerable a vuestros ataques. Es de él entonces

de quien espero un remedio, que vendrá de extirpar las ideas erróneas que tenéis. Gentil señora, antes de que su alteza hable

os ruego que os retractéis de lo que habéis dicho y que de ahora en más guardéis silencio.

REINA Milord, milord,

soy una simple mujer, demasiado débil para enfrentarme a vuestra astucia. Pasáis por dócil y modesto al hablar; vuestro oficio y vocación se muestran al mundo

con mansedumbre y humildad; pero vuestro corazón henchido rebosa de orgullo, malicia y arrogancia. Gracias a la fortuna, y al favor de su alteza,

habéis sorteado con ligereza los escalones más bajos, y ahora los poderosos sirven en vuestro séquito,

y vuestras palabras, domésticas, hacen vuestra voluntad apenas les dais la orden. Consentís el honor

de vuestra persona más de lo que cuidáis de vuestra elevada profesión espiritual;

por eso os digo una vez más que os recuso como juez, y ante todos pongo mi causa entera en manos del Papa, apelando ante su santidad, para que él me juzgue.

Hace una reverencia al REY y se dispone a partir.

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CAMPEGIO La reina

se muestra obstinada, reacia a la justicia, más dispuesta a acusarla que a ponerse en sus manos; eso no está bien. Y ahora se retira.

REY Llamadla de nuevo.

PREGONERO

Catalina, reina de Inglaterra, compareced ante el tribunal.

GRIFFITH Señora, se os manda volver.

REINA ¿Y a vos qué os importa? Seguid andando y regresad cuando digan vuestro nombre. ¡Dios nos ayude!

Me han hecho perder la paciencia. Seguid adelante, os ruego.

No me detendré; no, ni volveré jamás a presentarme

en sus tribunales.

Salen la REINA y sus asistentes.

REY Ve, Catalina, sigue tu camino.

Y si un hombre dice tener esposa mejor que tú,

que en ninguna otra cosa le tengan confianza alguna por haber mentido en esa. Si tus cualidades excepcionales, tu trato dulce y gentil, tu docilidad de santa, tu discreción de buena esposa, y todas tus otras piadosas virtudes pudieran describirte, te coronarían como reina de todas las reinas

de esta tierra. Su cuna fue noble, y como conviene a su verdadera nobleza se ha portado conmigo.

WOLSEY Muy gracioso señor, suplico con toda humildad vuestra alteza tenga a bien declarar, en presencia de este auditorio (pues allí donde he sido robado y amarrado, aunque pueda demorarse

la compensación, ahí mismo se me debe desatar)

si alguna vez acudí a vuestra majestad

para tratar este asunto, si puse en vuestro camino escrúpulo alguno que os impulsara a cuestionaros, o si alguna vez hablé con vos de la reina, salvo para dar gracias a Dios por tan real señora;

¿acaso pronuncié una sola palabra que en algo pudiera perjudicar su presente majestad, o herir la buena reputación de su persona?

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REY Os excuso,

milord cardenal. Sí, por mi honor, os libero de tal acusación. No hace falta que os diga

que tenéis muchos enemigos, que ni siquiera saben por qué lo son, pues como perros de aldea ladran, cuando lo hacen sus compañeros. Algunos le han llenado la cabeza a la reina. Os libero de la imputación. ¿No os alcanza? ¿Queréis más? Bien. Siempre estuvisteis a favor de dejar en paz el asunto, nunca quisisteis hacer olas, sino que muchas veces, muchas, pusisteis obstáculos en el camino hacia él. Ante todos entonces doy fe de la inocencia del buen lord cardenal

y lo pronuncio libre de sospecha. Ahora resta aclarar qué me movió a ello. Os ruego me oigáis con paciencia. Y tomad nota de mis razones. Comenzó así.

Fueron los discursos del obispo de Bayona, entonces embajador de Francia, enviado a nosotros para negociar el matrimonio entre el duque

de Orleáns y nuestra hija María, los que provocaron el primer remordimiento, herida y aguijonazo

en mi conciencia. Antes de dar por concluido el arreglo, el obispo solicitó un aplazamiento para informar a su rey acerca de la legitimidad

de nuestra hija, en duda a causa de nuestro matrimonio con la reina viuda, que fuera en otro tiempo la esposa de mi hermano. Este reparo sacudió

el corazón de mi conciencia, me atravesó de lado a lado como un acero y me hizo temblar en lo más profundo de la región de mi pecho; tanto que en esta se abrió un laberinto lleno de perplejas deliberaciones

que se arremolinaban y, empujando todas juntas, irrumpían con este escrúpulo. Sentí, primero, que había perdido el favor del cielo,

el cual había ordenado a la naturaleza que impidiera que el vientre de mi esposa,

habiendo concebido un hijo varón, pudiera brindarle otro cuidado que aquel que la tumba

brinda a un muerto; pues su descendencia masculina, o moría en su seno, o poco después de salir al mundo. Me asaltó entonces la idea de que una maldición había caído sobre mí,

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que mi reino, digno del mejor heredero de la tierra, no recibiría de mí esa alegría. Luego sopesé el peligro en que ponía mis dominios, si no

me aseguraba la descendencia, y al ver su gravedad me estremecí de preocupación. Así a la deriva

en el tempestuoso mar de mi conciencia, puse proa hacia este remedio que hoy nos convoca a todos. Quiero decir que es mi intención rectificar

el rumbo de mi conciencia, que entonces enfermó y aun hoy no ha sanado, poniéndola en manos de todos los reverendos padres y sabios doctores del reino. Primero me acerqué, en privado, a vos, milord de Lincoln. Recordáis sin duda cómo sudaba bajo la opresión que me cerraba el pecho cuando acudí a vos.

LINCOLN Lo recuerdo bien, señor.

REY Ya he hablado demasiado. Decid vos cuál fue vuestra respuesta.

LINCOLN Con permiso de vuestra alteza,

el asunto en un principio me hizo tambalear;

tan temibles eran sus posibles consecuencias que dudé en aconsejar el plan más temerario, y sugerí

a vuestra alteza el camino que estamos recorriendo ahora.

REY Luego me acerqué a vos, milord de Canterbury, y con vuestro permiso llevé a cabo la siguiente convocatoria. En mi consulta no he dejado fuera a ninguna reverenda persona de esta corte; más aún, solo seguí adelante cuando tuve, firmado y sellado, el consentimiento de cada uno. Seguid adelante entonces, pues no es antipatía alguna contra la reina, sino la espina de las razones

que os he explicado lo que hace avanzar el caso. Probad que nuestro matrimonio es legítimo, y por mi vida y mi real dignidad, estaremos contentos de seguir

nuestra vida mortal con Catalina, nuestra reina,

antes que con cualquier otra criatura que en esta tierra

pueda parangonarse con ella.

CAMPEGIO Con la venia

de vuestra majestad, en ausencia de la reina corresponde

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hacer un alto en el proceso hasta nuevo aviso. Y mientras tanto se debe, encarecidamente, solicitar a la reina que renuncie a llevar a cabo su apelación ante el Papa.

REY (Aparte.) Estos cardenales

están jugando conmigo. Detesto las dilaciones perezosas y todos los trucos de Roma.

Mi docto y querido servidor Cranmer, te echo en falta; vuelve pronto, por favor. Cuando estás cerca

sé que ya llega mi consuelo. (A los demás.) Disolved la asamblea.

Retiraos ya mismo, vamos.

Salen en el orden en el que entraron.

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TERCER ACTO

ESCENA 1

Entran la REINA y sus DAMAS, haciendo sus labores.

REINA Hija, toma el laúd. Los pesares me agobian el alma;

canta y dispérsalos si puedes. Deja el trabajo.

DAMA (Canta.)

Del laúd de Orfeo el canto,

a montes y bosques sedujo tanto,

que picos y copas inclinaban.

Con sol y lluvia la primavera

su música hacía duradera,

y plantas y flores sin pausa brotaban.

Todos cuántos lo oían tocar

hasta las olas del ancho mar,

se acostaban a disfrutarla.

Tal es de la música la condición,

que todas las penas del corazón

se duermen, o mueren, al escucharla.

Entra un CABALLERO.

REINA ¿Qué ocurre?

CABALLERO Con permiso de vuestra merced, los dos cardenales

esperan en la antecámara.

REINA ¿Quieren hablarme?

CABALLERO A eso han venido, señora.

REINA Hazme entonces el favor

de pedirles que entren.

Sale el CABALLERO.

¿Qué querrán de mí,

una pobre mujer, débil, caída en desgracia? No me gusta esta visita. Debo suponer la virtud de sus personas, así como la de sus propósitos.

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Pero el hábito no hace al monje.

Entran los dos cardenales, WOLSEY

y CAMPEGIO.

WOLSEY La paz sea

con vuestra alteza.

REINA Ama de casa más bien,

en parte; y lo seré del todo si lo peor

llegara a suceder. ¿A qué habéis venido,

reverendos señores?

WOLSEY En un ámbito más privado,

noble señora, podremos contaros en detalle el motivo de nuestra visita.

REINA Hacedlo aquí.

Nada que yo haya hecho impele a mi conciencia

a ocultarse en rincones. ¡Bien quisieran todas las demás mujeres decir lo mismo con alma tan limpia!

No hay muchas, milores, que sepan de esta dicha:

la de haber llevado una vida tan justa

que al ser juzgada por cada ojo y cada lengua aun acosada por la envidia y el rumor

pueda pasar la prueba. Si habéis venido a hurgar en mi comportamiento como reina y esposa, decidlo de una vez. La verdad no tiene vueltas.

WOLSEY Tanta est erga te mentis integritas, Regina serenissima…

REINA ¡No, buen señor mío, nada de latín!

No ha sido tanta mi pereza desde mi llegada que no conozca la lengua del país en que viví. Una lengua extraña, extraña vuelve mi causa, incluso sospechosa. Hablad inglés, os lo ruego; aquí todos esperan de vos la verdad, pues su pobre señora ha sido calumniada y maltratada. Milord cardenal, el más voluntario pecado por mí cometido bien puede absolverse en inglés.

WOLSEY Noble señora,

lamento mucho que mi integridad haya hecho brotar (ella, y mi deber para con su majestad y vos) tan graves sospechas allí donde solo hay lealtad.

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No hemos venido con intención de acusaros, ni para manchar vuestro honor de tantos labios bendito, ni para traicionaros con algún otro pesar, pues muchos, buena señora, son los que ya tenéis. Mas queremos conocer vuestra posición en la disputa

que tenéis con el rey, y acerca del particular,

con la honestidad y franqueza que nos caracterizan, daros consejo y consuelo.

CAMPEGIO La noble naturaleza

de milord de York, mi muy honorable señora, unida a su celo y a la obediencia que os profesa, haciendo caso omiso de vuestro reciente ataque a su persona y palabra (en el que fuisteis sin duda demasiado lejos) os ofrece, como yo, en señal de paz, su buen juicio y servicios.

REINA (Aparte.) Para traicionarme.

(A los demás.)

Agradezco, milores, vuestras buenas intenciones. Habláis como hombres honrados. ¡Quiera Dios que así sea! ¿Pero cómo puedo yo, con este pobre ingenio

así, de improviso, dar una respuesta sobre un punto que toca tan de cerca a mi honor, y más, a mi vida,

a hombres como vosotros, de vuestra eminencia y saber?

La verdad, no sé cómo. Estaba dedicada

a mis labores, sentada con mis criadas, en nada preparada para una visita y un negocio tales.

En nombre de quien fui alguna vez (pues ya siento el último estertor de mi grandeza), buenos señores, dadme un poco de tiempo en el que pedir consejo para mi causa. Soy una mujer sin amigos ni esperanza.

WOLSEY Señora, vuestros temores ofenden el amor del rey.

Vuestros amigos y esperanzas son infinitos.

REINA De poco

me sirven en Inglaterra. ¿Se os ocurre, milores,

que algún inglés, poseído por el temerario deseo

de ser honesto, se arriesgue a darme consejos,

o públicamente, en contra de la voluntad del rey,

se declare mi amigo, y pueda seguir siendo un súbdito?

No, amigos míos, los que algún alivio

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pueden traer a mis pesares, aquellos

en quienes puedo confiar, no viven aquí. Están lejos; al igual que mis otros consuelos; están en mi tierra, señores.

CAMPEGIO Mucho me complacería,

señora, que trocaras vuestras penas por mis consejos.

REINA ¿Y cómo sería eso, señor?

CAMPEGIO Poniendo vuestra causa

en manos del rey, de su amor y su generosidad. Vuestra causa y vuestro honor saldrán favorecidos; pues si os es contrario el fallo de la ley vuestra partida será desgraciada.

WOLSEY Dice bien.

REINA Ambos decís lo que os conviene. Buscáis mi ruina.

¿Es este vuestro consejo cristiano? ¡Vergüenza debería daros!

Un juez hay en el cielo, por encima de todos nosotros,

al que ningún rey puede corromper.

CAMPEGIO Os ciega la ira.

REINA ¡Mayor vergüenza entonces! Por mi alma que os creía santos varones, dos reverendas virtudes cardinales; y sois más bien pecados cardinales, con agujeros por corazones. ¡Milores, por pudor, recapacitad!

¿Es este el consuelo que traéis a una mujer desgraciada, perdida entre vosotros, humillada, ofendida?

No os deseo la mitad de mis pesares; pues tengo más caridad. Pero eso sí, os haré una advertencia: tened cuidado, en nombre del cielo, no sea que un día caiga sobre vosotros la suma de mis penurias.

WOLSEY Deliráis, señora. El bien que queremos haceros lo convertís en malicia.

REINA Y vosotros, a mí, en nada.

Mejor que se cuiden todos quienes profesan virtudes cristianas como las vuestras. Si hubiese en vosotros algún resto de piedad o de justicia, si tuvierais de clérigos algo más que el hábito, jamás me aconsejaríais poner mi causa enferma

en manos de quien me odia. Me ha desterrado de su cama,

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y de su afecto, hace tanto. Ya soy vieja, milores, y de tanto que supe darle, ahora me acepta apenas la obediencia. ¿Qué puede pasarme

que sea peor que esto? Desafío a vuestra sapiencia a darme un castigo mayor.

CAMPEGIO Peor es vuestro miedo.

REINA ¿Y para llegar a esto fui durante tantos años una esposa leal? La virtud no tiene amigos; debo defenderme sola. ¿Una mujer, lo digo sin jactancia, jamás marcada por la sospecha? ¿Es esta la recompensa que recibo por amar al rey como amo al cielo, por obedecerlo, por ser mi cariño como una superstición, por olvidarme de mis rezos, con tal de darle los gustos? No está bien, señores. Traedme una mujer que sea constante a su marido, una incapaz de soñar alegrías que él no apruebe,

y a esa mujer, cuando todo lo haya intentado,

yo la aventajaré, en mérito a mi paciencia inquebrantable.

WOLSEY Os alejáis del bien que os ofrecemos, señora.

REINA Abandonar voluntariamente el noble título

que vuestro señor me otorgó al casarnos es, señor,

un crimen que no me atrevo a cometer. Solo la muerte podrá divorciarme de mis dignidades.

WOLSEY Escuchadme.

REINA ¡Ojalá nunca hubiera pisado el suelo de Inglaterra, ni recogido los halagos que en él se siembran!

Tenéis, ingleses, rostro de ángeles, pero el cielo conoce vuestros corazones. ¿Qué va a ser de mí ahora, pobre mujer, la más desgraciada de la tierra?

(A sus DAMAS.) Ay, hijas mías, ¿qué ha sido de vuestras fortunas? Han naufragado en este reino despiadado,

sin amigos, ni esperanza ni lágrimas hermanas; apenas una tumba me conceden. Soy como

la azucena, que alguna vez fue reina de la pradera, y hoy se marchita y muere.

WOLSEY Si os dejarais convencer

de la honestidad de nuestros propósitos,

os sentiríais mejor. ¿De qué nos serviría, buena señora,

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haceros el menor mal? Nuestra investidura

y los caminos de nuestra profesión nos lo impiden. Paliar las penas, no sembrarlas, es nuestra tarea. Por vuestro propio bien, revisad vuestra conducta, antes que el daño que os causáis sea irreparable, antes que os aleje para siempre de la buena voluntad del rey. La obediencia siempre merece besos

en el corazón del rey, pero las almas obstinadas levantan en él terribles, inflamadas tormentas. Conozco vuestro carácter, sé que es noble y gentil,

y vuestra alma apacible. Somos lo que profesamos ser:

mediadores, amigos y vuestros servidores.

CAMPEGIO Señora, vos misma lo comprobaréis. Empañáis vuestras virtudes con temores mujeriles. Un alma noble como la vuestra debe arrojar lejos de sí

las dudas, como moneda falsa. El rey os ama;

no perdáis ese amor. En lo que a nosotros respecta,

si estáis dispuesta a confiarnos vuestra causa, pondremos nuestra ciencia y mejores esfuerzos a vuestro servicio.

REINA Haced lo que os parezca, milores, y perdonadme si mi conducta ha sido impropia. Soy una mujer, carezco del entendimiento suficiente para dar adecuada respuesta a personas tan eminentes.

Os ruego enviéis mis respetos al rey; mi corazón aún le pertenece, y mis oraciones serán suyas mientras me quede vida. Venid, reverendos padres, regaladme vuestros consejos. Esta ahora mendiga; esta, la que cuando pisó estas tierras nunca imaginó el precio que pagaría por sus dignidades.

Salen.

ESCENA II

Entran el duque de NORFOLK, el duque de SUFFOLK,

lord SURREY y el LORD CHAMBELÁN.

NORFOLK Si ahora os unís en las denuncias de vuestros agravios y las acumuláis con constancia, el cardenal

no resistirá la presión. Si no aprovecháis

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la oportunidad del momento, solo os puedo prometer nuevas desdichas, cuyo peso debéis agregar al de las que ya cargáis.

SURREY Toda ocasión

que me permita vengar la memoria de mi suegro, el duque de Buckingham, me llena de alegría.

SUFFOLK ¿Es que hay alguno entre todos los pares al que no haya despreciado, o al menos hecho a un lado sin razón? ¿Cuándo respetó el sello de la nobleza en persona alguna, salvo en la suya?

LORD CHAMBELÁN Vuestras palabras, milores, expresan solo deseos. Sé lo que merece que le hagamos; mas lo que podamos hacerle, aunque el momento nos sea favorable, me da miedo. Si no podéis bloquear su acceso al rey, nunca iniciéis nada contra él, pues su lengua tiene sobre el rey poder de brujería.

NORFOLK Bah, yo no me preocuparía

de eso, el hechizo se ha roto. El rey ha encontrado pruebas en su contra que amargan para siempre la miel de su lenguaje. Lo tenemos atrapado; esta vez no se escapa de su ira.

SURREY Señor,

una noticia así no me molestaría

recibirla una vez por hora.

NORFOLK Creedlo,

es verdad. Se han descubierto sus maquinaciones

en la cuestión del divorcio; ojalá todos mis enemigos quedaran tan expuestos.

SURREY ¿Cómo fue que sus tretas

salieron a la luz?

SUFFOLK De manera extraña.

SURREY ¿Cómo?

SUFFOLK Se extraviaron las cartas que escribió al Papa, y llegaron a los ojos del rey; el cual pudo leer

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cómo el cardenal le rogaba al Papa que retrasara el veredicto del divorcio; pues si era favorable, «percibo», escribió,

«que el rey ha enredado sus afectos con un títere de la reina, su doncella, Ana Bolena».

SURREY ¿Y el rey lo sabe?

SUFFOLK Sin duda; creedlo.

SURREY ¿Funcionará?

LORD CHAMBELÁN Ahora el rey advierte cómo el cardenal navega siempre pegado a su propia costa; pero en este punto todos sus trucos naufragan, y llega con el remedio cuando el paciente ha muerto: el rey ya se ha casado con la hermosa dama.

SURREY ¡Ojalá que así sea!

SUFFOLK Que vuestro deseo os llene de alegría, milord, pues sin duda os ha sido concedido.

SURREY Y toda la doy a ese matrimonio.

SUFFOLK ¡Amén!

NORFOLK ¡El de todos!

SUFFOLK Ya hay orden para la coronación. Cuidado, la noticia es fresca, no apta todavía para todos los oídos. Pero, milores, debo decir que es una criatura hermosa, tanto de alma como de rasgos y figura. Estoy convencido que con ella caerá sobre nuestra tierra

una memorable bendición.

SURREY ¿Podrá

el estómago del rey digerir la carta del cardenal?

¡Dios no lo permita!

NORFOLK ¡Amén a eso!

SUFFOLK No, no.

Tiene otras avispas zumbándole alrededor

de la nariz, que antes le harán sentir su aguijón.

El cardenal Campegio se ha escabullido

a Roma, sin despedirse, dejando sin resolver

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la causa del rey. Ha ido como agente de nuestro cardenal, para secundar en todo su complot. El rey, al saberlo, gritó «¡ajá!», os lo aseguro.

LORD CHAMBELÁN

¡Dios le avive la ira, y su «¡ajá!» suene más fuerte!

NORFOLK ¿Cuándo regresa Cranmer, milord?

SUFFOLK Ha regresado con sus opiniones, que, unidas a las de casi todos los famosos colegios

de la cristiandad, han satisfecho los escrúpulos

del rey en lo tocante al divorcio. En breve, supongo, su segundo matrimonio se hará público, y tendrá lugar la coronación. Catalina perderá el título de reina, y pasará a ser

princesa, viuda del príncipe Arturo.

NORFOLK Este Cranmer

es un hombre de ley, y se ha ocupado con denuedo de los asuntos del rey.

SUFFOLK Así es, y por eso recibirá

el título de arzobispo.

NORFOLK Eso he escuchado.

SUFFOLK Y así es.

Entran WOLSEY y CROMWELL.

El cardenal.

NORFOLK Observadlo, está apesadumbrado.

WOLSEY El paquete de despachos, Cromwell, ¿se lo habéis dado al rey?

CROMWELL En mano, y en su habitación.

WOLSEY ¿Abrió el envoltorio?

CROMWELL De inmediato rompió

el sello, y ya con el primero que leyó

se puso serio. Era visible la atención

en su semblante. A vos os mandó esperarlo aquí esta mañana.

WOLSEY ¿Ya estará listo para salir?

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CROMWELL Creo que sí.

WOLSEY Dejadme solo un rato, entonces.

Sale CROMWELL.

(Aparte.) Será con la duquesa de Alençon, la hermana del rey de Francia; se casará con ella. ¿Ana Bolena? No, no quiero Anas Bolenas para él;

hay más en juego que una linda cara. ¡Bolena! No, no habrá Bolenas. Ansío tener noticias de Roma. ¿La marquesa de Pembroke?

Los nobles hablan entre ellos.

NORFOLK Está disgustado.

SUFFOLK Quizá ha escuchado que el rey afila su enojo contra él.

SURREY ¡Que lo afile bastante, Señor,

para Tu justicia!

WOLSEY (Aparte.)

¿Una que fue doncella de la reina, la hija

de un caballero, será señora de su señora?

¿Reina de la reina? Esta vela quema mal;

y yo seré quien la apague. ¿Qué me importa

que sea virtuosa, y merecedora de honores? También sé que es una fanática luterana, y no conviene por lo tanto a nuestra causa que esté tan cerca

del pecho de nuestro inmanejable rey. Menos ahora, que apareció un hereje, un archihereje: Cranmer. Sobre este arrastrado derrama ahora el rey sus favores, y ha hecho de él su consejero.

NORFOLK Algo lo perturba.

SURREY ¡Ojalá sea suficiente para rasgarle las telas del corazón, hasta la cuerda maestra!

Entran el REY, leyendo un documento, y Lovell.

SUFFOLK ¡El rey! ¡El rey!

REY ¡Mirad la pila de riquezas que ha amasado, y toda

para sí! ¡Y los gastos que de hora en hora

parecen fluir de sus manos! ¿Cómo hizo, en nombre del lucro,

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para recoger semejante rastrillada? Ah, milores.

¿Habéis visto al cardenal?

NORFOLK Milord, hemos estado

observándolo. Al parecer en su mente se ha declarado un extraño motín; pues se muerde el labio

con sobresalto, se para de golpe, mira el suelo, luego se lleva un dedo a la sien; y de inmediato se lanza a caminar a paso rápido, se detiene de nuevo, se golpea el pecho con fiereza, y alza los ojos a la luna. Lo hemos visto

adoptar las más extrañas posturas.

REY Bien puede ser

que su mente se haya amotinado. Hoy de mañana

me mandó algunos documentos que yo le había pedido para examinar. ¿Y adivinad qué encontré, traspapelado entre ellos, increíblemente, por error? Un inventario que detalla una por una las piezas

de su vajilla de oro, además de otros tesoros, objetos de lujo, adornos y mobiliario, todo lo cual sumado excede en mucho a lo que corresponde a un súbdito.

NORFOLK Fue la voluntad del cielo;

alguno de sus espíritus lo puso en el paquete para bendecir a vuestros ojos.

REY Si creyéramos

que su contemplación ha dejado atrás lo terreno

y ha encontrado su objeto espiritual, le permitiríamos seguir con sus cavilaciones. Pero me temo

que solo el mundo sublunar ocupa su atención; no merecen, pues, una atención tan seria.

El REY se sienta y susurra a Lovell,

quien va hasta el cardenal.

WOLSEY ¡El cielo me perdone!

¡Dios bendiga a vuestra alteza!

REY Estimado milord,

estáis tan lleno de tesoros celestiales, y lleváis

el inventario de vuestros dones tan puntillosamente,

que el tiempo que descontáis a vuestros negocios espirituales

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apenas os alcanza para la contabilidad terrena. No me habéis resultado un buen economista, y por eso me alegro de teneros por compañero.

WOLSEY Señor, dedico un tiempo a los oficios santos; otro a la parte que me toca de los asuntos

de estado; y la naturaleza me impone un tiempo que debo dedicar a mi sustento, al cual yo, su frágil hijo, debo prestar atención

como mis hermanos mortales.

REY ¡Bien dicho!

WOLSEY Os garantizo, vuestra alteza, que siempre veréis uncidos bajo el mismo yugo mi buen decir

y mi buen hacer.

REY Bien dicho de nuevo;

y decir bien es una manera de hacer bien.

Y sin embargo las palabras no son hechos.

Mi padre dijo que os amaba, y con hechos coronó

sus palabras en vos. Desde que ocupo el trono

os he tenido cerca de mi corazón, regalándoos

con cargos que dieran pingües beneficios, y además

recortando mis propios bienes para derramar

sobre vos mi recompensa.

WOLSEY ( Aparte.) ¿Qué significa esto?

SURREY (Aparte.) ¡El Señor eche leña a este fuego!

REY ¿No os he hecho,

acaso, el principal hombre de estado? Os ruego

me digáis si lo que declaro es verdad o no, y si lo es, entonces aclaradme si en consecuencia estáis o no en deuda conmigo. ¿Qué tenéis para decir?

WOLSEY Mi soberano y señor, os confieso que vuestras reales mercedes, con las que a diario me habéis regado, han sido tantas que mis más encumbrados propósitos, que fueron más allá de todo esfuerzo humano, igual quedaron

en falta. Mis esfuerzos se han quedado cortos al lado de mis deseos, pero marchan a la par

de mis habilidades. Si mis objetivos fueron míos, lo fueron en pro de vuestra muy sagrada persona,

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y en beneficio del estado. En agradecimiento

a tan grandes mercedes, de las que soy indigno, solo puedo ofreceros mi muy leal gratitud,

las plegarias que al cielo elevo por vos y mi fidelidad, que siempre ha ido en aumento y en aumento seguirá hasta que el invierno de la muerte le ponga fin.

REY ¡Qué hermosa respuesta! Sois el vivo retrato

del súbdito leal y obediente. El honor que la fidelidad nos gana es su propia recompensa, y cuando

no se guarda, la infamia es el castigo. Quiero creer que, en la misma medida en que mi mano ha volcado sobre vos tesoros, mi corazón amor,

y mi poder honores más que sobre cualquier otro, así vuestra mano, mente y corazón debieran, más allá de la fidelidad que como súbdito

me debéis, en razón del cariño particular que merezco como vuestro amigo, ser míos más que de otro ninguno.

WOLSEY Me reputo de haberme esforzado en todo momento en pro del bien de vuestra alteza, más que del mío propio;

de haber sido y ser leal. Aunque la lealtad de todos los demás se resquebraje y se salga

de sus almas, y los peligros abunden, más terribles de los que el pensamiento pueda sugerir,

mi lealtad, como la roca en el furioso torrente, romperá el embate de las aguas salvajes, y vuestra permanecerá sin conmoverse.

REY ¡Qué nobleza

de palabra! Habéis notado, milores, que su corazón es leal: lo ha abierto ante nosotros. Leed esto.

Le da los documentos.

Y después, esto; y luego podéis dedicaros

a vuestro desayuno con el apetito que os quede.

Sale el REY, frunciendo el ceño ante el cardenal, los nobles se arremolinan tras él, sonriendo y cuchicheando.

WOLSEY ¿Qué significa esto? ¿A qué se debe

este enojo repentino? ¿Cómo me lo he ganado? Se alejó con el ceño fruncido, y en sus ojos fulguraba la ruina. Así mira el león furioso

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al arrojado cazador que lo ha herido,

antes de aniquilarlo. Debo leer este documento. Contiene, me temo, la historia de su ira. ¡Es así, este papel me deshace! Es el inventario del mundo de riquezas que he acumulado en mi beneficio; de hecho, para hacerme del papado y untar

las palmas de mis amigos en Roma. Oh, negligencia fatal, digna de hacer caer a un tonto. ¿Qué diablo entrometido me hizo meter este papel secreto

entre los que mandé al rey? ¿Habrá manera de arreglarlo? ¿Un nuevo truco para sacárselo de la cabeza? Sé que lo va a alterar mucho; pero sé también que a pesar de la mala suerte, puedo salir de esta si encuentro el camino. ¿Y esto? ¿«Al Papa»? Por mi vida, es la carta que le escribí a su santidad. ¡Ahora sí, adiós! He tocado

el punto más alto de mi grandeza, y ahora, de ese radiante meridiano de mi gloria,

me precipito a mi ocaso. Caeré, como una brillante estrella fugaz en el cielo vespertino, y nadie volverá a verme jamás.

Entran para ver a WOLSEY los duques de NORFOLK y SUFFOLK, el conde de SURREY y el LORD CHAMBELÁN.

NORFOLK Cardenal, os traigo la voluntad del rey.

Os ordena entregar en el acto en nuestras manos el gran sello, y retiraros a Asher House,

la propiedad de milord de Winchester, hasta tanto tengáis novedades de su majestad.

WOLSEY Un momento:

no veo, milores, que portéis orden alguna.

Las meras palabras no tienen tanta autoridad.

SUFFOLK Vienen del rey. ¿Quién se atreve a discutirlas?

WOLSEY Mientras no venga con algo más que voluntad y palabras (hablo ahora de vuestra malicia) sabed,

oficiosos señores, que me atrevo a discutirla, y debo hacerlo. Ahora veo de qué basta madera estáis hechos: envidia. ¡Con qué voracidad seguís la estela de mis desgracias, como si os engordaran! ¡Qué untuosos y faltos de escrúpulos os hace la esperanza de mi ruina!

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Seguid vuestro envidioso curso, hombres de mal; sin duda habréis hallado cristianas razones para ello, y a su debido tiempo os llevará

a vuestro merecido. El sello que con tal violencia me pedís, me lo dio, de su propia mano, el rey, vuestro señor; me mandó servirme de él, con el cargo y honor que trae aparejados, de por vida,

y lo certificó por escrito. Ahora, ¿quién se atreve a sacármelo?

SURREY El rey, que te lo dio.

WOLSEY Que venga él en persona.

SURREY Eres un traidor arrogante, sacerdote.

WOLSEY Arrogante

lord, mentís. En menos de cuarenta horas Surrey deseará haberse quemado la lengua antes de hablar.

SURREY Tu ambición, pecado escarlata,

le robó a esta llorosa tierra la persona

del noble Buckingham, mi suegro. Las cabezas de todos tus hermanos cardenales, atadas en un paquete con la tuya y tus mejores

cualidades, no dan el peso de un cabello

de la suya. ¡Maldita sea tu política! Me enviaste de virrey a Irlanda, donde no podía

acudir en su socorro, lejos del rey y de aquellos que podían apiadarse del crimen que le endilgaste; mientras tu santa compasión lo absolvía con un hacha.

WOLSEY Todo esto, y cuanto este lord

hablador pueda cargar en mi cuenta, lo declaro falso. El duque recibió lo que por ley

le correspondía. Que no hubo animosidad personal, lo atestiguan su noble jurado y su innoble causa. Si desdeñara la brevedad, milord, os diría

que es tan pobre vuestra honestidad como vuestro honor. En fidelidad y lealtad al rey, mi siempre real señor, me atrevo a desafiar a un hombre

más integro que Surrey, y a todos quienes lo siguen

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en sus locuras.

SURREY Por mi alma, que el hábito

te protege sacerdote; si así no fuera

probaría tu sangre mi espada. ¿Podéis, señores, aguantar tal arrogancia, viniendo además

de este fulano? Si somos así de mansos y dejamos que nos corran con un retazo de tela escarlata,

¡adiós nobleza! Que venga su eminencia y nos encandile como alondras con su gorrito.

WOLSEY Toda bondad

es un veneno para tu estómago.

SURREY Sí, cardenal,

la bondad de amasar, mediante la extorsión, toda la riqueza de esta tierra; la bondad

de los despachos interceptados con cartas vuestras al Papa, y contra el rey. Vuestra bondad, ya que me provocáis, será de todos bien conocida. Milord de Norfolk,

en nombre de vuestra nobleza, de vuestro respeto por el bien común, de la situación de nuestra despreciada nobleza, de nuestros hijos (los cuales, de vivir él, nunca pasarán de hidalgos) pronunciad ahora la suma total de sus pecados,

los cargos que ha coleccionado en vida. Os pegaré un susto mayor que el que recibisteis de la campana de misa, cuando estabas a los besos en brazos de la ramera morena, lord cardenal.

WOLSEY ¡Cuánto podría despreciar a este hombre si no fuera porque la caridad me frena!

NORFOLK Los cargos, milord, están en manos del rey; pero puedo deciros que son infamantes.

WOLSEY Más limpia pues

e inmaculada resplandecerá mi inocencia cuando el rey conozca mi lealtad.

SURREY No vais

a salvaros tan fácil. Agradezco a mi memoria que me permite repetiros algunos de los cargos, y así lo haré.

Ahora, si sois capaz de sonrojaros y gritar «¡culpable!», cardenal, os mostraréis honesto.

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WOLSEY Adelante, señor. Reto a vuestras peores acusaciones.

Si me sonrojo, es de ver a un noble tan grosero.

SURREY Prefiero la falta de modales a la de mi cabeza. ¡Tomad! Primero, que sin la anuencia o el conocimiento del rey, habéis obrado para haceros nombrar

legado papal, vulnerando la jurisdicción

de todos los obispos.

NORFOLK Segundo, que cada carta

escrita a Roma, o a príncipes extranjeros, la firmabais «Ego et Rex meus»; por lo cual hacíais quedar al rey como sirviente vuestro.

SUFFOLK Luego, que a espaldas

del rey y su consejo, cuando viajasteis a Flandes como embajador ante el emperador, os atrevisteis a llevar con vos el gran sello.

SURREY Además, que disteis amplios poderes a Gregory de Cassado para formalizar, sin el consentimiento del rey

ni el permiso del estado, una alianza

entre su alteza y Ferrara.

SUFFOLK Y que por pura ambición

habéis hecho estampar vuestro capelo en la moneda del rey.

SURREY Y por último, que habéis remitido incalculables tesoros (que vuestra conciencia sabrá cómo habéis conseguido) para abastecer a Roma, y pavimentar el camino de vuestras dignidades, en detrimento

y ruina del reino entero. Tenemos muchos cargos más; pero como todos os competen, y son por ello odiosos, no mancharé mi boca con ellos.

LORD CHAMBELÁN ¡Oh, milord,

no golpeéis a un hombre caído! Hacerlo no es virtud. Sus faltas están abiertas a la ley;

que ella, y no vos, lo castiguen. Mi corazón llora de ver tan pequeño a quien fuera tan grande.

SURREY Lo perdono.

SUFFOLK Lord cardenal, debido a que todos los actos del último tiempo, que en este reino habéis realizado en carácter

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de legado, caen bajo la jurisdicción

de una praemunire, es voluntad del rey

que la ley se aplique en vos. Por tanto quedan confiscados todos vuestros bienes, tierras, dominios, bienes muebles y todo lo demás; quedáis fuera de la protección del rey. Esas son mis órdenes.

NORFOLK Y ahora sí, os dejamos

en libertad de seguir meditando cómo llevar una vida mejor. El rey tendrá noticia de vuestra obstinada negativa a entregar el gran sello,

y sin duda os lo agradecerá. Que os vaya bien, mi no muy buen lord cardenal.

Salen todos excepto WOLSEY.

WOLSEY Adiós entonces

a vuestros no muy buenos deseos. Adiós, un largo adiós, a toda mi grandeza. Así es la humana condición: nacen hoy las tiernas hojas de la esperanza. Mañana florece, sonrojada por el peso

de los honores. Al tercer día, cuando pensaba,

pobre hombre crédulo, que su grandeza estaba a punto de madurar, llega la helada, la helada asesina,

y le quema la raíz. Y así cae, como he caído yo. Me he aventurado, como los niños audaces que nadan sobre vejigas, durante tantos veranos en un mar de gloria, sin advertir que ya

no hacía pie. Mi orgullo, demasiado inflado, reventó, dejándome exhausto, y viejo por el servicio, a merced de la brutal corriente que me hunde para siempre. Vana pompa y gloria de este mundo, cómo

os aborrezco. Siento como si mi corazón

volviera a abrirse. ¡Desdichado el hombre cuya vida

cuelga del favor del príncipe! Hay, entre aquella sonrisa

hacia la cual tendemos la mano y la caída y la ruina,

más miedos y dolores que en guerras y mujeres. Y

cuando cae, cae como Lucifer, para no volver

a levantarse nunca.

Entra CROMWELL, atónito.

Ah, Cromwell, ¿cómo estáis?

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CROMWELL Sin palabras, señor.

WOLSEY ¿Qué, mis desgracias

os asombran? ¿Tanto se espanta vuestro espíritu de ver la decadencia de un gran hombre? Ah, no; si vos lloráis, sin duda he caído.

CROMWELL ¿Cómo está vuestra merced?

WOLSEY Bien. Bien. Nunca he estado tan verdaderamente

feliz, mi buen Cromwell. Al fin sé quién soy,

y siento en mi interior una paz superior a toda

dignidad terrena: una conciencia calma,

acallada. El rey me ha curado, y de estos hombros,

estas ruinosas columnas, por compasión ha quitado

una carga, tanta que podría hundir a una flota:

demasiado honor. ¡Cuánto se lo agradezco! Ah, Cromwell, era mucho peso para un hombre que aspira al cielo.

CROMWELL Me alegra que vuestra merced lo tome así.

WOLSEY Esa es mi esperanza: creo estar preparado, ahora, con esta nueva fortaleza de alma que siento, a tolerar más penas, muchas más que las que mis timoratos enemigos pueden ofrecer. ¿Qué noticias traéis?

CROMWELL La peor

es la de vuestra disputa con el rey.

WOLSEY ¡Dios

lo bendiga!

CROMWELL Otra, que sir Thomas More os ha reemplazado como lord canciller.

WOLSEY Eso sí que es súbito.

Pero es hombre instruido. Le deseo que se mantenga por mucho tiempo en el favor del rey, y en pro

de la verdad ejerza la justicia; que sus huesos, cuando haya llegado al fin del viaje y duerma entre bendiciones, merezcan la tumba del llanto de los huerfanitos. ¿Qué más?

CROMWELL Que Cranmer ha vuelto, bien

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recibido, y ya arzobispo de Canterbury.

WOLSEY Eso sí que son noticias.

CROMWELL Por último, que lady Ana,

hace tiempo ya en secreto casada con el rey,

se ha mostrado hoy en público, camino a la capilla, como reina, y ahora no se habla de otra cosa que de su coronación.

WOLSEY Esa, Cromwell, fue la pesa que me hundió. El rey ha seguido sin mí, dejándome atrás. He perdido para siempre todas mis glorias por esa mujer.

El sol ya no será más heraldo de mis honores, ni pintará de oro la noble tropa que escoltaba mis sonrisas. Aléjate de mí, Cromwell;

soy solo un pobre caído en desgracia, indigno de ser tu amo y señor. Acércate al rey, ¡ese sol que el cielo impida que se ponga!

Él sabe, por mí, del tamaño de tu lealtad. Conozco bien su naturaleza, es noble, y algún pequeño recuerdo de mí lo conmoverá, impidiendo

que conmigo muera el de tu buen servicio, que querrá recompensar. No lo descuides, Cromwell, aprovecha la oportunidad.

CROMWELL Oh, señor,

¿debo entonces dejaros? ¿Debo renunciar a un señor tan bueno, noble y verdadero? Sed testigos, quienes no tengáis corazón

de hierro, con qué pena Cromwell deja a su señor. Serán mis servicios del rey, pero mis plegarias por siempre y siempre solo serán para vos.

WOLSEY Cromwell,

creí que podría atravesar todas mis penas

sin derramar una sola lágrima; pero me has obligado, con tu sinceridad, a portarme como una mujer.

Ven, sequémonos el llanto y escucha lo último que te diré; y luego, cuando haya sido olvidado y duerma bajo el frío mármol, donde no se vuelva a hacer mención de mi nombre, podrás decir que yo te enseñé. Dirás que Wolsey, aquel que alguna vez marchó

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por caminos de gloria, y midió todos los abismos y los escollos del honor, logró encontrar,

en medio de su naufragio, un camino seguro por el cual tú pudieras subir, el camino que él perdió. Toma nota de mi caída, y de lo que me perdió. Cromwell, te mando que arrojes de ti la ambición: por ese pecado cayeron los ángeles. ¿Cómo puede pues el hombre, imagen

de su Creador, ganar algo con ella? Ama a los demás primero, cuida del corazón

de quien te odia; recuerda que menos obtiene la corrupción que la honestidad. Lleva siempre la paz en tu diestra para acallar la envidia; sé justo y no temas. Que todas tus metas sean las de tu país, de Dios

y de la verdad. Entonces, Cromwell, si caes, caerás como un mártir bendito. Sirve al rey. Y por favor llévame a casa. Allí harás el inventario

de todo cuanto poseo, hasta el último penique. Todo es del rey. Mi hábito y mi devoción al cielo son todo lo que guardaré. Ah, Cromwell, Cromwell, si hubiera servido a Dios con la mitad del celo

con que he servido a mi rey, Él no me habría abandonado, en mi vejez, desnudo ante mis enemigos.

CROMWELL Paciencia, mi buen señor.

WOLSEY La tengo. ¡Adiós, anhelo

de corte! Ahora mis esperanzas viven en el cielo.

Salen.

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CUARTO ACTO

ESCENA I

Entran dos CABALLEROS y se encuentran.

PRIMER CABALLERO

Qué bueno encontraros de nuevo.

SEGUNDO CABALLERO Lo mismo digo.

PRIMER CABALLERO ¿Habéis venido a apostaros aquí para ver pasar a lady Ana de vuelta de su coronación?

SEGUNDO CABALLERO Solo para eso. En nuestro último encuentro vimos al duque de Buckingham volviendo de su juicio.

PRIMER CABALLERO Así fue. Pero aquella era ocasión de lamentos; esta, de regocijo.

SEGUNDO CABALLERO Tenéis razón sin duda.

Seguro que los ciudadanos habrán expresado su apego a la corona (lo cual, admitámoslo, hacen con brío) celebrando este día con desfiles, procesiones y otros espectáculos y demostraciones de lealtad.

PRIMER CABALLERO Nunca su apego

fue mayor, y nunca antes mejor recibido.

SEGUNDO CABALLERO

¿Puedo tomarme el atrevimiento de preguntaros qué contiene el papel que lleváis?

PRIMER CABALLERO Es la lista

de quienes según el derecho de costumbre de la coronación vienen hoy a reclamar los cargos que les corresponden.

El primero es el duque de Suffolk, que solicita ser el mayordomo mayor; luego el duque de Norfolk, para ser el conde mariscal. Leed vos el resto.

SEGUNDO CABALLERO

Os lo agradezco, señor; si no conociera las costumbres dependería por entero de vuestro papel.

Os ruego, decidme qué ha sido de Catalina, la princesa viuda. ¿Cómo va lo suyo?

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PRIMER CABALLERO También eso os lo puedo decir. El arzobispo de Canterbury, acompañado por otros padres reverendos e ilustrados de su mismo rango, reunió hace poco las cortes de la ley en Durham,

a seis millas de Ampthill, donde se aloja la princesa.

Más de una vez la citaron, pero nunca fue.

Para ser breve, por no comparecer,

por los escrúpulos del rey, y por aprobación general de tan ilustrados varones, quedó divorciada. Su pasado matrimonio lo declararon nulo;

desde entonces se ha trasladado a Kimbolton y allí permanece, enferma.

SEGUNDO CABALLERO Ay, pobre señora.

Trompetas.

Suenan las trompetas. Apartémonos, viene la reina.

Oboes.

Orden del cortejo de coronación.

1. Primero animada fanfarria.

2. Luego, dos jueces.

3. El lord canciller, precedido por la bolsa del tesoro y la maza ceremonial.

4. Coro, cantando. Música.

5. El alcalde mayor de Londres, portando la maza ceremonial. Luego el heraldo mayor de la jarretera, en su escudo de armas, con una corona de cobre dorado sobre su cabeza.

6. El marqués de Dorset portando un cetro de oro, con una media corona de oro. Lo acompaña el conde de Surrey, portando la vara de plata con la paloma, con una pequeña corona de conde.

7. El duque de Suffolk como mayordomo mayor, ceñido con su pequeña corona, vestido con traje de ceremonia y portando una larga varita blanca. Lo acompaña el duque de Norfolk, portando el bastón

de mariscal, también con su pequeña corona.

Collares con eslabones en forma de «S».

8. Cuatro barones de los «Cinco puertos» llevando un dosel sobre la reina, que va ataviada con su manto y lleva el cabello suelto, adornado con perlas y coronado. La flanquean los obispos de Londres

y Winchester.

9. La anciana duquesa de Norfolk con una corona con flores entrelazadas, sosteniendo la cola de la reina.

10. Numerosas damas o condesas, coronadas por aros de oro sin flores.

La procesión atraviesa con orden y pompa el escenario.

SEGUNDO CABALLERO

Un cortejo real, sin duda. A varios los conozco.

¿Quién lleva el cetro?

PRIMER CABALLERO El marqués de Dorset;

y aquel de la vara es el conde de Surrey.

SEGUNDO CABALLERO Un bravo caballero. ¿Y aquel no es acaso el duque de Suffolk?

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PRIMER CABALLERO El mismo. Mayordomo mayor.

SEGUNDO CABALLERO Y aquel… ¿milord de Norfolk?

PRIMER CABALLERO Habéis acertado.

SEGUNDO CABALLERO ( Mirando a la REINA.) ¡El cielo

os bendiga, tenéis el rostro más dulce que jamás haya visto! Señor, por mi alma, es un ángel; el rey tiene en sus manos las Indias enteras,

y más, toda riqueza, cuando la abraza. No puedo culparlo por haber adormecido su conciencia.

PRIMER CABALLERO

Los barones de los Cinco Puertos sostienen el dosel de honor sobre la reina.

SEGUNDO CABALLERO Son felices, como todos los que pueden estar cerca de ella. Supongo que la noble señora

que le lleva la cola es la duquesa de Norfolk.

PRIMER CABALLERO Lo es, y todas las damas son condesas.

SEGUNDO CABALLERO Lo dicen sus coronitas. De veras que son estrellas…

PRIMER CABALLERO Sí. Y algunas, estrellas caídas.

SEGUNDO CABALLERO Basta de eso.

Termina de pasar el cortejo. Toque de trompetas.

Entra un TERCER CABALLERO.

PRIMER CABALLERO

¡Dios os guarde! ¿Dónde os habéis estado asando?

TERCER CABALLERO Entre la muchedumbre de la abadía, en donde no cabe ni un dedo. El mero sudor

de su alegría me ahogaba.

SEGUNDO CABALLERO ¿Habéis visto

la ceremonia?

TERCER CABALLERO Por supuesto.

PRIMER CABALLERO ¿Qué tal estuvo?

TERCER CABALLERO Digna de verse.

SEGUNDO CABALLERO Describidla, por favor, señor mío.

TERCER CABALLERO Lo mejor que pueda. Deslumbrante, el cortejo de lores y damas, habiendo acompañado a la reina

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hasta un lugar preparado en el coro, se retiró algunos pasos, mientras su majestad se sentaba en un lujoso trono, para descansar una media hora, desplegando

ante el pueblo la gran belleza de su persona. Creedme señor, es sin duda la mujer más bella que haya yacido al lado de hombre alguno. De la gente, cuando la vio, surgió un clamor como el del cordaje en medio de la tempestad, igual de imponente y variado. Volaron sombreros, capas y también jubones; si hubieran tenido el rostro igual de suelto, lo habrían perdido hoy. Nunca vi una alegría como esa. Mujeres gruesas de vientre, a días de parir, como arietes en tiempo de guerra, embestían la multitud, haciéndola trastabillar

y retroceder ante ellas. No había un solo hombre que pudiera decir «esta es mi esposa», tan entreverados estaban todos.

SEGUNDO CABALLERO ¿Y luego?

TERCER CABALLERO Su majestad se levantó por fin, y se acercó al altar con pasos mesurados; se arrodilló

y oró devotamente, elevando los ojos al cielo, como una santa. Se inclinó ante el pueblo y recibió del arzobispo de Canterbury

los símbolos visibles de la realeza: los óleos sagrados, la corona de Eduardo el Confesor, la vara, el ave de la paz y otros emblemas por el estilo, que sostenía con elegancia.

Luego un coro con los mejores músicos del reino cantó el Te Deum. Entonces ella partió,

y con la misma pompa la acompañó el cortejo hasta York Place, donde se hace la fiesta.

PRIMER CABALLERO No debéis ya llamarlo York Place, señor, ese título ha caído con el cardenal.

Ahora pertenece al rey. Llamadlo Whitehall.

TERCER CABALLERO Lo sé, pero hace tan poco que cambió que no me acostumbro.

SEGUNDO CABALLERO Los dos reverendos obispos, que flanqueaban a la reina, ¿quiénes eran?

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TERCER CABALLERO Stokesley y Gardiner. Este de Winchester, hasta hace poco secretario del rey,

y aquel de Londres.

SEGUNDO CABALLERO Se dice que el de Winchester no es muy amigo del arzobispo, el virtuoso Cranmer.

TERCER CABALLERO Todos en el reino lo repiten; sin embargo aún no ha habido una ruptura. Cuando la haya, Cranmer descubrirá un amigo que no ha de rehuirlo.

SEGUNDO CABALLERO

Y decidme, ¿quién vendría a ser?

TERCER CABALLERO Thomas Cromwell,

un hombre bien estimado del rey, y en verdad

un amigo valioso. El rey lo ha nombrado guardián de las joyas de la corona,

y lo ha hecho miembro del Consejo privado.

SEGUNDO CABALLERO Y este es solo el comienzo.

TERCER CABALLERO Así es, sin duda alguna. Venid caballeros, acompañadme un trecho hasta la corte, y sed allí mis invitados: todavía tengo influencias. Camino hacia allá os contaré el resto.

PRIMER Y SEGUNDO CABALLEROS A vuestras órdenes, señor.

Salen.

ESCENA II

Entra CATALINA, la princesa viuda, enferma, guiada por GRIFFITH,

su gentilhombre ujier, y PACIENCIA, su camarera.

GRIFFITH ¿Cómo está vuestra merced?

CATALINA Enferma de muerte,

Griffith. Mis piernas se doblan como ramas cargadas que ansían soltar su peso. Acércame una silla. Así, así. Ahora siento algún alivio.

¿No me dijiste, Griffith, mientras me escoltabas,

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que aquel niño mimado del honor, el cardenal Wolsey, ha muerto?

GRIFFITH Sí, señora. Pero pensé

que vuestro dolor os impedía escucharme.

CATALINA Cuéntame entonces, Griffith, cómo fue su muerte.

Si fue buena, en buena hora me ha precedido

para servirme de ejemplo.

GRIFFITH Fue buena, señora,

por lo que he escuchado. El duque de Northumberland lo arrestó en York, presentándolo públicamente como hombre de honor manchado. Ante esos cargos el cardenal pronto enfermó; y tan débil se puso que no podía montar su mula.

CATALINA ¡Pobre hombre!

GRIFFITH En tramos cortos pudo al fin llegar a Leicester, donde el abad, unido a todo su convento,

lo recibió honorablemente y lo alojó.

«Ah, padre abad», dijo allí el cardenal,

«un anciano quebrado en las tormentas del estado quiere dar entre vosotros descanso a sus huesos; por caridad, no le neguéis algo de tierra».

A su cama lo llevaron. Ávida, la enfermedad siguió sus pasos, y al cabo de tres noches, a eso de las ocho, como él mismo había predicho, plenamente arrepentido y por entero dedicado

al llanto, a los pesares y a continuas meditaciones, al mundo regresó todos sus honores,

al cielo su parte bendita, y durmió en paz.

CATALINA ¡Que así descanse, y que le sea leve el peso

de sus faltas! Permíteme, Griffith, decir lo que pienso de él con la mayor caridad. El vientre de su ambición no respetaba límites, y cuando se medía,

se medía con príncipes; en la trama de sus intrigas había enredado al reino. La simonía era juego limpio, su opinión era su ley. Era capaz de mentir

en presencia del rey; sus sentidos eran tan dobles como sus palabras. Mostraba piedad solo para mejor tramar tu ruina.

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Tan grande era su promesa como lo era él, sus logros tan pobres como él lo es ahora.

Su cuerpo estaba enfermo, su ejemplo para el clero era nefasto.

GRIFFITH Bien sabéis, noble señora,

que las malas costumbres se graban en bronce, las virtudes en cambio se escriben en agua. ¿Me dará vuestra alteza permiso para destacar sus cualidades?

CATALINA Adelante, Griffith

o me acusarán de ser injusta.

GRIFFITH El cardenal

estaba, pese a su origen humilde, destinado a los mayores honores. Casi desde la cuna fue estudioso y se mostró erudito e instruido, de especial sabiduría, elocuente y persuasivo; áspero y altivo con quienes poco lo querían, suave como el verano con quienes lo cortejaban. Bien sé, señora, que su ambición de poseer no conocía límites, y eso es un pecado.

Mas cuando daba, daba como un rey.

Dad testimonio vosotros, gemelos templos del saber, Ipswich y Oxford, tanto el que con él ha caído, por no sobrevivir a su buen fundador;

como el otro, famoso a pesar de estar inconcluso,

y de excelencia tan probada, de tan continuo progreso, que la Cristiandad cantará por siempre sus loas.

Su caída lo colmó de felicidad, pues fue entonces y solo entonces, que se encontró a sí mismo y pudo conocer la bendición de ser pequeño.

Y en su vejez recibió un honor que ningún hombre podía concederle: el de morir en el temor de Dios.

CATALINA No deseo tras mi muerte otro heraldo de mi vida, ningún otro que al hablar de mis acciones,

sepa guardar mi honor de toda mancha de calumnia que un cronista tan honesto como Griffith.

Tu moderación, tu exacto apego a la verdad, logran que dé ahora honor en sus cenizas

a aquel que más he odiado. ¡La paz sea con él!

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Acércate, Paciencia, y ponme un poco más abajo; ya pronto dejaré de molestarte. Buen Griffith, que los músicos toquen para mí ese aire triste

que mi campana fúnebre he llamado, mientras medito en la armonía celestial que me espera en lo alto.

Música triste y solemne.

GRIFFITH Se ha dormido. Sentémonos sin hacer ruido, hija, no vayamos a despertarla. Despacio, gentil Paciencia.

Se sientan.

La visión

Entran solemnes, uno tras otro, seis personajes vistiendo túnicas blancas, las cabezas coronadas de laurel, los rostros cubiertos con máscaras de oro y sosteniendo ramas de palma o de laurel. Le hacen primero a Catalina una respetuosa reverencia; luego bailan. Al formarse cierta figura de la danza, los dos primeros sostienen una guirnalda sobre la cabeza de Catalina, mientras los otros cuatro hacen reverencias. Luego los dos primeros entregan la guirnalda a los dos siguientes, que repiten la figura, sostienen sobre la cabeza de Catalina la guirnalda y luego la entregan a los dos últimos, que repiten lo mismo. En ese momento, como por inspiración, Catalina da en su sueño señales de regocijo y alza las manos al cielo. Y entonces, sin dejar de bailar, los personajes desaparecen, llevando con ellos la guirnalda mientras la música sigue.

CATALINA Espíritus de la paz, ¿adónde os habéis ido?

¿Habéis partido, abandonándome a mi dolor?

GRIFFITH Aquí estamos, señora.

CATALINA No es a vosotros a quien llamo.

¿Nadie entró mientras dormía?

GRIFFITH Nadie, señora.

CATALINA ¿No? ¿No habéis acaso visto cómo me invitaba a un banquete una legión de bienaventurados, cada rostro un rayo de sol que me bañaba?

Me prometían felicidad eterna, Griffith,

y trajeron guirnaldas, que por ahora no soy digna de llevar. Pero sin duda pronto lo seré.

GRIFFITH Me alegra mucho, señora, que buenos sueños visiten vuestra fantasía.

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CATALINA ¡Que se vayan los músicos!

Su sonido es áspero y pesado.

La música cesa.

PACIENCIA ¿Habéis notado

cómo de pronto nuestra señora ha desmejorado? ¿Cómo su rostro se ha puesto, demacrado, pálido, y de color terroso? Observad sus ojos.

GRIFFITH Se nos va, hija. ¡Reza!

PACIENCIA ¡El cielo se apiade de ella!

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Con permiso, señora…

CATALINA ¡Jovencito insolente!

¿No merecemos más respeto?

GRIFFITH (Al MENSAJERO.) Es tu culpa.

Sabiendo que no se resigna a perder su antigua grandeza, vienes con malos modales. De rodillas, pronto.

MENSAJERO Ruego humildemente vuestra alteza me perdone.

La prisa me hizo descortés. Ha venido a veros

un caballero, enviado del rey. Está esperando.

CATALINA Hazlo pasar, Griffith. Pero a este sujeto no quiero volver a verlo.

Sale el MENSAJERO.

Entra lord CAPUCIO.

Si la vista no me engaña

sois el señor embajador de mi sobrino,

el emperador, y vuestro nombre es Capucio.

CAPUCIO Señora, el mismo, y vuestro servidor.

CATALINA Mirad, milord,

qué extraña mudanza de tiempos y títulos he sufrido desde nuestro primer encuentro. Os ruego me digáis qué os trae por aquí.

CAPUCIO En primer lugar, señora,

ofreceros mis servicios para lo que necesitéis.

Luego, la voluntad del rey, quien apenado

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por vuestra salud delicada dispuso esta visita,

y a través de mí envía sus muy reales cumplidos, y os ruega de todo corazón que no os desaniméis.

CATALINA Oh, buen señor, tarde llega ese consuelo. Es como el perdón después de la ejecución;

ese remedio me habría curado, de haber llegado a tiempo.

Ahora mi único remedio son las oraciones.

¿Cómo está su alteza?

CAPUCIO En buena salud, señora.

CATALINA Que así siga, y que mientras yo habite entre gusanos y mi nombre haya sido desterrado de este reino

él siga floreciendo. Paciencia, ¿has mandado ya la carta que escribiste a mi pedido?

PACIENCIA No, señora.

Se la entrega a CATALINA.

CATALINA Humildemente, señor, os ruego que entreguéis esta carta al rey.

CAPUCIO Con todo gusto, señora.

CATALINA En ella encomiendo a su bondad la imagen de nuestro casto amor, su joven hija María,

a quien el cielo rocíe con lluvia de bendiciones, y le solicito que la eduque en la virtud.

Ella es joven, de carácter noble y modesto, y espero que sepa merecer tales cuidados. Y que la quiera un poco, más no sea por lo mucho

que la madre lo amó (solo el cielo sabe cuánto).

Mi otra humilde petición es que se apiade de mis infortunadas damas, que me han sido leales por igual en la fortuna buena y mala.

No hay una entre ellas, sin perjurio me atrevo a afirmar, que en mérito a su virtud y pureza de alma,

que en razón de su honestidad y decente decoro, no merezca un buen esposo, y noble además. ¡Dichoso el hombre que case con cualquiera de ellas! Por último, que a mis servidores, cuya pobreza (pues son los más pobres) nunca los apartó de mí, les paguen sus jornales, con algo de más

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para que me recuerden con afecto. Otra querría

que fuese nuestra despedida si el cielo me hubiese otorgado vida más larga y medios suficientes.

Esto es todo lo que contiene; y buen señor,

no abandonéis a mi gente, si deseáis la paz cristiana a las almas que han partido, e insistid ante el rey, por todo lo que en el mundo más queráis, que no me niegue este derecho.

CAPUCIO Así lo haré,

el Cielo sea testigo, o pierda yo la forma de hombre.

CATALINA Os lo agradezco, mi noble señor. Con toda humildad, recordad a su alteza de mi persona; decidle que por fin se van de este mundo todos sus problemas. Y contadle que en mi lecho de muerte lo bendije, pues así lo haré. Adiós, señor. Ya la luz va dejando mis ojos. Adiós, Griffith. No, tú no, Paciencia, no me dejes aún. Acompáñame hasta la cama. Llama a las otras criadas. Y cuando haya muerto, hija, tratadme todas

con honor, cubridme por completo de vírgenes flores; que todo el mundo sepa que fui una esposa casta hasta la misma tumba. Embalsamadme luego, y aunque de mi realeza haya sido despojada,

enterradme como a una reina, hija de un rey. No puedo más.

Salen conduciendo a CATALINA.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Entra GARDINER, obispo de Winchester, precedido por un PAJE que lleva una antorcha, y se encuentra con sir Thomas LOVELL.

GARDINER Es la una, muchacho, ¿no?

PAJE Ya ha dado, señor.

GARDINER Son horas para necesidades estas, y no

para placeres; tiempo para restaurar

nuestra naturaleza con el descanso reparador,

no para perderlo así. ¡Buenas noches, sir Thomas!

¿Adónde vais tan tarde?

LOVELL ¿Venís de ver al rey, milord?

GARDINER Así es, sir Thomas. Lo dejé jugando a la primera con el duque de Suffolk.

LOVELL Yo también debo verlo,

antes de que se acueste. Con vuestro permiso, milord.

GARDINER No, sir Thomas, un momento. ¿Qué pasa? Os veo apremiado. Comentad con vuestro amigo, a no ser que implique una infidencia grave,

en qué negocio andáis. Los asuntos que salen a medianoche, como los fantasmas, son

por naturaleza más serios que aquellos que andan de día.

LOVELL Os tengo aprecio, milord, y confiaré a vuestro oído un secreto mucho mayor

que aquel. La reina está de parto; según dicen en grave peligro, y se teme que en ese trabajo se le vaya la vida.

GARDINER Rezo con unción por el fruto

de ese vientre; que buen parto y mejor vida tenga. Pero al árbol del que brota, sir Thomas, quiero verlo arrancado de raíz.

LOVELL Podría tal vez decir amén

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a vuestro deseo; pero mi conciencia

me dice que es una buena criatura. La dulce señora merece nuestros mejores deseos.

GARDINER Pero señor, señor,

sir Thomas, escuchadme. Sois uno de nosotros, y bien conozco vuestra sabiduría y devoción; debo deciros que nada irá bien (os lo digo yo, sir Thomas, nada irá bien) hasta que

ella y sus dos manos, Cranmer y Cromwell, duerman en sus tumbas.

LOVELL Señor, ahora estáis hablando

de los dos hombres más notables del reino. Cromwell ha sumado a su cargo de guardajoyas los de encargado de la cancillería y secretario del rey, y se halla en el umbral de dignidades

aún mayores, que el tiempo le traerá. Y el arzobispo es la mano y la boca del rey. ¿Quién

se atreve a decir una sílaba en su contra?

GARDINER Muchos,

sir Thomas; hay muchos que se atreven, y yo también me he atrevido a decir lo que pienso; hoy, sin ir más lejos, he puesto a los lores del Consejo en su contra, convenciéndolos de que es (pues basta que yo lo diga para que ellos lo acepten) un archihereje de la peor calaña, una pestilencia

que infecta nuestro reino; y ellos conmocionados se lo han contado al rey, quien en virtud de su gracia ilimitada y principesca cautela, anticipando

los inicuos males que le presentaban nuestras razones, les ha dado crédito a punto tal de ordenarle que tenga a bien comparecer ante el Consejo.

Es una mala hierba, sir Thomas; debemos arrancarla de raíz. Veo que os estoy reteniendo,

sir Thomas, tenéis que hacer. Muy buenas noches.

LOVELL Buenas noches a vos, milord. Siempre servidor vuestro.

Entran el REY y SUFFOLK.

Salen GARDINER y el PAJE.

REY Basta por hoy, Charles. No jugaré más. Tengo

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la cabeza en otra parte, y no puedo contigo.

SUFFOLK Señor, es la primera vez que puedo ganaros.

REY Y poco, Charles, y menos aún

cuando pueda concentrarme en el juego. Ah, Lovell. ¿Qué noticias tienes de la reina?

LOVELL No me fue posible darle en persona el mensaje

que me encomendasteis, pero se lo envié con su criada.

Contestó dandoos las gracias con gran humildad,

y desea que vuestra alteza rece por ella

de todo corazón.

REY ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Rezar

por ella? ¿Ha comenzado el parto ya?

LOVELL Eso dice

su criada, y agregó que sufre tanto que cada pujo es una agonía.

REY ¡No! ¡Pobre señora!

SUFFOLK Que el cielo

la alivie de su carga sin peligro, y suave haga su trabajo, trayendo a vuestra alteza la felicidad de un heredero.

REY Ya ha pasado la medianoche,

Charles; por favor, a la cama, y en tus oraciones recuerda el estado de mi pobre reina. Déjame solo; debo pensar en cosas que no son amigas de la compañía.

SUFFOLK Deseo a vuestra alteza que pase

una buena noche, y recordaré a mi buena señora en mis oraciones.

REY Buenas noches, Charles.

Sale SUFFOLK.

Entra sir Anthony DENNY.

Bien,

señor, ¿y ahora qué?

DENNY He venido, señor, con milord el arzobispo, como me habéis ordenado.

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REY ¿Eh? ¿Canterbury?

DENNY Sí, mi buen señor.

REY Es verdad. ¿Dónde está, Denny?

DENNY Dispuesto a acudir a vuestro llamado, alteza.

REY Que venga.

Sale DENNY.

LOVELL (Aparte.) De este asunto hablaba el obispo, mi venida ha sido oportuna.

Entran CRANMER y Denny.

REY Despejad la galería.

LOVELL amaga quedarse.

¡Eh! ¡He hablado! ¡Idos!

Salen LOVELL y Denny.

¿Qué?

CRANMER (Aparte.)

Tengo miedo. ¿Por qué frunce el ceño de ese modo?

Es su cara de dar terror. Algo anda mal.

REY ¿Qué hay, milord? Deseáis tal vez saber por qué mandé por vos.

CRANMER (Se arrodilla.) Es mi deber estar siempre dispuesto a acudir a vuestro llamado.

REY Levantaos por favor,

mi gracioso y buen lord de Canterbury. Venid, daremos una vuelta vos y yo; tengo noticias que daros. Venid, dadme la mano. Ah, mi buen señor, me duele decirlo, me apena tener que repetir lo que vais a oír ahora.

Vengo escuchando en el último tiempo, muy a mi pesar, graves quejas acerca de vuestra persona, os digo, milord, graves; y habiéndolas considerado

serias, nuestro Consejo y nos hemos determinado vuestra comparecencia para hoy en la mañana, donde sé que no alcanzaréis a purgaros de tanta

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acusación; y por eso, hasta tanto respondáis a tales cargos de manera adecuada, deberéis armaros de paciencia

y hacer de nuestra Torre vuestra morada. Como sois uno del Consejo, si así no lo hiciéremos, nadie se atrevería a testificar en contra vuestra.

CRANMER (Se arrodilla.)

Agradezco a vuestra alteza con toda humildad la ocasión que me dais de ser cribado a fondo, para que se distinga en mí la paja del trigo, pues sé que nadie está tan a merced de las lenguas de la calumnia como yo, pobre hombre.

REY Levantaos, mi buen Canterbury; vuestra lealtad e integridad tienen raíces profundas en mí,

tu amigo. Dame la mano, caminemos. Ahora decidme, por lo más sagrado, ¿qué clase de hombre sois?

Esperaba, milord, que al menos me pediríais que me tomara el trabajo de poneros frente a frente

con vuestros acusadores, para que el careo pusiera fin a vuestras penas.

CRANMER Mi temido señor,

mis sostenes son la verdad y la honradez. Si me fallan, junto a mis enemigos atacaré

a mi persona, a la cual, faltándome esas virtudes, ya no valdrá la defensa. No temo a nada que pueda decirse contra mí.

REY ¿Acaso no sabéis

cuál es vuestra posición en el mundo, con todo

el mundo? Vuestros enemigos son muchos, y no son poca cosa; sus maquinaciones pues no pueden

ser menos, y poco peso tendrá en el veredicto la verdad de la cosa. Pensad con qué facilidad puede una mente corrupta procurarse un miserable igual de corrupto que declare contra vos. No sería la primera vez que pasa. El poder de vuestros adversarios no es menor que su malicia. ¿Creéis

que vuestra suerte será mejor, en lo que a testigos perjuros se refiere, que la de vuestro Maestro, cuyo ministro sois, mientras vivió en esta malvada tierra?

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Despabilaos; estáis tomando un precipicio

por una zanja, y cortejáis a vuestra destrucción.

CRANMER Dios y vuestra majestad protejan mi inocencia, o caeré en la trampa que me han tendido.

REY Vamos, arriba

ese ánimo; su victoria no irá más allá

de nuestro permiso. Tranquilizaos, y compareced

hoy de mañana. Si tras las acusaciones

deciden encarcelaros, usad de todo vuestro poder

de persuasión para evitarlo, con tanta vehemencia

como la ocasión requiera. Si vuestra solicitud

no pone remedio a la situación, mostradles este anillo, y en ese acto haced ante ellos vuestra apelación a la persona del rey.

CRANMER llora.

¡Mirad! Llora, el buen hombre. Por mi honor que se muestra honrado. ¡Santa Madre de Dios! Juro que su corazón es leal, y alma mejor

no encontraréis en todo mi reino. Vamos, idos y haced lo que os mando.

Sale CRANMER.

El llanto le ha estrangulado

el lenguaje.

Entra la ANCIANA DAMA.

LOVELL (Dentro.) ¡Volved! ¿Qué os proponéis?

Entra LOVELL, persiguiéndola.

ANCIANA DAMA

No volveré, las noticias que traigo trocarán mi atrevimiento en buenos modales. ¡Ahora, que los ángeles del bien sobrevuelen vuestra testa real, y cobijen a vuestra persona con sus alas benditas!

REY Por vuestra

expresión saco vuestro mensaje. ¿Ha dado a luz la reina?

Decid, «Sí, y es un varón».

ANCIANA DAMA ¡Sí, sí, mi señor,

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es un hermoso varón! ¡Que el Dios del cielo la bendiga ahora y siempre! Es una niña, que promete

un futuro lleno de varones. Señor, vuestra reina requiere de vos, para presentaros

a la recién llegada extraña. Es igual a vos, tanto como una cereza a otra.

REY ¡Lovell!

LOVELL ¿Señor?

REY Dadle cien marcos. Iré con la reina.

Sale.

ANCIANA DAMA ¿Cien marcos?

Por la luz que me alumbra que tendré más que eso.

Eso es paga para un paje cualquiera. Ya me va

a oír; si no me da más, ya me va a oír. ¿Para eso le dije que la niña se le parece?

Si no me dan más me desdigo; ahora mismo, en caliente, pondré manos a la obra.

Sale.

ESCENA II

Persevantes, pajes y otros, de servicio ante la cámara del Consejo.

Entra CRANMER, arzobispo de Canterbury.

CRANMER No creo estar llegando tarde; sin embargo el caballero enviado por el Consejo me rogó que me apresurara. ¿Y esto? ¿Todo cerrado? ¡Eh! ¿Quién está a cargo?

Entra un GUARDIA.

Sin duda me conocéis.

GUARDIA Sí, milord. Pero no puedo ayudaros.

CRANMER ¿Por qué?

Entra el doctor BUTTS, cruzando el escenario.

GUARDIA Debéis esperar que os llamen, eminencia.

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CRANMER ¡Ajá!

BUTTS (Aparte.) Le están jugando sucio. Qué buena suerte haber pasado en el momento oportuno. Ahora mismo el rey sabrá de esto.

CRANMER (Aparte.) Ese es Butts, el médico

del rey. Con qué intensidad me clavó los ojos al pasar. ¡Quiera el cielo que no proclame

a los vientos mi desgracia! Pues no hay duda de que quienes me odian buscan humillarme, sin que haya hecho nada para merecerlo. Vergüenza de otro modo debería darles

tenerme aquí esperando, entre pajes

y criados, a mí, un colega del Consejo.

En fin, que se den el gusto, que yo sabré

tener paciencia.

Entran el REY y BUTTS, asomándose por la ventana superior.

BUTTS Os mostraré algo extraño.

REY ¿Qué, Butts?

BUTTS Un espectáculo que ya habréis visto antes.

REY ¿Dónde, pues? Quiero verlo de una vez.

BUTTS Allá,

señor. El de la altura con la cual su eminencia el arzobispo, entre pajes, persevantes y lacayos, sabe conservar su dignidad.

REY ¿Qué veo?

¿Así es como se respetan unos a otros? ¡Menos mal que aún hay alguien por encima de ellos! Hubiera creído que el honor

o la cortesía les impedirían tener a un hombre de su posición, y tan cercano a mi favor, esperando mientras sus señorías se dignan atenderlo. ¡Y en la puerta, como un mandadero! ¡Por la sagrada Virgen, Butts, es una vileza! Dejémoslos hacer, y corramos las cortinas; veremos qué se proponen.

Corren parcialmente las cortinas y permanecen detrás; CRANMER se retira y espera fuera.

Se entra la mesa de la Cámara del Consejo, con sillas y bancos, y se la coloca bajo el dosel. Entra el

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LORD CANCILLER y se sitúa en el extremo superior de la mesa, a mano izquierda. Queda vacante un asiento superior, como para el arzobispo de Canterbury. El duque de SUFFOLK, el duque de NORFOLK, SURREY, el LORD CHAMBELÁN y GARDINER se sientan, en orden, a cada lado; CROMWELL, en calidad de secretario, ocupa el extremo inferior. El guardia espera a la puerta.

LORD CANCILLER

Enunciad, señor secretario, el motivo de la presente reunión del Consejo.

CROMWELL Con permiso de vuestras mercedes,

la causa primera concierne a su eminencia de Canterbury.

GARDINER ¿Se le ha informado de ello?

CROMWELL Sí.

NORFOLK ¿Quién espera fuera?

GUARDIA ¿Fuera, nobles señores?

GARDINER Sí.

GUARDIA Milord el arzobispo,

y hace media hora, pendiente de instrucciones vuestras.

LORD CANCILLER Que entre.

GUARDIA Podéis pasar ahora, eminencia.

CRANMER se acerca a la mesa del Consejo.

LORD CANCILLER Me da mucha pena, mi buen lord arzobispo, estar hoy aquí sentado, viendo vacía

vuestra silla. Pero somos todos hombres, de naturaleza frágil, y por lo tanto rehenes

de nuestra carne; no hay entre nosotros muchos ángeles.

Debido a esta fragilidad, y a vuestro poco juicio, vos, el más indicado para enseñar, os habéis desgraciado, y no poco, ante el rey y sus leyes, llenando con vuestras enseñanzas, vos y vuestros capellanes (así se nos ha informado) el reino de opiniones nuevas; herejías en suma, potencialmente perniciosas si no son reformadas.

GARDINER Tal reforma, mis nobles señores, debe ser ejecutiva. Quien quiera domar un potro salvaje, no puede hacerlo andar al paso con mano suave. Espuelas

y obstinados bocados hacen falta para ablandarlo

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y volverlo obediente. Si con nuestra indulgencia e infantil piedad, por cuidar del honor de un solo hombre, permitimos que la infección se extienda,

y mezquinamos el remedio, ¿en dónde terminaríamos? En desórdenes, tumultos, en una corrupción general de todo el estado, como han sido recientes testigos nuestros vecinos de la Alta Alemania, cuyas penas siguen estando frescas en nuestra compasión.

CRANMER Mis buenos señores, en el curso de mi vida, en la ejecución de mis funciones, hasta ahora me he esforzado para que mis enseñanzas

y el ejercicio de mi autoridad vayan juntos y seguros por la misma senda; mi único fin fue siempre hacer el bien. Nadie

(lo digo con toda sencillez de corazón) detesta más que yo, ni reprime más que yo,

a quienes quieren desfigurar la paz pública, y esto a la vez en mi conciencia privada y en mi cargo. ¡Quiera el cielo que no encuentre nunca el rey un corazón menos leal! Aquellos cuyo alimento es la envidia y la malicia retorcida se atreven

a morder a los mejores. Ruego a vuestras señorías que en esta causa judicial mis acusadores, sean quienes fueren, me miren a la cara

cuando den testimonio en mi contra.

SUFFOLK No, señor,

eso no puede ser; sois un miembro del Consejo, y en virtud de ello nadie se atrevería a acusaros.

GARDINER Tenemos cosas más importantes que hacer, milord; seremos breves con vos. Por voluntad del rey

y acuerdo nuestro, seréis llevado a la Torre.

Allí comprobaréis cómo, sin la protección

de vuestro cargo, muchos se atreverán a acusaros abiertamente. Más, me temo, que los que podréis enfrentar. Así, vuestro proceso será el adecuado.

CRANMER Os lo agradezco mucho, milord de Winchester; vuestra amistad me conmueve. Si se hace vuestra voluntad, seréis juez y jurado; tan grande es vuestra misericordia. No creáis que soy ciego

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a vuestro objetivo, que es mi ruina. Más que la ambición, milord, le sientan a un clérigo la humildad y el amor.

A las almas extraviadas no se las debe expulsar, sino ganarlas con moderación. Tengo pocas dudas (tan pocas como vuestros escrúpulos para cometer iniquidades diarias) de que pasaré la prueba, aunque tentéis al límite mi paciencia.

Podría seguir, pero callaré, por respeto a vuestra investidura.

GARDINER Ah, milord, milord, sois un sectario,

esa es la pura verdad. Bajo vuestros oropeles

pintados, descubre, quien os conoce, meras palabras,

y débiles razones.

CROMWELL Con vuestro permiso, milord

de Winchester, sois algo duro; un hombre tan noble, más no sea por aquello que ha sido, merece mayor respeto. Aumentar la carga de un hombre cuando está cayendo, es mera crueldad.

GARDINER Señor secretario,

os solicito me perdonéis si os señalo que sois en esta mesa el menos indicado para hablar.

CROMWELL ¿Por qué, milord?

GARDINER ¿No sois acaso alentador

de la nueva secta? Carecéis de integridad.

CROMWELL ¿De integridad?

GARDINER Sí, señor.

CROMWELL Si vos tuvierais media parte

de mi honestidad, las plegarias, no el miedo, acercarían a los hombres a vos.

GARDINER Recordaré

vuestras palabras.

CROMWELL Hacedlo, y recordad vuestra vida también.

LORD CANCILLER Basta, señores, por pudor.

GARDINER He terminado.

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CROMWELL Y yo.

LORD CANCILLER Volvamos a vos, milord. Todos concuerdan, entonces, por voto unánime, que sin dilación

seáis llevado prisionero a la Torre, y allí permanezcáis, hasta que el rey nos haga saber

su voluntad ulterior. ¿Estáis todos de acuerdo, señores?

TODOS Lo estamos.

CRANMER La piedad, milores, ¿no os indica para mí otro camino que el de la Torre?

GARDINER ¿Y cuál otro

se os ocurre? Insistís en seguir causando problemas.

Guardias, entrad de una vez.

Entra la guardia.

CRANMER ¿Guardias? ¿Para mí?

¿Me llevaréis allí como un traidor?

GARDINER Llevadlo.

Que quede bien guardado en la Torre.

CRANMER Señores,

un momento, no he terminado aún. Mirad: este anillo libera a mi causa de las garras de los hombres crueles, y la pone en manos de un juez más noble, mi señor el rey.

LORD CHAMBELÁN Es el anillo del rey.

SURREY Es sin duda el auténtico.

SUFFOLK Es el verdadero anillo, cielos. Os advertí, cuando echamos a rodar esta peligrosa piedra, que terminaría aplastándonos.

NORFOLK ¿Pensáis acaso,

milores, que el rey toleraría que sufra algún daño siquiera el dedo meñique de este hombre?

LORD CHAMBELÁN Ahora

nos queda bien claro. ¡Cuánto aprecia su vida!

¡Cómo me gustaría estar fuera de esto!

Sale el REY,

en el piso superior.

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CROMWELL Ya me decía yo,

que al hurgar en la vida de este hombre, cuya honestidad solo el diablo y sus secuaces pueden censurar, estabais avivando

el fuego que ahora os quema. ¡Recibid vuestro merecido!

Entra el REY, mirándolos con el ceño fruncido,

y toma su asiento.

GARDINER Respetado soberano, diariamente agradecemos al cielo el habernos dado un príncipe como vos, no solo bueno y sabio, sino devoto además; obedientísimo y dispuesto a hacer de la Iglesia objetivo primero de su honra. Ahora, para reforzar sus deberes sagrados, por respeto a ella

acerca su real presencia para escuchar por sí mismo la causa que la enfrenta a este gran agraviador.

REY Siempre tuvisteis talento en improvisar elogios, obispo de Winchester. Pero ahora no he venido a escuchar adulaciones, que en mi presencia resultan raídas y tenues para tapar las ofensas.

No pueden conmigo. Ahora jugáis al perrito faldero, y movéis la lengua a ver si os encuentro simpático. No sé por quién me tomáis, pero lo que sé sin duda es que vuestra naturaleza es sanguinaria y cruel. (A CRANMER.)

Sentaos, buen hombre. Ahora, quiero ver al más valiente, al más orgulloso, atreverse a mover un dedo

contra vos. Por todo lo más sagrado, más le valdría morir que dudar de que este sitio os corresponde.

SURREY Si vuestra merced me permite…

REY No, señor,

no lo permito. Pensé que contaba con hombres sabios y entendidos en mi Consejo. Veo que me equivoqué. ¿Es que no tenéis discreción siquiera, que dejasteis a este hombre, a este buen hombre (un título

que pocos de vosotros merecéis) a este hombre honrado,

esperando a la puerta como un paje piojoso? ¿A uno

de vuestro rango? ¡Qué vergüenza! ¿Acaso mi comisión

os autorizaba a olvidaros de quienes sois? Os di poder

para juzgarlo como a miembro del Consejo,

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no como a un lacayo. Algunos de vosotros, veo, menos por integridad que por encono,

querríais, si medios tuvierais, juzgarlo con el mayor rigor. Pues bien, mientras yo viva, no los tendréis.

LORD CANCILLER

Mi muy respetado soberano, con vuestra venia hablaré en nombre de todos, para excusar nuestra intención. Al detenerlo no buscábamos (creedlo de buena fe) otra cosa que darle la oportunidad, en juicio, de limpiar su buen nombre ante el mundo.

No había, al menos en mí, inquina alguna.

REY En ese caso,

señores, respetadlo y tratadlo bien: lo merece.

En su elogio diré una sola palabra:

si alguna vez un príncipe estuvo en deuda

con un súbdito, por amor y servicios, lo estoy yo con él. Abrazadlo ya sin más vueltas, señores; amigaos. ¿No os da vergüenza? Milord de Canterbury, os haré un pedido que no seréis capaz de rehusarme: tenemos una hermosa niña aún sin bautizar. Seréis el padrino, y os haréis responsable de ella.

CRANMER Es un honor que cubriría de gloria al mayor de los monarcas. ¿Cómo podría merecerlo yo, pobre como soy, humilde súbdito vuestro?

REY Vamos, milord, vamos, o pensaremos que queréis ahorraros

las cucharas del regalo. Dos madrinas, nobles ambas, os harán

compañía: la anciana duquesa de Norfolk y la señora marquesa

de Dorset. ¿Os parece bien?

Milord de Winchester, una vez más os lo ordeno, abrazad a este hombre, y amadlo.

GARDINER Con todo mi corazón

y con amor fraternal.

CRANMER Y que el cielo sea testigo

de lo mucho que valoro esta confirmación.

REY Esas lágrimas de alegría prueban la bondad

de tu corazón. ¡Buen hombre, así se confirma

lo que todos dicen de ti: «Cometed algún agravio contra Canterbury y será para siempre vuestro amigo».

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Venid, señores, perdemos el tiempo; estoy ansioso por que esta jovencita se haga cristiana.

Como os he unido, milores, unidos permaneced; así ganaré yo fuerza y vosotros mayor merced.

Salen.

ESCENA III

Ruidos y tumulto desde el interior.

Entran el PORTERO y su CRIADO.

PORTERO ¡Cállense de una vez, rufianes! ¿Qué se han creído, que la corte es Parish Garden? ¡Canallas, he dicho silencio!

SIRVIENTE (Desde el interior.) Buen señor portero, yo soy de la cocina.

PORTERO ¡Y serás del cadalso, y bailarás en la horca, patán! ¿Te pare ce un lugar para andar a los gritos? Que me traigan una docena de bastones de manzano bien duro; estos parecen ramitas. Voy a acariciar vuestras cabezas, hijos. ¿Queréis ver bautismos? ¡Aquí llegan la cerveza y los pasteles! Tomad, rufianes maleducados, tomad.

CRIADO Tened paciencia, señor. Salvo que con cañones los barramos de la puerta, tan imposible será dispersarlos como hacerlos dormir una mañana de mayo el día de la festividad; sabéis que es tan difícil moverlos como empujar la catedral de San Pablo.

PORTERO Que te cuelguen entonces por haberlos dejado entrar.

CRIADO No sé ni cómo fue. ¿Cómo entra la marea? Les di todo lo que un garrote de cuatro pies puede dar. Mirad cómo ha quedado. A ninguno le mezquiné lo suyo, señor.

PORTERO No sirvió de nada.

CRIADO No soy Sansón, ni sir Guy, ni siquiera Colbrand, para segarlos como mieses; pero si alguna cabeza sea de joven o viejo, hombre o mujer, cornudo

o ponedor de cuernos, quedó sin golpear,

que nunca más mis ojos contemplen un churrasco, ¡algo de lo cual, ni por amor a la vaca, me privaría!

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SIRVIENTE (Desde el interior.) ¿Oís, señor portero?

PORTERO En un minuto estoy contigo, cachorrito mío. ¡Mantén la puerta bien cerrada, bribón!

CRIADO ¿Qué queréis que haga?

PORTERO ¿Qué te parece? ¡Derríbalos por docenas! ¿Estamos acaso en el parque de Moorfields? ¿O será que ha llegado a la corte uno de esos extraños indios, con su herramienta descomunal, que a las mujeres no hay quién las pare? ¡Qué cría de fornicadores se ha juntado a la puerta! ¡Por mi conciencia de cristiano, de este bautismo saldrán mil! Padres, padrinos y todo a la vez.

CRIADO Y así regalarán cucharas más grandes, señor. Hay uno cerca de la puerta que, por la cara, parece broncista, porque o me equivoco o tiene veinte días de canícula en la nariz; y todos los que están cerca quedaron bajo su Ecuador, no necesitan otro castigo. A este fogoso fenómeno le di tres veces en la cabeza, y las tres descargó contra mí su nariz. Y ahí sigue, como un mortero, listo para hacernos volar por los aires. Cerca suyo, la mujer de un quincallero, corta de ingenio pero suelta de lengua, me insultó por haber iniciado tal incendio, con tal vehemencia que perdió el sombrero. Una de las veces le erré al meteorito ese y se la di a ella, a lo cual gritó «¡Bastones!», y al punto cuarenta bastoneros, de lo más selecto de la calle Strand, de donde ella es, acudieron en su ayuda. Se me vinieron encima; yo me mantuve en mi puesto pero se fueron acercando hasta tenerme a tiro de escobazo; un poco más les hice frente pero cuando a mis espaldas aparecieron tiradores aislados y me entraron a llover cascotazos, no tuve más remedio que recoger mi honor y entregarles la plaza. El diablo estaba con ellos, os lo aseguro.

PORTERO ¡Son los mismos jovenzuelos que alborotan los teatros, peleándose por manzanas mordidas, tanto que los únicos espectadores que pueden aguantarlos son sus hermanos los que suelen dar vivas en el cadalso de Tower Hill o sus amigotes de los muelles de Limehouse! A algunos ya los tengo bien guardados en el Limbo Patrum, donde podrán seguir bailando a su gusto, y en los intervalos disfrutar de una vianda de azotes que les servirán dos alguaciles.

Entra

el LORD CHAMBELÁN.

LORD CHAMBELÁN

Mal rayo me parta, ¿qué es esta multitud, que no para de aumentar? ¿Qué, estamos de feria acaso?

¡Siguen llegando de todas partes! Eh, porteros, cabrones

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holgazanes, ¿dónde estáis? ¡Muy buen trabajo! ¡Linda chusma habéis dejado entrar! ¿Son todos compadres vuestros, de los arrabales? Las damas, cuando regresen del bautismo, tendrán sin duda el camino despejado.

PORTERO Con permiso, señor,

no somos más que hombres. Lo que estaba en nuestro poder de hacer, sin que nos hicieran pedazos, lo hemos hecho. Un ejército haría falta para controlarlos.

LORD CHAMBELÁN Por mi vida que si el rey me culpa, vosotros colgaréis de los talones sin demora; y multas

de las buenas caerán sobre vuestras cabezas.

Sois unos bribones holgazanes; antes que con la tarea cumplís con la botella.

Trompetas.

Oíd, suenan las trompetas;

ya vuelven del bautismo. Vamos, daos prisa, abrid paso al cortejo, romped la multitud

si no queréis que os mande a prolongar la farra dos meses más a la prisión de Marshalsea.

PORTERO ¡Paso a la princesa!

CRIADO Eh, tú, el grandote,

apártate, o te daré un buen dolor de cabeza.

PORTERO ¡Eh, tú! ¡Sí, el vestido de camelote!

¡O te subes a la verja o te arrojo por encima!

ESCENA IV

Entran las trompetas sonando, seguidas por dos corregidores, el alcalde mayor de Londres, el heraldo mayor de la jarretera, CRANMER, el duque de NORFOLK con el bastón de mariscal, el duque de Suffolk y dos nobles portando cálices de pie para recibir los regalos de bautismo. Cuatro nobles sostienen un dosel sobre la niña, ricamente ataviada con un manto, etc., y cargada por su madrina la duquesa de Norfolk, cuya cola lleva una dama. Luego la otra madrina, la marquesa de Dorset y damas. El cortejo atraviesa una vez el escenario y el HERALDO habla.

HERALDO ¡Larga vida, próspera y eternamente feliz, otorgue el cielo, en su infinita misericordia, a la altísima y poderosa princesa de Inglaterra, Isabel!

Fanfarria. Entran el REY y su guardia.

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CRANMER (Arrodillándose.)

¡Y a vuestra real majestad, y a la buena reina! Mis nobles colegas y yo elevamos plegarias para que toda dicha y consuelo que el cielo haya atesorado para don de los padres, caigan, con esta niña, sobre vosotros diariamente.

REY Gracias, mi buen lord arzobispo. ¿Cómo se llama?

CRANMER Isabel.

REY De pie, milord.

El REY besa a la niña.

Con este beso te bendigo.

Dios, en cuyas manos pongo tu vida, te proteja.

CRANMER Amén.

REY Mis nobles madrinas, padrino, habéis sido pródigos en exceso. Os lo agradezco de corazón, y lo mismo hará esta damita, cuando su inglés se lo permita.

CRANMER Permitidme, señor, hablar, pues el cielo me lo ordena, y en mis palabras no habrá lisonja, como veréis,

sino verdad. Esta real criatura, a quien el cielo siempre guarde de cerca, promete, aun desde la cuna, mil bendiciones, por mil multiplicadas, que el tiempo hará madurar sobre nuestra tierra. Se convertirá (aunque pocos hoy con vida verán tal virtud)

en el espejo de cada príncipe que en sus tiempos viva, y de cada uno que la vaya a suceder. La reina

de Saba nunca buscó la virtud y la sabiduría como esta alma pura lo hará. En ella se duplicarán todas las gracias principescas que se necesitan para modelar tal dechado de grandeza, unidas

a las virtudes que a los buenos saben acompañar. La verdad será su leche; los divinos pensamientos, su consejo; será amada y temida. Los suyos la bendecirán; sus enemigos temblarán

y caerán, doblados de dolor, como un campo trillado. Con ella germinará el bien, y cada hombre en paz comerá bajo su viña seguro de su cosecha

y cantará, con sus vecinos, la dulce canción de la paz.

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El verdadero Dios se hará conocer; los caminos perfectos del honor, de ella todos podrán aprender, y por ellos, y no por la sangre, se verá la nobleza. Mas esta paz no morirá con ella; pues al igual que cuando el ave prodigiosa, el casto Fénix, llega a su fin y de sus cenizas surge un nuevo heredero igualmente admirable; de igual manera, cuando de esta nube de tinieblas, al cielo se eleve, dejará todas sus bendiciones

a otro como ella, para que, como una estrella, se eleve de las sagradas cenizas de su honor

y quede fija en igual fama. La paz en abundancia,

el amor, la verdad y el terror, que serán fieles sirvientes de esta niña, lo servirán también, y como una viña,

se entrelazarán con él. Allí donde brille el sol del cielo, allí estarán su honor y la grandeza de su nombre, creando nuevas naciones. Florecerá, y sus ramas serán como las del cedro de la montaña, cubriendo las planicies circundantes; los hijos de nuestros hijos lo verán, y darán gracias al cielo.

REY Hablas maravillas.

CRANMER Alcanzará, para felicidad de Inglaterra, una avanzada edad; verá muchos días, ninguno sin una buena acción coronado.

¡Quisiera no saber más! Pero es preciso que muera un día:

los santos la querrán con ellos. Irá, pero virgen; un lirio sin mancha alguna que volverá a la tierra para que el mundo entero lo llore.

REY Milord arzobispo,

me hacéis por fin un hombre, y próspero, pues el regalo de esta niña que he engendrado es mi mayor riqueza. Tanto me ha complacido tu oracular consuelo

que cuando esté en el cielo será mi mayor deseo el ver lo que hace la niña, y alabar a mi creador. Gracias a todos. Con vos, milord alcalde,

y con todos vosotros, mis nobles hermanos, también estoy en deuda; me habéis honrado con vuestra presencia, y os demostraré mi agradecimiento. Señores, encabezad el cortejo; debéis ahora ir con la reina. La haréis feliz, y os lo agradecerá. Que el día de hoy

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nadie, por asunto alguno, en su casa permanezca pues esta pequeñita lo ha vuelto un día de fiesta.

Salen.

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EPÍLOGO

Diez a uno a que la obra no puede agradar a todos los presentes. El que vino a dormitar un acto, o dos, dirá que no le ha gustado,

pues seguro nuestras trompetas lo habrán despertado. Otros esperan que a la ciudad insultos furiosos arrojemos, y vienen solo a decir «¡qué ingeniosos!». Pero como nada de eso hemos hecho

a esperar un elogio no tenemos derecho. Salvo que las mujeres, en su interpretación,

sepan ser indulgentes, por una, de virtuosa condición, que les hemos presentado. Si se dignan sonreír,

y aprobar lo hecho, a los hombres, me atrevo a predecir, nos hemos metido en el bolsillo, pues nunca guardan las manos si sus mujeres les dicen que aplaudan.

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WILLIAM SHAKESPEARE ha sido considerado unánimemente el escritor más importante de la literatura universal. Se mantiene que nació el 23 de abril de 1564 y que fue bautizado, al día siguiente, en Stratford-upon-Avon, Warwickshire. Su llegada a Londres se ha fechado hacia 1588. Cuatro años después de su llegada a la metrópoli, ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral, éxito que pronto le valió el mecenazgo de Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton. Con solo haberse dedicado a la poesía, Shakespeare ya habría pasado a la historia por poemas como Venus y Adonis, La violación de Lucrecia o los sonetos. Sin embargo, si hay un campo en el que Shakespeare realizó grandes y trascendentales logros fue en el teatro; no en vano es el responsable principal del florecimiento del teatro isabelino, uno de los mascarones de proa de la incipiente hegemonía mundial de Inglaterra. A lo largo de su carrera escribió, modificó o colaboró en decenas de obras teatrales, de las cuales podemos atribuirle plenamente treinta y ocho, que perviven en nuestros días gracias a su genio y su talento. William Shakespeare murió, habiendo conocido el favor público y el éxito económico, el 23 de abril de 1616 en su ciudad natal.

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Notas

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Introducción

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[1] La más reciente biografía de Marlowe es: Park Honan, Christopher Marlowe. Poet & Spy, Oxford, Oxford University Press, 2005. <<

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[2] Véase James Shapiro, Contested Will. Who Wrote Shakespeare?, Londres, Faber & Faber, 2010. <<

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[3] Acerca de la leyenda de que Shakespeare nunca emborronaba sus manuscritos y no tachaba ningún verso, Ben Jonson, en Discoveries, un libro de citas y reflexiones, escribió: «¡Ojalá hubiera tachado cientos!». <<

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[4] Al parecer, el hecho de que no se hiciera mención a sus libros y manuscritos se explica por la costumbre isabelina de acompañar los testamentos de un inventario que, en el caso de Shakespeare, se ha perdido. <<

www.lectulandia.com - Página 1031

[5] John Aubrey (1626-1697) fue un anticuario inglés que se dedicó a escribir apuntes biográficos de personajes relevantes de la historia inglesa en su monumental Brief Lives, publicado por primera vez en 1813. Hay una selección en castellano: John Aubrey, Vidas breves, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2010. <<

www.lectulandia.com - Página 1032

[6] Hay noticia de una obra perdida de Shakespeare, Cardenio, que se cree fue escrita a medias por John Fletcher y Shakespeare y que los King’s Men estrenaron en 1613. La obra desarrollaba la historia de un personaje de la primera parte de Don Quijote, que había sido traducida al inglés por Thomas Shelton en 1612. En 1727, Lewis Theobald publicó una obra titulada Double Falsehood que decía estaba basada en tres manuscritos, entre ellos el perdido Cardenio. La historia parece que últimamente ha merecido crédito por parte de los especialistas, pues la prestigiosa colección Arden de las obras de Shakespeare la ha incluido en su canon y la Royal Shakespeare Company la interpretó en 2011. <<

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[7] Samuel Pepys, Diarios, Sevilla, Renacimiento, 2003, p. 101. Traducción de Norah Lacoste. <<

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[8] Ricardo II, III, ii. Véase la p. 471. <<

www.lectulandia.com - Página 1035

[9] Enrique IV, parte 2, V, v. Véase la p. 670. <<

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[10] Enrique V, II, iii. Véase la p. 696. <<

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Dramas

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[11] Juego de palabras ente Maine y main (principal). (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1039

[12] Juego de palabras entre Walter y water (agua). (N. del T.) <<

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[13] Juego de palabras entre el apellido Cade y cade, que significa «barril». (N. del T.)

<<

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[14] Hagan los dioses que esta sea la suma de tu gloria. (N. del T.) <<

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[15] Hay un juego de palabras: «to ennoble those/That scarce, come two days lince, were worth a noble». Esta última era una moneda de oro que equivalía a seis chelines y ocho peniques. (N. de la T.) <<

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[16] Hay un juego de palabras entre el little lord de Gloucester y el little de York. (N. de la T.) <<

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[17] Pronunciación casi idéntica a Richmond. (N. de la T.) <<

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[18] El apellido original de Juan de Gante (Gaunt) tiene en inglés el significado de flaco, enjuto, descarnado. (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1046

[19] «Violetas»: los favoritos en la nueva corte. Una alusión también al sol, uno de los símbolos de Bolingbroke, creando una nueva primavera. (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1047

[20] «Pardonnez-moi». Los conocimientos de francés que tiene el duque de York por lo visto no son muy extensos; al querer instruir al rey Enrique a que diga «Perdono», de hecho le indica que diga «Perdonadme». (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1048

[21] Faltan unas palabras por daño en el manuscrito. (N. de los T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1049

[22] La acción de la batalla está segmentada en una serie de conflictos entre dos adversarios, separados por rebatos o llamadas de las trompas. (N. de los T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1050

[23] Toda la escena IV es una «lección de idioma» que Catherine toma de su dama de honor para aprender inglés. Eso obliga a dejarla textual, incluidos el tono entre fallido y arcaico del francés de Shakespeare, y el inglés fonético y por momentos malsonante de Alice. Traducida, diría así:

«C.: Alice, tú has estado en Inglaterra, y hablas bien el idioma.

A.: Un poco, señora.

C.: Enséñame, te lo ruego. Hay que aprender a hablar. ¿Cómo llaman a la mano en inglés?

A.: ¿La mano? Se llama de hand.

C.: De hand. ¿Y a los dedos?

A.: ¿Los dedos? A fe mía, se me olvidan los dedos, pero lo recordaré. Los dedos… creo que los llaman de fingres. Sí, de fingres.

C.: La mano, de hand; los dedos, de fingres. Creo que soy buena alumna: he aprendido dos palabras de inglés muy deprisa. ¿Cómo llaman a las uñas?

A.: ¿Las uñas? Las llamamos de nails.

C.: De nails. Escucha, dime si hablo bien: de hand, de fingres, y de nails.

A.: Está bien dicho, señora. Es muy buen inglés.

C.: Dime el inglés para brazo.

A.: De arma, señora.

C.: ¿Y el codo?

A.: D’elbow.

C.: D’elbow. Voy a repetir todas las palabras que me enseñaste hasta ahora.

A.: En mi opinión, señora, es muy difícil.

C.: Perdona, Alice. Escucha: d‘hand, de fingre, de nails, de arma, de bilbow.

A.: D’elbow, señora.

C.: Oh, Dios, ¡se me olvidó! D’elbow. ¿Cómo llaman al cuello?

A.: De nick, señora.

C.: De nick. ¿Y al mentón?

A.: De chin.

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C.: De sin. El cuello, de nick; el mentón, de sin.

A.: Sí. Con su venia, señora, en verdad pronuncia usted las palabras tan bien como los nativos de Inglaterra.

C.: No dudo que aprenderé, con la gracia de Dios, y en poco tiempo.

A.: ¿No ha olvidado ya lo que le enseñé?

C.: No, y te lo recitaré en seguida: d’hand, de fingres, de mailes…

A.: De nails, señora.

C.: De nails, de arma, de ilbow..

A.: Con su venia, señora, d’elbow.

C.: Eso digo. D’elbow, de nick, y de sin. ¿Cómo les llaman a los pies y el traje?

A.: De foot, señora, y de cocan.

C.: ¿De foot y de cocan? ¡Oh, Dios mío! Son palabras malsonantes, corruptas, groseras e impúdicas, y muy poco adecuadas para las damas de honor. (N. del T.: juego de confusiones con las «malas» palabras francesas foutre y con, respectivamente «joder» o «follar» y «coño».) No quisiera pronunciar esas palabras ante los señores de Francia por todo el oro del mundo. ¡Vaya! ¡De foot y de cown, nada menos! De todos modos recitaré de nuevo toda mi lección. D’hand, de fingre, de nails, d’arma, d’elbow, de nick, de sin, de foot, de cocan.

A.: ¡Excelente, señora!

C.: Suficiente por esta vez. Vamos a cenar.» (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1052

[24] «Veremos regresar el perro a su vómito, y la cerda a su pantano.» (N. del T.) <<

www.lectulandia.com - Página 1053

[25] Probable fragmento de un refrán irlandés («Doncella, mi tesoro») que, en su forma corrupta inglesa, suena semejante a la frase en francés del soldado. (N. del T.)

<<


[26] Es el mismo Nicholas Hopkins de I, i, 768. (N. del T.) <<



FIN

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