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Libro N° 14935. Dramas Históricos. Shakespeare, William. Parte Uno


© Libro N° 14935. Dramas Históricos. Shakespeare, William. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © Dramas Históricos. William Shakespeare

 

Versión Original: © Dramas Históricos. William Shakespeare

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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DRAMAS HISTÓRICOS

Parte Uno

William Shakespeare


Dramas Históricos

William Shakespeare

De entre todas las pasiones que Shakespeare retrató a lo largo de su extensa obra, la fascinación por el poder es quizá una de las más oscuras; y en ella se centran todos sus dramas históricos. Más allá del episodio anecdótico, generalmente referido a momentos clave del auge de la dinastía Tudor —de Ricardo II a Enrique VIII, de la Guerra de las Dos Rosas a los inicios de la reforma anglicana—, Shakespeare se interesa por el hombre que se oculta tras la máscara de un monarca.

Dramas históricos es el tercer volumen de una colección de cinco que reúne la obra completa de Shakespeare. Aquí se incluyen la trilogía de Enrique VI, Ricardo III, El rey Juan, Ricardo II, las dos partes de Enrique IV, Enrique V y Enrique VIII. Esta edición, a cargo de Andreu Jaume, quien firma también la introducción, presenta las mejores traducciones contemporáneas, respetando el verso y la prosa originales. Un festín para todos los amantes de las buenas letras.

William Shakespeare

Dramas Históricos

Obras completas - 3

ePub r1.0

Titivillus 12.08.16

William Shakespeare, 2016

Traducción: Roberto Appratto, Carlos Gamerro, Elvio E. Gandolfo, María Enriqueta González Padilla, Juan Fernando Merino, Mirta Rosenberg, Daniel Samoilovich & Pedro Serrano Editor: Andreu Jaume

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

LA MEMORIA DEL AUTOR,

MI QUERIDO SEÑOR

WILLIAM SHAKESPEARE,

Y

A LO QUE NOS HA DEJADO

Para no levantar envidias en tu nombre,

será bastante, Shakespeare, cuando honre

tu libro y fama, si confieso que tus obras

no pueden de hombre o musa agotar sus loas.

Es verdad conocida, pero no quisiera

que fuera mi alabanza por tal senda,

transida a veces de ignorancia leve

y, aunque sonora, apenas te merece.

Y el amor ciego la verdad oculta,

avanza a tientas y con prisa abruma.

O la astuta malicia en falso alaba

y piensa en la ruïna cuando ensalza.

Así elogian rufianes y putas infames

a una matrona: lo que más puede dañarle. Pero tú estás a prueba de ellos, en verdad más allá de su mal fario o de su ruindad. Empiezo sin más: ¡Alma de nuestra era!

¡Aplauso, encanto, prodigio de nuestra escena! Mi Shakespeare, arriba. No pienso hospedarte con Chaucer o Spenser, o a Beaumont apartarle para que le haga un sitio a tu figura. Eres un monumento sin su tumba.

Y vives aún mientras viva tu libro,

maravillas leemos y loas proferimos.

Que no te asocie así, se disculpa mi mente,

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con grandes pero desiguales musas, se entiende.

Pues si mi juicio fuera todavía antiguo, junto a tus pares te pondría de continuo y más que nuestro Lyly diría que brillas,

más que el audaz Kyd, que de Marlowe la poesía.

Y aunque tenías poco latín y menos griego, no buscaría nombres de entre aquellos para elogiarte, sino que al tonante Esquilo, a Sófocles y Eurípides, de nuevo vivos,

junto a Pacuvius, Accius y el de Córdoba muerto, tu coturno mostrara sacudir el proscenio. O cuando el gorro de bufón lucieras,

te mediría a solas con la estela

de la insolente Grecia y de la Roma altiva, de todo aquello que surgió de sus cenizas. Triunfas, Bretaña mía, puedes mostrar a uno a quien las tablas de Europa deben tributo. Él era para siempre, más que del momento. Y las musas estaban aún en su apogeo cuando llegó cual Apolo para regalarnos los oídos, o cual Mercurio para encantarnos. Natura estaba orgullosa de sus creaciones y vestía feliz las ropas de sus canciones, tan bien cortadas y con tanto primor tejidas que ya nunca otras iguales alumbraría.

El mordaz Aristófanes, griego jocoso, Terencio el pulcro y Plauto el ingenioso, no gustan ya y anticuados se alejan como si no fueran fruto de la naturaleza. Pero no es todo gracias a Natura: tu arte, buen Shakespeare, tiene asimismo su parte. Y aunque natura sea materia de poetas, el arte da la forma y el que crea

obras con vida, cual son en verdad las tuyas, suda y golpea fuerte el yunque de las musas y se vuelve uno y lo mismo con lo que fragua. De lo contrario, ya no hay laurel sino guasa, pues un buen poeta se hace tanto como nace, cual fue tu caso. Mirad cómo el rostro del padre vive en el hijo, así la estirpe de la mente y las formas de Shakespeare resplandece

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en sus bien torneados y esculpidos versos, donde, en todos y cada uno de ellos, parece sacudir y blandir una lanza frente a los ojos de la misma ignorancia. ¡Oh, dulce cisne de Avon! Qué visión sería verte sobre las aguas volar todavía

y sobre el Támesis hacer aquellos vuelos que tanto cautivaron a Isa y Jaime primero. Quédate, puedo verte en la bóveda elevado, una constelación formas ya en lo alto. Ilumínanos, ¡oh, astro de los poetas!

y con furia o influjo anima o amonesta la escena decaída que, desde tu partida, pena como la noche y desespera el día. Nos queda solo el calor que recibimos con la luz que se guarda en este libro.

BEN JONSON

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INTRODUCCIÓN

Cuando se habla de Shakespeare, lo primero que suele decirse, con la seguridad que procuran los lugares comunes de más honda raigambre, es que de su vida no se sabe casi nada y que su personalidad constituye uno de los enigmas más insondables de la historia de la literatura. Como siempre, el tópico esconde algo de verdad y, al mismo tiempo, simplifica un asunto bastante más complejo. Es cierto que de Shakespeare no se sabe mucho, de acuerdo con nuestra moderna concepción de la biografía, pero es indudable que, de todos los dramaturgos isabelinos, con la notable excepción de Ben Jonson, de quien más sabemos, con diferencia, es de William Shakespeare. De Christopher Marlowe, el gran rival del Bardo en sus inicios, we know next to nothing («no sabemos prácticamente nada»), como asegura su más reciente biógrafo, por no hablar de Thomas Kyd, John Webs ter o John Fletcher, sombras furtivas y temblorosas en el gran escenario de la época.[1]

De este primer tópico se deriva el otro gran mito que persigue a Shakespeare: el proteico fantasma de la autoría de sus obras. Es realmente increíble que a estas alturas se siga especulando, desde las más altas hasta las más bajas instancias, con la propiedad intelectual del canon shakespeariano. Son bien conocidas las hipótesis que, a lo largo de mucho tiempo, han atribuido sus obras a Francis Bacon, el conde de Oxford, a la mismísima reina Isabel, a una asamblea de eruditos neoplatónicos o a Christopher Marlowe, el candidato que ha gozado de un favor más sólido y continuado. ¿Cómo se explica tan obsesiva y enfermiza insistencia en desautorizar al poeta de Stratford-upon-Avon? Para desestimar todas esas herejías, bastaría con apelar al oído y señalar las enormes diferencias prosódicas que separan, por ejemplo, el plúmbeo estilo de Bacon de la profunda levedad del verso shakespeariano o, en el caso de Marlowe, no solo las diferencias formales, sino también las divergencias conceptuales: las preocupaciones filosóficas y teológicas del autor de Doctor Fausto están evidentemente muy alejadas del temperamento y la sensibilidad de Shakespeare. Pero no hay modo, las dudas y las suspicacias se suceden y se actualizan en cada generación.

Como bien ha demostrado James Shapiro, la manía persecutoria se inicia a finales del siglo XVIII y se consolida a lo largo del XIX.[2] Al parecer, fue un tal James Wilmot, un erudito oxoniense que vivía a unos pocos kilómetros de Stratford, quien, en 1785, empezó a buscar papeles, libros y enseres del poeta y, corroído por el fracaso y la impotencia, decidió que ahí había gato encerrado y, en un arrebato de furia, atribuyó el corpus a Francis Bacon. La ecuación mental resulta muy elocuente y se ha repetido en todas y cada una de las atribuciones, hasta el punto de que podemos considerar a todos los conspiradores dignos herederos de Wilmot.

Hasta entonces, a nadie se le había pasado por la cabeza desacreditar a Shakespeare. No lo hizo, para muestra, ninguno de sus contemporáneos. El poema

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que escribió Ben Jonson a modo de homenaje y que se estampó en las primeras páginas de la primera edición de su teatro completo —el llamado Primer Folio de 1623— deja bien claras tanto la autenticidad de la firma como la realidad de la persona que había tras ella: el dulce cisne de Avon, el alma de aquella era. Si hubiera habido la más mínima sospecha, el primer interesado en airearla habría sido el propio Ben Jonson, buen amigo de Shakespeare, pero muy receloso y envidioso del prodigioso talento de su colega.[3]

Podríamos definir lo que le ocurrió a Wilmot —y con él a todos sus sucesores— como la «ansiedad del vacío biográfico». Como género, la biografía no se desarrolló hasta bien entrado el siglo XVIII, del cual acabó siendo algo así como un espejo. Para nuestra desgracia, en la época isabelina apenas se escribieron diarios, memorias o crónicas. Además, durante el Romanticismo se acuñó el concepto de «genio», normalmente asociado a una vida intensa, a ser posible rocambolesca, suculenta y pública, capaz de explicar la génesis de la obra literaria y acorde con la grandeza de esta. Byron sería el epítome de ello. Por el contrario, además de insoportablemente banales, los hechos conocidos de la vida de Shakespeare traslucían un olímpico desprecio por su posteridad y una escasísima conciencia de su genio: algo inadmisible para los hijos del romanticismo que de algún modo somos todavía. Cuando en 1747 se descubrió su testamento —vulgar como todos—, la perplejidad dio paso a la indignación: ni una sola mención a su obra, tan solo dinero, propiedades y la famosa y desconcertante —aunque no tanto, según las costumbres de la época— «segunda mejor cama» para su esposa, Anne Hathaway.[4]

Nuestro desconcierto se explica por la incapacidad de aceptar —o de restaurar— las categorías literarias, sociales, políticas y morales de la época, de las que nos separó la Ilustración, algo que también ha determinado el moderno juicio crítico sobre su literatura. Para empezar, en el siglo XVI, no se había instituido aún la figura del autor, tal y como ahora la entendemos y la vendemos. Las obras teatrales pertenecían a la compañía que las explotaba, y los impresores, si se hacían con una copia del manuscrito, podían publicar cualquier pieza, por defectuosa o mutilada que estuviera, sin temor a sanciones. Además, muchos dramas eran fruto de la colaboración a cuatro o a seis manos —en muchas obras de Shakespeare la filología trata de elucidar todavía dónde está su verdadera mano— y el auténtico prestigio literario se ganaba en la lírica y no en el teatro, considerado por los espíritus más sofisticados un simple entretenimiento para las masas.

A la luz de todo esto, es interesante notar cómo Ben Jonson, en el poema laudatorio antes mencionado y que se incluye en el frontispicio de esta edición, se esfuerza en subrayar, ya desde el título mismo, la condición de autor de William Shakespeare, y la dignidad que ello conlleva. Sin menoscabo de sus nobles propósitos, hay que decir que aquí Jonson está defendiendo su propia idea de autoría contra la convención de su tiempo, e incluso quién sabe si contra las propias convicciones de Shakespeare. Jonson fue el primero de los dramaturgos de su hora en

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desarrollar una aguda conciencia de su propia relevancia literaria y, de hecho, recopiló en vida sus obras en un volumen en folio —en 1616, año de la muerte de Shakespeare—, algo absolutamente inusitado por aquel entonces. A pesar de que ahora parece un mero ejercicio de pompa y circunstancia, el poema de Jonson constituye un documento de extraordinaria trascendencia: nada menos que la primera valoración crítica del canon shakespeariano y la prueba más fehaciente de la legitimidad de su autoría.

La frustración por la vulgaridad, más que por la escasez, de los hechos de la vida de Shakespeare llevó a los cada vez más ansiosos biógrafos a tratar de encontrar algo de su vida en su obra. Fue en el Romanticismo cuando se generalizó la práctica de tratar de llenar las lagunas biográficas mediante el descifre de las presuntas alusiones encriptadas en los dramas y en los poemas. Wordsworth, por ejemplo, consideró que los Sonetos eran la llave con que el autor había abierto los secretos de su corazón. Y en realidad fue la llave que destapó la caja de Pandora de las más absurdas y fantasiosas interpretaciones: Shakespeare como gay en el armario, como bisexual, como criptocatólico, como amante de la reina. Lo cierto es que la crítica biográfica ha resultado a la postre muy insatisfactoria. Es verdad, probablemente, que se pueden deducir una serie de detalles biográficos de la lectura de los Sonetos, pero no se puede descartar que la voz que habla en ellos sea una invención más entre todas las prodigiosas impersonaciones a las que dio vida y que, por tanto, estemos haciendo el ridículo cada vez que tratamos de identificar a los personajes aludidos en los poemas. Sea como sea, lo cierto es que la profundización en la versatilidad y la riqueza apabullantes de la obra shakespeariana fue engordando esa «angustia del vacío biográfico» hasta extremos paranoicos. Llegó un momento —sobre todo a partir de la remilgada era victoriana— en que se decidió que una obra tan descomunal no podía haber sido escrita por un hombre de pueblo, que había abandonado el colegio en la adolescencia, sin título universitario y con una evidencia biográfica tan ordinaria. Quizá por eso la candidatura de Marlowe ha tenido tantos adeptos. Como hemos dicho, de él se sabe mucho menos, pero al menos hay indicios de que tuvo una vida más subversiva: probablemente fue espía doble —algo así como un Anthony Blunt de su tiempo, pero sustituyendo el comunismo por el catolicismo—, murió en extrañas circunstancias —le clavaron una daga en el ojo durante una reyerta tabernaria— y sobre todo —sobre todo— había estudiado en Cambridge. Más adelante abundaremos en ello, pero resulta hilarante esa arrogancia académica, como si no bastaran decenas de ejemplos parecidos o una somera idea de lo que es la creación literaria para acabar con semejante prejuicio.

Tanto desconcierto, tanta frustración y suspicacia derivó en una industria que todavía no ha cesado. No es de extrañar que muchos biógrafos de Shakespeare, desde el siglo XVIII hasta bien entrado el XX, hayan terminado como farsantes. Fue el caso de William-Henry Ireland, que llegó a producir un manuscrito apócrifo de El rey Lear a finales del siglo XVIII o, ya en el XIX, y de John Payne Collier, que empezó su

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carrera como respetable erudito shakespeariano y terminó como delincuente, falsificando documentos y arruinado por la plaga de la ansiedad. Aunque quizá el caso más extremo sea el de Hulda y Charles Wallace, un matrimonio estadounidense que, en los albores del novecientos, se mudó a Londres con el firme propósito de encontrar pruebas de la vida de Shakespeare en la Oficina del Registro Público. La pareja peinó cientos de legajos y encontró algunas pruebas curiosas e iluminadoras, pero todas relativas a hechos menores: su intervención en un litigio entre un vendedor de pelucas y su yerno, y algún que otro título de propiedad. La meridiana banalidad de los hallazgos empezó a corroer la cordura de los Wallace, quienes finalmente regresaron a Estados Unidos convencidos de que eran víctimas de una conjura que les escatimaba información.

No queda más remedio, pues, que resignarse a los hechos que conocemos y aceptar que William Shakespeare, el poeta con el que nunca dejamos de indagarnos, fue alguien tan extraordinario y a la vez tan común como un ser humano.

Una interpretación un tanto forzada de su partida de nacimiento ha querido que William Shakespeare naciera un 23 de abril de 1564, en Stratford-upon-Avon, en el condado de Warwick, a unos ciento treinta kilómetros de Londres. Y lo primero que habría que resaltar en su biografía es que Shakespeare se sintió toda la vida muy ligado a su pueblo natal. A juzgar por los indicios que nos han llegado, parece que su relación con la capital, a pesar de haber sido larga e intensa, fue puramente comercial. Tan solo en sus años finales —y como simple inversión— adquirió una propiedad en Londres, donde siempre vivió de alquiler. En cambio, ya en 1597, cuando empezaba a ser bastante conocido y suponemos que bien remunerado, se compró una de las casas más grandes de Stratford, New Place, que todavía podríamos visitar si no fuera porque en 1759 su dueño, un atrabiliario párroco, decidió demolerla, harto del incordio de los turistas.

En 1564, Inglaterra se vio azotada por un brote de peste bubónica, cuyas recurrentes epidemias habían diezmado la población del país hasta dejarla en apenas cinco millones. Fue un verdadero milagro que Shakespeare lograra sobrevivir. William fue el tercero de los ocho hijos de Mary Arden y John Shakespeare. Mary era hija de una familia de acomodados granjeros, y John, de orígenes más inciertos, se dedicó a la fabricación de guantes y al curtido. Ocupó también varios cargos municipales, como el de catador de cerveza de la comuna y, en algún momento de su vida, fue procesado por usura. De los ocho hermanos, hubo cuatro mujeres, de las cuales solo una, Joan, llegó a la edad adulta. De los cuatro varones, solo sabemos que William fue el único que se casó y que los demás se llamaban Gilbert, Richard y Edmund, el benjamín, que también fue actor de teatro en Londres, pero del que nada más se sabe salvo que murió a los veintisiete años, en diciembre de 1607.

Shakespeare nació bajo el reinado de Isabel I Tudor, hija de Enrique VIII, la cual,

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en 1564, tenía treinta años y hacía un lustro que había sido coronada. La era isabelina está ya para siempre asociada a Shakespeare y en general a la efervescencia que conoció Inglaterra tanto en la política como en las artes. Isabel, conocida como la reina virgen, nunca se casó y no dio a luz a ningún heredero, siendo su sucesor Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, hijo de la reina María de Escocia, a quien Isabel había mandado ejecutar por haber conspirado contra su vida. María, además, había sido una ferviente católica, e Isabel se había erigido en la pesadilla de los papistas, en especial de Felipe II. Más que una fanática protestante, la reina Isabel fue sobre todo una acérrima defensora de la independencia política de Inglaterra, algo que al final de su largo reinado había conseguido con creces, sobre todo después de la clamorosa humillación a la que había sometido a los españoles en 1588, con la derrota de su Armada Invencible.

Como decíamos, la era isabelina se recuerda sobre todo por la eclosión del Renacimiento. No solo el teatro, sino también la poesía, la música, la arquitectura, la pintura, las artes decorativas, la teología y la filosofía conocieron un esplendor inigualado. La propia reina Isabel era una verdadera intelectual melancólica —la melancolía fue el mal del siglo XVI—, autora ella misma de poemas, cartas y traducciones notables. Se cuenta que en una ocasión le soltó una andanada en latín a un embajador insolente, al que dejó estupefacto. Gracias a su corte y a sus personales gustos, la música, además de la literatura, vivió también un momento irrepetible en Inglaterra. En este sentido, la labor que hicieron músicos como Thomas Morley, William Byrd o John Dowland fue extraordinaria. Algunas de las canciones de este último, como «In Darkness Let me Dwell», capturan, del modo a la vez más primario y elevado, el espíritu de su tiempo. Dowland, por cierto, estaba, en 1601, año de composición de Hamlet, trabajando en Elsinore, en la corte del rey de Dinamarca. Quién sabe si fue amigo de Shakespeare, para quien indudablemente la música constituyó un arte paralelo imprescindible. En sus obras abundan las referencias y las metáforas musicales, así como las canciones, muchas de ellas musicadas en su época. De hecho, una parte de la fascinación que produce Shakespeare estriba en vislumbrar el espectro de la melodía que acompañó muchas de sus composiciones, como en las canciones de Ariel de La tempestad: la música se ha desvaído, pero late aún en la niebla de la métrica.

Aunque el archivo del colegio se ha perdido, es muy probable que Shakespeare se educara en el colegio local de Stratford, el King’s New School, donde los niños de aquel tiempo aprendían casi exclusivamente retórica y literatura latinas, en la gramática de William Lyly, abuelo de John Lyly, uno de los dramaturgos coetáneos del Bardo. La afirmación de Ben Jonson, en el poema ya citado del Primer Folio, según la cual Shakespeare tuvo «poco latín y menos griego» no parece que fuera del todo justa, sobre todo en lo que respecta a su formación latina. Es posible que después del empacho infantil de figuras retóricas no mantuviera vivo su latín, pero es indiscutible que el modelo romano ejerció una profunda y evidente influencia en su

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obra. En Las alegres casadas de Windsor hay, por cierto, una breve escena, forzadamente intercalada, en que un niño llamado William sufre los rigores de las declinaciones, una evidente parodia de sus propios años escolares.

Se ha especulado mucho con la formación intelectual, con el bagaje cultural de Shakespeare. Ya hemos visto cómo en el siglo XIX se concluyó que alguien con tan poca ilustración no podía haber engendrado una obra tan enorme. Y parece verdad que Shakespeare no fue en puridad un erudito, a la manera en que lo fueron otros contemporáneos como George Chapman, traductor de Homero, Ben Jonson, que si bien no estudió en la universidad se procuró una sólida cultura clásica, o Christopher Marlowe. En cambio, una lectura atenta a las influencias de su obra nos permite imaginar que el autor de Hamlet fue un lector voraz, con un olfato infalible para husmear las corrientes de su tiempo, capaz de transformar cualquier cita latina en un largo y reverberante monólogo, extraordinariamente intuitivo, virtuoso del plagio — una palabra que Ben Jonson incorporó al inglés en aquella época, no por casualidad —, dueño, en fin, de una prodigiosa alquimia —la memoria— con la que transformaba el poso de sus lecturas en una nueva materia.

Si bien no se ha podido encontrar ningún libro de su biblioteca personal, es posible hacerse una idea aproximada de sus principales lecturas. Entre los clásicos, predominaban los romanos muy por encima de los griegos, que en el siglo XVI todavía no habían escapado de las manos de los eruditos y se conocían, mayoritariamente, solo a través de sus versiones latinas. El primer autor que deslumbró al joven poeta y que le acompañó durante toda su vida fue, sin ningún género de dudas, Ovidio, especialmente el de las Metamorfosis y —para darle la razón a Jonson—, más que en el original, en la traducción que hizo Arthur Golding y que se publicó completa por primera vez en 1567. Shakespeare no solo se dejó deslumbrar por la mitología evocada por Ovidio, sino también por el envolvente fraseo en heptámetros yámbicos de Golding, como demuestra la lectura comparada de varios pasajes. En cuanto a la literatura dramática, quizá los primeros autores que oyó recitar en clase, o que incluso representó en montajes escolares, fueron los comediógrafos Terencio y Plauto, que por otra parte constituyen el sustrato sobre el que se levantó la comedia italiana del siglo XVI, que tanto influyó en el teatro isa belino. En el campo de la tragedia, el autor hegemónico fue Séneca, que durante el Renacimiento inglés actuó como mediador entre el drama sacro, heredero de las representaciones litúrgicas, y la tragedia secular, cuyas bases ayudó a sentar. La convención de dividir el drama en cinco actos es de indudable raíz senequista. Por último, el escritor clásico cuya huella es más visible en el canon shakespeariano es Plutarco, cuyas Vidas paralelas Shakespeare leyó en la traducción de sir Thomas North, publicada por primera vez en 1579, hecha, por cierto, a partir de una traducción francesa y no del original griego. La sombra del Plutarco de North se aprecia ya en obras tan tempranas como Tito Andrónico o Sueño de noche de verano y fue desde luego el mármol con el que esculpió tragedias como Julio César, Antonio

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y Cleopatra o Coriolano.

Para completar el mapa de las lecturas básicas de Shakespeare a lo largo de su vida, habría que citar inevitablemente la Biblia, no tanto la llamada Versión Autorizada del rey Jacobo —publicada en 1611, demasiado tarde, por tanto, para que ejerciera un influjo real en el poeta—, cuanto la Biblia de Ginebra de 1599, en realidad una revisión del primer gran texto bíblico en inglés, debido a William Tyndale, responsable, junto a Shakespeare, del alumbramiento de la moderna lengua inglesa.

A los anaqueles de Shakespeare se les pueden añadir muchos títulos más, pero hay uno que ha ido cobrando mayor nitidez a lo largo del último siglo: los Ensayos de Montaigne, que se publicaron en inglés en 1603, según la versión de John Florio. Florio era amigo de Shakespeare y es muy posible que le diera a conocer la obra de Montaigne mucho antes de que se publicara; de hecho era bastante habitual en la época el tráfico constante de manuscritos. Sea como fuere, lo cierto es que la voz de Montaigne ayudó a moldear el pensamiento renacentista de Shakespeare. Uno de los pasatiempos favoritos de los eruditos shakespearianos consiste en tratar de detectar ecos de Montaigne en tal o cual pasaje, como en Hamlet, en cuyo trasluz parecen adivinarse las aguas de la «Apología de Ramón Sibiuda».

Sin que sepamos por qué, Shakespeare abandonó la escuela a los quince años. La época que antecede a su irrupción en la escena londinense, los años comprendidos entre 1585 y 1592, se conoce justamente como «los años perdidos», pues ahí nos movemos completamente a ciegas. Sabemos que antes, hacia 1582, se había casado precipitadamente con Anne Hathaway, una mujer ocho años mayor que él y a la que había dejado embarazada de su primera hija, Susanna, que nació en mayo de 1583. De ese matrimonio solo sabemos a ciencia cierta que tuvo dos hijos más, los gemelos Hamnet y Judith, nacidos en febrero de 1585. Hamnet —nombre sospechosamente parecido a Hamlet— moriría prematuramente a los once años. Desgraciadamente, la estirpe de Shakespeare se extinguió muy pronto, en 1670, con la muerte de la única nieta que llegó a la vejez, la hija de Susanna, Elizabeth Hall, quien murió sin descendencia. Para los biógrafos ansiosos, no solo esa interrupción infausta de la descendencia constituye una maldición, sino también la lentitud con que despertó el interés biográfico por Shakespeare. La pequeña, Judith, murió en 1662 y sobrevivió a sus tres hijos. Si John Aubrey, uno de los primeros en esbozar un perfil biográfico del poeta, se hubiera preocupado en ir a verla, en vez de escribir vaguedades, hoy sabríamos muchas cosas que se han desvanecido para siempre.[5]

Sobre los años perdidos hay varias y pintorescas hipótesis. El citado Aubrey —y se trata de una creencia que ha ido tomando cada vez más cuerpo— asegura que en sus años mozos Shakespeare había sido maestro de escuela. Otros dicen que vivió en Escocia como católico recusante (otro de los enigmas más mareados de su biografía es su credo religioso, sobre todo desde que, aparentemente, se descubrió que su padre había muerto convertido al catolicismo). En realidad, podemos hacer las conjeturas

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que queramos: quizá estuvo en Escocia o en Italia, aunque lo más sensato es que estuviera en Stratford cuidando de sus hijos y desahogándose por las noches en la taberna, mientras soñaba con triunfar en la escena y convertirse en uno de los actores de esas compañías que de niño había visto actuar de gira en su pueblo.

El Londres que conoció Shakespeare en los últimos años ochenta o principios de los noventa del siglo XVI era una ciudad terrible, peligrosa, sucia, ruidosa y fascinante. Se agrupaba en lo que hoy se conoce como la City, y uno de sus rasgos más ominosos era la frecuente exhibición de cabezas cortadas por orden judicial, festoneadas de cuervos. En Inglaterra no había té aún y la gente bebía cantidades ingentes de cerveza: un galón —ocho pintas— era la habitual dosis diaria, costumbre que muchos ingleses mantienen hoy día.

Shakespeare, de todos modos, se pasó buena parte de su vida en las afueras de la ciudad, en los descampados donde se levantaban los teatros de la época, el Red Lion, el más antiguo, el Theatre de James Burbage (padre de Richard, compañero de Shakespeare y uno de los que primero encarnó a sus grandes personajes), el Curtain o el Fortune de Philip Henslowe, un empresario teatral gracias a cuyo diario (en realidad un libro de cuentas con comentarios) conocemos hoy muchos detalles valiosos sobre el oficio. Otros teatros importantes fueron los situados en la orilla izquierda del Támesis: el Rose, el Swan y, sobre todo, el Globe, el escenario por antonomasia de Shakespeare, quien en numerosas ocasiones evoca en sus obras esas salas, como cuando el coro de Enrique V habla de «esta O de madera», pues a menudo eran de planta octogonal y daban la impresión de ser edificios circulares. Si tenemos una vaga idea de cómo eran esos teatros es gracias a Johannes de Witt, un turista holandés que en 1596 dibujó un esbozo del Swan: cielo abierto, espacio efectivamente circular, escenario rectangular y flanqueado a los tres lados por el público, dos puertas al fondo de la escena, entre las que solía haber una cortina (donde tal vez Hamlet apuñaló por primera vez a Polonio) y una galería por encima del escenario que no se sabe con certeza si albergaba a público distinguido o se utilizaba para necesidades de la obra, como la aparición del espectro en Hamlet o la escena del balcón en Romeo y Julieta. El público que atendía esas obras de teatro también acostumbraba a asistir a otro de los espectáculos más populares de su tiempo: el suplicio del oso o del toro, que consistía en situar en medio de un escenario al animal atado con cadenas y arrojarle perros rabiosos para ver cómo se defendía. Lejos de ser tan solo un entretenimiento para la plebe era considerado un deporte refinado, al que asistía la propia reina Isabel, a menudo acompañada de legaciones diplomáticas. Hay en las obras de Shakespeare numerosas referencias a ese espectáculo.

Ya hemos apuntado al principio que William Shakespeare fue, antes que autor, un verdadero hombre de teatro (Jonson, como veremos, no sería el primero en jugar con su apellido y llamarle shakestage, literalmente sacude-escenas). De hecho, además de actor y guionista —suena mal, pero esa era entonces la categoría del dramaturgo—,

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hizo las veces de director y productor. A partir de 1595 —cuando aparece la primera referencia— y hasta su presunto retiro en 1613, estuvo asociado a una compañía, Lord Chamberlain’s Men, que, con el ascenso de Jacobo I, se convertiría en The King’s Men, sin duda una de las más prestigiosas y preciadas de la época, que además contribuyó decididamente al ennoblecimiento de la profesión, hasta entonces considerada una ocupación de maleantes. Su hombre fuerte fue Richard Burbage, quien, aunque cueste creerlo, tuvo el privilegio de encarnar por primera vez a Hamlet, Otelo y Lear. También fueron importantes en la compañía los cómicos, especialmente Will Kemp y Robert Armin, que dio vida por primera vez al bufón de El rey Lear. No había aún actrices y los personajes femeninos eran interpretados siempre por chicos jóvenes, los llamados «boy actors».

En tanto que intérprete, hoy diríamos que Shakespeare era un actor de reparto, pues, de acuerdo con las noticias que nos han llegado, se reservó siempre los papeles menores de sus propias obras. Sabemos con seguridad que encarnó al fantasma del rey en Hamlet y al personaje del viejo Adán en Como les guste. Y la leyenda quiere que también interpretara al coro al principio de Enrique V, hipótesis irresistible donde las haya.

Gracias a un panfleto que escribió el dramaturgo Robert Greene hacia 1593, sabemos que a la altura de esos años William Shakespeare era ya un nombre conocido y polémico en el mundo del teatro. Greene era dramaturgo y formó parte de los llamados University Wits, un grupo de sofisticados dramaturgos universitarios, perdidamente oxbridge, entre los que también se contaban John Lyly, George Peele o Thomas Nashe. Greene fue un precursor de los que considerarían inadmisible que un asilvestrado provinciano fuera capaz de escribir lo que escribió y se sintió ultrajado, como si aquel chico hubiera aparecido para quitarles el pan de la boca. Aunque no se sabe qué motivó el encono de Greene —probablemente tan solo la envidia—, lo cierto es que en el panfleto aludió veladamente a él en los siguientes términos: «No os confiéis: hay un Cuervo advenedizo, ornado con nuestras plumas, que, con su corazón de Tigre bajo la piel de actor, se cree tan capaz de esbozar verso blanco como el mejor y siendo un perfecto Johannes fac totum, su arrogancia le convierte en el único sacude-escenas [shake-scene] de un país». La prueba de que se refería a Shakespeare, aparte del juego de palabras con su apellido, es que la frase «corazón de Tigre bajo la piel de actor» es una burla de unos versos de Enrique VI, tercera parte, una de sus obras más tempranas.

La datación de las obras de Shakespeare es problemática. Hay un consenso generalizado según el cual las primeras obras son comedias románticas, como Los dos caballeros de Verona, La comedia de los errores o La doma de la fiera, o bien los primeros dramas históricos, como las tres partes de Enrique VI o Ricardo III. Cuando Shakespeare llegó a Londres, la joven revelación del momento era a todas luces Christopher Marlowe, un brillante, lenguaraz, impertinente y descreído poeta que muy probablemente debió de ejercer una profunda fascinación, a la vez personal y literaria, en el recién llegado. Podemos por tanto imaginar a Shakespeare tratando de afinar su propia voz bajo el encanto de Marlowe, a quien sin duda imitó en sus primeros dramas históricos, sobre todo en Ricardo II, escrito con la falsilla del Eduardo II marloviano. El primer poema narrativo de Shakespeare, Venus y Adonis, está escrito también como emulación del inacabado Hero y Leandro de Marlowe, que si bien se publicó más tarde que Venus, en 1598 y finalizado por George Chapman, es muy probable que hubiera circulado ya en manuscrito. De acuerdo con todo esto, podemos aventurar la teoría de que la única puerta que encontró Shakespeare para escapar de la arrolladora sombra de Kit Marlowe fue la comedia, un género que este no había ensayado y al que su propio talento se plegaba de un modo más natural.

Un año antes de que Marlowe muriera en la reyerta de Deptford, en 1593, se decretó el cierre temporal de los teatros por uno de los periódicos brotes de peste. Shakespeare, que ya empezaba a saborear sus primeros triunfos, aprovechó el paréntesis para dedicarse a la lírica y empezó a escribir los Sonetos, que no terminaría hasta 1603 y que no se publicarían hasta 1609, probablemente sin su consentimiento y con el añadido de otro poema largo: «Lamento de una amante». El soneto había sido popularizado en Inglaterra por sir Philip Sidney en su Astrophil y Stella, que se había publicado en 1591, aunque la forma poética se había incorporado a la literatura inglesa mucho antes, en tiempos de Enrique VIII, gracias a Thomas Wyatt, un poeta que hizo memorables versiones de Petrarca. Además de los sonetos, Shakespeare emprendió la redacción de su primer poema narrativo, Venus y Adonis, su mayor éxito editorial —llegó a ver diez reimpresiones—, basado en las Metamorfosis de Ovidio y publicado por Richard Field, oriundo también de Stratford. El éxito de Venus le animó a escribir una continuación, La violación de Lucrecia, inspirada en los Fasti ovidianos, aunque ya no obtuvo el favor comercial del primero.

Los dos poemas están fervorosamente dedicados a un aristócrata que al parecer el poeta quería convertir en su patrón. Se trataba de Henry Wriothesley, conde Southampton y barón de Titchfield, un joven bello y afeminado, ahijado de lord Burghley, primer ministro de la reina y amigo del conde de Essex (uno de los personajes más notorios de la época, protagonista de una conjura contra la monarca que le costaría el cuello). Si bien Southampton es el candidato más votado en los últimos sesenta años para ser el joven al que se dirige el poeta en los Sonetos, no se sabe nada de su relación ni hay pruebas de que, como aseguran algunos biógrafos, hubieran mantenido una relación íntima. A. L. Rowse, uno de los más conspicuos —y arrogantes— eruditos shakespearianos del siglo XX, estaba convencido de que no hubo intimidad real entre ambos. Para él, Southampton se había enamorado de Shakespeare quien, siendo un heterosexual convencido, le había consolado y aconsejado con esa serie de sonetos privados. En cualquier caso, la relación entre aristócratas y plebeyos no era en aquel siglo tan cercana y fácil como la imaginación novelística y cinematográfica ha supuesto, algo que explicaría la embarazosa zalamería de las dedicatorias que Shakespeare escribió a Southampton.

En los últimos años del siglo XVI, la vida y la obra de Shakespeare fue adquiriendo una progresiva y trabajosa madurez. Hemos visto cómo se zafó de la influencia de Marlowe, también que posiblemente consiguió la protección de un aristócrata, y sabemos que su actividad teatral siguió siendo continuada y febril hasta el final de la centuria. En 1598, un tal Francis Meres publicó un common-place book, un libro de citas, muy del gusto de la época, que no hubiera tenido ninguna importancia si no fuera porque incluía un breve listado de algunas obras que Shakespeare había publicado hasta entonces. Meres citaba, entre las comedias, Los dos caballeros de Verona, La comedia de los errores, Trabajos de amor en vano, Trabajos de amor ganados, Sueño de noche de verano y El mercader de Venecia. Entre las tragedias hablaba de Ricardo II, Ricardo III, Enrique IV, El rey Juan, Tito Andrónico y Romeo y Julieta. Desde que se descubrió, el catálogo de Meres ha servido para datar muchas obras y jugar con algunos supuestos, como por ejemplo la identidad de esa misteriosa comedia, Trabajos de amor ganados, probablemente extraviada. Pero sobre todo nos sirve para ir perfilando la geografía de su imaginación. Mientras se acercaba el fin de siglo e Inglaterra contemplaba el lento crepúsculo de la era isabelina, Shakespeare se había consolidado como un brillante comediógrafo y un esforzado autor de tragedias, aunque todavía no había alcanzado su plena madurez en el género. Había escrito, eso sí, su drama histórico más perfecto: Enrique IV, donde sobresalía sir John Falstaff, una de sus criaturas más maravillosas, para algunos un precursor de Hamlet, como el mismo príncipe Hal. Falstaff supone de algún modo la culminación de su talento cómico a la vez que la preparación para la década de las grandes tragedias, cuyo tono ensayó prometedoramente en Romeo y Julieta.

Uno de los rasgos de la personalidad de Shakespeare que más incomodaban a los románticos era su descarada tendencia al aburguesamiento, esa aparente sumisión a las convenciones de su tiempo y su presunta condición de arribista, violentamente opuesta a la ética romántica. En 1596, por ejemplo, consiguió para su apellido un escudo de armas, bajo el lema «Non Sans Droicz», veleidad de la que ya Ben Jonson se burló en su obra Every Man Out of His Humor, a uno de cuyos personajes se le concede también un blasón donde aparece una cabeza de jabalí con la leyenda «No sin mostaza». Un año más tarde, como se ha indicado al principio, Shakespeare se compró la casa más grande de Stratford, New House, consumando así su lento ascenso hacia el tratamiento de gentleman.

Quizá el período más importante de la vida y la obra de Shakespeare sea el de la transición entre los siglos XVI y XVII, donde su obra experimenta también una convulsión que determinará el tono y la evolución de su obra madura y tardía. Para empezar, el cambio de siglo supuso la consolidación de un nuevo teatro, el Globe. El propietario del solar donde se erigía el Theatre se negó a renovar contrato y los Chamberlain’s Men decidieron desmontar el edificio pieza por pieza y volver a levantarlo en otro espacio, al otro lado del Támesis. Así, hacia 1599, nació el Globe, el teatro que gestaría en sus entrañas uno de los momentos estelares del arte de todos los tiempos y que también propiciaría, por cierto, el fin del mismo, pues fue durante una representación de Enrique VIII, en 1613, una de las dos obras últimas que Shakespeare escribió en colaboración con John Fletcher, cuando, tras un cañonazo, la estructura de madera se incendió y el teatro se convirtió en ceniza. Aunque se reconstruyó en 1614, Shakespeare y sus colegas debieron de vivir el accidente como una metáfora del fin de una época.

En torno a 1600 y 1601, Shakespeare escribió y estrenó Hamlet, su primera gran tragedia, una obra en la que indagó con especial fervor en una de sus obsesiones: la relación entre padres e hijos. Su hijo Hamnet había muerto en 1596, y su padre, John Shakespeare, en 1601. A partir de la tragedia del príncipe de Dinamarca, hay sin duda un cambio de tono en su obra, un lento proceso de apropiación de un nuevo género a la vez que la despedida de otro: la comedia ligera y sentimental. El tránsito supone asimismo la formulación de un nuevo lenguaje poético, cada vez más hondo, matizado, ambiguo, elíptico y polisémico. Contemporáneo de esa gran tragedia es el portentoso poema El tórtolo y fénix, publicado en 1601 como complemento a Love’s Martyr de Robert Chester, junto a otras colaboraciones de Ben Jonson o George Chapman. Es un poema breve e incomprensiblemente no suele citarse entre sus obras más destacadas, quizá debido a su hermetismo y a su naturaleza aparentemente excéntrica dentro del canon, pero lo cierto es que es una de sus máximas creaciones, un preludio de la poesía metafísica de John Donne o George Herbert. Su lectura nos sirve para comprobar en qué punto de visionario virtuosismo estaba el estilo de Shakespeare en los albores del siglo XVII. Entre Hamlet y Fénix parece vislumbrarse entre brumas el paisaje de su obra madura, ese bosque de símbolos, alegorías y tragedias que forman, como un único poema sin fin, Otelo, El rey Lear, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Cuento de invierno o La tempestad.

Después de Hamlet llegaron, además de las grandes tragedias, las llamadas comedias problemáticas, como Bien está todo lo que bien acaba o Medida por medida, algo sombrías y alejadas ya de la alegría de sus primeros años de carrera. Sus últimas obras, denominadas «romances» a falta de un nombre propio para el género híbrido que inventó, entreverado de comedia, tragedia y alegoría, destilan una complejidad y una, digamos, luminosa oscuridad que ha llevado a algunos críticos a especular con la posibilidad de que Shakespeare hubiera sido un seguidor de la estética hermética del neoplatonismo renacentista.

Los hechos de su vida durante el período de composición del último tramo de su obra son escasos. En 1607 su hija Susanna se casó con John Hall, un médico de Stratford. Aquel mismo año murió su hermano pequeño, el también actor Edmund. Al año siguiente murió su madre y nació su nieta Elizabeth, según hemos visto la última de sus descendientes. En 1603 había muerto la reina Isabel y había subido al trono Jacobo I, que resultó ser un monarca muy propicio para Shakespeare, culto y amante de las artes e impulsor de la nueva Biblia inglesa. Fue también muy partidario del teatro y concedió a los Chamberlain’s Men la patente real, convirtiéndolos en los King’s Men, la compañía con la que Shakespeare estrenaría muchas de sus obras maestras y que en 1608 alquiló el teatro de Blackfriars, techado y seguramente más parecido a las salas modernas. Allí cerca, en 1613, Shakespeare compró la única casa que tuvo en Londres, posiblemente, como se decía al principio, como inversión.

La última obra que Shakespeare escribió en solitario fue La tempestad, que tiene cierto aire de síntesis, sublimación y despedida de su arte, por mucho que algunos críticos actuales digan que el poeta no pensaba retirarse. Resulta difícil de creer. Es verdad que el Bardo escribiría aún dos obras en colaboración con John Fletcher, un dramaturgo más joven: Enrique VIII y Dos nobles de la misma sangre; pero se puede considerar que el canon termina con La tempestad. Es realmente muy difícil resistirse a interpretar el último monólogo de Próspero, cuando se dirige al público, se despoja de su arte y pide un aplauso liberador, como el adiós del propio Shakespeare a su magia.

Aparte de la colaboración con Fletcher y el incendio del Globe, de los últimos años de vida de William Shakespeare solo sabemos que aparentemente dejó de escribir y que en el momento de su muerte estaba en Stratford, adonde presumimos que se retiró. Murió en 1616, el mismo día de su nacimiento, el 23 de abril, festividad de San Jorge, patrón de Inglaterra. Según una anotación del diario de John Ward, vicario de la iglesia de la Sagrada Trinidad de Stratford, donde el poeta está enterrado, Shakespeare habría muerto de unas fiebres tifoideas contraídas durante una juerga con los poetas Ben Jonson y Michael Drayton. Es verdad que esa entrada de diario fue escrita cincuenta años después de la muerte del Bardo, así que tiene un valor histórico muy relativo, pero al mismo tiempo nos consuela, aunque sea nada más que un instante, de la inevitable ansiedad biográfica.

El acontecimiento más importante acaecido en los años inmediatamente posteriores a la muerte de Shakespeare fue sin duda la publicación de su teatro completo en el llamado Primer Folio. Fue en 1623, y la edición estuvo al cuidado de los actores John Heminges y Henry Condell, compañeros de Shakespeare desde los tiempos de la Chamberlain’s Men y probablemente amigos íntimos.

Nunca les agradeceremos lo suficiente a Heminges y Condell que se tomaran el trabajo de reunir la obra dispersa y pirateada de Shakespeare y trataran de publicarla dignamente. En vida del poeta se habían editado muchas de sus obras en un formato barato, los llamados Cuartos, a veces con el consentimiento de la compañía y otras de manera furtiva y de la mano, muy a menudo, de impresores sin escrúpulos que lanzaban al mercado versiones defectuosas, mutiladas y adulteradas, los llamados «malos cuartos», para diferenciarlos de los «buenos cuartos», impresos en ocasiones por orden de la compañía —que, como hemos visto, ostentaba los derechos de las obras—, para desmentir las versiones divulgadas por los cuartos fraudulentos.

Algunas de esas ediciones se vendieron muy bien y con frecuencia las diferencias que median entre el texto de los diversos cuartos y el texto del Primer Folio son muy difíciles de salvar y desde entonces han llevado de cabeza a muchos editores, como en el caso, por ejemplo, de El rey Lear, cuya fijación resulta enormemente problemática.

De las treinta y ocho obras que conforman el canon shakespeariano, nada menos que dieciocho se imprimieron por primera vez en el Primer Folio.[6] Sin la labor de Heminges y Condell no tendríamos hoy piezas como Macbeth, La tempestad, Antonio y Cleopatra, El cuento de invierno o Cimbelino. Poco importa que no fueran editores profesionales y dejaran cientos de problemas por resolver y otros tantos irresolubles: su trabajo —que se presume arduo, pues supuso la localización de manuscritos y el cotejo de distintas versiones— es suficiente para que merezcan nuestra devoción perpetua.

El prestigio de Shakespeare, curiosamente, se fue apagando a lo largo del siglo XVII, quizá debido a la decadencia que sufrió el teatro, inducida sobre todo por los ataques de los cada vez más poderosos puritanos, que lo consideraban un entretenimiento pecaminoso y corruptor. El 29 de septiembre de 1662, por ejemplo, Samuel Pepys anotó elocuentemente en su diario: «Después de cenar asistimos al teatro del Rey, donde daban Sueño de noche de verano. No la había visto y no la volveré a ver jamás. Es la pieza más insípida y ridícula que existe».[7] La moderna trascendencia de Shakespeare tardó todavía mucho tiempo en establecerse.

La historia de la construcción crítica de Shakespeare empieza en el siglo XVIII. Se suele considerar la edición de 1709 de Nicholas Rowe la primera gran contribución a la fijación y la interpretación del corpus shakespeariano. Rowe marcó el camino que seguirían otros eruditos como Edmond Malone o Alexander Pope, que hizo una edición de la obra completa en 1725, luego muy discutida y enmendada. Quien sin duda establece los criterios modernos de Shakespeare, tanto filológicos como críticos, es el doctor Samuel Johnson, en su edición de 1765. El prefacio —y las notas— de ese trabajo constituyó la primera y más ambiciosa tarea hermenéutica en torno al autor de Hamlet. Muchos de los juicios de Johnson han sido luego matizados o aun rebatidos, pero su lectura dictó el gusto del siglo XVIII y su edición preparó el ingreso del Bardo en la modernidad, es decir, en el romanticismo.

El juicio de Johnson, extraordinariamente lúcido, no supone todavía —no podría serlo en ningún caso, viniendo de donde venía— una consagración incondicional. Además de admitir la grandeza del autor, no se priva de señalar los muchos defectos que a su entender tiene Shakespeare como dramaturgo. El romanticismo, en cambio, inauguraría la bardolatría y, a partir de entonces, ya serían contadas las excepciones entre los críticos que se atreverían a relativizar la importancia del poeta.

Se puede trazar una gruesa línea crítica que va desde Coleridge, pasando por

Charles Lamb y William Hazlitt, y que desemboca en la lectura victoriana de

Swinburne, a su vez puerta de entrada a la efervescencia exegética suscitada porShakespeare a lo largo de todo el siglo XX, en cuya estela todavía bogamos.

Resulta ciertamente muy difícil tratar de sintetizar la importancia de Shakespeare. Para empezar, hay que decir que contribuyó como ningún otro escritor a la consolidación del inglés como lengua moderna. Como dijo T. S. Eliot, hizo el trabajo de dos poetas, pues a un tiempo simplificó y complicó el idioma, una buena parte de cuyo léxico fue inventado por él. En su teatro conviven armónicamente el estilo elevado y el demótico. En este sentido, hizo lo mismo que Dante por el italiano, es decir, moldear un habla y construirle una casa en la que pudiera habitar. En época de Shakespeare, el inglés estaba todavía en una fase amorfa, no había criterios ortográficos —su propio nombre se escribía de las maneras más variadas y absurdas, y faltaba mucho para que Samuel Johnson pusiera orden con el primer Diccionario—, ni por supuesto gramaticales o sintácticos. La koiné cultural era aún el latín, lengua en la que se escribía la teología y la filosofía. Con su prodigiosa intuición, Shakespeare operó en una tierra prácticamente virgen. Y con el eco de Grecia y Roma y la ayuda de algunos predecesores, creó un mundo nuevo.

Los principales antecesores de Shakespeare en su tarea son, por un lado, el medieval Chaucer y, por otro, Edmund Spenser, el poeta isabelino, autor de La reina de las hadas, el poema épico de su tiempo. A ellos habría que añadir sin duda el ejemplo de Christopher Marlowe que, según hemos visto, probablemente deslumbró al joven poeta a su llegada a Londres a finales de los años ochenta del siglo XVI. Marlowe creó la moderna tragedia inglesa en obras como Tamerlán, El judío de Malta, Doctor Fausto o Eduardo II y elevó el verso blanco a la categoría dramática que aún no tenía. El blank verse —verso contado pero no rimado—, el principal instrumento de Shakespeare (aunque no el único, pues a menudo, y no solo en la poesía, utilizó la rima y otros metros), no fue un invento de Marlowe ni de Shakespeare sino de Henry Howard, conde de Surrey, en su traducción parcial de la Eneida, publicada en 1554, de tal modo que la herramienta principal del Bardo se forjó según un modelo latino, como tantos otros elementos de su estética.

Tampoco la tragedia inglesa fue una ocurrencia de Marlowe. La historia del teatro inglés hunde sus raíces en la noche medieval, concretamente en la liturgia de la Iglesia, de la que se derivó el drama religioso, especialmente en los llamados milagros y en las moralidades, piezas edificantes y alegóricas sobre asuntos como el amor divino, la muerte o la resurrección. Tras ello, el drama, tanto en la comedia como en la tragedia, sufre un lento proceso de secularización bajo la disciplina clásica, con traducciones e imitaciones de autores latinos, principalmente, como Terencio, Plauto y, sobre todo, Séneca. El modelo senequista provocó una doble alteración: por un lado permitió el tratamiento de motivos seculares a la manera del viejo drama sacro y por otro propició la aparición de un teatro que aunaba a un tiempo lo artístico y lo popular. Y es precisamente ahí donde llega Shakespeare para llevar el género a su apoteosis y, con ello, a su extinción.

Cada generación tiene su propia lectura crítica de los clásicos en general y de Shakespeare en particular. Nosotros, en buena medida, todavía hablamos críticamente el lenguaje de los románticos, es decir, nuestra consideración de Shakespeare es aún deudora del método y del sistema de ideas con que el romanticismo revistió a Shakespeare para convertirlo en un espejo de ellos mismos y en un ejemplo de la literatura que trataban de llevar a cabo. No es casual que el crítico shakespeariano por excelencia de la segunda mitad del siglo XX, Harold Bloom, haya sido también el mejor intérprete del romanticismo. Su entronización de Shakespeare como centro del canon es de cuño netamente romántico.

Del otro lado, a principios del siglo XX, surgió una crítica que reaccionó contra esos postulados, una corriente que creía necesario restaurar el horizonte moral en que se había gestado la obra de Shakespeare para comprenderla cabalmente. Si los románticos, por así decirlo, habían arrancado a los personajes del argumento —si habían segregado el carácter de la acción— y se habían apropiado de los monólogos shakespearianos como precursores de su propia idea del monólogo dramático y de su particular concepción poética, sin tener en cuenta el código moral, social y político con que esas obras se habían construido y que el público de su tiempo compartía y entendía, estos otros críticos, como E. E. Stoll, en cambio, pedían una restitución de esas categorías y una reinserción de los personajes en su mundo: entender a Falstaff de acuerdo con el sentido de honor de la época, reconocer que Hamlet sabe que está infringiendo la ley o que Yago es muy consciente de su malignidad y de la transgresión que está cometiendo. Desde entonces, toda la crítica shakespeariana se ha movido entre esos dos polos aparentemente irreconciliables. ¿Con cuál quedarnos? Es verdad que la lectura romántica es excesiva, partidista y excesivamente psicológica, pero no es menos cierto que la tentativa de restauración del horizonte moral es muy difícil y problemática, si no imposible. Sin duda es factible averiguar algunos de los presupuestos morales de los isabelinos y arrojar así otra luz en los personajes y las tramas shakespearianas, pero al mismo tiempo nos topamos con el problema de que una buena parte del trasfondo intelectual, espiritual, filosófico, ético y moral —pensemos sobre todo en los llamados «romances»— se ha perdido para siempre y no podemos sino conjeturarlo. Por otro lado, todo ejercicio crítico tiene siempre algo de subversión, de traición al alma original de la obra. La historia de la transmisión literaria es una cadena de lecturas aviesas, interesadas, amoldadas al propio tiempo, que denuncian precisamente la naturaleza proteica del clásico, de lectura infinita. El camino opuesto, el del estricto respeto al aura prístina de la obra, es el de la filología, enormemente necesaria y loable, pero que, sin el complemento de la interpretación, conduce al silencio y la esterilidad. Habría que preguntarse si no es lo que ha ocurrido en España, por ejemplo, con Cervantes, cuya obra no ha suscitado entre nosotros el corpus hermenéutico que soporta ya Shakespeare, sino tan solo una retahíla de ediciones críticas, todas admirables, eso sí.

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Y ya puestos en tesitura romántica, habría que aludir, para terminar, a la gran cuestión que late en toda la obra de Shakespeare. Se ha dicho desde diversos frentes que la modernidad del Bardo radica en que acierta a formular una visión del mundo desacralizado, que Hamlet, por ejemplo, escenifica en sí mismo la irrupción de la conciencia del Renacimiento, una idea ciertamente saturada de romanticismo. Quizá lo que ocurre —y por eso su lectura es eterna— es que más que un mundo desacralizado, lo que Shakespeare convoca en su obra es algo así como un oxímoron espiritual, una imposible conciliación entre el viejo mundo de la religión, la superstición y el teocentrismo y el nuevo mundo del humanismo, la razón y la trascendencia secular. Hamlet, pues, no sería tanto un embajador del Renacimiento cuanto una conciencia escindida entre dos universos, aquel de su padre que se aleja y el nuevo de su hora que apenas acierta a entender y por el que sin embargo muere: lo mismo que nos ocurre a todo nosotros ahora, en este comienzo del siglo XXI.

ANDREU JAUME

LOS DRAMAS HISTÓRICOS DE SHAKESPEARE

Con la excepción de Enrique VIII, que en realidad puede considerarse un romance tardío, todos los dramas históricos de Shakespeare pertenecen al primer período de su obra, a esa última década del reinado isabelino en la que el dramaturgo se formó y avanzó esforzadamente hacia la cúspide trágica que alcanzaría a principios del seiscientos. Como en el caso de las comedias, escritas y representadas por aquellos mismos años, estas piezas, entre las que se cuentan algunas de las más persistentemente populares de su producción, le sirvieron como ejercicio para medirse con sus propios límites, enfrentarse a sus influencias y alumbrar al fin lo que hoy reconocemos a primera vista como su enigmática universalidad.

Como hizo siempre con todos los géneros, Shakespeare, al probar suerte con el histórico, se encabalgó a una moda de su tiempo para terminar construyendo algo que ya no tendría nada que ver con sus antecedentes ni con las circunstancias políticas que habían propiciado entre sus contemporáneos el cultivo de esa subespecie teatral. Fue la necesidad de dotarse de una épica propia, frecuente en el despuntar de las naciones, lo que animó, en la corte de Enrique VIII y después en la de Isabel I, a la compilación de crónicas de hechos, de entre las cuales Shakespeare utilizaría sobre todo la de Raphael Holinshed, Crónicas de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1587) y, en menor medida, otra más temprana, La unión de las dos nobles e ilustres familias de Lancaster y York (1542), de Edward Hall. A ese empeño por instituir un relato nacional, contribuyó decididamente la inesperada derrota de la Armada española en 1588, que despertó en la isla una oleada de patriotismo y un culto cuasi religioso a la reina Virgen cuya consecuencia más visible fue la incorporación al teatro de asuntos relativos a la historia medieval de Inglaterra, en concreto los turbulentos orígenes de la dinastía Tudor.

El drama histórico anterior a Shakespeare, lo mismo que la tragedia, se creó con un molde senequista para luego emanciparse poco a poco del patrón clásico y constituir una versión libre y popular de la reciente historia inglesa. Resabios de uno y otro modelo pueden apreciarse en las piezas más juveniles, como Enrique VI, Ricardo III o El rey Juan, aunque sin duda la sombra que más intensamente le posee en esos primeros e irregulares experimentos —y de la que más trabajo le costará deshacerse— es la de Christopher Marlowe, el poeta rival cuyo éxito y magnetismo debió de excitar la ambición de Shakespeare en sus primeros tiempos.

Si en la comedia Shakespeare demostró muy pronto un talento genuino con el que se desenvolvió cómodamente en las afueras del resplandor marloviano, en el drama histórico lidió en particular con dos obras de Marlowe: Eduardo II y El judío de Malta, cuyos vigorosos personajes, lo mismo que su elevado estilo, rondan los titubeantes primeros pasos del Bardo como una voz traducida. Sin duda las piezas más esquemáticas y precarias de esa primera producción son las tres partes de Enrique VI, que, junto a Ricardo III, conforman en rigor el ciclo de la Guerra de las Dos Rosas. Según algunos críticos, la primera parte de esa trilogía inicial —sin duda la más floja— fue escrita al calor del éxito obtenido por la segunda y la tercera, que al parecer componían un díptico y donde solo muy de vez en cuando saltan destellos de lo que luego será el genio del autor.

Con respecto a la variedad de asuntos y emociones humanos que Shakespeare trata en las comedias y en las tragedias, se podría decir que hay una cuestión que, si bien se indaga en los otros géneros, aquí se problematiza con especial intensidad: el poder. En el cuerpo que conforman estas obras, Shakespeare practica una vivisección de las relaciones entre el Estado y la ciudadanía y entre el representante de la soberanía consigo mismo. En un ejercicio de introspección que matizará con los años, Shakespeare consigue definir la inherente dualidad del gobernante como figura política y como simple mortal.

Esa aventura arranca con pulso más sostenido en Ricardo III, una de las obras que más ha gozado del favor del público desde que se estrenó y que sin embargo es todavía algo desequilibrada en su estructura, muy desigual en cuanto al dibujo de los personajes y notablemente desafinada en su estilo. Ocurre, de todos modos, que Shakespeare acertó a moldear uno de sus primeros, grandes —más grandes que la obra en la que habitan— y memorables personajes, el propio Ricardo, por mucho que lo concibiera cegado aún por Marlowe y su Barrabás, el protagonista de El judío de Malta. Aunque hay algo caricaturesco en la vileza del rey deforme, un exceso que denuncia la copia del modelo maquiavélico, el éxito popular de la obra, entonces como ahora, estriba primordialmente en la intimidad que Shakespeare es capaz de establecer entre el personaje y su público, una simpatía inducida por esa ilusión de confidencia que destilan los largos y resonantes monólogos del jorobado.

A pesar de ser la única que no pertenece de algún modo a la saga de las Rosas y de tratar hechos mucho más antiguos, El rey Juan comparte con las demás una subliminal intención de ensalzar los valores del reinado de Isabel I. Cuando el público inglés escuchaba al hermano de Ricardo Corazón de León defender la independencia de Inglaterra frente a Roma, sentía que se estaba reivindicando el cisma de Enrique VIII, refrendado por su sucesora. Además de ello, El rey Juan revela los ímprobos esfuerzos de su autor por hallar un estilo propio para hablar de asuntos graves, una modalidad poética que estuviera a la altura de lo que por aquellas fechas ya había logrado en la comedia. Y lo cierto es que, después de Ricardo III, el bastardo Falconbridge es una de sus creaciones más personales y osadas, aunque esté engastada en una estructura un tanto caótica. Algo parecido ocurre con el personaje de Constanza, uno de sus primeros y consistentes personajes femeninos de corte trágico. Si en Ricardo III las mujeres no habían conseguido aún cobrar vida propia, ahora la combativa Constanza logra al fin abrirse paso, independizarse del conjunto y hacerse oír.

De alguna manera, Shakespeare aprovechó la impuesta glorificación de la llegada al poder de los Tudor para ahondar, muy por encima de la anécdota histórica, en las cuestiones que más le interesaban. En el ciclo de las Rosas (que según la historiografía forma una secuencia que empieza con los antecedentes dinásticos del conflicto en Ricardo II, sigue en las dos partes de Enrique IV, luego en Enrique V, hasta que en la trilogía de Enrique VI estalla la guerra que culmina en Ricardo III, donde se alza con el poder la casa Tudor, consagrada en Enrique VIII), además de abordar conflictos políticos —la guerra civil, la guerra con Francia, las intrigas palaciegas, la lucha por el trono—, saca a la luz la desnuda y aterida humanidad que se oculta tras las máscaras públicas. En Ricardo II, por ejemplo, la más lírica y estática de todas, muy deslumbrada por el Eduardo II de Marlowe, Shakespeare, en un ejercicio que luego perfeccionará en sus grandes tragedias, dramatiza la escisión en la conciencia del rey, el conflicto entre su destino político y su naturaleza humana, hasta el punto de que alcanza a veces algunos de los momentos más altos y turbadores de su poesía:

Que nadie me hable de consuelos Hablemos de tumbas, de gusanos y epitafios, que sea el polvo papel, y con ojos anegados inscribamos el dolor en el seno de la tierra. Elijamos albaceas y hablemos de testamentos… Y sin embargo, no. Pues, ¿qué puedo yo legar a la tierra, salvo mi cuerpo depuesto?

Mis tierras, mi vida, todo pertenece a Bolingbroke; nada puedo llamar mío sino es la muerte,

y este pequeño préstamo de la tierra yerma

que sirve de masa y de cubierta a nuestros huesos.[8]

Si dejamos de lado Enrique V, una obra notable pero de exaltación patriótica —el conflicto con Francia es en realidad trasunto de las tensiones con España durante la época isabelina—, y también Enrique VIII, la última obra de Shakespeare, escrita según la estética de los romances y fruto de la nostalgia del reinado de Isabel, la obra mayor del ciclo histórico es sin duda Enrique IV, entendidas sus dos partes como unidad.

Se podría decir que en Enrique IV confluyen las lecciones aprendidas durante los primeros años, no solo con las incipientes obras históricas, sino sobre todo con las comedias, cuyo aire logra colarse en las grietas del drama para dar a luz a uno de los personajes más descomunales del canon: sir John Falstaff. En ese momento de su carrera, Shakespeare logró zafarse de las servidumbres del género, superar el influjo agónico de Marlowe y avanzar hacia la tragedia en una obra que es, de hecho, un diálogo entre lo cómico y lo trágico.

La historia del ascenso al trono del príncipe Hal puede considerarse un claro antecedente, casi un ensayo, de Hamlet. La difícil relación entre Enrique IV y su hijo,

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al tiempo que anticipa uno de los motivos recurrentes en todo el teatro de Shakespeare, preludia la dialéctica entre el espectro paterno y el príncipe de Dinamarca, que es algo así como la secuela, la consecuencia de este primer desencuentro. Hal puede verse de algún modo como la contrafigura de Hamlet. A pesar de sus devaneos y de su juvenil inconsciencia, Hal sabe que llegará el día en que tendrá que dejar atrás su irresponsabilidad y asumir las obligaciones de su destino, que no pone en cuestión y tan solo aplaza. Al mismo tiempo, hay algo en la materia de Falstaff que luego contribuirá a poetizar la melancolía de Hamlet.

La particular obsesión por la idea del doble, que traspasa toda la obra de Shakespeare, encuentra una dramatización ideal en la relación entre Falstaff y Hal, para quien aquel es algo así como la metáfora de su propia juventud, de su insolencia, de su rebeldía frente al padre. Falstaff, al haber roto las costuras de su obra y haber ingresado en el acervo común, ha sido motivo de las más variadas y arriesgadas especulaciones. Para empezar, Shakespeare creó para Falstaff una categoría estilística, una poesía en prosa que es su seña de identidad más inmediata. Hay en toda la obra un juego, una tensión entre el estilo del Estado —solemne, aéreo y en verso— y el habla demótica —corrupta, carnal y en prosa— que es uno de los experimentos verbales más refinados de toda la producción shakespeariana. El descarriamiento de Hal no solo se traduce en su actitud, sino también en su lenguaje, en su apropiación del estilo de Falstaff. Por ello, cuando Hal cobra repentina conciencia de su destino, inmediatamente acude al verso, al dialecto del padre.

Quizá la definición más exacta y emotiva que se ha dado de Falstaff sea la de Anthony Burgess, cuando dijo que el orondo crápula, el Sócrates de las tabernas, representa todo aquello que queda fuera del poder del Estado, como depositario de la civilización y cifra de la libertad humana. Cuando Hal, al final de la obra, en una de las escenas más desgarradoras que Shakespeare jamás escribió, se vuelve, ya convertido en Enrique V, hacia el pobre Sir John para repudiarle, en realidad se está hablando a sí mismo, renegando de su propia juventud y de su libertad, investido ya con la poesía del Estado:

No te conozco, viejo. Mejor, reza. ¡Qué mal sientan las canas a un bufón! Durante mucho tiempo soñé con un hombre igual a ti, así de viejo y de profano, hinchado como tú por los excesos.

Pero ahora, ya despierto, mi sueño me repugna.[9]

Los anteriores ejercicios históricos y el beneficio de las comedias dieron con un personaje, Falstaff, que trasciende y sintetiza a un tiempo la problemática estudiada en todos los dramas históricos. El triunfo del ejemplar Enrique V no supone tanto la derrota de Falstaff como la del propio Hal. No deja de ser llamativo que al final de

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Enrique IV Shakespeare prometiera continuar la historia de Falstaff, hasta tal punto se había enamorado de su propia creación. En Enrique V, sin embargo, se dio cuenta enseguida de que ya no había espacio para él, pues toda la obra está ocupada por el Estado. Tan solo aparece un momento, en boca de su fiel posadera, quien nos relata su bella muerte, que es la de una idea del hombre:

No, seguro que no está en el infierno. Está en el seno de Arturo, si alguna vez un hombre estuvo en el seno de Arturo. Tuvo un final hermoso, y se nos fue como un niño recién bautizado. Partió entre las doce y la una, justo con el cambio de la marea: porque después de que lo vi juguetear con las sábanas y jugar con flores, y sonreír a las puntas de sus dedos, supe que solo había un camino para él. Tenía la nariz afilada como una pluma, y hablaba de campos verdes. «¿Qué hay, Sir John?», le dije, «¡Vamos, hombre! Tenga ánimo». Entonces gritó «Dios, Dios, Dios», tres o cuatro veces. Y yo, para consolarlo, le dije que no tenía que pensar en Dios; esperaba que aún no le hiciera falta molestarse en tales pensamientos. Entonces me pidió que le abrigara más los pies. Metí la mano en la cama y se los toqué, y estaban fríos como piedras. Entonces le toqué las rodillas, y así arriba y arriba, y todo estaba frío como piedra.[10]

A. J.

SOBRE ESTA EDICIÓN

Esta edición, meramente divulgativa, abriga la intención de ofrecer al lector en español del siglo XXI una obra completa de Shakespeare para su propio tiempo. Para ello, se ha llevado a cabo una selección de las mejores traducciones disponibles en castellano con dos criterios: que las traducciones fueran todas de la segunda mitad del siglo XX y que respetaran la diferencia entre verso y prosa, un requisito fundamental para la comprensión cabal de Shakespeare, quien utiliza los más variados registros estilísticos en su obra. El instrumento característico del verso shakespeariano es el llamado pentámetro yámbico —cinco acentos fuertes en sílaba par— con el que el autor juega y experimenta a lo largo de toda su obra. Cada traductor elige una solución distinta para adaptar ese metro al castellano, desde la opción más clásica, el endecasílabo yámbico, hasta el verso de ritmo endecasilábico pero de metro variable, el verso irregular o la versión rítmica. Y aunque en Shakespeare predomina el verso blanco, también es verdad que a menudo acude a la rima, regla que asimismo se ha observado en estas versiones.

Al tratarse de una edición divulgativa, se han eliminado todas las notas que no fueran estrictamente necesarias y se han dejado solo aquellas referidas a cuestiones de traducción.

Los criterios de división de escenas, entradas y acotaciones se han unificado de acuerdo a la siguiente edición: The Oxford Shakespeare. The Complete Works, Stanley Wells y Gary Taylor, eds. (Oxford, Oxford University Press, 1988), aunque no se ha considerado necesario, dada la naturaleza de nuestro texto, mantener los corchetes que en esa edición indican las acotaciones o las entradas que son añadidos de ediciones modernas.

A. J.

CRONOLOGÍA APROXIMADA

DE LA OBRA DE SHAKESPEARE

AÑO OBRA

1589-1590 Enrique VI, parte primera

1590-1591 Enrique VI, parte segunda

1590-1591 Enrique VI, parte tercera

1592-1593 Ricardo III

1592-1593 Los dos caballeros de Verona

1592-1593 Venus y Adonis

1593 La comedia de los errores

1593-1609 Sonetos y Lamento de una amante

1593-1594 La violación de Lucrecia

1593-1594 Tito Andrónico

1593-1594 La doma de la fiera

1594-1595 Trabajos de amor en vano

1594-1596 El rey Juan

1595 Ricardo II

1595-1596 Romeo y Julieta

1595-1596 Sueño de noche de verano

1596-1597 El mercader de Venecia

1596-1597 Enrique IV, parte primera

1597 Las alegres casadas de Windsor

1598 Enrique IV, parte segunda

1598-1599 Mucho ruido y pocas nueces

1599 Enrique V

1599 Julio César

1599 Como les guste

1600-1601 Hamlet

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1601 El fénix y el tórtolo

1601-1602 Noche de Epifanía o Lo que queráis

1601-1602 Troilo y Crésida

1602-1603 Bien está todo lo que bien acaba

1604 Medida por medida

1604 Otelo

1605 El rey Lear

1606 Macbeth

1606 Antonio y Cleopatra

1607-1608 Coriolano

1607-1608 Timón de Atenas

1607-1608 Pericles, príncipe de Tiro

1609-1610 Cimbelino

1610-1611 Cuento de invierno

1611 La tempestad

1612-1613 Enrique VIII

1613 Dos nobles de la misma sangre

ENRIQUE VI

PARTE 1

versión de

Roberto Appratto

Escrita probablemente entre 1589 y 1590, aunque algunos críticos sostienen que el éxito de la segunda y la tercera parte propició la escritura de esta primera entrega, que sería entonces más tardía, de 1591 o 1592 y se habría estrenado, de acuerdo a unos hipotéticos indicios, en el teatro Rose. Hay un amplio consenso a la hora de admitir que la obra fue fruto de la colaboración entre Shakespeare y otro dramaturgo, posiblemente Thomas Nashe. El único texto conservado es el que se imprimió en el Primer Folio de 1623.

DRAMATIS PERSONAE

Los ingleses:

REY ENRIQUE VI

Duque Humphrey de GLOUCESTER, tío del rey y protector del reino Duque de BEDFORD, tío del rey, regente de Francia

Thomas Beaufort, duque de EXETER, tío abuelo del rey Enrique Beaufort, tío abuelo del rey, obispo de WINCHESTER John Beaufort, conde; después, duque de SOMERSET

Ricardo PLANTAGENET (hijo de Ricardo), conde de Cambridge;

después, duque de YORK

Conde de WARWICK

Conde de SALISBURY

Conde de SUFFOLK

Lord TALBOT

JOHN Talbot, su hijo

Edmund MORTIMER, conde de March

Sir John FASTOLF

Sir William LUCY

Sir William GLASDALE

Sir Thomas GARGRAVE

WOODVILLE, lugarteniente de la Torre de Londres

ALCALDE de Londres

Guardianes de Mortimer

Un letrado

VERNON, de la Rosa Blanca, o facción de York BASSET, de la Rosa Encarnada, o facción de Lancaster

Mensajeros, guardianes de la Torre de Londres, servidores, oficiales, capitanes, soldados, heraldo, vigía

Los franceses:

CARLOS, delfín y después rey de Francia

RENATO, duque de Anjou, rey de Nápoles

MARGARITA, su hija, después esposa del rey Enrique

Duque de BORGOÑA

Duque de ALENÇON

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BASTARDO de Orleans

El MAESTRE ARTILLERO de Orleans

HIJO del maestre artillero

El GENERAL de las tropas francesas de Burdeos

Un SARGENTO francés

Un PORTERO

Un PASTOR, padre de Juana

CONDESA de Auvernia

Juana PUCELA, comúnmente llamada Juana de Arco Centinelas, explorador, heraldo, criados, soldados

Escena: Parte en Inglaterra y parte en Francia

PRIMER ACTO

ESCENA I

Marcha fúnebre. Entra el cortejo del rey Enrique V, con el duque de BEDFORD, regente de Francia; el duque de GLOUCESTER, protector; el duque de EXETER, el conde de WARWICK, el obispo de WINCHESTER y el duque de SOMERSET.

BEDFORD ¡Que se cubra de negro el cielo! ¡Que el día se haga noche!

¡Cometas que anuncian el cambio de tiempos y estados, agiten sus trenzas de cristal en el cielo

y golpeen con ellas a las malas estrellas giratorias que consintieron la muerte de Enrique!

¡Enrique Quinto: demasiado célebre para llegar a viejo!

Inglaterra nunca tuvo un rey de tal valía.

GLOUCESTER Inglaterra nunca tuvo un rey antes que él.

Fue virtuoso, mereció el poder:

cegó hombres con sus rayos al blandir su espada;

sus brazos se extendían más que las alas de un dragón; sus ojos centelleantes con el fuego de la ira deslumbraban al enemigo, lo hacían retroceder más que la furia del sol del mediodía.

¿Qué podría yo decir? Sus acciones exceden las palabras.

Nunca alzó su mano sin vencer.

EXETER Nuestro duelo es de negro; ¿por qué no de sangre?

Enrique está muerto, ya no revivirá:

henos aquí, junto a un ataúd de madera,

glorificando la victoria de la muerte

con nuestra hierática presencia, como presos cautivos de un carro triunfante.

¿Debemos maldecir a los nefastos astros que así decidieron el fin de nuestra gloria? ¿O acaso a los franceses, brujos y hechiceros de ingenio sutil, que temerosos de él con mágicos versos construyeron su fin?

WINCHESTER Fue un rey bendecido por el Rey de Reyes.

Para los franceses, el atroz día del Juicio no será tan terrible como era verlo en vida. Combatió en las batallas del Señor de las Huestes;

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prosperó por las plegarias de la Iglesia.

GLOUCESTER ¿La Iglesia? ¿Dónde está? De no ser por los rezos no se habría cortado el hilo de la vida:

a los religiosos les place un príncipe afeminado a quien llenar de miedo como a un escolar.

WINCHESTER Gloucester, nos guste o no, el protector eres tú, y buscas dominar al príncipe y al reino.

Tu mujer es soberbia; le tienes más terror y respeto que a Dios o a cualquier religioso.

GLOUCESTER No hables de religión, puesto que amas la carne y no vas a la iglesia durante el año

sino para rezar contra tus enemigos.

BEDFORD Basta, basta de reñir, sosiéguense; vayamos al altar. Heraldos, espérennos: en lugar de oro, ofrendemos las armas.

Ya no sirven, ahora que Enrique ha muerto. Posteridad: espera años más desgraciados, cuando los niños mamen el llanto de sus madres, nuestra isla sea marisma de lágrimas saladas y solo haya mujeres para llorar los muertos.

Enrique Quinto, invoco tu fantasma:

¡haz prosperar al reino, guárdalo de luchas intestinas; combate contra adversos planetas en el cielo!

Tu alma será una estrella mucho más gloriosa que Julio César o el brillante…

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Honorables señores, salud a todos. Tristes noticias les traigo de Francia, de pérdida, matanza, destrucción; Guyena, la Champaña, Reims, Orleans, París, Guysons, Poitiers, están todas perdidas.

BEDFORD ¿Qué dices, hombre? Baja la voz ante el cuerpo de Enrique o la pérdida de esas grandes ciudades

le harán romper la caja y alzarse de la muerte.

GLOUCESTER ¿París está perdida? ¿Ruan entregada?

Si Enrique volviera a la vida

estas nuevas le harían ceder de nuevo el alma.

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EXETER (Al MENSAJERO.) ¿Cómo se perdieron? ¿Con qué traición?

MENSAJERO Sin traición; con falta de dinero y hombres.

Entre los soldados se murmura

que aquí se mantienen diferentes bandos

y que en vez de pelear y disputar un campo los generales batallan entre sí;

uno quiere guerras demoradas, con poco costo; otro querría volar, pero le faltan alas;

un tercero piensa que, sin gasto alguno, frases bellas y falsas pueden lograr la paz. ¡Despierta, despierta, nobleza de Inglaterra! Que la pereza no empañe tus recientes glorias: cercenada está la flor de lis de tus armas; el blasón ha perdido una mitad.

EXETER Si faltaran lágrimas para este funeral estas novedades las traerían a oleadas.

BEDFORD Me conciernen a mí; soy regente de Francia. ¡Traigan mi cota de acero! Pelearé por Francia. ¡Quitémonos estas tristes ropas de duelo!

Se quita la túnica funeraria.

En lugar de ojos, heridas daré a los franceses para llorar sus alternantes desgracias.

Entra un SEGUNDO MENSAJERO.

SEGUNDO MENSAJERO

Señores, vean estas cartas, llenas de malas nuevas; Francia se ha rebelado por completo, salvo algunas ciudades sin mérito;

el delfín Carlos se corona rey en Reims,

junto a él, el Bastardo de Orleans;

Renato, duque de Anjou, también toma su causa; el duque de Alençon vuela a su lado.

EXETER ¡El delfín coronado! ¡Todos con él!

De esta vergüenza, ¿adónde escaparemos?

GLOUCESTER A ningún sitio, sino hacia sus gargantas.

Bedford, si vacilas, saldré yo a combatir.

BEDFORD Gloucester, ¿por qué dudas así de mi entereza?

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He reunido un ejército en mis pensamientos con el cual Francia ya está bajo control.

Entra un TERCER MENSAJERO.

TERCER MENSAJERO Mis graciosos señores, para aumentar el llanto con que ahora humedecen el ataúd del rey

tengo que informarles de un lúgubre combate entre los franceses y el valiente lord Talbot.

WINCHESTER ¿Cómo? En el que Talbot ha vencido, ¿no es así?

TERCER MENSAJERO No; en el que Talbot fue derrotado.

Referiré las circunstancias con detalle. El diez de agosto, cuando el temible lord se retiraba del sitio de Orleans

con solo seis mil soldados en su tropa,

un ejército de veintitrés mil franceses

lo sorprendió y rodeó para asediarlo.

No tuvo tiempo para disponer sus hombres; necesitaba picas para sus arqueros en cuyo lugar arrancaron picas

de los setos y las clavaron en la tierra confusamente, para impedir que los jinetes penetraran. El combate se prolongó más de tres horas y Talbot hizo maravillas con su espada

y su lanza, más allá del pensamiento. Cientos mandó al infierno, nadie lo enfrentó: aquí, allá, por todas partes, volaba airado:

los franceses gritaban: «¡El diablo está armado!».

Todo el ejército lo miraba con asombro;

sus soldados, espiando su espíritu indómito,

«¡Por Talbot! ¡Por Talbot!» exclamaron desbocados y se lanzaron a las entrañas del combate.

Entonces la victoria se habría consumado de no ser por el cobarde sir John Fastolf; él, estando en retaguardia, desde atrás, con el fin de relevarlos y avanzar huyó cobardemente, sin dar golpe.

De allí el desastre y la matanza generales; los enemigos los rodearon por completo. Un ruin valón, por quedar bien con el delfín, hirió a Talbot con su lanza en la espalda,

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ese a quien Francia, con todas sus fuerzas, no osó mirar al rostro ni una sola vez.

BEDFORD ¿Talbot ha muerto? Si es así, me mataré por vivir aquí sin hacer nada, en la pompa, cuando tan digno jefe, falto de ayuda,

es entregado a sus cobardes enemigos.

TERCER MENSAJERO Oh, no, vive, pero está prisionero, y con él lord Scales, también lord Hungerford; casi todos los otros, muertos o capturados.

BEDFORD Ninguno salvo yo pagará su rescate; sacaré de cabeza al delfín de su trono; su corona será el rescate de mi amigo: cuatro de los suyos por uno de los nuestros. Adiós, señores; voy a mi tarea;

de paso encenderé hogueras en Francia,

para la fiesta de nuestro gran san Jorge:

diez mil soldados llevaré conmigo,

cuyos actos de sangre harán temblar a Europa.

TERCER MENSAJERO Los necesitará, pues Orleans está sitiada; el ejército inglés se ha vuelto flojo y débil;

el conde de Salisbury clama por refuerzos

y a duras penas detiene el motín de los soldados que, siendo muy pocos, ven semejante multitud.

EXETER Recuerden, señores, sus votos a Enrique, ya de vencer al delfín para siempre,

ya de traerlo, obediente, para que sufra el yugo.

BEDFORD Yo sí los recuerdo; y ahora me despido para poner en práctica mi decisión.

Sale.

GLOUCESTER Iré a la Torre tan deprisa como pueda a revisar municiones y artillería;

luego proclamaré rey a Enrique el joven.

Sale.

EXETER A Eltham iré yo, donde está el joven rey, ya que gobernador especial fui nombrado, allí me ocuparé mejor de su seguridad.

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Sale.

WINCHESTER Atienda cada cual su puesto y función. Yo quedo fuera: para mí no queda nada. Pero no seré una marioneta inútil: intentaré sustituir al rey de Eltham

y, por el bien público, ponerme al timón.

Sale.

ESCENA II

Trompetas. Entran el delfín CARLOS, el duque de ALENÇON y RENATO, duque de Anjou, con tambor y soldados.

CARLOS De Marte el verdadero movimiento, así en los cielos como en la tierra, aún no se conoce:

hasta ahora brillaba para los ingleses;

hoy somos vencedores, nos sonríe.

¿No hemos tomado todas las ciudades de importancia? Estamos aquí, cerca de Orleans, a nuestras anchas; por otro lado, los famélicos ingleses, cual fantasmas, nos asedian débilmente, una hora por mes.

ALENÇON Necesitan sus gachas y su estofado de toro se alimentan como mulos

y llevan la comida atada al cuello,

o dan lástima, como ratones ahogados.

RENATO Levantemos el sitio; ¿a qué seguir holgando?

Está aquí Talbot, a quien tanto temíamos; no queda nadie salvo el loco Salisbury, y ese bien puede gastar su bilis en rabiar:

ni hombres ni dinero tiene para hacer la guerra.

CARLOS ¡Toquen, toquen a rebato! ¡Vamos a atacarlos! ¡Por el honor de los franceses olvidados! Perdonaré mi muerte a quien que me mate

si me ve retroceder un paso, o escapar.

Salen.

ESCENA III

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Rebato, incursiones. Los franceses son rechazados por los ingleses, con grandes pérdidas. Vuelven a entrar CARLOS, ALENÇON y RENATO.

CARLOS ¿Dónde se ha visto cosa parecida? ¡Qué hombres tengo!

¡Perros! ¡Cobardes! ¡Flojos! Nunca habría escapado

de no haber quedado solo entre enemigos.

RENATO Salisbury es un criminal desesperado; lucha como un hombre cansado de su vida. Los otros, cual leones hambrientos,

nos embisten como a su codiciada presa.

ALENÇON Froissart, un compatriota, testimonia

que Inglaterra solo Oliverios y Rolandos daba

durante el tiempo de Eduardo Tercero.

Eso parece más cierto ahora:

solo Sansones y Goliats mandaron los ingleses a pelear. ¡Diez a uno! ¡Raquíticos canallas! ¿Quién iba a pensar que tendrían tanto coraje, tanta audacia?

CARLOS Dejemos la ciudad; están locos de ira y el hambre los enardecerá aún más:

yo los conozco de hace tiempo; con los dientes derribarán el muro antes de abandonar el sitio.

RENATO Pienso que por extraños mecanismos o ruedas sus armas, como relojes, no dejan de golpear; de otro modo, no podrían aguantar tanto.

En lo que a mí respecta, dejémoslos en paz.

ALENÇON Así sea.

Entra el BASTARDO de Orleans.

BASTARDO ¿Dónde está el delfín? Tengo nuevas para él.

CARLOS Bastardo de Orleans, tres veces bienvenido.

BASTARDO Parecen tristes, con el ánimo abatido. ¿La reciente derrota los ha afectado acaso? No desesperen: la salvación está cerca.

Traje conmigo a una doncella santa a quien llegó del cielo una visión: le ordenó levantar este tedioso sitio y expulsar de Francia a los ingleses. Tiene el espíritu profundo de la profecía,

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más que las nueve sibilas de Roma: sabe lo que pasó y lo que vendrá. Díganme: ¿la llamo ya? Crean mis palabras porque son ciertas e infalibles.

CARLOS Bien, llámala. (Sale el BASTARDO.) Pero antes, para probarla, Renato, ocupa mi lugar como delfín;

pregúntale con altura: mantente serio.

Así sondearemos sus habilidades.

Vuelve a entrar el BASTARDO, con Juana la PUCELA.

RENATO (Como CARLOS.) Bella joven, ¿eres la que obra maravillas?

PUCELA Renato, ¿así piensas engañarme?

(A CARLOS.) ¿Dónde está el delfín? Sal, sal de tu escondite.

Te conozco bien, sin haberte visto nunca.

No te asombres: nada puede ocultárseme.

Quiero estar contigo a solas un instante.

Apártense, señores, y déjennos hablar.

RENATO Muestra aplomo ya desde el principio.

PUCELA Delfín, por nacimiento soy hija de un pastor; mi ingenio no fue cultivado en ningún arte. Ha placido al cielo y a la Dama de gracia brillar sobre mi estado miserable:

mientras me ocupaba de mis tiernos corderos y exponía al rayo del sol mis mejillas, la madre de Dios se dignó aparecerse

y en una visión, con toda su majestad,

me ordenó abandonar mi baja vocación

y librar a mi patria de la calamidad;

su ayuda prometió, asegurarme el triunfo; en su completa gloria se me reveló.

Y si hasta entonces yo era oscura y tenebrosa, los claros rayos que infundió ella en mí me dieron la bendita belleza que aquí ves.

Hazme la pregunta que quieras

y la contestaré sin pensarlo un segundo; prueba mi coraje en combate, si te atreves, y verás que estoy por encima de mi sexo. Decídete; serás afortunado

si en compañera de armas me conviertes.

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CARLOS Me han asombrado tus altivas palabras. De una sola manera probaré tu valor: pelearás conmigo en singular combate y, si me vences, hablas sinceramente;

si no, retiro toda mi confianza.

PUCELA Estoy pronta; he aquí mi aguda espada que adornan flores de lis, cinco por lado. En el cementerio de Santa Catalina

la elegí entre todo un montón de hierros viejos.

CARLOS Ven, entonces, por Dios: no temo a una mujer.

PUCELA Y yo, mientras viva, no escaparé de un hombre.

Luchan, y vence Juana la PUCELA.

CARLOS ¡Alto, detén tus manos! Eres una amazona, y con la espada de Débora me enfrentas.

PUCELA Sin la madre de Cristo, sería muy débil.

CARLOS Quienquiera que te ayude, tienes que ayudarme.

Ardo impaciente de deseo por ti.

Has subyugado a la vez corazón y manos. Excelente Pucela, si ese es tu nombre, seré tu servidor y no tu soberano:

es el delfín de Francia quien así te corteja.

PUCELA No debo ceder a ritos amorosos;

mi profesión está consagrada por el cielo.

Solo cuando haya expulsado de aquí a tus enemigos, podré pensar en recompensas.

CARLOS Mientras, mira con gracia al siervo prosternado.

RENATO (Aparte, a los otros señores.)

Veo que milord lleva hablando mucho tiempo.

ALENÇON Sin duda estudia a esta mujer hasta la médula; de otro modo no prolongaría así su charla.

RENATO ¿Lo interrumpimos, ya que está distraído?

ALENÇON Tal vez preste más atención que la que vemos; estas mujeres hablan y tientan hábilmente.

RENATO Mi señor, ¿en qué piensas? ¿Cuáles son tus planes?

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¿Tendremos que entregar Orleans, o no?

PUCELA ¿Cómo? ¡Digo que no, haraganes desconfiados!

Luchen hasta el último aliento; yo los guardaré.

CARLOS Confirmo lo que dice: la defenderemos.

PUCELA Me han enviado para azotar a los ingleses.

Esta noche, sin duda, levantaré el sitio.

Puesto que he entrado yo en combate,

esperen el verano de San Martín, días de bonanza, la gloria es como esas ondas en el agua,

que no dejan de agrandarse hasta que, con la misma expansión, se dispersan y quedan en la nada.

Con la muerte de Enrique acaba la onda inglesa; se han dispersado las glorias que abarcaba. Yo soy como aquel soberbio barco

que llevaba a la vez a César y sus bienes.

CARLOS ¿No fue una tórtola que inspiró a Mahoma?

Entonces tú fuiste inspirada por un águila.

Ni Helena, la madre de Constantino el Grande ni las hijas de San Felipe fueron como tú. Estrella de Venus, caída en la tierra, ¿cómo adorarte con suficiente reverencia?

ALENÇON Basta de tardanzas, levantemos el sitio.

RENATO Mujer, haz lo que puedas para salvar el honor.

Expúlsalos de Orleans y serás inmortal.

CARLOS Probemos ahora mismo. Vamos, a lo nuestro.

Si resulta falsa, no creeré en ningún profeta.

Salen.

ESCENA IV

Entra el duque de GLOUCESTER con sus servidores

vestidos de azul.

GLOUCESTER He venido hoy a inspeccionar la Torre: desde que murió Enrique, temo alguna estratagema. Los guardias, ¿por qué no están en sus puestos?

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Abran las puertas: es Gloucester quien llama.

PRIMER GUARDIÁN (Desde dentro.)

¿Quién es el que golpea tan imperiosamente?

PRIMER SERVIDOR Es el noble duque de Gloucester.

SEGUNDO GUARDIÁN (Desde dentro.)

Quienquiera sea, no lo dejaré pasar.

PRIMER SERVIDOR Villanos, ¿así contestan a su protector?

PRIMER GUARDIÁN (Desde dentro.)

Que el Señor lo proteja; así le contestamos.

No hacemos sino lo que nos ordenaron.

GLOUCESTER ¿Quién se lo ha ordenado? ¿Quién manda sobre mí? No hay en el reino más protector que yo.

(A los SERVIDORES.) ¡Rompan esas puertas! Yo seré su garante.

¿Me burlarán así unos mozos de corral?

Los hombres de GLOUCESTER se lanzan contra las puertas de la Torre, y WOODVILLE habla desde dentro.

WOODVILLE ¿Qué ruido es ese? ¿Tenemos traidores?

GLOUCESTER Teniente, ¿es su voz la que oigo?

Abra las puertas: es Gloucester quien quiere entrar.

WOODVILLE Sea paciente, noble duque; no puedo abrir.

Mi señor de Winchester no lo permite.

He recibido orden expresa: ni a usted

ni a los suyos he de franquear el paso.

GLOUCESTER Woodville, debilucho. ¿Lo valoras más que a mí?

¿A ese arrogante Winchester, prelado altivo, al que el difunto soberano nunca soportó? Tú no eres amigo de Dios ni del rey: abre las puertas, o a poco te encerraré.

PRIMER SERVIDOR ¡Abran las puertas a su lord protector!

¡O lo hacen enseguida, o las derribamos!

Entran WINCHESTER y sus servidores, en librea oscura.

WINCHESTER ¿Qué pasa, ambicioso visir? ¿Qué significa esto?

GLOUCESTER Tonsurado cura, ¿ordenas que me impidan entrar?

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WINCHESTER Lo hago sí, traidor y usurpador de primera, y no protector, ni del reino ni del rey.

GLOUCESTER Retírate, conspirador confeso.

Tú, que has planeado asesinar al rey,

tú que das indulgencias a las prostitutas:

si sigues insistiendo en tu insolencia…

WINCHESTER No, detente; no moveré un pie.

Si tú quieres, que esto sea Damasco

y tú Caín, el maldito, para matar a Abel.

GLOUCESTER No voy a matarte, pero sí te echaré: con tus mantos escarlata, como a un bebé con sus pañales, te sacaré de aquí.

WINCHESTER Haz lo que quieras; te desafío de frente.

GLOUCESTER ¿Cómo? ¿Retado y desafiado a la cara? Desenvainen, hombres, por todo este lugar privilegiado: azules contra oscuros.

Todos desenvainan las espadas.

Cura,

¡cuida tu barba! Voy a arrancártela y zurrarte.

Tu mitra de cardenal, bajo mis pies;

pese al Papa y a las dignidades de la Iglesia, a fe que te arrastraré para arriba y para abajo.

WINCHESTER Gloucester, responderás ante el Papa por esto.

GLOUCESTER ¡Ganso de Winchester! ¡Una cuerda, una cuerda!

A sus SERVIDORES.

¡Sáquenlos de aquí! ¿Por qué los dejan quedarse?

A WINCHESTER.

¡A ti te echo ya, lobo con piel de oveja!

¡Fuera, oscuras libreas, hipócrita escarlata!

Los hombres de GLOUCESTER vencen a los del obispo.

En el alboroto, entran el ALCALDE de Londres y sus OFICIALES.

ALCALDE ¡Qué vergüenza que ustedes, supremos magistrados, alteren la paz pública con tal batahola!

GLOUCESTER ¡Paz, alcalde! Nada sabes de lo que ha pasado;

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he aquí a Beaufort, que no respeta a Dios ni al rey, y ha detentado la Torre para sí.

WINCHESTER He aquí a Gloucester, enemigo de ciudadanos, que impulsa a la guerra y jamás a la paz,

que abruma sus bolsas con cargas desmedidas, que intenta eliminar la religión

por su condición de protector del reino;

y quiere desarmar la Torre

para así suprimir al príncipe y ser rey.

GLOUCESTER Te responderé con golpes y no con palabras.

Vuelven a pelear.

ALCALDE Nada se puede hacer ante esta lucha sino emitir una pública proclama.

Vamos, oficial, tan alto como pueda, grite.

OFICIAL Mandamos y ordenamos, en nombre de su alteza, que todos los hombres aquí congregados en armas este día, contra la paz de Dios y la del rey, se retiren a sus respectivos domicilios; y que no lleven, usen o empuñen ningún tipo de espada, arma o puñal desde ahora, bajo pena de muerte.

Para la escaramuza.

GLOUCESTER Obispo, no seré yo quien desacate la ley, pero nos veremos para hablar con más tiempo.

WINCHESTER Gloucester, nos veremos, a tu costo sin duda; desangraré tu corazón por lo que has hecho hoy.

ALCALDE Si no se van ya, mandaré pedir garrotes.

Este obispo es más altivo que el diablo.

GLOUCESTER Alcalde, adiós; no has hecho más que cumplir con tu deber.

WINCHESTER Abominable Gloucester, cuida tu cabeza; pienso, dentro de poco, tenerla en mi mano.

Salen, separadas, ambas facciones.

ALCALDE Cuando todo esté despejado nos iremos. ¡Buen Señor, qué estómago tienen estos nobles! Yo, en cuarenta años, no he peleado ni una vez.

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ESCENA V

Entran el MAESTRE ARTILLERO de Orleans y su HIJO.

MAESTRE ARTILLERO Tunante, ya sabes que Orleans está sitiada, y los ingleses han ganado los suburbios.

HIJO Padre, ya lo sé; les he tirado muchas veces, mas por desgracia he fallado.

MAESTRE ARTILLERO Pero ahora no lo harás: deja que te guíe; como maestre artillero en jefe,

he de hacer algo por mi honra.

Los espías del príncipe me han comunicado que los ingleses, que están en los suburbios, suelen, por una secreta puerta de hierro, contemplar la ciudad desde una torre.

Allí, desde lo alto, pueden ver por dónde mejor dañarnos con disparos o asaltos. Para evitar este inconveniente, he situado una pieza de artillería apuntada a la torre. En los últimos tres días estuve aún vigilando para ver de sorprenderlos. Ahora vigila tú, ya no puedo quedarme. Si ves a alguno, corre y dame aviso; me encontrarás donde el gobernador.

HIJO Padre, te garantizo: pierde cuidado.

Sale el MAESTRE ARTILLERO por una puerta.

Si los puedo espiar, no te molestaré.

Sale.

ESCENA VI

Entran en las torretas SALISBURY y TALBOT, sir William GLASDALE, sir Thomas GARGRAVE y otros.

SALISBURY Talbot, mi vida, mi alegría, ¿al fin de vuelta?

¿Cómo te trataron durante el cautiverio?

¿Cómo es que fuiste liberado?

Dímelo, te lo ruego, en lo alto de esta torre.

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TALBOT El duque de Bedford había hecho prisionero

a alguien llamado el bravo Pontón de Santrailles; por él fui canjeado y rescatado. Por un combatiente muy inferior

me quisieron cambiar, una vez, por desprecio; lo cual desdeñé; pedí la muerte antes de ser tan subestimado.

Finalmente, como deseaba, me soltaron.

Mas, ah, el traidor de Fastolf me hiere el corazón; lo ejecutaría con mis propias manos

si alguien me lo trajera aquí en este momento.

SALISBURY Pero no dices cómo te trataron.

TALBOT Con mofa, insultos y burlas denigrantes. Me exhibieron en plena plaza del mercado como si fuera un espectáculo público.

«He aquí el terror de los franceses», decían, «el espantajo que los niños tanto temen». Entonces escapé de los guardianes

y escarbé con las uñas piedras de la tierra para arrojárselas a los mirones.

Mi truculento aspecto hizo que algunos huyeran.

Nadie se acercaba por miedo a morir de inmediato.

En muros de hierro no me creían seguro; tal era el temor que mi nombre provocaba, que me suponían capaz de doblar barrotes, y romper postes adamantinos.

Por eso pusieron una guardia especial

que pasaba ante mi celda a cada minuto:

si me movía para salir de la cama

ya se preparaban para tirarme al corazón.

Entra el HIJO con un botafuego.

SALISBURY Lamento escuchar los tormentos que sufriste pero nos vengaremos con hartazgo.

Ahora en Orleans es la hora de la cena:

aquí, a través de esta reja, puedo contar a los franceses y ver de qué manera se fortifican.

Miremos: el espectáculo te gratificará… sir Thomas Gargrave, sir William Glasdale; ahora quiero escuchar sus opiniones

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sobre el mejor lugar para atacar de nuevo.

Miran por la reja.

GARGRAVE Creo que por la puerta del norte: allí hay nobles.

GLASDALE Pienso que por aquí, en el baluarte del puente.

TALBOT Por lo que veo, a esta ciudad hay que hambrearla o debilitarla con escaramuzas leves.

Tiran desde fuera. Caen SALISBURY y GARGRAVE.

SALISBURY ¡Señor, ten piedad de nosotros pecadores!

GARGRAVE ¡Señor, apiádate de este desdichado!

TALBOT ¿Qué azar es este, que nos sorprende así? Habla, Salisbury, si es que aún puedes hablar. ¿Cómo te sientes, espejo de todos los guerreros? ¡Te han arrancado una mejilla y uno de los ojos! ¡Torre maldita! ¡Mano fatal

que pergeñó esta tragedia infausta! Salisbury fue vencedor en trece batallas; adiestró para la guerra a Enrique Quinto. Mientras sonaran una trompeta o un tambor su espada no dejaba de dar golpes.

¡Aún vives, Salisbury! Aunque te falle el habla puedes pedir gracia al Cielo con un ojo.

Con un ojo, el sol abarca el mundo entero. ¡Cielo, no otorgues tu gracia a ningún otro si Salisbury no obtiene tu misericordia! Sir Thomas Gargrave, ¿aún te queda vida?

Háblale a Talbot. Vamos, alza los ojos a él…

Llévense su cuerpo; ayudaré a enterrarlo.

Sale uno con el cadáver de GARGRAVE.

Salisbury, ¡que esto sea un consuelo para tu alma!

Tú no morirás mientras…

Me hace señas con la mano, me sonríe como si dijera: «Cuando me haya ido, acuérdate de vengarme de los franceses». Plantagenet, lo haré: y como tú, Nerón, tocaré el laúd viendo arder las ciudades. Mi nombre es la desgracia de Francia.

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Rebato. Truenos y relámpagos.

¿Qué escándalo es este? ¿Un tumulto en los cielos?

¿De dónde vienen esta alarma y este ruido?

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Milord, milord, los franceses reúnen sus tropas.

El delfín, unido a una Juana la Pucela,

una novísima santa profetisa,

viene con gran fuerza a levantar el sitio.

SALISBURY se incorpora y gime.

TALBOT ¡Oigan, oigan gemir al moribundo Salisbury! No ser vengado le parte el corazón. Franceses, seré para ustedes un Salisbury. Pucela o pulga, delfín o serafín,

aplastaré sus corazones a caballo,

y haré un lodazal con sus cerebros.

Llévense a Salisbury a su tienda

y luego probaremos el valor de estos vagos.

Rebato.

Salen llevándose a SALISBURY.

ESCENA VII

Nuevo rebato, y lord TALBOT persigue al delfín, lo empuja dentro y sale. Entra Juana la PUCELA persiguiendo ingleses y sale tras ellos. Vuelve a entrar TALBOT.

TALBOT ¿Dónde están mi vigor, mi valor, mi fuerza? Nuestras tropas se retiran; no puedo detenerlas: una mujer con armadura las expulsa.

Vuelve a entrar la PUCELA.

Aquí, aquí viene. (A la PUCELA.) Combatiré contigo, diablo o hembra del diablo; te conjuraré.

Te desangraré; como bruja que eres

entrega ya tu alma a aquel que sirves.

PUCELA Ven, ven, soy yo sola quien ha de deshonrarte.

Luchan.

TALBOT Cielos, ¿cómo soportan que el infierno venza?

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Haré que el pecho me estalle de coraje, me romperé los brazos desde los hombros, pero antes castigaré a esta puta arrogante.

Vuelven a luchar.

PUCELA Hasta la vista Talbot. Tu hora aún no ha llegado tengo que llevar vituallas a Orleans.

Breve alarma. Los franceses pasan por el escenario y entran en la ciudad.

Sorpréndeme si puedes; desprecio tu fuerza.

Ve, ve a alentar a tus famélicos,

ayuda a Salisbury a hacer su testamento:

este día es nuestro, como otros lo serán.

Sale.

TALBOT Mi pensamiento gira como rueda de alfarero.

No sé ni dónde estoy, ni lo que hago;

no por la fuerza sino por el miedo, como Aníbal, la bruja rechaza y vence tropas a su antojo como se espanta a las abejas con humo,

o con hedor a las palomas de panales y casas. Nos llamaban perros ingleses por fiereza; ahora, como cuzcos, escapamos chillando.

Breve rebato. Entran soldados ingleses.

¡Compatriotas! ¡O retomamos el combate o arrancamos de nuestra cota los leones! Cámbienlos por ovejas, renuncien a su suelo. Las ovejas no huyen tan miedosas del lobo ni escapan el buey y el caballo del leopardo como ustedes de quienes eran sus esclavos.

Otra escaramuza.

Eso no será. Retírense a las trincheras. Todos permitieron la muerte de Salisbury, ninguno dará golpe para vengarlo.

La Pucela ha conseguido entrar en Orleans

pese a nosotros, o a lo que podríamos haber hecho.

¡Ojalá hubiese muerto con Salisbury!

Esta vergüenza me hará ocultar el rostro.

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ESCENA VIII

Trompetas. Sobre las murallas entran la PUCELA, RENATO, CARLOS, ALENÇON y SOLDADOS.

PUCELA Que flameen nuestros colores en los muros; tomada está Orleans a los ingleses.

Así, Juana la Pucela ha cumplido su palabra.

CARLOS Divinísima criatura, hija de Astrea, ¿cómo te honraré por este gran éxito?

Tus promesas, como los jardines de Adonis, un día florecieron, dieron fruto al otro. ¡Francia, triunfa con tu gran profetisa! Ha sido recobrada la ciudad de Orleans:

hecho más fausto nunca hemos vivido.

RENATO ¿No echaremos a vuelo las campanas? Delfín, haz que la gente encienda hogueras y haga fiestas y banquetes en la calle celebrando lo que Dios nos quiso deparar.

ALENÇON Toda Francia se colmará de gozo y alegría cuando sepa qué clase de hombres hemos sido.

CARLOS Es por Juana, no por nosotros, que triunfamos.

Por eso dividiré con ella mi corona,

y todos los clérigos y monjes del reino

en procesión cantarán sus alabanzas.

Voy a erigirle una pirámide imponente,

más que la de Ródope o la de Menfis:

y cuando haya muerto, para honrar su memoria, sus cenizas, en urna más preciosa aún

que el cofre con las ricas joyas de Darío, en grandes festivales serán transportadas ante los reyes y reinas de Francia.

Por san Dionisio ya no clamaremos: nuestra santa será Juana la Pucela. Entremos, pues, y comamos como reyes, tras este día dorado de victoria.

Trompetas.

Salen.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA 1

Sobre la muralla. Entran un SARGENTO francés

y dos CENTINELAS.

SARGENTO Señores, tomen sus puestos y vigilen: si oyen algún ruido, o ven algún soldado cerca de los muros, dennos una señal para que en la guardia lo sepamos.

PRIMER CENTINELA Sargento, lo sabrá.

Sale el sargento.

Los pobres servidores,

mientras otros duermen tranquilos en sus camas, vigilan en la sombra, la lluvia y el frío.

Entran TALBOT, BEDFORD, BORGOÑA y otros con escaleras: tocan una marcha fúnebre con tambores.

TALBOT Señor regente, temible Borgoña, por cuya ayuda las regiones de Artois, Wallon y Picardía son nuestras aliadas; esta noche, los franceses se han confiado tras un día de jolgorio y de banquete: aprovechemos pues esta ocasión,

la más indicada para vengar el engaño

que causó el arte fatal de la brujería.

BEDFORD ¡Cobarde Francia! ¡Qué daño hace a su fama desconfiando de su poder y de sus armas

para pedir ayuda a las brujas y al infierno!

BORGOÑA Los traidores no tienen otra compañía. ¿Quién es esta Pucela que todos ven tan pura?

TALBOT Una doncella, dicen.

BEDFORD ¡Una doncella! ¡Tan marcial!

BORGOÑA Quiera Dios que no descubran que es un hombre si abajo del estandarte francés

lleva una armadura, como al principio.

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TALBOT Bien, dejemos que traten y hablen con espíritus; Dios es la fortaleza en cuyo nombre

veremos cómo ganar sus baluartes.

BEDFORD Sube, bravo Talbot: iremos tras de ti.

TALBOT Pero no todos juntos: mucho mejor es, creo, que hagamos nuestra entrada por vías separadas; que, si uno de nosotros llegara a fallar,

otro pudiera alzarse en contra de su fuerza.

BEDFORD De acuerdo, iré por aquel lado.

BORGOÑA Y yo por este.

TALBOT Este será el lugar de Talbot, o su tumba. Ahora, Salisbury, por ti y por el derecho del inglés Enrique, que esta noche muestre mi lealtad y cuánto les debo a ambos.

CENTINELA ¡A las armas! ¡A las armas! ¡El enemigo ataca!

Los soldados gritan: «¡Por Talbot! ¡Por san Jorge!». Los franceses, en camisa, saltan por encima del muro. Entran el BASTARDO de Orleans, ALENÇON y RENATO, a medio vestir.

ALENÇON ¡Bueno, mis señores! ¿Qué, todos sin vestirse?

BASTARDO ¿Sin vestirnos? ¡Gracias que pudimos huir!

RENATO No nos dio el tiempo más que para levantarnos y escuchamos la alarma en nuestras cámaras.

ALENÇON En toda mi vida de soldado

nunca había oído de una empresa guerrera más venturosa y desesperada que esta.

BASTARDO Este Talbot es un demonio del infierno.

RENATO Si no el infierno, al menos lo favorece el cielo.

ALENÇON Ahí viene Carlos: ¡qué rapidez!

BASTARDO ¡Calla! Su centinela era Santa Juana.

Entran CARLOS el delfín y Juana la PUCELA.

CARLOS ¿Es esta tu estratagema, hermosa dama?

¿Al principio, solo para halagarnos,

nos concediste una ganancia escasa

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para que perdiéramos diez veces más?

PUCELA ¿Por qué está Carlos impaciente con su amiga?

¿Mi poder tiene que ser siempre igual?

¿Despierta o dormida he de prevalecer? ¿O me vas a acusar y echar la culpa? ¡Indolentes soldados! Si hubieran vigilado bien no habríamos sufrido este revés.

CARLOS Duque de Alençon, es culpa tuya: siendo esta noche capitán de la guardia no pudiste cumplir con tu pesada carga.

ALENÇON Si todos los puestos se hubieran protegido con tanta firmeza como el que yo mandaba no habría sido tan dura la sorpresa.

BASTARDO El mío estaba seguro.

RENATO Lo mismo el mío, señor.

CARLOS En cuanto a mí, pasé toda la noche ocupado en ir de un lado para el otro, por el sector de Juana y por el mío para que la guardia fuera relevándose. Entonces, ¿cómo y por dónde entraron?

PUCELA Mis señores, no se pregunten

más sobre el caso, cómo o de qué manera encontraron un puesto mal guardado

por donde abrieron brecha. No nos queda más que reunir a nuestros hombres, dispersos,

y alzar nuestras plataformas para castigarlos.

Fragores. Entra un SOLDADO inglés gritando «¡Por Talbot, por Talbot!»; los franceses huyen, dejando sus vestiduras.

SOLDADO Me atreveré a tomar lo que dejaron.

El grito «¡Por Talbot!» me sirve de espada; me he llevado ya muchos despojos sin blandir más arma que su nombre.

Sale.

ESCENA II

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TALBOT, BORGOÑA, BEDFORD, un CAPITÁN

y otros.

BEDFORD Empieza a romper el alba; la noche, que a la tierra como un manto negro recubría, ya se va. Acabemos esta frenética persecución.

Suena retirada.

TALBOT Traigan el cuerpo del viejo Salisbury y pónganlo en la plaza del mercado,

en el centro mismo de esta ciudad maldita.

Ahora he pagado a su alma mi tributo:

por cada gota de sangre que perdió su cuerpo murieron cinco franceses por lo menos. Para que los siglos futuros puedan ver la ruina que causamos por venganza

en el principal templo erigiré una tumba

bajo la cual se enterrará su cuerpo:

sobre ella, para que todos puedan leerlo,

quedará grabado el relato del saqueo,

de cómo la traición causó su muerte lamentable, y del terror que era para los franceses. Durante toda esta sangrienta masacre

me asombra no haber visto al delfín y a su gracia, Juana de Arco, su nueva y virtuosa campeona, ni a ninguno de sus falsos aliados.

BEDFORD Se cree, lord Talbot, que al comenzar la lucha, repentinamente lanzados de sus camas, metiéndose entre las tropas de soldados, saltaron los muros para refugiarse.

BORGOÑA Yo mismo, hasta donde pude ver,

entre el humo y la oscura y vaporosa noche

creo haber sorprendido al delfín y a su puta

cuando corrían velozmente, los dos del brazo

como una pareja de enamoradas tórtolas

que no pueden separarse de día ni de noche.

No bien todo esté en orden por aquí

iremos tras ellos con todas nuestras fuerzas.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO ¡Salud a todos, señores! De este grupo de príncipes,

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¿quién es el belicoso Talbot, cuyos actos tanto se celebran en el reino de Francia?

TALBOT He aquí a Talbot. ¿Quién quiere hablar conmigo?

MENSAJERO Una virtuosa dama, condesa de Auvernia

que admira modestamente su renombre,

por mi intermedio suplica le concedas

el favor de visitarla en su castillo,

para que pueda jactarse de haber visto al hombre cuya gloria llena el mundo con su estruendo.

BORGOÑA ¿Ah, sí? Pues ya veo que nuestras guerras van a convertirse en plácida comedia

en que las damas ansiarán que las visiten.

Quizá no debas, mi señor, despreciar la amable cita.

TALBOT No podrías confiar más en mí: cuando los hombres no han podido vencer con su oratoria,

la bondad femenina lo ha logrado.

Por tanto dile que estoy agradecido,

y que iré a visitarla con toda sumisión.

¿No me acompañarán sus señorías?

BEDFORD Realmente, es más de lo que piden los modales:

he oído decir que a los huéspedes no invitados

se los acepta mejor una vez que se han ido.

TALBOT Bien; pues no habiendo otro remedio, iré solo a probar si la dama es cortés.

Venga aquí, capitán. (Susurros.) ¿Comprende lo que pienso?

CAPITÁN Por cierto, mi señor, y actuaré en consecuencia.

Salen.

ESCENA 111

Entran la CONDESA de Auvernia y su PORTERO.

CONDESA Portero, recuerda el encargo que te hice; cuando lo hayas cumplido, tráeme las llaves.

PORTERO Señora, así se hará.

CONDESA El plan está trazado. Si todo sale bien

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esta hazaña me hará tan famosa

como a la escita Tomiris la hiciera matar a Ciro.

Se habla mucho de este terrible caballero

y no menos de todas sus proezas:

mis ojos y mi oído querrían ser testigos

para dar juicios de tan extraños hechos.

Entran TALBOT y un MENSAJERO.

MENSAJERO Señora, de acuerdo con lo solicitado en su mensaje, lord Talbot está aquí.

CONDESA Y es bienvenido. Vaya. ¿Es este el hombre?

MENSAJERO Lo es.

CONDESA ¿Este es el azote de Francia?

¿Es este Talbot, tan temido en otras partes

que al nombrarlo las madres calman a sus niños? Veo que los informes son falsos, fantasiosos. Pensé encontrarme con un Hércules,

un segundo Héctor por su aspecto severo,

gran proporción de miembros, bien conformado.

¡Este es un niño, un tonto enano!

Este esmirriado debilucho no puede ser

el que tanto aterroriza a sus enemigos.

TALBOT Señora, he sido muy osado en molestarla.

Como su merced no está a gusto,

la visitaré en otra ocasión mejor.

Se marcha.

CONDESA ¿Qué quiere decir? Pregúntale a dónde va.

MENSAJERO Permanezca, lord Talbot, pues mi señora ansía saber las razones de su brusca partida.

TALBOT Como eso me indica que está algo confundida iré a confirmarle que Talbot está aquí.

Vuelve a entrar el portero con las llaves.

CONDESA Si tú eres él, entonces estás preso.

TALBOT ¿Y quién me apresa?

CONDESA Yo, sanguinario lord:

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por eso te atraje a mi casa.

Por largo tiempo tu sombra fue mi esclava, pues tu retrato cuelga en mi galería. Ahora tu sustancia será como tu imagen y encadenaré las piernas y los brazos que todos estos años han tiranizado, devastado el país, matado ciudadanos

y enviado al cautiverio hijos y esposos…

TALBOT Ja, ja, ja.

CONDESA ¿Te burlas, miserable? Lo lamentarás.

TALBOT Me río al ver que su señoría está tan contenta de tener solamente la sombra de Talbot

en la cual ejercer su severidad.

CONDESA ¿Por qué, no eres tú el hombre?

TALBOT Sin duda que lo soy.

CONDESA Entonces también tengo tu sustancia.

TALBOT No, no; soy solo la sombra de mí mismo;

se engaña, no está aquí mi sustancia.

Lo que ve no es sino la parte más pequeña, la proporción más baja de mi humanidad. Señora, si aquí estuviera toda mi envergadura, sus techos no alcanzarían a albergarla

de tan voluminosa y encumbrada como es.

CONDESA Por lo visto, trafica con enigmas.

Está aquí, pero no está.

¿Cómo acordar estas contradicciones?

TALBOT Eso, señora, se lo mostraré enseguida.

Toca una trompeta. Dentro suenan tambores. Una descarga de artillería; entran soldados ingleses.

¿Qué dice, señora? ¿Está ahora convencida

de que Talbot no es más que sombra de sí mismo?

Estos son la sustancia, nervios, brazos, fuerza,

con los cuales sujeta los cuellos arrogantes de los suyos, arrasa sus ciudades, da vuelta sus pueblos y los aniquila en un instante.

CONDESA ¡Victorioso Talbot! Perdona mi atropello.

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Veo que no eres inferior a lo que la fama rumorea pero sí más que lo que tu sombra indica. Que mi presunción no provoque tu ira;

me disculpo por no haberte agasajado

con toda la reverencia que mereces.

TALBOT No desfallezca, bella dama, interpretando mal el ánimo de Talbot, como ya lo ha hecho con el aspecto externo de su cuerpo. Señora, sus acciones no me ofenden.

No reclamo otra satisfacción

que la que me daría, mediante su paciencia, catar su vino y ver sus provisiones: eso siempre place a la panza del soldado.

CONDESA De todo corazón; créeme, estoy honrada de agasajar a un guerrero así en mi casa.

Sale.

ESCENA IV

Un rosal silvestre. Entran el duque de SOMERSET y los condes de SUFFOLK y WARWICK, Ricardo PLANTAGENET, VERNON y un ABOGADO.

PLANTAGENET Caballeros y lores, ¿qué es este silencio?

¿Nadie se atreve a hablar por la verdad?

SUFFOLK Dentro del templo se oía todo.

Es más conveniente hablar en el jardín.

PLANTAGENET Entonces responde si dije la verdad.

¿Se equivocaba el pendenciero Somerset?

SUFFOLK Por cierto, yo he sido un burlador de la ley, y nunca pude someter mi voluntad;

por tanto, hago que ella se someta a mí.

SOMERSET Entonces, señor Warwick, sea nuestro juez.

WARWICK Cuál, entre dos gavilanes, vuela más alto; cuál, entre dos perros, tiene boca más grande; entre dos espadas, cuál el mejor temple; entre dos caballos, cuál el mejor porte;

entre dos muchachas, cuál los ojos más alegres:

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de esto puedo tener alguna vaga idea.

Pero de sutilezas de la ley,

no sé, lo admito, más que una corneja.

PLANTAGENET Bien, bien; es una abstención caballeresca.

La verdad está de mi parte, tan desnuda

que hasta el ojo de un ciego la podría descubrir.

SOMERSET Y de mi lado luce tan ataviada, tan clara, tan luminosa y evidente que iluminaría el ojo de ese ciego.

PLANTAGENET Si la lengua se les traba, si no hablan,

proclaman ustedes con signos, como mudos, lo que piensan.

Quien diga ser caballero bien nacido

y respaldar pueda el honor de su cuna,

si piensa que he defendido la verdad

elija de este rosal una rosa blanca.

SOMERSET Que quien no sea un cobarde ni un adulador

y sostenga el bando de la verdad conmigo corte una rosa roja de espinoso tallo.

WARWICK No me gustan los colores, y sin colores de baja e intrigante adulación

arranco con Plantagenet esta blanca rosa.

SUFFOLK Yo arranco esta roja con el joven Somerset,

y digo al tiempo que el derecho es suyo.

VERNON Alto, caballeros, no arranquen más

hasta que lleguemos a un acuerdo: que aquel

en cuyo lado haya menos rosas del arbusto

se someta a la opinión del otro.

SOMERSET Mi buen señor Vernon, bien objetado está:

si tengo menos, acato en silencio.

PLANTAGENET Y yo.

VERNON Entonces, por la verdad y claridad del caso, tomo este capullo pálido y virginal

y me pongo del lado de la rosa blanca.

SOMERSET No vayan a pincharse los dedos con ella, no sea que al sangrar, la rosa blanca se tiña de rojo y caiga de mi lado.

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VERNON Si yo, señor, sangro por lo que opino, la opinión será el cirujano de mi herida y me mantendrá en el lado en que estoy.

SOMERSET Bien, bien, sigamos. ¿Quién más quiere hablar?

ABOGADO Salvo que mis estudios y mis libros fallen el argumento que usaste no es el correcto.

(A SOMERSET.) Por eso corto también yo una rosa blanca.

PLANTAGENET Ahora, Somerset, ¿dónde están tus argumentos?

SOMERSET Están aquí en mi vaina, meditando si teñir tu rosa de rojo sangriento.

PLANTAGENET Tus mejillas, parece, imitan nuestras rosas; con el miedo están pálidas, como si vieran

la verdad de mi lado.

SOMERSET No, Plantagenet;

no es miedo, sino ira: tus mejillas

se tiñen de vergüenza como rosas rojas,

pero no confesarás tu error.

PLANTAGENET ¿No hay en tu rosa un gusano, Somerset?

SOMERSET Plantagenet, ¿no hay en tu rosa una espina?

PLANTAGENET Aguda y punzante, para defender su verdad mientras el voraz gusano carcome la falsedad de la tuya.

SOMERSET Bien: hallaré quienes lleven mis sangrantes rosas y sostengan que es cierto lo que he dicho,

allí donde Plantagenet no se atreva a mostrarse.

PLANTAGENET Por este capullo virginal que tengo en la mano los desprecio a ti y a tu bando, niño terco.

SUFFOLK No arrojes tu desprecio hacia aquí, Plantagenet.

PLANTAGENET Lo hago, orgulloso Pole, y los desprecio a ambos.

SUFFOLK Yo te restituiré mi parte en el gañote.

SOMERSET Largo, largo, mi buen William de la Pole.

Honramos al burgués conversando con él.

WARWICK Vaya, en nombre de Dios: lo ultrajas, Somerset.

Su abuelo era Lionel, duque de Clarence, hijo

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tercero del Eduardo Tercero de Inglaterra.

¿Acaso de raíz tan honda sale un burgués sin blasón?

PLANTAGENET Se vale del privilegio del lugar:

si no, cobarde como es, no hablaría de ese modo.

SOMERSET Por quien me ha creado, mantengo mis palabras en cualquier sitio de la cristiandad.

¿No fue Ricardo, padre, duque de Cambridge, ejecutado por traición en días de Enrique? ¿Y por su traición no estás manchado, corrupto y eximido de la antigua nobleza?

Su desmán aún vive, como culpa, en tu sangre:

hasta que te redimas serás un burgués.

PLANTAGENET Mi padre fue acusado, pero no convicto. Condenado a morir por traición, pero no traidor: lo probaré ante hombres superiores a Somerset, cuando llegue el tiempo adecuado a mis deseos. En cuanto a ti y a tu aliado de la Pole

los anotaré en el libro de mi memoria,

para castigarlos un día por esta ofensa.

Recuérdenlo bien y queden prevenidos.

SOMERSET Siempre nos encontrarás prontos para ti: sabrás que somos tus enemigos por estos colores, que llevarán, pese a ti, mis amigos.

PLANTAGENET Y por mi alma, esta rosa pálida y airada, como signo de mi odio sanguinario

estará siempre conmigo y con mi bando

hasta que ambos nos marchitemos en la tumba o yo florezca hasta la altura de mi jerarquía.

SUFFOLK Vete: ahógate en tu ambición.

Y ahora, adiós, hasta que volvamos a vernos.

Sale.

SOMERSET ¡Vamos juntos, Pole! ¡Adiós, ambicioso Ricardo!

Sale.

PLANTAGENET ¡Cómo me provocan y tengo que aguantarlo!

WARWICK La mancha que atribuyen a tu casa se limpiará en el próximo parlamento,

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convocado para la tregua entre Winchester y Gloucester.

Y si entonces no eres proclamado York, yo no viviré para que me llamen Warwick. Mientras tanto, como signo de mi amor por ti, contra los orgullosos Somerset y William Pole con tu partido llevaré esta rosa,

y profetizo aquí: esta riña de hoy, surgida en el jardín del templo, enviará, entre la rosa roja y la blanca, mil almas a la muerte y a la noche eterna.

PLANTAGENET Buen maestro Vernon, te agradezco que en mi nombre arrancaras una flor blanca.

VERNON En tu nombre la seguiré llevando.

ABOGADO Y yo también.

PLANTAGENET Gracias, gentilezas.

Vamos, vamos a cenar los cuatro. Me atrevo a decir que algún día esta querella sorberá más sangre.

ESCENA V

Entra Edmund MORTIMER, transportado en silla por GUARDIANES.

MORTIMER Amables guardianes de mi frágil decadencia dejen que el moribundo Mortimer descanse aquí. Como a un hombre recién salido del tormento, la larga prisión me ha embotado los miembros; y estos grises mechones, heraldos de la muerte, envejecidos como los de Néstor por años de desvele discurren sobre el fin de Edmund Mortimer.

Estos ojos, como lámpara cuyo aceite se ha agotado vuélvense opacos al llegar su final; hombros débiles, agobiados por la pena,

y brazos sin fuerza, como viña marchita

que deja caer a tierra sus ramas sin savia. Sin embargo estos pies, de vigor embotado, incapaces de aguantar este terrón de arcilla, parecen tener alas para ir hacia la tumba, como sabiendo que otro alivio no me espera.

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Pero dime, guardián: ¿vendrá mi sobrino?

PRIMER GUARDIA Ricardo Plantagenet vendrá, señor:

enviamos por él al templo, a su cámara;

se nos ha respondido que vendría.

MORTIMER Suficiente: mi alma estará entonces satisfecha. ¡Pobre caballero! Su desgracia es igual a la mía. Desde que Enrique empezó su reinado,

antes de cuya gloria era yo un gran guerrero, ha estado odiosamente secuestrado, y desde entonces vive oscurecido,

desprovisto de honores y de herencia.

Pero hoy el árbitro de la desesperación,

la justa muerte, amable juez de la desgracia humana, me despide de aquí dulce y morosamente. Ojalá así sus problemas terminaran,

y pudiese recobrar lo que he perdido.

Entra PLANTAGENET.

PRIMER GUARDIA Milord, su querido sobrino ha llegado.

MORTIMER Ricardo Plantagenet, amigo mío, ¿estás aquí?

PLANTAGENET Sí, noble tío, tratado innoblemente;

soy tu sobrino, el hace poco despreciado Ricardo.

MORTIMER Diríjanme los brazos para que lo abrace

y apure mi último aliento en su pecho.

Ah, díganme cuando mis labios toquen sus mejillas, para que pueda darle un beso desmayado.

Abraza a PLANTAGENET.

Ahora dime, dulce retoño del gran linaje de York, ¿por qué me has dicho que te habían despreciado?

PLANTAGENET Inclina primero en mi brazo tu envejecida espalda y así, cómodamente, te contaré mi disgusto.

Hoy, durante la discusión de un caso,

tuve unas palabras con Somerset:

entre una cosa y otra usó su lengua pródiga y me reprochó la muerte de mi padre; la cual infamia me barró la boca;

de lo contrario, se la hubiera devuelto.

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Por lo tanto, buen tío, por mi padre,

en honor de un auténtico Plantagenet

y por el bien de la alianza, dime por qué

mi padre, conde de Cambridge, perdió la cabeza.

MORTIMER El motivo, bello sobrino, que me llevó a la cárcel para que mi juventud se consumiera

en una mazmorra despreciable

fue el maldito instrumento de su muerte.

PLANTAGENET Revélame más claramente ese motivo pues no lo conozco y ni lo puedo imaginar.

MORTIMER Lo haré si la respiración me lo permite, si la muerte no se anticipa al fin del relato. Enrique Cuarto, abuelo de este rey, depuso a su sobrino, hermano de Eduardo, el primogénito y legítimo heredero

del rey Eduardo, tercero de esa descendencia, durante cuyo reinado, los Percy del norte, que hallaban esa usurpación injusta, propiciaron mi llegada al trono.

La causa que movió a estos belicosos lores fue que (desposeído así el joven Ricardo sin dejar herederos de su sangre)

yo era el siguiente, por cuna y parentesco; pues por mi madre yo desciendo

de Lionel, duque de Clarence, tercer hijo del rey Eduardo Tercero; en tanto

él heredaba de Juan de Gante el linaje, y era solo el cuarto de esa línea heroica. Pero presta atención: en esta alta empresa de establecer el heredero justo

perdí mi libertad y ellos sus vidas. Tiempo después, cuando Enrique Quinto, al suceder a Bolingbroke, su padre, fue rey,

tu padre el conde de Cambridge descendiente del célebre Edmund Langley, duque de York, al casarse con tu madre, hermana mía, nuevamente movido de piedad por mi aflicción, reunió un ejército, esperando liberarme

e instalarme en el trono mas, como el resto, también el noble conde

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sucumbió, y fue decapitado. Así los Mortimer, en quien residía el título, fueron eliminados.

PLANTAGENET Y de los cuales, señor, el honorable es el último.

MORTIMER Cierto, y ya ves que no tengo descendencia y que mi voz desfalleciente anuncia la muerte.

Tú eres mi heredero: quiero que reúnas a todos los demás.

Pero sé cauteloso en tu empresa.

PLANTAGENET Tus graves advertencias me impresionan.

Sin embargo, pienso, la muerte de mi padre

no fue más que una sangrienta injusticia.

MORTIMER Silencio, sobrino; sé político. Bien fundada está la casa de Lancaster. Como una montaña no puede ser desplazada. Pero ahora desplazan a tu tío,

así como los príncipes trasladan su corte cuando se hartan de estar en un mismo sitio.

PLANTAGENET ¡Oh, tío, si al menos algo de mi juventud pudiera redimirte del paso de los años!

MORTIMER Me haces daño con eso, como el asesino que inflige veinte heridas cuando una sola basta. No me llores, salvo que sea por mi bien;

solo da órdenes para mi funeral.

Y ahora, adiós: ¡que se cumplan tus esperanzas y tu vida sea próspera en la paz y en la guerra!

Muere.

PLANTAGENET ¡Y que la paz, no la guerra, sea el destino de tu alma! En la cárcel has hecho tu peregrinación

y excedido tus días como ermitaño.

Guardaré tu consejo en mi pecho

y lo que imagine que permanezca en silencio. Guardianes, tráiganlo aquí, que yo mismo veré que su funeral sea mejor que su vida.

Salen los guardianes llevando el cuerpo de MORTIMER.

Aquí yace la oscura antorcha de Mortimer, ahogada por la más mezquina ambición; y por esos daños, por las amargas heridas

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que Somerset llevó a mi casa

no dudo en buscar reparación honrosa.

Por eso me apresuro al parlamento,

ya para ser restituido a mi sangre,

ya para usar lo malo en mi provecho.

Sale.

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TERCER ACTO

ESCENA I

Fanfarria. Entran el REY ENRIQUE, EXETER, GLOUCESTER, WARWICK, SOMERSET y SUFFOLK, el obispo de WINCHESTER, Ricardo PLANTAGENET y otros. GLOUCESTER ofrece presentar una propuesta; WINCHESTER se la quita y la rompe.

WINCHESTER ¿Viniste con líneas bien premeditadas, con panfletos que estudiaste con esmero? Humphrey de Gloucester, si puedes acusarme, o si algún cargo intentas en mi contra, hazlo sin planearlo, de golpe;

así como yo, de modo improvisado y repentino, responderé a lo que digas en mi contra.

GLOUCESTER

¡Clérigo engreído! Este lugar me obliga a ser paciente, si no, ya verás que me has calumniado. Aunque he preferido dejar por escrito

el estilo de tus atroces crímenes,

no creas que he inventado algo, o que no puedo practicar verbalmente el arte de la pluma. No, prelado; es tal tu maligna audacia,

son tales tus taimadas, pestíferas y facciosas maniobras, que hasta los niños hablan de tu orgullo.

Eres un usurero de lo más pernicioso, pendenciero, enemigo de la paz; licencioso, lascivo, más de lo que cuadra a un hombre de tu nivel y profesión.

En cuanto a tu traición, ¿no es evidente?

Me tendiste una trampa para asesinarme

en el puente de Londres y en la Torre.

Por otra parte, temo que si te examinan la mente, el rey, tu soberano, no estaría exento de la mezquina malicia de tu corazón.

WINCHESTER Gloucester, te desafío. Señores, por favor, presten atención a lo que responderé.

Si soy ambicioso, avaro o perverso,

como él proclama, ¿cómo se explica mi pobreza?

¿O cómo es que no busco medrar o elevarme,

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sino que conservo mi vocación habitual? Y en cuanto a la discordia, ¿a quién le gusta más la paz que a mí? Salvo que me provoquen. No, mis buenos amigos, no es eso lo que ofende; lo que ha irritado al duque es que gobierne otro que él,

que alguien más que él esté cerca del rey; eso le engendra truenos en el pecho y le hace rugir acusaciones.

Pero ha de saber que soy tan bueno…

GLOUCESTER ¿Tan bueno? ¡Tú, bastardo de mi abuelo!

WINCHESTER Sí, señor; ¿y tú qué haces, dime,

sino ocupar majestuosamente el trono de otro?

GLOUCESTER ¿No soy el protector, cura insolente?

WINCHESTER ¿Y yo no soy prelado de la Iglesia?

GLOUCESTER Sí, como un bandido que cuida un castillo para proteger allí sus delitos.

WINCHESTER ¡Irreverente Gloucester!

GLOUCESTER Tú serás reverente

en lo que toca a tu función espiritual,

mas no en tu vida.

WINCHESTER Roma pondrá remedio a esto.

GLOUCESTER Entonces, ve a acabar allí.

WARWICK (A WINCHESTER.) Mi señor, tu deber es moderarte.

SOMERSET Sí; que el obispo no quede abrumado. Pienso que mi señor debería ser religioso para saber qué corresponde al oficio.

WARWICK Pienso que mi señor debería ser más humilde; reñir no sienta a los prelados.

SOMERSET Sí, si su condición sagrada es atacada así.

WARWICK Condición sagrada o no, ¿qué importa?

¿No es su gracia protector del rey?

PLANTAGENET (Aparte.) Plantagenet, has de frenar tu lengua para que no se diga: «Hable, señor, cuando se le pida;

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¿se atreve su juicio a dialogar con los señores?».

Si no fuera así, apedrearía a Winchester.

REY ENRIQUE Tíos de Gloucester y Winchester, guardianes especiales del bien de Inglaterra; si los deseos tuvieran algún peso

pediría que sus corazones se unieran

con amor y amistad.

Es un escándalo para la corona

que disputen dos nobles como ustedes. Créanme, señores, mi juventud puede decir que la lucha civil es un gusano poderoso que roe las entrañas de la sociedad.

Ruidos dentro: «¡Abajo las casacas pardas!».

¿Qué tumulto es ese?

WARWICK Un alboroto, sin duda

que iniciaron los maliciosos hombres del obispo.

Ruido otra vez: «¡Piedras, palos!».

Entra el ALCALDE.

ALCALDE ¡Oh, buenos señores, y virtuoso Enrique,

piedad para Londres, y para nosotros!

Los hombres del obispo y los de Gloucester, a quienes se ha prohibido llevar armas, se han llenado los bolsillos de guijarros

y, agrupándose en contrarios bandos,

se golpean las cabezas con tanta rapidez

que muchos ya han perdido los mareados sesos.

Han roto ventanas en todas las calles.

Por miedo, hemos tenido que cerrar los negocios.

Entran SERVIDORES combatiendo, con las cabezas ensangrentadas, los de WINCHESTER con casaca parda, los de GLOUCESTER con casaca azul.

REY ENRIQUE Les encargamos, por fidelidad,

que detengan sus violentas manos y mantengan la paz. Tío Gloucester, por favor, termina esto.

Paran de pelear.

PRIMER SERVIDOR Si nos prohíben las piedras, usaremos los dientes.

SEGUNDO SERVIDOR Haz lo que quieras; tenemos el mismo ánimo.

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Combaten otra vez.

GLOUCESTER Los de mi casa: dejen esta riña infantil,

hagan a un lado esta inusual contienda.

TERCER SERVIDOR Señor, sabemos que su gracia es hombre justo y digno: y, por su real cuna,

inferior solamente al soberano.

Antes que tolerar que semejante príncipe,

padre tan bondadoso del bien general,

sea vejado por un chupatintas

nosotros, con esposas e hijos, pelearemos

hasta entregar el cuerpo a tu enemigo.

PRIMER SERVIDOR Sí, y que nuestras uñas escarben la tierra cuando estemos muertos.

Vuelven a empezar.

GLOUCESTER ¡Basta, basta, digo!

Si me quieren, como dicen,

déjenme persuadirlos de parar un rato.

REY ENRIQUE ¡Ah! ¡Cómo aflige mi alma esta discordia!

¿Puedes, mi lord de Winchester, contemplar

mis suspiros y lágrimas y no frenarte una sola vez?

¿Quién debería apiadarse si no tú?

¿Quién estudiará cómo preservar la paz

si los hombres de la Iglesia se deleitan en reñir?

WARWICK Detente, protector; detente, Winchester.

A menos que quieran, con obstinada repulsión, destruir el reino y matar al soberano. Ya ven qué daño, qué crimen

ha precipitado su enemistad. De modo pues

que hagan la paz, salvo que estén sedientos de sangre.

WINCHESTER Que se rinda él, o no me detendré.

GLOUCESTER Me humillaré por compasión al rey:

si no, el corazón se le saldría

antes que yo le diera el privilegio al cura.

WARWICK Mira, señor de Winchester, el duque ha borrado la furia de su temperamento, como trasluce su ceño suavizado.

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¿Por qué luces aún tan trágico y adusto?

GLOUCESTER Winchester, te ofrezco aquí mi mano.

REY ENRIQUE ¡Tío Beaufort, qué vergüenza! Te he oído predicar que la malicia es un pecado grande y grave;

¿y no sostendrás acaso lo que dices

siendo tú el principal ofensor?

WARWICK ¡Dulce rey! El obispo ha recibido una amable lección: mi señor de Winchester, qué vergüenza, sosiégate. ¿Habrá un niño de decirte qué hacer?

WINCHESTER Bien, duque de Gloucester, me entrego a ti; doy amor por amor, mano por mano.

GLOUCESTER (Aparte.) Temo que sea con corazón falso. (A los otros.) Vean, amigos, compatriotas, sirva esta prenda como tregua

entre nosotros y nuestros seguidores.

WINCHESTER (Aparte.) Que Dios me ayude; pues no estoy dispuesto.

REY ENRIQUE ¡Oh, amado tío, buen duque de Gloucester qué contento estoy con este pacto!

(A los SERVIDORES.) ¡Vayan, señores; no causen más problemas!

Háganse amigos, como sus señores.

PRIMER SERVIDOR Estoy contento; iré al cirujano.

SEGUNDO SERVIDOR Y yo también.

TERCER SERVIDOR Y yo veré qué remedio hay en la taberna.

Salen ALCALDE, SERVIDORES, etcétera.

WARWICK Gracioso soberano, acepta este documento que exhibimos en nombre del derecho

de Ricardo Plantagenet.

GLOUCESTER Bien instado, lord de Warwick. Dulce príncipe, si toma usted en cuenta todas las circunstancias, encontrará grandes razones en apoyo de Ricardo especialmente aquellas

que comenté en Eltham con su majestad.

REY ENRIQUE Y esos motivos, tío, eran de peso; por eso, mis señores, me place que Ricardo

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a su sangre restituido sea:

así reparamos las ofensas hechas a su padre.

WINCHESTER Si los demás lo quieren, también Winchester.

REY ENRIQUE Si Ricardo es sincero, no daré solo eso, sino también la herencia

que pertenece a la casa de York,

de la cual desciende por línea directa.

PLANTAGENET Tu humilde servidor promete obediencia y su servicio hasta la muerte.

REY ENRIQUE Inclínate pues y pon la rodilla contra mi pie.

PLANTAGENET se arrodilla.

Para recompensar ese deber cumplido, te ciño la valiente espada de York. Levántate, Ricardo, como un Plantagenet,

y levántate duque de York principescamente creado.

PLANTAGENET ¡Y prospere Ricardo, así como mueran tus enemigos! Y mientras crezca mi deber, perezcan

aquellos que piensen en el rey con envidia.

TODOS ¡Bienvenido, gran príncipe, duque de York!

SOMERSET (Aparte.) ¡Muere, vil príncipe, innoble duque de York!

GLOUCESTER Ahora, le convendría a su majestad cruzar el mar y coronarse en Francia;

la presencia de un rey engendra amor

entre súbditos y leales amigos.

REY ENRIQUE Cuando Gloucester lo diga, Enrique marchará pues el consejo amistoso elimina muchos enemigos.

GLOUCESTER Tus barcos ya están prontos.

Trompetas.

Salen todos salvo EXETER.

EXETER Podemos marchar por Francia o Inglaterra sin ver lo que probablemente ocurra.

Este disenso que creció entre pares

arde bajo las cenizas de un amor fingido

y estallará en llamas al final.

Así como los miembros se pudren poco a poco

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hasta que caen los huesos y la carne y los músculos, así crecerá esta discordia baja y envidiosa. Ahora temo aquella fatal profecía

que en tiempos de Enrique, el llamado Quinto, estaba en boca de cualquier niño de teta.

Que el Enrique nacido en Monmouth lo ganaría todo y que el nacido en Windsor todo lo perdería;

lo que es tan claro, que en verdad Exeter desea morir antes de esa hora desdichada.

Sale.

ESCENA II

Entra la PUCELA disfrazada, con cuatro SOLDADOS

con bolsas sobre los hombros.

PUCELA Estas son las puertas de la ciudad, las puertas de Ruan en las que una brecha abriremos con astucia.

Presten atención, cuiden sus palabras;

hablen vulgarmente, como hombres del mercado que vienen a obtener plata por su trigo. Si logramos entrar, como lo espero,

y hallamos la guardia perezosa y débil,

con una señal avisaré a los amigos

para que el delfín Carlos se reúna con ellos.

PRIMER SOLDADO

Nuestras bolsas serán el medio de saquear la ciudad y seremos dueños y señores de Ruan; así que llamemos.

Golpea.

GUARDIA (Desde dentro.) Qui là?

PUCELA Paysans, pauvres gens de France,

pobres mercaderes que vienen a vender su trigo.

GUARDIA Pasen, entren: la campana del mercado acaba de sonar.

Salen.

PUCELA Ahora, Ruan, caerán tus baluartes.

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ESCENA III

Entran CARLOS, el BASTARDO, ALENÇON, RENATO

y tropas francesas.

CARLOS ¡Que san Dionisio bendiga esta feliz maniobra!

Otra vez dormiremos tranquilos en Ruan.

BASTARDO Aquí entraron la Pucela y sus conspiradores.

Ahora que está allí, ¿cómo sabremos

cuál es el pasaje mejor y más seguro?

RENATO Agitando una antorcha desde aquella torre; la cual indicará, una vez avistada,

que el punto más débil es por donde ha entrado ella.

Entra la PUCELA desde una altura, agitando

una antorcha encendida.

PUCELA Miren: he aquí la feliz antorcha nupcial que une a Ruan con sus compatriotas,

y arde fatalmente para los talbotitas.

BASTARDO Ve, noble Carlos, la señal de nuestra amiga.

La antorcha encendida en aquella torre.

CARLOS ¡Pues brilla como un cometa de venganza, augurio de la caída de nuestros enemigos!

RENATO No pierdas tiempo; los retrasos mal acaban.

Entra y grita «¡El delfín!» de inmediato.

Sin demora haz matanza en la guardia.

ESCENA IV

Rebato. Salen. Entra TALBOT en incursión.

TALBOT Francia, lamentarás esta traición con lágrimas si Talbot llega a sobrevivirla.

La doncella, esa bruja, maldita hechicera, ha causado este daño infernal tan de repente que por poco escapamos del orgullo francés.

Sale.

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ESCENA V

Rebato, escaramuzas. BEDFORD, enfermo, es transportado en una silla. Entran TALBOT y BORGOÑA por fuera; dentro, la PUCELA, CARLOS, el BASTARDO, ALENÇON y RENATO, sobre las murallas.

PUCELA ¡Buen día, caballeros! ¿Quieren trigo para el pan?

Creo que el duque de Borgoña ayunará

antes de comprar de nuevo a semejante precio.

Estaba lleno de paja. ¿Les gusta cómo sabe?

BORGOÑA ¡Búrlate, vil demonio, cortesana sin vergüenza!

Espero en breve ahogarte con tu propio trigo y hacer que maldigas la cosecha.

CARLOS Tal vez su gracia muera de hambre antes de eso.

BEDFORD Que los hechos, no las palabras, venguen la traición.

PUCELA ¿Qué harás, buen barbagrís? ¿Romper una lanza?

¿Batirte a muerte sentado en una silla?

TALBOT ¡Demonio de Francia, bruja despreciable, rodeada de impúdicos amantes!

¿Te parece bien insultar su valor

y tachar de cobarde a un hombre medio muerto?

Damisela, lucharé otra vez contigo

o que Talbot perezca de vergüenza.

PUCELA ¿Tanta es tu fiebre, señor? Pucela, mantén la calma.

Si Talbot truena es que habrá lluvia.

Los ingleses deliberan susurrando.

¡Que Dios apresure el parlamento! ¿Quién hablará?

TALBOT ¿Te animas a luchar con nosotros en el campo?

PUCELA Tal vez su señoría nos tome por tontos pidiéndonos probar que es nuestro lo que es nuestro.

TALBOT No hablo con esta Hécate injuriosa sino contigo, Alençon, y con el resto. Como soldados, ¿vendrán ustedes a pelear?

ALENÇON Signior, no.

TALBOT

¡Signior, así te cuelguen! ¡Ruines arrieros de Francia!

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Guardan las murallas como lacayos

sin atreverse a luchar como caballeros.

PUCELA ¡Largo, capitanes! ¡Fuera de las murallas! Por su aspecto, Talbot no quiere nada bueno.

¡Que el señor sea contigo, mi señor! Solo vinimos a anunciar que estamos aquí.

Los franceses se van de las murallas.

TALBOT Y allí, en breve, estaremos también nosotros, o que sea puesto en duda mi renombre.

Por el honor de tu casa, herida

por los ultrajes que recibió en Francia,

jura, Borgoña, reconquistar esta ciudad o morir.

Y yo, tan cierto como que vive Enrique,

y que su padre fue aquí conquistador,

y de que en esta ciudad ahora traicionada se enterró al gran Corazón de León, juro conquistarla o morir.

BORGOÑA Mis juramentos son pares de los tuyos.

TALBOT Antes de partir, cuidemos al moribundo príncipe, el bravo duque de Bedford. Ven, mi señor,

te llevaremos a un lugar mejor,

más adecuado para viejos y enfermos.

BEDFORD Lord Talbot, no me deshonres de ese modo: me quedaré sentado ante los muros, compañero de gloria o de derrota.

BORGOÑA Valiente Bedford, déjate persuadir.

BEDFORD No de irme de aquí; una vez leí

que el bravo Pendragon, enfermo en su litera, salió al campo y venció a sus enemigos: podría vivir en mí el corazón de los soldados, ya que siempre me sentí su igual.

TALBOT ¡Corazón indómito en pecho agonizante! ¡Que así sea: que los cielos cuiden a Bedford! Y ahora, no más cháchara, Borgoña; reunamos nuestras dispersas fuerzas

y lancémonos contra el arrogante enemigo.

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Salvo BEDFORD y ayudantes, salen todos. Rebato. Escaramuzas.

Entran sir John FASTOLF y un CAPITÁN.

CAPITÁN ¿Adónde vas con tanta prisa, sir John Fastolf?

FASTOLF ¿Adónde? A salvar mi vida, huyendo.

Es probable que nos derroten otra vez.

CAPITÁN ¿Cómo? ¿Escaparás abandonando a lord John Talbot?

FASTOLF Sí, a todos los Talbots del mundo, para salvar mi vida.

Sale.

CAPITÁN ¡Cobarde caballero! ¡Que la mala suerte te siga!

Sale. Retirada. Combate.

La PUCELA, ALENÇON y CARLOS huyen.

BEDFORD Ahora vete, alma silenciosa, cuando el cielo lo quiera.

Ya he visto a nuestros enemigos derrotados.

¿Qué fuerza, qué confianza tiene el loco?

Los que hace poco nos despreciaban, atrevidos, ahora se contentan con salvarse huyendo.

Muere, y es llevado por dos en su silla.

ESCENA VI

Rebato. Entran TALBOT, BORGOÑA y los demás.

TALBOT ¡Perdida y recobrada el mismo día! Borgoña, este es un doble honor; mas que los cielos reciban esta gloria.

BORGOÑA Guerrero y marcial Talbot, Borgoña

te lleva en el corazón, y erige allí

tus nobles actos cual monumentos al valor.

TALBOT Gracias, noble duque. Y la Pucela, ¿dónde está?

Creo que su viejo pariente se ha dormido:

¿dónde están las bravatas del Bastardo, las chanzas de Carlos?

¿Qué, todo ha muerto? Ruan agacha la cabeza, apenada

de que una compañía tan valiente haya huido. Ahora pondremos aquí un poco de orden: destacaremos algunos oficiales expertos y luego iremos a París con el rey

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pues allí está el joven Enrique con sus nobles.

BORGOÑA Lo que dice lord Talbot place a Borgoña.

TALBOT Pero antes de ir, no olvidemos

al noble Bedford, que acaba de morir; celebraremos sus exequias en Ruan. Soldado más valiente nunca blandió la lanza, corazón más noble nunca reinó en la corte, mas potentados y reyes tienen que morir pues ese es el final de la desgracia humana.

Salen.

ESCENA VII

Entran CARLOS el delfín, el BASTARDO de Orleans, ALENÇON, la PUCELA y sus fuerzas.

PUCELA Príncipes, que este accidente no les quite el valor, ni lamenten que Ruan haya sido tomada; preocuparse no cura, es más bien corrosivo cuando se aplica a cosas sin remedio.

Dejen que triunfe un poco el excitado Talbot y ostente su cola como un pavo real. Le arrancaremos cola y plumas

si el delfín y los demás se dejan conducir.

CARLOS Hasta hoy hemos dejado que nos guiaras, sin desconfiar de tu astucia;

un súbito revés no hace perder la fe.

BASTARDO (A la PUCELA.) Busca estrategias nuevas en tu mente y te haremos famosa en todo el mundo.

ALENÇON (A la PUCELA.) Pondremos tu estatua en un sitio sagrado para venerarte como a santa bendita:

así que ocúpate, dulce virgen, de nosotros.

PUCELA Entonces, así debe ser. Esto decide Juana: con bellas razones y palabras endulzadas persuadiremos al duque de Borgoña

de que deje a Talbot y nos siga.

CARLOS Por cierto, querida, si pudiéramos

no habría lugar en Francia para los de Enrique

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y esa nación, en vez de alardear ante nosotros, sería extirpada de nuestras provincias.

ALENÇON Para siempre serían expulsados de Francia, sin tener el título de un solo ducado.

PUCELA Sus señorías verán cómo trabajo

para llevar este asunto al fin que se desea.

Suena un tambor a lo lejos.

¡Escuchen! Por el tambor se puede percibir que sus fuerzas marchan hacia París.

Marcha inglesa.

Ahí viene Talbot, con sus colores desplegados, y todas las tropas inglesas van detrás.

Marcha francesa.

Entran el duque de BORGOÑA y sus fuerzas.

El duque y sus tropas vienen en retaguardia, la suerte favorable lo ha hecho rezagarse. Llamen a una tregua: hablaremos con él.

Suenan las trompetas pidiendo tregua.

CARLOS ¡Parlamento con el duque de Borgoña!

BORGOÑA ¿Quién pide un parlamento con Borgoña?

CARLOS Tu compatriota, el príncipe Carlos.

BORGOÑA ¿Qué dices, Carlos? Estoy en camino.

CARLOS Habla, Pucela, y que tu labia lo cautive.

PUCELA ¡Valiente Borgoña, esperanza indudable de Francia!

Detente; deja hablar a esta humilde servidora.

BORGOÑA Habla, pero no seas tediosa por demás.

PUCELA Mira tu país, mira la fértil Francia, ve las ciudades y pueblos barridos por la devastación del enemigo cruel. Como mira la madre a su enfermizo niño cuando la muerte le cierra los ojos moribundos, mira cómo la enfermedad consume a Francia. Contempla las heridas, las más contra natura,

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que tú mismo has abierto en su quejoso pecho. Oh, dirige a otro sitio tu afilada espada; golpea a los que hieren, no a los que ayudan. Una gota de sangre del seno de tu patria debiera doler más que torrentes de la ajena. ¡Regresa entonces con un mar de lágrimas para lavar las manchas de tu suelo!

BORGOÑA O sus palabras me han embrujado o me he puesto tierno de repente.

PUCELA Además, toda Francia se asombra de ti y duda de tu legítima progenie y cuna. ¿A quién te has unido sino a un país altivo que confiará en ti solo en su provecho?

Una vez que Talbot se haya establecido en Francia y te haya hecho instrumento del mal,

¿quién dominará sino el inglés Enrique para después echarte como a un proscrito? Recordemos, y que quede como prueba; ¿no era el duque de Orleans tu enemigo? ¿Y no estaba prisionero en Inglaterra? Pero cuando supieron que era tu rival lo liberaron sin pagar rescate,

a pesar de Borgoña y todos sus amigos. Comprende pues que luchas contra tus compatriotas y te unes con quienes serán tus asesinos. Ven, ven, regresa. Regresa, errante caballero:

Carlos y los demás te abrazarán.

BORGOÑA Estoy vencido; sus altas palabras me abatieron como un disparo de cañón hasta casi ponerme de rodillas. Perdóname, patria. Y, dulces compatriotas, señores: acepten este cordial abrazo.

Mis fuerzas, y el poder de mis hombres, son suyos.

Así que adiós, Talbot; ya no confío en ti.

PUCELA (Aparte.) Tal como un francés: se da vuelta una vez y otra.

CARLOS ¡Bienvenido, bravo duque! Tu amistad nos renueva.

BASTARDO Y engendra más valor en nuestros pechos.

ALENÇON La doncella ha hecho un gran trabajo,

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y merece por ello una guirnalda de oro.

CARLOS Ahora vamos, señores, y juntémonos

para ver cómo dañar al enemigo.

Salen.

ESCENA VIII

Entran el REY ENRIQUE, GLOUCESTER, el obispo de WINCHESTER, YORK, SUFFOLK, SOMERSET, WARWICK, EXETER, VERNON, con rosas blancas, BASSET, con rosas rojas, y otros.

Con sus soldados, TALBOT.

TALBOT Mi gracioso príncipe, honorables pares, al saber de su arribo al reino

di tregua a mis guerras por un tiempo

para rendir tributo al soberano:

en signo de lo cual, este brazo,

que en obediencia conquistó cincuenta fortalezas, doce ciudades, siete fortificadas,

más quinientos cautivos de renombre, deja caer la espada a los pies de su alteza y, con lealtad y corazón sumiso, atribuye la gloria de sus logros primero a Dios y después a su gracia.

Se arrodilla.

REY ENRIQUE Tío Gloucester, ¿este es lord Talbot, que tanto tiempo ha residido en Francia?

GLOUCESTER Sí, soberano, si a su majestad le place.

REY ENRIQUE ¡Bienvenido, bravo capitán, lord victorioso! Cuando era joven, aunque no soy viejo, recuerdo que mi padre decía

que nunca campeón más fuerte empuñó la espada.

Hace tiempo que oímos de tu honestidad,

de tus fieles servicios y tu esfuerzo en la guerra.

Sin embargo, nunca recibiste recompensa,

ni la del agradecimiento,

ya que hasta ahora nunca te habíamos visto.

Por tanto, de pie (TALBOT se levanta.). Y por estos méritos,

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te hacemos aquí duque de Shrewsbury;

y ocupa tu sitio en mi coronación.

Fanfarrias.

Salen todos salvo VERNON y BASSETT.

VERNON Ahora tú, señor, tan ardoroso en el mar

para denigrar los colores que llevo

en honor de mi noble lord de York:

¿osas mantener tus palabras?

BASSETT Sí, señor; tanto como tú oses defender tu ladrido impertinente y malicioso contra mi señor, el duque de Somerset.

VERNON Truhán, honro a tu señor en lo que es.

BASSETT ¿Y qué es? Un hombre tan bueno como York.

VERNON Verás; no es así: como prueba, toma esta.

Le pega.

BASSETT Villano, ya conoces la ley de las armas;

para quien saque la espada, la muerte es inmediata. De lo contrario, este golpe te haría saltar la sangre. Mas iré con el rey para pedirle el derecho de vengar esta ofensa.

Cuando vuelvas a verme, será a tus expensas.

VERNON Bien, infiel, estaré ahí tan pronto como tú.

Te encontraré antes de lo que quisieras.

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CUARTO ACTO

ESCENA 1

Fanfarria. Reunión de Estado. Entran el REY ENRIQUE, GLOUCESTER, el obispo de

WINCHESTER, YORK, SUFFOLK, con rosas rojas, SOMERSET, WARWICK, con rosas blancas,

TALBOT, EXETER, el gobernador de París y otros.

GLOUCESTER Señor obispo, pon la corona en su cabeza.

WINCHESTER ¡Dios salve al rey Enrique, el sexto con su nombre!

GLOUCESTER Gobernador de París, haz el juramento de no elegir a otro rey que no sea él.

No estimes como amigos sino a sus amigos, ni tengas como enemigos sino a los que urden intrigas maliciosas en contra de su Estado. ¡Esto harás, y así te ayude Dios!

Entra sir John FASTOLF.

FASTOLF Gracioso soberano, mientras venía de Calais, premioso por llegar a su coronación,

llegó a mis manos una carta

del duque de Borgoña, dirigida a su gracia.

TALBOT ¡Vergüenza para ti y el duque de Borgoña! Juré, vil caballero, que cuando te encontrara te arrancaría la jarretera, cobarde,

Se la arranca.

lo cual he hecho, porque sin mérito alguno te otorgaron esta alta jerarquía.

Perdón, su majestad Enrique, y los demás: este arrugado, en la batalla de Patay, cuando yo no tenía más de seis mil hombres, y los franceses estaban casi diez a uno,

antes que nos batiéramos, de que se diese un golpe, huyó como un fiable caballero.

En ese ataque perdimos mil doscientos hombres; yo mismo y otros diversos señores fuimos sorprendidos y hechos prisioneros.

Así que juzguen, señores, si actué mal,

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si tales cobardes debieran llevar

este ornamento de la caballería.

GLOUCESTER A ser franco, fue un hecho infame y deshonroso para un hombre común, y más para un caballero, capitán o jefe.

TALBOT Cuando se estableció esta orden llevaban jarretera los de noble cuna, valientes y orgullosos, de altivo coraje, de crédito aumentado por las guerras.

Aquellos sin miedo a la muerte, ni encogidos por la pena, siempre decididos en ambos extremos. Quien no posee tales valores usurpa

el sagrado nombre de caballero

y profana, por tanto, esta honorable orden. Debiera (si soy digno de juzgar) ser degradado, como rústico de humilde cuna

que presume de tener sangre noble.

REY ENRIQUE ¡Mancha de tus compatriotas, ya oíste tu condena!

Empaca, entonces, tú que fuiste caballero;

desde hoy te desterramos, bajo pena de muerte.

Sale John FASTOLF.

Y ahora, lord protector, mira la carta que ha enviado nuestro tío, el duque de Borgoña.

GLOUCESTER ¿Qué significa esto? ¿Ha cambiado su estilo?

¡Lisa y llanamente, apenas un «Al rey»!

¿Ha olvidado quién es su soberano?

¿O acaso esta dedicatoria burda

supone alguna alteración de voluntad?

¿Qué es esto? «Por una causa especial,

conmovido por el desastre de mi patria

y apiadado por las quejas

de las que se alimenta tu opresión,

he abandonado tu malvado bando

para unirme a Carlos, el justo rey de Francia.» ¡Monstruosa traición! ¿Puede ser

que en la alianza, la amistad, los juramentos, pueda esconderse tan falso disimulo?

REY ENRIQUE ¿Qué? ¿Mi tío Borgoña se ha rebelado?

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GLOUCESTER

REY ENRIQUE

GLOUCESTER

Lo ha hecho, mi señor, y ahora es tu enemigo.

¿Es eso lo peor que contiene la carta?

Lopeor, señor, y todo cuanto dice.

REY ENRIQUE Entonces; lord Talbot hablará con él y lo castigará por este abuso.

(A TALBOT.) ¿Qué dices, milord? ¿No estás contento?

TALBOT ¿Contento, mi señor? Si no me lo impidieran, yo mismo habría rogado que me lo ordenasen.

REY ENRIQUE Entonces junta fuerzas y ve derecho a él.

Que sepa cuán mal tomamos su traición

y qué grave es burlar a los amigos.

TALBOT Voy, mi señor, ansioso de que veas al enemigo sumido en confusión.

Entran VERNON y BASSETT.

VERNON Concédeme el combate, gracioso soberano.

BASSETT Y a mí, señor, dame el combate también.

YORK (Al REY ENRIQUE señalando a VERNON.)

Este es mi servidor: noble príncipe, escúchalo.

SOMERSET (Señalando a BASSET.)

Y este el mío: dale permiso, dulce Enrique.

REY ENRIQUE Sean pacientes, señores, y déjenlos hablar.

Digan, caballeros, por qué gritan así:

¿para qué piden combatir? ¿Y con quién?

VERNON

BASSETT

Con él, señor, pues me ha ofendido.

Y yo con él, pues me ha ofendido.

REY ENRIQUE Quiero saber primero

cuál es la ofensa de la que ambos se quejan:

luego responderé.

BASSETT En el cruce por mar entre Inglaterra y Francia este sujeto, con lengua maliciosa

se burló de mí por la rosa que llevo.

Dijo que el color sanguíneo de las hojas

era el de las mejillas de mi amo,

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rojas de vergüenza: tercamente negó

la verdad de una cuestión legal

que entre el duque de York y él se discute, y dijo otras palabras viles y oprobiosas. En respuesta a ese duro reproche y en defensa del valor de mi amo,

pido el beneficio de la ley de armas.

VERNON Y lo mismo pido yo, noble señor;

pues aunque este hombre parezca, con extrañas fantasías, dar un barniz a su atrevido intento, que quede claro: él me provocó,

y fue quien empezó, criticando mi enseña, diciendo que la pálida flor denunciaba el débil corazón de mi señor.

YORK ¿No cesará esta malicia, Somerset?

SOMERSET Tu rencor personal, York, saldrá a la luz aunque lo sofoques con tu astucia.

REY ENRIQUE Buen señor, ¡qué locura domina las mentes afiebradas si por tan frívolas y ligeras razones

tales rivalidades aparecen!

Buenos primos de York y Somerset:

cálmense, les pido. Apacígüense.

YORK Que primero este delito se resuelva en la lucha y luego su majestad nos ordene la paz.

SOMERSET La disputa solo nos concierne a nosotros; decidámoslo pues entre dos.

YORK He ahí mi prenda. Acéptala, Somerset.

VERNON (Al REY ENRIQUE.) No; que quede donde comenzó.

BASSETT (Al REY ENRIQUE.) Consiente en ello, mi honorable señor.

GLOUCESTER ¡Consiente en ello! ¡Así se agote su pleito y ambos perezcan con su charla pendenciera! Presuntuosos vasallos, ¿no los avergüenza que este escándalo inmodesto y clamoroso

a nosotros y al rey nos incomode?

Y ustedes, señores, pienso que no hacen bien en permitirles esas perversas objeciones;

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mucho menos en tomar de sus bocas una ocasión para pelear unos con otros. Déjenme persuadirlos de hacer algo mejor.

EXETER Esto apena a su alteza; señores, reconcíliense.

REY ENRIQUE Vengan, ustedes que quieren combatir. Desde ahora les encargo, si quieren mi favor, que olviden esta querella y sus motivos.

Y ustedes, señores, recuerden dónde estamos:

en Francia, nación frágil, temblorosa.

Si los franceses ven conflicto en nuestros rostros y desacuerdo en nuestras filas,

sus resentidos vientres se verán llamados al desacato ansioso y la revuelta. Además, qué infame será

que otros príncipes sepan con certeza

que por una nadería, cosa irrelevante,

¡los pares de Enrique, su principal nobleza

se destruyeron y perdieron Francia!

¡Piensen en las conquistas de mi padre;

en mi tierna edad, y en que no se pierda

por insignificancias lo que se logró con sangre!

Déjenme ser juez de este dudoso esfuerzo.

No veo razón alguna, si llevo esta rosa

Se pone una rosa roja.

para que alguien sospeche

que me inclino más a Somerset que a York. Los dos son mis parientes y los quiero a ambos. Del mismo modo, pueden reprocharme la corona, ya que, sin duda, está coronado el rey de Escocia. Pero mejor puede su discreción persuadir

de que soy capaz de instruir o enseñar. Por lo tanto, como llegamos a la paz, seguiremos en la paz y el amor. Primo de York, a tu gracia instituimos que sea regente de estas partes de Francia. Y, mi buen lord de Somerset, reúne

tu tropa de jinetes con los hombres de a pie y, con leales súbditos, hijos de sus padres, vayan alegremente juntos y derramen

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su amarga cólera en los enemigos. Nosotros, mi lord protector y los demás, retornaremos a Calais después de descansar. De allí a Inglaterra, donde espero en breve que sus victorias traigan ante mí

a Carlos, Alençon y su sarta de traidores.

Trompetas.

Salen todos salvo YORK, WARWICK, EXETER y VERNON.

WARWICK Te digo, mi señor de York, que el rey hizo muy bien el papel de orador.

YORK Así fue, pero así y todo no me gusta que lleve la insignia de Somerset.

WARWICK Vaya, fue solo un capricho, no lo culpes.

Presumo, dulce príncipe, que no lo hizo por mal.

YORK Y si pensara que sí… Pero dejémoslo.

Hay que ocuparse de otras cosas.

Salen todos salvo EXETER.

EXETER Bien hiciste, Ricardo, en reprimir tu voz. Si hubieran estallado las pasiones de tu pecho temo que hubiéramos visto descifrado aquí más odio rencoroso, más furiosas disputas que las que imaginar o suponerse pueda.

Sin embargo, no hay tonto que no vea

esta discordia entre la nobleza,

este enfrentarse en la corte,

la sectaria pendencia de los favoritos,

sino como presagio infausto.

Es mucho que los cetros caigan en manos infantiles, pero más que la envidia cause división: de ahí viene la ruina, y nace el caos.

Sale.

ESCENA II

Ante Burdeos. Entra TALBOT con un corneta, un tambor y soldados.

TALBOT Corneta, ve a las puertas de Burdeos.

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Convoca a su general a la muralla.

Suena la corneta.

Entran el GENERAL francés y otros, por arriba.

Capitanes, es el inglés John Talbot quien los llama, el que sirve en armas a Enrique de Inglaterra. Y quiere esto: abran las puertas,

sean humildes, llamen soberano al mío,

ríndanle homenaje y obediencia;

si es así, me retiraré con mi sangrienta fuerza. Pero si desdeñan esta oferta de paz, tentarán la furia de mis tres servidores,

el hambre descarnada, el acero cortante, las llamas trepadoras que en un instante han de arrasar sus imponentes y orgullosas torres

si rechazan la oferta de su amor.

GENERAL ¡Ominoso y terrible búho de muerte, terror y azote de nuestra nación!

Tu tiranía llega a su final:

solo por la muerte podrás invadirnos porque, afirmo, estamos bien fortificados;

y somos lo bastante fuertes para salir a pelear.

Si te retiras, el delfín, bien rodeado, espera para enredarte con estratagemas. A cada flanco hay escuadrones apostados para impedirte huir; de ningún modo podrás dar vuelta para contraatacar;

la muerte te enfrenta con la inmediata ruina:

estás cara a cara con el pálido fin.

Diez mil franceses han hecho el juramento de no descargar su temible artillería

sobre ningún alma cristiana salvo Talbot el inglés.

¡Allí estás, hombre valiente que respira

un espíritu invencible, inconquistable!

Esta es la gloria final de un elogio

con que yo, tu enemigo, así te invisto.

Pues antes que el reloj, que ya empezó a correr cumpla la hora de arena en su proceso, estos ojos, que ahora te ven de buen color,

te verán marchito, pálido, ensangrentado y muerto.

Tambor a lo lejos.

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¡Escucha! ¡Escucha! El tambor del delfín, campana de alarma, canta música grave para tu alma asustada; la mía tocará tu lúgubre partida.

Sale.

TALBOT No fabula; oigo al enemigo.

Que rápidos jinetes inspeccionen sus alas.

Salen uno o más.

¡Oh, disciplina negligente y floja! ¡Nos han cercado en esta empalizada, como tímidos ciervos ingleses en rebaño que rodea, ladrando, una jauría de cuzcos! Si somos ciervos ingleses, que sea en forma;

no como inferiores que un mordisco abate,

sino cual gamos desesperados y furiosos

que vuelven las testas de acero a los sabuesos

y los mantienen, cobardes, a distancia. Que vendan todos la vida tan cara como yo y no seremos ciervos serviles.

Dios y san Jorge, Talbot y el derecho inglés:

¡que medren nuestros colores en la peligrosa batalla!

Salen.

ESCENA III

Entran un MENSAJERO que va al encuentro de YORK;

a quien acompañan trompetas y soldados.

YORK ¿Ya volvieron los rápidos exploradores que rastreaban a las huestes del delfín?

MENSAJERO Han regresado, mi señor, y dicen que marchó a Burdeos con sus fuerzas para luchar contra Talbot: mientras andaba, los espías descubrieron dos tropas

más numerosas que la del delfín,

que se le unieron para ir a Burdeos.

YORK ¡Caiga una plaga sobre el villano Somerset que así retrasa el prometido envío

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de jinetes reclutados para el sitio!

El ilustre Talbot espera mi ayuda

y soy burlado por un traidor villano.

No puedo ayudar al noble caballero.

Que Dios lo ampare en su necesidad.

¡Si le va mal, adiós a Francia!

Entra otro mensajero, sir William LUCY.

LUCY Excelso jefe de nuestra fuerza inglesa, nunca más necesario en tierras de Francia. Corre pronto al rescate de Talbot

a quien ahora rodea un círculo de hierro

y cerca la tenebrosa destrucción.

¡A Burdeos, noble guerrero! ¡A Burdeos, York!

De otro modo, adiós a Talbot, a Francia y al honor inglés.

YORK ¡Dios, ojalá Somerset, cuyo orgulloso corazón detiene a mis jinetes, estuviese allí por Talbot! Así salvaríamos a un bravo caballero

y perderíamos a un cobarde y un traidor.

Loco de furia destructora, lloro

porque morimos mientras los canallas duermen.

LUCY ¡Envía alguna ayuda al desdichado lord!

YORK Él muere, nosotros perdemos; yo falto a mi palabra; lloramos, Francia sonríe; perdemos, ellos ganan día a día: y todo por el infame traidor de Somerset.

LUCY Entonces, Dios se apiade del alma de Talbot;

y de su hijo, el joven John, a quien hace dos horas encontré cuando iba a ver a su padre. Talbot no ha visto a su hijo en siete años

y se reúnen ahora, cuando acaban sus vidas.

YORK ¡Ay! ¿Qué alegría le dará al noble Talbot recibir a su hijo al borde de la tumba? ¡Basta! Casi me corta el aliento la pena

de ese íntimo encuentro a la hora de la muerte. Adiós, Lucy; mi fortuna no puede hacer más que maldecir la causa por la cual no ayudo

a ese hombre. Hemos perdido Maine, Blois, Poitiers y Tours y todo por Somerset y su retraso.

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Salen todos salvo LUCY.

LUCY Así, mientras el buitre de la sedición

se alimenta del pecho de tan grandes guerreros la dormida indolencia traiciona y pierde

lo que había conquistado nuestro conquistador apenas enfriado, ese hombre que siempre vivirá

en la memoria, Enrique Quinto. Mientras otros chocan vidas, honores, tierras y todo corre hacia la nada.

ESCENA IV

Entra SOMERSET

con su ejército.

SOMERSET (A un CAPITÁN.) Es muy tarde: ya no puedo enviarlos.

Esta expedición fue ideada muy de apuro

por York y Talbot: toda nuestra fuerza

puede ser vencida si de la misma ciudad

sale una partida. El atrevido Talbot

ha empañado el lustre de su honor

con esta aventura loca y descuidada.

York lo mandó a pelear y a vivir en la vergüenza de que, al morir Talbot, él fuera el grande.

Entra LUCY.

CAPITÁN Aquí está William Lucy, quien conmigo salió de nuestras abrumadas fuerzas por ayuda.

SOMERSET ¡Bueno, sir William! ¿De dónde te envían?

LUCY ¿De dónde, mi señor? De Talbot, el vencido y engañado, quien, hostigado por la adversidad,

clama por los nobles York y Somerset para ahuyentar de sus legiones a la muerte. Y mientras el glorioso capitán

vierte sangre por sus miembros abatidos

y espera lo rescaten, aguantando con valor,

ustedes, sus falsas esperanzas, prendas del honor inglés, con inútil, envidia se mantienen ajenos. No dejen que su pleito privado

impida el socorro que podría salvarlo;

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mientras él, renombrado y noble caballero, entrega su vida al azar. Lo cercan

Orleans el Bastardo, Carlos, Borgoña, Alençon, Renato, y Talbot perece por la defección de ustedes.

SOMERSET York lo mandó; York debería ayudarlo.

LUCY Y York se queja asimismo de tu gracia jurando que retienes a sus huestes, reclutadas para la ocasión.

SOMERSET York miente; podría haber pedido los caballos.

No le debo obediencia, menos amor.

Me despreciaría si los enviara servilmente.

LUCY No la fuerza francesa, sino el engaño inglés es lo que entrampa al noble Talbot: nunca volverá a Inglaterra vivo

y muere entregado a la fortuna por un pleito.

SOMERSET Vamos; despacharé enseguida los caballos.

En seis horas estarán a su servicio.

LUCY El rescate llega tarde. Ya está preso, o muerto; si intentara huir, ya no podría hacerlo,

y aunque pudiera, jamás escaparía.

SOMERSET Si está muerto el bravo Talbot, adieu.

LUCY Su fama vive en el mundo, su vergüenza en ti.

Salen.

ESCENA V

Campamento inglés, cerca de Burdeos. Entran TALBOT

y su hijo JOHN.

TALBOT ¡Joven John Talbot! Mandé por ti

para adiestrarte en estrategias militares

y para que el nombre Talbot reviviera

cuando la edad exánime y los brazos sin fuerza

llevaran a tu padre a su silla de reposo.

¡Malignas estrellas agoreras!

Hoy has llegado a una orgía de muerte,

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a un peligro terrible, inevitable.

Por eso, hijo querido, monta mi caballo más ágil y te diré por dónde, puedes escapar súbitamente. Anda, no demores, parte.

JOHN ¿Es mi nombre Talbot? ¿Soy tu hijo? ¿Y debo huir? Oh, si amas a mi madre, no degrades su honorable nombre haciendo de mí un esclavo y un bastardo. Todos dirán: no es sangre de Talbot

si vilmente huyó, cuando el noble Talbot resistía.

TALBOT Huye para vengar mi muerte si me matan.

JOHN El que así escapa ya no vuelve.

TALBOT Si nos quedamos ambos, ambos moriremos.

JOHN Entonces, deja que me quede, y vete tú.

Tu pérdida es cosa grande, así es tu importancia. Mi valor se desconoce, perderme no significa nada. Poco pueden alardear los franceses de mi muerte; de la tuya lo harían. Sin ti no hay esperanza.

La huida no empaña el honor que has obtenido, pero la mía sí, pues ninguna hazaña he cumplido. Todos jurarían que escapaste para sacar ventajas; si lo hago yo, dirán que fue por miedo. No se puede esperar que permanezca

si al comienzo mismo me acobardo y parto.

Hincado de rodillas, pido la muerte

antes que conservar mi vida con infamia.

TALBOT ¿Y tu madre? ¿Irá a la tumba su esperanza?

JOHN Sí: mejor eso que avergonzar su vientre.

TALBOT Con mi bendición, te ordeno irte.

JOHN A combatir iré, no a huir del enemigo.

TALBOT Algo puede salvarse de tu padre en ti.

JOHN Nada de él puede quedar como vergüenza.

TALBOT Nunca tuviste fama, ni puedes perderla.

JOHN Sí, la fama de tu nombre: ¿he de insultarla huyendo?

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TALBOT Mi declaración te librará de eso.

JOHN No podrás decir nada si estás muerto.

Si la muerte es segura, entonces vamos.

TALBOT ¿Y dejar que los míos luchen y mueran?

Tal vergüenza nunca manchó mis años.

JOHN ¿Y será mi juventud culpable?

Más no, puedo apartarme de tu lado

que si tú en dos te dividieras;

quédate, vé, haz lo que quieras; yo, lo mismo.

No viviré sin mi padre.

TALBOT Entonces, me despido de ti.

Bello hijo, nacido para morir ahora.

Ven, lado a lado vivamos y muramos.

Alma con alma vuelan de Francia al cielo.

ESCENA VI

Rebato. Incursiones en las que JOHN, el hijo de Talbot, es cercado y TALBOT lo rescata. Los ingleses rechazan a los franceses.

TALBOT ¡San Jorge y victoria! ¡Peleen, soldados!

El regente ha roto su palabra ante Talbot

y nos dejó su espada para escarnio de Francia. ¿Dónde está John Talbot? Descansa, haz una pausa; te di la vida, te rescaté de la muerte.

JOHN ¡Oh, dos veces padre mío, dos veces soy tu hijo! La vida que me diste ya estaba perdida cuando con tu espada, pese al hado,

a mi hora marcada diste nueva fecha.

TALBOT Cuando tu espada sacó chispas de la cimera del delfín el corazón de tu padre con deseos de victoria

se entibió orgulloso. Entonces mi edad

azuzada por el ímpetu juvenil y la furia guerrera, venció a Alençon, a Orleans, a Borgoña y te rescató del orgullo de la Galia.

Al airado Orleans, que te hizo verter sangre, niño mío, y tuvo las primicias

de tu combate, enfrenté enseguida,

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e intercambiando golpes pronto derramé su sangre de bastardo. Y, para humillarlo, le dije de este modo: «Vil, contaminada y mal parida sangre tuya derramo, mezquina y pobre, por esa sangre mía que hiciste perder a mi hijo Talbot». Entonces, cuando intentaba destruirlo, llegó el rescate. Habla, amor de tu padre, ¿no estás cansado? ¿Cómo estás, John? ¿Dejarás la batalla, muchacho, y volarás, ahora que eres hijo de la caballería? Vete para vengarme cuando muera: la ayuda de uno me sirve de poco.

¡Oh, qué locura es, bien lo sé,

arriesgar nuestras vidas en una pequeña barca! Si hoy no muero por la furia francesa, mañana moriré de viejo.

Nada ganan conmigo si me quedo:

es acortar mi vida un solo día.

En ti mueren tu madre y nuestro nombre,

la venganza de mi muerte, tu juventud, la fama de Inglaterra.

Todo eso y más arriesgas si te quedas;

todo eso se salva si tú escapas.

JOHN La espada de Orleans no me causó dolor; tus palabras arrancan sangre de mi pecho.

Con semejante beneficio, comprado con vergüenza, para salvar una vida miserable y liquidar la fama, ¡antes que el joven Talbot escape del viejo

que el cobarde caballo que me lleve muera! ¡Y que me iguale a campesinos franceses como alguien que da oprobio y mala suerte! Seguramente, por la gloria que has ganado, si huyo, no soy hijo de Talbot.

No hables pues de huir; esto no es broma:

si soy hijo de Talbot, moriré a sus pies.

TALBOT Entonces, Ícaro, sigue a tu señor de Creta:

dulce es tu vida para mí.

Si luchas, hazlo junto a tu padre:

una vez demostrado quiénes somos, muramos con orgullo.

Salen.

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ESCENA VII

Rebato. Incursiones.

Entra TALBOT seguido por un SIRVIENTE.

TALBOT ¿Dónde está mi otra vida? La mía se ha ido;

¿dónde está el joven Talbot? ¿Dónde está el valiente John?

Muerte triunfante, manchada en la derrota, viendo el valor de John, me sonrío ante ti; cuando me vio arrugarme y de rodillas blandió su espada sangrienta sobre mí

y, como león hambriento, emprendió rudas acciones con impaciencia y furia; pero cuando mi airado guardián quedó solo, compadecido por mi ruina, y sin acoso, la furia de sus ojos y de su corazón

lo apartaron de pronto de mi lado

y en confusa batalla entró con los franceses. En ese mar de sangre ahogó mi muchacho su alma indómita, y allí murió, orgulloso, mi flor, Ícaro mío.

SIRVIENTE Mira, querido señor, traen a tu hijo.

Entran soldados con el cadáver

del joven TALBOT.

TALBOT Tú, antigua muerte, que desdeñosa te ríes de nosotros, de golpe, con tu insultante tiranía,

unidos en lazos de perpetuidad,

dos Talbot, alados por el libre cielo

despreciándote se harán inmortales.

¡Oh, tú, cuyas heridas embellecen a la muerte,

habla conmigo antes del último aliento!

Desafía a la muerte hablando, lo quiera o no;

imagina que es un francés y tu enemigo,

¡pobre muchacho! Sonríe, creo, como quien dice:

«Si la muerte fuera francesa, hoy habría muerto».

Vengan, pónganlo en brazos del padre: mi espíritu ya no aguanta tanto daño. ¡Soldados, adiós! Tengo lo que debía tener: en mis viejos brazos yace el joven John.

Muere. Entran CARLOS, ALENÇON, BORGOÑA, el BASTARDO, la PUCELA y tropas.

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CARLOS Si York y Somerset hubieran llegado, este habría sido sin duda un día sangriento.

BASTARDO ¡Cómo, el joven cachorro de Talbot, con locura,

hundió su inexperta espada en nuestra sangre!

PUCELA Me lo encontré una vez, y así le hablé: «Joven virginal, por una virgen sé vencido», pero, con majestuoso y altivo desprecio, contestó: «El joven Talbot no nació

para botín de una mujer lasciva».

Y así, precipitándose entre los franceses, me dejó con orgullo, como enemigo indigno.

BORGOÑA Sin duda habría sido un noble caballero: ¡vean cómo yace sin vida en los brazos del más sangriento promotor de sus males!

BASTARDO

¡Córtalos en pedazos! Parte los huesos de esos hombres cuya vida era la gloria de Inglaterra, el asombro de Francia.

CARLOS No, detente: no dañemos

en muerte lo que temimos en vida.

Entra sir William LUCY

con un heraldo francés.

LUCY Heraldo, condúceme a la tienda del delfín para saber quién obtuvo la gloria de este día.

CARLOS ¿Con qué sumiso mensaje te han enviado?

LUCY ¿Sumiso, delfín? Es palabra francesa,

los guerreros ingleses no sabemos qué es.

Vengo a saber a quién tomaste prisionero

y a ver los cuerpos muertos.

CARLOS

¿Preguntas por los prisioneros? Nuestra prisión es el infierno:

dime a quién buscas.

LUCY ¿Dónde está el gran Alcides,

el valiente lord Talbot, conde de Shrewsbury, nombrado, por su éxito en las armas,

gran duque de Washford, Valencia y Waterford;

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lord Talbot de Goodrich y Urchinfield,

lord Strange de Blackmere, lord Verdun de Alton,

lord Cromwell de Wingfield, lord Furnival de Sheffield, lord de Falconbridge, tres veces victorioso; caballero de la noble orden de San Jorge, San Miguel y el vellocino de oro:

gran maréchal de Enrique Sexto,

en todas sus guerras en el reino de Francia?

PUCELA ¡Vaya estilo majestuoso y necio!

Ni los turcos, que poseen cincuenta y dos reinos, hablan de forma tan tediosa.

Ese a quien magnificas con sus títulos

yace a nuestros pies, hediondo y comido por las moscas.

LUCY ¿Ha muerto Talbot, su único azote, terror y negra Némesis del reino? ¡Ojalá mis ojos se volvieran balas para tirárselas furiosamente a la cara!

¡Si pudiera volver a esos muertos a la vida!

Bastaría para asustar al reino de Francia.

Con que solo su imagen quedara entre ustedes hasta el más orgulloso se asombraría.

Denme sus cuerpos para que me los lleve y los sepulte como su valor exige.

PUCELA Creo que este es el fantasma de Talbot

pues habla con espíritu orgulloso y dominante.

¡Por Dios, que se los lleven! Si quedaran aquí

apestarían y ensuciarían el aire.

CARLOS Vamos, retiren los cadáveres.

LUCY Me los llevaré; pero saldrá de sus cenizas

un ave Fénix que atemorizará a toda Francia.

CARLOS Mientras nos libremos de ellos, haz lo que quieras.

Y ahora, a París, con ánimo vencedor.

Todo será nuestro, ya que ha muerto

el sanguinario Talbot.

Salen.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Trompetas. Entran el REY ENRIQUE, GLOUCESTER

y EXETER y otros.

REY ENRIQUE ¿Has examinado con cuidado las cartas del Papa, del emperador y el duque de Armagnac?

GLOUCESTER Lo hice, mi señor, y esto significan:

humildemente piden a su alteza

que alcance una sagrada paz

entre los reinos de Inglaterra y Francia.

REY ENRIQUE ¿Qué parece a tu gracia la moción?

GLOUCESTER Es buena, señor; el único medio de frenar el desborde de sangre cristiana y establecer la paz en ambos bandos.

REY ENRIQUE Sí, tío; siempre he pensado

que era tan impío como antinatural

que atrocidades y atropellos tales

reinen entre quienes profesan la misma fe.

GLOUCESTER Además, para efectuarlo de inmediato y asegurar este bazo de amistad

el duque de Armagnac, muy próximo a Carlos, hombre de gran autoridad en Francia, entrega a su merced su única hija

en matrimonio, con grande y suntuosa dote.

REY ENRIQUE ¿Matrimonio, tío? ¡Pero soy muy joven!

Prefiero el estudio y mis libros

a perder el tiempo en un romance.

Sin embargo, llama a los embajadores

Salen varios.

y haz como te plazca. Que todos pues tengan respuesta.

Cualquier decisión me dejará satisfecho

si glorifica a Dios y defiende a mi patria.

Entra WINCHESTER, en ropas de cardenal con un LEGADO del Papa y dos embajadores.

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EXETER ¿Qué? ¿Mi señor de Winchester aquí con jerarquía de cardenal?

Veo entonces que se comprobará

lo que hace un tiempo anunciara Enrique Quinto:

«Si alguna vez llega a ser cardenal

su birrete igualará en tamaño a la corona».

REY ENRIQUE Señores embajadores, sus pedidos

ya se han considerado y discutido.

El propósito es bueno y razonable:

hemos resuelto, por lo tanto,

acordar una paz amistosa, que queremos

que por medio de Winchester sea llevada a Francia.

GLOUCESTER (A los EMBAJADORES.)

Y en cuanto a lo que dice mi señor, su amo, ya lo he informado con detalle; en tanto le placen las virtudes de la dama su belleza y el valor de su dote,

quiere que sea la reina de Inglaterra.

REY ENRIQUE (A los EMBAJADORES.)

Como razón y prueba del contrato

llévenle esta joya, prenda de mi afecto.

Por tanto, lord protector, cuida que vayan seguros hasta Dover; y allí, embarcados, se los confíe a la merced del mar.

Salen todos

salvo WINCHESTER y el LEGADO.

WINCHESTER Quédate, lord Legado; recibirás primero la suma de dinero que prometí

le entregaría a su santidad

por vestirme con estos graves ornamentos.

LEGADO Esperaré a que estés desocupado.

WINCHESTER (Aparte.) En adelante Winchester no se someterá ni será inferior al par más orgulloso.

Humphrey de Gloucester, bien verás que ni por nacimiento ni por autoridad puedes superar al obispo.

Haré que te inclines y arrodilles

o amotinaré al país para saquearlo.

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Salen.

ESCENA II

Entran el delfín CARLOS, BORGOÑA, ALENÇON, BASTARDO,

RENATO, la PUCELA y tropas.

CARLOS

Señores, acaso estas nuevas nos levanten el decaído ánimo:

los bravos parisinos se rebelan, dicen,

y enfrentan ya a los belicosos franceses.

ALENÇON Entonces ve a París, rey Carlos de Francia, y no retengas más tus fuerzas.

PUCELA Que la paz sea con ellos si se nos unen; ¡si no, a combatir sus palacios con la ruina!

Entra un EXPLORADOR.

EXPLORADOR ¡Éxito para nuestro valiente general, felicidad para sus compañeros!

CARLOS ¿Qué noticia traen los exploradores? Habla, por favor.

EXPLORADOR El ejército inglés, que estaba dividido en dos partes, se ha unificado,

y quiere dar batalla de inmediato.

CARLOS Algo precipitada es la advertencia pero enseguida nos ocuparemos de ello.

BORGOÑA Confío en que no esté allí el espíritu de Talbot; ahora que ha muerto, señor, no hay qué temer.

PUCELA De las bajas pasiones, el miedo es la peor:

dirige la conquista, Carlos, que será tuya;

que Enrique se impaciente y todo el mundo se aflija.

CARLOS Entonces, señores, vamos. ¡Fortuna para Francia!

Salen.

ESCENA III

Alarma. Escaramuzas. Entra la PUCELA.

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PUCELA El regente vence, los franceses vuelan. Ayúdenme, mágicos encantos y amuletos,

y ustedes, espíritus selectos que me advierten y me dan signos de accidentes futuros.

Truenos.

Ayudantes veloces, sustitutos a la orden

del monarca señorial del Norte,

¡aparezcan y asístanme en la empresa!

Entran demonios.

Esta veloz y presta aparición da pruebas

de su usual diligencia conmigo.

Ahora, espíritus familiares, elegidos

de entre las poderosas legiones subterráneas, ayúdenme pronto, para que Francia venza.

Caminan sin hablar.

¡No prolonguen tanto su silencio!

Así como solía alimentarlos con mi sangre me arrancaré un miembro para dárselos, en prenda de futuros beneficios con tal condesciendan a ayudarme.

Agachan las cabezas.

¿No hay esperanza de retribución? Mi cuerpo será la recompensa si conceden lo que pido.

Niegan con la cabeza.

¿Ni mi cuerpo ni el sacrificio de mi sangre pueden convencerlos de cumplir como solían? Entonces tomen mi alma (cuerpo, alma y todo)

antes de que Inglaterra haga morder el polvo a Francia.

Se van.

¡Vean cómo me abandonan! Ha llegado la hora de que Francia baje su emplumada cimera y apoye la cabeza en la falda de Inglaterra.

Mis antiguos conjuros se han debilitado

y el infierno es muy fuerte para luchar contra él.

Ahora, Francia, tu gloria cae al suelo.

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Sale.

ESCENA IV

Incursiones. BORGOÑA lucha cuerpo a cuerpo con YORK.

La PUCELA es apresada. Huyen los franceses.

YORK Damisela de Francia, creo que te tengo bien sujeta, desencadena a tus espíritus con apropiados conjuros y mira si pueden liberarte.

¡Precioso premio para complacer al diablo!

(A sus SOLDADOS.) Vean cómo enarca sus cejas la fea bruja ¡como si con Circe fuera a cambiarme el aspecto!

PUCELA No podrías tener un aspecto peor.

YORK El delfín Carlos es un hombre apuesto:

para tu ojo exquisito, solo cuenta su apariencia.

PUCELA ¡Así caiga una plaga sobre ti y sobre Carlos! ¡Y que ambos sean por igual sorprendidos mientras duermen, por ensangrentadas manos!

YORK Frena la lengua, hechicera cruel, encantadora.

PUCELA Te ruego que me dejes maldecir un instante.

YORK Maldice, villana, cuando llegues a la hoguera.

Salen.

ESCENA V

Rebato. Entra SUFFOLK con MARGARITA de la mano.

SUFFOLK Seas lo que seas, eres mi prisionera.

La mira.

¡Oh, belleza absoluta, no temas ni escapes!

Solo te tocaré con manos reverentes

y gentilmente las dejaré a tu lado.

Beso esos dedos por la paz eterna.

¿Quién eres? Dilo, para que pueda honrarte.

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MARGARITA Margarita es mi nombre y soy hija de un rey; el rey de Nápoles, quienquiera tú seas.

SUFFOLK Un duque soy, me llamo Suffolk. No te ofendas, milagro de la naturaleza; estabas destinada a ser mi prisionera.

Así el cisne protege a sus hijos emplumados aprisionándolos bajo sus alas.

Sin embargo, si la servidumbre te incomoda, ve y sé libre, como amiga de Suffolk.

Ella hace ademán de irse.

¡Oh, quédate! No tengo fuerzas para dejarla ir; mi mano la liberaría, mas no mi corazón.

Así como el sol juega en el vidrio de las aguas brillando en otra imagen,

así hace esta belleza con mis ojos.

Querría cortejarla, mas no me atrevo a hablar. Para expresarme, necesito tinta y pluma. ¡Qué vergüenza, De la Pole! No te amilanes. ¿No tienes lengua acaso? ¿No está ella allí? ¿Te acobardarás ante una dama? La majestad de su belleza es tal

que confunde la lengua y embota los sentidos.

MARGARITA Di, conde de Suffolk (si ese es tu nombre), ¿qué debo pagar como rescate?

Pues percibo que soy tu prisionera.

SUFFOLK (Aparte.) ¿Cómo puedes saber que te rechazará antes de poner su amor a prueba?

MARGARITA ¿Por qué callas? ¿Cuál es mi rescate?

SUFFOLK (Aparte.) Es hermosa, debe ser cortejada; es una mujer, por tanto hay que conquistarla.

MARGARITA ¿Aceptarás pues un rescate? ¿Sí o no?

SUFFOLK (Aparte.)

Hombre ansioso, recuerda que tienes una esposa.

¿Cómo puede Margarita ser tu amada?

MARGARITA (Aparte.) Mejor me voy, pues no me oye.

SUFFOLK (Aparte.) Así pues, todo mal; un cubo de agua fría.

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MARGARITA (Aparte.) Sin duda está loco; dice cualquier cosa.

SUFFOLK (Aparte.) Sin embargo, podría haber una dispensa.

MARGARITA Sin embargo, me gustaría que me respondieras.

SUFFOLK (Aparte.) Ganaré a esta Margarita: ¿para quién?

Bien, para mi rey. Vaya, qué cabeza de tablón.

MARGARITA (Aparte.) Habla de madera: será un carpintero.

SUFFOLK (Aparte.) Así mi fantasía se verá satisfecha y la paz establecida entre los reinos.

Pero hay escrúpulos también en esto;

pues aunque su padre sea el rey de Nápoles, duque de Anjou y de Maine, es pobre, y nuestra nobleza rechazará el arreglo.

MARGARITA Escuche, capitán: ¿lo molesto?

SUFFOLK (Aparte.) Así será: no habrá tanto desdén.

Enrique es joven y pronto cederá.

Señora, tengo un secreto que revelar.

MARGARITA (Aparte.) ¿Y qué si soy cautiva? Parece un caballero, de ningún modo me deshonrará.

SUFFOLK Señora, promete escucharme.

MARGARITA (Aparte.) Tal vez me rescaten los franceses y no deba anhelar su cortesía.

SUFFOLK Dulce señora, deja que hable por mi causa.

MARGARITA (Aparte.) Silencio: cautivas hubo antes que yo.

SUFFOLK Dulce señora, ¿con quién hablas?

MARGARITA Tenga piedad; solo es un equívoco.

SUFFOLK Di, gentil princesa: ¿no estimarías bello tu cautiverio si te hicieras reina?

MARGARITA Ser reina en cautiverio es más vil que ser esclava en baja servidumbre: los príncipes deben ser libres.

SUFFOLK Y lo serás,

si el rey de Inglaterra lo es.

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MARGARITA ¿Qué tiene que ver su libertad conmigo?

SUFFOLK Me propongo hacerte la reina de Enrique, poner un cetro dorado en tu mano

y una preciosa corona en tu cabeza,

si condesciendes en ser mi…

MARGARITA ¿Qué?

SUFFOLK Su amor.

MARGARITA No merezco ser mujer de Enrique.

SUFFOLK No, gentil dama; soy yo el indigno

de cortejar a dama tan bella como esposa suya (Aparte.) y no tengo parte en la elección. Qué dices, señora: ¿estás contenta?

MARGARITA Si place a mi padre, estoy contenta.

SUFFOLK Que vengan pues nuestros capitanes e insignias.

Entran capitanes, insignias y trompetas.

Señora, en el castillo de tu padre pediremos parlamento, para hablar con él.

Sones de parlamento. Entra RENATO, arriba, en la muralla.

Mira, Renato, ¡tu hija es prisionera!

RENATO ¿De quién?

SUFFOLK Mía.

RENATO Suffolk, ¿qué remedio?

Soy soldado, llorar no puedo

ni lamentar la fragilidad de la fortuna.

SUFFOLK Hay un remedio, mi señor.

Consiente, por tu honra

en que tu hija se case con mi rey,

para quien la lié cortejado y conquistado y esta prisión tan suave

le ha ganado una libertad principesca.

RENATO ¿Dice Suffolk lo que piensa?

SUFFOLK La bella Margarita sabe

que Suffolk no adula, ni finge, ni miente.

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RENATO Con tu garantía principesca bajaré a dar respuesta a tu justa demanda.

RENATO abandona la muralla.

SUFFOLK Y yo esperaré aquí tu llegada.

Suenan trompetas.

Abajo, entra RENATO.

RENATO ¡Bienvenido a nuestro territorio, bravo conde!

Ordena en Anjou lo que te plazca.

SUFFOLK Gracias, Renato, padre feliz de tu dulce hija, digna compañera de un rey,

¿qué respuesta da tu gracia a mi pedido?

RENATO En tanto condesciendes a elevar su valor y hacerla novia de un señor semejante, con la condición de que, tranquilo,

yo disfrute de mis propias Maine y Anjou, libres de la opresión o de la guerra,

mi hija será mujer de Enrique, si él lo quiere.

SUFFOLK Tal es su rescate; la entrego

y me ocuparé de que disfrutes

de esos dos condados bien y en calma.

RENATO Y nuevamente, en nombre de Enrique, como representante de ese gracioso monarca, te doy su mano como signo de mi fe empeñada.

SUFFOLK Renato de Francia, te doy reales gracias, ya que esto es asunto del rey.

(Aparte.) Y sin embargo, pienso, estaría contento de ser mi propio abogado en este caso. Iré a Inglaterra con estas noticias,

para formalizar el matrimonio.

Así que adiós, Renato: mantén a salvo este diamante en palacios de oro, como le corresponde.

RENATO Te abrazo, como abrazaría en tu lugar al príncipe cristiano, el rey Enrique.

MARGARITA Adiós, milord: buenos deseos, alabanza y rezos

es lo que siempre tendrá Suffolk de Margarita.

Empieza a irse.

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SUFFOLK Adiós, dulce dama. Pero escucha, Margarita… ¿Ningún saludo principesco para mi rey?

MARGARITA Di que envío los saludos

que caben a una doncella, una virgen y su sierva.

SUFFOLK Certeras palabras, dulces y modestas.

Pero, señora, vuelvo a importunarte:

¿no hay prendas de amor para su majestad?

MARGARITA Sí, buen señor: le envío un corazón

puro y sin mota, que el amor no ha mancillado.

SUFFOLK Y además esto.

La besa.

MARGARITA Eso, para ti: no se me ocurriría enviar a un rey regalo tan insensato.

Salen MARGARITA y RENATO.

SUFFOLK ¡Oh, si fueras! Suffolk, detente:

no debes errar por este laberinto;

allí acechan Minotauros y traiciones feas. Estimula a Enrique alabando los prodigios de ella; concéntrate en sus virtudes superiores, y gracias naturales que opacan el arte;

repite a menudo su imagen en el mar

para que, cuando te arrodilles a los pies de Enrique puedas asombrarlo hasta el desquicio.

Sale.

ESCENA VI

Entran Ricardo, duque de YORK, WARWICK y un PASTOR.

YORK Traigan a esa bruja condenada a arder.

Entra la PUCELA custodiada.

PASTOR Ah, Juana, esto mata del todo el corazón de tu padre.

Te he buscado por todas partes, cerca y lejos,

y ahora que te encuentro,

¿he de presenciar tu cruel y prematura muerte?

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¡Juana, dulce hija Juana, moriré contigo!

PUCELA ¡Miserable decrépito! ¡Vil, innoble desgraciado!

Yo desciendo de sangre más noble:

tú no eres ni mi padre ni mi amigo.

PASTOR ¡Basta, basta! Señores, por favor, ¡no es así! La engendré yo, lo sabe la parroquia entera: su madre aún vive y puede declarar

que ella fue el primer fruto de mi juventud.

WARWICK (A la PUCELA.) ¡Desgraciada! ¿Negarás a tu padre?

YORK Así se prueba lo que ha sido su vida: maligna y vil; y así acaba su muerte.

PASTOR Vergüenza, Juana, que seas tan testaruda.

Dios sabe que eres carne de mi carne

y que muchas lágrimas derramé por ti:

no me niegues, te lo pido, dulce Juana.

PUCELA ¡Largo, campesino! (Al inglés.)

Sobornaste a este hombre

con el fin de oscurecer mi noble cuna.

PASTOR Es verdad; el día que desposé a tu madre le di al cura una moneda de oro. Arrodíllate, mi niña, y ten mi bendición. ¿No te inclinarás? ¡Maldigo el día

de tu nacimiento! Ojalá la leche

que chupabas del pecho de tu madre

hubiera sido veneno para ratas.

O bien, que cuando cuidabas mis corderos en el campo te hubiera devorado un lobo hambriento. ¿Niegas a tu padre, maldita ramera?

(A los ingleses.) ¡Quémenla, quémenla! La horca no basta.

Sale.

YORK Llévenla, porque ha vivido demasiado para llenar el mundo de malas cualidades.

PUCELA Primero, dejen que les diga a quién han condenado; a un ser que no ha nacido de un pastor despreciable, sino de un linaje de reyes,

virtuosa y sagrada, elegida en lo alto

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por inspiración de la gracia celestial

para hacer en la tierra milagros superiores. Nunca me vinculé con espíritus malignos. Pero ustedes, contaminados de lujuria, manchados por la sangre sin culpa de inocentes, corruptos, repletos de vicios

en tanto quieren la gracia que otros tienen juzgan del todo imposible

que se abran maravillas sin la ayuda del diablo.

No, la incomprendida Juana de Arco ha sido virgen desde su tierna infancia, inmaculada y casta en el mismo pensamiento. Su sangre de doncella, vertida con rigor clamará por venganza en las puertas del cielo.

YORK Bueno, bueno. A la hoguera con ella.

WARWICK Oigan, señores: como es una doncella no escatimen leños: que haya suficientes. Pongan toneles de pez sobre la estaca fatal para que la tortura sea corta.

PUCELA ¿Nada cambiará sus corazones inflexibles? Entonces, Juana, descubre tu fragilidad, que es por ley tu privilegio.

Llevo un niño, sangrientos homicidas:

no maten al fruto de mi vientre

aunque a mí me arrojen a violenta muerte.

YORK ¡Que el cielo nos proteja! ¿La sagrada doncella tiene un niño?

WARWICK He aquí el mayor de tus milagros:

¿a eso te han llevado tus rígidos escrúpulos?

YORK El delfín y ella han estado jugueteando; ya me figuré que en eso se refugiaría.

WARWICK Bueno, vayan; no dejaremos bastardos vivos, especialmente si el padre es Carlos.

PUCELA Se equivocan, el niño no es de él.

Fue Alençon quien disfrutó de mi amor.

YORK ¡Alençon! ¡Ese notorio maquiavelo!

Morirá, aunque tenga mil vidas.

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PUCELA Perdónenme, los he engañado.

No fue ni Carlos ni el duque que nombré,

sino Renato, el rey de Nápoles, quien prevaleció.

WARWICK ¡Un hombre casado! Esto es intolerable.

YORK ¡Menuda chica! Creo que si no sabe bien a quién acusar, es porque hubo muchos.

WARWICK Señal de que ha sido generosa y libertina.

YORK ¡Sin embargo, es por cierto una virgen pura! Zorra, tus palabras te condenan con tu hijo; no ruegues más, que es en vano.

PUCELA Entonces llévenme. Dejo mi maldición: ¡que el sol glorioso nunca arroje sus rayos

sobre la tierra donde ustedes viven! ¡Que la oscuridad y la sombra tenebrosa de la muerte los cerquen hasta que el mal y la desesperación

los lleven a romperse el cuello o a ahorcarse!

Sale, custodiada.

YORK Quiébrate en pedazos y consúmete en cenizas, maldita ministra del infierno.

Entra el obispo de WINCHESTER,

ahora cardenal.

WINCHESTER Lord regente, saludo a su excelencia con cartas que encomienda el rey.

Para que sepan, señores, los estados de la cristiandad, con remordimiento por estas excesivas luchas

han implorado seriamente una paz general entre nosotros y los ambiciosos franceses. Aquí mismo se acercan el delfín y su corte para conferenciar sobre ciertas cuestiones.

YORK ¿Todo nuestro trabajo ha llevado a esto? Después de que murieran tantos pares, tantos capitanes, caballeros y soldados vencidos en esta contienda, y de que sus cuerpos se vendieran en beneficio del país,

¿hemos de llegar a una paz afeminada? ¿No hemos perdido, por traición y falsedad,

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casi todas las ciudades

que nuestros padres habían conquistado? ¡Oh, Warwick, Warwick! Preveo con dolor la pérdida absoluta del reino de Francia.

WARWICK Sé paciente, York: si llegamos a una paz será con acuerdos tan estrictos y severos como poco será lo que ganen los franceses.

Entran CARLOS, ALENÇON, BASTARDO, RENATO

y otros.

CARLOS Puesto que se acordó, señores de Inglaterra, que esa tregua pacífica se proclamará en Francia, venimos a que nos informen

de cuáles son las condiciones de la alianza.

YORK Habla, Winchester, pues una cólera hirviente ahoga el estrecho pasaje de mi voz emponzoñada

al ver a nuestros siniestros enemigos.

WINCHESTER Carlos, y los demás, se decide esto: en tanto por mera compasión y bondad, el rey Enrique consiente

en liberar a su tierra de la aflictiva guerra y hacer que respiren generosa paz,

de su corona serán vasallos verdaderos.

Y, Carlos, con la condición de que jures

pagarle tributo y someterte,

ocuparás el lugar de virrey, por debajo de él, sin perder por ello tu real dignidad.

ALENÇON ¿Y ser así una sombra de sí mismo? ¿Adornarse las sienes con una corona, pero, en sustancia y en autoridad,

no tener más privilegios que un civil?

Esta propuesta es irracional y absurda.

CARLOS Ya se sabe que poseo

más de la mitad de los territorios galos

y que allí soy respetado como rey legítimo. ¿Debo, por el deseo de conquistar el resto, perder tanto de esa prerrogativa por ser apenas el virrey de todo?

No, lord embajador; prefiero conservar

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lo que ya tengo antes que, por codicioso, renunciar a mis posibilidades.

YORK ¡Insultante Carlos! Por secretos medios has intercedido para obtener alianzas. ¿Y, ahora que se llega a un compromiso, comparas y te muestras distante?

O aceptas el título que usurpas,

por beneficio de nuestro rey

y no por reclamos merecidos,

o te atormentaremos con guerras incesantes.

RENATO (A CARLOS.) Mi señor, no haces bien empecinándote en cuestionar este acuerdo.

Si lo rechazamos una vez no encontraremos una ocasión igual, diez contra uno.

ALENÇON (Aparte, a CARLOS.) A decir verdad, es tu costumbre guardar a tus súbditos de masacres

e implacables crímenes, como los que vemos a diario prosiguiendo con nuestra hostilidad.

Por lo tanto, acepta esta promesa de tregua que romperás cuando te plazca.

WARWICK ¿Qué dices, Carlos? ¿Aceptas nuestra condición?

CARLOS Sí, la acepto: solo pido que no reclamen ninguna de nuestras ciudades de acantonamiento.

YORK Entonces jura fidelidad al monarca,

y, en tanto eres caballero, nunca desobedecer ni rebelarte contra la corona de Inglaterra; ni tú, ni tus nobles, a la corona de Inglaterra.

CARLOS y los otros juran.

Ahora, libera a tu ejército cuando quieras: plieguen sus enseñas, callen sus tambores, porque aquí hemos celebrado una paz solemne.

Salen.

ESCENA VII

Entra SUFFOLK hablando con el REY ENRIQUE, GLOUCESTER y EXETER.

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REY ENRIQUE (A SUFFOLK.)

Noble conde, tu rara y maravillosa descripción de la bella Margarita me ha asombrado.

Sus virtudes tocadas con dones exteriores alimentan pasiones en mi pecho.

Y así como las ráfagas de la tormenta arrojan al navío más potente contra la marea, el aliento de su nombre me lleva

ora a naufragar, ora a alcanzar el sitio

donde pueda disfrutar de su amor.

SUFFOLK Vaya, mi buen señor, ese superficial relato

ha sido apenas el prefacio de su elogio. Si yo fuera capaz de describirlas, las perfecciones de la adorable dama darían para un libro de líneas cautivantes, que arrebatarían la imaginación más lerda; y, más aún, no es tan divina

ni está tan colmada de encantos exquisitos como para no alegrarse, con modestia y humildad, de estar bajo tu mando.

Quiero decir, tu mando de castas y virtuosas intenciones: de amar y honrar a Enrique como amo.

REY ENRIQUE Otras, nunca tendrá Enrique. Por tanto, lord protector, consiente

en que sea Margarita la reina de Inglaterra.

GLOUCESTER Siendo así, consentiría en el pecado.

Su alteza sabe que está prometido

a otra dama de estima.

¿Cómo podemos dispensarnos de ese trato sin manchar el honor con un reproche?

SUFFOLK Como hace un amo con juramentos ilícitos o alguien que en un torneo, habiendo prometido probar su fuerza, abandona el campo

por la superioridad del adversario.

La hija de un pobre conde es desigual partido, por lo que puede dejársela sin ofensa.

GLOUCESTER ¿Cómo? ¿Acaso es Margarita más que eso?

Su padre no es superior a un conde,

aunque exhiba gloriosos títulos.

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SUFFOLK Sí, mi señor, su padre es un rey, de Nápoles y de Jerusalén

y goza de autoridad tan grande en Francia que la alianza con él confirmará la paz y mantendrá a los franceses obedientes.

GLOUCESTER También lo puede hacer el conde de Armagnac, que es pariente cercano de Carlos.

EXETER Además, su fortuna asegura una dote opulenta, y Renato recibe más de lo que da.

SUFFOLK ¡Una dote, señores! No avergüencen a su rey como si fuera tan abyecto, vil y pobre,

para elegir riqueza en vez del amor perfecto. Enrique es capaz de enriquecer a su reina y no necesita que una reina lo enriquezca. Los campesinos regatean por esposas

como en el mercado por bueyes, ovejas o caballos.

El matrimonio es cosa harto valiosa

para tratarla como asunto legal.

No quien quisiéramos, sino quien afecta a su gracia, será la compañera de su lecho nupcial: por lo tanto, señores, en tanto él la ama

eso es lo que más debe importarnos,

y que ella sea la preferida. Pues

¿qué es una boda forzada sino un infierno, una vida de discordia y continuas peleas? Mientras que lo contrario es una bendición y un modelo de paz celestial.

¿Quién debe casarse con Enrique, un rey, sino Margarita, hija de un rey?

Su apariencia sin par, unida a su cuna, la hacen digna solamente de un rey. Su coraje, su espíritu indomable, mayor que el habitual en las mujeres, responden a nuestro deseo de un sucesor.

Pues cabe que Enrique, hijo de un conquistador, engendre otros conquistadores si se une por amor con una dama

de tanto carácter como la bella Margarita. Cedan, pues, señores; y concluyan conmigo

que Margarita, más que ninguna, debe ser la reina.

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REY ENRIQUE Si es por la fuerza de tu informe, mi noble lord de Suffolk, o porque

mi tierna juventud nunca ha sido alcanzada por las llamas de pasión alguna, no lo sé; mas estoy seguro

de que siento tal batalla en mi pecho, tan fuertes rebatos de esperanza y miedo que de tanto pensar me mareo.

Embárquense, pues. Marcha, milord, a Francia.

Haz todos los acuerdos, y procura

que lady Margarita prometa venir,

cruzando el mar, a Inglaterra para ser coronada como fiel y ungida reina de Enrique.

Para costear los gastos y cargos necesarios recojan un diezmo del pueblo. Vayan, digo: pues, hasta que vuelvan,

quedo perplejo con mil preocupaciones.

(A GLOUCESTER.) Y tú, buen tío, descarta toda ofensa:

si me censuras por lo que fuiste,

y no por lo que eres, sé que excusarás

la precipitación de mi deseo.

Ahora llévenme a un lugar donde, solitario, pueda rumiar y meditar mi pena.

Sale con EXETER.

GLOUCESTER Sí, pena, temo yo, al principio y al final.

SUFFOLK Así ha prevalecido Suffolk; y así se va como alguna vez fue a Grecia el joven Paris, con la esperanza de hallar lo mismo en el amor, mas prosperando mejor que los troyanos. Margarita será reina, y al rey dominará;

yo dominaré a la reina, al rey y al reino todo.

Sale.

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ENRIQUE VI

PARTE 2

versión de

Roberto Appratto

Escrita probablemente hacia 1591. La moderna estilística señala que, en esta ocasión, la obra es, en su práctica totalidad, obra de Shakespeare. Una versión más breve — probablemente compuesta a partir del guión teatral— fue publicada en Cuarto en 1594 y reimpresa dos veces: en 1600 y en 1619. El texto impreso en el Primer Folio de 1623 parece una revisión del primer Cuarto.

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DRAMATIS PERSONAE

Partidarios del rey:

REY ENRIQUE VI

REINA MARGARITA

Guillermo de la Pole, duque de SUFFOLK, amante de la reina Duque Humphrey de GLOUCESTER, tío del rey y protector del reino Eleanor Cobhan, DUQUESA de Gloucester

CARDENAL BEAUFORT, obispo de Winchester, tío de Gloucester y tío abuelo del rey

Duque de BUCKINGHAM

Duque de SOMERSET

Lord CLIFFORD

El JOVEN CLIFFORD, su hijo

Partidarios del duque de York:

Duque de YORK

EDUARDO, conde de March, su hijo

RICARDO, su hijo

Conde de SALISBURY

Conde de WARWICK, su hijo

Las peticiones y el combate:

Dos o tres PETICIONARIOS

Tomás HORNER, armero

PEDRO Thump, su sirviente

Tres VECINOS

Tres APRENDICES

La conjura:

Sir Juan HUME, sacerdote

Juan Southwell, sacerdote

MARGERY JORDAN, una bruja

BOLINGBROKE, conjurador

ASNATH, espíritu

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El falso milagro:

Saunder SIMPCOX

Su ESPOSA

ALCALDE

Parroquianos de Saint Albans

El castigo de Eleanor:

Sirvientes de Gloucester

Dos ALGUACILES de Londres

Sir Juan STANLEY

Heraldo

El asesinato de Gloucester:

Dos ASESINOS

PUEBLO

El asesinato de Suffolk:

CAPITÁN de un barco

GRUMETE de un barco

CONTRAMAESTRE de un barco

Walter WHITMORE

Dos caballeros

La rebelión de Cade:

Jack CADE, de Kent, sobornado por el duque de York

DICK el carnicero

SMITH el hilandero

Otros seguidores de Cade

Emanuel, NOTARIO de Chatham

Sir Humphrey STAFFORD

Su HERMANO

Lord SAYE

Lord SCALES

Matías Goffe

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VAUX

JUAN, un rebelde

Tres o cuatro CIUDADANOS de Londres

Alexander IDEN, un caballero de Kent

Otros:

Mensajeros, correo, asistentes, guardias, sirvientes, soldados, halconeros

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PRIMER ACTO

ESCENA I

Trompetas, después oboes. Entran el REY ENRIQUE, Humphrey duque de GLOUCESTER, SALISBURY, WARWICK y el CARDENAL BEAUFORT, por un lado; por otro, la REINA MARGARITA, SUFFOLK, YORK, SOMERSET y BUCKINGHAM.

SUFFOLK (Arrodillándose ante el REY ENRIQUE.)

Como su alta majestad imperial

me había encargado, al salir hacia Francia, como procurador de su excelencia, que desposara a la princesa Margarita

en la antigua y famosa Tours,

en presencia de los reyes de Francia y de Sicilia,

de los duques de Orleans, Calabria, Bretaña y Alençon siete duques, doce barones y veinte reverendos obispos, cumplí con mi tarea y me casé;

y ahora humildemente, arrodillado,

ante los ojos de Inglaterra y de sus pares, entrego mi título en la reina

a tus graciosísimas manos, sustancia

de la gran sombra que he representado;

el más feliz regalo que jamás dio un marqués, la reina más hermosa que jamás recibió un rey.

REY ENRIQUE Suffolk, levántate. Bienvenida, reina Margarita:

no puedo expresar signo más gentil de amor

que este beso gentil. ¡Oh, Señor que me das vida, dame un corazón lleno de agradecimiento!

Pues has dado a mi alma, con este hermoso rostro, un mundo de bendiciones terrenales,

si es que une nuestras mentes la simpatía amorosa.

REINA MARGARITA El exceso de amor que siento por tu grana me impide derrochar palabras

salvo que hable más de lo que a mujer conviene.

Baste esto: tu semblante es mi dicha,

y nada puede hacer a Margarita infeliz

sino ver ceñudo al poderoso rey de Inglaterra.

REY ENRIQUE Su visión me encantó; pero la gracia del discurso,

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sus palabras, vestidas en la majestad del saber, me hacen ir del asombro al llanto de alegría; tal es la plenitud con que mi alma se contenta. Señores, saluden a mi amor en una alegre voz.

TODOS (De rodillas.)

¡Larga vida a la reina Margarita, alegría de Inglaterra!

Trompetas.

Todos se levantan.

REINA MARGARITA Gracias a todos.

SUFFOLK Milord protector, si place a su gracia,

estos son los artículos de la paz convenida

entre nuestro soberano y el rey Carlos de Francia,

por dieciocho meses, por consentimiento.

GLOUCESTER (Lee.) «Imprimis. Se acuerda entre el rey Carlos de Francia y Guillermo de la Pole, marqués de Suffolk, embajador del rey Enrique de Inglaterra, que el susodicho Enrique desposará a Margarita, hija de Renato, rey de Nápoles, Sicilia y Jerusalén, y la coronará reina de Inglaterra antes del siguiente trece de mayo. Ítem, que el ducado de Anjou y el condado de Maine serán liberados y entregados al rey su padre…»

Deja caer el papel.

REY ENRIQUE Tío, ¿qué pasa?

GLOUCESTER Perdóname, gracioso lord;

un súbito espasmo me golpeó el corazón

y oscureció mi vista; no puedo leer más.

REY ENRIQUE Tío de Winchester, por favor sigue.

CARDENAL BEAUFORT (Lee.) «Se acuerda además que los ducados de Anjou y Maine sean liberados y entregados al rey su padre, y que ella sea enviada a costa del propio rey de Inglaterra, sin dote alguna.»

REY ENRIQUE Nos complacen. (A SUFFOLK.) Marqués, arrodíllate. (SUFFOLK se arrodilla.)

En este acto te nombramos primer duque de Suffolk, y te ceñimos con la espada. (SUFFOLK se incorpora.) Primo de York,

despojamos a su gracia aquí de la regencia

de las partes de Francia, hasta que hayan pasado dieciocho meses. Gracias, tío Winchester,

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Gloucester, York, Buckingham, Somerset, Salisbury y Warwick;

gracias a todos por el gran favor

de agasajar a mi graciosa reina.

Vengan, entren y apresurémonos

a verla coronada.

Salen el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA y SUFFOLK.

GLOUCESTER Bravos pares de Inglaterra, pilares del Estado, con ustedes el duque Humphrey descargará su pena, la de ustedes, la pena común de esta tierra toda.

¡Qué! ¿No perdió mi hermano Enrique su juventud, su valor, su dinero, su gente en la guerra? ¿No durmió tantas veces al raso

con el frío del invierno y el calor abrasante del verano, para conquistar Francia, su verdadera herencia? ¿Y mi hermano Bedford no usó su ingenio

para conservar con arte lo que Enrique había obtenido?

Ustedes mismos: Somerset, Buckingham,

bravo York, Salisbury, victorioso Warwick,

¿no recibieron hondas heridas en Francia y Normandía?

O mi tío Bedford, y yo mismo,

con los eruditos del reino,

¿no estudiamos tanto tiempo, sentados en consejo, temprano y tarde, debatiendo

cómo intimidar a Francia y los franceses, y lograr que su alteza, aún infante,

fuera coronado en París, pese a los enemigos?

Estos trabajos, estos honores, ¿morirán?

¿La conquista de Enrique, la vigilancia de Bedford, sus acciones de guerra, nuestros consejos?

¡Pares de Inglaterra, esta alianza es vergonzosa! Fatal este matrimonio, que elimina su fama, tacha sus nombres del recuerdo, arrasa con los signos de su gloria,

borra las prendas de la Francia conquistada; ¡y todo lo deshace como si nunca hubiera sido!

CARDENAL BEAUFORT

Sobrino, ¿qué significa este discurso apasionado, esta solemne perorata?

Francia es nuestra y la conservaremos.

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GLOUCESTER Sí, tío, la conservaremos, si nos es posible, pero ahora no lo es;

Suffolk, el nuevo duque que domina todo ha entregado el ducado de Anjou y Maine al pobre rey Renato, cuyo pomposo estilo no condice con lo magro de su bolsa.

SALISBURY Vaya. Por la muerte de quien murió por todos: esos condados eran la llave de la Normandía. ¿Mas por qué llora mi valiente hijo Warwick?

WARWICK Por la pena de ya no poder recuperarlos; si hubiera esperanza de tenerlos de nuevo, mi espada derramaría sangre caliente, mis ojos ni una lágrima.

¡Anjou y Maine! Ambas las gané yo; conquisté esas provincias con mis armas… ¿Y las ciudades que gané con mis heridas son entregadas con palabras de paz? ¡Mort Dieu!

YORK En cuanto al duque de Suffolk, que opaca el honor de esta isla belicosa, ¡así se ahogue!

Francia debería haber rasgado y roto mi corazón antes de que consintiera yo esta alianza.

Siempre oí que los reyes de Inglaterra han obtenido de sus esposas grandes dotes y sumas de oro;

y nuestro rey Enrique regala lo que tiene para casarse sin ventaja alguna.

GLOUCESTER ¡Una inaudita broma

es que Suffolk reclame todo un quinceavo por los costos y gastos de transporte!

Debía haberse quedado en Francia, muerto de hambre, antes de…

CARDENAL BEAUFORT Milord de Gloucester, te irritas demasiado:

eso fue lo que mi rey deseó.

GLOUCESTER Milord de Winchester, sé lo que piensas:

no es lo que digo lo que te disgusta

sino que mi presencia te incomoda.

El rencor saldrá a flote: orgulloso prelado,

en tu cara veo furia: si me quedo,

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retomaremos nuestras viejas disputas. Señores, adiós; y digan, cuando me haya ido, que anuncié que Francia se perderá en breve.

Sale.

CARDENAL BEAUFORT Allí va pues nuestro protector airado.

Ustedes saben que es mi enemigo;

no, más: enemigo de todos,

y no un gran amigo, me temo, del rey. Consideren, señores, que por sangre es el próximo y supuesto heredero de la corona inglesa:

si Enrique hubiera conseguido un imperio en matrimonio y todos los grandes reinos del Oeste, tendría razones para pelear con él.

Presten atención, lores: no dejen que sus palabras suaves les embrujen el corazón; sean circunspectos y prudentes. ¿En qué lo favorece la gente común cuando

lo llama «Humphrey, el buen duque de Gloucester» aplaudiendo y diciendo en alta voz «¡Que Jesús conserve tu excelencia real!»

y «¡Dios proteja al buen duque Humphrey!»? Me temo, señores, que pese a tanta adulación se comprobará que es un protector peligroso.

BUCKINGHAM ¿Por qué, entonces, protegería al soberano, si tiene edad para gobernar solo?

Primo de Somerset, únete a mí,

y todos juntos, con el duque de Suffolk, sacaremos rápidamente a Humphrey de su sitio.

CARDENAL BEAUFORT Este grave asunto no admite demoras; marcho enseguida con el duque de Suffolk.

Sale.

SOMERSET Primo de Buckingham; si bien el orgullo y el sitial de Humphrey nos afligen debemos vigilar al altivo cardenal;

su insolencia es más intolerable

que todos los príncipes del país vecino.

Si Gloucester es desplazado, el protector será él.

BUCKINGHAM Tú o yo, Somerset, seremos protectores, pese al duque Humphrey o al cardenal.

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Salen BUCKINGHAM y SOMERSET.

SALISBURY El orgullo salió primero: la ambición lo sigue.

Mientras estos dos trabajan para sí,

es preferible que trabajemos por el reino. Nunca vi que Humphrey, duque de Gloucester, no se comportara como un noble caballero. A menudo he visto al cardenal

más como soldado que como hombre de la Iglesia; fuerte y orgulloso como si todo dominara, maldiciendo cual rufián y degradándose por debajo de quien gobierna a una nación.

Warwick, hijo mío, consuelo de mi edad,

tus hechos, tu franqueza, el manejo de tu casa,

te han valido más que a nadie el favor de los comunes, salvo el buen duque Humphrey;

y tú, mi hermano York, tus actos en Irlanda, que sometiste a civil disciplina,

tus recientes proezas en el seno de Francia, cuando fuiste regente de nuestro soberano, hicieron que la gente te temiera y honrara: por el bien de todos, unámonos como podamos, para sujetar y barrer

el orgullo de Suffolk y del cardenal

y la ambición de Somerset y Buckingham;

y si es posible, celebremos los hechos de Humphrey en cuanto tiendan al bien de la tierra.

WARWICK ¡Que Dios ayude a Warwick, porque ama a la tierra y el beneficio común de su patria!

YORK (Aparte.) Y lo mismo dice York, que tiene más razones.

SALISBURY Vamos ya, pues, a ocuparnos de lo principal.

WARWICK ¡Lo principal![11]. Oh, padre, Maine se ha perdido. ¡Esa Maine que ganó Warwick con suprema fuerza, y habría conservado mientras tuviera aliento!

Padre, quisiste decir asunto principal; yo, Maine, que le arrebataré a Francia; si no, que me maten.

Salen WARWICK y SALISBURY.

YORK Dan Anjou y Maine a los franceses; se pierde París; el estado normando

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ahora que se han ido, pende de un hilo;

Suffolk acordó en los términos,

los pares asintieron, y Enrique se contentó

con cambiar dos ducados por la bella hija de un duque.

No los puedo culpar ¿qué es para ellos? ¡Entregan lo que es tuyo, no lo propio! Los piratas venden su pillaje por peniques, y compran amigos, y le dan a cortesanos, festejan como señores hasta que todo acabe; mientras el tonto, dueño de los bienes, llora por ellos y retuerce sus manos vacías, sacude la cabeza y se mantiene aparte, temblando, mientras todo se reparte y se va,

pronto a morir de hambre, sin atreverse a tocar lo suyo: así que York debe esperar y sufrir y morderse la lengua mientras se regatean y venden sus tierras. Los reinos de Inglaterra, Irlanda y Francia

guardan la misma proporción con mi carne y mi sangre que la antorcha fatal que Altea incrustara

en el pecho del príncipe de Caledonia. ¡Anjou y Maine regaladas a los franceses! Malas noticias para mí, que anhelaba Francia casi como el fértil suelo de Inglaterra. Llegará el día en que York reclamará lo suyo; y en consecuencia tomaré el papel de un Nevile para representar mi amor al orgulloso Humphrey, y, si advierto una brecha, reclamar mi corona; esa es la dorada meta que persigo.

Tampoco el vanidoso Lancaster usurpará el derecho ni conservará el cetro en su puño infantil; ni llevará en su cabeza la diadema

ese, cuyo espíritu de iglesia no se ajusta a la corona. Así, York, espera un poco, hasta que sea oportuno: vigila y vela mientras los otros duermen, para así espiar los secretos del Estado;

hasta que Enrique, saciado de alegrías amorosas con su nueva novia, la cara reina de Inglaterra, y Humphrey y los pares caigan en la contienda. Entonces alzaré la rosa, blanca como la leche, que perfumará el aire con su dulce aroma; y llevaré las armas de York en mi estandarte

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para luchar contra la casa de Lancaster y, tal vez por la fuerza, cederé la corona, cuyas librescas reglas a la bella Inglaterra han derribado.

Sale.

ESCENA II

Entran GLOUCESTER y su esposa la DUQUESA.

DUQUESA ¿Por qué desfallece mi señor, como maíz pasado que inclina su cabeza ante la abundancia de Ceres? ¿Por qué frunce el ceño el gran duque Humphrey como si le disgustaran los favores del mundo? ¿Por qué fijas tus ojos en la lúgubre tierra

y miras lo que parece nublar tu visión? ¿Qué ves ahí? ¿La diadema de Enrique, adornada con todos los honores del mundo? Si es así, sigue mirando y prosterna tu rostro hasta que tu cabeza quede igualmente circundada. Extiende tu mano, llega al oro glorioso.

¿Qué? ¿Es muy corta? La mía te ayudará: al haberla levantado juntos, juntos alzaremos al cielo las cabezas y ya nunca miraremos tan abajo

como para ceder una mirada al suelo.

GLOUCESTER Oh, Nell, dulce Nell, si amas a tu señor, elimina el cáncer de las ambiciones.

¡Y que el momento en que imagine un daño contra mi rey y sobrino, el virtuoso Enrique, sea el de mi último suspiro en este mundo! Esta noche, mi turbulento sueño me entristece.

DUQUESA ¿Qué soñó mi señor? Cuéntame, y te compensaré con el dulce relato de mi sueño matutino.

GLOUCESTER Este bastón, la insignia de mi oficio en la corte, se rompía en dos partes; he olvidado quién lo hacía, pero supongo que era el cardenal;

y en los pedazos de la vara rota

estaban las cabezas de Edmundo, duque de Somerset

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y de Guillermo de la Pole, primer duque de Suffolk.

Tal fue mi sueño; Dios sabe lo que anuncia.

DUQUESA Eso es solo un decir:

quien rompe una vara en la arboleda de Gloucester, perderá la cabeza por su presunción.

Pero escúchame, mi Humphrey, dulce duque:

yo me sentaba en mi sitial de majestad

en la iglesia catedral de Winchester,

en esa silla donde reyes y reinas fueron coronados: y allí Enrique y la dama Margarita, hincados ante mí, ponían la diadema en mi cabeza.

GLOUCESTER Eleanor, entonces debo reprenderte; dama presuntuosa, mal educada Eleanor, ¿no eres la segunda mujer del reino

y esposa del protector, que te ama?

¿No hay placeres mundanos a tu alcance más allá de los límites de tu pensamiento? ¿Y sin embargo urdes traiciones para arrojar a tu esposo y a ti misma

de la cima del honor al pie del infortunio?

¡Aléjate de mí, no quiero oírte más!

DUQUESA ¡Bueno, bueno, milord! ¿Tanto te exasperas porque Eleanor te cuenta su sueño?

La próxima vez me los guardaré

para que no me retes.

GLOUCESTER No te enfades; estoy bien de nuevo.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Mi señor protector, es el deseo de su alteza que se apreste a cabalgar a Saint Albans, donde el rey y la reina quieren cazar…

GLOUCESTER Voy. Nell, ¿quieres venir con nosotros?

DUQUESA Sí, buen señor, te sigo de inmediato.

Salen GLOUCESTER y el MENSAJERO.

Debo seguir; no puedo adelantarme mientras Gloucester se mantenga humilde.

Si yo fuera hombre, duque, y el siguiente por linaje quitaría esos molestos obstáculos

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y pisaría, suave, sus cuellos sin cabeza. Como mujer, no vacilaré en actuar mi papel en el retablo de la Fortuna.

¿Adónde vas? ¡Sir Juan! No, no temas,

amigo, estamos solos; nadie hay aquí sino tú y yo.

Entra HUME.

HUME ¡Que Jesús preserve a su real majestad!

DUQUESA ¿Qué dices? ¿»Majestad»? No soy más que «gracia».

HUME Pero por la gracia de Dios y el consejo de Hume, los títulos de su gracia se multiplicarán.

DUQUESA ¿Qué dices, amigo? ¿Te has reunido con Margery Jordan, la astuta bruja,

y con Roger Bolingbroke, el conjurador?

¿Se pondrán a mi servicio?

HUME Han prometido mostrar a su alteza

un espíritu de las profundidades subterráneas que responderá a cuantas preguntas su gloria quiera formularle.

DUQUESA Es suficiente. Pensaré en esas preguntas: cuando regresemos de Saint Albans veremos que este asunto se lleve a cabo

por completo. Hume, toma esta recompensa; diviértete, amigo, con tus socios en esta grave causa.

Sale.

HUME Hume tiene que alegrarse con el oro

de la duquesa, y lo hará. ¡Pero cuidado, Juan Hume!

Sella tus labios y no digas nada:

el asunto pide silencio y discreción.

La dama Eleanor da oro para traer a la bruja:

el oro no es pecado, aunque ella fuera un demonio.

Pero tengo oro de otra parte;

no me atrevo a decir que del rico cardenal y del nuevo y gran duque de Suffolk, pero así es; pues, para ser claro,

ellos, conociendo las ambiciones de la dama me contrataron para socavarla

y meter los conjuros en su mente.

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Dicen que un buen bribón no necesita emisarios pero soy agente de Suffolk y del cardenal. Hume, si no prestas atención, estarás cerca de llamarlos par de hábiles bribones.

Bueno, así es: y temo que al final

las pillerías de Hume arruinarán a la duquesa y, en su condena, hará caer a lord Humphrey. Salga como salga, tendré oro para todos.

Sale.

ESCENA III

Entran tres o cuatro PETICIONARIOS, entre otros PEDRO,

el ayudante del armero.

PRIMER PETICIONARIO Señores, mantengámonos unidos; milord protector va a pasar por aquí muy pronto y entonces podremos entregarle todos nuestros pedidos juntos.

SEGUNDO PETICIONARIO ¡Que el señor lo proteja, pues es un buen hombre! ¡Que Jesús lo proteja!

Entran la REINA MARGARITA y SUFFOLK.

PEDRO Aquí viene, creo, y con él la reina. Seré el primero, seguro.

SEGUNDO PETICIONARIO ¡Atrás, tonto! Este es el duque de Suffolk, y no milord protector.

SUFFOLK ¿Qué tal, hombre? ¿Quieres algo de mí?

PRIMER PETICIONARIO Perdón, por favor, milord; lo confundí con mi protector.

REINA MARGARITA ( Leyendo.) «A milord protector.» ¿Son peticiones para su señoría? Déjenme verlas. ¿Cuál es la tuya?

PRIMER PETICIONARIO La mía es, si place a su gracia, contra Juan Goodman, sirviente de mi señor el cardenal, por haberme apartado de mi casa, y tierras, y esposa y todo.

SUFFOLK ¡También de tu esposa! He ahí un daño, sin duda. ¿Cuál es la tuya? ¿Qué dice aquí? (Lee.) «Contra el duque de Suffolk, por apropiarse de las comunas de Melford.» ¿Qué es esto, bribón?

SEGUNDO PETICIONARIO Pues señor, yo soy solo un pobre peticionario de toda

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nuestra aldea.

PEDRO (Entregando su petición.) Contra mi amo, Tomás Horner, por decir que el duque de York era el legítimo heredero de la corona.

REINA MARGARITA ¿Qué dices? ¿El duque de York dijo tal cosa?

PEDRO ¿Que mi amo lo era? No, a fe mía; mi amo dijo que lo era el duque, y que el rey era un usurpador.

SUFFOLK ¿Quién está ahí? (Entra un sirviente.) Llévate a este hombre, y trae a su amo de inmediato con un oficial. (A PEDRO.) Oiremos más de este asunto ante el rey.

Salen el SIRVIENTE y PEDRO.

REINA MARGARITA Y ustedes, que quieren refugiarse bajo las alas de nuestro protector,

hagan las súplicas de nuevo, y reclámenle a él.

Rompe los pedidos.

¡Fuera, sabandijas! Suffolk, que se vayan.

TODOS Ea, vámonos.

Salen.

REINA MARGARITA Dime, milord de Suffolk, ¿es esta la costumbre?

¿Así es la moda en la corte de Inglaterra?

¿Es este el gobierno de la isla,

y esta la realeza del rey de Albión?

¿El rey Enrique seguirá siendo alumno

bajo la sombría tutela de Gloucester?

¿Soy reina en título y estilo,

mas debo ser la súbdita de un duque?

Te digo, Pole: cuando en mi ciudad de Tours te metiste en una justa por mi amor,

y robaste los corazones de las damas de Francia, pensé que el rey Enrique se te parecía en valor, aspecto y cortesía.

Pero su mente está en la santidad,

en contar avemarías en el rosario;

sus héroes son apóstoles y profetas;

sus armas, citas de las Sagradas Escrituras; el estudio es su capa de honor, y sus amores imágenes de bronce de santos consagrados.

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Ojalá el colegio de cardenales

lo eligiera papa y se lo llevara a Roma para ceñirle la triple corona en la cabeza: sería lo adecuado a su santidad.

SUFFOLK Señora, sé paciente: así como hice que su alteza viniera a Inglaterra, haré que en Inglaterra sea feliz del todo.

REINA MARGARITA Además del protector altivo, está Beaufort, el prelado prepotente; Somerset, Buckingham,

y York el gruñón; y ni el menos importante puede hacer menos que el rey de Inglaterra.

SUFFOLK Y el que puede hacer más que ninguno no puede más que los Neville.

Salisbury y Warwick no son simples pares.

REINA MARGARITA Ninguno de esos lores me molesta la mitad que la orgullosa esposa del lord protector.

Se desplaza por la corte con un séquito de damas, más como emperatriz que como esposa del duque. En la corte, los extranjeros la toman por reina.

Lleva en la espalda la renta del duque, y desprecia en su corazón nuestra pobreza. ¿No viviré para vengarme de ella?

Ramera de baja cuna, despreciable como es, el otro día se jactaba entre sus mujercitas de que la cola de su peor vestido valía más que las tierras de mi padre

hasta que Suffolk le dio dos ducados por su hija.

SUFFOLK

Señora, yo mismo le he preparado una trampa en un arbusto, y he puesto un coro de aves tan seductoras

que ella se posará para escuchar los cantos y no volverá a alzar vuelo para molestarte. Por lo tanto, déjala descansar; y escúchame, pues oso aconsejarte sobre esto.

Aunque el cardenal no nos guste mucho, debemos unirnos con él y con los lores hasta llevar a Humphrey al infortunio.

En cuanto al duque de York, esta queja reciente no lo beneficiará mucho.

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De esa manera, uno por uno, los extirparemos a todos, y tú dirigirás el feliz barco.

Sonido de trompetas. Entran el REY ENRIQUE, el duque Humphrey de GLOUCESTER, el

CARDENAL BEAUFORT, BUCKINGHAM, YORK, SOMERSET, SALISBURY, WARWICK y la

DUQUESA de Gloucester.

REY ENRIQUE Por mi parte, nobles lores, no importa cuál; de Somerset, de York, me es igual.

YORK Si York se ha comportado mal en Francia, que se le quite la regencia.

SOMERSET Si Somerset es indigno del cargo, que York sea regente; se lo cederé.

WARWICK Que su gracia lo merezca o no no se discute: York es el más digno.

CARDENAL BEAUFORT Warwick, ambicioso: deja que hablen tus superiores.

WARWICK El cardenal no es superior a mí en el campo.

BUCKINGHAM Todos los presentes son tus superiores.

WARWICK Warwick puede llegar a ser el mejor.

SALISBURY (A BUCKINGHAM.)

¡Paz, hijo mío! Y danos razones, Buckingham, para preferir en esto a Somerset.

REINA MARGARITA ¡En verdad, que el rey así lo quiera!

GLOUCESTER Señora, el rey tiene edad suficiente

para dar su opinión: no son asuntos de mujeres.

REINA MARGARITA

Si tiene edad suficiente, ¿por qué su gracia es necesario para ser protector de su excelencia?

GLOUCESTER Señora, soy el protector del reino; y si a él le place, renunciaré a mi cargo.

SUFFOLK Renuncia pues, y deja tu insolencia. Desde que eres rey (¿y quién si no tú lo es?) el Estado ha ido a la ruina día a día,

el delfín ha triunfado más allá de los mares, y todos los nobles y pares del reino

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han sido esclavos de su soberanía.

CARDENAL BEAUFORT (A GLOUCESTER.)

Has arrasado al pueblo; las bolsas

del clero están flacas y magras con tus extorsiones.

SOMERSET (A GLOUCESTER.) Tus mansiones suntuosas, el atuendo de tu esposa han esquilmado el tesoro público a montones.

BUCKINGHAM ( A GLOUCESTER.) Tu crueldad para ejecutar

criminales ha ido más allá de la ley, y te ha dejado a su merced.

REINA MARGARITA ( A GLOUCESTER.)

Si se divulgaran (y la sospecha es grande) tus ventas de puestos y ciudades en Francia pronto te harían saltar decapitado.

Sale GLOUCESTER.

La REINA MARGARITA deja caer su abanico.

(A la DUQUESA.) Dame mi abanico… ¿Qué, querida? ¿No puedes?

Le da un golpe en la oreja.

¿Eras tú? Te pido perdón, señora.

DUQUESA ¿Que si era yo? Lo era, francesa orgullosa; si pudiera acercarme a tu belleza con las uñas te estamparía mis diez mandamientos en la cara.

REY ENRIQUE Dulce tía, calma; no quiso hacerlo.

DUQUESA ¡No quiso hacerlo! Buen rey, acomódate a los hechos:

te sujetará y acunará como a un bebé.

Aunque aquí el amo no lleva pantalones,

la dama Eleanor no será golpeada sin vengarse.

Sale.

BUCKINGHAM Lord cardenal, seguiré a Eleanor, y veré cómo procede Humphrey.

Ahora está airada; sin furia no necesita espuelas; galopará hacia su destrucción con harta prisa.

Sale.

Vuelve a entrar GLOUCESTER.

GLOUCESTER Ahora, señores, que mi cólera se ha disipado con un paseo por el campo,

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vengo a hablar de los asuntos del Estado.

En cuanto a sus viles, falsas acusaciones,

pruébenlas, y me someteré a la ley: ¡que los trate mi alma con misericordia como yo con lealtad a mi rey y a mi patria! Pero, yendo a lo que nos ocupa:

mi soberano, digo que York es el hombre apto para ser tu regente en el reino de Francia.

SUFFOLK Antes de decidir, permítanme

exponer las razones, no de poca importancia, por las que York es el menos apropiado.

YORK Te diré, Suffolk, por qué no convengo. Primero, porque no puedo adular tu soberbia; segundo, si soy nombrado para el cargo,

mi señor de Somerset me retendrá aquí, sin hacer nada, sin dinero ni pertrechos, hasta que Francia caiga en manos del delfín. La vez pasada estuve bailando a su compás

hasta que París fue sitiada, hambreada, y se perdió.

WARWICK Puedo dar fe de ello; nunca un traidor

cometió en esta tierra acto más vil.

SUFFOLK ¡Calma, impetuoso Warwick!

WARWICK ¿Por qué, si soy la imagen del orgullo?

Entran HORNER, el ARMERO, y su sirviente PEDRO,

custodiados.

SUFFOLK Porque aquí hay un acusado de traición.

¡Por Dios, que el duque de York pueda excusarse!

YORK ¿Alguien acusa a York de traidor?

REY ENRIQUE ¿Qué quieres decir, Suffolk? Dime: ¿quiénes son estos?

SUFFOLK Si a su majestad place, este es el hombre que acusa a su amo de alta traición.

Las palabras del amo fueron: Ricardo, duque de York, es legítimo heredero de la corona inglesa, y su majestad es un usurpador.

REY ENRIQUE Di, hombre: ¿esas fueron tus palabras?

HORNER Que plazca a su majestad, nunca dije ni pensé nada de eso: Dios es testigo

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de que este villano me acusó falsamente.

PETICIONARIO Por estos diez dedos, señores, me dijo esas palabras en la buhardilla, una noche, mientras limpiábamos la armadura de mi señor de York.

YORK Escudero, artesano ruin de baja estofa,

ese discurso de traidor te costará la cabeza.

Imploro a su real majestad

que reciba todo el peso de la ley.

HORNER Vaya, mi señor, que me cuelguen si alguna vez dije eso. Quien me acusa es mi aprendiz; y cuando el otro día lo reprendí por una falta, juró sobre sus rodillas que aquello no quedaría así. Tengo buenos testigos; por lo cual ruego a su majestad que no hunda a un hombre honesto por la acusación de un villano.

REY ENRIQUE (A GLOUCESTER.) ¿Tío, cómo resolveremos esto ante la ley?

GLOUCESTER Con esta sentencia, señor, si juzgar puedo:

que Somerset sea regente en Francia,

porque York engendra sospechas.

Y que a estos se les asigne un día

para un combate singular en un lugar propicio, ya que uno da fe de la malicia del otro. Tal es la ley, y la sentencia de Humphrey.

SOMERSET Agradezco humildemente a su real majestad.

HORNER Y yo acepto el combate de buen grado.

PETICIONARIO Ay, mi señor, no puedo pelear; por Dios, apiádate de mi caso. El desprecio de este hombre prevalece en mi contra. ¡Oh, señor, misericordia de mí! Nunca podría asestar un golpe. ¡Ay, señor, mi corazón!

GLOUCESTER Rufián, pelea o serás colgado.

REY ENRIQUE Que vayan los dos a prisión. Y el día del combate será el último del mes que viene. Vamos, Somerset, haremos que te envíen allá.

Trompetas. Salen.

ESCENA IV

Entran MARGERY JORDAN, una bruja, sir Juan HUME y Juan Southwell, curas; y

BOLINGBROKE, un conjurador.

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HUME Vengan, señores. La duquesa, como les digo, espera que cumplan sus promesas.

BOLINGBROKE Maestro Hume, estamos preparados. Su señoría, ¿la señora verá y oirá los exorcismos?

HUME Sí, ¿qué más? No teman por su valor.

BOLINGBROKE He escuchado decir que es una mujer de espíritu invencible: que será conveniente, maestro Hume, que tú estés con ella en lo alto, mientras nosotros trabajamos abajo; así que, te ruego, vete, en nombre de Dios, y déjanos. (Sale HUME.) Madre Jordan, prostérnate y arrástrate por el suelo. (Ella se echa sobre su rostro.) Juan Southwell, tú lee; y déjennos hacer nuestro trabajo.

Entra Eleanor la DUQUESA, en lo alto. La sigue HUME.

DUQUESA Bien, mis señores: sean todos bienvenidos.

En este punto, cuanto antes mejor.

BOLINGBROKE

Paciencia, noble dama; los brujos se toman su tiempo; noche profunda, noche oscura, el silencio de la noche, la hora de la noche en que Troya fue incendiada;

la hora en que chillan las lechuzas y aúllan los mastines,

y marchan los espíritus, y salen los fantasmas de sus tumbas, esa es la hora justa para nuestra labor.

Señora, siéntate y no temas: a quien evoquemos lo encerraremos en un círculo encantado.

Aquí hacen las ceremonias correspondientes, y trazan el círculo: Southwell lee «Conjuro te», etcétera.

Truena y relampaguea horrorosamente. Se levanta el espíritu ASNATH.

ASNATH Adsum.

MARGERY JORDAN Asnath,

por el eterno Dios ante cuyo nombre y poder tiemblas, responde lo que pido,

pues, mientras no hables, no saldrás de aquí.

ASNATH Pregunta lo que quieras para que hable ya y me vaya.

BOLINGBROKE (Leyendo.)

«Primero, en cuanto al rey: ¿qué será de él?»

ASNATH Aún vive el duque que depondrá a Enrique; lo sobrevivirá, y tendrá violenta muerte.

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Mientras habla el espíritu, Southwell escribe la respuesta.

BOLINGBROKE «¿Qué destino aguarda al duque de Suffolk?»

ASNATH Por agua morirá y encontrará su fin.

BOLINGBROKE (Lee.) «¿Qué le pasará al duque de Somerset?»

ASNATH Que evite los castillos;

estará más seguro en planicies arenosas

que donde los castillos se levantan.

Y termino, pues apenas puedo aguantar más.

BOLINGBROKE ¡Desciende a las tinieblas y al ardiente lago!

¡Vete, falso demonio!

Truenos y relámpagos. Sale el espíritu.

Entran el duque de YORK y el duque de BUCKINGHAM, con su GUARDIA, y en ella sir Humphrey

Stafford.

YORK Prendan a estos traidores y a su cáfila.

BOLINGBROKE, Southwell y MARGERY JORDAN son apresados.

BUCKINGHAM se hace con los escritos.

(A MARGERY JORDAN.) Bruja, creo que te vimos preparada. (A la DUQUESA.) ¿Qué, señora, estás ahí? El rey y el Estado están en deuda por estos dolores:

a no dudar que milord protector

verá que te premien por tu buena acción.

DUQUESA Ni la mitad de mala que las tuyas para el rey,

duque injurioso que amenaza sin razones.

BUCKINGHAM Cierto, señora, ninguna. (Alza los escritos.)

¿Cómo llamas a esto?

¡Llévenselos! Que los pongan en prisión, separados. Tú, señora, vendrás con nosotros. Stafford, llévala contigo.

Salen por arriba HUME y la DUQUESA, custodiados.

Pronto veremos a todos tus secuaces.

¡Fuera todos!

Sale la GUARDIA con Southwell, MARGERY JORDAN y el resto.

YORK Lord Buckingham, pienso que has estado atento.

Un lindo plan, bueno para empezar.

Ahora, milord, veamos la escritura del diablo:

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¿Qué tenemos aquí?

Lee los escritos.

Vaya, esto es justo,

«Aio te, Accidam, Romanos vincere posse».

En cuanto al resto:

estos oráculos son de difícil acceso

y ardua comprensión.

El rey ya está en camino hacia Saint Albans, y con él el esposo de esta gentil dama: y para allá van estas noticias, rápidas

como el caballo: triste desayuno para el lord protector.

BUCKINGHAM Tu gracia me permitirá, señor de York, ser el correo, en espera de su recompensa.

YORK (Devolviéndole los escritos.)

Como gustes, mi buen lord. ¡A ver, alguien ahí!

Entra un sirviente.

Invita a mis señores de Salisbury y de Warwick a cenar conmigo mañana. Ve ya.

Salen.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA I

Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA, GLOUCESTER, el CARDENAL BEAUFORT y SUFFOLK, con los halconeros llevando a los halcones.

REINA MARGARITA Créanme, señores, la caza con halcón es el mejor deporte que he visto en siete años: pues, si me permiten, el viento era muy fuerte; si no, diez a uno, la vieja Juana no habría errado.

REY ENRIQUE ¡Pero qué punta hizo tu halcón, señor, y qué alto voló sobre los otros!

Veo cómo Dios obra en sus criaturas:

hombre y pájaro quieren subir lo más posible.

SUFFOLK No te maravilles, si te place,

de que los halcones del protector vuelen tan alto; saben que su amo las alturas ama,

y que su mente está por encima del halcón.

GLOUCESTER Milord, solo una mente innoble y baja es incapaz de elevarse más que un pájaro.

CARDENAL BEAUFORT

Pensé lo mismo: él querría estar encima de las nubes.

GLOUCESTER ¡Qué, cardenal! ¿Y tú cómo lo ves?

¿No es bueno que su gracia vuele al cielo?

REY ENRIQUE El tesoro de la eterna alegría.

CARDENAL BEAUFORT (A GLOUCESTER.)

Tu cielo está en la tierra; tus ojos y tu mente en la corona, tesoro de tu corazón: ¡nocivo protector, par peligroso

que engañas por igual al estado y al rey!

GLOUCESTER

¿Qué, cardenal? ¿Tu clerecía se ha vuelto perentoria?

Tantaene animis celestibus irae.

¿Tan irascibles son los de la Iglesia? ¿No puedes, tío, esconder tu malicia con alguna santidad?

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Sí, donde no te atrevas a asomarte;

SUFFOLK No hay malicia, señor; solo lo que conviene a disputa tan buena y par tan malo.

GLOUCESTER ¿Como quién, señor?

SUFFOLK Pues como tú, señor,

si place al señorío del lord protector.

GLOUCESTER Caramba, Suffolk, Inglaterra conoce tu insolencia.

REINA MARGARITA Y tu ambición, Gloucester.

REY ENRIQUE Te ruego, calma, dulce reina,

y que no excites a estos furiosos pares.

Benditos en la tierra quienes hacen la paz.

CARDENAL BEAUFORT ¡Que me bendigan por la paz que haré

con mi espada, contra este protector orgulloso!

GLOUCESTER y el CARDENAL BEAUFORT hablan aparte.

GLOUCESTER ¡A mi fe, santo tío, ojalá que la hiciéramos!

CARDENAL BEAUFORT Sin duda, cuando te atrevas.

GLOUCESTER ¿Atreverme? Un Plantagenet, cura, nunca tolera una osadía.

CARDENAL BEAUFORT Soy tan Plantagenet como tú e hijo de Juan de Gante.

GLOUCESTER En bastardía.

CARDENAL BEAUFORT Desprecio tu palabra.

GLOUCESTER No juntes una turba para eso; responde por tu ofensa con tu sola persona.

CARDENAL BEAUFORT

y si lo haces,

esta noche, al este de la arboleda.

REY ENRIQUE ¿Qué pasa, mis señores?

CARDENAL BEAUFORT Créeme, primo Gloucester, si tu criado no hubiera soltado al halcón tan de golpe

habríamos seguido cazando.

Aparte, a GLOUCESTER.

Ven con tu espada de doble mango.

GLOUCESTER Es cierto, tío.

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CARDENAL BEAUFORT (Aparte, a GLOUCESTER.) ¿Estás avisado?

¿Al este de la arboleda?

GLOUCESTER (Aparte, al CARDENAL BEAUFORT.)

Cardenal, estoy a tu disposición.

REY ENRIQUE

GLOUCESTER

¿Qué pasa ahora, tío Gloucester?

Hablamos solo de cetrería, señor.

Aparte, al CARDENAL BEAUFORT.

Por la madre de Dios, cura, te afeitaré la corona por esto o perderé mi esgrima por completo.

CARDENAL BEAUFORT (Aparte, a GLOUCESTER.) Medice, Teipsum.

Protector, ten cuidado, protégete a ti mismo.

REY ENRIQUE Los vientos se alzan, señores, e igual vuestros estómagos. ¡Cómo irrita esta música mi corazón!

Cuando se agitan estas cuerdas, ¿cómo esperar la armonía?

Les ruego me dejen arreglar este conflicto.

Entra un hombre gritando «¡Milagro!».

GLOUCESTER ¿Qué es este ruido?

Amigo, ¿qué milagro proclamas?

HOMBRE ¡Milagro! ¡Milagro!

SUFFOLK Acércate al rey y dile qué milagro.

HOMBRE De veras: en el altar de Saint Albans, un ciego, hace media hora, recuperó la vista; un hombre que nunca había visto en su vida.

REY ENRIQUE Bien, alabado sea Dios. ¡Da a las almas creyentes luz en la oscuridad, consuelo en la aflicción!

Entran el ALCALDE de Saint Albans y sus funcionarios llevando a SIMPCOX, entre dos, en una silla; detrás, la ESPOSA de Simpcox.

CARDENAL BEAUFORT Aquí vienen los del pueblo en procesión, para traer al hombre ante su alteza.

REY ENRIQUE Grande es su deleite en este valle terrenal, aunque la vista multiplique sus pecados.

GLOUCESTER Deténganse, señores: tráiganlo junto al rey, es el gusto de su alteza hablar con él.

REY ENRIQUE Buen hombre, dinos la circunstancia

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por la cual glorificar a Dios en ti.

¿Es que viviste ciego mucho tiempo y mejoraste?

SIMPCOX He nacido ciego, si place a su gracia.

ESPOSA Sí, sin duda es así.

SUFFOLK ¿Quién es esta mujer?

ESPOSA Su esposa, si place a su honor.

GLOUCESTER Mejor estaría si dijera que es su madre.

REY ENRIQUE ¿Dónde naciste?

SIMPCOX En Berwick, en el Norte, si place a su gracia.

REY ENRIQUE

Pobre hombre, la bondad de Dios ha sido grande contigo.

Ni una noche ni un día dejes sin consagrar;

recuerda siempre los hechos del Señor.

REINA MARGARITA Dime, buen hombre: ¿llegaste por azar o devoción a este altar sagrado?

SIMPCOX Dios lo sabe: por pura devoción. Llamado cien y más veces, en mi sueño,

por el buen san Albano; quien dijo «Simpcox, ven, ven, ofrenda en mi altar y yo te ayudaré».

ESPOSA Muy cierto, sin duda, y muchas veces, y a menudo yo misma oí una voz que lo llamaba.

CARDENAL BEAUFORT ¿Qué, eres rengo?

SIMPCOX Sí, que el Todopoderoso me ayude.

SUFFOLK ¿Cómo te ocurrió?

SIMPCOX Me caí de un árbol.

ESPOSA Un ciruelo, señor.

GLOUCESTER ¿Cuánto tiempo has sido ciego?

SIMPCOX Oh, así nací, señor.

GLOUCESTER ¿Y te subiste a un árbol?

SIMPCOX Solo esa vez, cuando era joven.

ESPOSA Muy cierto, y lo pagó muy caro.

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GLOUCESTER ¡Por la misa! ¡Mucho te gustaban las ciruelas, para arriesgarte así!

SIMPCOX Sí, buen señor, mi esposa quería unos damascos y me hizo trepar, a mi riesgo.

GLOUCESTER ¡Sutil granuja! No te servirá.

Déjame ver tus ojos: parpadea; ahora ábrelos.

En mi opinión, aún no ves bien.

SIMPCOX Sí, señor, claro como el día, gracias a Dios y a san Albano.

GLOUCESTER ¿Eso me dices? ¿De qué color es esta capa?

SIMPCOX Roja, señor, roja como la sangre.

GLOUCESTER Vaya, eso está bien. ¿De qué color es mi túnica?

SIMPCOX Negra, por cierto; negro carbón, como el azabache.

REY ENRIQUE Entonces conoces el color del azabache.

SUFFOLK Y sin embargo, nunca lo vio.

GLOUCESTER Pero capas y túnicas, antes de hoy, ha visto muchas.

ESPOSA Nunca, en toda su vida, antes de hoy.

GLOUCESTER Dime, bribón: ¿cuál es mi nombre?

SIMPCOX Vaya, señor, no lo sé.

GLOUCESTER ¿Y el de este otro?

SIMPCOX Tampoco, por cierto.

GLOUCESTER Y tu nombre; ¿cuál es?

SIMPCOX Saunder Simpcox, si os place, señor.

GLOUCESTER Pues bien, Saunder, siéntate ahí, tú, el granuja más mentiroso de la cristiandad. Si hubieras nacido ciego, tampoco habrías podido saber nuestros nombres como los de los colores que llevamos. La vista permite distinguir los colores, pero es imposible nombrarlos a todos de golpe. Mis señores, san Albano ha obrado un milagro; pero ¿no considerarían mayor su ingenio si pudiera recuperar las piernas de este lisiado?

SIMPCOX ¡Oh, señor, si pudieras!

GLOUCESTER Señores de Saint Albans, ¿no hay alguaciles en su pueblo, y esas herramientas llamadas látigos?

ALCALDE Sí, mi señor, si place a su gracia.

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GLOUCESTER Entonces haz traer uno enseguida.

ALCALDE Tunante, ve rápido por el alguacil.

Sale un ayudante.

GLOUCESTER Ahora tráiganme un banco aquí mismo. Bribón, si quieres salvarte de los azotes, salta sobre este banco y corre.

SIMPCOX Pero señor, no puedo mantenerme de pie solo. Me van a torturar en vano.

Entra un ALGUACIL con látigos.

GLOUCESTER Tunante, hemos de hacer que encuentres tus piernas. Alguacil, azótalo hasta que salte sobre el banco.

ALGUACIL Lo haré, mi señor. Vamos, granuja; sácate la ropa enseguida.

SIMPCOX Pero, señor, ¿qué haré? No puedo pararme.

En cuanto el ALGUACIL le pega una vez, salta por encima del banco y corre; lo siguen y gritan:

«¡Un milagro!».

REY ENRIQUE Oh, Dios: ¿ves esto y lo soportas?

REINA MARGARITA Me hizo reír ver al villano corriendo.

GLOUCESTER Sigan al bribón y llévense a esta mujerzuela.

ESPOSA Señor, lo hicimos por necesidad.

GLOUCESTER Que los azoten en cada plaza de mercado hasta que lleguen a Berwick, de donde vinieron.

Salen la ESPOSA, el ALGUACIL, el ALCALDE y los demás.

CARDENAL BEAUFORT El duque Humphrey obró hoy un milagro.

SUFFOLK Cierto: hizo que el rengo saltara y huyera.

GLOUCESTER Pero tú has hecho más milagros que yo; en un día, milord, pusiste en fuga a pueblos enteros.

Entra BUCKINGHAM.

REY ENRIQUE ¿Qué nuevas trae mi primo Buckingham?

BUCKINGHAM Tales que mi corazón tiembla al revelarlas.

Una banda de lascivos malhechores

bajo la mirada y el control

de lady Eleanor, la esposa del lord protector, conductora y cabeza de este escándalo,

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han puesto en peligro el Estado

tratando con brujas y hechiceros

a quienes hemos aprehendido en el acto

de alzar malos espíritus del subsuelo

y preguntar por la vida y la muerte de Enrique y de otros del consejo privado de su alteza; y he aquí lo que el diablo respondió.

BUCKINGHAM da al REY ENRIQUE los escritos.

REY ENRIQUE (Lee.) «Primero, en cuanto al rey, ¿qué será de él? Aún vive el duque que depondrá a Enrique; lo sobrevivirá, y tendrá violenta muerte.»

CARDENAL BEAUFORT (Aparte, a GLOUCESTER.)

Y así, lord protector, de esta manera,

tu dama hará aún su ingreso a Londres.

Estas noticias, pienso, cambian el filo de tu arma; parece, mi señor, que tu hora ha pasado.

GLOUCESTER Ambicioso eclesiástico, deja de afligirme: la pena y el dolor agotaron mis poderes. Vencido como estoy, me rindo ante ti

o al mozo más humilde.

REY ENRIQUE ¡Oh, Dios, qué daño hacen los malvados, sembrando confusión en sus propias cabezas!

REINA MARGARITA Gloucester, ve en esto una mancha en tu nido:

procura no tener defectos y ser mejor.

GLOUCESTER Señora, pongo al cielo por testigo de cuánto he amado al estado y al rey.

Y en cuanto a mi esposa, no sé qué es esto; me entristece escuchar lo que he oído: ella es noble, pero si ha olvidado honor y virtud, y ha hablado

con los que, oscuros, ensucian la nobleza,

la privaré de cama y compañía

y la haré presa de la ley y la vergüenza

que al honesto nombre de Gloucester ha deshonrado.

REY ENRIQUE Bueno, esta noche descansaremos aquí.

Mañana volveremos a Londres

para considerar este asunto en detalle

y pedir respuestas a estos malhechores

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y sopesar la causa en la justicia,

cuyo fiel es seguro, cuya causa prevalece.

Trompetas.

Salen.

ESCENA II

Entran YORK, SALISBURY y WARWICK.

YORK Bien, mis señores de Salisbury y Warwick, terminada nuestra simple cena, permítanme en el paseo complacerme al pedirles

su opinión sobre mi derecho,

infalible, a la corona inglesa.

SALISBURY Milord, ansío escucharlo por completo.

WARWICK Dulce York, comienza: si tus reclamos son justos los Neville estarán a tus órdenes, cual súbditos.

YORK Así, pues:

Eduardo III, mis señores, tuvo siete hijos:

el primero, Eduardo el Príncipe Negro, príncipe de Gales; el segundo, Guillermo de Hatfield, y el tercero, Lionel, duque de Clarence; el siguiente fue Juan de Gante, duque de Lancaster;

el quinto fue Edmundo Langley, duque de York;

el sexto Tomás de Woodstock, duque de Gloucester; Guillermo de Windsor fue el séptimo y último. Eduardo el Príncipe Negro murió antes que su padre, y dejó a Ricardo, su único hijo,

quien al morir Eduardo III reinó como rey;

hasta que Enrique Bolingbroke, duque de Lancaster, hijo mayor y heredero de Juan de Gante, coronado con el nombre de Enrique IV,

se apoderó del reino, depuso al legítimo rey,

envió a su pobre reina a Francia, de donde había venido, y a él a Pomfret, donde, como todos saben,

el inofensivo Ricardo fue asesinado a traición.

WARWICK Padre, el duque dice la verdad:

así obtuvo la casa de York la corona.

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YORK Que ahora detenta por la fuerza, no por el derecho, pues al morir Ricardo, heredero del primer hijo, debería haber reinado la estirpe del siguiente.

SALISBURY Pero Guillermo Hatfield murió sin heredero.

YORK El tercer hijo, duque de Clarence, de cuya línea

reclamó la corona, tuvo una hija, Filipa,

casada con Edmundo Mortimer, duque de March;

Rogelio tuvo a Edmundo, a Ana y a Eleonora.

SALISBURY Este Edmundo, en el reino de Bolingbroke, como leí, reclamó la corona:

y habría sido rey de no ser por Owen Glendower, quien lo tuvo cautivo hasta su muerte. Mas sigamos.

YORK Su hija mayor, Ana,

mi madre, heredera al trono,

casó con Ricardo, conde de Cambridge, hijo

de Edmundo Langley, quinto hijo de Eduardo III.

Por ella reclamo el reino: era heredera

de Rogelio conde de March, que era hijo

de Edmundo Mortimer, quien desposó a Filipa, única hija de Lionel, duque de Clarence:

así, pues, si la descendencia del hijo mayor llega antes que la del menor, soy rey.

WARWICK ¿Qué procedimiento claro es más claro que este?

Enrique reclama la corona de Juan de Gante,

el cuarto hijo; York, del tercero.

Hasta que la descendencia de Lionel se pierda, no debería reinar la suya.

Aún no se pierde, pero florece en ti.

y en tus hijos, bellos retoños de tal rama. Entonces, padre Salisbury, arrodillémonos; y en este plan privado, seamos los primeros en saludar a nuestro soberano,

con el honor de su derecho a la corona.

AMBOS ¡Larga vida a nuestro soberano Ricardo, rey de Inglaterra!

YORK Gracias señores, mas no soy su rey. Hasta ser coronado, que mi espada se tiña con la sangre de la casa Lancaster;

y eso no se hará así, de repente,

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sino con juicio y silenciosa discreción. Actúen como yo en estos días peligrosos: guíñenle a la insolencia de Suffolk,

al orgullo de Beaufort, a la ambición de Somerset, a Buckingham y a toda su tropa,

hasta que entrampen al pastor del rebaño,

ese virtuoso príncipe, el buen duque Humphrey. Eso es lo que buscan, y al buscarlo, encontrarán su muerte, si sé hacer profecías.

SALISBURY Milord, basta, ya conocemos bien lo que piensas.

WARWICK Mi corazón me dice que el duque de Warwick hará rey, un día, al duque de York.

YORK Y esto lo aseguro yo, Neville.

Ricardo vivirá para que el duque de Warwick,

sea, después del rey, el más poderoso de Inglaterra.

Salen.

ESCENA III

Trompetas. Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA, GLOUCESTER, YORK, SUFFOLK, SALISBURY; Eleanor Cobham DUQUESA de Gloucester, Margery Jordan, Southwell, HUME y BOLINGBROKE, custodiados.

REY ENRIQUE

Adelántate, dama Eleanor Cobham, esposa de Gloucester. A la vista de Dios, y a la nuestra, tu culpa es grande; recibe la sentencia de la ley por pecados

que en el libro de Dios se asignan a la muerte. Ustedes cuatro, de aquí a prisión de nuevo, de allí al sitio de la ejecución.

La bruja arderá en Smithfield hasta las cenizas y en el patíbulo ustedes tres serán ahorcados.

(A la DUQUESA.) Tú, señora, en tanto eres de más noble cuna, despojada de tu honor en vida, después de cumplir

tres días de penitencia pública,

vivirás desterrada de tu país,

con sir Juan Stanley, en la isla de Man.

DUQUESA Bienvenido el destierro; también mi muerte lo sería.

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GLOUCESTER Eleanor, ya ves que la ley te ha juzgado:

no puedo defender lo que la ley condena.

Salen la DUQUESA y los otros prisioneros,

custodiados.

Mis ojos se llenan de lágrimas, mi corazón de pena.

Ah, Humphrey, esta deshonra a tu edad

te llevará, de dolor, a la tumba.

Ruego a su majestad que me permita irme;

la pena se deleitaría, y mi edad se lo haría fácil.

REY ENRIQUE

Quédate, Humphrey, duque de Gloucester: antes de irte, entrega tu bastón. Enrique será

protector de sí mismo y Dios, esperanza, soporte, guía y luz de mis pasos.

Y vete en paz, Humphrey, no menos amado que cuando eras protector de tu rey.

REINA MARGARITA No veo por qué un rey ya crecido deba ser protegido como un niño.

Dios y Enrique gobiernan el reino de Inglaterra.

Entrega tu bastón, señor, y da su reina al rey.

GLOUCESTER ¿Mi bastón? Aquí está, noble Enrique:

renuncio a él con el mismo espíritu con que tu padre Enrique me lo dio; y lo dejo a tus pies de tan buen grado como otros, en su ambición, lo aceptarían.

Deja el bastón a los pies del REY ENRIQUE.

Adiós, buen rey: cuando esté ausente y muerto que la honorable paz asista tu gobierno.

Sale.

REINA MARGARITA Bien: ahora Enrique es rey, y Margarita reina; Humphrey, solo duque de Gloucester,

fuertemente mutilado: dos golpes a un tiempo:

su dama desterrada y una rama caída.

Recoge el bastón.

Este bastón, signo de honor, que quede allí donde mejor calza, en las manos de Enrique.

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SUFFOLK Así cae este alto pino, con sus ramas colgando;

así el orgullo de Eleanor muere en sus días más plenos.

YORK Señores, déjenla ir. Si a su majestad place, este es el día indicado para el combate

y están prontos demandante y acusado,

el armero y su criado, para entrar al campo, si place a su alteza contemplar la lucha.

REINA MARGARITA Sí, bien, señor. Por eso, adrede dejé la corte para ver esta pelea.

REY ENRIQUE

En nombre de Dios, que el campo y lo demás se apronte; que aquí lo resuelvan, y Dios defienda al justo.

YORK Jamás vi a nadie en peores condiciones

o con más miedo de pelear que el apelante, el siervo de este armero, mis señores.

Entran por una puerta HORNER, el armero, y sus VECINOS, que tanto beben con él que está borracho; lleva un tambor por delante y un bastón con una bolsa de arena. Por la otra puerta PEDRO, su sirviente, con un tambor y una bolsa de arena; los aprendices beben a su salud.

PRIMER VECINO Aquí, vecino Horner, brindo por ti con una copa de vino; y no temas, vecino, que lo harás bien.

SEGUNDO VECINO Y aquí, vecino, una copa de garnacha.

TERCER VECINO Y aquí una jarra de buena cerveza doble, vecino, bebe, y no temas a tu rival.

HORNER (Aceptando.) Que empiece, a mi fe. Brindo por todos: y un cuerno para Pedro.

PRIMER APRENDIZ Yo, Pedro, bebo por ti, y no tengas miedo.

SEGUNDO APRENDIZ Alégrate, Pedro, y no temas a tu amo; pelea por el honor de los aprendices.

PEDRO (Rehusando.) Gracias a todos. Beban y oren por mí, les ruego; pues creo que acabo de beber mi último trago en este mundo. Robin, si muero, te doy mi delantal. Y tú, Will, tendrás mi martillo; y tú, Tom, toma todo mi dinero. ¡Que el cielo me bendiga! Lo pido a Dios, pues nunca podré lidiar con mi amo, que sabe mucho de esgrima.

SALISBURY Vamos, dejen de beber, y a los golpes. Bribón, ¿cómo te llamas?

PEDRO Pedro, a mi fe.

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SALISBURY ¿Pedro? ¿Y qué más?

PEDRO Thump.

SALISBURY ¡Thump! Entonces procura que tu puño suene.

HORNER Señores, he venido aquí, por así decirlo, por instigación de mi siervo, para probar que es un canalla y yo un hombre honesto. Y en lo que toca al duque de York, que me muera si alguna vez le deseé algún mal a él, al rey o a la reina; por tanto, Pedro, tengo para ti un golpe directo.

YORK La lengua de este pícaro comienza a turbarse.

¡Que suenen las trompetas y alisten a los combatientes!

Fanfarria. Pelean, y PEDRO derriba a HORNER.

HORNER Basta, Pedro, basta. Confieso, confieso mi traición.

Muere.

YORK Sáquenle el arma. (A PEDRO.) Amigo, agradécelo a Dios y al buen vino que se le atravesó a tu amo.

PEDRO Dios: ¿he vencido a mi enemigo ante esta gente?

Pedro, se ha impuesto tu derecho.

REY ENRIQUE ¡Llévense ya a este traidor de mi vista!

Por su muerte advertimos su culpa:

y en su justicia Dios ha revelado

la inocencia y verdad de este pobre sujeto, al que pensaba matar injustamente. Ven, amigo, vamos por tu recompensa.

Trompetas. Salen.

ESCENA IV

Entran GLOUCESTER y sus servidores, con prendas de luto.

GLOUCESTER

Así como a veces hay una nube en el día más brillante, y al verano siempre sucede

el árido invierno, con su airado frío hiriente,

así abundan alegrías y penas, mientras las estaciones huyen.

Señores, ¿qué hora es?

SIRVIENTE Las diez, milord.

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GLOUCESTER Es la hora que se me asignó

para ver llegar a mi duquesa condenada;

apenas soportará las calles con guijarros

para andar sobre ellos con delicado pie.

Dulce Nell, mal podrá tu alma noble resistir

al pueblo abyecto mirándote a la cara,

riendo de tu desgracia con ojos de envidia

que antes seguían tu soberbia carroza

cuando pasabas en triunfo por la calle.

¡Silencio! Creo que viene; prepararé

mis ojos lagrimeantes para ver su desgracia.

Entra la DUQUESA de Gloucester, con camisa blanca y una vela ardiendo en la mano, con sir Juan STANLEY, el ALGUACIL y OFICIALES con alabardas.

SIRVIENTE (A GLOUCESTER.)

Si place a su gracia, apartaremos al alguacil.

GLOUCESTER No, no te muevas, por tu vida; déjala pasar.

DUQUESA ¿Has venido, milord, a asistir a mi público escarnio? Ahora también haces penitencia tú. ¡Ve cómo miran! ¡Cómo la inconstante chusma me señala,

y asiente, y arroja sus ojos sobre ti! Gloucester, apártate de sus miradas odiosas,

y, encerrado en tu cuarto, lamenta mi vergüenza.

Maldice enemigos, tanto míos como tuyos.

GLOUCESTER Sé paciente, buena Nell; olvida esta pena.

DUQUESA Ah, Gloucester, enséñame a olvidarme de mí.

Pues cuando pienso que soy tu esposa

y que tú eres un príncipe, protector de esta tierra, creo que no debiera ser así llevada

cubierta de vergüenza, con papeles en la espalda y seguida por la canalla, que disfruta

viendo mis lágrimas y oyendo mis gemidos. Los duros guijarros cortan mis tiernos pies, y cuando me estremezco los envidiosos ríen, y dicen que mire dónde piso.

¿Ah, Humphrey, podré soportar este yugo oprobioso? ¿Crees que podré contemplar de nuevo el mundo, considerar dichosos a los que gozan del sol? No; mi luz será oscura, mi día la noche:

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pensar en mi pompa será mi infierno.

Alguna vez diré: «Soy la mujer del duque Humphrey y él es un príncipe que gobierna el reino: mas lo hacía de tal modo, y tal príncipe era

que resistía mientras yo, su duquesa abandonada, era curiosidad y hazmerreír

de cada ocioso truhán que me seguía». Pero cálmate, no te avergüences de mí; que nada te afecte hasta que el hacha fatal caiga sobre ti, como lo hará en breve de seguro. Pues Suffolk el que lo puede todo en todo con la que te odia y nos odia a todos

y York y el impío Beaufort, ese falso cura,

han puesto en los arbustos trampas para tus alas y, vueles como vueles, te atraparán.

Mas no temas hasta que tu pie quede apresado ni busques prevenirte de tus enemigos.

GLOUCESTER ¡Ah, Nell, detente! Lo ves todo torcido.

No puedo atacar hasta ser acusado;

y aunque tuviera veinte veces más rivales, y cada uno veinte veces su poder

ninguno de ellos podría hacerme daño alguno mientras sea aún leal, honesto e inocente. ¿Quisieras que te rescatara de este ultraje? Pues no se borraría tu escándalo y yo peligraría por violar la ley.

Tu mayor ayuda es la calma, gentil Nell:

te ruego que adaptes tu corazón a la paciencia:

estos días de asombro pasarán bien pronto.

Entra un HERALDO.

HERALDO Convoco a su gracia al parlamento de su majestad, a celebrarse en Bury el primero del mes próximo.

GLOUCESTER ¿Y no me han pedido mi consentimiento?

Esto es algo secreto. Bien, estaré allí.

Sale el HERALDO.

Nell mía, me voy. Y maese alguacil,

que su castigo no exceda el encargo del rey.

ALGUACIL Si place a su gracia, mi misión termina aquí.

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A sir Juan Stanley corresponde ahora

llevarla con él a la isla de Man.

GLOUCESTER Sir Juan, ¿tú debes proteger a mi señora?

STANLEY Así me lo encargaron, si a su gracia place.

GLOUCESTER Te ruego, no la trates mal;

que lo pase bien. Quizá el mundo vuelva a reír y yo viva para ser bueno

contigo si lo cumples sir Juan, ¡adiós!

DUQUESA Qué, ¿te vas, milord, sin despedirte?

GLOUCESTER Mira mis lágrimas: no puedo hablar más.

Salen GLOUCESTER y servidores.

DUQUESA ¿Tú también te vas? Contigo se va mi consuelo.

Nadie queda conmigo. Mi alegría es la muerte; la muerte, nombre que a menudo me ha asustado pues deseaba la eternidad del mundo. Anda, Stanley, te ruego, llévame allí;

no me importa adónde, no pido favores,

llévame adonde te encargaron.

STANLEY Señora, es a la isla de Man;

es lo que a su rango corresponde.

DUQUESA Mal rango, pues soy solo defectos.

¿Seré pues tratada con reproches?

ALGUACIL Como una duquesa, la esposa del duque; en esa condición será tratada.

DUQUESA Adiós, alguacil, y que estés bien aunque hayas sido el guía de mi oprobio.

ALGUACIL Es mi trabajo; perdóneme, señora.

DUQUESA Sí, sí, adiós; te excuso de tu oficio.

Ven, Stanley. ¿Vamos?

STANLEY Señora, hecha su penitencia, tiremos el cartel y vamos a vestirla para el viaje.

DUQUESA No cambiará por el cartel mi pena. No, colgará con mis trajes más lujosos y se verá, me vista como quiera.

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Ve, condúceme: ansío ver mi cárcel.

Salen.

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TERCER ACTO

ESCENA I

Sonido de trompetas. Entran al Parlamento:

primero dos HERALDOS y luego el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA, el CARDENAL BEAUFORT, SUFFOLK, YORK, BUCKINGHAM, Salisbury y Warwick.

REY ENRIQUE Me asombra que lord Gloucester no esté aquí:

no es habitual que se rezague.

REINA MARGARITA ¿No te das cuenta? ¿Es que no adviertes la extrañeza en su alterado rostro?

¿Con qué majestad se comporta,

cuán insolente se ha vuelto en poco tiempo, qué orgulloso, perentorio, diferente? Recordamos cuando era afable y calmo, cuando bastaba con mirarlo de lejos para que se hincara de rodillas

y admiraba su sumisión toda la corte. Pero míralo ahora: hasta por la mañana, cuando todo el mundo da los buenos días, frunce las cejas y se muestra enojado, y pasa con las piernas tiesas,

desdeñando rendirnos tributo.

No se mira a los cuzcos cuando gruñen

pero los grandes tiemblan cuando ruge el león;

y Humphrey, en Inglaterra, no es un hombre pequeño.

Advierte que es él quien te sigue en descendencia

y será el que antes suba si caes tú.

No es político entonces, me parece,

considerando su mente rencorosa,

y el beneficio que obtiene con tu muerte, que se aproxime a tu real persona, o sea admitido en tu consejo.

Con adulación ganó el alma del vulgo,

y cuando se le antoje armar una revuelta

es de temer que todos lo acompañen.

Es primavera ahora, y las malezas

tienen corta raíz; déjalas crecer y cubrirán

el huerto, ahogarán las hierbas por falta de cultivo.

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La reverencia que debo a mi señor me ha hecho ver peligros en el duque. Si son vanos, llámalos miedos de mujer; miedos que, si mejores razones los suplantan, admitiré, concediendo que hice mal al duque. Milord de Suffolk, Buckingham y York, refuten, si pueden, mi alegato.

Si no, den pertinencia a mis palabras.

SUFFOLK Su alteza ha visto al duque claramente, y si yo hubiera dicho primero lo que pienso habría contado el mismo cuento que su gracia. Fue por su instigación que la duquesa,

lo juro, emprendió sus prácticas diabólicas:

o, si no conocía esos desmanes,

igual, considerando su alta descendencia, como heredero directo del rey que tanto ostenta su nobleza,

instigó a la duquesa perturbada

a urdir con malas artes la ruina del monarca. Suave fluye el agua cuando el cauce es hondo; y en su simpleza alberga la traición;

el zorro no hace bulla si puede hurtar la oveja.

No, no, soberano mío; a Gloucester

aún no se le conoce, y está lleno de engaños.

CARDENAL BEAUFORT (Al REY ENRIQUE.)

¿Acaso, en contra del derecho,

no ideó extrañas muertes para faltas menores?

YORK (Al REY ENRIQUE.) ¿Y durante su protectorado, no recaudó grandes sumas en el reino

para pagar en Francia a los soldados, sin mandarlas?

Por eso se rebelaban las ciudades.

BUCKINGHAM ( Al REY ENRIQUE.)

Esas faltas son nada: las desconocidas

saldrán a luz a tiempo para el buen sir Humphrey.

REY ENRIQUE Señores, basta: el cuidado que profesan para aplastar espinas que dañarían mi pie

es alabanza. Si dejara hablar a mi conciencia, nuestro pariente Gloucester sería tan inocente de traición a nuestra real persona

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como un cordero, una paloma inofensiva:

el duque es virtuoso, bueno y muy considerado para soñar con el mal o tramar mi caída.

REINA MARGARITA ¿Qué es más peligroso que confiar? ¿Parece una paloma? Sus plumas son prestadas, pues su actitud es la del cuervo detestable.

¿Es un cordero? Seguramente le dieron la piel, pues su disposición es la voraz del lobo. ¿Quién no puede robar una forma engañosa? Presta atención, milord; por el bienestar de todos hay que frenar a ese hombre fraudulento.

Entra SOMERSET.

SOMERSET (Arrodillándose.) Salud a mi gracioso soberano.

REY ENRIQUE

Bienvenido, lord Somerset. ¿Qué hay de nuevo en Francia?

SOMERSET Que de tus dominios en esos territorios

te han despojado; se ha perdido todo.

REY ENRIQUE Frías noticias, lord Somerset; pero es voluntad de Dios.

SOMERSET se levanta.

YORK (Aparte.) Frías noticias para mí, que tenía esperanzas tan firmes de Francia como de la fértil Inglaterra. Así mis capullos en el lodo se marchitan,

y las orugas se comen mis hojas.

Pero remediaré este asunto en breve,

o venderé mi título por una tumba gloriosa.

Entra GLOUCESTER.

GLOUCESTER (Arrodillándose.) Toda la felicidad para el rey, mi señor.

Perdóname, majestad, por venir tan tarde.

SUFFOLK No, Gloucester, has llegado muy temprano a menos que fueras más leal de lo que eres. Te arresto por alta traición.

GLOUCESTER (Levantándose.) Bien, Suffolk, no me harás enrojecer ni cambiar de opinión por este arresto:

un corazón limpio no se turba fácilmente.

La fuente más pura no tiene más lodo

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que yo idea de traicionar al soberano:

¿quién me puede acusar de qué soy culpable?

YORK Se cree, milord, que aceptaste sobornos de Francia y que, como protector, no pagaste a los soldados, por lo cual su alteza ha perdido Francia.

GLOUCESTER ¿Eso se cree? ¿Quiénes lo piensan?

Nunca quité su paga a los soldados,

ni recibí un penique de soborno francés.

¡Que Dios me ayude si no he pasado noches

una tras otra, planificando el bien para Inglaterra!

Si algún dinero he arrebatado al rey,

o una sola moneda guardado para mí,

¡que pesen en mi contra el día de mi juicio! No: muchas libras de mi propio peculio, por no poner impuestos a los necesitados, entregué a los cuarteles,

y no pedí nunca reembolso.

CARDENAL BEAUFORT Milord, te viene bien decirlo.

GLOUCESTER No es más que la verdad, válgame Dios.

YORK En tu protectorado maquinaste

para los reos extrañas, inauditas torturas por lo que se acusó a Inglaterra de tirana.

GLOUCESTER Es bien sabido que, mientras fui protector mi única falta fue la compasión;

pues me derretía con el llanto de los reos

y pagaban sus penas con palabras degradantes.

A menos que fuera un asesino impío,

o un ladrón malvado que esquilmara a los pobres, nunca les di un castigo equivalente.

Es cierto que el asesinato, ese cruel pecado, lo castigaba más que la felonía u otro delito.

SUFFOLK Mi señor, respondes rápida y fácilmente a los cargos; mas se te imputan otros crímenes peores,

de los que no puedes librarte de igual modo.

Te arresto en nombre de su alteza;

y te encomiendo a milord el cardenal

para que te custodie hasta tu juicio.

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REY ENRIQUE Mi señor de Gloucester; lo que especialmente espero es que te libres de toda sospecha.

Mi conciencia me dice que eres inocente.

GLOUCESTER Ah, gracioso lord, son estos días peligrosos:

la ambición innoble sofoca a la virtud,

la mano del rencor a la caridad persigue.

Predomina el soborno más corrupto,

y la equidad ha dejado el país de su alteza.

Sé que se han confabulado en contra de mi vida y si mi muerte hiciera feliz a la isla y marcara el fin de la tiranía de ellos

la aceptaría de buen grado.

Pero la mía no es más que el prefacio de su obra:

muchos más, que no sospechan su riesgo,

no bastarán para el crimen que planean.

Los rojos ojos de Beaufort revelan su malicia, el sombrío ceño, el tempestuoso odio de Suffolk; el áspero Buckingham descarga con su lengua la pesada envidia que en el corazón lleva;

y el malvado York, que ambiciona la luna, y cuyo brazo arrogante hice bajar, con falsos reproches se resarce.

(A la REINA MARGARITA.) Y tú, soberana, con los otros, sin motivo, has puesto desgracias sobre mi cabeza

y tratado en lo posible de lograr

que mi querido rey sea mi enemigo.

Sí, todos ustedes se han unido

(tuve noticias de sus conciliábulos)

para destruir mi inocente existencia.

No faltarán falsos testigos

ni un montón de traiciones que aumenten mi culpa.

Se confirmará el viejo proverbio:

«Siempre se encuentra un palo para pegarle a un perro».

CARDENAL BEAUFORT (Al REY ENRIQUE.)

Mi señor, su ataque es intolerable.

Si aquellos que cuidan a tu real persona

del secreto puñal de la ira y la traición

son objeto de calumnia, reprobación y ataque, y el ofensor se expresa cuanto quiere,

se enfriará el celo de sus amigos por su gracia.

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SUFFOLK (Al REY ENRIQUE.) ¿Acaso no atacó a la soberana ignominiosamente, eligiendo con ciencia sus palabras como si ella hubiera sobornado a alguno

para que alegara en falso contra él?

REINA MARGARITA Mas doy al perdedor derecho a rezongar.

GLOUCESTER Fue mucho más cierto que lo que quisieras.

Pierdo, sin duda; ¡malditos los que ganan, pues me hicieron trampa! Y es bueno que los perdedores tengan derecho a hablar.

BUCKINGHAM ( Al REY ENRIQUE.)

Jugará con el sentido y nos tendrá aquí el día entero.

Lord cardenal, es tu prisionero.

CARDENAL BEAUFORT Señores, llévense al duque, y ténganlo sujeto.

GLOUCESTER ¡Ah! Así el rey Enrique arroja su muleta antes de que sus piernas puedan sostenerlo. Así aparta de su lado al pastor

y los lobos gruñen, a ver quién morderá primero. ¡Ojalá fueran falsos mis temores! ¡Si lo fueran! Pues, buen rey Enrique, temo tu ruina.

Sale, custodiado.

REY ENRIQUE Mis señores, lo que su prudencia vea mejor hagan o deshagan, como si fueran yo.

REINA MARGARITA Qué, ¿su alteza deja el Parlamento?

REY ENRIQUE Sí, Margarita; mi corazón está inundado de dolor, que fluye ya por mis ojos.

A mi cuerpo lo rodea la desgracia.

Pues, ¿qué infortunio peor que el descontento?

¡Ah, tío Humphrey! En tu rostro veo

el mapa del honor, la lealtad y la franqueza;

y aún, buen Humphrey, por venir está la hora

en que pruebe tu falsía o sospeche de tu fe.

¿Qué baja estrella envidia ahora tu estado,

para que estos grandes lores y la reina Margarita

encuentren subversión en tu vida inofensiva?

Nunca hiciste daño, ni a ellos ni a nadie; y así como el carnicero toma al ternero y lo ata, miserable, y le pega si se escapa, y lo lleva al sangriento matadero,

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con la misma impiedad te han traído hasta aquí.

Y así como la vaca corre y mira por doquier,

a dónde se ha ido su ternero inocente,

y solo puede lamentar que se ha perdido, así yo gimo por la suerte de Gloucester con triste llanto inútil; y con nublados ojos me preocupo por él sin poder ayudarlo, tan poderosos son sus enemigos.

Lloraré por su suerte, y entre un sollozo y otro diré: «¿Quién es traidor? No Gloucester, él no».

Sale con Salisbury y Warwick.

REINA MARGARITA Libres señores: los rayos del sol funden la nieve. Mi señor Enrique es frío para asuntos grandes,

mas lleno de tonta piedad, y el despliegue de Gloucester lo engaña, como el lloroso cocodrilo atrapa en su dolor al cándido viajero,

o como la serpiente, enroscada en la orilla florecida, de piel brillante y jaspeada, pica a un niño que por su belleza la creía excelente.

Créanme, señores, aunque no sea más sabia que nadie (y sin embargo juzgo bueno mi criterio)

este Gloucester debería dejar deprisa el mundo para librarnos del temor que le tenemos.

CARDENAL BEAUFORT Que muera es valiosa medida; sin embargo, necesitamos un pretexto. Conviene que sea condenado por la ley.

SUFFOLK Para mí no sería una medida:

el rey seguirá batallando por salvarlo; probablemente el pueblo se levante por él. Solo tenemos una razón trivial,

no más que la sospecha, para enviarlo a la muerte.

YORK Así pues, ¿no querrías que muriera?

SUFFOLK Ah, York. Nadie lo desea tanto como yo.

YORK Quien más razones tiene es York.

Pero, milord cardenal, y tú, milord de Suffolk, digan lo que piensan, desde el corazón.

¿No sería lo mismo que un águila ociosa cuidara a las gallinas del pico del halcón,

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dejar a Humphrey de protector del rey?

REINA MARGARITA Las pobres gallinas morirían sin duda.

SUFFOLK Señora, es cierto; ¿y no sería pues locura que el zorro fuera el guardián del corral; que se vea con ligereza la culpa

de quien es inculpado como hábil asesino porque no pudo cumplir con su proyecto? No; déjenlo morir, en tanto sea zorro, antes que sus quijadas se tiñan de sangre, como enemigo mortal que es del rebaño igual que Humphrey lo es de mi señor. Y no piensen tanto en la manera

de matarlo: por ardides, añagazas, sutilezas, despierto o dormido, no importa cómo,

en tanto muera; pues bueno es el engaño del que se adelanta a quien quería engañarlo.

REINA MARGARITA Tres veces noble Suffolk, hablas con decisión.

SUFFOLK No con decisión, si no se lleva a cabo.

Las cosas se dicen con frecuencia, pocas veces en serio; mas mi corazón en esto acuerda con mi lengua en tanto el hecho lo merece,

y para salvar a mi rey de su enemigo

solo díganlo, y seré su sacerdote.

CARDENAL BEAUFORT Preferiría que muriera, lord de Suffolk, antes de que te ordenaras prelado.

Di que lo consientes y juzgas la acción justa y yo proveeré el verdugo.

Así velo por la seguridad del rey.

SUFFOLK He aquí mi mano: la acción vale la pena.

REINA MARGARITA Lo mismo digo yo.

YORK Y yo. Ahora que los tres hemos hablado, poco importa quién cumpla la sentencia.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Grandes señores, vengo de Irlanda,

para decirles que hay rebeldes allí

y llamar a los ingleses a las armas.

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Manden ayuda, y deténganlos a tiempo antes de que la herida se vuelva incurable;

pues, fresca como está, aún hay grandes esperanzas.

Sale.

CARDENAL BEAUFORT ¡Una grieta que exige freno inmediato!

¿Qué consejo das para esta grave causa?

YORK Que Somerset sea enviado de regente: conviene usar a quien tiene suerte al mando; miren lo bien que le fue en Francia.

SOMERSET Si York, con su meditada estrategia hubiera sido allí regente en mi lugar nunca se habría quedado tanto tiempo.

YORK No, no para perderlo todo, como tú. Antes habría preferido perder mi vida que traer a casa una carga de deshonra por quedarme hasta que todo se perdiera. Muéstrame una sola cicatriz en tu piel; carne tan bien conservada raramente gana.

REINA MARGARITA Hasta ahí. Esta chispa se convertirá en llama si se le arriman viento y combustible;

basta, buen York; dulce Somerset, para. Tu suerte, York, si hubieras sido regente, se habría probado peor que la suya.

YORK ¿Qué, peor que nada? ¡Que la vergüenza nos lleve a todos!

SOMERSET ¡Y tú, entre todos, que clames por vergüenza!

CARDENAL BEAUFORT Milord de York, prueba tu suerte; las huestes de Irlanda, sin control, están en armas y humedecen el barro con sangre inglesa.

¿Llevarás a Irlanda una partida

de hombres bien elegidos, de todos los condados, para probar fortuna con los irlandeses?

YORK Lo haré, señor, si a su majestad place.

SUFFOLK ¡Vaya! Nuestra autoridad es su consentimiento; lo que decidamos lo confirmará.

Por tanto, noble York, emprende esta tarea.

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YORK Estoy contento; señores, denme tropas mientras ordeno mis asuntos.

SUFFOLK Veré que se cumpla el encargo.

Pero ahora volvamos al falso duque Humphrey.

CARDENAL BEAUFORT No se hable más: me ocuparé de él para que en adelante ya no nos moleste.

Ahora, separémonos: termina casi el día.

Lord Suffolk, debemos hablar del evento.

YORK Mi señor de Suffolk, en catorce días espero a mis soldados en Bristol; desde allí los embarcaré hacia Irlanda.

SUFFOLK Me encargaré de que se cumpla, milord.

Todos salen salvo YORK.

YORK Ahora o nunca, York: templa tus temores y convierte la sospecha en convicción. Sé lo que esperas ser, o lo que eres resígnalo a la muerte: no vale la pena.

Que el pálido miedo quede para hombres sin linaje y no se hospede en corazón de rey.

Los pensamientos se suceden veloces, más que lluvias de primavera; y ninguno piensa en la dignidad.

Más atareado que la araña laboriosa, mi cerebro urde tediosas trampas para mis enemigos. Bien, nobles, bien, es buena medida enviarme allí con un grupo de hombres.

Temo que así entibien a la hambrienta serpiente; protegida en su seno, les picará el corazón. Me faltaban hombres, y ustedes me los dan.

Los acepto gentilmente; sin embargo, sepan

que ponen armas filosas en manos de un loco.

Mientras formo en Irlanda una banda poderosa,

en Inglaterra levantaré una negra tormenta

que al cielo o al infierno llevará diez mil almas,

y esta cruel tempestad no cesará en su ira

hasta que en mi cabeza la dorada diadema,

como los rayos transparentes del glorioso sol

calme la furia de esta ráfaga loca.

Para servir de agente a mi proyecto

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he conquistado a un valeroso hombre de Kent, Juan Cade de Ashford,

para que cause la revuelta más completa

bajo el nombre de Juan Mortimer.

He visto en Irlanda a este terco Cade

oponerse a una tropa de soldados

y pelear tanto que sus muslos con dardos parecían los de un puntiagudo puercoespín; y una vez rescatado, lo vi

dar una voltereta de bailarín moro

y sacudir sus dardos como aquel los cascabeles. Y a menudo, disfrazado de irlandés hirsuto conversó con los enemigos, y volvió a mí sin ser notado,

para informarme de sus villanías.

Este diablo será mi sustituto;

pues a ese Juan Mortimer, ya muerto,

se parece en el rostro, el habla, el caminar.

Así conoceré el ánimo del pueblo,

qué siente ante la casa y las aspiraciones

de York. Pongamos que lo capturan, lo ponen en el potro y lo torturan;

no conozco dolor que puedan infligirle

que le haga confesar mi instigación.

Digamos que prospera, como es muy probable. Bien, entonces vendré de Irlanda con mis fuerzas a recoger lo que sembró el canalla. Pues muerto Humphrey, como lo estará,

y Enrique apartado, lo que viene es para mí.

Sale.

ESCENA II

Se abren las cortinas y se ve a Gloucester en su cama con dos HOMBRES sobre el pecho que lo estrangulan.

PRIMER ASESINO Corre a milord de Suffolk; hazle saber que hemos despachado al duque como él ordenó.

SEGUNDO ASESINO

¡Ah, si aún estuviese sin hacer! ¿Qué hemos hecho?

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¿Alguna vez viste a alguien tan arrepentido?

Entra SUFFOLK.

PRIMER ASESINO Aquí viene milord.

SUFFOLK Señores, ¿despacharon ya el asunto?

PRIMER ASESINO Sí, mi buen señor; ha muerto.

SUFFOLK Bien dicho. Vayan pues a mi casa;

los recompensaré por este acto arriesgado. El rey y los pares están aquí cerca. ¿Tendieron bien la cama? ¿Está todo bien, conforme a mis instrucciones?

PRIMER ASESINO Sí, mi buen señor.

SUFFOLK Entonces cierren las cortinas. ¡Largo!

Salen los ASESINOS. Trompetas. Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA, el CARDENAL BEAUFORT, SOMERSET y ayudantes.

REY ENRIQUE ( A SUFFOLK.) Traigan a nuestra presencia a mi tío; díganle que hoy queremos examinarlo,

a ver si es culpable, como se proclama.

SUFFOLK De inmediato lo llamo, noble lord.

Sale SUFFOLK.

REY ENRIQUE Señores, ocupen sus lugares; y les ruego que no sean estrictos con mi tío Gloucester más que si la evidencia de una opinión probada lo señala en la práctica culpable.

REINA MARGARITA ¡Dios no permita que triunfe la maldad de condenar a un noble inocente!

¡Ruego a Dios que lo libre de sospechas!

REY ENRIQUE Gracias, Margarita; tus palabras me complacen mucho.

Entra SUFFOLK.

¿Qué pasa? ¿Por qué estás pálido y tiemblas?

¿Dónde está nuestro tío? ¿Qué pasa, Suffolk?

SUFFOLK Muerto en su cama, mi señor… Gloucester ha muerto.

REINA MARGARITA ¡Válgame! ¡Dios no lo permita!

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CARDENAL BEAUFORT Es el juicio secreto de Dios. Anoche soñé que el duque, mudo, no decía una palabra.

El REY ENRIQUE se desmaya.

REINA MARGARITA

¿Qué le pasa a milord? ¡Socorro! ¡Ha muerto el rey!

SOMERSET Sosténganlo. Sujétenlo por la nariz.

REINA MARGARITA Corran, vamos, ¡socorro! ¡Enrique, abre los ojos!

SUFFOLK Ya revive; señora, sea paciente.

REINA MARGARITA ¿Cómo está mi gracioso señor?

SUFFOLK ¿Cómo está, soberano mío? ¡Gracioso Enrique, vamos!

REY ENRIQUE ¿Qué? ¿Milord de Suffolk me consuela? Hace un instante vino como un cuervo a cantar, y su tonada lúgubre me privó de la vida,

¿y piensa que el gorjeo de un reyezuelo,

que clama valor desde un pecho vacío,

puede ahuyentar el sonido primero?

No ocultes tu veneno con palabras dulces.

Empieza a incorporarse. SUFFOLK le ofrece ayuda.

No pongas en mí tus manos; ¡detente, digo! Temo tu contacto como el de una serpiente. ¡Mensajero de males, sal de mi vista! Sobre tus pupilas la tiranía asesina

se asienta, con cruel majestad, para asustar al mundo.

No me mires, que tus ojos hieren;

pero no te vayas. Ven, basilisco,

y mata con tu visión al que mira inocente,

que en la sombra de la muerte encontraré alegría;

en la vida, tan solo doble muerte, si Gloucester no está.

REINA MARGARITA ¿Por qué tratas así al duque de Suffolk?

Aunque el duque era su enemigo, lamenta su muerte como el más cristiano. Y en cuanto a mí, aunque también lo fuera, si líquidas lágrimas, o gemidos desgarrantes,

o suspiros que la sangre absorben, pudieran devolverle la vida, ya ciega de llorar, enferma de gemir,

pálida como prímula con suspiros de sangre estaría yo;

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y todo por tener vivo al noble duque. ¿Qué sé yo lo que el mundo pensará de mí? Se sabe que éramos amigos insinceros; se puede suponer que lo maté;

así la calumnia dañará mi nombre,

y mi reproche colmará las cortes de los príncipes.

Eso consigo con su muerte: infeliz de mí,

ser una reina, coronada de infamia.

REY ENRIQUE Mi pena es por Gloucester, el desdichado.

REINA MARGARITA Pena por mí, más desdichada que él.

Qué, ¿te vuelves, escondes tu rostro?

Mírame: no soy una leprosa despreciable.

¿Te has vuelto sordo como el áspid?

Sé también venenoso y mata a tu reina abandonada. ¿Tu consuelo se encerró en la tumba con Gloucester? Entonces la dama Margarita nunca fue tu dicha. Erígele una estatua y adóralo,

y de mi imagen haz un cartel de cervecería. ¿Fue por esto que me ahogué casi en el mar y que dos veces me envió un extraño viento,

desde las costas de Inglaterra, de nuevo a mi nativo clima? ¿Qué presagiaba aquello, sino que el viento prevenía: «No busques un nido de escorpión ni pises esta tierra hostil»?

¿Y qué hice sino maldecir las ráfagas hostiles, y a quien las soltaba de sus broncíneas cuevas, y pedir que soplaran hacia esta bendita costa

o estrellaran nuestra popa contra una roca horrible?

Pero Eolo se niega a ser un asesino,

y te dejó ese odioso oficio a ti.

El mar, tempestuosamente bello, rehusó hundirme, sabiendo que tú en tierra me ahogarías

con lágrimas saladas como él, por desamor. Las destructoras rocas se hundieron en la arena para no golpearme con sus rugosos bordes pues tu pétreo corazón, más duro que ellas debía destruir a Margarita en el palacio. Mientras pude ver tu acantilado de greda, cuando la tempestad nos rechazó de tu ribera, me quedé bajo la escotilla en la tormenta,

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y cuando el cielo oscuro comenzó a ocultar la silueta de tu costa de mi ávida mirada, me quité del cuello una preciada joya (un corazón rodeado de diamantes)

y lo arrojé a tu tierra. El mar lo recibió,

y deseé que así hicieras con mi corazón:

así perdí de vista a la bella Inglaterra

y ordené a mis ojos que con mi corazón se fueran, llamándolos órganos ciegos y oscuros

por perder la visión de la costa deseada. ¡Cuán a menudo tenté a la lengua de Suffolk, el agente de tu vil inconstancia,

para que se sentara a hechizarme, como Ascanio cuando a la desquiciada Dido relataba

los actos de su padre, desde que ardiera Troya!

¿No estoy, como ella, encantada? ¿No eres tú falso como él?

¡Ay de mí, no puedo más! Muere, Margarita,

pues Enrique lamenta que vivas tanto tiempo.

Ruido dentro. Entran WARWICK y SALISBURY

con gente del pueblo.

WARWICK (Al REY ENRIQUE.)

Se informa, poderoso soberano, que traidoramente el buen duque Humphrey ha sido asesinado,

por influencia de Suffolk y del cardenal Beaufort.

El pueblo, como panal furioso

privado de su jefe, va de arriba a abajo

sin pensar a quién picar en su venganza.

Yo he calmado su pasional revuelta

hasta que se informe de la muerte en detalle.

REY ENRIQUE Que está muerto, buen Warwick, es muy cierto; pero cómo murió lo sabe Dios, no Enrique.

Entra en su cámara, mira su cuerpo inanimado y explica entonces su repentina muerte.

WARWICK Eso haré, mi señor. Salisbury, quédate con la tosca muchedumbre hasta que vuelva.

Salen WARWICK por un lado y SALISBURY y los demás por otro.

REY ENRIQUE Oh, tú que juzgas todo, detén mis pensamientos, pensamientos que buscan persuadir al alma

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de que violentas manos acabaron con Humphrey. De ser falsas mis sospechas, Dios, perdóname; solo a ti te pertenece el juicio.

De buen grado entibiaría sus labios pálidos

con veinte mil besos, y dejaría caer

sobre su rostro un mar de lágrimas saladas

para expresar mi amor a su tronco sordo y mudo, y sentir en mis dedos su mano insensible. Pero vanos son esos magros obsequios,

Entra WARWICK, que abre las cortinas y muestra a Gloucester muerto en su cama. La cama se adelanta.

y contemplar su terrosa y muerta imagen, ¿qué sería sino aumentar mi pena?

WARWICK Ven, gracioso soberano, mira el cadáver.

REY ENRIQUE Eso es ver cuán profunda es mi tumba; pues con su alma ha huido mi solaz en el mundo, y al verlo veo mi vida en la muerte.

WARWICK Tan seguro como de que mi alma quiere

vivir con ese rey temido, que asumió nuestro estado para librarnos de la cruel maldición de su padre, estoy de que manos violentas acabaron

con la vida de este duque tres veces famoso.

SUFFOLK ¡Terrible juramento, dicho en lengua solemne!

¿Qué pruebas da lord Warwick de su aserto?

WARWICK Vean cómo la sangre se estancó en su cara.

A menudo he visto muertes naturales, y el semblante es ceniciento, magro, pálido y exangüe,

ya que la sangre toda baja al corazón, que laborioso, en su pelea con la muerte la atrae en su ayuda contra el enemigo; y ella en el corazón se enfría y no vuelve jamás a embellecer y dar color a las mejillas. Pero vean: negro y lleno de sangre está su rostro, más fuera sus órbitas que cuando vivía, su mirada horrible y fija como la de un estrangulado,

su cabello, erizado; sus narinas distendidas por la lucha;

sus manos se alargan hacia fuera, como las de quien se aferra y lucha por su vida, y es vencido por la fuerza.

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Sus cabellos están pegados a las sábanas; su pareja barba, enmarañada y revuelta

como el maíz que la tempestad tumba en verano.

Solo puede haber sido que aquí lo mataron;

el menor de estos signos lo demuestra.

SUFFOLK Vaya, Warwick: ¿quién iba a matar al duque?

Beaufort y yo lo custodiábamos,

y nosotros no somos, creo, asesinos.

WARWICK Pero ambos eran jurados enemigos del duque.

(Al CARDENAL BEAUFORT.) Y tú, es cierto, lo cuidabas.

Es posible que no lo trataras como amigo,

y bien se ve que encontró a un enemigo.

REINA MARGARITA Entonces, parece, sospechas que estos caballeros son culpables de su muerte prematura.

WARWICK El que encuentra al ternero sangrante y muerto y al lado ve al carnicero con un hacha,

¿dudará que es él quien lo mató?

El que encuentra a la perdiz en el nido del milano, ¿no puede imaginar cómo murió el pájaro aunque el milano no lleve sangre en el pico? Así de sospechosa es la tragedia esta.

REINA MARGARITA ¿Eres tú el asesino, Suffolk? ¿Dónde está tu puñal?

¿Es Beaufort el milano? ¿Dónde están sus garras?

SUFFOLK No llevo puñal para matar hombres dormidos.

Pero aquí hay una espada vengadora, herrumbrada por el ocio, que se limpiará en el rencoroso corazón

de quien la insignia roja del crimen me atribuye. Di, si te atreves, orgulloso lord Warwickshire, que soy culpable de la muerte de Humphrey.

Sale el CARDENAL BEAUFORT, ayudado por SOMERSET.

WARWICK ¿A qué no se atreve Warwick, si lo reta el falso Suffolk?

REINA MARGARITA No se atrevería a calmar su espíritu ultrajante ni a dejar de ser un detractor soberbio,

aunque Suffolk lo retara veinte mil veces.

WARWICK Señora, haga silencio; lo digo con

respeto: cada palabra que diga en defensa de él

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es una ofensa a su real dignidad.

SUFFOLK ¡Lord de obtuso ingenio y modales innobles! Si alguna vez una dama ofendió a su esposo fue tu madre, que en culposa cama

metió a un adusto campesino inculto, y al noble

linaje se le injertó un brote de manzano. Tú eres fruto de eso y no de la noble raza de los Nevile.

WARWICK ¡Si no fuera porque la culpa del crimen te defiende y porque privaría al verdugo de su paga, librándote así de mil vergüenzas,

y porque me sosiega la presencia del monarca, te haría pedir perdón por lo dicho, de rodillas, falso y cobarde criminal,

y confesar que hablabas de tu madre

y que tú mismo naciste en bastardía!

¡Y después de que el terror forzara tu homenaje te daría tu paga y mandaría tu alma al infierno, vampiro pernicioso de durmientes!

SUFFOLK Tú estarás despierto cuando derrame tu sangre si te atreves a salir de aquí conmigo.

WARWICK Salgamos enseguida, o te arrastro.

Por indigno que seas, quiero habérmelas contigo y rendir tributo al fantasma del duque.

Salen SUFFOLK y WARWICK.

REY ENRIQUE ¿Qué coraza más fuerte que la de un corazón puro?

Tres veces está armado quien cree justa su querella, y desnudo, aunque de acero revestido,

aquel cuya conciencia la injusticia corrompe.

Ruidos dentro.

REINA MARGARITA ¿Qué es ese ruido?

Entran SUFFOLK y WARWICK con las espadas desenvainadas.

REY ENRIQUE ¿Qué pasa, mis señores? ¿Desnudan sus airadas armas aquí en nuestra presencia? ¿A tanto se atreven?

¿Qué clamor tumultuoso hay aquí?

SUFFOLK ¡El traidor Warwick, con los hombres de Bury, están todos contra mí, poderoso señor!

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PUEBLO (Dentro) ¡Abajo Suffolk! ¡Abajo Suffolk!

Entra el conde de SALISBURY.

SALISBURY (Al PUEBLO que está dentro.)

¡Señores, atrás! El rey quiere escucharlos.

Al REY ENRIQUE.

Temido señor, el pueblo te dice por mí

que a menos se condene a lord Suffolk de inmediato o se lo exilie de la bella tierra inglesa, lo echarán violentamente del palacio,

y lo torturarán con una muerte lenta.

Dicen que por él murió lord Humphrey y que por él temen la muerte de su alteza; y el simple instinto de lealtad y amor, no el terco intento de ponerse en contra, expresamente, de lo que te place,

les aviva el ansia de que sea expulsado. Dicen, por cuidar de tu muy real persona, que si su alteza intentara dormir

y encargara que nadie turbara su descanso, a costa de tu enojo o de su muerte, a pesar de tan severo edicto,

si una serpiente de bífida lengua

astuta se arrastrara hacia su alteza,

sería necesario despertarte

por miedo a que, entregado al pernicioso sueño, el mortal gusano lo volviera eterno. Por eso claman, aunque lo prohíbas,

por cuidarte, lo quieras o no,

de malvadas serpientes como el falso Suffolk por cuya ponzoñosa y fatal picadura tu amado tío, veinte veces mejor,

dicen, fue asesinado vergonzosamente.

PUEBLO (Desde dentro) ¡Una respuesta del rey, milord de Salisbury!

SUFFOLK Es muy de la turba, rústicos incultos, enviar al soberano tal mensaje.

Pero a ti, milord, te alegra que te hayan enviado a mostrar tu habilidad como orador.

Y todo el honor que ha conquistado Salisbury

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es haber sido el lord embajador

de unos hojalateros ante el rey.

PUEBLO (Desde dentro)

¡Que responda el rey, o entraremos a la fuerza!

REY ENRIQUE Ve, Salisbury, y diles de mi parte que les agradezco por su tierno afecto. Y aunque no me incitaran de ese modo me propongo hacer lo que me piden,

pues, por cierto, mis pensamientos auguran todo el tiempo desgracias en mi estado a instancias de lord Suffolk. Por eso, juro por su majestad,

cuyo muy indigno delegado soy,

que no infectará el aire con su respiración más de tres días, so pena de muerte.

Sale SALISBUY.

REINA MARGARITA ¡Oh, Enrique, déjame abogar por el buen Suffolk!

REY ENRIQUE No es bueno que lo llames «buen Suffolk».

Basta ya, te digo: si abogas por él

no harás sino aumentar mi furia.

Si solo hubiera hablado, guardaría mi palabra, pero habiendo jurado, es irrevocable.

A SUFFOLK.

Si al cabo de tres días permanecieras aún en cualquier tierra de las que domino

el mundo no sería expiación suficiente de tu vida. Vamos, Warwick; ven, buen Warwick, conmigo: tengo grandes asuntos que comunicarte.

Salen todos salvo la REINA MARGARITA

y SUFFOLK.

REINA MARGARITA ¡Que la desgracia y la pena los escolten!

¡Que el descontento y la aflicción amarga

les hagan amable compañía!

¡Ya son dos: que el diablo sea el tercero

y siga sus pasos una triple venganza!

SUFFOLK Detén tus maldiciones, gentil reina

y deja que tu Suffolk se despida gravemente.

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REINA MARGARITA ¡Avergüénzate, cobarde mujer de corazón débil! ¿No tienes ánimo para insultar al enemigo?

SUFFOLK ¡La peste se los lleve! ¿Para qué insultarlos?

Si los insultos mataran, cual gemido de mandrágora, inventaría palabras tan amargas,

tan perversas, duras y horribles de oír,

lanzadas con fuerza entre mis dientes apretados, con tantos signos de odio mortal,

como la macilenta Envidia desde su horrenda cueva.

Mi lengua tropezaría con palabras sinceras; mis ojos brillarían como pedernal golpeado, se me erizaría el pelo como a un loco:

sí, cada coyuntura parecería maldecir y vetar: y aún ahora mi oprimido corazón estallaría si no los maldijera. ¡Que beban veneno!

¡Que lo más delicado que prueben sea hiel, o algo peor!

¡Una arboleda de cipreses, su más dulce sombra!

¡Matar basiliscos sea su mejor perspectiva!

¡Que lo más suave les duela como el diente de un lagarto!

¡Que su música espante como silbido de serpiente,

y completen el concierto graznidos de búho! Que todos los terrores del tenebroso infierno…

REINA MARGARITA Basta, dulce Suffolk; te atormentas;

y esas atroces maldiciones, como el sol contra el cristal o la carga excesiva de un arma, vuelven y dirigen su fuerza contra ti.

SUFFOLK Me haces maldecir, ¿y ahora quieres que calle?

Pues, por el país del que me expulsan,

bien pasaría una noche de invierno maldiciendo, aun de pie, desnudo, en la cima de un monte donde el frío cortante no dejara crecer la hierba, y lo consideraría un minuto de recreo.

REINA MARGARITA Oh, déjame rogarte que pares. Dame tu mano para que la embeba con lágrimas de duelo;

que la lluvia del cielo no moje este sitio

y se lleve mis prendas lastimeras.

Le besa la palma.

¡Ay, ojalá este beso se imprimiera en tu mano

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para que las recordaras por el sello

por el cual emito mil suspiros por ti!

Vete, entonces, y así conoceré mi pena

que, cuando estás aquí, solo supongo,

como quien se sacia pensando en su carencia.

Tendré que rechazarte, o, por cierto,

me arriesgaré yo misma a que me expulsen; y expulsada estoy ya, si bien de ti. Vete; no me hables, ya vete.

Oh, no partas todavía; dos amigos condenados se abrazan y se besan y se despiden mil veces, prefieren cien veces morir a separarse.

Pero ahora, adiós. ¡Y adiós contigo a la vida!

SUFFOLK Así destierran al pobre Suffolk diez veces:

una el rey, tú tres veces tres.

No me preocuparía el lugar si tú estuvieras:

un páramo sería un sitio populoso

si fueras mi compañía celestial:

pues donde estás tú está el mundo entero, con todos los placeres terrenales, y donde no estás tú, desolación.

No puedo más: vive y goza de la vida;

yo no tengo alegría sino en que vivas tú.

Entra VAUX.

REINA MARGARITA ¿Adónde vas tan rápido? ¿Qué pasa, te ruego?

VAUX A decirle al rey

que el cardenal Beaufort está a punto de morir;

de pronto lo atacó una grave enfermedad

que lo hace jadear y mirar fijo y aferrar el aire,

blasfemar contra Dios y maldecir a todos en la tierra.

A veces habla como si el fantasma del duque

estuviera con él; a veces llama al rey,

y le susurra a su almohada, como si fuese él, los secretos de su alma atormentada. Y me mandan a decir a su alteza

que ahora mismo clama por él a voces.

REINA MARGARITA Ve a darle ese grave mensaje.

Sale VAUX.

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¡Ay de mí! ¿Qué mundo es este? ¡Qué noticias!

¿Y por qué lamento una efímera pérdida

y omito el exilio de Suffolk, mi tesoro?

¿Por qué, Suffolk, no llorar solo por ti,

y competir en lágrimas con las nubes del sur,

las suyas por bien de la tierra, las mías por mi dolor?

Ahora vete; sabes ya que viene el rey

y si te ven conmigo, eres hombre muerto.

SUFFOLK Si me alejo de ti, no puedo vivir; y morir mirándote, ¿qué podría ser sino un amable sueño en tus rodillas? Aquí podría exhalar mi alma al aire tibio y suave como un niño de pecho

que muere con el pezón de la madre entre los labios; lejos de tu vista, estaría enloquecido, y clamaría por que tú cerraras mis ojos

y taparas mi boca con tus labios,

de modo que, o hicieras regresar a mi alma fugitiva, o yo la exhalara dentro del cuerpo para que perviviera en el dulce Elíseo.

Morir junto a ti sería morir alegre;

morir sin ti, tortura más grave que la muerte.

¡Deja que me quede, pase lo que pase!

REINA MARGARITA ¡Vete! Aunque la separación sea un corrosivo, puede aplicarse a una herida mortal.

A Francia, dulce Suffolk; hazme saber de ti: mas donde quiera que estés en este mundo tendré una Iris que te encontrará.

SUFFOLK Me voy.

REINA MARGARITA Y lleva mi corazón contigo.

Lo besa.

SUFFOLK Una joya, guardada en el más oculto cofrecito que jamás contuvo algo de valor.

como una corteza partida, así nos separamos:

por aquí caigo a la muerte.

REINA MARGARITA Yo, por aquí.

Salen, separados.

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ESCENA III

Entran el REY ENRIQUE, SALISBURY, WARWICK. Luego se abren las cortinas y se ve al CARDENAL BEAUFORT, en cama, furioso y desorbitado, como loco.

REY ENRIQUE ¿Cómo está mi señor? Habla, Beaufort, a tu soberano.

CARDENAL BEAUFORT Si eres la muerte, te daré tesoros de Inglaterra suficientes para comprar una isla igual,

así me dejarás vivir sin dolor.

REY ENRIQUE Ah, qué signo de mala vida es ver a la muerte como cosa tan terrible.

WARWICK Beaufort, es tu soberano quien te habla.

CARDENAL BEAUFORT Llévenme a juicio cuando lo dispongan. ¿No murió él en su cama? ¿Y dónde iba a morir? ¿Puedo hacer que alguien viva, aunque lo quiera? No me torturen más: confesaré.

¿Vivo de nuevo? Muéstrenme dónde:

mil libras daré para mirarlo.

No tiene ojos, el polvo lo ha cegado.

Péinenlo… ¡Miren, miren! Los pelos se le alzan, parecen estacas untadas para atrapar mi alma en el aire.

Denme algo de beber; pídanle al boticario que traiga el veneno que compré.

REY ENRIQUE Oh, tú, eterno motor de los cielos, contempla a este desgraciado con dulzura. Echa al demonio activo y turbulento

que asedia el alma del miserable sin descanso.

Púrgale el pecho de desesperación.

WARWICK Vean cómo gesticula en su agonía.

SALISBURY No lo molesten; dejen que se vaya en paz.

REY ENRIQUE Paz a su alma, si place a Dios.

Lord cardenal, no pienses en la felicidad del cielo.

Alza tu mano en señal de esperanza.

El CARDENAL BEAUFORT muere.

Muere, y no hace ningún signo. Dios, ¡perdónalo!

WARWICK Una muerte tan mala es prueba de una vida atroz.

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REY ENRIQUE No juzguen: todos somos pecadores.

Cierren sus ojos y corran las cortinas,

y pongámonos a meditar.

Salen.

Se corren las cortinas. La cama es retirada.

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CUARTO ACTO

ESCENA I

Alarma. Combate en el mar. Entran un CAPITÁN, un CONTRAMAESTRE, un GRUMETE, Walter

WHITMORE y otros.

Con ellos, prisioneros, SUFFOLK, disfrazado, y dos CABALLEROS.

CAPITÁN El ostentoso, parloteante y compasivo día se ha deslizado en el seno del mar;

fuertes aullidos de lobos despiertan ya a los dragones que arrastran la noche trágica y melancólica;

los que, con sus somnolientas, lentas y batientes alas

golpean las tumbas de los muertos, y exhalan en el aire

por sus fauces brumosas una oscuridad nociva y contagiosa.

Por tanto, traigan a los soldados que ganamos; mientras nuestra embarcación ancla en los bajíos pagarán su rescate en la arena,

o mancharán con su sangre esta costa incolora.

Contramaestre,

Señalando al PRIMER CABALLERO.

te doy a este prisionero gratis.

Al GRUMETE.

Tú, que eres su amigo, saca provecho de él.

Señala al SEGUNDO CABALLERO.

El otro, (Señalando a SUFFOLK.) Walter Whitmore, es tu parte.

PRIMER CABALLERO (Al CAPITÁN.)

¿Cuál es mi rescate, contramaestre? Dime.

CONTRAMAESTRE Mil coronas, o prepara tu cabeza.

GRUMETE ( Al SEGUNDO CABALLERO.)

Y otro tanto pondrás tú, o cae la tuya.

CAPITÁN (A AMBOS.)

¿Cómo? ¿Les parece mucho pagar dos mil coronas teniendo porte y nombre de caballeros?

WHITMORE ¡Corta las gargantas de los dos villanos!

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Que las vidas que perdimos en combate queden compensadas con tan magra suma.

PRIMER CABALLERO Yo la daré, señor; respeta pues, mi vida.

SEGUNDO CABALLERO

Y yo también, y para ello escribiré enseguida a casa.

WHITMORE (A SUFFOLK.) Perdí un ojo al pasar la presa a bordo así que, para vengarme, morirás.

Y estos también, si yo estuviera al mando.

CAPITÁN No seas tan cruel: acepta el rescate y déjalo vivir.

SUFFOLK Mira mi Jorge: soy un caballero; ponme el precio que quieras y se te pagará.

WHITMORE También yo lo soy; mi nombre es Walter Whitmore.

¡Bueno! ¿De qué te asustas? ¿Temes morir?

SUFFOLK Me da miedo tu nombre: suena a muerte.

Un brujo calculó mi nacimiento

y dijo que moriría por agua.[12]

Pero no dejes que eso te enfurezca:

tu nombre es Gualterio, si se pronuncia bien.

WHITMORE Gualterio o Walter, no importa cómo, nunca el deshonor empañó nuestro nombre sin que con la espada quitáramos la mancha;

por tanto, si vendo mi venganza como un mercader,

que se rompa mi espada, que mis armas se quiebren y evaporen y me proclamen cobarde en todo el mundo.

SUFFOLK Basta, Whitmore; tu presa es un príncipe, el duque de Suffolk, Guillermo de la Pole.

WHITMORE ¿El duque de Suffolk en andrajos?

SUFFOLK Sí, pero estos andrajos no son parte del duque. Júpiter andaba disfrazado a veces; ¿por qué yo no?

CAPITÁN Pero a Júpiter nunca lo mataron, como va a pasarte a ti.

SUFFOLK Oscuro y vil campesino; la sangre del rey Enrique, la honorable sangre de Lancaster,

no debe derramarla un mozo tan innoble.

¿No anduviste sin sombrero junto a mi mula enjaezada alegrándote si asentía con la cabeza?

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¿Cuántas veces serviste mi copa,

comiste de mi plato, te arrodillaste ante la mesa después de que cenaba con la reina Margarita? Recuérdalo, y agacha la cabeza,

y doblega ya tu monstruoso orgullo. ¿Acaso no te has quedado en la antecámara, esperando mi llegada, como correspondía? Mi mano ha escrito en tu defensa

y podría silenciar tu escandalosa lengua.

WHITMORE Habla, capitán: ¿mato a este miserable deshecho?

CAPITÁN Primero deja que lo maten mis palabras, como a mí las suyas.

SUFFOLK Vil esclavo: tus palabras, como tú, son romas.

CAPITÁN Tráiganlo aquí y junto a nuestro barco córtenle la cabeza.

SUFFOLK No te atreverás, por la tuya.

CAPITÁN Sí, Pole.

SUFFOLK ¿Pole?

CAPITÁN Sí, pozo, perrera, estanque, sentina cuya mugre y basura enturbian la plateada fuente de la cual bebe Inglaterra. Ahora atascaré tu boca abierta,

por haberse tragado el tesoro del reino.

Tus labios, que besaban a la reina, besarán el suelo; y tú, que con la muerte de Humphrey sonreías

en vano harás tu mueca ante los insensatos vientos, que en respuesta te silbarán con desprecio. Y te casarás con las brujas del infierno

por atreverte a unir a un poderoso lord

con la hija de un rey sin importancia,

sin súbditos, sin riqueza ni diadema.

Te hiciste grande en tu diabólico gobierno y, como el ambicioso Sila, te hartaste

con trozos del sangriento corazón de tu madre. Por ti, Anjou y Maine fueron vendidos a Francia. Por ti los falsos y rebeldes normandos ya no nos llaman amos, y en Picardía

mataron gobernantes, sorprendieron nuestras fortalezas, e hicieron volver a los soldados harapientos y heridos.

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El poderoso Warwick, y todos los Nevile, cuyas fieras espadas nunca se alzaron porque sí, por odio a ti, se levantan en armas.

Y ahora la casa de York, expulsada del trono por el vergonzoso crimen de un rey inocente, y una soberbia y agresiva tiranía,

arde en fuego vengativo. Sus colores yerguen

con esperanza el medio rostro del sol, que trata de brillar; bajo él está escrito: Invitis nubibus.

El pueblo, aquí en Kent, está en armas,

y, para terminar, el reproche y la bajeza

han entrado arrastrándose en palacio.

Y todo por tu culpa.

(A WHITMORE.) ¡Vamos! Llévalo de aquí.

SUFFOLK ¡Ah, si yo fuera un dios para arrojar el trueno sobre esta caterva, abyecta y servil!

Lo pequeño enorgullece a los viles; este villano, capitán de chalupa, amenaza más que Bárgulo, el poderoso pirata de Varia.

Los zánganos no chupan la sangre del águila: roban del panal.

Es imposible que yo muera

a manos de un vasallo tan menor como tú. Tus palabras me dan ira y no remordimiento: llevo un mensaje de la reina a Francia. Te ordeno: ¡hazme cruzar el canal!

CAPITÁN Walter…

WHITMORE Ven, Suffolk, debo llevarte a tu muerte.

SUFFOLK Paene gelidus timor occupat artus.

Es a ti a quien temo.

WHITMORE Tendrás motivos para temer antes de que te deje.

¿Te has acobardado? ¿Te inclinarás ahora?

PRIMER CABALLERO Mi gracioso lord, suplícale, háblale cortésmente.

SUFFOLK La lengua imperial de Suffolk es severa y dura,

apta para mandar, incapaz de pedir favores.

Lejos de nosotros honrar a gente así

con humildades. No; que mi cabeza

se incline sobre el bloque antes de que mis rodillas se doblen ante quien no es Dios ni mi rey;

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y que dance sobre un poste ensangrentado antes de descubrirse frente a un mozo vulgar. La verdadera nobleza es ajena al temor:

puedo aguantar más que lo que te atreves a hacer.

CAPITÁN Llévenselo, y que no hable más.

SUFFOLK Vengan, «soldados», muestren su crueldad para que mi muerte no se olvide.

A menudo los grandes son muertos por canallas; un espadachín romano y un esclavo ladrón mataron al dulce Tulio; la mano bastarda de Bruto asesinó a Julio César; isleños salvajes

al gran Pompeyo; y Suffolk muere a manos de piratas.

Sale WHITMORE con SUFFOLK.

CAPITÁN Y en cuanto a estos que tenían rescate, nos complace que se marche uno de ellos.

Al SEGUNDO CABALLERO.

Así que ven con nosotros y a él (señala al PRIMER CABALLERO) déjenlo ir.

Salen todos menos el PRIMER CABALLERO.

Vuelve a entrar WHITMORE con la cabeza y el cadáver de SUFFOLK.

WHITMORE Que yazgan aquí su cuerpo y su cabeza hasta que su amante, la reina, lo sepulte.

PRIMER CABALLERO ¡Espectáculo bárbaro y sangriento!

Llevaré su cuerpo ante el rey.

Si él no lo venga, lo harán sus amigos;

así como la reina, que lo amó cuando vivía.

Sale con el cadáver.

ESCENA II

Entran dos REBELDES con largas estacas.

PRIMER REBELDE Ven, consigue una espada, aunque sea de madera; hace dos días que están en pie.

SEGUNDO REBELDE Tanta más necesidad tendrán ahora de dormir.

PRIMER REBELDE Te digo: Jack Cade el costurero quiere vestir al mundo, y

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cambiarlo, y ponerle una tela nueva.

SEGUNDO REBELDE La necesita, pues no tiene ropa. Creo que Inglaterra nunca volvió a ser feliz desde que aparecieron los señores.

PRIMER REBELDE ¡Ah, tiempo miserable! No se toma en cuenta la virtud de los artesanos.

SEGUNDO REBELDE La nobleza desprecia a quienes llevan delantales de cuero.

PRIMER REBELDE Y aun más; los del consejo no son buenos trabajadores.

SEGUNDO REBELDE Es cierto: y sin embargo se dice «trabaja según tu vocación»; lo que es igual a decir «que los magistrados sean trabajadores»; por lo tanto, deberíamos ser magistrados.

PRIMER REBELDE Muy bien dicho; no hay mejor indicio de una mente fina que una mano fuerte.

SEGUNDO REBELDE ¡Los veo! ¡Los veo! Ahí está el hijo de Best, el curtidor de Wingham.

PRIMER REBELDE Arrancará la piel a nuestros enemigos, para hacer con ellos cuero para perros.

SEGUNDO REBELDE Y Dick el carnicero.

PRIMER REBELDE Y el pecado es abatido como un buey, y el cuello de la crueldad se corta como el de un ternero.

SEGUNDO REBELDE Y Smith el hilandero.

PRIMER REBELDE Por lo tanto, se ha devanado el hilo de su vida.

SEGUNDO REBELDE Ven, ven, unámonos a ellos.

Tambor. Entran CADE, DICK el carnicero, SMITH el hilandero y un carpintero, un número infinito de rebeldes, todos con estacas.

CADE Nosotros, Juan Cade, así llamados por nuestro supuesto padre…

DICK ( Aparte.) O más bien por robar un barril[13] de arenques.

CADE Para que nuestros enemigos caigan ante nosotros, inspirados por el espíritu de destronar reyes y príncipes… ¡Ordena silencio!

DICK ¡Silencio!

CADE Mi padre fue un Mortimer.

DICK ( Aparte.) Era un hombre honesto, y un buen albañil.

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CADE Mi madre una Plantagenet.

DICK ( Aparte.) La conocí bien; era partera.

CADE Mi esposa desciende de los Lacy.

DICK (Aparte.) Era hija de un buhonero, y sin duda vendió muchos lazos.

SMITH ( Aparte.) Pero en los últimos tiempos, por no poder viajar con su fardo forrado, lava cubos aquí en casa.

CADE Por lo tanto soy de una casa honorable.

SMITH ( Aparte.) Sí, a mi fe, el campo es honorable; y allí nació, bajo un seto, pues su padre nunca tuvo más casa que la cárcel.

CADE Soy valiente.

SMITH ( Aparte.) Y ha de serlo; mendigar es de valientes.

CADE Tengo gran resistencia.

DICK ( Aparte.) Sin lugar a dudas; he visto cómo lo azotaban en el mercado tres días seguidos.

CADE No le temo ni a la espada ni al fuego.

SMITH ( Aparte.) Y no tiene que temerle; su cota es a prueba de agujeros.

DICK ( Aparte.) Pero creo que al fuego debería temerle, pues le quemaron la mano por robar ovejas.

CADE Sean valientes, entonces, pues su capitán lo es, y promete reformas. En Inglaterra se conseguirán siete panes de medio penique por un penique; el jarro de tres medidas tendrá diez; y se considerará felonía beber poca cerveza. Todo en el reino será común, y mi palafranero irá a pastar a Cheapside; y cuando sea rey, como rey seré…

TODOS ¡Dios salve a su majestad!

CADE Buen pueblo, les agradezco; no habrá dinero. Todos comerán y beberán a mis expensas, y a todos los vestiré con una librea sola, para que se entiendan como hermanos y me adoren como su señor.

DICK Lo primero que haremos será matar a todos los abogados.

CADE No, eso lo haré yo. ¿No es lamentable acaso que se haga pergamino de la piel de un cordero inocente? ¿Y que el pergamino, una vez escrito, arruine a un hombre? Algunos dicen que la abeja pica; pero yo digo: es la cera de la abeja. Solo una vez sellé una cosa, y nunca he vuelto a ser dueño de mí

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mismo. ¡Eh! ¿Quién anda ahí?

Entran unos trayendo al NOTARIO de Chatham.

SMITH El notario de Chatham; sabe leer, escribir y sacar cuentas.

CADE ¡Oh, monstruoso!

SMITH Lo sorprendimos poniéndoles copias a los niños.

CADE ¡He aquí a un villano!

SMITH Lleva un libro en el bolsillo, con letras rojas.

CADE Entonces es un brujo.

DICK Sabe hacer contratos y escribir documentos.

CADE Lo siento: el hombre es persona de bien, por mi honor. A menos que lo halle culpable, no morirá. Ven aquí, tunante, debo examinarte. ¿Cómo te llamas?

NOTARIO Emanuel.

DICK Lo usan para encabezar las cartas… Eso te costará.

CADE Déjenme solo. (Al NOTARIO.) ¿Sabes escribir tu nombre? ¿O haces una marca, como un hombre honesto y sencillo?

NOTARIO Señor, gracias a Dios, me educaron tan bien que sé escribir mi nombre.

TODOS Ha confesado: ¡que se lo lleven! Es un villano y un traidor.

CADE Largo con él, digo. Cuélguenlo, con la pluma y el tintero alrededor del cuello.

Sale uno con el NOTARIO. Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO ¿Dónde está nuestro general?

CADE Aquí estoy, peculiar sujeto.

MENSAJERO ¡Huye, huye, huye! Sir Humphrey Stafford y su hermano están muy cerca, con las fuerzas del rey.

CADE Quieto, villano, quieto, o te derribo. Se encontrará con un hombre tan bueno como él. Es solo un caballero, ¿no?

MENSAJERO No.

CADE Para igualarlo me armaré caballero al instante. (Se arrodilla y se arma caballero.) Levántate, sir Juan Mortimer. (Se levanta.) ¡Ahora, a él!

Entra sir Humphrey STAFFORD con su HERMANO,

tropas y un tambor.

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STAFFORD Campesinos rebeldes, mugre y ralea de Kent, hechos para la horca, depongan las armas, vuelvan a sus casas, abandonen a este siervo.

El rey tendrá piedad si se arrepienten.

HERMANO Pero si continúan se enfadará,

y será vengativo y sanguinario. Ríndanse, pues, o mueran.

CADE ( A sus seguidores.)

A estos esclavos con traje de seda, no los escucho.

Es con ustedes, buenas gentes, que hablo,

sobre quienes espero reinar en Inglaterra,

ya que soy el legítimo heredero del trono.

STAFFORD Villano, tu padre era yesero;

y tú mismo, esquilador, ¿no es cierto?

CADE Y Adán, un jardinero.

HERMANO ¿Y qué hay con eso?

CADE Pues esto: Eduardo Mortimer, conde de March, se casó con la hija del duque de Clarence, ¿no?

STAFFORD Sí, señor.

CADE Con ella tuvo dos hijos de una vez.

HERMANO Eso es falso.

CADE Sí, ahí está el asunto. Pero yo digo que es cierto.

El mayor de ellos, dado a criar,

fue robado por un mendigo;

e, ignorante de su cuna y parentesco,

se hizo albañil cuando llegó a mayor.

Yo soy su hijo; niéguenlo, si pueden.

DICK No, es muy cierto. Por lo tanto, será rey.

SMITH Señor, él hizo una chimenea en casa de mi padre, y los ladrillos viven aún para atestiguarlo. Así que no lo nieguen.

STAFFORD ( A los seguidores.)

¿Y darán ustedes crédito a este farsante

que habla sin saber lo que dice?

TODOS Sí, a fe, le creemos. Así que váyanse.

HERMANO Jack Cade, eso te lo ha dicho el duque de York.

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CADE (Aparte.) Miente, pues lo inventé yo mismo. (En voz alta.) Ve, tunante, dile al rey de mi parte que, por su padre Enrique V, en cuyo tiempo los niños jugaban al tejo con las coronas francesas, estoy contento de que reine; pero que seré su protector.

DICK Y además, tendremos la cabeza de lord Saye por haber vendido el ducado de Maine.

CADE Buena razón; por ello Inglaterra está menguada, y casi con muletas si mi poder no la sostiene. Compañeros reyes; les digo que lord Saye ha castrado al Estado, y lo ha convertido en eunuco; y aun más: sabe hablar francés y por lo tanto es un traidor.

STAFFORD ¡Oh, grande y miserable ignorancia!

CADE No: díganme, si pueden. Los franceses son nuestros enemigos. Entonces, pregunto: el que habla la lengua de un enemigo, ¿puede ser un buen consejero?

TODOS No, no; ¡y por ello tendremos su cabeza!

HERMANO Bueno: si las buenas palabras no sirven atáquenlos con el ejército del rey.

STAFFORD Heraldo, ve; y por todos los pueblos proclama traidores a los que estén con Cade; para que los que huyan antes del fin de la batalla aun ante la vista de sus hijos y esposas, cuelguen frente a su puerta, como ejemplo.

¡Y ustedes, amigos del rey, vengan conmigo!

Salen los STAFFORD con sus tropas.

CADE Y los que aman al pueblo, vengan conmigo. Demuestren ahora que son hombres; es por la libertad. No dejaremos ni un señor, ni un caballero: perdonaremos solo a los que usan zapatos claveteados, pues son hombres honestos, laboriosos,

que quieren, si se atreven, estar de nuestro lado.

DICK Están todos en orden y en marcha hacia nosotros.

CADE Pero nuestro orden es estar desordenados.

¡Vamos, adelante!

Salen.

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ESCENA III

Alarmas; combate; escaramuzas donde mueren los dos Stafford. Entran CADE, DICK y los otros.

CADE ¿Dónde está Dick, el carnicero de Ashford?

DICK Aquí, señor.

CADE Caen ante ti como ovejas y bueyes, y te comportaste como si hubieras estado en tu propio matadero. Por ello, entonces, te recompensaré: la cuaresma durará el doble. Tendrás licencia para matar a uno menos de cien.

DICK No deseo más.

CADE Y, a decir verdad, no mereces menos. (Se viste con la armadura de un STAFFORD.) Me pondré este recuerdo de la victoria; y los cuerpos serán arrastrados por las patas de mi caballo hasta que llegue a Londres, donde haremos que nos lleven la espada del alcalde.

DICK Si queremos prosperar y hacer el bien, abre las galeras y libera a los presos.

CADE No temas por eso, te lo prometo. Vamos, marchemos hacia Londres.

Salen arrastrando los cadáveres de los STAFFORD.

ESCENA IV

Entran el REY ENRIQUE, leyendo una súplica, y la REINA MARGARITA con la cabeza de Suffolk; el duque de BUCKINGHAM, lord SAYE y otros.

REINA MARGARITA He oído a menudo que la pena ablanda el alma, la degenera y la vuelve medrosa;

por tanto, pensemos en vengarnos y en dejar de llorar.

¿Pero quién puede no llorar si mira esto? Aquí respira su cabeza en mi pecho palpitante, pero, ¿dónde está el cuerpo que debería abrazar?

BUCKINGHAM ( Al REY ENRIQUE.) ¿Qué respuesta da su gracia a la súplica rebelde?

REY ENRIQUE Mandaré a un santo obispo a exhortarlos; pues Dios no permite que tantas almas simples perezcan por la espada. Y yo,

antes que la sangrienta guerra los destruya, parlamentaré con Jack Cade, su general. Pero esperen, la leeré otra vez.

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Lee.

REINA MARGARITA ( A la cabeza de SUFFOLK.)

¡Ah, bárbaros villanos! Este bello rostro que rigió como un planeta errante sobre mí, ¿no logró ablandar a aquellos

que no eran dignos ni de contemplarlo?

REY ENRIQUE Lord Saye, Jack Cade ha jurado que tendrá tu cabeza.

SAYE Sí; ojalá que su alteza tenga la de él.

REY ENRIQUE (A la REINA MARGARITA.) ¿Cómo, señora?

¿Aún lamentándote y llorando por Suffolk? Me temo, amor, que si hubiera muerto yo no te hubieras afligido tanto.

REINA MARGARITA No, mi amor, no lo habría hecho; habría muerto por ti.

Entra un MENSAJERO.

REY ENRIQUE ¿Qué pasa? ¿Qué hay de nuevo? ¿Por qué tanta prisa?

MENSAJERO Los rebeldes están en Southwark. ¡Huye, milord!

Jack Cade se proclama lord Mortimer,

de la estirpe del duque de Clarence,

abiertamente te llama usurpador

y promete coronarse en Westminster.

Su ejército es una turba andrajosa

de siervos y patanes, rudos e inclementes.

La muerte de sir Humphrey Stafford y su hermano les da ánimo y coraje para continuar:

a todos los eruditos, abogados, caballeros y cortesanos los llaman falsos y rapaces, y se proponen matarlos.

REY ENRIQUE Ah, gente sin gracia. No saben lo que hacen.

BUCKINGHAM Mi gracioso lord, retírate a Kenilworth, hasta que reunamos fuerzas que los venzan.

REINA MARGARITA ¡Ah, si el duque de Suffolk viviera los rebeldes de Kent pronto serían aplacados!

REY ENRIQUE Saye, los traidores te odian; ven con nosotros a Kenilworth.

SAYE De ese modo estarías tú en peligro.

Mi visión les es odiosa;

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por tanto me quedaré en esta ciudad

y viviré solo, tan en secreto como pueda.

Entra otro MENSAJERO.

MENSAJERO ( Al REY ENRIQUE.)

Jack Cade ha tomado el puente de Londres: los ciudadanos huyen y abandonan sus casas: la canalla, sedienta de muerte,

se une al traidor, y entre todos juran

saquear la ciudad y tu corte real.

BUCKINGHAM ( Al REY ENRIQUE.)

Entonces, no tardes, milord. Vamos, ensilla.

REY ENRIQUE

Ven, Margarita; Dios, nuestra esperanza, nos socorrerá.

REINA MARGARITA ( Aparte.)

Ya no tengo esperanza desde que ha muerto Suffolk.

REY ENRIQUE (A SAYE.) Adiós, milord; no te fíes de los rebeldes.

BUCKINGHAM No te fíes de nadie, que pueden traicionarte.

SAYE Mi confianza reside en mi inocencia; por eso soy valiente y decidido.

Salen. SAYE por un lado, los demás por otro.

ESCENA V

Entra lord SCALES en la Torre, caminando.

Luego, por debajo, dos o tres CIUDADANOS.

SCALES ¿Qué? ¿Han matado a Jack Cade?

PRIMER CIUDADANO No, mi señor, ni cerca de estar muerto; pues él y los suyos han ganado el puente, matando a todos los que se les resistían. El alcalde pide a su excelencia que, desde la Torre, defienda a la ciudad de los rebeldes.

SCALES La ayuda que piden es todo cuanto podría dar, si yo mismo no tuviera aquí problemas.

Los rebeldes han tratado de ganar la Torre. Pero vayan a Whitfield y reúnan sus fuerzas, y allí les mandaré a Matías Goffe. ¡Peleen por su rey, su patria y sus vidas!

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Y adiós, pues debo partir de nuevo.

Salen.

ESCENA VI

Entra Jack CADE con los otros, y golpea con su espada

en el mojón de Londres.

CADE Ahora Mortimer es señor de esta ciudad. Aquí, sentado en el mojón de Londres, ordeno y mando que, a costo de la ciudad, no corra nada por el canal salvo vino clarete. Y desde ahora será traidor todo el que me llame otra cosa que lord Mortimer.

Entra un SOLDADO corriendo.

SOLDADO ¡Jack Cade! ¡Jack Cade!

CADE ¡Por las heridas de Cristo! ¡Derríbenlo ahí mismo!

Lo matan.

SMITH Si este sujeto es sabio, no volverá a llamarte Jack Cade:

creo que ha sido un muy buen aviso.

DICK (Toma un papel del mensajero y lo lee.)

«Milord, se ha reunido un ejército en Smithfield.»

CADE Pues vamos a combatirlo: pero antes, prendan fuego al puente de Londres; y, si pueden, quemen también la Torre. Vamos de una vez.

Salen.

ESCENA VII

Alarma. Escaramuzas, dentro. Es asesinado Matías Goffe, junto a los demás. Entra Jack CADE con su compañía y JUAN, un rebelde.

CADE Bien, señores; ahora vayan algunos a tirar abajo el Savoy; otros adonde viven los estudiantes de Derecho; liquídenlos a todos.

DICK Tengo una propuesta para su señoría.

CADE Si es una señoría, esa palabra te la concede.

DICK Es solo que las leyes de Inglaterra salgan de tu boca.

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JUAN (Aparte.) ¡Por la misa! Serán leyes adoloridas, pues a este le clavaron una lanza en la boca y aún no está del todo bien.

SMITH ( Aparte.) No, Juan, serán leyes hediondas, porque el aliento le apesta por comer queso tostado.

CADE Lo he pensado; así será. ¡Largo! Quemen todos los registros del reino. Mi boca será el Parlamento de Inglaterra.

JUAN (Aparte.) Pues tendremos estatutos mordedores, a menos que le quiten los dientes.

CADE Y de aquí en adelante, todo será de la comunidad.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Milord, ¡una presa, una presa! Aquí está lord Saye, el que vendió las ciudades de Francia; el que nos hizo pagar veintiún quinceavos y un chelín por libra en el último subsidio.

Entra un REBELDE

con lord SAYE.

CADE Bien, por eso será decapitado diez veces. (A SAYE.) ¡Ah, tú, saya, sarga, qué digo, retazo de lino! Hete aquí a tiro de pistola de nuestra jurisdicción real. ¿Qué puedes responder a mi majestad por la entrega de Normandía a monsieur Basimecu, el delfín de Francia? Entérate junto a estas presencias, incluida la de Juan Mortimer, que yo soy la escoba encargada de barrer de la corte a mugres como tú. Has corrompido como traidor a la juventud del reino erigiendo una escuela primaria; y mientras que nuestros antepasados no tenían más libros que la muesca en la madera, has hecho que se usara una imprenta, y, en contra del rey, de su corona y de su dignidad, has construido un molino de papel. Se te probará en la cara que tenías gente contigo que habla, habitualmente, de sustantivo y verbo, y dice palabras tan abominables que ningún oído cristiano puede soportar. Has nombrado jueces de paz para que citasen a personas pobres por asuntos por los que no sabían responder. Encima, los metiste en la cárcel y, como no sabían leer, los colgaste, cuando solo por eso habrían merecido vivir. ¿Montas sobre gualdrapas, no?

SAYE ¿Y qué hay con eso?

CADE Pues no deberías dejar que tu caballo usara capa, cuando hombres más honestos que tú van de calzas y jubón.

DICK Sí, y también trabajan en camisa; como yo, por ejemplo, que soy carnicero.

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SAYE Hombres de Kent…

DICK ¿Qué dices de Kent?

SAYE Solo esto: bona terra, mala gens.

CADE Bonum terrum. Rayos, ¿y eso qué es?

DICK Francés.

PRIMER REBELDE No, holandés.

SEGUNDO REBELDE No, es italiano, lo conozco bien.

SAYE Déjenme hablar, y llévenme luego donde quieran.

En los comentarios escritos por César,

Kent es llamado el sitio más civil de la isla;

dulce es el país, pues está lleno de riquezas;

el pueblo es liberal, valiente, activo y próspero,

lo que me hace esperar que no les falte piedad.

Yo no vendí Maine ni perdí Normandía,

mas para recobrarlos perdería mi vida.

Siempre he hecho justicia con clemencia;

me han movido súplicas y lágrimas, nunca presentes.

¿Cuándo he exigido a sus manos cosa alguna sino para mantener al reino, al rey y a ustedes? A los letrados doctos di grandes regalos, pues mi cultura me hizo preferido del rey,

y en tanto la ignorancia es maldición de Dios,

y el conocimiento el ala con que volamos al cielo, a menos que estén poseídos por espíritus diabólicos deben abstenerse de matarme.

Esta lengua ha hablado con reyes extranjeros en defensa de ustedes…

CADE ¡Bah! ¿Cuándo diste un solo golpe en el campo?

SAYE Los grandes hombres tienen largo alcance; a menudo he golpeado a quienes nunca había visto, y los maté.

REBELDE ¡Ah, monstruoso cobarde! ¿Pegas por la espalda?

SAYE Estas mejillas han palidecido por cuidar de tu bien.

CADE Denle una bofetada, y quedarán otra vez rojas.

Uno de los REBELDES le pega.

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SAYE Largas sesiones para evaluar las causas de los pobres me han llenado de enfermedades y dolencias.

CADE Entonces tomarás caldo de soga, con ayuda de un hacha.

DICK ¿Por qué tiemblas, hombre?

SAYE Es la parálisis, no el miedo.

CADE No; menea la cabeza, como si dijera «ya me la cobraré». Veré si su cabeza se mantiene más firme en un poste, o no. Llévenselo, y al hacha.

SAYE Díganme de qué soy culpable.

¿Afecté a la riqueza o al honor? Hablen. ¿Están mis arcas llenas de oro de extorsiones? ¿Es mi ropa de apariencia suntuosa?

¿A quién injurié de los que quieren mi muerte? Estas manos están libres de verter sangre inocente, este pecho de albergar viles y falsos pensamientos. ¡Déjenme vivir!

CADE (Aparte.) Sus palabras me dan remordimiento; pero lo refrenaré. Morirá, y no será por abogar tan bien por su vida. (En voz alta.) ¡Llévenselo! Tiene un familiar bajo la lengua. No habla en nombre de Dios. Vamos, fuera con él, digo, y córtenle enseguida la cabeza; luego entren en casa de su yerno, sir Jaime Cromes, y córtenle la cabeza, y tráiganme las dos sobre dos postes.

TODOS ¡Así se hará!

SAYE ¡Ah, compatriotas! Si cuando dicen sus plegarias Dios fuera tan despiadado con ustedes,

¿qué sería de sus almas cuando partan?

Por lo tanto, apiádense, perdónenme la vida.

CADE ¡Fuera! Y hagan lo que les mando. (Salen algunos con lord SAYE.) El par más orgulloso del reino no llevará su cabeza en los hombros si no me paga tributo. No se casará una doncella sin entregarme a mí su doncellez antes que la tengan otros; los hombres me tendrán como su jefe, y encargamos y ordenamos que sus esposas sean tan libres como el corazón lo pida o la lengua lo exprese.

DICK Milord, ¿cuándo iremos a Cheapside a llevarnos mercancías en nuestras picas?

CADE ¡Vaya! De inmediato.

TODOS ¡Oh! ¡Excelente!

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Vuelve a entrar uno con dos cabezas.

CADE ¿Acaso esto no es más excelente? Que se besen, ya que se amaban en vida. Ahora sepárenlos de nuevo, no sea que se consulten sobre la entrega de más ciudades en Francia. Soldados, difieran el saqueo de la ciudad hasta la noche; pues iremos por las calles con estos delante de nosotros, en vez de mazas, y en cada esquina haremos que se besen. ¡Largo de aquí!

Salen dos con las cabezas.

Otros empiezan a seguirlos.

¡Por la calle Fish! ¡Doblen por la esquina de San Magnus! ¡Maten y derriben! ¡Tírenlos al Támesis! (Suena un toque de parlamento.) ¿Qué ruido es ese? ¿Alguien se atreve a tocar a retirada o parlamento cuando ordeno matar?

Entran el duque de BUCKINGHAM

y el anciano lord CLIFFORD.

BUCKINGHAM ¡Sí, aquí están los que osan molestarte, y lo harán!

Cade, venimos como embajadores del rey

a los que llevaste por el mal camino,

y aquí declaramos el perdón para todos

los que te abandonen y vuelvan a su casa en paz.

CLIFFORD ¿Qué dicen, compatriotas? ¿Se arrepentirán para rendirse a la merced aquí ofrecida

o dejarán que un rebelde los lleve a la muerte?

Quien ame al rey y abrace su perdón

que arroje su gorro y diga «Dios salve a su alteza».

Quien lo odie, y no honre a su padre Enrique V, que hizo temblar a toda Francia que deje su arma ante nosotros y pase.

Arrojan las gorras y abandonan a CADE.

TODOS ¡Dios salve al rey! ¡Dios salve al rey!

CADE Buckingham y Clifford, ¿son ustedes tan bravos? (A la turba.) Y ustedes, campesinos, ¿les creen? ¿Quieren ser ahorcados con sus pendones al cuello? ¿Mi espada se abrió camino por las puertas de Londres para que me abandonaran en el White Hart, de Southwark? Creí que nunca, entregarían sus armas hasta recobrar su antigua libertad; pero son cobardes y miedosos, y les gusta vivir como esclavos de los nobles. Que les rompan las espaldas con cargas, que les quiten sus casas, que rapten a sus hijas y a sus esposas delante de ustedes. En cuanto a mí, me las ingeniaré solo. ¡Que el rayo de

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la maldición de Dios caiga sobre todos ustedes!

TODOS ¡Seguiremos a Cade! ¡Seguiremos a Cade!

Vuelven con CADE.

CLIFFORD ¿Es Cade el hijo de Enrique V, para que griten así que van a seguirlo?

¿Los hará acaso atravesar el corazón de Francia

y convertirá en condes y duques a los más humildes?

¡Ay! No tiene casa ni sitio adonde huir,

ni sabe cómo vivir si no es por el despojo:

robando a sus amigos y a nosotros.

¿No sería vergonzoso que mientras viven en discordia los miedosos franceses, a quienes ustedes derrotaron, dieran un salto sobre el mar y los vencieran? Me parece ya ver en esta guerra civil

que se adueñan de las calles de Londres

y gritan «¡Villiago!» a cuantos se les cruzan.

Más vale que perezcan diez mil Cades de baja estofa antes que inclinarse a la merced de un francés.

¡A Francia, a Francia, y recuperen lo perdido! Salven Inglaterra, que es su costa natal; Enrique es rico, ustedes fuertes y viriles. Dios está a nuestro lado, no duden del triunfo.

TODOS ¡Clifford! ¡Clifford! Seguiremos al rey y a Clifford.

Abandonan a CADE.

CADE ¿Alguna vez una pluma fue soplada con más facilidad, para aquí y para allá, que esta multitud? El nombre de Enrique V los arrastra a cien fechorías y los hace dejarme desolado. Ya los veo confabularse para agarrarme por sorpresa. Que mi espada me abra paso, pues no puedo quedarme. ¡Pese a los demonios y al infierno, pasaré por el mismo medio! Y los cielos y el honor sean testigos de que no me falta resolución pero las bajas e ignominiosas traiciones de mis seguidores me hacen confiar más en mis talones.

Pasa por entre ellos con su bastón y huye.

BUCKINGHAM ¿Qué, ha huido? Vayan, síganlo; y quien lleve su cabeza ante el rey tendrá de recompensa mil coronas.

Salen algunos.

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Síganme, soldados; veremos el medio

de reconciliarlos a todos con el rey.

Salen.

ESCENA VIII

Suenan trompetas. Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA y el duque de SOMERSET a la terraza.

REY ENRIQUE ¿Alguna vez gozó un rey de trono en la tierra y pudo disponer de sus deseos más que yo? Apenas salido de la cuna

me hicieron rey, a los nueve meses.

Nunca un súbdito quiso más ser rey

que lo que yo ansío ser un súbdito.

Entran BUCKINGHAM y CLIFFORD.

BUCKINGHAM ¡Salud y alegres nuevas para su majestad!

REY ENRIQUE ¿Qué, Buckingham? ¿Han apresado a Cade el traidor?

¿O se ha retirado para hacerse más fuerte?

Entran, debajo, multitudes con sogas al cuello.

CLIFFORD Ha huido, milord, y cede todas sus fuerzas; y así, con humildad, con sogas en los cuellos esperan la sentencia de su alteza, vida o muerte.

REY ENRIQUE Entonces, cielo, abre tus puertas eternas para recibir mis votos de alabanza y gratitud.

(A la multitud de abajo.) Soldados, hoy redimieron sus vidas y mostraron cuánto aman al rey y a su país; sigan con esta buena actitud

y Enrique, aunque sea infortunado,

se lo asegura, nunca será ingrato.

Y así, con mil gracias y perdón para todos, los envío a sus condados respectivos.

TODOS ¡Dios salve al rey! ¡Dios salve al rey!

Sale debajo la multitud.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Plazca a su gracia ser advertido

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de que el duque de York ha vuelto de Irlanda, y de que con poderosa fuerza de soldados e infantes irlandeses

marcha hacia aquí con actitud soberbia

y aun proclama, mientras va avanzando,

que sus armas son solo para alejar de ti

al duque de Somerset, al que llama traidor.

REY ENRIQUE

Así va mi estado, entre la aflicción de Cade y la de York, como un barco que, tras haber escapado a una borrasca, pronto se calma y es abordado por piratas.

Cade fue repelido, sus hombres se dispersan, y viene York en armas para tomar mi puesto. Te lo ruego, Buckingham, ve y habla con él: pregúntale cuál es la razón de que esté armado. Dile que mandaré al duque Eduardo a la Torre; y a ti, Somerset, te confinaremos allí hasta que su ejército se separe de él.

SOMERSET Milord, me entregaré a prisión de buena gana, o a la muerte, por el bien de mi patria.

REY ENRIQUE (A BUCKINGHAM.)

De cualquier modo, no uses términos muy rudos; es orgulloso y no soporta palabras groseras.

BUCKINGHAM Lo haré, milord; no dudes en actuar

para que todo redunde en beneficios.

REY ENRIQUE Vamos, esposa, entremos, y aprendamos a gobernar mejor; aún podría Inglaterra maldecir mi reinado miserable.

Trompetas.

Salen.

ESCENA IX

Entra CADE.

CADE ¡Maldita ambición! ¡Maldito yo, que tengo una espada, y sin embargo estoy cerca de morir de hambre! Durante estos cinco días me he escondido en el bosque y no me animé a asomarme, pues hay trampas para mí en todo el país. Pero ahora estoy tan hambriento que aunque tuviera un contrato de

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por vida por mil años no podría aguantar más aquí. Por eso he subido a este jardín por un muro de ladrillos, a ver si puedo comer hierba, o usar mi casco como ensaladera, lo que no es malo para refrescar el estómago en este tiempo caluroso. Y pienso que esta palabra, «ensaladera» nació para hacerme bien; pues muchas veces, de no ser por ella, me habrían partido la mollera de un garrotazo; y muchas veces, cuando marchaba con valentía y con sed, me ha servido para beber como un jarro de cuarto; y ahora debe albergar mi alimento.

Se agacha a comer hierbas. Entra IDEN.

IDEN ¿Señor, quién viviría en el tumulto de la corte si puede disfrutar de estas calmas caminatas? La pequeña herencia que me dejó mi padre me satisface, y vale como una monarquía.

No busco engrandecerme con la desgracia ajena ni acumular riquezas, no sé con qué codicia; me basta con mantener mi estado

y despedir en mi puerta al pobre satisfecho.

CADE se levanta.

CADE (Aparte.) ¡Rayos! He aquí al dueño del jardín, que viene a apresarme como vago, por entrar sin permiso en su propiedad. (A IDEN.) Ah, villano, me traicionarás y obtendrás del rey mil coronas por llevarle mi cabeza: pero yo te haré comer hierro, como un avestruz, y tragar mi espada como un grueso alfiler, antes de que nos separemos.

IDEN Vaya, rudo compañero, quienquiera seas, no te conozco; ¿por qué iba a traicionarte? ¿No es suficiente entrar en mi jardín

y, como un ladrón, robar de mis tierras, trepando por mi muro aunque soy el dueño, que debes desafiarme con esas insolencias?

CADE ¿Desafiarte? Sí, por la mejor sangre jamás derramada; y también te tiraré de la barba. Mírame bien: no he comido carne en cinco días; pero ven tú con cinco hombres, y si no los dejo muertos como clavos de puerta, ruego a Dios que no me deje comer más hierba.

IDEN No; nunca podrá decirse, mientras Inglaterra exista, que Alexander Iden, caballero de Kent, combate contra un pobre ser hambriento.

Opón tus ojos, de firme mirada, a los míos y ve si puedes así intimidarme.

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Si comparamos miembro con miembro, eres muy inferior; tu mano es para mi puño un dedo;

tu pierna un palo al lado de este tronco.

Bastaría mi pie contra toda tu fuerza,

y si mi brazo se levanta en el aire,

ya tienes cavada la fosa.

En cuanto a las palabras, cuya grandeza responde a las tuyas, que esta espada diga lo que el habla no permite.

CADE ¡Por mi valor, el campeón más completo que he conocido! Acero, si tu filo no acierta, o no cortas en filetes a este payaso colosal antes de dormir en tu vaina, ruego a Dios (de rodillas) que acabes como clavo de herradura. (Aquí pelean. Cae CADE.) ¡Oh, muerto soy! El hambre, no otra cosa, me ha matado: que diez mil diablos vengan en mi contra, y, si me dan las diez comidas que me salteé, los desafiaré a todos. Marchítate, jardín; y desde ahora, sirve de cementerio a todos los que viven en esta casa, pues ha huido el alma invicta de Cade.

IDEN ¿Es a Cade a quien he matado, ese traidor monstruoso?

Espada, te consagraré por esta hazaña,

y colgarás sobre mi tumba cuando muera.

Nunca limpiaré esta sangre de tu punta;

la ostentarás, cual la casaca de un heraldo

como blasón del honor que ha alcanzado tu dueño.

CADE Iden, adiós; enorgullécete de tu victoria. Dile a Kent de mi parte que ha perdido a su mejor hombre, y exhorta a todos a que sean cobardes; pues yo, que nunca temí a nadie, he caído ante el hambre y no ante el valor.

Muere.

IDEN Que el cielo juzgue cuánto me ultrajas.

¡Muere, condenado, maldición de la que te parió!

Y así (clavándole la espada de nuevo) como atravieso tu cuerpo desearía tirar tu alma al infierno.

Te arrastraré de cabeza por los talones

hasta un estercolero, que será tu tumba;

y allí sin gracia cortaré tu cabeza,

que llevaré al rey como trofeo,

y que tu tronco sea pasto de los cuervos.

Sale.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Entra YORK con su ejército de irlandeses,

con tambores y banderas.

YORK Llega York desde Irlanda a reclamar derechos y arrancar la corona de una débil cabeza;

toquen, campanas, alto; ardan, hogueras, claras y brillantes, para celebrar al rey legítimo de la gran Inglaterra.

¡Ah, sancta majestas! ¿Quién no te compraría cara? Que obedezcan aquellos que no saben mandar; esta mano fue hecha solo para manejar oro.

No puedo dar acción debida a mis palabras si no le dan equilibrio un cetro o una lanza. Un cetro tendrá, si yo tengo espada,

sobre la cual arrojaré la flor de lis de Francia.

Entra BUCKINGHAM.

(Aparte.) ¿Quién viene aquí? ¿Buckingham, a molestarme?

Seguro que lo ha enviado el rey; debo disimular.

BUCKINGHAM York, si tienes buena intención, te saludo bien.

YORK Humphrey de Buckingham, acepto tu saludo.

¿Eres mensajero, o vienes por placer?

BUCKINGHAM Mensajero de Enrique, nuestro temido señor, para saber por qué estas armas en tiempo de paz;

o por qué tú, súbdito como yo, contra tu juramento de sincera lealtad reúnes sin permiso fuerzas tan poderosas y te atreves a llevarlas tan cerca de la corte.

YORK (Aparte.) Apenas puedo hablar, de tanta cólera: podría partir rocas y pelear con pedernales, tanto me irritan esos términos abyectos.

Y ahora, como Áyax Telamonio

podría volcar mi furia en ovejas o bueyes. Mi cuna es mucho mejor que la del rey, soy más rey, más regio en lo que pienso:

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mas debo seguir en buen clima por un tiempo

hasta que el rey se debilite y yo me fortalezca.

(En voz alta.) Buckingham, te ruego me perdones,

por haber demorado mi respuesta;

una honda melancolía me confunde la mente.

Traje a este ejército hasta aquí

para alejar del rey al orgulloso Somerset, sedicioso contra su gracia y el Estado.

BUCKINGHAM Esa es demasiada presunción de tu parte; pero si tus armas no tienen otro objeto,

el rey ya ha cedido a tu demanda.

El duque de Somerset está en la Torre.

YORK ¿Juras que está prisionero?

BUCKINGHAM Juro que está.

YORK Entonces, Buckingham, licencio a mis tropas. Soldados, les agradezco a todos; dispérsense. Nos veremos mañana en el campo de San Jorge, donde tendrán su paga y todo cuanto quieran.

Salen los soldados.

(A BUCKINGHAM.) Y que mi soberano, el virtuoso Enrique, ponga a mi hijo mayor bajo sus órdenes;

no, a todos, como prendas de mi fidelidad y amor. Los enviaré con tantas ganas como tengo de vivir. Tierras, bienes, caballo, armadura, todo lo que tengo es para él, con tal que muera Somerset.

BUCKINGHAM York, trasmito tu atenta sumisión.

Vamos juntos a la tienda de su alteza.

Entra el REY ENRIQUE con su séquito.

REY ENRIQUE Buckingham, ¿es que York no quiere dañarnos, que así marcha del brazo contigo?

YORK Con total sumisión y humildad

York se presenta ante su alteza.

REY ENRIQUE Entonces, ¿con qué fin traes esas fuerzas?

YORK Con el de desplazar de ti al traidor Somerset, y luchar contra Cade, el monstruoso rebelde,

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de quien después oí que ha sido derrotado.

Entra IDEN con la cabeza de Cade.

IDEN Si alguien tan tosco y de tan baja condición puede estar en presencia de un rey,

(se arrodilla) mira; presento a su gracia la cabeza de un traidor, la cabeza de Cade, a quien maté en combate.

REY ENRIQUE ¿La cabeza de Cade? ¡Dios, qué justo eres!

Déjame ver el rostro, ahora muerto,

del que vivo me causó tantos problemas.

Dime, amigo, ¿eres tú quien lo mató?

IDEN (Alzándose.) Fui yo, si place a su alteza.

REY ENRIQUE ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu jerarquía?

IDEN Alexander Iden es mi nombre;

un pobre caballero de Kent que ama a su rey.

BUCKINGHAM ( Al REY ENRIQUE.)

Si te place, milord, no sería improcedente hacerlo caballero por su buen servicio.

REY ENRIQUE Iden, arrodíllate:

Se arrodilla y el REY lo unge.

Levántate caballero.

Te damos mil marcos de recompensa,

y desde ahora queremos tu ayuda.

IDEN Que Iden viva para merecer el premio y no ser fiel sino a su alteza.

Sale. Entran la REINA MARGARITA y SOMERSET.

REY ENRIQUE Mira, Buckingham; Somerset viene con la reina.

Ve y dile a ella que lo esconda del duque.

REINA MARGARITA No ocultaré su cabeza por mil York; se mantendrá firme y lo mirará a la cara.

YORK ¿Qué es esto? ¿Somerset en libertad?

Entonces, York, suelta tus pensamientos, ha tiempo aprisionados, y que tu lengua iguale a tu pecho. ¿Resistiré la visión de Somerset?

¡Falso rey! ¿Por qué abusaste de mi fe

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sabiendo cuán poco aguanto los insultos?

¿Rey te llamé? No, tú no eres rey;

eres inepto para gobernar y mandar multitudes, no osas ni sabes manejar a un traidor. A esa cabeza no le sienta una corona;

tu mano está hecha para el pendón de un peregrino, no para honrar el cetro de un príncipe imponente. Ese oro debe ceñir las cejas mías,

cuya sonrisa y ceño pueden, cual la lanza de Aquiles, con el cambio curar y matar.

He aquí una mano para empuñar un cetro y controlar las leyes en el mismo acto. Haz lugar: por el cielo, ya no mandarás

sobre el hombre al que el cielo hizo tu gobernante.

SOMERSET ¡Monstruoso traidor! Te arresto, York, por traición capital contra el rey y la corona: obedece, traidor audaz; de rodillas, por gracia.

YORK (A un asistente.)

Tunante, ve por mis hijos para que sean mi fianza:

sé que antes de verme en prisión

empuñarán sus armas para rescatarme.

REINA MARGARITA ( A BUCKINGHAM.)

Llama aquí a Clifford; que venga en seguida y que diga si los hijos bastardos de York saldrán en defensa de un padre traidor.

Sale BUCKINGHAM.

YORK ¡Ah, napolitana de sangre corrupta

paria de Nápoles, látigo sangriento de Inglaterra! Los hijos de York, superiores a ti por nacimiento, serán la fuerza de su padre. ¡Y mueran aquellos que los rechacen como garantía!

Entran por una puerta EDUARDO y el jorobado RICARDO, hijos de York, con un tambor y soldados.

Vean, aquí están. Garantizo que actuarán bien.

Entran por la otra puerta CLIFFORD y su hijo con un tambor y soldados.

REINA MARGARITA Y aquí viene Clifford para negar la fianza.

CLIFFORD Salud y felicidad plena para mi señor el rey.

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YORK Gracias, Clifford. Di, ¿qué noticias traes?

No nos asustes con un semblante irritado:

somos tu soberano, Clifford, vuelve a arrodillarte;

perdonamos tu equivocación.

CLIFFORD Este es mi rey, York, no me equivoco; pero tú me confundes al pensar que sí.

(Al REY ENRIQUE.) ¡Al manicomio con él! ¿Se ha vuelto loco?

REY ENRIQUE Sí, Clifford; una disposición loca y ambiciosa hace que se oponga al rey.

CLIFFORD Es un traidor; que lo lleven a la Torre y le corten esa cabeza de rebelde.

REINA MARGARITA Está arrestado, mas no quiere obedecer; sus hijos, dice, darán por él su palabra.

YORK ¿No lo harán, hijos míos?

EDUARDO Sí, noble padre, si nuestra palabra basta.

RICARDO Y si no es así, bastarán nuestras espadas.

CLIFFORD Vaya, ¡qué familia de traidores tenemos aquí!

YORK Mírate en un espejo, y llama así a tu imagen. Yo soy tu rey, y tú un traidor insincero, lleva al poste a mis dos bravos osos

para que el solo sacudir de sus cadenas

haga desfallecer a esos viles mastines.

(A un asistente.) Di a Salisbury y Warwick que vengan.

Entran los condes de WARWICK

y SALISBURY.

CLIFFORD ¿Son estos tus osos? Hasta la muerte los acosaremos y esposaremos al guardián con sus cadenas

si te atreves a llevarlos al campo de combate.

RICARDO Más de una vez he visto a un dogo ardiente y presuntuoso correr sin sentido y morder, porque lo retenían;

y el dolor de la cruel zarpa del oso

le hizo esconder la cola entre las patas y gemir.

Ese es el papel que harán

si se enfrentan a lord Warwick.

CLIFFORD ¡Fuera de aquí, montón de ira, bulto mal digerido,

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tan retorcido en hábitos como en figura!

YORK Vamos, que te calentaremos enseguida.

CLIFFORD Cuidado, no vayas a quemarte en tu calor.

REY ENRIQUE ¡Warwick! ¿Tu rodilla ha olvidado cómo doblarse?

¡Salisbury, ten vergüenza de tus hebras plateadas,

guía descarriado y loco de tu hijo confundido! ¿Qué? ¿Harás de rufián en tu lecho de muerte y pedirás clemencia con los ojos?

Ah, ¿dónde está la fe? ¿Dónde la lealtad?

Si no en las cabezas con escarcha,

¿dónde encontrarán su refugio en la tierra?

Para encontrar la guerra, ¿cavarás una tumba

y mancharás con sangre tu honorable vejez?

¿Cómo? ¿Eres viejo, y te falta experiencia?

Y si la tienes, ¿por qué abusas de ella?

Avergüénzate: dobla ante mí esa rodilla

que se inclina a la tumba con la avanzada edad.

SALISBURY Mi señor, en la intimidad he considerado el título de este renombrado duque

y, en conciencia, veo que su gracia

es el legítimo heredero al trono de Inglaterra.

REY ENRIQUE ¿Acaso no me juraste obediencia?

SALISBURY Lo hice.

REY ENRIQUE ¿Y con ese juramento puedes prescindir del cielo?

SALISBURY Gran pecado es jurar por un pecado, pero peor guardar juramentos pecaminosos. ¿Quién puede estar ligado por el voto solemne de cometer un crimen, robar,

forzar la castidad de una virgen impoluta, privar a un huérfano de su patrimonio, sacarle a una viuda sus derechos usuales, sin más razón para ese mal

que el de estar atado a un juramento solemne?

REINA MARGARITA El traidor sutil no necesita sofistas.

REY ENRIQUE (A un asistente.)

Llama a Buckingham y exhórtalo a armarse.

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YORK (Al REY ENRIQUE.) Llama a Buckingham y a todos tus amigos, estoy resuelto: dignidad o muerte.

CLIFFORD Te garantizo la primera, si son ciertos los sueños.

WARWICK Más te vale acostarte a soñar de nuevo para cubrirte de la tempestad del campo.

CLIFFORD He decidido desatar una tormenta mayor que la que puedas conjurar hoy: y esto lo escribiré en tu casco,

si es que te conozco por la insignia de tu casa.

WARWICK Por la insignia de mi padre, la cimera del antiguo Nevile, el oso rampante encadenado al poste nudoso,

que hoy llevaré mi casco a lo alto

tal como el cedro en la montaña muestra

que ante cualquier tormenta sus hojas conserva, solo para asustarte con su aspecto.

CLIFFORD Y yo te arrancaré el oso del casco y lo pisotearé con desprecio,

a pesar del guardián que lo protege.

JOVEN CLIFFORD A las armas pues, padre victorioso, para someter a rebeldes y secuaces.

RICARDO ¡Vergüenza! ¡Caridad! No hables para insultar, pues esta noche cenarás con Jesucristo.

JOVEN CLIFFORD Vil deforme, has hablado de más.

RICARDO Si no en el cielo, sin duda cenarás en el infierno.

Salen por separado.

ESCENA II

Un cartel de taberna y un castillo. Ruido de batalla.

Entran RICARDO y Somerset combatiendo.

RICARDO mata a Somerset.

RICARDO Yace aquí, pues bajo un vil cartel de taberna, el castillo de Saint Albans, la muerte

de Somerset da fama al hechicero.

Contente, espada; corazón furioso, quieto.

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El cura reza por su enemigo; el príncipe lo mata.

ESCENA III

Alarmas de batalla. Entra WARWICK.

WARWICK ¡Clifford de Cumberland, es Warwick quien llama!

Y si no te escondes del oso,

ahora, cuando la airada trompeta toca alarma, y los gritos de los muertos colman el aire vacío, ¡te digo, Clifford, que vengas a pelear! ¡Orgulloso lord del norte, Clifford de Cumberland, Warwick enronquece de llamarte a las armas!

Entra YORK.

¿Cómo mi noble lord? ¿Vas a pie?

YORK El mortífero Clifford mató a mi corcel, pero el encuentro fue parejo,

y la huesuda bestia que él tanto amaba

es ahora presa de cuervos y milanos.

Entra CLIFFORD.

WARWICK Para uno o los dos, ha llegado la hora.

YORK Detente, Warwick, busca otra caza que a este venado he de matarlo yo.

WARWICK (A CLIFFORD.) Entonces, York, hazlo como un noble; es por una corona que combates.

Como intento, Clifford, triunfar hoy,

me apena marchar sin atacarte.

Sale.

CLIFFORD ¿Qué ves en mí, York? ¿Por qué esta pausa?

YORK Debiera enamorarme de tu fiera estampa si no fueras hasta tal punto mi enemigo.

CLIFFORD Ni alabanza ni estima le faltan a tu arrojo; pero se muestra con traición, innoblemente.

YORK Que me ayude pues contra tu espada,

ya que lo expreso con justicia y derecho.

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CLIFFORD ¡Mi alma y mi cuerpo, ambos en combate!

YORK ¡Una empresa fatal! ¡Prepárate ya!

Luchan y cae CLIFFORD. Muere.

Y ahora, Lancaster, afírmate; se te encogen los músculos.

Ven, miedoso Enrique, a prosternarte,

y cede tu corona al príncipe de York.

Sale.

Entra el JOVEN CLIFFORD.

JOVEN CLIFFORD ¡Vergüenza y confusión! Todo hay en la lucha; El miedo hace al desorden, y el desorden hiere

lo que debía cuidar. ¡Guerra, hija del infierno, de quien los airados cielos han sido ministros, pon en los helados pechos de nuestro bando

las ascuas ardientes de la venganza! Que no huya un soldado.

Quien se dedica a la guerra por entero

no se ama a sí mismo, y el que se ama

no tiene por esencia el nombre de valor

sino por circunstancia.

Ve el cadáver de su padre.

¡Oh, que muera este mundo infame,

y las llamas prematuras del último día

unan el cielo y la tierra! ¡Ahora,

que la trompeta general resuene

para que cese lo particular

y callen los ruidos menores! Querido padre, ¿te ordenaron que perdieras

tu juventud en la paz, y que alcanzaras

la plateada librea de la vejez prudente

solo para morir, reverenciado y en años de sillón, en batalla de rufianes? Veo esto

y mi corazón se vuelve piedra: mientras sea mío, de piedra será. Si York no respeta a los ancianos, tampoco yo a sus niños. Las lágrimas de las vírgenes serán a la llama como el rocío para mí,

y la belleza, que a menudo somete al tirano, para mi cólera ardiente será fuego y estopa. Desde ahora, nada que ver con la piedad. Si encuentro a un niño de la casa de York

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lo cortaré en tantos pedazos

como la salvaje Medea al joven Absirto.

La crueldad me hará famoso.

Ven, nueva ruina de la casa Clifford:

Carga a la espalda el cadáver de su padre.

así como Eneas llevó al viejo Anquises

te llevo sobre mis hombros viriles.

Eneas llevaba una carga viviente;

nada tan pesado como esta pena mía.

Sale con el cadáver.

ESCENA IV

Alarmas de nuevo. Entran tres o cuatro llevando a BUCKINGHAM, herido, a su tienda. Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA y otros.

REINA MARGARITA

¡Vamos, milord! Qué lento eres. Vamos, ¡qué vergüenza!

REY ENRIQUE

¿Podemos correr más que el cielo? Buena Margarita, quédate.

REINA MARGARITA ¿De qué estás hecho? Ni peleas ni huyes; es hombría, sabiduría y cuidado

dejar camino al enemigo, y asegurarnos

como podamos, que no es más que huir.

Alarma a lo lejos.

Si te capturan será el fin

de nuestra suerte: pero si escapamos,

lo que puede ser, si no es por tu indolencia, llegaremos a Londres, donde te aman, y donde esta brecha de nuestra fortuna

quizá se repare a poco.

Vuelve a entrar el JOVEN CLIFFORD.

JOVEN CLIFFORD (Al REY ENRIQUE.)

Si no me preocupara solo el daño futuro

blasfemaría antes de pedir que huyeras;

mas debes huir; una incurable sensación de derrota reina en el corazón de nuestros partidarios.

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Por tu dignidad, vete, y viviremos

para ver tu día, cuando nos devuelvan la suerte.

¡Huye, mi señor, huye!

ESCENA V

Alarma y retirada. Entran YORK, sus hijos EDUARDO y RICARDO, y soldados, un tambor y portaestandartes.

YORK Ah, Salisbury; ¿quién sabe de él,

ese león de invierno, que en su furia olvida

los achaques de la edad, los embates del tiempo y, como un galán en plena juventud,

mejora cuando puede atacar? Este día no es feliz, ni hemos ganado una pulgada si se ha perdido Salisbury.

RICARDO Mi noble padre,

tres veces hoy lo subí a su caballo,

tres veces lo cubrí con mi cuerpo; tres veces lo alejé, lo persuadí de no hacer nada más:

pero igual, donde estaba el peligro, allí me lo encontraba y, como ricas colgaduras en una casa simple, así era el ánimo en ese cuerpo viejo y débil.

Entran SALISBURY y WARWICK.

EDUARDO (A YORK.) Ve, noble padre, aquí vienen ambos.

Los únicos apoyos de la casa de York.

SALISBURY Por mi espada, que hoy has luchado bien. ¡Por la misa! Todos lo hicimos. Gracias, Ricardo: Dios sabe cuánto más debo vivir;

y le ha sido grato que tres veces

me defendieras hoy de la muerte inminente.

Bien, señores; no tenemos aún lo que tenemos:

no basta con que nuestros enemigos hayan huido esta vez, siendo que por naturaleza suelen reponerse.

YORK Sé que lo más seguro es perseguirlos:

pues me dicen que el rey ha huido a Londres a convocar al parlamento en forma urgente. Persigámoslo antes que envíe los escritos.

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¿Qué dice lord Warwick? ¿Vamos tras de ellos?

WARWICK ¿Detrás? ¡No, delante, si podemos! Por mi fe, señores, ha sido un día glorioso;

la batalla de Saint Albans, ganada por el famoso York será eternizada en tiempos venideros.

Que suenen trompetas y tambores. ¡A Londres todos y que haya más días como este!

Trompetas. Salen.

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ENRIQUE VI

PARTE 3

versión de

Roberto Appratto

Escrita probablemente hacia 1591. Esta tercera parte es la más problemática, puesto que, a pesar de su inclusión en el Primer Folio de 1623, hay dudas razonables sobre su autoría, sin que se haya llegado a determinar quién o quiénes podrían haber sido los colaboradores de Shakespeare en su composición. Una versión más breve fue publicada en Octavo en 1595 y reimpresa en Cuarto dos veces: en 1600 y en 1619. El texto del Octavo es una reconstrucción de la versión representada, que luego sería reelaborada en el texto publicado en el Primer Folio de 1623.

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SIR JUAN

DRAMATIS PERSONAE

Partidarios del rey:

REY ENRIQUE VI

REINA MARGARITA

PRÍNCIPE EDUARDO, su hijo

Duque de SOMERSET

Duque de EXETER

Conde de NORTHUMBERLAND

Conde de WESTMORLAND

Lord CLIFFORD

Lord STAFFORD

SOMERVILLE

Enrique, joven conde de Richmond

Un SOLDADO que ha matado a su padre

Un CAZADOR que protege al rey Eduardo

De la dividida casa de Neville:

Conde de WARWICK, primero del bando de York, luego del de Lancaster

Marqués de MONTAGUE, hermano de York y de su bando Conde de OXFORD, su cuñado, del bando de Lancaster Lord HASTINGS, su cuñado, del bando de York

Partidarios de York:

Ricardo Plantagenet, duque de YORK

EDUARDO, conde de March, su hijo, luego duque de York y rey Eduardo IV

LADY GRAY, viuda, más tarde esposa de Eduardo y reina Conde RIVERS, su hermano

JORGE, hermano de Eduardo, luego duque de Clarence RICARDO, hermano de Eduardo, después duque de GLOUCESTER Conde de RUTLAND, hermano de Eduardo El TUTOR de Rutland, un capellán

Mortimer, tío de York

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Sir HUGO Mortimer, su hermano

El duque de NORFOLK

Sir Guillermo STANLEY

El conde de PEMBROKE

Sir Juan MONTGOMERY

Un NOBLE

Tres GUARDIAS de la tienda del rey Eduardo

Dos AYUDANTES DE CAZA

El TENIENTE de la Torre

Los franceses:

El REY LUIS

LADY BONA, su cuñada

Lord BOURBON, el almirante francés

Otros:

Un SOLDADO que ha matado a su hijo

El alcalde de Coventry

El ALCALDE de York

Concejales de York

Soldados, mensajeros y asistentes

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PRIMER ACTO

ESCENA I

Sala real. Alarma. Entra RICARDO Plantagenet, duque de YORK, sus dos hijos, EDUARDO, conde de March, y el jorobado RICARDO, el duque de NORFOLK, el marqués de MONTAGUE y el conde de WARWICK, con soldados y tambores. Todos llevan rosas blancas en los sombreros.

WARWICK Me pregunto cómo escapó el rey de nuestras manos.

YORK Mientras perseguíamos a los jinetes del Norte, se deslizó furtivo, dejando a sus hombres; ante lo cual el gran lord de Northumberland, en cuyos fieros oídos nunca sonó la retirada, alentó al desfalleciente grupo; y él mismo, lord Clifford, y lord Stafford, codo a codo, cargaron sobre nuestro frente y, al entrar, las espadas de simples soldados los mataron.

EDUARDO El duque de Buckingham, padre de lord Stafford, está muerto o gravemente herido.

Con un golpe recto corté en dos su celada.

Es cierto, padre, mira esta sangre.

Muestra una espada

ensangrentada.

MONTAGUE (A YORK.)

Hermano, aquí está la sangre del conde de Wiltshire,

Muestra una espada ensangrentada.

a quien encontré al mezclarse las batallas.

RICARDO (A la cabeza de SOMERSET, la cual muestra.)

Háblales por mí, y cuenta lo que hice.

YORK De todos mis hijos, el de más mérito es Ricardo.

(A la cabeza.) ¿Está su gracia muerto, milord de Somerset?

NORFOLK ¡Que el linaje de Juan de Gante corra la misma suerte!

RICARDO Así espero agitar la cabeza de Enrique.

Levanta en alto la cabeza

y la tira al suelo.

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WARWICK Y yo también, victorioso príncipe de York. Juro por el cielo que estos ojos no se cerrarán antes de verte sentado en ese trono

que ahora usurpa la casa de Lancaster.

Este es el palacio del temeroso rey,

y este (señalando el trono) el asiento real: poséelo, York, pues es tuyo, y no de los de Enrique.

YORK Ayúdame y lo haré, dulce Warwick:

aquí hemos entrado por la fuerza.

NORFOLK Te ayudaremos todos: el que escape muere.

YORK Gracias, gentil Norfolk. Quédense a mi lado,

mis señores y soldados; quédense esta noche junto a mí.

Suben hasta el trono.

WARWICK Y cuando venga el rey, no seamos violentos

a menos que quiera sacarte por la fuerza.

Se van los soldados.

YORK La reina reúne hoy aquí su parlamento pero no sospecha que seremos del consejo; ganemos nuestro derecho con palabras o con golpes.

RICARDO Armados como estamos, permanezcamos dentro.

WARWICK Esto se llamará «parlamento de sangre»

a menos que Plantagenet, duque de York, sea rey y el vergonzoso Enrique, por cuya cobardía somos la burla de los enemigos, caiga.

YORK No me dejen, pues, mis señores. Sean firmes.

Quiero tomar posesión de mi derecho.

WARWICK Que ni el rey ni su partidario más ferviente, el más soberbio de los que están por Lancaster,

ose mover un ala si Warwick hace sonar sus cascabeles.

Plantaré a Plantagenet y extirparé de raíz a quien se oponga.

Decídete, Ricardo; reclama la corona inglesa.

YORK se sienta en la silla. Trompetas. Entran el REY ENRIQUE, lord CLIFFORD, los condes de NORTHBUMBERLAND y WESTMORLAND, el duque de EXETER y los demás. Todos llevan rosas rojas en los sombreros.

REY ENRIQUE Mis señores, vean dónde está el audaz rebelde:

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¡en el trono mismo! Sin duda quiere, respaldado por Warwick, ese falso par, aspirar a la corona y reinar como monarca.

Conde de Northumberland, él mató a tu padre y al tuyo, lord Clifford, y ambos juraron vengarse

de él, de sus hijos, sus favoritos y amigos.

NORTHUMBERLAND Que los cielos se venguen de mí si no lo hago.

CLIFFORD La esperanza pone luto a mi armadura.

WESTMORLAND ¿Soportaremos esto? Arrojémoslo del trono.

Mi corazón arde de ira: no puedo tolerarlo.

REY ENRIQUE Sé paciente, gentil conde de Westmorland.

CLIFFORD La paciencia es para holgazanes como él (señalando a YORK).

No se habría sentado allí si tu padre viviera.

Mi gracioso señor, ataquemos a York

y a su familia aquí en el parlamento.

NORTHUMBERLAND Bien has hablado, primo; que así sea.

REY ENRIQUE ¿Acaso no saben que los apoya la ciudad, que con un gesto tendrían tropas a su mando?

EXETER Mas cuando muera el duque saldrán disparados.

REY ENRIQUE Lejos del corazón de Enrique está la intención de hacer del parlamento un matadero.

Primo de Exeter: gestos, palabras y amenazas serán la guerra que Enrique quiere hacer.

(A YORK.) Duque de York, rebelde, desciende de mi trono e implora de rodillas mi gracia y mi merced.

Soy tu soberano.

YORK Yo soy el tuyo.

EXETER Por pudor, baja; él te hizo duque de York.

YORK Era mi herencia, así como el condado.

EXETER Tu padre fue un traidor a la corona.

WARWICK Exeter, tú eres traidor a la corona

si sigues al usurpador Enrique.

CLIFFORD ¿Y a quién ha de seguir sino a su rey legítimo?

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WARWICK Cierto, Clifford: y ese es Ricardo, duque de York.

REY ENRIQUE (A YORK.) ¿Debo yo estar de pie y tú en el trono?

YORK Así es y debe ser. Resígnate.

WARWICK (Al REY ENRIQUE.)

Sé duque, de Lancaster, y deja que él sea rey.

WESTMORLAND Es tanto rey como duque de Lancaster, y eso lo sostendrá lord Westmorland.

WARWICK Y Warwick lo negará. Olvidan ustedes

que nosotros los echamos del campo de batalla,

matamos a sus padres y, con gallardetes desplegados,

fuimos por la ciudad hasta las puertas del palacio.

NORTHUMBERLAND Sí, Warwick, para mi pesar lo recuerdo:

por su alma que tú y tu casa se arrepentirán.

WESTMORLAND (A YORK.) Plantagenet, de ti, de tus hijos,

de tus parientes y amigos, sacaré más vidas

que gotas de sangre había en las venas de mi padre.

CLIFFORD (A WARWICK.) No sigas; no sea que, en vez de palabras, te mande, Warwick, un mensajero tal

que vengue su muerte sin que yo me agite.

WARWICK (A YORK.) ¡Pobre Clifford! ¡Cómo desprecio sus vanas bravatas!

YORK (Al REY ENRIQUE.)

¿Quieres que mostremos el derecho al trono?

Si no, nuestras espadas lo defenderán en el campo.

REY ENRIQUE ¿Qué derecho tienes, traidor, a la corona?

Tu padre fue, como tú, duque de York;

tu abuelo, Rogelio Mortimer, conde de March.

Yo soy el hijo de Enrique V,

el que hizo inclinarse al delfín y a los franceses y se apoderó de ciudades y provincias.

WARWICK No hables de Francia, que la perdiste entera.

REY ENRIQUE La perdió el lord protector, no yo.

Cuando me coronaron tenía apenas nueve meses.

RICARDO Ya has crecido bastante, y creo que aún pierdes.

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REY ENRIQUE

(A YORK.) Padre, quita la corona de esa cabeza usurpadora.

EDUARDO (A YORK.) Hazlo, dulce padre: ponla en tu cabeza.

MONTAGUE (A YORK.) Buen hermano, si amas y honras las armas, luchemos y dejemos de discutir de este modo.

RICARDO Que suenen tambores y trompetas, y el rey huirá.

YORK ¡Hijos, que haya paz!

NORTHUMBERLAND

Permanece en paz tú, y dale al rey el derecho de hablar.

REY ENRIQUE Ah, York, ¿por qué quieres deponerme?

¿No nacimos los dos Plantagenet,

no descendemos directamente de dos hermanos? Supón que eres rey por derecho y justicia: ¿crees que abandonaré el trono

donde se sentaron mi abuelo y mi padre? No; antes la guerra despoblará mi reino,

sí, y sus banderas, que a menudo ondearon en Francia, y ahora, para mi desconsuelo, están en Inglaterra, serán mi sudario. ¿Por qué desfallecen, señores? Mi título es bueno, mucho mejor que el suyo.

WARWICK Pruébalo, Enrique, y serás rey.

REY ENRIQUE Enrique IV consiguió la corona por conquista.

YORK Fue por rebelión contra su rey.

(Aparte.) No sé qué decir; mi argumento es débil.

(A YORK.) Dime: ¿puede el rey adoptar un heredero?

WARWICK ¿Y qué hay con eso?

REY ENRIQUE Si puede, entonces soy el rey legítimo; pues Ricardo, a la vista de muchos señores, renunció a la corona en favor de Enrique IV, cuyo heredero fue mi padre, como yo lo soy de él.

YORK Se alzó en su contra, siendo él su soberano, y por la fuerza lo hizo renunciar al trono.

WARWICK Supongan, mis señores, que lo hizo sin presión:

¿piensan que eso perjudicó a la corona?

EXETER No, pues no podía renunciar a la corona así

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sin que reinara el heredero más próximo.

REY ENRIQUE Exeter, ¿estás contra nosotros?

EXETER Perdóname, pero el derecho es suyo.

YORK ¿Por qué murmuran, señores, en vez de responder?

EXETER (Al REY ENRIQUE.) Mi conciencia me dice que él es el rey por derecho.

REY ENRIQUE (Aparte.) Todos me dejarán e irán con él.

NORTHUMBERLAND (A YORK.)

Plantagenet, pese a todos tus reclamos,

no pienses que Enrique será depuesto de esta forma.

WARWICK Será depuesto, a pesar de todos.

NORTHUMBERLAND Te equivocas: tu poder en el sur, en Essex, Norfolk, Suffolk y Kent,

que te hace tan presuntuoso y altivo,

no puede erigir al duque a mi pesar.

CLIFFORD Rey Enrique, ya tu título sea bueno o malo, lord Clifford promete luchar en tu defensa. ¡Que se abra y me trague vivo el suelo

donde me arrodille ante el que me mató a mi padre!

REY ENRIQUE Ah, Clifford, me avivan el corazón tus palabras.

YORK Enrique de Lancaster, renuncia a tu corona. ¿Qué murmuran o qué conspiran, señores?

WARWICK Haz justicia al principesco duque de York o llenaré este lugar de hombres armados

y sobre el trono, donde ahora se sienta, inscribiré su título con sangre usurpadora.

Golpea el suelo con los pies y aparecen los soldados.

REY ENRIQUE Mi señor de Warwick, déjame decir solo una palabra:

deja que reine mientras me dure la vida.

YORK Confirma la corona para mí y para mis hijos y mientras vivas reinarás en paz.

REY ENRIQUE De acuerdo. Ricardo Plantagenet, disfruta del reino después de mi muerte.

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CLIFFORD ¿Qué daño le haces al príncipe, tu hijo?

WARWICK Qué bueno es para Inglaterra y para él mismo.

WESTMORLAND Vil, temeroso, desesperado Enrique.

CLIFFORD ¡Qué ultraje para ti y para nosotros!

WESTMORLAND No puedo quedarme a escuchar sus condiciones.

NORTHUMBFRLAND Ni yo.

CLIFFORD Ven, primo, demos estas noticias a la reina.

WESTMORLAND (Al REY ENRIQUE.)

Adiós, rey degenerado y de corazón débil en cuya sangre fría no hay destello de honor.

Sale con sus soldados.

NORTHUMBERLAND (Al REY ENRIQUE.) Sé presa de la casa de York

y muere encadenado por no ser un hombre.

Sale con sus soldados.

CLIFFORD (Al REY ENRIQUE.)

¡Que te derroten en una guerra horrible

o vivas en paz, en el desprecio, abandonado!

Sale con sus soldados.

WARWICK (Al REY ENRIQUE.)

Vuélvete hacia aquí, Enrique, y no los oigas.

EXETER (Al REY ENRIQUE.)

Buscan vengarse. Por eso no se rendirán.

REY ENRIQUE Ah, Exeter.

WARWICK ¿Por qué suspiras, mi señor?

REY ENRIQUE No por mí, lord Warwick, sino por mi hijo, a quien desheredaré contra natura.

Que sea lo que deba ser. (A YORK.) Aquí entrego para siempre la corona, a ti y a tus herederos, a condición de que hagas la promesa de acabar con esta guerra, de honrarme

como a tu rey y soberano mientras viva,

y de no tratar, con traición y hostilidad,

de derrocarme para reinar tú.

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YORK Con gusto presto el juramento, que cumpliré.

WARWICK ¡Larga vida a Enrique!

(A YORK.) Plantagenet, abrázalo.

YORK baja. Se abraza con ENRIQUE.

REY ENRIQUE (A YORK.) Y larga vida para ti y tus valerosos hijos.

YORK York y Lancaster se han reconciliado.

EXETER Maldito quien quiera hacerlos enemigos.

Trompetas.

El séquito de York baja del trono.

YORK (Al REY ENRIQUE.)

Adiós, mi gracioso señor; iré a mi castillo.

Salen YORK, EDUARDO y RICARDO, con soldados.

WARWICK Y yo protegeré a Londres con mi tropa.

Sale con soldados.

NORFOLK Y yo iré a Norfolk con mis seguidores.

Sale con soldados.

MONTAGUE Y yo al mar, de donde vine.

Sale con soldados.

REY ENRIQUE Y yo a la corte, con pena y con dolor.

El REY ENRIQUE y EXETER se disponen para salir.

Entran la REINA MARGARITA y el PRÍNCIPE EDUARDO.

EXETER Ahí viene la reina, que no puede ocultar su ira.

Me voy de aquí.

REY ENRIQUE Yo también, Exeter.

REINA MARGARITA No, no huyas; iré tras de ti.

REY ENRIQUE Sé paciente, gentil reina, y me quedaré.

REINA MARGARITA

¿Quién puede ser paciente en estas circunstancias?

¡Ah, miserable! Ojalá hubiera muerto virgen, sin conocerte ni darte ningún hijo, ya que has demostrado ser un padre desnaturalizado.

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¿Merecía nuestro hijo perder sus derechos de cuna? Si lo hubieras amado la mitad de lo que lo amo yo, si sintieras el dolor que una vez sentí por él

o lo hubieras nutrido como yo con mi sangre, habrías dejado allí tu sangre más querida antes de hacer tu heredero a ese duque salvaje y desheredar así a tu único hijo.

PRÍNCIPE EDUARDO Padre, no puedes desheredarme. ¿Si tú eres rey, por qué no puedo sucederte?

REY ENRIQUE Perdón, Margarita; perdón, dulce hijo:

el conde de Warwick y el duque me obligaron.

REINA MARGARITA

¿Te obligaron? ¿Eres el rey y te obligan a hacer algo? ¡Me avergüenzo de oírte! ¡Ah, temerosa piltrafa! Has echado la ruina sobre ti, sobre mí, sobre tu hijo, y levantaste tanto la casa de York que solo reinarás si lo permiten ellos.

Entregar la corona a él y a sus hijos

¿qué es sino cavarte la fosa

y deslizarte en ella mucho antes de tiempo?

Warwick es canciller y lord de Calais;

el severo Falconbridge domina el estrecho; el duque es ahora protector del reino;

¿tú te sientes a salvo? Es la seguridad que siente el cordero tembloroso, rodeado de lobos.

De haber estado allí, yo que soy una pobre mujer,

los soldados me habrían llevado en la punta de sus picas antes de consentir a semejante acto. Tú pones la vida delante del honor.

Y en tanto lo veo, en este punto me separo de tu mesa, Enrique, y de tu cama, hasta que se revoque ese decreto por el cual mi hijo es desheredado.

Los señores del norte, que han renunciado a tus colores, seguirán a los míos si los ven desplegarse; y lo harán, para vergüenza tuya

y ruina total de la casa de York.

Y así te dejo. (Al PRÍNCIPE EDUARDO.) Ven, hijo, salgamos.

Nuestro ejército está listo: vayamos con él.

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REY ENRIQUE Quédate, gentil Margarita, y déjame hablar.

REINA MARGARITA

Ya has hablado mucho. (Al PRÍNCIPE EDUARDO.) Vete.

REY ENRIQUE Eduardo, mi buen hijo, ¿te quedarás conmigo?

REINA MARGARITA Sí, para que sus enemigos lo asesinen.

PRÍNCIPE EDUARDO (Al REY ENRIQUE.)

Cuando regrese del campo victorioso

vendré a ver a su gracia. Hasta entonces, la seguiré a ella.

REINA MARGARITA Vamos, hijo; no podemos demorarnos más.

Sale con el PRÍNCIPE EDUARDO.

REY ENRIQUE ¡Pobre reina! ¡Cómo el amor por mí y por su hijo la hizo estallar de ira!

Ojalá pueda vengarse de ese odioso duque, cuyo espíritu altivo, en alas del deseo,

quiere quitarme la corona, y, como un águila hambrienta, saciarse con la sangre de mi hijo y con la mía. La pérdida de estos tres lores me atormenta.

Voy a escribirles y rogarles de buen modo.

Ven, primó, tú serás el mensajero.

EXETER Yo espero reconciliar a todos.

Trompetas. Salen.

ESCENA II

Entran RICARDO, EDUARDO, conde de March,

y el marqués de MONTAGUE.

RICARDO Hermano, aunque yo sea más joven, dame tu venia.

EDUARDO No; yo puedo hacer de orador mejor que tú.

MONTAGUE Pero yo tengo razones poderosas y sólidas.

Entra el duque de YORK.

YORK ¡Vaya, hijos y hermano! ¿Están discutiendo?

¿Cuál es el problema? ¿Cómo empezó?

EDUARDO No es un problema, sino una leve diferencia.

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YORK ¿Acerca de qué?

RICARDO Acerca de lo que nos concierne, a nosotros y a ti:

la corona de Inglaterra, padre, que es tuya.

YORK ¿Mía, hijo? No hasta que muera el rey Enrique.

RICARDO Tu derecho no depende de que viva o muera.

EDUARDO Ahora eres heredero: disfrútala ahora. Si das a Lancaster tiempo de respirar, padre, terminará por pasarte de largo.

YORK Juré dejarlo reinar tranquilamente.

EDUARDO Por un reinado puede romperse un juramento.

Yo rompería mil para reinar un año.

RICARDO (A YORK.) No, Dios no permita que su gracia sea perjuro.

YORK Lo seré si reclamo en guerra abierta.

RICARDO Probaré lo contrario si me dejas hablar.

YORK No se puede, hijo mío. Es imposible.

RICARDO Un juramento no tiene ningún peso

si no se hace ante un magistrado legítimo y real que tenga autoridad sobre el que jura.

Enrique, que usurpaba el trono, no tenía ninguna. Entonces, en tanto fue él quien te hizo deponer, tu juramento, milord, es frívolo y vano.

Por lo tanto, ¡a las armas! Y piensa, padre, cuán dulce es llevar una corona dentro de cuyo circuito está el Elíseo,

y todo cuanto los poetas sueñan como dicha y alegría.

¿Por qué demoramos? No descansaré hasta que la rosa blanca que llevo se tiña con la cálida sangre del corazón de Enrique.

YORK ¡Basta, Ricardo! Seré rey o moriré.

(A MONTAGUE.) Hermano, irás a Londres enseguida para incitar a Warwick a esta empresa.

Tú, Ricardo, irás con el duque de Norfolk para contarle en privado nuestro proyecto.

Tú, Eduardo, a Edmundo Brook, señor de Cobham con quien los de Kent se alzarán enseguida.

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En ellos confío, ya que son soldados ingeniosos, corteses, generosos, con espíritu. Mientras hacen eso, qué resta

sino que yo busque la ocasión de rebelarme sin que mi plan entre en conocimiento

del rey o de cualquiera de la casa de Lancaster.

Entra un MENSAJERO.

¡Detente! ¿Qué hay de nuevo? ¿Por qué tanta prisa?

MENSAJERO La reina, con todos los condes y lores del norte, intenta sitiarlo aquí, en su castillo.

Se aproxima con veinte mil hombres;

por tanto, milord, defienda su fortaleza.

YORK Sí, con la espada. ¿Qué? ¿Piensas que les tememos?

Eduardo y Ricardo, quédense conmigo;

mi hermano Montague partirá hacia Londres. Que el noble Warwick, Cobham y los otros, que hemos dejado protegiendo al rey,

se hagan fuertes con sólidas medidas, sin confiar en el simple Enrique ni en sus juramentos.

MONTAGUE Hermano, me marcho. No temas, los convenceré.

Y así, con la mayor humildad, me retiro.

Sale.

Entran SIR JUAN Mortimer y su hermano HUGO.

YORK Sir Juan y Hugo Mortimer, tíos:

en buena hora han llegado a Sandal.

El ejército de la reina pretende sitiarnos.

SIR JUAN No será necesario: la encontraremos en el campo.

YORK ¿Cómo, con cinco mil hombres?

RICARDO Sí, padre; si es necesario con quinientos. ¡Una mujer de general! ¿Qué podemos temer?

Se oye una marcha a lo lejos.

EDUARDO Oigo sus tambores. Ordenemos nuestros hombres, y salgamos a luchar enseguida.

YORK (A SIR JUAN y HUGO)

¡Cinco contra veinte! Aunque el riesgo sea grande,

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no dudo, tíos, de nuestra victoria.

En Francia gané muchas batallas

contra un enemigo diez veces más fuerte.

¿Por qué no podría hoy tener el mismo éxito?

Salen.

ESCENA III

Alarma. Entran el joven conde de RUTLAND

y su TUTOR, un capellán.

RUTLAND Ah, ¿dónde huiré para escapar de sus manos?

Entra lord CLIFFORD con soldados.

Tutor, ve cómo se acerca el sanguinario Clifford.

CLIFFORD (Al TUTOR.) ¡Vete, capellán! Ser cura te salva la vida.

En cuanto a la cría de ese maldito duque,

este cuyo padre asesinó a mi padre, morirá.

TUTOR Y yo, milord, le haré compañía.

CLIFFORD Llévenselo, soldados.

TUTOR Ah, Clifford, no mates a este niño inocente

si no quieres ser odiado por el hombre y por Dios.

Sale, custodiado.

RUTLAND cae al suelo.

CLIFFORD ¿Cómo? ¿Ya está muerto?

¿O es que el miedo le hace cerrar los ojos?

Se los abriré.

RUTLAND (Reviviendo.) Así mira el león rampante al desgraciado que tiembla bajo sus devoradoras garras,

y así camina, despreciando a su presa

y así avanza para desgarrarle los miembros. Ah, benévolo Clifford, mátame con tu espada y no con tu mirada cruel y amenazante.

Dulce Clifford, déjame hablar antes de que muera.

Soy muy poca cosa para tu ira:

véngate con hombres, y déjame vivir.

CLIFFORD Hablas en vano, pobre niño. La sangre de mi padre

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cerró la entrada a tus palabras.

RUTLAND Que vuelva a abrirla, pues, la sangre de mi padre.

Él es un hombre, Clifford; enfréntate con él.

CLIFFORD Si tuviera aquí a tus hermanos, sus vidas y la tuya no serían para mí suficiente venganza.

No; ni aun si desenterrara a tus ancestros

y colgara encadenados sus féretros podridos, disminuiría mi cólera, ni mi corazón se aplacaría. Cuando veo a uno cualquiera de la casa de York es como si una furia me atormentase el espíritu. Y hasta no arrancar de raíz su maldita estirpe, sin dejar uno solo, viviré en el infierno. Por lo tanto…

RUTLAND ¡Déjame rezar antes de encontrar la muerte!

(Arrodillándose.) Te ruego, dulce Clifford: ten piedad de mí.

CLIFFORD Tanta como tenga la punta de mi espada.

RUTLAND Yo nunca te hice daño: ¿por qué quieres matarme?

CLIFFORD Me lo hizo tu padre.

RUTLAND Pero fue antes de que yo naciera.

Tú tienes un hijo: ten piedad de mí en su nombre, para que por venganza, ya que Dios es justo, no muera tan miserablemente como yo.

Ah, deja que pase mis días en prisión,

y cuando dé una razón para la ofensa

que muera, pues ahora no tienes motivo.

CLIFFORD ¿Que no hay motivo? Tu padre mató al mío, muere, pues.

Lo apuñala.

RUTLAND Dii faciant laudis summa sit ista tuae.[14]

Muere.

CLIFFORD ¡Plantagenet! ¡Voy, Plantagenet!

Y la sangre de tu hijo, pegada a mi acero, se herrumbrará hasta que tu sangre, fundida con esta, me haga limpiar las dos.

Sale con el cadáver de RUTLAND y soldados.

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ESCENA IV

Alarma. Entra Ricardo, duque de YORK.

YORK El ejército de la reina ha conquistado el campo; por rescatarme han muerto mis dos tíos; todos mis seguidores retroceden

ante el impetuoso rival, y huyen como barcos con el viento o corderos perseguidos por hambrientos lobos. ¿Mis hijos? Dios sabe qué habrá sido de ellos.

Pero sé una cosa: se han comportado como hombres nacidos para ser ilustres por su vida o su muerte. Tres veces Ricardo me abrió paso

y tres veces gritó: «¡Valor, padre, pelea!».

Las mismas veces vino Eduardo a mi lado

con la cimitarra púrpura, pintada hasta el mango

con la sangre de aquellos que enfrentó.

Y cuando los más valientes soldados se apartaban,

Ricardo gritó: «¡A la carga y no cedan un palmo de terreno!»

y luego: «¡Una corona, o una tumba gloriosa!

¡Un cetro o un sepulcro en la tierra!».

Y así volvimos a cargar. Mas, ¡ay!, de nuevo retrocedimos, como se ve al cisne

nadar con inútil esfuerzo contra la marea y gastar la fuerza en olas que lo vencen.

Breve alarma dentro.

¡Escuchen! Los malditos secuaces nos persiguen y yo estoy débil y no puedo escapar a su furia; y aunque tuviera fuerzas, no la eludiría.

Las arenas que componen mi vida están contadas.

Debo quedarme aquí; que aquí mi vida acabe.

Entran la REINA MARGARITA, lord CLIFFORD, el conde de NORTHUMBERLAND y el joven príncipe Eduardo, con soldados.

¡Vengan, sanguinario Clifford, Northumberland feroz!

¡Propongo más fervor a su furia inextinguible!

Soy su blanco, y espero su disparo.

NORTHUMBERLAND

Ríndete a nuestra merced, Plantagenet arrogante.

CLIFFORD Sí, la misma merced que su brazo despiadado,

con un golpe vertical, mostró con mi padre.

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Ya Faetón ha caído de su carro,

y en pleno mediodía encontró la noche.

YORK Mis cenizas, como el fénix, pueden engendrar un ave que se vengará en todos ustedes; con esa esperanza levanto los ojos al cielo,

y desprecio todo aquello con que puedan dañarme. ¿Por qué no vienen? ¿Son multitud y tienen miedo?

CLIFFORD Así luchan los cobardes cuando no pueden ya huir; así las palomas picotean los filosos espolones del halcón; así los ladrones, desesperados, resignando la vida, lanzan insultos contra los oficiales.

YORK Ah, Clifford, piensa en ti una vez más,

y en tu pensamiento recuerda mis tiempos pasados, y, si aún tienes vergüenza, mira esta cara

y muérdete la lengua, que cobardemente insulta

a aquel cuyo ceño te ha hecho palidecer y escapar.

CLIFFORD No disputaré contigo con palabras, sino con golpes, dos veces dos por uno.

Desenvaina.

REINA MARGARITA Detente, bravo Clifford; por mil causas quisiera prolongar un poco la vida del traidor.

La ira lo ensordece: habla tú, Northumberland.

NORTHUMBERLAND

Detente, Cliford, no lo honres tanto como para pincharte el dedo por herirle el corazón.

¿Qué valor tiene, cuando un perro gruñe, meter la mano entre sus dientes cuando se puede espantarlo a patadas?

Es privilegio de la guerra sacar todo el provecho, y estar diez contra uno no reduce el coraje.

Luchan y apresan a YORK.

CLIFFORD Sí, sí, así se debate el pájaro en la trampa.

NORTHUMBERLAND Así lucha el conejo en la red.

YORK Así triunfan los ladrones sobre el botín conquistado, así ceden los decentes, superados por bandidos.

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NORTHUMBERLAND (A la REINA.)

¿Qué quiere su gracia que le hagamos ahora?

REINA MARGARITA Bravos guerreros, Clifford y Northumberland, pónganlo de pie sobre este montículo,

a él, que alargando los brazos pretendía montañas, y no hizo más que dividir la sombra con su mano. (A YORK.) ¿Qué? ¿Y tú eras el que quería ser rey? ¿El que hizo una escena en el parlamento, predicando sobre su ilustre descendencia?

¿Dónde está la banda de hijos tuyos para ayudarte ahora?

¿Dónde el lujurioso Eduardo y el afeminado Jorge? ¿Y dónde está ese prodigio, el valiente jorobado, tu hijo Ricardito, que con su voz gruñona solía animar a su papá en los motines?

Y, en cuanto al resto: ¿dónde está tu amado Rutland? Mira, York: he manchado este pañuelo con la sangre que el bravo Clifford, con la punta de su espada, hizo manar del pecho de tu hijo.

Y si tus ojos pueden llorar esa muerte, te doy esto para que seques tus mejillas. Ah, pobre York, si no te odiara mortalmente lamentaría tu miserable estado.

Te lo ruego, York, ponte triste para que yo me alegre. ¿Qué? ¿Tu fiero corazón te ha resecado tanto las entrañas que no viertes ni una lágrima por la muerte de Rutland? ¿Por qué esta calma, amigo? Deberías estar furioso, y yo, para que lo estés, me burlo de este modo.

Zapatea; delira, rabia, para que yo cante y baile.

A lo mejor hay que pagarte, pienso, para que me alegres.

York no puede hablar a menos que lleve una corona.

(A sus hombres.)

Una corona para York, señores. ¡Inclínense ante él!

Sujétenle las manos mientras se la pongo.

Pone una corona de papel en la cabeza de YORK.

Ah, sí, señor, ahora luce como un rey, caramba.

Este es el que ocupó el trono de Enrique,

y a quien él eligió como heredero.

Pero ¿cómo el gran Plantagenet se coronó tan pronto y rompió su solemne juramento?

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Por lo que recuerdo, no deberías ser rey

hasta que nuestro rey estrechara manos con la muerte.

¿Vas a poner la gloria de Enrique en tu cabeza

y robarle de las sienes la diadema ahora,

en vida, contra tu santo juramento?

¡Oh, es una falta demasiado, demasiado imperdonable!

¡Fuera la corona!

Se la quita de un golpe.

Y con la corona su cabeza.

Y mientras nos damos un respiro, ocupémonos en matarlo.

CLIFFORD Esa es mi tarea, en nombre de mi padre.

REINA MARGARITA No, detente; oigamos sus oraciones.

YORK Loba de Francia, peor que las lobas de Francia,

de lengua más ponzoñosa que colmillo de serpiente:

¡qué mal sienta a tu sexo

triunfar como una amazona

sobre los enemigos que apresa la suerte!

Si tu rostro no fuera una máscara inmutable, prepotente a fuerza de acciones malignas, yo intentaría, soberbia, hacerte sonrojar. Decir de dónde vienes, de quién,

bastaría para avergonzarte, si tuvieras vergüenza.

Tu padre asume el papel de rey de Nápoles,

de ambas Sicilias y Jerusalén,

pero es menos rico que un campesino inglés. ¿Ese pobre monarca te ha enseñado a insultar? No es preciso, ni te sirve, reina orgullosa, salvo para confirmar el adagio: montados, los mendigos llevan sus caballos a la muerte. A menudo la belleza envanece a las mujeres; Dios sabe que es poca la que te ha tocado; la virtud hace que se las admire;

a ti te hace admirable lo contrario.

La discreción las hace parecer divinas;

tú, por falta de ella, eres abominable.

Eres tan opuesta a todo bien

como a nosotros las antípodas

o como el sur al septentrión.

¡Ah, corazón de tigre envuelto en pellejo de mujer!

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¿Cómo pudiste drenar la sangre del niño

para que el padre se secara los ojos

y seguir llevando semblante de mujer?

Las mujeres son suaves, tiernas, compasivas y flexibles; tú, severa, dura, impenetrable, despiadada.

¿Me pediste furia? Ya has cumplido tu deseo. ¿Querías que llorara? Se ha hecho tu voluntad,

pues el viento airado hace estallar incesantes lloviznas, y cuando la ira amaina comienza la lluvia.

Estas lágrimas son el tributo para mi dulce Rutland

y cada gota clama venganza por su muerte

contra ti, cruel Clifford, y contra ti, francesa falsa.

NORTHUMBERLAND Que me maldigan, pero sus sentimientos me conmueven tanto que apenas puedo

impedir que mis ojos lloren.

YORK Los hambrientos caníbales no habrían osado tocar su rostro, no habrían manchado de sangre… Pero ustedes son más inhumanos, más inexorables, ay, diez veces más que los tigres de Hircania.

Mira, reina despiadada, las lágrimas de un padre infeliz.

Has empapado este trapo con sangre de mi niño,

y yo limpio la sangre con mis lágrimas.

Guarda el pañuelo y haz alarde de esto,

y si cuentas bien esta penosa historia,

por mi alma que los que la escuchen llorarán;

sí, hasta mis enemigos derramarán lágrimas copiosas y dirán: «Ay, fue un acto digno de piedad».

Ten, toma la corona, y mi maldición con ella: que en caso de necesidad recibas un apoyo igual al que tu cruel mano me ha brindado. Clifford, corazón de piedra, sácame de este mundo. Mi alma, al cielo; mi sangre, sobre sus conciencias.

NORTHUMBERLAND Aunque hubiera matado a toda mi familia, viendo cómo la pena le carcome el alma

no podría, por mi vida, sino llorar con él.

REINA MARGARITA ¿Qué? ¿Con el llanto a punto, mi lord Northumberland? Piensa en el mal que nos ha hecho a todos,

y las lágrimas en que te fundes se secarán enseguida.

CLIFFORD Esto por mi juramento. Esto, por la muerte de mi padre.

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Apuñala a YORK.

REINA MARGARITA Y esto por impugnar a nuestro bondadoso rey.

Apuñala a YORK.

YORK Abre la puerta de Tu misericordia, gracioso Dios; mi alma vuela hacia Ti a través de estas heridas.

Muere.

REINA MARGARITA

Córtenle la cabeza y pónganla en las puertas de York, para que York mire York desde lo alto.

Trompetas. Salen con el cuerpo de YORK.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA I

Entran EDUARDO, conde de March, y RICARDO,

con un tamborilero y soldados.

EDUARDO Me pregunto cómo escapó nuestro egregio padre, si es que pudo escapar

de la persecución de Clifford y Northumberland. Si lo hubieran apresado lo habríamos sabido; si lo hubieran matado lo habríamos sabido;

si hubiera escapado, creo que habríamos oído la feliz noticia de que se encuentra a salvo. ¿Cómo está mi hermano? ¿Por qué tan triste?

RICARDO No puedo alegrarme hasta que sepa adónde fue a parar nuestro valiente padre. Yo lo vi moverse en la contienda,

y cómo desafiaba él solo a Clifford.

Pienso que lo enfrentó en lo más denso de las filas como un león en medio de bueyes;

o como un oso que, hostigado por perros, después de morder a algunos y hacerlos chillar, obliga a los demás a hablarle de lejos. Así lidió nuestro padre con sus enemigos;

así huyeron sus enemigos de nuestro bravo padre.

Creo que ser su hijo es premio suficiente.

Aparecen tres soles en el aire.

Mira cómo la mañana abre sus puertas de oro y se despide del glorioso sol.

¡Cómo se parece al alba de la juventud,

vestida como un galán para su amada!

EDUARDO ¿Alucinan mis ojos o estoy viendo tres soles?

RICARDO Tres gloriosos soles, cada uno un sol perfecto; no separados por violentas nubes

sino distintos en el claro cielo.

Los tres soles empiezan a unirse.

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Mira, mira: se juntan, se abrazan, parecen besarse como si se juraran una alianza inviolable. Ahora son una lámpara sola, una luz, un sol.

Con esto el cielo señala algún suceso.

EDUARDO Es una extraña maravilla, nunca oída.

Creo que nos convoca, hermano, al campo,

para que los hijos del bravo Plantagenet, nosotros,

que brillamos ya por valores personales,

unamos de igual manera nuestras luces

e iluminemos la tierra, como él alumbra el mundo. Anuncie lo que anuncie, desde ahora llevaré sobre mi escudo tres soles ardientes.

RICARDO No, lleva tres hijas, con tu permiso:

te gustan más las mujeres que los hombres.

Entra un hombre, haciendo ruido.

¿Pero quién eres tú, cuyo aspecto anticipa

la terrible historia que le cuelga de la lengua?

MENSAJERO Ah, soy uno que con dolor ha visto cómo mataban al noble York, el duque, tu principesco padre y mi amado señor.

EDUARDO No digas más, que ya he oído demasiado.

RICARDO Di cómo murió; quiero saberlo todo.

MENSAJERO Estaba rodeado por muchos rivales enfrentándolos, como la esperanza de Troya a los griegos que querían asaltarla.

Pero el mismo Hércules debe rendirse en desventaja, y muchos golpes, aunque sea con un hachuela, hienden el roble más duro y lo abaten.

Por muchas manos fue su padre sometido, pero solo lo mató el airado brazo del despiadado Clifford; y la reina,

que coronó al gracioso duque con sorna, se rió en la cara, y al verlo sollozar de pena la insensible le dio para secarse

un pañuelo empapado con la sangre inocente

del dulce joven Rutland, a quien el cruel Clifford matara; y luego de muchos desprecios y de feos ultrajes

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le cortaron la cabeza, y la pusieron

en las puertas de York; y allí permanece,

como el espectáculo más triste que he visto jamás.

EDUARDO Dulce duque de York, sostén nuestro;

ahora que te has ido no tenemos báculo ni lugar.

¡Ah, Clifford, turbulento Clifford, has matado

a un caballero que era flor de Europa

y lo has vencido a traición,

pues mano a mano te habría vencido él a ti! El palacio de mi alma se ha vuelto prisión. ¡Si escapara de aquí, para que mi cuerpo pudiera encerrarse a descansar en tierra! Pues desde ahora, nunca más me alegraré: ¡nunca, nunca habrá alegría de nuevo para mí!

RICARDO Llorar no puedo, pues toda mi humedad no podría apagar el horno de mi corazón; ni puede mi lengua aliviar su enorme carga pues el mismo aliento con el que hablaría aviva los carbones que me abrasan el pecho,

y quema con llamas que quiere apagar el llanto.

Llorar es atenuar la hondura de la pena;

llanto pues, para los niños: ¡golpes y venganza para mí!

Ricardo, llevo tu nombre; vengaré tu muerte

o moriré famoso por mi intento.

EDUARDO El valiente duque te ha dejado a ti su nombre; su ducado y su silla quedan conmigo.

RICARDO Pues, si eres el aguilucho de este príncipe, muestra tu descendencia mirando al sol de frente; en vez de «silla y ducado» di «trono y reino»:

o bien es tuyo eso, o bien no eres su hijo.

Marcha. Entran el conde de WARWICK y el marqués de Montague con tambores, una enseña y soldados.

WARWICK ¿Qué tal, nobles señores? ¿Qué pasa? ¿Qué noticias traen?

RICARDO Gran señor de Warwick, si contáramos nuestras luctuosas nuevas, y al decir cada palabra nos claváramos dagas hasta soltarlo todo

las palabras nos darían más dolor que las heridas.

Valiente lord: el duque de York ha sido asesinado.

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EDUARDO ¡Oh, Warwick, Warwick! Ese Plantagenet que te quería más que a la redención de su alma fue asesinado por el inflexible Clifford.

WARWICK Hace diez días ahogué esas nuevas en llanto. Y ahora, para dar más medida a sus pesares, vengo a contarles lo ocurrido desde entonces. Después de la sangrienta refriega de Wakefield, donde su bravo padre exhaló su último aliento, tan rápido como corren los correos,

me llegaron mensajes de su pérdida y su muerte. Estando en Londres como guardián del rey, agrupé a mis soldados, congregué amigos, y, como pensaba, muy bien equipado,

marché hacia Saint Albans al encuentro de la reina, con el rey a mi lado como prenda,

ya que mis guías me habían advertido

que ella venía con plena intención de destruir el reciente decreto de nuestro parlamento en cuanto al voto de Enrique y la sucesión. Para abreviar la historia, en Saint Albans nuestras tropas se enfrentaron,

y ambos bandos lucharon con fiereza;

pero si fue la frialdad del rey,

que miraba con dulzura a su reina belicosa,

lo que privaba de su ardiente coraje a mis soldados ya los informes de su triunfo

o el miedo extraordinario ante el rigor de Clifford, que ruge a sus capitanes sangre y muerte, no puedo saberlo; pero es lo cierto

que sus armas iban y venían como rayos.

Nuestras tropas, como el vuelo perezoso del búho nocturno como un trillador que indolente desgrana,

caían mansamente, como golpeando a sus amigos.

Los alenté con la justicia de la causa,

con promesa de buen pago y grandes recompensas. Mas fue todo en vano. No tenían corazón para pelear ni esperanza nosotros de que ganaran la jornada. Entonces huimos, el rey con la reina, y tu hermano lord Jorge, Norfolk y yo

con prisa, prisa de correo, rumbo a ustedes.

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Pues supimos que estaban en las Marcas, preparándose para luchar de nuevo.

EDUARDO ¿Dónde está el duque de Norfolk, gentil Warwick?

¿Y cuándo llegó a Inglaterra Jorge de Borgoña?

WARWICK El duque, a unas seis millas de aquí con sus soldados; en cuanto a vuestro hermano, hace poco

vuestra amable tía, la duquesa de Borgoña,

lo envió con los soldados que esta guerra necesita.

RICARDO Es extraño que haya huido el bravo Warwick.

He oído elogios de sus persecuciones

pero nunca, hasta ahora, de una huida escandalosa.

WARWICK Entérate ahora de mi escándalo, Ricardo; debes saber que mi mano derecha, con su fuerza, podría arrancar al flojo Enrique la diadema

de su cabeza, y de su puño el fiero cetro,

aun cuando fuera tan famoso y tan bravo en la guerra como en la mansedumbre, la paz y la plegaria.

RICARDO Bien lo sé, lord Warwick; no me culpes.

Es mi amor por tu gloria lo que me hace hablar. En este tiempo turbulento, ¿qué se puede hacer? ¿Debemos arrojar las cotas de acero, envolver nuestros cuerpos con trajes de luto, contar avemarías en el rosario?

¿O, sobre los cascos de nuestros enemigos, mostrar devoción con brazos vengativos?

Si es esto último, digan «sí» y hagámoslo, señores.

WARWICK ¡Caramba! Para eso los ha venido a buscar Warwick, y para eso viene mi hermano Montague.

Escúchenme, señores: la reina orgullosa e insultante, con Clifford, el altivo Northumberland

y muchas otras aves altaneras de igual plumaje, han moldeado al blando rey como a la cera.

(A EDUARDO.) Juró acatar vuestra sucesión, y su voto está en el parlamento registrado. Y ahora toda la banda se fue a Londres

para anular a la vez su juramento y todo lo que siga contra la casa de los Lancaster.

Su fuerza es, creo, de treinta mil hombres.

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Ahora: si mi ayuda y la de Norfolk,

con todos los amigos que tú, bravo conde de March, puedas procurar entre los caros galeses, llega a veinticinco mil hombres,

bien, ya, marcharemos a Londres, y una vez más montaremos nuestros corceles resollantes, ante los enemigos y gritaremos «¡A la carga!». Pero nunca más volveremos la espalda para huir.

RICARDO Ah, creo que oigo hablar al gran Warwick.

Que no viva para ver un día de sol

quien grite «¡Retirada!» si Warwick ordena resistir.

EDUARDO Lord Warwick, me apoyaré en tu hombro, y si caes (que Dios no lo permita)

deberá caer Eduardo: ¡el cielo evite ese peligro!

WARWICK Ya no conde de March, sino duque de York; el paso siguiente es el trono de Inglaterra, pues rey de Inglaterra serás proclamado en cada burgo por donde pasemos,

y quien no lance al aire su gorra de alegría perderá como pena la cabeza.

Rey Eduardo, bravo Ricardo, Montague, dejemos de soñar con nuestra fama

para hacer sonar trompetas y cumplir nuestro deber.

RICARDO

Entonces, Clifford, aunque tu corazón sea duro como acero, y tus acciones hayan revelado que es de piedra, voy a atravesarlo, o a darte el mío.

EDUARDO Suenen los tambores: ¡Dios y san Jorge con nosotros!

Entra un MENSAJERO.

WARWICK ¿Qué pasa? ¿Qué noticias hay?

MENSAJERO El duque de Norfolk les manda decir

que la reina llega con huestes poderosas,

y pide su compañía para un rápido consejo.

WARWICK Eso nos conviene. Bravos guerreros, ¡partamos!

Marcha. Salen.

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ESCENA II

La cabeza de York es exhibida en lo alto. Trompetería. Entran el REY ENRIQUE, la REINA MARGARITA, lord CLIFFORD, el conde de NORTHUMBERLAND y el joven PRÍNCIPE EDUARDO, con un tambor y trompetas.

REINA MARGARITA

Bienvenido, milord, a la gallarda ciudad de York.

Allí está la cabeza de aquel archienemigo

que pretendía que tu corona lo ciñera.

¿No te alegra el corazón, milord, verla?

REY ENRIQUE Sí, como las rocas al que teme naufragar.

Ver esto me irrita en el alma.

Detén tu venganza, Dios querido: no es mi culpa, ni he roto mi promesa a sabiendas.

CLIFFORD Gracioso señor, hay que dejar de lado esta excesiva tolerancia, esta piedad nociva. ¿A quién miran con gentileza los leones? No a la bestia que quiere ocupar su cubil. ¿Qué mano lame el oso de la jungla?

No la del que, ante sus ojos, le quita los cachorros. ¿Quién se salva del dardo mortal de la serpiente? No quien pone el pie sobre su lomo.

El reptil más pequeño, si se le pisa, enfrenta, y las palomas pican para salvar a sus pichones. El ambicioso York aspiraba a tu corona,

y mientras él fruncía las cejas, iracundo, tú sonreías.

Él, tan solo un duque, quería hacer rey a su hijo, y elevar su descendencia como un padre amante; tú, siendo rey, bendecido con un hijo excelente, diste consentimiento de desheredarlo,

lo que te hace un padre muy poco cariñoso.

Los seres sin razón alimentan a sus hijos

y aunque el rostro del hombre sea temible a sus ojos, para proteger a sus pequeños, sin embargo, ¿quién no los ha visto, aun con esas alas

que habían usado en vuelos temblorosos pelear con quien trepaba hasta su nido y dar la vida en la defensa de sus crías? ¡Tómalos de ejemplo, mi señor, y avergüénzate! ¿No sería una lástima que este lindo muchacho

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perdiera sus derechos por culpa del padre, y mucho después le dijera a su hijo:

«¿Lo que mi bisabuelo y mi abuelo consiguieron mi descuidado padre lo regaló porque sí?». ¡Ah, vaya vergüenza sería! Mira al muchacho, y deja que su rostro de varón, que promete buena fortuna, endurezca tu blando corazón, para conservar lo que tienes y dejárselo a él.

REY ENRIQUE Muy bien ha hecho Clifford de orador, alegando razones de gran fuerza.

Mas dime, Clifford: ¿nunca oíste decir que lo mal conseguido siempre acaba mal? ¿Y ha sido siempre feliz el hijo cuyo padre fue al infierno por acumular?

Le dejaré a mi hijo acciones virtuosas

y ojalá mi padre me hubiera dejado solo eso. Todo el resto se sostiene a un precio tal que conservarlo mil veces más trabajo es que el mínimo placer que da su posesión.

¡Ah, primo York, ojalá supieran tus mejores amigos cómo me aflige que esté aquí tu cabeza!

REINA MARGARITA Anímate, milord: nuestros enemigos se acercan, y este temple blando debilita a los tuyos.

Prometiste hacer caballero a nuestro ardiente hijo: desenvaina la espada y hazlo de inmediato. Arrodíllate, Eduardo.

El PRÍNCIPE EDUARDO

se arrodilla.

REY ENRIQUE Eduardo Plantagenet, levántate caballero y aprende esto: saca siempre tu espada con razón.

PRÍNCIPE EDUARDO (Levantándose.)

Mi gracioso padre, con vuestro real permiso, la sacaré como heredero al trono,

y en esa disputa la usaré hasta la muerte.

CLIFFORD ¡Vaya! Habla como un príncipe que promete.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Reales comandantes, estén prontos,

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pues con una banda de treinta mil hombres llega el apoyo de Warwick al duque de York. Y en los pueblos, mientras van marchando, lo proclama rey, y muchos se le unen. Prepárense al combate, pues están muy cerca.

CLIFFORD (Al REY ENRIQUE.)

Quisiera que su alteza abandonara el campo; la reina tiene más éxito cuando estás ausente.

REINA MARGARITA (Al REY ENRIQUE.)

Sí, mi buen señor, y déjanos a nuestra suerte.

REY ENRIQUE Bueno, también es mi suerte, así que no me iré.

NORTHUMBERLAND Que sea decisión para pelear.

PRÍNCIPE EDUARDO (Al REY ENRIQUE.)

Mi real padre, anima a estos nobles caballeros y alegra a quienes combaten en tu defensa. Desenvaina, buen padre, grita «¡Por san Jorge!».

Marcha. Entran EDUARDO, duque de York, el conde de WARWICK, RICARDO, JORGE, el duque de NORFOLK, el marqués de Montague y soldados.

EDUARDO Bien, perjuro Enrique, ¿pedirás gracia de rodillas y pondrás la diadema en mi cabeza,

o esperarás la suerte mortal del campo de batalla?

REINA MARGARITA

¡Ve a reñir a tus queridas, niño altivo e insolente! ¿Te parece bien hablar con tanto atrevimiento ante tu soberano y rey legítimo?

EDUARDO Yo soy su rey, y él debería inclinarse.

Soy heredero con su consentimiento.

JORGE (A la REINA MARGARITA.)

Desde que rompió su juramento; pues, por lo que oí, tú, que eres rey, aunque él lleve la corona, con otra acta del parlamento has hecho

que relegara a mi hermano y pusiera a su hijo.

CLIFFORD Y con buenas razones.

¿Quién mejor que el hijo para suceder al padre?

RICARDO ¿Estás ahí; carnicero? ¡Ah, no puedo hablar!

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CLIFFORD Sí, jorobado, aquí estoy para responderte a ti o al más orgulloso de tu clase.

RICARDO

CLIFFORD

RICARDO

WARWICK

¿Fuiste tú quien mató al joven Rutland?

Sí, y al viejo York, y aún no estoy satisfecho.

¡Por el amor de Dios, señores, den señal de batalla!

¿Qué dices, Enrique? ¿Cederás la corona?

REINA MARGARITA ¿Cómo, deslenguado Warwick? ¿Hablas? Cuando en Saint Albans nos medimos hace poco más que las manos te sirvieron las piernas.

WARWICK Era mi turno de huir; ahora es el tuyo.

CLIFFORD Ya dijiste eso antes, y escapaste.

WARWICK No fue tu valor, Clifford, lo que me sacó de allí.

NORTHUMBERLAND No, ni tu hombría lo que te hizo quedarte.

RICARDO Northumberland, con todo mi respeto: acabemos con este parlamento, pues apenas puedo contener el odio de mi corazón

contra este Clifford, asesino de niños.

CLIFFORD Maté a tu padre: ¿dirías que era un niño?

RICARDO Sí, como un traidor, bastardo y cobarde, así como mataste a nuestro tierno Rutland.

Antes de que el sol se ponga, maldecirás tus actos.

REY ENRIQUE Terminen su diálogo, señores, y déjenme hablar.

REINA MARGARITA Desafíalos, pues, o cierra la boca.

REY ENRIQUE Te ruego que no me limites la palabra; soy un rey y tengo el privilegio de expresarme.

CLIFFORD Mi señor, la herida que produjo este encuentro no lo curan palabras. Así que cállate.

RICARDO Entonces, verdugo, desenvaina tu espada. Por Aquel que a todos nos hizo, estoy seguro

de que la hombría de Clifford reside en su lengua.

EDUARDO Enrique, dime: ¿tendré o no mi derecho?

Mil hombres han roto hoy su ayuno

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y no cenarán hasta que cedas la corona.

WARWICK (Al REY ENRIQUE.)

Si te niegas, que su sangre quede en tu conciencia; York se ha puesto la armadura para pedir justicia.

PRÍNCIPE EDUARDO Si está bien lo que está bien para Warwick, es que no hay error, y todo está bien.

RICARDO Quienquiera te engendró, ahí está tu madre;

pues a mi fe que tienes la lengua de ella.

REINA MARGARITA Pero tú no te pareces ni a tu padre ni a tu madre; eres un ser odioso y contrahecho, marcado

por el destino para que te esquiven

como a un sapo venenoso o la fatal mordedura de un lagarto.

RICARDO Acero de Nápoles, oculto en oro inglés, cuyo padre lleva el título de rey

(como si pudiera llamarse mar a un canal),

¿no te avergüenza, sabiendo de dónde te sacaron, que tu lengua exhiba tu corazón infame?

EDUARDO Si esta desvergonzada puta supiera quién es, un puñado de paja valdría mil coronas.

Helena de Troya era mucho más bella que tú, aunque tu esposo pueda ser Menelao;

y el hermano de Agamenón nunca fue ultrajado por esa mujer falsa, como este rey por ti. Su padre entró a su antojo en Francia,

y domó al rey, e hizo inclinarse al delfín; si se hubiese casado según su condición, habría conservado esa gloria hasta el presente. Pero cuando llevó a su lecho a una mendiga y honró a tu pobre padre con su matrimonio, ese sol engendró para él una lluvia

que barrió de Francia las victorias de su padre

y levantó en casa la sedición contra su trono.

Pues, ¿qué, sino tu orgullo, produjo este tumulto?

Si hubieras sido afable, nuestro título dormitaría

y nosotros, por piedad del gentil rey,

habríamos dejado para otro tiempo los reclamos.

JORGE (A la REINA MARGARITA.)

Mas cuando vimos que nuestro sol era tu primavera

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y que tu verano no nos daba provecho

hachamos tu raíz usurpadora.

Y aunque el filo nos haya tocado

debes saber que, si empezamos a golpear, no pararemos hasta derribarte

o regar tu crecimiento con nuestra sangre fogosa.

EDUARDO (A la REINA MARGARITA.) Y con esta decisión te reto, sin querer prolongar la deliberación

ya que impediste hablar al gentil rey.

¡Que suenen las trompetas!

¡Que ondeen nuestros sangrientos estandartes!

¡Victoria o sepultura!

REINA MARGARITA Detente, Eduardo.

EDUARDO No, enemiga, ya no nos detendremos: hoy estas palabras costarán diez mil vidas.

Trompetas. Marcha. Salen EDUARDO y sus hombres

por una puerta y la REINA MARGARITA

y sus hombres por la otra.

ESCENA III

Alarma. Incursiones.

Entra el duque de WARWICK.

WARWICK Cansado del esfuerzo, como un corredor tras la carrera, me tiendo un rato para respirar;

los golpes recibidos, los muchos que he devuelto, han despojado de entereza a mis músculos, y, pese a quien pese, debo reposar un poco.

Entra EDUARDO, el duque de York, corriendo.

EDUARDO ¡Sonríe, amable cielo, o golpea, grosera muerte!

Pues se frunce el mundo, y el sol de Eduardo está nublado.

WARWICK Pero ¿qué pasa mi señor? ¿Tenemos esperanzas?

Entra JORGE corriendo.

JORGE Nuestra suerte es la pérdida, nuestra esperanza el desespero; se han roto nuestras filas y la ruina nos persigue.

¿Qué aconsejas? ¿Adónde huiremos?

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EDUARDO Es inútil huir: nos cierran con alas, somos débiles y no podemos eludir la caza.

Entra RICARDO, corriendo.

RICARDO Ah, Warwick, ¿por qué te has retirado?

La sangre de tu hermano embebió la árida tierra, atravesada por la punta del acero de Clifford.

Y en medio del dolor de la muerte gritó, como en lúgubre clamor que de lejos se oyera, «Warwick, véngame; venga mi muerte, hermano». Y así, bajo el vientre de sus potros,

que le manchaban los muslos de sangre humeante, entregó su espectro el noble caballero.

WARWICK ¡Que nuestra sangre embriague pues la tierra!

Mataré a mi caballo, pues no quiero huir. ¿Por qué estamos aquí, como débiles mujeres, llorando las pérdidas mientras el enemigo enfurece y contemplando, como si la tragedia

fuera una farsa actuada por unos impostores?

(Arrodillándose.) Aquí, de rodillas, voto a Dios que ya no descansaré, no volveré a estarme quieto hasta que la muerte me cierre los ojos

y la fortuna me dé la venganza adecuada.

EDUARDO (Arrodillándose.) Ah, Warwick, me arrodillo contigo, y con este voto se encadenan nuestras almas.

Y, antes de alzar la rodilla del frío rostro de la tierra, alzo las manos, los ojos, el corazón a Ti, a Ti que entronizas y derribas monarcas,

y Te, ruego, si es Tu voluntad

que este cuerpo sea presa de mis enemigos, mas se abran las puertas de bronce de Tu cielo y brinden dulce entrada a mi alma pecadora.

Se levantan.

Ahora, señores, vayan, hasta que nos reencontremos, dondequiera sea, en el cielo o en la tierra.

RICARDO Hermano, dame tu diestra; y, gentil Warwick, deja que mis cansados brazos te reciban.

A mí, que nunca lloré, me disuelve ahora el dolor de que el invierno trunque así nuestra primavera.

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WARWICK ¡Vayan, vayan! Una vez más, adiós, dulces señores.

JORGE Marchemos todos ya con nuestras tropas,

y demos venia para huir a quien no quiera estar; a los que permanezcan, llamémoslos pilares

y, si nos va bien, prometamos las mismas recompensas que en los juegos olímpicos llevan los vencedores. Puede que esto les anime los lánguidos pechos ya que aún hay esperanza de victoria y de vida.

No tardemos más: salgamos de inmediato.

Salen.

ESCENA IV

Alarmas. Incursiones.

Entra RICARDO por una puerta y lord CLIFFORD por la otra.

RICARDO Bien, Clifford, te enfrento a ti solo.

Supón que este brazo es por el duque de York, y este por Rutland, los dos por la venganza aunque una muralla de bronce te proteja.

CLIFFORD Bien, Ricardo, estoy solo contigo.

Esta es la mano que apuñaló a tu padre York, y esta la que mató a tu hermano Rutland;

y aquí está el corazón que triunfa con su muerte

y celebra las manos que mataron a tu señor y tu hermano

para ejecutar lo mismo.

Así, pues ¡en guardia!

Combaten. El conde de WARWICK llega y rescata a RICARDO. Lord CLIFFORD huye.

RICARDO No, Warwick, búscate otra pieza,

pues a este lobo lo cazaré hasta la muerte.

Salen.

ESCENA V

Alarma. Entra el REY ENRIQUE.

REY ENRIQUE Esta batalla parece la guerra matutina,

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cuando las nubes moribundas luchan con la nueva luz, la hora en que el pastor, soplándose las uñas, no sabe si es día o noche completa.

Ora se mueve hacia un lado como un mar poderoso forzado por la marea a combatir con el viento, ora hacia el otro, como el mismo mar que la furia del viento obliga a retirarse.

A veces gana la corriente, y luego el viento; gana uno, luego el otro lo supera;

ambos pugnan por vencer, pecho contra pecho, pero no ganan ni son derrotados. Tal es el equilibrio de esta guerra vil.

Me sentaré aquí, en este otero.

Que la victoria sea para quien quiera Dios. Margarita, mi reina, y también Clifford me echaron del combate, ambos jurando que les va mejor cuando yo no estoy.

Ojalá estuviera muerto, si Dios lo dispusiese, pues, ¿qué es este mundo sino dolor y pena? ¡Oh, Dios! Creo que me haría feliz llevar la vida de un simple campesino.

Sentarme en un otero como ahora;

esculpir cuadrantes a la antigua, punto a punto, para ver cómo corren los minutos: cuántos faltan para completar la hora,

cuántas horas dan la vuelta al día,

cuántos días para terminar el año,

cuántos años vive un hombre mortal.

Esto sabido, a dividir los tiempos:

tantas horas para cuidar mi rebaño,

tantas horas para descansar,

tantas horas para contemplar,

tantas horas para divertirme,

tantos días mis ovejas han estado con sus hijos, tantas semanas antes de que den a luz las pobres, tantos años antes de esquilarlas.

Así minutos, horas, días, semanas, meses, años, yendo hacia el fin con que fueron creados, llevarían las canas a una tumba tranquila.

¡Ah, qué vida sería esa! ¡Qué hermosa y sosegada!

¿No da el joven espino una sombra más dulce

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a los pastores que cuidan a sus simples ovejas que la que da una colgadura de rico bordado a los reyes que temen la traición? Claro que sí: mil veces más.

Y para terminar: la crema casera del pastor, el trago fino y frío que bebe de su cuero, el sueño cotidiano bajo una fresca sombra, todo lo cual disfruta segura y dulcemente,

están muy por encima de las finezas de un monarca, las viandas que relumbran en fuente de oro,

y el cuerpo que se acuesta en un lecho extraño,

cuando el cuidado, la desconfianza y la traición lo acechan.

Alarma. Entra por una puerta un SOLDADO con un muerto en brazos. El REY ENRIQUE permanece aparte.

SOLDADO Mal sopla el viento que a nadie aprovecha.

Este hombre, a quien maté en combate mano a mano, puede ser el dueño de un montón de coronas; y yo, que felizmente se las quito ahora,

puedo, antes que anochezca, cederlas con mi vida a algún otro, como este muerto a mí.

Le quita el yelmo al muerto.

¿Quién es? ¡Oh, Dios! Es el rostro de mi padre, a quien sin darme cuenta maté en esta contienda. ¡Ah, duros tiempos que producen tales hechos! Fui urgido desde Londres por el rey;

mi padre, hombre del conde de Warwick,

se unió al bando de York, presionado por aquel; y yo, que de sus manos recibí la vida,

lo privé de la suya con mis manos. Perdóname, Señor, no supe lo que hacía; y perdón, padre, pues no te conocí.

Lavaré con lágrimas estas marcas sangrientas; no más palabras hasta que su flujo agoten.

Llora.

REY ENRIQUE ¡Lamentable espectáculo! ¡Ay, tiempos de sangre!

Mientras los leones luchan y pelean por sus cuevas

los pobres corderos indefensos sufren su hostilidad.

Llora, desgraciado; te ayudaré lágrima a lágrima;

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y que nuestros corazones y ojos, como en guerra civil, ciegos de lágrimas, bajo el peso del dolor se quiebren.

Entra por otra puerta otro SOLDADO

con un muerto en los brazos.

SEGUNDO SOLDADO Tú que tan firmemente te me resististe dame tu oro, si es que tienes,

ya que lo he comprado con cien golpes.

Le quita el yelmo al muerto.

Pero veamos: ¿es este el rostro de nuestro enemigo?

Oh, no, no, no: ¡es mi único hijo!

¡Ah, hijo, si te queda algo de vida

alza la mirada! (Llorando.) ¡Mira, mira las lluvias que agita la ventosa tempestad de mi pecho sobre tus heridas, y mata mis ojos y mi corazón! ¡Ten piedad, Dios, de esta era miserable!

¡Qué estratagemas, malas, asesinas, erróneas, sediciosas, antinaturales engendra diariamente esta querella fatal!

¡Ah, hijo mío, tu padre te dio la vida demasiado pronto y te privó de ella demasiado tarde!

REY ENRIQUE ¡Pena sobre pena! ¡Dolor más grande que el común!

¡Ah, si mi muerte parara estos hechos lamentables!

¡Piedad, piedad, amable cielo, piedad!

En su faz están la rosa roja y la blanca,

los colores fatales de nuestras casas en disputa; una es bien parecida a la sangre púrpura;

la otra, creo, tiene las mejillas pálidas. Marchita una rosa, y deja que la otra florezca: si luchas, mil vidas se marchitarán.

PRIMER SOLDADO ¡Mi madre, por la muerte de mi padre, no podrá perdonarme nunca!

SEGUNDO SOLDADO ¡Mi esposa, por la muerte de mi hijo, no podrá perdonarme nunca!

REY ENRIQUE ¡El país, por estos hechos dolorosos, no podrá perdonar nunca al rey!

PRIMER SOLDADO

¿Hubo hijo que lamentara así la muerte de su padre?

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SEGUNDO SOLDADO ¿Hubo padre que llorara así a su hijo?

REY ENRIQUE ¿Hubo rey que sufriera tanto por la pena del pueblo? Grande es su pena; la mía, diez veces mayor.

PRIMER SOLDADO (Al cadáver de su padre.)

Te llevaré a donde pueda llorar hasta agotarme.

Sale por una puerta con el cadáver del padre.

SEGUNDO SOLDADO (Al cadáver de su hijo.)

Estos brazos serán tu sudario;

mi corazón, dulce hijo, será tu sepulcro, pues tu imagen nunca dejará mi corazón. Mi jadeante pecho será campana funeraria, y tu padre será tan obsequioso,

aun habiéndote perdido, sin tener más hijos, como Príamo con todos sus valientes.

Te llevaré de aquí, y que ellos peleen cuanto quieran; pues no debía matar y he asesinado.

Sale por otra puerta con el cuerpo de su hijo.

REY ENRIQUE Hombres tristes, desbordados de dolor, he aquí un rey más dolorido que ustedes.

Alarma. Incursiones.

Entra el PRÍNCIPE EDUARDO.

PRÍNCIPE EDUARDO

¡Huye, padre, huye, que todos tus amigos han huido, y Warwick ataca como un toro furioso! Vete; ¡nos persigue la muerte!

Entra la REINA MARGARITA.

REINA MARGARITA Cabalga, mi señor, a toda prisa hacia Berwick.

Eduardo y Ricardo, como una jauría que tiene en la mira a la liebre huidiza, con ojos feroces que relucen de ira regia,

y sujetando el acero sangriento en sus airadas manos, están ya sobre nosotros: huyamos, entonces.

Entra EXETER.

EXETER ¡Huyan, que con ellos llega la venganza!

No: no se queden discutiendo; ¡dense prisa!

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Si no, síganme: yo marcharé primero.

REY ENRIQUE Llévame contigo, dulce Exeter.

No es que tema quedarme, pero me encanta ir donde la reina quiere. ¡Vayamos!

Salen.

ESCENA VI

Fuerte alboroto. Entra lord CLIFFORD, herido

con una flecha en el cuello.

CLIFFORD Aquí se apaga mi candil; sí, aquí muere el que mientras duró dio luz al rey Enrique. ¡Oh, Lancaster, temo tu caída

más que la separación entre mi alma y mi cuerpo! Muchos amigos se pegaron a ti por mi amor y por miedo; ahora que caigo, tu tosca armazón se desmorona,

dañando a Enrique, fortaleciendo al York de falsas pretensiones.

La gente pulula como moscas en verano;

¿y a dónde vuelan los insectos sino al sol?

¿y quién brilla ahora, sino los enemigos de Enrique?

¡Ah, Febo, si no hubieras consentido

en que Faetón atendiera tus fieros corceles

tu carro ardiente nunca habría quemado el suelo!

Y, Enrique, si hubieras gobernado como deben los reyes, o como lo hicieron tu padre y el suyo, sin ceder un palmo a la casa de York,

nunca habrían medrado como moscas en verano; yo y diez mil más no habríamos dejado en este infausto reino viudas plañideras,

y tú habrías conservado hasta hoy tu trono en paz. Pues, ¿qué ama la maleza más que el aire suave? ¿Y qué da más coraje a los ladrones que la excesiva mansedumbre?

Inútiles las quejas, incurables mis heridas;

no hay por dónde huir, ni fuerzas para emprender la huida; el enemigo es implacable y no tendrá piedad,

pues de sus manos ninguna he merecido. Por mis heridas mortales penetra el aire y me debilita la gran pérdida de sangre.

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Vengan, York y Ricardo, Warwick y los otros:

yo apuñalé a sus padres; pártanme el pecho en dos.

Se desmaya. Alarma y retirada. Entran EDUARDO, duque de York, sus hermanos JORGE y

RICARDO, el conde de WARWICK,

el marqués de Montague y soldados.

EDUARDO Ya respiramos, señores, y la fortuna nos deja descansar, y alisa el ceño de la guerra con miradas apacibles. Algunas tropas persiguen a la reina sanguinaria,

que condujo al calmo Enrique, siendo el rey,

tal como una vela hinchada por ráfagas violentas envía un galeón a hacer frente a las olas.

¿Pero piensan, señores, que Clifford escapó con ellos?

WARWICK No; es imposible que pudiera huir; pues, aunque hable en su presencia,

tu hermano Ricardo lo marcó para morir.

Y, dondequiera esté, sin duda está muerto.

CLIFFORD gime.

EDUARDO ¿Qué alma es esa que se despide gravemente?

RICARDO Un gemido mortal, como si vida y muerte se apartaran.

EDUARDO (A RICARDO.) Ve quién es.

RICARDO va hacia CLIFFORD.

Ahora que la batalla ha terminado, sea amigo o enemigo, trátenlo con benevolencia.

RICARDO Revoca ese piadoso juicio, porque es Clifford; quien, no contento con cortar la rama

y cercenar a Rutland cuando la hoja asomaba, puso su fatal daga en la raíz

de donde el tierno brote surgía con dulzura.

Hablo del duque de York, nuestro padre principesco.

WARWICK Bajen la cabeza de York de las puertas.

La cabeza de su padre, que Clifford puso allí.

Que esta ocupe su lugar;

debe contestarse medida por medida.

EDUARDO Lleven a nuestra corte esta fatal lechuza,

que solo cantó a muerte para nosotros y los nuestros.

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CLIFFORD es arrastrado.

Ahora cesará el lúgubre son de amenaza de la muerte; su lengua agorera dejará de hablar.

WARWICK Creo que ha perdido la razón. Habla, Clifford: ¿sabes quién soy?

Negras nubes de muerte apagan sus rayos vitales y no ve ni oye lo que decimos.

RICARDO Oh, ojalá fuera así; tal vez esté oyendo.

Su conducta consiste en fingir,

para evitar amargas invectivas

como las que lanzó a nuestro padre moribundo.

JORGE Si eso crees, véjalo con palabras fervientes.

RICARDO Pide merced, Clifford, y no obtendrás gracia.

EDUARDO Arrepiéntete, Clifford, con vana penitencia.

WARWICK Clifford, inventa excusas para tus pecados.

JORGE Mientras nosotros inventamos tormentos.

RICARDO Tú amaste a York, y yo soy hijo de York.

EDUARDO Te apiadaste de Rutland; yo me apiadaré de ti.

JORGE ¿Dónde está la capitana Margarita para defenderte?

WARWICK Se burlan, Clifford; maldice, como acostumbras.

RICARDO Qué: ¿ni un juramento? Mal anda el mundo, pues, si Clifford no maldice para sus amigos.

Por eso sé que está muerto, y por mi alma que, si esta mano comprara dos horas de vida para poder despreciarlo con malicia,

esta otra mano lo mataría, y con la sangre que brotara ahogaría al villano cuya sangre insaciable

no pudieron aplacar York ni el joven Rutland.

WARWICK Sí, pero está muerto. Córtale al traidor la cabeza, y ponla en lugar de la de tu padre.

Y ahora, a Londres en marcha triunfal, para que te coronemos rey de Inglaterra: desde allá irá Warwick a Francia por mar, a pedirle a lady Bona que sea tu reina.

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Así estas tierras quedarán entrelazadas

y, con Francia como aliada, no podrás temer al disperso enemigo que espera rehacerse: si bien ya no pueden lastimar gran cosa, prepárate a que zumben y te ofendan los oídos. Primero voy a verte coronado,

y luego cruzaré a Bretaña por mar

a concretar esta boda, si así place a mi señor.

EDUARDO Que sea como tú quieras, dulce Warwick.

Mi trono se asienta en tus hombros,

y nunca emprenderé tarea alguna

sin tu consejo y tu permiso.

Ricardo, a ti te haré duque de Gloucester,

y a Jorge, de Clarence; Warwick, como nosotros, hará y deshará como mejor le plazca.

RICARDO Déjame ser duque de Clarence, Jorge de Gloucester, que ese ducado es ominoso.

WARWICK ¡Vaya! ¡Qué observación más necia!

Sé duque de Gloucester, Ricardo. Ahora, a Londres, a tomar posesión de los honores.

Salen.

La cabeza de YORK es retirada.

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TERCER ACTO

ESCENA I

Entran dos AYUDANTES DE CAZA

con ballestas.

PRIMER AYUDANTE DE CAZA Escondámonos en la tupida maleza que pronto pasarán por el claro los gamos

y apostados en este refugio

podremos derribar al gamo principal.

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

Me quedaré en la colina, así tiramos los dos.

PRIMER AYUDANTE DE CAZA Eso no: el ruido de tu ballesta espantará a la manada, y perderé mi tiro.

Nos quedaremos aquí, para darle al mejor.

Y, para que el tiempo no se haga tedioso,

te contaré lo que me pasó un día en este sitio.

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

Viene alguien: esperemos a que pase.

Permanecen apartados.

Aparece el REY ENRIQUE, disfrazado,

con un libro de plegarias.

REY ENRIQUE Por puro amor me sacan de Escocia, a saludar mi tierra con lánguida mirada. No, Enrique, Enrique, esta no es tu tierra. Tu sitio está ocupado, te arrancaron el cetro y limpiaron el óleo con que fuiste ungido. Ninguna rodilla te llamará César al doblarse,

ni humilde peticionario te hablará de sus derechos, ningún hombre buscará alivio en ti,

pues, ¿cómo voy a ayudarlo si no me ayudo yo?

PRIMER AYUDANTE DE CAZA (Al SEGUNDO.)

¡Vaya! He aquí un gamo cuya piel vale el sueldo de un guardia.

Este es el que era rey: atrapémoslo.

REY ENRIQUE Déjame abrazarte, dulce adversidad, pues dicen los doctos que es la vía más sabia.

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SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA (Al PRIMERO.)

¿Por qué nos demoramos? Atrapémoslo.

PRIMER AYUDANTE DE CAZA (Al SEGUNDO.)

Espera un poco: oigamos más.

REY ENRIQUE Mi reina y mi hijo fueron a Francia por ayuda, y, por lo que sé, el gran jefe Warwick

ha ido allí a pedir a la hermana del rey

como esposa de Eduardo. Si estas nuevas son ciertas, ¡pobres reina e hijo! El esfuerzo ha sido vano, pues Warwick es orador sutil

y Luis fácil de ganar con palabras tocantes. Pero si es así, Margarita podría convencerlo ya que es una mujer que despierta piedad.

Sus suspiros abrirían una herida en cualquier pecho; sus lágrimas atravesarían un corazón de mármol, un tigre se enternecería con sus gemidos, y a Nerón lo atacaría el remordimiento

de oír y ver sus quejas, sus lágrimas de sal.

Sí; pero ella va a rogar y Warwick a dar.

Ella del lado izquierdo, pidiendo ayuda para Enrique; él del derecho, pidiendo esposa para Eduardo.

Ella llora y dice que han despojado a Enrique, él sonríe y dice que instalaron a su Eduardo;

ella, pobre desdichada, ya no puede hablar de pena, mientras Warwick, con su título, atenúa la injusticia, aduce razones de fuerza poderosa,

y, en conclusión, la derrota frente al rey

y logra que le prometa a su hermana y lo que sea para fortalecer la posición del rey Eduardo.

Oh, Margarita, así será: y tú, pobre alma, estarás abandonada y solitaria.

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA (Avanzando.)

¿Pero qué eres tú, que hablas de reyes y de reinas?

REY ENRIQUE Más que lo que parezco, y menos que al nacer.

Un hombre, en todo caso, pues no podría ser menos.

Los hombres hablan de reyes; ¿por qué yo no?

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

Sí, pero tú hablas como si fueras uno de ellos.

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REY ENRIQUE Bueno, lo soy en mi mente, y eso basta.

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

Pero si eres rey, ¿dónde llevas la corona?

REY ENRIQUE En el corazón, no en la cabeza;

no adornada de diamantes y de piedras de la India, ni visible. Mi corona se llama contento… Los reyes rara vez la disfrutan.

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

Bien: si eres un rey coronado con contento, contentos deben estar tu corona y tú

de venir con nosotros; pues, por lo que creemos, eres el rey a quien depuso el rey Eduardo, y como súbditos que juramos lealtad,

te prenderemos como enemigo suyo.

REY ENRIQUE ¿Ustedes nunca juraron y rompieron sus votos?

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA

No: no un voto como ese, ni lo haremos ahora.

REY ENRIQUE ¿Dónde vivían cuando yo reinaba?

SEGUNDO AYUDANTE DE CAZA En estas tierras, como ahora.

REY ENRIQUE Me ungieron rey a los nueve meses, mi padre y mi abuelo fueron reyes,

y ustedes juraron ser súbditos fieles; díganme, entonces, ¿no rompieron los votos?

PRIMER AYUDANTE DE CAZA No, porque fuimos súbditos mientras fuiste rey.

REY ENRIQUE

¿Y qué? ¿Estoy muerto? ¿No respiro como un hombre?

Ah, hombres simples, no saben lo que juran.

Vean cómo soplo de mi cara esta pluma,

y cómo el aire me la envía de nuevo,

obedeciéndome a mí cuando soplo,

y cediendo a otro cuando sopla a su vez, siempre a la orden de la brisa más fuerte; tal es su ligereza, hombres comunes.

Mas no rompan sus votos, que de ese pecado no los hará culpables mi suave pedido.

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Vayamos donde quieran, el rey será ordenado; sean reyes ustedes, y yo obedeceré.

PRIMER AYUDANTE DE CAZA

Somos fieles súbditos del rey, el rey Eduardo.

REY ENRIQUE Y así volverían a serlo de Enrique

si estuviera sentado donde Eduardo está ahora.

PRIMER AYUDANTE DE CAZA

Te conminamos, en nombre de Dios y en el del rey, a que vengas con nosotros ante los oficiales.

REY ENRIQUE

Llévenme por Dios; que sea obedecido el nombre de su rey; que lo que quiera Dios su rey lo lleve a cabo; y yo cederé con humildad a lo que quiera él.

Salen.

ESCENA II

Entran el REY EDUARDO, RICARDO,

duque de Gloucester, JORGE, duque de Clarence

y LADY GRAY.

REY EDUARDO

Hermano de Gloucester; en Saint Albans, en el campo, fue asesinado el marido de esta dama, sir Ricardo Gray, y el vencedor se apoderó de sus tierras. Lo que él pide es volver a poseerlas,

lo cual en justicia no podemos negar,

pues el digno caballero perdió la vida

en la disputa de la casa de York.

RICARDO

Su alteza hace bien en concederle el derecho; negárselo sería un deshonor.

REY EDUARDO No sería menos que eso; pero haré una pausa.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

¿Ah, sí? Veo que la dama debe conceder algo antes de que el rey conceda su humilde petición.

JORGE DE CLARENCE (Aparte, a RICARDO.)

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Conoce el juego: ¡cómo sigue la dirección del viento!

RICARDO (Aparte, a JORGE.) Silencio.

REY EDUARDO (A LADY GRAY.)

Viuda, consideraremos tu solicitud;

ven en otra ocasión para saber qué opinamos.

LADY GRAY Muy gracioso señor: no puedo perder tiempo.

Si place a su alteza, resuélvalo ahora;

lo que le agrade me dará satisfacción.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

¿Sí, viuda? Entonces garantizaré todas tus tierras si te da placer lo que a él le agrade,

lucha mejor, o, a mi fe, te llevarás un golpe.

JORGE (Aparte, a RICARDO.)

No temo por ella, a menos que se caiga.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

¡Dios no lo permita! Él se aprovechará.

REY EDUARDO (A LADY GRAY.)

¿Cuántos hijos tienes, viuda? Cuéntame.

JORGE (Aparte, a RICARDO.)

Creo que le quiere pedir un hijo.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

¡No: azótame pues! Verás que le da dos.

LADY GRAY (Al REY EDUARDO.) Tres, mi muy gracioso señor.

RICARDO DE GLOUCESTER (Aparte.)

Tendrás cuatro, y él te controlará.

REY EDUARDO (A LADY GRAY.)

Sería una lástima que perdieran las tierras de su padre.

LADY GRAY Ten piedad, temido señor, y concédelas.

REY EDUARDO (A RICARDO y JORGE.)

Con su licencia, señores; probaré el ingenio de esta viuda.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

Sí, buena licencia, pues la tendrás

hasta que la juventud se la tome y quedes en muletas.

RICARDO y JORGE se apartan.

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LADY GRAY

LADY GRAY

REY EDUARDO (A LADY GRAY.)

Bien, señora, dime… ¿amas a tus hijos?

Sí, tan intensamente como me amo a mí.

REY EDUARDO ¿Y no harías mucho por su bien?

LADY GRAY Por su bien, soportaría algún mal.

REY EDUARDO

Entonces, por su bien, toma las tierras de tu esposo.

Para eso vine hasta su majestad.

REY EDUARDO Te diré cómo tener esas tierras.

LADY GRAY Así me encadenarás al servicio de su alteza.

REY EDUARDO ¿Qué servicio me darás si las doy?

LADY GRAY Lo que ordenes: hacerlo es cuestión mía.

REY EDUARDO Pero pones condiciones a mi oferta.

LADY GRAY No, gracioso señor, a menos que no pueda hacerlo.

REY EDUARDO Pero puedes hacer lo que quiero pedir.

LADY GRAY Bien: entonces haré lo que su gracia ordene.

RICARDO (A JORGE.)

Sigue insistiendo, que el mármol con la lluvia se desgasta.

JORGE ¡Está roja como el fuego! La cera tendrá que derretirse.

LADY GRAY (Al REY EDUARDO.)

¿Por qué se calla mi señor? ¿No oiré lo que he de hacer? REY EDUARDO Es tarea fácil: no es más que amar a un rey. LADY GRAY Eso se hace pronto, ya que soy súbdita.

REY EDUARDO ¡Bueno! Entonces te cedo las tierras de tu esposo.

LADY GRAY (Con reverencias.)

Con mil agradecimientos me despido.

RICARDO (A JORGE.)

El acuerdo está hecho: lo sella con una reverencia.

REY EDUARDO (A LADY GRAY.)

Pero espera: quiero decir los frutos del amor.

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LADY GRAY Los frutos del amor quiero decir, amado soberano.

REY EDUARDO Sí, pero en otro sentido… ¿Qué amor piensas que deseo obtener?

LADY GRAY Mi amor hasta la muerte, mi humildad, mis plegarias; el que implora la virtud y la virtud concede.

REY EDUARDO No; por mi fe que no hablaba de ese amor.

LADY GRAY Pues, entonces no dices lo que creí que decías.

REY EDUARDO Pero ahora percibes mi pensamiento, en parte.

LADY GRAY Mi pensamiento nunca concederá lo que percibo que su alteza pretende, si estoy en lo justo.

REY EDUARDO Para decirlo simplemente, quiero dormir contigo.

LADY GRAY

Para decirlo simplemente, antes dormiría en una cárcel.

REY EDUARDO Bien; entonces no tendrás las tierras de tu esposo.

LADY GRAY Bien, entonces, mi honestidad será mi dote, pues no la compraré con esa pérdida.

REY EDUARDO Dañas seriamente a tus hijos.

LADY GRAY Su alteza daña a mis hijos y a mí. Pero, señor poderoso, esta alegre inclinación no se condice con mi triste reclamo.

Ruego que me despidas con un sí o con un no.

REY EDUARDO Sí, si dices «sí» a mi pedido; no, si dices «no» a mi demanda.

LADY GRAY Entonces no, milord: mi reclamo ha terminado.

RICARDO (A JORGE.)

No le gustó a la viuda; frunce el ceño.

JORGE Es el galán más torpe de la cristiandad.

REY EDUARDO (Aparte.) Su aspecto prueba que rebosa de pudor; sus palabras hacen su pensamiento incuestionable, todas sus perfecciones piden soberanía.

De una manera u otra, es mujer para un rey, y será, ya mi amor, ya mi reina.

(A LADY GRAY.) Digamos que el rey te toma por reina…

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LADY GRAY Es más fácil decirlo que hacerlo, gracioso señor.

Soy una súbdita, apropiada para divertirse,

pero muy inapropiada para soberana.

REY EDUARDO Dulce viuda, te juro por mi rango que no digo más que lo que mi alma quiere, que es disfrutar de ti como amor mío.

LADY GRAY Y eso es más que lo que puedo dar yo. Sé que soy muy poco para ser tu reina pero mucho para ser tu concubina.

REY EDUARDO Piensa en ello, viuda; quiero decir reina mía.

LADY GRAY Se afligiría su gracia si mis hijos lo llamaran padre.

REY EDUARDO No más que si mis hijos te llamaran madre.

Eres viuda y tienes hijos;

y yo, por la madre de Dios, siendo soltero, tengo otros. Vaya, es buena cosa tener muchos hijos.

Ya no respondas, pues serás mi reina.

RICARDO (A JORGE.)

El padre espiritual ya dio su absolución.

JORGE Fue para mejorar que se hizo confesor.

REY EDUARDO (A RICARDO y a JORGE.)

Hermanos, piensen en la conversación que hemos tenido.

RICARDO y JORGE se adelantan.

RICARDO A la viuda no le gusta; tiene un aire muy triste.

REY EDUARDO ¿Les parecería extraño que la casara?

JORGE ¿Con quién, mi señor?

REY EDUARDO Vaya, Clarence, conmigo.

RICARDO Sería al menos un portento de seis días.

JORGE Un día más de lo que dura un portento.

RICARDO Tan exagerado como portento es este.

REY EDUARDO Bromeen, hermanos: puedo decirles que le he concedido las tierras de su esposo.

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Entra un NOBLE.

NOBLE Mi gracioso señor, tu enemigo Enrique fue apresado y conducido a la puerta del palacio.

REY EDUARDO Asegúrate de que lo lleven a la Torre.

(A RICARDO y JORGE.) Vamos, hermanos, con quien lo capturó para saber acerca de su arresto.

(A LADY GRAY.) Viuda, ven con nosotros.

(A RICARDO y JORGE.) Trátenla con honor, señores.

Salen todos salvo RICARDO.

RICARDO

Sí; Eduardo trata con honor a las mujeres. ¡Ojalá estuviera agotado, médula, huesos y todo para que no brotara de él una rama promisoria que me apartara del tiempo dorado que deseo! Enterrado el título del promiscuo Eduardo quedan Clarence, Enrique y el joven Eduardo, y todos los imprevistos frutos de sus cuerpos para ocupar, antes que yo, sus sitios. Fría premeditación para mis fines.

¡Vaya! No hago más que soñar con la soberanía, como quien, subido a un promontorio, espía una costa lejana que querría pisar

y desea que el pie se igualara al ojo,

e insulta al mar que de allí lo separa

diciendo que para pasar lo vaciaría;

así anhelo la corona, tan lejana,

e insulto así a lo que se interpone,

y digo así que borraré las causas,

y me halago con cosas imposibles.

Mi ojo es muy impaciente,

mi corazón muy presuntuoso,

a menos que mi mano y fuerza pudiera igualarlos. Bien: digamos que no hay reino para Ricardo: ¿qué otro placer puede aportar el mundo?

Haré mi cielo en la falda de una dama, me adornaré el cuerpo con atavíos alegres,

y embrujaré dulces damas con palabras y halagos. ¡Ah, pensamiento desgraciado! Y más improbable que veinte coronas de oro.

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¡Vaya! El amor me abandonó desde el seno de mi madre, y, para desvincularme de sus suaves modos, corrompió a la frágil naturaleza con regalos para acortar mi brazo cual arbusto marchito,

alzar una envidiosa montaña en mi espalda

(desde donde la deformidad se burla de mi cuerpo),

dar a mis piernas un desigual tamaño,

y hacerme desproporcionado en todos lados, como un caos, o un osezno sin cariño

que no lleva un solo rasgo de su madre. ¿Soy entonces hombre para ser amado? ¡Monstruosa falta sería albergar tal pensamiento! Así, pues, como esta tierra no me da más alegría que ordenar, censurar y dominar a quienes tienen una apariencia mejor que la mía,

mi cielo será soñar con la corona, y mientras viva ver este mundo como un infierno,

hasta que el tronco deforme que lleva esta cabeza quede ceñido con gloriosa corona. Pero no sé cómo obtenerla:

muchas vidas median hasta el punto deseado.

Y yo (como uno que se pierde en un bosque espinoso, rasga las espinas, y las espinas lo rasgan, busca un camino y de él se aparta

y no sabe cómo salir al aire libre

pero lucha y se desespera por hacerlo)

me atormento por la corona inglesa.

Y de ese tormento voy a liberarme

o abrirme paso con un hacha sangrienta.

¡Vaya! Puedo sonreír, y asesinar mientras sonrío, gritar «¡alegría!» a lo que mi corazón aflige, mojar con llanto falso mis mejillas,

y arreglar mi rostro para toda ocasión.

Más marineros ahogaré que la sirena;

más mirones mataré que el basilisco,

tan bueno como Néstor seré como orador,

más astuto en el engaño que Ulises,

y, como Sinón, conquistaré otra Troya.

Puedo ganarle al camaleón en colores;

en cambiar de formas, superar a Proteo

y mandar al colegio al sanguinario Maquiavelo.

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¿Puedo hacer eso, y no tener la corona?

¡Bah! Aunque estuviera más lejos, la podría atrapar.

Sale.

ESCENA III

Dos tronos. Trompetas. Entran el REY LUIS de Francia, su hermana LADY BONA, su almirante lord Bourbon, el PRÍNCIPE EDUARDO, la REINA MARGARITA y el conde de OXFORD. El REY LUIS llega hasta el trono, se sienta y vuelve a levantarse.

REY LUIS Bella reina de Inglaterra, noble Margarita, siéntate con nosotros. Mal cabe a tu dignidad y nacimiento que estés de pie si Luis se sienta.

REINA MARGARITA No, poderoso rey de Francia, Margarita debe ahora plegar velas y aprender a servir donde mandan los reyes. Fui, debo admitirlo, reina de la gran Albión en dorados días pasados, pero la desgracia pisoteó mis títulos

y me dejó en tierra con deshonra.

Allí debo acomodarme a mi fortuna

y conformarme con mi humilde estado.

REY LUIS Pero di, bella reina: de dónde brota tu profunda tristeza.

REINA MARGARITA De una causa que me llena los ojos de lágrimas y me inmoviliza la lengua,

mientras el corazón se anega en cuidados.

REY LUIS Sea lo que sea, sigue siendo lo que eres y siéntate a nuestro lado.

La sienta junto a él.

No inclines tu cuello

al yugo de la suerte; deja que tu mente indomable cabalgue triunfalmente sobre toda desdicha. Reina Margarita, sé clara y cuenta tu pena. Se aliviará si Francia puede darte apoyo.

REINA MARGARITA

Esas palabras reaniman mis mustios pensamientos. Y dan a mi atorada pena el derecho de expresarse. Ahora, por lo tanto, que sepa el noble Luis

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que Enrique, único dueño de mi amor,

pasó de rey a hombre desterrado,

forzado a vivir solo en Escocia mientras el soberbio y ambicioso Eduardo, duque de York, usurpa el título real y el trono

del rey de Inglaterra legítimo y ungido.

Es esa la razón por la que yo, pobre Margarita, con mi hijo Eduardo, heredero de Enrique, he venido a pedir tu justa ayuda.

Y si tú nos fallas no habrá más esperanza.

Escocia querría ayudar, pero no puede;

nuestro pueblo y nuestros pares están confundidos, el tesoro capturado, los soldados en fuga, y nosotros, como ves, en grave situación.

REY LUIS Ilustre reina, calma la tormenta con paciencia mientras pensamos en un modo de aplacarla.

REINA MARGARITA

Cuanto más nos demoremos, más crece el enemigo.

REY LUIS Cuanto más demore, más te ayudaré.

REINA MARGARITA

Ay, mas la impaciencia atiende a un pesar verdadero.

Entra el conde de WARWICK.

Y aquí ves venir al autor de mis desdichas.

REY LUIS ¿Quién llega hasta nosotros con tal osadía?

REINA MARGARITA

Nuestro conde de Warwick, el más íntimo de Eduardo.

REY LUIS ¡Bienvenido, bravo Warwick! ¿Qué te trae a Francia?

Se inclina.

Ella se alza.

REINA MARGARITA (Aparte.) Sí, empieza ahora una nueva tormenta, pues él es quien mueve a la vez viento y marea.

WARWICK (Al REY LUIS.) De parte del digno Eduardo, rey de Albión, mi señor y soberano y tu devoto amigo,

llego con bondad y amor no simulado,

primero a saludar a tu real persona,

luego a pedir un pacto de amistad,

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y por último, a confirmar esa amistad

con un enlace nupcial, si prometes entregar a tu bella hermana, la virtuosa lady Bona, en legal matrimonio al rey de Inglaterra.

REINA MARGARITA (Aparte.)

Si esto prospera, no hay esperanza para Enrique.

WARWICK (A LADY BONA.)

Y, graciosa dama, en representación de nuestro rey, tengo el encargo, con tu permiso y favor,

de besar con humildad tu mano, y expresar con palabras la pasión que anima a mi señor,

en quien la fama, entrando hace poco a sus oídos atentos, ha colocado la imagen de tu belleza y virtud.

REINA MARGARITA Rey Luis y lady Bona, escúchenme antes de responder a Warwick. Su demanda

no surge del bienintencionado y honesto amor de Eduardo, mas del engaño que induce la necesidad.

¿Cómo pueden los tiranos gobernar su casa en paz si no compran una alianza fuerte fuera?

Para probar que es un tirano basta este argumento: que Enrique vive aún, y aunque estuviera muerto está aquí el príncipe Eduardo, hijo del rey Enrique. Por tanto, Luis, que este matrimonio y este pacto no te traigan peligro y deshonor;

los usurpadores pueden gobernar un tiempo,

pero el cielo es justo y el tiempo borra las ofensas.

WARWICK ¡Injuriosa Margarita!

PRÍNCIPE EDUARDO ¿Y por qué no «reina»?

WARWICK Porque tu padre, Enrique, fue un usurpador

y tú no eres más príncipe que ella reina.

OXFORD Entonces Warwick anula al gran Juan de Gante, que sometió la mayor parte de España;

y, después de Juan de Gante, a Enrique IV, cuya sabiduría fue espejo de los sabios; y, después de ese sabio, a Enrique V,

quien, con su valentía, conquistó toda Francia.

De ellos desciende directamente nuestro Enrique.

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WARWICK Oxford, ¿cómo en ese agradable discurso no dijiste cómo perdió Enrique VI

todo lo que Enrique V había ganado? Estos pares de Francia sonreirían con eso. En cuanto al resto, recitas un linaje

de sesenta y dos años: un tiempo absurdo para reclamar el valor de un reinado.

OXFORD ¡Vaya, Warwick! ¿Puedes hablar contra tu soberano, a quien obedeciste por treinta y seis años,

y no delatar tu traición con un sonrojo?

WARWICK ¿Puede Oxford, que defendió siempre el derecho, defender la falsedad con un linaje?

¡Qué vergüenza! ¡Olvida a Enrique, y llama rey a Eduardo!

OXFORD ¿Que llame rey a aquel cuyo injurioso juicio condenó a la muerte a mi hermano mayor, lord Aubrey Vere? ¿Y más aún: a mi padre en el blando declive de sus años,

cuando la naturaleza lo ponía ante las puertas de la muerte? No, Warwick, no: mientras la vida sostenga este brazo, este brazo sostendrá a los de Lancaster.

WARWICK Y yo a los de York.

REY LUIS Reina Margarita, príncipe Eduardo y Oxford,

prometan, a mi ruego, mantenerse aparte, mientras conferencio más con Warwick.

La REINA MARGARITA se baja del estrado y, con el PRÍNCIPE EDUARDO y OXFORD, se mantiene apartada.

REINA MARGARITA

¡Quieran los cielos que esas palabras no lo embrujen!

REY LUIS Ahora, Warwick, por tu conciencia, dime:

¿es Eduardo tu verdadero rey? Pues sería detestable aliarse con quien no fue elegido legalmente.

WARWICK Comprometo en ello mi crédito y honor.

REY LUIS ¿Es aceptable a los ojos del pueblo?

WARWICK Más que lo que fue el infeliz Enrique.

REY LUIS Entonces, dejando todo disimulo, díganme en verdad la medida de su amor

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LADY BONA

a nuestra hermana Bona.

WARWICK Es un amor tal

como corresponde a un monarca como él. Yo le he oído decir y jurar a menudo que este su amor era una planta eterna cuya raíz se fijaba en la virtud,

de hojas y frutos que conservaba el sol de la belleza, y eximido de envidia, mas no de desdén,

a menos que la dama Bona lo libre del dolor.

REY LUIS (A LADY BONA.)

Bien, hermana, oigamos tu firme decisión.

Haré mía tu aceptación o tu rechazo.

(A WARWICK.) Sin embargo confieso que a menudo, antes, al oír el recuento de los méritos del rey,

mi oído inclinó el juicio hacia el deseo.

REY LUIS (A WARWICK.)

Entonces, Warwick, nuestra hermana será de Eduardo.

Y de inmediato se escribirán artículos

relativos a la parte que dará tu rey,

con la cual se contrapesará la dote de mi hermana.

(A la REINA MARGARITA.) Acércate, y sé testigo de que Bona será la esposa del rey de Inglaterra.

La REINA MARGARITA, el PRÍNCIPE EDUARDO y OXFORD se aproximan.

PRÍNCIPE EDUARDO De Eduardo, no del rey de Inglaterra.

REINA MARGARITA ¡Taimado Warwick: tu plan era anular con esta alianza mi pedido!

Antes de que llegaras, Luis era amigo de Enrique.

REY LUIS Y aún lo es, y de Margarita.

Pero si es débil tu pretensión al trono,

como lo parece por el éxito de Eduardo,

esa es una razón que me libera

de la ayuda que prometí antes.

Sin embargo, tendrán de mi mano toda la bondad que su estado requiera y el mío pueda dar.

WARWICK (A la REINA MARGARITA.)

Enrique vive ahora libremente en Escocia, donde, al no tener nada, nada puede perder.

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En cuanto a ti, antigua reina,

tienes un padre capaz de mantenerte,

y, más que a Francia, podrías molestarlo a él.

REINA MARGARITA ¡Silencio, insolente y sinvergüenza Warwick!

¡Petulante que pone y saca reyes!

No saldré de aquí hasta que, con palabras y llanto, ambos sinceros, hagas ver al rey Luis

tu astuto cometido y el falso amor de tu señor.

Un CORREO hace sonar una trompeta dentro.

Pues ambos son aves del mismo plumaje.

REY LUIS Warwick, este es un correo para ti o para nosotros.

Entra el CORREO.

CORREO (A WARWICK.) Milord embajador, traigo para ti cartas del marqués de Montague, tu hermano,

(Al REY LUIS.) estas, a su majestad, de nuestro rey:

(A la REINA MARGARITA.) y, señora, estas para ti, no sé de quién.

Todos leen las cartas.

OXFORD (Al PRÍNCIPE EDUARDO.)

Me encanta que nuestra bella reina y ama

sonría con sus nuevas, y Warwick se frunza con las suyas.

PRÍNCIPE EDUARDO

Mira cómo Luis golpea con el pie, como enojado.

Espero que sea todo para bien.

REY LUIS ¿Warwick, cuáles son tus nuevas?

¿Y las tuyas, bella reina?

REINA MARGARITA Llenan mi corazón de inesperadas alegrías.

WARWICK Las mías desbordan de pena y desazón.

REY LUIS ¿Qué? ¿Se ha casado tu rey con lady Gray? ¿Y ahora, para temperar su mentira y la tuya, me envía un papel para instarme a la paciencia? ¿Es esta la alianza que busca con Francia? ¿Qué pretende con eso? ¿Despreciarnos?

REINA MARGARITA De eso hablé antes a su majestad; prueba el amor de Eduardo y el honor de Warwick.

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WARWICK Rey Luis, mantengo aquí ante el cielo

y en la espera de la dicha celestial,

que no entro en esta mala acción de Eduardo, que ya no es más mi rey, pues me deshonra, aunque más a él mismo, si pudiera avergonzarse. ¿Olvidé que por causa de los de York mi padre tuvo una muerte prematura?

¿Dejé pasar el ultraje a mi sobrina?

¿Le ceñí yo la corona real?

¿Le arrebaté a Enrique sus derechos de cuna y al final me galardonan con oprobio? Oprobio para él, pues mi premio es el honor; y para reparar mi honor, por él perdido, renuncio ahora a él y vuelvo a Enrique. (A la REINA MARGARITA.)

Mi noble reina, olvida las críticas pasadas; de aquí en adelante seré tu fiel servidor. Vengaré su ultraje a lady Bona

y restituiré a Enrique a su estado anterior.

REINA MARGARITA

Warwick, esas palabras truecan en amor mi odio.

Perdono, y casi olvido, viejas faltas

y me alegra tu amistad con Enrique.

WARWICK Una amistad tan verdadera, que si el rey Luis promete darnos algunas partidas de soldados selectos, me cuidaré de tenerlos en nuestra costa y derribar al tirano de su trono.

No será su nueva novia quien lo socorra.

Y en cuanto a Clarence, como informan mis cartas, es muy probable que se aparte de él

por haberse casado más por lujuria que por honra o por la fuerza y seguridad de nuestra patria.

LADY BONA (Al REY LUIS.)

Querido hermano, ¿cómo será vengada Bona, sino por tu ayuda a esta afligida reina?

REINA MARGARITA (Al REY LUIS.)

Ilustre príncipe, ¿cómo vivirá el pobre Enrique si no lo rescatas tú de la cruel desesperanza?

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REINA MARGARITA

LADY BONA (Al REY LUIS.) Mi causa, y la de esta reina, son la misma.

WARWICK Y la mía, bella lady Bona, se une a la vuestra.

REY LUIS Y la mía a la de ella, a la tuya y a la de Margarita.

Por tanto, al fin, resuelvo con firmeza

que tendrán mi ayuda.

REINA MARGARITA Déjenme agradecer humildemente a todos.

REY LUIS (Al CORREO.)

Entonces, mensajero de Inglaterra, vuelve pronto y dile al falso Eduardo, tu supuesto rey

que Luis de Francia le manda antifaces para celebrar con él y con su nueva esposa. Ves lo que ha pasado, asústalo con eso.

LADY BONA (Al CORREO.)

Dile que, esperando que enviude en breve, me pondré por él la guirnalda de sauces.

REINA MARGARITA Dile que he apartado mis ropas de luto y que estoy pronta para llevar armadura.

WARWICK Dile de mi parte que me ha ofendido y por ello en breve lo destronaré.

(Dándole dinero.) He aquí tu recompensa; vete.

Sale el CORREO.

REY LUIS Warwick, tú y Oxford, con cinco mil hombres, cruzarán el mar para desafiar al falso Eduardo, y, si se presta, esta noble reina

y el príncipe irán detrás con refuerzos.

Pero, antes de que partas, líbrame de una duda:

¿qué garantías tenemos de tu lealtad?

WARWICK Esto asegurará mi lealtad constante:

si nuestra reina y este joven príncipe lo aceptan, uniré a mi hija mayor, alegría de mi vida, con él, de inmediato, en matrimonio sagrado.

Sí, lo consiento, y agradezco tu propuesta.

(Al PRÍNCIPE EDUARDO.) Hijo Eduardo, es virtuosa y bella, así que no demores. Dale tu mano a Warwick

y con tu mano tu fe irrevocable

de que solo la hija de Warwick será tuya.

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PRÍNCIPE EDUARDO Sí, la acepto, porque ella lo merece, y con mi mano consagro la promesa.

EDUARDO y WARWICK

se dan la mano.

REY LUIS

¿Por qué nos retrasamos? Los soldados deben disponerse.

Tú, lord Bourbon, nuestro gran almirante

los transportarás en la flota real.

Quiero que Eduardo caiga por azares de la guerra por jugar al matrimonio con una dama francesa.

Salen todos salvo WARWICK.

WARWICK Vine como embajador de Eduardo; vuelvo como su jurado y mortal enemigo. El encargo que me dio era de boda

pero la horrenda guerra responderá el pedido. ¿No tenía a ningún otro para tomar por tonto? Pues yo convertiré en dolor su burla. Yo encabecé su advenimiento al trono

y encabezaré su destronamiento.

No es que me apene la desgracia de Enrique; quiero vengarme de la burla de Eduardo.

Sale.

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CUARTO ACTO

ESCENA I

Entran RICARDO, duque de Gloucester, JORGE, duque de Clarence, el duque de SOMERSET y el marqués de MONTAGUE.

RICARDO Bien, hermano Clarence, dime, ¿qué opinas de esta boda nueva con lady Gray?

¿Ha hecho nuestro hermano una elección digna?

JORGE Ay, sabes que Francia está muy lejos; ¿cómo iba a esperar a que volviera Warwick?

SOMERSET Basta de hablar, señores. Llega el rey.

Trompetas. Entran el REY EDUARDO, su reina LADY GRAY, el conde de Pembroke y los lores STAFFORD y HASTINGS. Cuatro se ponen a un lado del rey y cuatro al otro.

RICARDO Y su muy bien elegida reina.

JORGE Quiero decir claramente lo que pienso.

REY EDUARDO

Bien, hermano Clarence, ¿qué piensas de nuestra elección, tú que estás pensativo, como descontento?

JORGE

Me gusta tanto como a Luis de Francia o al conde de Warwick, que son de valor y de juicio tan débil que se ofenderán con nuestro abuso.

REY EDUARDO Supongamos que se ofenden con motivo:

ellos son Luis y Warwick; yo Eduardo,

rey de ustedes y de Warwick, y debo complacerme.

RICARDO Y lo harás, pues eres nuestro rey.

Pero una boda apresurada rara vez prospera.

REY EDUARDO ¿Sí, hermano Ricardo? ¿Tú también estás molesto?

RICARDO

No, yo no; Dios no permita que desee separar a quienes Dios ha unido. Sí, y sería una pena desunir a quienes hacen buena yunta.

REY EDUARDO Hagan a un lado sus burlas y disgusto

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y denme una razón por la cual lady Gray

no debiera ser mi esposa y reina de Inglaterra. Y ustedes también, Somerset y Montague; digan con franqueza lo que piensan.

JORGE Bien, esta es mi opinión: por burlarte de él el rey Luis se convierte en tu enemigo respecto al casamiento con su hermana Bona.

RICARDO Y Warwick, al cumplir lo que pediste, por esta nueva boda queda deshonrado.

REY EDUARDO ¿Y qué si Luis y Warwick se conforman con alguna invención que pueda urdir?

MONTAGUE Pero la unión con Francia en esa alianza nos habría protegido de embates extranjeros más que cualquier matrimonio local.

HASTINGS ¿Acaso Montague no sabe que Inglaterra está segura por sí misma, si a sí misma es fiel?

MONTAGUE Pero está más segura si la apoya Francia.

HASTINGS Más vale usar a Francia que confiar en ella.

Que nos apoyen Dios y los mares

que él ha dado como muralla inexpugnable y defendámonos solo con su ayuda.

Nuestra seguridad radica en ellos y en nosotros.

JORGE Solo por este discurso merece lord Hastings a la heredera de lord Hungerford.

REY EDUARDO ¿Y qué hay con eso? Fue mi voluntad y mi permiso, y por esta vez mi voluntad será ley.

RICARDO

Sin embargo pienso que su gracia no hace bien en dar a la heredera e hija de lord Scales al hermano de tu amada esposa.

Más me habría convenido a mí o a Clarence, pero en tu esposa sepultas la hermandad.

JORGE

De lo contrario no habrías entregado a la heredera de lord Bonville al hijo de tu nueva esposa,

y dejado que tus hermanos se las apañen por ahí.

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REY EDUARDO ¡Ay, pobre Clarence! ¿Es por falta de una esposa que estás insatisfecho? Yo te lo arreglaré.

JORGE En tu elección mostraste tu criterio; por ser este escaso, me darás permiso para ser intermediario de mí mismo. Y con eso en mira, te dejaré en breve.

REY EDUARDO Déjame, o quédate. Eduardo será rey, y no lo atan los designios de su hermano.

LADY GRAY Mis señores, antes que a su majestad pluguiera elevar mi estado con el título de reina,

por justicia deberán reconocer

que yo no era, por descendencia, innoble, y que inferiores a mí tuvieron igual suerte.

Pero así como este título me honra a mí y a los míos, así su descontento, cuando querría agradarles, cubre mis alegrías de peligro y de pena.

REY EDUARDO Mi amor, abstente de adular su fastidio. ¿Qué peligro o pena pueden asaltarte mientras Eduardo sea tu amigo constante

y el real soberano a quien deben acatar?

No: a quien acatarán, y también amarán,

a menos que busquen el odio en mis manos.

Y aunque lo hagan te mantendré segura,

y sentirán la furia de mi venganza.

RICARDO (Aparte.)

Oigo. No digo mucho, pero pienso más.

Entra el CORREO de Francia.

REY EDUARDO Mensajero: ¿qué cartas, o noticias hay de Francia?

CORREO Mi soberano: ninguna carta y pocas palabras, pero tales que yo, sin tu especial perdón

no osaré relatar.

REY EDUARDO Anda; te perdonamos. Por tanto, sé breve. Refiere sus palabras como íntimamente las intuyas. ¿Qué responde el rey Luis a nuestras cartas?

CORREO A mi partida, sus palabras fueron estas:

«Dile al falso Eduardo, tu supuesto rey,

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que Luis de Francia le manda antifaces

para celebrar con él y su nueva esposa».

REY EDUARDO

¿Tan enojado está Luis? Tal vez crea que soy Enrique.

¿Pero qué dijo lady Bona de mi boda?

CORREO Estas fueron sus palabras, dichas con leve desdén:

«Dile que, esperando que enviude pronto,

llevaré en su honor la guirnalda de sauces».

REY EDUARDO No la culpo; no podría decir menos:

ella es la ofendida. ¿Qué dijo la reina de Enrique?

Pues he oído que estaba allí.

CORREO «Dile», dijo, «que he apartado mis prendas de luto y que estoy pronta para llevar armadura».

REY EDUARDO Sin duda quiere hacer de amazona.

¿Qué dijo Warwick ante esas injurias?

CORREO Más irritado contra su majestad

que todo el resto, me despachó con esto:

«Dile de mi parte que me ha ofendido

y por lo tanto lo destronaré en breve».

REY EDUARDO ¡Oh! ¿Pronunció el traidor tan altivas palabras?

Bien: estando así avisado, me armaré.

Tendrán guerra y pagarán su presunción.

Pero dime: ¿Warwick se amigó con Margarita?

CORREO Sí, gracioso soberano; están tan unidos

que el príncipe Eduardo desposa a la hija de Warwick.

JORGE

Sin duda la mayor; Clarence tendrá a la más joven. Ahora, hermano rey, adiós, y asegúrate en el trono, pues iré de inmediato por la otra hija de Warwick; aunque no tenga un reino, en matrimonio no quedaré por debajo de ti.

Los que me aman a mí, y aman a Warwick, que me sigan.

Sale JORGE, y lo sigue SOMERSET.

RICARDO (Aparte.)

Yo no; mis pensamientos van más lejos.

Me quedo no por amor a Eduardo, sino a la corona.

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REY EDUARDO ¿Clarence y Somerset se van con Warwick?

Igual estoy armado contra lo peor,

y en este caso se impone una prisa extrema.

Pembroke y Stafford, recluten hombres

en nuestro nombre y prepárense a guerrear.

Ya han desembarcado, o lo harán pronto.

Yo pronto los seguiré en persona.

Salen PEMBROKE y STAFFORD.

Pero antes de que parta, Hastings y Montague, despejen mi duda. Ustedes dos, más que los otros, están cerca de Warwick por sangre y por alianza. Díganme si aman a Warwick más que a mí; si es así, vayan ambos con él:

los prefiero enemigos que falsos amigos.

Pero si quieren conservar su sincera obediencia, asegúrenme, con un voto de amistad,

que nunca tendré que sospechar de ustedes.

MONTAGUE ¡Que Dios ayude a Montague si se muestra leal!

HASTINGS ¡Y a Hastings si defiende la causa de Eduardo!

REY EDUARDO Bien, hermano Ricardo: ¿estarás con nosotros?

RICARDO ¡Sí, aunque se te opongan todos!

REY EDUARDO Bien. Entonces estoy seguro de triunfar.

Ahora, marchemos sin perder ni una hora

a enfrentar a Warwick y a su fuerza extranjera.

Salen.

ESCENA II

Los condes de WARWICK y OXFORD entran en Inglaterra,

con soldados franceses.

WARWICK Créeme, milord; todo va bien hasta ahora.

El pueblo se nos une en multitudes.

Entran JORGE, duque de Clarence, y el duque de Somerset.

Pero vean, aquí vienen Somerset y Clarence.

Hablen pronto, señores: ¿somos amigos?

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JORGE No lo temas, mi señor.

WARWICK Entonces, gentil Clarence, Warwick te acoge. Y bienvenido, Somerset. Pienso que es de cobardes mantener la desconfianza si un noble corazón compromete como signo de amor su mano abierta, sin lo cual creería que Clarence, hermano de Eduardo, no es sino un falso amigo de nuestros proyectos. Pero ven, dulce Clarence: mi hija será tuya.

Y ahora, ¿qué falta sino que, cubiertos por la noche, ya que tu hermano acampa sin cautela,

sus soldados acechan a los pueblos vecinos, y solo lo cuida un simple guardia,

podamos sorprenderlo y apresarlo a nuestro antojo? Nuestros guías consideran la aventura muy fácil. Así como Ulises y el fuerte Diomedes

entraron en las tiendas de Reso con hombría y astucia y sacaron de allí los corceles de Tracia,

nosotros, cubiertos por el negro manto de la noche, podremos de improviso derribar al guardia y apresarlo. No digo «matarlo»,

pues solo pretendo sorprenderlo.

Ustedes, que me han seguido en esta empresa, aclamen el nombre de Enrique con su jefe.

Todos gritan «Enrique».

Bien, pues, ¡vamos en silencio,

por Warwick, sus amigos, Dios y por san Jorge!

Salen.

ESCENA III

Entran tres centinelas para cuidar la tienda del REY EDUARDO.

PRIMER GUARDIA Vamos, señores, cada cual a su puesto.

El rey se ha acomodado aquí para dormir.

SEGUNDO GUARDIA ¿Qué, no se irá a la cama?

PRIMER GUARDIA No, pues ha hecho el voto solemne de no acostarse ni descansar nunca

hasta que desaparezcan él o Warwick.

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REY EDUARDO

SEGUNDO GUARDIA Sin duda, entonces, mañana será el día, si Warwick está tan cerca como dicen.

TERCER GUARDIA Pero digan, por favor, ¿qué noble es ese que descansa con el rey en su tienda?

PRIMER GUARDIA Es lord Hastings, su mejor amigo.

TERCER GUARDIA ¿Ah, sí? ¿Por qué ordena el rey

que sus partidarios se alojen en los pueblos vecinos mientras él permanece en el campo helado?

SEGUNDO GUARDIA Hay más honor en ello, pues es más peligroso.

TERCER GUARDIA Sí, pero a mí dame veneración y paz:

me gustan más que el honor peligroso.

Si Warwick supiera en qué situación se encuentra sin duda vendría a despertarlo.

PRIMER GUARDIA Salvo que nuestras alabardas le cierren el paso.

SEGUNDO GUARDIA ¿Para qué custodiamos su tienda real

sino para cuidarlo de enemigos nocturnos?

Entran en silencio el conde de WARWICK, JORGE, duque de Clarence, el conde de OXFORD y el duque de SOMERSET, con soldados franceses.

WARWICK Esta es su tienda, y vean allí al guardia.

Valor, señores, ¡honor ahora o nunca!

Síganme y Eduardo será nuestro.

PRIMER GUARDIA ¿Quién anda ahí?

SEGUNDO GUARDIA Detente o mueres.

WARWICK y los demás gritan «Warwick, Warwick», y se arrojan sobre los guardias, que huyen gritando «¡A las armas, a las armas!». WARWICK y los otros los persiguen.

ESCENA IV

A golpes de tambor y sones de trompeta entran el conde de WARWICK, el duque de SOMERSET y los demás, trayendo al REY EDUARDO en bata, sentado en un sillón. RICARDO, duque de Gloucester, y lord HASTINGS pasan corriendo por el escenario.

SOMERSET ¿Quiénes son esos que corren?

WARWICK Ricardo y Hastings: déjalos huir. Aquí está el duque.

«¡El duque!» Warwick, cuando nos separamos

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me llamaste rey.

WARWICK Sí, pero ahora el caso es otro. Cuando me humillaste en mi embajada, te retiré de la condición de rey,

y ahora te hago duque de York.

¡Ay! ¿Cómo podrías gobernar reino alguno si no sabes tratar embajadores,

ni contentarte con una sola esposa,

ni usar fraternalmente a tus hermanos,

ni ocuparte del bienestar del pueblo,

ni protegerte de tus enemigos?

REY EDUARDO (Viendo a JORGE.)

Hermano de Clarence; ¿tú también aquí?

Veo pues que Eduardo debe caer.

Sin embargo, Warwick, pese a todas las desgracias, a ti y a todos tus secuaces,

Eduardo siempre se comportará como rey.

Aunque la mala fortuna me derribe,

mi mente excede el alcance de su rueda.

WARWICK Entonces, sé rey de Inglaterra en pensamiento.

Le quita la corona.

Pero la corona de Inglaterra la llevará Enrique. Él será el rey verdadero, y tú su sombra. Milord de Somerset, a mi pedido,

haz que el duque Eduardo sea llevado de inmediato con mi hermano, archiduque de York.

Cuando haya peleado con Pembroke y los suyos te seguiré, y diré qué respuesta le mandan lady Bona y Luis.

Ahora, por un tiempo, duque de York, adiós.

Empiezan a llevarse al REY EDUARDO por la fuerza.

REY EDUARDO Lo que impone el destino el hombre ha de acatarlo.

No vale la pena resistir a la vez viento y marea.

Salen algunos con el REY EDUARDO.

OXFORD ¿Y qué más queda, señores míos,

que marchar a Londres con nuestras tropas?

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WARWICK Sí, es lo primero que hay que hacer:

liberar de la prisión al rey Enrique

y verlo sentado en el trono real.

Salen.

ESCENA V

Entra el conde RIVERS con su hermana, LADY GRAY, reina de EDUARDO.

RIVERS ¿Señora, qué te indujo a este súbito cambio?

LADY GRAY ¿Cómo, hermano, no te has enterado de la reciente desventura del rey?

RIVERS ¿Qué? ¿Perdió alguna batalla contra Warwick?

LADY GRAY No; perdió su propia real persona.

RIVERS ¿Ha muerto pues mi soberano?

LADY GRAY Sí, casi; pues fue hecho prisionero, bien traicionado por su falsa guardia, bien sorprendido por el enemigo.

Y, por lo que sé,

lo han encomendado al obispo de York, hermano del cruel Warwick y enemigo nuestro.

RIVERS Debo confesar que esas noticias duelen mucho.

Sin embargo, sutil dama, sopórtalas como mejor puedas.

Tal vez Warwick pierda, aunque haya ganado la batalla.

LADY GRAY Hasta entonces, la esperanza impedirá la ruina de la vida; yo, más bien, evito la desesperación

por amor al retoño de Eduardo que llevo en el vientre.

Él me permite contener la pasión

y soportar con mansedumbre la cruz de mi desgracia.

Sí, sí, por eso retengo muchas lágrimas

y reprimo el avance de suspiros de sangre:

para que llanto y suspiros no marchiten ni ahoguen

al fruto de Eduardo, genuino heredero de la corona inglesa.

RIVERS Pero, señora, ¿dónde está pues Warwick?

LADY GRAY Me han informado que viene hacia Londres a coronar de nuevo la cabeza de Enrique.

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Adivina el resto: caerán los amigos de Eduardo.

Pero para impedir la violencia del tirano

(pues no puede confiarse en quien traicionó una vez la fe)

iré de inmediato al santuario, para resguardar

al menos al heredero del derecho de Eduardo.

Allí estaré a salvo de la fuerza y el fraude.

Por eso, huyamos mientras sea posible.

Si Warwick nos apresa, de seguro moriremos.

Salen.

ESCENA VI

Entran RICARDO, duque de Gloucester, lord HASTINGS

y sir Guillermo STANLEY, con soldados.

RICARDO

Ahora, milord Hastings y sir Guillermo Stanley, dejen de preguntarse por qué los traje aquí, a la principal arboleda de este parque.

Este es el caso: saben que mi hermano, el rey, es prisionero del obispo, y en sus manos halla buen trato y gran libertad.

A menudo, cuidado solo por débil custodia viene a cazar aquí por diversión.

Le he advertido de secretas maneras que si viene más o menos a esta hora con el pretexto de la acostumbrada caza, aquí estarán sus amigos con armas y caballos para librarlo de su cautiverio.

Entra el REY EDUARDO, y con él un cazador.

CAZADOR Por aquí, mi señor: por aquí está la caza.

REY EDUARDO No, hombre, por aquí: mira dónde están los cazadores.

Vaya, hermano Gloucester, lord Hastings y el resto:

¿están ahí para robar el venado del obispo?

RICARDO

Hermano, el tiempo y el caso demandan prisa.

Tu caballo está pronto al extremo del parque.

REY EDUARDO ¿Adónde iremos luego?

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HASTINGS A Lynn, milord,

y desde allí embarcarnos a Flandes.

RICARDO (Aparte.)

Bien supuesto, por cierto: eso había pensado yo.

REY EDUARDO Stanley, recompensaré tu devoción.

RICARDO

¿Pero a qué nos detenemos? No es tiempo de hablar.

REY EDUARDO Cazador, ¿qué dices? ¿Vendrás con nosotros?

CAZADOR Mejor eso que quedarse y ser ahorcado.

RICARDO Ven, pues; no más bulla.

REY EDUARDO Obispo, adiós: cuídate de la ira de Warwick, y ruega que yo recupere la corona.

Salen.

ESCENA VII

Trompetas. Entran el conde de WARWICK y JORGE, duque de Clarence, con la corona. Luego entran el REY ENRIQUE, el conde de OXFORD, el duque de SOMERSET con Enrique el Joven, conde de Richmond, el marqués de MONTAGUE y el TENIENTE de la Torre.

REY ENRIQUE Maese teniente, ahora que Dios y los amigos han apartado a Eduardo del trono real

y trocado mi cautiverio en libertad,

mi miedo en esperanza, mi dolor en alegría, ¿cuáles son tus honorarios por haberme liberado?

TENIENTE Nada piden súbditos de soberanos: pero si vale una plegaria humilde pido entonces perdón a su alteza.

REY ENRIQUE ¿Por qué, teniente? ¿Por tratarme bien?

Por cierto, te recompensaré la bondad,

pues convirtió en placer mi cautiverio;

el mismo placer que conciben las aves

enjauladas cuando, tras muchos pensamientos tristes, olvidan su perdida libertad

por notas de doméstica armonía.

Pero con Dios me liberaste, Warwick,

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y, por tanto doy gracias, sobre todo, a Dios y a ti.

Él fue el autor, tú el instrumento.

Por eso, para superar la injuriosa fortuna viviendo humildemente, donde no pueda dañarme, y para que el pueblo de esta tierra bendita

no sea castigado por mi mala estrella, Warwick, aunque mi cabeza aún lleve la corona, abdico aquí mi gobierno en ti,

que tienes suerte en todo lo que emprendes.

WARWICK Su gracia siempre tuvo fama de virtuoso, y ahora parece tan virtuoso como sabio

al observar y eludir la maldad de la fortuna; pues pocos son los que se ajustan a los astros.

Sin embargo, su gracia dejará que en un punto le censure:

en elegirme a mí, cuando está presente Clarence.

JORGE No, Warwick, tú eres digno del mando. Tú, a quien los cielos dieron al nacer una rama de olivo y una corona de laurel, para ser bendecido en la guerra y en la paz. Así yo te doy mi libre consentimiento.

WARWICK Y yo elijo a Clarence como protector.

REY ENRIQUE Warwick y Clarence, denme sus manos. Ahora únanlas, y con sus manos los corazones, para que ninguna disensión entorpezca el gobierno. Los hago a ambos protectores de esta tierra, mientras yo llevo una vida retirada

y paso en devoción mis días postreros, rechazando el pecado y alabando al Creador.

WARWICK ¿Qué responde Clarence a la voluntad del soberano?

JORGE Que consiente, si consiente Warwick, porque me apoyo en tu suerte.

WARWICK Bien, pues: aunque de mala gana, debo contentarme.

Nos acoplaremos, como una sombra doble, al cuerpo de Enrique, y tomaremos su lugar (en llevar el peso del gobierno, digo), mientras él disfruta del honor y del placer. Y, Clarence: ahora es más que necesario

que Eduardo sea, de inmediato, declarado traidor,

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y se confisquen sus tierras y bienes.

JORGE ¿Qué más? Y que se establezca la sucesión.

WARWICK Sí, en la que Clarence no perderá su parte.

REY ENRIQUE Pero, como primero de todos sus asuntos, déjenme implorar (ya que no imploro más) que Margarita, su reina, y mi hijo Eduardo, sean traídos prontamente de Francia.

Pues, hasta no verlos, el incierto miedo eclipsará a medias mi alegría de ser libre.

JORGE Se hará con toda prontitud, mi soberano.

REY ENRIQUE Milord de Somerset, ¿qué joven es ese que pareces cuidar tan tiernamente?

SOMERSET Mi señor, es el joven Enrique, conde de Richmond.

REY ENRIQUE Ven aquí, esperanza de Inglaterra.

El REY ENRIQUE pone su mano

en la cabeza de Richmond

Si los poderes secretos

sugieren la verdad a mis presagios,

este lindo mozo hará la dicha de la patria. Tiene la mirada llena de calma majestad, su cabeza está hecha para llevar una corona, su mano para el cetro, y él mismo,

en apariencia, para bendecir un trono. Denle mucha importancia, señores, pues él compensará con su ayuda todo mi daño.

Entra un CORREO.

WARWICK ¿Qué nuevas hay, amigo?

CORREO Que Eduardo escapó del hermano de milord y huyó a Borgoña, por lo que se sabe.

WARWICK ¡Nuevas desagradables! ¿Pero cómo escapó?

CORREO Gracias a Ricardo, duque de Gloucester, y lord Hastings, quienes lo esperaban

al extremo del bosque, en secreta emboscada, y lo rescataron de los cazadores, pues su ejercicio diario era la caza.

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WARWICK Mi hermano ha descuidado sus deberes.

(Al REY ENRIQUE.) Pero marchemos de aquí, mi soberano, por un bálsamo para dolores eventuales.

Salen todos salvo SOMERSET,

Richmond y OXFORD.

SOMERSET (A OXFORD.) Mi señor, no me gusta la fuga de Eduardo, pues de seguro Borgoña le dará ayuda,

y en poco tiempo tendremos más guerras.

Así como la reciente profecía de Enrique

alegró mi corazón con la esperanza de Richmond,

mi corazón me hace temer, en estas lides,

lo que puede ocurrirle, por su mal y el nuestro. Por eso, señor Oxford, en prevención de lo peor, lo enviaremos a Bretaña de inmediato

hasta que pasen las tormentas de la riña civil.

OXFORD Sí, pues si Eduardo recupera la corona, es posible que Richmond caiga con el resto.

SOMERSET Así sea: irá a Bretaña.

Por tanto, venga, procedamos sin tardanza.

Salen.

ESCENA VIII

Trompetas. Entran el REY EDUARDO, RICARDO,

duque de Gloucester, y lord HASTINGS

con una tropa de holandeses.

REY EDUARDO Bien, hermano Ricardo, lord Hastings y los otros:

así mejora nuestra esquiva fortuna

y dice que cambiaré una vez más

mi triste situación por la corona real de Enrique.

A salvo hemos cruzado el mar dos veces

y traído de Borgoña la ayuda necesaria.

¿Qué nos queda entonces, habiendo así llegado desde Ravenspurgh a las puertas de York, más que entrar como en nuestro ducado?

HASTINGS golpea las puertas de York.

RICARDO ¿Cerradas? Hermano, esto no me gusta.

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Muchos han tropezado en un umbral

como advertencia de que dentro había peligro.

REY EDUARDO ¡Bah, hombre! Los presagios no deben asustarnos:

entraremos por las buenas o las malas,

que aquí nos socorrerán nuestros amigos.

HASTINGS Mi señor, golpearé una vez para llamarlos.

Golpea. Aparecen, sobre los muros, el ALCALDE y los concejales de York.

ALCALDE Mis señores, nos habían anunciado su llegada y cerramos las puertas por seguridad,

pues ahora debemos lealtad a Enrique.

REY EDUARDO Pero, alcalde mayor, si Enrique es su rey, Eduardo al menos es duque de York.

ALCALDE Cierto, mi buen señor; sé que no eres menos.

REY EDUARDO ¡Vaya! Y no reclamo más que mi ducado, contento como estoy solo con eso.

RICARDO (Aparte.)

Pero una vez que el zorro pasa la nariz,

se las ingeniará para hacer pasar el cuerpo.

HASTINGS Alcalde mayor, ¿por qué dudas?

Abre las puertas; somos amigos del rey Enrique.

ALCALDE ¿Eso dicen? Entonces abriremos las puertas.

Bajan.

RICARDO

Un capitán sabio y valiente, fácil de convencer.

HASTINGS El buen anciano querría que estuviera todo bien, mientras no lo comprometiéramos; pero una vez dentro sin duda lo haré entrar en razón,

a él y a todos sus hermanos.

Entran, abajo, el ALCALDE

y dos concejales.

REY EDUARDO Señor alcalde, estas puertas no han de estar cerradas más que de noche o en tiempo de guerra.

No temas nada, hombre; solo dame las llaves.

El REY EDUARDO toma las llaves del ALCALDE.

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Eduardo defenderá la ciudad y a ti,

y a todos los amigos que se dignen seguirlo.

Marcha. Entra sir Juan MONTGOMERY

con un tambor y soldados.

RICARDO Hermano, he aquí a sir Juan Montgomery,

nuestro fiel amigo, si no me equivoco.

REY EDUARDO Bienvenido, sir Juan: ¿por qué vienes armado?

MONTGOMERY Para ayudar al rey Eduardo en tiempo de tormenta, como cabe a todo súbdito leal.

REY EDUARDO Gracias, buen Montgomery, pero ya hemos olvidado el derecho a la corona, y solo reclamamos

nuestro ducado, hasta que plazca a Dios mandar el resto.

MONTGOMERY Adiós, entonces; me marcho de aquí.

He venido a servir a un rey, no a un duque.

Toca, tambor, y vayámonos.

Comienza a sonar

una marcha.

REY EDUARDO No: espera un instante, sir Juan; discutamos por qué medios seguros recobrar la corona.

MONTGOMERY ¿Qué dices? ¿Discutir? En pocas palabras; si no te proclamas aquí nuestro rey

te dejaré a tu suerte, y marcharé

a frenar a quienes vengan a ayudarte.

¿Para qué luchar, si no pretendes ningún título?

RICARDO (Al REY EDUARDO.)

Hermano ¿por qué te extiendes en detalles?

REY EDUARDO Reclamaremos cuando seamos más fuertes.

Hasta entonces, lo sabio es ocultar nuestros designios.

HASTINGS ¡Basta de ingenio escrupuloso!

¡Que manden ya las armas!

RICARDO

Las mentes temerarias alcanzan la corona sin demora.

Hermano, te proclamaremos de inmediato.

El fragor que hagamos te atraerá muchos amigos.

REY EDUARDO Que sea como tú quieras, al fin es mi derecho,

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y Enrique solo usurpa la diadema.

MONTGOMERY ¡Bueno! Ahora ha hablado nuestro soberano, y yo seré el defensor de Eduardo.

HASTINGS ¡Que suene la trompeta! Lo proclamaremos aquí.

A MONTGOMERY.

Ven, soldado amigo, ¡haz la proclama!

Trompetas.

MONTGOMERY Eduardo IV, por gracia de Dios,

rey de Inglaterra y Francia y señor de Irlanda. Y a quienquiera proteste el derecho del rey yo lo desafío a combate singular.

Arroja su guante al suelo.

TODOS ¡Larga vida a Eduardo IV!

REY EDUARDO Gracias, buen Montgomery. Gracias a todos. Si la suerte me acompaña, retribuiré este gesto. Esta noche descansaremos en York;

y cuando el sol de la mañana alce su carro sobre el límite del horizonte, avanzaremos contra Warwick y los suyos. Pues bien sé que Enrique no es soldado. ¡Ah, perverso Clarence, qué mal haces en adular a Enrique y dejar a tu hermano!

Pero, como se pueda, enfrentaremos a Warwick y a ti.

Vengan, bravos soldados: no duden del éxito,

y, una vez logrado, no duden de la recompensa.

Salen.

ESCENA IX

Trompetas. Entran el REY ENRIQUE, el conde de WARWICK, el marqués de MONTAGUE, JORGE, duque de Clarence y el conde de OXFORD.

WARWICK ¿Qué aconsejan, señores? Eduardo de Bélgica, con rápidos germanos y rudos holandeses,

ha cruzado el estrecho sin problemas,

y con sus tropas marcha derecho a Londres.

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Muchos inconstantes se le suman.

REY ENRIQUE Reclutemos hombres y forcémoslo a volver.

JORGE Un fuego pequeño se apaga con los pies;

si se deja crecer, ni con ríos podrá extinguirse.

WARWICK Tengo en Warwickshire amigos fieles,

nada belicosos en la paz, pero bravos en la guerra.

Los reuniré. Y tú, hijo Clarence,

incitarás en Suffolk, en Norfolk y en Kent

a caballeros y a señores para que te acompañen.

Tú, hermano Montague, encontrarás

en Buckingham, Northampton y Leicestershire hombres bien dispuestos a escuchar lo que mandes. Y tú, bravo Oxford, extraordinariamente amado en Oxfordshire, reclutarás a tus amigos. Mi soberano, con la gente que lo ama,

como isla por el océano ceñida

o la casta Diana rodeada por sus ninfas, permanecerá en Londres hasta que volvamos.

Nobles señores, despídanse sin perder tiempo en réplicas.

Adiós, mi soberano.

REY ENRIQUE Adiós, mi Héctor, esperanza real de Troya.

JORGE Beso la mano de su alteza en signo de lealtad.

Besa la mano del REY ENRIQUE.

REY ENRIQUE Que tengas suerte, buen Clarence.

MONTAGUE Coraje, mi señor; así me despido.

Besa la mano del REY ENRIQUE.

OXFORD Y así sello mi lealtad y digo adiós.

Besa la mano del REY ENRIQUE.

REY ENRIQUE Dulce Oxford, amado Montague, y todos a la vez: feliz adiós.

Sale.

WARWICK Adiós, dulces señores: nos veremos en Coventry.

Salen por separado.

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ESCENA X

Entran el REY ENRIQUE y el duque de EXETER.

REY ENRIQUE Descansaré un rato aquí en palacio. Primo de Exeter, ¿qué piensa su merced? Creo que la fuerza de Eduardo en el combate no debería superar a la mía.

EXETER El problema es si seduce a los demás.

REY ENRIQUE Mi temor no es él. Mi mérito me ha dado fama.

No he cerrado los oídos a las quejas,

ni aplazado sus pedidos con rodeos.

Mi piedad ha sido un bálsamo para las heridas, mi dulzura ha calmado sus penas desbordantes, y mi clemencia secó el flujo de sus lágrimas. No he ambicionado su riqueza,

ni los he oprimido con grandes tributos,

ni he buscado venganza, aunque mucho han errado. ¿Por qué habrían de amar a Eduardo más que a mí? No, Exeter: esas virtudes reclaman virtud: si el león acaricia al cordero,

el cordero no dejará nunca de seguirlo.

Gritos dentro: «¡Lancaster! ¡York!».

EXETER Escucha, mi señor, ¿qué son esos gritos?

Entran el REY EDUARDO y RICARDO, duque de Gloucester, con soldados.

REY EDUARDO

¡Prendan al desvergonzado Enrique! Llévenlo de aquí y una vez más proclamémonos rey de Inglaterra.

Tú eres la fuente que hace correr los arroyuelos. Ahora tu curso se interrumpe: mi mar los secará, y por su remolino llegará más alto. De aquí a la Torre; no lo dejen hablar.

Salen algunos

con el REY ENRIQUE y EXETER.

Y, señores, vamos hacia Coventry,

donde se encuentra el arrogante Warwick.

Cálido brilla el gol y, si nos demoramos,

el lacerante invierno frustrará nuestra cosecha.

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RICARDO

En marcha, deprisa, antes que reúnan sus fuerzas; tomemos al traidor incipiente por sorpresa. Bravos guerreros, marchemos ya hacia Coventry.

Salen.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Entran el conde de WARWICK, el alcalde de Coventry,

dos MENSAJEROS y otros, sobre los muros.

WARWICK ¿Dónde está el correo del valiente Oxford?

El PRIMER MENSAJERO se adelanta.

¿A qué distancia está tu señor, honesto amigo?

PRIMER MENSAJERO

A esta hora, en Dunford, en marcha hacia aquí.

WARWICK ¿Cuán lejos está el hermano Montague?

¿Dónde está su correo?

El SEGUNDO MENSAJERO se adelanta.

SEGUNDO MENSAJERO A esta hora, en Daintry, con poderosa tropa.

Entra SOMERVILLE, arriba.

WARWICK Di, Somerville; ¿qué dice mi amado hijo?

¿Y dónde crees que está Clarence ahora?

SOMERVILLE Lo he dejado en Southam con sus fuerzas, y lo espero de aquí a dos horas.

Se oye una marcha a lo lejos.

WARWICK Entonces Clarence está cerca: oigo su tambor.

SOMERVILLE No es el suyo, milord. Southam está cerca.

El tambor que oye su merced viene de Warwick.

WARWICK ¿Y quién será? Parecen amigos imprevistos.

SOMERVILLE Se aproximan. Pronto lo sabrá.

Trompetas.

Entran, abajo, el REY EDUARDO y RICARDO,

duque de Gloucester, con soldados.

REY EDUARDO Ve, trompeta, a los muros, y toca a parlamento.

Suena parlamento.

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RICARDO

¡Cómo el arrogante Warwick llena de hombres el muro!

WARWICK ¡Inesperada injuria! ¿Ha venido el alegre Eduardo? ¿Dónde dormían nuestros vigías, o cómo los sedujeron que no hemos sabido nada de su vuelta?

REY EDUARDO Warwick, ¿abrirás las puertas,

hablarás amablemente, doblarás humilde la rodilla, llamarás a Eduardo rey y pedirás a sus manos la gracia? Él te perdonará los ultrajes.

WARWICK No; por el contrario: ¿sacarás de aquí tus fuerzas, confesarás quién te puso y te sacó,

llamarás patrón a Warwick, te arrepentirás?

Así seguirás siendo aún duque de York.

RICARDO Pensé que al menos diría: «el rey».

¿O ha hecho esta broma contra su voluntad?

WARWICK ¿No es un ducado, señor, un buen regalo?

RICARDO

Sí, a fe mía, para que lo conceda un pobre conde.

Te recompensaré tan buen regalo.

WARWICK Fui yo quien le dio el reino a tu hermano.

REY EDUARDO Entonces es mío, aun cuando lo regale Warwick.

WARWICK No eres un Atlas para cargar peso tan grande;

y, Warwick, debilucho, recupera su regalo:

Enrique es mi rey, su súbdito Warwick.

REY EDUARDO Pero el rey de Warwick es prisionero de Eduardo.

Responde, pues, gallardo Warwick, a esto:

¿qué es el cuerpo cuando falta la cabeza?

RICARDO ¡Si Warwick hubiera tenido más visión! Pero mientras creía estar robando la sota, alguien sacaba con astucia al rey de la mesa.

(A WARWICK.) Dejaste con el obispo al pobre Enrique y diez a uno a que lo encuentras en la Torre.

REY EDUARDO En efecto (a WARWICK), y sin embargo sigues siendo Warwick.

RICARDO

Vamos, Warwick, deprisa; de rodillas, de rodillas.

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¿Y cuándo? Golpea ahora, o el hierro se enfría.

WARWICK Antes me cortaría de un golpe esta mano y te la arrojaría a la cara con la otra

que bajar tanto la vela como para golpearte a ti.

REY EDUARDO

Navega como puedas, y viento y marea sean tus amigos, que esta mano, sujeta a tu pelo de carbón,

cuando tu cabeza esté recién cortada y tibia escribirá en el polvo esta frase con tu sangre: «El voluble Warwick ya no podrá cambiar».

Entra el conde de Oxford, con un tambor

y soldados portando banderas.

WARWICK ¡Alegres colores! Miren venir a Oxford.

¡Oxford, Oxford, por Lancaster!

Oxford y sus hombres

pasan por el escenario y entran en la ciudad.

RICARDO (Al REY EDUARDO.)

Se abren las puertas. Entremos también.

REY EDUARDO ¿Para que nos persigan otros enemigos?

Alineémonos bien, que sin duda

volverán a salir para darnos batalla.

Si no, puesto que la ciudad tiene escasa defensa, no tardaremos en alzar a los traidores.

WARWICK (A OXFORD, dentro.)

Bienvenido, Oxford: precisamos tu ayuda.

Entra el marqués de MONTAGUE con un tambor y soldados portando banderas.

MONTAGUE ¡Montague, Montague, por Lancaster!

MONTAGUE y sus hombres

pasan por el escenario y entran en la ciudad.

RICARDO Tú y tu hermano pagarán esta traición con la sangre más cara de sus cuerpos.

REY EDUARDO

Cuanto más duro el combate, más grande es la victoria.

Mi mente presagia ganancia y conquista.

Entra el duque de SOMERSET

con un tambor y soldados portando banderas.

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SOMERSET ¡Somerset, Somerset, por Lancaster!

SOMERSET y sus hombres

pasan por el escenario y entran en la ciudad.

RICARDO

Dos con tu nombre, ambos duques de Somerset, vendieron su vida por la casa de York;

por el mango de esta espada serás el tercero.

Entra JORGE, duque de Clarence, con un tambor y soldados portando banderas.

WARWICK Y miren con qué majestad viene Jorge de Clarence, fuerte, como para dar guerra a su hermano;

el celo, por el derecho triunfa en él

sobre la naturaleza del amor fraterno.

JORGE ¡Clarence, Clarence, por Lancaster!

REY EDUARDO Et tu, Brute, ¿tú también apuntarás a César?

(A un trompetero.)

Un parlamento, truhán, para Jorge de Clarence.

Suena a parlamento.

RICARDO y JORGE cuchichean.

WARWICK Ven, Clarence… Lo harás si Warwick llama.

JORGE

Padre de Warwick: ¿sabes qué quiere decir esto?

Se quita la rosa roja del sombrero

y se la arroja a WARWICK.

Mira: ¡aquí te arrojo mi infamia!

No arruinaré la casa de mi padre,

que dio su sangre para unir las piedras con cemento y erigir a Lancaster. ¿Acaso crees, Warwick,

que Clarence es tan duro, necio y antinatural para enviar los fatales instrumentos de guerra contra su hermano y su rey por derecho?

Tal vez aduzcas que juré por lo sagrado. Mantener tal juramento me haría más impío que Jefté cuando sacrificó a su hija. Estoy tan arrepentido por mi falta

que, para ser digno del valor de mi hermano me proclamo aquí tu enemigo mortal, decidido a hostigarte, dondequiera te encuentre

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(y te encontraré si sales),

por haberme llevado por el mal camino.

Así te reto, orgulloso Warwick,

y vuelvo el avergonzado rostro a mis hermanos.

Al REY EDUARDO.

Perdón, Eduardo, me congraciaré.

A RICARDO.

Y tú, Ricardo, no te enojes por mis faltas:

desde ahora ya no seré inconstante.

REY EDUARDO Eres más bienvenido, y diez veces más amado que si jamás hubieras merecido nuestro odio.

RICARDO (A JORGE.)

Bienvenido, Clarence. Eso es ser un buen hermano.

WARWICK (A JORGE.) ¡Oh, supremo traidor, perjuro e injusto!

REY EDUARDO Warwick, ¿saldrás de la ciudad a combatir?

¿O tendremos que golpearte las orejas con piedras?

WARWICK (Aparte.) ¡Ay, no tengo apoyo para defenderme! (Al REY EDUARDO.) Me iré inmediatamente a Barnet y te daré batalla, Eduardo, si te atreves.

REY EDUARDO Sí, Warwick; Eduardo se atreve y se adelanta.

Señores, al campo: ¡San Jorge y victoria!

Salen abajo el REY EDUARDO y sus acompañantes.

Marcha. El conde de WARWICK y los suyos

bajan y los siguen.

ESCENA II

Alarma y refriegas. Entra el REY EDUARDO

con el conde de WARWICK herido.

REY EDUARDO Allí yaces. Muere y morirá nuestro miedo, pues Warwick era un duende que espantaba a todos. Ahora, Montague, plántate bien. Te busco

para que sus huesos te hagan compañía.

Sale.

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WARWICK ¿Quién está ahí? Ven, amigo o enemigo, y dime quién ha vencido, si Warwick o York. ¿Por qué pregunto? Mi cuerpo mutilado dice,

lo dicen mi sangre, mi debilidad, mi corazón enfermo que debo entregar mi cuerpo a la tierra

y, en mi caída, la conquista a mi enemigo.

Así el filo del hacha tumba el cedro,

cuyos brazos cobijaban al águila majestuosa,

bajo cuya sombra dormitaba el león rampante,

cuya alta rama superaba la del árbol de Júpiter,

y guardaba a los arbustos del fuerte viento del invierno. Estos ojos, nublados ahora por el velo de la muerte fueron tan penetrantes como el sol del mediodía

para apreciar las secretas traiciones del mundo. Las arrugas de mis cejas, ahora ensangrentadas, a menudo parecieron sepulcros reales,

pues, ¿a qué rey no podía yo cavar la tumba?

¿Y quién osaba sonreír si Warwick fruncía el entrecejo? Ven ahora gloria mía, manchada de barro y sangre. Hasta mis parques, mis paseos, mis mansiones

me abandonan ya, y de todas mis tierras nada me queda salvo el largo de mi cuerpo. ¡Vaya! ¿Qué son la pompa, el poder, el reino, sino tierra y polvo?

Vivamos como vivamos, debemos morir.

Entran el conde de OXFORD y el duque de SOMERSET.

SOMERSET ¡Ah, Warwick, Warwick! Si estuvieras como estamos podríamos recobrar todo lo que perdimos.

La reina ha traído de Francia una fuerza enorme.

Solo ahora lo sabemos. ¡Ah, si pudieras huir!

WARWICK Entonces no lo haría. Montague,

si estás aquí, dulce hermano mío, tómame la mano, y en tus manos retén mi alma un instante.

No me amas, pues si lo hicieras, hermano, tus lágrimas lavarían esta sangre congelada, que pega mis labios y no me deja hablar. Ven, Montague, rápido, o me muero.

SOMERSET Ah, Warwick: Montague lanzó el último suspiro, y hasta el final clamó por Warwick

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y dijo: «Encomiéndenme a mi valeroso hermano».

Y más pudo haber dicho, y más habló,

que tronaba como un cañón en una bóveda, y nada se entendía, pero al fin

bien pude oír que decía en un gemido:

«¡Oh, Warwick, adiós!».

WARWICK Que su alma descanse en paz. Señores, huyan y sálvense.

Warwick se despide de todos, hasta verlos en el cielo.

Muere.

OXFORD ¡Vamos, vamos a encontrar a las fuerzas de la reina!

Se llevan el cuerpo de Warwick.

Salen.

ESCENA III

Trompetas. Entra el REY EDUARDO,

victorioso, con RICARDO, duque de Gloucester,

JORGE, duque de Clarence, y soldados.

REY EDUARDO De momento nuestra suerte va hacia arriba, y nos cubren laureles de victoria.

Pero en medio de este día fulgurante

siento una nube negra, sospechosa, amenazante, que alcanzará a nuestro glorioso sol

antes que llegue al plácido lecho en Occidente. Quiero decir, señores, que esas fuerzas que la reina reclutó en la Galia han llegado a la costa, y, por lo que sé, vienen a combatirnos.

JORGE Una brisa ligera dispersará esa nube, y la devolverá al lugar de donde vino. Tus mismos rayos disiparán esos vapores, pues no toda nube engendra tormenta.

RICARDO

La fuerza de la reina es de treinta mil hombres y Somerset, con Oxford, ha marchado con ella. Si se da un respiro, estén seguros

de que su fracción será tan fuerte como la nuestra.

REY EDUARDO Por nuestros queridos amigos sabemos

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que se dirigen hacia Tewkesbury. Nosotros, que hemos prosperado en Barnet iremos hacia allí con decisión.

Y, mientras vamos, nuestra fuerza crecerá en cada pueblo por donde pasemos.

Batan el tambor, griten «¡Valor!» y marchemos.

Trompetas. Marcha.

Salen.

ESCENA IV

Trompetas. Marcha. Entran la REINA MARGARITA, el PRÍNCIPE EDUARDO, el duque de SOMERSET, el conde de OXFORD y soldados.

REINA MARGARITA

Grandes señores: no se sienta el sabio a llorar sus pérdidas, sino que trata de devolver los golpes con brío.

¿Qué importa que el mástil haya caído en la borda que esté roto el cable y el ancla perdida,

que a media tripulación la haya tragado la corriente?

Nuestro piloto aún vive: ¿estará bien que deje el timón, y como un niño tímido haga crecer con sus lágrimas el mar, dándole fuerza a quien ya tiene mucha,

y mientras gime, se parta el barco en la roca cuando pudo salvarlo con ingenio y coraje? ¡Qué vergüenza! ¡Menudo error sería!

Digamos que Warwick era el ancla. ¿Qué importa?

Y Montague nuestro mástil mayor. ¿Qué hay con eso?

Nuestros amigos, los cordajes. ¿Y qué?

¿Acaso Oxford no es también un ancla?

¿Y no es Somerset otro buen mástil?

¿Los amigos de Francia, no son cuerdas y velas? Y, aunque inexpertos, ¿por qué Eduardo y yo no podemos hacer las veces de piloto? No dejaremos el timón para llorar;

mantendremos el rumbo, aunque se niegue el rudo viento, contra rocas y arrecifes que presagian el naufragio. Tanto vale retar a las olas como hablarles bien. ¿Y qué es Eduardo sino un mar implacable?

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¿Qué Clarence sino arena movediza?

¿Qué Ricardo, sino una roca fatal y escabrosa? Todos son enemigos de nuestra pobre barca. Digamos que pueden nadar; sí, mas solo por un rato; caminar por la arena, pero enseguida se hunden; pasar frente la roca; los barrerá la marea,

o morirán de hambre. Es una triple muerte. Les digo esto, señores, para que comprendan que si alguno de ustedes quiere escaparse no podrá esperar más merced de los de York que de las olas implacables, la arena y las rocas. Bien, coraje, entonces: infantil debilidad sería lamentar o temer lo inevitable.

PRÍNCIPE EDUARDO Pienso que una mujer con este bravo temple debe, si un cobarde la escucha decir esto,

infundirle magnanimidad en el pecho,

para que, desnudo, combata a un hombre armado.

No lo digo porque dude de nadie,

pues si sospechara que alguno es timorato le daría permiso de irse enseguida

para que no contagiara en nuestro trance a otro y lo hiciera de su mismo ánimo.

Si hay alguno aquí (Dios no permita),

que se vaya, antes de que necesitemos su ayuda.

OXFORD ¿Que mujeres y niños tengan tal valor,

y desfallezcan los guerreros? ¡Sería una vergüenza eterna!

Valiente y joven príncipe, ¡tu famoso abuelo ha renacido en ti! ¡Que vivas largo tiempo para tener su estampa y renovar sus glorias!

SOMERSET Y que quien no luche por tal esperanza se vaya a la cama, y como el búho de día si se levanta, sea motivo de risa y asombro.

REINA MARGARITA Gracias, gentil Somerset; dulce Oxford, gracias.

PRÍNCIPE EDUARDO Y acepten las gracias de quien nada tiene.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Prepárense, señores, que Eduardo está cerca, dispuesto a luchar; decídanse, por tanto.

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OXFORD No dudaba de ello. Es su política apresurarse para tomarnos de improviso.

SOMERSET Pero se equivoca: estamos listos.

REINA MARGARITA Mi corazón se alegra de ver que están dispuestos.

OXFORD No nos movamos: alineémonos aquí.

Trompetas y marcha.

Entran el REY EDUARDO, RICARDO, duque de Gloucester,

y JORGE, duque de Clarence, con soldados.

REY EDUARDO (A sus seguidores.)

Bravos seguidores, he allí el bosque espinoso que, con la ayuda del cielo y de su fuerza, antes de la noche debe arrancarse de raíz.

No tengo que agregar combustible a su fuego, pues bien sé que arden por consumirlos. ¡Llamen a combate, y adelante, señores!

REINA MARGARITA (A sus seguidores.)

Señores, caballeros, oficiales; lo que debo decir mis lágrimas lo anegan; con cada palabra ven que bebo el agua de mis ojos.

Por tanto, solo esto: su soberano Enrique

del enemigo es prisionero; su estado está usurpado, su reino es una carnicería, sus súbditos están muertos, sus estatutos cancelados y exhausto su tesoro; allí está el lobo que causa este despojo.

Luchan ustedes por la justicia; en nombre de Dios, sean valientes, den señal de combate.

Alarma, incursiones, retirada. Salen.

ESCENA V

Trompetas. Entran el REY EDUARDO, RICARDO, duque de Gloucester, y JORGE, duque de Clarence, con la REINA MARGARITA, el conde de OXFORD y el duque de SOMERSET, custodiados.

REY EDUARDO Aquí terminan estas luchas tumultuosas.

Llévense ya a Oxford al castillo de Hames;

en cuanto a Somerset, córtenle la culpable cabeza.

Llévenselos de aquí; no quiero oírlos hablar.

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OXFORD Yo no te importunaré con palabras.

Sale, custodiado.

SOMERSET Ni yo; me inclino ante mi fortuna con paciencia.

Sale, custodiado.

REINA MARGARITA Así nos separamos en este mundo turbulento para reencontrarnos en Jerusalén con gozo.

REY EDUARDO ¿Se ha proclamado que el que encuentre a Eduardo tendrá gran recompensa, y que el joven salvará su vida?

RICARDO Sí, y véanlo llegar ahora.

Entra el PRÍNCIPE EDUARDO, custodiado.

REY EDUARDO Traigan al galán: dejemos que hable.

Caramba, ¿puede pinchar una espina tan joven?

Eduardo, ¿cómo puedes disculparte

por llevar armas, sublevar a mis súbditos y por todo el trastorno que has causado?

PRÍNCIPE EDUARDO ¡Habla como un súbdito, arrogante York!

Imagina que soy la boca de mi padre: renuncia al trono e inclínate en donde estoy mientras te repito estas mismas palabras a las que, traidor, debieras responderme.

REINA MARGARITA ¡Ah, si tu padre hubiera sido así de firme!

RICARDO Para que tú siguieras llevando enaguas sin tener que robar los calzones de Lancaster.

PRÍNCIPE EDUARDO Que fabule Esopo en las noches de invierno; sus cínicos enigmas no vienen aquí a cuento.

RICARDO

¡Por los cielos, mocoso, te castigaré por eso!

REINA MARGARITA

Por cierto que tú naciste como castigo de los hombres.

RICARDO

¡Por Dios, llévense a este prisionero injurioso!

PRÍNCIPE EDUARDO ¡No; llévense mejor a este injuriante jorobado!

REY EDUARDO ¡Calla, niño terco, o te hechizaré la lengua!

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JORGE (Al PRÍNCIPE EDUARDO.)

Eres muy insolente, niño mal enseñado.

PRÍNCIPE EDUARDO

Conozco mi deber; ninguno de ustedes cumple el suyo.

Lascivo Eduardo; y tú, perjuro Jorge;

y tú, deforme Ricardito: a todos les digo

que soy su superior, en tanto ustedes son traidores.

Tú usurpas el derecho de mi padre y el mío.

REY EDUARDO ¡Toma, viva imagen de esta arpía!

Apuñala al PRÍNCIPE EDUARDO.

RICARDO

¿Te debates? Toma, para acabar con la agonía.

RICARDO apuñala al PRÍNCIPE EDUARDO.

JORGE Y esto es por acusarme de perjurio

JORGE apuñala

al PRÍNCIPE EDUARDO, que muere.

REINA MARGARITA ¡Oh, mátenme a mí también!

RICARDO Sin duda que lo haré.

Intenta matarla.

REY EDUARDO Detente, Ricardo, detente: ya hemos hecho mucho.

RICARDO Para qué habría de vivir, ¿para llenar el mundo de palabras?

La REINA MARGARITA

se desmaya.

REY EDUARDO ¿Qué? ¿Se desvanece? Háganla volver en sí.

RICARDO (Aparte, a JORGE.)

Clarence, discúlpame con el rey mi hermano.

Parto a Londres por un asunto serio.

Antes de que llegue allí, entérate de algo.

JORGE (Aparte, a RICARDO.) ¿De qué? ¿De qué?

RICARDO (Aparte, a JORGE.) La Torre, la Torre.

REINA MARGARITA Oh, Ned, dulce Ned: háblale a tu madre, niño.

¿No puedes? ¡Ah, traidores, asesinos!

¡Los que mataron a César no derramaron sangre,

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ni hicieron ningún daño, ni fueron culpables, si se compara con este acto deleznable!

Él era un hombre; este, en relación, un niño; y los hombres no aplican a los niños su furia.

¿Qué es peor que un asesino, que yo pueda nombrar?

No, no, mi corazón estallará si hablo;

y hablaré para que el corazón me estalle.

¡Asesinos, ruines! ¡Malditos caníbales!

¡Qué dulce planta segaron a destiempo!

Ustedes no tienen hijos; si los tuvieran,

solo pensar en ellos les daría remordimiento.

Pero si alguna vez tienen un hijo,

¡ojalá vean cómo de joven lo abaten

como mataron ustedes a este dulce príncipe!

REY EDUARDO Llévensela: vamos, sáquenla por la fuerza.

REINA MARGARITA No, no me lleven: mátenme aquí.

Saca aquí tu espada; te perdono por mi muerte.

¿Qué? ¿No lo harás? Entonces hazlo tú, Clarence.

JORGE Por el cielo que no te daré ese placer.

REINA MARGARITA Buen Clarence, hazlo; dulce Clarence, hazlo tú.

JORGE ¿No me has oído jurar que no quiero?

REINA MARGARITA Sí, pero sueles jurar en vano.

Antes era pecado; ahora es caridad.

¿Qué, no lo harás? ¿Dónde está ese siniestro carnicero, el poco agraciado Ricardo? ¿Ricardo, dónde estás? No aquí. El asesinato es tu limosna. Nunca rechazas a los que piden sangre.

REY EDUARDO Fuera, digo; ordeno que la lleven.

REINA MARGARITA ¡Así les pase lo mismo que a este príncipe!

Sale, custodiada.

REY EDUARDO ¿Adónde se ha ido Ricardo?

JORGE

A Londres a toda prisa. (Aparte.) Como sospecho, a una cena sangrienta en la Torre.

REY EDUARDO Es veloz cuando se le ocurre algo.

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Ahora, marchémonos de aquí. Licencien a la tropa con la paga y las gracias, y vámonos a Londres, a ver qué bien le va a la amable reina.

Espero, quiero decir, que tenga un hijo para mí.

Salen.

ESCENA VI

Entran sobre los muros el REY ENRIQUE VI, leyendo un libro, RICARDO, duque de Gloucester, y el teniente de la Torre.

RICARDO

Buen día, mi señor. ¿Tan enfrascado estás en la lectura?

REY ENRIQUE Sí, mi buen señor. Debería decir «mi señor». Es pecado adular. «Buen» no era mucho mejor. «Buen Gloucester» y «buen diablo» serían lo mismo,

y ambos, antinaturales: por tanto, de «buen señor», nada.

RICARDO (Al teniente.)

Déjanos solos, bribón. Tenemos que hablar.

Sale el teniente.

REY ENRIQUE Así huye del lobo el pastor negligente;

así empieza la oveja inofensiva por entregar la lana y luego la garganta al cuchillo del carnicero. ¿En qué escena mortal actúa ahora Roscio?

RICARDO

La sospecha siempre asedia al espíritu culpable;

el ladrón teme encontrar un oficial en cada arbusto.

REY ENRIQUE El pájaro que ha estado atrapado en un arbusto le teme a todo arbusto con alas temblorosas.

Y yo, infortunado padre de una dulce ave, tengo ahora ante mis ojos el fatal objeto

en que entramparon, cazaron y mataron a mi hijo.

RICARDO

¡Qué tonto e insensato fue el cretense aquel que le enseñó a hacer de pájaro a su hijo! Pese a sus alas, el bobo se ahogó.

REY ENRIQUE Yo soy Dédalo: Ícaro, mi pobre hijo;

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tu padre, Minos, que se opuso a nuestra empresa; el sol que quemó las alas de mi dulce niño

es tu hermano Eduardo, y tú el mar, cuyo abismo envidioso se tragó su vida. ¡Mátame con tu arma, no con tus palabras! Más soporta mi pecho la punta de tu daga que mis oídos esa trágica historia. ¿Pero a qué vienes? ¿Es por mi vida?

RICARDO ¿Me tomas por verdugo?

REY ENRIQUE Un perseguidor, eres de cierto; y si matar inocentes es ser verdugo, entonces un verdugo eres.

RICARDO Maté a tu hijo por su presunción.

REY ENRIQUE Si te hubieran matado cuando empezaste a presumir tu no habrías vivido para matar a un hijo mío.

Y auguro esto: que muchos miles

que ahora no sospechan ni pizca de mi miedo, y muchos suspiros de ancianos y de viudas,

y muchos ojos de huérfanos, bañados de lágrimas, padres por hijos, esposas por esposos, huérfanos por la muerte temprana de sus padres, maldecirán la hora en que naciste.

El búho chilló en tu alumbramiento: mal signo; el mochuelo gritó augurando malos tiempos;

los perros aullaban, y atroces tormentas derribaron árboles; el cuervo se encaramó a la chimenea

y en lúgubre discordancia parlotearon las urracas. Tu madre sintió más que el dolor de una madre, y sin embargo parió menos de lo que esperaba: no el fruto de un árbol tan hermoso,

sino un bulto mal digerido y deforme; cuando naciste, tenías dientes en la cabeza, como si hubieras venido para morder el mundo; y si es cierto el resto de lo que me contaron, viniste…

RICARDO Ya no oiré más. Muere, profeta, en tu discurso.

Lo apuñala.

Para esto, entre otras cosas, fui enviado.

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REY ENRIQUE Sí, y para muchos crímenes después de este.

¡Que Dios perdone mis pecados y te perdone a ti!

RICARDO

¿Qué? ¿La ambiciosa sangre de Lancaster se hundirá en tierra? Creí que se elevaría.

Vean cómo llora mi espada por la muerte del rey.

¡Que siempre broten lágrimas purpúreas

de quienes quieren ver nuestra casa caída!

Si aún te queda una chispa de vida,

baja, baja al infierno, y di que yo te mandé.

Vuelve a apuñalarlo.

Yo, que no tengo ni piedad, ni amor, ni miedo.

Sin duda es cierto lo que dijo Enrique,

pues a menudo oí a mi madre decir

que vine al mundo con las piernas por delante.

¿Creen que no tenía razón para darme prisa

en buscar la ruina de los que usurpaban un trono? La partera se asombró y gritaron las mujeres: «¡Que Jesús nos bendiga, ha nacido con dientes!». Y así fue, lo cual decía a las claras

que yo debía gruñir, y morder, y hacerme el perro. Entonces, ya que los cielos modelaron así mi cuerpo, que el infierno deforme mi cuerpo en consonancia. No tuve padre, a ninguno me parezco;

no tengo hermano, a ninguno me parezco;

y esa palabra, «amor», que los viejos creen divina, que resida en tres hombres que se parecen entre sí, pero en mí no: yo soy yo solamente. Clarence, cuídate; me separas de la luz,

pero elegiré para ti un día tenebroso.

Propagaré por ahí tales profecías

que Eduardo temerá por su vida,

y seré tu muerte para librarlo de ese miedo. Enrique y su hijo ya no están; tú sigues, Clarence; y uno por uno despacharé a los demás, sin contentarme hasta que sea el mejor.

Arrojaré tu cuerpo en otro cuarto

y triunfaré, Enrique, el día de tu condena.

Sale con el cuerpo.

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ESCENA VII

Un trono. Trompetas. Entran el REY EDUARDO, LADY GRAY, su reina, JORGE, duque de

Clarence, RICARDO, duque de Gloucester, lord HASTINGS, un aya cargando al infante príncipe

Eduardo y asistentes.

REY EDUARDO Una vez más nos sentamos en el trono de Inglaterra, vuelto a comprar con sangre de enemigos.

¡Qué enemigos valientes hemos cortado como maíz en otoño en la cima de su orgullo! ¡Tres duques de Somerset, tres veces renombrados como campeones valientes e indudables! Dos Cliffords, el padre y el hijo;

y dos Northumberlands; nunca hombres más bravíos espolearán corceles al sonar la trompeta.

Warwick y Montague también, los dos fieros osos, que sujetaban al gran león real con sus cadenas y hacían temblar la selva con rugidos.

Así barrimos del trono la sospecha y

nos afincamos en la seguridad.

A LADY GRAY.

Ven aquí, Bess, y déjame besar al niño.

El aya trae al príncipe infante.

El REY EDUARDO lo besa.

Joven Ned, por ti velamos tus tíos y yo

con la armadura puesta en las noches de invierno, y marchamos en el tórrido calor del verano para que pudieras, en paz, volver a la corona y recoger de nuestro esfuerzo la cosecha.

RICARDO

(Aparte.) Le arruinaré la cosecha apenas se descuide; ya que el mundo aún no me respeta.

Este hombro se hizo así de grueso para cargar, y algún peso alzará, o me romperá la espalda. Ábrete tú el camino, y serás el agente.

REY EDUARDO Clarence y Gloucester, amen a mi hermosa reina y besen ambos a su digno sobrino.

JORGE Sello mi deber hacia su majestad sobre los labios de este dulce niño.

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Besa al príncipe infante.

LADY GRAY Gracias, noble Clarence; digno hermano, gracias.

RICARDO Y como amo el árbol de donde naciste, mira el beso de amor que doy al fruto.

Besa al príncipe infante.

(Aparte.) A decir verdad, así besó Judas al maestro y gritó «¡Salve!» cuando quería hacer daño.

REY EDUARDO Ya estoy sentado como mi alma quiere, con la paz de mi tierra y el amor de los hermanos.

JORGE ¿Qué desea su gracia para Margarita?

Renato, su padre, ha empeñado al rey de Francia, Jerusalén y las Sicilias, y ha enviado el producto para su rescate.

REY EDUARDO Líbrense de ella y despídanla a Francia. Y ahora, ¿qué queda sino emplear el tiempo en suntuosos festejos y funciones de comedia como corresponde al placer de la corte?

¡Que suenen tambores y trompetas! ¡Adiós, amarga ira!

Aquí empieza, espero, la dicha duradera.

Trompetas.

Salen.

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RICARDO III

versión de

María Enriqueta González Padilla

Escrita entre 1592 y 1593, inmediatamente después de la trilogía de Enrique VI. Es probable que se trate de la primera obra que Shakespeare escribió para la compañía Lord Chamberlain’s Men, en concreto para el principal actor de la misma, Richard Burbage. Hay una edición en Cuarto, publicada en 1597 y reimpresa en 1598, 1602, 1605, 1612, 1622, 1629 y 1634. El texto impreso en el Primer Folio de 1623 deriva de un manuscrito distinto al utilizado en la versión del Cuarto, es doscientos versos más largo y presenta una mayor coherencia, por lo que se suele considerar la versión autorizada.

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DRAMATIS PERSONAE

REY EDUARDO IV

DUQUESA de York, madre de Eduardo IV

Eduardo, PRÍNCIPE de Gales; después rey Eduardo V, hijo del rey

Ricardo, duque de YORK, hijo del rey

George, duque de CLARENCE, hermano del rey

Ricardo, duque de GLOUCESTER, después REY RICARDO III, hermano del rey

Hijo de Clarence

Hija de Clarence

REINA ISABEL, esposa del rey Eduardo IV

Conde de RIVERS, hermano de la reina Isabel

Marqués de DORSET

Lord GRAY

REINA MARGARITA, viuda de Enrique VI

Lady ANA, viuda de Eduardo, príncipe de Gales, casada después con el duque de Gloucester

Lord HASTINGS

Lord STANLEY, conde de Derby, amigo de lord Hastings Enrique, conde de RICHMOND, después rey Enrique VII

Seguidores de Richmond:

Conde de OXFORD

Sir James BLUNT

Sir Walter HERBERT

Sir William Brandon

Seguidores de Ricardo de Gloucester:

Duque de BUCKINGHAM

Duque de NORFOLK

Conde de SURREY, su hijo

Sir Richard RATCLIFF

Sir William CATESBY

Lord LOVEL

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Sir James TYRREL

Dos ASESINOS

Un PAJE

CARDENAL Bourchier, arzobispo de Canterbury John Morton, obispo de ELY

PADRE CRISTÓBAL

Thomas Rotherham, ARZOBISPO de York

Un SACERDOTE

Sir Robert BRAKENBURY, lugarteniente de la Torre de Londres

ALCALDE de Londres

Un PERSEVANTE

SHERIFF de Wiltshire

Lores y otros acompañantes; dos caballeros, ciudadanos, mensajeros, fantasmas de las víctimas de Ricardo III, soldados, etcétera

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PRIMER ACTO

ESCENA I

Una calle de Londres. Entra GLOUCESTER.

GLOUCESTER He aquí el invierno de nuestras desdichas

vuelto glorioso estío por este sol de York;

y todas las nubes que amagaban nuestra casa sepultadas en lo profundo del océano.

Ciñen hoy nuestras frentes guirnaldas victoriosas; cual trofeos penden nuestras melladas armas; truécanse en jolgorios nuestras rudas alertas, y en ritmos placenteros las siniestras marchas.

El torvo guerrero suaviza sus arrugas;

y ahora, en vez de montar los bardados corceles para asustar el ánimo de horrendos adversarios, cabriolea ágil en la alcoba de una dama

al compás del lascivo deleite del laúd. Mas yo, que no nací para estas travesuras, ni estoy hecho a cortejar un amoroso espejo; yo, cuya grosera estampa no conoce

la majestad con que el amor se pavonea

ante una ninfa libertina y desenvuelta;

yo, que estoy privado de bellas proporciones

y traicionado en mis rasgos por falaz naturaleza, deforme, inconcluso y enviado antes de tiempo a este mundo viviente, a medio hacer apenas, y además tan cojo y tan falto de garbo

que los perros me ladran cuando me detengo; pues yo, en este débil tiempo de paz y lloriqueos, no hallo otro gusto para matar el tiempo, que espiar mi sombra dibujada al sol

mientras sobre mi deformidad voy discurriendo; y puesto que no puedo probarme como amante, para entretener estos bellos y graciosos días, he determinado probarme cual villano

y odiar los frívolos placeres de estos días. Complots he urdido, inducciones peligrosas, mediante extravagantes augurios, sueños y pasquines,

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para poner al monarca y a mi hermano Clarence en odio mortal el uno contra el otro;

y si el rey Eduardo es tan justo y veraz

como yo sutil, falso y traicionero,

este día será Clarence metido en jaula estrecha, por una profecía que anuncia que G

de los hijos de Eduardo asesino ha de ser.

Sumíos, pensamientos, en lo hondo del alma que se acerca Clarence.

Entra CLARENCE custodiado por un guardia y BRAKENBURY.

Hermano, buenos días, ¿qué significa esta guardia que escolta a vuestra gracia?

CLARENCE Su majestad,

solícito de la seguridad de mi persona,

ha nombrado este conducto que me lleve a la Torre.

GLOUCESTER ¿Por qué motivo?

CLARENCE Porque mi nombre es George.

GLOUCESTER ¡Ay!, milord, esa falta no os compete; debería por ello demandar a vuestros padres. ¡Ah! Quizá su majestad tenga intenciones de rebautizaros en la Torre.

Pero ¿cuál es la causa, Clarence? ¿Puedo oírla?

CLARENCE Sí, Ricardo, cuando yo la sepa:

juro que todavía la ignoro;

en profecías y sueños para mientes

y la letra G del alfabeto escoge,

y dice que un brujo le dijo que por G

sus hijos desheredados van a ser.

Y como mi nombre George con G comienza, se le ha metido en la cabeza que soy él. Estas, he oído, y otras fruslerías

han movido a su alteza a encarcelarme.

GLOUCESTER Así pasa cuando mandan las mujeres: no es el rey quien os envía a la Torre. Milady Gray, su esposa, Clarence, es quien a tal extremo lo acalora.

¿No fue ella acaso y ese devoto caballero anthony Woodville, que es su hermano,

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quienes lo hicieron enviar a lord Hastings a la Torre, de donde hoy mismo va a ser liberado?

No estamos seguros, Clarence; no lo estamos.

CLARENCE Por el cielo creo nadie está seguro

a no ser los parientes de la reina

y los heraldos nocturnos

que se arrastran entre el rey y mistress Shore. ¿No sabéis cuan humildemente le ha rogado lord Hastings que le granjee su libertad?

GLOUCESTER Orando humildemente a su deidad obtuvo el lord chambelán su libertad. Os diré una cosa; creo que el medio

si queremos conservar el favor real,

es serle adictos y vestirnos su librea.

La celosa y ajada viuda y ella

desde que el rey las hizo damas nobles

son las más chismosas de la corte.

BRAKENBURY Ruego a vuestras mercedes me perdonen:

su majestad ha prohibido estrictamente

que nadie, sea cual fuere su linaje,

hable privadamente con su hermano.

GLOUCESTER ¿Ah sí? Pues si le place a vuestra señoría,

Brakenbury, podéis oír lo que decimos:

no hablamos, hombre, de traición; decimos que el rey es virtuoso y sabio; su noble reina, nada celosa, bella y de madura edad;

decimos que la mujer de Shore tiene pie lindo,

labios de cereza, ojos alegres y palabra en extremo deleitosa, y que se ha ennoblecido a los parientes de la reina. ¿Qué decís, señor? ¿Podríais negar todo esto?

BRAKENBURY No tengo, milord, nada que ver con esto.

GLOUCESTER ¡Nada que ver con mistress Shore!

Te digo, amigo,

que el que tenga que ver con ella, excepto uno, más vale que lo haga a solas y en secreto.

BRAKENBURY ¿Quién es ese, milord?

GLOUCESTER Su marido, imbécil. ¿Intentas traicionarme?

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BRAKENBURY Ruego a vuestra gracia me perdone y se abstenga de hablar al noble duque.

CLARENCE Sabemos que cumples instrucciones y obedecemos, Brakenbury.

GLOUCESTER Somos esclavos de la reina y es fuerza obedecerle.

Adiós, hermano: hablaré con el rey;

estoy a tus órdenes sea lo que fuere.

Aunque se trate de llamarle hermana a la real viuda de Eduardo, lo haría para librarte.

Mientras tanto esta profunda pena fraternal me afecta más hondo de lo que te imaginas.

CLARENCE Ya sé que a ninguno de los dos le causa gusto.

GLOUCESTER Bueno, no será largo tu encarcelamiento; te pondré en libertad u ocuparé tu sitio. Entretanto ten paciencia.

CLARENCE Debo hacerlo por fuerza: hasta la vista.

Salen CLARENCE, BRAKENBURY y el guardia.

GLOUCESTER Ve y anda el camino que no volverás a recorrer.

¡Simple y cándido Clarence! Te quiero tanto

que tu alma al cielo mandaré muy pronto

si el cielo se digna aceptar la ofrenda de mis manos. ¿Mas quién se acerca? ¡El recién liberado Hastings!

Entra HASTINGS.

HASTINGS ¡Buen día tenga mi gracioso lord!

GLOUCESTER ¡Otro tanto os deseo, lord chambelán!

La bienvenida al aire libre os doy.

¿Qué tal soportó la cárcel vuestra señoría?

HASTINGS Con paciencia, noble señor, como debe hacerlo un preso, mas viviré, milord, para mostrarme agradecido

a los que fueron causa de mi encierro.

GLOUCESTER Eso es, eso es, y lo mismo hará Clarence, pues nuestros enemigos lo son suyos,

y también han prevalecido sobre él.

HASTINGS Lástima que a las águilas se enjaule mientras libres rapiñan buitres y milanos.

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GLOUCESTER ¿Qué nuevas hay de fuera?

HASTINGS Nunca tan malas fuera como en casa; el rey está enfermo, triste y agotado,

y sus médicos temen por su vida.

GLOUCESTER ¡Por san Pablo, que es mala la noticia!

¡Ay! Mala vida ha llevado largo tiempo

y ha consumido mucho su persona.

Triste es pensar en ello.

Qué, ¿guarda cama?

HASTINGS Así es.

GLOUCESTER Id vos delante. Sin tardanza os sigo.

Sale HASTINGS.

No podrá vivir, espero; y no debe morir

hasta que George sea despachado en posta al cielo.

Iré a exacerbar su odio contra Clarence

con bien urdidos embustes y argumentos de peso, y si no fracaso en mi tenebroso intento,

a Clarence no le resta ni un solo día de vida;

hecho lo cual, ¡Dios acoja en su seno al rey Eduardo y me deje a mí el mundo para disfrutarlo!

Me casaré entonces con la hija de Warwick, que aunque yo maté a su esposo y a su padre, no hay medio mejor para satisfacerla

que convertirme en su esposo y en su padre.

Y eso haré, no tanto por que la ame,

sino por otro fin íntimo que guardo

que he de alcanzar mediante este matrimonio. Pero no hay que cantar victoria antes de tiempo… Clarence respira aún; vive y reina Eduardo. Su fin, para contar mi lucro aguardo.

ESCENA II

Londres. Otra calle. Entran CABALLEROS con alabardas conduciendo el cadáver del rey Enrique VI en un féretro abierto; lady ANA preside el duelo.

ANA Bajad a tierra vuestra honrosa carga, si es que al honor un féretro cobija,

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mientras un rato con llanto fúnebre lamento la prematura muerte del virtuoso Lancaster. ¡Pobre figura helada de un monarca santo! ¡Apagadas cenizas de la casa de Lancaster! ¡Restos sin sangre de su sangre real! ¡Séame lícito invocar tu espíritu

para que oigas los ayes de la pobre Ana, esposa de tu Eduardo, de tu hijo asesinado,

apuñalado por las mismas manos que abrieron tus heridas!

¡Ay!, sobre estas bocas por do escapó tu vida derramo el bálsamo inútil de mis pobres ojos. ¡Oh! ¡Maldita sea la mano que abrió tales heridas! ¡Maldito el corazón que tuvo el ánimo de hacerlo! ¡Maldita la sangre que vertió esta sangre!

Peor suerte le alcance a ese odioso miserable, que al darte muerte nos sume en la miseria,

que la que pueda desear a sapos, arañas y culebras, o a cualquier cosa viviente, rastrera o ponzoñosa. Si tuviere un hijo, aborto sea,

monstruoso y dado a luz antes de tiempo, para que su aspecto anormal y repugnante, espante al verlo la esperanza de su madre; ¡Y sea heredero de su infelicidad!

¡Si tuviere esposa, sea más desdichada

por su muerte de lo que yo lo soy

por la de mi joven esposo y por la tuya!

Venid ahora a Chertsey con vuestra santa carga, que de San Pablo traemos a enterrar ahí,

y a medida que os sintáis fatigados por su peso, descansad, mientras lloro sobre el cuerpo del difunto.

Los portadores alzan el cadáver y echan a andar.

Entra GLOUCESTER.

GLOUCESTER Alto, en tierra depositad ese cadáver.

ANA ¿Qué siniestro mago conjura a este demonio para interrumpir la caridad de las obras pías?

GLOUCESTER ¡Villanos! Depositad el muerto, o por san Pablo, un muerto haré del que desobedezca.

CABALLERO PRIMERO Retroceded, milord, y dad paso al ataúd.

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GLOUCESTER ¡Perro grosero, detente y obedéceme! Levanta tu alabarda más alta que mi pecho, o por san Pablo, te arrojaré a mis pies

y pisotearé tu alevosía, mendigo.

Los portadores bajan el féretro.

ANA ¡Cómo! ¿Estáis temblando? ¿Tenéis miedo todos?

¡Ay!; no debo culparos, porque sois mortales

y ojos mortales no pueden ver al diablo. ¡Atrás, repugnante ministro del infierno! Solo tenías poder sobre su cuerpo,

mas no puedes apoderarte de su alma ¡fuera!

GLOUCESTER Dulce santa, por caridad no me maldigas.

ANA Demonio asqueroso, por Dios vete, y no nos perturbes. Has convertido en infierno tuyo la tierra venturosa llenándola de imprecaciones y lamentos.

Si te complace mirar tus felonías,

mira la muestra aquí de tus atrocidades.

¡Oh, señores!, ved cómo las bocas coaguladas

de las heridas de Enrique sangran nuevamente.

Sonrójate, bodoque asqueroso de deformidades,

pues tu presencia hace que vuelvan a sangrar

las venas yertas y vacías que sangre ya no tienen.

Tus actos desnaturalizados e inhumanos

provocan este diluvio portentoso.

Oh, Dios, que creaste esta sangre, ¡venga su muerte!

Oh, tierra, que bebes esta sangre, ¡venga su muerte!

¡Que el cielo hiera con su rayo al asesino para darle muerte!

O la tierra se abra cuan ancha es y lo devore,

como se bebe la sangre del buen rey

a quien asesinó su malhadado brazo.

GLOUCESTER Señora, desconoces de caridad las leyes

que vuelven bien por mal, bendiciones por injurias.

ANA Villano, no conoces ley ni humana ni divina.

No hay bestia por feroz que sea

que no muestre algún rasgo de piedad.

GLOUCESTER

Pero yo no conozco ninguno y por tanto no soy bestia.

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ANA Oh, maravilla, que el demonio diga la verdad.

GLOUCESTER

Más maravilla aún que los ángeles se enojen de este modo.

Permíteme, perfección divina de mujer,

que de estos supuestos delitos

te dé una explicación circunstanciada.

ANA Permíteme, infecta imitación humana,

que de tan palpables crímenes circunstanciadamente maldiga tu maldito ser.

GLOUCESTER O beldad indescriptible a la palabra, concédeme paciente oído para disculparme.

ANA Oh, infame, a la imaginación inconcebible, no puedes ofrecer otra excusa que colgarte.

GLOUCESTER La desesperación sería mi acusadora.

ANA Y al desesperarte alcanzarías disculpa por haber tomado en ti justa venganza

de la injusta carnicería que hiciste en otros.

GLOUCESTER Di que no fui yo quien les dio muerte.

ANA Di entonces que están vivos todavía:

pero muertos están por ti, perverso esclavo.

GLOUCESTER Yo no maté a tu esposo.

ANA Estaría vivo entonces.

GLOUCESTER No; muerto está. Asesinado por Eduardo.

ANA Miente tu boca inmunda. La reina Margarita vio tu falce asesino humeando entre su sangre; el cual doblaste una vez contra su pecho, mas desviaron su punta tus hermanos.

GLOUCESTER Me provocó a ello su lengua calumniosa que echaba en mis inocentes hombros esa carga.

ANA Te provocó tu sanguinario instinto

que nunca soñó otra cosa que matanzas.

¿Acaso a este rey no asesinaste?

GLOUCESTER Sí, lo concedo.

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ANA ¿Lo concedes, puerco espín? ¡Entonces que Dios me conceda a mí

que por tan perversa acción seas condenado!

¡Ay! Era gentil, manso y virtuoso.

GLOUCESTER ¡Tanto más digno del descanso eterno!

ANA Está en el cielo donde tú no entrarás nunca.

GLOUCESTER Que me agradezca el haberlo enviado allá; más le conviene ese sitio que la tierra.

ANA A ti en cambio solo el infierno te conviene.

GLOUCESTER Sí, y otro lugar si me permites señalarlo.

ANA Algún calabozo.

GLOUCESTER El lecho de tu alcoba.

ANA Ronde el insomnio la alcoba que tú habites.

GLOUCESTER Así sea, señora, mientras no duerma a tu lado.

ANA Así lo espero.

GLOUCESTER Y yo lo sé de cierto. Gentil Ana, dejemos este enconado duelo de palabras y sigamos un camino más pacífico.

¿Por ventura el causante de las prematuras muertes de estos Plantagenet, tanto Eduardo como Enrique, no es tan culpable como su ejecutor?

ANA Tú fuiste la causa y el efecto abominable.

GLOUCESTER Tu belleza fue la causa de ese efecto; tu belleza, que me provocó en el sueño

a intentar dar muerte a todo el mundo

con tal de reposar una hora en tu dulce regazo.

ANA Homicida, si creyera yo tal cosa,

desgarraría con las uñas la belleza de mi rostro.

GLOUCESTER Estos ojos no podrían ver destruida esa hermosura.

Estando yo presente no la dañarías.

Mi vista no toleraría tamaño ultraje.

Igual que el mundo entero se alegra con el sol, me alegro yo con ella; es mi vida, mi luz.

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ANA ¡La negra noche oscurezca tu luz, y la muerte tu vida!

GLOUCESTER No te maldigas, hermosa, que ambas eres.

ANA Quisiera serlo, para tomar de ti venganza.

GLOUCESTER No es natural esta contienda en ti.

Querer vengarte de quien te ama tanto.

ANA Es una contienda razonable y justa

querer vengarme del que hirió a mi esposo.

GLOUCESTER Quien te privó, señora, de ese esposo, lo hizo por procurarte otro mejor.

ANA Otro mejor no lo hay sobre la tierra.

GLOUCESTER Existe alguien que ese amor supera.

ANA ¿Quién es?

GLOUCESTER Plantagenet.

ANA Ese era él.

GLOUCESTER Uno del mismo nombre, pero de mejor naturaleza.

ANA ¿Dónde está?

GLOUCESTER Aquí. (Ella lo escupe.) ¿Por qué me escupes?

ANA Ojalá que mortal veneno fuera.

GLOUCESTER Nunca brotó veneno de lugar tan dulce.

ANA Nunca cayó veneno en sapo más inmundo.

¡Fuera de mi vista! Emponzoñas mis ojos.

GLOUCESTER Tus ojos, dulce señora, han emponzoñado los míos.

ANA ¡Ojalá fueran basiliscos para darte muerte!

GLOUCESTER Ojalá lo fueran para quedar al punto muerto; porque ahora con vivífica muerte me asesinan.

Esos ojos tuyos de los míos han hecho brotar amargas lágrimas avergonzando su mirada con pueriles lloros;

estos ojos que nunca vertieron una lágrima piadosa; no, ni cuando mi padre York y Eduardo enternecidos lloraban al escuchar el quejido lastimero

de Rutland, al ver al siniestro Clifford agitar la espada sobre él; ni cuando tu belicoso padre como un niño

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relató la triste historia de la muerte del mío,

y veinte veces la interrumpió con llantos y sollozos, de modo que se humedecieron sus mejillas como árboles rociados por la lluvia.

En tan amargo trance mis ojos varoniles

desdeñaron derramar humilde lloro;

y lo que estas penas no pudieron obtener logra hoy tu beldad, y lágrimas los ciegan. Yo nunca he rogado ni a amigo ni a enemigo; mi lengua no aprendió palabras suaves; mas ahora que mi galardón es tu hermosura,

mi altivo corazón se humilla y hace hablar a mi lengua.

Ella lo mira con desprecio.

No muestres en tus labios tal desprecio, pues el beso, no el desdén les aprovecha. Si vengativo, tu corazón no me perdona, mira, te presto mi puntiaguda espada, que si te place hundir en mi leal pecho, y hacer salir al alma que te adora, desnudo lo ofrezco a tu mortal desquite

y humildemente imploro la muerte de rodillas.

Descubre su pecho.

Ella dirige hacia él la espada.

No te detengas; yo maté al rey Enrique;

pero tu beldad me indujo a ello.

Mátame pues ahora; yo asesiné a Eduardo;

Ella dirige de nuevo la espada

contra su pecho.

pero me guió tu celestial semblante.

Ella deja caer la espada.

Alza de nuevo la espada o álzame del suelo.

ANA Levántate, hipócrita. Aunque deseo tu muerte, no seré yo quien te ejecute.

GLOUCESTER Ordéname entonces darme muerte y te obedeceré.

ANA Ya lo hice.

GLOUCESTER Pero fue en medio de tu enojo.

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Ordénalo de nuevo, y al instante,

esta mano que por tu amor mató a tu amor matará por tu amor a un amante más sincero. De ambas muertes serás tú el instrumento.

ANA ¡Quién tu corazón pudiera leer!

GLOUCESTER En mi lengua está representado.

ANA Me temo que los dos sean engañosos.

GLOUCESTER No hubo entonces jamás hombre sincero.

ANA Bueno, bueno, cíñete la espada.

GLOUCESTER Di entonces que quedamos amistados.

ANA Ya lo sabrás más tarde.

GLOUCESTER ¿Pero puedo alimentar una esperanza?

ANA Todo hombre vive de esperanzas.

GLOUCESTER Dígnate llevar esta sortija.

ANA Tomar no significa compromiso.

Se pone el anillo.

GLOUCESTER Mira como mi anillo rodea tu dedo; así tu pecho ciñe mi pobre corazón. Úsalos ambos, pues los dos son tuyos.

Y si tu pobre adicto esclavo puede implorar un favor de tu graciosa mano, habrás confirmado su dicha para siempre.

ANA ¿De qué se trata?

GLOUCESTER Que te dignes dejar estos tristes deberes

a quien para doliente está más indicado, y te dirijas de inmediato a Crosby Place; donde, tras de haber enterrado con gran pompa a este noble rey en el monasterio de Chertsey, y lavado su tumba con mis contritas lágrimas, iré con toda diligencia a verte.

Por varias razones que no puedo revelar

te ruego me concedas esta gracia.

ANA Con toda mi alma, y mucho me complace

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verte tan arrepentido.

Tressel y Berkeley, acompañadme, os ruego.

GLOUCESTER Despídete de mí.

ANA No lo mereces.

Pero, pues me enseñas a halagarte,

figúrate que ya me he despedido.

Salen lady ANA, Tressel y Berkeley.

GLOUCESTER Señores, levantad el ataúd.

CABALLEROS ¿A Chertsey, milord?

GLOUCESTER No, a Blackfriars; esperad ahí mi llegada.

Salen todos menos GLOUCESTER.

¿Fue nunca mujer de este modo pretendida? ¿Fue nunca mujer de este modo conquistada? Será mía; mas por tiempo limitado.

¡Cómo! Yo que maté a su esposo y a su suegro, la he ganado cuando más me aborrecía; maldiciéndome su boca, ahogada en llanto, ante el sangrante testigo de su odio, teniendo a Dios, su conciencia y tanta traba en contra mía; y yo sin más apoyo que el diablo y mis trazas embusteras.

¡Y así vencerla contra el mundo entero!

¡Ja!

¿Ya se olvidó del príncipe bizarro,

Eduardo, su señor, que hace tres meses

en Tewkesbury asesinó mi cólera?

Más afable y cumplido caballero

no podrá blasonar el ancho mundo:

joven, discreto, valiente y de prosapia regia… ¿Y sin embargo se rebaja ella a mirarme, a mí, que segué a su marido en flor,

y que la condené a viudez en triste lecho?

¿A mí, que entero no igualo la mitad de Eduardo?

¿A mí, cojo y deforme de este modo? Apuesto mi ducado contra un mísero centavo que he errado siempre respecto a mi persona; por vida mía me juzga, aunque yo no lo crea,

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un portento de hermosura y gallardía.

Debo buscar en el acto algún espejo

y alquilar dos docenas de modistas

que inventen modas para adornar mi cuerpo. Puesto que me ha caído tan en gracia, haré algún gasto para mantenerlo.

Mas primero echaré a este tipo en el sepulcro, y empezaré luego con mi amada las querellas. ¡Brilla, bello sol, mientras compro un espejo para que pueda ver mi sombra en tu reflejo!

Sale.

ESCENA III

Londres. Una sala del palacio.

Entran la REINA ISABEL, lord RIVERS y lord GRAY.

RIVERS Tened calma, señora; no hay duda que su alteza recobrará pronto la salud cumplida.

GRAY Lo hace empeorar vuestra falta de paciencia. Por tanto, admitid, por Dios, algún consuelo, y estimuladlo con alegres pláticas.

REINA ISABEL Ay, si él muriera, ¿qué sería de mí?

GRAY Sufriríais solo la ausencia de tal dueño.

REINA ISABEL Su ausencia equivale a todas las desgracias.

GRAY Os bendijo el cielo con un hijo tan bueno que cuando él falte sea vuestro consuelo.

REINA ISABEL ¡Ay! Es joven; y ha de protegerlo en su menor edad Ricardo Gloucester

quien no me quiere a mí, ni a ninguno de vosotros.

RIVERS ¿Se ha decidido que él sea el protector?

REINA ISABEL Se ha decidido, pero no ultimado.

Y así tendrá que ser, si el rey fenece.

Entran BUCKINGHAM y STANLEY.

GRAY Aquí vienen los lores de Buckingham y Stanley.

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BUCKINGHAM Buenos días tenga vuestra real alteza.

STANLEY Dios conserve completa vuestra dicha.

REINA ISABEL Difícilmente aprobaría vuestra plegaria la condesa de Richmond, milord Stanley. Mas no obstante que sea ella vuestra esposa, y que no me quiera, estad seguro

que su altivez, señor, no me hace odiaros.

STANLEY Y yo os ruego que prestéis oídos

a celosas calumnias de la maledicencia; o si la acusación tuviere fundamento, soportad su flaqueza, que a lo que creo se debe

tan solo al capricho de su enfermedad y no a malicia.

REINA ISABEL ¿Habéis visto hoy al rey, milord de Stanley?

STANLEY Ahora mismo, el duque de Buckingham y yo hicimos a su alteza una visita.

REINA ISABEL

BUCKINGHAM

REINA ISABEL

¿Qué síntomas de alivio habéis notado?

Muchos, señora; su alteza charla alegremente.

Dios le dé la salud. ¿Le habéis hablado?

BUCKINGHAM Sí, señora: desea dejar reconciliados

a vuestros hermanos con el duque de Gloucester, y a aquellos, con el lord chambelán,

y los mandó comparecer ante su real presencia.

REINA ISABEL ¡Ojalá saliera todo bien! Pero lo dudo; temo que nuestra felicidad toca a su término.

Entran GLOUCESTER, HASTINGS y DORSET.

GLOUCESTER Me han calumniado y no voy a tolerarlo.

¿Quiénes son los que se quejan ante el rey

de que soy duro y que no los quiero bien?

Por san Pablo, mal aman a su alteza los que filtran tales rumores en su oído. Porque no empleo adulaciones ni lisonjas, sonrisas, mimos, engaños y caricias, ni como mono imito a los franceses

en sus modales y cortesanía,

he de ser tenido por enemigo rencoroso.

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¿No puede un hombre llano y sin recelos, vivir en paz sin que esta su franqueza sea mal interpretada por intrigas de infelices, melifluos y ladinos?

GRAY ¿A quién se refiere en esto vuestra gracia?

GLOUCESTER A ti, que no tienes honradez ni gracia alguna. ¿En qué te he hecho mal o cuándo te he ofendido? ¿O a ti? ¿O a ti? ¿O a alguno de tu bando?

¡Mala peste caiga sobre todos! Su majestad

(a quien Dios guarde aunque deséis su muerte)

no puede tener punto alguno de reposo

sin que lo perturbéis con infames delaciones.

REINA ISABEL Cuñado Gloucester, estáis equivocado.

Por su real voluntad el soberano,

sin que lo incite ningún solicitante,

adivinando acaso el odio interno

que en vuestras acciones se revela

contra mis hijos, hermanos y mí misma,

os ha hecho llamar para formarse idea

de la raíz de esa malquerencia y corregirla.

GLOUCESTER No sé qué decir: tan mal andan las cosas, que los pajarracos buscan presa

donde las águilas no se atreven a posar. Desde que los plebeyos se han ennoblecido hay muchos nobles convertidos en plebeyos.

REINA ISABEL Vamos, vamos, ya entendemos la indirecta.

Envidiáis mi progreso y el de mis amigos;

¡Dios quiera que nunca tengamos necesidad de vos!

GLOUCESTER Entretanto Dios quiere que nosotros sí tengamos necesidad de vos.

Por vuestras intrigas está mi hermano encarcelado,

he caído yo en desgracia y es menospreciada la nobleza; mientras se otorgan a diario privilegios para ennoblecer a quienes ayer apenas no valían cuartillo.[15]

REINA ISABEL Por quien me elevó a esta altura zozobrante desde la existencia feliz que disfrutaba,

juro que nunca incité a su majestad contra el duque de Clarence, y que he sido

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ferviente intercesora a favor suyo. Milord, me hacéis una injuria ignominiosa al atraer sobre mí tan vil sospecha.

GLOUCESTER ¿ Podéis negar no haber sido vos la causa

de la reciente prisión de milord Hasting?

RIVERS Puede negarlo, milord; porque…

GLOUCESTER ¡Claro que puede, lord Rivers! Quién lo duda…

Hacer puede, señor, más que negarlo:

puede granjearos altos privilegios

y negar luego que su mano anduvo en ello, y atribuir la honra a vuestros altos méritos. ¿Qué no puede hacerlo? Vaya que si puede.

RIVERS ¿Vaya que si puede?

GLOUCESTER ¡Vaya! ¿Qué puede? Puede casarse con el rey, soltero y además gallardo mozo.

No hizo tan buen casorio vuestra abuela.

REINA ISABEL Milord de Gloucester, he sufrido demasiado vuestros escarnios y vuestros vituperios.

Por el cielo juro que informaré a su alteza

de los muchos ultrajes que vengo soportando.

Preferiría ser una sirviente rústica

que una gran reina, si debo de aguantar,

tantos ataques, insolencias y desprecios.

¡Poco disfruto el ser reina de Inglaterra!

Entra por detrás la REINA MARGARITA.

REINA MARGARITA (Aparte.)

¡Y ruego a Dios que eso poco disminuya!

Tu trono, honor y alcurnia a mí me corresponden.

GLOUCESTER ¿Y qué? ¿Me amenazáis con denunciarme?

Hacedlo y no tengáis ningún escrúpulo.

Ved: lo que he dicho repetiré ante el rey.

Desafío el riesgo de que me envíe a la Torre.

Precisa hablar; se olvidan mis servicios.

REINA MARGARITA (Aparte.)

¡Fuera demonio! Yo los recuerdo demasiado.

En la Torre mataste a Enrique, mi marido,

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y en Tewkesbury a Eduardo, mi pobre hijo.

GLOUCESTER Antes de que fueseis reina, o vuestro esposo rey, yo era la bestia de carga de todos sus asuntos,

el que diezmaba a sus altivos adversarios, el que pagaba con largueza a sus amigos; para tornar su sangre real, vertí la mía.

REINA MARGARITA (Aparte.) Sí y otra mejor que esa y que la tuya.

GLOUCESTER Y mientras tanto vos y vuestro esposo Gray erais partidarios de la casa de Lancaster;

y vos lo mismo, Rivers. ¿Por ventura

no fue vuestro esposo muerto

por luchar por la reina Margarita

en la batalla de Saint Albans?

Os debo recordar si lo olvidasteis

lo que habéis sido y lo que sois ahora;

lo que yo era y lo que ahora soy.

REINA MARGARITA (Aparte.)

¡Ahora, igual que antes, un pérfido asesino!

GLOUCESTER El pobre Clarence abandonó a su suegro, sí, y rompió su juramento. (¡Dios lo absuelva!)

REINA MARGARITA (Aparte.)¡Dios lo castigue!

GLOUCESTER Para luchar por el trono para Eduardo.

Y por su falta, infeliz, está en la cárcel.

Ojalá que mi corazón de piedra fuera, como el de Eduardo, o el de Eduardo blando y clemente como el mío. Soy como un niño ingenuo en este mundo.

REINA MARGARITA (Aparte.)

¡Vete al infierno y deja el mundo, sinvergüenza!

¡Demonio! ¡Que ese sea tu reino!

RIVERS Milord de Gloucester, en los aciagos días que citáis para probar que somos adversarios, seguíamos a nuestro jefe, a nuestro rey legítimo; lo mismo haríamos si vos fuerais el rey.

GLOUCESTER ¡Si yo lo fuera! ¡Más vale ser buhonero!

¡Lejos de mí semejante pensamiento!

REINA ISABEL Por la escasa alegría que tendríais,

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según decís, en ser rey de este país, señor, podéis imaginar cuán poca dicha tengo en ser su reina yo.

REINA MARGARITA (Aparte.) Cual escasa es la dicha de su reina, pues yo lo soy y no tengo ninguna.

¡No puedo contenerme por más tiempo!

(Avanzando.) ¡Oídme, piratas pendencieros, que disputáis al repartiros lo que me habéis robado!

¿Quién de vosotros no tiembla al contemplarme? Si siendo yo vuestra reina no os humilláis sumisos, temblad cual rebeldes por haberme destronado. ¡Ah, no te escabullas, aristócrata villano!

GLOUCESTER Sucia bruja arrugada, ¿qué haces ante mi vista?

REINA MARGARITA Tan solo repetirte tus maldades, lo que haré antes de dejarte ir.

GLOUCESTER ¿No estabas desterrada bajo pena de muerte?

REINA MARGARITA Lo estaba, pero hallé peor el destierro que permanecer aquí y hallar la muerte.

(A GLOUCESTER.) Me debes un hijo y un esposo; (A la REINA ISABEL.) Y tú, un reino; todos vosotros obediencia;

mis pesares os pertenecen por derecho,

y los placeres que usurpáis son míos.

GLOUCESTER La maldición que te lanzó mi padre cuando coronaste con papel sus belicosas sienes, y con tus escarnios hiciste que brotara

de sus ojos caudaloso llanto,

y para enjugarlo le alargaste luego

un pañuelo tinto en sangre del tierno Rutland;

su maldición, que brotó contra ti de la amargura de su alma, sobre ti ha caído toda,

y Dios, no nosotros, castiga tus delitos.

REINA ISABEL ¡Justo es Dios al vengar al inocente!

HASTINGS Crimen horrendo fue matar a esa criatura

y el más avieso que se haya reportado.

RIVERS Aun los tiranos se conmovieron al oírlo.

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DORSET Todo el mundo profetizó venganza.

BUCKINGHAM Northumberland que estaba presente lloró al verlo.

REINA MARGARITA ¡Cómo! Estabáis peleando cuando entré, prestos a acogotaron mutuamente,

¿y volvéis ahora vuestro odio contra mí? ¿Pudo tanto en el cielo la maldición temible

de York que la muerte de Enrique, la de Eduardo, la pérdida de su reino, mi destierro triste, deban pagar por ese mozalbete?

¿Pueden las maldiciones rasgar las nubes y subir al cielo? Entonces, ¡dad paso, densas nubes, a mis rápidas imprecaciones! ¡Si no en la guerra, en el libertinaje sucumba vuestro rey, como el nuestro asesinado, para que él fuera rey!

¡Eduardo, tu hijo, que hoy es príncipe de Gales, por Eduardo, mi hijo, que era príncipe de Gales, muera en la juventud con repentina violencia!

¡Tú que eres reina, por mí, que reina fui, sobrevivas a tu gloria como yo miserable! ¡Larga vida tengas para llorar muertos a tus hijos, y para mirar a otra, como yo lo hago ahora, asumir tus derechos como tú los míos!

¡Fenezca tu ventura mucho antes de tu muerte, y tras de muchas horas de interminable pena, muere sin ser ya madre, ni esposa, ni reina de Inglaterra!

Rivers y Dorset, vosotros presenciasteis,

lo mismo que vos, lord Hastings, cuando mi hijo fue asesinado por sanguinarias dagas: ¡a Dios ruego que ninguno muera de muerte natural,

y trunque su existencia imprevisto accidente!

GLOUCESTER ¡Termina tu conjuro, vieja bruja maldita!

REINA MARGARITA ¿Y dejarte a ti fuera? Aguarda perro, que tendrás que oírme:

si reserva el cielo una terrible plaga

que sobrepuje a las que te deseo,

¡ay!, que aguarde a que maduren tus pecados y arroje entonces su ira sobre ti.

Sobre ti, que perturbas la paz del pobre mundo. ¡Que roa tu conciencia todo el tiempo un gusano!

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¡Que creas que tus amigos te son siempre traidores, y abraces a traidores cual dilectos amigos!

¡Que nunca cierre el sueño tus mortíferos ojos, a menos que sea cuando una pesadilla

te espante cual infierno de feroces demonios! ¡A ti, deforme aborto, cerdo devastador, que quedaste marcado desde tu nacimiento como esclavo de natura e hijo del averno! ¡Tú, oprobio del pesado vientre de tu madre! ¡Fruto aborrecido de las caderas de tu padre! ¡Andrajo del honor! Detestable.

GLOUCESTER ¡Margarita!

REINA MARGARITA ¡Ricardo!

GLOUCESTER ¡Qué!

REINA MARGARITA No te llamo.

GLOUCESTER Perdón te pido entonces. Yo creía que contra mí lanzabas tan acerbos nombres.

REINA MARGARITA Contra ti fue, sin esperar respuesta.

GLOUCESTER Yo te la doy, y acaba en «Margarita».

REINA ISABEL Contra ti has lanzado tus propias maldiciones.

REINA MARGARITA ¡Pobre reina pintada, sombra de mi fortuna!

¿Para qué viertes miel en araña ventruda

cuya tela mortífera por doquier te rodea?

¡Necia! Afilas el cuchillo con que habrás de matarte.

Día vendrá en que querrás que unida a ti maldiga

a tan venenoso y encorvado sapo.

HASTINGS Falsa agorera, pon fin a tu delirio antes que contra ti se agote mi paciencia.

REINA MARGARITA Vergüenza ha sido que agotéis la mía.

RIVERS Para que fueras servida dignamente, sería bueno enseñarte tus deberes.

REINA MARGARITA Para servirme bien, tendríais que respetarme, enseñarme a ser vuestra reina y ser mis súbditos:

¡Ay! Servidme, y aprended lo que es debido.

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DORSET No disputéis con ella; está demente.

REINA MARGARITA Petulante marqués, guarda silencio,

el cuño de tu honor es tan reciente que apenas corre.

¡Ojalá supiera tu inexperta alcurnia

lo que es perderla y caer en la miseria!

Combate el huracán a los más altos,

y si caen, hácense pedazos.

GLOUCESTER Buen consejo, marqués; tomadlo en cuenta.

DORSET Os concierne, milord, igual que a mí.

GLOUCESTER Sin duda más, pero nací tan alto, que hice mi nido en la copa de unos cedros, y al sol desprecia y con el viento juega.

REINA MARGARITA Y le hace sombra al sol; ¡oh, desventura! Mira a mi hijo en la sombra de la muerte; sumergidos sus rayos esplendentes

en noche eterna por tu negra furia.

Tu nido hiciste donde el nuestro estaba:

¡Oh, Dios! Pues esto ves, no lo toleres;

¡si se ganó con sangre, así se pierda!

BUCKINGHAM Por vergüenza o por piedad guardad silencio.

REINA MARGARITA No me habléis de caridad ni de vergüenza.

Todos me habéis tratado sin piedad,

y en la ignominia masacrasteis mi esperanza. Mi caridad es la afrenta, mi vida una vergüenza; y en mi vergüenza vive de mi dolor la ira.

BUCKINGHAM ¡Basta! ¡Basta!

REINA MARGARITA ¡Oh, regio Buckingham! Besaré tu mano en prenda de alianza y de amistad contigo. ¡Ventura caiga sobre ti y sobre tu casa!

Con sangre nuestra tus ropas no has manchado ni te alcanza el influjo de mis maldiciones.

BUCKINGHAM Ni a ninguno de estos; porque las maldiciones no traspasan los labios que las lanzan.

REINA MARGARITA Quiero creer que ascienden a los cielos y turban de la paz divina el dulce sueño.

¡Ay, Buckingham!, ten cuidado de ese perro.

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Mira, cuando acaricia, muerde; y cuando muerde, su venenoso diente se encona hasta la muerte. No te metas con él, húyele. Lo han sellado el pecado, la muerte y el infierno,

y todos sus ministros lo acompañan.

GLOUCESTER ¿Qué dice esa mujer, milord de Buckingham?

BUCKINGHAM Nada digno de atención, mi buen señor.

REINA MARGARITA ¡Cómo! Desprecias mi consejo ¿y halagas al demonio de quien te prevengo? Ah, ya te acordarás de esto cuando llegue el día en que tu corazón destroce con pesares

y digas que fue profeta la pobre Margarita.

¡Viva cada uno esclavo de su furia,

y él de la vuestra,

y todos de la cólera divina.

Sale.

HASTINGS Se me eriza el pelo de oír sus maldiciones.

RIVERS Lo mismo a mí. ¿Por qué la dejan libre?

GLOUCESTER ¡Pues válgame la Virgen!, no la culpo.

Ha sufrido mucho y me arrepiento

de la parte que en ello yo he tenido.

REINA ISABEL Yo nunca le hice nada que yo sepa.

GLOUCESTER Mas gozáis las ventajas de su daño.

Harto ardor he mostrado yo por alguien

que demasiado frío se muestra en recordarlo.

En cuanto a Clarence, a fe mía, está bien pagado; lo han puesto a engordar en un chiquero. ¡Que Dios perdone de ello a los culpables!

RIVERS Conclusión virtuosa y digna de un cristiano; rogar por los que nos han causado daño.

GLOUCESTER Así lo hago yo siempre… (Aparte.) siendo cauto en proferir mis maldiciones.

Si no, ahora me hubiera maldecido.

Entra CATESBY.

CATESBY Señora, su majestad os llama;

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y a vuestra gracia, y a vos, mis nobles lores.

REINA ISABEL Ya voy, Catesby. Lores, ¿venís conmigo?

RIVERS Os seguimos, señora.

Salen todos menos GLOUCESTER.

GLOUCESTER Hago el mal y empiezo el alboroto.

De los secretos daños que origino

echo la culpa a otros.

Yo fui quien puse a Clarence a la sombra, mas lo lloro delante de los bobos;

o sean, Stanley, Hastings, Buckingham; y les digo que la reina y sus aliados provocan al rey contra mi hermano el duque. Ahora ya lo creen; y por ello me incitan

a que me vengue de Vaughan, Gray y Rivers; pero entonces suspiro, y citando la Escritura, que Dios manda dar bien por mal les digo; y así visto mi desnuda villanía

con viejos trozos sacados de la Biblia,

y santo parezco cuando más soy diablo.

Entran dos ASESINOS.

¡Pero basta! Ya vienen mis matones. ¿Qué tal, resueltos y firmes compañeros? ¿Vais ahora a despachar este negocio?

ASESINO PRIMERO Así es, milord; venimos por la orden que nos permita entrar donde él se halla.

GLOUCESTER Perfecto. Aquí la traigo. (Les da la orden.) Cuando hayáis concluido, volved a Crosby Place; pero sed rápidos en la ejecución

e inconmovibles; no oigáis sus ruegos; porque Clarence es elocuente y podría acaso

si lo escucháis, infundir piedad en vuestros corazones.

ASESINO PRIMERO No, no, milord; no admitiremos plática; los que discuten se descuidan al actuar.

Os aseguro que usaremos las manos, no la lengua.

GLOUCESTER Piedras de vuestros ojos se desprendan

cual de los ojos de los necios lágrimas.

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Me complacéis, muchachos. A vuestro asunto:

id pronto y despachad.

ASESINO PRIMERO Así lo haremos.

ESCENA IV

La Torre de Londres.

Entran CLARENCE y BRAKENBURY.

BRAKENBURY ¿Por qué anda su alteza hoy tan abatido?

CLARENCE Ay, qué noche de angustias he pasado,

tan llena de visiones horribles y de espantosos sueños, que a fe de buen cristiano no quisiera pasar otra noche semejante

aun a cambio de un mundo de venturas;

tan repleta estuvo toda de terrores.

BRAKENBURY ¿Qué sueño fue, milord? Decidme, os ruego.

CLARENCE Soñé que me había fugado de la Torre

y que iba navegando hacia Borgoña

acompañado de mi hermano Gloucester,

que me invitaba a dejar mi camarote

y a pasear en cubierta, contemplando las costas de Inglaterra, y recordando los mil tristes sucesos que en las guerras de Lancaster y York

nos habían ocurrido. Mientras caminábamos sobre el inestable piso de cubierta,

creí ver tropezar a Gloucester, que al caer, me aventó cuando intentaba detenerlo, en las tumultuosas olas del océano.

¡Ay Dios! Cuánto sufrí creyendo ahogarme: ¡Qué espantoso ruido de agua en las orejas! ¡Qué horribles visiones de muerte ante los ojos! Creí ver mil naufragios espantables; mil hombres corroídos por los peces;

barras de oro, anclas enormes, perlas a montones, joyas inapreciables, inestimables piedras, esparcidas en el fondo de la mar… Algunas en los cráneos de los muertos,

en cuyas huecas órbitas, cual befa de los ojos,

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habíanse engastado refulgentes gemas,

que al cenagoso fondo cortejaban, y se reían

de los huesos que por doquier se hallaban esparcidos.

BRAKENBURY ¿Teníais tiempo a la hora de la muerte

de contemplar los secretos del abismo?

CLARENCE Creía que sí; y a menudo me esforzaba por entregar el alma; mas la corriente celosa me oprimía y no la dejaba salir al aire libre, abierto y espacioso,

ahogándola en mi pecho palpitante

que casi estalla por arrojarla al mar.

BRAKENBURY ¿No os despertó tan espantosa angustia?

CLARENCE No, mi sueño duró más que mi vida;

y empezó entonces en mi alma la tormenta.

Pensé cruzar el río melancólico

con el torvo barquero que nombran los poetas para entrar en el reino de la noche eterna.

Al que primero halló mi alma forastera fue a mi suegro, el renombrado Warwick, que gritaba: «¿Qué castigo por perjurio depara a Clarence el fatal monarca?» y se esfumó: entonces vi venir

una sombra parecida a un ángel

de brillante pelo salpicado de sangre

que lanzó agudos gritos exclamando:

«¡Ya vino Clarence (el perjuro, falso y vacilante Clarence, que me dio muerte en la batalla de Tewkesbury)! ¡Apoderaos de él! Atormentadlo, Furias». En eso, sentí que me rodeaba una legión

de diablos espantosos, aullando en mis oídos con tan horribles gritos, que con el ruido desperté temblando, y un buen rato

tuve la sensación de estar en el infierno, ¡tan terrible impresión me hizo este sueño!

BRAKENBURY No es raro, milord, que os espantara;

pues me causa terror solo escucharos.

CLARENCE ¡Oh, Brakenbury! Por servir a Eduardo, hice cosas que ahora me remuerden.

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Y mira cómo me las recompensa.

¡Oh, Dios! Si mi hondo ruego no te aplaca, y castigar mis crímenes pretendes, en mí solo caiga tu furor: perdona

a mi esposa inocente y a mis pobres hijos.

Te ruego, amable guardián, que me acompañes; me pesa el alma, y desearía dormir.

BRAKENBURY Lo haré, milord. ¡Dios os dé reposo! Rompe el dolor descansos y estaciones; torna el día en noche y en noche el mediodía. Solo el título a un príncipe da gloria, honor externo por afanes interiores;

y en cambio de apariencias intangibles, le agobia un mundo de preocupaciones. Tenga título pues, u oscuro nombre, fama externa no más distingue al hombre.

Entran los dos ASESINOS.

ASESINO PRIMERO ¡Hola! ¿Quién es?

BRAKENBURY ¿Qué deseas amigo y cómo entraste?

ASESINO PRIMERO

Quiero hablar con Clarence y entré con mis piernas.

BRAKENBURY ¿Así, sin más?

ASESINO SEGUNDO Mejor así, señor, que ser tedioso.

Déjalo ver la orden y no alegues.

Le entrega un papel que BRAKENBURY lee.

BRAKENBURY Se me dan aquí órdenes que entregue al noble duque de Clarence en sus manos: no argüiré lo que ello significa

para no ser cómplice de lo que contiene. Ahí está dormido el duque, ahí las llaves. Iré a ver al rey para anunciarle

que delegué en ustedes mis funciones.

ASESINO PRIMERO Bien pensado, señor. Hasta la vista.

Sale BRAKENBURY.

ASESINO SEGUNDO ¿Qué, lo apuñalamos mientras duerme?

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ASESINO PRIMERO No, diría que fue cobardía cuando despierte.

ASESINO SEGUNDO ¡Cuando despierte! Tonto, no despertará nunca hasta el Día del Juicio.

ASESINO PRIMERO Pues entonces dirá que lo apuñalamos mientras estaba dormido.

ASESINO SEGUNDO

El recuerdo de esa palabra «juicio» ha despertado en mí una especie de remordimiento.

ASESINO PRIMERO ¿Conque tienes miedo?

ASESINO SEGUNDO

De matarlo no, porque traemos orden; sino de condenarme por hacerlo, de lo que ninguna orden puede librarme.

ASESINO PRIMERO Yo creía que estabas resuelto.

ASESINO SEGUNDO Claro que sí, a dejarlo vivir.

ASESINO PRIMERO Regresaré con el duque de Gloucester a decírselo.

ASESINO SEGUNDO No, por favor, aguarda un poco. Espero que se me pase este acceso de arrepentimiento; solía durarme mientras contaba veinte.

ASESINO PRIMERO ¿Y ahora cómo te sientes?

ASESINO SEGUNDO

Todavía me quedan algunos restos de conciencia.

ASESINO PRIMERO Acuérdate de nuestra recompensa cuando hayamos cumplido el encargo.

ASESINO SEGUNDO ¡Claro! ¡Que se muera! Se me olvidaba la recompensa.

ASESINO PRIMERO ¿Dónde anda tu conciencia ahora?

ASESINO SEGUNDO En la bolsa del duque de Gloucester.

ASESINO PRIMERO

Así es que cuando abre la bolsa para darnos nuestra recompensa, se escapa tu conciencia.

ASESINO SEGUNDO No importa; ¡que se vaya! Pocos o ninguno querrán darle hospedaje.

ASESINO PRIMERO ¿Y qué tal si regresa contigo?

ASESINO SEGUNDO No quiero tener nada que ver con ella. Lo vuelve a uno cobarde. No puede uno robar sin que lo acuse; no puede uno jurar sin que lo

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repriman; no puede uno acostarse con la esposa del vecino, sin que lo publiquen. En un espíritu remiso y vergonzoso que se rebela en el pecho del hombre lo llena a uno de estorbos. A mi me hizo una vez devolver una bolsa de oro que me había encontrado por casualidad. Arruina al que la conserva; está desterrada de todos los pueblos y ciudades como cosa peligrosa, y todo lo que quiere vivir a gusto, se esfuerza en confiar en sí mismo y en prescindir de ella.

ASESINO PRIMERO ¡Palabra! Ahora mismo me está hablando al oído, tratando de convencerme de que no mate al duque.

ASESINO SEGUNDO Mete al demonio en tu alma y no le hagas caso. Quiere introducirse en ti hasta que acabes suspirando.

ASESINO PRIMERO ¡Bah! Soy de constitución robusta; no podrá conmigo.

ASESINO SEGUNDO Hablas como un valiente que respeta su reputación. Vamos, ¿hacemos el trabajo?

ASESINO PRIMERO Pégale en la cabeza con el pomo de la espada, y arrójalo luego en el tonel de malvasía del otro cuarto.

ASESINO SEGUNDO ¡Ah, qué buena idea! Volverlo sopa.

ASESINO PRIMERO ¡Silencio! Se despierta.

ASESINO SEGUNDO Dale.

ASESINO PRIMERO No, primero discutiremos con él.

CLARENCE ¿Dónde estás carcelero? Dame un trago de vino.

ASESINO PRIMERO Tendréis vino suficiente en un momento, milord.

CLARENCE En nombre de Dios, ¿quién eres?

ASESINO PRIMERO Un hombre, lo mismo que vos.

CLARENCE Pero no como yo, que soy de sangre real.

ASESINO PRIMERO Ni vos como nosotros, tan leal.

CLARENCE Trueno es tu voz, pero tu aspecto humilde.

ASESINO PRIMERO Mi voz ahora es la del rey, mi aspecto es mío.

CLARENCE ¡Qué siniestro y mortal es tu lenguaje! Vuestros ojos me amenazan: ¿por qué palidecéis? ¿Quién os ha enviado? ¿Y con qué objeto?

ASESINO PRIMERO Para…

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CLARENCE ¿Para matarme?

AMBOS ASESINOS Sí, sí.

CLARENCE Apenas tenéis valor para decírmelo

y tendréis menos para ejecutarlo.

¿En qué os he ofendido, amigos míos?

ASESINO PRIMERO Al rey habéis ofendido, no a nosotros.

CLARENCE Con él pronto estaré reconciliado.

ASESINO SEGUNDO Nunca, milord; preparaos a morir.

CLARENCE ¿Habéis sido escogidos del mundo de los vivos para matar a un inocente? ¿Cuál es mi crimen? ¿Qué pruebas existen en mi contra?

¿Qué proceso legal ha dado el fallo

ante el severo juez? ¿O quién ha pronunciado amarga sentencia de muerte contra el pobre Clarence? Es del todo ilegal amenazarme con la muerte antes que según la ley sea yo convicto.

Os conjuro, por cuanto esperáis ser redimidos

con la preciosa sangre de Cristo de vuestros pecados, que os marchéis y no pongáis en mí las manos; es abominable lo que queréis hacer.

ASESINO PRIMERO Obedecemos órdenes en todo lo que hacemos.

ASESINO SEGUNDO Y es nuestro rey el que nos da instrucciones.

CLARENCE ¡Te equivocas, vasallo! El Rey de reyes ha ordenado en las tablas de la ley

que no debes de matar: ¿querrás entonces, despreciar su mandamiento y obedecer a un hombre? Ten cuidado, porque tiene en sus manos el castigo para arrojarlo sobre el que quebrante sus mandatos.

ASESINO SEGUNDO Ese mismo castigo arroja sobre vos por perjuro y también por asesino:

porque jurasteis pelear por la casa de Lancaster.

ASESINO PRIMERO Y cual traidor al nombre de Dios rompisteis ese voto, y con traicionera espada abristeis las entrañas del hijo del monarca.

ASESINO SEGUNDO A quien habíais jurado amar y defender.

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ASESINO PRIMERO ¿Cómo os atrevéis a invocar la ley divina cuando la habéis violado a tal extremo?

CLARENCE ¡Ay de mí! ¿Por quién cometí yo tal ofensa?

Fue por él, por Eduardo, por mi hermano. No es él quien os envía a matarme pues en ese crimen igual culpa tuvimos. Si Dios quiere castigarnos por tal crimen, sabed que lo hará públicamente.

No hurtéis la causa a su potente brazo. No necesita medios ilegales o indirectos para aniquilar a aquel que lo ha ofendido.

ASESINO PRIMERO ¿Quién os hizo entonces ministro sanguinario cuando al valiente y juvenil Eduardo,

a ese novicio príncipe matasteis?

CLARENCE El amor de mi hermano, mi furia y el demonio.

ASESINO PRIMERO

El amor del hermano, nuestro deber y vuestra culpa nos incitan a daros muerte ahora.

CLARENCE No me odiéis si sois adictos a mi hermano.

Soy su hermano y afecto le profeso.

Si lo hacéis por la paga, volved atrás,

que yo habré de enviaros a mi hermano Gloucester, que mejor paga habrá de daros por mi vida que Eduardo por las nuevas de mi muerte.

ASESINO SEGUNDO Estáis equivocado. Gloucester, vuestro hermano, os aborrece.

CLARENCE ¡Ay no! Me ama, y me estima grandemente:

id a verlo de mi parte.

AMBOS ASESINOS Sí, haremos eso.

CLARENCE Decidle que cuando nuestro noble padre York bendijo a sus tres hijos con brazo victorioso,

y nos encareció querernos mutuamente,

jamás se imaginó tales discordias.

Si le decís a Gloucester que se acuerde de esto, veréis que llorará.

ASESINO PRIMERO Sí, piedras, como dijo que vertiéramos.

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CLARENCE ¡Oh! No lo calumniéis, que es bondadoso.

ASESINO PRIMERO Exacto.

Como nieve en cosecha. Estáis engañado.

Es él quien nos envió para destruiros.

CLARENCE No puede ser; se lamentó de mi desgracia, jurando, al abrazarme entre sollozos,

que procuraría mi libertad.

ASESINO PRIMERO Pues es lo que hace, puesto que os libera de la esclavitud terrena al goce empíreo.

ASESINO SEGUNDO Haced las paces con Dios: debéis morir ahora.

CLARENCE ¿Abrigas en tu alma el santo sentimiento de aconsejarme que con Dios haga las paces, y te portas tan ciego con tu alma

que matándome, a Dios hagas la guerra?

Oh, considerad, señores, que el que os manda hacer esta acción os odiará por ella.

ASESINO SEGUNDO ¿Qué haremos?

CLARENCE Ceder para salvar el alma.

ASESINO PRIMERO ¡Ceder! Es de cobardes y mujeres.

CLARENCE No ceder es bestial, diabólico y salvaje. ¿Quién de vosotros siendo hijo de príncipes, privado de su libertad como yo ahora,

si dos asesinos vinieran a buscarlo,

la vida no rogaría le perdonaran?

Amigo, veo algo de piedad en tu semblante; ¡ay!, si tus ojos no me engañan,

ponte de mi parte e intercede por mí, como lo harías si estuvieras en mi trance.

¿De qué príncipe limosnero no se apiada un mendigo?

ASESINO SEGUNDO ¡Mirad atrás, milord!

ASESINO PRIMERO (Lo hiere.) Tomad esto y esto; y si no basta os ahogaré en el tonel de malvasía.

ASESINO SEGUNDO ¡Acción sangrienta y despachada con violencia! Con gusto, cual Pilato me lavaría las manos

de este cruel y bárbaro homicidio.

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Regresa el ASESINO PRIMERO.

ASESINO PRIMERO ¡Qué pasa! ¿En qué piensas que no ayudas?

Por el cielo, sabrá el duque cuán remiso eres.

ASESINO SEGUNDO ¡Ojalá supiera que yo salvé a su hermano!

Toma el dinero tú y dile lo que digo:

que de haber matado al duque me arrepiento.

ASESINO PRIMERO Pues yo no: aléjate, cobarde. Yo iré a esconder el cuerpo en algún hoyo mientras el duque dispone de su entierro. Y debo huir cuando reciba mi salario, pues se sabrá todo y quedarse es temerario.

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SEGUNDO ACTO

ESCENA I

Fanfarria. Londres. Sala del palacio. Entran el REY EDUARDO, enfermo; la reina Isabel, DORSET, RIVERS, HASTINGS, BUCKINGHAM, Gray y otros.

REY EDUARDO Eso es: hoy sí que he empleado bien el día.

Vosotros pares, guardad estrecha alianza.

Yo a diario espero la embajada

del Redentor que me rescate de este mundo. Y con más paz subirá al cielo mi alma pues puse en paz en la tierra a mis amigos. Daos las manos; no guardéis rencores, Rivers y Hastings, y juradme amaros.

RIVERS Por Dios, mi alma está libre de aversiones, y sella mi mano mi amistad sincera.

HASTINGS Así prospere cual juro yo lo mismo.

REY EDUARDO No finjáis delante del monarca, no sea que el supremo Rey de reyes confunda vuestro engaño permitiendo que por mano del uno el otro muera.

HASTINGS ¡Feliz prospere cual este juramento!

RIVERS ¡Y yo, que de verdad le tengo afecto!

REY EDUARDO Señora, no estáis exenta de este asunto, ni vos, Dorset, ni Buckingham, ni Gray. Todos enemistados estuvisteis.

Esposa, quered bien a Hastings;

permitidle que bese vuestra mano,

y en lo que hacéis no haya fingimientos.

REINA ISABEL Ved, Hastings, por la suerte de los míos, no recordaré jamás odios pasados.

REY EDUARDO Abrazadlo, Dorset; y vos, Hastings, del marqués volveos amigo.

DORSET Yo protesto que estas pruebas de cariño por mi parte serán inalterables.

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HASTINGS Y yo juro lo mismo.

Se abrazan.

REY EDUARDO Noble Buckingham, sellad vuestra amistad

dando un abrazo a los deudos de mi esposa,

y hacedme dichoso al veros tan unidos.

BUCKINGHAM (A la REINA.) Si osare Buckingham alguna vez volver su odio contra vuestra alteza,

y no os guardare a vos y a vuestra sangre los deberes del afecto más sincero.

Con el odio de los que me inspiren más confianza Dios me castigue.

Y cuando más necesite de un amigo,

y más seguro esté de su amistad,

lo encuentre artero, infiel, traidor y mentiroso.

Así se lo pido a Dios

si con vosotros mi afecto se resfría.

Se abrazan.

REY EDUARDO Grato cordial, oh noble Buckingham, es vuestro voto para mi ánimo caído.

Solo falta aquí mi hermano Gloucester

que cierre con broche de oro nuestras paces.

BUCKINGHAM Y muy a tiempo llega el noble duque.

Entra GLOUCESTER.

GLOUCESTER ¡Dios guarde a mis soberanos, rey y reina, y nobles pares, os doy los buenos días!

REY EDUARDO Bien en verdad ha transcurrido el día, Gloucester; hemos hecho labor caritativa trocando en paz el rencor y en bello amor el odio de estos altivos e irritados pares.

GLOUCESTER Bendita empresa, excelso soberano.

Si por engaño o falsa conjetura

alguno en esta noble reunión se propusiere verme como enemigo;

si por error o en medio de mi enojo

he dado en qué sentir a alguno

de los aquí presentes, deseo ahora

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reconciliarme con él en amistosa paz:

la enemistad es para mí como la muerte;

la aborrezco, y quiero ser amigo

de los hombres de bien.

Señora, a vos primero os ruego con la paz, la que obtendré de vos con mi servicio fiel; a vos, mi noble primo Buckingham,

si inquina hubo alguna vez entre nosotros; a vos, lord Rivers, y lord Gray, a vos,

que sin culpa mía me habéis visto con enojo; a vosotros, lord Woodville y lord Scales,

a vosotros, caballeros, duques, condes y lores; a todos en verdad.

No conozco siquiera un solo inglés contra quien, cual recién nacido infante, abrigue mi pecho la menor discordia. Doy gracias a Dios por esta mansedumbre.

REINA ISABEL En adelante será este día de fiesta: quisiera que las rencillas se acabaran. Mi soberano señor, ruego a vuestra alteza vuelva a su gracia a vuestro hermano Clarence.

GLOUCESTER Pero señora, ¿he ofrecido para esto mi amistad, para ser burlado así en presencia de mi rey?

¿Quién ignora que ha muerto el pobre duque?

Todos se sobresaltan.

Lo injuriáis insultando su cadáver.

REY EDUARDO ¿Quién ignora que ha muerto? ¿Quién lo sabe?

¡Oh, cielo santo, mas qué mundo es este!

BUCKINGHAM ¿Estoy lívido, lord Dorset, como todos?

DORSET Sí, buen señor; de las mejillas

de todos los presentes el color ha huido.

REY EDUARDO ¿Ha muerto Clarence? Revoqué la orden.

GLOUCESTER Pero mató al infeliz vuestro primer decreto que un alado Mercurio hizo llegar.

Llevó la contraorden algún cojo

que fue llegando a la hora del entierro. Ojalá que algunos menos nobles y leales,

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más llenos de instintos sanguinarios

que unidos por la sangre,

y que aun discurren libres de sospecha,

no encuentren peor fin que el pobre Clarence.

Entra STANLEY.

STANLEY ¡Un favor, majestad, por mis servicios!

REY EDUARDO ¡Por favor calla! Mi alma está llena de tristeza.

STANLEY No me levantaré sin que me hayáis oído.

REY EDUARDO Di pronto entonces qué vienes a implorar.

STANLEY El perdón, majestad, de la vida de mi criado que mató hoy a un hidalgo pendenciero

que servía ha poco al duque de Norfolk.

REY EDUARDO ¿La lengua que a mi hermano dio la muerte, será la lengua que perdone a un criado?

Él no mató a nadie, su falta fue pensada, mas su castigo fue la amarga muerte. ¿Quién me rogó por él? ¿Quién en mi cólera hincó las rodillas hasta que yo reflexionara? ¿Quién me habló de amor o de fraternidad? ¿O me recordó cómo el pobre desdichado dejó al poderoso Warwick y peleó por mí?

¿Quién me contó cómo en la batalla de Tewkesbury

me salvó él cuando me derrotara Oxford,

diciendo: «Vive para que seas rey, querido hermano»?

¿O cómo, cuando yacíamos casi congelados

en el campo, me abrigó con sus vestidos

quedándose él débil y desnudo en la inclemente noche? Todo esto la fiera saña borró de mi recuerdo maliciosamente, y ninguno de vosotros tuvo la caridad de recordármelo.

Mas si uno de vuestros carreteros o lacayos, en la embriaguez masacra y estropea

la preciosa imagen de nuestro amado Redentor, enseguida os ponéis de hinojos para pedir perdón, y yo, en forma injusta además, habré de concederlo; mas por mi hermano no hubo quien intercediera, ni yo, ingrato, intercedí por él,

pobre infeliz. Los más altivos de vosotros,

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cuando vivía le quedasteis obligados,

y con todo, ni una vez rogasteis por su vida. ¡Oh, Dios! Temo que me alcance tu justicia y nos hagas pagar por esto

a mí, a vosotros, y a todos nuestros deudos. Venid, Hastings, conducidme hasta mi alcoba. ¡Ay, pobre Clarence!

Salen el REY EDUARDO, la reina Isabel, HASTINGS, RIVERS, DORSET y Gray.

GLOUCESTER Este es el fruto de la precipitación.

¿No visteis cómo los culpables parientes de la reina palidecieron al saber la muerte de Clarence? Siempre instigaron al rey en contra suya. Dios tomará venganza. Venid, lores;

¿queréis acompañarnos a consolar a Eduardo?

BUCKINGHAM Estamos a vuestras órdenes, alteza.

Salen.

ESCENA II

Londres. Sala del palacio. Entran la DUQUESA de York con un HIJO y una HIJA de Clarence.

HIJO Abuela, dinos, ¿ha muerto nuestro padre?

DUQUESA No, niño.

HIJA ¿Por qué te retuerces las manos, y golpeas el pecho y exclamas: «Ay Clarence, mi desdichado hijo»?

HIJO ¿Por qué nos miras, meneando la cabeza,

y nos llamas huérfanos, desamparados, infelices, si aún vive nuestro noble padre?

DUQUESA No, criaturas, estáis equivocados;

lamento la enfermedad del rey; temo perderlo;

no que haya fallecido vuestro padre;

no tendría caso llorar por quien está perdido.

HIJO Entonces, abuela, admites que está muerto, y el rey mi tío es el culpable de ello.

Y Dios lo vengará; yo habré de importunarlo con fervorosos ruegos para tal objeto.

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HIJA Yo haré lo mismo.

DUQUESA ¡Calma, hijos, calma! El rey os quiere bien.

Desvalidos e ingenuos inocentes,

no podéis imaginar quién a vuestro padre ha dado muerte.

HIJO Sí podemos, abuela; mi buen tío Gloucester me dijo que el rey, incitado por la reina, inventó cargos para encarcelarlo;

y cuando mi tío me dijo esto, sollozaba,

y me compadecía, y muy amable besome las mejillas; me dijo confiara en él como en un padre, y que él me querría cual si yo fuera su hijo.

DUQUESA ¡Ay! ¡Que el engaño pueda cobrar tan bella forma, y antifaz de virtud tan hondo mal encubra!

Es mi hijo, sí, y por ello mi vergüenza,

mas no mamó a mis pechos tanto dolo.

HIJO ¿Crees, abuela, que mi tío estaba fingiendo?

DUQUESA Sí, hijo.

HIJO No puedo creerlo. ¡Uy! ¿Qué ruido será ese?

Entra la REINA ISABEL visiblemente perturbada.

RIVERS y DORSET la siguen.

REINA ISABEL ¡Ay! ¿Quién me impedirá que gima y llore, que maldiga mi suerte y me torture?

Pactaré con la desesperación contra mi alma, y me convertiré en enemiga de mí misma.

DUQUESA ¿Qué significan estas muestras de arrebato?

REINA ISABEL Ejecutar un acto de trágica violencia.

Eduardo, mi señor, vuestro hijo, nuestro rey, ha muerto.

¿Por qué al secarse la raíz crecen las ramas,

y por qué las hojas

no se marchitan al faltar la savia?

Si queréis vivir, llorad; si morir, sed breves, para que nuestras almas al rey alígeras alcancen, y cual obedientes vasallos lo acompañen a ese nuevo reino de la paz perpetua.

DUQUESA ¡Ay! Tanta parte me toca en tu quebranto, como derechos tuve sobre tu marido.

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Lloré la muerte de mi digno esposo

y he vivido contemplando sus imágenes; mas hoy dos espejos de su noble efigie

la maliciosa muerte ha roto en mil pedazos, y a mí para consuelo no me queda sino un espejo falso

que me aflige cuando en él miro mi oprobio.

Tú eres viuda, pero eres también madre,

y te queda el consuelo de tus hijos;

mas la muerte arrancó a mi esposo de mis brazos y dos báculos a mis miembros débiles usurpa, Clarence y Eduardo. ¡Ah, razón tengo de sobra, tu dolor siendo solo la mitad del mío,

para vencer tus quejas y ahogar de plano tus gemidos!

HIJO Ay, tía, no llorasteis por nuestro padre muerto, ¿cómo podrían compadeceros nuestras lágrimas?

HIJA (A la REINA ISABEL.) Nuestra triste orfandad no fue llorada; vuestra viudez no puede conmovernos.

REINA ISABEL No quiero que me ayudéis a lamentarme; no soy estéril en parir mis quejas:

todas las fuentes fluyen a mis ojos,

de modo que influida por la acuosa luna, puedo anegar con copiosas lágrimas el mundo. ¡Ay por mi esposo, mi querido Eduardo!

AMBOS ¡Ay, nuestro padre, nuestro amado Clarence!

DUQUESA ¡Ay por ambos, míos los dos, Eduardo y Clarence!

REINA ISABEL ¿Qué otro apoyo tenía yo sino Eduardo? Y se ha ido.

AMBOS ¿Qué otro apoyo teníamos sino Clarence? Y se ha ido.

DUQUESA ¿Qué sostén tenía yo sino ellos? Y se han ido.

REINA ISABEL Pérdida igual ¿qué esposa nunca tuvo?

AMBOS Pérdida igual ¿qué huérfanos tuvieron?

DUQUESA Pérdida igual ¿qué madre tuvo nunca? ¡Ay! Yo soy madre de todas estas penas; su desdicha es parcial, la mía es completa: ella por Eduardo llora; lo mismo yo.

Yo por Clarence me aflijo; pero ella no.

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Los niños lloran por Clarence igual que yo.

Yo por Eduardo lloro, pero ellos no.

Ay, los tres sobre mí, con triple llanto,

llorad; nodriza de vuestro quebranto,

lo amamantaré con mis sollozos.

DORSET Valor, madre querida; Dios se ofende

de que no aceptéis resignada sus decretos.

El mundo estima ingrato al que rehusa

de buen grado pagar la deuda que contrajo

con acreedor liberal y bondadoso.

Tanto peor es oponerse así a lo alto

porque reclama el regio préstamo que os hizo.

RIVERS Señora, preocupaos cual madre tierna

del joven príncipe vuestro hijo. Enviad por él

y hacedlo coronar; radica en él vuestro consuelo.

Sepultad ese dolor desesperado

en el sepulcro del difunto Eduardo,

y plantad vuestros gozos venideros

del vivo Eduardo en el naciente trono.

Entran GLOUCESTER, BUCKINGHAM, STANLEY, HASTINGS, RATCLIFF y otros.

GLOUCESTER Calmaos, hermana: todos con motivo de nuestra brillante estrella lloramos el ocaso; mas nadie con llorar cura sus males.

Señora y madre mía, perdón, os ruego; no había visto a vuestra alteza: de rodillas humildemente la bendición os pido.

DUQUESA Dios te bendiga y te infunda mansedumbre, obediencia, sumisión y amor sincero.

GLOUCESTER Amen. (Aparte.) Y me haga morir como un buen viejo.

Así acaba toda bendición materna.

Me admira que lo olvidara su excelencia.

BUCKINGHAM Sombríos príncipes y apenados pares, que compartís esta carga de tristeza, alegraos con el afecto unos de otros.

Aunque hayamos agotado el fruto de este rey, habremos de cosechar el de su hijo.

La saña abierta de vuestros pechos inflamados,

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ha poco entablillados, enlazados y unidos, con esmero debe cuidarse y atenderse. Juzgo oportuno que una pequeña comitiva vaya a traer enseguida al joven príncipe de Ludlow a Londres para coronarle rey.

RIVERS ¿Por qué una pequeña comitiva, mi lord de Buckingham?

BUCKINGHAM Pues milord, porque quizá si fueran muchos, la rencorosa herida recién cicatrizada

se abriría de nuevo;

lo cual sería muy peligroso,

cuanto el país es joven y falto de gobierno. Donde cada caballo dispone de las riendas, y puede encaminarse donde mejor le place, tanto el peligro mismo, como el color de él, en mi opinión deben evitarse.

GLOUCESTER Ojalá el rey nos haya apaciguado.

Por mi parte, soy fiel al pacto que hice.

RIVERS Lo mismo yo y creo lo mismo todos.

Mas como está tan tierno, no debe de exponerse a ningún viso de quebrantamiento,

lo que quizá ocurriera con mucha compañía. Por lo tanto opino con el noble Buckingham que deben ir por el príncipe muy pocos.

HASTINGS Lo mismo pienso yo.

GLOUCESTER Hágase así entonces y determinemos quiénes deben marchar a Ludlow de inmediato. ¿Queréis, señora, y vos, madre, acompañarnos a dar vuestra opinión en este asunto?

Salen todos menos BUCKINGHAM y GLOUCESTER.

BUCKINGHAM Sea quien fuere quien vaya por el príncipe, por Dios, milord, aquí no nos quedemos,

que yo hallaré ocasión en el camino,

como prólogo al proyecto que tratamos,

de apartar al príncipe de esos orgullosos parientes de la reina.

GLOUCESTER ¡Mi otro yo, mi secreto consistorio, oráculo y profeta! ¡Mi querido deudo! Como un niño por ti me dejo guiar.

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A Ludlow pues, para no quedar atrás.

Salen.

ESCENA III

Una calle de Londres.

Entran dos CIUDADANOS y se encuentran.

CIUDADANO PRIMERO Buenos días, vecino, ¿adónde vais tan presto?

CIUDADANO SEGUNDO

De cierto os aseguro que yo mismo lo ignoro.

¿Habéis oído la noticia?

CIUDADANO PRIMERO Sí, que el rey ha muerto.

CIUDADANO SEGUNDO Malo a fe mía. Lo peor ocurre siempre.

En verdad me temo esté el mundo perturbado.

Entra otro CIUDADANO.

CIUDADANO TERCERO ¡Dios os guarde, vecinos!

CIUDADANO PRIMERO Buenos días tenga usted.

CIUDADANO TERCERO

¿Es cierto que murió nuestro buen rey Eduardo?

CIUDADANO SEGUNDO

Sí, señor, es verdad. ¡Dios nos guarde entretanto!

CIUDADANO TERCERO

CIUDADANO PRIMERO

CIUDADANO TERCERO

Pues veréis ahora trastornado el mundo.

No, no; Dios hará que reine ahora su hijo.

¡Desgraciada la tierra que gobierna un niño!

CIUDADANO SEGUNDO Pero hay en él esperanza de gobierno que en su menor edad ejercerá un consejo,

y cuando llegue a la mayor edad,

sin duda él mismo, y a su tiempo,

habrá de hacerlo bien.

CIUDADANO PRIMERO Así andaban las cosas cuando Enrique VI fue coronado en París de solo nueve meses.

CIUDADANO TERCERO ¿Así andaban? No, amigos, Dios lo sabe; porque entonces esta tierra poseía el tesoro

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de gentes de prudencia y de consejo.

Entonces tenía el rey a su lado

virtuosos tíos que su gracia protegieran.

CIUDADANO PRIMERO Los tiene este también por padre y madre.

CIUDADANO TERCERO Sería mejor que fueran todos por su padre, o por su padre no hubiese ya ninguno;

porque la envidia que en esto anda mezclada nos herirá de plano, si Dios no lo remedia.

¡Oh, el duque de Gloucester es hombre peligroso!

Y los hijos y hermanos de la reina

están llenos de orgullo y altivez;

si ellos fueran a someterse y no a mandar

esta enfermiza tierra gozaría de paz como antes.

CIUDADANO PRIMERO Vamos, vamos, no hay que temer lo peor.

Saldrá todo bien.

CIUDADANO TERCERO Cuando el cielo se nubla, saca el sabio su capa; cuando se caen las hojas, se aproxima el invierno;

¿quién no espera la noche cuando llega el ocaso?

La tormenta imprevista augura la sequía.

Puede que nada pase, si así Dios lo dispone,

pero es más de lo que espero y de lo que merecemos.

CIUDADANO SEGUNDO

En verdad todos los ánimos están llenos de espanto.

No se puede discurrir ya casi con ninguno

que no se vea miedoso y apesadumbrado.

CIUDADANO TERCERO

Siempre pasa lo mismo cuando se acerca el cambio.

Por instinto divino recela el hombre

el subsecuente daño; prueba de ello es que vemos cómo se hinchan las olas cuando va a haber borrasca. Mas dejémoslo a Dios. ¿Adónde vais ahora?

CIUDADANO SEGUNDO

CIUDADANO TERCERO

Hemos sido citados por parte de los jueces.

Lo mismo yo. Quisiera acompañaros.

Salen.

ESCENA IV

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Londres. Una sala del palacio.

Entran el ARZOBISPO de York, el joven duque de YORK, la REINA ISABEL y la DUQUESA de

York.

ARZOBISPO Supe que anoche durmieron en Northampton; en Stony Stratford descansarán ahora;

y mañana o pasado llegarán aquí.

DUQUESA Con toda mi alma anhelo ver al príncipe.

Desde que no lo veo habrá crecido mucho.

REINA ISABEL Yo he oído lo contrario; dicen que mi hijo York está casi de la misma altura.

YORK Sí, madre, pero me hace poca gracia oírlo.

DUQUESA ¿Por qué, hijo mío? Es bueno crecer.

YORK Una noche, abuela, cuando estábamos cenando, comentó mi tío Rivers cómo había yo crecido más que mi hermano. Y mi tío Gloucester dijo:

«La hierba pequeña gracia ofrece; pero la mala hierba pronto crece». Y desde entonces prefiero no crecer aprisa

porque las lindas flores crecen lentamente mientras la mala hierba pronto cunde.

DUQUESA A fe mía que el dicho no se aplica

al que reparo semejante opuso;

fue tan enclenque cuando estaba joven,

y fue creciendo tan pausada y lentamente, que de ser cierta la regla que proclama, de virtud ahora debería estar lleno.

ARZOBISPO Y sin duda lo está, graciosa dama.

DUQUESA Ojalá lo estuviera; mas dejad que su madre abrigue dudas.

YORK ¡Pues es verdad! Si me hubiera yo acordado le habría hecho burla a la gracia de mi tío más que él a mí en eso de estaturas.

DUQUESA ¿Cómo, hijo mío? Te ruego me lo digas.

YORK Pues dicen que mi tío creció tan rápido,

que cuando tenía apenas dos horas de nacido

ya roía pan.

Tuve yo que esperar a cumplir dos años para tener un diente.

¿Verdad, abuela, que esto habría sido una broma mordaz?

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DUQUESA Pero dime, precioso, ¿quién te contó todo esto?

YORK Ay, abuela, su nana.

DUQUESA ¡Su nana! Pero si ella murió antes de que tú nacieras.

YORK Pues si ella no fue, no sé quién me lo dijo.

REINA ISABEL Muchacho parlanchín. Eres muy malicioso.

ARZOBISPO No riñáis, señora, a la criatura.

REINA ISABEL Las paredes, se ve, tienen oídos.

Entra un MENSAJERO.

ARZOBISPO Aquí viene un mensajero: ¿qué noticias?

MENSAJERO Tales, milord, que me apena reportarlas.

REINA ISABEL ¿Cómo está el príncipe?

MENSAJERO Bien, señora, gozando de salud.

DUQUESA ¿Qué nuevas traes?

MENSAJERO En calidad de prisioneros van a Pomfret lord Rivers y lord Gray, lo mismo que sir Thomas Vaughan.

DUQUESA ¿Quién allá los envía?

MENSAJERO Los poderosos duques de Buckingham y Gloucester.

ARZOBISPO ¿Por qué delito?

MENSAJERO Ya os he dicho todo lo que sé.

Desconozco, gracioso señor, la causa de su encarcelamiento.

REINA ISABEL ¡Ay de mí! ¡Veo la ruina de mi casa!

El tigre ya se lanzó sobre la cierva; la tiranía insolente se proyecta sobre el inocente e indefenso trono. ¡Venga la destrucción, muerte y masacre! Como en mapa el fin de todo veo.

DUQUESA ¡Malditos días de inquietud y turbulencia, cuántos han visto pasar los ojos míos!

En pos de la corona pereció mi esposo

y al vaivén del azar han andado mis hijos,

y ha sido gozo o pena su provecho o perjuicio.

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Y al apaciguarse, habiendo terminado

las luchas intestinas, los mismos vencedores se ponen a pelear los unos con los otros, hermano contra hermano, sangre contra sangre, entre ellos mismos. ¡Oh, furia absurda y frenética! Pon fin a tu maldita rabia;

o déjame morir porque estoy harta

de tanto contemplar la muerte.

REINA ISABEL Ven, hijo mío, vamos al santuario.

Adiós, señora.

DUQUESA Aguardad; iré yo con vosotros.

REINA ISABEL Vos no tenéis motivo.

ARZOBISPO (A la REINA ISABEL.) Partid, graciosa dama, y encerrad vuestro tesoro y vuestros bienes. Por mi parte, entrego a vuestra gracia

el sello que ahora ostento;

y si no os guardo con el debido celo,

corra yo la misma suerte que vosotros.

Venid, voy a llevaros al santuario.

Salen.

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TERCER ACTO

ESCENA I

Londres. Una calle. Toque de clarín. Entran el PRÍNCIPE de Gales, GLOUCESTER,

BUCKINGHAM, CATESBY, el CARDENAL Bourchier y otros.

BUCKINGHAM

Amable príncipe, bienvenido seáis a Londres, que será vuestra morada.

GLOUCESTER

Bienvenido, caro sobrino, soberano de mis pensamientos, el fatigoso viaje os ha puesto melancólico.

PRÍNCIPE No, tío; mas las contrariedades que tuvimos lo volvieron pesado y aburrido.

Extraño a otros tíos aquí que me reciban.

GLOUCESTER

Amable príncipe, la pureza inmaculada de vuestros pocos años no ha penetrado aún el engañoso mundo.

No sois capaz de distinguir entre un hombre y su apariencia externa, que Dios sabe, rara vez se aviene con sus sentimientos. Peligrosos eran los tíos que echáis de menos; atendía solo vuestra gracia a sus almibaradas frases mas no miraba el veneno de su corazón.

¡Dios os guarde de ellos y de tan falaces amistades!

PRÍNCIPE

¡De los amigos falaces Dios me guarde, mas ellos no lo eran!

GLOUCESTER El alcalde de Londres se apresta a saludaros.

Entra el ALCALDE con su comitiva.

ALCALDE ¡Dios le dé a vuestra alteza salud y días felices!

PRÍNCIPE Os doy las gracias, buen señor; gracias a todos. Creí que mi madre y que mi hermano York habrían salido a mi encuentro ya hace mucho; ¡Y ay! Qué moroso es Hastings que no viene

a decirnos si vendrán o no.

Entra HASTINGS.

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BUCKINGHAM Y muy a tiempo llega sudoroso el lord.

PRÍNCIPE Bienvenido, milord. ¿No vendrá nuestra madre?

HASTINGS Por causa que Dios sabe, mas yo ignoro, vuestra madre la reina y vuestro hermano York se han acogido al santuario. El tierno príncipe con gusto habría venido conmigo a saludaros mas su madre por fuerza lo retuvo.

BUCKINGHAM ¡Vamos! ¡Qué proceder tan torcido y displicente en este que ella adopta! Lord cardenal,

¿querríais persuadir a la reina de que envíe enseguida al duque de York para que vea a su hermano? Si se negare, lord Hastings, id con él,

y de sus celosos brazos arrancadlo a fuerza.

CARDENAL Milord de Buckingham, si mi débil elocuencia puede separar de su madre al joven duque,

esperadlo de inmediato aquí; mas si ella se mostrare sorda a mis humildes ruegos, ¡Dios en el cielo no permita que infrinjamos el santo privilegio

del bendito santuario! Ni por el orbe entero querría yo ser culpable de tan gran pecado.

BUCKINGHAM Sois, milord, muy obcecado y terco, demasiado conservador y formalista. Juzgad el asunto de acuerdo con la época: no violáis el santuario al hacer esto; el privilegio del mismo se concede

a aquellos cuyas acciones lo ameritan y a los que se aventuran a exigirlo. Este príncipe ni lo amerita ni lo exige; y creo, por tanto, no puede disfrutarlo. Luego, al sacarlo de un sitio que no es suyo, no violáis privilegio ni derecho.

He oído de adultos que el santuario ampara, pero de niños que se amparen nunca.

CARDENAL Milord, por esta vez doblego mi criterio. Vamos, lord Hastings, ¿querréis acompañarme?

HASTINGS Con gusto, milord.

PRÍNCIPE Amables lores, daos la mayor prisa posible.

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Salen el CARDENAL Bourchier y HASTINGS.

Dime, tío Gloucester, si nuestro hermano viene, ¿dónde residiremos hasta mi coronación?

GLOUCESTER Donde mejor le plazca a vuestra real persona.

Si me atrevo a dar consejo a vuestra alteza, un día o dos debéis reposaros en la Torre; luego, donde os plazca y juzguéis más apropiado para vuestra mayor salud y distracción.

PRÍNCIPE Me disgusta la Torre entre todos los lugares, ¿fue Julio César el que la construyó?

BUCKINGHAM Así fue, majestad, en un principio, mas desde entonces en edades sucesivas se la ha reedificado.

PRÍNCIPE ¿Consta por escrito o se ha trasmitido de otro modo de edad en edad que fue Julio César quien la hizo?

BUCKINGHAM Consta por escrito, mi gracioso lord.

PRÍNCIPE Mas decidme, señor, si no constara así, pienso que de edad en edad debiera trasmitirse esta verdad a la posteridad

hasta el último día del fin del mundo.

GLOUCESTER (Aparte.) Como luego dicen,

tan joven y discreto, rara vez vive mucho.

PRÍNCIPE ¿Qué dices, tío?

GLOUCESTER Digo que perdura la fama a despecho de los personajes. (Aparte.) Así, como gracioso de comedia,

a mis palabras doy doble sentido.

PRÍNCIPE Julio César fue un hombre renombrado cuyo valor enriqueció al ingenio,

y cuyo ingenio al valor ha eternizado.

La muerte a este conquistador no lo conquista, porque aunque muerto, vive por la fama; ¿sabéis una cosa, primo Buckingham?

BUCKINGHAM ¿Qué cosa, mi noble señor?

PRÍNCIPE Que si llego a ser hombre

reclamaré nuestro antiguo derecho sobre Francia,

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o moriré soldado como rey he sido.

GLOUCESTER La primavera precoz alegremente augura un cortísimo verano.

Entran YORK, HASTINGS y el CARDENAL Bourchier.

BUCKINGHAM Ahora, a buen tiempo, aquí viene el joven duque.

PRÍNCIPE ¡Ricardo de York! ¿Cómo estás hermano mío?

YORK Bien, mi temido señor; así debo llamaros.

PRÍNCIPE Sí, hermano, para pena tanto nuestra como tuya.

Muy poco ha que murió quien tal título tenía

y a quien la muerte ha privado de mucha majestad.

GLOUCESTER ¿Qué tal está mi sobrino, el noble duque?

YORK Amable tío, bien gracias.

Dijisteis, oh milord, que la mala hierba rápida crecía, mas mi hermano mucho en talla me aventaja.

GLOUCESTER Así es, milord.

YORK ¿Y es por tanto su alteza hierba mala?

GLOUCESTER Ay, sobrino, yo no diría tal cosa.

YORK Entonces es que le debéis mayor respeto.

GLOUCESTER Puede él mandarme como soberano; mas vos tenéis poder en mí como pariente.

YORK Os ruego, tío, dadme vuestra daga.

GLOUCESTER ¿Mi daga? Con todo gusto, sobrinito.

PRÍNCIPE ¿Pides limosna, hermano?

YORK A mi buen tío, que querrá con gusto dármela;

más tratándose de una bagatela que no da pena regalar.

GLOUCESTER Mayor regalo que este le haré yo a mi sobrino.

YORK ¡Mayor regalo! Se trata de la espada.

GLOUCESTER Sí, querido sobrino, si fuese más ligera.

YORK Ah, ya veo que no ofrecéis sino ligeros obsequios; en cosas de más peso negaréis la limosna.

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GLOUCESTER Es muy pesada para llevarla vuestra gracia.

YORK Por mucho que pesara yo la hallaría ligera.

GLOUCESTER Ah, ¿conque queréis el arma, señorito?

YORK Para del mismo modo poder agradeceros.

GLOUCESTER ¿Cómo?

YORK Poquito.[16]

PRÍNCIPE Milord de York es siempre audaz en el lenguaje y vos, tío, sabéis sobrellevarlo.

YORK Querréis decir llevarme, que no sobrellevarme.

Tío, mi hermano tanto de vos como de mí se burla.

Porque soy pequeñito como mono,

cree que debéis llevarme sobre vuestros hombros.

BUCKINGHAM ¡Con qué finura y prontitud arguye!

Para templar las burlas a su tío,

con gracia y habilidad se vitupera.

Tan joven y sutil es admirable.

GLOUCESTER (Al PRÍNCIPE.)

Milord, ¿querríais proseguir vuestro camino? Yo mismo, con mi primo Buckingham, iremos a rogar a vuestra madre que en la Torre os dé la bienvenida.

YORK ¡Cómo! ¿Iréis a la Torre, señor mío?

PRÍNCIPE Sí, milord protector así lo ordena.

YORK No dormiré tranquilo yo en la Torre.

GLOUCESTER ¿Por qué? ¿Qué tienes que temer en ella?

YORK El airado espectro de mi tío Clarence.

La abuela me dijo que ahí lo asesinaron.

PRÍNCIPE No temo yo a los tíos que ya estén muertos.

GLOUCESTER Y espero que tampoco a los que vivan.

PRÍNCIPE No, aunque vivan, tampoco he de temerlos. Mas ven, hermano; con el alma acongojada, pensando en ellos vamos a la Torre.

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Clarines. Salen todos, menos GLOUCESTER,

BUCKINGHAM y CATESBY.

BUCKINGHAM ¿Pensáis, milord, que este locuaz chicuelo de York, no haya sido instigado por su astuta madre

a reírse y burlarse de vos con tanta sorna?

GLOUCESTER No hay duda de ello; es un chico hablantín, audaz, agudo, ingenioso y atrevido.

Salió a su madre de los pies a la cabeza.

BUCKINGHAM Bueno, dejémoslos en paz. Ven, Catesby, recuerda que has jurado

realizar a fondo nuestro intento

y ocultar sigiloso nuestros planes.

Ya en el camino oíste las razones.

¿Qué opinas de ello? ¿No será cosa fácil hacer que Hastings se vuelva nuestro aliado para instalar en el augusto trono

de esta famosa isla a nuestro noble duque?

CATESBY Quiere tanto él al príncipe

a causa del recuerdo de su padre,

que no querrá perjudicarlo en nada.

BUCKINGHAM ¿Y de Stanley qué piensas? ¿Nos será propicio?

CATESBY Procederá en todo como Hastings.

BUCKINGHAM Pues entonces atengámonos a esto.

Ve, noble Catesby,

y como quien no quiere la cosa, sondea a Hastings, a ver qué piensa de nuestro propósito; y mañana convócalo a la Torre

para deliberar sobre la coronación.

Si lo notas accesible a nuestros planes,

anímalo y dile los motivos;

mas si se torna renuente, duro y frío,

haz tú lo mismo y la plática interrumpe,

y tráenos noticias de sus inclinaciones;

porque mañana tendremos dos consejos

en los cuales tú estarás muy bien empleado.

GLOUCESTER Salúdame a lord Hastings: dile, Catesby, que el haz entero de sus viejos adversarios mañana en Pomfret serán pasados a cuchillo;

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y pídele que en prenda de tan buena nueva le dé a mistress Shore un dulce beso.

BUCKINGHAM Ve, buen Catesby, y ocúpate en serio del asunto.

CATESBY Sí, señores, con toda la diligencia que yo pueda.

GLOUCESTER ¿Antes de dormir vendrás a vernos?

CATESBY Así será, milord.

GLOUCESTER En Crosby Place nos hallarás a ambos.

Sale CATESBY.

BUCKINGHAM Y ahora, milord, ¿qué haremos si nos damos cuenta de que Hastings no se pliega a nuestros planes?

GLOUCESTER Cortarle la cabeza; algo urdiremos. Y mira, cuando yo sea rey, no se te olvide pedirme el condado de Hereford con los muebles que poseía mi hermano el rey.

BUCKINGHAM No olvidaré recordaros la promesa.

GLOUCESTER Y verás cuán generosamente la concedo.

Ven, vayamos a cenar, para más tarde

poder digerir con calma nuestros planes.

ESCENA II

Londres. Ante la casa de lord Hastings. Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO (Tocando.) ¡Milord! ¡Milord!

HASTINGS (Dentro.) ¿Quién llama?

MENSAJERO Un enviado de lord Stanley.

HASTINGS (Dentro.) ¿Qué hora es?

MENSAJERO Cerca de las cuatro.

Entra HASTINGS.

HASTINGS ¿No puede dormir Stanley en estas largas noches?

MENSAJERO Tal parece por lo que tengo que deciros; primero, que os envía saludos.

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HASTINGS ¿Y luego?

MENSAJERO Quiere comunicaros que esta noche

soñó que el jabalí destruía su yelmo,

añade que van a reunirse dos consejos;

y que el voto que uno de ellos acordare

os hará a ambos lamentaros en el otro;

por tanto quisiera saber si estáis de acuerdo

en montar a caballo de inmediato

y galopar a toda prisa al Norte

para evitar el peligro que presiente.

HASTINGS Mira, amigo, vuelve con tu amo, y dile que no tema lo de los consejos: en uno de ellos él y yo estaremos;

y al otro asistirá mi amigo Catesby,

donde nada ocurrirá que nos concierna

de lo que no tenga yo conocimiento.

Dile que su temor es vano y fútil;

y en cuanto a sueños, me asombra que confíe en la irrisión de tales pesadillas. Huir del jabalí sin que él ataque

es incitar al jabalí a seguirnos,

y a cazar cuando no le viene en gana.

Que se levante tu amo y venga a verme,

e iremos ambos juntos a la Torre,

donde verá que el jabalí es amable.

MENSAJERO Iré, milord, y le daré el recado.

Sale.

Entra CATESBY.

CATESBY ¡Muy buenos días a mi querido lord!

HASTINGS Has madrugado, Catesby, buenos días.

¿Qué nuevas hay del vacilante Estado?

CATESBY En verdad es un mundo tambaleante, y creo que nunca marchará derecho

si Ricardo no ciñe la diadema.

HASTINGS ¿Cuál diadema? ¿La corona, dices?

CATESBY Sí, mi señor.

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HASTINGS (Mostrando su cabeza.)

Mejor que arranquen esta corona de mis hombros que verla puesta en lugar tan asqueroso. ¿Pero sospechas tú que él la pretende?

CATESBY Sí, por mi vida; y espera vos iréis delante de su partido para procurarla:

y por ello os da la buena nueva

de que hoy mismo vuestros enemigos,

los deudos de la reina, morirán en Pomfret.

HASTINGS En verdad no me apenan las noticias porque siempre han sido mis contrarios; pero de eso, a que con Ricardo yo me alíe, excluyendo a los herederos de mi amo, dios sabe que aun a costa de la muerte no habré de ejecutarlo.

CATESBY ¡Dios os conserve tan buenos sentimientos!

HASTINGS Y antes de un año me reiré sin duda de estar vivo y contemplar el drama

de los que con mi señor me enemistaron.

Bien, Catesby, antes que transcurran dos semanas enviaré a algunos donde no lo esperan.

CATESBY Mala cosa es morir cuando la gente

ni dispuesta está, ni lo sospecha.

HASTINGS Es terrible, en verdad, y así sucede con Rivers, Vaughan, Gray y algunos otros que se juzgan salvos como tú y yo,

que como sabes, somos tan queridos

del noble Buckingham y de Ricardo.

CATESBY En alta estima os tienen ambos duques;

(Aparte.) porque cuentan con ver colgada tu cabeza

en lo alto del puente.

HASTINGS Lo sé porque lo tengo merecido.

Entra STANLEY.

Vamos, vamos, ¿dónde está la jabalina?

¿Temiendo al jabalí vais desarmado?

STANLEY Muy buenos días, milord; buenos días, Catesby.

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Podéis burlaros, mas por vida mía,

no me complacen estos dos consejos.

HASTINGS Milord, amo mi vida como vos la vuestra, y nunca, en mi existencia, os aseguro,

me fue tan preciosa como lo es ahora.

¿Creéis que si temiera algún peligro

andaría tan triunfante como ando?

STANLEY Los presos de Pomfret, al salir de Londres, iban alegres creyéndose seguros,

y en verdad no tenían motivo de recelo; mas ya veis qué pronto se nubló su día. Tan súbito acceso de rencor me inquieta; ¡quiera Dios sean en vano mis temores! Se hace tarde, ¿no vamos a la Torre?

HASTINGS Calma, calma, señor. ¿Os digo algo?

Hoy serán decapitados esos lores.

STANLEY Su lealtad les conserve las cabezas más que el sombrero a sus acusadores. Pero venid, partamos.

Entra un PERSEVANTE.

HASTINGS Adelantaos. Voy a hablar a este buen hombre.

Salen STANLEY y CATESBY.

¡Hola, tú! ¿Cómo la vas pasando?

PERSEVANTE Bien, pues vuestra merced me lo pregunta.

HASTINGS Yo te diré que me va mejor ahora

que cuando nos vimos en este mismo sitio.

Entonces a la Torre iba yo preso

a petición de los aliados de la reina,

pero ahora, te digo (pero cállalo)

que hoy mis enemigos serán muertos

y está mi situación mejor que nunca.

PERSEVANTE ¡Para bien vuestro os la conserve el cielo!

HASTINGS Gracias, hombre; ten, échate un trago.

Le avienta su bolsa.

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PERSEVANTE Dios os bendiga.

Entra un SACERDOTE.

SACERDOTE Bien hallado, milord; me alegro de encontraros.

HASTINGS Con toda mi alma os lo agradezco, padre.

Os debo vuestro último servicio;

venid el próximo sábado por el estipendio.

BUCKINGHAM ¡Hola, lord chambelán! ¿Habláis a un sacerdote?

Vuestros amigos de Pomfret sí lo necesitan.

Vos no tenéis necesidad de confesaros.

HASTINGS Nada menos de ellos me acordaba al hallar a este santo varón.

Y vos, ¿vais a la Torre?

BUCKINGHAM Así es, milord, por corto rato.

Antes que vos, estaré ya de regreso.

HASTINGS Tal vez, porque a comer ahí me quedo.

BUCKINGHAM (Aparte.)

Y a cenar también, aunque todavía lo ignoras.

Bueno, ¿vais para allá?

HASTINGS Así es, partamos.

Salen.

ESCENA III

Pomfret. Delante del castillo. Entra RATCLIFF

con alabarderos conduciendo al patíbulo

a RIVERS, GRAY y VAUGHAN.

RIVERS Sir Richard Ratcliff, oíd esto:

hoy vais a ver a un súbdito que muere

por leal, por veraz y por honrado.

GRAY ¡Dios libre al príncipe de toda esta jauría!

Caterva sois de malditas sanguijuelas.

VAUGHAN De esto que hacéis habréis de lamentaros.

RATCLIFF Basta; vuestras vidas llegan a su término.

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RIVERS ¡Oh, Pomfret! ¡Sanguinaria cárcel, ominosa y fatal a tantos nobles!

En el recinto de tus muros criminales

fue Ricardo Segundo apuñalado;

y para más oprobio de tu triste asiento, te damos a beber nuestra inocente sangre.

GRAY Ahora ha caído sobre nuestras cabezas

la maldición de Margarita sobre Hastings,

tú y yo cuando nos reprochaba

nuestro silencio mientras a su hijo,

Ricardo daba muerte.

RIVERS Entonces maldijo ella a Ricardo,

y a Buckingham lo maldijo entonces,

y también a Hastings: Oh, Dios, acuérdate

de oír su ruego contra ellos como contra nosotros; y en cuanto a mi hermana y los príncipes sus hijos, conténtate, buen Dios, con nuestra sangre que, como sabes, será vertida injustamente.

RATCLIFF Apresuraos; es hora de morir.

RIVERS Ven Gray, ven Vaughan; abracémonos,

y despidámonos hasta reunirnos en el cielo.

Salen.

ESCENA IV

Londres. La Torre. BUCKINGHAM, STANLEY, HASTINGS,

el obispo de ELY, RATCLIFF, LOVEL y otros sentados alrededor de una mesa. Oficiales del consejo presentes.

HASTINGS Oíd, señores: el motivo de esta junta es precisar lo de la coronación:

decidme por Dios, ¿cuándo será el día insigne?

BUCKINGHAM ¿Está todo dispuesto para ocasión tan regia?

STANLEY Así es; tan solo falta decidir la fecha.

ELY Opino que sea mañana el venturoso día.

BUCKINGHAM

¿Quién sabe qué piensa el lord protector a este respecto?

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¿Quién tiene más confianza con el noble duque?

ELY Su opinión vuestra gracia mejor que otro conoce.

BUCKINGHAM Caras vemos, corazones no sabemos. Él no sabe más del mío que yo del vuestro, ni yo del suyo más, que vos del mío.

Vos sí gozáis, lord Hastings, de su afecto.

HASTINGS Le agradezco el cariño que me tiene, pero tratándose de la coronación,

no lo he sondeado, ni él a mí me ha dicho cuál sea su voluntad a ese respecto. Pero señores, podéis fijar la fecha

y en nombre del duque yo daré mi voto,

el cual, presumo, aceptará de grado.

Entra GLOUCESTER.

ELY A buen tiempo llega en persona el duque.

GLOUCESTER Nobles lores y deudos, buenos días. Me quedé dormido, mas mi ausencia, espero, no habrá entorpecido algún asunto

que hubiera requerido mi presencia.

BUCKINGHAM Si no hubierais llegado tan a punto, William lord Hastings os habría representado, es decir, habría dado vuestro voto

para coronar al rey.

GLOUCESTER Pues nadie es más atrevido que lord Hastings.

Bien me estima el señor y me conoce. Milord de Ely, cuando estuve en Holborn, en vuestra huerta vi muy buenas fresas; os ruego me mandéis traer algunas.

ELY Por supuesto, milord, lo haré con gusto.

Sale.

GLOUCESTER Primo Buckingham, oídme una palabra.

(Lo lleva aparte.)

Catesby ha sondeado en nuestro asunto a Hastings, y halla al quisquilloso lord tan irritado, que prefiere, dice, le corten la cabeza,

antes de consentir que el hijo de su rey,

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como lo llama respetuosamente,

pierda el derecho al trono de Inglaterra.

BUCKINGHAM Salid un momento. Os sigo.

Salen GLOUCESTER y BUCKINGHAM.

STANLEY Aun no hemos fijado el día glorioso. Creo que mañana es demasiado pronto; porque yo mismo no estoy bien preparado como lo estaría si pudiera posponerse.

Regresa el obispo de ELY.

HASTINGS Su alteza se ve alegre y tranquilo esta mañana; hay alguna idea por ahí que le ha hecho gracia, cuando saluda con tan buenos ánimos.

Creo que en todo el mundo no hay otra persona que disimule menos su amor o malquerencia; porque se lee en su cara lo que lleva dentro.

STANLEY ¿Y qué fue por ventura lo que visteis que de su corazón hoy su rostro delatara?

HASTINGS A fe, que no está ofendido aquí con nadie; de lo contrario su aspecto lo diría.

Regresan GLOUCESTER y BUCKINGHAM.

GLOUCESTER Decidme, ¿qué merecen los que traman contra mi vida con diabólicos intentos

de brujería maldita, y que han prevalecido sobre mi cuerpo con hechizos del averno?

HASTINGS El tierno afecto que profeso a vuestra alteza, en esta ilustre reunión me fuerza a anticiparme

a condenar, quienesquiera que ellos fueren, a tales ofensores.

Digo, señor, que la muerte han merecido.

GLOUCESTER Pues del mal sean testigos vuestros ojos. Ved como estoy embrujado: ved mi brazo, marchito retoño que secó la plaga:

y es la esposa de Eduardo, bruja infame, unida a Shore, esa ramera prostituta, que me han herido con sus artes mágicas.

HASTINGS Si tal han hecho, noble señor, …

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GLOUCESTER ¿Si? Protector de esta maldita zorra, ¿me pones condiciones? Traidor eres: ¡cortadle la cabeza! Por san Pablo,

no me siento a comer sin que la vea.

Lovel y Ratcliff, ejecutad la orden:

el resto, si me amáis, venid conmigo.

Salen todos menos HASTINGS, RATCLIFF y LOVEL.

HASTINGS ¡Ay de Inglaterra! De mí no me conduelo; porque yo, iluso, pude haber previsto esto. Soñó Stanley que el jabalí destruía su yelmo; y yo me burlé de ello y desdeñé la huída.

Hoy tropezó tres veces mi caballo con su gualdrapa, y encabritose cuando vio la Torre, como evitando traerme al matadero.

Ay, necesito ahora al sacerdote que me hablaba, y me arrepiento de haber anunciado al persevante, con voz de triunfo, que mis enemigos

hoy en Pomfret serían sacrificados mientras yo gozaba de favor y gracia. ¡Oh, Margarita, tu maldición abrumadora desciende ahora sobre mi triste frente!

RATCLIFF Vamos, concluid. Desea comer el duque.

Confesaos pronto, le urge ver vuestra cabeza.

HASTINGS ¡Oh, efímero favor de los mortales que más ansiamos que el favor divino! Quien finca esperanzas en el aire

de tus halagos, vive cual marino

ebrio sobre el mástil. A cada cabeceada puede caer en la fatal entraña del abismo.

LOVEL Vamos, aprisa. Es inútil lamentarse.

HASTINGS ¡Feroz Ricardo! ¡Mísera Inglaterra! Te pronostico una edad más espantosa que la que nunca se haya contemplado.

Vamos al tajo; mi cabeza urge que le envíen:

muy pronto habrán de morir los que ahora ríen.

Salen.

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ESCENA V

Londres. Los muros de la Torre.

Entran GLOUCESTER y BUCKINGHAM con armaduras mohosas y aspecto repulsivo.

GLOUCESTER ¿Podéis palidecer y estremeceros, perder el resuello en la mitad de una palabra, y comenzar de nuevo y de nuevo deteneros, cual si estuvierais preso de delirio y miedo?

BUCKINGHAM ¡Bah! Puedo imitar al más perfecto trágico, hablar, voltear atrás y ver en torno mío, sobresaltarme porque una paja tiembla, aparentando profundísimas sospechas.

Manejo la sonrisa y la mirada torva,

y ambas tengo a la mano, a cualquier hora, en apoyo de mis estratagemas. ¡Pero cómo! ¿Se ha ido Catesby?

GLOUCESTER Así es, pero con el alcalde vuelve.

Entran el ALCALDE y Catesby.

BUCKINGHAM ¡Señor alcalde!

GLOUCESTER ¡Guardad el puente levadizo!

BUCKINGHAM Se oye un tambor.

GLOUCESTER Vigila las murallas, Catesby.

BUCKINGHAM Señor alcalde, la causa de mandaros

GLOUCESTER ¡Cuidado, en guardia! ¡Hay enemigos!

BUCKINGHAM ¡Dios y nuestra inocencia nos protejan!

Entran LOVEL y Ratcliff con la cabeza de Hastings.

GLOUCESTER No tengáis miedo, amigos, son Ratcliff y Lovel.

LOVEL Aquí está la cabeza de ese vil traidor, el taimado y peligroso Hastings.

GLOUCESTER Lo quise tanto, que llorarlo es fuerza. Lo tenía por el ser más franco e inofensivo de todos los cristianos de este mundo.

Hice de él un libro en que escribía mi alma la historia de mis pensamientos más ocultos:

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con barniz de virtud cubría tan bien su secreta maldad, que excepción hecha de su flagrante vicio,

es decir, su relación con la mujer de Shore, vivía del todo libre de sospechas.

BUCKINGHAM Sí, sí; pero era el traidor más solapado que haya existido nunca.

¿Podríais figuraros o creer,

si no fuera que por milagro verdadero

vivimos aún para contarlo, que el traidor astuto había planeado asesinarnos hoy

en el consejo a mí y al noble Gloucester?

ALCALDE ¿De veras?

GLOUCESTER ¡Pero qué! ¿Pensáis que somos turcos o paganos? ¿O que contra toda justicia y sin derecho Habríamos procedido tan deprisa

en la muerte del villano,

si no fuera porque el peligro extremo de este caso, la paz del reino y nuestras propias vidas, nos forzaron a la ejecución?

ALCALDE ¡Pues Dios os valga! La muerte merecía; y vuestras mercedes obraron rectamente para escarmiento de otros atentados.

Desde que se acomodó con la mujer de Shore, juzgué que nada bueno prometía.

BUCKINGHAM Con todo, no queríamos que muriera no estando presente vuestra señoría;

pero la afectuosa prisa de nuestros amigos a pesar nuestro vino a anticiparse:

porque, milord, nos hubiera gustado que escucharais hablar al traidor confesar tembloroso el designio y modo de su traición;

para que así pudierais decírselo a los ciudadanos, que acaso malinterpreten lo que hicimos y lamenten su muerte.

ALCALDE Pero mi buen señor, vuestra palabra servirá igual que si yo lo hubiera visto;

y os aseguro, príncipes excelsos,

que yo pondré al tanto a la ciudadanía

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de vuestro justo proceder en esta causa.

GLOUCESTER Para ello requerimos aquí vuestra presencia; para evitar las censuras del malicioso mundo.

BUCKINGHAM Mas pues habéis llegado tarde para eso, sed testigo de lo que intentábamos;

y así quedad con Dios, señor alcalde.

Sale el ALCALDE.

GLOUCESTER Rápido, seguidlo, primo Buckingham,

al ayuntamiento se dirige a toda prisa:

ahí, cuando lo juzguéis más oportuno,

decid que los hijos de Eduardo son bastardos; y que este mandó matar a un ciudadano, tan solo por decir que haría a su hijo

heredero de la corona; con lo que se refería a su tienda, que por este signo era conocida. Más aún, insistid en su lujuria odiosa

y bestial apetito,

que se extendía a sirvientas, hijas o mujeres, cualquiera que a su ojo lascivo y corazón salvaje, se le antojaba convertir en presa fácil.

Y si aprieta el caso, podréis tocar a mi persona: decidles que cuando mi madre quedó encinta del insaciable Eduardo, el noble York,

mi augusto padre, hacía la guerra en Francia; y que al hacer la cuenta de los meses, halló que no era suyo aquel engendro; lo cual bien se veía por las facciones,

que en nada se asemejaban a mi padre.

Pero tocad esto solo por encima,

porque como sabéis, milord, vive mi madre.

BUCKINGHAM No dudéis, señor, seré tan elocuente

cual si la dorada prenda que reclamo

para mí fuera; y hasta pronto.

GLOUCESTER Si todo sale bien, venid a Baynard, donde me hallaréis acompañado

de reverendos padres y de obispos sabios.

BUCKINGHAM Ya voy; y hacia las tres o cuatro buscad noticias del ayuntamiento.

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Sale.

GLOUCESTER Lovel, busca al punto al doctor Shaw.

(A CATESBY.) Tú al monje Penker;

dad órdenes a ambos

de que en el castillo de Baynard dentro de una hora vengan a buscarme.

Salen LOVEL y CATESBY.

Ahora iré a dar órdenes secretas

para quitar de en medio a los chicos de Clarence; y para prohibir que por ningún motivo con los príncipes se comunique nadie.

ESCENA VI

Londres. Una calle. Entra un ESCRIBANO.

ESCRIBANO He aquí el proceso del bueno de lord Hastings copiado en limpio con muy buena letra

que debe ser leído hoy en San Pablo.

Y fijaos qué bien urdida se halla la secuela. Once horas largas me llevó escribirlo, porque hasta anoche no me lo trajo Catesby. El borrador exigió de mí otras tantas,

y con todo, cinco horas ha Hastings aun vivía, libre de acusaciones o procesos, tranquilo y a sus anchas.

¡Bonito mundo es este! ¿Quién es tan ciego que no perciba tan palpable engaño? ¿Y quién tan osado que diga que lo ve?

Mal anda el mundo, y todo va a la ruina

cuando tal proceder pasa por alto.

ESCENA VII

Londres. El patio del castillo de Baynard.

Entran por diferentes lados GLOUCESTER y BUCKINGHAM.

GLOUCESTER Muy bien; ¿qué dicen los señores ciudadanos?

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BUCKINGHAM Pues por la Santa Madre de Dios, los ciudadanos están mudos, ni palabra dicen.

GLOUCESTER ¿Mencionasteis la bastardía de los hijos de Eduardo?

BUCKINGHAM Sí, y su compromiso con lady Lucy, y su contrato por poder en Francia.

La insaciable avidez de sus deseos,

y su violación de las mujeres de esta villa; su tiranía por bagatelas increíbles;

su propia bastardía, siendo engendrado

cuando estaba vuestro padre en Francia,

y su falta de parecido con el duque.

Inferí en cambio que vuestras facciones

semejábanse en todo a vuestro padre,

tanto en la forma como en la nobleza

de ánimo de que se hallan inspiradas;

traje a cuento vuestras victorias en Escocia,

vuestra disciplina tratándose de guerra,

vuestra prudencia en época de paz,

vuestra largueza, virtud y mansedumbre…

En suma, nada omití ni traté con ligereza

que a vuestros propósitos fuera provechoso;

y cuando mi discurso se acercaba al fin,

les pedí a los que amaran a su patria

que gritaran: «¡Dios salve a Ricardo, de Inglaterra rey!».

GLOUCESTER ¿E hiciéronlo?

BUCKINGHAM No, Dios me valga, no chistaron, y como mudas estatuas o vivientes rocas, se miraban unos a otros y poníanse pálidos. Visto lo cual, los reprendí,

y pregunté al alcalde qué significaba

tan tenaz silencio.

Me contestó que la gente no estaba acostumbrada a que le hablase nadie, excepto el secretario. Entonces le urgí que repitiera mi discurso. «Tal dice el duque y tal afirma», dijo,

pero nada habló por propia cuenta.

Cuando acabó, algunos de los míos,

que estaban al fondo del recinto,

lanzaron sus gorras al aire,

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y unas diez voces exclamaron: «¡Viva el rey Ricardo!».

Yo, valiéndome de aquellos pocos, dije:

«Mil gracias, buenos y queridos ciudadanos:

este fuerte aplauso y estos vivas

demuestran vuestro buen juicio y afecto por Ricardo».

Y en este punto lo dejé y me vine.

GLOUCESTER ¡Qué mudos bloques! ¿Qué, no hablaron?

¿Y no vendrá el alcalde y sus cofrades?

BUCKINGHAM No tardará en llegar. Fingid recelo; dejaos ver solo tras ruegos insistentes, sosteniendo un libro de rezos en la mano y con un clérigo a cada lado, señor,

que me dé pie a piadosas reflexiones.

Y no cedáis fácilmente a nuestra instancia.

Jugad a la doncella, que dice no, para alargar la mano.

GLOUCESTER Hecho; y si vos alegáis tan hábilmente, como yo pienso fingir mi negativa,

sin duda alguna tendremos buen suceso.

BUCKINGHAM Subid el terraplén. Llama el alcalde.

Sale GLOUCESTER.

Entran el ALCALDE, regidores y ciudadanos.

Bienvenido, milord; aquí estoy en espera; creo que el duque no quiere ver a nadie.

Sale del castillo CATESBY.

¡Hola, Catesby! ¿Qué contesta a mi demanda el duque?

CATESBY Noble señor, le ruega a vuestra gracia volváis a verlo mañana o al día siguiente. Con dos reverendos padres se ha encerrado para entregarse a la meditación divina,

y ningún asunto mundano lo persuade

de apartarse de sus piadosos ejercicios.

BUCKINGHAM Volved, buen Catesby, con el noble duque y decidle que yo, el alcalde y regidores,

para graves asuntos de importancia

con el bien general relacionados,

querríamos entrevistarnos con su alteza.

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CATESBY Voy a informarle de inmediato.

Sale.

BUCKINGHAM Ah, milord, ¡no es un Eduardo nuestro príncipe!

No está tendido en un lascivo lecho,

sino postrado de hinojos meditando;

no retoza con un par de cortesanas,

sino medita con dos profundos teólogos.

No está dormido engordando un cuerpo ocioso; reza y vigila para enriquecer el alma.

Feliz fuera Inglaterra si tan virtuoso príncipe tomara sobre su alteza el gobernarla.

Mas mucho me temo que no lo convenzamos.

ALCALDE Ni Dios quiera que su alteza nos rechace.

BUCKINGHAM Me temo que lo haga. Ya viene Catesby.

Entra CATESBY.

Vamos, Catesby, ¿qué responde su gracia?

CATESBY Se pregunta a qué fin habéis reunido tanta gente para venir a verlo

sin haberle dado a su alteza previo aviso.

Teme, milord, que en contra suya, abriguéis malos deseos.

BUCKINGHAM Lamento que mi noble primo crea que soy capaz de inferirle mal alguno; juro nos mueve el más sincero afecto;

y por lo tanto volved para enterarlo de eso.

Sale CATESBY.

Cuando los hombres santos y devotos

se entregan a sus rezos, da trabajo sacarlos de ellos.

¡Es tan dulce la meditación ferviente!

Aparece GLOUCESTER en la galería superior en medio de dos obispos. Regresa CATESBY.

ALCALDE ¡Ved a su gracia en medio de dos clérigos!

BUCKINGHAM Dos columnas de virtud que a tan cristiano príncipe le impidan caer en vanidades;

y ved el libro de oraciones en su mano, cabal adorno que muestra al hombre santo. Ilustre príncipe, Plantagenet excelso,

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a nuestras súplicas aplica tus oídos,

y perdónanos el haber interrumpido

tu devoción y tu cristiano celo.

GLOUCESTER No hacen falta, señor, esas disculpas; ruego a vuestra gracia me perdone,

que estando absorto de Dios en el servicio, pospusiera atender a mis amigos.

Pero dejemos eso. ¿En qué puedo serviros?

BUCKINGHAM En eso mismo que más agrada al cielo y al hombre honrado en esta isla ingobernable.

GLOUCESTER Temo que ignorante he cometido algún error que delante de la ciudad me ha deslucido,

y habéis venido a corregirme de ello.

BUCKINGHAM Así es, milord: y ojalá que a nuestros ruegos vuestra alteza se digne corregir su falta.

GLOUCESTER Para eso en tierra de cristianos vivo.

BUCKINGHAM Sabed entonces ser esta vuestra falta: el entregar la sede augusta, el trono regio, el áureo cetro de vuestros antepasados,

lo que el destino y vuestra cuna otorgan,

la gloria hereditaria de vuestra casa real,

a un vástago corrupto y deshonrado;

mientras adormecido en vuestros muelles pensamientos, (que por bien de la patria os ahuyentamos)

esta noble isla se ve privada de sus miembros, desfigurado el rostro con infames cicatrices, su real estirpe injerta en viles plantas,

y casi hundida en el profundo abismo de la incuria y del más completo olvido. Para remediar esto, de corazón solicitamos que vuestra alteza en persona asuma el cargo y el real gobierno de esta nuestra patria; no como protector, regente o sustituto,

o agente subalterno para provecho de otro; sino por línea de sucesión y consanguínea, por derecho de nacimiento a un reino que de verdad os pertenece.

Para ello, de acuerdo con los ciudadanos,

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vuestros respetables y muy caros amigos, y a instigación vehemente de ellos,

de tan justa causa vengo a convenceros.

GLOUCESTER No sé qué cuadre mejor a mi linaje

o a vuestra condición: si retirarme en silencio o haceros un reproche acerbo: podríais acaso pensar, si no contesto,

que al no responder, la ambición me ata la lengua y consiente en asumir el áureo yugo de la soberanía que queréis imponerme bondadosos; mas por otro lado, si os reprendo

por vuestra solicitud, inspirada en el afecto sincero que me profesáis, ofendo a mis amigos. Por tanto, para evitar hablando lo primero,

y luego, para en hablando, no incurrir en lo segundo, definitivamente así os contesto:

las gracias os doy por vuestro afecto,

mas declino vuestra petición por mis escasos méritos.

Lo primero, si se suprimieran los obstáculos,

y se allanara el camino a la corona

por derecho de sucesión y nacimiento,

es tan grande la pobreza de mi espíritu,

y tan graves y numerosos mis defectos,

que preferiría huir de mi grandeza,

débil barca para cruzar el mar bravío,

que codiciar verme envuelto en esplendores y asfixiado por los vapores de la gloria. Pero gracias a Dios, no os hago falta; si así fuera, poco puedo socorreros;

el árbol regio nos ha dejado regio fruto:

cuando el tiempo que vuela lo sazone,

será digno de ocupar el trono regio

y felices nos hará con su gobierno.

Le cedo aquello que queréis brindarme, derecho y suerte de su estrella venturosa, que Dios no me permita arrebatarle.

BUCKINGHAM Milord, recta conciencia muestra vuestra gracia, pero si el caso bien se considera,

vuestros escrúpulos son vanos y triviales. De vuestro hermano, decís, Eduardo es hijo,

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y eso es verdad, pero no es hijo de su esposa; pues primero se comprometió con lady Lucy, vuestra madre vive para atestiguarlo, y después por poder quedó ligado

con Bona, hermana que fue del rey de Francia.

Desdeñadas estas, una infeliz solicitante,

de numerosos hijos afligida madre,

beldad marchita y viuda desolada,

ya en el ocaso de sus días mejores,

hizo presa y botín de sus lascivos ojos,

seduciendo el nivel y altura de su rango

a la bajeza vil de la bigamia.

De ella engendró en tálamo ilegítimo

este Eduardo que llamamos príncipe por mera cortesía.

Más acremente expondría mis argumentos,

mas por respeto a algunos personajes,

que todavía están vivos,

impongo a mi lengua límites piadosos.

Por tanto, vuestra persona real acepte,

buen señor, el provecho de este cargo;

si por nosotros no, ni por la patria,

al menos para librar a vuestra estirpe

de la corrrupción y abuso de estos tiempos y volverla al curso de su recta senda.

ALCALDE Hacedlo, los ciudadanos os lo ruegan.

BUCKINGHAM No rechacéis, señor, el afecto que os ofrecen.

CATESBY ¡Oh! Hacedlos dichosos otorgando lo que piden.

GLOUCESTER ¡Ay! ¿Por qué queréis imponerme estos cuidados?

No soy apto para la majestad ni los honores:

no lo toméis a mal, os lo suplico,

si no puedo ni quiero consentir.

BUCKINGHAM Si os rehusáis, si al cariño y celo

repugnan deponer al niño, vástago de vuestro hermano, pues bien sabemos lo blando de vuestro corazón,

y el suave, bondadoso y mujeril respeto que hemos notado tenéis a vuestros deudos, y en verdad a toda clase de personas,

ya sea que aceptéis o no la oferta que os hacemos, el hijo de vuestro hermano nunca será rey;

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sino que colocaremos en el trono a otro,

para ruina y baldón de vuestra casa.

Y con esta resolución nos retiramos.

Ciudadanos, basta ya de insistir.

Sale BUCKINGHAM con los ciudadanos.

CATESBY Buen príncipe, llamadlos nuevamente; aceptad su petición.

Si la rehusáis, la patria entera habrá de lamentarlo.

GLOUCESTER ¿Queréis forzarme a un mundo de cuidados? Llamadlos nuevamente; no estoy hecho de piedra, sino sensible a vuestros amables ruegos.

Sale CATESBY.

Aunque sea contra mi alma y mi conciencia.

Regresa BUCKINGHAM con los demás.

Primo Buckingham y sabios concejales, pues que queréis que lleve en las espaldas, quiéralo o no, este peso de grandeza, paciente debo de llevar la carga.

Mas si el escándalo o el reproche airado son consecuencia de vuestra imposición, vuestro tenaz empeño deberá absolverme de la censura y mancha que se sigan de ello; pues Dios lo sabe, y vosotros sois testigos, que lejos estoy de ambicionar yo esto.

ALCALDE ¡Dios os bendiga! Es verdad, y lo diremos.

GLOUCESTER Pues al decirlo no diréis sino lo cierto.

BUCKINGHAM Y yo os saludo con este regio nombre:

¡Viva Ricardo, de Inglaterra rey auténtico!

TODOS Amen.

BUCKINGHAM ¿Os placería ser mañana coronado?

GLOUCESTER Puesto que así lo queréis, cuando os convenga.

BUCKINGHAM Mañana pues vendremos a buscaros, y con gran regocijo nos marchamos.

GLOUCESTER (A los clérigos.)

Volvamos a nuestros piadosos ejercicios.

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Adiós, primo; hasta la vista, amigos.

Salen.

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CUARTO ACTO

ESCENA I

Londres. Ante la Torre. Entran, por un lado, la REINA ISABEL, la DUQUESA de York y el marqués de DORSET, por el otro, lady ANA, duquesa de Gloucester, conduciendo a la hija de Clarence.

DUQUESA

¿Quién nos sale al encuentro? ¿Mi nieta Margarita de la mano de su amable tía de Gloucester? Por vida mía, se dirigen a la Torre

por puro afecto a saludar a los dos príncipes.

¡Hija, qué gusto me da verte!

ANA ¡Que Dios os conceda venturosos días!

REINA ISABEL Lo mismo que a ti, hermana. ¿Adónde vas?

ANA Nada más a la Torre, y adivino

que me trae el mismo anhelo que a vosotras:

saludar en ella a los dos príncipes.

REINA ISABEL Gracias, hermana: juntas entraremos.

Entra BRAKENBURY.

Y a muy buen tiempo llega aquí el alcalde.

Señor alcalde, por favor decidme,

¿cómo está el príncipe y el joven York mi hijo?

BRAKENBURY Muy bien, señora. Pero perdonadme que no pueda permitiros visitarlos.

El rey ha prohibido estrictamente hacerlo.

REINA ISABEL

BRAKENBURY

¡El rey! ¿De quién se trata?

Me refiero al lord protector.

REINA ISABEL ¡Dios lo proteja de ese regio título!

¿Alza barreras entre mis hijos y yo?

Soy su madre; ¿quién puede separarme?

DUQUESA Yo soy su abuela y he de visitarlos.

ANA Yo soy su tía y los quiero como madre: dejadme verlos; yo respondo de la falla y la responsabilidad asumo con el riesgo.

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BRAKENBURY No, señora, no puedo permitirlo:

lo he jurado y por tanto disculpadme.

Sale. Entra STANLEY.

STANLEY Señoras, si os hallo dentro de una hora, saludaré a la duquesa de York

como la madre augusta de dos hermosas reinas.

(A ANA.) Venid, señora,

es preciso que vayáis al punto a la abadía,

donde seréis coronada como la regia esposa de Ricardo.

REINA ISABEL ¡Ay, cortad el lazo de mi corpiño que me ahoga! Que mi corazón oprimido dentro de mi pecho pueda latir, pues desfallezco con tan fatal noticia.

ANA ¡Noticia adversa! ¡Malhadadas nuevas!

DORSET Reanimaos, madre: ¿cómo se siente vuestra alteza?

REINA ISABEL ¡Ay, Dorset! No intentes consolarme: huye; muerte y ruina te pisan los talones.

El nombre de tu madre es mal augurio;

cruza el mar y escapa de la muerte,

únete a Richmond y del infierno líbrate;

aléjate pronto de este matadero

para que no aumentes el número de muertos, y sucumba yo a la maldición de Margarita, ni madre, ni esposa, ni reina de Inglaterra.

STANLEY Vuestro consejo está lleno de prudencia.

(A DORSET.) Procura ganar el mayor tiempo posible; tendrás cartas de mí para mi hijo

para que venga a encontrarte en el camino; la imprudente demora no se te eche encima.

DUQUESA ¡Oh, viento aciago que el dolor esparces!

¡Vientre mío fatal, nido de muerte!

¡Al mundo has dado a luz un basilisco

cuya vista tenaz nos asesina!

STANLEY Venid, señora; se me ordenó que regresara.

ANA Y contra toda mi voluntad debo seguiros. Ay, Dios quisiera que el apretado círculo de dorado metal que ciña mi cabeza

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fuera candente acero que me abrasara el cráneo.

Ojalá fuera ungida con mortal veneno

y muriera antes de oír: ¡Viva la reina!

REINA ISABEL Ve, desdichada, no envidio tu grandeza.

No te desees ningún mal por complacerme.

ANA ¿Por qué no? Cuando aquel que es hoy mi esposo se me acercó mientras seguía el cuerpo de Enrique, tintas aún sus manos con la sangre,

que brotó del ángel que mi esposo fuera,

y del santo cuyo cadáver yo seguía llorando; ¡oh!, cuando digo, vi el rostro de Ricardo, fue este mi deseo: ¡seas, le dije, maldito, por condenarme tan joven a viudez tan larga! Y cuando te cases, el dolor ronde tu lecho y que tu esposa (si existe tal demente)

sea más infeliz a causa de tu vida

que lo que tú me has hecho por la muerte de mi esposo.

¡Mas ay! Ni repetir mis maldiciones pude,

en breve tiempo, mujer al fin,

mi necio corazón quedó cautivo de sus dulces frases, y a mi propia maldición quedé sujeta: ni ya mis ojos probaron el descanso,

ni una hora en su lecho desde entonces

gocé del sueño el plácido rocío,

pues sus espantables pesadillas de continuo venían a despertarme. Además, me odia por mi padre Warwick, y sin duda pronto de mí querrá librarse.

REINA ISABEL Adiós, pobre criatura. Me das pena.

ANA No menos gime mi alma por vosotras.

REINA ISABEL ¡Adiós, triste destinataria de grandeza!

ANA ¡Adiós, infeliz, que te despides de ella!

DUQUESA (A DORSET.) ¡Vete con Richmond y la suerte te acompañe!

(A ANA.) ¡Ve con Ricardo y los ángeles te asistan!

(A la REINA ISABEL.) ¡Vete al santuario y busca ahí el consuelo!

¡Yo en la tumba hallaré paz y reposo!

Ochenta años de dolor llevo vividos

y cada hora de gozo ha naufragado

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en una larga semana de gemidos.

REINA ISABEL Esperad, volved los ojos a la Torre: ¡compadeceos, vetustas piedras de mis niños que la envidia ha encerrado en vuestros muros, dura cuna para esos pequeñuelos!

Aya ruda y salvaje; vieja y adusta compañera de juegos para tan tiernos príncipes.

¡Oh, piedras toscas, tratadlos con dulzura, os ruega delirante mi amargura!

Salen.

ESCENA II

Londres. La sala del trono en palacio. Marcha.

Entra Gloucester ahora REY RICARDO, coronado con toda pompa.

BUCKINGHAM, CATESBY, un PAJE y otros.

REY RICARDO Dejad libre el paso. ¡Primo Buckingham!

BUCKINGHAM ¡Gracioso soberano!

REY RICARDO Dadme la mano.

Asciende al trono.

Así de alto con vuestro consejo

y ayuda, está sentado el rey Ricardo:

mas ¿será esta gloria flor de un día

o durará para regocijarnos?

BUCKINGHAM ¡Que se afiance y que dure para siempre!

REY RICARDO ¡Ah, Buckingham! Hoy seré piedra de toque

para saber si sois oro en verdad de buena ley.

El príncipe Eduardo vive: figuraos lo que esto significa.

BUCKINGHAM

REY RICARDO

BUCKINGHAM

REY RICARDO

BUCKINGHAM

Proseguid, querido soberano.

Pues digo, Buckingham, que yo quiero reinar.

Pues ya sois rey, ilustrísimo señor.

¡Ah! ¿Conque rey? Así es: mas vive Eduardo.

Cierto, noble señor.

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REY RICARDO Oh, amarga consecuencia,

que Eduardo viva aún. «¡Cierto, noble señor!»

Primo, no solíais ser tan moroso:

¿hablaré más claro? Deseo que mueran los bastardos; y quiero que se ejecute de inmediato.

¿Qué decís ahora? Sed breve y respondedme.

BUCKINGHAM Vuestra alteza puede hacer lo que le plazca.

REY RICARDO ¡Bah! Sois todo hielo; vuestro afecto se congela.

Decidme: ¿estáis de acuerdo en que perezcan?

BUCKINGHAM Concededme, señor, algún respiro, una pausa antes de decidir en esto. Resolveré, señor, en un instante.

Sale.

CATESBY (Aparte a otro caballero.) El rey se enoja:

mirad, se muerde el labio.

REY RICARDO (Descendiendo del trono.)

Debo tratar con caracteres férreos

y jóvenes que no hagan distinciones.

No me placen los que me escudriñan con los ojos. El ambicioso Buckingham se vuelve circunspecto. ¡Muchacho!

PAJE ¿Sí, señor?

REY RICARDO ¿No conoces a alguno a quien el oro que corrompe tiente a cometer en secreto un homicidio?

PAJE Conozco a un caballero descontento

cuyos humildes medios su ambición no satisfacen; más que veinte oradores, el oro lo convence y no dudo que lo empuje a cualquier cosa.

REY RICARDO ¿Cuál es su nombre?

PAJE Su nombre, majestad, es Tyrrel.

REY RICARDO A medias lo conozco; ve a llamarlo.

El astuto y caviloso Buckingham

en adelante ya no será mi confidente. ¿Tanto tiempo anduvo conmigo sin cansarse y hoy se detiene para tomar aliento?

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Bueno, ¡pues que sea!

Entra STANLEY.

¡Qué tal, lord Stanley! ¿Qué noticias?

STANLEY Sabed, mi querido señor, que se rumora que el marqués de Dorset se ha escapado

para unirse a Richmond en donde él se encuentra.

REY RICARDO Ven, Catesby: esparce el rumor por todas partes de que Ana, mi esposa, está muy grave;

daré instrucciones de que esté encerrada.

Búscame pronto algún hidalgo pobre

con quien casar aprisa a la hija de Clarence. El chico es bastante tonto y no le temo. ¡Cuidado con dormirte! Repito,

di que Ana está enferma y a punto de morir.

Pronto; porque me importa mucho

atajar todas aquellas esperanzas

que puedan al crecer causarme daño.

Sale CATESBY.

Tengo que unirme a la hija de mi hermano o se finca mi reino en vidrio frágil.

¡Dar muerte a sus hermanos y luego desposarla!

No es fácil; pero en vida tan sangrienta

un crimen de otro crimen se alimenta.

No hay lágrimas piadosas en mis ojos.

Regresa el PAJE con TYRREL.

¿Te llamas Tyrrel?

TYRREL Jacobo Tyrrel, vuestro humilde súbdito.

REY RICARDO ¿De veras?

TYRREL Ponedme a prueba, majestad.

REY RICARDO ¿Te atreverías a matar a uno que es mi amigo?

TYRREL Sí, por cierto; pero ojalá dos enemigos fueran.

REY RICARDO Pues ya los tienes: dos mortales enemigos, que perturban mi sueño y mi reposo,

son los que encomiendo a tu cuidado.

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Tyrrel, me refiero a los bastardos en la Torre.

TYRREL Dejadme tener acceso a ellos

y pronto os libraré de ese temor.

REY RICARDO Tu voz es dulce música. Ven, Tyrrel, toma esta prenda; levántate y escúchame.

Le habla en secreto.

Esto es todo. Dime que está hecho,

y gozarás de mi afecto y preferencia.

TYRREL Corro a cumplir vuestro encargo de inmediato.

Sale.

Regresa BUCKINGHAM.

BUCKINGHAM Señor, he estado meditando la cuestión en que queríais probarme.

REY RICARDO Ah, sí. No se hable de eso.

Dorset quiere unirse con Richmond.

BUCKINGHAM

REY RICARDO

He oído la noticia, señor.

Stanley, es hijo de tu esposa: ten cuidado.

BUCKINGHAM Señor: reclamo la promesa que me hicisteis, y empeñasteis en ello vuestra honra:

el condado de Hereford junto con los muebles que dijisteis habría yo de poseer.

REY RICARDO Stanley, vigila a tu mujer; si ella llevare

cartas a Richmond, darás cuenta de ello.

BUCKINGHAM ¿Qué responde su alteza a mi justa demanda?

REY RICARDO Ahora me acuerdo de que Enrique VI profetizó que Richmond sería rey, cuando Richmond era solo un rapazuelo. ¿Rey? Puede ser…

BUCKINGHAM ¡Milord!

REY RICARDO ¿Y cómo fue que estando yo presente, el profeta no me haya dicho entonces

que habría yo de aniquilar a Richmond?

BUCKINGHAM Milord, vuestra promesa del condado.

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REY RICARDO ¡Richmond…! La última vez que estuve en Exeter por cortesía el alcalde me enseñó el castillo;

y lo llamó Rougemont:[17] a cuyo nombre me sobresalté.

Porque un bardo de Irlanda me predijo

que no viviría mucho después de ver a Richmond.

BUCKINGHAM

REY RICARDO

¡Milord!

Bien, ¿qué horas son?

BUCKINGHAM Me atrevo a recordar a vuestra gracia la promesa que me hizo.

REY RICARDO

BUCKINGHAM

REY RICARDO

BUCKINGHAM

Pero ¿qué horas son?

Van a dar las diez.

Pues que las den.

¿Por qué que las den?

REY RICARDO Porque como badajo estás sonando entre tu demanda y mis cavilaciones. Hoy no estoy de humor para regalos.

BUCKINGHAM Pues resolvedme entonces si lo haréis o no.

REY RICARDO Me perturbas; no estoy ahora de humor.

Sale el REY RICARDO

con su séquito.

BUCKINGHAM ¿Pero es posible? ¿Con tal desprecio paga mis servicios? ¿Para esto lo hice rey?

Ay, pensemos en Hastings y huyamos con presteza mientras aún tengo sobre los hombros la cabeza.

Sale.

ESCENA III

Entra TYRREL.

TYRREL Consumose el hecho cruel y sanguinario; la matanza más atroz y abominable

que esta tierra jamás haya manchado.

Dighton y Forrest, a quienes soborné

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para este acto de feroz carnicería,

aunque empedernidos asesinos,

mastines sanguinarios,

tocados de piedad y de blandura,

lloraban como dos chicos al narrar la triste historia de la muerte que habían ejecutado.

«Ay», dijo Dighton, «yacían así dormidos los dos niños».

«Entrelazados mutuamente», dijo Forrest,

«en sus alabastrinos e inocentes brazos.

Cuatro rosas en botón eran sus labios,

prendidas juntas en el mismo tallo,

que en el esplendor del verano se besaban. Sobre su almohada un libro de oraciones casi hizo que me arrepintiera», dijo Forrest, «pero el demonio…».

Y se calló el villano.

Y Dighton agregó: «Estrangulamos

la más perfecta obra que haya fabricado

natura, desde que existe el universo».

Y se marcharon ambos, abrumada la conciencia por los remordimientos;

no podían hablar. Yo los dejé y vine

a traer la noticia al sanguinario rey

que ya se acerca.

Entra el REY RICARDO.

REY RICARDO Buen Tyrrel, ¿me harán feliz tus nuevas?

TYRREL Si os alegra que se haya realizado

lo que me encargasteis, alegraos,

porque se han cumplido vuestras órdenes.

REY RICARDO ¿Pero los viste muertos?

TYRREL Sí, señor.

REY RICARDO ¿Y enterrados, buen Tyrrel?

TYRREL El capellán de la Torre les ha dado sepultura, pero no sé cómo ni en qué parte.

REY RICARDO Después de cenar ven a buscarme: me contarás los detalles de su muerte. Entretanto piensa en qué podré ayudarte

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y dar cumplimiento a tus deseos.

Hasta la vista entonces.

TYRREL Con vuestra licencia me despido.

Sale.

REY RICARDO Al hijo de Clarence lo tengo bien guardado, a la hija la he casado pobremente;

en el seno de Abraham duermen los príncipes, y Ana, mi esposa, del mundo se despide. Mas como sé que el bretón Richmond anhela casarse con Isabel, la hija de Eduardo, y mediante esa unión subir al trono,

a ella voy, como galán festivo,

y habré de prosperar y conquistarla.

Entra CATESBY.

CATESBY ¡ Milord!

REY RICARDO ¿Buenas o malas noticias

para atreverte a entrar tan bruscamente?

CATESBY Malas, milord: Morton se ha unido a Richmond; y Buckingham, respaldado por intrépidos galeses, está en el campo y su fuerza aumenta de continuo.

REY RICARDO Ely con Richmond me preocupa más que Buckingham y sus improvisadas fuerzas. Ven; he aprendido que el comentario temeroso es siervo de plomo de la morosidad;

la dilación acarrea la miseria atortugada e impotente. Por tanto, ¡que la celeridad me preste alas, Mercurio de Jove y heraldo de los reyes! Mi consejo es mi escudo; reunid gente;

contra traidores fieros acudo diligente.

ESCENA IV

Londres. Ante el palacio.

Entra la REINA MARGARITA.

REINA MARGARITA Al fin la prosperidad cayó madura en las fauces podridas de la muerte.

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Por estos sitios astuta me he escondido

acechando la ruina de mis enemigos.

De un siniestro principio soy testigo

y me iré a Francia esperando el desenlace sea igual de amargo, de negro, y de funesto. ¡Aléjate, desdichada Margarita! ¿Pero quién viene?

Entran la REINA ISABEL y la DUQUESA de York.

REINA ISABEL ¡Ay, mis pobres príncipes, tiernas criaturitas, capullos en flor, gérmenes amados!

Si aún en el aire flotan vuestras almas,

antes de fijarse en su destino eterno,

agitad en torno mío vuestras etéreas alas

y oíd los ayes que exhala vuestra madre.

REINA MARGARITA Venid, decidle que una ley sagrada

en noche oscura trocó vuestra alborada.

DUQUESA Tanto mi voz quebraron las desgracias, que cansada de lamentarse ya mi lengua, está callada y muda; me pregunto

¿por qué Eduardo Plantagenet ha muerto?

REINA MARGARITA ¡Eduardo por Eduardo justa suerte!

Quedó pagada así deuda de muerte.

REINA ISABEL ¿Por qué abandonaste, oh Dios, a mis corderos y los echaste a las entrañas de ese lobo?

¿No viste acaso la suerte que corrían?

REINA MARGARITA Cuando a Enrique y a mi hijo los herían.

DUQUESA Vivo cadáver, vista que no miras, pobre fantasma muerto que deambulas, espectáculo de dolor, del mundo oprobio, existencia que robas el tributo a la tumba, compendio y relación de días aciagos, descansa tu penar en las entrañas leales

(sentándose) de esta Inglaterra que tan injustamente han embriagado con sangre de inocentes.

REINA ISABEL ¡Ay!, que pudieras depararme algún sepulcro igual que me cedes asiento miserable;

sin reposar, aquí mis huesos escondiera. ¿Quién más que yo de gemir tiene motivo?

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Se sienta junto a la DUQUESA.

REINA MARGARITA Si la antigüedad vuelve el dolor más respetable, dadle al mío la ventaja de los años,

dadle a mis penas ceñuda primacía,

si en el dolor podemos asociarnos.

Se sienta junto a ellas.

Viendo mis males, recordad los vuestros: tuve un Eduardo, lo mató Ricardo; tuve un Enrique lo mató Ricardo. Y tú, un Eduardo, lo mató Ricardo;

y tú, un Ricardo lo mató Ricardo.

DUQUESA Yo un Ricardo también que tú mataste, y un Rutland que a matármelo ayudaste.

REINA MARGARITA Tuviste un Clarence que mató Ricardo.

Di, de la madriguera de tu vientre, salió la fiera infernal que nos persigue: ese perro que tiene dientes en los ojos, para matar ovejas y lamer su mansa sangre, el que destruye las obras del Eterno, ese tirano espantoso de la tierra,

Que reina en ojos que lacera el llanto;

ese perro salió de tus entrañas

y nos persigue hasta la sepultura.

¡Oh, Dios justo, imparcial y providente,

cuánto te agradezco que esta fiera

se ensañe en la progenie de su madre,

y la haga sentarse a llorar ajeno llanto!

DUQUESA Mujer de Enrique, no te alegres de mis males; Dios es testigo de que yo lloré los tuyos.

REINA MARGARITA Soportadme; tengo hambre de venganza, y me deleito ahora en contemplarla.

Tu Eduardo ha muerto, que mató a mi Eduardo tu otro Eduardo murió, desquite de mi Eduardo; el joven York no cuenta, porque ambos

no igualaban de mi pérdida el dechado: murió tu Clarence que mató a mi Eduardo; y los espectadores de este aciago drama,

el adúltero Hastings, Rivers, Gray y Vaughan,

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en oscura tumba se hunden a deshora. Aún vive Ricardo, negro espía del infierno, su agente predilecto para que compre almas y allá las mande; pero ya pronto se acerca su lastimoso fin sin que le importe a nadie. Se abre la tierra y el infierno arde, los diablos rugen y los santos oran

para que pronto de aquí sea arrebatado.

Que des fin a su vida, oh Dios, te ruego,

para que viva aún, yo diga: «Ha muerto el perro».

REINA ISABEL Tú predijiste que vendría el momento que a maldecir te pediría que me ayudaras

a esa araña ventruda, a ese inmundo y jorobado sapo.

REINA MARGARITA Te llamé entonces vano esplendor de mi fortuna, pobre sombra, esbozo de una reina,

imagen solo de lo que yo encarnaba, halagüeño anuncio de espectáculo tremendo, enaltecida, para caer en lo profundo, madre burlada de dos hermosos niños, sueño de lo que fuiste, burbuja reventada y vano aliento.

Señal de dignidad, brillante enseña

para ser blanco de azarosos tiros;

reina fingida, relleno de la escena.

¿Dó se halla ahora el que fuera tu marido? Dime, ¿qué ha sido pues, de tus hermanos? ¿Tus hijos dónde están? ¿En qué te gozas? ¿Quién te suplica cayendo de rodillas y grita que Dios guarde a la reina?

¿Dó están los reverentes pares que te adulaban?

¿Dónde las turbas, di, que te seguían?

Haz eso a un lado y mira lo que eres:

en vez de esposa, viuda miserable;

en vez de madre, quien el nombre llora;

en vez de que te rueguen, tú suplicas,

en vez de reina, cuidados te coronan;

me despreciabas, pero ahora te desprecio,

en vez de ser temida, andas medrosa,

y si algo ordenas, ninguno te obecede.

Así el curso de la justicia dio la vuelta

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y te ha convertido en víctima del tiempo; solo te resta el recuerdo de lo que eras. Para más torturarte al ver lo que eres. Ursurpaste mi puesto y por ventura

¿no usurpas de mi quebranto igual medida?

Tu altivo cuello lleva la mitad del peso de mi yugo del cual cansada zafo ahora mi cabeza y te lo dejo todo.

Adiós, mujer de York, y reina del desastre; en Francia me reiré de tanto lastre.

REINA ISABEL Oh, tú que en maldecir eres maestra, detente un poco

y enséñame a maldecir a mis contrarios.

REINA MARGARITA De día ayuna y por la noche vela; compara la dicha de antes y el dolor de ahora; cree que tus hijos eran más bellos de lo que fueron y más detestable su asesino de lo que es.

El valorar tu pérdida al autor de tu desdicha empeora; cavilando así maldecirás a toda hora.

REINA ISABEL Mi palabra es torpe; préstale agudeza.

REINA MARGARITA Igual que a mí le dará filo la tristeza.

DUQUESA ¿Para qué quiere el dolor tantas palabras?

REINA ISABEL Abogadas fútiles de su cliente, el infortunio; herederas vanas de gozos intestados,

de la desgracia menguados oradores,

¡no las atajéis! Aunque no logren

remediar nada, al corazón causan alivio.

DUQUESA Si fuere así, no os quedéis calladas.

Venid conmigo,

y ahoguemos en un mar de amargas voces al hijo vil que ha ahogado a tus dos hijos. Suena el clarín; abundad en los reproches.

Entran marchando el REY RICARDO y su escolta.

REY RICARDO ¿Quién se atraviesa en mi camino así?

DUQUESA ¡Ay! La que el paso les debería de haber cerrado, ahogándote en su vientre maldecido,

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a los crímenes que has hecho, ¡miserable!

REINA ISABEL ¿Con diadema de oro escondes esa frente donde, si prevaleciera la justicia,

debería con fuego estar escrita

del poseedor legítimo la muerte

y la horrible matanza de mis hermanos y mis hijos?

Di, esclavo vil, ¿en dónde están mis niños?

DUQUESA Sapo maldito, ¿dónde está tu hermano Clarence y el pequeño Plantagenet su hijo?

REINA ISABEL ¿Dónde los nobles Rivers, Vaughan, Gray?

DUQUESA ¿Dónde el amable Hastings?

REY RICARDO ¡Sonad clarines! ¡Redoblad tambores! Que el cielo no oiga a estas hembras lenguaraces insultar al ungido del Señor. ¡Sonad, repito!

Suenan clarines y tambores.

Tened paciencia y rogadme con buen modo, o en clamoroso estruendo de la guerra, ahogaré vuestras exclamaciones.

DUQUESA ¿Eres mi hijo tú?

REY RICARDO Sí, gracias a Dios, a mi padre y a vos misma.

DUQUESA Soporta entonces paciente mi impaciencia.

REY RICARDO Heredé de vos ese rasgo de carácter que el tono de reproche no tolera.

DUQUESA ¡Oh, déjame hablarte!

REY RICARDO Hablad, pero no escucho.

DUQUESA Seré suave y benigna en las palabras.

REY RICARDO Y breve, madre, porque me corre prisa.

DUQUESA ¿Conque te corre prisa? Yo tuve que esperarte Dios sabe con qué tormento y agonía.

REY RICARDO ¿Y no llegué acaso para consolaros?

DUQUESA Por vida mía que no; tú bien lo sabes.

Viniste al mundo a convertirlo en un infierno.

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Pesada carga me fue tu nacimiento;

tu infancia malhumorada y caprichosa;

tus días de escuela, terribles y salvajes,

llenos de furia y de desesperación;

tu juventud atrevida, temeraria, aventurera:

y altivo, taimado, artero y sanguinario

te confirmo la edad;

más tranquilo, pero más dañoso, fingiéndote amable para encubrir tus odios. ¿Qué hora apacible puedes recordarme que me hiciera grato estar contigo?

RICARDO Ninguna en verdad sino la de comer que os alejó unas veces de mi compañía. Si tan infeliz parezco a vuestros ojos, dejad que me vaya, para no ofenderos. ¡Batid tambores!

DUQUESA Te ruego que me escuches.

REY RICARDO Es que reprocháis muy acremente.

DUQUESA Óyeme una palabra

porque ya nunca más habré de hablarte.

REY RICARDO ¡Sea!

DUQUESA Morirás por decreto del Dios justo antes que vuelvas victorioso de esta guerra, o yo de pena y de vejez habré ya muerto antes que otra vez mire tu cara.

¡Recibe pues mi maldición terrible,

que te abrume más el día de la batalla

que toda la armadura que te cubre!

Que mi plegaria a tu enemigo asista,

y que las tiernas almas de los hijos de Eduardo animen a tus contrarios

y les prometan buen suceso y triunfo.

Si sanguinario eres, que tu fin sea cruento.

La infamia te acompañó toda la vida

y en la muerte te sirva de tormento.

Sale.

REINA ISABEL De maldecir no tengo tanto ánimo,

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aunque de sobra tengo más motivo.

(Yéndose.) ¡Que se cumpla en todo lo que dijo!

REY RICARDO Un momento, señora, una palabra.

REINA ISABEL No me quedan ya hijos de linaje real para que tú los mates; y mis hijas,

pías monjas serán, no tristes reinas.

No pretendas atentar contra su vida.

REY RICARDO Tenéis una hija que Isabel se llama, virtuosa y bella, noble y llena de gracia.

REINA ISABEL ¿Y debe morir por ello? Déjala que viva: yo su inocencia corromperé y arruinaré su belleza; diré que mancillé de Eduardo el lecho,

y la cubriré con el velo de la infamia.

Con tal que se vea libre de una muerte cruenta, diré que ella no es hija de Eduardo.

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

No desdoréis su estirpe; es de sangre regia.

Con tal de salvar su vida estoy dispuesta a negarlo.

Solo por su estirpe salvará su vida.

Por esa seguridad murieron sus hermanos.

Al nacer, los astros se les opusieron.

Los falsos amigos les fueron contrarios.

Del destino el golpe siempre es infalible.

REINA ISABEL Sí, cuando la ausencia de virtud labra el destino.

Mejor suerte aguardara a mis dos hijos

si virtuoso hubieras llevado mejor vida.

REY RICARDO Habláis cual si yo hubiese matado a mis sobrinos.

REINA ISABEL Sobrinos, sí; mas por su tío privados de bienestar, reino, parientes, libertad y vida. No sé qué manos su pecho atravesaron, mas tu cabeza en secreto las previno.

El avieso puñal sin punta habría quedado si tu pétreo corazón no le sacara filo

para hundirse en la entraña de mis corderillos.

Si el hábito de sufrir mi salvaje pena no amansara,

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mi lengua no nombraría ante ti a mis hijos.

Sin que mis uñas se clavaran en tus ojos,

y sin que yo, en este extremo de muerte acorralada, como una pobre barca sin velas y sin jarcias, contra tu corazón de piedra me estrellara.

RICARDO Señora, nada de lo que emprenda yo prospere, ni tenga suerte en los azares de la guerra,

si a vos y a vuestros deudos no pretendo hacer por el mal que os hice un bien inmenso.

REINA ISABEL ¿Qué bien existe con color de cielo, que al descubrirse pueda bien hacerme?

REY RICARDO

REINA ISABEL

Gentil señora, que asciendan vuestras hijas…

¿A algún patíbulo a ser decapitadas?

REY RICARDO No, a la máxima altura y dignidad de la fortuna; al trono imperial que es cifra de la gloria.

REINA ISABEL Adula mi dolor al recordarlo. Dime, ¿qué dignidad, honor o estado puedes tú conceder a una hija mía?

REY RICARDO Todo lo que poseo. Yo mismo. Todo lo entregaré en dote a vuestra bella hija

si en el Leteo de vuestro espíritu irritado

ahogáis el triste recuerdo de los males

que suponéis haberos yo causado.

REINA ISABEL Sé breve, no sea que narrando tus bondades te tardes más que en prodigar tus bienes.

REY RICARDO Sabéis entonces que con toda el alma de vuestra hija estoy enamorado.

REINA ISABEL

REY RICARDO

Con toda el alma lo cree la madre de mi hija.

¿Qué es lo que cree?

REINA ISABEL Que con el alma amas a mi hija, que con el alma amaste a sus hermanos y que de corazón te lo agradezco.

REY RICARDO No tan presto confundáis mi pensamiento.

Digo que quiero de corazón a vuestra hija

y que hacerla reina de Inglaterra intento.

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REINA ISABEL ¿Y quién entonces habrá de ser su rey?

REY RICARDO Pues el mismo que habrá de hacerla reina; ¿quién otro habría de ser?

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

¡Quién! ¿Tú?

Claro: ¿qué pensáis de ello?

¿Y cómo puedes tú ganarte su cariño?

REY RICARDO Vos misma me diréis el modo, pues sois quien más conoce su carácter.

REINA ISABEL

REY RICARDO

¿Y podrías tú aprender de mí?

Con toda mi alma.

REINA ISABEL Mándale entonces de sus hermanos al verdugo con un par de sangrantes corazones; imprime en ellos Eduardo y York; quizá llore entonces:

por tanto ofrécele, como antaño Margarita

le hizo a tu padre, sumergido de Rutland en la sangre, un pañuelo, y dile lo empapaste

en la purpúrea savia del cuerpo de su hermano, y que enjugue con él sus lágrimas amargas. Si este recurso no la induce a amarte,

envíale la lista de tus nobles hechos;

dile que eliminaste a su tío Clarence,

a su tío Rivers; y que en atención a ella,

te deshiciste pronto de la pobre de Ana.

REY RICARDO Os mofáis, señora; no es esa la manera de ganar a vuestra hija.

REINA ISABEL No existe otra,

a menos que mudes de figura

y no seas Ricardo el que hizo todo esto.

REY RICARDO ¿Y si dijéramos que lo hice por amor a ella?

REINA ISABEL En verdad no puede sino odiarte pues con sangriento botín el amor ganas.

REY RICARDO Oíd: lo que hecho está no puede remediarse; el hombre actúa sin reflexión a veces

y más tarde con calma se arrepiente.

Si a vuestros hijos privé de la corona,

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he de dársela en cambio a esta hija vuestra. Si el fruto asesiné de vuestro vientre, engendraré, para aumentar su descendencia, el fruto de mi sangre en vuestra hija.

El nombre de abuela es casi tan querido como el tierno título de madre;

de los hijos solo un grado lo separa;

poseen vuestro temple y vuestra misma sangre; hijos de igual dolor excepto por el parto

de la que otrora os causara igual quebranto. Cuando joven os perturbaban vuestros hijos, mas los míos de vuestra vejez serán el báculo. Perdisteis un hijo que debía ser rey,

mas por tal pérdida será reina vuestra hija.

No puedo resarciros cual quisiera,

pero aceptad el bien que puedo haceros.

Pronto hará regresar tan dulce alianza

a vuestro hijo Dorset, que con ánimo medroso, oculta su descontento en tierra extraña,

y le conferirá alto cargo y dignidades. El rey que llama esposa a vuestra hija familiarmente llamará a Dorset hermano; de nuevo seréis madre de un monarca, y los males de tiempos desastrosos

con doble gozo se verán recompensados.

¡Qué días tan felices nos esperan!

Si antes habéis derramado gruesas lágrimas, perlas de Oriente cosecharéis ahora,

con tanto rédito aumentando su alto precio, que diez veces se doblará vuestra ventura. Reúnete, madre querida, con tu hija:

da valor a su timidez con la experiencia, prepárala a escuchar mis galanteos; enciende en su tierno corazón la flama que le haga anhelar el dorado sitial. Haz saber a la princesa la dulzura

de las quietas horas de los gozos conyugales, y cuando mi brazo hubiere castigado

al mezquino rebelde, el necio Buckingham,

vendré, ceñido con guirnaldas victoriosas,

a guiar a tu hija del vencedor al regio tálamo

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para que sea ella la única que triunfe

y sea de César, victoriosa, el César.

REINA ISABEL ¿Y qué le diré? ¿Que el hermano de su padre quiere ser su señor? ¿O que su tío?

¿O el que dio muerte a sus tíos y a sus hermanos?

¿Con qué título habré de interesarla

que Dios, la ley, mi honor o su cariño

pueda realzar ante sus tiernos años?

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

Decidle que la paz depende de esta alianza.

Que pagará ella con guerra perdurable.

Que el rey que puede mandarle le suplica.

Aquello que le prohibe el Rey de reyes.

Que será reina excelsa y poderosa.

Para llorar el título lo mismo que su madre.

Decidle que habré de amarla para siempre.

¿Mas cuánto tiempo durará ese «siempre»?

Florecerá mientras su vida dure.

¿Mas cuánto tiempo habrá de florecer?

Cuanto el cielo y natura lo permitan.

Cuanto al infierno y a Ricardo se le antoje.

Decid que yo, su soberano, soy su súbdito.

Mas ella rechaza tal soberanía.

Sed elocuente a mi favor con ella.

Una embajada honesta es bien sencilla.

Con sencillez decidle entonces que la amo.

Suenan mal sin adornos las mentiras.

Vuestras razones son ardientes pero huecas.

REINA ISABEL ¡Oh, no! Son profundas y definitivas como la muerte de mis hijos en la tumba.

REY RICARDO No toquéis esa cuerda; es del pasado.

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REINA ISABEL Habré de hacerlo siempre hasta que estallen del corazón las más íntimas cuerdas.

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

Pues por san Jorge, mi jarretera y mi corona…

que profanaste, manchaste y usurpaste…

juro…

REINA ISABEL No lo hagas; no vale el juramento. Profanado, tu santo ha perdido el honor; tu jarretera, manchada, empeñó su virtud; y al usurpar la corona opacaste su brillo. Si fe quieres prestar al juramento,

jura por algo que no hayas ofendido.

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

Juro por el mundo…

de tus crímenes lleno. Por la muerte de mi padre…

que tu vida deshonra. Entonces por mí mismo…

que tan vil te has mostrado. Juro entonces por Dios.

REINA ISABEL Es el más ofendido.

Si temieras por Dios haber jurado,

la unión que el rey mi esposo realizara no estaría rota, ni muertos mis hermanos. Si temieras por Dios haber jurado, esa diadema que tu frente ciñe

habría adornado las sienes de mi hijo

y estarían vivos ahora los dos príncipes

que juntos en la tumba antes de tiempo,

por tu perjurio son pasto de gusanos.

¿Por qué vas a jurar?

REY RICARDO El porvenir será mi juramento.

REINA ISABEL Ya manchaste el porvenir con el pasado y muchas lágrimas me quedan que enjugar por los males que en el pasado cometiste. Viven los hijos cuyo padre asesinaste

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que cuando viejos tendrán que lamentar el quedar en la niñez desprotegidos. Viven los padres cuyos hijos masacraste, secas plantas que habrán de lamentar el llegar a la vejez sin fruto.

No jures por el tiempo venidero;

antes de bien emplearlo lo estropeaste

cuando el tiempo pasado malgastaste.

REY RICARDO ¡No prospere en mi empresa peligrosa de hostiles armas y a mí mismo me confunda si de todo corazón no me arrepiento!

¡Niégueme cielo y fortuna días felices! ¡Quíteme el sol su luz y la noche su descanso! ¡Y las estrellas que dan suerte venturosa se opongan a mi designio si no intento

amar a vuestra hija la princesa

con limpia entrega y afecto sacrosanto!

Mi ventura en ella está cifrada

y la vuestra también; sin ella, a vos y a mí, a ella misma, a la tierra toda entera y a la gente honrada,

nos sobrevendrán ruina, desolación, muerte y pobreza no puede esto evitarse de otro modo, y no habrá de evitarse de otro modo.

Por tanto, madre querida (así debo llamaros), sed la abogada de mi amor con vuestra hija: argüid lo que seré, no lo que he sido;

no mis méritos, sino lo que he de merecer: urgidle el apremio de las circunstancias y no seáis mezquina a mis instancias.

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

REY RICARDO

REINA ISABEL

¿Dejaré que el diablo me tiente de este modo?

Sí, si el diablo te tienta a hacer el bien.

¿Me olvidaré yo misma de quien soy?

Sí, si el recordarlo te hace daño.

Pero a mis hijos has asesinado.

REY RICARDO Voy a enterrarlos en el vientre de tu hija para engendrar en ese nido perfumado

su imagen viva que venga a confortarte.

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REINA ISABEL

REY RICARDO

¿Y haré a mi hija que cumpla tu deseo?

Y serás madre dichosa en ese empleo.

REINA ISABEL Está bien. Escríbeme enseguida y te enterarás por mí de lo que piensa.

REY RICARDO Llévale mi más amante beso. Hasta la vista.

La besa. Sale la REINA ISABEL.

¡Frágil mujer al fin, necia y mudable!

Entra RATCLIFF y le sigue CATESBY.

¡Hola! ¿Qué nuevas hay?

RATCLIFF Poderoso señor, sobre la costa oeste, avanza una flota formidable. acuden, sin armas, tus amigos temerosos y faltos de valor a repelerla. Se cree que Richmond es el almirante, y ahí anclada aguarda solamente

que Buckingham le dé la bienvenida para saltar a tierra.

REY RICARDO Que algún amigo veloz corra enseguida a buscar al duque de Norfolk.

¿Tú, Ratcliff, o Catesby; dónde estás?

CATESBY Aquí, señor.

REY RICARDO Catesby, ve volando con el duque.

CATESBY Lo haré señor, con toda diligencia.

REY RICARDO Ven acá, Ratcliff. Busca a Salisbury:

le dices de mi parte…

(A CATESBY.) Irresponsable y estúpido villano, ¿qué haces ahí plantado sin buscar al duque?

CATESBY Decid primero, alteza, qué mensaje he de darle.

REY RICARDO Ah, es cierto, buen Catesby: dile que reclute al punto todas las fuerzas que le sea posible

y que vaya a mi encuentro en Salisbury.

CATESBY Así se hará.

Sale.

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RATCLIFF ¿Qué debo hacer, si os place, en Salisbury?

REY RICARDO ¡Bah! ¿Qué puedes hacer antes que yo llegue?

RATCLIFF Vuestra alteza me dijo que partiera al punto.

Entra STANLEY.

REY RICARDO

He cambiado de parecer… ¿Qué nuevas traes, Stanley?

STANLEY Ni tan buenas, señor, que os satisfagan, ni tan malas, que no pueda repetirlas.

REY RICARDO Conque acertijos, ¿eh? ¡Ni tan buenas ni tan malas!

¿Para qué te entretienes en rodeos

cuando puedes servirte del atajo

para contar tu historia? Vamos, cuenta tus noticias.

STANLEY Richmond está en el mar.

REY RICARDO ¡Ahí déjalo que se hunda, y que le caiga toda la mar encima!

¡Fugitivo cobarde! ¿Qué hace navegando?

STANLEY Lo ignoro, majestad, pero supongo…

REY RICARDO ¿Qué supones?

STANLEY Que apoyado por Dorset, Buckingham y Morton viene a Inglaterra a reclamar el trono.

REY RICARDO ¿No hay quien lo ocupe ni quien empuñe espada?

¿Muerto está el rey y el reino sin gobierno?

¿Qué heredero de York sino yo vive,

y quién sino de York el heredero

es el rey de Inglaterra? Dime entonces,

¿qué anda haciendo en el mar?

STANLEY De no ser eso, señor, no lo adivino.

REY RICARDO De no ser que viene para ser tu rey no sabes a qué viene acá el galés.

Temo que te rebeles y vayas a reunírtele.

STANLEY No, mi querido señor; ¿a qué esa desconfianza?

REY RICARDO ¿Pues dónde está tu fuerza para rechazarlo?

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¿Dónde tus arrendatarios y soldados?

¿No están en las playas de Occidente

ayudando a desembarcar a los rebeldes?

STANLEY No, mi señor; mis amigos se hallan en el Norte.

REY RICARDO Están fríos entonces: ¿qué hacen en el Norte si su rey los reclama en Occidente?

STANLEY No han recibido órdenes, señor: si vuestra majestad me lo permite, reclutaré a mis amigos e iré al punto a reunirme con vuestra majestad en el tiempo y lugar que me señale.

REY RICARDO Sí claro, quieres unirte a Richmond; pero no me fío de ti.

STANLEY Poderoso señor, no os he dado motivo para dudar de mi adhesión.

Nunca he sido ni seré desleal.

REY RICARDO Ve entonces a reclutar tu tropa, pero deja en rehenes a tu hijo Jorge. Ten firmeza,

de lo contrario peligra su cabeza.

STANLEY Tratadlo cual merezca mi conducta.

Sale.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO Querido soberano, en Devonshire, según me notifican mis amigos,

sir Edward Courtney, y el prelado altivo, el obispo de Exeter, su hermano, con muchos otros se han amotinado.

Entra un segundo MENSAJERO.

MENSAJERO SEGUNDO En Kent, señor, los Guilford se rebelan; y cada hora nuevos insurgentes

se unen a los rebeldes para aumentar su fuerza.

Entra un tercer MENSAJERO.

MENSAJERO TERCERO Milord, el ejército de Buckingham…

REY RICARDO ¡Fuera de mi presencia, búhos!

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¿Solo graznidos de muerte?

Lo golpea.

¡Toma esto hasta que aprendas a traer mejor noticia!

MENSAJERO TERCERO La noticia, señor, que yo os traía

es que debido a inundaciones y torrentes,

las fuerzas de Buckingham se han desbaratado, y que él mismo se halla fugitivo, solo, sin que nadie sepa en dónde.

REY RICARDO ¡Te ruego me perdones!

Ten mi bolsa para que cures ese golpe. ¿No habrá algún amigo providente ofrecido premio al que al traidor capture?

MENSAJERO TERCERO Ya está hecha tal proclama, majestad.

Entra un cuarto MENSAJERO.

MENSAJERO CUARTO

Dicen, señor, que Thomas Lovel y el marqués de Dorset se levantan en armas en el Yorkshire; mas un consuelo le traigo a vuestra alteza:

quedó deshecha la armada bretona en la tormenta. Richmond en Dorsetshire mandó un botecillo a tierra para inquirir si eran sus aliados los que en la playa estaban;

le contestaron que los enviaba Buckingham para apoyarlo; pero desconfiando, levó anclas, y partió a Bretaña.

REY RICARDO En marcha, en marcha, estamos preparados si no para combatir al extranjero,

para aplastar la rebelión en casa.

Regresa CATESBY.

CATESBY Señor, el duque de Buckingham ha sido capturado; esa es la mejor noticia. No lo es tanto

el que haya desembarcado en Milford

el conde de Richmond con tropas imponentes, pero fuerza es decirlo.

REY RICARDO ¡En marcha a Salisbury! Mientras hablamos puede ganarse o perderse una batalla.

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Que alguien se encargue de que Buckingham sea conducido a Salisbury; el resto que me siga.

Salen.

ESCENA V

Habitación en el palacio del conde de Stanley.

Entran STANLEY y el PADRE CRISTÓBAL.

STANLEY Padre Cristóbal, decidle a Richmond de mi parte que mi hijo Jorge ha quedado prisionero

en la pocilga del jabalí más sanguinario.

Si me rebelo, será decapitado.

Por miedo a eso no le presto auxilio.

Marchaos pronto. Saludadlo.

Decidle también que la reina gustosa ha consentido en darle a Isabel su hija por esposa.

Mas decidme: ¿dónde se halla ahora Richmond?

PADRE CRISTÓBAL En Pembroke, o en Harford-west en Gales.

STANLEY ¿Qué hombres de valer se le han unido?

PADRE CRISTÓBAL Sir Walter Herbert, notable militar, sir Gilbert Talbot, sir William Stanley, Oxford, el temible Pembroke, sir James Blunt y Rice de Thomas, con valiente escolta;

y otros muchos de valer y de renombre

que hacia Londres dirigen sus legiones

si no hay quien les dé batalla en el camino.

STANLEY Bien, apresuraos. Decidle a mi señor beso su mano; mi carta lo instruirá de mis proyectos.

Hasta la vista entonces.

Salen.

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QUINTO ACTO

ESCENA I

Salisbury. Una plaza pública. Entran el SHERIFF y la guardia conduciendo a BUCKINGHAM al patíbulo.

BUCKINGHAM ¿No me dejará el rey Ricardo que le hable?

SHERIFF No, buen señor; por tanto resignaos.

BUCKINGHAM ¡Oh, Hastings, y vosotros príncipes, tú, piadoso Enrique, y tu hijo Eduardo, Gray, Rivers y Vaughan y todos los caídos bajo mano injusta, sucia y solapada;

si vuestras almas cavilosas y desconsoladas a través de las nubes ven este espectáculo, burlaos de mi suerte para tomar venganza! Muchachos, ¿no es hoy el día de los difuntos?

SHERIFF Así es, milord.

BUCKINGHAM Pues entonces el día de los difuntos será el Día del Juicio para mí.

En tiempo del rey Eduardo este fue el día que osé invocar si me mostrara falso

a sus hijos o a los aliados de su esposa;

este es el día en que deseé perderme

por la perfidia de aquel en que depositara toda mi confianza.

Para espanto de mi alma este día de difuntos

hallo de mis crímenes el término fijado.

El Juez que todo lo ve y de quien yo me burlaba ha vuelto en contra mía mi hipócrita plegaria

y de verdad me ha dado lo que imploré de burla.

Así fuerza a la espada del hombre criminal a herir su mismo pecho con su punta afilada, y con todo su peso cae sobre mi frente

de Margarita la maldición amarga: «Cuando él», me dijo, «te parta las entrañas, recuerda que fue profeta la pobre Margarita». Venid, oficiales, al tajo conducidme:

el mal engendra el mal e infamia el crimen.

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Salen.

ESCENA II

Llanura cerca de Tamworth. Entran con tambores y banderas RICHMOND, OXFORD. Sir James BLUNT, sir Walter HERBERT y otros con tropas en marcha.

RICHMOND Compañeros de armas y amigos muy queridos que sufrís el yugo de la tiranía,

al interior del país hemos llegado

sin que nadie nos oponga resistencia,

y recibimos cartas de mi padre Stanley

que nos ofrecen estímulo y consuelo:

ese vil jabalí, voraz y sanguinario,

que vuestras viñas fecundas y vuestros campos veraniegos tala, el que bebe cual si fuera charca impura vuestra sangre caliente y su batea

en vuestros vientres lacerados busca;

ese cerdo asqueroso se halla ahora en el centro del país, cerca de la ciudad de Leicester, según dicen. De Tamworth a ahí, hay solo una jornada.

En nombre de Dios sigamos adelante, valerosos amigos, a recoger la cosecha de sempiterna paz que una sola y fiera batalla ha de costarnos.

OXFORD Vale cada conciencia mil guerreros

para luchar contra este homicida sanguinario.

HERBERT No dudo que sus amigos se nos unan.

BLUNT No tiene amigos; sus amigos síguenlo por miedo y lo dejarán para provecho nuestro.

En nombre de Dios pongámonos en marcha.

La esperanza es veloz golondrina que ligera viaja; un dios hace de un rey y al humilde levanta.

Salen.

ESCENA III

El campo de batalla de Bosworth. Entra el REY RICARDO con tropas;

el duque de NORFOLK, el conde de SURREY y otros.

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REY RICARDO

Plantemos aquí las tiendas, aquí en el campo de Bosworth.

Milord de Surrey, ¿por qué estáis abatido?

SURREY Diez veces más alegre está el alma que la cara.

REY RICARDO Milord de Norfolk, …

NORFOLK Aquí estoy, majestad.

REY RICARDO Habrá golpes, ¿no es cierto, Norfolk?

NORFOLK Habrá que darlos y que recibirlos.

REY RICARDO ¡Alzad mi tienda! Pasaré aquí la noche;

Los soldados empiezan a levantar

la tienda real.

¿pero mañana dónde? Poco importa.

¿Quién ha contado el número de los traidores?

NORFOLK De seis o siete mil no pasa el número.

REY RICARDO Nuestros batallones triplican esa cuenta; además el nombre del rey es un baluarte

del que carece la facción contraria.

¡Alzad la tienda! Señores, acercaos,

las ventajas del campo inspeccionemos;

llamad a los que tengan más pericia:

no seáis morosos ni faltéis al reglamento

porque mañana será el día del encuentro.

Salen.

ESCENA IV

Por el otro lado del campo entra RICHMOND con sir William Brandon, OXFORD y otros oficiales.

Algunos de los soldados levantan la tienda de Richmond.

RICHMOND Cansado el sol se oculta entre arreboles y en la brillante huella de su carro ígneo nos augura un espléndido mañana.

Sir William Brandon, llevaréis vos mi estandarte traed papel y tinta acá a mi tienda para que trace el plan de la batalla

e indique su cargo a cada jefe

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en proporción a nuestra escasa fuerza. Milord de Oxford, vos, sir William Brandon, vos, sir Walter Herbert, quedaos conmigo.

El conde de Pembroke conservará su regimiento.

Buen capitán Blunt, saludadlo de mi parte, y en la segunda hora de la madrugada, decidle que quiero verlo aquí en mi tienda. Y hacedme otro favor, buen capitán: ¿sabéis dónde está acuartelado lord Stanley?

BLUNT Si mucho no me engañan sus pendones (lo cual, estoy seguro, no ha pasado), su regimiento se halla a media milla al sur de las tropas del monarca.

RICHMOND Si pudiere hacerse sin peligro, las buenas noches dadle de mi parte, y entregadle esta importante carta.

BLUNT Aun a costa de la vida he de intentarlo,

y Dios os dé buen descanso en esta noche.

RICHMOND Buenas noches, buen Blunt. Venid, señores, a consultar el caso de mañana;

entremos a mi tienda, que hace frío.

Se retiran a la tienda.

ESCENA V

Entra en su tienda el REY RICARDO, acompañado de NORFOLK, RATCLIFF y CATESBY.

REY RICARDO ¿Qué horas son?

CATESBY Las nueve; hora de cenar, milord.

REY RICARDO No cenaré hoy.

Traedme tinta y papel.

¿Está mi visera más holgada que antes

y preparada en mi tienda mi armadura?

CATESBY Sí, majestad. Todo está listo.

REY RICARDO Buen Norfolk, ocupad vuestro puesto; sed cauteloso, escoged centinelas de confianza.

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NORFOLK Ya voy, milord.

REY RICARDO Levantaos mañana con la alondra, buen Norfolk.

NORFOLK Desde luego, milord.

REY RICARDO ¡Ratcliff!

Enviad un persevante de armas

al regimiento de Stanley. Ordenadle

que acuda con su gente antes del alba,

si no quiere que su hijo Jorge caiga

en la caverna oscura de la noche eterna.

Traedme un jarro de vino y una vela.

Ensillad mi Surrey blanco para la lid mañana.

Mis dardos revisad: que no me pesen. ¡Ratcliff!

RATCLIFF ¡Milord!

REY RICARDO ¿Viste al taciturno lord Northumberland?

RATCLIFF Él y el conde de Surrey a la hora de dormir el gallo batallón por batallón revistaron a la tropa

e infundieron aliento a los soldados.

REY RICARDO ¡Vaya, está bien! Dadme un jarro de vino.

No tengo aquella presteza de espíritu

y ánimo alegre que solía tener.

Ponedlo aquí. ¿Está lista la tinta y el papel?

RATCLIFF Sí, milord.

REY RICARDO Decidle a mi guardia que vigile.

Dejadme solo.

Ratcliff, ven a mi tienda a medianoche

para ayudar a armarme. Ahora dejadme.

El REY RICARDO se retira a su tienda. Salen RATCLIFF y CATESBY.

Se abre la tienda de RICHMOND y aparecen él y sus oficiales.

Entra STANLEY.

STANLEY ¡Asiéntense la fortuna y la victoria sobre tu yelmo!

RICHMOND

¡Que todo el bienestar que pueda ofrecer la negra noche sea con vos, noble padrastro! Decidme, ¿cómo está mi amada madre?

STANLEY En representación de tu madre te bendigo,

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y ella ora siempre por el bien de Richmond.

Pero basta. Las calladas horas se deslizan

y los tenebrosos copos se rompen al Oriente.

Pero abreviemos, pues el momento así lo exige:

prepárate a batallar cuando amanezca

y entrega toda tu fortuna al arbitrio

de sangrientos golpes y de mortal conflicto.

Yo como pueda (lo que quisiera hacer es imposible)

procuraré ganar tiempo y ayudarte

en el dudoso encuentro: mas no debo

mostrarme muy decidido a favor tuyo,

porque al ser visto, tu tierno hermano Jorge

corre el riesgo de ser ejecutado delante de su padre.

Adiós. El breve tiempo y el peligro

acortan las fórmulas ceremoniosas del afecto y la mutua conversación amplia y sabrosa que debiera entretener a los amigos por tan largo tiempo separados.

¡Denos Dios licencia para tales ritos!

De nuevo adiós: ¡valor y buena suerte!

RICHMOND Señores, escoltadlo hasta su regimiento.

Aunque asediado por preocupaciones,

yo trataré de dormitar un poco,

no sea que me oprima mañana el plúmbeo sueño cuando deba erguirme con alas de victoria. De nuevo buenas noches, caballeros.

Salen todos menos RICHMOND.

¡Oh, Tú, cuyo capitán me considero, mira mi ejército con ojos bondadosos; pon en sus manos tus dardos iracundos para que aplasten con golpes contundentes

los usurpadores yelmos de nuestros adversarios!

¡Haznos tus ministros vengadores

para que te alabemos en esta tu victoria!

A Ti encomiendo mi alma vigilante

al cerrar las ventanas de mis ojos.

¡Despierto y cuando duermo siempre guárdame!

Se duerme. Se levanta en medio de las dos tiendas

el FANTASMA del príncipe Eduardo, hijo de Enrique VI.

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FANTASMA (Al REY RICARDO.) ¡Oprimiré tu espíritu mañana! Piensa cómo en mi juventud me asesinaste en Tewkesbury: ¡por tanto, desespera y muere!

(A RICHMOND.) Alégrate, Richmond; que las almas ofendidas de los masacrados príncipes te asisten;

el linaje del rey Enrique te protege.

El FANTASMA del rey Enrique VI se levanta.

FANTASMA (Al REY RICARDO.)

Cuando yo era mortal, fiero horadaste

mi cuerpo sacrosanto.

Piensa en mí y en la Torre; ¡desespera y muere!

Enrique VI te lo ordena.

(A RICHMOND.) ¡Virtud y santidad te asistan, oh, conquistador! Harry que te aseguró que serías rey,

te conforta en tu sueño: ¡vive y vence!

Se levanta el FANTASMA de Clarence.

FANTASMA (Al REY RICARDO.) ¡Oprimiré tu espíritu mañana!

¡Yo que fui ahogado en asqueroso vino,

el pobre Clarence por tu traición asesinado!

Mañana en la refriega piensa en mí,

y sin filo caiga tu espada. ¡Desespera y muere!

(A RICHMOND.) Tú, descendiente de la casa de Lancaster, por ti rezan las víctimas de York;

¡ángeles buenos te protejan! ¡Vive y vence!

Se levantan los FANTASMAS de RIVERS,

GRAY y VAUGHAN.

EL FANTASMA DE RIVERS (Al REY RICARDO.)

¡Oprimiré tu espíritu mañana!

¡Rivers, que murió en Pomfret! ¡Desespera y muere!

EL FANTASMA DE GRAY (Al REY RICARDO.)

¡A Gray ten presente y desespera!

EL FANTASMA DE VAUGHAN (Al REY RICARDO.)

Piensa en Vaughan y con remordimiento

sin punta blande tu lanza: ¡desespera y muere!

LOS TRES (A RICHMOND.)

¡Despierta y piensa que los agravios que nos hizo vencerán el pecho de Ricardo! ¡Despierta y gana la batalla!

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Se levanta

el FANTASMA de Hastings.

FANTASMA (Al REY RICARDO.)

Ensangrentado y culpable, cual criminal despierta; y en sanguinaria lid tu vida acabe.

¡Piensa en lord Hastings, desespera y muere!

(A RICHMOND.) Despierta, alma tranquila y sosegada, ¡ármate, lucha y vence para dicha de Inglaterra!

Se levantan los FANTASMAS

de los dos príncipes.

FANTASMAS (Al REY RICARDO.)

¡Sueña en tus deudos estrangulados en la Torre, y sobre tu pecho seamos como plomo

para hundirte en la ruina, la muerte y el oprobio!

¡Tus sobrinos te desean que desesperes y que mueras!

(A RICHMOND.)

Duerme tranquilo, Richmond, y a gozar más tarde; ¡ángeles buenos del jabalí te guarden! ¡Vive y sé padre de felices reyes!

Los dolientes hijos de Eduardo te dan sus parabienes.

Se levanta el FANTASMA de lady Ana.

FANTASMA (Al REY RICARDO.)

Ricardo, tu esposa, sí, tu triste esposa, que nunca durmió contigo hora tranquila, ahora de perturbación llena tu sueño; mañana en la batalla piensa en mí, y sin filo caiga tu espada: ¡desespera y muere!

(A RICHMOND.) Tú, alma apacible, duerme y sueña con el éxito y la victoria más completa;

la esposa de tu enemigo por ti reza.

Se levanta el FANTASMA de Buckingham.

FANTASMA (Al REY RICARDO.)

Yo fui el primero que te abrí paso a la corona y el último en sufrir tu tiranía.

¡Ay, piensa en Buckingham a la hora del combate y por tus culpas aterrado muere!

Sigue soñando con crímenes y muerte, ¡desesperación y desmayo sean tu suerte!

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(A RICHMOND.) Morí cuando anhelaba darte auxilio, pero ten ánimo fuerte y no desmayes;

Dios y sus ángeles te darán victoria

mientras Ricardo cae en plena gloria.

Los FANTASMAS se desvanecen.

El REY RICARDO despierta sobresaltado.

REY RICARDO ¡Dadme otro caballo! ¡Vendadme las heridas!

¡Piedad, oh, Jesús! ¡Bah! ¡Fue solo sueño! ¡Oh, cobarde conciencia, cómo me atosigas! Brillan luces azules. Es plena medianoche. Mi carne tirita y me corre un sudor frío. ¿Pero de quién me espanto si estoy aquí solo? ¿Acaso de mí mismo?

Ricardo ama a Ricardo; eso es, yo soy yo. ¿Hay aquí un asesino? No. Sí; soy yo mismo. Huye entonces. ¿De quién? ¡Cómo!

¿De mí mismo? Grandes motivos tengo que venganza exigen. ¿Cómo? ¿Contra mí?

Mas yo me quiero bien. ¿Por qué? ¿Por beneficio que a mí mismo me deba? ¡Ay no! Más bien me odio

por los odiosos crímenes por mí cometidos.

Soy un infame. No lo soy. ¡Mentira!

Necio, habla bien de ti mismo. No te adules, necio.

Mil lenguas distintas tiene mi conciencia y cada lengua cuenta diferente historia y cada una de ellas me declara infame. Perjurio, vil perjurio, en el más alto grado; crimen, avieso crimen, en el más alto grado; todos los pecados, en sus distintos grados, acuden a la barra gritándome «culpable».

¡Qué desesperación…! No hay nadie que me quiera; y nadie de mi muerte habrá de sentir lástima.

¿Por qué habrían de sentirla si de mi persona yo mismo no tengo ninguna compasión?

Se me figuró que las almas de a los que di muerte venían a mi tienda; y cada uno de ellos amenazaba vengarse mañana de Ricardo.

Entra RATCLIFF.

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RATCLIFF ¡Milord!

REY RICARDO ¿Quién va?

RATCLIFF Ratcliff, milord; soy yo. El gallo de la villa muy temprano dos veces ha saludado a la alborada;

vuestros amigos ya están en pie, vistiendo la armadura.

REY RICARDO ¡Oh, Ratcliff! He tenido un sueño horrible.

¿Crees que nuestros amigos serán leales?

RATCLIFF Sin duda, milord.

REY RICARDO ¡Ay, Ratcliff! Tengo miedo… Soñé que las almas de los que asesiné venían a mi tienda; y cada uno de ellos amenazaba vengarse mañana de Ricardo.

RATCLIFF No, milord, no tengáis miedo de fantasmas.

REY RICARDO Por el apóstol Pablo, las sombras de esta noche han inspirado más terror en el alma de Ricardo

que toda la fuerza de diez mil soldados en malla envueltos y conducidos por el baboso Richmond. Todavía no amanece. Ven conmigo;

junto a las tiendas iré espiando

para ver si alguno intenta traicionarme.

Salen.

Se despierta RICHMOND.

Entran OXFORD y otros nobles.

LORES ¡Buenos días, Richmond!

RICHMOND Dispensad, buenos lores y diligentes caballeros, el que halléis aún aquí a este perezoso.

LORD PRIMERO ¿Qué tal habéis dormido, milord?

RICHMOND De lo más placentero.

Desde que os fuisteis, señores, he soñado los más hermosos sueños que mortal alguno haya tenido nunca. Soñé que las almas de los que había Ricardo asesinado

llegaban a mi tienda augurando victoria.

Me alegra el corazón, os lo aseguro,

el solo recordar tan bello sueño.

¿En qué hora estamos de la madrugada?

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LORD SEGUNDO Van a sonar las cuatro.

RICHMOND Pues es hora de armarse y de dar órdenes.

Discurso de RICHMOND a sus tropas.

Nada puedo agregar, amados compatriotas, a lo que en otra ocasión os he ya dicho, pues la urgencia y el tiempo me lo impiden. Mas recordad esto:

Dios y la buena causa nos asisten.

Las preces de los santos y de las indefensas víctimas, cual elevados baluartes marchan delante de nosotros. Salvo Ricardo, los que se nos oponen

nuestra victoria anhelan y no la de su jefe. Porque ¿quién es su jefe? En verdad, señores, un tirano feroz, un homicida,

que se impuso con sangre y en sangre se establece.

Que no reparó en medios para lograr sus fines,

y asesinó después a sus amigos.

Una piedra vil y espúrea, aquilatada

por el brillo del trono de Inglaterra

donde sin razón se incrusta;

un individuo que es de Dios acérrimo enemigo.

Pues si vencéis de Dios al enemigo, en su justicia, como a soldados suyos, el mismo Dios habrá de protegeros. Si os afanáis por derrocar a este tirano, dormís en paz, porque el tirano ha muerto. Si lucháis contra los enemigos de la patria, el bienestar de la patria ha de premiaros; si lucháis por su honor, vuestras esposas en triunfo saldrán a recibiros;

si libráis a vuestros hijos de la espada,

cuando lleguéis a viejos,

sus hijos os darán la recompensa. Luego, en nombre de Dios y del derecho,

desplegad vuestras banderas y blandid con decisión la espada.

Por mí, el precio de mi atrevido intento

pagará mi cadáver sobre la tierra fría;

pero si venzo, hasta el más humilde de vosotros cosechará de mi intento las ventajas. ¡Sonad trompetas y batid tambores!

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¡Dios y san Jorge! ¡Audaz y alegremente con Richmond corred a la victoria!

Salen.

ESCENA VI

Entran el REY RICARDO y RATCLIFF

con acompañamiento y tropas.

REY RICARDO ¿Qué dijo Northumberland respecto a Richmond?

RATCLIFF Que no conoce el oficio de las armas.

REY RICARDO Es cierto. ¿Luego qué dijo Surrey?

RATCLIFF Se sonrió y dijo: «Mejor para nosotros».

REY RICARDO Tiene razón. Así es en verdad.

Suena un reloj.

Fíjate qué horas son. Dame el almanaque.

¿Quién ha visto hoy el sol?

RATCLIFF Yo no, milord.

REY RICARDO Es que no quiere salir; pues según el libro debería haber tramontado el oriente hace una hora. Este será un día negro para alguien.

¡Ratcliff!

RATCLIFF ¡Milord!

REY RICARDO El sol no se dejará ver hoy.

El cielo frunce el ceño y oscurece nuestro ejército. ¡Ojalá estas lágrimas de rocío vinieran de la tierra! ¡Nublado hoy el día! Pero ¿acaso me importa más que a Richmond? Porque el mismo cielo que se nubla conmigo, a él lo mira siniestro.

Entra NORFOLK.

NORFOLK ¡Armaos, milord, que avanza el enemigo!

REY RICARDO Vamos, aprisa; enjaezad mi caballo.

Llamad a lord Stanley, que acuda con sus fuerzas.

Llevaré a mis soldados hasta la llanura

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y dispondré así el orden del combate:

la vanguardia se desplegará a todo lo largo tanto en la caballería como en la infantería. Nuestros arqueros se pondrán en medio:

Juan, duque de Norfolk, y Thomas, conde de Surrey, tendrán el mando de infantes y jinetes. Así dispuesto, seguiré yo mismo

con el grueso del ejército, apoyando a cada lado las dos alas nuestros mejores caballos. ¡Esto y san Jorge! ¿Qué te parece Norfolk?

NORFOLK Excelente plan, belicoso soberano.

Hallé esto en mi tienda esta mañana.

Le entrega un papel enrrollado.

REY RICARDO (Lee.) «Juanillo de Norfolk, no seas atrevido.

Que tu amo Ricardo ya está vendido.»

Son invenciones del enemigo.

Vamos, señores; todo el mundo a su sitio: no turben nuestro ánimo charlatanes sueños; la conciencia es solo una palabra de cobardes inventada para infundir temor entre los fuertes. No tenemos más conciencia que las armas ni otra ley que no sea nuestra espada.

A la lid en tropel con valor entreguémonos; si al cielo no, al infierno entraremos.

Su discurso a sus soldados.

¿Qué más agregaré a lo dicho?

Recordad quiénes son los enemigos:

vagabundos, prófugos, villanos;

la hez de los campesinos y de los bretones, lacayos que su país harto vomita

a buscar aventuras y fines desastrados. Dormís tranquilos y a despertaros vienen; tierra tenéis y la ventura de una bella esposa, y quitaros la una y mancillar la otra quieren. ¿Y quién los guía sino ese hijo de nadie,

en Bretaña largo tiempo mantenido por nuestra madre?

¿Un pan con atole que jamás en la vida

sintió descalzo el frío de la nieve?

¡Lancemos a latigazos allende el mar a esos bandidos!

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¡Azotad a esos presuntuosos harapos de Francia! ¡A esos mendigos hambrientos cansados de la vida, que de no ser por la ilusión de esta conquista,

cual pobres ratas se habrían ahorcado por falta de recursos!

Si nos han de vencer, hombres nos venzan,

no bastardos bretones a quienes nuestros padres batieron, zurraron y humillaron en su propia tierra, dejándoles como herencia la ignominia tal y como la historia lo registra.

¿Y van estos a gozar de nuestras tierras,

a acostarse con nuestras mujeres

y a deshonrar a nuestras hijas?

Suena a lo lejos el tambor.

¡Escuchad! ¡Ya oigo sus tambores!

¡A la lucha, nobles ingleses! ¡A la lucha, bravos milicianos!

¡Arqueros, apuntad a sus cabezas!

Clavad la espuela en los nobles corceles y galopad en sangre; ¡que al cielo asombren vuestras rotas lanzas!

Entra un MENSAJERO.

¿Qué dice lord Stanley? ¿Va a traer su ejército?

MENSAJERO Señor, se niega a venir.

REY RICARDO ¡Cortadle a su hijo la cabeza!

NORFOLK Milord, el enemigo ha cruzado el pantano; que Stanley muera después de la batalla.

REY RICARDO ¡Mil corazones palpitan en mi pecho!

¡Que avancen los pendones! ¡Caed sobre el enemigo! ¡Nuestro antiguo grito de guerra, oh, gran san Jorge, nos dé el denuedo de flamígeros dragones!

¡A ellos! ¡La victoria se cierne sobre nuestros yelmos!

Salen.

ESCENA VII

Otra parte del campo de Bosworth.

Clarines. Movimiento de tropas.

Entra Norfolk con sus fuerzas.

CATESBY se dirige a él.

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CATESBY ¡Socorro, socorro, lord de Norfolk! El rey realiza prodigios sobrehumanos haciendo frente a todos los peligros: le han matado el caballo y lucha a pie,

buscando a Richmond en las fauces de la muerte.

¡Socorro, señor, o perdemos la batalla!

Clarines. Entra el REY RICARDO.

REY RICARDO ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

CATESBY Retiraos, milord; yo os buscaré un caballo.

REY RICARDO Esclavo, me he jugado la vida en un albur y al azar de los dados me remito.

Creo que seis Richmonds hay en la batalla:

ya he matado a cinco en vez de él.

¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!

Salen.

ESCENA VIII

Clarines. Entran por lados opuestos el REY RICARDO y RICHMOND y salen batiéndose. Retirada y marcha militar. Vuelven a entrar RICHMOND, STANLEY con la corona, nobles y tropa.

RICHMOND ¡Dios y vuestro valor loados sean, intrépidos amigos!

El triunfo es nuestro. Ha muerto el perro sanguinario.

STANLEY ¡Buena cuenta has rendido de ti, valiente Richmond! ¡Mira! Arranqué esta corona largo tiempo usurpada de las sienes sin vida de ese miserable

para ceñir con ella tu cabeza.

¡Llévala, gózala y dale todo el honor que se merece!

RICHMOND ¡El Dios del cielo confirme todo esto!

Pero dime, ¿está vivo Jorge Stanley?

STANLEY Sí, milord, y a salvo en la villa de Leicester,

adonde, si os place, podremos retirarnos.

RICHMOND ¿Qué hombres de valer han muerto de ambos lados?

STANLEY Juan, duque de Norfolk, Walter, lord de Ferrers, sir Robert Brakenbury y sir William Brandon.

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RICHMOND Enterrad sus cuerpos de acuerdo con su rango.

Proclamad amnistía a todos los soldados que han huido y que quieran someterse; y luego, para cumplir mi juramento, uniré la rosa blanca con la rosa encarnada: ¡mire propicio el cielo tan feliz alianza si antes su cruel enemistad miró sañudo!

¿Qué traidor me escucha que amén no me conteste?

Demente Inglaterra ha mucho se desgarra.

Ciego el hermano al hermano desangra;

en su furor el padre mata al hijo suyo,

y obligado el hijo, de su padre es verdugo. Todo esto divide a Lancaster de York, divididas como están con división funesta.

Mas ahora dejad que ambos, Richmond e Isabel, legítimos sucesores de cada casa real,

por mandato de Dios siempre queden unidos, y que sus herederos (si Dios se lo permite) enriquezcan el porvenir con benévola paz, con plácida abundancia y venturosos tiempos. ¡Embota, oh Señor, el filo de traidores

que querrían recomenzar aquellos aciagos días y hacer gemir al país en arroyos de sangre! ¡Que no vivan para ver esta tierra prosperar los que traicioneros quieran desgarrar la paz!

Ciérrase la herida de la guerra civil; la paz se restablece; ¡quiera Dios halle aquí asiento permanente!

Salen.


Sigue... 



FIN

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