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Libro N° 14790. Las Mujeres En Austen. León Benítez, Catalina.


© Libro N° 14790. Las Mujeres En Austen. León Benítez, Catalina. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © Las Mujeres En Austen. Catalina León Benítez

 

Versión Original: © Las Mujeres En Austen. Catalina León Benítez

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LAS MUJERES EN AUSTEN

Catalina León Benítez


 

 

 

Las Mujeres En Austen

Catalina León Benítez

 


 

 

 

 

 

 

 

Si ha habido una novelista que haya amado a sus personajes, esa es Jane Austen. No les ahorra defectos ni debilidades, pero todo lo desvela desde el amor que todos ellos merecen. Sus personajes femeninos no son solo hermosas jóvenes casaderas, llenas de luz y de futuro, sino también madres entrometidas, vecinas chismosas, amigas fieles y amigas traidoras, muchachas atolondradas, institutrices, solteronas, aristócratas engreídas, etc. A través de sus confidencias, bailes, paseos o amoríos, muestran su interioridad con una hondura sorprendente.

 

Austen fue una escritora precoz, que entra en la gran literatura de todos los tiempos por su modo de presentarnos los problemas, sinsabores y emociones de sus contemporáneas y, en cierto sentido, de las mujeres en general. Pero no es literatura para mujeres, como bien sabe Catalina León, sino para todo corazón humano, que aprende mucho más de las historias que de los conceptos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Catalina León Benítez

 

Las Mujeres En Austen

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 28.01.2026



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Las mujeres en Austen

 

Catalina León Benítez, 2023

 

Cubierta: Estatua de Jane Austen en la catedral de Winchester

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Índice de contenido

 

 

 

Cubierta

 

Las mujeres en Austen

Prólogo. La educación sentimental

1. Austenismos

A modo de inspiración

2.  A propósito de Jane El universo Austen

 

3.  Una escritora nada romántica Madres e hijos

4. La vida no es una novela

La trilogía de Steventon

La abadía de Northanger (Northanger Abbey)

 

La trilogía de Chawton

Persuasión (Persuasion)

Una novela epistolar: Lady Susan

Una novela inacabada: Los Watson

La última novela: Sanditon

Los escritos de juventud: Juvenilia 5. Madres ausentes

Ausencia física, ausencia afectiva

6.  Una institutriz con suerte La conversación

 

7.  Juego de damas Antagonistas

8. Vida social

Conductas inapropiadas

9. Casarse por amor Bodas

10. Imperfectas heroínas

El realismo de lo cotidiano

11. Ella misma

El papel de la mujer

Bibliografía

Sobre la autora



 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Antonio, en su cielo

 

 

 

 

 

¡Qué dolor me provocaba en aquel entonces haber nacido mujer y saberme privada de la vida y la posición que habría disfrutado de haber sido hombre! Pero ahora estoy resignada y en paz. No diré nada más al respecto.

 

[Mary Berry, escritora, 1763-1852]

 

 

 

 

 

En sus libros no pasa gran cosa y, sin embargo, cuando uno llega al final de la página, quiere seguir leyendo con avidez para saber qué va a ocurrir. Otra vez, no pasa casi nada, pero uno sigue leyendo con curiosidad. El novelista que logra eso posee el don más preciado de cuantos se pueden poseer.

 

[William Somerset Maugham, escritor, 1874-1965]



 

 

 

 

  

PRÓLOGO

 

La educación sentimental

 

 

 

 

LO SOLÍAMOS LLAMAR «educación del carácter» y «educación sentimental», dos nombres para la misma cosa: la construcción interior que contribuye a que sintamos lo debido, porque resulta que el corazón tanto acierta como se equivoca, y para que nuestra vida sea buena es decisivo que ocurra más lo primero. Con todo, «educación sentimental» es un sintagma que sorprendentemente cuenta con muy pocos defensores, pese a ser capital para nuestro desarrollo. Nosotros estamos en cambio en la era de la «educación emocional», que es fundamentalmente la era de las palabras-sortilegio («empatía», «tolerancia», «resiliencia»): un mundo plagado de imágenes y patologías y hashtags que no tiene tiempo para el corazón y sus sutilezas. Y por eso hay tiempo para muchos cursitos, charlas TED y webinars, pero apenas para los grandes ensayos y las grandes novelas.

 

Los efectos de esta deriva —del abandono progresivo de la filosofía y la literatura como hitos esenciales de la madurez de la personas libres, juiciosas e íntegras— están a la vista de todos. Tal vez sorprenda a la lectora o lector saber que en una época que ha sido descrita como «intensamente emocional» haya tantas personas jóvenes y no tan jóvenes pobremente pertrechadas para la vida social, y que la causa principal es un déficit de comprensión lectora de los corazones ajenos y propios. Como seguramente sorprenda saber que nuestros principales problemas éticos no provienen de una disminuida razón respecto a lo que es justo y bueno, sino a un paulatino abandono de los sentimientos morales.

En una novela de Jane Austen hay tantas capas de profundidad sentimental como le faltan a la inmensa mayoría de nuestras actuales películas y series, no digamos a lo que pulula por las redes sociales. Estamos enviando a gran velocidad comandantes Spock de ambos sexos hacia el ciberespacio, lo cual está llevando a arrumbar comportamientos y hábitos esenciales que están en las heroínas de Austen —«el sacrificio, la entrega, la generosidad, el silencio», escribe Catalina León— y nosotros necesitamos. Decía David Hume en su Tratado de la naturaleza humana que «la razón es y solo debe ser esclava de las pasiones». Eso es lo que nos explica Austen, y cómo esas pasiones son las que sustentan nuestros sentidos vitales. «¡Con qué presteza acude la razón a aprobar lo que nos gusta!», leemos en Persuasión; lo que hacemos, cuando estamos lúcidos, es seguir los dictados de nuestro corazón, para lo cual conviene haberlo previamente entrenado.

 

Sentido, persuasión, prejuicio, sensibilidad, orgullo: desde los títulos, Jane Austen nos invita a la gravedad, esto es, a las cuestiones que tienen un peso diferencial en nuestras vidas. Lo hace, para mayor mérito, desde lo que son en esencia comedias, mostrando así una amabilidad infinita para con el ser humano. Quien haya vivido lo suficiente sabe lo mal que respondemos a las homilías adustas, y cuán de par en par nos abre el entendimiento la risa cordial e inteligente. Austen bien lo sabía: el premio del buen humor es una humanización casi inmediata. Como escribe el también novelista Martin Amis, «el primer desafío al que te enfrentas cuando escribes sobre Orgullo y prejuicio es terminar tus primeras oraciones sin decir: “Es una verdad universalmente reconocida…”».

 

Si ha habido una o un novelista que haya amado a sus personajes, esa es Jane Austen. No les ahorra ni un solo defecto, no oculta ni una sola de sus debilidades: pero todo lo desvela desde el amor que al prójimo le debemos. Como dice C. S. Lewis en su ensayo A note to Jane Austen, es abordar las cuestiones morales lo que posibilita que pueda trazarse una gran comedia, y eso implica que, a diferencia de muchas de las actuales parodias sin gracia, tiene que haber un fondo de verdad desde el que se mira, pues «a menos que haya algo sobre lo que el autor nunca ironice, no puede haber verdadera ironía en la obra». Las heroínas de Austen se esfuerzan por ver el mundo como realmente es, y, como explica León, «argumentos y personajes tienen un poderoso lazo con la verdad».

 

«Leemos a Austen —sostiene Harold Bloom— porque parece conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y parece conocernos tan íntimamente por la sencilla razón de que ayudó a determinar quiénes somos como lectores y como seres humanos». Esta es seguramente la razón de la extraordinaria salud artística de Jane Austen, plasmada en interminables reediciones, nuevas traducciones y ahora en este delicioso ensayo de León, pleno de gusto literario y de una rarísima capacidad para acercar las muchas delicadezas de Austen al público corriente. Lo logra incluso, según he podido comprobar, con quienes aún no han empezado a leer a la novelista nacida en Steventon; este texto que a continuación sigue es por tanto un estupendo protréptico.

 

Austen no es «literatura para mujeres», como bien sabe León, que es una consumada experta en lo otro, la literatura escrita por mujeres; es literatura para todos. Es gran literatura, en definitiva, letra imperecedera que mejora el alma humana. De su obra se han hecho innumerables lecturas —neoclásicas, románticas y hasta políticas—, pero ninguna que yo conozca que esté más cercana a la sabia consideración de la vida y al meollo vital del lector que esta.

El mundo cada vez está más conectado y menos vinculado: cada vez hay más soledad y más ruido. Uno de los principales antídotos a nuestro alcance es apagar nuestros dispositivos móviles y tomar entre las manos algunos de los mejores libros que jamás se han escrito, entre los que sin duda se encuentran las novelas de Jane Austen. Después, nada mejor que conversarlos, y eso es justo lo que nos ofrece Catalina León con su precioso ensayo: una honda conversación acerca de algunos de los personajes más complejos e interesantes —valga la redundancia— que la imaginación humana haya concebido. Ese mismo es el camino para la educación moral de nuestros corazones, que aprenden mucho más de las historias que de los conceptos. Después, por supuesto, tocará salir al mundo a refrendar lo aprendido, pues como leemos en Sentido y sensibilidad «no es lo que decimos o pensamos lo que nos define, sino lo que hacemos».

 

DAVID CERDÁ



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

1. Austenismos

 

 

 

 

AL CUMPLIRSE, EL 18 DE JULIO de 2020, el 203 aniversario de su muerte, la RAE lanzó a través de su cuenta de Twitter una pregunta sobre qué obra de Jane Austen era la favorita de los lectores. Hubo más de trescientas respuestas y ganó abrumadoramente Orgullo y prejuicio, pero Persuasión también fue muy mencionada. Además, apareció el nombre de Sanditon, su última novela que quedó inacabada, de actualidad en ese momento por la serie de televisión que acababa de estrenarse. La serie, de la que solo el primer capítulo contiene lo que Austen escribió, supuso volver a convertir a Jane en un tema de actualidad. Lo mismo que ha sucedido con otra versión de Emma para el cine, dirigida por Autumn de Wilde y estrenada el mismo año. Los comentarios que se suscitaron con la pregunta de la RAE eran interesantes y una única persona entre las que respondieron dijo que no conocía su obra.

 

Otro comentario curioso afirmaba que ningún libro de Austen podía calificarse como «bueno» porque ese adjetivo lo reservaba para las «verdaderas» escritoras de la época, que eran, a su juicio, las hermanas Brontë. Considerar contemporáneas a las Brontë y a Jane Austen es un error frecuente. Y no solo no es así por cronología (Charlotte nació en 1816, Emily en 1818 y Anne en 1820, mientras que Jane vino al mundo en 1775) sino porque sus trayectorias se insertan en dos momentos históricos tan diferentes (la era georgiana de Austen, la victoriana de las hermanas Brontë) que, por fuerza, ellas también han de serlo. Pero hay quien asume el desprecio que Charlotte Brontë, por ejemplo, la única Brontë que leyó a Jane Austen, sintió por la obra de su predecesora, al considerarla poco interesante y llena de un detallismo frívolo. Está claro que la mayor de las Brontë no entendió que la aparente superficialidad de Austen es, sobre todo, una estrategia literaria.

Jane Austen es una escritora leída sobre todo por mujeres, pero no solamente, lo que no deja de ser importante y positivo porque las mujeres formamos el grueso de los lectores de novelas. Las lectoras de Austen son mujeres de todas las edades, lectoras avanzadas y también lectoras noveles. La presencia de Jane Austen en las bibliotecas de las chicas jóvenes es muy destacada. No solo leen sus obras sino también los derivados. Manga, ediciones ilustradas, inventos varios (como buscar otros desenlaces o imaginarse otros personajes), secuelas más o menos imaginativas, recreaciones, sagas, todo eso la ha convertido en una escritora popular y algunos de sus protagonistas son iconos del pensamiento femenino. Incluso lectoras jovencísimas, en fase de iniciación, leen las historietas ilustradas de Orgullo y prejuicio.

 

Una característica de este enorme ejército es que cada una de sus lectoras tenemos en la cabeza una Austen diferente, propia, nuestra, y no queremos que nadie nos la toque. Las disputas son frecuentes entre las austenitas aunque tengamos algunas coincidencias de apreciación entre todas: nos hemos enamorado del señor Darcy, y, llegando a la edad madura, hemos convenido en que el señor Knightley nos interesa mucho más, porque tiene esa mezcla de conocimiento y encanto que engatusa, además de mucho menos orgullo, dónde va a parar. Darcy está bien para la efervescencia juvenil y quizá para la primera madurez, pero el remanso de paz que todas deseamos conseguir algún día está en Knightley y su visión de la vida. Siempre he pensado que era el favorito de la propia autora, aunque esté más escondido a los ojos del público y sea más discreto. Al fin y al cabo, ella misma permaneció oculta mucho más tiempo del que le hubiera gustado y del que era conveniente para alguien que escribe.

 

 

A modo de inspiración

 

 

No sería exacto decir únicamente que de Jane Austen se ha escrito mucho. Más bien lo correcto es afirmar que Jane Austen ha inspirado mucha literatura. No toda ella buena literatura, no toda literatura, en realidad. Ha inspirado películas, series, novelas de todo signo, adaptaciones de sus obras en las que el contenido y los personajes aparecen en otro tiempo y lugar, cómics, libros ilustrados, adaptaciones para niños, guías de viajes, y toda suerte de merchandising: cojines, tazas para el té, sombreros, lapiceros, almohadas, bolígrafos. Todo lo de Jane Austen es un negocio.

 

Los lugares en los que vivió o en los que estuvo de forma temporal tienen en ella un reclamo seguro. Con esa tradición de señalizar y poner en valor el mínimo detalle de la historia o de sus protagonistas, de los personajes importantes tanto literarios como reales, el sur de Inglaterra está lleno de testigos materiales de la vida de Jane. Hay posadas en las que paró, casas alquiladas, museos, bibliotecas que frecuentó, Chawton Cottage, la casa grande o Chawton Hall, la casa de su hermano en Kent (Godmersham Park), la vicaría de su padre en Steventon (aunque trasladada de ubicación), el espigón de Lyme Regis (el Cobb), todo Bath, que es un escaparate preciso de su estancia allí, un negocio lucrativo en torno a su vida y su obra, incluida la catedral de Winchester donde reposa bajo una lápida en la que no se habla de ella, salvo para decir que era piadosa y humilde e hija de su padre. También se comentan los libros que leía, los autores a los que admiraba, las posibles influencias, la literatura que detestaba. Es como si hubiéramos colocado sobre ella una enorme lupa para conocer todo el detalle. Sin embargo, como contrapartida a lo anterior, todavía hay muchos errores, prevenciones y perspectivas equívocas acerca de la autora y del significado de su obra.

 

¿Quiere esto decir que ya se ha dicho todo de Jane Austen? No. Porque hay un lugar en el que cabe excavar hasta el fondo para hallar más explicaciones. Y ese lugar son sus obras. El vivero básico, el fundamental, la fuente de todo. Y todos tenemos algo que contar de ella y de sus novelas. Y cada lector tiene derecho a verla a su manera. Verla y tratar de acercarse a su mirada femenina sobre un mundo eminentemente femenino. El mundo masculino de entonces, el de la guerra contra el francés, el de la política de los Georges, queda orillado, al margen, solo entrevisto por una rendija. Así, la historia de la época georgiana en la que vivió aparece en sus libros teniendo en cuenta la vida doméstica de cierta clase social. No la de los criados ni la de la aristocracia, sino la de la gente mediana, la clase media de entonces, el inicio de la burguesía comercial, los profesionales liberales emergentes y, sobre todo, la landed gentry, la pequeña aristocracia rural, la que poseía tierras, una casa solariega y, a veces, un título, la que tenía dificultades para cuadrar las cuentas y debía, por fuerza, usar el gran instrumento de aquellos años para sobrevivir (a veces, solo a veces, para progresar): el matrimonio.

 

Es el matrimonio el centro de todas las tramas de Austen porque era el centro de aquellas vidas. Un buen matrimonio te aseguraba la vejez y la subsistencia de los tuyos. El matrimonio era un buen plan de pensiones. Un mal matrimonio o la soltería eran la muerte social y la aparición de un fenómeno increíblemente importante entonces, terriblemente doloroso: la dependencia. Casi siempre, de la mujer al hombre. Mejor dicho, de la mujer pobre al hombre con posibles. Como en tantas otras cuestiones sociales, el dinero marca la diferencia. No es ninguna frivolidad, pues, eso de que la señora Bennet quiera casar bien a algunas de sus cinco hijas. Es, sobre todo, una obligación y, por desgracia, una necesidad. De igual modo que ahora todos los padres queremos que nuestros hijos vayan a la universidad y estudien una carrera, entonces era prioritario casarse bien. Y no tanto por el prurito de dar un heredero a la casa sino por asegurar el bienestar de la familia. Por el presente y no solo por el futuro.

 

En ese mundo de luces y sombras, las luces de las velas de los bailes a los que acudían las hermosas jovencitas casaderas vestidas de muselina, y las sombras de los pretendientes forzados y de los parientes pobres, se desarrollan las historias de Austen.

Su obra es una estampa de la vida doméstica a veces desde dentro y, otras veces, entrevista desde una ventana. Todo muy sencillo. Pero no simple. Al contrario: una afilada observación es la base de sus argumentos, que desmenuzan con sumo cuidado y fineza de bisturí lo que ocurría en esas tres o cuatro familias que vivían en el campo y que bastaban para escribir una novela, como afirmó la autora a una de sus sobrinas. Ella se olvidó de los fantasmas, de los castillos, de las damas desesperadas y los caballeros audaces, de la literatura gótica que había leído y conocía bien. Desdeñó el coetáneo romanticismo, que hacía bellas a todas las heroínas y valientes a todos los hombres, para centrarse en la sencillez (aparente) de una vida llena de asperezas que solo la conversación, el cotilleo entre amigas o la solidaridad entre mujeres podía hacer más llevadera. Ese fue el camino elegido y lo defendió cada vez que se puso en cuestión de una manera firme y convencida. Esa convicción se parece mucho al orgullo del artista, al papel del escritor que asume su obra y considera que eso es, exactamente, lo que debe y puede hacer.

 

A Jane Austen le costó publicar, tuvo guardados sus manuscritos en los cajones del escritorio durante años, pagó de su bolsillo a los «avispados» editores y no vivió para ver su éxito. Solo por eso, merece conocerse bien a partir de lo que mejor la define: su propia obra. El mayor motivo, no obstante, para leerla no es tan noble ni tan elevado. Simplemente se trata de disfrute y diversión, de risas y sonrisas. Lo que es la lectura. Un placer.

 

 

 

2. A propósito de Jane

 

 

 

 

Steventon, 17 de diciembre de 1775

 

Querida cuñada,

 

Sin duda estarás esperando desde hace tiempo noticias de Hampshire y quizá te sorprenda que a nuestra edad nos hayamos vuelto incapaces de contar, pero así ha sido, pues Cassy esperaba dar a luz hace un mes; sin embargo, ayer por la tarde llegó el momento y, sin muchos preámbulos, todo concluyó felizmente. Ahora tenemos otra niña, de momento un juguete para su hermana Cassy y una compañera para el futuro. Se llamará Jenny, y creemos que se parece a Henry, así como Cassy se parece a Neddy.

 

(Extracto de una carta del reverendo Austen a su cuñada Susannah Walter (1716-1811), esposa del hermanastro William-Hampson Walter (1721-1798), hijo del primer matrimonio de su madre, Rebecca Hampson, anunciando el nacimiento de Jane Austen, acontecido el día 16).

 

AUNQUE ESTO NO ES UNA biografía puede ser conveniente recordar algunos detalles de la vida de Jane. Los detalles son sustantivos y explican en gran medida su obra como ocurre con cualquier escritor. Interesan porque centran la vida familiar en su justo término y también la época en que le tocó vivir, un tiempo escaso porque murió con solo cuarenta y un años. Nos ayudan a entenderla mejor, despejan algunas de nuestras dudas y nos sitúan en el lugar exacto. Pero están elegidos por mí y no tienen por qué significar lo mismo para otras personas. Del gran mosaico que es su obra y su vida, escojo las teselas que me ayudan a componer mi propia imagen de ella. Austen escribió de su tiempo en todos los sentidos, ni de un tiempo anterior, ni del futuro. Fijó sus argumentos en tiempo real, de modo que, lo que narraba, podía estar sucediendo en el mismo momento en que ella lo contaba. Eso le da una cualidad indudable de realidad, de foto-fija de una vida que existía y que ella convirtió en personajes y trasladó a sus historias.

 

Argumentos y personajes tienen un poderoso lazo con la verdad y a ella se añade la imaginación como elemento que convierte lo que ve y lo



 

 

 

 

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que vive y lo que sabe en una historia que merece contarse. Sus historias no son toda la realidad, pero son realidad. Es una realidad seleccionada y pasada por el tamiz de la creación literaria, narrada desde el punto de vista de una aguda observadora que interviene cuando lo considera oportuno y que deja a los personajes expresarse en otras ocasiones. Lo que su vida aportó a su escritura puede ser objeto de controversia, pero, en todo caso, todas las biografías contextualizan a los escritores y les otorgan la posibilidad de adoptar su propio punto de vista.

 

 

 

El universo Austen

 

 

En ese mundo sitúa a sus personajes. De ellos destaca siempre cuatro aspectos: Cabeza, corazón, modales y espíritu (head, heart, manners y spirits). Por eso las descripciones físicas son tan escasas y, cuando aparecen, solo sirven para aportar un detalle que ayude a entenderlos. Esta es una de las características de su estilo literario y yo diría también de su concepción de la escritura, incluso de la vida. En lo que se refiere al aspecto físico algunas pinceladas bastan pero nunca tienen un aire hiperbólico, no son esenciales. No hay grandes bellezas ni fealdades, ni deformidades exageradas, sino gestos, miradas, movimiento de las manos, andares, todo eso que forma la imagen de una persona mucho mejor que los rasgos puramente físicos. Por eso mismo de Elizabeth Bennet dice que tiene unos ojos expresivos, un aire ingenioso y una figura agraciada. Y de la misma forma se refiere al porte noble del señor Knightley. O al estilo aristocrático de Darcy. Y, desde el otro lado, a la zafiedad de la señora Bennet, a la parsimonia perezosa de su marido o al aire mundano pero frívolo e insustancial de las hermanas de Bingley. Estos son algunos ejemplos que señalan su manera de definir a los personajes.

 

Solo con Emma se permite la licencia de describir, y al principio de la novela, a modo de carta de presentación, a esta protagonista tan peculiar: «Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia…». Podemos detenernos en esta definición. La belleza, a la que ella alude muy raramente; la inteligencia, que es un elemento omnipresente en sus descripciones y al que le da enorme importancia; la



 

 

 

 

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riqueza, la única forma que tenía una mujer entonces de no ser dependiente de los parientes varones; la risa, como representación de la alegría, un rasgo de carácter que define a la persona, en este caso, además, de una manera natural, sin imposturas y, por último, «una casa magnífica», algo que Austen nunca tuvo, ni en propiedad ni prestada, y que era uno de sus mayores deseos, porque significaba ser de algo, pertenecer a algo, tener la seguridad de una vida plácida. No obstante, dado el sentido del humor que está presente en todas sus obras, puede ocurrir que incluso esa definición sea solamente el reflejo de lo que Emma Woodhouse pensaba de sí misma y que Austen relata casi con una segunda intención. Ninguna otra presentación nos la podría situar mejor.

 

En un interesante libro publicado en 2008 por la Universidad de Málaga en su colección Textos mínimos, escrito por Nieves Jiménez Carra y titulado La traducción del lenguaje de Jane Austen, se pone de manifiesto el cuidado que la escritora ponía en la redacción de sus textos, incluidos el vocabulario, la sintaxis, el uso de términos específicos y, en general, todo lo que denota que no solo escribía, sino que corregía, volvía a escribir, reescribía y, en suma, dedicaba mucho tiempo a perfeccionar sus novelas. En el libro se distingue la forma de utilizar el lenguaje por el narrador y, por otro lado, los diálogos y elementos más coloquiales. En cuanto a estos, se han realizado estudios de frecuencia de palabras así como de expresiones, latinismos y otros aspectos de interés que aún resultan más curiosos si tenemos en cuenta que, salvo la presencia mínima de criados con diálogo (escasísimos), los personajes que aparecen en las novelas pertenecen todos a la misma clase social, con algunas excepciones de aristócratas.

 

Esto contradice el aserto familiar, expresado en la biografía de James Edward Austen-Leigh, de que Austen era una especie de escritora aficionada que, en los ratos libres, se dedicaba a emborronar cuartillas. Sería imposible la perfección conseguida en sus libros de ser así. Aunque no dispusiera de una habitación propia, aunque la faceta de escritora la llevara muy escondida, esto no quiere decir que no tuviera perfecta conciencia de su talento, de su capacidad, de su necesidad de plasmar por escrito sus impresiones, ideas, sentimientos e imaginación. De ahí su vigencia, de ahí su lozanía, de ahí su vigor. Y de ahí todas las innovaciones temáticas que introdujo en sus novelas y la forma en la que su escritura puede leerse ahora con perfecta sensación de actualidad, al



 

 

 

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contrario de lo que ocurre con muchos otros escritores contemporáneos suyos que tuvieron fama y ganaron dinero en ese tiempo, pero de los que ahora nadie se acuerda.

 

Seguramente la única manera en la que una joven de su época podía dar a la luz estas novelas era a través de una supuesta sumisión a la forma literaria o a los contenidos que tenían el nihil obstat de la época. Pero no creo que fuera esta la causa de su manera de hacer, sino que fue fruto de una elección que la llevó a crear su propio estilo. El estilo Austen parte de una filosofía del escándalo, por la cual se cuestionan los cimientos de la vida social y personal de su época. Los mayorazgos, el desprecio a las mujeres, la sumisión a los hombres, los matrimonios de conveniencia, el amor como estorbo, el lujo de quererse y de odiarse, los lazos familiares, los parientes incómodos, los vecinos cotillas, las apariencias ante la servidumbre, los pobres que no quieren serlo, el papel de los clérigos y todo un arsenal de pequeños detalles que constreñían la vida de las personas hasta el punto de que estaba milimetrada desde que nacían.

 

Todas esas verdades absolutas son movilizadas y sacudidas por Jane Austen. Y lo hace sin ira, sin enojo y sin violencia. Delicadamente. Una inteligencia aplicada a conocer y a mostrar. El relato en sus manos es una fuente de sabiduría y también una manera de enfrentarse al mundo. Su propio papel en el círculo familiar así lo certifica. Y ese convencimiento personal de que no era una mujer que escribía (lo que supondría un hobbie, una ocupación, una actitud diletante) sino una «escritora», es el resumen exacto de lo que pretendió hacer, con voluntad de permanencia manriqueña y tozuda.

 

Resulta muy curioso cómo desarrollándose el tiempo de sus obras en momentos convulsos de la historia de Inglaterra, ella deje de lado ese cuadro exterior para centrarse en lo que a los hombres y a las mujeres les afecta. La apuesta por las emociones es, en sí misma, algo escandaloso. Hasta entonces nadie había entendido (y todavía muchos no lo entienden) que la revolución mayor es la de los gestos y que las guerras más cruentas se libran en el interior de cada uno de nosotros.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. Una escritora nada romántica

 

 

 

 

SIN REPARAR DEMASIADO en fechas y estilos hay un gran número de lectores que identifican a Austen con una escritora romántica. Y, lo que es más llamativo, articulistas, escritores de periódicos, periodistas, incluso críticos literarios… Pero esto constituye un error fácilmente desmontable si uno lee sus libros con atención y repara en el panorama literario inglés en lo que respecta a la novela. Además desvela un enorme desconocimiento acerca de alguien que, por su misma popularidad, arrastra tópicos y atribuciones equivocadas. El género de la novela inglesa comenzó con las obras de Daniel Defoe (Robinson Crusoe y Moll Flanders) y de Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver). Estamos a principios del siglo XVIII y se trata de obras de aventuras. En la década de 1740 aparecen las novelas fundacionales de la literatura inglesa, en el género epistolar Pamela de Samuel Richardson y Tom Jones de Henry Fielding, en la picaresca realista. Esta última novela era muy apreciada por Jane Austen. Ambas estaban en la biblioteca familiar.

 

El escritor Samuel Johnson, de gran importancia en el conjunto de la novela inglesa, publica en 1759 una suerte de obra exótica, Rasselas, príncipe de Abisinia, y en los años siguientes conocemos a cuatro escritores, cada uno de los cuales hace una importante aportación al género novelístico inglés: Lawrence Sterne con su Tristan Shandy, Tobías Smollet, que refleja en sus obras un retrato social de la época; Oliver Goldsmith y Horace Walpole, creador de la novela gótica con El castillo de Otranto.

A finales del siglo XVIII es el movimiento romántico el que tomará el relevo, con nombres señeros como Ann Radcliffe, Mary Wollstonecraft, William Godwin, Sir Walter Scott o Mary Shelley. Historias caballerescas, amores trágicos o relatos de fantasmas, todo cabe en este período. Ya en la época victoriana, tras el paréntesis conocido como era georgiana, aparece



 

 

 

 

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la novela en folletines, publicaciones de pocas páginas en periódicos y revistas, cuyos autores eran Charlotte o Emily Brontë, Elizabeth Gaskell, George Elliot o Charles Dickens.

 

Es precisamente en la época georgiana, es decir, entre los románticos y los victorianos, donde se inscribe la persona y la obra de Jane Austen. Sus libros son una isla con respecto a todos los demás. Rompe con el esquema tradicional de valores de la novela anterior, introduce elementos de modernidad y crea personajes y acciones que no se corresponden con los románticos ni serán continuados, salvo someramente, por los victorianos. La novela de Jane Austen entronca más con las épocas fundacionales inglesas que con la inmediatamente anterior. Y hay algunos aspectos que son suyos: la ironía, el sentido del humor, el papel de la mujer. Es verdad que no se trata de una obra monolítica y que en cada una de sus novelas subyace una intención casi oculta, incluso de parodia (como La Abadía de Northanger, que es una especie de acercamiento personal al género gótico), pero, por eso mismo, no puede encuadrarse en ningún movimiento anterior ni posterior.

 

Los protagonistas de Austen son personas normales, no héroes, ni aristócratas, sino la gentry, la baja nobleza rural. Los asuntos que trata son sencillos y cotidianos, el amor, casarse, las herencias, las disputas familiares… No hay grandilocuencia en ellos. Tampoco observamos prolijas descripciones de paisajes ni de casas ni de ciudades, lo que importa son las emociones y cómo las viven esos personajes. Son libros minimalistas en cuanto al sentido descriptivo. No existe en ellos el desgarro de sentimientos, el sufrimiento de las tragedias románticas, ni la fantasmagoría, ni las aventuras, sino simple, sencilla y llana vida normal. Es un realismo emocional que antecede la modernidad y que hace que sean clásicas y no parezcan antiguas. Como las obras de Shakespeare.

 

Al igual que todas sus protagonistas, Jane Austen estaba decidida a casarse por amor. Y eso, lejos de ser muestra de un temperamento romántico al uso como se le achaca (cosa absurda puesto que aún el romanticismo no estaba ni siquiera esbozado como tal), lo que indica es una modernidad absoluta. Nadie en nuestro tiempo pensaría en casarse por el interés o, al menos, no se vería obligada a hacerlo. Pues eso es lo que hace Jane Austen. Utilizar su libre albedrío, su libertad, sus deseos, por encima de las conveniencias. Por eso es la escritora que rompe con las



 

 

 

 

 

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novelerías góticas y la que prepara el camino de la novela moderna. Ella, en sí misma, es tan moderna como tú y como yo.

 

 

 

Madres e hijos

 

 

Una cuestión curiosa es la referente a la maternidad. Es un tema que no se halla en los libros de Austen salvo para señalar lo molestos que son los niños maleducados (como los de Mary Elliot en Persuasión). La carga que suponen los hijos para las familias numerosas cuando los medios son insuficientes también tiene reflejo en alguna novela, como el caso de Fanny Price en Mansfield Park. Un matrimonio irresponsable tenía consecuencias graves y de eso Fanny sabe mucho pues tiene el ejemplo de sus padres. Es cierto que se describen grupos familiares con niños bien educados y encantadores, como los hijos de los señores Gardiner, en Orgullo y prejuicio, o los de Isabella Woodhouse, en Emma, pero no interesan en el transcurso de la trama ni añaden nada a ella. No hay novelas «con niño», de modo que ese tema es totalmente tangencial y casi ausente. El único caso de embarazo que se relata es, y de pasada, el de la señora Weston, en Emma. Podíamos decir que con la boda acaba todo. Todo lo que se puede contar.

 

Esto puede hacernos reflexionar sobre qué pensaba Jane Austen acerca de tener hijos y su influencia en la felicidad de las personas. Puede ser que la vivencia directa de las dificultades que la crianza traía, la falta de tranquilidad que surgía en los padres, el hecho de que hubiera tenido tantos hermanos o el conocimiento de los dolores y problemas de los partos, fuera razón suficiente no solo para no querer tener hijos, sino para no interesarle el tema en absoluto en sus novelas. En ellas hay profusión de bodas, pero los embarazos y los partos no forman parte de su núcleo central.

Como dice Alasdair McIntyre (Tras la virtud), «sus novelas son una crítica moral sobre los padres y guardianes, así como también sobre los jóvenes románticos; porque los peores padres y guardianes, la estúpida señora Bennet y el irresponsable señor Bennet, son lo que pueden llegar a ser los jóvenes románticos si no aprenden lo que es debido acerca del matrimonio».



 

 

 

 

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Esto nos indica que, aunque Austen no recoge como telón de fondo los acontecimientos históricos, económicos y sociales de la época, sus novelas están plenamente insertas en su tiempo. Jane Austen escribió de lo que conocía de primera mano, por eso su espacio es reducido con el fin de que el detalle se pueda ampliar. Esa fue una opción consciente: hablar de lo que se conoce bien y profundizar en ello. Y, además, seleccionó el punto de vista de aquello que le interesaba destacar, sobre todo la situación de la mujer en un contexto tan cambiante y que producía daños irreparables. La mirada de la mujer sobre la sociedad, en suma.

 

Siguiendo con McIntyre «la emoción más importante que subyace a las novelas de Jane Austen es lo que D. W. Harding llamó su odio metódico hacia la actitud de la sociedad para con la mujer soltera».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4. La vida no es una novela

 

 

 

 

DE LAS SEIS NOVELAS MAYORES que escribió Jane Austen, tres fueron escritas en Steventon y otras tres en Chawton. La novela epistolar Lady Susan también se escribió en Steventon al igual que sus escritos de juventud. En cuanto a la inacabada Los Watson, todo parece indicar que se redactó durante su estancia larga en Bath. Después de Bath fue Southampton su lugar provisional de residencia y allí pudo terminar Lady Susan, que estaba sin final. Por último, Sanditon, la última novela que empezó y no logró terminar es, como resulta lógico, del tiempo de Chawton.

 

De modo que podríamos organizar su escritura con un criterio geográfico y temporal:

Sus primeros veinticinco años los vive en Steventon y aquí podemos situar los Juvenilia, Lady Susan (sin su desenlace), la primera y la segunda versión de Sentido y sensibilidad; La abadía de Northanger que primero se llamó Susan y después Catherine; Primeras impresiones que fue la primera versión de Orgullo y prejuicio. Cuatro novelas, más los escritos de juventud y muchas cartas es el balance de Steventon.

 

La rectoría de Steventon, su primera vivienda, ya no existe en su edificio y emplazamiento antiguos mientras que la casita de campo que el hermano Edward les cedió y que fue su último hogar, cerca de su mansión de Chawton House, tiene una curiosa historia. Nunca se llamó Chawton Cottage, a pesar de que este nombre ha hecho fortuna. Se edificó a fines del siglo XVII por un campesino que la llamó Petty John. En 1769 se vendió a Thomas Knight, el primo rico de los Austen. Desde entonces fue una fonda hasta que en 1791 el administrador del señor Knight, Bridger Seward, la ocupó junto con su esposa. A la muerte de Seward en 1809 su nuevo dueño, el hermano Edward, la cedió a su madre y hermanas, después de que saliera de allí a la fuerza la esposa del administrador.



 

 

 

 

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La primera novela que publicó fue la segunda en escribirse, Sense and Sensibility (Sentido y sensibilidad), que inició en 1795. Su título original era Elinor and Marianne y hacía referencia a las dos protagonistas, aunque el hilo conductor del libro es la mayor, Elinor. No fue publicada hasta 1811, es decir, dieciséis años después de iniciarse. Entre el primer borrador y su publicación Jane Austen fue haciendo correcciones y cambios, quitando y poniendo páginas, reescribiendo. Este era su procedimiento habitual y viene a significar que cuidaba al máximo tanto el estilo como los argumentos y las tramas. Al igual que sus otras dos primeras novelas publicadas lo fue por el editor Egerton. Y, como todas las demás, sin autoría.

 

La firma: By A Lady, sin embargo, resulta interesante. Algunas escritoras usaban y usarían en tiempos posteriores nombres de varón; otras, los de sus propios maridos. También las habrá con pseudónimos ambivalentes, como las hermanas Brontë (Currer, Ellis y Acton Bell). Pero Jane Austen, aunque no puso su nombre, sí dejó claro que la novela estaba escrita por «una dama». Una mujer. Esto podemos anotarlo. Más adelante, sus novelas llevarían el indicativo de: «Por el autor de Pride and Prejudice y Sense and Sensibility». Aquí desaparece ya la condición femenina aunque todo el mundo, a esas alturas, sabía que era una dama la firmante.

 

Pride and Prejudice (Orgullo y prejuicio), la novela más famosa de todas, se comenzó a escribir en 1792 y llevó el primigenio título de First Impressions (Primeras impresiones). Es otra novela de la época de Steventon y su editor fue el mismo Egerton, en 1813. Por su parte, Northanger Abbey (La abadía de Northanger), es la tercera novela compuesta en Steventon y se escribió entre los años 1798 y 1799, llevando el título inicial de Susan, que se cambió para su publicación, póstuma, en 1818, conjuntamente con Persuasion, en cuatro volúmenes, dos para cada obra. Así, aunque Northanger Abbey es una de sus primeras novelas, fue la última en publicarse y lo hizo con el nuevo editor de Austen, el señor Murray. Hay que decir que ni Egerton ni Murray confiaron plenamente en la escritora y ninguno le ofreció buenas condiciones de publicación. Hubo otro editor, Crosby and Co., a quien ella había vendido los derechos de Northanger Abbey por diez libras, que él le reembolsó ante la evidencia de que no pensaba publicarla y tras la pertinente reclamación por parte de Jane, quien firmó la carta de requerimiento con el seudónimo de Mrs.



 

 

 

 

 

 

 

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Ashton Dennis. Resulta extraordinario cómo defendía sus derechos de autora.

 

Los años de Bath y el subsiguiente peregrinaje posterior tras la muerte de su padre fueron poco productivos. Parece que inició The Watson pero la dejó inacabada, como después ocurriría con Sanditon aunque por motivos muy distintos. En el caso de The Watson, leyendo la novela he concluido que la historia dejó de tener interés para ella, unido a que no hallaba en Bath el sosiego suficiente como para escribir. El problema de Sanditon fue su mal estado de salud.

Tenemos que saltar a 1809 para encontrar otro tiempo prolífico en la autora, asentada ya en Chawton. Desde 1809 a 1812 revisa y deja listas para publicación tanto Orgullo y prejuicio como Sentido y sensibilidad. Entre 1811 y 1813 Jane Austen escribe Mansfield Park, cuya primera edición publica Egerton en 1814 pero que pasa a manos del editor Murray en las siguientes ediciones.

Entre 1814 y 1815 escribe y publica Emma, que vio la luz en diciembre de 1815, también en una edición de Murray. Por último, Persuasion (Persuasión) es la última que escribe, durante los años 1815-1816, para publicarse póstumamente en diciembre de 1817-enero 1818, junto con Northanger Abbey. Fue su hermano Henry, el más querido por la escritora y el que había estado al tanto de su vida editorial, el que cuidó de esta edición póstuma y desveló, con toda claridad, quién era la autora.

Las tres novelas de Steventon son, pues, Sense and Sensibility, Pride and Prejudice y Northanger Abbey. Las tres de Chawton, Mansfield Park, Emma y Persuasion. En cuanto a su ambientación, en dos de ellas tiene la ciudad de Bath un enorme protagonismo, Northanger Abbey y Persuasion. Resulta curioso que la autora escriba de Bath antes de vivir allí y después de haber abandonado la ciudad, pero no consiguió hacerlo con amplitud durante el tiempo de su estancia, quizá no solo por la impresión que le causó la decisión unilateral de sus padres de dejar atrás Steventon (y con ello sus libros y sus muebles, por ejemplo) sino también porque el tipo de vida en Bath (cambios de domicilio incluidos) no se avenía a la tranquilidad de espíritu que ella necesitaba para su escritura. Esto son conjeturas, sin embargo. No obstante, en la vida de los escritores suelen darse esos períodos de sequía alternándose con otros de enorme productividad y ello suele deberse siempre a más de una circunstancia. La



 

 

 

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vida cotidiana puede servir de acicate o de rémora a la hora de escribir. En algunos casos es la infelicidad la que te lleva a la escritura y, en otras, esa misma infelicidad supone un dique de contención para tu imaginación. O quizá todo sea mucho más sencillo y práctico y tiene que ver con tareas inaplazables, obligaciones o necesidades cotidianas. Recordemos que Jane Austen no llevaba vida de escritora y las ventajas que ello conlleva en cuando a dedicación exclusiva.

 

Antes de esas novelas mayores y desde que tenía trece o catorce años escribió una serie de relatos, pequeñas dramatizaciones, textos ensayísticos y de otros géneros, incluso históricos, que se han reunido en lo que se llama Juvenilia. Ella misma hizo esta selección al acometer la tarea de pasarlas a limpio. Es de suponer que colaboraría en la escritura de obras de teatro que solían representarse en Steventon por parte de la familia, en una tradición muy asentada y que contribuía al disfrute de todos. También escribió en Steventon la novela epistolar corta Lady Susan, revisada años después y publicada póstumamente. A todo ello hay que añadirle sus Cartas. Jane Austen era una prolífica escritora de cartas como muchos otros miembros de su familia siguiendo la costumbre de una época en la que los lazos familiares se mantenían a base de la información que provenía de la correspondencia. Su necesidad de comunicación y de expresión se plasmaba de esa forma y salía a la luz en forma de detalladas descripciones que abarcaban muchísimos aspectos.

 

Muchas de esas cartas, las que contenían determinados asuntos íntimos, fueron destruidas a su muerte por su hermana Cassandra. En total se supone que escribió unas tres mil. Se conservan ciento sesenta y han sido objeto de publicación. En sus novelas, además, las relaciones epistolares tienen singular importancia y la llegada de una carta o la escritura de otra constituyen un detalle que no pasa desapercibido. Hay casos en los que una carta es el medio del que se vale el personaje para dar a conocer hechos relevantes o para aclarar algún malentendido. La carta permite expresar los sentimientos de un modo más abierto y completo que la conversación y ambas, cartas y conversaciones, son los recursos fundamentales por los que se establecía la comunicación y el contacto entre los seres humanos tanto en la vida de Jane como en su obra. Ser un buen escritor de cartas no es sencillo y ella lo era al igual que otros miembros de su familia, como su hermano James, su madre o su sobrina Anna.



 

 

 

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Las novelas de Jane Austen no hablan de castillos, doncellas perseguidas, príncipes o fantasmas. No se refieren a la aristocracia ni a los criados. Tratan, sencillamente, de la clase social a la que ella pertenecía y que conocía bien, lo que se llama la gentry, la baja y mediana aristocracia rural, en la que había caballeros, clérigos, muchos de ellos sin fortuna, aunque con cierta formación. También aparecen algunos militares, profesionales liberales como excepción y una gran cantidad de viudas, viudos y jóvenes casaderas.

 

El telón de fondo lo tenía a mano, era su propia sociedad, la gente que la rodeaba, las normas sociales de su época. El talento lo traía de serie y el estilo se fue depurando desde sus primeros escritos a los catorce o quince años hasta sus novelas mayores.

Se ha dicho en ocasiones que la escritora halló una especie de paraíso en su estancia en Chawton. Pero nada más incierto. En realidad, era muy consciente y así lo siguió manifestando en su obra, que estaba allí de favor. Y la situación nunca podía obviarse pues trataba continuamente con la rama rica de la familia, la de los Knight, representada por su hermano Edward y sus hijos. No es fácil olvidar que debes a alguien tu bienestar y eso se trasluce en los pensamientos de sus personajes.

Para añadir más leña al fuego, parece que las dos ramas de la familia, los Austen y los Knight, no se llevaban bien y la prueba está en que a la muerte de Jane iniciaron una competición bastante obvia para lograr hacerla suya. Esto, que se llama apropiación, continuó con el paso de los años.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA TRILOGÍA DE STEVENTON

 

 

La abadía de Northanger (Northanger Abbey) Título original: Susan. Segundo título: Catherine

 

[Escrita en 1798-99, revisada en 1803 y publicada en 1817-1818 como obra póstuma]

 

Gente corriente

 

Nadie que hubiera conocido a Catherine Morland en su infancia habría imaginado que el destino le reservaba un papel de heroína de novela. Ni su posición social ni el carácter de sus padres, ni siquiera la personalidad de la niña, favorecían tal suposición. Mr. Morland era un hombre de vida ordenada, clérigo y dueño de una pequeña fortuna que, unida a los dos excelentes beneficios que en virtud de su profesión usufructuaba, le daban para vivir holgadamente. Su nombre era Richard; jamás pudo jactarse de ser bien parecido y no se mostró en su vida partidario de tener sujetas a sus hijas. La madre de Catherine era una mujer de buen sentido, carácter afable y una salud a toda prueba. Fruto del matrimonio nacieron, en primer lugar, tres hijos varones; luego Catherine, y lejos de fallecer la madre al advenimiento de esta, dejándola huérfana, como habría correspondido tratándose de la protagonista de una novela, Mrs. Morland siguió disfrutando de una salud excelente, lo que le permitió a su debido tiempo dar a luz seis hijos más.

 

Catherine Morland es una chica normal, de una familia normal, pero con una cabeza a pájaros debido a que lee continuamente novelas góticas, como, por ejemplo, las de Ann Radcliffe (El misterio de Udolfo). De modo que se cree una heroína. Es una creencia personal e íntima que nadie más comparte y menos que nadie su propia familia que tiene claro cómo es la muchacha y a qué puede aspirar. Pero las heroínas supuestas, viene a decir Austen con gracejo, siempre encuentran un cauce por el que impulsar sus sueños y hallar su destino. Y esos son los Allen, que la invitan a pasar una temporada con ellos en la ciudad balnearia de Bath, el centro de la ostentación, donde ella podrá lucir a modo sus cualidades. Muy pronto, en ese mundo de entretejidos que terminan siempre en lo económico, se concitará el interés de quienes la creen una rica heredera. Y conocerá a dos familias que serán decisivas en su desenvolvimiento social: los Thorpe y



 

 

 

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los Tilney. Los Thorpe son egoístas, interesados y manipuladores, caracteres todos muy propios de una sociedad que necesitaba con urgencia ser rescatada de la miseria y llevada a la comodidad de una vida basada en una economía lo más saneada posible. Los Tilney, una familia rica que posee la abadía de Northanger, la tendrán como huésped hasta que el padre descubre el error.

 

La abadía de Northanger es, por tanto, la historia de un gran malentendido. Una comedia de situación en la que nada es lo que parece, en la que los afectos aparecen camuflados y las chicas tontas y poco formadas son presa fácil del oportunismo, aunque ellas mismas contribuyan en cierto modo a que eso suceda. No puede decirse que Catherine Morland haya recibido una buena educación. Como ocurre con otras mujeres Austen su familia no ha sido nada severa ni ha tenido un objetivo claro al educarla. Las críticas a la no-educación, no solo intelectual sino, sobre todo, del carácter, están presentes también en esta novela. En realidad, salvo Emma Woodhouse (Emma), ninguna de las chicas Austen ha tenido institutriz. Catherine ha hecho lo que le ha dado la gana y ha ido dando tumbos de una afición a otra. No es que fuera corta de entendimiento… «pero en lo que a estudios se refería, se empeñaba en seguir los impulsos de su capricho». No consiguió aprender música («estudió la espineta durante un año, pero como en ese tiempo no se logró más que despertar en ella una aversión inconfundible por la música, su madre, deseosa siempre de evitar contrariedades a su hija, decidió despedir al maestro»), tampoco dibujo y asimiló como pudo algo de aritmética, caligrafía y francés que le enseñaron los padres. «No era mala ni tenía un carácter ingrato, odiaba el aseo excesivo y que se ejerciese cualquier control sobre ella y amaba sobre todas las cosas rodar por la pendiente suave y cubierta de musgo que había por detrás de la casa».

 

Catherine Morland, ya lo vemos, es un potrillo. También la casa de los Austen en Steventon tenía una agradable pendiente por la que tirarse en los juegos.

Siguiendo con la sátira (todas las explicaciones que da Austen sobre el carácter de Catherine están escritas en ese registro) resulta que la chica fue mejorando a partir de los quince años, se cuidó más, se embelleció un poco y se puso con «lecturas serias» que le proporcionaban «citas literarias tan oportunas como útiles para quien estaba destinada a una vida de vicisitudes y peripecias». Lo único que no logró mejorar fue el dibujo



 

 

 

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porque «en este terreno no alcanzó tanta perfección como su porvenir heroico-romántico exigía. Claro que, por el momento, y no teniendo a mano a quien retratar, no se daba cuenta de que carecía de esa habilidad». A estas alturas del libro (todo esto son las primeras páginas) ya nos estamos riendo a modo.

 

Por desgracia la joven Catherine no había conocido aún el amor a los diecisiete años. Dice la autora que eso era «muy extraño». Aunque añade «se comprenderá fácilmente si se considera que ninguna de las familias que conocía había traído al mundo un niño de origen desconocido; detalle importantísimo tratándose de la historia de una heroína».

Sin embargo, «cuando una joven nace para ser protagonista de una historia de amor no puede oponerse a su destino…». Así que surge milagrosamente la invitación del señor Allen, un propietario acaudalado del pueblo en el que viven los Morland (Fullerton) para que acuda con ellos a Bath, el centro balneario y social más famoso de toda Inglaterra. Ahí es nada.

De manera que entra en acción el torbellino de la vida en Bath, donde nada es lo que parece, donde cualquiera puede presumir de ser lo que no es y donde las relaciones sociales se cogen con pinzas. «Los peligros que, como todo el mundo sabe, rodean a los balnearios», dice la autora cuando nos cuenta los preparativos del ansiado viaje. La descripción de la forma en la que la señora Morland se toma la partida de su hija es una obra maestra de la ironía más aguda. No se puede recrear uno más en la emulación paródica de lo que debía ser, según contaban las novelas, ese peligro. La señora Morland, por cierto, es uno de esos personajes poco conocidos pero que tienen mucha trastienda y pueden dar de sí lo suficiente como para dedicarles un párrafo… o un tratado entero.

 

Durante toda la novela, Jane Austen interroga al lector y le hace preguntas incómodas sobre los personajes. Esas preguntas llevan cargas de profundidad y, por eso mismo, tienen una cantidad de humor y de parodia que siguen haciéndonos reír. Es un vodevil, una continua broma, una comedia de altura.

Catherine Morland es, además de inocente, bastante primaria y poco sofisticada intelectualmente. No ha sido suficiente para cultivarse la lectura constante de novelas góticas, sobre todo las de su amada Ann Radcliffe, a la que menciona con reiteración, destacando su obra Los misterios de Udolfo que es para la joven una especie de biblia. Los ratos



 

 

 

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que dedica a comentar la obra con alguna amiga son especiales y mucho más aún los que emplea en leer la novela.

 

Esta afición novelesca hace que Austen reflexione sobre el género y también que sus personajes se pronuncien sobre él. La escritora hace una encendida defensa de la novela pero también pone en boca de uno de sus personajes masculinos, Henry Tilney, el héroe de la historia, algunas frases en relación con la bondad de esas obras y opiniones acerca de que a los hombres de buen gusto e inteligencia también les interesan. De esta forma, la aprobación de la novela como género literario viene dada tanto por la propia escritora como por sus personajes. Y la consideración que a Austen le merecen las novelas se reafirma con este pasaje del libro, que no deja de resultar enigmático porque desconocemos a qué «colega» se refiere:

 

Las ventajas que reporta para una joven bonita carecer de juicio han sido ya destacadas por la brillante pluma de una colega novelista, y a su tratamiento del tema solo añadiremos, para hacer justicia a los hombres, que si bien para la mayor parte, los más superficiales, la necedad en la mujer supone un gran realce de sus encantos personales, hay también otros lo bastante sensatos y bien informados para buscar en la mujer algo más que la ignorancia.

 

Catherine Morland es «nuestra heroína» pero nada de ello se corresponde ni con su historia, ni con sus cualidades ni temperamento, ni con los hechos que le acontecen. Esa es la primera gran ironía de la novela. Tampoco está rodeada de personas que tengan rasgos heroicos, al contrario. Su amiga Isabella Thorpe, a la que ella considera una persona cabal, resulta ser en realidad, aunque Catherine no se dé cuenta, egoísta y manipuladora al extremo. Solo piensa en ella misma y usa la adulación, el engaño y la falsedad para conseguir sus objetivos. De su hermano, John Thorpe, únicamente pueden decirse cosas negativas. Es cínico, aprovechado e insustancial, además de bastante insoportable, pues pasa todo el día hablando de sí mismo y de sus supuestas e inexistentes hazañas. El hecho de que sea compañero de universidad (Oxford) del hermano mayor de Catherine, James Morland, es la única razón por la que ella se siente obligada a soportarlo.

 

Con respecto a la señora Allen, la amable anfitriona que la invita a pasar con ella y con su marido una temporada en Bath, se trata de alguien solamente dedicado a sus vestidos, adornos y chismes. Es tan egocéntrica y pobre de espíritu que solo ve telas y telas en cualquier conversación. No es mala persona, pero resulta aburrida y falta de interés.



 

 

 

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En cuanto al general Tilney, el padre de Eleanor y Henry Tilney, tiene mal ojo para escoger a sus invitadas, lo cual no es raro si sabemos que solo se deja llevar por la apreciación de si tiene o no buenas condiciones económicas. Tan deseoso está el general de tratar con personas de buena posición que se deja influir por las apariencias y aquí Austen nos vuelve a indicar que estas suelen engañar y que las amistades por interés nunca tienen una buena evolución.

 

La acción de la novela tiene dos escenarios bien distintos. El primero de ellos, Bath, supone el colmo de la frivolidad. Resulta altamente difícil mantener allí el equilibrio emocional y la calidad del espíritu, porque todo se va en charlas, bailes, paseos en calesín, almuerzos y esperas. Por su parte, el segundo escenario, la abadía de Northanger, propiedad de los Tilney y adonde la joven se encamina atendiendo la invitación de estos, por mucho que se le eche fantasía y muchas novelas que uno haya leído no deja de ser un edificio medio en ruinas.

La vida no es una novela, desde luego, y eso Catherine Morland habrá de aprenderlo por fuerza. El hecho de que al final se produzcan las ansiadas bodas no quita para que el camino haya sido decididamente molesto.

 

Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?

 

He aquí la proclama que realiza Jane Austen a favor de la novela aprovechando la charla amigable sobre el tema entre Isabella Thorpe y Catherine Morland.

 

También hay algo para los críticos literarios, que no se vieron nunca tan justamente vapuleados: «Dejemos a quienes publican en revistas criticar a su antojo un género que no dudan en calificar de insulso, y mantengámonos unidos los novelistas para defender lo mejor que podamos nuestros intereses». Este mitin lo escribe Austen cuando todavía no ha publicado ninguna obra, ni la publicación se otea en el horizonte. Extraordinaria conciencia de sí misma como lo que se sentía, una escritora de novelas.



 

 

 

 

 

 

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Y no acaba ahí la cosa. Continúa el párrafo con algunos datos que nos hacen pensar en el panorama literario en la época: «Por soberbia, por ignorancia o por presiones de la moda, resulta que el número de nuestros detractores es casi igual al de nuestros lectores, y mientras mil plumas se dedican a alabar el ejemplo y el esfuerzo de los hombres que no hicieron más que compendiar por enésima vez la historia de Inglaterra o coleccionar en una nueva edición algunas líneas de Milton, de Pope y de Prior, junto con un artículo del Spectator y un capítulo de Sterne, la inmensa mayoría de los escritores procura desacreditar la labor del novelista».

 

El rapapolvo no se extiende solo a los críticos literarios y la gente del mundillo, sino también a los lectores de novela que niegan serlo: «Si preguntamos a una dama: ¿Qué lee usted? y esta, llámese Cecilia, Camilla o Belinda, que para el caso lo mismo da, se encuentra ocupada en la lectura de una obra novelesca, nos dirá sonrojándose: Nada… Una novela».

Los nombres de la dama en cuestión nos deben recordar la literatura de éxito entonces. Cecilia y Camilla son obras de Fanny Burney, mientras que Belinda lo es de María Edgeworth. Nunca sabremos qué pensaba en realidad de las novelas de estas contemporáneas porque el tono irónico del libro oculta su verdadera opinión.

 

La abadía de Northanger es una inmensa sátira, una completa ironía acerca de los males que causan en las jovencitas la lectura de malas novelas. Lo que es muy distinto a leer novelas, algo que la autora defiende en el libro. Las malas novelas, las novelas de argumento manido y de personajes fantásticos, en las que todo lo misterioso es un reclamo, atrapan a las muchachas y las hacen vivir en una burbuja de aventura que no es real. Como le ocurrió a Cervantes con El Quijote se da la paradoja de que se critican determinadas novelas de moda por quienes están llamados a ser genios de la novela universal. Y no deja de resultar extraordinario que defienda con tanto ardor a los novelistas y se considere uno de ellos cuando ni siquiera tiene en perspectiva publicar lo que escribe. Cuánto tesón, cuánto convencimiento, cuánta fe…

 

La publicación póstuma de la novela, en 1818, junto con Persuasión, en cuatro tomos, dos para cada una, reunió obras radicalmente distintas. La distancia cronológica en la redacción de ambas y las vicisitudes de Austen con los editores, que impidieron la publicación de La abadía en su



 

 

 

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momento, dieron lugar a esta circunstancia. Así, mientras La abadía de Northanger presenta referencias a las novelas góticas, Persuasión es una novela de futuro, que antecede la novelística victoriana, con sus protagonistas atormentados y sus enfrentamientos familiares y morales. Además, el tono es, asimismo, opuesto. La primera es una sátira, con tono burlesco y humorístico. En la segunda no hay ni un ápice de humor porque la mirada de la autora ha cambiado y es otra. Poco se ha incidido en este cambio de rumbo que hubiera dado lugar, de no mediar la muerte de Austen, en otras novelas que pudieran confirmar esta evolución. De modo que resulta casi indiscutible pensar que Persuasión abre el camino por el que transitará la senda brontiana y literatura inglesa en general.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA TRILOGÍA DE CHAWTON Persuasión (Persuasion)

[Escrita en 1815-16, publicada en 1818 con carácter póstumo]

 

Una larga espera

 

Sir Walter Elliot, señor de Kellynch Hall, en el condado de Somerset, era un hombre que jamás leía para entretenerse otro libro que la Crónica de los baronets; en él hallaba ocupación para sus horas de ocio y consuelo en las de abatimiento; allí se llenaba su alma de admiración y respeto al considerar el limitado resto de los antiguos privilegios; cualquier desazón originada en asuntos domésticos se reconvertía fácilmente en piadoso desdén cuando su vista recorría la serie casi interminable de los títulos concedidos en el último siglo y, por fin, ya que otras páginas no le resultaban lo bastante atractivas, allí podía leer su propia historia con renovado interés. La página por la que siempre abría su libro favorito comenzaba así:

 

ELLIOT DE KELLYNCH HALL

 

Walter Elliot, nacido el 1 de marzo de 1760, se casó el 15 de julio de 1784 con Elizabeth, hija de James Stevenson, señor de South Park, en el condado de Gloucester; de esta mujer, que murió en 1830, tuvo a Elizabeth, nacida el 1 de junio de 1785; a Anne, nacida el 9 de agosto de 1787; un hijo, nacido muerto, el 5 de noviembre de 1789, y a Mary, que vio la luz el 20 de noviembre de 1791.

 

Así se inicia Persuasión, la última novela completa que escribió Jane Austen y que se publicó de forma póstuma y conjuntamente con La abadía de Northanger en 1818. Resulta curioso este maridaje de dos novelas absolutamente distintas y escritas en períodos muy alejados uno del otro. Una de su primera época, del tiempo de Steventon, y otra del final de su vida, en Chawton. Es una especie de muestra del estilo Austen, de su evolución, de sus características. Nada hubo de premeditado en ello. Ya sabemos las dificultades de publicación que la autora tuvo siempre, así que el hecho de esta doble publicación es solo un avatar más en un panorama complicado. Podíamos decir que los editores (sus editores, Egerton y Murray sucesivamente) no fueron los mejores amigos de la autora y sus libros.



 

 

 

 

 

 

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Anne Elliot, la protagonista del libro, tiene veintisiete años. Esto quiere decir que Austen ha subido de forma importante la edad de su heroína. Y no solo eso, sino que su conducta no tiene ni un ápice de locura y sí mucha reflexión, cordura y paciencia. Por eso resulta tan evidente el contraste entre ella y su padre, un vanidoso sin remedio, y sus hermanas, una prepotente y la otra irresponsable. Nada hay aquí del trato fraternal que había reflejado en otros libros. El realce del carácter de Anne contribuye a embellecerla, siendo por tanto una novela en la que el interior prevalece sobre el exterior. Ha desaparecido la efervescencia de la juventud, parece decirnos, pero queda lo esencial, lo que, según diría Saint-Exupéry en su famoso El Principito, es invisible a los ojos.

 

El trasfondo principal del libro son las preocupaciones económicas de sir Walter. Está, prácticamente, en la ruina. Y su hacienda se halla vinculada a un pariente al no haber tenido hijos varones. Este es un tema recurrente, como vemos, en la narrativa Austen, lo que indica con claridad la importancia que tenía en su tiempo y en su entorno. Y las consecuencias directas para la vida de los hijos. La esperanza de sir Walter estaría en que una de sus hijas se casara con el futuro baronet, pero para empeorarlo todo el tal señor ha desdeñado a la mayor, Elizabeth, causándole un gran desasosiego. William Walter Elliot, que así se llama el heredero, ha preferido casarse con una mujer de menor extracción social pero más rica. Esa dicotomía riqueza-apellido sigue apareciendo.

 

En vida de Mrs. Elliot hubo moderación, orden y economía, gracias a los cuales no se gastaba más de lo que la renta daba de sí; pero con aquella se había marchado el buen sentido, y desde entonces los desembolsos superaban a los ingresos.

 

Jane Austen amaba el orden doméstico y apreciaba el trabajo de las mujeres a la hora de organizar la casa y la vida diaria de la familia. Le parecía una tarea difícil y pesada y, cuando le tocaba hacerla porque su hermana Cassandra se ausentaba (en un momento dado su madre sucumbió a la tentación de ser guiada por sus hijas y descansar ella misma), le resultaba poco agradable quitar tiempo de su escritura para vigilar a los criados, estar atenta al orden doméstico y cuidar de las mil y una incidencias que tiene la vida cotidiana en una familia.

 

Controlar los gastos, conducir a la servidumbre, tener lista la ropa de la familia, adecentar la casa, cuidar los jardines y criar a los niños, eran tareas suficientemente importantes como para que ella considerara que



 

 

 

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suponían una auténtica carga para las mujeres y para que valorara a aquellas que eran capaces de hacerlas con solvencia. Las familias de la gentry o de la pseudogentry disponían de criados, pero había muchas tareas que recaían en las mujeres. Está claro que una equivocada forma de conducir una casa llevaba al desastre. Esto se puede extender a la economía. Muchos de sus personajes llegan a la ruina debido a una mala gestión de sus vidas.

 

Cuando las deudas llegaron a un extremo exagerado, sir Walter tiene que tomar una decisión crucial para la familia y para la trama: alquilar Kellynch Hall, su casa solariega. Esto es un oprobio de cara al exterior y una humillación para el propio Sir Walter. Pero resulta imprescindible para que la economía se sanee mínimamente. El inquilino tendrá que estar a la altura de la categoría de la casa y será, nada más y nada menos, el almirante Croft, cuya esposa es (coincidencia crucial) hermana del capitán Frederick Wentworth.

El hecho de que un militar sea el protagonista masculino de la novela, y que otro militar esté en mejores condiciones que un aristócrata para asumir la mansión en liza, es una concesión de Jane Austen al momento histórico, en el que la landed gentry iba en retroceso y los marinos adquirían cada vez mayor predicamento en la sociedad. Por eso mismo considera sir Walter que no era ningún desdoro alquilar su casa a un miembro de la milicia naval. O, al menos, que era un mal menor.

Frederick Wentworth era un viejo conocido de todos porque había vivido por aquella zona y enamorado a la joven Anne, pero un consejo mal atinado la hizo alejarse de él. La consejera fue una querida amiga de la familia, lady Russell, con mucho predicamento sobre todos, que consideró que el joven era poco para la muchacha y ella se dejó llevar por la fuerza del consejo y, sobre todo, por el cariño que sentía por la señora Russell. Para convencerse a sí misma de que aquello era lo más sensato se dijo que lo hacía porque no quería entorpecer su carrera. El caso es que él se fue desairado y molesto y ella se quedó triste y desolada. No es la única novela de Austen en la que la pareja protagonista ya ha tenido la oportunidad de unirse y la pierde. También Elizabeth Bennet rechaza al señor Darcy en su primera petición de matrimonio, pero no hay separación, sino un corto período en el que ambos reafirman sus sentimientos. No hay despecho sino necesidad de aclaraciones.



 

 

 

 

 

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Persuasión plantea si existen las segundas oportunidades, ya a una edad más madura y con la lección aprendida. Esto último, el aprendizaje de los errores pasados, es otra aportación de Austen a los dilemas morales que presenta en sus obras. Arrepentimiento sin aprendizaje no tiene sentido. Pero aprender de lo que uno ha hecho mal en el pasado es una oportunidad que no puede desaprovecharse. En este sentido, es una obra tanto de redención como de esperanza. Anne tiene derecho a ser feliz y si es posible rectificar ha de hacerlo. Por su parte, Wentworth demuestra grandeza de miras y afectos sólidos si es capaz de olvidarse del desdén anterior y dar a conocer que sigue amando a la muchacha a pesar de los años transcurridos. Ambos, por tanto, son ejemplo de carácter y de fortaleza moral.

 

También hay en la novela una crítica soterrada a los consejeros matrimoniales, a las personas que intervenían en las parejas, a veces con buena intención, y que producían efectos terribles en la vida personal de sus aconsejados. Desconocemos si la propia Jane Austen tuvo en su vida alguna circunstancia parecida y algún consejo que no logró atinar con lo que ella quería o necesitaba. En todo caso, un mal consejo siempre es un problema para el que lo recibe y quizá para el que lo da. Lady Russell, por otra parte, debía estar muy segura de sí misma porque no fue el único momento en que desaconsejó un matrimonio a Anne.

Los consejos matrimoniales estaban muy en boga en la época, sobre todo desde la publicación de un manual de cartas en el que se recogían todos los modelos para actuar en las diversas situaciones que las jóvenes encontraban en su carrera por casarse. El autor del manual (Cartas de familia) fue el editor y escritor Samuel Richardson, un experto en historias de jóvenes casaderas, que luego escribiría Pamela y Sir Charles Grandison, la novela favorita de Jane, llena de adulterios, borracheras, violaciones, erotismo y cazafortunas. Cualquier familia bien estructurada como la de los Austen intervenía de modo activo y consciente a la hora de indicar a sus hijos con quiénes debían o no casarse. Pero a veces se podían cometer errores. Y un error de apreciación acerca del futuro cónyuge podía resultar una desgracia. De ahí la importancia de los consejos.

 

Volviendo a Persuasión, una consecuencia del alquiler de la casa es que la familia Elliot se traslada a vivir a Bath, que aparece de nuevo como en La abadía de Northanger convertida en paisaje geográfico de una novela de Austen.



 

 

 

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En Bath vivió la escritora unos años y no hay rastro de su producción artística en ese período, salvo la inacabada Los Watson pero, desde luego, debió tomar buena nota de la forma de vida de esa sociedad frívola de la ciudad balnearia porque no solo aparece en las dos novelas citadas, sino también en Emma, en este caso como el lugar de residencia de la esposa insoportable del vicario Elton.

 

Persuasión es la única novela de Austen en la que el paisaje tiene protagonismo. En otras ocasiones aparece relacionado con los personajes de forma muy directa, como en Orgullo y prejuicio cuando Pemberley es la suma de las virtudes del señor Darcy y su contemplación un motivo para que Elizabeth Bennet se replantee su negativa. O como en Emma donde el mar es el sueño de la protagonista, que nunca lo ha visto y que motiva también discusiones familiares. No obstante, el mar no terminó de desarrollar su presencia en Austen, porque la novela en la que podría ser protagonista, Sanditon, se quedó sin concluir. En Persuasión la naturaleza es un elemento más de la narración y también los paisajes en general.

 

Uppercross era un pueblecito que hasta cinco años antes había conservado las características típicas del antiguo estilo inglés.

 

Los cambios en la fisonomía de Inglaterra que el éxodo del campo a la ciudad debido a la industrialización estaba promoviendo también se recogen en esta especie de recuerdo del pasado. Y resulta lógico que aparezcan ahora, en esta novela última, y también en la inacabada y posterior a esta, Sanditon, donde se habla con claridad de cómo el paisaje inglés cambiaba debido a las nuevas costumbres de ocio, del turismo, los viajeros o los baños de mar. Es como si la autora presintiera que las imágenes que habían acompañado su vida iban a modificarse por la acción de los cambios económicos que se estaban viviendo desde mediados del siglo XVIII y que, indudablemente, ella conocía. Hay algo de nostalgia por la decadencia de la Inglaterra rural en sus palabras. En este sentido se contrapone a Emma escrita inmediatamente antes, porque allí la muchacha no sale de Hartfield sino para moverse por las cercanías del pueblo, mientras que Anne Elliot va de un lado para otro constantemente, una señal de su vida insegura. Como suele ocurrir con Austen, ella no nos da su opinión sobre el asunto, pero lo plantea de modo indirecto.

 

En realidad, el amor exagerado por los paisajes (concediéndoles atributos casi humanos a todos los elementos de la naturaleza) y la



 

 

 

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sensibilidad, fueron los dos aspectos de la literatura romántica inglesa, ingredientes de todas las novelas, que acabaron hartando a los lectores.

 

Hay otra cuestión que aquí se aborda y que no aparece en otras novelas de la escritora. En cuatro de sus seis novelas mayores, la familia protagonista no tiene hijos, solo hijas, de ahí la situación sobrevenida. Solo en Mansfield Park (aunque aquí la situación de la protagonista es tan desfavorecida que no le sirve de nada) y en La abadía de Northanger (pues Catherine Morland tiene hermanos pequeños, algunos de ellos varones), aparecen familias mixtas.

Pero en Persuasión se da algo más: el trato desigual entre las hijas. Anne Elliot es la cenicienta de la familia. Sin que haya una razón objetiva para ello a la joven la trata mal su padre y la tratan mal sus hermanas. Es el único caso de desajuste familiar de todos sus libros y llama la atención que lo refleje en su última novela. La gran desgracia de Anne Elliot no solo viene dada por la pérdida del amor de juventud, sino también por carecer de verdadero cariño entre sus allegados. La señora Russell está perfectamente al tanto de esto y por eso se siente mal con ella misma al darse cuenta de que su consejo (su persuasión) acerca de la inconveniencia de aceptar a Wentworth como marido ha convertido a Anne en una solterona sola y sin afectos.

 

Sir Walter Elliot es, por decirlo de una forma explicativa, el peor padre de todos los que retrata Austen. El más despreocupado de su prole y el más atento a sí mismo. No solo derrocha, sino que no admite recortes en los gastos y, por supuesto, nunca llegará a reconocer sus errores, como sí hace el señor Bennet, por ejemplo, al darse cuenta de su mala gestión económica.

El señor Woodhouse de Emma, el señor Bennet de Orgullo y prejuicio y el señor Morland de La abadía de Northanger son los padres presentes en las narraciones respectivas al igual que lo es el señor Elliot. Pero ninguno llega a su desapego, su egoísmo y su trato despectivo a una de sus hijas. Todo lo contrario, el señor Woodhouse podía haberse casado en segundas nupcias cuando murió su esposa, pero no quiso darle una madrastra a sus hijas. El señor Bennet tiene un carácter peculiar y poco práctico, pero su amor por las cinco chicas es evidente. Y la familia Morland, menos presente en el relato, no deja de ser una familia normal.

Al igual que en otros de sus libros una carta es el elemento que termina por solucionar el problema. ¿Qué sería de la narrativa de Austen sin esas



 

 

 

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cartas fundamentales? La de Darcy a Elizabeth, aclarándole todo, por ejemplo. En este caso la carta la escribe Frederick Wentworth y es la carta más apasionada, amorosa y sentida de todas las que se cruzan en las novelas de Austen. No se puede leer sin aspirar la emoción del que la escribe y de quien la recibe. Como dice la propia escritora «el efecto de una carta como aquella no podía ser pasajero»:

 

Me resulta imposible seguir escuchando en silencio, y para dirigirme a usted empleo el único medio del que dispongo. Se me parte el alma y vacilo entre la desolación y la esperanza. No me diga, por Dios, que ya es tarde y que esos bellísimos sentimientos no anidan ya en su pecho. Nuevamente me ofrezco a usted, y mi corazón es aún más suyo ahora que cuando me lo destrozó hace ocho años. No diga que el hombre olvida más pronto que la mujer ni que en él el amor tiene vida más corta. A nadie he amado más que a usted. Podré haber sido injusto, he sido débil, y lo reconozco, pero inconstante, jamás. Solo por usted he venido a Bath. Solo en usted pienso y en usted solo cifro mis ilusiones y proyectos. ¿No lo ha adivinado ya? ¿Es posible que no haya adivinado mis intenciones? Créame firmemente que no habría esperado estos días si hubiera podido leer sus pensamientos del mismo modo que usted, sin duda, ha leído los míos ¡Qué difícil se me hace escribir! A cada instante llegan a mis oídos palabras que me dejan anonadado… Usted baja el tono de voz, pero yo percibo claramente esos acentos, aunque se pierdan para los demás. ¡Dulce y admirable mujer! Nos hace usted justicia al reconocer que también cabe en el hombre el afecto sincero y persistente. Crea en el amor ferviente e invariable de F. W.

 

Las carencias familiares de Anne Elliot están presentes hasta el final de la novela. Cuando el desenlace de su amor es positivo todavía sigue pensando que no puede ofrecer a su futuro marido un núcleo familiar afectuoso y adecuado. Eso sí, aporta un par de inestimables amigas, cuyo papel en la novela es fundamental, la señora Smith y la señora Russell, ya mencionada. Con respecto a la primera aclara que no tenía medios materiales, pero era capaz de disfrutar de la vida.

 

Por primera vez la guerra aparece en la obra de Jane Austen. Y lo hace en las últimas palabras que escribió: «Anne era la ternura misma, encontraba su mayor anhelo en el amor de su marido. La profesión de este era lo único que hacía a sus amigos mirar con cierta inquietud aquella ternura extraordinaria, y el temor de una guerra futura, todo lo que pudiera ensombrecer el brillante sol de su existencia».

 

Se trata de una guerra futura porque la paz llegó en junio de 1815 con la batalla de Waterloo y con ella muchos militares de toda graduación volvieron al país, ofreciendo nuevas posibilidades a las muchachas solteras. Esto se aprecia en el relato como también la descripción de la



 

 

 

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vida en el mar, a través de los comentarios del almirante Croft y de su esposa, que ha vivido siempre con él cuando ha estado embarcado. Es la primera vez que se produce esa atención a estos detalles en la obra de Austen. Y no solamente eso, se trata de una novela llena de matices, mucho más detallada, plena de observaciones y de razonamientos que las anteriores, con un número importante de personajes destacados y bien desarrollados. Es una novela de total madurez. Y muy compleja, por lo tanto.

 

Jane Austen pudo disfrutar poco de ese nuevo tiempo pues, aunque la guerra acabó en 1815, ella murió solo dos años después. Pero al redactar Persuasión todavía existía la novedad agradable de la paz.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Una novela epistolar: Lady Susan. Escrita en 1794-95, terminada en 1805. Publicada en 1870.

 

DE LADY SUSAN VERNON AL SEÑOR VERNON Langford, dic.

 

Querido hermano:

 

No puedo seguir negándome el placer de aceptar la gentil invitación que me hiciste, cuando nos despedimos por última vez, para que pase unas semanas contigo en Churchill. Por lo tanto, si la señora Vernon y tú no tienen problema en recibirme, espero que en unos días puedas presentarme a esa hermana a la que anhelo conocer desde hace mucho tiempo.

 

EN 1870, EN EL MISMO VOLUMEN que contenía los recuerdos de su tía, James Edward Austen-Leigh incluyó una novela corta, escrita de modo epistolar y a la que él mismo tituló Lady Susan. Las indagaciones posteriores no han logrado aclarar en qué momento exacto se escribió, pero sí que se hizo en Steventon a partir de 1794, dejando sin acabar el final, que se terminó en Bath en 1805.

 

Lady Susan es una novela extraordinaria por muchos motivos. Es la única que adopta la forma de intercambio de cartas, la única novela epistolar, aunque sabemos que esta fue la forma original de Sentido y sensibilidad. El epistolar es un estilo que ella conocía muy bien no solamente porque era una gran usuaria de las misivas sino porque había leído a algunos autores fundamentales en este género, que tuvo mucha relevancia durante su juventud.

Además, algo inusual en la narrativa de Austen, la ciudad de Londres aparece como uno de los escenarios en los que tiene lugar la acción. Y, en tercer lugar, la protagonista no es una joven casadera, sino una mujer de treinta y tantos años, bella, manipuladora y dotada de tanto bueno como malo. Una arpía, en resumen. Hacer de ella una protagonista no es solo un atrevimiento, es una revolución.

 

Lady Susan Vernon es una viuda dotada de los mayores encantos posibles para conquistar la voluntad de un hombre, y usa esos encantos de forma dañina. Su objetivo no es otro que vivir lo mejor posible, un hedonismo excesivo incluso para la feliz época georgiana. Y para ello no le importa utilizar a cualquiera, hasta a su hija. Es un ejemplo de



 

 

 

 

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manipuladora y egoísta de libro. Tiene una cómplice en sus artimañas, la señora Johnson, de tan pocos escrúpulos como ella, de modo que las cartas que se intercambian desvelan sus verdaderos planes, mientras que el resto de las cartas únicamente muestran sus mentiras. Esta doble imagen resulta atrayente para el lector, que llega a enfadarse de verdad con esta señora cuando se dedica a maltratar a su hija, una chica dulce y sencilla, Frederica, a quien pretende quitar de en medio por el procedimiento de casarla con un rico.

 

El resto de los autores de las cartas oscilan entre quienes la tienen bien calada y los que se dejan seducir por ella. Entre los primeros está su cuñada, la señora Catherine Vernon, o los padres de esta, sir Reginald y lady De Courcy. A ninguno de ellos le pasa inadvertida la continua estratagema de la bella lady Susan. Sin embargo, Reginald De Courcy, el heredero de la familia, hermano de Catherine Vernon, queda tan subyugado por el ingenio y el atractivo de la viuda que cae en sus redes de inmediato. Hay que decir que lo que más seduce de lady Susan Vernon no es su belleza sino su inteligencia, su perspicacia, su capacidad para encantar.

¿Cómo es posible que una chica de la edad de Jane supiera describir con tanta exactitud un tipo de trama así, un personaje de estas características? Tengo que volver a hablar de su capacidad de observación y de su imaginación, como dos pilares básicos de su escritura. Ambas se combinan para ofrecer una muestra clara de cierta sociedad que utilizaba el engaño para relacionarse. Lady Susan no es solo una pérfida señora que usa a los hombres sino una madre desnaturalizada, que no quiere ni pizca a su hija. ¿Conocía Jane a este tipo de personas? ¿Se había topado con alguna madre así?

 

Puede que la historia personal de su padre, arrojado a la calle con sus hermanos por su madrastra, influyera en algo. Desde luego no tuvo delante el espejo de su pariente más aventurera, la prima Eliza, porque ella cuidó hasta el extremo de su hijo en toda su enfermedad. Hilos de conocimiento mezclados con intuiciones poderosas y con una imaginación desbordante. He ahí una historia.

En la galería de personajes femeninos de Jane Austen, lady Susan Vernon ocupa un lugar muy especial. El libro fue llevado al cine en 2016 con el título (erróneo) de Amor y amistad, aunque se trata de una sólida versión que tiene en Kate Beckinsale a una intérprete ideal.



 

 

 

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Una novela inacabada: Los Watson. Escrita durante 1803-1804

 

En D., una localidad de Surrey, iba a celebrarse el primer baile de invierno el martes 13 de octubre, y todo el mundo esperaba que fuera muy señalado. De forma confidencial, se hizo circular una larga lista de familias del condado cuya asistencia se daba por segura, y había grandes esperanzas de que incluso los Osborne hicieran acto de presencia. Después, claro está, vino la invitación de los Edwards a los Watson. Los Edwards eran gente pudiente, vivían en la ciudad y tenían carruaje propio. Los Watson vivían en un pueblo a cinco kilómetros de distancia, eran pobres y carecían de coche cerrado.

 

Parece ser que fue durante su residencia en Bath tras la jubilación de su padre cuando Jane Austen comenzó a escribir esta novela. Desconocemos los motivos por los que quedó inconclusa y, desde luego, tuvo tiempo suficiente para acabarla. En esos años no había logrado publicar todavía ninguna novela, a pesar de que tenía escritas al menos tres, y puede ser que considerara más adecuado revisar y reescribir los textos consolidados antes que iniciar otra aventura. El caso es que hoy Los Watson es una de las dos novelas que dejó sin terminar, aunque por motivos diferentes.

El argumento general gira en torno a los temas más importantes de su narrativa. El matrimonio como salida lógica y casi única para las mujeres de la gentry y la problemática que sufrían las muchachas que tenían dificultades para ello. El núcleo de la narración está en la familia que da título al libro, los Watson, compuesta por el padre y varios hijos e hijas, ya que la esposa ha fallecido como se nos dice al principio de la historia. Todo transcurre en el condado de Surrey y entre las diversas familias de ese condado que solían relacionarse entre ellas. Los Osborne, los Edwards, los Watson. Como sucede en Orgullo y prejuicio la protagonista es la segunda hermana, Emma, una de las cuatro chicas de la familia. Las otras son la señorita Watson, la mayor y las dos más pequeñas, Penelope y Margaret que, al contrario que sus hermanas, resultan bastante indeseables en sus modales y forma de pensar. Mientras que la señorita Watson es muy sensata y Emma una chica bien educada que se ha criado con una de sus tías (hecho que, como hemos comentado, solía ser corriente en la época cuando una familia tenía muchos hijos), las más jóvenes están



 

 

 

 

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auténticamente desesperadas por conseguir marido y no les importa en absoluto pasar por encima incluso de sus propias hermanas.

 

La cosa comienza con el anuncio de un baile. Será la presentación, como una importante novedad en el grupo, de Emma Watson que acudirá al baile gracias a que los Edward, una familia adinerada, le proporcionarán carruaje y estancia. Allí estarán los más poderosos de la zona, los Osborne, así como una legión de intereses mezclados. Los trajines del baile y de las relaciones entre los personajes ocupan buena parte del inicio que contiene algunas conversaciones interesantes acerca de la mencionada necesidad y casi obligación de pescar marido por parte de las chicas. Algunas de las frases que se recogen en el libro son verdaderamente paradigmáticas de esta cuestión. Además de eso, se menciona la única salida que les queda a las solteras sin posibilidad de casamiento, esto es, la de ser institutrices. Lo que sí queda claro es la mala opinión que tienen las chicas del trabajo de maestras, además del hecho de que la supuesta relación fraternal se quebraba con facilidad si había hombres de por medio. Lo que no deja de ser una amarga conclusión.

 

Dado que la novela no se terminó, hay un apéndice final que se añadió por su sobrino James Edward Austen-Leigh, biógrafo de la escritora, en su libro Recuerdos de Jane Austen, publicado en 1870. En ese apéndice se menciona que Cassandra heredó el manuscrito de la novela y lo enseñó a unas sobrinas, contándoles además el final que había previsto Jane, que se relata de forma sucinta y resumida.

El misterio de por qué la autora no terminó la novela es otro más de los que rodean el proceso, prolijo y cuidadoso, de escritura que llevaba Jane Austen.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La última novela: Sanditon. Iniciada en 1817.

 

Inacabada.

 

Un señor y su esposa que se dirigían de Tonbridge hacia esa parte de la costa de Sussex que hay entre Hastings y Eastbourne, inducidos por sus intereses a dejar el camino real y meterse por un camino abrupto, volcaron cuando subían penosamente la larga cuesta mitad piedra, mitad arena. El accidente ocurrió justo después de pasar la única casa señorial cercana al camino: casa que el cochero, al indicársele que fuese en esa dirección, había supuesto que era su destino, y tuvo que dejar atrás claramente contrariado.

 

EL CASO DE SANDITON ES SUMAMENTE interesante. Se sabe que estaba escribiéndola en su residencia de Chawton Cottage desde principios de 1817 pero que su escritura se interrumpió al llegar al capítulo 12. Es evidente, por las fechas, que la enfermedad impidió su culminación. En esos doce capítulos, sin embargo, surgen nuevas ideas y ambientes, algunos personajes verdaderamente curiosos y una trama singular.

 

Ya el comienzo de la historia es genuino por lo prosaico que resulta: un accidente de carruaje pone en contacto a los señores Parker con la familia Heywood, que vive en las cercanías del lugar donde tiene lugar el accidente y en la que hay una legión de hijos. De resultas de ese encuentro fortuito y como era costumbre en la época los Parker invitan a una de las chicas, Charlotte, a que pase con ellos una temporada en su casa de Sanditon. Sanditon, explica el señor Parker lleno de entusiasmo, es un lugar excelente, bendecido por el mejor clima, y en él se está construyendo un complejo veraniego de enorme categoría. Esto es, como vemos, algo modernísimo.

El señor Parker es, pues, un emprendedor, alguien metido en negocios, que quiere cambiar la fisonomía del lugar, aprovechar sus bondades climáticas y paisajísticas y convertirlo en un centro de ocio. Es la primera vez que aparece una figura así en la novela de Austen y de ahí el aire de modernidad que tiene la historia. Charlotte sigue un poco la pauta de sus heroínas, bonita sin ser espectacular, discreta, simpática e ingeniosa. Es independiente en sus opiniones y atrevida en su conducta, pero sin pasarse de la raya y sin resultar desagradable. No se ha enamorado nunca y quizá lo haga cuando conozca a Sidney Parker, uno de los hermanos del señor



 

 

 

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Parker, que trabaja también en el negocio. Eso es algo que se insinúa al final del texto conservado y que podemos intuir pero que no se relata. Otros personajes interesantes son lady Denham, aristócrata, altiva, bastante prepotente y que cree tener siempre la razón, siguiendo el modelo, seguramente, de lady Catherine De Bourgh; la señorita Georgiana Lamb, la nativa de las colonias que pone el punto exótico y un tipo de personaje que por primera vez aparece en su narrativa, respondiendo a los nuevos tiempos y al trasiego de personas entre los territorios de ultramar y la metrópolis; así como los sobrinos arruinados a la espera de la herencia, un prototipo hacia el que la autora no parece manifestar simpatía alguna.

 

Por desgracia, en el capítulo 12 se interrumpió la escritura, con toda seguridad debido al avance de la enfermedad de Jane, así que nos quedamos sin saber qué ocurre con todo este planteamiento, que se antoja divertido a la vez que novedoso. Austen se decide a escribir de algo que está ocurriendo en esos momentos y es la aparición de nuevos enclaves en los que la vida no está centrada en el campo o en la milicia, sino que ofrece otras perspectivas económicas que serían las que, al fin y al cabo, cambiarían la historia de Inglaterra. La vida en los lugares de veraneo no le era extraña, pues ella misma los había frecuentado y conocido durante años. De modo que su efervescencia debió darle la idea de una historia ambientada en un lugar así. Además, también le era familiar el asunto de las colonias, pues su padre gestionaba unas rentas en una de las islas americanas y su familia, en concreto la tía Philadelphia, había vivido durante años en la India.

 

El título original de la novela, Los hermanos, parece darnos una idea de cómo sería el desarrollo y aquí también hay una novedad con respecto a su escritura anterior, pues esos hermanos son, en este caso, varones, siendo que los protagonistas anteriores de sus historias eran hermanas, esto es, chicas. Quién sabe si todo esto no abría nuevas perspectivas en su obra que la muerte impidió desarrollar.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los escritos de juventud: Juvenilia. Escritos entre 1791 y 1793. Publicados en 1922 (vol. II), 1933 (vol. I) y 1951 (vol. III)

 

JANE AUSTEN ES TAN CONSCIENTE de ser una escritora que, desde muy pequeña, fue escribiendo historias de todo tipo. Y guardándolas, concediéndoles valor. Obras de teatro, textos históricos, pequeños ensayos, poemas en prosa, novelas, cuentos. Es una escritora desde que nace. De todo ese material que escribió desde los dieciséis hasta los dieciocho años (1791-1793), ella misma recopiló lo que le pareció más interesante y lo ordenó en tres volúmenes. Antes de esa fecha parece que había otros textos escritos, llegando hasta el año 1787, es decir, cuando tenía doce años. Volumen I, volumen II, volumen III, así tituló ella esa recopilación. El volumen II se publicó en 1922, el I en 1933 y el III en 1951. En 1993 se publicaron los tres juntos en una edición de Margaret Anne Doody y Douglas Murray con el título Catherine and Other Writings.

 

En 2017 la editorial Alba publica en España la traducción de estos volúmenes y le incluye un prólogo que se había añadido a la edición de 1922 del Volumen II, el que se llamó Love and Freindship (sic). El interés de este prólogo no estriba solo en lo que dice sino en quién lo dice, ni más ni menos que G. K. Chesterton. El prólogo es una verdadera delicia. Narra algunas cuestiones referidas a los escritos que contienen el Volumen II, cuándo se escribieron, quién los heredó, etc., pero lo más interesante de todo son las consideraciones que hace sobre la autora, probablemente algunas de las opiniones más clarividentes que se hayan publicado sobre ella:

 

Con su propio talento artístico ella hizo interesante lo que miles de personas aparentemente iguales hubieran hecho aburrido.

 

Jane Austen no se inflamó, no se inspiró para ser un genio, ni siquiera lo persiguió, simplemente era un genio.

 

Porque Amor y Amistad es realmente una soberbia obra burlesca, algo muy superior a lo que las damas de aquel tiempo llamaban un chascarrillo agradable.



 

 

 

 

 

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El Volumen I contiene algunas novelas (Jack y Alice, Henry y Eliza, La bella Cassandra, Las tres hermanas), además de un cuento, Edgar y Emma. Todos ellos están convenientemente dedicados y en sus propios títulos vemos nombres familiares que reconocemos. No podía ser de otro modo puesto que se escribieron para ser leídos y disfrutados en familia. La lectura en voz alta durante las veladas familiares eran algo obligado y que deparaba momentos deliciosos.

 

El Volumen II tiene un contenido muy heterogéneo. La novela epistolar Amor y Amistad, otra novela epistolar llamada El castillo de Lesley, una colección de cartas, fragmentos sueltos, y una curiosa Historia de Inglaterra escrita por una historiadora parcial, ignorante y con perjuicios. La Historia de Inglaterra está llena de opiniones políticas y sociales que resultan extrañas en una jovencita, pero Jane Austen debió tener las ideas muy claras desde el principio.

Por su parte, el Volumen III, que está fechado en 1792, contiene dos novelas, Evelyn y Catherine o el Cenador.

La novela Henry y Eliza («dedicada humildemente a la Señorita Cooper por su obediente y Humilde Servidora») comienza con una muestra del estilo literario que tenía en esos años, en el que sobresale un curioso y personal uso de las mayúsculas, para enfatizar la importancia de algunas palabras:

 

Mientras Sir George y Lady Harcourt supervisaban el Trabajo de sus Segadores, recompensando el esfuerzo de unos con sonrisas de aprobación, y castigando la ociosidad de otros con una caña, descubrieron, en el suelo y casi oculta tras un montón de heno, a una bonita Niña de no más de tres meses de edad.

Conmovidos por la encantadora Gracia de su cara y deleitados por las respuestas, infantiles pero vivaces, que daba a sus numerosas preguntas, resolvieron llevársela a casa y, no teniendo Hijos propios, cuidar de ella y educarla a sus expensas.

 

Dejando a un lado lo milagroso que resulta que una niña de tres meses de edad responda a pregunta alguna, he ahí una ingenuidad expresiva lógica en una adolescente y al mismo tiempo un reiterativo asunto que tenía muchos visos de realidad, esto es, la adopción espontánea de niños por parte de parejas sin descendencia. La historia prosigue felizmente hasta que la asombrosa y precoz niña «cumplió los dieciocho años, momento en el cual, descubierta cuando robaba un cheque de cincuenta libras, fue puesta de patitas en la calle por sus inhumanos Benefactores». La cosa se pone fea porque la joven autora, lejos de criticar el robo de Eliza, que es



 

 

 

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como se llama la niña, la califica como dueña de una inteligencia noble y exaltada, haciendo que se divierta sentada bajo un árbol, componiendo y cantando canciones. No se puede ser más absurdo, ni tampoco más divertido, en lo tocante a un argumento. Y la tal Eliza era, desde luego, una buena pieza.

 

Esta curiosa mezcla de pomposidad y de momentos jocosos planea sobre todos sus escritos juveniles, dando a entender ya cuánto iba a significar el humor en su escritura y la manera en que se acercaba directamente a las peripecias que sucedían a sus contemporáneos, en una muestra palpable de su poder de observación. Algo así como un aviso evidente del futuro estilo Austen.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5. Madres ausentes

 

 

 

 

Ausencia física, ausencia afectiva

 

 

Sea por un motivo biográfico, por pura imaginación o por la mezcla de lo vivido y lo imaginado, las madres de los libros de Jane Austen tienen en la cualidad de la ausencia su rasgo principal. Se nota la falta de una madre de cuerpo entero, de un referente materno sólido, de una figura parental sensata (también podríamos hablar mucho de los padres y no saldrían bien parados), lo que tiene algunas consecuencias importantes en la crianza de las chicas, y, desde luego, en algunos casos es muy evidente. Véase, si no, lo que ocurre con Lydia Bennet, en Orgullo y Prejuicio que termina escapándose con el canalla de Wickham y sin promesa de matrimonio. O el sufrimiento oculto de Elinor Dashwood (Sentido y sensibilidad) por ser incapaz de tener con su madre ni la mínima confianza. O la baja autoestima que denotan tanto Anne Elliot como Fanny Price, al no sentirse queridas. Tampoco podemos decir que los padres sustituyan con éxito la ausencia de las madres, salvo, repetimos, el caso de Emma Woodhouse.

 

Puestos a pensar, todo esto es demasiada casualidad. La costumbre extendida en la época y que también seguía la señora Austen, de entregar a los hijos desde los dos o tres meses al cuidado y crianza de una mujer de la zona, separándolos del núcleo familiar al que se reincorporaban convenientemente criados no parece ser la mejor forma de alentar el apego maternal ni siquiera las relaciones cálidas entre las familias. Si hacemos caso a la psicología son esos primeros años los que definen el carácter, los que generan los mayores lazos de afecto. Podrían producirse niños independientes, pero, en todo caso, también inseguridades y caracteres herméticos.

Lo que sabemos de Jane Austen confirma que era una persona reservada en su vida privada. Ello no quiere decir que fuera triste, todo lo



 

 

 

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contrario. Más bien esa reserva se refiere a la escasa complicidad que tiene con su propia madre. Parece una cierta incapacidad de expresar emociones, al estilo, quizá de Elinor Dashwood, aunque, por otro lado, un torrente de esas emociones aparecen volcadas en sus cartas y en sus libros. Sabemos que fueron su prima Eliza (que había llevado una vida ciertamente irregular) y su hermana Cassandra, sus mayores confidentes. Pero no creemos que esas confidencias fueran más allá de lo cotidiano. Porque, seguramente, Cassandra, criada de igual forma, tuvo esa pantalla colocada sobre lo íntimo, tanto es así que la destrucción de las cartas de Austen estuvo auspiciada por ella. Cassandra protegió a su hermana, tanto en su memoria, como en su intimidad.

 

Las madres austenianas son madres de hijas. Los hijos son prácticamente inexistentes, hay un enorme predominio del género femenino. El hecho de no tener hijos varones es definitivo, porque ellos heredaban las tierras y las herencias y estaban obligados a proteger a la familia. El hecho de que sean todas chicas genera un añadido de incertidumbre e inquietud. En todas sus obras, Austen pone sobre el papel, una y otra vez, el problema del mayorazgo y de la vinculación de las herencias a la línea masculina. No lo hace, desde luego, desde el punto de vista moral, ni siquiera legal, sino simple y llanamente desde el sentido común. Es una mujer de su tiempo que observa las circunstancias desde un pensamiento crítico. Es una escritora que conoce de primera mano aquello que narra, pero que no convierte sus frustraciones personales en una pesada carga para el lector, ni sus vivencias en un pozo de nostalgia que entristezca el relato. Más bien, lo aligera y lo suaviza de modo que vamos flotando por entre sus páginas, aspirando un suave aroma, que, sin embargo, penetra en nuestro interior y pasa a formar parte de nuestro almacén de historias bien contadas. Sus novelas nos han dado a conocer la situación social del momento en el grupo al que ella pertenecía mucho mejor que cien tratados que, por otra parte, no vamos a leer. Pero todo ello con sentido del humor, afabilidad, sencillez y sin pretender fastidiarnos la lectura con reconvenciones o con sermones ni quejas políticas. Basta observar lo que sucedía para poder sacar conclusiones.

 

Como suele ocurrir en la vida, aquella heroína que más merecía tener una madre desequilibrada, posesiva, fatalmente trastornada o que la hiciera sufrir… resulta que tiene una madre que en nada colabora a ese heroísmo. Se trata de la madre de Catherine Morland (La abadía de Northanger).



 

 

 

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La señora Morland, que vive en Fullerton, es una mujer muy ocupada porque ha tenido cinco hijos. El mayor, James, está en la universidad de Oxford, la segunda es la propia Catherine que tiene ya diecinueve años y luego hay otros tres más pequeños que le ocupan mucho tiempo, Sarah, George y Harriet. La señora Morland es de esas mujeres tranquilas que no pierden los nervios y que, aunque quiere a sus hijos, no intenta estar demasiado encima ni corregirlos. Con Catherine, por ejemplo, nunca pudo lograr que se convirtiera en una joven talentosa. Ninguna de las ocupaciones propias de las chicas de entonces son del agrado de la muchacha, que solo tiene una gran pasión: la lectura de las novelas góticas, tan de moda entonces. Así que su imaginación se dispara y sus conocimientos prácticos siguen siendo rudimentarios. Contra ese exceso de romanticismo y esa falta de sentido común, la señora Morland tiene algunas frases brillantes, como esta que dice a su hija cuando vuelve fracasada: «Hay que vivir para aprender». Y viendo que su hija vuelve desmoralizada y despistada después de su experiencia en Bath y en la abadía, le suelta un sermón de madre que cualquiera podría asumir como propio llegado el caso:

 

Mi querida Catherine, temo que te estés volviendo una señorita demasiado fina. Si solo contara contigo, no sé cuándo iban a quedar terminadas las corbatas de tu padre. Tienes la cabeza demasiado tiempo en Bath, y hay un momento para cada cosa; un momento para bailar e ir al teatro, y un momento para trabajar. Has pasado una buena temporada de diversiones, y ahora debes tratar de ser útil.

 

Cómo es posible que de una madre tan sensata descienda una criatura tan fantasiosa y excéntrica como Catherine es todo un milagro, pero mucho más lo es que, con todo y con eso, al final enamore a Henry Tilney, aunque quizá tampoco diga mucho del carácter del muchacho.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6. Una institutriz con suerte

 

 

 

 

LAS INSTITUTRICES LITERARIAS SON esas mujeres grises, agobiadas con el cuidado de los niños y sin alicientes en sus vidas, que pasan sin pena ni gloria. A no ser que te llames Agnes Grey o Jane Eyre y hagan un libro sobre ti, pero eso son excepciones. Ellas pertenecen a un tiempo cronológico posterior a Jane Austen porque sus historias se publicaron en 1847, es decir, treinta años exactos después de su muerte, escritas por alguna de las hermanas Brontë, Anne y Charlotte, respectivamente. Ambas novelas nacen en plena era victoriana (1837-1901) un tiempo histórico, y por añadidura cultural y artístico, muy diferente a la época georgiana (1714-1830), y a su subperíodo, la Regencia (1811-1820), en las que había vivido y escrito Jane Austen. El reinado de Guillermo IV (1830-1837) es una especie de apéndice de lo georgiano. La misma actitud estricta, moralista, llena de pesimismo y de rectitud estética que la propia reina Victoria asumió en su persona (agudizado todo ello tras la muerte de su marido, el príncipe Alberto) es lo que se transmite a la sociedad y a todas sus manifestaciones. Lo victoriano es sinónimo de formalidad y de corsés. No solo para convertir la cintura de mujer en una cintura de avispa sino para aplicarlo a todas las relaciones sociales y personales.

 

A Jane Austen no le gustaba el oficio de institutriz. Es más, nunca tuvo institutrices y la mayoría de sus conocimientos los adquirió leyendo en la biblioteca de su padre y en la de su hermano Edward cuando este heredó Godmersham Park en 1794, a la muerte de su padre adoptivo, Thomas Knight, el primo político del señor George Austen que le había proporcionado a este el beneficio eclesiástico de Steventon.

 

Se ha constatado la presencia asidua de Jane en la magnífica biblioteca de la casa, de más de nueve mi volúmenes, entre 1798 y 1813. Godmersham Park, después de muchos avatares en relación con su uso y propiedad, pertenece ahora a la Sunley Farms Limited y es la sede de una



 

 

 

 

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Asociación de Ópticos. Se trata de una hermosa casa de estilo georgiano, situada en el condado de Kent y que fue construida en 1732. Esto nos recuerda que Jane fue una excelente lectora y que su formación se la debió a los libros. De ese modo lo consideraba ella misma. Siempre pensaba que leía poco para lo que debería leer y ello a causa de su conjuntivitis crónica que le producía periódicamente molestias agudas en los ojos y que duraba semanas.

 

La única enseñanza reglada que recibieron Jane y Cassandra, pues ambas andaban siempre a la par en todo, fue en un colegio bastante poco riguroso y otro corto período en un internado de segunda fila en Reading. Precisamente una réplica de ese internado, sencillo pero no terrible como otros (las atrocidades que ocurrían en algunos internados pueden conocerse en los libros y biografías de las hermanas Brontë), aparece en Emma, regentado por la amable señora Goddard, que forma parte del paisaje de Highbury como una de las vecinas más simpáticas y educadas. Es ella la que cuida a sus alumnas con todo esmero, entre ellas a Harriet Smith, la huérfana de padres desconocidos que termina siendo amiga de Emma Woodhouse y participando de sus aventuras.

 

Con siete años Jane, su hermana Cassandra de diez y su amiga Jane Cooper de doce, comenzaron su formación externa en el colegio de la señora Ann Cawley, en Oxford. La señora Cooper era una viuda, tía de Jane Cooper. Después de que se declarara en Oxford una epidemia de sarampión, el colegio se trasladó a Southampton, con tan mala suerte que allí había otra de tifus. Las tres se contagiaron sin que los padres estuvieran informados ni del traslado ni de las epidemias. Así que volvieron a casa. En 1785, Cassandra y Jane estuvieron internas en Abbey School, en Reading, donde ya estaba Jane Cooper. La directora de este centro era la señora Latournelle, francesa, que aplicaba un currículum al uso de la época: francés, música, dibujo, escritura, labor y conversación. Jane llegó a tener una caligrafía preciosa que la enorgullecía. En ese establecimiento se aficionó al teatro, pero tuvieron que dejarlo en 1786 por motivos económicos. Ya no hubo otra ocasión de salir de casa.

 

La opinión de la escritora sobre las maestras aparece recogida en un fragmento de Los Watson, la obra inacabada que escribió en su exilio de Bath:

 

Pues yo preferiría cualquier cosa antes que ser maestra de escuela… He trabajado en una y sé la vida que te espera en ellas. Tú no. Casarme con un hombre



 

 

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desagradable me gustaría tan poco como a ti, pero no creo que haya tantos. Creo que podría gustarme cualquiera que tuviera buen carácter y una buena renta.

 

Pocos textos más esclarecedores de la situación de la mujer en esta época. Mujer que debía aprovechar la juventud sin pérdida de tiempo para conseguir un marido decente, más o menos aceptable, tampoco había que exagerar en esto, con el fin de no depender de un padre sin recursos y, sobre todo, para no ser motivo de risa en la vejez. Estremecedor y, al tiempo, real. Esa era la evidencia que contempló Jane Austen durante su vida, tanto en sus amigas y conocidas, como en ella misma. Que, a pesar de todo esto, Austen defienda el matrimonio por amor y no por interés, es una verdadera proeza personal, una auténtica revolución. O quizá una consecuencia natural. A nosotros puede parecernos algo lógico, pero no lo era en absoluto y la prueba es que, a continuación, llegaron los escritores victorianos con su sentido del deber y chafaron todo el invento.

 

Con respecto a su formación, Jane Austen fue una autodidacta. Tampoco era extraño. En ese tiempo no existía un sistema educativo entendido como en la actualidad. Las escuelas dominicales recibían los domingos después del oficio a los chicos de clase baja. Ese tipo de escuelas nos resultan muy conocidas a los lectores de Mark Twain quien, casi un siglo después, narra las peripecias y los ardides que usa Tom Sawyer para no acudir a una de ellas. Eran tanto transmisoras de conocimiento como de los preceptos religiosos y de las normas de conducta y decoro.

Por su parte, las institutrices y los preceptores atendían en sus propias mansiones a los niños de la clase alta. Vivían con la familia en una situación extraña, puesto que eran asalariados, pero no criados. La literatura ha dejado constancia de esta difícil adaptación a un contexto en el que todo dependía de la bondad de los señores y de la buena actitud de los niños a los que había que enseñar y corregir.

 

Y existía una situación intermedia, la figura de los tutores, aplicable a aquellos casos en los que la familia enviaba a sus hijos (varones siempre) a formarse a casa de un tutor a cambio de una compensación económica. Precisamente el padre de Jane Austen ejercía de tutor de un grupo de chicos que vivían en la rectoría salvo en vacaciones. Eso obligaba a la familia a estrechar sus propios espacios vitales, pero suponía un ingreso económico seguro y ganado de forma decorosa, una preocupación muy frecuente en las buenas familias de la época.



 

 

 

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La máxima inspiración en materia educativa era el Emilio de Rousseau y ya sabemos lo que pensaba de la educación femenina: ser buena esposa y madre era la máxima aspiración para Sofía. De ese modo, la formación de la mujer se centraba en adquirir los conocimientos domésticos propios para llevar adelante la casa, así como el desarrollo de algunos «talentos» que la hicieran atractiva a los ojos de los futuros pretendientes en ese mercado del amor que era la búsqueda de buenos partidos para casarse. La opinión de Austen al respecto la expresa en Persuasión, en boca de Anne Elliot:

 

Los hombres han tenido siempre la ventaja de contarnos su propia historia. Como han accedido con mayores medios a la educación, han dispuesto del poder de la pluma en sus manos. No reconoceré por eso que los libros demuestren nada.

 

Cassandra y Jane compadecían a las institutrices y consideraban ese empleo como uno de los más molestos e insatisfactorios. No solo a las institutrices, sino a las maestras en general, a las que veían como verdaderas mártires que tenían que soportar los caprichos de niños maleducados y sin interés por aprender. Siguiendo su ejemplo tampoco las muchachas Bennet en Orgullo y prejuicio tuvieron nunca ninguna institutriz y se instruyeron con las lecturas que había en la casa. Esta circunstancia le resultó muy llamativa a lady Catherine de Bourgh, la tía del señor Darcy y protectora del señor Collins, que no dejó de señalarlo como un inconveniente educativo muy grave. Pero obedecía al pensamiento de la autora que abogaba por una educación liberal para las mujeres, basada en el sentido común, la sensatez, el modelo positivo de los padres y la lectura de libros. Lo referido al dominio de los «talentos» que se consideraban propios del género femenino (coser, pintar, tocar el piano, arreglar cojines o sombreros, hacer cuadernos de acertijos…) le parecía a Austen una solemne estupidez y ninguna de sus heroínas se ve muy predispuesta a ello. Les gusta más una buena conversación que perder el tiempo con esas zarandajas. Claro está que ninguna de ellas, hay que reconocerlo, ha salido tampoco una voraz lectora. Salvo el caso, quizá, de Marianne Dashwood, en Sentido y sensibilidad, que lee mucho a Shakespeare, y su hermana pequeña Margaret, una gran aficionada a los mapas. Emma Woodhouse hace listas de libros que tiene pendientes de leer. Listas bien confeccionadas, por orden alfabético, incluyendo textos complejos e interesantes. Pero todo se va en hacerlas y, quizá, en empezar



 

 

 

 

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a leer las primeras líneas del primer libro indicado. Cualquier noticia, novedad, chismorreo o conversación, tendrá sobre ella una fuerza superior a la de la lectura. Es así y Jane Austen siempre dijo que Emma no era la perfección, ni se acercaba siquiera a ella.

 

 

 

La conversación

 

 

La otra gran habilidad es la conversación. Ser una buena conversadora era un plus en un mundo en el que la comunicación verbal era el eje. Además de las cartas, que solían ser largas, prolijas, llenas de descripciones y de detalles concretos que eran el elemento primordial de contacto cuando se estaba lejos, son las conversaciones el eje principal de la vida en común, tanto en el seno familiar como con amigos y vecinos. El arte de la conversación requiere paciencia, también respeto, actitud de escucha, comprensión hacia el otro y, sobre todo, gracia y facilidad para comunicar sin aburrir a las ovejas. Emma era una contadora de historias muy grata a sus auditorios y era capaz de tenerlos embobados narrando cualquier peripecia, pero le resultaba más complicado escuchar largas peroratas sobre todo si eran repeticiones continuas de temas sobados que algunos vecinos se empeñaban en recordar a cada momento. En Persuasión y hablando con el señor Elliot, el primo de la familia que va a heredar el mayorazgo, lo deja muy claro la propia Anne:

 

Para mí, señor Elliot, buena compañía es la de personas inteligentes, dotadas de una formación sólida, que saben conversar; eso es lo que yo llamo buena compañía.

 

Hay un detalle que no debería pasar desapercibido y es el énfasis que ponen la autora en los comienzos de dos de sus obras emblemáticas y alejadas entre sí en el tiempo:

 

Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia; y llevaba vividos en este mundo casi veintiún años sin que casi nada la afligiera o fastidiara…

 

Comparemos este inicio con el de Orgullo y prejuicio, su novela de los veinte años: «Es una verdad universalmente aceptada que todo hombre



 

 

 

 

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soltero, en posesión de fortuna, necesita una esposa». La diferencia es abismal. Mientras que en Orgullo y prejuicio el centro de la trama es la búsqueda de parejas para las innumerables hijas de los Bennet, con todo el cruce de argumentos que ello conlleva, aquí en Emma la heroína lo es por sí misma, por sus cualidades innatas y por su propia situación, sin que haya que añadirle nada ajeno, nada extraño. Emma posee belleza física, un atributo que Austen no suele repartir en demasía entre sus mujeres; es inteligente, el don más preciado para la autora; es rica, la única forma que tenía una mujer de no ser dependiente de los parientes masculinos; posee una risa como algo natural de su personalidad; y por último vive en una casa magnífica, algo que no es baladí, habida cuenta de que ella, Jane Austen, nunca poseyó ninguna casa y ni siquiera vivió jamás, ni de prestado, en una casa magnífica.

 

La relación de Emma con su institutriz siempre resalta el papel de esta como la principal hacedora de las virtudes de Emma. Esto reivindica claramente el papel de estas trabajadoras y las coloca en una situación privilegiada con respecto a otras protagonistas que representan igual oficio. El fuerte carácter de Emma, su forma de ser tan original y persuasiva, añade aún más mérito al trabajo realizado por la señorita Taylor, dotándola de cualidades que todos en el libro reconocen.

En cuanto a la institutriz, su inteligencia y su capacidad están, desde luego, por encima de las de su futuro marido, el señor Weston, aunque esto es una constante de todo el libro. Ellas son mejores que ellos. La única pareja igualitaria será la de la propia Emma con el señor Knightley porque ¿quién soportaría a una Emma sin tener la autoestima por las nubes?

 

La señora Weston no es un secundario en el libro, lo que incide en el interés de Jane Austen por reivindicar de algún modo el papel de las institutrices, al menos, cuando sustituyen a las madres, como es su caso. Las opiniones de la señora Weston no suelen aparecer de forma directa sino que se recogen a través de otros personajes, que expresan también la impresión que ella les causa. La institutriz resulta ser una mujer colmada de virtudes, pero estas no son pesadas ni fatuas, porque su actuación la preside siempre el sentido común y la sensatez, sin ser ni vanidosa ni creída.

A lo largo del libro, la señora Weston ofrece diferentes perfiles, todos ellos positivos. Puede decirse que es el personaje más perfecto de todos. Es la persona que cuida a Emma y a su hermana tras la muerte de su



 

 

 

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madre, ofreciéndoles cariño y seguridad. También es la que dirige su educación, incitándolas a la lectura, las bellas artes y todo aquello que formaba parte del equipaje educativo de una joven de buena familia. Se convierte, llegado el momento, en consejera, y, cuando Isabella abandona la casa tras su boda, llega a ser la mejor amiga de Emma, compartiendo paseos y confidencias. Puede decirse que actúa con mano izquierda y primando el amor aunque con rectitud.

 

Su situación cambia cuando se casa con el señor Weston y, es en ese momento precisamente cuando Emma y su padre se dan cuenta del valor que su amistad y su presencia en la casa tiene para ellos. La búsqueda de una sustituta en el papel de mejor amiga, que es lo que lleva a Emma a conocer a Harriet, no tiene éxito. Quizá porque señorita Taylor solo hay una. Siempre ofrece a Emma los mejores consejos y la novela culmina con el nacimiento de su propia hija, anticipando que será, a tener de las aptitudes de la señora Weston para la crianza, una muchacha excelente.

Un único error de apreciación comete la señora Weston y es cuando opina sobre el entramado sentimental que rodea a Emma. De ese modo adjudica al señor Knightley un interés más allá de la amistad con respecto a Jane Fairfax. Pero, indudablemente, este ardid de la trama sirve para que Emma se dé cuenta de sus propios sentimientos hacia él o, al menos, que empiece a sospecharlos.

El matrimonio del señor Weston con la señorita Taylor es el segundo éxito de la intuición casamentera de Emma. El primero fue el de su propia hermana Isabella y John Knightley, el hermano pequeño del señor Knightley. Pero, como este mismo dice, más que una adivinación, es un deseo. Eso motiva una fuerte disputa entre los dos porque él no está dispuesto a concederle poderes especiales, ni dones más allá de los normales, así que intenta que ella comprenda que querer que dos personas se casen nunca puede convertirse en lograr que las personas se casen si uno lo desea.

La prueba de que el señor Knightley no andaba descaminado es que, a partir de esas dos bodas que abren el libro, una expresada en forma elíptica y otra más directa, Emma ya no volverá a dar pie con bola e irá de error en error.

No obstante, Emma no es una casamentera al estilo de la señora Bennet, que anda de aquí para allá buscando pretendientes y haciendo que estos huyan despavoridos. No. Se trata más bien de un deporte intelectual,



 

 

 

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de un modo de utilizar sus dotes de observación para un pasatiempo que ella consideraba muy divertido. Porque conocer la naturaleza humana y sus reacciones es algo que Emma adora y que Jane Austen adoraba.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7. Juego de damas

 

 

 

 

ESTOY SEGURA DE QUE JANE AUSTEN tuvo que conocer en su vida a más de una señorita Bates. Una mujer sencilla, habladora, agradecida pero no servil, interesada por la vida de los demás sin ser maliciosa, pobre pero digna. Cualquier vecina de Steventon o de Chawton podía encajar en esta descripción. El retrato que hace en Emma de la gente desfavorecida que, a pesar de todo, conserva sus modales educados, su generosidad de trato y sus ganas de vivir, es inmejorable. La señorita Bates es soltera, vive con su madre (muy sorda y corta de vista) y adora a su sobrina, su única sobrina, Jane Fairfax, la hija de su hermana fallecida. Las cartas de Jane son la luz que alumbra a las dos mujeres. Su casa es pequeña, con poco desahogo, con escasos lujos, pero, como ella misma dice, tiene todo lo necesario y, además, cuando Jane está allí o cuando reciben noticias, parece que la pequeña sala se agranda y todo se ennoblece. La señorita Bates es, usando el lenguaje cinematográfico, una secundaria de lujo.

 

La pobreza acecha a las Bates como ocurría en la época con muchas otras mujeres. La pobreza es femenina. La señora Bates es la viuda del antiguo vicario de la parroquia de Highbury. Esto implica otro paralelismo con la vida de Jane. Los vicarios no dejaban herencia y sus parroquias eran generalmente ocupadas por un pariente cercano al que se cedía, si es que había varones a mano, que no es el caso de la señora Bates, o se devolvían a sus patronos, generalmente la nobleza terrateniente, que eran quienes les habían concedido el beneficio. La escasa renta que les quedaba tras su retiro debe bastarles para vivir con suficiente decoro. Y la pobreza es muy difícil de llevar cuando una pertenece a una familia de clase media y no puede dedicarse a trabajar. Depender de los demás es una dura carga para estas personas. Y existían muchas así en los tiempos de Austen. Cuando su padre cedió la parroquia de Steventon a su hijo mayor, James, para pasar a jubilarse, no había herencia que repartir. Todos los hijos varones, excepto



 

 

 

 

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George debido a su enfermedad, se buscaban la vida de una forma o de otra, la mayoría de ellos bien. Pero las dos hijas, Cassandra y Jane, así como la madre, dependían completamente de que se les proporcionara sustento. Aunque, en realidad, hay un pequeño (o grande, según se mire) matiz que hacer a esto. Cassandra recibía los intereses de las mil libras que recibió como legado de su prometido en su testamento y Jane tenía algún ingreso debido a las ventas de sus libros. Pero esto ocurrió años más tarde de la muerte del padre.

 

La señora Bates tenía una hija soltera que «gozaba de un grado de popularidad fuera de lo común para una mujer que no es ni joven, ni guapa, ni rica, ni casada». ¿En qué consiste el secreto por el cual todos quieren a la señorita Bates? Probablemente en cosas como estas: «Nunca se había jactado de guapa ni de lista». «Su juventud había pasado sin distinción alguna y, a la mitad de su vida, se dedicaba al cuidado de una madre llena de achaques, y al esfuerzo de estirar lo más posible una pequeña renta». «Era una mujer feliz y una mujer a quien nadie nombraba sin buena voluntad». «Amaba a todo el mundo». «Sencillez y jovialidad». «Tan contenta y agradecida».

 

La lista de frases positivas sobre el carácter y los modales de la señorita Bates son definitorias de su buen carácter. Alguien como ella, tan poco afortunada en la vida, nunca sentía envidia de los demás, sino, al contrario, se alegraba de la felicidad de los otros como si fuera la suya y, en realidad, lo era, por eso siempre tenía miles de motivos para sentirse a gusto con la vida. Estas personas son, hay que decirlo, la sal de la tierra. Su bienestar no depende de lo que poseen sino de lo que son. Alumbran allá donde van y siempre tienen algún motivo para sentirse satisfechas y agradecidas. Cualquier cosa es para ellas un regalo y disfrutan de la vida que llevan como si se tratara de un rico viajando alrededor del mundo rodeado de criados y de bienes. Esa era la señorita Bates y por eso suponía una acertada compañía para cualquiera. Los que hemos tenido en nuestra vida alguna señorita Bates sabemos cuánta luz proporcionan y cuánta belleza hay en su forma de ser.

 

 

 

Antagonistas



 

 

 

 

 

 

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En Orgullo y prejuicio el antagonismo más destacado es el que se establece entre Elizabeth Bennet y Caroline Bingley. En este caso hay un hombre de por medio. Se trata del señor Darcy. Caroline Bingley vive a costa de su hermano y ansía casarse con Darcy para ser toda una señora. También espera que su propio hermano se despose con la hermana pequeña de Darcy. Así todo quedaría en familia y admirablemente organizado. Como muchas muchachas de la época ella dependía en todo de su hermano, con el que tenía que vivir sin más remedio, constituyendo una carga indudable para ambos. Por eso no soporta a Elizabeth y, desde el primer momento, manifiesta su animadversión hacia ella del modo menos inteligente, ponderando sus defectos delante de Darcy. Este nota de inmediato la situación y saca sus propias conclusiones. Cualquier excusa es buena para que Caroline deje mal a Elizabeth. Por su parte, ella no responde a esas provocaciones, aunque la opinión que tiene de Caroline es pésima, mucho más cuando descubre que sus artimañas han influido enormemente para que el señor Bingley desaparezca de la vida de su querida hermana Jane sin aviso y sin motivo.

 

La señorita Lucy Steele usa otras herramientas, pero también es una antagonista de altura para Elinor Dashwood. Su técnica es comprometer a la otra para que la apoye en su secreto que no es otro que un compromiso de juventud con Edward Ferrars, de quien está enamorada Elinor sin querer decirlo ni reconocerlo. También Ferrars la ama, pero no puede sustraerse a este compromiso que hizo un poco a lo loco, como un caballero de principios que es. Lucy Steele usa estratagemas para despertar la compasión de los otros y para que Elinor se dé cuenta de que no tiene nada que hacer con Ferrars. Pero caerá en su propia trampa y tendrá que modificar el objetivo de sus pretensiones. La facilidad con que lo hace nos demuestra que no tenía escrúpulo alguno en casarse con cualquiera, con tal de tener asegurada una vida confortable. Esta forma de pensar, sin duda, era propia de muchas mujeres, pero contra ellas reaccionó Austen desde sus libros.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8. Vida social

 

 

 

 

Pero el majestuoso minué seguía siendo el rey; y todos los bailes normales empezaban con esa danza. Sus movimientos eran lentos y ceremoniosos, llenos de gracia y dignidad más que de júbilo.

 

(Recuerdos de Jane Austen. James Edward Austen-Leigh)

 

 

 

 

Conductas inapropiadas

 

 

Hacer daño a los que se considera inferiores era una forma de conducta que Jane Austen desaprobaba completamente. Aunque sus personajes son risueños, gastan bromas y ella misma lanza una mirada irónica y desconcertante, nunca se ceba en los inferiores ni en los débiles, sino en los ridículos y pretenciosos. Por eso, de la lectura de sus libros se desprende el desprecio que siente hacia esos seres supuestamente superiores que gastan sus energías en aplastar a los otros, mientras que se asustan y retraen cuando están con alguien que está por encima. Es ese servilismo, acompañado de crueldad, lo que la escritora no soporta y bien que se le nota. Lo cuenta la propia Elizabeth Bennet en alguna ocasión. Y lo relata admirablemente bien una escena de Emma que explicaré más adelante. No hablamos de un reproche moral, en función de usos o costumbres más o menos aceptados, sino de algo más profundo, que tiene que ver con los seres humanos y el respeto a sus sentimientos, sus emociones y a lo que son en sí mismos. Un acercamiento psicológico a lo que hoy llamaríamos capacidad de ser asertivo o empático.

 

En la sociedad georgiana este tipo de personas desconsideradas tenían, no obstante, su sitio. Se trata de una sociedad despreocupada, que marchaba paralela al curso de la historia. Mientras el país se desangraba en guerras contra Napoleón, había una extraña ignorancia sobre el desastre.



 

 

 

 

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En las novelas de Jane Austen la guerra no ocupa lugar sino como justificante último de la presencia de los «casacas rojas» en algún acuartelamiento cercano. Solo uno de sus protagonistas tiene empleo militar, el capitán Wentworth de Persuasión. Debió ser un olvido voluntario, porque de ningún modo ella podía estar ausente de esas noticias, mucho más cuando dos de sus hermanos eran militares y llegaron a tener una alta graduación. La guerra, sin embargo, para Inglaterra, es siempre una batalla naval, una batalla que se libra en el continente. Hasta que la aviación no logró superar la barrera geográfica del mar, las guerras inglesas fueron siempre en campo interpuesto. Lo más curioso de todo es que esos temas navales aparecen en la obra de Austen cuando ya ha llegado el tiempo de la paz, esto es, en la mencionada Persuasión, en la que los almirantes hablan con sus esposas de lo bien que se vive en el barco, cuántas comodidades existen y qué agradable es viajar acompañada de la cónyuge. Esta es la novela en que más militares de alta graduación tienen un papel importante y, por tanto, donde las conversaciones sobre batallas, mares, barcos y soldados, ocupa mayor espacio.

 

La era georgiana tuvo un aire de frivolidad, o mejor, ligereza, que se manifestaba de muchas formas y maneras. En los libros de Austen tienen cabida, por ello mismo, las mujeres frívolas y Augusta Elton es el paradigma de esa frivolidad estúpida, no de la frivolidad inteligente que gastará, por ejemplo, lady Susan, la protagonista de la novela corta del mismo título que escribió con veintipocos años. La vida en Gran Bretaña era en ese tiempo muy deudora de la moda francesa. La influencia del neoclasicismo francés se manifiesta no solo en las artes, sobre todo en la arquitectura, sino también en la indumentaria, con la adopción del famoso estilo «Imperio», que supuso un cambio importante en la forma de vestir de las mujeres, lo que da lugar a esa imagen femenina que tanto relacionamos con el mundo de Jane.

 

En las versiones cinematográficas más acertadas de las novelas de Jane Austen (caso de las que hizo la BBC con Emma y Orgullo y prejuicio) puede observarse claramente este estilo de moda, que se llamó Regency Style, los años en los que el príncipe de Gales, George IV, asumió el trono interinamente por la enfermedad de su padre George III. La clase social que Jane Austen retrata, la gentry, tenía muchas dificultades para sobrevivir con dignidad en tiempos de escasez. En particular las mujeres no podían trabajar, como sí hacían las de clases inferiores, ni tenían



 

 

 

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medios económicos por sí mismas, al estar la mayoría de las herencias vinculadas a los varones. Esto las dejaba en un limbo que no tenía otra salida honorable que el matrimonio. Incluso aquellas que disponían de algunas rentas por familia, caso de Augusta Elton, no ocuparían ningún lugar en la sociedad si no se casaban. El matrimonio era la salida natural para ellas y de ahí el escaso nivel de exigencia que mantenían a la hora de escoger marido. Los noviazgos y los pretendientes eran motivo de conversaciones diarias en las casas y entre los parientes. Un buen casorio aseguraba la existencia de una familia entera. En el caso de Augusta, se trataba de una familia con dos hijas y la mayor de ellas había hecho una buena boda. Por la falta de clase y de estilo que la interesada tenía, es evidente que ese dinero procedía del comercio o de alguna otra actividad liberal y no de rentas familiares. Esto tenía mala acogida social, aunque se tratara de trabajos dignos. Pero los escrúpulos sociales colocaban a las profesiones liberales y a los comerciantes y burgueses en un escalón más bajo que a la nobleza rural ociosa e, incluso, arruinada.

 

Hay una conversación en la versión cinematográfica de Sentido y sensibilidad que merece la pena recordar. Se trata de un almuerzo en Barton Park, la casa de Sir John Middleton, primo lejano de la señora Dashwood que, ante la tesitura de esta de abandonar su antigua casa en Norland (Sussex) al morir su marido, le cede una casita en su propiedad, llamada Barton Cottage. Este hecho recuerda enormemente a la propia vida de Jane Austen pues, ante la misma situación de necesidad cuando murió su padre, es su hermano Edward quien le cede Chawton Cottage para que vivan en ella Jane, su hermana Cassandra, su madre y su amiga Martha. Edward, llamado a la sazón Knight, había sido adoptado en la niñez por unos primos ricos y sin hijos, el matrimonio formado por Catherine y Thomas Knight. Esta era una costumbre que se daba de forma corriente, con el fin de aligerar la carga de los hijos y también de contribuir al mejor futuro de algunos, aunque fuera separándolo de sus hermanos. Durante el almuerzo en Barton Park una indiscreción de la pequeña de los Dashwood, Margaret, sugiere el tema del posible pretendiente secreto de la hija mayor, Elinor, a quien la indiscreta y jovial señora Jennings, suegra de sir John pregunta: ¿En qué trabaja ese pretendiente? Y la niña contesta: En nada. Entonces, dice la señora Jennings entre risas, se trata de un caballero…



 

 

 

 

 

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Así era, los caballeros y las damas no podían trabajar, lo cual resultaba muy lógico cuando existían rentas y posesiones, pero un mal negocio si no había dinero ni hogar.

 

Casarse con un clérigo era, por eso mismo, una salida muy digna para las hijas de familias en apuros. También lo era pillar a algún militar con un destino bien remunerado. En este caso se produce un conveniente intercambio entre la renta anual de Augusta y la condición de clérigo de Elton. Ambos salen ganando, podíamos decir. Lo mismo sucede con el señor Collins y Charlotte Lucas en Orgullo y prejuicio. La dote de Charlotte es bastante más escasa que la de Augusta, pero no deja de ser hija de un caballero, sir William Lucas, aunque fuera por un motivo tan poco aristocrático como haber leído un opúsculo dirigido al rey, en su condición de alcalde. Cuenta Austen que, en el momento en que recibió tal distinción, el señor Lucas dejó de lado su trabajo anterior, honrado pero poco noble, y se dedicó a soñar con la nobleza y a darse importancia. Este tipo de ensoñación nobiliaria lo encontramos también en sir Walter Elliot, por ejemplo. El pretendiente de Charlotte Lucas, el señor Collins, regenta una parroquia (un beneficio, como se llamaba) que tiene sus propias provisiones de gallinas, patos, verduras y frutas, algo muy apreciado a la hora de organizar la vida en común. No existe amor, ni siquiera admiración, quizá se desprecian mutuamente. Pero hay que vivir.

 

Quizá la diferencia sustancial entre ambas es que Charlotte Lucas no es una necia y Augusta sí lo es. Charlotte confiesa a Elizabeth Bennet que ha aceptado la proposición de Collins por mera conveniencia, que ella ya tiene una edad, no es bonita y no encontrará nada mejor. Quiere tener su propia casa y no depender de sus padres. Soportará a su marido como a los sabañones en invierno, con resignación. En el caso de Augusta hay una superficialidad de carácter que los hace tal para cual. La novela no escudriña en sus sentimientos como para saber si, en el fondo, ambos son conscientes del fracaso emocional que supone esa unión. Pero, pensándolo bien, ni siquiera Elton estaba verdaderamente enamorado de Emma, pues, de haber sido así, su reacción no habría estado marcada por el despecho y la vanidad, sino por la tristeza. En lugar de marcharse a toda prisa a Bath para lucir una esposa cuanto antes y pasearla sin pudor por todo el pueblo, podría haber guardado, siquiera, un período de duelo ante la negativa. De modo que no es baladí pensar que ellos dos se encontraron, se entendieron



 

 

 

 

 

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y se reconocieron en la misma actitud mezquina, interesada, superficial y corta de miras.

 

La novela no nos muestra qué ocurrió con el matrimonio pasados los años, pero no hace falta. Podemos imaginarlo. Será una relación de cara a la galería, como el que representa una obra de teatro. La naturaleza humana es la misma en todas partes, decía la señorita Marple, y en todos los tiempos, demostró Shakespeare. En este sentido, Jane Austen es muy shakespeareana. Y la escena de la recogida de fresas en casa del señor Knightley demuestra lo vana, insípida y superficial que puede llegar a ser una mujer y un hombre, porque aquí no se distinguen sexos. Ataviada con un enorme sombrero de paja, como si fuera Escarlata O’Hara a punto de salir para acudir a una fiesta en Los Doce Robles, Augusta se presenta en el día campestre con una cesta al brazo para recoger cerezas. Una imagen de cara al exterior, un corazón vacío. En el otro brazo, su marido, impoluto, vestido ad hoc y sin pizca de verdad ni de alma. Una mujer de Bath y un tipo vacío.

 

En Augusta Elton y en su marido (ambos son la cara y la cruz de una misma moneda) representa Austen todo lo que es posible detestar en el carácter de las personas. La obsequiosidad interesada con los superiores y el desprecio falto de compasión con los débiles. La prepotencia de la ignorancia y la impostura de los que quieren aparentar aquello que no son ni han sido nunca. La ostentación y la falta de principios morales, la ausencia de valores que hagan posible ganarse el respeto de los demás. Aunque Emma, en un primer momento, solo aprecia cierta absurda conversación y una falta excesiva de elegancia en la mujer, pronto, con el trato, se convencerá de que es mucho peor de lo que pensaba y de que nunca podría haber elegido peor el señor Elton. Como solía decir Austen en algunas de sus reflexiones que pone en boca de personajes de sus novelas, un matrimonio con una persona justa, honrada, sensata y cabal, puede influir positivamente en el cónyuge, dándose así la oportunidad de mejorar de carácter y de actitudes. En este sentido, es una firma defensora de la posibilidad que tienen todos los seres humanos de cambiar y de superar sus defectos. Pero, por el contrario, si lo que sucede es que la elección de pareja deriva a alguien que, no solo no ayuda, sino que fomenta esas malas inclinaciones, entonces la catástrofe es segura.

 

Resulta muy curioso que sea el personaje de Augusta Elton el que ponga fin al libro. Cuando, en el capítulo final, Emma y el señor Knightley



 

 

 

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se casen, será ella la que, tras conocer los detalles del enlace a través del párroco, manifieste, con ese toque snob que la caracteriza, su opinión al respecto:

 

La boda se pareció mucho a otras bodas en las que las partes no se desviven por las galas o la ostentación; y la señora Elton, por lo que pudo saber a través de su marido, pensó que había sido increíblemente pobretona, y muy inferior a la suya: Poquísimo satén blanco, poquísimos velos de encaje.

 

Quizá el dibujo de esa boda estaba relacionado con una que vivió Austen en la vida real, justamente el año de 1814, mientras escribía Emma. Se casó su sobrina Anna, una de sus favoritas, con Benjamin Leroy y la boda se realizó en Steventon, el paraíso de la infancia de los Austen. Noviembre es un mes triste y el día amaneció gris y nublado. En el desayuno nupcial hubo varias clases de pan, bollos calientes, tostadas con mantequilla, lengua o jamón, y huevos. Como manjares especiales, chocolate y el inevitable pastel de bodas. Fue una boda de escasa brillantez, sin embargo, sencilla y nada ostentosa.

 

La noticia del compromiso de Emma, que corrió como era natural por todo Highbury con enorme rapidez, llegó a la vicaría para generar pasiones casi violentas en sus moradores. Al enterarse el señor Elton de que Knightley había decidido irse a vivir a casa de Emma para no dejar solo a su padre mientras este viviera, no apreció una muestra de generosidad ni de caridad cristiana con el prójimo como sería lógico dada su condición, sino que le pareció un verdadero latazo tener que aguantar cada día a un anciano hipocondríaco y lleno de manías. Así que hasta se alegró de no ser él el novio.

Por su parte, Augusta, lanzó algunas interjecciones irreproducibles sobre lo que Knightley, ese hombre tan caballeroso y bueno (obvió decir, y tan rico) tendría que soportar al casarse con alguien como Emma. Por suerte para ellos, sus criados eran suficientemente discretos como para contarles estos chismes a las cocineras o doncellas del lugar. Y, en todo caso, Austen nunca nos habría contado qué hablaban, en realidad, los criados.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9. Casarse por amor

 

 

 

 

VIRGINIA WOOLF (1882-1941) EN SU FAMOSO ensayo Una habitación propia

 

describe la escritura de Jane Austen como «una obra para personas mayores, escrita por una mujer, que escribe como una mujer y no como un hombre». Woolf reivindica por primera vez la necesidad de que la mujer afirme su independencia intelectual por medio de la literatura, como una forma de expresión del talento, cuya exposición pública había tenido que sufrir inconvenientes varios. Desde los casos en los que la mujer no firmaba con su nombre y publicaba de forma anónima, hasta aquellos en los que la firma que aparecía era la del marido, a pesar de que la autora era la mujer, la casuística era muy variada. También había quienes tenían guardada su obra en el cajón del secreter y no eran capaces de sacarla a la luz por miedo o por falta de confianza en sí mismas. O aquellas que solo mostraban su arte en el entorno más cercano, en la familia, sin traspasar nunca el umbral de lo íntimo.

 

En los años cincuenta del siglo XX todavía la escritora irlandesa Edna O’Brien (1930) tuvo que sufrir el desprecio y el resquemor de su propio marido cuando decidió publicar los libros que había ido escribiendo a trancas y barrancas, sacándole horas al sueño, mientras criaba a sus hijos. Así lo cuenta en su libro autobiográfico Memorias. Chica de campo. La afirmación de la mujer como autora es una reivindicación que ha permeado toda la historia de la literatura. Su falta de independencia económica generaba otras dependencias y todo era un círculo vicioso que había que romper de algún modo.

 

 

 

Bodas



 

 

 

 

 

 

 

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Quizá por todo esto es natural que la preocupación por las bodas esté tan presente. Para el lector moderno puede llegar a parecer un asunto frívolo, pero tenía el mayor interés y por eso se estudiaba y planeaba cuidadosamente. Aunque el mayor prototipo de la madre casamentera es la señora Bennet, de Orgullo y Prejuicio, también la señora Dashwood, de Sentido y Sensibilidad tiene una importante dedicación al tema. En ambos casos es lógico, debido a la situación económica familiar. La señora Bennet y la señora Dashwood son las dos «madres en activo» de las novelas de Austen. La de Fanny Price no está en condiciones de aconsejar a su hija dada su mala cabeza. A Anne Elliot (Persuasión) quieren casarla, en este caso su padre, con un primo bastante anodino que es, justamente, el que va a recibir el patrimonio de la familia, incluida Kellynch Hall, la casa familiar. También la madre de Emma ha muerto. Y el caso de la madre de Catherine Morland (La abadía de Northanger) es muy interesante, porque actúa desde la prudencia, ocupada como está en criar a los niños más pequeños, pero da a su hija buenos consejos y le recomienda lecturas excelentes.

 

Y, sin embargo, a pesar de todo esto, del ambiente, de la necesidad y de la costumbre, Jane Austen defiende la idea de que hay que casarse por amor. Con matices, que ella es una persona sensata y que deja claro cómo la ruina económica por un matrimonio apresurado es un error. Y no se trata de caer en el «mal inglés» de la sensibilidad, que aquejó a las muchachas de finales del XVIII a consecuencia del exceso de lecturas, básicamente novelas, que convertían el amor y el matrimonio en una aventura poética. Como dice Lucy Worsley en su biografía íntima de la autora: «Mary Wollstonecraft opinaba que la sensibilidad estaba perjudicando a las mujeres por cuanto las convertía en seres débiles y blandengues, privadas de claridad de objetivos y entereza».

 

El mal de la sensibilidad solo aquejaba a la gente acomodada y con mucho tiempo libre. La melancolía, el desamor, la nostalgia, la lucha por el ser amado, todos estos conceptos estaban presentes. Esa gente sensible y refinada que sufría de una sensibilidad excesiva leía novelas. El culto a la sensibilidad alcanzó su mayor apogeo durante la juventud de Jane, pero a finales de siglo la gente ya estaba cansada de tanto sentimentalismo. Y ella, por su parte, adoptó una actitud crítica al respecto. Incluso en una obra de los primeros tiempos Sentido y sensibilidad donde una de sus protagonistas enferma de desamor, se encarga de reconducir la historia y



 

 

 

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de llevarla por el terreno de la sensatez, haciendo que se case con el hombre adecuado, un correcto, educado y acomodado coronel Brandon, que servirá como medicina ante tanta locura. Lo que viene a decirnos con esto Jane es que está bien casarse por amor, pero hay que saber de quién se enamora una. O, mejor aún, que lo importante no es solo elegir con quién casarse, sino saber con quién no hay que hacerlo. En eso dio ejemplo fehaciente ella misma.

 

La obligación de las muchachas de asegurarse un buen matrimonio para ellas y para los suyos tiene en las hermanas Bennet el ejemplo más ilustrativo de este estado de cosas. Es esta novela la que desarrolla con más fuerza estos conceptos. Por eso surge una especie de reparto de papeles. Jane es la más «hermosa y dulce» de las hermanas Bennet. Por eso mismo a ella le corresponde la obligación de asegurar el sustento de la familia a través de un casamiento ventajoso. La propiedad familiar está vinculada a la rama masculina y, dado que los señores Bennet «solo» han tenido hijas, pasará a manos de un primo lejano, a la sazón clérigo, el señor Collins.

 

Pero Jane Bennet quiere «casarse por amor». Así lo confiesa a su hermana más querida, Elizabeth, en esas horas de intimidad a la luz de las velas que ellas comparten antes de acostarse. Mientras cepillan sus largos cabellos desgranan esas confidencias que a nadie más contarán. De igual forma que el pelo vuela despojado de la prisión del recogido que habitualmente usan en público, así ellas dan rienda suelta a sus sueños, en los que, aun siendo muchachas pobres, esperan el milagro de encontrar a un marido, a ser posible, rico, guapo y sensato.

 

Las características del hombre ideal se dejan ver en esta conversación entre las dos hermanas, hablando de Bingley, al que acaban de conocer:

 

—Es exactamente lo que debe ser un joven —dijo—, razonable, con buen humor, animado; ¡no he visto nunca modales tan perfectos! ¡Tanta soltura y una buena educación impecable!

 

—Y además es muy bien parecido —replicó Elizabeth—, que es algo que un joven debe igualmente procurar; si es que está a su alcance. Cabe decir, por lo tanto, que es un joven muy completo.

 

No deja de resultar una excentricidad, casi un escándalo, en esos años finales del siglo XVIII, el deseo de no convertirse en tristes matronas aprisionadas por la costumbre, más madres que esposas; más esposas que mujeres. Y es también una modernidad, una seña de individualización



 

 

 

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emocional que no debería pasar desapercibida. Estas chicas son, por ello, inconformistas, rebeldes casi. Y lo son en aquello que está en su mano: la elección del marido.

 

La postura de las cinco hermanas puede constituir en sí misma todo un tratado de la manera en que la mujer Austen observa su propio destino e intenta intervenir en él. Jane, la mayor, quiere un matrimonio por amor. Elizabeth representa el equilibrio pues, aunque los sentimientos son para ella un reclamo importante, sabe también que la economía, cuando es insuficiente, lastra todos los afectos y acaba con los más sólidos. Por su parte, Mary no quiere casarse y esto, una mujer aferrada a sus libros y alejada de las emociones y vaivenes de la juventud, no deja de ser otro rasgo modernísimo. Kitty y Lydia, las más pequeñas, ansían únicamente tener a su lado a un «casaca roja» que las colme de aventuras y las acompañen a cuantos más bailes mejor. Son las frívolas. Pero ya sabemos que Lydia dará un paso adelante y se fugará con Whickham, un tipo sin escrúpulos con el que acabará casándose en un matrimonio que terminará siendo el prototipo de lo que no debería ser una unión. Casarse pronto y mal, diría nuestro Mariano José de Larra.

 

Es así como Orgullo y Prejuicio se aparece ante nuestros ojos de lectores del siglo XXI como una novela moderna, mientras que Sentido y sensibilidad tiene rasgos de una sociedad más antigua y desfasada. Enfermar por amor es uno de esos rasgos. La actitud de Jane y de Elizabeth es signo inequívoco de la importancia que las mujeres dan a la vida sentimental (el centro de nuestra trama vital, el que impulsa o entorpece el desarrollo personal e, incluso, profesional), pero es también una prueba fehaciente de que las mujeres Austen reclaman poseer un criterio propio y abogan por el derecho a defenderlo, aunque sea equivocado. Y la reacción de Jane Bennet ante los desaires de Bingley y sus hermanas resulta encomiable y muy diferente de la de Marianne Dashwood. No solo acepta lo sucedido, sino que lo hace con gentil alegría.

 

Poder elegir, optar por el amor ante la conveniencia, no estar sujetas a convenciones arcaicas, son los elementos de este toque moderno que la novela presenta. Una actitud pionera que no todos los lectores de Jane Austen son capaces de apreciar pero que representa un elemento más de los muchos matices que su obra contiene.

 

No son solamente las hermanas Bennet las que realizan, con sus actos y palabras, un alegato por el derecho a elegir marido, incluso a elegir no



 

 

 

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casarse. También lo oímos en Emma Woodhouse, aunque ella no tiene problemas económicos y lo vemos claramente en las hermanas Dashwood, Elinor y Marianne. En las hermanas se produce una curiosa situación que resalta al leer la novela, Sentido y Sensibilidad. El libro plantea un debate moral entre dos posturas diferentes. La primera es más racional y defiende la ocultación de los sentimientos, como ámbito privado que nadie debe traspasar. La segunda, aboga por una expresividad que saque a la luz las emociones, como parte del ser humano. Ambas posturas se entrecruzan durante el desarrollo de la novela, como no podía ser de otra forma. Igual que ocurre con el caballero Alonso Quijano y su escudero Sancho Panza, el paso de los días y la sucesión de aventuras consigue que las cabezas asimilen parte de lo que el otro defiende y así, ni el loco es tan loco, ni el cuerdo es tan cuerdo.

 

Hay una frase que podía aplicarse a la época y que la pronuncia Robert Duvall en su papel de policía en la película Un día de furia (1993, Joel Schumacher), protagonizada por Michael Douglas. La frase es: «No es fácil ver morir tu belleza si eso es lo único que tienes». La belleza era el salvoconducto de las muchachas para poder conseguir una boda aceptable. Se cambiaba, así se cuenta, el atractivo físico por bienestar económico. Era una transacción aceptada. Seguramente muchos de estos matrimonios convenidos daban lugar, con el paso del tiempo, a algo parecido al amor. La convivencia y la afinidad tienen efectos mágicos. Y llegó un momento en que hacer un matrimonio adecuado no era solo asegurarse una situación económica aceptable sino también encontrar compatibilidad en la futura pareja. En lo que respecta a la belleza, no siempre era la mejor compañera a la hora de elegir y, además, Jane Austen no le daba demasiada importancia si no iba acompañada de su correspondiente dosis de ingenio o inteligencia. Pero la presión del aspecto físico acompañaba a estas mujeres casaderas hasta que tiraban la toalla y abandonaban su pretensión. Una presión difícilmente soportable y que se nos antoja algo muy parecido a la esclavitud.

 

Sin embargo, hay un aspecto relacionado con este tema que Jane Austen señala, aunque lo hace con menos intensidad, seguramente porque su mirada es más femenina que masculina. También los hombres estaban condicionados al elegir esposa. Los hombres pobres, desde luego. Un hombre con escasos recursos debía intentar mejorar su situación por medio del matrimonio. Dos pobrezas unidas garantizaban un absoluto fracaso.



 

 

 

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Esto quiere decir que, quizá, la cuestión no era tanto de género como de capacidad económica, algo que Emma Woodhouse tenía claro. Y que la propia Jane vivió en su persona si hablamos de Tom Lefroy. Lo que ocurría, no obstante, es que la vinculación a las ramas masculinas de las herencias no establecían unas condiciones de partida igualitarias. Y esto sí lo destaca Austen con toda la intensidad que puede y lo hace en todas sus obras de una u otra manera. A ella se le antoja una injusticia el hecho de que las herencias familiares no pudieran ser disfrutadas por las descendientes y eso lo vivió en su entorno con toda claridad. De estas situaciones sociales se derivan disfunciones familiares que afectaban grandemente a las personas. Y no era el mejor modo de fomentar el afecto entre hermanos, algo que a ella le parecía necesario y deseable.

 

De este modo, la posibilidad de casarse por amor estaba en íntima relación con las leyes y normas que regían las herencias. Así, el hecho de unirse a una persona para compartir la vida llegaba a ser un asunto de estado, un asunto que incumbía a toda la familia y, por lo tanto, toda la familia opinaba. El efecto de las espléndidas bodas que hacen Jane y Elizabeth Bennet (Orgullo y prejuicio) se extendió a sus hermanas, como explica el libro al final sin entrar en mucho detalle. Mary y Kitty visitaban con muchísima frecuencia Pemberley, la magnífica residencia de los Darcy, la primera para usar su biblioteca y la segunda para mejorar sus contactos sociales. E, incluso, en un rasgo de humor nos llega a decir que los Wickham se convirtieron en huéspedes demasiado asiduos de los Bingley, tras el matrimonio de Jane, llegando al extremo de hacerse pesados e insoportables.

 

La defensa del matrimonio por amor no deja de serlo del derecho de elección, de la libertad del individuo para decidir acerca de su vida, algo que nos parece hoy de toda lógica pero que, en aquellos años, era un pensamiento excéntrico. Ni siquiera los revolucionarios franceses habían movido un dedo en esta cuestión, ni cimbreado el statu quo de las mujeres en este mercado. La preeminencia del varón sobre la mujer llegaba a todos los estamentos, incluyendo las casas reinantes en algunos casos. Y había una común aceptación del sistema. Por eso tiene tanta importancia el hecho de que Jane Austen agitara las aguas y mostrara, sin ánimo de pontificar, pero con exactitud, la dimensión del problema.

La dificultad de casarse por amor era común a hombres y mujeres sin fortuna. La pérdida de la independencia y el hecho de pasar a una pobreza



 

 

 

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digna era solo cosa de mujeres cuando las propiedades y rentas se vinculaban a las ramas masculinas de las familias. Dos cuestiones que se entrelazan y sobre las que ella arroja luz.

 

Un siglo después el dilema aparece con nitidez en la obra de otro escritor inglés, D. H. Lawrence (Eastwood, Reino Unido, 1885-Vence, Francia, 1930). Las diferencias sociales son para él un dique de contención para los sentimientos, que no pueden expresarse con total libertad y que genera tensiones entre el deber y el querer. Así se puede observar claramente en algunas de sus novelas, como Las hijas del vicario, de 1814, en la que dos muchachas, educadas para hacer lo correcto, terminan saltándose las normas porque es imperioso casarse; o en El amante de Lady Chatterley, donde Constance Chatterley se salta todas las barreras sociales al enamorarse (o apasionarse) por el guardabosques de su casa solariega, el señor Mellors. En este sentido, Jane Austen prepara el camino para los debates morales en torno a la unión por amor y el sentido del deber o de la conveniencia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10. Imperfectas heroínas

 

 

 

 

JANE  AUSTEN  PODRÍA  HABERSE  INSPIRADO  en su bisabuela paterna para

 

escribir una historia titulada Ingenio y valor. Elizabeth Austen, de soltera Weller, se quedó sola con siete hijos en 1708, después de enviudar y de que su padre y sus cuñados la dejaran tirada y sin recursos. Para darles a sus hijos una educación que se le antojaba fundamental en una vida digna se le ocurrió trabajar en una vivienda-escuela a cambio de la manutención y la formación de los chicos.

Otra novela llena de interés habría surgido de la vida y milagros de la tía Philadelphia Austen y su hija Elizabeth Hancock, la prima Eliza. Ambas tuvieron una existencia tan apasionante, con peripecias en la India colonial y la Revolución Francesa incluidas, que resulta incomprensible cómo no se convirtieron en protagonistas de un drama que terminara en tragedia. La tía Phila, que era su apelativo familiar, era hermana de George Austen, el padre de Jane, hijos ambos de William Austen, un médico que, de su matrimonio con la viuda de otro médico, tuvo tres hijos, Philadelphia, George y Leonora. Los tres hubieron de pasar calamidades porque, tras la muerte de su madre en el parto de la última, su padre se volvió a casar y la madrastra no se ocupó jamás de ellos. Directamente los echó a la calle y tuvieron que ser acogidos por parientes. Aunque puede parecernos un acto de crueldad dejar desamparados a los hijos de tu cónyuge, era algo que ocurría con frecuencia. Las buenas formas y los modales adecuados ocultaban a veces comportamientos verdaderamente abominables, en ocasiones para preservar los derechos de los hijos propios en detrimento de los ajenos.

 

A Philadelphia Austen en ese reparto le tocó criarse con una tía materna y con veintiún años se fue a la India donde, en 1753, se casó sin amor con un hombre conveniente (Tysoe Saul Hancock), mientras mantenía un discreto affaire con un tipo bastante más atractivo, el



 

 

 

 

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gobernador general de Bengala Warren Hastings. El misterio de la paternidad de Eliza, su hija, forma parte de la historia de la familia y la discreción nunca desveló ciertos datos. ¿Era hija legítima del matrimonio o lo era de Hastings? Resulta encantador ese fenómeno por el cual todas las familias, incluso las de existencia más rutinaria, guardan en su cajón algún secreto inconfesable pero que aviva los comentarios en voz baja y anima las noches invernales.

 

Eliza Hancock, una mujer deslumbrante, inteligente y hermosa, llegó a ser condesa por matrimonio y su marido, el noble francés Jean Capot de Feuillide, fue guillotinado con el estallido de la Revolución Francesa, dejándola sin herencia y con un hijo enfermo al que criar. Eliza, sin embargo, nunca perdió la alegría ante estas contrariedades. Era de esas personas que sabían disfrutar. Poseía una personalidad atrayente que no dejaba de sorprender y que era capaz de ponerse en el lugar de sus jóvenes primas. Se arreglaba con todo cuidado y coquetería, como si fuera siempre a una fiesta, y mantuvo una especie de plan de conquista perpetuo y el deseo de gustar a los hombres, algo que todos los Austen le reconocieron hasta su muerte a los cincuenta años, cuando estaba casada en segundas nupcias con Henry, el hermano favorito de Jane.

 

Ninguna de estas espectaculares referencias directas se usó en sus libros. Como dijo en alguna ocasión a una de sus sobrinas, ella solo necesitaba una pequeña localidad del campo inglés, imaginaria o no, y cuatro o cinco familias. Y quizá debido a esa circunstancia, a esa lejanía de lo extraordinario y esa elección de lo cotidiano, las heroínas de Jane Austen parecen, y lo son, de carne y hueso. Hablamos de ellas como si fueran amigas, conocidas o vecinas. Gente cercana, en todo caso. Por eso te cuesta juzgarlas y ponerles etiquetas. Tienen muchas aristas, como los seres humanos. Son diferentes entre sí y cada una habita en un espacio único que se creó para ellas. Las austenitas conocen como la palma de la mano todo aquello que tiene que ver con sus «mujeres», incluso aquellas cosas que no son narradas, sino solo entrevistas o, directamente, imaginadas por los lectores. Es un milagro de pervivencia solo comparable a algunos grandes personajes de Shakespeare o de otros genios de la literatura.

 

Es verdad, sin embargo, que hay destellos que ella fue anotando a lo largo de su vida y que podemos rastrear en sus libros. Porque su eficaz radiografía de la vida cotidiana, como puso de relieve el propio sir Walter



 

 

 

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Scott en su favorable reseña de Emma, así lo permitía. Quizá en Henry y Mary Crawford, con su diletancia y su falta de sensatez, hubiera algo de su propio hermano, Henry y de su esposa, la prima Eliza. Quizá William, el hermano mayor de Fanny Price que es marino, es un reflejo de Francis Austen, que llegó a ser almirante de la Royal Navy. Y, por supuesto, el amor de hermanas se trasluce en las Dashwood o en las Bennet como un trasunto de Cassandra y de ella misma.

 

 

 

El realismo de lo cotidiano

 

 

Jane Austen sentía una inmensa satisfacción en inventar personajes, buscarles el nombre, la edad, el oficio. Describir su aspecto físico, sus gestos, sus costumbres. Reflexionar sobre su manera de ser. Hacerlos actuar a su antojo. Como novelista asume una gran libertad y desdeña las esclavitudes que están presentes en la obra de otros, atados por editoriales, presiones externas o mundillos literarios. No da la impresión de que esa dependencia de lo externo existiera para Jane Austen. Es la imaginación la principal fuente de energía que sustenta su escritura. Y una mezcla de pudor familiar y de afirmación de su voluntad creativa la lleva a construir mundos alejados de su propia historia, pero sin caer en lo extraordinario, lo exótico. Es el realismo de lo cotidiano.

 

No solo eso. Las heroínas de Austen no son perfectas. Es el caso más claro de imperfección que conocemos. Y no solo Emma Woodhouse, reconocida caprichosa y mandona, atesora defectos que pueden resultar molestos al lector y que, desde luego, son todo lo contrario de la idealización, sino también todas las demás. Es cierto que tienen interesantes virtudes, pero ninguna de ellas son personas modélicas, ni siquiera imitables. En realidad, no son heroínas, son mujeres sin más. Eso es lo que hace que no hayan envejecido con el paso del tiempo. Sobre todo, aquellas más «imperfectas». En realidad, la mujer más lejana a nosotros, la que menos nos inspira y la que más distante nos parece es la que goza de mayores atributos morales y personales: el sacrificio, la entrega, la generosidad, el silencio. Se trata, claro está, de Fanny Price (Mansfield Park), una chica que resultaba bastante anodina al público lector habitual de Austen y que sigue pareciéndolo ahora.



 

 

 

 

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Es cierto que las grandes referencias literarias no tienen por qué ser personajes heroicos y llenos de valor. Hamlet era bastante maniático y Otelo, un celoso de libro. Madame Bovary se mostraba demasiado histriónica y hasta a Flaubert parecía desagradarle. Tampoco es ejemplar la conducta de las Anas: Anna Karenina deja a su hijo pequeño para irse con Vronsky y termina fastidiándole la vida al pobre conde y labrándose su propia desgracia. Y no digamos nada de Ana Ozores, cuya personalidad enfermiza e intensa trae de cabeza a todo su entorno. Sin embargo, estas mismas caracterizaciones, estos errores, son los que los convierten en seres animados y no en decorados de cartón piedra.

 

Jane Austen escribe novelas protagonizadas todas ellas por mujeres. Ese es también un elemento diferenciador de otras aclamadas heroínas como las anteriores. Flaubert y Clarín describen mujeres, pero no son mujeres. Hablan de ellas como un hombre hablaría de una mujer. Y, además, Austen coloca en sus obras algunos hombres de relieve que son dignos co-protagonistas, pero lo son porque dan la réplica adecuada a mujeres de notable altura. Darcy no sería lo que es sin el contrapunto ingenioso y sincero de Elizabeth Bennet y el señor Knightley es exactamente la horma del zapato de Emma. En cuanto a los hombres de Sentido y Sensibilidad hay que decir que ninguno de ellos está a la altura de las hermanas Dashwood. Edward Ferrars es soso y poco dispuesto a defender su amor. Si no fuera porque Lucy Steele, que es una mala pécora, una mosquita muerta de armas tomar, supuesta prometida suya, decide tomar el camino más seguro, es decir, casarse con el hermano de Edward, este se hubiera conformado con su aburrido destino. Por su parte, el coronel Brandon es un tipo de buen corazón y está muy enamorado de Marianne Dashwood pero resulta algo falto de épica. De Willoughby, mejor no decir nada, es un villano sin remedio, o quizá un hombre sin honor, al que la autora castiga dejándolo enamorado de Marianne y teniendo que contraer un matrimonio de conveniencia. El resto de los hombres de Austen son bastante prescindibles, salvo, quizá, el marino Frederick Wentworth, cuyo principal mérito es que se trata del único militar con un papel importante en su narrativa, lo que da cuenta de la nueva consideración que la sociedad inglesa tenía de su ejército. Persuasión es la última novela que escribió Jane Austen y las cosas habían cambiado. Los superficiales casacas rojas que aparecen en Orgullo y Prejuicio danzando en los salones de baile y enamorando a chicas



 

 

 

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ingenuas, ya han desaparecido y aquí los militares son gente sensata, dispuesta al sacrificio y con voluntad de perseverar en sus sentimientos. Quizá porque la guerra había terminado. Y eso siempre es de agradecer. Que los militares fueran más atractivos en tiempos de paz que en tiempos de guerra no deja de ser, por parte de la escritora, una declaración de intenciones.

 

Las heroínas de Jane Austen tienen algunas circunstancias en común. Son muchachas que pertenecen a la gentry, clase media dentro de la aristocracia rural que, por tanto, nunca podrían realizar trabajos fuera de casa, salvo quizá los de institutriz o damas de compañía. La mayoría de ellas no tienen patrimonio propio y pertenecen a familias que están a la quinta pregunta, faltas de ingresos, con cabezas de familia poco sensatos, que gastan más de lo que ingresan y con un considerable déficit de ejemplos maternos mínimamente fiables. Salvo Emma, ninguna de ellas es una belleza. El ingenio y la vivacidad hacen bella a Elizabeth Bennet. Por el contrario, el sufrimiento afea a Fanny Price y a Anne Elliot. Es verdad que las descripciones físicas no son corrientes en Austen ni, mucho menos, prolijas, pero también Marianne Dashwood tenía atractivo físico, acentuado por su carácter intenso y su ingenuidad amorosa. Todas las mujeres Austen saben tocar el piano, aunque no demasiado bien; leen poco, excepto Marianne y Anne Elliot; no pisan las cocinas, porque allí no se les ha perdido nada; les gusta el aire libre y son capaces de andar solas por cualquier camino, vereda o carretera (igual que hacía Jane Austen desde que descubrió ese placer) y tienen necesidad, excepto Emma, de buscar un marido rico para poder subsistir y dejar de depender de padres, hermanos o tutores. Lo que no quiere decir que se conformen con ese destino, ni mucho menos, y de ahí sus negativas a algunos pretendientes con posibles.

 

Pero, al margen de algunos detalles comunes, cada una de las heroínas de Austen tiene sello propio y vive una historia que solo ella podía vivir. Son identificables y distintas, lo que da buena cuenta de la imaginación de Jane, de su capacidad de crear tanto personajes, como atmósferas, incluso sin salirse de lo normal. Esos hechos fantasmagóricos que llenaron las novelas góticas que estaban de moda en su niñez, no le interesaban en absoluto. Tampoco las correrías de la aristocracia o la realeza, ni las aventuras en parajes exóticos, ni las luchas, las batallas o la política. El suave, sereno, apacible, campo inglés, los pueblecitos corrientes con su



 

 

 

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rectoría, sus tiendas, su camino real, sus carreteras bifurcadas, sus casas cuidadosamente limpias, sus jardines, sus alrededores llenos de bosques o de prados, ese era su ámbito, ese su telón de fondo. El argumento podía variar, pero ahí estaba la naturaleza humana con todo el arsenal de emociones y como trama, una infinidad de detalles, unos diálogos portentosos y unas conversaciones que son el hilo conductor de las historias. Un prodigio de sensibilidad, sin caer en el romanticismo vacuo ni en la exageración. Sentido común. Este parece ser el principal patrimonio de las mujeres que quieren aspirar a cierta forma de vida placentera.

 

De entre las heroínas de Austen solo una ha sido llamada heroína por la propia autora. Y lo ha hecho desde la sátira y la ironía descaradas. Se trata de la inefable Catherine Morland, de La abadía de Northanger. Desde el comienzo, el tono de la novela nos va indicando la consideración que tenía Austen de esa ingente cantidad de novelas góticas que hablaban de castillos encantados, doncellas en peligro y caballeros oscuros que conducen a las jóvenes a la mayor fatalidad. Era la literatura de su época y su forma de reaccionar contra ella fue la parodia. Lo mismo que hizo Cervantes con su Don Quijote, que enloquece leyendo novelas de caballería, hace Jane Austen con Catherine Morland, aunque la sensatez de su madre y el amor de Henry Tilney parece que serán el remedio más eficaz para contener tanta efusión novelística.

 

En 1803 nace en España Ramón de Mesonero Romanos, escritor, una de cuyas obras viene al pelo de esto que decimos, el uso de la sátira para denunciar un determinado fenómeno o moda. En el caso de Mesonero Romanos hay que leer su texto «El romanticismo y los románticos» que forma parte de su obra Escenas y tipos matritenses, situada entre los años 1832-1842. El sobrino de Mesonero se ha vuelto loco por el romanticismo y de ello se deriva su cambio de imagen, su gusto por los cementerios, su afición poética y sus intentos de sufrir por amor. El chico anda vestido de negro, intentando a toda costa escribir poemas y enamorándose de señoras casadas, con lo que el sufrimiento está asegurado. Todo un compendio irónico de las características de ese movimiento. Siempre que leo La abadía de Northanger recuerdo a Mesonero y al revés.

 

Quizá uno de los momentos más hilarantes del libro es el regreso a su casa de Catherine Morland, después de que el general Tilney la eche de su mansión. La pobre Catherine no sabe de dónde viene la animadversión



 

 

 

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inesperada del general hacia ella y se echa la culpa a sí misma por haber pensado que ese hombre tuvo algo que ver con la muerte de su esposa. En el pensamiento de Catherine nada ocurre de forma natural, porque para eso es una heroína.

 

Mi heroína regresa al hogar humillada y solitaria, y el desánimo que esto provoca en mí me impide extenderme en una descripción detallada de su regreso. No hay ilusión ni sentimiento que resistan la visión de una heroína dentro de una silla de posta de alquiler.

 

En este fragmento, Jane hace algo que es habitual en sus novelas, se entromete en la historia, como si fuera una vecina cotilla, y nos da su opinión al respecto, colocándose tanto en la posición de narradora como en la de observadora de los acontecimientos. Eso le da a la narración un tono «periodístico» que se observa en muchos pasajes de su obra, como, por ejemplo, en el relato de la boda de Emma y el señor Knightley que pone fin al libro:

 

La boda se pareció mucho a otras bodas en las que las partes no se desviven por las galas o la ostentación; y la señora Elton, por lo que pudo saber a través de su marido, pensó que había sido increíblemente pobretona, y muy inferior a la suya: Poquísimo satén blanco, poquísimos velos de encaje, ¡qué triste! Selina pondrá unos ojos enormes cuando se entere. Pero a pesar de estas deficiencias, los deseos, las esperanzas, la confianza y las predicciones del reducido círculo de verdaderos amigos que presenciaron la ceremonia se vieron íntegramente justificados por la perfecta felicidad de la unión.

 

Contra la actitud de Catherine, perezosa, poco práctica, soñadora al extremo y su tergiversación de la vida real, está la sensatez de su madre, cuyo único pecado al criar a su hija ha sido una excesiva permisividad que ha dejado a la muchacha a merced de novelistas alocadas. «Todos debemos procurar estar satisfechos allí donde nos encontremos, y más aún en nuestro propio hogar, que es donde más tiempo estamos obligados a permanecer», le dice su madre.

 

Además de esas palabras sabias, la madre de Catherine Morland inaugura el emergente mundo de los libros de autoayuda con esta recomendación: «En uno de los libros que tengo arriba hay un estudio muy interesante acerca del tema. En él se habla precisamente de esos seres a quienes amistades de posición económica más elevada que la suya incapacitaron para adaptarse a sus circunstancias familiares. Se titula El espejo, si mal no recuerdo. Lo buscaré para que lo leas. Seguramente



 

 

 

 

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encontrarás en él consejos de provecho». Por supuesto, el giro final y rápido de la novela (cuyo desenlace es un poco precipitado y previsible) hace innecesaria esta lectura, puesto que Henry Tilney, el amor de la muchacha, aparece de pronto y el asunto se resuelve en boda. Haciendo un paréntesis, esa propensión de Austen para terminar las historias apresuradamente es algo muy curioso. Da la impresión de que lo sustancial, que es el camino, ya ha sido recorrido, y que la resolución no le interesa tanto. Es más, a veces deja incógnitas por resolver. Es como si nos dijera, vale, esto ha terminado bien, pero ¿quién sabe qué pasará en unos años? Tal vez por esta misma cuestión han proliferado tanto las novelas «con otros finales», partiendo de las auténticas.

 

No obstante, su tono irónico, en La abadía de Northanger la protagonista (llamada aquí, como en ninguna otra novela, «nuestra heroína») también rechaza una proposición de matrimonio (aunque algo enrevesada) lo que dice mucho de la fortaleza de las mujeres Austen a la hora de reivindicar su libertad para elegir, aun en las peores circunstancias. El señor Thorpe, un joven hermano de Isabella Thorpe, amiga de Catherine y a su vez, amigo de su hermano, es todo lo que una persona no debería ser: presuntuoso, embustero, embaucador, irrespetuoso e interesado. Tanto él como su hermana intentan manipular a Catherine para conseguir sus fines. La intervención del señor Thorpe es la clave de la novela y de su relación con los Tilney y está hábilmente cosida en el relato. Ella rechaza a Thorpe porque no está enamorada de él y lo hace con rotundidad. Y Jane Austen demuestra que conocía bien la naturaleza humana y que no se hacía demasiadas ilusiones respecto a la misma. Eso mismo repetirá tiempo después, con absoluta contundencia, la señorita Marple, de Saint Mary Mead, esa eficaz detective aficionada de Agatha Christie: «La naturaleza humana es la misma en todas partes».

 

El número de heroínas austenianas, mujeres relevantes en sus novelas, es muy alto si tenemos en cuenta que hablamos de seis novelas largas y una corta (Lady Susan), más otras dos inacabadas. Y esto es así porque el mundo cotidiano que ella muestra (la misma autora prefiere la palabra «mostrar» a «describir», porque lo considera menos parcial y deja más libertad al lector para su propio juicio) es un mundo básicamente de interiores, de mujeres y de núcleos familiares.

 

En Emma hay dos heroínas contrapuestas, la señorita Jane Fairfax y la propia Emma, rivales en belleza, cultura y elegancia. En Orgullo y



 

 

 

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prejuicio hay, al menos, dos, las hermanas Jane y Elizabeth Bennet, más sus antagonistas, las Bingley. En Mansfield Park está Fanny Price, pero también Mary Crawford, una antiheroína magnífica, y en Sentido y sensibilidad volvemos al dúo, Elinor y Marianne Dashwood. En Lady Susan, la heroína (entendida como figura femenina en positivo) es la hija de la protagonista, es decir, Frederica Vernon, porque la madre, la propia Lady Susan, es una excelente arpía. Ya hemos hablado de Catherine Morland en La abadía de Northanger y nos falta recordar a Anne Elliot, la heroína de Persuasión.

 

¿Qué tienen en común estas mujeres? ¿A qué dedican sus mayores esfuerzos? ¿En qué aspectos coinciden a pesar de sus diferencias? Yo diría que en la firme voluntad de seguir sus impulsos y elegir su vida. No sería justo resumirlo todo en hacer un buen matrimonio. Sobre todo porque todas ellas desprecian y rechazan buenas oportunidades con hombres que no se ajustan a sus deseos de felicidad. Todas las negativas se basan, no en que sean hombres sin buena posición o buen nombre, sino en una falta de interés personal, de atracción física, de estímulo intelectual o de afinidad. Este último concepto, la afinidad, es el más preciado de todos.

De esta forma no es justo ni acertado decir que las mujeres Austen están deseando hacer una buena boda, sino que ansían, de una forma individual y muy particular en cada caso, compartir su vida con alguien que les merezca la pena. Es decir, Jane Austen habla del amor, pero no de cualquier amor, sino de amor del bueno, el que nace de la comprensión, la atracción y la afinidad de caracteres. Tanto es así que se niegan a seguir las indicaciones familiares en cuanto a pretendientes e, incluso, no se dan cuenta de sus propios sentimientos a pesar de que estos puedan resultar obvios al lector. Para las heroínas Austen, en resumen, el matrimonio no es el objetivo, es solo el medio de hallar una felicidad compartida. Resulta injusto, pues, adjudicarles esa necesidad compulsiva de casarse. Las mujeres de Austen se adelantan a su tiempo exigiendo, de algún modo, que sus parejas estén a la altura de sus propias necesidades y no solo económicas, sino físicas y espirituales. Como suena.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11. Ella misma

 

 

 

 

LA CARTA MÁS ANTIGUA QUE SE conserva de entre las casi tres mil que escribió Jane Austen se dirige a su hermana Cassandra a quien felicita por su cumpleaños. La redactó en la casa parroquial de Steventon el sábado 9 de enero de 1796. Esta es una carta muy importante. En ella desarrolla con detalle su «relación» con el joven Tom Lefroy. La carta hace alusión al baile en el que han estado juntos, a su visita al día siguiente como era costumbre, a las conversaciones mantenidas, todo ello con un tono de humor que no consigue ocultar la evidencia de que los jóvenes se gustaban. ¿Por qué no se destruyó esta carta si cuenta algo tan íntimo? Caroline Austen, una sobrina, detalló cómo su tía Cassandra en la década de 1840 fue la persona que inspeccionó y seleccionó qué cartas iban a sobrevivir literalmente a la quema. Ciento sesenta cartas y otra más conteniendo su testamento fue todo lo que dejó en pie. Una de ellas fue esta.

 

Otra carta, escrita el 27 de mayo de 1801 desde Bath y dirigida a Cassandra, nos da una breve muestra de su estilo epistolar, tan especial, irónico y detallista y del uso arbitrario (¿o no?) de las mayúsculas:

 

Acabo de volver de Airearme en el fascinante Faetón de cuatro ruedas, tal como me comunicó en una nota al señor E. poco después del desayuno: fuimos hasta lo alto de Kingsdown y el paseo fue muy agradable; una alegría sucede rápidamente a otra. Al volver encontré tu carta y una carta de Charles sobre la mesa. Supongo que no tengo que repetirte lo que dices en la tuya; será suficiente darte las gracias. Qué mérito tiene que Charles se acordara de la dirección de nuestro Tío, algo que también parece sorprenderle a él. Ha recibido treinta libras por capturar al barco corsario, y espera diez libras más; pero de ¿de qué le sirve ese dinero si se lo gasta en regalos para sus Hermanas? Nos ha comprado unas cadenas de Oro y unas Cruces de Topacio. Tenemos que regañarle. El Endymion ya ha recibido órdenes de llevar Tropas a Egipto, algo que no me gustaría nada si no confiara en que a Charles le den otro destino antes de que zarpe. Dice que no sabe dónde pueden mandarlo, pero me ha pedido que le escriba enseguida porque es probable que el Endymion se haga a la mar dentro de tres o cuatro días…



 

 

 

 

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La carta se recoge en la edición de Kathryn Sutherland para Alba Clásica de Las cartas de Chawton. Resulta curioso comprobar cómo estaba preocupada por los asuntos bélicos de sus hermanos, en este caso de Charles, que estaba dedicado a la guerra contra Napoleón en su calidad de contralmirante, y, sin embargo, esas preocupaciones no se traslucen en sus obras, efectuando así una separación entre esos asuntos y los que ella decide escoger como argumentos. Lo que sí queda claro es la forma en que pondera la generosidad de su hermano para con ellas.

 

 

 

El papel de la mujer

 

 

Esta mirada transversal sobre la obra de Jane Austen, centrada en sus «mujeres» no termina, ni mucho menos, el acercamiento a su obra, una obra corta en comparación con otros escritores, pero admirablemente decisiva. Entre sus seis novelas mayores hay una conexión oculta que las convierte, una a una, en joyas de enorme valor. Son novelas que ejemplifican modelos narrativos y que, a pesar de sus elementos comunes, son capaces de forjar una historia diferente. Los lectores se suelen identificar más con alguna que con otras y eso es parte de la enorme «discusión Austen» que tiene el vigor y la fortaleza que ningún otro escritor posee. A día de hoy el encendido debate por la obra de Jane Austen, las interpretaciones y comentarios, los paralelismos, las comparaciones con otros escritores, las referencias a sus tramas, personajes y frases famosas tienen un eco sobresaliente, de manera que podemos decir sin temor a errar, que su obra está muy viva, que es muy actual y que no ha pasado de moda. El resto de las novelas de sus contemporáneos son hoy prácticamente arqueología; por el contrario, la obra de Austen aparece como recién escrita, tal es la cercanía que sentimos con ella por la universalidad de las emociones, sentimientos y comportamientos que aborda.

 

Distinta a todos los demás, con un lenguaje propio y una mirada observadora, tenaz y muy personal, las novelas de Austen están llenas de mujeres, como hemos ido viendo en este recorrido. No hay en ella un solo tipo de mujer, aunque sí caracteres que nos resultan más admirables y



 

 

 

 

 

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otros que generan rechazo. No se puede permanecer indiferente a estos debates.

 

En algunas ediciones he encontrado notas del editor o del traductor que señalan la circunstancia de que la escritora no plasmó en sus novelas el mundo en que vivía y ello es así porque, según afirman, no recogió ninguno de los conflictos políticos o bélicos que se estaban desarrollando entonces y eran bastantes. En realidad, el mundo de Jane Austen fue convulso, lleno de cambios, guerras, hambres debido a las malas cosechas, movimientos sociales y dificultades de todo tipo. Es cierto que en sus novelas no aparece la guerra con Francia o con las colonias americanas, ni el movimiento ludita, que estaba en efervescencia, ni la revolución industrial con sus tensiones sociales, ni tampoco las epidemias, la pobreza extrema, incluso la enfermedad. Pero no estaríamos en lo cierto y no entenderíamos el sentido de su obra si de esto sacamos la conclusión de que la escritora estaba de espaldas a su tiempo y su mundo en lo que se refiere a las preocupaciones de la gente. Lo que sucede es que su mirada se dirige a la clase social a la que pertenece y a la que conoce bien. Pero, dentro de ella, no solo pone de manifiesto los problemas que existían, sino que insiste una y otra vez en ellos, contribuyendo en gran medida a que tengamos conciencia de los mismos incluso en la actualidad.

 

Y si hay algo a lo que Jane Austen contribuye decisivamente es a revelarnos el papel de la mujer. Todo ese aparente vodevil que crea a partir de la búsqueda de marido no es un canto frívolo al juego amoroso ni al chico-busca-chica sino la prueba evidente de que la única salida honrosa que tenían las muchachas de su clase, de la gentry y de la pseudo-gentry, era el matrimonio. De esto hemos hablado con amplitud en estas páginas, pero nunca se ponderará bastante lo difícil que resultaba el equilibrio entre herencias vinculadas a las ramas masculinas, hijos huérfanos, mujeres viudas, chicas desamparadas y en busca de salidas honrosas para su vida. Hablamos de supervivencia, no de diversión.

En realidad, el mundo que retrata Jane Austen es un mundo en trance de desaparición. El éxodo del campo a la ciudad que ocasiona la revolución industrial y el auge del textil, por ejemplo, contribuirá de lleno a la pérdida del concepto de ruralidad en la Inglaterra del siglo XIX. En tiempos de la Regencia de los siete millones y medio de personas que vivían en Gran Bretaña (a los que había que añadir más de dos millones que lo hacían en las colonias) la tercera parte vivía del campo y en el



 

 

 

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campo. El campo inglés con su tranquila belleza dejará de ser el escenario bucólico de una vida común. Y las ciudades se irán atestando y convirtiendo en lugares súper poblados, dando lugar a nuevas formas de vida. Y habrá otros enclaves que cambiarán de fisonomía por mor de las maneras de ocio que han de surgir, algo que la autora ya entrevió en su inacabada Sanditon.

 

Terminamos como comenzamos. En 2023 se cumplen 248 años del nacimiento de Jane Austen. En 2025 se conmemorará el 250 aniversario, una cifra redonda. En 2023 también se cumplen los 206 años de su muerte, sucedida en 1817 y los 212 años de su primera obra publicada (Sentido y sensibilidad, 1811). Todas estas abrumadoras cifras nos están diciendo algo fundamental: la posteridad ha acogido a Jane Austen como una de sus escritoras, no ha habido olvido, ni preterición. Algo de esto puede hallarse en las páginas de un libro fundamental en la crítica literaria El canon occidental escrito y publicado en 1994 por el prestigioso crítico y profesor de la universidad de Yale, Harold Bloom (Nueva York, 1930-New Haven, Connecticut, 2019). Las consideraciones que Bloom realiza sobre Jane Austen en este libro son de una enorme agudeza. Por las páginas de Bloom desfilan las distintas heroínas que Austen retrata con su estilo elegante de decir las cosas, pero también cotidiano, sencillo y austero. Desde la pizpireta e ingeniosa Elizabeth Bennet a la doliente y madura Anne Elliot. Pasando, claro está, por esa sufrida Fanny Price y por la maravillosa Emma, dotada de todas las dulzuras. Harold Bloom se detiene en estas cuatro mujeres porque su mirada acerca de Austen está organizada en torno a esos libros concretos, Orgullo y prejuicio, Persuasión, Mansfield Park y Emma, respectivamente.

 

No podríamos hablar, en ningún momento, de «modelos de mujer», sino de mujeres distintas, que asumen sus vidas y su existencia con una cierta capacidad de entendimiento de lo que les ha tocado. En realidad, todas ellas comparten una época especialmente dura para las mujeres, como se ha podido traslucir en las palabras de este libro y también comparten un punto de vista femenino, exento de exclusiones, pero lleno de aspectos comunes, que contribuyen a comprender un territorio emocional que les resulta conocido.

 

Cuando leemos ahora las novelas de Jane Austen siempre trazamos paralelismos entre ellas y entre ellas mismas y nosotras. Nosotras, mujeres del siglo XXI, sentimos que hay todavía lazos que necesitan desatarse y



 

 

 

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emociones que no están ajustadas a lo que sería necesario para una vida fiable, cálida, serena y llena de expectativas. Por eso entendemos a las mujeres de Austen, la entendemos a ella y siguen siendo todavía en nuestra época, motivo de conversación, forma de disfrute, gozo de una lectura que es más que eso.

 

Quizá no somos demasiado conscientes de la fortaleza de carácter que la autora exhibió y que plasmó en algunas de sus mujeres. Pero hay en las historias suficientes negativas al matrimonio, por ejemplo, como para darnos cuenta de ello. Rechazar una buena boda, incluso una regular, era un acto de total heroísmo, porque casarse, ya lo hemos dicho, significaba el adquirir la posición que permitía a las mujeres llevar una vida digna. No diremos independiente, porque la dependencia del marido se daba por supuesta, pero esta era mucho mejor que la dependencia al pariente masculino de turno sobre todo porque el aspecto económico quedaba solucionado de una forma más airosa.

 

Las mujeres Austen son chicas normales y en esa normalidad queremos ver un trasunto de la condición femenina, sin elementos sobrenaturales y sin añadidos fantasiosos. Todas ellas nos muestran cómo son a través del magnífico arte de la conversación, tan estimado por la escritora y tan revelador de los sentimientos, emociones y contradicciones de sus personajes. Lo que podría ser una muestra de color local, una visión pequeña de un mundo cotidiano pequeño, llega a trascender la frontera del tiempo y del espacio en que se produce. Resulta extraordinario que unas novelas escritas hace más de doscientos años nos sigan resultando tan actuales y adorables como si se hubieran escrito anteayer.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cátedra. Edición de Enrique Rubio Cremades. Colección Letras Hispánicas. 1993.

 

PALLARES YABUR, Pedro. Por qué leer a Jane Austen. Autenticidad, identidad y armonía. EUNSA. Astrolabio. Serie Lengua y Literatura. 2022.

 

PIHARD, Julie et al. Jane Austen. La novela doméstica entre realismo y análisis psicológico. Arte y literatura, 50 minutos.es

 

PFORDRESHER, John. La historia secreta de Jane Eyre. Cómo escribió Charlotte Brontë su obra maestra. Editorial Alba, 2017.

 

SCRUTON, Roger. La cultura moderna. Traducción de Diego Pereda.

 

Editorial El Buey Mudo. 2021.

 

TOMALIN, Claire. Jane Austen. Una vida. Traducción de Beatriz López-Buisán. Editorial Circe. Primera reimpresión 2007.

 

WOLF, Virginia. Un cuarto propio. Traducción de Jorge Luis Borges. Prólogo de Kirmen Uribe. Editorial Lumen, colección Ensayo, 2013.



 

 

 

 

 

 

Página 95



WORSLEY, Lucy. Jane Austen en la intimidad. Traducción Victoria Simó.

 

Editorial Indicios. 2017.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Catalina León Benítez (Chiclana de la Frontera, Cádiz) tiene una larga trayectoria docente como profesora de Geografía e Historia y Orientadora, que la ha hecho merecedora de la Medalla de Oro al Mérito Educativo 2009 en Andalucía. También es investigadora de flamenco, bloguera y crítica literaria. En el campo del Flamenco desarrolló, de forma pionera, un programa de intervención escolar que supuso la primera «Didáctica del Flamenco».

 

Ha prestado especial atención al impulso de la lectura, la escritura creativa y las bibliotecas escolares. Desde su blog Una Isla de Papel se ocupa de difundir la obra de escritoras desconocidas. Jane Austen es su autora favorita.

 

Parte de su investigación sobre el flamenco ha sido reflejada en dos libros: Manolo Caracol. Cante y pasión, de 2008, y El flamenco en Cádiz, de 2006.

 

En 2023 salta al ensayo sobre literatura y publica Las mujeres en Austen. Jane Austen es la autora preferida de la autora, ella que conoce de manera

especial a tantas escritoras, a menudo poco conocidas y por ello supone una reivindicación divulgar sus obras.



 



FIN

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