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Libro N° 14789. El Ideal Masculino En Jane Austen. León Benítez, Catalina.


© Libro N° 14789. El Ideal Masculino En Jane Austen. León Benítez, Catalina. Emancipación. Febrero 7 de 2026

 

Título Original: © Catalina León Benítez. El ideal masculino en Jane Austen

 

Versión Original: © Catalina León Benítez. El ideal masculino en Jane Austen

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/el-ideal-masculino-en-jane-austen/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL IDEAL MASCULINO EN JANE AUSTEN

Catalina León Benítez


 

 

 

El Ideal Masculino En Jane

Austen

Catalina León Benítez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

Los hombres de Austen son sinceros, comprometidos con sus familias, con su deber y con sus sentimientos; son amables con todos, incluso con los desiguales; corteses sin aspavientos, acogedores sin presunción… Y, sobre todo, piensan antes de actuar. Sean caballeros, terratenientes, militares, profesionales liberales u hombres de la iglesia, el esquema del nuevo hombre abandona para siempre la vieja visión caballeresca basada más en la apariencia que en la realidad.

 

Las novelas de Austen muestran un ideal masculino más ajustado a la sociedad de su tiempo. Darcy, Knightley o Wentworth, por citar a algunos de ellos, expresan con sus actos y su forma de relacionarse con las mujeres las características de esa nueva sentimentalidad.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

Catalina León Benítez

 

El ideal masculino en Jane

 

Austen

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 29.01.2026



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: El ideal masculino en Jane Austen Catalina León Benítez, 2025

 

Cubierta: Charles William Bell, de Thomas Lawrence, 1789

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Índice de contenido

 

 

 

Una larga conversación

 

Sin habitación propia

 

Parte 1

 

1. El ideal masculino en Jane Austen

Los hombres de las cartas

2. Alguien llamado Jane

A orillas del mar

3.  Lo que importa es la familia Cómo tratar a los chicos

 

4.   Por qué Jane Austen no se casó El hombre en la sombra

5.  Caballeros, clérigos, militares y villanos La crítica austeniana

6. Editores y críticos

José Donoso, un toque de emoción

 

Parte 2

 

7. Espejo de virtudes

La elegante ironía del señor Knightley

8.  Hombres de honor Frederick Wentworth

 

9. Clérigos nada ejemplares

El señor Collins, muy agradecido 10. Retratos de villanos

El señor Thorpe, amigo por interés 11. Secundarios de lujo

El señor Martin, la excepción granjera

 

12. Emprendedores: Los Parker

13. Maneras de ser padre

Charles Musgrove, un padre moderno

 

14.   Galería de enamorados Razones de amor

 

Epílogo. La caja de escritura

 

Bibliografía

 

Sobre la autora



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Antonio, mi hijo.

 

 

Para María Teresa, Carmen, Manuela, Rosario, Manuel Luis, Milagros, David y Salvador, mis hermanos.

 

Por una infancia llena de lecturas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

«Tenía la certeza de que el amor que le inspiraba no había surgido de la noche a la mañana sino que había superado la prueba de muchos meses de incertidumbre».

 

Orgullo y prejuicio

 

 

 

 

 

«Hay siempre una cosa, Emma, que un hombre puede hacer, si se lo propone, y esa cosa es su deber; no por medio de intrigas y maniobras, sino actuando con energía y resolución».

 

Emma

 

 

 

 

 

«Detesto toda clase de palabrería, y a veces he reservado para mí mis sentimientos, porque soy incapaz de encontrar un lenguaje que los describa que no esté gastado y trillado y haya perdido su sentido y su valor».

 

Sentido y sensibilidad

 

 

 

 

 

«—Para mí, señor Elliot, buena compañía es la de personas inteligentes, dotadas de una formación sólida, que saben conversar; eso es lo que yo llamo buena compañía».

 

Persuasión



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

Una larga conversación

 

 

 

 

Y a nuestro regreso, no seremos como esos viajeros incapaces de describir fielmente nada. Sabremos dónde hemos estado, recordaremos lo que hemos visto.

 

(Orgullo y prejuicio)

 

LA OBRA DE JANE AUSTEN es una larga conversación. Una conversación tan íntima como pública. En ella se relatan asuntos que pueden parecer sencillos o incluso anodinos, pero que representan todo lo que el ser humano coloca en el centro de su vida: la familia, los amigos, los amores, los deseos, las luchas, las satisfacciones. Toda clase de emociones y de sentimientos, toda clase de ideas, toda clase de conductas.

 

Tenía la costumbre de leer sus historias manuscritas a una concurrencia leal pero exigente. Comentaba los avatares de sus personajes con las personas cercanas. No casa esto con esa visión de la escritora escondida, guardando los papeles en el bolsillo del delantal o en cualquier cajón secreto de su escritorio portátil. Ella utilizaba una fórmula muy sencilla para testar el gusto del público: la lectura en voz alta, seguida de una conversación apasionada, porque cada cual opinaba de forma diferente. Cada oyente tenía su gusto particular y así lo ponían de manifiesto sin tapujos. Y, en ocasiones, esas opiniones no coincidían con la suya propia.

 

En sus novelas, los personajes argumentan, discuten, charlan, cotillean. Es cierto que hay miradas y gestos con indudable valor, pero es la palabra lo que prevalece. La conversación entre los personajes nos conduce a través de la historia. Es una conversación larga, que se complementa con un extraordinario recurso que dominaba a la perfección: las cartas. Cartas y conversaciones son los dos puntales de su obra, y adquieren el carácter de maestría. Nos muestra lo que hay, sin obligarnos a seguir su punto de vista. Es una lectura en libertad. Las moralejas, las reconvenciones, el maniqueísmo, no tienen nada que ver con su escritura.



 

 

 

 

 

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El uso recurrente del diálogo hace movidas, chispeantes, entretenidas, convincentes, sus obras. Cuanto más diálogo, más sintonía se genera entre el lector y el texto. Jane Austen es dueña absoluta del diálogo, maneja las conversaciones con una radical belleza, y es capaz de hacernos reír o llorar a través de ellas. Por eso se ahorra exhaustivas explicaciones y exagerados circunloquios. No son necesarios. Parece decirnos: mira, escucha, observa. Nada más.

 

La condición humana, y no el sentimentalismo vacuo o los amoríos sin sentido, es el centro de su obra. Su prosa, directa, limpia, sencilla, sin artificios, conduce al lector obviando vericuetos y merodeos. Lo dice todo de la forma más inteligible posible. Y la más ingeniosa. Lo hace sin trampas. Con la tranquila inteligencia que convierte sus libros en agua que no deja de manar. Puedes leerlos desde muchos puntos de vista, puedes buscar y encontrar, hallar y discutir. Y quizá concluyas, como tantos lectores, que Jane Austen avanza por un camino nunca recorrido. El de la novela como fenómeno propio de la modernidad. El de la novela como género que representa lo más hondo de la emoción humana.

 

 

 

Sin habitación propia

 

 

No tuvo una habitación propia. Ni una casa que pudiera llamarse suya. Sus padres tampoco la tuvieron. Una rectoría es un sitio de paso, una especie de lugar de trabajo. Por las rectorías anglicanas iban pasando las familias hasta que el cambio de destino o la jubilación las llenaba de nuevos huéspedes. Los padres de Jane llegaron a Steventon con una carreta cargada con sus pertenencias y esas pertenencias se vendieron por poco dinero al marcharse a Bath.

 

Ella deambuló durante toda su vida de unas casas a otras. En Steventon estuvo los primeros veinticinco años. Y luego anduvo de alquiler en Bath y después de prestado en Southampton y fue de visita en muchas ocasiones a casa de amigos y familiares que la recibían con agrado. Hasta asentarse en su última residencia, Chawton Cottage, también prestada. Esta casa representa mejor que ninguna otra a la Jane escritora. Es un descanso en el peregrinaje.



 

 

 

 

 

 

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Ir y venir. Literatura viajera. Cargada con su «caja de escritura» como ella la denominaba, un escritorio portátil que permitía sentarse a escribir en cualquier sitio. Andar y contar, decía Manuel Chaves Nogales, periodista reivindicado. Y parece que ella seguía esa máxima, aunque habría que añadirle otro verbo: observar.

 

Austen era una gran andarina, una precursora de lo que el ejercicio físico supone para la salud. Sus protagonistas andan y andan, recorren el campo inglés que a ella le parecía tan hermoso y de esa forma dan rienda suelta a sus pensamientos, sus frustraciones, sus enfados. No hay en la literatura novelas en las que el paseo, el aire libre, la naturaleza cercana, tengan tanto papel como en las suyas. Los paseos son talismanes. Adoraba el «verdor inglés». Cuando no podía salir al campo, por el mal tiempo o por su estado de salud, entonces los días se hacían eternos y tristes. Así era su relación con la naturaleza. No necesitaba describirla, formaba parte de ella.

 

Pero el mayor apego de Jane Austen no estaba en las cosas materiales, ni en los paisajes que se divisaban a través de sus ventanas, ni en sus caminos, veredas, árboles, anécdotas, tampoco en su familia, a pesar de que tuvo una relación entrañable con ellos. Su tesoro, el que guardó concienzudamente desde muy jovencita, el que la siguió a todas partes, el que no se perdió, fueron sus escritos. Son novelas inéditas, historias, textos sueltos, todo lo que va escribiendo desde una adolescencia precoz. Fue una niña prodigio. El hecho de que no publicara estos primeros trabajos no debe restarle consistencia a una escritura realizada a edad tan temprana. Estaban escritos y eso debe bastarnos. De ahí la importancia de la caja de escritura.

 

Ni siquiera sus libros, los que leía en la biblioteca de su padre o de su hermano Edward, con los obligados y fastidiosos descansos que le imponía su crónica afección ocular, tienen para ella el valor de sus papeles.

Fue lectora antes que escritora y siempre quería leer más. Su obra se defiende sola, pero ella era una atroz defensora, por eso conservó sus primeras aventuras literarias y han podido llegar hasta nosotros. Y creyó con tozudez en sí misma y en lo que escribía, en su estilo, en su elección literaria. Sin esa convicción nunca hubiera llegado a publicar. Cargó con esos fardos de papel, escritos con letra diminuta y elegante, doblados una y otra vez, formando cuadernos pequeños o montones ordenados. Cargó con



 

 

 

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ellos como una forma de afirmación personal, como una seña de identidad. No sé a qué viene, por lo tanto, esa risa despreciativa que durante los años posteriores a su muerte mantuvieron ciertos colegas, ciertas colegas.

 

Su obra abarca seis novelas mayores, organizadas en dos trilogías, la de Steventon y la de Chawton, así como una novela corta epistolar y dos novelas inacabadas. También, la colección de ciento sesenta cartas y los escritos de juventud, divididos en tres volúmenes, según ella misma los había organizado. Sus personajes son gente normal, como nosotros, y eso se nota. No hay en ellos nada heroico, ni místico, ni excepcional. Por eso seguimos interesados por sus historias.

 

La trilogía de Steventon comprende sus dos primeras obras publicadas,

 

Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, así como La abadía de

 

Northanger, de temprana escritura aunque de póstuma publicación.

 

La de Chawton incluye Mansfield Park, Emma y Persuasión. Las dos primeras, publicadas casi de inmediato y Persuasión que vio la luz póstumamente junto con La abadía de Northanger.

La novela corta epistolar es Lady Susan y apareció junto con los Recuerdos de su tía que publicó su sobrino James-Edward Austen Leigh en 1870 y 1871. Las novelas inacabadas son Los Watson y Sanditon.

Sentido y sensibilidad. La novela se escribió en 1795 y se revisó entre los años 1809 y 1811, para ser publicada en este año. Elinor y Marianne Dashwood, las hermanas protagonistas, han tenido que abandonar su casa a la muerte de su padre y viven de alquiler con su madre y su hermana pequeña. No tienen dote y en su vida se cruzan algunos caballeros que tambalean su tranquila existencia.

Orgullo y prejuicio. Fue escrita en 1796, se reescribió en 1812 y se publicó al año siguiente. Es la más famosa de sus obras. Las hermanas Bennet son cinco chicas casaderas que viven vicisitudes diversas en relación con el deseado matrimonio. De caracteres desiguales y en clave de alta comedia, la novela presenta al atractivo señor Darcy como máximo exponente de los héroes de Austen.

La abadía de Northanger. Esta es la novela que sufrió mayores peripecias de publicación, tanto es así que la propia autora preparó una nota para que acompañara su tardía edición, prevista para 1816. En ella reconocía la tardanza en publicar y el hecho de que hubiera podido quedarse anticuada. Catherine Morland es la joven soñadora que ha leído tantas novelas góticas que todo le parece aventura y fantasía.



 

 

 

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Mansfield Park. Publicada en 1814, casi recién terminada de escribir, por un nuevo editor, es una historia completa, ubicada en una mansión en la que viven personas muy diferentes y donde la protagonista Fanny Price parece infeliz, sin afecto de los demás y enamorada de alguien que no le corresponde, su primo, el prudente Edmund Bertram.

 

Emma. Esta novela es la más optimista y feliz de todas. Una comedia de enredo en la que hay multitud de personajes interesantes y una deliciosa protagonista, Emma Woodhouse, rica, bella e inteligente. Se publicó en diciembre de 1815. Una obra maestra.

Persuasión. Quizá la novela más profunda, desde luego la que contiene mayor tristeza y también mayor esperanza. La novela de la segunda oportunidad. La pareja protagonista Anne Elliot y Frederick Wentworth representa una cima de la narrativa y hay entre ellos un vínculo tan fuerte que el paso de los años no pudo destruirlo. Se publicó de forma póstuma junto con La Abadía de Northanger en 1817.

 

Lady Susan. Una novela corta y epistolar, escrita antes de que la autora cumpliera veinte años y publicada muchos años después. La protagonista, inusual, es una encantadora arpía que se ha quedado viuda y busca desesperadamente otro marido.

Sanditon. Una novela inacabada que pudo abrir un horizonte nuevo a la escritura de Austen. Ambientada en un lugar de veraneo donde unos empresarios quieren construir un emporio, es una mirada diferente a la vida inglesa y, por eso mismo, una novedad que quedó inconclusa a la muerte de la autora.

Escritos de juventud. Juvenalia. Tres volúmenes de variado contenido:

 

novelas, historias, dramatizaciones.

 

Los Watson. Novela inacabada que debió comenzar en su estancia en la ciudad de Bath, donde vivió desde 1801 a 1806.

Cartas. Un conjunto de ciento sesenta cartas y sus disposiciones testamentarias es lo que se conserva de las casi tres mil que escribió.

 

 

 

En los hombres de sus novelas puede hallarse el contrapunto eficaz a las mujeres y a la acción. Es cierto que el retrato femenino es mucho más poderoso. Ella caracteriza a las mujeres con muchos detalles interesantes. En cambio, a los hombres los presenta más difusos, menos definidos.



 

 

 

 

 

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Con la sola excepción de Darcy. A él lo trata a la misma altura que a las mujeres y podemos decir que es un auténtico co-protagonista.

 

El resto, a modo de brillantes secundarios, completan el cuadro cada uno a su modo. La galería es diversa, porque la capacidad de observación de Austen es proverbial. El género de la novela, que es el que ella defiende y cultiva, busca retratar y estudiar al ser humano. Para hacerlo, mantuvo la cabeza fría y no entró en las exageraciones que antes de ella habían proliferado ni, por supuesto, en las que vendrán.

 

Con estos tipos reconocibles, pero no obvios, puede desmenuzarse esa mezcla de Imaginación y Verdad que constituye la base de su extraordinaria obra creativa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PARTE 1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1. El ideal masculino en Jane Austen

 

 

Jane Austen nació antes de que las ataduras que, según se ha dicho, protegían a las mujeres de la verdad, fuesen cercenadas por las hermanas Brontë, o laboriosamente desatadas por George Eliot. Esto no significa, sin embargo, que no supiera más sobre los hombres que cualquiera de ellas.

 

(G. K. Chesterton)

 

DESPUÉS DE PONER EL FOCO de atención en las mujeres con mi libro Las mujeres en Austen (Rialp, 2023), parece natural volver la vista al otro gran colectivo, esto es, los hombres. Pocas veces se habla de ellos prestándoles la debida atención porque la mirada femenina es muy potente y opaca todo lo demás. A nadie extraña que lo femenino sea un elemento central en las novelas de Austen.

 

Sin embargo, eso no quiere decir que los hombres no tengan un importante papel, como contrapunto de las historias y formando parte del contexto social. Hombres y mujeres son los protagonistas de la sociedad georgiana y cuando Austen escribe de ellos da un paso más, pues los individualiza, y no nos muestra solamente los rasgos comunes, sino, sobre todo, lo que los hace distintos y por ello, únicos.

Hablar de los hombres de Austen ayuda a completar ese acercamiento al conjunto de su obra, poniendo sobre la mesa la contribución de los hombres a sus novelas, contrastando sus actitudes con las de las mujeres y entendiendo que Austen, más que distinguir entre hombres y mujeres, lo hace entre seres humanos.

La humanidad de sus personajes no admite otras diferencias que las del carácter. Y los hombres de Austen tienen su propia manera de amar, de expresar el sentimiento amoroso, a veces con palabras, con cartas, con miradas, con ofrecimientos, con detalles.

Los hombres de Austen muestran actuaciones distintas y opciones de vida muy diferentes. Eso es la naturaleza humana en cualquier época, también en la georgiana, también en los años que contemplaron la breve existencia de la autora. Hombres, mujeres, personas al fin y al cabo.

Aunque no todo es idílico: en ese muestrario de hombres hay individuos verdaderamente detestables, otros ridículos y otros



 

 

 

 

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abiertamente aprovechados. Las mujeres de Austen tienen que aprender a distinguir entre ellos el grano de la paja y ahí juega un papel esencial el consejo de las madres o de las allegadas, aunque, como sabemos, hay consejos y «persuasiones» que lo único que consiguen es modificar, para peor, el destino de una pareja.

 

En las novelas de Austen suele hallarse un modelo masculino positivo y otro negativo, formando con la protagonista una especie de triángulo. Es una estructura que no se repite fielmente en todas sus obras, pero sí de alguna manera. En este sentido ella contrapone lo adecuado con lo incorrecto; lo virtuoso de lo erróneo. Pero, como se sabe, no intenta imponer su opinión al respecto. Nos deja que pensemos.

Como nos dice León Boucher en su ensayo de 1878 Le roman classique en Angleterre:

 

La señorita Austen nunca cruzó la línea que separa lo cotidiano de lo raramente visto. Le gusta lo mundano, y los críticos superficiales le han reprochado a veces la monotonía de sus cuadros. Y, sin embargo, en esta larga galería de retratos, no hay dos tan parecidos como para tentarnos a confundirlos. Son figuras familiares, rápidamente reconocibles al pasar, pero cada una se distingue por sus propias características. La autora nunca emplea el conocido procedimiento de reunir en un mismo personaje rasgos tomados de todas partes para hacer un tipo ideal, ya sea bueno, malo o ridículo. En sus novelas hay hipócritas, libertinos, egoístas, orgullosos y necios… también hay mucha gente buena, pero no tienen la perfección convencional de Clarisse Harlowe y Grandisson, y lo que pierden en relieve lo ganan en verosimilitud. Si nos interesan, no es porque nos provoquen admiración, horror o lástima, es sencillamente porque cuando los vemos saludamos a unos semejantes. No es que siempre podamos sentirnos muy halagados al mirarnos en el espejo que nos tiende el novelista; solo podemos sentirnos reconfortados al ver a otros allí también. A nadie le gustaría admitir, por ejemplo, que en el momento de hacer un gesto generoso, la reflexión vino a detener el primer movimiento que era el correcto, y sin embargo, ¡quién no sentiría cuán natural es la conducta del señor Dashwood en los primeros capítulos de Sentido y sensibilidad!

 

 

 

Los hombres de las cartas

 

 

En diciembre de 1817 se reúnen en Londres Henry y Cassandra Austen, con el editor John Murray II, y acuerdan publicar sus dos novelas acabadas: The Elliott y Miss Catherine. Los hermanos de Jane cambiaron



 

 

 

 

 

 

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sus nombres, titulándolas Persuasión y La abadía de Northanger respectivamente.

 

En la edición conjunta de las novelas, cuatro tomos, dos para cada una, se añadió una nota biográfica sobre la autora y los primeros extractos de cartas que se publicaron.

Se sabe que la citada nota biográfica fue redactada el 13 de diciembre de 1817. Tres días después, el 16, la autora habría cumplido cuarenta y dos años. Fue Henry Austen, su hermano más querido, el encargado de esa redacción. A la edición se le añade, además, un epílogo conteniendo los extractos de dos cartas escritas por la propia Jane. Las cartas sirvieron para mostrar la bondad, el ingenio y la modestia de la escritora. Esa fue la intención de Henry Austen. Debemos al celo de Cassandra y al interés y los contactos de Henry que en ese tiempo récord todo esto pudiera realizarse. En enero de 1818 se publicaron las dos novelas.

La intuición de Henry Austen al utilizar las cartas fue certera. Puso el foco sobre la correspondencia de la escritora. Es cierto que luego se reduciría considerablemente, de más de dos mil a ciento sesenta, pero su interés era ya notable. R. W. Chapman se encargó de la edición completa de esas cartas en dos ocasiones, 1932 y 1952. Partiendo de ahí, Deirdre Le Faye llevó a cabo la edición renovada en el año 1995.

 

En cuanto a la destrucción de las cartas por parte de Cassandra contamos con el testimonio de su sobrina Caroline:

 

Sus cartas a la tía Cassandra (porque de vez en cuando se separaban) creo sinceramente que eran francas y confidenciales. Mi tía las censuró y quemó la mayor parte (así me dijo) dos o tres años antes de su propia muerte. Dio o regaló algunas como recuerdo a sus sobrinas, pero, de aquellas que yo he visto, algunas tenían partes cortadas.

 

En las cartas que se han conservado podemos apreciar muchas personalidades masculinas. Aunque las heroínas de sus novelas son las mujeres, no puede negarse que su existencia se desarrolló en un mundo de hombres: en su familia, Cassandra y ella eran las únicas niñas. El resto de los hijos son varones, a los que hay que sumar otros muchachos que vivían en la casa acogidos como pupilos por su padre, al estilo de lo que solían hacer los clérigos anglicanos en la época para sacarse un sobresueldo. La formación en cultura clásica estaba así asegurada y las familias adineradas usaron este sistema durante años. Estos pupilos eran también compañeros de risas y juegos de las hermanas.



 

 

 

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En el vecindario había otros elementos masculinos, como es natural. Jane alude a ellos en sus cartas, así como a trabajadores de la rectoría, profesionales liberales diversos, abogados, médicos, editores, y, sobre todo, militares.

 

La vida de Jane Austen estuvo, pues, poblada de hombres y nunca podríamos afirmar que para ella ese mundo era algo extraño o lejano. Como curiosidad, en los personajes que retrata en sus novelas hay preponderancia de caballeros, con fortuna o sin ella, porque —como se sabe— se inspiró en su propia clase social y en su ambiente para escribir sus novelas.

Solo un granjero tiene entidad propia en sus libros, el señor Martin, que enamora a Harriet Smith en Emma, y que se desilusiona enormemente con la negativa realizada a instancias (persuadida) de la propia Emma. No solo Anne Elliot gozará de una segunda oportunidad amorosa, también lo harán Harriet Smith y la misma Elizabeth Bennet. A los hombres de Austen no parece amilanarles el fracaso sentimental.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. Alguien llamado Jane

 

 

He recibido una nota muy cortés de la señora Martin con una solicitud para suscribirme a su biblioteca, que se abre el 14 de enero; y, en consecuencia, le di mi nombre, o más bien el tuyo. Mi madre se hace cargo del dinero. Mary también se ha suscrito, lo cual me agrada aunque no lo esperaba. Como incentivo para la suscripción, la señora Martin nos dice que su colección se compone no solo de novelas, sino de toda clase de literatura, etc. Se podría haber evitado este argumento con nuestra familia, en la que hay grandes lectores de novelas que no se avergüenzan de serlo; pero supongo que era necesario para la vanidad de la mitad de sus suscriptores.

 

(Carta de Jane Austen a Cassandra Austen, 1798)

 

EN 2025 SE CONMEMORA el 250 aniversario del nacimiento de Jane Austen. La antigua rectoría de Steventon donde nació Jane Austen el 16 de diciembre de 1775, ya no existe. Era, en realidad, una casa de campo, con su corral, su huerto, su zona de árboles frutales, sus animales de granja, su suelo áspero y sus buhardillas. Había trabajo para todos, incluida la señora Austen, que se ocupaba de tareas delicadas como organizar la comida o dirigir a los criados, y de otras más rudas: cuidar a las gallinas y cerdos, podar los árboles y abonar el suelo. Las dos hermanas compartían habitación y se supone que también confidencias.

 

La casa poseía una biblioteca con un número interesante de volúmenes para una familia de este nivel. Los libros servían tanto para educar a los propios hijos como a los alumnos que fue teniendo el señor Austen en ese tiempo. Allí recibió el bautismo público en la fe anglicana el 5 de abril de 1776, casi cuatro meses después de nacer. Fue demolida en 1823 por el único hijo varón de James Austen, James Edward Austen-Leigh, porque tenía problemas diversos, algunos derivados de su situación geográfica, muy cerca de un cruce de caminos que le generaba dificultades en el acceso y el mantenimiento. Se conserva en la Jane Austen’s House un dibujo a lápiz de cómo era y eso nos puede dar idea del escenario de la infancia y la juventud de la autora.

 

Ninguno de los protagonistas de sus novelas vive en una rectoría, pero sí aparecen algunas como parte de la trama. Jane Austen nunca hace descripciones pormenorizadas ni de los paisajes ni de los edificios y sus



 

 

 

 

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interiores, solo da algunos detalles que nos hacen imaginarnos todo el conjunto. El señor Elton, de Emma, vive en un buen edificio que logra satisfacer las pretensiones de su presumida esposa, la señorita Augusta, de Bath. Por su parte, la rectoría en la que vive el señor Collins, de Orgullo y prejuicio, ha sido arreglada y acomodada según las directrices de lady Catherine de Bourgh, la tía del señor Darcy, que se mete en todo y que de todo opina. Resulta encantador cómo nos cuenta Austen el detalle de las baldas dentro de los armarios, algo que debió levantar exclamaciones.

 

Quizá sea Orgullo y prejuicio la novela en la que más escenarios diferentes aparecen. La casa de los Bennet en Longbourn; la de los Bingley, Netherfield; la suntuosa mansión solariega de los Darcy, Pemberley; la casa de la tía Phillips en Meryton donde tiene lugar una reunión social a la que asiste Wickham; la casa de los señores Gardiner en Londres, en la que espera con tristeza Jane Bennet que los Bingley le devuelvan la visita; la imponente y aristocrática residencia de lady Catherine; la posada en la que se reúnen las hermanas cuando vuelven de pasar fuera unos días; la rectoría del señor Collins o la posada donde Darcy se declara por primera vez a Elizabeth cuando está con sus tíos Gardiner recorriendo el Derbyshire.

 

En ese primer escenario, Steventon, pasó su infancia, salvo el breve tiempo que asistió a colegios, primero a la escuela de la señora Cowley, en Oxford, a la que comenzó a acudir en 1783, junto a su hermana Cassandra y una prima Cooper. De Oxford el colegio se trasladó a Southampton, pero una epidemia de tifus las hizo volver a casa. En 1785 ambas hermanas acuden a Reading, al Ladies Boarding School de la señora Latournelle, en Abbey House. La escolarización de Jane terminó en diciembre de 1786. También la de Cassandra.

 

En la rectoría de Steventon compartió casa con sus hermanos y su hermana Cassandra, así como con los alumnos de su padre. Su marcha a Bath sentó muy mal a la escritora y de ello dejó constancia en alguna de sus cartas, aunque también realiza en sus misivas algún comentario en el sentido de que el ciclo de Steventon había ya terminado.

 

Quizá es comprensible habida cuenta de que los hermanos se habían marchado de casa, cada cual a su ocupación. Ambas eran chicas disciplinadas y dependían de la decisión de sus padres, pero tuvo que desprenderse de sus cosas, incluso de su pianoforte, así como de muchos de sus libros, sus cuadros, en fin, todo aquello que le resultaba familiar. Se



 

 

 

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valora poco lo que esto supone para las personas, pero es, prácticamente, como si borraran tu biografía.

 

El traslado fue precipitado y decidido por el padre sin consultar a las hijas, algo que tampoco era infrecuente, pues el cabeza de familia tenía todas las atribuciones. Para los padres de Jane no era un destino desconocido, porque se habían casado en Bath y esta ciudad era el lugar escogido por la mayoría de los jubilados de la zona para instalarse.

Hay una carta de Jane Austen a su hermana en la que hace, no obstante, una valoración negativa de Steventon:

 

En esta parte del mundo todos son tan terriblemente pobres y económicos que he perdido la paciencia con ellos. Kent es el único lugar donde se puede ser feliz, todos son ricos allí.

 

Salvo los tres hijos mayores, James, George y Edward, que habían venido al mundo en Deane, la otra rectoría de la que también era responsable George Austen, mucho más pequeña y menos productiva, el resto de los ocho (Henry, Francis, Cassandra, Jane y Charles) nacieron en Steventon.

 

Ambas, Deane y Steventon, pasaron a manos de James, el hijo mayor y también clérigo como su padre, en un sistema hereditario usual en la época, aunque lo que se legaba era solo el beneficio, ya que tanto la propiedad de la rectoría, como los edificios, correspondían al señor Knight, un primo del señor Austen que era muy acaudalado y cuya historia correrá, con el tiempo, paralela a la de la familia.

 

Ahora mismo, Steventon conserva la iglesia de San Nicolás, además de su paisaje, porque es un lugar muy hermoso en una zona próxima a los pueblos de Overton Oakley y North Whalham. Solo siguen viviendo allí unos doscientos habitantes, lo que demuestra que es una zona auténticamente rural, y ese encanto lo conserva desde los tiempos de Jane Austen.

 

 

 

A orillas del mar

 

 

Un personaje de la película La mujer del teniente francés le dice a Sarah Woodrof, la protagonista: «Las jóvenes no deben mirar al mar de esa manera. Es una provocación». Sarah, cuyo personaje interpreta Meryl Streep, recorre todas las tardes la distancia que separa el núcleo urbano de



 

 

 

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Lyme Regis del espigón del puerto y allí se queda, contemplando el mar, desafiando al viento y las olas que cruzan el delgado istmo, salpicado de humedad y de restos marinos.

 

La mujer observa el mar y piensa en su amante, alguien que estuvo allí en otro tiempo, y recuerda sus encuentros y asume su dolor, el rechazo de todos y las habladurías. Quizá por eso va cubierta de un velo negro, como si fuera una viuda antigua, una persona que tiene asumido que su vida ya ha terminado.

Toda la zona de Lyme Regis tiene restos fósiles del Jurásico y hay conchas pegadas, trozos de hachas, piedras prehistóricas. Es un lugar que atrae el romanticismo de las jóvenes y la curiosidad de los visitantes. Y eso desde principios del siglo XIX. Es un sitio de película, podríamos decir, un escenario en el que pueden suceder tantas cosas que su historia real se completa con la historia que se cuenta en los libros. Todos los amantes de Jane Austen conocen The Cobb y su peripecia.

 

En la misma fecha en que Sarah Woodrof, la protagonista de La mujer del teniente francés, frecuentaba The Cobb, paseaba por allí un grupo de personajes de Persuasión, que tiene en Lyme Regis uno de sus escenarios. Este es el caso de mayor protagonismo del mar. El mar no es aquí solo el lugar de descanso, sino un estímulo para los sentimientos. También es el medio de vida de algunos personajes, militares que están descansando después de la guerra, comenzando con temor ese tiempo de paz que les era tan ansiado.

De paseo junto al mar, por el espigón resbaladizo, Louisa Musgrove se cae y tiene que ser asistida por Frederick Wentworth, poniendo en marcha un círculo de celos, dudas, prevenciones y preguntas por parte de Anne Elliot, la heroína que había despreciado a Wentworth unos años antes siguiendo el consejo, el mal consejo hecho de buenas intenciones, de su amiga lady Russell.

Por una curiosa coincidencia, Jane Austen había visitado en, al menos, dos ocasiones este pueblo costero situado en la zona del Canal de la Mancha, un lugar con historia y con muchos atractivos naturales. Y el autor de la novela La mujer del teniente francés, John Fowles, nacido en Essex, vivió allí durante los últimos treinta y cinco años de su vida. Ambos escritores colocan a The Cobb en el centro de su visión dramática y esto lo ha convertido en un lugar de culto para los lectores de sus libros, un lugar poético y lleno de sugerencias. Quizá en este momento algunos



 

 

 

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amantes confusos recorren su perímetro, miran hacia el mar y renuevan sus votos o deciden que el final ha llegado. Tan cambiante y terrible es el amor.

 

Lyme Regis es ahora mismo un pueblo de cinco mil habitantes, la mitad de ellos jubilados, que bien podría servir como escenario para una buena historia de Agatha Christie. Una de las casas antiguas, bien arreglada y con todas las comodidades (incluida la calefacción central), podría albergar al señor Poirot, en busca de pistas para desentrañar una muerte inexplicable que ha tenido lugar en la zona. O, quizá, en una pensión limpia y honorable, regentada por una antigua cocinera, Miss Marple haría sus labores de punto (mañanitas de lana para las madres recién paridas) mientras escucha con atención el relato de los hechos que le hace un simpático pariente, inspector del Yard, para más señas.

 

Hay lugares que tienen escrito su nombre en letras de magia. Por eso Persuasión desprende ese halo lírico, que tiene mucho que ver con el paisaje. Es un mar duro, bravo y muy distinto del mar de los veraneos que la autora nos presentará en su inacabada y última novela, Sanditon.

 

No hablamos de playas, naturalmente, sino de mar abierto, en este caso rodeado de imponentes acantilados que hacían peligroso pasear cerca de él en invierno, por el viento y el romper de las olas en las piedras enormes. Es un mar embravecido y que se visitaba en noviembre, cuando el clima de las ciudades de interior era más desagradable y aquí todavía se conservaba cierta bonanza por la cercanía a la costa.

El concepto del mar de aquellos años distaba mucho del que tenemos ahora, cuando lo consideramos sujeto de nuestras travesías en barco o nuestros paseos por la playa, atestada en verano y llena de edificaciones o elementos que trasladan el bienestar de la ciudad a las orillas. El mar era para los ingleses el punto de separación con el continente y lo que dio sus mayores glorias al Imperio.

Es evidente que situar el argumento de Persuasión en ese lugar indica que para Jane Austen había supuesto una especie de bálsamo espiritual después del estresante mundo social que se vivía en Bath, localidad que nunca le gustó ni sirvió para inspirarla, como se observa en sus historias, en las que es una ciudad atestada de gente, húmeda y ruidosa, donde van los solteros a buscar pareja. Sin embargo, Lyme Regis es para ella lo que indudablemente era también para Anne Elliot: un sitio reposado y quieto en el que limar la tristeza de perder su casa.



 

 

 

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Parece que el boceto que Cassandra Austen hizo de su hermana Jane se dibujó aquí mismo durante unas vacaciones en el mar. En el boceto, mucho más simple de lo que las imágenes que se divulgan pueden sugerir, aparece la escritora en escorzo, con su vestido y su abrigo de corte imperio, su cofia con las cintas desatadas, como si viviera un momento de plena libertad. Seguramente estaba mirando al mar, que se observa con facilidad desde muchos puntos altos de la población.

 

Se trata de una de las dos únicas imágenes que tenemos de ella. La otra es, también, fruto de Cassandra que era una pintora aficionada pero que estuvo poco afortunada en esta ocasión si nos atenemos a las descripciones físicas que han quedado de la escritora.

 

Esa ausencia de imágenes ha dado lugar a que se repitan continuamente las que hay. Todos los que hablan de ella aluden a su mirada ingeniosa, la corrección de sus rasgos y la alegría que iluminaba su rostro.

Ninguna de las protagonistas de Austen, salvo Emma, es una «belleza». Pero el ingenio, la inteligencia y la capacidad de observación están presentes en todas ellas. Es cierto que algunas, como Fanny Price, tiene una alarmante tendencia al sacrificio, pero siempre he pensado que Mansfield Park es una extraña perla en el conjunto de una obra hermosamente armada.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3. Lo que importa es la familia

 

 

Los Musgrove varones tenían su propia caza que proteger y destruir, sus caballos, sus perros y sus periódicos con los que entretenerse; en cuanto a las mujeres, se ocupaban por entero de los asuntos de la casa, de los vecinos, de los vestidos, de los bailes y la música. Anne reconocía que estaba todo muy distribuido, que cada pequeña democracia social debía designar los temas de su propio discurso.

 

(Persuasión)

 

LA FAMILIA ES EL ELEMENTO fundamental de cohesión en la sociedad de Jane Austen. Y eso es un rasgo que ella recoge puntualmente. Supone tanto una red de afectos como una red asistencial. Lo bueno de un miembro de una familia era bueno para todos y al revés. Esto quiere decir que la responsabilidad ante los actos y sus posibles consecuencias era algo que se tomaba muy en serio. Ella lo deja claro en sus novelas, a las que traslada lo que puede ocurrir cuando algún miembro de la familia se sale de la norma o se pasa de la raya. Porque no todas las familias eran intachables.

 

Lo que sucede es que, como resulta lógico, traslada al papel tanto las «buenas» familias, equilibradas, cariñosas y solidarias, como las «malas», en las que crecía la envidia, la ambición y los hábitos inadecuados. Lo contrario daría lugar a un retrato falso e ingenuo. Y su afinada observación daba para mucho. Lo que sucede en el seno de una familia admite siempre interpretaciones y, sobre todo, precisa mucha compasión porque como diría Billy Wilder «nadie es perfecto». Austen demuestra en su obra que es necesaria esa mirada comprensiva y esa actitud compasiva para que las familias sigan cumpliendo su función.

El concepto de familia que ella refleja tiene mucho que ver con el momento histórico y con la clase social a la que ella pertenece. Su obra retrata un momento de transición tras el cual ya nada será lo mismo. Ese es otro valor de sus novelas, ofrecernos la última imagen fiable de una sociedad en proceso de cambio.

Como sucede con las sociedades rurales, en el entorno de Jane Austen se trataba de ser autosuficientes en la producción de los alimentos y de practicar un sistema de intercambio con las familias que vivían en el



 

 

 

 

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mismo entorno. Estas costumbres se mantendrán en algunas zonas rurales por lo menos hasta principios del siglo XX. En las novelas de Agatha Christie es frecuente que un vecino trueque una parte de su cosecha de pepinos por una cesta de zanahorias, por ejemplo.

 

Los lazos familiares eran profundos y no se trataba solo de la familia nuclear sino de la familia extensa. También hay que señalar al conglomerado de vecinos y de conocidos cuyas peripecias adornaban el día a día de todos. Ya lo dijo la señora Bennet con mucha elocuencia en el salón de Netherfield: «Tenemos relación con más de veinte familias».

 

Las cartas que se conservan nos dan una idea cabal de este modelo social. En ellas se habla no solo de las circunstancias que van aconteciendo a sus hermanos (trabajo, ascensos, salud, economía, matrimonios, hijos) sino también a parientes más o menos cercanos, vecinos, allegados y un gran número de personas que tenían que ver de algún modo con el desenvolvimiento cotidiano, incluidos los criados, los granjeros o los arrendatarios.

Aunque podemos contar con un número muy pequeño de cartas, nos ayudan a imaginar ese trasiego informativo que obligaba a todos a comunicarse por escrito como un elemento fundamental para el mantenimiento de los lazos en la comunidad. Cuando lees con atención esa multitud de detalles que hablan tanto de los viajes, como de las visitas, los bailes, las cenas y las compras, como de los nacimientos, las enfermedades, las bodas y las muertes, te imaginas un tablero sobre el que todos los afectos y todos los desaires aparecen de forma nítida. Ella así lo transmitía en sus cartas, un prodigio de ironía y de conmiseración al mismo tiempo.

De este modo, el individualismo no forma parte del estilo de vida de los Austen, sino que es la familia el centro de todo. Lo que sucede a uno, afecta a los demás y existe un compromiso tácito y permanente para la mutua ayuda, el socorro intrafamiliar y también para que las relaciones se mantengan vivas a pesar de la distancia.

Porque los hermanos de Jane fueron instalándose en lugares diversos a partir de cierto momento de sus vidas. Y las dos hermanas solteras iban de un lado a otro, en una especie de itinerancia solidaria: si una cuñada se ponía de parto, ahí estaban ellas; si un hermano enfermaba, ahí estaban ellas; si la madre sufría alguno de sus permanentes achaques, ahí estaban; si el padre necesitaba consejo para cerrar un trato, ahí estaban.



 

 

 

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Este movimiento constante le dio a la escritora la oportunidad de observar un enorme catálogo de ambientes y de personas. Entre ellas había de todo. Desde los frívolos grupos de amigos de Bath, a los familiares aristócratas del hermano Edward, hasta los universitarios, los clérigos, o la gente más sencilla dedicada al campo y sus derivados. Y pudo así trasladar a sus libros el fruto de esta observación.

 

Tenemos pruebas evidentes de que la solidaridad familiar fue muy importante para Jane Austen, su hermana Cassandra y su madre, las tres mujeres de la familia. Dado que ninguna de las hermanas se casó, a la muerte del padre surgió el problema de la manutención de las tres y también del lugar donde vivir. Y en ambos aspectos contaron con la ayuda de sus hermanos, algo que hay que poner de manifiesto.

 

La pensión vitalicia que cobraba el padre desapareció porque no había protección ni para viudas ni para hijos. Entonces los hermanos decidieron pasarles una renta anual de unas cincuenta libras cada uno, salvo Edward que, dada su mejor posición, les pasaría más. Además de esto, las mujeres tuvieron que cambiar de vivienda a otra más humilde pero como no les gustaba quedarse en Bath en esas circunstancias, fue Francis el que tuvo la idea original de que se fueran a vivir todas con su propia esposa a Southampton, ya que él siempre estaba embarcado. Esa fue la primera vivienda tras la estancia en Bath. Y ya sabemos que en 1809 es Edward el que les ofrece la casita de Chawton para que puedan vivir allí las tres, más su amiga Martha que también había quedado sola.

 

Los Austen eran una familia unida y siempre hubo ayuda mutua entre ellos.

 

 

 

Cómo tratar a los chicos

 

 

El retrato que hace Jane Austen de los hombres tiene muchas aristas. Cada uno de los cuales respira, tiene sus propias características, sus destellos de carácter. No solo son distintos en cuanto a estatus social, posición, capacidad económica u ocupación sino también y, sobre todo, en lo que se refiere a su cualidad de seres humanos. Ella no buscaba colocar soldaditos de plomo al lado de sus bien pertrechadas mujeres, sino, por el contrario, necesita hallar el verdadero contrapunto, el que estuviera a la altura de



 

 

 

 

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ellas y, si no estaban a la altura, entonces había que decirlo, había que exponerlo.

 

Podemos suponer que en su vida había muchos modelos masculinos en los que fijarse para alimentar su imaginación. Con cada uno de sus hermanos estableció una relación diferente, como suele suceder en las familias, ya que esas relaciones dependen mucho de la afinidad y de la frecuentación. Podríamos decir que en los hermanos Austen hallamos determinados prototipos de los hombres de su clase social y su época. Salvo George Austen, por las razones indicadas, los otros cinco tuvieron que ganarse la vida porque no disponían de recursos, tierras o dotación económica alguna. Y lo hicieron cada uno a su manera.

La casa de la familia Austen estaba llena de chicos. Lo que no deja de resultar curioso si tenemos en cuenta que en la mayoría de sus novelas, excepción hecha de Mansfield Park y de La abadía de Northanger, solo aparecen chicas en las familias protagonistas. En Orgullo y prejuicio los Bennet tienen cinco hijas; en Sentido y sensibilidad las Dashwood son tres hermanas; en Emma encontramos que el señor Woodhouse tiene dos hijas y en Persuasión tres.

 

Y sin embargo, la infancia, la adolescencia, de Jane Austen se desarrolló, salvo los escasos períodos de tiempo en que estuvo escolarizada, dentro de un ambiente totalmente masculino, con la sola excepción de su única hermana, Cassandra.

La familia Austen tuvo ocho hijos, de ellos seis varones, pero, además, el señor Austen tenía montada en la propia rectoría una especie de pequeño internado con algunos alumnos a los que enseñaba y tutorizaba siguiendo una costumbre muy extendida en la época. De ese modo, convivían en la casa un número indeterminado de muchachos y las dos niñas. Es de lógica pensar que los juegos de los chicos, sus intereses, sus conversaciones, sus deportes, dominaban el panorama.

No ha de desdeñarse la diferencia que existe entre las casas de chicas y las de chicos, porque se genera una dinámica muy distinta. Jane era una niña muy observadora y tenía a su alcance más puntos de vista de lo usual, que debió complementar sin duda con la lectura de los numerosos libros de la biblioteca de su padre.

Además, sus hermanos se revelaron en su momento como grandes ayudas, aunque la situación de cada uno de ellos era muy diferente y también lo fueron sus trayectorias. Ellos fueron los primeros chicos que la



 

 

 

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autora trató y de ellos hubo de aprender cosas que aplicaría quizá a la vida y, desde luego, a la literatura.

 

Quizá la naturalidad con la que la mayoría de las mujeres de Austen tratan a los hombres se deba a una actitud propia de la escritora, que había cultivado desde su niñez el contacto con los muchachos.

 

Esa naturalidad incluye bromas, risas e indirectas; incluye la complicidad entre los personajes, como lo que sucede entre Elizabeth Bennet y el señor Darcy o entre Emma Woodhouse y el señor Knightley. Espontáneas pero juiciosas ambas se llevan los mejores partidos de todos los que aparecen en las novelas de Jane Austen. Hay un tercer caballero que también tiene un agradable pedigrí, Frederick Wentworth, pero las circunstancias de su relación con Anne Elliot le quitan mucho de felicidad y le añaden, eso sí, un punto de nostalgia, inédito en sus libros. Sin embargo, nadie puede negarnos la esperanza de que, cuando la pareja alcance su entendimiento, esa antigua relación cómplice renazca.

Austen le pone un poco de picardía a las charlas entre los enamorados cuando están en la fase de cortejo o cuando la afinidad entre ambos hace sospechar que acabarán juntos. Ese toma y daca que los personajes establecen es uno de los rasgos más encantadores de sus libros.

Pero si observamos con detalle y desvelamos lo que hay debajo de la superficie veremos que ellas, las protagonistas, y ellos, sus parejas, están a la misma altura, no hay supremacía de uno sobre otra, sino que la afinidad y la atracción están aderezadas de una cualidad que ahora mismo valoramos en las parejas: forman un equipo.

 

Darcy y Knightley aprecian en ellas tanto el exterior como sus personalidades, su ingenio, su encanto, su vivacidad, su capacidad de conversar y su sentido del humor. Lo mismo podemos decir de la relación entre Edward Ferrars y Elinor Dashwood. Ella es tan inteligente y tiene tanto sentido común que no hay duda de la influencia positiva sobre su amado. Y la juventud, la alegría y la espontaneidad de Marianne seguro que es un rayo de luz para el carácter más retraído y reconcentrado del coronel Brandon.

En general, el trato que las protagonistas de sus novelas mantienen con los hombres no tiene ese punto de provocadora rivalidad ni de ñoñería que podía observarse en determinadas novelas, ni tampoco se aprecian los ardides femeninos que podían convertir una relación positiva en algo



 

 

 

 

 

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despreciable. Austen distingue muy bien las relaciones «sanas», usando un término actual, de las que están basadas en el engaño o la superchería.

 

Y, aunque no le gusta dictarnos a los lectores cuál debe ser nuestra postura ante los dilemas que plantea, parece claro que prefiere siempre la abierta camaradería y la cordialidad no exenta del cosquilleo de la atracción. Lo que a ello debe su crianza en un ambiente mixto en el que los chicos y las chicas se trataban con familiaridad y sin subterfugios, es difícil de establecer, pero ahí queda el dato para que sea tenido en cuenta a la hora de analizar la manera en que los hombres y las mujeres de Austen establecen las premisas de sus relaciones.

 

No debió ser fácil de comprender cierta clase de actitud de esas mujeres ante el amor. La lectura de Emma ante sus amigas y familiares, como solía hacer con sus libros la escritora, suscitó opiniones encontradas y bastante debate. La espontaneidad, la alegría, la independencia de criterio y la inteligencia de Emma Woodhouse no siempre se entendía bien. Atreverse a dibujar una heroína con sus características fue un acto de valentía por parte de Jane.

 

Y, además, para que ninguna de sus cualidades tuviera la sombra de la sumisión o el deber, Emma es rica, una situación inédita entre sus protagonistas. La primera y única muchacha rica que, por tanto, puede conducir su vida hacia donde lo desee.

Las únicas obligaciones de Emma se sustentan en su amor filial y en su deseo de contribuir siempre al bienestar de su padre. Se pondera poco ese rasgo de su carácter, pero es muy importante porque humaniza su forma de ser hasta el punto de que para ella dejar a su padre solo para casarse no es una buena opción.

Pero al rescate surge, como en toda la novela, la caballerosidad y la entrega enamorada del señor Knightley, ese hombre cabal, que sacrificará su intimidad para complacer a su querida Emma.

Mucho de esta actitud se encuentra en el fondo del retrato magnífico que del carácter de George Knightley hace la escritora. Un protagonista mucho más perfecto que el señor Darcy, a quien todavía le queda mucho que aprender. Lo que pasa es que no siempre la perfección es lo más atractivo.

La pregunta que cabe hacerse en este punto es por qué Jane Austen no llegó a casarse.



 

 

 

 

 

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4. Por qué Jane Austen no se casó

 

 

Nadie me pidió los dos primeros bailes; los dos siguientes los bailé con el señor Crawford, y si hubiera decidido quedarme más tiempo podría haber bailado con el señor Granville, hijo de la señora Granville, pues mi querida amiga, la señorita Armstrong, se ofreció a presentármelo; o con un desconocido de aspecto extraño que me observó durante un tiempo, y después, sin presentación alguna, me preguntó si pensaba bailar de nuevo. Creo que es irlandés por su desenvoltura, y supongo que pertenece a la familia de los honorables Barnwall, el hijo de un vizconde irlandés y su esposa; gente insolente y de aspecto extraño que se ajusta a lo que en Lyme consideran gente con clase.

 

(Carta de Jane Austen a Cassandra Austen, 14 septiembre 1804 desde Lyme Regis)

 

A LA JOVEN JANE AUSTEN le gustaban los chicos. Sus comentarios sobre sus parejas de baile así lo demuestran. Casarse era otra cosa, pero el cortejo tenía su encanto. Los jóvenes con los que Jane trataba en sus paseos, charlas, visitas, bailes, veladas, estaban viviendo un momento nuevo, donde, además del uniforme militar que tan bien les sentaba a juicio de la señora Bennet, aparecía una evidente transformación en los atuendos formales y en los accesorios.

 

El paso del siglo XVIII al XIX tuvo, entre otras cosas, la virtud de crear una nueva tendencia en la moda masculina. Y aquí surge un modo de vestir de genuino carácter inglés, contrariamente a lo que sucedía los años anteriores, en los que predominaba la copia de lo francés.

 

La moda de la Regencia estuvo inspirada en el dictado de un caballero concreto llamado Beau Brummell, cuyo nombre completo era George Bryan Brummell (1778-1840), y que fue contemporáneo de Jane Austen. Brummell ha pasado a la historia de la moda como ejemplo de elegancia y de estilo. Él era un gran amigo del regente, y logró imponer su propia forma de vestir hasta que en los años treinta del siglo XIX la cosa cambió con la sobriedad victoriana.

 

Su atuendo puede verse en cualquier adaptación audiovisual de una novela de Austen. Brummell llevaba camisa blanca con el cuello alto y plegado, rodeado con un pañuelo con lazada, también blanco; chaleco corto; pantalón largo y estrecho, diferente al pantalón hasta la rodilla de la



 

 

 

 

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moda anterior; botas altas y lustrosas; chaqueta con doble botonadura y faldón trasero. Los abrigos largos completaban el atuendo y también los sombreros de copa y los elegantes bastones de paseo.

 

Era una moda urbana y práctica, para la que se empleaban el tweed, la franela y, en momentos de más vestir, la seda y el terciopelo. Los colores más usados eran el verde, azul, marrón, negro, gris y los tonos bronce. Se cuenta que Beau Brummell no usaba esos perfumes intensos que habían acompañado a los hombres en las décadas anteriores y la razón estaba en que, según afirmaba orgullosamente, él se bañaba todos los días. También terminaron las pelucas, las caras empolvadas, los encajes en las mangas de las camisas y los chapines de seda o terciopelo. Se impone una moda más varonil, más sobria y utilitaria. El uso del color le da todavía un aire festivo que desaparecerá en cuanto la era victoriana se asiente: ahí triunfarán los negros y grises, oscureciendo la vestimenta masculina al máximo.

 

El baile constituía el momento social por excelencia, tanto los bailes públicos, de menor categoría, como los que se celebraban en los salones privados. El baile era ese acontecimiento cumbre en el que todo podía convertirse en la antesala de un compromiso. Y por eso eran importantes y los jóvenes estaban siempre tan deseosos de ellos. No supone solo un acto frívolo en el que se lucen vestidos o se muestran las bellezas de la temporada, sino también una oportunidad de comunicación formal que puede dar sus frutos. En los bailes había ocasión de conocer a gente nueva y también de tratar a los viejos amigos, gente con la que había lazos de vecindad o de amistad.

La sociedad de este tiempo de Jane Austen era muy endogámica, y cada clase social parecía replegada en sí misma, aunque se vislumbraban ya algunos movimientos que llamaban al cambio, como la llegada de los que procedían de las colonias o el ascenso social de los profesionales liberales. Un baile era siempre, por lo tanto, una aventura.

 

A Jane Austen le encantaba bailar. Eso no parece compadecerse con su escasa afición al lujo o al gasto superfluo, pero tiene que ver con su carácter alegre y divertido. Un baile daba ocasión, además, de observar a la gente, su pasatiempo favorito, el alimento de su alma para poder luego escribir sus libros. Esa observación daba enormes frutos. También a Emma le gusta muchísimo el baile y así se lo hace ver el señor Knightley cuando



 

 

 

 

 

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le dice algo así como «pobre Emma, qué pocas diversiones tienes aquí y qué escaso tiempo dedicas a ellas».

 

 

 

El hombre en la sombra

 

 

Cassandra Austen le contó en una ocasión a Caroline, la hija de su hermano James y de Mary Lloyd, una historia que sucedió un verano en Sidmouth donde estaba pasando unos días junto con su hermana Jane:

 

Conocieron a un caballero que parecía sentir una gran atracción por Jane. Solo puedo decir que la sensación que quedó en Cassandra era que el hombre se había enamorado de su hermana y que la relación era seria. Pero tiempo después se enteraron de su muerte.

 

Desconocemos la identidad de este hombre, la relación que tuvo con Jane y, por supuesto, qué hubiera ocurrido de no suceder la triste circunstancia que se relata aquí, pero, en todo caso, está claro que seguía habiendo episodios sentimentales en la vida de la escritora.

 

La familia guarda su memoria dejando claro que ella era una muchacha honesta pero que eso no significaba que no tuviera su atractivo y no fuera admirada por los jóvenes. Hay una especie de acuerdo tácito entre los que escriben sobre ella para dejar claro que Jane Austen no se casó porque no quiso. Y este puede ser un buen resumen de su vida sentimental.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5. Caballeros, clérigos, militares y villanos

 

 

La visita de Frank a Kent va a depender de que se encuentre o no desocupado, por supuesto; pero teniendo en cuenta que, desde que el primer lord prometiera a lord Moira la asignación de la primera buena fragata vacante al capitán A., ya ha asignado dos o tres más de las mejores, no hay ninguna razón particular para esperar un nombramiento en este momento Él no ha hablado aún sobre el viaje a Kent; mi información proviene principalmente de ella, y ella considera su visita más probable si está embarcado que en caso contrario. Frank tuvo una tos muy fuerte para ser un Austen, pero eso no le impidió hacer flecos muy bonitos para las cortinas del salón.

 

(Carta de Jane a Cassandra, 20 a 22 de febrero de 1807)

 

CUANDO HABLAMOS DE LOS HOMBRES de Austen no nos referimos solo a su legión de hermanos, o a los hombres que conoció y trató en su vida, vecinos, parientes, amigos o conocidos. Hablamos también de los que aparecen citados en sus cartas, de los que cuenta anécdotas o situaciones curiosas. Hablamos de aquellos con los que tuvo contacto debido a sus libros, como editores o críticos. Hablamos, sobre todo, de los personajes masculinos de sus novelas, es decir, los que su imaginación creó.

 

Para hablar de los hombres en las novelas de Jane Austen hay que darse un paseo por ellas y buscar aquellos que pueden darnos las mejores pistas sobre la manera en que la escritora dibuja al género masculino.

Así, siguiendo el orden cronológico de publicación, en Sentido y sensibilidad hay dos caracteres notables, el señor Edward Ferrars y el coronel Brandon, y dos que podíamos clasificar como malvados e interesados, Willoughby y John Dashwood, el hermanastro de las protagonistas. Crea aquí la escritora unos tipos humanos muy diferentes entre sí y recoge las características de cierta sociedad que ella conocía bien. Edward Ferrars es el joven atado a los caprichos de su propia madre, que quiere para él, antes de entregarle la bolsa, un porvenir acorde con su nombre, a pesar de que esté en desacuerdo con los deseos del hijo.

El coronel Brandon es el típico militar retirado que ejemplifica como pocos el honor personal y la voluntad de ayudar. Jane Austen debió conocer a personas así. Los militares retirados son un colectivo que ha dado mucho de sí en la literatura inglesa de todos los tiempos.



 

 

 

 

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La avaricia de John Dashwood al morir su padre y el hecho de que deje desprotegidas a sus hermanastras, no era nada nuevo porque se había vivido incluso en el seno de la familia Austen, en concreto por parte de su padre y, desde luego, Willoughby, tan atractivo y, a la vez, tan dañino para la joven Marianne, tenía que ser un tipo de hombre que circulara por los entornos de las jóvenes casaderas con posibles.

 

En Orgullo y prejuicio nos vamos a encontrar con verdaderos iconos del mundo Austen, destacando sobre todos ellos el señor Darcy, ese hombre tan apuesto y tan poderoso que ha concitado tanta literatura propia y tanta presencia en el cine. Darcy es un verdadero protagonista, a la misma altura de sus heroínas. Ninguno de los demás llegará a ese nivel.

Tiene un amigo íntimo al que manipula cariñosamente, el señor Bingley, que supone un contrapunto de su personalidad y el pretendiente que necesita Jane Bennet para no verse desairada en relación con la suerte de su hermana Elizabeth. Tampoco pueden dejarse de lado en esta novela los personajes del señor Bennet o del señor Collins, el clérigo que protagoniza las escenas más hilarantes. Muestra de la emergente burguesía profesional es su tío, el señor Gardiner y hay un tipo que representa el fútil encumbramiento de los títulos sobrevenidos: sir William Lucas, vecino de los Bennet.

Por su parte, en Mansfield Park observamos una galería masculina poco edificante, con Henry Crawford, un manipulador de libro, y dos personajes bastante herméticos, sir Thomas Bertram y su hijo Edmund Bertram. Henry Crawford es un personaje magníficamente trabajado, desde el punto de vista literario y como tal ha recibido muchos elogios de la crítica. Pero su carácter es decididamente amoral. Demasiado fingimiento en algunos y una actitud pasiva e indecisa en el protagonista Edmund, que es capaz de equivocarse en lo más sencillo. Pero es que en Mansfield las cosas no son nada fáciles para ninguno y el mundo familiar parece tambalearse tanto como el mundo social o político de la época.

En Emma se ofrece al lector una interesante muestra de hombres entre los que hay que señalar en primer lugar al protagonista, un personaje que a Austen le gustaba mucho, es decir el señor Knightley, además del señor Woodhouse y el amable señor Weston, que entablará lazos familiares con los Woodhouse a raíz de su boda con la antigua institutriz de la familia, la señorita Taylor.



 

 

 

 

 

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Importantes son los personajes de Frank Churchill, de Robert Martin, el primer y único granjero al que Austen da cierta relevancia en su obra y, por supuesto, del señor Elton, otro ejemplo de clérigo bastante peculiar. Esta es una novela tan rica en matices como lo son también sus personajes, incluso los considerados secundarios. Están dos padres que han perdido a sus respectivas esposas y que actúan de forma diferente para solucionar el cuidado de sus hijos. Están los segundos matrimonios, tan comunes en la época, y que aquí aseguran felicidad y respeto. Está la hipocondria como enfermedad, que las hermanas Austen tenían que sobrellevar en su madre y que se agravó con los años. Está el hombre intachable y también el pícaro, el que vive de ser aceptado por los demás. Está el honrado granjero. Y está el clérigo arribista, un personaje tan bien construido que es difícil superarlo.

 

Respecto a La abadía de Northanger resulta interesante el retrato de la ambición que se aprecia en el general Tilney y en el señor Thorpe. En realidad, toda la obra es un contrapunto entre la ingenuidad fantasiosa y peligrosa de la protagonista y los intereses de las personas que la rodean.

En Persuasión están el desnaturalizado padre de la chica, sir Walter Elliot, un verdadero obseso de su importancia social y un verdadero protagonista, militar y atractivo, Frederick Wentworth, ambos personajes masculinos muy potentes de los que extraer conclusiones, observaciones y una mirada más profunda a su entendimiento de los hombres en sus novelas.

Una verdadera galería de personajes masculinos aparece en esta novela, algunos de ellos militares, una clase social que parece querer reivindicar aquí la escritora, una vez que ha llegado la paz después de tantísimos años de guerra. El señor Charles Musgrove y el señor Elliot, que heredará el título y las tierras a la muerte de sir William por eso de la preeminencia de la rama masculina, además de los amigos de Wentworth, completan un mosaico de lo más entretenido.

En Lady Susan la cosa va de aristócratas. Los Vernon y los De Courcy, tienen títulos nobiliarios, casas solariegas y un gran interés por preservar su patrimonio y su buen nombre, ciertamente amenazado por la gentil y malvada lady Susan Vernon, la viuda de uno de ellos. Las artimañas de la señora pondrán en solfa a todos los parientes del joven e ingenuo Reginald De Courcy, presto a caer en sus redes, si alguien no lo remedia.



 

 

 

 

 

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Todavía puede echarse más leña al fuego si miramos hacia su última novela, Sanditon, donde surge un nuevo tipo de hombre, el emprendedor, tan conocido por nosotros ahora y tan raro entonces. A pesar de la escasez de páginas que la enfermedad la dejó escribir podemos intuir una mirada nueva y un giro en su apreciación de la sociedad que la rodeaba, fruto sin duda de su observación directa en los lugares de veraneo a los que acudía y también a su propia y fértil imaginación. Los Parker darán que hablar en su momento.

 

Dentro de esta selección hay protagonistas, hombres despreciables, clérigos interesados, padres de toda índole, amigos buenos y malos así como parientes influenciables. Pretenden representar a toda esa galería de retratos que deja expuesta en sus novelas la escritora, yendo de lo admirable a lo reprobable, de lo bueno a lo terrible.

 

Sin moralejas y sin advertencias, la autora solo muestra, con una mirada irónica y con sentido del humor, para que seamos nosotros los que contemplemos a nuestras anchas el milagro de la naturaleza humana que, como decía la querida señorita Marple, es igual en todas partes.

Hay personajes masculinos que dan el contrapunto amoroso a las heroínas porque, hay que decirlo, los hombres de Austen tienen el decoroso papel de replicar y de forzar el contraplano de las mujeres.

Caballeros, soldados, clérigos, villanos, forman el universo masculino de Austen. Ellos nos ofrecen una miscelánea de la sociedad a la que pertenecen y que era la misma de la autora: la gentry inglesa, el mundo georgiano, el cruce de caminos entre el siglo XVIII y el siglo XIX, la Regencia, un momento histórico pleno de cambios tras el que las cosas nunca volverán a ser como fueron. No lo tienen fácil estos hombres para dar la adecuada respuesta.

El tiempo de los duelos de honor y de los caballeros andantes había terminado, pero persistía la insegura noción acerca de lo que un hombre era capaz de hacer en una familia, de cómo tenía que comportarse y de la importancia todavía enorme del mayorazgo, las herencias vinculadas a las ramas masculinas y, por esto mismo, los matrimonios de conveniencia en los que ellos tampoco podían ufanarse de llevar la mejor parte.

La suerte de algunos de estos hombres, no obstante, hay que señalarla pues solo por serlo estaban en disposición de heredar casas, tierras y bienes materiales, además de rentas, que les solucionaban la vida sin comerlo ni beberlo.



 

 

 

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El hecho de que las posesiones estuvieran vinculadas a las ramas masculinas de las familias es una constante presión que se refleja en todas las novelas de Austen de algún modo, porque debió constituir un motivo de polémica en estos momentos en que una parte de la sociedad se estaba preguntando si el orden antiguo les favorecía.

 

La apertura de horizontes nuevos, de otros mundos, de profesiones diferentes y todo lo que llevó consigo el imperio y la colonización, abrieron esperanzas a los hombres menos favorecidos por la fortuna, pero la vinculación siguió siendo un elemento contradictorio que acentuaba las diferencias entre hombres y mujeres, algo que no parecía fácil de superar. A esto se une también la institución del mayorazgo. Ambas, vínculos y mayorazgos, son la expresión más clara del sistema de reparto de herencias propio del Antiguo Régimen.

 

Hay quien se ha preguntado, totalmente en serio, por qué las novelas de Jane Austen consisten en unas muchachas que pretenden hacer una buena boda. Había que contestarle sencillamente dirigiendo su mirada a la sociedad de la época, una sociedad en la que las muchachas tenían que casarse lo mejor posible.

 

Se piensa con razón que los libros de Jane Austen son «femeninos». Nunca he entendido muy bien qué significa esto. Es verdad que están escritos por una mujer, seguidos y leídos por las mujeres y llenos de mujeres. Pero, si los hombres no los leen algo falla, y me temo que la educación sentimental de «ellos» tiene muchos huecos que rellenar si se apartan de su lectura. Quizá son los hombres los que más y mejor pueden aprovecharla.

Aunque se pone el acento en los retratos femeninos que Austen traza, menos se suele reparar en el desfile de hombres que por ellos aparece, pero a poco que te fijes puedes apreciar una galería de tipos que merece la pena descifrar. Así que podemos decir que conocía bien a los hombres y forjó unos personajes que no tienen nada de cartón piedra, más bien parecen estar extraídos directamente de un pueblo rural de Inglaterra a principios del siglo XIX.

 

Desde luego que, sin el recurso de la ironía, todas estas descripciones serían insoportables. Tanto las cualidades como los defectos son contempladas por la autora con cierta distancia, con la mayor prudencia y con mucha compasión. Los hombres en cada una de las historias tienen todos ellos unas circunstancias y una forma de ser.



 

 

 

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Pero Jane Austen no intenta hacer sermones, ni dar lecciones de moralidad, ni siquiera juzgar las conductas. Lo más que sucede es que, al final de cada novela, los personajes parecen recibir una recompensa o un castigo, pero ni siquiera esto es definitivo y no llegará nunca la sangre al río.

 

Vamos a ponernos en la piel de ellos, los hombres de Austen. Vamos a mirar con sus ojos y a intentar penetrar en su psicología, en su espíritu. Los protagonistas han de dar la réplica a mujeres notables, cada una en su estilo. Y no siempre resulta fácil. Darcy sabe que el ingenio y la naturalidad de Elizabeth son tan atractivos como peligrosos. Edward Ferrars se siente intimidado con la personalidad de Elinor, fuerte, sensata y llena de empuje.

El propio Willoughby lucha contra sus sentimientos porque sabe que Marianne le ha llegado muy hondo y el coronel Brandon no se siente siquiera digno de pensar en ella. Para Edmund Bertram, Fanny Price es demasiado buena. Y para Wentworth el reencuentro con Anne Elliot supone una durísima prueba. Tiene que elegir entre mantener ese estado permanente de resquemor o pasar página y volver a empezar junto a la única mujer que, en realidad, ha querido. Los hombres de Austen no lo tienen nada fácil.

Quizá los pretendientes de la joven Jane tampoco dejaron de observar que una muchacha inteligente, talentosa, cargada de buen humor y de alegría de vivir, era tanto una buena compañera como un regalo difícil de alcanzar.

Lo cierto es que todos estos hombres formaron parte del pensamiento de la escritora durante años, poblando sus argumentos y apareciendo y reapareciendo en función de su escritura. Quizá supo más de ellos que de los amigos o conocidos con los que trataba. En todo caso, dado que el acto de escribir y de imaginar la acompañaba siempre, fue una relación duradera la que mantuvo con todos ellos.

 

 

 

La crítica austeniana

 

 

Cuando se dice que Jane Austen no tenía preocupaciones sociales se pone de manifiesto la falta de atención que se ha dispensado a su obra. La forma



 

 

 

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más fácil de rebatir esta afirmación es poner el foco en sus novelas y observar el tratamiento que da a diversos temas que afectaban directamente a la sociedad en la que vivía, a sus hombres y mujeres, y que ella trató usando diferentes recursos, incluidos la sátira, la ironía y el sentido del humor.

 

En Orgullo y prejuicio se denuncian la mala praxis de algunos clérigos, la educación deficiente de los hijos, los padres desatentos, el problema de las herencias vinculadas a los varones, la subsiguiente discriminación de la mujer, el matrimonio como negocio y el orgullo mal entendido de una cierta clase social, la aristocracia.

En Sentido y sensibilidad se abordan las dificultades que creaban los mayorazgos a los hijos segundos y a las hijas de los segundos matrimonios, la dependencia de los progenitores, el matrimonio por interés y el amor loco que llevaba a la destrucción.

En La abadía de Northanger los temas a tratar se refieren al interés económico y los malentendidos que ocasionaba, a la vida ociosa y sin valores de una gran parte de la sociedad, a los falsos amigos y a la mala crianza de los hijos y sus consecuencias. Esa mala crianza, en el caso de la protagonista, la lleva a no entender absolutamente nada del papel que la lectura de novelas góticas tiene en su vida.

 

En Mansfield Park nos encontramos la crítica a los matrimonios equivocados, a la mala crianza (este tema es importante y reiterativo en su obra), a los problemas de relación que se causan con la vileza del carácter y con la falta de valores.

En Emma vuelve a aparecer la cuestión de los malos clérigos, y surge la inteligencia mal empleada como nueva temática, como también las diferencias sociales, la falta de valores que llevan al uso del engaño.

 

Y en Persuasión hay alusiones claras de nuevo a la mala crianza de los hijos, al error de los consejeros matrimoniales poco acertados, a las herencias vinculadas a las ramas masculinas y la discriminación de la mujer, a los matrimonios por interés, y al falso orgullo de los aristócratas venidos a menos. También aparece, en lo positivo, una vindicación de los militares.

Queda pues, claro, que Jane Austen no solo era una mujer de su tiempo, sino que puso sobre la mesa cuestiones que nadie más se había atrevido a tratar. Lo que pensaba la Jane persona no es algo relevante. Al fin y al cabo, un escritor siempre habla a través de su obra.



 

 

 

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6. Editores y críticos

 

 

Por lo general eran hombres muy hábiles, incluso excepcionales, algunos con principios, otros sin escrúpulos. El editor británico más importante, o al menos el más conocido, era Bernard Wiberg, un individuo robusto ya próximo a los cincuenta, que tenía un rostro del siglo XVIII, muy fácil de caricaturizar: nariz prominente y barbilla puntiaguda y unos brazos más bien cortos. Era un refugiado alemán que llegó a Inglaterra sin un céntimo justo antes de la guerra. En los primeros tiempos compartía habitación y su único capricho era tomarse un café en el Dorchester una vez a la semana rodeado de gente que comía menús de treinta chelines o más: se había propuesto llegar a ser algún día como ellos.

 

(James Salter, Todo lo que hay)

 

HAY UNA ETERNA LUCHA de los autores por publicar y enfrente de ellos están los editores, que son quienes, al fin y al cabo, tienen la posibilidad y el conocimiento para editar los libros. Las controversias entre los dos colectivos son antiguas, desde que existen la imprenta y los libros impresos. Hay otros dos elementos en este juego de la creación: el crítico y el lector.

 

El creador quiere que su obra vea la luz, confía en ella, la defiende y considera un oponente al editor, cuyo punto de vista incluye un elemento comercial y mercantil que añade algo más al juego. La historia de la edición, que resulta de lo más interesante, contempla a famosos editores, gracias a los cuales, a su ojo clínico y al riesgo monetario que corrieron, se publicaron libros que, de otro modo, nunca se habrían conocido. Es un negocio, un trabajo, una responsabilidad. Y luego están aquellos otros libros que han sufrido prohibiciones, peregrinajes y rechazos, grandes errores editoriales que a punto estuvieron de privarnos de obras maestras.

Hay muchísimas vicisitudes que nos relatan la aventura de publicar en las mujeres. Pseudónimos, nombres falsos, maridos que se apropian de la obra de sus mujeres, mujeres que no se atreven a firmar con sus nombres, mujeres que firman con nombres de hombres, gente que pasa años esperando a que su libro se publique, obras que duermen en un cajón durante mucho tiempo, editores sabios que obran el milagro, de todo hay.

Podía haber sucedido que Jane Austen no lograra publicar nunca. La pérdida para la literatura habría sido definitiva y si pensamos en nosotros



 

 

 

 

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mismos como lectores, entonces sería una catástrofe.

 

Pero hay que ser consciente de las dificultades que sufrió para publicar y ello puede entenderse con algunos simples datos. Los editores son, pues, unos hombres importantes en la vida de escritora de Austen, no solo porque dieron luz a sus libros sino también porque los despreciaron, opacaron, retrasaron y no confiaron en ellos.

 

 

 

José Donoso, un toque de emoción

 

 

Las novelas de Austen tratan sobre personas y de sus emociones y sentimientos. No hay asuntos de alta política, ni reivindicaciones sociales, ni llamadas a la huelga. Pero no se trata de temas estrictamente privados, sino que hay en ellos algunas de las grandes preocupaciones de la mayoría, que traspasan el umbral del saloncito y se convierten en elementos de la conversación pública.

Algunos críticos y estudiosos han puesto de manifiesto esa incidencia en las personas y sus emociones dentro de la obra austeniana. Un ejemplo de ello es el escritor chileno José Donoso, que llevó a cabo, con veintisiete años, su trabajo de licenciatura en Artes Liberales en la universidad de Princeton, en 1951, con un texto dedicado a Jane Austen.

Desde el principio de su ensayo, Donoso deja clara la dificultad de «resolver el misterio» del arte de Austen. Aunque se consuela de esta dificultad nombrando a Emma Woodhouse y su pensamiento elegante. Afirma Donoso que Jane Austen dio una solución armoniosa a la problemática de vivir.

Donoso es de la misma opinión que Harold Bloom en lo que se refiere a la importancia de los afectos dentro de la obra austeniana. Y afirma que la autora mostró sus ideas acerca del amor y los sentimientos amorosos sobre todo en Persuasión, mucho más que en cualquiera de sus otras obras. Esto no debe extrañarnos. Junto con Emma, se trata de una novela de madurez, escrita sin ataduras ni influencias. Ambas obras forman un dúo absolutamente divergente, mostrando mundos casi opuestos y protagonistas que en nada se parecen. Pero ambas tienen en común su modernidad. Emma es una obra maestra de la comedia y Persuasión lo es del drama realista.



 

 

 

 

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La gran diferencia de Anne Elliot con el resto de las protagonistas heroínas de Austen está en que, cuando la novela ya inicio, ella ha realizado ese camino de formación y perfeccionamiento del carácter. Los errores que pudo haber cometido quedaron atrás y en esos momentos está ya dispuesta para encauzar su vida como considere ella misma adecuado. Sin embargo, Emma Woodhouse, no solo es muy joven, sino que va a precisar de unas cuantas lecciones para canalizar su inteligencia, su buen gusto, su bondad, por el camino adecuado, evitando caer en los charcos una y otra vez, y aprendiendo que utilizar a las personas o intentar conducirlas nunca trae buenos resultados.

 

Y aunque Donoso se fija poco en los protagonistas masculinos, como sucede con todos los estudios austenianos en general, también los hombres tienen en ambas novelas un toque diferente. Por supuesto que el señor Knightley está en una fase superior con respecto a todos los demás, no solo por edad, sino por inteligencia, prudencia y saber estar. Pero también Frederick Wentworth se nos muestra como una persona que está ya de vuelta de muchas cosas en la vida y que ha sufrido avatares que lo han hecho más recio, más duro, más fuerte, aunque, y esto es un gran avance en la narrativa, ha desarrollado aún más su comprensión de los demás y su capacidad de entender los errores ajenos.

Ambos son dos prototipos que elevan el tono general de los hombres de Austen en la línea de la importancia de la construcción del carácter y del predominio de los afectos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PARTE 2



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7. Espejo de virtudes

 

 

Me pareció bastante ridículo llamarse míster Darcy como el de Orgullo y prejuicio, y permanecer a solas con aires de superioridad en una fiesta. Como llamarse Heathcliff el de Cumbres borrascosas e insistir en pasar toda la noche en el jardín, gritando «Cathy» y golpeándose la cabeza contra un árbol.

 

(Helen Fielding. El diario de Bridget Jones)

 

 

 

 

La elegante ironía del señor Knightley

 

 

Fue como si de pronto volviera a crearse en él una impresión favorable, como si los ojos del señor Knightley absorbieran de los suyos la verdad, y todo lo bueno que había acontecido ven sus sentimientos fuese atrapada al vuelo y homenajeado. Él la miró con profunda simpatía. Emma experimentó una gran alegría… un momento más tarde se sintió aún más gratificada por un desacostumbrado gesto de amistad por parte de él. Le tomó la mano.

 

(Emma)

 

Emma es el reino del señor Knightley. Fue la novela que se escribió en las mejores condiciones y, por eso mismo, la que brilla con mayor intensidad, en la que los detalles son tan humanos y tan llenos de esperanza. La historia no permite castigar a ningún personaje porque hasta el más fatuo, el clérigo Elton, se casará con una muchacha ad hoc, que seguramente le hará feliz. Ambos serán personas relevantes en su comunidad, que es lo que desean, y aunque sus relaciones sean un poco superficiales, no echarán nada de menos, ni siquiera eso que llamamos «afinidad entre los corazones». Como no sabemos nada de los desenlaces futuros de los personajes podemos imaginarnos lo que nos parezca y eso es un juego de libertad extraordinario.

 

La novela contiene un compendio de relaciones amorosas: la de Emma y el señor Knightley, dos personalidades fuertes, combativas y, por eso mismo, atractivas al máximo; la de Harriet y el señor Martin, un granjero que tiene el respeto y consideración de todos por su honestidad; la de Isabella y John Knightley, un matrimonio feliz y lleno de hijos entre los que brilla la complicidad aun con cierto aire condescendiente que gasta el



 

 

 

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marido; la del señor Weston y la señorita Taylor, un amor de madurez que se bendice con la llegada de un bebé; la de Jane Fairfax y Frank Churchill, amantes en secreto; la de Elton y la joven Augusta, tal para cual.

 

Creo que si Jane Austen hubiera encontrado en su vida a un señor Knightley no hubiera rechazado su proposición de matrimonio. Porque lo tiene todo. Treinta y siete o treinta y ocho años, una edad perfecta. Es un «hombre razonable», con «maneras joviales», caballeroso sin empalago, inteligente sin presunción, educado sin zalamerías, ingenioso y de charla entretenida, buen observador, irónico, pero sin intención de lastimar. Es el hermano mayor del marido de Isabella Woodhouse, la hermana mayor de Emma, por lo que sus visitas a Londres, que está a veinticinco kilómetros de Highbury, son muy frecuentes.

 

El señor Knightley vive en Donwell Abbey, un sitio lleno de historia, rodeado de tierras de labor y de bosques, con un aire aristocrático que a todos encanta. Se encuentra tan solo a un kilómetro y medio de la casa de Emma, Hartfield, por lo que sus visitas son casi diarias. Es el gran amigo, el hombre sensato, la persona de confianza, el referente de normalidad y de sentido común para todos ellos. Es imposible rechazar a un hombre así. Y si la cinematografía hubiera logrado resaltar su papel en cualquier versión de la historia, hoy estaría a la altura de Darcy, si no más alto. Porque tiene muchas ventajas con respecto a él.

 

Al señor Woodhouse le incomoda enormemente tener que moverse de casa. Está más a gusto en ella, paseando por los jardines con su bufanda doble, sentado junto a la chimenea, o dormitando en su butaca, mientras oye el runrún de la charla de sus invitados. Para él, el mundo exterior encierra enormes peligros. Enfermedades, incomodidades y toda suerte de desventuras. Su casa es su castillo. Además de eso considera una bendición tener a su alrededor a sus hijas y nietos. Si por él fuera nunca se moverían de allí.

 

Hay una declaración de amor no correspondida que es un hito de la novela, un momento cumbre. Se la dirige el vicario Elton a Emma. A partir de ella y tras la negativa de la muchacha, Elton cambiará su actitud de forma radical y se volverá (o se mostrará) frío, distante y vengativo. Nada de la obsequiosidad anterior se verá en sus relaciones con Emma y desde ese instante se empeñará en buscar una pareja con la que fastidiarla. Por eso frecuentará Bath, el paraíso de los horteras de aquel tiempo, donde



 

 

 

 

 

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las chicas casaderas hacen su agosto si tienen alguna renta razonable al año.

 

El rechazo de Emma a la propuesta del señor Elton marca un punto de inflexión en el relato. Primero, porque Emma descubre que estaba equivocada en sus pretensiones casamenteras. Segundo, porque Harriet entrará en barrena al enterarse de lo sucedido. Y tercero, porque Emma dejará de ser a los ojos de todos la chica perfecta. Quién dice que Elton no hablará más de la cuenta y la pondrá a caer de un burro… Por otro lado, Augusta, la futura esposa, hará su aparición en escena y con ella el enfrentamiento entre el verdadero buen gusto y el gusto artificial y artificioso de las muchachas de Bath, llenas de ínfulas y de pretensiones absurdas.

Se contrapone aquí la sencillez de la auténtica vida campestre inglesa, esa que tanto adoran sus escritores, y la vida de la ciudad cosmopolita y plagada de amistades superficiales y de ritos inútiles. Esta contraposición es un elemento fundamental en el libro, porque revela mucho del pensamiento íntimo de la autora.

El amor se manifiesta de muchas maneras. El amor entre personas que gustan de los entresijos del diálogo, de la palabra y del pensamiento, tiene mucho de rima, de prosa, de poesía y de adivinanza por hallar. Es un artesonado de ideas que se cruzan de uno a otra. Un juego galante, pero lleno de fuegos de artificio. Un artificio cierto, sin disimulo a modo. Y cuando el señor Frank Churchill aparece por el pueblo, surge la ocasión de que el señor Knightley descubra sus verdaderos sentimientos hacia Emma, que van más allá de una amistad fraternal como todos suponen.

Las palabras de Knightley en relación con Frank Churchill son taxativas:

 

Si descubro que tiene conversación, me alegraré de conocerlo; pero si descubro que no es más que un charlatán no perderé el tiempo ni las palabras con él.

 

¡Qué hermosura de frase! No perder el tiempo, tan valioso; ni las palabras, tan necesarias. No perder, en realidad, nada de lo que verdaderamente importa. Pero Emma no está para florituras y lo que empieza a ser una discusión medio en broma, termina seriamente, porque jugar con fuego produce esas esquirlas. La opinión del señor Knightley sobre Frank Churchill, expresada al fin sin ambages, es un prodigio de sensatez y de expresividad:



 

 

 

 

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Si resulta verdad eso que dices, será el tipo más intragable del mundo. Ser el rey de la fiesta a los veintitrés años, el superhombre, el político experimentado que puede leer en la mente de todos y canalizar los talentos de todos los demás hacia el despliegue de su propia superioridad, ir repartiendo por ahí halagos ¡como si quisiera que todos pareciesen idiotas comparados con él! ¡Mi querida Emma, tu propio sentido común no te dejaría soportar por mucho tiempo a un cachorro así cuando llegase el momento!

 

La reacción del hombre a quien Emma tiene por un dechado de virtudes en lo tocante a los aspectos fundamentales de la vida la deja sumida en la extrañeza. Ni ella se da cuenta de que Frank Churchill nunca podrá merecer los elogios del señor Knightley, ni este entenderá el motivo que hace nacer en él esa antipatía por el joven. Porque, ni en las cabezas más privilegiadas están escritas todas las razones del amor.

 

Tengo para mí que Emma, de Jane Austen, es una novela que tiene en la inteligencia su principal adorno. No en la belleza, efímera. No en la riqueza, injusta. No en la suerte, arbitraria. Es la inteligencia, el ingenio, el don que aquí aparece tan magníficamente tratado y retratado, con pinceladas suaves a veces, como una foto en blanco y negro o con la espesa pasta pictórica de los impresionistas. En todo caso, la inteligencia fluye en los diálogos, en las descripciones y en las cabezas de aquellos personajes que disfrutan de ese regalo de la naturaleza que esta reparte con la displicencia de lo que es únicamente suyo. Y por eso el señor Knightley es el protagonista ideal, porque tiene una clara inteligencia unida a una suprema compasión.

 

La relación entre Emma y Knightley tiene su poquito de picante:

 

—«Señor Knightley» me llamabas siempre, «señor Knightley», y a fuerza de costumbre ha dejado de sonarme formal. Incluso cuando es formal. Me gustaría que me llamases de otro modo, pero no sé cómo.

 

—Recuerdo que una vez lo llamé «George», en uno de mis adorables contraataques hará unos diez años. Lo hice porque pensaba que le ofendería, pero como no puso objeción alguna, nunca volví a hacerlo. —¿Y no me podrías llamar «George» ahora?

 

—¡Imposible! Nunca podré llamarlo más que señor Knightley. Ni siquiera podría prometer que fuera capaz de igualar el laconismo de la señora Elton al llamarlo señor K. Pero prometo —añadió enseguida riéndose y ruborizándose—, llamarlo en alguna ocasión por su nombre propio.

 

Es en estos diálogos donde la autora deja traslucir de una forma sutil pero también rotunda la atracción que existe entre los protagonistas. No se trata de amor de cartón piedra, sino de verdadero amor, el que se sustenta en el



 

 

 

 

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afecto mutuo, el conocimiento y la afinidad. Estas son las condiciones para que ese amor, además de ser del bueno, tenga la conveniente duración.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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8. Hombres de honor

 

 

En Persuasión lo que se subraya es un voluntario intercambio de afectos, donde el hombre y la mujer tienen en alta estima el valor del otro. Obviamente, las consideraciones externas de riqueza, propiedad y posición social son elementos cruciales, pero también lo son las consideraciones interiores de sentido común, amabilidad, cultura, ingenio y afecto.

 

(Harold Bloom. El canon occidental)

 

LOS MILITARES NO ABUNDAN en las novelas de Austen, aunque aparecen como telón de fondo. Y ello a pesar de que dos de sus hermanos pertenecieron a la Royal Navy. Sin embargo, hay algunos ejemplos de personajes de las milicias y dos protagonistas: el coronel Brandon, de Sentido y sensibilidad, es un militar en la reserva que luchó en la India y Frederick Wentworth, de Persuasión, es un marino que está en activo y ha vuelto a encontrarse con su amor de juventud, Anne Elliot.

 

En Orgullo y prejuicio abundan los casacas rojas, las milicias territoriales que estaban acantonadas en la cercana Meryton. Mary Wollstonecraft los había criticado en su Vindicación de los Derechos de las Mujeres en 1792 «nada es más perjudicial para la moral de los habitantes de los pueblos que la residencia ocasional de jóvenes superficiales que solo se ocupan de la galantería». Hay un elemento de frivolidad en la forma en que esas milicias son vistas simplemente como unos jóvenes deseosos de bailar y de pasar un buen rato.

A la señora Bennet los casacas rojas le alegran el alma, porque es una mujer que no ha abandonado nunca la coquetería de la juventud. Si lo pensamos, la señora Bennet no es una venerable matrona, sino, todo lo más y dadas las edades de sus hijas y la edad en que probablemente se casó, una señora en los cuarenta y tantos, es decir, joven todavía incluso para aquella época.

Esos campamentos que se situaban en lugares estratégicos cerca de las ciudades y que más parecían estar jugando a la guerra que otra cosa necesitaban distracciones y los bailes eran muy apreciados por ello mismo. En todas las casas recibían bien a estos jóvenes que, aparte de lucir muy bien de uniforme, cultivaban el galanteo y la charla insustancial de una



 

 

 

 

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forma sublime. Fiel a su ánimo de resultar verosímil en los militares de Austen hay de todo. Un héroe de la India, un marino en activo y un arribista en busca de fortuna.

 

El héroe es el coronel Brandon, un hombre íntegro y bien situada; el marino, por supuesto, es Frederick Wentworth, que acaba de volver del mar y el arribista no puede ser otro que George Wickham, el antagonista de Darcy, que cambia de sentimientos como de chaqueta.

 

 

 

Frederick Wentworth

 

 

El capitán Wentworth había estado de pie, apoyándose en una silla o jugando con ella. Ahora se sentó, acercó la silla un poco más hacia Anne, y la miró con una expresión que contenía algo más que simple penetración… algo más dulce. El semblante de ella no se desalentó. Fue un diálogo mudo pero intenso, de súplica por parte de él, de aceptación por parte de ella.

 

(Persuasión)

 

Persuasión es una historia de madurez, en la que una mujer sensible, paciente y acostumbrada a sufrir, deberá luchar por una segunda oportunidad. En este sentido, Persuasión es una novela muy moderna. Presenta a una mujer sensata, cuyo carácter sencillo y humilde no nos debe confundir acerca de su determinación y su fortaleza interior. Es una novela en la que no hay personajes perfectos, algo que ya nos resulta común en todos los libros de Jane Austen, aunque aquí ni siquiera existen los Darcy o los Knightley, paradigmas de las virtudes masculinas.

 

Tenemos que tratar con gente de carne y hueso como nosotros, gente corriente, gente que se equivoca. Los errores no son lacras para toda la vida, sino que la autora ofrece la opción de repararlos y, por lo tanto, de que las personas cambien de actitud y de opinión. En este sentido es también una novela de redención.

Hay una característica esencial que acerca a dos de sus novelas, Emma y Persuasión, las últimas que escribió la autora y, por tanto, las más elaboradas desde el punto de vista argumental. También las más próximas al tiempo en que vivía, pues algunas de las anteriores se publicaron muchos años después de escribirse. Esa característica es la penetración



 

 

 

 

 

 

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psicológica que se hace de los personajes, no ya solo de los principales, sino del conjunto de estos.

 

Eso es algo propio de Austen. Observa la naturaleza humana y pone atención en los pensamientos y emociones de sus personajes. Pero en las últimas novelas esa capacidad de observación se hace más fina y más delicada. No hay palabra vana, ni distracción fatua en su lectura.

 

Es verdad que en Persuasión han desaparecido casi por completo los amables destellos de humor que se encuentran en Orgullo y Prejuicio, la novela más divertida de todas. También escasean esos personajes excesivamente ridículos que recrea en Emma, como las Bates o los señores Elton. Y hay poco lugar para la sátira de las costumbres que se puede observar en La abadía de Northanger.

Pero la fina interpretación de los sentimientos humanos, la determinación de ahondar en su interior, dejando de lado lo superfluo, eso es marca de la casa. Y no hay que olvidar el curioso personaje de sir Walter Elliot, en la misma línea de ridículo que otros habitantes del universo Austen.

La peripecia de Anne Elliot es conmovedora. No sentirse querida por nadie, no estar ubicada en el mundo al que pertenece, no notar el apego, la comprensión, por parte de los tuyos, es una dura experiencia para cualquiera. A eso se une el estallido de unos sentimientos que la aprisionan y que la convierten en alguien a punto de saltar, en una personalidad llena de vida que tiene que reprimir, no por las circunstancias, sino por su propia manera de ser. Es como si se tratara de una botella llena de gas, cuyo tapón impide que el gas salga.

 

Lo dijo Shakespeare en uno de sus sonetos, el 116, que Marianne Dashwood leía con apasionamiento en Sentido y sensibilidad:

 

La unión de dos almas sinceras no admite impedimentos. No es amor el amor que se transforma con el cambio, o se aleja con la distancia. ¡Oh, no! Es un faro siempre firme, que desafía a las tempestades sin estremecerse. Es la estrella para el navío a la deriva, de valor incalculable, aunque se mida su altura. No es amor bufón del tiempo, aunque los rosados labios y mejillas caigan bajo el golpe de su guadaña. El amor no se altera con sus breves horas y semanas, sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo. Si estoy equivocado y se demuestra, yo nunca nada escribí, y nadie jamás amó.

 

Nadie le hubiera vaticinado a Anne Elliot que, después de renunciar al amor de Frederick Wentworth, este iba a volver a aparecer. Pero el fluir de la vida así lo quiso, dando a Anne una segunda oportunidad. A partir de



 

 

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ese momento tuvieron que volver a tratarse, pues pertenecen al mismo reducido grupo social, en un entorno campestre en el que poco hay para distraerse sino las visitas. Sin embargo, las cosas no fueron como antes. Y esa es una certeza que a Anne le resulta dolorosa. Sin embargo, desde el principio se desliza una esperanza:

 

Estaba por ver si los sentimientos de otro tiempo habrían de renacer. Era indudable que ninguno de los dos había olvidado el pasado… y aunque no le temblaba la voz (a él) ni tenía Anne motivo para suponer que al hablar la mirase de una manera significativa, conocía de sobra su modo de pensar como para juzgar imposible el que no lo acecharan los mismos recuerdos y pensamientos, pero estaba muy lejos de presumir que despertaran en él la misma pena.

 

En los tiempos pasados ambos mantuvieron una idílica relación, la de dos almas que se encuentran y se entienden. Sin embargo, quizá Frederick no ha perdonado el abandono y ella se siente confundida, pues no esperaba volver a verle.

 

No hablaron de cosas íntimas; lo que en tiempos lo había sido todo para ellos, ahora no era nada.

 

Esta es una frase definitiva. Los afectos que se pierden por alguna circunstancia y de los que queda un poso que no puede borrarse, aunque una quiera. Esos afectos reverdecen y entonces surgen de nuevo, aunque de otro modo. En esos momentos iniciales, Anne Elliot no tenía ni idea de qué podía llegar a ocurrir con el capitán Wentworth, pero sí estaba atenta a lo que su propio corazón le dictaba.

 

En aquella época les habría sido imposible dejar de hablarse un solo instante, sin que pudiera señalarse otra pareja que los igualara entre todos los que estaban reunidos en la sala de Uppercross; y con excepción del almirante y su esposa… no era posible que existieran dos corazones más abiertos, gustos más semejantes ni rostros en que el amor se manifestase más palpablemente. Pero ahora eran extraños el uno para el otro, y aún más que extraños, porque nunca volverían a conocerse. Se trataba de un alejamiento definitivo.

 

Durante un año Anne Elliot y Frederick Wentworth habían vivido enamorados. Eso significaba complicidad, encuentro, acuerdo, unidad. Cuando Anne, persuadida por la señora Russell, la gran amiga de la familia, la persona sensata que tanto la quería y que hacía las veces de una segunda madre, decide rechazar al militar, algo se rompe para siempre en ambos.



 

 

 

 

 

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Él se siente despreciado y tanto su amor propio como su sentimiento se convierten en enemigos de la joven. Ella solo puede apelar a que lo ha hecho por su bien, esa excusa que tantas veces se argumenta para renunciar a la felicidad.

 

Como esta novela es la de las segundas oportunidades, la pareja se vuelve a encontrar ocho años después de aquella renuncia. Wentworth se ha convertido en un militar laureado, en un hombre de posibles, con un presente alentador y un buen futuro. Anne es una mujer apagada, sin apenas esperanzas.

El recuerdo de lo que fueron late entre ellos. La pena de haberlo perdido, también. Son ahora dos extraños, cuando fueron tan amigos, en ese sentido pleno de la amistad que antecede y complementa al amor. La manera en que Austen lo cuenta es reveladora, no hace falta ser más explícita. Ahí está todo. El conocimiento revela el interés del uno por el otro y eso ya no existe. La extrañeza es lo contrario de la complicidad. Cualquiera que haya sentido el desamor y la pérdida de lo que constituye la mayor alegría sabe que esa sensación de volver a estar junto a la persona a la que quisiste y te quiso es un auténtico tormento. He aquí uno de los momentos más duros de la historia.

 

Wentworth no es perfecto y no puede evitar el resquemor inicial, la ira guardada, el ansia de devolver el golpe, el recuerdo del sufrimiento pasado y el sabor del desprecio que sintió. Pero es un hombre enamorado, porque sus sentimientos son firmes y esa firmeza es la que hace que mantenga el afecto por Anne y que llegue a entender que ella actuó mal aconsejada y que estuvo en una situación delicada. Cuando quien te da el consejo es alguien a quien valoras por su buen juicio y que sabes que te aprecia, se hace muy difícil no seguirlo. Claro que Anne sabe que se equivocó.

Resulta también interesante ver que la larga separación no ha conseguido convertir a Anne Elliot en una mujer desesperada o rencorosa. El rencor no existe para ella y tampoco el victimismo. Más bien, se enfrenta al doloroso recuerdo con una rara serenidad y una alegría sencilla es la manera de seguir viviendo en su cotidianeidad. En este sentido, el carácter de la muchacha es verdaderamente sorprendente y dibuja en ella Austen una persona admirable, que no alberga malos sentimientos hacia nadie, sin que ello signifique que no sea consciente de lo que sucede a su alrededor.



 

 

 

 

 

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La actitud recelosa de él, al observarla a ella y su tranquilidad, se va convirtiendo poco a poco en una actitud confiada y seguramente vuelven a su cabeza las imágenes de aquellos tiempos pasados en los que mantuvieron una deliciosa complicidad. Nota entonces que la echa de menos, que la nostalgia lo inunda. El caso es que, llegado el momento, hace eso que los personajes de Austen bordan: escribe una carta. La carta no solo es aclaratoria, sino que es emocionante. No quiere que le rindan cuentas, pero tampoco es un bobo que no entra en el asunto esencial que los separó.

 

La carta de Wentworth a Anne Elliot es uno de esos textos de Austen que han adquirido una gran relevancia al margen incluso de la novela. Es una carta bellísima y expresa de una manera única el sentimiento del amor. La dualidad entre la delicadeza de ese sentimiento y la dureza de carácter que se le puede atribuir a un militar todavía genera una sensación más especial.

Las palabras han sido bien elegidas, la forma en la que se expresa no revela nada de ira, despecho, rencor, sino todo lo contrario, de modo que se ha convertido en un modelo de reconocimiento del amor y sin un ápice de romanticismo barato.

Frederick Wentworth representa la madurez, la reconciliación y la pervivencia del sentimiento del amor en circunstancias adversas. Sus pensamientos, que se dejan entrever en muchos momentos del libro, son tan humanos que no podemos evitar ponernos de su lado y lo hacemos sin criticar a Anne porque, en realidad, ambos han sido víctima de un consejo mal atinado y de una perspectiva errónea.

Dado que conocemos el escaso apego que la familia siente hacia la joven, la forma en la que su padre la desprecia y sus hermanas la utilizan, ese sentimiento de protección hacia la muchacha todavía se acentúa más. Cuántos matices, qué manera tan extraordinaria de mostrar el corazón humano…

 

No puedo seguir escuchando en silencio. Debo hablarle con los medios que tengo a mi alcance. Lo que dice me traspasa el alma. Vivo mitad en la agonía, mitad en la esperanza. No me diga que llego demasiado tarde, que se han perdido esos preciosos sentimientos para siempre. Le ofrezco mi ser otra vez con el corazón más rendido que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. No diga que el hombre olvida antes que la mujer, que su amor muere más pronto. Puedo haber sido injusto, he sido rencoroso y débil; pero jamás inconstante. Solo usted es el motivo de que yo haya venido a Bath. Solo por usted pienso y hago proyectos.



 

 

 

 

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¿Acaso no lo ve? ¿No ha comprendido mis deseos? No habría esperado siquiera estos diez días, de haber sabido cuáles eran sus sentimientos, como creo que debe usted de haber adivinado los míos. Apenas puedo escribir; a cada instante oigo algo que me anonada. Noto que baja la voz, pero sé distinguir esos acentos que se perderían para otros. ¡Dulce y angelical criatura! Veo que nos hace justicia. Crea que existe la constancia y el amor verdadero entre los hombres. Crea que son muy fervientes, muy constantes en F. W.

 

He aquí la carta. Los lectores sacarán sus propias conclusiones de la lectura.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9. Clérigos nada ejemplares

 

 

Mr. Collins no es el único clérigo descrito por Miss Austen. Tiene un homólogo en otro lugar en la persona del Sr. Elton, que es joven como él, y al igual que él le gustaría casarse. El Dr. Grant, Edmund Bertram y Henry Tilney completan el grupo. Todos ellos pertenecían a una especie muy común en la época, la de los pastores mundanos. Para ellos, la iglesia era una profesión honorable y lucrativa que, al no exigir grandes sacrificios, permitía todas las distracciones de la sociedad. Así que no debemos sorprendernos si es en un baile donde conocemos al amable Sr. Tilney o si el Dr. Grant está de mal humor cuando el pavo no está cocinado a la perfección. Para ellos, la salvación de las almas pasa a un segundo plano frente a los placeres del mundo, y si son ministros del Evangelio, es solo en sus ratos libres o cuando se ponen la toga para predicar sus sermones dominicales. Además, no desmerecen de la frívola sociedad que al autor (sic) le gusta mostrarnos y de la que Mansfield Park ofrece el retrato más completo.

 

(Léon Boucher)

 

LA PROFESIÓN DE CLÉRIGO era muy cercana a Jane Austen. La conocía bien. Su padre lo era. En la familia de su madre los había. También lo serán algunos de sus hermanos y sobrinos. Los pastores anglicanos ejercían dignamente su profesión, estaban bien preparados académicamente, habían pasado por la universidad y todos ellos servían en sus respectivas parroquias acogidos a un beneficio eclesiástico que les había cedido un aristócrata o un terrateniente.

 

Era muy frecuente que los segundos hijos de las familias, los que no heredaban títulos ni rentas, entraran en la iglesia. Y había otros verdaderamente vocacionales. En las novelas de Jane Austen aparecen, por esto mismo, un gran número de clérigos y otros que aspiran a serlo. Pero dos de ellos son más conocidos, aunque no destacan precisamente por su fuerte vocación de servicio sino porque sus características son ciertamente peculiares.

Elton y Collins no son una razón social, sino los dos pastores anglicanos más genuinos de Jane Austen, en, respectivamente, Emma y Orgullo y prejuicio. Aunque distintas sus circunstancias, los dos tienen una característica que los iguala: la poca predisposición al trabajo parroquial.

En una ocasión alguien le solicitó a la escritora que



 

 

 

 

 

 

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describiera los hábitos de vida, el carácter y el entusiasmo de un clérigo, que pasase su tiempo entre la metrópolis y el campo, y guardara cierto parecido con el ministro de Beatty. Ni Goldsmith, ni La Fontaine en su Tableau de Famille, han descrito a un clérigo inglés, al menos de nuestros días, dedicado en cuerpo y alma a la literatura, enemigo de nadie salvo de sí mismo. Se lo ruego, querida señora, piense en ello.

 

Ese alguien fue, ni más ni menos que J. S. Clarke, el bibliotecario de Carlton House, la residencia del príncipe regente a raíz de que Jane aceptara su sugerencia de dedicarle Emma al citado personaje.

La respuesta a la petición puso de manifiesto la convicción que tenía

 

Austen sobre su obra y su estilo:

 

Me honra sobremanera que me crea capaz de describir a un clérigo como el que sugiere usted en su nota del 16 de noviembre. Pero le aseguro que no lo soy. Tal vez pudiera con la parte cómica del personaje, pero no con la bondadosa, la entusiasta, la literaria.

 

 

 

El señor Collins, muy agradecido

 

 

El señor Collins quiso saber cuál de sus preciosas primas era la artífice de aquellos manjares. Pero la señora Bennet se apresuró a sacarle de su error, asegurándole con cierta aspereza que la familia tenía una buena cocinera y sus hijas no tenían nada que hacer entre los fogones.

 

(Orgullo y prejuicio)

 

También termina en boda la absurda peripecia del señor Collins. Para conocerlo tenemos que ir a Orgullo y prejuicio. En este caso tiene lazos familiares con la protagonista, es una especie de primo. Resulta que el señor Bennet tiene su herencia vinculada a la rama masculina y como solo tiene hijas…

 

El afortunado heredero no es otro que el señor Collins, un clérigo que goza de la protección de lady Catherine de Bourgh, rancia dama de la aristocracia que le ha cedido un hermoso beneficio, además de aconsejarle que busque una esposa tranquila y prudente para que pueda complementar de forma adecuada su trabajo de pastor. A ello se pone de inmediato Collins y da en pensar que lo mejor es ofrecerle su mano, que considera valiosa, a una de sus primas Bennet, ya que él va a quedarse con todo cuando el padre muera.



 

 

 

 

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Aunque primero repara en la mayor, la señora Bennet le avisa con gran satisfacción que la chica está prácticamente prometida y él, ni corto ni perezoso, pasa a la segunda de la lista, Elizabeth.

 

En la escena de la negativa hay un elemento sustancial del pensamiento austeniano con respecto al papel de la mujer. Después recibir varios «no» por respuesta, Collins se empeña en no creerla porque considera que la muchacha se está haciendo de rogar para «aumentar mi amor por medio de la incertidumbre, de acuerdo con el procedimiento habitualmente utilizado por las damas elegantes».

Entonces Elizabeth le lanza una parrafada que merece reflexión:

 

Le aseguro, señor mío, que no aspiro en absoluto al tipo de elegancia que consiste en atormentar a un hombre respetable. Preferiría más bien que se me hiciera el cumplido de creerme sincera. Le agradezco una y otra vez el honor que me ha dispensado con su propuesta, pero aceptarla me resulta imposible. Todos mis sentimientos me lo impiden. ¿Se puede hablar acaso con mayor claridad? No me considere una dama elegante que trata de atormentarlo, sino una criatura racional que le dice una verdad salida del corazón.

 

Impecable razonamiento, impecable discurso. Las triquiñuelas femeninas a las que alude Collins no tienen nada que ver con el carácter franco de Elizabeth Bennet ni con el pensamiento de Austen. Ahí queda sobradamente expresado. Quizá esta misma sinceridad honesta es la que lleva a la escritora a rechazar la propuesta de matrimonio del señor Bigg-Wither después de haberla aceptado.

Los intentos del señor Collins de salir casado de Hertfordshire, paliando así su sensación de ridículo ante el fracaso, tuvieron su recompensa cuando una amiga de las Bennet aceptó su proposición en una actitud que refleja a la perfección el carácter práctico de muchas mujeres de aquella época al elegir la comodidad material en contra de la alegría del corazón. Charlotte Lucas, hija mayor de una familia vecina, tiene veintisiete años y la certeza de que este es su último tren y tiene que cogerlo. Ella misma explica las razones a su amiga Elizabeth.

 

—Sé lo que sientes —replicó Charlotte—, estás sorprendida, muy sorprendida. Hace tan poco que el señor Collins quería casarse contigo… Pero, cuando hayas tenido tiempo para reflexionar, espero que entiendas lo que he hecho. Ya sabes que no soy nada romántica. Nunca lo he sido. Lo único que quiero es un hogar agradable; y, teniendo en cuenta el carácter del señor Collins, sus relaciones y su posición social, estoy convencida de que mis posibilidades de ser feliz con él son tan grandes como las de la mayoría de la gente que contrae matrimonio.



 

 

 

 

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La relación de amistad entre Elizabeth y Charlotte se enfría a partir de este momento. Elizabeth no puede entender la actitud de Charlotte ni su razonamiento. Y se instala entre ambas una leve sombra de falta de confianza y de decepción.

 

Austen describe aquí un hecho que acontece entre los amigos en ocasiones. La amistad tiene siempre necesidad de que se vaya alimentando con actos que la abonen. Pero los desencuentros actúan a la contra, como sucede aquí. Para Elizabeth, una boda con Collins, por razones meramente de comodidad y mercantilismo, es algo degradante para su amiga. La diferente apreciación de lo que debe ser un matrimonio era algo tan importante que puede separar a las amigas.

 

Llegará un momento en que Elizabeth irá a visitarla a su casa y se arreglará algo de lo que se ha roto, pero nunca será nada como antes. Así suele ocurrir cuando las expectativas entre las amistades no se cumplen. Sin embargo, Jane Austen cuida a Charlotte y disculpa su decisión bastante más que Elizabeth.

Una de las grandes diferencias que podemos establecer entre Collins y Elton está precisamente en las esposas. Mientras que la señora Elton es muy parecida a él en cuanto a prepotencia, vanidad y crueldad con los inferiores, Charlotte Lucas es una buena chica, que solo trata de quitar una carga a su familia y asegurarse un porvenir. Su actitud modesta, educada y sencilla no debe esconder su determinación.

Tanto el señor Collins como el señor Elton disfrutan de las ventajas de poseer un beneficio eclesiástico, el primero para atender la parroquia de la propiedad de su benefactora, lady Catherine de Bourgh, y el segundo para el pueblo de Highbury, en cuya rectoría vive. Los beneficios eclesiásticos eran, en ese momento, objeto de unas discusiones muy profundas dada la corrupción que se observaba en muchas de las prácticas que los clérigos llevaban a cabo.

 

Entre esas malas prácticas estaban, por ejemplo, no residir en la parroquia del beneficio y tenerla en subarriendo a otra persona, cobrar indebidamente algunos servicios, acumular varias parroquias con sus tierras correspondientes y, sobre todo, no tener vocación de predicar ni de confortar a los feligreses sino de figurar y vivir bien.

Evidentemente, la mala fama de muchos de esos clérigos había rebasado ya el ámbito de lo eclesiástico y era conocida por todos. Austen hace, por tanto, una crítica a los clérigos sin vocación que se aprovechaban



 

 

 

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del cargo para vivir sin más. Lo hace con humor, con distancia y con ironía, sin tomar partido salvo porque los deja en ridículo una y otra vez.

 

Elton y Collins son distintos en su forma de ser: Elton es prepotente, vanidoso, intrigante, egoísta y tiene un punto de maldad. Por su parte, Collins es ridículo, obsequioso, servil y solo vive para agradar a su benefactora. Pero los dos coinciden en una alarmante falta de formación teológica, en un abandono de sus deberes para con el prójimo y en un desinterés total por servir en el puesto que ostenta. Nada más y nada menos que lo que se criticaba entonces a estos personajes.

 

De esta manera, su presencia en los libros tiene un doble papel, porque nos ayudan a comprender la situación existente con respecto al uso de estos beneficios, y, por otra parte, inciden en la trama de la novela, a veces de forma decisiva. Es el cotilleo de Collins a lady Catherine el que lleva a la dama a visitar a Elizabeth Bennet.

Y será su respuesta, que la señora comenta a su sobrino con detalle, la que hará pensar a Darcy en que quizá no está todo perdido. En realidad ambos, Collins y lady Catherine, quitan la venda de los ojos a los protagonistas

El retrato de ambos personajes, Elton y Collins, realizado con fina ironía y con detalles que mueven a la risa, muestra la maestría de la autora en la definición de los rasgos y caracteres.

Su papel en la trama garantiza momentos de hilaridad y sirven de instrumentos para que ocurran determinadas cosas que vendrán muy a mano para el resultado final de las novelas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10. Retratos de villanos

 

 

El vino de naranja requerirá muy pronto nuestros cuidados. Pero, mientras tanto, en aras de la elegancia, el confort y el lujo, hoy vendrán a cenar los Hatton y los Milles, y yo comeré hielo y beberé vino francés, y estaré por encima de una economía vulgar.

 

Por suerte, los placeres de la amistad, la conversación sin reservas y la similitud de gustos y opiniones servirán de desagravio por el vino de naranja.

 

(Carta de Jane Austen a Cassandra Austen. 30 junio, 1 julio 1808)

 

ALGUIEN PODRÍA PENSAR que en la obra de Austen es oro todo lo que reluce. Que retrata una sociedad plácida, llena de buena gente, únicamente ocupada en casarse, en bailar o en ir de caza. Que las chicas pasan las tardes en un saloncito luminoso, hablando de vestidos o tomando té. O que las relaciones vecinales son idílicas. O que los matrimonios son ejemplares. Pero no. La naturaleza humana da mucho más de sí, por más que los amantes de los tópicos no quieran reconocerle a Austen su dosis de Realismo y Verdad.

 

Por cierto, poco retrata la escritora escenas de caza y parece que no debía ser muy partidaria. Salvo comentarios puntuales, no es ese entretenimiento el que más describe. En cambio todos, hombres y mujeres, se dedican con frecuencia a los juegos de cartas. Emma Woodhouse procura siempre que su padre esté acompañado de algunas señoras en las veladas para jugar a los naipes. Para ello convoca a las Bates y a la señora Goddard con frecuencia, acompañado el juego con sabrosos manjares y su copita de vino.

La propia Austen comenta en sus cartas cómo en Bath era frecuente el cribbage, popular juego de mesa que hacía furor, un juego de cartas con dos o más jugadores. Se jugaba con cincuenta y dos cartas de la baraja inglesa o francesa y un tablero para anotar los puntos. El crib era muy popular y siguió siéndolo mucho tiempo, no solo en las Islas Británicas sino también entre los estadounidenses. Se dice que los submarinistas americanos lo siguen jugando todavía y su difusión popular continúa siendo muy importante. Las partes del juego son cuatro: manos, reparto, juego y recuento. Ahí estaba Jane Austen, en Bath, la ciudad del famoseo,



 

 

 

 

 

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jugando al cribbage en la casa de algún amigo o familiar y vistiendo su nuevo vestido con corpiño.

 

Volviendo a los «malos», hay que decir que en el mundo de las novelas Austen los hay. En cualquier tranquilo lugar puede aparecer alguien que distorsione el conjunto. Y como ella no describe personajes de cartón piedra, no cabe duda de que en sus novelas hay malvados. Malvados a su modo.

La falta de principios y de valores, el carácter torcido, el desprecio hacia los sentimientos de los demás, la capacidad de simular, manipular y engañar, son las características de los villanos de Austen.

 

Algunos de ellos son menos trascendentes en las historias y otros son fundamentales porque mueven el argumento y lo condicionan. Este es el caso de George Wickham (Orgullo y prejuicio) y de John Willoughby (Sentido y sensibilidad). Ambos ejemplifican la villanía entendida al modo Austen. Junto a ellos es posible situar un personaje más retorcido y quizá más inteligente que los anteriores, Henry Crawford (Mansfield Park). La inteligencia mal empleada es algo de lo que siempre avisa la escritora.

Y en el caso de Henry Crawford se da además la circunstancia de que no actúa solo sino en compañía de otros. Su hermana y él forman un tándem parejo en manipulación y malas intenciones. Austen no se hace demasiadas ilusiones acerca de la naturaleza humana, no es ninguna ingenua y sabe que hay gente mala con toda seguridad. Pero no son malos de adorno y por eso contextualiza adecuadamente esos personajes, de forma que sean tan creíbles como es posible en la literatura. La verosimilitud es un valor de sus historias que nunca hay que perder de vista.

Hay también villanos poco importantes, pero que con una sola actuación dan la medida de su falta de principios. Y quizá aquí se lleve la palma John Dashwood (Sentido y sensibilidad), cuyo trato a sus hermanastras es increíblemente cruel. Y si hablamos de falsos amigos habría que mencionar a John Thorpe (La abadía de Northanger).

 

El hecho de que la autora trate algunos de estos episodios con cierto sentido del humor y con su habitual ironía no quiere decir que sus acciones no sean reprobables. En algunos casos se trata de inconsciencia, desinterés, egoísmo o falta de valores.

De cualquier modo, tampoco se trata de trazar una línea definida entre buenos y malos sino, por el contrario, de mostrar la viveza de una sociedad



 

 

 

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compleja, a pesar de que su ámbito es concreto y a veces pequeño.

 

Pero los seres humanos tienen mucho que enseñar y mucho que aprender y eso es lo que hace Jane Austen. Precisamente los personajes que no aprenden y que son contumaces en el error, tienen la peor situación, mucho más que aquellos que rectifican y reconocen sus malas acciones.

 

La cara y la cruz de la naturaleza humana, lo que es digno de imitarse y lo que refleja la ambición o el egoísmo, todo ello aparece reflejado en sus obras y ese es uno de sus mejores atributos.

 

 

 

El señor Thorpe, amigo por interés

 

 

Otro ejemplo es el señor Thorpe de La abadía de Northanger. Se trata del hijo varón de la familia Thorpe, en la que brilla la hija mayor, Isabella, que es una belleza y que parece tirar de los demás a falta de otra riqueza. Thorpe es un individuo muy ladino, que intenta siempre aprovecharse de los demás y que usa armas bastante desagradables como el halago fácil o la mentira, para quedar bien con los otros y conseguir sus fines. Está claro que le faltan valores y le sobran defectos.

 

Seguro es que la autora debió conocer a muchas clases de personas en su vida y entre ellas habría de todo. Es consciente de que lo malo florece junto a lo bueno y no está de más ser consciente de ello y ponerse en guardia cuando es necesario.

El señor Thorpe es uno de los jóvenes que pasean cada día por las húmedas calles de Bath. Tiene muchos compromisos sociales en los que gasta su tiempo y una gran habilidad para mantener una conversación, montar a caballo o vestir de forma elegante. Así hay muchos jóvenes en la ciudad en los días en que la joven Catherine Morland va a pasar una temporada allí con los Allen, que se han ofrecido a llevarla.

Parece que todo se va en ir y venir, en figurar, en saludar a unos y a otros y en gastar lo que no se tiene en fruslerías varias. Todo ese ambiente está admirablemente representado en la novela. La abadía de Northanger se escribió muy tempranamente, antes de que la escritora se fuera a vivir a Bath por lo que el germen del argumento y los personajes ya estaban decididos de antemano. Sin embargo, quizá después de su estancia allí le dio tiempo de matizar algo al respecto.



 

 

 

 

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—Muy amable —exclamó Thorpe—, pero no he venido a Bath para pasear a mis hermanas como un imbécil. Si usted no va, que me aspen, pero yo no voy. Yo solo voy por llevarla en coche.

 

—Ese cumplido no me produce la menos satisfacción —repuso Catherine. Pero sus palabras cayeron en el vacío, pues Thorpe se había dado media vuelta.

 

Este es el señor Thorpe, brusco en sus comentarios, interesado en sus acciones, poco amable cuando se enfada. Su principal tarea en Bath es enredar y en esos enredos tiene la eficaz colaboración de su hermana Isabella. Forman un tándem muy parecido al de Henry y Mary Crawford en Mansfield Park. Intereses personales, egoísmos y nada de aprecio a los demás, aunque lo fingen si es necesario.

Sin embargo, no es un malo de cartón piedra, al contrario, resulta muy creíble porque Jane Austen le da sus matices y hasta cuida su caracterización. Ella trata a sus personajes siempre con benevolencia y cariño, sean como sean, dando la sensación de que la verosimilitud es un valor que respeta a toda costa. En Austen no encontraremos moralejas, catecismos, fanatismos ni preferencias.

La rivalidad entre los Tilney y los Thorpe es evidente y uno de los elementos más característicos del libro. Esa rivalidad en cuanto a la pobre Catherine no se deriva del deseo de tener su amistad, sino de que están absurdamente engañados con respecto a la fortuna de la joven.

A ambas familias les vendría muy bien que la muchacha, a la que consideran bastante simple y poco avispada, se desposara con alguno de sus miembros, es decir, Henry por parte de los Tilney o John por parte de los Thorpe. El problema es que Catherine no se da cuenta de los manejos, aunque empieza a ver excesivo el comportamiento de Thorpe, mucho más evidente que el que luego mostrará el señor Tilney padre.

Y así, las reacciones de Catherine serán cada vez más bruscas y menos elegantes y se harán visibles con ocasión de la organización de una gira a Clifton. En la disputa interviene también James Morland, hermano de Catherine y compañero de universidad de Thorpe:

 

Al oír esto, Isabella la cogió de una mano, Thorpe de la otra y ayudados por James, lanzaron una salva de protestas. Incluso este último estaba fuera de sí. Ahora que se había resuelto todo, ahora que la propia señorita Tilney decía que el martes le parecía estupendo también, era absolutamente absurdo y completamente fuera de lugar poner más objeciones.

 

—No me importa. El señor Thorpe no ha tenido por qué inventarse tal recado. Si yo hubiera considerado justo posponerlo, podía haber hablado con la señorita Tiene yo misma. Esto es resolverlo de la manera más grosera. Y ¿cómo sé yo que



 

 

 

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el señor Thorpe lo ha hecho? Puede haberse confundido de nuevo; ya me hizo cometer una grosería el viernes. Suélteme, señor Thorpe; y tú, Isabella, no me sujetes.

 

Thorpe le dijo que perdería el tiempo corriendo tras los Tilney, pues cuando él los alcanzó estaban entrando en Brock Street y habrían llegado ya a su casa. —Entonces correré tras ellos —dijo Catherine—; dondequiera que se hallen, iré tras ellos. De nada sirve hablar. Si no me habéis conseguido convencer para hacer algo que consideraba equivocado, nunca lo haré por medio de engaños.

 

Y aquí vemos el verdadero carácter de Catherine Morland. Puede ser fantasiosa, puede tener la cabeza a pájaros, puede vivir en un mundo novelesco, pero es una persona honesta, no conoce el engaño y no puede ni pensar que va a responder con mentiras a la amistad que le han ofrecido los Tilney. La diferencia entre su conducta y la de los Thorpe es brutal. Los manejos salen a la luz en cuando hay ocasión de ello. Y hasta Catherine se da cuenta. Su convicción de arreglar el asunto por sí misma es absoluta. Su desconfianza hacia Thorpe, también.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11. Secundarios de lujo

 

 

Lo peor de un carácter demasiado blando e indeciso es que ninguna influencia que se ejerza sobre él es fiable. Nunca estamos seguros de que sea duradera la huella de un buen consejo. Cualquiera lo puede hacer tambalearse; los que quieren ser felices deben ser firmes…

 

Lo que más deseo a las personas que me importan es que sean firmes.

 

(Persuasión)

 

HAY UNA CUALIDAD ESPECIAL en la escritura de Austen y es el tino con el que traza a los secundarios. Pocas palabras le bastan para mostrarlos y otras pocas para definir sus caracteres. Entre ellos hay algunos que llaman la atención por su forma de ser o por su papel en los argumentos. Uno de estos hombres interesantes es Frank Churchill. Su personaje tiene mucha relación con la situación de algunos jóvenes de la época y su vida sirve para ilustrar la de otros.

 

La observadora mirada de Jane tuvo aquí un verdadero acierto puesto que supo dotarlo de una personalidad reconocible. Lo mismo sucede con otros personajes que dan la réplica a las protagonistas. No han obtenido la fama de otros en el imaginario popular, pero el trazo firme con que los dibuja hace que sean gente cercana para los lectores.

 

Frank Churchill no es el único que despierta interés en esa constelación de hombres. Está Edward Ferrars, el tipo tímido y poco ambicioso que se enamora de la mayor de los Dashwood, Elinor, una muchacha tan sensata como él y con la que tiene enorme afinidad. Por su parte, el gran amigo de Darcy es Bingley, cuya afabilidad y buen carácter compensa el defecto de dejarse llevar demasiado por los demás, que está profundamente enamorado de Jane Bennet, al igual que ella lo está de él.

Edmund Bertram tiene que vivir episodios bastante desgraciados para darse cuenta de que su verdadero interés está en alguien que tiene cerca desde siempre, y por eso en Mansfield Park el desenlace es una forma quitarle dramatismo a la novela. Entre los paseantes de Bath está el señor Henry Tilney, quien será a la postre el enamorado de Catherine Morland, pero que necesita un poco más de empuje para que nos resulte atractivo. Y otro tanto le sucede a Reginald De Courcy, absolutamente absorbido por la



 

 

 

 

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belleza, la inteligencia y las malas artes de lady Susan Vernon, aunque no llegará la sangre al río.

 

Quizá el secundario más entrañable de todos, el menos usual, el más raro de encontrar en estos lares, sea un granjero, un amable y trabajador granjero, un buen hijo y un buen hombre, nada ingenuo, pero sí honesto e inteligente, que pretende casarse con la joven Harriet Smith y que no lo consigue en primera instancia por la intervención de la inevitable Emma. Es un personaje tan extraño entre los de Austen, que llama la atención.

 

 

 

El señor Martin, la excepción granjera

 

 

No conozco a nadie con más sentido común que Robert Martin. Habla siempre con sensatez, es franco, directo y sincero, y con un gran sentido del equilibrio. Me habló de todo, de sus actuales condiciones y de sus proyectos, y especialmente de todo lo que se proponía hacer en lo concerniente a su matrimonio. Es un magnífico joven, un hijo y un hermano excelente.

 

(Emma)

 

En Emma, una novela tan luminosa y tan llena de aciertos, aparece de forma excepcional el granjero Robert Martin, una rara avis. Su importancia no debe restringirse al papel episódico que juega en la historia, sino que tiene que ver con lo inusual que resulta en el conjunto de la obra de Austen. Cuando la novela comienza, Harriet Smith ya ha pasado un verano en la granja de los Martin, donde ha surgido un principio de enamoramiento entre ella y el joven hijo de la familia.

 

De modo que no resulta extraño que la chica reciba una carta del granjero con una petición de matrimonio. Como se sabe, de una forma bastante egoísta, Emma la convence, a su modo, de que no acepte su mano. Emma piensa que puede ser la amiga que está deseando tener y quiere conservarla, aunque se convence de que la muchacha merece algo mejor. Así que el rechazo de Harriet al señor Martin será para él un puñal en el corazón y para Harriet una forma de dilatar su felicidad. Pero esta llegará.

Para entender el tema hay que recordar que Harriet es una chica acogida desde pequeña en el internado de la señora Goddard, un centro sin pretensiones al que Austen adjudica algunas cualidades, como servir buena



 

 

 

 

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comida y dar una formación sensata a las niñas. No se sabe quién es el padre de Harriet, ni quién es su familia, pero la directora afirma que pagan escrupulosamente los gastos sin reparar en ellos y sospecha que puede tratarse de un caballero que cubre así su desliz.

 

Emma y Knightley tienen en este tema un desencuentro.

 

Él sostiene que es un error sacar a Harriet de su círculo natural y hacerle pensar que está por encima. Por eso le parece que su matrimonio con un joven trabajador, honesto y enamorado como Robert Martin, es una buena noticia. Todavía más. Dado que Harriet es una muchacha guapa pero bastante simple, será ella la más afortunada en la unión con Martin, cuyo sentido común e inteligencia contribuirá positivamente al matrimonio.

Pero Emma, a la par de guardar en su interior cierto deseo escondido de que la chica sea la amiga que necesita para sus andanzas por la zona, también actúa aquí con el snobismo propio de quien no tiene nada que temer, ni nada que reprocharse, ni por sus orígenes, ni por su posición. Por eso piensa, fantasiosamente, que Harriet es la hija de un caballero y que algún día podrá optar a la mano de un caballero. El transcurso de la novela va a castigarla cuando la pobre Harriet se fije, precisamente, en el caballero más elevado del condado.

 

Las virtudes que asigna Austen al señor Martin son dignas de resaltarse. Honrado, trabajador, prudente, discreto, educado, amante de la familia, buen hijo, cuidador de su madre, amoroso hermano de sus hermanas. En ningún momento el desaire de Harriet le produce rencor, ira o despecho, sino que sus sentimientos son mucho más elevados y comprensibles, tristeza, decepción, sensación de pérdida.

El propio señor Knightley avala las virtudes de Martin, aunque esto no es suficiente para Emma. Pero esas virtudes son tanto personales como sociales, obedecen tanto a su forma de ser como a su forma de actuar. Y son un compendio de lo que la propia Jane Austen consideraba que era lo deseable.

Harriet, de temperamento soñador y bastante voluble, tiene buena voluntad y un espíritu sano. Ella lee novelas románticas y fantasiosas, y se las recomienda al señor Martin. Las chicas leían con avidez esta clase de libros y consideraban importante que sus enamorados también lo hicieran. Lo malo es que no parece que el señor Martin tenga tiempo de sobra para ello. Aunque lo intenta.



 

 

 

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La situación familiar de Robert Martin es una muestra de lo que sucedía en la vida real. Es un arrendatario del señor Knightley, que lo aprecia enormemente, y tiene a su cargo a su madre y hermanas ya que el padre ha fallecido. Si alguna de las hermanas contrae matrimonio sería una carga menos, pero cuando él se case su esposa pasará a residir en la granja y aumentará así el número de las mujeres a su cargo. De esta forma, lo mismo que a las mujeres correspondía hacer una buena boda para dejar de depender de sus parientes varones, a estos les atañe cuidar de toda la familia, hacerse cargo de mujeres y niños, así como de los ancianos. El reparto de papeles asegura la supervivencia del modelo familiar y su continuidad en la sociedad.

 

El problema se presentaba cuando no había hijos varones que tomaran las riendas a la muerte del padre, y de ello tenemos muestras sobradas en la obra de Austen. Tal y como si se tratara de monarquías hereditarias, las familias de la gentry precisaban de varones para continuar el ritmo ordinario de la vida cotidiana.

Dicho de otro modo y según los roles asignados, los niños garantizaban una aportación y las niñas suponían un gasto permanente.

 

Robert Martin y Harriet Smith terminarán casándose. De esa forma se restablecerá la armonía natural que la propia Emma ha contribuido a tambalear. Entre las bodas que Austen va a ofrecernos en Emma esta puede resultar la más sencilla aunque seguro que también es la más entrañable.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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12. Emprendedores: Los Parker

 

 

El jueves fuimos a Deane, ayer a Oakley Hall y Oakley, y hoy de vuelta a Deane. En Oakley Hall hicimos muchas cosas: cominos algunos sándwiches cubiertos de mostaza, admiramos al mozo del señor Bramston y las transparencias de la señora Bramston, y obtuvimos una promesa de la última para darnos dos raíces de la flor de la violeta para ti, una amarilla y otra púrpura. En Oakley compramos diez pares de medias de estambre y una enagua. La enagua es para Betty Dawkins, pues creemos que ella lo desea más que una alfombra.

 

(Carta de Jane Austen a Cassandra Austen, 21 de octubre de 1800)

 

POCAS IMÁGENES MÁS ACERTADAS para representar Sanditon que las mujeres en la playa de Sorolla. Los vestidos blancos, las telas suaves, las sombrillas, los sombreros de paja adornados con lazos y flores, el viento que mueve las figuras, todo nos da la imagen de la cercanía del mar en aquellos años. Aunque el pintor nació en 1863, en plena época victoriana inglesa, ya se anticipaba en esta novela el cambio de moda.

 

Cuando en 1815 termina la guerra entre Francia e Inglaterra, el vestuario dejó atrás algunas costumbres propias del Directorio francés y se va adentrando en lo que será la moda victoriana. Cinturas en su sitio, cuellos altos, mangas largas, crinolinas, faldas de capa, todo muy distinto de la clásica, sencilla, elegante y simple moda georgiana.

 

Durante los meses de febrero y marzo de 1817 Jane Austen, que había terminado su novela Persuasión, estuvo trabajando en un proyecto nuevo. Lo hacía con enorme dificultad porque ya estaba enferma. No salía de su casa a dar los paseos que tanto le gustaban y apenas se movía de la cama, pero la escritura seguía siendo más que nunca su motivación y su modo de continuar respirando.

La obra que comienza a escribir bien puede darnos una idea de la efervescencia que produjeron en las familias de entonces los baños de mar, los paseos por la arena y los juegos cerca del agua. Todas las personas pudientes creyeron en esa nueva fe del veraneo marítimo.

 

Hubo quien aprovechó la circunstancia para vender pócimas mágicas hechas a base de productos del mar. Y hubo quienes iniciaron lo que hoy llamamos especulación urbanística y que consistía en convertir un



 

 

 

 

 

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tranquilo y apacible pueblecito junto al mar en un espectacular y algo artificial lugar de descanso con todas las comodidades.

 

Sanditon quedó apenas esbozada con esos doce capítulos iniciales, de modo que no es posible conocer el desarrollo del argumento ni la evolución de los personajes. Las conclusiones que sacamos provienen meramente de la incipiente acción y del muestrario de personajes que la escritora dejó trazado. La aparición de una indiana, por ejemplo, forma en la que se denominaba a los nativos de las colonias, es una novedad interesante. Se trata de la señorita Georgiana Lambe, dueña de una gran fortuna.

Lo mismo puede decirse de ese emporio turístico que los Parker quieren poner en pie aunque se encuentran con mil escollos. No sabemos si lo lograrán o si fracasarán. El título original del libro The Brothers, Los hermanos, avanza ya el papel primordial de la familia en la trama.

En Sanditon hay algunos temas nuevos que hubieran dado muchísimos frutos. Jane Austen siempre desarrolla sus historias en tiempo real, lo que quiere decir que había quizá muchos Sanditon en juego. Por ejemplo, emerge la nueva economía, la de los comerciantes, profesionales liberales, industriales, esa que solo aparecía tangencialmente y que estaba mal vista por algunos de los personajes de sus novelas anteriores. Hay una mención explícita al sistema de «internado» por el cual una institutriz o persona de solvencia tomaba a su cargo a varias jovencitas para viajar con ellas. Está la aristocracia vista desde dentro, con sus contradicciones y sus dificultades de relación con los otros estratos emergentes. Y cambia radicalmente el escenario. Nada de una casa de campo, con sus vecinos, su parroquia, sus costumbres fijas. Aquí el escenario prefigura el contenido y lo hace de una manera determinante.

 

Sin embargo, hay elementos que forman parte de la mejor Austen y que siguen aquí representándose: la joven seria, pero no adusta, formada pero con ansias de aprender, sencilla y sin pretensiones, que tiene sentimientos pero sabe comportarse adecuadamente. Una familia numerosa, bien situada, pero que prefiere la vida rural a los vaivenes de las ciudades. Esos son los Haywood y por eso Charlotte es de una pieza.

No sabemos cuál sería su relación con el joven Sidney Parker, pero en ningún caso de dependencia o de sumisión. Pero, a pesar de eso, es una chica joven que desea dar buena impresión y que se interesa por observar y conocer a los demás. Esa era también Jane Austen. Y vuelve a



 

 

 

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introducirse en el libro a modo de narrador que da su opinión al respecto: «Si hay jóvenes en el mundo y en su etapa de la vida más carentes de imaginación, y menos preocupadas por agradar, no las conozco, ni deseo conocerlas».

 

La ironía es el gran recurso de la novela. Aparece y reaparece a la hora de definir el entusiasmo de Tom Parker, el gran arquitecto de Sanditon, y sus aspiraciones de que aquello se convierta en la cura de todos los males. Lo cuenta Austen con toda su gracia:

 

El aire marino y el baño de mar eran antiespasmódicos, antipulmonares, antisépticos, antibiliosos, antirreumáticos, saludables, lenitivos, relajantes, tonificantes, vigorizantes…

 

Si esto es así no se explica la mala salud de las dos hermanas de Parker, Diana y Susan, que tienen mil achaques de todo tipo y que viven esclavizadas por ello. Lo malo de esto es que contagian con sus aprensiones al hermano más pequeño, Arthur, de tan solo veinte años, que resulta ser un joven rollizo y que deja atónita a Charlotte cuando lo conoce dada su propensión a comérselo todo.

 

En Sanditon aparecen descripciones de lugares y personas mucho más frecuentes que en otros libros de la escritora. Normalmente usa un par de adjetivos para definir a los personajes y bastante menos para los sitios. Sin embargo, aquí se encuentra, por ejemplo, una descripción exacta de Sidney Parker: «Tenía veintisiete o veintiocho años. Era guapo, con un decidido aire de naturalidad y buen gusto y un rostro alegre». La naturaleza parece tener más protagonismo, algo que se había iniciado ya con claridad en Persuasión, la última novela completa que escribió. Sin embargo, el paisaje de Persuasión es más calmado, tranquilo y melancólico, correspondiendo quizá a la carga dramática de la trama.

Sobre Charlotte Heywood dice que tenía aspecto distinguido y agradable, además de veintidós años, la mayor de las chicas de una familia con catorce hijos. Catorce hijos, todos vivos, indica una familia sana y con medios de vida suficientes. Desde luego Willingden no tiene nada que ver con Sanditon.

También es interesante su crítica contra la aristocracia venida a menos, como la propia lady Denham:

 

Toda vecindad ha de tener una gran dama. Lady Denham había sido una rica señorita Brereton, nacida para la opulencia aunque no para la educación.



 

 

 

 

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Tan seca y desagradable resulta que nos recuerda a lady Catherine de Bourgh, la tía de Darcy.

 

La conocida referencia de Austen a la lectura aparece también. Charlotte lee novelas, pero no es una fanática. Y, desde luego, no quiere ser Camilla (la protagonista de la famosa novela del mismo nombre escrita por Fanny Burney) ni vivir su desgracia.

En una conversación muy curiosa con sir Edward Denham vemos el consabido aire snob de quien no quiere reconocer que lee cosas intrascendentes, algo recurrente en la obra de Austen, que se ríe de quienes ocultan la sencillez de sus lecturas.

El escaso número de páginas que escribió nos deja sin conocer la historia amorosa entre Charlotte y Sidney Parker. De él hace una buena descripción, pero aparece en la penúltima página del texto, por lo que nunca sabremos qué clase de hombre era y de qué forma transcurren esos vaivenes típicos de su obra, con relaciones que no son nunca lineales ni fáciles, sino más bien, un camino de aprendizaje entre la pareja. La espontaneidad elegante y sencilla de Charlotte bien puede valer para confrontarse con la vida mundana y poco organizada de Sidney, pero esto ya es especulación. Una palabra que usa la autora por vez primera para referirse a las intenciones comerciales de los Parker y lady Denham con respecto a Sanditon. Quien duda de que la novela moderna comienza con Jane Austen tiene en este breve capitulario una prueba irrefutable.

 

Ha habido intentos de completar el libro. Algunos escritores lo han tomado como un reto. Han añadido personajes, imaginado tramas y procurado seguir el estilo Austen en el texto. Pero esto se antoja una misión imposible. Porque lo más difícil de todo es lograr ese tono satírico, mordaz, malintencionado, crítico siempre y con un pequeño deje de ternura comprensiva, que la autora le imprime a esos doce capítulos. El hecho de que comenzara este manuscrito después de una novela tan densa como Persuasión nos demuestra su versatilidad. Y quizá tampoco pensó nunca en publicarlo, porque aún tenía dos obras inéditas en ese momento y un camino largo que recorrer en la divulgación de sus obras publicadas.

 

Está clara, sin embargo, su intención principal, el leit-motiv de la novela, que no es otra cosa que la crítica a las nuevas modas en relación con la salud, esto es, la asistencia a los balnearios para tomar las aguas y el veraneo en la costa. Eso era una novedad en la vida de los ingleses.



 

 

 

 

 

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El padre de Emma, el señor Woodhouse, abominaba de la costumbre de su yerno y de su hija Isabella de pasar algunos días del verano en un pueblo costero. La playa, las aguas, el sol, todavía no eran considerados por una mayoría de gente como un recurso saludable y una costumbre sana.

 

Es verdad que las aguas termales de Bath tenían fama y eran muy frecuentadas, pero cosa diferente eran el mar y los pueblos costeros. Algo que Austen conocía bien porque en varias ocasiones se refieren estancias suyas en esta clase de enclaves.

Parece ser que en 1805 Jane, su hermana Cassandra, su madre y su amiga Martha Lloyd, estuvieron pasando un mes y medio en Worthing, pueblo costero del Sussex occidental. Durante ese tiempo vivieron en Stanford Cottage, un edificio que todavía se conserva, convertido, eso sí, en una pizzería. En una de sus fachadas se encuentra la placa que atestigua la presencia de Jane Austen.

Los investigadores cuentan que allí conoció a un tal Edward Ogle, que era lo que hoy llamaríamos un emprendedor. Consciente de la fiebre de los baños de mar, decidió convertir aquello en un emporio turístico. Y lo logró.

Este evidente paralelismo con la historia que se relata en Sanditon ha hecho situar en este pasaje de su vida la referencia inmediata de la novela inacabada.

El inicio sitúa geográficamente el pueblo imaginario:

 

Un señor y su esposa que se dirigían de Tonbridge hacia esa parte de la costa de Sussex que hay entre Hastings y Eastbourne…

 

Ogle tenía negocios de comercio de azúcar con las Indias occidentales. Esto le había proporcionado dinero suficiente para llevar a cabo sus ideas sobre la explotación de terrenos antes yermos. Había comprado una parte del centro de Worthing, que entonces era un villorrio de pescadores, allá por 1801, y en poco tiempo la atracción de la vida junto al mar y la posibilidad de diversiones convirtió aquello en un lugar de veraneo. No había hoteles, no había posadas, por lo que la construcción de lugares de hospedaje fue el primer paso para la colonización de la zona.

 

El primer proyecto de Ogle fue construir la Colonnade, en la esquina de Warwick Street y High Street, justo enfrente de su casa. El edificio constaba de tres casas de hospedaje en el extremo norte, junto con una



 

 

 

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biblioteca en la esquina. Las bibliotecas fueron las principales instituciones sociales en los balnearios de la época. Además de leer, hubo chismes, juegos de azar y entretenimiento musical en estos establecimientos, y la Biblioteca Colonnade y su rival, la Biblioteca Marina Staffords, inaugurada en 1797, habrían sido los principales lugares de reunión para los visitantes de Worthing.

 

Jane y sus acompañantes disfrutaron seguramente de la Colonnade, que les pillaba muy cerca. Por alguna carta queda claro que hicieron amistad con Ogle y que siguieron escribiéndose con él después de marcharse del pueblo.

Podemos decir que el personaje de Tom Parker está inspirado en Ogle y que toda esa efervescencia constructora tiene aquí un antecedente claro. Por qué en esos meses difíciles de su enfermedad la autora volvió su mirada al recuerdo de esos años es algo que no conocemos, pero no resulta complicado entender que, en la adversidad, recordara con nostalgia sus días alegres frente al mar.

El mar para Jane Austen era el de la guerra y los navíos (tenía dos hermanos embarcados) pero también el de las vistas tranquilas, los paseos por los espigones y los amores primerizos.

Con Sanditon añade una visión mercantilista del veraneo, una especie de adelanto de la burbuja inmobiliaria turística, que nos da otra muestra más de su carácter observador y de su poderosa intuición. Pero ya había dejado constancia de su amor por el mar en muchas de sus cartas.

 

«Edward Cooper tuvo la amabilidad de invitarnos a todos a Hamstall este verano, en vez de ir a la costa; pero no somos tan amables como para tener la intención de hacerlo. El próximo verano si usted quiere, señor Cooper, pero por ahora preferimos mucho antes el mar a todos nuestros conocidos».

 

(Carta de Jane a Cassandra Austen, enero de 1801)

 

Lo que nunca se pudo haber imaginado Austen es que ella misma se convertiría en un reclamo turístico de primer orden, andando los siglos. La Austenmanía funciona también a base de visitar los lugares que están relacionados con ella, más o menos, y esas visitas se encuadran en lo que podríamos denominar «Geografía de Austen». Los lectores adoran conocer esos enclaves y encuentra en cada uno de ellos un recuerdo de la autora y una forma de sentirla más cerca. Los enclaves tienen que ver tanto con su



 

 

 

 

 

 

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vida como con sus libros, de forma que queda una ruta de lo más entrañable y pintoresca:

 

Las rectorías de Steventon, Ashe y Deane, forman parte inicial de esta ruta. Están separadas por pocos kilómetros y ofrecen un paisaje parecido de campos, vallados, bosque y pequeñas edificaciones aisladas unas y de otras. Es un paisaje rural al estilo del verdor inglés que ella misma anunciaba. Es verdad que ni Steventon ni Deane se conservan en su edificación inicial, pues ambas fueron derruidas y vueltas a levantar debido a problemas diversos de humedades, inundaciones y otras circunstancias, pero la zona es la misma y también las iglesias que las acompañan.

Steventon está en Hampshire y Bath, la ciudad a la que Jane se fue a vivir a partir de 1801 en Somerset. Bath es otro de los lugares que forman el peregrinaje austeniano y lo mismo puede decirse de algunas mansiones fastuosas, con unos exteriores impresionantes, como Godmersham Park en Kent, donde vivía su hermano Edward, o Lyme Hall en Cheshire, donde se situó Pemberley, la casa de Darcy, en la serie de la BBC. Otra ruta lleva a los viajeros a través de Dorset, donde se encuentran Lyme Regis y otros pequeños enclaves marítimos que la autora coloca en sus historias y que ella visitaba. Y, desde luego, Southampton, donde vivió casi cuatro años en la casa que tenía alquilada su hermano Francis, húmeda, pero con un gran jardín, y, claro está, Londres, pues allí viajaba con frecuencia para estar con su hermano Henry.

 

Sanditon cambia radicalmente los núcleos temáticos de la escritora, incluye nuevas tipologías de personas y entra en un terreno nuevo, cuyos elementos no podemos conocer debido a que quedó inacabada. No echamos tanto de menos que terminara Los Watson. Al fin y al cabo, parece que era una vuelta de tuerca más a las relaciones entre jóvenes y su problemática casamentera. Pero Sanditon es otra cosa, es una mirada diferente, una posibilidad de ofrecernos un camino nuevo en su narrativa.

Es una verdadera desgracia que no podamos disfrutarla entera.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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13. Maneras de ser padre

 

 

La pérdida de un padre tan bueno y cariñoso debe ser una gran aflicción para todos sus hijos, especialmente para ti, pues haber convivido con él te ha permitido conocer de manera constante e íntima sus virtudes. Pero las mismas circunstancias que ahora aumentan tu pérdida, gradualmente te ayudarán a aceptarla mejor; la bondad que le hizo valioso en la tierra le hará bienaventurado en el cielo.

 

(Carta de Jane Austen a Philadelphia Walter, 8 de abril de 1798)

 

LAS OBRAS DE AUSTEN son novelas de familia. La familia es muy importante. Se trata de un escudo contra la pobreza, de un seguro contra la soledad y de una forma de presentarse al exterior avalados por unas credenciales indiscutibles. Para la sociedad rural en la que nace y vive Jane Austen estos temas no son baladíes, sino, al contrario, tienen gran importancia. Una persona vale lo que su familia. El apellido familiar introduce a las personas en los diferentes contextos sociales. Y los lazos establecidos dentro de una familia son duraderos y necesarios. Así pensaba ella.

 

Las individualidades estaban mal vistas en aquella sociedad. Los individuos se caracterizaban, no en función de su forma de ser, sino de la familia a la que pertenecían, de sus lazos familiares y sociales. Es una sociedad colectiva. Y sus miembros tienen diferentes papeles.

Hay muchas formas de ser padre, muchas maneras de ejercer la paternidad. Y Austen nos muestra algunas. Si hay una cosa clara es que no existe el padre perfecto, pues todos tienen algo que resulta inconveniente y muchos son reprobables. En sus novelas hay padres de hijas (el señor Bennet, el señor Woodhouse), otros tienen camadas mixtas (el señor Elliot, el señor Bertram, el señor Tilney), los hay casi invisibles (el señor Morland); también están los que no han podido ejercer la paternidad por diversas circunstancias (el señor Weston). Hay padres jóvenes y, por tanto, inexpertos, como Charles Musgrove y padres ejemplares como el señor Gardiner. Hay de todo.

En Sentido y sensibilidad el padre de las hermanas Dashwood muere al inicio. En Mansfield Park el señor Bertram es el padre de acogida de la



 

 

 

 

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protagonista. Algo curioso sucede en La abadía de Northanger: el padre de Catherine Morland pasa desapercibido, muy ocupado él y su esposa ejerciendo de padres de una familia muy numerosa, diez hijos en total. Pero ahí está el padre de su enamorado, el señor Tilney, el dueño de la abadía y el que participa sin quererlo en un absurdo engaño.

 

En Emma está el pertinaz señor Woodhouse, y hay otro padre que no ha tenido ocasión de serlo, aunque lo intenta, el señor Weston. Persuasión tiene un padre que ejerce la discriminación afectiva entre sus hijas, algo que la autora describe ampliamente. Ese es otro más de los motivos por los que los lectores sienten simpatía por Anne Elliot. Frederica Vernon no tiene padre y está a merced de su madre en Lady Susan. Por último, el padre más conocido y con el que más condescendencia mostramos es, sin duda, el señor Bennet de Orgullo y prejuicio. En esta misma obra están el señor Gardiner y el señor Lucas, dos estilos diferentes pero interesantes, de ser padres.

 

Aquella sociedad tenía establecidos roles diferentes para el padre y para la madre. La esposa se encargaba de la gestión doméstica de la casa, del servicio, de la crianza de los hijos y de la atención de los familiares mayores. Mientras, el padre llevaba la administración económica y se ocupaba de las tierras, los arrendatarios, y todo lo referente al presupuesto para vivir y la conservación de sus posesiones. Desde luego que estamos hablando del grupo social al que pertenecía Austen y que refleja en su gran mayoría dentro de sus novelas, la gentry y la pseudogentry, pero en todas las clases el papel era diferente aunque las tareas fueran otras. Claro está que la gente humilde no tenía criados que hicieran los trabajos más duros y por tanto la desocupación no se apreciaba.

 

En este sentido, Austen menciona muy pocas veces a los criados en sus novelas y algo más en sus cartas. En su testamento dejó cincuenta libras al ama de llaves de su hermano Henry, curioso legado que debió obedecer a un agradecimiento personal. En las novelas se alude sucintamente a algunos miembros del servicio, pero ninguno de ellos se desarrolla.

 

El padre tenía dentro de la casa un espacio propio y reservado al que no accedían ni los hijos ni la esposa. Recordemos cómo el señor Bennet se refugia en su biblioteca. Existía la costumbre de que, después de la cena, los hombres se retiraran a esos espacios para fumar o charlar entre ellos. No se consideraba de buen tono que las conversaciones sobre política o economía fueran mixtas. He aquí algunas innovaciones que Austen



 

 

 

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introduce y que merece la pena resaltar. Si recordamos la velada que tiene lugar en Netherfield cuando Jane Bennet enferma y Elizabeth pasa unos días allí, junto a los Bingley y el señor Darcy, vemos cómo la conversación es compartida y no se hacen distingos entre hombres y mujeres, de una manera absolutamente novedosa para la época.

 

Jane Austen no debía hacerse ilusiones con que fuera fácil la paternidad. Y no lo sería con esa cantidad de fallecimientos por el parto, de segundas y terceras nupcias, de hijos prohijados, de distinción entre los hijos por las normas económicas y sociales, de dependencia de las mujeres con respecto a los hombres…

Resulta difícil mantener una sana relación basada en el apego y el cariño cuando hay tantos imponderables y tan pocas facilidades para superarlos. Pero hay que destacar que entre los padres de sus novelas los hay distantes, pero también cariñosos; los hay embebidos en sus obligaciones, pero también atentos a sus hijos; los hay egoístas, pero también entregados. Quizá su propia experiencia familiar influyó para ofrecer una mirada amable de la mayoría de sus padres de ficción.

 

Y hay un aspecto muy destacable en sus novelas. Los esposos mantienen una relación igualitaria. No se aprecia supremacía de uno sobre otro, ni tampoco dependencia. Y esto es muy curioso, muy interesante. Las peleas entre los señores Bennet se deben únicamente a que la madre dice cosas inconvenientes y consiente demasiado a las hijas. En el caso de los Bertram, la señora Bertram ha renunciado a cualquier tipo de liderazgo doméstico y anda todo el día reclinada en un sofá cuidándose a sí misma. Los Weston tienen una admirable complicidad en su relación y muestran la forma en que un matrimonio maduro tiene más fácil el éxito que uno demasiado precoz. Austen salvaguarda el papel doméstico de la mujer y le concede tanta importancia como al trabajo del hombre, dedicado a los temas de intendencia propios de un padre de familia.

 

 

 

Charles Musgrove, un padre moderno

 

 

Los Musgrove varones tenían su propia caza que proteger y destruir, sus caballos, sus perros y sus periódicos con los que entretenerse; en cuanto a las mujeres, se ocupaban por entero de los asuntos de la casa, de los vecinos, de los vestidos, de los bailes y la música.



 

 

 

 

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(Persuasión)

 

El caso de Charles Musgrove es representativo de la situación de los jóvenes casados. Hijo de una buena familia, con una buena casa y mucho tiempo libre, fue pretendiente de Anne Elliot en el pasado y luego se casó con su hermana menor, Mary. La boda no ha sido un buen negocio para Charles porque su esposa es depresiva, inestable, despreocupada y muy gastosa. Anne siempre piensa que en caso de hacer otro matrimonio él hubiera mejorado en carácter, porque es dócil, complaciente y tiene buenos principios, pero una vez se casa con Mary y comienza a tener hijos da la sensación de que la vida de Charles Musgrove ya no tiene horizontes.

 

Solía ocurrir. Había muchos matrimonios en los que los lazos del amor y la afinidad, si es que existieron, habían desaparecido rápidamente tras los festejos de la boda y la pareja seguía adelante porque siempre estaban rodeados de gente y porque estaban muy ocupados en cosas perfectamente inútiles. El problema se acrecentaba cuando llegaban los hijos porque una buena crianza exige un acuerdo previo entre los padres.

No era el caso de Charles y Mary, pues cada uno tenía sus propias ideas y no estaban dispuestos a esforzarse demasiado en obtener el respeto de sus hijos a través del cumplimiento de un determinado estilo de vida. Los horarios, las normas, no tenían sitio en esa casa y cuando Anne llegaba a pasar una temporada se daba perfecta cuenta de ello. Los niños agradecían la presencia de su tía porque, aunque era mucho más estricta que sus padres, ellos se sentían mejor con límites claros y sin caprichos.

Tratar diariamente con una persona que se considera enferma y, por tanto, exenta de cualquier esfuerzo, incluida la crianza, es algo muy molesto y Charles Musgrove empieza a sentirse cansado. Cuando Anne estaba en la casa y su esposa no se metía en la vida cotidiana era capaz de manejar a sus hijos mucho mejor, aunque, llegado el caso, Mary hacía de las suyas y se caía todo como un castillo de naipes.

 

Charles Musgrove es el padre moderno en el que señala Austen varios problemas. En primer lugar, la falta de acuerdo con la pareja a la hora de criar a los niños. En segundo lugar, vivir sin reparar en gastos, solo porque sus padres, los Musgrove disfrutan de una buena posición. En tercer lugar, perderse el respeto mutuo en el seno del matrimonio.

 

Esto último tiene mucho que ver con la diferente evolución de los cónyuges a lo largo del tiempo porque en definitiva se han unido sin que



 

 

 

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existan entre ellos los valores de la afinidad, la confianza y el respeto. Ningún amor resistiría la pérdida de esos valores. Austen está convencida de que el matrimonio tiene que construirse a lo largo de los años, que no es el punto final, sino el principio de un recorrido común. En esto, como en otras cosas, su modernidad es también patente. Su denuncia de las malas crianzas, también.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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14. Galería de enamorados

 

 

¿De qué modo te amo? Deja que cuente las formas: Te amo desde el hondo abismo hasta la región más alta que mi alma pueda alcanzar, cuando persigo en vano las fronteras del Ser y de la Gracia.

 

(Elizabeth Barrett-Browning)

 

PENSÁNDOLO BIEN, SE TRATA de novelas de amor. Pero el amor no vive en una probeta, sino que se manifiesta a flor de piel. La cáscara social que envuelve los conflictos nos hace olvidar lo principal. Las novelas de Austen son novelas de amor. No amor de una sola clase sino de tantas clases como enamorados existen en sus páginas. No amores en tiempo de borrascas, sino amores serenos con vocación de permanencia. Algunos hombres creados por ella podrían presentarse delante de sus respectivas amadas de la forma en que lo hizo Robert Browning con Elizabeth Barrett, cerrando el círculo de un amor epistolar que había durado dos años: «Y aquí tienes a un hombre que te ama».

 

Lo decía Doris Lessing: no existe una sola clase de amor. Y en las novelas de Austen hay una temible hojarasca que nos oculta algunas intenciones y también muchas emociones. Hay que separar con cuidado el grano de la paja, para acercarse a la verdad de los sentimientos que nacen, se desarrollan y, afortunadamente, aquí nunca mueren, porque la acción se detiene precisamente en el momento oportuno.

 

Además de los ya conocidos, Jane Austen nos desliza un nombre en una de sus cartas, Edward Taylor. La carta es de 1794 y la cosa ocurrió en Kent, en la casa de la familia Knight, que poseía allí tierras. Edward Taylor le sugirió algunas cosas a Jane Austen y de él dijo, en 1796. «Lo adoré tiernamente».

Nunca veremos el desamor entre Darcy y Elizabeth. Pero el movimiento de los cuerpos al bailar, la cháchara entre vecinos, las indirectas entre los conocidos que no se soportan, la esclavitud de las convenciones, nada de eso debería ocultar ante nuestros ojos que esos hombres están enamorados y que el objeto de su amor son muchachas que también tienen profundos sentimientos.



 

 

 

 

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Simone Weil cuenta una historia acerca del amor y el desamor y quizá esa sea la más definitiva respuesta a todas las preguntas:

 

A veces nos tendíamos sobre el suelo de la buhardilla, y la dulzura del sueño descendía sobre mí. Después me despertaba y me bebía la luz del sol. Él me había prometido enseñarme, pero no me enseñó nada. Hablábamos de muchas cosas, sin orden ni concierto, como viejos amigos. Un día me dijo: Ahora vete. Yo caí de rodillas, me abracé a sus piernas, le supliqué que no me echase. Pero él me empujó a las escaleras. Bajé sin comprender nada, con el corazón hecho pedazos. Caminé por las calles. Entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba esa casa. Nunca he intentado encontrarla. Comprendí que él había venido a buscarme por error… Sé muy bien que no me ama. ¿Cómo podría amarme? Y no obstante, algo en mi interior, una parte de mí, no puede evitar pensar, temblando de miedo, que tal vez, a pesar de todo, él me ama.

 

 

 

Razones de amor

 

 

Todas estas historias transcurren en un corto espacio temporal, más o menos un año, es el tiempo que establece Austen para sus tramas. Hay historias antiguas, pero han pasado ya cuando el libro se abre.

Y hay declaraciones de amor o, mejor dicho, propuestas de matrimonio. Algunas veces la propuesta ocupa la parte central y, en otras ocasiones, es la demostración del afecto lo que brilla. Y hay desaires y rechazos. La forma en que los hombres abordan esos rechazos dice mucho de ellos y de sus sentimientos. En Orgullo y prejuicio tanto Darcy como Collins son rechazados por Elizabeth. Las reacciones de ambos son diferentes, como distintos son sus protagonistas y sus sentimientos. En Emma sucede lo mismo. Robert Martin es rechazado por Harriet Smith y el señor Elton por Emma. Nada que ver la manera en la que cada uno de ellos asume esta situación. Al primero le duele perder a Harriet y a Elton el orgullo herido y la pérdida de una gran oportunidad de hacer una buena boda. Los pretendientes de Anne Elliot que en Persuasión se ven rechazados, entre ellos el que será luego su cuñado Charles Musgrove, aparentan ser discretos y no tomarlo demasiado a mal. En todo caso, dado que son los hombres los que dan el paso en las propuestas de boda, siempre son ellos los abiertamente rechazados. Jane Austen hizo lo propio con Harris Bigg-Wither, de modo que conocía bien ese rito.



 

 

 

 

 

 

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En esa maraña de noviazgos, de encuentros, de afectos, de declaraciones amorosas, de deseos, de conveniencia, de imposiciones sociales, que aparecen en las novelas de Austen, hay algo que brilla como una perla: el amor. En este caso hay cuatro amores que se delatan a sí mismos y que están a la altura de los grandes amores de la literatura. Ellos son los hombres enamorados que deben saltar por encima de desprecios, de rechazos, de prejuicios, de orgullo mal entendido, de poder y dinero, de autoengaños o de desencuentros iniciales.

 

Las novelas de Austen son novelas de amor real, del que se nutre tanto de sentimientos como de sentido común, de sensatez, de afinidad y de cordialidad. No son amores de cartón piedra, no son amores sin piel ni abrazos. No hay sufrimiento vano en esta clase de amor. No hay dependencias.

Austen da un paso más desde los amores de la literatura gótica, desde el romanticismo desmesurado y absurdo, para anclarse en el terreno firme de la vida real. Para mostrarnos que el sentido práctico tiene futuro. Que otra cosa sería una locura. Que el amor para toda la vida, como el de estos cuatro galanes de novela, pasa por una nueva sensibilidad. Diferentes entre sí, desde luego, pero todos tienen algo en común: todos consideran un auténtico regalo ver ese amor correspondido.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EPÍLOGO

 

LA CAJA DE ESCRITURA

 

 

 

 

Después de un cuarto de hora de haber llegado, se descubrió que los baúles con mis ropas y mis materiales de escritura habían sido colocados por accidente en un carruaje que justamente preparaba las valijas para salir cuando nosotros llegamos, y que se dirigía a Gravesend en su camino para las Indias Occidentales. Ninguna de mis pertenencias había tenido anteriormente tanto valor, pues en mi caja de escritura estaban todas mis riquezas terrenales, siete libras y el permiso de mi querido Harry.

 

(Carta de Jane a Cassandra, 24 de octubre de 1798)

 

LA CAJA DE ESCRITURA ACOMPAÑA siempre a Jane Austen. Vaya donde vaya, sea de visita, de viaje, sea para cambiar de domicilio, siempre hay una constante. La caja de escritura no la abandona. En ella están «todas mis riquezas terrenales».

 

En 1794, recibió un escritorio portátil de su padre que le habría proporcionado la superficie de escritura inclinada perfecta, sin importar en qué lugar estuviera. Afortunadamente, el escritorio no se perdió en las mudanzas y se quedó en la familia Austen hasta 1999, cuando fue donado a la Biblioteca Británica. ¿Era ese escritorio portátil lo que ella denominaba la caja de escritura?

Si alguien considera que es lo mismo estar libre de obligaciones y poder dedicar todo el tiempo que se desea a escribir, pintar o cualquier otra tarea artística, que compaginarlo con las obligaciones domésticas, entonces es que no conoce cómo funciona una casa y la necesidad diaria de hacer toda clase de trabajos repetitivos que son imprescindibles para mantener el confort en la familia. Por muchos criados que hubiera, además, y no creo que en el caso de Austen sobraran, hay una obligación asociada a la mujer que es muy difícil de superar.

Una obligación que incluye el cuidado de los mayores y de los niños, la supervisión de los criados, el control de la alimentación y de la



 

 

 

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vestimenta, así como todo aquello que está en relación con el día a día. Tareas femeninas desde siempre. Salvo la aristocracia, todas las demás mujeres estaban sujetas a ellas de algún modo.

 

Jane Austen sacaba tiempo libre para escribir. Pero no tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Si se observa su vida, plasmada en sus cartas por ejemplo, podemos entender el trasiego que llevaba, los trabajos a los que tenía que atender y cómo la escritura nunca fue para ella (salvo, quizá, los últimos años de su vida) una ocupación prioritaria. Mucho más antes de empezar a publicar. Podía parecer un entretenimiento, una afición, pero nunca un trabajo. Así sucede con muchas de las mujeres escritoras.

 

Sobre Jane Austen siempre queda mucho por saber. Esta es una verdad que resulta imposible de rebatir. Por mucho que se escriba o se lea de ella no podemos negar que se abren otras interrogantes y que hay puntos de vista por explorar a los que no hemos tenido todavía acceso.

El conocimiento de su obra implica también muchas relecturas, porque la cuestión no es tan fácil como pueda parecer aparentemente. El hecho de que salgan nuevas ediciones de sus novelas implica que el interés del público no decae, pero hay una tarea añadida a su lectura: la reflexión profunda sobre lo que escribió.

Tanta divulgación en formatos muy diversos, algunos de ellos bastante inadecuados, parece que ha perjudicado su consideración como una escritora seria. La adoración de los lectores hace que cada cual tenga en su mente a una Jane y cueste trabajo separarse de esa consideración.

Nacida en una familia de gente con buena salud y larga vida, fue la única de los hermanos que murió joven, siendo así que tenía mucho que ofrecer todavía y quién sabe qué joyas nos habría dejado de poder hacerlo. Esto es un simple caso de mala suerte que llama la atención en el conjunto de la biografía familiar. Ganó muy poco dinero con la escritura, sobre todo por el sistema que presidió sus publicaciones y dada la falta de confianza de los editores en su trabajo.

 

No existió un milagroso editor con vista de lince que vio venir la cosa y que apoyó sus libros y los alentó. En ningún caso. Más bien la cosa fue a paso de tortuga y tuvo que necesitar de la ayuda de su hermano Henry para darse a conocer en esa maraña de novelas góticas que abarrotaban el mercado editorial.

Escribió desde siempre, con una extraña forma de continuidad, en una especie de amateurismo que costó trabajo superar y que solo se convirtió



 

 

 

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en profesionalidad después de publicar, en 1811, su primera obra, a pocos años de su muerte, por lo que pudo disfrutar muy poco de esta condición. Una profesionalidad relativa y que tuvo su reflejo doméstico en que se permitía que no hiciera nada más que algunas tareas, librándola de otras. No se habla lo suficiente de la servidumbre femenina hacia las tareas domésticas y el tiempo que en ellas se invierta, restándolo del trabajo creativo.

 

Su familia apreciaba su obra, pero es imposible que fuera consciente de la importancia que tendría esa obra que se estaba creando casi a escondidas. Ella leía en voz alta a su familia y allegados algunos pasajes de sus obras y recibía sus opiniones al respecto, pero en ningún caso da la impresión de que los Austen tomaran conciencia del valor de esa obra. Para cuando el paso del tiempo y el favor de críticos y lectores convirtieron a Austen en una autora de referencia, entonces la familia estaba ya partida en dos a la hora de apropiarse, dicho sea con el mayor respeto, de su nombre y su legado.

 

La rama de los Knight, procedentes de Edward, el hermano que tuvo las mejores condiciones económicas al ser adoptado por los primos ricos de George Austen, un numeroso grupo de hijos y descendientes, parecía estar en disputa permanente con el resto de los Austen, encabezados por el hijo de James, el mayor de los hermanos. Y, en medio de todos, la figura de Cassandra, como heredera universal y albacea. Sin embargo, es bien seguro que hasta después de la muerte de Cassandra estas disputas no vieron la luz.

Jane Austen vivió en diferentes lugares. Deambuló de un lado a otro, viviendo en casas distintas, atendiendo los partos de las cuñadas, haciendo compañía a los parientes mayores y cuidando a sus padres. Es decir, estiró el tiempo lo más posible para poder escribir. Una mujer soltera se considera obligada a repartir sus días con aquellos parientes que la necesitan para cuidar niños, parturientas, ancianos. Para hacer compañía a los enfermos, para ocuparse de ayudar en una boda o en otra celebración.

 

Si leemos sus cartas podemos encontrar referencias a todo ello. Está pendiente de la enfermedad de Edward, que la mantuvo ocupada mucho tiempo y lo mismo puede decirse de la de Henry. Cuidaba a su madre, que era una mujer bastante molesta porque se quejaba continuamente de todo. Y las cuñadas le dieron ciertamente mucho trabajo con el nacimiento de un montón de niños. Jane y Cassandra, las dos hermanas solteras, eran el



 

 

 

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comodín de las circunstancias para la familia Austen. Sacar tiempo para escribir en todo este trasiego es un mérito que habría que valorar en lo que vale.

 

Pero contaba con algunas cosas verdaderamente valiosas e insustituibles. En primer lugar, el talento para escribir, el dominio del lenguaje. En segundo lugar, la imaginación. En tercer lugar, la confianza en sí misma. En cuarto lugar, la perseverancia. Por último, la capacidad de observar. Y disponía de un privilegiado observatorio desde el que poder conocer lo que ocurría a su alrededor, algo que usaba en sus novelas sin dejar de atemperarlo con una dosis de su fértil imaginación. La Imaginación y la Verdad son sus armas inseparables.

 

Jane Austen contra lo que puede pensarse, vivió rodeada de hombres. La suya de la infancia era una casa de hombres, con muchos hermanos mayores y menores y con otros chicos que estaban en acogimiento temporal con su padre, que ejercía de tutor académico como era usual en la época. Ella recupera esta figura en el caso de Edward Ferrars, que precisamente estuvo como pupilo del tío clérigo de Lucy Steele entablando allí conocimiento con ella.

También hubo de tratar con vecinos, arrendatarios, familiares, amigos y conocidos varones, como se demuestra en sus cartas, donde relata algunas peripecias interesantes al respecto. No me canso de expresar el interés de esas cartas y la pérdida que supone la destrucción de la mayoría de ellas. Cuando las lees puedes tener presente la vivacidad de su escritura, el sentido del humor, la fina ironía con la que desgranaba lo más serio, su forma de observar y describir, así como la preocupación personal por los demás, porque la vida transcurriera en el mayor orden y la mayor armonía posibles.

Por supuesto, como muchacha en edad de casarse, tuvo pretendientes y se relacionó convenientemente con ellos, aunque fue siempre responsable y sensata a este respecto. No faltan en sus cartas las alusiones a este tema, comentando los bailes a los que acude, los chicos con los que baila y algunas anécdotas relacionadas con las visitas, las cenas o las veladas de música, distracciones todas propias de su época y su clase social. Los amigos de sus propios hermanos supusieron una buena fuente de conocimiento sobre los hombres, como suele suceder en las familias. Amaba el mar, aunque era de tierra adentro. Estuvo varios años yendo de



 

 

 

 

 

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veraneo al mar, algo novedoso y que ella introduce tanto en Persuasión como en la inacabada Sanditon.

 

Tenía un talento de orden superior, de eso no cabe duda. Por eso no se puede decir ni que copiara lo que veía, ni que sus personajes fueran tan inventados como inverosímiles. El justo equilibrio entre Imaginación y Verdad está en la base de sus novelas. En ellas puede observarse con facilidad una notable evolución desde la primera que terminó hasta las últimas que escribió.

Resulta también admirable su perseverancia a la hora de seguir escribiendo a pesar de que no lograba que sus obras se publicaran. Pero, como era una persona normal, tuvo también sus momentos de decaimiento al respecto. Esa me parece la explicación más lógica para su período de silencio en Bath.

Si piensas en el secreto de su permanencia quizá haya que ahondar en su carácter clásico, en el sentido de que sus temas abarcan los universales del ser humano, aquellas cuestiones que le atañen independientemente de su clase social, su época o su vida en concreto. A pesar de que su narrativa se inserta en un momento histórico y en una sociedad concreta los sentimientos y las emociones que en los personajes anidan tienen una fuerza mayor que el puro relato. La literatura con ella se hace grande, compleja, diferente, perfecta.

 

Jane Austen miró por la ventana y nos contó lo que veía. Lo hizo a su manera. Utilizó su talento y lo adobó de sentido del humor, de ironía, de todo el conocimiento que había adquirido en sus lecturas y de mucha Imaginación con mayúsculas. Durante más de veinte años, la mitad de su vida, estuvo dedicada a escribir entre las obligaciones propias de una hija de familia. Solo pudo conocer un atisbo de lo que sería la fama literaria y muy poco de las compensaciones económicas.

 

Cuidó a todos sus personajes, incluso a aquellos que pueden parecernos ridículos, fatuos o faltos de carácter. El paso de los siglos no ha atemperado su fuego, todo lo contrario, lo ha avivado para todos nosotros. Basta abrir una de sus novelas para notar su brillo. Y su permanente voluntad de narrar, dos siglos y medio después.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Catalina León Benítez (Chiclana de la Frontera, Cádiz) tiene una larga trayectoria docente como profesora de Geografía e Historia y Orientadora, que la ha hecho merecedora de la Medalla de Oro al Mérito Educativo 2009 en Andalucía. También es investigadora de flamenco, bloguera y crítica literaria. En el campo del Flamenco desarrolló, de forma pionera, un programa de intervención escolar que supuso la primera «Didáctica del Flamenco».

 

Ha prestado especial atención al impulso de la lectura, la escritura creativa y las bibliotecas escolares. Desde su blog Una Isla de Papel se ocupa de difundir la obra de escritoras desconocidas. Jane Austen es su autora favorita.

 

Parte de su investigación sobre el flamenco ha sido reflejada en dos libros: Manolo Caracol. Cante y pasión, de 2008, y El flamenco en Cádiz, de 2006.

 

En 2023 salta al ensayo sobre literatura y publica Las mujeres en Austen. Jane Austen es la autora preferida de la autora, ella que conoce de manera especial a tantas escritoras, a menudo poco conocidas y por ello supone una reivindicación divulgar sus obras.



FIN

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