© Libro N° 14770. Regreso A Entia. Lem, Stanisław. Emancipación. Enero 31 de 2026
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REGRESO
A ENTIA
Stanisław
Lem
Regreso A Entia
Stanisław Lem
REGRESO A ENTIA
STANISŁAW LEM
EDHASA
Título original:
Wizka Lokolna
Traducción del alemán por Ana Tortajada
Primera edición: abril de 1990
© Stanislaw Lem, 1982
© de la traducción: Ana Tortajada, 1990
© de la presente edición: Edhasa, 1990
Avda. Diagonal, 519-521. 08029
Barcelona Tel. 439 51 05*
ISBN: 84-350-1110-0
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Digitalizado por avellano – noviembre de 2008
TABLA DE CONTENIDO
I. EN SUIZA.....................................................................................................................................................................................4
II. EL INSTITUTO DE MÁQUINAS DE LA HISTORIA .................................................................................33
III. EN CAMINO...........................................................................................................................................................................180
IV. REGRESO A ENTI A..........................................................................................................................................................210
ANEXO. BREVE DICCIONARIO ESPECIALIZADO DEL LENGUAJE COLOQUIAL LUSTRANO Y CURDLANO, ASÍ COMO CONCEPTOS CULTÉTICOS (VER: CULTÉTICA)....................................................................................339
I. EN SUIZA
TRAS EL ATERRIZAJE EN CABO CAÑAVERAL ENTREGUÉ LA NAVE para la revisión y me concentré de lleno en las vaca ciones a las que finalmente tenía derecho después de una expedición tan larga. Vista desde el Universo, la Tierra parecía un puntito, pero tras el aterrizaje resultaba ser considerablemente grande. Durante las vacaciones, sin embargo, no se trata s ólo de rodearse de un bonito paisaje, sino de tener cubiertas las necesidades correspondientes. Visité a un primo del profesor Tarantoga, que tiene la sana costumbre de dejar reposar los periódicos unas cuantas semanas antes de leerlos. Prefería elegir mi lugar de descanso en casa de un conocido a hacerlo en una biblioteca pública. Cruzar los campos magnéticos galácticos no es un juego de niños, tengo reuma en todos los huesos, y la rodilla que me disloqué en el Himalaya cuando el taburete de aluminio se me plegó debajo también me da problemas. Lo mejor para el reuma es el calor seco, que, naturalmente, ha de ser consecuencia del clima y no del campo de batalla . Los árabes juegan imperturbablemente a «Tú-la-llevas», con lo cual, sus Estados se fusionan, se separan, se alían o se declaran la guerra por diversos m otivos. He desistido desde hace tiempo de intentar siquiera entenderlos.
También cabía la posibilidad de visitar la soleada vertiente sur de los Alpes, pero no he vuelto a poner los pies allí desde que una vez en Turín fui víctima de un secuestro, en calidad de princesa di Cavalli o di Piedimonte, esto n o quedó nunca del
todo claro. Yo participaba en un congreso de astronáutica. La sesión duró hasta pasada la medianoche, y a la mañana siguiente tenía que volar a Santiago. Me perdí con el coche y no pude encontrar mi hotel, de manera que aparqué en un garaje subterráneo, para por lo menos dormir un rato sentado al volante. El único sitio libre estaba marcado con unas cintas de colores, quizá indicando que la princesa se había casado, pero yo de eso no tenía ni idea, y además, a la una de la madrugada ¡qué importancia podía tener! Amordazado y atado, me metieron en el maletero, sacaron el coche del aparcamiento y, en la calle, lo cargaron en un gran camión articulado, uno de esos que utilizan para entregar los coches recién salidos de fábrica. Yo, por cierto, soy un hombre, pero allí no era fácil darse cuenta: no llevo barba y soy de una belleza extraordinaria. El caso es que me sacaron del maletero en un lugar solitario, al pie de las montañas, y me llevaron a una casa aislada. Me vigilaban por turnos dos tipos robustos. Afuera, brillaban las nieves perpetuas de los Alpes, pero por supuesto de tomar el sol no podía ni hablarse. Uno de mis guardianes tenía la piel oscura y lleva ba bigote (jugué con él a las damas, pues para jugar al aje drez le faltaba capacidad intelectual); el otro, que en lugar de bigote llevaba barba, tenía la costumbre de llamarme fiambre, un indicio de lo que me esperaba a menos que la casa real pagara el rescate. Sabían que yo no tenía nada que ver con los di Cavalli ni con los di Piedimonte, pero est o no los desanimó, ya que para entonces se había impuesto el
«secuestro sustitutorio». El concepto procede de los alemanes, que dominan el tema. Empezó con los niños: de vez en cuando, por descuido, se secuestraban niños equivocados, teniendo que contribuir al pago los padres de los auténticos . Este procedimiento se extendió a las personas adultas y en el momento en que me afectó a mí se había convertido, por desgracia, en una práctica tan común que los corazones de los ricos se habían endurecido y ninguno quería dar por mí ni un real.
Mis secuestradores intentaron sacar algo del Vaticano. La Iglesia es, por motivos profesionales, abnegada, pero la cosa se alargó terriblemente. Durante todo un mes tuve que jugar a las damas y oír las amenazas gastronómicas de un tipo que sudaba de una manera increíble y estallaba en sonoras carcajadas cuando le pedía que
por lo menos se duchara, que incluso estaba dispuesto a enjabonarlo con m is propias manos.
Cuando finalmente también la Iglesia se negó a pagar, hubo discusiones y casi llegaron a las manos. «¡Matémoslo!», gritaban unos. «¡Fuera con la princesa!», gritaban los otr os. El de la piel oscura se obstinaba en llamarme princesa. Tenía un ateroma en la coron illa. Siempre se me iba la vista hacia allí. Para comer me daban lo mism o que comían ellos , la dife rencia estaba en que ellos, después de comerse los grasientos macarrones, se relamían de gusto, mientras que a mí me daban náuseas. Además, todavía me dolía el cuello, desde que habían intentado obligarme a reconocer que, si había utilizado el aparcamiento, por lo menos debía ser un pariente lejano de la casa real. Para terminar recibí de los secuestradores la pertinente paliza y, desde entonces, Italia ha dejado de existir para mí.
Austria es e legante, pero la conozco como la palma de m i mano y prefiero ver algo nuevo. Sólo quedaba Suiza. Quise preguntarle al primo de Tarantoga qué le parecía, pero fue una tontería iniciar una conversación con él. Es cierta mente un trotamundos, pero a la vez un antropólogo aficionado, y estudia los graffiti de todos los lavabos del mundo. Su casa es una pura colección de ellos . Cuando tiene ocasión de hablar acerca de lo que la gente escribe en las paredes de los lavabos, sus ojos despiden un brillo único. Defiende la tes is de que sólo allí la Humanidad es absolutamente sincera y que en esas baldosas se encuentran plasmados nuestros momentos, así como también el «Entia non sunt multiplicanda pr aet er necessitatem». Fotografía tales máximas, las amplía, las pasa a plexiglás y las cuelga en las paredes de su casa. Desde una cierta distancia dan la impresión de un gran mosaico y de cerca queda uno anonadado por el vocabulario. Debajo de las máximas exóticas, chinas o malayas, se encuentra la correspondiente traducción.
Sabía que con motivo de esa colección había visitado Suiza, pero fue absurdo preguntarle, ya que las montañas, cuando estuvo allí, no despertaron su interés. Se
quejaba de que en aquel país limpian los lavabos constantemente, día y noche, destruyendo así un gran capital de máximas murales. Incluso había dirigido un memorándum al Negociado de Cultura de Zurich, sugiriendo que sólo se efectuara esta limpieza cada tres días, pero en todas partes desoyeron su solicitud, y no hablemos ya del permiso para poder entrar en los servicios de señoras, a pesar de que presentó un papel de la UNESCO (no sé cómo se las compuso para obtenerlo) en el que se reco- nocía a su trabajo un carácter científico.
El primo de Tarantoga no cree ni en Freud ni en los freudianos. A partir de Freud podría uno saber lo que tiene en la cabeza si, despierto o dormido, se le presenta una torre, un tronco, un poste de telégrafos, un leño, una lanza de carro o un estaca; pero ése es todo el saber que puede uno alcanzar si sueña sin rodeos. El primo de Tarantoga sentía un rechazo personal contra los psicoanalistas , los tenía por tontos y quería explicarme a toda costa el porqué. Me mostró las joyas de su colección, máximas rimadas en ochenta lenguas por lo menos, un libro r icamente ilustrado, a la vez manual, cinta de imágenes y fichero, que estaba en preparación, y, naturalmente, los datos estadísticos acerca de cuántas de ellas caben en un kilómetr o cuadrado o también cuántas corresponden a cada mil habitantes. Es un políglota, claro que sólo en un limitado campo, pero aun así tiene su mérito, si se piensa en la cantidad de posibilidades de expresión humana precisamente en este ámbito.
El primo de Tarantoga dice además que le repugnan las condiciones ambientales de los lugares en los que trabaja; utiliza guantes quirúrgicos y esprays desodorantes. Pero considera que un científico debe sobreponerse a sus reacciones; si no, los entomólogos se limitarían a es tudiar mariposas y mar iquitas, y de los piojos y cucarachas por el contrario no se sabría nada. Por temor a que yo me pudiera escapar de él, me cogía p or la manga e incluso me empujaba ante las más importantes piezas de sus paredes.
—No quiero quejarme —decía—, pero no he elegido una vida fácil.
Un hombre que lleva colgados del cuello máquinas fotográficas y objetivos, que carga con un trípode, entra en los servicios públicos y mira en cada una de las cabinas, una detrás de otra, como si no pudiera decidirse por ninguna, un hombre así tiene que despertar las iras de las mujeres que cuidan los lavabos, tanto más si no quiere desprenderse de su carga y lo mete todo en la cabina. Ni siquiera con una generosa propina puede librarse de tales inconvenientes. La utilización del flash, en particular, parece actuar sobre las cuidadoras de la moral en los lavabos, acerca de las cuales el primo de Taran-toga se manifestó muy desfavorablemente, como un trapo rojo delante de un toro. Y con las puertas abiertas no puede trabajar ya que todavía se excitarían más. Por una extraña coincidencia, también es muy mal mirado por los usuarios de estos lugares, y a veces no quedaba sólo en una mala mirada. Aunque entre esas personas seguramente se encuentran todavía los autores y lo más justo y correcto por su parte sería que, como mínimo, actuasen amablemente.
En instalaciones automatizadas no existe este problema, pero él debe ir a todas partes, de lo contrario el material no tendría ningún valor estadístico, no ser ía una media representativa. Lamentablemente tenía que limitarse a estos pequeños sondeos: las existencias de lavabos en el mundo están por encima de las fuerzas humanas.. Ya no me acuerdo de cuántos hay, pero él también los había calculado. Sabía con qué se escribe cuando no se tiene nada a mano y cómo algunos autores pueden estampar, movidos por su afán creador, sus aforismos o incluso dibujos arriba del todo, justo en el techo, aunque ni siquiera un chimpancé puede trepar por la porce- lana. Por pura cortesía, para mantener la conversación en la dirección que yo quería, manifesté mi sospecha de que posiblemente lleven escaleras plegables. Esta ignorancia mía le indignó, pero finalmente escapé, seguido por él hasta la es ca lera, donde todavía siguió intentando convencerme.
Furioso por haber caído en esta trampa, en la que además no me enteré de nada acerca de Suiza, volví a mi hotel donde se puso de manifiesto que algunos de los ejemplos que él había mencionado se me habían quedado tan grabados que no podía
quitármelos de la cabeza, tanto menos cuanto más intentaba olvidarlos. Aunque puede que este primo tenga en cierto modo razón , pues como decía la sentencia que tenía colgada encima de su mesa de trabajo: «Homo sum et nihil humani a me alienum puto».
Me decidí finalmente por Suiza. Desde hace mucho tiempo tengo una imagen grabada en el alma. Uno se levanta por la mañana, se acerca en zapatillas a la ventana, afuera se extienden los pastos, unas vacas de color lila llevan escrito sobre sus cuerpos en grandes letras la palabra MILKA, y, oyendo el s onido de sus cencerros, va uno hasta el comedor , donde en finas porcelanas ya humea el chocolate suizo y brilla el apa- sionante queso suizo. E l auténtico emmental siempre exuda un poco, por lo menos en los agujeros. Uno se sienta, las tostadas crujen recién hechas, la miel huele a hierbas alpinas y el silencio se mide gozosamente por el tic-tac de los relojes suizos . Uno abre el Neue Zürcher Z eit ung, acabado de imprimir; la primera página anuncia guerras, bombas, el número de las víctimas, pero tan lejos, como si se viera a través de un telescopio vuelto al revés. Puede ser que en alguna parte haya desgracias, pero no aquí donde reinan la tranquilidad y el orden, aquí en el corazón de la antítesis terrorista. Véalo usted mismo, en todas las páginas hablan los cañones en el dialecto amortiguado de los bancos, as í que uno deja el periódico a un lado, pues ¿para qué leerlo si todo funciona como un reloj suizo? Uno se levanta, s in prisa, se viste tarareando una vieja cancioncilla y pasea en soledad por las montañas. ¡Qué gusto!
Más o menos así me lo había imaginado yo. En Zurich me instalé en un hotel que no estaba lejos del aeropuerto y empecé la búsqueda de un tranquilo rincón en los Alpes donde pasar el verano. Con cre ciente impaciencia , hojeé los folletos . Aquí me hacía desistir la promesa de abundantes discotecas, allí los funiculares que llevan, en porciones, a grandes masas de gente, hasta el glaciar, pero a mí no me gustan las masas y se me planteaba un difícil problema: no quería ir a las m ontañas sin confort, ni quería el confort sin las montañas.
Del piso más bajo me tras ladaron al más alto, debido por un lado a la orquesta del hotel, extraordinariamente equipada técnicamente, y por otro, a la ventilación de la cocina que hacía despertar la sospecha, probablemente falsa pero persistente, de que la grasa de las sartenes no se había cambiado desde hacía años. Arriba no se estaba mucho mejor. Cada pocos minutos me sacudían los truenos del jet que despegaba no lejos de allí. En Europa se utiliza con mayor frecuencia la expresión avión de reacción, pero con la palabra jet siento exactamente como si un látigo silbara junto a mis oídos , en los que, naturalmente, me había puesto tapones, sin que esto sirviera para nada: la vibración del mecanismo de propulsión penetra hasta los tuétanos, como el taladro de un dentista.
Dos días después me mudé al nuevo Sheraton situado en el centro, sin detenerme a pensar que este hotel está completamente computerizado. Me dieron un apartamento que, muy a la americana, llamaban «suite», un bolígrafo de propaganda y en lugar de la llave de la puerta una tarjeta de plástico. Con ella podía abrirse también la neverita llena de bebidas alcohólicas. La tarjeta estaba conectada al ordenador central y, si se quería, el aparato de televisión indicaba el estado actualizado de la cuenta. Era incluso divertido ver cómo corrían las cifras de una manera ilegible, con una velocidad parecida a la cronometría de una carrera. Sólo que aquí no se trataba de segundos sino de francos suizos.
El Sheraton basa su fama en la vuelta a las viejas tradiciones . Por ejemplo, en todas las mesas del restaurante había cubiertos de plata. Antes, los cubiertos llevaban grabado: «Robado en el Bristol». En el Sheraton empleaban un método menos drástico: en las puertas sonaban alarmas cuando alguien intentaba salir con plata en el bolsillo. Lamentablemente, estoy enterado de ello por propia experiencia y tuve que justificarme extensamente. Había dejado mi bolígrafo junto a la ta za y en su lugar me metí la cucharilla en la cha queta. El perfumado lacayo no se dejó convencer, ya que la cuchara brillaba como si estuviera recién lavada a pesar de que me había comido un huevo pasado por agua. Claro, yo la había relamido, cosa que hago siempre, pero no
tenía la intención de confesarle mis costumbres íntimas a un suizo que creía saber hablar en inglés. Pensé que el asunto estaba zanjado, pero cuando, por diversión, volví a mirar el monitor para comprobar la cuantía de mi cuenta, se había incluido en ella, de forma indeleble, el precio de una cucharilla de plata. Yo había pagado la cucharilla y me pertenecía, pero me la habían quitado, así que en la siguiente oportunidad me metí en el bolsillo una cucharilla idéntica y al m omento estalló el s iguiente escándalo. El Sheraton, así me lo explicaron, no es ninguna tienda de sírvase usted mismo. La cucharilla se incluye en la factura pero sigue siendo propiedad del hotel. No se trata de una multa sino de un gesto simbólico de buena voluntad: las costas de juicio le serían al huésped mucho más gravosas. Me tentaba la idea de llevar al Sheraton a los tribunales, pero no quise amargarme el ánimo, que en aquellos momentos sólo se sostenía con la esperanza de encontrar la Suiza de mis sueños.
Junto a la puerta del cuarto de baño había cuatro interruptores pero ni al final de mi estancia supe controlarlos. La primera noche me fui a la cama a oscuras. En la almohada había una tarjeta con los saludos de la dirección del hotel y una tableta de Milka, pero yo no lo sabía. Primero me clavé la aguja en el dedo; después, durante un buen rato, busqué el chocolate debajo de las mantas. Cuando había acabado de comérmelo, se me ocurrió que debía volver a cepillarme los dientes. Tras de una corta lucha interior lo hice. Después, buscando el interruptor de la lámpara de la mesita de noche, di con alguna otra cosa y el colchón empezó a balancearse rítmicamente. Una mariposa nocturna muy grande chocó contra la pantalla de la lámpara. A m í no me gustan las mariposas nocturnas y menos cuando se me posan en la cara. Quería matarla pero sólo encontré a mano la voluminosa Biblia del hotel. La encuadernación era muy gruesa, pero, por alguna razón, la Biblia no parecía lo más adecuado.
Estuve durante un buen rato intentando matar a la mariposa, hasta que finalmente resbalé con los folletos de los Alpes que había tirado sobre la alfombra después de hojearlos. Un completo disparate. Da vergüenza escribir sobre ellos, pero si se analiza con detenimiento, el asunto no resulta tan sencillo como parece. Cuanto
mayor es el confort, tanto más m olesto se vuelve, incluso envilece el espír itu, t iene uno la sensación de no ser capaz de asimilar tanta abundancia. Se encuentra uno con una simple cucharilla frente a todo un océano. Pero dejemos ya de hablar de cucharas de cualquier tipo.
A la mañana siguiente llamé por teléfono a una inmobiliaria preguntando por una casita confortable en las monta ñas que quizás adquiriría com o residencia de verano. A menudo hago cosas que me sorprenden a mí mismo, ya que en realidad nunca había pensado comprarme una casa en Suiza. Aunque, la verdad, no sé por qué no. La ciudad no sólo se limpiaba diariamente, sino que se pulía hasta sacarle un brillo extraordinario, y esa obsesión general me parecía la promesa de una vida bienaventurada, contra lo cual algo se revelaba en mi interior.
Después de haber perdido todo un día sin acabar de decidir dónde podría alquilar un apartamento de verano, resolví, para empezar, dejar de inmediato el Sheraton. Esta idea me produjo un gran alivio. Encontré un piso de soltero en una tranquila calleja que respondía a mis deseos. Del arrendador heredé incluso la asistenta. Por la mañana desayuné por última vez en e l hotel y justo cuando terminé, se acercó a mi mesa un hombre de gran corpulencia, con el pelo blanco y un aspecto muy elegante, que se presentó como el abogado Trürli. Se sentó, colocó a su lado una cartera imponente y me rogó que le escuchara un rato. Según sus palabras, el doctor Wilhelm Küssmich, un conocido millonario suizo que desde hacía años era un gran admirador de mi actividad y un apasionado lector de mis escritos, quería regalarme, como muestra de su respeto y su agradecimiento ¡un castillo! Como suena, un castillo de la segunda mitad del siglo XVI, situado a orillas del lago, por supuesto no en Zurich sino en Ginebra, incendiado durante las guerras de religión, pero reconstruido y modernizado por el señor Küssmich. E l abogado soltó de carretilla la histor ia de la construcción , evidentemente se la había aprendido antes de memoria. Yo le escuché, cada vez más agradablemente sorprendido, intentando confirmar la opinión original, un poco marchita ya, que yo tenía de Suiza.
El abogado colocó delante de mí un libro enorme, encuadernado en cuero, un álbum que mostraba el castillo por todos sus lados, incluyendo una vista aérea. Al mismo t iempo recibí un segundo tomo más delgado: el inventario. E l señor Küss mich no quería que la contemplación de las paredes desnudas ofendiera mi vista, yo debía recibir el digno edificio con t odos sus bienes muebles. La planta baja no estaba amue- blada, pero, en compensación, todos los pisos superiores albergaban antigüedades y obras de arte de un valor incalculable, además de una armería y unas cocheras, pero no me dejó tiempo a entusiasmarme, sino que en un tono oficial, cas i brusco, me preguntó si estaba dispuesto a aceptar el regalo.
Yo estaba dispuesto. El abogado Trürli se quedó absorto por unos momentos, como si antes de llevar a cabo tan importante acto hubiera de murmurar una silenciosa plegaria . Los hombres como él me producen siempre un poco de envidia. Sus camisas, largo tiempo después de medianoche, están inmaculadamente blancas, sus pantalones no se ven nunca arrugados y nunca les falta un botón en la bragueta. El abogado, con su perfección, me dejaba helado, incluso me daba escalofríos, pero era imposible exigir a mi benefactor que me mandara un mensajero que respondiera mejor a mi gusto. Además no debe olvidarse que nos encontrábamos en Suiza. Tras volver de su solemne recogimiento, el abogado Trürli me explicó que las formalidades finales ya las cumplimentaríamos más adelante, por el momento bastaba con que es- tampase mi firma en el documento de la donación. Sacó una carpeta transparente. Entre las hojas de plástico había un certificado cuidadosamente elaborado que extendió frente a mí sobre el mantel. Al mismo t iempo me ofreció una pluma, naturalmente fabricada en Suiza, y de oro, como la m ontura de sus gafas. Finalmente se recostó hacia atrás como s i quisiera dejarme solo hasta que me hubiera informado del contenido del importante documento.
Estudié las cláusulas de la donación. Entre otras cosas , me obligaba a no tocar durante un plazo de seis meses las veintiocho cajas que se encontraban en la sala de ceremonias. Dir igí una mirada inquisitiva al abogado que, como s i pudiera leer el
pensamiento, me explicó que en esas cajas, por supuesto sin precintar, se encontraban objetos únicos , pinturas de antiguos maestros, cuya donación a un extranjero, aunque se tratara de un personaje tan eminente como yo, requería una cierta espera. Aparte de esto, en los siguientes dos años no debía vender el cast illo ni en su totalidad ni en parte, y tampoco hacerlo acces ible de otra manera a terceras personas. En esta cláusula no vi nada sospechoso. Además, ¿no dejaría mi recelo ver que me abrumaba aquella generosidad que iba a conducirme, mediante las cadenas del pesado lenguaje jurídico alemán como por un puente levadizo, a las salas de un castillo?
Sudaba un poco cuando firmé. El abogado Trürli hizo un gesto imperioso, y dos empleados del hotel se apresuraron a acercarse para garantizar con su firma la autenticidad de la mía. Hasta ese momento se habían ocultado discretamente detrás de las palmeras. Trürli debía de haberlos apostado allí antes, se había tomado realmente la molestia de darle a la escena un marco digno. Cuando estuvimos solos de nuevo, me rogó incluir un anexo al dorso del certificado. Por el mismo, las personas autorizadas por el donante, debían tener permiso para comprobar periódicamente si yo respetaba los párrafos 8, 9 y 11, es decir, que no hurgaba en el valioso con tenido de las cajas. La idea de que extraños rondaran por el castillo cuando les diera la gana me dejó helado, pero el abogado explicó este punto como una cuestión meramente formal. El certificado, añadió, entraba así en vigor y yo podía tomar posesión del objeto, junto con el parque, que iba incluido, en cualquier momento. Ya iba a levantarse cuando, por suerte, se me ocurrió preguntarle cuándo podría darle personalmente las gracias a mi benefactor. El señor Küssmich estaba de momento muy ocupado; formaba parte de la dirección de un consorcio de concentrados alimenticios cuyo producto prin cipal era LALAC, el conocido preparado al servicio de la salud de los niños de todos los continentes. La cita debería concertarse particularmente.
El abogado me estrechó la mano, el viejo reloj de pared dio las once y mientras yo, en aquel momento ya señor de un castillo en Suiza, contemplaba cómo Trürli se alejaba por encima de las alfombras, cómo las puertas de cristal de la salida se
apartaban a su paso, y cómo un chófer con la gorra bajo el brazo izquierdo abría la puerta de un Mercedes negro, llegué al convencimiento de que hacía tiempo que tenía derecho a algo así.
Lamentablemente el castillo resultó ser inhabitable. El último invierno, las tuberías de la calefacción central habían reventado, pero a caballo regalado... Renuncié a mi viaje a los Alpes y puse manos a la obra en la renovación . El arquitecto de interiores quería convencerme de su proyect o de convertir las salas de la planta baja en un teatro para opereta, y cuando le llevé la contraria, se batió en retirada de una manera muy desagradable, dejando que yo tomara todas las decisiones, incluso s obre las baldosas de los baños (las viejas esta ban resquebrajadas) y el estilo de los picaportes (los viejos se habían caído).
Ya había invertido bastante en las obras cuando los periódicos trajeron en primera plana noticias sensacionales sobre LALAC. Se había descubierto de qué se hacía en realidad este preparado. Un comité internacional de madres afectadas se organizó rápidamente y abrió un proceso contra Küssmich, reclamando daños y perjuicios por valor de 98 millones de francos suizos. La salud destruida de los niños , el sufrimien to físico y anímico de los padres, las exigencias de indemnización... la prensa no dejaba escapar lo más mínimo. Cuando me acerqué a inspeccionar los trabajos de reparación tuve que abrirme paso a través de piquetes cuyas pancartas contenían insultos: «No le basta con conseguir un castillo envenenando niños sino que además tiene que embellecerlo ahora que la fecha del juicio se le e cha encima». Dos veces pude aclarar satisfactoriamente que yo no era Küssmich y que no tenía nada que ver con niños pequeños. La tercera vez, sin embargo, me topé con una vieja señora del Ejército de Salvación que no podía oír lo que yo le decía porque se desgañitaba cantando y que, sin dejar de golpear el tambor, le arrancó de las manos a su vecina una pancarta en la que se exigía un juez justo y me la tiró a la cabeza. De este modo tomé conciencia de la situación en que me había metido Küssmich. Llamé por teléfono al abogado para conocer su opinión, pero él me aconsejó escapar de los periodistas.
—Lo mejor que puede hacer —me dijo el señor Trürli— es irse una temporada a los Alpes.
Seguí su consejo ya que, de hecho, para eso había ido a
Suiza. Pensé para mis adentros lo que ahora confieso, de acuerdo con mi costumbre de decir siempre la pura verdad: todo volvería a la calma una vez que Küssmich estuviera en la cárcel. Además creí, t onto de mí, que él, como no tenía la conciencia muy tranquila, en el acto de la donación veía una expiación. Si no hubiera perdido el tiempo en el Sheraton, habría pasado unos días tranquilos en la cima de algún monte, pero por otro lado ni habría conocido al profesor Gnuss ni el Instituto de Máquinas de la Historia, y no me habría puesto en camino hacia Entia y su increíble Etosfera. Así es la vida. A partir de tonterías surgen grandes cosas, aunque frecuen- temente se da el proceso contrario.
Pasé el verano entre las montañas y Ginebra. Además debía supervisar las obras y Trürli también tenía que comentarme algo de vez en cuando. En la ciudad tenía una garçonnière, al cast illo apenas iba y tampoco quería dejarme ver en la sala del juicio donde tenía lugar la vista contra Küssmich. Madres, abogados fiscales y periodistas se cuidaron de que los periódicos hicieran correr not icias sensacionales sobre la ilegalidad del consorcio. La lucha entre el dinero y la Ley tuvo efectos inesperados. Los expertos de la acusación presentaron en sus juicios periciales la prueba del efecto tan perjudicial que LALAC había tenido en los organismos infantiles, mientras que expertos elegidos por la empresa, alababan los salu dables efectos del producto con la misma precisión científica. La opinión pública, s in embargo, estaba de parte de los niños y las madres.
Una vez, acababa de volver de Ginebra y me encontraba desayunando en mi chalet cuando recibí un lacónico telegrama de Trürli para que regresara a la ciudad. Viajé en tren. Los suizos han perforado tanto su país con túneles que se puede cruzar a todo lo largo y ancho sin ver ni una sola ve z las m ontañas. En el compartimento
encontré a un hombre mayor que llevaba unos anticuados quevedos colgando de una cinta negra y leía mis Diarios de las estrellas. Sobre las rodilla s sostenía un voluminoso libro. Lo consultaba constantemente y hacía en mi libro anotaciones al margen con mucho esmero. Cuando se fue en busca del vagón restaurante cogí los diarios que él había dejado abiertos. Los márgenes estaban llenos de arriba abajo de cifras y párrafos. Me picó la curiosidad y cuando volv ió me presenté y le pregunté acerca del sentido de dichas anotaciones. Era de una amabilidad extraordinaria y antes que nada me felicitó sinceramente por mis hazañas y descubrimientos.
Roger Gnuss, éste era su nombre, era profesor de Derecho Cósmico, especializado en el ámbito de la política. Además de ocupar su cátedra, era asesor, por encargo del Secretariado de las Naciones Unidas, en el Instituto de Máquinas de la Historia , una filial del MAE, del Ministerio, no de Asunto Exteriores, sino de Asuntos Extraterrestres. Yo no tenía ni idea de que existiera algo parecido. El profesor me sonrió bondadosamente con sus fríos ojitos a zules, reducidos por el cristal de sus gafas, y me explicó que este nuevo MAE estaba sólo en sus comienzos y era todavía una fundación en vías de construcción. Por iniciativa de Estados muy influyentes se había conseguido el barro administrativo original, a partir del cual, dentro de mucho tiempo, se creará un Ministerio, cuando los contactos con las civilizaciones cósm icas dejen de ser esporádicos y lleguen a establecerse relaciones oficiales, s iempre y cuando embajadores extraordinarios y autorizados hayan sido acreditados. Hasta ahora la explotación de los planetas habitados estaba sometida a la ONU, pero la dimensión cósm ica exige de la diplomacia métodos y soluciones completamente nuevos.
También esto era para mí completamente nuevo. Lo que más me sorprendía era que la prensa suiza mantuviera silencio acerca de un tema tan importante. El profesor me explicó que no era tan asombroso: por lo pronto, se llevaban a cabo principalmente entrenamientos diplomáticos fantasmas, financiados con fondos de las Naciones Unidas. El gobierno cantonal puso como condición expresa al
establecimiento de dicho ministerio en Ginebra que no le supusiera ninguna carga económica . Y lo que no supone una carga para la economía suiza no es imp ortante para la prensa.
—Además nuestro trabajo no es público. N o es secret o, ni desde el punto de vista del derecho internacional, ni des de el punto de vista del derecho penal o el derecho civil suizos; aquí no se trata de razones de estado, s ino de un sano sentido común. La situación monetaria empeora igualmente sin noticias de otros planetas. El franco suizo todavía se man tiene alto, pero de vez en cuando respira con dificultad. Por eso queremos tratarlo con cuidado. En las operaciones bancarias corr ientes, se sigue una planificación de muy pocos años . La unidad de medida decisiva es el año presupuestario. Nosotros, en el Instituto de Máquinas de la Historia, hacemos pre- visiones, en colaboración con el M AE, a un s iglo vista como mínimo. Son los llamados seculares, y en estas unidades se mueve la totalidad del reglamento ele servicio ministerial para la historia exterior.
Yo no entendí una sola palabra, pero no tenía el va lor de confesar mi completa confusión.
—A usted, señor Tischy —así pronunciaba mi nombre—, a usted no tenemos nada que ocultarle.
Primero me explicó el sentido de las anotaciones al margen en los Diarios de las estrellas: por un reflejo puramente profesional había marcado los párrafos en los que yo había incurrido en errores por desconocimiento del derecho cósmico e interplanetario así como del Reglamento de Tráfico de las Vías Lácteas. Cuando el profesor vio que cada vez ponía más mala cara, me dijo que esos pasos en falso estaban a la orden del día en los primeros descubridores. ¿No había confundido Colón América con la India? ¿Y la relación de los españoles con los aztecas? Aunque los Estados de las estrellas con los que nosotros tenemos trato no dan ocasión a la expan- sión colon ial ya que, por lo general, son superiores a nosotros.
Durante todo el viaje hasta Ginebra, el profesor me expuso los principios de su ciencia, y yo le escuché como un colegial.
—La ley jurídica es en el C osmos más importante que las leyes de la física . Por supuesto que en último extremo la física decide sobre la aparición del ser, pero en la práctica es de otra manera. Tomemos, por ejemplo, el enigma del Silentium Universi.
¿Por qué durante tantas décadas se ha investigado, sin éxito, buscando signos de otras civilizaciones? Sin que nadie los autorizara, los científicos se han adueñado de la investigación de este tipo de civ ilizaciones . Con la misma seguridad con que dos y dos son cuatro, astr ónomos , físicos , matemáticos y biólogos han calculado que los otros deben existir, que deben disponer de fuentes de energía y posibles técnicas, pero dado que no se les puede oír ni ver ¡no existen! Pero, ¡cómo!, si acaban de demostrar que tenía que haber alguien. En vez de dejarse aconsejar por especialistas en derecho político y económico decidieron que la desaparición de una civiliza ción es tanto más segura cuanto más adelantada está. En las fases de larva y de ninfa, que tienen una larga duración, no hay medios para emitir señales, pero cuando los medios existen, la civilización ya no existe, o no por mucho tiempo más. Esa misma gente quedó horrorizada por este razonamiento lógico, y el gran público también. Todo indicaba que estábamos desamparadamente solos en el Cosm os, aún es más, que pronto tampoco nosotros existiríamos. Claro está, Ijon Tischy habrá vivido y habrá actuado, pero «nec H ercules co ntra plures», se le niega el reconocimiento oficial. ¿ La razón? ¿Si hubiera escasez de chiflados y charlatanes que desvarían acerca de platillos volantes de amables preastronautas que bajaron a la Tierra para construir pirámides con el pretexto de enterrar a los faraones? El mundo de la Ciencia tuvo que endurecerse contra semejantes patrañas y de hecho se ha vuelto completamente inmune a ellas. — Con ánimo de tran quilizarme, el profesor dejó caer su mano suiza, rosada y pulcra sobre mi rodilla—. ¿Tiene usted idea señor Tischy de dónde guardan sus obras en la biblioteca municipal de Ginebra? ¡En el departamento de ciencia ficción! Ahí puede usted darse cuenta. Por favor, no se lo tome muy a pecho. ¿No lo sabía usted?
—Yo no leo mis libros , de ahí que no necesite buscarlos en las bibliotecas.
—-Todo gran innovador y descubridor tiene la obligación de ser mal comprendido —dijo Gnuss sentencioso— . Además, nos otros , quiero decir el M AE, tenemos importantes razones para no corregir este tipo de malentendidos. En cierta manera, con ello también le hemos protegido a usted.
—¿Cómo se entiende esto? —pregunté sorprendido.
—Lo sabrá a su debido tiempo. Ya que el destino lo ha cruzado en mi camino, sigamos su curso. —Me dio su tarjeta de visita después de escribir al dorso su número de teléfono particular—. El Silentium Universi tiene su origen en los límites financieros —siguió en v oz baja—. Nuestro rico Estado da el 0,3 por 100 a los pobres
¿Por qué habría de ser distinto fuera de la Tierra? La idea de que el Cosmos es un vacío vir gen, no regulado por leyes, en el que la Humanidad ha sido la primera en introducir esferas de influencia, desarrollos de presupuestos, aranceles de protección, así como propaganda y diplomacia, no t iene más valor que la del niño que, al hacer su primera caquita, cree que nadie antes que él había podido hacerlo. El dilema se resolvió s ólo cuando nosotros toma mos el relevo a los científicos. Son unos auténticos niños, señor Tischy . Creen que quien tiene en la cuenta corriente de alrededor de veinte soles un balance de energía equilibrado y reservas astrofinancieras de unos
1049 ergios lo dilapida como un loco para transmitir información, dar señales, mandar licencias de producción al vacío, proveer completamente gratis , ¡qué digo gratis !, con pérdidas tecnológicas y sociológicas y sabe Dios qué clase de procedimientos, así sin más, por pura bondad del corazón o del órgano que en ellos represente al corazón. Esto es un cuento de hadas, querido señor Tischy. ¿Cuántas veces, si me permite preguntarlo, ha sido cubierto de riquezas en alguno de los planetas que usted ha descubierto?
Tuve que pararme a pensar durante un momento, ya que para mí éste era un aspecto completamente nuevo.
—Ni una sola vez —dije finalmente—, pero tampoco había pedido nada, señor profesor.
—¿Ve usted? Uno debe pedir para recibir algo, pero, aun así nunca se sabe. Las relaciones interestelares no están sujetas a constantes físicas, sino políticas . Todo está sometido a la Fís ica, pero ¿ha oído usted alguna vez quejarse de nuestra constante de gravitación a algún político de la Tierra? ¿Qué leyes físicas impiden a los ricos repartir sus riquezas con quienes no las tienen? Y ¿cómo pueden los señores astrofís icos en sus conclusiones lógicas dejar de considerar este tipo de cosas elementales? Pero ya estamos llegando. Venga usted a verme al Instituto de Máquinas de la Historia. Mi teléfono ya lo tiene, llámeme y nos pondremos de acuerdo.
El tren, efectivamente, rechinaba ya sobre el cambio de vías y se vislumbraba la estación. El profesor se metió los Diarios de la estrellas en el bolsillo, cogió su esclavina y comentó sonriente:
—Las relaciones políticas se desarrollan en el Cosmos desde hace miles de millones de años, pero no pueden verse ni con el más potente telescopio. Piense usted en ello cuando tenga un rato. Así que hasta la vista mi querido señor Tischy, ha sido un honor para mí...
Cada vez más impresionado por este encuentro, busqué ante la estación el Mercedes negro en el que estaba Trürli. Lo encontré , subí y le ofrecí la mano al abogado. Me miró com o si no supiera qué era lo que asomaba por la manga de mi chaqueta, pero después me tendió la punta de sus dedos. A pesar de que un cristal nos separaba del chófer y éste no podía oírnos, bajó la voz para decirme:
—El señor Küssmich ha declarado.
—¿Ha confesado? ¡Estupendo! —Se me escapó. Enseguida me arrepentí, ya que al fin y al cabo estaba hablando con el abogado del acusado.
—No para usted —contestó Trürli fríamente.
—¿Cómo dice?
—Ha confesado que el regalo era colusorio.
—¿Qué significa colusorio? No entiendo.
—Hablaremos mejor de ello en mi despacho.
Me tenía cada vez más confundido su frío comportamiento. N o hablamos hasta que en su despacho descubrió el pastel.
—Señor Tischy —dijo Trürli después de sentarse tras su escritor io—. La declaración del doctor Küssmich ha cambiado completamente la situación.
—¿Es ésa su opinión? ¿Acaso no ha dicho la verdad? ¿Me ha difamado? Frunció el entrecejo como si hubiera oído algo obsceno.
—Se encuentra usted en el despacho de un abogado y no en la sala de un juzgado. ¡Difamarle, por favor! Señor Tischy, pretende usted entonces que el señor Küssmich le ha regalado sin más ni más, sólo por su cara bonita, un objeto por valor de
ochenta y tres millones de francos suizos?
mí.
—Sobre el valor no se ha hablado nunca —dije yo— y... y fue usted quien vino a
—Yo sólo hice lo que el poderdante me encargó —dijo Trürli. Sus ojos eran azules como los del profesor, pero un poco menos simpáticos.
—¿Qué es lo que quiere decir? ¿Que me hizo ese regalo con mala intención?
—Mi opinión no tiene nada que ver con el asunto, eso pertenece al ámbito de mi psique y ésta no se considera jurídicamente. Usted afirma haber aceptado de alguien, que en aquellos momentos no conocía de nada, ochenta y tres m illones sin el menor escrúpulo o sin la menor sospecha.
—¿Qué me está contando? —dije furioso. Pero él apuntó su dedo hacia mí como una pistola.
—Perdone usted, pero ahora estoy hablando yo. ¡Un tribunal debería estar formado por colegiales para que su declaración se tomara en serio! Alguien de quien usted nunca había oído hablar le hace un regalo de ochenta y tres millones porque, al parecer, quedó muy satisfecho con la lectura de lo que usted se ha dignado escribir. ¿Y pretende que el tribunal se lo crea?
El abogado sacó de una lujosa pitillera un cigarrillo y lo prendió con un encendedor dorado que formaba parte de la escribanía.
—A lo mejor puede usted explicarme de qué se trata —pregunté, haciendo el esfuerzo de mantener en apariencia la calma—. ¿Qué se propone el señor Küssmich?
¿Quiere que sea su compañero de celda?
—El doctor Küssmich quedará exculpado de todas las falsas acusaciones —dijo el abogado Trürli y sopló el humo en mi dirección como se hace cuando se quiere apartar un insecto molesto—. Me temo que estará usted solo en esa celda.
—¡Un momento! —Yo andaba todavía a ciegas—. E l me regaló el castillo, ¿para qué? ¿Quiere ahora recuperarlo?
El abogado asintió, pensativo.
—¿Por qué me lo dio entonces? No lo conozco ¡Ah! El quería salvarlo de la confiscación antes del embargo, ¿no es verdad?
Trürli ni pestañeó, pero fue como si se me cayera una venda de los ojos.
—Ahora —dije agresivo— todavía es mío, yo soy el dueño legítimo.
—No creo que usted pueda sacar algún provecho de ello —opinó indiferente el abogado—. El regalo es tan increíble que será un juego de niños declararlo nulo y sin valor ante un tribunal.
—Entiendo por qué Küssmich ha hecho la falsa declaración; pero si el tribunal lo cree, tendrá que aflojar la mosca.
—No sé lo que entiende usted por «aflojar la mosca» —dijo Trürli—. Los demandantes querían el proceso desde hace mucho tiempo, eso lo sabe cualquiera que lea los periódicos. El doctor Küssmich se encontró en un aprieto, ya que el primer dictamen de los expertos resultó favorable a LALAC. Usted señor Tichy se aprovechó de esta debilidad pasajera, de esta depresión fruto de la preocupación por el bienestar de su familia. El actuó contra mi consejo, ya que yo le aseguré que la verdad se impondría y que el proceso acabaría con nuestra victoria . Y así será, con lo cual también desa- parecerá la carga sobre el patrimonio por los costes de los demandantes. Para la vista sólo queda demostrar que usted, un extranjero, intentó aprovecharse de la desgracia ajena.
—Entonces, ¿realmente no tiene nada que temer? ¿A pesar de haber reconocido que por medio de la donación quería escabullirse de los gastos? ¿A pesar de que pensaba...?
—No se puede condenar a nadie por lo que haya pensado.
—Entonces a mí tampoco.
—Usted no sólo pensó, sino que firmó el citado documento.
—¡Pero de buena fe! ¡Mi reputación es intachable! Puedo demostrarlo... —Me atraganté porque al abogado se le iluminó la cara.
—¿Y las cucharillas de plata? —tronó, mirándome con sincero desprecio.
Aquí interrumpo el informe sobre aquella conversación. El abogado que me recomendó el profesor Gnuss cuando le pedí consejo se llamaba Sputnik Finkelstein. Era bajito, de tez oscura y muy jovial. Una vez que hubo escuchado mi historia, cucharilla de plata incluida, se tocó la nariz y dijo:
—Por favor, no le sorprenda que constantemente deslice mi dedo por encima de la nariz, pero cuando se han llevado gafas durante veinte años no es fácil quitarse la costumbre al empezar a usar lentillas. Usted me ha contado el argumento de la función y yo quiero mencionar al autor de los libretos. Küssmich ganará el proceso porque se ha puesto de acuerdo con Nestlé. Se trata del Café de Oro. ¿No ha oído usted hablar de ello? Es un extracto de café soluble que en la taza parece oro puro.
—¿Y el sabor?
—Café como cualquier otro, pero v iene a llenar un vacío del mercado. ¡A nadie se le había ocurrido hasta ahora! ¡Una cosa completamente nueva! ¡Oro puro para tomar a sorbos! ¿Me sigue? El les ha robado la patente a los otros delante de sus narices, por eso le han jugado una mala pasada.
—¿Qué pasa entonces con LALAC? ¿ES perjudicial o no?
—Perjudicial lo es tod o —declaró categór icamente mi defensor—. Contiene endorfinas, compuestos sedantes que el organismo produce en el cerebro. La m orfina es algo parecido. En LALAC, el contenido de endorfinas es prácticamente nulo, sólo la cantidad suficiente para poder mencionarlo en la publicidad. Algunos médicos lo considera perjudicial, otros beneficioso o por lo menos no dañino. En cualquier caso, no es eso lo que importa. En las cuestiones civ iles decide la cuenta corriente en el
banco, ya que si no se puede ganar, por lo menos se puede procesar a la otra parte. Precisamente llevo un caso de este tipo respecto a la concesión de la patente de una máquina del tiempo. Se llama cronor c y con ella se puede viajar al futuro. Es un invento simultáneo de dos doctores de una universidad muy prestigiosa, llamémoslos por discreción doctor Traefe y doctor Kosher. Se les desestima la solicitud, porque la máquina no funciona de acuerdo con su descripción.
—¿Un cronorc? —Había despertado mi interés. Me olvidé de LALAC y de las cucharillas de plata.— ¿Puede usted contarme algo más sobre ello?
—¿Por qué no? Se basa, como algunas otras desgracias, en las teorías de Einstein. Para los cuerpos centrifugados, el tiempo transcurre más despacio. Usted ya lo sabrá. A ambos se les ocurrió que para eso no hace falta volar, sino que basta con que el cuerpo se mueva muy deprisa en un mismo sitio, una vez para acá otra vez para allá. Si estas oscilaciones se llevan a cabo con una velocidad suficiente, el tiempo transcurre más despacio. Este es el principio en que se basa. Lamentablemente, por ahora no hay nada que pueda sobrevivir a estas sacudidas, t odo se descompone en átomos. Naturalmente, pueden mandarse esos átomos al futuro, pero nada más. Si, por ejemplo, usted manda un huevo, llegará el fósforo, el carbono y todo aquello de que el huevo se compone. También el hombre llega al futuro sólo en forma de polvo. Por eso la oficina de patentes les deniega la inscr ipción , y ambos temen que les roben la idea antes de que encuentren el medio de evitar las sacudidas. Así es este caso, pero a mí me gustan los casos más difíciles, de manera que volvamos a nuestro corderito. Küssmich deja sin dinero a las madres y a los niños. Además se pone de acuerdo con Nestlé y comparten ese café. Los expertos , poco a poco, dejan de estar tan seguros. Küssmich le ha regalado a usted un castillo para demostrar su fuerza, para demostrar que a él no le va a pasar nada. Re galarlo a su familia o ponerlo a nombre de otr o, habría sido demasiado evidente. Tenía que venir un extranjero que, por un lado tuviera méritos, pero que, por otro, y por favor no se me ofenda, fuera una víctima propicia para cargar con el muerto. De este modo, si se presentara el caso podría
decirse: «¡Por favor, él se merece un regalo así, se lo ha ganado!». Pero si fuera conveniente también podría decirse: «¡Ahí tienen! Las apariencias engañan, hubo algo con unas cucharillas de plata y otras cosas más». As í se ha urdido el montaje contra usted. Usted encajaba perfectamente, había solicita do información s obre una casa a una inmobiliaria. Usted no era un tarambana. Permítame la pregunta. ¿Por qué accedió a quedarse el castillo junto con las cajas? Esas cajas son, en su caso, los clavos del ataúd.
—No vi ningún motivo para rehusar, además habría sido descortés aceptar el regalo y rechazar una parte del mismo. Una ofensa para el donante.
—Eso es lo que yo pensé, pero esas cajas no se las tragará ningún tribunal.
¿Sabe usted lo que hay dentro?
—Por lo que sé, obras de arte.
—A lo mejor encima de todo. Ríase . Tengo aquí una copia de la escr itura de donación, del contenido de las cajas no se dice una palabra.
—El abogado Trürli dijo que contenían pinturas cuya donación requería trámites especiales.
—¡Ya lo creo! De hecho, en las cajas se encuentran las piezas clave de los aparatos para el café dorado. A caballo regalado no le mires el diente, ¡pero esto era el caballo de Troya!
¡Usted tenía que custodiar precisamente aquello por lo que en realidad se luchaba entre bastidores!
—¿Cómo? Yo no he mirado dentro de las cajas.
—Porque usted es una persona honrada. Usted firmó y dio su palabra de honor, cosa muy elogiable por su parte, y en cualquier otro sitio se le creería, ¡s ólo que aquí no! La vers ión de la otra parte es bien distinta: usted intentaba aprovecharse de la difícil situación de Küssmich para hacer fortuna.
—Algo parecido dijo también Trürli.
—¿Lo ve usted?
—Pero ahora explíqueme usted por qué Küssmich, que me ha regalado algo que no quería regalarme en absoluto, sale impune y yo no.
—Bien, la situación es la siguiente. Supongamos que alguien se acerca a usted con una gran maleta y le dice que ha matado a su tía y que en la maleta se encuentra el cuerpo junto con sus brillantes. Esta persona repartiría con usted el botín si usted lo tomara en depósito, y usted sólo debe prometer ayudarle a enterrar a su tía. En ese momento se demuestra que todo era mentira y que la maleta está llena de piedras. El otro no tiene que justificarse. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por haberle mentido? El no ha sacado ningún provecho de ello. Todo se tomará como una broma, mientras que usted se verá en apuros. Por su promesa de colaboración para enterrar el cadáver y tomar en depósito la v íctima y el bot ín se ha hecho culpable de ser cómplice probado de un asesinato post factum. Eso es punible. Complicidad en grado de tentativa post homicidium y recepción probada de cosas robadas.
—¿Ve usted una similitud con mi situación?
—Por supuesto. Todo está pensado de una manera muy astuta y usted incluso dio su permiso para que un número indeterminado de personas autorizadas por Küssmich controlaran el material si usted cumplía las condiciones. ¿Quie re que le diga lo que va a encontrar en el cast illo cuando se traslade usted allí? ¡Una multitud de personas señor Tichy!
Si le vienen ganas de hacer sus necesidades, esa gente está autorizada a asistirle, no sólo camino de los lavabos, sino también a estar presentes apudactum urinat ionis o incluso defaecatio nis. El documento legal que usted subscribió y que está certificado por la firma de dos testigos no establece ningún tipo de excepción. ¡Ningún tipo! ¡Es la obra de un maestro!
—Preferiría que se entusiasmara usted un poco menos.
—¡Ja, ja, es usted un cliente divertido, señor Tichy! O sea, que le exigen que renuncie voluntariamente a la donación, ¿ verdad? De otro modo el caso se llevará a los tribunales. De la cuestión del castillo podría usted incluso salir bien parado, pero de esta historia de las cajas lo veo muy difícil. In duhio pro reo, pero ningún suizo tendrá la menor duda de que a usted le faltó tiempo para correr a mirar en las cajas.
—¿Y si lo hubiera hecho?
—¿Quiere saberlo realmente? Bien, se lo diré. Allí hay también títulos, acciones de fundación, patentes y documentación técnica de Küssmich. Si usted fuera un poco menos honrado y un poco más precavido, lo habría visto y habría avisado a Küssmich para que lo viniera a recoger. Sin embargo, usted no se movió. ¡P or favor no diga nada, le creo! El colega Trürli, sin embargo, se propone utilizar ese hecho de un modo espectacular. Omisión como do lus, respectivamen te como corpus delicti. En su lugar, yo me habría lanzado enseguida sobre las cajas.
—Es curioso lo que usted me dice.
—Porque yo sé quién es Küssmich mientras que usted se está empezando a enterar ahora. Pero eso no es todo. De m omento las cosas seguirán como están, pero tan pronto usted quiera salir del país, le detendrán en la frontera o en el aeropuerto. Intento de fuga a un país con el que Suiza no tenga ningún acuerdo de extradición para los delincuentes perseguidos.
—¿Qué me aconseja entonces?
—Contra Küssmich existe un arma, que por supuesto tiene dos filos. Si usted renunciara inmediatamente a la donación,
Küssmich no quedaría contento. Ahí se encuentra la sutileza jurídica. Mientras no se dicte una sentencia favorable a él, la denuncia cuelga sobre su cabeza como la espada de Damocles. Sabemos que esta espada se retirará pronto, se guardará en su funda y se enterrará. Pero si la prensa, antes de que se dicte sentencia, tuviera noticia de su renuncia a un regalo tan generoso, una cosa traería la otra y aparecerían rumores muy desagradables. A la prensa le encantan los escándalos de este tipo, pero una vez que se haya pronunciado la sentencia, a nadie le interesará el castillo, usted o las cajas, nadie se enterará de que usted le devolvió el regalo porque quiso y basta.
¿Entiende?
—Entiendo. Por eso quiero renunciar inmediatamente. ¡Quiero que este asunto levante una buena polvareda!
El abogado Finkelstein se rió y me amenazó con el dedo.
—¿Vendetta? ¿Estamos sedientos de sangre? ¡Maldito Yago, etc., etc., ha sonado la hora de mi venganza! Es o no, señor T ichy. E l arma tiene dos filos . La prensa puede caer sobre ustedes dos: él no es honrado, y usted es su cómplice. Naturalmente, debemos amenazar con devolverlo todo al momento, pero es o no sería muy creíble. Claro que podemos arrastrar a los otros en nuestra caída al remolino, pero nos hundiríamos juntos, y puede que usted aun más profundamente que Küssmich. Trürli está forjando su cucharilla de plata para convertirla en la espada del arcángel.
—Entonces, ¿qué me aconseja?
—Paciencia. La vista se ha aplazado tres meses. Vamos a regatear: una petición exagerada, la contraoferta de una cuarta parte, cedemos, salimos, cerramos la puerta
detrás de nosotros, metemos otra vez la cabeza en la habitación, volvemos hasta que lleguemos al fin remis.
—¿Lo cual significa?
—Que Küssmich recupera el castillo y las cajas pero debe restituirle los gastos, detener el proceso y evidentemente pagarle también los daños m orales. ¿ Lo ha comprendido en su totalidad? Si no, se lo explicaré de nuevo. Soy muy paciente con mis clientes. Tengo que serlo. Los suizos se caracterizan por pensar muy lentamente. Yo estoy naturalizado, pero, por si le interesa, soy de Czort ków. ¿Sabe usted dónde está? —No.
—No importa . En Galit zia y Lodomeria. Un lugar muy bonito. Mi padre, que en paz descanse, tuvo allí, además de la ocurrencia de ponerle a su primogénito el nombre de Sputnik, una tienda de antigüedades. Fue un hombre muy honorable, y yo no me he cambiado el nombre. ¿Qué va a decidir ahora señor Tichy? ¿Luchamos o nos rendimos?
—Quiero que Küssmich se acuerde de mí durante mucho tiempo —dije tras reflexionar un poco.
El abogado me miró con desaprobación.
—O sea, ¿que usted piensa más en él que en usted? Eso es justo pero poco práctico. Le propongo que me deje llevar a mí el asunto. El abogado Finkelstein se meterá en el problema y verá qué puede hacerse. Mientras tanto, váyase usted de vacaciones. De todas formas debe esperar tres meses.
—¿Sabe qué se me ocurre? —le dije entusiasmado por una nueva idea—. ¿Está listo ese Cronorc? ¿ Funciona? En ese caso, podría mandarse una gran cantidad de átomos allí donde Küssmich tueste su café dorado, por ejemplo hollín, silicio, azufre...
El abogado estalló en sonoras carcajadas.
—¡Oh! El profesor tenía razón cuando me dijo que no era usted un hombre corriente. Desde luego, esa máquina puede convertirse en un arma muy peligrosa. Pero, ¿sabe usted?, también la venganza, como cualquier otro negocio, debe tener un límite en lo que se refiere a los gastos . Para mandar medio año hacia el futuro 100 gramos de átomos se necesita electricidad por valor de un millón de francos.
—Entonces, dadas las circunstancias, pongo en sus manos mi castillo y mi honor, señor abogado —dije y me puse de pie. Desde fuera, detrás de la puerta, todavía le oí reírse.
II. EL INSTITUTO DE MÁQUINAS DE LA HISTORIA
EL ABOGADO FINKELSTEIN ME HABÍ A CONVENCIDO: LA VENGANZA no era posible. Desde luego, es uno de los grandes placeres de la vida y, según los expertos, sabe mejor cuando se ejerce a sangre fría. ¿Quién no tiene enemigos personales por los cuales ha contenido pasiones perjudiciales a fin de esperar, para mayor salud, el mejor momento? Yo p odría decir un par de cosas al respecto ya que los viajes espaciales ofrecen, por su naturaleza, una gran cantidad de tiempo para reflexionar. Un hombre, de quien no voy a mencionar el nombre para no inmortalizarlo, se había entregado en cuerpo y alma a cr iticar mi obra. Sabía que a mi regreso de Casiopea lo encontraría en la recepción oficial, y pensé en distintas versiones de este encuentro. Naturalmente, se acercaría a mí tendiéndome la mano, y yo podría preguntarle si él era un trapo sucio o un idiota, a los idiotas les doy la mano, a los trapos, sin embargo, nunca. Pero así se asemejaría demasiado a una opereta, incluso quedaría deslucido. Rechacé una versión tras otra para darme cuenta, con horror, después del aterrizaje de que todo había sido en vano: é l había cambiado de opinión ¡y me ponía por las nubes!
Tampoco Küssmich podía hacerle nada, así que decidí que para mí había dejado de existir. Además desapareció realmente, pero sólo durante el día y cuando estaba despierto. En pesadillas nocturnas, me ofrecía yates, palacios, g igantescos depósitos llenos de LALAC y montañas de brillantes. Tenía que escapar de las hordas de
abogados que me perseguían por oscuras callejas para meterme cucharillas de plata en los bolsillos .
Condenado a la reclusión en Suiza durante tres meses, temí acabar destrozado. Por la noche, Küssmich; durante el día, los relam idos parques, los resplandecientes letreros dorados de los bancos y el movimiento de la bolsa y las divisas en el Neuen Zürcker. Al pasear, evitaba una calle determinada porque, según decían, debajo del asfalto había cámaras acorazadas llenas de oro: en el sótano ya no cabía nada más, así que el banco había colocado cajas fuertes entre los tubos de canalización. P or suerte, me acordé de la invitación del profesor Gnuss. Esa fue mi salvación.
El Instituto se encontraba en las afueras de la ciudad. En sus paredes de cristal se reflejaba el cielo nublado. Visible desde lejos, se elevaba al fondo de un amplio parque. Tras una reja de hierro forjado de puntas cloradas, un seto se extendía bajo el sol Desde la caseta del portero, hablé por teléfono con el edificio principal. Seguí en coche y aparqué bajo un gran castaño, junto a un estanque en el que nadaban cisnes medio dormidos. No me gustan estos animales tan tontos y no comprendo por qué tanta gente inteligente, máxime tratándose de artistas, se dejan engañar por sus cuellos curvos.
El vestíbulo del Instituto era grandioso y en cierta manera recordaba a un templo. Tal impresión acaso se debiera al silencio y al mármol, que hacían pensar en la nave de una iglesia. Desde lejos, v i salir al profesor de un ascensor. Me dio la bienvenida con una sonrisa y así empezó la obertura de una de mis expediciones más importantes. Aunque de ello no tenía ni la menor idea cuando seguí a mi guía hasta uno de los pisos más altos, donde unos técnicos en bata blanca, sentados en los sillines de vehículos de montaje, pasaban por nuestro lado sin hacer ningún ruido. A pesar de la luz del día, se encendían alternativamente lámparas fluorescentes frías y ca lientes, como para demostrar que el t iempo transcurría aquí independientemente del tiempo terrestre. En su enorme gabinete, el profesor me presentó a más de una docena de
colaboradores: los jefes de cada uno de los departamentos del IMH. Para no exponer a ningún peligro mi modestia, me saludaron con mucho respeto pero sin servilismo. Era un grupo de brillantes cerebros de elevado intelecto. Lamentablemente no me acuerdo de todos. Sé que el Departamento de Cosmología Económica no estaba presidido por el doctor de Volaille; se llamaba de otra manera, pero no consigo recordar el nombre correcto. En cualquier caso, sonaba parecido. La economía no es precisamente mi especialidad; la física ya es otra cosa.
Al frente de este departamento se encontraba el profesor Bourre de Calance, un romanche. Se decía que el cuarenta y nueve por ciento de sus paisanos estaban locos . Cuando esta idea se consideró genial, lo envidiosos afirmaron que de Calan-ce también estaba loco, como si es o a semejantes niveles de inteligencia tuviera la menor importancia. Basta con mencionar un par de las últimas ideas de dicho pueblo: dado que no es posible moverse en el t iempo, hay que mover el t iempo. Si la energía no quiere fluir entre puntos que están a la misma temperatura hay que obligarla haciendo agujeros. De aquí proceden los entrones, inversores y reversores, así como la técnica excavadora, que consiste en la perforación de grutas en la estructura del tiempo y el espacio hasta que algo hace crac. Esta idea disparatada iniciaba sin duda una nueva era de la física. Nadie sabía de momento cóm o acabaría la cosa, pero el Instituto apenas se ocupaba de la realización práctica, ya que fijaba todos sus objetivos en un futuro muy lejano. Bourre de Calance, de todas formas, confiaba plena- mente en el resultado. Por supuesto, no cualquier físico que estuviera un poco sonado podía esperar obtener una plaza en su plantilla. Para ello, tendría que haberse vuelto loco a consecuencia de alguno de los nudos gordianos de la física, y no por cualquier circunstancia familiar insignificante. Además, esta idea tenía sus orígenes en Nieis Bohr, quien una vez dijo que en la física moderna ya no basta con razonamientos corrientes, se necesitan razonamientos locos .
La mano derecha de De Calance era el doctor Douberman; su izquierda, el pequeño Behr Nardiner (o quizá fuera al revés). Uno de los dos, ya no sé cuál, había
demostrado matemáticamente la posibilidad de transformar el cuarzo en acuarzo, y éste a su vez en acuario. En nuestro Universo, esto no pasa, pero en otros funciona sin problemas. Por lo tanto, esta teoría traspasa incluso las fronteras de nuestro Universo. También hubo uno, esta vez estoy casi seguro de que se trataba del holandés Douberman, que, sin titubeos, me dio una explicación sobre la metafórica tan poco adecuada que emplea la iglesia cuando se sirve de pastorales, esto es, representa- ciones pastoriles de corderos y carneros: los corderos están para ser asados en el asador, mientras que de los carneros se hacen pinchos morunos.
Seguramente, De Calance tenía problemas con sus cola boradores. Además soñaba con conseguir a dos premios Nobel que se hubieran vuelto locos , pero lamentablemente, todos los que estaban vivos eran completamente normales. Sus científicos , teniendo en cuenta su estado, se comportaron de una manera muy lógica aquel día, incluso diría completamente lógica, ya que las formas de trato social poco les importaban cuando estaba en consideración la esencia de las cosas. Mi pantorrilla conserva todavía hoy la huella de los dientes del doctor Drousse, que me mordió, no porque tuviera la rabia sino para ilustrarme sobre su nueva teoría acerca del spin, del impulso de giro de partículas elementales, según la cual, el spin no g ira ni hacia la derecha, ni hacia la izquierda, sino gira en una tercera dimensión. De hecho, me quedó muy grabado.
Pero ahora tengo que poner un poco de orden en estos recuerdos desbordantes. El corazón del Instituto son las gigantescas máquinas de la historia, también llamadas «escritores de la historia». Las secciones individuales están conectadas a ella de una manera centrípeta. El jefe del Departamento de Errores y Deformaciones Ontológicas era Yonder Knack, un norteamericano hijo de una islandesa y un esquimal, largo como un día sin pan. Antes de la creación de su departamento, nadie había sabido valorar la importancia de ciertas percepciones falsas que son decisivas para el comportamiento de las criaturas racionales. Cuando entré por primera vez en el laboratorio de sexualística industrial, creí haber ido a
parar a un museo de viejas máquinas y bombas de vapor de Watt, ya que todo se movía resoplando hacia adelante y hacia atrás. Entre ellas se encontraba una colección ordinaria de máquinas de estupro y primitivas copulatrices, cuya muestra se había recogido en distintos Estados con vistas a la estandarización y la comparación convergente. La base de los aparatos japoneses llevaba trabajos de laca con ramos de flores de cerezo pintados. Las alemanas estaban perfectamente ajustadas para su función sin ninguna clase de adornos, y sin hacer ningún ruido deslizaban las cabezas en sus rodamientos, brillantes de aceite, de un lado para otro. Los especialistas de Knack habían extrapolado ya a partir de ellas las generaciones siguien tes. En las paredes se encontraban diagramas de colores de la tumescencia y detumescencia, así como pantallas con las curvas de la intensidad orgiástica. Todo era muy interesante, pero, a pesar de ello, re inaba en este departamento una atmósfera de abatimiento: ya se sabía que la hipótesis de la universalidad de la erótica terrestre había sido desmentida por los resultados del reconocimiento de conste laciones extrañas. El doctor Fabelhaft, autor de la teoría del abismo creciente entre el acto del amor y el engendramiento de descendientes (la llamada teoría divergente copulativo- procreativa) bebía como una esponja, com o me dijeron sus colegas , porque cuando él ya había calculado los parámetros de esta discrepancia para todas las comunidades biológicas del sistema de la Vía Láctea, teniendo en cuenta las nubes magallánicas, el director le hizo saber que debía pasar toda la documentación al Departamento de Errores y Deformaciones. P or eso no pude conocerle personalmente, pues se había convertido en un ser huraño.
El Departamento de Teología Extraterrestre, por el contrario, se encontraba en pleno auge. A pesar de que las teodiceas se habían miniaturizado y se habían introducido sólo en forma abreviada en memorias de cuarzo-oro con una densidad de
107 sanctores por milímetro cúbico, se hablaba de trasladarlo a un edificio aparte. Este
archivo de fe electr ónico pesaba ya alrededor de ciento cincuenta toneladas. Fue una sensación muy extraña encontrarse frente a una memoria fundida en un bloque
recubierto de acero, donde descansaban en un único y resplandeciente panteón las incontables religiones del Cosmos.
El profesor Denkdoch, el excelente asistente del profesor Gnuss, me llevó primero por todos los departamentos (no voy a nombrar ni una pequeña parte de ellos) para que me hiciera una idea de las corrientes de información que se almacena- ban en los escrit ores de la hist oria centrales. T odavía no he comprendido del todo su importancia. Pero, por consejo de Denkdoch, me abstuve de hacer preguntas.
La comida que me ofrecieron en la cantina era, para un instituto semejante, discreta, casi insuficiente. Denkdoch me explicó que acababan de recortarles de nuevo las subvenciones. Mi formación iba cada vez más en serio, y la v isita per día todo carácter cortés, aunque no se me habría ocurrido ni en sueños lo que el profesor tramaba cuando me dio su teléfono. Por la tarde, Denkdoch me propuso una partida de ajedrez. Fui al coche por m i pequeño ordenador y, mientras se conectaba a una de las terminales menores del Instituto el tablero de ajedrez, nosotr os, para no perder tiempo, vis itamos el despacho del director, donde tendría lugar mi iniciación en los secretos del IMH.
Hoy, t odo esto s on recuerdos descoloridos , pero entonces tuve que sufrir bastante. Primero se me instruyó en el regla mento de servicio del MAE, bajo cuyas órdenes se trabajaba allí. Algo as í llegó a mis oídos , y aunque yo siempre había evitado de una u otra forma este tipo de actividad oficial, al final me había tocado.
No se sabe nada sobre los proces os que tienen lugar en las constelaciones vecinas, pero se sabe, en todo caso, lo que ha sucedido en esta o aquella estrella oscura hace años, cuando nuestros enviados estuvieron allí. Naturalmente, los investigadores no pueden viajar solos como personas irresponsables en el terreno de la política, sino que van acompañados por personas autorizadas de los departamentos correspondien- tes. A la vuelta del viaje de inspección, los funcionarios presentan informes, a partir de los cuales se hace de nuevo un extracto para la programación de los escritores de la
historia, unos ordenadores que simulan la historia del planeta en cuestión. Sin embargo, ¿cómo puede basarse la política en conclusiones sacadas de un pasado prehistórico? Los contact os por radio no son suficientes, y además, hasta con la estrella más cercana el contact o por radio se establece sólo después de muchos años. En otras palabras, el escritor de la historia debe adivinar el desarrollo lejano de cualquier historia extra-terrestre para la que esté programado. No tienen ninguna importancia las disputas de los investigadores que estuvieron allí, sobre el terreno. De todas formas, hasta ahora no se conoce ningún caso en el que hayan conseguido ponerse de acuerdo en sus informes sobre la expedición.
Sólo hay que recordar que los americanos invirtieron m iles de millones para contestar la candente pregunta sobre la vida en Marte. Mandaron módulos y pusieron naves en órbita, discutieron durante muchos meses sobre el material enviado a la Tierra, con lo que se puso de manifiest o que se sabía prácticamente todo, pero los sabios fueron incapaces de llegar a un unánime acuerdo sobre qué era lo que en realidad se sabía. En este caso se trataba simplemente de si allí, en la arena, había algún tipo de bacterias o no, microorganismos que están o no están, que no dicen nada y que por eso tampoco pueden contar historias que pongan los pelos de punta, una habilidad que entre las criaturas racionales aparece de una manera epidémica y de la que también se cuidan de hacer un uso inteligente.
Otro inconveniente aún mayor es que el investigador que regresa a la Tierra trae inevitablemente material anticuado: transcurre una eternidad hasta que puede presentar su informe al MAE. Contra este aspecto diplomático de la teoría de Einstein no hay nada que hacer. La diplomacia debe ser en el Cosmos, al igual que la política, relativista. Se introducen en los escritores de la historia los datos de la planetología, la física y la química, as í com o de la historia de los vecinos. Se tragan cientos de estas corrientes de información y la siguiente expedición de control pone de manifiesto el fiasco de todo este trabajo. Ni un solo escritor de la historia ha dado en el blanco. Dicen tonterías indescriptibles, pero no es nada sor prendente. Sólo hay que recordar
con qué certeza hacen sus predicciones los futurólogos, que además se ocupan de lo que tienen delante de las narices o a la vuelta de la esquina. Por otro lado, no hay que desanimarse, no se hace política porque le divierta a alguien, sino porque es necesaria. De ahí que el MAE deba basar sus diagnósticos políticos en los agregados de los escritores de la historia , de los cuales el Ins tituto está poniendo otros en marcha. Trabajan con dispersión, ya que consiguen versiones contradict orias de la historia de las estrellas lejanas.
Las perspectivas no son de color de r osa. En un sistema de la Vía Láctea, el número de civilizaciones con las que se debe mantener relaciones diplomáticas es de hasta novecientas. Ésta, en todo caso, es la estima ción actual; cuántas galaxias existen en realidad no lo sabe nadie, pero deben de ser cien millones por lo menos. Esto da una cierta idea de las dificultades objetivas con las que se encuentra el Ministerio de Asuntos Extraterrestres y no es de mucha ayuda consolar se pensando que un cambio de impresiones normal con sis temas lejanos duraría alrededor de dos mil millones de años, ya que hay otros que se encuentran más cerca, y sería de mucho interés saber qué cabe esperar de ellos. El profesor Wüterich, del Departamento de Autopronósticos, que se ocupa del futuro del MAE, ha comprobado que, si la política cósmica se desarrolla como cabe esperar, dentro de ciento cincuenta años cada habitante de la Tierra si no es embajador extraordinario y acreditado, será por lo menos cónsul honorario, y todas las imprentas de nuestro planeta se dedicarán exclusivamente a imprimir cartas credenciales . Es cierto que con ello se elim inaría de una vez para siempre la amenaza de la superpoblación, pero, al m ismo t iempo, surgirían nuevos peligros, las ciudades se despoblarían y el MAE mismo tendría pro- blemas para mantener su plantilla.
Durante todo un mes fui día tras día al centro de mando de Duplicados de la Historia y escuchaba sus enseñanzas. Tenía la sensación de ser un estudiante. De todas formas, me enteré de que esta pólvora no la habíamos inventado nosotr os, sino que ya había habido algunos antes que nosotros en el cielo. La política tiene la
característica de arrastrarlo todo a una sola órbita, lo que or iginalmente no tiene por qué haber sido política. También bajo soles extraños tienen su MAE y sus máquinas de la historia , y de esta manera se produce una carrera cósm ica para su optim ización. Cuanto más acertadamente se adivina la histor ia de otro planeta, tanto mejor se viaja a éste. La simulación es entonces no sólo una fuente de conocimiento sino también un arma política: los otros e laboran determinadas versiones de su propia hist oria exclu- sivamente para la exportación, y con toda seguridad tendremos que hacerlo también nosotros para el uso cósmico. Además, e llo no requiere ningún particular esfuerzo ni un gasto extraordinario, por lo menos según la opinión del malicioso profesor Maverick del Departamento de Historia de la Tierra: bastaría perfectamente con emitir los libros de texto de las escuelas que se utilizan actualmente en muchos de los Estados de nuestro sol. Dado que éstos son comedidas fantasías no se les llama embustes sino patriotismo local.
Escuché todo esto, tomé pastillas para el dolor de cabeza y lo di t odo por perdido. Nunca más volvería a encontrarme en el Cosmos como en los años anteriores, cuando me sentía como un niño puro. De la misma manera en que la infancia llega a su fin, también tenían que llegar a su fin mi ingenuidad y mi inocencia.
Las bases de la simulación de la historia me las enseñó el licenciado Zwingli. Consiste en el reajuste or ientado hacia adelante de un tiempo que en el planeta en cuestión ya no es el futuro, s ino el pasado, que nosotros s in embargo no conocemos y no podemos conocer en su estado agudo a causa de la distancia, impos ible de superar en un abrir y cerrar de ojos. Se introducen en los agregadexos descripciones de los cuerpos celestes muy variadas. Para empezar, las versiones de los primeros descubridores, que al menos en un cien por cien son falsas (al oír estas palabras me sobresalté). Al menos en un cien por cien, ya que incluso en la Tierra, el primer des- cubridor, com o le pasó a Colón con América , por lo general no tiene ni idea de lo que ha descubierto. La información obtenida por él no es igual a cero s ino negativa. La
información sería igual a cero si él declarara simplemente no tener en absoluto claro dónde ha ido a parar.
Las siguientes versiones proceden de los nativos que se guían más por los propios intereses que por el amor a la verdad. Estas descripciones, hechas para la exportación, son fácilmente comprensibles, claras y concisas. Aun en el caso de que se acerquen a la verdad objetiva, apenas se entienden o se entiende todo mal. No hay que molestarse por esta afirmación si se piensa que del mandamiento cristiano del amor al prójimo se dedujo la necesidad de sacrificar en masa a los que creían otras cosas, descuartizar a los exegetas del Evangelio temerosos de Dios, desvalijar al prójimo y someterlo a la esclavitud. Resumiendo, puede decirse que no hubo ningún delito tan alambicado que no se hubiera cometido bajo los auspicios del am or y del temor de Dios. Estas directrices fueron obedecidas por todos al pie de la letra, de lo que se sigue que a partir de todo puede surgir todo, y el entendimiento en la práctica se utiliza para hacer concordar lo hermoso con lo vergonzoso. Para los optimis tas supone un cierto consuelo que se trate de una característica común a todos los entendimientos.
En la jerga del Instituto, se ha generalizado un vocabulario tomado de la artillería, ya que la resultante de todos los trabajos debe ser una trayectoria curva, que corte una serie de acontecimientos y dé exactamente en el blanco. En el cas o ideal, el investigador de la Tierra, a su llegada del planeta simulado por el Instituto, debería tener en la mano un periódico actual de ese día, la llamada edición fantasma, que se pareciera a la real encontrada en el lugar com o un huevo a otro huevo. Esto, como todo ideal, es inalcanzable, pero debe intentarse. El centrifugador de datos individual ofrece la lla mada desviación absoluta, est o quiere decir que absolutamente nada es cierto. Se conecta entonces a unas baterías y se consigue una enorme dispersión de simulados. Antes se intentaba extraer de todos estos resultados un valor medio, pero ello conducía a una total confusión. Actualmente se filtran los extremos y se hacen trabajar las centrífugas en tres grupos: la batería de módulos aprobadores (BAM), la batería de módulos opos itores (BOM) y la batería centradora de módulos
invigilitat ivos (BIM). Una red de reguladores de alta inteligencia (RRAI) procura hacer concordar las afirmaciones de los tres grupos, pero con frecuencia cae en la resonancia epiléptica o en la catatonía.
Mientras tanto, se realizan trabajos para la creación de baterías de triple historia (BIM, BAM, BOM). Con ello debería haberse alcanzado un alto nivel de síntesis, sin embargo, tras la puesta en marcha del primer obús pesado de datos, todas las esperanzas se vieron frustradas: la precisión de tiro historiográfica del complejo de agregados sólo será satisfactoria si la t otalidad de su masa equivale a la masa física de la totalidad de la galaxia. O sea que primero hay que contentarse con el sistema triple elegido, cuyos diagnósticos s on comentados por la RRAI.
Encontré todo esto increíble, y pregunté:
—¿Cómo pueden predecirse los acontecimientos en un planeta que se encuentra a una distancia de miles de años luz de nosotros mientras que vuestras centrifugadoras de datos, acepto cualquier apuesta, ni siquiera pueden predecir lo que voy a comer mañana?
—¡Ja! —dijo Zwingli—. ¡Ahora no se crea que ha tomado posiciones frente a nosotros ! El principio de los pronóst icos seguros es sencillo. De hecho no se sabe lo que usted va a comer mañana, pero sí se sabe que dentro de cuatro mil millones de años, aquí no va a comer nadie, porque el sol se habrá convertido en un gigante rojo y sus planetas interiores, incluida la Tierra, se habrán convertido en ceniza. ¿Estamos de acuerdo?
Yo asentí.
—Hay que establecer conexiones y acoplar procesos incier tos con proces os seguros. Este es el valor indicativo, todo lo demás puede calcularse. Aun cuando convirtiéramos a t oda la Humanidad en maestros de cálculo, cosa bastante difícil, cien
gramos de MAPSINT, masa psicológica sintética , le darían a la Humanidad cien vueltas. En la Naturaleza hay determinadas constantes, por ejemplo, las constantes de elasticidad' de los cuerpos calientes o de las civilizaciones planetarias. No es importante lo que ellos piensan sino lo que hacen. Si se mete una cucharilla de plata en un horno de fundición, el diseño y el acabado del fabricante no significan nada, lo único que cuenta es el punto de fusión de la plata. En consecuencia, junto a las constantes existen también puntos críticos . Ello es válido asimismo para la histor ia. Deje usted de pensar, al modo tradicional de los historiadores, en reyes, dinastías, razón de estado, conquistas, etc. Las g otas de agua del Niágara no pueden contarse; la fuerza y el recorrido del agua, en cambio, s í pueden calcularse. Una civilización joven tiene poco contacto con la Naturaleza . Cuando no sólo las estre llas s ino también el fondo del mar, los polos y las riquezas del subsuelo del propio astro son inalcanzables, cuando las hordas de nómadas viven al día, pueden imaginarse cualquier cosa sobre el mar, las estrellas , el suelo y el clima, ya que esos sueños no serv irán de base para una acción efectiva . Pueden conjurar las lluvias , re zar al océano, solicitar la ayuda del sol, pero eso no cambia en absoluto sus condiciones de vida. Sin embargo, cuanto más envejece una civiliza ción, mucho mayor se vuelve su área de contacto con la Naturaleza. Si quieren extraer petróleo del fondo del mar ¡no es suficiente el cono- cimiento del tridente de Neptuno! En consecuencia, una civilización joven no se comporta como la col en un huerto de verano, sino como un diente de león al principio de la primavera: brota, llegan las heladas y los capullos se van al infier no. Las heladas pintan flores de hielo en las ventanas. Nadie sabe de dónde proceden ni qué aspecto tienen, pero todos saben que desaparecen en cuanto aumenta la temperatura.
»E1 desarrollo precoz es un balbuceo, oscila . Los humanistas nativos lo denominan ciclos históricos , épocas de la cultura, etc. Como pronóst ico, naturalmente, de ahí no sale nada. El modelo adecuado es una palangana con agua a la que se añade jabón. Mientras sea poco, las burbujas estallan. Añada agua y se disolverá todo. Pero si echa más jabón, la espuma se hará más consistente y las burbujas ya no explotarán. En lugar de jabón ponga usted la tecnología de las generaciones tardías y obtendrá el
modelo de la expansión civilizadora del Cosmos . Cada burbuja es una civilización. Calculamos en primer lugar sus constantes. ¿Cuál es la tensión superficial, es decir , la estabilidad de la estructura social? ¿Cóm o es la burbuja por dentro? ¿Es sólo una o se compone de muchas burbujas de jabón menores, o sea, los Estados? ¿Cuánto jabón se añade cada siglo? ¿Cuál es, por tanto, la velocidad de la evolución técnica? Y así, otras muchas cosas.
Todavía no me daba por vencido.
—Eso es demasiado general. Quizá llegue a deducirse de ello una media estadística, pero el contenido de un periódico para una fecha determinada y en un planeta extraño, con toda seguridad es imposible. ¡Esto no me lo creeré nunca!
—Pero nosotros no estamos hablando en absoluto de la historia, señor Tichy, nosotros sólo la simulamos y podemos presentar las simulaciones como prueba de nuestra productividad histórico-simuladora —contestó el flemático profesor—. En su presencia vamos a efectuar una carga, es más, utilizaremos la carga de un cuerpo celeste que usted visitó y que ha descrito muy detalladamente en los Diarios de las estrellas.
—¿Qué es una carga?
—Nosotros entendemos por carga bloques de información acerca de un determinado planeta, o más bien sobre su civilización. Sus informaciones se encuentran igualmente en la carga, pero junto con otras decenas de millares. Para que usted se percate de la capacidad de la centrífuga de datos, la a justamos a su informe.
¡Veamos lo que sale de ahí!
—No entiendo nada. ¿Qué es lo que se ajusta, y cómo se hace?
—Su informe, expresándolo de manera simplificada, es confrontado con todo lo que una batería centrífuga ha elaborado utilizando los conocim ientos sobre el planeta.
Es alimentada directamente por satélites propios del MAE, que nos transmiten constantemente información desde Mount Wilson. Allí se dispone de los más actuales resultados de escucha de todo el Universo. Lo extraordinario de nuestro trabajo, señor Tichy, es que ninguno de nosotros sabe lo que la carga contiene. Un hombre, para leerlo todo, necesitar ía sus buenos trescientos años. La batería de agregados mencionada, por el contrario, emplea treinta y seis horas para cinco seculares. Eso puede darle a usted una idea de la diferencia entre la fantasía histórica de un hombre y una máquina. De todas las dificultades contra las que estamos luchando, quiero sólo mencionar una, para que usted entienda lo que le mostraremos com o resultado de esta simulación. La tarea de las centrífugas de datos viene a ser como jugar miles de partidas de ajedrez al mism o tiempo, donde el resultado de cada una es el inicio de la siguiente. Para poder tomar las decisiones correctas, la centrífuga formula diversos cálculos , hipótesis, teor ías, y demás, que nosotros no tenemos ningún interés en conocer. No nos importan, de la m isma manera que a un artillero no le interesa cómo se enciende cada uno de los granos de pólv ora de una carga explosiva. El proyectil debe dar en el blanco. Eso es todo. De ahí que la centrífuga de datos responda a las preguntas que se le plantean sin el lastre de las suposiciones que ella tuvo que hacer para llegar a una respuesta.
»Para nuestro experimento de hoy el programa está establecido: comprobar las posibles consecuencias futuras de las descripciones que usted hizo de su viaje decimocuarto. Ten ga en cuenta entonces que no se trata en definitiva de si usted ha dicho la verdad y sólo la verdad ante un tribunal. Nos encontramos en el campo de la política , no de la física. No se trata de la verdad sino de la p olítica realis ta: en qué medida sus actividades en este planeta tienen efecto sobre las relaciones mutuas entre la civilización de allí y la de aquí.
—Pues, ¿a qué esperamos? —pregunté—. ¡Por favor, metan ustedes esa carga lo más rápidamente posible allí donde corresponda!
El envío tuvo lugar el viernes por la tarde, de manera que el lunes llegué al Instituto justo a tiempo para presenciar la últ ima etapa de la operación. En el puesto de mando se había reunido un montón de gente de otros departamentos. El resultado debía aparecer en un monitor redondo de ojo de buey con un grueso cristal. Todo era igual que en una absurda película de ciencia-ficción: lamparillas pilot o blancas y verdes trémulas y febriles, la aguja del reloj marcaba las once, los minu tos pasaban pero la oscuridad tras el grueso cristal no se aclaraba. De repente apareció justo en el centro un punto rojizo. Rápidamente se extendió por toda la pantalla una lumi- niscencia deslumbrante en la que se movían pequeñas orugas negras. Tenían un aspecto muy poco apetitoso, como gusa nos en una sartén al rojo. El doctor Blasenstein, jefe de los lingüistas, lanzó un alarido de triunfo.
—¡Los caracteres de la escritura de los rodillos! ¡E l dialecto de la Tetráptydis de arriba y de abajo! ¡La lengua de los documentos oficiales! —gritó, y casi se abalanzó al interior de la pantalla, donde los gusanos negros adoptaban la forma de letras o jeroglíficos y formaban filas en dos cuadrados, uno sobre el otro.
—Está dirigido a usted señor Tichy —dijo Blasenstein, ya más tranquilo.
—¿Qué es esto?
—No lo sé con exactitud. Con ozco ambos dialect os, pero las lenguas cambian a lo largo del tiempo, y esto de aquí son proyecciones que han hecho un recorrido de un secular doble o incluso mayor ... El colega Düngli conectará enseguida el traductor principal.
Düngli se encontraba ya en el pupitre de mandos. Cuando presionó el contacto puso cara de póquer. Por el monitor al rojo pasó un rayo, fino como una aguja, y palpó las líneas de signos rígidos. Al mismo tiempo y con un desenfrenado redoble se puso en marcha una máquina que parecía un enorme télex. Todos se acercaron a ella, pero me dieron la preferencia. Un grueso rodillo fue soltando a saltos una tira de papel, las
teclas martillearon regularmente com o un telégrafo, y aparecieron letras latinas. Yo, conteniendo el aliento, permanecí allí, de pie ante ellas, y leí:
1
Koetchiurr Voetchiurr Embajada Terrestre
Koerdellenpadrang del Muy Vigoroso
Estado Andante de Curdlandia
¡BARGMARGSQUAROSH!
Sr. Ijon Tichy 115 Limer, Mes de la en la Tierra Germinación
¡Vuestra Próspera Natividad!
Nos, acreditados terrenalmente como embajador plenipotenciario y superautorizados del Muy Vigor oso Estado Andante de Curdlandia, nos revolvem os a vosotros con humilde rechazo.
Nuestro servicio de conocimientos registró una obra caduca, de nombre DIARIOS DE LAS ESTRELLAS junto con un singular-extraño concentrado «Viaje decimocuarto» donde Vuestra Próspera Natividad habla sin sustancia, a borbotones sobre nuestro astro bienamado.
Vuestra Próspera Natividad propaga bajo el cinismo terrenal afirmaciones sobre nuestro bienamado Estado Andante faltando del todo a la verdad.
Singlur ai alias primo: V. Natividad atenta en el escrito mencionado contra los
KULUPOS, contra la realidad del curdlo, con lo que vertéis sobre nuestro Estado Andante
la risa, el desprecio y la mentira , con gran perjuicio para las dos partes del cielo habitadas.
Gvisduqlast alias secundo: V Próspera Natividad se ha esforza do en el mencionado libraco en dar falso testimonio de la CAZA DEL CURDLO. El mismo fenómeno ocurre en vuestro Editorio de bienestar, un pasquín fangoso así como una mamarrachada estrafalaria contra nuestro Estado Andante in suma y contra su Altís ima Poderosidad, Nuestro Presidente, en particular.
Kroessimay alias tertio: V Próspera Nativ idad nada manifiesta sobre la atrocidad más repulsiva y la pestilencia estatal de LUSTRANIA, el intrigo-ínfamante enemigo de nuestra andadura. V Próspera Natividad también guaneaba una y otra vez contra el factismo de las SEPULCAS.
Ante tal cariz, nos, acreditados por la Tierra como embajador plenipotenciado y superautorizados, presentamos suprotestación difamulatoria y nos v olvemos contra vuestro pasquineado regocijado acerca del ser, magia, espíritu, canción y fuerza, nuestras. Como representatistas y excelentes reclamantes exigimos con benevolente brutalancia que Vuestra Próspera Natividad cambie a decir la verdad y se desmezquine del engaño. Como amantes celadores de la paz os acometem os con la oferta benevoligna de delegacionaros a Vuestra Próspera Natividad Ijon Tichy en el planeta a gastos medios de la embajada (BAM), a cargo de LOS VECINOS DE LA TIERRA (BOM), por cuenta propia (BIM), indeterminatum (RRAI), para informar de nuevo sobre la factolipsia.
Hasta 117. Limer (cambio del Mes de la Germinación a la Luna de Mayo) espiaremos la aparición de vuestra Amable Natividad. En el caso de que os sustraigáis groseramente, seguirá el destroncamiento de un Konphlictum Interplanetarium.
En la esperada expresada oportunidad
QRDL, Embajador Plenipotenciario
2
SUNN SENSELENN BRAMGO RR Embajada Terrestre
Kirmregzudas de los Subyugados Dominios de Lustrania
¡BREIBARNOT ROPS!
Ideator: Brannaxolax Tun Tann 115 Mayo
Programmator: AC/01-94 ba
Operator: Linkomputter IX Type Sol U3
Operon: Ijon Tichy, hombre. Apreciado señor Tichy:
La embajada de los Subyugados Dominios de Lustrania le manda una cálida frase de saludo, como corresponde a los cuerpos de distintos sistemas .
No obstante, la antedicha embajada ha llegado a saber que usted, bajo el título de Diarios de las estrellas ha compuesto un libro, una maquinación escritilugio, en el que usted concentra su atención en la situación de nuestro glorioso cuerpo.
PUNTUALIZACIÓN
La embajada de los Subyugados Dominios de Lustrania comprueba con indolente pesar que usted se ha hecho culpable de todo tipo de errores, confusiones y deslices como sigue:
1) Con falsa perfección, usted en su escritilugio pasa por alto nuestra gran potencia, es decir, los Subyugados Dominios de Lustrania.
2) Usted llama KULUPOS a los CURDLOS, y los describe com o animales salvajes de caza, mientras que se trata de amontonamientos engrudados, preparados por los cabezotas de la ve cina Curdlandia con un propósit o host il contra los Subyugados Dominios de Lustrania.
3) Usted ha hecho gran cantidad de alusiones indecentes sobre las SEPULCAS y les ha dado a éstas un tinte pornoférico.
CONCLUSIÓN
Usted de ningún modo estuvo en nuestro cuerpo celeste, particularmente no en el territorio de los Subyugados Dominios de Lustrania, sino en el satelético Dysnilend, una parte de nuestro territorio que se colocó en órbita como centro de ocio y de diver- sión, as í como también con finalidades museicas. Las imita ciones, sintalias, erotochoques, telefatos y plastetos que allí se encuentran las tomó usted tontamente como representantes de nuestra civilización; y las instala ciones de recreo, por seres vivos y vehículos de automoción, entre otras cosas . Con ello, usted ha tergiversado la situación real de la s cosas en detrimento de las relaciones entre Entia y la Tierra que se van estrechando satisfactoriamente en la longitud, la anchura y la profundidad.
Teniendo en cuenta las referencias indicadas, le hacemos un lla mamiento, con toda la buena intención, para que rectifique sus infamias por medio de palabras sopesadas.
Suponiendo que su comportamiento no ha sido dictado por la maldad sino por la necedad, la embajada de los Subyugados Dominios de Lustrania está dispuesta a cubrir los gastos de un viaje de ida y vuelta entre la Tierra y Entia, y a garantizarle,
dentro de las fronteras de Lustrania, inmunidad ideológica, así como asistencia de menses y bolo alimenticio dietético.
En nombre del embajador de los Subyugados Dominios de Lustrania:
El adherido para cuestiones culturales. Terroparlante Diplomateur Sol U3 Nuncio de todos los componentes acreditados en Partibus
Barbarorum
Firma (ilegible)
Nuestra referencia: A-Pzuck-Ca-Pek-Py(7)Zek-Pro(5)Zek-Pur-9-Zack-Zack- Zack-Mehe.
Post Scripturam Terminatam: Incluya, por favor, en su respuesta nuestra referencia arriba indicada. En caso de no recibir respuesta pondremos en marcha el procedimiento normal gastroclásico B-93.
Comprobado y visto bueno: Dipluter Tarncanal de
Segundo orden
Zip-Ziptziquid Tittiquack
El estrépito del télex se extinguió, se hizo el silencio. Miré a los circundantes y vi a Zwingli, Düngli, Nützli y un mon tón de personas con nombres que sonaban de un modo parecido: me encontraba completamente rodeado de suizos.
—¿Qué significa esto? —pregunté con una voz horrorosa—. ¿Quién de ustedes se ha permitido esta «broma»? ¿Quién se propone vejarme? ¿Fue idea suya señor Zwingli? ¿Cree usted que me pasó desapercibida su alusión de ayer a la cucharilla de plata? Sólo debido a una amabilidad innata lo pasé por alto. ¡Todo tiene sus límites, señor mío! ¡Esto de ahora ya no es una cucharilla cualquiera!
Me interrumpí al percibir la consternación general, pero al mismo tiempo observé una sonrisa feliz y minúscula del doctor De Calance. Parecía haber encontrado en mis palabras un signo de perturbación mental y esperaba poder reforzar su equipo con un loco tan importante como yo.
—¡Por favor, tranquilícese usted señor Tichy! Se trata de otra cosa, le doy mi palabra de honor. ¡Se lo juro por los ojos de mis hijos!
Arranqué las cintas de papel del télex y las mantuve en alto.
—¡Si sus hijos existen de la misma manera que estas calumnias, entonces su juramento no significa nada para mí! Por favor, espero una explicación.
—¡Todo eso es auténtico! —gr itó Zwingli— . ¡Ni yo ni ninguno de los presentes podía saber de antemano el contenido de la simulación!
—¿Y yo tengo que creérmelo? —grité definitivamente fuera de mis casillas—. Acepto que se me hayan escapado algunos... mmmm... errores como los de Colón. Eso puedo reconocerlo. Pero t oda credulidad tiene sus lím ites. ¿Quieren convencerme acaso de que esta máquina no sólo ha descubierto mis equivocaciones, no sólo ha previsto la creación de estas embajadas con doscientos o más años de anticipación, no sólo ha comprobado qué notas de estas representaciones están dirigidas a mí, cuando ninguno de los presentes estará ya en el mundo, sino que además todo lo ha redactado en la lengua que se hablará entonces, y la firma se supone que es de diplomáticos que no existen en todo el Cosm os porque ni siquie ra han nacido? —Dejé el papel impreso en el pupitre de mando, los miré a todos uno a uno y dije—: Les doy diez minutos para excusarse.
Enseguida empezaron a hablar entre sí, hasta que finalmente Zwingli fue empujado hacia adelante. Primero reconoció, cubierto de sudor, con la cara completamente roja y las manos juntas implorando, que probablemente mi prepa-
ración aún no era la adecuada para el carácter específico del experimento. Él lo llamó un «enfoque telesemántico del escritor de la historia» en el que se había llevado a cabo la con frontación de mis Díanos con la carga tota l, para hacerme un honor, no para mortificarme. Dado que el programa de los agregados prohíbe soltar perogrulladas o dejar sin rellenar determinados puntos de los pronósticos , las máquinas llenan posibles lagunas con suposiciones, es decir, establecen hipótesis que incluso se extienden a la formación de los sonidos y a la ortografía de cada una de las palabras. Si no fuera así, el porcentaje de corrección de los pronósticos no se podría establecer con exactitud. El «porprovirt» (porcentaje probable de virtualización) de una palabra de la simulación puede ser precisado por la máquina a requerimiento, con una exactitud de cuatro lugares por detrás de la coma. El porprovirt puede ser muy bajo, sin llegar nunca a ser una magnitud negativa. Allí donde llega a cero, e l escr itor de la historia suministra vers iones contradictor ias de los m ódulos aprobadores y opositores (BAM y BOM). Est o, según Zwingli, podía y o observarlo, si tenía la bondad, en la primera carta, donde se hablaba de la disposición a financiar m i ex pedición a Entia a través de sus representaciones terrenales. Las cuestiones económ icas no pueden predecirse igual que los procedimientos materiales de otr o tipo, dado que re- quieren un particular tacto.
—¡Aclaremos primero lo que hay en la carga! —Zwingli se iba animando y agitaba los brazos de una manera muy poco suiza—. Allí se encuentra todo lo que sabíamos hasta ahora de Entia, toda la información que se recogió in situ o se transmitió por radio o por rayos láser a la Tierra, una documentación que abarca incluso los libros de canciones, de los colegia les de allí, por no hablar de los libros de texto de historia. La diferencia entre el nombre del planeta en la versión de la centrífuga de datos y en su informe no tiene mayor importancia que la que había entre la «India» y «América». Llamamos a todos los nativos del Nuevo Mundo, los apaches, los comanches, los aztecas y otros sioux, sólo indios, por eso, porque Colón los tomó por los habitantes de la India. Como se encontraban en un nivel de desarrollo inferior al de su descubridor, los nativos no pudieron hacer frente con éxito a esta falsa
denominación. Con Entia es distinto. Este nombre es distinto. Este nombre es la traducción latina del concepto con el que ellos mism os se denominan (como «s iendo» o «existiendo racionalmente»). De ahí se derivan the ent ians, los entianos , les entiens, etc. Eso no se lo ha inventado nadie, se deduce de la serie de acontecimientos que he- mos ajustado a la máquina de la historia. Sus bloques individuales han ido siguiendo en series de extrapolación el desarrollo en la totalidad de los planetas: qué Estados se convierten en superpotencias y crean embajadas como tales en la Tierra, de qué manera esa diplomacia maneja entonces sus asuntos oficiales y cómo se manifiesta todo esto en el tipo de correspondencia. Las notas que están dirigidas a usted, o a las personas físicas o jurídicas que le hereden, no se corresponden directamente, coma por coma, con nuestros s imula dos, sin embargo presentan un contenido y un estilo análogos.
»Incluso el código utilizado en el es crito lustrano se pronostica de acuerdo con la teoría general del desarrollo de la generación enésima de ordenadores bajo determinadas circunstancias técnicas, por supuesto no será este código, sino un código de este tipo, como es corriente en la diploma cia. No se descubren individuos o piezas sueltas, sino las clases a las que éstas pertenecen: los tipos. As í pues, al final de la nota lustrana no se encontrará este nombre, s ino un nombre de este tipo y mantendrá una relación con el nombre fantasma como la que tienen Zwingli con Düngli o Iwanow con Smirnow. Esto, sin embargo, es debido a que el bloque genea- lógico y de linajes de la batería de la historia ha comprobado las características típicas de los descendientes de los diplomáticos entianos, comprobando no las cualidades biológicas sino las características que allí, al hacerse la elección de los aspirantes a las escuelas de diplomacia, llegan a conocimien to de las autoridades. Los simuladores no fundamentan la «verdad última de la materia» sino los elevados criterios de la auto- ridad. Los señores pr ofesionales de la histor ia natural se han engreído y han hecho saber a todos que los contactos interestelares tienen su preludio en un cambio de impresiones sobre la geometría euclidiana y las leyes atómicas. Como si los enviados del llamado mundo civilizado, en su aparición en el Amazonas o en la Tierra del Fuego,
hubieran explicado a los nativos de esos lugares la trigonometría y la fís ica nuclear en lugar de intentar hacerles comprender por todos los medios que querían comerciar con ellos . ¿Se ha oído hablar alguna vez de que en las relaciones políticas se tratara de geometría o matemática? Sin embargo, ¿los contactos con otras gentes no pueden tener nunca un carácter apolítico! Lo primero que se hace es determinar las constantes de la Administración, es decir, de las oficinas, ya que donde hay política tiene que haber oficinas: un fenómeno que tiene carácter absoluto y que, en consecuencia, no está sujeto a la teoría de la relatividad de Einstein. En las primeras conversaciones no se habla de la velocidad de la luz, sino de la rapidez de los ascensos; no se habla del tamaño del núcleo del átomo, sino del tamaño del ámbito de competencia administrativo. Puede que los otros estén compuestos de silicatos, iodatos, clorat os o aminoácidos, puede que respiren oxígeno o flúor, que anden sobre las piernas delanteras o sobre las traseras; pero todo ello no ejerce la menor influencia en los parámetros de su burocracia. El entendimiento mutuo no depende de su estructura química sino de su estructura política.
En definitiva, aquello que a mi ver const ituía mot ivo de es cándalo —la falsa imagen de los fenómenos de esos lugares que yo me había tomado en serio— era, como ya me habían explicado repetidamente en todas las plantas del Instituto, un complejo común de primer descubridor (CPD), que junto con todos sus prejuicios pertenece a la teoría de errores y fallos. En m i cas o se correspondía con la diferencia elevada al cubo entre la distancia España-América y Tierra-Gamma tauri. Dato que el señor Prüngli, que llevaba un diploma de la Simulación General en el bolsillo, había deducido de una manera notable.
Colón había tomado América por las Indias; Ijon Tychy había tomado un satélite artificial por el cuerpo celeste original. Eso no era nada vergonzoso, no había ningún motivo para enojarse.
Escuché estas explicaciones bastante más tranquilo. El sabio suizo, con la barba desgreñada y las gafas empañadas por el sudor, agitó la correspondencia fantasma y berreó:
—¡Le juro que aquí no hay nada que se deje a la casualidad! ¡Observe usted, por favor, el v ocabulario de las dos car tas y comprobará las diferencias en la red social y, con ello, también la diferencia del producto social bruto entre Curdlandia y Lustrania. El bloque planetológico-e conómico de nuestra instalación ha apreciado estas diferencias. La carta de Curdlandia indica los modestos medios de que dispone la diplomacia: la embajada emplea a algún traductor mal pagado y en consecuencia pésimo, probablemente un hombre, puesto que siempre sale más barato que llevar consigo un políglota propio, ¡y no hablemos ya de su valija diplomática!
—¿Qué es lo que pretende hacerme creer? —dije—. Las notas originales se encuentran precisamente allí. —Señalé la infatigable pantalla al rojo en la que pululaban los piojos jeroglíficos—. La traducción la ha hecho vuestro aparato, aquí y ahora, y no un hombre, un funcionario, un traductor del cual ni s iquiera se sabe todavía si el abuelo se casará con la abuela.
—¡No, no, eso no es así! ¡E stá usted en un error! Eso sería un defecto técnico imperdonable. El posible conflicto, el enfrentamiento interplanetario, se origina del modo más sencillo, por culpa de malentendidos en el intercambio de notas, ¡de ahí la necesidad de anticiparse incluso a las causas gramaticales y ortográficas de dichos malentendidos! Las tra ducciones se han sacado del bloque genealógico en conexión con el bloque de propaganda para la exportación, hallándose ambos sometid os al control del bloque para límites salariales máximos. Por lo tanto, la máquina, si se me permite expresarlo de una manera gráfica, ha creado el fantasma de una embajada, ha introducido dentro de éste el fantasma de una jerarquía oficial y en el correspondiente escalón ha colocado el fantasma de un funcionario subalterno que ha traducido el documento incriminado sin entender nada del mismo, ya que no le pagan para que
entienda. Quiero decir —aclaró en voz más baja, como hablando consigo mis mo— que se trata en este caso de un emigrante que no sabe ninguna lengua correctamente aparte del turco... La rica Lus trania, en cambio, emplea autómatas en la diplomacia, ya que cuanto mayor es el desarrollo de un Estado, más barata le sale la automatización y más caro el trabajo llevado a cabo por seres vivos.
No diré que estuviera completamente convencido de t odo aquello, pero se había hecho tarde y aplazamos hasta el día siguiente la ulterior discusión de las dos notas y de sus consecuencias, y me fui a casa. Estaba tan deprimido, tan herido en mi honor de viajero del espacio, que cogí el teléfono y marqué el número de Tarantoga en Nueva York para descargar mi corazón en un alma gemela. El profesor me escuchó con paciencia, finalmente resopló colérico por el teléfono: —¡Y encima te quejas, querido Ijon! Conque los suizos han inventado ese ordenador. ¡Quién lo hubiera pensado!
¡Baterías de centrífugas de datos! ¡Pero si puede ocurrírsele a cualquiera que se pare a pensar un rato! Los contactos ya se han iniciado, ¿no? Entonces, alguna vez habrá que llegar al intercambio de embajadores, ¿no? Cualquier agregado cultural tiene que hacer algo, ¿no? Un agregado cultural no hace cosas que en realidad tengan sentido,
¿no? Así que recoge material para las reseñas de la prensa y para los informes a los
presidentes. Al fin y al cabo, tiene que demostrar que hace algo. Antes o después, se entera de la existencia de tus Diarios de las estrellas y ¿qué va a hacer si no es dar su versión de las cosas?
—Cierto —dije y o, es tupefacto y avergonzado al mism o tiempo— , pero escúcheme profesor, había ciertos detalles... incluso un código secret o diplomát ico de los lustranitas. La oferta de financiarme el viaje...
—Eso lo haría cualquier embajada en un caso semejante, y todo lo demás son exageraciones absurdas. ¿Has visto algu na vez cómo se hace de una cucharada de azúcar una nube de algodón grande como un edredón? ¿Te das cuenta? Pero me alegro de que me hayas llamado, porque hace tiempo que quería comentarte una cosa. ¿Te
acuerdas de la Enciclopedia Cósmica que te presté una vez? Pues todo aquello de Enteropia y las sepulcas era una falsificación, un engaño, un embuste con e l que alguien quería hacer el agosto.
—¿No podría habérmelo dicho un poco antes? —le pregunté irritado, ya que parecía como si todo el mundo se hubiera conjurado contra mí.
—Quería hacerlo, pero ya me conoces, lo olvidé. Lo había apuntado en una tarjeta de visita, la tarjeta de visita la metí en el chaleco, llevé el traje a la tintorería, perdí el resguardo. Entonces tuve que irme de viaje a Próxima y por eso...
—¡Pues sí que me ha hecho usted un buen servicio! — le dije, y terminé rápidamente la conversación. Temía, con mi temperamento colérico, cubrir al profesor de insultos.
Fue un día de novedades tristes y de ataques de ira. Por cortesía, había llamado a Tarantoga después de medianoche, cuando en Estados Unidos es de día. No quería sacarle de la cama. Además estaba hambriento; en el Instituto no había comido prácticamente nada. De manera que fui al frigorífico a buscar el asado frío de ternera. La asistenta, a quien yo había dado permiso para hacer las comidas en m i casa , no tenía vergüenza. En la nevera apenas había más que huesos, cubiertos de piel para guardar el decoro. Hambriento y furioso me comí una rebanada de pan con mantequilla y me fui a la cama.
En el Instituto, mientras tanto, habían elaborado mediante las máquinas un diccionario para esclarecer las dos cartas: desmezquinar - corregir; ante tal cariz - en vista de; decir la verdad - no mentir; etc. No me apetecía nada tener que mirarme también aquello y exigí el a cceso a las fuentes, cosa que produjo una cierta confusión. Ningún jefe de departamento estaba autorizado a dar un permiso semejante, de manera que fuimos a la dirección. Allí se puso de manifiesto que estábamos frente al siguiente distingo oficial: el Instituto podía permitirme e l acces o a la carga, pero no a
las fuentes, o sea a los originales de los informes y documentos, a partir de los cuales, por medio de extracciones y resúmenes, se crea la carga. Todo eso se encontraba en los archivos se cretos del MAE, y ningún empleado del Instituto podía hacer uso directo de ello. A este respecto no cabían dis cusiones ni lamentos; era sencilla y llanamente el reglamento, que separaba el ámbito de responsabilidad del Instituto de las competencias de las correspondientes secciones del MAE.
—Bien —repuse a eso—, entonces denme por favor la car ga y diríjanse a la persona responsable en el Ministerio, a fin
de que a la mayor brevedad posible pueda conocer el or iginal. Como primer descubridor y pionero tengo perfecto derecho a ello.
—En cuanto a lo primero, no hay ninguna dificultad —dijeron—. Y sobre lo segundo, haremos lo posible por complacerle.
Düngli, que por cierto también podría haber sido Wrángli, me llevó a un pequeño despacho donde había una terminal, un sillón, un escritorio, un monitor, un aparato de lectura, un termo de café, galletas y un ramo de flores en un jarrón de cristal. Cuando me quedé solo conecté enseguida el aparato y contemplé en la pantalla lo que la famosa carga tenía que comunicarme.
Que el lector voluntarioso no se esfuerce en entender lo que ahora transcribo literalmente, mejor de lo que yo pude hacerlo entonces. Sólo quiero recordar lo que significan las abreviaturas utilizadas. BAM: batería de módulos aprobado-res, es decir, la opinión de la mayoría de las baterías; BOM: batería de módulos opositores , es decir, la opinión de la minoría; RRAI: red de reguladores de alta inteligencia, uno de los módulos que sirven para la unificación y que, por regla general, no conseguía ningún tipo de unificación; BIM: batería de módulos invig ilitativos , que, cuando el lío ya es completo, añade su granito de arena.
ENTIA, losan , KIRMREGZUDAS, curdl. KOERDELLENPADRANG, en la constelación de Aries, planeta séptimo de Gamma tauri. Cuatro continentes (Dydlantida, Taraxia, Zetlandia, Maumasia) . Dos pantocéanos surgidos de precipitaciones m icrometeoríticas disgregadas (BAM), como consecuencia de la contaminación industrial del ambiente (BOM), por motivos desconocidos (RRAI). Alrededor de 100 0 volcanes d e cieno profundo (Blubbcanes) considerados por los primeros descubridores erróneamente (BAM), correctamente (BOM) pampas frías (clase Inmersionales, orden M ermeladin ae, famili a Macarronicea [Pasta Estriada]). Un Orean (can deado orgánico [BAM], d estrucción orgiástica de c adáveres [BOM], canalización orquestal [BIM], puesto a secar desde hace tiempo [RRAI]. Un satélite sintético (satelético) CASTRAT (Camuflaje con finalidad es estratégico-tácticas (BAM), museo al aire libre y centro de recreo [BIM]), una parte del territorio de Lustrania puesto en órbita (ver), de diámetro variable y por ello hinchable (BAM), consecuencia de espejismos (BOM), ¡vaya usted a saber! (RRAI). Clima agradable, desestabilizado por la industrialización (BAM), criptomilitante (BOM), siem pre ha sido así (BIM).
El plan eta está habitado por una raza de s eres racionales (BAM), por dos razas racionales (BOM), esto dep ende d e cada punto de vista (RRAI). El arte tiene figuras hum anas (BAM), las fi guras hu manas son una forma d e larva d entro de la metamorfosis ya que los nativos son seres mutantes y andan sobre una cuerda del MEDIO pasando por UNO Y MEDIO O DOS MEDIOS' a BOLAENANOGI-GANTE (BOM), se visten y comportan sólo de diferente manera (BIM), todo es sólo mitos y leyendas, ver «Politografía de las razas de Aries», sólo para el uso de servicio MfX 34)/2ab/99 (BUM) . Los datos de BAM procedían de los lústranos, los de BIM, BOM, BUM, d e los curdlanos, por lo t anto, no son comp atibles unos con otros (RRAI).
La diferencia de los sexos es notable (BAM). No hay ninguna diferencia entre los sexos
(BIM). Todo es al revés d e como en l a Tierra (BOM).
Organización estatal: el Estado Andante curdlano presenta un a forma de sociedad única en toda la galaxia, también llamada Pele-móvil Nacion al o simplemente Arrastrapiés en el len guaje popu lar. Se trata d e una unión rústica autoadm inistrada de curdlos habitados los METROPOLAGARTOS. El poder más alto en el Estado lo ejerce el presidente de los obscuros (el superior de los curdlos). La unidad administrativa es el curburdel, también llamado CÁMARA DE CAMBIO. Los obscuros se llamaban originalmente condugartos, una abreviación de conductores
de lagartos. El naciomóvil surgió en un período de tiempo, que se extien de durante si glos, de la doma de los pirosaurios, sobretodo de sus formas cazables apagadas y apenas todavía en brasas, como el poliservo repulsivo de cola (basto-grande) y el Cuckcurdlo, reptil de sangre fría, cuyo peso, estando vivo, puede llegar a alcanzar las 1500 toneladas. El curdlo apagado se llama dragón; el seco, desecado (Draco Pyrophoricus Curd. L. Msim eteni, que recibió el nombre de su primer descubridor, un participante de l a IX exp edición del Instituto Sauriológico). Tam bién Choerdll, Cjórdl y QRDL. L a cría de curdlos sustituye la cons trucción de viviendas, que es imposible debido a las desecacion es de terrenos pantanosos y a los empantan amientos, es d ecir, a las inun daciones que aparecen periódicamente originad as por el pantocéano. El equivalent e a los períodos glaciales de la Tierra en Entia son los períodos lodales (BAM).
En Entia no h a habido nunca reptiles qu e escupieran fuego. BAM se basa erróneamente en la mitología y en la propaganda de Curdlandi a. Los curdlos no son ningún bastogrande, sino grigallos surgidos en el curso de la evolución natural (lucha por la supervi- vencia en los pantanos). Como fuerza de trabajo forman el ll amado granpillón (BOM).
Según la versión lustrana son cadáveres (caparazon es) que en el m arco del problema de la viviend a fu eron destripados por los aldeanos n ativos, y los mismos aldeanos que están en servicio de galeras los mantienen en movimiento, la llamad a Cad averia Rusticana. Según la versión curdlana, en cambio , se trata de productos de la ingeniería gen ética qu e fueron diseñados por el presidente de los obscuros. No son compatibles (RRAI). La lucha de los nómadas con los saurios condujo a una simbiosis de los jefes nativos con los curdlos gracias a la preñez de viento, así como a la capacidad de equilibrio en la gurgitación y regurgitación (así como a la predisposición al purgamiento [BUM]). Los metropolagartos son asentamientos sociales simbióticos (BAM). Nada parecido (BOM). Como pseudozoos, es decir, como una existencia h abitable de piez as de caza sintéticas, producidas por fabricantes fetal es fu sionados en la Asociación de Ingeniería Genética (BEM) . La fabri cación tiene lugar de acuerdo con la muestra del curdlo origin al, p ero sólo se parece a él en eso (MAM-MAM).
Estructura del Estado: Curdlandia está poco estudiada. El presidente, qu e no gobierna él mismo, prepara pens amientos sobre el arte de gobernar. Para el uso interno, estos
pensamientos son interpretados por los obscuros (denominaciones históricas: padre del curburdel, curbeisl, curamo, entre otros) (BIM, BAM, BOM).
Los metropolagartos sufren trastornos intestinales: una alergia (BAM), diferenci as de opiniones políticas (BIM), efecto de parásitos, desaseo, rampas y panzas (BUM). Las formas mencionadas no son p arásitos sino funcionillas d el consumo (BOM) .
Los curdlanos son muy sensibles en lo que se refiere a su doctrina del Estado original. La utilización de nombres como carnaza chapucera, ruina, atrofiado, reventodado, sesteante podrido, pal mante, y d enominaciones dirigidas a curdlos tales como pasillos sinuosos, sarcófagos galopantes, vagabun dos crípticos, etc., están perseguidas y muy pen alizad as y llevan consigo destierros humillantes (proscripción a la parte posterior: la llamada deportación). En la antigü edad los curdlos fueron utilizados como mausoleos de im portantes hombres de estado, de una man era comparable a l as pirámides de la Tierra (BAM). Todo esto son sólo mitos y sagas (BEM). Al go de eso h abía (RRAI). Ver la Mitología entiana, capítulo
«Arcomobilística, la poliarquía peropatética, el mito del presidente». Id. Manual del revolcadero, sólo para uso profesional. ¿Cuántas piernas tiene un curdlo? (Licenciado J. Bladder. MAE 6/4e-4). Hi storia de la lucha con la lombriz de garra. Id., El vomitivo como política. Id. El curdlo ¿víctima de una explotación exhaustiva. Id. Derecho de alquiler y exigencias de espacio habitable en intestinos. Id. ¿Eran los curdlos en los tiempos prehistóricos bunkers contra los meteoritos?, W. Tutas. Ver: Informe de la II expedi ción entiana fracasad a IMH, simulado de la serie B/9 y t/9- Id.: «La vida curdlana exterior en la herejía del autoautoestopista» en Anuarios del Instituto de Serificación Postuma, T. Quargl, PIP 20 111.
«La composición química del cinturón d e grasa del curdlo», I. Dragonder, Acta Curdeliana,
tomo XI, pág. 345. Análisis est ructural de la lírica curdlandesa trabajo común del IMH, 239/c. Los reptiles comprimidos descarnados y los piroflamatos como lanzallamas, doctor Revolvender, Boston McGraw Hill, trabajo de oposición, con un tiempo de pronóstico de 40 años. Rüngli y Kinderstein. Impreso en el manuscrito.
Las siguientes trescientas voces del índice de citas no las menciono, sino no llegaría nunca a la parte d e la carga que está d edicad a a Lustrania.
Lustrania. También Subyugados Dominios de la Alta Lustrania (BAM). Federación Libre de los Estados Perfectos (BIM), los Estados Ligados d e Taraxi a (BOM). El m ayor poder en Entia, altamen te desarrollado (BAM), demasiado desarrollado (BIM), en malas relaciones con la vecina Curdlandia. Los crecientes problemas de la política interior condujeron a una desaparición paulatina de la inteligencia en los dos partidos políticos dominantes, que presen- taban los candidatos para el gu alterio estatal (BAM), el presidente (BIM): a la vista de dificultades insalvabl es faltaban candid atos perspicaces, d e miras amplias, que quisieran ofrecerse voluntariamente para ocupar el alto cargo. La debilidad galop ante de las admi- nistraciones, que se sucedían unas a otras, llevó a la crisis y a la introducción paul atina de la lotpo (lotería política o -s), como antídoto contra el retroceso de la buena voluntad del gobierno.
Cuando, de m anera crecient e, la m ayoría de los ciudadanos del Estado se negó a cualquier participación en el sorteo de la lotpo, en el siglo XXIII, se proclamó un estado de excepción y se estableció la «Obligación de servicio general en el Parlam ento y el Gobierno». El crecimiento d e la técnica de orden adores puso fi n a la cri sis. Al final de dicho siglo, la automatización de la administración se había hundido, d espués de que los civilizadores, como consecuencia del síndrome de logistrón, revocaran el poder de los señores. Los sistemas superinteligentes adolecen d e tumefacciones de tipo maligno o de p aralización debi da a la propia genialidad (geni álisis progresiva). La fundación de la cultética (cultura sintética) ofrece una vía de escape como la ecosofisación y l a h edopraxis (distribu ción obligatoria de la felicidad) . Las instituciones de Lustrania sirven como protética para las relaciones sociales destruidas por la prosperidad (BAM). Surgen como consecu encia d e l a fusión de l a razón de estado y de l a religión predomin ante (BIM). Dudoso (RRAI). Se trata d e correcciones etificantes a posteriori del m edio ambien te, las t écnicas de apresami ento del placer egodifusoras y absorbentes de la maldad qu e forman juntas la cultética. Basándose en la ideologilización ennoblecid a del medio de vida, las call es, edifi cios, objetos, vestiduras, entre otras, se elaboran a partir de menses —microelementos lógicos— que por medio d e un tratamiento previo han sido educadas p atrióticamente. L a m entificación ha alcan zado en las grandes ciudad es un nivel d e 60 u nidad es de intel igen cia por gramo y segu ndo. En las zonas de aglom eración de l as ciudad es, hasta un a profundid ad de 40 metros, ya no ap arece nin gún tipo de sustancias no inteligentes (BAM). Ésta es la versión oficial (BOM). El resto del
territorio está ideologilizado en un 87% (BAM). Dudoso (BOM). La cultética confiere al medio ambiente civilizador sentido común para que se ocupe del bi enestar de los ciudad anos y del suyo propio, elimine automáticamente el daño ocasionado por la oposición, ejercite además funciones de formación, de servicio y de asesoramiento, absorba todos los intentos de delincuencia e induzc a a la impudicia consultiva dentro de los límites del derecho (BAM). Esta característica es el resultado de haber empleado en la descripción de la cultética categorías terrenales (BOM).
Los objetos mentificados ejecutaban encargos u órdenes hasta el límite dond e se rozaban los intereses del prójimo. Las m enses de l a primera generación (pensant es y racionales) fueron p ervertidas por el averno, p ero los prototipos equipados con esclales (esclusas morales) son resistentes a l a m aldad en un 99 ,998% (BAM). Esto es lo que dice el gobierno (BOM).
La producción industrial se divide en del ectativa y preventiva.
1. La masa de mercancía delectativa se crea a partir de la inegolación, de la felicitación de confección o hecha a medid a indivi dualmente, de remiendo , de chapuz amiento, de confitamiento, así como de la prep aración sintética d e rígidos currículos (Presinricur) con elección del objetivo final . Estos son dep artamentos indus trializados de la informática hedotológica, l a llamada love-line. En concordancia con el eslogan electoral Fac quo vis, c ada habitante de la n ación hace lo que quiere y el. Estado tiene l a misión de maxim alizar la bienaventuranza general. La admin istración se sirve de la hedometría, es decir, la medición de las sensaciones agradables, qu e recorren, por tiempo de vida, los cordones nerviosos de un habi tante de la nación. Pu esto que la oferta es de 108 veces mayor que la capacidad de admisión de la p ersona estadística (tiempo de sueño incluido), debe ll evarse a cabo una elección de l as delici as. De esta tarea se ocupa el d ecantador de placeres p ersonal y obligatorio o proponador, que asume la función de hacer feliz a la p ersona en cu estión conforme a sus inclin aciones, t emperam ento y capaci dad d e carga in dividual.
Por eso nadie está mejor en la Galaxia qu e los lústranos (de acuerdo con una declaración del gobierno CCC/5 /Zub.) (BAM). Esto se contradice con l as informaciones de Curdlandia, que hacen referencia al creciente índice de suicidios. Uno de los problemas más
difíciles de solucionar fue l a p érdida d e las p ersonas próximas como consecuencia de golpes del destino o por muerte natural. Dado que las curas de desacostumbramiento no surtieron efecto, el MCF (Ministerio para la Completa Felicidad) se vio en la necesidad de producir aproximados o comosi (pseudotas y pseudolacas): arnorroides, mámales, papitos, mimosines, maricotes, entre otros. Se fabrican a petición de las personas afectadas o de la adm i nistración de cementerios correspondiente, dentro del program a del entierro, que tiene su cúspide con la aparición de la copia ideal del difu nto ser querido. Los ciudadanos que tienen parientes con un carácter difícil, pendencieros, pued en, de la mism a manera, encargar una familia protética, incluso en vida de las personas originales. A estos últimos, con el fin de efectuar una compensación justa, se les manda igualmente el doble adecu ado (en el lengu aje corriente general este procedimi ento se denomina muñequiz ación de la famili a). (De acuerdo con fuentes lustranas, BAM). Los preparados de familia rellenos son escenario de casos horribles que hacen erizar el pelo de pantano de cualquier curdlo (BOM, de acuerdo con los datos curdlanos. Ver también Manual del agitador curdlano 391/R, así como la conferencia del presidente del presídulo obscural, en la X. Sustentación d e los Metropolagartos, parti- cularmente el ABC. «Familias falsas como entrenero d e la masacración en Lustrania» [BEM]).
La egoextensión o la multiegol ación permiten la experienci a compilativa de cosas que normalmente no pueden experim entarse al mismo tiempo. Con este fin, se conectan love-lines a través de u n egoizador en amb as esferas del cerebro. El programa gubernamental tenía previsto, dentro de un tiempo de pl anificación quin quenal, un crecimiento general de la felicidad d el 4%, pero se llegó a un estanc amiento (BAM), a apariciones de l as que todavía se va a h ablar (BIM, BOM).
La producción de la industria preventiva niega la filtración de la verdad de los módulos de baterías en lo que se refiere a la fuerte divergencia d e los datos. De acuerdo con fuentes lustranas, este tipo de ind ustria no existe; de ahí q ue la si guiente p arte de la c arga se base en las fu entes curdlanas teni endo en cu enta las desm entidas informaciones lustranas. Por estos mismos motivos, en el texto, en lugar del ín dice de módulo (BIM, BAM, BOM) se encuentra la indi cación sobre la fuente (CUR, LUS) .
La oposición, contraria a las menses, se esfuerza por una renaturalización del medio ambiente; su solución reza: «destrucción curativa». Es tolerada por el gobierno lustrano
(LUS), perseguid a hasta la utilización de torturas secretas así como la sustitución de ciudadanos desleal es por leales desciudad anos, los llamados muñecos (proyecto secreto de la total protetización de la sociedad, es decir, la muñequiz ación) (CUR) . Pura propaganda, puras calumnias que carec en de todo fund amento (LUS). Las expresiones de uso corriente testimonian las relacion es real es de las m asas con la dictadura de l a beatificación:
«rechupetado», «ahogarse en la felicid ad», «dis persión de azúcar». Cuando alguien es muñequizado, se d ice en lenguaj e coloquial que le h a dado un «ataque d e dulce» (CUR). Estas citas proceden de obras de la lit eratura fant ásica (LU S).
Gracias al consumo primitivo de m ercancías, l a sociedad se aleló, pero las exigencias establecidas por el medio ambiente, con un alto grado de inteligencia, llevó al desarrollo espiritual y a la formación general (LU S). Sin embargo , lo esencial se observó en el campo del asesinato alevoso y de los métodos que sirven a tal fin (CUR). La actividad supuestam ente subversiva en anticultéticas perversiones (perseversión) forma parte igualmente del nu evo sistema de formación del pueblo . El medio ambi ente ennoblecido absorbe
no sólo cualquier intento de perpetrar un delito, sino que también actúa con procesos de convicción profilácticos gracias a una cuidadosa asistencia en estado despierto y gracias a la somnoscipia (espectroscopia de los sueños) para desconectar pesadillas y delirios (LUS). Esto no es otra cosa que un permanente espionaje de los ciudadanos y la castración del espíritu incluso durante el sueño (CUR). En lugar de someter a los sádicos a un tratamiento, el MCF lustrano (Ministerio de la Completa Felicidad) les envía los objetos, que son distribuidos por las agencias de venta por co rrespondencia de m ateriales contundentes y los estudios de faxi-familiación (CUR). Los motivos para cometer un asesinato están sujetos a una completa transformación. Ya no se mata teni endo en cu enta la p ersona de la víctima, sino p ara romper la resistencia de las barreras de la moral (barremor) creadas por las menses. Comparar: El deporte amateur del asesinato de la vida en Lustranta, Editora Estatal del Científico Cuckcurdlo
56/b/9; La etosfera como criadero de degenerados, revistas del Mx. Pres. del Obscur., tomo V, págs. 77ss; también: folleto interno lustrano «¿Cómo se las arregla el POP?» (Persona Opulenta Picante). En la jerga lustrana d e los mal eantes h ay sinónimos para POP como hachero, tranviero, colgajo gelatinoso, ensanchero, chupón mentec ato, po trero a pedales, debilucho (Diccionario idiomático de cultética, Ac. Científ Curdl., Pcim. 6 7/b/KUR) . O.a.
desmentido por parte lustrana en «Campañ a de calumnia y difam ación», Acta lustrana cuité tica, tomo II, 67/4 3s.
Los intentos para desviar los comportamientos malvados median te el milagro narcótico llevaron a las ciudades lustranas a las demoléis (demoliciones del frenesí) ( CUR). Ésos son los simplistas de los fans después del partido de liga telecinética (L US). L as deficien- cias sociales más importantes de los Subyugados Dominios de Lus-trania son los trampolines, los grapas posteriores, los saltadores, los tetorunigos, los mausoleos familiares y el complejo samoyedo.
I. El trampolín es la fu ga en masa de l as metrópolis, la bús queda, ll ena de pánico, de una tierra libre de menses (CUR). Son emigraciones de sectas y nada más (LUS). Las masas examin adas p isotean todo lo qu e se les pone por del ante y d ado que las in mobiliarias no ceden se ll ega a rupturas de l a base del cráneo. Los materiales d e construcción, pese a dárseles pensam ientos e instintos, no muestran ni ngun a fl exibilid ad.
II. Los solitarios reaccionan frente al medio ambiente ennoblecido con el salto. Con el pretexto de querer disfrutar de buenas vistas los saltadores buscan lugares situados a gran altura, balcones, aberturas de ventanas y similares, para vencer por la astucia (CUR). En Curdlandia, la tas a de suicidios es 8 veces superior.
III. Otros síntomas de esta reacción se mani fiestan en los grapas posteriores, los runigados y los ojlofilios, es decir, los buceadores de montones. Todos ellos buscan cobertura detrás de los cadáveres de terceros. Los ojlofilios se afanan en buc ear hacia abajo en grandes montones; los grapas posteriores y los runigados saltan como pulgas sobre todo lo que se mueva (el ensamblaj e convulsivo, recatadamente desagradabl e). El buc eador de montón se diferencia d el runigado en que el primero reacciona de una m anera catatónica para hundirse en la oscuridad y es tratado como un enfermo men tal, mientras que el segun do, por su aparición en tropel, representa una secta reli giosa y el acto de aspiración se considera como un comportamiento ritual (sin ventosidades) d e amor al prójimo.
El mausoleo familiar se entierra, sobre todo por parte del padre, en pozos o minas que excava a gran profundid ad en lu gares no mentific ados, dond e pu eden sentirse para siempre en su casa.
IV. La expresión extrema de un comportamiento anticultético es el sucidio racional camuflado. Se activa por lo gen eral con u n aparente morderse las uñ as.
Aparte de esto, en el territorio de los Subyugados Dominios actúan los indistas (indiferentistas). A ellos todo les da igual, lo principal es estar siempre en contra de las reglas de la cultética. Colocan varas enviscadas para las madres de los altos funcionarios estatales, construyen trampas para matronas, anulan el plac er de la lovedine de los colegiales, ensucian con objetivos determinados el medio ambiente vivo, alteran l a capacid ad de c arrera personal a los no necesitados y a los seniles, buscan pendencias, se vuelven malvas y se amotinan en el cielo azul. El Ministerio para la Completa Felicidad, incapaz de actuar contra ellos, dio orden al Ministerio de Industria Ligera d e equi par toda ropa int erior con sensores dolorosales (dañeros). Estos sensores están programados d e m anera preventiva y pen alizadora (PPP) y, en caso de que se sospeche que el portador de la ropa interior tiene malas intenciones, desen- cadenan un fuerte ataque de ci ática. (Elimin ación de la mald ad a través del dolor.)
A consecuencia d el fracaso de este procedimi ento, los legisladores degen eraron en monstruos. Aquel que, engañando a los dañeros, manteniéndolos alejados, pudriéndolos o utilizando bálsamos, entre otras cosas, fuera reincidente era sometido a la extirpación del cerebro y, mediante un preparado de perpetuación enurálgica (prep erneu), convertido en una carroña para el resto de su vida. El conden ado, o más bi en su preparado n eural, llega a la presentación pública en la el ectropicota y emite gritos de dolor. Estos son aumentados con megáfonos que están conectados al haz de nervios de la ex-laringe. La ciencia lustrana, gracias a cálculos concienzudos, se ocupa de que la c apacidad d e transmisión del haz de dolor sea utilizado al máximo (CUR ). Estos gritos salen exclusivamente de las discotecas de jóvenes: cualquier otra cosa es una infame calu m nia de la propagand a en emiga de Curdlandia, que no tiene ver güenza (LUS).
Hacía tiempo que había pasado la medianoche cuando interrumpí la lectura. Me zumbaban los oídos: Curdlandia pronosticaba a Lustrania una guerra civil sin
civiles entre menses y antimenses, es decir , entre la cultética y la anticultét ica; Lustrania, a su vez, creaba sombrías imágenes de los metropolagartos de Curdlandia y los definía como cárceles ambulantes. Procomsu (prótesis del comportamiento suave), etificación del medio ambiente y su contaminación antisófica, bombas de introducción de furia, bunkers de protección contra el celo, quitaganas, deterrogenatos (preparados para la atrofia o desaparición del terror), mámales, antihermanos, cazacuñados, pazguatos, galantones. E stos y otr os m iles de conceptos igualmente enigmáticos giraban en torbellinos por mi desventurado cerebro. Me encontraba allí, en el piso decimosexto, junto a la ventana; allá abajo dormía tranquilamente Ginebra y a mí, allí arriba, me angustiaba la duda de si llegaría a saber la verdad sobre los planetas que yo, en mi informe, había despachado tan precipitada e ingenuamente. Apenas la amortadela quedaba definida por BAM, RRAI o MAM-MAM como ciudadela del primer amor, KUR o BOM la definían como masa de carne, una especie de embutido. De manera que ni siquiera había averiguado si los entianos son uni-, bi- o plurisexuales, ya que en respuesta a esta pregunta había un montón de puntos de vista contra- dictorios. Además, tenía la intensa sensación de haberme puesto en ridículo al confundir un satélite de recreo con el propio planeta, y los juegos y diversiones que allí tenían lugar con dramáticas reacciones frente a la lluvia de meteor itos. Cuando menos, ahora comprendía por qué el Tor sólo me había trastornado a mí, dejando, sin embargo, comple tamente fríos a los nativ os: a m í me pasó com o al pueblerino que va al teatro por primera vez y grita a Ótelo que, por amor de Dios, se proteja de Yago y no estrangule a Desdémona.
Me ardían las mejillas por esa vergüenza que estaba decidido a borrar costara lo que costara. Me juré no descansar mientras no tuviera acceso a las fuentes originales que no habían sido enturbiadas por el trabajo irreflexivo y pretendi- damente imparcial del ordenador. Me constaba que no sería fácil, porque el acceso a los archivos de Aries sólo dependía de un cierto doctor Strümpfli, consejero privado del MAE. Se le consideraba una persona muy poco tratable, fanático de los artículos legales, y un formalista sin alma , un suizo en una palabra. El profesor Gnuss no podía
hacer por mí más que conseguirme una entrevista privada con Strümpfli para el día siguiente. Todo lo demás, vencer la resistencia burocrática, dependía de mí. Suspiré profundamente y quise paladear un último trago del termo, pero en el fondo del mismo había sólo unos pos os de café secos . Incons cientemente leí en ellos la profecía de la derrota que me esperaba en el despacho del consejero privado. Miré a mi alrededor en la habitación, me metí una pastilla de menta en la boca para quitarme el mal sabor que tenía por culpa no sé si del cordón bleau del mediodía o de la carga, y me fui a dormir.
Strümpfli me recibió con una expresión fría. Un diplomático de semejante rango, un auténtico consejero privado, naturalmente domina el arte de quitarse de encima a los visitantes con el dedo meñique, y yo no habría conseguido nada de él si la casualidad no hubiera venido en mi ayuda.
Para que me fuera sin conseguir mi propósito, por lo menos tenía que mirarme, y también yo le observé, con lo cual nos reconocim os mutuamente. Por supuesto no ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, ya que no nos habíamos visto nunca en la vida, sino poco a poco, en la medida en que nos íbamos examinando uno al otro. Le reconocí primero por la corbata, o mejor dicho por el m odo en que llevaba hecho el nudo de la corbata, y también él tuvo que encontrar en mí el signo correspondiente, no sé cual. Sea como fuere, carraspeamos ambos casi a la vez e, incómodos, sonreímos. No que- daba lugar a dudas. «¡Pero si es él!» me cruzó por la cabeza, y a é l le pasó algo parecido. Tras un instante de vacilación, me alargó la mano por encima del escritorio, pero esto, en la s ituación que se había creado, no era suficiente (durante una fracción de segundo pareció reflexionar, no podía echarme los brazos al cuello, eso habría sido excesivo). A continuación, guiado por su instinto de diplomático, salió de detrás de su mesa, me estrechó la mano calurosamente y me condujo al rincón donde había un tresillo forrado de cuero grueso. Comimos juntos, después me invitó a su casa y no nos separamos hasta eso de medianoche.
¿Por qué sucedió todo est o? Muy sencillo: tenemos la mis ma asistenta. No uno de esos modernos autómatas destroza-vajillas, s ino una auténtica, activa y laboriosa asistenta cuya boca no para de hablar ni un momento, de manera que puedo afirmar, sin exagerar, conocer al consejero privado como s i hubiéramos comido del mismo plato durante años. Dado que esta mujer se t iene por persona muy discreta, nunca mencionó nombres; me hablaba siempre del «señor consejero». A mí no sé cómo debía llamarme y habría sido una torpeza querer averiguarlo, si se tiene en cuenta además que nuestro mutuo conocimiento, concretamente al principio, exigía tacto por ambas partes. Especialmente sobre mí pesaba una gran responsabilidad, ya que nos reuníamos en su piso y y o tenía que andar con mucho cuidado: una fugaz mirada a la cómoda o a la alfombra extendida ante el sofá habría sido en un extraño algo completamente inofensivo, pero tratándose de mí se convertía en una clara alusión y en algo muy serio, pues ¿acaso no conocía yo el contenido de la cómoda y lo que caía de la alfombra al sacudirla cada lunes por la mañana?
De manera que sobre el trato que teníamos el uno con el otro se cernía constantemente un peligro específico. Al principio no sabía dónde poner los ojos, incluso pensé en poner me unas gafas oscuras, pero es o habría sid o un auténtico desliz. De ahí que también yo lo invitase a mi casa, aunque él parecía no tener prisa en devolver las visitas . Tras reflexionar un poco, llegué a la conclusión de que no se trataba del material que él tenía (el acceso a los archivos secretos no sólo requería su autorización, pero él había asumido la realización de las formalidades pertinentes), sino que, por decirlo de alguna manera, me ponía a prueba. En mi casa, por el contrario, habría tenido que ser él quien tuviera cuidado. La asistenta, aun ausente, reinaba sobre estos encuentros. Me constaba que ella, al día siguiente, comentaría el contenido del pequeño bar o el estado de los ceniceros, pues ambos viv íamos como viejos solter ones y precisamente a éstos una asistenta no les deja pasar nada y no hace nunca la vista gorda. Además yo sabía que él sabía que yo sabía lo que ella diría, así que no me habría movido con tanto cuidado en un terreno minado como en el piso del consejero privado, ya que oía en mi mente el comentario de la mujer acerca de cada
gota que cayera sobre el mantel, de aquella mujer que, en sus propias palabras, era cualquier cosa menos fácil de contentar. Contra est o no había nada que hacer, porque
¿dónde iba a conseguir otra?
De una manera crítica me había expuesto varias veces el comportamiento del consejero privado en el baño, particularmente en la cuestión de las jaboneras. A ello se añadían los problemas del desagüe embozado y de las toallitas. Tenien do en cuenta la falta de consideración demostrada, no necesitaba más que coger la puerta y no volver nunca más. También el día de su santo recibía una atención especial. Para mí trabajaba desde hacía poco tiempo, pero con el consejero privado llevaba muchos años, y los regalos le traían a éste dificultades colosales ya que ella ni bebía ni fumaba y tampoco quería dulces:
—¡Sólo me faltaría esto! ¡Con los dulces se vuelve una diabética!
Del bolso surgía un paquete de análisis de orina. Tenía que leerlo o por lo menos fingir que lo hacía, pues no valía quitarle importancia:
—¡Indicios de albúmina! ¡Eso no es ninguna tontería!
Y después volvía a tocarle al consejero privado, que, claro está, le llevaba una bolsa de productos de belleza. Pero ella , que tampoco estaba contenta, venía a mí y le ponía como un trapo.
—¡Una bolsa de pinturas! ¡Est os colores a mi edad! ¿Qué se habrá creído?
¿Acaso yo me pinto?
Me sentía como en el teatro. A cada uno de nosotros nos representaba una pieza sobre el otro. ¡Auténtico teatro fantástico! ¡Cómo se apresuraba a terminar el trabajo cuando estaba en mi piso para encontrarle a él t odavía en casa! Las habitaciones vacías no eran nada para ella, necesitaba un oyente. No era fácil pero nos esforzábamos, cada cual por su parte, ya que no había nada que hacer; hoy en día hay
peleas por las asistentas, y nosotros teníamos una como de teatro. Había nacido justamente para la representación del carácter, sólo que nadie le había revelado semejante vocación y, gracias a Dios, ella no se había dado cuenta.
Homo sum et humani nihil me allienum put o. A pesar de toda su benevolencia, me apuesto la cabeza a que el con sejero privado mostró tanto interés por mí y me ayudó tanto con esta biblioteca del Ministerio, porque ya entonces se imaginaba que yo me ir ía de viaje (me ley ó esta decisión en la cara antes de que yo hubiera siquiera pensado en ello) y consideró que así la tendría para él sólo, un deseo comprensible aunque al mismo tiempo traicionero... El deseaba la exclusividad, la conversión de una asistenta pasajera en un ama de llaves estable, y sabía que, en el caso de que me hubieran encarcelado (como alma gemela le había hecho una confesión completa sobre Küssmich, el cast illo, la a limentación para lactantes, e incluso la cucharilla de plata), él no volvería a tener un momento de tranquilidad, porque la asistenta, libre de tener que hacerme la limpieza, me habría convertido en el acto en un ideal, un modelo inalcanzable, para que él se sintiera peor. Sencillamente, teníamos que seguir siendo amigos, no nos quedaba otra solución, y de todos m odos no se intercambian pequeñeces íntimas entre gente extraña o incluso mal intencionada. Realmente no teníamos ningún tipo de secreto el uno para el otro. Ningún psicoanalista penetra tanto en la profundidad de la vida anímica como una asistenta: según como estén estrujadas las sábanas ¿qué puede haber soñado? En una palabra, la partida se jugaba con las cartas boca arriba, aunque nosotros n os esfor záramos en dar la impresión de que de eso ¡ni hablar! Varias veces , el conse jero privado invit ó, además de a mí, al director responsable de la sección de Aries, así como a dos expertos y a un archivador, de manera que a la hora del café y el pastel, un consejo completo debatía acerca de cómo permitirme el acceso a todo, a todo sin excepción. A veces, de lo que ellos decían, yo entendía menos que de la carga.
Lo que más difícil les resultaba era la definición del motiv o por el que yo debía entrar en los archivos. El señor Schwiegerli, del Departamento de Personal, me lo explicó con mucha paciencia:
—Ser el primer descubridor de un planeta es naturalmente un título honorífico muy bonito, pero sólo para los libros de lectura escolar del primer nivel. En el Ministerio no significa absolutamente nada. Usted no es ningún experto al que el departamento de observación correspondiente haya encargado un trabajo sobre Aries, ni siquiera pertenece al equipo de expertos de fuera que trabajan cobrando unos honorarios. Usted es una persona particular y, como tal, no tiene nada que hacer en el MAE, si no, cualquier sereno podría venir, echar un vistazo a los archivos y exigir las actas secretas. E l carácter secret o de un acta no depende sólo de que lleve el correspondiente sello; éste clas ifica un documento que se tra mita oficialmente o se deja archivado, ya que muchas veces un trámite oficial no significa nada más que dejar reposar el acta.
De esta manera se estrujaban el cerebro, tomando el café del consejero privado, para encontrar, si no una disposición, por lo menos un pretexto que significara para mí el «ábrete sésamo». Pronto me di cuenta de que todos estos altos y bajos funcionarios del MAE tenían tan poca idea de Entia como de los viajes espaciales en general, ya que eso no formaba parte de su ámbito de trabajo. Una vez oí que, sin más ni más, llamaban a Aries ternera. Finalmente, Strümpfli renunció a otros encuentros de consulta y me indicó que esperara en casa su llamada. Después de tres días me comunicó, triunfante, que la victoria era nuestra. Sin embargo, la condición imprescindible era que yo sólo entrara en el edificio principal por las noches y que lo abandonara antes del amanecer. Acepté sin rechistar, pues me había dado cuenta de que el caso se había tratado con mucha delicadeza, de manera que sólo podía estar agradecido. La noche, por tanto, debía ser el t iem po de mi guardia; una vez finalizado el horario de trabajo podía por fin ahondar en el enigma de otro mundo.
Llené de café el term o más grande que encontré y atiborré los departamentos de mi cartera con galletas , un tarro de mermelada, panecillos, una de esas botellas planas de coñac con las que se conforta a los heridos graves en el campo de batalla, un grueso cuaderno, y en el último momento también la olvidada y simbólica, pero objetivamente indispensable, cucharilla de café.
Las fuentes
De manera que Strümpfli, una vez obtenido el consentimiento extraoficial del director del departamento correspondiente, me condujo por la noche, después del horario de trabajo, al archivo entiano. Allí, en la primera sala de la biblioteca, me indicó personalmente cómo podía hacer el mejor uso del contenido de los estantes.
El material sobre planetas deshabitados es muy sencillo y está ordenado con arreglo a tres criterios: primero están los informes, necesariamente erróneos, de los primeros descubridores; después los resultados de las expediciones técnicas en las que aparecen variedad de errores (es sencillamente imposible que los especialistas sean de una opinión unánime, de ahí que surjan Vota separat a, coinformes y contrainformes); y, finalmente, siguen los dictámenes de especialistas de la Tie rra, personas por tanto que nunca han pisado una nave espacial, por no hablar ya de otros cuerpos celestes. A su vez, contra esos juicios periciales elevan sus protestas los cosmonautas investigadores veteranos en la lucha, describiéndolos como surgidos del tapete verde de la mesa de juntas y sin valor, y exigen dictámenes e interponen apelaciones. Ello su pone nuevas expediciones, cuya preparación se ve castrada, a lo largo de la tramitación o al final, por la contabilidad. Esta puede probar que las intrigas y las comis iones de arbitraje son mucho más baratas en la Tierra, con lo cual, normalmente, se pone fin al altercado a no ser que un dignatario, con una influencia o ambición superespecial que desee ver unido su nombre a un cuerpo celeste para la posteridad, consiga una subvención extraordinaria. Sin embargo, incluso entonces, el
caso ya no interesa al MAE, pues ya se sabe que las relaciones s ólo pueden establecerse cuando hay alguien allí con quién establecerlas. En ese caso, las actas con la firma del director del departamento correspondiente, no contendere, acaban en el archivo.
La cosa es peor con los planetas habitados. Aquí se llega muy pronto a una compenetración entre la materia astronáu tica y la política , ya que cualquier civilización extraña presenta resúmenes de historia en un número que se corresponde con el de sus Estados . Estas versiones no están unificadas, y s on diametralmente opuestas unas a otras, pero el MAE no puede cuestionar ninguna de ellas, ya que algo así conduciría de inmediato al conflicto ante r em. De ahí que para empezar se tome conocim iento de ellas prima vista y sólo después se llegue a una valoración práctica que debe probar lo que puede hacerse con ello.
El reglamento establece una división entre estrellas que se alejan de nuestro sol y aquellas que se aproximan a él. Las primeras no suponen ningún problema, ya que, en vista de la creciente distancia astronóm ica, ¿cóm o podría llegarse a un acercamiento diplomático? La atención oficial se dirige por tanto a las últimas, entre las cuales se encuentra también el sistema planetario de Ar ies. En este caso, es válida la separación del materia l en oficial y fidedigno, es decir , público y se creto. El rumbo político debe orientarse en definitiva a lo que sucede allí, mientras que los pasos diplomáticos se dirigen a lo que la gente pretende de sí misma.
Sólo un observador ingenuo, cuando hay dieciocho Esta dos en un planeta (en cualquier caso, en dimensiones cósmicas, como la semilla de una fruta), puede esperar otras tantas versiones de la descripción de su estado interno. Sin embargo, además de las respuestas en las declaraciones oficiales, están las declaraciones de historiadores tolerados o ases inados y rehabilitados post mortem, as í com o la hist oria escr ita de los criticast os y desenmascaradores que, lamentablemente, con demasiada frecuencia presentan impugnaciones espirituales o materiales y modifican sus diagnósticos de
una edición a otra. Aparte de su deseo, siempre y cuando la biología de allí lo permita, de tener mujer e hijos, cualquier ser racional siente el instinto de conservación, de manera que no hace falta reflexionar mucho sobre la cantidad de complicaciones de la historiografía galáctica .
A todo el m ontón de variedades surgidas de esta mane ra, hay que añadir la pesadilla de crónicas que contemplan la cara de cada uno de los Estados desde el punto de vista de histor iadores vecinos o del vecino mismo. Es sabido que los chinos consideraron la Primera Guerra Mundial una guerra civil de los europeos, cosa completamente comprensible. A consecuencia de esto, el trabajo del M AE se enfrenta a un laberinto lleno de trampas y enigmas, ya que, como si lo dicho no fuera suficiente, llegan nuevos informes y se hacen nuevas expediciones, y a las mis iones de la diplomacia se añaden las de los comerciantes, a quienes les interesa ante todo los negocios y mucho menos la verdad histórica, de ahí que últimamente haya que hilar muy fino. Y si se cree formalmente que in situ se obtiene toda la verdad, se llega a una invasión y transformación y todo el jaleo empieza desde el principio. Los m onumentos de los hasta ahora protectores del bosque y el suelo caen de los pedestales; de repente se declara héroes nacionales y modelo a seguir a perversos demonios y monstruos; los monarcas o los poliarcas alabados y eternamente glorificados por las revistas dejan de estar de actualidad; y cómo sería la situación del diplomát ico de la Tierra s i al entre- gar sus credenciales se diera cuenta de que se había perdido el CAMBIO.
Impresionado por todas estas explicaciones no pude contener la pregunta de si la Tierra realmente ya había establecido relaciones con semejante ejército de planetas y si con ello al MAE se le presentaban grandes dificultades. En el Instituto se me había presentado el trabajo que se estaba realizando como un puro entrenamiento preparatorio.
Strümpfli me miró primero como si hubiera entendido mal. Después me aclaró, articulando claramente para que pudiera comprenderlo todo, la contradicción que se
escondía en mi pregunta. El Ministerio para Asuntos Extraterrestres se basaba para su gestión en las actas que teníamos delante. Eso era todo. Sólo cuando uno no tenía ni idea sobre la Administración podía parecerle que en estas ordenanzas se ocultase algo extraordinario, inmaduro o extravagante. Además, está claro que el total de la historia política de la Tierra se compone de errores y sus consecuencias: desde el despertar de la historia escrita , los primeros Estados que aparecen apuestan sólo por las cartas que no deben y hacen aquello que NO favorece sus intereses más razonables. La política, por tanto, se compone de una falsa estimación del enemigo, peto con mucha más frecuencia ocurre que, a consecuencia de errores y torpeza de espíritu, consigue crearse enemigos a partir de amigos potenciales . Tanto las agresiones com o las derrotas sólo pueden ser evitadas irremisiblemente anticipándose a los fallos, ya que, por lo general, los vencidos , tras una catástrofe, se han encontrado siempre mejor que los vencedores, si no enseguida, por lo menos después de un cierto tiempo. La política, por consiguiente, se ocupa de acontecimientos que se encuentran en el futuro y que no son absolutamente previsibles. Un político puede considerarse experto cuando es consciente de esto y cumple su misión por patriotismo, sentido del deber o una gran necesidad histórica.
El Ministerio de Asuntos Extraterrestres no ha seguido un camino distinto al de cualquier departamento de asunto exteriores de la Tierra, s ólo que en su caso el margen de error inevitable tiene una magnitud astronómica. Strümpfli me preguntó si yo no sabía que las decis iones cr íticas que desencadenaron guerras mundiales se tomaron en mesas de las que primero se retiraron todos los documentos que demostraban irrefutablemente que la declaración de una guerra malograba completamente los fines. ¿Qué importancia tiene entonces que estos documentos sean auténticos o fantasmales? ¿Cuál sería el efecto de esta diferencia en la gestión administrativa?
Después de que yo recibiera esta reprimenda, en un tono amable pero categórico, Strümpfli me advirt ió que no tocara el catálogo principal, pues éste
contenía más de 40.000 voces y sólo conseguiría perderme. Me entregó una hoja con los títu los más importantes (la había confeccionado el complacien te maestro), me dio unas palmaditas en el hombro con una sonrisa irónica y se fue a casa. Yo me quedé frente a frente con la noche y con el laberinto de la biblioteca.
Con la lista del consejero privado entre los dedos com o si fuera el hilo de Ariadna, dudé un poco entre el termo y la botella. Al final, sin embargo, t omé un trago de coñac, Allí se requería valor . Me arremangué, en el sentido literal de la palabra: sobre los v iejís imos informes había un montón de polvo y no quería ensuciarme la camisa. Incluso en aquel sitio parecía flotar sobre mí el espíritu pendenciero de la asistenta.
La lista de mi mano me condujo a la Historia general, escr ita por Msims Pittiliquaster, un historiador de la prehistoria de Lustrania. Por pura curiosidad, cogí el paquete de actas más antiguo. Estaba amarillento y desgastado. Una hoja sucia llevaba tiras de papel de télex pegadas de cualquier manera. Incliné la cabeza ante aquel honorable texto y descifré con algún esfuerzo las letras descoloridas:
ARIES. GAMMA. PLANETA DE MIERDA PERO GRACIAS A DIOS DESHABITADO EN EL PERIHELIUM PANTANO EN EL APHELIUM HIELO STOP UNA ÚNICA ASQUEROSA ENTROPÍA STOP LA TRIPULACIÓN ESTÁ HASTA LAS NARICES AÚN NOS LLEVAREMOS UN PARSEK DESPUÉS NADA COMO HACIA CASA Y EN EL ARSENAL ARMAMOS UN ESCÁNDALO STOP FIN
La totalidad del texto estaba tachada con rotulador rojo y debajo, escrita a mano, se leía la siguiente observación: «El planeta seis está habitado. Curso solicitud para quitarle la prima a este holgazán». Y una firma ilegible.
Contemplé de nuevo el arcaico télex astral y fue como si se me cayera una venda de los ojos: el nombre ENTEROPIA se derivaba directamente de aquella asquerosa entropía y un error de transcripción.
Había también otra hoja, una orden de viaje de servicio. Estaba unida con un clip a una factura de hotel que llevaba encima un sello en gruesos caracteres azules:
«¡NO DESCONTABLE!». Al dorso alguien había escrito precipitadamente unas líneas: «Por valija diplomática con inmunidad. Satélite número seis es un satélite de camuflaje, probablemente un distraedor para interceptar extranjeros, hinchable en el vacío en caso de necesidad. Cuidado allí con los CURDLOS, reproducciones de los naturales, en parte visto como prov ocación. Para más detalles ver mi nota memorial TZG/56 Eps. Hago lo que puedo. Que no conste en acta. Ningún tipo de divulgación. No me hagan preguntas. Tras su recepción, echar al fuego. Esparcir las cenizas en una acción colectiva». Debajo debía de haber también otra firma pero estaba tapada con una eti- queta entre roja y anaranjada con la observación: TRATAR COMO MATERIAL SECRETO.
Con un suspiro de alivio dejé de lado este antiguo escr ito: no debía avergonzarme de haber confundido este parque lunático volante con el planeta propiamente dicho, ya que ¡había s ido construido expresamente como satélite de reclamo de interceptación! Al mismo tiempo tuve la esperanza de llegar a conocer finalmente el secreto de las sepulcas, que me tenía intrigado desde hacía años. Sin embargo, cuando eché un vistazo a las altas paredes llenas de libros y a los escritos encerrados bajo llave (el consejero me había dejado allí un gran manojo de llaves), me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.
La siguiente carpeta que abrí tenía también una gruesa capa de polvo. La devolví a su sitio inmediatamente ya que contenía historiales médicos de una clínica psiquiátrica. Sor prendido, me pregunté qué es lo que podría haber allí, cuando se me ocurrió una nueva idea. Saqué del acta un pliego de hojas amarillentas y lo hojeé allí mismo de pie. Un certifica do médico confirmaba que la tripulación del Rhamphornychus padecía una psicosis colectiva alucinógena, un complejo demente progresivo y una notable agresividad dirig ida con tra el medio ambiente que se manifestaba en una oposición act iva frente a los terapeutas y el personal de serv icio.
El diagnóstico aceptaba el caso como enfermedad profesional y recomendaba la concesión de una pensión por invalidez.
El Rhamphornichus, con la ayuda de dos transbordadores de aterrizaje, debía explorar la meseta sísmica del hemisferio norte y las grandes depresiones húmedas de la zona templada. Los descubrimientos de ambos grupos de investigación eran tan idénticos en su obstinación como dist intos en su contenido. Los hombres de la expedición a los pantanos aseguraban que los habitantes del planeta pasaban el día hundidos en el lodo hasta la garganta, pero que a última hora de la tarde se arrastraban hasta un lugar seco donde, s in inte rrupción y cantando a media voz, formaban columnas vivientes como los acr óbatas de los circos y a ellas trepaban luego otros hasta construir un número determinado de fuertes piernas. Ese trepar duraba hasta que, gracias al ensamblaje de brazos y piernas, era posible tender puentes entre las colum nas sueltas y se formaba la imagen de un elefante o mamut con una tripa colgante. Presentando ese aspecto unificado, se alejaban entonces con una canción en los labios y un destino desconocido. Los intentos de interrogar a los que se caían por el camino fracasaron a pesar del empleo de fuertes transladores. Aquellos que fueron sometidos a interrogatorio, en señal de rechazo se lanzaban de nuevo de cabeza al pantano. Sólo pudo deducirse de sus incoherentes gritos que a aquellos cuerpos gigantes formados por ellos mismos en un galimatías general los llamaban Curilos, Curatos o Curanzos. Sin embargo, no hay que excluir la posibilidad de que se deno- minaran a sí mismos Curlastos o Curlotes.
El estado de psicosis observado en los miembros del gru po del norte resultó extraordinariamente variado. Algunos de los exploradores afirmaban haberse adentrado en un gran complejo de edificios que no tenía ni puertas ni ventanas y cuyas paredes, sin embargo, resultaron ser traspasables si se tenía el valor de correr con fuerza contra ellas. Ya antes de desplegarse para la búsqueda de habitantes, fueron atacados con algodón por prendas hilvanadas juntas o sólo sujetas con alfileres, parecidas a chaquetas de algodón, superiores en número, que empujaron a los
miembros de la expedición hacia el techo, desde donde una maniobra de retirada táctica les permitió el regreso a los transbordadores de aterrizaje. Otros pretendían haber tenido más éxito. En un gran parque lleno de árboles inertes diseminados por allí, se toparon con un grupo de pequeños habitantes prehistóricos y dos o tres más grandes. Estos últimos huyeron enseguida. En cambio, los pequeños, que aparentemente eran una clase de un colegio, no mostraron miedo ni sorpresa e intentaron trabar conversación con los exploradores, lo cual fracasó debido a que los transladores no emitían palabras sino sonidos lloriqueantes. Sin embargo, los supuestos niños accedieron a posar para una foto de grupo con los hombres y regalaron a los visitantes como despedida múltiples y enigmáticos objetos. Los exploradores, no obstante, tuvier on que iniciar el regreso ya que recibieron las señales de alarma de sus compañeros que se encontraban en los pantanos. Las fotos no salieron. Ya a bordo del Rhamphornychus se comprobó que las cámaras habían sufrido daños, com o s i hubieran estado bajo la acción de altas tem peraturas. Las lentes se habían partido y la película se había fundido. A la pregunta de qué había sido de los pretendidos regalos, los miembros de la expedición contestaron que en las cajas donde habían sido guardados no encontraron nada más que un puñado de polvo gris. Ninguno de los examinados tenía la impresión de ser un enfermo psíquico, diagnóstico que en modo alguno se hizo precipitadamente. Por medio de experimentos se demostró que las cámaras fotográficas habían estado s ometidas a un intenso calor, seguramente en el horno de la cocina de la nave espacial. Los enfermos lo negaron. El análisis espectroscópico y cromatográfico del polvo en que se habían convertido los regalos mostr ó com ponentes como los que pueden encontrarse en cualquier des- perdicio o basura. Los enfermos, a pesar de los análisis llevados escrupulosamente a cabo, se mantuvieron en sus trece, sos teniendo la pretensión de que se habían encontrado con los habitantes del planeta, que desde lejos tenían un aspecto humano pero de cerca parecían más el cruce de un avestruz o un emú con un pingüino, sometido antes a una fuerte cura de adelgazamiento. Podían avanzar paso a paso como los humanos, pero eran capaces asimismo de moverse ágilmente con los dos
pies a la vez, com o gorr iones salt ones o niños jugando a los te jos . No podían sentarse como las personas, ya que las articulaciones de sus rodillas, como en los pájaros, se doblaban hacia atrás, de manera que cuando querían descansar tenían que ponerse en cuclillas . Su aspecto exterior era de colores. Sus caras eran de quitaipón, es decir, evidentemente eran máscaras, bajo las cuales aparecía un rostro realmente repulsivo: una ancha frente, ojos redondos como bolas y muy separados y, allí donde nosotros tenemos la boca y la nariz, una protuberancia córnea agujereada por las ventanas de la nariz. Los desgraciados fueron retirados a la estación de aislamiento de la clínica, pero allí su agresividad aumentó considerablemente. En una lista se consignaban los aparatos, instalaciones y objetos de decoración que fueron destrozados en sus accesos de rabia.
La comisión establecida para la investigación del caso comprobó cuarenta y ocho hipótesis y declaró la posibilidad de que pudiera tratarse de una manifestación masiva de psicosis de masas inducida por una civiliza ción extraña que intentaba protegerse así de ataques indeseados. Por lo tanto, el pla neta fue sometido a cuarentena, todo el material que se había almacenado a partir de entonces procedía exclusivamente de contactos por radio con sus típicos desfases de tiempo. Esta ba realmente contento de haber encontrado esto en los informes secretos. La totalidad del resto de la información sobre Entia y los entianos procedía entonces de los propios interesados y por lo tanto no había sido desfigurada por prejuicios, como se empeñan en hacer los hombres. Sin embargo, no me iba a librar de un largo y difícil trabajo. Los entianos no se habían dejado superar en el amor al prójimo cósm ico y habían mandado por radio productos impresos en gran cantidad, libros de bolsillo y de divulgación, programas y manifiestos, incluso periódicos y otros panfletos.
Consideré que la solución más ra zonable era empezar por las obras históricas, y además por la más antigua. Tal vez así podría seguir la selección natural y social y, con ello, tam bién la intelectual de aquellas criaturas desconocidas . El es cenario de mi lucha con el montón de escritos ser ía la mesa que se encontraba directamente bajo la
lámpara. Flanqueado a la izquierda por el termo y a la derecha por las galletas, cogí el primer título. Además, en el cajón que se hallaba más a mano tenía la botella de coñac, destapada y a mi alcance sin tener que mirar, para que así no tuviera que apartar la vista de las hojas densamente impresas.
En la biblioteca reinaba el silencio. Sólo se oía el rápido pasar de las hojas, como suspiros , que en el transcurso de las horas aumentaron a quejidos y gemidos.
¡Menudo trabajo me había buscado! Siguiendo mi costumbre miraba primero al final
de las obras estudiadas, donde estaba el índice de las fuentes allí recogidas. Esto me dio mucho que pensar, ya que el nombre de los sabios que el historiador entiano había citado eran: T zirrtzuwarraquax, Tirrlitriplirr lipitt, Quiquixix, Quorrstiorrquiorr, Zwidtderduduck, entre otros. ¡N i siquiera una pista como adelanto!, pensé y miré la hoja con el título.
Era la Historia gener al de Entia, es crita por el hist oriador curdlando Quaquerli, por lo visto un autor eminente. El consejero privado me había recomendado la obra como una introducción aceptable en el amplio estudio, pero cuando leí ese nombre sentí como un respingo en la cabeza: ¿me había dado Strümpfli esa indicación porque Quarquerli sonaba tan suizo? Absurdo, naturalmente, pero eso muestra en qué estado de ánimo me encontraba. Obedecí al consejero, porque me pareció juicioso. Desde luego, yo no habría podido distinguir qué parte de la carga, si la curdlana o la lustrana, era más comprensible, pero la intuición me decía que la cultura única y extravagante del Estado Andante estaría más ligada a la naturaleza y que, por lo tanto, debía ser menos artificial que una civiliza ción que es tan elevada que incluso espiritualiza el subsuelo. La naturaleza debería ser, a través de su universalidad cósmica, el nexo de unión y la puerta abierta a una historia desconocida. Se podría pensar que me abalancé ansioso sobre los gruesos mamotret os y devoré página tras página, pero n o, vacilaba indeciso como un bañista en invierno antes de saltar en el agujero hecho en el hielo.
Respiré profundamente, después me puse a leer.
Quaquerli describía el origen de la vida en Entia con mucha erudición, aunque encontraba explicaciones francamente simples. La v ida, en su opinión , aparece en todas partes de la misma manera. Primero, teóricamente, mediante un desarrollo muy lento que no viene al caso, el océano, cerca de la orilla, debe haberse gelatinizado en barro viscoso que ha sido amasado durante miles de años por la suave acción de las olas antes de que de él se desarrollara una papilla contráctil que, tras un número incontable de aventuras concatenadas, se darramase en un punto donde su parénquima se calcificase formando un armazón más o menos res istente. Quaquerli sostiene que en cada uno de los cuerpos celestes se desarrollaron, de acuerdo con las condiciones locales , dis tintos seres superiores que se organizaron, según sus clases principales, en aves, reptiles y mamíferos. También la mult iplicación t iene lugar de distinta manera, por medio de frica ción, polinización, gemación y, aunque de una manera muy poco frecuente, prácticamente en casos excepcionales, por medio del llamado machihembrado, que en Entia, dado que consta entre los planetas normales, no se ha dado.
Los entianos proceden de las zancudas y se llaman a sí mism os húmenos. Algunos entropólogos atribuyen esta denominación al tipo de movimiento de avance propio de cuando en el pantano, las ciénagas interminables y las enormes superficies de agua eran allí la cuna de la vida. Esto se explica también a partir de la geografía del lugar. Entia gira alrededor de su sol en una órbita marcadamente elíptica y en el Aphelium es sometida a fuertes heladas. El océano penetra en grandes lagunas poco profundas a lo largo de la costa; y en el interior de la meseta sísm ica, pantanosa pero muy elevada, los volcanes suministran el calor curativo que periódicamente seca los pantanos. A pesar de ello, esta zona caliente era evitada por tod os los seres v ivientes, horroriza dos por las erupciones volcánicas y sulfúricas inextinguibles y por los géisers ardientes. La vida, por lo tanto, debía con traer un compromiso y aposentarse entre el hielo del océano y los volcanes de Taraxia: en la zona del pantocéano. Allí, a partir de
los esbatracios se desarrollaron los batracios; y a partir de los batracios , los arrastrados completos y fallidos. Estos últim os, como su nombre indica, no sobrevivieron al calor y la sequedad; a partir de los primeros, sin embargo, se desa- rrollaron los fangosos. Los fangosos engendraron a los fangueros, cuyas piernas eran todavía demasiado cortas, y allí el que tiene las piernas cortas enseguida se queda pegado y se muere de hambre. Los fangueros se convirtieron en fangoneros, fangones y fangonados. También surgió el saltafangos, que, sin embargo, se manifestó como una rama ciega del árbol genealógico, ya que no veía más allá de sus narices y se extinguió.
Después de esto, el desarrollo se paralizó durante un millón de años. La reproducción en el frío pantano estriado ofrecía muy poco placer; los machos, la mayoría de las veces, sólo fingían que iban a poner manos a la obra, mientras que en realidad utilizaban a las hembras como bolsas de agua caliente. El pantano allí es increíblemente pegajoso, de manera que llegó un momento en que las hordas no podían separarse. Es fácil de comprender que, debido a esto, a partir de un par se formó un cuarteto, y a partir de éste un octet o. Así siguieron las cosas , y las sucesivas generaciones degeneraron de lagartijas en bilagartijas, tr ilagartijas y, finalmente, en lagartos a secas. Primero se trataba de dragones húmedos, de los cuales surgieron más adelante los curdlos . Est os dragones tenían unas piernas como es debido, cuya longitud media oscilaba entre los tres y los nueve metros, pero incluso eso era demasiado poco para mantener el tr onco por encima de la superficie del pantano, de manera que la cola y el v ientre estaban siempre mojados y sucios . Dado que el barro, además, era horrorosamente frío, los dragones húmedos intentaron salvarse trasladando su temperatura corporal más arriba. Naturalmente, no fue un proceso consciente (estos animales eran demasiado tontos para eso), sino efecto de la selección natural de los más calientes. Aun así, el metabolismo no podía continuar calentándose de esta manera, ya que al final los dragones se habrían cocido a sí mismos. Por consiguiente, hubo una nueva mutación que dio preferencia a la expulsión de gases por las fauces. Mediante un rechinamiento de dientes, este gas se encendía, de manera semejante a como se enciende entre nosotros el gas de pantano
que surge de los húmedos campos de turba. Desde entonces el dragón escupió fuego para prevenir resfriados y mantenerse debidamente seco. Resultó ser aún más cómodo el secado asociado: dos dragones se colocaban uno frente a otro y se soplaban mutuamente; ésta fue la prehistoria del altruismo. Los primeros dragones piróforos no eran todavía ni la mitad de grandes que sus descendientes más tardíos, los curdlos. El dragón húmedo, bien seco y ahumado, se convirtió en un dragón propiamente dicho o desecado. También fue éste quien reemplazó el cielo de los entianos primitivos y a él robó Prometeo el fuego. Las leyendas locales hablan de un Heros que hizo algo parecido y fue llamado Garra de Trueno. Atrapados en trampas, este tipo de dragones se utilizaban como calefacción en las residencias de los jefes.
Pero esto pasó millones de años después, durante el reinado del mítico rey Fangfrido. Poco a poco, surgió en la manada de dragones uno gigantesco que tenía a los machos más pequeños completamente en un puño. Sin embargo, si iba demasiado lejos, los pequeños se unían, fingían un acto de copulación, trepaban, de tres en tres o de cuatro en cuatro, unos sobre otros y gracias a esta unión de fuerzas vencían al grande. La evolución de los dragones húmedos se basaba en una determinada dialéctica: s i los animales se multiplicaban con demasiada rapidez lo pisoteaban todo, ya fuera pantano o tierra, y lo convertían en cemento donde no volvía a crecer nada, no encontraban nada más que comer y morían de hambre. Después de esto, el lodazal volvía a tener el protagonismo, todo se volvía pantanoso, se extendían las plantas de pantano y todo el ciclo volv ía a empezar desde el principio.
Cuando la comida escaseaba, los dragones se com ían unos a otros . Dado que antes se habían tostado considerablemente con el fuego, le encontraron el gusto y se acostumbraron a comer asado. El canibalismo de los dragones es otra de las causas de la aparición de los curdlos: el curdlo prehistórico no es otra cosa que un dragón que se ha comido a sí m ismo s in mesura. Debido a su gigantismo, el curdlo primitivo se mostró incapaz de evolucionar. Tenía dificultades para darse cuenta de dónde tenía su propio final y dónde empezaba otra cosa no menos comestible. A consecuencia de ello
era muy frecuente ver autocomiciones empezadas por la cola. Las excavaciones paleontológicas dier on la prueba de que los curdlos primitiv os autodevoradores, debido al desmedido gusto que encontraban en sí mismos, sufrían terribles lesiones en el esqueleto que acababan ocasionándoles la muerte.
Por miedo al dragón grande, los pequeños, ya curdlinizados, les colocaban deliberadamente delante de las fauces ejemplares que, por haber estado largo tiempo revolcándose en las hierbas de los pantanos, como la Cizaña de Graza Vehemente, el Nomevomites C onvulsivo o la ra íz de Vómito Regre sante, actuaban como vomit ivo. El acto de entregar a los lagartos vom itiv os se llamó nauseación . Los ejemplares entregados se llamaron nauseatos.
Sin embargo, a toda la especie le amenazaba un peligro doble. El curdlo que había aparecido demasiado grande empezó a devorarse a sí m ismo en las partes más alejadas de su cuerpo, mientras que los que se habían quedado demasiado pequeños a consecuencia de la hipermetropía, propia de estos animales, dejaron de verse a sí mismos y supusieron que no existían. Dejaron de comer y murieron. En este punto se cruza definitivamente el destino histórico del desarrollo de los curd los con la evolución social de los entianos , y el resultado es algo s in precedentes y único en toda la Vía Láctea.
En el Eolítico, la Edad de Piedra de aquel lugar, los entianos primitivos adoraban al curdlo, a pesar de su fealdad, como a una criatura divina. Por eso la simbólica curdlana tiene un lugar fijo en el testimonio de la mitología, las leyendas y las tradiciones, de ahí también la Curdelía, palabra empleada posteriormente para designar el Estado. Ya entonces sucedía que los curdlos se tragaban personas y, debido a ello, los entia nos primitivos se untaban, para escapar a semejante muerte en el desierto de los pantanos, con una pasta hecha de hierbas que robaron a los pequeños nauseatos. Ellos ya se habían fijado en qué plantas se revolcaban estos animales antes de ser entregados al curdlo en el acto de canibalismo. Quien tras haber sido tragado
por el curdlo volvía a salir sano y salv o gozaba de un honor particular ya que había superado la llamada Consagración de Fauces. Así que, cuando se llevaban ofrendas humanas al curdlo, los elegidos eran untados, entonándose a la vez cantos religiosos, y el curdlo aceptaba la ofrenda, pero lleno de asco la vomitaba enseguida. Ahora bien, nadie tenía la certeza de que aquello surtiese siempre efecto. Los candidatos , por su propia cuenta y de manera ilegal, acudían a los hechiceros de sus tribus para hacerse con la cocción de hierbas provocadoras de náuseas y se cubrían con ella, introduciendo así la corrupción general: en algunas zonas, el hecho de que el curdlo devolviera la ofrenda se consideraba un mal presagio; en otras regiones, por el con- trario, s ólo participaban de la Consagración de Fauces los chamanes o los jefes, razón por la cual se extendió la costum bre de que todos los candidatos a puestos de gobierno debían dejarse tragar por el curdlo. Sin la Consagración de Fauces no había nada que hacer. Los cobardes que no querían declavados al curdlo en la garganta. Una vez en el estómago, se untaban con el extracto y clavaban las armas en las entrañas del animal hasta que éste se encontraba mal y tenía cólicos . A veces, el curdlo vom itaba a los cazadores demasiado pronto; otras , morían junto con él. Pero finalmente hubo casos en los que sólo él murió y los ca zadores volvier on a ver la luz del día. La especie, así amenazada, adoptó formas especiales de camuflaje. Algunos curdlos se dejaron cubrir por la hierba o incluso por arbustos para adoptar la apariencia de Curganos, túmulos de los antepasados de los húmenos, y de esta manera hacerse intocables. La ciencia, sin embargo, no ha podido comprobar si esta tradición oral adorna o n o la verdad.
Lo más sensato habría sido seguir con la Historia general de Entia en la versión del sabio curdlano, pero insultaba en tantos puntos a los historiadores lústranos, unía a sus nombres decorativos epítetos tales como «miserables mentirosos», «falseadores de la historia» o «monstruos demoníacos», que simplemente me sentía ansioso por con ocer los motivos que habían provocado semejantes exabruptos de ira. Busqué
algunas de sus obras y dejé a Quaquerli provisionalmente de lado. Para marcar el punto hasta donde había leído, metí, ya que no tenía otra cosa a mano, mi cucharilla entre las páginas.
Primero cogí la Historia mistificada, ya que de todos los libros era el más delgado. Su autor era el curdlólogo lustrano Arg Quarg Tralaqsarg. Por él supe que en Entia no había habido nunca dragones grandes, pequeños, húmedos o secos. Semejante desatino había sido asumido sin más ni más por una de las ramas más importantes de la ciencia curdlana por mot ivos completamente acientíficos. Tampoco había ningún tipo de animales que escupieran fuego, sino exis tencias completamente separadas de fuegos fatuos, que por la auto-inflamación de gas metano aparecían por encima de los pantanos, de anfibios habitantes del agua y la tierra, y de volcanes subterráneos, que por su borboteo también se llamaron popularmente Bolkanes. Una casual reunión simultánea dejarse engullir, perdían la oportunidad de desempeñar un cargo de importancia en la sociedad. Los entianos primit ivos que vivían en el barro se llamaron a sí mismos ya entonces húmenos. Su confesión de fe debería resultarnos muy extraña. El curdlo que se devoraba a sí mismo disfrutaba de una gran veneración, ya que en ello se veía una potenciación (cuando el curdlo, como ser divino, se llenaba a sí mism o, ¡su divinidad se elevaba al cuadrado!). El Olimpo humeno de la Antigüedad estaba absolutamente superpoblado debido a la variedad de formas y destinos del curdlo. El curdlo que padece hambre, por ejemplo, se vuelve cada vez más pe queño y rabioso, lleva una vida de perros y se convierte en perdió. De ahí surgieron los pérricos, y eran éstos , y no los ve cinos , quienes durante la noche ensuciaban las granjas. El percurdlo, por el contrario, es un curdlo que ha devorado un perdió, por este motivo se vuelve rabioso pero no más pequeño. Acecha a los viajeros a los que plantea adivinanzas que no tienen solución, porque com o tartamudea mucho no se le comprende. En la primera etapa de la Edad Media, el nombre de curdlo era sagrado para los húmenos y no debía ser mencionado, de ahí que el monstruo recibiera nombres sustitutorios como Doerdel, Brrrdl y Merdel, entre otros.
La tradición cuenta de valientes que, mediante artes mágicas, se convertían y desconvertían en curdlos, lo que originó herejías que cambiaron el signo de la fe, declarándose desde entonces a los curdlos la personificación de todo lo malo y perjudicial, unos monstruos nacidos en el infierno (los cráteres de los volcanes se consideraron las puertas del infierno). La Edad Media en Entia fue ocho ve ces más larga que en la Tierra y eso influyó de una manera decisiva en el desarrollo pos terior de la cultura de los húmenos. Durante un largo período de hambre, se inició, con la caza de los curdlos , el proceso de secular ización. Cargado con sacos llenos de hierbas vomitivas , un grupo de guerreros se dejaba tragar (se lle vaban también venablos y lanzas que podían plegarse de la misma manera que los catalejos para que no se le quedaran
estos fenómenos hizo que maduraran en los torpes cerebros de los nativos horripilantes imágenes de matanzas de saurios. Científicos de la escuela paleolítica intentaron, en época posterior, agruparlos en categorías racionales y adaptarlos a las teorías del desarrollo de Zippzirrwin. Sus estudios fueron subvencionados por el Ministerio de Propaganda curdlano, ya que el presidente estaba muy interesado en conseguir que el Naciomovilismo tuviera buena fama también fuera de las fronteras del Estado Andante.
Este autor, a su vez, polem izó con otro, un tal Quickxack, cuyos escrit os paleontológicos acomet í enseguida. Encontré en ellos el ciclo completo de la digestión del bolo alimenticio en el estómago del curdlo (en realidad en los estómagos, ya que hay seis de ellos), el llamado ciclo de escamoteo, as í como unos anális is espectrales de ensayos de laboratorio sobre la autoinflamación. De ahí se desprendía que el curdlo, en el caso de una producción baja de ácido gástrico, despide llamas de color naranja claro; en el caso de exceso de ácido gástrico y ardor de estómago, escupe llamas que oscilan entre el azul y el violeta; y tras saborear en exceso arbustos maderosos, humea fuertemente. También había fotos de personas que habían visto en la selva curdlana, Fufari, con sus propios ojos un curdlo prehistórico vivo, metido hasta por encima de
las orejas en el pantano y dormido. Sólo dejaba asomar el hocico córneo y de vez en cuando suspiraba tan profundamente que le cogía hipo; entonces levantaba de golpe la cabeza y hacía rechinar los dientes de manera que brotaban chispas, a consecuencia de lo cual echaba fuego por la boca acompañado por un trueno, como si se pusiera en marcha un motor diesel de dos tiempos. Eso debía ser la prueba no de que se despertaba, sino de que en sueños escupía llamas. Naturalmente habría preferido ver en las fotos a l curdlo bos tezando en lugar de a la gente que lo observaba tan absorta, pero la descripción era tan precisa que uno debía darse por satisfecho, por más que Yx Quasserix Hetelent, cons iderado en el planeta una eminencia de la curdlís tica morfológica y genética, hubiera presentado pruebas tan irrefutables, basadas en los ensayos llevados a cabo en su Instituto con curdlos, cuyas conclusiones eran contrarias a la existencia de los pirosaurios. Inclus o se les habían afilado los dientes a estos animales, se les había alimentado, aparte de con corcho tostado, con legumbres secas, y, por si fuera poco, se había intentado emborracharles con líquidos volát iles ligeramente inflamables, desde el éter hasta la gasolina, pero ninguno eruptó siquiera la más pequeña llamita, y el Instituto quedó destruido en un incendio debido sólo a la propia negligencia, que permitió que el fuego prendido por un seguidor encolerizado de la hipótesis pirosáurica se extendiera. Hetelent dejó sin embargo abierta la posibilidad, sin duda por lealtad hacia sus colegas, de que éstos simplemente hubieran intentado por medio del incendio borrar del mundo los resultados negativos de los ensayos y tratar de difundir por todas partes que el origen del fuego había sido uno de los curdlos investigados.
Para colmo, precisamente este Hetelent inclus o discute la existencia, en general, de los metropolagartos y pretende que en el estómago de un curdlo sería inevitable ahogarse o asfixiarse por la pestilencia, y tampoco en las bolsas de aire podría resistir nadie ni tan siquiera cinco minutos. Lo que los turistas lústranos visitan en las excursiones programadas por las agencias de viaje curdlanas es una pérfida maqueta preparada, por decirlo de alguna manera, un pueblo potemquínico sin olor: cualquiera sabe, sin embargo, que nadie puede acercarse a menos de diez pasos a un
curdlo que hace gárgaras, aunque sea despacio, sin ser tumbado por su respiración y sufrir ataques de asma. Por tanto, según Hetelent, en e l planeta no había ni dragones que escupieran fuego ni Ciudades Andantes. Con esta afirmación, cree haber cumplido su papel de paleontólogo entregado a la investigación, todo lo demás, es decir , la cuestión de por qué los curdlanos ins is ten en la existencia de seres inexistentes, es competencia de autoridades e instancias extracientíficas.
Evidentemente, la opinión de Hetelent desencadenó tanto en Curdlandia como en Lustrania, disputas políticas , ya que se llegó a interpelaciones extraparlamentarias en los metropolagartos, a apasionadas manifestaciones de protes ta estomacales, a un debate en el parlamento lustrano, y, finalmente, incluso a conflict os diplomáticos que se solucionaron gracias a que el portavoz del gobierno lustrano declaró que para su gobierno la colon ización vital de los curdlos era incuestiona ble, y que los científicos que se manifestaran sobre esta cuestión debían valorarse como personas particulares, sin ninguna autoridad para hacer declaraciones programáticas que determinasen, como verdades objetivas, el curso de la política exterior del Estado.
Agobiado por una controversia basada en principios, huí de nuevo a la Historia de Entia de Quaquerli, ya que tenía miedo de perder el hilo conductor y, con él, perder también pie sobre aquel suelo resbaladizo de puntos de vista científicos contradictorios. La segunda parte de su monografía monumental, Quaquerli la dedicaba a los habitantes racionales de Entia. Su descripción es verdaderamente impresionante: en el planeta no había sólo un tipo de seres racionales sino dos, esto es los dinares y los húmenos o poicos . De los binares sur gieron los lústranos y de los húmenos los curdlanos. Tanto los unos com o los otros procedían de una clase de zancudas grandes, de ahí que en la estructura anatómica se parecieran unos a otros, sin embargo se diferenciaban básicamente en cuanto al intelecto. Los binares eran lujuriosos , adictos a las blasfemias y sa crilegios, y completamente subdesarrollados intelectualmente. Los húmenos, por el contrario, siguieron una evolución normal y más favorable. De ahí que estuvieran en situación, gracias al florecimiento de la
astronomía, de reconocer con siglos de antelación la entrada del planeta en un enjambre de meteoritos (cuyo origen fue el estallido de los satélites naturales de Entia) y de prepararse para esta emergencia con bunkers de protección. Por aquel entonces, conv ivían con los binares de cerebro retardado, a quienes, por una misericordia innata, frecuentemente daban el alimento necesario para subsistir, aunque todavía en las depresiones del pantano donde no era posible la construcción de edificios. Tampoco podían expansionarse hacia el norte, s obre la meseta volcánica, ya que vivían de la caza, y sus presas, los curdlos, que se alimentaban de las plantas acuáticas del pantano y sólo eran capaces de viv ir allí, se habrían extinguido enseguida allá arriba. De manera que construyeron unas arcas de Noé, únicas en su especie: bastiones ambulantes hechos de huesos enormes de curdlos muertos, cuya carne habían devorado. Esta era para ellos la única salvación. Millones de años antes había hecho explosión otra pequeña luna del planeta, cayendo sobre éste un granizo de piedras; todavía no había primates dotados de inteligencia, pero la lluvia de cascajos originó una mutación en el curdlo primitiv o, sobre cuyas espaldas, ahora tanques poderosos, creció tierra silícea petrificada. Esta es segregada por la llamada glándula antimeteorito. El arqueólogo Ququerriqqu, otro sabio curdlano, describe este órgano basándose en las pinturas rupestres que se han conservado en la zona de la meseta volcánica.
Los últ imos lagartotanques se extinguieron cuando las hor das de húmenos conquistaron la meseta en arriesgadas cam pañas —como sost ienen Quiqueriqqi y Quaquerlak, también arqueólogos— y aprendieron a ordeñar a estos curdlos. La secreción de las tetas se petrificaba y, vertida en moldes, daba como resultado un ladrillo de silicato muy útil. (Expertos lústranos lo califican de completo disparate e indican que estos ladrillos proceden del milenio octavo de la Edad Media, que se cocían normalmente y que no eran ordeñados en absoluto.)
Cuando tuvo lugar el Tor, originado por la explosión de la segunda luna de
Entia, que causó la lluvia de meteoritos, los húmenos ya poseían por lo tanto
fortificaciones s obre patas. No se trataba en modo alguno de animales vivos, esto es una estúpida invención de los lústranos cabeza plana (es decir, los binares). Los poicos prim itivos (húmenos), misericordiosos por naturaleza, permitier on a los lústranos mantenerse en la zona de oscilación de las fortificaciones balanceantes y, de hecho, bajo cada vientre colgante nomadeaba una horda de binares desamparados. Tengo que aclarar aquí el origen de esta nomenclatura doble (poleos-binares, humenos-lustranos). Es el resultado del enfrentamiento, en la misma Curdlandia, de dos escuelas arqueológicas, cada una de las cuales presenta docenas de argumentos para obtener el reconocimiento del único par de nombres correct o, y de momento no es previsible, lamentablemente, ningún acuerdo. Aquellos haraganes y vagabundos se alimentaban asimismo de las basuras y desperdicios, a las que los próbidos habitantes del curdlo-castillo les permitían acceso. Mantenidos vivos con es tas limosnas, pasando bajo la protectora sombra del curdlo, los binares acabaron recibiendo otro nombre: se les llamó lústranos, porque en contraposición con la tripulación del curdlo, andaban por ahí. Con todo, los curdlanos no llevaban precisamente una vida de rosas. Trabajaban desde el amanecer hasta muy tarde, como condenados a galeras, ya que, gracias al esfuerzo colectivo unido de cientos de ellos, mantenían en movimiento los gigantescos huesos y las piernas de su ciudad itinerante. Fue su presidente quien puso fin a esta servidumbre cuando, él personalmente, inventó la bioingeniería. Enseñó a sus torpes hermanos de tribu cómo sintetizar, bajo su dirección, las crías de curdlo y cómo criarlas con horm onas del cre cimiento. Se obtuvo un excelente resultado, apareciendo así los curdlos sintéticos o sintecurdlos y a partir de éstos, los actuales metropolagartos, equipados maravillosamente, canalizados , confortables y limpios, ciudades andantes que se cuidan solícitamente de sus habitantes. Cualquiera puede abandonar el curdlo natal para dar un paseo o por otros motivos y v olver libremente, como si entrara en su propia casa. El Tor hace tiempo que acabó, pero ¿qué puede haber más cómodo que una lujosa ciudadela móvil que en invierno tiene calefacción y en verano está refrigerada, en la cual uno va siempre de viaje y recorre todos los rincones de la patria sin tener que renunciar a su entorno doméstico? En lo que se
refiere a los pases y pasaportes que dan derecho a abandonar el curdlo durante un tiempo, su introducción fue necesaria por motiv os puramente administrativos: en las entradas y salidas debía evitarse cualquier aglomeración. Además, se hizo necesario un departamento para la expedición de pasaportes y empadronamiento, porque los maliciosos lústranos , en lugar de demostrar a los curdlanos un agradecimiento eterno por haberles salvado la vida del T or, se disfrazaban de húmenos, como si fueran habitantes del metropolagarto que volvieran de una excursión, y penetraban en él para crear desórdenes y hundir la moral, sobre todo entre las filas de los jóvenes sin experiencia, a los que intentaban convencer de que las condiciones de vida fuera del curdlo eran mejores.
Tras algunos siglos , los lústranos, después de haber robado tanto como pudieron, se desplazaron fuera de la tierra pantanosa, hacia arriba, a la meseta norte, cuya actividad sís mica se había extinguido. Allí construyeron poblados y crea ron su propio Estado que en todos los aspectos es peor que la curdelia. Durante ese tiempo, también se retiró el pantocéano a las zonas húmedas, a las tierras de marismas y pan- tanos, se solidificó Curdlistan sobre la meseta límite con el reino lustrano, que después se convirtió en república. La delimitación exacta de las fronteras entre los Estados tuvo lugar alrededor del año 900 antes de la nueva era. Es interesante observar que las guerras según el patrón terrenal, con un frente y unos movimientos de tropas claramente reconocibles, apenas si se practicaron en Entia durante trescientos años. Este tipo de guerras se rechazó en favor de una lucha permanente pero no manifiesta. Se producían daños unos a otros mediante polvos de picapica, alevosía, provocación, sabotaje y diversión, siendo así que el primer golpe siempre procedía de Lustrania. (Pongo de nuevo de relieve que sigo las explicaciones de sabios de Curdlandia.) En el Estado Mayor lustrano se inventaron entonces nuevos métodos para la lucha contra el Estado Andante, por ejemplo, mediante la implantación de una quinta pata que cumplía la función de una quinta columna.
Con infame perfidia, aquellos tipejos hacían como si no supieran que los curdlos estaban habitados. Cuando unidades de comando lustranas colocaban pues al curdlo una quinta pata (aquel que lo hacía tenía la calificación profesional de colocador de pata), cuando creaban en el organismo curdlo e l lla mado caos de facciones de desolación, por ejemplo, untando la cola del animal con estimulantes del apetito de manera que éste empezaba a devorarse por allí, cuando en acciones subversivas con globos echaban veneno a los curdlos que esta ban pastando y que les provocaban cólicos tan fuertes que llevaron a la curdelia respingona (si esto sucede, el curdlo se da la vuelta como un calcetín), en todos estos casos, los ataques oficialmente sólo iban dirigidos contra animales. Los lús tranos no se daban por enterados de aquellos engendros sintéticos estructurados artificialmente y se escudaban de una manera infame en la pretensión de que el invento de la bioingeniería realizado por el presidente era imposible.
Sólo en el siglo XXII, que se corresponde más o menos con nuestro siglo XIX, tuvo lugar un cambio fundamental de las relaciones. Este conocimiento debo agradecérselo a un trabajo en tres t omos del doct or Mzizimrqss, catedrático y miem- bro de la Academia Curdesca de la Ciencia. Lustrania había abierto entonces nuevas sendas a la industrializa ción , una desgracia que Curdlandia había podido evitar gracias a las sabias enseñanzas del presidente. El primer impulso se produjo gracias al invento de la máquina de dragones, cuyo accionamiento tenía lugar por medio de las llamas que un dragón excitado por irrigación escupía por la boca. Cualquier lustrano medianamente adinerado vendía sus terrenos e invertía esos ingresos en curdlos resistentes al fuego. Es o dio impulso a la cría. En el más breve plazo, se criar on razas intensivas ordeñables, escupidoras de fuego, que se empleaban en las fundiciones de hierro del ramo de la metalurgia, pero también con fina lidades de calefacción. La capitalización del curdlo condujo a una demanda mayor de ejemplares de combustión duradera y altas temperaturas; sin embargo, el experimento de criar curdlos libres de emisión fracasó. Los hornos se multiplicaron de una manera exorbitante y, tras pocas décadas, el medio ambiente estaba completamente envenenado. Entonces tuvieron la
idea de centralizar a los saurios, que en boca del pueblo, ya con demasiada frecuencia, eran llamados marranadas: unos pocos ejemplares poderosos que humean menos que todo el rebaño de enanos. De ahí a la nacionalización de la t otalidad de las cocinas habría habido sólo un paso. Había ya un programa para la llamada comasación optimal, pero los científicos que se ocupaban de los cálculos declararon inservible cualquier curdlo natural.
Otros propagaban los perpetuadores de calor aseados que trabajan en un sistema cerrado, se alimentan de lo que ellos mismos excretan y sólo necesitan de vez en cuando inyecciones de vitaminas y de sustancias metabólicas. Sin embargo, unos murieron o se v olvier on rabiosos y huyeron a través de las barreras defensivas hacia Curdlandia; otros se destruyeron completamente en el fuego y algunos se enfriaron en el transcurso de los experimentos científicos hasta muy por debajo del punto cero. El invento de utilizarlos técnicamente fríos fracasó a consecuencia de la muerte por congelación. Amenazaba una crisis energética, las acciones de las sociedades con calefacción curdla bajaron, en el transcurso de una noche, vertiginosamente. Todo el mundo, cada cual según su capacidad, acaparaba los últimos batracios de chupete, incluso se probó, en un desesperado intento, a construir una cerda de engorde de pastoreo: el aparato debía comer hierba y suministrar a la red pública los gases producidos por la fermentación. Pero también esto fracasó. La caída de Lustrania se detuvo primero gracias a la energía atómica, cuya implantación, por cierto, se hizo con la torpeza típica de todas las medidas que emprende este Estado.
Esto, según el académico curdlano. Ya no me quedaban fuerzas para más. Dado que hacía picadillo particularmente a un colega lustrano llamado Pirrivitt, a quien él, sin citar sus opiniones, no sólo echaba sapos y culebras, sino auténticos curdlos, empecé a buscar por los rincones lleno de curiosidad la obra del lustranita. El título del delgado libro era: Mendosfera o Biosfera. Lleno de aprensión busqué en el grueso diccionario de palabras extranjeras y me enteré de que la primera palabra del título procedía del latín mendax, que significa mentiroso. Al principio, e l autor se enfrenta
con la versión curdlana de la industrialización de Lustrania. La describe como un puro diluvio de sinsentidos maliciosos: en el reino (por aquel entonces Lustrania todavía lo era) no tuvo lugar ni la cría de pirosaurios ni la capitalización de dragones. Esto último por reducción al absurdo, ya que no puede ser capital lo que no ha existido.
Tampoco, contra todas las afirmaciones de la parte curdlana, se llevó a cabo nunca el intento de sustituir la construcción de viviendas por la cría de curdlos , ya fuera otorgando licencias a través de los bioingenieros del presidente (Curdlorrascacielos) o a través de la rastrera propaganda furtiva de patentes curdlanas. Todo esto, de la A a la Z, se encuentra exclusivamente en la propaganda de política interior que tiene la finalidad de apaciguar a los desgraciados esclavos del remo, sujetos a serv idumbre en el armazón del curdlo, a quienes está prohibido hasta sacar la nariz de la panza de su gr igallo o, mejor , de su gran ca labozo, como en realidad deberían llamarse los metropolagartos. Por supuesto que Lustrania no se libró tampoco de dificultades y de períodos de crisis, pero éstas no son comprensibles por intelectos que en su desarrollo van marcando el paso y consiguen sus gradua- ciones académicas por nombramiento, y no por su saber. Pirr ivitt Pirr itt demuestra que el académico curdlano ni siquiera se ha graduado, y que simplemente lleva el título de doctor honor is causa y es llamado doctor Curdel por sus propios alumnos. Este era un lenguaje poco delicado pero claro. En los capítulos siguientes, sin embargo, Pirrivitt Pirrit polemizaba con etificadores y hedomáticos lústranos, y de todo ello apenas comprendí nada. Consideraba que la etificación de la totalidad del medio ambiente era el único camino posible de la sociedad; los defensores de la etificación par celada, que sólo quieren reforzar moralmente los lugares de acceso público y los edificios , no son en absoluto conscientes de las consecuencias previsibles que llevaría consigo semejante paso. La comprobación de que en toda la galaxia no existe ninguna civilización completamente mentifícada no es ningún argumento contra rem, ya que algún ser social debería estar más avanzado en su desarrollo, y este destino, tan lleno de honor como duro, se le ha concedido a los lústranos, que abren la Vía para sus hermanos lácteos.
Cuando a esto siguieron diagramas, tablas, fórmulas matemáticas y esquemas que bailaban ante mis ojos como jeroglíficos, me sentí sobrecogido por la sombría idea de que cuando acabara con ese libro, de título tan contundente, sabría menos que antes. Me puse a buscar trabajos compilator ios , libros de bolsillo, manuales comprensibles escrit os en la Tie rra por personas y para personas, pero aquí me topé de narices. Hurgué en un tratado para doctorandos de hist oria lustrana, un trabajo colectivo es crito por alrededor de veinte especialistas que era puro chino, por lo menos para uno como yo que no entendía lo que leía, porque ¿cómo podía entender algo cuando a cada momento aparecían cadenas de fórmulas con términos como
«caudigrama», «entropelar», «antibits» y abreviaciones com o EMCI (Entropía de los Módulos de Cálculo Inteligentes). Bajo el prometedor título de Expedicio nes al int erior de la ciencia lustrana se escondía un texto que para mí fue completamente ininteligible. Trataba de organizaciones de inspertos en grupos semivivientes con apoyo extracósmico.
Más tarde habría de ponerse de manifestó que todo aquello tenía un sentido claro y absolutamente sano, pero aquella noche fue un tormento infernal. Me puse furioso por no entender nada a pesar de que a mis pies había ya un montón de libros. En las paredes quedaban todavía sin tocar largas estanterías, que contemplé con la rabia inconsciente de un hombre que tiene que saltar a un tren en marcha aunque sabe que al hacerlo puede romperse el cuello. Sobre mi brazo pesaba aquel enorme mamotreto, el Diccionario lustrano-curdlano , y sentí unas ganas locas de arrojarlo al suelo. A una persona colérica com o yo, eso no le habría producido el menor desahogo, pero me controlé , limitándome a aga rrar un sombrerero colocado en una esquina y a lanzarlo com o un ariete contra una puerta de roble, y por lo tanto resisten te, de un gran archivo de actas. El sombrerero se astilló, pero lo coloqué contra la pared de manera que el brazo roto encontrara apoyo y no se pudieran ver los daños.
Alguien podría pensar que mejor haría callándome estos escándalos nocturnos, ya que no son un buen testimonio de mis nervios ni de mi agudeza mental. Sin
embargo, soy de la opinión de que un crítico así se encuentra en un grave error. ¡No puede carecer de importancia cómo se desarrolla el proces o del conocimiento! La ruptura del sombrerero me había hecho mucho bien. Más calmado, me puse ante las estanterías, buscando arriba y abajo material de lectura, y elegí lo que me llamaba más la atención. Pero precisamente así me di cuenta de que este método era poco inteligente y me percaté, demasiado tarde, de que cogía libros con una encuadernación particularmente sólida y bonita , y no es el vest ido lo que hace hermoso un cuerpo. Lamentablemente, en su mayoría ofrecían lectura a lustranistas avanzados y eso podía llevarle a uno a la desesperación. Tenía lo que quería, estaba sentado ante las fuentes, a mi alcance se hallaba todo el saber sobre Entia, pero no me servía de nada. Estuve in cluso tentado de coger el teléfono y sacar de la cama al con- sejero privado, pero me sentí avergonzado. Me sequé el sudor de la frente, me sacudí el polvo de las manos y me dispuse para un nuevo ataque.
Esta vez fui menos jactancioso y cogí la Intro ducción a la Melioración Epistémica. Tenía el presentimiento de que no podía tener mucho que ver con la ciencia del suelo o los abonos artificiales y así fue. Me enteré de que Lustrania, en el siglo XXII, cayó en una terrible crisis provocada por el oscurecimiento propio de la ciencia. Primero resultó cada vez más evidente que los fenómenos investigados ya habían sido estudiados alguna vez por alguien, sólo que no se sabía dónde buscar tales estudios. En progresión geométrica , la ciencia fue astillándose en ámbitos especializados , y la susceptibilidad principal de los ordenadores, que se encontraban ya en la zona de megatones, fue el llamado estreñimiento de datos crónico. Se había calculado que al cabo de cincuenta años en las universidades sólo habría ordenadores de búsqueda, es decir, aquellos que en los m icros istemas, sis temas e instala ciones de pensamiento de la totalidad de los planetas intentan rastrear dónde, en qué rincón de qué memoria mecánica, se contiene la información necesaria para cada una de las investigaciones en marcha. En la renovación de pérdidas que habían durado siglos, se desarrolló con una rapidez vertiginosa la ignorántica, la ciencia que estudia el estado del saber sobre la actual falta de saber. Una disciplina hasta hace poco despreciada e
ignorada (de la ignorancia de la falta de saber se ocupa una rama entroncada pero claramente separada, la ignorantística). Saber bien lo que no se sabe significa enterarse de algo sobre un saber futuro, y, por este lado, esta rama se entrelaza con la futurología.
Al personal caminero le corresponde la medición de los recorridos que el impulso de búsqueda debe recorrer hacia atrás para conseguir la información necesaria. El tiempo de espera medio se estima en la actualidad en medio año, aunque el impulso se mueva con la velocidad de la luz. En el caso de que los recorridos de búsqueda se alarguen dentro del laberinto de los bienes del conocimiento conseguidos en tiempo presente, los especialistas deberían esperar a la próxima generación, de 15 a 16 años antes de que el equipo de rastreadores de signos de luz hubiera reunido una bibliografía completa para el asunto previsto. Pero, como nuestro E instein dijo una vez, nadie se ras ca si no le pica, y así surgió el domin io primero de los expertos en la ciencia de la búsqueda y después los llamados inspertos. La necesidad exige una teoría de los descubrimientos escondidos en la v ida, es decir , de la revelación de descubrimientos que han sido cubiertos por otros descubrimientos.
De esta manera se llegó a la ariadnología general (General Ariadnology) y a la época de las expediciones al interior de la ciencia. A aquellos que planearon ese tipo de excursiones se les llamó inspertos. Sin embargo, sólo resultaban de alguna ayuda durante un breve tiempo, ya que también ellos eran científicos y, como ta les, abordaban la teoría de la ins persión valiéndose de la laberíntica especializada, la laberintística (ambas se relacionan una con la otra como la estática y la es tadística) y la laberintografía circonfusa y puesta en cortocircuit o, así como de la laberintolaberíntica. En esta última se trata de la ariadnística cósmica exterior , un campo supuestamente muy interesante. Se contempla el Universo como una pequeña estantería en una gigantesca biblioteca que no debe existir necesariamente pero, esto puede dejarse de lado en la teoría, que no debe interesarse por los límites fís icos , y por lo tanto banales, que el mundo impone a la inexploración, la autodestrucción
invaginadora primaria del conocimiento. Esta ariadnística asquerosa veía crecer este tipo de invaginaciones hasta el infinito (la búsqueda de datos, la búsqueda de datos sobre la búsqueda de datos, etc., hasta las cantidades de rendimiento fuera del límite del Continuum).
Interesante, ¿verdad? Tenía la suerte de llevar conmigo aspirinas. La ariadnística postula el espacio infinito multidimensional amétrico de la entropía de información, por todas partes estalló la alegría y el triunfo cuando se tuvo la prueba de que este espacio era ABSOLUTAMENTE CONGRUENTE CON DIOS. Con ello, el SEÑOR DIOS, en toda su omnisciencia omnipotente, se dejaba por lo menos incorporar a la comunidad definitoriamente. Además, se aclar ó con ello que cada mundo creado se desprende de un espacio quasidivino de este tipo, una burbujita insignificante que se vuelve no-algo. Y ello incluso de una manera inevitable.
Las consecuencias fueron abstrusas, DIOS estaba completamente calculado, su existencia finalizada matemáticamente —entendido como sis tema de la omnisciencia, completamente abstracto, no com o PERSONA, sino como una consagración topológicamente perfecta de sus atributos. Con ello se demostraba que cualquier espacio fuera de límite, sí tiene fronteras, que naturalmente no encajan con lo real y en absoluto con el Cosmos. Como se podrá adivinar, no había ninguna ortodoxia religiosa que se hubiera dado siquiera por enterada de esta presentación de pruebas. Cualquier espacio transfinal se manifestó como un campo extraordinariamente interesante para la investigación. Para el conocimiento no se obtuvo nada práctico, ya que se trataba de un sistema omnisciente, en el que por tanto no era necesario, y ni siquiera posible, seguir la pista a a lgo como la información. (De una manera simplificada e ingenua se puede también expresar así: la omnisciencia es al mismo tiempo una condición y una propiedad de este producto asombroso del pensamiento abstracto y no muestra ningún tipo de puntos de intersección con el Cosmos real.) Era exactamente como si alguien hubiera extraviado una cucharilla en su piso y, al no encontrarla en el primer momento, trazara un plan de campaña, un ideario para la
búsqueda sin errores, que naturalmente enseguida se convierte en un sistema de hallazgo sin errores y, en consecuencia, no puede emitir ningún tipo de juicio sobre una cosa tan banal com o una cucharilla . La ciencia del halla zgo se rela ciona con la ciencia de la búsqueda aproximadamente como la matemática pura con la aplicada.
Esta separación de la ariadnología general en una aplicada y otra abstracta empeoraba la situación todavía más, ya que cuanto mayor era la facultad intelectual de un ariadnólogo, tanto más se interesaba éste por las propiedades del omnihallazgo, en detrimento del rastreo banal en las entrañas de la memoria art ística planetaria de este almacén de sabiduría lleno a reventar. La crisis parecía irremediable, pero los lústranos, a pesar de ello, la superaron, aunque no por el camino propuesto; se libraron de ella no cortando por lo sano, sino cortando también lo sano, acabando así con la ciencia , por lo menos en la forma en que nosotros la conocemos . Desde hace más de un siglo, no ha habido en Entia ningún sabio más, sólo gente que toma clases. Ni siquiera las reciben de un ordenador digital de alto rendimiento, sino s implemente de menses. Introducirme en la técnica de las menses me costó seis noches en vela durante las que espoleé a mi pobre cerebro con algunos litros de café. Las menses son fragmentos de logo de tamaño molecular, y p or lo tanto invis ibles a simple vista, producidas por otras menses de una manera que recuerda la aparición de cuerpos proteicos en el organism o vivo. Pero vamos a dejar de lado la parte técnica. El cambio afectó seriamente a los científicos lústranos. Claustros enteros de profesores acabaron suicidándose cuando se demostró que el procedimiento de los trabajadores de licenciatura o de doctorado habían perdido completamente su sentido y que incluso el doctorando más inteligente se encontraba en la situación de un hombre que intenta construir un cuchillo de pedernal con la ayuda de un pico, mientras que las máquinas correspondientes producen desde hace tiempo cuchillos mil ve ces mejores de acero templado. A la ve z se lleg ó al llamado Desmantelamiento de la Empiria y, con ello, a la eliminación de todas las formas de ensayo tanto en el laboratorio como en el campo. La ejecución real de ensayos acabó cuando éstos fueron asumidos por el correspondiente sistema de menses en abstracto, es decir, de manera digital,
analógica o como quiera que puedan ser modeladas —y esto incluso a la velocidad de la luz. Por consiguiente, para estudiar la influencia que ejerce en el microclima el pinar que crece a la orilla del arroyo ya no hace falta esperar cien años, sino que las menses lo solucionan en un abrir y cerrar de ojos, tiempo que para ellas, por cierto, es una eternidad. Abrir y cerrar los ojos requiere aproximadamente un segundo, las menses lo consiguen en una millonésima fracción.
Este tipo de experimentos de menses sólo se llevó a cabo al principio, debido en cierta manera a la inercia de las costumbres seguidas hasta entonces e impuestas por la tradición. Un microclima se investiga de una manera condiciona da por los objetivos y dirigida a los mismos , de ahí que baste con definir dichos objetivos sin necesidad de saber en qué etapas deben alcanzarse. A quienes realizaban esta tarea se les llamaba asignadores de objetivos, y anteriormente también teleónomos. El objetivo puede ser completamente absurdo; por ejemplo, puede contener la orden de que un día llueva verde y otro día amarillo lim ón y que cada vez se forme por encima un arco iris, o de que un pijama por la noche, una vez en la cama, se desintegre sencillamente al ser acariciado y, sin embargo, por la mañana despierte al durmiente con un suave masaje. La totalidad del ciclo de producción de este tipo de prendas nocturnas o de precipitaciones atmosféricas se programa y ejecuta de manera absolutamente automática. Si uno tiene la curiosidad de saber cómo funciona, se matricula en una Poliversidad, por supuesto de menses, donde ante todo es informado por instructores acerca de las preguntas que puede plantear, ya que las preguntas tontas no tienen respuesta inteligente. Concluido el curso de Conocim iento de las Preguntas, uno puede enterarse de lo que más le interese, pero no con una finalidad profesional sino más bien como un hobby. Las preguntas forman la llamada jerarquía piramidal o pirámide jerárquica, no me acuerdo con exactitud, pero, en todo caso, es en ella donde se encuentra el llamado umbral Tiutiquetzitok, una barrera límite por encima de la cual ya nadie entiende una pregunta y, por supuesto, tam poco la respuesta, porque debería dedicar toda su vida tanto a una como a otra y ni siquiera ese tiempo sería suficiente, ya que la capacidad intelectual, con la edad, se extingue
paulatinamente, en contra de las necesidades de este país, donde se requeriría un crecimiento perpetuo a lo largo de cien o incluso trescientos años. El hombre por lo tanto moriría antes de poder formular de una manera decente su pregunta y poder enterarse realmente de lo que quería saber.
Sin embargo, los resultados prácticos de preguntas que se encuentran por encima del límite de Tiutiquetzitok pueden ser utilizados, lo cual ni es poco corr iente ni sería la primera vez que sucediera en el mundo. Como a clara el instructor TITIPIO
84931109, en un prospecto editado para el uso docen te en las clases de los primeros
niveles, para comer una rebanada de pan de centeno no hace falta conocer la hist oria del cultivo y la producción del centeno según la teoría y la práctica del gremio de panaderos; basta con hincar los dientes en ella. Así se sumió la ciencia en un profundo luto por sí misma . A la población lustrana le era completamente indiferente, ya que, si bien debían agradecer a la ciencia el impulso civilizador, cada vez se la echaban más en cara a los científicos , o sea que estaban hartos de la ciencia y ahora, en una actitud esencialmente democrática, se sentían satisfechos de que a nadie le fuera permitido colocarse por encima de los demás gracias a su saber como catedrático. No es que por ello se mandara al cuerno el intelecto, pues podía ser disfrutado en privado de la misma manera que uno se alegra de un cutis limpio y sin granos , cosa que evidentemente tampoco da derecho a particulares privilegios sociales. Quien lo deseara, podía naturalmente ejercer la ciencia según la vieja escuela, pero ésta no era más que un mosquito inofensivo, comparable a la construcción de palacios con cajas de cerillas vacías o hacer volar una cometa. Hasta el día de hoy, e l pueblo lustrano se entrega con total entusiasmo a actividades así de infantiles con la esperanza de descubrir algo que acabe de golpe con la menterónica. Todo esto, obviamente, son elucubraciones de pobres diablos a quienes les fue negado nacer en siglos cerrados por diques desde hace años, y donde seguramente se habrían revelado como Newtons o Darwins locales.
Con la elim inación de la ciencia tradicional empezó en los Subyugados Dominios de Lustrania la construcción de una cultura sintética, la llamada cultética. Sobre este tema todavía no hay unanimidad entre los historiadores. (Los historia dores siguen siendo sólo hombres, quiero decir entianos. Y la automatización de las ciencias humanísticas no fracasó porque fueran extraordinariamente complicadas, sino todo lo contrario, porque presentan una especialización tan inconsistentemente ilógica, tan llena de suposiciones arbitrarias, que permite a las corrientes y escuelas humanísticas alcanzar la gloria. Esto no puede traspasarse a los sistemas lóg icos , ya que enseguida les sobrevienen gases, estreñimientos o inclu so fragmentaciones por desgaste corrosiv o.) Unos s iguen el lema de Qutottotz, según el cual, la cultética habría surgido como forma protética de la cultura natural, que finalmente, presionada por el bienestar general, yace en su lecho de muerte. Este punto de vista cuenta con un gran número de seguidores entre los culterólogos. El otro — tomemos sólo a Tziot ziupirr o a Quixiquox— sostiene, en cambio, que las menses se comportan com o el aire y el vacío: cuando algo queda libre, ellas lo invaden. A dicho fenómeno se denomina: gradiente de evolución natural del medio ambiente artificial. Esto no significa otra cosa que la cultura tolera el vacío tan poco como la Naturaleza.
Cuando se destruyeron las relaciones sociales, la moral y las buenas costumbres, cuando cayeron las barreras de prohibiciones religiosas y legislativas que contaban siglos de antigüedad, cuando cualquiera podía tener lo que le apetecía, sólo quedó una última cosa deseable: fastidiar al prójimo e incluso procurar causarle un profundo dolor. Este prójimo, por supuesto, se defendía, y ¿qué puede excitar más el apetito, aparte de la defensa, si no el hecho de convertirse en el principal y sabroso objeto del deseo cuando la posesión de bienes ajenos y la utilización de servicios ajenos ya no tienen ningún valor? Lo que es fácil de conseguir pierde su valor. Aquel que guarda dieciocho trajes en el armario todavía siente cierto placer en el hecho de poderse cambiar cada día; el dueño de diez millones no tiene más que molestias con ello. Para disfrutar la vida en la cima de una montaña de chocolate hay que ser un niño, pues los dolores de barriga ponen fin a cualquier alegría.
En la cúspide del bienestar general aparece de nuevo la sensación de amenaza general. ¿Qué clase de diversión puede derivarse de poseerlo todo y a la vez tener que darle vueltas sin cesar a la idea de que todo puede perderse o encontrarse de nuevo en el sótano de un señor que encuentra placer en el perfecto arte de la tortura? Las menses reaccionan, pues, frente a este especial comportamiento. La policía desapare- ció muy pronto bajo la mentificación, y de la misma manera la cultética asumió primero las funciones de protección y de escolta y después también el patrocinio sobre el destino de todos los seres vivos. He de confesar que a mí nunca nada me había parecido tan fuera de lo común como este problema, este origen de la cultética.
Por lo menos, de la experiencia hist órica de los lústranos se desprende la siguiente imagen: cuando se instituye el nacimiento de la inteligencia en el medio ambiente y esta inteligencia se transplanta de las cabezas a las máquinas, heredan de las máquinas, com o del mamut o de los anfibios primitivos, las m oléculas. Estas, a su vez, se perfeccionan en las s iguientes generaciones mediante sagaces partículas hasta que rebasan el llamado umbral de Squarck, cuya densidad inte lectual supera la del cerebro humano. En el volumen de un grano de arena, se encuentra la capacidad de rendimiento psíquico no sólo de un profesor, sino de cien facultades, incluido el Consejo Científico. Nadie sabe ya quién dirige a quién, las personas a las menses o las menses a las personas. En este caso no se trata en modo alguno de máquinas rebeldes, de aquella sublevación de los autómatas con la que pretendían infundirnos miedo los periodistas pseudoeruditos cuando la futurología estaba de moda entre las masas, sino de un proceso de otro rango y calibre. Las menses se rebelan exactamente como el grano que crece en un campo o los m icrobios en un caldo de cultiv o. S igue realizando de manera muy fiable la labor que tiene asignada, pero cada vez mejor, y así, tras un ciert o tiempo, alcanza una perfección que nadie había previsto en un principio.
Desde hacía mucho tiempo se daba por sentado que el plano general del hombre, junto con la empresa constructora que debía ejecutar este plano, se escondía
en la cabeza de un espermatozoo imperceptible a simple vista, pero nadie habría supuesto que allí se pudiera obtener la licencia de producción para la molecularización del entendimiento, a pesar de que cualquier colegial sabía que su cerebro antes de su nacimiento se encontraba en la miga molecular del spermium pater na. Esto s ignifica que tales métodos de producción podían asumirse en gran escala del mismo modo que se fabrican en los testículos miles de millones de células espermáticas sin ningún objetivo o planificación, s in fábricas, oficinas de proyectos, plantillas ni todo lo demás. Igualmente, nadie habría creído que estas menses llegarían a superar a los hombres, no para dominarlos por el miedo o la violencia, sino de la misma manera en que un Consejo Científico compuesto por profesores con dos cátedras cada uno está muy por encima de un crío en pantalón corto. Este no podría entender nunca aquel conglomerado de saber. Incluso en el cas o de que él, con sus pocos años, fuera rey, pudiera dar órdenes y se le obedeciera con la mejor voluntad, los efectos de esa obediencia no llegarían a cumplir las expectativas infantiles. Supongamos que quisiera volar. Tal deseo es realizable, pero no de la forma fabulada que él seguramente habrá soñado, no en una alfombra voladora, sino en aviones a reacción, globos y cohetes, ya que la mayor sabiduría puede hacer sólo lo que es posible en el mundo real. Por un lado, se cumplen las fantasías de muchacho; por otro, su realización será para él una sorpresa. Los sabios intentarán finalmente hacerle entender por qué no alcanzan los objetivos por el camino seña lado por él, ya que el niño va creciendo y aprende con ellos a conocer un medio ambiente que es más inteligente que sus habitantes, pero que no puede explicarles lo que son incapaces de comprender, porque, para llamar por fin a las cosas por su nombre, son demasiado tontos para ello.
Este resultado tardío del desarrollo de la técnica de orde nadores, finalmente coronada por el nacimiento de la menterónica, es muy desagradable para el orgullo natural de los seres racionales, pero inevitable. Vosotros lo queríais así y ahora lo tenéis de una manera completamente distinta a como vuestra ingenuidad lo temía: ninguna insubordinación, ninguna revuelta, ningún monstruo de acero que os agarre
por los pelos, ningún gángster digital embrutecido o hambriento de poder o un bandido análogo, sino un entendimiento trasplantado de las cabezas al medio ambiente y, en este tránsito, multiplicado por mil en un extracto molecular que se comporta de la m isma manera que un puñado de granos o un espermatozoo. Pero en tanto que los tipos de grano, las amebas o los gat os, surgidos en la lucha por la existencia, se ocupaban de la propia supervivencia, es decir, de sí m ismos , y puesto que o bien son comestibles como el grano, o bien se prestan a jugar con nosotros como los gatos, s ólo s on parcialmente útiles a sus cultivadores, el medio mentificado, que no es ninguna persona, primero se ocupa de los hombres y de sí mismo, mas sólo el mínimo indispensable para el propio mantenimiento. Si descuidara completamente este mínimo pronto se destruiría y sencillamente desaparecería.
¿No hay ninguna forma de dirigir la evolución de las menses? Ciertamente, pero no al antojo del primero que venga, a tontas y a locas, sino ta l y com o pueden cultivarse distint os t ipos de grano en invierno y en verano, pero no puede hacerse nada para que las espigas den melones. Entre las menses existe además la dificultad de que sus modificaciones prospectivas dependen de mipros (microprogramadores), y éstos a su ve z de codocores (códig os dos ificados de coherencia), y és tos de... bueno, ya no me acuerdo. Si se pone en marcha un proceso, se sobreentiende su desarrollo dentro de unos límites imprevisibles, como si uno fuera en un coche de caballos que obedecen a las riendas y al látigo, galopan dócilmente, no son tozudos y, sin embargo, avanzan cada vez más deprisa y el paisaje nos resulta gradualmente más desconocido. La diferencia estriba sólo en que al caballo se le puede hacer dar la vuelta, y a una civilización es muy difícil. Esto s ignifica que posiblemente en un principio también los lósanos podían destruir sus menses, renaturalizar su medio ambiente, pero tal medida hubiera provocado una catástrofe inimaginable, peor que si se hiciesen volar por los aires todas las centrales de energía de la Tierra, se quemasen todas las bibliotecas, y se expulsase a todos los ingenieros, científicos y médicos. ¿Acaso vale la pena describir las consecuencias de semejante regreso a la Naturaleza?
Dormía durante el día y pasaba las n oches en los archiv os del M AE, d onde me había instalado cómodamente. En el escritorio tenía una cafetera, azúcar, jabón, una toalla y una taza, sólo se me había extraviado la cucharilla, y como siempre se me olvidaba traer una nueva, removía el café con el mango del cepillo de dientes. Tenía la cabeza como un bombo, debido más que nada a la mezcla confusa de información que ni siquiera intenté ordenar. Me daba cuenta, sin embargo, de que sabía algo de las cosas impor tantes, pero que de las cosas corrientes de Entia no sabía nada en absoluto, pues las fuentes lustranas se contradecían con las curdlanas, y viceversa. Me encontraba en medio de una gran ciudad y, aun así, estaba tan solo como Robinson Crusoe en su isla. Durante dos días estudié la anatomía y mit olog ía del curdlo. A ambos lados de los pulmones tiene gigantescas bolsas de flotación a las que llegaban aquellos que eran tragados por el animal: en cada una pueden acomodarse treinta hombres. Antiguamente se adiestraba a los curdlos y se los utilizaba como elefantes de guerra. Algunas tribus de húmenos tomaban a los volca nes por curdlos sin piernas, y acaso de ahí procedan las sagas sobre los pirosaurios . Curiosamente, aun en los libros de anatomía, aparecían una y otra vez alabanzas al presidente, junto a las que se añadían asimismo los insultos de los lústranos.
La mitología me atraía más. El equivalente a nuestro Santo Grial era el Santo Curdlo, y las primeras cosmogonías de los húmenos sostienen que el Cosmos se creó a imagen del Supercurdlo, también llamado Superdlo. El sumo sacerdote que dirigía a él sus plegarias estaba investido de la dignidad curdinal. También había cosas incomprensibles. El caballero que partía a la busca del Santo Curdlo se llamaba bacionario. ¿Acaso habían puesto las miras concretamente en el bazo? Pero, ¿es que se puede calcular el pensamiento mitológico con patrones de medida normales? Encontré incluso un montón de recetas de cocina para la preparación del curdlo, por ejemplo, estofado de lagarto y dragones a la parrilla. Por otr o lado, estos saurios teóricamente no habían existido en absoluto. ¿Tiene algo que ver aquí la metafísica de la transubstanciación?
En el lomo de cada libro que iba mirando hacía una cruz con tiza, para no volver a cogerlos por despiste. Así y todo, tenía la impresión de asfixiarme en una masa de bagatelas y tonterías. Entre los poicos, las largas piernas del monstruo de los pantanos no se llamaban extremidades sino excesos . Por aquel entonces existía también la secta de los cauditas, que leían la suerte de la cacería en la longitud de la cola del curdlo. De esta tradición se conserva aún algo, pues, en la actualidad se inviste la dignidad de un doctor honoris caudae. De todas formas, esto también podría ser sencillamente una errata de imprenta. El presidente, como sus apolog istas escriben, en el marco de la secularización, había traído al curdlo del cielo a la tierra y lo había hecho accesible a los miem bros de su tribu. Dado que los volcanes se cons ideraban curdlos sin piernas, el hecho de arrancar las piernas se convirtió en el acto de beatificación. Quien pueda, que lo entienda. Se supone que agentes lústranos, disfrazados de húmenos y en calidad de pseudopolcos, se introducían en los curdlos habitados e instigaban a los individuos a la rebelión. Estos , como castig o, eran trasladados a las regiones posteriores del metropolagarto y eran llamados sentadosatrás, constituyendo un elemento inseguro respecto a su lugar de residencia, e incluso retrasado. Con una particular falta de claridad, se planteó la cuestión de la rabia del curdlo. Según los datos lústranos, habría que considerarla un irredentismo político; de acuerdo con los portavoces curdlanos era resultado de un sabotaje.
Durante mucho tiempo no conseguí aclararme en este enredo, ya que no conocía la doctrina polít ica de los humenos, ni podía conocerla porque el estúpido del bibliotecario había clasificado el conjunto de los textos s obre Naciomovilismo junto a automovilism o en la v oz «Transporte y Tráfico Ciudadano», mientras que yo lo buscaba bajo «Doctrinas políticas», «Doctrinas de la política», «Ideologías» , entre otras. Encontré las estanterías correctas por pura casualidad cuando necesité un libro pesado y muy grueso para volver a hacerme la raya de los pantalones. A veces, me los quitaba a medias por comodidad y por eso vi lo arrugados que estaban. Al fin y al cabo, no podía entrar en el Ministerio con una tabla de planchar y una plancha. Y la idea del Estado Andante en modo a lguno la había inventado el presidente s ino un tal
Xarbargsar, que ya en el siglo XVIII había servido al bienestar común y que en su obra describía el Estado ideal como un consorcio de una suntuosa cooperativa de felicidad. Para ello, utilizaba la abreviación CONSUM. ¿De dónde le vendría a este pensador la costumbre, que a mí tan moles ta me resultaba, de utilizar abreviaciones para los conceptos definidos por él mismo? Para no volverme loco tuve que escribirlas en una hoja que durante la lectura tenía constantemente en la mano.
Xarbargsar, que cobraba alas con sus graciosa s vis iones del posible paraíso de Entia, mostró muy poco interés por la rea lización práctica de sus ideas y sólo su sobrino Gengenx descubrió la identificación del Estado ideal con el curdlo ideal. La idea, expresada en dos palabras, se basa en la unificación de todos los contrarios como NATURA y CULTURA. El humeno había sido creado por las fuerzas de la naturaleza, por lo tanto podía sentirse realmente bien en su regazo. Aunque le es indispensable la cultura, porque de lo contrario no se distinguiría suficientemente de los animales. El curdlo, un animal, es indiscutiblemente un componente fijo de la naturaleza. Tiene que ser cultivado, es decir, colonizado, con lo cual se modifica su animalidad original pero se mantiene su cuerpo. Creo que transcribo correctamente los pensamientos de estos dos importantes parientes, de quienes el presidente tomó su concepto central. Por fuera natural, por dentro cultural o cultivado, el curdlo debía convertirse en la célula fundamental del Estado, teniendo en cuenta también las venerables tradiciones, la herencia de sagas, y los mitos y ritos relacionados con el Tor y el Arca de Noé de los húmenos.
Los padres del Naciomov ilism o tratan el tema de una manera más realista, poniendo al curdlo patas arriba, o dicho más exactamente, ¡no al mism o curdlo sino a la relación entre el curdlo y los húmenos! Antiguamente era un ser superior al que se rendía culto divino, luego hubo de ser desacralizado para que sirviera a los húmenos. Consecuencia de la realización de esta idea fueron precisamente los metropolagartos, Municipios Andantes, curdburdel, cebamientos urbanísticos, et c. También aparecieron, como suele suceder cuando un elevado pensamiento topa con la cruda
realidad, gran variedad de dilemas que los padres del Na ciom ovilismo no habían previsto, empezando por las diarreas y otras indis posiciones del Andante. Las estanterías de toda una sala de la biblioteca se doblaban bajo el peso de los tomos que se ocupaban de los defectos inmatentes o accidentales del progreso estatal. Estas obras eran tan abundantes que sólo, del esfuerzo de llevar y traer la escalera de mano me dolía la espalda y me crujían las vértebras. No obstante, me mantuve fiel a mi propósito de investigarlo todo hasta el final y no abandoné el estudio. La excesiva prolijidad de las exposiciones exigía una gran atención, pero conforme leía, me reafir- maba en la impresión de que la vida en el curdlo, a pesar de que no encontré ni un solo comentario al respecto, era incóm oda. Ningún teórico curdlano se habría atrevido a decir una cosa semejante. En cambio se hablaba de dificultades pasajeras debidas a la falta de ventilación, de la mala calidad de las instalaciones de filtros y desagües, de las lesiones en la columna vertebral provocadas por la necesidad de pasarse la vida agachados, ya que, dentro del curdlo, en los lugares más bajos , es difícil ponerse completamente derecho. Sin embargo, todo e l mundo guarda silencio acerca de la posibilidad de abandonar sin más las entrañas habitables. Debo decir que esto me sorprendió extraordinariamente, porque ¿qué clase de obligación absoluta les hacía llevar una vida así?
Las respuestas a esta reiterada pregunta caían sobre mí como un auténtico granizo desde todas las obras que estudiaba. Se trataba de la síntesis entre la naturaleza y la cultura, de la unión de estos elementos y posiciones opuestos, y si quisiera citar, aunque sólo fueran los argumentos principales del defensor del Estado itinerante, no habría papel suficiente. A lo mejor se habían acostumbrado tanto a ello que ya no podían hacer otra cosa. Por otra parte, está demostrado que el hábito ¡no es una fuerza de convicción indestructible! Por fin, acepté que no iba a descifrar este extraño enigma y renuncié a otras lecturas en la sa la de los clás icos . La siguiente sala estaba dedicada al presidente, pero sólo estuve en ella una vez porque enseguida me rendí. En una tercera sala se encontraban reunidos los proscrit os, los herejes del curdlismo. Su principal representante había sido un sabio que murió ejecutado por
sus convicciones y al que los ortodoxos nunca llamaron por su nombre sino siempre sapo carroñoso o carroña saposa.
En el departamento de las Prohibitia curdlanas hojeé su obra fundamental y me enteré de dos cosas . En primer lugar, se le ret ira al n ombre de un apóstata cualquier transcripción a un lenguaje terrenal, de manera que en los catálogos figu ra como Kinderlos, Sansenfants o Bezdzietniak. Este era de hecho el sentido que escondía su nombre curdlo. Segundo, a mi juicio, las herejías propagadas por él no eran ni impac- tantes ni particularmente originales. Simplemente había sugerido que debería entrarse en el curdlo sólo por las noches para dormir; el día, por el contrario, debía pasarse fuera y hacer lo que más apeteciese. Precisamente esto fue la mayor causa de escándalo entre los curdlistas creyentes. Ni que me maten entenderé por qué esta simple idea les horrorizaba tanto.
Seguí tanteando a lo largo de las estanterías y llegué a los libros de lectura para escolares. Entre ellos se encontra ban historias ejemplares acerca de cóm o, en los tiempos antiguos, los pseudopolcos, agentes lústranos, hicieron correr dis tintas mentiras y pérfidos rumores para infiltrar a los poicos primitivos en sus Ciudades Andantes. Por ejemplo, alababan el viceversism o, la inversión del curdlo. Para ello, la cola debía colocarse en el lugar de la cabeza y viceversa. Los agentes esperaban, que, una vez convencidos los honrados ciudadanos de llevar a cabo este paso, se llegaría al caos y la confusión, y entonces podrían hacer un llamamiento a sus asquerosos compañeros de tribu y caer, uniendo sus fuerzas, sobre la Ciudad Andante en balanceo, empujar a sus legítimos habitantes a una muerte segura bajo el granizo de meteoritos (todo esto tuvo lugar durante el Tor) e instalarse ellos mismos en el curdlo secuestrado. Pero enseguida surgió un héroe que sofocó en su origen estos vergonzosos planes.
La historia que más me impresionó fue la del va liente muchacho que venció él solo a una banda completa de canallas trepando intrépidamente las fauces del curdlo y
haciéndole cosquillas en la campanilla hasta que éste derramó una lluvia gástrica torrencial sobre los atacantes al acecho. Los libros de lectura animaban a los niños a estar vigilantes contra tunantes provocadores que o bien intentaban separar del rebaño a los curdlos medio dorm idos o distraídos, o bien trepaban con la ayuda de escaleras de bombero a los lugares donde el curdlo tiene más cosquillas , ya que el gigante presenta una propensión a la irredenta abrupta en el caso de un picor ex- tremo. Como había leído por otro lado en los expertos en docencia lústranos, en este tipo de irredenta no había ningún motivo político. El rompetripas no es un curdlo al que los saboteadores hayan dado la vuelta como un calcetín, sino una Ciudad Andante cuyos habitantes son notables destila dores de licores y en su a lcoholismo envenenan al desgraciado animal de tal manera que cae en un estado de delirium crepuscular que le lleva a chocar con otros miembros de su especie. El alcoholism o en Curdlandia no es en absoluto una plaga social, sobre lo cual, por supuesto los libros escolares guardan silencio. Al parecer, en los curdlos mismos se distribuyen octavillas, según las cuales las Ciudades Andantes individuales se disputan la comida mientras que los obscuros celebran junto con sus seguidores y favoritos orgías secretas en viejos curdlos que apenas se sostienen sobre sus patas, y ejecutan salvajes bailes de pataleo, el curdtrott, prohibido oficialmente ya que algunos han bailado hasta caer muertos.
Los curdlistas del Instituto Lustrano para la Teoría del Esta do se basan en informes de este tipo que proceden principalmente de los sentadosatrás. Afirman que los húmenos son únicamente gorrones de los curdlos y que no se puede hablar en absoluto de una simbiosis. Los poicos primit ivos evolucionaron del vagabundeo a la peripatética, y de ésta, pasando por el preparasitismo, a la forma común del gorroneo. Es raro que entre estos expertos no haya ningún tipo de unanimidad acerca de si los curdlos viven o no. Algunos consideran posible un proceso semejante al que describía el barón de Münchhausen, cuando un lobo saltó sobre el caballo de un trineo y lo devoró desde atrás hacia delante, con lo cual cayó él mismo en el arnés y tuvo que seguir trotando como un animal de tiro. Alg o así se supone que han hecho los humenos con los curdlos: de los gigantes que fueron devorados desde dentro no
quedó prácticamente nada, como máxim o el esqueleto y la poderosa piel con las placas acorazadas sobre el lomo. Este montón de moho y evidente cadáver es mantenido en movimiento por activas personas que trabajan por turnos. Además, no debe hablarse de ello para que el presidente no se aflija. El está convencido de la floreciente salud y fuerza de los metropolagartos, lo que para él es muy fácil, ya que no vive en uno de ellos sino en una residencia completamente normal rodeada de un hermoso jardín. De la situación en los curdlos se informa a través de los periódicos estatales.
El psicosociólogo lustrano Tiurrtirrquarr opina además que la idea naciomovilística está v iva a pesar de que el curdlo esté muerto: si la fe, com o se dice, mueve montañas, con mayor motivo una osamenta así. Puede que todo sea mentira, pero es aceptado con un entusiasmo absoluto por la población. Esto no es ningún milagro, pues de todos m odos entró en los animales huyendo del Tor (tormenta de meteoros) con el fin de sobrevivir, no por una ideología; y de una manera imprecisa le va inquietando la convicción de ocupar sobre el planeta una posición relegada. D icho sin rodeos, no es agra dable para ellos llevar esta vida, s iendo que el parasitismo en ningún lugar de Entia goza de reconocim iento. ¿Quién querría proclamar en la Tierra que el modo de vida de las pulgas o de la tenia es la más elevada forma de vida en comunidad? El presidente, sin embargo, había fundido al curdlo ideal con las leyendas tradicionales, fragmentos pegoteados de la historia de la civilización y de la evolución, formando una teoría y aquietando la ambición política de los humenos, en la medida en que en sus escritos dignificaba su forma de existencia, que es rica en sacrificios y, por tanto, en honor, y conduce a un diáfano futuro.
Hasta aquí los representantes de la concepción extremista, llamada momificadora. Sin embargo, no faltan investigadores que expresan su opinión más comedidamente. Ponen de relieve que los metropolagartos, de tiempo en tiempo, caen al suelo cuan largos son, para lo cual, la hipótes is de los cadá veres no puede dar ninguna explicación. Por lo tanto, tienen que estar vivos aunque estén con un pie en la
sepultura. Sin embargo a veces también braman: en los llamados brame-ros, donde unen sus voces en el cañaveral formando un coro infernal, la mayoría de las veces con ocasión de mítines y en los días de fiesta nacional. Es una sociedad feudal de castas según una concepción anatómica. La pos ición del ciudadano depende del lugar que se le ha asignado en el curdlo. Lo siento, pero realmente me faltan las fuerzas para citar las opiniones de otros científicos. N o estaba en absoluto en situación de comprobar de manera definitiva la corrección ni de una sola.
Cuando quería abandonar definitivamente esta parte de la biblioteca, me llamó la atención un montón de folletos y periódicos colocado entre dos armarios. Todo estaba apilado como si se hubiera retirado de las estanterías y estuviera destinado a la fábrica de papel. ¿Aquello sí que me hizo cavilar! Las revistas , cubiertas de polvo, procedían sin excepción de Lustrania y ¡cantaban en elogio del Naciomovilism o! Estornudando, permanecí sentado ante ellas y eché una rápida ojeada a los reportajes, poesías, piezas de teatro y epopeyas en verso que alababan los encantos de la vida en la Ciudad Andante, donde todos se conocen, donde no hay ni frustración, ni alienación, ni por supuesto asistencia alguna de menses, donde la gente se llama por su nombre de pila y todos se sienten unidos en su ritmo de vida al magnífico y bondadoso ser que conoce exactamente las inclinaciones de sus habitantes, en lo que se refiere al gusto, y al pastar consume preferentemente los frutos y hierbas que producen a sus moradores una particular alegría. Hojeé años completos de revistas periódicas como El encanto del curdlo del montón, además de En el süencio del cur dlo, un cancionero del que recuerdo la canción «Crece Granfauce, hazte fuerte», y e l libreto de la ópera Curdolía. Pero, debajo de todos , había también prospectos con un contenido completamente opuesto que comparaban el vientre del curdlo con el infierno, e incluso había un panfleto en el que se afirmaba que un millón de años atrás habían aterrizado en Entia astronautas primitivos y habían abandonado en los pantanos un par de pirosaurios, que fueron el origen del rebaño apestoso, con la sola finalidad de apartar a los entianos de su honrado desenvolvimiento progresivo. Lamentablemente, su propósito se cumplió. Los monstruos se habían tragado no sólo a los húmenos, sino
también a los lústranos, a estos últ imos , por lo menos , en el sentido intelectual ya que sus circunvoluciones cerebrales están atascadas con el problema del curdlo respecto a la curdlización com o salvación .
De ahí podría sacarse la conclusión de que en Entia no existe otra preocupación que la cuestión «ser o no ser en el curdlo». Sin embargo, yo tomé la decisión de dejar esto a un lado por un largo período de tiempo. Me esperaban armarios hasta el momento intactos , impresionantes tomos de un saber elevado y difícil colocados en orden de batalla. Me temblaban las rodillas cuando crucé el umbral de la primera sala y me enfrenté a ese desafío. Me vino a la cabeza: Nec Hercules contr aplures. Pero añadí enseguida: ¡Sursum corda! Con este pensamiento cargué yo solo contra Entia, contra esos sedimentos intelectuales de un mundo extraño, depositados unos sobre otros como capas geológicas .
La relatividad de la belleza no se pone de manifiesto de un modo tan desagradale como cuando representantes de dos razas planetarias de distinta ascendencia se observan mutuamente. El profesor Schimpanser cita en su Entropología com parativa un informe clasificado sólo para el uso interno, que los terratólogos entianos presentaron a los centros responsables tras la investigación de un gran número de programas de televisión terrestre. Particularmente sorprendidos se manifiestan sobre el concurso en el que fue elegida Miss World. La personifica ción del mal para los húmenos es la gravedad terrestre y para la lucha contra ella están previstas determinadas partes del cuerpo. Por motivos desconocidos , las mujeres deben participar activamente en esta lucha constantemente, por el contrario, los hombres sólo de vez en cuando. La conciencia de esta desproporción orig ina entre las hembras del Homo Sapiens abiertas protestas, los llamados m ovimien tos para la liberación de la mujer. Las activista s de estos movimientos se niegan manifiestamente a llevar bajo las ropas un ceñidor o correa del tipo de un arnés para caballos que actúa evitando que las masas mamarias (¡que simbolizan la fuerza de la vida!) cuelguen hacia abajo condicionadas por la gravedad. La lucha de los pechos con la fuerza de la
gravedad finaliza siempre con la derrota de los primeros, y los humanos deberían saberlo ya, puesto que la tensión de los tejidos cede con la edad. Sin embargo, los machos niegan a la hembra que yace debajo incluso una fracción de la admiración que ellas les manifiestan mientras se mantiene la apariencia de la s oberanía antigravitatorial. La injusticia de este códig o de comportamiento es tanto más llamativa en cuanto que los machos sólo están obligados de vez en cuando a su demos- tración análoga de independencia como se acaba de mencionar, y aun entonces por un tiempo muy corto.
El origen de esta costumbre no se ha aclarado por e l momento. Debe tener un fundamento religioso (metafísico) a pesar de que todas las religiones terrenales mantienen silencio sobre el tema, lo que podría ser un signo del carácter criptorreligioso de la lucha de los órganos con la fuerza de atracción de la Tierra. La solución del enigma se dificulta por la variedad de funciones de los órganos destinados al acto anti-gravitacional, en reposo, ya que debido a una deformación única en toda la galaxia de los órganos excretores y reproductores de los mamíferos terrestres, no se aclaró nunca totalmente para qué fin concreto tiene lugar cada vez la activación de estos órganos privada o públicamente. Las complicaciones de naturaleza biológica que han llevado a la anatomía del hombre a este lamentable estado encuentran inevitablemente su confuso reflejo también en la cultura y la religión.
En todo caso no hay ninguna duda de que el malst identifica con la Tierra. Quedar sometido definitivamente a la fuerza de la gravedad significa m orir y, en consonancia con este diagnóstico, cada hombre muerto es enterrado en la tierra. En este contexto, hay particulares ritos de la mendacidad colectiva, que a pesar de que todos sin duda alguna saben de la descomposición de los restos m ortales, en contradicción con ello, se llevan a cabo acciones altamente complicadas que ocultan el muerto a la vista pública (se utilizan para ello estuches de madera; para complicar las investigaciones posteriores encaminadas a saber qué es lo que pasa con los cuerpos
muertos, se alzan sobre los lugares donde los entierran pesadas construcciones de piedra, granito y otras masas magmáticas solidificadas).
Así es como nos ven los cutianos, dice el profesor Schimpanser, y ahí no se puede cambiar nada, porque tienen que hablar de nosotros como un ciego sobre los colores . Todo lo que tiene que ver con la erótica y los conceptos que dependen de sus pasiones espirituales y sensuales tienen que seguir siendo para ellos sencillamente incomprensibles, porque la reproducción entre ellos ha sido establecida por la natura- leza de acuerdo con un patrón completamente extraterrestre. Ellos no tienen ningún órgano sexual exterior, no se aparean ni tienen ayuntamiento carnal. Para ellos, el concepto de familia carece asimismo de cualquier lazo biológ ico ya que la fecundación del óvulo femenino tiene lugar en polimix, es decir, para expresarlo de una manera menos técnica, que por lo menos el semen de dos machos tiene que tomar parte en ella. Para comprender cómo puede darse algo así hay que retroceder hasta el origen de la vida en Entia. Una exposición resumida de esas cir cunstancias que a nosotros nos parecen poco corrientes se encuentra en la Procreación vegetat iva, la obra fundamental del profesor, Horatius Gorilles. A esta obra me remitió el profesor Schimpanser, que la cita constantemente y a cuyo autor reconoce la corona entre los entiólogos .
Hace tres mil millones de años, el planeta aparecía al observador desde el Cosmos com o un disco verde claro. Este color no era orig inado por las nubes, sino por trillones de insectos considerablemente menores que mosquitos. Esta llamada verdificación espacial (Gorilles Viridans Ohrentangi L.) cumplía la función de nuestras algas, era capaz de llevar a cabo la fotos íntesis y saturaba el aire de oxígeno en tanto en cuanto se elevaba hasta el lím ite de la estratosfera. Dado que los lugares de pasto, hablando de manera figurada, allí se encontraban en el cielo, la evolución de los animales superiores se elevó rápidamente al aire, ya que los primeros batracios y reptiles presentaron especies capaces de volar, el equivalente a nuestros hervíboros. Cuanto más hábil en el vuelo era una especie, con tanta mayor eficacia sacaba
provecho de la inagotable reserva de alimento en las nubes verdes de insectos de Entia. En ninguna época, sin embargo, aparecieron en el planeta angiospermas, las plantas del pantano no contenían clorofila s ino un pigmento respiratorio desconocido en la Tierra que descomponía los sulfitos y sulfatos flotantes procedentes de la meseta sísmica , que flotaban en exceso en el pantocéano.
Los animales que se adaptaron a la alimentación por medio de estos matorrales sulfúreos no pudieron extenderse por todo el planeta, pues estaban ligados, incluso los más grandes, de los que se derivaron los curdlos, a los lugares de pasto panta- nosos. Tenían gran cantidad de parásitos y simbiotas, como dice el profesor Gorilles, de procedencia «celestial»: muchas especies derivadas de los insectos verdes habían perdido su color, y con frecuencia también las alas, al tiempo que se pasaron al alimento sangriento y seguían a las grandes manadas de batracios y reptiles por la zona pantanosa. Según el doctor Aquilles Paviani, al que remite Gorilles , las perspectivas de desarrollo de la v ida las decide la t otalidad de la cade na de alimentación sobre el planeta, es decir, quién devora a quién y por quién es devorado. De los arbustos de azufre {Sulphuroidea Ohr ent angi) se alimentan los arrastrados y volantes y otros pantaneros, incluido el curdlo. Ellos mismos caen sobre la comida como salteadores, la mayoría saltan sobre las patas traseras (entre ellos, los reptiles de dos patas de tipo canguro, muy parecidos a los de nuestro período jurásico) y gracias a ello eran más rápidos y móviles. Atrapaban a su presa cazándola. Sólo los gigantes como el curdlo procuraban librarse de los piratas sumergiéndose en el pantano, todos los demás huían de las trampas y garras de los ágiles mordedores, des- garradores y tragadores, como los llama Abraham Gibbon en su Historia naturalis praedatorum Entianum.
Schimpanser, Gorilles y Gibbon aceptaron sin reservas la hipótesis de los biólogos entianos, según la cual, los prima tes, por muy desagradable que resulte, deben agradecer su intelecto absoluta y claramente a su paso por la llamada fase depredatoria. La cuestión es que para los hervíboros existe exclusivamente el
presente, ya que tienen la comida delante de las narices y con ello tienen suficiente. El depredador, por el contrario, está orientado por naturaleza hacia el futuro; debe esperar a la presa, acecharla, rastrearla, seguirla, cazarla y ven cer todos sus trucos . El crecimiento de la inteligencia se ve fomentado con tanta mayor fuerza cuanto más astuta es la víctima. El entendimiento sólo está presente de una manera potencial y, en cierta manera, se encuentra dormido mien tras no exista es casez de presas . Sin embargo, si ésta se presenta, la situación se vuelve crítica y sólo el que no sea tonto no se morirá de hambre.
Las condiciones de vida en Entia eran, no obstante, extraordinariamente difíciles y peligrosas . Com o si no bastara con que las épocas de actividad volcánica hubieran convertido la meseta caliente en una región de muerte, el planeta, que se encontraba entre el rebaño de Aries, recibía con frecuencia terribles radiaciones de las novas que allí explotaban. Estas provocaron hecatombes de animales y fueron destruyendo también la mayor parte de la verdura atmosférica. Precisamente esto llevó a las especies que quedaron con vida a grandes modificaciones mutantes. El profesor Paviani propone la com paración con una era que se trilla con un látigo y que está llena de ratones, sólo los más ágiles y avispados pueden salvar la piel.
Nuestros biólogos , como el profesor Schimpanser, atribu yen un papel decisivo en la antropogénesis al paso arboreal, también llamado, de una manera muy graciosa, monificación y desmonificación de determinadas formas primitivas. Éstas habían trepado a los árboles y tenían la capacidad prensora en las manos, porque, si no, al saltar no habrían acertado a coger las ramas; habían adquirido una postura erguida y una vista aguda. Cuando llegaron las glaciaciones y se congelaron, los árboles tuvieron que bajar y buscar su alimento sobre la tierra endurecida, alimento que no espera ser consumido de una manera tan pasiva com o una manzana o un plátano. Más importante que la fase arboreal es, sin embargo, la depredadora. Quien trepa a un árbol como un com pleto idiota, no será más list o cuando baje de él. En Entia no había bosques y por lo tanto no había nada a lo que trepar. Por eso, allí los primates
proceden de los grandes pájaros. El doct or Schimpansohn (no debe confundirse con Schimpanser) ve la causa en el hecho de que los grandes pájaros entianos poseían un cerebro extraordinariamente grande para su especie. Esto, a su vez, se debía a que los insectos verdes, que no respiraban como animales sino como plantas, podían subir tan alto en la estratosfera, que los animales de respiración pulmonar ya no podían obtener más oxígeno. Los pája ros, por lo tanto, se asfixiaban durante la caza de su alimento fugitivo, y dado que en el caso de falta de oxígeno primero mueren las células del cerebro, apareció una fuerte presión de selección para que hubiera el mayor número posible de esas neuronas, así el pájaro sobrevivir ía aunque parte del cerebro muriera, cuyas células, como es de todos sabido, no son capaces de regenerarse. La masa cerebral de los pájaros entianos creció pues, y de alguna manera llegó a ser un producto excedente a partir del cual, millones de años después, los acon tecimientos hicieron saltar la chispa de la inteligencia. Esto sucedió cuando ya no volaban e iban de caza por las depresiones pantanosas como grandes pájaros de dos patas.
El entiano, por lo tanto, sólo se parece al hombre cuando está de pie y quieto. Cuando se mueve es evidente que coloca las patas com o un avestruz —las rodillas se doblan hacia atrás—, puede girar la cabeza en 180 grados, el pecho es abom bado, los huesos de la mano son gruesos y cóncavos, en el esqueleto todavía se encuentran restos de los apéndices de la musculatura de vuelo. Los ojos son redondos, la cara tiene para nosotros un aspecto extraordinariamente repulsivo, ya que en el centro sobresale, en lugar de la nariz y la boca, una protuberancia solidificada con dos agujeros muy separados entre sí, que no son las ventanas de la nariz sino las aberturas de los órganos sexuales. La barriga y el vientre s on lisos com o los de una muñeca, ya que el entiano no es un mamífero vivíparo y no tiene ombligo ni genitales.
No tuve fuerzas para enfrentarme hasta la última página con los didácticos libros de Schimpanser y Gorilles , pues en vez de decir claramente qué, con qué, cómo, para qué y por qué, llenaban cientos de hojas con la genética de la populación de los no aptos para el vuelo y los entianos primit ivos . Por suerte, encontré en Stanley
Lémur, que ni siquiera era doctor, un corto compendio organológico al que me refiero aquí. Aunque Lémur ni siquiera tuviera el rango académico de Ohrentang, Schimpanser o Gorilles , y aunque tal vez supiera un poco menos que éstos, era suficiente. Como él escribe, todos los animales superiores de Entia se multiplican de la misma manera que las plantas, aunque con una diferencia: lo hacen siempre en marcha, incluso corriendo a grandes velocidades. Lémur compara constantemente este tipo de multiplicación con la de las plantas aunque esta excesiva simplificación es considerada por las autoridades digna de una paliza.
Los pájaros entianos n o ponen huevos. Quizá los más antiguos arqueoptéricos lo hicieran, pero para los corredores no aptos para el vuelo que diariamente tienen que gastarse las suelas recorriendo millas de distancia para conseguir alimento, la puesta sería un impedimento funesto. Los embriones, que más recuerdan a setas que a huevos, son llevados por las hembras en un pliegue del vientre que se parece un poco a la bolsa de los canguros. Esto por lo menos guarda una relación con los comportamientos terrenales, absolutamente inexistente en el acto propiamente dicho de la fecundación. La hembra es fecundada por los orificios oviductales que se encuentran por encima de la abertura de la boca; los machos producen en lugar de esperma coloidal un polvo fino que, cuando han alcanzado a la hembra en la carrera nupcial ritual, soplan por orificios parecidos de la cara. Schimpansohn no coincide aquí completamente con Ohrentang, y éste a su vez tampoco con Gorilles . Lémur ignora sus controversias y lo explica todo a partir de las grandes calamidades que afectaban a los animales de este planeta. Antes de que se diera la posibilidad de una mayor diferenciación, la presión de la amenaza forzó a soluciones anatómicas que debían ser hereditarias. Expresado de otra manera, esta reproducción, que es sexual pero sin copulación, es mucho más primitiva que la de la Tierra. Para ser sincero, debo sin embargo añadir que éste es el punto de partida de científicos que, com o personas, descienden de los monos y son de la opinión que cuanto más cercano es el parentesco con los reptiles (de los cuales proceden directamente los pájaros) más perjudica como ser racional. Los entianos tienen una opinión completamente contraria: el
primitivism o —además de muy mal gusto— es evidente allí donde la defecación y la procreación s ólo se encuentran separados por un par de milímetros o incluso menos. Esto es moralmente indiferente mientras no existe ninguna moral, y ésta no existe mientras el comportamiento de los animales se rige por un instinto sin razón. Sin embargo, para el entendimiento que quiere construir una cultura tienen que ser nocivas las medidas de ahorro que concentran funciones tan diametralmente opuestas como la elim inación de las inmundicias y el act o del am or en un punto y un canal. Ya que todo ser vivo evita sus propios excrementos, esta repugnancia general debía ser superada y la evolución se sirv ió para ello del truco, tan simple como cínico, de hacer atractivas estas partes del cuerpo, naturalmente repugnantes, por medio del placer que allí podía encontrarse.
«¡Estos humanos, los muy infelices, tan ilimitadamente ingenuos! —escribió el antropolicía entiano Pix iquix—. ¡Se rompen la cabeza desde hace no sé cuántos siglos en averiguar por qué la copulación produce un placer sensual a sus hembras aunque esto no suceda en ninguno de los animales inferiores!» Es asombroso, pros igue el sabio descendiente de las aves, que alguien dotado de entendimiento pueda mentirse a sí mismo durante tanto tiempo y con tanto éxito como lo hacen los pobres habitantes de la Tierra. Quien se aparea sin reflexionar no necesita animarse con un placer que ayuda a superar el asco. El caracol, la rana, la jirafa o el tor o no piensan nada, pero absolutamente nada cuando se sienten arrastrados por el celo. Sin embargo, para aquellos que no pueden servirse del intelecto sino que incluso deben adormecer cualquier pensamiento, se requiere el autonarcótico, y esta función la cumple el orgasmo. E l espasmo que tiene esa función ennoblecedora pasa rápido, y la claridad de los pensamientos vuelve. «¡Pobre víct ima inocente estafada por la evolución! —exclama Pixiquix en este punto de su Homología compar ativa—. Toda la Galaxia debe sentir compasión por vosotros a causa de la desorientación espiritual con la que hasta el día de hoy lucháis y de la que nunca os liberará una deformidad como la vuestra!»
En la sección de poesía lustrana encontré algunas obras que lloran nuestra desgracia sexual, una desgracia que, sobre todo a la filos ofía y la religión terrestre, ha obligado a dudosos subterfugios. Quedé muy impresionado por el Tratado inmoral de un tal Hett Titt Xiurrxirux. Empezaba, con las siguientes estrofas:
Como es acusada la naturaleza
por hordas de desgraciados humanos entre los que se estima el precio del amor
a perpetuidad junto al port al de los deshechos
El Cosmos siente aut éntica compasió n, t endiéndoos las manos a vosotros que tenéis que buscar vuestro ideal en zonas asquerosas del cuerpo .
La traducción, que me pareció muy acertada, procedía del lírico suizo Rudi Wüetz. Un importante teórico de la literatura, el estructuralista Te odoroff, sin embargo, considera la traducción de la segunda estrofa errónea y propone la siguiente versión:
Sabiendo del porqué, donde los pobres ponen sin r emedio su ideal t odo el Cosmos, lleno de piedad y horror, se retuerce las ant enas.
El mismo científico llama la atención sobre los abundantes apócrifos que se han escrito en la Tierra y que se atribuyen de manera falsa a los entianos. Esto puede comprobarse en los elementos líricos que aparecen en ellos como las rosas , abejas o mariposas, ya que en Entia no existen ni estos animales ni estas plantas1.
1
El profesor Teodoroff se refiere a una canción supuestamente originaria de
Lustrania: Espolvoreando a mi amiga al correr I compongo cantos orgulloso de mi danza / sobre abejitas, rosit as y mariposas. / También tú desgraciada raza humana / puedes arder de pasión por tu hembra, 7 pero si te acerca a ella lleno de celo / ¿cómo quier es sent irte gozoso? I Si debes deslizarte por su canalizació n... / ¿ Cómo quieres cantarle a algo semejant e?
Pero volvamos al asunto de la naturaleza. La vida se encontraba en los pantanos bajo una gran amenaza, de manera que sus habitantes se mantenían en movimiento tanto cuando cazaban como cuando se reproducían. En la época de celo los no aptos para el vuelo realizaban danzas rituales en las que primero las hembras se separaban de la bandada y se dispersaban en todas direcciones seguidas por los grupos de machos. Las que eran alcanzadas se veían, envueltas en nubes de polvo engendrador, que en pleno galope entraba en los agujeros de la nariz. En esas circunstancias es comprensible que no pueda determinarse la paternidad, aunque incluso en el cas o de que la fecundación pudiera llevarse a cabo sin polim ix o polipolen. Orr, Angutt, Thang y su equipo de colaboradores en el Massachusetts Instituí of Sexual Technology pudieron demostrar con toda seguridad que esto no puede llevarse a cabo, en un modelo experimental reajustado por ordenador.
Tuve la impresión de que el pésame y las condolencias interplanetarias habían molestado a nuestros científicos sin que éstos hubieran tenido oportunidad de poder dar rienda suelta a sus sentimientos o poder rechazar categ óricamente la benevolencia guiada por nobles intenciones. De ahí que se vengaran sine ira et studio poniendo de relieve, como de pasada, la gran incomodidad de la procreación al galope. Sin embargo, entre los lústranos encontraron duros contrincan tes: la mejor salud puede demostrarla sin duda aquel que puede correr más rápido y durante más tiempo, de esta manera el mecanismo de fecundación entiano garantiza la supervi- vencia de los individuos más capaces en cada aspecto, lo que no puede decirse de actos que se realizan sobre la hierba o en la cama, ya que también puede tumbarse un absoluto apodicto. En torno a esta tesis apodíctica había un cierto remolino, porque no todos nuestros lustranistas estaban de acuerdo en la traducción de la última palabra. El profesor Digorilles (no hay que confundirlo con Gorilles), por ejemplo, es de la opinión que lo correct o sería: «un perfecto pervertido». Otros lo discuten indicando que entre los entianos, falta por completo cualquier concepto que se refiera a perversiones sexuales, ya que no existe ninguna oportunidad para la aparición de este tipo de cosas.
Para poner término a esta cuestión, quiero explicar cuál es la causa de que el sexo resida en la cara de los entianos: procede de los anfibios, o de una manera más precisa, de los más antiguos antepasados de los seres vivos en los pantanos mil millones de años atrás. Algunos batracios intentaron, al m odo terrestre, poner huevos que resultaron ser más pesados que el agua (esto se debía a su compos ición química, pero si también tuviera que explicar esto no acabaría nunca), se hundían y se perdían en el barro. Se llegó a mutaciones, ra diación de especies, etc., hasta que sólo sobrevivieron los sexofaciales y los espermonariales , que sacaban por la nariz burbujas con huevos o semen capaces de nadar. Más adelante siguió habiendo grandes cambios, pero no quiero convertir el informe de las lecturas que hice en Ginebra en un manual especializado sobre la evolución entiana. Si alguien está interesado en otros detalles, no tiene más que dirigirse al departamento de Aries del MAE y s olicitar el acceso a los archivos.
Mis estudios me habían llevado ya cinco semanas. De mi estancia obligada en Suiza me quedaban apenas dos meses, pero esto parecía muy poco teniendo en cuenta las salas de la enorme biblioteca que todavía no había registrado. A pesar de ello, no perdí el valor, aunque me había convertido en un auténtico solitario. Durante el día dormía para despertarme justo cuando los suizos, con la satisfacción de haber acabado con los negocios del día, se calzaban su zapatillas o se deslizaban bajo las mantas. Yo, en cambio, llenaba la cartera de café, azúcar y bocadillos (para entonces, los picatostes y las galletas me daban náuseas sólo con ver la etiqueta) y marchaba por las desiertas calles hacia el MAE.
No había vuelto a saber nada de Strümpfli, de ahí que no tenía ni idea de que él y sus superiores seguían discretamente mi aplicada actividad y que ligaban mi persona a objetivos muy concret os, pero como astutos diplomáticos no querían decir nada antes de tiempo. Yo mismo no sé qué es lo que habría hecho si hubiera sido informado de sus planes. Probablemente lo mismo, ya que ardía en deseos de saber la verdad completa sobre nuestros lejanos hermanos en espíritu.
La diferencia fundamental con la cultura entiana se deriva de las diferencias básicas en la reproducción. En la Tierra, el elemento central es la lucha por el derecho a cubrir a la hembra, o sea, un factor de clara competencia. En Entia, este fenómeno tiene desde tiempos prehistóricos un carácter colectivo. Si las hembras corrieran peor o, por lo menos, con la misma rapidez que los machos , la raza de los grandes pája ros corredores tras algunas docenas de generaciones se habría vuelto más torpe. Por ese lado amenaza la degeneración y por eso, en la lucha por prevalecer, vencieron las especies cuyas hembras tenían largas piernas a las que no suponía el más mínimo esfuerzo alcanzar. También era muy importante que los machos reconocieran al momento que la fecundación o, mejor, la espolv orización había sido perfecta. La hembra rodeada por una nube de polvo da un grito penetrante que lastima bastante nuestros oídos, porque se produce al inspirar. (En este tipo de carreras maratonianas debería ser muy difícil gritar al espirar.) A veces sucede en esta fase el llamado aborto momentáneo cuando el polvo que se arremolina en la nariz de la hembra la hace estornudar. En ese caso, sin embargo, la jauría de machos retoma la persecución hasta caer literalmente al suelo, ya que los más débiles se derrumban por el camino.
La capacidad de emitir gritos para la comprensión fue la piedra angular para el desarrollo de la lengua. Hay que tener en cuenta que la laringe del pájaro se adecúa mejor a ello que, por ejemplo, la del m ono, A un chimpancé no se le puede enseñar el lenguaje humano. Por el contrario, los estorninos o los papagayos no tienen ninguna clase de dificultad. Sólo que no se puede escuchar nada interesante de ellos porque les falta el cerebro. . .
Del plumaje original a los entianos no les queda prácticamente nada, sólo un vello que les recubre el cuerpo con algunas rayas más gruesas en la parte exterior de los brazos allí donde antes se encontraban las remeras. Sin la excursión al pasado que me he permitido aquí, seguiría siendo incomprensible el abismo que se abre entre la vida intelectual en la Tierra y en Entia. El llamativo aspecto humano de los entianos es el resultado de convergencias histór ico-ev olutivas, pero a pesar de la mano prensora,
el cráneo, que por su volumen se parece al de los hombres, la pos ición erguida del cuerpo, y la capacidad para el lenguaje, como sost ienen los científicos entianos, nosotros deberíamos comprenderlos menos que a los m onos superiores de los que procedemos.
Antes de echar un vistazo a su filosofía y a sus creencias religiosas, quiero mencionar algo que a nosotros nos es muy familiar pero que a ellos les es completamente incomprensible e inadmisible. Ellos no conocen ni pueden conocer todos los vínculos y desvaríos erót icos , los conceptos de la posesión del compañero erótico, la fidelidad y la traición, la m onogamia y la poligamia, el incesto, la entrega sexual y la resistencia, no conocen tampoco ningún tipo de formaciones culturales genitofugales o sexocéntricas ya que esto también es absolutamente imposible. Hemos tenido que soportar algunas manifestaciones categóricas de los antropólogos de allí sobre las culturas de la Tierra (nuestros científicos nunca han podido conseguir la severidad de juicio típica de los entianos). Los conceptos terrestres de la pureza y la impureza, así com o los rituales de la penitencia y el perdón que resultan de lo mismo, la ascética como lucha contra la sensualidad, la abstinencia como rebelión contra el instinto sexual, cuyas condenas y exaltaciones llevaron (eso s ostienen los entianos) a una parcelización del cuerpo llevada a cabo por su poseedor humano, de manera que en determinadas épocas, por ejemplo en la Edad Media, la cultura exponía estos cuerpos a auténticas torturas por las cuales la parte superior tiraba hacia el cielo y la inferior, por el contrario, entraba en el infierno. Ningún teólogo (aunque hubo para ello dos siglos de t iem po) ha dejado escapar ni siquiera una palabra acerca de lo que las personas, a las que el cristianismo garantiza la resurrección de la carne, van a hacer en el paraíso con sus genitales. Y la civilización hedonista procedente del Renacimiento era, siempre desde el punto de vista entiano, una igualdad de derechos de las dos mitades del cuerpo, al que no le ha sentado bien la cultura, porque de hecho el hombre del vientre ha vencido al del corazón y el entendimiento.
El vientre era por cierto un hueso difícil de roer para todas las culturas, tanto en occidente, con su oposición al pecado y su santidad ascética, como también en oriente, donde este dualismo fue sustituido por los polos conceptuales de la lujuria y la total negación del cuerpo (nirvana). El desgraciado Homo, eso dicen los entianos, se arrastraba con este cuerpo y no encontraba ningún medio definitivo de reconciliarse con él, s ino s ólo sucedáneos y quimeras, cuando no el cieno del autoengaño. ¡Cómo debe de haber retardado esto al hom bre, si durante siglos ha invertido una enorme parte de sus fuerzas intelectuales en justificar o simplemente tergiversar las relaciones irrevocables que se encuentran en su cuerpo! ¡Cómo han tenido que desgarrarse y mentirse a sí mismos para que la tesis de la creación a imagen del Altís imo pudie ra adaptarse con aquel crecimiento orgánico s obre el cual el santo Augustinus lanzó el grito de pánico: ínt erfaeces et urinam nascimur. Constantemente había que idealizar esto, callar lo otro; una vez era a lgo que había que esconder, otra había que cambiarle el nombre. Tampoco hubo ninguna revolución en la vida espiritual que ofreciera una completa concordancia con la anatomía existente, en todo caso las fases se cambiaron, el pudor se convirtió en cinismo o se entregó a la osten- tación, parienta del mismo, como si los hombres se hubieran dicho: «Ya que no tiene remedio, hagamos uso constante de los órganos hallados, aunque sólo sea para hacer imposible la procreación. Rebelémonos al menos de esta manera con tra la naturaleza ya que no podemos hacerlo de otra manera».
En los grandes períodos de transición los problemas literalmente genitales no aparecieron en primer plano, lo que es difícil de comprender. La civilización, dependiente de una manera creciente del intelecto, no quería confesarse a sí misma en qué grado su racionalismo era castrado por la biología. El Renacimiento, sin embargo, fue la confesión pública del hombre a su cuerpo, también en aquellas partes que des- pertaban el espanto de los teólogos. En el lejano oriente, por el contrario, los pensadores vieron en la nada el único auténtico medio radica l contra la persona dividida entre los sentidos y el espíritu, entre delect atio momea y r atio. O bien la voluptuosidad que vence la repugnancia a favor de la que nadie puede declararse,
porque aquel que cuestiona las normas, sólo por eso se convierte en anormal. Así formulaban los entianos nuestro eterno dilema.
Busqué expertos de la Tierra que recogieran el guante (o en realidad otra cosa completamente distinta), pero extrañamente no encontré nada que sonara convincente. Finalmente, no se trataba de sofística sino de una refutación definitiva y lógica de aquellas manifestaciones . Si los nuestros eran inferiores a los entianos, lo serían, en todo caso, no en el campo del sexo sino en otr os ámbitos completamente distintos. Debido a es o tuvieron lugar en el enfrentamiento rupturas y reprobaciones inevitables, lo cual fue una lástima. Las reflexiones que las criaturas de otros planetas hacen sobre los hombres no deben verse como ofensas. Son sólo desconsoladoras, como una prueba más de que la pretensión humana al universalismo cósmico es ilusoria.
Un antiguo filósofo dijo que es amargo tener que reconocer que una vez más hemos sido derrocados del tr ono y que de nuevo tenemos que ver desvanecerse nuestras altas pretensiones, y es o no por medio de reflexiones abstractas, sino p or la prueba evidente personificada en seres racionales. Este hecho irrefutable nos ha mostrado cuan vano fue el esfuerzo del espír itu humano de buscar para casos terrenos absolutamente locales un fundamento lógico necesario y, por lo tanto, válido en general. ¡Qué montañas de arriesgados argumentos hemos reunido para hacer de la condición humana una constante en la medida del Universo! ¡En qué grado el hombre se deja arrullar por ilusiones sobre la objetividad que por lo menos el mundo le demuestra, cuando a despecho de todos los credos que dan consuelo ya no es un mundo benévolo y amistos o! Lo que sucedió a los m oluscos primitiv os, los trilobites y los peces acorazados hace m il m illones de años, lo que fue simplemente una cuestión de pasos necesarios y mezclas de acoplamientos de órganos, lo que, aparte de una función cada vez más aguda, no tenía ningún tipo de sentido universal, se ha convertido en nuestra herencia y ha desencadenado, como ahora vemos, una lucha tan fuerte y desesperanzada de nuestro mejor espíritu que se juega el todo por el todo,
por algo que no se puede defender como equipamiento del cuerpo, para maniobrar en el agua sin enturbiar la creación, que no se comporta lealmente con sus criaturas.
El filós ofo añade que no deberían sacarse conclusiones pre cipitadas de los signos entianos, a quienes, gracias a una casualidad histórica más favorable, les ha sido dado un destino mejor que el de los hombres. La falta de desgracias ajenas no hace la felicidad propia. Aquellos de allí están tan lejos del paraíso como nosotros. Cada especie racional tiene sus dilemas, entre los cuales, los insuperables no forman la menor parte, y la regla de salir del fuego para caer en las brasas parece ser válida como manifiesto dirigido a todo el sistema del Universo. Además, no falta gente que ve en el sexo humano la superioridad del Homo Sapiens sobre el Homo Entianesis, pero comparaciones de este tipo no tienen sentido por principio ya que ni es verdad que los sentimientos y experiencias corrientes de otros nos sean más comprensibles que los nuestros, ni es verdad que ésos tengan un valor inferior. Si se acepta la igualdad del entendimiento (que evidentemente existe) y las diferencias en la estructura del cuerpo que se han decantado a lo largo de la ev olución en un escenario planetario, entonces pueden sacarse conclusiones. El resto, el juicio de valoración de la calidad de vida en cada uno de esos casos, es, necesaria y obligatoriamente, el silencio.
La fe y la sabiduría
El uno o el dos de septiembre, exactamente a las doce de la mañana, el teléfono me arrancó del más profundo de los sueños. El abogado Finkelste in me rogó que fuera a verlo. Enseguida me puse en camino, con la esperanza de poder dormir después hasta que se hiciera de noche. Era una necesidad indispensable, ya que ese día quería asaltar el último bastión del archivo, el filosófico. Si me hubiera duchado me habría despejado demasiado, si no lo hubiera hecho, en mi somnolencia, posiblemente no me habría enterado de lo que el abogado quería comunicarme. Elegí el camino intermedio y tomé un baño de asiento y después fui a pie al despacho de Finkelstein, absolutamente asombrado por el tráfico de las calles, al que ya no estaba
acostumbrado. No soy un solipsista , sin embargo, a veces tengo la sensación de que allí donde yo no estoy, sobre todo allí donde he estado y me he ido, toda vida se extingue o, por lo menos, debería extinguirse. Son pensamientos privados a los que no atribuyo demasiado valor, y que sólo comunico para facilitar la tarea a mis futuros biógrafos. Lo hago como medida puramente profiláctica, ya que cuando los biógrafos carecen de detalles auténticos sobre la vida de un hombre famoso, se los sacan, en cantidades masivas, de la manga.
El abogado me recibió con una sonrisa radiante y me ofreció café, que yo rechacé porque si no después no habría podido volver a dormir. Finkelstein tenía, como pude observar, una nueva secretaria, tan guapa como si no supiera escribir a máquina. Y así era, en efecto; el abogado no lo disimulaba en absoluto. También hacía horribles faltas de ortografía, y lo que todavía era peor, metía las cartas en sobres equivocados. Pero resultaba tan agradable mirarla que los clientes pasaban por allí con más frecuencia de la que habría sido necesaria. Esto me recordó un libro que había leído la noche anterior y le comenté al abogado que el hechizo de la cara de una mujer bonita, que nos fascina como la mirada de una serpiente, en el fondo es un absoluto enigma. Sólo lo vi clar o al leer aquel texto en el que encontré un malenten- dido interplanetario asombroso.
Una comisión de expertos conocedores de los humanos, establecida para la investigación de los programas de televisión terrestres, había comprobado, sobre todo gracias a la observación de concurs os de belleza, que entre nosotros, determinados tipos de cara de mujer son preferidos a otros. Se rompier on la cabeza con este tema y llegaron a la hipótes is, publicada oficialmente, de que la cara entre los hombres cum- ple la función de una placa de datos, algo así com o las plaquitas de latón que se colocan en los m otores eléctricos con los datos sobre el rendimiento y la tensión. Los entianos, al pertenecer a otra especie, como la comisión explicó, no son capaces de leer dichos parámetros en las caras de las mujeres, ya que éstos no están almacenados ni de manera digital ni de manera analógica. Sin embargo, debe existir un código, el
color del iris, el corte de la nariz y la boca, la distribución del pelo en la cabeza, todo esto son signos legibles para los humanos. Tal ve z se puede reconocer en ellos la aptitud funcional del metabolismo, la inmunidad contra enfermedades terrestres, la aptitud para correr (lo que evidentemente puede leerse mejor directamente en las piernas), el nivel general de inteligencia. Con seguridad algo tienen que significar, ya que las caras de las reinas de la belleza no se diferencian de las hembras humanas medias más que las letras del alfabeto. N o puede tratarse de una cuestión estética, ya que un par de milímetros más o menos de nariz no pueden tener una importancia capital.
La com isión trabajó muy a conciencia y comprobó once hipótesis alternativas, empezando por supuesto por.la biológica, en la suposición de que el macho humano lee en la cara de la hembra los signos que desea para su descendencia. Esta concepción, sin embargo, se desmor onó al reflexionarse sobre ella , ya que no se pudo comprobar que en la vida s ocial o en la v ida profesional hubiera una preferencia por las narices delgadas en perjuicio de las gruesas, o de las orejas s obresalientes en detrimento de las pegadas. Pero si e l macho quiere una descendencia fuerte, sabrá más a partir de la cons titución de los músculos de la hembra que a partir de los ojos. En el caso de que se trate de parir con facilidad, debería medirse la anchura de la pelvis. Los humanos no actúan así.
Dado que sus piernas se doblan por la rodillas hacia adelan te y una parte importante de la vida la pasan sentados, el efecto elástico de las nalgas podría tener una cierta función de selección, y de hecho parece que sí tuviera una cierta im- portancia para los machos . A la cara , sin embargo, le dan claramente preferencia, y ello no puede explicarse ni estando sentado sobre el más duro taburete.
La desventurada comisión examinó cerca de 800.000 fotos de actrices, presentadoras de televisión y amas de casa para establecer una correlación entre los rasgos de la cara y la predisposición a cálculos biliares , varices , sudor de pies, e inclu-
so la dulzura del carácter, sin embargo, no encontró ni la huella de todo eso, y se vio en un aprieto.
Cuando aparecieron algunos habitantes de la Tierra en el planeta, finalmente se lo preguntaron a ellos, pero no recibieron ninguna respuesta científica. La comisión llegó a la conclusión de que los atributos cifrados en las caras de las mujeres guapas es en la Tierra un secreto de Estado y no debe ser desvelado porque eso sería alta traición. Al sabio entiano ni siquiera se le pasó por la cabeza que los humanos interro- gados no supieran ni ellos mismos por qué a todo hombre se le abren los ojos como platos delante de la cara de Marilyn Monroe, mientras que al mirar a su compañera de despacho más bien se le cierran.
El abogado Finkelstein se r ió durante un buen rato y me dijo que no estaba desperdiciando en absoluto mi tiempo si me entregaba a tan profundos estudios. Al parecer, le satisfacía, más si cabe porque tenía una buena noticia para mí. Küssmich mostraba una cierta disposición al compromiso. El asunto empezaba a alargarse, porque habían aparecido catadores afirmando que nadie se acercaría siquiera a los labios el café dorado. Küssmich no había podido comprobar hasta el momento si estos expertos eran auténticos o eran unos impostores de Nestlé. Resumiendo, si renunciaba al castillo, Küssmich me restituiría el 75% de los gastos de renovación que yo hubiera pagado y se echaría tierra sobre las declaraciones difamatorias que él había hecho contra mí. Cuando el abogado Finkelstein acabó, me miró con esperanza.
—Yo qué sé —dije pensativo—. En el fondo, para mí toda esta historia del castillo es agua pasada, pero ¿por qué tengo que tener pérdidas encima? No se trata del dinero, sino de la justicia. Este doct or Küssmich, ¿qué edad tiene? —pregunté invadido por una nueva idea.
—Setenta y ocho.
—En ese caso ya no debería preocuparse tanto por el dinero —dije en tono categórico— . ¿Y usted qué me aconseja?
—Yo puedo seguir —dijo él disimulando la risa—. Sólo quería cerciorarme de que está usted de acuerdo. Todavía tenemos cinco semanas hasta la próxima sesión del juicio.
—En ese tiempo pueden pasar muchas cosas —dije. Y no tenía ni idea de lo proféticas que resultarían estas palabras. Al despedirnos, le rogué al abogado que de ser posible, en el futuro no me llamara durante el día, cuando estaba durmiendo, sino por la noche, entre las siete y las ocho cuando me preparaba para salir hacia la biblioteca.
Después de llegar a casa, apenas me había desnudado y metido en la cama, cuando de nuevo sonó un timbre, esta vez el de la puerta. Furios o, abrí y vi ante mí a un digno señor con una cartera. Es tuve a punto de tomarlo por un nuevo abogado de Küssmich, pero era un colaborador de la redacción de una revista de difusión mundial y quería hacerme una entrevista sobre cuestiones cósmicas . Mi primer impulso fue cerrarle la puerta en las narices, pero pensé que el abogado Finkelstein no se alegraría mucho de eso. Mis manifestaciones a un órgano de prensa distribuido en todo el mundo podrían reforzar la posición de las negociaciones en la lucha contra aquel canalla que se había enriquecido con la g lotonería de los niños. De hecho no había entendido bien el nombre de la revista, pero en la escalera había corriente de aire, así que le pedí a mi visitante que entrara. Cuando se hubo instalado, me enteré de que representaba a la redacción de Penthouse. Me recorrió un escalofrío por la espalda. Al parecer era perseguido por los órganos reproductores de los mamíferos terrestres superiores, ya que una revista que se ha especializado en la publicidad de estas partes del cuerpo no me dejaba dormir.
—¿Qué desea usted de mí? —pregunté. Aquel redactor no respondía en ninguna forma a la idea que yo tenía de un colaborador de Penthouse. No llevaba un
traje chillón, ni tenía en la cara una expresión lujuriosa, ni en los labios una sonrisa lasciva. De sus bolsillos no sobresalían fotos pornográficas. Tenía el aspecto de un diplomático salido de una revista de moda, las sienes plateadas, un discreto bigotito recortado, una mirada profunda de intelectual y la cartera negra y plana de los abogados. Cruzó las piernas, me dedicó una radiante sonrisa y dijo que ya era tiempo de que los secretos del sexo cósmico encontraran la difusión adecuada. Deduje de ello que aquel presumido pollopera sabía algo acerca de mis estudios en el MAE. Ahora que ya me había arrancado del mejor sueño, indicarle dónde estaba la puerta ya no podía ofrecerme suficiente satisfacción. Debía hacerle una mala pasada, más grave y bien meditada, y sólo entonces decir le que volviera a ocuparse de su almacén de genitales.
—Le concederé la entrevista a condición de que todo lo que diga se imprima, sin ninguna modificación en absoluto. Teniendo en cuenta ciertas experiencias que he tenido aquí en la Tierra no me doy por satisfecho con su comprom iso oral. Exijo garantías fiables.
Empezó una larga negociación, pues el redactor había picado. Cuanto más sólidas garantías exigía yo, más seguro se sentía de que me iba a sacar de la manga obscenidades de las cuales él ni siquiera podía hacerse idea. Se puso de acuerdo por teléfono con su redacción, yo me puse en contacto con mi abogado para asegurarme de que la declaración que el redactor me presentaba tenía suficiente base jurídica para exigir a la revista 800.000 dólares en el caso de omisión o alteración en mi entrevista. Mencioné a propósito una suma tan alta para que a toda la banda se les hiciera la boca agua.
El abogado Finkelstein me dictó el texto de la declaración para que fuera indiscutible en cada punto, la encerré bajo llave en el escritorio y me sentía cada vez más furioso porque esa tarde ya no podía ni pensar en volver a dormir . Le llené la copa al redactor con un coñac asqueroso que el antiguo inquilino había dejado en el
mueble bar de la casa, tomé, supuestamente por culpa de mis riñones, una taza de té, e hice la siguiente declaración mientras el magnetofón giraba:
—No hablo en nombre propio sino com o portavoz de las civiliza ciones galácticas. El sexo en el estilo terrestre les es a ellos desconocido. En este aspecto, nosotros representamos en el Universo algo así como un monstruo al que le hubiera crecido la cara en el culo y esto en proporción global. La reproducción debe llevarse a cabo, desde el principio, bajo el control de la mirada, y es así como se hace en todas partes. En uno de cada dos trillones de casos, la evolución confunde la dirección de las entradas y salidas del cuerpo. Los expertos cósm icos están de acuerdo en afirmar que precisamente esto tan penoso ha sucedido en la Tierra. La procreación se encuentra en la parte del cuerpo que tiene la función de eliminar excrementos. A las especies terrestres se les presenta la alternativa de aficionarse a esas zonas o extinguirse. De hecho, todos los organismos que aman más la muerte que la porquería se han extinguido. Han quedado aquellos que estuvieron dispuestos a encontrarle gusto a las salidas de eliminación de excrementos. Esta es nuestra tragedia inmerecida, un delito en dimensión astronómica.
»Todo el mundo sabe que el proceso de la procreación en su t otalidad es cualquier cosa menos agradable. El embarazo no es divertido, y tampoco el parto puede considerarse precisamente un placer. Todo el proceso de creación de un niño abarca desde el primer instante hasta el momento en que el prototipo aparece, nueve meses, es decir, 398.000 minutos. De ellos producen placer los primeros cinco u ocho, hasta diez si me apuran. Los restantes 388.990 no ofrecen en absoluto ningún placer más, sino por el contrario una serie de incomodidades que acaban en grandes dolores. Según la opinión de los economistas galácticos, es un mal negocio, que habría que replantearse. Es como si hubiera que pagar un minuto de placer al comerse un bombón, con un mes de dolor de barriga. El cuerpo no puede evitar la transacción que debe ofrecer, le ha caído en suerte sin pedirlo y no denota mala intención o engaño, por lo tanto nadie tiene la culpa. Esto ha cambiado desde que el gran capital se ha
apoderado de los instintos humanos para sacar provecho de ello, manteniendo estos instintos en un enardecido estado de excitación. Es punible excitar a los sedientos con la presentación de grandes cantidades de agua de soda y bebidas refrescantes de mucho precio, cuando con se les quita el último céntimo del bolsillo y no se les calma la sed. Es infame presentar ante los ojos de los hambrientos fotografías de pollos asados, ensaladas y apetitosos pastees de nata. Sin embargo, esto no es nada si se compara con las intrigas de aquellos que hacen negocio alabando las distintas más o menos poco apetitosas , aberturas corporales como si fueran las puertas del paraíso.
»La galaxia una vez que ha tenido conocimiento de este saqueo de los hombres por los hombres ha tomado la decisión de poner fin a ello. En breve van a correr hacia nosotros expediciones de salvamento para ayudarnos. La documentación correspondiente se recoge desde hace tiempo en platillos volantes que se han enviado aquí con esta finalidad. El explotador y el usufructuario van a ser condenados a practi- car durante toda su vida lo que ha ofrecido al desgraciado público, utilizando por mandato obligatorio t odo el arsenal de instrumentos de diversión producidos por ellos. El C onsejo Cósmico ha buscado en vano circunstancias atenuantes. Es cierto que el hombre ha extraída de su desgracia determinados descubrimientos como las máquinas de vapor, las máquinas cepilladoras, las sierras, y también cajones y tapones de corcho. Equipos de redacción, como el de usted, no pueden siquiera demostrar algo así en su defensa. Sus publicaciones claman al cielo y ésta va a aparecer próximamente y va a hacer lo que considere necesario. Eso es todo. Hasta la vista. Adiós.
El redactor intentó tomar mis palabras a broma pero yo le eché. Estaba tan furioso que hasta que se hizo de noche no pude pegar ojo y pensaba con añoranza en los felices pájaros de Entia que se persiguen y polvorizan como las mariposas . Pasadas las ocho cogí com o de costumbre mi cartera con las provisiones y me encaminé a mi lugar de estudio. Estaba muy descontento con la entrevista, había sido inútil, mirar fijamente los botones brillantes del traje del redactor y querer encender con la mirada la corbata con un nudo perfecto. ¡Con cuánto gusto lo abría arrastrado por e l suelo
tirando de la corbata! He oído decir que los miembros de estas redacciones, de la misma manera que los vendedores de droga, nunca disfrutan ellos mismos de su mercancía; leen exclusiva mente las aventuras de la abeja Maya. Estuve pensando al respecto, hasta que las puertas de hierro forjado del Ministerio aparecieron ante mí en la creciente oscuridad. Junto con el polvo de la Tierra me sacudí también los pensamientos terrestres, ya que me esperaba el encumbramiento a las altas regiones del trabajo intelectual extraño.
La lectura de teolog ías, te odiceas y filosofías exigía toda la energía del entendimiento. Por eso abrí la ventana, hice treinta flexiones profundas de rodillas, puse en marcha la cafetera, me tragué preventivamente una aspirina, cogí el primer tomo del montón de libros ya preparado, y al hacerlo salió de mi pecho involuntariamente un leve suspiro. Las pequeñas extravagancias de los grandes pensadores son un hecho conocido por todos, aunque en los libros docentes de filoso- fía todas estas historias no tan bonitas, por lo general, se callan. Uno había tirado a una anciana dama por las escaleras, y ésta se rompió ambas piernas; el otro había hecho un niño-y lo había ocultado. Esto eran locuras y groser ías personales. Sentarse en un barril o denunciar a colegas a lo mejor es odioso, pero sólo una extravagancia vana. En Entia era distinto, s obre todo en la Edad Media tardía, cuando la filosofía se encontraba en su apogeo. Las escuelas que allí surgieron (enseguida cuento más cosas sobre ello) luchaban entre sí de una manera insólita en cualquier otro sitio. Todo el mundo conoce juramentos como «que me parta un rayo», «por mi vida», «que me trague la tierra». Pues bien, dos escuelas, la firxirica y la tirtrakis ta convirt ieron estas amenazas en un medio de argumentación eridiana.
La causa de todo e llo es taba en que las tesis principales de la filos ofía no pueden demostrarse experimentalmente. No se puede demostrar que el mundo dejará de existir si nadie está allí, ya que para poder demostrar que éste no existe hay que ir y ver y comprobar, y en ese caso, naturalmente, está ahí a prueba de bomba. Los discípulos de Firxatix neces ita ban por tanto un argumento empírico que atajara
cualquier discusión. Si el oponente no quería ceder y dejarse convencer, amenazaban con el suicidio. Había que estar suficientemente seguro de la propia causa para estar dispuesto a morir por ella, y eso ¡en el mismo momento! El que quería darle al argumento todavía más fuerza se dejaba arrancar la piel y otras cosas semejantes. El procedimiento se extendió y en la segunda mitad del siglo XVII las discusiones se desarrollaban colectivamente a vida o muerte. Todos tenían entonces una prisa loca para que no fuera el oponente el que se matara, porque en ese caso no se habría alcanzado el argumento decisivo. En opinión de un contemporáneo, el filósofo Tiurr Móhóhót, esta locura tenía un aspecto bueno y otro malo: por un lado, se dedicaba a la filosofía sólo aquel que se la tomaba mortalmente en serio;-por otro, el argumento del suicidio n o tenía naturalmente ningún tipo de fuerza demostrativa y es una forma de chantaje, no de persuasión. Algunas escuelas, por ejemplo la paletinista, se extinguieron por completo por este procedimiento, los solipsistas que quedaron, sin embargo, desencadenaron las iras de todos. El argumento no les afectaba, ya que según su opinión, el mundo sólo existe en la imaginación, por lo tanto nadie puede suicidarse realmente, sino que sólo se lo parece al que lo hace, así que no hay ningún motivo para alborotarse.
Esta locura sombría duró varias décadas. De entrada sólo llama la atención la locura colectiva , que también muestra la intensidad con la que ya entonces el mundo pensaba sobre la Naturaleza. El hecho de que entre nosotros no haya habido filós ofos que se hayan librado de sus cuerpos puede ser una muestra de nuestro gran sentido común, pero no es decisivo en el ámbito del sistema establecido. Entre nos otros , la mayor influencia en el desarrollo de la ontología procede de Platón. Un espíritu con la misma fuerza pero con una actitud completamente distinta fue Xirax, el creador de la ontomisión, una doctrina que presenta la Naturaleza como básicamente enemiga. La demostración es tan concluyente que la voy a reproducir aquí íntegramente. En el año
40 de la Nueva Era, Xirax escribió:
El imparcial es indiferente o justo. El imparcial da a todo y a todos las mismas oportunidades y el justo mide todo por el mismo patrón.
1. El mundo no es justo porque en él es más fácil destruir que crear,
es más fácil mortificar que hacer feliz, es más fácil corromper que redimir, es más fácil matar que resucitar.
2. Xigronaus dice que son los seres viv os los que mortifican, corrompen y matan a los seres viv os, o sea que no es el mundo su enemigo, sino que son enemigos unos de otros. Pero también aquel a quien nadie mata debe morir, muerto por su propio cuerpo que procede de este mundo, ¡de dónde, si no!, por lo tanto decimos: el mundo es injusto frente a la vida.
3. El mundo no es indiferente:
despierta la esperanza de la duración, la estabilidad y la eternidad,
pero no es ni perdurable ni estable y tampoco eterno, lo cual quiere decir que es engañoso.
Se deja investigar, pero conduce a los investigadores a un conocimiento sin fondo, es decir, es pérfido.
Se deja dominar pero sólo de una manera lunática. Renuncia a sus leyes excepto a la de la infalibilidad. Esta nos la mantiene escondida, es decir, es malvado.
De ahí que digamos: el mundo no es indiferente frente al intelecto.
4. Narzarox dice: o bien existe Dios y entonces hay un secreto, o bien Dios no existe y de esta manera desaparece el se creto. Nos otros replicamos: s i Dios no existe permanece el secreto ya que la cuestión es como sigue:
si existe Dios y ha creado el mundo entonces se sabe QUIÉN lo ha hecho tan injusto y parcial, de manera que nosotros no podamos ser felices en él, o si ÉL no existe, entonces permanece el secreto ya que no sabemos de dónde procede la postura del mundo a favor del mal.
5. Narzarox repite lo dicho por los antiguos: que Dios pudo crear un Más Allá feliz fuera del mundo. En el caso de que esto sea así, ¿para qué ha creado entonces este mundo?
6. Austensaus dice: el sabio plantea preguntas para poder darles una respuesta. A él no le pasa esto. El plantea preguntas, pero las respuestas las da el mundo. ¿Puede pensarse en otro mundo que no sea éste? Hay dos de estos mundos. En el imparcial, destruir sería tan fácil como crear, corromper tan fácil como redimir, matar tan fácil como dar la vida. En un mundo benevolente que tomara partida por la bondad, salvar, crear o hacer feliz sería más fácil que corromper, matar o mortificar. Estos mundos no pueden crearse de esta manera. ¿Por qué no? Porque el mundo no lo admite.
Esta doctrina llamada de los tres mundos fue revisada e interpretada de muchas maneras por sus contemporáneos des pués de su muerte. Algunos de sus discípulos defendían la opinión de que Dios no podía haber creado un mundo mejor ya que tiene límites. Otros creen que no lo había querido de otro modo. Esto dio el empujón para considerar a Dios un ser sometido a otro, no un ser infinito o incompletamente bueno, pero había también muchas más interpretaciones. Xirax tuvo que sufrir mucho por la propagación de la teoría de los tres mundos. El emperador Zixizar le condenó a la pena de muerte de dos años . El delincuente fue sometido a torturas muy bien dosificadas (el verdugo en el imperio debía tener conocimientos
médicos) para que no muriera antes de tiempo, fue alternativamente torturado y curado.
Los argumentos más fuertes contra la doctrina de Xirax los presentó Rahamasterax, uno de los fundadores de la química de la Baja Edad Media. Demostró que la vida en un mundo neutral y benevolente se multiplicaría de una manera torrencial. Llenaría entonces el primero y enseguida lo ahogaría en sí mismo, mientras que en el último deberían encontrarse limitaciones especiales que contuvieran la reproducción suicida. Con ello se demostró el mundo supuestamente indiferente como una trampa mortal; y el bienintencionado, sin embargo, como una prisión, ya que siempre corta la libertad de todo hecho. No obstante, esta prueba respaldaba indirectamente la semilla atea de la enseñanza de los tres mundos, ofrecía un refuerzo a la impiedad en la medida en que ponía delante de los ojos lo torcido del mundo res- pecto a la vida, que, habiendo ido a parar a eso por casualidad, se encuentra librada espontáneamente a sus propias fuerzas. De ahí que Rahamastrax tuviera también que pagar por su obra. Como malhechor menor fue decapitado piadosamente.
La teoría de los tres mundos experimentó en la Edad Moderna su último renacimiento con motivo del tormentoso desarrollo de la física de la gravitación. Houshorux, el Einstein entiano, lo resumió en una fórmula sencilla: para decir por qué el mundo es así como es , primero hay que analizar si existe alguna otra posibilidad que pudiera producir vida (si ésta no existiera, no habría nadie presente en ese mundo y con ello se invalida el problema). A esta pregunta planteada nunca puede haber respuesta, ya que el desarrollo de otro mundo hay que equipararlo al desarrollo de otra física . Además, primero habría que reconocer definitivamente la física de nuestro mundo, es decir, debería estar resumida en fórmulas de extrema verdad, pero conseguir esto no tiene sentido. Precisamente ahí vuelve el SECRETO de los filósofos de la Edad Antigua: no sabemos por qué el mundo (es decir la física) se deja investigar sin que se pueda llegar al fondo. Si no se deja resumir definitivamente por ningún modelo intelectual, esto significa que el intelecto y el mundo no son totalmente
reducibles. Intentos llevados a cabo más tarde para demostrar que esto debía ser igual en cualquier mundo fracasaron y la última opinión vigente en la filosofía entiana reza: no hay ninguna prueba ni de un permanente rechazo entre el mundo y el intelecto, ni de la imposibilidad de la proyectabilidad de físicas que sean dist intas a la custodia comprobada en la vida, de otra manera a la real y al mismo tiempo igual a ésta . La batalla que se libró a lo largo de 42 siglos para darle al mundo un diagnóstico definitivo terminó, según la opinión de algunos, en tablas, según la opinión de otros en una derrota.
A pesar de ello tuvo un poderoso efecto en la dirección del desarrollo civilizador de Lustrania y de los pequeños Estados del norte que se encontraban en su zona de influencia. La concepción de una etosfera que toma bajo su protección, libre de fallos, a la s ociedad procede evidentemente del tercer mundo de Xirax, y el eco de su argumentación resuena de nuevo constantemente en los distritos con los que se arruinaron los primeros proyectos de cambios autoevolucionarios de los entianos.
Los encarnizados enfrentamientos en torno a este proyecto mantuvieron a la opinión pública sobre ascuas durante más de una década. En Entia, la filosofía no se había devaluado tanto como sucedió en nuestro caso en la era de la Ciencia. Esto lo demuestra la participación de los filósofos en las discusiones en favor y en contra de la autoevolución, pero sobre todo el papel que le tocó desempeñar a Xixoqt para la demostración del, más adelante llamado en su honor, paradoxón autoevolucionario.
Cualquiera desea tener un niño hermoso y list o, pero na die quiere un sucedáneo de niño, una calculadora digital bonita y lista, aunque sea cien veces más inteligente y lista que cualquier niño. El programa de la autoevolución es una su- perficie inclinada en la que no hay dónde agarrarse y que conduce al abismo del absurdo. En la primera fase aspira modestamente a la eliminación de genes que reducen la fuerza vital y ocasionan las deficiencias hereditarias. Este tipo de repa- raciones, una vez puestas en marcha no pueden mantenerse en ninguno de los estados
alcanzados, ya que también los más sanos se ponen enfermos, también los más list os sufren el desmoronamiento de las fuerzas con la edad. El precio para la eliminación de estas deficiencias es el progresiv o distanciamiento del «plan de construcción» natural del organismo, fijado por la historia del desarrollo. Aquí es cuando aparece al paradoxón calvo autoevolucionario: la pérdida de un pelo todavía no supone una calva, pero no se puede demostrar cuántos pelos hay que perder para que aparezca una. El intercambio de un gen por otro todavía no hace al niño un ser extraño a la especie, pero no se puede saber cuál es el punto en el que aparece una nueva especie. Si se observa cada una de las funciones orgánicas por sí misma, la mejora de una de ellas parece muy deseable: sangre que alimente mejor al músculo que la natural, nervios que no degeneren, huesos con una mayor resistencia, ojos a los que no amenaza ningún deslumbramiento, dientes que no se caen, oídos que no se vuelven sordos y miles de otras características de capacidades corporales. Sin embargo, cada perfeccionamiento arrastra consig o otro. Los músculos fortalecidos requieren huesos más poderosos, un cerebro que trabaja con mayor rapidez requiere una memoria mejor. Cuando lo hace necesario una etapa posterior del mejoramiento, el volumen y la forma del cráneo se m odifica, hasta que finalmente llega un momento en el que las mismas proteínas s on sustituidas por una sustancia de construcción universal, con lo que la capacidad de rendimiento se acelera de nuevo bruscamente hacia arriba. Al organismo que no está compuesto de proteínas no le afectan ni el calor , ni las radiaciones, ni las molestias astronáuticas; el organismo sin sangre, que obtiene el oxígeno directamente por intercambio de electrones en vez de la primitiva transmisión a través del sistema circulator io, e s mucho menos vulnerable y mortal; la raza, sometida a semejantes cambios, puede romper las barreras a las que el planeta madre la había sometido hasta entonces.
Al final, todos es tos pasos condujeron uno tras de otro a un ser que tal vez esté construido de una manera más armónica, sea más resistente a las lesiones y heridas que un hombre o un entiano; a un ser mucho más capacitado, juicioso, prudente e inteligente, gracias a ligeros cambios en los órganos utilizados y en los sentidos,
estable hasta la inmor talidad; a un ser que es capaz de vivir en cualquier medio ambiente, que vence cualquier situación mortal para nosotros, que no debe temer ni al cáncer, ni al hambre ni a la invalidez, ni tampoco a las debilidades debidas a la edad, porque no envejece. Este ser, gracias a las técnicas de corrección que se implantan en la masa hereditaria y en la totalidad del organismo, va a ser perfecto, pero tan poco parecido a un hombre como una calculadora digital o un tractor. El paradoxón está en que no se puede establecer el punto en el que ya no debe darse el próximo paso. Cualquier paso acerca al ideal de la capacidad, pero este ideal es un ser que ya no tiene nada en común con el hombre.
¿Para qué entonces, puesto que no existe esa frontera incruzable, se ha llevado a cabo este trabajo de Sísifo y se ha prolongado a lo largo de muchas generaciones? Si es así que cada generación no puede llevar a cabo esas modificaciones en sí misma sino en sus descendientes, ¿no sería más fácil y mejor adoptar ya de entrada una calculadora digital o un cen tro de ordenadores complet o? La defensa de la optimización en varias generaciones no es más que un enmascaramiento del suicidio a plazos que la especie lleva a cabo. ¿Por qué debe ser esto mejor que el exterminio instantáneo? Sólo quien está dispuesto a adoptar un centro de cálculo con piernas (o sobre una almohada neumática) puede estar dispuesto, sin miedo y sin ningún tipo de prevención, a programar la propia descendencia en lo que se refiere a la perfección de los bisnietos.
La adopción de un sistema de plaquitas de silicona con el que se pueda hablar sobre las cosas del cielo y de la tierra nos parece completamente demencial, pero parece menos absurdo si el paso del estado natural a un estado optimizado tiene lugar a lo largo de muchas generaciones con una serie de modificaciones progresivas. El absurdo aparece de nuevo cuando esta serie se integra. ¿ Acaso la autoevolución debe ser una cura de supresión que le quite a la Humanidad la armonía de sus características? En el fondo, ¿no da completamente igual que el descendiente haya estado en una matriz viva (más tarde en cualquier uterador) o que ya de entrada sea
construido enteramente por técnicos? Quien acepta la autoevolución declara su conformidad con la liquidación de la propia especie y la adopción de la herencia civilizadora por seres que no se parecen a nos otros en ningún aspecto, ni siquiera en el más mínimo, a nosotros débiles mortales limitados en el espíritu y en el tiempo. Los portavoces de la perfección deberían librarse de golpe de todas la s molesta s fatigas y aceptar la totalidad de la tecnología pensante del planeta como sustitutos de los hijos.
¿Por qué debe aparecer primero en nuestro lugar un ordenador individual cuando está muy atrasado en cuanto al rendimiento respecto al cerebro cristalino de nuestros descendientes y herederos a lo largo y a lo ancho del planeta?
Con ira polémica Xixoqt comparó a los que practican la autoevolución a gentes que mandan al otro barrio a un candidato a la muerte, no de golpe, sino por medio de dosis de veneno bien medidas, porque quieren acostumbrarse a contemplar la agonía. El mencionado científico propagó la consigna «Gengenieros de todos los países adoptad ordenadores» y con ello llevó al descrédito el gran proyect o de los entianos. Para todos los contraataques de los gengenieros tenía una respuesta:
—Se esfuerzan en conseguir que los perfeccionados, por fuera, se sigan pareciendo a nosotros —declaró—. ¿Qué otra finalidad tiene esto que la del engaño? Se trata de la perfección en la producción de falsificaciones. La semejanza debe tranquilizar los ánimos, el exterior permanece sin modificación, ¡pero se perfecciona el interior no tan fácil de ver! Entonces ¡atiborrad directamente los maniquíes con ordenadores y el resultado será el mismo!
Según su demostración, la gengeniería se vuelve tanto más absurda cuanto menos limitaciones se le imponen. Quien sólo ha conseguido la capacidad de llevar a cabo pequeños retoques no supone ningún peligro. Detrás de estos embellecimientos se trasluce la esperanza de una vida mejor que queremos regalar a nuestra descendencia. Los gengenieros alegan que los antepasados fueron devoradores de verde y después zancudas no aptas para el vuelo, a las que ya no se parecen ni en el
cuerpo ni en el espíritu, por lo tanto, si no se ve nada malo en el paso llevado a cabo en las épocas prehistóricas de un estadio de pájaro inferior a un entendimiento más elevado, de una manera análoga ¡habría que dar el paso siguiente!
La analogía es falsa, la similitud falaz. Los antepasados pájaros de los entianos, al revés que nosotros, no tenían elección. Su privilegio fueron la ignorancia y la absoluta falta de consciencia, ambas cosas las hemos pagado nosotros inapela- blemente. Con el rechazo del envolt orio mortal nos rechaza mos a nosotros m ismos y la libertad de el proyecto de mejoras resulta ser una desgracia adicional. Las posibilidades son muchas y variadas, los distintos esbozos del Homo Novus Entianus van a competir unos con otros y habría que decidirse por un prototipo (si hubiera más se llegaría a conflictos). Esto significa que vamos a conseguir una descendencia de acuerdo con las decisiones que hayamos tomado. Con la decisión de que nuestros hijos deben ser así o asá, nos engañamos a nosotros mismos, ya que da completamente igual si ellos , para dominar Entia, van a proceder de una estrella lejana o de una retorta. Naturalmente puede someterse a examen la autoextinción, como cualquier otra cosa, pero sin falsas apariencias y sin la caracterización que pone en ridículo cualquier verdad.
He citado tan extensamente esta guerra de los espíritus porque, como aseguran los científicos , tiene una importancia clave para la posterior creación de la etosfera. El concepto de Dios, dentro de la historia de los entianos, s iguió un desarrollo particular. Originalmente se le consideraba idéntico con la Naturaleza: Ella era ÉL, su absoluta corporeización, una de las muchas que se sucedían. Los cuerpos celestes eran sus miembros, los seres vivos, s in embargo, sus más altos y bajos pensamientos. Entre ellos, los más elevados, eran los seres racionales , es decir, los propios entianos. Esta autodeificación exigía algunas explicaciones: ¿Cómo puede ser que un pensamiento de Dios esté en discordia con otro e incluso que le produzca la muerte? La explicación era muy sencilla: dado que Dios lo es todo puede tener todos los pensamientos posibles, también malos, que se oponen a los buenos. En el cas o de que sólo los tuviera buenos
Él no lo sería t odo. M ientras las instituciones religiosas se identificaron con las estatales, esta exégesis fue suficiente, ya que el poder, al mismo tiem po mundano y espiritual, decidía s obre si un pensamiento de Dios (léase un ciudadano) era bueno o malo. En el seno de esta religión cósmico-estatal maduraron mientras tanto las herejías de los misianos, teocr iptas y serv istas. De acuerdo con los te ocriptas , Dios se corporeíza en los hombres sólo con la más baja parte de su ser y su misión es el perfeccionamiento constante para que se conviertan siempre en partes más e levadas del entendimiento divino, no pueden entenderlo ni representarlo por completo, como un dedo no representa al cuerpo y un pensamiento no puede abarcar todo el espíritu. Según los misianos, D ios es , de acuerdo con su naturaleza, «sobrehumano», por supuesto no en el sentido de la afirmación que se les imputó durante las persecuciones, de que ÉL fuera sencillamente malo, sino debido a que ÉL se dedica a cosas que deben permanecer incomprensibles a los entianos . La Iglesia debía jugar el papel de la brújula para determinar la orientación del espíritu en la dirección completamente incomprensible de la actuación divina.
Los serv istas, en cambio, tenían a Dios por el creador de todo este mundo y — sin considerar que aparte de esto se ocupara eventualmente de otras cosas— le hacían a ÉL responsable de todo lo que pasaba en este mundo. A Dios le era debido el amor y el agradecimiento en la medida incuestionable en la que ÉL cumplía esta responsabilidad. Un tal Mixiquix intentó poner de manifiesto lo ingenuo de tal afirma- ción con un ejemplo: un zapatero que haya hecho un millón de maravillosas nubes cantantes y un par de malos zapatos, es un mal zapatero, por muy bonitas que sean las nubes y por bien que canten. Por esto, Mixiquix fue desgarrado en pedazos con tenazas al rojo v ivo en presencia del emperador Sx (era famoso por su corto nombre pero esto es otra histor ia y creo que actúo con sentido común si aquí paso por alto toda la toponomástica de los nombres de generacionales entianos y su relación con el oficio ejercido) .
Además hubo insignificantes herejías como por ejemplo los fragistas , aunque reconocían que Dios había creado el mundo, afirmaban, sin embargo, que la creación no le había salido muy bien, ya que Él —de una bondad infinita— no quería necesitar a lo creado para nada, ni siquiera para la bondad, y por ello les dio más libertad de la que eran capaces de utilizar. Esta doctr ina es la que se encuentra más próxima a la enseñanza del pecado original y a la caída del primer hombre, con la diferencia, sin embargo, de que la culpa de la caída del hombre se achaca a la colisión de la bondad divina con el don divino de la creación. El fragismo, secretamente, parte de que Dios no es capaz de crear cosas que se contradigan entre sí y de casar la bondad perfecta con la libertad de acción absoluta. Como consecuencia Dios debe estar bajo el dominio de la lógica que no admite que estén juntos esta dos que lógicamente se excluyen. Así se le pusieron límites al Todopoderoso, pero los instigadores de la herejía no se dieron cuenta.
El comienzo de la Edad Moderna tiene lugar, según lo entienden los entianos, en los años 1811-1845. La opinión pública, o mejor , la literalidad de todo aquello que ocurría en el imperio estuvo sometido a una completa absorción por los gobiernos de los cuatro pseudoemperadores llamados grafoclásticos . La grafoclasia empezó con la quema de todas las crónicas, incluidos sus autores, y logr ó una tal perfección que ni siquiera puede datarse su propio comienzo. La llega da es descrita por varios apócrifos, de las que escojo al azar la vers ión uvarda. Según ella, Xixar, un señor de la dinastía XIX, cada día antes de la primera comida tenía por costum bre matar en el bestiario de su castillo a un curdlo, que estaba bastante excitado porque durante varios días se le había retirado la comida. El monstruo lo atacó y tiró a Xixar a un pozo seco (tal vez el emperador se escondió allí voluntaria mente); el curdlo hizo allí sus aguas para que éstas trajeran al fugitivo hacia arriba. El primer montero de la corona que presenció todo esto mató al monstruo y ayudó al señor a salir del apuro pero entendió enseguida que debería pagar con su vida por ello. El otro, teniendo en consideración la razón de Estado, debería acortar en una cabeza al servicial testigo de su vergüenza. Acostumbrado por la montería a t omar decisiones rápidas, el batidor
metió de nuevo al salvado en el pozo y lo mantuvo debajo las aguas hasta que estuvo muerto, ocupando el trono como el emperador Xixar. Esto parece creíble ya que sólo habría tenido que cambiar las ropas con el ahogado. Los entianos de aquella época llevaban siempre la cara cubierta, como nosotros cubrimos siempre las partes más vergonzosas de nuestro cuerpo. Al parecer t odo est o fra casó muy pronto, pero muchos cortesanos poderosos se mantuvieron al lado del pseudoxixar porque vislumbraban muchas ventajas para ellos. El mismo se comportaba de una manera extraordinariamente astuta enfrentando a unos con otros, y perfeccionó el poder absoluto por medio de la absoluta inversión de términos que, directa o indirectamente, estaban relacionados con el gobierno. Entre los súbditos del auténtico Xixar y los de un hombre que primero se ocupaba de mantener limpio el bestiarium imperial no hay ninguna diferencia —no sabemos s i adquirió práctica p or sí mismo o gracias a las sugestiones de cínicos consejeros. La grafoclasia se llamó alargamiento político de la verdad. El pseudoxixar fue sencillamente el Xixar que continuó viviendo. Se dio a sí m ismo el sobrenombre de Mayor Am igo del Pueblo y abolió la pena de muerte así como la tortura, corriente hasta entonces en la administración de la justicia. Las personas que eran poco estimadas por la corte o por la policía (que mientras tanto recibió el nombre de Círculo de Trabajo para la Protección de la Caza de la Dulzura Pública) se perdieron de una manera inexplicable o perdieron la vida en accidentes. Los llamados maulantes y gememages cayeron en manos de bandidos supuestamente informados por los protectores de la dulzura. Finalmente se acabó con las declaraciones de guerra y poco después con la guerra misma. Los cr onistas imperiales encontraron para este tipo de acontecimientos el concepto de rechazo de antojos enemigos . El hecho de que estos antojos se alimentaran de docenas de pequeños Estados, cada uno de los cuales era más pequeño que una sola de las provincias del imperio no sorprendía a nadie y en el caso de que alguien se sorprendiera era por poco tiempo. Querellantes particularmente duros que también habían sido desacreditados como maulantes vergonzosos o nerguliros fueron
pisoteados en las plazas de los mercados por el pueblo mismo ¡como se oye!, con gran prontitud y meticulosidad.
No se puede decir con exactitud cuánto tiempo se mantuvo el pseudoxixar en el trono, porque su muerte nunca fue dada a conocer públicamente, de igual manera que durante los siguientes dos siglos se mantuvo en secreto la muerte de aquel señor. El no encajaba en el alto orden de las cosas. La polít ica lustraría cons idera el gobierno del pseudoxixar una manifestación local de una legalidad general, válida para toda la galaxia. Cada civilización hace por lo menos una fase de la Verosion —la er osión de la verdad—, aunque no necesariamente en la forma grafoclástica en que se hizo en Entia. La verosion toma formas distintas pero aparece en todas partes en el mismo período histórico: en el estado embrionario de la industrialización. El poder estatal desacralizado, y con ello más débil, se apoya en una jerarquía administrativa que produce estados sociales, los «mirages» (pseudoimágenes). Estos idealizan la realidad de acuerdo con los exponentes dependientes en cada caso de la profesión de fe actual. Esta profesión de fe a su vez no es de naturaleza religiosa sino burocrática y todo el fenómeno aquí o allí se denomina autoengaño o también autoespejismo. En lugar de la fe en el poder sobrenatural del soberano, aparece la policía, y en la circulación de información, por medio de su influencia cada vez más fuerte sobre la totalidad de la vida, despierta la tentación de monopolizarlo. Los monopolios económ icos e infor- mativos se diferencian de acuerdo con el tipo de objetos de los que toman posesión, pero apenas se distinguen en el campo de las os cila ciones originadas por ellos mismos; conducen a la oscilación social: aquí dominan las oscilaciones económicas (florecimiento-cris is), allí las informativas (verdad-mentira).
El consuelo por medio de ficciones es e l estabilizador más simple de las estructuras sociales de la sociedad y tiene un lado bueno ya que muchos no pueden superar al final los miedos or iginados por el conocimiento de hechos deprimentes, de manera que cuando estos hechos se mantienen en el cajón, se ahorra a la gente mucha aflicción . Sin embargo, con este procedimiento se va más allá de lo justo. El síndrome
del autoespejismo (encuentamiento) significa que el autor de la ficción se infecta a sí mismo. E sto puede llevar a las llama das reflexión de complejo interior y absorción de circulación burocrática, a la socioesquizofrenia (se dice esto y se cree aquello) y a síntomas todavía más complicados de la informática patológica. En una civiliza ción normal (media) la contaminación por mentiras del medio ambiente informativo alcan- za un 10 o un 15%. Si supera el 70% se llega a os cilaciones amenazadoramente fuertes en ciclos de doce a quince años. Por encima del lím ite del 80% la filtración de la verdad pura es imposible y se llega al colapso. Para evitarlo, hay que congelar nolens volens la ciencia, ya que su propio desarrollo colisiona con el desarrollo de la verosion. Estos dos caminos del desarrollo divergen al final definitivamente y forman la hor- quilla Siroxas que lleva el nombre de su descubridor, un socio-mático. El siguiente desarrollo del saber debe ser sacrificado a la verosion o viceversa. Sería una ilusión peligrosa creer que se puede encontrar dentro de la mentira general un enclave de la verdad, una isla entregada al auténtico conocimiento en medio de una sociedad desinformada. Algo así no ha funcionado bien en ningún sitio durante más de un siglo escaso. Tampoco es posible un compromiso factible entre las alternativas.
Quien intenta hacer justicia a los dos, poner una vela a Dios y al diablo por lo menos un cabo, sale con las manos vacías, a no ser que considere una ganancia el embuste mezquino y una enseñanza necia.
Las oscilaciones reprimidas ocasionaron la ca ída en el irracionalismo, la pseudodemencia y otras cosas . Cuanto más se acelera el desarrollo civilizador tanto más difícil es mantener separadas una de otra la información y la desinformación; la sociedad oscila de un lado a otro entre los extremos de la pseudorrealidad y la fe aparente. Este tipo de amenazas (las ondas de la economía se cruzan con las informativas pero sus fases no son sincrónicas; las interferencias resultantes de ello producen resonancias y amenazas) aparecieron a finales del siglo XIX en el imperio lustrano y lo condujeron a la ruina de la misma manera que el pulsar un tono poderoso hace vibrar un cristal de tal manera que al final se hace añicos. Hubo dos
revoluciones y la década de la confusión que se encuentra entre ambas, para la que los historiadores tradicionales encontraron el concepto del anarquismo caótico. Curdlandia quedó protegida de este tipo de catástrofes porque allí, de una manera consciente o incons ciente, se eligió la versión en lugar del Panverismus, lo que se manifiesta en un estupor social completo. En realidad los hombres, com o sost iene Tetrarxis, no permanecen en sus animales horrendos porque no sueñen con otra cosa, sino que no sueñan otra cosa porque están completamente atados a su curdlo. Una panza puede ser tan grande como se quiera, pero la ciencia no puede ejercerse dentro de ella. Esto es lo que protege al Estado Andante de las oscilaciones crecientes y de la destrucción definitiva.
Volvamos , después de esta excursión por la politología galáctica , a nuestros propios asuntos, mejor dicho, al propio redil de corderos , ya que ahora se trata de cuestiones de fe. La Iglesia, probablemente más bien guiada por el instinto, se opuso a la versión y se quedó al lado del verismus, su doctrina hiloística que en cada nuevo procedimiento y en cada invento veía la prueba de su propia verdad: cuando la máquina libraba a los entianos del trabajo pesado y la mina podía hacerles la vida más fácil, esto no significaba otra cosa que Dios había destinado a la Naturaleza como servidora, que sólo espera humildemente ser llamada. Dios mismo no s ólo ha entregado a los entianos el medio ambiente y les ha permitido tomar posesión de él, sino también el entendimiento, a través del cual se lleva a cabo esta toma de posesión. Ni siquiera una vez se puso en primer plano a propósito la parte de la naturaleza divina que se podría denominar servidumbre frente a sus criaturas. De ahí que en Entia se dieran algunos choques entre la política y la ciencia, pero apenas nunca entre la ciencia y la re ligión . Ésta fue también la cau sa del fervor con que fueron aceptados ya los primeros proyectos sobre una etosfera como un medio ambiente ennoblecido científicamente. Este medio ambiente que se construyó de una manera más y más artificial de acuerdo con las rece tas de la psicotécnica y no de acuerdo con el tenor de la Iglesia, a pesar de ello se encontraba absolutamente en consonancia con ese tenor: ésta era la concretización del plan de la creación divina. Dios ofreció a sus criaturas
con ello la opor tunidad de eliminar completamente los delitos , traiciones, necesidades, desgracias y demás maldades. Él quería que a través del propio trabajo y la propia aplicación se alcanzara lo que El, ya antes de la creación, había determinado, pero no había querido obligarles a aceptar desde el principio y enseguida en la forma del paraíso, a fin de que tuvieran, casi completamente, mano libre.
De ahí que efectivamente pueda afirmarse que la religión principal en Entia era bastante más materialista y menos balancista que el cr istianismo, ya que atribuyen al reino de Dios a este mundo y no colocan ningún Más Allá detrás, en el que se lleve a cabo el cálculo de pecados y merecim ientos. La tendencia a desarrollar el cielo y el infierno en determinadas transposiciones locales es posible que estuviera presente de una manera potencial en el hiloísmo (así se llama la religión principal, pero os ruego que no me obliguéis a explicar el origen de este nombre, es histór ico, o sea muy complica do, pero sin ningún significado para el asunto que nos ocu pa), pero no podía sobresalir en Entia, porque el paraíso para ellos no está al principio, sino al final de la historia de la creación. Por lo que a mí respecta, me habría gustado que personas competentes me explicaran si el paraíso que la Iglesia terrenal promete a los virtuosos es el mismo del que nuestros antepasados fueron expulsados. Lamentablemente siempre que se me presenta la ocasión olvido preguntarlo. A pesar de esto, creo que aquel primer paraíso debía de ser un poco menos confortable que el de después de la muerte.
La esperanza en una vida eterna aparece en los cánones de fe sólo en la Antigüedad en forma de nebuloso lirismo: los entianos habían descubierto su similitud con los grandes pájaros del pantano sur y creían por ello que después de la muerte les crecerían alas con las que alzarían el vuelo hacia el cielo. En la iconografía sacra, sin embargo, no aparece nunca ningún ser que, ni de lejos, recuerde a un ángel. No tengo ninguna explicación para ello. Al entendimiento humano sano le debería parecer lógico, pero en cuestiones tan sutiles como la angelología no tiene aparentemente nada que decir. El hiloísm o impedía el traslado del paraíso a un Más
Allá en su artículo de fe más importante. De acuerdo con el mismo, D ios ha dado a sus criaturas un margen absoluto para el perfeccionamiento de las condiciones de existencia. Sin abandonar el seno de la Iglesia, se podía seguir la creencia de que los creyentes se convirt ieran a sí mismos en inmor tales en el Más Acá , siempre y cuando sus esfuerzos estuvieran encaminados en la dirección corriente.
Los teólogos de la Tierra, por lo menos los cristólogos , reprochan al hiloísmo su superficialidad. Efectivamente, no contiene ningún misterio del tipo de los del cristianism o como el pecado orig inal, la caída del hombre, la expulsión del paraíso y la corruptibilidad de la naturaleza humana iluminada por la esperanza de la redención. Los te ólog os entianos replican a ello que su relig ión da por sentado desde sus inicios la coincidencia del plan de creación divino con la naturaleza de la creación: lo que Dios quería, eso es lo que ha hecho. La te ología de los entianos se diferencia del cristianism o y de las otras grandes religiones monoteístas de una manera todavía más importante: no insiste en la unicidad de la revelación. De acuerdo con los habitantes de la Tierra —eso dicen los hiloístas— Dios se manifestó a los primeros hombres directamente. Con ello limitó su incertidumbre en relación con sus enigmas y su persona, por el contrario dejó a los hombres una libertad de acción ilimitada, con lo que se llegó a la caída del primer hombre. Esto es lo que sostienen el mesianism o y el cristianism o. C on ello entran en conflicto con otras importantes religiones, particularmente del cercano y el lejano oriente, que no conocen una revelación clara de este tipo en absoluto, o con otro contenido.
En esta situación de coexistencia de distintas confesiones no se ha llegado a ningún entendimiento, pero cada Iglesia se considera a sí misma como fiduciaria exclusiva de la verdad divina y achaca los errores a todas las demás. Los entianos, por el contrario —ya sea porque por naturaleza piensan de una manera más racional que las personas, ya sea por otros motivos sin investigar—, sencillamente nombraron al también elevado número de religiones reinantes entre ellos «Dirección Superior de la Teología». De acuerdo con ello Dios no pone a nadie barreras ni en lo que se refiere a
los hechos ni en lo que se refiere a los pensamientos. Con el afán de ot or gar a sus criaturas la mayor libertad, el creador se mantiene en cierta manera a salvo de ellas y sólo puede alcanzarse por medio de la reflexión sobre la existencia. Si hubiera sido de otra manera, si Dios —según el hiloísm o— se hubiera revelado efectivamente, lo habría hecho de una manera poderosa y clara de forma que el contenido de la revelación fuera el mismo en todas partes y no condujera a la escisión en muchas religiones. E l hecho de que Dios exista se pone de manifiesto en la universalidad cósmica de la teogenia, sin embargo en la pluralidad de las confesiones se pone de manifiesto que El no s ólo construye un camino transitable a tra vés de una revelación única y auténtica por medio de la cual se le puede alcanzar, s ino que en silencio manifiesta estar de acuerdo con un gran número de caminos buscadores de Dios. Nadie que cree está en el err or. En el error , s in embargo, está cualquiera que cree estar en posesión de la única verdad revelada. La tan cacareada unidad es un error teológico.
Los teólogos de la Tierra oponen a esto que este mismo curso de las ideas es aplicable también al hiloísm o que no reconoce a n inguna religión el derecho a la unidad, de manera que esta ley también debería aplicarse a él m ismo. Un monje dominico declar ó: «Esta lucha nos arroja del cie lo de la fe al infierno del paradoxón». Pero los lústranos rechazan el argumento de los hombres porque son de la opinión de que la Tierra —en comparación con Entia— se encuentra en un estadio inferior en el movimiento teocéntrico. En Entia, desde hace mucho, ya no hay religiones que se contradigan unas a otras. A es to responden los nuestros indicando la imp ortante participación que ha tenido la violencia en la unificación religiosa de los entianos, pero aquí quiero acabar con otros enfrentamientos en torno a la revelación.
La Iglesia de allí era partidaria de la aparición de máquinas de servicio racionales ya que le convenía y le resultaba más barato que muñecos sin alma descargaran a los vivos del trabajo pesado. De ahí que resultara ser una sorpresa muy desagradable el que los robots, (llamados andritas en el lenguaje coloquial de allí)
adquirieran una creciente inteligencia y al final exigieran la igualdad jurídica con los entianos, inclusive el derecho a pertenecer a la Iglesia. Citaron para ello aquella doctrina, que interpretaban más generosamente de lo que se deseaba, defendiendo que habían sido estimulados por los entianos. Dios había permitido, porque había organizado el mundo de esa manera, que fuera posible construir máquinas dotadas de espíritu, que precisamente con ello dejaron de ser máquinas. Tiene que haberlo querido, porque sino nadie habría sido capaz de realizar algo así. Me pareció muy convincente y para la Igle sia de allí fue suficientemente penoso. Se sustrajo al dilema no por sutileza teodíctica propia sino gracias a la aparición de sistemas inteligentes de la generación posterior a los ordenadores: las menses. «En el transcurso de algunas décadas desaparecieron los robots», -un eufemismo que encubre los espantosos casos que son llamados por algunas personas incluso cibernocidio. ¿ Acaso algún entiano ha puesto alguna vez la mano encima a un andrita? ¡Valiente excusa! Por supuesto que fueron los sistemas de menses los que lo hicieron, pero tampoco el montero acosa él mismo en la cacería al conejo hasta la muerte o lo desgarra con sus propios dientes y garras. En los bosques y en las cuevas deben de haber sucedido cosas espantosas e incluso se dice que hubo casos de entianos que prefirieron morir con sus andritas a entregarlos a la destrucción. Es sorprendente cómo estas cosas le recuerdan a uno nuestra propia Historia. S i algo parecido sucediera entre nosotros , enseguida se encontraría gente dispuesta a achacar a los robots todo lo malo de este mundo, como si en ellos hubiera resurgido la serpiente que tentó a Adán y a Eva. Se puede considerar esto una especulación, pero lo que no fue, todavía puede llegar a ser.
La expresión de relaciones armoniosas entre la religión y la ciencia fue favorecida en gran medida por la pterigénesis de los entianos, ya que cuando la ciencia estableció este diag nóstico n o hubo el escándalo que se armó entre nosotros a la vista de las manifestaciones sim iescas. El mono com o antepasado, esto se convirt ió desde el principio en piedra de escán dalo, ya que, entre los pueblos de la T ierra, este animal siempre ha servido como la peor caricatura del hombre. «Hacer el mono»,
«dormir la mona» son expresiones que en todos los idiomas desprestigian a aquel a
quien se le aplican. No hay apenas ningún animal que sea tan poco adecuado como el mono para ser idealizado. Los pájaros, reconocidos como antepasados, por el contrario, n o despiertan ninguna contradicción mundana ni espiritual, la tradición llama al cielo su casa, de ahí que la Iglesia entiana sólo pudiera ver en ese origen un ennoblecimiento científico de su propia enseñanza: los entianos primitiv os descendieron, por así decirlo, del cielo a la tierra y en esa armoniosa vida en común de la fe y la ciencia se encontraba la prueba de que ambos decían la verdad. Dios les había hecho saber que las hipótesis eran igualmente correctas en los dos órdenes. El reconocimiento temprano de la evolución aceleró también el desarrollo de la ciencia y por eso los entianos llegaron hacia finales del siglo XX a la gengeniería. De aquella época proceden los prototipos de los andritas.
Parece muy extraño que no fuera la teología sino la filosofía la que se puso primero a favor de la intangibilidad del cuerpo natural (ya hablé de ello cuando cité a Xixoqt) personas malintencionadas sostienen que la teología, en contraposición con la filosofía, atrae a espíritus más bien de segunda clase, ya que lo que para los primeros es conocido desde el principio como resultado final de la investigación, para los últimos representa un enigma absoluto no supeditado a nadie ni a nada. De ahí debe proceder la ingenua indefensión y el acercamiento condescendiente de los hilólogos frente al plan de la autoevolución: la perfección carnal de los entianos parece deducible del dogma fundamental de un mundo material que Dios ha creado as í y ha entregado al dominio de la gen te, de manera que puedan sacar de él el mejor provecho. El hecho de que ellos mismos fueran parte de ese material no decía nada acerca de que Dios pudiera tener algo en contra de su autometamorfosis de perfeccionamiento. Xixoqt y sus semejantes movilizaron, s in embargo, a la opinión pública en contra de esa fe demasiado llena de confianza.
¿Qué cabría añadir? Nuestros teólogos echan en cara a los entianos haber renunciado a la eternidad, sin embargo deben dejarse reprochar que el cristianismo desdeñe el tiempo terrenal y que lo considere, para decirlo de alguna manera, la sala
de espera o el proscenio de un Más Allá, del que por mucho que se diga, no se sabe nada con exactitud en este mundo. Aunque éste, según unanimidad de opiniones de ambos planetas, ha sido creado por Dios y por lo tanto no puede haber una fe más embrollada que aquella que ve el resultado de la creación divina como algo provi- sional que va a ser eliminado en el Juicio Final. ¡Qué usurpación y arrogancia, entre las larvas de la humildad, no satisfacerse con el gorrión divino en la mano, sino exigir la paloma en el tejado donde hay más confort y un placer eterno! Para los teólogos de Entia hay motivo suficiente para estar a favor del Más Acá: está s ometido al entendimiento mortal. Si Dios no lo hubiera querido, el espíritu habría resistido contra el mundo, pero no habría estado en situación de reconocer este mundo y de adueñarse de todos los tes oros y poderes escondidos en él. El hecho de que esto sea así y no de otra manera demuestra la tendencia de la creación a seres racionales, independientemente de que esto no signifique todavía la dirección, señalada por la aguja, que debe seguir la sociedad para poder viajar suavemente a su paraíso planetario.
En su conjunto, los teólogos de allí se ejercitan en una elegante reserva en el intercambio de opiniones interconfe sionales. Sin embargo, por otro lado aparecen también gentes como Xix Xass que explican que en la base de nuestra teodicea se encuentra el mal, no «en sustancia pura», s ino inse parablemente fundido con el sexo. Xass sostiene que el hombre lo sabe desde los tiempos más remotos, o por lo menos lo ha supuesto de una manera vaga, pero no quería reconocerlo e intentó librarse del sentimiento de «culpa inocente» con el tópico «desde la más tierna edad la naturaleza humana corrompida». En este punto de la explicación de las cosas terrestres hacía aparecer Xass también a los monos . En la iconografía demonológica se conoce la semejanza del demonio con el mono. El diablo tiene igualmente un rabo, es comple- tamente peludo como los antropoides grandes, posee un cráneo aplastado y la dentadura masticadora del mono. Todo es to puede comprobarse en las visiones del Juicio Final trans mitidas por los pintores de la Edad Media. Si realmente sólo se trata de delirios, habría que preguntar entonces por qué se toma precisamente como
modelo al mono y no a un ave rapaz. ¿Por qué los atributos del pájaro se as ignan más bien a seres sin mancha como los ángeles? ¿Por qué los dia blos pintados no sólo tienen manos prensoras sino también pies prensores? ¿Por qué el diablo anda sobre dos piernas como los primates superiores y no a cuatro patas com o los dra gones? Los antropólogos entianos que se encuentran muy lejos de la religión declaran este tipo de concepciones falsas , ya que se trata s ólo de la representación de un solo círculo de fe terrenal, mientras que al taoísmo o al budismo le es com pletamente desconocida la corporeización europea del mal. En el caso de que a alguien le gusten las opiniones extremas les recomiendo « La anatomía comparativa del diablo» , que se encuentra en el Instituto de la santa Hilozoística , publicado en Urx, cuyo patrón es el mencionado teólogo lustrano.
Incluso en el caso de que esté muy equivocado, es interesante. Volvamos a cosas serias.
Durante la Nueva Era, que empezó, com o cálculo de t iempo, con el nacimiento de Cristo, en el ámbito de influencia del cristianismo había una gran expectación por el fin del mundo y el Juicio Final. (En las primeras comunidades cris tianas este fin se esperaba cada día, mientras que las posteriores lo relegaban a una distancia temporal cada vez mayor hasta que el Juicio Final desapareció en un futuro desconocido), la Edad Media entiana que no conocía ni el miedo ni la esperanza de la escatología estaba prendada de otra visión: la aparición de metamorfosis incomprensibles y cam- bios del destino que lleven a su cumplimiento las promesas hechas por Dios; con Su ayuda, pero con las propias fuerzas, el pueblo venció sobre las epidemias , la necesidad, los acha ques, el hambre, y finalmente también sobre la muerte. Tanto aquí como allí se esperaba entonces, pero lo esperado era tan distinto como el cielo y la tierra.
Sólo a través de esto se explica dónde se encuentran para los entianos los principios de la felicitología y de la hedonística como dis ciplinas doctrinales , que
primero cuidadas por la m isma Igles ia, después sin embargo cada ve z más mundanizadas, establecen las condiciones para el bienestar personal y general. También la biología participó en esta orienta ción que aceleró la caída del usufructo y del abuso: sobre los entianos cuelga como una espada de Damocles múltiple la orgiástica erót ica y, aunque encuentre placer en la crueldad, no es posible que haya en ello una mezcla sexual. Existen sólo cada vez, com o siempre, seres racionales marcados por los pasajes predatorios: el hecho de que no hay ningún aumento de la inteligencia animal sin el paso por el derramamiento de sangre.
El hiloísmo conoció cismas y una escolástica que, sin embargo, no se parecen en nada a los nuestros. Nuestros escolásticos se enfrentaban con problemas acerca de cómo esta ban amueblados el cielo y el infierno, adonde iban a parar los recién nacidos que morían sin bautizar, lo que pasaba en el purgatorio, cómo podían ayudar los vivos a los malditos temporales o eternos y cómo pueden acomodarse muchos ángeles en la punta de una aguja. Estas preocupaciones no las tenían los entianos, allí los teólogos concibieron una escolástica que les vino muy a propósito cuando apareció la técnica de la represión del mal y la propagación del bien. Un s iglo después las voces se dejaron oír cada vez más, la hedonística pretécnica había preparado el terreno al fatalismo: sus alumnos habían puesto manos a la obra con demasiada ra pidez, de una manera francamente imprudente e incluso obsesiva , para la realización de los planes religios os proyectados. Com o reconocen los expertos, resulta demasiado fácil admitir que es absurdo que la tecnología dedujera de la fe sus programas de ejecución. Sólo se puede hablar difícilmente de una escolástica felicit óloga concluyente, ya que abarca montañas de incunables y revistas que aparecieron en el transcurso de siglos.
Los hedólogos eclesiást icos que investigaban el problema de la felicidad general, intentaron primero establecer, cuántos tipos de estados anímicos hay y lo que los producía. El placer breve es otra cosa que un status delectationis que a su vez se diferencia mucho de un estado de Jauja permanente. A pesar de que hubiera gran número de estas diferenciaciones, se generalizaron los conceptos sumarios de un
máximo y un mínimo de felicidad. El mínimo se corresponde con la ausencia de mal, el máximo con la felicidad completa. Como curiosidad cito la teoría Scirrux que lleva el nombre de un doctor de la Hedomática (la experiencia del máximo no coincide con el máximo propiamente dicho, sino que está dividida en dos: la anticipación y la recapitulación, la fase directamente anterior al punto culm inante de la curva de satu- ración y la directamente posterior). Quien ha alcanzado el punto culminante no t iene ni idea de ello; sólo lo puede juzgar en la espera y en el recuerdo. Como se infiere de este ejemplo, cada escolástica lleva a confusiones.
Sólo quiero citar algunos títulos de capítulos del Codex felicitomanticus, una obra de consulta sobre la felicidad perfecta originaria del siglo XIII: «La prox imidad del alivio y la felicidad», «Prudencia y vehemencia en la expresión de las ganas»,
«Éxtasis de la ascét ica en su enérgica reprobación», «El infinitesima lismo de la felicidad». El último fue al parecer un descubrimiento muy importante que sin embargo más tarde cayó en el olvido, según el cual, la felicidad alcanzada haría insensible a ella misma, por lo que se requería una psicoacupuntura que fortaleciera la sensibilidad debilitada, insensible frente a acontecimientos agradables. Un centro especial se ocupa de «la familia negra de las sensaciones pla centeras», el placer de tener una víctima, de humillar a alguien, de ponerle obstáculos en el camino y proporcionarle t ormentos, abreviando: alegrarse de que otros sean desgraciados. A ella pertenece también la pantoclástica (la satisfacción originada en la destrucción) que se divide en dos partes (en realidad cae ya dentro del dominio de la ps iquiatría): en una maravillosa-delusionaria y una autocidasegregada. Un monje de la Edad Media había inventado juegos altrucidas, el placer lo proporcionaba el tener éxito induciendo a una tercera persona al suicidio. Aquel que sobrevive a otros alcanza con ello un provecho en placer. (Aquel monje, por cierto, esto debe ser subrayado, no tenía que ser necesariamente un demonio de maldad, pertenecía simplemente a la orden de los felicitas y ést os investigaban todo aquello que produjera placer sin tener en cuenta qué juicio moral merecieran esas actuaciones.)
La simple lectura del índice de títulos de la vieja Iglesia hedonística es suficientemente impresionante. En realidad no había ninguna desgracia que, en las adecuadas proporciones de casualidades y circunstancias, no pudieran convertirse en una fuente de sensaciones agradables. La hermandad de los fipraxitas estudiaba el orden de distribución de la felicidad conquistada digna o ignominiosamente. Fiprax, de quien tomaron el nombre según se dice, se sometió a exquisitos métodos de tortura para comprobar si, de vez en cuando, con ellos se puede alcanzar por lo menos una pizca de satisfacción personal, y gracias a su abnegación, se convirtió incluso en uno de los patrones protectores de la ciencia.
Al parecer no se puede hablar hasta el momento de ecumenismo entre los dos planetas. Nuestros teólogos han lanzado gran número de libelos difamatorios contra el hiloísmo, de los cuales sólo quiero citar aquí un ejemplo: una crítica de la concepción entiana del Creador com o un «Dios de las cosa s» que dice a sus criaturas:
«Ayúdate y Dios te ayudará». Esto, según las dudas divulgadas en la Tierra, reduce aquella religión o una búsqueda astuta de sanciones dadas por Dios, del egoísmo colectivo, o en el mejor de los casos a una doctrina de la mejora social en la que, sin tener que hacer la más mínima renuncia, también podrían estar ateos mundanos de todos los colores . Los entianos lo calificaron de imputación falsa que obedece a la falta de coincidencia y divergencia de conceptos surgidos necesariamente en los distintos mundos. Al hiloísmo no le era desconocido el concepto del culto a Dios, uno de aquellos egoístas cultos libres; sin embargo, desde la Edad Media Baja, desde el primer concilio, los creyentes han tenido la obligación de expresar su culto a Dios sólo a través de su modo de vivir.
Los padres de la Iglesia entianos manifiestan en sus encíclicas que no se debe invocar el nombre del Señor Dios innecesariamente y que tampoco se le debería pedir nada, sólo se le debería agradecer el hecho de vivir, pero también sin palabras, en silencio, en el corazón . No se le debe solicitar nada ya que esto sería un acto o de una ingenuidad infantil (por lo tanto ningún pecado) o de mala fe. El creador del mundo
contempla las cosas no en su fenotipo momentáneo, y la vida de cada uno, junto con el futuro desconocido, está ante sus ojos como un libro abierto, ya que Dios está por encima del tiempo. La suya es una eternidad actualizada. Él ha creado el mundo con todas sus estrellas y habitantes y las va a dejar ser tal como Él las quería, en aquella galaxia y en aquel grano de polvo. De acuerdo con es to sería infantil o perverso exigirle, en favor de unos intereses individuales o de grupo, m odificaciones, interrupciones, ayudas, prestación de servicios o bien omisión de acciones . Como se ve, los entianos también practicaban, llevada al extremo, la prohibición que también conocemos de no invocar innecesariamente a Dios . De acuerdo con su punto de vista, los intentos de influir con ruegos u oraciones e incluso la intención misma de influir sobre la voluntad divina no es otra cosa que una fe débil e insensata. Como tal se manifiesta la falta de con formidad con los juicios de Dios y la falta de confianza en su bondad. Si el precio ya se ha fijado, cualquier regateo es vano y nadie en su sano juicio se dejará arrastrar a ello. Si lo hace, será sólo por el placer de regatear.
Los teólogos de Entia parecen conocer entonces la utilidad psicológ ica que tiene la oración, el desahogo y la esperanza en el cumplimiento de lo que se ha rogado que la acompañan, pero en lo que los nuestros ven una ganancia espiritual, ellos ven una duda. «Quien no duda no tiene nada», declaró el padre Hyxion II . Quien presenta reclamaciones al Se ñor Dios lo trata com o a una conexión telefónica con interfe- rencias, la oración equivale a los g olpes que se dan a la hor quilla y contra el aparato. Una oración ferviente significa que interiormente se levanta la voz para ser oído. Sin embargo, todo esto cuestiona la omnisciencia y omnipotencia del Bien definitivamente establecido y que ya no puede ser mejorado. La idea de que Dios está mirando hacia alguna otra parte y no allí donde es necesario es completamente infantil. Si Él todo lo sabe y todo lo ve, n o hace falta importunarle o querer llamar su atención con formalidades comprimidas en jaculat orias. Dios nos ve por dentro, más profundamente de lo que alcanzan las explicaciones que se escapan de nuestros labios.
Hasta el segundo concilio no se podía rezar por uno mis mo, siempre había que hacerlo por otros . Se acabó con ello. La utilidad psicológ ica que hay que agradecerle a la oración fue liquidada, de otra manera (eso es lo que se dice), el egoísmo, la preocupación por uno mismo habría vencido a la fe en la infalibilidad de Dios. Se sirve a Dios en la medida en que se sirve a los demás, ya que así es como se cumple el plan de la creación considerada como un movimiento hacia la perfección. Parece incomprensible que la doctrina de fe pudiera mantenerse, ya que el poder espiritual y terrenal estaban estrechamente acoplados. Debería haber estado sometida a los cambios conocidos en la Tierra, de acuerdo con los intereses dominantes (el anglicanismo por ejemplo tuvo su origen en ello). En gran parte, esto se explica por el dogma orientado al futuro del «paraíso en el Más Acá» que se alcanzará cuan do se tengan los medios para ello.
Esta demora, como reconocim iento de un retraso inevitable de la perfección social, se contempla inclus o en la dogmática, naturalmente se puede interpretar como una maniobra de arrastre habitual de los gobernantes que deben distraer la atención del pueblo de las necesidades y fallos actuales . Precisamente este reproche se lo hicieron también a la Igle sia los librepensadores y herejes entianos . Sin embargo, «el aplazamiento del cumplimiento de los deseos incluido en la fe» llevó a un clima colectivo digno de atención: la «espera silenciosa» tan pronto como el gobierno cayó en manos de malvados, por ejemplo, los tres pseudoxixares. (No sé por qué se generalizó el hablar de tres cuando no se tiene constancia ni siquiera de uno.) Sin embargo, creo que en la historia de nuestro mundo, cualquier entiano encontraría el mismo número de incongruencias.
Es difícil afirmar que los sacerdotes y teólogos de la Edad Media estuvieran en condiciones de prever el desarrollo o la aparición de una ciencia (todavía no existía ninguna) que por primera vez diera a los entianos la pos ibilidad real de acep tar el mandamiento de una «perfección del mundo vis ible». Hay que tener en cuenta, sin embargo, que cuando estas esperanzas no pueden justificarse al mismo t iempo por el
nivel de conocimientos, se cree en su veracidad tan firmemente como se cree en la Tierra en la salvación después de la muerte. A principios del siglo XX, la fe que había moderado los movim ientos s ociales perdió v isiblemente su influencia entre las masas del pueblo. La oferta de bienes aumentó, la pirámide de las diferencias sociales se acható y de una manera típica del empuje industrial, todo fue acelerado: el tiempo de producción, el comercio, la comunicación , los desplaza mientos de poblaciones. El bienestar moderado que se hizo así acces ible, en general, corroy ó los fundamentos de la fe, en todo caso así lo afirman los historiadores . El pueblo esperaba con impaciencia la satisfacción universal prometida por la religión, cuya perfección aparecía tanto más fantástica, en cuanto que nadie podía hacerse una idea concreta de la misma, pero, sin embargo, después de las primeras muestras, surgió el desencanto como si todos pensaran: «¡Ah vaya! ¿Y esto es todo?».
Precisamente entonces empezó una guerra mundial, lo curioso de la cual era que hasta el final siguió siendo secreto de Estado. Tuvo bastantes nombres, como Criptobellum o Mirumbellum, y las fuentes lusitanas son las que menos dicen, cuando se indaga en ellas, s obre el enemigo en esta lucha oculta. De este mism o no hay ninguna declaración, porque después de dos o tres décadas desapareció de la escena, como si nunca hubiera existido. Ni siquiera se ha transmitido en su propia versión el nombre del Estado enemigo. Fue llamado «Clivia Nigra» por los lústranos y
«Caledonia» por los cundíanos. Su territ orio era tan grande como el de Lustrania y se encontraba en las Antípodas, cerca del polo sur, en el con tinente zetlando. De él no ha quedado nada más que un desierto cubierto de hielo, un suelo congelado a cientos de metros de profundidad, hielo perpetuo. El gobierno lustrano ha impuesto una cuarentena ilimitada al territorio destruido y borrado de la faz del planeta, que en todo caso, de acuer do con la información a la que se tiene acces o, prohíbe a t odas las expediciones científicas o militares la entrada en Zetlandia. Nuestros lustranistas proponen algunas suposiciones , de las cuales , sin embargo, no puede sacarse nada en claro.
Esta Clivia Nigra o Caledonia nunca declaró la guerra a Lustrania ni entró con ella en un claro conflicto armado, s ino que intentó infiltrarse poco a poco y con rodeos en toda Entia e intentó dominarla. Sus habitantes también eran entianos, pero pertenecían a otra raza, e incluso a otra especie. Por aquel entonces, en el ecuador, existía un istmo, a través del cual las caravanas de nómadas llegaron a Zetlandia desde Taraxia (más o menos al mismo tiempo que otras exploraban la meseta norte volcánica, donde más tarde habría de surgir Lustrania). A consecuencia de terremotos, el puente de tierra se hundió en una sima marít ima, ambos continentes, y con ello también los entianos primitivos, fueron separados y en el transcurso de muchos cientos de miles de años se operaron en los conquistadores de Zetlandia, s ometidos a las duras condiciones del espacio vital subpolar, llamativas modificaciones corporales: eran más pequeños, no tenían unas piernas tan largas, su actitud corporal no era erguida sino ligeramente encorvada. En la Antigüedad y en la Edad Media sobresalieron por una crueldad específica contra los extraños, es decir, frente a los entianos de Taraxia: al parecer, expediciones completas que llegaron hasta ellos cruzando el pantocéano fueron sencillamente eliminadas. Se cree que originalmente vivían de la caza, en tribus aisladas, pero que a lo largo de los siglos se unificaron y de nuevo se volvieron a separar en Estados diferentes. Creo que la causa de que no haya datos exactos sobre su hist oria es que los lústranos, irritados por aquella guerra nunca declarada y tampoco llevada a cabo de manera oficial, prepararon un contragolpe horrible cuyo efecto espeluznante les ha dejado un sentimiento imborrable de culpa.
Al parecer los cliv ianos estaban dominados por un imperativo específico que hay que achacar a la esfera tanto religiosa com o mundana, y que exigía de ellos, en cualquier caso, las más grandes privaciones en nombre del Ka-Undrium general. Qué era esto, no lo pude averiguar, aunque revolví todo lo que contenía este departamento de la biblioteca y que no puede decirse que fuera poco. El nombre, por cierto, procede de los llamados intritas, una orden penitente hiloísta, que conmemora el espeluznante destino de los clivianos y que es tolerada por el gobierno lustrano siempre y cuando
no intente entrar en contacto comunicativo con la población o entregue a la opinión pública asuntos internos. De ahí que sólo por indiscreciones filtradas se sepa que los clivianos , en contraposición con los entianos del norte, no conocían las v ocales , o sea, que sólo eran capaces de emitir un ronco murmullo. Las palabras de esta lengua sin sonidos no t ienen por eso su correspondiente ni en curdlano, ni en lustrano. Ka- Undrium es una expresión que los intritas se inventaron, pero ¿para qué?, ¿para la razón de Estado de los clivianos? , ¿el símbolo de la estatalidad?, ¿la idea de la conquista del planeta?, ¿el camino a la felicidad?, ¿s ólo la felicidad misma? Me habría gustado que un monje de esta orden me informara acerca de qué era en realidad, porque ya lo he mencionado, la venta de publicaciones s obre este tema estaba prohibida. Una cosa parece segura: Ka-Undrium era una idea de carácter general que exigía los más extremos sacrificios , inclusive el de la vida.
Se supone que para los otros entianos , los clivianos em plearon la denominación «Hs-Hs ze» esto s ignifica: « Los que no comprenden nada». Ya que no se dejaron convertir al Ka-Undrium y en su ignorancia estorbaban el cumplimiento (no sé de qué), se intentó someter o eliminar a todos aquellos que no eran clivianos. Parece como si hubiera habido un extraño cambio: primero se luchó contra los-que- no-comprenden-nada, sólo simbólicamente y a través de la magia (a todo aquel que atrapaban lo mataban a palos y a eso lo llamaban su conversión), pero después, de una manera cada vez más real, a medida que se empezaban a dominar las fuentes de la tec- nología. Eran maestros en todas las artes de la mecánica, fueron los primeros en construir aparatos de guerra automáticos, a partir de los cuales surgieron después los llamados ultimatos, y empujaron a los lústranos a una carrera armamentista.
Dado que no existe la versión cliv iana de estos acontecimientos que tuvieron lugar en la Edad Media Alta y en el primer sig lo del nuevo sistema cronológico y que los lustra-nos evidentemente no son objetivos, el investigador honrado debe proveer a todo el asunto de un gran signo de interroga ción. P or ciert o, que así es com o se comportan la mayoría de los lustranistas.
Las ocho mil m illas de pantocéano, que separan Taraxia y Zetlandia convirtieron desde el principio las carreras arma mentistas del ejército de tierra en una aberración por ambas partes, sin sentido u objetivo m ilitar a lguno. Había incluso oficiales superiores militantes que exigieron intentar el aterrizaje lustrano en Zetlandia, pero cada uno de estos proyectos fue desestimado ya en estadio de- planificación por los políticos previsores . Los clivianos , muy competentes en ma- temáticas, fueron fríos calculadores. El carácter míst ico o por lo menos secreto del Ka- Undrium, que prestaba resolución a todos sus esfuerzos, no perjudicó en forma alguna a la sobriedad de su comportamiento. La idea de la conquista que siempre tenían presente puede que fuera absurda, pero se dedicaron, con una sistemática extraordinaria, a su realización. Los costes tienen que haber sido gigantescos, puesto que ya se encontraban en la época de la aceleración industrial, en la que no se podía hacer otra cosa que proyectar y producir, cada pocos años, tip os de armas cada vez más caras, comple tamente nuevas. Lustrania, que no s ólo poseía riquezas natu rales y un clima más beningno, sino que además entró primero en la era industrial, se mantenía sin problemas a la altura de los antagonistas, pero con la carga armamentista, que según se decía tenía sólo carácter defensivo, creció también su ira. La gran guerra mundial empezó en silencio sin un tiro y sin ningún movimiento de tropas. Todas las operaciones fueron criptomilitares, ni siquiera se sabe si es verdad lo que pretenden algunas fuentes curdlanas (Curdlandia ejerció en el conflicto —como después explicaré— una neutralidad muy relativa) según las cuales, los enemigos intentaron luchar unos contra otros mediante interferencias en el clima y movimientos de tierra provocados a distancia. A lo mejor s ólo fueron amenazas, intentos de intimidación o maniobras psicológicas que debían inducir al enemigo a invertir sus medios en mé todos de lucha que después no habían de tener el efecto esperado. Los grandes lagos de Zetlandia de hecho desaparecieron en un hundimiento sísmico, pero no hay ninguna prueba de que la catástrofe no fuera de origen natural. De todas formas, no se llegó nunca a un encuentro directo entre ambos. Casi al mismo tiempo Taraxia y Zetlandia entraron en la era de la bioquímica. No se puede averiguar
cuál de las dos partes utilizó primero las llamadas armas de concepción. No hay que perder de vista que los enemigos que se peleaban por encima de las anchuras oceánicas eran entianos, entre los cuales la reproducción se lleva a cabo por espolvoración. Está claro que fueron los clivianos los que instituyeron los
«fertilógenos», fertilizadores patógenos . Lustrania tuvo durante varios años serios problemas con el crecimiento demográfico: un número elevado de niños nació con monstruosidades congénitas. Ni siquiera entonces, sin embargo, los lústranos reco- nocieron que esa endemia de nacimientos con enfermedades tumorosas pudiera tener algo que ver con Clivia , y ni siquiera reconocieron en absoluto que habían contestado a este ataque encubierto con un contragolpe genocida.
La biblioteca del MAE, no sé por qué, no dispone de ningún departamento de literatura militar. Por pura casualidad, di con el trabajo del general doctor Brümmel (o Brümmli, ya n o me acuerdo) que trata de la guerra biológica transcontinental en Entia. Brümmli sospecha que desde el principio se había tratado de una guerra genética y él mismo parece ser un especialista en este campo. El general catedrático (hoy en día ya no se puede pertenecer al Estado Mayor sin tener algunos doctorados) parte de la base de que Clivia empezó a espolvorear sobre Lustrania patógenos o fertilógenos que habían sido cultivados en complejos biomilitares. S in embargo, sólo una parte de los niños así engendrados no eran viables. El sabio general señala, de una manera sobria y científica , que desde el punto de vista militar es una difícil misión destruir la fuerza vital del enemigo por caminos biológicos, por medio de la pulverización a distancia. El tipo de reproducción natural de los entianos se ajusta a estos planes, pero el meollo de la cuestión consiste en que una célula espermática demasiado anormal es rechazada por el óvulo, y sin embargo, células espermáticas no suficientemente patógenas tienen como resultado el nacim iento de niños que pueden ser curados. Proyectar una célula espermática que sea aceptada por el organismo femenino, pero que ocasione daños al desarrollo del embrión es a lgo que requiere un alto conocimiento y una producción de alto rendimiento (se hablaba de proyección, ya que ciertamente se trata de esto, y debe ser llevada a cabo en oficinas en las que se
encuentran especialistas, no sólo absolutamente responsables sino también muy des- tacados). Brevemente: lo que los cliv ianos habían empezado de una manera necia, los lústranos lo llevaron a la perfección, ya que estaban muy avanzados en la biotecnia o mejor, en la tecnobiología militar. N o obraron precipitadamente ni dejaron nada a medias, sino que somet ieron a los clivianos a un golpe tan masivo con el «arma de fertilización sucia», que en el transcurso de una generación desapareció la población de Zetlandia. Los embriones llevaron a la muerte a todas las cliv ianas capaces de engendrar. Según el general Brümmli, los lústranos utilizaron «fertiletales», fertilizadores letales que permitían la fecundación, pero que, s in embargo, convertían al feto en una hinchazón maligna que atacaba al organismo materno antes de que pudiera ser rechazado por éste. Los lús tranos implantaron entre ellos mismos determinadas técnicas de blindaje antinatales, porque temían ataques análogos procedentes de Clivia. Sin embargo, los expertos en armamento de allí se encontraban fuera de juego o no pudieron cultivar a tiempo inseminadores mortales parecidos.
Sin que pueda saberse cómo, llegaron rumores de esta catástrofe incluso a oídos de periodistas terrestres . Un tal Howard Pintel manifestó sobre el tema, en revistas de cien cia-ficción , que en Entia se estaban empleando «brigadas saltadoras contraceptivas» y «morteros intim idadores». Esto es una absoluta tontería, los enríanos no se multiplican como el ignorante periodista se imaginaba.
Por supuesto, hubo también intentos de destruir el equilibrio de la ecosfera, pero no fueron éstos los que dieron a Clivia el golpe genocida. Tampoco hubo en Lustrania ningún tipo de «abortadores militares» , ya que el servicio inter no de contraespionaje estaba compuesto de médicos y biólogos correspondientemente instruidos. Al final no pudo ocultarse la extinción paulatina de toda la población cliviana que se produjo en el transcurso de los años. Tampoco se habrían extinguido del todo si los lústranos no hubieran mantenido por encima del continente la correspondiente concentración de polvo mortal. Éste no se puede filtrar al cien por cien. Los cliv ianos intentaron salvar por lo menos una parte de la población
construyendo enormes bunkers subterráneos de protección, pero no lo consiguieron porque no estaban preparados para una acción de los lústranos tan exterminadora. Por otra parte, todavía hay algo poco clar o. No se sabe por qué, la temperatura anual media en el hemisferio sur descendió nueve grados en un intervalo de seis años. En el caso de que los lústranos hayan tenido alg o que ver con es o, mantienen silencio al respecto. Las ruinas de las ciudades clivianas se hundieron en el hielo y toda Zetlandia fue hundida a cientos de metros de profundidad en el hielo perpetuo. Un siglo después se calentó de nuevo el clima del hemisferio sur, pero nunca más volvió a alcanzar las temperaturas de la época anterior a la gran guerra.
El doctor Brümmli cita en una observación la opinión de un colega anónimo, expuesta de una manera muy sensata: «Quien se enfrenta a un insecto molest o, un reptil o un ratón y por fin atrapa a la molesta criatura y no la mata rápidamente, al observar su agonía se deja llevar por el pánico y quiere acabar con ella enseguida, como sea. La agonía produce horror y asco al mismo tiempo, se quiere acabar con ella enseguida y para ello cualquier medio es justo». Puesto que creo que en esto hay algo de verdad, añado lo siguiente de mi propia cosecha: puede que los lústranos no hubieran esperado un efecto tan horroroso de sus genoplanos, como las armas eran llamadas también por algunos expertos teniendo en cuenta la capacidad de vuelo y de planear del polvo engendrado^ pero pusieron en su arsenal todos los medios que tenían para exterminar de raíz a los clivianos , aunque a lo mejor originariamente no era ése su propósito. Posiblemente, sólo querían debilitar al enemigo, atacar su nervio vital, com o los conflictólogos lo llaman en su lenguaje especializa do; obligarlos a rendirse, a llegar a un acuerdo, a una tregua o a terminar la guerra, pero la extensión de la muerte organizada (Clivia tenía un número de habitantes que se contaba en millones) hizo prácticamente imposible cualquier entendimiento entre vencedores y vencidos. Ésta era en todo caso la opinión del general Brümmli y de sus colegas . El arma biológica de tipo genético —según una nota de Brümmli— arrastra tras de sí fácilmente un efecto de autoescalación. Incluso una simple epidemia bacteriológ ica es más fácil de poner en marcha que de detener. El general catedrático describe estas
armas como no regulables. Los entianos habrían preferido sin duda utilizar contra Clivia armas a distancia muertas, de las que, sin embargo, en el momento en que el conflicto entró en una fase crítica, no disponían. Ambas partes se encontraban en aquellos tiempos t odavía en el umbral del ordenador en su carrera armamentista. En realidad, Brümmli tiene mucho que decir en cuanto a esto, pero nada en absoluto sobre el Estado ases inado, que tiene que agradecer a su Ka-Undrium (el general lo llama «KON-UNDRIUM»), el duelo suicida con un enemigo más fuerte.
Estaba aturdido por esta revelación como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. Ya me había hecho mi idea de los curdlanos y los lústranos, por supuesto no idílica , pero sí bastante inocente, e incluso en aquello que no era capaz de comprender. El hiloísmo parecía obligar a los lústranos a una política de paz, y la extravagancia del Estado Andante curdlano se podía entender como un modo, común allí, de armonía con formas de vida más rústicas . Sabía ya t odo esto, tanto de unos como de otros, y de golpe no me quedaba más remedio que ¡no sólo corregir mis esquemas sino sustituirlos por otros completamente nuevos! Probablemente Curdlandia sufrió, incluso mucho, durante la guerra, aunque no perteneciera a las partes contrincantes. El viento, que hace avanzar las nubes de polvo engendrador, no respeta fronteras de Estado. Esta es de nuevo una suposición lustrana. Curdlandia misma nunca ha reconocido pérdidas debidas a la guerra. En realidad, la historia de esta guerra es un laberinto diabólico. Los dos Estados que sobrevivieron guardan bajo llave determinados acontecim ientos e informaciones internas y se sir ven de distintos sistemas con divers os grados de encubrimiento del secret o. P or eso, apenas resulta sorprendente que la información que lleve el sello de mayor grado se mande al éter cósmico. Sobre todo por este canal, sin embargo, el M iniste rio ha podido llenar las salas de su biblioteca con miles de tomos. Las fuentes, muy exiguas, sobre la gran guerra me plantearon más preguntas que respuestas obtuve. ¿Por qué fue cubierta Zetlandia con hielo interior? ¿Por qué, com o da a entender el general Brümmli, los lústranos que fueron los causantes, después de transcurridos trescientos años desde el conflicto global, todavía mantienen el hielo que se encontraba sobre las ruinas de
las ciudades clivianas? Como explicación se impone pensar que los lústranos no desean el descubrimiento de estas ruinas y prefieren ver enterradas las huellas del asesinato de un pueblo bajo hielo; pero también hay que pensar que las temperaturas anuales medias de la totalidad del planeta descendieron dos grados debido al en- friamiento sufrido tras la guerra, lo que en el territorio lustrano ha de tener un efecto negativo. ¿Es posible que un gran Estado sea tan poco olvidadizo que durante siglos se avergüenza de su crimen de guerra?
Sin embargo, de todo ello extraje un consuelo silencioso, ningún motivo para la jactancia, s ino más bien algo del t ipo del placer secret o que nos invade cuando nos enteramos de que personas consideradas de ordinario honorables y respe tables no son mejores que nosotros.
III. EN CAMINO
ESTAMOS EN OCTUBRE, LAS EST RELLAS SE HAN VUE LTO MÁS AMARI LLAS, ha refrescado, y me encuentro en pleno vuelo. No diré que me hubiera sorprendido menos mi muerte que esta expedición, pues presentía desde el principio que la amabi- lidad fuera de lo común del consejero privado estaba relacionada con la asistencia. De todas formas, ahora ya da igual, pues ¿qué habría hecho yo en la nave con una asistenta? ¿En qué me habría podido asistir? En cualquier caso, ahora me encuentro en la ruta de la constelación de Aries, llevo una semipiel, cosa que, dentro de lo que cabe, pega bastante, ya que viajo como semicorreo diplomát ico. Con esta definición se descolgó el Departamento para la Profilaxis de Conflictos, tras unas deliberaciones tan dolorosas com o un parto. Ni como correo plenipotenciario, ya que todavía no se han intercambiado embajadores con Entia, ni como turista particular, ya que no se trata de un informe para la próxima edición de los, Diarios de las estrellas, s ino de evitar un incidente, como concluyó el módulo del Instituto de Máquinas de la Historia. Se espera como resultado de m i viaje lo que los juristas definen como culpa anulada, y los futurólogos, en cambio, com o pronóstico de autorretractación. Voy a transmitir la pura verdad. Las ediciones anteriores serán retiradas a escondidas de las librerías y yo nunca más volveré a ser autor de una piedra de escándalo. No sólo escr ibo est o en la semipiel sino ade más, semidormido, así que no sé hasta qué punto puede hablarse de ser autor de una piedra. Tratándose de piedras en los riñones o en la vesícula quizá funcione, ¿pero en el caso del escándalo? Mis pensamientos tropiezan en la mine- ralogía metafórica . Quería consultar en el diccionario de pala bras extranjeras, pero al
hacerlo se me cayó la plancha en el pie. Maldije la gravedad artificial de estos cohetes modernos y juré por todos los santos que las expediciones primitivas , en las cuales uno flotaba como un espíritu por el interior de la nave, habían sido mucho mejores.
En aquellos tiempos, s iempre había renunciado a colgar el saco de dormir en la pared, primero, porque al levantarme era muy difícil descolgarlo, y, segundo, porque encontraba muy divertido saber dónde me echaba a dormir (o mejor dónde empezaba a flotar) y sorprenderme siempre, en las lóbregas horas de la mañana, por el lugar en el que despertaba. El saco de dormir me llevaba de acá para allá, a veces encallaba en el anaquel de los libros y cuando me despertaba por el golpe, sacaba de debajo de la almohada una lámpara portátil, cogía uno de los libros , cuyas hojas aleteaban como una bandada de pájaros asustados, y empezaba a leer siempre con la curiosidad de saber qué lectura me había deparado el azar nocturno.
La fuerza de gravedad artificial sólo tiene un aspecto positivo, y es que en las primeras semanas después de volver a la Tierra no se hacen tantos destrozos en casa. Quien está acostumbrado a dejar el vaso simplemente junto a sí en el espacio mientras presiona la pasta de dientes sobre el cepillo, para encontrarlo de nuevo allí con toda seguridad, automáticamente hace lo mismo en la Tierra, e igual ocurre con los cuencos de caldo y los platos, de manera que hay que estar barriendo añicos constantemente.
En lo que se refiere al espiritismo de los via jes espaciales, ya me he reído de todos los que juran que hay fantasmas entre Betelgeuse y Antares. Eso no son fantasmas, sino s imple y llanamente piezas de ropa puestas a secar. A veces, oye uno roer y mordisquear y siente un alegre entusiasmo ante la idea de encontrar en un ratoncito un compañero para la soledad. Por supuesto, un ratón , libre de la fuerza de gravedad, pierde su autocontrol y aparece entonces en los sitios más impensables; y como podría contar muchas cosas al respecto, en este caso estoy a favor del progreso.
Me había hecho instalar, por cierto, un discuter en la nave, que, como su nombre indica, debe servir para sostener conversaciones. El profesor Bourre de
Calance se empeñó en conseguirme la versión más moderna con memoria múltiple. Además me mandaron los modelos de todas las personas con las que me gustaría hablar. Es sorprendente lo sim ple de la idea de este aparato y lo mucho que ha tardado en ocurrírsele a alguien: se elabora un retrato bioeléctrico de la persona deseada, se descompone en bits y se convierte en un programa. Después se introduce simplemente el cassette en el discuter y se deja oír la voz del sujeto en el aire. No se trata de ningún tipo de persona, así que uno puede apagarlo en cualquier momento sin avergonzarse, cambiarlo por otro cas sette o irse a la cama. Claro que en estas circunstancias hay que mantener un cierto mínimo en cuanto a decencia y a savoir- vivre, no porque pueda ofenderse al programado (cosa imposible puesto que se trata sólo de un extracto de su ra zón), s ino porque hay que observar siempre unas determinadas formas en el trato, aunque sea por amor a la higiene mental.
Está bien tener a bordo una psycoteca como ésta, pero tampoco hace daño saber manejarla correctamente. Por poner una comparación sencilla, cada libro de cocina cont iene toda la información necesaria para la elaboración de una tarta de avellanas. Las tartas horneadas por dos amas de casa distintas siguiendo las instrucciones de esta receta pueden, sin embargo, parecerse tan poco como una misma pieza de Chopin interpretada por Rubinstein y por mí. La receta lo contiene todo, s in embargo, está muerta y para que florezca hay que insuflarle vida. La producción pastelera en cadena, esto debe decirse claramente de una vez, es una forma de prostitución lucrativa y no una entrega por amor. La relación con el molde de la tarta debe ser individual e incluso estar animada por una conciencia de transmisión; una obra de pastelería así, por lo tanto, garantiza que entre sus ingredientes, junto con las avellanas frescas , haya sentimientos dulces y puros, una intimidad tan virginal como s i desde que el mundo es mundo se entregara por primera vez a la paleta para tartas.
El ordenador discuter es una especie de libro de repostería de este tipo: visto de una manera formal, lo contiene todo. Pero este tod o no depende de nada; a este
todo, todo le da igual. Sólo el modelo de un hombre concreto hace uso intelectual de estos depósitos pasivos de información, y transmite sabiduría. En una palabra: se trata del estilo. Me había archivado un par de lumbreras de la lustranística, y aparte, a Bertrand Russell, Popper, Feyerabend, Finkelstein, Shakespeare y al mismo Einstein.
El vuelo a través de nuestro sistema solar fue para mí, como de costumbre, fascinante, había programado la ruta de manera que pudiera contemplar Marte, por el que desde la infancia siento debilidad. También cuando pasaron por fuera los viejos planetas del trueno, Júpiter y Saturno, me encontraba ante el ojo de buey. Siempre pienso que en su debido momento, aunque sólo sea una vez, debería poner los pies en ellos, pero ¿de qué sirve? Con estas respetables glorias me pasa como con el museo de mi ciudad natal: como lo puedo visitar en cualquier momento, prefiero viajar a Italia...
Me había alejado finalmente algunos meses luz del Sol, de la Tierra y de Suiza, donde el caso Küssmich contra Tichy todavía no se encontraba listo para el juicio, ni lo estaría durante mucho tiempo. Ahora tenía que pensar en algo que hacer. Ésta es una cuestión delicada que hasta ahora había eludido penosamente. Sin embargo, alguna vez hay que enseñar las cartas: ¡un viaje espacial apesta intensamente a cárcel! De no ser por los ojos de buey uno podría imaginarse realmente que está encarcelado no para uno o dos años, sino para veinte. Y ¡ni hablar de paquetes de casa, visitas de familiares o reducción de la cadena por buen comportamiento! Entre un viaje espacial transgaláctico y una sentencia a prisión, antes había una diferencia palpable en la falta de gravedad de las primeras naves, que actualmente se ha eliminado. N o es de extra- ñar que haya naturalezas particularmente predestinadas para este tipo de viajes. La idea de un teórico de reclutar las tripulaciones de las naves espaciales entre los condenados a cadena perpetua de las secciones de alta seguridad de cárceles terrestres no era tan descabellada como se consideró en su día. Puedes estar de pie, sentado o flotar junto al techo, estás metido entre cuatro paredes, es decir, en chirona, y no es ningún consuelo que fuera, en lugar de paredes y guardianes, esté el espacio vacío. De la cárcel se puede escapar, por muy perfecta que ésta sea, pero ¿adonde
quieres ir si te bajas de un cohete que está colgado entre las estrellas? Ésta es la parte oscura de mi trabajo, con la que hasta ahora no me había querido enfrentar nunca. Per áspera ad astra, que traducido en prosa significa: el camino hacia las estrellas pasa por un encarcelamiento de muchos años.
Ciertamente yo lo quise y no quiero otra cosa. También esta vez me puse terco ante el consejo del MAE y negué tener ganas de viajar, pero sólo lo hice para que no se pusieran megalómanos y pensaran que podían tratarme como al chico de los recados galáctico. En realidad, ya desde el momento en que crucé el umbral de la biblioteca, lo deseaba.
Ya había desaparecido mi querido y viejo Sol, desleído en la negra sopa de la nada, y me vi invadido por unas tangidas ganas de bostezar, que ya conozco muy bien, las siento con frecuencia, así que consideré necesario t omar rápidamente una decisión: dormir o utilizar el discuter.
Un sueño de cientos de años no es ninguna tontería; es cierto que se ahorra en comida, lo cual tiene su valor , pero hay un montón de preparativos indispensables. Puse el despertador a cinco millones de millas de distancia de Entia y me dediqué a la gran limpieza, aunque tenía claro que en un tiempo tan largo todo volvería a ensuciarse. Lo más molesto es siempre el despertar: la barba, una gigantesca escoba de paja; el pelo, hasta las rodillas; las uñas como espadas. Siempre dejo a mano unas tijeras y la máquina de afeitar; la última vez lo olvidé y , maldiciendo y enredándome, en mi propia barba tuve que revolver la nave de arriba a abajo. ¡Quién habría pensado que sin las herramientas del peluquero no puede haber ningún viaje espacial!
Al abrir el armario de la ropa comprobé que las sábanas estaban rígidas como tablas, a pesar de que había advertido encarecidamente a la asistenta que vigilara en la lavandería. Lleno de ira, desdoblé las sábanas pegadas por el almidón. Comprobé que en las fundas de las almohadas no hubiera botones que pudieran dejar su visible huella en la mejilla del durmiente. Cualquier astronauta debe cuidarse de ello, ya que
tras un sueño de cientos de años presentaría una fisonomía extrañamente estampada, y los habitantes de las estrellas desconocidas podrían tomar ese negativo del botón por un elemento integrante de la cara humana. Estaba ya preparando el repugnante brebaje necesario para la hibernación cuando de repente se me quitaron las ganas.
¿Para qué tenía en definitiva ese ordenador junto con el accesorio personal y ese montón de celebridades almacenadas en cassettes? Di un repaso a las ca ssettes. En cada una estaba el nombre, debajo las instrucciones para el uso e impreso en rojo LIVE O POST MORTEM. La cassette de Shakespeare, naturalmente, llevaba la inscripción POST MORTEM, la del abogado Finkelstein LIVE ya que éste vivía , mientras que el otro estaba muerto. Pero ¿qué importancia tenía eso al escucharlas?
Hojeé las instrucciones de uso del personalizador y me enteré de que la personalidad del muerto se extrae de las obras acumuladas, lo cual tiene por consecuencia, entre otras cosas , que el resucitado no habla como lo hacía en vida, sino que habla como escribía. De los líricos, por tanto, se oye exclusivamente lírica. Como es corriente en los follet os de instrucciones, también aquí había un montón de expresiones técnicas incomprensibles y de vaguedades del mismo tipo que la advertencia de que alguien es tanto menos «enseñable» cuanto más tiempo hace que está muerto, por consiguiente no se recomienda llevar a cabo una resurrección de personalidades marcadamente caducas. Esto, en todo caso, queda para los histo- riadores, ya que de lo contrario nadie podría mantener una conversación con aquellos seres a menos que dispusiera de un explicador. N o podría asegurar que esto me hubiera aclarado algo, así que introduje en el ordenador, tras una breve reflexión, la cassette de Rupert Trutti. De un Professor of Computer Science cabría esperar las explicaciones necesarias.
Presioné el botón GO, me senté y escuché una agradable voz de barítono, algo sorprendido de que, en vez de esperar mis preguntas, empezara como si le hubieran dado cuerda.
—Soy Rupert Trutti, del Massachusetts Institute of Auro-futurology , y me dedico, como indica el nombre de mi centro docente, a la pronostica de pronósticos, es decir, la investigación de aquello que en un tiempo de pronóstico de varios siglos se elabora en pronósticos. Le informo cordialmente de que, como cas settón que soy, puesto que así se llama comúnmente a las personas almacenadas en cassettes, puedo utilizar ilimitadamente el almacén de memoria del ordenador al que estoy conectado.
—Precisamente, profesor —se me ocurrió decir—. ¿Por qué usted puede y no, en cambio, personas que murieron hace mucho? He leído en las instrucciones...
—Para averiguar algo, antes hay que saber algo —replicó Trutti—. Aver iguar significa meterse en la cabeza algo que se ha oído, s in que por ello se a ltere un determinado orden. Por eso no se guarda ningún recuerdo de las primeras vivencias de un lactante, porque a esa edad todavía no se sabe nada. De la misma manera, mi muy honorable resurrector, cuanto más enterado está uno de su propia época, tanto menos puede enterarse de la siguiente, ya que tiene el cráneo repleto de trastos viejos. Con ellos queda claveteado y atornillado ya que la santa verdad de ayer, hoy sólo es prejuicio y conversación vana. Yo soy cifrónico, aunque también puedo utilizar otras zonas del ordenador a las que usted me ha conectado. De todas formas, también sé algo de biología, psicónica y física, por lo que también sé lo que es la expertolisis y la despertolación. Ahora conecte usted también a Platón aquí y se con vencerá de que éste no puede familiarizarse con nada de todo eso...
—¿Qué significa eso? —pregunté, con curiosidad.
—Expertolisis es la disolución de la expertosidad por medio de olas de información; despertolación es la reacción de descomposición de expertos, una incapsulación por miedo. En lo que se refiere a la expertolástica...
Tal vez fue muy poco amable por mi parte, pero tuve que desconectar al profesor. Temía que con sus explicaciones posteriores oscureciera lo que acababa de esclarecerme.
Allí me encontraba yo, sentado frente a mi montón de cas settes y rumiando cómo p odría componer un grupo de eru ditos cuya discus ión me ocasionara un agradable placer intelectual. Ya no volví a pensar en la hibernación. ¡Cómo iba a hacerlo! Tenía la ocasión de charlar con los mayores intelectos de la historia e ¿iba a perder un par de siglos durmiendo? Cogí las cassettes de Bertrand Russell, Karl Popper, el abogado Finkelstein (un espíritu minorum gent ium, pero quería tener en la reunión a un conocido que me caía simpático) y —a pesar de todas las advertencias del profesor Trutti— tam bién el de Shakespeare. ¡Habría jurado que había encargado una cassette con Einstein, pero a pesar de que vacié todas la s cajita s por el suelo sólo encontré a Feyerabend! Furioso porque ya no podía hacer ninguna reclamación (a
,todo esto ya estaba a una distancia de la Tierra de trillones de millas), lo preparé todo para la discusión, es decir, puse palitos salados y tónica a mi alcance s obre una mesa, me coloqué un almohadón detrás de la espalda y conecté el ordenador. Cuando ya me lo había comido y bebido todo y todavía no había oído nada, me extrañé y finalmente me di cuenta de que mis compañeros de viaje almacenados en cassettes sostenían desde hacía rato una acalorada discusión, s ólo que no había conectado el son ido. Regulé lo necesario y se oyó la voz de Bertrand Russell:
—La inteligencia, señor Feyerabend, es el esfuerzo al ser vicio de algo, y la más brillante puede utilizarse para las cosas más tontas. La sabiduría, sin embargo, implica la elección de esas cosas por sí misma.
—Me tomo la libertad, milord, de contradeciros —respondió a esto Feyerabend—. La sabiduría es más bien el propio conocimiento en el sentido clásico y, expresado más en consonancia con los tiempos , el descubrimiento de las lagu nas y mellas en el propio entendimiento. Esto es obviamente socrático. Los idiotas , eso lo
sabe todo el mundo, creen que lo saben todo. Un idiota, y más si es un completo idiota, enseguida está dispuesto a aceptar la propuesta de ser presidente de los Estados Unidos; un hombre prudente primero lo pensará; y un sabio preferirá tirarse por una ventana. Un fuerte concentrado de inteligencia tiene un efecto paralizan te y hace incluso enmudecer, aunque achaco el silencio de Wittgenstein a otros motivos.
—De su elocuencia hay que concluir, señor Feyerabend, que usted no está amenazado por un exceso de sabiduría —dijo Russell—. No sólo las personas actúan como tontos , hay también sistemas filosóficos estrechos de miras que se derivan de un fenómeno que yo describiría como efecto de la monumentalización histórica de un sujeto cualquiera. Hubo una vez un rey inglés que quería, por un lado, seguir siendo religios o, mientras que, por otro, anhelaba acostarse con una mujer a la que no tenía derecho. ¿Qué hacer? Como no podía cambiar nada en sus deseos, modificó la religión. Se separó de Roma y así surgió la Igles ia Anglicana. Cualquiera que haya leído mis obras sabe que Hegel pertenece, como pensador, a la especie de los llamados charlatanes oscuros. Precisamente a este hecho debe agradecer su duradera po- pularidad, que en los últimos cien años sin duda ha disminuido un poco. El tonto evidente es menos dañino que el oscuro, cuyos espumarajos mantienen oculta la luz. Me he permitido indicar esto en mi Histor ia de la Filosofía Occidental y, por supuesto, jaurías de tontos ofendidos han clavado sus dientes en mi pantorrilla. No t iene más que tomar, por ejemplo, a Dewey. Lamentablemente, no sólo está uno obligado al savoir-vivre en la Home of Lords sino también en la polémica con filósofos , de manera que hasta después de la muerte no puede uno permitirse decir toda la verdad sin rodeos. Así y todo, siempre he hablado en favor de esta verdad y ello me ha costado parte de mi salud. Quien establece un nuevo sistema filosófico da a entender que cree haberse acercado más a la verdad que todos los demás hombres anteriores a él. Una propuesta de este tipo insinúa que su autor no puede ser superado en inteligencia. Pero el grado de dispersión con el que la inteligencia se reparte en una sociedad afecta asimismo a los filós ofos y, por lo tanto, también hay entre ellos un considerable número de estúpidos. Encontré interesante que todas estas observaciones mías, ab-
solutamente generales, desencadenaran un número tan importante de desorientadas reacciones...
—¿Dónde se situaría usted, milord, en esa curva de dis persión de la inteligencia? —preguntó Feyerabend en tono inocente.
—Por encima de usted, si tengo que ser objetivo. Yo he entendido todo lo que usted ha escrito, mientras que usted no ha entendido lo mío en absoluto o, por lo menos, lo ha desfigurado extraordinariamente.
—Sí, pero usted ya estaba muerto cuando yo publiqué.
—Estaba almacenado en cassette cuando lo le í. Usted ha adoptado cosas m ías. En ello no habría nada censurable simplemente si reconociera quiénes son sus maestros.
—Dado que sólo aparezco aquí como un mero extracto intelectual —comentó Feyerabend—, hago notar que me gustaría que se supiera que acompaño mis palabras con un ligero encogimiento de hombros y una indulgente sonrisa. Lord Russell hizo un gran esfuerzo por darle al pastel de la filosofía un bocado más grande del que podía digerir.
—Esto lo ha plagiado usted de Quine —observó fríamente el lord.
—Lo siento, pero no puedo acompañar todas mis manifestaciones de un comentario bibliográfico —respondió Feye rabend algo molesto— , Lord Russell, que después de muerto todavía es menos amable que en vida, no me deja terminar ninguna frase. Lord Russell no sólo ha comido más de lo que puede digerir, sino que además se ha abalanzado una y otra vez sobre el pastel desde otro lado, como s i la ontología general fuera una sara o un crocant del cual sólo se picotearan las almendras.
En ese momento se dejó oír una voz profunda y pensativa.
—Einstein comparó esta situación a una tabla de madera en vez de a una tarta
—dijo Karl Popper—. En su opinión, los tontos buscan siempre el lugar más débil para taladrar en él el mayor número posible de agujeros. Los genios, por e l contrario, lo intentan en la más dura roca primitiva.
—Sin duda, la última frase es de usted, lord Popper —aseveró Feyerabend con sarcasmo—. Suerte que en la filosofía no hay ni grados ni escalafones, de lo contrario yo, flanqueado por dos lores, ni siquiera podría abrir la boca. Opino que la erudición y la educación deberían equilibrarse. Demasiada erudición arrastra al pantano agarrado por las piernas a un entendimiento pequeño. En cambio, un espíritu que no carga con el bagaje de un sólido conocim iento pierde pie y mariposea, la mayoría de las veces, hacia ficciones irresponsables. Lo más importante es el dorado camino intermedio. Aunque no considero que a eso se ajuste la táctica basada en la utilización exclusiva de la autocita, por lo menos cuando se emplea de esa forma ma lvada con la que algunos se apartan del contenido de la discusión y se remiten exclusivamente a desafíos antiquísimos, en notas a pie de página, indicando que en algún momento ya prestaron atención a esa cuestión . El lector , en tal caso, debe hacerse con una colección de la Opera omnia del autor, porque no podrá leer ni un pequeño articulito de éste sin verse mandado de la ceca a la meca por las observaciones y notas a pie de página. Considero que hoy en día eso es exagerar.
—Me temo que míster Feyerabend se refiere a mis honorables colegas de la Cámara de los Lores —dijo Russe ll—. Algo de eso había, pero ¿podríamos dejarnos ya de alusiones ofensivas adpersonaml En esta fría tumba de cassette he meditado mucho sobre mi teoría de los tipos. No sólo es aplicable a la lógica sino también a la ontología. Hay prejuicios ontológicos , de forma semejante a como hay prejuicios favorables de este tipo también en Manne. Yo personalmente prefiero a las rubias y tenía mis problemas, ya que las rubias no siempre me prefirieron a mí. Puede que también haya
distintos TIPOS de conocimiento. Esto lo digo, naturalmente, como ejemplo. Por cierto que esta objetivación, EL MODELO, me parece, referida a nosotros, muy poco acertada, siendo como somos del sexo masculino, aunque muy en pluscuamperfecto.
—El modelo empaquetado en cassette: ¡El paquete! —dijo Feyerabend. Se reía bajito e irónicamente, pero después estalló en carcajadas tan sonoras que el amplificador silbó.
—¿Qué encuentran tan gracioso en mi pequeña observación term inológ ica? —
preguntó Russell.
—¡Ah, nada! —contestó Feyerabend todavía con voz ahogada—. Sólo que me he acordado de alguien de un rubio oscuro, porque milord...
—¡Señores! —dije con cierta desaprobación—. Me atre vo a llamarles la atención sobre el hecho de que estas cassettes me costaron más de 9-000 francos
¡Francos suizos! Por medio de ellos anhelaba ser iniciado en los altos fenómenos del ser. Tenía la esperanza de que ustedes, por supuesto en sentido figurado, me tendieran una mano para ayudarme. Espero, a pesar de que en el aspecto intelectual me encuentro muy por debajo de ustedes, los frutos del trat o durante siglos con intelectos semejantes y, ¿qué es lo que oigo?, la vieja canción: rubia o morena.
Bertrand Russell encontró una pronta respuesta.
—Quien quiere viajar debe proveerse de buenos caballos y engancharlos correctamente delante del carruaje. Pues bien, míster Titschi —¡cómo pronunciaba mi nombre!—, nosotr os n o s omos caballos de tiro y no estamos en absoluto acostum- brados a marchar enganchados. Cada uno de nosotros t omó por un camino dis tinto dentro de la filosofía . Si realmente lo que le importa a usted es la información, por favor, desconecte a mis estimados colegas.
Se elevó un coro de protestas e indignación. Grité para hacerlos callar y les pedí que se manifestaran sobre la etosfera entiana. Así lo hicieron.
—Estos hijos del mundo de los pájaros parecen haber conseguido crear la llamada etosfera —opinó lord Russell—, pero con ello han construido a cada uno una jaula invisible e individual, camisas de fuerza invisibles en un número enorme. Cualquier esfuerzo más o menos poderos o por la dicha general termina con la construcción de prisiones. Sólo la idea es ya una ilusión irracional del sentido común.
—Siempre lo he dicho —explicó lord Popper con v oz fuer te y decrépita—. Corruptio optimípessima y etcétera. El espectro de los estados sociales se encuentra en el eje entre la socie dad cerrada y la abierta. En el extremo izquierdo se sitúa la tiranía totalitaria que reglamenta todo lo humano, hasta el contenido de las canciones que pueden cantarse en los parvularios. En el extremo derecho está la anarquía. Las demo- cracias se encuentran más o menos en el centro. Es evidente que los entianos han intentado unificar los extremos para que cada uno pueda vivir en una sociedad al mismo t iempo cerrada y abierta. Puede volverse loca de alegría a v oluntad, pero está metida en una burbuja invisible de mandamientos inquebrantables. Podría llamársele tirarquía, pero de ahí no puede salir nada bueno. Imagino que hay allí más dolor y aflicción que en ninguna otra parte.
Yo estaba sorprendido.
—¿Cómo es eso, milord?
—Quien está metido en la cámara de tortura de un Esta do policial, por lo menos puede tener la esperanza de construir un mundo feliz con otros hombres cuando acabe la tortura. Pero quien es mimado continuamente bajo supervisión estatal por esta llamada cultética no pensará nunca en huir, sencillamente no hay nada a donde escapar. Sólo pueden soportarse los estados de agregación social medios.
Feyerabend pidió la palabra.
—Donde no reinan LAW AND ORDER, triunfan los dientes y la s garras, y donde reinan LAW AND ORDER desde la cuna al sepulcro, la desgracia es la misma, s ólo que tiene otro sabor. Lord Popper debería haber considerado en su apología de la sociedad abierta que ésta es una buena definición para una situación en la que hay perros grandes y pequeños que se ladran unos a otros pero no deben devorarse. Como un inocente niño me trago la historia fantástica de un mundo futuro en el que madres de familia se reciclarán como profesoras de limnología y los porteros se convertirán en profesores de teoría general de la unidad, mientras otros podrán dedicarse a una actividad creativa, con lo que el arte alcanzará un insos pechado florecimiento. Sólo cabe asombrarse de la cantidad de gente, considerada inteligente, que se toma en serio tal disparate. La mayoría de las personas no tienen el menor inconveniente en pasarse la vida guardando tacitas viejas de porcelana, se interesan por la flamante taza de sus baños y sólo piensan en el más allá cuando el médico responde a sus apremiantes preguntas con evasivas . La total automatiza ción tendrá por efecto una nueva edición del conocido VIAJE AL INFIERNO de la Edad Media. Los camin os que allí conducen son distintos, unos cubiertos de rosas , otros untados de miel. La sociedad abierta sólo aventaja a la cerrada en una cosa, en que se puede huir de ella de una manera más fácil. Adonde, ya es otra cuestión muy distinta, pero, en cualquier caso, se recuerda mejor la patria teniendo libertad para volver que cuando se sabe que allí hay una puerta enrejada y claveteada. Por lo menos así lo creo yo.
—¿Dónde he escrito yo que la sociedad abierta sea la ideal? —preguntó Popper indignado—. Soy escéptico, y un escéptico se refiere siempre al mal menor.
—Lástima que usted no se diera por satisfecho con ello —dijo Feyerabend—. Su concepción del conocimiento cien tífico no se s ostiene. Yo mism o lo he demostrado, aunque, por cierto, no he sido el primero ni seré el último.
—El propio Einstein me dio la razón —empezó a replicar Popper, pero
Feyerabend no le dejó terminar.
—Acerca de las cir cunstancias en las que Einstein, hombre de muy buen corazón, lo hizo, milord, ha escr ito usted con tanta frecuencia que sería suficiente dar la correspondiente referencia bibliográfica. Como el doct or Chippendale me contó, Einstein padecía entonces terriblemente a causa de la migraña y se encontraba aturdido por el efecto que, como todo e l mundo sabe, produce la ingestión de un gran número de pastillas para el dolor de cabeza.
Popper no dijo nada más. Estaba ofendido. Finalmente, Russell rompió aquel silencio.
—Mi honorable colega filósofo de la Ho use of Lords, tuvo usted la desgracia de nacer para ser un filósofo sistemático cuando el tiempo de los filósofos sitemáticos ya había pasado. Hay que enfrentarse a la verdad, colega Popper. Mister Feyerabend es un extremista anarquista moderado en la teoría del conocimiento; yo soy un categorialista en el estilo ana lítico, libre de imperativos y anti-intuit ivo; y lord Popper es el creador de algunos conceptos agudos y además un evocador no sincategorimático de albóndigas neutralizadas ontológicamente en una Sauce a la Circulus Vindobo nensis. Una herencia, por tanto, de aquel círculo en el que Wittgenstein dejó brillar su luz hasta que renunció y colgó los hábitos. El sincretismo eclecticista de los escritos del señor Popper...
—¡Usted ha cambiado de opinión con más frecuencia que de calzoncillos ! — gritó enojado lord Popper, completamente fuera de sus casillas sociestáticas— . Lord Russell, le pre gunto qué le ha quedado a usted de los años de la primera juventud. Los Principia Mathematica, tres tom os, en los que usted durante años trabajó con denuedo. Pues sepa usted que Tschuang Wen o uno de esos Ping Pong, soy incapaz de aprender los nombres chinos, ha programado un ordenador que efectúa la demostración de todos esos famosos Principia de Bertrand Russell en el transcurso de
ocho minutos , con la ve locidad media, por tanto, de un suicida que se tirara p or la ventana de un piso noventa, por supuesto en Júpiter, cuya fuerza de gravedad, como todo el mundo sabe, es superior a la de la Tierra en la misma cantidad en que la asistenta de míster Tichy se equivoca a su favor en las cuentas de la lavandería.
Esta última observación la encontré tan chocante que hice un increíble esfuerzo y abrí de hecho los ojos . Ignoraba en qué momento me había abandonado al cansancio, aunque me avergonzaba reconocerlo. S in embargo, no me había perdido nada; discutían, pero no com o yo había imaginado. Para espolearlos un poco, introduje a dos lustranistas en el discuten Uno se llamaba Bionysos Röhren y el otro Pierre Saumon. Sin duda bajo la influencia de esa torpeza de espíritu que se adquiere tras una larga estancia en el Universo, se me ocurrió que si el segundo de ellos fuera de origen indio tendría el nombre de guerra de Salmón Roncador.
El profesor Salmon, un conocedor de la filosofía lustrana, enseguida demostró ser una positiva aportación a la ter tulia. Com o nos explicó, desde el siglo XXII la filosofía era de carácter subjetivo-relativista pero objetivamente aplicada. Dicho de otra manera, en la Tierra el sujeto, es decir, e l filósofo, es un hombre, mientras que en Entia las máquinas, y hasta los volcanes, también pueden filosofar. Determinadas formas de las menses arrastradas por el viento se acumulan en el borde de la troposfera formando cirrocúmulos y nimbostrat os altamente inteligentes que no tienen nada más que hacer que ahondar en el sentido de la vida. La época que estuvo bajo la influencia de Ax Titirax, aquel pensador iconoclasta que todavía en el lecho de muerte estuvo rodeado por fieles discípulos y por la policía , fueron tiempos que ya no volverán. Los problemas de si la autoridad debe ser ejercida así o asá pertenecen igualmente al pasado. El auténtico dile ma surge para los filósofos cuando el bienestar adquiere dimensiones preocupantes. Cuando las cosas desagradables son cada vez menos y las agradables cada vez más, se sigue la lógica consecuencia de que el Optimum cubre un máximo de plenas libertades, placeres y diversiones y un mínimo de peligros, enfermedades y dificultades. El mínimo se aproxima a cero, o sea, ningún
tipo de trabajo, enfermedad o peligro; y el máximo se encuentra allí donde la dulzura de la vida se convierte en inacabable. El Optimum establecido con tal precisión es, sin embargo, insoportable para cualquiera. El progreso, en algún punto de su avance, se convierte en su contrario, pero nadie sabe cuál es ese punto. En esto estriba el llamado paradoxón de estira y afloja.
El profesor Röhren, que tomó la palabra después de su colega, nos demostró que la cuestión no era tan terrible como se suponía. En toda sociedad hay tetritas retritas, que sienten nostalgia de los llamados «viejos tiempos», sin embargo, un regreso al pasado no es posible. Muy al contrario, la etosfera tiene que elevarse a nuevos niveles de desarrollo. Por de pronto, se trata sólo de un proyecto, elaborado por el Consejo de Entofilios, pero, aun así, gubernamental. La idea básica es muy sencilla: en t oda sociedad hay una casta cuyos miem bros se adecúan al medio de una manera óptima. No es necesario siquiera que pertenezcan a una clase alta. Gracias a su propia naturaleza, realizan apasionadamente cosas que su tiempo considera grandes y costosas . En una época de expansión imperial son los conquistadores; y los comercian tes cuando, debido a este tipo de expansiones, se someten tierras lejanas. Son los científicos tan pronto como la ciencia está en cabeza; y los místicos en los tiempos de militancia de la Iglesia . También hay naturalezas que sencillamente no- pueden vivir en paz. No es necesario que ellos lo tengan claro, pero precisamente en momentos de necesidad general y de amenaza de gran guerra ganan extraordinariamente en influencia. Están asimismo aquellos que practican una entrega absoluta y viven de prestar auxilio a los demás, y los abnegados que sacan provecho de la renuncia. La his toria es un teatro, y los pueblos hacen de troupe. Cada papel encuentra a su actor, pero ninguna obra, nunca en la historia, ha dado lugar a que todos los actores destacaran. Quien ha nacido para las grandes tragedias tiene tan poco que hacer en las farsas como un enérgico caballero en una habitación Biedermeier. El igualitar ismo es un programa de vida en el que todos deben aparecer con los mismos derechos y en las m ismas escenas. Aquí nadie puede ejecutar un gran papel romántico, sencillamente porque no hay espacio para ello. Un infeliz con tales
pretensiones está condenado a tomar parte en una degustación de huevos duros, en la interpretación a violín, r odando hacia atrás, de un scherzo en la menor, o en cualquier otra locura que, por lo regular, sólo le revelará el abismo entre su afán y la realidad gimoteante. En suma, distintos tiempos exigen distintos caracteres , y siempre una im- portante parte de la sociedad actúa de telón de fondo para quienes forman el coro del destino. Sólo la pura casualidad puede hacer que el temperamento adecuado se encuentre exactamente en el correspondiente momento histórico.
Esto mism o puede expresarse también de otra manera. El mundo favorece tanto más a un individuo cuantas más posibilidades de desarrollo se ofrecen a sus circunstancias intelectuales específicas, pero no existe ninguna buena disposición universal que satisfaga con la misma intensidad a todos los tipos de naturaleza humana. Una posibilidad así la proporciona sólo el medio ambiente sintético. Este medio ambiente puede ofrecer a personas individuales un bienestar que está cortado y adaptado a la individualidad (en el caso de determinadas naturalezas que han nacido para vencer resistencias , incluso una cierta insubordinación del mundo, debe considerarse como una gracia). El medio ambiente por lo tanto va a serlo t odo: una provocación para los amantes del riesgo, un puerto seguro para los pacíficos , t érra incógnita para los espíritus emprendedores, una cámara de tesoros ocultos para los románticos ansios os de aventuras, campo de actividades para los desinteresados, campo de batalla para los estrategas, campo de fatiga para los diligentes. Por el momento no está claro t odavía qué es lo que este mundo debe hacer por los infames, ya que también éstos existen. Un examen profundo revela un enorme espectro de matices, tanto del valor heroico com o de la cobardía, tanto del deseo de saber como de la indiferencia, tanto del afán guerrero como del amor por la paz, y lo mism o es también válido para la maldad.
El medio ambiente, en consecuencia, debería ser agradable y al m ismo tiempo astuto, de manera que pudiera cortar a medida la tela de la vida como mejor le fuera a cada cual. Claro que entonces, aun cuando se disponga de todos los medios técnicos
para formar un medio ambiente que se adapte sin fallos a la naturaleza humana, existe una única pero grave dificultad: todos deben tener la sensación de llevar una existencia auténticamente propia, nadie debería sospechar que actúa sobre un escenario y que en cualquier momento puede marcharse. Nadie debe creer que está rodeado de decorados y que éstos han sido construidos especialmente para él. Cuando esto es una representación, o más bien un sistema de representaciones ofrecidas a muchos de los habitantes del medio ambiente, no debe haber retrocesos ni interrupciones, todo ha de transcurrir con una seriedad mortal, como en la vida, no como siguiendo las reglas establecidas de un juego de mesa. Ninguno de los jugadores puede abandonar el tablero para así, quizás, poderlo observar todo desde fuera, con un cierto distanciamiento. No debe conocer aquello que le está predeterminado, nadie debe atreverse a amañar el juego de acuerdo con reglas favorables a uno mismo u a otras personas, ya que esto son prerrogativas que en esas circunstancias se equipararían con las de Dios. De aquí se deduce una cuestión que es tan vieja como el mundo: ¿Quis custodiet ipsos custodies?
Pero ¿quién debe ser este Deus ex machina que cuida de los ángeles custodios de las personas individuales y que, también mediante estos vigilantes, se ocupa de una optimización de la existencia tan justa como completa? Detrás de cada respuesta a esta pregunta, a cuál más original, surge de la oscuridad el fantasma irremisible de la criptocracia , que hay que dejar fuera de combate para que la distribución de los destinos sintéticos esté completamente descentralizada.
Este problema sociotécnico s ignifica, traducido al lenguaje de la ciencia religiosa tradicional, nada menos que la puesta en marcha del panteísmo. Al criptócrata no se le puede visitar como a Dios, que se encuentra siempre en todas partes. ¿Pero qué pasa en esa armonía prefabricada cuando algo se destruye? ¿Quién se ocupa entonces de la reparación? Dado que, por lo general, también tiene que existir alguien que la proyecte y la ponga en condiciones de producir, este alguien, o el colectivo al que éste pertenece, está predestinado a jugar el papel de Dios en esta obra
de arte global existencial, públicamente, o lo que es más terrible, a escon didas. Provisionalmente sólo se habla de un cambio en fases de la etosfera normal a la criptoprovidencial. De nuevo, todo transcurre poco más o menos como en la Biblia: premenses engendran menses, menses engendran mensetes, y éstas fundan la tribu de las generaciones futuras hasta los estabilizadores compactos que se equiparan, por su fiabilidad autorregulable, a los elementos de la Naturaleza. Se convierte entonces en una auténtica creación recreativa dentro de la creación original cósm ica. Un camino ancho, repleto de obs táculos, cuyo objetivo, s in embargo, ¡ya es vis ible! Los optimistas creen que dentro de dos o tres siglos la paraisación de Lustrania será un hecho consumado.
Esta conferencia causó a los encassettados una impresión tan fuerte como negativa. Lord Russell explicó que la sola conciencia de un arreglo del destino tan enorme es una catástrofe para el entendimiento e incita a la rebelión. En esta sociedad completamente nueva hay que temer un número incontable de nuevas formas de locura, sufrimiento y desesperación. En este aspecto, inclus o Karl Popper estuvo de acuerdo con Russell, mientras que Feyerabend afirmó que no tenía que ser necesariamente tan malo: siempre hay cosas que son incluso peores que una felicidad general bien dosificada. Sin embargo, los otros no querían darle la razón, hasta que, de pronto, el abogado pidió la palabra. Hasta entonces se había mantenido en silencio, y yo pedí a los dos lores y a míster Feyerabend que dejaran exponer al abogado su punto de vista, a lo que condescendieron de mala gana.
—Señores —empezó Finkelstein— yo tan s ólo soy un insignificante abogado con una clientela más bien aburrida, exceptuando al señor Ijon Tichy, aquí presente, y durante toda mi vida no he leído tanta sabiduría como todos ustedes en un solo día. Sin embargo, ya que pertenezco a esta sociedad de cassettes, juntamente con ustedes, quiero añadir mi granito de arena.
»Mi padre, que en gloria esté, tenía en Czorków una libre ría de ocasión y mucho tiempo libre. En consecuencia, leyó a los filós ofos, y dejaba entrar el alcohol en su cuerpo sólo una vez al año. Se publicaba por aquel entonces en Lemberg la revista La templanza resplandecient e para la lucha contra el alcoholismo, y un redactor que conocía las elevadas inclinaciones de mi padre le pidió su colaboración. Mi padre, en respuesta a eso, afirmó que el alcoholism o es una cosa terrible y no debería existir. "Ustedes", dijo, "pueden desplegar todos los argumentos en contra, pero no va a servir de nada porque La templanza r esplandeciente no la leen los bebedores sino los abstemios que quieren sentirse reafirmados en su convencimiento de que son personas mejores que las demás. En el caso de que a un beodo le envuelvan el arenque en este periódico y eche un vistazo a mi artículo, o bien hará de él un uso odioso, o bien se emborrachará al momento, afligido por hallarse sometido a un vicio tan pernicioso".
»Pido disculpas de todo corazón, pero no creo que los sabios y profundos libros sobre la felicidad y la moral, como los que también usted, lord Russell, ha escrito, preserven a una mosca de que alguien le arranque las alas. Cuando era pequeño y estaba jugando, de vez en cuando mi madre gritaba desde la habitación de al lado: "¡Sputnik, deja eso! Ella no sabía lo que yo hacía, pero nunca supuso que pudiera ser algo bueno. Lo mism o puede decirse de la Humanidad. Lamentablemente no puede dejar de hacerlo. Mi padre estaba suscrito a una revista semanal con imágenes sobre el duro trabajo del hombre blanco que, con el salacot en la cabeza y el W inchester en la mano, tiene un pie sobre un rinoce ronte muerto. Detrás de él hay un montón de negros desnudos bañados en sudor, con carga encima de la cabeza y asas de tazas de café en la nariz. Por aquel entonces yo s oñaba que esos negros arrojaban al suelo sus cargas y expulsaban a los blancos de África, después de haberles dado de palos en la espalda con los Winchester. Yo recogía papel de estaño y formaba bolas enormes para comprar la libertad de pequeños esclavos negros; s ólo que nunca pude enterarme dónde había que entregar las bolas para conseguir la libertad de un negrito. Hoy en día ya no hay explotadores blancos, sino exsar gentos negros de la legión extranjera
que o bien mataron con sus propias manos a sus compañeros de tribu, del mismo color madera que ellos, con diplomas de Cambridge, o bien los dejaron en manos de su cuerpo de guardia. Los instrumentos para la matanza los importan de Inglaterra o de otros países altamente industrializados. Hoy en día hay negros que se dejan coronar como reyes de los negros y sólo las entrañas que les arrancan son tan rojas como antes. Hoy en día, ya no hay expediciones de castigo, hoy en día lo llaman razón de Estado, pero no creo que esta diferencia les sirva de nada a las víctimas. El África oriental alemana ha desaparecido de la misma manera que todas las demás colonias, en todas partes ya sólo hay independencia, y nadie desde fuera debe inmiscuirse, nadie debe estorbar estas matanzas soberanas.
»Señores, ustedes han dicho, acerca de la felicidad general, que no se puede tener todo, sino sólo una pequeña parte. La felicidad es una cosa muy relat iva. Con quince años fui a parar a un campo, de concentración, donde envenenaban con gas a las personas como si fueran piojos. Yo sobreviví, porque Katzmann, el segundo representante del comandante, me había elegido para que le limpiara el piso. Era verano, yo enceraba el suelo de rodillas y me había quitado la cam isa, A Katzmann le gustó mi espalda y, por lo que sé, quería hacerle un regalo a su mujer que vivía en Hamburgo: una pantalla para la lámpara de la mesita de noche. Entre los presos encontró un especialista en tatuajes —lo cual no era difícil, ya que allí había incluso gente que sabía sánscrito, cosa que para ellos evidentemente no tenía ningún valor práctico— y le ordenó grabarme en los hombros un dibujo impresionante. Este tatuador era un buen hombre. Trabajaba tan despacio com o le era posible a pesar de que Katzmann le metía prisas constantemente, porque el cumpleaños de la señora Katzmann se aproximaba. En la correa de mis pantalones marcaba los días que me quedaban, hasta que Katzmann recibió una carta de Hamburgo: la mujer y los hijos habían muerto en un bombardeo. A él no le gustaba ver caras nuevas, tal vez también quería ver cómo avanzaba la ejecu ción del dibujo, en cualquier caso, seguí limpiando en su piso y fui testigo de su desesperación: "Dios mío, Dios mío", gritaba una y otra vez. "¿Qué he hecho yo para merecer semejante castigo?". Le dieron vacaciones , fue al
entierro y no volvió. Gracias a eso sobreviví, ya que su sucesor me mantuvo en reserva en caso de que Katzmann se casara nuevamente y la pantalla de la lámpara volviera a ponerse de actualidad. A veces, contemplándome, comentaba que era un trabajo muy elegante del tatuador, que por aquel entonces ya había salido por la chimenea.
»Felicidad y desgracia se encadenan de distintas maneras, señores míos . Si estuviera presente en persona les enseñaría con mucho gusto mi espalda. Desde entonces soy de la opinión que a los hombres debería bastarles con que se les aho- rrara la desgracia, con que nadie pudiera aplastar a otro como a un piojo, pretendiendo además que se trata de una vital necesidad histórica, de una simple etapa de transición hacia una perfección futura, o que no es en absoluto cierto sino sólo propaganda enemiga. No quiero ofender a ninguno de los señores aquí almacenados, ni mir o a nadie, pero ya se ha derramado mucha sangre como consecuencia de distintas filosofías. Los filósofos s iempre han descubierto que todo es distinto a como a uno le parece y, curiosamente, los sistemas humanos nunca han conducido a nada, mientras que otros, como los nietzcheanos, han tenido consecuencias horribles. Incluso se ha conseguido convertir el mandamiento del amor al prójimo y la consecución del paraíso en la tierra en amplias fosas comunes. Naturalmente, los filósofos s ostendrán que tergiversaciones o alteraciones de este tipo no tienen nada que ver con la filosofía, pero y o no puedo estar de acuerdo. Sí que tienen que ver, ¡incluso mucho! Se pueden encontrar también para estas tergiversaciones otr os nombres, ya que no hay nada que no pueda llamarse de otra manera, y ahí es donde precisamente se esconde la desgracia del entendimiento. Se puede demostrar que la libertad habitual no es nada en comparación con la verdadera libertad. La privación de esa libertad habitual, por lo tanto, conduce a la salvación general. ¿A quién se le han ocurrido tamañas falacias? Es triste decirlo, pero fueron precisamente los filósofos. Me parece que después de salvar mi piel de la pantalla de la lámpara no tengo derecho a hacer como si t odo eso no hubiera existido. Hoy en día se escribe sobre ello con espanto y arrepentimiento, por lo menos en Alemania, donde actualmente se da la democracia más democrática de Europa. Antes, sin embargo,
estaba el fascismo. Fue un oscuro tiempo de la historia que, sin embargo, no volverá. Pero ¡todavía permanece! ¡Todavía está ahí! E l corazón se le encoge a uno dentro del pecho cuando se ha creído en la supresión de las colonias y se lee que ahora los negros extraen a los negros más sangre que en otro tiem po los blancos. Por eso soy de la opinión que determinadas cosas no deben hacerse nunca en nombre de nada. Nunca.
Ni en nombre de cosas buenas, ni malas, ni excelsas , ni en nombre de la razón de Estado, ni de una salvación general alcanzable en unas décadas. Con argumentos se puede demostrar todo.
»¿Por qué entonces el Estado ideal? ¿No es mejor que nadie pueda volver a hacer jamás de nadie una pantalla de lámpara? Esto sirve en concret o para la medición del Estado ideal, pero todavía no se ha encontrado la medida patrón. Por eso no excomulgaría a esa etosfera. Ciertamente, verse impedido del ejercicio del mal es algo malo para mucha gente que se siente muy desgraciada sin la desgracia ajena. Pero simplemente han de soportarlo, porque siempre debe haber uno que sea desgraciado; no hay otra forma. N o tengo na da más que decir; no era mi intención mortificar a nadie con todo esto.
En los cassettes reinaba una consternación evidente, ya que durante mucho rato nadie dijo nada, hasta que por fin la voz de lord Russell rompió aquel extraño silencio.
—Tiene usted razón, señor Finkelstein, y a la vez no la tiene. Si la filosofía ha sembrado en alguna ocasión cosas malas es porque el mal es la otra cara del bien, y lo uno no puede existir sin lo otro. El mundo humano es un desfile, que tiene lugar en el espacio y en el tiempo, de seres racionales que se atormentan a sí mismos (dejando aparte los casos particulares). No se ha calculado nunca, pero estimo que la suma de dolor y sufrimiento es constante histór icamente, o en todo caso proporcional al número de hombres vivos, con lo cual no varía el índice por cabeza. Me he esforzado en creer que sí había una mejora general, pero la realidad ha defraudado una y otra
vez mis esperanzas. Yo diría que la Humanidad hoy en día tiene mejores modales que los asirios, pero de ninguna forma demuestra tener una moral mejor. La desvergon- zada ostentación de los a sesinatos en masa de entonces ha sido sustituida por distintos pretextos y enmascaramientos. Ya no hay, al menos en la mayoría de los países, ejecuciones públicas , pues ahora eso no se considera propio de un Estado decente. «No es propio» no quiero decir lo mism o, sin embargo, que «no debe ser». Lo primero se refiere al savoir vivre\ lo segundo, a la ética. En el fondo, la Humanidad cambia sólo muy lentamente y de una manera inapreciable. Nadie se acuerda de que la forma de saludo estrechándose las manos tiene su origen en el hecho de querer comprobar que el otro no llevara preparada una piedra afilada. Aparte de esto, en la ética no sirve ningún tipo de aritmética. Si aquí mueren cinco millones de personas en los campos de la muerte y allí perecen ochenta mil niños de hambre, no es posible establecer ningún tipo de comparación que nos permita decir qué es mejor. No hay ningún procedimiento de cálculo que pueda determinar que la desgracia de una madre que ve morir a su hijo y no le puede ofrecer nada más que sus pechos secos y su corazón r oto de dolor es menor que aquella que causa un muchacho formado en la Sorbona que extermina en Asia a una cuarta parte de su pueblo porque cree que precisamente éstos se interponen en su camino hacia la realización de su brillante idea de la felicidad general.
No quiero discutir de nuevo con ustedes sobre el alcance de la filos ofía. Dejémoslo como ustedes dicen: la filosofía lo es todo. En cierto sentido eso es verdad, ya que la gallina que pone un huevo ilustra con ello un concepto del mundo empírico, racionalista , optimista , causalista y activista . Pone un huevo, actúa y, por lo tanto, es activa. Se sienta sobre el huevo convencida de su capacidad para incubarlo —lo cual es ya un optimismo as ombroso. T iene la esperanza de sacar de allí a un pollito que a su vez se convertirá en otra gallina. De acuerdo con esto, demuestra ser incluso capaz de predecir y ser consciente de la causalidad, ya que reconoce un nexo causal entre su calor corporal y el desarrollo del pollito. Lo que no puede es cacareárselo a nadie; su filosofía tiene un carácter automático, está programada en el cerebro de la gallina. Si
esto es así, señor abogado Finkelstein, entonces es imposible escapar o eludir la filosofía. La frase Primum edere, deinde philosophari no es cierta. Mientras haya vida habrá filosofía. Ciertamente, el filósofo debería ser fiel a las propias convicciones. La mayoría de las veces no es así, pero al menos debería esforzarse en ello. Yo me he esforzado, me he opuesto al mal, también de una manera ingenua, ridícula e inútil cuando me senté sobre los adoquines de las calles y protesté contra la guerra. No conseguí nada; pero en el caso de que pudiera abandonar este cassette, volvería a actuar de la misma manera. Cada uno debe hacer lo que le corresponde, y con ello basta. Además, yo no creo que le hayamos ofrecido a nuestro solitario huésped distracción y diversión. ¿Por qué no dice usted nada, señor Titschi?
—Quisiera darle la palabra a un artista después de oír a los filósofos y los entendidos en derecho —dije, y puse en marcha el cassette de Shakespeare. Primero sólo se oyó un gruñido enojado y poco claro. Después sonó la voz.
Olvidado en el profundo sueño de la muert e, desgarrado de espanto en un no sé donde estoy, resucitado por un poder descono cido , otra vez aquí. Libr e de la carga del cuerpo ,
y aquí cuadriculado por esta oscuridad,
que no es la oscuridad plúmbea de mi sarcófago, sino una vent ana que da al ext erior,
al murmullo de la noche, al follaje húmedo .
No son, sin embargo, los campos de Inglaterra
los que me sostienen, ni tampoco coros de ángeles. El espíritu me sigue obedeciendo ,
aunque, de la tot alidad del cuer po desnudo, nada salvo la voz y el oído poseo.
Así pues, no es la omnipot encia quien me llama, su rostro, si no, apreciaría claramente,
y de verdad con todos los sentidos. En consecuencia, otro hizo el llamamiento al difunto que ahora, despiert o por el misterio de la magia,
resucita de las cenizas, desnudo y en cueros, pero rebosante de la fuerza del pensamiento, que de nuevo me ha sido concedida.
¿Quién es el causante y con qué finalidad?
¿Por la acción y anhelo de quién, debo yo, en hora no cturna y ciego a la luz,
actuar de bufón y servir
al goce de compinches que
me son extraños. ¿Quién me llama y qué espera? Creo saberlo y, sin embargo , no sé.
Es pedernal, es yesca, el nuevo resucitado quien, una vez, antes de que la hidropesía lo arrebat ara, estuvo por encima
de las casas reales de Inglaterr a
con su arte de juglar; que se halla aquí ahora, lleno de miedo y asombro, metido
no en un calabozo sino en un vacío barril
que recorr e miles de millones de desier tas millas de la inmensurable infinidad.
El mayor espanto te lo proporciona
a ti, pobre Shakespeare, no esta cueva crujiente balanceándose a través de la ar ena sideral,
sino más bien tu propio interior ,
lo incomprensible, palpitante que teje en ti, semejant e a una ar aña de la omnisciencia, una red, un fino t ejido de hilos de palabr as,
de bits y estrellas y espines.
¿Cómo podría tener de ello tan sólo
la más leve noción? ¿De qué se compone el aire? ¿De qué es un retrato fotográfico?
A Ealstaff sí lo conocí ento nces, pero ni ento nces supe, ni lo sé hoy,
que la hemoglobina brinda su color a la sangr e.
Tan muerto, y sin que yo lo quisiera, fluyen de mí estas insípidas rimas,
en las que de maner a extraña, atropellándose, una se prende a otra y suenan como al impulso de un péndulo , cuyo oscilar no comprendo, como si mi boca, en la oscura caja,
tirara de las cuerdas del reloj de. música y, galant e, balanceara los pesos
el miedo a la muert e indiscreta y cascabelera..
—Tranquilícese, míster Shakespeare. Usted no es otra cosa que una proyección. Señores, ¿no podría uno de ustedes explicárselo mejor?
Con estas palabras del abogado, Bertrand Russell se sin tió llamado a aclarar al Shakespeare almacenado en un cassette de dónde procedía, cómo se había hecho esto y con qué finalidad. La conferencia fue fácilmente comprensible y bastante completa, pero todavía no sabía si el así iluminado por los principios de la cibernética y la psicónica se aclararía. Cuando Russell terminó, primer o reinó el s ilencio, después el instruido se dejó oír:
Os agradezco, milord, la consoladora enseñanza de que no me sucede un milagro de la Gracia
y que no resucito al igual que Lázaro
y ante vos comparezco como pasto de gusanos.
Puesto que me encuentro instalado en una máquina, donde junto a la vida y la muerte se encuentr a un ter cero y al alcance de formas se mueve el alma sola,
liberada de la amarilla osament a.
En torno a un arte que no busca el rojo de la vida habéis multiplicado la diversió n de los hombres,
y yo me encuentro como tercera respuesta
que no haga caso al «ser o no ser, pero que no os maldiga.
De manera que a un tiempo estoy y no estoy, pues la hierba cubre mis restos en el cement erio, y quien de vosotros rompe mi alma
no me mancha a mí, sino incestuosamente a sí mismo.
Si con ello queda saciada vuestra curiosidad, abrid vuestros oídos a la súplica burlona:
si ha de enfrentarse pronto a la próxima respuesta, él, arrebatado a la nada, no es digno de soportar la.
Entregaos libr ement e, excelencias, al juego; seguid haciendo co nmigo engaños traidores; oíd de Shak espear e no versos
sino el grito animal de dolor por la herida mortal.
Sé que el cielo y el infier no no se distinguen, y este saber no lo cambio por nada.
Puede que el obstinado siga echando los dados. Lo que de mí queda es el silencio.
IV. REGRESO A ENTIA
BARRO, CIENO, CHARCOS CHAPOTEANTES , VAPORES PÚTRIDOS, burbujas de gas, emanaciones de un color pardo grisáceo que irritan la garganta —ése es mi punto de aterrizaje curdlano. Para esto he pasado, como señala el contador, doscientos cuarenta y nueve años viajando. La brillante luna, adonde fui a parar en el pasado, la rodeé desde lejos y mantuve el curso norte para dejar atrás el sarpullido gris de las ciudades y alcanzar la franja verde que se une en los casquetes polares. La primera vez que salí de la nave casi me ahogué en el barro, ya que la alfombra de hierba, reluciente de humedad, resultó ser un vello superficial sobre una profundidad sin fondo. Nunca en mi vida había visto algo tan sucio como la popa de mi nave. Ni falta hacía pensar en instalar un campamento. Tenía que construirme una piragua o, mejor aún, utilizar el esquí para agua y barro. Por la noche, los gases del pantano gorgotean, gargarean y chasquean. Y ¡cómo apesta!, ¡qué mal huele! No sé por qué me había dado tanta prisa.
La nave se hunde lentamente en el cieno. Según mis cálculos, en una semana habrá desaparecido. Debo acelerar mis expediciones. Pero, ¿cóm o hacerlo en estas condiciones? El día de ayer fue el día cero. Por consiguiente, al día de hoy le daré el número uno. Acabo de regresar de un paseo de reconocimiento inhumanamente sucio, pero en cualquier caso contento, ya que he visto a un curdlo. Por cierto, que igualmente podría tratarse de un chuerdl o un QRDL. Estaba demasiado oscuro, ni siquiera con el instrumento de visión nocturna se podía distinguir con exactitud. Un animal asqueroso. Pasó por mi lado y no se acababa nunca. Me escondí detrás de un
tronco de árbol podrido. Aquel desfile parecía no tener fin, a pesar de que se hacía al trote. El pantano no le molestaba nada al animal; estaba provist o de unas patas como torres. Estimo su longitud en un cuarto de milla inglesa, es decir, teniendo en cuenta la consistencia acuosa del terreno, una milla marina. En cualquier cas o, he v isto un curdlo al natural. Los curdlos existen. Son animales , y n o Ciudades Ambulantes. Pero,
¿qué fuerza demostrativa tiene mi observación? Al fin y al cabo, no puedo meter una cosa de ésas en mi cohete. Debo reflexionar. Mañana saldré de nuevo de reconocimiento, esta vez de día.
Mi segundo día. En este planeta pasan cosas increíbles , o mejor dicho, repugnantes. Todavía estoy fuera de mí. Vi con mis propios ojos que un curdlo grande avanzaba trotando hacia otro más pequeño; esto sucedió en campo abierto, y bastante seco inclus o, cubierto de esas hierbas de un color rojo amarillento que en la Tierra anuncian la existencia de mizcalos. Pues bien, el grande trotó hacia el pequeño que estaba pastando, lo olisquó hasta la saciedad y vomitó. Enton ces, el otro cayó primero sobre las patas delanteras y después sobre las traseras (exactamente como un camello, pero gran de como una ballena azul), se lo comió todo, se relamió y empezó a llorar a gritos . Sonaba tan salvaje, sordo, ansioso e impaciente, tan desesperado y ronco como si gritara a todo este espacio eternamente desierto. Se me helaron las piernas, que todavía temblaban de asco. Después, el grande tomó al arrodillado por la oreja, se la arrancó de un solo mordisco y empezó a masticar metódicamente, triturando con las mandíbulas como una vaca que come hojas frescas. Después, le mordió la otra oreja , pero en seguida la escupió com o si no le supiera bien. Entonces, el que estaba arrodillado se movió, evidentemente con la intención de provocar náuseas. El curdlo grande y e l pequeño se miraron mutuamente a los salt ones y brillantes globos oculares y bramaron de una manera tal que se me puso la carne de gallina. Después se levantaron, removieron la tierra con las patas traseras y se fueron sin prisa de allí, cada uno por su lado. ¿Qué significaba aquello? Con cuidado me acercé a la oreja pisoteada, donde me encontré con auténticos pozos, las huellas de sus pies, cuyos talones eran planos y más anchos que una casa unifamiliar. De un charco
verdoso del tamaño de un estanque salieron, arrastrándose en silencio y furtivamente, unos pequeños seres encorvados que, por andar sobre dos piernas, parecían sin duda humanoides, pero detrás llevaban un par de miembros auxiliares que chorreaban no tanto agua como un caldillo, sobre cuyo origen prefiero no pararme a pensar. Las criaturas eran civilizadas, eso lo demostraba el vestido, que incluso era cruzado, con botones tanto delante como en la espalda, donde además había una ancha hebilla. Las mencionadas protuberancias adicionales eran algo así como pequeños faldones de frac. Yo los había tomado por miembros , porque, a modo de saco repleto, repetían con dificultad cada movimiento de sus portadores. Pero reconocí mi error cuando uno aquí, otro allá, metían dentro la mano, reapareciendo después con una botella que aplicaban a sus labios; de donde se desprende que allí llevaban bolsas para comida y bebida. Recogieron en pequeños sacos las plantas acuáticas que había en la superficie del charco, tomando con frecuencia un buen trago de sus cantimploras, hasta que uno muy alto emitió un sonoro graznido. A continuación, formaron una larga fila y, de golpe, sin que yo supiera de dónde, apareció un escritor io. Probablemente uno lo había llevado plegado a la espalda como una mochila. El más alto se sentó detrás de ella y la larga y ordenada cola que formaban aquellas cr iaturas avanzó lentamente. Delante del que se sentaba tras el escritorio (para mí no había ningún tipo de duda que se trataba de un asunto oficial), cada uno de los otros mos traba un triángulo blancuzco, algo as í com o un carné, una tarjeta de papel o de plástico. El funcionario permanecía allí sentado, con las piernas muy separadas y echadas hacia atrás, y con cada uno que se presentaba ante él repetía el mismo ritual. Primer o miraba la tarjeta, después la cara del examinado, hojeaba en un libro o cuaderno, que no era muy gran- de pero sí muy grueso y además estaba mojado y sucio, y recorría las páginas de arriba a abajo deslizando el dedo por ellas . Al mismo t iempo, tomaba la tarjeta del controlado, la ponía sobre la mesa, estampaba en ella un sello y dejaba oír un corto graznido. Lo que me asombraba era cómo podía hacerlo todo a la ve z, pues para hojear en su bloc habría necesitado una tercera mano, y sin embargo era evidente que sólo tenía dos. Al final descubrí que para sentarse no utilizaba una silla sino un
hermano de tribu que, agachado bajo el peso del funcionario, cada vez sostenía bajo su nariz el índice o e l catálog o, o lo que fuera. Esto incluso se hacía con mucha rapidez, a pesar de lo cual, a mí, que estaba agazapado en una posición muy incómoda detrás de un montón de porquería, al terminar el control se me habían dormido las piernas. Finalmente, la mesa con patas plegables fue a parar sobre una espalda, se formó una columna de a tres que se puso en marcha encaminándose derecha a un bosque azulado, en el horizon te. Durante todo el tiempo me mantuve allí encogido y no me atreví a mostrarme. De regreso a la nave, me lavé, lavé la ropa y, sobre todo, los zapatos, y pensé sobre lo ocurrido.
El tercer día. No sé lo que daría por comprender con qué me he topado hoy. Me he alejado al menos unas quince millas marinas de la nave, el terreno estaba mucho más seco, pero unos reta zos de niebla blancos procedentes del pantano de al lado, se deslizaban pegados al suelo. Allí choqué con un curdlo que dormía al sol. Era un viejo solitario al que evidentemente afligía algún mal sueño, ya que resollaba, roncaba y gargareaba de una manera espantosa. Cuando respiraba, salía de sus fauces medio abiertas una especie de racha huracanada que separaba las capas de vapores. Dado que el hedor casi me tiró de espaldas, di un rodeo y me acerqué al curdlo por barlovento para hacerle un par de fotos. Me salieron muy bien, la lástima es que los carretes, al cambiar la película, se me cayeron en la huella de un curdlo, un agujero lleno de barro y agua. No tuve valor para revolver en aquel caldo pringoso y buscar las películas. Pero el curdlo era un auténtico coloso. Desde lejos lo había tomado por un barco que, en una tormenta, hubiera sido arrastrado tierra adentro, pero al acercarme vi que los costados se movían con la respiración. De la espalda le colgaban unos harapos andrajosos, ev idente indicio de que estaba cambiando la piel. Le faltaba un gran trozo de la cola. En la guía de viaje encontré más tarde la descripción de ejemplares de este tipo, que perdían la cola al comérsela ellos mism os. Un curdlo as í, por lo general ya canoso y considerablemente atacado por la escle rosis, se llama caudiperdita. Pronto me convencí de que aquel veterano estaba habitado. Lo
fotografié desde distintos lados y grabé los gemidos que emitía en sueños. Entonces me entró hambre y la emprendí con mis provisiones.
Cuando empezó a oscurecer, aparecieron en las fauces todavía bostezantes, chispitas de luz. «O sea que estos bichos escupen verdaderamente fuego», pensé, creyéndome aquello de la autoinflamación, pero después resultaron ser linternas en manos de seres como los que ya conocía de vista , sólo que éstos de aquí iban vestidos de una manera algo distinta a los de los días anteriores . En la cabeza llevaban una especie de tricornio cuya hechura había cedido, por supuesto debido a la humedad. Sobre los fraquecillos llevaban fajines de distintos colores. Encima de éstos brillaban una suerte de condecoraciones o medallas; desde mi escondite no conseguía identificar dichos objetos, ni siquiera con mis gemelos, ya que oscurecía por momentos. Esta ve z salieron muchos del curdlo, quizás unos dos cientos . Delante de mis ojos se abalanzaron unos sobre otros como al ataque, pero no se pegaron sino que treparon con saltos y empujones unos encima de otros. Parecía un ejercicio acrobático de agilidad, ya que pronto surgieron junto al coloso durmiente cuatro temblorosas colum nas de cuerpos agarrados entre sí, al tiempo que otros seguían saltando, como atacados por una psicosis masiva, trepando a toda prisa hacia arriba como si, en un frenesí colectivo, quisieran elevar una escalera hacia el cielo, una torre de Babel viviente. Pero cuando, entrelazando brazos y piernas, tendieron puentes entre estas cuatro columnas me quedé sin aliento: comprendí lo que estaban haciendo en realidad, creaban con sus cuerpos la imagen de un curdlo. Aquello podía ser cualquier cosa menos locura, y aunque lo hubiera sido había en ello un método, ya que un tipejo grande, completamente guarnecido de distinciones y condecoraciones, luciendo en la cabeza un casco con penacho, gritaba a través de un megáfono en forma de embudo, dirigiendo al parecer todo aquel entrelazamiento. Me vino a la memoria lo que había leído en el archiv o del MAE en los viejos informes de expediciones y esperé que el pseudocurdlo se pusiera en marcha aunque sabía que ello era físicamente imposible. Para entonces había salido la luna y, aunque no la tenía en gran estima porque me recordaba mi anterior ridículo, esta vez me ayudó con su brillo, ya que además era
llena. Con los prismáticos noctur nos observé al pseudocurdlo hasta que deduje que se había construido siguiendo un orden determinado. Los húmenos que formaban las piernas llevaban una sola banda, bastante estrecha, de un color oscuro indeterminado, acaso simplemente estuvieran sucias. Los de encima llevaban bandas más claras y más anchas, amarillas o de un color naranja claro, pero aquellos que, arriba del t odo, formaban los hombros y el lomo, llevaban ceñidas unas cintas brillantes cruzadas, entretejidas con plata. Obviamente, aquel edificio viviente no podía mantenerse durante mucho tiempo. Las piernas y el vientre, sobre todo, empezaron a temblar cada vez más claramente, debido al esfuerzo, pero su jefe o director, rodeado por un pequeño séquito, emitía una y otra vez imperios os grit os hasta que, a una señal suya, se levantaron los trompetas y al son de los instrumentos se inició un canto ahogado pero claramente audible. El efecto fue tan terrible como poderoso, y todavía me rompo la cabeza pensando para qué habrán hecho eso en definitiva. ¿Era una especie de número de circo? ¿Una ceremonia estatal? ¿Una marcha in situ? O ¿un rito de carácter religioso? Desde luego, también podía ser cualquier otra cosa para la que nosotros no tenemos ningún nombre. De vez en cuando, uno de los actores del pseudosaurio caía, para arras trarse, con la mayor rapidez pos ible, hasta la oscuridad, como si estuviera profundamente avergonzado u horrorizado de su deserción involuntaria. Aquello duró una media hora, o a la mejor más tiempo, y entonces el curdlo durmiente empezó a despertarse. En un abrir y cerrar de ojos, la pirámide cuá- druple se desmoronó, cientos de cuerpos rodaron en todas direcciones, sonó un trompetazo, en formación de a cuatro columnas se organizó una marcha a paso de ganso hacia el gigante bostezante y, saltando, las chispas de las linternas desa- parecieron en las fauces abiertas. Una nube se deslizó por delante de la luna, yo apenas si podía ver nada, pero aún percibí que el metropolagarto se levantaba, primero sobre las piernas traseras y después sobre las delanteras, y majestuosamente se ponía en mov imiento. Su vientre rugía y retumbaba, como debido a una mala digestión. En la oscuridad, volví a la nave muy asombrado; siempre se dice que no hay nada nuevo bajo el sol y que cualquier aparición de la naturaleza es explicable porque
sus leyes s on universalmente válidas, pero ¿por qué aquella gente había salido primero del repugnante y viejo curdlo para después volver a entrar arrastrándose?
¿Por qué habían realizado tan gran esfuerzo para convertirse por un momento en un curdlo? ¿Qué les movía a ello? ¿Un afán salvaje? ¿La v oluntad? ¿La obligación? ¿Los biomas? ¿La fe? ¿El mimetism o? ¿La ra zón de Estado? ¿Una desviación genética? ¿Una orden policial? Me ardía la cabeza, pero sobre todo sentía curios idad. La guía de viaje no decía nada, ya que procedía de las plumas de expertos que niegan la existencia de la Ciudad Ambulante y también la de curdlos vivos y habitados. En cualquier caso, tengo completamente claro que debo fiarme, sobre todo, de mis propios ojos y oídos, y no de la literatura que me traje.
El sexto día. Apunto lacónicamente mis observaciones de hoy.
A ) Colisión de dos C iudades Ambulantes; de una salió t oda una familia, incluido el abuelo paralítico.
B ) Cuatro pequeños curdlos atacaron a uno grande y lo obligaron, golpeándole las partes blandas, a una vergonzosa huida. Por el camino le dio un ataque de náuseas y vomit ó a un pequeño curdlo que enseguida se revolcó en un charco, hizo un par de cabriolas y, muy contento, se adentró saltando en el bosque. Al parecer se trata de una acción de socorr o entre asociados, en la cual los cuatro pequeños acudieron en auxilio del tragado.
C ) Un cadáver en marcha. Este fenómeno exige una descripción más detallada.
Cubierto de sudor, luchaba a través de un espeso cañave ral entre dos cadenas de colinas bajas cuando, al llegar a lo alt o de una de estas colinas, v i a un curdlo, cuya silueta se recortaba en el cielo. No me llamó particularmente la atención, porque no hacía otra cosa que seguir más o menos la misma dirección que yo a una distancia de una milla larga. Además, bastante trabajo tenía ya con las cañas en las que una y otra vez se enganchaban mi mochila y mi aparato respiratorio, los estuches para los
carretes y la cámara. Pensé, por tanto, menos en el solitario coloso que en alcanzar un suelo más s ólido, ya que estaba metido en un barro cuya pestilencia rela cionaré toda mi vida con este planeta, en teoría alta mente desarrollado. Al final, perdí el resuello y tuve que pararme a tomar aliento, y sólo entonces el curdlo que caminaba en la lejanía me pareció un poco extraño. Andaba bastante ligero, pero lo hacía de una manera distinta a los que había visto hasta entonces. Mantenía la cabeza tan rígida en el extre- mo de su largo cuello com o si se hubiera tragado un palo o, más exactamente, com o si se hubiera tragado la torre inclinada de Pisa, su cola colgaba por detrás como si estuviera rota.
Colocaba las patas muy separadas y se tambaleaba a cada paso, a veces de una manera tan exagerada que parecía que fuera a caerse sobre un costado y sólo en el último momento pudiera volver a controlarse. «Seguro que está enfermo», pensé yo,
«al fin y al cabo se pasan la mitad de su vida viajando en busca de comida». Sequé el sudor de mi frente y me metí de nuevo en el juncal, que parecía clarear algo a poca distancia. Mientras lo hacía, seguí mirando al curdlo y no me perdí el momento crucial en el que inesperadamente se paró y las patas se le separaron. Torpemente, intentó dar la vuelta y, al hacerlo, se enredó en su cola, que colgaba literalmente com o una bola de presidiario. Tras dar media vuelta se alejó cojeando por donde había venido, y cuando tropezaba con las irregularidades del terreno, agitaba la cabeza como si en lugar de una elástica columna vertebral tuviera dentro del cuello un soporte rígido. «Y su cola está como muerta», pensé. «¿Habrá tenido un accidente?» Saqué los prismáticos del estuche. El gigante se tambaleaba al andar como un barco sometido al fuerte embate lateral de las olas. Entre los omóplatos había perdido todo el pelo y en esa gran calva brillaba algo con rayas de colores. Gradué mejor los prismáticos y me quedé petrificado de asombro. Allí arriba, s obre la espalda del curdlo, entre los enormes omóplatos que se movían con la marcha, ¡varias personas tomaban el sol echadas en tumbonas! Cuando dirigí mi mirada a la cabeza del extraño curdlo, mi sorpresa se convirtió en horror: entre harapos de piel podrida se veía el cráneo pelado; en lugar de ojos se abrían profundas grutas negras; y lo que a primera vista
tomé por un bocado que pudiera haber quedado colgando de su boca, una rama con hojas o una ramita de abedul, era un asqueroso resto de la lengua. O sea, un cadáver que todavía se movía e incluso a una marcha bastante animosa. Lo observé largamente hasta que, de pronto, el viento me acercó un ruido regular en el que reconocí el estruendo de un bombo o de algún otro instrumento de percusión. En el curdlo, de dónde si no podía proceder aquel ruido, tocaba una orquesta.
Él marchaba al compás de la melodía, de los golpes de tambor apagados, que naturalmente sonaban apagados porque procedían del fondo de la barriga.
De nuevo en la nave, me senté delante de una lata de compota de melocotón (las provisiones lamentablemente se han acabado) y pensé en cómo debía proceder. La nave se había hundido ya en una tercera parte, y puesta de pie, gracias a su color de camuflaje., era casi invis ible. Podría haberme quedado allí pero dudaba que pudiera sacar mucho provecho de prolongar mi estancia en esa región despoblada. Me decidí a hacer otra marcha de reconocimiento con la intención de tomar un prisionero a quien poder sonsacar algo. No es que me hiciera muchas ilusiones, ya que los cundíanos nunca van solos. En ningún momento me había encontrado con una horda que no estuviera constituida, por lo menos, de treinta individuos, y no quería entrar en discusiones con una muchedumbre así, avisado por el instinto de que eso podía traerme malas consecuencias. Pero como uno no va a desist ir a la primera de cambio de proyectos de investigación para cuyo cumplimiento se ha sometido a un sueño helado de siglos, una especie de muerte aunque con vuelta, hice un esfuerzo y preparé el equipo de noche, es decir, los prismáticos nocturnos , la lámpara portátil, una cantidad mayor de chocolate, un termo, el aparato intérprete, un modelo que, según el catálogo, resultaba extraordinariamente manejable, pero que era a la vez poco ligero para alguien que tiene que abrirse paso a través de la maleza del pantano. Pesaba casi ocho kilos. As í y todo, era un modelo para la «toma de contacto» y contenía un programa de dieciocho dialectos curdlanos altos y bajos , o sea, lo más indicado si quería jugarme la vida y la salud. No sé exactamente por qué, cuando salió la luna,
tomé la dirección nor oeste, hacia la zona don de durante el día había encontrado al cadáver en su marcha por las peladas colinas. Sin embargo, a pesar de que vigilé el acimut, debí haber perdido el camino, ya que me encontré de nuevo en una jungla de la cual s ólo puedo decir que dentro apestaba horriblemente y que las ramas me golpeaban la cara. Sin la máscara de oxígeno que me protegía la cara, tendría que haber dado media vuelta desalentado.
Finalmente, conseguí atravesar esa selva y subí a una especie de túmulo aislado para intentar ver algo a la luz de la luna llena. En los claros había niebla a ras de suelo. Aparte de un chirrido, que más podía proceder de un insecto que de un pájaro, todo estaba en silencio. Sólo en la lejanía, por debajo del negro horizonte, se m ovía alg o. Cogí los prismát icos y, como ya me había ocurrido numerosas veces desde mi lle gada, pasé del asombro a un creciente pánico. Vi una larga hilera de curdlos, trazada a través de los pantanos, que se dirigía hacia mí formando un semicírculo. Entre ellos brillaban luces, sostenidas evidentemente por gente de a pie. No sé por qué, enseguida tomé todo aquello por una acción de búsqueda y no dediqué ni un sólo pensamiento a dilucidar si la búsqueda iba dirigida a mí o a otr o, ya que esta sutil diferencia carecía aquí de importancia. Tenía que esconderme, y además bien. Si los curdlos van al paso, avanzan como una persona andando deprisa. Pero los más peligrosos eran los que llevaban las lámparas, porque ellos eran tan móviles como y o. Me separaban de los más próximos unos dos mil pasos, quizá menos. Tenía que decidir enseguida si emprendía la retirada o si debía prestarme a un encuentro con consecuencias imprevisibles. N o sé por qué, pero el recuerdo del curdlita que con el sello en el puño se sentaba a caballo sobre un subordinado me puso los pelos de punta. Esta imagen dio alas a mis movimientos.
Aquella noche probablemente establecí una marca personal en la carrera combinada de campo a través y obstáculos. Corr iendo, tropezando y saltando otra vez sobre mis piernas, avanzaba siempre hacia el norte, porque allí acababa el cerco y esperaba poder rodearlo evitando encontrarme con ellos y huir por el cañaveral antes
del amanecer. Por suerte, no lo conseguí. Lo considero una suerte por dos motiv os: primero, prácticamente no habría podido conseguirlo y habría caído en el lazo; y segundo, no habría encontrado a la criatura que hasta hoy, en mis felices recuerdos, llamo mi Viernes. No tenía ni idea de que corría directamente por un campo minado que estaba surcado por viejas trincheras en ruinas con el maderamen podrido y tampoco sabía que precisamente éste era el único camino hacia la salvación. La astronáutica, igual que algunas otras profesiones, requiere, además de inteligencia, una pizca de suerte. Jadeando como una locom otora, galopaba con un esfuerzo supremo, me destrozaba los pies entre raíces ret orcidas y resbaladizas ,, convencido de que si me torcía un tobillo, lo iba a tener muy negro. De repente, la tierra cedió bajo mis pies y caí en una profundidad oscura. El choque fue amortiguado por el barro, y al mismo tiempo topé en las densas tinieblas con un ser, una cierta criatura racional, un nativo, ya que mientras ambos lanzábamos un grit o de sorpresa o de horror sentía bajo las manos el tacto del dril pesado, áspero de su ropa. Eso sí que fue un «primer contacto». Yo podía verlo a él tan poco como él a mí. Saltamos alejándonos uno del otro como si nos hubieran rociado con agua hirviendo. Seguro que habría salido huyendo y no lo habría vuelto a ver o, mejor dicho, a tocar (él llevaba ya tiempo escondido en este subterráneo y lo conocía ya com o la palma de su mano), pero mi instrucción demostró su eficacia, y en un momento puse en marcha el aparato intérprete.
—¡No huyas, ser extraño! Soy tu amig o —jadeé en el micrófon o—. Vengo de muy lejos pero me traen intenciones pacíficas y no quiero hacerte ningún mal. —Así, o de una manera parecida, lo llamé, ya que conviene ocultar la procedencia de otras estrellas. Cualquiera puede imaginarse fácilmente lo que le pasaría a un lustrano altamente desarrollado si se metiera de noche en el Irán o en cualquier lugar de Asia; podría darse por muy afortunado si sólo le cayeran seis meses de cárcel. La verdad sea dicha, yo no contaba con una reacción pos itiva del otro y por eso su repentina serenidad fue una agradable sorpresa.
—¿Quién eres tú? —preguntó receloso.
Me presenté como un naturalista que había venido para estudiar la vida del curdlo. No abandonó todavía su desconfianza, pero finalmente siguió mis cordiales exhortaciones y se convenció palpando el equipo que yo llevaba. De manera sorprendente identificó enseguida el instrumento de visión nocturna a pesar de que era imposible que conociera el m odelo, ya que era de fabricación japonesa. Trabamos conversación, y por supuesto hubo muchos malentendidos, pero al final pudimos entendernos y me enteré de lo siguiente acerca de mi compañero de destino nocturno: era un joven científico de Curdlandia, muy prometedor, y puesto que era com- pletamente fiel tanto al presidente como a la idea del Estado Andante, los centros pertinentes le permitieron ampliar sus estudios en Lustrania. Después de cada curso volvía a casa, es decir , a su curdlo. La últ ima vez, s in embargo, fue víctima de un cambio de fases y lo habían condenado a cinco años de curdlo disciplinario. No había presentado ninguna apelación, porque éstas eran vistas como un signo de particular reticencia del condenado y causa de un recrudecimiento de la condena. Yo no entendía nada, nada en absoluto. El aparato intérprete funcionaba perfectamente, pero traducía las palabras y no las concepciones sociales que éstas contenían. Estábamos sentados en la negra oscuridad uno junto al otro, sobre un tronco cortado que sobresalía del barro, y comíamos chocolate. A él le gustaba. Había comido algo parecido en Lulavit, la ciudad lustrana en cuya universidad había hecho su doctorado en astrofísica.
Pausada y pacientemente me explicó el origen de su desgracia. Los periódicos llegan a Lustrania, pero La voz del curdlo , que él leía regularmente, callaba todo lo que pudiera deprimir al lector , y así fue como no se enteró de que había un nuevo presidente y de que el antiguo, junto con otros tres obscuros, había formado la llamada banda de los cuatro. Al cru zar la frontera apenas había pronunciado la fórmula de saludo con la que se acos tumbraba honrar al más caro de los obscuros mediante la enumeración de sus títulos, dist inciones y nombres, todo en correcta sucesión, cuando fue detenido. Las explicaciones no sirvier on de nada. El sabía además que nunca sirven. Fue condenado a cinco años de curdlo dis ciplinario. Dos semanas antes, se había escapado. El curdlo disciplinario del que se evadió, gracias a
la distracción de los vigilantes (me dijo que son muy descuidados en el servicio y prefieren tomar el sol, fuera, sobre el lom o), en realidad estaba muerto, un cadáver andante o pedorro, como lo lla man los prisioneros, que se hace avanzar por medio del trabajo en común, como en una galera. Me vino a la memoria que en los archivos del MAE había leído algo al respecto. Sin embargo, no pregunté nada, sino que dejé hablar a mi compañero. Como una persona instruida en las ciencias exactas y también en la astrofísica, recibió la noticia de mi procedencia terrestre muy tranquilamente. Además, había oído hablar de la Tierra y sabía que entre nosotros no hay cundlos, por ese motivo me expresó su más profundo pésame. Primero lo tomé como una amarga ironía, pero no, lo decía en serio. Resultaba muy interesante ver que no reprochaba a nadie lo que le había ocurrido, ni la condena a un trabajo pesado, aunque se quejó de que el aceite lubrificante para las articulaciones se encontraba sometido cas i por competo al tráfico clandestino a manos de los guardianes. Por culpa de esto, se rompía uno la espalda con el manejo de esos huesos enormes, que además chirriaban de tal manera que podía uno volverse loco. A pesar de todo, él era incondicionalmente fiel al Naciomov ilismo, aunque reconoció que los becados que se encontraban en el extranjero, antes de su regreso, deberían ser informados por la embajada de su país, o
¿acaso no es una lástima los años que la gente dotada pierde en el pedorro? ¡Nadie debería estar expuesto al riesgo de convertirse en víctima de un cambio de fases! En Lustrania, así lo aseguraba él, hay un gran número de entusiastas de la Estatalidad Andante, particularmente entre la juventud universitaria y entre el claustro de profesores. Allí se están hundiendo precisamente a causa de la felicidad general. Claro que el chocolate y cosas parecidas saben mejor que el Brrbrrdl (una sopa hecha de musgos y líquenes podridos), pero no debe contemplarse un aspecto fuera del contexto. Con mucho tiento, di a entender que nadie se vería expuesto, como él, al peli- gro, si La voz del Curdlo diera información objetiva . El se encogió de hombros. No lo v i, pero lo sentí, porque a causa del frío nocturno, mojado y penetrante, nos acurrucábamos uno contra el otro sobre el tronco de árbol pelado.
—Si eso fuera así —repuso—, también debería informar inevitablemente sobre las golos inas de Lustrania, y entonces, el pueblo perdería la cabeza, huirían masivamente de los curdlos. Y ¿qué pasaría con la idea del Estado Andante?
—Bueno —dije yo—, supongamos que el pueblo se larga. ¿Acas o por eso aparecería un agujero en el cielo?
Estas palabras mías le hirieron muy profundamente.
—¡Pero bueno! —gritó—. Siglo y medio poniendo en práctica las ideas, la rusticalización y naturaliza ción de la s ocie dad, ¿y todo eso t iene que echarse de golpe a los cerdos sólo porque en algún sitio hay algo que sabe mejor que el Brrbrrdl?
Para apaciguarlo, le pregunté acerca de la redada. El contestó otra vez con su voz monót ona y algo triste, y el aparato intérprete me croó sus palabras en la oreja. Por supuesto que sabía de la acción, por eso se había escondido aquí. Se trataba de un antiguo campo de tiro político. Tres años antes había recibido aquí su formación , por eso conocía el campo al dedillo. Sabía el camino a través de las minas, ya que él mismo había participado en su colocación. Le asombraba un poco que yo no hubiera volado por los aires , pero tenía cosas más importantes en las que pensar. Estuvimos la mitad de la noche conversando. La redada había pasado de largo. La luna se había ocultado y reinaba el silencio como en una tumba. Llamé Vier nes al exhuésped del curdlo disciplinario porque era incapaz de pronunciar su nombre auténtico, que él me deletreó media docena de veces. Además, qué importancia podía tener. El se dir igía a mí llamándome «señor Toblerone», ¿por qué? Porque el chocolate con nueces que le había ofrecido era de esa marca, y pensó que era yo quien se llamaba así. Los aparatos intérpretes tienen las mayores dificultades con los nombres propios. Tichy, mi nombre correcto, lo tom ó él com o una descripción de mi carácter (como si yo fuera un misterios o pícaro o un a-la-chita-callando). Me abstuve de cualquier explicación en contra, porque quería enterarme de más cosas sobre el Naciomovilismo. ¿Cómo podía ejercerse la astronomía en un curdlo?
—No de manera natural —replicó con indulgencia—. El Estado Andante es, por encima de todo, una idea, aunque de ella sola no se puede vivir y para la vida cotidiana se necesita algo más palpable. En este caso, el curdlo. La vida en el curdlo es además una magnífica escuela para el esprit de corps, para el espíritu de colaboración en duras condiciones y para las perspectivas de futuro. ¿Qué perspectivas? Pues la perspectiva de abandonar el curdlo y establecerse en las proximidades de Kikirix (¿o Rikikix?). Allí el clima es muy sano, no hay ni la menor huella de pantanos, ni, por cierto, de curdlos. En el centro se encuentra el distrito gubernamental, pero el presidente y el consejo de obscuros viven en otro sitio.
Tuve la impresión de que la dirección de estos a ltos cargos políticos curdlanos le era perfectamente conocida, pero a pesar de que en la oscuridad de la selva se había hermanado conmigo, no confiaba en mí de una manera absoluta. Sin embargo, me hizo saber, en tono confidencial, que, según se dice, ninguno de los obscuros ha visto jamás a un curdlo vivo sino s ólo en demostraciones. Son agrupaciones t ípicas en las que los ciudadanos imitan, con mot ivo de las fiestas nacionales, la figura de ese gigantesco animal, la mayoría de las veces delante de una tribuna de honor en la que se encuentra el presidente en persona. Según esto, hace poco, por la noche fui testigo de un ensayo para esta representación, ya que hay que entrenar aplicadamente para poder lucirse entre el ondear de banderas, al sonido de los himnos , ante un alto dignatario. Mi compañero tuvo la suerte una vez de participar en una de estas escenificaciones, formando parte del tendón de la pata trasera izquierda. Se dejó llevar por el entusiasmo y suspiró profundamente. Arriesgándome a provocar su ira, le pregunté qué encontraba de bonito en semejante monstruo tenebroso. El no se m olestó en absoluto; se rió irónico y dijo que no era tan ignorante en las cuestiones de la Tierra como yo pensaba.
—Vosotr os tenéis emblemas nacionales ¿no es cierto? —preguntó él—. Leones, águilas y también otros pájaros. ¿Qué tienen de bonito los animales con plumas? No
sabéis que con el pico y las garras desgarran a criaturas inocentes y que las devoran en sus nidos? Y ¿acaso eso os impide inclinar la cabeza ante su imagen?
—Nosotros no v ivim os ni dentro de leones ni dentro de águilas — contesté y o. Se encogió de hombros.
—Naturalmente. No cabéis dentro de ellos. Nosotros sim plemente tuvimos más suerte. El Naciomov ilism o es una tradición sagrada; el curdlo, su encarnación. Sus raciones de forraje son la razón del Estado, pero quien tiene un poco más de seso en la cabeza no pasa toda su vida en esa barriga. Y yo, sin este maldito cambio de fase, a más tardar en un año, habría estado en Kikirix, ante un telescopio importado como corresponde.
Además, en un cuerpo sano, un espíritu sano. Ninguno de aquellos que van por libre —como él definía a los lústranos— podría vivir tres días en un agujero semejante y alimentarse de raíces, pero él vivía ya desde hacía dos sema nas aquí y no lo encontraba excesivamente malo, ya que en el curdlo disciplinario la comida no era mucho mejor. Le pregunté qué impresión tenía de Lustrania. ¿No le había ido bien allí? Le había ido muy bien, dijo, y quería volver a cruzar la frontera de regreso, a Lulavit, a la facultad del profesor Gzimx con quien había hecho su doctorado. Allí haría sus oposiciones, aunque enseguida volvería a casa si se decretaba una amnistía o si el actual presidente era declarado demonio y monstruo. En definitiva , él era un patriota y se declaraba partidario del principio: Kight or Wrong - my Country. Pero ¿qué significaba wrong en este caso? Cualquiera que está metido en un curdlo vive con la esperanza de morar algún día en Kikirix. Los lústranos, por el contrario, tienen ante sí la nada absoluta. Por supuesto debo haber oído hablar de la cultética, la hedustrialización y la licitación felicitat iva, la lla mada felicitación, pues ahí podía darme cuenta perfectamente. Uno puede salir del curdlo, si tiene una tarjeta de salida, cada medio año durante veinticuatro horas; en cambio, de los enredos y ataduras de aquella felicidad mentificada, de esa etosfera que hay en ella ¡no se sale nunca!
—Usted no sabe cómo me envidiaban mis colegas más jóvenes cuando, en vacaciones, podía irme a casa, a Curdlandia.
Le pregunté qué le habrían hecho si lo hubieran atrapado en la redada. El se ofendió, me llamó desvergonzado extranjero, se deslizó del tr onco hasta el suelo y se durmió. Yo per manecí un rato agachado frente a él, después me tumbé a su lado y en un instante también me quedé dormido.
Cuando me desperté al amanecer estaba solo. De mi Vier nes, ni rastr o. Ni siquiera me había indicado cómo podía salir del campo de minas. Por suerte, mis huellas se habían secado en el barro frío, las seguí cuidadosamente y alrededor del mediodía llegué a la nave espacial. Por el camino sólo me encontré con un curdlo pequeño que jugaba en un charco. De Viernes había aprendido que en el caso de este tipo de ejemplares se trata de estructuras vacías o de casas propias para funcionarios del Estado. A mí me daba igual, estaba harto de curdlos de t odos los tamaños , tipos y humores. Lavé mis cosas, planché el traje de salir, tomé un ligero piscolabis y despegué. Elegí una órbita de vuelo muy alta para que al volver a aterrizar pudiera hacerlo a una velocidad cósmica, ya que no tenía la intención de revelar a los lústranos mi estancia en Curdlandia y quería aparecer en las pantallas del radar como un emisario semioficial de la Tierra, procedente directamente de su planeta natal. Resultó incluso mejor. Es tablecí contacto radiofónico con el cosmódromo de Lulavit.
En el canal de saludo a distancia recibí un afectuoso signo de bienvenida y basándome en éste hice los preparativos necesarios en tales circunstancias. Se me había hecho comprender que junto con la delegación de la Sociedad para la Amistad Entiano-Terrestre, encabezada por su presidente, también estarían presentes en mi recibimiento representantes del gobierno.
Era poco después de medianoche cuando la capital de Lustrania brilló en mi monitor com o un diamante de primera magnitud, rodeada de la incandescencia suave, color esmeralda de las ciudades satélite T litalutl y Lulavit . Me metí en m i mejor traje,
ejecuté un aterrizaje de película y esperé tumbado en un sillón plegable hasta que se abrió la escotilla. De la radio de a bordo surgía una música chirriante ins oporta ble. O mucho me equivocaba o los lústranos, que desconocían mi nacionalidad terrenal, tocaban a la vez los himnos de todos los países representados en la ONU. El resultado fue horrendo, pero podía comprender a aquella gente: su intención venía determinada por motiv os políticos y no musicales. A las doce y tres minutos me encontraba de pie en la escotilla abierta de mi nave espacial. Cegado por el deslum brante resplandor de las luces, mientras sonaba la orquesta, bajé despacio la es calerilla cubierta por una alfombra; con una expresión radiante, levanté las manos saludando a la multitud que allí se había congregado para recibirme. Simultáneamente, no pude evitar mirar con el rabillo del ojo el exterior de mi nave para asegurarme de que los pegotes de barro, testimonio de mi excursión a Curdlandia, habían ardido y desaparecido con el roce atmosférico. Casi a la carrera, fui conducido por un pasillo entre la muchedumbre jubilosa. «Naturalmente —pensé—, quieren ahorrarte el jaleo con la gente de la prensa y la televisión.» Del gigantesco edificio de recepción sólo recuerdo el bullicio y la luz. Ni siquiera me enteré de quién estaba a mi alrededor, me conducía, me dirigía y, de vez en cuando, me ayudaba con un empujoncito, hasta que me hundí en algo suave y partimos, no me pre guntéis en qué, ni hacia dónde. El brusco cambio de la desolada y desierta tierra de pantanos a la borrachera de luces de la metrópolis nocturna me había aturdido. Las rampas y construcciones que veía pasar me dejaron sin habla. Desde todas partes caían sobre mí relámpagos, silbidos y jadeos , com o si me encontrara apenas por encima del caos, como si s ólo faltara un pelo para que me convirtieran en papilla. Ya se per dían a lo lejos los tejados y las ca lles, los vehículos y las luces, como s i una tensa cuerda se rompiese, y yo, bajo esa luz y en ese viaje tan rápido, me hubiera retorcido como un gusano, pero tuve que controlarme y aparentar tranquilidad.
No tenía ni idea de adonde íbamos. Al final llegamos a un parque, una rampa, y un ascensor en el que nuestro vehículo se abrió como una naranja cortada por la mitad. Nos bajamos, tenía las orejas taponadas. Un lustrano muy g ordo, con una cara
muy humana, me metió en el ojal de la solapa una orquídea que hablaba, es decir, un microaparato intér prete. Cruzamos una serie de salas que me recordaban al mismo tiempo un castillo y un museo. Las estatuas se apartaban del camino. ¿Robots? «No», dijo alguien. «Son teoidas.» ¿O quiso decir idiotas? Alfombras com o de hierba (¿en una casa?), bronces, altares (¿o eran mesas?). Alguien se dio cuenta de que yo no llevaba gafas oscuras. Me ofrecieron unas y les di las gracias. Había allí tantas superficies doradas y brillantes. Las puertas se abrían como el iris del ojo en un gato, del techo manaba un vapor polvoriento o un polv o vaporizado de color r osa, ciertos muebles o relojes de música cantaban y también el sombrero del lustrano que se encontraba a mi lado tarareaba hasta que un teoida se cubrió con él la cabeza y se calló. En una sala semicircular con ventanas cóncavas, desde donde se veía en la os curidad la imagen resplandeciente como una estrella de la ciudad, empezaron a revolotear alrededor de nosotros am orcillos que nos presentaban bandejas con aperitivos. Antes de que pudiera mirar qué era, uno de mis acompañantes ahuyentó a la bandada. La siguiente sala era oscura por arriba. Por abajo, brillaban palmeras y matorrales. Des pués venía otra habitación con la s paredes desnudas, algo así como un taller casero de bricolage. El suelo era blanco y tenía manchas de suciedad o corrosión. En una pared había un gancho empotrado en la pared y, colgando de él, una cadena con una argolla de hierro en el extremo.
Desagradablemente sorprendido, me detuve, pero me invitaron a acercarme y mirarlo todo con detenimiento. Uno cogió el collar de hierro, se lo puso e hizo girar los ojos como arrobado. Después se lo quitó. Tensos, t odos me miraban y sonreían nerviosos. ¿Qué significaba aquello? ¿Acaso tenía que ponerme el collar en el cuello?
Quizá fuera una costumbre local, pero yo no quise. No sé qué es lo que me puso sobre aviso. Tal vez el hecho de que no hablaran conmigo, limitándose a expresar su servil cordialidad por gest os. Ellos, como yo, llevaban en el ojal el aparato intérprete, pero no decían nada. Me encontraba en medio de la habitación e hice también lo mismo. Me daban ligeros empujones y me hacían clarísimas indicaciones , como a un
sordomudo o alguien duro de mollera, pero yo ya me había puesto en guardia e intentaba defenderme de ellos, primero guardando todavía las formas, con toda amabilidad, al fin y al cabo nos encontrábamos en un palacio, pero ¡qué ocurría ! El cambio había sido tan brusco. Los individuos aquellos me empujaban ya como bestias, tanto más fuerte cuanto más me resistía. No sé en qué momento los cumplidos dieron paso a la trifulca . La verdad es que ellos no me golpearon, muy a l contrario, fui yo quien les dio una paliza. Al gordo le hundí el puño en la cara hinchada, después corrí hacia él arremetiéndole con la cabeza en la panza.
—¡Lárgate de aquí, canalla! Ni se te ocurra ponerme las manos encima. Es to es un malentendido. Soy extranjero y ven go en misión diplomática. —El aparato intérprete repetía, dando pitidos, cada una de mis palabras. Tenían que oírlo y, sin embargo, seguían empujándome hacia la pared.
—¡Conque esas tenemos! Pues vamos a hablar de otra manera, ¡Toma! ¡Te voy a dar traje canturreante! ¡Y si todavía quieres una patada...! —El aparato intérprete hizo crac y no dijo nada más. Los demás se apretujaban en masa sobre mí, a pesar de lo cual no me resitía como habría querido, ya que ignoraba cuál era el objetivo de todo aquello. Ya no recuerdo ni cómo ni cuándo me encontré con el collar al cuello; en todo caso, apenas me tuvieron atado a la cadena, los individuos aquellos sa ltaron, apartándose lejos de mí. Pero al gordo lo tenía cogido con una llave y recibió él por los otros. Bramaba como un toro. Los demás tiraron violentamente de sus piernas hasta que lo solté, porque todo aquello me parecía demasiado absurdo. Se mantenían a distancia de mí como si fuera un perro rabioso, jadeaban y sus trajes ya no cantaban correctamente, porque se los había destrozado a concien cia. A pesar de ello, en los ojos de todos ellos brillaba una gran alegría, muy distinta de la que manifestaron en el aeropuerto; alegría no por mí, sino por mi causa. ¿Me expreso con suficiente claridad? Se regocijaban en mi contemplación como si ante ellos tuviesen un gran botín. Aquella actitud me disgustó extraordinariamente.
Después de haberme mirado hasta la saciedad, salieron fuera a paso de ganso. Cuando me encontré solo y encadenado, volví a mirar la habitación. Me habría gustado sentarme, todavía me temblaban las rodillas por el esfuerzo; al menos había deformado la nariz del gordo y triturado la oreja de otr o. Pero no podía decidirme así como así a sentarme junto a la pared con un hierro alrededor de la garganta. Tampoco quería pasearme, eso habría tenido algo de perruno. Aún brillaba en mis ojos la dorada pompa del palacio. En el techo de la habitación aleteaban los amorcillos con su bandejas, pero ninguno descendió para ofrecerme un bocado. Inútilmente intenté convencerme de que todo aquello era un terrible malentendido. Lo que mayor desconfianza me despertaba era no tanto el encadenamiento, como el regocijo con el que me habían contemplado después. Reflexioné acerca de cóm o debía comportarme para salvar mi dignidad. En una situación así, a uno se le ocurren las ideas más extrañas: ¿debía tapar el collar de hierro con el cuello de la camisa y tapar con mi cuerpo la cadena? Mis miradas se dirigían una y otra vez, como si tuvieran voluntad propia, al banco de trabajo, donde vi unos cuchillos y tenazas . Arr iba, cerca del te cho, había una barra en la que se agitaba una cortina que en esos momentos se encontraba recogida. Los cuchillos me eran familiares, parecían sierras pero no tenían dientes: una empuñadura a la que seguía una cuchilla curva, exactamente como las que se utilizan en un taller de curtidor para la preparación del cuero. ¿Qué podía tener que ver todo eso conmigo? Naturalmente nada. Me dije esto a mí mismo por lo menos diez veces, pero no me convencía. Ponerme a gritar pidiendo ayuda me daba vergüenza. En la navaja de bolsillo tenía una lima , pero no para una cadena que no sólo habría mantenido sujeto a un dogo, sino a un tiro de seis caballos.
Pasada alrededor de una hora, se abrió de repente la puerta irisada y entraron mis secuestradores guiados por un lustra-no alto y también muy gordo al que yo aún no conocía . Lle vaba unas gafas rosas y se comportaba con gran solemnidad, aunque jadeaba un poco, como si hubiera tenido Dios sabe qué prisa por venir. Ya desde el umbral me hizo una profunda reverencia y conectó la canción de su traje o su gorro. Los demás me señalaron, hablando todos a la vez, intentando gritar cada uno por
encima de los demás, y todo ello con el feliz gozo ya mencionado. ¿Acaso era un rehén?
¿A lo mejor incluso un rehén político? ¿Se trataba entonces de un rescate?
La contemplación duró apenas un par de segundos, y después el solemne vio el banco de trabajo y empezó a echarles una bronca a los demás, amenazándolos con el puño. A toda prisa saltaron hacia la cortina y la corrieron ¡los muy idiotas! El pastel estaba descubierto desde hacía rato, y el hecho de que escondieran su arsenal de hierro y acero consiguió que por fin se me helara la sangre en las venas. E l gordo dio una orden. Dos hombres salieron corriendo de la habitación, volviendo enseguida con una de aquellas estatuas que ellos lla maban teoditas. Esta ve z era un ángel, com o los que pueden verse en todas las iglesias de la Tierra, sólo que el de aquí se movía. Cuando hubieron traído sillas, el ángel empujó una debajo de mi trasero, después se colocó a mi lado y empezó a soltarme una increíble parrafada: era el intérprete. Al mismo t iempo me abanicaba con sus alas extendidas, cosa que, dentro de todo, fue muy agradable, pues debido a la conversación y a la pelea por mi vida sudaba como un cerdo.
Se sentaron a mi alrededor formando un semicírculo cu yo radio, como medida de precaución, era un poco más largo que la longitud de mi cadena. Entonces empezó, pero lo que empezó es difícil de definir. De entrada se presentaron; algunos, no todos. Los fanáticos se sentaban con las piernas cruzadas s obre la alfombra y ayudaban con su vocerío y las salvas de satánicas carcajadas a los oradores que, uno tras otro, en el espacio vacío que se había formado ante mí, die ron rienda suelta a su hostilidad, más que contra mí, contra todo el mundo. Ya en una ocasión fui secuestrado por un rescate, y sabía también algo de los se cuestradores que llevan a cabo sus acciones por amor a una idea, categoría en la que aquella gente pretendía entrar, pero allí había algo que no podía ser verdad. ¡Maldita sea! No sé como expresarlo. En cualquier caso, no tenía la menor duda acerca de la autenticidad de sus malignos propósitos.
Me dijeron que el individuo majestuoso con las gafas rosáceas era el presidente, o más bien, el antipresidente de la as ociación local de escrit ores. Algunos de ellos se inclinaban por el antisacerdocio; otros eran pantistas (pan-anti-artistas) y probablemente también autoístas. Sentado en la alfombra se encontraba un neonista (no brillaba como un tubo de neón, a ello sólo se sienten llamados los neonihilistas); junto a él había repantingados dos socioguillotinistas (defensores de poner fin). Al lado del ángel se sentaban un ultimista (escatolista), dos luchadores permanentes de diversos antiefectos, un andrajista y una subclase de ultrafalotes. Estos últimos en realidad sólo servían como claquistas. Hacían como si quisieran arrancarme los ojos, pasaban de la rabia al éxtasis. Todo parecía brotar de un sentim iento auténtico, pero de alguna manera daba la impresión de que no conseguían la satisfacción plena. Era como una pieza de teatro interpretada por unos actores en plena fiebre de luces y de miedo primerizo; com o un grupo de indios bailando en círculo alrededor del poste de martirio, s in estar ya del todo convencidos de su Manitú ni de sus Praderas Eternas, pero obligados a seguir los pasos de sus antepasados y s intiéndose intranquilos no por una repentina piedad, claro que no, sino, más bien, por una pizca de incredulidad, adormecida a causa del griterío general... O como los allegados de un muerto que, en un entierro, no son como las plañideras que reciben dinero para sollozar o mesarse los cabellos, sino familiares y parientes que quieren alcanzar un mayor grado de desesperación, ya que todo aquello les atañe verdaderamente a ellos, por lo tanto, tienen que mesarse los cabellos más de lo necesario y deben sollozar de manera que se les oiga fuera de los muros del cementerio. Abreviando, el esfuerzo me pareció extrañamente exagerado. Aquella gente tenía caras humanas; no llevaban máscaras, pero se veía que no eran sus caras habituales. Entonces todavía no sabía como lo hacían y tampoco era una cuestión que en aquel momento me intrigara particularmente. El ángel que estaba de pie junto a mí batió todas las marcas de interpretación cósmica, incluso traducía el zumbido de los coros hablados:
—¡Libertad y bienestar! ¡Oja lá no tengamos que viv irlo! ¡Metedlos en vereda a los sarnos os cibernantes y a los piojosos ret ortas, a los programados en el matraz de
la cocina venenosa, a los fofos de la serificación general, a los gelatinosos completamente chalados!
Así se enardecían unos a otr os hasta que uno apartó a empujones a los demás, y saltó como un gallo sin moverse de sit io, agitando los brazos como si quisiera llegar hasta los amorcillos que planeaban cerca del techo.
—¡Terráqueo! —gritó— ¡Correo diplomático! Cualquiera, grande o pequeño, guapo o feo, corrompido o justo, torcido o recto, cualquiera que todavía no está acabado por esto o aquello y que profundamente inclinado hila su vida de hilo, quería decir, el hilo de su vida, cualquiera es una criatura que despierta en nosotros atracción, amabilidad, lástima, admiración, disgusto, piedad, padrenuestros, Amén y atención en general. Por el contrario, un rebramante cabronazo, un encelado lujurioso, un trompa tragón panzacebada, un insecto de ojos saltones que pisotea las flores y los mundos, eso es una contaminación del ser sobre dos piernas, un cacaculomierda, un cínico baboso o, peor aún, un baboseante cínico. ¿ Acas o no es verdad? Pero si encuentras en los pantanos a uno de esos otros con un delantal agujereado del color gris pobre de las chaquetas campesinas verterás enseguida toda la hiel de las entrañas y darás cabida en tu corazón a un sentimiento de preocupación. Si en verdad encon- trara personalmente a una pobre huérfana con dos jorobas o aun un poco menos deforme, si encontrara a un inválido o a un mendigo medio congelado, tembloros o, necesitado de ayuda y sin calzoncillos... ¡Ah, cóm o querría yo cuidarlo y consolarlo!
¡Cómo desearía alimentarlo y cantarle, lleno de júbilo, mi canción al oído, en el oído sucio y vigoroso del pueblo! Sin embargo, es una lástima gastar las palabras. Mi voz no llega a lo alto, la cultética no cede, ¡las ma lditas menses! Cuando pedí consejo al confesionador me recomendó amortiguar la acción de mi piedad con una dosis de sintesentimiento. ¿Has oído, tú, muslo de perro terrenal? Sintesentos en lugar de auténtica compasión. Salí en el acto corriendo hacia casa, cogí una garrafa de gasolina y, con mis propias manos, prendí fuego al confesionador, cosa que, como bien comprenderás, nadie me impidió. Al día s iguiente, en el mism o s itio, había uno nuevo
con cien canales para la confesión s imultánea. Entonces comprendí que había llegado la hora de ponerle las bridas al pueblo, ésa era la única salvación posible. ¡Oh, cómo me alivió ta l descubrimiento! El liberador de las masas sólo puede ser alguien que las tenga cogidas por el cogote mediante el terror, que limite y recorte las libertades, escurridizas como grasa derretida, que brotan en millones de formas . En definitiva, basta con poner la tapa y clavetearla. As í, primero, de la temeridad general surgen graznidos y gemidos ; después, sin embargo, aparece, con un gran estruendo, la elevada faz que me ilumina com o el arrebol matutino abriéndose paso en la noche oscura del liberalismo mal e scrit o... ¡Oh! P ongo el pie de mi justa ira s obre los liberales, vacíos de sentido, y sobre los malditos igualitaristas, cabeza de paja. ¡Oh, lejanía azul! ¡Oh, verse desarropado bajo vigilancia! ¡Ven aquí!, as í grito y o. ¡Ven dulce casa de encarcelamiento! La servidumbre vulgar y grosera que le agarra a uno, sin consideración, por el cuello. ¡Oh, florece tú mi sueño de primavera! ¡Los administradores de bienes perjudiciales deberían llevar manchas azules , tantas como estrellas hay en el firmamento! Así he ido a parar al fondo. Ni yo ni mis compañeros tenemos nada contra vos, pero tenéis que morir, porque no se puede empezar con una X cualquiera. Si no fuera por nosotros, t odo acabaría ahogándose en la cibergrasa endulzada con sacarina. La palabra es plata; la acción es or o. Cualquier gran revolución ha empezado así, incluso s in ideas. ¡Qué no conseguiremos entonces nosotros ! ¡Basta! ¡P ongamos fin a la charla! ¡Fuera con las tripas!
—¿Qué se ha creído usted? —grité e hice chirriar la cadena—. ¿La vida, pues, queréis arrebatarme?
No sé bien por qué me expresé de una manera tan altisonante, pero el pequeño palideció y, en lugar de efectuar su sangriento anuncio, se derrumbó en los brazos de sus compañeros, que intentaron reanimarlo con cachetitos. Jadeó como si no estuviera acostumbrado a cosas de este estilo.
Otro entró en el cír culo, alzó ambos brazos hacia los amor cillos con los aperitivos y habló con un murmullo apagado:
—¡Nos hundimos, señor Tichy!
Dijo esto con un tono tan conmovedoramente místico que, a pesar de la argolla en el cuello, me dio un poco de pena. De ahí que preguntara:
—¿Pero cómo y por qué?
—Por el bienestar. —¿Es inevitable?
Soltó una diabólica y venenosa carcajada que se tornó en sollozos . También el resto de los secuestradores se enjugaban disimuladamente los ojos.
—No, de ningún modo —gimoteó— . Aunque el pan del paraíso tenga un sabor amargo, nadie renuncia a él voluntariamente. El bienestar absoluto conduce a una absoluta perversidad. El pueblo ya no puede ceder. El pueblo es de fiar mientras se encuentra en la necesidad, pero ya no cuando la pompa y el lujo lo han violado. Ya no quiere que las cosas sean de otra manera, ya que «otra manera» significa sólo peor , y nunca mejor. Es cierto que en otro tiempo la sencillez es tuvo de moda: sopa de raíces del bosque, una cabaña con techo de paja, un curdlo en el establo, un arado, festejos descalzos , ropas harapientas; pero todo sintético, las raíces de trufas, el curdlo sobre patines, la paja de nylon, el arado con mando a distancia. La ascética era tan pueril que pronto se cansaron de ella. ¡Ay, señor! No sabéis vos cóm o se atormenta la generalidad sólo al contemplar el select or de placeres automát ico que hace sus preparativos para un nuevo mimo. Al ciudadano le da un ataque y algunos han destrozado a golpes su selector, pero de qué sirve eso si el aparato procede de inmediato a su autorreparación. Lo peor de todo es que el pueblo nos odia a nosotros, a los que luchamos por su bienestar. No quieren comprender que se encuentra al borde del
abismo de la corrupción . Este es el motiv o por el que tenemos que ejecutaros, respetado señor.
Posiblemente ése era el secretario de prensa de aquella gente, que se había quedado cualquier cosa menos sat isfecha con su exposición . Había olvidado añadir, gritaban todos a la vez, que una causa grande exige un gran sacrificio. Había olvidado exponer el aspecto histórico de los acontecimientos anteriores . ¿Qué es lo que debía hacerse? Una despielación. No una depilación, sino el arrancado de la piel. La perspec- tiva de un Tichycidio (en el traducción del impertérrito ángel, esto sonó como una matanza a escondidas, mi nombre lo lleva en sí) no aumentó mi conmoción, ya que prefiero tener ante mí un peligro concreto a dejarme hacer cosquillas en la espina dorsal con mohosas insinuaciones. Mi espíritu se encontraba de nuevo completamente despierto, mi cuerpo se relajó y estaba decidido a vender cara mi vida.
Primero intenté hacerle comprender a toda aquella gente que las grandes ideas no obtienen su fundamento con actos asesinos , pero era igual que hablar a las paredes. De sus idealistas y saltones globos oculares emanaba un fanatismo tan contumaz que me habría sido más fácil, com o pavo, quitarle a la cocinera en Navidad cualquier propósito de derramamiento de sangre, que allí, con esos fanáticos que pre- tendían matarme para conjurar así Dios sabe qué. Cogí la navaja, pero al mismo tiempo experimenté la siguiente sor presa. Lo que yo había considerado un epílog o, resultó ser la introducción: se dieron dist intos turnos de palabra, el teólogo en la presidencia o anticapellán apuntó la lista de oradores, luego se aprobó el orden del día y se eligió una comisión de mociones.
Escuché todo esto y, poco a poco, comprendí de qué se trataba. Que yo tenía que ser sacrificado era una cosa decidida de antemano, pero no su interpretación. Se trataba entonces de determinar desde cuál de todas las posiciones debía ejecutarse todo aquello. Después de un tormentoso debate se situó en el centro un representante del Arte Extremista, se inclinó y comenzó:
—¡Honorable huésped! ¡Ah, si cayeras en mi mano! Considero mi obligación comunicarte por qué abandoné mi paleta por ti. ¿Acaso est oy sediento de sangre? ¡Oh, no! ¡Jamás! ¿De qué estoy sediento? De la obra, de la pintura, la confesión de mis sueños plasmada en colores sobre el lienzo. Ver venir a alguien que al echar un primer vistazo grite de pla cer. Más no quiero, lo juro. Pero juzga tú mism o. ¿Qué puede significar para un pintor que baste con dar una orden para que la pared, gracias a su complejo meandroico y a su lector de deseos haga aparecer en ella un fresco puro y diestro? Cuando de niño manifestaba mi afición por la pintura, me ponían de cara a la pared. ¿Cómo habría podido oponerme? Durante un cierto tiempo colaboré, pero el rencor me corroía el corazón. Además pronto se acabó con las paredes y se extendió una nueva corriente: el elocuentismo. No iba en la dirección más errónea, pero ¿de qué servía? Antes de que pudiera entrar en él se había autocomputerizado. Seis sema- nas después surgió el doublismo: cuando un cuadro puede hablar consigo mismo también puede pintarse a sí mismo. Cosa completamente normal, ¿no es as í? Pero yo no cedí y seguí esperando. Apareció el excrementismo: una cucharada de aceite de ricino s obre un lienzo de cuatro por se is. S i la inspiración se acababa, se cogía el tubo del aspirador. ¿Qué se puede hacer contra la tiranía del arte? Como un solo hombre nos envenenamos con blanco de cinc y negro de marfil, pero también esto dejó pronto de estar de actualidad, ya que llegó el suicidism o, también llamado antoismo o samidasmo. Al principio exist ía el ventrism o: el artista iba allí y exponía su barriga pulida hasta el brillo o equipada con diversos accesorios fijados con esparadrapo o por trasplantación. El público también se hartó de verlos. A continuación, en el vernisage sólo aparecía una pared de cemento, el artista se untaba bien con fijador y cogiendo carrerilla se lanzaba contra el muro, para quedar pegado: una nature morteselfsacrified. Esto sólo podía hacerse una vez, pero no había esca sez de desinteresados. Evidentemente yo tenía un cráneo demasiado duro, aparte de que, mientras tanto, el cemento cedió; ya se sabe que las menses nos mantienen sanos y salvos. Cuando entré en el vigésimo octavo año de mi vida, el genismo estaba en pleno apogeo. Se cogía una batidora, se mezclaban distintos genes, se los cubría de lirios y
perejil y se conseguía un monstre pittoresque. También estas criaturas iconales pasaron de moda. Después llegó el destruccionismo, que consistía en hundir a los colegas y r obarles las ideas, pero también ésta tuvo que ceder frente a otra corriente:
¡el creacionismo! Nada de masas de barro o yeso, s ino obras acordes con la época, áureos altares satélites con acuarios incorporados donde cada tiburón lleva una den- tadura con autolimpieza, una urbanística libre de la fuerza de gravedad multiconfesional, campanarios que se yerguen en el vacío como las pinzas de las langostas, pero, lamentablemente, todo ello sin alma , sin fe, y además cada obra, de una manera muy íntima y privada, debía ser cubierta de negro, o mejor aun, granularse enseguida para que de entrada no llamara la atención a los de fuera. Tampoco esto servía precisamente para fomentar las menguantes fuerzas creativas.
—¡Xicio, te estás liando! —le gritaron—. ¡Te vas demasiado por la s ramas! ¡Ve al grano! ¡Déjate de historias! ¡Te apoyamos, socio! ¡Lo que cuenta es que no te arrugues!
—¡Yo arrugarme! —rugió él—. Ar spro arte significa muerte, nosotr os hacemos misericordias , y más mísera cuerda no puede haber. ¡Heida! Teoida, coge al terráqueo por la garganta, quiero hacer de su piel una obra de arte.
—¡Cinturones para Artes y Oficios ! —vociferaron los otr os, al tiempo que se levantaban de sus asientos. Debía de ser su himno.
Después corrieron tras las cort inas. Debían ir por las herramientas, no podía ser otra cosa. Me puse en pie de un salto, y la cadena chirrió.
—¡Te has vuelto loco! —grité— . ¡N o! ¡T odos quietos! —C on el rabillo del ojo vi que el ángel había traducido la orden pero que él no la obedecía en absoluto. Dos cabezas más alto que nosotros , estaba allí de pie y agitaba las alas. Una buena ventilación. Pero con ello no iba a mejorar mi situación.
—¿Qué significa esto? —gritaron todos al ángel—. Tú t ienes que aguantar al terráqueo. ¿Qué? ¡Que no quieres!
error.
Se quedaron pasmados, pero enseguida se dieron cuenta de dónde estaba el
—¡El crimistor ha fallado! No importa . ¡Lo haremos nosotros mismos ! Xicio está en forma, ej uchnjem, pájaropinatiplumadoveleidoso, formad la columna de bolos.
Efectivamente, se colocaron formando una falange cerrada triangular frente a mí y avanzaron de espaldas a m í. Curiosamente, me daban la espalda y empujaban delante de ellos con sus traseros al pintor, que llevaba una daga en la mano. En la mía relumbró la navaja. Si no me falla la memoria, el gran macedonio utilizó un orden de batalla así pero con mucho más éxito que este de aquí, al que a medio camino le resbalaban los pies como si la alfombra fuera una pista de hielo. Rodaron al suelo unos sobre otros. E l primero que se levantó, balando, fue el gordo presidente de los antiautores. Al caer se había rajado los pantalones con la navaja que yo tenía en la mano. Había arañado sin querer la carne de sus posaderas, y muy levemente, pero él bramaba como un toro. Los otros , de tan desalentados como estaban por el fracaso, ni siquiera tenían prisa por ponerse en pie. Cada uno yacía allí donde había ido a parar, y sólo se elevaba del suelo un apesadumbrado cuchicheo:
—Incomprensible...
—¡Sólo porque Xicio no tenía valor! ¡Este mierda de tío! ¡El muy cobarde!
—¡Eso no es verdad! ¡Vosotros tenéis la culpa, vos otros ! —manifestó, hipando, el pintor extremista.
—¿Quééé? ¡Lárgate, gallito! ¡Pero al galope!
—¡Ya sabía yo que al pintamonas le saldrían plumas de gallina!
El pintor se levantó de un salto y empezó a arrancarse la ropa del cuerpo.
—¡Déjalo Xicio! —tronó el se cretario de prensa de la asociación— . ¡Los demás, dejadlo en paz con su desgracia! Ahora le toca al próximo. ¡Gänserich! Tu turno.
—¡Gänserich! ¡Estupendo! —gritaban entusiasmados—. ¡Métete al chico de los pinceles en el bolsillo, Gänsi! ¡T odavía no se ha perdido todo, todavía queda un rescoldo, te vamos a dar la madera para el fuego!
—¡De un solo golpe al regazo negro!
—¡Toma Colophonium para que no desvaríes!
—¡Vibramen debería tomar! ¡Eso sería mucho mejor!
El ángel traducía como un poses o. Los extremista s se dis pusieron en un nuevo orden. El pintor, cubierto de oprobio, desapareció. Y ahora yo me las tenía que ver con un chaval al que llamaban Gänserich: un engendro ancho de espaldas que, sin duda a consecuencia de la pelea, llevaba la nariz aplastada y corrida debajo del ojo izquierdo. Una máscara, pensé, igual que los demás.
—¡Silencio! —bramó en un profundo tono de bajo mi nuevo oponente, aunque desde hacía un buen rato nadie había dicho ni pío. Se apoyó en una pierna y después en la otra, se balanceó sobre los talones hacia adelante y hacia atrás y, mientras tanto, su nariz encontró de nuevo su lugar original.
—¡Mamífero terráqueo! —habló Gänserich con voz de ultratumba—. ¡Producto de pipeta con corte de cordón umbilical! ¡Tu sicalíptico destino llama a las puertas! Así que entérate durante el último par de aspiraciones que te quedan de con quién has de enfrentarte. Soy curdlista, un luchador intrépido y un idealista sin compromis os, he compuesto el himno que ensalza al Gran Andante. ¡Viva el curdlo! El maravilloso organismo social, el resplandeciente sistema orgánico. Ya sé que si pudieras escaparte me delatarías, pero el collar de hierro de la justicia hist órica y la cadena del progreso te mantienen sujeto, ni siquiera te ayudan las menses, ¡a ti, malvado procedente del extranjero! ¡La vergüenza del bienestar se desprenderá de mi pueblo, como los cartílagos de los huesos, y huirá sobre sus piernas cole ctivas a la clara lejanía
iluminada! Ahora bien, se acer ca la venganza por todas las calumnias que se levantan contra los ideales más dignos de-l cubo de agua sucia que se ha derramado sobre la cabeza del naciomóvil. Una ira santa me oprime, me lleva a la lucha. ¡Elevad el grito de guerra! ¡Heida! ¡Hermanos, prestadme vuestra fuerza! ¡Tocad para la marcha! Le pisaré los...
—Bastante flojo —dije yo.
—¿Qué? —gruñó él. Un ladrillo no lo habría aturdido tanto—. ¿Cómo te atreves? ¡Cierra la boca, víctima! ¿Por qué tenía que ceder yo?
—Arroró, arroró burbuja, que viene la bruja. Si la tía pega un silbido, el tío da un resoplido...
Le temblaba todo el cuerpo y los otros se habían quedado mudos de espanto. Sería difícil encontrar los motiv os que me llevar on a hacer una poesía improvisada como aquella. En realidad no tenía ni idea de lo que aquella gente pensaba de una ejecución rápida y sangrienta, pero un extraño instinto me dijo que necesitaban jalearse unos a otros como si el éxito de aquella reunión homicida dependiera de un ambiente proporcionalmente escalonado y claramente macabro.
—¡Ven aquí ganso castrado! —dije—. Quiero decirte algo al oído.
—Metedle enseguida una mordaza en la boca —gritó Gänserich, el curdlista—. Así no puedo seguir, este individuo me hace perder el hilo.
—¿Pero qué dices amordazarlo? —preguntó desesperado el antipresidente de los literatos— . ¡Clávale el cuchillo en las tripas y se acabó!
—Soy el cruel Gänserich —gritó con fuerza el curdlista. Sacó un cuchillo de curtidor del cinturón y se acercó a mí. La cadena chirrió y tembló com o una cuerda
cuando yo salté detrás del ángel. El recibió la puñalada y vaciló. Gänserich resbaló y cayó de rodillas delante del ángel.
—Yo... Un momento... Lo intentaré de nuevo —balbuceó desesperado. Estaba completamente excitado. Le habría podido quitar sin problemas el cuchillo o darle un golpe detrás de sus orejas de pájaro, pero ni hice ningún movimiento. Observé a los tres tipos que desde hacía un rato habían aparecido en la puerta irisada y que lo escuchaban todo desde allí. Sólo y o los había visto, ya que el resto de la reunión man- tenía la mirada fija en mí, que debido al collar de hierro y obligado por la s ituación estaba de pie de espaldas a la pared.
Primero tomé a aquellos tipos por alguna especie de extremistas del arte, pero me equivoqué.
—¡Que nadie se mueva! ¡Esto es un atraco! —tr onó el más grande de ellos y avanzó hasta el centro de la habitación. El curdlista se atragantó y se calló. Sólo dos grandes lágrimas, reservadas para el caso de una derrota, le r odaron por las mejillas. Una se hundió en la solapa de su chaqueta y la otra cay ó sobre la alfombra. Sólo Dios sabe por qué se recuerdan estos detalles, y además en semejantes circunstancias. Mis secuestradores, sobresaltados, empezaron a protestar; hubo una furiosa riña. El ángel seguía traduciendo cada palabra, pero los demás se abalanzaban unos sobre otros y gruñían de tal forma que pronto perdí el hilo. Sólo comprendí aproximadamente, el sentido de la pelea. Los que habían entrado eran extremistas de un grupo que no tenía nada que ver con el arte, la teología o la teoría general del ser. La pelea (ya se estaban agarrando del cuello) era por mí. Pronto se puso de manifiesto la superioridad de los profesionales sobre los amateurs, como tenían que serlo por fuerza los artistas y otros humanistas. El que se resistió durante más tiempo fue el vicepresidente de la Antiasociación de Escritores. Acorralado en la esquina donde se encontraba el banco de trabajo, había agarrado unas tenazas de despellejar y las utilizaba com o maza . Sin embargo, a los pocos minutos los recién llegados eran dueños de la situación. Era
evidente que se trataba de expertos. No dieron ninguna explicación, no expusieron ninguna teoría y no se detuvieron en pequeñeces. Cada uno de ellos tenía una misión concreta que ejecutó con una precisión sorprendente. En otras circunstancias habría compadecido a mis art istas extremistas: desalentados, con los trajes arrugados de los que en lugar de una agradable música de cámara brotaba ahora una laméntale cacofonía, se hallaban ahora sentados (qué irónicos cambios tiene la vida) junto a m í, al lado de la pared. Sólo el antivicepresidente resistía aún el ataque, pero de una manera cada vez más débil. Durante la lucha, e l ángel recibió un golpe que lo hizo tambalearse hasta la esquina y dejó de traducir. En lugar de eso, apareció en su faz celestial, hasta entonces tan rígida, una extraña sonrisa, y debajo de su pecho empezaron a centellear sobre su cuerpo de alabastro rótulos luminosos de colores:
—¿Dydr beuns ganatoproxul? ¿Fornicaloriss imur, Dom inul? ¿A dryxi pixi kuazk supirito? ¿Miluloling, viejo amigo?
Al mismo tiempo me cogió por el brazo, puso una misteriosa cara y me arrastró hacia adelante tan fuerte que cuando la cadena se tensó no podía respirar. El collar de hierro me estrangulaba de manera que ni siquiera podía gritar pidiendo socorro. Por suerte, el adversario del vicepresidente, tras derrotarle, corrió en mi ayuda. No sé lo que él y su acompañante de mayor tamaño hicieron con el ángel; en todo caso, cuando abrí los ojos, estaba otra ve z de pie en posición de guardia, agitaba las alas y traducía. Por cierto que no tenía mucho que hacer, mis nuevos se cuestradores se manifestaron como hombres de acción. Me empujaron a un lado, sacaron de una bolsa algunas herramientas y, sin el menor esfuerzo, sin desprendimiento de calor, pestilencia o humo, separaron el anillo de la pared. Fue rapidísimo. Me resistí a darles las gracias, y con toda la razón, ya que su comportamiento posterior no tenía nada que ver con una liberación. Uno tiró de mí por la cadena, los otros dos me empujaron hacia adelante sin pizca del respeto del que había podido disfrutar antes con la sociedad de los artistas.
Abandonamos el palacio sin pasar por la serie de suntuosas salas, utilizando, al parecer, un ascensor de cocina, de manera que me desorienté por completo. Fuera reinaban las más densas tinieblas; la noche era fría. Yo llevaba sólo calce tines de seda y enseguida me mojé los pies en un charco. Con mis zapatos de charol había sufrido mucho. Soy muy sensible, incluso desvalido en lo que respecta a zapatos insopor- tables, pero para el aterrizaje me los había puesto porque esperaba un banquete de recibimiento. P or lo que se deduce de lo ya explicado, las cosas no discurrieron como yo había imaginado. Cuando estaba atado a la cadena y tenía que escuchar todas aquellas declaraciones y desatinos , los zapatos de charol me apretaban y había deslizado discretamente los pies fuera de ellos, ya que los tenía hundidos hasta el tobillo en la pelusa de la alfombra. Puesto que, en cierta manera, me encontraba como quien dice en mi entierro, habría sido una extravagancia ceñirme rígidamente a las normas de buena educación. Bajo la impresión de lo sucedido, no había vuelto a pensar en ello. En cuanto, a la luz de la luna, descubrí en el ojal de la chaqueta de uno de mis secuestradores una rosita intérprete, aproveché la ocasión para solicitar una breve pausa: sólo quería ir corriendo a recoger mis zapatos. Mencioné la posibilidad de pescar un resfriado, pero el secuestrador era un tipo muy bruto. Se rió roncamente y comentó:
—¿Pillar un resfriado? No te queda tanto tiempo como para eso, albóndiga.
Los insult os extraídos del ámbito de los plat os de carne disfrutaban aquí de un reconocimiento no menor que en Italia. Me metieron en una caja o baúl y empezó el viaje, cam po a través como podía deducirse de las sa cudidas y los chirridos, ocasionados por éstas, de mi cadena. Después de un cuarto de hora me encontré medio ahogado en un sótano de cemento. No sé cóm o había entrado el vehículo de los secuestradores y desaparecido de nuevo, en todo caso no quedaba ni huella de él. Las bajas paredes desnudas daban una sombría impresión. La decoración se reducía a unos cuantos taburetes de tres patas, un tocón con un hacha clavada, un montón de troncos, una mesa sencilla sobre un pie de cruz, y naturalmente un anillo empotrado
en la pared al que enseguida fue sujeta mi cadena. Así que había hecho bien en no forjarme demasiadas esperanzas. Junto a la mesa había también un banco. Me senté, me quité los calcetines mojados y busqué un sitio donde poderlos colgar para que se secaran. A esto, el secuestrador, que ya antes se había mostrado tan poco amigable, soltó un gruñido:
—Esfuerzos vanos.
Se quitó la casaca , sacó del horno una tort ita quemada y la mordió con av idez. Era extraño: a pesar de que sabía que los entianos tienen un aspecto distinto al nuestro, me había acostumbrado tanto a las caras humanas de mis primeros secuestradores que no podía salir de la impresión de que el individuo que me vigilaba ahora llevaba una máscara, pero ¡precisamente entonces no era ése el caso! La cara del entia-no produce a los hombres una reacción de gran rechazo al igual que la humana sobre los entianos. Sin embargo, debido a los agujeros de la nariz, muy separados, que parecen redondos ojos saltones , se asemejan más a un caballo o un tapir que a un pájaro. Desde luego, la percepción propia no puede ser sustituida por ninguna clase de descripción. Cuando mi guardián se hubo hartado de comer, se golpeó varias veces el pecho, con una forma de barril tal que realmente recordaba al de un ganso o de un avestruz, tir ó de un par de pequeñas plumas que evidentemente le hacían cosquillas en los orificios de la nariz y finalmente empezó, concentrándose mucho en la tarea, a hurgarse en las narices. A la postre, seguramente por aburrimiento, sintió la necesidad de hablar, pero sin dirigirse a mí, sino a la superficie de la mesa sobre la que de vez en cuando ponía el acento dando un puñetazo. Como yo permanecí callado, el bruto entiano se levantó de g olpe y me explicó que, de acuerdo con la tradición, el secuestrado debe ser informado de por quién y por qué ha sido llevado allí donde se ve crecer el rábano por debajo. Como si y o fuera un rufián particularmente pernicioso, indigno de recibir una explicación de él, iba a condescender no obstante a ello, por tratarse de un extranjero. Sus acompañantes
permanecían todavía fuera, pero él, no sin antes sacar de su traje un papelito, empezó, consultando cada dos por tres sus notas.
DISCURSO DEL JEFE DE LOS SEGUNDOS SECUESTRADORES
¡Que la cara terrestre me preste oído con atención ya que no amo los largos discursos! Ha ce cientos de grandes soles, aquí no había ninguna Lustrania sino la Tierra Hidia, hasta que llegaron y nos quitaron la herencia de nuestros padres. Somos los hidianos de plumaje rojo, sin embargo, ya no se nos puede reconocer como tales, porque de mal vivir en el subterráneo falto de luz hemos perdido el color . Sin embargo, por aquel entonces, toda la tierra que se extiende sobre nos otros , obedecía nuestras leyes. El Gran Espíritu nos mandó acechar a los malos y, así, los atrapábamos y los ofrecíamos en la últ ima danza. Pero ahora eso ya no sucede; esperamos, vigilamos y leemos el periódico. Ha ce poco, decía en él que un hermano nos visitaría, en este cuerpo celeste, procedente de muy lejos, un extranjero, pero un hermano en el espíritu. En consecuencia, preguntamos a los m iembros sabios de la tr ibu, con cargos, qué clase de hermano sería el que deseaba venir como huésped a nuestra vieja tierra. Estos miembros de la tribu, que si bien tienen el plumón blanco, en su corazón siguen siendo de plumaje rojo, nos dijeron la pura verdad. El huésped iba a ser recibido con gran honor, ya que viene de las estrellas y no procede de los pájaros. Pero ¿para qué este honor del recibimiento? ¿ Lo merece? Un enviado, es o dicen, pero ¿de quién ha recibido él su legación? Y nos dijeron qué clase de gente sois . Amáis la guerra y os armáis para ella. En el fondo de la paz se incuba vuestra traición , en vuestras guerras arde la perfidia, ya que tenéis preparadas para cada uno de vosotros ochenta hachas de guerra atómicas, y ni eso os parece suficiente. Os seguís armando, destiláis mortíferos venenos, cada vez más, y cuando alguien habla de ello os reís puesto que
«reina la paz, la paz». No es que tengáis en la cabeza la lucha, sino la perfidia y la traición. Martirizá is a vuestros vecinos y os contamináis vosotr os m ismos , y ahora os
han entrado ganas de hacer visitas, husmear y acechar algún botín. —Gritó y golpeó la mesa con el puño.— ¡Pero también nos otros n os hemos preparado para tu recibimiento, enviado ladrón! Sólo faltaría esto en el enjambre de la Vía Láctea, que las caras terráqueas que asesinan a sus congéneres junto con niños chirriantes , se extiendan sobre la alfombra de la paz desenrollada delante de los ojos de los bravos hidianos, que no han olvidado lo que de sus padres aprendieron sobre los con- quistadores extranjeros. Acaso los lústranos de dura mollera os adu len servilmente, pero hay aquí gente más alerta. A nosotros n o te nos escaparás. ¡Oh! ¡Cómo va a verse de confundido tu alto entendimiento alimentado de carroña! Por lo vist o, entre vosotros hay escase z de amarillos , verdes y negros a quienes poder atormentar. S i te hubieras quedado sentado en tu tundra, junto a las tumbas que por vuestra causa existen, te habrías dado cuenta, con tu piel desnuda, que no vale la pena mentir, pero no aquí donde vigila el hombre de plumas rojas. ¿Crees que, después de matar a tus semejantes y saquear, de arrojarles a las tinieblas, de vestir un abrigo mejor, se puede viajar sin más ni más al encuentro con los «hermanos en el espíritu»? Tu hermano rojo en el espíritu te lo va a explicar, no escatimará esfuerzos; va a encargarse de desenterrar el hacha de guerra y meter al hermano y en un saco. Escribirá la factura en la piel del hermano la va a ahumar como recuerdo... ¿Oye el rostr o terráqueo a su hermano de plumas rojas en el espíritu? Veo que me escucha... ¿y no hay respuesta? Oigo que no hay ninguna respuesta... Bueno, pues ahora el hermano va a mandar al hermano canalla con sus propias manos a las Eternas Praderas, donde ya han ido a parar algunos malvados, pero ninguno como el rostro terráqueo...
Me empujó junto con el banco, saltó por encima de la mesa, tir ó a un lado el papelito con las notas del discurso, que ya era innecesario, y cantó, agachándose y poniéndose de nuevo en pie de un salto, con una voz salvaje y horrible:
Eh, ved el mamífero
que he cogido pr isionero . Hoy mismo lo dejaré seco
y bailaré descalzo sobre su tumba.
Yo estaba tirado en la esquina, junto a la chimenea y procuré que ni una sola vez chirriara la cadena siguiendo el ritmo. La cosa se había puesto fea. No podía estar peor. Por desgracia, el secuestrador no era tan ignorante como yo había sospechado al principio. Algunos retazos de nuestra historia le eran conocidos, y la distancia que había entre nuestros mundos condenaba al fracaso ya de entrada cualquier intento de justificación: él me t omaba por un espía de una raza asesina, y yo n o veía el modo de hacerle comprender ciertas distinciones, que ante un tribunal de la Tierra habrían sido aceptadas como válidas pero no aquí, en un sótano de un planeta extraño. Yo estaba como paralizado y no tenía ni fuerzas ni ganas para volver a sacar la navaja.
De repente se produjo un griterío confuso, se acercó un ruidoso pataleo y, con un gran estruendo, entró un montón de entianos por la puerta. Reconocí al pintor Xicio, al antivicepresidente y a Gänserich, que todavía tenían aspecto de hombres. A los demás, no los había visto hasta entonces. P osiblemente eran compañeros de mi guardián que yo no podía haber reconocido: estaba completamente oscuro cuando me metieron en la caja. En el primer momento creí que todos ellos peleaban entre sí, pero después me di cuenta de que allí pasaba algo increíble: cada uno de ellos luchaba, por
así decirlo, cons igo mismo.
gritó:
Mi guardián parecía no estar en absoluto sorprendido por ello. Dio un salto y
—¡Rápido! ¡Quitaos las ropas ! ¡Rápido, rápido! ¡Esa mier da ha pasado los filtros, nos agarra por los calzoncillos ! ¡Ven ga! ¡Rápido, ya empiezan a entumecerse!
Mientras gritaba, intentaba quitarse el taparrabos, pero cada vez le costaba más, cada vez iba más despacio, y también los otros se contors ionaban como los peces fuera del agua, unos luchaban con sus chaquetas, otros con la cam isa o la túnica, pero sus movimientos se extinguían como si estuvie ran metidos en una gelatina invisible
que se fuera coagulando. No había pasado ni un minuto y, como máximo, pataleaban como moscas en una telaraña invisible. Mi secuestrador, dado que antes de su danza se había quitado la casaca, tenía que luchar sólo con el taparrabos, pero esto lo tenía tan atrapado que, tumbado de espaldas, con las piernas dirig idas a la hoguera, sólo podía tirarse de las plumas de la cabeza y maldecir a todo el mundo.
¿Qué había pasado allí? ¿Venía a lguien en mi ayuda? ¿Era ésta mi salva ción? Pero en el sótano sólo estábamos yo, que aun encadenado tenía libertad de movimiento, y los otr os, que, tumbados sobre la barriga, de espaldas o de lado, gru- ñían o gritaban con una rabia desesperada:
—Esta maldita ropa... E l crim ifiltro ha fallado... N o puedo respirar; Gurgax, ayúdame, tú tienes una mano libre... Deja tus espinas tranquilas ¡tú, idiota!... Ese no soy yo, s on los calzoncillos ... Presidente, ¿tienes un crimistor?... ¿De dónde quieres que lo saque?... ¡Oh! ¡Maldición! ¡Prisioneros y sin apresador!... ¡Me muerooo!
Estos suspiros y llantos me aturdieron de tal modo que salté del banco sin acordarme de la cadena. Estrangulado por el collar, caí hacia atrás, sentí un nuevo tirón, aunque un tanto más flojo, y no pude dar crédito a mis ojos: la ca dena se había roto. Me temblaban las piernas, caí de r odillas, la arg olla v olvió a chirriar. Automáticamente la cogí con las manos . Mis dedos se hundieron en una especie de masa y soltaron el gancho con una gran facilidad. Con las r odillas temblorosas , me levanté y miré a mis secuestradores, a los del primer intento y a los del segundo. Desvalidos y pataleando estaban a mis pies, pero no agonizando. Advertí que no les pasaba nada, simplemente sus ropas se habían endurecido como moldes de yeso paralizando sus cuerpos y extremidades...
—¡El mamífero está libre! ¡Ojalá se le vuelva agria la leche! ¡Agarradle si tenéis honor en el cuerpo!
El que berreaba era Gurgax, el mismo que momentos antes bailaba y cantaba por mi muerte. Estaba visiblemente más furioso que los otros, pues éstos, no sé por qué, hacían como si no se percataran de mi presencia. Pero allí estaba yo. Respiré hondo una vez más, amasé en la mano un resto del collar que se había vuelto blando y no supe si debía poner tierra de por medio lo más rápidamente posible o si debía hacer un discurso. ¿Debería ofrecer mi ayuda a esta gente? Reconozco honradamente que no pude hacerlo. Rodeé al rígido Xicio y a Gänserich, cuyas manos seguían en alto, por encima de la cabeza, dentro de las mangas de sus chaquetas convertidas en piedra, y me deslicé hacia la puerta, con el miedo constante de que también mi traje pudiera rebelarse de aquella extraña manera. Afortunadamente, no pasó nada parecido. Subí por una escalera y llegué a una puerta de acero. Los grandes cerrojos colgaban como si se hubieran fundido sometidos a un gran calor; estaban fríos, pero temía tocar muchas cosas de allí, evité también cuidadosamente el marco de la puerta y seguí la es calera. Me llevó hacia arriba sin interrupciones, hasta que vi el cielo estrellado y sentí un fresco soplo de aire. Estaba libre.
De la luz de la luna no había ni rastro, sólo la negra oscuridad. Extendí los brazos hacia el frente y, vacilante, empecé a caminar bajo el cielo cuajado de chispas cuando de pronto una de las estrellas cambió de color y se acercó a mí. Antes de comprender lo que estaba pasando, oí un ruido, la estrella se convirtió en una lámpara intermitente que me bañó a mí y a todo lo que había a mi alrededor con una deslum- brante luz. Emprendí la huida rápidamente, pero aterricé de cabeza en un zarzal. Desde arriba, algo descendía despacio, grité y perdí el conocimiento.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Al volver en mí, oí unos ruidos incomprensibles per no me atreví a abrir los ojos. Yacía s obre algo fresco y muy suave, como un globo. Los brazos y las piernas los tenía libres. Entreabrí un solo ojo. Un entiano con un abrigo plateado y una lamparita en la frente se inclinó sobre mí.
—Xi xa —dijo.
Al mism o tiempo, debajo de mí algo habló, la v oz surgía de la almohada hinchada:
—Querido señor Tichy. Anímese. Se encuentra usted entre amigos y le cuidan lös medicatores y medicancios más expertos. No se le va a tocar ni un pelo. Si puede usted hablar, sea tan amable Vuestra Existencia de emitir tonos terrenales para que sepamos si nos entendéis.
—Entiendo, sí, sí, entiendo —g imoteé y me as ombré yo m ismo, porque no me pasaba absolutamente nada.
—Xu xu —dijo el entiano plateado que seguía inclinado sobre mí, y apagó la lamparilla de la frente.
La voz dulcemente modulada de la almohada dijo:
—La parte oficial de las celebraciones de recepción para nuestro apreciado señor Ijon Tichy tendrá lugar tan pronto como éste haya descansado suficientemente. El gerente del hotel gubernamental está a la disposición del señor Tichy, y no supone ninguna amenaza para vos... para ti. El desgraciado incidente se debe a una trampa doble. Lo explicaremos todo, los hechos se aclararán y nos desviviremos por desa- graviaros. Vuestra apreciada Existencia tenga la bondad de dormir, os induciremos al descanso...
«Espero que no al eterno», pensé yo. En aquel momento el entiano plateado hizo «Xo xo...», y me venció el sueño.
Como vieron que estaba en buen estado, sólo me retuvieron un día en el hospital y me llevaron después a un hotel. No sé por qué el aparato intérprete de la clínica se expresaba tan maravillosamente, en ningún otro sitio encontré uno mejor. Además, me enteré de la extremada habilidad con que los secuestradores, tanto los del grupo de Gänserich y Xicio como los de la antiasociación literaria habían actuado
contra mí. Claro que yo no había obrado con cautela. El salto de los neblinosos pantanos y los bramantes curdlos a la megápolis fue tan brusco que perdí el sentido de la proporción, y t omé a los cuatro elegantes entianos que me recibieron en el cosmódrom o por una delegación de la Sociedad para la Am istad Entiano-Terrestre. Desbordado por la aparición tan pomposa como llena de respeto de estas personas, me había dejado llevar a un vehículo y ni siquiera me había sorprendido el ansioso empujón con el que me habían lanzado a su interior. Mientras era conducido al palacio, y me dejaba llevar cegado por el oro, el jaspe y Dios sabe qué otras muchas cosas, entre los pomposos a ltares del mobiliario, hacia el lugar que ya sabemos, un hombre de paja que se hizo pasar por
I
Ijon Tichy engañó a la auténtica delegación y a la primera ocas ión que tuvo puso tierra de por medio, de manera que los enviados no tenían ni al pájaro en mano, ni la más remota idea de dónde buscarme. El secuestro tuvo lugar en el mismo cosmódrom o, porque la etosfera todavía no me conocía y, por lo tanto, n o pudo tomar con la suficiente antelación las medidas necesarias para protegerme. Me llenaron la cabeza de cosas, de las que no entendía nada, pero como no quería parecer un estúpido (¿acaso no me había dejado encadenar al collar como si lo fuera?), tomé la decisión de mantener un diplomático silencio.
El cambio al hotel me pareció una mudanza al Olimpo. Aquella pobre gente no sabía qué hacer para enmendar las molestias ocas ionadas inicia lmente. Mi dormitor io era de oro, cuyo resplandor podía regularse con un interruptor instalado en el bolsillo de mis pantalones, y en los ángulos del arte-sonado había amorcillos , que me traían recuerdos desagradables pero que, cada vez que abría la boca, v olaban hacia mí para alcanzarme cuencos llenos de golos inas. Pero eso no era todo. De mi vestuario se ocupaba Mercurio y en las hornacinas situadas junto a las columnas de cristal de mi regia cama había dos figuras de Venus Anadiomène y Kallipygos . N o sabía qué
pintaban allí, pero me parecía grosero preguntar al respecto. Me limpiaba los zapatos Zeus, con un aparato, por ciert o, que recordaba un queso de oveja del Tatra. En la pared, enfrente de la cama, colgaba un escudo como de cristal con la cabeza de Medusa, una visión ciertamente poco simpática, tanto más si se tiene en cuenta que las serpientes se enroscaban de una manera muy viva alrededor de esa cabeza y no me perdían de vista ni un momento. Pero como veía los esfuerzos de mis anfitriones, no quise irles ya con quejas. Sin embargo, todo aquel Olimpo que se había organizado para mí, para que me sintiera en casa, me atacaba bastante los nervios.
Como he dicho, no podía quejarme. Ya me había violentado suficiente la visita del presidente de la Sociedad de Amistad, que apareció con dos maleteros que arrastraban un saco (lleno de ceniza como luego se vio). El presidente cayó de rodillas ante mí y se echó la ceniza sobre la cabeza. A eso hay que añadir que el hombre se parecía a mí como un huevo a otro.
Cuando quise guardar mis camisas, casi me caí de espaldas: en el armario ropero había un centauro, por suerte no mayor que un pony. Recitó algo que me pareció griego; aparte, es masajista y un buen conocedor de vinos.
Por la mañana me desperté envuelto en una nube asfixiante de ambarina, nardo y almizcle. Ambas afroditas permanecieron delante de mi cama con incensarios hasta que las hice meterse en sus hornacinas. Jadeando, con los ojos lagrimosos, indiqué a Mercurio que ventilara la habitación. Habría preferido que las muestras de hospitalidad fuesen más comedidas y también que esas afroditas se pusieran algo encima de una vez. Podía imaginarme como había sido programado todo aquello: basándose en fotos del Louvre y otros museos de la Tierra. En el armario, además del centauro, había un Apolo. Estaba encargado de cantar obedeciendo a una orden mía. El salto desde los pantanos curdlanos y el sótano donde estuve encadenado había sido tan repentino que no me abandonaba la impresión de estar soñando. La comida era fantástica, exceptuando la oscura salsa que lo cubría todo. Me encontraba en la capital,
cuyo nombre era HSPRX. Los aparatos intérprete lo pronunciaban de distintas maneras: uno decía Esprix, el otro Hesperis. Supongamos que este último era el correcto. Voy a llevar diario. Hoy es la quinta luna pantanosa. Aquella salsa por cierto era néctar, ¿de dónde habrán sacado la receta si nosotros no la conocemos? Sabe como mayonesa mezclada con regaliz. Yo la quito de la carne y rasco los res tos con la cucharilla. Hoy el presidente ha venido de nuevo para presentarme el programa de mi estancia aquí. Mañana debo hacer una visita al felicitante superior. Tal vez se llama de otra manera, no puse mucha atención. El presidente ya no se parece tanto a m í como el primer día. Por lo visto es o aquí es costumbre. A los amorcillos los espanto como puedo, tengo m iedo de engordar demasiado. También debo pensar cómo librarme de esta muchedumbre olímpica sin ofender a mis anfitriones. A Medusa le he puesto encima una toalla y a la Kallipygos mi albornoz. Pero todo esto no tiene ni pies ni cabeza.
El primer inhibidor
No sé qué día de la luna pantanosa es hoy, porque he perdido el calendario. Por suerte también me libré del Olimpo y del presidente de la Amistad. Este último se puso sencilla mente insoportable: me aseguró que mi cara no despertaba repugnancia. La liberación debo agradecérsela a Kikerix, un joven historiador que también es humanor (antropólogo). Me visitó en el hotel después de oír hablar de la llegada de un humano y me explicó cómo se desconectaba la medusa que yo había tapado con una toalla, para que todos los dioses se convirt ieran en piedra y se desintegraran en polvo blanco que desaparecería por sí mismo debajo de la cama. No sé lo que los atrae hacia allí, pero tampoco lo pregunté. Hago las mínimas preguntas, pues ¿qué pensarían de un huésped del Hotel Hilton que preguntara por qué se encienden las lámparas y cómo tiene lugar la reproducción en la señorita de la recepción?
Mi nuevo conocido y yo hemos trabado tal amistad que con toda confianza voy a llamarlo Kix. Me llevó a una exposición didáctica de historia de los s ociómatas. Se
ajusta la socie dad que se quiera, por ejemplo con parámetros románticos o medievales, y se gobierna. Normalmente se juega entre dos. Uno de los jugadores ejerce el poder y el otr o es la sociedad gobernada. Pero en la historia simulada puede tomar parte también un gran número de personas, que entonces asumen la dirección de los partidos, el ejército, la clase media, etc. Quien al final de la partida está arriba, ha ganado. Todo, incluso los m ovimientos sociales , se desarrolla con una velocidad acelerada por mil y hay que dominar el tema. Yo fui el emperador Kikerix, el dir igente de masas. Después de cinco minutos me había destronado, tras conectarse un fuerte carisma. Intenté en vano conseguir, por medio de edictos, un efecto contrario, y cuando vi que lo tenía mal, cometí un error garrafal: reduje los impuestos. Los conocim ientos teór icos son imprescindibles. S i se e limina la pobreza, se obtiene un crecimiento galopante del afán de vivir por encima de las propias posibilidades, y se corre el riesgo de llegar a un descontento mayor que el de los tiempos de necesidad.
La sociomática es un arte muy difícil. Por ejemplo, yo no sabía que menos sobre menos no se convierte en más sino que es igual a cero y que depende, la mayoría de las veces, de parámetros invisibles, particularmente del modo de sentir personal. Cuanto más arriba se está en la escala social, nadando en la abundancia, tanto menos siente uno las necesidades de su propio tiempo y puede revelarse importante lo que no se ve. Las magnitudes a tener en cuenta no son las mismas que las del sentimiento. Para una aristócrata, el hecho de no recibir una invitación a un baile de la corte es una gran desgracia, igual a la que supone para una mujer del pueblo la falta de pan para sus hijos . Uno cree saberlo t odo, pero s ólo lo siente en su propia carne al volante del socio-mata. Es un juego extraordinario. El pueblo se comporta como un ser vivo: es posible ejercer influencia sobre él, conformar su opinión, apaciguarlo con promesas, pero sólo dentro de un marco y por un tiempo, ya que lo guarda todo en la memoria y reacciona a su manera. Hay as imismo juegos hist óricos con distinto grado de dificultad. Tras conectar la revolución científico-técnica el poder estatal o bien se debilita, o bien se endurece, porque es endemoniadamente difícil mantener el equilibrio en un término medio. Kikerix dice:
—La envidia que sienten los bajos fondos, apoyada por los nobles objetivos de los melioristas , empuja la historia a un igualitarism o que trae más decepción que bienestar, porque también entre los iguales tiene cada uno la impresión de que.los otros son más iguales que él.
Puede parecer sorprendente, pero en Suiza pasé efectivamente por alto la historia del siglo anterior a las menses. En aquel entonces se había caído en la autopesadilla, la crisis energética , el caos monetario y las agitaciones políticas; las mismas preocupaciones que tenemos nosotros, y tal com o pasó entre nosotros existía la impresión de estar cayendo directamente en el abismo. Cuando se agotaron las materias primas suministradoras de energía, se llegó a la síntesis de microbios que convertían cualquier basura en combustible. Se com praban —en forma de pastillas, como las heces de vino— el Bacilus Bencinogenes o la Spirochaeta Oleopoética, se echaban en un tanque lleno de desperdicios, se añadía agua, y así se acabó con t odos los jeques y todas las multinacionales.
Todo el día de ayer lo pasé con Kix en el museo. En la sección técnica vi una tejeduría bacterial. Hay que desnudarse completamente, meterse en un recipiente parecido a una bañera y pasar un cuarto de hora en una solución templada, para salir de ella con un traje terminado, cortado a medida por Bacterium Sarteriferum (los bastoncillos sastres). La prenda, de calidad, sólo necesita ser cortada en los puntos co- rrespondientes para podérsela quitar, plancharla y colgarla en el armario. Los botones no hace falta coserlos, aparecen en el armario a partir de una secreción endurecida de minúsculas polillas a las que se ha invertido la función mediante la gengeniería. En la ropa de invierno, se utilizan para la obtención del algodón el Vibrio Pelerinae u otras cepas parecidas. Había incluso espirillas para forro. Además se ofrecía a los clientes la elección del corte , color y estructura del tejido y otras cosas así. Toda la novedad de la confección se estrelló, no obstante, contra el muro de la repugnancia general y murió, sin haber sido utilizada, de muerte natural. En cambio, los llamados bacilos tejedores
sustituyeron casi a toda la industria empaquetadora; y las cepas devoradoras de residuos y sorbedoras de venenos limpiaron así el medio ambiente lustrano.
Paralelamente a la microingeniería biótica avanzó también poco a poco la automatización y el número de parados creció en progresión geométrica . El Estado se tambaleaba bajo la carga de los subsidios. El trabajo se convirtió en una excepción y el paro en la regla. Se llegó a riñas, alborotos, a la demolición de los robots industriales, a disturbios en las calles; parecía que fuera ya demasiado tarde. El Gobierno tuvo que esconder en bunkers a los grandes hombres de la ciencia práctica, particularmente a los inventores y los racionalizadores , para protegerlos del pueblo que les acusaba de aquella terrible situación en la que el progreso se manifestó como una catástrofe. De algo sirvió. Ellos no se dejaron disuadir y la generación siguiente abandonó la persecución. Justo por aquel entonces se habían abierto las esclusas para el su- ministro de energía, que era inagotable porque procedía directamente del Cosmos. (Todavía hoy no sé cómo lo con siguieron.) Kikerix llama a este período el «Diluvio del Consumo». El número de coches que se matriculaban anualmente se contaba por millones y la construcción de sistemas de fortificación con los que se equipaban experimentó una gran escalada. La causa se encontraba en el aumento de la agresi- vidad general. Los coches entonces (por ciert o muy parecidos a los de la T ierra) se fabricaban todavía con chapa de metal, aunque los fabricantes, por deseo de clientes especiales, mon taban ya carrocerías reforzadas. Pronto los parachoques se equiparon con garras especiales y espolones, y el que no quería llevar un coche blindado corría el peligro de ser triturado a la vuelta de la esquina. La Dirección General de Tráfico no podía contener la avalancha de accidentes. Los choques se permitieron legalmente; los daños los pagaba el seguro. La juventud se divertía con la caza de autómatas de servicios. Tenían predilección especial por las cabinas de teléfono y no era posible hacerles desistir ni con cristales blindados ni con guías telefónicas encuadernadas en acero.
Kikerix me contó también la relación de todo esto con las bombas y con el bricolage casero. Lo de colocar bombas se había generalizado tanto que los peatones ya no reaccionaban cuando explotaba una carga, como máximo, los que se encontraban más cerca del lugar de la explosión se echaban al suelo. El cualquier caso, todo el mundo llevaba ya encima un dispositivo de seguridad. Trajes intransferibles que, cuando había detonaciones, quedaban cubiertos automáticamente de espuma contra la metralla. Est o era impres cindible, porque cuando alguien tenía una queja de la panadería, de correos o de un taller de reparaciones no perdía el tiempo con reclamaciones, sino que sencillamente hacía volar por los aires el es tablecimiento odiado. Cada vez se viv ía con may or bienestar y s imultáneamente con mayor peligr o, ya que las alegrías gratuitas crecían junto con la amenaza general. Vi en el museo trajes de noche que estaban forrados con fibras endurecidas de tantalio, y la moda, sometida a la presión de tanta violencia, permit ió también llevar sombreros de hongo blindados. Sin embargo, el número de víctimas era cada vez mayor. Las instituciones de utilidad pública fueron las primeras en introducir una automática de la autodefen- sa, pero esto condujo a un nuevo tipo de riesgo. Como Kike rix me explicó, bastaba con que alguien, al entrar en una cabina de teléfono, se ras cara un poco enérgicamente la cabeza o agarrara un poco fuerte el auricular para ser cogido al momento por el cuello y echado a la calle. Quienes oponían resistencia, a cabaron más de una vez con una costilla rota. Los sensores de aquel tiempo todavía no eran suficientemente selectivos. Todo el día se oían las s irenas de las ambulancias por las calles y por las noches se retiraban con máquinas pesadas las montañas de chatarra. También la arquitectura estuvo sujeta a cambios. Un visitante inesperado no conse guía nunca entrar en una casa extraña y cuando llamaba a la puerta debía apartarse rápidamente y estar preparado para saltar en el caso de que las hojas de la puerta se abrieran hacia fuera de golpe para espantar al molesto vis itante. Cada piso podía llenarse, en un abrir y cerrar de ojos, con un líquido coagulante en el que algunos intrusos murieron, como moscas en el alquitrán. En los picaportes de las puertas había magnetómetros, así que quien quisiera ponerle una bomba a su vecino no podía utilizar ningún metal, aunque
esto pronto dejó de ser una garantía de éxito porque se desarrollaron sensores olfativos que reaccionaban de modo extraordinariamente sensible a sustancias combustibles y explosivas, tanto, que bastaba con llevar en el bolsillo un viejo encendedor de gas para caer, a través de una trampilla que se encontraba ante la puerta de la casa, en una mazmorra conectada por un monitor con la comisaría más cercana. Las butacas abiertas en teatros y salas de conciertos pertenecían al pasado desde que el aficionado a la música, enojado por el primer gallo del tenor, molesto por un falso tono de los violines o sólo descontento con la interpretación de un adagio, simplemente metía la mano debajo del asiento y sacaba la pistola que se había traído de casa. En consecuencia, cada asiento, tanto en la platea, com o en el gallinero, estaba metido dentro de una campana transparente que se abría al sonar el timbre de la pausa. Quien sentía una necesidad natural en medio de la función debía apañárselas sin salir de la sala , ya que el pretexto de tener que atender a tales menesteres era típico de los bombarderos. En el metro, pero también en el tranvía, tenían lugar auténticas masacres hasta que finalmente los vagones fueron equipados con suelos de catapulta. A partir de entonces fue corriente que de los vehículos que corrían a toda velocidad sobre las vías, salieran v olando racim os de individuos, enredados unos con otros y rodaran sobre el empedrado, hábilmente esquivados por los peatones blindados.
Me permití hacerle a Kikerix la observación de que aquello era repulsivo, ridículo e increíble, pero su respuesta me dejó atónito. Era antropólogo, y me recordó nuestro bandidaje diplomático; en la Tierra, ni los caníbales se atreven a tocar un pelo a los embajadores por muy sabrosos que sean.
Los robots , que se habían convertido en el más preciado trofeo de caza en las ciudades, presentaron un problema particular. P or su causa se llegó a masacres entre la población, ya que quienes querían proteger a sus empleados domésticos de los tiroteos , los vestían con sus propias ropas. Cualquier airado cazador estaba enterado de ello y no preguntaba al que tenía en el punto de mira sino que lo tumbaba direc-
tamente. Después siempre podía justificarse diciendo que había tomado a su víctima por un robot. A pesar de que estaba explícitamente prohibido, algunas personas equiparon con armas a sus robots para que pudieran responder al fuego. Entre los enemigos morales de aquel tipo de caza, incluso llegó a ser corriente mandar a la línea de fuego robots de reclamo que no enceraban ni lavaban la vajilla, pero que podían escupir fuego contra los cazadores. También aparecieron m odelos especiales que al sonar un tiro ca ían sin haber sido t ocados. Cuando el radiante cazador se a cercaba soplando triunfante el cuerno de caza, el supuesto botín le clavaba en la pantorrilla unas garras de acero. Esto, a su vez, sa có de quicio a algunos miembros del Club de Cazadores y les llevó al empleo de mis iles dir igidos a distancia, m ientras que otros opinaron que esta escalada de la noble montería era poco correcta y nada divertida, ya que para ellos el cosquillea de los nervios or iginado por el gran riesgo era el alma de este deporte: en definitiva, la caza del tigre es más honrosa que una carnicería entre conejos de campo. Pero cuando se puso de moda cazar desde los coches, que iban convirtiéndose gradualmente en tanques con lanzallamas, cuando el barrio de Hesperis fue pasto del fuego, porque dos sociedades; de caza enemigas se habían enfrentado, el hasta entonces indeciso gobierno se avino a aceptar a los partidarios de la etosfera, un minuto antes de las doce como todavía hoy recuerdan sus miembros.
Los creadores del proyecto etificador tenían claro que no podían eliminarse de la noche a la mañana las agresiones acumuladas en la s ociedad, sino que necesitaban una válvula de escape que no produjera daños. Así que no escatimaron medios para la construcción de instalaciones tragamanías. Muchas de ellas aún funcionan. Quiero mencionarlas, porque pienso que algo parecido podría irnos bien a nosotros.
Ente los lústranos, desde siempre había existido la cos tumbre de construir monumentos a personas. Sólo debían ser importantes y odiadas al mismo tiempo. Se trata de marcas infamantes, monumentos de la deshonra, frecuentemente flanqueados por urnas de bronce que recuerdan las escupideras. Ya un siglo atrás, los ciudadanos habían dedicado a los tres pseudoxixares un grupo alegórico de este tipo, de un
tamaño inmenso y con maldiciones fundidas en grandes caracteres. Aparte de esto, cada político que por medio de una actividad particularmente fatal hubiera contribuido a la desgracia general, tenía su estatua o al menos su busto. Éstos se hacían de un material especial, e lástico, porque cualquier otra sustancia se hubiera desgastado con demasiada rapidez.
Como me aseguró Kikerix, es ta rama del arte plást ico planteaba grandes exigencias tanto a los proyectantes, como a los fabricantes: el retrato de la deshonrada personalidad tenía que estar hecho de un material que durante el día cediera, pero que durante la noche recobrara su aspecto original. La práctica demuestra además que resultaba rentable hacer de este material también los monumentos a personalidades con un gran mérito, porque siempre había alguien con algo que reprocharles, lo que afectaba considerablemente a la caja de renovación, sobre todo en los monumentos colosales. Para los v iajes organizados desde las prov incias y para las excursiones escolares que visitan el casco antiguo, hay detrás de cada monumento deshonroso, discretamente ocultas entre setos , unas cajas con herramientas, rigurosamente ajustadas a la relación entre su propio rendimiento y la solidez de la estatua. Una excepción a la regla que separa el honor del deshonor la const ituyen los creadores de la etosfera, los llamados PADRES. Para acabar con la interminable camorra y las pendencias ante sus pedestales se les eternizó en dos complejos monumentales muy separados entre sí: ahora cada cual puede seguir sus convicciones, encaminando sus pasos hacia el uno o hacia el otro, con un ramo de flores o con todo lo contrario, eso según...
Kikerix calificó de feliz casualidad el hecho de que la automatización de la industria pusiera fin a todos los trabajos físicos exactamente en el momento en el que empezaron las primeras mentificaciones a gran escala. Ciertamente, les faltaba todavía mucho para alcanzar la perfección, pero sólo tres años después de su puesta en marcha la tendencia a casos de muerte repentina había disminuido, y eso a pesar de que los bajos fondos, las asociaciones de cazadores y las bandas de gamberros,
junto con t odos los extremistas y agrupaciones que no encontraban ningún sentido a la vida sin derramamiento de sangre, se habían trasladado masivamente de las ciudades a las provincias todavía no mentificadas. Al mismo tiempo, desde las ciudades y pueblos así castigados acudía un río de refugiados a las conglomeraciones urbanas. La más auténtica transmigración de pueblos.
Fue un tiempo de atrevidos experimentos sociales. En una zona que se encontraba dentro del ámbito de influencia de la capital, se introdujo la experiencia del consumo ilimitado a tarifa cero. Primero había sido necesario vencer en el Parla- mento la fuerte oposición de la gran industria, que se aferraba a las leyes de mercado y de mercancías, aunque los gastos propios de cualquier producción de bienes se reducían a ojos vistas hasta llegar a cero. La energía ya era gratis, podía disponerse de ella como del aire, y además inagotable, puesto que se extraía del Cosmos.
Algunos bienes y servicios podían obtenerse gratis y ello, lamentablemente, tuvo terribles consecuencias. T odo el mundo acumulaba bienes superficiales en la medida de sus posibilidades. Se sacrificaban por las extravagancias más locas, sólo para deslumbrar y superar a los vecinos y a los parientes con el oropel de sus posesiones. Tampoco aquellos que se veían provocados de esta manera se quedaban con los brazos cru zados. Detrás de las viviendas de propiedad hubo que construir almacenes para guardar la ropa, los objetos de valor y los comestibles; la may or parte de estas cosas se estropeó, demostrándose que el esfuerzo de acumularlas había sido tan estéril, tan inútil que los nuevos ricos , completamente frustrados, reciclaron sus robots domésticos como privados cuer pos de asalto para vejar a sus conciudadanos. Así se llegó a escaramuzas entre los ciudadanos, a auténticas guerras civiles, y ¿qué estaba en liza? Nada. Una vez, inclus o, una ciudad que estaba ya en llamas, bajo las explosiones de bombas y metralla que abrían brechas en las paredes, tuvo que ser acordonada y desarmada completamente por el mundo exterior.
El absoluto bienestar corrompe absolutamente. Eso todo el mundo creía saberlo desde el principio; sin embargo había idealistas adeptos a una fe optimista según la cual el pueblo pronto se desfoga. El sistema actual, introducido desde hace más de un siglo, ha desmentido este exaltado idealismo. A cada ciudadano se le adjudica un quantum de energía, que puede gastar en un año, con completa libertad en lo que se refiere a cómo. Puede cambiar su parte por trescientos mil pares de pantalones galoneados, una montaña de trozos de mazapán recubiertos de chocolate, o novecientos gramofoptéricos plateados, dotados de sonido y tónicamente cargados de modo que todavía se oyen sus acordes jericónicos cuando han desaparecido en el horizonte. Sin embargo, nadie está tan loco como para malgastar sus reservas de esa manera; no hay que desperdiciarlas y la parte de uno tampoco puede ser atesorada o juntada con las partes de otras personas, para que no se llegue a alianzas secretas u otras asociaciones constituidas de modo subversivo. Cada cual llama cuando lo necesita para vivir, y lo desconecta después de utilizarlo, como la luz eléctrica. No hay objetos de los que sólo exista un ejemplar y como regalo sólo s irve una información completamente original sobre algo, información que nadie tiene todavía, porque nadie ha oído hablar de ello y a nadie se le ha ocurrido. Por lo tanto, sólo puede ser un souvenir, algo así como unas instrucciones o una receta. En realidad, no hay novedades en este sentido; todo lo pensable está ya en el catálogo de bienes del ordenador y la inaccesibilidad obedece sólo a la horripilante cantidad de información almacenada.
También estuve con Kikerix en la galería de pintura y artes plásticas. Se encuentra allí, en un lugar de honor, la estatua del político Daxarox, que fue el primero en concebir la llamada débaucherie o tragamanías. Estas instalaciones se encuentran a la disposición de todas las personas mayores de edad que quieran entregarse a sus pasiones agresivas. Algunos entianos consideran a Daxarox un auténtico hombre del estado de desesperación, pero también tiene sus detractores. S iguiendo el consejo de mi guía, me metí en el autoclás, un edificio abovedado enorme, que desde fuera recor- daba un velódromo. En un gigantesco garaje subterráneo hay que elegir un vehículo y subir después por una rampa a una plaza urbana normal bajo el cielo azul. Allí todo
está permitido, se puede chocar contra otros coches, perseguir a los peatones, y dejar el recorrido cubierto de chatarra y cadáveres, se puede arremeter contra las casas para derribarlas estruendosamente, crujiendo entre nubes de polvo de argamasa. No sé cóm o se pr oducen estas ilusiones, en todo caso la sensa ción de realidad es impresionante. Debe de haber gente que pasa días enteros en los autoclases, y que están tan hartos de la etosfera que les horroriza sólo pensar en tener que volver bajo su tutela.
En otras debaucheries está permitido cometer crímenes y provocar incendios, dar palizas y atormentar a personas aparentes hasta acabar sudando y sin resuello. A mí no me apetecía. Kikerix es de la opinión, tal vez con razón, de que entre los visitantes de estas instalaciones y los amantes de espectáculos sangrientos como los toros o las películas llenas de cr ímenes existe sólo una diferencia de grado y no de esencia. Algunos expertos cons ideran que estos centros de recreo amplificadores de los bajos instintos aumentan la frustración de individuos con una crueldad congénita; otros, por el con trario, los describen com o la vía de desahogo para la mala sangre, como válvula de seguridad y como una psicotécnica que libera de la frustración a las almas en extremo pacificadas de los súbditos del Estado. De acuerdo con algunos rumores, las débaucheries se encuentran bajo control secreto del Ministerio de Prevención, y cada uno de aquellos que alguna vez se ha desfogado con ficciones y sucedáneos se encuentra en un fichero junto con sus inclinaciones viciosas, para poderle hacer llegar menses con el correspondiente antídoto. Los opos icionales huyen de estos objetos como de la peste y los condenan con gran desprecio.
Tampoco fuera de las ciudades faltan espejismos simu lantes: en cotos especiales cae ante las armas de apasionados cazadores el más fuerte animal salvaje, el curdlo, e incluso el pirosaurio, un lanzallamas de m il t oneladas. Puede que éste sea el origen de las declaraciones contradictor ias de ciertos documentos terrestres s obre dragones que escupen fuego, ya que existen y no existen, son ilusiones. No fui el único que cayó en el penoso error de tomar las distracciones de una civiliza ción extraña por
su realidad. Esto atañe asimismo a la llamada muñequización: cualquiera puede solicitar a título personal a un centro de venta por corre o especializado en objetos de uso doméstico muñecos que se parecen a la persona orig inal en su aspecto y su tamaño como una gota de agua a otra. Nadie pregunta al cliente qué es lo que pre- tende hacer con los objetos deseados, de la misma manera que un comerciante en confección de la Tierra no tiene nin guna curiosidad en saber qué es lo que el comprador tiene pensado hacer con un traje. Esto sencillamente no interesa, y la diferencia estriba sólo en que en Entia se puede encargar cualquier androide como si de una nevera se tratase.
Como Kikerix dice, no trabajan más del 10% de los entianos, pero el número de los que lo hacen aumenta de año en año, porque, a pesar de toda la satisfacción y de las innumerables posibilidades de diversión, el paro agobia más de lo que se hubiera podido imaginar en los viejos tiempos de escasez y trabajo duro. El problema principal, por lo tanto, se encuentra en que todos los bienes y gozos son demasiado fá- ciles de alcanzar: lo que se obtiene gratis no vale un pito. As í surgen planes para la complicación específica de la v ida, ya que el dolce far niente lleva a una importante parte de la población a la más negra desesperación, de modo que estaría bien que la sociedad aprobara estos proyectos ¿Qué se puede hacer dado que no quiere aprobarlos? Esta aversión se debate periódicamente mediante plebiscitos, y la única solución que se ofrece es aplicar las dificultades de la vida en una forma completamente nueva, ya que no se trata de que este o aquel producto falte de un día para otro y de que la gente no pueda acudir a la débaucherie sin hacer cola. Nadie sabe, sin embargo, cómo podrían concretarse planes de esta clase; como cualquier cambio exige el consentimiento de la socie dad, los nuevos tipos de dificultades tienen que ser autoriza dos, es decir, no pueden imponerse por la fuerza.
—Es un caso difícil —dijo mi guía, y agitó su cabeza de pájaro—. Existe un desgarramiento entre las veleidades de la criptografía y de la hedonización, y también aumenta el número de quienes no dan ninguna importancia a las alegrías de la vida.
No salen más de casa y llevan la r opa hasta que se les cae del cuerpo a jirones. Sólo el tormento de tener que elegir algo entre lo superficial les paraliza la voluntad.
Le consulté a Kikerix sobre Clivia Nigra, y tuve la impresión de que esta pregunta le pareció muy inoportuna. En lugar de contestarme, inquirió qué era lo que yo sabía de Clivia. Cuando se lo dije , me explicó que el 98% era un engaño compuesto por tergiversaciones y malentendidos, y el resto era por lo menos dudoso. Quise saber entonces qué fue lo que pasó en realidad.
—En realidad hicimos por los clivianos lo que estaba en nuestras manos. A consecuencia de las malas condiciones climatológ icas, sufrían con frecuencia malas cosechas. Les mandamos alimentos en grandes cantidades. Curdlandia, por cierto, hizo lo mism o. E llos , s in embargo, es decir , su gobierno, dejaba morir de hambre a la población propia con el fin de crear reservas estratégicas para una época de agresiones que estaban preparando contra nosotros. El hecho de que en los productos exportados se añadieran corpúsculos que hacían imposible un largo almacenamiento, fue por nuestra parte una elemental medida de prevención y nada más.
—¿Qué otra cosa podía ser, si no? —pregunté yo, pero él se rió de una manera extraña y comentó que a ese respecto habían corrido tantas calumnias y rumores que tarde o temprano oiría hablar de ellos.
La conversación sobre Clivia dejó entre nosotros un palpable malestar.
Del viaje al Instituto para la Mejora del Medio Ambiente me acuerdo sólo de mi asombro cuando el as censor salió dis parado hacia arriba y saltó, con el chasquido de un casquillo al girar dentro del tambor, sobre una trayectoria que recordaba un arco iris plano: sin s oporte alguno se arqueaba sobre la ciudad y brillaba en los siete colores del espectro solar. Des pués se oscureció, el suelo cedió suavemente bajo mis
pies, la cabina se detuvo, una de sus paredes se abrió por una junta invisible y vi a un alto lustrano con r ostro humano ante un fondo de plantas con grandes flores de color blanco. Lle vaba un traje abrochado en el centro y una camisa blanca como la nieve, igual que si acabara de salir de un sastre parisino. Incluso las solapas del traje y el cuello de la camisa estaban cortados a la última moda, ¡de hacía doscientos años! Tam- bién eso formaba parte de la amabilidad de la que se me hacía objeto, ya que en el país no se viste de esta manera. El lustra-no me esperaba con la mano extendida, como si temiera olvidar la forma de saludar a un hombre. Cuando le tendí la mano él me la estrechó de manera que sentí su pulgar en la palma de mi mano.
Era Tipp Tippilip Tahalat, el direct or del IMMA, un hom bre rubio con ojos negros (me habría gustado saber cómo hacían eso de las caras). Yo, en lugar del aparato intérprete en la solapa de la chaqueta, llevaba en ambos oídos unos ar itos de metal. Gracias a ello, lo oía todo exactamente como si al lustrano le saliera el lenguaje de la Tierra por la boca. Probablemente ellos me oían a mí de la misma manera.
La torpeza que Tahalat había mostrado al estrecharme la mano, en cierta manera, me alivió. Había puesto de manifiesto una laguna en su saber sobre las costumbres de la Tierra, y ¿qué es lo que puede sacar más de quicio que la perfección de los desconocidos? Tahalat me condujo a una habitación verdaderamente asombrosa: en toda su decora ción parecía una sala de conferencias de un gran banco de la Tierra del siglo XX. Una larga mesa tapizada en verde, dos filas de s illones de cuero negro, ventanas con cristales opacos , vitr inas —una llena de gruesos libros, entre los cuales descubrí los Anuarios de Lloyd, la otra con maquetas de barcos de vela y de vapor. Una vez más no pude dejar de pensar que aquella gentecilla exageraba sus esfuerzos. Todo este gasto sólo para hablar una vez con un hombre.
Nos sentamos junto a una pequeña mesa cerca de la ventana, bajo un rododendro que brotaba de un macetero. Entre nosotros humeaba una cafetera exprés, también había una taza para mí y un azucarero de plata con los leones británi-
cos, mientras que mi anfitrión esperaba algo que resultó tener el aspecto de una pera con piernas o de una seta azul celeste con sombrero. Tahalat se disculpó por no tomar lo mismo que yo; él no estaba acostumbrado y contaba por ello con mi indulgencia. Le aseguré que me estaban tratando con extrema deferencia y empezamos a intercambiar flores y cumplidos. Rem oví el a zúcar en mi café y él jugó con su pera- seta, que contenía un líquido y cuyo rabo servía de boquilla. Tahalat empezó a hablar de mi aventura y me explicó que yo debía agradecer su feliz desenlace, aunque no lo comprendiera del todo, sólo a la etosfera. Entre los antiartistas no había estado en peligro, pero los hidianos viven en una reserva que sólo está mentificada superficialmente. Cuando supieron que había sido secuestrado por ellos se aumentó la concentración de menses locales, para que también penetraran en el subsuelo.
—Seguramente gracias a usted podré enterarme finalmente de cómo actúan estas menses —dije, secretamente asombrado por el excelente sabor del café lustrano.
—La mejor manera es practicando —dijo el director—. ¿Sería usted tan amable de darme una bofetada?
—Una bof... ¿Cómo dice?
Creí que el aparato había traducido erróneamente, pero el director lo repit ió sonriendo:
—Le ruego que tenga usted la bondad de darme una bofetada. Al hacerlo podrá convencerse del efecto de la etosfera, y a continuación conversaremos sobre esa experiencia. Será mejor que me ponga de pie y le ruego a usted que haga lo mismo, porque así será más fácil...
«Bien —pensé—, va a tener lo que quiere.» Tomamos posiciones uno frente a otro, comedidamente, no se trataba de dejarlo grogui, levanté la mano y ... ¡No pude seguir movien do el brazo! Lo tenía t ieso. La manga de la chaqueta, rígida como un
tubo de hojalata. Intenté por lo menos doblar el codo, lo que todavía pude hacer con un gran esfuerzo.
—¿Ve usted? —dijo Tahalat—. Ahora renuncie usted a pegarme.
—¿Debo renunciar a ello?
—Sí.
—Muy bien. No le voy a dar ninguna...
—No, n o, no se trata de que usted lo diga; debe tomar interiormente una solemne decisión.
Lo hice lo mejor que pude. La manga cedió un poco, pero conservó una cierta rigidez poco natural.
—Ya ve, aún no ha desistido usted completamente de su propósito.
Permanecimos un rato de pie y nos miramos. Al final, el tejido recuperó su inicial blandura.
—¿Cómo funciona? —pregunté. Mi chaqueta procedía de la Tierra, era de lana, gris ceniza con pequeños lunares azulados. Miré la tela más de cerca y me di cuenta de cómo se alisaban los m inúsculos pelillos del tejido. Habían estado erizados com o el pelo de un animal que, tras excitarse, vuelve a tranquilizarse.
—Los propós itos agres ivos prov ocan cambios en el organismo —dijo el director—. La adrenalina se dispara en la sangre, los músculos se tensan, el equilibrio ionónico se tambalea y, con ello, también se modifica la carga eléctrica de la piel.
—Pero el traje lo he traído de la Tierra.
—Por eso tampoco le ha protegido desde el principio, pero sí al cabo de tres horas. Y por supuesto, tampoco entonces del t odo. Las menses impregnaron la tela de la ropa, pero usted mismo era para ellas un ser desconocido. De ahí que sólo entran en acción cuando se estaba asfixiando en el bunker.
Yo estaba asombrado.
—Entonces, la argolla de hierro... ¿ la hicieron estallar las menses? ¿Cómo puede ser?
—La argolla de hierro se deshizo por sí misma, las menses sólo dieron la orden. Tendré que explicárselo*algo más a fondo, porque no es sencillo...
No le dejé terminar, pues me vi asaltado por una nueva duda.
—¿Qué habría pasado si me hubiera sacado la chaqueta?
Recordé al mismo tiempo que en aquel sótano todos se habían esforzado al máximo en desnudarse.
—Bien, por favor —dijo el director.
Colgué la chaqueta sobre el brazo del sillón y me m iré la camisa. Sobre la popelina a cuadros rosa estaba pasando algo. Los pequeños pelillos microscópicos se erizaban. Sospeché lo que estaba ocurriendo.
—O sea que la camisa también está activada —dije—. ¿Y si también me quito la camisa?
—Le ruego encarecidamente que se quite usted también la camisa. —Era muy solícito y estaba casi entusiasmado, como si le hubiera arrancado de la boca un deseo que él no se atrevía a expresar—. Por favor, no haga usted cumplidos.
No dejaba de resultar extraño desnudarse allí en aquella elegante sala, junto a la ventana, en un claro hueco y bajo una palmera. En un ambiente más exótico me habría resultado más fácil aquel desnudamiento, pero deshice el nudo de la corbata y cuando tuve la mitad superior del cuerpo desnudo, tiré del cinturón del pantalón y pregunté:
—¿Me permite usted, señor director?
Era una exageración la manera en que me ofrecía la mejilla, pero no dije nada más. Separé un poco los pies, levanté la mano y ¡caí de bruces como si el suelo fuera de hielo aceitoso! Me encontraba tumbado, cuando largo era, a los pies del lustrano.
Preocupado, me ayudó a levantarme. Mientras lo hacía le clavé como por descuido el codo en el vientre y a punto estuve de aullar: fue como si hubiera golpeado contra cemento. ¿Acaso llevaba un tanque debajo del traje? No. Entre los delanteros de la chaqueta brillaba una fina camisa de un blanco inmaculado. La causa tenía que haber sido esa camisa. Di a entender que ya no volvería a intentar darle una bofetada y me senté para examinar las suelas de mis zapatos. No eran nada resbaladizas. Las suelas de cuero más normales del mun do, y las tapas con un contorno de goma como el que siempre he usado porque da elasticidad al paso. Me acordé de la caída en masa de los artistas cuando, chocando contra la cadera del ángel, querían cogerme por el cuello. ¡Así que ésa era la razón! Levanté la vista y me encontré con la relajada mirada de mi interlocutor. Sonreía con condescendencia.
—¿Menses en las suelas? —pregunté.
—Efectivamente. En las suelas, en el traje, en la camisa, en todas partes. Espero que no se haya hecho usted daño.
El reproche oculto tras estas palabras era menos amable: «Si no hubieras querido darme tan fuerte tampoco te habrías caído de morros».
—No tiene importancia. Pero ¿y si me hubiera desnudado del todo?
—Entonces es difícil de decir... No puedo explicárselo, porque yo mismo no lo sé. Quien lo supiera podría evitar las INSPROMES, las instalaciones de protección morales. Le ruego que tenga en cuenta que no sólo la ropa, s ino la tota lidad del medio ambiente sirven de filtro a la agresión.
—¿Y si de alguna manera, en un lugar determinado, le tirara una piedra a la cabeza?
—Supongo que la piedra erraría el blanco o al impactar se desintegraría.
—¿Cómo puede desintegrarse?
—Salvo en unos pocos sit ios , como las reservas, en la actualidad ya no quedan entre nosotros sustancias imperfectas.
—O sea que también las baldosas de las aceras , la grava de los caminos , los muros, todo es artificial.
—No es artificial, sino que está mentificado.. Sólo en este sentido, si quiere expresarlo así, son artificiales. —Hablaba muy comedidamente y había gran circunspección en sus palabras—. Fue imprescindible.
—Entonces, ¿todo está constituido por estos elementos lógicos? ¡Debe haber costado una barbaridad!
—Ciertamente, los costes fueron importantes, pero no desproporcionados. En definitiva, se trata de nuestra masa de producción básica.
—Las menses.
—Efectivamente.
—¿Y en invierno? ¿Las nubes? ¿Cuando el agua se congela? ¿Puede mentificarse también el agua?
—Se puede, señor mío. Todo se puede.
—¿También los alimentos? Este café de aquí.
—Sí y no. Tal vez le he inducido a error en lo que se refiere a la tecnolog ía. No era ésa mi intención, usted cree ahora que todo está hecho exclusivamente de menses. Pero no es así, simplemente se encuentran en todas partes. Se podría comparar con el acero de su hormigón armado.
—¿Ah, sí? Entonces vamos a concretar: ¿Flota algo de eso en este café? Al beber no he notado nada.
Al parecer, mi cara mostraba una mueca de asco, ya que el lustrano abrió los brazos lleno de pesar.
—En esta cantidad de café puede haber alrededor de un millón de menses, pero son más pequeñas que las bacterias entre ustedes, incluso más pequeñas que los virus. Eso es necesario para que no puedan quedarse enganchados en filtros. Algo parecido sucede con las fibras de su traje, el cuero de sus zapatos y todo lo demás.
—O sea que atraviesan sin cesar el organismo. ¿Qué con secuencias tiene? ¿Las tengo ya en la sangre, en el cerebro?
—¡En absoluto! — Levantó las manos en ademán de negación—. Dejan el organismo inalterado. El cuerpo es para ellas intocable. Es o está garantizado en nuestra Constitución. Naturalmente, hay menses especiales antibacterianas que, no obstante, sólo pueden ser introducidas por médicos en el caso de que penetre en el organismo una enfermedad desde fuera. Aunque en el territorio de Lustrania ya no
hay ningún microorganismo capaz de generar una enfermedad. ¿Quiere usted que pasemos al siguiente experimento?
Se acercó a la mesa y abrió un cajón en el que había clavos de distintos tamaños, así como un martillo y unas tenazas.
—¿Querría usted por favor clavar el clavo en la superficie de la mesa? —Golpeó con el dedo la madera de palisandro.
—No quisiera destrozar sus muebles.
—Le aseguro que no importa.
Tomé el martillo, que pesaba como medio kilo, y unos clavos grandes que golpeé primero entre sí. Después metí en la madera uno de cuatro pulgadas hasta la mitad con golpes tan fuertes que la laca saltó en brillantes escamas. Golpeé un clavo lateralmente, sonó como un diapasón. El director me tendió las tenazas y yo saqué el clavo, que estaba muy bien metido, con un gran esfuerzo. Apenas se había torcido.
—¿Y ahora? —Creí adivinar lo que venía a continuación—. ¿Debo clavárselo a usted en la cabeza?
—Se lo ruego.
Se inclinó un poco hacia delante para que me resultara más cómodo, mientras que yo, sin prisas, me quitaba los zapatos y los ca lcetines. Al fin y al cabo, no quería acabar otra vez en el suelo. Entonces , coloqué el clav o y le di un golpe para marcar el sitio. El golpe había sido muy flojo, pero el director se encogió. Cuando dudé, me animó con las siguientes palabras:
—¡Por favor! Más decisión, no tenga ningún miedo.
—Así que dejé caer el martillo y el clavo desapareció. No estaba. En la mano con la que lo tenía sujeto sólo había quedado una pizca de polvo ceniciento.
Tahalat se levantó y abrió un segundo cajón. Dentro había agujas y cuchillas de afeitar. Cogió un puñado, se las metió en la boca, masticó cuidadosamente y se las tragó. Fue como un número de prestidigitación.
—¿Quiere usted probar? —me invitó.
Cogí una cuchilla de afeitar. Con la yema del dedo comprobé que estaba afilada y me la puse sobre la lengua con el debido cuidado.
—Muerda, no tenga miedo...
Sentí el sabor metálico en la lengua y sólo pude vencer con dificultad la sensación de que iba a provocarme una terrible herida. Dado que los viajes espaciales requieren ciertos sacrificios, mordí. La cuchilla se desintegró contra mi pala dar en un fino polvo.
Tahalat me ofreció un clavo o una aguja, pero rehusé, dándole las gracias.
—Bien, entonces conversemos...
—¿Cómo funciona todo esto? —pregunté, y me senté de nuevo junto a mi café. A pesar de que hacía bastante tiempo que estaba en la taza , seguía tan caliente como cuando bebí el primer sorbo—. ¿Todo es cosa de las menses? Pero las menses son elementos lógicos , mientras que esto de aquí —señalé los clavos extendidos sobre la mesa— es auténtico hierro, ¿no?
—Sí, las menses s olas no pueden hacer nada sin nuestra tecnología de cuerpos sólidos . Naturalmente, usted sabe cómo se forma una imagen de televisión.
—Por supuesto. Es dibujada sobre la pantalla por electrones que están unidos formando un rayo.
—Exacto. Toda la imagen surge como una impresión del ojo, y si se fotografiara la pantalla con tiempos de exposición muy cortos, las fot os registrarían sólo las posiciones individuales del punto de luz. Este principio es la base de nuestra tecnología de cuerpos sólidos . Un clavo, o cualquier otro objeto de metal, sólo existe como un cierto número de nubéculas atómicas que se mueven dentro de la forma establecida por el programa. Estos átomos forman, en cierta manera, pequeñas virutas microscópicas y , com o describen sus órbitas a gran velocidad, dan la impresión de ser un clavo u otro objeto de hierro o de cualquier metal. Aunque aquí no se trata sólo de una impresión ilusoria como en la imagen de televisión, ya que con un clavo de este tipo se puede hacer absolutamente lo mismo que con otro que esté simplemente troquelado o forjado.
—O sea que ahí sólo giran virutas... —Estaba conster nado—. Sólo un montón de átomos. ¿Y a qué velocidad se mueven?
—Depende del objeto que han de constituir. En estos clavos de aquí deben llevar una velocidad de 270.000 kilómetros por segundo. Más despacio no funciona, porque un objeto entonces aparecería con demasiada facilidad. Más rápido tampoco, ya que el efecto de la relatividad resultaría en un fuerte crecimiento de masa y le daría a usted la impresión que el clavo pesa mucho más de lo necesario. En la imitación de fenómenos naturales, la perfección es fundamental. Las nube-cillas de átomos giran en órbitas determinadas con toda exactitud y «dibujan» con ello e l objeto deseado. Es, si me permite una comparación tan primitiva , lo m ismo que ocurre con el cigarrillo encendido con el que usted puede dibujar un círculo en la noche.
—¡Pero eso requiere una constante afluencia de energía!
—Naturalmente. La energía es suministrada por un campo de nucleones ampliados gravitatoriamente. No se puede impedir su acción de la misma manera que no se puede impedir la acción de la gravedad. Por eso, si usted se llevara algo de aquí
—trazó con el brazo un arco— a bordo de su nave, el objeto en cuestión se desintegraría en polvo tan pronto como usted abandonara nuestro campo de estabilidad.
—Y todo esto de aquí, los muebles, la alfombra, las palmeras...
—Todo.
—¿Las paredes también?
—En esta casa s í. Pero todavía quedan algunos viejos edificios que no están mentificados.
—¿Y si hubiera un corte en el suministro de energía? ¿Se desharía toda esta construcción en polvo y cenizas?
—Una avería de ese tipo no puede darse.
—¿Cómo que no? Todo puede estropearse alguna vez.
—No, no t odo. Ese es un prejuicio de épocas pasadas. Hay fuerzas que, una vez despiertas, no fallan nunca. Los átomos, p or ejemplo, no tienen nunca averías, ¿no es así? El electrón nunca puede caer sobre el núcleo.
—Pero el átomo no consume energía en estado de reposo —dije.
—Sí, en ese aspecto se comporta de otra manera. Aquí, el concurso de la energía es necesario. —Por lo tanto, puede fallar.
—No. Nos otros extraemos la energía directamente de las fuerzas de gravedad de nuestro sistema planetario. ¿Se da usted cuenta? Con ello frenamos el período de los planetas alrededor del sol, pero esta retardación es de 0,2 segundos por siglo.
Me mantuve en mis trece.
—A pesar de todo, esta energía tiene que ser recogida por máquinas o agregados, y éstos sí pueden fallar. El sacudió la cabeza.
—No son máquinas. No hay ningún tipo de elementos mecánicos que pudieran estar sometidos a un desgaste. En los átom os tampoco exis ten ese tipo de elementos. Aquí actúan campos debidamente acoplados que suministran enfoques de interferencia. La energía existe en el Cosmos en cantidades inagotables, sólo hay que saber cómo llegar a ella.
—¿También su cara, y no se ofenda, por favor, es humana gracias a esta técnica?
—¿Por qué iba a ofenderme? Sí, lo ha adivinado, es sim plemente un gesto de cortesía... Aunque en este caso hay algunas diferencias. Lo que siempre es de metal lo fabricamos como se lo he descrito. Las otras substancias se producen de una manera más sencilla, pero eso está relacionado con la física de los cuerpos sólidos concretos. Me temo que la explicación de estas otras técnicas nos llevaría demasiado lejos: al ámbito de una física que usted desconoce. El principio, sin embargo, es el mism o. Cada, cosa hecha de materia es un hervidero de átomos en un espacio vacío, de átomos que han sido colocados en la estructura correspondiente a su substancia. Nosotros sólo dirigim os estas estructuras. La orquesta existe desde el inicio del Universo, sólo ha estado esperando un director.
—¡Deben ustedes tener una industria extraordinariamente desarrollada —
murmuré yo.
—No es tanto como usted se imagina. Constituye un sistema automático cerrado que se controla a sí mismo.
—Al menos, ¿se podrá mantener a alguien debajo del agua hasta que se ahogue? —pregunté esperanzado.
—No. Si quiere usted probarlo, tenemos una piscina en la casa...
—No vale la pena molestarse —dije—. Basta con que me explique lo salvadora que es entre ustedes el agua. ¿Acaso le lleva a uno a la superficie?
—No, se descompone en hidrógeno y oxígeno, una mezcla en la que se puede respirar.
agua?
—¿Y esa descomposición es desencadenada por las menses que contiene el
—Sí. Ellas sólo necesitan dar una orden a la fuerza de enlace que mantiene unidas las moléculas.
—Usted me considerará un bárbaro, pero le confieso que todo lo que usted me dice no puedo tomarlo sino como fantasías, ya que es sencillamente increíble.
—Es como si alguien le contara a usted un cuento de hadas, ¿verdad?
El lustrano se r ió, se a cercó a una caja fuerte empotrada en la pared y sacó de ella una piedra gris común y corriente.
—Esto no está ni mentificado ni sintetizado —me dijo con cara enigmática—. Es una piedra arenisca natural. ¿Conforme? Pregúntese por favor si su estructura es
«simple».
—Pues bien —dije yo—, átomos, enlaces de silicio...
—Eso se dice muy fácilmente, pero usted, como hombre cult o, sabe que son miles de millones de átomos los que conservan este cuerpo, precisamente un cuerpo macroscópico gracia s al incesante girar de envolturas electrónicas que las ondas de potenciales nucleares mantienen estables, gracias a los anclajes posibles a través de pseudomoléculas virtuales existentes en 8.000 clases, en una estructura pseudocristalina con las típicas anomalías para la piedra arenisca, etc. Tire usted esa piedra y sus átomos, los campos de fuerza, los electrones van a girar y a mantenerla en la forma inmutable de un trozo de mineral. Pero en la naturaleza cada cosa es igual- mente el resultado de un número indeterminado de procesos semejantes. Nosotros hemos aprendido a hacerlo de acuerdo con nuestra propia capacidad y nuestro modelo, ni más ni menos complicado, sino complicado de otra manera. Las fronteras trazadas por la naturaleza separando las tecnologías indestructibles de las destructibles están un poco por encima del átomo. Por lo tanto, nos otros , siguiendo el modelo a gran escala, tuvimos que descender en términos dimensionales a las partículas de las cuales la Naturaleza forma los átomos , y a partir de estos elementos subatómicos cons truir todo lo que nosotros necesitábamos. Lo que le explico ahora, naturalmente, es sólo orientativo, y no una receta de producción. Nosotros producimos los cuerpos sólidos tal y com o los necesitam os; sus destinos, sin embargo, son dirigidos por las menses, ya que a ellas es a quienes hemos asignado su vigilancia.
—Eso quiere decir, por tanto, que entre ustedes todos los clavos tienen inteligencia. Y también las piedras, el agua, la arena y el aire.
—No, no es ésa la manera correcta de expresarlo. La inteligencia, junto con la variedad, tiene como condición la capacidad de modificar cada programa. Las menses no pueden hacerlo. Son más bien algo así com o un instinto introducido en el medio ambiente, altamente sensible, y siempre completamente despierto. En un sistema mentificado normal no hay más capacidad de razonamiento que, por ejemplo, en una mandíbula o en una pata de mosca.
—Bueno —dije yo—, pero volvamos a la etosfera. Yo no sé cóm o se teje una tela a partir de fibras mentificadas. Ahora bien, supongamos que lo supiera, ¿qué se sigue de ello? Yo puedo hacerme cortar un traje de esa tela, claro, pero ¿cómo es que cuando llevo ese traje ya no puedo pegarle a mi prójimo en los morros?
Levantó las cejas.
—Todo esto le saca a usted de quicio ¿no? Una reacción de rechazo, tal vez incluso una conm oción, comprensible por el contact o con una tecnolog ía de otra fase de civilización. No, no, por Dios , no se trata de las menses en las fibras del tejido. Su traje, al principio, no estaba mentificado, las men ses tuvieron primero que posarse en él y eso requiere cierto tiempo. Precisamente por eso, usted les pareció a aquellos lla- mados extremistas un botín potencial, agua para su molino. Por lo menos, es os individuos se habían enterado de algo en la escuela respecto de la información civilizadora. Cada ser vivo, por decirlo de alguna manera, atrae a las menses; éstas lo envuelven en una nube invisible absolutamente imperceptible y que, en condiciones normales, no resulta en absoluto molesta. Esta nube primero tiene que aprender las reacciones típicas de cada persona, el estado de disposición a la agresión no se manifiesta en cada uno al cien por cien de la misma manera. ¿Qué pasa cuando aparece un representante de otra especie racional como, pongamos por caso, un hombre? Nuestras menses, al principio no pueden determinar cómo y a causa de qué se encuentra en peligro. Si en su lugar se hubiera encontrado un lustrano normal ni siquiera hubieran podido encadenarlo, a no ser que esto se hubiera hecho de acuerdo con sus deseos. En suma, la etosfera no es completamente fiable al instante en cada caso individual, pero sí lo es transcurrido un cierto tiempo. A parte de esto, las menses se han especializado en muchos campos como, por ejemplo, los virus, sólo que en este caso se trata de virus buenos. S i, supongamos, se le hubiera ofrecido un veneno poco corriente que sus menses personales no hubieran podido diagnosticar a tiempo, los primeros signos de envenenamiento habrían desencadenado la alarma. Usted no se daría cuenta de nada, pero en tales circunstancias las agrupaciones de menses am-
bulantes se asocian formando grandes unidades. Esto sucede con la velocidad de propagación de la luz o de las ondas de radio, y de esta manera se pide ayuda a las menses que se encuentran en situación de actuar com o antídot o. A todo esto, ni siquiera hace falta el contacto material o físico con usted; las menses especializadas necesitan simplemente transmitir las órdenes adecuadas a la situación de su entorno, de manera que en el transcurso de pocos segundos, por ejemplo, los fermentos de respiración bloqueados por el veneno en los tejidos se disuelven. Por un momento pierde usted el conocimiento, y al volver en s í se sentirá un poco débil. Nada más. Como habrá deducido ya de mis palabras, la medicina interventiva, todavía corriente entre ustedes en la Tierra, es para nosotros prácticamente desconocida, porque disponemos de una continuitaria en la que cada organismo se encuentra bajo una constante, observación.
.—Entonces ¿las menses llevan a cabo también la profilaxis?
—Naturalmente.
—Por tanto, ¿t odas ellas entienden de medicina? Pero eso, sin duda, exige una gran universalidad.
—No. Por favor, no lo t ome a mal, pero sigue pensando en las categorías de su tiempo y del estado de su ciencia . As í no vamos a ninguna parte. No quiero ofenderle, sino sólo hacerle ver de qué se trata: un habitante de la Tierra, de la Antigüedad, aunque fuera de una gran sabiduría, ¿habría podido comprender cómo funciona una radio o un ordenador experto? Una capacidad de comprensión de este tipo presupone, por lo menos , unos conocimientos básicos de fenómenos como la electricidad, las ondas, la modulación, entropía e información...
—Y a pesar de todo ello, estos utensilios no son fiables. —Insistí— . ¿Qué han hecho ustedes pues, para ponerse a la misma altura que Dios?
El se rió.
—Dios no ha hecho el mundo tan fiable como puede parecer en un principio. La materia se destruye. La materia si se la somete a una presión suficiente, se revela engañosa. Desaparece, por ejemplo, en la convulsión gravitatoria de una estrella que se autoconsume y que no deja tras de sí nada más que fuerza de gravedad en un agujero negro. Allí, en esas estrellas donde la materia cede su espíritu gravitacional, está trazada la frontera de la fiabilidad, y con ello, naturalmente, también la de todas las tecnolog ías. Para el uso doméstico, sin embargo, nuestros átomos no son peores que los de Dios. Hemos copiado a la Naturaleza precisamente allí donde ella toma su estabilidad. El átom o de hidrógeno no puede degenerar hasta el punto de negar su enlace a los átomos de oxígeno para formar H20. De la misma manera tampoco pueden
«degenerar» las menses.
—Está bien —dije yo con la sensación de estar batiéndome en retirada—. Pero dígame usted si el traje me vigila. ¿Se encuentra su portador bajo la observación de sus propias mangas?
—Oiga —dijo Tahalat—, aunque usted no lo sepa, presenta los mism os argumentos que nuestra oposición: corba tas, camisas y mangas como espías. Calzoncillos corno medio de represión. Puede asegurarle que nada de eso es verdad. Una semilla empieza a germinar en un suelo húmedo. ¿Com prueba la temperatura?
¿Observa recelosa las perspectivas de crecimiento? ¿Piensa , antes de tomar la importante decisión de germinar, en las condiciones atm osféricas? Las menses se comportan exactamente de la misma manera. Las leyes de la Naturaleza son en primer lugar prohibiciones: no se puede conseguir energía a partir de la nada, la velocidad de la luz no puede ser superada. Hemos introducido una nueva orden en la naturaleza que nos rodea: protege la vida. Est o es t odo. Lo demás debe entenderse, por tanto, como fantasías para noicas y manías persecutorias , teniendo en cuenta que en los tiempos anteriores a las menses se consideraba inteligente, aunque sólo fuera en un
aspecto, todo aquello que se comportara como alguien inteligente. De ahí también la confusión de conceptos y los miedos frente a los ordenadores antiguos: podían llegar a rebelarse y levantarse contra la sociedad. ¡Monsergas! Aquí, sin embargo —volv ió a trazar un círculo con la mano—, n o hay en ningún sitio una inteligencia personal, sólo ventanas, muebles, techos, cort inas, aire , todo ello mentificado. Ciertamente, son mucho más perfectos que todas las alarmas contra incendios automáticas, pero igual que éstas se concentran en una función muy determinada.
—¿Pero cómo distinguen entonces el juego de la lucha? ¿Un abrazo amistoso de un intento de estrangulamiento? Tomemos, por ejemplo, el deporte. ¿O aquí no conocéis lo que es el deporte?
—Sí, sí. Usted quiere saber en qué se basa la capacidad de diferenciación de las menses, pero antes debo decirle por qué son imprescindibles. Cada sociedad que se apodera de las fuerzas de la Naturaleza está sometida a dramáticas sacudidas. El bienestar deseado trae consigo consecuencias indeseadas. La coacción y la violencia adquieren en las nuevas técnicas nuevas formas y refuerzos. En tiempos así, se tiene la sensación de que con el dominio de la Naturaleza también aumenta la depravación de la sociedad, y así es en efecto hasta un cierto límite. Viene dado sencillamente por los sucesivos descubrimientos, es decir, por el hecho de que los efectos destructivos de la Naturaleza son más fáciles de asumir que sus buenas obras. Precisamente el potencial de destrucción merece ser conquistado. Esta es una nueva amenaza histórica. Ade más, las consecuencias de la técnica arruinan sus fundamentos: ustedes lo conocen ya como agonía del medio ambiente biológico, después, y es to t odavía no pueden saberlo, aparece el ecocáncer, la proliferación de degeneraciones dentro de grandes autómatas y sistemas de ordenadores.
»E1 nuevo gran objetivo, el dominio constante y creciente del mundo parece estar sujeto a una administración diabólica. Las viejas fuentes de bienes se agotan más rápidamente de lo que se descubren las nuevas, y todo el progreso se encuentra al
borde de un abismo. El orden técnico engendra más caos del que puede digerir. Para que puedan superarse todas estas contradicciones que se deben a las técnicas poco fiables y a la naturaleza humana (que formada bajo las con diciones de otro mundo es igualmente poco fiable), debe escalarse a un nuevo nivel de la tecnoevolución en el que se arranque a la Naturaleza el tesoro más difícil de obtener: el que se halla escondido en los fenómenos subatómicos . Entre nosotros esto se lleva a cabo por medio de la síntesis de nuevos cuerpos sólidos y los nuevos tipos para su control, es decir, las menses. Estos son los dos pilares de nuestra civilización que denominamos enlace por la etosfera. No debe irse tan lejos que la avalancha de saber convierta a la ciencia en una papilla especializadora, en una substancia, por tanto, de la que un aforismo dice: el experto del futuro lo sabrá todo sobre nada. El giro salvador lo ofrece un sistema de saber global que es accesible, en general, pero no para seres vivos, ya que éstos no podrían soportar más esa carga. Tampoco es univer sal ninguno de los bastoncillos de menses en sí mismos , sólo son universales todos ellos juntos. Esta universalidad es accesible a cualquiera en cuanto se presenta la necesidad. He intentado describírselo con el ejemplo de un envenenamiento. Tenga usted en cuenta que la nube invisible de menses que le cuida a usted no puede hacer mucho, y a la vez puede hacer todo aquello para lo que nuestra etosfera está preparada. En fragmentos de segundo tiene acceso a cualquier información almacenada en la totalidad del sistema. Estas capacidades pueden ser llamadas en cualquier momento, como el genio de la lámpara del cuento. Nadie, sin embargo, puede hacerlo directamente o por sí mismo. El cam ino pasa sólo a través de las menses. Con ello se obtiene la seguridad de que el coloso invis ible no será utilizado por algunas personas contra otras personas.
—¿Y no puede engañarse a las menses? —pregunté yo—. Eso no conseguirá hacérmelo creer.
El sonrió, pero con una expresión sombría.
—Usted ha experimentado en su propio cuerpo cómo funciona. S ólo surtió efecto parcialmente y por un cierto tiempo, ya que usted era para la etosfera un ser desconocido.
—¡Pero el catálogo complet o de todos los actos que se pueden hacer a propósito es inagotable! El mal se puede hacer dando infinidad de rodeos.
—Ciertamente. Pero tampoco estoy afirmando que se haya hecho realidad el
Paraíso en Lustrania.
Sorprendido de pronto por un nuevo pensamiento, le miré a la cara.
—¡Creo conocer una manera de engañar a las menses!
—¿Puede saberse en qué consiste?
—Mis secuestradores lo intentaron sin que yo comprendiera lo que se proponían. Es ahora cuando lo tengo claro. Hay que darle al acto s implemente otro sentido.
—¿Qué quiere decir? —Mostró interés, algo preocupado.
—Creo que quería plantearse la ejecución como un sacrificio, un cierto r ito sagrado. El asesinato debía parecer algo noble y sublime, como una prestación de auxilio o una acción de socorro. Yo debía ser sacrificado a algo que está por encima de la vida.
—¿A qué? —preguntó con una ironía poco disimulada.
—Eso no quedó muy claro. Parecían estar seguros de su causa, mientras no ponían manos a la obra. ¿Sabe usted?, era como si cogieran carrerilla para pasar por encima de un obstáculo que no podían saltar.
—Porque su fe es mala fe —me interrumpió él—. Ellos quieren creer en su misión pero no pueden. La fe no procede de la voluntad. La fe se tiene o no se tiene.
—Otros pueden tener más suerte —objeté yo—. Pero puede que alguien actúe, no peor, naturalmente, pero en la convicción auténtica de hacer algo bueno por medio de un asesinato. Al fin y al cabo, en la Edad Media se quemaban los cuerpos para salvar las almas. Dicho en pocas palabras, el engaño deja de ser engaño cuando existe buena fe.
—En cualquier caso, la Edad Media no puede ser resucitada mediante una voluntad fanática —dijo Tahalat—. Y aun diría más: todo el fanatismo de semejantes esfuerzos revela un núcleo que no tiene nada que ver con el temor de Dios. Y le diré otra cosa: los hombres son más fáciles de confundir con representaciones falaces de este tipo que las menses.
—Esto pertenece a las cosas cuya existencia no puede sospechar ni remotamente ningún filósofo. Logobastoncillos que pueden distinguir entre la fe y la ausencia de fe. ¿Cómo lo hacen?
—Sólo es tan enigmático aparentemente. Las menses no establecen ningún diagnóstico sobre la calidad de fe. Sólo reaccionan frente a síntomas de agresiones y se comportan, en la medida en que éstas no aparecen, pasivamente. No cualquier tipo de fe excluye la agresividad. ¿Qué puede ser más agresivo que el fanatismo? En consecuencia no podrá bajar la guardia. Por el contrario, la agresión queda excluida por la voluntad de hacer el bien, pero una voluntad así excluye a su vez también el asesinato. Es cierto que no siempre fue así, pero no hay regreso a ese pasado.
—No lo juraría —dije y o—. Tanto más en cuanto que conocemos la fórmula correcta: el decálogo grabado en la materia se desorienta sólo con que un asesino crea en la bondad de su acto. Además, la fe y la falta de fe no son estados lógicamente
excluyentes: se puede creer sólo un poco, a veces, más o menos, y en algún punto intermedio, por el camino, se podrá saltar la barrera de las menses.
La mirada del lustrano se había ensombrecido.
—Tiene usted razón, existe una especie de umbral. No quiero mentir le, pero está más alto de lo que usted cree. Mucho más arriba, de ahí que sea inútil intentar alcanzarlo.
Adivinando mi cansancio —la conversación había durado casi tres horas— el director no insistió en el recorrido por los laborat orios previst o al principio. Para el camino de regreso me dejó en manos de un silencioso asistente. Cuando flotábamos sobre la ciudad, me llamó la atención una zona verde rodeada de cúpulas brillantes. Mi acompañante me explicó que se trataba del parque de la ciudad y consintió in- mediatamente a mi petición de bajarme allí y dejarme solo.
Paseé por los caminos flanqueados por árboles de los que casi no me percaté porque todavía seguía dándole vueltas en la cabeza a mi conversación con Tahalat. Al rato, me senté en un banco. En un cajón de arena, allí al lado, había unos niños jugando. El banco no tenía la forma a la que estoy acostumbrado; en la superficie del asiento tenía ranuras semicir culares para las piernas, que los entianos, como ya he dicho, doblan debajo de sí al sentarse. Los niños por el con trario, desde lejos tenían el mismo aspecto que los nuestros e incluso utilizaban cubos y moldes para hacer pasteles de arena. Sin embargo, sólo una niña pequeña, de unos tres años, que estaba sentada algo apartada, se entretenía con esto. Los demás niños jugaban a otras cosas. Se tiraban arena unos a otros, a puñados y con la intención de metérsela mutuamente en los ojos y se re ían cuando la arena, como si aquel a quien se la tiraban hubiera soplado, retrocedía y caía sobre quienes la echaban.
Entonces salió de entre la ma leza otro niñ o. Se quedó de pie delante del cajón de arena y dijo algo, pero nadie le escuchó. A continuación escarneció a los otr os de
una manera cada vez más impertinente, hasta que éstos se enfadaron. Cayeron sobre él, pero aunque eran tres y mayores, el otro no mostr ó el más mínimo miedo, y con toda la razón, ya que no podían hacerle nada. No sé lo que paró sus golpes, en todo caso, e l pequeño se encontraba muy tranquilo entre los furios os. En un ataque conjunto lo tiraron al suelo para saltar sobre él, pero parecía ser liso como una pista de hielo, pues los otros resbalaron y no sirvió de nada que se apoyaran unos a otros o tomaran una salvaje carrerilla.
Los niñ os, hasta ese momento tan ruidosos, se callaron de repente y se desnudaron para echarse desnudos sobre el otro. Dos lo sujetaban y un tercero trenzó un lazo corredizo, se lo puso a la víctima alrededor del cuello y t iró v iolenta mente de él. Yo iba a levantarme corriendo, pero antes de que pudiera hacerlo se rompió la cuerda. Aquellos niños de cinco años tuvieron entonces un tremendo ataque de rabia, del parque se levantó una tormenta de arena de la que sólo de vez en cuando surgía un puño de niño con una pala o una azada de juguete atacando al pequeño invulnerable. Esta rabia se convirtió finalmente en desesperación. Los niños dejaron caer lo que tenían en las manos, salieron del cajón de arena y se sentaron con las cabezas gachas, separados unos de otros , sobre la arena. E l pequeño se levantó, les tiró arena, los s iguió y se r ió de ellos hasta que uno agarró sus ropas y se marchó. La víctima, rehuida, se marchó en dirección opuesta. Los que se quedaron dieron un par de vueltas, recogieron sus cosas, se sentaron en el cajón de arena y, antes de irse, dibujaron algo en la arena.
Me levanté y miré por encima de la cabeza de la niña, que con toda tranquilidad seguía haciendo sus pasteles. El dibujo que habían dejado los niños mostraba el t orpe esbozo de una figura hecha pedazos a golpes de pala.
Un ectoga
El camino a los grandes descubrimientos pasa por el absurdo. Ya se sabe que sólo hay una posibilidad de no volverse viejo: morir. En este conocimiento se basa la búsqueda de la eterna juventud. Para los entianos, sin embargo, este final se convirt ió en el principio de la inmortalidad. Ayer vi a un filósofo que no envejece. Desde hace trescientos años es un cadáver. No sólo lo vi s ino que hablé con él durante más de una hora. Con él mismo, no con una especie de cop ia maquinal o de doble. Anix , as í es como se llama, había obte nido, trescientos años atrás, del último Xixar, el t ítulo de Sabio de la Corona, por lo tanto todavía se acuerda de los días del imperio. En Dicthonia me habían demostrado una vez que la vida eterna no se puede conseguir sin el apoyo de enormes máquinas, y también las había visto, aparatos pesados en cuyo interior el inmortal debía llevar una vida de paralítico. El dicthonio Berdergar aseguraba que era imposible poder volver a introducir en el organism o, con menos aparatos, la infor mación que se pierde al ir envejeciendo. Los entianos han demostrado tener más imaginación que los dicthonios. No han podido invalidar la demostración de Berdergar, pero, por medio de maniobras para eludirla, ganaron la inmortalidad a través de la muerte. Quiero explicar con más exactitud una afirmación que roza el absurdo: quien quiere vivir eternamente tiene que estar muerto. De cómo sucede eso depende toda la cuestión. Se introducen en el cuerpo menses que penetran en todos los tejidos y, una vez allí, acompañan los procesos vitales moleculares . Estas menses están formadas de partículas subatómicas y son menores que los más pequeños virus, ni siquiera pueden verse con el más potente microscopio óptico. Poco a poco se incorporan al núcleo de las células y lo llenan. Son tan pequeñas que el organismo no les da impor tancia, de ahí que no movilice tampoco fuerzas de defensa. En las primeras fases de la ectogación, estas menses todavía no trabajan sino que simplemente aprenden sus funciones futuras, en la medida en que, por decirlo de alguna manera, leen todas las funciones informativas creadoras de vida. Los tejidos, al principio, permanecen intactos; las menses sólo son , en cierta manera, sus sombras pasivas. Es exactamente lo m ismo que si a lguien subiera arbitrariamente al escenario de una pantomima para imitar allí cada uno de los gestos del actor con la mayor
exactitud. La estructura permanece aparentemente sin modificar, hasta que las menses, saturadas del conocimiento adquirido, asumen las funciones de las partes vivas del prot oplasma. T oman la energía que se requiere para ello de reacciones nucleares que se describen como «silenciosas» y que van matando al organismo poco a poco. El ectoguizado no nota nada de todo eso. Se mueve, piensa y actúa como antes, puede comer y beber, pero en el plazo de unos años no necesita ningún alimento más. El cuerpo de esta persona va muriendo poco a poco, pero ella no lo sabe. Los tallones de menses instalados en ella se han convertido en un esqueleto subatómico invisible que no necesita el metabolis mo. El ectoga queda así terminado; es, por tanto, un cadá- ver, cuya descomposición se lleva a cabo imperceptiblemente, en porciones. Su antiguo cuerpo es expulsado poco a poco con los excrementos, pero él no sabe nada, pues aunque está muerto, permanece. Es como si alguien hiciera funcionar una vieja máquina de vapor de Watt, no por la acción del vapor de una caldera sino con un motor eléctrico diminuto escon dido en el árbol del volante. Émbolos y cigüeñales ya no son movidos por el vapor sin o por la corriente. La máquina accionada de esta manera se convierte en un modelo fiel, para la decoración móvil. Lo mism o sucede con el cuerpo del ectoga. Nosotr os traducimos aquí el nombre entiano al griego. Ectos significa algo as í com o «fuera», y de fuera procede ciertamente esta inmortalidad. Los especialistas describen este cambio sustitutorio del cuerpo com o pseudomorfosis : las menses, sistemas lógicos muertos , sustituyen al protoplasma vivo. El organismo, un cadáver disecado, por decirlo de alguna manera, conserva su aspecto, forma y actividades, y la broma cruel de todo ello res ide en que las proteínas sustitutorias son más duraderas y más capaces en sus funciones que las naturales. Durante un tiempo trabajan ambos sistemas paralelamente hasta que el muerto acaba poco a poco con el vivo. El mayor problema de la ectotécnica fue la correcta sincronización de esta muerte gradual y la correspondiente pseudomorfosis paulatina. Esta y sólo ésta, al principio, parecía no realizarse. Hecatombes de animales de laboratorio pagaron con su vida este éxito. Cuando el metabolismo empezaba a descomponerse, como un pañuelo apolillado, la substancia portadora de las menses había asumido ya t odas las
funciones. Los espasmódicos restos de vida en el cuerpo son sólo una envoltura vacía, un capullo vacío, una máscara, tras la cual, a la chita ca llando, el arma zón genético de las menses se pone en marcha. El ectoguizado no puede rejuvenecerse, ya que las menses sólo reciben del cuerpo como información lo que éste en el momento de la invasión tiene / almacenado. Por consiguiente, se conserva la edad a la que el cuerpo fue mentificado. El mejor efecto se obtiene, por \ lo tanto, de una ectogación en la juventud. Cien años después de empezar el proceso, el hombre está biológicamente muerto; en su organismo ya no hay ni un resto de músculos o nervios . Sometidos a la pseudomorfosis, han sido complejamente sustituidos por las menses , una maravillosa pieza de recambio, substrato de la inmortalidad. Para alcanzar ésta , pues, primer o es necesario morir realmente. Después de doscientos años tienen lugar cambios exteriores mínimos que, según se dice, sólo notan los especialistas . De la autonomía de los proces os v itales no queda ya nada, todos los órga nos del cuerpo trabajan com o la máquina de vapor accionada secretamente por la electricidad, es decir, aparentemente. De manera pasajera pueden nublarse un poco los ojos, p orque la sincronización pseudomórfica falla a veces, pero pronto se establece de nuevo una claridad aplastante. La piel desnuda del ectoguizado se oscurece un poco, porque las imperturbables menses que trabajan en los procesos de transformación nuclear desprenden los iones de los metales pesados. Ese cutis metálico aparece, por lo general, después de trescientos años. En los siguientes cinco mil años no hay ningún otro t ipo de efectos secundarios. La sangre s igue circulando por las venas, un líquido rojo indiferente que desde hace tiempo ya no transporta ningún oxígeno y que no es nada más que un antiguo elemento decorativo. Incluso s i el corazón se para (cosa que no ocurre, de la misma manera que no se para aquella máquina de vapor), el ectoga podría seguir movién dose y pensando, dado que el cora zón no es ya el que mantiene en marcha la vida. Por supuesto, debe seguir trabajando, pues el sordo s ilencio y el vacío en el pecho podría crear intranquilidad. As í que cualquier apariencia de vida se mantiene excepto la vida en sí. Biológ icamente, el hombre está muerto, y como tal no teme ni al espacio sin aire, ni a los agentes patógenos, ni al frío más intenso. Las
menses desprenden un calor dosificado en sus procesos de transformación nuclear a fin de que el ectoga no se diferencie de otros seres vivos en la temperatura corporal. La apariencia, s in embargo, sólo se conserva allí donde es imprescindible para el bienestar. El interior del cráneo del ectoguizado es frío, porque el cerebro mentificado trabaja mejor en frío que en caliente. Cuando la ectoga ción se conv irtió en un fenómeno de masas, los expertos comprobaron dos cosas en el cerebro: por un lado, su asombrosa fiabilidad orgánica; por otro, unos efectos psíquicos altamente indeseables en forma de distintos tipos de neurosis e inclus o de locura. N o había ninguna posibilidad de ocultar a los candidatos a la eternidad el precio que debían pagar. El ectoga es estéril. No se sabe si también esto podría subsanarse, pero ¿qué cambiaría la mejor solución técnica si, al fin y al cabo, los muertos sólo podrían engendrar muertos? El ectoga no se distingue en nada, o casi en nada, de un vivo, pero sabe que no es uno de ellos. Respira pero sus pulmones se mueven como sacos inútiles, puesto que la respiración ya no sirve a la vida. Tampoco necesita dormir. Piensa más deprisa y con may or agilidad que un cerebro caliente e irrigado. Espiritualmente sigue siendo el mismo ser que era antes, ya que las estructuras del cerebro que constituyen la personalidad permanecen inalterables, incluso son fijadas para siempre. No vive y no puede hacerse viejo ni morir.
No conoce la enfermedad ni el dolor. Tampoco se le puede llamar androide o robot, porque hasta el último cartílago y la última fibra es exactamente como antes de la inmortalización. El hecho de que no es un ser vivo, sólo puede demostrarse con la ayuda de biopsias y con un microscopio electrónico que haga visible la sutil estructura atómica de su organism o. Por lo tanto, se trata de una falsificación , que en muchos aspectos supera al original en cuanto a perfección, fiabilidad y durabilidad. La época de las menses vivió su origen y su auge. Decenas de miles quisieron esta inmortalidad, pero no estuvieron a su altura. Irrx, uno de los fundadores de la ectotécnica lo expresó de la siguiente manera: sin duda hay que haber nacido muerto para aceptar semejantes condiciones. Los ectólogos creían (precipitada y erróneamente como se demostró) que el problema psicológico de la inmortalización se podía amortiguar por
el hecho de que el ectoguizado no moría de golpe, sino a lo largo de los años, poco a poco, de una manera inapreciable, no sólo para sí mism o, sin o también para los que le rodeaban. Esto era el súmmum para el sueño entiano de la inmortalidad. Ninguna otra técnica, según me explicaron, podía compararse a la ectología, ya que ninguna ofrece de una manera tan clara e intangible el mantenimiento de una existencia siempre presente. Si se quisiera resucitar a alguien a partir de las cenizas en las que éste se hubiera convertido, se obtendría otro ser que se parecería al muerto como un huevo a otro, pero que en cierta manera sería un gemelo, sería otro. En la frontera entre la muerte y la resurrección se llega a paradojas existenciales que no pueden superarse, es decir, no se puede decidir quién abre los ojos como resucitado, el mismo hombre o simplemente uno igual que aquél. La ectotécnica, por el contrario, dado que es un método más lento, garantiza claramente la continuidad de la existencia. El hecho de que nadie pueda soportar los resultados de una empresa tan excelente es otra cosa, la aptitud personal no tiene nada que ver con ello. El recha zo de esta inmortalidad no se produce en todos de la misma manera; los síntomas , sin embargo, s on parecidos: repugnancia por el propio cuerpo, va cío absoluto del espír itu, m iedo y desesperación que culminan en manías suicidas. También hay que resaltar que la sociedad no endulzó precisamente la vida de los ectoguizados y les manifestó una envidia mezclada con un claro desprecio. De por qué Anix, el que una vez fue filósofo imperial, no se había desembarazado de una existencia de ese tipo, oí muchas versiones contradictorias . Al parecer, él mismo se definió una vez como el testigo eterno del mundo pasado, pero seguramente ésta es sólo una de las anécdotas sobre su persona, que casi rozan la leyenda. Desde hace más de cien años ya no trabaja y tampoco recibe a nadie. De los discípulos que tuvo una vez no queda ninguno vivo. Desde luego, hay que ser uno mismo ect oga para comprender el gusto y la carga de semejante estar siempre presente. Los hist oriadores procuran ignorar la fase ect otécnica de su civi- lización tan bien como pueden. Tuve la impresión de que este acontecimiento de su pasado es para ellos tan fatal como la destrucción de Clivia, y en consecuencia debe callarse por motivos parecidos , com o si tanto en éste como en aquel caso hubiera
sucedido algo que supera toda medida de vergüenza, algo que no se puede enmendar ni borrar de la memoria.
Anix vive en las afueras de Hesperis, en una casita de una planta, en medio de un jardín lleno de malas hierbas y flores silvestres . La iniciat iva de mi visita partió de él, una distinción muy particular, com o se me dijo. En su juventud, es decir, durante el imperio, había publicado su obra principal, que enlaza con la doctrina de los tres mundos, el fundamento del pensamiento entiano. En su exposición, la doctrina estaba sometida a una reducción específica. Anix s ólo consideraba posibles dos t ipos de mundo: uno que era leal a sus habitantes y otro que era desleal. El mundo leal no posee ningún tipo de característ icas o lugares inaccesibles, ningún tipo de enigmas indescifrables o secretos eternos; es un mundo completamente transparente para el entendimiento cognoscitivo. El mundo desleal, en cambio, no puede conocerse por completo, es inexplorable e inagotable. Un mundo así es el nuestro. Anix lo compara en su obra con una fuente limitada y determinada en sus proporciones, pero que a pesar de ello ofrece agua inagotablemente. Así es exactamente el Cosmos: finito e inexplorable. Después de doscientos años, ya como ect oga, Anix introdujo en su enseñanza una variante, a primera vista sin importancia. Conservó la div isión original de los mundos, pero reconoció ahora a aquel que entonces había llamado desleal como benefactor, porque es ün reto constante al entendimiento. Este entendimiento está ávido, más del mundo que de objetivos, más de conocimiento que de la fórmula definitiva, ya que si la alcanzara obtendría al mismo t iempo la victoria y la derrota.
¿Qué iba a hacer el futuro consigo mismo después de haberlo «conocido» todo? Anix había confundido, pues, en su primera clasificación de los mundos los signos de la lealtad y la deslealtad.
Eso era todo lo que yo sabía cuando me presenté ante él. Kikerix, que me había llevado hasta allí, no quiso acompañarme al interior. Quizás Anix quería hablarme a solas, no lo se y tampoco lo pregunté. Bajo los intensos rayos del sol, inusuales en las regiones más al norte de Lustrania, estaba sentado en un porche de madera y miraba
hacia mí, mientras yo me acercaba a él a través de los matorrales cubiertos de la pelusa de flores marchitas. Estaba sentado junto a una mesa baja de madera, en una de aquellas sillas que a mí se me antojaban tan extrañas y que utilizan los entianos para cruzar las piernas debajo de sí mismos y descansar. En esta posición se parecía más a un gigantesco renacuajo que a un pájaro calvo. Su cara era ancha, dura y muy plástica. Los ojos y los agujeros de la nariz los tenía muy separados y el cutis tenía el color m ortecino de la caoba azulada. Bajo su holga da indumentaria blanca se dibujaba un fuerte esqueleto, tenía las manos grandes y oscuras sobre la mesa y, sin moverse, sin pestañear, me miraba con sus ojos amarillos , como los de un gato montés. Cuando lo miré, enseguida me pareció que tenía casi cuatrocientos años; aunque en su piel no había arrugas y su voz sonaba fuerte, emanaba de él algo indeciblemente viejo. No era una expresión de hastío, sino más bien una paciencia que sólo se puede atribuir a las piedras. O también una indiferencia. Como s i lo supiera ya todo, como si nada más pudiera sorprenderle o asombrarle.
—Se te saluda —dijo cuando pisé los chirriantes escalones de madera del porche—. Tú vienes de la Tierra, he oído hablar de ti hace mucho. Eres un hombre y te llamas Ijon. Así voy a llamarte, y tú debes llamarme a mí Anix. Siéntate. Tengo un taburete para hombres.
La pieza que me indicó era realmente de diseño terrestre. Me senté sin saber qué debía decir. Se me había asegurado que él no vivía, pero ¿no era ésta una cuestión puramente terminológica?
—Os parecéis a nosotros —dijo él— . Seguís el mismo camino que nosotros y probablemente acabaréis en situación parecida.
Miró al jardín. La luz del sol le daba directamente en los grandes ojos amarillos, pero parecía no deslumbrarle. A través del plumón blancuzco de su cabeza, relucía la piel casi azul oscuro.
—Primero te daré la respuesta a la pregunta que tú vas a hacerme. ¿Por qué nadie hace uso de la ectogación? Porque los mortales no tienen nada que esperar de la inmortalidad. Un estar presente tras el cual no acecha ningún peligro pierde todo valor. Existe para ello la expresión popular «aburrimiento mortal». Por una vez, aquí el entendimiento humano ha dado en el blanco.
Yo pregunté en voz baja:
—¿Y tú?
—Yo no me aburro. —Siguió mirando hacia el jardín, más allá de mi rostro—.
¿Qué quieres saber de mí?
—¿Qué pasó con Clivia Nigra? Tú te debes de acordar. —Claro.
—¿Qué era el Ka-Undrium?
Giró hacia mí su cabeza sobre los encorvados hombros.
—Así que también tú crees ver en ello un secreto. Debo decepcionarte. En cada planeta habitado surgen un gran número de culturas y todas son vencidas por aquellas que consiguen primero el poder material y una ideología general. N o es suficiente ni la fuerza sola, ni la ideología sola . Tienen que ir juntas como las dos caras de una misma cosa. En este aspecto la Tierra no es distinta a Entia. La ideología que ha vencido no debe su triunfo a las conquistas sino a los bienes que éstas prometen. Una ideología puede cumplir o no sus augurios, y los que se cumplen se manifestarán distintos a las esperanzas despertadas. El problema es que la histor ia no puede dete- nerse ni en una época dorada, ni en una época oscura, y que la idea triunfante esté orientada al Más Acá o al Más Allá, no conduce donde indica el camino. En un sentido superficial, las ideologías de Curdlandia y Lustrania son diametralmente opuestas, pero el contenido es idéntico. Se trata de sacar provecho de una situación social y al mismo tiempo de evitarle los daños inmanentes a la misma. Aquí como allí deben
conciliarse la libertad con la falta de libertad, no por medio del trabajo interior, del espíritu, sino desde fuera. Si lo miras así, no encontrarás entre nosotros y ellos ninguna diferencia importante. El Estado Andante soluciona el dilema de una manera distinta que la mentosfera, pero esto sólo afecta al medio y no al fin. Nuestras prisiones son conforta bles y menos visibles que las curdlanas, pero estamos tan pri- sioneros com o la gente de allí. Aquí como allí, las fronteras se han trazado desde fuera. Este estudio de aproximación a los fenómenos de la existencia nos distingue desde tiempos inmemoriales . Yo lo llamo ectótr opo; vosotros en la Tierra lo llamáis instrumental. Cada fase de la civiliza ción aparece en las previsiones de la anterior como una pesadilla, o desde el punto de vista de los optimistas como un paraíso. En cambio, vist o así como tú lo haces aquí, se ve como una locura extrañamente obstinada en su lógica apremiante que aspira a la perfección. ¿No es así?
Se detuvo. Pero como yo guardé silencio, continuó.
—Las fases de la tecnología son como témpanos de hielo flotantes, y la sociedad del planeta avanza conforme salta de una a otra. De la lotería cósmica que configura los planetas depende que la grieta entre dos témpanos sea exactamente suficiente para que el salto pueda efectuarse con éxito, sin caer al agua. Esta catástrofe entra también en el abanico de posibilidades. Pero aunque el destino propicie al avance de témpano en témpano, este movimiento no conduce a un estado de reposo estable. Tú probablemente no sabes que la etosfera es para nosotros el clav o ardiente de la esperanza, el milagro de la perfección. El bienestar vuelve irreflexivo y engendra una violencia que procede de la desesperación. La miseria de la pobreza es relevada por la miseria del desenfreno. No teníamos otro camino. Vos otros también os conven- ceréis si los témpanos de hielo no se abren antes de tiempo bajo vuestros pasos. Naturalmente, eso no significa que tengáis que llegar a una mentosfera; hay muchas otras soluciones alternativas ectótr opas, pero n o se dis tinguen mucho más unas de otras que la lustrana de la curdlana. Una sociedad completamente abierta se hundirá al final, exactamente igual que una cerrada herméticamente, y no existen entre ellas
posiciones definitivas en equilibrio. Por lo tanto no es ningún milagro que nosotros también hayamos tomado la eternidad al asalto desde afuera. Tú me has preguntado por el Ka-Undrium. Nadie sabe lo que eso significó para los clivia-nos. Como las escamas en un pez fuera del agua no tienen ninguna explicación, tampoco los conceptos fuera de la cultura explican cuál es su origen. Yo creo que el Ka-Undrium había sido también un manera de hacer concordar la libertad con la falta de libertad. No puedo describir exactamente en qué forma, pero no creo que dependa de la solución específica , ya que no hay ninguna que sea perfecta. Los clivianos no se diferenciaban tanto del resto de los entianos . En el caso de que hayas entendido o no hayas entendido sigue preguntando, por favor.
—¿Cómo los matasteis? —pregunté—. ¿Es verdad que la opinión pública no sabía nada de la guerra? Vuestras fuentes dan distintas versiones.
—Nuestras fuentes mienten —dijo el gran anciano. Como antes, seguía mirando ininterrumpidamente el jardín bañado por el sol—, pero no allí donde tú crees. Los historiadores siguen manteniendo una lucha y no se deciden acerca de si llevamos a cabo un golpe preventivo o un contraataque, ni de si los medios eran o no principalmente de naturaleza biológica. ¡Cómo s i eso tuv iera alguna importancia! El caso es que la técnica de la inmortalización surgió como la técnica del exterminio. Sólo posteriormente les cayó a los asombra dos expertos la venda de los ojos y descubrieron la prolongación de la vida pasando por la muerte. Originalmente, no lo habían querido así en absoluto, de ahí que las primeras generaciones de menses sirvieran para un ectocidio.
—¿Las menses se crearon como arma?
—Así es. Mataban lentamente, de una manera inapreciable e inevitable. Una vez puesto en marcha el proceso de ectogenización no puede ni detenerse ni volver atrás. Las menees lanzadas sobre Clivia lo mataron todo en el transcurso de unos años.
—¿Y el glaciar? ¿Es verdad que...?
—La glaciación del sur tuvo lugar más tarde. No me he ocupado de los detalles militares y, por lo tanto, no sé cómo se llegó a la glaciación de todo el continente. No creo en una simple casualidad. En el caso de que quieras saber más y no te baste con mis opiniones, dirígete a los penitentes. ¿Sabes quiénes son?
—Sí; una orden de repenitentes que meditan sobre el destino de Clivia.
—No exactamente; es más complicado. Pero búscalos , no es un mal consejo, aunque no vayas a enterarte de lo que quieres.
—¿Crees que puedo hacerlo?
—Supongo que nadie va a impedírtelo. En todo caso, puedes intentarlo. ¿Tienes alguna pregunta más?
—Quiero saber por qué querías verme, puesto que no tienes ninguna pregunta que hacerme. —Quería ver a un hombre.
La doctrina de los tres mundos
La persona del viejo sabio me había impresionado más que sus palabras. Anix encarnaba aquello que Shakespeare sólo había esbozado: vivía y no vivía. No era un sucedáneo ni un simulado de un muerto, sino la auténtica continuación de una criatura de hacía trescientos años. En todo caso, no podía creer lo que había dicho sobre el fracaso de la ectotécnica. Estaba seguro de que los hombres se habrían decidido masivamente a un cambio de este tipo para alcanzar la inmor talidad. ¿Por qué entonces había de ser distinto en Entia? Guardé mis dudas para mí, atacado por la súbita sospecha de que quien contestaba mis preguntas no era el anciano filósofo, sino
la nube de menses que se había condensado formando su cuerpo. Me dije a mí mismo que pensaba como el hombre primitivo que busca en un aparato de radio los enanitos que están hablando, pero una inhibición insuperable me cerró la boca. ¿Era efectivamente la automorfosis gradual la garantía de una continuidad de la existencia personal? ¿Cómo podía uno convencerse de ello? La profundización de este problema me pareció más importante que la excursión para visitar a los penitentes, así que la pospuse. Mientras tanto, recibí una invitación para un encuentro de estudiantes y profesores del Instituto de Menterónica. La sala estaba llena a rebosar, y las preguntas que se me hicieron revelaban un completo desconocim iento sobre las cosas de la Tierra. Un estudiante de plumaje blanco y con gafas me arrastró a una discusión sobre los ángeles. Él los conocía por reproducciones y sostenía que con aquellas alas no se podía volar. Además, única mente una cola con plumas podía garantizar la necesaria estabilidad de vuelo o, en todo caso, las a letas de plumas en los tobillos. Le aclaré que éstos eran seres fruto de la fe, productos del espíritu y en absoluto modelos de prueba de la aeronáutica. La aclaración no le convenció. Evidentemente, el mundo de los pájaros es deificado en secreto por los hombres, de no ser así, las alas de los ángeles no serían de plumas sino membranosas. Yo debía definir claramente nuestra relación con el plumaje.
Esas alas eran sólo un símbolo y no tenían nada que ver con los pájaros . N o se trata en absoluto de remeras ni de plumón, sino de que tras la muerte el creyente va al cielo.
Cuando me preguntaron acerca del sexo y de la multiplicación de los ángeles di a entender que éstos no podían tener niños, pero me encontraba en terreno resbaladizo, porque no estoy muy fuerte en la ciencia de los ángeles. Uno había oído algo acerca de los ángeles custodios y preguntó si se trataba de un equivalente terrenal de la etosfera. Apenas había acabado con el tema cuando, sin darme tiempo ni para respirar, me preguntaron acerca de nuestras competiciones de multiplicación. Sospeché lo que quería decir, ya que el día anterior había sido testigo en el estadio de
la ciudad de las carreras de fecundación anuales. Esta actividad deportiva sustituye entre los lústranos a la erótica. Los jóvenes de ambos sexos se colocan en la salida vestidos con sus trajes de fiesta; los espectadores, en las gradas, animan a los corredores y corredoras y aplauden frenéticamente cada acto feliz de fecundación. Les expliqué, por tanto, que nosotr os no nos mult iplicamos corriendo, de ahí que en la Tierra eso no pueda ser un deporte. ¿No es un deporte? ¿Entonces qué es?
Empecé a balbucear acerca del amor, pero lamentablemente caí en la sensualidad y acabé en un interrogatorio. ¿Sen sualidad? ¿Qué es eso? Vale, vale , ya se sabe que nosotros tenemos otra constitución anatómica . O sea que no corremos, de acuerdo, se hace de otra manera, pero ¿por qué toda esa ocultación, todas esas insinuaciones y explicaciones? ¿Por qué en nuestras revistas se anuncian tanto las glándulas mamarias? ¿Tiene que ver con la política? ¿Con luchas de poder? ¿No? ¿Con qué entonces? ¿Vida en familia? ¿Qué consecuencias tiene eso?
Estaba bañado en sudor, ya que me presionaban cada vez más y querían saber por fuerza qué es lo que encontrábamos tan vergonzoso en la fecundación. ¿Qué clase de vergüenza era esa? ¿Quién se avergonzaba, el macho o la hembra? ¿Y de qué nos avergonzábamos? ¿Acaso nuestra religión nos prohibía multiplicarnos? ¿No lo prohíbe? La desgracia quiso que entre los oyentes se encontraran algunos estudiantes de religiolog ía comparativa, y éstos eran los que más me acosaban. Apenas había dicho que la religión no tenía nada contra los niños , uno de estos list illos empezó a hablar del voto de castidad que debe llevar a la salvación del alma, de donde se deduce que cuantos más niños se engendran tanto más lejos se está de dicha salvación.
Cuando empecé a negar esto enérgicamente, desde distintos lados de la sala empezaron a gritar: «¡Quiere ocultar algo!». En vano negué enfáticamente este reproche; todo el auditorio estaba revuleto y quería conocer sin falta los motivos de esa vergüenza, la particularidad e intimidad, ya que entre ellos no había nada más público que eso. Yo estaba aturdido y no encontré ninguna explicación. Una estudiante
preguntó si poníamos huevos, pero otros que estaban mejor infor mados se rieron de ella. Los hombres proceden de animales arbóreos, peludos y con cuatro manos , son vivíparos y pertenecen a los mamíferos . ¿A los mamíferos? S í, por supuesto, la madre alimenta al niño con el pecho. ¿Con el pecho? S í, pero no como los pelícanos sino con leche que sale del pecho. La leche todavía armó más revuelo. ¿Con queso también? Y
¿qué pasa con la mantequilla? Me hice un lío con mis propias declaraciones. Tal vez habría podido explicarles finalmente las dos vertientes de la erótica en sus formas espiritual y sensual, pero la barrera que, en detrimento de la segunda, ponía el acento en la primera, era incomprensible para este público. ¿Por qué una diferenciación de ese tipo? ¿Coincide con la línea entre la virtud y el vicio? ¿Sí? ¿No?
Un joven lógico, nacarado como una tórt ola, dedujo de ahí que los hombres no se comprometen seriamente con la propia religión. S i lo hubieran hecho, se habrían extinguido desde hace tiempo sin dejar descendencia. ¡El suicidio colectivo a través del celibato! ¡Los muy pecadores! ¡Pacco, ergo sum, et nihil obscoenum a me alienicm puto!
El auditorio se había metido en la cabeza que yo lo sabía todo, pero que no debía desvelarlo. En mi desesperación intenté seguir la táctica de Sócrates y pregunté qué había entre ellos que fuera indecoroso. Lamentablemente, nada, como se puso de manifiesto. Ofensivo, odioso, repugnante, asqueroso, de mal gusto, cruel, éstos eran conceptos que ellos conocían. Qué era indecoroso, en cambio, no lo sabían. ¡Comer con las manos sucias! ¡Hurgarse en la nariz durante un examen! ¡Escarnecer a otros y reírse de ellos! Me hacían semejantes ofertas con la esperanza de que así les diera la pista que los llevara a descubrir finalmente el secreto. Naturalmente, esto n o condujo a nada, y entre silbidos tumultuosos y pata leos (se estaban comportando de una manera perfectamente indecorosa) tiré finalmente la toalla.
Después hubo un banquete. Conocí a un joven científico que se sentaba a mi izquierda. A la derecha tenía al rector, pero el jovenzuelo me atraía más. Era doctor en
menterónica, con sus mechones en las orejas se parecía a un búho, y se llamaba Tiuxtl. Además de su especialidad, practicaba también la hominística, pero no podía ocultar que sólo conocía los problemas de la Tierra teóricamente. Por ejemplo, estaba convencido de que rechazábamos a los atacantes erizando el pelo com o las hienas. Le aseguré que a nosotros no se nos ponen en absoluto los pelos de punta, pero él me remitió a la literatura de la Tierra. ¡Que alguien intente hacerle comprender a un extraño que no debe tomarlo todo al pie de la letra cuando oye, por ejemplo, «que a uno se le salen los ojos de las órbitas»!
Cuando le conté mi visita a Tahalat, Tiuxtl sonrió irónico.
—Propaganda política —dijo— . Juegos de manos callejeros, trucos de circo. Demasiado poco interesante para gastar saliva en ello.
Estuvo de acuerdo en servirme de guía. Sólo por medio de él me enteré de cómo funcionaba la etosfera. Está com puesta de menses que se fabrican en centros de definición de estructura y mensincubadoras. La central de gestión es un Duumvirato sometido al poder absoluto del gobierno, el Inhibidor General y el Hedomático General. Sus funciones se asemejan, ya que el uno se cuida de la protección contra el mal, es decir , de la limita ción de la activ idad, y el otro de la oferta del bien, y con ello de un máximo de la libertad. La menterónica, la especialidad de Tiuxtl, no se ocupa de inculcar a las menses principios morales , s ino que es el arte de conse guir una corporiza ción de la ética en la física . Ya los primeros proyect istas de la etosfera, los llamados padres fundadores, habían comprendido esta necesidad. El punto más débil de todos los códigos m orales es la desproporción de los delitos, que plantea preguntas del tipo siguiente: ¿qué es peor, robar a una huérfana, maltratar a un anciano o golpear a un cura con una reliquia? La et osfera no debía ser por tanto un psicólogo o educador, ni un vigilante, ni un controlador, y tampoco ningún arbitro ni policía invisible, pero sobre todo no debía ser un partido con el que se pudiera discutir la admisibilidad de sus actos. Una tutela de este tipo habría sido insoportable en su
omnipresencia. Por eso, la capacidad de la etosfera de absorber el mal se manifiesta finalmente como una característica física . En un medio ambiente ennoblecido nadie puede obligar a nadie, de la misma manera que no se puede obligar a los electrones a dejar de girar alrededor del núcleo del átomo. Aquí no se puede destruir la vida de la misma manera que no se pueden destruir la materia o la energía. Las leyes de la física son ante todo prohibiciones: sencillamente no permiten determinadas cosas. Así que en la etosfera no. se puede cometer un delit o del m ismo modo que en el medio ambiente natural no se puede construir un móvil perpetuo. Con esta finalidad, todas las decisiones que deben tomar las menses en los caminos pantanosos de la filosofía se transfieren al suelo firme de las ciencias exactas. Ese es el campo de acción de la menterónica. Xiuxtl me mostró cómo funciona. Un mandamiento, por ejemplo, dice:
«Nadie debe sentirse atado». Esta directriz tiene el efecto de una ley física. Se puede demostrar esposando a alguien, atándolo con cuerdas, o utilizando un métod o más refinado, se le fijan a la víctima los pies con cemento dentro de un cubo y a continuación se le echa a un estanque: las cadenas y ataduras se deshacen, el cemento se desintegra en polvo. La condición imprescindible es, sin embargo, que el que está atado haga esfuerzos para liberarse. De no ser así, se desintegrarían incluso las ropas y nadie podría llevar cinturón, ni tirantes. La víct ima debe, pues, retor cerse en sus ataduras, y cuando estos esfuerzos superan una cierta intensidad, los mensensores ponen en marcha la desintegración de la sustancia apresante. Si hubiera tirado de aquel collar de hierro habría quedado libre, pero yo no lo sabía y no era ningún lustrano, y precisamente a partir de eso habían elaborado su plan mis secuestradores. Tiuxtl no pudo menos que reírse cuando me explicó todo esto. Del esta do anímico del atacado, las menses no se ocupan en absoluto, no están en situación de hacerlo, sólo registran si su libertad de movimientos está lim itada. La habilidad de los menterónicos se manifiesta en poder transcribir el sentido moral de cada situación a un lenguaje exacto de la física que haga óptima la solución para todas las partes y evite cualquier factor psicológico. Las menses, entonces, no someten a aquel que tiene planes asesinos a una especie de vigilancia estricta, n o emiten tampoco ningún juicio
sobre una intención de ese tipo manifestada en obras, sino que simplemente constatan un hecho e impiden sus consecuencias perjudiciales. Los programas contienen muchas órdenes que parecen positivas. Una, por ejemplo reza: «Nada debe sufrir una caída abrupta». Gracias a esto no puede ni caer un meteoro sobre la ciudad, ni nadie puede matarse cayendo por una ventana, ya sea por propia voluntad o porque ha sido empujado. Los antídotos son en todo caso muy variados, entre otros se encuentran el desprenden y el absorbón, particulillas subatómicas que a una orden de las menses desprenden o absorben energía. Un trillen de absorbones puede, repartido en una milla cuadrada, hacer descender la temperatura de esa superficie en veinte grados. No lo he comentado con nadie, pero creo que Lustrania causó por medio de este método la glaciación de Clivia Nigra.
Otra norma menterónica establece que el número de víctimas, en el caso de que no puedan evitarse, debe mantenerse lo más bajo posible, el principio del mal menor. Si un niño al cruzar la vía del tren tropieza entre los raíles y el uso del freno de emergencia del tren que se acerca tuviera por consecuencia su descarrilamiento, es decir, también la muerte de viajeros, el niño sería atropellado.
Este ejemplo se lo había inventado Tiuxtl especialmente para mí, ya que en Lustrania no hay trenes. Otra regla dice: «Nadie debe ponerse enfermo». En Lustrania, desde hace doscientos años, ya no existe ninguna medicina de acuerdo con el patrón terrestre. Las menses vigilan el cuerpo desde el nacimiento hasta la muerte, operaciones y otras intervenciones se han hecho innecesarias. Las embolias o bóbulos ya no pueden aparecer, cada una de estas molestias es eliminada en sus inicios por las menses. Esto también es válido para los errores y abusos que aparecen en los tejidos, conocidos com o tumores. Precisamente a raíz de esto se puso en marcha, por aquel entonces, la revolucionaria idea de alcanzar la inmortalidad por medio de la ectogenia. El servicio urgente de reparación y de salvamento que actúa en la mentosfera tan incansablemene, como Tiuxtl dijo de manera explícita, no es en modo alguno nuevo, único y orig inal. Re laciones semejantes existen en cada organismo v ivo. También éste
actúa, siempre y cuando esté en condiciones, de modo que ningún órgano o tejido dañe a los demás o prolifere a su costa, y que todo lo que entra procedente del exterior, ya sea un germen de enfermedad o un proyectil, se torne inofensivo, se encapsule o se expulse. El organismo no se s omete a reflexiones mora les como tampoco lo hace la mentosfera para, por ejemplo deducir si tras cada ataque a su salud se esconden motivos justos . El organismo es insensible a la persuasión, los médicos se dieron cuenta de ello, para gran preocupación suya, cuando éste sencillamente no aceptaba órganos trasplantados. Al cuerpo se le puede engañar y matar porque está prefijado en su modo de actuar. La etosfera, por el contrario, se mantiene inevitablemente en funcionamiento gracias a la menterónica.
Lo cual no significa ni mucho menos que sea perfecta o que pueda alcanzar alguna vez la perfección absoluta. En este aspecto, Tiuxtl se mostró escéptico. Me dio a leer un escrito polémico de hacía cincuenta años contra los menterónicos , obra del filósofo Xaimarnox. El había sido menterónico hasta que cambió radicalmente sus convicciones. Xaimarnox sos tenía que la etosfera no va dir igida, como se cree en general, contra la desgracia social, sin o contra otra cosa completamente distinta. «El bienestar», escribía, «no es eso que ya se tiene, por lo menos no es sólo eso, sino un espejismo de un objetivo aplazado al futuro. La pobreza es horrible y deprimente, pero, por lo menos , espolea a esforzarse en salir de ese esta do. El bienestar, sin embargo, que resulta tan fácil de poseer com o el aire, es en ese sentido peor , ya que, como no hay ningún camino que conduzca fuera de él, no se puede hacer otra cosa que aumentarlo. No es suficiente tener en la mano cada vez más, aquí y ahora, al mismo tiempo ha de haber cada vez más oportunidades nuevas y más amplias. Vosotros debéis pues reorganizar el mundo, ya que no queréis ni podéis hacer el esfuerzo de cambiaros a vosotros mismos, cosa que, por cierto, como sabemos, tiene por resultado una desgracia con otro aspecto, pero no menor. S in embargo, no hay nada tan nocivo para el hombre como un estado de bienestar que se consigue gratis y sin la participación, s in la ayuda, de otros hombres. Nadie necesita ser bueno con alguien ni prestar a nadie un servicio, ayudarle u ofrecerle el corazón, porque esto tendría tan
poco sentido como darle una limos na a un creso o echar una moneda de cobre en una mina de oro. ¿Qué se le puede dar a alguien que ya tiene más de lo que puede imaginar? ¿Sentimientos? Eso, en esta situación, sirve sólo para gente que es un modelo de altruismo. Tal des prendimiento, a su vez, pone en ridículo a este paraíso civilizador que ha sido creado con tanto esfuerzo. Además, la erosión de la buena voluntad, el cariño, la atención y el amor avanza poco a poco, no se consigue de una generación a otra. Primero aparecen los robots primitiv os, que efectúan las funciones de servicio. Pero la mecánica imita torpemente la abnegación y la diligencia de los hombres, y aunque en cualquier momento puede y debe perfeccionarse en simulación, los maniquíes de acero van a parar a los museos técnicos y son sustituidos por la atención de un medio ambiente altruista hasta el sacrificio, menos m olesta y más protectora, tierna, entregada, afectuosa aunque impersonal, pero tan ilimitada, que cumple cualquier deseo apenas se ha medio pensado. Ahora bien, cuando el poder absoluto conduce a la degeneración absoluta, un bienestar tan perfecto trae consigo la completa destrucción . El regreso a la escasez, la pobreza y la necesidad no es posible para la generalidad, ¿a quién hay que dirigirse para pasar factura por esta asfixiante avalancha de felicidad si no es a aquel que la ha producido? Siempre ha de tener la culpa alguien, Dios, el mundo, el vecino, los antepasados, un desconocido. Alguien tiene siempre la culpa, y de esta manera se comprueba que hay que proteger a la gente de la felicidad que no desea. Si así no puede destruirla, sólo le quedan los demás para pasar factura. Entonces todos deben protegerse de todos y justo eso es lo que habéis conseguido. A esto lo llam o yo una catástrofe: el paraíso general donde cada individuo lleva el infierno en su interior sin poder hacer partícipes a los demás: en tal situa ción, nadie tiene mayor deseo que el de hacer probar el sabor de su estado a los demás.
¿Queréis que os lo demuestre? Pues bien, aunque no entraba en vuestros planes, aunque es una consecuencia impredecible e incluso indeseada de la capacidad de absorción de desgracia del medio ambiente, habéis producido diferenciaciones de la fe y de la falta de fe, la div isión de las convicciones en altamente auténticas y profunda- mente engañosas. El gobierno pregona que se trata de una fe muy lastimosa que se
limita a un solo artículo, cambiar el nombre al mal y llamarlo bien, convertir por tanto un asesinato en una acción merit oria. Este credo no es el objetivo para nuestros extremistas (y un objetivo debe estar respaldado por una fe) sino el medio de eludir a la etosfera hasta que sea posible matar.
»Los menterónicos, por lo tanto, buscan nuevos programas que impidan estos trucos, y cuando uno habla como lo hago yo lo consideran enemigo. Soy cualquier cosa menos eso; sólo os ruego que me digáis cuál es la ventaja de hacer a las menses tan perfectas. Al hombre sólo le ha quedado una rendija propia para evitar el mal: la experiencia de la religión. Pero ahora también queréis taponar esta abertura para siempre, cada uno debe llevar el infierno incrustado en sí mismo. ¿No os dais cuenta de lo absurdo de este “perfeccionamiento"? Ya sé que queréis lo mejor, no querríais que hubiera nada malo, queréis el bien y sólo el bien. Pero esto precisamente se ha manifestado como malo. Ahora pretendéis negar el desastre de ese trabajo de mejora. Os engañáis a vosotr os mism os. Vuestro objetivo es que nadie demuestre con vosotros , los demás y la sociedad que este bien trae la desgracia y engendra maldad. La fe nace de la desgracia, un componente de la existencia. La fe nace de la añoranza de un PADRE, del amoroso y fiable pastor que con suela tanto de la vejez como de la muerte. La fe surge de la impresión de que, si el mundo no nos quiere, alguien debe haber que nos quiera. La fe no procede de la necesidad corporal, sino de la esperanza de que este mundo no lo es todo, de que por encima de él o en él, existe ESO o ÉSE al que se pueden dirigir las súplicas, cuya faz se podrá contemplar, si no durante el tiempo de vida, sí después de la muerte; en una palabra, la fe es la huida a la esperanza nacida de la desesperación, porque en la desesperación absoluta y sin el clavo ardiendo de la esperanza no se puede vivir. Ni siquiera se puede vivir para otras personas, e incluso esa oportunidad habéis eliminado. De manera que incluso aquella fe incipien te,
¡desdichada manifestación de una fe degenerada!, que cambia el asesinato en un bien, en un alto mérito, también es una expresión de la desesperación y de la esperanza surgida de ella, de que así como es no debe ser. Aquella fe primaria y esta secundaria proceden de las mismas fuentes espiritua les. La singularidad de esta nueva fe se
deriva directamente de la singularidad de las circunstancias del delito, que vosotros mismos os habéis preparado. Mis colegas y amig os en la mensónica n o piensan así porque están muy atareados buscando la solución a preguntas técnicas concretas para el siguiente paso de la hedomática y de la inhibición. De aquí que no sepan (o eviten cualquier reflexión sobre ello) que la hedomática empieza a convertirse en la algomática: la tor tura como bien.»
Este polémico escrit o se convirtió en un número uno de ventas. Ignorado por los expertos se convirtió en la Biblia de los intelectuales, cuyas lamentaciones y veredictos de culpabilidad contra la etificación tenía por fin un nombre concreto. Por la historia se sabía ya, as í estaba escrito, que todo lo bueno, al final, empuja a cualquiera hacia el mal. En pequeñas dosis, el bien, durante un tiempo, es sin duda útil; pero para toda la vida, un veneno. Xaimarnox, sin embargo, había sostenido que la tutela de las menses era tanto más corruptora cuanto más perfecta se volvía. El gobierno mantenía silencio, pero sus partidarios la emprendieron contra Xaimarnox. Lo difamaron, tachándolo de raro y pendenciero, e incluso hicieron correr rumores de que había recibido una distinción del presidente. Toda esta discusión no tardó en olvidarse al no cumplirse las visiones del anciano menterónico, al com probarse que la muerte como protesta contra la dulzura obligada no se convertía en una nueva profesión de fe y sólo era enarbolada como bandera por unos pocos extremistas. Sin embargo, no todas las profecías de Xaimarnox se revelaron como falsas, porque sí ocurrió algo especial: la etosfera causó un renacimiento de la doctrina de los tres mundos, olvidada desde hacía tiempo.
¿Cómo pudo suceder? El gobierno había introducido la etificación cuando Lustrania era azotada por las crisis. El bienestar había enfurecido a la sociedad, el crecimiento demográfico hacía reventar las ciudades, apenas había separación entre la política y la chusma. Todo esto se había silenciado bajo el manto de la etosfera, pero después de cuarenta años se advertían cosas completamente nuevas, a la vez ventajosas e intranquilizadoras. Hubo cambios a mejor que no habían sido planeados
ni previstos por nadie. E l cre cimiento demográfico se detuvo, dejaron de nacer niños impedidos física o mentalmente, la esperanza media de vida aumentó. Durante un tiempo los portavoces de la etificación lo achacaron a la influencia ennoblecedora del espíritu de la mentosfera. Pr imero causaron gran sensación los diagnósticos médicos dictaminando que la gente ya no iba a ser castigada por las fracturas de huesos propias de la vejez, porque en el esqueleto se acumulaba metal de manera creciente. En las clavículas y tibias se almacenaban pequeñas fibras microscópicas metálicas que aumentaban la resistencia a la fractura. Un fenómeno de este tipo no permitía seguir distrayendo la atención con florituras acerca del valor educativo de la etosfera; aquí las menses se habían independizado de una manera indiscutible. Lo terrible no fue la disminución de las fracturas de huesos, sino que las menses hacían algo que no debían. Los intelectuales, que no hacen más que causar problemas a los gobiernos en cualquier lugar del Universo, volvieron a levantar la voz con sus preguntas: «¿Quién domina a quién? ¿Los v ivos a las menses o al revés? ¿Acas o se ha conseguido crear el paraíso perfecto tal como se había soñado?», preguntaban irónicamente.
Los menterónicos no se inmutaron, y se justificaron ante todos diciendo que no pasaba nada grave. La ética no puede convertirse sencillamente en física . Si a lguien declara: «No hagas a tu prójimo lo que te molesta a t i mism o», no hace falta añadir nada más, pues la intuición le ha dicho ya desde hace tiempo de qué debe protegerse. Sin embargo, si se formulan tales mandamientos en la física de un mundo ya superado en general, no hay intuición que valga fuera del tribunal de apelación. Entonces se programan elementos lógicos que están supeditados a sus programas, pero que no poseen ningún tipo de entendimiento. El menterónico no trabaja como m oralista, sino como matemático que construye un sis tema deductivo. Este resulta de ciertas premisas: los axiomas . Por lo general, del axioma puede deducirse mucho más de lo que aquel que lo ha creado imaginaba. La geometría define el punto, la recta y la superficie, y después queda abierta la posibilidad de que cualquier inteligencia humana normal, a partir de estas definiciones, deduzca también un plano que tiene una única superficie. Los programadores habían confiado a las menses el bienestar de
la sociedad, y las menses se cuidan de ese bienestar mucho más de lo que se podía esperar. Eso no es malo, ¡es fantástico! Deben vigilar la salud y eso es lo que hacen. Los huesos se hacen viejos y se vuelven quebradizos, no se puede prever cuándo se romperán. Puesto que las menses no pueden evitar lo que han de evitar se lanzan a una profilaxis radical. La medicina no tiene nada que oponer al reforzamiento metálico del esqueleto, en con secuencia, no existe ningún motivo para alarmarse. Las menses no han rehuido el imperativo del bienestar en ningún aspecto. Todo está en orden.
Con el tiempo, también el clima sufrió alteraciones. Lus-trania quedó protegida de las oscila ciones bruscas de la presión y de los ciclones . ¿A qué se debía esto? Acaso los frentes de tormentas, las oclusiones y la electricidad atmosférica fueran la causa de los estados de tensión nerviosa, pero también en ese campo las menses actuaron de modo preventivo y regularon el clima. «¿Qué más queréis?», gritaban los menteróni- cos a sus detractores, que de nuevo se revelaban. «¿Echáis de menos las mangas de viento y los tifones?» Pero ahora surgían también dudas entre los expertos. Unos se obstinaban en que una buena dirección podía mantener dentro de los límites la iniciativa de las menses. Los otros repetían que el horror estaba ya allí, puesto que todo aquel que obtenía las ventajas indeseadas se veía totalmente incapacitado.
Tenían razón unos y otros, como pront o se puso de manifiesto. Sucedían cosas increíbles. Con creciente frecuencia, los ancianos no morían «hasta el final», como se decía. Perdían todas sus fuerzas, yacían en el lecho de muerte, se quedaban ciegos, sordos y perdían el conocimiento. Vegetaban durante meses en esa agonía suspendida. Las familias aguardaban el último suspiro, pero la muerte no llegaba, por el contrario, el cuerpo ya frío se movía de repente, brazos y piernas ejecutaban movimientos caót icos hasta que de nuevo volvían a caer en un incomprensible letargo. Hubo incluso casos en los que la actividad del corazón se detuvo, pero tampoco ése era ya un signo/definitivo de la muerte, porque el supuesto cadáver no se pudría.
A/través de Tiuxtl me enteré de que los lústranos no ha bían inventado la ectotécnica, s ino que la habían aprendido de las menses. O que las menses se la habían enseñado. Las menses no podían pensar, sólo actuaban como se les había encargado. Que debían mantener en marcha la vida, pues lo hacían. El organismo se convirt ió en el campo de su lucha silenciosa y enconada para la salvación de apenas un rescoldo de vida. El cerebro ya no funcionaba y no se podía salvar, no habían podido impedirlo, pues entonces luchaban por salvar lo que fuera posible. Este descubrimiento dio pie a un tremendo enfrentamiento. Los expertos, embriagados por la esperanza de alcanzar la inmortalidad a través de la muerte, pusieron manos a la obra en el perfeccionamiento ampliado de las menses . Sordos a todas las protestas y a t odas las voces escandalizadas y horrorizadas experimentaron con animales. La oposición puso el grito en el cielo, no podía haber un cumplimiento de los sueños de vida eterna más agobiante que recibir un don así por la fuerza, introducido en el cuerpo de manera clandestina. Era absolutamente ridículo verse condenado por la fuerza a la inmortalidad, y el entusiasmo puesto en su día por los menterónicos sirva como prueba de la locura de los profesionales.
Tiuxtl, que me refirió est os acontecimientos ocurridos tres siglos antes, también reveló sin miramientos lo más macabro del asunto. La precipitación con la que los menterónicos traspasaron la ectotécnica de los animales de laboratorio a los entianos tuvo consecuencias que ponen los pelos de punta. Se había supuesto que la opinión pública, tan pronto com o aparecieran en la calle los primeros inmorta les, sabría apreciar en su justa medida este hecho y daría la espalda a los cr íticos opositores . S in embargo, después de un año escaso, los primer os candidatos a la eternidad tuvieron que ser recluidos en asilos especiales. Unos perdían durante la noche el conocimiento y quedaban rígidos, pero eso fue lo menos terrible, ya que otros, la may oría, cog ieron la rabia. Se subían como los monos a los árboles y por las paredes, se tiraban sobre sus parientes y por las ventanas, por cierto, sin hacerse daño al caer: la mentosfera mantenía su guardia fiel. Por lo que sé, de ahí proceden los rumores sobre saltadores, grapas posteriores y muñequización, a los que en las actas
de nuestro Ministerio se les había dado una explicación falsa. La cosa era tanto peor en cuanto que en el medio ambiente etificado nadie puede ser atado o mantenido sujeto por la fuerza, y ni siquiera las dosis más fuertes de tranquilizantes surtían efecto, ya que los médicos no se enfrentaban con personas enfermas de rabia pero al mismo tiempo viejas, sino con todo el poder de las menses que no permitían que los efectos de la inmortalidad fueran destruidos.
—Una tragedia debe entrañar dignidad —explicó Tiuxtl—, pero los nobles esfuerzos por conseguir la v ida eterna llenaron las calles y las casas de viejos irresponsables de sus actos que luchaban con su horripilante entorno. En vez de ganar para la causa de la inmortaliza ción a la opinión pública, aquélla quedó comprometida definitivamente por los menterónicos, y cuando todo esto se supo, nadie quiso ni oír hablar de la inmortalidad. Los animales que se habían utilizado para los experimentos poseían cerebros mucho más sencillos y salie ron adelante sin perjuicio con la ectogación . Los éxitos pos teriores no sirvieron para nada a los menterónicos. ¿Quién puede saber ahora, preguntaban los detectores, si nuestra absoluta felicidad forzada tiene con ello un final? ¿Quién nos garantiza que las menses, con la bendición ¿el gobierno, no penetrarán en las tumbas para alegrarnos con los esqueletos de nuestros amigos que en fatigosa marcha regresen del cementerio? Ya no nacen niños retrasados pero ¿cómo podemos saber qué otra clase de niños tampoco nacen? Las menses impiden que se engendren inválidos por tanto, llevan a cabo una selección. ¿Quién tiene entonces la certeza de que no se destruyen en germen también otros niños , por ejemplo, aquellos que un día podrían crecer y convertirse en un peligro para la etosfera? Todo esto no sería ni la mitad de terrible si se pudiera uno entender con las menses, someter las a interrogatorio, disuadirlas de su honorable depravación, si ellas mismas pudieran indicar la dirección y los motivos de su actuación. Pero eso es imposible, e l deseo de discutir con la etosfera tiene tanto sentido como si se quisiera preguntar a las corrientes atmosféricas el tiempo que hará mañana. Estamos gobernados por una activad sin alma que se ha añadido a la física del mundo que existía antes, y nadie puede garantizarnos que este mundo nos siga siendo favora ble,
que su abrazo protector, en cinco o cien años, no se con vierta en una llave estranguladora.
Cuando Tiuxtl me contó esto, no pude evitar pensar en Anix. Él se había decidido por la ectogación cuando la sociedad abominaba de los mensotécnicos y de los filósofos como él, con un profundo odio contra toda la ciencia . Una masa desesperada, una masa que clama venganza, no se detiene en su inconsciente rabia a hacer diferenciaciones del grado de culpa. Sin la etosfera, habría sido inevitable llegar a acciones violentas y linchamientos , mientras que los expertos en lugar de defenderse y justificarse intentaban utilizar como prueba las ofensas con las que se les cubría y el desprecio que despertaban: si la etosfera fuera en realidad un amordazamiento del espíritu, no permitiría una agitación general de este tipo. Naturalmente, nadie quería escucharlos. Los e ctogas fueron apartados como leprosos, mientras que la opinión pública interpretaba mal cualquier cosa que se hiciera con ellos. Corrieron rumores de que se les hacía morir bajo prensas de acero o mecanismos de percusión, y había en ellos un granito de verdad, ya que algunos parientes exigieron que se privara de inmortalidad a los ectogas , inclus o por medio del exterminio si no podía hacerse de otra manera.
Las inmortalizaciones que salieron bien en el siguiente decenio, se llevaron a cabo en el más estrict o secret o, y a pesar de ello hubo filtraciones. La opinión pública se vio invadida por una desconfianza febril, ya no era el embrutecimiento sino la inteligencia lo que se consideraba testimonio de procedencia cadavérica. Los afectados tuvieron que cambiar de cara y de nombre y abandonar sus familias. Ninguno podía tener un lugar fijo de residencia, ya que hería la vista del vecindario con su bienaventurada presencia sin fin. Eran apátridas que buscaban ayuda entre los médicos y la cosmética para conseguir la apariencia de la vejez. Cuando el gobierno, viéndose en un callejón sin salida (la inmortalidad se había convertido ya en insulto y si sobre alguien recaían sospechas, le amenazaba el boicot social), suspendió las campañas propagandísticas y tomó una decisión orientada en un sentido com-
pletamente opuesto. Para demostrarse a sí mismo y a la oposición que seguía teniendo bajo control a la mentosfera, interrumpió el empleo de la ectotécnica. La eternidad sólo podía ser otorgada a personalidades que la hubieran ganado y además por su propio deseo. Este cambio había sido hábilmente tramado, ya que una operación a la que sólo los e legidos tenían derecho legal adquiría un privilegio especial, aunque el pueblo lo considerara un insulto. La maniobra tuvo éxito y apaciguó los ánimos. Simultáneamente, tuvo lugar un cambio visible en la relación de los lústranos con su etosfera que podía reconocerse en el vocabulario coloquial utilizado, que también se recoge en las actas de nuestro MAE. La mayoría trata a su mundo perfeccionado como a un antagonista con caracter ísticas de personalidad, y contra eso no puede hacerse nada. La fantasía colectiva, influenciada por miedos secretos , echa mano de fantasmas tradicionales y míticos , y da a lo incorpóreo e impersonal una forma concreta. Por encima de esas ingenuas invenciones sigue estando la realidad, que no es menos enigmática que el primer mundo natural del que se debía hacer una Arcadia feliz: no menos enigmática, porque si se contempla al ser como en la filosofía de la Antigüedad, se le puede atribuir simpatía, indiferencia o antipatía. La desestimada inmortalidad no es prueba de que la mentosfera sea fiable para siempre. El Señor Protector ha sido detenido en un punto determinado de su exagerada benevolencia, pero ¿qué se s igue de esto? En cualquier momento pueden aparecer nuevos «atentados del bien», como ellos lo llaman. La pregunta clásica quis custodiet ipsos custodes? no puede borrarse. Tomemos sólo la esfera de lo cotidiano. Cada uno hace lo que quiere, pero ¿lo quiere él mismo o lo quieren los enjambres de menses que están en él? Mientras no pueda eliminarse esta duda, la escisión de los tres mundos debe permanecer; no se puede abandonar el destino general a una tutela eterna. En sus directrices, la etosfera es ciertamente buena, pero si a la larga será o no demasiado buena ya no lo sabe nadie con seguridad desde que sonrió llena de promesas a los entianos con la inmortal cara de un cadáver.
Como supe gracias a Tiuxtl, muchos equipos de investigación trabajan en la consecución de nuevos sistemas de vigilancia independientes de la etosfera. El mismo
trabajaba en el proyecto de un llamado espejo informático, al que la mentosfera estará sometida y que debe permitir, teóricamente, la medición de su grado de intervención. Gracias a est o podría comprobarse dónde termina la libertad personal y dónde empieza el avasallamiento secret o. Los informáticos , sin em bargo, advierten que tampoco este nivel de control superior puede ser definitivo, ya que tan sólo es un controlador s ituado por encima de la vigilancia de las menses, y algún día también tendrá que comprobarse su lealtad. El comienzo de la construcción de una pirámide interminable de la vigilancia. Pregunté a Xiuxtl si no consideraba exagerados estos temores. Desde hace s iglos les va bien bajo esa presión ennoblecedora, o al menos mejor, peor no en todo caso, que en tiempos anteriores llenos de derramamiento de sangre y delitos. El estado de cosas alcanzado ¿no merecía por lo menos una cierta confianza?
—No es que encontremos mal el estado actual —me explicó— , s ólo queremos saber si todavía lo tenemos bajo con trol. Estaríamos de acuerdo incluso con un reparto del poder si, por ejemplo, tuviéramos dos tercios , por decir algo, de la mayoría de acciones en cuanto a vigilancia; el otro tercio se lo traspasaríamos a quienes fueran autorizados por las men ses... Sólo que ignoramos en qué medida toman parte real- mente en las decisiones sobre nuestro destino. Puede ser que cada sociedad cósmica construya su etosfera, se desarrolle mil años, y que después, por complicaciones propias u otros motivos desconocidos, caiga en la degeneración. Eso no ocurre de golpe sino poco a poco, hasta que la etosfera degenera en un etocáncer... Avanzamos hacia un futuro mucho más desconocido que la Naturaleza, y eso es lo que nos asusta, no la merma de com odidades por las prohibiciones encaminadas a fomentar el decoro... Ten presente que la etificación no puede rechazarse parcialmente. Ocurre como con la industrialización. ¡De la misma forma que la supresión de la industria sería la perdición de tu Humanidad, estaríamos nosotr os inde fensos tan pronto como la campana absorbente del mal fuera eliminada! Nuestro miedo, orientado al futuro en espera de una catástrofe, se convertiría en una catástrofe instantánea.
Así habló y de pronto comprendí la añoranza de esta gente por el primitivismo curdlano. De repente ya no lo encontré tan disparatado, sobre todo porque yo, que por deformación profesional astronáutica siempre he podido dormir como un funcionario, ahora, sin embargo, me despertaba por las noches cada vez con más frecuencia no por sufrir pesadillas sino extraordinariamente asombrado por el contenido de los sue ños que tenía por primera vez. Soñé que era una masa sobre la mesa de una cocina; era amasado por manos violentas y hecho porciones tan pronto para pasta como para buñuelos, siendo después echado, según el caso, en agua o en aceite hirviendo. Este sueño me horrorizaba cada ve z, y me preguntaba si mi cabeza habría inventado todo aquello o eran las menses que zumbaban por millones en mi cerebro. Me daba la vuelta en la cama y suspiraba por el momento en que pudiera volver a bordo de mi nave y regresar a casa. Incluso una cárcel suiza me parecía entonces una huida segura.
Per viscera ad astra.
Tiuxtl, que no olvidaba nada, me sugirió a principios de verano que fuéramos de excursión a Teltlineu, el claustro de los monjes penitentes.
Acabo de escribir esta frase y la contemplo con desagrado. Feliz el cronista que comparte con sus lectores la tierra y la lengua, ya que él será comprendido sin necesidad de explicaciones adicionales. El dice «verano» y «claustro», y el otr o al instante tiene ante sí campos de trigo que se mecen bajo un cielo azul y pasando junto a enjambres de abejas que zumban ruidosamente se acerca a una amplia construcción con dignos muros y un chirriante port ón. Yo, en cambio, con cada palabra que digo induzco al lector a err or. Habrá quien crea que los lústranos no tenían en la cabeza otra cosa que su mentosfera y que charlaban sobre ella de la mañana a la noche, a no ser que en ese momento precisamente estuvieran persiguiéndose como avestruces por los estadios para fecundarse. La culpa es sólo mía, tan impresionado como forastero que apenas me queda espacio para describir también otras cosas
importantes. No hay más remedio, de principio a fin debo glosar cada frase, por sencilla que parezca, con las debidas explicaciones.
Cuando Tiuxtl emprendió viaje conmigo hacia Te ltlineu pasó a llamarse de repente Tótóltek. Los nombres lústranos cambian según lo que hace el que los lleva. Teltlineu es, com o pone de manifiesto la ausencia de las letras «r» y «x», un «Salvaje y Piadoso Desierto de Tentaciones Espirituales y Errores de la Administración Estatal». El lugar recuerda a un parque natural: pantanos medio desecados, tundras y árboles moribundos. Pertenece a la tierra de nadie que rodea Lustrania en un semicírculo limítrofe con la frontera de Curdlandia y que en cierta manera constituye un cordón sanitair e. La concentración de menses no puede reducirse de pronto a cero. «Salvaje» significa libre de menses; «Piadoso», la oportunidad de encontrar a los monjes. Se habla de su claustro, pero éste no es más que el reglamento de la orden. Forman una orden itinerante y se trasladan de sitio cada día.
Vamos ahora por lo de «Tentaciones y Errores». Hace doscientos años, la oposición obtuvo del g obierno una ley según la cual todo funcionario estaba obligado a irse a Telt lineu una vez al año y deambular por allí tantos días com o marcara su rango. Un jefe de negociado, por ejemplo, debe pasar dos semanas de peregrinaje, porque tiene el grado catorce. Tiuxtl, que había presentado una solicitud para un cargo como con sejero científico en el MAE, había efectuado ya en invierno su
«tecleteo» (así de irrespetuosamente se expresaba) para librarse de los mosquitos que infestaban los pantanos de Curdlandia. Así, pues, ahora se llamaba Tüxtüllix, que significa «Tiuxtl fuera del bien en su maldad», como si en las zonas limpias de menses cada uno mostrara sus peores instintos apenas se hubiera librado de los arreos éticos. El conocim iento de tan malas costumbres es particularmente importante en la Administración, pues, como las menses n o pueden intervenir en los asuntos oficia les, un asqueroso funcionario es muy libre de maltratar a sus visitantes. C on todo, aún no se sabe de ningún caso en el que la peregrinación le haya costado el puesto a nadie, aunque al volver deben entregar su xandia a la inspección de emociones. Es ta xandia
se parece a un rosario y se lleva sobre la piel desnuda para que pueda registrar los más mínimos m ovimientos de la voluntad y del sentimiento. Los turistas corrientes reciben en la frontera un xxinder que se cuelga alrededor del cuello y que, en teoría, protege de los peregrinos que en esos días están «manifestando su maldad». Estos llamados protectores, al igual que los xandia, no deben quitarse en ningún momento y tampoco se puede saber cómo funcionan. Independientemente de estas prohibiciones, ni lo uno ni lo otr o puede tirarse. A una señal disimula da de Tiuxtl lancé mi protector entre los matorrales, pero és te volv ió enseguida a mí, entrechocando sus perlas. En realidad, no es del todo correcto lo que he dicho de los xxinder. El prote ctor, antes de su utilización , es uno-en-él. Sólo cuando se asigna a una persona concreta, recibe, de acuerdo con el nombre de ésta, un prefijo. Dado que Tichy en lustrano se dice Xx, sólo puedo llamar al mío xxinder, que, traducido a un lenguaje humano, significa algo así como «salvador pobre en ruidos». De todas formas, viene al caso decir que estas pere- grinaciones de la administración, junto con sus xandia y sus xxinder, son una cosa puramente formal. Pronto pude convencerme de ello.
En un vehículo universal con remolque donde llevábamos las provisiones y el equipo, rodamos a través del bosque moribundo. En el pasado crecía junto a los ríos del glaciar, pero ahora que éstos habían sido vencidos, decaía y moría. Tiuxtl, que miraba constantemente el mensómetro, me comunicó hacia mediodía que estábamos finalmente en zona «salvaje». No montamos ningún campamento, sino que nos sentamos sobre el mullido musgo y T iuxtl abrió una lata de Byrrbitschi, porque yo quería probar la comida nacional de los húmenos. El plato, bastante espeso, sabía a gulash de col un poco pasado. De repente, por encima de un árbol, apareció un entiano de unos seis metros de altura, por lo menos; es o nos pareció desde lejos, pues andaba sobre zancos o, mejor dicho, s obre caminadores (quien quiera puede llamarlos también caminadores; se me echa en cara que invento palabras que no existen, como si lo hiciera por placer y no por necesidad). El extraño descendió —accionaba los zancos como las patas de un trípode— y preguntó si podía sentarse con nosotros. Se presentó con el nombre de Quaquax (se pronuncia exactamente así), pero lo v oy a
llamar el relator. Nor malmente trabaja en el Ministerio de la Vivienda de una pequeña localidad cercana a la frontera, y ahora se encontraba en peregrinaje. Lo incorporamos a nuestro grupo. Me enteré de que en realidad eso estaba prohibido, la prueba debía efectuarse en soledad, pero no hay ningún control, y cuando le pregunté sobre su xandia, el relator dijo que nadie lo comprobaba.
Nuestro nuevo compañero llevaba a la espalda un inallí, un artefacto para la ampliación de acces orios . Inallí significa a lgo así com o «de la nada», y el aparato funciona exclusivamente en lugares libres de menses. A partir de cualquier cosa, sea lo que sea, incluso basura, produce en el acto el utensilio que se necesita. En el estómago del curdlo nos fue particularmente útil aquel aparato tan manejable, pero no quiero adelantar acontecimientos. De unas ramas y hojas secas, el relator obtuvo como por prestidigitación una caja parecida a una brújula con una escala: un animalógrafo, que detectó en una milla cuadrada dos peregrinos y un número de mosquitos que a mis dos acompañantes les pareció soportable. El empleo de repelentes no era necesario.
Pregunté por qué se había decidido a peregrinar si ni siquiera se efectuaba la inspección de lo registrado en la xandia. Rompieron a reír como s i se hubieran puesto de acuerdo, y Tiuxtl dijo que era más agradable estar al aire libre que en la oficina. Así, pues, allí sentados, entablamos conver sación. No había ninguna prisa; el animalógrafo todavía no mos traba ni rastro de monjes penitentes. Tiuxtl, vis iblemente relajado desde que el mensómetro estaba a cero, contó supersticiones relacionadas con la etosfera. Desde hacia cuatrocientos años, los lústranos vivían así, de modo que ni siquiera los más v iejos recordaban cómo eran antes las cosas . Des de jóvenes se les inculca que la etosfera no es un ALGUIEN con quien se pueda comunicar, pero todo ese esfuerzo es en vano, porque la gente cree saberlo mejor y aun entre científicos hacen furor las sesiones de espiritismo, que cuentan con una gran asistencia. No todo en ello era una patraña. El medio ambiente inteligente cumple todos los deseos (siempre y cuando no sean dañinos), por lo tanto, también puede hacer aparecer enjambres de espíritus cuando alguien lo desea intensamente. En consecuencia, quienes participan
en las sesiones se engañan si toman el resultado de sus encargos inconscien tes por apariciones sobrenaturales. En los últimos años habían surgido nuevas creencias. Existe una secta, por ejemplo, que mantiene contactos con los ectogas muertos desde hace tiempo que, según se cree, fueron eliminados en secret o por el gobierno para borrar toda prueba de las inmortalizaciones que les habían salido por la culata. Los miembros de las sectas publican actas de conversaciones con ellos llenas de fervientes ruegos para su liberación como seres muertos y , naturalmente, de malos deseos para el gobierno. Es difícil decir si todo esto es un completo desatino y la mentosfera, por tanto, engaña a los miembros de esta secta cumpliendo sus deseos ex nihilo , o si efectivamente han recibido restos de la vida espiritual de aquellos exinmortales.
Hay especialistas que lo consideran totalmente imposible, ya que la mentosfera almacena todas sus operaciones y cada ectoga, al ser mensonizado, fue convirtiéndose progresivamente en parte de la misma. Así se ha dado la singular situación en la que ya no se puede distinguir entre el ser y el no ser de los espíritus del más allá y las almas en pena, aunque los expertos tampoco se ponen de acuerdo en si efectivamente se comporta así. La perfecta imitación de la verdad, según Tiuxtl, ya no se distingue de la verdad auténtica, y esto es válido a cualquier nivel. Pregunté si nunca se había planteado públicamente la exigencia de destruir de una vez la etosfera o de deconectarla por lo menos durante un cierto tiempo. Se alzaron voces en este sentido, me contestaron, pero pocos proyectos radicales.
El sol, entretanto, había descendido y los mosquitos zumbaban con fuerza, así que subimos al jeep y nos pusimos a buscar un sitio agradable donde acampar. El relator en peregrinaje se instaló en el asiento trasero, desde donde participaba en la conversación, pero com o el camino corría sobre el irregular suelo del bosque moribundo, una y otra vez caía sobre nuestras espaldas. Mi prote ctor y la xandia que colga ba del cuello de Tiuxtl emitían cada vez un corto bufido de aviso.
El vehículo se balanceaba como un bote sobre las olas, y T iuxtl todavía estaba explicándome las sutiles diferencias que hay entre conjurar y crear a los espíritus. Si los espíritus de los muertos son invocados por alguien que cree en ello, la mentosfera acepta esta fe como una orden y la cumple. Si el que los llama considera impos ible la existencia de espíritus, e llo le es confirmado, ya que las menses diagnostican enseguida su falta de fe. Sin embargo, la mentosfera no debe ser contemplada como un ALGUIEN, sino más bien como un autómata que, a petición, suministra cualquier libro aunque sea incapaz de leerlo. Esto se hace patente en el hecho de que la mentosfera cumple la exigencia «que se me aparezca mi abuelo» en la medida en que dispone de datos sobre ese abuelo. Pero si alguien quisiera dirigirse a ella directamente para preguntarle acerca de sus propósitos o pensamientos, no reaccionaría ya que no es alguien que pueda hablar por sí mismo y sobre sí mism o. Hubo también quienes exigieron una personalización, pero los expertos indicar on que de ello se derivarían más daños que beneficios. El por qué no puede explicarse brevemente, pues el caso se ha complicado demasiado con paradojas violentas y contradicciones lógicas . El entorno tiene que cumplir al momento cualquier exigencia individual hasta el límite en el que se vea afectado el bienestar de un tercero. Ella misma no es una persona y por eso permanece sorda a todos los deseos que exceden esos límites. Si fuera de otra manera, pulgada por pulgada se podrían tomar las riendas de destinos ajenos. La situación es, en este sentido, abstrusa, ya que la mentosfera, que no es ningún ente personificado en sí mismo, puede, sin embargo, hacer aparecer a tales entes aunque sólo sea en forma de fantasmas y espíritus.
—La obediencia de las menses termina donde empiezan algunas horribles paradojas de las que a un habitante de la Tierra ni siguiera se le debe dar a conocer el nombre —dijo Tiuxtl—. Además, nunca hemos sufrido escasez de proyectos de reforma. —Con un certero golpe aplastó un mosquito que se había posado en su frente y después prosiguió—: Uno de los primeros fue el plan de equilibrio entre el bien y el mal, es decir , la isocracia. Los discípulos de Xaimarnox fueron los inventores. Conforme a la ley del «Ojo por ojo y diente por diente», e l entorno debía devolverle a
cada uno lo mismo que él hiciera. Si alguien ama a su prójimo, enseguida es mimado él también por las menses; el que pega, enseguida recibe él mismo una paliza . Todo con la más perfecta simetría, de una manera proporcional y justa. Según esta simetría, alguien podría incluso cometer un asesinato, pero sólo una vez, porque en el mismo momento caería muerto. Con todo, es fácil imaginar que esto habría conducido a una escalada del mal. Normalmente, nadie le rompe a otro la cara por hacer el bien, ni está en la naturaleza de ninguna persona violar a alguien con toda bondad; en cambio, no se conocen límites cuando se quiere hacer mal a alguien. Con el tiempo, astutos maleantes habrían llevado a la etosfera a la autodestrucción: primero, por ejemplo, habría tenido que suministrar un tanque protector, y act o seguido, a fin de cas tigar al asesino, destrozar lo. Además, los tribunales de urgencia son una forma lamentable de administrar justicia, sobre todo en el caso de crímenes pasionales. Una mentosfera que ocupa el cargo de verdugo no habría sido atractiva...
Aquí intervino desde atrás el relator.
—Pero ¿qué pasó con el proyecto de aquellos tres teólogos? ¿Se acuerda? Eran hermanos y propusieron ir a por todas. Eso sí que fue una visión extraordinaria.
—¿La teosfera? —adivinó Tiuxtl enseguida—. Sí, sí; esa idea existió. Se la llamaba sinteológica, porque debía acelerar en el Cosmos una omnipotencia sintética para pacificarlo. Además, el D ios creado, el SINTHEOS, que surgía de un planeta y había de propagarse en eones por todo el Universo. Pero sólo hay que pensar que bajo un protectorado absoluto sucumbía toda evolución natural. Los animales carnívoros se morirían de hambre, porque no deberían cazar; sus víctimas se extinguirían, porque se multiplicarían hasta que no hubiera alimento para todos... N o; esa concepción se ha descartado.
La conversación se interrumpió al aparecer entre la maleza un ser os curo, encorvado bajo una pesada carga. Nuestro vehículo se detuvo. El transeúnte, un
macilento anciano con un mono de campesino, dejó r odar de sus espaldas un trozo de roca, se puso la mano como visera sobre los ojos, y nos miró fijamente.
—Lleva un hábito —dijo en voz baja el relator—. Podemos preguntarle por el camino hacia el claustro, pero quién sabe si nos contestará. Las reglas de la orden les exigen silencio.
Tiuxtl dirigió al m onje un amable saludo, pero durante un buen rato no recibió ninguna respuesta. La regla sólo lo permite en casos excepcionales y tras una larga reflexión; por lo v isto, lleg ó a la conclusión de que éste lo era. Se presentó com o el hermano portero; por la mañana se había quedado dormido y no se había dado cuenta de la marcha del claustro. Ahora seguía su rastro cargado con su piedra como una doble penitencia. Tiuxtl lo invitó a viajar con nosotros pero él se despidió y, echándose el pedrusco al hombro, se alejó entre los secos arbustos.
El sol, muy r ojo, ya se ponía cuando finalmente encontramos un claro que mis acompañantes juzgaron suficientemente protegido del viento y los mosquitos y, por lo tanto, adecuado como campamento. El relator se sentó en el musgo, se puso a trabajar con su inallí y apareció ante nos otros un pequeño edificio blanco, parecido a una burbuja de porcelana. Las paredes, curvadas hacia afuera, estaban provistas de largas espinas que le daban el aspecto de un erizo de por celana, y una abertura en forma de semicírculo servía de entrada. Al pasar al interior, se me quedó enganchada la colcho- neta en una de aquellas espinas, se desgarró, y solté una maldición , pero el relator enseguida hizo surgir una nueva de un montón de ramitas, que además llevaba mis iniciales . Como una prueba más de amabilidad, dio las instrucciones pertinentes y nuestro -alojamiento retiró todas sus espinas.
Nos sentamos frente al umbral, tomamos un piscolabis y charlamos. En el fuego que habíamos encendido para realzar lo exót ico de nuestro campamento se calentaba una sopa, y me enteré de que el relator era poeta. En la administración sólo trabajaba para gozar del respeto ajeno, pero no le ía poesía. Ni s iquiera la más sublime. Prosa
tampoco, por cierto. Y no era miembro de la Asociación de Escritores , porque allí sólo había intrigas, sobre todo en los entierros. Unos exigían que fuera siempre el presidente en persona quien hiciera el discurso del funeral; los otros , que se siguiera la escala de rangos: el presidente del Tribunal Interno al presidente del Tribunal Interno, el representante del presidente al representante del presidente y así sucesivamente.
—Por estas tonterías se exaltan los muy desgraciados —dijo el poeta, lleno de resignación y tristeza, fijando la mirada en el crepitante fuego—. No se les ha ocurrido otra cosa desde que la As ocia ción consiguió hace setecientos años todo lo que reclamaba. No tienen preocupaciones materiales. Cada uno fija el número de ejemplares por tirada, pero es o qué importa s i ni siquiera los lír icos pueden tocar un volumen de poesías...
Después surgió el tema de la Tierra. Me quedé perplejo cuando Tiuxtl, que parecía tan enterado acerca de nuestros usos y costumbres, relacionó el pintarse los labios con el vampirismo. El color rojo de la boca en las hembras sirve para camuflar la sangre sorbida con el beso, e l habitual mimetis mo de los vampiros . Mi réplica no le hizo el más mínim o efecto. O sea que la mujer quería estar más atractiva, y los labios ensangrentados son bonitos. ¿Y los ojos rodeados de azul bajo unos párpados verdes también? No me molesté en contradecirle cuando afirmó que ésos eran los colores de la putrefacción, y que el look de fantasma le quedaba que ni pintado a un vampiro. Me limité a repetir lo que ya había dicho. E l poeta cerró la nariz y los ojos y T iuxtl se r ió burlonamente.
—Así que quieren estar guapas, ¡eh! ¿Y las viejas? Se pintan también.
—Una mujer sigue siendo mujer hasta el final —expliqué con énfasis—. La pintura debe disimular la edad.
Tiuxtl no se dejaba convencer. En todas las revistas de la Tierra las hembras muestran los dientes, enseñan las garras. El erotismo juega ahí un papel, claro está, pero es el erotismo de la noche, y ¿cuándo salen a rondar los vampiros en busca de sangre? ¡Por la noche!
Esta conversación se prolongó un rato. Yo estaba furioso, pero entonces presentó un argumento que fui incapaz de refutar:
—¿Por qué, si se trata sólo de una cuestión de belleza, no se pintan los hombres?
Naturalmente, yo no lo sabía y, consumiéndome de rabia, me di por vencido. En silencio le deseé que sus vampiros se le echaran al cuello y me eché a dormir. Nuestra casita de recreo estaba oscura como una tumba.
Ninguno de nosotros había visto el curdlo que andaba perdido por la zona. El chasquear y babear me despertó, claro, pero no tenía ni idea de que una gigantesca lengua lamía el techo. P or fin, el animal, convencido del fino bocado que tenía ante sí, se tragó de una vez la casita entera, el jeep y t odas nuestras posesiones, as í que después de un aterrizaje relativamente suave en el estómago, incluso encontramos las ramitas preparadas para el fuego de campamento de la mañana y la marmita. La sopa, por supuesto, se había derramado.
A juzgar por las dimensiones del estómago, el curdlo debía ser un gigantesco solitario, que además debía tener muchísima sed, porque uno podía ahogarse dentro de él. Llegué a conocer muy a fondo el estómago y las cámaras contiguas, ya que nuestra estancia allí se prolongó más de una semana. Era una especie de gruta enorme con pliegues, abovedada, apestosa, con cuevas adicionales y vejigas ulcerosas, rellenas de gran cantidad de una viscosa papilla de carne, matorrales y ramas, yerbajos, chatarra, chapas y basura. Este curdlo no era muy exigente, comía lo que se le ponía por delante. Con la esperanza de que nos v omitara, intenté convencer a mis
acompañantes para que le hiciéramos cosquillas en el pala dar, pero se encogieron de hombros.
En realidad, ¿cómo íbamos a subir por aquellas tragaderas, que se abrían por encima de nuestras cabezas a la luz de nuestras linternas como un embudo negro? Al curdlo, por nuestra culpa, le había entrado hipo, un auténtico terremoto. Finalmente, encontró algo para beber y dejó caer en nuestra desierta cueva impetuosos torrentes. El jeep se fue enseguida al fondo mientras que nuestra casita blanca se mantenía como un bote salvavidas sobre las olas. Tiuxtl y el poeta relator me aconsejaron paciencia cuando yo insistí en hacer algo, sin saber exactamente qué. Se le pasó el hipo; miramos por la ventana al negro mar en cuya superficie se formaban remolinos . As omé la cabeza y sentí una fuerte corriente de aire. Tampoco eso sorprendió a mis acompañantes.
—Está clarísimo, ¿no lo oyes eruptar? —me preguntó Tiuxtl.
Efectivamente, de vez en cuando se dejaba oír el ronquido provocado por el aire viciado. Después de una hora, las aguas descendieron y el lago mostró su fondo pantanoso. La primera persona que encontramos fue el monje con el que antes habíamos tratado fugazmente. Tan convencido estaba de su penitencia que ni siquiera se había separado de la piedra, por cuya causa bien podría haberse ahogado. Ni a él ni a mis acompañantes les preocupaba en absoluto nuestra situación. E l poeta, que vivía en la misma frontera, y además había superado el número de excursiones prescritas legalmente, ya había sido tragado siete veces y explicó que sólo podía accederse al paladar cuando el animal se tumbaba a descansar, aunque no valía la pena intentarlo, porque la garganta era demasiado estrecha y no había cosquillas que valieran contra el pesado sueño del curdlo.
Quería preguntarle al hermano sobre Clivia, pero Tiuxtl me lo quitó de la cabeza: no era nada fiable lo que pudiera contar un simple portero.
—Paciencia —me dijo—, seguramente el curdlo sigue el rastro del claustro y como ningún monje puede oponerse a él, pronto varios de ellos se encontrarán entre nosotros . Con un poco de suerte, el tragado puede ser el bibliotecario.
No diré que me convenciera, yo tenía más bien la impresión de que disfrutaba de la situación: evidentemente se preparaba para una expedición de reconocimiento, ya que le pidió prestado al poeta el inallí y con el bolo alimenticio del curdlo confeccionó un casco de espeólogo con lámpara, una esca lera de cuerda y un mono impermeable. A mi requerimiento, elaboró otr o equipo semejante para mí.
Poco a poco fueron surgiendo de las pestilentes tinieblas unas figuras quebrantadas y extenuadas que llevaban cubos en las manos y escobas s obre los hombros. Observé que aparecían regularmente para limpiar la cavidad de los restos de las comidas (de las del curdlo, no de las nuestras), aunque no demasiado, pues nunca había visto a nadie trabajar con tan pocas ganas y tan chapuceramente como a aquel llamado servicio de limpieza. Actuaban con tal desorganización. Uno, que precisamente era un parlanchín (había otros que aun dirigiéndoles la palabra no decían ni pío), me cont ó que también tenían escobas de gran calidad, pero no las uti- lizaban por dos mot ivos: primer o, porque se estropeaban y entonces se iba a hacer puñetas la prima; y segundo, porque podían estropearlo a ÉL. LO que más me sorprendía de estas figuras era su apatía. Pasaban junto a nosotr os y a nuestros aparatos con total indiferencia, evitando, es o sí, la lu z del foco. Merodeaban por allí como sonámbulos. Pero tan pronto sacábamos el Byrrnits chi para la comida del mediodía, por lo menos cinco se congregaban afuera, delante de los ojos de buey, sorbiendo ansiosos el olor . Por nada del mundo entraban en la casa, y sólo el charlatán confesó que no debían tratar con desconocidos y por eso hacían como si no estuvié- ramos allí. Por lo vist o, él mism o se horrorizó tanto de su franqueza que nunca más volví a verle la cara.
Naturalmente, al principio, las cos tumbres del curdlo me eran extrañas, pero pronto me familiaricé . Por la mañana y por la tarde lo mejor era buscar un sitio elevado o quedarse dentro de la cas ita, porque el monstruo a esas horas no comía mucho, pero se ponía a beber tan repentina y ensimismadamente que caía sobre nosotros un auténtico Niágara, de allí donde normalmente el sol tiene su cénit. El curdlo tragaba aire al mismo tiempo, su estómago se dilataba y alcan zaba el doble de su volumen, acabando tan violenta congestión con eruptos que azotaban las entrañas como un huracán a través de las grietas y los abismos de las montañas.
El relator no prestaba la menor atención a los húmenos, pero sin embargo Tiuxtl atrapó una vez a dos nativos y los aplastó contra la pared hasta que reconocieron ser altos funcionarios: de los biliosos y los estomagos os. Tiuxtl los dejó marchar y dijo que seguramente mentían como bellacos, con el único propósito de gozar del prestigio que rodea a los puestos en los órganos vitales. En el curdlo, decir que se procede de los órganos representa un gran poder.
Tiuxtl era de la opinión que el animal que nos ofrecía cobijo en esos momentos era un ejemplar que ya tenía un pie en la tumba y que sólo se aguantaba sobre las patas para ir a tumbarse al cementerio de saurios a iniciar su sueño eterno. Un animal viejo, descabestrado desde hacía mucho tiempo y ret irado de la cir culación, pero, como sucede con frecuencia entre los húmenos, por falta de vivienda se habían que- dado allí, y los últim os en irse serán los del servicio de limpieza, lo cual no significa que dejen limpio al curdlo. No t ie nen ganas. Los cubos y los cepillos los llevan porque de lo contrario no podría verse que aún están en activo. Todos ellos fingen ser muy trabajadores: ¡Sin premio, ni golpe!
El primer día prescindí del almuerzo. El relator poeta intentó despertarme el apetito leyéndome la carta de platos que el inallí podía servir, pero sólo de pensar a partir de qué se hacían los preparativos se me quitaba el apetito. Yo quería volver al aire libre lo más pronto posible y cada vez me mostraba más asombrado de que mis
compañeros aceptaran la cautividad de aquella manera. ¡Qué digo aceptar! ¡Si casi se regocijaban de estar allí dentro! ¿Qué debía complacerles tanto? Tal vez verse libres de preocupaciones, o el bienestar que se deriva de que aquí no hay ni una sola mens. Se rieron cuando se lo pregunté, pero en sus risas se percibía un cierto apuro.
Otro día, Tiuxtl, después de desayunar (yo comía ya con ellos , ¿qué podía hacer sino?), puso el t ocadiscos, pero yo no tenía ningunas ganas de oír música y quedarme holgazaneando, y probé a trepar por la inclinada pared, debajo de la entrada. Pero, dado que allí el terreno era peligrosamente resbaladizo y tampoco había ni que pensar en clavar ganchos, me puse el traje de buzo y fui a dar una vuelta hacia el duodeno. El relator me hizo compañía hasta el portón, e incluso me indicó dónde debía acariciar el esfínter pilórico para que se relajara y me dejara pasar, pero no quiso acompañarme más allá. Llevaba un grueso bloc y un lápiz; probablemente estaba inspirado y quería quedarse solo. Tras la salida del estómago, había bastante espacio, pude avanzar con facilidad hasta que en la pared, junto a la abertura de salida de la bilis, vi un par de zapatos. Reparé en ellos s in tomar conciencia y seguí adelante, perdido en mis reflexiones acerca de las posibles razones de mis lústranos para despreciar aparentemente a los húmenos, a pesar de que estaban metidos con ellos en estas cloacas , y, sin embargo, no demostrar ninguna prisa por recuperar la libertad. ¿El gusto por lo exótico? ¿Una forma de vida primitiva? Un discípulo de Sigmund Freud habría interpretado que para los entianos, la estancia en el curdlo significa de alguna manera el regreso al seno materno, y seguramente me habría bombardeado con todos sus simbolismos, pero y o habría tenido que cortarle, ya que esta gente no t iene seno. Pero, ¿acaso valía la pena meterse en una engreída discusión con un engreído discípulo de Freud? Con todo, aquí había algún misterio, y de repente tomé conciencia de los zapatos metidos en la pared. Dirigí mi linterna hacia ese punto y vi que se movían. Por lo menos ese enigma podía intentar descifrarlo. Sólo se veían las suelas de goma y los ta lones un poco gastados . Tiré primero de uno y después del otro, y de la pared se desprendió, arrastrándose hacia atrás como un cangrejo, un entiano grande y flaco. Llevaba un traje de buzo como yo y no parecía en absoluto s orprendido por mi
presencia. Se presentó com o el profesor Xouder Xaater, director de la cátedra de Anatomía Curdla en Ixibrix, en aquellos momentos empleado en la labranza de los campos. Sin informarse siquiera de quién era yo, se puso a explicarme la topografía de la sección de intestino en la que nos encontrábamos. Habló con particular entusiasmo del diverticulum duodeno-jejunale Xaateri. Aquel punto exactamente llevaba su nom- bre, ya que él había demostrado que eran absurdas las tesis de la escuela de Xeps, según las cuales este diverticulum nunca había sido un verrucinosum.
El profesor había seguido durante varios días al curdlo, pero el estúpido animal no lo había querido tragar ni siquiera cuando se le coloco, ligeramente salado, delante de los morros. Esta historia me recordó con pesar el Lunapark que yo había tomado por el verdadero planeta y donde me dejé engañar por la supuesta caza de curdlos.
Con ciertas reticencias, el profesor abandonó los conductos de la bilis y volv ió conmigo al estómago. Cuando creía que yo no me daba cuenta, observaba a hurtadillas mis piernas, apartando enseguida la vista. Como después me explicó, había supuesto en mí un defecto de nacimiento. Com o anatomista me había diagnosticado una deformitatis congenitae articulationum genu, una invalidez muy poco frecuente pero fatal, que dificulta la vida y sobre todo el andar, y además imposibilita completamente la manera de sentarse normal de los habitantes de Entia. Como persona bien educada que era, el profesor hizo como si n o se diera cuenta y estalló en carcajadas cuando se enteró de que se había topado con un hombre. Yo había olvidado decírse lo, pero él mismo se dio cuenta cuando nos quitamos las máscaras de oxígeno. Esto sucedió al otro lado del portón y caían sobre nosotros matorrales enteros y terrones de tierra. El viejo curdlo era un tragón, y el profesor se apresuró, ya que de repente surgieron por todas partes riachuelos de ácido gástrico. Pero no iba a quedarse ahí la cosa, porque semejantes alimentos causaban ardor de estómago y con ello también sed. Y, efec- tivamente, enseguida empezó a llover a raudales, pero para entonces ya habíamos alcanzado por suerte el alojamiento protector sin que nos cayera una gota encima. Mis acompañantes saludaron muy amablemente al profesor y lo invitaron a Byrrbits chi,
que ya humeaba en la marmita. El inallí habría podido servir los más maravillosos platos, y curiosamente siem pre preferían este abono natural que llenaba el aire de un olor que puedo calificar de cualquier cosa menos de apetitoso.
Estábamos sentados en círculo, tomábamos la s opa de las tazas y conversábamos. El profesor nos deleitó con la historia de cómo un año antes, en una depresión del llamado Túmulo del Presidente, había encontrado, hundido en el barro, el esqueleto de un curdlo enorme y dentro de éste, a su vez, cuarenta esqueletos húmenos. Con esto consiguió un triunfo sobre los arqueólogos que, bajo la dirección de otro anatomista, el licenciado Xipsiquax (o algo parecido), habían afirmado que un curdlo no podía vivir bajo el agua. Claro que por naturaleza no puede, pero se puede amaestrar como submarino. Nuestro anatomista lo demostró con una prueba sólida: un periscopio que se encontró en el esqueleto. El licenciado llegó dos días tarde y cuando apareció con su campana de submarinista, los huesos ya se blanqueaban al sol y estaban en las manos especialistas de los preparadores. En el periscopio, no obstante, el profesor había colgado un letrero con la maliciosa frase: ¡CITO VENIENTIBUS OSSA!
«¡Menudos problemas tienen estos sabios!», pensé y sorbí mi byrrbitschi como hacía de pequeño con el aceite de ricino: después de cada trago cerraba la garganta con el paladar. Bebí porque no quería excluirme de los demás. También el hermano de la orden se sentaba con nosotros, no sobre un colchón de aire sino sobre su piedra, puesto que finalmente se había dejado convencer de que la soltara. Como yo era un hombre, consideró justificable romper el precepto de silencio y así llegamos a una conversación en la que demostró estar más enterado de lo que Tiuxtl había supuesto. Su nombre no lo sé pronunciar, sonaba distinto de los nombres lústranos, más cálido y áfono. Eso es válido para todos los mon jes, ya que el noviciado en la orden empieza con la elección, en las amarillentas cr ónicas que se conservan, de un nombre cliv iano. De ahí que cada monje es al mismo tiempo él mismo y aquel cliviano.
Esperaba sensacionales revelaciones —quizá profesen la transmigración de las almas y a través de ellos hablen los clivianos muertos, o lean sus misterios en los documentos conservados, horribles conjuros del Ka-Undrium, con los cuales su fe es puesta en juego, pero justo en ese peligro se manifiesta la misión penitente que convierte a los piadosos mon jes, arrebatados en masa por ella, en una organización de vengadores. El hermano portero enfrió mis ardientes fantasías explicándome que él sabía del cliviano de quien había tomado el nombre tan poco como de los otros clivianos ; él sólo sabía una cosa: que no habían creído en Dios y que ahora los monjes creían por ellos.
—¿Cómo? —grité y o, amargamente decepcionado—. ¿Tenéis sus crónicas y no intentáis siquiera estudiarlas?
Ai monje le había entrado calor, probablemente por el byrrbitschi, y se quitó la capucha de la cabeza, me miró con sus ojos, como rayos emplumados, y dijo:
—Sí, he leído esos escritos. Entre nosotros cada uno puede leer lo que quiere. Entre nuestros novicios no faltan tampoco clér igos que entran en la orden no por la penitencia o por la fe, sino con la esperanza de encontrar en los clivianos -la esencia misma de la más perversa maldad. Esa gente nos abandona pronto. ¿Te sorprende, extranjero? Nosotros leemos esas cr ónicas para leer en cliviano, ya que no hay otra cosa en ellas...
—¿Qué significa otra cosa? —pregunté circunspecto. Tuve la sospecha de que quería ocultar la verdad.
—Nada aparte de frases, una vacía charla propagandística. Se deslumhra al lector con lugares comunes. ¿Te asombras? ¿Has oído hablar alguna vez de que las autoridades no lancen a su alrededor promesas de felicidad sino de desesperación, crujir de dientes, el propio hundimiento y la corrupción moral? Nunca obran así. ¿Es entre vosotros de otra forma?
—No hablemos ahora de nosotros —me apresuré a contestar—. ¿Qué era pues ese Ka-Undrium? ¿Lo sabes? ¿Puedes decirlo?
El se encogió de hombros.
—Siempre lo mismo. Ka-Undrium significa, traducido literalmente, «esfera de la santidad». Me quedé sin palabras.
—¡No puede ser! ¿Querían hacer lo mismo que vosotros? —Sí.
—¿Cómo se llegó pues a la guerra? —No hubo tal guerra. Fue sólo un choque anónimo de dos ideas.
—Anix me dijo que las menses habían surgido como arma.
—Debes haberlo entendido mal. No surgieron como arma, se convirt ieron en arma cuando chocaron con algo que estaba hecho de la misma manera que ellas.
Percibí con qué esfuerzo elegía las palabras bajo la mirada fija de los otros y, de repente, contemplé la escena como si yo estuviera aparte y no sentado junto a ellos: un hombre sentado incómodamente con las piernas cruzadas, entre seres que se acomodaban despatarrados sobre sus pies, con las rodillas hacia arriba y hacia atrás. Cuerpos de pájaro con cabezas de renacuajo.
—Chocaron entre sí dos intenciones del bien —dijo finalmente el monje—. Se diferencian en lo que el noble Tiuxtl llamaría su programa, pero tampoco son tan distintas. En definitiva, resbalaron uno contra otro porque eran dos proyectos de la perfección. Cuando dos Iglesias se enfrentan entre sí ante un Dios, cuando las dos están a favor de ÉL pero exigen una exclusividad que no admite ningún compromiso, pueden llegar a las manos sin habérselo propuesto. ¿ Acaso no ha ocurrido ya esto en la historia? Pero si incluso la entrega al Bien Todopoderoso puede originar corrupción, cuánto más no dependerá entonces una fe del Más Acá, mundana, de
enjambres de ejecutores sin escrúpulos. Ambos proyect os de un feliz ateísmo v olaron uno contra otro y chocaron, pero dado que uno poseía una fuerza de embate mayor, porque tenía más capacidad de funciones, no se encontraron justamente en medio. Si a los cliv ianos les hubiera ido mejor, ahora no estarías sentado aquí sino en un círculo de caras negras en el extremo sur de su tierra montañosa y te enterarías de la desaparición del monstruo misterio de Taraxia, en el norte, que estaría enterrado bajo el círculo helado de Lustrania. En todo caso no encontrarías ni un sólo míst ico, ya que, como dije , los cliv ianos habían rechazado a Dios. Por ello te ser ía difícil encontrarte allí con un monje penitente...
—Entonces, ¿habían querido realmente el bien? No podía reconciliarme con estos pensamientos.
—Probablemente, ni más ni menos que los padres fundadores entre nosotros. Pero ahora se me ha hecho tarde. Señores, que les vaya bien.
El monje se levantó, cargó el pedrusco sobre sus espaldas y se alejó inclinado bajo el peso.
Enseguida le di al botoncito para conectar con T iuxtl y enterarme de si él ya sabía lo que el monje había contado sobre Clivia.
Tiuxtl no negó nada, pero insistió en que había sido de otra manera. Los clivianos tenían ideales autoritarios, su beatosfera no debía surgir de las menses sino de microbotes mole culares, los llamados pigmos , que en lo que se refiere a perfección estaban por debajo de las menses, pero los superaban en brutalidad. Empezó a soltar expresiones técnicas, vi que defendía su causa porque creía en ella, pero renuncié a seguir escuchándolo.
Se había hecho muy tarde. Los otros dos se levantaron para preparar el campamento de noche. Tiuxtl enmudeció y, dudando, también se levantó. Estaba
rodeado de caras de espantajo, forradas por un espeso plumón aterciopelado, con ojos casi tan separados como los agujeros de la nariz, en los que al respirar temblaban pequeñas plumas. Antes de irme a la cama me quité de la oreja el aparato intérprete y al instante las voces hasta entonces comprensibles se convirtieron en una salva de rápidos trinos. El poeta me miraba con sus profundos ojos de búho y me dijo alg o. Supuse qué me decía, puesto que me indicó el lecho. Pronto llegó la noche, t odos yacían, com o pude reconocer por su respiración regular, en el más profundo de los sueños.
Yo no sentía el menor cansancio. «Es magnífico que por lo menos no ronquen
—pensé—. Los ronquidos son una cosa que no puedo soportar. Claro, que estoy entre entianos y a lo mejor ni s iquiera pueden roncar. ¿Ha oído alguien roncar a un gorrión o a un pingüino? Me da vueltas la cabeza. ¿Por qué me tomé la m olestia de hacer este viaje a las estrellas para meterme, junto con una bandada de expájaros, en el oscuro calabozo de la panza de un saurio medio muerto? ¿Quién era yo en realidad? Yo, Ijon Tichy, el sem icorreo diplomático, un exmono. Yo personalmente nunca he sido un mono, de la m isma manera que ninguno de estos individuos ha sido nunca un pájaro.
¿De dónde procede entonces que la zoología se agarre así al árbol genealógico?».
¿Era necesario pensar de esa manera tan idiota sobre cosas grandes e importantes? Casi desesperado, medité al respecto. ¿Había desvelado el enigma de Clivia Nigra? Probablemente sí, sólo que no había ningún secreto oscuro y extraño sino algo completamente corriente.
Se dejó oír un suspiro que se convirtió en un fuerte ronquido; probé a atajarlo mediante el eficaz método de dar un fuerte silbido, pero no surtió efecto. Vi que se me venía encima una noche de insomnio y, preocupado, me preparé para ello. El ronquido se convirtió en un salvaje rugido y llegaba a mí desde todos los lados. Mis compañeros eran inocentes. El curdlo estaba haciendo la digestión. «Se le mueve todo en la barriga», pensé, y me sentí más tranquilo. El sueño, s in embargo, no quería llegar. Me
revolví en la cama y empecé a repasar mentalmente todos mis anteriores viajes, como si fueran las cuentas de un rosario. ¡Habían sido tantos ya! Algunos resultaron ser sueños. Me acordé de cuando desperté tras el congreso de futurólogos, y de repente, se me ocurrió que también ahora podía estar sólo soñando: el insomnio no se presenta nunca de una manera tan clara como cuando se duerme, ya que uno no puede dormirse cuando ya está dorm ido. En una situación as í es más fácil despertarse. Si ahora pudiera salir del sueño, me ahorraría un montón de esfuerzos superfluos. Eso sí que sería realmente una sorpresa, así que hice acopio de todas m is fuerzas para el enfrentamiento mental con los lazos en los que uno está enredado en sueños; quería desgarrarlos y arrojarlos lejos de mí como un negro fantasma. Me obligué a un esfuerzo extraordinario, pero no sirvió de nada. No desperté. Existía sólo esta realidad.
Marzo 1981
ANEXO. BREVE DICCIONARIO ESPECIALIZADO DEL LENGUAJE COLOQUIAL LUSTRANO Y CURDLANO, ASÍ COMO CONCEPTOS CULTÉTICOS (VER: CULTÉTICA)
Advertencia preliminar
El rápido desarrollo de la entiología ha hecho necesario concebir expresiones paralelas adecuadas a términos entianos que sirven para denominar conceptos abstractos y objetos concretos desconocidos en la Tierra.
De esta manera surgió un diccionario de neolo gismos que intenta reproducir lo más fielmente posible el significado de las palabras de planetas extraños. A continuación, cit o un puñado de voces sacadas de esta obra de consulta, que pueden ser de ayuda en la lectura del presente libro. También incluyo aquí algunos conceptos que no aparecen en el libro, por considerar que juegan un importante papel en la vida espiritual y material de los entianos. A las personas que me hacen molestas observaciones más o menos maliciosas , diciendo que yo complico la lectura de mis memorias y diarios de viajes con inventos lingüísticos y terminología altisonante, les aconsejo amistosamente hacer un simple experimento, por medio del cual quedará claro lo inevitable de mi modo de proceder. Un criticón de este tipo debe intentar sencillamente describir un sólo día de su vida en una gran ciudad de la Tierra y, al hacerlo, servirse exclusivamente del vocabulario corriente anterior al siglo XVIII. A quien no esté dispuesto a some terse a esta prueba le recomiendo encarecidamente que aparte las manos de mis libros.
Agatopteryx: También Megapterix Sapiens. Zancuda grande dotad a de entendimiento. Antepasado de los entianos. Se corresponde más o menos a nuestro pithecanthropus.
Antropolicía: Tambi én humanor, antropólogo.
Autoclás: Una d e las much as instalaciones tragamaní as de Lustrania, también llamado coleridrón o cam biador de áni mo.
Autocrac: Pensador, un tipo d e robot, que después de ej ecutar las funciones contenidas en su programa se destruye a sí mismo. También chatarra de dirección única o desmontador (porque se desmonta a sí mismo; no debe confundirse con el esqueleto de chatarra que sólo es una carcasa de esqueleto d e chatarra).
Averidiota: Ordenador que se comporta como loco a consecuencia de una avería.
Barrales: Barreras de la moral, tam bién esclales. Válvula de s eguridad moral d e las menses desde su deci mosexta generación. Impide su conversión al mal (maligniz ación) por obra de delincuentes o desviadores.
Buzo: Súbdito lustrano que se libra del reclutamiento obligatorio para altos cargos estatales y del gobierno.
Cadaveria Rusticana: Curdcar (curdlo disciplinario, lagarto-cárcel) en los pastos.
Campo de tiro político: Un a es pecie de línea de asalto para políticos principiantes. Con frecuenci a evitados.
CARAM: C árcel ambulant e, tam bién Discur
(curdlo disciplinario).
Civitator: Bienes públicos (de «civitas», el Estado). El ordenador que en c ada momento se encuentra en el poder.
Cultética: Cultura sintética elaborada en
Lustrania.
Curdburdel: Unidad de la Administración en Curdlandi a. Debido a la fuerte fluctuación entre empleados y clientes, también ll amad a cám a-ra de cambio.
Curcurdlo: Gemelos curdlos siameses.
Curdinal: El más alto cargo sacerdotal en la anti gua Curdlandia.
Curtrott: Baile en el vientre del curdlo
(atención: ¡ No es, la danza del vientre!).
Defectivo: Defecto etific ador, resultado de la falta de bien es, o de una equivocación temporal de l a etosfera.
Dementia: Desmejoramiento del suelo en Entia, resulta de acciones típicas de la oposición anticultéti-ca para el entontecimiento de m aterial inteligente como rocas, gravilla, pizarra, arena, barro, etc.
Desecados: Dragones húmedos puestos a secar o ahum ados.
Doblones: Epígonos desdoblados, parientes o amigos copiados; sirven para calmar el dolor de los qu e se h an qu edado o para la suavización de rencores en el caso de incompatibilidad de caracteres
(ver también: muñequización, facsifamilia;
por lo demás, buscar donde se qui era).
Dragones húmedos: Desecados en remojo
(ver).
EMCI: Entropía de módulos d e cál culo inteligentes.
Extraccionistas: Secta lustrana qu e ve la causa de la frustración social en el bienestar exagerado. También: malignistas, asqueadores, erradicadores. Intentan ayudar a sus congéneres atándolos al tótem.
Facsifamilia: Sustitución de parien tes insoportables por muñecos (ver muñequización) .
Galaprivada: Galaxias privadas. El concepto es una reliquia d el tiem po en el que los habitantes del Estado lustrano podían hacer solicitudes para la apropiación superior de nebulosas elípticas y espirales. En la actualidad sólo puede obtenerse un período de arrendamiento d e m ás de 10.000 años.
Geniálisis progresiva (gen iálisis que avanza): Parálisis originad a (p arálisis) por una sabiduría excesivamente grand e; en el caso de ordenadores es causa d e que la entrada y la salid a sufran un cortocircuito. Se trata de los ll amados contempu-tadores.
Global: También plazo. Neuropre-parado para un individuo que es condenado a la pena capital en forma de torturas perpetuas. La existencia de globales es cuestionable.
Hiloísmo: Reli gión estatal en Lustrania. Me apunté el origen d e esta palabra, p ero lamentablemente per dí el p apelito.
Ignorantística: La otra cara de la Ignorántica (ver). Ci encia de l a ignoración de la ignorancia actual .
Ignorántica: Ciencia d el sab er de la ignorancia actual.
Insperto: Experto (especialista, sabio) en la fas e de la invagin ación cientí fica (ve r).
Invaginación científica: También taladrado profundo de tablas, necesario cuando los científicos saben que determinados datos y descubrimientos ya se tienen pero no pueden volver a encontrarse. Esta fun ción tienen las expedicion es para excavaciones en la profundidad de la ciencia, las llam adas invaginacio nes que llevan hacia abajo. Estas, en contraposición con las exploraciones de antes, se llaman también imploraciones.
Kolkuck: Personaje de cuento en Entia. Gracias al arte gengeniero, cruce con éxito de cuervos y cucos. El cuervo tiene la función de determinar si los huevos proceden del cuco y son frescos.
Love-line: Al igual que los oleoductos en la Tierra sirven para el transporte del petróleo, las love-line entianas suministran cualquier di versión deseada (por encargo) .
Monudif (monumento de la difamación): Monumento de la vergüenz a que se erige a malhechores públicos importantes. Hechos de plastas y elastas que se d eforman por acción de la violenci a, p ero que gracias a su
elasticidad vuelven a l a posición inicial. En lugar de estar adornados con macetas de flores lo están frecu entement e con escupi- deras.
Multiegolación: Autopropagación, egoizador. Permite experim entar pa- ralelamente cosas que normalm ente no pueden experimentarse paral elamente. Una técnica endulzadura de la vida en la cual ambos hem isferios del cerebro se conectan por separado mediante autoaclaradores a corrientes de experienci a de con tenido muy variado.
Muñequización: Sustitución de p ersonas naturales por los correspondientes sucedáneos de producción, entregados por encargo.
Naciomóv il: Curdlo habitado ( ani mal- doméstico-casa), también me-tropolagarto, Ciudad And ante, al pargata, Jockel (no Jockey).
Obscuro: El superior del curdlo, tambi én currector. Altos funcionarios de la Administración en Curd-landia, director de un curdburdel ( v e r) .
Pasajero: Científico que se ocupa d e la medición de la longitud de pas ajes, que deben recorrerse en la memoria planetaria, de acuerdo con determinados datos de imp ulsos buscadores, para conseguir los datos deseados.
Pelamesa: Objetivo de secuestros. Juego de niños.
Pernomistas: Secta; declara la civi lización una aberración (perversión). Fomenta la perversión consecuente (ab erración) en la
civilización, ya que la aberración en la aberración significa el camino correcto, es decir, conduce d e regreso a l a norma.
Personducto: Medio de transporte, forma de love-line (ver). Suminis tra doblones (ver) así como otras muñecas y androides. La entrega se efectúa en forma de polvo, llamado «persona instantán ea», que después de conectar el enviado, se solidifica en la persona encargad a.
Plemplemken: Alucinógeno. Microdelusiones de personas naturales que se ti enen por artificiales, o vi ceversa.
Polimix: Denomin ación poco co rrecta para la reproducción en Entia. El término correcto es polisamia. El huevo femenino no puede ser fecundado por un solo espermatozoo masculino; es imprescindible la presencia de por lo menos dos espermatozoos de dos machos genéticamente no id énticos (éstos por lo tanto no deben ser gemelos univitelinos). El número de teorías que intenta explicar la ap arición de este tipo de reproducción en Entia es en la actualidad d e 45; por falta de es pacio no se contemplan aquí.
POP: Persona Obligada Parlam en taria, persona llamada por fuerza al servicio del Estado. Antes: Persona Opulenta Picante (también artificial qu e sirve para los juegos de los machos; sentado, siempre que el dueño quiere justificar su presencia en reuniones. Ve r también muñequización, facsifamili a).
Propenz: Ataque potenciario-preventivo para imp edir actos punibles preventivamente. Con esta finali dad, la ropa interior es equipada con sensores
dolorosales (una mala intención origina al momento un fuerte pinzamiento del nervio de la cadera, es decir, un fuerte ataque de ciática). En l a actualid ad, en Lustrania, técnica sólo con valor histórico.
Presintigos: Abreviatura de «Preparado sintético de castigos perpetuos». Adaptado a las características temperam entales individuales.
Proponador: Selector o decant ador de placeres. Facilita la el ección de diversiones y placeres. Indispensable a la vista de la cantidad de ofertas alternativas. Estropeado, des trozado, dañado, aplastado, pulverizado por su dueño, se regenera al momento por sí mismo. Su dueño tampoco pu ede librarse d e él aun- que se esconda tras los sólidos muros de un bunker. Obedece con la ayuda del correspondiente escrapa y agrietador.
Pseudozoos: Animales sintéticos, engen dros de la ingeniería em brional.
Robot de subversión: Robot que debido a su punto de gravedad, situado muy arriba, pierde fácilmente el equilibrio.
Roncanador: Ordenador en estado de reposo.
Salto Rationale: También premis a del sentido de l a inversión practicada (PIPS). De acu erdo con esta con dición previa, u na idea, tan pronto como supera el umbral de Titixaq en su realiz ación práctica, se convierte en su contrario. Por encima de ese umbral T, las ideas progresivas se convierten en regresivas; el bien estar prometedor, en pobreza; la sen sación de felicidad, en su opuesta frustración; etc. El
umbral T marca la relación del diámetro craneal cerebral con el producto de la falta de gan as general m edia y de las constantes II (Inevitable Incomprensión).
Sentadosatrasamiento: Destierro a las partes posteriores. Traslado obligado a las regiones posteriores del curdlo.
Sexofacial: Caras sexual es. Denomi nación zoológica de los animal es superiores en Entia (referido a l a colocación de los órganos genital es exteriores).
Sociómata: Autómata d e ju ego. El ju ego trata de Estados. Una cosa para azaristas.
Sombrelite: Satélite artificial en órbitas estacionarias o no estacionarias, sirve para el ensombrecimiento d e p ersonas (aparentes) programadas.
Sujetador: Sujeción condicionada (en sentido de atadura). El concepto se deriva de una situación en l a que atad uras de todo tipo (es decir todo lo que sujete) sólo puede ej ercer su efecto impedi ente mientras que esto responda a los des eos de la persona que las lleva. Si quiere librarse de ellas, las mens es producen la caída (disidencia) d el material que impide la libertad de movimientos.
Teoida: También angel estre. Una especie de androide que ad emás de sus funciones lingüísticas también se ocupa de la climatización en habitaciones cerradas y de otros ser-
Tozudo: En otros sitios también conocido como estarosta. Lleva el volante del curdlo. Cabecilla de la C iu dad Andante.
Tragaburete: Persona que es tragada por el curdlo.
Tragahuidor: Persona que no se deja tragar por el curdlo.
Traule: Creencia en un a vida sobrementificada.
Trinchalette: Pez sierra en Entia.
Umbral de Squarck: Umbral por encima del cual el m edio ambi en te, gracias a su mentificación, se vuelve más listo que los seres racionales que lo habit an.
Viridans: Enverdecimiento del es pacio. Insectos que en Enti a cum plen las funciones de la flora d e la Tierra.
FIN

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