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Libro N° 14768. Azar Y Orden. Lem, Stanisław.


© Libro N° 14768. Azar Y Orden. Lem, Stanisław. Emancipación. Enero 31 de 2026

 

Título Original: © "Chance and Order". ©1984 Stanislaw Lem

 

Versión Original: © Azar Y Orden. Stanisław Lem

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.newyorker.com/magazine/1984/01/30/chance-and-order


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

AZAR Y ORDEN

Stanisław Lem


 

 

 

 

 

Azar Y Orden

Stanisław Lem

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

AZAR Y ORDEN

(Segmento de su Autobiografía)

STANISŁAW LEM

 

 

 Título del original en inglés: "Chance and Order"

 

©1984 Stanislaw Lem

 

© 1984 Arturo Casáis, por la traducción

 

© 1991 Ediciones Gigamesh, por la presente edición

 

© 2003 R.P. y Ritch, Digitalización

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras escribo mi autobiografía, soy consciente de dos principios opuestos que guían mi pluma. Uno de esos dos extremos es el azar; el otro es el orden que modela la vida. ¿Es posible considerar todos los factores responsables de mi llegada al mundo, y que me permitieron sobrevivir indemne, aunque amenazado por la muerte en muchas ocasiones, para llegar finalmente a ser un escritor (más aún, un escritor que incesantemente se esfuerza por reconciliar elementos contradictorios del realismo y la fantasía) como el mero resultado de largas concatenaciones del azar? ¿O incidió alguna predeterminación específica, no en forma de una moira sobrenatural, no cristalizada del todo en destino cuando yo estaba en la cuna, sino una forma incipiente depositada en mí, es decir, en mi herencia genética, una suerte de predestinación acorde con un agnóstico y empirista?

 

Que el azar desempeñó un papel en mi vida es innegable. En la Primera Guerra Mundial, cuando cayó la fortaleza del Przemysl, en 1915, mi padre, Samuel Lem, médico del ejército austrohúngaro, fue hecho prisionero por los rusos, y pudo regresar a Lemberg (ahora  Lvov),  su  ciudad  natal,  sólo  al  cabo  de  cinco  años,  en  medio  del  caos  de  la Revolución Rusa. Por las anécdotas que nos contó, sé que por lo menos en una oportunidad los rojos estuvieron por fusilarlo en el acto por ser oficial (y por lo tanto un enemigo de clase). Se salvó porque cuando lo llevaban al lugar de la ejecución fue visto y reconocido desde la acera de una pequeña ciudad de Ucrania por un barbero judío de Lemberg que solía afeitar al comandante militar de esa ciudad, y por esa razón tenía libre acceso a él. El barbero intercedió por mi padre (que desde luego aún no era mi padre) y lo dejaron en libertad  para  regresar  a  Lemberg  y a su  prometida.  (Esta  historia,  narrada  con  mayor



 

 

 

 

complejidad por razones estéticas, se puede encontrar en una de las reseñas ficticias -"De Impossibilitate Vitae", de Cezar Kouska- de mi libro Vacío perfecto.) En este caso, el azar fue el destino encarnado, pues si el barbero hubiera pasado por esa calle un minuto después, mi  padre  habría  muerto  irremediablemente.  Él  me  contó  la  anécdota  cuando  yo  era pequeño, en una época en que era incapaz de pensar en términos abstractos (tendría diez años) y por lo tanto no podía evaluar los méritos respectivos de las categorías de azar y necesidad.

 

Mi padre llegó a ser un respetado y bastante acaudalado médico (laringólogo) en Lvov. Yo nací allí en 1921. En el país pobre que era Polonia antes de la guerra, no me faltaba nada. Tuve una institutriz francesa y gran cantidad de juguetes, y para mí el mundo donde me crié era algo definitivo y estable. Pero si ése era el caso, ¿por qué cuando niño me deleitaba en la soledad e inventé el curioso juego que he descrito en El castillo, un libro sobre mi infancia? Mi juego consistía en trasladarme a mundos ficticios, pero yo no los inventaba ni imaginaba de modo directo. Más bien, fabricaba cantidades de importantes documentos cuando estaba en la escuela secundaria de Lvov: certificados, pasaportes, diplomas que me conferían riquezas, jerarquía social, y poder secreto, o el «pleno poder de la autoridad» sin límite, y permisos y pruebas codificadas y criptogramas que atestiguaban el más alto rango, todo en otro lugar, en un país que no existía en los mapas. ¿Me sentía inseguro de algún modo? ¿Amenazado? ¿Este juego nacía quizá de una inconsciente sensación de peligro? No sé nada sobre una causa semejante.

 

Yo era un buen alumno. Algunos años después de la Segunda Guerra Mundial, supe gracias a un hombre mayor que había sido funcionario del sistema educativo polaco en la preguerra, cuando se medía el cociente intelectual de todos los estudiantes secundarios - debía de ser 1936 ó 1937-, que el mío era superior a 180, y yo había sido, en las palabras de ese hombre, el niño más inteligente del sur de Polonia. Yo no sospechaba nada de ello en el momento del test, pues no nos daban a conocer los resultados. Al menos en este sentido, pues, fui una excepción a la regla media. Pero este C.I. excepcionalmente alto por cierto no era una ayuda para sobrevivir a la ocupación alemana en el Generalgouvernement (unidad administrativa a que los alemanes habían reducido Polonia). En ese período aprendí de un



 

 

 

 

modo muy práctico y personal que yo no era «ario». Sabía que mis antepasados eran judíos, pero no sabía nada sobre la fe mosaica  y, lamentablemente,  nada en absoluto sobre la cultura judía. De modo que en rigor fue la legislación nazi lo que me hizo advertir que yo tenía sangre judía en las venas. Sin embargo, logramos evadir el encierro en el ghetto. Con documentos falsos, mis padres y yo sobrevivimos a esa ordalía.

 

 

 

"Sabía que mis antepasados eran judíos, pero no sabía nada sobre la fe mosaica y, lamentablemente, nada en absoluto sobre la cultura judía."

 

 

 

 

Pero volvamos a mi infancia en la Polonia  de preguerra.  Mis primeras  lecturas fueron bastante curiosas. Eran los libros de anatomía y los textos médicos de mi padre, con los cuales me entretenía cuando apenas sabía leer, y los entendía aún menos porque la biblioteca profesional de mi padre consistía en libros en alemán o en francés. Sólo las novelas estaban en polaco. Las imágenes de esqueletos, de cráneos humanos prolijamente diseccionados,  de  cerebros  humanos  dibujados  con  precisión  en  muchos  colores,  de intestinos en frascos embellecidos con mágicos nombres latinos, me brindaron el primer contacto con el mundo de los libros. Hurgar en la biblioteca de mi padre, desde luego, me estaba estrictamente prohibido, y por eso mismo me atraía, por lo prohibido y misterioso. No debo olvidarme de mencionar el hueso humano real que había detrás de las puertas de vidrio de la biblioteca de mi padre. Era un hueso del cráneo -ostemporis- extraído durante una trepanación; quizá era un recuerdo de la época en que mi padre estudiaba medicina. Varias veces sostuve ese hueso en las manos, sin sentir nada especial. (Tenía que robar la



 

 

 

 

llave de mi padre para poder hacerlo). Sabía lo que era, pero no me asustaba. Sólo me intrigaba. Su ámbito -las hileras de grandes tomos de textos médicos- me parecía muy natural, pues un niño, como carece de pautas de comparación, no diferencia entre lo trivial o vulgar y lo insólito. Ese hueso -o, mejor dicho, su doble ficticio- se encuentra en otra novela mía, Memorias encontradas en una bañera. En ese libro el hueso se transformó en un cráneo entero, limpiamente cercenado de un cadáver, que un médico tenía en su pabellón, una de las muchas etapas en la odisea del héroe por un edificio laberíntico. Mi tío, el hermano de mi madre, tenía un cráneo completo como ése, pues él también era médico. Lo asesinaron dos días después de que la Wehrmacht entrara en Lemberg. (En esa época murieron también varios polacos no judíos, en general profesores universitarios, y Boy- Zelenski,  uno  de  los  más  famosos  escritores  polacos;  fueron  capturados  en  sus  casas durante la noche y fusilados).

 

 

Ahora bien, ¿qué conexión objetiva y extrínseca -es decir, no una imaginada por mí y consistente en meras asociaciones- podía existir entre la fascinación de un niño por las partes  de  un  esqueleto  humano  y  la  época  del  Holocausto?  ¿Era  este  significativo  y adecuado presagio una cuestión de concatenaciones del azar, de pura coincidencia? En mi opinión,  lo  era.  No  creo  en  el  destino  manifiesto  o  predeterminación.  En  vez  de  una armonía preestablecida bien puedo imaginar (basándome en mi experiencia vital) una ausencia de armonía preestablecida que termina en caos y locura. En todo caso, mi niñez fue por cierto apacible y armónica, sobre todo comparada con lo que ocurrió en los años siguientes.

 

Me convertí en un ratón de biblioteca y leía todo lo que llegaba a mis manos; los grandes poemas nacionales, novelas, libros de divulgación científica. (Aún hoy recuerdo un libro de esa especie que me regaló mi padre; valía setenta zlotys -el precio estaba escrito adentro- y esa cifra era entonces una fortuna; por setenta zlotys uno podía comprarse un traje. Mi padre me consentía). Además -aún lo recuerdo- miraba con agudo interés los genitales masculinos y femeninos reproducidos en los libros de anatomía de mi padre. El pubis femenino me impresionaba especialmente. Me parecía una cosa arácnida, no precisamente nauseabunda pero sí algo incapaz de despertar sensaciones eróticas. Creo que



 

 

 

 

más  tarde,  en  mi  adolescencia,  fui  sexualmente  normal.  Pero  como  mis  subsiguientes estudios de medicina incluyeron la ginecología, y como incluso fui tocólogo por un mes en un hospital, asocio la pornografía de hoy no con el deseo sexual y el afán de copular sino con las figuras anatómicas de los tomos de mi padre, y con mis propias revisiones ginecológicas. La sola idea de que un varón se excite viendo genitales femeninos me resulta extravagante. Sé muy bien que se trata de la libido -los instintos incorporados en nuestros sentidos y preprogramados por la evolución-, pero el deseo de sexo sin amor me parece comparable a la necesidad irresistible de comer sal y pimienta a cucharadas porque los platos sin sal ni pimienta carecen de sabor. No siento repulsión, pero tampoco atracción, mientras no exista un vínculo erótico específico de lo que se llama amor.

 

A los ocho años me enamoré de una niña. Jamás le dije una palabra, pero a menudo la  observaba  en  un  parque  cercano  a  nuestra  casa.  La  niña  no  tenía  idea  de  mis sentimientos, y lo más probable es que jamás haya reparado en mí. Fue un amor ardiente y duradero, divorciado de toda circunstancia real, aun de la esfera de toda suerte de expresión de deseos. Yo no tenía interés en ser amigo de ella. Mis emociones se limitaban a una adoración distante; aparte de ello, no había absolutamente  nada. Que los psicoanalistas tomen como quieran estos sentimientos infantiles. Yo no haré más comentarios sobre ellos, pues opino que semejante episodio puede interpretarse de cualquier modo que a uno le parezca.

 

Al   principio   mencioné   los   opuestos   de   azar   y   orden,   y   coincidencia   y predestinación.  Sólo  cuando  escribí  El  castillo  me  puse  a  pensar  que  mi  destino  -mi profesión  de escritor-  ya estaba brotando  en mí cuando miraba esqueletos,  galaxias en tomos de astrofísica, imágenes de reconstrucciones de los monstruosos saurios extinguidos del Mesozoico, y cerebros humanos multicolores en manuales de anatomía. Tal vez esas circunstancias externas -esos impulsos e impresiones sensoriales- contribuyeron a moldear mi sensibilidad, pero eso es mera especulación.

 

No sólo imaginaba reinos y comarcas fantásticas sino que también hacía inventos y creaba  mentalmente  animales  prehistóricos  inauditos  para  los  paleólogos.  Por  ejemplo inventé un avión con forma de espejo cóncavo gigante, con una caldera situada en el foco.



 

 

 

 

La  circunferencia  del  espejo  estaba  erizada  de turbinas  y rotores  para  permitir  que se elevara, como un helicóptero, y la energía para todo ello derivaba de la radiación solar. Se suponía que ese engendro extravagante volaba a gran altura, muy por encima de las nubes y, desde luego, sólo durante el día. E inventé algo que ya existía hacía mucho tiempo, sin que yo lo supiera: el engranaje diferencial. También dibujaba muchas cosas graciosas en mis gruesos cuadernos, entre ellas una bicicleta donde uno subía y bajaba al andar, como en un caballo. Hace poco vi en alguna parte algo parecido a esa bicicleta imaginaria, creo que en la publicación inglesa New Scientist, aunque no estoy seguro.

 

 

 

"El deseo de sexo sin amor me parece comparable a la necesidad irresistible de comer sal y pimienta a cucharadas porque los platos sin sal ni pimienta carecen de sabor."

 

 

Creo que es significativo que nunca me molestara en mostrar mis bocetos a otras personas: en verdad, los ocultaba, tanto a mis compañeros como a mis padres, pero ignoro por qué actuaba de ese modo; quizá se trataba de una afición infantil por lo misterioso. Lo mismo  ocurría  con  mis  «pasaportes»,  certificados  y  permisos  que,  por  ejemplo,  me permitían entrar en escondrijos de tesoros subterráneos. También supongo que tenía miedo al ridículo, pues aunque sabía que esas cosas eran sólo un juego, las tomaba con gran seriedad. Divulgué parte de este mundo de la infancia en el libro que ya he mencionado, El castillo, que sin embargo sólo contiene una pequeña parte de mis recuerdos. ¿Por qué? Puedo responder a esa pregunta al menos parcialmente. Primero, en El castillo yo quería transportarme al niño que había sido, y comentar la infancia empeñándome en no verla



 

 

 

 

desde una posición adulta. Segundo, durante su período de gestación el libro generó una estética normativa específica similar a un proceso de autoorganización, y había ciertos recuerdos que no armonizaban con este canon. No se trataba de que yo quisiera ocultar ciertas cosas a causa, por ejemplo, de un sentimiento de culpa o vergüenza; pero había recuerdos que no congeniaban con el patrón que yo presentaba como mi infancia. Yo quería (algo imposible de lograr) extraer la esencia de mi niñez, en su forma pura, de mi vida entera: arrancar, como quien dice, los subsiguientes estratos superpuestos de guerra, genocidio y exterminio, de noches en refugios durante las incursiones aéreas, de existir con una  identidad  falsa,  del  ocultamiento,  de  todos  los  peligros  como  si  nunca  hubieran existido. Pues en verdad nada de ello había existido cuando yo era niño o aún cuando era un adolescente  de  dieciséis  años  en  la  escuela  secundaria.  Pero  di  un  indicio  de  tales exclusiones en la novela misma. No recuerdo exactamente dónde, pero indiqué que yo debía  o  quería  excluir  ciertas  cuestiones,  intercalando  el  comentario  de  que  cada  ser humano es capaz de escribir varias autobiografías asombrosamente distintas, de acuerdo con el punto de vista elegido y el principio de selección.

 

El  significado  de las  categorías  de orden  y azar  en  la vida  humana  me quedó grabado en los años de guerra de un modo puramente práctico e instintivo; me parecía más a un animal perseguido y acechado que a un ser humano pensante. Aprendí mediante duras experiencias que la diferencia entre la vida y la muerte dependía de aparentes nimiedades y decisiones mínimas: si uno elegía tal o cual calle para ir a trabajar; si uno visitaba a un amigo a la una o veinte minutos más tarde; si uno encontraba una puerta abierta o cerrada. Al mismo tiempo, no puedo afirmar que al seguir mi instinto de autoconservación empleara siempre una estrategia reflexiva de extrema cautela. Por el contrario, me expuse en varias ocasiones al peligro, a veces porque lo creí necesario pero otras por mera inconsciencia o idiotez. De modo que hoy, cuando pienso en esos patrones de conducta tan estúpidamente osados, aún me intriga y desconcierta que yo actuara de esa manera. Robar municiones del Beutepark der Luftwaffe (el depósito donde la fuerza aérea alemana guardaba su botín) de Lvov y entregárselas a un desconocido, alguien de quien yo sólo sabía que era miembro de la Resistencia, me pareció un deber. (Estaba en condiciones de hacerlo porque, como empleado de una compañía alemana, tenía acceso a ese depósito). Pero cuando me pidieron



 

 

 

 

que transportara algo -en este caso, un arma- de un sitio a otro poco antes del toque de queda, y me ordenaron estrictamente no tomar el tranvía, un «negro», un policía ucraniano, miembro de la policía auxiliar de las fuerzas de ocupación alemanas, saltó al mismo estribo detrás de mí y me pasó el brazo alrededor para asir las agarraderas. Pude tener un mal fin si el policía hubiera tanteado el arma. Mi acto fue insubordinación, irreflexión y locura, todo en uno, pero sin embargo lo hice. ¿Fue un desafío al destino o mera terquedad? Aún hoy no estoy seguro. (Me resulta más fácil comprender por qué visitaba el ghetto varias veces, aunque  era  arriesgado,  cuando  aún  estaba  oficialmente  abierto  a  los  visitantes.  Tenía amigos allí. Por lo que sé, todos, o casi todos, fueron trasladados a los hornos de gas de Belzec en el otoño de 1942).

 

 

 

"Robar municiones del Beutepark der Luftwaffe de Lvov y entregárselas  a un desconocido, alguien de quien yo sólo sabía que era miembro de la Resistencia, me pareció un deber."

 

 

Ha llegado el momento de preguntarse si lo que he contado hasta ahora tiene alguna relevancia, en el sentido de guardar alguna relación directa y causal con mi profesión de escritor, o con el tipo de cosa que he escrito, excluyendo desde luego, los trabajos autobiográficos como El castillo. Creo que esa relación causal existe, que no es mero azar que yo atribuya en mi obra un papel tan destacado al azar como modelador del destino humano. He vivido en sistemas sociales radicalmente distintos. No sólo he experimentado las   enormes   diferencias   entre   la   pobre   pero   independiente   Polonia   capitalista   (si corresponde llamarla así) de preguerra, la Pax Soviética en los años 1939-41, la ocupación



 

 

 

 

alemana,  el  regreso  del  Ejército  Rojo,  y  los  años  de  posguerra  en  una  Polonia  muy diferente, sino que al mismo tiempo llegué también a entender la fragilidad que todos los sistemas tienen en común, y aprendí cómo se comportan los seres humanos en condiciones extremas, cuan imprevisibles se vuelven bajo una presión enorme, de modo que casi nunca es posible predecir su conducta.

 

Recuerdo bien mis sentimientos cuando leí El planeta del señor Sammler de Saúl

 

Bellow.

 

Ese libro me pareció muy bueno, tan bueno que lo leí varias veces. De veras. Pero la mayor parte de las cosas que el señor Bellow atribuía a su héroe, el señor Sammler -sus experiencias en una Polonia ocupada por los alemanes-, no me sonaban bien. El hábil novelista debió de hacer cuidadosas investigaciones antes de empezar la novela, y cometió un solo error flagrante, dar a una mucama polaca un nombre que no se usa en Polonia; este pequeño error pudo corregirse con una tachadura. Lo que no sonaba bien era el «aura», ese algo indescriptible que puede expresarse en el lenguaje quizá sólo si uno ha experimentado en persona la situación específica que se describe. El problema de la novela no es la improbabilidad de acontecimientos específicos. En esa época ocurrían las cosas más improbables e increíbles. Es una impresión general, que me produce la sensación de que Bellow supo esas cosas de oídas y estaba en la situación del investigador que recibe las partes de un ejemplar metidas en cajas separadas y luego trata de juntarlas. Es como si el oxígeno, el nitrógeno, el vapor de agua y la fragancia de las flores estuvieran mezclados como para evocar y revivir el tono específico de cierta parte de un bosque a cierta hora de la mañana. No sé si algo así sería totalmente imposible, pero sin duda sería tremendamente difícil. Algo está mal; una falsedad minúscula se coló en el compuesto. Esos días han pulverizado y destruido todas las convenciones narrativas que se usaban previamente en literatura. La futilidad insondable de la vida humana bajo el flagelo del asesinato masivo no puede comunicarse mediante técnicas literarias donde los individuos o pequeños grupos de personas forman el centro de la narración. Es, tal vez, como si alguien tratara de brindar la más exacta descripción de las moléculas que componían el cuerpo de Marilyn Monroe para comunicar la impresión que ella causaba. Eso sí sería imposible. Ignoro, desde luego, si



 

 

 

 

empecé a escribir ciencia ficción a causa de esta limitación narrativa, pero supongo - y ésta es una declaración un tanto audaz- que empecé a escribir ciencia ficción porque ella trata sobre los seres humanos como especie (o, mejor dicho, sobre todas las especies posibles de seres inteligentes, una de las cuales es la especie humana). Al menos debería tratar sobre toda la raza, y no sólo sobre individuos específicos, sean santos o monstruos.

 

Es probable que después de mis tentativas de novato -es decir, después de mis primeras novelas de ciencia ficción- yo me rebelara por la misma razón, las limitaciones narrativas, contra los paradigmas del género desarrollados y fosilizados en Estados Unidos. Pues en la medida en que yo desconocía la ciencia ficción actual -y la desconocí durante mucho tiempo, porque hasta el año 1956 ó 1957 era casi imposible conseguir libros extranjeros en Polonia- creía que tenía que ser un nuevo desarrollo de la posición inicial tomada por H. G. Wells en La guerra de los mundos. Él adoptó una posición general desde donde podía contemplar a toda la raza humana en una situación extrema. Anticipó un futuro plagado  de  desastres,  y  debo  admitir  que  estaba  en  lo  cierto.  Pude  confirmar  su comprensión de la psicología humana durante la guerra, cuando leí su novela varias veces.

 

Hoy opino que mis primeras novelas de ciencia ficción carecen de todo valor (al margen de que tuvieron generosas ediciones en todas partes y me dieron fama mundial). Escribí esas novelas -Los astronautas, por ejemplo, que se publicó en 1951, y trataba sobre una expedición al planeta Venus desde una Tierra cándidamente utópica- por razones que aún hoy puedo entender, aunque la trama y el mundo que pintaban contradecían mi experiencia de la vida hasta ese momento. En esos libros el mundo maligno de la realidad era anegado por una marejada de bondad. En los años de posguerra sólo parecía existir esta alternativa: la esperanza o la desesperación, un optimismo históricamente insostenible o un escepticismo justificado que podía caer fácilmente en el nihilismo. Desde luego, yo quería abrazar el optimismo y la esperanza.

 

Sin embargo, mi primera novela fue realista, y quizá la escribí para librarme de los recuerdos de la guerra, como quien dice, para expulsarlos como pus, para quitarme de encima su peso sofocante. Pero quizá también escribí ese libro para no olvidar; un motivo bien podría combinarse con el otro. La novela se llama El hospital de la transfiguración, y



 

 

 

 

trata  sobre  la  lucha  del  personal  de  una  clínica  mental  para  evitar  que  los  ocupantes alemanes  maten  a los internos.  Un crítico  alemán  aventuró  la opinión  de que era una especie de continuación de La montaña mágica de Thomas Mann. Lo que en Mann era sólo un portento -apenas el atisbo de un relámpago entonces casi invisible, pues los horrores por venir aún estaban ocultos detrás del horizonte de los tiempos- en mi novela resulta ser el último círculo del infierno, el desenlace lógico de la vaticinada «decadencia de Occidente» en los exterminios masivos. La aldea, el manicomio, los médicos, nada de eso existió. Los lugares y personajes son de mi invención. Pero las personas con trastornos mentales, y muchas otras, fueron asesinadas masivamente en la Polonia ocupada. Escribí El hospital de la transfiguración en 1948, mi último año de estudiante. Sin embargo, no pudo publicarse hasta 1955, pues no se adaptaba a las pautas ya reinantes del realismo socialista. Entretanto, yo estaba, como puedo decir sin exagerar, muy ocupado.

 

 

 

"Por puro azar, supe cómo podía ayudar a nuestra familia económicamente: escribí varios cuentos largos para un semanario folletinesco que presentaba una historia completa en cada número."

 

 

En 1946 nos mudamos de Lvov a Cracovia, pues habíamos perdido todas nuestras pertenencias durante la guerra. Mi padre, que tenía setenta y un años, estaba obligado a seguir trabajando en el hospital a causa de estos reveses; no tenía modo de instalar su propio consultorio. Todos -mi padre, mi madre y yo- vivíamos en un cuarto de Cracovia, y mi padre no tenía medios para comprarse el equipo. Por puro azar, supe cómo podía ayudar a  nuestra  familia  económicamente:  escribí  varios  cuentos  largos  para  un  semanario



 

 

 

 

folletinesco que presentaba una historia completa en cada número. Considerados como thrillers, no eran tan malos. Aparte de eso, escribí poemas; se publicaron en Tygodnik Powszechny, el semanario católico de Cracovia. Y dos novelas cortas -no precisamente ciencia ficción, pero relacionadas con la fantasía- y varias cosas más en diversas publicaciones. Pero aún no me tomaba mis escritos muy en serio.

 

En 1947, a los veintiséis años, me nombraron ayudante de investigación de una organización llamada Círculo para la Ciencia de la Ciencia (Konwersatorium Naukoznawcze),  fundada  por  el doctor  Mieczyslaw  Choynowski.  A él le presenté  mis trabajos más queridos: una teoría de las funciones cerebrales inventada por mí, y un tratado filosófico.  Dijo que ambos  eran un disparate  pero  me tomó  bajo su tutela.  Así me vi obligado  a leer textos  de lógica,  metodología  científica,  psicología,  psicotecnología  (la teoría de los test psicológicos), la historia de las ciencias naturales, y muchas otras cosas. Aunque no sabía inglés, tuve que arreglármelas con textos en inglés. Estos libros resultaron tan interesantes que tuve que descifrarlos, diccionario en mano, como Champollion descifró los jeroglíficos. Como había aprendido francés en casa, y latín y alemán en la escuela, y entendía algo de ruso, de algún modo me las arreglé. Pero aún hoy sólo entiendo el inglés escrito. No hablo el idioma ni lo entiendo cuando lo hablan. Para el mensuario Zycie Nauki («La vida de la ciencia»), compilaba investigaciones de publicaciones científicas, desde el punto de vista de la ciencia de la ciencia. Así me involucré en el endiablado caso Lysenko, pues en mi investigación resumí la controversia entre él y los genetistas soviéticos «de manera  tendenciosa»  (como  lo  expresó  el  informe  del  ministerio  a  cargo  de  las universidades). Sostuve que la doctrina de Lysenko sobre la herencia de los caracteres adquiridos era descabellada, y los años me dieron la razón, pero mi toma de posición tuvo consecuencias dolorosas para nuestro mensuario. Algo similar ocurrió un poco más tarde, cuando percibí en la cibernética  de Wiener  y Shannon una nueva era, no sólo para el progreso tecnológico sino para la civilización en general. En esa época, en nuestro país se consideraba que la cibernética era una «seudociencia falaz».

 

 

 

"Para  mí, la



 

 

 

 

ignorancia científica de la mayoría de los escritores de

ciencia ficción norteamericanos era tan inexplicable como la abominable

calidad literaria de su producción."

 

 

En esos años yo estaba muy bien informado sobre los últimos desarrollos de las diversas ciencias, pues el círculo de Cracovia funcionaba como una especie de agencia de clearing para la literatura científica procedente de Estados Unidos, y en cierta medida de Canadá,  para  todas  las  universidades  polacas.  De  los  paquetes  de  libros  recibidos  yo tomaba todos los trabajos que me despertaban interés, incluido El uso humano de los seres humanos de Wiener. De noche lo leía todo vorazmente, para poder pasar los libros cuanto antes a la gente a la que estaban destinados. Basado en estas lecturas, escribí esas novelas mías que aún puedo reconocer sin vergüenza: Edén (1959), Solaris (1961), El Invencible (1964), etc. Ellas incorporan problemas cognitivos en ficciones que no simplifican excesivamente el mundo, como mis primeras e ingenuas novelas de ciencia ficción. Mi padre murió en 1954, y a fines de la década del 50 pude comprar una pequeña casa para mi esposa y yo, en los suburbios de Cracovia, donde aún vivimos. (Cerca de esta casa hay una casa  más  grande  en  un  terreno  más  grande  que  está  siendo  construida  para  nosotros mientras escribo estas líneas).

 

A fines  de la década  del  60 establecí  el primer  contacto  con  mi  futuro  agente literario  y  espíritu  afín,  Franz  Rottensteiner,  de  Viena.  Los  dos  escribíamos  entonces muchos ensayos críticos, a menudo polémicos, para los fanzines (es decir, revistas de aficionados) anglonorteamericanos de ciencia ficción, sobre todo para la australiana SF Commentary de Bruce Gillespie; ello nos otorgó cierta popularidad, aunque negativa, en el ghetto de la ciencia ficción. Hoy opino que perdíamos el tiempo. Al principio me resultaba



 

 

 

 

totalmente incomprensible que tantos autores erigieran, viribus unitis, una cárcel común para la ciencia ficción. Creía que tan sólo por la ley del gran número tenía que haber un grupo  considerable  en  la  cima,  en  lo  que  concernía  a  capacidad  para  escribir  y conocimientos científicos. (Para mí, la ignorancia científica de la mayoría de los escritores de  ciencia  ficción  norteamericanos  era  tan  inexplicable  como  la  abominable  calidad literaria de su producción).

 

Estaba  en  un  error,  pero  me  llevó  un  largo  tiempo  reconocerlo.  Como  lector, esperaba algo como lo que se denomina, en los procesos evolutivos de la naturaleza, especiación: una nueva especie animal generando una radiación divergente, en abanico, de otras especies nuevas. En mi ignorancia, creía que la época de Verne, Wells y Stapledon era sólo el comienzo, pero no el comienzo de la decadencia de la soberana individualidad del autor. Cada uno de esos hombres creó algo no sólo radicalmente nuevo para sus tiempos sino muy distinto de lo que hacían los otros. Todos tenían mucho margen de maniobra en el campo de la especulación, porque el campo acababa de inaugurarse y aún faltaban autores y libros. Cada uno de ellos entró en la tierra de nadie desde una dirección diferente e hizo suya alguna provincia de esta térra incógnita. Sus sucesores, por el contrario, hicieron cada vez más concesiones a la multitud. Fueron obligados a transformarse en hormigas dentro de un hormiguero, o industriosas abejas, que construyen una celda diferente en el panal, pero cada celda es similar. Tal es la ley de la producción masiva. Así, la distancia entre las obras individuales de ciencia ficción no ha aumentado, como yo esperaba erróneamente, sino que ha disminuido. La sola idea de que un Wells o un Stapledon pudieran escribir, alternativamente, fantasías visionarias y típicas novelas de suspense me resulta absurda. Sin embargo, para la próxima generación de autores esto era totalmente normal. Wells y Stapledon son comparables a los inventores del ajedrez y las damas. Descubrieron nuevas reglas de juego, y sus sucesores han aplicado estas reglas con meras variaciones, menores o mayores. Las fuentes de innovación se han secado paulatinamente. Han surgido híbridos (la science fantasy) y los patrones y esquemas de la forma literaria se han aplicado de una manera mecánica y rígida.

 

Para  crear  algo  radicalmente  nuevo  era  preciso  avanzar  en  otro  campo  de



 

 

 

 

posibilidades. Creo que en el primer período de mi carrera escribí cosas puramente secundarias.  En el segundo período (Solaris, El Invencible)  alcancé los confines de un campo que en conjunto ya estaba casi totalmente explorado. En el tercer período -cuando escribí, por ejemplo, reseñas de libros inexistentes y prólogos de trabajos que serían publicados «en algún momento del futuro pero que aún no existen»-dejé los terrenos ya explotados  y  entré  en  un  terreno  nuevo.  Esta  idea  se  explica  mejor  con  un  ejemplo específico. Hace dos años escribí un librito llamado Provocación. Era la reseña de un hecho ficticio en dos volúmenes atribuido a un historiador y antropólogo alemán inexistente a quien llamé Aspernicus. El primer volumen se titula Endlosung ais Erlosun (la solución final  considerada  como  redención),  el  segundo  Fremdkorper  Tod  (muerte  del  cuerpo extraño).  El  trabajo  es  una  singular  hipótesis  historiosófica  sobre  las  raíces  aún  no reconocidas del Holocausto, y el papel que la muerte, especialmente la muerte masiva, ha desempeñado en las culturas de todos los tiempos hasta el día de hoy. La calidad literaria de mi crítica ficticia (que es bastante larga, de lo contrario no habría llenado un pequeño libro) no viene al caso aquí. Lo que cuenta es el hecho de que hubo historiadores profesionales que tomaron mi extravagancia por la reseña de un libro real, según lo atestiguan los intentos de algunos por conseguir el «libro». A mi juicio, Provocación también es ciencia ficción en cierto modo; trato de no limitar el significado del nombre de esta categoría literaria sino más bien de expandirlo.

 

Nada de lo que he escrito fue planeado abstractamente desde el comienzo, para luego cobrar cuerpo en una forma literaria. Tampoco puedo afirmar que tuve el propósito de descubrir otros campos de desarrollo, que me propuse buscarlos para mi imaginación. Pero puedo decir algo sobre la concepción de una idea, el estado de gravidez, los dolores de alumbramiento, aunque no del modo en que podría conocer la composición genética del embrión y saber cómo se transforma en un fenotipo, la obra concluida. Aquí, en el reino de la «embriogénesis» de mi escritura, se han desarrollado  considerables  diferencias  en el curso de treinta y seis años.

 

 

 

"Creo que en el primer



 

 

 

 

período  de mi carrera escribí cosas puramente secundarias. En el segundo

Período alcancé los confines de un campo que en

conjunto ya estaba casi totalmente explorado”

 

 

En mis primeras novelas (que reconozco como mías sólo a regañadientes) planeaba y construía según un diseño total. Escribí las novelas del grupo Solaris del mismo modo, que yo mismo no sé explicar. Crecían desde la nada. La terminología del nacimiento que he utilizado más arriba puede parecer poco adecuada, pero es bastante apta. Aún puedo señalar los pasajes de Solaris y Retorno de las estrellas donde me encontré, mientras escribía, en la posición de un lector. Cuando Kelvin, el narrador de Solaris, llega a la estación que flota sobre el planeta Solaris y la encuentra despoblada de seres humanos, y cuando se pone a buscar a la dotación y encuentra al científico Snow, que se aterra cuando ve a Kelvin, no tenía idea de por qué nadie esperaba su llegada, o por qué Snow se portaba de modo tan singular; en verdad, no tenía idea de que un «océano viviente» cubriría el planeta entero. Todo esto me fue revelado tal como al lector se le aclara durante la lectura del libro, con la sola diferencia de que fui yo quien escribió la novela. Y en Retorno de las estrellas me topé con una pared cuando el astronauta que vuelve asusta a la primera muchacha que encuentra, y luego usa la palabra «betrización»: es el tratamiento con que los seres humanos del futuro son liberados de sus impulsos agresivos. Al principio no sabía qué significaba exactamente la palabra, pero sabía que tenía que haber una diferencia insalvable entre la civilización que el hombre había dejado al volar a las estrellas y la que encontraba al regresar. La metáfora, que toma sus términos del léxico de la embriología, no es pues descabellada, ya que una mujer embarazada sabe que lleva un embrión, pero no tiene idea de cómo ese embrión se transforma  de huevo  en  niño.  Como  me  considero  un  racionalista,  me disgustan  tales



 

 

 

 

confesiones, y preferiría poder decir que sabía todo lo que hacía, o al menos una buena parte de ello, de antemano, y que lo planeé y diseñé, pero amicus Plato, sed magis árnica ventas.

 

No obstante, algo puede decirse sobre mi método creativo. Primero, no hay una correlación  positiva  entre  la  espontaneidad  de  mi  escritura  y  la  calidad  del  trabajo resultante. Di a luz a Solaris y Retomo de las estrellas de un modo similar, pero pienso que Solaris es un buen libro y Retorno de las estrellas un libro pobre, porque en el segundo los problemas subyacentes del mal social y su eliminación se tratan de un modo demasiado primitivo, demasiado improbable, y no sin falsedad. (Aun si el mal infligido a otros con toda intención pudiera eliminarse farmacológicamente -la principal premisa del libro-, ninguna sustancia química u otra influencia sobre el cerebro podría hacer que los efectos nocivos no deseados de todas las dependencias, conflictos y contradicciones sociales desaparecieran del mundo, tal como un insecticida elimina una plaga). Segundo, la espontaneidad creativa no es siquiera una garantía de que aparecerá un camino seguro para el desarrollo de la narración, es decir una trama que pueda terminarse sin forzarla: son más los  relatos  inconclusos  que  he  guardado  o  tirado  al  cesto  de  papeles  que  los  que  he presentado a los editores. Tercero, este proceso de escritura, que se caracteriza por los marcados  signos  de  una  creación  por  ensayo  y  error,  siempre  ha  sido  obstruido  por bloqueos y callejones sin salida que me obligaron a replegarme; a veces hubo incluso un agotamiento de la materia prima -los múltiples recursos necesarios para un nuevo crecimiento- almacenados en alguna parte de mi cerebro. No pude terminar Solaris en un año entero, y sólo pude hacerlo cuando de pronto aprendí -de mí mismo- cómo tenía que ser el último capítulo. (Y entonces me llamó la atención no haberlo advertido desde el principio). Y cuarto, incluso lo que escribí espontáneamente nunca recibió su forma final en el primer ímpetu de trabajo. Jamás he escrito un trabajo voluminoso (es diferente con los cuentos) «linealmente» y sin contramarchas; más bien, en las pausas entre una sesión y otra

-pues por razones puramente fisiológicas es imposible estar todo el tiempo ante la máquina de escribir- tenía ideas nuevas que enriquecían lo ya terminado o lo que debía escribir a continuación, lo alteraban y complicaban con un nuevo giro o derivación de la trama.



 

 

 

 

 

 

"Como se sabe, la pereza es uno de los principales obstáculos en el

trabajo. Si esperara a tener algo definitivo en mi cabeza, jamás crearía  nada. "

 

 

La experiencia práctica -el resultado de mis desvelos de escritor a lo largo de los años- me ha enseñado a no forzar nunca lo que estoy haciendo si no ha madurado al menos parcialmente, sino a dejarlo descansar un tiempo (que pueden ser meses o aun años) y dejar que la cosa me dé vueltas por la cabeza. O hacer como una mujer grávida que sabe que un nacimiento prematuro no trae nada bueno. Esta situación, sin embargo, me ha planteado un dilema, pues como casi todos los escritores a menudo invento excusas para no escribir. Como se sabe, la pereza es uno de los principales obstáculos en el trabajo. Si esperara a tener  algo  definitivo  en  mi  cabeza,  jamás  crearía  nada.  Mi  método  de  creación  (que preferiría llamar mi conducta de escritor) ha cambiado con los años, aunque muy despacio. Aprendí a evitar la espontaneidad pura del comienzo, que me incitaba a escribir algo aun sin tener la menor idea de lo que ocurriría -en cuanto a la trama, los problemas, los personajes, etc.-, cuando aumentaron los casos en que no podía terminar lo que había empezado.   Tal  vez  el  espacio   imaginativo   que  se  me  había  concedido   se  vació gradualmente, como un territorio rico en petróleo, del cual el oro negro brota al principio en géiseres, no importa donde perfore uno; al cabo de un tiempo se requieren dispositivos cada vez más complicados y aplicar presión para conducir las reservas restantes a la superficie. El centro de gravedad de mi trabajo, pues, se orientó gradualmente hacia la conquista de una idea básica, una concepción, una noción imaginativa. Dejé de sentarme a la máquina de escribir  cada  vez  que  tenía un comienzo  pequeño  pero  redondo;  en  cambio  empecé  a



 

 

 

 

producir un creciente número de notas, enciclopedias ficticias y pequeñas ideas adicionales, y ello me condujo finalmente a lo que estoy haciendo ahora. Trato de conocer el «mundo» que crearé escribiendo su literatura específica, pero para llenar estantes enteros con obras de referencia  sobre  la sociología  y la  cosmología  de  un  presunto  siglo  treinta,  no  las minucias ficticias de expediciones científicas u otros tipos de literatura que expresen el Zeitgeist, el espíritu de una época y mundo extraños para nosotros. A fin de cuentas, ésta sería una tarea imposible de realizar durante el breve período de vida de un ser humano. Tampoco hago ahora lo que en principio comenzó como una broma, escribir críticas de libros  inexistentes  o prólogos  para ellos  (Vacío  perfecto,  Un valor imaginario).  Ya no publico estas cosas sino que las utilizo para crear mi propio conocimiento de otro mundo, un conocimiento totalmente sometido a mi programa literario, en otras palabras, para bosquejar un tosco contorno que llenaré más tarde. Me rodeo, como quien dice, de la literatura de un futuro, otro mundo, una civilización con una biblioteca que es su producto, su pintura, su reflejo. Escribo sólo breves sinopsis o bien reseñas críticas de tratados sociológicos, ensayos científicos y manuales técnicos, y describo tecnologías que han reemplazado la literatura después de su muerte definitiva, tal como la televisión volvió obsoleto el «bioscopio» de Lamiere, y la televisión tridimensional volverá obsoletos los televisores de hoy. Hay también ensayos «historiosóficos», «enciclopedias de civilizaciones extrañas» y sus estrategias militares, todo ello, desde luego, en una especie de taquigrafía, pues de lo contrario necesitaría la longevidad de un Matusalén para crearlas. Es posible que publique parte de esta «biblioteca con un propósito determinado» independientemente del trabajo para el cual sirvió como marco y fuente de información.

 

¿Y de dónde obtengo todos estos datos, que adorno con títulos tan sugestivos como

 

«La  tendencia  a la deshumanización  en los sistemas  de armamentos  del siglo  XXI» o

 

«Culturología comparada de civilizaciones humanoides»?

 

En cierto sentido, de mi cabeza; en otro, no. He inventado varios símiles pintorescos para aclarar ante mí mismo y ante otros cómo es mi método de trabajo:

 

1) Una vaca produce leche -eso es seguro- y la leche no viene de la nada. Así como la vaca debe comer pasto para poder producir leche, yo tengo que leer gran cantidad de



 

 

 

 

textos científicos genuinos -es decir, una literatura no inventada por mí- y el producto final, mi escritura, difiere del alimento intelectual tanto como la leche del pasto.

 

2)  Así  como  el  simio  de  los  experimentos  psicológicos  de  Koehler  no  podía alcanzar una banana que colgaba a mucha altura, y fabricó un andamiaje con desperdicios y cajas  para  llegar  hasta  la  banana  yo  tengo  que  construir  en  movimientos  e  intentos sucesivos un «andamiaje» de información al cual debo trepar para llegar a mi meta.

 

3) El último símil es un poco drástico y quizá parezca demasiado primitivo, pero no obstante contiene parte de la verdad. Un inodoro tiene un tanque de agua que debe llenarse, y cuando se presiona el botón o la palanca, toda el agua baja torrencialmente. Luego el tanque  queda vacío por  un tiempo,  hasta que se llena de nuevo,  y por mucho  que se presione con impaciencia el botón o la palanca el pequeño Niágara no vuelve a precipitarse. En lo que atañe a mi trabajo, esta imagen es apropiada, en la medida en que si no siguiera enriqueciendo mi biblioteca ficticia se llegaría a un estado de agotamiento, y después de eso yo no podría sacar nada más de mi mente, mi depósito de información. Escribí Vacío perfecto, una compilación de quince reseñas de libros ficticios, sin pausa, y después mi

«tanque» quedó vacío. En verdad, la comparación puede forzarse un poco más. Así como al presionar el botón o la palanca del baño demasiado pronto sólo caen «Niágaras» sin fuerza, puedo exigirme un poco más después de escribir un libro como Vacío perfecto, pero no quedaré satisfecho con el resultado, y tiro esos restos.

 

 

 

"Mis últimos trabajos, en cambio, muestran marcados indicios

de una vuelta hacia nuestro mundo.

A veces llamo a esto mi inclinación hacia el realismo en la



 

 

 

 

ciencia ficción."

 

 

 

Mis métodos de trabajo además se complican y enriquecen porque cada tanto he escrito trabajos cuasi científicos que no estaban destinados a ser andamiaje de la ficción sino libros independientes y serios sobre teoría literaria (aunque en términos empíricos que son extraños para los representantes  de las humanidades).  Y he escrito una obra como Ciencia ficción y futurología (1970) que es una acerba crítica y una teoría de la ciencia ficción; o futurología escéptica, como Summa Technologiae (1964), que no reúne especulaciones sobre las cosas maravillosas o terribles del futuro cercano sino intentos de llevar ciertas ideas extremas a sus últimos límites; o algo como los Diálogos (1957), sobre los horizontes y probabilidades de la cibernética implícitas en el sistema; o simplemente ensayos sobre temas diversos, tales como Biología y valores (1968), y sobre la patología del socialismo ("Cibernética aplicada: un ejemplo del campo de la sociología", 1971, en la segunda edición de Diálogos).2 Más tarde, resultó que varias ideas que se me ocurrieron mientras escribía esos trabajos y que yo usé como hipótesis y ejemplos -es decir, buena parte de lo que hallé en el camino intelectual de mi elección durante el proceso de escritura- también podían ser utilizadas en la ficción. A principio esto ocurría de modo totalmente inconsciente, y lo notaba sólo cuando me lo señalaban; es decir, mis críticos descubrían las similitudes y opinaban que yo oscilaba con plena conciencia entre la discusión seria y la literatura fantástica, cuando yo mismo no me daba cuenta de ese vaivén. Una vez que me llamaron la atención sobre el fenómeno, a veces estudiaba mis propios libros pensando en la posibilidad de explotación o fertilización cruzada.

 

Retrospectivamente,  veo  con  claridad  que  en  mi  período  intermedio  escribía ficciones sin preocuparme por la existencia de alguna continuidad entre los mundos imaginados y nuestro mundo. En los mundos de Solaris, Edén y Retorno de las estrellas no hay etapas transicionales inmediatamente obvias que conecten estos otros estadios de la civilización con el detestable estado de cosas de la Tierra actual. Mis últimos trabajos, en cambio, muestran marcados  indicios  de una vuelta hacia nuestro  mundo;  es decir, mis últimas ficciones son intentos de establecer tales conexiones. A veces llamo a esto mi inclinación hacia el realismo en la ciencia ficción. Muy probablemente, tales tentativas, que



 

 

 

 

hasta cierto punto tienen el carácter inequívoco de una retirada (una renuncia a la utopía y la distopía, extremos que o bien me repugnan o me dejan frío, tal como un médico cuando se enfrenta a un enfermo incurable), nacen de la conciencia de que pronto debo morir, y del deseo resultante de satisfacer, al menos con hipótesis, mi insaciable curiosidad por el futuro remoto de la humanidad y del cosmos. Pero esto es sólo una conjetura; sería incapaz de probarla.

 

Cuando le pidieron que escribiera su autobiografía, Einstein no describió las circunstancias históricas de su vida sino sus frutos más entrañables -sus teorías- porque ellas eran las hijas de su mente. No soy un Einstein, pero en este aspecto sin embargo me parezco a él, pues opino que lo más importante de mi autobiografía son mis luchas intelectuales. El resto, no mencionado hasta ahora, es puramente anecdótico.

 

Me casé en 1953, cuando mi esposa era una joven estudiante de medicina. Tenemos un hijo de quince años que gusta bastante de mis novelas pero aún más de la música moderna, el pop, el rock and roll, los Beatles, su motocicleta y los motores de autos. Hace muchos años que no soy dueño de mis libros y mi trabajo; más bien se diría que ellos son dueños de mí. En general me levanto poco antes de las cinco de la mañana y me siento a escribir: estoy escribiendo esto a las seis de la mañana. Ahora soy incapaz de trabajar más de cinco o seis horas por día sin una pausa; cuando era más joven, podía escribir mientras me  duraban  las  energías;  el  poder  de  mi  intelecto  sólo  cedía  cuando  se  agotaba  mi capacidad física. Escribo cada vez más despacio -mi autocrítica, las exigencias que me planteo, se han intensificado- pero aún soy bastante prolífico (me doy cuenta por la rapidez con que debo cambiar las cintas de máquina gastadas). Cada vez son menos las ocurrencias que considero suficientemente buenas como para someterlas a prueba por mi método de ensayo y error. Aún sé tan poco sobre cómo y dónde nacen mis ideas como la mayoría de los escritores. Tampoco creo ser uno de los mejores exégetas de mis propios libros, es decir, de los problemas típicos de ellos. He escrito muchos libros de los que aquí no he dicho una palabra (Ciberíada, Historias de robots, Diarios de las estrellas), que en el mapa genérico de la literatura se situarían en la provincia del humor -la sátira, la ironía y la agudeza- con un toque de Swift o la seca y mordaz misantropía de Voltaire. Es sabido que



 

 

 

 

los grandes humoristas fueron personas arrastradas a la furia y la desesperación por la conducta de la humanidad. En este sentido, soy uno de ellos. Probablemente estoy tan insatisfecho como orgulloso de todo lo que he escrito: debo estar tocado por la arrogancia, pero no la siento. Sólo puedo advertirla de manera conductista, en el modo de destruir todos mis manuscritos pese a todas las tentativas y requerimientos para persuadirme de depositar esos  voluminosos  papeles  en  una  universidad  u  otro  lugar  que  las  preserve  para  la posteridad.  He  elaborado  una  asombrosa  explicación  de  esta  conducta.  Las  pirámides fueron  una  de  las  maravillas  del  mundo  sólo  mientras  se  ignoraba  cómo  las  habían construido. Los largos planos inclinados donde cuadrillas de esclavos desplazaban piedras sobre  cilindros  de  madera  fueron  eliminados  cuando  concluyó  la  obra,  y  así  hoy  las pirámides se yerguen misteriosas y solitarias en las dunas de arena del desierto. Yo trato de eliminar mi plano inclinado, mis andamiajes y otros medios de construcción, y dejar en pie sólo  aquello  de  lo  que  no  tengo  por  qué  avergonzarme.  No  estoy  seguro  de  que  lo confesado aquí sea la pura verdad, pero he tratado de atenerme a la verdad en la medida de lo posible.

 

 

 

1 Michael Butor opinó una vez que un gran equipo de escritores de ciencia ficción debería contribuir a la construcción de un mundo ficticio creando mediante sus esfuerzos combinados  su  historia  y  su  evolución  natural,  coronada  por  la  aparición  de  la  vida sentiente, y su cultura y sus sistemas filosóficos, pues tal empresa está fuera del alcance de un solo individuo. (Se suponía que esto explicaba la baja calidad, la unidimensionalidad de la ciencia ficción existente.) No tomé en serio esas palabras de Butor cuando las leí. Y sin embargo, aunque muchos años después y por mi propia cuenta, he intentado realizar la esencia básica de esa idea. Y también en Borges -en "Tlón, Uqbar, Orbis Tertius"- se lee sobre  una  sociedad  secreta  que  crea  un  mundo  ficticio  en  todos  sus  detalles,  con  el propósito de transformar nuestro mundo en el mundo imaginado.

 

2   Añadiré   el   elemento   autobiográfico   de   mis   escritos   discursivos   a   esta enumeración. En síntesis, soy un reformador del mundo que ha sufrido desencantos. Mis primeras novelas trataban sobre utopías ingenuas, porque así yo expresaba mi deseo de un mundo tan pacífico como el que describía en ellas, y son malas, en el sentido en que una expectativa  vana  y  errónea  es  estúpida.  Mi  monografía  sobre  la  ciencia  ficción  y  la futurología expresa mi decepción con ficciones y no ficciones que pretenden ser científicas cuando ninguna de ambas llama la atención del lector sobre la dirección en que se mueve realmente el mundo. Mi Filosofía del azar es un intento fallido de llegar a una teoría del trabajo literario basada en el empirismo; fue un logro en la medida en que con ayuda de este libro me enseñé a mí mismo qué factores causan el ascenso y caída de la suerte de las obras literarias. Mi Summa Technologiae, por otra parte, demuestra que aún no soy un reformador del mundo que haya renegado de sus ideales, pues no creo que la humanidad sea un enfermo desahuciado y totalmente incurable.

 

 


FIN

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