© Libro N° 14196. Un Señor
Alto, Rubio, De Bigotes. Costantini,
Humberto. Emancipación. Agosto 23 de 2025
Título Original: © Por Un
Señor Alto, Rubio, De Bigotes. Humberto Costantini
Versión Original: © Por Un Señor Alto, Rubio, De Bigotes. Humberto Costantini
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
POR UN SEÑOR ALTO, RUBIO,
DE BIGOTES
Humberto Costantini
Por Un Señor
Alto, Rubio, De Bigotes
Humberto Costantini
HUMBERTO COSTANTINI
Por Un Señor Alto, Rubio, De Bigotes
I
Es aquí. Pero este
ascensor... la portería... yo los conozco, me parece. ¿Cuándo vine yo aquí?
¿Una semana? ¿Un año? No puedo darme una idea. ¡He caminado tanto en este
tiempo!
Además todas las
oficinas, más o menos... Y los ascensores también. Subo a un ascensor y ya me
veo buscando a alguien, preguntando, corriendo de aquí para allá. Sí ha de ser
eso.
Y sin embargo... el
tablero... las puertas... Yo esto lo conozco. Alguna vez estuve aquí, estoy
seguro.
Bueno pero no
interesa. ¿Dónde está la tarjeta? Es ésta. Señor García, de parte del señor
Perrondo. Séptimo piso, oficina 712.
—¡Al séptimo!
... de esto algo
tiene que salir... segundo... tercero... señor García de parte del señor
Perrondo. Vamos a ver qué pasa.
... quinto...
sexto... García de parte de Perrondo. García de part...
—¡Gracias!
Y este pasillo
también... pero ¿cuándo? ¿Cuándo?
Setecientos ocho,
diez, doce. Es aquí.
—Buenos días
señorita. El señor García por favor...
—Sí, como no
señorita.
Los dos sillones,
la mesita... el cuadro... el ruido de la máquina... pasos en el corredor...
Sí, yo le digo que
soy amigo de Perrondo, ¡total! ... la corbata en su sitio, los puños... ¿Qué
hora será? Y este dolor en el pecho que me joroba ahora. Bostezo, me miro las
uñas. Espero.
El tiempo. Uno se
mete en él como en una carpa. Afuera pasos, voces... el ruido del ascensor...
una bocina... ¡Pero todo eso lejísimo!... En otro mundo.
Aquí el tiempo lo
cubre completamente a uno. Uno mismo es el tiempo. Creo que hace falta un poco
de entrenamiento para sentir esto.
Antes me molestaba
esperar. Ahora no. Me meto en la carpa, cierro todas las aberturas y espero.
¿Qué quiere decir “las diez y media”?
Pienso que esperar
es una cosa importante. Algo así como una ocupación fundamental. Uno espera y
cumple su vida.
¡Estoy macaneando!
¿Qué hora es? Lo que hay que hacer es mostrarse dinámico, optimista. Cara de
triunfador. Así se consiguen las cosas. La corbata en su sitio, los puños,
caminar erguido. Muy bien.
¡Pucha cómo tarda!
¿Se habrá olvidado de que estoy aquí?
El tiempo... García
de parte de Perrondo. Yo lo conozco a Perrondo. Perrondo es amigo mío. ¿Del
trabajo? No, de la familia. Amigo de la familia desde hace diez años. Eso es.
¿Se habrá olvidado?
Diez minutos más y pregunto.
El tiempo...
—Señorita, ¿el
señor García?...
—Ah... perdón,
perdón. Pensé que se había ido... los sillones... la mesita... el cuadro...
¿Qué será este
dolor? Juego con los dedos en la madera. Espero. No existe el tiempo. Me meto
en la carpa...
* * *
—Ah, sí, sí.
¡Gracias señorita!
—El señor García.
¡Encantado! Sciardys, a sus órdenes.
—Bien señor
García... el señor Perrondo me indicó... me dijo que usted podría... es decir,
me dio esta tarjeta para...
* * *
La calle otra vez.
No me gusta caminar por la calle cuando ando así. Sobre todo si uno tiene los
zapatos gastados. Uno se mira los zapatos y está listo.
Además las paredes,
crecen, crecen hasta el cielo, se amontonan allá arriba y lo aplastan a uno.
Llámeme dentro de
dos meses. No, no. ¿Cómo era? Venga a verme de aquí un par de meses. Así me
dijo. Y que lo viera al señor Bucini, director de “Radiar”, de parte suya.
Todos los días,
después de las catorce y treinta. Lavalle al mil quinientos. Lo veo hoy. ¿Qué
hora es? No hay tiempo para volver a casa. Me quedo por aquí entonces. Lavalle
al mil quinientos. Señor Bucini de parte del señor García...
Un espejo. ¿Para
qué me habré mirado? Yo me imaginaba bien plantado, rozagante. Así como para
presentarme y conseguir cualquier cosa. Me vi flaco, desgarbado... ¡y con una
cara!... Cara como para que digan que no. Cara que invita a decir que no. ¡Mire
señor, usted puede decirme que no, con toda confianza! No hay peligro de que me
extrañe o que lo tome a mal. ¡Estoy acostumbrado a que me digan que no! ¡Dígalo
señor! ¡Dígalo sin miramientos! ¿No ve que lo estoy invitando con esta cara a
que me diga que no?
No, esas son
pavadas. Si empiezo a pensar así no voy a ningún lado. Lo que tengo que hacer
es componerme un poco antes de entrar. Una cuadra antes empiezo a sonreír. Así,
¿ves? Saco pecho... levanto la cabeza... camino ligero... tra la... la la. Eso.
La cara no quiere
decir nada.
Pero este dolor...
voy a tener que ir al médico un día de estos.
No, no hay que
mirarse los zapatos.
Y las casas que se
hacen más altas. Esas ventanas allá arriba que lo miran como despreciando. Como
haciéndolo caminar a uno por una zanja.
Y la gente. Toda
apurada. Todos haciendo algo... ¡Es horrible caminar así por la calle! ¿Dónde
hay un café?
Bucini de parte de
García, a las dos y media.
“Radiar” es una
casa importante. Yo la conozco. Si este Bucini pudiera hacer algo...
¡Un café con leche,
mozo!
Hasta las dos y
veinte no salgo. De aquí a Lavalle al mil quinientos son diez minutos. Me quedo
en el café. Cualquier cosa antes que andar por la calle haciendo tiempo. Están
las paredes. Están los espejos en las vidrieras. Y además me veo los zapatos.
Está la gente.
Todos ocupados. Todos aprovechando los minutos. Haciendo cosas importantes.
¿Por qué no podré estar así yo? ¡Ocupado, ocupadísimo! Caminar rápido por el
centro, o sentarme frente a un escritorio y hablar por teléfono. Decir por
ejemplo: ¡vení a verme a las cinco en punto! Antes no porque estoy ocupado.
Tenemos quince minutos justos para charlar. Y ¡plaf!, colgar el tubo. Señor
Sciardys, ¿qué hacemos con esto? ¡Páselo a tal lado! ¡Pim! ¡paf! Con seguridad,
con firmeza, ocuparme de cosas importantes...
¡Qué sé yo! Estoy
cansado de vivir así esperando. Como si en el mundo, o en la vida, o en ese
juego misterioso que tiene la gente, no hubiera lugar para mí.
Este dolor debe ser
el cigarrillo. Empezó hace una semana y no me deja tranquilo. Cuando me canso
un poco me duele más y se extiende hasta el brazo. ¿Justo ahora tiene que venir
esto? Me da rabia porque me parece que me quita seguridad, que me deprime, y
que todo eso se debe notar.
No, no se puede
notar. Son ideas mías. Es cuestión de presentarse bien. De mostrar alegría.
Señor Bucini, ¡encantado! Con soltura, con optimismo. Eso es lo principal.
Las dos y cuarto.
—Mozo, ¿cuánto es?
Caminar rápido. No
mirar a los costados. No mirar los zapatos. No ponerse a pensar en las paredes.
Las paredes lo aplastan a uno. Lo escupen desde las ventanas. Yo también ando
apurado. Soy igual que la gente.
Es en esta cuadra.
La sonrisa. Así, de oreja a oreja. Después la cara se acostumbra y uno parece
sonriente.
“Radiar”...
—El señor Bucini
por favor...
—Segundo piso.
Gracias.
—El señor Bucini
por favor. ¿Mi nombre? Sciardys. Ese, ce, i, a, ere, de, y griega, ese.
—Sí, gracias
señorita.
La sonrisa. La
corbata en su sitio. Caminar derecho. Espero. Me paseo.
—¿El señor Bucini?
Sciardys, ¡encantado!
—Yo estuve recién
con el señor García... el señor García me dijo... que viniera a verlo...
* * *
La calle. Las
paredes. Estoy cansado.
¿Por qué hay tipos
que tienen como una cáscara alrededor? Uno quiere llegar a ellos, acercarse, y
es imposible. Pero mejor es que no piense en Bucini. Por aquí no hay nada que
hacer. Eso es seguro.
De todas maneras me
dio un dato. No creo que lo conozca a este señor Domingo Márquez. Ni siquiera
me dijo que fuera de parte suya. Pero es un dato y hay que aprovecharlo. ¿Iré
ahora? Sí voy ahora. Quién me dice que a lo mejor...
Además así las
paredes no me atrapan. Me muevo, corro. Las agujas del reloj y la tacita de
café no van a estar allí, mirándome, estudiándome, sabiendo cada cosa que hago
y cada pensamiento que se me cruza. No me van a mirar cómo mato el tiempo.
Señor Domingo
Márquez, gerente, Belgrano 774. ¿Qué se toma para ir?
—Señor, ¿para
Belgrano al setecientos, por favor?
—Gracias.
No pienso en
Bucini. No pienso en nada.
El colectivo. La
gente que empuja. ¿Saldrá algo de aquí?
No alcanzo a ver la
calle. ¿Dónde estamos?
Tengo que
presentarme bien. Con soltura, con alegría, Márquez es un tipo importante...
—¡En la primera
chofer!
Belgrano 774. Es
allí enfrente. Cruzo la calle. Ahora ¡qué raro! No me duele nada el pecho.
El ascensor otra
vez. Otra vez la sensación de estar corriendo, buscando a alguien.
—¡Al cuarto!
Sonrío. Me compongo
el saco. ¿No habrá salido este Márquez?
—Sí, Fernando
Sciardys. Ese, ce, i, a, ere...
—¿Señor Márquez?
¡Encantado!
—Mire señor
Márquez, yo venía porque me enteré... me dijeron que había una posibilidad y
entonces yo vine para preguntar, para ver si es posible...
* * *
¡Abajo!
Córdoba 2552. ¡Voy
ahora mismo! El señor Otero. Esta vez me lo dijo bien claro. Otero con
seguridad tiene algo. Vaya a verlo.
Sí, voy, voy ahora
mismo. No quiero perder un minuto. ¡A ver si lo alcanzo! Córdoba al dos mil
quinientos. Llego hasta Córdoba y de allí tomo cualquier cosa. ¡Rápido!
¡Rápido!
Señor Otero. Esta
vez es seguro. Señor Otero. Córdoba al dos mil quinientos.
¡Ojalá no se haya
ido todavía!
¡Quince minutos
señor Otero! ¡Quince minutos y estoy allí! ¡Espéreme, por favor!
Se hace tarde. ¡Yo
tomo un taxi! ¡Espere quince minutos más, señor Otero, no se vaya!
—¡Taxi!
—A Córdoba al dos
mil quinientos, ¡rápido por favor!
Fumo. Miro la
calle. Voy más rápido que la gente. Más ocupado. ¡Pucha, el tráfico! ¿Por qué
no pasará de una vez?
La corbata en su
sitio, los zapatos... no, no hay que mirarse los zapatos.
Otero con seguridad
tiene algo. Así me dijo, ¡Gracias señor Márquez! ¡Y yo que casi no pensaba ir!
¡Cómo vienen las cosas, así, de pronto, cuando uno menos las espera!
Ya falta poco. Mil
novecientos... dos mil... Llego justo a tiempo. ¿Estará todavía en la oficina?
Dos mil doscientos... dos mil trescientos... ¡Ese camión que no deja pasar! Dos
mil cuatrocientos... En la otra.
—¡Aquí nomás,
cóbrese!
El saco. La
corbata. Me arreglo los puños.
—El señor Otero por
favor...
—¿Esta escalera?
Gracias. ¿Se habrá ido?
—Buenas tardes
señorita. ¡El señor Otero por favor!...
—¿Qué?... ¿No
está?...
—¿Pero va a venir?
Sí, sí, yo lo voy a esperar. ¡Cómo no!
—No, no, prefiero
esperarlo aquí.
—Fernando Sciardys.
Ese, ce, i, a, ere, de, y griega, ese.
—Sí gracias,
señorita. ¿Usted me avisa cuando llega entonces?, porque yo no lo conozco...
—Muy bien, muy
bien, espero nomás.
...Espero. No puedo
quedarme sentado. Me paseo... las puertas... los sillones... el reloj...
Enciendo un
cigarrillo.
Pero al rato me
aburro de caminar y me siento. El sillón que se hunde... el techo... el ruido
de las máquinas...
El tiempo. Uno se
mete en él como en una carpa... Pero el señor Otero vendrá en seguida. No hace
falta la carpa.
Espero. Otro
cigarrillo.
Me está doliendo el
pecho otra vez. ¿Qué será esto?
Señor Otero, usted
me va a salvar. Usted es mi esperanza, señor Otero.
El tiempo. Espero.
Yo siempre espero a alguien.
Pero esta vez es
seguro. Márquez me lo dijo bien claro.
El tiempo. Me meto
en la carpa. Cierro todas las aberturas y espero.
El guardapolvo
blanco de la empleada... el vidrio de la puerta... los dibujos del parquet...
¡Qué tarde se hizo!
...los ruidos de la
calle... un timbre... alguien que tose...
Tengo miedo de que
no pase por aquí. O de que la empleada se olvide.
El tiempo.
...El cesto de los
papeles... pasos que se alejan...
Espero...
* * *
—Señorita... quería
preguntarle..., ¿cómo es el señor Otero? Por si usted se va, ¿sabe? Así yo sé
cuando él viene... lo saludo, me presento...
—¿Cómo? ¿Alto,
rubio, de bigotes?
—Sí, sí, lo voy a
conocer.
—Gracias, gracias.
Alto, rubio, de
bigotes. El señor Otero es un señor alto, rubio, de bigotes.
“Con seguridad
tiene algo. Vaya a verlo.”
Pero el tiempo me
aplasta. Me borra la sonrisa de la cara. Me paseo. No hay que mirar los
vidrios. No hay que mirarse los zapatos. La corbata en su sitio. Los puños.
¡Cómo me duele el
pecho!
Es tarde. Oigo
puertas que se cierran... oigo voces que dicen “hasta mañana”... Han apagado la
luz en la otra oficina.
Un señor alto,
rubio, de bigotes. Un señor alto, rubio, de bigotes. Yo lo voy a conocer.
Me levanto. Me
asomo al corredor. Oigo pasos en la escalera. Sube alguien. Debe ser él. Debe
ser el señor Otero. ¡Por fin!
Lleva un traje
azul... sombrero claro... lo tengo de espaldas... ahora se da vuelta...
No... no... me
había parecido.
Espero. Tiene que
venir.
Camino. El
corredor... la baranda... Bajo la escalera.
¿Y si subiera en
este momento? Me detengo.
Pero es mejor
bajar. Es mejor estar abajo para verlo.
Bajo. Salgo a la
puerta.
La gente... los
autos... Se está haciendo de noche.
...¿eh? ¿Este que
viene aquí? Es alto, rubio... ¡viene para este lado!
No... no tiene
bigotes. No es el señor Otero.
El señor Otero es
un señor alto, rubio, de bigotes. Un señor alto, rubio, de bigotes que me va a
salvar. Va a hacer un lugar para mí en el mundo. Me va a quitar todos los
problemas. También este dolor al pecho, ¿no es cierto señor Otero?
...un señor alto...
tiene un portafolios en la mano...
No, no es.
La gente no
entiende nada. No saben que estoy a punto de salvarme. Los pobres no esperan al
señor Otero. Me dan lástima. Yo estoy mucho mejor que la gente.
...¿éste? Tampoco.
Parecía, pero no es rubio.
Yo espero al señor
Otero. Un señor alto, rubio, de bigotes que tiene todo en la mano. Con
seguridad tiene algo.
¡Y la gente no se
da cuenta! ¡Pasan al lado mío y no entienden nada! Yo quisiera llamarlos,
explicarles. ¡Eh!, ¡señor! Yo no estoy aquí haciendo tiempo, ¿me entiende?
Antes sí, pero ahora no. Ahora estoy esperando al señor Otero. Un señor alto,
rubio, de bigotes, que me va a salvar. ¿Usted no lo conoce? ¿No sabe quién es
el señor Otero? ¡Verdaderamente es una lástima! Él podría ayudarlo a usted
también! Sí, pero ahora yo lo estoy esperando. Él con seguridad tiene algo y me
va a dar un sitio en el mundo, ¿sabe señor? ¡Gracias, gracias señor! No, no me
felicite. En realidad es nada más que un poco de suerte. ¡Adiós señor!
¡Cómo tarda!
Los árboles parecen
hombres que levantaran los brazos. La luna es un señor rubio que los mira como
se agitan y se va acercando lentamente para clamarlos.
¿Por qué tarda
tanto, señor Otero?
Yo no levanto los
brazos pero también estoy agitado. Me duele el pecho. Quisiera llamarlo, señor
Otero. Porque usted no sabe que estoy aquí esperándolo y por eso no se apura en
llegar. En traerme la calma que usted tiene con seguridad en la mano.
Es muy tarde. Es de
noche y usted no viene.
Pero yo lo voy a
esperar. Yo lo voy a conocer en seguida.
...la gente... los
negocios que cierran.
¿Qué tengo en el
pecho? ¿Por qué me duele más ahora?
Un señor alto,
rubio, de bigotes, que me va a quitar este dolor del pecho, que va a llegar
lentamente para calmarme.
Los hombres siguen
de largo. Ninguno es un señor alto, rubio, de bigotes. Son gente como yo. Andan
apurados. También se miran los zapatos. También necesitan de usted señor Otero.
¿Por qué no viene?
Si usted no viene
yo me voy a quedar aquí toda la noche, levantando los brazos. Y la gente va a
preguntar: ¿qué pasa? Y yo les voy a decir que lo estoy esperando a usted,
señor Otero. Y entonces todos van a levantar los brazos, y se van a agitar, y
todos lo van a llamar a usted para que venga a calmarlos.
¡No puede ser! ¡No
puede ser! ¿No dijo que vendría? Me lo dijo bien claro la empleada.
Los árboles... Los
árboles se mueven, levantan los brazos...
¿Eh? Sí, es él.
Cruza la calle. Viene para este lado.
Sí, sí, sí, no hay
duda. Es el señor Otero. Un señor alto, rubio, de bigotes.
Camina despacio...
viene hacia aquí...
—¡Buenas noches
señor Otero! Yo lo estaba esperando. Me dijeron que usted tiene algo y yo venía
para que usted...
¿Cómo señor Otero?
¿Qué lo acompañe a su oficina? ¡Sí, sí, cómo no señor Otero!
Me pasa la mano por
el hombro. Me trata como a un hijo. Me dice que me quede tranquilo...
¿Pero cómo sabe mi
nombre señor Otero?
¿Todos los
problemas señor Otero? ¿Todos los problemas? ¡Gracias, señor Otero! ¿También
este dolor al pecho? ¿Pero usted cómo sabe?
¡Me duele, me duele
mucho ahora! No se sonría. Es cierto. Casi no puedo caminar.
¿Qué pronto se me
va a pasar todo? ¿Cómo puede usted saberlo señor Otero? ¿Cómo supo que me dolía
terriblemente el pecho?
Yo simplemente
quería una ocupación. Algo así como un sitio en el mundo.
No, no se sonría.
No me mire así. Yo le hablo en serio. Lo que ocurre es que hace mucho tiempo
que espero. ¡Siempre corro de aquí para allá! ¡Busco, busco! Y de pronto me lo
encuentro a usted.
¿Todos los
problemas dice, señor Otero?
¿Por qué se sonríe?
Pero... usted...
No, no, no, no
puede ser, no quiero nada. Yo quiero irme.
Y el pecho me
duele. Se me cierra.
Las cosas se
borran. Se hacen oscuras.
¿Por qué lo veo
solamente a usted? Usted que me mira sonriendo, me toma del brazo. Conoce mi
nombre.
¡No, no, yo no
quiero!
Usted es...
Un señor alto,
rubio, de bigotes, que es...
Que me sonríe, que
me toma del brazo.
¡No quiero! ¡No no
no!
Me falta el aire.
¡Déjeme ir!
¡No, no, no, no
quiero! ¡No quiero!...
(De Cuentos
completos 1945-1987, Ediciones RyR, Buenos Aires, 2010)
FIN

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