© Libro N° 13991. Los Trabajos
De Hércules. Christie,
Agatha. Emancipación. Junio 28 de
2025
Título Original: © Los Trabajos De Hércules. Agatha
Christie
Versión Original: © Los Trabajos De Hércules. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Agatha Christie
Los Trabajos
De Hércules
Agatha Christie
NOTA PRELIMINAR DE
LA AUTORA
El nombre de pila
de Poirot me indujo irresistiblemente a escribir esta serie de historias
cortas. Inicié el trabajo con gran entusiasmo, mas al poco tiempo perdí el
ánimo ante el gran cúmulo de dificultades que no había previsto. Escribí sin
titubear algunos de los episodios, tales como El león de Nemea y La hidra de
Lerna. El toro de Creta, asimismo, salió de mi pluma con toda naturalidad; pero
algunos de los «trabajos» eran un desafío a mi ingenio. El jabalí de Erimantea
me tuvo en suspenso durante mucho tiempo, y lo mismo pasó con El cinturón de
Hipólita. Y en cuanto a La captura del Cancerbero he de reconocer que me hizo
perder todas las esperanzas. No podía imaginar ninguna acción apropiada a dicho
título. Así es que durante seis meses no volví a ocuparme del asunto. Pero de
pronto, subiendo un día las escaleras del «metro», se me ocurrió la idea. Pensé
en ella con tanta excitación que subí y bajé las escaleras siete u ocho veces y
por poco me atropella un autobús cuando, al fin, me dirigía a casa. El fregadero
es el lugar más seguro y apropiado para planear mentalmente una historia. El
trabajo meramente mecánico ayuda al fluir de las ideas y resulta delicioso
encontrarse hechas las tareas domésticas sin acordarse de que una las hizo.
Recomiendo de forma particular la rutina de los trabajos caseros a todas
aquellas personas que pretendan crear una obra literaria. Ello no incluye el
cocinar, pues en sí ya es una creación, mucho más divertida que escribir, mas,
por desgracia, no tan bien pagada.
AGATHA CHRISTIE
INTRODUCCIÓN
El piso de Hércules
Poirot estaba amueblado a la última moda. Los adornos de metal cromado, y los
sillones, si bien tapizados confortablemente, eran de formas cuadradas y sólida
apariencia.
En uno de ellos se
hallaba sentado Poirot, pulcramente, sin pasar de la mitad del asiento. Frente
al detective, en otra butaca, estaba el doctor Burton sorbiendo con deleite un
vaso de «Cháteau Mouton Rothschild» que le ofreció su anfitrión. La apariencia
del doctor no era tan relamida como la de su amigo. Era regordete y desaliñado,
con una cara rubicunda y bonachona que relucía bajo la enmarañada masa de
blancos cabellos. Tenía una risa profunda y sibilante y había adquirido el
hábito de esparcir la ceniza de sus cigarros tanto sobre él, como sobre todo lo
que le rodeaba. Poirot perdía el tiempo rodeándole de ceniceros.
El doctor Burton
preguntó:
—Dígame, ¿a qué
santo viene eso de Hércules?
—¿Se refiere usted
a mi nombre de pila?
—Mal puede llamarse
de pila, ya que es absolutamente pagano —objetó el otro—. Pero ¿por qué? Eso es
lo que quiero saber. ¿Algún capricho de su padre? ¿Algún antojo de su madre?
¿Razones de familia? Si mal no recuerdo, aunque mi memoria ya no es lo que era,
tuvo usted un hermano que se llamaba Aquiles, ¿no es cierto?
Poirot repasó
mentalmente los detalles de la carrera de Aquiles Poirot. ¿Ocurrió en realidad
todo aquello?, se preguntó.
—Sólo por poco
tiempo —replicó al fin.
El doctor Burton
eludió con prudencia mencionar de nuevo a Aquiles Poirot.
—Los padres
debieran tener más cuidado con los nombres que ponen a sus hijos —reflexionó—.
Vea usted; tengo varias ahijadas y una de ellas se llama Blanca, aunque es más
morena que una gitana. Luego está Deirdre; Deirdre de los Dolores, y ha
resultado ser más alegre que unas castañuelas. Y por lo que se refiere a
Paciencia, hubieran hecho mejor llamándola impaciente —el viejo profesor de
lenguas clásicas se estremeció—; pesa ahora ciento sesenta y ocho libras,
aunque no tiene más que quince años. Dicen que es gordura infantil; yo no lo
creo. ¡Diana! Querían que se llamara Helena, pero hice valer mis derechos. No
podía hacer menos conociendo el aspecto de sus padres... ¡y el de su abuela!
Traté con todas mis fuerzas de que se llamara Marta o Dorcas, o algo que fuera
razonable... pero no me sirvió de nada... perdí el tiempo... Los padres son
gente muy caprichosa.
Empezó a reír por
lo bajo mientras su cara se arrugaba. Poirot lo miró inquisitivamente.
—Me estoy
imaginando la conversación que sostendrían su madre de usted y la difunta
señora Holmes, mientras cosían sus ropitas o hacían calceta: «Aquiles,
Hércules, Sherlock, Mycroft...»
Poirot no parecía
compartir el buen humor de su amigo.
—Por lo que veo,
quiere usted decir que, físicamente, no soy ningún Hércules.
Los ojos del doctor
Burton se fijaron en Poirot. Sobre su pulcra y diminuta persona, vestida con
pantalones de etiqueta, correcta chaqueta negra y elegante corbata de pajarita.
Recorrieron su figura desde los zapatos de charol hasta la cabeza en forma de
huevo y el inmenso bigote que adornaba su labio superior.
—Con franqueza,
Poirot: no se le parece usted en nada —dijo Burton—. Supongo que nunca habrá
tenido tiempo para estudiar los clásicos —añadió.
—Así es.
—Pues es una
lástima. Una verdadera lástima. Se ha perdido usted algo bueno. Si de mí
dependiera, todo el mundo estaría obligado a estudiarlos.
Poirot se encogió
de hombros.
—Eh bien! Pues yo
he progresado sin tener necesidad de ellos.
—¡Progresar!
¡Progresar! No es cuestión de progresar. Ahí es donde todos se equivocan. Los
clásicos no son el trampolín para alcanzar un éxito rápido, como los cursos por
correspondencia. Las horas durante las cuales trabaja un hombre no son las que
importan, sino sus horas de descanso. Ése es el error en que todos incurrimos.
Póngase usted por ejemplo. Ha tenido muchos éxitos en el curso de su carrera y
ahora quiere dejar sus ocupaciones y vivir tranquilamente... ¿Qué hará entonces
con sus horas libres?
Poirot contestó sin
vacilar:
—Me dedicaré... al
cultivo de calabacines.
El doctor Burton se
sorprendió.
—¿Calabacines? ¿Qué
quiere decir? ¿Esas cosas verdes e hinchadas que saben a agua?
—¡Ah! —exclamó
Poirot con entusiasmo—. Ése es el punto más interesante de la cuestión. Lo que
hace falta es que no sepan a agua.
—Vamos. Ya
comprendo... Espolvoreándolos con queso, con cebolla picada o con salsa blanca.
—No, no. Está usted
en un error. Me figuro que puede mejorarse el actual sabor del calabacín. Se le
puede dar —puso los ojos en blanco— un bouquet...
—Por favor, tenga
en cuenta que no se trata de un clarete.
La palabra
«bouquet» recordó al doctor Burton el vaso que tenía a su lado. Bebió un sordo
y lo paladeó.
—Es muy bueno este
vino; tiene calidad —hizo un gesto de aprobación con la cabeza—. Pero ese
asunto de los calabacines... ¿no hablará usted en serio? No querrá decir... que
está dispuesto a encorvarse... —con gesto de consternación sus manos
descendieron hasta su abultado estómago— a encorvarse para abonar esas cosas
con estiércol; alimentarlas con guedejas de lana empapadas en agua y todo lo
demás que suele hacerse.
—Al parecer, está
usted muy enterado de cómo se cultivan los calabacines —argumentó Poirot.
—Durante mis
estancias en el campo he visto cómo lo hacían los hortelanos. Pero, Poirot,
¡vaya ocupación! Compare eso —bajó la voz hasta un tono insinuante— con un buen
sillón frente a una chimenea encendida, en una habitación alargada y baja de
techo, atestada de libros... debe ser una habitación alargada, no cuadrada. Con
muchos libros. Un vaso de oporto... y un libro abierto en la mano. El tiempo
vuelve atrás cuando usted lee:
«De nuevo por su
destreza,
el vinoso mar el
piloto endereza
la rápida nave
zarandeada por los vientos.»
Primero recitó las
estrofas en griego, con voz sonora, y luego las tradujo.
—Desde luego al
traducir, nunca puede uno llegar a compenetrarse con el verdadero espíritu del
texto original —comentó.
Estaba tan
entusiasmado que, de momento, se olvido de Poirot. Y éste, contemplando a su
amigo, sintió una repentina duda... un remordimiento incómodo. ¿Habría perdido
algo? Le invadió la tristeza. Sí; debió trabar conocimiento con los clásicos...
tiempo atrás. Ahora, por desgracia, era demasiado tarde.
El doctor Burton
interrumpió estos melancólicos pensamientos.
—¿Y quiere usted
decir que está realmente dispuesto a retirarse? —preguntó.
—Sí.
El doctor soltó una
risita apagada.
—No lo hará —dijo.
—Le aseguro que...
—No será usted
capaz de ello. Está demasiado interesado por su trabajo.
—No; de veras. Ya
lo tengo todo dispuesto. Unos pocos casos mas; seleccionados especialmente, no
todo lo que se presente, compréndame. Sólo problemas que tengan un atractivo
personal.
El doctor Burton
gesticuló.
—Sí; eso es lo que
se dice siempre. Solamente un caso o dos; sólo un caso más y así sucesivamente.
Su despedida no será como la de una prima donna.
Volvió a reír
mientras se levantaba lentamente. Parecía un simpático enanito de pelo blanco.
—Los de usted no
son los «trabajos» de Hércules —le dijo—. Son trabajos de su afición. Ya verá
usted como tengo razón. La apuesto lo que quiera a que dentro de dos meses está
usted todavía aquí y los calabacines no son más —se estremeció— que simples calabacines.
El doctor Burton se
despidió de su amigo y salió de la rectangular y severa habitación.
Paso por estas
páginas para no volver a ellas. Solamente nos interesa lo que dejó tras él; es
decir, una idea. Porque después de su marcha, Poirot volvió a sentarse y como
en sueños, murmuró
—Los trabajos de
Hércules... mais oui, c'est une idee, ça...
Hércules Poirot se
hallaba al día siguiente repasando un grueso volumen encuadernado en piel y
otros tomos más delgados, a la vez que daba rápidos vistazos a varias hojas de
papel escritas a máquina.
La señorita Lemon,
su secretaria, había recibido instrucciones en el sentido de que hiciera acopio
de referencias acerca de Hércules.
Y sin la menor
muestra de curiosidad, porque era de las que no se extrañan de nada, la
eficiente secretaria había llevado a cabo su trabajo.
Poirot se zambulló
de cabeza en un revuelto mar de erudición clásica referente en su mayoría a
Hércules, célebre héroe que, después de muerto, fue elevado a la categoría de
dios y recibió honores divinos.
Hasta ahí la cosa
iba bien... pero después no fue todo coser y cantar. Durante dos horas, Poirot
leyó sin descanso, hizo anotaciones, frunció el ceño y consultó las notas
escritas a máquina, así como los otros libros de referencia. Finalmente, se
recostó en su asiento y sacudió la cabeza. La disposición de ánimo que tuviera
la noche anterior parecía haberse disipado. ¡Qué gente!
¡Hércules, por
ejemplo... un héroe! ¡Y qué héroe! ¡Qué otra cosa fue, más que un tipo
corpulento y musculoso, de escasa inteligencia e instintos criminales! Poirot
se acordó de un tal Adolphe Durand, un carnicero que fue juzgado en Lyon por el
año 1895; un individuo con la fuerza de un toro que había asesinado a varios
niños. La defensa alegó que su cliente padecía epilepsia, lo cual seguramente
era cierto; mas a pesar de ello se discutió durante varios días si se trataba
de grand mal o petit mal. Posiblemente Hércules sufría de lo primero. Poirot
movió negativamente la cabeza. Si éste era el concepto que los griegos tenían
de un héroe, no podía compararse con la idea que del mismo sujeto se tiene en
los tiempos modernos. Le sorprendió, además, el conjunto de modelos clásicos.
Aquellos dioses y diosas parecían tener tantos alias como cualquier criminal de
nuestros días. No había duda de que eran tipos de tendencias delictuosas.
Alcoholismo, libertinaje, incesto, rapto, saqueo, homicidio, trampas... Lo suficiente
para tener constantemente ocupado a un jugue d'instruction. Nada de vida
familiar respetable. Ni orden ni método. Hasta en los crímenes que cometían se
apreciaba la falta de esto último.
—¡Vaya con
Hércules! —dijo Poirot con acento desilusionado mientras se levantaba.
Miró con aprobación
todo lo que le rodeaba. Una habitación cuadrada con buenos muebles modernos y
hasta una escultura constituida por un cubo puesto sobre otro y, encima de
ellos, uno hilos de cobre geométricamente dispuestos. En mitad de aquella
habitación, relumbrante y ordenada, «él mismo». Contempló su figura en el
espejo. Un Hércules moderno... muy distinto de aquel desagradable tipo desnudo,
de abultados músculos, que blandía una porra. Allí estaba él, con su persona
pequeña y maciza, vestida con un correcto traje de calle y con un bigote... un
bigote que Hércules no hubiera soñado nunca en poseer... un bigote magnífico,
aunque algo sofisticado por la modernidad de los tiempos.
Y, no obstante,
entre Hércules Poirot y el Hércules clásico existían puntos de semejanza. Sin
lugar a dudas, ambos fueron útiles librando al mundo de ciertas plagas. Cada
uno de ellos podía considerarse como benefactor de la sociedad en que había
vivido.
Al marcharse, la
noche anterior, el doctor Burton había dicho: «Los de usted no son los
"trabajos" de Hércules...»
Pero el viejo fósil
se había equivocado en eso. Podían volver a ejecutarse los «Trabajos de
Hércules...» ¡de un Hércules moderno! ¡Una ingeniosa y divertida chifladura! En
el período precedente a su retirada del oficio aceptaría doce casos; ni uno más
ni uno menos. Y estos doce problemas los escogería él de forma que tuvieran
cierto parecido con los doce trabajos que llevó a cabo Hércules. Sí; aquello no
sería solamente divertido, sino artístico y espiritual.
Poirot cogió el
Diccionario Clásico y volvió a enfrascarse en la lectura de la mitología. No
tenía la intención de seguir puntualmente los pasos de su prototipo. Nada de
mujeres, ni hablar de la camisa de Neso... Solamente los «Trabajos».
El primero de
ellos, por lo tanto, sería el del león de Nemea.
—El león de Nemea
—repitió, paladeando, saboreando con fruición las palabras.
Como era lógico no
esperaba que se le presentara un caso en que tuviera que vérselas con un león
de carne y hueso. Sería mucha coincidencia que la Dirección del Parque
Zoológico le encargase resolver un problema relacionado con un auténtico león.
No; tenía que
tratarse de una cosa simbólica. El primer caso podía referirse a una célebre
figura pública, ¡algo sensacional y de gran importancia! Un criminal de
campanillas... o alguien que fuera como un león, para la opinión publica.
Cualquier conocido escritor, o un político, o un pintor... ¿y por qué no podía
ser alguien perteneciente a la realeza?
Le gustó la idea.
No debía tener
prisa... Esperaría... esperaría a que se le presentara aquel caso de tanta
importancia que iba a ser el primero de los «Trabajos» que él mismo se había
impuesto.
capítulo primero
EL LEÓN DE NEMEA
1
—¿Alguna cosa
interesante, señorita Lemon? —preguntó Poirot cuando entró en su despacho a la
mañana siguiente.
Tenía plena
confianza en la señorita Lemon. Era una mujer sin imaginación, pero poseía un
instinto certero. Cualquier cosa que ella calificaba como digna de
consideración, lo era por regla general. Había nacido para ser secretaría.
—No hay mucho,
monsieur Poirot. Sólo una carta que me figuro le interesará. La puse encima de
las demás.
—¿De qué se trata?
—preguntó el detective.
—Es de un señor que
le ruega investigue la desaparición de un perrito pequinés propiedad de su
esposa.
Poirot se detuvo
con un pie en el aire. Lanzó una mirada de profundo reproche a la señorita
Lemon, pero ella no se dio cuenta. Había empezado a teclear en la máquina de
escribir y lo hacía con la rapidez y precisión de una ametralladora.
Poirot estaba
sorprendido; sorprendido y amargado. La señorita Lemon, la eficiente
secretaria, le había decepcionado. ¡Un perrito pequinés! Después del sueño que
tuvo la noche anterior, en el que se vio saliendo del Palacio de Buckingham,
adonde fue llamado para recibir personalmente el agradecimiento real... Fue una
lástima que su criado entrara en aquel momento en el dormitorio para servirle
el chocolate matutino.
Estuvo a punto de
proferir unas expresiones satíricas y mordaces. No las profirió porque la
señorita Lemon no las hubiera oído, de todas formas, dada la rapidez y eficacia
con que estaba escribiendo a máquina.
Poirot lanzó un
gruñido de disgusto y cogió la carta colocada sobre el montoncito que su
secretaria había formado en uno de los lados de la mesa.
Sí; era exactamente
como había dicho la señorita Lemon. Unas señas de la capital y una petición
concisa y ruda, en términos comerciales. Su objeto: el secuestro de un perrito
pequinés. Uno de esos caprichos de ojos saltones que las damas ricas acostumbran
mimar con exceso. Los labios de Hércules Poirot se fruncieron al leer aquello.
No era ninguna cosa desacostumbrada. Nada fuera de lugar, o... sí, sí; en un
pequeño detalle la señorita Lemon tenía razón. Había algo que no era corriente.
Poirot tomó asiento
y leyó la carta con detenimiento. No era la clase de asunto que quería ni que
se había prometido él mismo. No era un caso importante bajo ningún aspecto; no
revestía significación alguna: No era... y aquí radicaba el punto crucial de su
objeción... un apropiado «Trabajo» de Hércules.
Pero por desgracia,
sentía curiosidad... Levantó la voz hasta el punto en que la señorita Lemon
pudiera oírle por encima del ruido que producía con la máquina de escribir.
—Telefonee a sir
Joseph Hoggin —ordenó—, y pregúntele a qué hora me recibirá en su despacho.
Como de costumbre,
la señorita Lemon había tenido razón.
—Yo soy un hombre
sencillo, señor Poirot —dijo sir Joseph Hoggin.
El detective hizo
un gesto comprensivo con la mano derecha. Con ella quería expresar, si así se
prefiere, su admiración por la valía de la carrera que había hecho sir Joseph,
al tiempo que apreciaba la modestia del caballero al describirse de tal forma. También
podía haber significado una elegante desestimación de dicho calificativo. Pero
en cualquier caso, no permitía entrever el pensamiento que dominaba entonces en
la mente de Hércules Poirot. Sir Joseph, sin duda alguna era (utilizando el
término en su sentido más familiar) un hombre de lo más sencillo. Los ojos del
detective se fijaron en los abultados carrillos, en los diminutos ojos
porcinos, en la nariz grande y bulbosa y en la boca de labios finos y apretados
que poseía su interlocutor. Todo el conjunto le recordaba a alguien; pero de
momento, no pudo precisar. Un recuerdo le turbaba tenazmente. Hacía mucho
tiempo... en Bélgica... algo relacionado con jabón...
Sir Joseph
continuó:
—No me gustan las
fiorituras ni quiero andarme por las ramas. Mucha gente, señor Poirot, ni se
hubiera preocupado por este asunto. Lo hubiera anotado como un crédito
incobrable y se hubiera olvidado de él. Pero Joseph Hoggin no es de ésos. Soy
un hombre rico... y, por decirlo así, doscientas libras ni me van ni me
vienen...
Poirot se apresuró
a comentar:
—Le felicito.
—¿Eh?
Sir Joseph calló
durante un momento. Sus ojuelos se estrecharon aún más.
—Pero ello no
quiere decir que tenga la costumbre de ir tirando el dinero por ahí —expresó
secamente—. Lo que quiero lo pago. Pero al precio que rija en el mercado... no
más.
—¿Se da usted
cuenta de que mis honorarios serán elevados? —preguntó Poirot.
—Sí, sí. Pero ello
—sir Joseph lo miró con expresión astuta— no tiene la menor importancia.
Hércules Poirot se
encogió de hombros.
—Yo no regateo
—anunció—. Soy un experto en estas cosas y como tal tendrá que pagar por mis
servicios.
—Ya sé que es usted
una celebridad dentro de su profesión —observó sir Joseph con franqueza—. Hice
unas cuantas averiguaciones y comprobé que es usted el mejor hombre de que
puedo disponer. Quiero llegar al fondo de esta cuestión y no me importa lo que
valga. Por eso he acudido a usted.
—Ha tenido mucha
suerte —dijo Poirot.
—¿Eh? —volvió a
preguntar sir Joseph.
—Muchísima suerte
—prosiguió Poirot con firmeza—. Puedo decir, sin pecar de inmodestia, que me
hallo en la cúspide de mi carrera. Quiero retirarme dentro de poco para vivir
en el campo, viajar y ver mundo; y también, tal vez, para cultivar mi jardín y
dedicar preferente atención a mejorar la calidad de los calabacines. Son unas
hortalizas magníficas... pero carecen de sabor. Mas ésta no es la cuestión.
Deseaba tan sólo explicarle que antes de retirarme he de llevar a cabo cierta
tarea que me he impuesto. He decidido aceptar doce casos... ni más ni menos.
Una especie de «Trabajos de Hércules», si me permite que se lo diga así. Su
caso, sir Joseph, es el primero de los doce, y me atrae —suspiró— por su
sorprendente falta de importancia.
—¿Importancia?
—preguntó sir Joseph.
—No; dije por su
falta de importancia. Mis servicios han sido requeridos para investigar
asesinatos, muertes inexplicables, atracos y robos de joyas. Pero ésta es la
primera vez que se me llama para que emplee mi talento para aclarar el
secuestro de un perrito pequinés.
El financiero lanzó
un gruñido y dijo:
—¡Me sorprende
usted! Hubiera jurado que a causa de su profesión le habían importunado muchas
mujeres con cosas de sus perros favoritos.
—En eso tiene
razón. Pero es ésta la primera ocasión en que me llama el marido de una de esas
mujeres para que me ocupe del caso.
Los ojillos de sir
Joseph lo miraron con expresión calculadora.
—Empiezo a
comprender las alabanzas que de usted me hicieron. Es usted un hombre muy
sagaz, señor Poirot —dijo.
El detective
murmuró:
—Cuénteme lo que
ocurrió. ¿Cuándo desapareció el perro?
—Hace exactamente
una semana.
—Supongo que su
esposa estará muy disgustada.
Sir Joseph lo miró
con sorpresa.
—No lo ha entendido
usted —observó—. El perro nos fue devuelto.
—¿Devuelto?
Entonces, ¿puede decirme qué es lo que pinto yo en esta cuestión?
La cara de sir
Joseph enrojeció.
—¡Porque malditas
las ganas que tengo de que me estafen! Voy a contarle todo lo que ha sucedido,
señor Poirot, El perro desapareció hace una semana en los jardines de
Kensington, adonde fue para dar su acostumbrado paseo con la señora de compañía
de mi mujer. Al día siguiente, mi esposa recibió una petición de rescate por
doscientas libras. ¡Nada menos que doscientas libras! Y todo por una condenada
bestezuela chillona que siempre está enredada en los pies de uno.
—Y como es natural,
no le pareció a usted bien pagar tal cantidad —observó Poirot.
—Desde luego que
no... o, mejor dicho, no me lo hubiera parecido de haber sabido lo que pasaba.
Milly, mi mujer, estaba perfectamente enterada de ello. No me dijo nada y mandó
el dinero en billetes de una libra, según lo convenido, a la dirección que le dijeron.
—¿Y le devolvieron
el perro?
—Sí. Aquella misma
noche sonó el timbre en la puerta y al abrir encontramos al animalito sentado
en el umbral. Pero no se veía un alma por los alrededores.
—Muy bien.
Continúe.
—Entonces, como es
natural, Milly confesó lo que había hecho y yo perdí un poco los estribos. No
obstante, al poco rato me calmé, porque después de todo, la cosa estaba ya
hecha y no hay que esperar que una mujer se porte con sentido común. Hasta me
hubiera olvidado del asunto, de no haber encontrado a Samuelson en el club.
—¿De veras?
—¡Maldita sea!
¡Este caso debe ser un verdadero barullo! Exactamente lo mismo le había
sucedido a él. Le habían sacado trescientas libras a su mujer. En fin; esto ya
era demasiado y decidí hacer algo para evitar que continuaran los raptos.
Entonces le escribí a usted.
—Posiblemente, sir
Joseph, lo más apropiado y menos costoso hubiera sido avisar a la policía.
Sir Joseph se
restregó la nariz.
—¿Es usted casado,
señor Poirot? —preguntó.
—No he conocido esa
felicidad, por desgracia.
—¡Hum! —refunfuñó
el financiero—. Si tuviera la dicha de conocerla, sabría que las mujeres son
unos seres muy curiosos. Mi mujer chilló históricamente cuando se mencionó a la
policía; se le metió en la cabeza que algo le pasaría a su precioso Shan Tung si
yo avisaba a la comisaría. No quiso ni oír hablar de ello... y le puedo
asegurar que no le gustó mucho la idea de que le llamáramos a usted. Pero me
empeñé en esto último y por fin accedió, aunque a regañadientes.
—Ya me doy cuenta
de que la situación es muy delicada —comentó Poirot—. Tal vez sería conveniente
que me entrevistara con su señora esposa para conseguir de ella algunos
detalles más y, al mismo tiempo, tranquilizarla acerca de la futura seguridad
de su perro.
Sir Joseph asintió
y se levantó.
—Le llevaré en mi
coche ahora mismo —dijo.
2
En un salón de
grandes proporciones, profusa decoración y atmósfera caldeada, se hallaban
sentadas dos mujeres.
Cuando entraron sir
Joseph y Hércules Poirot, un perrito pequinés corrió hacia ellos ladrando con
furia y dando peligrosas vueltas alrededor de los tobillos del detective.
—Shan... Shan...,
ven aquí. Ven con tu mamita, cariño... Cójalo, señorita Carnaby.
La otra mujer se
apresuró a obedecer y Poirot observó:
—Un verdadero león.
Con la respiración
anhelante, la señorita Carnaby cogió en brazos a Shan Tung.
—Sí; desde luego
—convino—, es un excelente perro guardián. No teme a nada ni a nadie. Pero es
un buen chico.
Después de haber
hecho las necesarias presentaciones sir Joseph anunció:
—Bueno; señor
Poirot. Le dejo solo para que prosiga el asunto.
Y haciendo una
ligera inclinación de cabeza salió de la habitación.
Lady Hoggin era una
mujer corpulenta, de aspecto petulante y cabellos teñidos de color rojizo. Su
acompañante, la aturdida señorita Carnaby, era rolliza, de apariencia
agradable, y su edad podía cifrarse entre los cuarenta y los cincuenta años.
Trataba a lady Hoggin con gran deferencia y se veía que le tenía un miedo
atroz.
—Y ahora, lady
Hoggin —dijo Poirot—, cuénteme todas las circunstancias de este abominable
crimen.
La mujer se
sonrojó.
—No sabe cuánto me
alegro de oírle decir eso, señor Poirot. Porque fue un crimen. Los pequineses
son terriblemente sensitivos... tan sensitivos como los niños. El pobrecito
Shan Tung pudo morir de miedo o de cualquier otra cosa peor.
La señorita Carnaby
se apresuró a subrayar tal afirmación.
—Sí; fue una cosa
inicua... inicua.
—Por favor,
cuénteme lo que sucedió.
—Pues verá. Shan
Tung salió a dar un paseo por el parque con la señorita Carnaby.
—¡Ay pobre de mí!
Sí; yo tuve la culpa —prorrumpió la aludida—. ¿Cómo pude ser tan estúpida...
tan descuidada?
Lady Hoggin comentó
con acidez:
—No quiero hacerle
ningún reproche, señorita Carnaby, pero creo que debió tener más cuidado.
—¿Qué ocurrió?
La señorita Carnaby
empezó a hablar volublemente y con cierto aturdimiento:
—¡Fue una cosa
extraordinaria! Estuvimos dando un paseo. Shan Tung iba atado con la correa,
pues ya había dado su carrerita por el césped. Estaba ya a punto de dar la
vuelta para regresar a casa cuando me llamó la atención un bebé que tomaba el
sol en un cochecito... una preciosidad de criatura... Me sonrió... tenía unas
mejillas sonrosaditas y unos rizos adorables. No pude resistir la tentación de
hablar con su niñera y preguntarle qué edad tenía el bebé... «Diecisiete
meses», me dijo. Y estoy segura de que llevaba tan sólo un minuto o dos
hablando con ella, cuando de pronto miré a mi alrededor y no vi a Shan. Habían
cortado la correa...
—De haber prestado
más atención, nadie hubiera podido cortar la correa a hurtadillas —dijo lady
Hoggin.
La señorita Carnaby
pareció a punto de echarse a llorar.
—¿Y qué ocurrió
luego? —preguntó Poirot.
—Miré por todos
lados, como es natural. Pregunté al guardia si había visto a un hombre con un
perrito pequinés en brazos, pero me dijo que no se había fijado... No supe qué
hacer... Seguí buscando, pero al fin no tuve más remedio que volver a casa...
La señorita Carnaby
calló y Poirot no tuvo ninguna dificultad en imaginar la escena que seguiría.
—¿Y luego se
recibió la carta? —preguntó.
Lady Hoggin
prosiguió la relación.
—En el primer
correo de la mañana siguiente. Decía que si yo quería vivo a Shan Tung debía
enviar doscientas libras, en billetes de una libra, por paquete sin certificar,
a nombre del capitán Curtis, 3, Bloomsbury Road Square. Añadía que si marcaba
el dinero o avisaba a la policía le... le cortarían las orejas y el rabo a Shan
Tung.
La señorita Carnaby
empezó a lloriquear.
—¡Qué horrible!
—murmuró—. ¿Cómo puede haber gente tan mala?
Lady Hoggin
continuó:
—Decía también que
si mandaba el dinero en seguida me devolverían aquella misma noche a Shan Tung
sano y salvo; pero que si luego avisaba a la policía, Shan Tung pagaría las
consecuencias.
La señorita Carnaby
murmuró otra vez entre sollozos:
—¡Oh, Dios mío! Me
temo que ahora... aunque, desde luego, el señor Poirot no pertenece a la
policía...
Lady Hoggin observó
con ansiedad:
—Ya comprenderá,
señor Poirot, que debe usted proceder con mucho cuidado.
El detective se
apresuró a calmar su ansiedad.
—Yo no pertenezco a
la policía, como ha dicho la señorita Carnaby. Llevaré a cabo las indagaciones
de una forma muy discreta. Puede tener usted la seguridad, lady Hoggin, de que
Shan Tung estará completamente seguro. Se lo garantizo.
Ambas mujeres
parecieron aliviadas de un gran peso al oír esto último y Poirot prosiguió:
—¿Conserva la
carta?
—No. Me dijeron que
la enviara junto con el dinero.
—¿Y lo hizo así?
—Sí.
—¡Hum...! Es una
lástima.
La señorita Carnaby
observó con viveza:
—Pero yo guardo la
correa del perro. ¿Puedo ir por ella?
La mujer salió de
la habitación y Hércules Poirot aprovechó su ausencia para formular unas
cuantas preguntas acerca de ella.
—¿Amy Carnaby? ¡Oh,
es de completa confianza! Una buena persona, aunque algo simple. He tenido
varias señoritas de compañía y todas ellas han sido completamente tontas. Pero
Amy está muy encariñada con Shan Tung y se disgustó terriblemente cuando se lo
quitaron... ¡y qué otra cosa podía hacer, si se preocupó por un bebé y descuidó
a mi corazoncito! No; estoy completamente segura de que ella no tiene nada que
ver con esto.
—Así parece
—convino Poirot—. Pero como el perro desapareció estando con ella, debemos
asegurarnos de su honradez. ¿Hace mucho tiempo que está al servicio de usted?
—Cerca de un año.
Tengo excelentes referencias de ella. Estuvo con lady Hartingfield hasta que
ésta murió... durante diez años, según creo. Después cuidó por algún tiempo de
una hermana inválida que tiene. En realidad, es una persona excelente... pero
como le dije, completamente tonta.
En aquel momento
volvió Amy Carnaby, un poco más sofocada, llevando en la mano la correa del
perro. La entregó solemnemente a Poirot mientras le dirigía una mirada llena de
esperanza.
El detective
examinó cuidadosamente la correa.
—Mais oui —dijo—.
No hay duda de que la cortaron.
Las dos mujeres
seguían sus movimientos con expectación.
—Me la guardaré
—anunció por fin Poirot.
Y se la guardó en
un bolsillo con gran ceremonia. Ambas mujeres dieron un suspiro de alivio. El
detective había hecho lo que esperaban de él.
3
Hércules Poirot
tenía la costumbre de no dejar nada sin comprobar...
Aunque, por lo
visto, no parecía posible que la señorita Carnaby fuera otra cosa más que la
mujer atontada y algo estúpida que aparentaba ser, Poirot se las arregló para
entrevistarse con una encopetada señora, sobrina de la difunta lady
Hartingfield.
—¿Amy Carnaby, dice
usted? —preguntó la señorita Hartingfield—. Desde luego, la recuerdo
perfectamente. Era una buena persona y hacía muy buenas migas con tía Julia.
Muy aficionada a los perros y una excelente lectora. Tenía también mucho tacto
y nunca contrariaba a un enfermo. ¿Qué le ha ocurrido? Espero que no se
encontrará en ningún apuro. Hace cosa de un año facilité informes de ella a una
señora cuyo nombre empezaba por H...
Poirot explicó
apresuradamente que la señorita Carnaby seguía todavía en su empleo. Sólo se
trataba, dijo, de un pequeño incidente ocasionado por un perro que se extravió.
—A la señorita
Carnaby le gustan muchos los perros. Mi tía tenía un pequinés. Se lo dejó a
ella cuando murió y Amy estaba loca por él. Creo que se llevó un disgusto
terrible cuando el perrito se le murió. Sí; es una buena persona, aunque no
precisamente una intelectual.
Hércules Poirot
convino en que la señorita Carnaby tal vez no pudiera ser descrita de tal
forma.
Su siguiente
gestión fue localizar al guarda del parque que habló con la señorita Carnaby la
tarde de autos. No le costó mucho lograrlo. El hombre recordaba el incidente.
—Una mujer de
mediana edad, algo corpulenta... parecía estar fuera de sí... había perdido a
su perrito pequinés. La conozco de vista, pues trae el perrito casi todas las
tardes. La vi cuando llegó y lo llevaba consigo. Estaba muy apurada cuando se
le perdió. Vino corriendo a buscarme y me preguntó si había visto a alguien
llevando un perrito pequinés. ¿Qué le parece? El parque está lleno de perros;
de todas clases... terriers, pequineses, alemanes, perro salchicha... hasta
borzois... para todos los gustos. ¿Cómo quiere que me fije en un pequinés más
que en otro?
Hércules Poirot
hizo un pensativo gesto afirmativo con la cabeza.
Luego se dirigió al
3 Bloomsbury Road Square.
Los números 38, 39
y 40, correspondían conjuntamente al «Balaclava Private Hotel». Poirot subió
los peldaños y abrió la puerta. En el interior fue recibido por un ambiente
lóbrego y un olor a coles cocidas con cierta reminiscencia de arenques
ahumados. A la izquierda se veía una mesa de caoba sobre la que descansaba una
melancólica maceta de crisantemos. Colgado de la pared, encima de la mesa, un
gran casillero recubierto de bayeta, con algunas cartas en sus departamentos.
Poirot contempló pensativamente todo aquello durante unos momentos y luego
abrió la puerta que había a su derecha. Correspondía a una especie de sala de
estar, con mesillas y ciertos mal llamados sillones recubiertos de cretona de
dibujo deprimente. Tres señoras ancianas y un viejo caballero de fiero aspecto
levantaron la mirada y contemplaron al intruso con expresión de grave reproche.
Hércules Poirot enrojeció y volvió a cerrar la puerta.
Recorrió un pasillo
hasta llegar al pie de la escalera. A su derecha, otro pasillo que derivaba en
ángulo recto del primero conducía a lo que parecía ser el comedor de los
huéspedes.
Hacia la mitad de
este pasillo había una puerta sobre la que un letrero rezaba: «Oficina».
Poirot llamó con
los nudillos y como no recibiera respuesta, abrió y dio una ojeada al interior.
Vio una gran mesa cubierta de papeles, pero en la habitación no había nadie.
Salió; cerró la puerta de nuevo y entró en el comedor.
Una muchacha de
aspecto melancólico, vestida con un delantal sucio, iba de aquí para allí,
llevando un cestito con cuchillos y tenedores.
El detective
preguntó con timidez:
—Perdone, ¿podría
ver a la patrona?
La muchacha lo miró
con ojos apagados.
—No lo sé
—respondió.
—No hay nadie en la
«oficina» —explicó Poirot.
—Pues no le puedo
decir dónde estará.
—Tal vez —prosiguió
pacientemente el detective— podrá usted encontrarla.
La muchacha lanzó
un suspiro. Ya era bastante fatigosa su rutina diaria para que ahora viniera a
colocarle esta nueva carga sobre sus deberes.
—Bueno; veré lo que
puedo hacer —anunció con triste acento.
Poirot le dio las
gracias y salió de nuevo al vestíbulo, sin atreverse a exponer su persona a las
malévolas miradas de los que ocupaban la sala de estar. Contemplaba el
casillero recubierto de bayeta, cuando el crujido de unas faldas y un fuerte
olor a violetas de Devonshire le anunciaron la llegada de la patrona.
La señora Harte era
la amabilidad en persona.
—No sabe cuánto
siento que no me haya encontrado en la oficina —exclamó—. ¿Desea alquilar
alguna habitación?
—No era
precisamente lo que quería —murmuró Poirot—. Deseaba saber si residió aquí
últimamente un amigo mío. Un tal capitán Curtis.
—Curtis... —repitió
la señora Harte—. ¿Capitán Curtis? ¿Dónde he oído yo ese nombre?
Poirot no le ayudó
a recordar. La mujer sacudió la cabeza con obstinación.
—Entonces, ¿debo
entender que no se ha hospedado aquí el capitán Curtis? —preguntó Poirot.
—Últimamente, no;
seguro. Y, sin embargo, el nombre me resulta familiar. ¿Puede describirme a su
amigo?
—Eso resultaría un
poco difícil —se excusó Poirot—. Supongo que algunas veces recibirán cartas
para gente que no vive aquí, ¿verdad?
—Sí, suele ocurrir;
desde luego.
—¿Y qué hacen con
esas cartas?
—Pues las guardamos
durante cierto tiempo. Como comprenderá, puede suceder que la persona en
cuestión llegue al poco tiempo de recibirse la carta. Pero si pasado mucho
tiempo nadie reclama las cartas o paquetes postales, los devolvemos a la
estafeta de Correos.
Poirot hizo un
lento gesto afirmativo con la cabeza.
—Comprendo —dijo—.
Lo cierto es que escribí una carta a mi amigo y la dirigí a este hotel.
La cara de la
señora Harte se iluminó.
—Ya está todo
explicado. Debí ver ese nombre en un sobre. Pero como, en realidad, se hospedan
aquí tantos militares retirados, o se quedan por unos pocos días... Déjeme ver.
Registró el
casillero.
—No está ahí —dijo
Hércules Poirot.
—Supongo que se la
habrán devuelto al cartero. Lo siento mucho. Espero que no sería nada
importante.
—No, no, no tenía
ninguna importancia.
Cuando Poirot se
dirigió hacia la puerta, la señora Harte, envuelta en el penetrante olor a
violeta lo siguió.
—Si viniera su
amigo...
—No es probable.
Debí equivocarme...
—Cobramos unos
precios muy moderados —dijo la señora Harte—. El café después de la comida está
incluido en el precio de la pensión. Me gustaría que viera una de las
habitaciones...
Aunque con alguna
dificultad, Poirot pudo escapar al fin.
4
El salón de la
señora Samuelson era más grande, mucho más profusamente adornado y disfrutaba
de una cantidad más sofocante de calefacción central que el de lady Hoggin.
Poirot avanzó un poco aturdido entre doradas consolas y grandes grupos
escultóricos.
La señora Samuelson
era más alta que lady Hoggin y se teñía el cabello con peróxido. El pequinés se
llamaba Nanki Poo. Sus ojos saltones miraron a Poirot con arrogancia. La señora
Kebler, acompañante de la señora Samuelson, era delgada y macilenta, al contrario
que la rolliza señorita Carnaby, pero hablaba tan volublemente como ésta.
También había sido inculpada de la desaparición del perro.
—Créame, señor
Poirot; fue la cosa más asombrosa del mundo. Todo ocurrió en un segundo, al
salir de Harrods. Una nurse me preguntó qué hora era...
—¿Una nurse? ¿Una
enfermera?
—No, no... una
niñera . Llevaba un bebé precioso. Un chiquitín con unas mejillas sonrosadas...
Dicen que los niños de Londres no tienen aspecto saludable, pero estoy segura
de que...
—Ellen —atajó la
señora Samuelson.
La señorita Kebler
se sonrojó, tartamudeó unas palabras y calló. Su señora comentó agriamente:
—Y mientras la
señora Kebler se inclinaba sobre el cochecito de un niño que nada tenía que ver
con ella, aquel atrevido pícaro cortó la correa de Nanki Poo y se lo llevó.
La señorita Kebler
murmuró, llorosa:
—Todo ocurrió en un
segundo. Miré a mi alrededor y no vi a Nanki... tan sólo tenía en mi mano la
correa cortada. ¿Tal vez le gustaría verla, señor Poirot?
—De ninguna manera
—se apresuró a contestar el detective, pues no quería hacer colección de
correas cortadas—, parece que poco después recibió usted una carta.
La historia era
exactamente la misma. La carta y las amenazas de violencia respecto a las
orejas y el rabo de Nanki Poo. Sólo dos cosas eran diferentes: la suma de
dinero solicitada, que ascendía a trescientas libras, y la dirección a que
debía remitirse. Esta vez era el comandante Blackleigh, en el Harrington Hotel,
76, Clonnel Garden, Kensington.
La señora Samuelson
prosiguió:
—Cuando me
devolvieron sano y salvo a Nanki Poo, fui yo misma a esa dirección. Después de
todo, se trataba de trescientas libras.
—Naturalmente.
—La primera cosa
que vi fue el sobre en que había enviado el dinero, metido en una especie de
casillero que había en el vestíbulo. Mientras esperaba a que acudiera la
propietaria me guardé el sobre en el bolsillo. Pero por desgracia...
—Por desgracia
—terminó Poirot—, cuando lo abrió vio que sólo contenía unos recortes de papel.
—¿Cómo lo sabe? —La
señora Samuelson se volvió espantada hacia él.
Poirot se encogió
de hombros.
—Como es natural,
chére madame, el ladrón se cuidó de recoger el dinero antes de devolver el
perro. Reemplazó los billetes por trozos de papel y repuso el sobre en el
casillero para que no advirtieran su falta.
—Allí no se había
hospedado nunca nadie que se llamara comandante Blackleigh.
El detective
sonrió.
—Desde luego, mi
marido se incomodó muchísimo al saberlo. A decir verdad, estaba fuera de sí...
completamente fuera de sí.
—¿No se puso
usted... ejem... completamente de acuerdo con él, antes de mandar el dinero?
—Claro que no
—contestó con decisión la señora Samuelson.
Poirot la miró con
expresión inquisitiva y ella explicó:
—No me atreví. Los
hombres son muy especiales cuando se trata de dinero. Jacob hubiera insistido
en acudir a la policía y yo no podía arriesgarme a ello. Tal vez le hubiera
ocurrido algo a mi pequeñito Nanki Poo. Como es lógico, cuando todo hubo pasado
tuve que decírselo a mi marido, porque debía explicar las causas de que hubiera
puesto en descubierto mi cuenta corriente.
—Eso es..., eso
es... —comentó Poirot.
—Nunca lo vi tan
furioso. Los hombres —dijo la señora Samuelson, mientras se ajustaba un
elegante brazalete de diamantes y daba vuelta a las sortijas que llevaba en los
dedos— no piensan en otra cosa más que en el dinero.
5
Hércules Poirot
subió en el ascensor hasta las oficinas de sir Joseph Hoggin. Entregó su
tarjeta y le anunciaron que sir Joseph estaba ocupado en aquel momento, pero
que le recibiría tan pronto le fuera posible. Al cabo de un rato, una arrogante
rubia salió del despacho de sir Joseph, llevando en la mano gran cantidad de
papeles. Al pasar dirigió una mirada desdeñosa al estrambótico hombrecillo que
esperaba.
Sir Joseph estaba
sentado tras una inmensa mesa de caoba. En la barbilla tenía una mancha de
carmín.
—Bien, señor
Poirot. Siéntese. ¿Tiene algo nuevo que contarme?
El detective
contestó:
—El asunto en sí es
de una simplicidad encantadora. En cada uno de los casos, el dinero se envió a
una de esas pensiones u hoteles privados en los que no hay portero ni encargado
de recepción y donde gran cantidad de huéspedes entran y salen continuamente,
incluyendo entre ellos un buen porcentaje de militares retirados. Resulta,
pues, facilísimo para cualquiera, entrar en el vestíbulo, o retirar una carta
del casillero. Luego, o bien puede llevársela, o puede sacar el dinero y
reemplazarlo por recortes de periódicos. Por lo tanto, en todas las ocasiones,
nos encontramos con que la pista termina en un callejón sin salida.
—¿Quiere usted
decir que no tiene idea de quién lo hizo?
—Tengo algunos
proyectos; mas harán falta unos pocos días para llevarlos a la práctica.
Sir Joseph lo miró
con curiosidad.
—Buen trabajo.
Entonces, cuando tenga que informarme de alguna cosa...
—Iré a su casa.
—Si llega usted al
fondo de este asunto, habrá llevado a cabo un excelente trabajo —opinó sir
Joseph.
—No tiene por qué
preocuparse; no fracasaré. Hércules Poirot nunca falla.
Sir Joseph Hoggin
miró fijamente al hombrecillo.
—Tiene usted mucha
confianza en sí mismo, ¿verdad? —preguntó.
—Enteramente, y con
razón.
—Bien —sir Joseph
se recostó en su sillón—: Ya sabe que antes de la caída siempre está orgulloso
uno de lo bien que sabe andar.
6
Hércules Poirot,
sentado frente a la estufa eléctrica, que le producía una plácida satisfacción
por su diseño geométrico, daba instrucciones a su criado y factótum.
—¿Has entendido,
George?
—Perfectamente,
señor.
—Lo más probable
será un piso o departamento pequeño. Debe encontrarse dentro de un aérea
limitada. Al sur del parque, al este de la iglesia de Kesington, al oeste de
los cuarteles de Knightsbridge y al norte de Fullham Road.
—Comprendido,
señor.
Poirot observó:
—Es un caso
curioso. Demuestra que hemos topado con un verdadero talento para la
organización. Y tenemos, además, la sorprendente invisibilidad del actor
principal... el propia león de Nemea, si puedo llamarlo así. Un caso muy
interesante. Desearía que mi cliente me fuera más atractivo, pero, por
desgracia, se parece a un fabricante de jabón, de Lieja, que envenenó a su
esposa para poder casarse con una secretaria rubia que tenía. Fue uno de mis
primeros éxitos.
George sacudió la
cabeza y dijo gravemente:
—Esa rubias, señor,
son responsables de una gran cantidad de disgustos.
7
Tres días después,
el inapreciable George anunció:
—Ésta son las
señas, señor.
Hércules Poirot
cogió el trozo de papel.
—Excelente, George.
¿Y qué día de la semana?
—Los jueves, señor.
—Los jueves. Hoy,
por fortuna, es jueves. Por lo tanto, no necesitamos esperar.
Veinte minutos
después, el detective subía las escaleras de un humilde bloque de viviendas
situada en una calleja que derivaba de una vía más transitada. El número 10 de
Rosholm Mansions estaba en el tercer piso, que era el último; y no había
ascensor. Poirot subía trabajosamente la angosta escalera de caracol.
Se detuvo para
recobrar el aliento en el último descansillo. Por debajo de la puerta del
número 10 salió un ruido que vino a romper el silencio. El agudo ladrido de un
perro.
Poirot hizo un
gesto afirmativo con la cabeza y sonrió ligeramente. Oprimió el botón del
timbre.
Los ladridos
crecieron en intensidad. Se oyó el ruido de unos pasos que se acercaban y se
abrió la puerta...
La señorita Carnaby
dio un paso atrás llevándose una mano al amplio pecho.
—¿Me permite que
entre? —preguntó Hércules Poirot.
Y sin aguardar la
respuesta pasó adelante.
A su derecha vio
abierta la puerta de un saloncito y entró por ella. La señora Carnaby, como si
anduviera en sueños, siguió al detective.
La habitación era
pequeña y estaba atestada de chismes. Entre ellos se veía un ser humano; una
mujer anciana tendida en un sofá, cerca de la estufa de gas. Cuando entró
Poirot, un perrito pequinés saltó del sofá y avanzó lanzando unos cuantos
ladridos recelosos.
—¡Aja! —dijo
Poirot—. ¡Éste es el primer actor! ¿Cómo estás, amiguito?
Se inclinó y
extendió la mano. El perro la olfateó mientras sus inteligentes ojos no se
apartaban de la cara del recién llegado.
La señora Carnaby
murmuró desmayadamente:
—¿Lo sabe todo,
entonces?
Hércules Poirot,
asintió.
—Sí, lo sé —miró a
la mujer del sofá—. Su hermana, ¿verdad?
La señorita Carnaby
contestó mecánicamente:
—Sí, Emily... éste
es el señor Poirot.
Emily Carnaby dio
un respingo y exclamó:
—¡Oh!
—¡Augusto! —llamó
su hermana.
El pequinés la
miró, movió la cola y luego resumió su escrutinio de la mano de Poirot. De
nuevo meneó la cola ligeramente.
Poirot cogió al
perro con suavidad, tomó asiento y puso a Augusto sobre sus rodillas.
—Ya he capturado al
león de Nemea. He llevado a cabo mi tarea.
Amy Carnaby
preguntó con voz seca y dura:
—¿Lo sabe usted
todo, en realidad?
Poirot asintió otra
vez.
—Así lo creo. Usted
organizó este negocio, contando con la ayuda de Augusto. Salió con el perrito
de su señora a dar el acostumbrado paseo, lo trajo aquí y luego se dirigió al
parque, pero llevándose a Augusto. El guarda la vio acompañada de un pequinés,
como siempre, y la niñera, si alguna vez damos con ella, asegurará que cuando
usted le habló llevaba consigo un perro de tal raza. Pero mientras conversaba
con la niñera cortó usted la correa y Augusto, perfectamente adiestrado, escapó
sin esperar un momento y vino directamente a casa. Pocos minutos después dio
usted la alarma diciendo que le habían robado el perro.
Hubo una gran
pausa. La señorita Carnaby se enderezó orgullosa y con cierta patética
dignidad.
—Sí —dijo—. Ocurrió
todo de esa forma. Y yo... no tengo nada más que decir.
La mujer que se
hallaba tendida en el sofá empezó a llorar suavemente.
—¿Nada en absoluto,
señorita? ¿Está segura? —preguntó Poirot.
—Nada —replicó la
señorita Carnaby—. He sido una ladrona... y me han descubierto.
El detective
murmuró:
—¿No tiene usted
nada que decir... en su propia defensa?
Una mancha
encarnada se extendió de pronto por las pálidas mejillas de la señorita
Carnaby.
—No... no me pesa
lo que hice. Estoy segura de que es usted un hombre bondadoso, señor Poirot, y
que tal vez me comprenderá. Sepa usted que he tenido una gran preocupación.
—¿Preocupación?
—Sí. Supongo que
será difícil de entender para un caballero. No soy una mujer inteligente, ni
poseo preparación adecuada para desempeñar otro oficio que el que tengo
actualmente. Además, me estoy haciendo vieja y el porvenir me aterra. No he
sido capaz de ahorrar nada..., ¿y cómo podía hacerlo si tenía que cuidar de
Emily? Y a medida que tenga más edad seré más incompetente y no habrá nadie que
necesite mis servicios. Quieren gente joven y activa. Conozco a muchas que se
encuentran en mi situación. Cuando nadie te necesita tienes que vivir en un
cuarto miserable, sin fuego y con no mucho para comer; hasta que por fin ni
siquiera puedes pagar el alquiler... Existen asilos, desde luego, pero no
resulta fácil entrar en ellos si no se tienen amigos influyentes; y yo no los
tengo. Hay muchísimas mujeres como yo; pobres seres inútiles, sin nada más en
perspectiva que un miedo mortal a la vejez...
Su voz tembló.
—Así fue como
—continuó hablando— algunas de nosotras nos unimos... y lo planeé todo. En
realidad fue Augusto quien me lo sugirió. Ya sabe usted que para mucha gente un
pequinés es exactamente como otro. Tal como creemos que son los chinos. Aunque,
desde luego, es ridículo pensar una cosa así. Cualquiera que entienda algo de
perros no confundirá a Augusto con Nanki Poo, con Shan Tung y con otro
pequinés. Augusto es mucho más inteligente y más fino; pero, como le dije, para
la mayoría de la gente, un pequinés no se diferencia de otro. Augusto me dio la
idea... Contando también con el hecho de que la casi totalidad de las señoras
adineradas tienen perros pequineses.
Poirot sonrió.
—Ha debido ser un
sustancioso... negocio —dijo—. ¿Cuántas componen la banda? ¿O tal vez sería
mejor preguntarle si han llevado a efecto con éxito estas operaciones
frecuentemente?
La señorita Carnaby
contestó:
—Shan Tung hizo el
número diecisiete.
El detective
levantó las cejas.
—Le felicito. Su
organización tuvo que ser excelente.
Emily Carnaby
intervino.
—Amy fue siempre
una gran organizadora. Nuestro padre, que fue vicario de Kellington, en Essex,
no se cansaba de repetir que Amy era un verdadero genio planeando cosas. Ella
se encargaba en todas las ocasiones de los preparativos para las fiestas y
tómbolas de caridad.
Poirot hizo una
pequeña reverencia y dijo:
—De acuerdo. Como
delincuente, señorita, es usted de las mejores.
Amy Carnaby
exclamó:
—¡Yo una
delincuente! ¡Dios mío, eso es lo que soy...! Aunque nunca tuve la impresión de
serlo.
—¿Qué sintió,
entonces?
—Tiene usted mucha
razón. Infringía la ley. Pero, compréndame... ¿cómo se lo explicaría? Casi
todas esas mujeres que utilizan nuestros servicios son groseras y
desagradables. Lady Hoggin, por ejemplo, nunca mide el alcance de las palabras
que me dirige. El otro día dijo que el tónico que suele tomar tenía un gusto
raro y prácticamente me acusó de haber estado manipulando con él. Y más cosas
por el estilo —la señora Carnaby enrojeció—. Todo ello es realmente
desagradable. Y lo que más enfurece es e! no poder decir nada ni contestar como
se merece. Supongo que me comprenderá.
—La comprendo a la
perfección —contestó Poirot.
—Y ver cómo
malgastan el dinero... es irritante. Sir Joseph nos relata a veces los coups
que da en la City... cosas que en la mayor parte de las ocasiones me parecen
francamente deshonestas, si bien he de reconocer que mi cabeza no comprende los
misterios de las finanzas. Pues bien, señor Poirot, todo esto me trastornaba y
creí que si le quitaba un poco de dinero a esta gente, la cual, al fin y al
cabo, había tenido pocos escrúpulos en conseguirlo, no iba a perjudicarse por
la pérdida... En resumen, creí que aquello no estaría mal.
—Un moderno Robin
Hood —comentó Poirot—. Dígame, señorita Carnaby, ¿hubiera usted llevado a cabo
alguna vez las amenazas que intercalaba en sus cartas?
—¿Amenazas?
—¿Hubiera llegado a
mutilar a los animales en la forma que detallaba?
La señorita Carnaby
lo miró con horror.
—Claro que no.
¡Nunca hubiera hecho una cosa así! Eso era tan sólo... un toque artístico.
—Muy artístico. Dio
buen resultado.
—Ya sabía yo que lo
daría. En mi fuero interno imaginaba lo que yo sentiría si fuera Augusto el
amenazado y, por otra parte quería estar segura de que las interesadas no
dirían nada a sus maridos hasta que hubiera pasado todo. El plan dio un
magnífico resultado en todas las ocasiones. En el noventa por ciento de los
casos, las señoras de compañía se encargaban de depositar la carta en Correos.
Pero antes abríamos los sobres utilizando el vapor; sacábamos los billetes y
los reemplazábamos con recortes de papel. En una o dos ocasiones, las propias
señoras se encargaron de echar las cartas en el buzón. Entonces, como es
natural, tuvimos que ir hasta el hotel a que iban dirigidas y cogerlas del
casillero. Pero eso no presentaba muchas dificultades.
—¿Y la cuestión de
la niñera? ¿Hubo tal niñera en todos los casos?
—Pues verá usted,
señor Poirot. De todos es sabido que las viejas se vuelven locas por los bebés.
Por lo tanto, era completamente natural que al quedar absortas por uno de ellos
no se dieran cuenta de lo que sucedía a su alrededor.
Hércules Poirot
suspiró.
—Su psicología es
excelente —dijo—. La organización irreprochable y, además, es usted una
magnífica actriz. Su actuación del otro día, cuando me entrevisté con lady
Hoggin, no tuvo el menor fallo. No se menosprecie nunca a sí misma, señorita
Carnaby. Puede ser usted lo que llamamos una mujer inexperta; pero no hay nada
que falle en su cerebro, ni se puede dudar de su valor.
Amy Carnaby sonrió
con desgana.
—Y no obstante, he
sido descubierta, señor Poirot.
—Sólo por mí. ¡Eso
era inevitable! Después de la entrevista que sostuve con la señora Samuelson,
me di cuenta de que el secuestro de Shan Tung constituía uno de los eslabones
de una cadena. Ya me había enterado de que había heredado usted un perro pequinés
y que tenía una hermana inválida. Sólo tuve que rogar a mi insustituible criado
que buscara un pisito, dentro de un radio determinado, ocupado por una señora
inválida que tuviera un pequinés y una hermana que la visitara una vez a la
semana en su día libre. Fue muy sencillo.
Amy Carnaby se
irguió.
—Ha sido usted muy
amable —dijo—. Ello me anima a pedirle un favor. Ya sé que no puedo eludir el
castigo que merezco por lo que he hecho. Supongo que me enviarán a la cárcel.
Pero si puede, señor Poirot, evite que se haga mucha publicidad sobre el caso. Sería
penoso para Emily... y para los pocos que nos conocieron en otros tiempos. Me
imagino que podré entrar en la prisión con nombre falso. ¿Cree usted que sería
contraproducente solicitar una cosa así?
—Me parece que
podré hacer algo mejor que eso —contestó Poirot—. Pero antes que nada, quiero
dejar bien sentada una cosa. Este negocio debe terminar. No deben desaparecer
más perros. ¡Se acabó!
—Sí, sí, desde
luego.
—Y tiene que
devolver el dinero que consiguió de lady Hoggin.
Amy Carnaby cruzó
la habitación, abrió un cajón de una cómoda y volvió, llevando en la mano un
puñado de billetes envueltos que dio a Poirot. El detective cogió el dinero y
lo contó. Luego se levantó.
—Posiblemente,
señorita Carnaby, conseguiré convencer a sir Joseph para que no presente
ninguna demanda.
—¡Oh, señor Poirot!
Amy Carnaby juntó
las manos; su hermana dio un grito de júbilo y Augusto, por no ser menos, ladró
y movió la cola como gratitud hacia el detective.
—Y en cuanto a ti,
amigo mío —dijo Poirot, dirigiéndose al perro—, desearía me pudieras dar una de
tus cualidades. Tu manto de invisibilidad. En todos esos casos nadie sospechó
que había un segundo perro complicado. Augusto posee la piel del león que lo hace
invisible.
—Desde luego, señor
Poirot. De acuerdo con lo que dice la leyenda, los pequineses fueron leones en
tiempos pasados. ¡Y todavía conservan el corazón del rey de los animales!
—Supongo que
Augusto será el perro que le legó lady Hartingfield y que, según me dijeron,
había muerto. ¿No la preocupó nunca el dejar que viniera solo a casa, a través
del tránsito callejero?
—No, señor, Poirot.
Augusto sabe muy bien lo que hacer. Lo adiestré cuidadosamente para ello. Hasta
sabe cuáles son las calles de dirección única.
—En ese caso —opinó
Hércules Poirot—, es superior a muchos seres humanos.
8
Sir Joseph recibió
a Poirot en el despacho de su casa.
—Bien, señor Poirot
—dijo—. ¿Consiguió llevar a cabo su bravata?
—Permítame que
antes le formule una pregunta —replicó el detective mientras tomaba asiento—.
Sé quién es el delincuente y estimo posible presentar pruebas suficientes para
que le condenen. Pero en ese caso, dudo de que pueda usted recobrar nunca su
dinero.
La cara de sir
Joseph tomó un tinte violáceo.
—Pero yo no soy un
policía —prosiguió Poirot—. Actúo en este caso meramente para defender los
derechos de usted. Creo que podré recobrar intacto su dinero si no presenta
demanda alguna.
—¿Eh? —dijo sir
Joseph—. Eso necesita que se piense un poco.
—Usted es el que ha
de decidir. Hablando en términos estrictos, supongo que debería denunciar el
caso por bien del interés público. Mucha gente le aconsejaría lo mismo.
—Eso creo yo
—contestó secamente el financiero—. Al fin y al cabo no sería su dinero el que
se volatilizaría. Si hay alguna cosa que yo aborrezco, es que me estafen. Nadie
lo hizo sin que pagara las consecuencias.
Sir Joseph dio un
enérgico puñetazo sobre la mesa.
—Bien. ¿Qué decide
entonces?
—¡Quiero la
«pasta»! Nadie se ha jactado de haberse quedado con doscientas libras de mi
propiedad.
Hércules Poirot se
levantó, fue hacia la mesa y extendió un cheque por doscientas libras que luego
entregó a su interlocutor.
—¡Maldita sea!
¿Quién diablos es el culpable? —preguntó sir Joseph.
—Si acepta el
dinero no debe hacer preguntas —replicó Poirot.
El financiero dobló
el cheque y lo guardó en su bolsillo.
—Es una lástima.
Pero aquí de lo que se trata es del dinero. ¿Y cuánto le debo a usted, señor
Poirot?
—Mis honorarios no
van a ser muy elevados. Como ya le dije, este asunto carecía de toda
importancia —hizo una pausa y luego prosiguió—: casi todos los casos de que me
encargo ahora son asesinatos...
Sir Joseph se
sobresaltó ligeramente.
—¿Y son
interesantes? —preguntó.
—Algunas veces. Es
curioso; me recuerda usted uno de mis primeros casos, en Bélgica, hace muchos
años... El personaje protagonista se le parecía mucho a usted. Era un rico
fabricante de jabón. Envenenó a su esposa para poder casarse con su secretaria.
Sí; el parecido es extraordinario...
Un débil sonido
salió de los labios de sir Joseph, que había tomado un extraño color azulado.
El tono rojizo de sus mejillas desapareció. Miró a Poirot con ojos que parecían
salirse de las órbitas. Dio la impresión de encogerse en el sillón donde se
sentaba.
Después, con mano
trémula, registró su bolsillo; sacó el cheque que extendiera Poirot y lo rompió
en pedazos.
—El asunto queda
zanjado, ¿entiende? Considere esto como sus honorarios.
—Pero, sir Joseph;
mis honorarios no hubieran sido tan considerables.
—Está bien.
Guárdeselos.
—Los invertiré en
una obra de caridad.
—Haga con ellos lo
que le dé la real gana.
Poirot se inclinó
hacia delante y advirtió:
—Estimo muy
conveniente indicarle, sir Joseph, que, dada su actual posición, deberá tener
usted un cuidado extraordinario con lo que hace.
La voz del
financiero era casi inaudible al contestar:
—No se preocupe.
Tendré mucho cuidado.
Hércules Poirot
salió de la casa y cuando llegó a la acera, comentó para sí mismo:
—Por lo tanto...
estaba yo en lo cierto.
9
Lady Hoggin dijo a
su marido:
—Es extraño; este
tónico tiene un sabor completamente diferente. Ya no sabe tan amargo como
antes. ¿Por qué será?
Su marido rezongó:
—Cosas de los
farmacéuticos. Son unos descuidados. Cada vez hacen las cosas diferentes.
—Eso debe de ser
—replicó ella dubitativamente.
—Claro que es eso.
¿Qué podía ser, si no?
—¿Averiguó algo es
hombre acerca del rapto de Shan Tung?
—Sí. Ha conseguido
recuperar el dinero.
—¿Quién fue?
—No me lo dijo.
Hércules Poirot es un tipo muy reservado. Pero no tienes por qué preocuparte.
—Es un hombre
curioso, ¿verdad?
Sir Joseph se
estremeció y levantó la vista, como si sintiera la invisible presencia de
Poirot detrás de su hombro derecho.
—¡Es listo el
condenado! —dijo.
Y añadió para sí
mismo:
«¡Greta puede irse
al diablo! ¡No voy a jugarme el cuello por una rabia platino!»
10
—¡Oh!
Amy Carnaby miró,
incrédula, el cheque de doscientas libras.
—¡Emily! ¡Emily!
Oye esto —exclamó.
«Apreciada señorita
Carnaby:
«Permítame
ofrecerle una pequeña aportación a su meritoria colecta, antes de que quede
cerrada definitivamente.
»Suyo
afectuosamente,
Hércules Poirot.»
—Amy —dijo su
hermana—. Has tenido una suerte inaudita. Piensa dónde podrías estar a estas
horas.
—En Woorwood
Scrubbs..., ¿o en Holloway? —murmuró Amy—. Pero ya pasó todo..., ¿no es verdad,
Augusto? Se acabaron los paseos por el parque con tu amita, o sus amigas, y
unas pequeñas tijeras.
Lanzó un suspiro.
—¡Mi pequeño
Augusto! Qué lástima. Con lo listo que es... Aprende cualquier cosa.
capítulo II
LA HIDRA DE LERNA
1
HÉRCULES Poirot
pareció animar con la mirada al hombre sentado frente a él. El doctor Oldfield
tendría unos cuarenta años. Su cabello rubio le griseaba en las sienes y los
ojos azules tenían una expresión preocupada. Estaba algo turbado y sus maneras
denotaban incertidumbre. Además, parecía como si le fuera dificultoso llegar a
tratar el asunto primordial de su visita.
Tartamudeando
ligeramente dijo:
—He venido a verle,
señor Poirot, para hacerle una petición bastante extraña. Y ahora que estoy
aquí, casi me inclino a no seguir adelante. Pues ahora me doy perfecta cuenta
de que es un asunto sobre el cual posiblemente nadie pueda hacer nada.
—Respecto a ese
punto, permítame que sea yo el que opine —observó Poirot.
Oldfield refunfuñó:
—No sé por qué
pensé que tal vez...
Calló y Hércules
Poirot acabó la frase:
—¿Que tal vez se le
pudiera ayudar? Muy bien, quizá pueda ser así. Cuénteme su problema.
Oldfield se irguió
y Poirot se dio cuenta de nuevo de cuan preocupado parecía aquel hombre. Con un
tono desesperanzado en su voz, Oldfield dijo:
—No sacaría ningún
provecho acudiendo a la policía... No podría hacer nada. Y sin embargo... cada
día que pasa empeora la situación. Yo... no sé qué hacer...
—¿Qué es lo que
empeora?
—Los rumores... Es
muy sencillo, señor Poirot. Hace poco más de un año murió mi mujer. Estuvo
enferma durante algunos años. Y ahora dicen... todos dicen que yo la maté...
¡que la envenené!
—¡Aja! —exclamó el
detective—. ¿Y la envenenó usted en realidad?
—¡Señor Poirot!
—exclamó el doctor Oldfield levantándose.
—Cálmese. Tome
asiento otra vez. Tenemos pues, que usted no envenenó a su señora. Usted
practica la medicina en un distrito rural, según supongo...
—Sí. En Market
Loughborough, en Berkshire. Siempre estuve seguro de que era un pueblo donde la
gente se dedicaba en gran escala a la murmuración, mas nunca llegué a suponer
que llegaran a tal extremo —adelantó un poco la silla en que estaba sentado—.
No puede usted imaginar lo que he tenido que pasar, señor Poirot. Al principio
no me di cuenta de lo que sucedía. Notaba que la gente se mostraba menos
cordial, que existía cierta tendencia a evitar todo encuentro conmigo..., pero
todo lo achacaba a mi reciente desgracia familiar. Luego, la cosa se hizo más
patente. Hasta en la calle, la gente cambiaba de acera para no hablar conmigo.
Cada día acuden menos pacientes a mi consultorio. Adonde quiera que vaya tengo
la sensación de que se habla en voz baja; de que ojos hostiles me vigilan,
mientras las lenguas maliciosas van vertiendo su veneno mortal. He recibido una
o dos cartas... repugnantes.
Hizo una pausa y
luego prosiguió:
—Y... y yo no sé
qué podría hacer para evitarlo. No sé cómo he de luchar contra esto... contra
este tejido de mentiras y sospechas. ¿Cómo se puede refutar una cosa que nunca
se dice cara a cara? Soy impotente... no puedo encontrarle una salida a esto...
y lenta y despiadadamente me están buscando la ruina.
Poirot afirmó con
aspecto pensativo.
—Sí. El rumor es
exactamente igual que la hidra de Lerna, que tenía nueve cabezas y no podía ser
destruida, porque tan pronto se le cortaba una de ellas, nacían dos para
reemplazarla.
—Eso es —convino el
doctor Oldfield—. No puede hacerse nada... ¡nada! Vine a verle, contando con
usted como último recurso..., pero no creo que pueda hacer algo por mí.
Hércules Poirot
permaneció callado durante unos instantes y luego observó:
—No diría yo tanto.
Su problema me interesa, doctor Oldfield. Me gustaría destruir el monstruo
policéfalo. Pero antes de ello, cuénteme algo más sobre las circunstancias que
dieron lugar a tan maliciosa murmuración. Según me ha dicho, su señora murió
hace poco más de un año. ¿Cuál fue la causa de su muerte?
—Una úlcera
gástrica.
—¿Se le hizo la
autopsia?
—No. Venía
padeciendo de trastornos gástricos desde hacía bastante tiempo.
Poirot asintió.
—Y los síntomas de
una inflamación gástrica, y los del envenenamiento por arsénico son muy
parecidos... Un hecho que todo el mundo sabe hoy en día. Durante los diez
últimos años se han producido, por lo menos, cuatro sensacionales casos de
asesinato, y en cada uno de ellos, la víctima ha sido enterrada sin que se
sospechara nada, achacándose la muerte, en el certificado de defunción, a
desórdenes gástricos. ¿Su señora era más joven que usted?
—No. Tenía cinco
años más que yo.
—¿Hacía mucho
tiempo que estaban ustedes casados?
—Quince años.
—¿Dejó algunos
bienes al morir?
—Sí. Estaba en muy
buena posición económica. Dejó aproximadamente unas treinta mil libras.
—Una suma muy
bonita. ¿Se la legó a usted?
—Sí.
—¿Estaba usted en
buenas relaciones con su esposa?
—Claro que sí.
—¿Nada de peleas ni
escenas?
—Bueno... —Charles
Oldfield titubeó—. Mi esposa era lo que se pudiera llamar una mujer de trato
difícil. Estaba enferma y se preocupaba mucho por su salud. Por lo tanto,
tendía siempre a enojarse y a no encontrar nada a su gusto. Había días en que
nada de lo que yo hiciera la complacía.
Poirot asintió de
nuevo y comentó:
—Sí; ya conozco a
esa clase de mujeres. Se quejaría, posiblemente, de que no la cuidaba; de que
se la despreciaba... de que su marido estaba cansado de ella y de que se
alegraría cuando muriera.
La cara de Oldfield
reflejó la verdad encerrada en las conjeturas del detective.
—Lo ha comprendido
usted exactamente —dijo, sonriendo.
Poirot prosiguió:
—¿La cuidó alguna
enfermera? ¿O una señora de compañía? ¿O, tal vez, una criada de confianza?
—Una enfermera
fija. Una mujer muy sensata y competente. No creo que sea ella quien haya
empezado las habladurías.
—Le bon Dieu ha
dado lengua hasta a las personas más sensatas y competentes... y no siempre la
emplean con cordura. ¡No tengo ninguna duda de que la enfermera habló, de que
hablaron los criados, y de que habló todo el mundo! Ahí tiene usted todos los
materiales que se requieren para iniciar un sabroso escándalo pueblerino. Y
ahora le voy a preguntar otra cosa. ¿Quién es ella?
—No lo comprendo
—el doctor Oldfield enrojeció a impulsos de su irritación.
Poirot comentó
suavemente:
—Yo creo que me ha
entendido muy bien. Le estoy preguntando por la dama con quien su nombre se ha
visto mezclado.
El doctor Oldfield
se levantó. La expresión de su cara era fría y dura.
—No existe ninguna
dama en el caso —dijo—. Siento mucho, monsieur Poirot, haberle hecho perder
tanto tiempo.
Se dirigió hacia la
puerta.
—Yo también lo
siento —observó Poirot—. Su caso me interesa. Me hubiera gustado ayudarle, pero
no puedo hacer nada, a menos que me cuente usted toda la verdad.
—Ya se la he
dicho...
—No...
El médico se detuvo
y dio la vuelta.
—¿Por qué insiste
en que hay una mujer relacionada con el asunto?
—Mon cher docteur,
¿cree acaso que no conozco la mentalidad femenina? Las murmuraciones de los
pueblos se basan siempre en las relaciones entre un hombre y una mujer. Si un
hombre envenena a su esposa con el fin de poder hacer un viaje al Polo Norte, o
para disfrutar de la paz que depara la vida de soltero... no hay cuidado de que
sus convecinos se tomen el menor interés por él. Pero cuando están convencidos
de que el asesinato se cometió con el fin de que el hombre pudiera casarse con
otra mujer, las habladurías crecen y circulan. Eso es psicología elemental.
Oldfield replicó
con irritación:
—¡Yo no soy
responsable de lo que piensen un hatajo de malditos murmuradores!
—Desde luego que
no.
Poirot prosiguió:
—Por consiguiente,
debe usted volver a tomar asiento y contestar a la pregunta que le hice antes.
Lentamente, casi
con repugnancia, el médico volvió a ocupar su asiento.
Ruborizado en
extremo, dijo:
—Me figuro que tal
vez hayan hablado acerca de la señorita Moncrieffe. Jean Moncrieffe es mi
ayudante; una muchacha muy agradable.
—¿Ha trabajado
durante mucho tiempo con usted?
—Tres años.
—¿Le resultaba
simpática a su esposa?
—Ejem..., pues no;
no del todo.
—¿Estaba celosa de
ella?
—¡Hubiera sido
absurdo!
Poirot sonrió.
—Los celos de las
mujeres casadas son proverbiales. Pero le diré algo más. Basándome en mi
experiencia puedo asegurar que los celos, por inmotivados y extravagantes que
parezcan, siempre están fundados en hechos reales. Existe un aforismo comercial
que dice que el cliente siempre tiene razón, ¿verdad? Pues bien, lo mismo
ocurre con el marido o la esposa que sienten celos. Por pequeñas e inconcretas
que sean las pruebas, fundamentalmente siempre tienen razón.
El doctor Oldfield
replicó con enérgico y seguro acento:
—¡Simplezas! En
ninguna ocasión le dije a Jean Moncrieffe cosa alguna que no pudiera oír mi
esposa.
—Tal vez. Pero eso
no altera la veracidad de cuanto le acabo de decir —Hércules Poirot se inclinó
hacia delante y con voz apremiante añadió—: Doctor Oldfield, voy a hacer cuanto
pueda en este caso. Pero necesito que me sea usted absolutamente franco, sin
preocuparse de las apariencias convencionales o sus propios sentimientos. ¿No
es verdad que dejó de gustarle su mujer desde cierto tiempo antes de que
muriera?
El médico no
replicó en seguida.
—Eh... este asunto
acabará conmigo —dijo al fin—. Pero debo tener esperanza. De cualquier forma,
presiento que será usted capaz de hacer algo por mí. Seré sincero con usted,
monsieur Poirot. Mi mujer no me gustó nunca. Según creo, fui para ella un buen
marido, pero jamás estuve enamorado.
—¿Y por lo que
respecta a esa muchacha?
Un tenue sudor
cubrió la frente del médico.
—Le... le hubiera
pedido que se casara conmigo hace tiempo, a no ser por todo el escándalo y las
habladurías que se han producido —confesó.
Poirot se recostó
en su asiento.
—¡Por fin hemos
llegado a los hechos verdaderos! —comentó—. Eh bien, doctor Oldfield: me
encargaré de su caso. Pero recuerde que lo que sacaré a la luz será la verdad
pura y simple.
Oldfield contestó
con amargura:
—¡No será la verdad
lo que me perjudique!
Titubeó un instante
y luego añadió:
—Sepa usted que
estuve considerando la posibilidad de presentar una demanda por difamación. Si
pudiera atribuir una acusación concreta a alguien, tal vez mi nombre fuera
vindicado. Algunas veces he pensado en ello... mas en otras creo que tal
proceder sólo serviría para empeorar las cosas; dar mayor publicidad al asunto
y hacer que la gente dijera: «No se ha podido probar nada, pero cuando el río
suena...»
Miró a Poirot.
—Dígame, con
franqueza, ¿hay algún modo de poder salir de esta pesadilla?
—Siempre existe una
manera adecuada —contestó el detective.
2
—Nos vamos al
campo, George —dijo Hércules Poirot a su criado.
—¿De veras, señor?
—replicó el imperturbable George.
—Y el objeto de
nuestro viaje es destruir un monstruo de nueve cabezas.
—¿De veras, señor?
¿Algo parecido al monstruo de Loch Ness?
—No tan palpable
como eso. No me refiero a un animal de carne y hueso, George.
—No le comprendí,
señor.
—Sería mucho más
fácil si el monstruo fuera un ser real. No hay nada tan intangible y tan
elusivo como el origen de una calumnia.
—Desde luego,
señor. A veces es difícil precisar cómo empiezan esas cosas.
—Exactamente.
Hércules Poirot no
se hospedó en casa del doctor Oldfield. Lo hizo en la posada del pueblo. A la
mañana siguiente de su llegada, tuvo su primera entrevista con Jean Moncrieffe.
Era una muchacha
alta de cabello cobrizo y de firmes ojos azules. Daba la sensación de estar
siempre vigilante y en guardia contra los demás.
—De modo que el
doctor Oldfield acudió a usted... Ya sabía que pensaba hacerlo.
Su tono carecía de
entusiasmo.
—¿No le parece
bien, acaso? —le preguntó Hércules Poirot.
Los ojos de ella se
fijaron en los del detective.
—¿Qué puede usted
hacer en este caso? —inquirió.
—Debe existir una
manera de abordar la situación —replicó Poirot sosegadamente.
—¿De qué forma? —la
muchacha profirió estas palabras con desdén— Quizá querrá ir a visitar a todas
las viejas murmuradoras y decirles: «Por favor, cesen de hablar así. No es
conveniente para el pobre Oldfield.» Y ellas le contestarían: «Le aseguro que
nunca creí esa patraña.» Ahí está precisamente lo malo de esta cuestión. No
espere que le digan: «¿No se le ocurrió nunca que la muerte de la señora
Oldfield no fue lo que pareció?» No; lo que dirán será: «Desde luego, yo no
creo esa historia acerca del doctor Oldfield y su mujer. Estoy segura de que él
no hubiera hecho tal cosa, aunque la verdad es que, tal vez, no cuidó de ella
como debiera y, además, no me parece muy prudente tener como ayudante a una
muchacha tan joven... y no es que quiera decir que exista algo equívoco entre
los dos. ¡Oh, no! estoy completamente segura de que no hay nada de eso...»
La joven se detuvo.
Tenía la cara sonrojada y respiraba con precipitación.
—Al parecer, sabe
usted muy bien lo que se dice por ahí —comentó Poirot. ¿Y qué solución le daría
usted a eso?
Ella cerró la boca
firmemente.
—Lo mejor que
podría hacer el doctor sería traspasar su clientela y empezar de nuevo en
cualquier sitio.
—¿No cree que la
calumnia le seguiría adonde fuera?
Ella se encogió de
hombros.
—Debe arriesgarse.
Poirot calló
durante un momento.
—¿Va usted a
casarse con el doctor Oldfield, señorita Moncrieffe? —preguntó por fin.
La joven no pareció
sorprenderse por la pregunta.
—No me lo ha pedido
—replicó.
—¿Por qué no?
Los ojos de ella
volvieron a fijarse en los del detective, pero ahora, durante un segundo,
parecieron vacilar. Luego contestó:
—Porque no le he
dado ninguna esperanza.
—¡Qué suerte
encontrar a alguien que sea completamente franco! —exclamó Poirot.
—¡Seré tan franca
como usted guste! Cuando me di cuenta de que la gente decía que Charles se
desembarazó de su esposa con el propósito de casarse conmigo, me pareció que si
nos casábamos daríamos razón a todos. Esperé entonces que al no verse ningún
propósito de casamiento entre nosotros los rumores se extinguirían por sí
solos.
—Pero no ha sido
así.
—No; no lo fue.
—¿No le parece algo
raro? —preguntó Hércules Poirot.
Jean contestó con
acritud:
—La gente no tiene
aquí muchas cosas para divertirse.
—¿Quiere usted
casarse con Charles Oldfield? —volvió a preguntar Hércules Poirot.
La muchacha
respondió fríamente:
—Sí. Lo quise desde
el momento en que lo conocí.
—Entonces, la
muerte de la esposa fue muy conveniente para usted, ¿verdad?
—La señora Oldfield
fue una mujer muy desagradable. Francamente, me alegré cuando murió...
—Sí —convino
Poirot—. ¡Es usted franca en extremo!
Ella sonrió con
desdén.
—Tengo que hacerle
una sugerencia —continuó el detective.
—¿Sí?
—Aquí hace falta
que se tomen medidas drásticas. Le sugiero que alguien... posiblemente usted
misma... escriba al Ministerio de la Gobernación.
—¿Qué es lo que se
propone?
—Creo que la mejor
forma de terminar con los rumores, de una vez para siempre, es conseguir que se
exhume el cadáver y se haga la autopsia.
Ella retrocedió un
paso. Abrió los labios y luego los volvió a cerrar. Poirot, entretanto, no la
perdía de vista.
—¿Bien,
mademoiselle? —preguntó por fin.
—No estoy de
acuerdo con usted.
—¿Por qué no? Con
toda seguridad, si el veredicto es de que la muerte sobrevino por causas
naturales, callarán las malas lenguas.
—Si llega a
pronunciarse tal veredicto, es posible.
—¿Sabe usted lo que
está sugiriendo, mademoiselle?
La joven contestó
impaciente:
—Sé perfectamente
lo que digo. Está usted pensando en un envenenamiento por arsénico... y que
puede probar que no fue envenenada de tal forma. Pero hay otras sustancias
letales; los alcaloides vegetales. Al cabo de un año no es probable que se
encuentren rastros de ellos, ni aun en el caso de que hubieran sido usados. Ya
sé cómo son esos análisis oficiales. Pueden pronunciar un diagnóstico
impreciso, diciendo que no hay nada que demuestre lo que causó la muerte... y
las malas lenguas volverán a murmurar con más malicia que antes.
Hércules Poirot no
respondió de momento.
—En su opinión,
¿quién es el más inveterado charlatán del pueblo? —preguntó luego.
La joven recapacitó
y dijo:
—Creo que la
señorita Leatheran es la peor víbora de todas.
—¡Ah! ¿Le sería
fácil presentármela... de una manera casual, a ser posible?
—No creo que sea
difícil. A estas horas de la mañana todas las viejas andan por el pueblo
haciendo sus compras. Nos bastará dar un paseo por la calle Mayor.
Tal como dijo Jean,
no hubo ninguna dificultad en los trámites de la presentación. Jean se detuvo
ante la estafeta de Correos y se dirigió a una mujer alta y delgada, de mediana
edad, en cuya cara destacaba una nariz afilada y unos ojos agudos e inquisitivos.
—Buenos días,
señorita Leatheran.
—Buenos días, Jean.
Qué día tan estupendo, ¿verdad?
Los astutos ojos de
la mujer exploraron detenidamente al acompañante de la joven.
—Permítame que le
presente a monsieur Poirot, que estará en el pueblo durante unos pocos días.
3
Mientras
mordisqueaba delicadamente una pasta y sostenía sobre las rodillas una taza de
té, Hércules dejó que la conversación se hiciera más confidencial entre él y la
señorita Leatheran. La mujer había tenido la amabilidad de invitarlo a tomar el
té y, por consiguiente, se hizo el firme propósito de averiguar exactamente qué
se proponía hacer en el pueblo aquel pequeño y raro extranjero.
Durante algún
tiempo el detective fue refrenando con habilidad los intentos de la vieja
solterona para hacerle hablar... con lo que consiguió excitar aún más la
curiosidad de ella. Luego, cuando juzgó que había llegado el momento, se
inclinó hacia delante.
—¡Ah, señorita
Leatheran! —exclamó—. He de reconocer que es usted demasiado lista para mí.
Adivinó usted mi secreto. He venido a este pueblo a requerimiento del
Ministerio de la Gobernación. Pero, por favor —bajó la voz—, no haga uso de
esta información.
—Desde luego, desde
luego —la señorita Leatheran se sintió halagada y emocionada hasta lo más
íntimo de su ser—. El Ministerio de la Gobernación..., ¿no querrá usted
referirse... a la pobre señora Oldfield?
Poirot, lentamente,
hizo varios signos afirmativos con la cabeza.
—¡Bien, bien! —la
mujer exhaló con estas palabras toda una gama de emociones agradables.
—Como comprenderá,
es un asunto muy delicado —dijo Poirot—. Tengo orden de informar sobre si hay
suficientes motivos o no para una exhumación.
—¡Van a desenterrar
a la pobrecita! —exclamó la señora Leatheran—. ¡Qué horror!
Si hubiera dicho:
«¡Qué estupendo!», en lugar de: «¡Qué horror!», las palabras hubieran cuadrado
mejor al tono de su voz.
—¿Cuál es su
opinión sobre el caso, señorita Leatheran?
—Pues verá,
monsieur Poirot; se han dicho muchas cosas. Pero yo nunca hice caso de ellas.
Ya sabe cuántas habladurías infundadas circulan por ahí. No hay duda de que el
doctor Oldfield se ha portado de una forma rara desde que ocurrió la muerte de
su mujer, pero yo siempre dije que no había por qué asociarlo a una conciencia
culpable. Pudo ser, simplemente, el efecto de la pena que sentía. Desde luego,
él y su mujer no se tenían mucho afecto. Y esto sí que lo sé... de buena tinta.
La enfermera Harrison, que cuidó de la señora Oldfield durante tres o cuatro
años, hasta que murió, está conforme con tal afirmación. Y, además, siempre me
ha parecido, ¿sabe usted?, que la enfermera sospecha algo... No creo que ella
haya dicho nada por ahí, pero por la forma en que habla se puede deducir, ¿no
le parece?
Poirot comentó con
tristeza:
—¡Existen tan pocos
indicios sobre los que pueda uno trabajar...!
—Sí; ya lo sé,
monsieur Poirot; pero si exhuman el cadáver lo sabrán todo.
—Desde luego
—convino el detective—. Entonces lo sabremos todo.
—Ya han ocurrido
casos como éste, desde luego —dijo la señorita Leatheran, temblándole las
aletas de la nariz con excitación—. El de Armstrong, por ejemplo, y el de aquel
otro hombre no me acuerdo de su nombre... y el de Crippen, desde luego. Siempre
me pregunto si Ethel le Neuve fue su cómplice. Desde luego Jean Moncrieffe es
una muchacha muy agradable, se lo aseguro... no me atrevería a decir que
influyera sobre él..., pero los hombres hacen muchas tonterías por una chica,
¿no le parece? Y, desde luego, estuvieron siempre demasiado juntos.
Poirot no replicó.
La miró con expresión inocente e inquisitiva, calculada para producir un nuevo
lujo de información. En su fuero interno se estaba divirtiendo al contar las
veces que repetía las palabras «desde luego».
—Y, desde luego
—siguió ella—, con la autopsia y todo lo demás, saldrán a relucir muchas cosas,
¿verdad? Me refiero a los sirvientes. Los criados están enterados siempre de
muchas interioridades, ¿no le parece? Y, desde luego, es completamente
imposible impedirles que se entreguen a la murmuración, ¿verdad? Beatrice, la
criada de los Oldfield, fue despedida casi inmediatamente después del
entierro... Siempre me pareció una cosa rara... en especial, si se piensa en
las dificultades con que se tropieza hoy para encontrar servidumbre. Da la
impresión de que el doctor Oldfield tuviera miedo de que ella supiera
demasiado.
—Me estoy
convenciendo de que existen suficientes motivos para iniciar una investigación
—dijo solemne Poirot.
La señorita
Leatheran se estremeció con aparente repugnancia.
—No es muy
agradable la idea —dijo—. Pensar que nuestro apacible pueblecito aparecerá en
los periódicos... y en toda la publicidad que se dará al caso...
—¿Eso le preocupa?
—Un poco. Estoy
algo chapada a la antigua.
—Y, como dice
usted, posiblemente todo se reducirá a unas cuantas habladurías.
—Bueno... yo no
diría tanto. Pues sepa usted que hay mucha verdad en el refrán de que cuando el
río suena, agua lleva.
—Yo estaba pensando
exactamente lo mismo —admitió Poirot.
El detective se
levantó.
—¿Puedo fiarme de
su discreción, mademoiselle?
—¡Oh, desde luego!
No diré ni una palabra a nadie.
Poirot sonrió y se
despidió.
En el vestíbulo, al
recoger el sombrero de manos de una doncella, dijo:
—He venido a
investigar las circunstancias que concurrieron en la muerte de la señora
Oldfield, pero te agradeceré que guardes la más estricta reserva sobre ello.
Gladys, que así se
llamaba la chica, casi se desplomó sobre el paragüero. Respirando con
excitación, preguntó:
—Oh, señor,
¿entonces fue el doctor quien lo hizo?
—Así lo has creído
desde hace tiempo, ¿no es cierto?
—Bueno, señor; no
he sido yo quien lo ha creído. Fue Beatrice. Estaba allí cuando murió la señora
Oldfield.
—Y ella cree que
hubo... —Poirot seleccionó cuidadosamente las melodramáticas palabras— «juego
sucio».
Gladys afirmó
agitadamente:
—Sí; eso cree. Y
dice que la enfermera también está convencida de lo mismo. La enfermera
Harrison. Quería mucho a la señora Oldfield y tuvo un disgusto terrible cuando
se murió. Beatrice dice que la enfermera Harrison sabía algo, porque después de
ocurrir el fallecimiento se puso decididamente frente al doctor, cosa que no
hubiera hecho de no haber sucedido algo irregular, ¿no le parece?
—¿Dónde está ahora
la enfermera Harrison?
—Cuida de la
anciana señorita Bristow... en las afueras del pueblo. Encontrará la casa con
facilidad. Tiene un porche delantero sostenido por columnas.
4
Poco después,
Hércules Poirot estaba sentado frente a la persona que, sin duda alguna, sabía
más cosas que nadie sobre las circunstancias que dieron origen a los rumores.
La enfermera
Harrison era una mujer, guapa todavía, cuya edad rondaba los cuarenta años.
Tenía las serenas facciones de una madonna, con ojos oscuros, grandes y de
expresión afable. Escuchó atentamente al detective y luego dijo con lentitud:
—Sí; ya sabía que
circulaban por ahí esos desagradables rumores. He hecho lo que he podido para
impedirlo, pero ha sido inútil. A la gente le encantan estas emociones.
—Pero debe de haber
ocurrido algo que haya dado lugar a esas habladurías, ¿verdad? —preguntó
Poirot.
El detective notó
que la expresión de zozobra reflejada en la cara de ella se acentuaba aún más.
Pero la mujer se limitó a negar con la cabeza.
—Tal vez —sugirió
Poirot— el doctor Oldfield y su esposa no se llevaran bien y eso dio lugar a
los rumores.
La enfermera
Harrison volvió a sacudir la cabeza con decisión.
—No. El doctor
Oldfield fue siempre muy amable y paciente con su esposa.
—¿Estaba realmente
muy enamorado de ella?
La mujer titubeó.
—No... no lo podría
asegurar. La señora Oldfield era una mujer muy difícil de manejar; no estaba
contenta de nada y hacía constantes peticiones de simpatía y atención que no
siempre estaban justificadas.
—¿Quiere usted
decir que la señora exageraba su condición?
La enfermera
asintió.
—Sí... su propia
salud era, mayormente, cosa de su propia imaginación.
—Y, sin embargo
—observó Poirot con gravedad—, falleció...
—Sí; ya lo sé... ya
lo sé...
El detective la
contempló durante unos instantes. Veía su turbada confusión y su palpable
incertidumbre.
—Creo... estoy
seguro —dijo Poirot— de que usted sabe lo que, en principio, dio lugar a todas
estas historias.
La enfermera
Harrison se sonrojó.
—Bueno... —dijo—,
tal vez lo pueda conjeturar. Creo que fue la criada, Beatrice, quien inició los
rumores y me figuro qué fue lo que le puso tal idea en la cabeza.
—¿De veras?
La mujer habló con
alguna incoherencia.
—Fue algo que tuve
ocasión de escuchar... un fragmento de conversación entre el doctor Oldfield y
la señorita Moncrieffe. Y estoy completamente segura de que Beatrice lo oyó
también, aunque supongo que ella no lo admitiría nunca.
—¿Cuál fue esa
conversación?
La enfermera calló
durante uno instante, como si comprobara la fidelidad de su memoria. Luego
dijo:
—Ocurrió tres
semanas antes del ataque que causó la muerte de la señora Oldfield. Ellos se
encontraban en el comedor y yo bajaba la escalera cuando oí que Jean Moncrieffe
decía: «¿Cuánto va a durar esto? No estoy dispuesta a esperar más.» Y el doctor
le contestó: «Ya queda poco, querida, te lo juro.» Ella repitió: «No puedo
soportar esta espera. ¿Crees que todo irá bien?» «Desde luego. Nada puede salir
mal. Dentro de un año, por estas fechas, estaremos casados», respondió él.
La mujer hizo una
pausa.
—Ésta fue la
primera noticia que tuve, monsieur Poirot, de que había algo entre el doctor y
la señorita Moncrieffe. Yo sabía que él sentía gran admiración por ella y que
ambos eran muy buenos amigos, pero nada más. Volví a subir la escalera... sufrí
una fuerte impresión..., pero me había dado cuenta de que la puerta de la
cocina estaba abierta y desde entonces pienso que Beatrice debió de estar
escuchando. Como podrá usted ver, lo que hablaron podía tomarse en dos
sentidos. Podía significar tan sólo que el doctor sabía que su esposa estaba
muy enferma y no podría sobrevivir mucho más... y no tengo ninguna duda de que
esto fue lo que quiso decir..., pero para alguien como Beatrice debió parecer
la cosa diferente... como si el doctor y Jean Moncrieffe estuvieran... bueno...
estuvieran planeando deliberadamente librarse de la señora Oldfield.
—¿Y no lo cree así
usted misma?
—No... no; desde
luego que no.
Poirot la miró
escrutadoramente.
—Enfermera Harrison
—dijo—-, ¿sabe usted alguna cosa más? ¿Algo que todavía no me haya dicho?
Ella enrojeció y
dijo con violencia:
—No, no; de veras
que no. ¿Qué más podría saber?
—No lo sé. Pero
creo que debe de haber... algo.
Ella sacudió la
cabeza. La expresión turbada de antes volvió a reflejarse en su cara.
Hércules Poirot
comentó:
—Es posible que el
Ministerio de la Gobernación ordene la exhumación del cadáver de la señora
Oldfield.
—¡Oh, no! —la
enfermera parecía horrorizada—. ¡Qué cosa más terrible!
—¿Cree usted que lo
sería?
—Creo que sería
espantoso. Puede imaginarse lo que se diría. Sería terrible... verdaderamente
terrible para el pobre doctor Oldfield.
—¿No opina usted
que, en realidad, pudiera ser una cosa favorable para él?
—¿Qué quiere usted
decir?
—Si es inocente
—dijo Poirot—, su inocencia quedaría probada.
El detective calló
y esperó a que la insinuación enraizara en la mente de la enfermera Harrison.
Vio cómo ella fruncía el ceño, perpleja, y luego se aclaraba su frente. Aspiró
profundamente el aire y miró a Poirot.
—No había pensado
en ello —dijo—. Al fin y al cabo, es la única cosa que se puede hacer.
Se oyeron unos
golpes en el techo y la enfermera Harrison se levantó de un salto.
—Es mi paciente, la
señorita Bristow. Ya se ha despertado de su siesta. Debo ir a ponerla cómoda
antes de que le traigan el té y salga yo a dar mi paseo. Sí, monsieur Poirot;
creo que tiene usted razón. Una autopsia aclarará de una vez para siempre este asunto.
Pondrá las cosas en su sitio y se acabarán esos chismes contra el pobre doctor
Oldfield.
Estrechó la mano de
Poirot y salió precipitadamente de la habitación.
5
Hércules Poirot se
dirigió a la estafeta de Correos y pidió una conferencia con Londres.
Una voz malhumorada
sonó al otro extremo del hilo.
—¿Qué obligación
tiene de ir sacando a la luz estos asuntos, mi querido Poirot? ¿Está seguro de
que en este caso debemos intervenir nosotros? Ya sabe a qué se reducen muchas
veces esas habladurías de pueblo... a nada en absoluto.
—Éste es un caso
especial —respondió el detective.
—Bueno... si lo
cree así... Tiene usted la desesperante costumbre de estar siempre en lo
cierto. Pero si todo esto resulta luego una alarma infundada, no quedaremos muy
satisfechos de usted, sépalo.
Poirot sonrió y
murmuró:
—No. El que quedará
satisfecho seré yo.
—¿Qué ha dicho? No
le oigo.
—Nada. Nada de
particular.
Colgó el teléfono.
Cuando salió de la
cabina se apoyó en el mostrador de la oficina de Correos. Utilizando su tono de
voz más atractivo, preguntó:
—¿Por casualidad
podría decirme, madame, dónde reside actualmente la criada que estuvo con el
doctor Oldfield? Creo que se llama Beatrice.
—¿Beatrice King?
Desde entonces estuvo sirviendo en dos casas. Ahora está con la señora Marley,
que vive al lado del Banco.
Poirot le dio las
gracias y compró dos postales, un librito de sellos y un ejemplar de la
cerámica local. Mientras efectuaba estas compras se las arregló para derivar la
conversación hacia la muerte de la señora Oldfield. Se dio cuenta en seguida de
la peculiar expresión furtiva que adoptó la cara de la encargada de la
estafeta.
—Muy repentina,
¿verdad? —dijo la mujer—. Ha dado mucho que hablar, según creo lo habrá podido
usted oír por ahí...
Por sus ojos pasó
un destello de interés cuando preguntó:
—¿Tal vez será para
eso por lo que quiere hablar con Beatrice King? Todos vimos algo raro en la
forma tan imprevista con que fue despedida. Alguien creyó que la chica sabía
algo... y tal vez sea así. Ella ha hecho algunas insinuaciones bastante claras.
Beatrice King era
una muchacha bajita de aspecto mojigato y linfático. Su apariencia exterior era
de estólida estupidez, pero sus ojos eran mucho más inteligentes de lo que sus
maneras hubieran dejado sospechar. Parecía, sin embargo, que no sacaría nada de
Beatrice. Se limitó a repetir :
—No sé
absolutamente nada... No soy quién para decir lo que ocurrió allí... No sé qué
es lo que quiere usted decir con eso de que oí una conversación entre el doctor
y la señorita Moncrieffe. No soy de las que gustan escuchar detrás de las
puertas y no tiene usted ningún derecho a decir que yo lo hice. No sé nada.
Poirot preguntó:
—¿Has oído hablar
alguna vez del envenenamiento por arsénico?
Un estremecimiento
rápido y un furtivo interés se reflejó en el rostro adusto de la muchacha.
—¿Eso es, entonces,
lo que había en la botella de la medicina? —inquirió.
—¿Qué botella?
—Una de las
botellas de medicina que preparó la señorita Moncrieffe para la señora. La
enfermera estuvo muy preocupada... me di cuenta de ello. Probó la medicina, la
olió, la vertió en el lavabo y volvió a llenar la botella con agua del grifo.
Era una medicina parecida al agua. Y una vez que la señorita Moncrieffe le
preparó una tetera a la señora, la enfermera se la llevó otra vez a la cocina y
la vació, porque dijo que el té no estaba hecho con agua hirviendo. Claro que
todo eso fueron cosas que acerté a ver. Entonces pensé que eran debidas a las
costumbres minuciosas y exigentes que tienen algunas enfermeras; pero ahora no
sé... tal vez era algo más que eso.
Poirot asintió y
dijo:
—¿Te gustaba la
señorita Moncrieffe, Beatrice?
—No le hacía nunca
caso... Es un poco egoísta. Y siempre he sabido qué está loca por el doctor. No
había más que ver la forma cómo lo miraba.
Poirot movió de
nuevo la cabeza afirmativamente.
Volvió a la posada
y dio determinadas instrucciones a George.
6
El doctor Alan
García, analista del Departamento oficial, se frotó las manos e hizo un guiño a
Hércules Poirot.
—Bueno —dijo—.
Supongo que esto le satisfará, monsieur Poirot. Es usted el hombre que siempre
tiene razón.
—Muy amable
—replicó el detective.
—¿Qué es lo que le
puso a usted sobre la pista? ¿Habladurías acaso?
—Como dicen
ustedes... «Entra el rumor, lleno de lenguas pintadas sobre él.»
Al día siguiente
Poirot tomó una vez más el tren para Market Loughborough.
El pueblecito
hervía de agitación, con el zumbido de una colmena. La excitación había
empezado aunque suavemente, cuando se hicieron los preparativos para la
exhumación.
Y ahora que los
descubrimientos de la autopsia habían trascendido, la conmoción había llegado a
su más alto grado de temperatura.
Hacía cerca de una
hora que Poirot estaba en la posada y justamente acababa de tomar una
sustanciosa comida compuesta por carne y un «pudding» de riñones, regado todo
ello con buena cerveza, cuando le avisaron que una señora quería hablar con él.
Era la enfermera
Harrison. Tenía el rostro blanco y ojeroso.
Se dirigió en
derechura hacia Poirot.
—¿Es verdad...? ¿Es
verdad lo que dicen, monsieur Poirot?
—Sí. Se ha
encontrado arsénico en cantidad más que suficiente para causar la muerte.
La enfermera
Harrison exclamó:
—Nunca pensé... ni
por un momento pensé... —y se echó a llorar.
Poirot comentó con
dulzura:
—Ya sabe usted que
siempre la verdad ha de resplandecer.
Ella sollozó.
—¿Lo ahorcarán?
—Tienen que
probarse muchas cosas todavía... —contestó el detective—. Oportunidad... acceso
al veneno... vehículo con que fue administrado...
—Pero suponiendo,
monsieur Poirot, que él no tenga nada que ver con ello... nada en absoluto...
—En ese caso
—Poirot se encogió de hombros—, será absuelto.
La enfermera
Harrison dijo lentamente:
—Hay algo... algo
que, según creo, debí decirle antes... Mas no pensé que, en realidad, pudiera
haber resultado esto. Fue una cosa... rara.
—Ya sabía yo que
había algo más —respondió Poirot—. Sería conveniente que me lo dijera ahora.
—No es mucho.
Solamente que un día, cuando bajé al dispensario a buscar una cosa, Jean
Moncrieffe estaba haciendo algo...
—¿De veras?
—Parece una
tontería. Tan sólo fue que ella estaba rellenando su estuche de polvos para la
cara... un estuche esmaltado, de color rosa...
—¿Sí?
—Pero no lo estaba
rellenando de polvos... polvos para la cara quiero decir. Estaba vertiendo en
él unos polvos que contenía una de las botellas del armario de los venenos.
Cuando ella me vio se sobresaltó y cerró el estuche y lo guardó en el bolso, y
puso rápidamente la botella en el armario para que no viera lo que era. Yo
hubiera dicho que todo ello no tenía ningún significado..., pero ahora sé que
la señora Oldfield fue envenenada... —calló de pronto.
—¿Me perdona un
momento? —dijo Poirot.
Salió de la
habitación y telefoneó al sargento Grey, detective de la policía de Berkshire.
Cuando volvió tomó
asiento y tanto él como la enfermera Harrison guardaron silencio.
Con la imaginación
veía Poirot la cara de una muchacha pelirroja y la que con su voz clara y
fuerte decía: «No estoy de acuerdo con usted.» Jean Moncrieffe no deseaba que
se hiciera la autopsia. Dio una excusa bastante plausible, pero el hecho
subsistía. Una muchacha competente, eficiente... resuelta. Enamorada de un
hombre ligado a una esposa enferma y quejumbrosa, cuya vida podía durar años y
años, ya que, según lo dicho por la enfermera Harrison, sus males eran
principalmente imaginarios.
Hércules Poirot
suspiró.
—¿En qué piensa
usted? —preguntó la enfermera.
—Lo malo de estas
cosas... —contestó Poirot.
—No creo de ninguna
forma que él supiera algo del asunto.
—No. Estoy seguro
de que él no sabía nada.
Se abrió la puerta
y entró el sargento Grey. En la mano llevaba un objeto envuelto en un pañuelo
de seda. Lo desenvolvió y lo depositó cuidadosamente. Era un estuche esmaltado,
de brillante color de rosa.
—Ése es el que vi
—exclamó la enfermera Harrison.
—Lo hemos
encontrado en el fondo de un cajón de la cómoda que hay en la habitación de la
señorita Moncrieffe, dentro de una cajita de pañuelos. Por lo que veo, no hay
huellas digitales en él, pero he de tener especial cuidado.
Con el pañuelo
sobre la mano, apretó el resorte y la cajita se abrió.
—Esto no es polvo
para la cara —elijo Grey.
Tomó un poco con la
punta del dedo y lo probó con la lengua.
—No sabe a nada en
particular.
—El arsénico blanco
no tiene gusto alguno —dijo Hércules Poirot.
—Lo analizaremos en
seguida —anunció Grey. Miró a la enfermera Harrison—. ¿Puede usted jurar que
ésta es la misma caja?
—Sí. Estoy segura.
Ése es el estuche que vi en poder de la señorita Moncrieffe cuando bajé al
dispensario, una semana antes de que muriera la señora Oldfield.
El sargento Grey
suspiró. Miró a Poirot e hizo un signo afirmativo con la cabeza.
Poirot tocó el
timbre.
—Digan a mi criado
que venga, por favor.
George, el perfecto
sirviente, discreto y callado, entró y miró inquisitivamente a su señor.
Hércules Poirot dijo:
—Ha identificado
usted este estuche de polvos, señorita Harrison, como el que vio en poder de la
señorita Moncrieffe, hace cosa de un año. Se sorprenderá de saber que esta
cajita, en particular, fue vendida por los Almacenes Woolworth hace unas pocas
semanas y que, además, es de un modelo y color que solamente se ha fabricado
durante los tres últimos meses.
La enfermera dio un
respingo y miró fijamente a Poirot con sus ojos grandes y oscuros.
—¿Ha visto este
estuche antes de ahora, George? —preguntó el detective.
George dio un paso
adelante.
—Sí, señor. Yo vi
cómo esta persona, la enfermera Harrison, lo compraba en los Almacenes
Woolworth el viernes, día dieciocho. Siguiendo las instrucciones que me dio
usted fui detrás de esta señorita para vigilar sus movimientos. Tomó un autobús
el día que he mencionado y fue a Darmington, donde compró esta cajita. Después
volvió a su casa. Más tarde, el mismo día, se dirigió hacia donde se hospeda la
señorita Moncrieffe. De acuerdo con las instrucciones que tenia ya estaba yo en
dicha casa. Vi cómo ella entraba en el dormitorio de la señorita Moncrieffe y
escondía el estuche en el fondo de uno de los cajones de la cómoda. Lo pude ver
muy bien por una rendija de la puerta. Después esta señora salió de allí
creyendo que nadie la había visto. Puede decirse que en este pueblo nadie
cierra la puerta de la calle y entonces estaba anocheciendo.
Poirot se dirigió a
la enfermera Harrison con voz dura y en tono mordaz.
—¿Puede usted
explicar estos hechos, enfermera Harrison? Creo que no. No había arsénico en
esa cajita cuando salió de los Almacenes Woolworth, pero sí lo contenía cuando
salió de la casa de la señorita Bristow —y añadió suavemente—: No fue usted muy
prudente al guardar una reserva de arsénico en su poder.
La mujer sepultó la
cara entre las manos. Con voz baja y empañada, dijo:
—Es verdad... todo
es verdad... yo la maté. Y todo para nada... nada... estaba loca...
7
—Debo pedirle que
me perdone, monsieur Poirot —dijo Jean Moncrieffe—. Estaba muy enojada con
usted... terriblemente enojada. Me parecía que estaba usted empeorando las
cosas.
Poirot sonrió.
—Eso es lo que hice
al empezar —dijo—. Era como en la vieja leyenda de la hidra de Lerna. Cada vez
que se cortaba una cabeza nacían dos en su lugar. Al principio, los rumores
crecían y se multiplicaban. Pero, al igual que mi tocayo Hércules, mi objetivo era
llegar a la primera cabeza... a la original. ¿Quién empezó las habladurías? No
me costó mucho tiempo el descubrir que tal persona fue la enfermera Harrison.
Fui a verla... parecía ser una mujer agradable... inteligente y simpática. Pero
a poco de hablar conmigo cometió una gran equivocación: repitió una
conversación que oyó, sostenida entre usted y el doctor; mas esa conversación
era falsa. Psicológicamente era inverosímil. Si usted y el doctor habían
planeado matar a la señora Oldfield, eran ambos bastante inteligentes y
equilibrados para no hablar de ello en una habitación con una puerta abierta y
donde podían ser fácilmente oídos por cualquiera que bajara la escalera o
estuviera en la cocina. Además, las palabras que le atribuía a usted no
encajaban con su modo de ser. Eran las palabras de una mujer mucho más vieja y
de un tipo completamente diferente. Eran palabras que podían haber sido
imaginadas por la enfermera Harrison para ser utilizadas por ella misma en
circunstancias parecidas.
»Por entonces
—continuó Poirot— ya había considerado yo el asunto como una cuestión simple en
extremo. Me había dado cuenta de que la enfermera Harrison era una mujer no muy
vieja y todavía hermosa..., había tenido un contacto constante con el doctor
Oldfield durante cerca de tres años. El doctor la apreciaba mucho y le estaba
agradecido por su tacto y simpatía. Ella se hizo la ilusión de que si la señora
Oldfield moría, el doctor le rogaría, con seguridad, que se casara con él.
Pero, en lugar de ello, después de la muerte de la mujer se enteró que el
doctor estaba enamorado de usted. Sin perder momento, guiada por la cólera y
los celos, empezó a esparcir el rumor de que el doctor Oldfield había
envenenado a su esposa. Así era cómo yo había visto la situación en principio
—prosiguió el detective—. Era el caso de una mujer celosa y de un rumor falso;
pero el conocido refrán de que cuando el río suena, agua lleva, me venía a la
cabeza una y otra vez. Me pregunté si la enfermera Harrison había hecho algo
más que esparcir un rumor. Algunas cosas que ella dijo sonaban un poco
extrañamente. Me contó que la enfermedad de la señora Oldfield era, en su mayor
parte, imaginaria... que en realidad no sufría muchos dolores. Pero el propio
doctor no tenía ninguna duda acerca de la realidad de la dolencia que padecía
su esposa. Su muerte no le había sorprendido. Consultó a otro médico antes de
ocurrir el fallecimiento y su colega había convenido en la gravedad de su
estado. A modo de ensayo, adelanté la propuesta de la exhumación... La
enfermera Harrison se asustó terriblemente ante tal idea. Pero luego, casi de
repente, los celos y el odio se apoderaron de ella. Aunque encontraran
arsénico, ninguna sospecha recaía sobre su persona. El doctor y Jean Moncrieffe
serían quienes pagarían las consecuencias. No quedaba más que una esperanza
—agregó Poirot—. Hacer que la enfermera Harrison se pasara de lista. Si
existiera una posibilidad de que Jean Moncrieffe pudiera escapar, me figuré que
la Harrison no dejaría piedra por remover con tal de verla complicada en el
crimen. Di instrucciones a mi fiel George; el más discreto de los hombres y a
quien ella no conocía. Debía seguirla sin perderla de vista. Y de esta forma...
todo acabó bien.
—Ha sido usted
maravilloso —comentó Jean Moncrieffe.
El doctor Oldfield
intervino.
—Sí; de veras
—dijo—. Nunca podré darle bastantes gracias. ¡Qué tonto y ciego fui!
—¿Fue usted también
tan ciega, mademoiselle? —preguntó Poirot.
La joven contestó
lentamente:
—Estuve muy
angustiada. El arsénico del armario de los venenos no coincidía con la cantidad
que yo tenía anotada...
Oldfield exclamó:
—¡Jean...! ¿No
creerías que...?
—No, no. Tú no. Lo
que pensé fue que la señora Oldfield se había apoderado de él... y que lo
estaba utilizando con el fin de producirse una dolencia y atraerse la simpatía
de los demás; pero que por inadvertencia había tomado una dosis excesiva. Temí
que si se practicaba la autopsia y encontraban arsénico nunca tomarían en
consideración tal teoría y llegarían a la conclusión de que tú lo habías hecho.
Por eso nunca dije nada sobre el arsénico que faltaba. Hasta falsifiqué el
registro de los venenos. Pero la última persona de quien hubiera sospechado era
de la enfermera Harrison.
—Yo también...
—dijo Oldfield—. Una mujer tan femenina y tan dulce... como una «madonna».
Poirot comentó con
tristeza:
—Sí; posiblemente
hubiera sido una buena esposa y madre... Pero sus emociones eran demasiado
fuertes para ella —exhaló un suspiro y murmuró para sí mismo—: Ésa ha sido la
lástima.
Luego dirigió una
sonrisa al hombre de aspecto feliz y a la muchacha de cara vehemente que se
sentaban frente a él. Pensó para sus adentros:
«Esos dos han
salido de la sombra para disfrutar del sol... y yo... he llevado a cabo el
segundo "trabajo" de Hércules.»
capítulo III
LA CORZA DE CERINEA
1
Hércules Poirot dio
con los pies contra el suelo buscando la forma de calentarlos. Luego se sopló
los dedos. Copos de nieve se deshacían sobre su bigote.
Sonó un golpe en la
puerta y apareció una criada. Era una muchacha campesina, de lenta respiración
y rechonchos contornos, que miró con no poca curiosidad a Poirot. Era posible
que la joven no hubiera visto jamás una cosa como aquélla.
—¿Ha llamado usted?
—preguntó.
—Sí. ¿Tendría la
amabilidad de encender el fuego?
La chica salió y
volvió al cabo de un rato trayendo consigo papel y astillas. Se arrodilló ante
la gran chimenea de estilo victoriano y empezó a encender el fuego.
Poirot continuó
golpeando los pies, agitando los brazos y soplándose los dedos.
El detective estaba
contrariado. Su coche, su costoso «Messarro Gratz», no se había conducido a la
perfección mecánica que él esperaba de un automóvil. Y su chófer, un joven que
disfrutaba de sustancioso salario, no había tenido ningún éxito al querer arreglar
las cosas. El coche se había detenido definitivamente en una carretera
secundaria, a milla y media del lugar habitado más cercano, en el mismo momento
en que empezaba a caer una buena nevada. Hércules Poirot, que llevaba como de
costumbre unos elegantes zapatos de charol, se vio obligado a recorrer milla y
media que le separaba del pueblo de Hartly Dene; una localidad que durante todo
el verano estaba bastante animada, pero que en invierno parecía casi desierta.
El «Cisne Negro» registró cierta consternación ante la llegada de un huésped.
El posadero estuvo hasta elocuente cuando insinuó que el garaje del pueblo
podría proporcionar un coche para que el caballero pudiera seguir su viaje.
Poirot rechazó la
sugestión. Su arraigado sentido de la economía se sintió ofendido. ¿Alquilar un
coche? Ya tenía él uno... grande... y de los caros. En este automóvil y no en
ningún otro se había propuesto continuar su viaje de regreso a la ciudad. Y de
cualquier modo, aunque la reparación se realizara con toda rapidez, con la
nieve que caía, no podría irse, por lo menos, hasta la mañana siguiente. Pidió
una habitación, fuego y comida. Dando un suspiro de desaliento, el posadero lo
llevó hasta la habitación, ordenó a la criada que se cuidara del fuego y se
retiró a discutir con su mujer el problema de la comida.
Una hora más tarde,
con los pies extendidos hacia el agradable calor de las llamas, Poirot
reflexionó indulgentemente sobre lo que acababa de comer. En realidad, la carne
había sido dura y cartilaginosa; las coles de Bruselas, grandes, descoloridas e
insípidas; las patatas, asimismo, tenían un corazón de piedra. Tampoco se podía
alabar la ración de manzana asada con natillas que siguió. El queso estaba duro
y las galletas blandas. No obstante, pensó Poirot mientras miraba con agrado
las vacilantes llamas y daba delicados sorbos a una taza llena de un lodo
líquido eufóricamente llamado café, mejor era tener el estómago lleno que
vacío; y después de haber chapoteado por senderos cubiertos de nieve, llevando
zapatos de charol, el sentarse frente a un buen fuego era como encontrarse en
la gloria.
Sonó un golpecito
en la puerta y apareció la criada.
—Perdone, señor; ha
venido un hombre del garaje y desea hablar con usted.
Poirot replicó con
amabilidad:
—Dígale que suba.
La muchacha soltó
una risita y se retiró. Poirot consideró benévolamente que la descripción que
de él diera la joven a sus amigos les proporcionaría diversión para muchos
días.
Se oyó otro golpe
dado en la puerta... un golpe diferente... y el detective invitó:
—Pase.
Levantó la vista y
miró con aprobación al joven que entró y se quedó parado, con aire confuso,
dando vueltas a la gorra que llevaba en las manos.
«He aquí —pensó
Poirot—, uno de los más bellos ejemplares de la raza blanca que jamás vi; un
joven sencillo con la apariencia externa de un dios griego.»
El muchacho habló
con voz baja y ronca:
—Es acerca del
coche, señor; lo hemos traído al pueblo y hemos encontrado el origen de la
avería. Estará arreglado dentro de una hora o poco más.
—¿Qué es lo que se
ha descompuesto? —preguntó Hércules Poirot.
El joven se lanzó
ansiosamente a explicar detalles técnicos y el detective movió de cuando en
cuando la cabeza, aunque sin escuchar lo que el otro le decía. La perfección
física era una de las cosas que más admiraba. Opinaba que existían en el mundo
demasiadas falsificaciones en aquel aspecto.
Murmuró para sí
mismo: «Sí; un dios griego... un joven pastor de la Arcadia.»
El joven calló de
pronto. Fue entonces cuando las cejas de Poirot se fruncieron durante un
segundo. Su primera reacción había sido estética; pero la segunda fue mental.
Cerró un poco los ojos con curiosidad cuando levantó la mirada.
—Comprendo —dijo—.
Sí; ya comprendo —hizo una pausa y luego añadió—: Mi chófer ya me explicó todo
lo que acaba usted de explicarme detalladamente.
Vio el color subir
a las mejillas del muchacho y la súbita contracción de los dedos sobre la gorra
que sostenían.
El mecánico
tartamudeó:
—Sí... ejem... sí,
señor. Ya lo sé.
Hércules Poirot
prosiguió con suavidad:
—Pero pensó usted
que sería mejor venir en persona a decírmelo, ¿verdad?
—Ejem... sí, señor.
Pensé que sería preferible.
—Eso demuestra que
es usted muy concienzudo en sus cosas. Muchas gracias.
En las últimas
palabras había un ligero pero inconfundible acento de despedida; mas Poirot no
esperaba que el otro se fuera, y acertó. El joven no se movió.
Movía los dedos
convulsivamente, estrujando fuertemente la gorra.
Al fin dijo con voz
baja y turbada:
—Ejem... perdone,
señor..., ¿no es cierto que es usted detective...? ¿Es usted el señor Hércules
Poirot? —pronunció el nombre con todo cuidado.
—Eso es —contestó
Poirot.
El color de la cara
del joven creció en intensidad.
—Leí un artículo
sobre usted en un periódico.
—¿De veras?
La cara del
muchacho era ahora de color escarlata. Había en sus ojos una expresión de
angustia y de súplica a la vez. Hércules Poirot acudió en su ayuda.
—¿De veras?
—repitió—. ¿Qué es lo que quiere de mí?
Las palabras
salieron entonces como un torrente de la boca del joven.
—Temo que
considerará esto como una desfachatez por mi parte, señor. Pero ya que por
casualidad ha venido usted a este pueblo... bueno... es una oportunidad que no
puedo desaprovechar. Y más, sabiendo quién es usted y de qué forma tan
admirable resuelve los casos. De cualquier modo, me dije, creo que debo
consultarle. No hay ningún inconveniente en ello, ¿verdad?
Poirot sacudió la
cabeza.
—¿Necesita usted
que le ayude en algo? —preguntó.
El joven asintió y
con voz ronca dijo:
—Se trata... se
trata de una muchacha. Quisiera saber si... si se encargaría usted de buscarla
por mi cuenta.
—¿Buscarla? ¿Es que
ha desaparecido?
—Eso es, señor.
Poirot se irguió en
su asiento y dijo con sequedad:
—Sí; tal vez le
podría ayudar. Pero a quien debe usted acudir es a la policía. Ellos se ocupan
en estas cosas y tienen a su disposición más medios que yo.
El muchacho
restregó los pies en el suelo y con acento indeciso, observó:
—No puedo hacer
eso, señor. No se trata de una cosa así. A decir verdad, es algo
extraordinario.
Poirot le miró
fijamente y luego le indicó una silla.
—Eh bien; si es
así, siéntese... ¿Cómo se llama usted?
—Williamson, señor.
Ted Williamson.
—Siéntese, Ted.
Cuénteme todo lo que ocurrió.
—Gracias, señor.
Acercó una silla y
se sentó cuidadosamente en el borde de ella. Sus ojos tenían todavía aquella
expresión perruna de súplica.
—Cuénteme —repitió
Poirot.
Ted Williamson
aspiró profundamente el aire.
—Pues verá usted,
señor. Ocurrió de esta forma. Yo no la vi más que aquella vez. Y no sé nada más
de ella, ni siquiera su nombre. Pero todo ha sido muy raro; la devolución de mi
carta y todo lo demás...
—Empiece por el
principio —interrumpió Poirot—. No se dé prisa, cuénteme las cosas tal como
sucedieron, sin descuidarse nada.
—Sí, señor.
Bueno..., tal vez conocerá usted Grasslawn, señor: esa gran finca de recreo que
hay junto al río, una vez pasado el puente que lo cruza.
—No tengo ni la
menor idea.
—Pertenece a sir
George Sanderfield, quien la utiliza durante el verano para pasar los fines de
semana y para organizar partidas de caza o de pesca. Acostumbra traer gente
alegre y divertida; gente de teatro y cosas parecidas. Y esto ocurrió el pasado
mes de junio... la radio se estropeó y me llamaron para que la arreglara.
Poirot asintió con
la cabeza.
—Así es que fui a
ver lo que pasaba —continuó el joven—. El dueño de la casa y los invitados
estaban en el río; la cocinera había salido y el mayordomo fue a servir las
bebidas en la lancha donde paseaba su señor y los demás. En la casa sólo había
quedado aquella muchacha. Era la doncella de una de las invitadas. Me hizo
entrar y me llevó hasta donde estaba la radio. Ella se quedó allí mientras yo
trabajaba. Así es que nos pusimos a charlar... Se llamaba Nita, según me dijo,
y era la doncella de una bailarina rusa que había sido invitada por sir George.
—¿De qué
nacionalidad era? ¿Inglesa?
—No, señor. Debía
ser francesa, según creo. Tenía un acento muy curioso, pero hablaba bien el
inglés. Ella... se mostró amigable desde el principio, y por ello, al cabo de
un rato, le pregunté si podría salir aquella noche para ir al cine, pero me
contestó que su señora la necesitaría. Sin embargo, dijo que podría salir a
primera hora de la tarde, porque los demás no regresarían del río hasta el
anochecer. En resumen, aquella tarde hice fiesta sin pedir permiso, lo que por
poco me cuesta el empleo, y nos fuimos a dar un paseo por la orilla del río.
Se detuvo, una
ligera sonrisa distendió sus labios, mientras sus ojos, con expresión soñadora,
parecían rememorar aquellos momentos.
—Era bonita,
¿verdad? —preguntó Poirot.
—Era la cosa más
preciosa que pueda usted imaginar. Su pelo era como el oro... lo llevaba
recogido a ambos lados, como dos alas. Y tenía una manera tan fácil y alegre de
andar, que daba gloria verla. Yo... no... bueno... me enamoré de ella sin más
preámbulos, señor. No tengo por qué ocultarlo.
Poirot hizo un
nuevo gesto afirmativo con la cabeza y el muchacho prosiguió:
—La chica me dijo
que su señora volvería dentro de una quincena y quedamos de acuerdo para vernos
otra vez —hizo una pausa—. Pero no volvió nunca más. La esperé en el sitio
convenido, pero no vino; hasta que decidí ir hasta la casa y preguntar por
ella. Me dijeron que la bailarina rusa estaba allí y su doncella también.
Fueron a buscarla, pero cuando llegó vi que no era Nita. Era una muchacha
morena y de aspecto desenvuelto y descarado. Se llamaba Marie. «¿Quería usted
verme?», me dijo con acento gazmoño. Debió darse cuenta de mi sorpresa. Le
pregunté si era la doncella de la señora rusa y le dije algo acerca de que ella
no era la que yo conocí antes. Entonces empezó a reír y me contestó que la
última doncella había sido despedida súbitamente hacía pocos días.
«¿Despedida?», pregunté—. «¿Y por qué?» La chica se encogió de hombros y
extendió las manos. «¿Cómo quiere que lo sepa?», dijo. «No estaba yo allí.»
«Pues bien, señor:
todo aquello me dejó desconcertado. De momento no supe qué decir, pero después
me armé de valor y me las arreglé para ver otra vez a Marie con el fin de
pedirle que me diera la dirección de Nita. No le dejé sospechar siquiera que
desconocía incluso su apellido. Le prometí que le haría un regalo si me
proporcionaba las señas que me interesaban, pues Marie era de las que no
trabajaban en balde. Me facilitó la dirección, unas señas de North London, y
escribí a Nita. Pero a los pocos días me devolvieron la carta, indicando que el
destinatario no vivía ya allí.
Ted Williamson
calló. Sus ojos fijos de profundo color azul se clavaron en Poirot.
—¿Se ha dado
cuenta, señor? —preguntó—. No es un caso para la policía. Pero necesito
encontrarla, aunque no sé ni por dónde empezar. Si... si pudiera hacerlo usted
por mí... —el color de su cara subió de tono—. Tengo... tengo algo guardado.
Puedo disponer de cinco libras... o de diez acaso.
—No necesitamos, de
momento, discutir el aspecto monetario de la cuestión. Primero, recapacite
sobre este punto... Esa muchacha, Nita..., ¿sabe su nombre de usted y dónde
trabaja?
—Sí, señor.
—¿Pudo ponerse en
contacto con usted, si lo hubiera deseado?
Ted respondió con
lentitud.
—Sí, señor.
—¿No cree,
entonces, tal vez...?
El joven le
interrumpió.
—Quiere usted decir
que yo me enamoré de ella, pero que ella no me corresponde, ¿verdad? Quizá sea
cierto en un sentido... Pero yo le gustaba... le gustaba... aquello no fue un
mero pasatiempo para ella. He recapacitado sobre todo esto y tengo la seguridad
de que debe existir un motivo para lo que ha ocurrido. Ya sabe usted que estaba
mezclada con una pandilla bastante divertida. Debió de encontrarse en algún
apuro... ya sabe a qué me refiero.
—¿Cree usted que se
vio envuelta en circunstancias deshonrosas para ella? ¿Por culpa de usted?
—Mía, no, señor
—Ted enrojeció—. Entre ella y yo no hubo nada censurable.
Poirot lo miró con
aspecto pensativo y murmuró:
—Y si lo que usted
supone es cierto... ¿todavía desea encontrarla?
El rubor volvió a
crecer de punto en la cara de Ted.
—Sí; lo deseo, y no
hay más que hablar. Quiero casarme con ella, si accede. Y no me importa
absolutamente nada la clase de lío en que haya podido verse envuelta. Si se
decidiera usted a buscarla...
Hércules Poirot
sonrió y dijo para sí mismo:
—«Cabellos como
alas de oro.» Sí, creo que éste es el tercer «trabajo» de Hércules... Si la
memoria no me falla, creo que aquello ocurrió en Arcadia.
2
Poirot miró con
aspecto pensativo el trozo de papel en que Ted Williamson había escrito
laboriosamente un nombre y una dirección.
Señorita Valetta;
17, Upper Renfrew Lane, número 15.
Dudaba de que
pudiera conseguir algo en aquellas señas. Es más, estaba seguro de que no se
enteraría de muchas cosas. Pero había sido la única pista que Ted le pudo
ofrecer.
Upper Renfrew Lane
era una calle apartada pero respetable. Una mujer corpulenta, de ojos
legañosos, abrió la puerta del número 17 cuando llamó Poirot.
—¿La señorita
Valetta?
—Se marchó hace
mucho tiempo.
El detective avanzó
un paso cuando vio que la puerta iba a cerrarse otra vez.
—¿Tal vez podría
usted facilitarme su dirección actual?
—No puedo
decírsela, pues no dejó ninguna.
—¿Cuándo se marchó?
—Este verano
pasado.
—¿Podría decirme
exactamente cuándo?
Un alegre tintineo
surgió de la mano derecha de Poirot, donde dos medias coronas chocaban entre sí
con buena camaradería.
La mujer de los
ojos legañosos se suavizó de una forma casi mágica. Derrochó afabilidad.
—No sabe lo que me
gustaría poder ayudarle, señor. Déjeme que recuerde. Agosto... no, fue antes...
Julio... eso es, julio. Durante la primera semana de julio. Se marchó
precipitadamente. Creo que regresó a Italia.
—Entonces, ¿era
italiana?
—Eso es, señor.
—Estuvo al servicio
de una bailarina rusa, ¿verdad?
—Ni más ni menos.
Madame Semoulina o algo parecido. Actuaba en el Thespiam, en ese ballet que ha
tenido tanto éxito. Era una de las estrellas principales.
—¿Sabe usted por
qué causa perdió su empleo la señorita Valetta?
La mujer titubeó un
momento antes de contestar.
—Lo siento, pero no
lo sé.
—La despidieron,
¿verdad?
—Bueno... creo que
hubo un poco de jaleo. Pero, de todas formas, la señorita Valetta no dejó
entrever nada de lo que ocurrió. No era de las que se van de la lengua; aunque
parecía estar fuera de sí por lo que le había pasado. Tenía un genio
endiablado, como de buena italiana; sus ojos negros centelleaban y la miraba a
una como si fuera a meterle un cuchillo entre las costillas. Yo no me hubiera
atrevido a ponerme frente a ella cuando tenía uno de sus arrebatos.
—¿Y está usted
completamente segura de que no sabe la dirección actual de la señorita Valetta?
Las medias coronas
volvieron a sonar incitantemente. La respuesta llegó con acento verídico.
—Quisiera saberlo,
pues tendría mucho gusto en decírselo. Pero ya ve... se marchó de pronto y así
quedó la cosa.
—Sí; así quedó la
cosa...
3
Ambrose Vandel tuvo
que dejar a la fuerza la entusiasta descripción de un decorado que estaba
preparando para un nuevo ballet y facilitó sin rodeos los informes que le
pedían.
—¿Sanderfield?
¿George Sanderfield? Un sujeto desagradable. Forrado de billetes, pero dicen
que es un bribón. ¡Una buena pieza...! ¿Algo con una bailarina? Desde luego...
tuvo un asunto con Katrina. Katrina Samoushenka. Seguramente la habrá visto
usted bailar. Es... es deliciosa. «El cisne de Tounela»... debe haberlo visto
usted. Y eso de Debussy ¿o de Mannine?... La biche au bois. Ella bailó Con
Michel Novgin. También es un magnífico bailarín, ¿no es cierto?
—¿Era amiga de
George Sanderfield?
—Sí; solía pasar
los fines de semana en la finca que él tiene junto al río. Creo que da unas
fiestas espléndidas.
—¿Le sería posible,
mon chéri, presentarme a mademoiselle Samoushenka?
—Pero, mi querido
amigo, ¡si la chica ya no está en Londres! Se fue a París o a cualquier otro
lado, con bastante precipitación por cierto. Dijeron que era una espía
bolchevique o algo así. Yo, personalmente no lo creo; pero ya sabe usted cuánto
gusta a la gente decir cosas como éstas. Katrina siempre pretendió ser una rusa
blanca... su padre fue un príncipe o un gran duque... ¡lo de siempre! Viste
mucho más —Vandel hizo una pausa y volvió a la conversación que más le
absorbía— como le iba diciendo, si quiere usted captar el esprit de Bathsheba,
debe profundizar adecuadamente en la tradición semítica. Yo lo expreso con...
Y siguió charlando
animadamente.
4
La entrevista que
Hércules Poirot concertó con sir George Sanderfield no empezó bajo buenos
auspicios.
La «buena pieza»,
como había dicho Ambrose Vandel, estaba ligeramente mosqueado por aquella
visita. Sir George era un hombre bajo y fornido, de cabello basto y pescuezo
grueso y grasiento.
—Bien, monsieur
Poirot —dijo—. ¿En qué puedo servirle? Creo que... no nos conocíamos antes de
ahora.
—No. No habíamos
sido presentados.
—Bueno. ¿De qué se
trata? Le confieso que siento gran curiosidad por saberlo.
—Oh; no es nada de
particular... una simple información.
El otro soltó una
risita nerviosa.
—Quiere que le dé
algún informe de carácter reservado, ¿verdad? No sabía que le interesaban los
negocios.
—No se trata de los
affaires. Es una cuestión relacionada con una dama.
—Ah; una mujer.
Sir George se
inclinó en el sillón y pareció descansar. Su voz tenía ahora un tono más
tranquilo.
—Según creo —dijo
Poirot—, conocía usted a mademoiselle Katrina Samoushenka.
Sanderfield rió.
—Sí. Una criatura
encantadora. Es una lástima que se haya ido de Londres.
—¿Cuándo se marchó?
—Pues, francamente,
no lo sé. Supongo que se enfadaría con la Dirección. Era una temperamental...
un genio muy ruso. Siento no poder ayudarle, pero no tengo ni la más mínima
idea de dónde debe estar ahora. No he sabido más de ella.
Su voz tenía un
acento de despedida cuando se levantó.
—Pero no es a
mademoiselle Samoushenka a quien me interesa encontrar —observó Poirot.
—¿De veras?
—No; se trata de su
doncella.
—¿Su doncella?
—Sanderfield miró fijamente al detective.
—¿Tal vez... la
recuerda usted? —preguntó Poirot.
Sanderfield volvió
a mostrar el desasosiego de antes.
—¡Válgame Dios!
—dijo con afectación—. No; ¿cómo había de acordarme de ella? Recuerdo que tenía
una, desde luego... era una chica de cuidado. Servil y fisgona. Yo en su lugar
no haría caso de una de las palabras que dijera esa muchacha. Es una mentirosa innata.
—Por lo que se ve,
recuerda usted muchas cosas de ella —murmuró Poirot.
Sanderfield se
apresuró a contestar:
—Tan sólo la
impresión que me causó; nada más... Ni siquiera recuerdo su nombre... Déjeme
ver... Marie, no sé qué... En fin, temo que no le podré ayudar a encontrarla.
Lo siento.
Poirot comentó:
—En el «Thepsian
Theatre» me dijeron que se llama Marie Hellin y hasta me facilitaron su
dirección. Pero yo me refiero, sir George, a la doncella que tuvo mademoiselle
Samoushenka antes de Marie Hellin. Estoy hablando de Nita Valetta.
Sanderfield miró
extrañado a Poirot.
—No la recuerdo en
absoluto. Marie fue la única que conocí. Una muchacha morena de mirada
desagradable.
—La chica a que
hago mención estuvo en Grasslawn en el pasado mes de junio.
Sanderfield
contestó con un gesto huraño:
—Bueno; todo lo que
puedo decirle es que no la recuerdo. No creo que Katrina trajera ninguna
doncella. Debe estar usted equivocado.
Hércules Poirot
sacudió la cabeza. No creía estarlo.
5
Con los ojos
pequeños e inteligentes, Marie Hellin dirigió una rápida mirada a Poirot, y con
la misma rapidez apartó la vista.
—Lo recuerdo
perfectamente, monsieur —su voz era suave y de tono uniforme—. Madame
Samoushenka me tomó a su servicio en la última semana de junio. La doncella
anterior tuvo que marcharse precipitadamente.
—¿No pudo enterarse
usted de la causa de la marcha?
—Se fue... de
pronto... eso es todo lo que sé. Tal vez se puso enferma... o algo parecido.
Madame no lo dijo.
—¿Qué tal genio
tenía su señora? —preguntó Poirot.
—Muy raro. Tan
pronto lloraba como reía. En ocasiones estaba tan desalentada que ni comía.
Pero en otras se mostraba alegre a más no poder. Las bailarinas son así. Es lo
que se llama tener temperamento.
—¿Y sir George?
Marie pareció
ponerse en guardia. Un destello desagradable brilló en sus ojos.
—¿Sir George
Sanderfield? ¿Le gustaría saberlo? Tal vez sea eso lo que quiere usted saber en
realidad. Lo otro tan sólo fue un pretexto, ¿verdad? Le podría decir algunas
cosas curiosas acerca de sir George; le podría contar, por ejemplo...
Poirot la
interrumpió.
—No es necesario.
Ella lo miró
fijamente, con la boca abierta. En sus ojos se reflejó la desilusión y el enojo
que aquello le causaba.
6
—Siempre opiné que
usted lo sabe todo, Alexis Pavlovitch.
Hércules Poirot
pronunció estas palabras con su tono más adulador.
Estaba pensando que
este tercer «trabajo» de Hércules había necesitado más viajes y entrevistas de
lo que en principio imaginó. Aquel insignificante asunto de la doncella
desaparecida estaba resultando uno de los más largos y difíciles problemas que
Poirot tuvo que afrontar. Cada una de las pistas, después de investigada, no
conducía a parte alguna.
Sus indagaciones le
habían llevado aquella noche al «Samovar», un restaurante de París cuyo dueño,
el conde Alexis Pavlovitch, se vanagloriaba de conocer todo lo que ocurría en
el mundillo artístico.
El ruso asintió con
aire complacido.
—Sí, sí; amigo mío;
Lo sé todo... siempre estoy enterado de todo. ¿Quiere usted saber dónde fue la
pequeña Samoushenka, la exquisita bailarina? ¡Ah! ¡Qué maravilla de criatura!
—se besó las puntas de los dedos—. ¡Qué fuego... qué pasión! Hubiera llegado lejos...
hubiera sido la mejor bailarina de estos días. Pero todo acabó de repente. Se
fue... al fin del mundo. Y pronto, ¡demasiado pronto!, se olvidarán de ella.
—¿Dónde está ahora?
—preguntó el detective?
—En Suiza. En
Vagray les Alpes. Donde van los que contraen esa traicionera tosecilla que los
consume poco a poco. Morirá; sí, ¡morirá! Es una fatalista y morirá sin duda
alguna.
El carraspeo de
Poirot rompió aquel trágico encanto. Necesitaba información.
—¿No se acordará
usted, por casualidad, de una doncella que tenía mademoiselle Katrina? ¿Una
chica llamada Nita Valetta?
—¿Valetta?
¿Valetta? En cierta ocasión vi que la acompañaba una doncella... en la
estación, cuando Katrina se fue a Londres. Era italiana; de Pisa, ¿verdad? Sí;
estoy seguro de que era italiana y procedía de Pisa.
Poirot gimió:
—En este caso,
tendré que hacer un viaje a Pisa.
7
En el cementerio de
Pisa, Hércules Poirot se detuvo y miró la tumba que tenía ante sí.
Allí era, pues,
donde finalizaba su búsqueda... ante aquel humilde montón de tierra. Debajo de
él descansaba la alegre criatura que perturbó el corazón y la imaginación de un
sencillo mecánico inglés.
¿Tal vez era el
mejor fin para aquel rápido y extraño idilio? De esta forma, la muchacha
viviría siempre en la memoria del joven tal como la vio durante aquellas pocas
horas de una tarde de junio. El antagonismo de las nacionalidades opuestas, de
los diferentes modos de vivir; las penas y las desilusiones... todo
desaparecería para siempre.
Hércules sacudió la
cabeza con tristeza. Recordó la conversación que había sostenido con la familia
Valetta. La madre, de ancha cara campesina; el padre, fuerte y rígido contra el
choque del dolor recién sentido; la hermana, morena y de duros labios...
—Todo ocurrió tan
de repente, signor, tan de repente... Aunque en los últimos años sufrió varios
ataques. El médico dijo que no había alternativa... que la apendicitis debía
ser operada inmediatamente. Se la llevó al hospital y allí... sí, sí; murió
cuando todavía se encontraba bajo los efectos de la anestesia. No recobró el
conocimiento.
La madre sollozó.
—Bianca fue siempre
una muchacha muy lista. Ha sido una lástima que muriera tan joven.
Hércules Poirot
murmuró para sí mismo:
—Murió en plena
juventud...
Éste era el mensaje
que debía dar al joven que solicitó su ayuda con tanta confianza.
«Ella no era para
usted, amigo mío. Murió en plena juventud.»
Su búsqueda había
terminado... aquí, donde la torre inclinada se destacaba contra el cielo y las
primeras flores de la primavera se abrían pálidas y tímidas, como promesas de
la vida y alegría que vendría después.
¿Fue la propia
primavera lo que le hizo sentir una rebeldía interna y una fuerte aversión a
aceptar aquel veredicto final? ¿O había algo más? Algo que forcejeaba en el
fondo de su cerebro... palabras... una frase... un nombre. ¿Acaso no terminaría
el asunto de forma tan clara? ¿No encajaría todo de manera tan patente?
Hércules Poirot
suspiró. Debía emprender otro viaje para dejar las cosas aclaradas por
completo. Debía ir a Vagray les Alpes.
8
Aquí, pensó, es
donde en realidad termina el mundo. Aquí, en este repecho lleno de nieve... en
estos lechos protegidos del viento donde yacen los que luchan contra una muerte
insidiosa...
Por fin encontró a
Katrina Samoushenka. Cuando la vio, tendida en su lecho, con sus mejillas
hundidas sobre las que se distinguía una mancha de vivido color rojo; con las
manos largas y enflaquecidas posadas sobre la colcha, un recuerdo le vino a la
memoria. No se acordaba de su nombre, pero la había visto bailar... había sido
arrastrado y fascinado por aquel supremo arte, capaz de hacer olvidar cualquier
otra expresión estética.
Recordaba a Michel
Novgin, el Cazador, saltando y girando en aquel desaforado y fantástico bosque
que el cerebro de Ambrose Vander había concebido. Y recordaba a la hermosa y
veloz Cierva, eternamente perseguida, eternamente deseable... una adorada y adorable
criatura, con cuernos en la cabeza y centelleantes pies de bronce. Recordó su
colapso final, herida de muerte; y a Michel Novgin, de pie, aturdido, con el
cuerpo inanimado de la Cierva en sus brazos.
Katrina Samoushenka
miró al detective ligeramente perpleja.
—Creo que no nos
habíamos conocido antes de ahora, ¿verdad? ¿Qué desea de mí? —preguntó.
Hércules Poirot
hizo una pequeña reverencia.
—Antes que nada,
señora, deseo darle las gracias... por el arte con que me fascinó en cierta
ocasión, haciéndome pasar una velada llena de belleza.
Ella sonrió
tenuemente.
—Pero también he
venido para tratar de otras cosas. He buscado durante mucho tiempo a cierta
doncella que tuvo usted, señora. Se llamaba Nita.
—¿Nita?
La joven la miró
fijamente. Sus ojos se abrieron con expresión asustada.
—¿Qué sabe usted
acerca de... Nita? —preguntó.
—Se lo diré.
Poirot relató los
sucesos ocurridos aquella noche, cuando se le estropeó el coche, y cómo Ted
Williamson se había quedado allí de pie, dándole vueltas a la gorra entre sus
manos y contando con frases entrecortadas todo su amor y su pena. Ella escuchó
atentamente y cuando Poirot calló, dijo:
—Es conmovedor...
sí; muy conmovedor.
Hércules Poirot
asintió.
—Es un cuento de la
Arcadia, ¿no le parece? ¿Qué puede usted decirme de aquella muchacha, señora?
Katrina Samoushenka
suspiró.
—Tuve una
doncella... Juanita. Era bonita y alegre. Le ocurrió lo que a menudo sucede a
los favoritos de los dioses. Murió en plena juventud.
Eran las mismas
palabras que empleó Poirot... palabras finales, irrevocables. Ahora las oía en
boca de otra persona... pero persistió en su empeño.
—¿Murió?
—Sí, murió.
El detective calló
durante unos instantes.
—A pesar de ello,
hay una cosa que no acabo de entender —dijo—. Cuando le pregunté a sir George
Sanderfield sobre la doncella que tuvo usted, pareció asustarse. ¿Por qué
causa?
Una ligera
expresión de disgusto pasó por la cara de la bailarina.
—Se refirió usted
solamente a una de mis doncellas. Pensaría que se trataba de Marie... la chica
que tomé a mi servicio cuando se fue Juanita. Creo que intentó hacerle un
chantaje, basándose en algo sucio que descubrió acerca de él. Era una muchacha
odiosa... curiosa; siempre estaba fisgoneando los cajones cerrados y las cartas
dirigidas a los demás.
—Eso lo explica
todo —murmuró Poirot.
Al cabo de unos
momentos prosiguió con insistencia.
—Juanita se
apellidaba Valetta y murió en Pisa a causa de una operación de apendicitis, ¿no
es eso?
Se dio cuenta de la
indecisión que, aunque débil y casi imperceptible, hubo en la inclinación de
cabeza que hizo la bailarina.
—Sí; eso es...
—contestó ella.
Poirot comentó con
aire pensativo.
—Sin embargo...,
existe una pequeña discrepancia. Su familia se refirió a ella llamándola
Bianca, no Juanita.
Katrina encogió sus
delgados hombros.
—Bianca...
Juanita... ¿Qué importa eso? —dijo—. Supongo que su verdadero nombre era
Bianca, pero ella debió pensar que Juanita era mucho más romántico y decidió
llamarse así.
—¿Lo cree usted?
Calló y luego,
cambiando de entonación, dijo:
—Pues yo creo que
hay otra explicación mucho más convincente.
—¿Cuál?
Poirot se inclinó
hacia delante.
—La muchacha que
conoció Ted Williamson tenía el cabello como dos alas de oro; así lo describió
él cuando vino a verme.
Se inclinó un poco
más y sus dedos tocaron, rozándolos, los cabellos ondulados de Katrina.
—¿Alas de oro?
¿Astas de oro? Todo se reduce al punto de vista con que la miren; tanto puede
ser un demonio como un ángel. Debe ser usted ambas cosas a la vez. ¿O acaso son
las astas doradas de la cierva herida...?
Katrina murmuró:
—La cierva
herida... —y su voz tenía la entonación del que no abriga ninguna esperanza.
Poirot continuó:
—Desde el
principio, la descripción que de usted me hizo Ted Williamson me tuvo
preocupado... me trajo algo a la memoria. Y ese algo era usted... danzando
sobre sus pies de bronce, entre el bosque. ¿Quiere que le diga lo que pienso
sobre esto, señorita? Creo que hubo un fin de semana en que fue usted sola a
Grasslawn, pues entonces no tenía ninguna doncella a su servicio, ya que Bianca
Valetta había vuelto a Italia y todavía no había tenido ocasión de contratar
otra chica. Por entonces ya se resentía usted de su enfermedad actual y se
quedó en casa, cierto día, cuando los demás salieron para hacer una excursión
por el río que duró toda la jornada. Sonó el timbre de la puerta; fue usted a
abrir y vio... ¿es necesario que se lo diga? Vio usted a un joven, tan sencillo
como un niño y tan hermoso como un dios. Y entonces inventó usted una muchacha
para él... No Juanita, sino Incógnita... y durante unas pocas horas paseó usted
con él por la Arcadia...
Se produjo una
larga pausa, al final de la cual, Katrina habló con voz helada y enronquecida.
—En un aspecto, al
menos, le he contado la verdad. Le he relatado el final exacto de la historia.
Nita morirá en plena juventud.
—¡Ah, no! —Hércules
Poirot se transformó.
Golpeó la mesa con
la mano. De pronto se convirtió en una persona prosaica, mundana y práctica.
—¡Eso es
completamente innecesario! —exclamó—. Usted no necesita morirse. Puede usted
luchar por su vida con tanto éxito como pudiera hacerlo otro cualquiera, ¿no es
eso?
Ella sacudió la
cabeza... triste, sin esperanza.
—¿Y qué vida me
espera?
—No la vida del
teatro, compréndalo. Pero recuerde que hay otra clase de vida. Veamos,
señorita, sea usted franca. ¿Fue su padre en realidad un gran duque, un
príncipe o por lo menos, un general?
Ella rió
repentinamente.
—¡Conducía un
camión en Leningrado! —confesó.
—¡Muy bien! ¿Y por
qué no puede ser usted la esposa de un simple mecánico de pueblo? ¿Y tener
hijos hermosos como dioses, con pies que, tal vez, bailen como usted hizo
antes...?
Katrina retuvo el
aliento.
—¡Pero esa idea es
fantástica!
—De todas formas
—dijo Poirot con evidente satisfacción—, yo creo que se convertirá en realidad.
capítulo IV
EL JABALÍ DE
ERIMANTEA
1
Puesto que las
incidencias del tercer «trabajo» de Hércules lo habían llevado a Suiza, Poirot
pensó que, una vez allí, podía aprovechar la ocasión y visitar ciertos lugares
que hasta entonces le eran desconocidos.
Pasó un agradable
par de días en Chamonix; se detuvo otros tantos en Montreux y luego se dirigió
hacia Aldermatt, un lugar que le habían alabado en gran manera varios amigos
suyos.
Aldermatt, sin
embargo, le produjo una impresión deprimente. Estaba al final de un valle,
rodeado de altísimas montañas coronadas de nieve. Le parecía, contra toda
lógica, que allí se respiraba con dificultad.
—Aquí no es posible
quedarse —se dijo Poirot—. Pero en aquel momento vio un funicular y pensó—:
Decididamente, es necesario que suba más arriba.
El funicular, según
pudo comprobar, ascendía primero hasta Les Avines, luego hasta Caurouchet y,
finalmente, hasta Rochers Nieges, a diez mil pies sobre el nivel del mar.
Poirot no se
proponía subir a tal altura. Les Avines, según pensó, serían suficientes para
él.
Pero no contaba con
un elemento, como es el azar, que tan importante papel juega en la vida. Había
arrancado ya el funicular, cuando el revisor se acercó a Poirot y le pidió el
billete. Después de haberlo examinado y taladrado con unas pinzas de aspecto amenazador,
se lo devolvió haciendo al propio tiempo una reverencia. Poirot notó entonces
que, junto al billete, tenía ahora en la mano un pequeño papel doblado.
Las cejas del
detective se levantaron ligeramente. Poco después, con toda parsimonia,
desplegó el papelito, que resultó ser una nota escrita con lápiz y a toda
prisa.
«Es imposible
—decía— confundir esos bigotes. Reciba mi afectuoso saludo, apreciado colega.
Tal vez querrá usted ayudarme. Es posible que haya leído algo sobre el caso
Salley. Se cree que el asesino, Marrascaud, ha concertado una cita con varios
miembros de su banda en Rochers Nieges... ¡no podían escoger sitio mejor, por
lo visto! Desde luego, todo puede ser una alarma infundada, pero los informes
que nos han dado son dignos de confianza. Siempre hay alguien que se va de la
lengua, ¿no es cierto? Por lo tanto, abra bien los ojos, amigo mío. Póngase en
contacto con el inspector Drouet, que no pretende llegar a la altura alcanzada
por Hércules Poirot. Es muy importante que se detenga a Marrascaud... y que se
le arreste vivo. No es un hombre, es un jabalí salvaje. Uno de los asesinos más
peligrosos que existen. No me atreví a hablar con usted en Aldermatt, pues
podríamos ser vistos. Tendrá las manos más libres si todos creen que es usted
un simple turista. ¡Buena caza! Su viejo amigo... Lementeuil.»
Hércules Poirot se
acarició el bigote con aspecto pensativo. No había duda; era imposible
confundir los bigotes de Hércules Poirot. ¿Y qué querían de él? Había leído en
los periódicos todo lo referente al caso Salley; el asesinato a sangre fría de
un conocido «bookmaker» de los hipódromos de París. Se sabía quién era el
asesino. Marrascaud, el jefe de una banda que operaba en las carreras de
caballos. Se sospechaba que había cometido otros asesinatos, pero esta vez su
culpabilidad se probó cumplidamente. Desapareció de París y, según se creía,
salió de Francia. La policía de todos los países europeos estaba sobre aviso.
De manera que
Marrascaud había concertado una cita en Rochers Nieges...
Poirot sacudió
lentamente la cabeza, perplejo. Porque Rochers Nieges estaba por encima de la
línea de las nieves eternas. Había allí un hotel; pero el funicular era su
único medio de comunicación con el resto del mundo, pues estaba emplazado en un
estrecho resalte de la montaña, suspendido sobre el valle. El hotel se abría en
junio aunque raramente se veía a nadie por allí hasta julio o agosto. Era un
sitio muy poco provisto de entradas y salidas. Si un hombre llegaba acosado a
Rochers Nieges, podía considerarse cogido en una trampa. Un lugar inverosímil
para ser elegido como punto de reunión de una banda de criminales.
Y, sin embargo, si
Lementeuil decía que los informes eran dignos de confianza, posiblemente
tendría razón. Hércules Poirot sentía gran aprecio hacia el comisario de
policía suizo. Sabía que era un hombre eficiente y entendido en su oficio.
Alguna razón
desconocida llevaba Marrascaud para acudir a una cita en un sitio tan apartado
de la civilización.
Poirot suspiró.
Cazar a un asesino despiadado no era la idea que tenía formada acerca de cómo
debían ser unas vacaciones. El trabajo, meramente especulativo, llevado a cabo
en un cómodo sillón, se adaptaba mejor a sus métodos. Pero atrapar a un jabalí
salvaje en la ladera de una montaña no era cosa que le sedujera en extremo.
Un jabalí salvaje;
éste era el término empleado por Lementeuil. Aquélla sí que era una
coincidencia extraña...
—El cuarto
«trabajo» de Hércules —se dijo—. El jabalí de Erimantea.
Tranquilo, sin
ostentación, pasó revista a sus compañeros de viaje.
En el asiento
opuesto se sentaba un turista americano. El corte de sus ropas y de su abrigo,
el saco que llevaba, unido a su actitud de amistosa confianza; su ingenua
admiración por el paisaje que contemplaba y la guía que consultaba de vez en
cuando, lo proclamaban como un americano pueblerino que visitaba a Europa por
primera vez. Dentro de unos instantes, pensó Poirot, empezará a charlar. Su
anhelante expresión perruna era suficientemente inconfundible.
Al otro lado del
coche, un hombre alto, de aspecto distinguido, cabellos blancos y nariz
aguileña, estaba leyendo un libro alemán. Tenía los dedos fuertes y ágiles de
un médico o un cirujano.
Más alejados, se
sentaban tres hombres que parecían cortados por el mismo patrón. Hombres de
piernas arqueadas que daban clara idea de su afición por los caballos. Estaban
jugando a las cartas. Posiblemente al cabo de un rato sugirieran que un extraño
tomara parte en el juego. Y de ser así, el nuevo jugador ganaría varias manos
al principio, pero después se le volvería la suerte de espaldas.
No había nada de
extraordinario en aquellos tres hombres. La única cosa rara en ellos era el
sitio en que se encontraban.
Podía habérseles
visto en un tren, camino de cualquier parte donde se celebran carreras de
caballos... o en barco de carga y pasaje. Pero en un funicular casi vacío...
¡no!
El último ocupante
del coche era una mujer. Alta y vestida de negro. Tenía hermosas facciones; una
cara que podía expresar las emociones más variadas, pero que entonces parecía
congelada por una extraña falta de expresión. No miraba a nadie. Dedicaba toda
su atención al valle que se vela allá abajo.
Tal como Poirot
había supuesto, al cabo de un rato empezó a charlar el americano. Dijo que se
llamaba Schwartz y visitaba Europa por primera vez. El paisaje era magnífico.
Le había gustado mucho el castillo de Chillón. No le agradaba París como
ciudad... todo muy caro. Había visitado el «Folies Bergére», el Louvre y Notre
Dame... y se había percatado de que en ninguno de los restaurantes y cafés en
que había estado se tocaba buen hot jazz. Opinaba que los Campos Elíseos eran
muy buenos; le gustaron mucho las fuentes, especialmente cuando estaban
iluminadas.
No se apeó nadie en
Les Avines ni en Caurouchet. Se veía que todos los ocupantes del funicular
subían hasta Rochers Nieges.
El señor Schwartz
expuso sus propias razones para ello. Siempre deseó subir muy alto y
encontrarse rodeado de montañas cubiertas de nieve. Diez mil pies no estaba
mal... había oído que no se podía cocer bien un huevo a tales alturas.
Con toda la
candorosa amistad que encerraba en su corazón, el señor Schwartz intentó
mezclar en la conversación al caballero de los cabellos grises que se sentaba
al otro lado del coche, pero aquél se limitó a mirarlo fríamente por encima de
sus gafas y volvió a la lectura del libro.
El señor Schwartz
ofreció entonces cambiar de sitio con la mujer vestida de negro. Desde allí
podía ver mejor el panorama, explicó.
Al parecer, ella no
entendía el inglés. Pero de todos modos, movió negativamente la cabeza y se
arrebujó todavía más en el cuello de su abrigo.
El americano se
dirigió a Poirot:
—Es raro ver a una
mujer viajando sola, sin que nadie cuide de ella. Una mujer necesita gran
número de cuidados cuando viaja.
Poirot recordó a
ciertas damas americanas que conoció durante sus viajes por Europa y convino
con ello.
El señor Schwartz
lanzó un suspiro. Encontraba al mundo poco dado a la amistad. Después de todo,
parecían decir expresivamente sus ojos castaños, no hay ningún mal en que haya
un poco de compañerismo por ahí.
2
El ser recibido por
un gerente de hotel, vestido correctamente de frac y calzado con zapatos de
charol, parecía algo cómico en aquel lugar apartado del mundo o, mejor dicho,
tan sobre él.
El gerente era un
hombre corpulento y distinguido, de maneras presuntuosas. Se deshizo en
disculpas.
No había empezado
todavía la temporada... la instalación de agua caliente se estropeó... Las
cosas eran difíciles de llevar en buen orden dado lo apartado del lugar... Pero
naturalmente, haría lo posible para que los señores estuviesen bien
atendidos... La servidumbre no estaba completa todavía... Estaba aturdido por
el inesperado número de visitantes que habían llegado.
Todo aquello fue
dicho con profesional urbanidad y, sin embargo, a Poirot le pareció que detrás
de aquella cortés façade se veía un reflejo de aguda ansiedad. Aquel hombre, a
pesar de sus obsequiosidades, no estaba tranquilo. Algo le turbaba.
La comida fue
servida en una gran habitación que daba vista a un profundo valle. El único
camarero, llamado Gustave, parecía ducho y diestro en su oficio. Iba de aquí
para allá, aconsejando los platos y facilitando la lista de vinos. Los tres
hombres que parecían mozos de cuadra se sentaron juntos a la misma mesa. Reían
y hablaban en francés, levantando la voz.
—¡Vaya con el viejo
Joseph...! ¿Y qué me dices de Denise, amigo mío...? ¿Te acuerdas del sacre
penco que nos hizo aquella jugarreta en Auteuil?
Todo parecía
sincero; muy en consonancia con el carácter de ellos; pero absolutamente fuera
de lugar en aquellas alturas.
La mujer vestida de
negro ocupó una mesa en un rincón. No miró a nadie.
Después de comer,
cuando Poirot estaba sentado en el salón, el gerente se dirigió hacia él y
habló con más confianza.
El señor no debía
juzgar con mucho rigor al hotel. No habla comenzado todavía la temporada. No
venía nadie hasta finales de julio. ¿Tal vez se había fijado el señor en la
señora? Venía todos los años por aquellas fechas. Su esposo se mató en una
escalada, hacía tres años. Fue una tragedia, pues se querían mucho. Ella venía
siempre antes de que empezara la temporada... porque así todo estaba más
tranquilo. Era como una peregrinación sagrada. El caballero de más edad era un
médico famoso, el doctor Karl Lutz de Viena. Había venido, según dijo, a
descansar.
—Sí... es un sitio
muy tranquilo —admitió Poirot—. ¿Y los señores? —indicó a los tres hombres—.
¿Cree usted que también desean descansar?
El gerente se
encogió de hombros. Otra vez apareció en sus ojos la expresión conturbada.
—Los turistas
quieren siempre sensaciones nuevas —dijo vagamente—. La altura... sólo eso ya
es de por sí una novedad.
A pesar de todo, no
era aquélla una sensación agradable, pensó Poirot. Se había dado cuenta de que
el corazón le latía más rápidamente. Los versos de una canción infantil le
pasaron tontamente por la imaginación. «Arriba, encima del mundo, como una
bandeja en el cielo.»
Schwartz entró en
el salón. Su rostro se iluminó cuando vio a Poirot y se dirigió rectamente
hacia él.
—Acabo de ver a ese
doctor —dijo—. Habla un inglés con un acento bastante raro. Es judío... los
nazis lo expulsaron de Austria. Lo que yo digo, ¡esa gente no está bien de la
cabeza! El doctor Lutz es un gran hombre. Creo que es especialista de los
nervios, psicoanalista... y cosas por el estilo.
Dirigió la mirada a
la mujer vestida de negro, que en aquel momento se encontraba junto a la
ventana, contemplando el grandioso espectáculo de las montañas. El americano
bajó la voz.
—El camarero me ha
dicho que se llama señora Grandier. Su marido se mató durante una escalada. Por
eso viene ella. Me parece que debíamos hacer algo, ¿no le parece...? Tratar de
que salga de su prolongada abstracción.
—Yo en su lugar no
lo intentaría —advirtió Poirot.
Pero los
sentimientos amistosos del señor Schwartz no conocían el descanso.
Poirot presenció
cómo el americano se acercaba a ella y le hablaba; y vio también la forma
tajante con que la mujer rechazó sus proposiciones. Los dos permanecieron
durante unos minutos perfilados contra la luz. Ella era más alta que Schwartz.
Tenía la cabeza erguida, con expresión fría y prohibitiva.
Poirot no oyó lo
que hablaron, pero Schwartz volvió con aspecto alicaído.
—No hay nada que
hacer —dijo, y añadió con ardor—: Siendo seres humanos que debemos estar juntos
por fuerza no veo que exista ninguna razón para que no nos mostremos sociales
unos con otros. ¿No le parece, señor...? Ya ve; todavía no sé su nombre.
—Me llamo Poirot
—contestó el detective—. Soy de Lyon; comerciante en sedería.
—Tengo mucho gusto
en darle mi tarjeta, y si alguna vez viene a Fountain Springs, tenga la
seguridad de que será bien recibido.
Poirot aceptó la
tarjeta y con una mano se golpeó el bolsillo, mientras decía:
—¡Qué contrariedad!
No llevo ninguna de las mías en este momento.
Aquella noche,
cuando el detective se retiró a su habitación, leyó detenidamente la nota de
Lementeuil antes de volverla a colocar en su cartera, doblada con sumo cuidado.
Al meterse en la
cama, dijo para sí mismo:
—Es curioso... tal
vez.
3
A la mañana
siguiente, Gustave le sirvió a Poirot el desayuno, compuesto de café y bollos.
Pidió disculpas por el café.
—Señor, comprenderá
que en estas altitudes es imposible conseguir que el café esté realmente
caliente. Hierve demasiado pronto.
Poirot comentó:
—Hay que soportar
con entereza los caprichos de la Naturaleza.
—El señor es un
filósofo —contestó Gustave.
Fue hacia la
puerta, pero en lugar de salir de la habitación dio un rápido vistazo al
pasillo, cerró la puerta de nuevo y volvió al lado de la cama.
—¿El señor Hércules
Poirot? —dijo—. Yo soy Drouet, inspector de policía.
—¡Ah! —exclamó
Poirot—. Ya me lo había figurado.
Drouet bajó la
voz.
—Ha ocurrido algo
grave, señor Poirot. Ha habido un accidente en el funicular.
—¿Un accidente?
—Poirot se sentó en la cama—. ¿Qué clase de accidente?
—No ha habido
desgracias. Sucedió esta noche pasada. Tal vez haya sido ocasionado por causas
naturales... Una pequeña tormenta que arrastró rocas y tierra. Pero es posible
que la mano del hombre tenga algo que ver en ello. No hay manera de saberlo. De
cualquier modo, el resultado es que pasarán muchos días antes de que se
arreglen los desperfectos y que, entretanto, estamos aislados aquí arriba. La
estación no está todavía muy adelantada y como la nieve ni siquiera ha empezado
a fundirse, es imposible establecer ninguna comunicación con el valle.
Poirot siguió
sentado en la cama.
—Eso es muy
interesante —comentó suavemente.
El inspector
asintió.
—Sí —dijo—.
Demuestra que la información facilitada al comisario era cierta. Marrascaud
tiene una cita aquí y ha tomado sus medidas para que nadie le interrumpa
durante su estancia.
Hércules Poirot,
exclamó con acento impaciente:
—¡Pero eso es
increíble!
—Estoy de acuerdo
con usted —el inspector Drouet extendió las manos—. Esto no tiene sentido
común... pero es así. Ya sabe usted que ese Marrascaud es un tipo extravagante.
Por mi parte —hizo un gesto afirmativo con la cabeza— estoy seguro de que está
loco.
—Un loco homicida
—murmuró Poirot.
—Convengo en que no
es nada divertido —replicó secamente Drouet.
—Pero si ha
concertado una cita aquí, en este apartado lugar cubierto de nieve, y las
comunicaciones están cortadas ahora, se deduce que Marrascaud ya llegó.
—Eso es —respondió
Poirot.
Ambos hombres
guardaron silencio durante unos instantes y, al fin, Poirot preguntó:
—¿Podría ser
Marrascaud el doctor Lutz?
Drouet sacudió la
cabeza.
—No lo creo. Existe
en realidad un doctor Lutz. He visto su fotografía en los periódicos, pues es
un hombre famoso y muy conocido. El caballero que vino con usted tiene un gran
parecido con dichas fotografías.
—Pero si Marrascaud
sabe disfrazarse, puede desempeñar ese papel con éxito.
—¿Cree que llega a
tal grado su habilidad? Nunca oí decir que fuera un experto del disfraz. No
tiene la astucia ni el disimulo de la serpiente. Es un jabalí salvaje; feroz,
terrible, que ataca con furia ciega.
—De todas formas...
—dijo Poirot.
—Sí; ya sé. Es un
fugitivo de la justicia y, por lo tanto, se ve obligado a fingir. Así es que
puede o, mejor dicho, debe haberse disfrazado más o menos.
—¿Tiene usted su
descripción?
El otro se encogió
de hombros.
—De una forma
superficial. La fotografía «Bertillon» y las medidas debían mandármelas hoy.
Sólo sé que es un hombre de treinta y pico años, altura un poco más que mediana
y de tez morena. No tiene ninguna señal distintiva especial.
Poirot se encogió a
su vez de hombros.
—Eso puede
aplicarse a cualquiera. ¿Y qué me dice del americano Schwartz?
—Eso le iba a
preguntar. Usted ha hablado con él, y según tengo entendido, ha pasado gran
parte de su vida entre ingleses y americanos. A primera vista parece ser un
turista. Su pasaporte está en regla. Tal vez sea algo extraño el que haya
decidido venir a un sitio como éste... pero cuando los americanos viajan no se
sabe nunca por dónde saldrán. ¿Qué opina usted?
Hércules Poirot
sacudió la cabeza con aire perplejo.
—Superficialmente
—explicó— parece ser un hombre inofensivo, aunque un tanto dado a trabar
amistades. Quizá sea un latoso, mas no creo que sea peligroso. Pero tenemos
tres visitantes más.
El inspector
asintió y su rostro mostró una repentina preocupación.
—Sí; y del tipo que
buscamos. Juraría, señor Poirot, que esos tres hombres forman parte de la banda
de Marrascaud. ¡Que me aspen si no son ratas de hipódromo! Y uno de ellos puede
ser el mismo Marrascaud. ¡Quién lo sabe!
Poirot reflexionó.
En su mente pasó revista a la cara de los tres hombres.
La de uno de ellos
era ancha, de cejas encrespadas y rollizos carrillos... una cara porcina y
bestial. El otro individuo, flaco, de cara puntiaguda y estrecha, con ojos de
expresión fría. El tercero era un tipo de cara redonda con cierto aire
presuntuoso.
Uno de los tres
podía ser Marrascaud, pero si era así, volvía a surgir la pregunta: ¿Por qué
motivo Marrascaud y los componentes de su banda habían hecho aquel viaje
juntos, con objeto de subir a una montaña y caer en una ratonera? La cita
hubiera sido fácil de convenir en un sitio menos extravagante que aquél. En un
café; en una estación de ferrocarril: en un cine lleno de gente; en un parque
público; en cualquier sitio donde hubiera muchas salidas... pero no allí, entre
las nubes y las nieves eternas.
Poirot trató de
imbuir al inspector Drouet algunos de estos conceptos y el policía convino sin
ninguna dificultad en ellos.
—Sí; es verosímil.
No tiene sentido.
—¿Por qué hicieron
el viaje juntos si se trataba de una cita? No; esto no tiene sentido.
Con cara
preocupada, Drouet opinó:
—En ese caso,
debemos hacer una segunda suposición. Esos tres hombres son miembros de la
banda de Marrascaud y han venido hasta aquí para entrevistarse con su jefe.
¿Quién, entonces, es Marrascaud?
—¿Qué me dice del
servicio del hotel? —preguntó Hércules Poirot.
Drouet se encogió
de hombros.
—Puede decirse que
no existe. Hay una vieja que cocina y su marido. Creo que hace cincuenta años
que viven aquí. Y el camarero cuyo puesto ocupo yo ahora; nada más.
—Es de suponer que
el gerente sabrá quién es usted, ¿no es eso?
—Naturalmente. Se
necesitaba su cooperación para el cambio.
—¿No le ha llamado
la atención su aire preocupado?
La observación
pareció afectar a Drouet.
—Sí; es verdad
—dijo pensativamente.
—Tal vez sea tan
sólo la ansiedad de verse envuelto en una acción policíaca.
—¿Cree usted que
habrá algo más que eso? ¿Supone que pueda saber alguna cosa?
—No ha sido más que
una idea. Eso es todo.
Hizo una pausa y
luego prosiguió:
—Posiblemente sea
así —comentó Drouet con acento sombrío.
—¿Opina usted que
podríamos hacerle decir lo que pasa?
Poirot sacudió la
cabeza dubitativamente.
—Lo mejor, según
creo, es que no se entere de nuestras sospechas. No lo pierda de vista ni un
momento.
Drouet asintió y se
dirigió hacia la puerta.
—¿No tiene otra
sugerencia que hacer, señor Poirot? Ya conozco su reputación. En este país
hemos oído hablar mucho de usted.
—De momento no
puedo sugerirle nada más —contestó el detective— Lo que no llego a comprender
es la «razón» de todo esto..., la razón para una cita en este sitio. Ni en
ningún otro.
—Dinero —observó
Drouet.
—Entonces, ¿además
de asesinar al pobre Salley le robaron?
—Sí; llevaba una
gran cantidad de dinero encima y no se ha podido encontrar.
—¿Y cree usted que
la cita se concertó con el propósito de dividir el botín?
—Ésa es la idea que
más salta a la vista.
Poirot volvió a
mover la cabeza con gesto insatisfecho.
—Pero, ¿por qué
aquí? —prosiguió lentamente—. El peor lugar imaginable para una reunión de
criminales. Aunque es un buen sitio para citar a una dama...
Drouet volvió sobre
sus pasos y preguntó con tono excitado :
—¿Cree usted...?
—Creo —replicó
Poirot— que la señora Grandier es una mujer muy interesante. Cualquiera subiría
con mucho gusto a diez mil pies de altura en su obsequio... es decir, si ella
sugiriera tal cosa.
—¿Sabe usted que es
interesante ese punto de vista? Nunca pensé que ella tuviera algo que ver en
este caso. Al fin y al cabo hace muchos años que viene por estas fechas.
—Sí... y, por lo
tanto, su presencia no suscita sospecha alguna —comentó Poirot—. Debe existir
alguna razón de que Rochers Nieges fuese elegido para la cita, ¿no le parece?
Drouet contestó
agitadamente:
—Ha tenido usted
una buena idea, señor Poirot. Investigaré ese aspecto de la cuestión.
4
El día pasó sin
ningún incidente. Por fortuna, el hotel estaba bien avituallado. El gerente
anunció que no debían pasar cuidado por tal cosa. Las provisiones no faltarían.
Hércules Poirot
intentó trabar conversación con el doctor Karl Lutz, pero no tuvo ningún éxito.
El doctor insinuó claramente que la psicología era su preocupación profesional
y que no estaba dispuesto a discutir tal materia con un aficionado. Tomó asiento
en un rincón y siguió la lectura de un grueso tomo alemán que trataba sobre el
subconsciente. De vez en cuando tomaba alguna nota.
Poirot salió de la
casa y se dirigió, casualmente al parecer, hacia donde estaba situada la
cocina. Una vez allí probó de hacer charlar al viejo Jacques, pero éste se
mostró esquivo y desconfiado. Su mujer, la cocinera, fue más asequible. Por
suerte, explicó a Poirot, tenían gran cantidad de conservas... aunque ella no
era partidaria de tal clase de alimentación. Además de ser terriblemente
caras... ¿qué sustancia podía encontrarse en ellas? Dios al hacer el mundo no
se propuso que la gente viviera de latas de conservas.
La conversación fue
derivando hacia el tema referente al servicio del hotel. A primeros de julio
llegaban las criadas y los camareros de refuerzo. Pero durante las próximas
tres semanas no habría nadie o casi nadie. La gente que subía, en su mayor
parte, comía allí y luego volvía al pueblo. Ella, Jacques y el camarero, se
bastaban para cuidar de todo.
—Antes de que
viniera Gustave hubo aquí otro camarero, ¿verdad? —preguntó Poirot.
—Sí; desde luego.
Era un camarero muy malo. No tenía habilidad ni experiencia. No servía para
nada.
—¿Estuvo mucho
tiempo antes de que lo reemplazara Gustave?
—Sólo unos pocos
días... menos de una semana. Lo despidieron, como es natural. No nos
sorprendimos, era una cosa que se veía venir.
—¿No protestó por
ello?
—No, se fue
bastante a la chita callando. Al fin y a la postre, ¿qué es lo que podía
esperar? Éste es un hotel de primera categoría y el servicio debe ser bueno.
Poirot asintió.
—¿Y adonde fue
cuando se marchó de aquí? —preguntó.
—¿Se refiere usted
a Roberto? —encogió los hombros—. Sin duda al cafetucho de donde vino.
—¿Bajó en el
funicular?
La mujer lo miró
con curiosidad.
—Naturalmente,
señor. ¿Por qué otro camino pudo irse?
—¿Lo vio alguien
cuando se marchaba?
Los dos cónyuges
miraron fijamente al detective.
—¿Cree usted que
debíamos ir a ver cómo se marchaba aquel inútil...? ¿A tributarle una gran
despedida? Una tiene ya bastante con sus ocupaciones —replicó la mujer.
—Eso es —dijo
Poirot.
Se alejó lentamente
de allí, mirando al propio tiempo el edificio que se levantaba ante él. Un
hotel de vastas proporciones. Entonces sólo se utilizaba una de sus alas. En
las otras había muchas habitaciones, cerradas, donde no era probable que
encontrara a nadie.
Al dar la vuelta a
una esquina casi se dio de bruces con uno de los tres jugadores de cartas. Era
el de la cara redonda y ojos pálidos. Miró a Poirot con aquellos ojos que
carecían de toda expresión. Solamente los labios se contrajeron un poco,
mostrando los dientes como un caballo resabiado.
El detective pasó
por su lado y continuó el paseo. Ante sí vio una figura... la elevada y airosa
figura de la señora Grandier.
Poirot apresuró el
paso y se sintió al lado de la aparecida.
—Este accidente del
funicular ha sido una contrariedad —Comentó—. Espero, señora, que no le habrá
causado ningún perjuicio.
—Me tiene sin
cuidado tal cosa —replicó ella.
Tenía una voz
profunda, de contralto. No miró a Poirot. Dio la vuelta y entró en el hotel por
una puertecilla lateral.
5
Hércules Poirot se
acostó temprano. Pero pasada la medianoche algo le despertó.
Alguien estaba
manipulando en la cerradura de la puerta.
Se sentó en la cama
y encendió la luz. Y en aquel momento cedió la cerradura y la puerta se abrió
de par en par. Tres hombres aparecieron en el umbral; los tres jugadores de
cartas. Estaban algo embriagados, según pensó Poirot. Sus caras tenían una
expresión atontada, aunque malévola. Vio el brillo de una navaja de afeitar.
El más corpulento
de los tres avanzó y con un gruñido dijo:
—¡Aquí tenemos a
este puerco detective!
Prorrumpió en un
torrente de obscenidades. Los tres avanzaron resueltamente hacia la indefensa
figura sentada en la cama.
—Vamos a
trincharlo, muchachos. Le acuchillaremos la cara al señor detective. No será el
primero esta noche.
Y entonces,
impresionante, con vigoroso acento trasatlántico, una voz ordenó:
—¡Arriba esas
zarpas!
Los tres dieron la
vuelta. Schwartz, vestido con un pijama rayado, de vivos colores, estaba en el
umbral. En la mano llevaba una automática.
—Manos arriba,
pollos. Cuidado, que no suelo fallar ningún tiro.
Apretó el gatillo y
una bala pasó silbando junto a la oreja del gordo, yendo a enterrarse en el
marco de la ventana.
Tres pares de manos
se levantaron apresuradamente.
—¿Permite que le
moleste, señor Poirot? —preguntó Schwartz.
Poirot saltó
rápidamente de la cama. Recogió las relucientes armas y pasó las manos sobre el
cuerpo de los tres hombres para asegurarse de que no llevaban encima ninguna
más.
—¡De frente,
marchen! —dijo Schwartz—. Hay un buen armario al final del pasillo. No tiene
ventana alguna y es justamente lo que necesitamos.
Condujo su rebaño
hasta el armario y lo cerró con llave una vez que hizo entrar a los tres
individuos. Cuando volvió se dirigió a Poirot con voz atiplada por la emoción
que experimentaba en aquel momento.
—¿Llevaba razón o
no...? Sepa usted, señor Poirot, que algunos compadres de Fountain Springs se
rieron de mí cuando dije que me iba a llevar una pistola. «¿Adonde crees que
vas?», me preguntaron, «¿a la selva?». Bueno; ahora el que ríe soy yo. ¿Vio
usted nunca pandilla semejante de rufianes?
—Mi apreciado señor
Schwartz —dijo Poirot—, apareció usted en el instante preciso. La cosa pudo
haber terminado en drama. He contraído una gran deuda con usted.
—No ha sido nada.
¿Y qué hacemos ahora? Debíamos poner a estos chicos en manos de la policía.
Pero eso es precisamente lo que no podemos hacer. Es un problema intrincado.
Tal vez lo mejor será consultar ahora con el gerente.
—¿Al gerente? Creo
que primero debemos hablar con el camarero; con Gustave, alias inspector
Drouet. Sí; el camarero Gustave es en realidad un detective.
Schwartz miró
fijamente a Poirot.
—¡Entonces por eso
se lo hicieron!
—¿Qué es lo que
hicieron y a quién?
—Ese hatajo de
bribones lo tenían a usted en el segundo lugar de su lista. Acuchillaron a
Gustave.
—¿Qué?
—venga conmigo. El
doctor Lutz lo está curando ahora mismo.
La habitación de
Drouet era pequeña y estaba situada en el último piso. Vestido con una bata, el
doctor Lutz estaba vendando la cara del herido.
Volvió la cabeza
cuando entraron los dos.
—¡Ah! Es usted,
señor Schwartz. Un trabajo desagradable. ¡Qué carniceros! ¡Qué monstruos más
inhumanos!
Drouet no se movía,
pero gemía aunque ligeramente.
—¿Está grave?
—pregunto el americano.
—No morirá, si a
eso es a lo que se refiere. Pero no debe hablar... no se le debe excitar. Le
vendé las heridas y no hay peligro de septicemia.
Los tres hombres
salieron juntos de la habitación. Schwartz preguntó al detective:
—¿Dijo usted que
Gustave pertenece a la policía?
Hércules Poirot
asintió.
—¿Y qué hacía aquí,
en Rochers Nieges?
—Se le había
confiado la misión de atrapar a un peligroso criminal.
Poirot explicó la
situación en pocas palabras.
—¿Marrascaud?
—preguntó el doctor Lutz—. Leí el asunto en un periódico. Me gustaría mucho
encontrarme con ese hombre. Debe padecer una profunda anormalidad. Me
interesaría enterarme de cómo fue su infancia.
—Pues yo —dijo
Poirot—, me contentaría con saber exactamente dónde está en estos momentos.
—¿Es alguno de los
que encerró en el armario? —preguntó el americano.
Poirot contestó con
acento dubitativo.
—Es posible... pero
no estoy seguro... Tengo una idea...
Calló y miró
fijamente la alfombra. Era de color avellana claro y en ella se veían las
huellas de un tono rojizo profundo.
—Huellas de pasos
—dijo el detective—. Huellas de sangre que, según creo, conducen hacia la parte
inhabitada del hotel. Vamos, debemos darnos prisa.
Los demás lo
siguieron. Pasaron por unas puertas oscilantes y cruzaron un pasillo oscuro y
polvoriento. Dieron vuelta a un recodo, siguiendo todavía las huellas, hasta
que llegaron ante una puerta entreabierta.
Poirot la acabó de
abrir y entró en la habitación.
Lanzó una
exclamación aguda y horrorizada.
El cuarto era un
dormitorio. La cama estaba deshecha y encima de una mesa se veía una bandeja
con comida.
En medio de la
habitación yacía el cuerpo de un hombre. Era de estatura un poco más que
mediana y había sido agredido con salvaje e increíble ferocidad. Sus brazos y
pecho habían recibido una docena de heridas y le habían machacado la cara hasta
casi dejarla hecha una pulpa.
Schwartz lanzó una
exclamación medio ahogada y dio la vuelta con aspecto de no encontrarse bien.
Por su parte, el
doctor Lutz profirió una interjección en alemán.
—¿Quién es ese
individuo? —preguntó Schwartz desmayadamente— ¿Lo conoce alguien?
—Me imagino —dijo
Poirot— que fue conocido como Roberto, un camarero bastante inútil...
Lutz se había
acercado, inclinándose sobre el cadáver. Con un dedo señaló.
Sobre el pecho del
muerto se veía un papel. En él había unas cuantas palabras garrapateadas con
tinta.
«Marrascaud no
volverá a matar... Ni robará más a sus compañeros.»
El americano
exclamó:
—¡Marrascaud?
Entonces éste es Marrascaud. ¿Pero qué le trajo a un lugar tan apartado? ¿Y por
qué dice usted que se llamaba Roberto?
—Estaba aquí
disfrazado de camarero —dijo Poirot—. Y por cierto, fue un camarero bastante
malo. Tan malo, que nadie se sorprendió cuando lo despidieron. Pensaron que
volvería a Aldermatt, pero nadie lo vio irse.
Lutz comentó con
voz lenta y retumbante:
—Y si fue así...
¿Qué cree usted que ocurrió?
—Creo que en esta
habitación tenemos el motivo de cierta expresión angustiada que todos hemos
visto en la cara del gerente —replicó Poirot—. Marrascaud debió ofrecerle una
buena cantidad de dinero para que le permitiera esconderse en la parte
deshabitada del hotel...
Y añadió con
aspecto pensativo:
—Pero el gerente no
las tenía todas consigo.
—¿Y Marrascaud
continuó viviendo en esta parte del hotel, sin que lo supiera más que el
gerente?
—Así parece. Fue
una cosa completamente posible.
—¿Por qué lo
mataron? —preguntó el doctor Lutz—. ¿Y quién lo mató?
—Eso es fácil
—exclamó Schwartz—. Debía repartir el dinero con los de su banda y no lo hizo.
Los traicionó.
Vino aquí, a este
lugar retirado, para descansar un poco. Tal vez se imaginó que era el sitio en
que menos pensarían sus compañeros; pero se equivocó. De una u otra forma, los
otros se enteraron y lo siguieron hasta aquí —con la punta del zapato tocó el cadáver—.
Y así... le ajustaron las cuentas.
Hércules Poirot
murmuró:
—Sí; no fue la
clase de cita en que pensamos.
El doctor Lutz
observó con voz irritada:
—Estas
especulaciones pueden ser muy interesantes, pero yo estoy preocupado por
nuestra posición social. Tenemos un hombre muerto y, además, he de ocuparme de
un herido, para lo cual dispongo de muy pocas medicinas. ¡Estamos aislados del
mundo! ¿Por cuánto tiempo?
—Puede añadir a los
tres asesinos que tenemos encerrados en el armario —apuntó el americano—. Es lo
que yo llamo una situación interesante.
—¿Qué haremos?
—preguntó Lutz.
—En primer lugar,
entrevistarnos con el gerente —dijo Poirot—. No es un criminal, sino un hombre
ávido de dinero. Y además, un cobarde. Hará todo lo que le digamos. Mi buen
amigo Jacques, o su mujer, nos facilitarán unas cuerdas. Nuestros tres
malandrines deben ser puestos donde podamos guardarnos con seguridad hasta el
momento en que vengan a ayudarnos. Creo que la automática del señor Schwartz
apoyará cualquier decisión que tomemos.
—¿Y yo? —preguntó
el doctor Lutz—. ¿Qué hago yo?
—Usted —contestó
gravemente Poirot —. Debe hacer cuanto pueda por su paciente. Nosotros
vigilaremos sin descanso... y esperaremos. No podemos hacer nada más.
6
Pasaron tres días
antes de que, en las primeras horas de la mañana, una pequeña partida de
hombres apareció ante el hotel.
Fue Hércules Poirot
quien abrió la puerta y los recibió con una versallesca reverencia.
— Bien venido,
amigo mío.
El señor
Lementeuil, el comisario de policía asió las dos manos de Poirot.
—¡Ah, amigo mío;
qué alegría me da verlo de nuevo! ¡Qué cosa más estupenda y qué emociones habrá
experimentado!... Y nosotros abajo; ansiosos, llenos de temor... sin saber
nada; temiéndolo todo. Sin radio ni otro medio de comunicación. El heliógrafo
fue un destello brillante de su ingenio.
—No, no —Poirot
procuró aparentar modestia—. Al fin y al cabo, cuando fallan los inventos
humanos, recurre uno a la Naturaleza. El sol siempre está en el cielo.
El pequeño grupo
entró en el hotel.
—¿No nos esperaban?
—preguntó Lementeuil con sonrisa que más bien era una mueca.
Poirot sonrió a su
vez.
—Pues no —dijo—. Se
cree que el funicular no funcionará por ahora.
Lementeuil,
emocionado, dijo:
—Éste es un gran
día. ¿Cree usted que no hay duda? ¿Es realmente Marrascaud?
—Claro que es
Marrascaud. Venga conmigo.
Subieron por la
escalera. Una puerta se abrió y apareció Schwartz, envuelto en su bata. Miró
fijamente a los que llegaban.
—He oído voces
—dijo—. ¿Qué ocurre?
Hércules Poirot
explicó con ampulosos ademanes:
—¡Han llegado los
refuerzos! Acompáñenos, señor. Éste es un gran momento.
Empezaron a subir
el siguiente tramo de escaleras.
—¿Van en busca de
Drouet? —preguntó Schwartz—. Y a propósito, ¿cómo está?
—El doctor Lutz
dijo anoche que estaba mejor.
Llegaron ante la
puerta de la habitación de Drouet. Poirot la abrió y anunció:
—Aquí tienen su
jabalí salvaje, caballeros. Cójanlo vivo y cuiden de que no defraude a la
guillotina.
El hombre tendido
en la cama intentó levantarse. Pero los policías lo cogieron por los brazos
antes de que pudiera moverse.
Schwartz exclamó
asombrado:
—Pero si es Gustave
el camarero... Es el inspector Drouet.
—Es Gustave... pero
no Drouet. Drouet fue el primer camarero: el llamado Roberto que fue encerrado
en la parte deshabitada del hotel y a quien Marrascaud mató la misma noche en
que se produjo el ataque a mi habitación.
7
Después del
desayuno, Poirot explicó la situación al americano que estaba hecho un lío.
—Sepa usted que hay
ciertas cosas que uno conoce con toda exactitud, gracias a la experiencia que
depara la propia profesión. Yo sé, por ejemplo, la diferencia que existe entre
un detective y un asesino. Gustave no era camarero; eso lo sospeché en seguida...
pero asimismo no era policía. He tenido que tratar con policías durante toda mi
vida y lo sé. Para un ajeno a la profesión podía pasar por policía; pero no
ante un hombre que se dedicara al oficio de detective, como yo.
«Por lo tanto
—continuó— sospeché de él inmediatamente. Aquella noche no bebí el café que me
sirvió Gustave. Lo vertí y estuve acertado con ello. Entrada ya la noche
penetró un hombre en mi habitación con la confianza de quien sabe que su
víctima está narcotizada. Rebuscó entre mis cosas y encontró la nota de
Lementeuil en mi cartera... donde la dejé expresamente para que él la
encontrara. A la mañana siguiente, Gustave me trajo el desayuno. Se dirigió a
mí, utilizando mi verdadero nombre y desempeñó su papel con completa confianza.
Pero sentía una gran inquietud, porque la policía estaba sobre su pista. Se dio
cuenta de la posición en que se encontraba; del terrible desastre que se le
avecinaba. Sus planes quedaban desbaratados por completo. Estaba cogido aquí
arriba como una rata en la ratonera.
—Hizo una solemne
tontería al venir —comentó con seguridad Schwartz—. ¿Por qué vino?
Poirot contestó
gravemente:
—No tanta tontería
como usted cree. Tenía necesidad, con suma urgencia, de encontrar un sitio
retirado donde pudiera encontrarse con determinada persona y donde cierto hecho
pudiera tener lugar.
—¿Qué persona?
—El doctor Lutz.
—¿El doctor Lutz?
¿También es un bribón?
—El doctor Lutz es
realmente el doctor Lutz; pero no es un especialista de los nervios, ni un
psicoanalista. Es un cirujano, amigo mío; un cirujano especializado en cirugía
estética. Ésa era la causa por la cual debía encontrarse aquí con Marrascaud.
Lo expulsaron de su país y se encuentra en la indigencia o poco menos. Y
entonces le ofrecieron unos crecidos honorarios por encontrarse aquí con un
hombre al que debía cambiar los rasgos faciales utilizando los conocimientos de
su especialidad. Pudo haber sospechado que se trataba de un criminal, y si lo
hizo cerró los ojos a tal hecho. Por lo tanto, no se atrevió a utilizar los
servicios de una clínica en cualquier país extranjero. Aquí arriba, donde nadie
viene en época tan temprana si no es para una visita rápida y donde el gerente
es un hombre que necesita dinero y a quien se puede comprar, se encontraba el
sitio ideal.
»Pero, como dije,
las cosas no salieron bien —continuó Poirot—. Marrascaud fue traicionado. Los
tres hombres, sus guardaespaldas que debían venir para protegerle, no habían
llegado aún, pero Marrascaud actuó sin perder momento. Secuestró al policía que
se hacía pasar por camarero y ocupó su puesto. La banda se ocupó luego de
estropear el funicular. Todo era cuestión de ganar tiempo; la noche siguiente
fue muerto Drouet y le prendieron un papel en el pecho. Esperaban que cuando se
restablecieran las comunicaciones con el valle, el cuerpo de Drouet hubiera
sido enterrado como el de Marrascaud. El doctor Lutz llevó a cabo su operación
sin más demora. Pero tenían que hacer callar a un hombre... a Hércules Poirot.
Y por lo tanto, envió a su banda para que me liquidaran. Gracias a usted, amigo
mío...
Poirot hizo una
ligera inclinación de cabeza.
—Entonces, ¿es
usted realmente Hércules Poirot? —preguntó el americano.
—Ni más ni menos.
—¿Y no le engañaron
ni un instante con aquel cadáver? ¿Sabía usted entonces que no era el de
Marrascaud?
—Naturalmente.
—¿Y por qué no lo
dijo?
La cara de Poirot
se tensó repentinamente.
—Porque quería
estar seguro de entregar a la policía el verdadero Marrascaud.
Y murmuró para sí
misino:
—Quería capturar
vivo al jabalí salvaje de Erimantea...
capítulo V
LOS ESTABLOS DE
AUGIAS
1
—La situación es en
extremo delicada, señor Hércules Poirot.
Una ligera sonrisa
distendió los labios del detective, que estuvo a punto de contestar:
—Siempre lo es.
Pero en lugar de
ello, ajustó la expresión de su cara a lo que pudiera llamarse la extrema
discreción de un médico de cabecera.
Sir George Conway
prosiguió su perorata. Las frases salían de su boca con facilidad... La sin
igual delicadeza de la posición en que se encontraba el Gobierno... El interés
Público... la solidaridad del Partido... La necesidad de presentar un frente
unido... El poder de la prensa... la prosperidad del país...
Todo aquello sonaba
muy bien y no tenía significado alguno. Hércules Poirot sintió ese dolor de
mandíbula que se experimentaba cuando uno tiene ganas de bostezar, pero lo
prohíbe la buena educación. Había sentido la misma necesidad al leer los
debates parlamentarios en la prensa, pero en aquella ocasión no se vio obligado
a reprimir sus bostezos.
Se armó de
paciencia para resistir aquello. Sentía, al propio tiempo, cierta simpatía por
sir George Conway. El hombre quería, sin duda, decirle algo... y se veía
también que había perdido la costumbre de explicar las cosas sencillamente. Las
palabras se habían convertido para él en un medio que le servía para oscurecer
los hechos... no para aclararlos. Era un entusiasta de la frase conveniente; es
decir, de la frase que suena bien al oído y carece por completo de significado.
Las palabras
siguieron fluyendo, mientras la cara del pobre sir George enrojecía por
momentos. Lanzó una mirada desesperada al hombre que se sentaba a la cabecera
de la mesa y el otro acudió en su ayuda.
—Está bien, George;
yo se lo explicaré —dijo Edward Ferrier.
Hércules Poirot
apartó su mirada del ministro de la Gobernación y la fijó en el jefe del
Gobierno. Sentía un intenso interés por Edward Ferrier; un interés promovido
por una frase casual que oyó a un anciano de ochenta y dos años. El profesor
Fergus MacLeod, después de resolver un problema de química surgido al probar la
culpabilidad de un asesino, había hablado un poco de política. Cuando se retiró
el famoso y generalmente estimado John Hammet, ahora lord Cornworthy, su hijo
político Edward Ferrier fue llamado a formar Gobierno. Comparando su edad con
la de los principales políticos, era un hombre joven, pues todavía no había
llegado a los cincuenta años. El profesor MacLeod había dicho: «Ferrier fue uno
de mis discípulos. Es un hombre cabal.»
Eso fue todo; pero
para Hércules Poirot representaba mucho. Si MacLeod calificaba de cabal a un
hombre, era una prueba de su carácter que no admitía comparación con cualquier
entusiasmo popular o periodístico.
A decir verdad,
ello coincidía con la opinión general. Edward Ferrier estaba considerado como
un hombre cabal y entero; sin más aditamento. Ni brillante ni eminente; no como
un orador de particular elocuencia; ni como hombre de vastos estudios. Era un
ciudadano recto; educado en la más pura tradición. El que se casó con la hija
de John Hammet, de quien, por decirlo así, fue la mano derecha. Podía
confiársele el gobierno de la nación, pues seguiría la misma política de su
antecesor.
Porque John Hammet
gozó de profunda estimación por parte del pueblo y la prensa inglesa. En él
estaban representadas cada una de las cualidades favoritas de los británicos.
La gente estaba segura de su honradez. Se contaban anécdotas sobre su sencilla
vida hogareña y su afición a la jardinería. Si Baldwin hizo famosa su pipa y
Chamberlain su paraguas, John Hammet popularizó su impermeable. Siempre lo
llevaba puesto; era una prenda usada y deslucida por el tiempo. Como un símbolo
del clima inglés; de la prudente previsión de la raza; de su apego a sus viejas
propiedades. Además, John Hammet sabía cómo hablar en público, a la manera
inglesa. Sus discursos, pronunciados en tono reposado y serio, contenían esos
tópicos simples y sencillos tan profundamente arraigados en el corazón de los
ingleses. Los extranjeros criticaban algunas veces esos discursos, diciendo que
eran hipócritas a la vez que intolerablemente liberales. John Hammet no tenía
ningún inconveniente en ser liberal, de una forma deportiva, como educado en
una escuela pública.
Por otra parte, era
hombre de buena presencia; alto y erguido, de tez blanca y brillantes ojos
azules. Su madre nació en Dinamarca y él fue durante muchos años primer lord
del Almirantazgo, lo cual dio lugar a que lo apodaran «El Vikingo». Cuando su
poca salud le forzó por fin a dejar las riendas del Gobierno, se experimentó un
desasosiego general. ¿Quién le sucedería? ¿El refulgente lord Charles
Delafield? (Demasiado brillante; Inglaterra no necesitaba brillantez.) ¿Evan
Whittler? (Inteligente, pero quizás un poco falto de escrúpulos.) ¿John Potter?
(La clase de hombre capaz de convertirse en un autócrata, y los ingleses no
necesitaban tal cosa en su país.) Por lo tanto, todos dieron un suspiro de
alivio cuando el reposado Edward Ferrier asumió el cargo. Ferrier era el hombre
apropiado. Había sido preparado por el «viejo» con cuya hija se casó. Según la
popular expresión inglesa, Ferrier «se sostendría».
Hércules Poirot
fijó su mirada en aquel hombre sereno, de cara enigmática y voz agradable. Era
delgado, moreno y tenía aspecto de estar fatigado.
Edward Ferrier
estaba diciendo:
—Tal vez, señor
Poirot, conocerá usted un semanario titulado el X-ray News.
—Le di una ojeada
de vez en cuando —admitió Poirot, enrojeciendo ligeramente.
—Entonces, ya sabe
usted, poco más o menos, en qué consiste —dijo el primer ministro—. Es una
especie de libelo, con párrafos detonantes que apuntan sensacionalmente a
hechos que se suponen secretos. Algunos de ellos son verdaderos; otros,
inofensivos... Mas todos servidos de una forma picante. En ciertas ocasiones...
Hizo una pausa y
luego prosiguió con voz un poco alterada:
—En ciertas
ocasiones hay algo más.
Hércules Poirot no
replico.
—Desde hace dos
semanas —continuó Ferrier— se vienen haciendo insinuaciones sobre el inminente
descubrimiento de un escándalo mayúsculo en las más altas esferas políticas.
«Asombrosas revelaciones de corruptelas.»
El detective se
encogió de hombros y observó:
—Un truco vulgar.
Cuando esas revelaciones salen a la luz, decepcionan generalmente a los que
gustan del sensacionalismo.
Ferrier contestó
con sequedad:
—Esta vez no
quedarán decepcionados.
—Entonces, ¿sabe
usted de qué se trata? —preguntó el detective.
—Poco más o menos.
Edward Ferrier
calló durante unos instantes y después empezó a hablar. Cuidadosa y
metódicamente, fue exponiendo lo ocurrido.
No era una historia
muy edificante. Acusaciones de desvergonzados embrollos; escamoteo de valores
públicos, empleo fraudulento de los fondos del Partido. Todos esos cargos se
hacían contra el último jefe del Gobierno, John Hammet. Demostraban que fue un bribón
redomado, que con un colosal abuso de confianza y utilizando su posición había
amasado una gran fortuna personal.
La voz reposada de
Ferrier calló al fin. El ministro de la Gobernación gruñó:
—¡Es monstruoso!
—farfulló—. ¡Monstruoso! Ese Perry, el que edita el periodicucho, debía ser
fusilado.
Poirot preguntó:
—¿Y esas
revelaciones, o lo que sean, van a publicarse en el X-ray News?
—Sí.
—¿Qué medidas
piensa usted adoptar contra ello?
Ferrier contestó
lentamente:
—Constituyen un
ataque personal a John Hammet. Por lo tanto, tendrá perfecto derecho a demandar
al periódico por difamación.
—¿Estará dispuesto
a ello?
—No.
—¿Por qué?
—Posiblemente nada
agradaría más al X-ray News —le contestó el primer ministro—. La propaganda que
esto le daría sería enorme. Su defensa se basaría en que todo consiste en un
comentario imparcial y que las declaraciones hechas son verdad. El asunto sería
expuesto exhaustivamente a la curiosidad pública.
—Pero así y todo,
si el caso se falla contra el periódico, los gastos serán elevados en extremo.
—El fallo puede
serles favorable —replicó Ferrier.
—¿Por qué?
—En realidad, yo
creo que... —insinuó sir George.
Pero Edward Ferrier
estaba ya hablando.
—Porque lo que
quieren publicar es... pura y simplemente la verdad.
Sir George lanzó un
gruñido, como quejándose de una franqueza totalmente antiparlamentaria.
—Pero, Edward
—exclamó—, seguramente no admitiremos...
La sombra de una
sonrisa pasó por la cara fatigada del primer ministro.
—Por desgracia,
George —dijo—, hay veces en que debe decirse la verdad desnuda. Ésta es una de
ellas.
—Ya comprenderá,
señor Poirot —exclamó sir George—, que esto es estrictamente confidencial. Ni
una palabra...
Ferrier lo
interrumpió.
—El señor Poirot lo
comprende perfectamente —dijo—. Lo que tal vez no haya entendido es esto: el
futuro del Partido está en juego. Nuestro Partido se mantiene por lo que
representa para el pueblo de Inglaterra; porque defiende la decencia y la
honradez. Nadie nos consideró nunca como políticos insignes. Nos habremos
confundido y equivocado. Pero siempre seguimos la tradición de hacerlo todo
como mejor hemos sabido. Y además, hemos sido partidarios de la honradez
estricta. El desastre que se nos viene encima consiste en que el hombre que era
nuestro caudillo, el honrado hombre del pueblo par excellence... ha resultado
ser uno de los peores bribones de esta generación.
Sir George profirió
otro gruñido.
—¿No se había
enterado usted de lo que pasó? —preguntó Poirot.
La sonrisa cruzó de
nuevo aquella cansada cara.
—Tal vez no me
crea, señor Poirot —dijo Ferrier—. Pero al igual que los demás, estaba
completamente engañado. Nunca comprendí la curiosa actitud de reserva que mi
esposa guardaba respecto a su padre. Pero ahora ya lo entiendo. Ella conocía su
manera de ser.
«Cuando la verdad
comenzó a revelarse —continuó después de una pausa—, me horroricé; no lo pude
creer. Instamos la renuncia de mi suegro al cargo que ostentaba, basándonos en
su poca salud y nos pusimos a... limpiar la porquería.
Sir George
refunfuñó:
—Los establos de
Augías.
Poirot dio un
respingo.
—Me temo —dijo
Ferrier— que sea una tarea demasiado hercúlea para nosotros. Una vez que los
hechos sean del dominio público, se producirá una ola de reacción por todo el
país. Caerá el Gobierno; se convocarán nuevas elecciones y Everhard y su
partido volverán al poder. Ya conoce usted el problema político de Everhard.
Sir George
balbuceó:
—Un incendiario...
eso es.
—Everhard es hábil
—comentó lentamente Ferrier—. Pero es temerario, belicoso y carece por completo
de tacto. Sus seguidores son ineptos y vacilantes... prácticamente sería una
dictadura.
Hércules Poirot
asintió.
—Tan sólo con que
pudiéramos mantener secreto el asunto... —insinuó sir George.
El primer ministro
sacudió despacio la cabeza. Fue un gesto de desaliento.
—¿Acaso duda de que
pueda guardarse secreto? —preguntó Poirot.
—Lo he llamado,
señor Poirot, contando con usted como último recurso —dijo Ferrier—. En mi
opinión, este asunto es demasiado grave, y lo conoce demasiada gente para que
se pueda ocultar con éxito. Los dos únicos medios de que disponemos, simple y
llanamente, son la fuerza o el soborno, y no espero que prospere ninguno de
ellos. El ministro de la Gobernación ha comparado nuestro problema con los
establos de Augías. Se necesita, señor Poirot, la violencia de un río
desbordado, el impulso desatado de las fuerzas de la Naturaleza... nada menos
que un milagro.
—Se necesita, en
resumen, un Hércules —dijo Poirot moviendo afirmativamente la cabeza con
expresión complacida—. Recuerde que me llamo Hércules... —añadió.
—¿Puede hacer usted
el milagro, señor Poirot? —preguntó Ferrier.
—Para eso me llamó,
¿no es cierto? Pensó que tal vez yo pudiera hacerlo, ¿verdad?
—Así es... Me di
cuenta de que si queríamos conseguir la salvación, sólo podía venir esto a
través de una inteligencia fantástica y fuera de las reglas habituales.
Y prosiguió al cabo
de un momento:
—Aunque es posible
que considere usted la situación desde un punto de vista ético, ¿no es eso?
John Hammet fue un sinvergüenza; pero la leyenda que le rodea debe ser
explotada. ¿Puede construirse una casa honrada sobre cimientos deshonestos? No
lo sé. Pero de lo que sí estoy seguro es de que lo intentaré —sonrió con súbita
acritud—. Como ve, los políticos quieren permanecer en sus cargos por los
móviles más sublimes.
Hércules Poirot se
levantó.
—Señor —dijo—. Mi
experiencia en el campo policíaco tal vez no me permita tener muy buena opinión
de los hombres que se dedican a la política. Si John Hammet ocupara todavía su
campo, no levantaría un solo dedo para salvarlo... no; ni el dedo meñique. Pero
sé algo acerca de usted. Un hombre que es realmente grande, uno de nuestros más
eminentes científicos y de los mejores cerebros de nuestros días, me dijo que
era usted... un hombre cabal. Haré lo que pueda.
Hizo una reverencia
y salió de la habitación. Sir George exclamó:
—Bueno, en mi vida
vi desfachatez semejante...
Pero Edward
Ferrier, sonriendo todavía, dijo:
—Fue un cumplido.
2
Cuando bajaba la
escalera, Hércules Poirot se vio detenido por una mujer alta, de cabellos
rubios.
—Haga el favor de
pasar a este saloncito, señor Poirot.
El detective se
inclinó ligeramente y la siguió:
Ella cerró la
puerta, le indicó una silla y le ofreció un cigarrillo. Luego tomó asiento
frente a Poirot.
—Acaba usted de ver
a mi marido —dijo sosegadamente—, y le ha contado... lo de mi padre.
Poirot la miró con
atención. Era una mujer de alta estatura, todavía hermosa, en cuya cara se
reflejaba un carácter resuelto y una inteligencia muy despierta. La señora
Ferrier era una figura popular. Como esposa del primer ministro era natural que
recayera sobre ella gran parte de la popularidad de su marido. Pero como hija
de John Hammet, su popularidad era todavía mayor. Dagmar Ferrier representaba
el ideal popular del sexo femenino inglés.
Era una esposa
adicta, una madre amante, que compartía la afición de su marido por la vida
campestre. Se interesaba solamente en aquellos aspectos de la vida pública que,
por lo general, se estiman como esferas apropiadas para la actividad femenina.
Vestía bien, pero nunca con ostentación. La mayor parte de su tiempo estaba
dedicada a practicar la caridad en gran escala. Había inaugurado organizaciones
especiales para socorrer a las esposas de los obreros sin trabajo. La nación
entera se interesaba por ella y era uno de los principales medios positivos con
que contaba el Partido.
—Debe estar usted
terriblemente alarmada, señora —le dijo Hércules Poirot.
—Lo estoy... y no
sabe usted cuánto. Durante años estuve temiendo... que ocurriera algo.
—¿No tiene usted
idea de lo que sucede actualmente?
Ella sacudió la
cabeza.
—No... ni la más
mínima idea. Sólo sé que mi padre no ha sido... lo que todos suponían. Desde
que era una niña, ya me di cuenta de que era... un farsante.
Su voz era profunda
y de tono amargo.
—Edward se casó
conmigo... y ahora lo perderá todo —dijo.
Poirot preguntó
tranquilamente:
—¿Tiene usted
enemigos, señora?
Ella lo miró
sorprendida.
—¿Enemigos? No lo
creo.
El detective
comentó con aspecto pensativo:
—Yo creo que los
tiene...
Y luego prosiguió:
—¿Tendrá usted
valor, señora? Se prepara una gran campaña contra su marido y contra usted
misma. Debe estar dispuesta a defenderse.
—Pero lo mío no
importa. ¡Es solamente por Edward! —exclamó ella.
—El uno incluye al
otro, señora. Recuerde que es usted la mujer del César.
Vio cómo la mujer
palidecía y se inclinaba hacia delante para preguntar:
—¿Qué es lo que
pretende decirme?
3
Percy Perry, el
editor del X-ray News, estaba sentado ante su mesa de trabajo.
Era bajito y tenía
cara de comadreja.
Con voz suave y
untuosa estaba diciendo en aquel momento:
—Les vamos a sacar
todos los trapos sucios. ¡Estupendo, estupendo!
Su segundo, un
joven flaco que usaba gafas, preguntó intranquilo:
—¿No está usted
nervioso?
—¿Por si emplean
métodos violentos? Ellos no son de ésos. No tienen suficiente carácter. Y si lo
hicieran no les aprovecharía de nada. Es imposible, dada la forma con que lo
hemos preparado todo, tanto aquí como en el Continente y en América.
El otro contestó:
—Deben encontrarse
en un buen apuro. ¿No cree que intentarán algo?
—Mandarán a alguien
para que parlamente...
Sonó un zumbador y
Percy Perry cogió el auricular.
—¿Quién ha dicho?
—preguntó—. Está bien; hágalo pasar.
Dejó el auricular e
hizo una mueca.
—Han contratado a
ese polizonte belga. Vendrá para llevar a cabo su parte en el programa. Querrá
saber si estamos dispuestos a negociar.
Hércules Poirot
entró en el despacho. Iba elegantemente vestido y llevaba una camelia blanca en
el ojal.
—Encantado de
conocerlo, señor Poirot —dijo Percy Perry—. ¿Va usted al Royal Enclosure de
Ascot? ¿No? Perdone, me equivoqué.
—Me lisonja usted
—contestó el detective—. Sólo pretendo tener un buen aspecto. Eso tiene mayor
importancia —paseó la mirada por la cara del editor y su desaliñado traje—
cuando uno tiene pocas ventajas naturales.
Perry preguntó con
sequedad:
—¿Para qué quería
verme?
Poirot se inclinó
hacia delante, se dio un golpe en la rodilla y dijo con alegre sonrisa:
—Chantaje.
—¿Qué diablos
quiere decir? ¿Chantaje?
—He oído... me lo
ha contado un pajarito... que en ocasiones ha estado usted a punto de publicar
ciertas manifestaciones verdaderamente perjudiciales en su spirituel
periódico... aunque luego se ha producido un pequeño incremento en el saldo de
su cuenta corriente y... al final no llegaron a publicarse tales
manifestaciones.
Poirot se recostó
en su asiento y movió la cabeza, como satisfecho por lo que acababa de decir.
—¿Se da usted
cuenta de que lo que ha insinuado representa una calumnia?
Poirot sonrió con
aire de seguridad.
—Estoy seguro de
que usted no se ofenderá por ello.
—¡Claro que me
ofendo! Y respecto al chantaje, no existe ninguna prueba de que lo haya
practicado con nadie.
— No, no. Estoy
seguro de ello. No me ha comprendido. No lo estoy amenazando. Quería tan sólo
llegar a una simple pregunta. ¿Cuánto?
—¡No sé de qué me
está usted hablando! —replicó Percy Perry.
—Un asunto de
importancia nacional, señor Perry.
Cambiaron una
expresiva mirada.
—Soy un reformador,
señor Poirot —dijo el editor—. Quiero aclarar la política de este país. Me
opongo a toda corrupción. ¿Conoce usted el estado actual de la política?
Exactamente igual que los establos de Augías.
—¡Caramba! —exclamó
Hércules Poirot—. También usa usted la misma frase.
—Y lo que hace
falta —prosiguió Perry— para limpiar esos establos es la corriente impetuosa y
purificadera de la opinión pública.
El detective se
levantó.
—Aplaudo sus
sentimientos —dijo.
Y añadió:
—Es una lástima que
no necesite usted dinero.
Percy Perry
contestó con rapidez:
—Oiga, espere un
momento. Yo no dije eso exactamente.
Pero Poirot había
salido ya.
En vista de los
hechos que sucedieron después, su pretexto para obrar así, según dijo, fue que
no le gustaban los chantajistas.
4
Everitt Dashwood,
el joven y alegre miembro de la redacción del periódico The Branch, golpeó
afectuosamente la espalda de Hércules Poirot.
—Hay varias clases
de basura, amigo mío —dijo—. La mía es basura limpia.
—No le estaba
insinuando que fuera igual a la de Percy Perry.
—Ése es un
condenado chupóptero. Una mancha en nuestra profesión. Si pudiéramos ya lo
habríamos hundido.
—Pues sucede
—explicó Poirot— que en este momento me encargo de un pequeño asunto
consistente en aclarar un escándalo político.
—Quiere limpiar los
establos de Augías, ¿eh? —le dijo Dashwood—. Demasiado pesado para usted. La
única forma de hacerlo sería desviando el Támesis para que se llevara por
delante el Parlamento.
—Es usted un cínico
—repitió Poirot moviendo la cabeza.
—Conozco el mundo;
ni más ni menos.
—Creo que es usted
el hombre que necesito —dijo el detective—. Es atrevido, tiene espíritu
deportivo y le gustan las cosas que se salgan de lo corriente.
—¿Y suponiendo que
así sea...?
—Quiero poner en
práctica un plan que tengo en la imaginación. Si es cierto lo que me figuro,
existe una conjura que debemos desbaratar. Y todo ello, amigo mío, constituirá
otra noticia que su periódico publicará antes que ningún otro.
—De acuerdo —dijo
alegremente Dashwood.
—Estará relacionado
con un grosero complot que fraguan contra una mujer.
—Mejor que mejor.
Estas cosas de mujeres siempre interesan a la gente.
—Entonces, siéntese
y escuche.
5
La gente hablaba.
En el bar de «El
Ganso y las Plumas» de Little Winpliton.
—Bueno; pues yo no
lo creo. John Hammet fue siempre un hombre honrado; no faltaba más. Ya
quisieran parecérsele muchos de esos politicastros que andan por ahí.
—Eso es lo que
siempre se dice de los estafadores antes de ser descubiertos.
—Cuentan que hizo
miles de libras con el asunto del petróleo de Palestina. Un negocio de los más
sucios.
—Todos ellos están
cortados con el mismo patrón. No son ni más ni menos que unos asquerosos
bribones.
—Everhard nunca
haría eso. Pertenece a los de la vieja escuela.
—Está bien; pero no
creo que John Hammet sea lo que dicen. Si fueras a creer todo lo que ponen los
periódicos...
—La mujer de
Ferrier es hija suya. ¿Has oído lo que cuentan de ella?
Todos se inclinaron
sobre un sobado ejemplar del X-ray News.
«¿La mujer del
César? Hemos oído que cierta dama relacionada con las más altas esferas
políticas fue vista el otro día en un ambiente verdaderamente extraño. Y
acompañada por su gigolo. ¡Oh, Dagmar, Dagmar! ¿Cómo puedes ser tan picarona?»
Una voz rústica
comentó:
—La señora Ferrier
no hace esas cosas. ¿Gigolo? Uno de esos desvergonzados dagos .
Otra voz replicó:
—No te fíes nunca
de las mujeres. Si quieres que te diga la verdad creo que no hay ni una buena.
6
La gente hablaba.
—Mira, querida: yo
creo que es absolutamente cierto. A Noemi se lo dijo Paul, y éste oyó cómo lo
contaba Andy. Es una depravada.
—Pero si siempre
fue tan normal y nunca salió de casa a no ser que tuviera que inaugurar alguna
tómbola benéfica...
—Simple camuflaje,
querida. Es ninfomaníaca... Bueno; ya sabes, eso es lo que dice el X-ray News.
¡Claro que no lo pone con todas las palabras! Pero lo puedes leer entre líneas.
No sé cómo se enteraron de esas cosas.
—¿Y qué me dices
del escándalo público que dejan entrever? Aseguran que su padre malversó los
fondos del Partido.
7
La gente hablaba.
—No me gusta pensar
en ello, se lo aseguro, señora Rogers. Pues ya ve usted, siempre pensé que la
señora Ferrier era una mujer que sabía lo que se hacía.
—¿Cree usted que
todas esas atrocidades son verdad?
—Como le dije
antes, no me gusta pensar eso de ella. ¿Quién lo iba a imaginar? Si hace tan
sólo unos meses, en junio, inauguró una tómbola en Pelchester. Y estuve tan
cerca de ella como lo estoy ahora de ese sofá. Tenía una Sonrisa tan
agradable...
—Sí; pero yo digo
que cuando el río suena...
—Desde luego, eso
es verdad. ¡Dios mío!, parece como si no pudiera fiarse una de nadie.
8
Edward Ferrier, con
la cara pálida y tensa, se dirigió a Poirot.
—¡Esos ataques a mi
mujer... son obscenos... absolutamente obscenos! Voy a entablar una demanda
contra ese vil periodicucho.
—Yo no le
aconsejaría eso —observó Poirot.
—Pero convendrá
conmigo en que esas condenadas mentiras deben acabar.
—¿Está usted seguro
de que son mentiras?
—¡Maldita sea! ¡Sí!
Con la cabeza
ligeramente ladeada, Poirot preguntó:
—¿Y qué dice su
esposa?
Por un momento
Ferrier pareció desconcertarse.
—Ella opina que lo
mejor es no darse por enterados... Pero yo no puedo hacerlo. Todo el mundo
habla...
—Sí; todo el mundo
habla —replicó el detective.
9
Y entonces apareció
la lacónica noticia en todos los periódicos.
«La señora Ferrier
sufre una ligera depresión nerviosa y ha salido para Escocia con el fin de
descansar.»
Conjeturas,
rumores... informes fidedignos de que la señora Ferrier no estaba en Escocia;
de que nunca estuvo allí.
Historias
escandalosas acerca del verdadero paradero de la señora Ferrier.
Y la gente habló de
nuevo.
—Te digo que Andy
la vio. ¡En ese lugar tan indecente! Estaba borracha o había tomado drogas. La
acompañaba Ramón... ese antipático gigolo argentino. ¡Ya ves!
Y más habladurías.
La señora Ferrier
se había ido al extranjero con un bailarín argentino. La habían visto en París,
atiborrada de drogas. Las tomaba desde hacía muchos años y bebía como un pez.
Lentamente, la
recta mente inglesa, al principio incrédula, fue tomando una actitud
condenatoria contra la señora Ferrier. Al fin y al cabo, parecía como si
hubiera algo de cierto en todo lo que se decía. Aquélla no era la clase de
mujer apropiada para ser la esposa del primer ministro. «¡Una Jezabel; ni más
ni menos que una Jezabel!»
Y luego llegaron
las fotografías.
La señora Ferrier,
en París... en un club nocturno, recostada y con un brazo posado familiarmente
sobre el hombro de un joven moreno, de tez oscura y aspecto depravado.
Y en otras
circunstancias, medio desnuda en una playa, con la cabeza reclinada en el
hombro de aquel lagarto de salón.
Debajo de la
«foto»:
«La señora Ferrier
se divierte...»
Dos días después se
presentó una demanda de difamación contra el X-ray News.
10
Sir Mortimer
Inglewood, abogado de la Corona, inició el caso por la parte demandante. El
aspecto del abogado era grave y parecía poseído de virtuosa indignación. La
conjura sólo igualable al famoso caso del Collar de la Reina, familiar a los
lectores de Alejandro Dumas. El complot imaginado para difamar a la reina María
Antonieta ante los ojos del populacho. Y esa conjura había sido tramada de
nuevo para desacreditar a una noble y virtuosa señora que ocupaba en el país la
posición de la mujer del César. Sir Mortimer habló con amargo menosprecio de
fascistas y comunistas, pues ambos trataban de minar las democracias con toda
clase de maquinaciones. Luego llamó a sus testigos.
El primero fue el
obispo de Northumbria.
El doctor Henderson
era una de las más conocidas figuras de la Iglesia anglicana; un hombre de gran
piedad e integridad de carácter. Tenía amplio criterio; era tolerante y pasaba
por ser un gran predicador. Todos los que lo conocían sentían por él profundo
respeto y cariño.
Subió al estrado y
juró que durante las fechas mencionadas, la señora de Edward Ferrier había
estado en palacio, invitada por su esposa y por él. Agotada por su intensa
actividad haciendo buenas obras, le había sido recomendado un reposo absoluto.
Su visita se mantuvo en secreto para evitar cualquier molestia por parte de la
prensa.
Un médico eminente
siguió al obispo y atestiguó que había ordenado a la señora Ferrier un completo
descanso, con ausencia de toda preocupación.
Un practicante
testimonió luego que había atendido a la señora Ferrier en la residencia del
obispo.
El siguiente
testigo que compareció fue Thelma Andersen.
Un estremecimiento
recorrió la sala cuando la testigo subió al estrado. Todos notaron en seguida
el extraordinario parecido físico de aquella mujer con la señora Ferrier.
—¿Se llama usted
Thelma Andersen?
—Sí.
—¿Es usted súbdita
danesa?
—Sí. Vivo en
Copenhague.
—¿Trabaja usted en
un café de dicha capital?
—Sí, señor.
—Haga el favor de
explicarme lo que ocurrió el día dieciocho de marzo último.
—Un caballero se
acercó a la mesa donde yo estaba. Era inglés y me dijo que trabajaba para un
periódico de su país titulado el X-ray News.
—¿Está usted segura
de que mencionó ese nombre?
—Sí; estoy
segura... porque al principio creí que se trataba de una revista médica. Pero
no; parece que no es así. Luego me dijo que había una actriz inglesa que
necesitaba encontrar una «doble» y que yo era justamente el tipo adecuado. No
voy mucho al cine y no reconocí el nombre que me dijo. Pero me aseguró que era
muy famosa; que no se encontraba bien y que por lo tanto precisaba que alguien
se presentara por ella en algunos sitios públicos. Al final me prometió que mis
servicios serían pagados generosamente.
—¿Cuánto dinero le
ofreció aquel caballero?
—Quinientas libras
en moneda inglesa. Al pronto no lo creí... Pensé que se trataría de algún
ardid; pero me pagó al momento la mitad de la suma ofrecida. Como es lógico, me
apresuré a comunicar al dueño del café que dejaba el empleo.
La relación
prosiguió. La llevaron a París, donde la facilitaron buenas ropas y fue
provista de una «escolta». Un caballero argentino muy solícito... muy
respetuoso y atento.
Al parecer, la
mujer se había divertido. Vino en avión a Londres y frecuentó varios clubs
nocturnos acompañada por el caballero de tez morena. En París la fotografiaron
junto a él. Admitió que algunos de los sitios en que estuvieron no eran muy
refinados... ¡De veras, no eran nada respetables!... Y algunas de las «fotos»
que se tomaron tampoco eran de buen gusto. Pero, según le dijeron, aquellas
cosas eran necesarias para la publicidad... y el señor Ramón había sido siempre
muy respetuoso.
Contestando a
varias preguntas, declaró que nunca se mencionó el nombre de la señora Ferrier
y que no supo jamás que aquella señora era a la que había estado suplantando.
Creía que en todo ello no había nada malo. Identificó algunas fotografías que
le fueron mostradas y dijo que habían sido hechas durante su estancia en París
y la Riviera.
Se veía que Thelma
Andersen hablaba de buena fe. Era una mujer agradable, aunque ligeramente
tonta. Cuando comprendió lo que había hecho, su disgusto quedó bien patente
para todos.
La defensa no
convenció a nadie. Fue una frenética negación de haber tenido algún trato con
la Andersen. Las «fotos» en cuestión habían sido enviadas a la Redacción de
Londres, donde supusieron que eran auténticas. El discurso en que Mortimer
presentó sus conclusiones definitivas levantó el entusiasmo. Describió el
asunto, calificándolo de cobarde conjura política planeada para desacreditar al
primer ministro y a su esposa. Todas las simpatías debían verterse sobre la
infortunada señora Ferrier.
El veredicto, una
conclusión que podía adelantarse, fue pronunciado en medio de escenas sin
precedentes. Los perjuicios se cifraron en una suma fabulosa. Cuando la señora
Ferrier, su marido y su padre salieron de la sala fueron recibidos por el
clamor afectuoso de una gran muchedumbre.
11
Edward Ferrier asió
efusivamente la mano de Poirot.
—Mil gracias, señor
Poirot. Esto acaba de una vez con el X-ray News. Ese indecente papelucho está
destruido por completo. Lo tenía merecido por planear un complot tan asqueroso.
Contra Dagmar, además, que es la criatura más buena del mundo. Gracias a Dios,
se las compuso usted para que el asunto apareciera ante todos tal como era...
¿Cómo se le ocurrió la idea de que pudieran estar utilizando un «doble»?
—No fue idea nueva
—le recordó Poirot—. Fue empleada con éxito en el caso de Jeanne de la Motte,
cuando suplantó la personalidad de María Antonieta.
—Ya comprendo.
Tendré que volver a leer «El Collar de la Reina». Pero ¿cómo encontró usted
precisamente a la mujer que estaban empleando para ello?
—La busqué en
Dinamarca y bien pronto la localicé.
—¿Y por qué en
Dinamarca?
—Porque la abuela
de la señora Ferrier era danesa, y ella misma tiene un tipo marcadamente danés.
Pero además había otras razones.
—El parecido es
chocante en extremo. ¡Qué idea más diabólica! ¿Cómo llegaría esa rata de Percy
a pensar en ello?
Poirot sonrió.
—No fue él —se dio
un golpe en el pecho—. ¡Yo fui el que pensó en ello!
Edward lo miró
fijamente.
—No lo entiendo.
¿Qué quiere decir?
Poirot explicó:
—Debemos retroceder
a una historia mucho más vieja que la de «El Collar de la Reina»... a la de la
limpieza de los establos de Augías. Lo que Hércules utilizó fue un río... es
decir, una de las grandes fuerzas de la Naturaleza. ¡Modernice eso! ¿Cuál es, también,
una de esas grandes fuerzas? El amor y las cosas relacionadas con él, ¿verdad?
Es el aspecto amoroso el que hace que se vendan las novelas y el que da interés
a las noticias. Dé a la gente un escándalo relacionado con asuntos amorosos y
le interesará más que cualquier trampa o fraude político.
»Eh bien —continuó
el detective—, ésa fue mi tarea. Primero, poner mis manos en el cieno, como
hizo Hércules para construir un dique que desviara el curso del río, un
periodista amigo mío me ayudó. Estuvo buscando en Dinamarca, hasta que encontró
a una persona adecuada para intentar la suplantación. Al presentarse a ella
mencionó casualmente el X-ray News, confiando en que se acordaría del nombre. Y
así fue.
»¿Y qué ocurrió
luego? —prosiguió—. Cieno..., gran cantidad de cieno. La mujer del César fue
salpicada por él. Una cosa más interesante para la gente de la calle que ningún
escándalo político. Y como resultado... ¿el dénouement? ¡Qué va! ¡La reacción!
¡La virtud vindicada! ¡La absolución de la mujer inocente! Una gran marea de
romanticismo y simpatía barriendo los establos de Augías. Si todos los
periódicos del país publicaran ahora la noticia de los desfalcos cometidos por
John Hammet, nadie lo creería. Sería considerada como otra conjura política
para desacreditar del todo al Gobierno.
Edward Ferrier
aspiró profundamente el aire. Por unos momentos, Poirot estuvo más cerca que
nunca de ser víctima de una agresión personal.
—¡Mi esposa! Se
atrevió usted a utilizarla como...
Por fortuna quizá,
la señora Ferrier entró en aquel preciso instante.
—Bueno —dijo ella—.
Todo acabó bien.
—Dagmar, ¿estabas
enterada de... todo lo que pasaba?
—Desde luego,
querido —contestó Dagmar Ferrier.
Y sonrió con gentil
y maternal sonrisa de una esposa afectuosa.
—¡Y no me dijiste
nada!
—Pero, Edward; de
haberlo sabido no hubieras permitido que monsieur Poirot lo hiciera.
—¡Claro que no lo
hubiera permitido!
Dagmar sonrió.
—Eso es lo que
nosotros pensamos.
—¿Nosotros?
—Monsieur Poirot y
yo.
Repartió su sonrisa
entre su marido y el detective, y añadió:
—Descansé muy bien
los días que estuve en casa de nuestro querido obispo y ahora me encuentro
llena de energías. Quieren que vaya a Liverpool, el próximo mes, para bautizar
un nuevo buque de guerra... Creo que será conveniente ir, en bien de la
popularidad.
capítulo VI
LOS PÁJAROS DE
ESTINFALIA
1
Harold Waring las
vio por primera vez cuando subía por el sendero del lago. Estaba sentado en la
terraza del hotel. Hacía un buen día; el lago tenía un profundo color azul y el
sol lucía brillantemente. Harold, mientras fumaba una pipa, pensó que el mundo
era un lugar muy agradable.
Su carrera política
se desarrollaba bajo buenos auspicios. Una Subsecretaría a la edad de treinta
años, era cosa de la que uno podía enorgullecerse. Le habían dicho que el
primer ministro comentó con alguien que «el joven Waring llegaría lejos».
Harold estaba bastante satisfecho de ello. La vida se le presentaba de color de
rosa. Era joven, no mal parecido, de buena posición y completamente libre de
lazos románticos.
Había decidido
pasar las vacaciones en Morzoslovaquia, tanto por apartarse de las rutas
frecuentadas, como por gozar de un completo descanso, sin que nadie ni nada le
molestaran. El hotel del lago Stempka, aunque de reducidas dimensiones, era
confortable y no estaba atestado de gente. La mayor parte de los huéspedes eran
extranjeros. Los únicos ingleses que había entre ellos eran una mujer de edad,
la señora Rice, y su hija, la señora Clayton. A Harold le gustaron. Elsie
Clayton era bonita, aunque de una manera bastante pasada de moda. Se pintaba
muy poco, casi nada, y su aspecto era apacible y algo tímido. La señora Rice
podía ser considerada como una mujer de carácter. Alta de estatura, de voz
profunda y ademanes autoritarios, aunque no le faltaba el sentido del humor ni
resultaba mala compañía. Se veía claramente que su vida estaba ligada a la de
su hija.
Harold había pasado
unas cuantos horas muy agradables en compañía de las dos mujeres, y como ellas
no intentaron acapararle, las relaciones entre los tres seguían siendo
amistosas y nada exigentes.
Los demás huéspedes
del hotel no llamaron la atención del joven. Por lo general, eran
excursionistas o turistas que llegaban en autopullman. Paraban allí durante una
o dos noches y luego se marchaban. El muchacho no se había fijado en nadie
más... hasta aquella tarde.
Las dos subían por
el sendero del lago, caminando muy despacio. Y sucedió que, cuando atrajeron la
atención de Harold, una nube cubrió el sol. El joven se estremeció ligeramente.
Luego las miró con
detenimiento. Sin duda, había algo raro en aquellas dos mujeres. Tenían la
nariz larga y aguileña, como el pico de un pájaro, y sus caras, de un gran
parecido físico, adoptaban un aire impasible. Llevaban sobre los hombros unas
capas sueltas que movía el viento y parecían las alas de dos pajarracos.
Harold pensó:
—Parecen pájaros...
—y añadió casi sin querer—: Pájaros de mal agüero.
Las dos mujeres se
dirigieron hacia la terraza y pasaron junto a él. No eran jóvenes; tal vez su
edad se acercaba más a los cincuenta que a los cuarenta y su parecido era tan
grande que no podía dudarse de que se trataba de dos hermanas. Su semblante era
desagradable. Cuando pasaron junto al joven, los ojos de ambas se fijaron en él
durante un instante. Fue una mirada fría y calculadora... casi infrahumana.
La impresión de
enfrentarse con algo maligno creció en el interior de Harold. Vio la mano de
una de las dos hermanas; una mano que parecía garra. Aunque el sol brillaba
otra vez, volvió a estremecerse.
«¡Qué
repugnantes!», pensó. «Son como aves de presa...»
La señora Rice, que
salía del hotel, le distrajo de estos pensamientos. El joven se levantó de un
salto y le acercó una silla. La mujer le dio las gracias; tomó asiento y, como
de costumbre, empezó a mover vigorosamente las agujas de la calceta.
—¿Ha visto a esas
dos mujeres que acaban de entrar en el hotel? —preguntó Harold.
—¿Las de las capas?
Sí; pasaron junto a mí.
—¿No cree que son
dos personas muy extrañas?
—Pues... sí; tal
vez sean algo raras. Creo que llegaron ayer. Son muy parecidas... deben ser
gemelas.
—Quizá sean
apreciaciones mías —comentó Harold—; pero siento de un modo instintivo que hay
algo de maligno en ellas.
—¡Qué curioso!
Cuando las vea otra vez me fijaré en ellas para comprobar si coincido con usted
en esa impresión.
Y añadió:
—El conserje nos
dirá quiénes son. No creo que sean inglesas.
—¡Oh, no!
La señora Rice miró
su reloj y dijo:
—Es hora de tomar
el té. ¿Tendría inconveniente en tocar el timbre, señor Waring?
—No faltaba más,
señora Rice.
El joven se
levantó, y cuando volvió a su asiento preguntó:
—¿Dónde está su
hija esta tarde?
—¿Elsie? Hemos
salido juntas a dar un paseo. Caminamos un poco junto al lago y luego volvimos
por el pinar. Ha sido un magnífico paseo.
Un camarero salió
en aquel momento y recibió orden de servir el té. La señora Rice siguió
hablando, mientras hacía volar las agujas:
—Elsie ha recibido
una carta de su marido. Puede ser que no baje a tomar el té.
—¿Su marido?
—preguntó Harold sorprendido—. Siempre pensé que era viuda.
La señora Rice le
dirigió una penetrante mirada y dijo con sequedad:
—No; Elsie no es
viuda —y añadió con cierto énfasis—: ¡Por desgracia!
Harold se
sobresaltó.
La mujer hizo un
signo afirmativo con la cabeza, frunció el ceño y observó:
—La bebida tiene la
culpa de muchas desgracias, señor Waring.
—¿Bebe su marido?
—Sí. Y hace muchas
otras cosas más. Es terriblemente celoso y tiene un genio violento en extremo
—suspiró—. Éste es un mundo lleno de desgracias, señor Waring. Le tengo mucho
afecto a Elsie, pues es mi única hija... y ver cuan infeliz es, resulta una cosa
nada fácil de soportar.
Harold comentó con
emoción:
—Es una criatura
tan dulce.
—Tal vez demasiado.
—¿Qué quiere decir?
La señora Rice
contestó lentamente:
—Una persona feliz
es más altiva. La dulzura de Elsie proviene, según creo, de un sentimiento de
derrota. La vida ha sido muy dura con ella.
El joven preguntó
con ligera vacilación:
—¿Y cómo... llegó a
casarse con él?
—Philip Clayton era
un chico muy atrayente —contestó la señora Rice—. Tenía... y todavía tiene...
un aspecto encantador. Poseía además algo de dinero... y no hubo nadie que nos
enterara de su verdadero carácter. Me quedé viuda hace muchos años y dos mujeres
que viven solas no son los mejores jueces para apreciar la condición de un
hombre.
—Desde luego; así
es —observó Harold pensativamente.
Sentía que en su
interior se levantaba una ola de indignación y lástima al propio tiempo. Elsie
Clayton no podía tener más de veinticinco años. Rememoró la expresión clara y
amistosa de sus ojos azules y el suave gesto apenado de su boca. Se dio cuenta,
de pronto, que el interés que sentía por ella rebasaba el límite de la amistad.
Y estaba ligada a
un bruto...
2
Aquella noche
Harold se reunió con madre e hija después de cenar. Elsie Clayton llevaba un
vestido color de rosa, apagado y mate. El joven vio que tenía los párpados
enrojecidos. Había estado llorando.
La señora Rice
anunció con viveza:
—Ya me enteré de
quiénes son esas dos arpías, señor Waring. Son polacas... de muy buena familia;
eso me ha dicho el conserje.
Harold miró al otro
lado del salón, donde estaban sentadas las dos mujeres. Elsie preguntó, sin
demostrar ningún interés:
—¿Aquellas dos
señoras? ¿Las del cabello teñido? Tienen un aspecto bastante desagradable... No
sé por qué.
Harold exclamó
triunfalmente:
—Eso mismo pensé
yo.
La señora Rice rió.
—Me parece que
ambos desvarían. No se puede juzgar a la gente por su solo aspecto externo.
Elsie rió a su vez.
—Supongo que así
será —dijo la hija—; pero, de todas formas, me hacen el efecto de dos buitres.
—¡Arrancando los
ojos a los muertos! —dijo Harold.
—¡Oh. no! —exclamó
Elsie.
El joven se
apresuró a excusarse:
—Lo siento.
La señora Rice
sonrió y dijo:
—Sea como fuere, no
creo que se metan con nosotros.
—No tenemos ningún
secreto pecaminoso —comentó Elsie.
—Tal vez lo tenga
el señor Waring —añadió su madre guiñando un ojo.
Harold soltó una
carcajada, inclinando la cabeza, hacia atrás.
—Ni de los más
pequeños —dijo—. Mi vida es un libro abierto.
Y un pensamiento
cruzó su mente:
—¡Qué tontos son
los que abandonan el camino recto! Una conciencia limpia... eso es todo lo que
se necesita en la vida. Con ello puede uno enfrentarse con el mundo y mandar al
diablo a quien se interponga.
De pronto, sintió
que su vitalidad aumentaba; se notó más fuerte, mucho más dueño de su destino.
3
Harold Waring, como
muchos ingleses, era un mal políglota. Su francés dejaba mucho que desear y,
además, lo hablaba con un terrible acento británico. De alemán e italiano no
sabía nada.
Pero hasta entonces
su poca habilidad lingüística no le había preocupado en gran manera. Siempre
encontró que en la mayoría de los hoteles de Europa el personal hablaba inglés.
¿Para qué molestarse entonces?
Pero en aquel lugar
tan apartado, donde la lengua nativa era un derivado del eslovaco, y aun el
conserje sólo hablaba alemán, a veces le resultaba irritante que alguna de sus
dos amigas le sirvieran de intérprete. La señora Rice, que sentía gran afición por
los idiomas, podía hablar, incluso, un poco de eslovaco.
Harold decidió
iniciar el estudio del alemán. Se propuso comprar algunos libros de texto y
dedicar un par de horas cada mañana al estudio.
Hacía un buen día y
después de escribir varias cartas, Harold miró el reloj y vio que tenía todavía
tiempo para dar un paseo de una hora antes del almuerzo. Bajó hasta el lago y
se adentró en el pinar. Al cabo de cinco minutos de caminar bajo los pinos, oyó
un ruido inconfundible. No muy lejos de allí una mujer lloraba
desconsoladamente.
Harold se detuvo un
momento y luego se dirigió hasta donde provenían los gemidos. La mujer era
Elsie Clayton. Estaba sentada sobre un tronco caído, con la cara entre las
manos. Sus hombros se estremecían con la violencia de su pena.
El joven titubeó un
instante y después fue hacia ella. Llamó suavemente:
—Señora Clayton...
Elsie.
Ella se sobresaltó
y levantó la mirada hacia él. Harold tomó asiento a su lado.
—¿Puedo ayudarla en
algo? —preguntó afectuosamente—. ¿Hay algo qué pueda hacer?
Elsie sacudió la
cabeza.
—No... no... Es
usted muy amable. Pero nadie puede hacer nada por mí.
Harold preguntó con
timidez:
—¿Tiene algo que
ver con... su marido?
La joven asintió.
Se enjugó los ojos y sacó la polvera, luchando para volver a recobrar el
dominio de sí misma. Con voz trémula dijo:
—No quiero que mamá
se preocupe. Se disgusta mucho cuando ve la poca felicidad de que disfruto. Por
lo tanto, vine aquí para llorar a mi gusto. Ya sé que es una tontería. El
llorar no resuelve nada. Pero... algunas veces... me parece que la vida es
completamente insoportable.
—No sabe cuánto lo
siento —simpatizó Harold.
Ella le dirigió una
mirada de gratitud y luego explicó apresuradamente:
—Es mía toda la
culpa, desde luego. Me casé con Philip por mi propia y libre voluntad. Y si...
si luego salió mal, sólo soy yo la culpable; yo y sólo yo.
—Es usted muy
valiente al considerarlo así —dijo Harold Waring.
La joven sacudió la
cabeza.
—No; no soy
valiente. No tengo ánimos para nada. Soy una cobarde. Por eso llegaron, en
parte, las desavenencias con Philip. Me tiene aterrorizada... por completo...
cuando se enfurece.
Emocionado, Harold
apuntó:
—¡Debe usted
separarse de él!
—No me atrevo.
No..., no me dejaría.
—¡Tonterías! ¿Qué
me dice del divorcio?
Elsie volvió a
sacudir la cabeza con lentitud.
—No tengo motivos
—enderezó los hombros—. Tengo que soportarlo. Paso gran parte del año con mamá.
Philip no se opone a ello, especialmente cuando vamos a sitios poco
frecuentados como éste —y añadió, mientras el color subía a sus mejillas—: La
mayor parte de los disgustos provienen de los celos terribles que siente. Si
llego siquiera a conversar con un hombre, es capaz de hacer las más espantosas
escenas.
La indignación de
Harold subió de punto. Había oído quejarse a muchas mujeres de los celos de sus
maridos, y si bien había expresado su simpatía hacia ellas, secretamente
abrigaba la opinión de que los maridos, en aquellos casos, llevaban toda la
razón. Pero Elsie Clayton no era una de ellas. No le había dirigido tan
siquiera una mirada insinuante.
La joven se apartó
de él estremeciéndose ligeramente, y miró al cielo.
—Se ha ocultado el
sol —dijo—. Hace frío. Será mejor que volvamos al hotel. Debe ser la hora de
comer.
Ambos se levantaron
y tomaron la dirección del hotel. Habían caminado por espacio de un minuto
cuando vieron a otra persona que seguía su mismo camino. La reconocieron por la
flotante capa que llevaba. Era una de las hermanas polacas.
Cuando pasaron por
su lado, Harold hizo una ligera inclinación de cabeza. Ella no correspondió al
saludo, pero sus ojos se posaron sobre los dos jóvenes y hubo tal malicia en
aquella mirada que el hombre se sintió enrojecido. Tal vez, aquella mujer lo habría
visto sentado junto a Elsie en el tronco. Y si así era, probablemente
pensaría...
Y por lo visto, eso
era lo que pensaba... Un acceso de indignación lo sobrecogió. ¡Qué mente tan
asquerosa tenían algunas mujeres!
Era raro que el sol
se hubiera escondido y que los dos se estremecieran... tal vez en el mismo
momento en que la mujer los espiaba.
Sea como fuere,
Harold se sintió en aquellos instantes un poco intranquilo.
4
Por la noche,
Harold entró en su habitación un poco después de las diez. Había llegado correo
de Inglaterra, con unas cuantas cartas para él, algunas de las cuales
necesitaban ser contestadas inmediatamente.
Se puso una bata
sobre el pijama y tomó asiento ante la mesa con el propósito de despachar su
correspondencia. Había escrito ya tres cartas y estaba justamente empezando la
cuarta cuando se abrió de pronto la puerta y Elsie Clayton entró tambaleándose
en la habitación.
Sorprendido, Harold
se levantó de un salto. Elsie había cerrado la puerta tras ella y se apoyó en
una cómoda. Su respiración era entrecortada y tenía la cara blanca como el
papel. Parecía estar mortalmente asustada.
—¡Es mi marido!
—balbuceó—. Ha llegado sin avisar. Creo... creo que me matará. Está loco...
loco por completo. Acudo a usted... oh, no permita que me encuentre —avanzó dos
pasos, con andar tan inseguro que por poco cae al suelo. Harold extendió el
brazo para sostenerla.
Y cuando hizo esto,
la puerta se abrió de nuevo y apareció un hombre en el umbral. Era de una
mediana estatura, con espesas cejas y pelo negro liso. En la mano llevaba una
pesada llave inglesa. Levantó la voz, aguda y temblorosa por la ira.
—¡De modo que la
polaca tenía razón...! —vociferó—. ¡Tienes un enredo con este tipo!
—No, no, Philip
—exclamó Elsie—. No es verdad. Estás equivocado.
Harold empujó
rápidamente a la muchacha hasta situarla detrás de él, cuando vio que Philip
avanzaba hacia ellos.
—Equivocado, ¿eh?
—chilló el hombre—. Y te encuentro en su habitación. ¡Perdida, te juro que te
voy a matar por esto!
Con un rápido
movimiento apartó el brazo de Harold. Elsie, dando un fuerte grito, se colocó
al otro lado de Harold, quien se volvió para rechazar el ataque.
Pero Philip Clayton
tenía un solo propósito: coger a su esposa. Dio otro rodeo y Elsie,
aterrorizada, salió corriendo de la habitación. Su marido la siguió y Harold,
sin dudarlo un momento, salió tras ellos.
La joven se dirigió
rectamente hacia su propio dormitorio, al final del pasillo. Harold oyó el
ruido de la llave al girar, aunque la cerradura no se cerró a tiempo, y Philip
Clayton abrió dando un empujón. El hombre entró en la habitación y Harold oyó
el horrorizado grito de Elsie. Sin perder un instante, el joven entró también
en el cuarto.
Elsie estaba
acorralada contra las cortinas de la ventana. Cuando llegó Harold, Philip
Clayton se dirigía hacia su esposa blandiendo la llave inglesa. Elsie volvió a
gritar, y cogiendo un pesado pisapapeles de la mesa que tenía al lado, lo lanzó
a la cabeza de su marido.
Clayton se desplomó
como un fardo y la joven lanzó otro grito, mientras Harold quedaba como
petrificado en el umbral de la puerta. Elsie se arrodilló junto a Philip, que
no daba señales de vida.
En el pasillo se
oyó el ruido que produjo el pestillo de una puerta al cerrarse. Elsie se
levantó apresuradamente y se dirigió hacia Harold.
—Por favor... por
favor —dijo en voz baja y casi sin aliento—. Vuelva a su habitación. Pueden
venir... y encontrarle aquí.
Harold asintió.
Había comprendido la situación en un santiamén. Por un momento, Philip Clayton
estaba hors de combat. Pero los gritos de Elsie podían haber sido oídos y si lo
encontraban en la habitación de la joven sólo podía esperar compromisos y malentendidos.
En beneficio de ambos no debía producirse ningún escándalo.
Haciendo el menor
ruido posible desanduvo el camino hasta su dormitorio y justamente cuando
llegaba a él oyó el ruido de una puerta que se abría.
Cerca de media hora
estuvo en su cuarto, esperando, sin atreverse a salir. Estaba seguro de que
tarde o temprano Elsie iría a verle.
Se oyó un golpecito
en la puerta y Harold la abrió de un tirón.
No era Elsie la que
llamaba, sino su madre, y Harold quedó horrorizado al ver su aspecto. Parecía
que de pronto hubiera envejecido muchos años. Llevaba los grises cabellos
completamente en desorden y los ojos rodeados por dos círculos oscuros.
El joven se
apresuró a llevarla hasta una silla. Ella tomó asiento. Respiraba con
dificultad.
—Parece que no se
encuentra usted bien —dijo Harold—. ¿Quiere que le traiga algo?
La mujer sacudió la
cabeza.
—No, no se preocupe
por mí. En realidad, me encuentro perfectamente. Ha sido sólo la impresión.
Señor Waring, ha ocurrido una cosa terrible.
—¿Tal mal herido
está Clayton? —preguntó el joven.
Ella retuvo el
aliento.
—Peor que eso. Ha
muerto...
5
La habitación
pareció dar vueltas alrededor de Harold.
La sensación de que
un chorro de agua helada le corría por el espinazo paralizó al joven y le
impidió pronunciar palabra alguna durante unos momentos.
—¿Muerto? —repitió
torpemente.
La señora Rice
asintió.
Cuando habló, su
voz tenía el tono monótono que produce el cansancio.
—El borde del
pisapapeles le dio en la sien y al caer se golpeó la cabeza con el guardafuegos
metálico de la chimenea. No sé qué es lo que le habrá producido la muerte; pero
lo cierto es que ha muerto.
¡Desastre...! Ésta
era la palabra que sonaba insistentemente en el cerebro de Harold. Desastre,
desastre, desastre...
—Pero fue un
accidente —dijo con vehemencia—. Yo vi cómo ocurría.
La señora Rice
contestó secamente:
—Claro que fue un
accidente. Yo también lo sé. Pero... ¿habrá alguien más que lo crea?
Francamente... estoy asustada, Harold. No estamos en Inglaterra.
—Yo puedo confirmar
la declaración de Elsie —dijo el joven.
—Sí; y ella
confirmará la de usted. Eso... eso es justamente.
La mente de Harold,
de por sí aguda y precavida, vio con rapidez lo que la mujer quería decir.
Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de la fragilidad de su posición en el
asunto.
Elsie y él habían
pasado juntos gran parte del tiempo desde que se conocieron. Y luego existía el
hecho de que habían sido vistos en el pinar por una de las polacas, en
circunstancias bastante comprometedoras.
Al parecer, las
polacas no hablaban inglés, pero quizá lo entendían un poco. Aquella mujer
podía reconocer el significado de algunas palabras, como «celos» y «marido»,
dichas en el transcurso de la conversación que tal vez estuvo escuchando. De
todas formas, parecía claro que para soliviantarlo de tal modo, la polaca había
contado algo a Clayton. Y ahora... estaba muerto. Cuando murió. Harold se
encontraba en la habitación de Elsie. Y no había nada que desmintiera que él,
deliberadamente, atacó a Clayton con el pisapapeles. Nada que probara que el
celoso marido no los había encontrado juntos. Sólo la palabra de Elsie y la de
él. ¿Los creerían?
Un miedo cerval lo
sobrecogió.
No le cabía en la
imaginación que tanto él como Elsie estuvieran en peligro de ser condenados a
muerte por un asesinato que no habían cometido. En cualquier caso, sólo podrían
acusarlos de homicidio. Pero ¿distinguirían el asesinato del homicidio en estos
países extranjeros? Aunque los absolvieran tendrían que hacer antes una
encuesta y el asunto se publicaría en la prensa. «Se acusa a dos ingleses...»,
«marido celoso...», «joven y prometedor político». Sí; aquello representaría el
final de su carrera. No podría soportar un escándalo semejante.
—¿No sería posible
deshacernos del cadáver? —preguntó impulsivamente—. ¿Llevarlo a cualquier otro
sitio?
La mirada asombrada
y desdeñosa de la señora Rice le hizo enrojecer. La mujer habló con tono
incisivo.
—Pero, Harold, esto
no es una novela de detectives. Intentar una cosa así sería una locura.
—Sí; eso parece
—gruñó él—. ¿Qué podríamos hacer? Dios mío, ¿qué podríamos hacer?
La señora Rice
sacudió la cabeza con desesperación. Tenía el ceño fruncido y su cerebro
trabajaba a toda presión. Harold volvió a preguntar:
—¿No podemos hacer
nada? ¿Nada que evitara este pavoroso desastre?
Ya lo había
dicho... ¡desastre! Terrible... imprevisto... vituperable.
Ambos se miraron
fijamente y la mujer dijo con voz ronca:
—Elsie, mi pequeña
Elsie. Haré cualquier cosa... Se moriría si tuviera que afrontar una cosa así
—y añadió—: Y usted también... su carrera... todo.
Harold murmuró:
—No se preocupe por
mí.
Pero, en realidad,
estaba muy lejos de decir lo que sentía.
La mujer prosiguió
con tono amargo:
—¡Esto no es
justo... ni razonable! Sería diferente si entre ella y usted existiera algo.
Pero yo sé muy bien que no hay nada.
Como si se cogiera
a un clavo ardiente, Harold sugirió:
—Diga eso a todos,
por lo menos... Me parece muy bien.
—Sí; sólo falta que
nos crean. Ya sabe cómo es la gente de aquí.
Así era, pensó
lúgubremente Harold. Para una mente continental no había duda de que debía
existir una relación culpable entre Elsie y él. Y las negativas de la señora
Rice serían consideradas como un intento desesperado de salvar a su hija.
El joven comentó
con tristeza:
—Es verdad; no
estamos en Inglaterra. Mala suerte.
—¡Ah! —la señora
Rice levantó la cabeza—. Es cierto... no estamos en Inglaterra. Tal vez pudiera
hacerse algo...
—¿Sí? —preguntó
ávidamente Harold.
La mujer inquirió
de pronto:
—¿Cuánto dinero
tiene aquí?
—No mucho. Pero
puedo telegrafiar para que me manden más, desde luego.
—Vamos a necesitar
una gran suma. Pero creo que vale la pena intentarlo.
—¿Qué se propone?
—dijo Harold, sintiendo que su ánimo cobraba nuevas fuerzas.
La señora Rice
habló con decisión:
—No tenemos ninguna
posibilidad de ocultar esta muerte valiéndonos de nuestros propios medios; mas
creo que existe, por lo menos una, de que podamos hacerlo «oficialmente».
—¿Lo cree usted
así? —Harold abrigaba una leve esperanza, aunque en el fondo no creía en todo
aquello.
—Sí; por una parte,
el gerente del hotel estará a nuestro lado. Le interesará que no trascienda el
asunto. Opino que en estos apartados países balcánicos se puede sobornar a todo
el mundo...
Harold replicó
pensativamente:
—Pues tal vez tenga
usted razón.
La señora Rice
prosiguió:
—Por fortuna, no
creo que ningún huésped del hotel oyera lo que sucedió.
—¿Quién ocupa la
habitación contigua a la de Elsie, frente a la de usted?
—Las dos señoras
polacas. No oyeron nada, pues de otra forma hubieran salido al pasillo. Philip
llegó a una hora avanzada y nadie le vio, excepto el portero nocturno. Creo
Harold, que nos será posible hacer pasar inadvertido el asunto y conseguir un
certificado de que Philip murió por causas naturales. Todo es cuestión de
elevar la cifra suficientemente... y de encontrar el hombre apropiado, que
seguramente será el jefe de policía.
Harold sonrió.
—Eso parece una
ópera cómica, ¿verdad? Bueno, después de todo, no tenemos más remedio que
intentarlo.
6
La señora Rice era
la energía personificada. Primero llamó al gerente. Harold permaneció en su
habitación, apartado de todo aquello. Había convenido con la señora Rice que
sería mejor presentar el asunto como una riña entre marido y mujer. La juventud
y belleza de Elsie se granjearían más simpatías.
A la mañana
siguiente llegaron al hotel varios agentes de policía que fueron conducidos a
la habitación de la señora Rice. No salieron de allí hasta el mediodía. Harold
telegrafió pidiendo dinero, si bien no tomó parte en los procedimientos que se
seguían, ya que de todos modos no hubiera podido hacerlo, pues ninguno de
aquellos personajes oficiales hablaba inglés.
A las doce, la
señora Rice entró en la habitación del joven. Estaba pálida y parecía cansada,
pero el alivio que se reflejaba en su cara hacía inútil toda explicación.
—Ha surtido efecto
—dijo simplemente.
—¡Gracias a Dios!
¡Es usted maravillosa! ¡Parece increíble!
La mujer contestó:
—Por la facilidad
con que se desarrolló, le hubiera parecido que nada de lo sucedido era anormal.
Prácticamente, todos tendieron la mano a la primera insinuación. En realidad...
es algo desagradable.
Harold dijo con
sequedad
—No es éste el
momento de discutir sobre la corrupción de los funcionarios públicos. ¿Cuánto
ha sido?
—La tarifa es
bastante elevada.
Leyó las cantidades
que traían anotadas en un papel:
El jefe de policía.
El comisario.
El agente.
El médico.
El gerente.
El portero
nocturno.
Harold se limitó a
comentar:
—El portero
nocturno no ha sacado mucho, ¿verdad? Supongo que sólo será cuestión de taparle
la boca.
La señora Rice
explicó:
—El gerente
estipuló que la muerte no ocurrió en el hotel. La relación oficial de los
hechos será que Philip sufrió un ataque al corazón cuando venía en el tren.
Salió al pasillo para respirar un poco de aire... y ya sabe usted cuántas veces
no se cierran bien las portezuelas del tren. Se apoyó en una y cayó a la vía.
¡Hay que ver de lo que es capaz la policía cuando quiere!
—Bueno —dijo
Harold—. Gracias a Dios, nuestra policía no es de esa clase.
Y con una
disposición de ánimo muy británico bajó al comedor.
7
Después de comer,
Harold se reunía habitualmente con la señora Rice y su hija para tomar café.
Decidió no introducir ningún cambio en esta costumbre.
Era la primera vez
que veía a Elsie después de lo ocurrido la noche anterior. Estaba muy pálida y
se notaba que todavía se encontraba bajo los efectos de la fuerte impresión,
haciendo comentarios vulgares sobre el tiempo y el paisaje.
La conversación
recayó sobre un nuevo huésped que acababa de llegar, cuya nacionalidad trataron
de conjeturar. Harold opinaba que un bigote como aquél sólo podía ser francés.
Elsie decía que era alemán, y la señora Rice creía que era español.
No había nadie más
que ellos en la terraza, a excepción de las dos polacas, que estaban sentadas
en uno de los extremos, haciendo ganchillo.
Como siempre que
las veía, Harold sintió que un extraño estremecimiento de aprensión pasaba por
él. Aquellas caras inexpresivas; aquellas narices aguileñas; aquellas manos que
parecían garras...
Un «botones» se
acercó y dijo que buscaban a la señora Rice. La mujer se levantó y lo siguió.
Los dos jóvenes vieron cómo al llegar a la puerta del hotel saludaba a un
policía de uniforme.
Elsie contuvo la
respiración.
—¿Cree usted... que
algo habrá salido mal?
Harold se apresuró
a tranquilizarla.
—No; no creo que
haya pasado nada.
Pero en su interior
sintió un súbito acceso de miedo.
—¡Su madre está
llevando el asunto maravillosamente!
—Ya lo sé. Mamá es
una gran luchadora. Nunca admite la derrota —Elsie se estremeció—. Pero esto ha
sido horrible, ¿verdad?
—Vamos; no tratemos
más de ello. Ya pasó todo.
Elsie dijo en voz
baja:
—Yo no puedo
olvidar... que lo maté.
Harold replicó
apresuradamente:
—No debe pensar en
eso. Fue un accidente y usted lo sabe.
La cara de la joven
adoptó una expresión ligeramente más serena. Harold añadió:
—Y de todas formas,
ya pasó todo. El pasado es el pasado. Trate de no pensar más en ello.
La señora Rice
volvió en aquel instante. Por el aspecto de su cara, los dos jóvenes vieron que
todo iba bien.
—Me ha dado un
susto atroz —dijo la mujer con tono jovial—. Pero sólo se trataba de una
formalidad que debía cumplirse con los documentos. Todo va perfectamente, hijos
míos. No hay nada que temer. Creo que debíamos pedir unas copas de licor para
celebrarlo.
Pidieron las copas
y cuando se las sirvieron, cada uno levantó la suya.
—Por el futuro
—brindó la señora Rice.
Harold dirigió una
sonrisa a Elsie y propuso:
—iPor su felicidad!
Ella sonrió a su
vez y replicó:
—¡Y por usted...
porque tenga muchos éxitos! Estoy segura de que llegará a ser un hombre
eminente.
Se sentían alegres,
casi aturdidos; era la reacción natural después del miedo pasado. ¡Las sombras
habían desaparecido! Todo iba bien.
Las dos mujeres que
estaban al otro lado de la terraza se levantaron. Enrollaron cuidadosamente su
labor y luego se encaminaron hacia donde se sentaban los otros tres.
Hicieron unas
ligeras reverencias y tomaron asiento al lado de la señora Rice. Una de ellas
empezó a hablar y la otra fijó sus ojos en los dos jóvenes. En sus labios
campeaba una ligera sonrisa que, según pensó Harold, no tenía nada de
agradable.
El muchacho miró a
la señora Rice, quien estaba escuchando a la otra hermana, y aunque él no
entendía una palabra de lo que estaban diciendo, la cara de la oyente era lo
bastante expresiva como para no dejar lugar a dudas. Toda la angustia y
desesperación de antes se reflejaban en ella de nuevo. La mujer escuchaba y de
vez en cuando contestaba con una breve palabra.
Al cabo de un rato,
las dos hermanas se levantaron y después de inclinarse levemente, entraron en
el hotel.
Harold preguntó con
voz ronca:
—¿Qué ocurre?
La señora Rice
contestó con tono monótono y desesperado:
—Esas dos mujeres
nos amenazan con un chantaje. Anoche lo oyeron todo. Y ahora que hemos tratado
de ocultar lo sucedido, todavía se pone peor la cosa...
8
Harold Waring se
hallaba junto al lago. Había paseado febrilmente durante una hora, procurando
con aquel esfuerzo físico acallar el clamor de desesperación que sentía.
Llegó por fin al
lugar donde vio por primera vez a las dos lúgubres mujeres que tenían bajo sus
pies la vida de él y de Elsie.
En voz alta,
exclamó:
—¡Malditas sean!
¡Malditas sean esas arpías!
Una ligera
tosecilla le hizo dar la vuelta. Se encontró frente al extranjero del bigote
exuberante, que en aquel momento salía de entre los pinos.
Harold no supo qué
decir. Aquel hombrecillo seguramente oyó la exclamación.
Con tono que le
pareció ridículo, dijo:
—Oh... ejem...
buenas tardes.
El otro contestó en
perfecto inglés:
—Temo que para
usted no serán muy buenas.
—Pues... yo...
—Harold se turbó otra vez.
—Creo que se
encuentra usted en un atolladero, monsieur. ¿Puedo ayudarle en algo?
—No; gracias;
muchas gracias. Sólo me estaba desahogando un poco.
El extranjero
replicó suavemente:
—No obstante, creo
que puedo ayudarle. ¿Estoy en lo cierto al suponer que sus preocupaciones están
relacionadas con las dos señoras que en este instante se encuentran en la
terraza?
Harold lo miró con
fijeza.
—¿Sabe usted algo
de ellas? Y a todo esto, ¿quién es usted?
Como si confesara
pertenecer a una ascendencia principesca, el hombrecillo anunció:
—Yo soy Hércules
Poirot. ¿Podríamos adentrarnos un poco en el bosque? Cuénteme entretanto lo que
le ocurre. Como le dije, creo que puedo ayudarle.
Harold no estaba
todavía seguro de qué fue lo que le hizo confiar repentinamente en un hombre a
quien acababa de conocer hacía unos pocos minutos. Tal vez fue la excesiva
tensión que le dominaba. Pero, sea como fuere, ocurrió. Relató a Poirot toda la
historia.
El detective
escuchó en silencio y en una o dos ocasiones asintió gravemente. Cuando Harold
calló, Poirot comentó vagamente:
—Los pájaros de
Estinfalia, de férreos picos, que se alimentaban de carne humana y habitaban
junto al lago... Sí; todo coincide exactamente.
—Perdón, ¿qué
decía? —preguntó Harold, intrigado.
Quizá, pensó, aquel
estrambótico hombrecillo estaba loco de remate.
Hércules Poirot
sonrió.
—Estaba
reflexionando. Tengo mi propio sistema de ver las cosas. Y por lo que se
refiere a este punto, me parece que se encuentra usted en una situación
bastante desagradable.
Harold replicó con
impaciencia:
—¡Eso no es
menester que usted lo diga!
El detective
prosiguió:
—El chantaje es un
asunto muy serio. Esas arpías le forzarán a pagar... y pagar... y pagará otra
vez. Y si acaso las desafiara... bueno, ¿qué pasaría?
El joven comentó
con amargura:
—Todo se
descubriría. Arruinarían mi carrera, y una pobre chica que nunca hizo mal a
nadie, se vería envuelta en este asunto infernal. Sólo Dios sabe cuál sería el
final de todo ello.
—Por lo tanto —dijo
Poirot—, debemos hacer algo.
Harold preguntó con
malos modos:
—¿Qué?
Hércules Poirot
inclinó hacia atrás la cabeza y casi cerró los ojos cuando habló, las dudas
acerca de su buen estado mental cruzaron de nuevo por el pensamiento de Harold.
—Es el momento de
utilizar las castañuelas de bronce.
—¿Está usted loco?
—dijo el joven.
—Mais non! Sólo
hago lo posible para seguir el ejemplo de mi gran predecesor Hércules. Tenga
paciencia durante unas pocas horas, amigo mío. Mañana me encontraré en
situación de poder librarle de sus perseguidoras.
9
Cuando Harold bajó
a la mañana siguiente, encontró a Hércules Poirot sentado solo en la terraza. A
pesar de sus dudas, el joven se había dejado impresionar por las promesas del
detective.
Harold se dirigió a
él y preguntó con ansiedad:
—¿Qué ha pasado?
Poirot lo miró con
ojos brillantes.
—Todo ha salido a
pedir de boca.
—¿Qué quiere decir?
—Que todo se aclaró
satisfactoriamente.
—¿Pero qué ha
ocurrido?
El detective volvió
a emplear su tono vago.
—He utilizado las
castañuelas de bronce. O mejor dicho, expresándome en términos modernos, he
hecho que vibraran los hilos metálicos... En resumen, utilicé el telégrafo. Sus
pájaros de Estinfalia, monsieur, han sido puestos donde no podrán perjudicar a
nadie durante algún tiempo.
—¿Estaban
reclamadas por la policía? ¿Las han detenido?
—Precisamente.
Harold exhaló un
profundo suspiro.
—¡Estupendo! Nunca
pensé en ello —se levantó—. Voy a buscar a la señora Rice y a su hija para
decírselo.
—Ya lo saben.
—Bien —Harold
volvió a sentarse—. Dígame cómo...
Por el sendero del
lago subían dos mujeres de perfil aguileño y flotantes capas sobre los hombros.
—¡Creí haberle oído
decir que se las habían llevado! —exclamó el joven.
—Oh, ¿esas señoras?
Son inofensivas por completo; dos damas polacas de muy buena familia, tal como
le dijo el conserje. Su aspecto, tal vez, no sea muy agradable; pero eso es
todo.
—¡Pues no lo
comprendo!
—No; no lo
comprenderá. Eran las otras señoras a las que buscaba la policía. La ingeniosa
señora Rice y la llorosa señora Clayton. Eran ellas las aves de presa. Las dos
vivían del chantaje, mon chéri.
Harold tuvo la
sensación de que el mundo daba vueltas alrededor de él. Con voz desmayada
preguntó:
—¿Pero el hombre...
el hombre que resultó muerto...?
—No murió nadie. ¡Y
no hubo tal hombre!
—¡Pero si yo lo
vi...!
—No. La señora
Rice, con su alta estatura y su voz profunda, representa muy bien los papeles
masculinos. Fue ella quien hizo de marido... claro es que sin la peluca gris.
Se inclinó hacia
delante y dio un golpecito en la rodilla del joven.
—No se debe ir por
la vida con tal cantidad de buena fe, amigo mío. La policía de un país no se
soborna tan fácilmente ni, tal vez, habrá manera de conseguirlo; mucho menos
cuando se trata de un asesinato. Esas mujeres se aprovecharon de la ignorancia
que, por lo general, tienen todos los ingleses de los idiomas extranjeros. Como
habla francés y alemán, la señora Rice es la que siempre se ocupa de
entrevistarse con el gerente y de llevar el asunto. Llega la policía y entra en
su habitación, desde luego. ¿Pero qué sucede en realidad? Usted no lo sabe. Tal
vez les dirá que ha perdido un broche o algo parecido. Cualquier excusa para
hacerlos venir, con el fin de que usted los vea. Y en cuanto al resto de ello,
¿qué he de decirle? Telegrafía usted para que manden dinero, gran cantidad de
él; y luego lo entrega a la señora Rice, quien se encarga de todas las
negociaciones, ¡y eso es todo! Pero estas aves de presa son insaciables. Vieron
que usted sentía una irracional aversión hacia esas dos infortunadas señoras polacas.
Las damas en cuestión llegaron y sostuvieron una conversación inocente por
completo con la señora Rice; pero ésta no supo resistir la tentación de volver
a repetir el juego. Sabía que usted no entendía ni una palabra de lo que
hablaron. Por consiguiente, tuvo usted que pedir más dinero; dinero que la
señora Rice se encargaría luego de distribuir entre otras personas según
pretendía.
Harold aspiró
profundamente aire.
—¿Y Elsie?
—Desempeñó muy bien
su papel. Siempre lo hace. Es una actriz consumada. Hace ver que todo es muy
raro... muy inocente. No atrae hacia ella más que un sentimiento noble.
Y añadió
pensativamente:
—Eso tiene siempre
éxito cuando se trata de un inglés.
Harold Waring
volvió a suspirar.
—Tengo que aprender
todos los idiomas europeos que existen. ¡No quiero que nadie me tome el pelo
por segunda vez!
capítulo VII
EL TORO DE CRETA
1
Hércules Poirot
miró a su visitante. Ante él tenía una cara en la que destacaba una barbilla
agresiva; unos ojos más bien grises que azules y un pelo negrísimo. Unas
facciones propias de la Grecia clásica.
Se fijó en la buena
hechura del traje, un tanto usado, que ella llevaba; en el raído bolso de mano
y en la inconsciente arrogancia que tenía en sus maneras, tras la excitación
patente que embargaba a la joven.
El detective pensó:
«Sí; toda una
señora rural... pero sin blanca. Le debe haber ocurrido algo extraño para que
acuda a mí.»
Diana Maberly habló
con voz que tembló ligeramente.
—No... no sé si
podrá usted ayudarme, monsieur Poirot. Se trata... de una situación
verdaderamente extraordinaria.
—¿De veras? —animó
Poirot—. Cuéntemelo todo.
—He venido a verle
porque no sé qué hacer —le dijo ella—. No sé, siquiera, si se puede hacer algo.
—¿Me permite que
sea yo quien juzgue ese punto?
El color subió de
pronto a las mejillas de la joven. Con rapidez y casi sin aliento, dijo:
—He acudido a usted
porque el hombre a quien estaba prometida desde hace poco más de un año, ha
roto nuestro compromiso.
Se detuvo y lo miró
desafiante.
—Debe usted pensar
—añadió— que no estoy bien de la cabeza.
Poirot sacudió la
suya con lentitud.
—Al contrario,
señorita. No tengo ninguna duda de que es usted muy inteligente. Desde luego,
mi mótier en la vida no es pacificar riñas de enamorados, y yo sé muy bien que
está usted perfectamente enterada de ello. Por lo tanto, debe existir algo muy
raro en esa ruptura de compromiso. Es eso, ¿verdad?
La muchacha
asintió, y con voz clara y precisa, dijo
—Hugh rompió
nuestro compromiso porque piensa que se va a volver loco. Cree que los locos no
deben casarse.
Hércules Poirot
levantó un poco las cejas.
—¿Y no está usted
de acuerdo?
—No lo sé... Al fin
y al cabo, ¿qué es estar loco? Todos lo estamos un poco.
—Eso dicen —convino
con cautela.
—Sólo cuando uno
empieza a imaginarse que es un huevo escalfado o algo parecido, es cuando deben
encerrarlo.
—¿Y su novio no ha
llegado a tal extremo?
—Yo no advierto
nada extraño en Hugh. ¡Es la persona más cuerda que conozco! Formal...
sensato...
—Entonces, ¿qué es
lo que le hace pensar que se está volviendo loco? —Poirot hizo una pausa antes
de proseguir—. ¿Tal vez se han dado casos de demencia en la familia?
Como si le
repugnara hacerlo, Diana inclinó la cabeza en mudo asentimiento.
—Creo que su abuelo
estuvo algo chiflado y alguna que otra tía abuela. Pero ya sabe que en casi
todas las familias pasan esas cosas. Algunos son medio tontos y otros demasiado
listos.
Sus ojos tenían una
expresión suplicante.
Hércules Poirot
sacudió la cabeza con tristeza.
—Lo siento mucho
por usted, mademoiselle.
La joven adelantó
la barbilla y exclamó:
—¡No quiero que me
compadezca! ¡Lo que quiero es que haga algo!
—¿Y qué desea de
mí?
—No lo sé... pero
hay en todo esto alguna cosa que no es normal.
—¿Quiere usted
contarme, mademoiselle, todo lo referente a su novio?
Diana habló con
rapidez.
—Se llama Hugh
Chandler y tiene veinticuatro años. Su padre es el almirante Chandler. Viven en
Lyde Manor, una finca que pertenece a la familia desde los tiempos de la reina
Isabel. Hugh es hijo único. Ingresó en la Marina, pues todos los Chandler han
sido marinos; es una especie de tradición familiar, desde que sir Gilbert
Chandler navegó con sir Walter Raleigh en mil quinientos y pico. Hugh se alistó
en la Armada como si ello fuera algo inevitable. Su padre no hubiera consentido
otra cosa. Y sin embargo, fue su propio padre quien insistió en que renunciara
a dicha carrera.
—¿Cuándo ocurrió
eso?
—Hace casi un año.
Todo fue muy repentino.
—¿Estaba Hugh
Chandler contento de su profesión?
—Por completo.
—¿No hubo escándalo
de ninguna especie?
—¿Promovido por
Hugh? Ninguno. Progresaba en su carrera y no pudo comprender la actitud de su
padre.
—¿Y qué razón dio
el almirante Chandler?
—En realidad, nunca
dio ninguna. Dijo que era necesario que Hugh aprendiera a administrar su
hacienda; pero eso sólo fue un pretexto. Hasta George Frobisher se dio cuenta
de ello.
—¿Quién es George
Frobisher?
—El coronel
Frobisher; el más viejo amigo del almirante y padrino de Hugh. Pasa largas
temporadas en el Manor.
—¿Qué opinó el
coronel Frobisher acerca de la determinación tomada por su amigo?
—Se quedó sin saber
qué decir. No lo entendió en absoluto. Ni nadie llegó a comprenderlo.
—¿Ni siquiera Hugh
Chandler?
Diana tardó unos
instantes en contestar y Poirot aprovechó la pausa para continuar:
—Tal vez, entonces,
quedara asombrado; pero ahora... ¿no opina nada? ¿Nada en absoluto?
La joven dijo con
timidez:
—Hace una semana...
me confesó... que... que su padre tenía razón. Que era la única cosa que podía
hacer.
—¿Le preguntó la
causa de ello?
—Desde luego. Pero
no quiso decírmelo pese a mi insistencia.
Hércules Poirot
reflexionó unos momentos y luego preguntó:
—¿Han ocurrido
cosas insólitas en la comarca donde viven? ¿Cosas que tal vez empezaron hace un
año? ¿Algo que dio motivo a gran cantidad de habladurías y conjeturas
pueblerinas?
—No sé a qué se
refiere —replicó ella con rapidez.
—Sería mejor que me
lo contara sin ocultarme nada.
—No hubo nada...
nada de lo que usted se imagina.
—¿De qué clase
entonces?
—¡Creo que es usted
odioso! A menudo suceden cosas raras en el campo. Venganza... o el tonto del
pueblo... o alguien.
—¿Qué ocurrió?
La joven contestó
de mala gana:
—Hubo cierto
revuelo acerca de unas ovejas... aparecieron con el cuello cortado. ¡Oh, fue
horrible! Pero todas ellas pertenecían a un granjero que tiene fama de tacaño.
La policía creyó que se trataba de alguien que le tenía ojeriza.
—¿No cogieron al
que lo hizo?
—No.
Y la chica añadió
furiosamente:
—Pero si piensa
usted que...
Poirot levantó una
mano y observó:
—No tiene usted
idea de lo que estoy pensando. Dígame, ¿consultó su novio con un médico?
—No. Estoy segura
de que no lo hizo; me lo hubiera dicho.
—¿Acaso no era lo
mejor que podía hacer?
Diana replicó
despacio:
—No quiere...
Aborrece a los médicos.
—¿Y su padre?
—No creo que su
padre tenga mucha fe en ellos. Dice que son una pandilla de charlatanes y
negociantes.
—¿Y qué tal aspecto
tiene el almirante? ¿Se encuentra bien? ¿Es feliz?
La joven contestó
con voz baja:
—Ha envejecido
terriblemente en... en...
—¿En un año?
—Sí. Es una
ruina... una sombra de lo que fue antaño.
Poirot asintió.
—¿Aprobaba el
noviazgo de su hijo?
—Oh, sí. Las
tierras de mi familia lindan con las suyas. Hemos vivido allí durante
generaciones. Se alegró muchísimo cuando Hugh y yo nos prometimos.
—Y ahora, ¿qué dijo
cuando se enteró de que había roto el compromiso?
La voz de la
muchacha tembló.
—Le encontré ayer
por la mañana. Estaba mortalmente pálido. Me cogió las manos entre las suyas y
me dijo: «Ya sé que esto es muy duro para ti, hija mía. Pero el chico hace lo
que debe... la única cosa que puede hacer.»
—Y, por lo tanto
—comentó Poirot—, acude usted a mí.
Ella asintió.
—¿Puede usted hacer
algo? —preguntó desasosegada.
—No lo sé —replicó
el detective—. Pero, por lo menos, puedo ir allí y verlo todo personalmente.
2
El aspecto físico
de Hugh Chandler fue lo que más impresionó a Poirot. Alto, magníficamente
proporcionado, con un formidable pecho, anchas espaldas y cabellera de matiz
leonado. Se veía que rebosaba fuerza y vitalidad.
Al llegar Diana a
su casa, junto con Poirot, telefoneó inmediatamente al almirante Chandler y a
continuación ella y el detective se dirigieron a Lyde Manor, donde encontraron
el té esperándolos en la terraza, y con el té, a tres hombres. Allí estaba el almirante
de pelo blanco, envejecido; con los hombros encorvados como si soportaran una
carga excesiva; de ojos oscuros y angustiados. Su amigo, el coronel Frobisher,
ofrecía un fuerte contraste con él. Un hombrecillo reseco y fuerte, de pelo
rojizo que blanqueaba en las sienes. Inquieto, irascible, arisco como un fox
terrier, y con un par de ojillos en los que brillaba la astucia. Tenía la
costumbre de fruncir las cejas al tiempo que inclinaba y adelantaba la cabeza,
mientras miraba con aquellos ojos sagaces a su interlocutor. El otro hombre era
Hugh.
—Buen ejemplar,
¿verdad? —dijo el coronel Frobisher.
Habló en voz baja
al darse cuenta de que Poirot contemplaba detenidamente al joven.
El detective
asintió con la cabeza. Estaba sentado junto a Frobisher. Los otros tres habían
colocado sus sillas al extremo opuesto de la mesa y conversaban animadamente,
aunque de una forma algo artificiosa.
—Sí; es magnífico
—murmuró Hércules Poirot—. Magnífico... Un toro joven. Puede decirse que es el
toro dedicado a Poseidón... Un perfecto ejemplar de vigorosa masculinidad.
—Parece bastante
robusto, ¿verdad?
Frobisher suspiró.
Sus agudos ojillos se volvieron y contemplaron a Hércules Poirot. Al cabo de un
rato, dijo:
—Sé quién es usted
y a qué se dedica.
—No es ningún
secreto.
Poirot agitó una
mano con gesto majestuoso. Pareció dar a entender que no «viajaba de
incógnito», sino bajo su verdadero nombre.
Después de unos
instantes, Frobisher preguntó
—¿Le ha traído la
muchacha para que se encargue... del asunto?
—¿Del asunto?
—Lo del joven
Hugh... Sí; ya veo que lo sabe todo. Mas lo que no acabo de comprender es por
qué acudió la chica a usted... Tal vez no pensó que estas cosas caen fuera de
su esfera de acción; que un médico estaría mucho más indicado.
—Yo me encargo de
todo lo que se presente... Se sorprendería usted si supiera de la diversidad de
casos en que he intervenido.
—Lo que quise decir
es que no comprendo del todo qué espera ella de usted.
—La señorita
Maberly es una luchadora tenaz —dijo Poirot.
El coronel
Frobisher hizo un caluroso gesto de asentimiento.
—Sí; lo es. Una
chica excelente. No se rinde jamás; pero de todas formas, ya sabe usted que hay
cosas contra las que no es posible luchar...
Su cara tomó de
pronto una expresión envejecida y cansada.
Poirot bajó la voz
todavía más y murmuró discretamente :
—Tengo entendido
que se han dado casos de demencia en la familia, ¿no es eso?
El otro asintió.
—Algún caso de vez
en cuando —dijo—. Por lo general, media una generación o dos entre ellos. El
abuelo de Hugh fue el último.
Poirot dirigió una
rápida mirada hacia donde estaban los otros tres. Diana llevaba la
conversación, riéndose y haciendo burla de Hugh. Cualquiera hubiera asegurado
que ninguno de ellos tenían la menor congoja que los turbara.
—¿En qué forma se
presenta la locura? —preguntó suavemente el detective.
—El abuelo se
volvió loco furioso al final. Hasta los treinta años no dio señal alguna de
ello... era perfectamente normal. Pero luego empezó a volverse loco. Hasta que
la gente se dio cuenta de ello y gran cantidad de rumores empezaron a circular
por ahí. Después ya se contó que estaban ocurriendo cosas que se trataba de
ocultar. Bueno —se encogió de hombros—, acabo más loco que un cencerro. ¡Pobre
diablo! Pero tenía manías homicidas y tuvieron que encerrarlo.
Hizo una corta
pausa y luego continuó:
—Creo que vivió
muchos años... Eso es lo que teme Hugh. Por ello no quiere que le vea un
doctor. Tiene miedo de que lo encierren para toda la vida. No lo censuro por
ello, pues yo pensaría igual si me encontrara en su situación.
—¿Y qué dice el
almirante Chandler?
—Esto le ha
destrozado por completo —contestó Frobisher con sequedad.
—¿Está muy
encariñado con su hijo?
—Por completo. Su
mujer pereció en un accidente marítimo cuando el muchacho tenía solamente diez
años. Desde entonces no vivió más que para su hijo.
—¿Quería mucho a su
esposa?
—La adoraba. No
solamente él, sino todos los que la conocían. Era... una de las mujeres más
agradables que he conocido en mi vida —calló durante unos instantes y después
preguntó repentinamente—: ¿Le gustaría ver su retrato?
—Me encantaría.
Frobisher empujó
hacia atrás la silla y se levantó. Con voz alta anunció:
—Charles, voy a
enseñarle unas cuantas cosas al señor Poirot. Es un entendido en la materia.
El almirante
levantó una mano con gesto vago. Frobisher cruzó la terraza y Poirot lo siguió.
La cara de Diana se despojó por un instante de su máscara alegre y pareció
expresar una pregunta llena de congoja. Hugh levantó también la cabeza y miró
fijamente al hombrecillo de los negros mostachos.
El detective entró
en la casa junto con Frobisher. Al principio le pareció todo tan oscuro, debido
al súbito cambio desde la brillante luz del sol, que con dificultad pudo
distinguir las cosas. Pero se dio cuenta de que la casa estaba llena de objetos
antiguos y hermosos.
El coronel
Frobisher le condujo hasta la Galería de Pinturas. De las artesonadas paredes
pendían los retratos de los Chandler desaparecidos hacía ya tiempo. Caras
austeras y alegres; hombres vestidos de etiqueta o con uniforme de marino.
Mujeres engalanadas.
Frobisher se detuvo
ante un retrato, al final de la Galería.
—Pintado por Orpen
—dijo... ásperamente.
Representaba la
figura de una mujer de alta estatura, que con una mano sujetaba el collar de un
galgo. Tenía el cabello de color castaño claro y una expresión de radiante
vitalidad.
—El muchacho es su
vivo retrato —comentó el coronel—. ¿No lo cree usted?
—En algunas cosas,
sí.
—El chico no tiene
su delicadeza, desde luego... ni su femineidad. Es una edición masculina...
pero en todas las partes esenciales... —su voz se quebró—. Lástima que heredara
de los Chandler la única cosa sin la cual hubiera ido mejor...
Ambos guardaron
silencio. El aire alrededor de ellos parecía tener un hálito de melancolía.
Como si los difuntos Chandler lamentaran la tara que llevaban en la sangre y
que sin saberlo se pasaba de unos a otros...
Hércules Poirot
volvió la cabeza para mirar a su acompañante. George Frobisher contemplaba
todavía a la hermosa mujer del cuadro. Y el detective dijo con tono suave:
—¿La conocía
íntimamente...?
Frobisher balbuceó:
—Siempre estábamos
juntos cuando éramos niños. Luego me destinaron al Ejército en la India, como
subalterno... Ella tenía entonces dieciséis años, y cuando regresé... se había
casado con Charles Chandler.
—¿Lo conocía
también a él?
—Charles es uno de
mis más viejos amigos. Es mi mejor amigo y siempre lo ha sido.
—¿Después que se
casaron... los veía a menudo?
—Solía pasar aquí
casi todos mis permisos. Esta casa ha sido para mí como un segundo hogar.
Charles y Caroline siempre me tenían preparada una habitación —enderezó los
hombros, y de pronto adelantó la cabeza con aire belicoso—. Por eso estoy ahora
aquí; para ayudar en lo que haga falta. Si Charles tuviera necesidad de mí...
Aquí me tendrá.
La sombra de la
tragedia se cernió otra vez sobre ellos.
—¿Qué opina
usted... acerca de todo esto? —preguntó Poirot.
Frobisher se
mantuvo erguido. Sus cejas se abatieron sobre los ojos.
—Creo que cuanto
menos se hable de ello, mejor. Y para serle franco, no sé qué es lo que hace
usted aquí, señor Poirot. No veo la razón de que Diana le trajera.
—¿Está usted
enterado de que ha sido roto el compromiso entre Diana y Hugh Chandler?
—Sí; ya lo sabía.
—¿Y conoce la razón
de ello?
Frobisher replicó
con sequedad:
—No tengo ni la
menor idea. Los jóvenes arreglan estas cosas entre ellos. No debe uno
mezclarse.
—Hugh le dijo a
Diana que no tenía ningún derecho a casarse con ella, porque iba a volverse
loco.
Vio cómo el sudor
perlaba la frente de Frobisher.
—¿Es que no hay más
remedio que hablar de este maldito asunto? —exclamó el coronel—. ¿Qué cree
usted que puede hacer? Hugh se ha portado como debía. No tiene la culpa de
ello; es herencia... gérmenes embrionarios... células cerebrales... Pero una
vez que el chico lo ha sabido, ¿qué otra cosa podía hacer más que romper el
compromiso? Es algo que debe llevarse a cabo, tanto si se quiere como si no.
—Si pudiera llegar
a convencerme de ello...
—Fíese de lo que le
he dicho.
—Pero si no me ha
dicho nada.
—Ya le advertí que
no quería hablar de esto.
—¿Por qué obligó el
almirante Chandler a su hijo a que abandonara la armada de tan súbita manera?
—Porque no podía
hacer otra cosa.
—Pero, ¿por qué
razón?
Frobisher sacudió
obstinadamente la cabeza.
Poirot murmuró:
—¿Tuvo algo que ver
con unas cuantas ovejas que aparecieron degolladas?
El otro habló con
acento colérico.
—Por lo visto ya
oyó hablar de ello.
—Diana me lo dijo.
—Esa chica hubiera
hecho mejor cerrando la boca.
—Pues ella no cree
que esto sea conclusivo.
—No sabe nada.
—¿Qué es lo que no
sabe?
De mala gana y con
enfado, Frobisher contestó:
—Está bien; ya que
de todas formas ha de enterarse... Cierta noche, Chandler oyó un ruido y pensó
que alguien había entrado en la casa. Salió a ver qué ocurría y se encontró con
que la luz de la habitación de su hijo estaba encendida. Chandler entró y vio a
Hugh dormido en la cama; profundamente dormido, sin desvestir. Tenía las ropas
llenas de sangre y el lavabo rebosaba de ella. Su padre no pudo despertarlo y a
la mañana siguiente se enteró de que habían encontrado a unas cuantas ovejas
degolladas. Preguntó a Hugh, pero el muchacho no sabía nada. No recordaba haber
salido de casa, aunque se encontraron sus zapatos, manchados de barro, junto a
la puerta trasera. No pudo explicar tampoco el origen de la sangre que llenaba
el lavabo. No sabía nada de lo que había pasado. El pobre chico no estaba
enterado entonces de lo que estaba ocurriendo.
«Charles me vino a
buscar y me lo contó todo —continuó el coronel— ¿Qué era lo mejor que se podía
hacer? Luego sucedió otra vez... tres noches después. Posteriormente... bueno;
ya puede imaginárselo. El chico tuvo que abandonar el servicio. Viviendo aquí
al lado de su padre, éste podía vigilarlo mejor. No podía arriesgarse a que
causara un escándalo en la Armada. Era la única cosa que se podía hacer.
—¿Y desde
entonces...? —preguntó Poirot.
Frobisher replicó
con aspereza:
—No voy a responder
a ninguna pregunta más. ¿No cree usted que Hugh conoce mejor lo que le está
pasando?
Poirot no contestó.
Como de costumbre, no estaba dispuesto a admitir que alguien supiera una cosa
mejor que Hércules Poirot.
3
Cuando llegaron al
vestíbulo encontraron al almirante Chandler que entraba en aquel momento. El
hombre se detuvo en el umbral, su negra silueta recortada sobre la brillante
luz del exterior.
Con voz baja y
malhumorada, dijo:
—¡Oh!, estaban
ustedes ahí... Quisiera hablar con usted, señor Poirot. Venga a mi despacho.
Frobisher salió a
la terraza y el detective siguió al almirante. Tuvo la sensación de que había
sido llamado al puente de mando para dar cuenta de la guardia.
El almirante le
indicó uno de los grandes sillones y tomó asiento en el opuesto. Poirot había
quedado impresionado por la inquietud, nerviosismo e irritabilidad de
Frobisher, signos evidentes de una gran tensión mental. Pero ante el almirante
Chandler percibió una sensación de quieta y profunda desesperación.
Lanzando un
profundo suspiro, Chandler comentó:
—No puedo evitar mi
desagrado por el hecho de que Diana le haya hecho intervenir en este asunto...
¡Pobre chica! Ya sé lo duro que esto es para ella. Pero... bueno... es una
tragedia que sólo nos incumbe a nosotros y creo, señor Poirot, que comprenderá
usted perfectamente que no estamos dispuestos a permitir que los extraños se
mezclen en ello.
—Puede estar seguro
de que comprendo a la perfección sus sentimientos.
—La pobre Diana no
lo puede creer... Tampoco lo creía yo al principio. Y ahora posiblemente no lo
creería si no supiera...
Se detuvo.
—¿Qué es lo que
sabe?
—Que lo llevamos en
la sangre. Me refiero a esa tara hereditaria.
—¿Y a pesar de
ello, aprobó usted el noviazgo?
El almirante
Chandler se sonrojó.
—¿Quiere usted
decir que podría haberme negado entonces? Sí; pero cuando ocurrió no tenía yo
ni la más mínima idea de lo que pasaría. Hugh se parecía en todo a su madre...
Nada en él recordaba a los Chandler y yo esperaba que la semejanza con ella
fuera completa. Desde su niñez nunca dio muestras de anormalidad hasta ahora.
Yo no podía saber que... ¡la verdad es que existen indicios de demencia en casi
todas las familias de rancio abolengo!
Poirot preguntó en
tono suave:
—¿No ha consultado
usted con un médico?
—¡No; y no voy a
hacerlo! El chico está bastante seguro aquí, bajo mi vigilancia. No puedo
encerrarlo entre cuatro paredes como si fuera un animal salvaje.
—Ha dicho usted que
aquí está seguro, ¿pero lo están los demás?
—¿Qué quiere decir
con ello?
Poirot no contestó,
pero miró fijamente a los ojos tristes y oscuros del viejo marino.
Al cabo de unos
momentos, Chandler opinó con melancolía:
—Cada uno entiende
de su oficio. Usted busca a un criminal y mi hijo no lo es, señor Poirot.
—Todavía no.
—¿Qué pretende, al
decir todavía no?
—Estas cosas van
tomando incremento... Aquellas ovejas...
—¿Quién le contó lo
de las ovejas?
—Diana Maberly. Y
también su amigo, el coronel Frobisher.
—George hubiera
hecho muy bien callándose.
— ¿Es un viejo
amigo de usted, ¿verdad?
—Mi mejor amigo
—rezongó el almirante.
—¿Y era también
amigo de... su esposa?
Chandler sonrió.
—Sí. Creo que
George estuvo enamorado de Caroline, cuando ella era todavía una chiquilla. No
se ha casado, y me figuro que ésa es la razón. En fin, yo fui el afortunado...
o al menos, así lo pensé. La conseguí... para perderla.
Lanzó un suspiro y
sus hombros se encorvaron aún más.
—¿Estaba con usted
el coronel Frobisher cuando su esposa se... ahogó? —preguntó Poirot.
Chandler asintió.
—Sí. No se
encontraba bien y se quedó en casa. Salimos Caroline y yo. Nunca he llegado a
comprender cómo zozobró la embarcación. Debió de abrírsele de pronto una vía de
agua. Nos encontrábamos en medio de la bahía y la marea subía violentamente. La
sostuve hasta que no pude más... —su voz se quebró—. Su cuerpo fue rescatado
dos días más tarde. ¡Menos mal que no llevábamos con nosotros al pequeño Hugh!
Por lo menos, eso fue lo que pensé entonces... Ahora... bueno, tal vez hubiera
sido mejor que lo hubiéramos llevado; todo hubiera terminado aquel día...
Volvió a lanzar un
nuevo suspiro, profundo y desesperado.
—Somos los últimos
Chandler, señor Poirot. Cuando desaparezcamos nosotros no habrá más Chandler en
Lyde. El día en que Hugh inició su noviazgo con Diana, tuve la esperanza de
que... Bueno, es mejor que no hablemos de ello. ¡Gracias a Dios, no han llegado
a casarse! ¡Eso es todo lo que puedo decir!
4
Hércules Poirot
estaba sentado en uno de los bancos de la rosaleda, junto a Hugh Chandler.
Diana Maberly acababa de dejarlos.
El joven volvió la
cara, de correctos rasgos, aunque de torturada expresión, y miró a su
interlocutor.
—Debe hacer lo
posible para que ella comprenda lo que ocurre, señor Poirot —dijo.
Hizo una pausa y
luego prosiguió:
—Ya sabe usted que
Diana no es de las que se rinden. Nunca aceptará un hecho que no hay más
remedio que admitir. Continuará creyendo que yo... estoy sano.
—Mientras sigue
usted creyendo que no lo está, ¿eh?
El muchacho dio un
respingo.
—Todavía no he
perdido la cabeza por completo... pero esto va empeorando. Diana no lo sabe.
Sólo me ve cuando estoy... estoy... bien.
—Y cuando... no lo
está, ¿qué sucede?
Hugh Chandler
exhaló un profundo suspiro y dijo:
—En ciertos
aspectos... todo ocurre en sueños; y cuando sueño me vuelvo loco. Anoche, por
ejemplo, yo no era un hombre. Primero era un toro enloquecido... corriendo bajo
la deslumbrante luz del sol... sintiendo en mi boca el sabor del polvo y la
sangre. Y luego era un perro... un perrazo de fauces babeantes. Estaba
rabioso... Los niños se dispersaban y corrían al verme llegar y los hombres
trataban de pegarme un tiro. Alguien me puso delante un gran barreño de agua y
no pude beber. ¡No pude beber...!
Se detuvo.
—Me desperté... y
me di cuenta de que lo que había soñado era verdad. Fui hacia el lavabo. Tenía
la boca reseca... horriblemente reseca. Y una gran sed. Pero no pude beber,
señor Poirot... No podía tragar... ¡Oh, Dios mío!, no era capaz de beber.
Hércules Poirot
profirió un murmullo de simpatía. Hugh Chandler prosiguió. Tenía las manos
fuertemente cogidas a las rodillas. La cabeza adelantada y los ojos medio
cerrados, como si viera algo que avanzara hacia él.
—Y luego hay cosas
que no son sueños. Cosas que veo cuando estoy completamente despierto.
Espectros; formas horribles que me miran. Y algunas veces puedo volar; puedo
abandonar la cama y atravesar el aire. Corro con el viento... y los malos
espíritus me hacen compañía.
Poirot chasqueó la
lengua.
Fue un ligero
ruidito que parecía contener una disculpa para lo que le estaban contando.
Hugh Chandler se
volvió hacia él.
—No hay ninguna
duda en ello. Lo llevo en la sangre. Es la herencia de mi familia y no tengo
escape. ¡Gracias a Dios que me di cuenta a tiempo, antes de que me casara con
Diana! Me horroriza pensar que hubiéramos podido tener un hijo al que le habría
legado ese horrible mal.
Puso una mano sobre
el brazo de Poirot
—Debe hacer usted
lo que pueda para que ella lo comprenda. Debe decírselo. Es preciso que me
olvide. Es preciso. Algún día encontrará a otro. Tiene a Steve Graham... Está
perdidamente enamorado de ella y es un buen chico. Será feliz con él... estará
segura. Quiero... que sea feliz. Graham no tiene mucho dinero, desde luego; y
la familia de ella tampoco. Pero cuando yo muera no tendrán por qué padecer.
La voz de Hércules
Poirot lo interrumpió:
—¿Por qué no
tendrán que padecer cuando usted se muera?
Hugh Chandler
sonrió. Fue una sonrisa gentil y amable.
—Tengo la herencia
de mi madre. Tenía mucho dinero propio y me lo legó. Le dejaré todo mi dinero a
Diana.
Poirot se recostó
en su asiento y dijo simplemente:
—¡Ah!
Y luego comentó:
—Pero usted puede
vivir muchos años, señor Chandler.
El joven sacudió la
cabeza y replicó con sequedad:
—No, señor Poirot.
Yo no llegaré a viejo.
Luego se echó hacia
atrás y se estremeció ligeramente.
—¡Dios mío! ¡Mire!
—exclamó, mientras su vista se dirigía a un punto situado sobre el hombro de
Poirot—. Ahí... junto a usted... es un esqueleto... chasquea los huesos. Me
llama... me hace señas.
Sus ojos, con las
pupilas dilatadas, quedaron fijos bajo su radiante luz solar. De pronto se
inclinó hacia un lado, como si fuera a desplomarse.
Y luego,
dirigiéndose a Poirot, dijo con voz que más bien parecía la de un niño:
—¿No ha visto usted
nada?
El detective
sacudió la cabeza.
El joven prosiguió
con voz ronca:
—El ver cosas no me
conmueve mucho. Lo que me asusta es la sangre. La sangre en mi habitación... en
mis ropas. Teníamos un loro y una mañana apareció en mi dormitorio con el
cuello cortado... y yo estaba en la cama, sosteniendo en mi mano una navaja de
afeitar manchada de sangre.
Se inclinó,
aproximándose a Poirot.
—Y últimamente han
ocurrido más muertes de ésas —murmuró—. En los alrededores... en el pueblo...
en las colinas. Ovejas, corderos... un perro de pastor. Mi padre me encierra
por las noches; pero algunas veces... la puerta está bien abierta por la
mañana. Debo tener una llave escondida en algún sitio, pero no sé ahora dónde
la escondí. No lo sé. No soy yo quien hace esas cosas... es alguien que entra
dentro de mí... que toma posesión de mí... que me convierte de hombre en un
monstruo sediento de sangre y que no puede beber agua...
De pronto ocultó la
cara entre las manos.
Al cabo de unos
momentos Poirot preguntó:
—Todavía no
comprendo por qué no ha visitado usted a un médico.
Hugh Chandler
sacudió la cabeza.
—¿No lo entiende
usted? Físicamente soy fuerte. Tan fuerte como un toro. Puedo vivir durante
muchos años... muchos años... encerrado entre cuatro paredes. ¡No podría
soportarlo! Sería mejor acabar de una vez. Ya sabe que hay muchos medios para
ello. Un accidente, al limpiar la escopeta... y cosas así. Diana me
comprenderá... se dará cuenta de que he elegido una salida para esto.
Miró desafiante a
Poirot, pero el detective no respondió al reto. En su lugar, preguntó
blandamente:
—¿Qué es lo que
come y bebe usted?
El joven echó hacia
atrás la cabeza y lanzó una carcajada.
—¿Pesadillas
producidas por una indigestión? ¿Es eso lo que piensa?
Poirot se limitó a
repetir:
—¿Qué es lo que
come y bebe usted?
—Todo lo que comen
y beben los demás.
—¿Ninguna medicina
especial? ¿Ni sellos ni píldoras?
—Nada de eso. ¿Cree
usted, en realidad, que unas pildoritas pueden curar mis padecimientos? —Y citó
burlonamente—: «¿No puedes entonces auxiliar a una mente enferma?»
Hércules Poirot
replicó secamente:
—Yo voy a probar.
¿Hay alguien en esta casa que sufra de una afección a los ojos?
Hugh Chandler lo
miró fijamente y dijo:
—Los ojos de mi
padre le han causado un cúmulo de molestias. Tiene que ir al oculista muy a
menudo.
—¡Ah!
Poirot meditó
durante unos momentos y luego preguntó:
—Según supongo, el
coronel Frobisher pasó la mayor parle de su vida en la India, ¿no es cierto?
—Sí; perteneció al
Ejército de la India. Es un entusiasta de ese país. Y no cesa de hablar de
él... de sus tradiciones... de sus costumbres.
Poirot volvió a
murmurar:
—¡Ah!
Luego observó:
—Veo que se ha
cortado en la barbilla.
—Sí; un corte
bastante molesto. Mi padre me dio un sobresalto el otro día, cuando me estaba
afeitando. Hace tiempo que tengo los nervios de punta. Y ahora me ha quedado
esta rozadura. Me molesta mucho cuando me afeito.
—Debería usar crema
suavizante —observó Poirot.
—Ya la utilizo. El
tío George me la dio.
Rió de pronto.
—Hablamos como si
estuviéramos en un instituto de belleza femenina. Lociones, cremas suavizantes,
píldoras y trastornos de la vista. ¿Qué conseguiremos con ello? ¿Qué es lo que
se propone usted, señor Poirot?
El detective
contestó tranquilamente:
—Estoy tratando de
hacer todo lo posible por Diana Maberly.
Las maneras de Hugh
cambiaron. Su cara tomó una expresión seria. Volvió a poner una mano sobre el
brazo de Hércules.
—Sí; haga lo que
pueda por ella. Dígale que debe olvidarme. Dígale que no conseguirá nada
esperando... Dígale alguna de las cosas que le acabo de contar... Dígale...
¡Oh, dígale que, por amor de Dios, se aparte de mí! Eso es lo único que por mí
puede hacer ahora. ¡Alejarse... y tratar de olvidar!
5
—¿Tiene usted
valor, señorita? ¿Se siente con ánimos suficientes? Porque va a necesitarlos.
Diana exclamó:
—Entonces, es
cierto, ¿verdad? ¿Está loco?
Hércules Poirot
replicó:
—No soy un
alienista, señorita. Y, por lo tanto, no puedo decir si está cuerdo o loco.
Ella se aproximó
más al detective.
—El almirante
Chandler cree que sí lo está y George Frobisher también. Hasta el propio Hugh
está convencido de ello...
Poirot la
contempló.
—¿Y usted,
señorita?
—¿Yo? ¡Yo digo que
no está loco! Por eso...
Se detuvo.
—¿Por eso acudió
usted a mí?
—Sí. No podía tener
otra razón para ello, ¿no lo cree?
—Eso es justamente
lo que me he estado preguntando hasta ahora, señorita.
—No lo entiendo.
—¿Quién es Stephen
Graham?
Ella lo miró
fijamente.
—¿Stephen Graham?
¡Oh!, es... tan sólo un conocido.
La joven cogió al
detective por el brazo.
—¿Qué es lo que
piensa usted? ¿Qué es lo que se imagina? Hasta ahora se ha limitado a estarse
quieto, detrás de esos bigotes, con los ojos medio cerrados y sin decirme nada.
Me asusta usted... ¡ah! estoy terriblemente asustada. ¿Por qué me hace sentir
este temor?
—Tal vez porque yo
también esté atemorizado.
Los ojos de
profundo color gris se abrieron de par en par y se fijaron en él. La muchacha
murmuró:
—¿Qué es lo que
teme?
Hércules Poirot
exhaló un profundo suspiro.
—Es mucho más fácil
coger a un asesino que evitar un asesinato —replicó.
—¿Asesinato?
—exclamó la joven—. No utilice esa palabra.
—No tengo más
remedio que usarla.
Poirot cambió el
tono de su voz, habló rápida y perentoriamente.
—Señorita, es
necesario que usted y yo pasemos la noche en Lyde Manor. Espero que se
encargará de arreglar los detalles precisos. ¿Lo podrá hacer?
—Sí... supongo que
sí. Pero, ¿por qué?
—Porque no hay
tiempo que perder. Me dijo antes que tenía valor, pues demuéstrelo ahora. Haga
lo que le he dicho y no pregunte nada acerca de ello.
La muchacha asintió
sin proferir palabra y se alejó.
Al cabo de unos
momentos Poirot entró en la casa. Desde la biblioteca le llegó la voz de la
muchacha y la de tres hombres. Subió por la ancha escalera. En el piso superior
no había nadie.
No le costó mucho
trabajo encontrar la habitación de Hugh Chandler. En uno de los rincones vio un
lavabo con grifos de agua fría y caliente. Encima de él, sobre un estante de
cristal, había unos cuantos tubos, tarros y botellas.
Hércules Poirot se
puso a trabajar rápida y eficientemente.
Lo que debía hacer
no le llevó mucho tiempo. Se encontraba ya en el vestíbulo cuando Diana salió
de la biblioteca. La muchacha tenía la cara enrojecida y su aspecto demostraba
la rebeldía que sentía interiormente.
—Ya está todo
arreglado —dijo.
El almirante
Chandler hizo pasar a Poirot a la biblioteca y cerró la puerta tras él.
—Oiga, señor Poirot
—dijo—. Esto no me gusta nada.
—¿Qué es lo que no
le gusta nada, almirante Chandler?
—Diana ha insistido
en que ella y usted deben pasar aquí la noche. No quisiera parecer
inhospitalario.
—No es cuestión de
hospitalidad.
—Como le decía, no
quisiera parecerlo... pero, francamente, no me gusta, señor Poirot. No... no
quiero que se queden. No llego a comprender la razón de ello. ¿Qué posibles
beneficios conseguiremos?
—¿Podríamos
considerarlo como un experimento que trato de llevar a la práctica?
—¿Qué clase de
experimento?
—Eso, con perdón,
es cosa mía...
—Pero oiga, señor
Poirot; en primer lugar, no fui yo quien le dijo que viniera...
Poirot le
interrumpió:
—Créame, almirante
Chandler; comprendo y aprecio perfectamente su punto de vista. Estoy aquí,
simple y llanamente, gracias a la obstinación de una muchacha enamorada. Usted
me ha contado ciertas cosas. El coronel Frobisher me ha relatado otras y el
propio Hugh me ha dicho otras. Y ahora... quiero verlo todo, paso a paso, por
mí mismo.
—Sí, ¿pero qué es
lo que quiere ver? ¡Le digo que aquí no hay nada que ver! Encierro a Hugh en su
habitación todas las noches y no hay más.
—Y, sin embargo,
algunas veces, según me ha dicho él, la puerta no está cerrada por la mañana.
—¿Qué me dice?
—¿No encontró usted
mismo en algunas ocasiones la puerta abierta?
—Siempre imaginé
que George la había abierto..., ¿qué es lo que quiere usted decir con ello?
—¿Dónde deja la
llave? ¿En la cerradura?
—No. La coloco en
un cofre del pasillo. Yo mismo, o George, o Whiters, el mayordomo, la cogemos
de allí por las mañanas. Le hemos dicho a Whiters que lo hacemos así porque
Hugh es sonámbulo. Yo diría que sabe de qué se trata, pero me es fiel y ha
estado conmigo durante muchos años.
—¿Tiene otra llave?
—No, que yo sepa.
—Podrían haber
hecho un duplicado.
—Pero, ¿quién...?
—Su hijo cree que
tiene una llave escondida en algún sitio, aunque no le es posible decir dónde,
cuando está despierto.
El coronel
Frobisher, desde uno de los extremos de la habitación, dijo:
—No me gusta esto,
Charles. La chica...
El almirante
Chandler contestó rápidamente:
—Eso es justamente
lo que estaba yo pensando. La muchacha no debe quedarse aquí esta noche. Venga
usted si gusta, señor Poirot...
—¿Por qué no quiere
que duerma aquí la señorita Maberly? —preguntó el detective.
En voz baja,
Frobisher comentó:
—Es demasiado
arriesgado. En estos casos...
Se detuvo.
—Hugh la quiere...
—insinuó Poirot.
—¡Por eso
precisamente! —exclamó Chandler—. ¡Maldita sea! Todo se transforma cuando se
trata de un loco. Y Hugh lo sabe. Diana no debe quedarse aquí.
—Por lo que se
refiere a eso —dijo Poirot—, la propia Diana será quien decida.
Salió de la
biblioteca. Diana le esperaba en el coche.
—Iremos a recoger
lo que nos hace falta para pasar la noche y regresaremos a tiempo para cenar
—indicó la joven.
Cuando bajaban por
el camino que conducía a la carretera, Poirot repitió la conversación que
acababa de sostener con el almirante y con el coronel Frobisher. Diana rió
despectivamente.
—¿Cree que Hugh me
hará daño?
A modo de
contestación Poirot le preguntó si tendría inconveniente en detenerse ante la
farmacia del pueblo. Según dijo, se había olvidado de poner un cepillo de
dientes en el maletín.
La farmacia estaba
en el centro de la calle principal de aquel pacífico pueblecito. Diana esperó
en el coche. Le extrañó que Poirot tardara tanto en escoger un cepillo de
dientes...
6
Hércules Poirot
estaba sentado, esperando, en el gran dormitorio amueblado a estilo isabelino.
No podía hacer más que esperar. Tenía hechos todos los preparativos.
Hacia las últimas
horas de la madrugada llegaron las señales de alarma.
Al oír ruido de
pasos ante su puerta, Poirot descorrió los cerrojos y abrió. En el pasillo
había dos hombres... dos hombres de mediana edad con aspecto de tener muchos
años más de los que tenían en realidad. El almirante, con el rostro rígido y
ceñudo... el coronel Frobisher, crispado y tembloroso.
Chandler dijo
simplemente:
—¿Quiere venir con
nosotros, señor Poirot?
Ante la puerta del
dormitorio que ocupaba Diana Maberly se veía una confusa figura yacente. La luz
cayó sobre una cabeza morena. Hugh Chandler estaba tendido en el suelo y
respiraba estertorosamente. Llevaba puesta una bata y las zapatillas. En su
mano derecha se veía un cuchillo afilado, curvo y brillante. Pero no brillaba
todo él... aquí y allá estaba oscurecido por relucientes manchas rojas.
Hércules Poirot
exclamó en voz baja:
—¡Dios mío!
Frobisher dijo con
sequedad:
—Ella está bien. No
le ha hecho nada —levantó la voz y llamó—: ¡Diana! Somos nosotros; déjenos
entrar.
Poirot oyó cómo el
almirante gruñía para sí:
—¡Mi hijo! ¡Mi
pobre hijo!
Se oyó el ruido
producido por un cerrojo al descorrerse. Diana abrió la puerta y apareció en el
umbral. Tenía la cara mortalmente pálida.
—¿Qué ha ocurrido?
—balbuceó—. Hubo alguien que intentó entrar. Oí cómo tanteaban la puerta... y
el tirador de la cerradura. Luego arañaron en los paneles... ¡Oh, qué
horrible...! Como si fuera un animal...
El coronel observó
con aspereza:
—Gracias a Dios,
tenías la puerta cerrada.
—El señor Poirot me
dijo que lo hiciera.
—Levantémosle y
llevémosle dentro —indicó Poirot.
Los dos hombres se
inclinaron y levantaron el cuerpo inclinado. Diana contuvo la respiración
cuando pasaron por su lado.
—¡Hugh! ¿Es Hugh?
¿Qué es... lo que tiene en las manos?
Las manos del joven
estaban manchadas y humedecidas por una sustancia rojiza.
Diana murmuró:
—¿Es sangre?
Poirot miró
inquisitivamente a los dos hombres. El almirante asintió y dijo:
—¡Pero no humana,
por fortuna! Es de un gato. Lo encontré abajo con el cuello cortado. Después
debe de haber subido aquí...
—¿Aquí? —la voz de
Diana se desvaneció por el horror que sentía—. ¿Por mí?
Hugh Chandler se
agitó en la silla donde le habían sentado y musitó algo entre dientes. Los
demás lo miraron fascinados. El joven se irguió y parpadeó.
—¡Hola! —dijo con
voz ronca e insegura—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estoy...?
Se detuvo y miro
fijamente el cuchillo que todavía tenía en la mano.
—¿Qué es lo que he
hecho? —preguntó.
Sus ojos pasaron de
uno a otro y por fin se detuvieron en Diana.
—¿Le hice algo a
Diana? —volvió a preguntar Hugh.
Su padre movió
negativamente la cabeza.
—¡Decidme lo que ha
ocurrido! ¡Debo saberlo! —exclamó el joven.
De mala gana y con
grandes vacilaciones se lo contaron. No tuvieron más remedio ante la
persistencia de Hugh.
En aquellos
momentos estaba saliendo el sol. Hércules Poirot descorrió una cortina y la
claridad del nuevo día entró en la habitación.
La cara del
muchacho estaba ahora tranquila y su voz era firme.
—Ya comprendo —dijo
al fin.
Dejó su asiento,
sonrió y se desperezó. Con voz tranquila, dijo:
—Hermosa mañana,
¿no es cierto? Creo que voy a dar una vuelta por el bosque para ver si cazo un
conejo.
Y abandonó la
habitación.
Pero pasados unos
instantes el almirante hizo ademán de salir tras él.
Frobisher le cogió
por un brazo y observó:
—No, Charles, no.
Es lo mejor... para él y para todos los demás.
Diana se dejó caer
sollozando sobre la cama y el almirante Chandler, con voz trémula, replicó:
—Tienes razón,
George... tienes mucha razón. El chico es valiente...
Frobisher comentó
con voz también insegura:
—Es todo un
hombre...
Hubo un momento de
silencio, hasta que Chandler exclamó:
—¡Maldita sea!
¿Dónde está ese condenado extranjero?
7
Hugh Chandler entró
en la armería, descolgó su escopeta y se aprestaba a cargarla, cuando la mano
de Poirot descansó pesadamente en su hombro.
El detective
pronunció una sola palabra, pero la dijo con extraordinaria autoridad:
—¡No!
El joven lo miró
fijamente y con voz colérica advirtió:
—Quíteme las manos
de encima y no se meta en esto. Le digo que va a producirse un accidente. Es la
única forma de acabar.
De nuevo volvió a
repetir Poirot:
—¡No!
—¡No! ¿Acaso no se
da cuenta de que si no hubiera sido porque Diana cerró la puerta, la hubiera
degollado?
—Nada de eso. Usted
no hubiera hecho el menor daño a la señorita Maberly.
—Maté al gato, ¿no
es eso?
—No. Usted no lo
mató. Ni al loro ni a las ovejas.
Hugh lo contempló
ahora detenidamente y preguntó:
—¿Está usted loco o
lo estoy yo?
Hércules Poirot
replicó:
—Ninguno de los dos
lo estamos.
En aquel momento
entraron en la armería el almirante Chandler y el coronel Frobisher. Detrás de
ellos entró Diana.
—Este individuo
dice que no estoy loco —dijo Hugh con voz débil.
—Tengo la gran
satisfacción de anunciarle que está usted entera y completamente sano —añadió
Poirot.
Hugh lanzó una
carcajada. Una carcajada como la que profería un lunático.
—¡Esto sí que es
divertido! ¿Es de estar cuerdo el ir cortando el cuello de las ovejas y de
otros animales? ¿Estaba yo cuerdo cuando maté al loro? ¿Y cuando degollé al
gato esta noche?
—Ya le he dicho que
usted no mató a esos animales.
—Entonces, ¿quién
lo hizo?
—Alguien que lleva
en el ánimo el solo propósito de demostrar que está usted loco. En cada una de
aquellas ocasiones le administraron un fuerte soporífero y le pusieron en la
mano un cuchillo manchado de sangre o una navaja de afeitar. Y ese alguien fue el
que se lavó las manos ensangrentadas en el lavabo.
—Pero, ¿por qué?
—Con objeto de que
hiciera usted lo que estaba dispuesto a llevar a cabo cuando yo lo detuve.
Hugh lo miró
asombrado y Poirot se dirigió al coronel Frobisher:
—Coronel: ha vivido
usted muchos años en la India. ¿No oyó hablar de casos en que alguien se ha
vuelto loco porque se le administraron drogas intencionadamente?
La cara del militar
se iluminó.
—No tuve ocasión de
ver ningún caso personalmente, pero oí hablar de ello muy a menudo. Terminan
por volverse locos de veras. Los envenenan con estramonio.
—Exactamente. Pues
bien; el principio activo del estramonio está estrechamente ligado y aun puede
decirse que es la propia atropina... la cual se extrae asimismo de la belladona
o de la dulcamara. Los preparados de belladona son muy comunes y el mismo sulfato
de atropina se prescribe libremente para tratar las afecciones de los ojos.
Duplicando una receta y haciéndola preparar en diferentes sitios, puede
conseguirse una gran cantidad de veneno sin provocar sospechas. El alcaloide
puede extraerse de dicho preparado e introducirse luego en... una crema de
afeitar, pongamos por ejemplo. Aplicada a la cara, producirá una especie de
sarpullido que, a su vez, originará cortes y rozaduras al afeitarse, con lo
cual, la droga tendrá un acceso constante al sistema circulatorio. Todo ello
causa ciertos síntomas, tales como sequedad de boca y garganta; dificultad en
tragar, alucinaciones y, en fin, todo lo que ha experimentado el señor
Chandler.
Se volvió hacia el
joven.
—Y para borrar toda
duda de su mente, le diré que esto no son suposiciones, sino hechos reales. Su
crema de afeitar estaba fuertemente impregnada de sulfato de atropina. Cogí una
muestra y la hice analizar.
Pálido y
tembloroso, Hugh preguntó:
—¿Quien lo hizo? ¿Y
por qué?
—Eso es lo que he
estado buscando desde que llegué aquí. Trataba de encontrar el motivo para un
asesinato. Diana Maberly ganaba económicamente al morir usted, pero no
consideré en serio tal aspecto de la cuestión...
—¡No hubiera
faltado más! —exclamó la joven.
—Enfoqué otro
posible motivo. El consabido triángulo; dos hombres y una mujer. El coronel
Frobisher estuvo enamorado de su madre de usted, pero el almirante Chandler se
casó con ella.
El almirante gritó:
—¡George! No lo
creo.
Hugh comentó con
tono incrédulo:
—¿Cree usted que su
odio podía extenderse hasta mí...?
—Bajo determinadas
circunstancias, sí —replicó Hércules Poirot.
Frobisher exclamó:
—¡Eso es mentira!
No lo creas. Charles.
El almirante se
apartó de su lado mientras murmuraba:
—Estramonio, la
India. Sí; ya comprendo. Nunca sospechamos del veneno, considerando que ya se
habían producido casos de locura en la familia...
—Mais oui! —la voz
de Poirot se levantó chillona—. Locura hereditaria. Un loco propenso a la
venganza; astuto, como son los locos; ocultando su demencia durante años —se
volvió hacia Frobisher—. Mon Dieu, usted ha debido saberlo; ha debido sospechar
que Hugh era su propio hijo. ¿Por qué no se lo dijo nunca?
Frobisher tragó
saliva y tartamudeó:
—No lo sabía. No
podía estar seguro... Caroline acudió a mí en cierta ocasión; estaba
terriblemente asustada y en un apuro. No sé, ni nunca supe, de qué se trataba.
Ella... y yo... perdimos la cabeza. Después me alejé de ella... pues era la
única cosa que podíamos hacer, ya que ambos sabíamos que otra cosa era
imposible. Por mi parte... bueno; me lo pregunté en ocasiones, pero jamás pude
tener la seguridad de ello. Caroline nunca me insinuó nada que me diera la
certeza de que Hugh era hijo mío. Y luego, cuando aparecieron los síntomas de
locura, creí que la cosa se aclaraba definitivamente.
—Sí; se aclaró la
cosa. Tal vez no se dio usted cuenta de la forma en que el muchacho adelantaba
la cabeza y fruncía el entrecejo... un ademán que heredó de usted. Pero Charles
Chandler sí lo vio. Lo vio hace ya muchos años... y se las arregló para hacer
confesar la verdad a su mujer. Creo que ella le temía, porque empezó a revelar
su demencia. Eso fue lo que la llevó hasta sus brazos, Frobisher; hasta usted,
a quien siempre había amado. Charles Chandler planeo su venganza. Su mujer
murió en un accidente marítimo. Ambos salieron a pasear en barca y sólo él sabe
cómo sucedió el accidente. Luego se dedicó a centrar contra el muchacho todo el
odio que sentía. Odio hacia el chico que llevaba su apellido, pero que no era
hijo suyo. Las historias que contaba usted sobre la India le hicieron concebir
la idea del estramonio. Hugh se volvería loco lentamente, hasta el momento en
que, desesperado, se quitaría la vida. El sádico deseo de verter sangre no era
de Hugh, sino del almirante Chandler. Y fue éste quien degolló las ovejas.
¡Pero las consecuencias las debía pagar Hugh!
»¿Sabe usted cuándo
empecé a sospechar? —prosiguió Poirot—. Cuando el almirante Chandler se mostró
tan contrario a que su hijo fuera reconocido por un médico. Por parte del
muchacho era una cosa natural. ¡Pero su padre...! Tenían que existir
tratamientos adecuados que podrían salvar a su hijo... Había cientos de razones
por las cuales debía buscar la opinión de un doctor. Pero no; no podía permitir
que ningún médico viera a Hugh Chandler, pues en dicho caso se hubiera
descubierto que estaba cuerdo.
El joven comentó
lentamente:
—Cuerdo... ¿estoy
cuerdo?
Frobisher observó
con acento destemplado:
—Claro que estás
cuerdo. No hay taras de esa especie en «nuestra» familia.
—¡Hugh!... —exclamó
Diana.
El almirante
Chandler cogió la escopeta que dejaba el joven y refunfuñó:
—¡Todo eso son
tonterías! Voy a ver si cazo un conejo...
Frobisher quiso
adelantarse, pero la mano de Poirot le retuvo.
—Acaba usted de
decir, hace poco, que era la mejor manera...
Hugh y Diana habían
salido de la habitación.
Los dos hombres, el
inglés y el belga, vieron cómo el último de los Chandler cruzaba el jardín y se
adentraba en el bosque...
Al poco rato oyeron
un disparo...
capítulo VIII
LOS CABALLOS DE
DIOMEDES
1
Sonó el teléfono.
—¿Es usted, Poirot?
El detective
reconoció la voz del joven doctor Stoddart. Apreciaba a Michael Stoddart; le
gustaba la timidez amistosa de su sonrisa; le divertía su ingenuo interés por
los asuntos relacionados con el crimen y le respetaba como hombre infatigable y
entendido en la profesión que había escogido.
—No sabe cuánto
siento molestarle... —la voz titubeó.
—Pero algo le
preocupa, ¿verdad? —suspiró Hércules Poirot agudamente.
—Así es —la voz de
Michael Stoddart pareció reflejar su alivio—. Acertó usted.
—Eh bien, ¿en qué
puedo ayudarle, amigo mío?
Stoddart habló con
timidez y tartamudeó un poco al contestar:
—Me figuro... que
será una gran desfachatez por mi parte si... le ruego que venga a estas horas
de la noche... Pero me encuentro en un pequeño apuro y...
—Claro que iré. ¿A
su casa?
—No... Me encuentro
ahora en el callejón que hay detrás de ella. En el número diecisiete de
Connigby Mews. ¿Es cierto que puede venir? No sabe cuánto se lo agradezco.
—Estaré ahí dentro
de un momento —replicó Poirot.
2
Hércules Poirot
recorrió el oscuro callejón mirando el número de las casas. Hacía rato que
había sonado la una de la madrugada y, en su mayoría, el vecindario se había
ido a la cama, aunque todavía se veía luz en una o dos ventanas.
Cuando llegó frente
al número 17 se abrió la puerta y apareció el doctor Stoddart en el umbral.
—¡Es usted un
hombre de palabra! —dijo—. ¿Quiere subir?
Una empinada
escalera conducía al piso superior. En él, a la derecha, había un salón de
grandes proporciones, amueblado con divanes, alfombras y cojines plateados de
forma triangular. Gran cantidad de botellas y vasos estaban esparcidos por la
habitación.
Reinaba el desorden
por doquier, colillas por todas partes y algunos vasos rotos.
—¡Ah! —exclamó
Poirot—. Mon chéri Watson, deduzco que aquí se ha celebrado una fiesta.
—Sí; la han estado
celebrando —respondió Stoddart frunciendo el ceño.
—¿No estuvo usted
en ella?
—No. He venido para
cumplir mis órdenes profesionales.
—¿Qué ocurrió?
—Esta casa
pertenece a una mujer llamada Patience Grace... la señora Patience Grace —dijo
Stoddart.
—Parece un nombre
encantador y algo anticuado —opinó Poirot.
—No hay nada de
encantador ni de anticuado en la señora Grace. Tiene buena presencia, aunque
algo vulgar. Se ha casado varias veces y ahora la acompaña un amiguito del que
está celosa pues cree que se ha cansado de ella. Empezaron la fiesta bebiendo y
la terminaron con drogas... Si uno toma esas porquerías en pequeña escala se
siente un superhombre y todo lo ve de color de rosa. Se siente eufórico y cree
que es capaz de hacer muchas más cosas que de costumbre. Pero si se absorbe
gran cantidad, se produce la violenta excitación mental, acompañada de
alucinaciones y delirio. La señora Grace tuvo un fuerte altercado con su amigo;
un tipo desagradable llamado Hawker. El resultado fue que el individuo la mandó
a paseo y se marchó y ella se asomó a la ventana y le disparó un tiro con un
flamante revólver que algún imbécil tuvo la mala ocurrencia de poner en sus
manos.
Hércules Poirot
levantó las cejas.
—¿Y le acertó?
—¡Ni soñarlo! La
bala dio a unas cuantas yardas de él. Pero hirió a un pobre vagabundo que
andaba por allí rebuscando en los cubos de la basura. Le atravesó la parte
carnosa del brazo. Como es natural, armó un escándalo de mil diablos y la
pandilla de juerguistas se apresuró a hacerle entrar aquí. Se alarmaron al ver
la sangre que derramaba y vinieron a buscarme.
—¿De veras?
—Le eché un gran
remiendo al brazo. No era cosa seria. Luego, entre dos de los individuos
empezaron a embaucarle y al final accedió a tomar un par de billetes de cinco
libras y a olvidarse de lo que había pasado. Al pobre diablo le arreglaron la
noche. Tuvo un magnífico golpe de suerte.
—¿Y usted?
—Yo tuve que
trabajar un poco más. La señora Grace tenía por entonces un agudo ataque
histérico. Le di algo para calmarla y la mandé a la cama. Había otra chica que
tampoco se encontraba bien... una muchacha joven a quien, asimismo, tuve que
atender... Y entretanto, los demás empezaron a desfilar todo lo aprisa que
podían.
Hizo una pausa.
—Entonces —comentó
Poirot— tuvo usted tiempo para recapacitar sobre lo que había ocurrido.
—Exactamente
—contestó Stoddart—. Si se hubiera tratado de una pandilla de borrachines no me
hubiera preocupado lo más mínimo. Pero tratándose de drogas...
—¿Está usted seguro
de que tomaron drogas?
—Por completo. No
podía equivocarme. Encontré restos de una cajita de laca; pero lo que interesa
es saber de dónde provienen. Recuerdo que hace unos días habló usted de un gran
incremento que se observa entre los adictos de las drogas.
Hércules Poirot
asintió y dijo:
—La policía se
interesará mucho por esta fiesta.
Michael Stoddart
replicó con acento intranquilo:
—Eso es
precisamente...
Poirot lo miró,
como si hubiera despertado en él un súbito interés.
—Pero a usted... no
le conviene que la policía intervenga, ¿verdad? —observó.
Stoddart murmuró:
—Hay gente inocente
que se ve mezclada en estas cosas... y se encuentra en un verdadero apuro.
—¿Es la señora
Grace por quien siente tanta solicitud?
—¡Válgame Dios! No.
Ésa sabe cuidar muy bien de sí misma.
—Entonces, es la
otra... la muchacha... —dijo Poirot lentamente.
—Desde luego
—replicó el médico—. En cierto aspecto, también es una buena pieza. Es decir,
ella misma se describe así. Pero, en realidad, es muy joven y un poco
alocada... tan sólo chiquilladas. Se ha mezclado con una pandilla como ésta
porque se ha figurado que ello es elegante, moderno, o cualquier cosa por el
estilo.
Una ligera sonrisa
asomó a los labios de Poirot.
—¿Tuvo ocasión de
conocer a esa joven antes de ahora? —preguntó con suavidad.
Michael Stoddart
asintió. Parecía un colegial cogido en falta.
—La encontré en
Mertonshire, en un baile. Su padre es un general retirado, de los de «¡Rayos y
truenos, matadlos a todos!», un pukka sahib... Ya sabe a qué tipo me refiero.
Son cuatro hermanas; todas ellas un tanto indómitas... y yo creo que el padre
tiene la culpa. El sitio donde viven no es de los más convenientes; cerca de
una fábrica de armamentos. Hay por allí gente de dinero que no tiene ninguno de
los sentimientos anticuados de la gente que vive en el campo. Ricos y viciosos
por lo general. Las chicas se han encontrado con mala compañía.
Poirot lo contempló
pensativamente durante unos momentos y luego dijo:
—Ahora me doy
cuenta de por qué deseaba mi presencia. ¿Quiere que me encargue del asunto?
—¿Lo hará? Creo que
debe intentarse algo..., pero le confieso que me gustaría mantener a Sheila
Grant apartada de esto.
—Tal vez pueda
hacerse algo. Me encantaría ver a esa joven.
—Venga por aquí.
Salieron de la
habitación. Desde una puerta salió una voz quejumbrosa.
—Doctor... por amor
de Dios, doctor; que me voy a volver loca.
Stoddart entró en
el dormitorio y Poirot le siguió. El cuarto presentaba un aspecto caótico.
Polvos de tocador derramados por el suelo; tarros y botes de crema por doquier
y ropas tiradas sobre los muebles. En la cama estaba tendida una mujer de
cabellos rubios, teñidos, y cara de aspecto estúpido y vicioso.
—Un millón de
insectos me corren por el cuerpo... se lo aseguro —exclamó—. Me voy a volver
loca... Déme algo, por lo que más quiera.
El doctor Stoddart
se situó al lado de la cama y habló con tono suave y profesional.
Sin hacer ruido,
Poirot salió de la habitación. Ante él había otra puerta. La abrió.
Era una pequeña
habitación, modestamente amueblada. En la cama yacía una figura esbelta y
juvenil.
Poirot avanzó de
puntillas y miró a la muchacha.
Cabello negro; una
cara larga y pálida... sí; joven... muy joven...
Un destello blanco
brilló entre los labios de ella. Abrió los ojos con expresión sobresaltada. La
muchacha miró al intruso, se sentó en la cama y sacudió la cabeza, esforzándose
en apartar la espesa mata de pelo negro. Parecía un potrillo salvaje. Retrocedió
ligeramente, como hace un animal montaraz cuando sospecha de un extraño que le
ofrece comida.
—¿Quién diablos es
usted?
—No se asuste,
señorita.
—¿Dónde está el
doctor Stoddart?
El joven entraba
entonces en la habitación y la muchacha dijo con tono de alivio:
—¡Ah! Estás ahí.
¿Quién es éste?
—Un amigo, Sheila.
¿Cómo te encuentras ahora?
—Terriblemente...
¿Por qué tomaría esa porquería?
—Yo, en tu lugar,
no repetiría la prueba.
—No... no lo haré.
—¿Quién se la
proporcionó?
La joven abrió los
ojos y su labio superior se encogió un poco.
—La trajeron... a
la fiesta. Todos la probamos. Al principio fue una cosa estupenda.
—Pero ¿quién la
trajo? —insistió nuevamente el detective.
Ella sacudió la
cabeza.
—No lo sé. Debió de
ser Tony... Tony Hawker. Aunque en realidad no sé nada de ello.
—¿Es la primera vez
que toma drogas, mademoiselle? —preguntó Poirot.
La muchacha
asintió.
—Sería mucho mejor
que fuera la última —observó Stoddart con brusquedad.
—Sí... supongo que
sí... Pero fue algo maravilloso.
—Óyeme bien, Sheila
Grant —dijo Stoddart—. Soy médico y sé lo que digo. Si empiezas a tomar drogas
te encontrarás cualquier día con sufrimientos que ahora te parecerían
increíbles. Las drogas arruinan a la gente en cuerpo y alma. El beber es un
juego de niños al lado de ellas. Déjalo desde ahora mismo. ¡Créeme; no es nada
divertido! ¿Qué crees que dirá tu padre cuando se entere de lo que ha pasado
esta noche?
—¿Papá? —la voz de
Sheila Grant subió de tono—. ¿Papá? —empezó a reír—. ¡Me imagino la cara que
pondría! No debe saberlo. Ya ha tenido siete ataques.
—Y con razón
—añadió Stoddart.
—Doctor...
doctor... —el lamento de la señora Grace llegó hasta ellos desde la otra
habitación.
Stoddart murmuró
algo irrespetuoso y salió del dormitorio.
Sheila Grant miró
de nuevo a Poirot. Parecía algo confusa.
—¿Quién es usted?
—preguntó—. No estaba en la fiesta.
—No; no lo estaba.
Soy amigo del doctor.
—¿Es usted médico?
No lo parece.
—Me llamo —declaró
Poirot, procurando como siempre, que una declaración tan simple hiciera el
efecto de un telón al levantarse para empezar la función—. me llamo Hércules
Poirot.
En esta ocasión
produjo la impresión que esperaba. Poirot se había dado cuenta, de vez en
cuando, de que los jóvenes de la nueva generación no habían oído hablar nunca
de él.
Pero no había duda
de que Sheila Grant sí sabía quién era, pues se quedó con la boca abierta, sin
saber qué decir. Sólo pudo mirarlo... mirarlo fijamente.
3
Se dice,
justificada o injustamente, que todos tienen una tía en Torquay.
Y se asegura
también que todo el mundo tiene por lo menos un primo segundo en Mertonshire.
Situado a una razonable distancia de Londres, se celebran en él monterías y se
puede pescar y cazar. Hay por aquí varios pueblos pintorescos, pero muy poco
engreídos por ello, aunque tienen un buen sistema ferroviario y una nueva
autopista que facilita a los motoristas la ida y vuelta a la metrópoli. Los
criados ponen más dificultades para ir allí que a otros distritos más rurales
de las Islas Británicas. La consecuencia de todo esto es que resulta
prácticamente imposible vivir en Mertonshire, a no ser que se disfrute de una
renta que pueda expresarse con cuatro cifras; pero con los impuestos y unas
cosas y otras, si es de cinco, muchísimo mejor.
Hércules Poirot,
como era extranjero, no tenía ningún primo segundo en aquel condado; mas había
conseguido hacer un buen número de amistades y no tuvo dificultad en conseguir
que alguien le invitara a que hiciera una visita a la región. Además, encontró como
anfitrión a una buena señora cuya mayor delicia consistía en ejercitar su
lengua hablando de los vecinos. Lo malo de ello estribaba en que Poirot debía
resignarse a oír una gran cantidad de cosas acerca de gente que no le
interesaba en lo más mínimo, antes de llegar a referirse a lo que le llevaba
allí.
—¿Las Grant? Sí;
son cuatro chicas. No me extraña que el pobre general no las pueda dominar.
¿Qué puede hacer un hombre con cuatro chicas? —la mano de lady Carmichael se
agitó elocuentemente.
—Es verdad —convino
Poirot.
La señora continuó:
—Me han dicho que
en su regimiento solía mantener una firme disciplina. Pero con esas chicas no
puede. Eso no pasaba cuando yo era joven. El viejo coronel Sandys era un
ordenancista tan acérrimo, que sus pobres hijas...
(Y aquí una larga
disgresión sobre las desgracias de las chicas del coronel Sandys y otras amigas
de lady Carmichael.)
—Pues verá usted
—la dama volvió al tema primitivo—. Yo no digo que haya nada malo en esas
jóvenes. Tan sólo buen humor y mucha vitalidad... aunque van con una pandilla
nada recomendable. Esa gente no se veía antes por aquí. Ahora vienen tipos
bastante extraños. Ya no queda lo que pudiéramos llamar espíritu señorial. Todo
es dinero, dinero y dinero. ¡Y hay que ver las cosas que se oyen! ¿Quién dijo
usted? ¿Anthony Hawker? Sí, le conozco. Es lo que yo considero un joven
desagradable aunque por lo visto está forrado de billetes. Viene a cazar y da
fiestas en las que derrocha el dinero. Y también se celebran en su casa
reuniones bastante singulares, si es que una va a prestar oído a todo lo que
dicen por ahí... No es que yo lo crea, pero ya sabe lo mal pensada que es la
gente. Siempre suponen lo peor. Parece que está de moda el decir que una
persona bebe o toma drogas. Hace unos días alguien me confesó que las chicas
jóvenes son borrachas por inclinación. Yo opino que eso es una indelicadeza. Y,
por otra parte, si ven que alguien tiene unas maneras vagas o raras, no dudan
en decir: «Drogas». No lo estimo justo. Eso dicen de la señora Larkin y aunque
esa mujer no me importa en absoluto, creo que sólo se trata de distracciones
que sufre. Es una gran amiga de Anthony Hawker y estoy segura de que por dicha
causa les tiene tanta inquina a las hermanas Grant... dice que son unas
antropófagas; unas devoradoras de hombres. No me extrañaría que hayan
perseguido a más de uno, pero ¿por qué no? Al fin y al cabo es una cosa natural.
Y, además, las cuatro tienen buen tipo.
Poirot intercaló
una pregunta.
—¿La señora Larkin?
Mi querido amigo, no creo que pueda contestar a eso. En estos días no hay
manera de saber quién es una persona. Dicen que vive bien y, por lo que se ve,
no anda mal de dinero. Su marido era una personalidad en la City. Murió: ella
no está divorciada. No hace mucho tiempo que vive aquí; vino poco después de
los Grant. Siempre he creído que...
La anciana se
detuvo y quedó con la boca abierta, mientras los ojos parecían querer saltar
hacia Poirot. Se inclinó hacia delante y golpeó los nudillos del detective con
un cortapapeles que tenía en la mano. Y sin hacer caso del gesto de dolor que
hizo él exclamó:
—¡Desde luego! ¡Por
eso está aquí! Es usted un pícaro solapado. Y no pararé hasta que me lo cuente
todo.
—Pero ¿qué es lo
que debo contarle?
Lady Carmichael
intentó darle otro golpe, pero Poirot lo esquivó hábilmente.
—¡Se parece a una
ostra, Hércules Poirot! Ya veo cómo tiemblan sus bigotes. No hay duda de que es
un asunto relacionado con algún crimen lo que le ha traído aquí... ¡y me está
sonsacando así descaradamente todo lo que sé! Vamos a ver, ¿puede ser asesinato?
¿Quién murió en estos últimos tiempos? Sólo Louisa Gilmore, pero tenía ochenta
y cinco años y, además, padecía hidropesía. No puede ser ella. El pobre Leo
Staverton se rompió el cuello en una cacería y ahora va escayolado hasta la
cabeza... éste tampoco puede ser. Tal vez no se trate de asesinato. ¡Qué
lástima! No me acuerdo de que haya ocurrido un buen robo de joyas
últimamente... Quizás está usted persiguiendo a un criminal... ¿Es Beryl
Larkin? ¿Envenenó a su marido? Puede ser que los remordimientos sean la causa
de que tenga esas maneras vagas.
—Madame, madame
—exclamó Hércules Poirot—. Va demasiado de prisa.
—¡Tonterías! Usted
se propone algo.
—¿Está
familiarizada con los clásicos, madame?
—¿Qué tienen que
ver los clásicos con todo esto?
—Pues verá usted.
Estoy emulando a mi ilustre predecesor Hércules. Uno de los «trabajos» que
llevó a cabo fue la doma de los caballos de Diomedes.
—No me diga que ha
venido a domar caballos; a su edad... y con esos zapatos de charol que siempre
lleva. No creo que haya montado a caballo en su vida.
—Los caballos,
madame, son simbólicos. Eran caballos salvajes que comían carne humana.
—¡Qué mal gusto!
Opino que los antiguos griegos y romanos tenían muy mal gusto. No sé por qué
los clérigos tienen tanta afición a los clásicos. Los citan a cada dos por
tres; de una parte nunca sabes qué es lo que quieren decir y, por otra, me
parece que el tema principal de todo lo clásico es impropio para gente de
iglesia. La literatura demasiado pecaminosa... y todas estas estatuas sin una
mala prenda encima. Y no es que yo haga mucho caso de ello, pero ya sabe cómo
se enfadan los pastores de nuestras iglesias cuando ven entrar a una chica que
no lleva medias... Veamos, ¿dónde estaba?
—No se lo puedo
decir.
—Supongo,
miserable, que no querrá confesar si la señora Larkin envenenó a su marido. ¿O
tal vez Anthony Hawker es el asesino del baúl de Brington?
Miró al detective
como si esperara que éste le hiciera alguna confidencia, pero la cara de Poirot
permaneció impasible.
—Puede tratarse de
una falsificación —especuló lady Carmichael—. Hace unos días vi a la señora
Larkin en el Banco. Acababa de cobrar un cheque de cincuenta libras, y me
pareció entonces una cantidad demasiado elevada para cobrarla en efectivo. No:
no es eso... si hubiera sido una falsificadora hubiera ingresado el cheque en
su cuenta, ¿verdad? Oiga, Hércules Poirot; si se queda ahí callado, mirándome
como una lechuza, le tiro algo a la cabeza.
—Debe tener usted
un poco de paciencia —dijo el detective.
4
Ashley Lodge, la
residencia del general Grant, no era una casa de grandes dimensiones. Estaba
situada en la ladera de una colina; tenía buenos establos y un jardín bastante
descuidado.
Su interior estaba,
como diría un corredor de fincas, «completamente amueblado». Panzudos Budas
contemplaban a los visitantes desde diversas hornacinas. Bandejas y mesas de
bronce de Benarés ocupaban la mayor parte del espacio disponible. Procesiones
de elefantes adornaban las repisas de las chimeneas y afiligranados trabajos de
bronce colgaban de las paredes.
En mitad de este
hogar angloindio estaba sentado el general Grant, ocupando un raído sillón,
mientras una de sus piernas, envuelta en vendajes, reposaba en otra silla.
—Gota —explicó—.
¿No tuvo nunca gota, señor... ejem... Poirot? ¡Le despierta a cualquiera un
genio de mil diablos! Mi padre tuvo la culpa. Bebió Oporto toda su vida...
igual que mi abuelo; y entre los dos me hicieron la pascua. ¿Quiere usted una
copa? Toque esa campanilla para que acuda mi asistente.
Apareció un criado
tocado con un turbante. El general Grant se dirigió a él llamándole Abdul, y le
ordenó que trajera el whisky y un sifón. Cuando volvió el sirviente, su amo
vertió una ración tan generosa que Poirot se vio obligado a protestar.
—Siento no poder
acompañarle, señor Poirot —el hombre miró con tristeza el vaso—. El «wallah»
médico me ha dicho que es veneno para mí. No creo que sea para tanto. Los
médicos son unos ignorantes. Parece como si disfrutaran de privar a un hombre
de lo que le gusta, tanto de comer como de beber. Y permite solamente que tome
una porquería como es el pescado hervido. ¡Pescado hervido... puaf!
Indignado, el
general movió su pie enfermo, lo que le hizo lanzar un alarido de agonía y
dolor y algunas fuertes expresiones.
Pidió perdón por su
léxico.
—Me siento como un
oso con dolor de cabeza. Mis chicas dejan el campo libre cuando tengo uno de
los ataques de gota. No creo que deba recriminarles por ello. He oído decir que
conoce usted a una de ellas.
—Si; he tenido ese
gusto. ¿Tiene usted varias hijas?
—Cuatro —replicó el
general lúgubremente—. Ni un chico entre ellas. Cuatro deslumbrantes muchachas.
En estos días constituyen un problema.
—Tengo entendido
que todas son encantadoras.
—No están mal del
todo... no están mal. Pero nunca puedo saber qué es lo que se proponen. No se
puede dominar a las muchachas en estos tiempos. Son tiempos de indisciplina...
demasiada libertad. ¿Qué puede hacer uno? No puedo encerrarlas, ¿no le parece?
—Supongo que
gozarán de popularidad entre el vecindario.
—Algunas de las
viejas no las pueden ver —dijo el viejo militar—. Hay mucho borrego disfrazado
de cordero por estos alrededores. Uno debe tener cuidado. Casi me pesca una de
esas viudas de ojos azules. Solía rondar por aquí, ronroneaba como un gato...
«¡Pobre general Grant... qué vida tan interesante ha debido pasar!» —el general
levantó un dedo y se lo aplicó a la nariz—. Es demasiado descaro, señor Poirot.
Pero, al fin y al cabo, éste es un rincón del mundo que no está del todo mal.
Me gustaba el campo cuando se vivía en el campo... sin automóviles, ni jazz, ni
la vociferante y latosa radio. Jamás permití que instalaran una en casa. Un
hombre tiene perfecto derecho a gozar de un poco de paz en su propio hogar.
Suavemente, Poirot
condujo la conversación hasta que se refirió a Anthony Hawker.
—¿Hawker? ¿Hawker?
No le conozco. Sí; sí le conozco. Un tipo de aspecto asqueroso; tiene los ojos
demasiado juntos. No se fíe de nadie que sea incapaz de mirarle a la cara.
—Es amigo de su
hija Sheila, ¿verdad?
—¿De Sheila? No lo
sabía. Las chicas nunca me dicen nada —arrugó el entrecejo, mientras los ojos
azules y penetrantes miraban sin pestañear a Hércules Poirot—. Oiga, señor
Poirot, ¿a qué viene todo esto? ¿Tendría inconveniente en decirme para qué ha
venido a verme?
Poirot contestó
lentamente:
—Eso va a ser un
poco difícil... tal vez ni yo mismo lo sepa. Sólo le diré esto: su hija Sheila
y quizá todas sus hijas tienen amistades poco recomendables.
—Se han unido a una
pandilla de sinvergüenzas, ¿verdad? Algo me temía yo. He oído algunas cosas por
ahí —miró patéticamente a Poirot—. Pero, ¿qué he de hacer yo, señor Poirot?
¿Qué he de hacer yo?
El detective
sacudió perplejo la cabeza.
El general Grant
prosiguió:
—¿Y qué es lo que
pasa con esa pandilla a la que se han juntado?
Poirot contestó con
otra pregunta:
—¿No ha notado,
general, si alguna de sus hijas ha estado caprichosa y excitada... y luego
deprimida, nerviosa y de un talante...?
—¡Maldita sea!
Habla usted como si fuera médico. No; no me di cuenta de nada de todo eso.
—Menos mal —dijo
Poirot con gravedad.
—¿Qué diablos
significa todo eso, caballero?
—¡Drogas!
—¿Qué?
La palabra pareció
un rugido.
Poirot prosiguió:
—Se ha intentado
convertir a su hija Sheila en una adicta de las drogas. El hábito se adquiere
rápidamente. Una semana o dos son suficientes. Cuando una persona se habitúa a
ellas es capaz de pagar y hacer cualquier cosa, con tal de conseguir nuevas
dosis. Puede imaginarse qué sabrosos resultados económicos conseguirá el
encargado de repartirlas.
Escuchó en silencio
las palabrotas que con furia y en voz baja salían de los labios del general.
Luego, cuando se aquietó algo, con una final y escogida descripción de lo que
él, el general, haría con aquel perro tiñoso, si lo cogiera, Hércules Poirot observó:
—Primero, como
dicen ustedes por aquí, tenemos que coger la liebre. Una vez que hayamos
atrapado al que distribuye la droga, tendré mucho gusto en entregárselo,
general.
Se levantó; tropezó
con una mesilla profusamente labrada y recobró el equilibrio asiéndose al
general.
—Mil perdones
—murmuró—. Debo rogarle... entiéndame bien, le ruego que no diga nada de esto a
sus hijas.
—¿Qué? Voy a hacer
que me digan la verdad, ¡eso es lo que haré!
—Eso es
precisamente lo que usted no debe hacer. Todo lo que conseguirá será una sarta
de mentiras.
—Pero, ¡maldita
sea...!
—Le aseguro,
general Grant, que lo mejor para usted es no decir nada. Es necesario...
¿comprende? ¡Necesario!
—Bueno; lo haré si
ése es su gusto —gruñó el veterano.
Había sido
dominado, pero no convencido.
Hércules Poirot
caminó con sumo tiento por entre los bronces indios y salió de allí.
5
El salón de la
señora Larkin estaba lleno de gente.
La propia dueña de
la casa estaba preparando combinados en una mesilla auxiliar. Era una mujer
alta, de pelo castaño claro, recogido sobre la nuca. Sus ojos tenían un matiz
más bien verde que gris, con grandes y negras pupilas. Sus movimientos eran
fáciles, con una especie de gracia siniestra. Parecía tener poco más de treinta
años. Sólo un examen más detenido revelaba las arrugas que se le formaban junto
a los ojos. Aquello denunciaba que, por lo menos, tenía diez años más de lo que
aparentaba.
Hércules Poirot
había sido llevado allí por una señora de mediana edad, amiga de lady
Carmichael. El detective se vio de pronto con un combinado en la mano, mientras
se le indicaba que llevara otro a una muchacha que estaba sentada junto a la
ventana. La chica era de baja estatura y rubia. Tenía la cara sonrosada y de
sospechosa expresión angelical. Sus ojos, según apreció Poirot en seguida,
parecían estar alerta.
—A su eterna salud,
mademoiselle —brindó el detective.
Ella inclinó la
cabeza y bebió.
Luego dijo
repentinamente:
—Usted conoce a mi
hermana.
—¿Su hermana? ¿Es
usted, entonces, una de las hermanas Grant?
—Soy Pam Grant.
—¿Y dónde está su
hermana hoy?
—Ha salido de
cacería. Debe regresar dentro de poco.
—Conocí a su
hermana en Londres.
—Ya lo sabía.
—¿Se lo dijo ella?
Pam Grant asintió y
preguntó:
—¿Se encontraba en
algún apuro?
—¿Pero es que no se
lo contó todo?
La muchacha sacudió
la cabeza.
—¿Estaba allí Tony
Hawker? —preguntó.
Antes de que Poirot
pudiera contestar se abrió la puerta y entraron Hawker y Sheila Grant. Ambos
vestían equipo de caza y ella llevaba una mancha de barro en una de sus
mejillas.
—Hola, amigos;
venimos por una copa. El frasco de Tony está seco por completo.
Poirot murmuró:
—Hablando del ruin
de Roma...
Pam Grant replicó:
—Más que ruin.
—¿Esas tenemos?
—comentó secamente Poirot.
Beryl Larkin se
adelantó.
—¿Ya estás aquí,
Tony? Cuéntame cómo ha ido todo. ¿Habéis batido el matorral de Gelert?
Diestramente se lo
llevó hacia un sofá situado al lado de la chimenea. Poirot vio cómo el joven
volvía la cabeza y miraba a Sheila, antes de seguir a la señora Larkin.
Sheila había visto
al detective. Titubeó durante unos instantes, pero luego se dirigió hacia donde
estaban él y su hermana.
—¿Fue usted,
entonces, quien estuvo ayer en casa? —le preguntó de súbito.
—¿Se lo ha dicho su
padre?
Ella negó con la
cabeza.
—Abdul lo
descubrió. Yo... me figuré...
Pam intervino:
—¿Fue usted a
hablar con papá?
—Pues... sí
—respondió Poirot—. Tenemos... varios amigos comunes.
—No lo creo —dijo
Pam con sequedad.
—¿Qué es lo que no
cree? ¿Que su padre y yo tenemos amigos comunes?
La muchacha se
ruborizó.
—No sea estúpido.
Quería decir... que ésa no fue, en realidad, la razón de su visita...
Se dirigió a su
hermana:
—¿Por qué no dices
nada, Sheila?
La joven pareció
sobresaltarse.
—¿No tenía... nada
que ver con Tony Hawker? —preguntó.
—¿Por qué tenía que
ser así? —replicó Hércules Poirot.
Sheila enrojeció y
sin replicar se dirigió hacia donde estaban los demás invitados.
Con súbita
vehemencia, pero en voz baja, Pam contestó:
—No me gusta Tony
Hawker. Tiene... un aire siniestro; y ella también. Me refiero a la señora
Larkin. Mírelos ahora.
Poirot siguió la
mirada de la joven.
La cabeza de Hawker
estaba junto a la de la señora Larkin. Parecía que el joven trataba de
apaciguarla. La voz de la mujer se oyó durante un instante.
—...pero no puedo
esperar. Lo quiero ahora.
Poirot comentó
mientras sonreía:
—Les femmes... sea
lo que sea... lo quieren todo en seguida, ¿verdad?
Pero Pam Grant no
contestó. Tenía la cabeza inclinada y, con mano nerviosa, se alisaba la falda
una y otra vez.
El detective
murmuró:
—Usted es
completamente diferente de su hermana, mademoiselle.
Ella levantó la
cabeza, como si le causaran impaciencia las trivialidades.
—Monsieur Poirot,
¿qué es lo que Tony le está dando a Sheila? ¿Qué es lo que la está volviendo...
diferente?
El detective miró
con fijeza.
—¿No ha tomado
nunca drogas, señorita Grant? —preguntó.
La joven sacudió la
cabeza.
—¡Oh, no! ¿Es eso?
¿Drogas? Es una cosa peligrosa.
En aquellos
momentos, con una copa en la mano, llegaba hasta ellos Sheila Grant.
—¿Qué es peligroso?
—preguntó.
—Estamos hablando
de los peligros que encierra el hábito de las drogas. De la muerte lenta que
sufre el cuerpo y el alma, de la destrucción de todo lo que hay de bueno y
hermoso en un ser humano —dijo Poirot.
Sheila Grant
contuvo el aliento. La mano que sostenía la copa tembló y el licor se derramó
por el suelo.
El detective
prosiguió:
—Creo que el doctor
Stoddart ya le hizo ver claramente qué representa esa muerte lenta... Es muy
fácil de hacer... pero dificilísimo de deshacer. La persona que deliberadamente
se aprovecha de la degradación y la miseria de los demás es como un vampiro.
Dio la vuelta y se
alejó. Detrás de él oyó como Pam decía:
—¡Sheila!
Y un susurro... un
ligero susurro... de Sheila Grant. Fue tan leve que a duras penas pudo oír lo
que decían:
—El frasco...
Hércules Poirot se
despidió de la señora Larkin y salió al vestíbulo. Sobre la mesa se veía un
frasco, a manera de cantimplora, junto a un látigo y un sombrero. El detective
lo cogió y vio que llevaba las iniciales «A. H.».
—¿Estará vacío el
frasco de Tony? —murmuró Hércules Poirot.
Lo sacudió
ligeramente. No parecía que contuviera licor. Desenroscó el tapón.
El frasco de Tony
Hawker no estaba vacío. Estaba lleno... de polvo blanco...
6
Hércules Poirot
conversaba con una muchacha en la terraza de la finca de lady Carmichael.
—Es usted muy
joven, mademoiselle —dijo el detective—. Estoy convencido de que, en realidad,
nunca ha sabido lo que estaba haciendo; y sus hermanas tampoco. Se han estado
alimentando de carne humana como las yeguas de Diomedes.
Sheila se
estremeció y exhaló un suspiro.
—Es terrible si se
considera así. ¡Y sin embargo, es verdad! Nunca me di cuenta de ello hasta
aquella noche en Londres, cuando me habló el doctor Stoddart. Fue tan
sincero... y lo expuso con tanta seriedad... Entonces vi claro cuan perverso
era lo que había estado haciendo... Antes de ello, yo creía que... era una cosa
como beber en horas prohibidas... algo que la gente estaba dispuesta a pagar;
pero que no tenía ninguna consecuencia fatal.
—¿Y ahora?
—preguntó Poirot.
—Haré lo que me
ordene —contestó Sheila Grant—. Hablaré con las otras —y añadió—: No creo que
el doctor Stoddart quiera volver a dirigirme la palabra.
—Al contrario —dijo
el detective—. Tanto el doctor Stoddart como yo estamos dispuestos a ayudarla
en todo lo que podamos. Puede tener usted confianza en nosotros. Pero hay que
hacer una cosa. Hay una persona que debe ser destruida, aniquilada por completo;
y sólo usted y sus hermanas pueden lograrlo. Las pruebas que pueden presentar
ustedes cuatro constituyen el único medio para poder condenarla.
—¿Se refiere
usted... a mi padre?
—A su padre no,
mademoiselle. ¿No le he dicho nunca que Hércules Poirot lo sabe todo? La
fotografía de usted fue fácilmente identificada por la policía. Usted es Sheila
Kelly... una joven reincidente ladrona de establecimientos comerciales, que fue
enviada a un reformatorio hace algunos años. Cuando salió del reformatorio
conoció a un nombre que se hacía llamar general Grant y que le ofreció este
empleo... el empleo de «hija». Le prometió mucho dinero; mucha diversión y una
vida fácil. Todo lo que debía hacer usted era introducir el uso del «rapé»
entre sus amigos, pretendiendo siempre que se lo había dado otra persona. Sus
«hermanas» estaban en el mismo caso.
Hizo una pausa.
—Vamos,
mademoiselle —prosiguió—. Ese hombre debe ser desenmascarado y sentenciado.
Después...
—Sí. Y después,
¿qué?
Poirot tosió y
dijo, mientras sonreía:
—Será usted
dedicada al servicio de los dioses...
7
Michael Stoddart
miró asombrado a Poirot.
—¿El general Grant?
¿Es posible?
—Precisamente, mon
chéri. Como dijo usted, toda la mise en scéne era demasiado artificiosa. Los
Budas, los bronces de Henares y el criado indio. ¡Y también la gota! Es una
enfermedad pasada de moda. Sólo la tienen los caballeros de mucha edad; no el
padre de unas muchachas de diecinueve años.
»Pero, además
—continuó—, quise asegurarme de ello. Cuando me levanté para irme, hice como si
tropezara, y para sostenerme me cogí al pie enfermo del general. Tan perturbado
estaba el hombre por lo que acababa de decir, que ni siquiera se dio cuenta de
ello. Sí; es demasiado artificial ese general. Tout de méme, fue una idea
ingeniosa. El coronel angloindio retirado del servicio activo; un conocidísimo
tipo de comedia que sufre del hígado y tiene un genio pésimo. Pero fue a
residir, no entre otros oficiales del ejército, sino a un milieu demasiado caro
para cualquier militar retirado. Donde había gente rica, de Londres; un
excelente mercado para colocar la «mercancía». ¿Y quién iba a sospechar de
cuatro vivarachas y atractivas muchachas? Si algo se descubría serían
condenadas como víctimas... De eso podía estar seguro.
—¿Cuál era su
propósito cuando fue a visitar al general? ¿Quería ponerle sobre aviso?
—Sí. Deseaba ver
qué era lo que sucedería. No tuve que esperar mucho. Las chicas recibieron
órdenes. Anthony Hawker, que era una de sus víctimas, debía de ser quien pagara
las consecuencias. Sheila debía hablarme del frasco que Tony dejó en el
vestíbulo. Casi no tuvo ocasión de hacerlo... pero la otra muchacha lanzó un
colérico «¡Sheila!» y ésta justamente pudo balbucear la advertencia que me
destinaba.
Michael Stoddart se
levantó y empezó a pasear por la habitación.
—Sepa usted que no
voy a perder de vista a esa chica. He formado una buena teoría sobre las
tendencias criminales de los adolescentes: Si se fija usted en la vida hogareña
de cualquier familia, casi siempre encontrará...
Poirot le
interrumpió:
—Mon chér! —dijo—,
profeso el más profundo respeto por su ciencia. Y no tengo ninguna duda de que
sus teorías darán un resultado admirable, por lo que respecta a la señorita
Sheila Kelly.
—Y a las demás
también.
—Las demás, tal
vez. Puede ser. De la única de que estoy seguro es de la pequeña Sheila. La
domará, no lo dude. A decir verdad, ya come en su mano...
Michael Stoddart se
ruborizó y dijo:
—¡Qué sarta de
tonterías esta usted diciendo, Poirot!
capítulo IX
EL CINTURÓN DE
HIPÓLITA
1
Una cosa conduce a
otra, como suele decir Hércules Poirot, sin mucha originalidad por cierto. Y
añade que esto no se puso nunca tan de manifiesto como en el caso del Rubens
robado. No le interesó mucho aquel asunto del cuadro, pues, por una parte,
Rubens era un pintor que no le gustaba y, de otra, las circunstancias del robo
fueron de lo más vulgares. Se hizo cargo del caso para quedar bien con
Alexander Simpson, con quien acababa de trabar amistad y, además, por ciertas
razones privadas no muy ajenas a los clásicos.
Después de
producirse el robo, Alexander Simpson lo mandó llamar y vertió sobre él todas
sus cuitas. El Rubens acababa de ser descubierto. Era una obra maestra
desconocida hasta entonces, pero no había duda respecto a su autenticidad. Fue
expuesto en las Galerías Simpson y robado en pleno día. Por aquel entonces, los
obreros parados seguían la táctica de detenerse en los cruces de las
principales calles y penetrar en el Ritz. Unos cuantos de ellos invadieron las
Galerías Simpson y se tendieron en el suelo enarbolando una pancarta que decía:
«El arte es un lujo. Dad de comer a los hambrientos.» Acudió la policía y se
arremolinaron los curiosos. Hasta que los manifestantes no salieron de allí
ante la fuerza del brazo de la Ley nadie se dio cuenta de que el nuevo Rubens
había sido cortado limpiamente de su marco y había desaparecido.
—Es un cuadro
pequeño —explicó el señor Simpson—. Cualquiera pudo ponérselo bajo el brazo y
llevárselo, mientras los demás contemplaban a esos idiotas de obreros parados.
Se descubrió que
aquellos obreros habían sido pagados para que tomaran parte, aunque inocente,
en el robo. Les dijeron que fueran a manifestarse en las Galerías Simpson, pero
no se enteraron de la razón hasta que pasó todo.
Hércules Poirot
pensó que fue una treta muy divertida, mas no veía qué era lo que podía hacer
en aquel asunto. La policía, según indicó, podía ocuparse muy bien de aquel
robo tan claro.
—Óigame, Poirot
—rogó Alexander Simpson—. Conozco al que robó el cuadro y sé adonde irá a
parar.
Según el
propietario de las Galerías Simpson, fue robado por una banda de aventureros
internacionales, que trabajaba por cuenta de cierto millonario, el cual no
tenía ningún inconveniente en adquirir obras de arte a precios
sorprendentemente bajos... sin preguntar nada. El Rubens, dijo Simpson, sería
llevado a Francia, donde pasaría a poder del millonario. La policía inglesa y
la francesa estaban alerta; pero Simpson opinaba que no conseguirían nada.
—Y una vez que el
cuadro obre en poder de ese perro sarnoso, se complicarán todavía más las cosas
—añadió—. Los hombres acaudalados deben ser tratados con toda clase de
miramientos. Y ahí es donde entra usted. La situación se volverá de una
delicadeza extrema y usted es el hombre apropiado.
Por último, sin
ningún entusiasmo, Hércules Poirot se vio obligado a aceptar la tarea. Convino
en salir inmediatamente para Francia. No tenía gran interés por la misión que
lo llevaba; pero gracias a ella se vio mezclado en el caso de la Colegiala
Desaparecida, el cual sí que le interesó en alto grado.
Se enteró de ello
por el inspector jefe Japp, que fue a visitarle en el preciso instante en que
Poirot daba su conformidad al equipaje que acababa de hacer George.
—Ah! —dijo Japp—.
Por lo visto se va usted a Francia, ¿verdad?
—Mon chéri —replicó
Poirot—. Están ustedes increíblemente bien informados en Scotland Yard.
Japp rió por lo
bajo.
—Tenemos bien
montado nuestro espionaje. Simpson le encargó de ese asunto del Rubens. ¡Parece
que no se fía de nosotros! En fin; eso no va ni viene. Lo que quiero que haga
usted es una cosa completamente diferente. Ya que ya usted a París, pensé que
muy bien podía matar dos pájaros de un tiro. El detective inspector Hearn ha
ido allí para cooperar con los franceses. ¿Conoce a Hearn? Es un buen muchacho,
aunque tal vez poco imaginativo. Me gustaría conocer la opinión de usted sobre
el caso.
—¿Y cuál es el caso
de que está hablando?
—Ha desaparecido
una niña. La noticia saldrá esta noche en los periódicos. Parece como si la
hubieran raptado. Es hija de un canónigo de Cranchester y se llama King.
Continuó relatando
la historia. Winnie King.
Winnie se dirigía a
París para ingresar en un colegio de alto copete, regentado por una tal
señorita Pope, en el que solamente se admitían chicas inglesas y
norteamericanas. La muchacha llegó a Cranchester en el primer tren. La empleada
de una agencia que se dedicaba a escoltar colegialas de una estación a otra,
declaró que la llevó a la estación Victoria, donde la dejó bajo la custodia de
la señorita Burshaw, profesora del colegio y persona de confianza de la
señorita Pope. Después, junto con otras dieciocho chicas, salió de Londres en
el tren que enlaza con el barco. Diecinueve muchachas cruzaron el Canal,
pasaron por la Aduana de Calais y subieron en el tren de París, en cuyo coche
restaurante comieron. Pero poco antes de llegar a París, la señorita Burshaw
las contó y descubrió que sólo eran dieciocho.
—¡Ajá! —dijo
Poirot—. ¿Se detuvo el convoy en algún sitio?
—Paró en Amiens,
pero entonces estaban todas en el restaurante y las demás chicas aseguran
positivamente que Winnie estaba con ellas. La perdieron, por decirlo así,
cuando volvieron a su departamento. O sea, que no entró en el que compartía con
otras cinco muchachas. Éstas no sospecharon nada; se figuraron tan sólo que se
habría quedado en alguno de los otros departamentos reservados.
Poirot asintió:
—Por lo tanto,
¿cuándo la vieron por última vez exactamente?
—Unos diez minutos
después de que el tren saliera de Amiens —Japp tosió con modestia—. Fue vista
por última vez... ejem... cuando entraba en el tocador de señoras.
—Muy natural
—murmuró Poirot—. ¿No hay nada más?
—Sí; una cosa —Japp
tenía el entrecejo fruncido—. Encontraron su sombrero al lado de la vía... en
un lugar situado aproximadamente a catorce millas de Amiens.
—Pero, ¿no se
encontró el cuerpo?
—No. No lo
encontraron.
—¿Y qué piensa
usted de ello? —preguntó Poirot.
—Es difícil saber
qué es lo que ha de pensar uno. Puesto que no hay trazas de su cuerpo... es que
no se cayó del tren.
—¿Se detuvo el
convoy en alguna ocasión después de salir de Amiens?
—No. Disminuyó la
marcha una vez... por una señal; pero no se detuvo. Dudo que aflojara lo
bastante para permitir que alguien saltara sin lastimarse. ¿Piensa usted que a
la chica le entró miedo y trató de escapar? Era su primera salida de casa y
pudo sentir nostalgia, eso es verdad; pero de todas formas, tiene quince años y
medio... una edad en que se tiene bastante sensatez y, además, durante todo el
viaje demostró muy buen humor y estuvo hablando por los codos.
—¿Registraron el
tren? —preguntó Poirot.
—Sí; buscaron por
todo él antes de que llegara a la estación del Norte. La chica no estaba en el
tren, de eso puede estar seguro.
Y Japp añadió con
acento desilusionado:
—Desapareció... en
el aire. Esto no tiene sentido, monsieur Poirot. Es cosa de locos.
—¿Qué clase de
muchacha era?
—Ordinaria y
corriente. Por lo que he podido sacar en limpio, era una chica normal.
—Quiero decir...
¿qué aspecto tenía?
—Aquí llevo una
instantánea de ella. No es ninguna belleza en embrión.
Entregó la
fotografía a Poirot y éste la estudió en silencio.
Era de una muchacha
larguirucha, con el pelo peinado en dos flojas trenzas. Se apreciaba claramente
que era una instantánea y que la chica había sido fotografiada sin que se diera
cuenta de ello. Mordía una manzana con la boca abierta, mostrando unos dientes
prominentes a los que llevaba sujetos abrazaderas correctoras. Usaba gafas.
—Una niña de
aspecto corriente —comentó Japp—. Pero a esa edad todas lo son. Hace unos días
estuve en casa del dentista. En el sketch vi una fotografía de Marcia Gaunt, la
belleza de moda. La recuerdo cuando tenía quince años. Estuve en el castillo
que posee su familia, con motivo de aquel robo de que fueron víctimas. Pecosa,
desgarbada; con los dientes prominentes y los cabellos largos y lacios. De la
noche a la mañana se convirtió en una belleza... ¡No sé cómo lo hacen! Es como
un milagro.
Poirot sonrió.
—El sexo femenino
es algo milagroso —dijo—. ¿Y qué me cuenta acerca de la familia de la niña? ¿No
le han relatado alguna cosa que pueda ser de utilidad?
Japp sacudió la
cabeza.
—Nada que pueda
ayudarnos. La madre está enferma y el pobre canónigo King moralmente deshecho.
Aseguran que la muchacha estaba entusiasmada con su viaje a París; que ansiaba
irse. Quería estudiar pintura y música. Las chicas de la señorita Pope aprenden
arte con «A» mayúscula. Tal vez sabrá usted que ese colegio es muy conocido.
Estudian allí muchachas de la buena sociedad. La señorita Pope es muy rígida y
exigente. Cobra unas pensiones carísimas y elige cuidadosamente a las pupilas
que toma bajo su cuidado.
Poirot suspiró.
—Ya conozco ese
tipo. ¿Y respecto a la señorita Burshaw, la que vino a recoger a las niñas?
—No es ningún
cerebro privilegiado. Teme atrozmente que su señorita Pope la culpe de lo que
ha pasado.
El detective
preguntó con tono pensativo:
—¿No hay ningún
joven en el caso?
Japp hizo un gesto
señalando la fotografía.
—¿Tiene aspecto de
eso?
—No. No lo tiene.
Pero, a pesar de su apariencia física, puede tener un corazón romántico. Quince
años es ya una buena edad.
—Está bien —comentó
Japp—. Si fue un corazón romántico lo que la hizo desaparecer del tren, estoy
dispuesto a leer desde ahora novelas rosas escritas por mujeres.
Miró esperanzado a
Poirot.
—No le extraña
nada... ¿eh?
El detective
sacudió lentamente la cabeza.
—Por casualidad,
¿no encontraron también sus zapatos junto a la vía? —preguntó.
—¿Los zapatos?
No... ¿por qué los zapatos?
—Era tan sólo una
idea... —murmuró Hércules Poirot.
2
Hércules Poirot se
disponía a salir para coger el taxi que le conduciría a la estación, cuando
sonó el timbre del teléfono. Cogió el auricular.
—¿Diga?
Oyó la voz de Japp.
—Me alegro de
haberle encontrado todavía en casa. Ya se aclaró todo. Me encontré un informe
cuando volví al Yard. Ya apareció la chica; al lado de la carretera, a quince
millas de Amiens. Está aturdida y no han podido conseguir nada coherente de
ella. El médico dice que fue narcotizada. No obstante, ahora se encuentra bien.
No le ha ocurrido nada malo.
Poirot preguntó
lentamente:
—Entonces, ¿no
tiene usted necesidad de mis servicios?
—Me temo que no.
Bueno... siento mucho haberle molestado.
Japp soltó una
carcajada y cortó la comunicación.
Hércules Poirot no
rió. Poco a poco, volvió a colocar el auricular en su sitio. Tenía en la cara
una expresión preocupada.
3
El detective Hearn
miró a Poirot con curiosidad.
—No sabía que
tuviera usted tanto interés por ese caso —dijo.
—¿Le advirtió el
inspector jefe Japp que yo hablaría con usted respecto a ello?
Hearn asintió.
—Me dijo que
vendría usted para cuidarse de otras cosas y que nos echaría una mano en este
rompecabezas. Pero no le esperaba ahora, cuando todo se ha resuelto. Creí que
estaría trabajando en sus propios asuntos.
—Mis asuntos pueden
esperar. Lo que me interesa es este caso. Lo calificó usted de rompecabezas y
ha dicho que ya está resuelto. Pero me parece que el problema sigue siendo el
mismo.
—Bueno, señor;
hemos encontrado a la niña y no está herida ni ha sido maltratada. Eso es lo
principal.
—Pero no resuelve
la cuestión de cómo ni por qué la encontraron, ¿verdad? ¿Qué es lo que dice
ella? La reconoció un médico, ¿verdad? ¿Qué opina?
—Que la
narcotizaron. Todavía no se ha repuesto del todo y, por lo visto, no recuerda
casi nada de lo que le ocurrió después de salir de Cranchester. Parece como si
todo ello le hubiera sido borrado de la memoria. El médico cree que,
posiblemente, hubo una ligera contusión. Tiene un chichón en la parte posterior
de la cabeza, lo que pudo producir una completa pérdida de la memoria.
—Lo cual resulta
muy conveniente... para alguien —observó Poirot.
El inspector Hearn
replicó con acento dubitativo:
—¿Cree usted que la
chica nos oculta algo, señor
—¿Lo cree usted?
—No. Estoy seguro
de que no. Es una buena chica... tal vez demasiado infantil para su edad.
—No. No está
disimulando —Poirot sacudió la cabeza—. Pero me gustaría saber cómo salió del
tren. Necesito conocer al responsable de ello... y enterarme de por qué lo
hizo.
—En cuanto a eso
último, parece aceptable que fue un intento de rapto, señor. Querían retenerla
para pedir rescate.
—Pero no lo
hicieron.
—Perdieron la
cabeza cuando vieron la polvareda que se levantaba... y se apresuraron a
dejarla al lado de la carretera.
Poirot preguntó,
escéptico:
—¿Y qué rescate
esperaban conseguir de un canónigo de la catedral de Cranchester? Los
dignatarios de la Iglesia anglicana no son potentados.
El inspector Hearn
comentó alegremente:
—En mi opinión, ha
sido una chapuza hecha por gente inexperta.
—Ah, ¿ésa es su
opinión?
Hearn se sonrojó.
—¿Cuál es la suya?
—preguntó.
—Quiero saber a
ciencia cierta cómo salió del tren.
La cara del oficial
se ensombreció.
—Ése sí que es un
verdadero misterio. Estuvo en el coche restaurante, charlando con las otras
chicas, y cinco minutos después se desvaneció... «presto»... como en un juego
de manos.
—Eso es, como por
arte de magia. ¿Quién más iba en el coche donde reservó los departamentos la
señorita Pope?
El inspector Hearn
asintió.
—Es un buen
detalle, señor. Muy importante, porque precisamente era el último coche del
tren y tan pronto como volvió la gente del restaurante, cerraron las puertas de
comunicación entre los coches. Lo hacen con objeto de que los pasajeros no se
agolpen pidiendo té, antes de limpiarlo todo después de las comidas. Winnie
King volvió a su coche con las demás. El colegio había reservado tres
departamentos.
—¿Y quién ocupaba
los restantes de aquel vagón?
Hearn sacó su libro
de notas.
—La señorita Jordan
y la señorita Butters, dos solteronas de mediana edad que iban a Suiza. Nada de
particular respecto a estas dos; altamente respetables y muy conocidas en
Hampshire, de donde provenían. Dos viajantes de comercio franceses; uno de Lyon
y otro de París. Personas honorables ambos. Un joven llamado James Elliot y su
esposa... ¡vaya señorita decorativa! El chico no tiene muy buena reputación; la
policía sospecha que ha intervenido en algunas transacciones bastante dudosas;
pero nunca se dedicó a raptar niños. Sea como fuere, se registró cuidadosamente
el departamento donde viajaba el matrimonio, aunque no se encontraba nada en el
equipaje que indicara su participación en el asunto. Al fin y al cabo, no sé de
qué manera tenían que haberlo hecho. Además de los nombrados, estaba también
una señora americana, la señora Van Suider, que iba a París. Aunque nada
sabemos de ella, su aspecto no era sospechoso. Y éstos eran todos.
—¿Se comprobó
definitivamente que el tren no se detuvo antes de salir de Amiens? —preguntó
Poirot.
—No paró en ningún
sitio. Aflojó la marcha en una ocasión, pero no lo suficiente para permitir que
alguien saltara a la vía, a menos que se lastimara y a riesgo de matarse.
Hércules murmuró:
—Eso es lo que hace
el problema tan interesante. La colegiala se esfumó tan pronto como salieron de
Amiens. Y reapareció justamente en las afueras de esa población. ¿Dónde estuvo
entretanto?
El inspector Hearn
sacudió la cabeza.
—No tiene sentido.
Y a propósito; me dijeron que preguntó usted algo acerca de unos zapatos... los
de la muchacha. Llevaba los suyos cuando la encontraron, pero un empleado del
ferrocarril encontró un par de ellos en la vía. Se los llevó a casa, pues parecía
estar en buen uso. Zapatos recios y negros.
—¡Ah! —suspiró
Poirot, como si sintiera un repentino alivio.
El policía preguntó
con curiosidad:
—No comprendo el
significado de los zapatos, señor.
—Vienen a confirmar
una teoría —replico Poirot—. Una teoría acerca de cómo se llevó a cabo el juego
de manos.
4
El colegio de la
señorita Pope, como muchos otros de su clase, estaba situado en Neilly.
Mientras contemplaba su respetable fachada, Hércules Poirot se vio envuelto por
una ola de muchachas que salían por sus portales.
Contó veinticinco
de ellas. Todas vestían uniforme de color azul oscuro y llevaban en la mano
sombreritos ingleses de terciopelo de igual color, cuya banda ostentaba el
distintivo, púrpura y oro, que la señorita Pope había elegido para su colegio.
Las edades oscilaban entre los catorce y los dieciocho años. Los tipos eran de
lo más variado; gordas y flacas, rubias y morenas, larguiruchas y
garbosas. Al final, acompañada por una
de las más jóvenes, venía una mujer de cabellos grises y aspecto inquieto que,
según juzgó Poirot, debía ser la señorita Burshaw.
El detective se
quedó mirando cómo se alejaban las muchachas y luego apretó el botón del timbre
y preguntó por la señorita Pope.
La señorita Lavinia
Pope era una persona completamente diferente de la señorita Burshaw. Tenía
personalidad y sabía infundir respeto. Tenía esa patente superioridad sobre los
demás que constituye uno de los más preciados dones de una directora de colegio.
Se peinaba con
distinción el pelo gris y llevaba un traje severo, pero elegante. Era
competente y parecía saberlo todo.
El salón donde
recibió a Poirot daba idea de su cultura. Estaba amueblado con distinción y
adornado con flores y algunas fotografías dedicadas por antiguas alumnas que
ahora brillaban en el mundo; muchas de ellas ataviadas con el traje con que
fueron presentadas en sociedad. En las paredes se veían también varias
reproducciones de las mas famosas obras pictóricas y algunas acuarelas de
excelente factura. La habitación estaba limpia y pulida en grado sumo. Hacía
pensar al visitante que ni una mota de polvo tendría osadía de posarse sobre
tan deslumbrante brillantez.
La señorita Pope
recibió a Poirot con la competencia de una persona cuyos juicios raramente
fallan.
—¿Monsieur Hércules
Poirot? Conozco su nombre, desde luego. Supongo que habrá venido con motivo del
desafortunado asunto de Winnie King. Ha sido un incidente muy penoso.
Pero ella no
parecía muy apenada. Afrontaba el desastre en la única forma aconsejable, es
decir, tratándolo con mucha competencia y reduciéndolo, por lo tanto, hasta
hacerlo parecer casi insignificante.
—Tal cosa no había
ocurrido nunca en esta casa —dijo.
«Y nunca volverá a
suceder», parecían afirmar sus maneras.
—Era la primera vez
que la muchacha salía de casa.
—Sí.
—¿Tuvo usted alguna
entrevista preliminar con Winnie... con sus padres?
—Recientemente, no.
Hace dos años estuve cerca de Cranchester en casa del obispo...
La forma con que
pronunció estas últimas palabras parecían decir:
«Tome nota, por
favor. Soy de las que paran en casa de los obispos.»
—Mientras estuve
allí conocí al canónigo King y a su esposa. La señora King sufre una enfermedad
crónica. Entonces conocí también a Winnie; una muchacha muy bien educada y que
posee un buen sentido artístico. Le dije a la señora King que tendría mucho gusto
en recibir a su hija en mi colegio al cabo de un año o dos... cuando hubiera
completado su cultura general. Aquí nos especializamos en arte y música.
Llevamos a las muchachas a la ópera y a la Comedia Francesa. También toman
lecciones en el Louvre. Los mejores maestros vienen a enseñarles música, canto
y pintura. Nuestro propósito es darles la más amplia de las culturas.
La señorita Pope se
acordó de pronto que Poirot no era padre de ninguna posible nueva alumna y
añadió abruptamente:
—¿En qué puedo
servirle, monsieur Poirot?
—Me gustaría saber
cuál es su actual posición respecto a Winnie.
—Su padre ha venido
a buscarla para llevársela con él. Es lo más prudente que se puede hacer
después de la impresión que ha sufrido.
Y prosiguió:
—No admitimos
jóvenes delicadas de salud, pues no tenemos nada dispuesto para cuidar
enfermos. Le dije al canónigo que, en mi opinión, lo mejor que podía hacer era
llevarse a su hija.
Poirot preguntó sin
rodeos:
—¿Qué cree usted
que ocurrió en realidad, señorita Pope?
—No tengo ni la
menor idea, monsieur Poirot. El asunto en sí, tal y como me lo han contado,
parece absolutamente increíble. Y no me parece que la persona de mi confianza
que cuidaba de las muchachas tenga la culpa de ello... En todo caso, podría
reconvenírsele el que no descubriera antes la desaparición.
—¿Tal vez recibió
usted la visita de la policía? —preguntó Poirot.
Un ligero
estremecimiento recorrió la aristocrática figura de la señorita Pope y con
acento glacial dijo:
—Vino a verme un
tal monsieur Lafarge, de la prefectura. Quería saber si yo podía decirle algo
que aclarara la situación. Pero, como era natural, no pude hacer nada por él.
Entonces solicitó registrar el baúl de Winnie que ya había llegado junto a los
de las otras chicas. Le dije que aquello ya me había sido solicitado por otro
miembro de la policía. Supongo que no existe mucha conexión entré sus diversos
departamentos. Me telefonearon poco después, insistiendo en que no les había
entregado todo lo que pertenecía a Winnie. Pero sobre esta cuestión fui muy
concisa con ellos. No debe someterse una, ni dejarse intimidar por elementos
oficiales.
Poirot exhaló un
largo suspiro.
—Tiene usted un
carácter animoso. La admiro por ello, mademoiselle. Presumo que el baúl de
Winnie fue abierto cuando llegó, ¿verdad?
La señorita Pope
pareció algo desconcertada.
—Rutina —dijo—.
Vivimos estrictamente guiados por reglas rutinarias. Los baúles de las
muchachas son abiertos cuando llegan y sus cosas se guardan en la forma que
tengo establecida de antemano. Todo lo de Winnie se sacó, junto con lo de sus
compañeras. Como es lógico, después se volvió a guardar en el baúl, para
entregarlo tal como llegó.
—¿Tal como llegó
exactamente?
Poirot se levantó y
fue hacia una de las paredes.
—Posiblemente
—dijo— ésta es una vista del famoso puente de Cranchester, con la catedral al
fondo.
—Está usted en lo
cierto, señor Poirot. Winnie lo pintó con la intención evidente de traerlo y
darme una sorpresa. Estaba en el baúl, envuelto en un papel sobre el que se
leía: «Para la señorita Pope, de Winnie.» Fue un detalle muy delicado de la
niña.
—¡Ah! —dijo
Poirot—. ¿Y qué piensa usted de ello... como pintura?
Había visto muchos
cuadros que representaban el puente de Cranchester. Era un motivo que podía
encontrarse cada año en la Academia; algunas veces pintado al óleo, otras en
acuarela. En ocasiones bien ejecutado; pintado a veces con un estilo mediocre,
y en otras, como si hubieran utilizado una treta para diseñarlo. Pero nunca tan
crudamente representado como en aquella muestra.
La señorita Pope
sonrió con indulgencia.
—No se debe
descorazonar a las chicas, señor Poirot. A Winnie hay que estimularla para que
trabaje mejor, desde luego.
El detective
comentó, penosamente:
—Hubiera sido más
lógico, para ella, pintar una acuarela, ¿no le parece?
—Sí. No sabía que
pintara al óleo.
—¡Ah! —exclamó
Poirot—. ¿Me permite, señorita?
Descolgó el cuadro
y lo llevo hasta la ventana. Lo examinó y luego, levantando la vista, observó:
—Le voy a rogar,
señorita, que me regale este cuadro.
—Bueno... en
realidad, señor Poirot...
—No me dirá que le
ha tomado cariño. La pintura es abominable.
—Convengo en que no
tiene mérito artístico alguno. Pero es el trabajo de una alumna y...
—Le aseguro,
señorita, que es un cuadro que no merece estar colgado en las paredes de esta
habitación.
—No sé por qué dice
usted eso, señor Poirot.
—Se lo voy a probar
en un momento.
Sacó del bolsillo
una botella, una esponja y varios trapos.
—Antes le voy a
contar una corta historia. Tiene algún parecido con el cuento del patito feo
que se convirtió en cisne.
Mientras hablaba,
trabajaba afanosamente. El olor del aguarrás llenó la habitación.
—Posiblemente habrá
usted visto pocos programas de variedades teatrales, ¿verdad?
—En efecto; me
parecen cosas bastante triviales...
—Triviales, tal
vez; pero en ocasiones son instructivas. Yo he visto a un artista de variedades
cambiar de personalidad de una forma casi milagrosa. En uno de los cuadros es
una estrella de cabaret, exquisita y encantadora. Diez minutos después es una
niña de corta estatura, anémica y escrofulosa, vestida con atavío de
gimnasia... y pasados otros diez minutos en una gitana andrajosa que va
diciendo la buenaventura.
—Es posible, no lo
dudo; pero no veo qué tiene de particular...
—Voy a demostrarle
cómo se hizo el juego de magia en el tren. Winnie, la colegiala, con sus
trenzas, sus gafas y sus dientes prominentes... entró en el tocador de señoras.
Un cuarto de hora después salió de allí, y usando las palabras del inspector
Hearn, ¡qué señora tan decorativa! era entonces. Finísimas medias de seda;
zapatos de tacón alto; un abrigo de visón cubriendo su uniforme escolar; un
atrevido pedacito de terciopelo, llamado sombrero, colocado sobre los rizos...
y una cara... ¡qué cara! Colorete, polvos, lápiz labial, maquillaje. ¿Cuál es
la verdadera cara de esta artista del disfraz? Sólo Dios lo sabe. Mas, usted
misma, señorita, ha visto cuan a menudo cambian las desgarbadas colegialas y,
como por milagro, se convierten en unas atractivas y atildadas debutantes en
sociedad.
La señorita Pope
dio un respingo.
—¿Quiere usted
decir que Winnie King se disfrazó de...?
—No fue Winnie
King... la chica fue raptada cuando cruzaba Londres, de una estación a otra. Y
nuestra artista ocupó su sitio. La señorita Burshaw no vio nunca a Winnie... ¿y
cómo iba a saber que la colegiala de las trenzas y las gafas no era la propia
Winnie King? Pero la impostora no podía atreverse a llegar hasta aquí, pues
usted conocía personalmente a la chica. Por lo tanto, Winnie desapareció en el
tocador de señoras, de donde salió como la esposa de un hombre llamado Jim
Elliot, de cuyo pasaporte figuraba como tal. Las trenzas, las gafas, las medias
de hilo y las abrazaderas correctoras de los dientes, cabían en un espacio
pequeño. Pero los recios zapatos y el sombrero, ese inflexible sombrero inglés,
tenían que ser ocultados en algún sitio. Y fueron a parar a la vía, a través de
la ventanilla. Después, la verdadera Winnie atravesó el Canal de la Mancha.
Nadie buscaba a una muchacha enferma, medio adormecida por las drogas, viajando
desde Inglaterra a Francia. En un coche la llevaron hasta más allá de Amiens y
la dejaron al lado de la carretera. En el caso de que le hubieran inyectado
escopolamina, era posible que no recordara gran cosa de lo que le había
ocurrido.
La señorita Pope
miraba entretanto fijamente a Poirot.
—Pero ¿por qué?
—preguntó—. ¿Cuál puede ser la razón de una mascarada tan insensata?
—¡El equipaje de
Winnie! Esa gente necesitaba pasar un objeto de contrabando desde Inglaterra a
Francia; algo que todos los aduaneros buscaban... un objeto robado. ¿Y qué
sitio más seguro que el baúl de una colegiala? Es usted muy conocida, señorita
Pope; y su colegio goza de justa fama. En la estación del Norte se pasan «en
bloc» los baúles de las señoritas, las pequeñas «pensionistas». ¡Pertenecen a
la conocidísima escuela inglesa de la señorita Pope! Y luego, después del
rapto, ¿qué más natural que enviar a recoger el equipaje de la niña... diciendo
que lo reclaman de la Prefectura?
Hércules Poirot
sonrió.
—Mas, por fortuna,
existía la rutina de abrir los baúles cuando llegaban; y allí apareció un
regalo que Winnie le destinaba a usted. Pero no era el mismo regalo que la
muchacha puso en el baúl antes de salir de Cranchester.
El detective se
acercó a la señorita Pope.
—Vea ahora este
cuadro; debe admitir que no está bien para un colegio tan respetable como éste.
Mostró la parte
pintada del lienzo.
El puente de
Cranchester había desaparecido como por arte de magia. En su lugar se veía una
escena mitológica, pintada con colores vivos y tonos profundos.
—El cinturón de
Hipólita —explicó Poirot suavemente—. Hipólita dando su cinturón a Hércules...
pintado por Rubens. Una obra maestra... mais tout de méme, no muy conveniente
para su salón.
La señorita Pope se
ruborizó ligeramente.
Hipólita tenía
puesta una mano en el cinturón... única prenda que usaba. Hércules llevaba una
piel de león sobre el hombro. Rubens pintaba unas figuras humanas muy
exuberantes.
Recobrando su
serenidad, la señorita Pope opinó:
—Sí; es una obra de
arte magnífica... Pero aunque así sea, como muy bien dice usted, es necesario
tener en cuenta la susceptibilidad de los padres de las alumnas. Algunos de
ellos son predispuestos a tener un criterio muy estrecho... Ya sabe usted a qué
me refiero...
5
El ataque se
produjo cuando Poirot salía del edificio. So vio rodeado, desbordado, abrumado
por una masa de muchachas, gordas, flacas, morenas y rubias.
—¡Dios mío!
—murmuró para sí mismo—. ¡Éste sí que es el ataque de las Amazonas!
Una muchacha rubia
y espigada gritó:
—Nos han dicho
que...
Estrecharon el
cerco. Hércules Poirot no pudo escapar. Desapareció tragado por una ola de
joven y vigorosa femineidad.
Veinticinco voces
se levantaron en varios tonos, pero todas pronunciaron la misma y trascendental
frase:
—Señor Poirot,
¿quiere escribir su nombre en mi libro de autógrafos?
capítulo X
EL REBAÑO DE GERION
1
—Le ruego que me
perdone por venir a molestarle, señor Poirot.
La señorita Carnaby
apretó sus manos sobre el bolso y se inclinó hacia delante, mirando con
ansiedad la cara del detective. Como de costumbre, parecía estar sin aliento.
Poirot elevó las
cejas.
—Se acuerda de mí,
¿verdad? —preguntó la mujer con ansiedad.
El detective
pestañeó y dijo:
—La recuerdo como
una de las delincuentes más afortunadas con quien jamás me tropecé.
—¡Oh, Dios mío!
¿Por qué dice esas cosas, señor Poirot? Fue usted muy amable conmigo. Emily y
yo hablamos a menudo de usted y si vemos en los periódicos alguna cosa suya, la
recortamos y la pegamos en el álbum. Y Augusto aprendió una nueva maña. Le
decimos: «Muere por Sherlock Holmes; muere por el señor Fortune; muere por sir
Henry Merrivale», y el perro se está quieto, sin hacer nada. Pero cuando le
decimos: «Muere por el señor Hércules Poirot», se tiende en el suelo y se queda
inmóvil... sin pestañear siquiera hasta que le ordenamos que se levante.
—Eso me complace
mucho —dijo Poirot—. ¿Y qué tal se encuentra ce cher Auquste?
La señorita Carnaby
juntó las manos y empezó a elogiar elocuentemente a su pequinés.
—¡Oh, señor Poirot!
Cada día es más listo. Lo sabe todo. Mire usted, hace unos días que me quedé
mirando a un bebé que iba en su cochecito y de pronto sentí que tiraban de una
correa en que llevaba atado a Augusto. ¿Y sabe qué estaba haciendo? Pues royéndola
con toda su alma. ¿Que le parece?
Poirot volvió a
parpadear.
—Pues me parece que
Augusto comparte esas tendencias delictivas de que estábamos hablando.
La señorita Carnaby
no rió. En lugar de ello, su cara afable y rolliza tomó una expresión taciturna
y triste.
—¡Ah, señor Poirot!
Estoy muy preocupada.
—¿Ah, sí? Dígame,
dígame.
—Pues verá usted,
señor Poirot. Tengo miedo... tengo mucho miedo... de que sea una delincuente
empedernida de verdad... si me permite utilizar esta palabra. ¡Tengo cada
idea...!
—¿Qué clase de
ideas?
—De lo más
extraordinario que darse pueda. Ayer, por ejemplo, sin ir más lejos, se me
ocurrió un plan eficacísimo para robar una estafeta de Correos. No estaba
pensando en ello... ¡pero de repente, me vino a la cabeza esta idea! Y un
sistema verdaderamente ingenioso para evitar el pago de derechos de Aduana.
Estoy convencida; absolutamente convencida de que daría resultado.
—Tal vez —replicó
Poirot con sequedad—. Eso es lo malo de sus ideas.
—Todo ello me ha
estado preocupando en gran manera, señor Poirot. Yo he sido educada en los
principios más rígidos; y resulta inquietante ver cómo pueden llegar a
ocurrírseme unos pensamientos tan desfavorables y perversos. Creo que la culpa
la tiene en parte el hecho de que ahora dispongo de mucho tiempo para pensar.
Dejé a lady Hoggin y me coloqué con una anciana, para leerle en voz alta y
escribir las cartas. Tardo muy poco en escribirlas y en cuanto empiezo a leer,
la buena señora se duerme. Así es que me quedo sentada, con la mente
desocupada; y ya sabemos cómo se aprovecha el diablo de la ociosidad.
Poirot chasqueó la
lengua comprensivamente.
—Hace poco leí un
libro; un libro muy moderno, traducido del alemán —siguió la señorita Carnaby—.
Contiene unos conceptos muy interesantes sobre las tendencias delictivas. Por
lo que pude entender, uno debe purificar sus propios impulsos. Por eso, en realidad,
acudo a usted.
—¿De veras?
—exclamó Poirot.
—Verá usted, señor
Poirot; yo creo que el anhelar emociones no es de perversos. Mi vida, por
desgracia, ha sido muy monótona. Tengo a veces la impresión de que la...
ejem... campaña de los perros pequineses fue la única ocasión en que viví de
verdad. Fue una cosa censurable, desde luego; pero como dice mi libro, no hay
que dar la espalda a la verdad. Acudo a usted, señor Poirot, porque espero que
será posible... purificar esta ansia de emociones empleándola, por decirlo así,
al lado de los ángeles.
—¡Aja! —dijo
Poirot—. ¿Viene usted entonces a ofrecerse como colega?
La señorita Carnaby
se sonrojó.
—Ya sé que es mucha
presunción por mi parte. Pero es usted tan amable...
Se detuvo. Sus
descoloridos ojos azules parecían expresar la súplica de un perro que espera,
contra toda lógica, que lo saquen a paseo.
—Es una idea
—comentó lentamente Poirot.
—No soy
inteligente, desde luego —explotó la mujer—. Pero... sé disimular bien. Tiene
que ser así, pues de otra forma pronto se quedaría una sin el empleo de señora
de compañía. Y he comprobado que al parecer más estúpida de lo que una es, da
siempre buenos resultados.
Hércules Poirot se
echó a reír.
—Me encanta usted,
señorita —dijo al fin.
—¡Oh, señor Poirot!
¡Qué buena persona es usted! ¿Puedo tener esperanzas? Justamente acabo de
heredar una pequeña suma... muy pequeña; pero nos permite a mi hermana y a mí
mantenernos, aunque frugalmente, sin tener que depender de lo que yo gane.
—Debo considerar
primero en qué asuntos podrían emplearse mejor sus aptitudes —explicó Poirot—.
Supongo que usted no lo sabrá tampoco, ¿verdad?
—Debe usted leer el
pensamiento, señor Poirot. Últimamente he estado muy preocupada por una amiga
mía. Tenía el propósito de consultar con usted. Es posible que lo considere
como fantasías de una vieja... como imaginaciones mías. Tal vez sea yo propensa
a exagerar las cosas y ver un propósito deliberado donde no hay más que una
coincidencia.
—No creo que
exagere usted las cosas, señorita Carnaby. Cuénteme lo que sea.
—Tengo una amiga;
una amiga muy querida, aunque en los últimos años casi no la he visto. Se llama
Emmeline Clegg. Se casó con un caballero que vivía en el norte de Inglaterra y
él murió hace unos pocos años dejándola en muy buena posición económica. Después
de morir su marido mi amiga se sentía desgraciada y sola; y me temo que en
cierto aspecto, es una mujer simple y tal vez crédula. La religión, señor
Poirot, puede constituir una gran ayuda y apoyo moral... pero con ello me
refiero a la religión ortodoxa.
—¿A la Iglesia
griega? —preguntó Poirot.
—La señorita
Carnaby pareció sorprenderse.
—No. No es eso. A
la Iglesia anglicana. Y a la Iglesia Católica Romana, por lo menos están
reconocidas por todos. Y los metodistas y congregacionistas son corporaciones
conocidísimas y respetables. De lo que estoy hablando es de esas sectas
estrambóticas que crecen como la hierba. Hay en ellas algunas cosas que incitan
al sentimentalismo; pero a veces me pregunto si existirá un verdadero
sentimiento religioso detrás de su llamativa fachada.
—¿Cree usted que su
amiga está siendo embaucada por una secta de esa clase?
—Lo creo. Es más,
estoy segura de ello. Se denomina «El Rebaño de Ovejas». Tienen su cuartel
general en el Devonshire; en una hermosa finca junto al mar. Los devotos acuden
allí para hacer lo que ellos llaman un retiro, el cual suele durar una
quincena. Durante dicho tiempo se celebran servicios religiosos y ceremonias.
Tienen tres grandes fiestas al año: «La llegada de los Pastos», «La Madurez de
los Pastos» y «La Cosecha de los Pastos».
—El nombre de la
última es particularmente estúpido —observó Poirot—. Los pastos no se cosechan.
—Todo el asunto es
de una estupidez asombrosa —convino calurosamente la señorita Carnaby—. A la
derecha del movimiento está «El Gran Pastor». Es un tal doctor Andersen. Creo
que es un hombre atractivo y de buena presencia.
—Lo cual interesará
mucho a las mujeres, ¿verdad?
—Me temo que sí
—suspiró la mujer—. Mi padre era también un hombre distinguido. Y esto producía
algunas veces serias dificultades en la parroquia. Rivalidad en el bordado de
los ornamentos y en el reparto de los trabajos relativos al cuidado de la
iglesia...
Sacudió la cabeza,
como rememorando aquellos tiempos.
—Los componentes
del «Gran Rebaño» son mujeres en su mayoría, ¿no es cierto?
—Tres cuartas
partes por lo menos. Los hombres son principalmente unos chiflados. El éxito
del movimiento depende de las mujeres y de los fondos que aportan entre ellas.
—¡Ah! —dijo
Poirot—. Ya llegamos al fondo de la cuestión. Con franqueza, ¿cree usted que el
asunto puede considerarse como un negocio bien organizado?
—Francamente, señor
Poirot, lo creo. Y otra cosa me preocupa. Mi pobre amiga está tan embaucada por
esa secta que ha hecho un testamento en el que deja todo cuanto tiene al nuevo
movimiento religioso.
Poirot preguntó
secamente:
—¿Y eso... se lo
sugirieron?
—A decir verdad,
no. Fue idea de ella. El «Gran Pastor» le ha mostrado una nueva forma de vivir
y por lo tanto, todo cuanto ella posee será para la «Gran Causa» cuando muera.
Lo que en realidad me preocupa...
—Sí. Continúe...
—Varias de las
devotas son mujeres adineradas. Y en el pasado año han muerto tres de ellas, ni
más ni menos.
—¿Legaron todo su
dinero a la secta?
—Sí.
—¿Y no han
protestado sus parientes? Era lógico que hubieran entablado un pleito.
—Pues verá usted,
señor Poirot. Por regla general, las mujeres que pertenecen a la asociación no
tienen a nadie en el mundo. Es gente que carece de parientes próximos y amigos.
Poirot asintió con
aspecto pensativo.
La señorita Carnaby
prosiguió precipitadamente:
—No tengo ningún
derecho a insinuar nada, desde luego. Por lo que he podido averiguar, no hubo
nada sospechoso en esas tres muertes. Una, según creo, fue producida por una
pulmonía, después de un ataque gripal; y otra se atribuyó a una úlcera
gástrica. No existieron circunstancias anormales y las defunciones no
ocurrieron en «El Santuario de las Colinas Verdes», sino en el domicilio de
cada una de ellas. No dudo de que todo fue normal por completo; y sin
embargo... no me gustaría que le sucediera algo malo a Emmie.
Juntó las manos y
miró suplicante a Poirot.
El detective guardó
silencio durante unos momentos. Cuando habló se notó un cambio en su voz. Tenía
un tono grave y profundo.
—¿Quiere darme, o
averiguar, los nombres y direcciones de esas mujeres pertenecientes a la secta
que murieron recientemente?
—No faltaba más,
señor Poirot.
—Señorita, creo que
es usted una mujer de gran valor y decisión —dijo él lentamente—. Tiene buenas
dotes teatrales. ¿Estaría dispuesta a encargarse de un trabajo cuya ejecución
lleva consigo seguramente un considerable peligro?
—Nada me gustaría
más —exclamó la emprendedora señorita Carnaby.
Poirot advirtió:
—De existir algún
riesgo en ello, no creo que será pequeño. Comprenda usted, o todo queda en agua
de borrajas, o se trata de algo verdaderamente serio. Y para averiguarlo es
necesario que se convierta usted en un miembro del «Gran Rebaño». Le sugiero
que exagere el importe del legado que recibió hace poco. Es usted ahora una
mujer de buena posición económica, sin ningún objeto definido en la vida.
Discuta con su amiga Emmeline acerca de la religión que ella adoptó... y
asegúrele que todo son tonterías. Entonces le entrará un ardiente deseo de
convertirla a usted. Permita que la convenza para que vaya al «Santuario de las
Colinas Verdes». Y una vez allí deberá usted rendirse ante los poderes
persuasorios y la influencia magnética del doctor Andersen. Creo que puedo
encargarle con confianza este papel.
La señorita Carnaby
sonrió con modestia y murmuró:
—Me parece que lo
desempeñaré muy bien.
2
—Bueno, amigo mío,
¿qué es lo que ha averiguado?
El inspector jefe
Japp miró pensativamente al hombrecillo que había hecho la pregunta y replicó
con acento desilusionado:
—Nada de lo que a
mí me gustaría, Poirot. No sabe cómo aborrezco a esos chiflados de largos
cabellos y nuevas ideas religiosas. Sólo se ocupan de embaucar a las mujeres,
con esas sartas de tonterías. Pero ese tipo es cuidadoso; no hay nada que pueda
achacársele. El asunto parece cosa de locos, pero es inofensivo.
—¿Se enteró de los
antecedentes del doctor Andersen?
—Le he dado un
repaso a su historial. Fue un buen químico, que prometía mucho, pero lo
despidieron de una Universidad alemana. Al parecer, su madre era judía. Le
gustó siempre el estudio de las religiones y mitos orientales, gastaba en ello
su tiempo libre y ha escrito varios artículos sobre el particular... Algunos de
ellos verdaderas tonterías.
—¿Es posible, por
lo tanto, que sea un fanático auténtico?
—Yo estaría
dispuesto a asegurarlo.
—¿Y qué me dice de
los nombres y direcciones que le di...?
—No hay nada que
hacer por ese lado. La señorita Everitt murió de colitis ulcerativa. El médico
que la asistió está completamente seguro de que no hubo nada sucio. La señora
Lloyd falleció a causa de una bronconeumonía. Lady Western de tuberculosis;
sufría ese mal desde hacía muchos años... antes de que entrara a formar parte
de esta secta. La señorita Lee murió de fiebres tifoideas, atribuidas a una
ensalada que comió en el norte de Inglaterra. Tres de ellas enfermaron y
murieron en su propio domicilio; la señora Lloyd falleció en un hotel del sur
de Francia. Por lo que se refiere a estas muertes, no hay nada que pueda
relacionarlas con el «Gran Rebaño», o con la finca de Andersen en el
Devonshire. Debe ser pura coincidencia. Todo está perfectamente en orden.
Hércules Poirot
suspiró y dijo:
—Y, sin embargo,
amigo mío, tengo el presentimiento de que éste va a ser el décimo «trabajo» de
Hércules, y de que el doctor Andersen es Gerión, al monstruo al que debo
destruir.
Japp lo miró con
curiosidad.
—Oiga, Poirot, ¿no
habrá usted leído libros raros últimamente?
El detective
replicó con dignidad:
—Mis observaciones
son, como de costumbre, pertinentes, completas y muy en su punto.
—Debe usted fundar
una nueva religión con el credo de «No hay nadie más listo que Hércules Poirot.
Amén.» Repítase ad libitum.
3
—Lo más maravilloso
que encuentro aquí es la paz que se disfruta —observó la señorita Carnaby
respirando profunda y embelesadamente.
—Ya te lo dije, Amy
—replicó Emmeline Clegg.
Las dos amigas
estaban sentadas en la ladera de una colina, desde la que se contemplaba el
mar, de magnífico color azul. La hierba era intensamente verde y tanto la
tierra como los acantilados tenían una tonalidad rojiza. La finca, conocida
ahora por «El Santuario de las Colinas Verdes», era un promontorio de unos seis
acres de extensión.
Sólo una estrecha
faja de tierra lo unía a la costa, por lo que casi podía considerarse como una
isla.
La señora Clegg
murmuró con sentimiento:
—La tierra roja...
la tierra de resplandor y promesas, donde un triple destino se cumplirá.
Su amiga suspiró
profundamente y dijo:
—Creo que el
«Maestro» se expreso muy bien en el servicio de anoche.
—Pues espera a la
fiesta que celebraremos hoy —contestó la otra mujer—. ¡La plena Madurez de los
Pastos!
—Tengo verdadera
ansiedad por ver en qué consiste —le dijo la señorita Carnaby.
—Experimentarás una
sensación espiritual inefable —le prometió su amiga.
Hacía una semana
que la señorita Carnaby se encontraba en el «Santuario de las Colinas Verdes».
Al llegar expresó
su actitud de la siguiente manera:
—¿Pero qué
tonterías son éstas? En realidad, Emmie, una mujer sensata como tú, etcétera,
etcétera.
Durante su primera
entrevista con el doctor Andersen dejó bien sentada su posición.
—No quiero que
crean que estoy aquí con falso pretexto, doctor Andersen. Mi padre fue pastor
de la Iglesia anglicana y yo nunca vacilo en mis creencias. No me gustan las
doctrinas idólatras.
Y aquel hombre de
recia figura y de cabellos dorados le sonrió dulce y comprensivamente. Miró con
indulgencia la rolliza y belicosa figura de la mujer, sentada erguidamente en
su silla.
—Mi apreciada
señorita Carnaby —dijo—. Es usted amiga de la señora Clegg y como tal le damos
la bienvenida. Y, créame, nuestras doctrinas no son idólatras. Aquí son bien
recibidas todas las religiones y a todas se les respeta por igual.
—Eso no puede ser
—replicó la fiel hija del difunto reverendo Thomas Carnaby.
Reclinándose en su
asiento, el «Maestro» murmuró con voz de ricos tonos:
—«En la casa de mi
Padre hay muchas moradas», recuerde eso, señorita Carnaby.
Cuando salió de su
entrevista, la visitante musitó al oído de su amiga:
—Tenías razón; es
un hombre atrayente.
—Sí —convino
Emmeline Clegg—. Y con una fuerza espiritual maravillosa.
La señorita Carnaby
estaba de acuerdo con ello. Era verdad... Había sentido alrededor de ella como
una aura extraterrena... espiritual...
Se contuvo haciendo
un esfuerzo. No estaba allí para caer presa de la fascinación espiritual o como
fuera, del «Gran Pastor». Trató de acordarse de Hércules Poirot; pero parecía
tan lejano y apegado a las cosas materiales...
—Amy —se dijo a sí
misma la señorita Carnaby—, contente y recuerda el objeto que te trajo aquí...
Pero a medida que
pasaban los días, se dio cuenta de la facilidad con que se sometía al encanto
de las Colinas Verdes. A la paz y a la sencillez; a la simple, aunque deliciosa
comida; a la hermosura de los servicios, con sus cantos de amor y adoración; a
las palabras conmovedoras del «Maestro», que apelaba a todo lo mejor y más
sublime de la humanidad... Las luchas y la fealdad del mundo habían quedado
fuera. Allí sólo reinaba la paz y el amor...
Y aquella noche se
celebraba la gran fiesta estival: la fiesta de «La Madurez de los Pastos».
Durante ella, Amy Carnaby sería iniciada; se convertiría en una oveja más de
las componentes del «Rebaño».
La fiesta tuvo
lugar en el edificio del hormigón blanco y resplandeciente, que los iniciados
llamaban «El Sagrado Redil». Los devotos se congregaron antes de ponerse el
sol. Todos llevaban capas de piel de carnero; los brazos desnudos y sandalias
en los pies. En el centro del «Redil», sobre una plataforma, estaba el doctor
Andersen. Los dorados cabellos, los ojos azules y su barba rubia y hermoso
perfil, le hacían parecer más atrayente que nunca. Vestía una túnica verde y en
la mano llevaba un áureo cayado de pastor.
Levantó el bastón y
un silencio sepulcral se hizo.
—¿Dónde están mis
ovejas?
—Aquí estamos, ¡oh,
«Pastor»!
—Levantad vuestros
corazones con júbilo y gratitud. Ésta es la fiesta de la alegría.
—Es la fiesta de la
alegría y estamos llenos de ella.
—No habrá más penas
para vosotros; ni más dolores. ¡Todo es gozo!
—Todo es gozo...
—¿Cuántas cabezas
tiene el «Pastor»?
—Tres cabezas: una
de oro, otra de plata y otra de resonante bronce.
—¿Cuántos cuerpos
tiene la «Oveja»?
—Tres cuerpos: uno
de carne, otro de corrupción y otro de luz.
—¿Cómo podréis
entrar a formar parte del «Rebaño»?
—Por el «Sacramento
de Sangre».
—¿Estáis preparados
para el «Sacramento»?
—Lo estamos.
—Vendaos los ojos y
tended el brazo derecho.
Sumisamente, los
congregados se vendaron los ojos con los pañuelos verdes que traían con tal
propósito. La señorita Carnaby, al igual que todos los demás, tendió el brazo.
El «Gran Pastor»
recorrió las filas de su «Rebaño». Se oían pequeños gritos; gemidos, tanto de
dolor como de éxtasis.
La señorita Carnaby
pensó:
«¡Qué cosa tan
blasfema! Es lamentable esta forma de histeria religiosa. Permaneceré
absolutamente sosegada y observaré las reacciones de los demás. No quiero
dejarme llevar... no quiero...»
El «Gran Pastor»
había llegado frente a ella. Sintió cómo le cogía el brazo y luego experimentó
un dolor agudo y punzante, como el producido por una aguja.
La voz del «Pastor»
murmuró:
—El «Sacramento de
Sangre» que proporciona gozo y alegría...
Y pasó adelante.
Al poco rato se oyó
una orden.
—Quitaos las vendas
y disfrutad de los placeres del espíritu.
El sol se ponía en
aquel instante. La señorita Carnaby miró a su alrededor. Salió lentamente del
«Redil», junto con los demás. De pronto se sintió ingrávida y feliz. Se recostó
en una pradera herbosa y suave. ¿Cómo llegó a pensar alguna vez que era una mujer
solitaria, entrada en años, a quien nadie necesitaba? ¡La vida era maravillosa!
¡Ella misma era maravillosa! Se le había conferido el poder de pensar... de
soñar. No había nada que ella no pudiera llevar a cabo.
Sintió en su
interior una ráfaga de felicidad. Miró a los que la rodeaban; parecían que, de
pronto, hubieran crecido hasta alcanzar una inmensa estatura.
«Como árboles que
anduvieran...», pensó reverentemente.
Levantó la mano.
Fue un gesto imperioso; con él podía dominar la tierra. César, Napoleón,
Hitler... ¡pobres y miserables tipejos! No tenían ni idea de lo que ella, Amy
Carnaby, era capaz de hacer. Mañana arreglaría la paz mundial y la
confraternidad internacional. No habría más guerras, ni pobreza, ni
enfermedades. Ella se encargaría de trazar el diseño de un nuevo mundo.
Pero no había por
qué apresurarse. El tiempo era infinito... Un minuto sucedía a otro minuto y
una hora a otra hora. Los miembros de la señorita Carnaby parecían pesar como
el plomo, pero su mente volaba. Podía errar a voluntad por todo el Universo.
Durmió, durmió y soñó. Grandes espacios... vastas edificaciones... un nuevo y
maravilloso mundo...
Aquella visión fue
borrándose gradualmente. La señorita Carnaby bostezó y estiró sus piernas
entumecidas. ¿Qué había ocurrido desde ayer? La noche anterior tuvo un sueño...
La luna brillaba en
el cielo y a su luz, la señorita Carnaby pudo ver la hora en su reloj.
Estupefacta, comprobó que las manecillas señalaban las diez menos cuarto. Sabía
que el sol se puso a las ocho y diez. ¿Sólo hacía una hora y treinta y cinco
minutos? Imposible; y, sin embargo...
—Muy interesante
—se dijo la señorita Carnaby.
4
Hércules Poirot
advirtió:
—Debe obedecer con
todo cuidado mis instrucciones, ¿comprende?
—Desde luego, señor
Poirot. Puede confiar en mí.
—¿Les dijo ya algo
sobre su intención de aportar su dinero para ayudar al culto?
—Sí, señor Poirot.
Hablé yo misma con el «Maestro»... oh, perdone, con el doctor Andersen. Le dije
muy emocionada que todo aquello había sido para mí como una revelación
maravillosa; que había empezado mofándome y terminaba por ser una creyente más.
Me... me pareció muy natural decir todas esas cosas. Sepa usted que el doctor
Andersen tiene un gran atractivo magnético.
—Ya me doy cuenta
—replicó Poirot con sequedad.
—Tiene unas maneras
convincentes en extremo. Da la genuina impresión de que el dinero no le
preocupa en lo más mínimo. «Contribuya con lo que buenamente pueda», me dijo,
sonriendo como sólo él sabe hacerlo. «Si no puede dar nada, no importa. No por
eso dejará de pertenecer al "Rebaño".» «¡Oh, doctor Andersen! —dije
yo—. No estoy tan mal de dinero, como para eso. Justamente acabo de heredar una
considerable suma que me legó un pariente lejano y, aunque en realidad no he
tocado todavía ni un penique de ella, pues he de esperar a que se cumplimenten
todas las formalidades legales, hay una cosa que deseo hacer en seguida.» Y
entonces le expliqué que iba a redactar un testamento y que deseaba dejar a la
Humanidad todo lo que tenía, haciendo constar, además, que carecía de parientes
cercanos.
—Y él aceptó
graciosamente el ofrecimiento, ¿verdad?
—No mostró gran
interés. Dijo que pasarían muchos años antes de que yo abandonara este mundo;
que estaba destinada a tener una larga existencia, pletórica de gozo y
satisfacciones espirituales. Sabe hablar de una forma muy conmovedora.
—Así parece.
Al decir esto, la
voz de Poirot tenía un tono áspero.
—¿Mencionó usted su
salud? —preguntó.
—Sí, señor Poirot.
Le dije que había sufrido una afección pulmonar, la cual se me reprodujo más de
una vez; pero que gracias a un tratamiento especial que me dieron en un
sanatorio, hacía varios años, confiaba en que mi curación era ya completa.
—¡Excelente!
—Pues no veo la
necesidad de que vaya diciendo por ahí que estoy tísica, cuando mis pulmones no
pueden estar más sanos.
—Debe llegar al
convencimiento de que es necesario. ¿Se refirió usted a su amiga?
—Sí. Le conté, como
una confidencia, que mi querida Emmeline, además de la fortuna que heredó de su
marido, heredaría dentro de poco una cantidad todavía mayor que le dejaría una
tía suya, que la quería mucho.
—Muy bien, esto
salvaguardará a la señora Clegg durante algún tiempo.
—¡Oh, señor Poirot!
¿Cree usted de verdad que hay algo malintencionado en todo ello?
—Eso es lo que me
propongo averiguar. ¿Ha conocido en el «Santuario» a un tal señor Cole?
—La última vez que
estuve allí, había un señor que se llamaba así. Un hombre bastante raro. Lleva
pantalones cortos de color verde hierba, y no come más que coles. Es un
creyente muy fervoroso.
—¡Estupendo! Todo
progresa satisfactoriamente; la felicito por la labor que ha hecho. Todo está
preparado ahora para la fiesta de otoño.
5
—Señorita
Carnaby... Un momento, por favor.
El señor Cole
agarró por el brazo a la mujer. Tenía los ojos brillantes y febriles.
—He tenido una
visión... una visión extraordinaria. Debo contársela.
La señorita Carnaby
suspiró. Temía al señor Cole y a sus visiones. Había momentos en que
decididamente creía que estaba loco.
En ocasiones, el
relato de aquellas visiones la desconcertaba. Hacían pensar en varios pasajes
algo crudos de aquel moderno libro alemán sobre el subconsciente que leyera
poco antes de ir a Devon.
El señor Cole, con
ojos relucientes y temblorosos labios, empezó su narración.
—Estaba yo
meditando... reflexionaba sobre la plenitud de la «Vida»; sobre el supremo
júbilo de la «Unidad»... cuando mis ojos fueron abiertos... y «vi».
La señorita Carnaby
se resignó, esperando que el señor Cole no hubiera visto lo mismo que en la
ocasión anterior que, al parecer, fue una ceremonia matrimonial en la antigua
Sumeria, entre un dios y una diosa.
—Vi... —el señor
Cole se inclinó sobre ella, respirando fuerte, y con ojos que parecían los de
un loco— al Profeta Elías, que descendía del cielo montado en un carro de
fuego.
La mujer suspiró,
aliviada. Si se trataba de Elías no estaba mal; no tenía nada que objetar.
—Debajo —continuó
el señor Cole— estaban los altares de Baal; cientos y cientos de ellos. Una voz
me gritó: «Mira, escribe y testifica lo que verás...»
Se detuvo y su
oyente murmuró cortésmente:
—¿De veras?
—Sobre los altares
estaban las víctimas; atadas, indefensas, esperando el cuchillo del sacrificio.
Vírgenes... cientos de vírgenes... jóvenes y hermosas vírgenes...
El señor Cole
chasqueó los labios y la señorita Carnaby enrojeció.
—Luego llegaron los
cuervos; los cuervos de Odín, volando desde el Norte. Se encontraron con los
cuervos de Elías y juntos describieron círculos en los cielos. Después se
lanzaron sobre las víctimas y les sacaron los ojos... y entonces fue el gemir y
el rechinar de dientes. Y la voz exclamó: «¡Cumplid el sacrificio... pues en
este día Jehová y Odín firmarán con sangre su hermandad!» Los sacerdotes
cayeron sobre las víctimas, levantaron los cuchillos... y las mutilaron...
La señorita Carnaby
trató desesperadamente de apartarse de su atormentador, cuya boca, en aquel
momento, babeaba con fervor sádico.
—Dispénseme.
Abordó
apresuradamente a Lipscomb, el guarda que vivía en el pabellón situado en la
entrada de las Colinas Verdes y que en aquellos instantes acertaba a pasar por
allí.
—¿Por casualidad no
se habrá encontrado un broche que perdí? —le preguntó ella—. Debió caérseme al
suelo.
Lipscomb, que se
conservaba inmune a la dulzura y a la luz de las Colinas Verdes, se limitó a
gruñir que él no había visto ningún broche. No tenía la obligación de ir
buscando cosas. Trató de sacudirse a la señorita Carnaby pero ella le acompañó,
sin cesar de hablar acerca del broche, hasta que puso una prudente distancia
entre sí misma y el fervor del señor Cole.
El «Maestro salía
entonces del Gran Redil», y animada por su benigna sonrisa, la mujer se
aventuró a expresar con palabras lo que tenía en el pensamiento.
—¿No cree que el
señor Cole está... está...?
El doctor Andersen
le puso una mano en el hombro.
—Deseche todo temor
—le respondió—. El amor perfecto aleja el temor...
—Pues yo creo que
el señor Cole está loco. Estas visiones que tiene...
—Todavía ve
imperfectamente... a través del cristal de su propia naturaleza carnal. Pero
llegará un día en que verá espiritualmente... cara a cara.
La señorita Carnaby
se avergonzó. Si ponía las cosas así... Sin embargo, tuvo ánimos para hacer una
leve protesta.
—¿Por qué ha de ser
tan rudo Lipscomb?
El «Maestro» sonrió
seráficamente de nuevo.
—Lipscomb es un
fiel perro guardián —dijo—. Un alma primitiva y tosca; pero leal... enteramente
leal...
Se alejo. La mujer
vio cómo se acercaba al señor Cole, se detenía y le ponía una mano en el
hombro. Deseó que la influencia del «Maestro» pudiera alterar el alcance de las
futuras visiones de aquel demente.
6
El día antes de la
fiesta, por la mañana, la señorita Carnaby se encontró con Hércules Poirot en
una pequeña sala de té del soñoliento pueblecito de Newton Woodbury.
La mujer estaba mas
sonrojada y aturdida que nunca. Sorbía el té mientras desinflaba un bollo entre
sus dedos.
Poirot hizo varias
preguntas a las que ella contestó con monosílabos.
—¿Cuántos fieles
asistirán al festival? —preguntó por último.
—Creo que ciento
veinte. Vendrá Emmeline, desde luego; y el señor Cole... Últimamente se ha
portado de una forma rara. Tiene visiones. Me ha descrito varias de ellas...
muy curiosas; confío en que no estará mal de la cabeza. Acudirá una gran
cantidad de nuevos adeptos... casi veinte.
—Bien. ¿Sabe usted
lo que debe hacer?
Hubo una pausa
antes de que la señorita Carnaby, con un tono de voz extraña en ella,
contestara:
—Recuerdo
perfectamente lo que me dijo usted, señor Poirot.
—¡Perfectamente!
Y a continuación,
con voz clara y vigorosa, la señorita Carnaby observó:
—Pero no voy a
hacer nada de ello.
Hércules Poirot la
miró fijamente. Ella se levantó y apresuradamente dijo:
—Me envió usted a
espiar al doctor Andersen. Sospechaba de él toda clase de cosas malas. Pero es
un hombre maravilloso... un gran «maestro». ¡Creo en él con toda mi alma! Y no
estoy dispuesta a espiarle más por su cuenta, señor Poirot. Soy una de las ovejas
del «Rebaño». El «Maestro» enseña al mundo la buena nueva y desde ahora le
pertenezco por completo. Y no se preocupe en pagar el té que me he tomado. Yo
lo pagaré.
Y con este ligero
anticlímax, la señorita Carnaby dejó caer sobre la mesa un chelín y tres
peniques y salió precipitadamente del establecimiento.
—Nom d'un nom d'un
nom! —exclamó Hércules Poirot.
La camarera tuvo
que dirigirse a él por dos veces antes de que se diera perfecta cuenta de que
le estaban presentando la nota. Se encontró con la mirada inquisitiva de un
individuo de aspecto rudo que estaba sentado en la mesa de al lado. Poirot se
sonrojó, pagó la cuenta, se levantó y salió del salón de té.
Su cerebro
trabajaba a toda presión.
7
Una vez más el
«Rebaño» se hallaba congregado en el «Gran Redil». Las preguntas y respuestas
de rigor habían sido salmodiadas.
—¿Están preparados
para el «Sacramento»?
—Lo estamos.
—Vendaos los ojos y
tended el brazo derecho.
El «Gran Pastor»,
vestido con su magnífica túnica verde, empezó a recorrer las expectantes filas
de devotos El visionario y vegetariano señor Cole, situado al lado de la
señorita Carnaby, tragó saliva en un éxtasis doloroso cuando la aguja penetró
en su carne.
El doctor Andersen
se detuvo ante la señorita Carnaby. Sus manos le tocaron el brazo.
—No; no haga eso...
Palabras
increíbles... sin precedentes. El ruido de una pelea y un rugido de cólera. Los
congregados, uno tras otro, fueron quitándose los pañuelos verdes... y vieron
algo inconcebible: el «Gran Maestro» debatiéndose entre los brazos del
visionario señor Cole, a quien ayudaba en su tarea otro de los devotos.
Con tono rápido y
profesional, el en otros tiempos fanático señor Cole estaba diciendo:
—...y aquí tengo
una orden de arresto contra usted. Debo advertirle que cualquier cosa que diga
podía ser utilizada como prueba de cargo en su proceso.
En la puerta del
«Redil» aparecieron unas figuras... unas figuras vestidas de azul.
Alguien exclamó:
—¡La policía! Se
llevan al «Maestro». Se lo llevan...
Todos estaban
impresionados... horrorizados. Para ellos, el «Gran Pastor» era un mártir que
sufría, como todos los grandes maestros, la ignorancia y la persecución del
mundo incrédulo.
Entretanto, el
detective inspector Cole envolvía cuidadosamente la jeringuilla hipodérmica que
había caído de la mano del doctor Andersen.
8
—¡Mi valerosa
colega!
Poirot estrechó
calurosamente la mano de la señorita Carnaby y la presentó al inspector Japp.
—Buen trabajo,
señorita Carnaby —dijo el policía—. No hay duda de que no hubiéramos podido
hacer nada sin usted.
—¡Pobre de mí! —la
mujer se sintió halagada—. Es usted muy amable. Me temo que todo llegó a
gustarme. La emoción y el papel que tuve que desempeñar. Algunas veces me sentí
arrastrada. Tenía la sensación de que yo era una más de aquellas tontas.
—Ahí es donde
estriba su éxito —dijo Japp—. En usted todo es genuino. De no ser así, nada
hubiera sido capaz de engañar a ese caballero. Es un bribón muy astuto.
La señorita Carnaby
se dirigió a Poirot:
—Pasé un apuro
terrible en el salón de té. No sabía qué hacer. Tuve que actuar de improviso.
—Estuvo usted
magnífica —dijo Poirot con calor—. Por un momento creía que usted y yo habíamos
perdido los sentidos. Pensé, aunque sólo fue durante un instante, que lo decía
en serio.
—Tuve un sobresalto
mayúsculo —observó la mujer—. Justamente después de haber estado hablando
confidencialmente, vi en el espejo que Lipscomb, el guarda del «Santuario»,
estaba sentado en una mesa detrás de mí. No sé si sería casualidad o si, por el
contrario, había venido siguiéndome. Como le he dicho, tenía que actuar de la
mejor manera posible en aquel apuro, y confiar en que usted me entendería.
Poirot sonrió.
—La comprendí
perfectamente. Sólo había una persona sentada lo bastante cerca de nosotros
para que pudiera oír lo que hablábamos; así es que, tan pronto como salí de
allí, dispuse lo necesario para que lo siguieran cuando se fuera. Al ver que se
dirigía al «Santuario», comprendí que podía confiar en usted y que no me
traicionaría; pero sentí temor, porque todo ello incrementaba el peligro que
estaba corriendo usted.
—¿Es que... existía
realmente ese peligro? ¿Qué es lo que había en la jeringuilla?
—¿Quiere explicarlo
usted o lo hago yo? —le preguntó Japp a Poirot.
—Señorita —dijo
gravemente el detective—, ese doctor Andersen había perfeccionado un plan para
explotar a las mujeres y asesinarlas... de una forma científica. La mayor parte
de su vida se dedicó a las investigaciones bacteriológicas. Bajo diferente nombre
posee un laboratorio químico en Sheffield y allí produce cultivos de varios
bacilos. Durante las fiestas, inyectaba a sus seguidores una pequeña, pero
suficiente dosis de «Cannabis indica», conocida también con el nombre de
«Hashish» o «Bhang». Es una droga que produce ilusiones de grandeza y grato
placer, lo cual hacía que sus devotos le fueran adictos en alto grado. Esos
eran los goces espirituales que él les prometía.
—Muy interesante
—opinó la señorita Carnaby—. Una sensación verdaderamente interesante.
Hércules Poirot
asintió.
—Así era, en
términos generales, su forma de actuar... Una personalidad dominante; facultad
de producir histerismo colectivo en la gente y aprovecharse de las reacciones
producidas por la droga. Pero en el fondo tenía otro propósito.
»Las mujeres sin
parientes próximos —continuó—, agradecidas y fervorosas, hacían testamento
dejando todo su dinero para atender el culto de la nueva religión. Una tras
otra, esas mujeres morían. Morían en sus propios domicilios y, aparentemente,
por causas naturales. Sin ser demasiado técnico, trataré de explicarlo. Es
posible hacer cultivos intensivos de ciertas bacterias. El bacilo colin
momunis, que causa la colitis ulcerativa, por completo. El del tifus también
puede incluirse en el sistema, así como el neumococo. Existe, además, lo que se
llama «antigua tuberculina», que es inofensiva para una persona sana, pero que
estimula y hace reproducir cualquier lesión pulmonar antigua. ¿Se da usted
cuenta de la inteligencia de ese individuo? Las defunciones ocurrirían en
diferentes partes del país; diferentes médicos atenderían a las enfermas, sin
peligro de levantar sospechas. Me imagino que, además, cultivaba una sustancia
que tiene la propiedad de retrasar e intensificar la acción de los bacilos
escogidos.
—¡Es un desalmado
de la peor especie! —exclamó el Inspector Japp.
Poirot prosiguió:
—Siguiendo mis
órdenes, usted le contó que durante años había sufrido de una lesión pulmonar.
En la jeringuilla se encontraron bacilos de «antigua tuberculina», cuando Cole
arrestó al doctor Andersen. Como usted disfruta de buena salud, los microbios
no le hubieran perjudicado en nada. Por eso insistí en que hiciera patente su
antigua lesión pulmonar. Sin embargo, me aterrorizaba el pensar que pudiera
escoger cualquier otro germen; pero respeté su valor y tuve que dejarla correr
ese riesgo.
—¡Oh! De eso no hay
que hablar —replicó animosamente la señorita Carnaby—. No me importa correr uno
que otro. Sólo me asustan los toros desmandados y cosas por el estilo. Pero
¿tienen ustedes bastantes pruebas para condenar a ese malvado?
Japp gesticuló.
—Gran cantidad de
ellas —dijo—. Tenemos un laboratorio, los cultivos y todo lo que empleaba en su
negocio.
—Es posible, según
creo —intervino Poirot—, que haya cometido una larga serie de asesinatos. Yo
diría que no le expulsaron de la Universidad alemana porque su madre fuera
judía. Eso sólo fue una bonita historia para entrar en este país y ganar
simpatías. En realidad, creo que es de pura raza aria.
La señorita Carnaby
suspiró.
—¿En qué ha estado
pensando? —preguntó Poirot.
—Estaba pensando
—replicó ella— en un maravilloso sueño que tuve durante la primera fiesta...
supongo que sería el hashish. ¡De qué forma tan magnífica arreglé el mundo! Sin
guerras, sin pobreza, sin enfermedades, sin fealdad...
—Debió de ser un
sueño estupendo —dijo Japp con envidia.
La señorita Carnaby
se levantó de un salto.
—Debo irme a casa
—atajó—. Emily estará impaciente. Y me he enterado de que el pobrecito Augusto
me ha echado mucho de menos.
Hércules Poirot
observó, mientras sonreía:
—Tal vez temía que,
como hace él, fuera usted a «morir por Hércules Poirot».
capítulo XI
LAS MANZANAS DE LAS
HESPÉRIDES
1
Hércules Poirot
contempló al hombre que se sentaba tras la gran mesa de caoba. Reparó en las
espesas cejas, en la boca de línea vulgar, en la barbilla de trazo agresivo y
en los penetrantes ojos de visionario. Mirándolo se dio cuenta de por qué Emery
Power se había convertido en una potencia financiera.
Y cuando sus ojos
se posaron sobre las manos largas y delicadas, de exquisita forma, que
descansaban sobre la mesa, entendió también cómo había adquirido la reputación
de ser un gran coleccionista. Se le conocía en ambos lados del Atlántico como
un experto en obras de arte. Y su pasión por lo artístico corría parejas con su
pasión por lo histórico. No le bastaba con que una cosa fuera hermosa; pedía
también que estuviera acompañada por una tradición histórica.
Emery Power estaba
hablando. Su voz no era estridente; al contrario, hablaba con tono bajo, pero
incisivo, mucho más efectivo que si hubiera utilizado un volumen mayor de
sonido.
—Ya sé que usted no
se encarga de muchos casos en estos días. Pero creo que se ocupará de éste.
—Entonces, ¿se
trata de un asunto de mucha importancia?
—Es de mucha
importancia para mí —replicó Emery Power.
Poirot guardó una
actitud expectante, ladeando ligeramente la cabeza. Parecía un petirrojo
meditabundo.
El otro prosiguió:
—Se trata de la
recuperación de una obra de arte. Para ser exacto, de una copa de oro
cincelado, que data del Renacimiento. Se dice que la usaba el papa Alejandro
VI, Rodrigo Borgia. En algunas ocasiones la presentaba a un huésped
privilegiado para que bebiera. Y aquel huésped, señor Poirot, solía morir poco
después.
—Una bonita
historia —contestó Poirot.
—Esta copa siempre
estuvo asociada con la violencia. La robaron más de una vez y se han cometido
asesinatos para conseguir su posesión. Un rastro de sangre ha seguido su curso
a través de los siglos.
—¿En razón a su
valor intrínseco o por otras razones?
—Su valor
intrínseco es ciertamente considerable. El trabajo en orfebrería es exquisito y
hasta dicen que la cinceló Benvenuto Cellini. Tiene la forma de un árbol a cuyo
tronco se enrosca una serpiente formada de joyas. Las manzanas del árbol están
hechas con unas magníficas esmeraldas. Estas esmeraldas son muy hermosas, así
como los rubíes que forman la serpiente. No obstante, el valor real de la copa
radica en sus asociaciones históricas. El marqués de San Veratrino la puso en
venta en el año 1929. Los coleccionistas pujaron y sobrepujaron, hasta que por
fin conseguí que me la adjudicaran por una cantidad igual a treinta mil libras,
según el cambio que regía entonces.
Poirot levantó las
cejas.
—¡Una cantidad
principesca! El marqués de San Veratrino fue muy afortunado —comentó.
—Cuando quiero de
veras una cosa estoy dispuesto a pagar lo que sea, monsieur Poirot —replicó
Emery Power.
El detective
observó suavemente:
—Sin duda habrá
oído usted el proverbio español que dice: «Toma lo que quieras... pero págalo,
dijo Dios.»
Durante unos
instantes el financiero frunció el ceño y un ligero destello colérico asomó a
sus ojos.
—Va usted en camino
de convertirse en un filósofo, monsieur Poirot —dijo con frialdad.
—He llegado a la
edad de la reflexión, monsieur.
—Sin duda. Pero las
reflexiones no me devolverán mi copa.
—¿Cree usted que
no?
—Creo que se
necesita un poco de acción.
Hércules Poirot
asintió plácidamente.
—Mucha gente
incurre en la misma equivocación. Pero le ruego que me perdone, señor Power,
por esa disgresión del asunto que nos ocupa. Decía usted que compró la copa al
marqués de San Veratrino...
—Exactamente. Y lo
que me queda por decirle es que me la robaron antes de que llegara a mi poder.
—¿Y cómo ocurrió
eso?
—Entraron a robar
en el palacio del marqués, precisamente el mismo día en que se efectuó la
subasta. Los ladrones se llevaron ocho o diez obras de arte renacentista,
incluida la copa.
—¿Qué se hizo para
rescatar lo robado?
Power se encogió de
hombros.
—La policía se
encargó del caso, desde luego. La fechoría se atribuyó a una conocida banda
internacional de ladrones. Dos de ellos, un francés llamado Dublay y un
italiano apellidado Ricovetti, fueron detenidos y juzgados. Parte de lo robado
fue hallado en su poder.
—Pero la copa de
los Borgia no, ¿verdad?
—Eso es. Según la
policía, tres hombres intervinieron en el robo; los dos que acabo de mencionar
y un tercero, un irlandés llamado Patrick Casey. Un «palquista» de primera
clase; fue él quien materialmente llevó a cabo el robo. Dublay era el cerebro
de la organización y el que planeaba los golpes; Ricovetti conducía el
automóvil y aguardaba a que Casey le fuera pasando los objetos robados.
—¿Dividían el botín
en tres partes?
—Posiblemente. Pero
los artículos que se recuperaron fueron los de menos valor. Parece probable que
los más valiosos y notorios fueron sacados rápidamente del país.
—¿Y qué pasó con
Casey? ¿No lo pudo coger la Justicia?
—No; en el sentido
a que usted se refiere. Era un hombre de bastante edad y sus músculos ya no
eran tan elásticos como antes. Al cabo de dos semanas cayó desde un quinto piso
y se mató en el acto.
—¿Dónde ocurrió
eso?
—En París.
Intentaba robar en casa del banquero millonario Davauglier.
—¿Y no ha vuelto a
verse la copa desde entonces?
—Exactamente.
—¿No se puso nunca
en venta?
—Estoy
completamente seguro de que no. Puedo afirmar que no sólo la policía, sino mis
agentes privados han estado alerta por si se presentaba tal circunstancia.
—¿Qué paso con el
dinero que había usted pagado?
—El marqués, que
era un hombre muy puntilloso, quiso devolvérmelo, puesto que la copa había sido
robada en su casa.
—¿Y usted no
aceptó?
—No.
—¿Por qué?
—Tal vez porque
quería conservar en mi mano las riendas del asunto.
—¿Quiere usted
decir que si hubiera aceptado la oferta del marqués, la copa seguiría siendo de
él, en el caso de recuperarse; mientras que ahora, al haber rechazado el
dinero, es legalmente de usted?
—Ni más ni menos.
—¿Y qué se escondía
tras su actitud, señor Power? —preguntó Poirot.
El financiero
sonrió y dijo:
—Ya veo que toma en
consideración tal punto. Pues bien, monsieur Poirot; fue una cosa simple en
extremo. Creí saber quién se quedó con la copa.
—Muy interesante.
¿Quién fue?
—Sir Reuben
Rosenthal. No solamente era coleccionista como yo, sino que en aquellos tiempos
era mi enemigo personal. Habíamos sido rivales en varias operaciones
financieras, de las que siempre salí yo ganando. Nuestra animosidad culminó
cuando rivalizamos en la compra de la copa de los Borgia. Ambos estábamos
dispuestos a quedarnos con ella. Era una cuestión de honor, o poco menos.
Nuestros representantes pujaron en la subasta uno contra otro.
—Y la puja final
del representante de usted hizo que le adjudicaran el tesoro, ¿verdad?
—No. No fue así,
precisamente. Tomé la precaución de situar en la subasta a un segundo agente
mío; aunque aparentemente figuraba como representante de un anticuario de
París. Ni sir Reuben ni yo hubiéramos estado dispuestos a rendirnos el uno al
otro; pero si permitíamos que un tercero se llevara la copa, con la posibilidad
de tratar después con él reservadamente... era una cosa diferente por completo.
—De hecho, una
petite déception.
—Eso es.
—Y la cosa tuvo
éxito, si bien, poco después, sir Reuben descubrió la jugarreta, ¿verdad?
—Así fue, en
efecto.
Poirot sonrió con
expresión comprensiva.
—Ya comprendo su
posición —dijo—. Creyó usted que sir Reuben, dispuesto a no dejarse derrotar,
encargó deliberadamente el robo, ¿verdad?
Emery Power levantó
una mano.
—¡No, no! No
hubiera sido tan chabacano. Podía decirse... que poco después sir Reuben
hubiera comprado una copa de estilo Renacimiento de procedencia no
especificada.
—¿Cuya descripción
había sido hecha circular por la policía?
—La copa no tenía
que estar expuesta a la vista de todo el mundo.
—¿Cree usted que
habría sido suficiente para sir Reuben el saber que la copa era suya?
—Sí. Y, además, de
haber aceptado yo la oferta del marques, le hubiera sido posible a sir Reuben
hacer luego un trato con él, pasando la copa legalmente a su poder.
Hizo una corta
pausa y luego prosiguió:
—Pero reteniendo
mis derechos de propiedad, tenía posibilidad de recobrar lo que me pertenecía.
—Quiere usted decir
—observó bruscamente Poirot— que de esa forma podía disponer que le robaran la
copa a sir Reuben, ¿verdad?
—Robarla, no,
monsieur Poirot. Me limitaría a recuperar lo que era mío.
—Pero me parece que
no tuvo usted mucho éxito.
—Por una razón de
peso. Rosenthal nunca tuvo la copa en su poder.
—¿Cómo lo sabe?
—Recientemente
intervine en una operación financiera relacionada con el petróleo. En ella
coincidieron los intereses de Rosenthal y los míos. Éramos aliados y no
enemigos. Le hablé francamente sobre el asunto y me aseguró en seguida que la
copa jamás estuvo en sus manos.
—¿Y le creyó usted?
—Sí.
Poirot comentó
pensativamente:
—Entonces, durante
cerca de diez años ha estado usted, como dicen aquí, ladrando al árbol en que
no estaba el ladrón.
—Sí; eso es,
exactamente, lo que he estado haciendo —respondió con amargura el financiero.
—Y ahora... debe
empezarlo todo desde el principio.
El otro asintió.
—Ahí es donde entro
yo, ¿verdad? Soy el perro que pone usted a seguir un rastro viejo... muy viejo.
Emery Power replicó
con sequedad:
—Si se hubiera
tratado de un asunto fácil no le hubiera llamado. Pero si cree usted
imposible...
Había dado con la
palabra apropiada. Hércules Poirot se irguió y dijo:
—¡No conozco la
palabra «imposible», monsieur! Sólo me preguntaba... si el caso es lo
suficientemente interesante para que yo me encargue de él.
El financiero
sonrió de nuevo.
—Tiene su
interés... Cifre usted mismo sus honorarios.
El hombrecillo miró
a su interlocutor y preguntó suavemente:
—¿Tanto desea esa
obra de arte? ¡Tal vez no llegue a tanto su interés!
Emery Power
replicó:
—Podríamos decir
que igual que usted, yo no acepto la derrota.
Hércules Poirot
inclinó la cabeza.
—Sí... —dijo—. Si
es así... lo comprendo.
2
El inspector
Wagstaffe pareció interesado por la pregunta.
—¿La copa de
Veratrino? Sí, lo recuerdo perfectamente. Estuve encargado del caso, en lo que
se refería a su ramificación inglesa. Hablo un poco el italiano y fui allí para
entrevistarme con los «macarronis». La copa no se vio más desde entonces. Fue
un caso curioso.
—¿Y qué explicación
le da usted a eso? ¿Una venta privada?
Wagstaffe sacudió
la cabeza.
—Lo dudo. Desde
luego, es remotamente posible. No, no; mi explicación es mucho más simple.
Escondieron la copa, y el único hombre que conocía el escondrijo ha muerto.
—¿Se refiere usted
a Casey?
—Sí. Pudo haberla
escondido en algún sitio de Italia, o pudo arreglárselas para sacarla de allí.
Pero la escondió, y sea donde fuere, tenga la seguridad de que todavía está
allí.
Hércules Poirot
suspiró.
—Es una teoría
novelesca. Las perlas embutidas en una figura de escayola... ¿cómo se llamó
aquel caso...? Ah, sí, «El busto de Napoleón». Pero ahora no se trata de joyas,
sino de una copa grande y sólida. No es fácil de ocultar.
Wagstaffe lamentó:
—No lo sé. Supongo
que podría hacerse. Bajo el entarimado del piso... o algo parecido.
—¿Tenía Casey un
lugar propio?
—Sí... en Liverpool
—gesticuló—. No estaba bajo el entarimado. Ya nos preocupamos de averiguarlo.
—¿Y qué me dice de
su familia?
—La mujer era una
persona decente; estaba tuberculosa. Sentía gran temor por la clase de vida que
llevaba su marido. Era muy religiosa, una ferviente católica; pero nunca tuvo
ánimos para abandonarle. Murió hace un par de años. La hija se parecía a su madre...
y profesó en un convento. El hijo fue diferente y salió al padre. Lo último que
supe de él es que estaba cumpliendo condena en América.
Poirot escribió la
palabra «América» en su agenda.
—¿No es posible que
el hijo de Casey conociera el escondrijo? —preguntó.
—No lo creo. De
conocerlo a estas horas la copa estaría en manos de cualquier comprador de
objetos robados.
—La pudieron
fundir, ¿verdad?
—Tal vez sea eso lo
más probable. Pero no sé... tenía mucho valor para los coleccionistas; y los
negocios de esa clase de gente son muy curiosos. ¡Se asombraría usted si
conociera alguno de ellos! Algunas veces —añadió virtuosamente Wagstaffe— creo
que los coleccionistas no saben lo que es la moralidad.
—¡Ah! Entonces, ¿no
se sorprendería si, por ejemplo, sir Reuben Rosenthal estuviera mezclado en uno
de esos «curiosos negocios»?
Wagstaffe hizo una
mueca.
—No sería nada
extraño. Se le tiene por poco escrupuloso en lo que a obras de arte se refiere.
—¿Qué me cuenta de
los otros miembros de la banda?
—Ricovetti y Dublay
fueron sentenciados a unos cuantos años de cárcel. Creo que saldrán pronto.
—Dublay es francés,
¿verdad?
—Sí; era el que
dirigía la banda.
—¿Había otros
componentes?
—Una muchacha; Red
Kate se llamaba. Se empleó de doncella y descubrió un arcón... donde se guarda
la plata, etcétera. Creo que fue en Australia cuando se disolvió la banda.
—¿Alguien más?
—Un tipo llamado
Yougouian, de quien se creyó que estaba asociado con ellos. Es comerciante y
tiene su cuartel general en Estambul, pero también opera en París, donde posee
una tienda. No se pudo probar nada contra él... pero es un individuo muy
escurridizo.
Poirot suspiró y
miró su agenda. En ella había escrito: «América, Australia, Francia, Italia y
Turquía».
—Le pondré un
cinturón al mundo.
—¿Qué decía?
—preguntó el inspector Wagstaffe.
—Observaba
—respondió Hércules Poirot— que parece indicada una vuelta al mundo.
3
Poirot tenía la
costumbre de discutir los casos con su criado, el eficiente George. Es decir,
Poirot hacía ciertas observaciones a las cuales George replicaba con la
sabiduría que había acumulado en el transcurso de su carrera de sirviente de
caballeros.
—Si te encontraras
con la necesidad de llevar a cabo unas investigaciones en cinco partes
diferentes del mundo, ¿qué harías, George?
—Los viajes aéreos
son muy rápidos, señor, aunque algunos dicen que trastornan el estómago. Yo no
puedo asegurarlo, pues nunca volé.
—Y uno se pregunta,
¿qué es lo que hubiera hecho Hércules?
—¿Se refiere usted
al campeón ciclista, señor?
—O simplemente
—prosiguió Poirot sin hacer caso de la observación— ¿qué es lo que hizo? Y la
respuesta es, George, que viajó sin descanso. Pero, al fin, se vio obligado a
solicitar información de Prometeo, según unos, y de Nereo, según otros.
—¿De veras, señor?
—dijo George—. Nunca oí hablar de esos dos caballeros. ¿Acaso eran los dueños
de unas agencias de viajes, señor?
Hércules Poirot,
disfrutando del sonido de su propia voz, siguió:
—Mi cliente, Emery
Power, sólo entiende una cosa... ¡acción! Pero no conduce a nada el gastar
energías en acciones innecesarias. Hay en la vida, George, una hermosa regla
que dice: «Nunca hagas tú mismo lo que otros pueden hacer por ti».
—La encuentro muy
razonable, señor.
—Especialmente
—añadió el detective al tiempo que se levantaba y se dirigía hacia la librería—
cuando no hay que preocuparse por los gastos.
Cogió una carpeta
rotulada con la letra D y la abrió por la división que indicaba: «Detectives -
Agencias de confianza.»
—El Prometeo
moderno —dijo—. Te agradeceré, George, que me escribas unos cuantos nombres y
direcciones. Señores Hankerton, Nueva York. Señores Landen y Bosher, Sidney.
Señor Giovanni Mezzi, Roma. M. Nahum, Estambul, y señores Roger y Franconard,
París.
Esperó a que George
acabara de escribir y luego observó:
—Ahora ten la
bondad de ver a qué hora salen los trenes para Liverpool.
—Sí, señor. ¿Va
usted a Liverpool, señor?
—Me temo que sí. Es
posible, George, que deba ir más allá todavía, pero no por ahora.
4
Tres meses más
tarde, Hércules Poirot se encontraba sobre un peñasco, mirando la inmensidad
del océano Atlántico. Las gaviotas revoloteaban lanzando largos y melancólicos
gritos.
Poirot experimentó
la sensación, nada extraña en aquellos que llegaban a Inishgowland por primera
vez, de que se encontraba en el fin del mundo. Jamás había imaginado nada tan
remoto, tan desolado y abandonado. Tenía belleza; una belleza triste y hechizada.
La belleza de un pasado lejano e increíble. Allí, en el oeste de Irlanda, no
estuvieron nunca los romanos; nunca construyeron un campamento fortificado, ni
una calzada útil y cuidada. Era una tierra donde el sentido común y el orden en
la vida eran desconocidos.
El detective miró
la punta de sus zapatos de charol y suspiró. Se sintió abandonado y solo. Las
normas a que ajustaba su vida no eran apreciadas allí.
Sus ojos
recorrieron lentamente la desolada costa y luego, una vez más, miraron el ancho
mar. Allá lejos, según decía la leyenda, estaban las Islas de la Felicidad, la
Tierra de la Juventud.
Murmuró:
—El manzano de los
cánticos y el oro...
Y de pronto
Hércules Poirot volvió a ser el mismo; el encanto estaba roto y, una vez más,
su yo armonizaba con los zapatos de charol y el elegante traje de color gris
oscuro.
Desde un lugar no
muy lejano llegó a él el tañido de una campana. Sabía lo que quería decir aquel
toque. Era un sonido que le había sido familiar desde su infancia.
Recorrió
apresuradamente el acantilado y al cabo de unos diez minutos divisó un edificio
situado sobre los farallones. Lo rodeaba una alta tapia, cuya única abertura
era una gran puerta de madera claveteada. Poirot llegó ante ella y golpeó un
enorme llamador de hierro. Después, con toda precaución, tiró de una
herrumbrosa cadena y en el interior se oyó el rápido tintineo de una campana.
Se descorrió el
panel de la puerta y apareció una cara. Era una cara suspicaz, enmarcada por
blanca y almidonada toca. Sobre el labio superior se veía un bigote bastante
señalado, pero la voz era de mujer. La voz de lo que Hércules Poirot llamaba
una femme formidable. Le preguntaron qué deseaba.
—¿Es éste el
convento de Santa María de los Ángeles?
La monja contestó
con aspereza:
—¿Y qué otra cosa
podía ser?
Poirot no se
atrevió a replicar a ello.
—Desearía ver a la
madre superiora —expuso.
La portera no
parecía estar muy de acuerdo con aquel deseo, pero al fin accedió. Corrió las
barras, abrió la puerta y condujo a Poirot hasta una habitación pequeña y
desnuda donde se recibía a los visitantes del convento.
Al poco rato entró
otra monja. El rosario que llevaba pendiente del cinturón se balanceaba y sus
cuentas entrechocaban entre sí al andar.
Poirot era católico
y entendía perfectamente la atmósfera que le rodeaba en aquel instante.
—Le ruego que me
dispense por venir a molestarla, ma mere —dijo— Creo que en este convento hay
una religieuse que en el mundo se llamó Kate Casey.
La madre superiora
inclinó la cabeza asintiendo y dijo:
—Así es. En
religión, la hermana María Orsula.
—Hay una injusticia
que necesita ser reparada —observó el detective—. Y estimo que la hermana María
Orsula podrá ayudarme. Tal vez me facilite ciertos informes de mucha
importancia.
La madre superiora
sacudió la cabeza. Su cara tenía un aspecto de total placidez y su voz era
reposada y distante.
—La hermana María
Orsula no podrá ayudarle —dijo.
—Pero le aseguro...
—La hermana María
Orsula murió hace dos meses.
5
En el bar del hotel
de Jimmy Donovan, Hércules Poirot estaba sentado incómodamente, recostado
contra la pared. El establecimiento no respondía a la idea general que Poirot
tenía de los hoteles y de lo que éstos debían ser. La cama que le dieron estaba
rota, así como dos vidrios de la ventana de su habitación, por donde se colaba
aquel vientecillo nocturno que tanto desagradaba al detective. El agua caliente
que le llevaron estaba solamente tibia y lo que le dieron para comer le estaba
produciendo una dolorosa sensación en su interior.
Había cinco hombres
en el bar. Hablaban de política. Poirot no pudo entender la mayor parte de lo
que decían, pero aquello no le preocupaba mucho.
Al cabo de un rato,
uno de los hombres se sentó a su lado. Era ligeramente diferente de los otros.
Se notaba que había vivido en la ciudad durante algún tiempo. Con gran dignidad
se dirigió a Poirot.
—Le aseguro, señor,
que Peggen's Princesse no tiene ninguna posibilidad... acabará la carrera en
último lugar... ¡en el mismísimo último lugar! Siga mi consejo... como hacen
todos. ¿Sabe usted quién soy yo, señor? ¿Lo sabe? Pues soy Atlas... Atlas, del
Dublin Son... y he aconsejado ganadores durante toda la temporada. ¿No fui yo
quien aconsejó a Larry's Girl? Veinticinco a uno... ¡fíjese...!, veinticinco a
uno. Haga caso a Atlas y no se equivocará.
Hércules le miró
con extraña reverencia.
—¡Mon Dieu, es un
presagio! —murmuró con voz trémula.
6
Varias horas
después, la luna se asomaba coquetamente de vez en cuando por entre los claros
que formaban las nubes. Poirot y su nuevo amigo habían caminado varias millas.
El detective cojeaba. Por su mente cruzó la idea de que, al fin y al cabo,
debían existir unos zapatos más apropiados para ir por el campo que los de
charol que llevaba en aquel momento. George le había insinuado respetuosamente
que se llevara un buen par de abarcas.
Poirot no hizo caso
de aquella idea, pues le gustaba llevar los pies bien calzados y relucientes.
Pero ahora, correteando por aquel pedregoso sendero, se dio cuenta de que había
otra clase de calzado...
Su compañero
observó de pronto:
—¿No cree que ésta
es la mejor forma de ponerme a mal con el cura? No quiero tener un pecado
mortal sobre mi conciencia.
—Tan sólo ayudará a
devolver al César lo que es del César —aseguró Poirot.
Habían llegado
junto a la tapia del convento y Atlas se preparó para ejecutar su parte.
Exhaló un gemido y
declaró con voz baja y lastimera que estaba hecho trizas.
Poirot habló con
acento autoritario.
—Estése quieto. No
es el peso del mundo el que ha de soportar..., sino tan sólo el de Hércules
Poirot.
7
Atlas daba vueltas
a los billetes de cinco libras.
—Tal vez no me
acuerde mañana de la forma en que los he ganado. Estoy muy preocupado pensando
lo que va a decir de mí el Padre O'Reilly.
—Olvídese de todo,
amigo mío. Mañana el mundo será suyo.
Atlas murmuró:
—¿Y por quién
apostaré? Tengo a «Wodking Lad» que es un buen caballo, ¡un caballo estupendo!
Y está «Sheila Boyne». Siete a uno me la pagaron una vez.
Se detuvo.
—¿Lo he soñado o he
oído que mencionaba usted el nombre de un dios pagano? Hércules ha dicho usted
y loado sea Dios, mañana corre un caballo llamado «Hércules» en la carrera de
las tres y media.
—Amigo mío —dijo
Poirot—, apueste su dinero por ese caballo. Se lo digo yo: «Hércules» no puede
fallar.
Y es absolutamente
cierto que al día siguiente el caballo «Hércules» de la cuadra del señor
Rosslyn, venció inesperadamente las Boynas Stakes, pagándose sesenta a uno.
8
Con mucho cuidado,
Hércules Poirot desató aquel paquete tan bien hecho. Primero el papel fuerte
exterior, luego quitó el papel intermedio y por fin, el de seda.
Sobre la mesa,
frente a Emery Power, puso una relumbrante copa de oro. Esculpido en ella se
veía un árbol con manzanas, figuradas por verdes esmeraldas.
El financiero
aspiró profundamente el aire.
—Le felicito,
monsieur Poirot.
El detective hizo
una pequeña reverencia.
Emery Power
extendió una mano y tocó el borde de la copa, pasando por él la yema de sus
dedos.
Con voz profunda
dijo:
—¡Mía!
Poirot convino:
—¡Suya!
El otro lanzó un
audible suspiro y se recostó en su asiento. Luego, como si estuviera hablando
de un negocio cualquiera, preguntó:
—¿Dónde la
encontró?
—En un altar
—respondió el detective.
Emery Power lo miró
con fijeza.
—La hija de Casey
era monja. Iba a hacer los últimos votos cuando murió su padre. Era una
muchacha ignorante, pero muy devota. La copa estaba escondida en casa de su
padre, en Liverpool. Se la llevó al convento deseando, según creo, ofrecerla
como reparación de los pecados de su progenitor. La dio para que se usara a la
mayor gloria de Dios. Me figuro que ni las propias monjas se dieron cuenta de
su valor. La tomaron, probablemente, como una herencia familiar. Para ellas era
un cáliz y como tal lo utilizaron.
—¡Una historia
extraordinaria! —opinó el financiero, y añadió—: ¿Qué le guió hasta allí?
Poirot se encogió
de hombros.
—Tal vez... un
proceso de eliminación. Y, además, la rara circunstancia de que nadie hubiera
tratado de desprenderse de la copa. Ello quería significar que se hallaba en un
sitio donde no se había dado valor alguno a las cosas materiales. Recordé que
la hija de Patrick Casey era monja.
Power observó con
efusión:
—Bueno, como le
dije antes, le felicito. Dígame a cuánto ascienden sus honorarios y le
extenderé un cheque.
—No voy a cobrarle
ningún honorario —dijo Poirot.
El otro le
contempló asombrado.
—¿Qué quiere decir?
—¿No leyó nunca
cuentos de hadas cuando era niño? En ellos suele decir el rey: «Pídeme lo que
quieras.»
—Entonces, va usted
a pedir algo, ¿verdad?
—Sí; pero no
dinero. Simplemente una súplica.
—Bien, ¿de qué se
trata? ¿Quiere que le aconseje sobre el mercado de valores?
—Eso sería dinero
bajo otra forma. Mi petición es mucho más sencilla.
—¿Qué es?
Poirot puso sus
manos sobre la copa.
—Devuélvala al
convento.
Hubo un momento de
silencio y luego Emery Power preguntó:
—¿Está usted loco?
Hércules Poirot
sacudió la cabeza.
—No; no lo estoy.
Espere; voy a enseñarle una cosa.
Cogió la copa y con
una uña presionó entre las abiertas mandíbulas de la serpiente enroscada al
árbol. En el interior se corrió una pequeña porción del fondo, descubriendo una
abertura que comunicaba con el pie de la copa, que era hueco.
—¿Ve usted? —dijo
Poirot—. Ésta era la copa del papa Borgia. A través de este agujerito pasaba un
veneno al líquido que llenaba la copa. Usted mismo dijo que la historia de ella
era perversa. Violencia, sangre y malas pasiones acompañaron a su posesión. Y
la maldad puede llegar hasta usted si se la queda.
—¡Eso son
supersticiones!
—Posiblemente.
Pero, ¿por qué tiene tanto interés en poseerla? No será por su belleza ni por
su valor. Tendrá usted cientos, tal vez miles de objetos raros y hermosos.
Desea poseer ésta para dar satisfacción a su orgullo. Estaba usted determinado
a no dejarse vencer. Eh bien, lo ha conseguido. ¡Ha ganado! La copa está ya en
su poder. Pero ahora, ¿por qué no lleva a cabo un acto grande y desinteresado?
Devuélvala al sitio donde se conservó en paz durante cerca de diez años. Deje
que la maldad que lleva consigo se purifique allí. Puesto que perteneció a la
Iglesia anteriormente, deje que vuelva a ella. Deje que la pongan de nuevo
sobre el altar, purificada y absuelta, tal como esperamos que sean purificadas
y absueltas de sus pecados las faltas de todos los hombres.
Se inclinó hacia
delante.
—Permítame que le
describa el lugar donde la encontré... El Jardín de la Paz, mirando sobre el
Mar Occidental hacia el olvidado Paraíso de la Juventud y la Eterna Belleza...
Siguió hablando,
describiendo con palabras sencillas el remoto encanto de Inishgowland.
Emery Power se
había reclinado sobre el respaldo del sillón, con una mano puesta sobre los
ojos.
—Nací en la costa
occidental de Irlanda —dijo por fin—. Salí de allí, cuando todavía era un
muchacho, y me fui a América.
—Algo había oído de
eso —observó Poirot.
El financiero se
irguió. Sus ojos volvieron a tener su expresión penetrante. Con la sonrisa en
los labios, dijo:
—Es usted un hombre
extraño, Poirot. Tendrá lo que quiere. Llévese la copa al convento y entréguela
como donativo mío. Un regalo costoso. Treinta mil libras... ¿y qué conseguirá a
cambio?
Poirot replicó con
gravedad:
—Las monjas harán
decir misa por la salvación de su alma.
La sonrisa del
potentado se ensanchó... Fue una sonrisa anhelante y ansiosa.
—¡Al fin y al cabo,
será una inversión! Tal vez la mejor que haya hecho nunca...
9
En el pequeño
locutorio del convento, Hércules Poirot relató su historia y devolvió el cáliz
a la madre superiora.
—Dígale que le
damos las gracias y que rezaremos por él —murmuró la monja.
—Necesita de sus
oraciones —observó suavemente Hércules Poirot.
—¿Tan infeliz es?
—Sí; tan infeliz
que olvidó lo que es la felicidad. Tan infeliz, que él mismo no sabe que lo es.
La mujer comentó:
—¡Ah! Un hombre
rico...
Hércules Poirot no
replicó... porque sabía que aquello no tenía réplica.
capítulo XII
LA CAPTURA DEL
CANCERBERO
1
Hércules Poirot
viajaba en un vagón del «metro» zarandeado de aquí para allá, tropezando ora
con uno de los viajeros, ora con otro. Por su mente pasó el pensamiento de que
había demasiada gente en el mundo. Y era cierto que, en aquel preciso momento,
las seis y media de la tarde, había mucha gente en el mundo subterráneo de
Londres. Calor, ruido, aglomeración, promiscuidad... la incómoda presión de
manos, brazos, cuerpos y hombros. Cercado y prensado por extraños.
Todas aquellas
jóvenes que le rodeaban eran tan iguales, tan faltas de encanto, tan vacías de
atractivo y rica femineidad... ¡Ah! qué no daría él por ver una femme du monde,
chic, simpática, spirituelle...
El tren se detuvo
en una estación y la gente salió del vagón empujando a Poirot. El convoy
arrancó de nuevo con una sacudida y Poirot se vio lanzado contra una corpulenta
mujer cargada de paquetes; murmuró Pardon! y a continuación tropezó con un
hombre delgado cuya cartera de mano se le incrustó en los riñones. Volvió a
decir Pardon! Los bigotes se le estaban volviendo lacios. Quel enfer! Por
fortuna se apeaba en la próxima estación.
Pero aquella
estación pareció ser también la elegida por cerca de ciento cincuenta pasajeros
más, pues se trataba de la de Piccadilly Circus. Como una gran ola cuando sube
la marea, la gente se volcó sobre el andén e instantes después Poirot se vio
cercado apretadamente de nuevo en una de las escaleras mecánicas que llevaban a
la superficie de la tierra.
Por fin iba a salir
de las regiones infernales, pensó el detective...
En aquel momento,
una voz gritó su nombre. Sobresaltado, el detective levantó la vista. En la
escalera opuesta, en la que descendía, sus incrédulos ojos contemplaron una
visión del pasado. Una mujer de formas llenas y extravagantes; con el teñido
cabello coronado por un pequeño plastrón de paja, sobre el que se veía todo un
pelotón de pájaros de brillante plumaje. Unas pieles de aspectos exóticos
colgaban de los hombros.
La pintada boca de
la mujer se abrió de par en par y su voz, llena y de acento extranjero, resonó
en el cerrado ámbito. Tenía buenos pulmones.
—¡Es él! —gritó—.
¡Es él! ¡Mon chéri Hércules Poirot!
—¡Tenemos que
vernos otra vez! ¡Insisto en ello!
Pero el propio
destino no es menos inexorable que dos escaleras mecánicas cuando se mueven en
opuesta dirección. Lenta y despiadadamente, Hércules Poirot subió a la
superficie, mientras la condesa Vera Rossakoff se hundía en las profundidades.
Retorciéndose e
inclinado sobre el pasamanos, Poirot gritó con desesperación:
—Chéri madame...,
¿dónde la podré encontrar...?
La respuesta de
ella le llegó confusa desde los abismos. Fue inesperada, aunque en aquel
momento parecía extrañamente adecuada...
—En el infierno...
Hércules Poirot
parpadeó y volvió a parpadear. De pronto se tambaleó. Había llegado sin darse
cuenta a la parte superior de la escalera... y no se acordó de saltar a tiempo.
La gente que le rodeaba se desparramó. Hacia uno de los lados, una muchedumbre
se apretujaba ante la escalera que descendía. ¿Debía unirse a los que bajaban?
¿Fue aquello lo que quiso decir la condesa? No había duda de que viajar por las
entrañas de la tierra, en las horas «punta», era el mismo infierno. Si fue
aquello a lo que se refirió la condesa, Poirot estaba completamente de acuerdo
con ella...
El detective avanzó
con resolución, se introdujo a presión entre la masa de gente y volvió una vez
más a las profundidades. Pero al pie de la escalera no había rastro de la
condesa.
¿Se dirigió la
condesa hacia la línea de Bakerloo o hacia la de Piccadilly? Poirot recorrió
los dos andenes, uno tras otro. Pero por ningún lado vio la figura extravagante
de la condesa Vera Rossakoff.
Cansado, molido y
mortificado en extremo, Hércules Poirot ascendió nuevamente al nivel del suelo
y fue a mezclarse con la batahola que reinaba en Piccadilly Circus. Llegó a
casa, sintiendo en su interior una agradable agitación.
«En el infierno»,
había dicho ella. No era posible que le hubieran engañado los oídos.
¿Pero a qué se
refería? ¿Al «metro» de Londres? ¿O debía tomar sus palabras en un sentido
religioso? Aunque la forma de vida que llevaba hacía presumir que el infierno
sería su destino cuando muriera, no era posible que su cortesía fuera a sugerir
que Poirot estaba destinado necesariamente al mismo sitio.
Poirot suspiró.
Pero no estaba derrotado. En su perplejidad, tomó la determinación más simple y
recta. A la mañana siguiente, preguntó a la señorita Lemon, su secretaria.
La señorita Lemon
era increíblemente fea, pero eficiente en extremo. Para ella, Poirot no era
nadie en particular... era tan sólo su jefe, al que prestaba un excelente
servicio. Sus pensamientos y sueños privados se centraban en un nuevo sistema
de archivo que estaba perfeccionando en su imaginación.
—Señorita Lemon,
¿puedo hacerle una pregunta?
—Desde luego,
monsieur Poirot.
La señorita Lemon
dejó de teclear en la máquina de escribir y esperó atenta.
—Si un amigo... o
amiga, le citara en el infierno, ¿qué haría usted?
La secretaria, como
de costumbre, no titubeó en contestar. Se sabía todas las respuestas.
—Creo que sería
aconsejable reservar un mesa por teléfono —dijo.
Poirot la miró
estupefacto.
—¿Reservaría... una
mesa... por teléfono? —preguntó admirado.
La señorita Lemon
asintió y acercó el teléfono.
—¿Para esta noche?
Y tomando la
callada por consentimiento, marcó rápidamente un número.
—¿Temple Bar 14578?
¿Es «El Infierno»...? ¿Haría el favor de reservar una mesa para dos? A nombre
de monsieur Hércules Poirot; para las once.
Dejó el auricular y
sus dedos volvieron a volar sobre las teclas de la máquina de escribir. Sobre
su cara se veía un ligerísimo gesto de impaciencia. Parecía decir con él que,
una vez cumplida su obligación, esperaba que su jefe le dejara continuar lo que
estaba haciendo.
Pero Hércules
Poirot necesitaba aclaraciones.
—¿Qué es, entonces,
ese infierno? —preguntó.
La señorita Lemon
lo miró algo sorprendida.
—¿No lo sabe usted,
monsieur Poirot? Es un club nocturno. Hace poco tiempo que lo inauguraron y se
ha puesto de moda. Creo que es de una rusa. Si quiere arreglaré las cosas para
que le extiendan el carnet de socio antes de la noche.
Y con ello, como
haciendo presente que ya había malgastado bastante tiempo, la señorita Lemon
volvió a teclear eficientemente en su máquina.
2
Aquella noche, a
las once, Hércules Poirot entró por una puerta sobre la que un letrero de neón
mostraba discretamente a intervalos una letra tras otra. Un caballero vestido
de frac rojo le ayudó a quitarse el abrigo.
Con un gesto le
indicó un tramo de anchas escaleras que descendían al sótano. Sobre cada
peldaño había escrita una frase.
La primera decía:
«Mi intención es
buena...»
La segunda:
«Borra lo que has
hecho y empieza de nuevo.»
La tercera:
«Puedo dejarlo
cuando quiera.»
—Las buenas
intenciones que pavimentan el camino del Infierno —murmuró Poirot—. C'est bien
imaginé, ça!
Bajó la escalera.
Al pie de ella había un estanque lleno de agua en la que flotaban nenúfares
encarnados. Sobre él cruzaba un puente cuya forma recordaba la de una barca.
Poirot lo atravesó.
A su izquierda, en
una especie de gruta de mármol, estaba sentado el perro más grande, negro y feo
que Poirot viera jamás. Se mantenía tieso e inmóvil. El detective deseó que no
fuera de carne y hueso; pero en aquel instante el perro volvió la fea y feroz
cabeza. Del fondo de su negro cuerpo salió un feroz gruñido sordo y apagado. Un
sonido terrorífico.
Y entonces, Poirot
vio un decorativo cesto lleno de galletas redondas para perros. Encima, un
letrero rezaba: «Un regalo para Cerbero.»
El perrazo tenía la
vista fija en las galletas. Una vez más se oyó el sordo gruñido y Poirot,
rápidamente, cogió una galleta y se la lanzó al perro.
Cerbero abrió la
cavernosa boca y después se oyó un chasquido cuando las poderosas quijadas
volvieron a cerrarse. El guardián del infierno había aceptado el regalo. Poirot
siguió adelante y entró por una puerta abierta.
La sala no era muy
grande. Estaba llena de mesitas, rodeando una pista para bailar. La iluminación
provenía de unas lamparitas rojas; las paredes estaban adornadas con frescos y
en uno de los extremos se veía una parrilla atendida por cocineros vestidos de
diablos, con la cola y cuernos incluidos.
De todo ello se dio
cuenta Poirot antes de que, con todo el impulso de su naturaleza rusa, la
condesa Rossakoff, luciendo un esplendoroso traje de noche encarnado, cayera
sobre él, con las manos extendidas.
—¡Ah! ¡Vino usted!
¡Mi querido... mi muy querido amigo! ¡Qué alegría volverlo a ver! Después de
tantos años... tantos... ¿cuánto hace? No; no diremos los que son. Para mí,
parece que fue ayer. No ha cambiado usted en lo más mínimo.
—Usted tampoco,
chérie amie —exclamó Hércules Poirot, inclinándose sobre la mano de la dama.
No obstante, se
daba cuenta ahora de que veinte años no pasan en balde. La condesa Rossakoff
podía calificarse de ruina, sin pecar por falta de caridad. Pero, por lo menos,
era una ruina espectacular. La exuberancia y el goce pleno de la vida todavía
se veían en ella. Y además sabía mejor que nadie cómo halagar a un hombre.
Arrastró a Poirot
hasta una mesa donde estaban sentados dos personas.
—Mi amigo, el
célebre amigo monsieur Hércules Poirot —anunció—. ¡El terror de los
malhechores! En cierta ocasión le tuve mucho miedo, pero ahora llevo una vida
de extremo y virtuoso aburrimiento. ¿No es verdad?
El hombre delgado y
ya de años a quien se dirigió contestó :
—Nunca diga que es
aburrida, condesa.
—El profesor
Liskeard —presentó ella—. El que sabe más cosas acerca de los tiempos pasados y
el que me dio acertadas ideas para decorar esto.
El arqueólogo se
estremeció ligeramente.
—Si hubiera sabido
lo que se proponía... —murmuró—. El resultado no puede ser más aterrador.
Poirot observó
detenidamente los frescos. En la pared de enfrente estaba Orfeo dirigiendo una
orquestina, mientras Eurídice miraba ansiosa la parrilla. En otra de las
paredes Osiris e Isis parecían estar lanzando una barca egipcia de ultratumba.
En la tercera pared, varios jóvenes de ambos sexos tomaban el baño, sin más
ropas que la que les dio la Naturaleza.
—«La tierra de la
eterna juventud» —explicó la condesa. Y sin respirar, completó sus
presentaciones—. Y ésta es mi pequeña Alice.
Poirot hizo una
ligera reverencia a la segunda ocupante de la mesa; una muchacha de aspecto
austero, que llevaba chaqueta y falda a cuadros. Usaba gafas de concha.
—Es muy lista —dijo
la condesa Rossakoff—. Ha conseguido graduarse. Es psicóloga y sabe cuál es la
causa de que los lunáticos sean lunáticos. No crea que es porque están locos,
no. Existen toda clase de razones. Lo encuentro bastante raro.
La muchacha llamada
Alice sonrió con amabilidad, aunque con un poco de desprecio. Con voz firme, le
preguntó al profesor si quería bailar. El caballero pareció halagado, aunque
indeciso.
—Solamente sé
bailar el vals, señorita.
—Esto es un vals
—replicó pacientemente Alice.
Se levantaron y
empezaron a bailar, bastante mal por cierto.
La condesa
Rossakoff suspiró. Y siguiendo sus propios pensamientos dijo:
—Y, sin embargo, la
chica no está mal en realidad.
—Pero no se arregla
—comentó Poirot sentenciosamente.
—Con franqueza
—exclamó la condesa—. No consigo entender a la gente joven de ahora. No hacen
nada por agradar. En mi juventud ésa era mi gran preocupación. Los colores que
me favorecían; un poco de relleno en los trajes; el corsé apretado a la
cintura. Y el pelo arreglado de forma que una resultara favorecida...
Se echó hacia atrás
los bucles que le caían sobre la frente. Era innegable que todavía trataba de
agradar con todas sus fuerzas.
—El contentarse con
lo que la Naturaleza le dio a cada uno... me parece estúpido, ¡e insolente! La
pequeña Alice escribe páginas y páginas acerca del amor, pero, ¿cuántas veces
la ha invitado un hombre a pasar el fin de semana en Brighton? Todo se reduce a
palabras retumbantes sobre el trabajo, el bienestar de los obreros y el futuro
del mundo. Tiene mérito, no lo niego; pero ¿es divertido? Fíjese en lo gris que
esos jóvenes han vuelto el mundo. Todo son reglas y prohibiciones. Nada de eso
ocurría cuando yo era joven.
—Y eso me
recuerda..., ¿cómo está su hijo, madame? —preguntó Poirot.
En el último
momento había dicho «hijo» en lugar de «su pequeño», acordándose de que habían
pasado veinte años.
La cara de la
condesa se iluminó con entusiasmo maternal.
—¡Mi querido Niki!
Ahora es un grandullón, guapo y con unas espaldas... Está en América. Construye
puentes, bancos, hoteles, grandes almacenes, ferrocarriles y todo lo que
necesitan los americanos.
Poirot pareció
estar un poco confundido.
—Entonces, ¿es
ingeniero o arquitecto?
—¿Y qué importa
eso? —dijo la condesa—. ¡Es adorable! No se preocupa más que de vigas de
hierro, maquinaria y lo que llaman resistencia de los materiales. Cosas que
nunca yo llegaré a comprender. Pero nos adoramos... siempre nos hemos querido
mucho. Por eso quiero también a la pequeña Alice. Sí; están prometidos. Se
conocieron en un avión, o un barco... o tal vez en el tren, pero se enamoraron
mientras hablaban del bienestar de los obreros. Y cuando ella llegó a Londres
vino a verme y la estreché contra mi corazón —la condesa se oprimió con las
manos el ancho seno—. Y entonces le dije: «Tú y Niki os queréis; y por lo tanto
yo también te quiero... pero si lo amas, ¿por qué lo has dejado en América?» Me
habló del «trabajo» que mi hijo estaba llevando a cabo y del libro que ella
escribía. Francamente, no lo acabé de entender; pero yo siempre dije que se
debe ser tolerante —y sin respirar añadió—: ¿Y qué me dice usted, chéri ami,
acerca de todo lo que he hecho aquí?
—Está muy bien
imaginado —dijo Poirot mirando a su alrededor con aire de aprobación—. Es chic.
El salón estaba
lleno y se veía que el local había tenido éxito. Entre el público se
encontraban lánguidas parejas vestidas con traje de etiqueta; bohemios con
pantalones de pana y corpulentos caballeros ataviados con traje de calle. Los
de la orquesta, vestidos de diablo, tocaban música moderna. No había duda. «El
Infierno» tenía un extraordinario éxito.
—Aquí viene toda
clase de gente —observó la condesa—. Debe ser así, ¿verdad? Las puertas del
infierno están abiertas para todos.
—Excepto para los
pobres —sugirió Poirot.
La condesa rió.
—¿No dicen que es
muy difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos? Es natural, entonces,
que tengan prioridad en el infierno.
El profesor y Alice
volvieron a la mesa y la condesa se levantó.
—Tengo que hablar
con Arístides.
Cambió algunas
palabras con el maestresala, un delgado Mefistófeles, y luego fue de mesa en
mesa, hablando con los parroquianos.
El profesor, tras
de enjugarse el sudor que le cubría la frente y tomar un sorbo de vino, dijo:
—Tiene
personalidad, ¿verdad? La gente se da cuenta.
Luego se excusó y
se dirigió a otra mesa donde trabó conversación con su ocupante. Cuando Poirot
quedó solo con la muchacha, se sintió ligeramente turbado al encontrarse con la
fría mirada de sus azules ojos. Era bonita, aunque turbadora.
—Todavía no sé su
apellido —dijo el detective.
—Cunningham.
Doctora Alice Cunningham. Tengo entendido que conoció a Vera en otros tiempos,
¿verdad?
—Hará unos veinte
años.
—La considero como
una interesante materia de estudio —dijo la doctora Alice Cunningham—.
Naturalmente, me interesa como madre del hombre con quien voy a casarme; mas al
propio tiempo me atrae desde un punto de vista profesional.
—¿De veras?
—Sí. Estoy
escribiendo un libro sobre psicología criminal. La vida nocturna de este club
me instruye mucho. Hay varios delincuentes que vienen aquí todos los días.
Algunos me han contado sus vidas. Desde luego, usted ya conoce las tendencias
de Vera... su afición al robo, quiero decir.
—Sí, sí... ya la
conozco —dijo Poirot ligeramente sorprendido.
—Yo le llamo el
complejo de Magpie. Ya sabe que sólo roba cosas que brillen. Nunca dinero;
siempre joyas. Me ha enterado de que cuando era niña la mimaron y la
consintieron; pero todo ello sin dejarla que tuviera contacto con personas
extrañas. La vida le fue insufriblemente aburrida... aburrida y segura. Su
naturaleza pedía drama; ansiaba que la castigaran. Eso es lo que hay en el
fondo de su afición al robo. Necesitaba la «importancia», la «notoriedad» de
ser castigada.
—Su vida no debió
ser segura ni aburrida, como miembro del ancien régime, en Rusia, durante la
Revolución —objetó Poirot.
Una expresión
ligeramente divertida asomó a los pálidos ojos azules de ella.
—¡Ah! —exclamó—.
¿Miembro del ancien régime? ¿Se lo ha contado ella?
—No se puede negar
que es una aristócrata —replicó Poirot, fiel a su amiga, aunque tuvo que
apartar ciertos molestos recuerdos relativos a varios relatos muy vívidos que
de su pasada existencia le había hecho la propia condesa.
—Cada uno cree lo
que quiere creer —observó la señorita Cunningham, mirándole con ojos de
profesional.
Poirot se sintió
alarmado. Aquella chiquilla era capaz de decirle cuál era su complejo. Decidió
llevar la guerra al campo enemigo. Le gustaba la compañía de la condesa
Rossakoff, más que nada por su aristocrática provenance y no estaba dispuesto a
que le estropeara su gusto aquella chica con gafas, de ojos insípidos, graduada
en psicología.
—¿Sabe usted qué es
lo que encuentro desconcertante? —preguntó.
Alice Cunningham no
admitió con palabras que lo desconocía. Se limitó a mirarle con aspecto
aburrido e indulgente. Poirot prosiguió:
—Me asombra que
usted, que es joven y parecería bonita si se preocupara de ello... bueno; me
sorprende que no haya sentido esa preocupación. Lleva usted esa chaqueta y esa
sólida falda, con grandes bolsillos como si fuera a jugar al golf. Pero esto no
es un campo de golf, sino un sótano con temperatura de setenta y un grados
Fahrenheit. Le reluce la nariz, pero usted no se la empolva; y se ha pintado la
boca sin poner ninguna atención, sin resaltar la curva de los labios. Es usted
una mujer, pero no presta ninguna atención al hecho de serlo. Y yo le pregunto:
¿por qué? ¡Es una lástima!
Por un momento tuvo
la satisfacción de vez que Alice Cunningham se volvía más humana. Hasta un
relámpago de ira pasó por sus ojos. Luego recobró su actitud de menosprecio.
—Mi apreciado
monsieur Poirot —dijo la joven—, me temo que no está usted al corriente de la
ideología moderna. Lo que importa es lo fundamental... no los adornos.
Levantó la vista en
el instante en que un joven, apuesto y elegante, se acercaba a ellos.
—Este sí que es un
tipo interesante —murmuró ella con deleite—. ¡Paul Varesco! Vive a costa de las
mujeres y tiene unas extrañas y depravadas tendencias. Necesito que me cuente
algo más acerca de una niñera que cuidaba de él cuando tenía tres años.
Poco después estaba
bailando con el joven, que seguía el ritmo maravillosamente. En una de las
ocasiones en que pasaron junto a él, Poirot oyó que ella decía:
—¿Y después de
pasar el verano en Bognor ella le regaló una grúa de juguete? Una grúa... sí;
eso es muy interesante.
Durante un instante
Poirot se permitió jugar con la idea de que el interés que mostraba la señorita
Cunningham por aquellos tipos criminales podía ser la causa de que cualquiera
día encontraran el cuerpo mutilado de la joven en algún bosque solitario. No le
gustaba Alice Cunningham, pero era lo bastante sincero para reconocer que la
razón de ello estribaba en el hecho de que la joven no se había impresionado en
absoluto ante Hércules Poirot. ¡Su vanidad quedó malparada!
Luego vio algo que
alejó momentáneamente a Alice Cunningham de sus pensamientos. En una de las
mesitas situada al otro lado de la pista estaba sentado un joven de cabellos
rubios. Llevaba traje de etiqueta y su apariencia era la de quien pasa una vida
fácil y agradable. Frente a él se sentaba una chica cuyo aspecto coincidía con
el de su acompañante. El muchacho la miraba con aire abstraído. Cualquiera
diría a la vista de aquella pareja: «¡Un rico ocioso!» Pero Hércules Poirot
sabía que aquel joven no era rico ni estaba ocioso. Era, en realidad, el
detective inspector Charles Stevens, y a Poirot le pareció probable que su
presencia en el local tuviera algo que ver con sus ocupaciones profesionales.
3
A la mañana
siguiente Poirot fue a Scotland Yard para hacer una visita a su viejo amigo el
inspector Japp.
La forma con que
Japp recibió sus preguntas fue algo sorprendente.
—¡Viejo zorro!
—dijo el policía afectuosamente—. ¡No sé cómo se las arregla para enterarse de
estas cosas!
—Pues le aseguro
que no sé nada... nada en absoluto. Sólo es fútil curiosidad.
Japp pensó para su
capote que aquello podía contárselo a su abuela.
—¿Quiere usted
saber todo lo que se relaciona con ese club llamado «El Infierno»? Pues bien,
aparentemente es uno más de los que hay por ahí. Ha tenido éxito y debe ganar
mucho dinero, aunque los gastos deben ascender a una respetable cantidad. La
propietaria es una rusa que se hace llamar condesa.
—Conozco a la
condesa Rossakoff —replicó Poirot con frialdad—. Somos viejos amigos.
—Pero sólo hace de
pantalla —prosiguió Japp—. No fue ella quien puso el capital. Tal vez fue el
jefe de los camareros, un tal Arístides Papopoulos. Tiene parte en el negocio,
pero no creemos tampoco que sea él quien esté detrás de todo ello. En realidad,
no sabemos de quién se trata.
—¿Y para saberlo va
allí todas las noches el inspector Stevens?
—¡Oh! Vio usted a
Stevens, ¿verdad? Bonito zángano está hecho; divirtiéndose a costa de los
pobres contribuyentes. Se ha encontrado una mina.
—¿Y qué piensa
hallar allí?
—Estupefacientes.
Distribuidores de drogas en gran escala. Lo bueno del caso es que los
compradores no las pagan con dinero, sino con piedras preciosas.
—¡Aja!
—La cosa ocurre
así, poco más o menos. Lady Tal, o la condesa Cual, tiene dificultad en
conseguir dinero efectivo; o en todo caso, no quiere extraer crecidas sumas del
Banco. Pero tiene joyas, que algunas veces son herencia de familia. Las lleva a
un sitio para «limpiarlas» o «ajustarlas», y lo que hacen es quitar las joyas
de sus engarces y reemplazarlas por piedras de imitación. Las gemas sueltas se
venden luego aquí o en el Continente. La cosa no puede ser más sencilla; no se
habla de robo, ni se organiza ningún escándalo. ¿Y qué pasa si tarde o temprano
se descubre que una diadema o un collar son de piedras falsas? La pobre lady
Tal está consternadísima y jura que el collar nunca se apartó de ella y que no
tiene ni idea de cómo ni cuándo se efectuó la sustitución. Y allá va la pobre y
sudorosa policía buscando doncellas despedidas, mayordomos recelosos y
sospechosos limpiaventanas.
»Pero no somos tan
simples como se figuran esas damas de la alta sociedad —prosiguió Japp—. Han
ocurrido varios casos, uno tras otro, y en todos ellos hemos encontrado un
denominador común: todas las mujeres afectadas mostraban los efectos de las
drogas... Nerviosismo, irritabilidad, contracciones de los músculos, dilatación
de las pupilas, etcétera, etcétera. Pero queda en pie la pregunta: ¿De dónde
sacan la droga y quién es la persona que se la proporciona?
—Y según cree
usted, la respuesta está en «El Infierno».
—Suponemos que es
el cuartel general de la banda. Ya hemos descubierto dónde se hace el cambio de
las joyas. Es un taller propiedad de «Golconda, S. L.». Superficialmente es
bastante respetable, pues se dedican a la fabricación de bisutería fina. Hay un
tipo asqueroso llamado Paul Varesco... ¡Ah! Ya veo que lo conoce.
—Lo vi... en «El
Infierno».
—Ahí es donde me
gustaría verlo... pero de verdad. Es de lo peor que hay; pero las mujeres, aun
las decentes, se vuelven locas por él. Tiene cierta relación con la «Golconda»
y estoy por decir que es él quien se esconde tras «El Infierno». Es un sitio ideal
para su propósito, pues allí va gente de todas clases: mujeres elegantes,
jugadores profesionales. Un lugar apropiadísimo.
—¿Cree usted que el
cambio de las joyas por los estupefacientes se hace allí?
—Sí. Ya conocemos
la parte que se relaciona con el escamoteo de las joyas; y ahora necesitamos
saber lo que se refiere a las drogas. Es preciso averiguar quién es el que
proporciona el material y de dónde proviene éste.
—¿No tiene idea de
ello por ahora?
—Yo diría que es la
condesa rusa, pero no tenemos pruebas. Hace unas pocas semanas creímos que por
fin habíamos conseguido algo. Varesco fue al taller de la «Golconda», recogió
algunas piedras y después se dirigió hacia «El Infierno», llevándoselas consigo.
Stevens lo estaba vigilando, pero no pudo ver cómo entregaba la droga. Cuando
Varesco salió del local lo detuvimos... y no llevaba encima las piedras.
Registramos el club y arrestamos a todos los que estaban dentro. Resultado: Ni
drogas ni joyas.
—Un «fiasco» en
realidad.
Japp dio un
respingo.
—¡Y que lo diga!
¡Aquel registro casi nos hace enseñar la oreja! Mas por fortuna, en la redada
cogimos a Paverel, el asesino de Battersea. Pura suerte, pues se le suponía en
Escocia. Uno de nuestros sargentos lo reconoció. En fin, bien está lo que acaba
bien; felicitaciones para nosotros y una estupenda propaganda para el club.
Ahora está más concurrido que nunca.
—Pero las
investigaciones sobre las drogas no han prosperado un ápice —comentó Poirot—.
Tal vez hay un escondrijo por los alrededores.
—Puede ser, pero no
lo hemos podido encontrar. No dejamos rincón sin registrar. Y
confidencialmente, le diré que hasta hubo un registro extraoficial —Guiñó un
ojo—. Esto es de la más estricta reserva. Cuestión de forzar una cerradura y
entrar. Pero no hubo éxito. Nuestro «investigador» extraoficial casi resulta
despedazado por aquel perrazo. Al parecer, duerme allí.
—¡Aja! ¿Cerbero?
—Sí. Vaya un nombre
para un perro...
—Cerbero —murmuró
Poirot pensativamente.
—¿Y qué le parece
si nos echara una mano, Poirot? —sugirió—. Es un bonito problema y vale la pena
probarlo. Aborrezco el tráfico de estupefacientes. Arruina a la gente en cuerpo
y alma. Y eso sí que es «El Infierno» propiamente dicho.
—Esto lo
complementaría todo... sí —habló Poirot como consigo mismo—. ¿Sabe cuál fue el
duodécimo trabajo de Hércules?
—No tengo ni idea.
—La captura de
Cerbero. Resulta apropiado, ¿no le parece?
—No sé de qué me
está hablando, amigo mío; pero recuerde lo de «Cuidado con el perro, que
muerde.»
Y Japp se echó
hacia atrás soltando una carcajada.
4
—Necesito hablar
con usted, pero con la máxima formalidad —dijo Poirot.
Era todavía
temprano y, a pesar de ello, el club se hallaba casi lleno. La condesa y Poirot
ocupaban una mesa cercana a la puerta.
—No conozco lo que
es la formalidad —protestó ella—. La petite Alice; ésa sí que es siempre
formal, pero, entre nous, la encuentro muy aburrida. ¿Qué diversión va a
encontrar mi pobre Niki? Ninguna.
—Sepa que le tengo
a usted mucho afecto —continuó Poirot inmutable—. Y no quisiera verla en ningún
apuro.
—¡Pero qué cosas
más absurdas dice! Puede considerarse que ahora estoy encaramada en la cima y
el dinero me viene a las manos.
—¿Es suyo este
negocio?
Los ojos de la
condesa se volvieron un poco evasivos.
—Claro —replicó.
—Pero tiene usted
un socio.
—¿Quién le ha dicho
eso? —preguntó la condesa de pronto.
—¿Es Paul Varesco
ese socio?
—¡Oh! ¡Paul
Varesco! ¡Qué idea!
—Tiene pésimos
antecedentes. ¿Se da usted cuenta de que este sitio es frecuentado por
maleantes?
La condesa se echó
a reír.
—Ya habló el bon
bourgeois. ¡Claro que me he dado cuenta! ¿No ve usted que eso constituye la
mayor atracción de este club? Esos jóvenes de Mayfair están cansados de ver
siempre a los de su misma clase en el West End. Y vienen aquí para ver
delincuentes: ladrones, chantajistas, confidentes... y tal vez a un asesino; al
hombre que aparecerá en los periódicos del domingo la próxima semana. Les
resulta emocionante, creen que están viendo la vida en toda su crudeza. Y lo
mismo hace el próspero comerciante que se ha pasado la semana vendiendo ropa
interior de señora. ¡Qué diferente es esto de su respetable vida y de sus
respetables amigos! Y además, otra emoción más: En una mesa, acariciándose el
bigote, hay un inspector de Scotland Yard; un inspector vestido de frac.
—¿De modo que lo
sabe usted? —preguntó Poirot suavemente.
—Querido amigo, no
soy tan tonta como cree.
—¿Trafican en
drogas?
—¡Ah, eso no! —la
condesa replicó vivamente—. Eso sería abominable.
Poirot la miró
durante unos momentos y luego suspiró.
—Le creo —dijo—.
Pero en ese caso, es aún más necesario que me diga quién es el propietario de
esto.
—Yo misma —contestó
secamente.
—Sobre el papel sí.
Pero hay alguien detrás de usted.
—¿Sabe usted, amigo
mío, que lo encuentro demasiado curioso? ¿No te parece que es demasiado
curioso, Dou dou?
Su voz descendió
hasta convertirse en un murmullo cuando dijo estas últimas palabras. Luego
cogió un hueso que tenía en el plato y se lo tiró al perrazo negro. Se oyó el
feroz chasquido de las quijadas al cerrarse.
—¿Cómo ha llamado a
ese perro? —preguntó Poirot, distraído de sus pensamientos por aquella acción.
—Es mi segundo Dou
dou.
—Pero ese nombre es
ridículo.
—¡Ah! Mi perrito es
adorable. ¡Es un perro policía! Y sabe hacerlo todo... todo. ¡Espere!
Se levantó, miró a
su alrededor, y súbitamente cogió un plato en el que acababa de ser servido un
suculento filete a un comensal que se sentaba en una de las mesas contiguas.
Fue hacia el nicho de mármol y puso el plato ante el perro, al propio tiempo que
le decía unas cuantas palabras en ruso.
Cerbero siguió
mirando al frente, inmóvil, como si el filete no existiera.
—¿Ve usted? ¡Y no
es cuestión de unos minutos! Así estaría durante horas si fuera necesario.
Luego murmuró una
palabra y Cerbero inclinó su largo cuello con la velocidad del rayo. El filete
desapareció como por arte de magia.
Vera Rossakoff
rodeó con sus brazos el cuello del can.
—¡Mire qué dócil
es! —exclamó—. Tanto yo, como Alice, como sus amigos, podemos hacer lo que
queramos con él. Pero basta decirle una palabra y no hace falta más. Le aseguro
que haría pedazos... a un inspector de policía, por ejemplo. ¡Sí: mil pedazos!
Se echó a reír.
—Me gustaría decir
esa palabra...
Poirot la
interrumpió apresuradamente. No se fiaba del sentido del humor de la condesa.
El inspector Stevens podía encontrarse en verdadero peligro.
—El profesor
Liskeard desea hablar con usted —dijo.
El aludido estaba
de pie al lado de ella.
—Ha cogido usted mi
filete —dijo—. ¿Por qué lo ha hecho? Era un buen filete.
5
—El jueves por la
noche, amigo mío —anunció Japp—. Entonces será cuando salte todo el asunto por
los aires. De ello se encargará Andrews, desde luego, ya que es cosa de la
Brigada de Estupefacientes. Pero el chico estará encantado de contarle entre
los suyos. No, gracias; no quiero ninguno de sus caprichosos sirops. Debo
cuidar de mi estómago. ¿Es whisky aquello que veo allí? Eso está mejor.
Una vez dejó el
vaso, continuó:
—Creo que hemos
resuelto el problema. Hay otra salida del club y la hemos descubierto.
—¿Dónde está?
—Detrás de la
parrilla. Parte de ésta gira sobre sí misma.
—Pero si es así
tuvieron que verlo cuando...
—No, amiguito.
Cuando empezó la batida se apagaron las luces; las desconectaron desde el
interruptor general. Nadie salió por la puerta principal porque estábamos
vigilándola, pero ahora parece claro que alguien se escurrió por la salida
secreta, llevándose el cuerpo del delito. Hemos estado registrando la casa que
hay detrás del club y así es como nos enteramos del truco.
—¿Qué se proponen
hacer?
Japp parpadeó.
—Dejar que todo
ocurra como de costumbre. Aparece la policía; se apagan las luces... y alguien
estará al otro lado de la puerta secreta esperando a ver los que salen por
allí. ¡Esta vez los cogeremos!
—¿Y por qué el jueves precisamente?
El policía guiñó un
ojo.
—Tenemos ahora bien
vigilada a la «Golconda» y nos hemos enterado de que el jueves saldrá de allí
una expedición de material. Las esmeraldas de lady Carrington.
—¿Me permitirá que
yo también haga por mi parte unos cuantos preparativos? —preguntó Poirot.
6
Sentado en su mesa
habitual, cerca de la entrada, se encontraba Poirot el jueves por la noche,
estudiando el ambiente que le rodeaba. Como de costumbre, «El Infierno» estaba
rebosante de público.
La condesa se había
arreglado mucho más extravagantemente que de ordinario. Aquella noche parecía
más rusa que en otras ocasiones; batía palmas y reía estrepitosamente. Había
llegado Paul Varesco. Algunas veces iba vestido de rigurosa etiqueta, pero otras,
como aquel jueves, aparecía con una especie de atavío «apache»; americana
ajustada y pañuelo de seda al cuello. Tenía un aspecto depravado, pero
atractivo. El joven se libró de una mujer corpulenta de mediana edad,
recubierta de diamantes, y se acercó a la mesa donde Alice Cunningham escribía
afanosamente en una libreta. Le solicitó un baile. La dama de los diamantes
miró furiosa a la muchacha y luego contempló con ojos tiernos a Varesco.
Sin embargo, los
ojos de Alice no reflejaban dulzura alguna. Relumbraban con mero interés
científico y Poirot pudo oír varios fragmentos de la conversación que sostenía
la pareja cuando pasaban junto a él bailando. La joven había completado sus
averiguaciones sobre la niñera y ahora se ocupaba de informarse sobre la
maestra que tuvo Varesco en la escuela de primaria.
Cuando acabó el
baile, Alice tomó asiento junto a Poirot. Parecía feliz y excitada.
—Es interesantísimo
—dijo—. Varesco será uno de los casos más importantes de mi libro; el
simbolismo es inconfundible. Su repugnancia hacia los chalecos —y al decir
chalecos entiéndase «camisas peludas», con todas sus asociaciones—, permite
comprender claramente su carácter. Puede decirse que es un tipo criminal, sin
lugar a dudas, pero se le podría curar con un tratamiento adecuado...
—El reformar a un
bribón ha sido siempre una de las ilusiones favoritas de las mujeres —comentó
Poirot.
Alice Cunningham lo
miró fríamente.
—En esto no hay
nada personal, señor Poirot.
—Nunca lo hay —dijo
el detective—. Siempre se trata del más puro y desinteresado altruismo; pero su
objeto suele ser, por lo general, un atractivo miembro del sexo opuesto. ¿Se
interesa usted, acaso, por saber a qué colegio fui yo, o cómo me trataba la maestra?
—Usted no es un
tipo delincuente —replicó la señorita Cunningham.
—¿Los conoce usted
a primera vista?
—Claro que sí.
El profesor
Liskeard se acercó y tomó asiento al otro lado de Poirot.
—¿Están hablando de
delincuentes? Debería usted estudiar el código penal de Yamurabi, escrito el
año mil ochocientos antes de Jesucristo, señor Poirot. Es muy interesante. «El
hombre que sea sorprendido robando durante un incendio, será arrojado al fuego.»
Su mirada se
dirigió hacia la parrilla eléctrica.
—Y las leyes,
todavía más viejas, de los sumerios: «Si la esposa aborreciera al marido y le
dijera: "Tú no eres mi marido", la echaría al río.» Más barato y
fácil que un divorcio. Pero si el marido dijera eso a la mujer, sólo tendría la
obligación de pagarle cierta cantidad de plata. Nadie lo echaría al río.
—Siempre la misma
historia —comentó Alice Cunningham—. Una ley para el hombre y otra para la
mujer.
—Las mujeres, desde
luego, aprecian mucho mejor el valor del dinero —dijo pensativamente el
profesor—. Sepa usted que me gusta este sitio —añadió—. Vengo casi todas las
noches y no tengo que pagar nada. La condesa, que es muy amable, lo dispuso
así, considerando la ayuda que, según dice, le presté aconsejándola acerca de
la decoración del local. No tengo nada que ver con esas horribles pinturas,
pues cuando me consultó no tenía yo idea de lo que se proponía. Así es que
entre ella y el pintor lo han hecho todo al revés. Espero que nadie sepa nunca
que existe ni la más mínima conexión entre yo y esos esperpentos. No podría
refutar una calumnia así. Pero ella es una mujer maravillosa; siempre la
comparo a una babilonia. Las babilonias eran unas mujeres que entendían mucho
de negocios...
Las palabras del
profesor quedaron ahogadas por un griterío general. Se oyó la palabra
«policía»; las mujeres se levantaron de sus asientos y se armó un verdadero
pandemónium. A continuación se apagaron las luces y lo mismo ocurrió con la
parrilla eléctrica.
Como un contrapunto
a la barahúnda, la voz del profesor siguió recitando tranquilamente varios
puntos de las leyes de Yamurabi.
Cuando volvieron a
encenderse las luces, Hércules Poirot estaba a la mitad de la escalera que
conducía al exterior. Los policías que custodiaban la salida le saludaron. El
detective salió a la calle y se dirigió a la esquina.
A la vuelta de
ella, pegado a la pared, esperaba un hombrecillo de nariz colorada; a su
alrededor se notaba un olor penetrante.
Con un murmullo
ronco y apremiante, dijo:
—Aquí estoy, jefe.
¿Es ya hora de que haga lo mío?
—Sí. Vamos.
—¡Pero eso está
plagado de polizontes!
—No se preocupe. Ya
los avisé.
—Espero que no se
meterán conmigo.
—No lo harán. ¿Está
usted seguro de poder llevar a cabo lo que le dije? El animal en cuestión es
grande y feroz.
—Conmigo no lo será
—respondió el hombrecillo confiadamente—. Aquí traigo una cosa que lo amansará.
¡Cualquier perro me seguiría hasta el infierno por conseguirla!
—En este caso, lo
sacará usted fuera de él —replicó Hércules Poirot.
7
El timbre del
teléfono sonó a primeras horas de la mañana. Poirot cogió el auricular.
Se oyó la voz de
Japp.
—¿Quería hablar
conmigo? —preguntó el policía.
—Sí; eso es. ¿Qué
me cuenta?
—No encontramos las
drogas, pero conseguimos las esmeraldas.
—¿Dónde?
—En el bolsillo del
profesor Liskeard.
—¿También se
sorprende usted? Con franqueza, no sé qué pensar. Pareció tan asombrado como un
niño de pecho. Las miró y dijo que no tenía ni la más remota idea de cómo
habían llegado a su bolsillo, ¡maldita sea!, creo que decía la verdad. Varesco
pudo ponérselas fácilmente mientras estuvo la luz apagada. No puedo imaginarme
a un hombre como Liskeard mezclado en una cosa así. Pertenece a la alta
sociedad y hasta se relaciona con el Museo Británico. En lo único que gasta el
dinero es en libros, y así y todo, los compra de segunda mano. No; no encaja en
ello. Empiezo a creer que estábamos equivocados; que nunca ha habido drogas en
ese club.
—Pues sí que las
hubo, amigo mío. Anoche estaban allí. Y dígame, ¿no salió nadie por la puerta
secreta?
—Sí. El príncipe
Henry de Scandenberg y su caballerizo mayor. Llegó ayer mismo a Londres. Y el
ministro Vitemian Evans. Es un oficio bastante peliagudo ser ministro
laborista, pues debe andar uno con mucho cuidado. A nadie le preocupa que un
político conservador se gaste los cuartos en francachelas, porque todos se
figuran que gasta de su dinero. Pero cuando se trata de un laborista, la gente
piensa en seguida que está derrochando los fondos del partido. Y a decir
verdad, así suele ocurrir. Bueno, lady Beatrice Viner fue la última; se casa
pasado mañana con el presumido duque de Leominster. No creo que ninguno de
ellos tenga nada que ver con lo que nos ocupa.
—Y está usted en lo
cierto. De todas formas, las drogas estaban en el club y alguien las sacó de
allí.
—¿Quién fue?
—Yo, amigo mío
—respondió Poirot suavemente.
Colgó el auricular,
cortando los farfulleos de Japp, al oír que sonaba el timbre de la puerta. El
detective la abrió personalmente y dejó que entrara la condesa Rossakoff.
—Si no fuera por lo
viejos que somos, esto iba a ser muy comprometedor —exclamó ella—. Ya ve que he
venido, tal como me pedía en su nota. Creo que me ha seguido un policía, pero,
por mí, que se espere en la calle; bien, amigo mío, ¿qué ocurre?
Poirot,
galantemente, le ayudó a quitarse las pieles.
—¿Por qué puso las
esmeraldas en el bolsillo del profesor Liskeard? —preguntó el detective—. Ce
n'est pas gentile, ce que vous avez fait la!
La condesa abrió
los ojos de par en par.
—Pues lo que me
propuse fue ponerlas en el bolsillo de usted.
—¿En mi bolsillo?
—Claro que sí. Fui
precipitadamente hacia la mesa donde solía usted sentarse; pero supongo que al
estar las luces apagadas, por inadvertencia puse las esmeraldas en el bolsillo
del profesor.
—¿Y por qué quería
hacerme cargar con unas esmeraldas robadas?
—Me pareció... Tuve
que decidirme con rapidez, ¿comprende? Y aquello era lo mejor que podía hacer.
—Realmente, Vera,
es usted impayable.
—¡Pero, mi querido
amigo, considere...! Llegó la policía y se apagaron las luces, esto último es
un arreglo que hemos hecho para los clientes que no desean ser molestados, y
una mano cogió el bolso que tenía sobre la mesa. Lo recuperé de un manotazo y
sentí a través del terciopelo una cosa dura en su interior. Introduje la mano,
y por el tacto supe que eran piedras preciosas. En el acto comprendí quién las
había puesto allí.
—¿De veras? ¿Lo
sabe usted?
—Claro que lo sé.
¡Es ese salaud! Es ese basilisco, ese monstruo, ese hipócrita, ese traidor, ese
reptil de Paul Varesco.
—¿Su socio?
—Sí, sí. Es el
dueño; él fue quien puso el dinero. Hasta ahora nunca le traicioné, siempre le
he sido fiel. Pero ya que me ha vendido, que ha querido entregarme a la
policía... ¡Ah!; ahora he de decir a todos que ha sido él... sí ¡que ha sido
él!
—Cálmese —dijo
Poirot—. Entre conmigo en esta habitación.
Abrió la puerta. La
habitación era pequeña y de momento daba la sensación de que estaba toda llena
de «perro». Cerbero parecía desproporcionado en el espacioso sitio que ocupaba
en «El Infierno»; pero en el pequeño comedor del piso de Poirot, causaba la impresión
de que no había otra cosa más que él. A su lado, sin embargo, estaba el
odorífero hombrecillo de la noche anterior.
—Hemos venido de
acuerdo con lo acordado, jefe —dijo el acompañante del perro, con voz ronca.
—Dou dou! —exclamó
la condesa—. Mi pobrecito Dou dou...
Cerbero golpeó el
suelo con la cola. Pero no se movió.
—Permítame que le
presente al señor William Higgs —gritó Poirot para hacerse oír sobre el
estruendo que hacía el perro con la cola—. Es un maestro en su profesión.
Durante el batiburrillo que se armó anoche, el señor Higgs indujo a Cerbero que
saliera de «El Infierno» y le siguiera.
—¿Que usted le
indujo? —la condesa miró incrédulamente al hombrecillo—. ¿Pero cómo? ¿Cómo?
El señor Higgs bajó
los ojos avergonzado.
—No sé cómo decirlo
ante una dama. Pero hay cosas que los perros no pueden resistir. Un perro me
seguirá a cualquier lado si yo quiero. Desde luego, ya comprenderá usted que no
podría hacer lo mismo si se tratara de una perra... No; eso es diferente.
La condesa
Rossakoff se volvió hacia Poirot.
—¿Por qué? ¿Por qué
lo hizo? —preguntó.
—Un perro enseñado
a propósito, puede llevar una cosa en la boca hasta que se ordene que la
suelte. Durante horas enteras si es preciso. ¿Quiere usted ordenarle que suelte
lo que lleva ahora?
Vera Rossakoff lo
miró con fijeza; se volvió hacia el perro y pronunció dos palabras.
Las quijadas de
Cerbero se abrieron y su lengua pareció que caía al suelo.
Poirot se adelantó
y recogió una cajita envuelta en una goma esponjosa de color rosa. La destapó y
en su interior apareció un paquete de polvo blanco.
—¿Qué es eso?
—preguntó vivamente la condesa.
Poirot replicó
tranquilamente:
—Droga. Parece que
hay poca cantidad; pero basta para valer miles de libras para aquellos que
estén dispuestos a pagarlas... Basta para llevar la ruina y la miseria a
cientos de personas...
La mujer contuvo el
aliento y después gritó:
—Y usted cree que
yo... ¡pues no es verdad! ¡Le juro que no es verdad! En tiempos pasados me
divertían las joyas, los bibelots, y los objetos raros; son cosas que ayudan a
vivir, ya sabe. ¿Y por qué no? ¿Por qué una persona ha de poseer más cosas que
otra?
—Eso es lo que
opino de los perros —intervino el señor Higgs.
—No tiene usted el
sentido de lo bueno y de lo malo —comentó tristemente Poirot dirigiéndose a la
condesa.
Ella prosiguió:
—¡Pero drogas...
eso no! ¡Porque causan miseria, dolor y degeneración! No tenía idea... ni la
más mínima idea, de que mi encantador, inocente y delicioso «Infierno» estaba
siendo utilizado para tal propósito.
—Convengo con usted
en lo de las drogas —dijo el señor Higgs—. Envenenar a los perros es asqueroso,
¡eso es! Yo nunca tuve nada que ver con tales cosas.
—Pero dígame que me
cree, amigo mío —imploró la condesa.
—¡Claro que la
creo! ¿Acaso no me he tomado molestias y he dedicado mi tiempo a desenmascarar
al organizador de ese tráfico de drogas? ¿Acaso no he llevado a cabo el
duodécimo trabajo de Hércules y he sacado a Cerbero del infierno para probar mi
caso? Y oiga bien esto; no me gusta ver cómo inculpan alevosamente a mis
amigos. Sí; porque era usted la que estaba destinada a servir de cabeza de
turco, si las cosas salían mal. Las esmeraldas debían ser encontradas en su
bolso y si alguien hubiera sido tan listo, como yo, que sospechara que la boca
del perro era, en realidad, el escondrijo de las drogas, el perro en todo caso
era de usted, ¿no es verdad? Y ese perro obedecía incluso a la petite Alice.
¡Sí; ya es hora de que abra usted los ojos! Desde un principio no me gustó esa
joven, ni su jerga científica ni la falda y chaqueta que llevaba, con unos
bolsillos tan grandes. Eso es; bolsillos. No es natural que una mujer descuide
hasta tal punto su aspecto. Y me dijo que lo fundamental era lo que importaba.
¡Aja! Los bolsillos eran fundamentales. En ellos podía traer la droga y
llevarse las joyas. Un cambio que hacía mientras bailaba con su cómplice, al
que pretendía considerar como un caso psicológico. ¡Buena pantalla! Nadie podía
sospechar de la formal y científica psicóloga, con título académico y gafas de
concha. Ella introducía la droga de contrabando e inducía a sus pacientes ricos
a que se acostumbraran a tomarla. Puso el dinero para montar un club nocturno y
dispuso las cosas de forma que figurara como propietario alguien con...
digámoslo así... con un pasado turbio. Pero despreció a Hércules Poirot y pensó
que podía engañarlo con su charla acerca de niñeras y de chalecos. Eh bien, yo
ya estaba dispuesto a seguirla. Cuando se apagaron las luces me levanté rápidamente
y fui a situarme junto a Cerbero. En la oscuridad oí cómo se acercaba ella. Le
abrió la boca al perro y le introdujo dentro el paquete. Pero yo...
delicadamente y sin que ella se diera cuenta, le corté con unas tijeras un
trozo de la manga de su chaqueta.
Con aire dramático
sacó del bolsillo un trocito de tela.
—Vea... es la misma
tela a cuadros. La voy a entregar a Japp para que compruebe que pertenece a su
chaqueta. Para que la detenga... y diga cuan listos han sido otra vez los de
Scotland Yard.
La condesa lo miró
con estupefacción. De pronto lanzó un gemido comparable al de una sirena de
barco.
—Pero mi Niki... mi
pobre Niki. Esto será terrible para él... —hizo una prolongada pausa—. ¿O acaso
cree usted que no...?
—Hay muchas chicas
más en América —replicó Hércules Poirot.
—Y si no hubiera
sido por usted, su madre estaría en la cárcel... en la cárcel... con el pelo
rapado... sentada en una celda y oliendo a desinfectante. Es usted
maravilloso... maravilloso.
Se abalanzó sobre
Poirot y lo abrazó con todo el fervor de que es capaz la raza eslava. El señor
Higgs los miró con aire comprensivo y Cerbero volvió a golpear la cola contra
el suelo.
En mitad de aquella
escena de júbilo se oyó el sonido de un timbre.
—¡Japp! —exclamó
Poirot, desasiéndose pronto de la condesa.
—Tal vez será mejor
que pase a la otra habitación —dijo ella.
Cuando hubo salido,
Poirot se dirigió a la puerta del vestíbulo.
—Oiga, jefe
—susurró ansiosamente el señor Higgs—. Será preferible que se mire antes en el
espejo, ¿no le parece?
Poirot obedeció e
hizo un movimiento de retroceso ante lo que vio. El lápiz de labios y el
maquillaje adornaban su cara en fantástico revoltijo.
—Si es el señor
Japp, de Scotland Yard, va a pensar lo peor; seguro —comentó el señor Higgs.
Y añadió, mientras
sonaba otra vez el timbre de la puerta y Poirot frotaba febrilmente sus bigotes
para limpiarlos de aquella grasa colorada:
—¿Qué quiere que
haga? ¿Qué me dice de ese podenco?
—Si no recuerdo
mal, Cerbero volvió al infierno.
—Como guste —dijo
el señor Higgs—. A decir verdad, le he tomado un poco de aprecio... aunque no
es de la clase que me apaña; demasiado vistoso. E imagínese lo que me costaría
entre huesos y carne de caballo. Debe comer más que un león joven.
—Del león de Nemea
a la captura de Cerbero —murmuró—. Todo completo.
8
Siete días después,
la señorita Lemon le presentó una factura a su jefe.
—Perdone, señor
Poirot. ¿Debo pagar esto? «Leonora. Florista. Rosas encarnadas. Once libras,
ocho chelines y seis peniques, enviadas a la condesa Rossakoff. "El
Infierno", 13 End Street, W. C. 1.»
Las mejillas de
Poirot se pusieron como las rosas que acababa de mencionar su secretaria.
Enrojeció hasta el blanco de los ojos.
—Es conforme,
señorita Lemon. Un pequeño... obsequio... para un acontecimiento. El hijo de la
condesa ha contraído relaciones formales en América; con la hija de su jefe; un
magnate del acero. Las rosas encarnadas son, si mal no recuerdo, sus flores
favoritas.
—No está mal —opinó
la señorita Lemon—. En esta época del año resultan algo caras.
Hércules Poirot se
irguió.
—Hay momentos en
que uno no debe reparar en gastos.
Salió de la
habitación canturreando una cancioncilla. Su paso era ligero y casi juvenil. La
señorita Lemon miró cómo se alejaba. Olvidó su nuevo sistema de archivo. Todos
sus instintos femeninos se despertaron en ella.
—¡Válgame Dios!
—murmuró—. Quisiera saber... Pero en realidad, ¡a sus años...! Seguramente
no...
FIN

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