© Libro N° 13849. Posdata Sobre
Las Sociedades De Control. Deleuze,
Gilles. Emancipación. Mayo 17 de 2025
Título Original: © Gilles Deleuze. Posdata Sobre Las
Sociedades De Control
Traducción: Martín Caparrós
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Original: © Posdata Sobre Las Sociedades De Control. Gilles Deleuze
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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POSDATA SOBRE LAS
SOCIEDADES DE CONTROL
Gilles Deleuze
Posdata Sobre
Las Sociedades De Control
Gilles Deleuze
Gilles Deleuze
Posdata Sobre Las Sociedades De Control
Gilles Deleuze: “Posdata sobre las sociedades de
control”, en Christian Ferrer (Comp.) El lenguaje literario, Tº 2, Ed. Nordan,
Montevideo, 1991.
CUERPO / PODER / DISCIPLINA / MODERNIDAD
Estamos en una crisis generalizada de todos los
lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. Las
sociedades de control están reemplazando a las sociedades disciplinarias.
Ilustración: Steve Cutt
I. Historia
Foucault situó las sociedades disciplinarias en los
siglos XVIII y XIX; estas sociedades alcanzan su apogeo a principios del XX, y
proceden a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo no
deja de pasar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la
familia, después la escuela (“acá ya no estás en tu casa”), después el cuartel
(“acá ya no estás en la escuela”), después la fábrica, de tanto en tanto el
hospital, y eventualmente la prisión, que es el lugar de encierro por
excelencia. Es la prisión la que sirve de modelo analógico: la heroína de
Europa 51 puede exclamar, cuando ve a unos obreros: “me pareció ver a unos
condenados...”. Foucault analizó muy bien el proyecto ideal de los lugares de
encierro, particularmente visible en la fábrica: concentrar, repartir en el
espacio, ordenar en el tiempo, componer en el espacio-tiempo una fuerza
productiva cuyo efecto debe ser superior a la suma de las fuerzas elementales.
Pero lo que Foucault también sabía era la brevedad del modelo: sucedía a las
sociedades de soberanía, cuyo objetivo y funciones eran muy otros (recaudar más
que organizar la producción, decidir la muerte más que administrar la vida); la
transición se hizo progresivamente, y Napoleón parecía operar la gran conversión
de una sociedad a otra. Pero las disciplinas a su vez sufrirían una crisis, en
beneficio de nuevas fuerzas que se irían instalando lentamente, y que se
precipitarían tras la segunda guerra mundial: las sociedades disciplinarias
eran lo que ya no éramos, lo que dejábamos de ser.
Estamos en una crisis generalizada de todos los
lugares de encierro: prisión, hospital, fábrica, escuela, familia. La familia
es un “interior” en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales,
etc. Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente
necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital, el
ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones están
terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se
trata de administrar su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de
las nuevas fuerzas que están golpeando la puerta. Son las sociedades de control
las que están reemplazando a las sociedades disciplinarias.
“Control” es el nombre que Burroughs propone para
designar al nuevo monstruo, y que Foucault reconocía como nuestro futuro
próximo. Paul Virilio no deja de analizar las formas ultrarrápidas de control
al aire libre, que reemplazan a las viejas disciplinas que operan en la
duración de un sistema cerrado. No se trata de invocar las producciones
farmacéuticas extraordinarias, las formaciones nucleares, las manipulaciones
genéticas, aunque estén destinadas a intervenir en el nuevo proceso. No se
trata de preguntar cuál régimen es más duro, o más tolerable, ya que en cada
uno de ellos se enfrentan las liberaciones y las servidumbres. Por ejemplo, en
la crisis del hospital como lugar de encierro, la sectorización, los hospitales
de día, la atención a domicilio pudieron marcar al principio nuevas libertades,
pero participan también de mecanismos de control que rivalizan con los más
duros encierros. No se trata de temer o de esperar, sino de buscar nuevas
armas.
II. Lógica
Los diferentes internados o espacios de encierro
por los cuales pasa el individuo son variables independientes: se supone que
uno empieza desde cero cada vez, y el lenguaje común de todos esos lugares
existe, pero es analógico. Mientras que los diferentes aparatos de control son
variaciones inseparables, que forman un sistema de geometría variable cuyo
lenguaje es numérico (lo cual no necesariamente significa binario). Los
encierros son moldes, módulos distintos, pero los controles son modulaciones,
como un molde autodeformante que cambiaría continuamente, de un momento al
otro, o como un tamiz cuya malla cambiaría de un punto al otro. Esto se ve bien
en la cuestión de los salarios: la fábrica era un cuerpo que llevaba a sus
fuerzas interiores a un punto de equilibrio: lo más alto posible para la
producción, lo más bajo posible para los salarios; pero, en una sociedad de
control, la empresa ha reemplazado a la fábrica, y la empresa es un alma, un
gas. Sin duda la fábrica ya conocía el sistema de primas, pero la empresa se
esfuerza más profundamente por imponer una modulación de cada salario, en
estados de perpetua metastabilidad que pasan por desafíos, concursos y
coloquios extremadamente cómicos. Si los juegos televisados más idiotas tienen
tanto éxito es porque expresan adecuadamente la
situación de empresa. La fábrica constituía a los
individuos en cuerpos, por la doble ventaja del patrón que vigilaba a cada
elemento en la masa, y de los sindicatos que movilizaban una masa de
resistencia; pero la empresa no cesa de introducir una rivalidad inexplicable
como sana emulación, excelente motivación que opone a los individuos entre
ellos y atraviesa a cada uno, dividiéndolo en sí mismo. El principio modular
del “salario al mérito” no ha dejado de tentar a la propia educación nacional:
en efecto, así como la empresa reemplaza a la fábrica, la formación permanente
tiende a reemplazar a la escuela, y la evaluación continua al examen. Lo cual
constituye el medio más seguro para librar la escuela a la empresa.
En las sociedades de disciplina siempre se estaba
empezando de nuevo (de la escuela al cuartel, del cuartel a la fábrica),
mientras que en las sociedades de control nunca se termina nada: la empresa, la
formación, el servicio son los estados metastables y coexistentes de una misma
modulación, como un deformador universal. Kafka, que se instalaba ya en la
bisagra entre ambos tipos de sociedad, describió en El Proceso las formas
jurídicas más temibles: el sobreseimiento aparente de las sociedades disciplinarias
(entre dos encierros), la moratoria ilimitada de las sociedades de control (en
variación continua), son dos modos de vida jurídica muy diferentes, y si
nuestro derecho está dubitativo, en su propia crisis, es porque estamos dejando
uno de ellos para entrar en el otro. Las sociedades disciplinarias tienen dos
polos: la firma, que indica el individuo, y el número de matrícula, que indica
su posición en una masa. Porque las disciplinas nunca vieron incompatibilidad
entre ambos, y porque el poder es al mismo tiempo masificador e
individualizador, es decir que constituye en cuerpo a aquellos sobre los que se
ejerce, y moldea la individualidad de cada miembro del cuerpo (Foucault veía el
origen de esa doble preocupación en el poder pastoral del sacerdote -el rebaño
y cada uno de los animales- pero el poder civil se haría, a su vez, “pastor”
laico, con otros medios). En las sociedades de control, por el contrario, lo
esencial no es ya una firma ni un número, sino una cifra: la cifra es una
contraseña, mientras que las sociedades disciplinarias son reglamentadas por
consignas (tanto desde el punto de vista de la integración como desde el de la
resistencia). El lenguaje numérico del control está hecho de cifras, que marcan
el acceso a la información, o el rechazo. Ya no nos encontramos ante el par
masa-individuo. Los individuos se han convertido en “dividuos”, y las masas, en
muestras, datos, mercados o bancos. Tal vez sea el dinero lo que mejor expresa
la diferencia entre las dos sociedades, puesto que la disciplina siempre se
remitió a monedas moldeadas que encerraban oro como número patrón, mientras que
el control refiere a intercambios flotantes, modulaciones que hacen intervenir
como cifra un porcentaje de diferentes monedas de muestra. El
viejo topo monetario es el animal de los lugares de
encierro, pero la serpiente es el de las sociedades de control. Hemos pasado de
un animal a otro, del topo a la serpiente, en el régimen en el que vivimos,
pero también en nuestra forma de vivir y en nuestras relaciones con los demás.
El hombre de las disciplinas era un productor discontinuo de energía, pero el
hombre del control es más bien ondulatorio, en órbita sobre un haz continuo.
Por todas partes, el surf ha reemplazado a los viejos deportes.
Es fácil hacer corresponder a cada sociedad
distintos tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes sino
porque expresan las formas sociales capaces de crearlas y utilizarlas. Las
viejas sociedades de soberanía manejaban máquinas simples, palancas, poleas,
relojes; pero las sociedades disciplinarias recientes se equipaban con máquinas
energéticas, con el peligro pasivo de la entropía y el peligro activo del
sabotaje; las sociedades de control operan sobre máquinas de tercer tipo,
máquinas informáticas y ordenadores cuyo peligro pasivo es el ruido y el activo
la piratería o la introducción de virus. Es una evolución tecnológica pero, más
profundamente aún, una mutación del capitalismo. Una mutación ya bien conocida,
que puede resumirse así: el capitalismo del siglo XIX es de concentración, para
la producción, y de propiedad. Erige pues la fábrica en lugar de encierro,
siendo el capitalista el dueño de los medios de producción, pero también
eventualmente propietario de otros lugares concebidos por analogía (la casa
familiar del obrero, la escuela). En cuanto al mercado, es conquistado ya por
especialización, ya por colonización, ya por baja de los costos de producción.
Pero, en la situación actual, el capitalismo ya no se basa en la producción, que
relega frecuentemente a la periferia del tercer mundo, incluso bajo las formas
complejas del textil, la metalurgia o el petróleo. Es un capitalismo de
superproducción. Ya no compra materias primas y vende productos terminados:
compra productos terminados o monta piezas. Lo que quiere vender son servicios,
y lo que quiere comprar son acciones. Ya no es un capitalismo para la
producción, sino para el producto, es decir para la venta y para el mercado.
Así, es esencialmente dispersivo, y la fábrica ha cedido su lugar a la empresa.
La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos
distintos que convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino
las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que sólo
tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado los lugares cerrados para
entrar en los circuitos abiertos de la banca. Las conquistas de mercado se
hacen por temas de control y no ya por formación de disciplina, por fijación de
cotizaciones más aún que por baja de costos, por transformación del producto
más que por especialización de producción. El servicio de venta se ha
convertido en el centro o el “alma” de la
empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un
alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es
ahora el instrumento del control social, y forma la raza impúdica de nuestros
amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e
ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y
discontinua. El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado.
Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de
tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado
numerosos para el encierro: el control no sólo tendrá que enfrentarse con la
disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria
y guetos.
III. Programa
No es necesaria la ciencia ficción para concebir un
mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en
un lugar abierto, animal en una reserva, hombre en una empresa (collar
electrónico). Félix Guattari imaginaba una ciudad en la que cada uno podía
salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica
(dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser
aceptada tal día, o entre determinadas horas: lo que importa no es la barrera,
sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera
una modulación universal.
El estudio socio-técnico de los mecanismos de
control, captados en su aurora, debería ser categorial y describir lo que está
instalándose en vez de los espacios de encierro disciplinarios, cuya crisis
todos anuncian. Puede ser que viejos medios, tomados de las sociedades de
soberanía, vuelvan a la escena, pero con las adaptaciones necesarias. Lo que
importa es que estamos al principio de algo. En el régimen de prisiones: la
búsqueda de penas de “sustitución”, al menos para la pequeña delincuencia, y la
utilización de collares electrónicos que imponen al condenado la obligación de
quedarse en su casa a determinadas horas. En el régimen de las escuelas: las
formas de evaluación continua, y la acción de la formación permanente sobre la
escuela, el abandono concomitante de toda investigación en la Universidad, la
introducción de la “empresa” en todos los niveles de escolaridad. En el régimen
de los hospitales: la nueva medicina “sin médico ni enfermo” que diferencia a
los enfermos potenciales y las personas de riesgo, que no muestra, como se
suele decir, un progreso hacia la individualización, sino que sustituye el
cuerpo individual o numérico
por la cifra de una materia “dividual” que debe ser
controlada. En el régimen de la empresa: los nuevos tratamientos del dinero,
los productos y los hombres, que ya no pasan por la vieja forma-fábrica. Son
ejemplos bastante ligeros, pero que permitirían comprender mejor lo que se
entiende por crisis de las instituciones, es decir la instalación progresiva y
dispersa de un nuevo régimen de dominación. Una de las preguntas más
importantes concierne a la ineptitud de los sindicatos: vinculados durante toda
su historia a la lucha contra las disciplinas o en los lugares de encierro
(¿podrán adaptarse o dejarán su lugar a nuevas formas de resistencia contra las
sociedades de control?). ¿Podemos desde ya captar los esbozos de esas formas
futuras, capaces de atacar las maravillas del marketing? Muchos jóvenes
reclaman extrañamente ser “motivados”, piden más cursos, más formación
permanente: a ellos corresponde descubrir para qué se los usa, como sus mayores
descubrieron no sin esfuerzo la finalidad de las disciplinas. Los anillos de
una serpiente son aún más complicados que los agujeros de una topera.

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