© Libro N° 13742. Contradicciones
Imaginarias Y Reales. Iliénkov,
Evald. Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Contradicciones Imaginarias Y
Reales. Evald Iliénkov
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Original: © Contradicciones
Imaginarias Y Reales. Evald Iliénkov
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Guillermo Molina Miranda
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CONTRADICCIONES IMAGINARIAS
Y REALES
Evald Iliénkov
Contradicciones
Imaginarias
Y Reales
Evald Iliénkov
CONTRADICCIONES
IMAGINARIAS Y REALES
Evald Iliénkov
El doctor P.
Medawar observa dos enfermedades en la cultura espiritual contemporánea: el
‘poetismo’ y el ‘cientifismo’ (del término latino ‘scientia’[i]). El
‘poetismo’, según su definición, es un estilo de pensamiento poético-ficticio
que se entretiene en la ‘ornamentación del lenguaje’, o, hablando en plata, en
la charlatanería grandilocuente.
El ‘cientifismo’,
del que el profesor Medawar habla menos, es principalmente una ‘cientificidad’
deshumanizada, una ciencia conscientemente opuesta a todos los valores e
ideales ‘poético-ficticios’ (y, en realidad, a todos los valores e ideales
humanísticos). Se trata de esa misma ‘cientificidad’ con la que un famoso
‘científico’ exclamó alegremente a la hora de la tragedia de Hiroshima: ‘¡Qué
maravilloso experimento científico!’
Cada una de estas
dos enfermedades es una capacidad del sano intelecto humano unilateralmente
hipostasiada y envilecida. Y el doctor Medawar tiene razón al considerar el
‘poetismo’ y el ‘cientifismo’ igualmente como productos muertos de la
desintegración del pensamiento científico y poético ‘normal’.
Pero entonces
aparece inmediatamente ante él la traicionera cuestión sobre este mismo estatus
‘normal’ de la ciencia y el arte. Y a renglón seguido, la no menos traicionera
cuestión sobre las causas por cuyo vigor en algunas partes tiene lugar la
degeneración de la ciencia en ‘cientifismo’ y de la poesía en ‘poetismo’. Y
este aspecto de sus meditaciones no puede sino despertar el más vivo interés… y
algunas objeciones.
El doctor Medawar
expresa de forma totalmente justa su insatisfacción con esa representación del
conocimiento científico que ya desde hace siglos es predicada por el así
llamado ‘inductivismo’, una teoría del conocimiento unilateral y empírica que
se encuentra especial y firmemente enraizada en suelo inglés. Según esta
concepción, la ciencia comienza desde la asimilación de hechos aislados, tras
lo cual el investigador halla en estos hechos algo común, separa lo ‘común
esencial’, lo fija mediante un término (concepto) y finalmente construye a
partir de dichos términos un sistema lógicamente no contradictorio, una teoría,
una ciencia.
El desarrollo de la
ciencia real ha demostrado claramente que esta representación es de principio a
fin un mito ingenuo, que la cosa no es ni de lejos tan simple, y la filosofía
clásica hace tiempo disipó las ilusiones del ‘inductivismo’ tras demostrar el
rol activo que la imaginación juega en la propia ‘contemplación’ de hechos y,
especialmente, en el proceso de su selección y procesamiento. La verdad se
‘toma’ al principio como la imagen de un todo concreto. Dentro de los límites
de esta imagen, la razón analítica divide el todo en partes separadas para
después reunirlas de nuevo en un único concepto, en una teoría. La imagen
poética (arte) es una idea formada mediante la fuerza de la imaginación, y el
concepto
(ciencia) es la misma idea, desplegada por la actividad del pensamiento.
Todos estos
argumentos aparecen ya en Kant y Fichte, y Schelling y especialmente Hegel los
transforman en una concepción completa del desarrollo del conocimiento. Por
supuesto, dicha concepción, con toda su tensa dialéctica, se acerca mucho más a
la verdad que los mitos infantiles del ‘inductivismo’ inglés.
Como vemos,
semejante comprensión no es en absoluto un ‘descubrimiento contemporáneo’ que,
además, ‘no pertenezca a nadie’. Es necesario recalcar esto no solo en virtud
del restablecimiento de la prioridad del autor. Mucho más importante es que el
citado descubrimiento ya en el segundo cuarto del siglo pasado fue sometido a
una transformación crítica muy fundamental, y se introduce en la estructura de
la filosofía científica actual con ajustes muy severos, los cuales el doctor
Medawar por alguna razón no menciona.
Ante todo, estos
ajustes aluden a la comprensión de las ideas como un estímulo creativo inicial.
No es correcto que la ciencia ‘empiece a partir de una idea figurada’. Si para
el propio científico la idea es el punto de partida de su trabajo, entonces, desde
un punto de vista superior (y la filosofía científica obliga a asumir este
punto de vista), es oportuna la pregunta: ‘¿Y de dónde vienen las mismas ideas?
¿Qué son las ideas?’
Simplemente decir
que son los productos de la ‘capacidad creativa’, de la ‘energía creadora’, de
la ‘construcción de la imaginación’, etc. (y es que el doctor Medawar no nos
transmite más acerca de ellas), significa precisamente deshacerse del problema
más difícil con un sermón. Y lo que necesitamos es una respuesta exacta.
Dicha respuesta nos
la ha dado la filosofía científica. Y nos la ha dado precisamente en el
transcurso de la crítica al ‘descubrimiento’ (hegeliano) esbozado más arriba.
Marx y Engels explicaron la aparición de las propias ideas, es decir, de los
planos y ‘prescripciones’ en cuyo cauce siempre se desarrolla la investigación
científica y nacen las imágenes y los conceptos aislados que concretizan estas
ideas.
Las necesidades
reales que maduran dentro del organismo social siempre se expresan en forma de
ideas. No son estas las necesidades del individuo, sino de grupos enteros, de
masas de estos individuos. Son ellos precisamente los que ‘se expresan a si
mismos’ en la conciencia humana (también en la conciencia de los científicos)
bajo la forma de ideas. Esas mismas ideas, que a menudo los propios científicos
son propensos a tomar por el punto inicial de todo el proceso de conocimiento,
por productos del ‘libre juego de la mente’.
Sin embargo, el
marxismo va más a fondo en la búsqueda de las raíces y los orígenes del
movimiento del conocimiento. La necesidad, como prototipo de ideas, siempre
interviene en forma de tirante contradicción. Contradicciones entre personas,
entre clases de personas, entre los medios de su actividad, entre los métodos
de transformación de la naturaleza, entre las formas de
tecnología, etcétera. Y, al fin y al cabo, entre percepciones, teorías,
conceptos. Atenazada en contradicciones, la mente del ser humano busca una
salida. Una idea es una posible salida ‘inventada’, ‘percibida’ (es decir,
localizada de momento solo en la conciencia) más allá de los límites de la
situación contradictoria, más allá de las fronteras de la situación existente
de las cosas y de los conceptos que las expresan. Esto es la dialéctica como
lógica y como teoría del conocimiento.
Si se menosprecia
la dialéctica, entonces queda únicamente un ‘metodología’ desnuda que vela
exclusivamente por la corrección formal de las construcciones teóricas y que es
completamente indiferente a ‘las motivaciones y las metas’ del trabajo de los
científicos, es decir, a la estructura y el contenido de las ideas que (lo
quieran o no) les gobiernan, dirigiéndoles como herramientas ciegas. Semejante
‘metodología’ representa precisamente la teoría del conocimiento del
‘cientifismo’ actual, esto es, del ‘espíritu de la ciencia’ sacrificado en la
‘formalina’ de las abstracciones y las fórmulas, esencialmente indiferente a
las necesidades y los padecimientos reales de las personas vivas, así como al
significado social de sus propios logros. Y entonces, ciertamente, la ciencia
‘científicamente’ castrada se convierte en el enemigo, en el competidor de
cualquier poesía, la cual se mezcla ante sus ojos con una ‘verborrea
anticientífica’ a causa de los utópicos ‘deseos, objetivos y esfuerzos’ de la
humanidad. Para el ‘cientifismo’, la poesía se mezcla con el ‘poetismo’ y se
desvanece cualquier posibilidad de distinguir la una del otro…
El doctor Medawar
se aparta clara e inequívocamente del ‘cientifismo’, pero el reconocimiento
‘autocrítico’ final acerca de que – dice – nosotros, los científicos, somos
propensos a la cientificidad en virtud de nuestra constitución, dudosamente se
lo aplica a si mismo. Mientras tanto, el síndrome del ‘cientifismo’ se aprecia
definitivamente en algunas tesis de su artículo.
Esto se manifiesta
especialmente allá donde habla sobre la principal diferencia entre la
comprensión ‘científica’ y ‘artística’ de la verdad. Es cierto – aunque
demasiado general – que la mayor virtud de la ciencia es su concordancia con la
realidad, con ‘aquello que es en realidad’. Pero, ¿acaso con la poesía, con la
auténtica gran poesía, no sucede exactamente lo mismo?
El asunto aquí, por
lo visto, se halla en la estrecha comprensión de la ‘realidad’ de la que parte
Peter Medawar. El hecho de que en este instante yo esté leyendo un periódico y
no paseando sobre la superficie lunar no es todavía ni de lejos esa ‘realidad’
con la que tienen relación igualmente tanto la auténtica ciencia como la
verdadera poesía. ¿Qué significa ‘una esfera más amplia que la realidad’? ¿Tras
qué límites comienza? ¿Tras los límites del momento dado? La verdad en la
ciencia no consiste en absoluto en el acuerdo entre la enunciación y el hecho
empírico aislado. Si la ‘realidad’ se comprende más amplia y concretamente, en
el sentido auténticamente científico, entonces liberar a la poesía de la
obligación de tener en cuenta a dicha realidad no es menos arriesgado que
obligar a la ciencia a la composición de utopías y mitos.
La auténtica imagen
artística tampoco es un ‘mito’ (por mucho que se lo parezca, no solo al doctor
Medawar, sino a muchos filósofos actuales), no es una simple proyección de
deseos, esfuerzos y metas subjetivas en la pantalla de la realidad, sino
precisamente una imagen de la realidad, alumbrada en aquellos rasgos suyos que
son importantes desde el punto de vista de las contradicciones que han madurado
dentro de la propia realidad y que esperan su resolución.
Frente a la
Realidad (con mayúscula), las obligaciones de la ciencia y la poesía son
exactamente iguales.
En este punto, la
concepción del doctor Medawar nos resulta especialmente vulnerable, oscura y
vaga. ¿Será porque la ‘poesía’ le parece más afín a la mitología (a cualquier
mitología, incluida la anticientífica, la religiosa) que a la ciencia? ¿Será
porque manifiesta una obvia indulgencia hacia el ‘poetismo’ en la poesía, en la
literatura, considerándolo una ‘enfermedad insignificante’, como una simple
gripe, dándose cuenta al mismo tiempo que para la ciencia esta enfermedad es
mortal? A nosotros nos parece que el ‘poetismo’ en la poesía no es en absoluto
una manifestación de los excesos de la fantasía, de la fuerza creadora de la
imaginación, sino todo lo contrario, es el testimonio de su carencia, de su
incapacidad de hacer frente a la tarea de la comprensión figurativa-poética de
la realidad.
Y, por supuesto, es
ingenuo ver la causa de ambas enfermedades – tanto del ‘poetismo’ como del
‘cientifismo’ – en la fatídica influencia de los poetas románticos y los
filósofos inductivistas. Sus raíces yacen mucho más profundamente: en la
realidad social que nutre y cultiva estas mentalidades, en la forma de división
del trabajo que por lo general transforma a las personas en competidores,
contraponiendo clases a clases, profesiones a profesiones, capacidades a
capacidades; en la forma burguesa de división del trabajo, y de ninguna forma
en la ‘constitución’ innata de científicos y poetas.
Los problemas
planteados por el doctor Medawar son tremendamente serios. Es especialmente
importante aproximarse a ellos desde el punto de vista de la dialéctica
materialista.
La ciencia y la
poesía siempre han sido y siempre serán amigas dedicadas a la misma cosa en
común. Solo concurren entre ellos el ‘poetismo’ y el ‘cientifismo’, semejantes
a ellas solo exteriormente, solo formalmente.
El ‘poetismo’ es el
contagio de la ciencia por un veneno mortal infiltrado desde el cementerio de
la poesía, es la invasión no de un estilo de pensamiento poético, sino del
estilo de la poesía mala y enferma que muere de ‘poetismo’ (no es en absoluto
una ‘enfermedad insignificante’).
Y lo mismo pasa con
el ‘cientifismo’. Poco hay que temer de la influencia de la ciencia y del
espíritu de la cientificidad en la literatura. Pero la influencia de la
cientificidad ‘científicamente’ degenerada, esto ya es otra cosa. Esta
influencia la puede experimentar un poeta e incluso un pintor, y entonces ella
empezará a producir ‘estructuras abstractas’ verbales o geométricas que no
tienen más relación con la poesía que la ‘ornamentación del lenguaje’ con la
ciencia.
Pero si estas
monstruosas caricaturas de la ciencia y la poesía han conseguido en la cultura
espiritual actual (y entre paréntesis diremos, para más exactitud, burguesa)
una divulgación tan amplia que ya comienzan a confundirlas con sus prototipos,
entonces es más importante aún diferenciar claramente las unas de los otros. Y
solo se les puede diferenciar con la ayuda de la auténtica teoría contemporánea
del desarrollo del conocimiento científico, la dialéctica. Con la ayuda de la
teoría leniana del reflejo.
__________________
[i] Aunque al
lector le pueda resultar evidente, Iliénkov hace esta aclaración porque el
término ruso para la palabra ‘ciencia’ (наука – naúka) no comparte origen
latino con el nuestro.
Documento en
pdf: Contradicciones
imaginarias y reales
Traducción de Dialecto para
Marxismo Crítico

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