© Libro N° 12964. Equilibrismo Y Verticalidad
En La Poesía Cubana. Cabrera, Yoandy. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
Equilibrismo Y Verticalidad En La Poesía Cubana. Yoandy Cabrera
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Original: © Equilibrismo
Y Verticalidad En La Poesía Cubana. Yoandy Cabrera
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Guillermo Molina Miranda
EQUILIBRISMO Y VERTICALIDAD EN LA POESÍA CUBANA
Yoandy Cabrera
Equilibrismo
Y Verticalidad En La Poesía Cubana
Yoandy
Cabrera
Las
sucesivas coronas del desfiladero
José Lezama Lima
La
impronta de Eliseo Diego entre los autores de la década del 80
en Cuba es evidente no solo en los poemas que algunos (como Laura Ruiz) dedican
al poeta origenista. Hay una línea temática, por ejemplo, sobre el equilibrismo
que parte de Eliseo y se relaciona con buena zona de su producción literaria.
Precisamente,
el título del libro de la profesora Mayerín Bello sobre la obra de Eliseo
que obtuvo el Premio de Ensayo Alejo Carpentier en 2004 es Los riesgos
del equilibrista, nombre que surge de los poemas del autor «Riesgos del
equilibrista» y «Otra vez el equilibrista» recogidos en Muestrario del
mundo o libro de las maravillas de Boloña de 1968.
Eliseo
Diego habla en calidad de sujeto espectador, entiende y analiza los riesgos del
que camina sobre la cuerda en el aire, pero aún así, cree que «(e)l equilibrio/
ha de ser a no dudarlo recompensa/ tal que no la imaginamos “, El acróbata de
Eliseo es «equilibrio y verdad/ y maravilla», conocedor, dueño del misterio de
la sombra.
En «La
trapecista» el autor teme «no se nos vaya,/ no,/ a caer» la muchacha en medio
de sus cabriolas; y en «La trapecista en el revés del día», «la joven vuela por
el hilo/ que sube al mismo fin de todo.» Pero los poetas de los años 80 que
releen este motivo, no observan, sino actúan, están sobre la cuerda floja,
hablan en calidad de gimnastas sobre la línea abismal de sus palabras, intentan
evitar el desplome, aunque saben que es insoslayable.
Entre los
poemas que se relacionan con el entorno circense y en específico con la
peripecia en la cuerda floja, y que reescriben al mismo tiempo que continúan la
saga de Eliseo, destacan «Riesgos del equilibrista» de Raúl
Hernández Novás, «El equilibrista» de Odette Alonso, «Con el terror del
equilibrista» de Damaris Calderón, «Intimidad del equilibrista» de Norge
Espinosa, entre otros. Podría hacerse una antología y un estudio sobre este
motivo en la lírica cubana.
Pero hay
un poema de esta línea temática que recuerdo con mucho agrado y persistencia.
Me refiero a «Discurso del equilibrista» de Nelson Simón. Creo que ese
texto marca y refleja el cambio de los 80 a los 90, es una especie de puente o
bisagra entre el equilibrio y la caída, entre la búsqueda y el desengaño, entre
el contrapeso y la katábasis, entre la permanencia añorada y la gravedad.
Mientras
a finales de los 80, los autores temían, presagiaban la caída; a partir de los
noventa ya estamos en el salto al vacío, y en muchos casos (como vemos en Transiciones de
Leymen Pérez y Duro de roer de Damaris Calderón) el descenso y
la segmentación, el desplome ineludible son evidencia de un estado cada vez más
natural y común en la lírica cubana de los últimos 20 años. Cuerpos, que más
que escribirse, se raspan, como expresa Leymen: «un cuerpo es duro cuando no se
raya al caer./ Esto te repetirás/ una y otra vez/ en la caída “,
Nelson
habla en pretérito, desde la experiencia, interpretando el camino recorrido, a
diferencia de lo que vemos en Odette Alonso, que enuncia desde el momento
previo a la caída, en el presente («Ahí está la vida-cuerda floja»),
reconociendo que no hay alternativa, que la elección está «entre el abismo/ y
el abismo/ a solo un paso”. Damaris Calderón se asoma a un pozo especular y
escribe con el vértigo del que camina por la cuerda floja frente a su reflejo
en el agua oscura y profunda, previo al salto hacia la segmentación de las
aguas, antes de caer sobre el espejo astillado de sus palabras.
Novás
habla hacia/en el tiempo futuro, como quien se acerca a la muerte, también
próxima: «Sobre la cuerda no haré más el Tonto./ No andaré mucho más sobre ese
hilo/ que me levanta de la tierra hambrienta.» Como Odette, Novás ve inevitable
la caída tanto de los que están abajo como arriba. Es imposible «un asilo/
cavarse en el aire, eterno, de manera/ que sobre el hilo nazca, viva y muera».
Novás, por tanto, niega el vuelo origenista, el milagro abismal de Eliseo, el
«equilibrio y verdad/ y maravilla» que descubre el espectador enunciante de
Diego.
Norge
Espinosa hace del salto un diálogo. Mientras Damaris Calderón mira horrorizada
al fondo el rostro que el agua duplica y fragmenta, Norge salta en pareja, de
hombro a hombro; su yo lírico habla con el equilibrista en franco e íntimo
acercamiento y en medio de la caída. Comienza describiendo “la soga terrible
que te miro atravesar”: como Eliseo Diego, en un principio se refiere a lo que
hace el otro sobre la cuerda, en esta ocasión es una segunda persona que
permite mayor cercanía y que cada vez es más el confidente ideal del emisor,
tanto que llega a moverse, junto al equilibrista, sobre el vacío: “me tocas y
me igualas a tu intimidad”. Dos hombres a los que el abismo iguala. Erotismo,
complicidad, comunión, reflejo se leen en estos versos donde el sujeto observa
y actúa al mismo tiempo, donde intenta asirse desesperadamente a lo que sea en
medio del riesgo con tal de no caer.
Pero
Nelson ya ha saltado y ya ha caído, recuerda el descenso, el sueño, la meta
imposible, la otra orilla falaz, la punta extrema de la cuerda. Habla desde el
desengaño y la experiencia, desde la ausencia de todo horizonte y aún así, sus
versos melancólicos no dejan de ser hermosos y evocadores, rescatan lo que
Diego refiere como «el prodigio (ahora in)feliz de la memoria» y al mismo
tiempo niega «el otro lado», la «maravilla», la «verdad» que nos prometía o
insinuaba Eliseo. En Nelson encontramos el revés: desengaño y frustración.
Desde
Manuel de Zequeira, la verticalidad es uno de los puntos neurálgicos de la
lírica cubana. El eje analítico de nuestra poesía es muchas veces más bien
perpendicular que horizontal. La katábasis se impone al equilibrio. Piñera
«entre Furias cayendo se divierte», Lina de Feria se mueve entre el espacio
sideral y el árbol trunco. Ambos anuncian el nuevo despeñadero que es la vida,
la literatura de los años 90 en Cuba. Después de las utopías sociales de las
primeras décadas de la revolución cubana, Novás, Alonso, Calderón presienten el
hundimiento. El celebrado ascenso de Ícaro de Delfín Prats o el «Narciso
en pleamar (que) fugó sin alas» de Lezama, no son los que prevén los
nuevos derroteros temáticos de la poesía en Cuba, sino la «brasa cayendo, brasa
hasta el último instante», el vuelo en declive «de un Ícaro para el que morir
en la belleza no es morir» de Lina de Feria, o «el mulo en el abismo»
lezamiano. En esta misma línea, Félix Hangelini asume con la mayor naturalidad
posible el descenso, y, como Lina, conjuga gravitación con belleza:
Mira bien el enigma
de la flor cortada es este
desprenderse de su cáscara
y su hormiguero
y volver a la tierra mojada
en esta tarde íntima
donde el sol se amontona
el hilo que la cose a tierra no es el hilo
que cose mis recuerdos
mira amor el enigma
no está en el cuerpo que cae
sino sencillamente en la sonrisa
con que la flor acepta su destino.
(Félix
Hangelini. “El ala leve de la felicidad, XI”, Tomado de: La devastación,
Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2006)
En los
versos de Nelson Simón, como en Lina, arde algo también, aunque sea la memoria
de una vida previa al salto, antes de conocer el otro lado de «esa blanca
vanidad que es el equilibrio”. Compruébenlo:
DISCURSO
DEL EQUILIBRISTA
Todo no ha sido más que un simple juego de
apariencias,
una efímera ilusión o un instante de luz que me cegaba
y en el que yo tenía que alcanzar, a toda costa,
a pesar de los riesgos y del difícil arabesco
que trazaba mi cuerpo,
frágil como una rama entre los paños del aire,
el lado más azul de lo imposible.
Y todo lo aposté por mantenerme limpio,
derecho como un dios sobre este mundo de cristal y espanto.
Yo recorrí la vida con los brazos abiertos,
casi queriendo abrazarme a mi propio dolor,
a mi inconstancia;
y con los ojos fijos en la otra punta de la cuerda
que suponía tensa bajo mis pies,
soportando mi vértigo y mi pecado diario;
pero era tan difícil balancearse con elegancia
sobre mi pesada sombra,
dar el giro mortal, dibujar figuras incomprensibles
y luego regresar al punto del que había partido
con el corazón íntegro, a salvo, sin que de él probaran
los ángeles y demonios que revoloteaban a mi lado.
Era tan difícil regresar hasta el que habíamos sido
antes de aventurarnos a aquel cotidiano viaje,
mantenerse erguido sobre todos los que esperaban
cayera hasta sus pies con más terror que un eunuco ciego
atormentado por las algodonosas caricias
de los frívolos adolescentes de la corte.
Todo no ha sido más que una mera invención,
un sueño con el que me creía diferente y más cerca
de aquella perfección que todos añoramos.
Jamás hubo otra orilla esperándonos,
pues toda orilla y locura
nacía y moría dentro de mí mismo
como entre los negros telones de un teatro.
Todo no ha sido más que un juego de apariencias
y hasta logré engañarme al creer que yo,
simple y hermoso mortal, podía entrar,
como quien penetra a un patio muy íntimo,
a esa blanca vanidad que es el equilibrio.
*Nelson
Simón. (Tomado de: El peso de la isla, Ediciones Loynaz, Pinar del
Río, 1994).
Yoandy
Cabrera. Pinar del Río, 1982. Poeta y ensayista.
Licenciado
en Letras, con perfil en Letras Clásicas, por la Universidad de La Habana.
Máster en Filología Hispánica por el CSIC-UNED y en Filología Clásica por la
Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado crítica y poesía en diversos
medios. Obtuvo el Premio Dador de Investigación 2009. Ha sido profesor de
Lenguas y Literaturas Clásicas en la Universidad de La Habana y en el Colegio
de San Gerónimo. Investiga la pervivencia de los motivos grecolatinos en la
poesía y las artes escénicas. Actualmente realiza estudios de doctorado en
Filología Griega. Reside en Madrid.


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