© Libro N° 12963. El Quijote, Ese Popular
Desconocido. London, Edgar. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
El Quijote, Ese Popular Desconocido. Edgar London
Versión
Original: © El Quijote,
Ese Popular Desconocido. Edgar London
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.isliada.org/el-quijote-ese-popular-desconocido/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/9e/5a/40/9e5a407f6b212c434f98f1354619241b.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://www.isliada.org/static/images/2017/10/quijote.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL QUIJOTE, ESE POPULAR
DESCONOCIDO
Edgar London
El
Quijote, Ese Popular Desconocido
Edgar
London
El
Quijote
He
olvidado casi todo. Alguien dirá que es a causa de la edad, otro que por efecto
natural de los muchos años transcurridos y, quisiera agregar yo, acaso por el
golpeteo de un estrés constante que amedranta a mis neuronas y no les permite
organizarse de la manera adecuada para rescatar, desde mi época de estudiante
adolescente, la frase que me garantizó, en múltiples ocasiones, la respuesta
correcta a una pregunta de literatura. ¿Por qué Don
Quijote de la Mancha es considerada una obra universal?
El título
de la obra, lo confieso, podía variar. Quizás, también, el período escolar.
¿Secundaria? ¿Preuniversitario? Repito, he olvidado casi todo, empero la médula
argumental de mi contestación era más o menos así: porque sus valores
no se pierden con el tiempo y son afines a todos los hombres. En aquella
época, eso sí lo rememoro, no era necesario decir “hombres y mujeres”. El
término no excluía un género determinado y nadie —especialmente, en el gremio
de las féminas— se sentía ofendido.
¿Cuántas
veces desde entonces he leído la obra máxima de Cervantes? No diré
que muchas, pero sí más de un par. En distintas ediciones y bajo disímiles
circunstancias. Sin duda, mi acercamiento al Quijote, hoy, es mucho más sincero
y placentero que durante mi juventud. Es agradable hacerlo sin la presión de un
docente que te obliga a cumplir con la lectura (como el esclavo que ha de
finiquitar una tarea)o de un examen que acecha al doblar de la esquina.
Sin
embargo, retomo la respuesta que me salvó infinidad de veces en esos mismos
exámenes y sospecho que, a pesar de las buenas calificaciones con que me
premiaron los profesores en turno, la frase, bien vista, resulta, al menos, y
por no decir errada, sí bastante vaga. El motivo de mi escepticismo es
sencillo. Igual que un mago cuando oculta en su mano izquierda el prodigio que
ha de asombrarnos desde su derecha franca y abierta, el maestro insistió en el
portento que representa la inmortalidad de los valores de una novela, pero
escamoteó justamente cuáles eran esos valores.
Si nos
quedamos con la primera acepción que nos brinda el Diccionario de
la lengua española (la cifra total supera la docena) y aceptamos que valor es
el “grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o
proporcionar bienestar o deleite”, en El Quijote encontramos
muchos de estos. Comenzando por la satisfacción que brinda la lectura misma.
Aborrezco la aureola con que algunos académicos insisten en adornar a los
exponentes de la literatura clásica. Su efecto, en el mejor de los escenarios,
suele ser aún más espantador que espantoso. Los jóvenes huyen despavoridos ante
una obra que, sin conocer siquiera la primera de sus líneas, la imaginan densa,
aburrida, enrevesada, incognoscible incluso. Todo ello a causa de la notoriedad
mal justificada que le adjudican y gracias a la cual algunos lectores pedantes
buscan encumbrarse a sí mismos, como si leer La guerra y la paz o Adiós
a las armas significara la culminación de un esfuerzo sobrehumano en
lugar de un placer tibio y sencillo. En el caso de El Quijote tal
deleite viene aderezado con mucho humor, a veces refinado, a veces burdo (que
Sancho se cague literalmente a los pies del Quijote debe haber espantado a más
de un puritano). Tampoco escasean las ínfulas libidinosas que suelen
despertarse en el interior de las tabernas para toparse, la mayoría de las
veces, con algún desacierto que les impiden quedar satisfechas. ¡Ni qué decir
de los momentos de suspenso, al más puro estilo de una novela negra! Ahí está
para ratificarlo la azarosa historia del cautivo, capaz de mantenernos en vilo
mientras fatigamos página tras página. Un pasaje, justo es decirlo, que cobra
mayor notoriedad cuando lo emparentamos con la vida del propio Miguel de
Cervantes, reo en varias ocasiones y protagonista de otras tantos intentos de
escapadas que no tuvieron un final feliz. Este conjunto de atributos, mucho más
vasto si se analiza el texto cervantino en profundidad, bastaría para hacernos
pasar una excelente velada, al estilo de los bestsellers modernos.
Si de
utilidad se trata, El Quijote ilustra y justifica entuertos
del lenguaje que hoy a muchos nos parecen comunes, y a otros, no tanto.
Intentaré explicarme con dos ejemplos básicos. El primero de ellos, el uso de
“luego luego” para denotar rapidez, prisa. Se trata de una frase, harto
empleada en México, mas totalmente desconocida en otras latitudes donde el
idioma castellano también se comparte. Causa regocijo advertir que,hace más de
cuatrocientos años, este juego de palabras era conocido y utilizado con
idéntico propósito. Lo mismo podría decirse de “cuadrar” en términos de
acordar. En Cuba, sin ir más lejos, se puede escuchar en las calles que algo
“cuadra” para referirnos a que “conviene”. Así aparece en el prólogo a la
segunda parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (“Y
si este cuento no le cuadrare…”), lo cual no deja de parecerme irónico,a la par
que gracioso, pues formando parte de tan encumbrado documento a inicios del
siglo XVII, en la actualidad, para muchos representa sino una vulgaridad, al
menos un vocablo que debe evitarse. Se trata, apenas, de un par de muestras que
en el dinámico universo del lenguaje, esta novela nos ayuda a comprender de
dónde venimos y por qué así hablamos.
Preceptos
morales y astucia popular se entrelazan gracias a los diálogos y acucias de sus
dos personajes principales, el caballero y su escudero. Si bien soy reacio a
dividirlos en locura y cordura pues en más de una ocasión el Quijote y Sancho
(con)funden sus personalidades, es innegable que el equilibrio entre ambos
enriquece la lectura y, de camino con la lectura, también al lector.
Ahora,
con El Quijote sucede algo realmente asombroso y que lo eleva
a estratos de leyenda, a pesar de contar con la obra en miles de bibliotecas,
otras tantas librerías y, por si no bastara, es fácilmente accesible desde la
red de redes. Y es que se trata de una novela que ha alcanzado suma popularidad
no sólo por los valores que posee sino también por los que nunca ha tenido y
muchos le atribuyen. Recordemos que la ajada frase “ladran Sancho, señal que
avanzamos”, de la cual sobreviven mil y una mutaciones, no pertenece a la obra
de Cervantes. Explicaciones para este fenómeno se han emitido muchas. Algunas
incluyen cierta defensa personal del nicaragüense Rubén Darío; otros, un
proyecto inacabado del cineasta Orson Welles; y no se debe desechar un poema de
Johann Wolfgang von Goethe, titulado “Ladran” (Kläffer). Adivinar la
verdadera causa no pasaría, en este caso, de un aporte dato curioso y nada más.
Para el imaginario colectivo, la sentencia pertenece al ingenioso hidalgo. De
igual manera, diferentes medios de comunicación —especialmente, el cine y la
televisión— han insistido en avejentar al Quijote para hacer más palmaria su
triste figura. Basta salir a la calle y preguntar qué edad le calculan al
insigne personaje. Pocos lo bajarán de los sesenta años. Buena parte de los
encuestados lo ubicarán en los setenta y no faltará quien lo extreme hasta los
ochenta cuando, en realidad, y usando las palabras textuales de Cervantes,
“frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”… es decir, cuarenta
y tantos. Aunque, a favor de esta proclive tendencia, vale advertir que, medio
siglo en época de Cervantes ya era considerada una edad avanzada.
Por
último, quisiera detenerme en una premisa que, a los escritores nos llega
siempre en forma de consejo. Hay que leerse a los clásicos. Hay que
leerse El Quijote. Coincido con la imperiosa necesidad de acudir a
los libros para desarrollarnos dentro del ámbito escritural. Rechazar este
argumento se me antoja absurdo, además de ridículo. Pero, al mismo tiempo, no
considero que existan “títulos claves”. Esos libros imprescindibles para muchos
colegas y, sin los cuales, a opinión de sus paladines, nuestro bagaje cultural
quedará tan diezmado que no podremos considerarnos jamás escritores. Me aúno a
Plinio el Viejo cuando asegura que no hay libro tan malo que no encierre algo
bueno. Sin embargo, añadiría que no existe libro tan bueno que nos salve de
todo lo malo. Leer El Quijote no le garantizará a nadie
dominar el uso de las palabras y, de facto, no leerlo tampoco impedirá que
alguien se convierta en un buen escritor (Cervantes, por antonomasia,
personifica la demostración fehaciente de la segunda parte de este axioma).
Abundan
los escritores que jamás han abierto El Quijote y son
excelentes escritores. Asimismo, pululan los fanáticos de esta obra que no
logran hilvanar dos oraciones con buen tino. De uno y otro bando quisiera
recitar nombres y apellidos, pero, realmente, los he olvidado casi a todos. Tal
vez, por la edad, que si bien no frisa los cincuenta, sí pasa de los cuarenta,
o por mis desequilibradas neuronas, insisto, que me acercan más al Quijote que
mi barriga a Sancho Panza. Como sea, desocupado lector, si tiene oportunidad
acérquese a esta obra cumbre de la literatura universal. Es divertida y, para
más inri, sus valores no se pierden con el tiempo y son afines a todos
los hombres.
Edgar
London. La Habana, 1975. Narrador y periodista
Ha
publicado los libros de cuento: El nieto del lobo (Ediciones
Ávila, 2000); (Pen)últimas palabras (Editorial
Extramuros, 2002) y A escondidas de la memoria (Editorial
Oriente, 2008). Durante su trayectoria intelectual ha recibido, entre otros, el
Premio Nacional Frónesis de Narrativa, Cuba, 1997; el Premio Nacional Eliseo
Diego de Narrativa, Cuba, 1998; el Premio Nacional 13 de Marzo de Narrativa,
Cuba, 1998; el Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche, México, 2007 y
el Premio Internacional de Ensayo Agustín de Espinoza, México, 2008. Además,
obtuvo una Mención en el Concurso Literario Internacional Casa de Teatro,
República Dominicana, 2006. Actualmente reside en México, donde se desempeña
como profesor en varias universidades y como columnista del periódico 10
Minutos.


Publicar un comentario