© Libro N° 12962. La Madre Del Convicto:
Paradigma De Dignidad Y Desacato. Montenegro, Milho. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
La Madre Del Convicto: Paradigma De Dignidad Y Desacato. Milho
Montenegro
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Original: © La Madre Del
Convicto: Paradigma De Dignidad Y Desacato. Milho Montenegro
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Paradigma De Dignidad Y Desacato
Milho Montenegro
LA MADRE
DEL CONVICTO: Paradigma
De Dignidad Y Desacato
Milho
Montenegro
Foto de Hasan Almasi en Unsplash
¿qué
mujer no escucha
la voz dulce y sacrosanta
de Dios que al legarle un hijo
le dice —«eres madre, ama»—?
Catalina
Rodríguez de Morales.
El
escenario de la madre que padece por el encarcelamiento de su hijo es tan
antiguo como los tiempos bíblicos. En las sagradas escrituras se narra el
arresto, el enjuiciamiento, la prisión y la muerte por crucifixión de
Jesucristo, así como el suplicio de María, que no pudo más que sollozar y
soportar su inutilidad frente a la ley despótica que le arrebató a su
unigénito. Ese escenario, aunque ha sufrido sustanciales cambios en las
distintitas sociedades a lo largo de la historia, sigue siendo una realidad
vigente, desgarradora y, por demás, traumatizante.
Cuando un
hombre o una mujer son condenados a prisión, se produce una fractura de la
dinámica de la familia. Esto es, se afectan los procesos vitales que son
constitutivos de su objeto social como institución socializadora y de
referencia. Toda sentencia de cárcel implica una incisión, un vacío que se
instala y socava la armonía familiar.
A quien
se encarcela, no solo es arrancado de su lugar físico dentro de la estructura
parental, sino que, además, esto conlleva a que se lacere la esfera emocional,
pues esa ausencia casi siempre devastadora y, por tanto, no deseada, anula la
transmisión inmediata de apoyo, protección y amor, que son esencialmente las
funciones cardinales de toda familia. Lo anterior se traduce y manifiesta en
una crisis cuyo núcleo proteico son el dolor, la pérdida y la tristeza.
De todas
las personas de la familia que pueden padecer el encarcelamiento de uno de sus
miembros, quiero centrar mi argumento en la figura materna, es decir, en la
madre del preso. Desde el punto de vista social, psicológico y afectivo, una
madre juega un rol primordial en la vida de todo individuo. Ella es la primera
educadora, la primera en transmitir afecto y establecer patrones de conducta,
todo esto siempre en función de la norma social preponderante.
Justamente,
es la sociedad quien, de forma asimétrica, ha estipulado que el padre es el
proveedor y ella la procuradora de la casa y los hijos. Si bien esto ha ido
cambiando en los últimos años pues la mujer ahora también es trabajadora y
aporta a la economía del hogar, ella sigue llevando sobre los hombros esa labor
sin cese y, por ende, en extremo demandante, que es ser la principal encargada
de atender y preparar a sus hijos(as) para la vida futura. O sea, convertirlos
en personas “correctas”, activos y productivos en y para el funcionamiento del
engranaje social.
Ahora
bien, cuando un hijo(a) es puesto en prisión, una madre no solo asume esta
vivencia en términos de dolor y pérdida. También se emplaza un sentimiento de
fracaso ante el fiasco de no haber podido evitar la conducta desviada. Es
decir, por su incapacidad de no poder cumplir con la expectativa social, en
tanto figura protectora, transmisora de valores y de enseñanza. Más allá de la
percepción de culpabilidad o inocencia, esa noción de fracaso puede ser propia,
nacida de su mismo reproche, y/o imputada por los demás. Relacionado con esto,
la profesora y ensayista británica Jacqueline Rose comenta:
«Pero
debido a que las madres son vistas como nuestra vía de entrada al mundo, nada
es más fácil que hacer que el deterioro social parezca algo que las madres
tienen el deber sagrado de evitar, una versión socialmente actualizada de la
tendencia, en las familias contemporáneas, a desacreditar por todo a las
madres. Esto las convierte en claras culpables, tanto de los males del mundo
como de la rabia que provoca siempre la decepción inevitable de una nueva
vida.»1
Sin
dudas, la reclusión de una persona genera un estigma que no solo influye sobre
la apreciación que de ella tiene la sociedad, sino también de su familia. De
ahí la constante marginación y demérito que deben afrontar los reos y sus
familiares, incluso cuando aquellos han cumplido su condena y no hayan vuelto a
reincidir en la conducta desviada. Sobre esto, los investigadores Roqueme,
Andrea, Vivero y Alexandra explican que:
« […] el
núcleo familiar debe aprender a manejar las situaciones que podrían ser de
estigmatización, exclusión social y rechazo, como si ellos también fueran
considerados culpables por el hecho de tener un familiar cumpliendo condena.
Pues vivimos en una sociedad que se podría considerar de cultura moralista, a
pesar de la secularización, que reprocha y/o destruye lo que está fuera de la
norma sin conocer el contexto.2
A pesar
de esto, es casi siempre la madre del cautivo quien nunca lo abandonará a la
aciaga suerte del penitenciario. El solo hecho de seguir firme en su afecto
hacia él, de seguir apoyándolo, de ir a visitarlo hasta la cárcel aun siendo un
criminal para llevarle la mínima ración que lo ayude a resistir dentro de ese
ambiente hostil y abrumador, constituye no solo un acto legítimo de amor, sino
también de disidencia. De ese modo ella desafía y contraviene la discriminación
social y el incesante desprecio del poder carcelario.»
El
poema La madre del preso de Lidia Meriño (Pinar del Río,
1968), resulta un ejemplo de lo anteriormente expuesto:
Vestida
estrictamente pobre,
estrictamente pulcra,
llegó la madre del preso
cual dama que se acicala
para una cita de lujo.
Honorable en su pena
desató el envoltorio para la requisa.
Mostró a los guardias su paquete,
solo un poco de azúcar, una fruta
y la tenue sonrisa
de quien aprendió a racionar la miel
para tiempos de amargura.
No le vimos las comunes lágrimas
de las madres de los reos,
esas que dejan al dolor una brecha de acidez.
Solo trajo a su hijo
el dulzor necesario a los días de prisión.3
Con
relación a lo delictuoso y las precariedades de tipo económico, psicológico,
sociales, etcétera, los investigadores españoles Fanny T. Añaños y Francisco
Jiménez comentan que:
«La
delincuencia proviene de la voluntad de alguien de violar las normas
sociales-legales e incluso morales establecidas. Esa responsabilidad existe y
los distintos problemas (salud, drogodependencias, dificultades económicas,
concepciones religiosas o políticas, etc.) no justifican la comisión de
ilegalidades, injusticias o crímenes.»4
Al margen
de esto, es dable destacar que, si las situaciones antes descritas “no
justifican la comisión de ilegalidades”, sí resulta un hecho que constituyen
una propensión a cometer infracciones de la norma. Detrás de esa “voluntad de
alguien” para cometer un acto delictivo, muchas veces subyacen posiciones de
desventajas donde el éxito y el equilibrio de todas las esferas de la vida
resultan lejanas o difíciles de lograr para esos individuos.
Por otro
lado, esas carencias o situaciones sociales de precariedad no solo inciden
sobre las conductas de aquellos que delinquen. También vulneran a la familia,
aumentando la pobreza que esta padece, puesto que el sujeto cautivo ya no podrá
aportar económica ni espiritualmente en el hogar. Esto, a su vez, refuerza la
responsabilidad financiera, moral y afectiva en el resto de los miembros.
Y,
refiriéndome a la madre del preso, ella va a experimentar ese espectro de
martirios, el cual deviene del encarcelamiento de su hijo y de las penurias que
le impedirán proveerle mejores dádivas en el instante de la visita en el
reformatorio, que es de los pocos beneficios legales que se les ofrece a las
personas privadas de libertad. No obstante, esto no impedirá esa visita, ni
será motivo de no ofrecer lo poco que se ha conseguido. Al contrario, la madre
impone su presencia en la cárcel, lo cual implica un acto de desacato, de amor
y coraje. Lo dicho se puede constatar allí donde se lee:
Vestida
estrictamente pobre,
estrictamente pulcra,
llegó la madre del preso
cual dama que se acicala
para una cita de lujo.
Desde los
primeros versos se pone en claro el contexto de carencias económicas de la
madre que va a la cárcel para ver a su hijo recluso. No se trata aquí de una
mujer pobre, hay que notar cómo se subraya esa pobreza con el adverbio
“estrictamente”. O sea, se refiere a una pobreza rigurosa, extrema. Y esto, sin
lugar a dudas, nos obliga a elaborar una representación mental de un escenario
de dolor para esa madre ante su imposibilidad de ofrecer algo mejor.
Luego,
como una forma de mantener dignidad ante esa pobreza, ella luce en extremo
limpia. Con relación a su pulcritud también se ha utilizado el adverbio
“estrictamente”, quizás porque de este modo el sujeto de quien se habla en
estos versos puede sostenerse frente a su situación de desventaja económica.
Esa manera de vestir «cual dama que se acicala / para una cita de lujo» es una
vía de mantener cierta altivez ante las circunstancias. Después de todo, esta
madre del poema solo puede ofrecer afecto y su propio decoro.
Pero esa
dignidad que se proyecta o que se trata de mantener, no solo está relacionada
con las carencias. Hay también una tentativa de resistir ante la vergüenza
propia o la imputada por los otros (sociedad, cárcel, guardias). Esto se intuye
donde dice:
Honorable
en su pena
desató el envoltorio para la requisa.
Mostró a los guardias su paquete,
solo un poco de azúcar, una fruta
y la tenue sonrisa
Cuando el
sujeto lírico expresa: «Honorable en su pena», vislumbro dos posibles
semánticas. La primera, está vinculada justamente a la dignidad que se pretende
ante la escasez de recursos. Una vez más se ha reforzado en los versos la
penuria de esta madre: «solo un poco de azúcar», «una fruta»,
«y la tenue sonrisa». Esta enumeración es intencional, se busca
reiterar las minucias que la madre ha podido llevar a la prisión, y del mismo
modo se recalca su angustia ante tan mayúscula insolvencia. Pero al margen de
todo esto, ella conserva su entereza.
La
segunda la asocio a la valentía, a esa disidencia que representa el solo hecho
de visitar, como madre de un criminal, la prisión. La madre del reo siempre ha
de afrontar las miradas inquisidoras, los comentarios injuriosos y el recelo de
los demás, debido al estigma de tener un hijo encarcelado. La sociedad no solo
tiende a culparla por el delito de su hijo, también suele valorarla como
fracasada ya que su trabajo como mentora ha resultado en un infortunio.
De ahí
que Jacqueline Rose reafirme: «Las madres son las responsables últimas de
nuestros fracasos personales, de todo lo que está mal en nuestra política y en
nuestra sociedad y que, de alguna manera, ellas tienen la obligación de
enmendar; una tarea, a todas luces, tan injusta como irrealizable».5 Pero
la madre de este poema mantiene la frente en alto a pesar de su dolor y de la
censura de los otros. Su rol de cuidadora, de productora de bienestar, no se
destruye ante el descrédito ajeno.
Ya, en
los versos finales, se intensifica el sentido de desacato en este texto:
de quien
aprendió a racionar la miel
para tiempos de amargura.
Si la
sociedad y la propia institución carcelaria como aparato que busca enmendar la
conducta desviada de los reos esperan y desean para la madre del preso
vergüenza, culpa, un constante sentimiento de autocensura, no es esto lo que el
sujeto de este poema de Meriño proyecta. Ella es una madre altiva que se
sobrepone ante las adversidades, y por encima de todo obstáculo ha aprendido «a
racionar la miel / para tiempos de amargura». O sea, ha logrado reservar un
poco de alegría, un gesto de bondad y amor para ese hijo cautivo y, por eso
mismo, marginado. Esto implica disidencia, una contravención de las
expectativas que de ella se tienen como madre “mala educadora” y “culpable” de
que su hijo haya ido a parar al penitenciario.
Desde el
punto de vista emocional, esto resulta realmente demoledor. Sin embargo, esa
madre pondera su afecto y así mismo su propio dolor pasa a un segundo plano, ya
solo importa ese pequeño momento junto a su hijo que se halla tras las rejas.
Esto se constata donde dice:
No le
vimos las comunes lágrimas
de las madres de los reos,
esas que dejan al dolor una brecha de acidez.
Solo trajo a su hijo
el dulzor necesario a los días de prisión.
Resulta
notorio en estos versos que la madre del recluso sobre la que se discursa es
comparada con otras madres de los presos. Entre ellas la diferencia esencial es
que, la primera, contiene su llanto ante el hijo, sabe que él no necesita más
desasosiegos ni lamentos. Esta comparación refuerza la imagen de la madre
amorosa, digna, valiente.
Por otro
lado, donde dice: «Solo trajo a su hijo / el dulzor necesario a los días de
prisión», con esta acción no solo se perfila la imagen de una madre abnegada,
que suprime su propio padecer para así poder mitigar el de su hijo en prisión.
En estas líneas se evidencia una eleva carga de desacato, ya que ese acto de
llevar “dulzor” a un convicto hasta la misma cárcel, subvierte el imaginario
social y carcelario sobre el reo. Es decir, la sociedad y la cárcel en tanto
aparato de sometimiento, estipulan que el preso solo merece segregación,
desprecio, un trato cruel como vía de corregir su conducta delictiva y a modo
de castigo por haber transgredido la norma social-moral establecida. La
dignidad que esta madre sostiene, así como su sonrisa y ese “dulzor”, constituyen
en este poema poderosos elementos de subversión.
El sujeto
femenino de estos versos cumple con ciertos patrones de comportamiento que
socialmente se le han asignado como madre y, por tanto, también como cuidadora
y educadora, no puede deslindarse de ellos. Mucho antes de nacer, la sociedad
ha depositado en sus manos la responsabilidad y, con ella, la culpa, de los
hijos(as). Sobre esto, la antropóloga e investigadora mexicana Marcela Lagarde
comenta que:
«[…] la
mujer-madre es transmisora, defensora y custodia del orden imperante en la
sociedad y en la cultura. Sin la concurrencia de la mujer-madre, no es posible
la vida, pero tampoco la muerte, es decir, la sociedad y la cultura. Tanto los
rituales domésticos o sociales, como los cuidados, están a cargo de las mujeres
y forman parte de su condición histórica. Desde el menor hasta el mayor grado
de participación personal, las mujeres están destinadas al cuidado de la vida
de los otros.»6
No
obstante, al cumplir con esos patrones sociales, la madre que se ha perfilado
en este poema de Lidia Meriño también resulta una figura transgresora, digna,
en cuyo acto de amor se derogan despóticos y falsos estereotipos sociales con
relación al recluso como sujeto marginal y/o marginado. Del mismo modo se
minimizan o anulan los estigmas que recaen sobre la familia cuando uno de sus
miembros es puesto en la cárcel. De ahí que, desde el mismo título (La madre
del preso), al exponer sin reparos su relación de amor y consanguinidad con el
reo, se denote irreverencia y arrojo. Se trata, entonces, de un texto donde se
ha querido reforzar el coraje de una madre ante las adversidades económicas,
sociales, al tiempo que se sostiene frente al suplicio de tener un hijo
encarcelado.
En otro
sentido, cabe destacar que la mujer de estos versos rompe con el modelo que se
ha construido alrededor de lo femenino, donde ella es siempre un sujeto débil,
de llanto fácil ante situaciones devastadoras. Muy a pesar de las penurias, del
dolor que implica tener un hijo en la cárcel, la madre que se ha expuesto ante
los ojos de todos en este poema se sobrepone, se rebela conteniendo su llanto y
sonriendo para su hijo, que es su manera más elevada de mitigar la soledad y el
martirio de él dentro del reformatorio.
Toda
madre, ante las conductas desacertadas de sus hijos, suelen preguntarse en qué
se han equivocado. Ellas experimentan al menos un mínimo sentimiento de culpa
cuando aquellos no responden o disienten con lo que se espera de su
comportamiento desde el punto de vista moral-conductual. En cambio, Meriño nos
ha legado un arquetipo de mujer y de madre que, anulando esa culpa y con un
alto sentido de decoro, llega al penitenciario para llevar a su hijo afecto. De
este modo se enaltece un paradigma de dignidad y desacato, que contraviene la
mirada denigrante de la sociedad y de la cárcel hacia el recluso y su familia.
Estos versos son, en definitiva, un noble gesto de aliento para todas esas
madres que, quizás en este mismo instante, pueden estar padeciendo el mismo
escenario desgarrador y que, probablemente, no tendrán otras armas para
enfrentarlo que su propio amor, su coraje, su rebeldía.
NOTAS
1. Cfr.
Jacqueline Rose: Madres: Un ensayo sobre la crueldad y el amor,
Editorial Siruela, España, 2018, p. 24.
2. Cfr.
Julio Roqueme, Paula Andrea, Yuleisy Vivero y Yurian Alexandra: Familia
y privación de la libertad: “una condena familiar”, Repositorio
Institucional, Universidad de Antioquía, 2022 (https://bibliotecadigital.udea.edu.co/handle/10495/30076).
3. Cfr.
Milho Montenegro: Desde el redil bramo. Cartografía de la poesía cubana
de tema carcelario. Siglos XVI-XXI, Editorial Primigenios, Estados Unidos,
p. 219.
4. Cfr.
Fanny T. Añaños y Francisco Jiménez: Población y contextos sociales
vulnerables: la prisión y el género al descubierto, Revista Papeles de
población, vol.22, no.87, ene./mar., México, 2016, p. 65.
5. Cfr.
Ibídem, p. 2.6. Cfr. Marcela Lagarde: Los cautiverios de las mujeres:
madresposas, monjas, putas, presas y locas, Universidad Nacional Autónoma
de México, México, 2005, p. 377.
Milho
Montenegro. La Habana, 1982. Poeta, narrador y ensayista.
Licenciado
en Psicología General por la Universidad de La Habana. Ganador de diversos
premios entre los que destacan: Premio Nacional de Poesía Pinos Nuevos
(2017), Premio Beca de Creación Prometeo en el XXII Premio
de Poesía La Gaceta de Cuba, III Premio Internacional de Haikus
Ueshima Unitsura (2018, España), Premio Nacional de Poesía Francisco
Mir Mulet (2020), Premio Internacional de Poesía El Mundo
Lleva Alas (2020), Premio Nacional de Poesía José Jacinto
Milanés (2021), y Premio Nacional de Poesía Fantástica Oscar
Hurtado (2022). Ha publicado: Erosiones (poesía,
Editorial Letras Cubanas, 2017), Las inocentes (novela,
DMcPherson Editorial, Panamá, 2020), Fracturas (poesía,
Editorial Voces de Hoy, EE.UU., 2021), Ágora (antología
poética, DMcPherson Editorial, Panamá, 2021), Corazón de pájaro (novela,
Ilíada Ediciones, Alemania, 2022), y Mala sangre (poesía,
Ediciones Matanzas, 2022). Compiló, junto al poeta Osmán Avilés, la
selección Impertinencia de las Dípteras. Antología poética sobre la
mosca (Ediciones Exodus, EE.UU., 2019). Es miembro de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).


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