© Libro N° 12955. El Viaje A Nicaragua E
Intermezzo Tropical. Ruben Darío. Emancipación. Septiembre
14 de 2024
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El Viaje A Nicaragua E Intermezzo Tropical. Ruben Darío
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Nicaragua E Intermezzo Tropical. Ruben Darío
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL VIAJE A NICARAGUA E INTERMEZZO TROPICAL
Ruben Darío
El Viaje A Nicaragua E Intermezzo Tropical
Ruben Darío
“EL VIAJE
A NICARAGUA E INTERMEZZO TROPICAL” Edición Facsimilar, Madrid, 1909
Libro
Digital de Rubén Darío
EL VIAJE A NICARAGUA É INTERMEZZO
TROPICAL
RUBÉN DARÍO
PUBLICADO: 1909
FUENTE: BIBLIOTECA HISPÁNICA DE LA BNE EDICIÓN:
BIBLIOTECA "ATENEO", MADRID, 1909
ÍNDICE
Portadilla
El viaje a Nicaragua é Intermezzo tropical
DEDICATORIA
II III IV V
INTERMEZZO TROPICAL VI
VII VIII IX X
XI NOTAS
DEDICATORIA
A la Sra. D.a Blanca de Zelaya respetuoso
homenaje.
EL VIAJE A NICARAGUA
Tras quince años de ausencia, deseaba yo volver
á ver mi tierra
natal. Había en mí algo como una nostalgia del
Trópico. Del paisaje, de las gentes, de las cosas conocidas en los años de la
infancia y de la primera juventud. La catedral, la casa vieja de tejas arábigas
en donde despertó mi razón y aprendí á leer; la tía abuela casi centenaria que
aún vive; los amigos de la niñez que ha respetado la muerte, y tal cual linda y
delicada novia, hoy frondosa y prolífica mamá por la obra fecundante del
tiempo. Quince años de
ausencia...Buenos Aires, Madrid, París, y
tantas idas y venidas continentales. Pensé un buen día: iré á Nicaragua. Sentí
en la
memoria el sol tórrido y vi los altos volcanes,
los lagos de agua azul en los antiguos cráteres, así vastas tazas demetéricas
como llenas de cielo líquido.
Y salí de París hacia el país centroamericano,
ardiente y pintoresco, habitado por gente brava y cordial, entre bosques
lujuriantes y tupidos, en ciudades donde sonríen mujeres de amor y gracia, y
donde la bandera del país es azul y blanca, como la de la República Argentina.
Me embarqué en un vapor francés, La Provence,
en el puerto de Cherbourg, y llegué á Nueva York sin más incidente en la ruta
que una enorme ola de que habló mucho la prensa. Según Luis
Bonafoux, la caricia del mar iba para
mí...Muchas gracias. Pasé por la metrópoli yanqui cuando estaba en pleno hervor
una crisis financiera. Sentí el huracán de la Bolsa. Vi la omnipotencia del
multimillonario y admiré la locura mammónica de
la vasta capital del cheque.
Siempre que he pasado por esa tierra he tenido
la misma impresión. La precipitación de la vida altera los nervios. Las
construcciones comerciales producen el mismo
efecto psíquico que las arquitecturas abrumadoras percibidas por Quincey en sus
estados tebaicos. El ambiente delirio de las grandezas hace daño á la
ponderación del espíritu. Siéntese algo allí de primitivo y de supertérreo, de
cainitas ó de marcianos. Los ascensores express no son para mi temperamento, ni
las vastas oleadas de muchedumbres electorales tocando pitos, ni el
manethecelphárico renglón que al
despertarme en la sombra de la noche solía
aparecer bajo el teléfono en mi cuarto del Astor: You have mail in the office.
Pésima navegación se hace de Nueva York á
Colón. Los vapores
son pequeños y mal acondicionados. La comida,
desolante: desde la sopas dudosas hasta las suelas de engrudo envueltas en miel
de ciertos cakes de la culinaria anglosajona.
Ya es el Trópico. Ya la casas de Colón se
destacan entre las palmeras. Ya se desembarca del muelle colonés, entre
jamaicanos, yanquis y panameños medio yanquis. Y sentís que estáis en una
prolongación de los Estados Unidos. Desde vuestro banco del salón de espera
podéis leer en inglés sobre dos puertas de cierto lugar
indispensable: Para señoras blancas y Para
señoras negras. Detalle de higiene física y moral que desde luego hay que
aplaudir.
Se toma el tren para Panamá, y en el trayecto
puede observarse la rica vegetación del suelo tórrido. Adviértense á un lado y
otro las casas en que habitan los trabajadores del Canal.
Pasé por aquí hace ya largo tiempo, cuando el
desastre de
Lesseps, y dije en La Nación, de Buenos Aires,
la desbandada de la débâcle. Aún recuerdo los grupos de salvajes africanos,
aullantes y casi desnudos, acharolados bajo el sol furioso. Hoy se han
reedificado antiguas viviendas; y si aún se
mira una que otra ruina de draga antigua, las yanquis funcionan con mayor
vitalidad desde
que fueron contempladas por los ojos de
Roosevelt en memorable visita.
Panamá ha progresado con el empuje
norteamericano; Panamá tiene hoy higiene, policía, más comercio, y, sobre todo,
dinero. Yo hice el viaje de Nueva York á Colón en el mismo vapor en que iba
uno de los candidatos á la presidencia de la
República, el ministro en Washington Sr. J. Agustín Arango, persona de
experiencia, de juicio, de influencia y de respetabilidad en el Istmo.
El Sr. Arango, que tomó parte muy activa y
decisiva en el movimiento que tuvo por resultado la proclamación de la nueva
República, se manifestó en nuestras
conversaciones muy partidario de la candidatura del señor Obaldía, caballero
también de prestigio y habilidad. Pensaba el Sr. Arango poner para el triunfo
de su amigo todo el peso de su partido y de sus influencias. Conozco al Sr.
Obaldía, á quien tuve oportunidad de tratar en
Río Janeiro. Era delegado por su país al Congreso panamericano. El Sr. Obaldía
es un panameño de buena cepa, conocedor de su tierra, amigo del progreso y muy
americano.
La Hacienda, ese ramo toral del Estado, se puso
en Panamá bajo excelente dirección. La del Sr. Isidoro Hazera, persona eminente
que residió por largos años en Nicaragua, adonde fué á buscarle la acertada
solicitud del Gobierno para ofrecerle la cartera que desempeñó con aplauso de
todos.
En Panamá, centro de negocios, de tráfico
comercial, encontré un buen núcleo de espíritus jóvenes y apasionados de arte y
de letras.
No podré olvidar entre ellos á Andreve, á
Ricardo Miró, que
sostienen allí con entusiasmo y con decisión la
buena campaña. ¿No es en Panamá donde nació la delicada alma de poeta que tiene
por nombre Darío Herrera?
Embarquéme de nuevo con dirección á Corinto,
puerto
nicaragüense, en uno de los barcos ciertamente
abominables de la Pacific Mail, compañía descuidada, incómoda y voluntariosa,
por la ineludible razón de la falta de competencia.
En un feliz amanecer divisé las costas
nicaragüenses, la cordillera volcánica, el Cosigüina, famoso en la historia de
las erupciones; el volcán del Viejo, el más alto de todos, y más allá el enorme
Momotombo, que fué cantado en La leyenda de los siglos, de Víctor Hugo.
Por fín entró el vapor en la bahía, entre el
ramillete de rocas que forman la isla del Cardón y el bouquet de cocoteros que
decora la isla de Corinto. Y aquí otra pluma comenzaría á reseñar la serie de
fiestas incomparables de cordialidad, verdaderamente nacionales, que celebraron
la llegada del hijo por tantos años ausente.
En verdad, se mató el mejor cordero en el
retorno del poeta pródigo.
Saludé á Chinandega, famosa por sus naranjas,
por su fecundidad agrícola; saludé á León, la ciudad episcopal y escolar donde
transcurrieron mis primeros años. Saludé á Managua, asiento del
Gobierno; á Masaya, florida y artística.
¡Viajes de palmas y flores! En mi recuerdo estarán siempre llenos de sol y de
alegría. En esas horas de oro y fuego nunca pensé, como el terrible amigo
pesimista, que no lejos de los domingos de ramos están los viernes santos.
Cuando llegaron las horas de las expansiones
oratorias dije á mis compatriotas mis largas saudades y mis sinceras
intenciones.
Repetiré aquí algunas de mis palabras, pues
deseo sea sabido que en aquellos instantes fuí grato al país argentino y á mis
amigos de Buenos Aires. Díjeles que un español eminente, el rector de la
Universidad de Salamanca, D. Miguel de Unamuno,
escribiérame con motivo del retorno á mi patria original, palabras hermosas que
hablaban del griego Ulises y de la maravillosa
Odisea. «Nada más propio—expresé—de esta vuelta á mis lares, que la generosidad
de mis compatriotas, la elevación del nivel intelectual y una simpatía
palpitante y orgullosa han convertido en una apoteosis, si apenas merecida por
los sufrimientos de la ausencia y por ese perfume del
corazón de la tierra nuestra, que no han podido
hacer desaparecer ni la distancia ni el tiempo. Podría decir con satisfacción
justa que, como Ulises, he visto saltar el perro en el dintel de mi casa, y que
mi
Penélope es esta Patria que, si teje y desteje
la tela de su porvenir, es solamente en espera del instante en que pueda bordar
en ella una palabra de engrandecimiento, un ensalmo que será pronunciado para
que las puertas de un futuro glorioso den paso al triunfo
nacional y definitivo.
»Tiene la ciudad de Bremen como divisa, un
decir latino que el prestigioso D'Annunzio ha repetido en uno de sus poemas
armoniosos y cósmicos: Navigare necesse est, vivere non est
necesse.
»Yo he navegado y he vivido; ha sido Talasa
amable conmigo tanto como Deméter, y si la cosecha de angustias ha sido
copiosa, no puedo negar que me ha sido dado contribuir al progreso de nuestra
raza y á la elevación del culto del Arte en una generación dos veces
continental. Benditas sean las tribulaciones antiguas, si ellas han ayudado á
ese resultado, y bendito sea el convencimiento que siempre me animó de que
«necesario es navegar» y, aumentando el decir latino, «necesario es vivir».
Volvió Ulises cargado de experiencia; y la que traigo viene acompañada de un
caudal de esperanza. Yo quiero decir ante todo
á mis compatriotas que después de permanecer por largo tiempo en naciones
extranjeras, y estudiar sus costumbres, y medir sus vidas, y pesar sus
progresos, y apreciar sus civilizaciones, tengo la convicción
segura de que no estaremos entre los últimos en
el coro de naciones que mantendrá el alma latina, con sus prestigios y su alto
valor, en próximas y decisivas agitaciones mundiales. Viví en Chile,
combatiente y práctico, que ha sabido también
afianzarse en obras de paz; viví en la República Argentina cuyos progresos
asombran al mundo, tierra que fué para mí maternal y que renovaba, por su
bandera blanca y azul, una nostálgica ilusión patriótica; viví en
España, la Patria madre; viví en Francia, la
Patria universal; y nada era para mí ni más orgulloso ni más grato que el
nombre de un compatriota repetido por la fama científica, por la autorización
histórica ó por el renombre literario; y cuando alguna vez,
desgraciadamente, sabía el mundo de lamentables
disensiones, yo
no podía evitar las palpitaciones de mi corazón
ante las victorias nuestras que comentaba Europa.
»Aun siente España la desaparición de un grande
hombre suyo que se llamó Ángel Ganivet, ese andaluz eminente que de boreales
regiones envió tanta luz á la tierra maternal.
Y cuenta ese granadino, hoy glorificado, la historia de un hombre de Matagalpa
que, después de recorrer tórridas Africas y Asias lejanas, fué á morir en un
hospital belga, y le llamó para confiarle los
últimos pensamientos de su vida. No sé cómo se llamaba aquel hombre de
Matagalpa; pero sé que ese ignorado compatriota, en su modestia representativa,
había visto como yo quizás, en las constelaciones que contemplaran sus ojos de
viajero, las clásicas palabras: Navigare necesse est, vivere
non est necesse.
»Si acaso el país ha quedado retardado en este
vasto concierto del progreso hispanoamericano, por razones étnicas y
geográficas que serán allanadas, por motivos que son explicados por nuestras
condiciones especiales, nuestros antecedentes históricos, y por la falta de esa
transfusión inmigratoria que en otras naciones ha
realizado prodigios, tenemos práctica y
vitalmente demostrado que un impulso á tiempo y una aplicación de generosas y
altas energías, mantenidas según las exigencias del organismo nacional, pueden,
ante la revisión de valores universales,
demostrar que, aparte de población ó de influjo comercial, se es alguien en el
mundo.»
En seguida celebré á hombres ilustres de la
República, en los cuales me ocuparé luego, y agregué: «Brillante es la
impresión que tengo yo, que cortejé durante largo tiempo á la musa cosmopolita,
al ver en mi tierra fuertes talentos, fuertes caracteres y encantadoras
facultades artísticas.
»Quiero juntar dos impresiones que parecen
completamente distintas, y que han hecho en mi espíritu dos huellas de reales
proras: es la primera el haber desembarcado en Corinto, dulce puerto por
siempre, de una manera europea, por su muelle y
comodidades, y es la segunda mi visita á los
elementos de guerra, que el jefe del Estado tuvo á bien mostrarme en una de las
tarde
más felices de mi vida. Vi primeramente que en
las artes de la paz y en las ventajas de la civilización no quedamos atrasados
entre los pueblos nuestros, y vi que en las industrias y ciencias de la guerra,
ni se nos tomaría por sorpresa, ni se nos ganaría por previsión.
»Quizá se esperaría de mí un discurso florido
de retórica y encantado de poesía. Yo sé lo que debo á la tierra de mi infancia
y á la ciudad de mi primera juventud; no creáis que en mis agitaciones de
París, que en mis noches de Madrid, que en mis tardes de Roma, que en mis
crepúsculos de Palma de Mallorca, no he tenido pensares como estos: un sonar de
viejas campanas de nuestra catedral; por la iniciación de flores extrañas, un
renacer de aquellos días purísimos
en que se formaba alfombras de pétalos y de
perfumes en la espera de un señor del triunfo, que siempre venía, como en la
Biblia, en su borrica amable y precedido de verdes palmas.
»Como alejado y como extraño á vuestras
disensiones políticas, no me creo ni siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo
he luchado y
he vivido, no por los Gobiernos, sino por la
Patria; y si algún ejemplo quiero dar á la juventud de esta tierra ardiente y
fecunda, es el del hombre que desinteresadamente se consagró á ideas de arte,
lo menos posiblemente positivo, y después de ser aclamado en países prácticos,
volvió á su hogar entre aires triunfales; y yo, que dije una vez que no podría
cantar á un presidente de República en el idioma en que cantaría á Halagaabal,
me complazco en proclamar ahora la virtualidad de la obra del hombre que ha
transformado la antigua Nicaragua, dándonos el orgullo de nuestra inmediata
suficiencia y
casi la seguridad de nuestro fuerte porvenir.
»León, con sus torres, con sus campanas, con
sus tradiciones;
León, ciudad noble y universitaria, ha estado
siempre en mi
memoria, fija y eficaz: desde el olor de las
hierbas chafadas en mis paseos de muchacho; desde la visión del papayo que
empolla al aire libre sus huevos de ámbar y de oro; desde los pompones del
aromo que una vez en Palma de Mallorca me trajeron reminiscencias
infantiles; desde los ecos de las olas que en
el maravilloso
Mediterráneo repetían voces del Playón ó
rumores de Poneloya,
siempre tuve, en tierra ó en mar, la idea de la
Patria; y ya fuese en la áspera Africa, ó en la divina Nápoles, ó en París
ilustre, se levantó siempre de mí un pensamiento ó un suspiro hacia la vieja
catedral, hacia la vieja ciudad, hacia mis viejos amigos; y es un hecho que
casi fisiológicamente se explicaría de cómo en
el fondo de mi cerebro resonaba el son de las viejas torres y se escuchaba el
acento de las antiguas palabras.
»...Deseo, al partir, decir á mis amigos de
antes, á mis compañeros de ahora y de mañana, á los que me honran
llamándose discípulos, y en quienes veo la
facultad vital patriótica, lo siguiente: Bien va aquel que sigue una ilusión,
cualquiera que sea esa ilusión; bien va el práctico que en su ilusión bancaria
cree ser mañana feliz; bien va aquel á quien su ilusión política coloca en
plausibles ambiciones y ensueños de puestos honrosos, y aquel que tiene, por
fatal peregrinación, que buscar entre las estrellas su provecho de nefelibata;
bien va, si lleva de la mano á su conciencia, y su corazón está con él.
»...En Oviedo, en Gómara, en los historiadores
de Indias, supe de nuestra tierra antigua y de sus encantos originales. Yo
deseo que la juventud de mi país se compenetre de la idea fundamental de que,
por pequeño que sea el pedazo de tierra en que á uno le toca nacer, él puede
dar un Homero, si es en Grecia; un Tell, si es en Suiza; y
que, así como las individualidades, tienen las
naciones su
representación y personalidad que da
transcendencia á las leyes de su destino y al punto en que, por decisión de
Dios, están colocadas en el plano casi inimaginable del progreso universal.
Profunda complacencia tengo cuando veo á la actual generación, que representa
el espíritu de nuestra tierra, brillar, tanto por cantidad como por intensidad,
en el ejército intelectual del Continente.
Materia prima tenemos muchísima, y por algo
Víctor Hugo escogió al Momotombo, entre todos los volcanes de América, para
hacerle decir los maravillosos alejandrinos de su Leyenda de los siglos.
»...Yo he sido acogido en diferentes naciones
como si fuese hijo propio de ellas. Yo guardo en mi gratitud los nombres de
Chile, de
Costa Rica, del Salvador, de Guatemala y de
Colombia; sobre todo de esa generosa, grande y aún actualmente eficaz República
Argentina, que ha sido para mí adoptiva y
singular patria. Y dejadme que en estos momentos pronuncie el nombre de los
Mitre, cuya gloria vasta conocéis, pero de quienes seguramente no sabéis el
estímulo vital que desde hace veinte años me ha sido benéfico en América y
Europa. Al nombre de Mitre habrá que agregar en vuestra memoria y en vuestra
gratitud, como ya está agregado en las mías, el nombre ilustre del general
Zelaya.
»...Recientemente los Estados Unidos han
enviado á la República Argentina á hombres como el profesor Rowe, de la
Universidad de Pensilvania, á observar las maneras de pensar y de obrar que en
ese eminente foco latino animan las más fecundas y poderosas energías
hispanoamericanas. Y los yanquis visitantes han ido á decir, asombrados, cuál
es la casi mágica labor que ha hecho del Río de la Plata el hogar del mundo y
un refugio de libertad y de trabajo.»
Tal hablé á los que me habían mostrado sus
almas fraternales en discursos lujosos y ardorosos, en versos de noble pensar y
generoso sentir.
Una vez en la capital, que encontré renovada y
hermoseada en los años de mis peregrinaciones, me partí á una «hacienda» de
café
situada en las cercanas sierras. Y allí gocé de
espectáculos tan solamente encontrables en esas tierras lujuriantes y solares,
en
donde, bajo la sonora libertad del viento, en
las apoteosis de los amaneceres y de los ponientes, ó en las noches entoldadas
de diamantes, florecen el asombro y la maravilla.
II
La flora tropical es de una belleza que causa
como una sensación de laxitud. El paisaje diríase que penetra en nosotros por
todos los sentidos, y hay una furia de vida que con su proximidad enerva. Se
creería que bajo la vasta techumbre azul de un firmamento que se rayaría con
una estrella, flota un efluvio estimulante para el espíritu y para la sangre;
pero cuyo estímulo se convierte en languidez, en
desmayo voluptuoso: un far tutto que se deslíe
en el far niente...¿No acaba de saberse esta declaración reciente de cierto
doctor: que no es dudoso que un estímulo solar demasiado intenso y demasiado
prolongado conduce á la depresión, y que es á esa causa á la que
ciertamente hay que atribuir la nonchalance de
los habitantes de los países cálidos?
...Solo, en el jardín de una casa amiga, he
visto una tarde, en tibio crepúsculo, algo semejante á una estagnación de las
horas. Había calor húmedo y voluptuoso, y el cielo, en que brillaban tan
solamente, diamantinos, dos ó tres luceros, se
me representaba como inmenso invernáculo. No se sentía ni un soplo de aire; la
vegetación hubiérase dicho cristalizada en la
absoluta inmovilidad de las hojas. Había allí azucenas blancas de anunciación y
otras semejantes á estilizados lirios heráldicos; había rosas de olor y
jazmines orientales que constelan las verdes y espesas enredaderas en que
crecen; había una flor que se llama cundiamor, y otra que
estalla para regar su simiente, y la que se
nombra bellísima, que
evocaba para mí, rosada y alegre, altares
domésticos como los que se adornan en Diciembre para celebrar la Concepción de
María. Toda la circunstante naturaleza me parecía contenida en un concentrado
bloque de tiempo, atmósfera de
bella-durmiente-del-bosque, ó del legendario monje extasiado que escucha al
pájaro paradisíaco.
El lujo del campo lo volví á admirar en plenas
sierras. Se va á éstas á caballo; á las más cercanas pueden llegar carruajes.
Desde que se sale de la capital y se comienza á subir, una temperatura
dulce y fresca sucede á los ardores de la
ciudad. Se empieza á ver á un lado y otro del camino rústicas fincas. Yo me
deleitaba con las fragantes vegetaciones, con los cafetales, que evocan poesía
criolla y antillana, sabrosos sentimentalismos líricos á lo mulato Plácido. Y
hay en las viviendas, cubiertas de tejas arábigas ó de paja, tales ejemplares
de la mujer natural, mozas morenas, altas por lo general, de cuerpos flexibles,
muchachas bronce ó cacao, ó pálidas mestizas, que sugieren fatigantes y agotadores
cariños solares. Pongo por caso que tenéis sed y os detenéis en una de esas
posesiones en las que, desde vuestra caballería, podéis ver el fogón de llamas
de oro
ante el cual se preparan los yantares. Una
campesina de esas os trae un agua fina, fría y doblemente grata por ser servida
en un
guacal, esto es, en una taza hecha de la
corteza del fruto del jícaro, las cuales tazas refrigeradoras suelen ser
labradas é historiadas de escudos, aves, panículos, grecas y letras. A la
oferta del agua se agrega la visión de unos lindos brazos, de unos lindos
hombros y una rosada sonrisa. Y todo esto bien os puede hacer pensar en algo de
Biblia ó en algo de Conquista, en Rebeca ó en doña Marina.
...Me engreía ver á un lado y otro del camino
los arbustos cargados de su fruto rojo y algunos aún como un manojo de tirsos
llenos de su blanca floración. Y calculaba al ver la feracidad de aquel
terreno, en que se suceden alturas y hondonadas, tupido de arbustos de riqueza,
cómo es de fecundo y próvido aquel suelo y cuánto hay que aguardar de las horas
futuras, cuando una apropiada y propicia corriente inmigratoria contribuya á
hacer la producción más abundante y más proficua. La labor agrícola es allí la verdadera
fuente de vida, y el cultivo del café es el preferido; el grano de
Oriente de que hablara por primera vez en
Europa el veneciano Próspero Alpino, y que de Turquía fué con Jean Thévenot á
Francia.
«A principios del siglo XVIII el café se
llevaba de Arabia y costaba
muy caro en los mercados europeos; y el árbol
era un objeto de curiosidad del que apenas se habían encontrado cuatro ó cinco
ejemplares. El burgomaestre de Amsterdam, según unos, ó el
Statuder de las Provincias Unidas, según otros,
regaló al rey Luis XIV un arbusto de café que el monarca francés se dignó
aceptar y confiar á los profesores de su jardín botánico. Los naturalistas del
jardín recibieron con júbilo la planta obsequiada por los holandeses, le
prodigaron los cuidados más asiduos é hicieron cuanto les fué
posible por que se reprodujese en los
invernaderos. Obtuvieron algunos retoños; pero daba lástima cultivar el café en
estufas donde las plantas se ahogaban por falta de aire, de cuyo suelo
artificial no sacaban sino un alimento insuficiente y poco salubre, y donde les
faltaba espacio para desarrollar sus ramas. El
encargado del jardín, que era el notable naturalista Antonio de Jussieu, pensó
que sería más cuerdo enviar aquella planta á un país donde encontrase el calor
vivificante del sol de los trópicos, la húmeda frescura de sus noches y el
riego abundante y tibio de sus lluvias periódicas. En su concepto, la Martinica
reunía las condiciones más favorables para hacer la prueba. Un joven alférez de
navío, sumamente celoso por el progreso de las ciencias y amigo de Antonio de
Jussieu, el caballero Déclieux, partía para aquella colonia con el nombramiento
de teniente-rey. El botánico le entregó el mejor y más vigoroso de los retoños,
recomendándole que no omitiese nada para llevarlo sano y salvo hasta su
destino. Déclieux prometió mostrarse digno de la
misión que se le confiaba y velar por el débil
arbusto como por un niño enfermo.
»La travesía fué larga y penosa: escaseó el
agua, y tripulantes y pasajeros fueron puestos á ración; pero como el arbusto
no estaba comprendido en el reparto, habría perecido, si Déclieux, fiel á su
promesa y pareciendo presentir el gran elemento de riqueza que traía consigo,
no le sacrificara una parte de su escasa ración de
agua. Aquel arbusto de la Martinica fué el
padre común de los
millones de arbustos que desde entonces han
poblado las grandes plantaciones de América. De la Martinica pasó á las
Antillas, y un siglo después á Costa Rica, de donde llegó á nosotros.» Tales
son las
palabras que sobre el café escribe en su
Historia de Nicaragua D. José Dolores Gámez, cuyo padre, que tenía su mismo
nombre, fué quien durante la administración Sandoval, por los años de 1845 á
46, cultivó la primera plantación en las
sierras de Managua. Hoy es el café de Nicaragua de los más preciados en el
mundo. No en vano el de Jinotega obtuvo en una de las grandes recientes
exposiciones el mejor premio por su aroma y calidad.
...Es de un «pintoresco» que deleitaría á
Francis Jammes el espectáculo de las labores en las sierras, en el tiempo del
corte.
Hacen este trabajo por lo general mujeres, y en
los pequeños campamentos que se forman bajo los árboles protectores del café,
no es raro ver la parvada de hijos que afirma la fecundidad de la raza. Hay
hamacas tendidas bajo los frutos rojos, y los cantos del pueblo suelen
acompañar el trabajo. ¡Y qué gloria de vegetación, qué triunfo de vida en todo
lo que la mirada abarca después de
ascender á la región en donde el clima cambia y
el aire es fresco, y los valles se extienden como en visiones de edén, y hay
toda la gama del verde, y un vasto rumor se esparce de los sonoros bananeros ó
platanares, de los árboles enormes y caprichosos sobre los que saltan las
ardillas grises y vuelan las palomas arrulladoras, y los carpinteros y los
pitorreales, y toda la faúna alada que haría las delicias de Ovidio!
...Desde la cumbre de las sierras pobladas de
fincas divísanse el lago de Managua, al fondo, y más cerca la laguna de Nejapa.
Los colosales volcanes semejan, en la diafanidad de los crepúsculos, calcados
en los cielos puros, extraordinarios fujiyamas, y la luz da la ilusión, siendo
de una transparencia de acuarela. Excursiones á
caballo, paseos á pie, salidas cinegéticas,
distraen y alegran las
horas. Suele haber reuniones é improvisados
bailes entre los vecinos de las propiedades; y esas voluptuosas y como
lánguidas damas que van á pasar días de campo á las «haciendas», diríase que
son las hadas de los parajes, las divinidades vivas y carnales.
...Más de una vez pensé en que la felicidad
bien pudiera habitar en uno de esos deliciosos paraísos, y que bien hubiera
podido tal
cual inquieto peregrino apasionado refugiarse
en aquellos pequeños reinos incógnitos, en vez de recorrer la vasta tierra en
busca del
ideal inencontrable y de la paz que no existe.
Pocas horas de mi existencia habré pasado tan gratas y vividas como aquellas en
que, al estallar las mañanas en una cristalería de pájaros locos de vivir,
salía yo con mi escopeta, en compañía de un joven amigo, á recorrer los
caminos, á bajar por los barrancos, á buscar entre los ramajes la deseada caza.
Y al retorno, ningún plato de Champeaux ó de la Tour d'Argent fuera comparable
con los que, perfumados de las hierbas y especias de la tierra, regocijaban nuestro
paladar y nos ponían, con el gusto de los condimentos y la satisfacción de la
gula, un humor
semejante al de ese modesto, pero excelente y
bienhechor poeta que se llamó Baltasar de Alcázar.
Entre todas las plantas que atraen las miradas,
llévanse la victoria palmeras y cocoteros, que en el europeo despiertan ideas
coloniales, los viajes de los antiguos bergantines y las inocencias de Pablo y
Virginia, de cuyo casto absurdo convencen los relentes de las selvas y las
continuas insinuaciones de la tierra. El Trópico transpira savias amorosas; y
allí Cloe daría á Dafnis las dulces lecciones de manera
que dejaría suspensa por el asombro encantado
la pastoril flauta de Longo. El bananero erige su ramillete de estandartes, de
tafetanes verdes, sobre los cuales, cuando llueve, vibra el agua redobles
sonoros; y las palmeras varias despliegan, unas, bajas, como pavos reales,
anchos esmeraldinos abanicos, otras, más altas, airosos
flabeles; las otras son como altísimos
plumeros, orgullosas bajo el penacho, ya entreabierta la colosal y oleosa y
dorada flor del
«coroso», ya colgante la copiosa carga de
cocos, cuya agua fresca y sabrosa es la delicia de las canículas.
...En anchos y lisos secaderos pónese el café
al sol, una vez cortado y recogido. Luego pasará á las máquinas
descascaradoras, que lo dejarán limpio y listo para ser puesto en los sacos de
bramante que han de ir á los mercados yanquis,
á los puertos del Havre ó de Hamburgo. No es la cosecha nicaragüense tan
crecida como la de otros países vecinos; pero en Nicaragua se produce ese grano
fino que supera al mismo moka por su sabor y perfume, y que
se conoce con el nombre de caracolillo. Una
buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y
tantos poemas como una botella de tinta.
III
Cuéntase que el Mikado, al ver en un álbum,
regalo del presidente Porfirio Díaz, fotografías de soldados del Ejército
mejicano, hizo notar al ministro de Méjico el parecido de ellos con sus
soldados
nipones. Tal recuerdo me vino al ver
evolucionar á los soldados nicaragüenses, que, por otra parte, han demostrado
poseer, á más del físico, otras cualidades japonesas. El tipo indígena puro ó
el
mestizo tiene mucho de azteca. «Los primeros
habitantes (nicaragüenses)—dice Gámez—, de origen mongólico, como los
demás del continente americano, hicieron en sus
primitivos tiempos la vida nómada de los pueblos salvajes; pero parece ser muy
cierto que inmigrantes de Méjico y de las naciones vecinas, que llegaban
organizados en tribus, fueron sucesivamente ocupando el territorio y formando
de una manera paulatina la sociedad aborigen de estos
pueblos.» Entre los nacionales se encuentra una
interesante
variedad etnográfica. Existen los tipos
completamente europeos, descendientes directos de españoles ó de inmigrantes
europeos, sin mezcla alguna; los que tienen algo de mezcla india, ó ladinos;
los
que tienen algo de sangre negra, los que tienen
de indio y de negro, los indios puros y los negros. De éstos hay muy pocos(1).
En el carácter han dejado su influjo los hábitos coloniales y la agilidad
mental primitiva. «Y nunca indio, á lo que
alcanzo, habló, como él á
nuestros españoles.», Tal dice Francisco López
de Gómara,
refiriéndose al cacique Nicaragua ó Nicarao,
que dio nombre á
aquellas' tierras americanas. El conquistador
Gil González de Avila, después que hubo tomado posesión de aquellas regiones y
hubo bautizado la bahía de Fonseca, en recuerdo del obispo de Burgos, y
gratificado á una isla con el nombre de su sobrina Petronila, se había
encontrado con el cacique Nicoián, al cual y á toda su gente logró
convertir. «Informóse—dice Gómara—de la tierra
y de un gran rey llamado Nicaragua, que á cincuenta leguas estaba, y caminó
allá.
Envióle una embajada, que sumariamente contenía
fuese su amigo, pues no iba por le hacer mal; servidor del emperador que
monarca del mundo era, y cristiano, que mucho le cumplía, é si no que le haría
guerra».
»Nicaragua, entendiendo la manera de aquellos
nuevos hombres, su resoluta demanda, la fuerza de las espadas y braveza de los
caballos, respondió por cuatro caballeros de su
corte «que aceptaba la amistad por el bien de la paz, y aceptaría la fe si tan
buena le parecía como se la loaban.»
Los españoles fueron bien recibidos por el jefe
indio y se trocaron dádivas. Un fraile iba allí, mercedario, que predicó el
cristianismo y anatematizó las antiguas costumbres. Nicaragua y sus gentes
aceptaron pasablemente todo, menos dos cosas: que se les
prohibiese la guerra y la alegría, «ca mucho
sentían dejar las armas y el placer». Dijeron que «no perjudicaban á nadie en
bailar y tomar placer, y que no querían poner al rincón sus banderas, sus
arcos, sus cascos y penachos, ni dejar tratar la guerra y armas á sus mujeres,
para hilar ellos, tejer y cavar como mujeres y esclavos». Como el peruano
Atabaliba con el P. Valverde, Nicaragua arguyó varios puntos de religión, «que
agudo era, y sabio en sus ritos y
antigüedades. Preguntó si tenían noticia los
cristianos del gran
diluvio que anegó la tierra, hombres y
animales, é si había de haber otro; si la tierra se había de trastornar ó caer
el cielo; cuándo y cómo perdería su claridad y curso el sol, la luna y las
estrellas, que tan grandes eran; quién las movía y tenía. Preguntó la causa de
la oscuridad de las noches y del frío, tachando la natura, que no hacía
siempre claro y calor, pues era mejor; qué
honra y gracias se debían al Dios trino de cristianos, que hizo los cielos y
sol, á quien adoraban por Dios en aquellas tierras; la mar, la tierra, el
hombre que señorea, las aves que volan y peces que nadan, y todo lo del mundo.
Dónde
tenían de estar las almas, y qué habían de
hacer salidas del cuerpo, pues vivían tan poco siendo inmortales. Preguntó
asimesmo si moría el santo padre de Roma, vicario de Cristo, Dios de
cristianos; y cómo
Jesús, siendo Dios, es hombre, y su madre,
virgen pariendo; y si el emperador y rey de Castilla, de quien tantas proezas,
virtudes y poderío contaban, era mortal; y para qué tan pocos hombres
querían tanto oro como buscaban. Gil González y
todos los suyos estuvieron atentos y maravillados oyendo tales preguntas y
palabras á un hombre medio desnudo, bárbaro y sin letras, y ciertamente fué un
admirable razonamiento el de Nicaragua, y nunca indio, á lo que alcanzó, habló
tan bien á nuestros españoles.»
El nicaragüense se distingue en toda la América
Central por condiciones de talento y de valor. A la levadura primitiva se
agregaron elementos coloniales. Si, una vez proclamada la
independencia, hubo descuido en la general
cultura, fué á causa de las inquietudes incesantes que mantuvieron á todos los
cinco Estados centroamericanos en continuas agitaciones y guerras.
El historiador de Indias ya citado hace notar
el estado de relativo adelanto que encontraron en algunas tribus de Nicaragua
los conquistadores. «Sea como fuere, que cierto es que tienen estos
que hablan mejicano por letras las figuras de
los de Culúa, y libros de papel y pergamino, un palmo de anchos y doce largos,
y doblados con fuelles, donde señalan por ambas partes de azul, púrpura y otros
colores, las cosas memorables que acontecen; é allí están pintadas sus leyes y
ritos, que semejan mucho á los
mejicanos, como lo puede ver quien cotejare lo
de aquí con lo de Méjico.»
Y en otro lugar: «Los palacios y templos tienen
grandes plazas, y las plazas están cerradas de las casas de nobles y tienen en
medio de ellas una casa para los plateros, que á maravilla labran y vacían el
oro.» Esta condición aún hoy puede admirarse en los trabajos de orfebrería
nicaragüense. Tales labores he mostrado yo á mis amigos europeos, que las han
comparado con manufacturas de Tifany ó
Froment-Meurice. Escultores y pintores hay
asimismo que, sin haber frecuentado nunca talleres ni museos, pues no han
salido del país, producen obras que me han causado sorpresa y admiración. Así
los
que actualmente decoran la catedral de León,
bajo el cuidado del obispo Pereira.
Ciertos indios fabrican utensilios de barro que
no son inferiores á los que produce la alfarería peninsular en Andújar; las
«tinajitas» de allá alegran la vista y refrescan el agua en los estíos, como
las españolas alcarrazas. La habilidad original y criolla se manifiesta en
esteras ó «petates», en hamacas tejidas de la fibra de la «cabuya» ó de la
pita, teñidas con los colores que extraen del mismo modo que los abuelos,
colores que hacen rememorar cómo ante no sé cuál
tapiz oriental evocara un expresivo pintor
francés la comparación de un «perroquet». Se hacen en los telares rebozos de
hilo y de seda, semejantes á chales indios; se labran en el duro hueso de un
fruto de palmera, el «coyol», sortijas y pendientes que se dijeran de
azabache. Y se descubre en las mentes una
natural claridad de entendimiento y una facultad de asimilación que hacen que
se aprendan con facilidad y acierto importadas industrias extranjeras.
Los zapatos son famosos, y podrían pasar los de
algunos fabricantes por los que en las zapaterías sevillanas han llenado el
gusto del coronado que tiene por nombre Eduardo VII. Aprovechando la riqueza de
los bosques, que es extraordinaria, combinan los carpinteros y ebanistas piezas
de exposición que son maravillosos
mosaicos. Sorprenden las vivaces disposiciones
mecánicas. El primer automóvil que haya llegado á la República fué el del
presidente Zelaya. Con él fué un chauffeur francés. Al poco tiempo los buenos
conductores no escaseaban. Y hasta algo como un Charles Cros nicaragüense ha
habido que haya experimentado allá un sistema de teléfono sin hilos mucho antes
de las hoy triunfantes tentativas de electricistas europeos. Me refiero al
doctor Rosendo Rubí, que
obtuvo en Washington una patente el año de
1900.
Si el clima predispone para la fatiga y hay en
él el tropical
incentivo de la pereza, adelanta, sin embargo,
la actividad artesana. Managua, León, Masaya, Granada, Rivas, Matagalpa, son
centros principales de trabajo. Aunque las condiciones de vida del país son
tan diversas de las que hacen levantar tantas
protestas al obrero en naciones europeas y americanas, no ha dejado de sentirse
por allá
uno que otro vago soplo de espíritu socialista;
mas no ha encontrado ambiente propicio en donde nadie puede morirse de hambre
ni hay vida de dominadores placeres.
El nicaragüense es emprendedor, y no falta en
él el deseo de los viajes y cierto anhelo de aventura y de voluntario esfuerzo
fuera de los límites de la patria. En toda la América Central existen
ciudadanos de la tierra de los lagos que se distinguen en industrias y
profesiones, algunos que han logrado realizar fortunas y no pocos
que dan honra al terruño original. No es el
único el caso del navegante matagalpense de que hablara Ángel Ganivet; y en
Alemania, en Francia, en Rumania, en
Inglaterra, en los Estados Unidos, sé de nicaragüenses trasplantados que ocupan
buenos
puestos y ganan honrosa y provechosamente su
vida. Recuerdo que, siendo yo cónsul de Nicaragua en París, recibí un día la
visita de un hombre en quien reconocí por el tipo al nicaragüense del pueblo.
Me saludó jovial, con estas palabras, más ó menos: «No le vengo á molestar, ni
á pedirle un solo centavo. Vengo á saludarle, porque es el cónsul de mi tierra.
Acabo de llegar á Francia en un barco que
viene de la China, y en el cual soy marinero.
Es probable que pronto me vaya á la India». Se despidió contento como entrara y
se fué á gastar sus francos en la alegría de París, para luego seguir su
destino errante por los mares.
IV
Cuando llegaron los españoles á Nicaragua
existía ya en los naturales cierta cultura intelectual, sin duda alguna
reflejada de Méjico. Cierto que en Guatemala, entre los quichés, había una
civilización superior; mas los nicaragüenses no eran en verdad bárbaros, cuando
Gómara señala en ellos ciertos adelantos.
Todo esto no obsta para la crueldad de los
ritos, que, como los mejicanos, tenían su parte de antropofagia. De todas
maneras, había libros y archivos, que, según dice el historiador Gámez,
«fueron tomados por los españoles y quemados
solemnemente en la plaza de Managua, por el reverendo padre Bobadilla, en el
año
1524». Bobadilla no hizo sino lo mismo que el
obispo Zumárraga hiciera con los tesoros escritos de la capital de Moctezuma.
No iban á América los conquistadores á civilizar, sino á ganar tierras y oro; y
á la América central le tocó la peor parte, entre aventureros de espada y
frailes terribles.
«Los que atravesaron los mares—expresa el
historiador citado—en frágiles naves para correr aventuras en tierras lejanas y
desconocidas, tuvieron que ser, fueron por lo
regular, la escoria de la sociedad española, sobre la que, como es
consiguiente, sobresalió alguna que otra medianía social, á quien las malas
circunstancias arrojaron á nuestras playas.»
Lo más escogido fué á los virreinatos peruano y
mejicano. Se cuenta tradicionalmente en Nicaragua que allá estuvo un hermano de
Santa Teresa de Jesús, y que él fué quien llevó la imagen que aún hoy se venera
en el santuario de Nuestra Señora de la
Concepción de El Viejo. Pudiera suceder, y
quizá de él desciendan algunos de los Cepedas del país. Llegó también un
Loyola, que no
juzgo haya sido de sangre de San Ignacio. Mas
quien en realidad
estuvo allá, é hizo perdurable obra de bien,
pues si no era un santo era un héroe, fué aquel fraile que en el Capitolio de
Washington
tiene estatua, y cuyo nombre brilla con
singular luz entre los de los bienhechores de la Humanidad: Fray Bartolomé de
las Casas. La importada clerecía no fué, por cierto, modelo de virtudes
evangélicas. Como todos los que llegaban,
aquellos tonsurados
tenían el oro por mira. Así, fué un sacerdote
de Cristo el que tuvo la peregrina idea de descender por el cráter del volcán
de Masaya,
creyendo que la lava fundida era el metal
codiciado. Los religiosos no se preocupaban gran cosa ni de enseñar lo
fundamental que se encuentra en el catecismo. Gobernadores, encomenderos,
capitanes, no tenían más objeto que su deseo de riqueza, y entre ellos se
aprisionaban y se mataban. Guatemala, reino ó
capitanía general, era el centro de la escasa cultura del tiempo de la colonia.
Mas por todas partes está el dominio de las armas y la cogulla. El fanatismo
imperaba. En Guatemala se practicaban la magia y la hechicería. Es muy curioso
lo que á este respeto cuenta en su obra, que hizo traducir Colbert al francés,
el fraile inglés Tomás Gage, quien logró, á pesar de ser extranjero, ir hasta
la capital guatemalteca, donde enseñó teología por espacio de doce años.
El período colonial es sombrío para la vida
intelectual. Así hasta la Revolución francesa, que tuvo en tonas partes
repercusión. La
prohibición de que llegasen libros extranjeros
concluyó con las ordenanzas de Carlos III. La Enciclopedia en aquellos países,
como en el resto de América, ayudó á preparar la independencia. Un fraile
eminente, el P. Goicochea, dió nueva luz á los estudios filosóficos, antes
envueltos en mucha teología y mucho peripato. Hay que
advertir que fueron también clérigos los que,
como antaño la sombra, hacían ahora la Luz.
«En los primeros años—expresa Gámez—que
siguieron al descubrimiento de Nicaragua, la población se hallaba, en cuanto á
letras, en completas tinieblas. Los aventureros españoles que
llegaban á nuestras colonias tenían más afición
á la espada que á la pluma, y era raro el que siquiera sabía escribir su firma.
Los escritos
de aquel tiempo, confiados á las personas más
inteligentes é
instruídas, ponen de manifiesto la ignorancia
de sus autores. El clero fué entre nosotros, como en otras muchas colonias, el
que descorrió el velo á la enseñanza, comenzando á propagarla. Pero la
instrucción se limitaba á las castas privilegiadas y se reducía á las primeras
letras y á la doctrina cristiana. Más tarde se estableció en León un colegio
seminario para fabricar los sabios de la colonia. Se estudiaba allí latinidad,
cierto embrollo metafísico-religioso que apellidaban
filosofía, y teología moral y dogmática. La
sabiduría y la ciencia no pasaban nunca más allá de los dinteles de la
sacristía. Se creó
después una Universidad en Guatemala; pero
tanto en ésta como en el seminario de León, no se podía avanzar más que lo que
conviniera á la política de España en las colonias. En 1794 había en la capital
del reino diez y seis conventos, muchas
iglesias y «una sola escuela de primeras letras». No obstante, en Guatemala
hubo antes cierto florecimiento mental, pues no debe de haber sido caso aislado
el de aquel poeta contemporáneo de Cervantes, á quien éste alaba en su Viaje al
Parnaso en estos términos, después de celebrar á Gaspar de Avila:
Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma de tanta
erudición, donaire y gala,
que no hay muerte ni edad que lo consuma.
Apolo le arrancó de Guatimala
y le trujo en su ayuda para ofensa de la
canalla en todo extremo mala.
Á fines del siglo XVIII dió un gran paso la
enseñanza en
Guatemala. Hubo un Flores «que se adelantaba á
Galvani y Balli en experimentos físicos sobre la electricidad, y á Fontana en
las estatuas de cera para el estudio de la anatomía». En el país
nicaragüense «llegábamos á la víspera de
nuestra emancipación hablando malamente el idioma castellano, llena la cabeza
de cuestiones teológicas y metafísicas; pero en lo demás, tan pobres y
atrasados como cuando Nicaragua fué á recibir á Gil González»de
Nicaragua, «el paraíso de Mahoma», como le
llamó Gage, se convirtió en un teatro de guerras civiles». Todo, claro está, en
merma del adelanto y de la instrucción del
pueblo. Y guerras, y más guerras. En largos períodos, la única literatura que
aparece es la violenta y declamatoria de los periódicos de combate. La libertad
del pensamiento no existía. En 1825 el jefe del Estado, Cerda, ordena, entre
otras cosas, retrocediendo á la época de la conquista, «que no se escribiera
por la prensa concepto alguno que no estuviera
conforme con los preceptos católicos», y que se
quemaran todos los libros prohibidos por la Iglesia. Más tarde, durante la
administración Herrera, pudo bien verse en Nicaragua una vislumbre de progreso
y de cultura, dado el retrato moral que de aquel gobernante se lee en un
antiguo periódico citado por Gámez: «Desde muy joven leía los
filósofos más profundos, los genios de la
Francia, la historia antigua.
Su corazón noble se había incendiado en las
nociones de gloria y libertad. Su cabeza activa y fecunda combinaba los grandes
problemas de la legislación y la política. Su
estudio privado, su trato íntimo con los dos grandes literatos honor de su
país, habían desarrollado en él un carácter de empresa, un talento de gobierno,
un tacto y conocimiento de los hombres y de los negocios».
No sé á punto fijo en qué época fué introducida
la imprenta en Nicaragua; mas el libro ha sido escaso, y de aquellos tiempos no
conozco ninguno. El primer periódico oficial
apareció en 1835, bajo la administración Zepeda, con el título de Telégrafo
Nicaragüense; luego figuraron varones de estudio al par que hombres de
política: Buitrago, Hermenegildo Zepeda. Y se admirará á una personalidad
interesante y valiosa: D. Francisco Castellón, varón de viva
inteligencia y de instrucción notable. En 1844
fué enviado como ministro á Europa, á fin de ver si era posible evitar las
rudezas é imposiciones de Inglaterra en Nicaragua. En Londres no quisieron ni
oirle. Luego fué á Francia. Gámez narra un curioso episodio de ese viaje, que
merece copiarse íntegro: «Castellón, que era un hábil diplomático, concretó
entonces sus esfuerzos á la Corte de Francia, para que siquiera interpusiese su
mediación y nos librara de ser
tratados como pueblos bárbaros puestos bajo la
férula de cónsules descorteses y arbitrarios.
»Despertó con tal objeto el interés del público
francés por el canal interoceánico de Nicaragua, por medio de la prensa y de
conversaciones con los hombres más notables de
aquel tiempo. El príncipe Luis Napoleón, después Napoleón III, estaba preso en
el castillo de Ham, y la Corte de Luis Felipe lo hacía aparecer como
demente. Castellón quiso también sacar partido
del bonapartismo y solicitó permiso de visitar al reo de Estado. Luis Napoleón
agradeció la visita del diplomático nicaragüense, quedó prendado de su
agradable presencia y finos modales, y se
sintió vivamente reconocido cuando Castellón, burlando la vigilancia del
carcelero, le deslizó disimuladamente dos cartuchos de oro, que el príncipe
rehusó. Desde ese día el futuro emperador fué
un partidario decidido del canal por Nicaragua, y todos los bonapartistas
franceses se
convirtieron en sus propagandistas más
entusiastas. Estaba logrado el objeto. (La gratitud de Napoleón fué
imperecedera. Apenas ocupó el trono imperial, mandó á Nicaragua á buscar á
Castellón, cuya
muerte ignoraba. Pasó una pensión á su familia,
y más tarde, en
1867, tuvo en París educando á Jorge, hijo
menor de D. Francisco.)
Castellón se dirigió entonces á la Cancillería
francesa, y en una
conferencia con el ministro Guizot ofreció á
Francia toda clase de
privilegios sobre el canal y también cederle en
propiedad una isla en el Atlántico para hacer allí un fuerte que sirviera de
llave al mismo
canal, á condición de que interpusiera su
mediación con Inglaterra,
¡Vana demanda! La Corte de Luis Felipe
manifestó francamente al representante de Nicaragua que los procedimientos de
Inglaterra eran correctos, «porque—añadió—las naciones de Europa no
pueden, sin rebajarse, entenderse con esos
«gobiernitos
mosquitos». El Gobierno de Nicaragua, al dar
cuenta más tarde, en el periódico oficial, del fracaso de su Legación,
exclamaba con
tristeza: «Nuestro Gobierno, cuando se trata de
condenarlo á pagar sin ser oído, está constituído; pero no lo está cuando
quiere
manifestar sus agravios y defenderse.» Y el
espíritu de Drago flotaba aún sobre la superficie de las aguas...
Don Patricio Rivas y D. Cleto Mayorga, ambos
políticos, fueron aficionados á las musas y produjeron cosas ingeniosas que no
se conservan en ninguna antología. En medio de las agitaciones y guerras que se
sucedían, solían aparecer canciones populares de
rimadores anónimos. Máximo Jerez, caudillo,
infatigable apóstol de la Unión Centroamericana, fué persona de cultura
literaria. Díaz Zapata es nombre grato al arte. El hombre de Estado Zeledón era
un universitario. El filibustero yanqui Walker, que cultivó su espíritu en una
Universidad alemana, no llevó á Nicaragua sino la barbarie de ojos azules, la
crueldad y el rifle. Otro anglosajón que llegó de paz fué Squire, quien
escribió un libro notable sobre aquellas tierras.
Leyendo este libro tuvo Víctor Hugo la idea que
le hizo producir Les raisons du Momotombo. Buenaventura Selva fué estadista,
abogado de gran mérito y también hombre de letras. Gregorio Juárez, sujeto
estudioso, lleno de nociones, sabio para su tiempo y que tuvo que ver también
con los asuntos públicos, dió á la prensa muchas ingenuas y modestas poesías.
El Dr. De la Rocha cultivó la elocuencia y dejó páginas históricas y
literarias. En 1660 se introdujo la imprenta en Guatemala, y tres años después
se hizo el primer trabajo tipográfico. Respecto á Nicaragua no tengo ningún
dato seguro. En León creo que fueron de los primeros impresores Pío
Orue y Justo Hernández. Mas el libro, como he
dicho, era escaso en esos tiempos, y aún continúa siéndolo ahora. Conozco muy
mal impresas y mendosas las obras de un historiador de buenas
intenciones, aunque harto apasionado: Jerónimo
Pérez. Cerrada la Universidad leonesa, los estudios se hacían en contados
Institutos y Liceos. La Filosofía se enseñaba por Balmes; la Física, por Ganot.
La fundación de los Institutos de Oriente y de Occidente en Granada y en León
fué un gran paso en el adelanto intelectual de la República. Llegaron para
enseñar en ellos españoles eminentes. Al de León debió ir como director Augusto
González de Linares, gloria de la ciencia moderna de España. No pudo realizar el
viaje, y fué en su lugar José Leonard, un polaco admirable, que había sido
ayudante del general Kruck en la última insurrección, y que en España llegó á
dominar el castellano con toda perfección—era un políglota
consumado—y á ocupar el puesto de redactor de
la Gaceta de
Madrid. Con él fué el doctor Salvador Calderón,
sabio naturalista, hoy profesor de la Universidad matritense. A Granada fueron
el padre Sanz Llaría y otros notables peninsulares.
V
Poco se ha escrito sobre la literatura en
Centroamérica, y
especialmente en Nicaragua. Menéndez Pelayo le
dedica algunas palabras en el prólogo de su Antología. No tengo recuerdo de que
en la Lira americana que publicó Ricardo Palma en París esté representada
Nicaragua, ni en la obra de Lagomagiore. El poeta Félix Medina comenzó la
publicación de una Lira Nicaragüense hace ya muchos años. La obra quedó á medio
hacer. En épocas pasadas los rimadores no han sido raros, dado que excelentes
sacerdotes, doctores, hombres públicos, licenciados, han, como decía el inocente
énfasis de antes, «pulsado la lira». Tengo memoria de haber oído en mi infancia
muchos cantos nacionales, patrióticos, guerreros y
amorosos.
Del corazón del pueblo han brotado, como en
todos los países, cantares sentidos y sencillos como éste:
Mañanitas, mañanitas, como que quiere llover...
Así estaban las mañanas cuando te empecé á
querer.
Era costumbre que en los entierros se
distribuyesen á los concurrentes, junto con las velas de cera, prosas y poesías
impresas en papel de luto. En esa literatura fúnebre se solían encontrar
producciones de cierto mérito, firmadas con nombres conocidos ó
con seudónimos. La novela no ha tenido
cultivadores. Apenas un
caballero de la ciudad de Granada, el Sr.
Gustavo Guzmán, ha dado hace tiempo á la publicidad algunas tentativas sin
pretensiones. El
historiador Gámez publicó también en 1878 un
ensayo de novela: Amor y constancia. Los estudios históricos sí están
representados por libros plausibles y meritorios. Fuera de Jerónimo Pérez, ya
citado, y de Hernández Somosa, cuyos trabajos
se han circunscrito á épocas determinadas, el país se enorgullece con la labor
de Tomás Ayón y de José Dolores Gámez. Ayón fué un jurisconsulto eminente, que
en los últimos años de su vida se dedicó á escribir la historia de Nicaragua
sin más elementos que los historiadores de Indias, los historiadores
guatemaltecos y lo poco de aquellos pobres archivos.
Publicó su trabajo por la imprenta Nacional.
Como fué un escritor para quien los clásicos eran familiares, su producción se
recomienda por discreción y elegancia de estilo, aunque se le hayan hecho
algunos reparos como analista. Dejó ese varón ilustre un hijo que heredó sus
dotes estéticas, y que hoy es uno de los primeros
cultores del arte de escribir en aquella
República: Alfonso Ayón.
Gámez, cuya actuación política ha sido mucha y
muy agitada, es uno de los más firmes sostenedores de las ideas liberales en
Centroamérica. Su radicalismo es fundamental, y su intransigencia reconocida.
Así en su obra no busca disimular las tendencias
preferidas de su espíritu. «Yo—dice en la
introducción de su Historia de Nicaragua—, debo declararlo con franqueza, no
puedo ni podría nunca ocultar mis simpatías por el sistema republicano, por las
luchas en favor de la independencia y libertad de los pueblos, por los
progresos modernos y por las avanzadas ideas del liberalismo en todas sus
manifestaciones», etc. De esta manera, en su producción hay siempre un vago
relampagueo de jacobinismo que se hace
advertir entre la facilidad y la claridad de su
discurso.
Después de la publicación de su Historia, el
autor anunció la de otras obras, como Archivo histórico de Nicaragua,
«voluminosa
recopilación cronológica de documentos
históricos desde 1821 hasta nuestros días»; un Diccionario biográfico y
geográfico de la
República de Nicaragua; sus Memorias del
destierro y Los grandes nacionalistas, estudios de la vida y hechos de los
grandes caudillos que en Centroamérica se han esforzado por reconstruir la
Patria de 1834. Estos libros han quedado hasta ahora inéditos. Gámez ha
tenido que dejar muchas veces de escribir
historia por «hacer
historia». Nadie ha podido por allá dedicarse á
las puras letras. Pero
¿acaso no hay la misma queja en toda la América
latina? ¿Y en España misma? Hay en aquellos países, y en Nicaragua muy
particularmente, una abundancia de materia
prima, o, mejor dicho, de espíritu primo, que es de admirar. Mas el ambiente es
hostil, las condiciones de existencia no son propicias, y la mejor planta
mental que comienza en un triunfo de brotes se seca al poco tiempo. La
impresión de libros, como lo he dicho ya, casi es nula. La producción de
literatos y de poetas ha tenido que desaparecer entre las colecciones de
diarios y de una que otra revista de precaria vida(2).
Hubo un poeta de gran cultura, á quien yo
conocí anciano, y que murió siendo director de la Biblioteca Nacional de
Managua: Antonino Aragón. Había sido amigo de un famoso romántico español que
recorrió casi toda la América: el montañés Fernando Velarde, autor de los
Cantos del Nuevo Mundo. Aragón, lírico y sentimental, escribió buen número de
poesías, y no queda de él ni un soló
volumen. Carmen Díaz, que poseyó lo que antes
se llamaba
«inspiración», no dejó tampoco ni un libro. Lo
propio Cesáreo
Salinas, que rimó asuntos galantes y graciosos,
y á quien, como á tantos otros, fué fatalmente destructor el medio en que su
talento se desenvolviera. Nada queda de los pasados cultores de las letras...
Nada de Juárez, de Rocha, de Díaz, de Buitrago;
nada quedará de Aguilar, cerebro privilegiado; nada de un delicado poeta:
Manuel Cano; nada del fuerte talento de un Anselmo H. Rivas. Dos
extranjeros de grata recordación contribuyeron
á la cultura del país, impulsando y dando nueva vida al periodismo naciente: un
alemán,
H. Gottel, y un italiano, Fabio Carnevalini.
Este último dejó un solo volumen: la traducción de la obra del filibustero
William Walker sobre su invasión á Nicaragua. Los padres jesuitas, durante su
permanencia en la República, contribuyeron mucho á la difusión del amor á las
Humanidades en la juventud que atraían. En tiempo de ellos comenzaron á brillar
inteligencias que más tarde serían glorias de la Patria. Luis H. Debayle, una
de las más finas, nobles y puras almas que me haya sido dado conocer en mi vida;
José Madriz,
talento tan vigoroso como sagaz; y Román
Mayorga Rivas, gallardo y elegante poeta, comenzaron su educación de ciencia y
belleza cuando estaban en el país aquellos religiosos. Debayle es un médico y
cirujano ilustre, digno de figuración y loa en cualquier parte del mundo, y que
con el argentino Wilde fué de las primeras
personalidades en el Congreso Médico
Panamericano de la Habana. Luego ha figurado brillantemente en el Internacional
de Budapest.
Joven aún, goza en toda la América Central de
una autoridad
indiscutible. Su carrera la hizo en París, en
donde conquistó por concurso el título de interno de los hospitales—único en
Centroamérica—, y en donde Charcot, Richelot,
Pean y Guyot le estimularon, le demostraron su afecto, predijeron su porvenir
de
éxitos y de gloria. Discípulo ferviente de
Pasteur, llevó á su Patria las nuevas ideas, siendo considerado como el
innovador de la Medicina y de la Cirugía en Nicaragua. En medio de sus triunfos
científicos, no ha podido echar en olvido á las Gracias divinas. Y ha escrito y
escribe de cuando en cuando artículos, estudios
y delicados poemas, unos impregnados de aroma romántico, otros muy modernos y
de técnica hábil, todos bellos de humanidad y de sinceridad. Madriz ocupa hoy
uno de los primeros puestos en la política
centroamericana; abogado de gran mérito, es en
todo un combativo. Mas no ha sido tampoco infiel á las letras, y tiene por
publicar importantes estudios de historia patria, que han de ser dignos de su
sólido y áureo talento. Mayorga Rivas estaba llamado á ser el fundador del
periodismo á la moderna en Centroamérica, y, en
efecto, dirige en San Salvador el primer diario
de aquellas cinco Repúblicas. No obstante, su antigua musa le acompaña siempre,
y suele, al amor de ella, formar en su jardín de lirismo muy lindos ramos de
rosas de poesía. Hay que tener en cuenta que todos los escritores tienen
necesariamente que ir á parar al terreno de las
discusiones políticas. Los mejores cerebros se
han gastado así ¿Qué obras perdurables no habrían podido dejar un Carlos Selva,
un Tiburcio G. Bonilla, ó un Rigoberto Cabezas en lo pasado, y no podría hacer
un Salvador Mendieta en lo presente? Cabezas fué á la acción, y en ella dejó un
nombre luminoso. Otros han arrojado su tinta al viento y al olvido. Modesto
Barrios, un verdadero literato y
maestro de la palabra, se fatigó en vanas
oposiciones y se refugió en la jurisprudencia y en el profesorado. Otro muy
culto espíritu,
Manuel Coronel Matus, ha ocupado altos puestos
públicos, y hoy dirige un diario y un Instituto.
Singular figura entre las gentes que escriben
ha sido la de D.
Enrique de Guzmán, miembro correspondiente de
la Real Academia Española, el único miembro correspondiente de la Real Academia
Española que haya existido en Nicaragua...El Sr. Guzmán se dedicó á la política
y á la gramática. En lo segundo ha tenido por allá, en años ya lejanos,
bastante éxito. Es un hombre de cierta lectura, con dotes socarronamente
satíricas, y cuya manera ha consistido en mezclar al chiste castellano y á la
cita clásica algo de la pimienta un poco fuerte y del «chile» usual en su parroquia.
De este modo, el Sr. Guzmán es menos gustado en el resto de Centroamérica que
en Nicaragua; y en Nicaragua, para saborearlo por completo, se necesita ser de
su
ciudad de Granada, y, posiblemente, de su
barrio. Es algo, por otra parte, semejante al español Valbuena, con más
cultura, y que
mezcla taimadamente á falsas inocencias de cura
oblicuo desplantes y pesadeces de dómine criollo. ¡Excelente Sr. Guzmán, el
mismo,
invariable, incambiable desde hace treinta,
cuarenta, cincuenta años; qué sé yo!
Nilne puset capiti non posse pericula cano
Pellere, quin tepidum hoc optes audire:
decenter?
El gramaticismo y el filologismo llegaron por
influjo colombiano. En un tiempo, cuando á Bogotá se la llamaba Atenas de
América,
fueron aquellos países como dependencias
académicas de Colombia y de Venezuela. De ahí que todavía se encuentre quienes
juzguen
que el hombre ha sido creado por Dios para
aprenderse el Diccionario de galicismos de Baralt y las apuntaciones sobre el
lenguaje bogotano de D. J. Rufino Cuervo. Dos
caballeros discuten sobre política, ó sobre no importa qué, por la prensa.
Desventurado de aquel que, aunque lleno de buena doctrina, escribe: «es por
esto que» ó «avalancha». Una de las razones que hicieron popular y famoso á un
escritor ecuatoriano, genial, por otra parte, D. Juan
Montalvo, fué su manera de escribir arcaica, su
culto por Cervantes y por el Diccionario. Y hay quienes en Nicaragua se han
dedicado á la tarea de estudiar el idioma, y que merecen el título de miembros
correspondientes de la Real Academia Española tanto como el Sr.
Guzmán. Me refiero al Sr. Fletes Bolaños; á un
poeta honesto y sensitivo: mi antiguo maestro Felipe Ibarra y á un concienzudo
é infatigable minero de las minas clásicas: Mariano Barreto.
Todo esto me era conocido. A mi llegada pude
darme cuenta de lo que vale y representa la nueva generación. Allá, como en
toda
América, ha habido un florecimiento, una
renovación de brillo y valores. Encontré un tesoro de entusiasmo, una corriente
que tan sólo necesita ser bien encauzada, una fuerza que, con un poco de apoyo
y de estímulo, con paz en la República y con voluntad en los espíritus
dirigentes, puede convertirse en el impulso dinámico que transforme el alma del
país. Juventud y porvenir significan en el fondo una misma cosa.
INTERMEZZO TROPICAL
DEDICATORIA
A Mariano Miguel de Val
I
MEDIODÍA
Midi, roi des étes, como cantaba el criollo
francés. Un mediodía
ardiente. La isla quema. Arde el escollo, y el
azul fuego envía.
Es la isla del Cardón, en Nicaragua. Pienso en
Grecia, en Morea ó en Zacinto, Pues al brillo del cielo y al cariño del agua se
alza enfrente una tropical Corinto.
Penachos verdes de palmeras. Lejos, ruda de
antigüedad, grave de mito, la tribu en roca de volcanes viejos,
que, como todo, aguarda su instante de
infinito.
Un ave de rapiña pasa á pescar, y torna con un
pez en las garras.
Y sopla un vaho de horno que abochorna y tuesta
en oro las cigarras.
VIAJE
II
VESPERAL
Ha pasado la siesta
y la hora del poniente se avecina, y hay ya
frescor en esta
costa, que él sol del Trópico calcina. Hay un
suave alentar de aura marina, y el occidente finge una floresta
que una llama de púrpura ilumina. Sobre la
arena dejan los cangrejos la ilegible escritura de sus huellas.
Conchas color de rosa y de reflejos
áureos, caracolillos y fragmentos de estrellas
de mar forman alfombra
sonante al paso en la armoniosa orilla. Y
cuando Venus brilla,
dulce, imperial amor de la divina tarde, creo
que en la onda suena
ó son de lira, ó canto de sirena.
Y en mi alma otro lucero como el de Venus arde.
III
CANCIÓN OTOÑAL
En Occidente húndese el sol crepuscular;
vestido de oro y púrpura mañana volverá.
En la vida hay crepúsculos que nos hacen
llorar,
porque hay soles que pártense y no vuelven
jamás.
CORO.
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión,
y la acompaña una canción del corazón.
Este era un rey de Cólquida,
ó quizá de Thulé.
un rey de ensueños líricos que sonrió una vez.
De su sonrisa hermética jamás se supo bien
si fué doliente y pálida ó si fué de placer.
C ORO.
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión,
y la acompaña una canción del corazón.
La tarde melancólica solloza sobre el mar.
Brilla en el cielo véspero en su divina paz.
Y hay en el airé trémulo ansias de suspirar
porque pasa con Céfiro como el alma otoñal.
CORO.
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión,
y la acompaña una canción del corazón.
IV
RAZA
Hisopos y espadas han sido precisos,
unos regando el agua
y otras vertiendo el vino de la sangre.
Nutrieron
de tal modo á la raza los siglos.
Juntos alientan vástagos de beatos é hijos
de encomenderos; con los que tienen el signo
de descender de esclavos africanos, ó de
soberbios indios,
como el gran Nicarao, que un puente de camons
brindó al cacique amigo
para pasar el lago
de Managua. Eso es épico y es lírico.
V
CANCIÓN
Niñas que dais al viento, al cielo y á la mar
la mirada, el acento y el olor de azahar
que de vuestros cabellos bellos
amamos respirar;
damas de sol y ensueño, de luz y de ilusión,
que anima el dios risueño dueño del corazón,
por vuestros ojos cálidos, pálidos
los soñadores son. Obras de arte del sacro
artista universal.
tan bello simulacro dé su gracia fatal
y en tal estatua vibre, libre,
la psique de cristal.
Pues sois de la existencia la dicha en lo
fugaz,
y vuestra dulce ciencia suele ser eficaz:
quémese uno en tal fuego: luego
puede dormirse en paz.
VI
Á DOÑA BLANCA DE ZELAYA
Señora: De las Blancas que tenemos noticia la
primera sería Diana la Cazadora,
á menos que no fuese la Diosa de Justicia,
ó la que nos anuncia la entrada de la Aurora.
Después hay muchas Blancas entre la negra historia, que astros de venturanza
para los pueblos son,
ya perlas de consuelo, ó diamante de gloria;
por ejemplo: la dulce Blanca de Borbón.
En un fondo de azul, como una estrella brilla,
siendo como la reina de las flores de lis,
la prestigiosa doña Blanca de Castilla, decoro
de las reinas y madre de San Luis. En un ambiente de bizarría y fragancia, otra
blancura viene que prestigia y que da á la maravillosa doña Blanca de Francia
la música de triunfo que por sus nupcias va. Y
en lo que el coronista preciosamente narra entre lujos de justa y reflejos de
lid
nos aparece doña Blanca de Navarra, orgullosa,
preclara y biznieta del Cid.
Mas ante este desfile que de la gloria arranca,
entre tantas blancuras siendo una regia flor, por sencilla, por pura, por
garrida y por blanca. Blanca de Nicaragua nos será la mejor.
VII
RETORNO
El retorno á la tierra natal ha sido tan
sentimental, y tan mental, y tan divino,
que aun las gotas del alba cristalinas están
en el jazmín de ensueño, de fragancia y de
trino.
Por el Anfión antiguo y el prodigio del canto
se levanta una gracia de prodigio y encanto
que une carne y espíritu, como en el pan y el
vino. En el lugar en donde tuve la luz y el bien,
¿qué otra cosa podría sino besar el manto á mi
Roma, mi Atenas ó mi Jerusalén?
Exprimidos de idea, y de orgullo y cariño,
de esencia de recuerdo, de arte de corazón,
concreto ahora todos mis ensueños de niño sobre la crin anciana de mi amado
León.
Bendito el dromedario que á través del desierto
condujera al Rey Mago, de aureolada sien,
y que se dirigía por el camino cierto
en que el astro de oro conducía á Belén.
Amapolas de sangre y azucenas de nieve
he mirado no lejos del divino laurel,
y he sabido que el vino de nuestra vida breve
precipita hondamente la ponzoña y la hiel.
Mas sabe el optimista, religioso y pagano, que
por César y Orfeo nuestro planeta gira,
y que hay sobre la tierra que llevar en la
mano, dominadora siempre, ó la espada, ó la lira.
El paso es misterioso. Los mágicos diamantes de
la corona ó las sandalias de los pies
fueron de los maestros que se elevaron antes, y
serán de los genios que triunfarán después.
Parece que Mercurio llevara el caduceo de
manera triunfal en mi dulce país,
y que brotara pura, hecha por mi deseo, en cada
piedra una mágica flor de lis.
Por atavismo griego ó por fenicia influencia,
siempre he sentido en mí ansia de navegar, y Jasón me ha legado su sublime
experiencia y el sentir en mi vida los misterios del mar.
¡Oh, cuántas veces, cuántas veces oí los sones
de las sirenas líricas en los clásicos mares!
¡Y cuántas he mirado tropeles de tritones y
cortejos de ninfas ceñidas de azahares!
Cuando Pan vino á América, en tiempos fabulosos
en que había gigantes, y conquistaban Pan
y Baco tierra incógnita, y tigres y molosos
custodiaban los templos sagrados de Copán,
se celebraban cultos de estrellas y de abismos;
se tenía una sacra visión de Dios. Y era
ya la vital conciencia que hay en nosotros
mismos de la magnificencia de nuestra Primavera.
Los atlántidas fueron huéspedes nuestros. Suma
revelación un tiempo tuvo el gran Moctezuma,
y Hugo vió en Momotombo órgano de verdad. Á
través de las páginas fatales de la Historia, nuestra tierra está hecha de
vigor y de gloria, nuestra tierra está hecha para la Humanidad. Pueblo
vibrante, fuerte, apasionado, altivo; pueblo que tiene la conciencia de ser
vivo,
y que, reuniendo sus energías en haz
portentoso, á la Patria vigoroso demuestra
que puede bravamente presentar en su diestra el
acero de guerra ó el olivo de paz.
Cuando Dante llevaba á la Sorbona ciencia y su
maravilloso corazón florentino,
creo que concretaba el alma de Florencia, y su
ciudad estaba en el libro divino.
Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña.
Mis ilusiones, y mis deseos, y mis
esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña.
Y León es hoy á mí como Roma ó París. Quisiera
ser ahora como el Ulises griego que domaba los arcos, y los barcos y los
destinos. ¡Quiero ahora deciros ¡hasta luego!,
porque no me resuelvo á deciros adiós!
VIII
A MARGARITA DEBAYLE
Margarita, está linda la mar. y el viento
lleva esencia sutil de azahar; yo siento
en el alma una alondra cantar: tu acento.
Margarita, te voy á contar un cuento.
***
Este era un rey que tenía un palacio de
diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes, un kiosco de
malaquita, un gran manto de tisú,
y una gentil princesita, tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer; la princesa era
traviesa
y la quiso ir á coger. La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla, y una pluma y una
flor.
Las princesas primorosas se parecen mucho á ti:
cortan lirios, cortan rosas, cortan astros. Son
así.
Pu es se fué la niña bella, bajo el cielo y
sobre el mar, á cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar. Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba sin permiso del
papá.
Cuando estuvo ya de vuelta de los parques del
Señor,
se miraba toda envuelta en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho? Te he
buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho, que encendido se te
ve?» La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fuí á cortar la estrella mía á la azul
inmensidad.»
Y el rey clama: «¿No te he dicho que el azul no
hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho! El Señor se va á
enojar.»
Y dice ella: «No hubo intento; yo me fuí no sé
por qué;
por las olas y en el viento fuí á la estrella y
la corté.»
Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener: vuelve al cielo, y lo
robado vas ahora á devolver.»
La princesa se entristece por su dulce flor de
luz, cuando entonces aparece sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas esa rosa le
ofrecí:
son mis flores de las niñas . que al soñar
piensan en mí.» Viste el rey ropas brillantes, y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
á la orilla de la mar.
La princesita está bella, pues ya tiene el
prendedor en que lucen con la estrella, verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar, y el viento
lleva esencia sutil de azahar: tu aliento.
Ya que lejos de mí vas á estar,
guarda , niña, un gentil pensamiento al que un
día te quiso contar
un cuento.
IX
EN CASA DEL DR. LUIS H. DEBAYLE
BRINDIS
Esta casa de gracia y de gloria me augura,
en tan dulces momentos, que son de Epifanía,
como el amanecer de un encantado día
que iniciase las horas de una dicha futura.
Aquí un verbo ha brotado que anima y que
perdura, aquí se ha consagrado á la eterna Harmonía
por las rosas de idea que han dado al alma mía,
en sus pétalos frescos, la fragancia más pura.
Suaves reminiscencias de los primeros años me
brindaron consuelos en países extraños, y hoy sé por el Destino prodigioso y
fatal,
que si es amarga y dura la sal de que habla el
Dante, no hay miel tan deleitosa, tan fina y tan fragante, como la miel divina
de la tierra natal.
Y para Casimira el oro de la lira, y las flores
de lis
que junten la fragancia de Nicaragua y Francia
por su adorado Luis.
X
DEL POEMA DE OTOÑO
Tú, que estás la barba en la mano meditabundo,
¿has dejado pasar, hermano, la flor del mundo?
Te lamentas de los ayeres con quejas vanas:
¡aún hay promesas de placeres
en los mañanas!
Aún puedes casar la olorosa rosa y el lis,
y hay mirtos para tu orgullosa cabeza gris.
El alma ahita cruel inmola lo que la alegra,
como Zingua, reina de Angola, lúbrica negra.
Tú Has gozado de la hora amable, y oyes después
la imprecación del formidable Eclesiastés.
El domingo de amor te hechiza; mas mira cómo
llega el miércoles de ceniza: Memento, homo...
Por eso hacia el florido monte las almas van,
y se explican Anacreonte y Ornar Kayam.
Huyendo del mal, de improviso se entra en el
mal
por la puerta del paraíso artificial.
Y, no obstante, la vida es bella, por poseer
la perla, la rosa, la estrella y la mujer.
Lucifer brilla. Canta el ronco mar. Y se pierde
Silvano oculto tras el tronco del haya verde.
Y sentimos la vida pura, clara, real,
cuando la envuelve la dulzura primaveral.
¿Para qué las envidias viles y las injurias,
cuando retuercen sus reptiles pálidas furias?
¿Para qué los odios funestos de los ingratos?
¿Para qué los lívidos gestos, de los Pilatos?
¡Si lo terreno acaba, en suma, cielo é
infierno,
y nuestras vidas son la espuma de un mar
eterno!
Lavemos bien de nuestra vest
la amarga prosa; soñemos en una celeste,
mística rosa.
Cojamos la flor del instante;
¡la melodía
de la mágica alondra cante la miel del día!
VIAJE
Amor á su fiesta convida y nos corona.
Todos tenemos en la vida nuestra Verona.
Aun en la hora crepuscular canta una voz:
«¡Ruth, risueña, viene á espigar para Booz!»
Mas coged la flor del instante, cuando en
Oriente
nace el alba para el fragance adolescente.
¡Oh! Niño que con Eros juegas, niños lozanos,
danzad como las ninfas griegas y los silvanos.
El viejo tiempo todo roe
y va deprisa;
sabed vencerle, Cintia, Cloe y Cidalisa.
Trocad por rosas azahares, que suena el son
de aquel Cantar de los Cantares de Salomón.
Príapo vela en los jardines que Cipris huella;
Hecate hace aullar los mastines; mas Diana es
bella,
y apenas envuelta en los velos de la ilusión,
baja á los bosques de los cielos por Endimión.
¡Adolescencia! Amor te dora con su virtud;
goza del beso de la aurora,
¡oh juventud!
¡Desventurado el que ha cogido tarde la flor!
Y ¡ay de aquel que nunca ha sabido lo que es
amor!
Yo he visto en tierra tropical la sangre arder,
como en un cáliz de cristal, en la mujer.
Y en todas partes la que ama y se consume
como una flor hecha de llama y de perfume.
Abrasaos en esa llama y respirad
ese perfume que embalsama la Humanidad.
Gozad de la carne, ese bien que hoy nos
hechiza,
y después se tornará en polvo y ceniza.
Gozad del sol, de la pagana luz de sus fuegos;
gozad del sol, porque mañana estaréis ciegos.
Gozad de la dulce armonía que á Apolo invoca;
gozad del canto, porque un día no tendréis
boca.
Gozad de la tierra, que un bien cierto
encierra;
gozad, porque no estáis aún
bajo la tierra.
Apartad el temor que os hiela y que os
restringe;
la paloma de Venus vuela sobre la Esfinge.
Aún vencen muerte, tiempo y hado las amorosas;
en las tumbas se han encontrado mirtos y rosas.
Aún Anadiódema en sus lidias nos da su ayuda;
aún resurge en la obra de Fidias Frine desnuda.
Vive el bíblico Adán robusto, de sangre humana,
y aún siente nuestra lengua el gusto de la
manzana.
Y hace de este globo viviente fuerza y acción
la universal y omnipotente fecundación.
El corazón del cielo late por la victoria
de este vivir, que es un combate y es una
gloria.
Pues aunque hay pena y nos agravia el sino
adverso,
en nosotros corre la savia del universo.
Nuestro cráneo guarda el vibrar de tierra y sol
como el ruido de la mar el caracol.
La sal del mar en nuestras venas va á
borbotones;
tenemos sangre de sirenas y de tritones.
Á nosotros encinas, lauros, frondas espesas:
tenemos carne de centauros y satiresas.
En nosotros la Vida vierte fuerza y calor.
¡Vamos al reino de la Muerte por el camino del
Amor!
VI
Entre los poetas actuales es el primero
Santiago Argüello. Ha producido ya una obra considerable. Se le reconoce como á
un maestro. Ha sido vario en sus efusiones líricas; se le ha aplaudido, ha
triunfado. Es fecundo, es sonoro, es tropical, es un trabajador y un virtuoso
del verso. Ha publicado no solamente poesía, sino libros de crítica y, por
motivos docentes, un texto de literatura. Ha
ensayado el drama con ruidoso éxito. En
Argüello hay una mezcla de cerebral y de sensitivo. Su imaginación es rica y
derrochadora. Su talento ha revelado su fortaleza cuando, á pesar del medio en
que ha vivido, ha podido crear lo que ha creado. A pura intuición y á puro
libro ha realizado sus primeros sueños de arte. Con motivo del estreno de su
drama Ocaso escribíale Max Nordau: «No le felicito sólo por el éxito, sino
también por la obra misma, fuerte y bella, y, sobre todo, por la idea que usted
ha tenido de escribir una pieza
vivida, auténtica, arraigada en su suelo,
poblada de un mundo suyo, cargada de ideas propias y sentimientos reales: una
pieza que
traduce la vida en el espacio y en el tiempo.
Necesitaba usted valor para emanciparse de la influencia extranjera, para
apartarse de ese mundo ficticio, casi siempre parisiense, en que se mueve el
teatro sudamericano, y colocar sobre la escena los seres y las cosas que le son
familiares. Ha hecho usted un bellísimo début. ¡Ojalá sea el creador del teatro
nacional hispanoamericano!» El famoso israelita se refiere á la valiente tesis
social del drama, que en Madrid habría causado el ruido de una Electra galdosiana.
No hay duda de que en Centroamérica, Argüello, con el gran salvadoreño Gavidia,
en asuntos de teatro va á la cabeza. Su poesía es, como él la llama en uno de
sus libros, «de tierra cálida»; sin embargo, su alma ha ido á todas partes, ha
viajado en peregrinación y adoración de bellezas
por épocas y países diversos. ¿Qué poeta
verdadero no lo ha hecho, sobre todo en nuestras Américas, de irreductibles
ensoñadores? Ha habido quienes critiquen la preferencia en nuestras zonas por
princesas ideales ó legendarias, por cosas de prestigio oriental,
medioeval, Luis XIV, ó griego, ó
chino...Homero, señores míos, tenía sus lotófagos; Shakespeare, su Italia, ó su
Dinamarca, ó su Roma, y, sobre todo, sus islas divinas...Para ser completo y
puramente
limitado á lo que nos rodea se necesita el
honrado, el santo localismo de un Vicente Medina el murciano, ó de un Aquileo
Echeverría el costarricense...Y ya Medina está en Buenos
Aires...Argüello siente la Naturaleza y se
comprende unido á ella. Su llama interior brota en la profusión de sus ritmos y
rimas. Sus formas tienen de lo clásico y de lo moderno. Gusta, más que del
símbolo, de la alegoría. Su vocabulario es muy rico, quizás excesivo, pues
ocurre que al leer algunas de sus páginas tiene uno que recurrir al
Diccionario. Labra y engarza sus palabras con minucias de orfebrería. Así como
á Robert de Montesquiou en Francia, á él sería al único quizá que se le podría
llamar entre nosotros poeta
decadente. Tiene, sin embargo, otras maneras,
pues ya he dicho
que es un notable «virtuoso». Ved cuánta
diferencia hay entre unas y otras de sus poesías. Citaré ésta, del libro De
tierra cálida, titulada Germinal:
El horno de abril. En la hoguera se abrasan los
llanos. Extiende sus velas el pájaro y hiende
los aires. Resopla la fiera. El horno de abril
reverbera,
y se oye zumbar: es el duende que fuegos
eróticos prende.
Después, la gentil Primavera su espeso cabello
prendido
con regias coronas. El nido renueva las notas
del coro.
Rosal lujurioso se cubre
de rosas. Da leche la ubre; la espiga, mazorcas
de oro.
Y este fragmento de un poema, Habla Safo de sus
tres amores:
¡Oh, vírgenes de Lesbos...! ¡Adoradas y
encantadoras vírgenes! ¡Vosotras prendéis en el fanal de mi pupila
esa vívida lumbre de las diosas!
¡Qué fulgentes los ortos de mi dicha cuando os
veo venir; cuando radiosas, el perfume esparcís de las praderas;
cuando, á su paso, vuestros pies enfloran;
cuando bajan en densas espirales,
del cabello, las víboras, que enroscan sus
anillos de seda en vuestro cuello: esas ávidas víboras que flotan
como obscuros afluentes del Cocito
o cual rayos de una alba esplendorosa, buscando
sobre el seno palpitante
la miel de Hymeto en la colmena roja!
¡Athis divina! ¡Que se encienda mi alma en la
risa de luz que hay en tu boca,
y que es rayo auroral que va jugando
en los pétalos frescos de una rosa!
¡Que me envuelva tu pelo rubio, como un áureo
manto real! Y que á la sombra de tu pestaña crespa, Amor encienda
en tus célicos ojos tus auroras,
en tus ojos azules como el Actium, y como el
Etna ardientes...
¡Tú, Anactoria,
que enloqueces mi mente! ¡Tú, el ensueño del
alma ambicionado...! ¡De tu boca
riega sobre la mía la cascada de tus ígnicos
besos!
¡Venid todas,
bellas hijas de Pira...! ¡Ven, Cyrina,
la del mohín lascivo...! ¡Ven, Andrómeda!
¡Timas, Naís...volad! ¡Volad! ¡Que escancie la
madre del Amor en nuestras copas
sus embriagantes vinos...! ¡Que se tiñan los
auríferos bordes, y las rosas
de vuestros grasos labios encendidos
ensangrienten la tez de sus corolas!
¡Matadme, delirantes...!
¡Ven, Corina;
hazme que pruebe de tu piel sabrosa!
¡Ponme borracho de deleite...! ¡Déjame
con mis sedientos labios en la copa! Y tú, mi
Cydno, ¡mi adorada Cydno!
¡Blanca como el plumón de la garzota, como la
espuma que envolvió á Citeres en pañales de tul...! Ya la zozobra
de nuestras gratas expansiones íntimas me agita
el corazón, é hirviendo, azota mi sangre las arterias. ¡Haz que sea, por el
amor, mi sangre abrasadora, mar de oleaje bravío, mar de lava
que se estrella en sus cárceles de roca, y
levanta vorágines, y escupe
a los cielos la espuma de su cólera!
¡Llegad presto, queridas! El deseo con sus
puntas eléctricas me toca.
¡Me parece que os tengo entre mis brazos, que
vuestras carnes con mis carnes rozan, que un aliento caldeado me enloquece,
en un pujante resollar de forja,
y que son vuestros senos pebeteros do eróticos
perfumes se evaporan!
¡Volad, hijas de Zeus...! Que ya siento
calcinarse las frases en mi boca;
mi lengua se entumece, y es mi labio un páramo.
¡La angustia, sudorosa,
me aprieta el corazón, tiembla en mis carnes,
me estruja la garganta y me sofoca...!
¡Venid á refrescar este desierto
de mis áridos labios con las pomas humedosas de
miel de vuestros pechos!
Que vuestras carnes, en sus tibias combas, cual
los poros sutiles de los pétalos
dan al insecto su embriaguez de aromas, me den
á mí su seductor perfume...
¡Toda la esencia de sus flores todas!
¡Todo el dulce rocío de sus cálices!
¡Todo el grato licor de sus corolas!
¡Y dormirme, ebrio ya...! ¡Siempre soñando con
otro goce más...! Que me aprisionan otros brazos mejores, y otros ojos
más fúlgidos me queman...¡Y en las ondas del
piélago supremo, en los arrullos
del abrasante amor, sentir ansiosa la divina
epilepsia del deleite,
con avidez frenética de loca...!
¡Venid! ¡Que ya mi ceñidor desciende!
¡Mi túnica está suelta; ya pregona la pasión
delirante...! ¡Me parece
el mareo sentir de vuestras rondas,
oh, lúbricas hetairas...! ¡Vuestro pelo,
en viperina contorsión, retoza
en los rápidos giros de la danza...,
y las sedeñas vestes en la alfombra..., y la
gloriosa seducción sin velos
que vuestros regios cuerpos aureola..., y los
senos recónditos, que emanan arábigas esencias voluptuosas...,
y los besos que sangran..., y las sangres,
embriagantes, dulcísimas y rojas...,
y la estrechez gratísima..., y el lánguido
desmayo de la dicha enervadora...,
y el hondo frenesí que al reino vuela donde
tiene el Delirio su corona...!
En el Poema de la locura, hecho con bizarrías
musicales y caprichos métricos, muy romántico si se quiere, demuestra
mayormente su dominio técnico y su ensoñadora
fantasía. En Ojo y alma, su último libro, continúa su adoración ideal, y la
música, en el amplio sentido griego de la palabra, impera siempre.
Junto con Argüello sostienen en aquella tierra
el culto artístico
escritores como Ayón, de quien ya he hablado;
como Félix Quiñones, á cuyo ferviente humanismo debe tanto la cultura
intelectual
nicaragüense; Manuel Maldonado, que es un poeta
sentimental y elegante, duplicado de un orador admirable, de un crisóstomo
fogueado por aquellos soles, Francisco Huezo, inteligencia
largamente abarcadora y verbo ardiente y
cordial; los hermanos Paniagua Prado: Francisco, sutil, sensitivo y á veces
complicado,
cuya prosa elegante y moderna es reveladora del
espíritu progresista y asimilador de Nicaragua; José María, líricamente airoso
y amador
de quimeras.
Los nuevos en la vida de la mente, los de
ahora, tienen su esperanza en flor y su corazón lleno de futuro. El P. Casco es
sapiente y armonioso (3) meditabundo, sereno ó
impregnado de
universal amor escribe sus ritmos Manuel
Tejerino; con ímpetu y con fragancias sílvicas exterioriza sus energías Antonio
Medrano; Juan.
R. Aviles decora bizarramente sus prosas
poemáticas; el poeta
Vanegas, quizás el más firme y sólido, expresa
su generoso sentido de la vida en hermosas estrofas; José Olivares sinfoniza
suaves melancolías y eterizadas divagaciones; Lino Argüello, de finos caprichos
y prematuras languideces, combina plausibles versos, y García Robleto y Narciso
Callejas, que heredara superioridades
maternas, y Juan Guerra y Rivas Ortiz, y otros
más, hacen la noble, y allí por desgracia estéril, buena campaña del arte. En
Managua está la Biblioteca Nacional. Los libros extranjeros llegan raramente.
Hay dos cronistas meritorios que se dedican á comentos y exposiciones de los
anales patrióticos: Jenaro Lugo y Sotomayor.
VII
La mujer nicaragüense no tiene un tipo
marcadamente definido entre las del resto de Centroamérica; pero hay en ella
algo especial que la distingue. Es, y ya lo he hecho observar en otra parte,
una
especie de languidez arábiga, de nonchalance
criolla, unida á una natural elegancia y soltura en el movimiento y en el
andar. Como en las Antillas, como en casi todas las Repúblicas sudamericanas,
abunda el color moreno, el cabello negro; pero no son escasas las
rubias. Solamente que el clima no deja durar
mucho los oros de los primeros años. Así, el rubio claro ó áureo se torna en
castaño; las cabelleras se obscurecen, prevaleciendo tan sólo el encanto de la
mirada azul. Los cascos de ébano ó azabache son de copiosa
riqueza. La herencia española delata su
procedencia extremeña, castellana ó andaluza. Sorprende gratamente el gran
número de cuerpos altos y esbeltos que caminan con singular gallardía. «En
cierta manera—dice Havelock Ellis—, puede
atribuirse especialmente á sus peculiaridades anatómicas el andar de la
española. Su paso—que se distingue también en todo lugar en que las mujeres
acostumbran llevar carga á la cabeza, como en las romanas de las
colinas albanas y en algunas partes de
Irlanda—es el porte erguido y digno, acompañado de sobrios movimientos, como
sacerdotisa que
llevara los sagrados vasos. A la vez, el andar
de la española, no exenta de altiva dignidad humana, tiene en sí algo de la
graciosa condición de un animal felino, cuyo cuerpo todo es vivo y sus
movimientos mesurados, sin exceso ni
superfluidad alguna.» Todo esto es aplicable á la mujer nicaragüense, sobre
todo á la mujer popular, pues en las familias acomodadas no es rara la señorita
educada en ciudades europeas que ha adquirido maneras y aires extranjeros;
cuando menos, las que han estado en colegios
religiosos, la parsimonia un poco sacré coeur;
ó la señorita educada en los Estados Unidos, ademanes norteamericanizados y
modos demasiado amazónicos para una raza de gracia. De mí diré que después de
tantos años de ausencia y de haber recorrido tantos
países, encontré en mis compatriotas un encanto
que por un lado me parecía lleno de atractivo exótico, y por otro reavivaba en
mi memoria impresiones ya casi perdidas en la lejanía de mis primeros
años. Habituado al bullicio de las grandes
ciudades, á las comunes y sabidas elegancias femeninas de las populosas
metrópolis, me sentía dulcemente subyugado por las figuras como de misterio que
en
aquel ambiente voluptuoso solía percibir en los
salones, visibles
desde la calle, salones en donde, por la noche,
se mecen perezosa y tropicalmente en las sillas de junco; ó en los tibios
crepúsculos, á las puertas de las casas, como es usual, donde se admira la
gentileza de tanta pálida beldad de grandes ojeras, no lejos de los jardines
que esparcen por oleadas embriagadores perfumes de flores que causan casi como
una grata angustia. El desarrollo de la planta humana es
allí prodigioso. Hay niñas espléndidas,
semejantes á rosas ó á frutas.
En el pueblo de León, en el mercado, por
ejemplo, he visto jovencitas de doce, de trece, de catorce años, ya listas para
la
maternidad en la más precoz de las
adolescencias. Y recordaba la graciosa boutade de Maurice Donnay: «...et tu
n'ignores pas que dans les pays chauds, on est plus vite arrivé à l'âge de
puberté que sous nos froids climats d'Europe, les républiques sudaméricaines
ayant pour devise: ¡Puberté, Egalité, Fraternité!» En verdad, allí
pueden encontrarse esos tipos de adolescentes á
la oriental que de tan caprichoso modo se describen en Las mil noches y una
noche, que tradujo el doctor Mardrus.
No es en los bailes ó en las recepciones, que
son más ó menos iguales en todo país civilizado, en donde más demuestran su
especial donosura las damas de aquella tierra,
sino en ciertos paseos campestres, y, sobre todo, en las fiestas á la orilla de
los lagos ó en las riberas del mar. Allí cantan y danzan gallardamente aires y
sones del país, ó alegres fandangos y músicas de España que quedaron
desde la época de la colonia. Todo ello es muy
patriarcal, muy primitivo, si gustáis; pero para mí de un deleite
irreemplazable.
Por una temporada en Poneloya, cuando se
admiran esas noches
«que bien pudieran ser días donde no hay noches
como ellas», según la estrofa del poeta colombiano, daría yo cien veces los
halagos europeos de la cosmopolita costa de
Azur, ó cualquiera de los lugares famosos por sus casinos, kursales y demás
edenes de artificio.
Al hogar no ha llegado el modernismo, y,
generalmente, se procura contentar los deseos del buen Fr. Luis de León. Las
familias numerosas abundan, pues la fecundidad es extraordinaria y no se
sospecha ni se desea sospechar á Malthus. A pesar de la victoria de los
principios radicales en la política, la mujer, como en casi todos los países,
conserva la religiosidad y mantiene las prácticas de devoción.
La ortodoxia se muestra, sobre todo, en las
gentes distinguidas y
ricas. Las aristocracias en todas partes son
las mantenedoras de la tradición y las sostenedoras del culto. Allá, los
donativos para ello no escasean entre las pudientes. Por ejemplo: la iglesia de
San Juan de Dios, de León, debe mucho á la munificencia de la esposa de uno de
los más meritorios hombres públicos: me refiero á doña Soledad de Sánchez; y en
la catedral, en altares y cuadros, queda el nombre de una mi señora tía, ya
difunta: doña Rita Darío de Alvarado. El demasiado fervor ha hecho dupes algunas
veces á los creyentes.
Recuerdo que allá, en los años de mi infancia,
los jesuitas ponían un buzón místico en la iglesia de la Recolección, buzón que
recogía las cartas que se escribían no sé ya más si á San Ignacio, á San Luis
Gonzaga ó á la Virgen María, los cuales contestaban por medio de sus
reverencias los padres confesores. Otra vez es un sacerdote
trashumante llamado «el padre de la
campanilla», pues
milagrosamente se oían en su cuerpo los sonidos
de un timbre...El
tunante era poseedor, á lo que entiendo, del
primer reloj con timbre que haya llegado al país...Y quien daba la hora era
él...Otra, y
reciente, es un falso cura mejicano que estuvo
diciendo misa y
predicando; se ganó la buena voluntad de todos,
y cierto día resultó ser un bribón que desapareció con un buen montón de dinero
de sus
feligreses...Mas en París hemos visto famosos
ejemplares de esa especie, y las devotas del Faubourg han sido más de una vez
tan esquilmadas como las devotas nicaragüenses.
El valor, la voluntad de sacrificio, la
abnegación, son cualidades que allá se admiran en la mujer, y de ello se han
visto pruebas repetidas en las muchas guerras que han conmovido el país, desde
la independencia hasta nuestros días, y en
tiempo de la dominación española se admiraron ejemplos de bravura y de decisión
femenina,
«Entre las mujeres españolas—dice Ellis—en
épocas pasadas, á pesar de las costumbres moriscas de encerramiento, eran
comunes el valor y las cualidades bélicas»; y H. C. Lea, en su History of the
Inquisition in Spain, dice que «combatían y defendían su partido en las
intrigas facciosas con más ferocidad que los hombres». Cuando Nicaragua fué tan
atacada por los piratas, sobre lo cual narra
Ooexmelin tan curiosas cosas en su rara
Historia de la piratería, hubo un caso de valor mujeril que Gámez refiere de la
manera
siguiente: «...Pero al mismo tiempo que los
piratas amenazaban por el Realejo, cuatrocientos filibusteros ingleses y
franceses desembarcaron en Escalante, puerto del mar del Sur, á veinte leguas
de Granada, sobre la cual se dirigieron inmediatamente. Los
granadinos, noticiosos de la próxima llegada
del enemigo, se
fortificaron precipitadamente con catorce
piezas grandes de artillería y seis pedreros. A las dos de la tarde del 7 de
Abril de 1865 se presentó el enemigo, y después de un corto fuego se posesionó
de la ciudad. Al día siguiente pidieron el rescate de la población, y como no
se les llevó pronto, incendiaron el convento de San Francisco y
diez y ocho casas principales, saquearon la
población y se retiraron con la pérdida de trece hombres, pasando por Masaya y
otros
pueblos, hasta salir por Masachapa. Viva
todavía la impresión de tan alarmante suceso, el 21 de Agosto de 1865, los
filibusteros, al mando del pirata Dampier, desembarcaron en un estero inmediato
al Realejo, y encaminándose por un río que entra en el playón de
Jaguei, se internaron en León con objeto de dar
una sorpresa; mas no pudieron evitar que el vecindario y las autoridades se
apresuraran á la defensa, aunque con atropellamiento y sin orden. Al
presentarse
el enemigo, la suegra del gobernador, doña
Paula del Real, tocó la caja, y por esta razón se dió su nombre al estero por
donde penetraron los ingleses.» Si doña Paula del Real toca la caja, la
señorita Rafaela Herrera dispara el cañón, no
contra cierto joven marino inglés llamado Nelson, que más tarde se encontraría
en
Trafalgar, según afirma el arzobispo Peláez en
sus Memorias para la historia de Guatemala, y luego el historiador nicaragüense
Tomás Ayón, pues Nelson estuvo en Nicaragua en otra ocasión, sino contra
otros enemigos, aunque siempre ingleses. «En
1762—escribe Gámez
—se presentaron los invasores amenazando el
castillo de la
Concepción (hoy castillo Viejo) en momentos en
que el castellano de la fortaleza, Sr. D. Pedro Herrera, se encontraba enfermo
de tanta gravedad, que murió algunas horas antes que los ingleses afrontaran
las baterías. Este suceso, que coincidía con las miras del enemigo, dejó
acéfalo aquel punto militar, pues un sargento fué cuanto quedó por jefe de la
guarnición. El comandante de la flota, informado de todo por algunos
prisioneros que servían de atalayas en puntos
avanzados, mandó pedir al sargento las llaves
del castillo, y éste, olvidándose de su deber militar, se manifestaba dispuesto
á
entregarlas, cuando la hija del castellano, que
apenas contaba diez y nueve años de edad, estimando como un legado el honor y
la
dignidad de su difunto padre, cuyo cadáver
tenía delante, se negó á sufrir tamaña vejación, y, constituyéndose en jefe del
castillo, hizo regresar al heraldo con su contestación negativa. Los ingleses
entonces rompieron un fuego de escaramuza, creyendo que esto bastaría para
lograr la rendición; pero la señorita Herrera, educada en ejercicios varoniles
y conocedora del manejo de las armas, tomó ella misma el botafuego y disparó
los primeros cañonazos, con tal feliz acierto que del tercero logró matar al
comandante inglés y echar á pique una balandrita, de tres que venían en la
flota. Con
este arrojo contuvo el ímpetu de los invasores
y mantuvo la acción
en equilibrio por cinco días que duró el fuego.
Una circunstancia bien sencilla causó no poco temor á los ingleses. Viendo la
señorita
Rafaela Herrera que la obscuridad de la noche
impedía distinguir las posiciones del enemigo, hizo empapar unas sábanas en
alcohol, y después de colocarlas sobre unas ramas secas, dió orden de
inflamarlas y echarlas al río. A su vista, los
ingleses se creyeron que se trataba del tradicional «fuego griego», no
pudiéndose explicar cómo podían sobrenadar sin apagarse aquellas masas de
fuego; y como la corriente las arrastraba hacia ellos, se llenaron de pánico y
huyeron, suspendiendo el ataque durante aquella noche. Cuando fué de día los
ingleses continuaron el interrumpido ataque; pero sin
éxito. Por la tarde suspendieron de nuevo sus
fuegos, y á la mañana siguiente se retiraron, dejando muchos muertos, varias
embarcaciones perdidas, algunos útiles, y, sobre todo, el triunfo de la mujer.
El acontecimiento causó gran regocijo en Granada y en todo el reino de
Guatemala, en donde se celebró con entusiasmo, y la joven heroína fué colmada
de alabanzas y bendiciones.»
Diez y nueve años después el Gobierno español
expidió una Real cédula otorgando á la señora doña Rafaela Herrera una pensión
vitalicia en premio de la heroica defensa que
hizo del castillo de la
Concepción en 1762. De tal guisa las
nicaragüenses de ahora, las del pueblo, van á las campañas, vivanderas,
cantineras ó compañeras
del soldado; y á más de una se la ha visto en
funciones de guerra, virilmente pelear con su fusil, como el más valiente. Y
esa misma mujer es en su casa buena, hacendosa y excelente para el amor. Lo que
se llama las mengalas, ó sea las obreras, las que no usan el sombrero europeo
de las clases acomodadas, portan con garbo el antiguo chal, que, como los de la
India, las decora hermosamente, colgado de los hombros, hombros que van
desnudos como los de
una dama en traje de etiqueta. Hay entre esas
mengalas ejemplares deliciosos que se dirían floración de una Andalucía
complicada del ancestral ensueño y voluptuosidades indígenas.
...Y tres niñas del mercado leonés,
«trucheras», ó vendedoras de telas, quedarán en mi memoria cual si las hubiese
visto en un zoco arábigo miliunanochesco, libres de todo velo facial, en los
tiempos del gran califa Harum-Al-Raschid.
VIII
¿Y la política? Yo no me ocupo ahora en la
política...Mas sí os diré que hay su buena dosis de falta de justicia cuando en
el Río de la
Plata, pongo por caso, se llama á aquellos
países las
«republiquetas», con el mismo tono con que los
ingleses llaman á todo el continente hispanoparlante South America...Ante todo,
esas cinco patrias pequeñas que tienen por nombre Guatemala, El
Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Honduras han
sido y tienen
necesariamente que volver á ser una sola patria
grande. Monsieur Levasseur, administrador del Colegio de Francia, presentaba
hace
pocos meses al público una obra interesante
sobre las riquezas de la América Central. El autor de ese libro es M. Désiré
Pector, consejero del Comercio Exterior, antiguo cónsul general de Nicaragua y
Honduras en París. Monsieur Pector es bien conocido entre los
americanistas; ha asistido á casi todos los
Congresos especiales y publicado opúsculos y libros merecedores de todo
aplauso. En La Nación, de Buenos Aires, hace ya tiempo apareció un artículo
suyo sobre uno de los trabajos lingüísticos del general Mitre. En esta
última obra sobre la América Central el autor
pone á la vista los elementos de vida y de prosperidad de las cinco Repúblicas.
Monsieur Levasseur dice: «De cualquier modo que
sea, Centroamérica ha tomado participación en el desenvolvimiento demográfico y
económico que caracteriza el período contemporáneo en los países civilizados.
Algunas cifras bastan para probarlo. En
1674 se calculaba la población de las cinco
Repúblicas en 2.580.000 almas; en 1907 ella es, poco más ó menos, de almas
4.295.000. (M. Levasseur se queda corto. Hoy pasa la población centroamericana
de cinco millones de habitantes). El comercio exterior se calculaba en
32 millones de francos (16 millones de
importación y 16 de
exportación) en aquella primera fecha, y en la
segunda, en 215 millones (importación, 98.435.000 francos, y 116.600.000 de
exportación)». La importancia minera de
Nicaragua sola acaba de ser demostrada en un extenso y práctico estudio
publicado en los Estados Unidos. El país adelanta. El progreso se hace notar.
Pero la mala fama de las «republiquetas», diréis, está en sus continuas
revoluciones. Ellas han sido precisas muchas
veces. Y ¿en qué pueblo en formación no las ha habido? Diríanse las fiebres del
desarrollo. Mas la administración Zelaya en la tierra nicaragüense logró
imponer el orden después de varias tentativas de perturbación de la paz, y el
orden ha producido en poco tiempo una
transformación.
Al día siguiente de mi llegada á Managua, me
dijeron: «Mañana espera á usted el Presidente». Yo no había tratado nunca al
general Zelaya. Le conocía por la prensa, por los elogios de sus partidarios de
Nicaragua y por los denuestos de sus enemigos emigrados. Los primeros entonaban
el natural himno. Los segundos le hacían aparecer como «el perturbador de la
paz en Centroamérica», como un sátrapa cruel y terrible, como uno más en la
lista de los famosos sultanes hispanoamericanos que han obscurecido y enrojecido
la historia de nuestras nacionalidades. Un espadón, un machete. Nada más.
Me encontré con un caballero culto, de noble
presencia, correcto, serio, afable. Estaba en compañía de su esposa, una dama
de gran belleza, que junta á la mayor distinción una sencillez encantadora. Es
de origen belga, y su apellido es Cousin. El Presidente fué educado en Francia,
en Versalles. Su padre fué íntimo amigo y compañero del célebre luchador de la
Unión Centroamericana Máximo Jerez. De él heredó el general Zelaya el culto por
ese ideal patriótico y por los principios liberales. Por ellos ha luchado
soldado valeroso desde los tiempos en que el Presidente Barrios, de
Guatemala, quiso realizar por la fuerza la
unidad de las cinco
Repúblicas. En Nicaragua le alaban los
liberales por haber quitado el Poder al partido conservador, que dominaba desde
hacía treinta
años. Uno de sus biógrafos resume de esta
manera la historia de sus
esfuerzos y de sus victorias: «Era en la época
de la administración Sacasa. Los conservadores se pronunciaron en Granada en 28
de Mayo de 1893, y Zelaya y sus partidarios, á fin de destronar el establecido
Gobierno de León, se unieron á ellos, para separarse después de conseguida la
victoria. Zelaya venció en el sitio de la Barranca, y desplegó tanto ingenio
táctico y perspicacia estratégica,
que ganó la entusiasta estimación de los
conservadores. El Convenio de Sábana Grande dió término á la campaña, abatiendo
á Sacasa y dejando en lucha á los partidos históricos (4) La paz duró pocos
días. El 11 de julio de 1895 se pronunció el cuartel de León por Zelaya,
proclamándole Presidente de la República, cuyo hedió estuvo á punto de ser su
ruina. Los conservadores le guardaron en Managua como rehén, y los liberales
perdieron con su ausencia á su jefe. No vaciló Zelaya en esta emergencia, y
acompañado de algunos
valientes, rompió por entre las filas enemigas,
consiguiendo reunirse á los revolucionarios en Nagarote. Organizada la
revolución, púsose en marcha hacia León, en donde, con rapidez y acierto, formó
la junta del Gobierno de que él fué escogido Presidente; asumió el mando de las
fuerzas, marchando sobre Managua, en donde penetró vencedor, después de una
lucha sangrienta, el día "25 de julio. Los
conservadores imploraron la paz, que les fué
concedida. En Centroamérica se formó en seguida un gran partido radical, armado
y decidido, que dominó á los conservadores. Zelaya ejerció el gobierno
provisional, dando pruebas de rara justicia y habilidad, mientras se reunía la
Convención que le eligió Presidente por cuatro años. La carta que se dió en
Nicaragua fué una remembranza fiel de la Constitución de Río Negro, resumen del
derecho individual victorioso sobre la tradición autoritaria y heraldo de las
conquistas democráticas de la República. Así, después de tantos años de
guerras, de revoluciones y de luchas intestinas, la floreciente
República de Nicaragua pudo al fin descansar
bajo un Gobierno liberal y honrado, por lo cual los efectos de una buena
administración dieron los frutos deseados por todo el país.»
Naturalmente, los miembros del partido
derrotado han lanzado sus protestas, y han procurado hacer ver en el exterior
bajo una luz
poco propicia la obra del general Zelaya. Han
tergiversado hechos, han atacado de diversas maneras la actual administración,
han desempeñado el papel de todas las oposiciones. Un caso, por ejemplo. Se me
había dicho que allá imperaba un régimen de terror, que el cadalso político se
había levantado muchas veces y que no existía la menor manifestación de
libertad. Pues bien; he llegado y he podido cerciorarme de que jamás se ha
sacrificado á nadie por motivos políticos; que los únicos fusilamientos que se
recuerden son los de los militares complicados en el atroz crimen de la
voladura de un cuartel, donde hubo tantas pobres víctimas. A los conspiradores
se les ha, cuando más, alejado del país. He podido ver allá mismo
transparentarse ambiciones que en países vecinos hubieran sido vistas como
sospechosas; he oído en varias partes palabras de
descontentos, y he podido ver tal publicación
llena de ataques al Gobierno, que en otras repúblicas habría sido harto
peligrosa para sus autores. Mas de arriba se ha logrado imponer una voluntad de
paz y de trabajo; y como se dice, el movimiento se ha demostrado andando. Lo
realizado en bien de la República y de su adelanto, es la mejor prueba de tales
asertos. Se ha establecido la libertad
religiosa; el laicismo en la educación; la
amplia libertad de testar; el mantenimiento del habeas corpus; «el voto activo,
irrenunciable y
obligatorio»; la justa representación de las
minorías; el establecimiento de una sola Cámara; la incompatibilidad entre el
ejercicio de la representación popular y puestos de Gobierno; el self
government; la nueva ley Electoral; la secularización de cementerios; el
divorcio tal como se ha adoptado en Francia, y mucho antes que
en Francia (5) aumento progresivo de las rentas
públicas; desarrollo de la instrucción; aumento de escuelas; cumplimiento
exacto en el arreglo de la Deuda, cuyos cupones nunca han dejado de pagarse, á
veces con anticipación; creación de nuevas líneas férreas; ley de trabajo en
protección de los trabajadores; mejoramiento de puentes y caminos: aumento de
la pequeña Marina del país; apoyo á Empresas agrícolas y forestales que, como
las de la costa atlántica, son para la República un venero de riqueza; el muelle
del puerto al Pacífico de Corinto. «Por otra parte—dice el mismo Presidente—,
no
se ha circunscrito la presente administración á
mantener lo que
encontró; antes bien, lo ha modificado, lo ha
ampliado, lo ha puesto, en fin, á la altura de las necesidades que ha de
llenar.» La industria minera ha adquirido un crecido desenvolvimiento. Se ha
establecido en la capital un Museo; en las ciudades el antiguo aspecto colonial
ha cambiado, viéndose ahora un aire urbano, elegante y moderno, por parques,
calles y edificios nuevos.
Zelaya ha sido admirado como un héroe de la
guerra, pero no ha faltado quien haga ver sus méritos y preeminencias como
héroe de la paz. Fijaos bien los que sabéis por experiencia lo que son los
prestigios de los caudillos, la dificultad que hay en las inorgánicas
democracias para transformar la obra activa de la guerra en la obra progresiva
de la paz. El general Zelaya es un ejemplo admirable. Un escritor de los más
discretos y de los de mayor carácter de su país resume en estas sanas palabras
esa página de política
centroamericana. Habla de Zelaya, y dice: «La
trayectoria de su marcha política ha recorrido varias fases, todas ellas bien
marcadas y hondamente definidas. Tenido primero como propagandista de su causa
por su entereza de carácter y vinculaciones populares; odiado luego por sus
triunfos de revolucionario, destruyendo abusos y rompiendo abiertamente con la
tradición secular de inicuo
absolutismo; respetado después por haberse
impuesto airosa y
noblemente á cuantos elementos y asechanzas se
opusieron á su paso; querido más tarde por el buen éxito de sus triunfos y por
el notorio mejoramiento de sus brillantes actos administrativos, es admirado,
en definitiva, por su tenaz brega y su resolución inquebrantable para adquirir
la paz, que á todos aprovecha y todos aplauden, asegurándola para común y
positivo interés de legítima victoria nacional». He ahí al «perturbador de la
paz en
Centroamérica» como el verdadero implantador de
la paz. Nadie como él ha prestado su voluntad y su influencia para lo que se
puede llamar definitivo paso en favor de la paz
centroamericana: la Conferencia de Washington, y el establecimiento de la Corte
de Centroamérica en la ciudad costarricense de Cartago. Es allí donde el creso
Carnegie regaló medio millón de francos para un edificio
conmemorativo. Diréis que las Repúblicas
pequeñas, como las niñas pobres, pero honradas, no deben aceptar esos regalos.
Mas sabed que el Tío Samuel demuestra que va «con buen fin...» De todos
modos, Zelaya ha sido quien nos ha dado
muestras de deseo de paz y voluntad de unión. Eso se lo han reconocido en los
Estados Unidos y en Méjico. Y para concluir este capítulo, os diré que su
elogio ha sido hecho justamente por alguien cuyo nombre ha sido admirado y
reconocido en el mundo conforme con sus merecimientos y su
autoridad universal. Quiero nombrar á Teodoro
Roosevelt.
Así pensaba yo escribir al salir en Managua del
Campo de Marte, morada presidencial, en una noche tibia y coronada de
estrellas, al amor del trópico natal.
IX
Nombran á Masaya la ciudad de las flores. Es,
por cierto, bella en su suelo florido. Allí pensé una vez más en la gentil
Primavera de Botticelli. Flores en los jardines, flores en las mujeres, flores
en
todas partes. Cuando el señor alcalde me
dirigió su discurso, la calle estaba cubierta de flores. Masaya me evocaba á
Hafiz, á Sadi; verjeles de Sarón, de Bagdad, de la olorosa Persia. Los
alrededores de la ciudad son también lugares excelentes, en donde la riqueza
floral se desarrolla y multiplica al cariño del magnificente sol. Hace ya
tiempo viajé por esos lugares en compañía de un cubano
eminente que ha hecho admirar en nuestras
Repúblicas su firme amor patrio, su lengua de Crisóstomo y su corazón de poeta.
Ese cubano fué de los luchadores de la primera revolución, la de
Céspedes, y uno de los que redactaron la
antigua Constitución. Me refiero al Dr. Antonio Zambrana, que hoy vive rodeado
de la consideración general en San José de Costa Rica. Él dejó en una página
delicada el recuerdo de nuestra visita á la aldea masayesa.
He aquí sus impresiones, en las cuales se
revela el cariño que desde mis primeros años me demostrara el grande hombre:
«Nindiri. Él me había hablado del pueblecito, y con él tuve el gusto de verlo
por vez primera en viaje que hicimos juntos, en un cómodo y ligero carruaje, de
Managua á Granada. A Rubén Darío, el poeta, me refiero. A eso
de las tres de la tarde divisamos las primeras
chozas. El cielo estaba azul; alguna que otra nube, transparente como velo de
gasa, volaba por él, y de lo alto caía y por todas partes se derramaba la luz
color de oro quemado de un sol brillante, pero ya muy soportable. Me pareció
que estaba en Grecia: así debió de ser la Jonia antigua, o, por lo menos, esa
segunda Grecia, la Provenza de los tiempos
medios. En calle sin polvo, recta y ancha, se
alineaban las casas,
hechas de corteza de palma y de bejucos, cada
una de arquitectura diferente, á cual más graciosa y originalmente ideada, de
formas
caprichosas, como sueños de hombre que no ha
visto civilización, pero que, sin conocer la de los otros, ha inventado él
mismo su poesía y se la saca del alma para ponerla en todo lo que le rodea.
Alrededor de las casas había siempre flores, y por la espalda de ellas asomaba
algún árbol, indicio de huerto, que, con sus ramas de esmeralda obscura y sus
frutos de colores vivos, daba nuevas notas á la pintura ideal que formaba el
paisaje. A la puerta, ó en pequeños corredores delante de ella, vi algunas mujeres
de la raza india de Nicaragua, que es la más bella que conozco; todas lucían,
muy
morenas, por estar vestidas de un blanco
inmaculado, y los cabellos muy negros y los ojos como llamas, tomaban con eso
un relieve encantador. Admiróme su limpieza singular y el aire de fiesta que
eso daba á la aldea, porque se trataba de un día de trabajo de la
semana. «¿Qué hacen estas gentes?—pregunté con
curiosidad á Rubén—. Se diría que esperan alguna visita». «Venden flores y
frutas—me contestó el poeta—. Las llevan en
cestos muy bizarros á todos los alrededores: ésta es su vida cotidiana».
Pasaron, en
efecto, á poco, por junto á nosotros, dos
mujeres y un jovencito con cestos tan extraños como las casas, llenos de
colores y de aromas, conduciendo su mercancía; nunca hubiera calculado antes
que el comercio pudiera tomar á mis ojos forma de poesía. No era hora de oir
pájaros; lo que se escuchaba era una cigarra; pero la influencia del medio
ambiente, sin duda, me hizo encontrar bello su toque de clarín delgado y
persistente: pensé en la cigarra de oro, símbolo del Arte en el mediodía de
Francia, y el canto sin ritmo, lejos de
perturbarla, completó mi ilusión. Soñaba yo
entonces, por otra parte, que llevaba á mi lado la cigarra de nuestros bosques
y de nuestra poesía americana, pues Rubén era ya un poeta, aunque
todavía no era un hombre, y su inspiración no
había aún torcido su cauce, sino que era genuina y espontánea. Más tarde se
dejó influir por ideales exóticos, y, persiguiéndolos, ha llegado á la cumbre
de la gloria; pero yo prefiero la cigarra desconocida, y ahora, que temblamos á
la idea de recibir una mala noticia, ha venido á mi
mente con sincera ternura el recuerdo del
pueblecito original de las
flores vivas, de las casas lindas y de las
indias limpias que venden colores y perfumes de los que brotan, sin amaño, del
seno fecundo de la Naturaleza». Zambrana dice la verdad de su entusiasmo en su
lenguaje hermoso. Yo recordé las palabras del maestro en mi
reciente visita á aquellas deliciosas regiones.
Así como admiré en la ciudad gentiles y gallardas damas llenas de cultura y de
distinción, vi de nuevo en la alegría aldeana las figuras de bronce viviente de
las indias graciosas y hacendosas. Ellas tejen telas al modo primitivo,
trabajan curiosas obras de cerámica, y venden, como antaño y como siempre, sus
rosas, sus lirios, sus mangos, sus marañones y sus
jocotes. Desnudas de hombros, brazos, pies y
piernas, llevan con garbo sus cestas á los mercados ó tiangues, y tornan á su
vivir rústico, edénico ó arcádico.
Mas, como en los más hermosos paraísos
meridionales de Italia, los volcanes están allí sintiendo pasar los siglos y
dando de cuando en cuando señal de que en sus hornos arden las misteriosas
potencias de la tierra. El volcán de Santiago atemoriza. El Masaya se cree hoy
extinguido. El cronista López de Gómara, en su tiempo, escribía de él: «Tres
leguas de Granada y diez de León está un
serrejón raso y redondo que llaman Masaya, que
echa fuego, y es muy de notar, si hay en el mundo. Tiene la boca media legua en
redondo, por la cual bajan doscientas y
cincuenta brazas, y ni dentro ni fuera hay árboles ni hierba. Crían, empero,
allí pájaros y otras
aves, sin estorbo del fuego, que no es poco.
Hay otro boquerón como brocal de pozo, ancho cuanto un tiro de arco, del cual
hasta el fuego y brasa suele haber ciento y cincuenta estados más ó menos,
según hierve. Muchas veces se levanta aquella masa de fuego, y lanza fuera
tanto resplandor, que se divisa veinte leguas y aún
treinta. Anda de una parte á otra, y da tan
grandes bramidos de cuando en cuando, que pone miedo; mas nunca rebosa ascuas
ni ceniza, si no es algún humo y llamas, que causa la claridad
susodicha, cosa que no hacen otros volcanes;
por lo cual, y porque jamás falta el licor ni cesa de bullir, piensan muchos
ser oro derretido. Y así, entraron dentro el primer hueco Fr. Blas de Iñesta,
dominico, y otros dos españoles, guindados en sendos cestos.
Metieron un servidor de tiro con una larga
cadena de hierro para coger de aquella brasa y saber qué metal fuese. Corrió la
soga y cadena ciento y cuarenta brazas, y como llegó al fuego, se derritió el
caldero con algunos eslabones de la cadena en tan breve tiempo,
que se maravillaron; y así, no supieron lo que
era. Durmieron
aquella noche allá sin necesidad de lumbre ni
candela. Salieron en sus cestos con harto temor y trabajo, espantados de tal
hondura y extrañeza de volcán. Año de 1551 se dió licencia al licenciado y deán
Juan Alvarez para abrir este volcán de Masaya y sacar el metal.» Oviedo, desde
luego más documentado que Gómara, no habla de Fray Blas de Iñesta, sino de Fr.
Blas del Castillo. Este tuvo noticia del famoso Infierno de Masaya; pero como
iba directamente al virreinato del Perú, dejó para el regreso la satisfacción
de su curiosidad. Esto fué en el año 1534.
Dos años después, estando en Méjico, fué
expresamente á Nicaragua á conocer el volcán. Púsose de acuerdo con otro
religioso francés, el P. Juan Gandabe, y en compañía de varios españoles
emprendió la ascensión. Asomado al cráter vió la lava hirviente, y
juzgó fuese oro derretido. En Granada encontró
varios socios para realizar su idea de extraer aquella riqueza inagotable.
Varias
tentativas se hicieron para sacar el que creían
metal incandescente. Una expedición definitiva se hizo. Dice Gámez, extractando
á
Oviedo: «Entre los objetos destinados para la
expedición figuraba una gran esfera de hierro, con sus barras, que podía
abrirse y
cerrarse, para meter en ella cangilones de
barro que, introducidos de cierta manera en el pozo, pudieran sacar del líquido
rojo. Esta esfera estaba sujeta por una cadena de hierro, pendiente de una
gruesa cadena quitada á una antigua lombarda.» Y luego: «El cráter del
volcán tiene la forma de una campana boca
arriba, que va
angostándose al fondo; pero arriba, en la parte
superior, no es pareja la circunferencia, estando como desportillada por el
lado del Oriente. En todas las paredes del cráter se veían bandadas de loros de
todos tamaños, que anidaban en los huecos y concavidades de las peñas. La
circunferencia exterior del cráter puede tener una
legua, y su diámetro, como un tiro de
halconete. El fondo tendrá de
ancho como un tiro de escopeta, y las paredes
del cañón ó cráter, desnudas de toda vegetación, ostentan vetas de varios
colores, de una tierra dura, calcinada y muy pesada. En el plan se veía un
fondo rojo y obscuro, como de lava á medio enfriar, con rajaduras á través de
las cuales podía mirarse hervir y correr un líquido de fuego que
saltaba en algunos puntos como el agua de una
fuente, esparciendo gran luz, que, llevada por el caño, se reflejaba en la
atmósfera y daba una claridad visible á mucha distancia.» Con muchas
dificultades, Fr. Blas el codicioso preparó su
máquina extractora. Dijo una misa. Confesó á sus compañeros. Luego «el
intrépido fraile se puso la estola, ciñó ésta y los hábitos con una cinta
bendita, en la
que colocó del lado derecho un pequeño martillo
para derribar las piedras movedizas, y del izquierdo una calabaza con vino y
agua; cubrió su cabeza con un casco de hierro, y encima un sombrero bien atado;
después se colocó en el bolso y se ató muy bien, y tomando una cruz de madera
en la mano, se lanzó al vacío y empezó á
descender». El pobre Fr. Blas pasó las de Caín
en su descenso. Llegó por fin á una especie de plazoleta. Con la oración en la
boca, no dejaba de maniobrar con su martillo entre los sahumerios de las
solfataras. Demás decir que no encontró oro en
las grietas, sino la roca quemada. Cuando le subieron no quiso darse por
vencido.
Contó prodigios, tal Don Quijote al salir de su
sima, y aseguró que la lava hirviente era oro puro en fusión. Otros tantos
bajaron después con aparatos para recoger el tentador líquido rojo y ardiente;
pero
se encontró que todo era escorias y calcinada
piedra. Todavía se hicieron otros intentos y se renovaron los desengaños. «Tan
luego fueron vistas las muestras por el gobernador y curiosos que se
hallaban fuera, hubo gran descontento y muchas
risas, y cada cual se regresó comentando el chasco á su manera. El gobernador
pidió todavía algunas muestras más, y ordenó en seguida á Fr. Blas y á sus
compañeros que saliesen. Éstos, antes de verificarlo, tomaron
posesión cada uno de lo que creyó una veta
mineral, y el fraile, de la caldera hirviente del fondo. Ensayadas en León las
tierras y escorias del volcán de Masaya, fueron declaradas sin ningún valor.
Sin embargo, Fr. Blas y sus compañeros, insistiendo en que aquello era rica
mina, suplicaron que se les permitiera volver á entrar; pero el
gobernador lo prohibió en absoluto, tanto
porque creyó inútil y temeraria aquella empresa, como porque las máquinas,
jarcias y aparejos eran subidos á hombros de indios, que se maltrataban
lastimosamente en las breñas y sierras, sin que Fr. Blas tuviera
piedad de ellos. Medida, de orden del
gobernador, la profundidad del pozo, resultó que de la entrada á la plazoleta
había ciento treinta brazas, y de la plazoleta al fondo, también ciento
treinta.» Masaya, como casi todas las ciudades nicaragüenses, está vigilada por
los
volcanes. Aun se ven en largos llanos las
endurecidas corrientes de lava de erupciones inmemoriales. De cuando en cuando,
si no el infierno de Masaya, que hoy se considera apagado, dan señales de
actividad otros focos plutónicos. Ese pueblo apacible y privilegiado de Flora y
de las Gracias, se ha sentido más de una vez amenazado por las convulsiones de
la tierra. Y allí crecen las rosas y las azucenas y mil variedades de flores, y
en los espíritus es innata la voluntad de armonía, y los talentos líricos se llaman
legión,
mayormente que en ninguna otra parte de la
República. Puede decirse que el deleitoso arte de la música es el que está
mejor cultivado en el país, y, sobre todo, en la encantadora y para mí
inolvidable Masaya. Ha producido asimismo este departamento
ciudadanos eminentes en otras disciplinas; y
uno de los historiadores que allá tienen más renombre, aunque por causa del
medio, del tiempo y de las circunstancias en que escribiera, no pueda colocarse
en primera línea, fué masayés. Hablo de Jerónimo Pérez.
En mi memoria queda Masaya como una tierra
melodiosa y hechicera. Siempre recordaré con vagas saudades sus alrededores
pintorescos, sus lagunas cercanas, sus alturas llenas de vegetación, sus
paisajes dorados con oro del cielo, la gracia y la sonrisa de sus mujeres, el
entusiasmo sincero de sus gentiles habitantes y el clamor lírico de sus
violines en la noche; sus admirables violines, que hablan en lengua de amor, en
idioma de pasión y de ensueño.
X
La antigua ciudad de León había sido fundada en
las cercanías del lago de Managua, no lejos del imponente y viejo Momotombo. En
1550, Hernando y Pedro, hijos de Rodrigo de
Contreras, en venganza de haber perdido éste sus ventajas poderío de
encomendero, y en unión de Juan Bermejo, guapo español, segoviano, que llegara
á Nicaragua con una partida de soldados que había estado en el Perú con Gonzalo
Pizarro, proyectaron y decidieron dar muerte al obispo Valdivieso. El hecho se
llevó á cabo, siendo Hernando el asesino. En 1610 la ciudad teatro del crimen
fué casi destruída por una erupción del volcán. La cólera celeste se
manifestaba así, aunque un poco tarde, según
las prédicas del
nuevo mitrado Villarreal. Su señoría
ilustrísima consiguió con sus palabras que los leoneses se pusiesen temerosos y
todas las gentes abandonaran el lugar, dirigidas por el alférez mayor, «que
portaba el real estandarte», dice Gámez. Al oeste del punto abandonado, á
nueve leguas de distancia, en extensa y hermosa
planicie, fueron ordenadas las nuevas construcciones. Así nació la actual León.
Es ella la ciudad de mis días juveniles, y por un fenómeno natural y muy
explicable, es ella el escenario de muchos de mis sueños gratos, ó pesadillas,
después de tantos años de ausencia en ciudades de países tan diversos. Esta vez
no he estado cerca del Momotombo; mas es para mí imborrable el aspecto del
soberbio
cono que se eleva á las orillas del lago; á su
lado, el Momotombito, formando isla y cubierto de vegetación. Todo ello era
objeto de mis contemplaciones en antiguas travesías en los vaporcitos que iban
del puerto de Momotombo á Managua, la capital de la República.
En un libro del norteamericano Squier—del cual
acaba de hacer una traducción castellana un escritor de Honduras—leyó Víctor
Hugo estas palabras: «El bautismo de los volcanes es un antiguo uso que se
remonta á los primeros tiempos de la conquista. Todos los cráteres de Nicaragua
fueron entonces sacramentados, con
excepción del Momotombo, de donde no se vió
nunca volver á los religiosos que se habían encargado de ir á plantar la cruz.»
De allí un tema para el gran lírico. «Encontrando demasiado frecuentes los
temblores de la tierra, los Reyes de España han hecho bautizar los volcanes del
reino que tienen debajo de la esfera; los volcanes no han dicho nada y se han
dejado hacer, y sólo el Momotombo no ha querido. Más de un sacerdote en
sobrepelliz, elegido por el Santo Padre, llevando el Sacramento que la Iglesia administra,
la vista en
el cielo, ha subido la montaña siniestra.
Muchos han ido; ninguno ha vuelto.—¡Oh, viejo Momotombo, coloso calvo y
desnudo, que sueñas cerca de los mares y haces de tu cráter una tiara de sombra
y de llama á la tierra! ¿por qué, cuando tocamos á tu umbral terrible, no
quieres el Dios que se te trae? Responde.—La montaña interrumpe
su escupir de lava, y el Momotombo responde con
una voz grave:—Yo no amaba mucho al dios que se ha arrojado. Ese avaro ocultaba
oro en un foso; comía carne humana; sus mandíbulas estaban negras de
podredumbre y de sangre; su antro era una entrada de
salvaje pavimento, templo sepulcro ornado de un
pontífice verdugo; esqueletos reían bajo sus pies; las escudillas en que ese
sér bebía el asesinato eran crueles; sordo, disforme, tenía serpientes al puño;
siempre entre sus dientes un cadáver sangraba; ese espectro ennegrecía el
firmamento sublime. Yo gruñía algunas veces en el fondo de mi abismo. Así,
cuando vinieron orgullosos sobre las olas
temblantes, y del lado de donde viene el día,
hombres blancos, los he recibido bien, encontrando que eso era cuerdo. El alma
tiene,
ciertamente, el color del rostro—decía yo—; el
hombre blanco es como el cielo azul; y el dios de éstos debe ser un muy buen
dios. No se le verá hartarse de carnicerías. Yo estaba contento; tenía horror
del antiguo sacerdote. Pero cuando he visto cómo trabaja el nuevo;
cuando he visto llamear ¡justo cielo! á mi
nivel esa antorcha lúgubre, áspera, nunca extinguida, sombría, que llamáis la
Inquisición santa;
cuando he podido ver cómo Torquemada la usa
para disipar la noche del salvaje ignorante, cómo civiliza y de qué manera el
Santo Oficio enseña y hace la luz; cuando he visto en Lima horribles gigantes
de mimbre llenos de niños estallar sobre un ancho brasero, y el fuego
devorar la vida y los humos retorcerse sobre
los senos de las mujeres encendidas; cuando me he sentido en veces casi
asfixiado por el acre olor que sale de vuestro auto de fe, yo, que no quemaba
sino la sombra en mi hornalla, he pensado que no tenía razón para estar
satisfecho; he mirado de cerca al dios extranjero, y he dicho:
«No vale la pena de cambiar.» Así «Las razones
del Momotombo», en el ciclo de poemas de la Leyenda de los Siglos, representa
la
Inquisición. ¡Cuántas veces recitara yo esos
versos sobre las olas del lago, frente al coloso de piedra, en verdad desnudo y
calvo, y apenas coronado de cuando en cuando con el flotante penacho de
su humareda! A lo lejos pasaban bellos vuelos
de garzas; garzas blancas y garzas morenas. Yo tenía el halago de mis años
floridos y ensoñadores. Se divisaban las riberas llenas de vegetación profusa
como costas de islas de delicia. Hacían casi siempre el viaje algunas hermosas
mujeres. Se tomaban en el comedorcito de á bordo
cocktails y cognacs. Y en el muelle de Managua
esperaban las manos y las sonrisas amigas. Gratos, para mí, gratos recuerdos de
un pasado que me parece de sueño.
León tiene el aspecto de una ciudad de
provincia española. Las casas antiguas están construídas con adobes—la palabra
y la cosa se usan aún en Castilla la Vieja—. Pesadas tejas arábigas cubren los
techos. Las casas de dos ó tres pisos son
pocas. Hay muchas iglesias y una famosa catedral, comenzada en el siglo XVIII y
concluída á
comienzos del XIX. Allí he reconocido muchas
cosas que viera siendo niño. Los retablos, las pinturas, los altares, el
púlpito, los restos de dos mártires llegados antaño de Roma: San Inocencio y
Santa Liberata. Y he recorrido, evocando memorias, la vasta fábrica, acompañado
por el culto obispo Pereira. Y vi de nuevo en el baptisterio la pila en que
recibí nombre y en que me tuvo mi señor padrino, D. José Jerez, en
representación de su padre, el ilustre general. Luego, en la sala capitular,
encuentro los retratos de todos
los obispos de Nicaragua desde la erección de
la diócesis leonesa, el año de 1527. Me llamó la atención no hallar la efigie
de un mitrado que fué muerto por un gato...El animal aparecía en el cuadro, y
en mí despertaba aquello no sé qué legendarias y diabólicas
imaginaciones. No recuerdo cuál fué la
explicación que me hizo el obispo Pereira de la desaparición del retrato de su
lejano antecesor
—¿Huertas, ó García?—. Después, en un patio, he
allí el pozo en donde pasó algo de milagro—o de brujería, dirían algunos—. Yo
alcancé á conocer al viejo sacristán. No sé en
qué andanzas de gato andaría; el caso es que cayó desde lo alto de la catedral,
y cayó en el pozo...No sufrió daño alguno. Se llamaba «Tío Pozo».
Predestinación...Bajo las arcadas de la iglesia
mayor oyeron mis orejas infantiles las primeras plegarias, los primeros sones
del órgano, la salmodia de los canónigos en el Oficio, los ecos del canto
llano. De allí salían muchas de las procesiones de la Semana Santa, célebre por
aquellas Repúblicas, según el decir: «Semana Santa en León, y Corpus en
Guatemala.» Recuerdo, como si hubiesen pasado ayer, las alegres y suntuosas
fiestas y los litúrgicos ceremoniales. La
procesión del Domingo de Ramos, sonora de
campanas y de palmas; la procesión del Santo Entierro, al son seco de las
matracas; una
procesión fúnebre y sagrada el Viernes Santo,
día en que toda la
gente vestía de luto, luto por Jesucristo. El
sacro difunto iba en una caja de cristal; tras él las vírgenes de bulto, como
las que conducen en idénticos casos las cofradías sevillanas. Y la procesión
del
Silencio, á la media noche, en la cual se oían
temerosos sones de trompa, que se repetían de tanto en tanto en las bocacalles
de la ciudad silenciosa. Y una procesión había que salía de la iglesia de
San Francisco: la procesión de San Benito.
Alrededor del negro ídolo recuerdo haber visto penitentes que se flagelaban las
espaldas, y entre los acompañantes, muchos hombres vestidos con blancas
enaguas, á los cuales llamaban «luces». ¿Sería
por los cirios de cera negra que todos llevaban en las manos...? Había, sin
duda alguna,
en aquellas fiestas religioso fervor; mas
también mucho de ambiente pagano. Las reuniones en templos y calles eran
propicias á los
amoríos; las vigilias hacían que en las casas
se preparasen platos especiales de la cocina criolla, en los que entraban como
base
sabrosos mariscos y otra suerte de ricas cosas
culinarias. Y en el antiguo convento de San Francisco, en nombre del santo
negro Benito, se regalaban tinajas y más tinajas de chicha de piña y de maíz.
¡Las procesiones de León! Las calles se
adornaban con arcos decorados de banderolas y cestillos de papel de China,
animales bien imitados, pájaros de hermosos plumajes y frutas de cartón
coloreado y dorado, entre las cuales unas hermosas granadas que se abrían al
pasar las imágenes veneradas, y dejaban caer una lluvia de versos impresos en
trozos de papel, que parecían mariposas llevadas por el viento. Se escuchaban
las músicas y los cantos en veces. Las ventanas y puertas de las casas se
adornaban con telas y cortinajes vistosos, y allí aparecían, para ver el
desfile, grupos, ramilletes de mozas bellas y frescas, á las cuales arrojaban
los jóvenes amigos de galanterías puñados de granos oleosos y perfumados, que
se
desgranan de la flor de cierta palmera llamada
coyol, en latín botánico acromia pirifera. Las calles se llenaban de animación
y alegría, y la muchedumbre era copiosa, pues iba á la celebración
religiosa mucha gente forastera. Hoy ya todo
eso ha pasado; el vivir moderno ha ido, aunque poco á poco, invadiendo las
costumbres antaño patriarcales; las ideas liberales triunfantes llevaron la
libertad absoluta de cultos, y en éstos la supresión de manifestaciones
rituales y ceremoniales fuera de los templos.
Según tengo entendido, Nicaragua y Méjico son los únicos países del mundo en
donde les está prohibido á los sacerdotes el uso de sus trajes distintos en las
calles. No obstante, he allí que se le permite en
León, como al jefe de la Iglesia, portar sus
hábitos talares á un anciano á quien vi recorrer la población en un coche
tirado por
bueyes. Monseñor Villamí, que así se llama
dicho dignatario, visita así á sus amigos é hijos de confesión, y la impresión
es de algo
primitivo y de algo nuevo, capricho de
maharadja indostánico, ó
necesidad de misionero en Asia. Todo se explica
por la prudencia de monseñor, á quien dieron un susto, según se me contó, un
par de
caballos briosos y de buena estampa que antes
tiraban de su
carruaje. Monseñor es un cuerdo. Y morirá feliz
y en paz antes de haber sabido lo que es un 40 HP.
León tiene para mí otras curiosas é
inolvidables memorias. Si yo fuese Benvenuto Cellini contaría, con su parlar
claro y convencido,
cómo, teniendo yo catorce años, frente á la
catedral, vi una larva, un elemental, como diría un teósofo. Tal visión fué
real y verdadera, y no insisto en ello por temor á que mi sabio amigo
Ingegnieros tome el dato y lo trate como tratan esas cosas los que manejan
cosas científicas y son incrédulos.
Fué también en León donde escribí mis primeros
versos y soñé y sufrí mis primeros amores. La vida social ha aumentado desde
los tiempos en que, como en Andalucía, las novias conversaban con sus novios
por las rejas de las ventanas. El comercio está representado por
establecimientos cosmopolitas. Los inmigrantes son pocos; pero el tal rico
importador es inglés, tal otro español, tal otro alemán, tal otro árabe, tal
otro chino. Hay un club en donde los caballeros de la
ciudad se distraen. En la juventud predomina la
afición á las letras, á la poesía. Yo dije á los jóvenes en un discurso que eso
era plausible; pero que junto á un grupo de líricos era útil para la República
que
hubiese un ejército de laboriosos hombres
prácticos, industriales, traficantes y agricultores. La civilización moderna,
fuera de sus luchas terribles, ha comprendido á su manera el mito antiguo: los
argonautas eran poetas; pero iban en busca del Vellocino de Oro. Hoy, como
siempre el dinero hace poesía, embellece la existencia, trae cultura y
progreso, hermosea las poblaciones, lleva la felicidad relativa á los
trabajadores. El dinero bien empleado realiza poemas, hace palpables
imaginaciones, hace danzar las estrellas y puede traer toda suerte de bienes,
de modo que los hombres bendigan las horas que pasan y se sientan satisfechos.
Así, en la ciudad en que ensayé mis primeras
estrofas y tuve mis primeras ambiciones, saludé con entusiasmo á dos grandes
poetas amables: Santiago Argüello, el que tiene los laureles, y Fernando
Sánchez, el que tiene los millones...
XI
En momentos de corregir las pruebas de este
libro me llegaron las noticias de los últimos acontecimientos que han
perturbado la paz
en aquella República y producido la caída del
presidente Zelaya.
Lo lógico, lo usual y hasta lo humano sería
que, una vez que aquel gobernante ha caído, yo suprimiese los elogios y los
sustituyese con las más acerbas censuras. Me permitiré la satisfacción de dejar
intacto mi juicio.
En EL VIAJE A NICARAGUA pueden leerse estas
palabras de uno de mis discursos pronunciados durante la gira por mi tierra
natal:
«Como alejado y como extraño á vuestras
disensiones políticas, no me creo ni siquiera con el derecho de nombrarlas. Yo
he luchado y
he vivido, no por los Gobiernos, sino por la
Patria; y si algún ejemplo quiero dar á la juventud de esta tierra ardiente y
fecunda, es el del hombre que desinteresadamente se consagró á ideas de arte,
lo menos posiblemente positivo, y después de ser aclamado en países prácticos,
volvió á visitar su hogar entre aires triunfales; y yo, que
dije una vez que no podría cantar á un
presidente de República en el idioma en que cantaría á Halagaabal, me complazco
en proclamar ahora la virtualidad de la obra del hombre que ha transformado la
antigua Nicaragua, dándonos el orgullo de nuestra inmediata suficiencia y casi
la seguridad de nuestro fuerte porvenir.» Nada tengo que rectificar. Mi
impresión, al llegar después de quince años de ausencia, fué la de un país con
mayores adelantos que el que dejara. Si á las administraciones anteriores se
debe la implantación del telégrafo, el ferrocarril, las negociaciones para la
apertura del
canal, que no pudo llevarse á cabo, no puede
negarse que el
Gobierno de Zelaya realizó muchas obras en bien
de la República. Ellas están enumeradas en un capítulo anterior.
Ahora, el rumor sordo anunciador de lo que ha
pasado pude muy bien notarlo durante mi corta permanencia, aún en medio de la
multiplicidad de las fiestas con que me
obsequiaron mis compatriotas y amigos y el mismo Gobierno.
Esos rumores que anunciaban la tempestad que
después se desatara, y que aparentaban tener por causa la situación económica,
puede asegurarse que no eran sino instigaciones de los Estados Unidos y de
Estrada Cabrera, su instrumento para el desarrollo de sus planes. Propalaban
que era el odio á unos cuantos que se han enriquecido lo que motivaría la
revolución contra el gobierno de Zelaya. Y, en efecto, aquello que
confidencialmente me decían algunos amigos, de diferentes partes de la
República, sobre el estado general de pobreza, lo caro de la vida, la
progresiva
depreciación del papel moneda, y el
engrosamiento de ciertas particulares fortunas, es justamente lo mismo que he
visto después expuesto en las publicaciones revolucionarias aderezadas en
Bleufields.
Al recibir las primeras noticias me temí que de
nuevo se hubiese encendido el antiguo antagonismo entre conservadores y
liberales, o, peor aún, los odios entre la parte oriental y occidental del
país, entre Granada y León. Esta lamentable desunión viene desde tiempos de la
colonia, y ha costado á Nicaragua mucha sangre y muchos perdidos intereses.
Ha sido desde luego un bien para el país que
Zelaya
patrióticamente haya depositado el mando en el
Dr. Madriz. Conozco á Madriz desde los años en que éramos compañeros de
colegio. Es un carácter y es un talento. Su actuación política ha sido
transcendental en Centroamérica. Fué de los que
acompañaron á Zelaya en la revolución que derrocó al partido conservador en
1893. Fué el primer ministro de Relaciones de Zelaya, y, siendo ministro, fué
de los que dirigieron la revolución contra él. Tras el fracaso de
ésta, se trasladó á San Salvador. Un rasgo que
le honra es que
cuando Nicaragua estuvo en guerra con Honduras,
á pesar de las inquinas políticas, volvió á Nicaragua y ofreció sus servicios
al Gobierno.
El fué enviado á la Conferencia de Washington y
nombrado magistrado de la Corte Suprema de Justicia Centroamericana, que fué
creada en dicha Conferencia, que tiene su sede en la Ciudad de Cartago, de
Costa Rica, y para cuyo edificio regaló medio millón de francos el plutócrata
yanqui Andrew Carnegie.
Estoy seguro de que no se le ocultaba al
presidente Zelaya que el Dr. Madriz contaba con muchos partidarios que le
eligiesen para la Presidencia. Sin menoscabarle méritos, como él decía cuando
se lograba que los ingleses desocupasen el reino mosquito: «Antes de despedirme
de vosotros, quiero hacer especial recomendación del valiente ministro Dr. D.
José Madriz, que os acompaña en esta
expedición. Va en nombre del Gobierno á imponer
nuestras leyes á los rebeldes. Lleva confianza en el éxito de su misión, porque
cuenta con soldados como vosotros, que sabrán en el momento dado apoyar sus
disposiciones.»
Hasta el momento de escribir estas líneas, no
se sabe si vencerá Madriz ó Estrada. Si Madriz ocupase la Presidencia, será
desde luego un gobierno civil. En cuanto á Estrada, es un militar joven, y que
se ha distinguido muchísimo en las filas del general Zelaya. ¡Quién me diría
que cuando iba yo en la comitiva del Presidente, para la entrevista que tuvo en
las fronteras costarricenses con el Presidente de Costa Rica, Sr. González
Viquez, estaban ya en el cerebro de
aquel compañero de excursión las ideas que le
han llevado á la sublevación y á la batalla!
No me atrevo á profetizar á estas horas. Si la
parte occidental se pone al lado de Madriz, triunfará Madriz. Pero ¿es que
acaso
Estrada, que es de Managua, capital de la
República, no querrá
evitar un choque entre las dos de antiguo
antagonistas partes de su Patria? Demasiadas son las rencillas, demasiados son
los odios que han dividido el país desde hace tanto tiempo. Ya que no se ha
podido hacer la unión de las cinco Repúblicas
centroamericanas, ¿no será posible realizar la concordia en un solo país?
En cuanto á D.a Blanca de Zelaya, que ha
causado siempre la más grata impresión, diré que es belga de origen, que es muy
bella, y
que ha hecho mucha caridad en Nicaragua. Ella
me condecoró, en un acto público, con una medalla de oro. Yo le he escrito unos
versos y le he regalado un brazalete de que han hablado los diarios. Los versos
pueden leerse en el Intermezzo tropical, entre los que escribiera durante mi
viaje. Y el brazalete acróstico se componía de piedras que correspondían á las
letras del nombre del esposo
presidencial:
La J es el jacinto. La S es la sardoine. La A
es la amatista. La N es la nefrita.
La T es el topacio. La O es el ópalo.
La S es la sardonix. La Z es el zafiro.
La E es la esmeralda. La L es el lapislázuli.
La A es la aguamarina. La Y es el imán.
La A es la amatista.
Dios quiera llevar la paz á mi país. Se dice
que los Estados Unidos han intervenido en todo esto. Si ello fuese cierto, como
parece, es
lamentable que nación alguna intervenga en los
asuntos íntimos de Nicaragua, ni aún para hacer el canal...Ya se sabe que el
mismo Lesseps informó en un tiempo que el único canal posible era el de
Nicaragua. Después los Estados Unidos quisieron
realizar la obra. No se sabe qué negociaciones la dificultaron; pero es un
hecho que
desde que los españoles pensaron en abrir el
istmo, es por la tierra que más fácilmente se puede llevar á cabo.
Después de todo, sin la hostilidad de la Casa
Blanca, Zelaya estaría aún en el Poder.
¡Oh, pobre Nicaragua, que has tenido en tu
suelo á Cristóbal
Colón y á Fr. Bartolomé de las Casas, y por poeta ocasional á Víctor Hugo: sigue tu rumbo de nación tropical; cultiva tu café y tu cacao y tus bananos; no olvides las palabras de Jerez: «Para realizar la unión centroamericana, vigorízate, aliéntate con el trabajo, y lucha por unirte á tus cinco hermanas»!
FIN


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