© Libro N° 12956. El Fabuloso Mundo Del
Dinero Y La Bolsa. Kostolany, André. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
El Fabuloso Mundo Del Dinero Y La Bolsa. André Kostolany
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Original: © El Fabuloso
Mundo Del Dinero Y La Bolsa. André Kostolany
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL FABULOSO MUNDO DEL DINERO Y LA BOLSA
André Kostolany
El
Fabuloso Mundo Del Dinero Y La Bolsa
André
Kostolany
CONTENIDO
Prólogo
1. Mi
breviario bursátil
2. La
historia de la Bolsa es también mi historia
3. Cuando
Saulo se convierte en Pablo
4. Bolsa
y pasión
5. El
fabuloso mundo del dinero y la Bolsa
6. «Mi»
imperio, en el que —así lo espero— no se pone el sol
Apéndice
Prólogo
Yo no
enseño, cuento.
Michel de Montaigne
Desde
Aristóteles a Juan Pablo II pasando por Marx, los pensadores han venido
repitiendo, siempre y de modo apasionado, esta pregunta: ¿Está moralmente
justificada la ambición y la posesión del dinero? Es imposible un juicio
objetivo, todo depende de la posición filosófica de cada uno.
Una cosa
sí es segura: el placer de ganar dinero y la tendencia a poseer aún más,
posiblemente no sean siempre del todo morales, pero sí resultan de todo punto
necesarias para el progreso económico. La experiencia de la pasada década de
los sesenta lo ha demostrado así sobradamente.
De todos
modos, el placer de «ganar dinero» no es idéntico al placer de «poseer dinero».
Las motivaciones son bien distintas.
Resulta
completamente natural que el hombre quiera poseer dinero. El dinero ayuda a
conseguir independencia y comodidad, ofrece pequeñas alegrías y satisfacciones
y, con frecuencia, sirve para mantener una buena salud.
Para la
mayoría de los seres humanos, que no tienen dinero, el ganarlo es una necesidad
cotidiana. Para otros significa un placer, y no por el dinero en sí sino porque
se trata de una «ganancia» en el auténtico sentido de la palabra. Sólo el
idioma alemán llama al ganar dinero verdienen, que podría
traducirse como «merecerlo», «conseguirlo con el propio esfuerzo». Los
franceses (y los españoles) lo «ganan», los ingleses lo «cosechan» (earn),
los norteamericanos lo «buscan» (make money) y los pobres húngaros lo
«buscan». El ganar dinero mereciéndolo —verdienen— puede incluso
convertirse en un placer cuando se recibe a cambio de una actividad que se
realiza con agrado y divierte.
El
especulador de Bolsa vive casi una auténtica embriaguez cuando el dinero se
gana con ideas que han demostrado ser válidas contra la opinión de los demás.
La satisfacción de haber ganado con justicia es para el jugador de Bolsa una
alegría aún mayor que el dinero en sí. Muchos son los que ven un placer en
gastar alegremente el dinero y, en consecuencia, se ven sometidos a la
necesidad de ganar cada vez más.
Por el
contrario, el jugador de ruleta disfruta ganando; pero su segundo placer es
perder, pues su satisfacción radica en la excitación nerviosa y no en el
dinero. Esta es la razón por la cual los millonarios dan el mayor número de
apasionados jugadores de azar, sin que importe la cantidad que arriesgan.
Su placer
radica en el desafío a la suerte. Yo conozco a una persona que nada en dinero
y, sin embargo, se cuela en el autobús sin pagar. Lo que le importa no es la
cantidad ahorrada, si no que le seduce el riesgo, el hecho de ir sin billete y
librarse de la multa.
Extrañamente,
los jugadores a los que les sonríe la suerte son, por lo general, los más
llamativos «nuevos ricos» y los más embusteros y exagerados. Se jactan de sus
ganancias y se callan sus pérdidas. Tras un golpe de suerte se pavonean con
aire triunfal como si fueran los mayores genios.
Los
intelectuales y los artistas, junto a la ventaja práctica de ganar dinero,
encuentran satisfacción en ello porque el dinero significa la confirmación
oficial de su éxito. Hay pintores, escritores y músicos que nacieron ricos.
Para ellos su gran placer es, por lo tanto, pintar, escribir o componer y,
además, cobrar por ello sus buenos honorarios. Un viejo amigo mío compra, a
través de intermediarios, los cuadros que pinta su mujer para que ésta tenga la
satisfacción de ganar dinero con su arte. Incluso la mujer más rica y más
hermosa cobrará gustosamente por posar como modelo de publicidad. Estos
ingresos son la mejor prueba de que es realmente una mujer bella y deseable.
No cabe
duda de que el ser pagado constituye la mayor alegría que produce el ganar
dinero. Yo mismo he tenido esa experiencia. Cuando hace muchos años publiqué un
libro que se vendió muy bien, mi mayor satisfacción no fue el diez por ciento
de los derechos de autor, sino el saber que los lectores estaban dispuestos a
pagar diez veces más para conocer mis ideas. Al fin y al cabo, durante muchos
años estuve ofreciendo mis consejos de forma gratuita, en distintos cafés y
bares del mundo, a todo el que mostraba interés en conocerlos. Espero que este
libro me produzca una alegría semejante.
Naturalmente,
existen seres humanos que renuncian al triunfo moral y al reconocimiento de sus
méritos y sólo encuentran placer en aumentar su dinero, sin importarles los
fundamentos y los medios. Para este tipo de personas «el dinero es como el agua
del mar para el sediento: cuanta más agua salada bebe más sediento se siente»,
como ya dijo Schopenhauer. Y al final acabarán convirtiéndose en millonarias.
La
definición de la palabra millonario resulta muy delicada, puesto que todo es
relativo. «Es un “millonario sólido” —solían decir antaño los vieneses—; tiene
al menos 100.000 gulden». En aquellos días eso ni siquiera resultaba
paradójico, pues la palabra millonario no significaba necesariamente que el
designado con ella poseyera un millón. Significaba y significa que aquel a
quien se aplica es un hombre rico, merecedor de respeto, lo mismo que se le
puede llamar un «Rothschild» o un «Creso».
Ser
millonario en Nueva York no significa lo mismo que serlo en la Budapest actual.
En Budapest hay millonarios, pero en florines y no en dólares.
Finalmente,
surge esta cuestión: ¿posee la persona de referencia un capital de
un millón o una renta de un millón, lo que significaría capital mucho más
considerable? En el siglo XIX, cuando en Francia o Inglaterra se llamaba
millonario a un caballero, esto no tenía nada que ver con el capital que
poseyera, sino con la renta de que disponía. Además, hay que tener en cuenta,
al referirse a un hombre que tiene un determinado capital o renta, cuáles son
sus obligaciones, sus cargas y sus aspiraciones.
De
acuerdo con todo esto, he aquí mi definición: un millonario es aquel cuyo
capital o renta no depende de nadie y es suficiente para satisfacer sus
aspiraciones y necesidades. Que no trabaja, que no tiene que inclinarse ante un
jefe ni ante los clientes y que puede mandar al infierno a todo aquel que no le
agrada. Esto significa el mayor lujo en la vida. El hombre que puede vivir así
es el verdadero millonario.
Estoy
convencido de que la mayor parte de mis lectores no están de acuerdo con esta
definición del millonario. Es lógico, pues yo tampoco fui siempre de esa
opinión. Sólo a la edad madura y tras muchos lustros de experiencia en la vida
he llegado a esa conclusión.
Los
candidatos a millonarios son impacientes. No están dispuestos a esperar largos
años a que les llegue la fortuna. Sólo mientras seamos jóvenes, se dicen,
podremos sacar provecho a nuestros millones, y no cuando ya estemos obligados a
ir en la silla de ruedas. La independencia no es para ellos el gran objetivo.
Sienten, como Goethe dijo, que «la pobreza es la mayor de las plagas, la
riqueza el mayor de los bienes». No sólo quieren disfrutar del lujo material,
sino sentir también la «radiactividad» del dinero, es decir, el servilismo de
los demás.
Para
muchos, los millones significan también poder y posición social. Les produce
alegría recibir el homenaje y la sumisión de los demás, atraer a los cobistas y
oír palabras de alabanza. Y despertar la envidia de los enemigos. Su deseo es:
mejor mil envidiosos que la compasión de una sola persona. El provocar la
envidia se cuenta, también, entre los grandes placeres del millonario.
Mis
experiencias de los últimos treinta años confirman que sólo puede llegarse a
millonario en poco tiempo mediante una de estas tres posibilidades:
1.
Especulando (con bienes inmuebles, valores,
mercancías varias, etc.).
2.
Contrayendo matrimonio con una persona rica.
3.
Desarrollando una idea útil en el campo de la
industria o el comercio.
A la
especulación inmobiliaria le ha dado un gran impulso la inflación permanente, y
también puede favorecerla la reconstrucción de un país destruido. Los créditos
fáciles han producido grandes éxitos. Pero esas oportunidades no se repiten
cada día.
Onassis
llegó a ser uno de los millonarios más admirados gracias a sus arriesgadas
especulaciones con buques. Estas especulaciones pudieron basarse en créditos
verdaderamente astronómicos, pero tan caros que en más de una ocasión llevaron
a Onassis al borde de la ruina, cuando los fletes sufrieron una caída
vertiginosa. En los últimos momentos, su salvación se produjo al declararse una
pequeña guerra, en algún lugar, que de nuevo hizo subir los fletes.
(Personalmente, estoy convencido de que Onassis y muchos de sus colegas
avispados consiguieron de los bancos créditos en mayor cuantía que la garantía
real del valor de sus buques, gracias a los sobornos).
La lista
de los recientes éxitos más espectaculares es larga; no sólo las ideas eran
positivas y felices sino que además la gran ambición de ganar dinero fue el
motor de esos éxitos. El dinero acude a aquellos que lo buscan con pasión
ilimitada. El que quiere llegar a ser rico tiene que estar hipnotizado por el
dinero como la serpiente por su encantador. Naturalmente, necesita además de la
suerte. Lo único superfluo es dedicarse al estudio y al aprendizaje de la
economía empresarial y otras seudociencias.
¡Quién
podría ser un mejor ejemplo que el «rico Grün», de cómo puede llegarse a
millonario sin necesidad de estudios!
Siendo
pobre respondió a un anuncio en el que se ofrecía un puesto de sacristán en un
templo de Viena. En aquellos días un sacristán tenía que saber leer y escribir.
Como Grün era analfabeto, no le dieron el empleo. Desconsolado, utilizó el poco
dinero que le habían dado como compensación por el viaje, para emigrar a
Estados Unidos. En Chicago empezó a hacer buenos negocios. Con sus primeros
ahorros creó una empresa que fue creciendo más y más a medida que pasaba el
tiempo. Un gran grupo de empresas le compró sus negocios y, a la hora de firmar
el contrato, se produjo la gran sorpresa: Grün, analfabeto, no estaba en
condiciones de firmar.
—¡Dios
mío! —dijo el abogado del comprador—. ¡Hasta dónde hubiera llegado usted de
saber leer y escribir!
—¡Sería
sacristán de una iglesia de Viena! —Fue la respuesta.
Para
aquellos que saben leer y escribir este libro será como una guía de viajes que
los conducirá por el país de la especulación, por el fabuloso mundo del dinero
y la Bolsa.
A quien
penetre en esa Jauja maravillosa y se mueva dentro de ella sin más objetivo que
el dinero, a aquel que tan sólo idolatre los bienes materiales, quiero abrirle
las puertas para que pueda dirigir su mirada a un mundo muy distinto.
La Bolsa
de acuerdo con mis experiencias, es un regalo que me he hecho a mí mismo, un
trozo de mí propia libertad. Y para disfrutar de las vivencias de esa libertad
dispongo de la música, de la literatura y, sobre todo, de la satisfacción del
contacto con los otros seres humanos, con los humildes y con los más
encumbrados.
Por esta
razón, la siguiente confesión es autoconsciente y orgullosa:
¿Ministro
de Hacienda? No puedo serlo.
¿Banquero?
No quiero serlo.
¿Especulador
y Jugador de Bolsa? ¡Eso es exactamente lo que soy!
Capítulo
1
Mi breviario bursátil
Contenido:
§. La
Bolsa es mi vida
§. Sobre la lluvia y el buen tiempo
§. La Bolsa: elixir vital de los grandes del mundo
§. La caprichosa lógica de la Bolsa
§. La influencia del tipo de interés y de las decisiones gubernamentales
§. Inflación y Bolsa
§. La influencia de la política de impuestos y de la política monetaria
§. Fases de los movimientos cíclicos de la Bolsa
§. El camino del éxito: actuar contra los ciclos
§. «Quien adora pequeñeces no se merece grandezas»
§. El especulador: estratega a largo plazo
§. Expertos y milagreros
§. ¿Cuál es el valor de las informaciones de «primera» mano?
§. Los gráficos: la curva febril de una acción
§. «Mala información, malos resultados»: sobre el ordenador en la Bolsa
§. «Boom» y bancarrota: una yunta inseparable
§. La
Bolsa es mi vida
¿ESPECULAR?
Ésta es una pregunta que se me hace con frecuencia. La respuesta depende de la
persona.
Quien
tiene mucho dinero puede especular; quien tiene poco debe especular;
quien no tiene dinero en absoluto está obligado a hacerlo.
En la
actualidad, uno sólo puede hacerse rico rápidamente y con facilidad mediante la
especulación. Y si hay que especular, ¿cómo debe hacerse? ¿Dónde, cuándo y con
qué?
Mi
«centenaria» experiencia se limita a la Bolsa. Repito: centenaria. Lo digo en
broma pero lo pienso en serio. He reunido 55 años de experiencias personales,
para bien o para mal de mi cartera, y a estos cincuenta años hay que sumar los
cincuenta de experiencia en la vida y en la Bolsa de aquellos colegas que ya
contaban setenta años cuando yo solamente tenía veinte.
¿Qué
pasaría si yo contara lo que sé de ese mundo caprichoso que es la Bolsa? La
bourse, la borsa, la bolsa, die Börse, Serka… Desde París hasta Milán y Buenos
Aires, de Frankfurt a Petersburgo, esta palabra es del género femenino, ¿y eso
es más que una simple casualidad? ¿Qué es, realmente, la Bolsa, esa Bolsa
«perversa» que para unos significa la riqueza y para otros la ruina?
Para
muchos es un Montecarlo sin música, un casino de juego en el cual durante una
tarde uno se puede jugar una suma de dinero en medio de un ambiente excitante y
escalofriante. Para mí la Bolsa es el centro nervioso, incluso el motor, de
todo el sistema económico capitalista. La verdad, posiblemente, está en un
punto medio, y es algo más complicada de lo que suele creerse.
Yo he
especulado ya con todos los valores, divisas y productos, al contado y a
plazos, en Wall Street, París, Frankfurt, Zúrich, Tokio, Londres, Buenos Aires,
Johannesburgo o Shanghai. He especulado con acciones, valores del Estado,
incluso con valores de la deuda de los países comunistas, préstamos fluctuantes
y divisas flotantes o estables, con el cuero de que están hechas las suelas de
mis zapatos, con granos de soja y todo tipo de cereales, con la lana y el
algodón, con el caucho de los neumáticos de mi automóvil, con los huevos y el
bacon del desayuno, con café y con cacao, con whisky, con la seda
de mi corbata de pajarita y con todos los metales, preciosos o no.
Debo
añadir al respecto que no soy un alcista, que no sólo especulo con el alza de
los precios, sino que también lo hago a la baja. En resumen: especulo en todo y
con todo, de acuerdo con el lugar desde donde sopla el viento o con lo que
exigen la economía y la situación política, tanto en las coyunturas favorables
como con la depresión, inflación o deflación, devaluación o revaluación… ¡y he
sobrevivido a todo ello! Para lograrlo hay que oír crecer la hierba y estar en
condiciones de juzgar cualquier situación con la máxima seguridad.
Un alumno
de uno de mis seminarios sobre la Bolsa me preguntó en cierta ocasión si yo
estaría dispuesto a aconsejar a mi hijo que se dedicara a la especulación.
—¡Ciertamente
que no! —Fue mi respuesta—. Si yo tuviera un hijo debería ser compositor. El
segundo, pintor y el tercero, periodista o escritor. Pero el cuarto —añadí—
tendría necesariamente que ser especulador para poder mantener a sus hermanos.
Homo
speculator… Pero ¡qué ser humano mas extraordinario es el especulador! Porque no
todo el que está profesionalmente relacionado con la Bolsa es un especulador.
En todo
el mundo debe haber entre cien mil y doscientos mil agentes de Bolsa,
consejeros de inversiones, administradores de paquetes de acciones, empleados
de las distintas Bolsas que cantan los resultados… ¡Y millones de personas en
todo el mundo que han convertido el juego de la Bolsa en una profesión y que,
entre un universo de cifras, compran y venden, venden o compran alternando de
un extremo a otro…!
Existen,
además, los financieros, que llevan a cabo transacciones en las que se juegan
millones. Pero los conceptos financiero y especulador no deben confundirse.
El
financiero se mantiene firme en el negocio iniciado por él, «metido hasta las
orejas», se asegura mayorías, planea fusiones, funda trusts, lanza
nuevas industrias y él mismo lleva una vida inquieta e intranquila con tanta
actividad. Cuando crea empresas se dirige a la Bolsa para conseguir en ella el
capital necesario. También por medio de la Bolsa logra controlar aquellas
sociedades o empresas que quiere dominar. En un trust vertical
reúne empresas complementarias o combina las más complejas sociedades mixtas.
Su objetivo sigue siendo una transacción determinada, pero sus compras o ventas
causan grandes movimientos que tienen consecuencias importantes sobre toda la
Bolsa.
El
especulador, por su parte, continúa siendo un espectador pasivo de esos
movimientos que él no ha causado, pero de los cuales intenta beneficiarse. ¡Que
profesión tan señorial! Y piensa como Horacio: «Feliz el que vive alejado de
los negocios». Sin contacto con el público, sin mancharse los dedos con un
trabajo «humillante», lejos de toda mercadería y de los polvorientos almacenes,
libre de las confrontaciones cotidianas con los comerciantes y los negociantes,
el especulador reflexiona sumido en sí mismo. Envuelto por el aromático humo y
de su habano, se sienta cómodamente en su mecedora y medita alejado del mundo y
sus ruidos. Su herramienta de trabajo la tiene al alcance de su mano y es muy
sencilla: un teléfono, una radio y algunos periódicos. Pero puede actuar así
porque también él tiene su secreto: sabe leer entre líneas.
El
especulador carece de empleados y de jefe, no debe ir de un lado para otro
repartiendo saludos y sonrisas, no ha de aguantar la lata de un cliente
nervioso, como el banquero o el agente. No tiene que convencer a nadie para que
haga o deje de hacer esto o aquello. Es un aristócrata, un noble que puede
disponer de su tiempo con libertad. Consecuentemente, no es raro que muchos le
envidien. Vive peligrosamente y, como el cocodrilo, tiene que habituarse a
dormir con los ojos abiertos.
Su
espíritu no descansa nunca. Como el organista que toca varios registros al
mismo tiempo, se vale de diversos teclados y pedales: acciones, valores del
Estado, divisas, metales preciosos, materias primas, etc., pero sus operaciones
se engarzan a veces. Unas cubren los riesgos de las otras. Existen innumerables
variantes de este tipo. Y uno no encuentra casi nunca dos individuos idénticos.
Dado que
las transacciones bursátiles componen un todo interdependiente, resultará
peligroso para el lego seguir a un especulador de pura sangre en sus empresas
comprometidas. No podrá ver con facilidad cuáles son sus objetivos y de qué
modo se deben transitar los caminos que llevan a ellos. Eso que a los ojos del
lego parece algo incomprensible y estático, es sin embargo una construcción
perfectamente organizada, de acuerdo con un sistema.
Antes de
llegar a comprender acertadamente la especulación bursátil, y más aún antes de
dominarla aunque sólo sea un poco, hay que pagar caro el aprendizaje. Puede
decirse que el dinero ganado con la Bolsa es el salario del dolor. Primero
llegan los sufrimientos y, sólo después, se gana el dinero.
Con
frecuencia nos producirán sorpresa las causas capaces de desatar estremecedoras
consecuencias en el mundo de las finanzas. Muchas veces estas razones no tienen
relación directa con la Bolsa, como pueden ser las historias amorosas, la
ambición política o la petulancia de algunos individuos.
Obra del
diablo: «homo ludens»
Las malas lenguas afirman que la Bolsa es una creación del diablo para mostrar
al hombre que también él, como Dios, era capaz de crear algo partiendo de la
nada. ¡Falso! El diablo no inventó la Bolsa sino que ésta surgió de manera
espontánea, bajo un árbol, en la esquina de dos calles o en un café, para
después trasladarse a un palacio. Desde luego, el demonio intervino en el
juego: transformó al homo sapiens en homo ludens,
que a su vez convierte con frecuencia la Bolsa en una sala de juego.
Y esa
sala de juego ocupa un importantísimo lugar en nuestro sistema capitalista,
puesto que su fundamento es la sociedad anónima por acciones y su motor, la
especulación bursátil. Las grandes industrias más revolucionarias (el
ferrocarril, el automóvil, el petróleo, la electrónica, los ordenadores y
docenas de otras) no hubieran surgido sin la especulación. Sólo la esperanza de
una ganancia especulativa y a corto plazo, y no la promesa de un interés fijo,
podía sacar de los bolsillos de los grandes y pequeños ahorradores el dinero.
Ese dinero procedente del ahorro se distribuyó en la economía gracias a la
Bolsa y por medio de las distintas posibilidades de inversión. En una palabra:
la Bolsa es un instrumento para congelar las inversiones y deshelarlas cuando
el inversor necesita de nuevo su capital. De ese modo, la especulación bursátil
tiene (al menos en el sistema económico capitalista) una importante función. El
Jugador de Bolsa, aun cuando actúe movido por los beneficios de la
especulación, pone su capital a disposición de la economía.
Los
millones de jugadores y parásitos de las Bolsas de valores tienen, pues, su
justificación. Y si no existieran habría que inventarlos. Cuanto mayor es el
número de esos parásitos, mayor es la liquidez del mercado y mejor se recogen y
suavizan las conmociones causadas por los movimientos al alza o a la baja. Cada
vez que se produce un retroceso de las cotizaciones se presentan nuevos
compradores que de ese modo protegen el mercado contra una caída brutal. En
cada subida del curso bursátil, se presentan nuevos vendedores que actúan así,
como en los movimientos a la baja, frenando el alza.
Un
mercado con un gran giro o movimiento de capital experimenta movimientos más
suaves que otro con menor capital, como un motor de automóvil de seis cilindros
funciona con mayor suavidad que uno de cuatro. Los movimientos de choque son
amortiguados.
La
especulación existió siempre. Su historia es tan antigua como la humanidad y se
mueve de modo paralelo a ella. Existían ya especuladores antes de que la Bolsa
hubiera visto la luz del mundo. Si quisiera resumir en una frase la historia de
la especulación tendría que decir: nació con el homo ludens, que ha
jugado, ganado o perdido, pero que nunca morirá.
Estoy
convencido de que tras toda depresión bursátil, en la que el hombre acaba
asqueado de las acciones y la Bolsa, vienen tiempos en los que se olvidan todas
las heridas del pasado y vuelven la atracción hacia la Bolsa, que llama a las
gentes como la luz a la mariposa. Y si no lo hace ella por su propia fuerza de
atracción, la industria bursátil, altamente desarrollada en nuestros días, se
encargará de ello. En primer lugar, con el señuelo del dinero.
Podría
comparar al homo ludens, y en especial al jugador de Bolsa, con un
alcohólico que, tras una buena borrachera, al día siguiente sufre una tremenda
resaca y decide no volver a tomar una sola copa. Pero al llegar la tarde
saborea un cóctel, después otro y un tercero, y cuando llega la medianoche está
tan borracho como lo estuvo la noche anterior.
Singladura
entre la riqueza y la ruina
La especulación es una peligrosa singladura entre la fortuna y la miseria. Para
recorrerla se necesita un barco muy marinero y un timonel diestro. ¿Qué
entiendo por un barco marinero? Dinero y paciencia, así como nervios firmes. ¿Y
quién es el timonel diestro? Aquel que tiene experiencia y piensa por sí mismo.
Balzac escribió en su tratado sobre La vida elegante que hay
tres tipos de seres humanos: los que trabajan, los que piensan y los que no
hacen nada. El auténtico especulador es el hombre que piensa. Aunque muchos
creen que no trabaja.
¿Qué más
necesita para tener éxito? Las cuatro ges del mariscal de
campo prusiano Von Moltke que según él también resultaban indispensables para
ganar una guerra: Gedanken, Geld, Geduld y,
naturalmente, Glück. En castellano las iniciales no son la g,
pero ideas, dinero, paciencia y suerte, son también elementos que conducen a la
victoria.
La
profesión de especulador de Bolsa se parece mucho a la del periodista. Ambos
viven de las noticias, puesto que siguen y analizan los acontecimientos y sacan
de ellos sus propias consecuencias. El periodista describe y comenta lo que
pasa, el jugador de Bolsa lee las noticias —también entre líneas— y actúa. Sólo
hay una importante diferencia: el periodista puede equivocarse una y otra vez y
seguir siendo periodista. Pero el bolsista que se equivoca con frecuencia, no
podrá seguir siéndolo mucho tiempo…, Tengo el mayor respeto por los
periodistas, encuentro su profesión tan fascinante que yo mismo, en mis años
viejos, me he dedicado a ella. Pero no cabe la menor duda de que el riesgo del
periodista no es comparable al del jugador de Bolsa, puesto que este último se
asemeja más bien al acróbata que baila en la cuerda floja. Pero ambas
profesiones tienen en común que conocen, ciertamente, el parvum omnibus
ex toto nihil de los latinos: exigen una agudeza de visión y una buena
cultura general, experiencia y conocimiento de la vida y una permanente pasión
por la profesión.
Se nace
especulador como se nace periodista o filósofo, aunque sea filósofo de libro de
bolsillo. En cada momento ocurre algo nuevo en el mundo: noticias de la guerra
en el Oriente Próximo, enemistades o amistades entre los Estados árabes,
problemas con las drogas y el racismo en América, nuevos avances en los medios
de comunicación de masas, elecciones en Japón, huelgas en Polonia, revolución
de la moda femenina, desarrollo de la industria pesquera en Islandia, nuevas
investigaciones sobre el cáncer pulmonar, etc., etc. La suma de todos esos
acontecimientos es el acontecer mundial, la historia del mundo.
Mi corta
vida se ha desarrollado en directa proximidad a esta historia del mundo,
precisamente porque he vivido de la Bolsa. Todos los acontecimientos, grandes o
pequeños, han influido en la Boba y la Bolsa, en mi bolsillo. Paradójicamente,
de mis primeras relaciones con la Bolsa sólo guardo un recuerdo doloroso.
§. Sobre
la lluvia y el buen tiempo
MARIENBAD,
verano de 1914. En aquellos días nuestra familia solía acudir a aquel idílico
balneario situado entre los bosques de Bohemia. Aunque no lo sabíamos en aquel
entonces, se aproximaba el ocaso de la monarquía austrohúngara. Todos vivíamos
en la despreocupada ligereza que suele preceder a las grandes catástrofes.
En aquel
ambiente de paz, los disparos de revólver en Sarajevo cayeron como un relámpago
en medio de un cielo sin nubes. De repente, empezó a oler a pólvora.
Presas de
pánico, los huéspedes del balneario se marcharon y se repartieron por todas las
naciones del imperio del águila bicéfala. Mis padres decidieron quedarse y
terminar su cura. En las avenidas y paseos del balneario, a los sones de la
banda de música militar, se discutía con los amigos sobre las últimas noticias
procedentes de París, Berlín y San Petersburgo.
Pese a lo
serio de la situación, la Bolsa no había perdido nada de su fuerza de
atracción. La gente se abalanzaba sobre los periódicos de Viena o de Budapest
para seguir los nuevos cambios de la Bolsa. Se impuso una verdadera fiebre
especuladora. En esa ola muchos se hicieron ricos (los que especularon con
mercancías); por el contrario, los otros, los que se decidieron por los valores
y acciones, acabaron en la ruina.
En la
Bolsa de productos, todos se precipitaron a adquirir aquellas materias que, en
caso de guerra, no podrían seguir siendo importadas. Se especuló con cacao,
vainilla, pimienta y también con rafia, una especie de cáñamo que se suele
utilizar para atar las cepas en los viñedos.
Mi
hermano Emmerich, que en aquel entonces era un joven empleado en un gran banco,
se sintió arrastrado también por esa fiebre y, en compañía de algunos amigos,
especuló con rafia. Al principio, todo pareció irles bien. Pero cuando el
mariscal de campo Hindenburg derrotó a los rusos en Tannenberg, Prusia
Oriental, todos los cambios bursátiles sufrieron una rápida caída, pues se
creyó que la guerra acabaría en poco tiempo. Emmerich perdió todo su dinero y,
por si eso fuera poco, quedó endeudado con el banco. Cuando en esa dramática
situación empezó a hablar de suicidio, mi padre se sintió en la obligación de
liquidar sus deudas para evitar la tragedia que nos amenazaba. Desde entonces,
la palabra rafia no ha vuelto a ser mencionada en nuestra familia.
Apenas
acababa de ser liquidada la desafortunada especulación, los acontecimientos en
el frente y en la Bolsa empezaron a sufrir un nuevo cambio. Los franceses
ganaron la batalla del Marne y de nuevo se pensó que la guerra sería larga. La
fibra de rafia empezó a subir, pero desgraciadamente demasiado tarde para
nosotros. Así aprendí, a edad muy temprana, que en la Bolsa las cosas ocurren
al principio de manera distinta a como se pensó y sólo después se enderezan y
suceden como se había esperado. Cuando, pese a todo, se gana dinero en la
Bolsa, es el salario del dolor: primero; como ya hemos dicho, llega el
sufrimiento; después, el dinero.
El mundo
de Marienbad, con su música, sus paseos y sus clientes internacionales, ha
desaparecido hace mucho tiempo, y lo mismo puede decirse de la Bolsa de
Budapest. Mi hermano y mis padres murieron hace también mucho. Si se la compara
con las gigantescas especulaciones que se realizan hoy día, aquella de la rafia
fue algo realmente microscópico. La suma que perdió mi hermano y que estuvo a
punto de provocar una tragedia, no era más alta de lo que hoy se gastaría uno
de los grandes magnates de Wall Street en una noche de juerga con sus amigos.
Pero la historia la tengo grabada en mí de manera dolorosa.
Otro
acontecimiento de la época fue menos dramático pero igualmente instructivo.
Ocurrió
en Budapest, en mi infancia, cuando yo estaba precisamente en la edad del pavo.
En la vida cotidiana de la Hungría de entonces la Bolsa de los cereales
irradiaba una luz especialmente brillante. El país era uno de los grandes
productores de cereales panificables, de maíz y cebada. Era el mercado más
animado de toda Europa. Se realizaban gigantescas operaciones, y los telegramas
de ultramar y las órdenes de compra o venta llegaban a la ciudad y le daban un
impulso extraordinario. Las enormes ofertas brindaban la oportunidad de
especular a nivel modesto, lo que hacía posible que todo el mundo participara,
y eso era algo muy acorde con la alegre e inquieta mentalidad de los húngaros.
Todo el
mundo hablaba de los cereales y todos creían saber las razones que podían
modificar su cotización. El elemento principal en ese juego de adivinanzas era
el tiempo, el color del cielo, pues un sol demasiado ardiente ponía en peligro
la cosecha, mientras que la lluvia la mejoraría.
Las
cotizaciones subían o bajaban como el barómetro, de acuerdo con los informes
meteorológicos. En las terrazas de los cafés que poblaban la ciudad, en las
calles y plazas, la gente se paraba para comentar, impaciente, el pronóstico
del tiempo, sobre todo aquel verano excepcionalmente seco, y no apartaba los
ojos del cielo, tratando de descubrir cualquier nube. La falta de lluvia hizo
peligrar la cosecha de avena. Incluso en las altas esferas militares surgió la
preocupación, pues en aquellos días la avena tenía para ellas la misma
importancia que la gasolina para un ejército moderno. Junto a estas
preocupaciones meteorológicas del momento, había otra más: el resultado del
partido de fútbol que debía enfrentar a la selección húngara con la austríaca.
Estaba en
juego el honor deportivo nacional, que todo el mundo consideraba como algo
personal. Ese acontecimiento deportivo, tanto tiempo esperado, consiguió,
incluso, superar la paralizante pereza de aquel cálido verano.
Yo estaba
doblemente excitado. Era el primer partido de fútbol que iba a presenciar y,
por si fuera poco, tendría el placer de que me llevara mi tío más querido.
La mañana
del partido, tan pronto salté de la cama me puse a mirar el cielo. En el
horizonte se destacaban espesas nubes que lo cubrían casi por completo, y
parecían dirigirse hacia nosotros, arrastradas por el viento anunciador de
lluvia. El aire era pesado y ya casi se oían los truenos. Me sentí lleno de
inquietud, como mi primo, que debía acompañarnos.
Durante
toda la mañana el tiempo fue empeorando y en la misma medida creció nuestro
desencanto. Pese a todo, nos presentamos a la hora acordada en la casa de
nuestro tío, presintiendo que estada al menos tan preocupado como nosotros.
¡Qué sorpresa! Tenía los ojos radiantes, sonreía dichoso y se frotaba las manos
como si acabara de tocarle la lotería. Nunca solía burlarse de los niños, ni
siquiera en broma.
—¡Mis
queridos niños, vaya un día…! Ya podéis ver que llueve a cántaros. ¡El partido
ha sido suspendido!
Mi primo
y yo nos quedamos mudos. ¡No había partido! Y el tío parecía tan satisfecho
como si se tratara de un día radiante. No podíamos entender por qué se mostraba
tan cruel con nosotros.
—Esto es
fabuloso, una lluvia magnífica —continuó para consternación nuestra—. No lo
entendéis ¿verdad? Esta lluvia es mi suerte. Mañana bajará la avena en la
Bolsa. Llevo semanas esperándolo.
Nuestro
tío tenía razón: al día siguiente, se produjo una caída del precio de la avena.
Aquellos que habían especulado a la baja pudieron recoger sus ganancias, y los
militares se tranquilizaron… ¡A costa de nuestro partido de fútbol! La Bolsa
tenía sobre su conciencia la suspensión del partido pasado por agua. Ese mismo
día me prometí a mí mismo que en el momento debido me vengaría de ella.
He
aceptado el juego. He temblado ante las oscilaciones de la cotización del
algodón mientras observaba el cielo de Nueva Orleans. Al aproximarse la cosecha
de cereales, investigaba si soplaba o no el viento en el Medio Oeste, antes de
comprar o vender en la Bolsa de Chicago.
Varias
décadas después de mi experiencia con la avena, comprendí, de repente, por qué
la Bolsa de productos de París ve de vez en cuando las cosas negras. Un día
pude observar cómo aquellos dignos señores, apoderados de los grandes
fabricantes de azúcar, iban llenos de inquietud de un lado para otro. Salían a
toda prisa, observaban el cielo con aire preocupado y regresaban corriendo al
interior del edificio gris. Realmente, la lluvia hace crecer la remolacha de la
que se obtiene el azúcar. Si los cielos se aclaran, sube el precio; unas
cuantas gotas, y la cotización baja.
Ya desde
mucho antes de la primera guerra mundial —sin que nadie sepa el porqué— París
era el campo de batalla del azúcar, el objetivo más importante de la
especulación internacional en la Bolsa de productos. Un juego apasionado se
desarrollaba allí bajo la batuta de los grandes inspiradores, a los cuales hay
que agradecer los felices días de la belle époque. Las cosas fueron
tan lejos, que el gobierno tuvo que intervenir cuando uno de los reyes del
mercado, el fabricante de azúcar egipcio Crosnier, hizo bancarrota. En la
crisis bursátil de la noche siguiente, el azúcar bajó de 33 a 16 francos, lo
que produjo el caos en las transacciones de ese alimento tan importante, e hizo
imprescindible poner orden en la situación.
La
melodía es siempre la misma… ¡Lluvia o sol! Eso puede significar un alza del
cinco por ciento en el azúcar, los cereales y todas las materias primas que se
dejan influir por las condiciones climáticas.
Y el
tifón «Isabella»
La naturaleza interviene en ocasiones de modo aún más brutal, y, un sencillo
acontecimiento se convierte en drama. Al escribir esto no estoy pensando en
sucesos extraordinarios como terremotos o inundaciones, sino en las influencias
atmosféricas que, en determinadas partes de la Tierra, se hacen apreciables a
diario y que, en muchas ocasiones, fueron la causa de verdaderas catástrofes
financieras.
Un banco
suizo recuerda todavía una tormentosa crisis financiera de los años cincuenta,
cuando una sociedad se vio obligada a hacer suspensión de pagos sólo porque el
barómetro bajó mucho.
Ocurrió
lo siguiente: un grupo que pertenecía a los grandes comerciantes de materias
primas, especuló a la baja con un producto agrícola de múltiples aplicaciones,
la copra. La copra es la pulpa seca del coco, y da al jabón esa fina calidad
espumosa que garantizan algunas buenas marcas; la copra es, además, el
componente principal de cierto tipo de margarina. Esa compañía había vendido al
consorcio holandés Unilever, su mejor cliente, una enorme cantidad de copra.
Los vendedores esperaban que entonces, tras el fin de la guerra de Corea, se
produjera una importante baja de todas las materias primas y de modo muy
especial las procedentes del área del Pacifico. Su intención era adquirir la
cosecha de copra en los países productores antes de la fecha prevista para la
entrega, a un precio muy bajo; es decir, muy inferior al acordado con Unilever.
Por lo tanto, pensaban asegurarse un buen beneficio. Ese es el esquema clásico
de la especulación a la baja.
Pero un
buen día el tifón Isabella hizo su aparición en las islas
Filipinas, el principal país productor de copra, y en pocas horas las
inundaciones acabaron con los bellos cálculos, pues fue destruida casi toda la
cosecha. La sociedad suiza a que nos venimos refiriendo tuvo las mayores
dificultades para conseguir la mercancía prometida, que no podía comprar por la
simple y poderosa razón de que no existía. La escasez de copra hizo subir
astronómicamente los precios. Quienes tenían reservas almacenadas dictaron los
precios a su capricho, y la sociedad no tuvo más remedio que aceptarlo. La
transacción se cerró, pues, con pérdidas que superaron los diez millones de
francos suizos. Por un momento, los grandes bancos, que habían salido garantes
de la compañía frente a los compradores, pudieron haberla puesto en graves
dificultades.
Pequeñas
causas, grandes efectos… Y todo ello, en el fondo, sólo por ese empeño de
vender la piel del oso aun antes de haber dado caza al animal.
«Hoy me
siento como un toro, querido amigo»
Esta frase hecha me recuerda que debo aclarar una expresión que se ha extendido
mucho más allá del terreno de las Bolsas anglosajonas donde tuvo, su origen. Se
llama «oseros» o simplemente «osos» (bear, en inglés) a aquellos que
cuentan con la baja y especulan confiando en ella. Son los que venden hoy una
mercancía (o una acción o valor) que todavía no poseen y que piensan adquirir
posteriormente. Devuelven incluso sus propias compras cuando creen que el
precio que pagarán mañana será menor que el de hoy. Si bien el refrán que habla
del cazador que vende la piel antes de haber matado al oso no es aquí aplicable
al pie de la letra, el sentido continúa siendo el mismo: el «osero» de la Bolsa
es como el cazador que vende algo que aún no ha cazado.
Frente al
oso se alza el bull, el toro, de fuerza proverbial. Éste representa
al hombre que arremete contra todo lo que se cruza en su camino y de una
cornada lo lanza a las nubes. En los pasillos de Wall Street, antes de que se
haya levantado aún el telón, en la hora que todos aprovechan para sondear los
ánimos, si alguien dice: «Hoy me siento como un toro, querido amigo», quiere
dar a entender que su interlocutor tendrá que enfrentarse con una fuerte
tendencia al alza.
Expresiones
como esta no sólo son propias de Nueva York o Londres, sino que se dan en todas
las Bolsas del mundo, donde nadie entendería a quien le hablara de una
situación «taurina», pero todo el mundo sabe que una tendencia bullish es
un síntoma tranquilizador.
En todas
las Bolsas del mundo los bulls y los bears se
desafían y luchan con métodos en ocasiones bastante salvajes. La lucha
multiplica por diez sus fuerzas, y el toro trata de derribar al oso, que, por
su parte, espera el momento de atenazar al toro con sus potentes patas y
estrangularlo. El resultado de la lucha no depende sólo de la constancia de los
dos adversarios ni tampoco de sus fuerzas. Existen otros poderes de los que
hablaremos después, de tipo estratégico, táctico y hasta de política
internacional, que se suman a la lucha antes de la hora de la victoria.
Bajo el
signo de la especulación y el emblema de la Bolsa, se alinean los hermanos
enemigos, el toro y el oso, y cada uno de ellos intenta conseguir el triunfo.
§. La
Bolsa: elixir vital de los grandes del mundo
¿QUÉ es
realmente la ciencia bursátil?
El
estadista y escritor francés Édouard Herriat dijo, refiriéndose a la cultura,
que es lo que queda cuando ya se ha olvidado todo. Algo así puede aplicarse a
la Bolsa. El profesional de la Bolsa no es una enciclopedia que acumula los
balances anuales, los dividendos, cambios, informes financieros y de negocios o
estadísticas. Todo esto se conservaría mucho mejor en una buena biblioteca o en
un ordenador. La verdadera ciencia, el verdadero conocimiento bursátil, es lo
que queda cuando ya se han olvidado todos los detalles. No es preciso saberlo
todo sino comprenderlo todo para, en el momento preciso, conocer el significado
exacto de sus consecuencias y obrar de manera adecuada. Es preciso captar todos
los acontecimientos, como haría un radar; interpretar correctamente sus
interrelaciones y consecuencias y, ¡pensar por cuenta propia!
Desde la
Biblia hasta el día de hoy
Cuando empleo la expresión «especulador» lo hago en el más noble sentido de la
palabra. Bernard Baruch, famoso financiero norteamericano, estadista y
consejero personal de cuatro presidentes en asuntos de finanzas, declaró que su
profesión era la de «especulador», cuando fue interrogado ante una comisión
investigadora del Congreso.
A la
familia de los especuladores pertenecen muchos personajes famosos de la
historia. El primer especulador podemos ya encontrarlo en la Biblia: José de
Egipto, que se dedicó a especulaciones verdaderamente arriesgadas y hasta
peligrosas. Este hábil consejero de finanzas del faraón supo sacar a tiempo las
debidas consecuencias de los sueños de su señor con las siete vacas gordas y
las siete vacas flacas. Durante los siete años de abundancia decidió almacenar
grandes cantidades de cereales que, después, durante los siete años de escasez,
volvió a poner en el mercado a un precio mucho más alto. Ciertamente que hasta
hoy día no se sabe con certeza si José, hace ya cuatro mil años, fue el padre
genial de la planificación económica, pues guardó los excedentes de cosecha
para cubrir los posteriores déficits, o si —homni soit qui mal y pens— fue,
sencillamente, el primer especulador de la historia, que se limitó a comprar
una mercancía barata para venderla más cara cuando llegó a escasear.
En la
antigua Atenas se especulaba ya con las distintas monedas. (Ese tipo de
especulación vuelve a estar de moda, aunque ahora se le llama «numismática».
Incluso en los países no capitalistas del bloque oriental, los «numismáticos»
se reunen oficialmente una vez por semana para subastar o comprar monedas). Los
comerciantes de monedas de Atenas eran llamados «trapecistas», porque se
sentaban detrás de unas mesas de forma de trapecio sobre las cuales exhibían
sus monedas. También podría verse en ese nombre una especie de símbolo. ¿Es que
los acróbatas del cambio de divisas no son verdaderos artistas del trapecio?
Los calculados negocios de uno de esos acróbatas financieros de la antigüedad
provocaron una serie de catástrofes y caídas de precios. Su nombre, Formión, no
ha alcanzado la inmortalidad, pero fue él quien al dio al más grande de los
oradores de la Antigüedad, al abogado Demóstenes, la ocasión para un apasionado
discurso en defensa de la especulación… ¡Ciertamente sin necesidad de llevar la
famosa chinita en la boca!
También
en la antigua Roma, centro financiero de la zona del Mediterráneo, florecía la
especulación. Se especulaba al por mayor con cereales y otras mercaderías. La
apasionada política de Catón, que preconizaba la destrucción de Cartago, causó
muchos disgustos a los especuladores de su tiempo. Cartago era el granero del
mundo, y cuando los soldados del general Escipión entraron en la ciudad
vencida, saquearon los almacenes y los silos. Sobre Roma cayeron toneladas y
toneladas de grano además de la cosecha propia. Al principio, los precios
fueron bajando poco a poco para acabar por derrumbarse. Muchos especuladores
perdieron con ello sus fortunas. Se habla de que muchos de los asistentes
habituales al Foro tuvieron dificultades para hacer frente a sus pagos.
(Tenemos un ejemplo al alcance de la mano con lo ocurrido en los años 1981 y
1982. La política norteamericana de ofrecer elevados intereses bancarios causó
una gigantesca crisis en todas las materias primas, y cientos de empresas
hubieran sido incapaces de hacer frente a sus pagos si no hubieran sido
ayudadas por el propio gobierno u otras empresas gigantescas).
En el
Foro de Roma los ciudadanos ricos se reunían en las proximidades del templo de
Jano para realizar sus transacciones. Era allí donde Cicerón, el más destacado
de los abogados de su tiempo, buscaba indicios y rumores que le ayudaran en sus
distintas especulaciones con terrenos, monedas y diversas mercaderías.
Tras
algunas aventuras de tipo financiero, Cicerón consiguió reunir una considerable
fortuna. Con su fama y personalidad dio impulso a la especulación en Roma.
Dijo, ya en aquella época, que el dinero era el sistema nervioso de la
República, y estaba convencido de que la especulación constituía el motor de la
formación de capitales. Y actuó de acuerdo con ello. Diariamente se reunía en
el Foro con destacados financieros y comerciantes viajeros. Especulaba con
terrenos y fincas, así como con proyectos de construcción y con la concesión de
recaudaciones de impuestos, en aquel entonces un negocio muy codiciado. Como
senador, estaba en condiciones de conseguir informes de primera mano acerca de
proyectos urbanísticos, lo que le resultaba de gran ayuda en sus especulaciones.
También
sir Isaac Newton, el inmortal descubridor de las leyes de la gravedad, intentó
la especulación bursátil, aunque desde luego sin éxito, hasta tal punto que
acabó prohibiendo que la palabra Bolsa se pronunciara en su presencia.
Voltaire
se pasaba horas enteras hablando con su amante de acciones, valores y dinero…
Especuló con terrenos y grano, pero consiguió más fama como contrabandista de
divisas. Durante la guerra de Sucesión se fundó en Sajonia un banco que debía
financiar las operaciones bélicas con la emisión de papel moneda. Después de la
guerra, esos billetes perdieron el 40 por ciento de su valor. Sin embargo,
Federico el Grande exigió que se retiraran, mediante el pago del cien por cien
de su valor en táleros de plata, todos los billetes que se hallaban en poder de
prusianos. Voltaire hacía comprar esos billetes en Dresde, y (¡ya en aquel
entonces!) los introducía en su maleta, de contrabando, en Prusia. Allí, por
medio de hombres de paja, exigía su cambio en monedas al gobierno de Dresde.
Beaumarchais,
Casanova y Balzac fueron empedernidos bolsistas. Balzac necesitaba grandes
sumas de dinero para mantener su estilo de vida. A fin de conseguirlo escribía
novelas, relatos cortos, ensayos y todo aquello que pudiera para producirle
dinero. Pero como eso no le bastaba, recurrió a la especulación bursátil y
acudía con frecuencia a visitar al barón de Rothschild para tratar de conseguir
alguna confidencia o consejo. El fisósofo Spinoza y el científico David Ricardo
combinaban sus actividades intelectuales con un entusiástico amor a la
especulación.
¡Cómo
poderla olvidar, en esta lista, a lord Keynes, el más importante de los
especialistas en economía política de nuestro siglo! Al pie de su retrato, el
gobierno británico puso esta inscripción: «Lord John Maynard Keynes, el hombre
que consiguió crear una fortuna sin trabajo».
Mi nimbo
trae consecuencias
Es posible que debamos el más hermoso de los cuadros de Paul Gauguin a sus
pérdidas en la Bolsa. Tras su desgraciada carrera como agente y especulador en
la Bolsa de París, lleno de deudas, tuvo que salir huyendo para Tahití.
He tenido
experiencias personales con muchos famosos poseídos por la fiebre de la Bolsa.
Pese a dedicarme a ésta, allá por los años veinte fijé mi residencia en el
barrio de artistas de París, Montparnasse. En el aire denso y cargado del humo
del tabaco del café Dôme, me encontré frecuentemente con el gran pintor japonés
Fujita. Pese a la inevitable presencia de las dos rubias que le acompañaban,
nunca dejó de ser ésta su primera pregunta:
—Bien, mi
querido Kosto, ¿qué hay de nuevo en la Bolsa?
Y en otro
rincón del café, Emes Hemingway interrumpía su discusión literaria para oír las
últimas noticias de Wall Street.
¡Y qué
decir del gran compositor y violinista Fritz Kreisler! Yo le envidiaba
profundamente su obra y su forma de tocar. Con frecuencia conversé con él y le
oía con gusto hablar sobre música y músicos. Pero él, por su parte, siempre me
presionaba para aprovecharse de mis conocimientos; su mayor problema era
siempre si debía continuar en el mercado o rechazar todas las compras. Sin duda
pensaba que yo poseía un oído más fino que el suyo para captar las disonancias
en la Bolsa. Pero él tenía sobre mí una enorme ventaja: podía recuperar por la
noche, con su violín, las pérdidas que por la mañana había tenido en la Bolsa.
Aún
conservo en la memoria el recuerdo de una larga conversación telefónica con mi
buen amigo Emmerich Kálmán. No sólo era el número uno de la opereta vienesa,
sino que también sentía un extraordinario interés por las transacciones de
Bolsa. En esa conferencia telefónica, entre París y Viena, a principios de la
década de los cincuenta, me preguntó —yo actuaba como su consejero en asuntos
financieros— si era correcto, desde el punto de vista de la inversión de
capital, vender acciones por valor de cien mil dólares (con el actual valor
adquisitivo equivaldrían a medio millón) para comprar un brillante de ocasión a
su esposa Vera. Nolens volens tuve que decirle que sí, pues
una hora antes su esposa Vera me había telefoneado, desde París igualmente,
para rogarme (con el argumento de que todas sus amigas poseían ya bellos
diamantes y ella no) que le aconsejara a su marido aquella inversión. (Su
argumento no era completamente falso). Unos días después el anillo adornaba el
delicado dedo de la bella Vera Kálmán.
En buena
lógica, hubiera sido mejor adquirir acciones de la IBM o de Xerox, pero hay que
hacerse la pregunta de si el placer de poseer una sortija tan especial,
llevarla en el dedo y mostrársela a las amigas, verdes de envidia, no significa
mucho más que una ganancia en la Bolsa. Personalmente, he tenido la experiencia
de que para un hombre resulta mucho menos peligroso que su mujer o su amante se
enamore de joyas o pieles que de una buena cuenta bancaria. Las joyas y las
pieles tienen un límite. Una cuenta corriente, no.
Después
de la guerra tuve la enorme suerte de conocer en Suiza a mi ídolo en el campo
de la música, Richard Strauss, con cuya amistad llegué a honrarme. Muchas veces
cenamos juntos en el Verenahof de Zúrich y yo le escuchaba, ansioso de oír del
gran maestro una palabra sobre música. Pero inútilmente. Siempre hablábamos de
dinero, y su esposa, Paulina, estaba ansiosa por saberlo todo sobre la Bolsa.
El
fenómeno Bolsa atrae a los seres humanos. Las siguientes historias me parecen
típicas: mi buen amigo Janos H., de Budapest, era frecuentemente mi invitado en
la Riviera francesa. Se trataba de un hombre de gran cultura, y en especial se
orientaba hacia la literatura francesa. Quise darle una alegría e invité a mi
amigo y vecino el escritor francés y ganador del premio Goncourt M. C., además
crítico de arte y profesor de literatura francesa en Estados Unidos. Lo que yo
quería, realmente, era presumir ante el francés con mi amigo húngaro y
demostrarle que incluso en la Hungría comunista estaban bien informados sobre
la más reciente evolución de la literatura francesa. Mi amigo Janos esperaba
impaciente desde muchos días antes aquel encuentro, y se preparó a fondo para
un intercambio de ideas sobre literatura. Desgraciadamente, no se presento la
ocasión de mantener esa conversación tan culta y literaria, pues mi invitado de
honor no hizo más que bombardearme con preguntas sobre electrónica, el precio
del petróleo, el valor del oro y el mercado financiero. Mi pobre amigo Janos no
pudo meter baza. Triste, sentado a la mesa, vio cómo el planeado almuerzo para
hablar de literatura resultaba un completo fracaso.
Me he
acostumbrado y me siento bien con este nimbo. Por esa razón prevengo a las
señoras que quieren invitarme cuando reciben artistas, pintores, escritores u
otros intelectuales. Mi sola presencia envenena el ambiente… Por lo tanto,
¡atención! Y eso mismo les pasará con cualquier otro que tenga fama de buen
profesional de la Bolsa.
§. La
caprichosa lógica de la Bolsa
LA Bolsa
es lógica, pero tiene una lógica muy especial, con muy poca relación con la del
hombre de la calle.
Es
caprichosa como una mujer guapa o como el tiempo. Sabe adornarse con mil trucos
y encantos para atraer a su presa y, en el momento en que uno menos lo espera,
se da la vuelta y le muestra la espalda. Mi consejo es dejar pasar ese cambio
de humor con frialdad, y, sobre todo, no intentar buscar para ello una
explicación lógica.
Para
comprender la Bolsa en su conjunto, hay que conocer el mecanismo de los
movimientos al alza y a la baja, cómo se producen, cómo se desarrollan y cómo
llegan a su fin. De acuerdo con la lógica de la Bolsa, no puede considerarse
como un axioma que las acciones buenas suben y las que no lo son bajan; tampoco
puede considerarse axiomático el que las cotizaciones de la Bolsa bajan cuando
la situación económica es mala y que cuando es buena tienen que subir. Con una
perspectiva de muchos años, se ve con naturalidad cómo acciones de empresas
pequeñas, que se han convertido en grandes, han ido subiendo de manera paralela
(así se han comportado muchas acciones norteamericanas en auge). Y cómo los
valores de aquellas empresas que poco a poco van decayendo, bajan al máximo. A
veces incluso se derrumban ramas enteras de un sector como consecuencia de
nuevos descubrimientos técnicos.
Estos son
los movimientos a largo plazo. Para preverlos no hace falta ser un especialista
en Bolsa sino futurólogo, técnico o incluso un pequeño profeta. Aun cuando se
conozca a fondo y de modo perfecto una rama determinada, no se puede prever de
dónde surgirá la competencia de todo el sector o de una empresa. Es posible,
por ejemplo, que gracias a un nuevo descubrimiento tecnológico en Estados
Unidos se presente una buena coyuntura para una determinada rama de la
industria, pero que sea contrarrestada pronto por el efecto de una producción
japonesa notablemente más barata. En consecuencia, para tener éxito a largo
plazo se precisaría ser un visionario. En los pasados lustros he tenido muchos
amigos que han gozado de tales «visiones del futuro» (por ejemplo, en relación
con IBM o Xerox), y gracias a ello se han hecho millonarios. Yo mismo he
tenido, ocasionalmente, visiones de ese tipo que me han llevado al éxito (con
los empréstitos alemanes después de la guerra o con algunos valores de la
electrónica). Pero esas evoluciones a largo plazo no tienen realmente mucho que
ver con los auténticos movimientos cíclicos de la Bolsa.
Por el
contrario, se operan cambios a corto plazo que pueden servir de atajo, de un
día a otro, de una semana a otra. Mi análisis no tendrá mucho valor en relación
con ellos, pues los movimientos en zigzag y a corto plazo son de todo punto
incalculables e incomprensibles. Como ya hemos dicho, la Bolsa se comporta como
un alcohólico: cuando está borracho reacciona de modo inesperado y
sorprendente; con frecuencia recibe con lágrimas las buenas noticias y se ríe
de las malas. Esto dejando a un lado el hecho de que un buen profesional de la
Bolsa ni siquiera está en condiciones de juzgar qué noticias son buenas y
cuáles malas.
Así pues,
sólo nos queda un interesante campo de batalla: el de la especulación a plazo
medio, de acuerdo con los movimientos cíclicos. En él, al menos, los factores
influyentes pueden ser analizados de manera concreta y se pueden conocer
argumentos (correctos o falsos) así como formarse ideas y conceptos.
El
postulado de la oferta y la demanda
En la lógica bolsística existe sólo un postulado: oferta y demanda. Aún me
acuerdo con toda claridad de mi primer día en la Bolsa (me ocurrió en
París, à la Bourse). Un caballero de edad (posiblemente de mi edad
actual) se aproximó a mí.
—Joven
—me dijo—, no lo he visto nunca por aquí, ¿quién es usted?
—Hoy es
la primera vez que vengo. Soy meritorio de la firma X.
—Puesto
que su jefe es amigo mío, le voy a enseñar algo verdaderamente importante. Mire
a su alrededor. Aquí todo depende de una sola cosa: si hay más papel que tontos
o más tontos que papel.
Mi
conocido debía tener tras de sí desagradables experiencias, puesto que
calificaba de «tontos» a todos los compradores de acciones. Pero esa lección no
la he olvidado nunca: todo depende de la oferta y la demanda. Y toda mi teoría
sobre la Bolsa se sustenta por completo en ese principio, aunque naturalmente
está apoyada también en mis experiencias personales adquiridas a lo largo de
muchos años.
Las
palabras de aquel conocido las interpretaría yo así: la tendencia depende de si
para el vendedor es más urgente y necesario vender sus acciones que para el
comprador obtener acciones a cambio de su dinero. Cuando el propietario de
acciones u otros valores se encuentra sometido a una presión psicológica o
material que le obliga a librarse de ellas, y el dueño del dinero quiere
comprar pero no está obligado a hacerlo, bajan los cambios. El análisis de la
tendencia consiste, por lo tanto, en juzgar los distintos factores de
influencia que, en el futuro, determinarán la oferta y la demanda.
Cómo
surge una cotización de la Bolsa
¿Cómo surge un determinado curso o tendencia bursátil? Coloquemos la molécula
de la transacción bursátil bajo la lente del microscopio. Una acción asciende a
100. Un comprador en potencia se dice: «La acción está a 100 —o piensa que
tiene un valor 100—; consecuentemente, mi deseo es comprarla por 90 y, por lo
tanto, ofrezco 80». Por su parte, el que está dispuesto a venderla reflexiona:
«Está a 100 y yo quiero venderla a 110, de manera que pido 120». La acción está
a 80 en dinero y a 120 en oferta. Si en la Bolsa hubiera una sola molécula no
podría efectuase transacción alguna. Pero la Bolsa se compone de un número
incontable de moléculas. Otra de ellas, por ejemplo, ofrecerá 85, y no faltará
quien sólo pida 115. Un tercero está dispuesto a pagar 90 por las acciones y
por el otro lado existe un nuevo vendedor que las cederá por 110. De momento,
tanto el vendedor como el comprador se mantienen firmes en sus respectivos
precios de oferta y demanda, pues ninguno de ellos está obligado a comprar o
vender a la fuerza. De pronto, alguien está sometido a presión (psicológica
—porque tiene miedo o porque es pesimista— o material, porque necesita el
dinero) y está obligado a vender. El vendedor tiene que resignarse y aceptar la
cotización que le ofrece el mejor postor, que en este caso se trata de 90. Se
cierra la operación en esa cantidad y la cotización desciende y pasa a ser 90
en vez de 100.
El
desarrollo de la cotización depende de en qué relación se encuentran las
órdenes de venta y de compra, a precios limitados, con los ilimitados (es
decir, los mejores). Por ejemplo, si un día llegaran a la Bolsa todas las
ofertas de papel, sin límite, y al mismo tiempo los compradores situaran sus
ofertas muy bajas, se produciría una bancarrota de la Bolsa. En el caso
contrario, cuando los vendedores se muestran vacilantes y sólo están dispuestos
a aceptar ofertas de compra muy altas, si el vendedor se comporta agresivamente
y parece dispuesto a comprar como sea, es decir, sin límite de precio, se
produce un boom bursátil.
Compradores
y vendedores intentan por igual aprovecharse de la forzada situación del otro.
Exactamente como haría el comprador de joyas que, dándose cuenta de la
situación de necesidad de quien acude a él ofreciéndole un diamante, le ofrece
el precio más bajo posible. Si esa misma piedra se le ofreciera a una persona
especialmente interesada en ella, por su brillo, su talla, su perfección o la
alta demanda, el joyero pediría mucho más, mientras que el nuevo comprador
subrayaría los atributos negativos, la falta de brillo, la talla pasada de
moda, el color poco natural y la falta de demanda. Del mismo modo que el joyero
y el cliente que entra en su tienda se «tantean», las dos partes que
intervienen en el juego de la Bolsa (comprador y vendedor) se tantean teniendo
en cuenta sus posibles intenciones.
Así,
suele suceder que antes de la apertura de la Bolsa, en un día laborable en el
que se espera ocurran grandes acontecimientos, nadie puede decir cuáles serán
las tendencias. Resulta imposible —como ya hemos explicado— determinar cómo
reaccionarán las masas ante esos acontecimientos y cuál será la relación entre
oferta y demanda que se establecerá en la Bolsa.
Consideremos
las transacciones de una determinada acción en un día de Bolsa y sus causas
fundamentales: A vende sus acciones, pues el banco le exige el
pago del crédito que utilizó para comprar dichos valores. Consecuentemente, no
puede esperar, sino que está obligado a vender sus acciones al mejor precio
posible. B es un comerciante que debe hacer frente al pago de
una letra vencida cuyo aplazamiento se le ha negado: consecuentemente, también
ha de vender. C tiene una hipoteca sobre su casa que va a
vencer. El banco está dispuesto a prorrogársela, pero con intereses demasiado
altos y, por lo tanto, le trae más cuenta vender. D se siente
atraído por el alto interés que se ofrece por las inversiones a plazo fijo y
prefiere vender sus acciones para invertir en esos valores que ofrecen mayor
interés. E ha conseguido una pequeña ganancia con sus
acciones, que se quiere asegurar vendiendo. F tiene
obligaciones de tipo personal (por ejemplo, su hija se va a casar) y precisa
dinero. G ha experimentado unas pérdidas reducidas en sus
acciones y quiere evitar que sean más elevadas. H quiere
vender porque está convencido de que más tarde podrá volver a comprar las
mismas acciones a menor precio. I vende, simplemente, porque
se ha dejado contagiar por el pesimismo general. Por parte de los
compradores, K compra porque cree que las acciones están bajas
y a largo plazo acabarán por subir. Otro compra porque ha vendido una casa al
contado y dispone de dinero que quiere invertir en acciones. Un tercero ha
heredado una buena suma y quiere colocar su herencia. Otro vendió antes sus
acciones, cuando la cotización era más alta, y desea volver a comprar ahora
porque está convencido de que volverán a subir a corto plazo. Y otro más quiere
invertir porque en la caja de ahorros que administra hay demasiado dinero en
metálico y tiene que colocarlo.
En el
bando de los vendedores, la mayor parte de ellos están sometidos a presión
material y los otros a presión psicológica. Unos y otros tienen que vender. Por
parte de los compradores existe la voluntad de comprar, pero no están obligados
a hacerlo y; por lo tanto, pueden esperar que se produzcan circunstancias más
favorables, y que las cotizaciones bajen. En semejante situación, como es
lógico, la Bolsa cae. Las causas principales son los grandes intereses que se
ofrecen por las inversiones fijas o la falta de liquidez del mercado de
capitales. El dinero es el oxigeno de la Bolsa. Ésta no puede subir
sin liquidez. Como dice la canción húngara, «si hay dinero hay música». El
dinero —la liquidez— es el factor más influyente en la Bolsa.
T(endencia)
= D(inero) + P(sicología)
Pero sólo con dinero no puede moverse el mercado cuando la psicología del
público inversor es negativa. Consecuentemente, nos hallamos con un tercer
factor: la psicología. Cuando ambos factores —dinero y psicología—
son positivos, suben las cotizaciones. Si ambos factores son negativos, bajan.
Si uno de dichos factores es positivo y el otro negativo, se neutraliza la
tendencia y se desarrolla una Bolsa sin color, interés ni grandes oscilaciones.
Esta situación se conoce con el nombre de trading market; una buena
situación para el que juega a la Bolsa y sabe aprovechar adecuadamente las
pequeñas oscilaciones de los cambios.
Si uno de
los factores supera al otro ligeramente, la situación se manifiesta por una
ligera tendencia a la baja o al alza, según cuál sea el factor de más peso.
Cuando uno de los valores cambia de signo y ambos pasan a ser positivos o
negativos, se producen las grandes alzas o las bajas acusadas.
Las
cotizaciones suben cuando hay ahorradores, grandes y pequeños, que quieren
y pueden comprar. Quieren comprar porque juzgan la situación
financiera y económica de manera optimista, y pueden comprar
porque disponen de dinero líquido en la carteta o en la caja fuerte. Éste es
todo el secreto del movimiento al alza, aun cuando los hechos fundamentales,
así como las noticias sobre la situación de la economía, hablen en contra…
El mismo
mecanismo actúa a la inversa. El público es pesimista, juzga el futuro como
algo oscuro y está escaso de caja porque pudo invertir su dinero con mayores
intereses en otros sectores, por ejemplo valores inmobiliarios, cuentas de
ahorro, deuda y empréstitos del Estado. Por otra parte, los créditos son
difíciles de obtener. Si la fantasía y el dinero son negativos, las
cotizaciones se precipitan a la baja presionadas por la oferta.
De
acuerdo con mi opinión, los factores fantasía y dinero son mucho más decisivos
que las realidades concretas para la marcha general de la Bolsa, aunque no para
las acciones individualizadas. Con mucha frecuencia, el desarrollo de las
cotizaciones marcha en dirección opuesta a la que indicarían las causas
fundamentales. Una euforia económica trae consigo altos intereses y mala
liquidez, porque las empresas necesitan todo el dinero de que disponen para sus
propias inversiones. Al mismo tiempo puede ocurrir, con frecuencia, que durante
una recesión económica y un retroceso de los intereses la Bolsa suba aunque los
factores fundamentales —es decir los beneficios y dividendos— no dan razón para
esperar una cosa semejante. En un período de boom económico, cuando florecen la
industria y el comercio y los capitales disponibles se emplean para la
expansión, intervienen las autoridades (los bancos emisores y el gobierno) con
medidas restrictivas para evitar un excesivo «calentamiento» de la economía. Se
aumenta la tasa de descuento y se establecen restricciones crediticias. El
fluir del dinero queda cortado. Los bancos aumentan los intereses deudores y
limitan —o cortan, en caso extremo— hasta los créditos correspondientes…
§. La
influencia del tipo de interés y de las decisiones gubernamentales
LA
evolución del tipo de interés a largo plazo no sólo es importante para la Bolsa
sino también para la totalidad de la vida económica. Cuando los depósitos de
ahorro en los bancos crecen y el tipo de interés baja, los bancos se sienten
bien dispuestos a ofrecer créditos a sus clientes. Éstos pueden planear nuevas
inversiones que en esos momentos resultan rentables debido al bajo tipo de
interés. Los directores ven, de repente, el porvenir de color de rosa, y la
consecuencia de ello es que pueden esbozar nuevas inversiones.
Las
noticias económicas favorables se hacen de dominio público con bastante
retraso, y sucede con frecuencia que la Bolsa atrae mucho antes de que esas
buenas noticias se filtren. Los intereses crecientes, por el contrario, tienen
tarde o temprano una influencia dramática no sólo en la psicología sino sobre
la economía en general. Debido a lo elevado de los intereses, muchas
inversiones previamente planeadas dejan de llevarse a la práctica o son
retrasadas para época posterior. Y esto ocurre en un momento en el que las
noticias procedentes del mundo de los negocios y de las cotizaciones bursátiles
continúan siendo favorables. Por esa razón, a la hora de tomar mis decisiones
en el terreno de la Bolsa no concedo gran importancia a la cifra de los
balances de las sociedades. En primer lugar, porque esos balances son
manipulados o, cuando menos, «adornados» de acuerdo con las conveniencias de
los directores. Incluso en los casos en que las cifras son correctas, a la hora
en que se hacen públicas pertenecen ya al pasado.
Los
factores dinero y psicología son más resolutivos para las tendencias bursátiles
que los hechos fundamentales. Sólo puede seguirse con exactitud el factor
dinero, porque el psicológico es imposible de calcular. Para poder preverlo,
aunque sea sólo con 30 días de adelanto, hay necesidad de ser un verdadero
profeta. Existen ciertos síntomas que permiten valorar las reacciones del
público. Ya me referiré a ello de nuevo, posteriormente.
El tipo
de interés de los créditos a corto plazo depende, en gran medida, de la
política del gobierno, que determina en qué medida y con qué tipo de interés el
banco central pone el dinero a disposición del mercado. Ésta es una de las
armas con que cuenta el gobierno en la política coyuntural.
Dado que
los distintos gobiernos en la pasada década se vieron obligados a realizar
distintos tipos de política coyuntural, se producen las más penosas
complicaciones. Por ejemplo, en el verano de 1971 los Estados Unidos realizaron
una política de dinero barato para dar nuevo vigor a la economía y luchar
contra el paro.
Alemania,
por el contrario, se vio obligada, en defensa de la estabilidad, a seguir una
política de dinero caro para frenar el exceso de actividad de la economía. Como
consecuencia de ello miles de millones de dólares cruzaron el océano Atlántico
para conseguir en Alemania intereses más altos que los que podían obtener en
los Estados Unidos. Las consecuencias las conocemos todos. El mismo problema se
repitió en dirección opuesta diez años más tarde. Tras la elección del
presidente Reagan, los tipos de interés a corto plazo se elevaron en Estados
Unidos como jamás se había conocido en la historia porque el primer objetivo de
la política económica era luchar contra la inflación.
Inflación
y mercado de préstamos
Me gustaría volver al mercado de los préstamos: cuando los bancos disponen
realmente de mucho dinero y, como consecuencia de ello, pueden ofrecer a sus
clientes empresarios créditos fáciles y baratos, dichas sociedades sienten la
tentación de cubrir su necesidad de dinero mediante esos créditos bancarios
baratos en vez de lanzar unos empréstitos con un interés elevado. Esto
disminuye la oferta de valores en la Bolsa. Por otra parte, muchos capitalistas
se inclinan a comprar préstamos a largo plazo porque pueden conseguir de los
bancos dinero a corto plazo con intereses más reducidos. Esos empréstitos
producen unos intereses más elevados, que además, están asegurados para un
período de tiempo más prolongado.
Eso
mantiene su validez porque una mejor estabilidad monetaria significa un menor
riesgo para el futuro. Desde hace años, en la inversión de capitales el rédito
de las obligaciones a largo plazo se calcula de tal modo que de los intereses
nominales se deduce un empréstito equivalente al ritmo anual de la inflación.
En el
transcurso del año 1971, por ejemplo, los empréstitos en dólares rendían,
aproximadamente, el nueve por ciento. Debido a que el nivel de inflación
alcanzaba un seis por ciento el prestamista sólo cobraba, realmente, unos
intereses del tres por ciento. El ritmo de inflación, como se ve, tiene un gran
significado para el desarrollo del mercado de obligaciones.
Cuando el
ritmo de inflación retrocede, aumenta la demanda de préstamos a largo plazo.
Esa demanda se ve acrecentada por los llamados «negocios del arbitraje de los
intereses». Cientos de profesionales que dirigen los asuntos financieros,
adquieren empréstitos a largo plazo con altos intereses que financian con
créditos a corto plazo mucho más baratos. Todo eso produce una tendencia
ascendente en el mercado de préstamos, y hace retroceder los intereses de los
créditos a largo plazo.
La
experiencia de los pasados cincuenta años demuestra que el mercado de acciones
sigue la tendencia del mercado de obligaciones en un espacio de tiempo de tres
a doce meses. Para mí, la tesis válida es la siguiente: un alza de las acciones
sólo es posible cuando antes han subido los valores de interés fijo. Si, por el
contrario, cae el mercado de obligaciones, el de acciones baja irremisiblemente
unos meses después. El periodo de tiempo que el mercado de acciones necesita
para acomodarse al mercado de obligaciones depende del factor psicológico, es
decir, del tiempo que se mantengan las oleadas de optimismo o pesimismo,
después de que el factor dinero-interés ya se impuso. Yo llamo a eso la última
fase de un ciclo. Puesto que no se puede seguir totalmente la evolución del
factor psicológico, considero que la evolución del tipo de interés a
largo plazo es el barómetro más decisivo de la Bolsa.
§.
Inflación y Bolsa
EL
problema de la actual inflación es extraordinariamente complejo, y me ocupo de
él en este libro, en distintos lugares y contextos.
Precisamente
cuando se quiere formar un juicio exacto sobre la evolución de la Bolsa en los
años pasados y también en nuestros días, es imprescindible no perder de vista
el problema de la inflación, y examinarlo e investigarlo con exactitud.
La inflación
de los precios, el problema número uno de todas las naciones, tiene
distintas causas que varían en su importancia de acuerdo con los
condicionamientos y las circunstancias de cada país.
1.
La inflación de los costes por la
continuada subida de los salarios y los precios de los servicios, así como de
la energía. Pese a que en la actualidad llamamos libre al mercado, realmente
éste no es «libre» puesto que los dos elementos más importantes de la economía,
salarios y energía, son dictados por dos importantes grupos de presión:
los sindicatos y los países productores de petróleo.
2.
La oferta, que hace que en determinados
sectores suban extraordinariamente los precios y exige un rendimiento al
máximo, o superior al máximo de la industria.
3.
Los muchos miles de millones que se regalan
prácticamente a los países del bloque oriental y a las
naciones en vías de desarrollo, mediante créditos falsos, que esos países jamás
podrán devolver.
4.
La psicosis de inflación, es
decir, la espera subconsciente de que se produzca la inflación. Una antigua
verdad, comprobada a lo largo de los años, afirma que basta creer que se va a
producir la inflación para que ésta ocurra sin remedio, y aunque realmente no
hubiera razón para ello.
Es
difícil juzgar cuáles son los factores de más peso. Yo, personalmente, creo que
la psicosis de la inflación es uno de los más poderosos y que, en ocasiones,
sobrepasa toda proporción. Existen distintas opiniones sobre qué fue lo
primero, el huevo o la gallina. ¿Son los sueldos los que hacen subir los
precios, o son los precios altos los que exigen la subida de los sueldos? En
este aspecto no existe un juicio único o irrevocable. Cada cual se aproxima a
esta cuestión con problemas de carácter filosófico, económico y político casi
imposibles de resolver.
Las
exigencias de aumento de sueldos se presentan a través de los siempre poderosos
sindicatos, y surgen a impulsos de los deseos, que hoy comparten capas de la
población cada vez más numerosas, de participar activamente en el disfrute de
un nivel de vida más alto. En ocasiones, sin embargo, sólo se trata de
conservar el nivel de vida ya alcanzado y que la inflación pone en peligro. La
consecuencia es la espiral salario-precio.
Los
gobiernos y los parlamentos se enfrentan impotentes a este fenómeno, sobre todo
en el mundo libre, dado que una democracia no puede existir sin una buena parte
de demagogia. Por esta razón, la mayor parte de los gobiernos concentran sus
esfuerzos sobre el factor inflacionista «Oferta», que tratan de controlar y
encauzar al máximo. En un país regido por los socialistas, uno de sus ministros
me dijo en el curso de un almuerzo tête à tête:
—Puesto
que estamos en privado, a solas usted y yo, creo que puedo señalarle lo
siguiente. Ustedes, los capitalistas, pueden permitirse el lujo de luchar
contra la inflación, puesto que están en condiciones de soportar el paro
forzoso. Pero en un país socialista, ¿cómo podemos tener parados? Por esa razón
y con toda justicia, entre nosotros la inflación es la única medida que hace
posible frenar la permanente demanda de subida de salario que nos llega de
parte de los trabajadores. El paro es una posibilidad que nos está vedada.
Al contar
esta conversación, quiero subrayar una vez más que en el debate de quién fue
primero, el huevo o la gallina —el aumento de salarios o la inflación—, resulta
muy difícil expresar una opinión acertada.
En la
lucha contra la inflación causada por un exceso de demanda y contra la psicosis
de inflación, los gobiernos disponen de dos armas: la política de impuestos y
la política financiera. La nueva política del presidente Reagan insiste en
esto, puesto que trata de satisfacer plenamente la demanda con una oferta
suficiente y siempre en aumento. Con eso llegamos al punto que nos interesa de
manera especial a nosotros, los especuladores de Bolsa.
§. La
influencia de la política de impuestos y de la política monetaria
EN los
casos en que el gobierno está en condiciones de exprimir hasta sacarle el jugo
al poder adquisitivo de la población, mediante impuestos elevados, puede
permitirse el lujo de ser liberal en su política crediticia, evitar
restricciones en este terreno y exigir intereses más reducidos. Ésta es la
situación óptima para la Bolsa.
Sin
embargo, cuando se da el caso de que el gobierno, por razones políticas,
sociales o de cualquier otro tipo, no quiere elevar los impuestos y prefiere
reducir la cantidad de dinero en circulación, establecer restricciones
crediticias y aumentar el tipo de intereses, elimina la psicosis inflacionista,
pero al mismo tiempo, y subsidiariamente, castiga a quienes especulan con la
inflación. Surge entonces la situación más peligrosa que puede darse para la
Bolsa. Recuerda a un automóvil que corre cuesta abajo. El conductor puede
disminuir la velocidad de dos maneras; mediante el cambio a una marcha más
corta —lo cual se correspondería a la política fiscal— bien utilizando el
freno, lo cual equivaldría a imponer una política monetaria restrictiva. Pero
si el conductor deja el coche en punto muerto y trata de pararlo utilizando
únicamente los frenos, éstos se recalentarían y terminarían fallando al cabo de
poco tiempo. Del mismo modo se recalienta la Bolsa cuando un gobierno trata de
contener la inflación mediante restricciones crediticias.
Los
sucesos de los años setenta
Por razones puramente políticas, a cualquier gobierno le resultaría más fácil
llevar a cabo una política monetaria a su gusto puesto que la decisión depende
en tal caso exclusivamente de él, mientras que las medidas relacionadas con los
impuestos, así como el presupuesto, necesitan además la aprobación
parlamentaria o, en el caso de los Estados Unidos, del Congreso. Tanto en una
como en otra cámara legislativa, las consideraciones demagógicas desempeñan un
papel muy importante. Hasta que cualquier decreto-ley relacionado con los
impuestos logra imponerse, pese a la oposición, pueden pasar —como ocurre en
Estados Unidos— varios años. Mientras los congresistas discuten entre sí, la
inflación puede adquirir un carácter galopante.
Cuando a
comienzos de 1967 el presidente Johnson quiso controlar la inflación mediante
la subida de los impuestos, y presentó ante el Congreso el correspondiente
proyecto de ley, pudo seguir manteniendo la reducción de los tipos de interés
durante algún tiempo, así como aumentar la masa de dinero en circulación. La
elevación de los impuestos tampoco es el sueño de la Bolsa, pero resulta menos
peligrosa que los intereses elevados.
Se puede
seguir con relativa facilidad la política monetaria y de tipo de interés de un
gobierno porque, generalmente, no se hace un secreto de ella. Nadie puede ser
más sincero que lo fue el presidente Johnson cuando, a comienzos de 1967,
declaró: I will do everithing in my power to reduce interest rate.
(«Haré todo lo que esté en mi poder para reducir el tipo de interés»).
Ante una
afirmación así del presidente de los Estados Unidos, cualquier jugador de Bolsa
correrá a lanzarse sobre Wall Street, como si se arrojara desde un trampolín a
la más acogedora de las piscinas. El movimiento bursátil al alza que siguió a
esa declaración presidencial fue muy tempestuoso, porque la elevación del tipo
de interés quedó congelada, en el Congreso, durante dos años.
La
contrarreacción a ese movimiento —es decir, la baja— no se produjo hasta
después de que la nueva administración del presidente Nixon logró imponer una
política monetaria extraordinariamente severa.
De
acuerdo con mi teoría, era lógico prever que a la euforia del periodo de
Johnson debían seguirle tiempos difíciles para Wall Street. Pero el desplome de
las cotizaciones sólo se produjo después de que el factor psicológico adquirió
un carácter negativo que, además, resultó extraordinariamente acentuado, pues
la anterior oleada especuladora había sido fuerte.
Durante
ocho años, un continuado aumento de la masa monetaria (que en parte era
consecuencia de la guerra de Vietnam, que se había venido financiando con los
impuestos) fue el combustible más adecuado y necesario para los tres
gigantescos motores que Wall Street necesita —y girando a toda potencia—:
el broker-establishment con sus más de 100.000 agentes, en
aquellos días, como motor central; los fondos de inversiones y los consorcios
mixtos, como motores auxiliares.
El
mecanismo de la especulación funcionó de la siguiente manera: los brokers vendieron
al público todas sus participaciones en los fondos de inversión. Con este
dinero ya en sus cajas, el fondo de inversiones compró a los mismos agentes las
acciones de los consorcios mixtos para, de ese modo, acabar absorbiéndolas.
Ese
poderoso ejército formado por los 100.000 agentes de Bolsa hizo todo lo
necesario para que se extendieran las noticias «confidenciales» de las
operaciones realizadas por el fondo de inversiones y los consorcios mixtos. Los
profesionales de la especulación, sus seguidores y los especuladores
ocasionales, se precipitaron sobre las acciones, que empezaron a elevarse en
una espiral mortal, cada vez más alta. Todo eso se produjo gracias al impulso
que significó la afluencia de una masa de dinero ilimitada que actuó como
combustible. El optimismo no sólo se contagió al público tradicional de la
Bolsa, sino que también influyó en algunos otros grupos inversores, como cajas
de pensiones, congregaciones religiosas, universidades y hasta sindicatos,
todos ellos deseosos de participar y aprovecharse del alza continuada de las
cotizaciones. Los que hasta entonces habían venido administrando el dinero de
esas instituciones fueron despedidos, y se les sustituyó por nuevos
administradores más jóvenes que pasaron directamente desde sus pupitres
universitarios o de las altas escuelas de economía a Wall Street para allí
hacer juegos malabares con miles de millones de dólares.
La Bolsa
neoyorquina, con estos cambios, se convirtió en un gigantesco casino en el cual
la fiebre del juego se fue haciendo más apasionada cada día hasta acabar por
librarse de toda represión.
El
presidente Richard Nixon, una vez que hubo ocupado su cargo, consideró que su
primer deber consistía en romper la columna vertebral de la inflación (del
mismo modo que lo haría más reciente Reagan, tras inaugurar su primer mandato
en 1981). Puesto que Nixon tenía que vérselas con un Congreso demócrata, la
política monetaria era su única arma, es decir, la subida de los tipos de
interés. El presidente Nixon tampoco hizo nunca un secreto de cuáles eran sus
intenciones, y no sorprendió a nadie cuando, tras su llegada a la Casa Blanca,
anunció su nueva política monetaria. Para los bolsistas aquello significó un
toque de atención que les anunciaba la llegada de tiempos muy difíciles para
Wall Street.
Dos años
antes, el presidente Johnson había hecho lo mismo, pero con signo opuesto, al
anunciar la baja de los tipos de interés. Pese a ser opuestos, el estimulo de
Johnson y la advertencia de Nixon fueron claramente significativos. El Federal
Reserve Board, en apoyo de la política de Nixon, puso diques de inmediato y de
forma radical a la corriente de dinero. Las restricciones crediticias se fueron
haciendo cada vez más severas, después de que los intereses se pusieran por las
nubes. El mercado de empréstitos comenzó a derrumbarse. El primer motor que
falló fue el de las sociedades mixtas, en graves dificultades no sólo por las
razones expuestas, sino por otra más que se sumó a la falta de liquidez: una
nueva ley del Congreso que cerraba las puertas a la posibilidad de continuar
con sus ejercicios acrobáticos (los trucos con los impuestos).
La caída
de los consorcios mixtos produjo a su vez la caída de la cotización de los
fondos de inversión, que vendieron sus carteras de acciones —las que fueran— a
cualquier precio, para poder disponer de dinero a fin de hacer frente a los
pagos de participaciones que podrían serles exigidos por el público.
En el
curso de esta catástrofe generalizada, también los brokers tuvieron
sus dificultades. El motor central del sistema empezó a fallar. Muchos brokers no
pudieron cubrir gastos, perdieron su «capital motor», tuvieron que despedir a
su personal y, en muchos casos, hasta liquidar sus firmas. Con todo ello
aumentó el malestar general, y el público bursátil cayó en un profundo
pesimismo. El factor psicológico se había vuelto negativo. La evolución duró
unos nueve meses. Transcurridos éstos, el gobierno norteamericano cambió la
política que había llevado al país a una situación económica y financiera tan
crítica, que estuvo a punto de producirse una crisis de liquidez. La quiebra
del PENN central y las dificultades financieras de algunas grandes empresas
industriales, tuvieron como consecuencia una decisiva revisión de la política
monetaria del gobierno. Bajo la influencia de ese nuevo cambio se produjo en la
Bolsa neoyorquina un alza borrascosa, y gran parte de las pérdidas se
incorporaron de nuevo al índice Dow Jones. Esa euforia, sin embargo, sólo duró
hasta que los tipos de interés empezaron a subir de nuevo.
Como
razón de ello, muchos analistas señalan la crisis monetaria internacional y la
nueva política monetaria de Nixon, que no sería obstáculo para que una fuerte
baja de los intereses diera al mercado un renovado impulso. Las cotizaciones
continuaron subiendo hasta comienzos de 1973, y el índice Dow Jones alcanzó un
alto nivel histórico (1.065).
Ese
crecimiento, sin embargo, no resultaba convincente. Aún no se había acabado con
el Sodoma y Gomorra financiero; los abusos de los consorcios mixtos, los
pecados de los financieros irresponsables y las estupideces de los
administradores de los fondos no habían sido penalizados todavía. Eso ocurrió
cuando se presentaron, conjuntamente, nuevos acontecimientos; la crisis del
petróleo, el escándalo Watergate y sobre todo la radical disminución de la
corriente de dinero dictada por el Federal Reserve Board. Estos sucesos
culminaron en una total crisis de la Bolsa, con las dificultades de algunos
consorcios financieros, y en una crisis de liquidez que estuvo a punto de
conducirnos a un nuevo 1929. Pero sólo casi, puesto que, por suerte, el
gobierno de los Estados Unidos y Arthur Burns, presidente del Federal Reserve
Board, se dieron cuenta en el último momento de que no podían seguir jugando
con fuego. Sometieron, pues, su política monetaria a una decisiva revisión y
empezaron a bombear al mercado, con toda la rapidez posible, nuevas cantidades
de dinero fresco.
Hay que
confiar en que lo ocurrido en 1974 haya sido una buena lección para los
rectores de la economía y para los gobiernos, que les enseñe a no repetir tales
crisis. Los acontecimientos de la década de los setenta nos muestran, también
cómo se desarrollan las fases de un movimiento bursátil aunque sea a costa de
la economía y del mercado de trabajo. Mientras Nixon luchó contra la inflación,
los gobiernos de Europa se empeñaron en combatir el paro obrero y en dar nuevo
impulso a la economía. No quisieron colaborar en la elevación del tipo de
interés, exactamente como están haciendo hoy.
Dado que
las políticas financieras de Estados Unidos y Europa no transcurren de modo
paralelo, por razones políticas, psicológicas y sociales, seguirán
produciéndose siempre tales divergencias. (Desde la llegada a la presidencia de
Ronald Reagan nos encontramos en una situación parecida: los europeos desean
reactivar la economía, mientras que los Estados Unidos están dispuestos, a
costa de lo que sea, a romper la columna vertebral de la psicosis
inflacionista). Incluso entre los propios Estados europeos se aprecian con toda
claridad tendencias divergentes.
§. Fases
de los movimientos cíclicos de la Bolsa
DE
acuerdo con mi experiencia, cada movimiento cíclico que se produce en la Bolsa
(bien sea de las acciones, empréstitos, materias primas o metales preciosos; es
decir, cualquier mercado en el que pueda especularse) se compone de tres fases:
1.
Corrección.
2.
Adaptación o acompañamiento.
3.
Exageración.
Tomemos
por ejemplo un movimiento ascendente tras una tercera fase del movimiento de
baja. Durante la primera nueva fase la cotización (que había caído muy baja) es
corregida y situada a un nivel en cierto modo realista y justificado. En la
segunda fase se desarrolla la cotización de manera paralela a los
acontecimientos actuantes. Si son desfavorables al artículo en cuestión, la
cotización retrocede de nuevo, justificadamente. Si los acontecimientos son
positivos se ven acompañados por un movimiento ascendente de la cotización. En
un determinado punto de la segunda fase, existe el peligro de que, favorecida
por nuevos acontecimientos positivos, se pase de inmediato a la tercera fase.
En esta fase del mercado en que se quiere comprar todo, el bull market, las
cotizaciones saltan hacia arriba de hora en hora. Las cotizaciones y el estado
de ánimo ascienden por mutua influencia. Las cotizaciones en alza producen
estados de ánimo en los que todo se ve de color rosa, y esto hace que las
cotizaciones suban de nuevo. Las cotizaciones dejan de tener significado y
están determinadas exclusivamente por la histeria colectiva.
Sir Isaac
Newton, quien ya he dicho que fue un especulador apasionado que perdió todo su
dinero en una repentina crisis de la Bolsa londinense, dijo cuando se hallaba
en tal estado de ánimo:
«Puedo
calcular al centímetro y al segundo las órbitas de los cuerpos celestes, pero
soy absolutamente incapaz de predecir hasta dónde puede arrastrar la cotización
de la Bolsa una multitud histérica».
En un
movimiento cíclico a la baja, las bajas cotizaciones en la tercera fase
producen un negro pesimismo que, a su vez, presiona a la baja sobre los
precios, y las cotizaciones caen como hojas en otoño. Estas olas, a la baja o
al alza, duran hasta que una sacudida psíquica rompe el ciclo en cualquier
dirección. Cuando no llega esa sacudida, aunque existan argumentos en favor de
un cambio de dirección de las cotizaciones, esta última fase, puramente
psicológica, se desarrolla con mayor lentitud. Un buen día la tendencia del
mercado cambia de signo sin ninguna razón externa que lo justifique, y causando
una gran sorpresa no sólo entre el público sino también entre los expertos que
no estaban preparados para ello. Seguidamente, comienza el movimiento cíclico
contrario (en nuestro caso la corrección, adaptación y exageración de un
movimiento a la baja). En esta eterna rotación de la Bolsa, como en la
naturaleza, la bajamar sigue a la pleamar.
Sobre la
forma correcta de especular en cada fase
¿Cómo, pues, debe comportarse el especulador en esas tres fases de cada ciclo?
En la
tercera, es decir, en la de exageración, el bolsista que juegue a la baja debe
comprar y no asustarse si los precios siguen descendiendo. Como los agentes
solían decir en la antigua Bolsa de cereales de Budapest, «quien no compra el
trigo cuando baja, no podrá tenerlo cuando suba». En la primera fase del
movimiento al alza se debe seguir comprando, puesto que se ha superado el punto
de máxima caída. En la segunda fase hay que limitarse a ser espectador, dejarse
llevar con pasividad por el movimiento e irse preparando anímicamente para
saltar del mercado durante la tercera fase de euforia generalizada.
Naturalmente,
resulta muy difícil para el especulador ir contra la tercera fase de
exageración a la baja, es decir, actuar contra el consenso general y seguir
comprando cuando los colegas, los medios de información y los expertos
aconsejan vender (o viceversa). Incluso los que conocen esta teoría y quieren
seguirla cambian su opinión en el último momento, bajo la presión de la
psicosis colectiva, y se dicen: «Teóricamente debería seguir adelante, pero
esta vez la situación es distinta». Más tarde queda claro que también en esta
ocasión lo mejor hubiera sido actuar contra el movimiento cíclico. Hay que
estar muy bien entrenado, ser frío e incluso cínico para escapar a la histeria
colectiva. ¡Pero ésta es la condición sine qua non para conseguir el éxito! La
mayoría la forman los perdedores. El especulador debe tener audacia, tenacidad
y sabiduría.
Naturalmente
que ahora surge la pregunta de cómo se puede saber en qué fase se encuentra
uno. Para ello no hay libros de texto, como tampoco existe una especulación
perfecta, con el éxito garantizado al cien por cien. No existe ningún método
que pueda aplicarse a ciegas. Si fuera así no existirían picadores en las minas
ni leñadores en los bosques. Todo el mundo acudiría a la Bolsa a ganar el
sustento. Sólo una gran experiencia concede al bolsista eso que se llama
sensibilidad y tacto para apreciar una determinada situación. Hasta el
especulador con más apariencia y acostumbrado a desenvolverse incluso en las
más difíciles circunstancias puede equivocarse, y yo me atrevería a decir aún
más: tiene que equivocarse con frecuencia para poder reunir las experiencias
suficientes. Un especulador de Bolsa que en su vida no se arruinó dos veces
como mínimo no merece ese nombre. Es como si todos nos encontráramos dentro de
una habitación en penumbra y, por lo tanto, el que lleva ya varios lustros en
ella debe saber moverse y desenvolverse bastante mejor que el recién llegado.
Experiencias
con los «duros» y los «blandos»
Existen dos tipos de poseedores de valores: los especuladores y los jugadores
de Bolsa. Yo los califico y los divido en duros y blandos. Los duros tienen
dinero, paciencia e ideas. Al decir que tienen dinero quiero expresar que
poseen un capital propio, cualquiera que sea su cuantía, que conservan intacto,
y que no tienen deudas. (Por ejemplo, si alguien dispone de un capital
reducido, digamos de 10.000 marcos, con el que compra valores o acciones por
valor de 5.000 y, además, carece de deudas, tiene dinero). El interesado debe
tener paciencia, esto es, unos nervios lo suficientemente templados como para
no reaccionar con exagerada excitación ante cualquier acontecimiento de menor
importancia. Tener ideas significa que la persona en cuestión sabe actuar de
manera cerebral, acertada o equivocadamente, pero —y esto es lo más importante—
utilizando la mente de modo reflexivo y conceptual.
El blando
es aquel que tiene poco dinero, ninguna paciencia y menos ideas. Esto significa
que quien posee un capital propio que queda por debajo de sus deudas —si tiene
diez millones pero debe treinta millones— no puede decirse que tenga dinero. No
ser paciente significa que sus nervios son flojos, débiles, y que la persona no
comprende que la Bolsa no reacciona automáticamente ante cada uno de los
acontecimientos que se producen, como podría pensarse que debería hacerlo de
acuerdo con la lógica. No entiende que la reacción ante cualquier
acontecimiento requiere cierto tiempo hasta que llega al público y éste acaba
por comprenderla, la interpreta bien y actúa en consecuencia. Ese individuo, el
blando, carece de capacidad de análisis conceptual y no actúa con el cerebro
sino de manera puramente emocional. Si los otros compran, compra él también; si
venden los otros, él hace lo mismo. Se trata de un eslabón de la cadena de la
masa y actúa con ella. Por esa razón, incluso un supermillonario puede ser un
blando si carece de temple y de ideas; es decir, si actúa de modo emocional.
En la
Bolsa, consecuentemente, todo dependerá de en qué manos se encuentran los
valores. Si son los duros quienes poseen la mayor parte del papel, la Bolsa
está bien dispuesta para un movimiento al alza explosivo, aun cuando las
noticias no sean en absoluto favorables. Si, por el contrario, la mayor parte
de las acciones o valores está en manos de los blandos, cualquier noticia
pesimista, por poco importante que sea, puede provocar un desastre.
Al
primero de los casos lo llamo una situación de mercado «supervendido», y al
segundo, de mercado «supercomprado». Toda la ciencia consiste en averiguar si
un mercado está supervendido o supercomprado. Un experto en asuntos bursátiles
con el suficiente tacto en la yema de los dedos se suele dar cuenta de ello,
aun cuando no siempre esté en condiciones de expresarlo con palabras ni de
definirlo. Se dan, naturalmente, síntomas, indicios y señales de las que
resulta posible deducir si nos encontramos en una u otra situación.
Cuando se
dan cotizaciones en descenso, durante algún tiempo, pero pese a ello siguen
acudiendo fuertes inversiones, significa que gran número de acciones están
pasando de las manos de los blandos a las de los duros. Podría llegar a ocurrir
que los blandos ya lo hubieran vendido todo y las acciones durmieran en las
cajas de caudales de los duros. El papel sólo saldría de allí mucho mas tarde,
cuando los precios subieran. En el caso de una baja en las cotizaciones, son
los duros los que compran, en gran mayoría, dado que se sienten mucho menos
afectados por el pánico producido por la baja y, además, disponen de dinero y
tienen paciencia e ideas. Eso significa que cuando, pese a que se invierte
mucho dinero, las cotizaciones siguen bajando, es señal de que nos estamos
aproximando al nivel en que comenzará el próximo movimiento de alza de los
cambios. En la mayoría de los casos en que ocurre esta baja, se trata de una
caída que alcanza una profundidad injustificada, de la que sólo son culpables
la histeria del público y las ventas generalizadas por parte de los poseedores
de las acciones. Se produce lo que antes definí como tercera y última fase del
movimiento cíclico de baja de las cotizaciones. En esta situación, los blandos
se desprenden de sus valores y acciones, incluso de los mejores y con mayor
capacidad de resistencia, que hasta aquel momento habían conservado como un
fondo de reserva.
Si las
cotizaciones muestran cierta vacilación durante un período en el cual la
presencia de dinero en el mercado bursátil es escasa, eso indica, sin duda, una
mala perspectiva para la Bolsa. En tales coyunturas, las acciones continúan en
manos de los blandos, que siguen esperando una recuperación del mercado. Sin
embargo, en el caso de que la tendencia a la baja se mantenga y las acciones
sigan cayendo, se sentirán, de improviso y cuando menos se espera, poseídos por
el pánico, y venderán o incluso malvenderán todo su papel, valores o acciones.
La
opinión de muchos analistas y agentes de Bolsa de que una caída de las
cotizaciones en los casos en que escasea el dinero no tiene significado
especial, es completamente falsa. El argumento principal que utilizan para
defender su tesis es que la baja se debe a que el gran público vende.
Efectivamente, eso en si no significaría gran cosa, pero lo importante es que
los valores continúan en manos de los blandos y, conociendo su forma de
reaccionar, el que aún no vendan no quiere decir, ni mucho menos, que vayan a
resistir. Lo más fácil es que, arrastrados por la tendencia general del
público, acaben vendiendo mañana, dentro de una semana o de un mes.
Cuando el
papel inicia el alza y sigue subiendo de manera continuada, y además existe una
gran abundancia de dinero, eso también encierra una mala perspectiva de futuro.
Cuanto mayor es la cifra de negocios que se realizan, más afectado se ve el
mercado. Cuando se da esta abundancia de dinero en momentos de alza continuada,
la Bolsa se está aproximando a la tercera fase del movimiento al alza y pronto
comenzará la baja. Los analistas y agentes de Bolsa, por su parte, afirman que
las alzas continuadas de la cotización, acompañadas de una gran cifra de
operaciones, señalan una situación favorable. ¡Nada más falso! Ellos opinan que
el gran público está comprando y que eso es bueno. Ciertamente sería así en
caso de que continuaran las compras. Pero ¿es verdaderamente tan positivo que
el gran público, es decir, los blandos, compre? ¿Es que se puede estar seguro
con ellos de que seguirán comprando a la semana siguiente? ¿No existe el
peligro de que todo ese papel o gran parte de él vuelva al mercado el mes siguiente,
de que los blandos se decidan a vender en seguida? Lo más probable es que
ocurra así.
Por el
contrario, cuando una subida del mercado está acompañada por una cifra de
operaciones más pequeña, esto es extraordinariamente favorable, por mucho que
digan los ya citados analistas que esa situación apenas expresa algo
importante. Esta opinión está parcialmente justificada desde su punto de vista,
puesto que los agentes de Bolsa, los brokers, sólo consideran importantes las
grandes operaciones y no prestan atención a los movimientos de un mercado de
pequeñas operaciones.
La
realidad es, empero, que el papel sigue en manos de los duros y no ha pasado a
las de los blandos. Los precios tendrán que seguir subiendo bastante más antes
de que los duros, que tienen los nervios templados y saben esperar, estén
dispuestos a comenzar a vender sus acciones.
De esto
se deducen las siguientes conclusiones:
1.
Un mercado con cotizaciones ascendentes, con
grandes operaciones y mucho dinero disponible, significa que se compra
demasiado. Juicio: desfavorable.
2.
Mercado en ascenso, pero con un número pequeño de
operaciones: favorable.
3.
Mercado en descenso con pequeñas operaciones:
desfavorable.
4.
Mercado descendente con gran número de operaciones:
favorable, puesto que se está aproximando el punto en que las ventas son
excesivas.
Se llama
«sobrecomprado» al mercado que se encuentra en la tercera fase del movimiento
de alza. En ese caso, basta un pinchazo con una aguja para que explosione como
un globo.
«Supervendido»
es el mercado que se encuentra al término de la tercera fase del movimiento de
baja de las cotizaciones. Un mercado en tales circunstancias puede iniciar la
subida incluso sin buenas noticias.
Docenas
de ejemplos del pasado sustentan esta teoría. Resulta paradójico, aunque no hay
más remedio que llegar a esa conclusión, que en caso de subida de las
cotizaciones sean las pequeñas transacciones las que marquen y señalen una
continuación de la tendencia ascendente, hasta que llega el momento en que se
produce un general aumento del público que acude a comprar, como hipnotizado
por las acciones. Está claro que el público reacciona bajo presión psicológica.
En el punto más bajo de las cotizaciones, se trata de una acumulación de las
acciones en manos de los duros, unos pocos tan sólo; en el punto más alto de
las cotizaciones, de un reparto en muchas manos. Gráficamente podría
representarse como una pirámide invertida.
§. El
camino del éxito: actuar contra los ciclos
UN buen
día recibí la visita de uno de mis viejos amigos. Ya había dejado atrás esa
etapa de la especulación en la cual sólo se trata de conservar el patrimonio o
aumentarlo un poco. No sólo era un bolsista apasionado, sino que poseía una
excelente preparación y una gran experiencia. Sin embargo, lo encontré muy
inquieto.
«¿Cómo
explicaría usted el siguiente proceso, tan extraño? —me preguntó—. Desde hace
algún tiempo en mis especulaciones con acciones, valores o materias primas he
descubierto un fenómeno poco corriente. En la actualidad especulo con diez
artículos distintos en otras tantas posiciones bursátiles que no mantienen la
menor relación entre sí. Especulo al alza con minas de oro sudafricanas; con
bancos franceses a la baja, con estaño al alza; con avena a la baja;
finalmente, con acciones petroleras al alza y con cacao a la baja.
»Tiene
que reconocer que todas estas operaciones no tienen mucha relación entre sí. Y,
sin embargo, las cosas se desarrollan de manera que todo es
favorable o todo desfavorable para mí. O bien sube todo lo que debía bajar y
baja todo lo que debía subir, o me sorprende el más favorable de los casos
cuando sube todo lo que tiene que subir y baja todo lo que tiene que bajar. Es
decir, que o todas mis especulaciones salen bien o todas salen mal.
»Me
gustaría saber qué relación existe entre las acciones de las minas sudafricanas
y el cacao, entre los bancos de París y la avena de Winnipeg. Podría dudarse
del ratio, de la razón. Es como si a veces el destino quisiera castigarme y
otras favorecerme. En estos momentos estoy atravesando una mala racha. ¿Qué
fuerza secreta es esa que a veces me quiere bien, pero que en la actualidad
parece haberse conjurado contra mí en toda la línea?».
Mi
artículo de fe
Bien —le
respondí—: de acuerdo con la lógica bursátil todo esto es correcto.
En
efecto, la lógica de la Bolsa no tiene nada que ver con la lógica cotidiana.
Supongo que a la hora de especular con acciones usted se basa en balances,
cuentas de pérdidas y de ganancias, dividendos y todas esas cosas; y en las
especulaciones con materias primas, en estadísticas sobre producción y consumo,
contratos comerciales y política interior y exterior. En una palabra, su
especulación está basada fundamentalmente, en argumentos técnicos. En estos
momentos, por lo visto, nos encontramos en un periodo en que muchos especulan
de acuerdo con la lógica cotidiana. Ésta es la razón por la cual ahora todo
parece ir en su contra. Tenga un poco de paciencia. El valor bursátil llamado
«lógica» subirá de nuevo, y entonces todo volverá a ponerse en orden y usted ya
no andará errado en sus especulaciones.
2 × 2 = 5
− 1
Usted ya
conoce mi artículo de fe: dos por dos son cinco menos uno. Las cosas no son tan
simples ni en el terreno de la especulación bursátil ni en la vida real.
Nuestra existencia, en su totalidad, descansa sobre esa verdad en la política,
el arte y hasta en la religión.
Quiero
decir con ello que, finalmente, todo ocurrirá como debe ocurrir. Dos por dos
son cuatro sólo como resultado final. Pero no llegamos a ese resultado final
por un camino recto sino dando un rodeo. Mi lema es: en
principio las cosas suceden de modo distinto, y sólo al final ocurren como se
había previsto lógicamente; es decir, dos por dos son cinco (falso) menos uno
(todo queda en perfecto orden). Este axioma diferencia incluso al arte de la
ciencia porque un trabajo científico no podría utilizar tal sistema de
igualdades. En el terreno científico dos por dos tienen que ser cuatro
inmediatamente. Cuando un ingeniero construye un puente sus cuentas tienen que
ser matemáticamente exactas. Si se construyera ese puente de acuerdo con la
fórmula 2 × 2 = 5 − 1 se derrumbaría con el 5 antes de llegar al 4.
Y de ese
mismo modo se derrumbará el especulador (en el ominoso 5) si no tiene el
suficiente temple, paciencia y, sobre todo, el suficiente dinero para esperar
hasta que llegue ese indispensable «menos uno». Por desgracia, los
especuladores no tienen a menudo —o, mejor dicho, casi nunca— el temple y el
dinero suficientes para resistir. Como consecuencia, al final conservan la
razón de su lógica, pero ya no pueden aprovecharse de ella.
Si la
lógica de su especulación es verdaderamente lógica —es decir si parte de las
premisas correctas— acabará por imponerse. ¿Cuándo? Eso depende de los
imponderables. Si los elementos de su edificio especulador conservan su
validez, todo es cuestión de tiempo. Mi juicio al respecto podría expresarse de
este modo: el dinero ganado con la especulación es el salario del dolor. En el
momento en que se presenta una situación que no se comprende, hay que volver a
examinarla. Nada puede resultar más resbaladizo e incluso peligroso, que cuando
no se consigue el diagnóstico de la situación y siguen ocultas y sin aclarar
las causas que están actuando en contra de la lógica. En ese caso, el
especulador se encuentra en la oscuridad, como el médico sin diagnóstico. Hay
que reconocer los síntomas e interpretarlos de manera adecuada.
Conservar
la movilidad
Si el diagnóstico señala la existencia de un trastorno pasajero, el consejo es
permanecer firme y aguzar las orejas. Cuando se presenten los cambios
fundamentales, guerra o paz, decisiones de importancia en el campo político,
económico o financiero, cambios de gobierno, etc., etc., hay que sacar de
inmediato las adecuadas consecuencias y, en caso necesario arrojar hoy por la
borda aquello que ayer se amaba y resultaba imprescindible. Es decir, el
especulador debe estar dispuesto siempre a someter sus ideas y proyectos a una
reflexión correctora decisiva.
En su
caso, yo diría lo siguiente: desde hace algún tiempo existe una gran cantidad
de capital, el llamado «dinero caliente» (que puede incluso ser un «dinero muy
caliente»), que busca ser invertido no como un padre de familia invertiría sus
ahorros, sino que constantemente va en busca de una gran aventura especuladora.
En ocasiones, especula con la subida de la plata, al día siguiente con la
devaluación de una divisa, después con revaluación de alguna otra. Se especula
con armas, letras de cambio, disasas o intereses; con cualquier cosa que haga
posible la especulación. Ese capital flotante caliente se emplea del mismo modo
que usted procede con su dinero: en la especulación que se constituye basándose
en la simple lógica cotidiana; es decir, sobre realidades fundamentales que han
sido hechas públicas por los medios de comunicación y por los expertos. Usted,
querido amigo, no es el único, sino uno más entre esas decenas de miles de
especuladores que, con enormes sumas de dinero, persiguen su mismo objetivo y
siguen el mismo camino en los mismos sectores; han comprado idénticas
mercancías y valores, u otros, que se vendieron a la baja. Consecuentemente,
los mercados en los que usted especula al alza, están sobrecomprados (overbought)
y los mercados en los que usted especula con la caída de las cotizaciones están
sobrevendidos (oversold).
Usted me
dijo que poseía acciones de petróleos. En los últimos tiempos, la especulación
internacional ha comprado esas mismas acciones y espera sólo a que se produzca
el alza. En el momento en que las acciones empiecen a subir por razones
fundamentales, serán muchos los especuladores que se conformen con un pequeño
beneficio y vendan. Por esa razón las acciones suben poco o nada. Hay otros
especuladores que pierden los nervios, se impacientan al ver que no llega el
alza esperada y venden igualmente, etc., etc., etc.…
Así,
puede suceder que las razones fundamentales de una especulación se vean
neutralizadas por motivos técnicos. Entonces, se producen situaciones en las
cuales el especulador no comprende por qué razón no todos los argumentos
favorables se reflejan en las cotizaciones. Eso sin necesidad de decir que el
«dinero caliente» ignora lo que es conveniente o no para el mercado. Muchas
veces, se nos eriza el cabello al ver hasta qué punto son falsas las
interpretaciones del público inversor. Las cotizaciones expresan muy raramente
los valores reales, y se limitan a reflejar la relación entre oferta y demanda.
No importa de dónde proceda la oferta; cuando esta es abundante, las
cotizaciones bajan. Esa afirmación es tan lógica como podría serlo pensar que
las acciones petroleras tienen que subir cuando aumentan los dividendos de las
compañías. Pero la lógica de las razones técnicas sería en ese caso, más fuerte
que la lógica de los hechos fundamentales, lo cual significa que las compras y
las ventas no se realizan únicamente a impulsos de reflexiones fundamentales.
Consecuentemente,
las cotizaciones oscilan bajo la presión de la oferta y la demanda de papel. No
cabe duda de que resultaría sumamente interesante examinar con el mayor
detenimiento todas las órdenes de compra y de venta dadas en el curso de una
jornada bursátil, para comprobar cuáles fueron las razones que movieron a los
vendedores y compradores a realizar sus encargos.
Se puede
prolongar mi tesis también ad absurdum. Supongamos que un valor
sube hasta el nivel calculado por el comprador. Con ello entra en una zona de
peligro. A partir de ese instante la cotización regularizada no ejerce el mismo
poder de atracción sobre el especulador. Sólo habrá unos pocos interesados en
comprar, y aquellos que tienen el papel en su poder tratan de librarse de él,
ahora que alcanzó la cotización esperada, para asegurarse así sus beneficios. Y
eso intentan hacerlo todos y por la misma puerta. Como es natural, se presenta
la baja, pese a que los acontecimientos esperados se produjeron.
El mismo
proceso se realiza también en sentido opuesto. Tomemos cualquier valor que debe
bajar, por razones totalmente claras y relevantes (supongamos, en caso extremo,
que la sociedad está en graves dificultades económicas). El valor baja, en
efecto, y se aproxima al valor que lógicamente tiene que alcanzar. Sin embargo,
mantiene una cotización algo más alta y deja de caer. Y esa situación puede
mantenerse bastante tiempo, pese a los malos informes.
En el
lenguaje de la Bolsa a esto se le llama el fait accompli. Ocurre
porque son muchos los que previamente vendieron sus acciones y éstas se hallan
ahora en mano de los duros, que se atreven a enfrentarse a las
consecuencias de la caída de la sociedad. Los que juegan a la baja, que ya
anteriormente había hecho numerosas ventas aplazadas, ven ahora que sus
esperanzas se realizan, y quieren asegurarse los correspondientes beneficios.
Sus compras impiden que la cotización siga cayendo e incluso pueden hacer que
suba. Personalmente, he vivido ese mismo fenómeno en docenas de casos.
Préstamos en mala situación, acciones de sociedades malsanas, al borde casi de
la quiebra, o ya en suspensión de pagos, mantienen largo tiempo cotizaciones
relativamente altas antes de precipitarse en el abismo.
El fait
accompli ejerce una profunda influencia en la evolución de las
cotizaciones. Supongamos que existe peligro de guerra. Muchos propietarios de
valores y acciones los venden, pero el día de la declaración de guerra
ascienden las cotizaciones de improviso y en contra de todas las previsiones.
Cuando estalló el conflicto de 1939, ése fue el acontecer típico en todas las
Bolsas, tanto en Estados Unidos como en Europa. Y ocurrió así por las razones
técnicas mencionadas.
Por el
contrario, cuando en el curso de una guerra se cree que se aproxima la paz y se
empieza a comprar valores, la Bolsa sube en plena guerra. Cuando se firma el
armisticio puede ocurrir, con facilidad, que no se produce el alza esperada.
Por el contrario, los cursos caen. También en este caso se habla de un fait
accompli.
Podría
también ocurrir que durante la guerra el público, nervioso, hubiera malvendido
ya la mayor parte de los valores. En tal caso, cuando la paz llega de
improviso, la Bolsa se lanza hacia las alturas como un cohete. Resumiendo: de
acuerdo con mi experiencia, el que la tendencia de la Bolsa sufra un cambio de
rumbo de 180 grados, tiene como consecuencia acontecimientos sensacionales y
convulsivos, pues el mercado, tras la tercera fase de un movimiento de subida,
se derrumba, otras la tercera fase de un movimiento a la baja, explosiona.
Uno de
los más interesantes ejemplos lo hallamos en la Bolsa de Buenos Aires. Tras el
regreso de Juan Perón a la Argentina, las cotizaciones comenzaron a caer de
manera ininterrumpida, y llegaron a una situación de baja extraordinariamente
acentuada. Al frente del gobierno estaba ya la viuda de Perón, la guapa Isabel
(exbailarina de un club nocturno). La situación de la Bolsa parecía desesperada
y a nadie se le ocurrió comprar ningún tipo de papel argentino. ¿Dónde, pues,
estaban las acciones? En manos de los duros, posiblemente bien guardadas bajo
llave, en sus cajas fuertes en espera de un futuro mejor, aun cuando, de
momento, no se viera por ninguna parte. Y entonces se produjo la gran sorpresa:
el golpe militar y la detención de la guapa Isabel de Perón. Al día siguiente
no se pudo abrir la Bolsa de Buenos Aires debido a la gigantesca masa de
órdenes de compra.
Cuando
por fin la Bolsa pudo abrir, 30 días después, los valores multiplicaron su
cotización por cien y, más tarde, incluso por doscientos. Éste es un ejemplo
magistral de cómo en la Bolsa puede ocurrir de todo, cuando está muy
supervendida y, de repente, llega una noticia positiva.
Resulta
casi de todo punto imposible prever la tendencia del factor psicológico. Sin
embargo, se puede determinar que la intensidad de la reacción del público ante
las malas (o las buenas) noticias depende de la constitución técnica del
mercado (supercomprado o supervendido). Si las acciones o valores se encuentran
en manos blandas, una noticia especialmente buena no produce ya un
gran efecto, pero una mala noticia desencadenará la catástrofe. Si, por el
contrario, son los duros quienes poseen la mayor parte del
papel, las buenas noticias provocan una reacción de euforia mientras que las
malas no provocarán reacción alguna.
De ese
fenómeno puede deducirse que las reacciones del mercado también sirven como
función indicadora: si el mercado no reacciona en absoluto ante una mala
noticia, es síntoma de que está supervendido, en especial cuando las
inversiones son fuertes. Por el contrario, si no reacciona ante una buena
noticia es señal de que está supercomprado.
Los
bolsistas seguimos con gran interés el primer alunizaje de un vehículo espacial
tripulado. Tras el éxito espectacular de la aventura esperamos, llenos de
emoción, cuál seria la reacción de la Bolsa. Nadie puede negar que un éxito tan
sensacional abriera nuevos horizontes a la ciencia y a la tecnología. Pero no
sucedió nada. El mercado estaba extraordinariamente supercomprado, los blandos tenían
sus manos llenas de acciones y los duros no estaban
interesados en adquirirlas a los precios de entonces. La consecuencia fue que
todo el mercado se desmoronó durante años y desembocó, incluso, en un gran
colapso.
Regresemos
a nuestro ejemplo de la declaración de guerra de 1939. Mientras que las Bolsas
estuvieron subiendo durante meses antes de la declaración de guerra, una vez
producida ésta sobrevino una gigantesca bancarrota. En lugar del fait
accompli, se trató de una noticia extraordinariamente mala y dramática.
Guerra y paz son, desde luego, casos extremos. El fenómeno del fait
accompli puede ser observado también en otros muchos acontecimientos
políticos, económicos o financieros tanto si se está a la espera de dividendos
más altos como si se aguardan peores. Esta observación se ha confirmado con
tanta frecuencia, que casi se ha alzado a la categoría de regla.
La
fidelidad a los principios compensa
Compendiando, quisiera decirle a usted lo siguiente: su lógica se apoya sólo en
los llamados principios fundamentales, los factores estadísticos, económicos,
políticos y demás. Pero todos ellos quedan fuera de juego ante los mencionados
factores técnicos. En una palabra: sus reflexiones fueron demasiado neutrales
y, por lo tanto, no se correspondían con las realidades prácticas.
Esa
declaración se puede aplicar también a la tendencia general de la Bolsa. De
tiempo en tiempo, uno se pregunta sorprendido por qué la Bolsa no sube pese al
retroceso de la coyuntura y por qué desciende en un periodo coyunturalmente
alto. La explicación radica en que si bien la tendencia de la Bolsa y el trend coyuntural
son en cierto modo interdependientes y están sujetos a las mismas leyes, no
transcurren de modo paralelo.
El dinero
alimenta la Bolsa como la fuente al río. La tendencia bursátil se corresponde a
la corriente, más fuerte o más débil según la cantidad de agua. El intento de
resistir firmemente la tendencia de la Bolsa es tan peligroso como andar contra
corriente. Resulta difícil y duro, pero en verdad es el camino hacia el gran
éxito; es decir, hay que actuar en contra de los ciclos. En los grandes
movimientos bursátiles existen acciones, o incluso, grupos de ellas, que se
separan de manera significativa de las otras y siguen su propio camino. En este
caso, establezco gustosamente una diferencia entre «Bolsa con acciones» y
«Bolsa de acciones». La primera la entiendo yo como mercado de capitales en
general; la segunda es mercado en el que se negocia con diversos efectos, y en
el cual uno puede llegar a tener su propia opinión sobre cada tipo de acciones.
Durante
el movimiento de descenso de la Bolsa, las acciones que, por razones claramente
determinadas, deben subir, lo hacen de forma muy lenta. Logran afianzarse, pero
sólo a costa de grandes dificultades. Así, durante la coyuntura desfavorable
por que atravesaron los Estados Unidos en 1975, pudo observarse que las
acciones de la industria farmacéutica mantenían y aun mejoraban su posición en
el marco de una Bolsa totalmente desquiciada porque, dentro de ella, ocupaban
una posición especial. Si las tendencias generales hubieran sido favorables, no
cabe duda de que dichas acciones se hubieran precipitado hacia las alturas.
Por el
contrario, la tendencia ascendente de ciertos valores industriales puede
mantenerse, pese a que la industria en cuestión se encuentre en un estado de
regresión, si la corriente de dinero sigue siendo bien alimentada. Si la
regresión afecta conjuntamente a todas estas empresas con una tendencia
bursátil común descendente, se produce una catástrofe inevitable para las
acciones.
Cuando
las industrias que se encuentran en plena evolución se sienten favorecidas por
un movimiento al alza y, mediante la corriente de capital pueden conseguir
nuevo alimento, entonces se vive —y es natural— una extraordinaria prosperidad
de esas acciones en la Bolsa. La euforia no tiene límites. De ese modo se
aclara igualmente el gran boom de una rama revolucionaria de
la industria, que se produjo en 1959 y se realizó plenamente, sobre todo en las
industrias de alta tecnología y de ordenadores en los años 1967-1968.
En épocas
en las que convergen todos los fenómenos positivos, las cotizaciones de estos
valores pierden toda relación con la realidad. Degeneran hasta convertirse en
meras cifras sin significado alguno. Se convierten en números de teléfono con
los que se pueden hacer juegos malabares sin la menor reflexión. Las cifras en
los informes de la marcha de los negocios ya no significan nada y los
beneficios tampoco, puesto que pertenecen al pasado, y en la Bolsa se juega
sobre el futuro. Lo único importante es la rapidez con que esas empresas
industriales trepan hacia lo alto. Destacados analistas de la Bolsa en Estados
Unidos, en los años sesenta, expusieron determinadas teorías sobre la
dependencia entre el desarrollo de una industria y su correspondiente cotización
en la Bolsa. Si el beneficio neto de una sociedad crece durante x años
en un y por ciento anual, puede precalcularse un determinado
curso de las cotizaciones en Bolsa, z, por medio de un
coeficiente, w. Esto, naturalmente, es pura teoría. Un completo
rebaño de analistas siguió estas teorías, y con ellas sufrieron el mayor de los
fracasos, como por ejemplo en el caso de los consorcios mixtos.
En
tiempos de euforia, el buen jugador (no el inversor a largo plazo) debe sujetar
las riendas de su lógica de vez en cuando. No sólo tiene que ser listo, sino
también lo suficientemente sabio para «hacer el papel del tonto». Debe
desconectar alguna vez su razón crítica y dejarse arrastrar por la marea,
incluso más allá de lo anunciado por los analistas y durante todo el tiempo que
dinero y psicología sean positivos. Pero, en un momento dado, tiene que ser lo
suficientemente realista como para salirse del mercado cuando se puedan
advertir síntomas de que el factor dinero va a hacerse negativo. Y así deberá
actuar pese a las seductoras cifras relativas que aparezcan en distintos
análisis y pese a las causas fundamentales.
Esto es
válido, sobre todo, para la tercera y última fase histérica de la exageración,
cuando el optimismo se ve sacudido violentamente por la subida continuada de
las cotizaciones y cuando éstas suben a las alturas. Es como si sólo el cielo
pusiera límite a su ascenso. Pero en el cielo no crecen los árboles. Así,
ocurre que cuando este período de euforia generalizada influye negativamente
sobre el factor dinero, hay que salirse fuera del mercado, aun cuando éste
parezca envuelto en una atmósfera de color de rosa. Uno no debe dejarse influir
por cifras o profecías optimistas, pues ese optimismo puede transformarse en el
más negro de los pesimismos en el curso de veinticuatro horas. Hay que salir
del mercado por la puerta de atrás, como se sale de una casa de mala nota, para
no ser visto por nadie. Si no se obra así es posible que el optimismo de los
demás le haga a uno volver a entrar. Para mantener esta actitud se necesita
un firme convencimiento, carácter y entrenamiento, a fin de seguir
los propios principios con fidelidad y de modo consecuente.
Dueto entre el doctor Jekill y míster Hyde
Un buen
ejemplo de lo anterior es el siguiente episodio de mi propia experiencia
personal. Pese a que por razones espirituales estoy en contra del oro y la
manía y la histeria del oro de los pasados años, que considero y así lo he
expresado, como una injustificada manipulación de su precio y el mayor engaño
del siglo, quise aprovecharme de ello. En mi alma mantienen un duelo permanente
el doctor Jekill y míster Hyde. El uno me
aconsejaba, por razones teoréticas y éticas, que no participara en la
especulación; pero el otro se frota alegremente las manos sólo de pensar en el
posible beneficio. Yo no quería comprar oro pese a que había contado con que el
engaño se prolongaría durante muchos años (aquí tendría que volver a citar a
Isaac Newton), pero dado que no podía hacer nada para cambiar las cosas, quise
estar en el negocio al lado de los estafadores y compré acciones de minas de
oro. Durante unos cuantos años, estuve obteniendo buenos dividendos. A causa de
esa manía del oro, las minas estaban consiguiendo beneficios enormes, pagaban
dividendos muy altos, y la cotización de sus acciones en Bolsa subió a seis
veces su precio de compra. Sin embargo hacia finales de 1980, en Múnich, esas
acciones me causaron una noche de insomnio. En mi cerebro se enfrentaron los
pros y los contras del mercado de las minas de oro y los distintos factores de
influencia del mercado sudafricano.
Una
antigua ley de los especuladores aconseja que cuando uno se pase toda una noche
sin dormir a causa de una inversión en la Bolsa, debe librarse de ella
inmediatamente. Yo seguí la norma al pie de la letra y tomé la decisión de
vender todas las acciones el primer día de Bolsa (un lunes). Para mí las cosas
estaban claras: «Hay que salir del mercado». Les comuniqué mi decisión a mis
amigos de la República Federal Alemana a los que les había aconsejado que
compraran minas de oro. Al día siguiente emprendí viaje hacia París y avisé,
también, a mis amigos de allí. Éstos, como es lógico me expusieron una serie de
contraargumentos: buenos dividendos, nuevas posibilidades del oro, falta de
valores alternativos, etc. Como ocurre siempre que el horizonte aparece de
color rosa. Resulta de todo punto superfluo investigar la opinión del público,
puesto que éste se deja influir por el curso de las cotizaciones. Si la
cotización está alta, el púbico siempre es optimista. Unos meses después, la
cotización de las minas de oro bajó en un sesenta por ciento. Mi obediencia,
consecuente con mis principios a una regla bursátil que contiene el viejo saber
de la experiencia demostró su completa validez.
§. «Quien
adora pequeñeces no se merece grandezas»
EL éxito
de una especulación depende en gran parte de la habilidad y destreza del
especulador y de cómo comprende la única fórmula magistral válida en la Bolsa y
de la que antes hemos hablado: 2 × 2 = 5 − 1.
También
nos hemos referido ya a las cuatro g (en alemán) que debe
poseer el especulador duro: Gedanken, Geld, Geduld y Glück;
es decir, ideas, dinero, paciencia y suerte. Debe pensar para tener las ideas
adecuadas, dinero y paciencia para resistir, y la importancia del factor suerte
cae por su propio peso. Yo, personalmente, creo que hay algo místico en la
especulación.
Cuando se
está bien convencido de la verdad de una idea hay que resistir con firmeza.
Solamente cuando la situación sufre una modificación básica y uno se da cuenta,
de pronto, de que embarcó en la lancha equivocada, debe saltar cuanto antes.
Por el contrario, hay que mantener con firmeza una idea cuando los
acontecimientos nos dan la razón y siguen siendo válidos los argumentos que nos
llevaron a aceptarla. Igualmente, uno debe saberse librar de una idea cuando se
ve con claridad que nos conduce a un callejón sin salida. Es decir, que hay que
ser al mismo tiempo firme y elástico.
Sólo hay
algo de lo que uno debe librarse como de la peste; el querer «recuperar» a toda
costa el dinero perdido. Cuando se sufre una pérdida hay que hacer tabla rasa,
aceptarla, olvidarla y empezar de nuevo desde cero.
Pero lo
más difícil de todo es aceptar una pérdida en la Bolsa. Es algo así como una
intervención quirúrgica. Hay necesidad de amputar el brazo antes de que la
infección se extienda. Cuanto antes, mejor. Esto es difícil de aceptar, y entre
cien especuladores quizá puedan contarse con los dedos de una mano aquellos que
están en condiciones de actuar de ese modo.
El error
imperdonable de la mayor parte de los jugadores de Bolsa consiste en limitar
las ganancias y dejar que las pérdidas aumenten. El resultado lógico es:
ganancias limitadas y grandes pérdidas. Un jugador efectivo y con práctica deja
que continúe la racha cuando va ganando, y se retira en cuanto empieza a
perder. El proverbio «el buen pez es el pez pequeño» no debe aplicarse en la
Bolsa. Mi refrán bursátil es: «Quien adora pequeñeces no, se merece
grandezas».
Hay otro
refrán judío que dice: «Si comemos cerdo, que sea al menos jamón».
(Conviene recordar que los judíos no comen carne de cerdo). Consecuentemente,
si se especula en la Bolsa, las ganancias deben merecer la pena.
Me río
siempre que algún colega me cuenta que compra un valor en la Bolsa y, al mismo
tiempo, sin esperar, lo ofrece a la venta con un diez por ciento de beneficio.
Eso me recuerda al gran escritor francés Sacha Guitry, que no quería ni oír
hablar de las especulaciones en la Bolsa, pero que en cierta ocasión, para
librarse de un agente que lo asediaba, le dio el siguiente encargo: «Cómpreme
100 Royal Dutch y véndalas cuando vuelvan a alcanzar la misma cotización». El
chiste del escritor no se aleja mucho de la actitud de esos colegas.
En
relación con mi teoría sobre pérdidas y ganancias, he de mantener lo siguiente:
quien posea una cartera de valores bursátiles deberá, de vez en cuando, tomar
el lápiz y comprobar cuál sería su respuesta a las siguientes preguntas:
«¿Compraría
estas acciones si no las tuviera ya?». Si la respuesta es afirmativa, significa
que debe conservarlas. Si por el contrario la respuesta es «no», debe venderlas
de inmediato para quedarse en paz con su conciencia. Los valores bursátiles
deben considerarse desde un punto de vista absolutamente objetivo. Hay que
comprar y vender sin dejarse llevar por el hecho de que eso signifique una
pérdida o una ganancia. Y en determinadas ocasiones incluso hay que volver a
comprar un valor a un mayor precio al que se vendió anteriormente. No deben
tomarse en consideración, en absoluto, las cotizaciones antiguas. En ciertos
casos al bolsista le está prohibido mirar atrás, como a la bíblica mujer de
Lot, pues si lo hace puede ser castigado. Cada cotización bursátil debe ser
juzgada de acuerdo con el presente, y lo mismo es aplicable a sus futuras
posibilidades de evolución. La Bolsa sigue su propio camino, independiente del
precio de compra. La Bolsa no nos toma en consideración en absoluto; ni
siquiera hace caso de nuestras estupideces.
Hay que
comprar o vender por razones objetivas y nunca por motivos personales. Si, por
ejemplo, he comprado una acción por 100, no la venderé aún cuando suba a 150 o
a 200 ni tampoco cuando sepa que voy a obtener con ella un mayor beneficio
mientras esté convencido de que su cotización a 200 todavía es demasiado baja.
(Así podría ocurrir como me sucedió en cierta ocasión, cuando invertí en un
empréstito en francos, un Young-Anleihe alemán, y logré venderlo por cien veces
su valor). Por el contrario, deberé vender un valor por el que he pagado 100 a
80, 70 o incluso 60, si estoy convencido de que la cotización a 60 es excesiva.
En el
caso de un especulador de Bolsa, dotado especialmente de una buena dosis de
fantasía y que al mismo tiempo posee un carácter romántico, actuará en la Bolsa
como un buen jugador de póquer o del mismo modo que un empresario con éxito
actuaría en la vida normal. Cuando tiene la sensación de que su idea es la
razonable y acertada y acabará por darle la razón, aumentará su apuesta. Si
siente que se ha equivocado se retira del juego y frena su actividad. A la
Bolsa hay que amarla con pasión pero tratarla con frialdad. El arte del buen
jugador de Bolsa, del que tiene éxito en ella, consiste en saber reconocer cuál
es el momento oportuno para actuar de uno u otro modo.
Ése fue
también el caso en una de mis especulaciones de mayor éxito, ocurrida ya hace
mucho tiempo, pero que hasta ahora sigue viva en mi recuerdo.
§. El
especulador: estratega a largo plazo
SI
aceptamos, como así es, que la Bolsa no es sólo especulación sino también,
frecuentemente, un juego de azar, incluso bastante peligroso, hemos de tener en
cuenta que existen algunas reglas elementales, las llamadas reglas del juego,
que tienen, que ser respetadas. Una de esas reglas dice que aquel
que especula a plazo medio debe limitarse estrictamente a este terreno y que
aquel que especula a corto plazo tampoco debe salirse del suyo. Se trata de dos
terrenos fundamentalmente distintos. Cuando uno se pasa de un campo al otro no
tendrá éxito en ninguno de los dos. Las reglas del juego de esos dos campos son
distintas, y las de uno de ellos no pueden ser aplicadas al otro.
Cuando se
especula a plazo medio y se sigue una idea básica, no se debe dejar influir por
los acontecimientos cotidianos ni por los caprichos oscilantes tan marcados de
la Bolsa. Por el contrario, quien actúa de un día a otro, no debe dejarse
llevar por reflexiones a largo plazo. Es como el jugador de ruleta que va de
una mesa a otra en el casino. Se incluye entre los jugadores de azar típicos.
Le sonríe la suerte y ha ganado sus cincuenta mil o sus quinientas mil pesetas
cuando abandona el casino, o en su caso la Bolsa, con la única satisfacción de
haber ganado una buena suma. Carece del edificio intelectual y del espíritu
aventurero del auténtico especulador, que analiza todos los acontecimientos
para sacar de ellos las oportunas consecuencias.
Supongamos
que esta curva expresa el desarrollo de las cotizaciones de la Bolsa dentro de
un determinado período de tiempo. El bolsista que especula a corto plazo tendrá
que realizar verdaderas acrobacias para conseguir siempre un beneficio entre X
e Y. Podrá tener éxito en caso de que sea un hábil especialista en bailar a la
cuerda floja. Pero ocurre en muy pocos casos en que el jugador sepa dar con el
momento adecuado entre X e Y. La institución de los brokers estaba y sigue
estando interesada en educar al público para que siga a diario las noticias de
la Bolsa, a fin de que pueda aprovechar las oscilaciones de la curva de
cotizaciones de manera positiva. Su razón es la siguiente: el que se compre y
se venda, se vuelva a comprar y a vender, significa una mayor inversión de
capital en la Bolsa, y por lo tanto aumenta también sus comisiones.
Por esa
razón todos se han dedicado de pleno a la tarea de conseguir que el público se
haga sensible a las noticias diarias. Esta supersensibilización del público
hace que se tenga que observar día a día, semana a semana, la marcha de los
negocios de una sociedad. Incluso en el caso de noticias de escasa importancia,
como por ejemplo una nueva emisión o la retirada de acciones de una sociedad
hace que surjan de inmediato encargos para la compra o la venta de papel.
El
especulador no toma en consideración estas pequeñas desviaciones. Se limita a
seguir la tendencia: la línea recta ascendente que va de A a B señala una
continuada subida de Bolsa, pese a las oscilaciones provisionales a la baja o
al alza. La especulación con la línea recta A-B se sustenta en motivaciones muy
distintas de las que sirven de base al juego especulativo a corto plazo, entre
X e Y. El especulador a largo plazo se basa en otros elementos fundamentales:
la política del dinero y la de los créditos, el tipo de intereses, la expansión
económica, la situación internacional, la balanza comercial, los informes de
las sociedades, etc., y no se deja influir por las noticias cotidianas
secundarias. Dicho en pocas palabras: tiene ideas, correctas o equivocadas,
pero al fin y al cabo ideas. Esto es un paso para incorporarse al
grupo de los duros.
Supongamos
que el especulador juega al alza, especula con ella y ve que, debido a un
determinado acontecimiento, el alza se detiene o cae de manera provisional,
como por ejemplo si el presidente de los Estados Unidos sufre un ataque
cardíaco (Eisenhower lo sufrió en 1955), o se produce un terremoto en América
del Sur. Pues bien; eso no induce al jugador de Bolsa a tirar de inmediato por
la borda todo su edificio especulador sino que lo mantiene. Por el contrario,
el especulador a corto plazo, el que juega al día, tiene que prestar oído a
cualquier rumor, oír hasta el más débil sonido, escuchar cualquier insinuación
y valorar inmediatamente cualquier información a su alcance. Debe poseer
agilidad y adaptabilidad y estar dispuesto a cambiar su programa en todo
momento.
Con gran
frecuencia, el jugador de Bolsa a corto plazo llega a ésta frecuentemente con
una cartera llena de órdenes ya a punto. Después estudia de dónde sopla el
viento ese día, adapta rápidamente su programa a las circunstancias y, en vez
de vender, compra. El especulador a corto plazo es el táctico, mientras que el
especulador a largo plazo es un estratega. La diferencia entre operaciones
tácticas y operaciones estratégicas es de gran importancia en el terreno de la
Bolsa.
Para no
caer en la tentación de cambiar su opinión, incluso es mejor que el especulador
no acuda personalmente a la Bolsa. Debe hacer un rodeo antes de acudir allí
para evitar el peligro de ser contagiado por un ambiente tan caprichoso y
variable como el cielo sobre la costa. O tiene que mostrarse extremadamente
firme y convencido de la certeza de sus puntos de vista, hasta el punto de que
las opiniones de los que piensan de manera distinta a la suya no le influyan en
absoluto.
Cuando el
cañón suena, compra; cuando se oyen las notas de arpa, vende
En lo que a mí respecta, casi he perdido por completo la costumbre de visitar
el despacho de un agente, sobre todo cuando ya he tomado previamente una
decisión. Sin embargo, cuando me dejo arrastrar por un resto de curiosidad y
acudo a visitar alguno de ellos o voy a la Bolsa, me esfuerzo en mantenerme al
margen del tumulto, de los rumores, los comentarios e incluso los informes
sobre las oscilaciones de las cotizaciones, para no dejarme influir por ellos
en absoluto. Prefiero decidir a solas, encerrado en mi despacho, lo más lejos
posible de todo ambiente histérico. Hablando con toda sinceridad: tomo las
mejores decisiones escuchando música. Eso ha quedado demostrado en la práctica
con bastante frecuencia. Lo principal es mantenerse al margen de la opinión
generalizada. Casi siempre hay que abandonar el mercado «cuando las voces
claman al cielo» e incorporarse a él cuando «todo está mortalmente callado». De
acuerdo con la teoría del famoso analista de Bolsa de los años veinte,
comandante Angas, se deben vender las acciones de las siderúrgicas cuando la
producción de acero ha alcanzado su punto máximo, y volver a comprarlas cuando
la producción está en su punto más bajo. Lo que es aplicable a las siderúrgicas
resulta válido para la correlación entre economía y tendencia general de la
Bolsa. Poéticamente, lo anterior podría expresarse así: «Cuando el cañón suena,
compra; cuando se oyen las notas del arpa, vende».
No hay
que fiarse en ningún caso de las noticias que provienen de la propia Bolsa. En
la mayoría de los casos tales noticias no determinan las cotizaciones sino, por
el contrario, son las cotizaciones las que hacen las noticias. Esto ocurre
tanto en Nueva York como en Londres, París o cualquier otro sitio. Tras el
cierre de la Bolsa, todo el mundo trata de explicar las variaciones del cambio
o cualquier otra modificación de la tendencia, con la ayuda de argumentos que
dos horas antes ni siquiera hubiese imaginado. Cada uno cree aquello que mejor
le va. El fanático del juego al alza encontrará siempre los mejores argumentos
para aclarar el movimiento al alza; y lo mismo hará el que juega a la baja para
explicar las razones de la caída.
Existen
muchas trampas y asechanzas de las que uno tiene que guardarse; rumores,
noticias falsas o bulos y —lo que es especialmente peligroso— la falsa
valoración de noticias reales. En medio de ese confusionismo, llega un momento
en el que uno no sabe qué creer y opta por no creer en nada. Es entonces cuando
llega la última noticia, la verdadera: exactamente que todas las falsas
noticias que antes nos llegaron eran verdaderas… Con la errónea valoración de
las noticias falsas también se puede llegar muy cerca de la verdad, puesto que
menos por menos es más. La trampa más peligrosa en la que pueden caer todos los
especuladores, desde el más inocente al más curtido, es la falsa interpretación
de las noticias reales y auténticas, pues una media verdad es tan mala como una
mentira entera.
§.
Expertos y milagreros
CON
frecuencia se me ha hecho la pregunta de dónde consigo mis informaciones y mis
ideas. Yo no las busco, las encuentro.
Mi
respuesta es simple y me temo que el lector sonreirá al oírla. Encuentro mis
informaciones por doquier, las recibo de todo tipo de personas, de los
carteristas, los presidentes de consejos de administración, de ministros o
de callgirls; es decir, de todo el mundo con excepción de los
banqueros, los agentes de Bolsa o los analistas bursátiles. Estos últimos no
ven por encima de su nariz o, como suele decirse «los árboles no les dejan ver
el bosque». Preferentemente, suelo hacer lo contrario de lo que me aconsejan (y
a menudo eso me ha dado buen resultado).
En los
años treinta me hallaba con bastante frecuencia en Londres, donde uno de los
mejores amigos de juventud recibía confidencias y consejos sobre cómo actuar en
la Bolsa. Su informador era otro húngaro que hoy se llama lord Balogh y es
consejero financiero del Partido Laborista. El joven Balogh era analista en la
empresa Falk and Co. Uno de los comanditarios de esa firma era nada menos que
el famoso John Maynard, lord Keynes, el mayor de los economistas
contemporáneos, al que ya mencioné en el capítulo titulado «La Bolsa: elixir
vital de los grandes del mundo». Paradójicamente, ninguna de las confidencias o
informaciones que recibí de esa empresa, a través de mi amigo, demostró su
efectividad. Ciertamente que lord Keynes consiguió ganar una gran fortuna con
sus especulaciones, pero con toda probabilidad no en la Bolsa sino con divisas:
rupias indias, francos franceses, marcos y liras y, principalmente, lo hizo a
la baja. Sus especulaciones con divisas fueron siempre un éxito; sus
transacciones bursátiles, bastante menos. Salvo una gran operación: durante la
gran catástrofe bursátil de los años 1929-1932, lord Keynes se metió de lleno
en Wall Street y compró acciones que después, bajo la presidencia de Roosevelt,
subieron vertiginosamente. Fue un golpe de gran estilo, puesto que supo
reconocer las grandes oscilaciones de las tendencias. Pero sus recomendaciones
con respecto a acciones aisladas demostraron no ser dignas de confianza. He
citado este breve episodio para demostrar hasta qué punto son indignas de confianza
las recomendaciones y confidencias aun cuando provengan de las mejores fuentes.
§. El
analista piensa, la Bolsa dirige
Hace
muchos años recibí la llamada urgente de un buen amigo de mucho tiempo, Ernst
Gall, de Zúrich, que en aquellos días era el primero de sus agentes de Bolsa y
apoderado de la gran banca Julius Bär and Co. En la actualidad es director en
Zúrich de la Goldmanns-Sach Co. Fue y sigue siendo un brillante profesional de
la Bolsa, al cien por ciento, y el más encantador de los colegas, al que tengo
mucho que agradecer. Con voz excitada me dijo que debía comprar acciones de la
Papier St. Moritz. «¿Por qué?». «Es igual, es igual —fue su respuesta—. Van a
subir». En efecto, las acciones subieron cuarenta francos. La voz excitada de
mi buen amigo me descubrió que no tenía ninguna explicación para justificar su
consejo, pero que estaba firmemente convencido. Era un profesional con un buen
tacto en la yema de los dedos. Lo creí, pensé que vox populi vox dei y
compré Papier St. Moritz a la cotización de 160, pese a que un año antes
estaban cuatro puntos más altos.
Cuando
colgué el teléfono, se me ocurrió, de pronto, que el jefe de la empresa era
realmente un buen amigo mío al que había aconsejado con frecuencia en sus
inversiones: monsieur George Hereil, expresidente de Sud Aviation, creador del
Caravelle y posteriormente presidente de SIMCA y vicepresidente de Chrysler.
La
respuesta a mi pregunta sobre qué pensaba de la confidencia que se me acababa
de hacer fue descorazonadora:
«La
cotización en la Bolsa de Zúrich es un completo absurdo; el valor contable
apenas llega a los 40 francos y no existe posibilidad de obtener dividendos. Es
un desmán de la especulación el hacer subir su cotización hasta tal extremo. La
gente de Zúrich se ha vuelto loca; la acción debe ser rechazada a ese precio y,
desde luego, no se debe comprar».
La
convicción con que se expresó me llevó a reflexionar sobre el asunto. Concluí
de este modo que la cotización era desproporcionadamente alta, y que el
presidente estaba en lo cierto. Pero, por otra parte, me constaba que la
estupidez de la Bolsa no tiene límites.
Lleno de
impaciencia, esperé al día siguiente para volver a llamar a mi amigo de la Bär.
«Me ha
resultado usted un cobarde al no comprar más —me gritó al otro lado del hilo—.
Hoy Papier St. Moritz se cotiza a 165».
Me
divertía dar una lección a un banquero aunque éste fuera un buen amigo, al que
apreciaba bastante. Le repetí literalmente lo que me había dicho el presidente
Hereil y lo que yo mismo había concluido. Al otro lado de la línea pude oír su
voz asustada:
«¿Qué
vamos a hacer? ¿Quiere volver a vender?».
«¿Qué
vamos a hacer? Siga usted comprando St. Moritz».
Siguió
una larga pausa e imaginé la expresión desconcertada de mi amigo.
«Solamente
quería mostrarle la poca importancia que concedo al análisis de un balance y a
la información de uno que está dentro, aun cuando esa información provenga nada
menos que del propio presidente», dije.
Al día
siguiente, en nuestra tertulia del café le conté a mis amigos mi extravagante
decisión, para que ellos también pudieran ser testigos. Seguidamente, me olvidé
por completo del asunto. Unos meses más tarde leí en el New York Times un
artículo sobre la evolución de las acciones de St. Moritz, que acababan de
subir de 1.200 a 1.600. Telefoneé a mi amigo en Zúrich y, alegremente, vendí
todas mis St. Moritz.
Cuando me
comuniqué con él por teléfono le pregunté, bromeando:
«Bien,
querido amigo, ¿no tuve una buena información confidencial?».
Ofendido,
me respondió:
«¿Cómo
dice eso? ¡Fui yo quien tuvo esa información!».
Efectivamente,
no dejaba de tener razón.
No es una
ciencia, sino un arte
Algún tiempo después las St. Moritz subieron aún más y seguidamente
desaparecieron de la Bolsa, puesto que la empresa fue adquirida a buen precio
por la empresa inglesa Bowater. Unos años después hablé con el presidente
Hereil, en una alegre conversación, sobre esta historia y nos reímos de ella.
Sólo que en esa ocasión también él conocía lo que antaño no pudo saber: los
planes secretos de fusión con la Bowater. Su análisis financiero había sido
absolutamente correcto pero el analista piensa y la Bolsa lleva el volante; es
ella la que conduce. La Bolsa no es una ciencia sino un arte. Lo mismo que en
la pintura, en la Bolsa hay que saber entender el surrealismo. Aun cuando a
veces las piernas estén arriba y la cabeza abajo, los cuadros de Picasso son
admirados por millones de personas y vendidos por millones de francos. Yo no
compré acciones de St. Moritz a pesar de los malos informes, sino más bien a
causa de ellos.
Con
frecuencia pienso en esa divertida aventura cuando veo con qué exactitud
científica trabaja el analista. Se realizan análisis por ordenador, se trazan
curvas y gráficos exactos con la regla y el compás, se hacen cálculos, se
multiplica, se divide, se suma y se resta para determinar cuál será el
desarrollo de la cotización de unas acciones. ¡Qué enorme tarea…! ¿Y cuál es su
resultado?
Si se le
pregunta a un banquero extremadamente serio su opinión sobre todas estas
cuestiones, su respuesta será, sin duda tan sibilina como la del rabino
milagrero de Fürth: un reducido grupo de bolsistas de Frankfurt se dirigió en
cierta ocasión al rabino sobre la tendencia futura de la Bolsa.
«¡Compren,
no vendan!», fue la lacónica respuesta de Fürth. Ésa era una «respuesta
milagrosa». Si las cotizaciones retrocedían se decía: «No compren, vendan». Si
subían las cotizaciones, por el contrario: «Compren, no vendan».
Como no
estoy dispuesto a nutrirme de los consejos de un rabino milagrero ni tampoco de
los de un banquero respetable, me veo obligado a seguir mis propios métodos.
§. ¿Cuál
es el valor de las informaciones de «primera» mano?
CUANDO
llego a una ciudad, mi primera fuente de información es mi taxista. Durante el
viaje le pregunto cuánto gana, cuánto necesita para vivir, cómo están los
precios, su postura en relación con la política exterior e interior, sus
reacciones ante los acontecimientos internacionales, etc. Y eso mismo lo sigo
haciendo durante todo el día, con las diferentes personas a las que me voy
encontrando.
En lo que
se refiere a las noticias cotidianas, comienzo con la radio a las siete de la
mañana: escucho las noticias de distintos países (incluidos los comunistas),
puesto que esos acontecimientos pueden ser distintamente interpretados según el
país de donde procedan. No necesito referirme a los periódicos de manera
especial. En su lectura ha llegado a ser algo rutinario para mí observar
inmediatamente las noticias que puedan ser de interés y tomo nota de ellas. En
los periódicos me interesan más las noticias que el curso de la Bolsa, puesto
que las cotizaciones pertenecen ya al pasado, mientras que las noticias es
posible que influyan de modo importante en las cotizaciones del día siguiente.
Informado…
¿Arruinado?
No cabe duda de que en la Bolsa el estar «informado» significa estar
«arruinado». Eso me ocurrió en cierta ocasión en los años treinta, mientras
pasaba un invierno en St. Moritz, estación que en aquel entonces era símbolo de
lujo y riqueza. Era el punto de cita de las altas finanzas internacionales, de
los playboys y de las más destacadas personalidades del mundo.
El lector
podrá preguntarme, y con razón, qué hacia yo en ese círculo tan exclusivo y qué
podía buscar en él. Realizaba allí mis prácticas como espectador, mis años de
aprendizaje en estilo de vida cosmopolita, y gané de ese modo una experiencia
vital que siempre me fue útil y me lo sigue siendo. Ese pequeño mundo, lleno de
colorido, ha desaparecido como la nieve del año pasado. Pero cuando en la
actualidad cruzo el vestíbulo del Palace, los espíritus del pasado siguen
todavía vivos. En un rincón del vestíbulo veo todavía a André Citroën, el rey
del automóvil (antes de su quiebra). A otra mesa se sienta sir Henry Deterding,
el dueño y señor del consorcio Royal Dutch-Shell. Cerca de él cena la
competencia, representada por míster Walter C. Teagle presidente de la Standard
Oil. De acuerdo con la chismografía local, ambos potentados del negocio del
petróleo (los antepasados del jeque Jamani y compañía) se reunían allí cada año
para charlar sobre sus problemas: precios, mercados, petróleo. Exactamente lo
mismo que los jeques de nuestro tiempo en una conferencia de la OPEP. A dos
pasos de ellos veo a Kees van Dongen, pintor de fama mundial, y a Charlie
Chaplin. Nunca faltaba mi compatriota, el doctor Arpad Plesch, brillante
especulador y especialista en inversiones en oro. Al otro lado, y siempre en el
mismo sillón y sumido en sus pensamientos, podía ver al doctor Fritz
Mannheimer, el más influyente de los banqueros de aquel tiempo, natural de
Stuttgart y director general de la banca Mendelssohn y Cía., de Ámsterdam.
Comenzó su carrera después de la primera guerra mundial como especialista en el
mercado de divisas, en Ámsterdam, donde actuaba como representante del
Deutschen Reichsbank, y tenía la misión de mantener la cotización del marco,
mediante las necesarias intervenciones. Su actividad tuvo gran éxito, aunque
menor para el Reichsbank que para él mismo. El marco cayó a cero, pero el
doctor Mannheimer se hizo con una fortuna. Con los millones ganados fundó la
rama holandesa de la firma berlinesa Mendelssohn y Cía. y, posteriormente, pasó
a ser, entre otras cosas, el banquero de los gobiernos francés y belga. Como
rey no coronado de la importante plaza financiera que era en aquellos tiempos
Ámsterdam, me causaba más impresión que nadie. Era soberbio y arrogante, muy
consciente de su poder e influencia.
Yo
observaba el espectáculo del Palace con los ojos de un detective privado,
analizaba los gestos de todos los personajes allí presentes, sus fisonomías, y
hasta hubiera escuchado con gusto sus conversaciones. ¡Estaba seguro de que no
divagaban hablando del tiempo!
Casualmente,
mi curiosidad pudo ser satisfecha. Una tarde, uno de los botones del hotel
llamó a mi puerta y me entregó un telegrama, que abrí lleno de impaciencia. El
texto confirmaba un gigantesco encargo de compra de acciones de la Royal Dutch
en todos los mercados del mundo (por un total de varios millones de florines).
Yo no
comprendía exactamente de qué se trataba. Volví a observar el telegrama y me di
cuenta de que no estaba dirigido a mí, sino al doctor Mannheimer. ¡Un error de
este tipo puede darse en los mejores hoteles, incluso en Palace de St. Moritz!
Mi habitación estaba en el lado de la sombra, enfrente mismo de la
soleada suite ocupada por el doctor Mannheimer. Hoy, muchos
lustros después, aún siento la sacudida emocional que me conmovió en aquel
entonces. De repente, me hallaba en posesión de un secreto de los dioses, de
los elegidos. Unos días antes había descubierto a sir Henry enfrascado en una
animada conversación con el doctor Mannheimer. Y pensé que sin duda estaban
cociendo algo de importancia excepcional en relación con la Royal Dutch. La
cosa quedaba clara, sin posibilidad de error.
Llamé al
botones y le devolví el telegrama, cerrado de nuevo, al tiempo que trataba de
imponer orden en mis pensamientos. En aquel entonces yo me dedicaba a especular
a la baja y con un éxito relativo, pero que me había permitido ser huésped del
Palace. Por motivos económicos y políticos, yo me sentía pesimista frente a las
confidencias que indicaban tendencias al alza, las cuales no me seducían
demasiado, puesto que nos encontrábamos todavía en el gran periodo de baja de
cotizaciones de aquella época. Pero una información como aquella que había
llegado a mí por una diabólica casualidad… ¡Eso es algo que solamente ocurre
una vez en la vida! ¡Había que aprovecharla! Y lo hice así. Compré Royal Dutch
y en ese momento su cotización empezó a bajar, hasta quedar reducida a un
tercio del precio pagado por mí. Perdí toda mi inversión por hacer caso del
telegrama.
Nunca
llegué a saber qué hablaron aquellos dos caballeros en el salón del Palace. Lo
único que sé es que la firma Mendelssohn, de Ámsterdam, quebró en el otoño de
1939, con gran escándalo, puesto que la cuenta de especulación en la Bolsa del
doctor Mannheimer estaba sobrecargada por enormes deudas. De acuerdo con mi
experiencia posterior, puedo llegar a dos conclusiones: un gran financiero
puede ser, al mismo tiempo, un pésimo especulador; y en una estación de
deportes de invierno se pueden aprender lecciones bursátiles muy provechosas.
Uno de
mis más íntimos amigos, Adrien Perquel, me contó, en el transcurso de un
almuerzo, que había mantenido una larga conversación con el presidente del
consejo de administración de la Compagnie Française de Pétrole, una de las
mayores sociedades petroleras del mundo, y que le había confirmado expresamente
que las acciones de la sociedad, que se cotizaban a 10.000 francos (de los de
entonces) estaban supervaloradas. Yo poseía una buena cantidad de ellas y me
puse a esperar con impaciencia la llegada del día siguiente para ponerlas a la
venta. Puede parecer una broma, pero después de que yo las hube vendido
comenzaron a ascender como un cohete, y en los meses siguientes alcanzaron
hasta los 60.000 francos. Y aquella información procedía de dentro, era la información
de un insider.
Imagino
que el presidente ofreció su información de absoluta buena fe, pero, como me
veo obligado a repetir continuamente, los que están dentro del negocio no saben
cómo se cotizarán sus acciones en Bolsa.
Naturalmente,
existen casos en los cuales los financieros ofrecen adrede informaciones
desorientadoras, y también expresan opiniones tendenciosas. Los siguientes
ejemplos pueden servir.
El
presidente de un conocido grupo financiero de Francia, llamado L., que ya
controlaba una serie de empresas con cotización en la Bolsa de París, me dijo
en cierta ocasión, de manera confidencial, que se sentía muy optimista sobre el
curso futuro de las acciones de la Hutchinson. La sociedad estaba siendo
reorganizada y ampliaba capital… Pero añadió que no era aquel el momento mejor
para comprar, y que él me lo indicaría cuando llegara. Me informé en la Bolsa
de París, por medio de un agente, de cómo estaban aquellas acciones y qué se
esperaba de ellas en el futuro, y conseguí la siguiente información: en los
últimos tiempos las acciones habían bajado de 250 a 160, nadie se interesaba
por ellas, y había un único comprador en el mercado, el grupo L, que las estaba
adquiriendo a la baja.
«Es raro
—me dije— que el financiero interesado me dé el consejo de no comprar todavía».
Precisamente a causa de mi larga experiencia, acumulada durante años, decidí
comprar las acciones inmediatamente. Unos días después comenzó el movimiento al
alza y las acciones subieron hasta llegar a 300 e incluso a 400, cuando fueron
transferidas a otra sociedad. El consejo de mi informante «de dentro» había
sido el siguiente: no comprar hasta que él me avisara, pues era demasiado
pronto. Mientras tanto, su grupo compraba. La señal de comprar no me la dio
hasta que las acciones estuvieron a 300. Sobre un «informante desde dentro»
como ese, cualquiera puede formarse, fácilmente, su propio juicio.
El señor
Tannenbaum está enfermo
Cuál puede llegar a ser la importancia de las informaciones precisas y exactas
en la especulación bursátil nos lo enseñan las divertidas historias siguientes.
Fue durante la segunda guerra mundial en Nueva York. Un día, una mujer a la que
conocía bien, me llamó por teléfono desde el despacho de un agente de Bolsa,
donde pasaba horas y hasta días enteros con la esperanza de poder recoger
cualquier información o indicio que le valiera para materializar en un nuevo
abrigo de visón o una pulsera de platino. Llevaba años tratando de conseguir
que yo la aconsejara o le transmitiera mis confidencias. Con gran sorpresa por
mi parte, comprobé que en esa ocasión no trataba de sonsacarme o de saber algo
de mí. Por el contrario, era ella quien tenía una confidencia muy «caliente».
Llena de
excitación, me dijo que estaba en poder de una información realmente
fantástica. En la elegante oficina de un corredor de Bolsa de la Quinta Avenida
había podido oír, por pura casualidad (yo más bien creo que intencionadamente)
la conversación de dos importantes financieros. Se trataba de cierta acción
llamada Tannenbaum. Creía estar en condiciones de deducir de la conversación
que la empresa había superado su momento de crisis y, de acuerdo con la opinión
del experto profesor C., estaba en camino de conseguir una total y definitiva
salud financiera. Los dos caballeros juzgaban que en las próximas semanas la
evolución sería muy optimista. En vista de eso la señora me pedía que comprara
para ella esas acciones por medio de mi agente. No quería dar aquel encargo al
suyo habitual (en cuyas oficinas había oído la citada conversación), pues le
resultaría penoso si alguien la sorprendía haciendo uso de una indiscreción.
Además, parecía muy interesada en que yo también me aprovechara de aquella
información «desde dentro».
Me mostré
dispuesto a complacerla. Busqué, inútilmente, en el New York Times y
en el Wall Street Journal unas acciones que llevaran ese
nombre: Tannebaum. Finalmente, con ayuda de un corredor de Bolsa amigo
encontré, en el catálogo de valores no cotizados, las acciones de una compañía
que no se llamaba Tannenbaum, sino Tannenberg, que fabricaba un pequeño
componente para la industria de armamento. Sus acciones estaban a 5 dólares,
tras haber ido bajando lentamente desde los 30. La empresa había entrado en dificultades,
hasta llegar a un punto en el que, lentamente, empezaba a recuperarse de su
crisis, como supuso mi amiga.
Esas
situaciones de cambio de dirección son siempre para el especulador las más
interesantes, y sin duda sobre ello debieron estar hablando los financieros
cuando los oyó la señora en cuestión. La informé detalladamente y quedó
convencida de que había entendido mal la palabra y había confundido Tannenbaum
con Tannenberg. Ratificó su deseo de comprar las acciones de la Tannenberg
Company.
Cumplí su
encargo, pero me sentí escéptico, puesto que, como ya he dicho, opino que la
mejor información desde dentro es la que con mayor seguridad conduce a la
ruina. Generalmente me siento inclinado a hacer más bien lo contrario de lo que
los corredores me recomiendan. En vista de eso, no compré ni una sola acción
para mí. ¡Una pena, pues en pocas semanas las acciones subieron a 30 dólares!
Me sentí realmente enfermo de rabia, y mi amiga se creyó una triunfadora. Pudo
comprarse el nuevo abrigo de visón y me invitó a una cena suculenta, en el
curso de la cual me hizo duros reproches por no haber seguido una información
de tan buenas fuentes. ¿Qué podía decirle? Se tienen principios o no se tienen.
Lo
ocurrido despertó mí curiosidad, y quise saber exactamente qué había sido de
aquella Tanbenberg Company. ¿Qué logré descubrir tras una larga investigación?
Un auténtico sainete. Mi amiga no había oído la conversación correctamente. No
se trataba en ningún caso de la Tannenberg. Los caballeros escuchados por ella
no habían hablado de acción alguna, sino de un tal señor Joseph L. Tannenbaum,
un anciano caballero que estaba gravemente enfermo. Llevaba semanas luchando
entre la vida y la muerte. La conversación se había referido a su estado de
salud. Era él quien había superado la crisis (de su enfermedad) y a quien el
profesor C. vaticinaba una segura recuperación.
El señor
Tannenbaum siguió enfermo aún varias semanas y, pese al optimismo del profesor,
acabó por morirse. Mi rabia se hizo aún mayor por no haber aprovechado aquella
buena información totalmente falsa. Si hubiera tenido la sospecha de que se
trataba de una monumental equivocación, no cabe duda de que me hubiera sumado a
la inversión y hubiera comprado. Para mí, cada «confidencia» es falsa a priori,
por lo que, consecuentemente, toda confidencia falsa tiene que ser correcta…
Menos por menos es más.
Error sin
consecuencias: la Oceanic
Realmente, mis primeras experiencias en la Bolsa debían haberme enseñado que
las equivocaciones conducen con frecuencia al éxito material.
El
episodio que sigue se refiere a los tiempos de mis traducciones del latín,
cuando estudiaba bachillerato en Budapest. Toda Europa vivía en una inflación
galopante. Al cierre de las oficinas, todo el mundo se precipitaba sobre las
cotizaciones de Bolsa y no sobre los resultados de fútbol. La divisa húngara,
la corona, iba bajando día a día en Zúrich. En tal ambiente, los rumores
crecían como las setas en el bosque o, mejor dicho, como las setas venenosas.
Corrían los más diversos rumores. ¡Quién no tenía un amigo cuyo peluquero no se
hubiera enterado por la portera del director de un banco (o por otras fuentes
no menos fidedignas) y no estuviera completamente seguro que se debía comprar
esta o aquella acción o valor! Realmente había que tener un carácter muy firme
para poder resistir esa continua confusión en la que uno podría llegar a
hacerse rico sin saber exactamente cómo.
En el
reducido círculo que solemnemente denominábamos Sociedad Literaria y Musical,
también nosotros, los niños, nos sentíamos contagiados por la fiebre de la
especulación. Si con nuestro capital social hubiéramos comprado esta o aquella
acción tendríamos hoy el triple, pensábamos frecuentemente. Nosotros no
queríamos tentar al diablo para ganar millones en un día, sino simplemente
ganar el dinero necesario para podernos comprar la más reciente edición de una
famosa enciclopedia alemana.
Un día oí
a mi padre comentar por teléfono que el gobierno estaba llevando a cabo
negociaciones para recuperar los buques que había perdido como consecuencia del
armisticio de 1918, lo cual significaría un boom para las
navieras. ¿Cómo dudar de una indicación clara procedente del propio padre? No;
en aquella ocasión no había otra solución que actuar. Celebramos un gran
«consejo de guerra» en el instituto y estudiamos la lista de las compañías de
navegación. Los medios del club eran limitados, pero las acciones de la Oceanic
estaban a nuestro alcance y fueron las elegidas. Colocamos toda nuestra
confianza y el capital del club en los buques que debían traernos la suerte.
Cayeron los dados y compramos las acciones.
Unos días
después cundió el pánico en la Bolsa, pues el nuevo ministro de Hacienda había
comenzado una campaña contra la inflación. El pobre ministro perdió la razón en
esa lucha y acabó en el manicomio. Como es lógico, se convirtió en blanco de
todas las burlas. La tendencia al alza se inició de nuevo, y apenas se recuperó
la Oceanic, nuestras acciones se transformaron en la anhelada enciclopedia.
Incluso tuvimos dinero para comprar otra enciclopedia británica más pequeña.
Todo salió a pedir de boca. Pero habíamos cometido un pequeño error en la
elección del objetivo de nuestra especulación. Nos dimos cuenta de que la
Oceanic no era una sociedad naviera… sino una fábrica de conservas de pescado.
En los
casos de la papelera St. Moritz, la Royal Dutch y la Oceanic, supe sacar la
correspondiente moraleja de la historia: no siempre es imprescindible estar
bien informado para ganar en la Bolsa. Por ejemplo, ¿quién podía estar mejor
informado que el signor Bingen, banquero de Génova y suegro
del gran fabricante de automóviles André Citroën? Ese caballero había
continuado llenando su cartera con acciones de la Citroën y, seguramente, sabía
por qué lo hacía. Entonces sucedió —¡quién podría haber previsto algo así!— que
la sociedad tuvo que declararse en quiebra en menos de seis meses. Fue una
desagradable sorpresa para los accionistas. Se produjo el naufragio pese a que
la sociedad había elevado sus dividendos sólo seis meses antes con la intención
de intentar un golpe de Bolsa salvador.
§. Los
gráficos: la curva febril de una acción
CON
frecuencia se me pregunta qué pienso sobre los gráficos (la exposición gráfica
de la evolución de las cotizaciones) y su interpretación. Mi respuesta la he
estampado hace ya mucho tiempo: «La interpretación de los gráficos es una
ciencia que busca inútilmente lo que consigue el conocimiento». Sin embargo,
los estudio gustosamente. Ya dijo el propio Confucio: «Cuéntame el pasado y te
diré el futuro». Contemplando un gráfico es como mejor se aprecia lo que
ocurrió ayer y lo que sucede hoy. Pero eso es todo. Hasta ahora, la curva de
las cotizaciones es verdad cuando se refiere al pasado pero cuando se traza con
anticipación no pasa de literatura, mala o buena. Los gráficos, pues, no son
más que una simple pieza entre las docenas y docenas que componen el mosaico
sobre el que tiene que basarse el análisis.
Dejarse
seducir por cualquiera de las distintas formas que puede tomar el gráfico, como
«hombro-cabeza-hombro», «flanco lateral», «platillo» y otras grotescas figuras
semejantes, significa «peligro financiero». Yo, por mi parte, jamás seguiré a
ciegas las insinuaciones de un gráfico si sus previsiones no se corresponden a
mis ideas. Tampoco me seduce la idea de operar contra su tendencia. Cuando, por
ejemplo, juzgo de manera especialmente optimista un valor cualquiera y el
gráfico indica lo contrario, mi convicción tiene que estar muy bien
fundamentada para hacer que me aferre a mi postura. Lo mismo puede aplicarse,
como es natural, al caso en que yo tenga una postura pesimista, pese a las
tendencias positivas del gráfico.
La mejor
prueba de que los diagramas o gráficos pueden ser útiles a todo tipo de
especialistas en sus respectivos campos lo tenemos en que los médicos siguen
con atención el gráfico con la curva febril de sus pacientes. El gráfico, la
curva febril de una acción, es uno de los numerosos instrumentos para juzgar el
desarrollo de las cotizaciones pasadas a medio y largo plazo.
Me parece
ridícula, empero, la forma en que la mayor parte de esos especialistas
pretenden aprovechar las menores curvas, cualquier movimiento en zigzag, y
continuar la línea proyectándola en el futuro. Basándose en sus trazados,
determinan con antelación a qué precio se debe comprar las acciones y cuándo y
a qué precio se debe revender. Por mi parte, cuando compro una acción no sé
nunca a qué precio volveré a venderla, quizá con un 50 por ciento de pérdida,
pero tal vez con un 300 por ciento de beneficio. En el transcurso de mi
experiencia bursátil, he conocido a cientos de jugadores de Bolsa que
realizaban sus operaciones diarias de acuerdo con la evolución señalada por un
gráfico. Y ni uno de ellos tuvo éxito. Por el contrario, muchos desaparecieron
de la Bolsa al cabo de poco tiempo. Naturalmente, algunos lograban adivinar la
tendencia de vez en cuando. En la Bolsa solamente corren dos caballos: el alza
y la baja. Por lo tanto, se puede acertar con el gráfico o pese al gráfico. La
mayor desgracia que le puede ocurrir a uno de esos seguidores de los gráficos
es ganar la primera vez que aplica su sistema de juego, pues en tal caso se
sentirá cada vez más dominado por él.
Se puede
ganar, pero hay que perder
En el jardín de un casino, alguien le dijo a uno de mis amigos que su hijo
estaba en la sala jugando a la ruleta.
«¿Está de
pie o sentado?», fue la pregunta espontánea de mi amigo. Si estaba de pie
significaba que jugaba sólo de manera esporádica. Podía perder y también ganar.
Pero si su hijo estaba sentado significaba que jugaba de manera continuada,
posiblemente empleando algún sistema, en cuyo caso saldría del casino sin un
céntimo en el bolsillo. Como en todo juego, en la ruleta, en las carreras y en
la Bolsa si se hace caso de las cuyas, a la larga sólo existe una regla: se
puede ganar, pero se tiene que perder.
En la
actualidad, todas las empresas de corredores de Bolsa contratan expertos en
gráficos que «guían» al público de acuerdo con sus operaciones cotidianas. No
puede sorprender a nadie saber que tales clientes son el mejor negocio para los
corredores de Bolsa. No hacen más que juegos malabares y pagan millones de
comisiones. Enriquecen a los agentes de Bolsa y desilusionan a sus herederos.
Existen
docenas de teorías basadas en el análisis de los gráficos o curvas. Las hay
para todos los gustos. Prescriben con todo detalle cuándo y cómo hay que
comprar o vender. Yo no creo en absoluto en tales teorías. Pero existe una ley
válida para todas ellas. Quienes calculan los gráficos no deben incluir en sus
cálculos consideraciones de tipo profesional, político o económico, sino que
deben limitarse estrictamente a sus teorías cartográficas. La evolución de las
cotizaciones es, ya de por sí, el resultado de todos los factores relevantes,
incluso de los que no conocemos y que ni el más convencido de los diseñadores
de gráficos puede conocer.
Las ideas
de los partidarios de los gráficos descansa en un postulado único: «Quien
quiera cuidar su futuro debe aceptar el pasado con respeto», como ha dicho el
filosofo francés Joseph Joubert.
Las
reglas del gráfico
Yo observo con especial interés dos reglas del gráfico, y se refieren a una
determinada acción o incluso a una rama de valores. En la sala de un hospital
con muchas camas hay en cada una de ellas un gráfico con la curva de fiebre, y
el médico, en sus visitas, considera por separado a cada enfermo. Un gráfico
con la curva media de la evolución febril de todos los pacientes no tendría el
menor significado.
Si el
gráfico de una acción señala una tendencia ascendente, pese a que el índice sea
descendente, es un signo especialmente favorable, y los que están dentro
acumulan las acciones. En el caso contrario (gráfico descendente con un índice
ascendente), podría deducirse que los que están dentro se están librando de
esas acciones.
La
segunda regla de los gráficos que siempre observo es la teoría de la doble
subida y la doble bajada, así como la regla de la M. W.
La doble
subida significa que en casos de cotización ascendente, la última cotización
alta siempre es superada por las siguientes. Cuando ese fenómeno se repite
varias veces se puede llegar a la conclusión de que el movimiento ascendente de
la curva continuará en el futuro. Sin embargo, cuando el gráfico muestra
repetidas veces forma de M, indica que se ha llegado a una plataforma, es
decir, que la última cotización no podrá ser superada, posiblemente porque se
está ofreciendo a la venta una parte muy considerable de acciones, y en tanto
el grifo no se cierre la cotización no podrá subir. Supongamos, por ejemplo,
que a causa de una herencia se ofrecen a la venta 100.000 valores. La orden de
venta ha determinado un precio de 90. Es decir, cada vez que las ofertas de
dinero por esa acción se aproximan a 90, se pone en el mercado una gran
cantidad de papel y la cotización vuelve a bajar. Sólo cuando hayan sido
vendidas todas las acciones procedentes de la «herencia», podrá llegar a
producirse una nueva subida.
La misma
teoría puede aplicarse a las cotizaciones en descenso, en las cuales cada nueva
cotización está por debajo de la mínima anterior. Eso indicaría que la
cotización seguirá en descenso. Sin embargo, la forma de W significa que el
cambio, tras un prolongado retroceso, ha tocado fondo y no puede seguir
bajando. Es posible que esté actuando un consorcio interesado en la compra de
las acciones. También podría ser que existiera un sindicato de apoyo, incluso
un gran banco, dispuesto a mantener la cotización de las acciones de una
determinada empresa por razones psicológicas, de manera «artificial». En el
lenguaje de la Bolsa, esto se denomina «el cuidado de la cotización».
Un caso
completamente típico de ese «cuidado de la cotización» es el mercado del oro,
el pool internacional del oro que mantiene el precio de ese
metal por razones puramente psicológicas, puesto que una gran caída de su
cotización podría dar lugar a una reacción en cadena.
Las
teorías de la M y de la W son las reglas más antiguas de los gráficos, y me han
ayudado frecuentemente pese a que yo no soy un partidario de los gráficos. Esta
teoría de la doble subida y del doble descenso y las teorías de la M y de la W
son síntomas interesantes entre muchos otros, que un bolsista debe interpretar
de acuerdo con su experiencia. Para la mayor parte de los que observan los
gráficos éstos no son un simple método auxiliar, sino que están tan dominados
por su sistema como un jugador de ruleta que emplea los ordenadores. En muchos
casinos existen sindicatos de jugadores que así lo hacen. Un jugador apuesta a
los números que un segundo calculó previamente con ayuda de un ordenador, y un
tercero va de un lado para otro con sus cálculos tomando notas. Trabajan así
horas y horas. (Los he podido observar frecuentemente en Montecarlo y
Baden-Baden). No hay que preguntar cómo terminan. Al comienzo de la noche están
llenos de optimismo, seguros de su suerte, y creen haber dado con «la» fórmula
matemática segura. A las tres de la madrugada piden prestados unos marcos más
para empezar a probar de nuevo su sistema infalible. Y eso mismo les suele
pasar en la Bolsa a los amantes de los gráficos.
Sobre
fanáticos y charlatanes
Otro tipo de jugador de Bolsa, fanático y obsesionado, es aquel que juega con
tenacidad de acuerdo con un sistema de relación de precios descubierta por él,
y que en su opinión es infalible: por ejemplo, cuando el precio del petróleo es
X el precio del oro tiene que ser Y. Esto es para tales personas un verdadero
dogma. ¡Qué desatino! Ciertamente que al observar la evolución del precio del
petróleo puede pensarse en el precio del oro, pero sólo como una insinuación
posible. Se puede pensar que si aumenta el precio del petróleo los países
productores y exportadores conseguirán más dinero y comprarán más oro. Pero eso
no es seguro. Más todavía: aunque hubiera una chispa de verdad en ello
resultaría totalmente ridículo deducir de ese hecho la existencia de una
paridad de precios firme, puesto que pueden intervenir docenas de otros
factores influyentes. Hace algunos años esos fanáticos jugaron —aconsejados por
los corredores de Bolsa— a la paridad cierta entre el precio de la plata y el
precio de la soja, simplemente porque los famosos hermanos Hunt especulaban a
gran escala en ambos productos. Si la plata subía x puntos, la
soja tenía que subir y puntos. Ésta era su fórmula matemática.
Ya me he referido a la especulación manteca de cerdo-maíz, combinación que en
su momento era mucho más lógica.
Tanto si
se dedican a la lotería como a la ruleta o a la Bolsa, yo considero a esos
jugadores supuestamente científicos unos fanáticos, cuando creen verdaderamente
en su método. Y los llamo charlatanes cuando tratan de vender sus sistemas
aunque no crean en ellos para hacerse con el dinero ajeno. La mayor parte de
ellos son al mismo tiempo charlatanes y fanáticos. Creo que discutir con ellos
es una pérdida de tiempo, pues sus argumentos caen en el campo del ocultismo.
Pueden tener algún éxito con el público, al menos durante un corto tiempo, y
cuanto más increíbles e improbables sean sus promesas, mayor será el número de
sus seguidores. Para la masa posee una gran fuerza de atracción todo aquello
que no comprende. «Puede haber algo de verdad en ello», es su justificación.
Ya he
expuesto algunos ejemplos para demostrar cómo deben ser interpretadas las
noticias y los acontecimientos. La dura política monetaria de los Estados
Unidos es un hecho cuyas consecuencias no pueden ignorarse. Ocurre con
frecuencia que en un determinado país se aumenta el tipo de interés, y la Bolsa
no reacciona ante ese hecho durante algunos días. Muchos jugadores de Bolsa se
dejan seducir por ello, con la observación de que el suceso ya ha sido tomado
en cuenta y descontado. Pero no es así en absoluto. Los altos tipos de interés
y la subsiguiente escasez de dinero son factores muy importantes, con total
independencia de que el hecho fuera esperado o no, o de si la Bolsa reacciona
de inmediato de modo negativo o positivo.
Por el
contrario, el ya citado desembarco en la Luna de los astronautas, no era razón
específica para una subida de las cotizaciones, y sólo podría desatar una
reacción psicológica. Como esa reacción, para general sorpresa, no se produjo
al día siguiente, el suceso perdió todo valor para la Bolsa dos días más tarde.
Los factores psicológicos son flor de un día, y que Dios ampare a quien trate
de prever la evolución basándose en tales criterios. Por el contrario, la
política monetaria es un hecho real con inevitables consecuencias que pueden
seguirse de modo bastante exacto. También en un mercado bull, es
decir, muy agresivo, donde todos los indicios señalan una continuación de las
alzas, la Bolsa puede permanecer en retroceso días o semanas. Por lo general,
eso basta para transformar a los optimistas en pesimistas. Del mismo modo que
durante un periodo de baja unos días de firmeza devuelven la sonrisa a muchos
rostros.
En vez de
romperme la cabeza pensando en cuál será la evolución psicológica del público,
yo prefiero dejarme guiar por motivaciones puramente personales, como suele
hacer el aficionado a la lotería o a las carreras de caballos cuando compra un
determinado número o apuesta a cierto caballo, simplemente porque le gustó o
por cualquier otra razón que no tiene el menor fundamento específico.
Al
jugador de Bolsa le está permitido ser supersticioso puesto que se trata de un
juego totalmente opuesto a las ciencias y a las matemáticas.
Eso fue
lo que sucedió en los años 1966 y 1967, cuando con mi amigo corso Toto, calculé
correctamente la transformación del mercado de osos en un mercado de toros, es
decir, de un mercado de jugadores en un mercado de compradores.
§. «Mala
información, malos resultados»: sobre el ordenador en la Bolsa
JUNTO a
los análisis de los gráficos, existen los análisis por ordenador. Continuamente
veo con desaliento y sorpresa desagradable cómo diversas agencias de
publicidad, directores de carteras de valores o analistas se jactan de que en
su trabajo se dejan guiar por las predicciones de los ordenadores. De momento,
a esa jactancia sólo puedo responder con un chiste: le ofrezco al ordenador los
datos de una embarcación: eslora 36 metros, manga 7 metros, calado 0,7 metros y
altura del mástil 5 metros. El ordenador tiene que decirme cuál es la edad del
capitán. Si me diera una respuesta exacta y correcta acabaría convencido. Hasta
que no ocurra así me conformo con mi ordenador privado: mi cabeza, con la cual
me siento más seguro. Yo podría calcular la edad del capitán, no ciertamente
deduciéndola de las características del barco, sino porque lo iría a ver,
hablaría con él unos minutos y observaría sus ojos y sus manos.
Diálogo
con el ordenador
Un corto diálogo que tuve ocasión de escuchar casualmente servirá para
completar mi forma de pensar. Era la conversación entre el ordenador C y un
especulador de Bolsa llamado S:
C. Yo lo
sé todo, absolutamente todo.
S. Yo no
sé nada, pero lo comprendo casi todo y reconozco las relaciones de dependencia…
C. Mi
memoria es excelente, lo registro y conservo todo, informes anuales, balances,
cotizaciones, dividendos etc.
S. Mi
conocimiento de la Bolsa es la cultura: cultura es lo que queda cuando se han
olvidado todos los detalles.
C.
Conmigo basta apretar un botón y de inmediato combino todos los datos para
conseguir un análisis exacto sobre cada una de las 10.000 acciones que han sido
almacenadas en mi cerebro. Conozco el comportamiento de cada uno de los valores
o acciones en todas las circunstancias, en la guerra como en la paz, tanto si
llueve como si sale el sol, durante un período de crisis o en una coyuntura
favorable. Por esa razón puedo prever, con matemática precisión y exactitud, el
desarrollo futuro, puesto que todo transcurre de acuerdo con la lógica.
S. Pero
la Bolsa tiene su propia lógica. La matemática bursátil no se corresponde con
la matemática que nos enseñan en la escuela. Dos por dos en la Bolsa raramente
son cuatro sino que 2 × 2 = 5 − 1, o 2 × 2 = 3 + 1.
C. Pero
yo puedo determinar de inmediato cuál es la acción que tiene hoy las mejores
perspectivas.
S. ¡Hoy!
Pero ¿se sabe qué nueva industria hará su aparición mañana? Hace dieciséis
años, ¿hubieras recomendado la compra de acciones de petróleos? ¿O hace
cincuenta años la adquisición de acciones de aviación o la compra de
obligaciones alemanas al final de la segunda guerra mundial? ¿Puedes predecir
en el día de hoy si de la noche a la mañana nacerá una sociedad cualquiera que
signifique una competencia dura para otra ya existente? Los ordenadores a los
que se les había suministrado toda la información disponible y que debían
calcular las consecuencias de la fusión de la Pennsylvania Railroad y la New
York Central R. R., previeron una ganancia de siete dólares por acción. El
resultado, sin embargo, fue la pérdida de cuatro dólares por acción. Creo que
esto hace inútil cualquier otro comentario. ¿Es que tú, ordenador, hubieras
podido prever con exactitud hace treinta años la importancia que tienes hoy
día? Tus previsiones están ancladas en el pasado, sin el pasado no sabes nada y
eres de todo punto incapaz de especular con independencia, y no puedes
incorporar nada que sea totalmente nuevo.
C.
Registro todas las noticias y novedades, no se me escapa ningún suceso, proceso
u operación; leo los periódicos desde la primera a la última línea.
S. Pero
yo leo ¡entre líneas!
C.
Trabajo sin cansarme y sin errores. Multiplico, divido y ofrezco los resultados
en segundos.
S. Yo me
siento cómodamente en mi sillón envuelto en el humo de mi puro, combino, sueño
y, de vez en cuando, se me ocurre algo…
Saber
demasiado es a veces perjudicial
De este diálogo puede deducirse que el ordenador no es en ningún caso un rival
del especulador, sino un simple instrumento muy útil, nada más y nada menos.
Cuando el especulador ha llegado a tomar una decisión, puede recurrir al
ordenador, siempre que esté correctamente alimentado, informado y programado, y
entonces hacerle la pregunta adecuada. No basta conocer todos los datos; el
motor de la especulación continúa siendo la fantasía, y su mejor ayuda, la
reflexión humana. Mucho antes de la invención del ordenador, los agentes de
Bolsa y los banqueros norteamericanos mantenían algunos departamentos de
estudios financieros donde un grupo de empleados, que iba de los veinte a los
trescientos, se ocupaba de realizar los análisis que en la actualidad nos
suministra un ordenador, sólo que éste lo hace con mucha más rapidez y
economía.
En mis
experiencias de muchos lustros, nunca, absolutamente nunca, recibí de esos
estudios financieros una previsión bursátil coronada por el éxito. El futuro es
algo que les sigue vedado. Sin recurrir al cinismo quiero repetir: también el
saber demasiado es perjudicial puesto que, en último extremo, asfixia la
fantasía.
Existen
en la actualidad docenas de firmas que aconsejan a sus clientes con ayuda de
los ordenadores, y es posible que algunos reciban buenos consejos y otros
malos. ¿Por qué? Sencillamente, porque el ordenador de una de las empresas
había sido programado y preguntado por pensadores capaces y el de la otra por
incapaces. Para el ordenador de Bolsa, como para todos los demás, es válido
aquello de «mala información, malos resultados».
Mi
consejo es: ¡piensa!
¿Qué ocurriría si cada uno de los jugadores de Bolsa tuviera acceso a una de
esas «máquinas milagrosas»? Si la máquina, basándose en las experiencias
anteriores, supiera con toda seguridad cómo las cotizaciones bursátiles
reaccionan ante determinados acontecimientos y, consecuentemente, fueran muchos
los especuladores que se basaran para su actuación en esas informaciones, sus
propias compras o ventas modificarían la relación sobre la cual basó sus
predicciones el ordenador. Cuando todos apuestan al mismo caballo, no hay
ganancia para nadie. La máquina, teóricamente infalible, verá modificados los
procesos por ella calculados por las mismas previsiones basadas en esos
cálculos. No me cansaré de repetir que en la Bolsa no se deben ni se pueden
aplicar análisis científicos, sino que hay que limitarse a pensar y a
reflexionar.
Míster
Watson, presidente de la IBM, el padre de los ordenadores modernos, es posible
que se sienta agobiado por el remordimiento de conciencia, si piensa que con
sus máquinas puede convertir al ser humano en un no pensador. Por esa razón ha
dispuesto que en todas las oficinas de la IBM, en las paredes y en las mesas,
se coloque la inscripción Ting ! (¡Piensa!). Mi consejo para
el jugador de Bolsa es el mismo: ¡Piensa!
§. «Boom»
y bancarrota: una yunta inseparable
«SÓLO el
dolor es positivo —escribió Schopenhauer—. La felicidad es tan sólo la ausencia
de dolor».
Eso
significa que vivimos sumidos en una especie de inconsciencia de la que sólo
salimos cuando nos damos cuenta de que algo nos duele. Con las cosas «en
situación normal», tendríamos que ser realmente felices.
Esa idea
de Schopenhauer, referida a la existencia en general, se puede aplicar a la
Bolsa de manera perfectamente exacta. Lo único positivo para los especuladores
es el dolor, la pérdida; es decir, la tendencia a la baja o, más aún, la
bancarrota de la Bolsa. Eso es algo que ya insinué en otras ocasiones con
referencia a otros temas.
La
opinión pública sólo adquiere conciencia de las cosas de la Bolsa en el momento
en que el viento sopla en la dirección errónea. «Bancarrota en la Bolsa, con
pérdida de tantos o cuantos millones», significa que la gigantesca máquina ha
perdido una de sus ruedas. Para el especulador, la ruina de la Bolsa se
convierte en una realidad de la que adquiere extremada conciencia, y que nota
aún más si llega de manera imprevista. En la Bolsa, el movimiento al alta se
realiza suavemente, asciende escalón tras escalón, con detenciones paulatinas
sin que nadie se dé cuenta clara de que se está produciendo. Por el contrario,
la crisis de la Bolsa, su bancarrota, llega de repente y con la violencia de
una venganza de los dioses.
En tanto
el barómetro bursátil indica buen tiempo, todo va bien. El señor Especulador
cobra sus beneficios, satisfecho, y el hecho de que la Bolsa vaya bien le
parece absolutamente normal, como si ese fuera el orden natural de las cosas.
El que todo pueda discurrir de forma contraria —y además de manera
extremadamente violenta— es algo que no le cabe en la cabeza. Le parecería una
ofensa personal.
Si
efectivamente llega la bancarrota bursátil, el especulador considera muy
doloroso el castigo financiero. Se siente como si el destino lo hubiera tratado
de manera injusta; eso es lo único que se le ocurre. Básicamente, la ganancia
no es más que una ilusión; sólo la pérdida es real. Guerras y armisticios son
los mojones que jalonan el largo camino de la historia. Son en sí mismos
historia, cruzan por la historia y se articulan periódicamente en ella.
De modo
semejante, la historia de la Bolsa es una sucesión de booms o
momentos de gran auge, y de catástrofes. Boom y bancarrota
forman una yunta inseparable: el uno no puede existir sin la otra. Bajo el
signo de la prosperidad, se van hinchando los booms cómodamente.
Por último, y de modo fatal, se convierten en un globo que puede explosionar
fácilmente si se le pincha con un alfiler. Una de las leyes de la historia de
la Bolsa es que no se produce nunca una catástrofe, una crisis bursátil a gran
nivel, que no haya sido precedida de un período de auge excepcional, de un
boom, y que no existe boom que no termine en una bancarrota.
Para
designar la catástrofe de la Bolsa, los franceses utilizan la palabra
alemana Krach (que ellos pronuncian crack ),
un sonido que recuerda el que produce un cristal al romperse. Los ingleses la
llaman crash, lo que hace pensar en una tormenta en medio de un
cielo azul que no ha sido anunciada por la presencia de nubes. Realmente, las
primeras catástrofes financieras surgieron ya de un ciclo nublado. Sus causas
fueron erupciones volcánicas, terremotos e inundaciones, y significaron la
ruina para cientos y, en ocasiones, miles de familias.
Más tarde
se produjeron las primeras catástrofes financieras por culpa del hombre. Cuando
los bandidos atacaban y saqueaban una caravana que cruzaba el desierto; cuando
los piratas se apoderaban de un buque con su cargamento y, como consecuencia de
ello, se arruinaba un grupo de gente de dinero, que lo había invertido en esa
expedición; cuando el mercado se desquiciaba, se creaba una situación de crack perfecta.
Pero también podía producirse cuando entraban muchos productos y suministros
simultáneamente y el equilibrio del mercado se distorsionaba como consecuencia
de un exceso de oferta. Algunos dirigían sus rezos al cielo pidiendo que las
mercancías llegaran intactas a puerto, y otros, que los suministros fueran
destruidos o robados por los ladrones, los temporales o los piratas, y que como
consecuencia de la futura escasez subieran los precios. Exactamente como en la
actualidad los armadores que especulan con el alza de los fletes o los
especuladores con oro, que trafican con una nueva «fiebre del oro» y piden al
«Dios amado» que haya una guerra pequeña (en el Extremo Oriente) o que los
rusos se decidan a penetrar en Polonia.
Capítulo
2
La historia de la Bolsa es también mi historia
Contenido:
§.
América pagará… la catástrofe de 1557
§. La catástrofe de los tulipanes del siglo XVII
§. Ámsterdam, la primera de las bolsas modernas
§. La Bolsa de Londres: centro neurálgico de un imperio inconmensurable
§. El Bernie Cornfeld del siglo XVII: John Law
§. Hacia la primera revolución industrial
§. El viernes negro de 1869: catástrofe bursátil en Nueva York
§. Mirando atrás: el siglo XIX. Los primeros tiempos
§.
América pagará… la catástrofe de 1557
LA
primera de las crisis financieras, en el sentido moderno del concepto, tuvo
lugar en el siglo XVI, hace ya más de cuatro siglos. El águila bicéfala de los
Habsburgo extendía sus alas imperiales desde España hasta Austria. Carlos V
reinaba en Madrid, y el severo Felipe II sería su sucesor. El fasto, el lujo,
el mantenimiento de la corte, la guerra y las conquistas cuestan dinero, dinero
y más dinero. Los soberanos no disponían de él en abundancia, así que tenían
que pedirlo prestado.
Los
Fugger (Fúcar), que ya habían financiado la elección de Carlos V como
emperador, siguieron enviándole su oro. También consiguió un notable apoyo
financiero de otros banqueros de Augsburgo y de Génova. La firma del emperador
era la garantía de esos préstamos, y sus valores se comercializaban y cotizaban
en los mercados europeos. Los certificados de deuda del Sacro Imperio Romano
circulaban en Brujas y en Amberes, Génova o Lucca. En Toulouse y en Lyon se
comercializaban los certificados de deuda de la corona francesa, las llamadas
cartas reales. El exclusivo deudor de esos millones era el Estado; España o
Francia. Una inflación de gigantescas proporciones, que llevaba en sí el germen
de la catástrofe estaba en curso. El negocio con las cartas reales se desarrolló
de manera extraordinaria. La cifra de transacciones fue acelerada por los
comerciantes y compradores, que llegaron a abandonar sus negocios comerciales
para trapichear con los certificados de deuda. Naturalmente, el Estado no
desperdició la ocasión —motivos tenía para ello— de fomentar tal situación.
¿Quién acabaría por arreglar las cuentas? ¿Quién debía devolver el importe de
los préstamos? Eso era algo que a nadie parecía preocuparle. La respuesta era
siempre la misma: América pagará. ¡Ya en aquel entonces!
América
era la Nueva España, la Nueva Castilla, esa fabulosa cámara del tesoro que los
españoles sólo necesitaban vaciar para convertir su país en el más rico de la
Tierra. Era una bella ilusión a la que los creyentes se entregaban satisfechos,
y que animaba a los prestamistas del Estado a aumentar sus préstamos. Año tras
año —así se esperaba—, las carabelas y galeras seguirían entrando en el puerto
de Cádiz cargadas de esmeraldas, topacios y todo tipo de piedras preciosas que
podían sacarse a paladas de las minas del Nuevo Mundo.
En una
euforia especuladora, llegaba a Francia el dinero prestado. El ministro de
Finanzas del rey de Francia creyó llegado el momento favorable para llevar a
cabo una operación que hoy día volveríamos a llamar «conversión forzosa o
unificación de la deuda». Se ordenó que todas las cartas reales se fundieran
para constituir un solo empréstito y las múltiples series de certificados de la
deuda que se hallaba en curso, con distintos términos de amortización y tipos
de interés, se canjearan por un certificado único que englobara todos los
empréstitos anteriores y que se llamaría «Le Grand Parti».
El tipo
de interés fue elevado notablemente en relación con los empréstitos anteriores.
Se estableció en el 16 por ciento en vez del 12, que era el promedio de los
intereses anteriores. Sin embargo, para poderse aprovechar de esos elevados
intereses, había que pagar en efectivo el 30 por ciento del valor del nuevo
empréstito y el 70 por ciento en antiguos certificados o valores de la deuda.
Condiciones muy parecidas se han venido estableciendo, con mucha frecuencia, en
los últimos lustros aunque, naturalmente, con otros tipos de interés.
Para
poder adquirir los certificados del empréstito «Nouveau Grand Parti», las
mujeres vendieron sus joyas, las viudas renunciaron a sus pensiones, la gente
más humilde dispuso de sus ahorros y hasta un bajá turco (el equivalente por
entonces del actual jeque del petróleo) mandó adquirir a sus hombres de paja
certificados por valor de 500.000 escudos (de plata). Exactamente como hoy día.
En las últimas décadas, ¿no han empeñado e hipotecado los ahorradores sus
bienes inmuebles, no han vendido las joyas familiares para invertir hasta el
último céntimo en la compra de acciones de las emisiones IOS o sus
certificados?
Sí, pero
entonces… ¡explosionó el globo! ¿Por qué? El endeudamiento de la corte española
alcanzaba enormes sumas. Para pagar los intereses de los nuevos empréstitos
hacía falta nuevo dinero… ¡y para conseguir ese dinero había que recurrir a
nuevos empréstitos! ¡También entonces, exactamente igual que hoy!
La
catástrofe del «Grand Parti»
Ese castillo de naipes se mantuvo en pie hasta aquel día de 1557 en que el
representante de Fugger en Madrid tuvo noticias de una indiscreción. Al
parecer, el confesor del rey de España, jesuita y cardenal, había convencido a
su soberano de que era contrario a los Evangelios pagar o cobrar réditos por
los préstamos. El cardenal era un intrigante; los Fugger, precavidos.
Decidieron no facilitar nuevos créditos. Esto es lo que hoy podía llamarse
una insider information.
Al mismo
tiempo, en una taberna de Cádiz, un marino recién desembarcado comenzó a contar
que venía de América y de lo que había visto allí… o, mejor dicho, de lo que no
había podido ver. No había montañas de diamantes, ni ríos cuyas aguas
arrastraban piedras preciosas: todo aquello no era más que castillos en el
aire. Había, eso sí, todo tipo de frutos desconocidos y exóticos: piña
tropical, mangos, etc., pero ¡nada más que compensara el viaje! El rumor se
extendió, gracias a los periódicos que empezaban a aparecer, y así la noticia
—muchas veces con seis meses de retraso— llegó a todos los rincones de Europa.
Comenzó la carrera para amortizar los empréstitos. Los acreedores, víctimas del
pánico, presentaron sus cuentas. Hoy se diría que el efectivo era negativo,
como ocurrió los pasados años con Gramco, IOS y otros fondos de inversiones.
Los acreedores se vieron obligados a aceptar una moratoria.
Ya en
aquellos tiempos los mercados de efectos eran en cierto modo centrales de
noticias. La crisis española pasó a Francia. La confianza había sufrido un rudo
golpe que produjo una conmoción importante.
A los
problemas psicológicos se sumó un factor técnico: la falta de dinero. Los
acreedores que no pudieron cobrar sus empréstitos españoles se dirigieron
inútilmente a sus deudores. El rey francés Enrique II, que en principio
proclamó a los cuatro vientos la solvencia de su país, unos meses después tuvo
que admitir que no podía pagar en absoluto. Ni la deuda ni sus intereses. «El
rey lo paga todo, pero el rey lo coge también todo», dijo el pueblo leal de
París. Ésa fue la bancarrota del «Gran Parti». La catástrofe de 1557 es un hito
en la historia de la Bolsa y las finanzas. Señala un año turbio y muy confuso
que siempre deberíamos recordar.
§. La
catástrofe de los tulipanes del siglo XVII
ES una
ironía del destino que una flor tan delicada como el tulipán se haya convertido
en símbolo del auge y de la catástrofe de la Bolsa. Para el jugador novato, así
como para el director financiero y el consejero de inversiones, sigue siendo
aún un recordatorio crucial. Esa flor casi conmovió la economía de alto vuelo
de un país tan eminentemente práctico como era la Holanda del siglo XVII. Todo
ocurrió del siguiente modo. Un tal señor Busbeck, embajador del emperador
alemán en Turquía, admiraba una flor que los turcos llamaban turban,
y no se cansaba de contemplarla. Su Excelencia se la trajo consigo a Occidente,
donde se la bautizó con el nombre de tulipán, una degeneración de su nombre
turco. Pronto la flor pudo ser admirada en los jardines de los Fugger en
Augsburgo.
Los
botánicos consiguieron adaptar el delicado cuerpo de la flor al duro clima del
norte de Europa, pero tuvieron de pasar muchos años hasta que los holandeses se
enamoraran locamente y perdieran la cabeza por ella. Durante años el tulipán
sólo fue una mancha de color en sus casas burguesas. Poco a poco, sin embargo,
se fue convirtiendo en símbolo del avance en la escala social. Las señoras más
elegantes elegían cuidadosamente el color de los tulipanes que mejor se
adecuaban a sus vestidos y maquillaje. Los tapices de flores de sus villas y
palacetes sobrepasaban en magnificencia y colorido a los de Oriente. Se paseaba
en coches de caballos adornados con tulipanes; se daban a diario fiestas que
eran una auténtica competencia de elegancia. El tulipán pasó a ser un símbolo
de nivel social como podría serlo hoy una colección de pinturas.
Un rico
armador que trató de impresionar a sus rivales y se empeñó en que se hablara de
él, tuvo la idea de regalar a su hija, como presente de boda, no un brillante
de especial belleza, sino un bulbo de tulipán muy raro. Tras haber invitado a
sus amigos para que admiraran la extraordinaria «joya», hizo servir una mesa
suntuosa en cuyo centro, en una bella fuente de la más cara porcelana, colocó
el bulbo. Mientras estaba con sus invitados en el jardín entró en la casa un
extranjero, un marino que era un novato en la admiración de los tulipanes.
Estaba sirviéndose un canapé de arenques cuando vio aquello que le pareció una
cebolla, y pensó que sería estupendo añadirle una rodaja a su canapé. Empezó a
cortar la «cebolla» y acabó con ella. El dueño de la casa regresó, pero era ya
demasiado tarde: el regalo de boda había sido devorado antes de que se firmaran
los esponsales. La historia no dice si el armador murió de repente a causa del
susto o poco a poco por el disgusto, pero es posible que ocurriera una de ambas
cosas.
La
histeria de los tulipanes duró varios años. Cuando los ciudadanos se hacían
ricos, trataban de subir cada vez más en la escala social con ayuda de los
tulipanes. Los esnobs imitaron a la aristocracia de La Haya. Mientras sus
jardines se llenaban de tulipanes los precios subían, en especial entre julio y
septiembre, cuando los bulbos salían al mercado. Pronto algunas personas listas
se dieron cuenta de que existía allí buena posibilidad de inversión, y
colocaron su dinero en los bulbos. Las grandes inversiones atrajeron a nuevos
especuladores de todo tipo que hasta entonces se habían conformado con jugar a
la Bolsa, en Ámsterdam. En los últimos años ocurrió algo semejante cuando los
jugadores de Bolsa fueron infieles a sus acciones y las vendieron para probar
fortuna con el oro y la plata.
Uno grita
¡fuego!, y todos corren tras él
El año 1637 fue como el alfiler que causaría la explosión del globo
artificialmente hinchado, la catástrofe fatal. Un cliente de importancia se dio
cuenta, cuando su suministrador le presentó un surtido de trescientas cincuenta
especies diferentes de tulipán, que todas ellas eran ya abundantes en el
mercado y, por lo tanto, carecían del valor que da la rareza. Muy pronto los
especuladores conocieron la inflación ¡de tulipanes!
¿No hemos
conocido algo semejante en la década de los setenta, en Wall Street, con los
«conglomerados» norteamericanos, las sociedades mixtas? Los jugadores de bolsa
descubrieron que esas sociedades o consorcios fusionados no podían continuar
fusionándose. Eso fue el alfiler para el globo del precio de las acciones.
El final
es siempre el mismo: un especulador grita ¡fuego! Y todo el mundo corre para
ser el primero en llegar a la salida de urgencia. Todo el mundo quiere vender y
no hay comprador. Así estalló también el globo de los tulipanes y sus bulbos,
que muy pronto pasaron a valer lo mismo que si se tratara de vulgares cebollas.
Los especuladores que el día anterior eran todavía millonarios se convirtieron
en mendigos, «caballeros de la triste figura». Se produjo la crisis bursátil.
El globo hizo explosión y dejó tras sí quiebras, disgustos, preocupaciones y
dolores.
El juego
insensato con lo que carece de valor real es precisamente un síntoma del final
de un gran boom económico, de la última fase de la
prosperidad, y la tercera fase en el mercado de los bulls, donde
todo se compra y el dinero corre a raudales. Y ese fenómeno se repite una y
otra vez.
Un
movimiento al alza se mantiene al principio en el marco clásico y después se
lanza sobre valores discutibles. Mediante una lenta infección, conduce a un
insensato aumento de los valores mediocres. Finalmente, ese movimiento de alza
abarca una gran cantidad de cosas sin valor, incluso de antivalores.
Esa
afluencia de capital nuevo tiene, forzosamente, que destruir el equilibrio
entre oferta y demanda. Todo el mundo quiere obtener beneficios y paga precios
increíbles. Jugadores de ventaja de toda Europa llegaron a Holanda para
conseguir tulipanes y, como es lógico, esto hizo subir los precios. Lo mismo
que ocurre en la actualidad cuando el pequeño inversor —orientado por sus
consejeros— grava su patrimonio familiar para comprar acciones o valores
exóticos o, lo que es peor, para especular en el mercado de las mercancías
perecederas.
Cuando
las cajas finalmente estuvieron vacías, se siguió comprando a crédito. ¿Por qué
no? Se trataba de una operación segura. En el círculo holandés del alza, los
tulipanes pasaron de una mano a otra. Un día eran los tulipanes rojos los más
buscados, al siguiente subía el precio de los amarillos y así sucesivamente.
Siguieron los ejemplares rosados o negros. Exactamente como ocurre hoy: un día
los especuladores se lanzan sobre las acciones de las sociedades de ordenadores
y al siguiente sobre las del petróleo.
Así el
tulipán dejó de ser una flor para convertirse en un objeto de especulación.
Cada vez aparecían en el mercado nuevas especies —nuevas «emisiones» de
tulipanes—, y así acabó por producirse la más peligrosa de las situaciones: la
inflación en nonvaleurs, que siempre es una etapa previa en el
camino hacia la catástrofe de la Bolsa.
El
pequeño ahorrador fue atraído por el brillo cegador de los precios en continuo
aumento a un juego de Bolsa realmente peligroso. Los precios no se alzaron
gracias a un crecimiento real del valor de la cosa, sino gracias a una
propaganda sin conciencia. Las advertencias encontraron oídos sordos en el
pequeño especulador. También éste quería estar presente en el juego bursátil.
Ni por un instante pensaron los que especulaban con los tulipanes que la
producción empezaba a superar con creces al consumo o que Holanda podría ser
inundada por tulipanes extranjeros. El globo de la especulación estaba hinchado
al máximo y a punto de explosionar.
La
historia se desarrolla con rapidez, los cambios económicos de los últimos años
son enormes. Pero las células de la Bolsa se mantienen invariables como las de
los seres humanos. Tanto si se trata de una Bolsa del siglo XVII como de una de
la actualidad, tanto si nos referimos a Wall Street como a la Bolsa más pequeña
de una nación insignificante, las reacciones siguen siendo las mismas. Los
resultados de experimentos realizados con ratones o ranas, pueden servir
también para el tratamiento de los elefantes.
§.
Ámsterdam, la primera de las bolsas modernas
TRAS la
catástrofe de los tulipanes, ocurrida en los años treinta del siglo XVII, el
campo de batalla de la Bolsa quedó cubierto de cadáveres. Sin embargo, poco a
poco, fue restableciéndose el orden habitual, y la gente se olvidó de los
tulipanes. Los pocos supervivientes —por suerte aún quedaron algunos— empezaron
una sólida especulación con las acciones de la Compañía de Indias y sus
principales mercaderías, pimienta y arenques.
La
Compañía de Indias estuvo en condiciones de disfrutar la alegría de un cielo
sin nubes que empezó a brillar en los comienzos del siglo XVII, cuando se
pusieron los primeros pilares que debían delimitar las fronteras de su imperio
comercial. Esa gran empresa colonial organizada se fundó en 1602, y sus padres
fueron capitalistas holandeses que querían convertirse en los dueños y señores
del comercio con ultramar. Antes de confiar sus buques a los desconocidos
océanos habían escuchado con toda atención los informes de los navegantes.
Armaron sus buques de manera que pudieran resistir las tormentas de los mares
del Sur. A fin de reunir el capital necesario para la colosal empresa, cada uno
de ellos aportó su contribución y consiguieron reunir por suscripción sesenta y
cuatro toneladas de oro. También se aseguraron, simultáneamente, el monopolio
comercial, y en numerosas islas de las Indias orientales acabaron por disponer
de la plena soberanía. Los buques de la flota de la Compañía regresaban a los
muelles de Ámsterdam cargados con costosas mercancías que los países vecinos se
disputaban.
La
Compañía de Indias, un Estado dentro del Estado
La todopoderosa Compañía floreció y acabó por convertirse en un Estado dentro
del Estado. En las negociaciones con los príncipes y marajaes, siempre tenía la
suficiente habilidad para ofrecerles precios superiores por sus concesiones, y
de ese modo alejar a los portugueses. En Ámsterdam los diecisiete grandes
señores de la Compañía se reunían sentados en torno a una enorme mesa redonda
cubierta de brocado, en el magnífico palacio de la sede social y dictaban sus
leyes como antaño lo hicieran los soberanos absolutos.
Después
que hubieron invertido sus reservas durante largos años, y cuando ya el imperio
de la Compañía parecía firmemente anclado y se extendía desde las islas de las
Especias hasta el continente asiático, de Batavia hasta Calcuta y de Java a
Madrás, distribuyeron los primeros dividendos. Los beneficios fueron subiendo
y, simultáneamente el valor de las acciones: se repartían dinero en efectivo,
obligaciones de la Compañía y de acuerdo con las circunstancias económicas y
financieras, pimienta o canela.
Inglaterra
comenzó a inquietarse por la soberanía marítima de la Compañía de Indias y por
la riqueza de Holanda que convertía a esta nación en una rival peligrosa.
Consecuentemente, intentó romper su monopolio y restablecer el libre comercio,
para lo cual fundó una compañía rival que recibió el nombre de East India
Company, en vista de que les resultaba imposible destronar a los holandeses.
Comenzó una dura lucha por la hegemonía comercial en tierra firme, en el mar y,
como no, en las Bolsas. Si la Compañía de las Indias —holandesa— y la Compañía
de las Indias orientales —británica— hubieran existido en la actualidad, se
hubieran fusionado, incorporando otras sociedades, para acabar convirtiéndose
en una colosal multinacional.
Los
especuladores esperaban, ansiosamente, recibir noticias de los buques, y se
reunían para charlar, jugar una partida de ajedrez o comentar los rumores que
corrían por los muelles, mientras saboreaban sus tazas de café o chocolate en
los mesones y posadas del puerto o en los clubes de la Bolsa. En la actualidad,
sus colegas se reúnen en las salas de cambio de las grandes empresas de agentes
de Bolsa o en los clubes de inversiones y esperan, no menos excitados, las
últimas noticias y a que aparezca en los teletipos Dow-Jones. Pero en nuestros
días no tienen que esperar semanas o incluso meses las buenas o 1as malas
noticias, sino que llegan como disparadas por una ametralladora, al ritmo de
cien por minuto.
De
acuerdo con los costes de los fletes, subían o bajaban las acciones de una u
otra compañía. Las cargas de los barcos que regresaban a Europa eran cada vez
más valiosas y se hacían esperar con mayor impaciencia. Los especuladores se
excitaban cada vez más con el paso de los días.
Avería en
el cabo de Buena Esperanza
En el año 1688 se produjo una catástrofe para la Compañía de Indias holandesas,
que tiene un especial interés para nosotros, puesto que fue el primer crack de
acciones auténtico. La Compañía esperaba la llegada de una carga muy
importante. La esperanza de unos buenos beneficios hizo subir las acciones, que
alcanzaron un cambio récord, como hacía décadas que no se conocía. La
especulación se lanzó a una lucha a vida y muerte en el campo de los negocios,
tanto al contado como a crédito a corto plazo. En un principio, empezaron a
llegar todo tipo de noticias alarmantes. Como consecuencia de graves averías,
la flota, que ya estaba en el cabo de Buena Esperanza, tenía que dar la vuelta
y regresar a Batavia. Sin embargo, algunos buques pudieron llegar a Holanda,
donde sus mercancías fueron vendidas por el equivalente de 35 toneladas de oro,
cuando se había contado conseguir 50. El negocio en sí no había sido malo, pero
la especulación estaba tensa al máximo. Cuando en la Bolsa se cotizan valores
de los que se esperan dividendos más elevados que los anteriores, los
especuladores se lanzan sobre esas acciones. Aun en el caso de que los
dividendos lleguen a ser tan elevados como se esperaba, es posible que el
cambio caiga pese al fait accompli. Pero si los dividendos no
alcanzan las cifras esperadas, puede ser como la chispa en el polvorín: la
desconfianza ilimitada sustituye a la confianza sin límites…
Por esa
razón, las minas canadienses de uranio han sufrido la misma suerte en los años
cincuenta. Pese a la evolución de la ciencia atómica, no se presentaron los
esperados beneficios y no existen posibilidades de que la tendencia pueda
cambiar de un día a otro. Los especuladores tuvieron que pagar caras sus
ilusiones. Las acciones de las minas de uranio, cuya cotización se había
disparado se manera espectacular, perdieron en la catástrofe bursátil de 1957
aproximadamente las nueve décimas partes de su valor. La herida fue tan
profunda, que la Bolsa canadiense pagó mucho tiempo con la pérdida de su
dinámica, y pese al alza que se produjo en su país vecino, en Wall Street, no
pudo recuperar el terreno perdido. Razones semejantes llevaron a la ruina a
otros especuladores en la Bolsa de París: se les hizo creer en la posibilidad
de conseguir enormes beneficios con la exploración petrolera del Sahara. Los
acontecimientos políticos en Argelia y las nacionalizaciones dieron un duro
golpe a esas esperanzas.
Desde
mediados del siglo XVII, la Bolsa de Ámsterdam comenzó a parecerse a las Bolsas
modernas de manera sorprendente. Ya en aquellos tiempos se operaba con negocios
a plazos y con opciones. Había días de liquidación, cambios compensatorios y
consorcios que jugaban al alza y otros que lo hacían a la baja. Los negocios a
plazo fijo, con toda su finura y delicadeza, nacieron en la Bolsa de Ámsterdam.
Había funcionarios especializados en seguir las cotizaciones, así como otros
que servían de enlace entre los agentes de Bolsa y los clientes que esperan en
los cafés cercanos para conocer el cambio de sus valores y los resultados de la
Bolsa. Rumores, falsas alarmas y demás trucos para influir sobre los cambios ya
existían en aquel entonces, y permitían al buen estratega obtener provecho a la
baja o al alza.
«La
confusión de las confusiones»
Las acciones de la Compañía de Indias, objetivo principal del mercado subían
incesantemente y todavía más debido a que existía un consorcio muy fuerte que
jugaba al alza. La mala noticia relativa al retraso de los buques —que era una
simple mala noticia, inofensiva en sí— llegó en el momento más inoportuno,
cuando existía una clara tendencia al alza. Entre sus víctimas se cuenta un tal
José de la Vega, poeta, filósofo y especulador empedernido. Era hijo de un
judío español que huyó a Ámsterdam (como en la actualidad en Nueva York hay
100.000 hijos de judíos que huyeron de Alemania). Su libro La confusión
de las confusiones, que he leído repetidas veces, es una obra filosófica y
al mismo tiempo un reportaje. Nos ofrece una imagen fiel de la Bolsa de
Ámsterdam en el siglo XVII. Gracias a sus especulaciones, José de la Vega se
había enriquecido y vuelto a arruinar tres veces, y eso prueba su competencia
en el tema. Yo estoy convencido —como ya he dicho— que quien no se haya arruinado
dos veces en su vida en la Bolsa no tiene derecho al hermoso título de
especulador.
Además de
mis aventuras con manteca de cerdo-maíz o con plata, he tenido otras
experiencias desagradables. Pero como ocurre con todos los bolsistas, también a
mí las heridas me cicatrizaron rápidamente. Tan pronto deja uno atrás uno de
esos accidentes, vuelve a lanzarse a la batalla, con nuevos planes.
Ilusiones,
displicencia, optimismo, pesimismo, sorpresas o convencimiento, dinero o
deudas, componen en su conjunto el delicado mecanismo, tan complicado, de la
especulación. Un grano de arena entre las ruedecillas basta para que la
maquinaria empiece a chirriar y acabe parándose. Digamos, para resumir, que las
esperanzas y las desilusiones forman el tejido de la historia de la Bolsa. Ése
es el esquema eterno de la especulación, por mucho que retrocedamos en el
conocimiento de la historia.
§. La
Bolsa de Londres: centro neurálgico de un imperio inconmensurable
NO
alterada por las catástrofes que tuvieron lugar en el continente europeo,
Inglaterra gozaba de una sólida estabilidad financiera. Los ingleses
consideraban opresivas las deudas de la Corona, pero ciertamente resultaban
poco significativas si se las compara con las de otras Casas Reales, como la
española o la francesa. Por otra parte, Isabel I nunca engañó a sus acreedores
negando su firma. Consecuentemente, no se produjeron negocios especuladores con
los empréstitos estatales. La especulación se dirigió, como en Holanda, a las
acciones de las diversas compañías comerciales.
En aquel
entonces, no existía en Londres un edificio propio y exclusivo para la Bolsa,
pero sí toda una calle, la de los Lombardos (en la actualidad aún se llama
Lombard Street), que desde el Medievo fue refugio de los italianos, o la
avenida de los Cambios, en el corazón de la City.
En el año
1567 el canciller del Tesoro de la reina Isabel I, sir Thomas Gresham, presentó
un informe muy pesimista sobre la Bolsa de Amberes. Las guerras de religión
oscurecieron el horizonte, y el aparato financiero de los Países Bajos estaba
en peligro y en desorden. Inglaterra, ciertamente, es una isla, pero no por eso
podía considerarse totalmente a salvo, puesto que dependía de otras naciones.
(¡La historia se repite!).
El
principio del Royal Exchange
Se necesitaba una Bolsa propia para proteger el reino, y no pasó mucho tiempo
sin que se alzaran los muros grises del Royal Exchange, en la City, en la
esquina con la Threadneedle Street, la famosa calle donde más tarde habría de
tener su sede el Banco de Inglaterra.
Gresham
había visto las cosas claras. No puede existir una economía liberal de mercado
sin un mercado financiero organizado y regulado. Es decir, una Bolsa. Gracias
al Royal Exchange, los grandes capitalistas podían colocar su dinero en
empréstitos o deuda del Estado o reconvertir éstos en dinero cuando lo
necesitaban. Desde la fundación del Royal Exchange, la Bolsa de Londres pasó a
ser el centro neurálgico de un imperio inconmensurable. Incluso es posible que
sin ella el imperio no hubiera llegado a existir.
No hay un
solo centro financiero que no tenga sus parásitos, es decir, jugadores de Bolsa
profesionales que se sienten seducidos por la posibilidad de especular y
atraídos por ella como las polillas por la luz. El aumento de la deuda estatal
inglesa incrementó la inversión en empréstitos del Estado y atrajo a
especuladores de todo tipo. Hay que decir, de todos modos, que los
especuladores permitieron que el gobierno lanzara continuamente nuevas
emisiones. Junto a los grandes aportadores de dinero, los comerciantes que
buscaban aprovechar las importaciones de la India y las perseguían
incansablemente, había una gran cantidad de intermediarios, pequeños
especuladores y agentes de Bolsa. Esta gente se lanzó furiosamente sobre los
mismos negocios que tantos éxitos habían dado a sus colegas de Ámsterdam.
En el año
de 1666, el rey de Inglaterra había permitido a los judíos que fijaran su
residencia en el país. Llegaron en gran número, procedentes de Holanda y con la
intención de probar fortuna en Londres. En su equipaje llevaban el conocimiento
de todos los trucos de la Bolsa. Pronto hicieron escuela en el Roval Exchange.
La
aristocracia mercantil despreciaba a aquellos advenedizos y a sus imitadores
ingleses. Aquellos «inmigrantes» que hablaban en voz tan alta rompían la paz de
su digno palacio de la Bolsa y, por lo tanto, debían ser expulsados de él. Por
esa razón el Parlamento aprobó una ley contra ellos. Para escapar a las
dificultades, ahora incluso legales, los agentes, intermediarios y
especuladores abandonaron el recinto del Royal Exchange y se refugiaron en los
acogedores cafés de las cercanías. Allí florecían los negocios, y fue en
aumento la diversidad de las capas sociales que se interesaban en los efectos
bursátiles. Las transacciones superaron en dinero las inversiones que
concurrían al Royal Exchange, y esto hacía que su desarrollo se hiciera más
lento.
Cuando
los miembros del Royal Exchange vieron el éxito obtenido por aquellos que
habían expulsado, pidieron su vuelta. Pero era ya demasiado tarde, pues se
habían reunido para formar una nueva asociación bajo el nombre de Stock
Exchange, y organizaron otro mercado de valores. Con sus propios medios
adquirieron los solares en los que cien años después se alzaría el edificio del
Stock Excchange de Londres. El éxito provocó la envidia, y proliferaron los
panfletos, libelos y caricaturas, en los cuales se representaba a los agentes
de Bolsa y a los especuladores como aves de rapiña que, por satisfacer su
desmedida ambición, provocaban la ruina y la miseria de sus semejantes.
Ciertamente que reinaba cierta libertad de costumbres, y que los abusos fueron
muy numerosos. Los grandes especuladores sabían combinar las cartas de manera
útil para ellos, y explotaban con sus manipulaciones al pequeño especulador o
inversor.
Sir Henry
Furnese, director, del Banco de Inglaterra, contaba con una excelente red de
confidentes. Tan pronto como se producía una noticia de interés, gentes de su
confianza que vivían en el Continente le enviaban sus informaciones por medio
de palomas mensajeras. En el caso de que le interesara comprar, sus agentes de
Bolsa en el Stock Exchange representaban una enorme comedia. Con el ceño
fruncido y aspecto misterioso, paseaban de un corro a otro, como si estuvieran
en posesión de una mala noticia. Lograban atraer la atención sobre ellos dando
unas cuantas órdenes de venta. Teniendo en cuenta la alta posición de su jefe,
se espiaba atentamente hasta el menor de sus gestos. En el idioma del póquer
eso es lo que los jugadores llamarían un farol, lo que no está permitido en el
juego. Alarmados por las órdenes de venta, eran muchos los especuladores que
seguían su ejemplo y vendían también, y la gran oferta de papel bajaba los
precios. Cuando su plan había triunfado, volvían a comprar a bajo precio. Ya en
aquel entonces la gente se valía con frecuencia de falsos rumores y bulos.
Hacia finales del reinado de Ana, se hizo creer que la soberana ya había
muerto, lo que provocó un gran pánico en la Bolsa. Los especuladores vendían a
cualquier precio, y se produjo la caída de los valores del Estado, que se
hallaban en manos poco firmes. En aquella ocasión, un tal Manasse López, un
duro bolsista de Ámsterdam, y algunos amigos adquirieron los valores al más
bajo precio posible. Al día siguiente, la salud de la reina mejoró, el cambio
subió y López cobró la diferencia.
El cambio
en la Bolsa puede ser alterado también de buena fe por las noticias. Con motivo
del atentado contra Sadat, las noticias sobre sus resultados fueron cambiando
cada quince minutos. Ese sistema se sigue aplicando en la actualidad con
bastante frecuencia, y eso sin mencionar las noticias completamente falsas que
nacen sólo en mentes demasiado excitadas. La Bolsa no es sólo la víctima de las
noticias alarmantes, sino también su fuente. No se puede determinar con
exactitud si los cambios producen las noticias o las noticias modifican los
cambios. Si las cotizaciones bajan por la razón que sea, la fantasía del
público incuba de inmediato noticias imaginarias que provocan el pánico.
Las dos
revoluciones inglesas se habían tragado mucho dinero, y el pueblo tuvo que
soportar su costo. También tuvo que cargar con los gastos de las guerras que
libraban sus soberanos con mayor o menor éxito. Los ministros de Finanzas
sabían arreglárselas para exigir cada vez nuevos subsidios, y para gloria y
grandeza de la vieja Inglaterra se emitían continuamente empréstitos que
aumentaron el ya muy considerable lastre de deudas que arrastraba el país.
En el año
1716 no se pudo colocar por completo un empréstito del Estado de 600.000 libras
al cuatro por ciento. El tipo de interés era excesivamente bajo para atraer el
dinero del ahorro, pues la especulación en el mercado de acciones, gracias a
operaciones mucho más productivas, hacía que cualquier cochero pudiera
convertirse en millonario de la noche a la mañana.
Dos
siglos y medio más tarde, nos encontramos con la misma mentalidad entre los que
practican el ahorro.
Durante
algún tiempo, creció la aversión contra los valores a plazo fijo y con
intereses previamente determinados. La razón principal era la continua
devaluación del dinero.
Las
acciones cotizables en la Bolsa ofrecían la posibilidad de participar en la
extraordinaria expansión de la economía mundial de la época. En las aguas de
esa nueva oleada nadaron juntos, codo a codo, durante el período comprendido
entre finales de la década de los sesenta y la década de los setenta, los
bohemios de la Bolsa, los pequeños capitalistas, la Iglesia, las cajas de
pensiones de las empresas, los sindicatos y los asilos de caridad; es decir,
todos aquellos que con anterioridad habían dado preferencia a la adquisición de
valores con intereses fijos. Empezó o sentirse el gusto por la inversión en
acciones, cuya especulación se había venido considerando reservada a los
especuladores vulgares. Por razones políticas, económicas y otras diversas, esa
oleada se ha venido repitiendo con interrupciones más o menos largas y,
naturalmente, eso sigue ocurriendo en la actualidad y continuará repitiéndose.
El
«marfil negro»
En 1711, el gobierno inglés aprobó oficialmente la creación de la Compañía de
los Mares del Sur. Tomó esa iniciativa principalmente porque ya resultaba
imposible cubrir las necesidades de dinero con los empréstitos a interés fijo.
(Exactamente como ha venido repitiéndose varias veces durante la última
década). Con las bendiciones del canciller, conde Harley de Oxford, los dignos
caballeros de la City se entregaron a un comercio que de ningún modo estaba en
contradicción con el código moral del siglo XVIII, tan elevado espiritualmente:
el transporte del «marfil negro», es decir, la trata de esclavos con destino a
las colonias españolas y portuguesas de América del Sur. El objeto de la
empresa no se mantenía en secreto, y las acciones de la compañía resultaban más
atractivas para el ahorrador que los empréstitos de Su Majestad.
Nuestro
tiempo ha descubierto algo mejor que el «marfil negro»: el oro negro, las
acciones de las compañías petroleras, que durante muchos años han venido
ejerciendo una mágica fuerza atractiva sobre el ahorro, de la cual han sabido
aprovecharse algunos gobiernos. Así, por ejemplo, el gobierno francés supo
utilizar la fundación de numerosas sociedades petroleras en el Sahara, con lo
que conservó los capitales en circulación nacional y evitó que fueran
invertidos en divisas y valores extranjeros, cosa que no hubieran logrado, en
modo alguno, con la emisión de empréstitos del Estado.
La South
Sea Company —es decir, la Compañía de los Mares del Sur— vendió sus acciones
por millones de libras esterlinas. Después, con esos millones compró valores
del Estado que el público había rechazado. El precio de compra estaba por
debajo de su valor nominal, pese a lo cual los valores se registraron en los
libros de contabilidad por su valor nominal, con lo cual pudieron atribuirse a
las acciones, sobre el papel, unos notables beneficios que siguieron seduciendo
a los crédulos. Esto era de todo punto necesario, puesto que el negocio con la
trata de esclavos no resultaba especialmente provechoso. Encadenada en las
bodegas de los barcos, la «mercancía» soportaba mal la travesía del Atlántico.
Cuando los buques llegaban a los puertos del Nuevo Mundo, había bajas, y «la
mercancía» llegaba en malas condiciones.
«Especular
está de moda; lo hacen el ministro y el patriota»
Las decepciones no contaron en esta ocasión. La euforia era demasiada. El
público quería especular y lo hacía por encima de todo lo que hubiera podido
esperarse. El bacilo de la fiebre del juego había atacado a los ingleses, desde
el duque al trapero. Las acciones de la South Sea subieron rápidamente. En mayo
de 1720 alcanzaron los 500, en junio 890, dos días más tarde 940. Siguieron
subiendo hasta 1.100 y hasta alcanzaron los 2.000. El ejemplo fue contagioso, y
de acuerdo con el modelo de Mares del Sur, brotaron como la mala hierba cientos
de sociedades. Surgieron seudoempresas que emprendían los más ridículos
negocios: el tráfico de caballos, el transporte de los despojos de las costas
irlandesas, la mejora de las casas en todas las islas británicas, la
fabricación de ruedas para el perpetuum mobile, así como otras
«grandiosas» empresas en las cuales sus fundadores se olvidaban, simplemente,
de indicar el objetivo del negocio.
Había que
hacer cola para poder adquirir acciones de estas compañías, que eran llamadas
«burbujas», bubbles, un nombre inquietante que desde luego dejaba
prever que un día podía producirse el reventón.
Los
siguientes versos pueden aclarar el estado de ánimo que reinaba en esos días:
Especular
está de moda;
lo hacen
el ministro y el patriota;
en la
corte lo hace la condesa,
lo hace
la criada y la doncella;
todos
están poseídos por la inversión.
Los
grandes especuladores se hacían proclamar doctores mientras los más modestos se
conformaban con el título de licenciados.
Un día
estalló una de esas pequeñas empresas poco serias, que no pudo hacer frente a
sus obligaciones para con los accionistas. Eso provocó la tempestad. Se pudo
establecer, con desesperación, que en aquellas burbujas no había más que aire,
solamente aire. Como atacadas por una epidemia, se produjo la caída de las
demás. Las acciones de la gran South Sea Company, que desde luego no era una
empresa fraudulenta, sino que se dedicaba a un negocio real, fueron arrastradas
por el caos general y empezaron a caer. Semejante caída de las cotizaciones se
produce con frecuencia, independientemente del curso del negocio o de la
situación financiera de una empresa. Cuando las cotizaciones han subido
demasiado y han sobrepasado una frontera determinada, marcada por el sentido
común, se precipitan en tierra. Es una ley natural. La necedad completa del
engaño de los Mares del Sur produjo tantas pérdidas como riqueza había
producido. Todos los empleados de la sociedad habían especulado, y todos
tuvieron que sufrir las consecuencias. Se decía que incluso el príncipe de
Gales había perdido cuarenta mil libras, y renunció a su cargo de presidente
del consejo de administración de una de esas firmas sospechosas, sólo en el
momento en que se instruyó procedimiento judicial contra ella.
De todos
modos, las bubbles no resultaron totalmente inútiles. La
fiebre de la especulación había actuado como una especie de fermento, como una
levadura sobre la vida económica. En esa época de necedad, se inició el
desarrollo de la industria del algodón en Manchester y de la industria del
hierro y el acero en el distrito de Birmingham. La «burbuja de los Mares del
Sur» había dejado en Inglaterra una fructífera semilla. De ella surgió el
desarrollo industrial de la nación.
§. El
Bernie Cornfeld del siglo XVII: John Law
DURANTE
este periodo se especulaba también en Francia, ciertamente de manera aún más
irracional y, consecuentemente, con efectos menos felices. Esa fiebre
especuladora suele conocerse con el nombre del lugar donde se desarrollaba: la
rue Quincampoix, la calle en la cual los banqueros habían establecido sus
mostradores desde principios del siglo XVIII. Algunos académicos ejemplares se
abrieron camino. John Law era un estudiante especialmente bien dotado para las
cuentas, y como gran jugador y «combinador», había sabido ganar buen dinero en
los distintos países en los que actuó. Su verdadero nombre era, desde luego,
John Law, pero en Francia se le llamaba abreviadamente Lass, como consecuencia
de un defecto óptico, pues en la letra de imprenta que se utilizaba entonces la
W se parecía mucho a dos S. En París se le consideraba un hombre de vasta
experiencia en el terreno del negocio bancario, del comercio y del tráfico de
divisas. Esto despertó el interés del regente, el tío del menor Luis XV, por
conocerlo. Las cajas del Estado francés estaban vacías, y aquel avispado y
amable escocés, del que las damas de la corte decían que era más guapo de lo
que podía permitírsele a un hombre, quizá podría ayudar a llenarlas. El regente
y el escocés se hicieron los mejores amigos. Después de que por medio de un
decreto real, John Law recibiera plenos poderes para la emisión de valores de
la deuda, fundó el Banco Nacional, primer banco francés en sentido moderno.
Seguidamente,
John Law se dedicó a la alta finanza y creó la Sociedad del Mississippi, que
debía ocuparse de la colonización de Louisiana, del comercio de esa región y de
la explotación de los tesoros del subsuelo.
«Dadnos
vuestro dinero y os haremos ricos»
Junto a sus teóricas cualidades como financiero, John Law era un destacado
psicólogo, que sabía despertar el deseo de ganar dinero. Fue el primero que
supo obtener éxito partiendo de cero y ganarse a todas las capas de la
población para que adquirieran grandes cantidades de valores. En relación con
esto, no puedo evitar recordar el eslogan de los IOS en la década de los
sesenta: «Dadnos vuestro dinero y os haremos ricos».
Lentamente,
Law fue animando las especulaciones hasta que éstas alcanzaron el punto de
fusión y escaparon a todo control. En los folletos de publicidad de la Sociedad
del Mississippi se describían de manera sumamente atractiva las riquezas de
aquellos nuevos territorios: montañas de oro y plata en medio de paisajes
idílicos. Dibujos a color explicaban que el sueño de los inofensivos nativos se
había convertido en lucrativa realidad: a cambio de un trago de aguardiente o
de tres bolitas o perlas artificiales, los nativos entregaban una pepita de oro
fino.
Esa
campaña propagandística, magistralmente dirigida, condujo una fuerte corriente
de dinero a la rue de Quincampoix. La compañía fue emitiendo nuevas acciones,
alimentando cuidadosa y continuadamente la esperanza en el alza. Las plazas en
la diligencia a París, donde se podían comprar las acciones del señor Law,
estaban reservadas con meses de anticipación. Un pequeño jorobado ganó una
fortuna prestando su joroba como pupitre para que se firmara la compra de
acciones. Algunas señoras de la Corte no retrocedían ante los más
extraordinarios medios para hacerse con alguna de esas acciones. En el curso de
tres semanas se lanzaron al mercado 300.000 acciones que fueron adquiridas
antes de que se secara la tinta de imprenta. (¿No ocurrió lo mismo con las IOS
y muchas otras acciones?).
Los
dividendos que podían producir las acciones de Law eran poco interesantes, pero
los inversores contaban con una ganancia notable en la cotización en Bolsa, que
llegó a alcanzar hasta veinte veces su valor de emisión. En diciembre de 1719
se batió el récord: las acciones alcanzaron una cotización de 18.000 libras, lo
que correspondía a treinta y seis veces su valor nominal. Toda Europa tenía los
ojos puestos en ese excitante juego. En conferencias científicas se discutía el
sistema Law, que acabó por disolverse en la nada antes de que se llegara al
final de las consideraciones. Bastaba con tomar un lápiz para calcular los
dividendos y hacerse la pregunta de si existía la menor posibilidad de
conseguir tales dividendos o de que existieran beneficios anuales. (Pero ¿a
quién se le ocurre coger un lápiz y hacer cuentas? ¡Sólo a los duros !).
Pánico en
la rue de Quincampoix
Aquí y allá se realizaron algunas ventas, y seguidamente comenzó el desplome.
Pese a sus desesperados esfuerzos. Law no logró contener el pánico. Las
acciones cayeron lenta pero inconteniblemente. (Rothschild puede causar un
alza, pero no impedir una baja, era un viejo proverbio en la Bolsa de Viena).
En octubre de 1720, el precio de las acciones en las 18.000 libras se hizo
insostenible. Nadie compraba, y descendió a las 40 libras. De nuevo había colas
durante todo el día en la rue Quincampoix. Pero ahora porque la gente quería
recuperar su dinero. Las más dramáticas escenas sustituyeron a las anteriores
de júbilo.
«Todos
aquellos que hace solamente seis semanas eran ricos, hoy son pobres. Law había
dado la vuelta al Estado como un ropavejero hace con un abrigo», escribió
Montesquieu, conmovido por el escándalo.
Destrozado
y con los bolsillos vacíos, Law tuvo que salir de París de noche y encubierto,
pues existía el peligro de que la multitud lo linchara. Murió abandonado de
todos y en la mayor pobreza, en Venecia, en el año 1729. Sus restos mortales
fueron llevados, unos cien años después, a la iglesia de San Moisés de aquella
ciudad, donde hoy descansa bajo una lápida, colocada a expensas de un sobrino
suyo. Nunca dejo perder la ocasión de llevar un pequeño ramo de flores a su
tumba siempre que me encuentro en Venecia.
John Law
fue sin duda un especulador y un jugador de gran clase, pero nunca un
estafador. Fue la víctima de su amigo, el regente, que exigía continuamente
dinero y más dinero para su presupuesto, que él tenía que facilitarle. Se trata
de un caso típico de inflación de papel moneda cuando el gobierno exige de su
banco emisor créditos al descubierto.
La suerte
de Bernie Cornfeld y Compañía (IOS, Gramco, etc.) ha transcurrido hasta ahora
de manera menos dramática. El señor Cornfeld aún sigue viviendo en el lujo y la
riqueza, y todavía se jacta, a veces, como hizo en una entrevista en Hollywood,
de que su fortuna personal asciende a 40 o 50 millones de dólares. Y todo ello
a costa del pequeño inversor. Sorprende que hasta ahora no haya tenido el menor
incidente con alguna de sus víctimas. La osadía de esos señores de los fondos
inversores y la estupidez del pequeño ahorrador parecen no tener límites.
La Bolsa
de París en el siglo XIX
Para evitar que en el futuro pudieran producirse catástrofes semejantes, se
creó oficialmente en París la Bolsa, en virtud de un decreto del año 1724. Sin
embargo, durante los inquietos tiempos subsiguientes fue de un lado para otro,
sin hogar, en busca de su propio edificio.
Los
negocios financieros quedaron prohibidos en la rue de Quincampoix, evitada por
todos como la peste, e incluso se montó un servicio de guardia a tal objeto. En
la plaza de Louis Le Grand, en la actualidad plaza Vendôme, los negocios
tuvieron que interrumpirse porque el ruido de los bolsistas molestaba al
canciller d’Aguesseau, que vivía allí.
La Bolsa,
sin hogar, se refugió en los jardines del hotel de Soissons, donde hoy se aloja
la Bolsa de Mercancías. El propietario del solar cedió en alquiler, a alto
precio, unas cien barracas de madera para que acogieran a los agentes de Bolsa,
que se apretaban allí como sardinas en lata. Los negocios se prolongaban desde
las siete de la mañana hasta las siete de la tarde, y pronto fueron tan activos
que un decreto real acabó prohibiéndolos. Fue ésa la primera vez que se empleó
la palabra bourse de manera oficial.
El
palacio Mazarin, en la actualidad sede de la Biblioteca Nacional, fue la
siguiente etapa en este continuado ir de un lado para otro. Las gigantescas
salas y galerías ofrecieron a los agentes de Bolsa y a los especuladores un
alojamiento mucho más amplio. Pero fue sólo en el año de 1826 cuando se levantó
el actual edificio de la Bolsa, un templo griego con un pórtico de columnas del
mismo color que los viejos tejados de cobre de París, y que fue diseñado por el
famoso arquitecto Brongniart. Los gigantescos escándalos bursátiles de la South
Sea Bubble y de la Compañía del Mississippi seguían en el recuerdo de todos. Y
siguieron influyendo en las circunstancias durante mucho tiempo. La
consecuencia fue una profunda aversión contra las actividades especuladoras y
contra las acciones, que debía seguir prolongándose casi medio siglo más.
§. Hacia
la primera revolución industrial
LAS
guerras napoleónicas dieron al Stock Exchange de Londres un nuevo brillo
debido, principalmente, a la iniciativa de los Rothschild, los banqueros
semioficiales del gobierno inglés, que negociaron allí los numerosos
empréstitos necesarios para la financiación de las campañas bélicas. Gracias a
ello, los Rothschild se hicieron con un nombre durante el siglo XIX, pues
fueron los primeros que dirigieron la negociación de los valores del Estado
británico en primer lugar, y después de todos los países. Por esa razón pasaron
a ser conocidos como los banqueros de los reyes y los reyes de los
banqueros.
La
especulación tenía sus objetos preferidos. Estaba influida por los gustos de la
época y del día, y también por los acontecimientos políticos. La colonización
de Lousiana fue el motor que puso en marcha la especulación con las acciones de
la Compañía del Mississippi. La disolución del imperio colonial en América, en
el primer cuarto del siglo XIX, desató en la Bolsa de Londres una nueva fiebre
especuladora.
El canto
de sirena de las piedras y los metales preciosos
Cada una de las antiguas colonias españolas tuvo que hacer su aprendizaje de la
libertad. La imaginación se encendió de nuevo pensando en las fantásticas
riquezas de ultramar, ahora ya liberadas del yugo español. Una vez más, la
gente se dejó seducir por los cantos de sirena de las piedras y los metales
preciosos. Entre éstos se contaban la plata, el cobre y el estaño.
Numerosos mercadets, que sirvieron de ejemplo a Balzac para sus
jugadores de Bolsa, aparecieron por doquier. Con la ayuda de sociedades
anónimas, debían encauzar hacia la Bolsa las nuevas fuentes de riqueza:
sociedades mineras en Chile, pesquerías de perlas en Colombia, minas de plata
en Perú, minas de cobre en México. El toque exótico de aquellas empresas atrajo
a miles de crédulos. Sus grandes esperanzas terminarían, una vez más, en los
mayores desengaños.
Hace unos
años se desató una fiebre especuladora similar en relación con las Bolsas de
Canadá, Australia, Singapur y Hong-Kong por parte de los ahorradores y
jugadores de Bolsa europeos. Prospectos lujosos y numerosas «confidencias»
atrajeron al público. Pero también fueron numerosos los desencantos, pese a que
los tesoros del subsuelo existen y ofrecen a los empresarios aventureros
grandes oportunidades. Sin embargo, el modo como se dirige el negocio, el
camino que siguen las acciones para llegar a la Bolsa y la forma de seducir al
público para que las adquiera son fraudulentos.
Los
gobiernos latinoamericanos que acababan de salir del cascarón no demostraron la
menor prisa por honrar los compromisos contraídos en sus empréstitos. Las
empresas trabajaban sin obtener beneficios, y no podía pensarse en repartir
dividendos. Así, en octubre de 1825, se produjo una nueva catástrofe bursátil.
La
especulación, motor de la revolución industrial
Apenas olvidado el episodio anterior, la especulación eligió otros objetivos.
La invención de la máquina de vapor, del telar mecánico y la locomotora, le
dieron bríos insospechados. Las nuevas maravillas mecánicas exaltaban la
fantasía, maravillaban las mentes e hizo que fueran muchos los que decidieran
especular con ellas: gentes que antes ni siquiera hubieran pensado acudir a la
Bolsa. A su vez, la especulación actuó de manera estimulante sobre las nuevas
invenciones. Exigían su aplicación práctica, y por esa razón la especulación
pasó a convertirse en motor de la expansión industrial. Había nacido el
capitalismo del siglo XIX.
La
especulación supo valorar correctamente las posibilidades de los nuevos
inventos, por ejemplo en el campo de los ferrocarriles. Pero se equivocó a la
hora de calcular el ritmo de su expansión.
Ese mismo
error se viene repitiendo por lo general en la historia de la Bolsa, y eso
sucede cada vez que nace una nueva industria, es decir, cuando la evolución nos
arrastra de una oleada a otra. Nos encontramos con las mismas exageraciones que
a finales del siglo XIX con las minas de oro y a comienzos del siglo XX en
relación con la industria del automóvil y el petróleo, con el sector químico y
farmacéutico y, por último, con la industria de la electrónica y los
ordenadores.
La
evolución industrial se realiza en grandes movimientos. Éstos aceleran y de
nuevo retroceden, pero nunca hasta el punto de partida; se trata de un
movimiento gigantesco en zigzag con tendencia ascendente.
En todo
movimiento de expansión industrial hay un gran número de empresas que
desaparecen en cada uno de esos retrocesos: aquellas que no tienen la
suficiente fuerza vital. Pero la curva media aumenta continuamente y la
industria se desarrolla más y más. Ese mecanismo actúa como un filtro. Gran
número de nuevas empresas no pueden sobrevivir a las enfermedades propias de la
niñez. ¡Cuántas empresas automovilísticas fueron ahogadas por sus pérdidas
hasta que General Motors, Ford y Chrysler (incluso en la actualidad existen
grandes problemas para empresas antaño tan florecientes) alcanzaron su actual
expansión! ¡Cuántas empresas petroleras han desaparecido de la faz de la Tierra
antes de que British Petroleum, Standard Oil, Royal Dutch y otras, alcanzaran
su actual dimensión internacional!
Antes de
que se lleve a cabo ese filtrado, la Bolsa atraviesa un período de histeria y
sus cambios oscilan en un zigzag incontrolable: abajo, arriba, abajo. Es como
un hombre que pasea con su perro por la calle. El hombre sigue su paso de
manera continua y regular: esto es la industria. El perro corre, avanza, salta
de un lado para otro, regresa donde está su dueño, se adelanta de nuevo y así
sucesivamente. Su camino se parece al que siguen las acciones y los valores,
con sus mismos movimientos de avance y retroceso. Pero ambos siguen avanzando,
el dueño y el perro, y finalmente llegan a la meta de su paseo. Mientras el
hombre ha andado un kilómetro, su perro, para hacer el mismo camino, habrá
recorrido dos o tres veces esa distancia. Así se mueven los cambios en una
Bolsa desordenada. Dan dos pasos adelante y un paso atrás, pero acompañan en su
avance a la expansión industrial.
Pasión
por el negocio bursátil = pasión por el progreso
El desarrollo de los ferrocarriles produjo una auténtica manía ferroviaria.
Mantuvo sin aliento a la Bolsa de Londres, a todas las Bolsas europeas y
después a las de Estados Unidos. Los satisfactorios resultados de los primeros
años atrajeron al público. Animados por el bajo precio del hierro, los
especuladores se lanzaron a la construcción de la red ferroviaria. La pasión
por los negocios bursátiles era, también, pasión por el progreso.
En
septiembre de 1844, el Parlamento británico aprobó noventa proyectos de
construcción de nuevas líneas férreas. Nadie se preocupó de averiguar si esos
proyectos resultaban rentables. Se empezó a especular sin reparos con las
acciones sólo por la pasión del juego y sin tomar en cuenta los resultados de
los negocios de las sociedades. Se compraban las acciones pensando solamente en
volverlas a vender rápidamente con buenos beneficios. Podría decirse, casi, que
el ferrocarril fue construido sólo para poder especular con su construcción.
Esa
especulación no se detuvo hasta que se determinó —como ya había sucedido en
otras catástrofes bursátiles— que las ganancias de las sociedades recién
creadas no justificaban un juego tan insensato. Y las cotizaciones empezaron a
desplomarse. Cuando el rey francés Luis Felipe, en el año 1848, tuvo que salir
de las Tullerías por la puerta falsa, la Bolsa de París fue la primera en
sufrir el duro golpe. Su desastre influyó en los países vecinos. En toda Europa
comenzaron a vacilar las coronas en las cabezas de los príncipes, y en la Bolsa
bajaron las cotizaciones.
Tras el
golpe de Estado de Luis Napoleón, Napoleón III, comenzó una nueva era. La
consigna patriótica decía: «El Imperio es la paz». El espíritu empresarial
alcanzó su punto cumbre y llegó el gran periodo en el que se fundaron bancos,
institutos de crédito y compañías inmobiliarias.
El
descubrimiento de oro en California y en Australia espoleó la especulación y
llevó a la creencia de que era fácil hacerse rico con el oro, simplemente
porque se tratase de ese metal, símbolo de la riqueza. Muchas empresas se
dedicaron a especular en la Bolsa con el oro, sin realizar actividad productiva
alguna. Son las mismas que ocupan todos los puestos en los patios y salas de
cotización de los agentes de Bolsa.
El oro
sacado, a fuerza de trabajo, de las minas de California o el arrastrado por los
ríos auríferos de Australia, siguió su camino hacia los sótanos acorazados de
los bancos emisores, donde durmió un sueño invernal. Desde allí ofrecía nuevas
posibilidades a la especulación y extendía su influencia sin multiplicar
activamente la riqueza de la humanidad.
§. El
viernes negro de 1869: catástrofe bursátil en Nueva York
PRECISAMENTE
sería ese oro el que iba a provocar la catástrofe de la Bolsa de Nueva York, el
famoso «viernes negro», el 23 de septiembre de 1869.
Como
ocurre en todos los períodos de intranquilidad e inseguridad, en el transcurso
de la guerra civil norteamericana había aumentado de manera extraordinaria la
circulación de papel moneda hasta el punto de producir cierta inflación de
billetes, los llamados greenbacks.
Bajo la
dirección de Jay Gould y su colega Jim Fisk, se fundó en Wall Street un
sindicato financiero que preparaba un golpe bursátil de gran envergadura. Ambos
socios tenían ya en su conciencia una serie de operaciones y negocios, cuando
menos sospechosos, con los ferrocarriles. Cualquier medio —incluso la puñalada
por la espalda— les parecía justificado si les ayudaba a conseguir su objetivo.
Empleando todo tipo de sobornos, lograron llegar hasta un cuñado del presidente
de Estados Unidos, general Ulysses Grant, y consiguieron que el gobierno
retrasara el momento en que pensaba lanzar oro al mercado para apoyar el dólar.
(¿No se sigue hablando hoy con insistencia de esa misma posibilidad?).
Gould y
Fisk compraron oro por propia cuenta y, seguidamente, dieron orden a doce
agentes de Bolsa de que realizaran compras de provocación por su cuenta, para
hacer subir el precio. Teniendo en cuenta la tendencia al ala, todo el mundo se
sintió arrastrado por la psicosis de comprar oro pagándolo al contado o,
incluso, a plazo fijo, y el ambiente bursátil alcanzó un estado de histeria que
provocó la subida del oro y la caída del dólar. Esa histeria del precio del oro
en paralelo con el curso del dólar la hemos vivido repetidas veces en los
últimos diez años.
El Pearl
Harbour de la Bolsa
El 23 de septiembre de 1869, llegó un telegrama procedente del gabinete del
presidente Grant, que anunciaba la inmediata intervención del gobierno: «El
gobierno lanzará al mercado una gran cantidad de oro para apoyar el dólar».
Gould y Fisk, sin perder la sangre fría, siguieron ordenando a sus agentes la
compra de todo el oro posible, pero, al mismo tiempo, lo vendían secretamente.
Inmediatamente, tras la intervención del gobierno, el precio del oro comenzó a
bajar con gran rapidez. Su caída, aquella misma tarde, precipitó la gran
catástrofe. La confusión fue total, y a las pérdidas sufridas se sumaba el
hecho de que Gould y Fisk se negaban a aceptar las grandes cantidades de oro
que habían sido compradas por sus agentes de Bolsa, siguiendo sus órdenes
verbales. El grupo Gould-Fisk negó con la mayor caradura haber dado dichas
órdenes, sin que le preocupara en absoluto la suerte de los que habían actuado
para él. Casi todos sus comisionados se vieron obligados a suspender pagos, lo
que desató una verdadera cadena de quiebras. Al terminar el día, nadie sabía
quién estaba en condiciones de hacer frente a sus pagos y quién no. Jay Gould,
Jim Fisk y toda la pandilla que con ellos estaba complicada en el negocio del
oro, se frotaron las manos contando sus beneficios, mientras que sus agentes y
comisionados, que actuaron siguiendo sus órdenes, quedaban abocados a la
quiebra y, en muchas ocasiones, a la miseria.
Gracias a
la oportuna intervención del gobierno y de los grandes bancos pudo evitarse una
confusión semejante, hace unos años, con la especulación de los hermanos Hunt
con la plata.
Aquel día
de verano de 1869 quedará en la historia de Wall Street como un día nefasto,
como el Pearl Harbour de la Bolsa. Pero eso no impidió que Gould, con la misma
falta de escrúpulos de siempre, continuara con éxito sus estafas y engaños con
los ferrocarriles. Aplicado a él, el término «gangsterismo» podría fácilmente
ser transformado en «banquerismo».
A partir
de 1926 se realizaron otras especulaciones desmedidas con el oro, que para
muchos de los que en ellas participaron terminaron en tragedia. Ese año, por
ejemplo, el presidente francés Poincaré ganó la batalla en defensa del franco
francés. En 1980, el mercado del oro y de la plata se desplomó cuando el oro
bajó de 850 a 600 y la plata de 50 a menos siete. Pero las costumbres
bursátiles europeas son fundamentalmente distintas de las norteamericanas, más
próximas a las del «salvaje Oeste» por aquella época. En Europa existe un
código del honor que reclama el castigo a quien lo infringe. Los especuladores
habían jugado contra el franco, perdieron y tuvieron que pagar.
§.
Mirando atrás: el siglo XIX. Los primeros tiempos
REGRESEMOS
al siglo XIX. El desarrollo económico de Europa avanzaba con fuerza, a veces a
saltos y en ocasiones accidentado por toda clase de obstáculos, según los
países y los acontecimientos de la época. En Alemania, ese periodo se
llama Gründerzeit, esto es, primero u originario. Fue entonces
cuando nació el capitalismo industrial, comenzaron los negocios inmobiliarios y
los grandes institutos financieros, como los bancos. Alemania disfrutaba de una
gran prosperidad. Los cinco mil millones de francos oro que Francia tuvo que
pagar como indemnización de guerra, tras la derrota de 1871, colaboraron mucho
en el desarrollo económico.
Seguidamente,
en Austria-Hungría comenzó el ascenso de nuevas capas sociales. Se pusieron en
marcha reformas sociales fomentadas por los partidos de izquierdas y el
socialismo, que crecía con fuerza incontenible. Las repetidas subidas de los
salarios recortaron las ganancias de los empresarios, y en 1873 se llegó al
punto peligroso. La catástrofe bursátil de Viena se produjo en un momento en
que nadie la esperaba. La lista de suicidas se hizo cada vez más larga, aunque
no está del todo claro si se trató de auténticos suicidios o fingidos, pues
algunos especuladores arruinados desaparecieron dejando sus ropas en las
orillas del Danubio, donde fácilmente pudieron ser halladas.
Desde
Viena, la oleada se extendió al otro lado de las fronteras del país y alcanzó a
toda Alemania, desde Múnich hasta Hamburgo, desde Stuttgart hasta Danzig. La
catástrofe de la Bolsa de Viena en 1873, fue un jalón en la historia de las
finanzas y de la especulación, que marcó una triste época de suspensiones de
pagos, suicidios, lágrimas y rechinar de dientes.
Pero las
fuerzas vitales del siglo recuperaron pronto su poder y su dominio. Las heridas
se curaron rápidamente, y el tiempo no podía detenerse. Los sistemas de
transmisión de noticias hacían grandes progresos: los buques de vapor, los
ferrocarriles y los cables submarinos tejieron una tupida red por todo el
mundo, que cada vez se iba haciendo más densa. Gracias al canal de Suez,
Oriente se aproximó a Europa.
¿La
cámara del tesoro de la reina de Saba?
Hacia finales del siglo XIX, un siglo en el que tantas cosas habían sucedido,
la humanidad pudo creer que había realizado su sueño: dar con El Dorado. Nadie
sabe quién fue el primero que descubrió una mina de oro en el Transvaal, pero
la gente llegó a creer que se había hallado la cámara del tesoro de la reina de
Saba. Las ilusiones fueron grandes y, al principio, las dificultades,
numerosas: falta de obreros especializados, altos costos del material, sobre
todo la dinamita, indispensable para la explotación minera, las dificultades de
transporte, los robos por parte de los trabajadores, etc. El campamento de los
buscadores de oro se transformó rápidamente en una magnifica ciudad,
Johannesburgo, a la que Cecil Rhodes convertiría en el Gibraltar de las
finanzas. El oro no era un sueño inventado por la fantasía, sino que realmente
estaba allí y sólo necesitaba ser extraído. Su existencia causó un nuevo boom.
De nuevo afluyó el capital de las Bolsas inglesas, pese a que no había
transcurrido mucho tiempo desde que el ambiente se enfrió notablemente con los
desengaños de los valores sudamericanos. Se fundó toda una serie de nuevas
sociedades, y ello produjo un renovado auge de la especulación. Todo el mundo
parecía estar hipnotizado por el oro como lo estuvieron antaño los alquimistas.
El exclown de circo Barney Barnato fue el líder de ese alzamiento general. Sin
diferencia alguna, todas las acciones puestas en el mercado eran aceptadas por
el público.
Apenas se
creaba una sociedad, su capital aumentaba y la nueva emisión no había terminado
de ser adquirida, cuando ya se preparaba una nueva ampliación. La Limpopo
Mining Company, fundada en 1867, encontró rápidamente cientos de imitaciones.
Los alemanes se incorporaron al juego, y dirigieron su dinero a un mercado que
no necesitaba en absoluto esa aportación. Los franceses se vieron especialmente
afectados por la fiebre del oro e invirtieron millones en la especulación. El
ahorrador francés siempre se mostró bien dispuesto a apoyar con su capital la
búsqueda de los tesoros del subsuelo, tanto si se trataba de las minas de oro
de Witwatersrand, en el Transvaal, como los yacimientos de cobre de Rhodesia y
de España, los yacimientos petrolíferos de todo el mundo o las minas de uranio.
En aquel entonces, se trataba de oro, que en Francia ha venido siendo
considerado desde siempre como un fetiche. Se cuentan distintas anécdotas. El
banquero londinense Beit le envió a su madre, que residía en Hamburgo, un pequeño
paquete cerrado y lacrado que contenía acciones. En la carta que lo acompañaba
la informaba, instándola a mantener el secreto más estricto, que las acciones
pronto decuplicarían su valor, pero que en ninguna circunstancia debía abrir el
paquete en tanto no se le advirtiera.
El
banquero contaba con la curiosidad femenina y con la bondad de su padre. Ésta
no pudo contenerse y abrió el paquete, y mientras tomaban el té confió «sólo a
sus mejores amigas» la historia del envío de su hijo. Ellas, a su vez, se
apresuraron a repetir la historia a sus «mejores amigas»… Naturalmente, la
ciudad entera conoció la información confidencial que el banquero le había
transmitido a su madre. Unos días más tarde, medio Hamburgo compraba en Londres
las acciones de las que antes el banquero no había podido desprenderse a ningún
precio.
La fiebre
especuladora alcanzó su cenit en 1895. Las cotizaciones cayeron fuera de todo
control. Las acciones del Coronation Syndicate subieron de 10 a 2.000 libras en
el transcurso de pocas semanas, y eso que no se trataba siquiera de una
sociedad minera. Las actividades del Coronation Syndicate consistían en apoyar
a otras empresas y financiarlas. Las sociedades financieras que habían desatado
todo ese vórtice ya no estaban interesadas en absoluto en mantener orden en el
mercado, puesto que ya habían colocado todas sus emisiones de papel.
El viento
se lleva un sueño
El edificio estaba tan mal construido, que la más débil brisa bastaba para
derrumbarlo. El motivo pasó inadvertido, y apenas nadie se dio cuenta de lo que
ocurría.
¿Cuál fue
la razón? Tal vez los desalentadores resultados de las prospecciones de alguna
compañía o la interrupción de los trabajos de otra o, quizá, dificultades
políticas. En el fondo, los motivos son indiferentes, pues hubieran acabado por
producirse en cualquier circunstancia, puesto que el mercado había entrado en
la tercera fase de movimiento al alza. Cualquier acontecimiento bastaría para
asentar el golpe mortal. Las acciones perdieron el noventa por ciento de su
valor y desaparecieron incontables empresas.
Pero
muchas sociedades superaron esa situación y procuraron a sus accionistas
sorpresas agradables. Desde hace más o menos un siglo vienen pagando
regularmente considerables dividendos, han dado con nuevos yacimientos y han
incorporado nuevos territorios que seguir explotando.
La
especulación con las minas de oro de África del Sur resurge de vez en cuando,
gracias a la histeria del oro y a las perspectivas inflacionistas. En la década
1970-1980 tuvo una actuación muy peculiar. La especulación con las acciones de
las minas de oro, de todos modos, resultaba más interesante que la del propio
metal. Mis aventuras al respecto ya las he relatado con anterioridad.
La
fundación del Sistema Federal de Reserva
A finales del siglo XIX, el ritmo del desarrollo económico de Europa se hizo un
poco más lento, mientras el de los Estados Unidos seguía a toda marcha. En
aquella nación remaba una prosperidad fantástica. Los gigantescos trust se
enfrascaban en una lucha a muerte, y una loca especulación mantenía sin aliento
a Wall Street. «El mercado se está viendo perturbado por algunos malhechores
ricos», dijo el presidente Theodore Roosevelt. En aquel entonces no existía un
sistema bancario realmente efectivo para mantener en jaque al mercado
monetario. Todos los medios financieros disponibles habían sido absorbidos por
la especulación. Se tenía en cuenta el tipo de interés, puesto que mientras que
el alza subsistiera era más sencillo multiplicar la inversión por tres o por
cuatro. Esa situación significaba un obstáculo para el progreso económico, pues
ni el comercio ni la industria podían disponer del capital necesario que se
tragaba Wall Street.
Cuando un
periodista le preguntó al anciano John Pierpont Morgan cuánto duraría el alza,
le dio la siguiente respuesta: «No lo sé, joven, pero cuando la gente haya
reconocido que no se puede especular con el dinero al 125 por ciento anual,
entonces todo se vendrá abajo».
La
respuesta de Morgan golpeó como un rayo. La gente que la víspera no había
gastado un momento pensando en los intereses que le costaba la especulación,
tomó una pluma y empezó a hacer sus números. Y como ocurre siempre, también en
aquella ocasión todos los implicados quisieron salir por la misma puerta y al
mismo tiempo. En primer lugar, la gente empezó a vender sus acciones cargadas
con deudas a los Bancos, siguieron aquellas que ya estaban totalmente pagadas y
descansaban en sus cajas fuertes, y después llegaron quienes se desprendían de
ellas a cualquier precio. Gracias a las manipulaciones de Morgan, que supo
hacer que el mercado tuviera liquidez en el momento oportuno, se evitó que Wall
Street se hundiera definitivamente.
La crisis
de la Bolsa tuvo además una consecuencia importante: la fundación del Sistema
Federal de Reserva (Federal Reserve System).
Consistía
en una red de bancos centrales o emisores que, a partir de entonces, ha
colaborado para contener las pequeñas crisis y superar las dificultades del
periodo de transición que siguió a la primera guerra mundial. A partir de
entonces, la historia de Wall Street transcurrió sin grandes sobresaltos hasta
que se produjo otro hito memorable y, esta ocasión, trágico: 1929.
Capítulo
3
Cuando Saulo se convierte en Pablo
Contenido:
§. Los
inquietos años veinte del mundo occidental
§. El jugador a la baja afortunado
§. ¿Reír cuando los demás lloran?
§. «Bolsista y además músico»
§. El dinero es perecedero; el arte, eterno
§. Los
inquietos años veinte del mundo occidental
LO mismo
que el descubrimiento de América o la Revolución francesa, la catástrofe
económica norteamericana de 1929 cambió de manera total el rostro y la
estructura social del mundo occidental. Todavía su espíritu está presente en
nuestra vida como un fantasma. Para toda una generación, 1929 marcó un cambio
en el tiempo. En las conversaciones se oía decir frecuentemente: «¿Se acuerda?
Eso ocurrió antes de 1929» o «después de 1929».
Norteamérica,
paraíso de la prosperidad
Al jueves negro del mes de octubre le precedieron muchas semanas de color de
rosa y años felices en los que se pudo vivir bien. God’s own country,
la tierra de Dios: Estados Unidos rebosaba fuerza en un reencontrado paraíso de
prosperidad.
De un
estado deudor como era antes de la guerra de 1914, los Estados Unidos pasaron a
convertirse en acreedores de todo el mundo. La producción industrial crecía
continuamente, lo mismo que el consumo, ambos impulsados por una droga
maravillosa: el crédito. Todas las materias primas, agrícolas o industriales,
todas las acciones y valores subían continuamente. Los teletipos escupían a un
ritmo ensordecedor kilómetros y kilómetros de cintas de papel blanco. Todos los
norteamericanos, la calle media, la gente de la calle, los emigrantes apenas
llegados a Ellis llande, todos querían imitar la especulación de la
aristocracia del dinero. Sin embargo, la especulación era un coloso con los
pies de barro, aunque poca gente se daba cuenta de ello. ¡La vida era tan bella!
Henry
Ford I probó su nuevo modelo. Por las noches se aplaudía a las Dolly Sisters en
el teatro Ziegfeld. Con Paul Witheman se podían seguir las melodías de George
Gershwin que, después, con su Rapsodia en blue se convertiría
en el mayor de los compositores de aquella época. Este compositor, hijo de unos
pobres emigrantes judíos, fue el huésped de honor de las más brillantes fiestas
de la aristocracia de la Quinta Avenida. Jean Harlow reinaba en los filmes de
la Warner Brothers. Con sus ojos azul claro, su pelo platino y sus suaves
movimientos felinos, era la glamour girl número uno de
Hollywood. Era también la época heroica de la prohibición y de los speakeasies (los
lugares clandestinos donde se podía consumir alcohol «hablando en voz baja», es
decir, sin hacer ruido). En el famoso Twenty One (en el número 21 de la Calle
52) se podían oír los discos de Al Johnson y de Eddie Cantor, mientras se bebía
el whisky en tazas de té. Las extravagancias y las conquistas
del guapo John Barrymore daban pábulo a todas las conversaciones y chismes. Las
personas que tras bastidores movían los hilos invisibles de ese espectáculo
aturdidor, los profesionales del dinero de Wall Street (en 1970 se llaman
administradores de fondos de inversión y uniones financieras) se guardaban bien
de dejar escapar el menor indicio de peligro. El presidente Calvin Coolidge y
su sucesor, Herbert Hoover, así como el ministro de Finanzas Mellin,
declararon, respaldados por todo el peso de la autoridad del gobierno
norteamericano, que no había razón alguna para que la situación pudiera
experimentar cambios.
Europa:
años de luna de miel
También Europa se vio afectada por una fiebre especuladora semejante. Gran
Bretaña volvía a encontrarse en una situación próspera después de superar sus
dificultades sociales. Se había recuperado de las huelgas de meses de duración
y recuperó la energía perdida. La Bolsa comenzaba a florecer de nuevo,
lentamente, pero con seguridad.
En
Alemania se produjo un boom de capitales, especialmente
extranjeros. Durante mucho tiempo. Estados Unidos había estado invirtiendo más
de doscientos cincuenta millones de dólares anuales en la economía alemana. En
la actualidad, esa suma equivaldría a cinco mil millones de dólares. Esta
corriente de dinero alimentó las Bolsas alemanas. Aún no habían pasado diez
años de su emisión y ya el entonces presidente del Reichsbank, doctor Schacht,
se negó a reconocer estos empréstitos. Treinta años más tarde, la nueva
República Federal Alemana, con Konrad Adenauer como jefe del gobierno, tuvo que
reconocer esa deuda con todos los intereses impagados. Esos empréstitos se
convirtieron en una sensación financiera y nos produjeron a nosotros, los
especuladores que nos sentíamos optimistas sobre el porvenir de la nueva
Alemania, las mayores ganancias. Además, al mismo tiempo que los dólares,
llegaron los ingenieros y técnicos norteamericanos para ayudar a los barones de
la gran industria del Ruhr a la modernización de sus fábricas y métodos de
producción y trabajo, de acuerdo con el modelo norteamericano.
Italia
vivió su luna de miel con Mussolini. Pese a que tuvo que pagarla con el
sacrificio de una parte de su libertad, sirvió para establecer los cimientos de
una economía moderna. Una palabra mágica y tranquilizadora iluminaba el futuro:
la paz. Los tratados de Locarno, firmados por Gustav Stressemann, y después el
pacto Briand-Kellog, declararon la guerra ilegal para siempre. Aristide Briand,
con su bella voz de barítono, comunicó retóricamente esa política ideal. En la
conferencia de Ginebra de 1927, se habló incluso de limitar las tarifas
aduaneras. Fueron los primeros indicios del sueño europeo que, treinta años más
tarde, habrían de hacerse realidad en la Comunidad Económica Europea.
En
Francia, Poincaré pudo mantener en jaque la inflación y logró estabilizar la
divisa nacional. Después de que el franco francés mantuvo un curso flotante
durante tres años y encontró por fin su precio realista, fue estabilizado de
jure en 1929. Gracias a esta situación, la reconstrucción de Francia
alcanzó su punto máximo. El experimento con el cambio flexible llevó en Francia
a resultados muy positivos. El ciudadano rico se frotaba las manos al abandonar
la Bolsa: las acciones y obligaciones seguían su curso ascendente. La fortaleza
del franco y la buena situación de las finanzas atrajeron a París a
capitalistas de todas las nacionalidades. Sin embargo, esa afluencia que
enriquecía a unos hacía desgraciados a otros. Europa central, derrotada en los
campos de batalla, se habían arruinado totalmente jugando a la baja del franco.
Los
especuladores de Viena, Praga o Budapest habían sufrido ya la ruina de sus
propias divisas. Creyeron sacar de ello una lección provechosa, y se decidieron
a jugar contra el franco. Pero sus cálculos resultaron erróneos. Poincaré tuvo
un éxito espectacular y logró salvar el franco. Lo consiguió gracias a que el
banquero norteamericano J. P. Morgan le ofreció la necesaria «munición», y
porque había logrado restablecer la confianza en su moneda. Ya entonces el tío
Sam tuvo que apoyar a Francia. Ésta no se ha mostrado nunca demasiado
agradecida… Ni siquiera hoy.
Esa
desgraciada especulación con el franco asestó el golpe mortal a las Bolsas de
Viena, Budapest y Praga. Un ambiente deprimente de pobreza y paro reinaba en
aquel entonces en Hungría y en Austria.
«J’ai
deux amours, mon pays et Paris»
En esos días yo estudiaba filosofía e historia del arte en la Universidad de
Budapest. Por aquel entonces no existía en Hungría perspectiva de tiempos
mejores.
La idea
de mi padre de mandarme a París durante las vacaciones estivales, significó
para mí una posibilidad inesperada de escapar a ese imperio de la tristeza.
París… J’ai
deux amours, mon pays et Paris… Los collares de bananas de la
encantadora antillana Josephine Baker, se agitaban al ritmo de esa canción de
la que yo hice artículo de fe. Josephine Baker ya ha muerto, pero en sus
tiempos de distinguida ancianidad consiguió gran respeto por su actividad
social y benéfica.
París
significaba un mundo de lujos, placeres y fiestas que yo quería conocer. Al
igual que el héroe de Balzac, Rastignac, descendió de su diligencia, me apeé de
mi compartimiento del Orient-Express una bella noche parisina.
Yo aún no sabía que en aquel mundo los paraísos prohibidos podían estar a
nuestro alcance, pero seguirían siendo inaccesibles a quien no poseyera la
llave que permitía la entrada: el dinero. Yo no tenía suficiente en mi cartera,
ni mucho menos. El espectáculo era fascinante. Pero no me bastaba contemplarlo
desde fuera.
Con sus
gafas de carey y su pelo peinado a raya, Foujita aparecía por Montparnasse
seguido de Kiki, su modelo preferida, para reunirse con sus amigos Kisling,
Vertès y otros, y sentarse en torno a una mesa de la Rotonde y del Dôme para
cambiar impresiones.
Las
señoras elegantes se hacían acompañar a Longchamp y Auteuil para lucir en aquel
marco los vestidos que Poiret había diseñado para ellas. En su yate, en
Boulogne, el famoso modista recibía como si fuera un gran señor a sus amigos de
la buena sociedad y tocaba para ellos, cuando ya empezaba a amanecer, las más
recientes melodías de Nueva Orleans. En los Champs-Elyssées no existía ningún
cine, pero en los bulevares había colas para ver otra versión de Norteamérica
en La quimera del oro de Charlie Chaplin, y del Oriente
en El ladrón de Bagdad.
En las
novelas de la época uno podía aprender el idioma del pueblo y, así protegido
—eso era elegante— podía mezclarse con ese pueblo en los bares de Pigalle.
Otras noches se podía ir a cenar al Maxim tras haber oído a la mejor estrella
del mundo, el inolvidable Maurice Chevalier, en su última canción, Valentine.
O los caballeros se quedaban solos en café Weber para hablar del último modelo
de automóvil o de las piernas de la Mistinguette, la más famosa estrella
del music-hall de su época. Un lunes, los periódicos
informaron de que André Citroën había hecho saltar la banca en Deauville en la
mesa de bacarrat. (También perdería su fábrica en una mesa de bacarrat). Los
ingleses embargaron los prados de Touquet.
Como el
niño que aprieta su nariz contra el escaparate de una confitería, así admiraba
yo aquel bullicioso vivir y actuar.
Muy
pronto tuve que emprender el regreso, y cuando estuve de vuelta en el triste y
abrumador Budapest, sólo tenía una idea: ¡regresar a París! Pero antes de
hacerlo tenía que reunir los medios y encontrar el camino para incorporarme a
ese juego y sacar provecho de él. Me había dado cuenta de que para ello sólo
necesitaba una cosa: dinero.
Caí en
una auténtica crisis psíquica. Al mirar hacia atrás, veo con claridad lo
importante que fue ese cambio en mi vida.
Yo había
colocado el dinero en un pedestal, y pensaba en él sin cesar. Al principio, fue
un medio para conseguir un fin; después se convirtió en el fin, y me llevó a
menospreciar todo lo demás. Mi ética, mi propio sistema de valores habían
cambiado por completo. Sólo me interesaba el dinero. Me sentía incapaz de
disfrutar de nada. Soñaba con una caja de caudales llena de billetes, sacos
repletos de dinero que yo contemplaba extasiado y que podía manejar a mi
capricho, como Volpone sus tesoros.
Esa
actitud frente al dinero llevaba automáticamente a cierta desidia. ¡Para qué
comprar un auto de lujo si se puede tener siempre que se quiera, si se tiene
suficiente dinero en la cartera! Si se lleva el talonario de cheques en el
bolsillo, uno puede sentir todos los placeres del mundo y disfrutar de ellos
como si ya se poseyeran. Por un lado subía la valoración del dinero, pero por
el otro, y en la misma medida, devaluaba todas las demás cosas, los llamados
valores reales, es decir, all that money can buy (todo lo que
puede adquirirse con dinero).
Esa
actitud frente al dinero conduce a una típica teoría económica deflacionista.
Yo llevé esa actitud perversa y despreciable hasta el absurdo, y llegué a
sentir un desprecio absoluto por todos los valores que no pudieran expresarse
en dinero contante. Ése era el camino más directo para convertirse en un
jugador a la baja.
Expresar
los valores en dinero contante significa establecer un precio para cada cosa.
Puesto que yo sobrevaloraba el dinero, encontraba siempre que el valor de
cualquier mercadería —incluso de las acciones— era siempre demasiado alto y
esperaba a que bajara en el futuro.
Así sólo
podía especular a la baja y, además, eso era lo que deseaba. Cuando Rockefeller
perdía porque sus valores bajaban y yo ganaba porque había jugado a la baja,
era como si se acortara la distancia que nos separaba… Sólo tenía un deseo:
lanzarme a especular, puesto que ése era y es el único método para hacerse con
dinero rápidamente… Incluso para hacerse millonario.
Mi primer
día en el «templo»
El gran día llegó pronto. El recuerdo de mi primera visita al «templo» no se
borrará jamás. El dinero parecía estar en el aire como en un gigantesco casino
de juego. Estaba por todas partes. Sólo se necesitaba una antena para captarlo.
De creer a mi primer amigo en la Bolsa, esto no resultaba difícil. Bastaba con
saber nadar adecuadamente en medio de la corriente al alza. Tener confianza. «Y
a finales de mes se iban a recoger los beneficios», me decía con una amplia
sonrisa, dándome unos golpecitos en la espalda. (En París siempre existió el
sistema de liquidar las cuentas de pérdidas y ganancias a final del mes).
He de
confesar, a fuer de sincero, que yo no entendía gran cosa de todo, aquel ir y
venir, de aquella confusión en la que se movían cientos de personas. Los
nombres extranjeros de los valores desconocidos para mí zumbaban en oídos
semi-ensordecidos. Los empleados más jóvenes iban de un lado para otro llevando
en la mano las notas con los deseos de sus clientes, tropezaban entre sí y
corrían de nuevo en distinta dirección.
En el
centro, en el ring, había setenta señores siempre vestidos de
negro, en invierno como en verano; los setenta miembros de la Compagnie des
Agents de Change (agentes jurados de Cambio y Bolsa), que se apoyaban con los
codos en la balaustrada que los separaba del público. Como los demás gritaban
«cedo» o «acepto». El mundo entero parecía participar en el juego. Algunos
corrían a las cabinas telefónicas para transmitir los primeros resultados.
Otros se colocaban la mano sobre la boca para murmurar algo al vecino,
conscientes de su importancia. Muchos tomaban notas febrilmente en las hojas de
sus libretas de tapas negras.
El
nerviosismo general no me afectó en absoluto. Cuanto más me adentraba en ese
nuevo mundo, más rechazado me sentía por aquel ambiente jactancioso. Todos
afirmaban disponer de las mejores confidencias, presumían de ganar siempre, sus
clientes siempre estaban correctamente informados, conocían la receta
infalible… Se podría creer que allí sólo había genios y profetas. Todos
informaban a los demás, complacidos, de sus experiencias y éxitos, y de cada
dos frases una comenzaba con estas palabras: «Ya te lo había dicho yo…».
En la
actualidad todo sigue igual. Cuando un novato llega a la Bolsa, se siente
embriagado por el ambiente. Allí no se habla como es común entre amigos, sobre
arte, política o mujeres, sino que la conversación versa exclusivamente sobre
el dinero: cuánto debía o podía haber ganado uno si hubiera comprado o vendido
en el momento más oportuno. Sólo se valoraba a las personas por lo que tenían y
en qué medida podían resultar interesantes para este o aquel agente. Por suerte
—o por desgracia—, poco a poco llegué a habituarme al ambiente.
A la baja
consideración que me inspiraban los valores, había que sumar la no menos baja
que sentía por las personas con quienes me tropezaba en la Bolsa. Cuando subía
las escaleras del edificio, mi decisión ya estaba tomada: «Ganaré jugando a la
baja y además —y esto era lo peor— sentiré el placer de ver perder a todos esos
fanfarrones». Sólo me faltaba dar con un objeto de especulación y aprender el
mecanismo de la especulación a la baja. Ese mecanismo, que a un novato podría
parecerle tan complicado, es realmente muy sencillo.
El
especulador Fulano de Tal cree, por ejemplo, que las acciones de la empresa
Construcciones de Castillos en el Aire. S. A., o Inmobiliaria de la Luna, S.
L., van a bajar. Supóngase que esas acciones se cotizan a 100. El especulador
considera la cotización demasiado alta y espera que alguna de ellas baje.
Vende las
acciones de Castillos en el Aire hoy mismo a cien, pese a que aún no las tiene,
pero deberá entregarlas a fin de mes. Unos días después, bajan de 100 a 80, y
Fulano de Tal las compra a 80, también al término del plazo; es decir, que
tampoco le serán entregadas hasta finales de mes. En ese momento se efectúan
las transacciones. Fulano de Tal compra las acciones a 80 y las entrega a 100.
Así obtiene el 20 por ciento de beneficio.
Por el
contrario, las acciones de Inmobiliaria de la Luna no bajan, pues el Apolo 11
alunizó con éxito y regresó a la Tierra, y esa buena noticia hace subir las
acciones de 100 a 140. Fulano de Tal es presa del pánico, pues tiene que
entregar a finales de mes y al precio de 100 las acciones de Inmobiliaria de la
Luna que aún no posee. Así, cuando llega el último día tiene que comprarlas a
140 y entregarlas por las 100 en que las había vendido. Esto le significa una
pérdida del 40 por ciento.
Supongamos
que Fulano de Tal está convencido de que las acciones van a acabar bajando,
pese al Apolo, así que no quiere entregar las acciones y así se lo dice a su
agente de Bolsa, que aplaza por otros treinta días la entrega. Si las acciones
siguen sin bajar puede ir solicitando prórrogas hasta que se agotan, y tiene
que liquidar y pagar sus pérdidas. El especulador al alza compra primero para
vender después, mientras que el especulador a la baja vende primero y compra
después.
Las
especulaciones a la baja son posibles en las Bolsas con un mercado a plazo
fijo. Algunas Bolsas europeas que tienen ese tipo de mercado han permitido la
especulación a la baja.
La Bolsa
de Nueva York no tiene un mercado semejante, y eso complica y limita la
especulación a la baja desde un aspecto puramente técnico. ¡Cuántas
oportunidades se perdieron en Wall Street en los pasados años! Pero en las
Bolsas de París, Londres, Ámsterdam, Milán, Estocolmo o Bruselas resulta tan
sencillo especular a la baja como al alza. En la actualidad, la especulación a
la baja es posible en Nueva York, aunque en forma distinta. Allí se trata, con
opciones de venta en gran medida. Quien posee una opción de venta sobre una
determinada acción, que le da el derecho a entregarla al cabo de tres, seis o
nueve meses a un precio fijo (por lo normal, la cotización del día), podrá
ganar mucho dinero en el caso de que se produzca una caída de las cotizaciones.
En Nueva York, en años pasados, se ha desarrollado un gran mercado de opciones
al alza y a la baja.
En
general, la especulación a la baja está mucho menos extendida de lo que suele
creerse. De cada cien especuladores, noventa lo son al alza y sólo diez a la
baja. Jugar a la baja se considera en cierto modo como una degeneración, una
perversa búsqueda del dolor… pero se trata, naturalmente, del dolor ajeno.
Hoy
—después de todas mis experiencias que en aquel entonces aún no poseía— creo
que además de mi reacción sentimental contra el ambiente de la
superespeculación, también me ha guiado un sano entendimiento humano. No podía
establecer el correcto diagnóstico de la inflación producida por un boom provocado
artificialmente, pero sentía de manera instintiva el peligro. Reconocía los
síntomas de una situación patológica ya madura para la crisis. Era tal vez
solamente la rebelión del buen gusto, un sentimiento clásico por la medida de
las cosas, frente a la orgía de mal gusto que se estaba desarrollando delante
de mis ojos.
Una
inflación incontrolada conduce a un trastorno del equilibrio de los valores: se
gana con facilidad, con demasiada facilidad, y eso hace que se llegue a
encender un puro con un billete grande. Lo cual ofende mis más íntimos
sentimientos. Para mí, que había colocado el dinero en un pedestal tan elevado,
era un dolor verlo utilizado como si se tratara de algo desprovisto de todo
valor.
Esa
situación anómala animaba el triunfo de lo carente de valor a costa de aquello
que lo tenía. Desde la Bolsa hasta el más pequeño cuchitril donde se jugaba,
reinaba la misma atmósfera miserable. Todo el mundo podía ser un rey; sólo
tenía que comprar hoy para vender mañana.
Esa
melodía me sonaba como algo habitual; me recordaba el asunto de los tulipanes,
de la Compañía de Indias, de la rue Quincampoix, del South Sea Bubble. Yo lo
había captado con mis propios oídos en la Europa central, y debía producirme
inquietud. Algo olía a podrido en el mundo de las finanzas.
Guiado
por mis sentimientos y reflexiones, comencé a especular a la baja y vendí en
vacío —es decir, sin poseerlos y aplazarlos— toda una combinación de valores
con la intención de volver a comprarlos más baratos.
§. El
jugador a la baja afortunado
QUE el
año 1929 significó la mayor de las catástrofes financieras de la historia
mundial es algo en lo que están de acuerdo muchos historiadores y economistas,
por lo cual apenas es preciso que yo lo subraye. La catástrofe se presentó en
medio de un ambiente de euforia que, parcialmente al menos, estaba mantenida de
modo artificial por el gobierno norteamericano del presidente Hoover.
Los
economistas anglosajones se han venido esforzando en explicar la crisis de
1929. Algunos opinan que el aumento del tipo de descuento del Banco de
Inglaterra fue la causa que puso en movimiento la crisis. Otros alegan que el
Federal Reserve Bank había elevado ya varias veces sus tipos de interés y que
Wall Street, pese a ello, seguía navegando viento en popa. Otros creen que se
produjo una crisis general de confianza por la catástrofe de las acciones de la
Photomaton en Londres. Realmente, eso fue bastante más que una catástrofe
financiera, un auténtico escándalo, el primero después de terminada la guerra
de 1914-1918. Clarence Hatry. El Jefe de la Photomaton, fue calificado de
estafador. Una palabra que, posteriormente, se emplearía con excesiva frecuencia
con otros grandes de la Bolsa.
Las
negativas consecuencias psicológicas del escándalo de Hatry, en septiembre de
1929, fueron extremadamente peligrosas. De un solo golpe se derrumbó toda la
confianza. Se hicieron muchas preguntas: ¿habían sido levantadas sobre bases
igualmente engañosas la mayor parte de las otras compañías? La radio, la seda
artificial, los automóviles, todas esas industrias que se habían desarrollado
con tanta rapidez, ¿trabajarían con pérdidas en los próximos tiempos? (Hoy se
habla en el mismo sentido de la electrónica y los ordenadores). Se empezó a
dudar de la rentabilidad de la concentración de grandes capitales, es decir, de
la honestidad de los grandes trusts y holdings. Ya en aquel
entonces estaban en pleno apogeo esos procedimientos de combinación de
sociedades y de fondos de inversión. (La mayor parte de los holdings tuvieron
que ser disueltos, muchos años después, por el presidente Franklin Roosevelt).
Las sociedades matrices incubaron empresas filiales (como ocurre hoy) que
adquirían las acciones de las primeras hasta el punto de que no podía saberse
cuál era la sociedad fundacional y cuáles sus filiales. Sólo una cosa quedaba
en claro: las acciones subían su cotización, con razón o sin ella, con
ganancias o con pérdidas de las sociedades. Como ocurre en la actualidad, se
podían hacer al público todo tipo de promesas. Nada es más sencillo que vender
a la gente acciones y valores bursátiles cuyo cambio está en alza. Tan difícil
como resulta hacer que el público se interese por acciones cuya cotización ya
ha bajado y se encuentran muy depreciadas, pues el humor de ese publico sigue
la tendencia de las cotizaciones. La masa sólo compra cuando los precios están
en alza. Éstos, gracias a ello, aún suben más.
El 22 de
octubre de 1929: la mayor catástrofe financiera de la historia
Fue entonces cuando se produjo la caída del 22 de octubre de 1929. El día
anterior el barómetro aun marcaba buen tiempo, pero el 22 el cielo estaba
cubierto y surcado por rayos y relámpagos que atronaban los oídos. La caída no
fue una sorpresa para algunos bolsistas experimentados. Se produjo como suele
ocurrir frecuentemente en la historia de las finanzas: el boom de
la bolsa se hinchó con la corriente de dinero fluyente y con los créditos,
hasta convertirse en un enorme globo que podía explosionar fácilmente si se le
tocaba con la punta de un alfiler. Y ese pinchazo tenía que llegar
irremisiblemente. Repito: no se produce una catástrofe bursátil que no haya
sido precedida por un boom de la bolsa; y no hay ningún boom que
no termine en catástrofe. Los acontecimientos se precipitaron.
22 de
octubre: una oleada de grandes ventas y creciente nerviosismo en Wall Street.
23 de
octubre: la Bolsa sigue floja y sólo escasos compradores circunstanciales
quieren aprovecharse de los precios baratos.
24 de
octubre: en principio, calma, la calma que precede a la tormenta. Seguidamente
estalla la tempestad como si se tratara del fin del mundo. Un alud de
vendedores que no encuentran comprador conmueve Wall Street de los pies a la
cabeza. Un distinguido visitante que se hallaba allí casualmente, Winston
Churchill, y observaba los acontecimientos desde la galería, vio cómo se
producía el pánico entre el publico. Desde Broad Street llegaban los gritos de
la multitud excitada que se resistía a ser disuelta por la policía.
El
presidente del National City Bank, Charles Mitchell, uno de los hombres que
manejaban los hilos de las marionetas de la Bolsa, olvidó tomar su sombrero y
su paraguas y se dirigió al número 23 de Wall Street, donde estaba el despacho
de J. P. Morgan —en aquel momento en plena efervescencia—, instalado en un
palacete de dos pisos, entre rascacielos, en el lugar donde el suelo es más
caro que en cualquier otro punto de la Tierra. John Pierpont Morgan II conservó
toda su calma ante la visita del jadeante recién llegado. Pensó en su padre,
John Pierpont Morgan I, que ya en el año 1907 había salvado Wall Street de la
catástrofe. Ahora, veintidós años después, de nuevo se recurría a los Morgan en
busca de ayuda.
—Hay que
hacer algo si no queremos que todo se vaya al infierno —dijo Mitchell, el
oráculo de la Bolsa, con voz excitada.
—Convoquemos
inmediatamente una conferencia de todos los banqueros —respondió J. P. Morgan.
Todavía
no se había apreciado toda la intensidad del drama. A la mañana siguiente,
el Wall Street Journal escribió en un tono que rebosaba
confianza: «Se trata tan sólo de una reacción saludable y natural de la Bolsa.
Algunos papeles y valores habían alcanzado unos precios excesivos y se hacía
necesaria una corrección». Todo ello demostraba una insensata e infantil
ignorancia; me atrevo a decirlo abiertamente. Como siempre, las cosas empiezan
con una corrección, pero tras la primera corrección llegan la segunda y la
tercera fases, tal y como ya hemos descrito.
Está
claro que los cambios de las acciones nunca se corresponden con su verdadero
valor. Están siempre por encima o por debajo. ¿Es que una acción tiene un valor
que puede ser medido objetivamente? Si fuera así, podría saberse el valor
exacto de una empresa industrial y no existiría la Bolsa. Se establecería un
precio fijo para las acciones que podría calcularse con la ayuda de un
ordenador, lo que no es el caso. Por esa razón fracasan todos los experimentos
con tales ingenios y otras reglas mágicas tendentes a determinar con
anticipación el curso preciso de una tendencia bursátil en determinada rama. La
valoración y el juicio sobre una acción depende de millones de personas. Y cada
individuo tiene una opinión distinta cada día sobre las posibilidades y el
futuro de una empresa. Muchos factores influyen el juicio definitivo. El ánimo
favorable o contrario del comprador, incluso sus problemas personales
desempeñan un papel: si ha dormido bien, si tiene disgustos familiares, etc…
En mi
opinión, para la tendencia bursátil son decisivos los factores básicos que ya
describí en el capitulo titulado «La caprichosa lógica de la Bolsa».
Incluso
la política exterior e interior, el desarrollo social, las declaraciones
importantes de los estadistas, las decisiones de los gobiernos; toda una
colorida paleta de noticias, en suma, se puede incluir entre los ya mencionados
factores básicos. Fueron precisamente esos problemas los que contemplaron y
estudiaron los cinco mayores banqueros de Nueva York, que se reunieron en una
improvisada conferencia en las oficinas de J. P. Morgan. No había tiempo que
perder. El pánico (el factor psicológico) tenía que ser contenido. Con toda la
rapidez posible, había que encontrar la medicina precisa: dinero. El plan
estratégico se trazó apenas en una hora. Los banqueros se comprometieron a
constituir un fondo de apoyo a la Bolsa de 240 millones de dólares, cantidad en
aquel entonces astronómica, que a disposición de los compradores pondría de
nuevo a flote Wall Street. El vicepresidente del Stock Exchange, Richard
Withney, fue encargado de dirigir la acción de salvamento. Apareció
personalmente en el gran patio de la Bolsa, y en voz alta, para ser oído por
todo el mundo, dio órdenes de compra que no habían podido escucharse en todo el
día: 1.000 acciones de Steel al cambio de 205, pese a que ese mismo papel, poco
antes, no había encontrado comprador a 190.
Desesperación
tras una loca embriaguez
Pero las medidas llegaron demasiado tarde, y esa transfusión de sangre no fue
suficiente. De un optimismo ilimitado se había pasado a un pesimismo igualmente
sin límites. En los días que siguieron, las cotizaciones continuaron bajando.
La marea de ofertas de venta y los precios en descenso desataron nuevas ofertas
de venta, exactamente igual que un año antes los precios en ascenso aumentaron
las ofertas de compra.
Los
edificios de Wall Street continuaban iluminados aun en las horas nocturnas, y
mantenían su actividad plena porque los empleados tenían que comprobar los
depósitos de garantía de los clientes. A toda prisa, los agentes de Bolsa
redactaron e imprimieron circulares en las cuales se pedía a sus clientes
nuevas sumas de garantía. Los telegramas se amontonaban: «Por favor, envíe
cobertura». Pero en los sobres que se recibían como respuesta no había cheques
sino sólo nuevas órdenes: «¡Venda!». El dinero contante había desaparecido.
El 29 de
octubre de 1929, se celebró una nueva conferencia, en esta ocasión secreta, en
los despachos subterráneos del propio edificio de la Bolsa. ¿Se ordenaría un
cierre? No serviría de nada; era ya demasiado tarde, determinaron los
banqueros, desolados. Las pérdidas eran tremendas. El mercado de valores y
acciones había sufrido un golpe trascendental que conmovió a fondo las bases de
la vida económica.
En un
intento de salvar algo, al menos, se trató de devolver la confianza con buenas
palabras, de recuperar la maravillosa prosperity: una campaña de
prensa, declaraciones oficiales con un implícito llamamiento a la esperanza,
peticiones de conservar la calma…, pero todo fue inútil. Los especuladores y el
público en general habían perdido la cabeza y no podían superar el profundo
choque nervioso. También era demasiado tarde para los bellos discursos. La
opinión pública estaba plenamente trastocada. La desesperación masiva se
extendió igual que antes había ocurrido con la embriaguez de las compras. No se
trataba sólo de una crisis de nervios, sino de un bacilo que se multiplicaba
sin cesar y atacaba a todos.
Una de
las manifestaciones que acompañaron a las inmensas pérdidas en la Bolsa fue la
paralización del poder adquisitivo, que empeoraba día a día. Sobre todo los
pisos, los automóviles, los muebles, los aparatos de radio y las neveras,
comprados a plazos, dependían del boom de Wall Street. Ni el
más pequeño de los empleados había, vacilado en superar su presupuesto y
comprar a crédito, convencido como estaba de que sus ganancias en la Bolsa le
permitirían pagar sus plazos. Todo eso pasó de repente. Desde los consumidores,
la crisis se extendió a las ramas de producción. De una vida ligera, del buen
ánimo y la alegría, sólo quedó un montón de cenizas. «Acabaremos por pedir
limosna», decía el optimista. «Sí, pero ¿a quién?», le respondía el pesimista.
Con humor
negro, cientos de anécdotas y chistes trataron de representar la situación y el
ambiente de aquellos años tan oscuros. Un especulador entra en un restaurante
de Wall Street y pide ostras, sopa, un entrecote, tostadas y café. Como el
camarero tarda mucho en abrirle las ostras, corre a echar una mirada a su
teletipo.
—¡Suprima
las ostras! —le grita al camarero.
Otra
mirada al teletipo. La tendencia a la baja se acentúa:
—¡Suprima
la sopa!
Otra
mirada al teletipo…
—¡Suprima
el entrecote!
Y así
hasta llegar al café. En vez de almorzar, el especulador empobrecido tuvo que
limitarse a pedirle al camarero un vaso de agua y una aspirina.
Los
rascacielos, símbolo de la prosperidad de antaño, quedaron desiertos. El número
de suicidios alcanzó proporciones horrorosas.
Un inglés
que llegó a un hotel neoyorquino pidió una habitación del último piso para
poder disfrutar mejor de la panorámica de la ciudad.
—¿La
quiere usted para admirar el paisaje o para tirarse por la ventana? —le
preguntó el recepcionista.
Los
norteamericanos, con su debilidad por las estadísticas, en los buenos como en
los malos tiempos, no pudieron resistir la tentación de expresar en cifras la
extensión de la catástrofe.
123.884
especuladores con éxito, que hasta entonces iban en Cadillac, tuvieron que
empezar a ir a pie.
173.397
hombres casados tuvieron que librarse de sus queridas, un lujo que no podían
seguir permitiéndose, y hubieron de regresar junto a sus confiadas esposas.
La
fábrica de moneda tuvo que emitir 111.835.248 monedas de cinco centavos para
uso de gentes que antes nunca habían viajado en el metro y ahora tenían que
utilizarlas.
La
jerarquía social se derrumbó. Los millonarios de ayer eran vistos vendiendo
manzanas en las esquinas. Los emigrantes habían perdido todo lo que poseían,
menos sus acentos extranjeros. Una tras otra, las fábricas tuvieron que ir
cerrando sus puertas, y muchos millones de parados empezaron a reclamar ayuda
económica al impotente gobierno. La deflación amenazaba cada vez más con ahogar
a los Estados Unidos. Y no se veía ni el menor resplandor de esperanza en el
horizonte. Todo entraba en crisis. Los políticos, la gente del teatro y del
cine, así como los adivinos y profetas, trataban inútilmente de anunciar el fin
de la terrible pesadilla. Incluso se anunciaba en pancartas: «Vienen tiempos
mejores; la prosperidad está en camino».
Lo
profundo de la crisis se aprecia mejor en cifras:
|
Cotización de las acciones en dólares. |
||
|
|
1929 |
1932 |
|
Radio Corporation (industria eléctrica) |
115 |
3,5 |
|
New York Central
(ferrocarriles) |
256 |
5 |
|
Chrysler (automóviles) |
135 |
5 |
|
General Motors
(automóviles) |
92 |
4,5 |
|
Montgomery Ward (grandes almacenes) |
70 |
3 |
|
General Electric
(aparatos eléctricos) |
220 |
20 |
|
United Steel (siderurgia) |
375 |
22 |
La
salvación gracias a Roosevelt
En esos
oscuros días, las elecciones de noviembre de 1932 llevaron a la Casa Blanca al
hombre que ya se había previsto de antemano: Franklin Delano Roosevelt. Sólo él
era el responsable del futuro, en sus manos estaba la salvación de un
continente y del sistema capitalista. Cuando Roosevelt se hizo cargo del
gobierno, el pánico había alcanzado su punto cumbre.
Los
bancos del estado de Michigan fueron los primeros en cerrar sus puertas cuando
sus clientes asaltaron sus cajas. Los siguieron los bancos de los otros
cuarenta y siete Estados (en aquel entonces la bandera de Estados Unidos tenía
solamente cuarenta y ocho estrellas). La gente se preguntaba qué iba a ser de
Wall Street. Lo primero que hizo Roosevelt fue convocar una conferencia en la
que se acordó devaluar el dólar en un 40 por ciento. El Federal Reserve Bank
envió dinero fresco a todos los bancos y éstos pudieron abrir de nuevo sus
ventanillas. La medida produjo cierta tranquilidad entre el público.
La
devaluación del dólar, sin embargó, sólo fue una de las numerosas medidas del
New Deal. Con ella se deseaba poner en circulación una mayor cantidad de
dinero, y de ese modo hacer frente a la psicosis de la deflación, además, un
dólar más barato aumentaría la capacidad competitiva de los Estados Unidos,
que, desde la devaluación de la libra esterlina dos años antes, se había visto
muy perjudicada.
Se estaba
en el comienzo de una nueva era. Reformas económicas, financieras y sociales
dieron a Estados Unidos una nueva estructura y transformaron a un país enfermo,
muy gravemente enfermo, en un Estado de nuevo floreciente.
El hombre
al que la crisis de Wall Street llevó al poder durante catorce fatigosos y
difíciles años, se ganó así un lugar de honor en la historia norteamericana.
Consecuencias
en Europa de la tragedia norteamericana
Y mientras tanto, ¿qué estaba ocurriendo en Europa? El panorama era mucho menos
dramático, pero en el curso de los años su prosperidad se había visto también
gravemente afectada. El furor especulador de los norteamericanos había atraído
todos los capitales disponibles a Wall Street, el punto de gravedad mágico de
la especulación mundial. Los europeos no se tomaban el trabajo de colocar su
dinero al 7, al 8 ni siquiera al 9 por ciento, los mayores tipos de interés que
podían conseguir en Europa. Preferían comprar acciones cuyo valor, en
ocasiones, se multiplicaba por tres en el trascurso de un año o menos. En
Europa, la falta de dinero se hizo más notable a medida que fue aumentando el
número de norteamericanos que retiraban sus capitales para invertirlos en su
propio país.
En
principio, la corriente de dólares se deslizó con lentitud; después se agotó
por completo. Esto debilitó, ante todo, a aquellos países cuya capacidad de
resistencia era ya pequeña. El comercio europeo había perdido a su mayor
cliente casi por completo. Los bancos norteamericanos no tenían dinero para
financiar a Europa; el público norteamericano tampoco disponía de él para
comprar en Europa. La frase tan popular, «más sólido que el Banco de
Inglaterra», perdió su significado en aquellos tristes años. La Vieja Señora de
la Threadneedlee Street, como los ingleses gustaban de llamar amablemente al
Banco de Inglaterra, por el nombre de su calle, tradicionalmente mantenía
escasas reservas de oro. Cuando el capital comenzó su éxodo, Norman Mantaigu,
gobernador de la entidad, se dirigió personalmente al Banco de Francia en
petición de apoyo. Pero las cajas del Banco de Inglaterra estaban más
desfondadas que el tonel de las Danaides. La especulación internacional causó
la devaluación de la libra esterlina. (Entre los numerosos especuladores de
todo el mundo se contaba el por entonces presidente del Consejo de ministro
francés Pierre Laval). El gobierno británico tuvo que ordenar un embargo de
todas las ventas de oro. En el Banco de Inglaterra dejó de ser posible cambiar
los billetes de libras esterlinas por monedas de oro, y el curso de la libra
consecuentemente, bajó en las Bolsas extranjeras. El golpe había tenido éxito.
Los especuladores pudieron embolsarse enormes beneficios.
También
los ingleses se dieron por satisfechos. Estaban convencidos de que lo sucedido
afectaba al oro y no a su libra esterlina. El primer ministro, Mac Donald,
declaró con pleno convencimiento: «En tanto que la libra siga valiendo veinte
chelines, nada habrá cambiado en el sistema monetario británico». El Daily
Mail publicó un orgulloso título a ocho columnas: «Todo va bien.
Finalmente la libra se ha liberado de las ataduras del oro».
Éste fue
el primer paso. Desde entonces, el oro fue apartado por completo de los
sistemas monetarios; es decir, se acabó el llamado patrón oro. El oro se había
convertido en una mercancía trivial. Todo ahorrador, incluso en Norteamérica,
podía almacenar sus tesoros en oro. Y a este respecto, quiero subrayar lo
siguiente: ¡ojalá llegue el día en que el mundo se libere del estúpido mito del
oro! El poeta hindú y premio Nobel, Rabindranath Tagore, tuvo razón cuando
poéticamente escribió: «Baña en oro las alas del pájaro y nunca más podrá
flotar en el aire».
También
en Europa central los gobiernos tuvieron que suspender los pagos de los
intereses y la amortización de sus empréstitos, así como establecer severas
leyes de control de divisas. El 14 de julio de 1931, en Hungría y en Alemania
los bancos cerraron sus puertas y el caos se hizo enorme. Desde 1928, cuando
los capitales se dirigieron a Wall Street, las Bolsas europeas habían ido
perdiendo paulatinamente su importancia. Después de la catástrofe, los negocios
bursátiles en Europa fueron empeorando a ojos vista. La ley de los vasos
comunicantes entró en acción. Mi postura de jugador a la baja comenzó a
dar fruto. Al sumar mis ganancias, pude determinar con satisfacción que mi
concepto de la especulación, tal y como la había pensado tras mi primera visita
a la Bolsa de París, era el correcto. En cifras reales, mis ganancias no eran
especialmente grandes, pero para mí revistieron singular importancia, pues
significaban mi venganza, sobre todo contra los muchos estúpidos que actúan en
la Bolsa, y aportaban la prueba de la verdad de mi intuición. Había ganado el
doble, puesto que el poder adquisitivo del dinero aumentó, mientras que, en un
período de inflación, el dinero pierde valor. En períodos de deflación el
dinero vale más porque la gente tiene menos.
Junto a
la baja generalizada de la Bolsa, me favorecieron las especiales circunstancias
locales de Francia y tal vez mi olfato, puesto que yo había sabido vaticinar
algunas de las catástrofes financieras, con sus enormes consecuencias, de
manera adecuada.
En favor
de la claridad quiero, finalmente, dejar constancia de que en Europa la
catástrofe financiera no fue ni con mucho tan dura como en Wall Street y,
consecuentemente, tampoco tuvo la misma secuela de pánico. Las Bolsas europeas
eran más conservadoras que la norteamericana, y las empresas se sostenían sobre
bases más sólidas.
Una de
las peores catástrofes bursátiles fue la de Oustric, que tuvo lugar en el otoño
de 1930, casi inmediatamente después del ruidoso escándalo del caso Devilder.
Esos dos percances financieros precipitaron la caída de la Bolsa de París.
¿Cuál es la lección y cuáles los resultados conjuntos de esos sucesos?
Los
jugadores a la baja salieron ganando y ¡entre ellos me encontraba yo! Cada
noche hacía mis cuentas y calculaba mis beneficios. Había ganado mucho dinero,
pero a costa de las pérdidas y el dolor de los demás. Si mi padre o mi tío, tan
dados a ofrecerme buenos consejos, hubieran estado a mi lado, no me cabe la
menor duda de que me hubieran aconsejado que retirara mis ganancias y las
colocara en inversiones más seguras. Pero yo me hallaba lejos de mi familia, y
el éxito me dio mayores ánimos, así que no ingresé mis ganancias en la caja de
ahorros, sino que las invertí en nuevas especulaciones a la baja. El juego
seduce y, además, nos puede ofrecer la mayor de las satisfacciones: demostrar
que tenemos razón contra todos y contra todo.
A grandes
males, grandes remedios
Ese éxito me había causado una auténtica embriaguez triunfal. No tanto a causa
del dinero ganado sino porque el éxito había confirmado mis pronósticos. Mis
colegas iban a verme. Veían en mí a un profeta que había juzgado correctamente
cómo iba a evolucionar la Bolsa, en contra de la mayoría de las opiniones.
—¿Cómo ha
podido ocurrir una cosa así? —me preguntaron.
—Todo es
posible en la Bolsa —fue mí respuesta—. Incluso lo lógico.
Para mí,
el ejemplo de la ruina de los sindicatos de Oustric y Devilder, formados para
jugar en la Bolsa, era algo tan lógico, casi natural, como lo ocurrido cuarenta
años después con IOS, Gramco, Hunt, etc. Lo único que a mi me sorprendía era la
sorpresa de los demás.
Puesto
que disponía de los medios necesarios para ello, quise también disfrutar de las
satisfacciones y lujos de la vida. Hice un descubrimiento penoso. Mi
racionalismo filosófico y mi olfato para jugar en la Bolsa dieron como
resultado que yo ganara mucho dinero mientras otros lo perdían. Mis deseos se
habían realizado, pero la comedia que tenía ante mis ojos me turbaba en máximo
grado.
Mis
amigos, mis camaradas, todos aquellos a quienes apreciaba, se habían arruinado.
En el transcurso de la crisis, perdieron su dinero o sus empleos y no sabían
qué iba a traerles el futuro. Yo, por el contrario, podía permitirme todos los
lujos, todos los placeres con los que había soñado. Los hoteles y restaurantes
más elegantes, automóviles con chófer uniformado, todo estaba a mi alcance,
pues mi cartera estaba llena. Pero… sí, surgía un gran PERO: los otros no
estaban a mi lado. El ambiente agradable había desaparecido, la risa alegre y
despreocupada no se escuchaba, y en su lugar reinaban la amargura y el
malhumor. Me encontraba solo conmigo mismo, sin nadie más. Por todas partes se
me ofrecía algo que podía comprar, pero ya no me causaba placer adquirirlo. Me
di cuenta de que el champaña y el caviar no satisfacen cuando los amigos tienen
que conformarse con una taza de café. No me atrevía a ser feliz y tampoco
hubiera podido serlo; me consideraba peor de lo que en realidad era.
§. ¿Reír
cuando los demás lloran?
SE me
ocurrió una idea. ¿No seria mejor ganar al mismo tiempo que los demás
—naturalmente, un poco más que ellos—, pero nadando en las mismas aguas? Mi
éxito casi me agobiaba. Comencé a dudar de la filosofía del juego a la baja. No
se puede reír mientras los demás lloran. «El jugador a la baja atrae las iras
de Dios porque pretende hacerse con el dinero de los demás», reza un proverbio
bursátil. Y un día se produjo el suceso fatal que me cambió totalmente. Fue una
tragedia al término de la cual los protagonistas no estuvieron en condiciones
de volver a levantarse.
Era un
sábado por la tarde. Los parisinos se habían congregado para asistir al
entierro oficial de Aristide Briand (el gran amigo de Stresemann) en los
Champs-Elysées. Después de la ceremonia, la multitud se disolvió. No sabía qué
hacer para pasar el tiempo y me dirigí a la oficina de un amigo, un agente
norteamericano de Bolsa (Hentz and Co.) para hablar con él. Naturalmente, eché
un vistazo a las últimas cotizaciones de la Bolsa.
En
aquellos tiempos, en los Estados Unidos la jornada bursátil de los sábados era
muy corta, de diez a doce de la mañana (de tres a cinco de la tarde en
Francia). En medio de una absoluta tranquilidad del mercado, había ocurrido
algo extraordinario. Un solo valor bursátil había sido objeto de gigantescas
transacciones. Se habían vendido y comprado millones de acciones de Kreuger y
Toll, el mayor trust sueco dedicado a la fabricación de
cerillas, durante toda la jornada bursátil y siempre a la misma cotización,
idéntica a la del día anterior. De inmediato, sentí despertar mi curiosidad,
pues yo había especulado a la baja con las acciones Kreuger.
Una
tragedia mayor de lo esperado
La idea de Ivar Kreuger, el rey sueco de las cerillas, era tan simple como
inteligente: los países de Europa central y oriental necesitaban dinero, y
Kreuger estaba dispuesto a facilitárselo. Como compensación, exigía la
concesión del monopolio de fósforos, lo cual le aseguraba grandes beneficios.
Pero
Kreuger no disponía de las colosales sumas que Alemania, por ejemplo,
necesitaba. En vista de ello, su empresa emitió empréstitos, y el producto
obtenido con ellos lo puso a disposición de los países que precisaban capital.
La mayor parte de la deuda fue adquirida en los Estados Unidos, o debía haber
sido adquirida. Kreuger no pretendía ganar dinero con la diferencia de los
intereses entre el dinero recibido por él y el prestado, sino simplemente con
los beneficios que debía producirle la fabricación de cerillas en régimen de
monopolio. El método no era nuevo, sino que fue la gran especialidad de los
Fugger en el siglo XVI: concesión de créditos a cambio de monopolios.
Los
Fugger habían prestado dinero a los soberanos en dificultades económicas, y a
cambio recibían el privilegio de cierta rama del comercio o la explotación de
riquezas mineras. El rey de Portugal les concedió durante algún tiempo el
monopolio de la trata de ganado caballar, y el gobierno español les cedió la
explotación de sus minas de cobre y plata.
Kreuger
había recurrido de nuevo a ese sistema y lo adaptó a los tiempos modernos.
Lanzaba al mercado norteamericano obligaciones para trasladar ese capital a
Europa central y oriental. Los países deudores eran, en primer lugar, Alemania,
seguida de Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Polonia y algunos Estados
sudamericanos. Entre los países acreedores se contaban, en primera línea, los
Estados Unidos, los Países Bajos, Suiza, Gran Bretaña y Francia; es decir, los
mayores países capitalistas de Occidente.
La
operación parecía razonable y realizable. Y lo hubieran podido ser si los
países deudores hubieran sido solventes. La razón del fracaso no se debió a
ninguna deshonestidad de Ivar Kreuger, sino a que los acontecimientos políticos
tan poco favorables para Europa central provocaron la catástrofe. Kreuger había
juzgado de manera errónea la estructura financiera y el futuro económico de
dichos países. Él era ingeniero e industrial, pero no banquero ni especulador
con experiencia, pues de haberlo sido no se hubiera dejado arrastrar a un
asunto de esa índole. Y como no poseía las cualidades del uno ni del otro, todo
terminó en tragedia.
Alemania,
Rumanía, Hungría y otros países deudores presentaron un día la factura de los
intereses y las amortizaciones. Eso, sin embargo, no hubiera bastado para
provocar la ruina del imperio industrial de Kreuger, si los créditos hubieran
sido adquiridos realmente por el público. En ese caso los propietarios de los
valores de la deuda hubieran perdido su inversión o una parte de ella, pero la
sociedad emisora no hubiera ido a la ruina por la incapacidad de pago y la
insolvencia de los deudores. El Crédit Lyonnais, que se ocupó de colocar los
valores de la deuda rusa, no se arruinó cuando la Unión Soviética se negó a
aceptar y hacerse cargo de la deuda de la Rusia zarista. Y la Banca Rothschild
tampoco cayó cuando una gran parte de la deuda extranjera que había hecho
llegar al público, demostró no valer nada.
Pero
Kreuger no disponía de los miles de ventanillas de los bancos y grandes
institutos de crédito, ni tampoco la fama de los Rothschild. No había podido
colocar todos los bonos de la deuda, y tuvo que quedarse con gran parte de los
mismos. Entregó esos valores a los bancos en depósito, es decir, como
cobertura, a cambio de la cual recibió créditos a corto plazo, créditos que
hubo de invertir también en los países de Europa central.
Para un
especulador avispado, capaz de vislumbrar hasta los más pequeños detalles de
una operación financiera, el asunto Kreuger estaba claro. Por otra parte, me
enteré de que el síndico de la agrupación oficial de agentes de Bolsa, mediante
una circular secreta, había pedido a sus asociados que limitaran el número de
valores de la deuda de Kreuger aceptados como garantía de sus créditos.
En aquel
entonces, la crisis económica de Estados Unidos estaba alcanzando su punto
culminante. No existía la menor esperanza de que mejorara la situación política
en Europa central. Consecuentemente, no le interesaba a nadie colocar su dinero
en los valores de Kreuger. La situación me pareció extremadamente crítica. No
tuve el menor reparo en jugar a la baja con las cerillas suecas. La cotización
había cedido ya algo, pero Kreuger la sostuvo para no poner en peligro la
credibilidad de sus valores, depositados en los bancos o en poder de los
agentes de Bolsa como garantía de préstamos. En París, el Banco de Suecia actuó
en favor de Kreuger, en Nueva York lo hizo la Banca Lee Higginson, y sus
atentos apoderados compraron continuamente para mantener las cotizaciones.
No cabe
duda de que algunos bancos habían recibido el encargo de mantener las
cotizaciones (a 5,25 dólares) a largo plazo y costara lo que costase, incluso
cuando supusiera la compra de una gran cantidad de papel. Eso me explicaba las
numerosas ventas del sábado. En aquel mediodía en que el entierro de Briand me
llevó a los Champs-Elysées, desde algún lugar ignorado se lanzaron al mercado
en dos horas millones de acciones. Me rompí la cabeza tratando de averiguar de
dónde procedían esos encargos.
Naturalmente,
yo no podía saber que unos cuantos edificios más allá, en su piso de la avenida
de Victor Emmanuel III, yacía el cadáver de Ivar Kreuger. Cuando se abrió la
Bolsa por la tarde en Wall Street ya estaba muerto, pero los bancos que
representaban los intereses de Kreuger no lo sabían, pues de haber estado
enterados de la noticia no hubieran cumplido las órdenes de su cliente. El
sábado por la mañana, a las 11, Kreuger se había suicidado. Tomando en cuenta
la diferencia horaria entre París y Nueva York, la noticia pudo haber estado en
la Bolsa neoyorquina antes de su apertura, pero no se hizo pública hasta el
sábado por la tarde.
Unas
cuantas personas estaban enteradas. Uno de los socios de Kreuger, que al mismo
tiempo era su mejor amigo, la secretaria particular del millonario y la mujer
de la limpieza, que fue quien hizo el descubrimiento, conocían lo sucedido. Las
dos mujeres guardaron silencio.
El socio
de Kreuger supo conseguir de la jefatura de policía que la noticia no se
hiciera pública hasta la noche. Se las arregló para convencer al impresionado
funcionario responsable del caso de que si la noticia se hacía pública, de
inmediato se desencadenaría una catástrofe financiera mundial de la que él
sería culpable.
Por otra
parte, el difunto era gran oficial de la Legión de Honor, y su rango le hacía
acreedor a ciertas consideraciones. Por si eso fuera poco, en la prefectura de
policía había bastantes ausencias debido al fin de semana y a que la mayor
parte de los jefes de importancia habían acudido al entierro de Aristide
Briand. Creyendo de buena fe que con ello detenían la rueda de la historia, los
funcionarios de servicio se declararon dispuestos a guardar el secreto. Pero
¿quién se aprovechó realmente de aquel retraso «tan vital» de doce horas?
Naturalmente, no sirvió para detener la marcha de la historia, pero un grupo de
especuladores que pudieron vender una gran cantidad de valores se beneficiaron
de ello.
Entre
aquellos que conocían el secreto se encontraba también un alto funcionario de
la prefectura de policía. Durante el almuerzo tuvo como invitado al prometido
de su hija, el periodista norteamericano Mike Wilson.
—Tengo
una noticia sensacional para usted, y sin duda deberá saber cómo utilizarla e
incluso cómo sacar provecho de ella. Pero tiene que darme su palabra de honor
de que no la transmitirá antes de la tardé. Figúrese: el rey de las cerillas,
el sueco Ivar Kreuger, se ha suicidado esta mañana en su domicilio.
El joven
periodista dio su palabra de honor, pero como periodista concienzudo y
cumplidor de su deber, se dirigió a los archivos de su periódico para reunir
material sobre la vida del famoso financiero. Después se fue a su casa y
escribió un largo artículo que aquella misma noche cablegrafió a su redacción.
A la
mañana siguiente, todos los periódicos publicaban la sensacional noticia:
«¡Suicidio del financiero Kreuger!». Cuando abrí mi ejemplar, sufrí una
conmoción. La noticia cayó sobre mí como si alguien me golpeara con un martillo
en la cabeza. De repente, comprendí con toda claridad el gran movimiento de las
acciones del día anterior.
La hora
de la conversión de un jugador a la baja
Había vuelto a ganar jugando a la baja, aunque ahora fuera a costa de una vida
humana. Ese golpe cayó sobre un terreno ya predispuesto psíquicamente, y me
llevó a dejar para siempre la especulación a la baja. Llegué a sentirme
culpable de la muerte de Ivar Kreuger. Por lo menos me sentía culpable de
cierta falta de moral. No sabía todavía en aquel entonces que la muerte de
Kreuger cambiaría mi filosofía de la vida. Gracias a ese impacto, me convertí
en especulador al alza, el que no obtiene beneficios a costa del sufrimiento de
los demás.
En la
mañana del lunes cayeron los valores de Kreuger y casi dejaron de cotizarse. Yo
empecé a cubrirme. Como consecuencia de las masivas compras de la tarde del
sábado, varios bancos norteamericanos tuvieron que hacer suspensión de pagos.
El
impacto en mí fue mayor, pues estaba perfectamente convencido de que Kreuger no
era el estafador que la prensa mundial retrataba. La idea básica de sus
negocios era honesta y correcta. Lo único que hizo fue equivocarse a la hora de
juzgar la situación económica y política, y fue él la primera víctima de unas
circunstancias desgraciadas. Cuando vio que su edificio empezaba a vacilar,
trató de afianzarlo apoyándose en cualquier cosa a su alcance, como hace todo
el que está a punto de caer. Así, se dejó arrastrar de un atajo a otro, cada
vez más intensamente, perdiendo de vista la línea divisoria entre lo legal y lo
que quedaba ya fuera de la ley. Ciertamente que el público perdió miles de
millones, pero la responsabilidad de ello no recaía exclusivamente en la
conducta, posiblemente ilegal, de Kreuger sino también en los acontecimientos
políticos y la situación financiera de Europa central. Con un poco de
tolerancia, creo yo, se le podía conceder a Kreuger el beneficio de
circunstancias atenuantes.
Al día
siguiente, el periodista acudió de nuevo a casa de su prometida.
—¿Qué,
supo sacar provecho de la noticia que le di ayer? —le preguntó su futuro
suegro.
—Sí,
desde luego —le respondió el joven—. El director del periódico me ha felicitado
por mi artículo, porque gracias a usted fui el primero en dar la noticia.
—¡Vaya…!
¡Y eso es todo lo que ha hecho…!
El joven
periodista pagó cara su honestidad y simpleza. El funcionario no le concedió la
mano de su hija, pues quedó convencido de que no era apto para enfrentarse con
la dura lucha por la existencia que exige este mundo, o tal vez demasiado
honrado. Otras personas tuvieron la misma información —y tal vez de la misma
fuente— y supieron aprovecharla para su propio beneficio. Hasta el punto de que
la Bolsa neoyorquina nombró una comisión para aclarar quién había dado motivo a
las ventas masivas del sábado. Pero nadie pudo descubrir la menor pista.
El drama
de Kreuger me cambió interiormente. Me dio una perspectiva más humana y,
consecuentemente, más sana, y me liberó de la negativa amargura de los
pesimistas. Me libré de mis compromisos a la baja y, así, del Saulo jugador a
la baja, surgió de la noche a la mañana el Pablo que juega al alza.
Una nueva
era
Aparte de mi nueva actitud anímica, fundamentalmente otra, también mi instinto
—¿o fue mi lógica?— me dijo que la depresión había rebasado ya su punto más
bajo en todo el mundo. Había muchos indicios que así lo señalaba. En la
primavera, con la toma del poder por Roosevelt, se iniciaron las reformas del
New Deal, una nueva era de expansión económica y de alza de la Bolsa en los
Estados Unidos.
En aquel
entonces, puedo decirlo así, se forjó mi destino. Mi propia vida se parece, en
cierto modo, a la trayectoria de la historia mundial: mi evolución personal
había experimentado un cambio favorable en el momento más apropiado. En medio
del temporal que me había rodeado, resurgí como un nuevo ser. Y al mismo
tiempo, casualmente, gran parte del mundo vivió una renovación semejante.
Norteamérica
se liberó de una opresión mortal que amenazaba ahogarla. La peligrosa crisis
del capitalismo, que podía haberla asfixiado para siempre, fue superada, y
jamás podrá volver a producirse una catástrofe semejante. Fue la primera de ese
tipo y, al mismo tiempo, la última.
Personalmente,
me aproveché de aquella depresión de la que millones de seres fueron víctimas.
Pero el sabor que me dejó fue muy amargo. En esa ocasión —por fin— me di cuenta
de que es mucho más agradable ganar en los tiempos de prosperidad, cuando la
coyuntura es favorable. Sentí desprecio por el dinero porque de nuevo volvía a
apreciar altamente todos aquellos valores que antes había despreciado,
inclusive los valores de la Bolsa. Mi suerte fue que esos valores no sólo
subían a mis ojos sino también en la Bolsa. En la era de Roosevelt se produjo
un alza tempestuosa. ¿Qué significaron para mi vida los sucesos aquí descritos?
Había comprendido que en la vida existen otras cosas que uno puede conseguir,
ciertamente, con mayor facilidad con la ayuda del dinero, pero que no pueden
ser sustituidas por el dinero.
Eso no
cambió, naturalmente, mi carácter, que me impulsaba a pasarme día y noche
estrujándome la cabeza, pensando qué podía hacer para dar de nuevo un buen
golpe en la Bolsa. En mi favor tenía el hecho de que en los casos en que
conseguía ganar con mis especulaciones me alegraba tanto la confirmación de que
mis previsiones habían sido correctas y acertadas, como las ganancias
materiales.
Con
frecuencia tenía, simultáneamente, la impresión de que mi postura ante la vida
había ganado en amplitud, y me llevaba por el camino del éxito financiero.
Incluso mi pasión por la música demostró ser una ventaja, pues me facilitaba
mucha calma interior y daba alas a mi fantasía en las decisiones difíciles.
§.
«Bolsista y además músico»
LA música
y las finanzas siempre estuvieron entrelazadas a lo largo de mi vida. Los
sucesos en el terreno de la música influían frecuentemente en mis actos y en
mis abstenciones en la Bolsa. También Los maestros cantores desempeñaron
en cierta ocasión un papel importante en mis especulaciones.
Ocurrió
en 1937 en París. Esperaba lleno de expectante alegría la llegada de la noche,
pues había conseguido entradas para la representación en alemán, en función de
gala, de Los maestros cantores, bajo la batuta de Wilhelm
Furtwängler. Para millones de aficionados a la música, ésa es la más bella de
las óperas del mundo. Cuando se representaba en un radio de cien kilómetros de
donde me encontraba, nunca me perdía una sola de sus representaciones, desde mi
niñez. Esta es la música que yo me llevaría en discos si fuera desterrado a una
isla desierta.
Pero mi
alegría anticipada estaba en cierto modo ensombrecida por las preocupaciones de
un compromiso bursátil. En Manchuria había guerra. En la Bolsa de Nueva York
temblaban los cambios y se iniciaba una preocupante tendencia descendente. El
índice de Dow-Jones cayó de 250 a 180. El punto crítico de los 180 se había
aproximado peligrosamente algunas veces en esos días, pero no había sido
superado. De acuerdo con la teoría de Dow Jones, cuando las cotizaciones
descienden por debajo de la última línea defensiva de los 180, caen en picado y
se precipitan. Eso, al menos, afirman los lectores de gráficos. La guerra
chino-japonesa, que acababa de estallar, hacía temer que las cosas ocurrieran
de ese modo, y empezaba a manifestarse una amenazadora tendencia a la baja. Ésa
era la razón de mis preocupaciones. Poseía una completa colección de acciones
norteamericanas que amenazaban con amargarme Los maestros cantores.
¿Cómo podría disfrutar de las melodías sublimes de esa ópera, si mi cabeza
hervía con las cotizaciones de US-Steel y General Motors? En aquellos días,
estas dos acciones eran las vedettes de la Bolsa. Mientras me
cambiaba de ropa estuve pensando: «:¿De qué me sirve la Bolsa, las
cotizaciones, todo este esfuerzo en busca de las ganancias y el dinero, si me
impiden gozar plenamente con el arte y la música?». La única solución, me pareció,
era vender mis acciones, pese al riesgo de que las cotizaciones subieran de
nuevo rápidamente.
Antes de
dirigirme a la ópera, llamé a mi agente de Bolsa en París, J. S. Bache y
compañía y, pocos minutos antes del cierre de la sesión, me desprendí de todos
mis valores. Fue asunto de unos minutos, pero en la ópera me sentí como un ser
distinto. Sin compromisos bursátiles en tiempos difíciles, pude gozar
plenamente de la representación. US-Steel y General Motors me parecían cosas de
otro planeta.
Durante
los días siguientes, la Bolsa se mantuvo, pero al cuarto día el índice de
Dow-Jones bajó de 180 a 100 de modo continuado. Las pérdidas del público y de
los profesionales de la Bolsa fueron muy grandes. Yo, sin embargo, había sabido
poner a tiempo a mis ovejas bajo techado. Mi entusiasmo musical me había
salvado de lo peor. Hans Sachs era, al mismo tiempo, zapatero y poeta. De mí
podía decirse que era «bolsista y además músico».
§. El
dinero es perecedero; el arte, eterno
TAMBIÉN
la dinastía de los Wildenstein, en París, había puesto a sus ovejas bajo
techado, pero en otras dimensiones totalmente distintas. Y no lo hizo gracias
al amor por un determinado tipo de arte, para cuya recepción se necesita un
oído sensible, sino por otro que más bien requiere ojos altamente receptivos.
Nathan
Wildenstein, el Sabio, era un hombre con ojos sensibles, buen olfato y, además,
un comerciante avispado. El fundador de la dinastía de los Wildenstein de
París, que hoy rige el mercado del arte en todo el mundo, Nathan Wildenstein
tenía una filosofía fundamental que compendiaba en las siguientes palabras:
«Temeridad en la compra y paciencia en las ventas; el tiempo no desempeña
ningún papel». Esa ley básica le produjo a él y a sus sucesores (en la
actualidad la cuarta generación) una fortuna que hoy día se incluye entre las
mayores del mundo. Es difícil de expresar en cifras, pues los cuadros no tienen
un valor que pueda ser inscrito, sin más ni más, en los libros de contabilidad.
Pero basándose en los precios que alcanzan sus cuadros en las subastas, pueden
ser miles de millones.
La
empresa que se llama Fundación Wildenstein, con sede en París, posee cuatro
galerías, con sus correspondientes almacenes, en Nueva York, Londres, Buenos
Aires y Tokio. En sus legendarias cámaras acorazadas se encuentran, entre otras
cosas, más de mil cuadros impresionistas, quinientos de los primitivos
italianos y del Renacimiento, y obras de pintores españoles, alemanes y
flamencos. En sus almacenes se guardan, por ejemplo, 30 obras de Seurat (el 20
por ciento de las 150 existentes), 50 Cézanne, 60 Renoirs, 60 Claude Monet, 3
Grecos, 5 Rubens, 3 Tizianos e incluso un Leonardo da Vinci. Y más Rembrandts
que en muchos grandes museos. ¡Algo inconcebible! Todo de todo, en un almacén
de más de 3.000 cuadros procedentes de todas las épocas y de todas las calidades.
(El cuadro que lleva más tiempo en poder de la familia es un retrato de hombre,
de Pierre Mignard, que fue adquirido por Nathan en el año 1885).
La saga
de los Wildenstein
La «saga de los Wildenstein» comenzó en 1870, cuando los ejércitos de Prusia
ocuparon Alsacia. Nathan Wildenstein (su apellido proviene de su lugar de
nacimiento, el pequeño partido judicial del mismo nombre) se trasladó a
Francia. Comenzó su carrera como aprendiz en una pequeña sastrería. Un conocido
de su jefe le ofreció un cuadro por 200 francos que el joven Nathan pudo vender
años después, cuando se descubrió que procedía de los pinceles de Boucher, por
20.000 francos. El gran margen de beneficios excitó su fantasía y se dio cuenta
de las grandes posibilidades que ofrecía el mercado de pinturas.
Nathan se
estableció poco después en un pequeño local de la rue Laffitte, a pocos pasos
de distancia de la Banca Rothschild. Pero Wildenstein no se dedicó a negociar
con dinero sino con colores y telas, y más tarde, también, con cuadros. Esto
último concordaba mejor con sus gustos que pasarse el día midiendo lienzos. La
prueba de que tenía buen gusto fue su serie de éxitos espectaculares. Al cabo
de un tiempo, en 1882, Wildenstein se compró el palacete del siglo XVIII, en el
número 57 de la rue de la Boëtie, en el que la Fundación Wildenstein tiene su
sede en nuestros días.
En el
cambio de siglo, Nathan se contaba entre los cinco mayores marchantes de París.
Su buen gusto y su olfato le llevaron a descubrir una determinada categoría de
obras que todavía no eran populares: los maestros franceses del siglo XVIII:
Watteau, Boucher, Fragonard, etc. Descubrió que esos cuadros se acomodaban
mucho mejor en los palacios franceses y con el mobiliario francés que las
oscuras pinturas de los maestros holandeses o flamencos. Tenían realmente mayor
luminosidad, y empezaron a ser buscados por los nuevos ricos burgueses, los
señores del comercio y los banqueros. Éstos, con un aura de esnobismo, se
compraban retratos antiguos para adornar con ellos las paredes de sus casas. No
lo proclamaban, pero los invitados podían pensar, si así querían, que aquellos
caballeros tan distinguidos y aquellas damas elegantes y bellas eran los
antepasados del anfitrión.
Antes de
1917 Wildenstein vendió también muchas obras a coleccionistas rusos. Resulta
interesante observar que después del triunfo de la Revolución, le compró al
gobierno soviético una gran cantidad de obras maestras que habían sido
incautadas a sus propietarios y que los soviéticos subastaron en Occidente. Hoy
el gobierno soviético trata de localizar y volver a comprar esos cuadros. Una
tarea difícil, puesto que esas obras, en la actualidad, se exhiben en los
grandes museos y en colecciones privadas gracias a Wildenstein.
«Lo más
notable e incluso único en el comercio de cuadros —ha declarado su bisnieto
Daniel Wildenstein (60 años) es que cada vez hay más compradores en el mundo,
pero las obras buscadas, es decir, los cuadros, siguen siendo los mismos desde
hace cien años».
En 1900
había en el mundo 2.000 museos; en la actualidad son 40.000. Y los cuadros que
fueron a parar a un museo, se perdieron definitivamente para el comercio. Los
coleccionistas norteamericanos, por razones tributarias, regalan sus
colecciones a los museos, y la nueva generación emprende otra colección nueva.
(En Europa la situación es algo distinta, pues las obras de arte permanecen en
las familias durante varias generaciones). La mercancía, consecuentemente, se
hace cada vez más escasa… ¡aunque no en la casa Wildenstein!, la filosofía del
viejo Nathan se ha mostrado y sigue mostrándose válida: paciencia a la hora de
vender. Pero los Wildenstein no se aferran a sus obras, sino que creen que sus
almacenes tienen que renovarse continuamente. El principio de la familia es:
«Un tratante de arte no puede ser un coleccionista». El coleccionista se
enamora de su mercancía y no quiere separarse de ella. Si no se vende no hay
beneficios, y si no hay ganancias el almacén no puede aumentar sus existencias.
Cuando en
cierta ocasión alguien le preguntó al hijo de Nathan, Georges Wildenstein, por
qué tenía tantas obras en sus almacenes, su respuesta fue tan sencilla como
lógica: «¿Es que en una zapatería no hay zapatos de todos los números, formas y
colores?». En la actualidad, la empresa Wildenstein posee mercancías para todos
los gustos, tanto para los museos, como para los amantes del arte o, para
aquellos que sólo buscan la inversión. Cuando un multimillonario tiene de
repente el capricho de convertirse en coleccionista (lo que ocurre con
frecuencia), sólo necesita dirigirse a Wildenstein, que en media hora se saca
de la manga un museo particular de importancia internacional. Bernard Berenson,
el mayor de los historiadores de arte de este siglo, dijo en cierta ocasión que
Georges Wildenstein es el último de los comerciantes de arte; todos los que han
llegado después no son más que mercachifles. Las grandes reservas que se
guardan en los almacenes de la empresa son su gran fuerza. El secreto de su
éxito espectacular es el resultado de la unión de tres factores:
1. El
infalible buen gusto de los Wildenstein y su buen olfato al juzgar la calidad
de los cuadros y de su documentación.
2. Su
organización internacional: corresponsales, agentes y, en caso necesario,
espías, que les comunican desde cualquier lugar del mundo la aparición de un
cuadro en el mercado.
3. Una
enorme cantidad de dinero contante, disponible en cualquier momento, que hace
posible que monsieur Wildenstein pueda poner sobre la mesa instantáneamente
quinientos o mil millones de pesetas para adquirir cualquier cuadro deseado.
Lo más
importante es el gusto y el buen juicio, no compran nombres sino arte, es
decir, un cuadro bello y atractivo, y después se trata de averiguar quién lo ha
pintado. Para ello cuentan con una documentación única: 150.000 fotografías,
150.000 catálogos, etc. (Los Wildenstein compran toda biblioteca y todo archivo
fotográfico que puedan servir para la identificación de una obra de arte). En
cuestión de minutos pueden determinar, por lo general, de dónde proviene un
determinado cuadro, si existen más ejemplares, por qué manos pasaron, etc.,
etc.
Una
enorme cantidad de dinero tiene que estar siempre disponible para que las
compras sean rápidas y audaces, puesto que la competencia de los Wildenstein no
son los otros vendedores, sino los otros compradores y, en especial, los
comerciantes que se han enterado de que Wildenstein tiene interés por un
determinado cuadro. «¿Qué piensa Georges del cuadro?», es la pregunta que
continuamente plantean los comerciantes, grandes y pequeños, puesto que
cualquier cuadro que Georges quiera comprar les interesa también a ellos. Esos
comerciantes adquieren más con los oídos que con los ojos. Los ojos los tiene
Georges gracias a su padre, que ya lo llevaba asiduamente a museos y
exposiciones cuando solamente tenía siete años y le solía preguntar: «¿Es
bonito ese cuadro?». Así fue educado Georges hijo. Nathan no había estudiado
historia del arte, pero tenía un especial sentido del arte; eso era todo. Sus
sucesores, Georges, Daniel y los hijos de éste (cuatro generaciones) son
profesores de historia del arte, aparte la capacidad de juicio y la experiencia
profesional que les fueron inculcadas desde la infancia. Daniel Wildenstein es,
como técnico, miembro de la Academia de Bellas Artes, un honor extraordinario
para un «comerciante».
La venta,
es decir, el encontrar clientes, no es ningún problema para Wildenstein. Cuando
junto a un cuadro se presente una factura de Wildenstein, eso significa dos
cosas: el cuadro está libre de sospecha en todos los aspectos, y suma a ello el
prestigio del buen gusto reconocido de los Wildenstein. Éstos no comercian con
cuadros que no les gustan a ellos mismos, pues si bien son marchantes, dice
Daniel, «en primer lugar son expertos». Así, ocurrió que un buen día Georges
subastó 250 Picassos porque no se correspondían ya a su gusto personal. La
galería de Wildenstein tuvo un contrato con Picasso desde 1914 a 1930. Picasso
fue un buen amigo de la familia y retrató a algunos de sus miembros. Los
Wildenstein no demostraron nunca gran interés por el arte abstracto. La frase
«falta de interés» acude con frecuencia a los labios de Georges Wildenstein
cuando se le presentan algunos cuadros. Pero no es menos corriente oírle decir
a sus agentes: «Pueden subir hasta un millón». En muchas ocasiones se ha
mostrado dispuesto a comprar un cuadro por el precio que sea.
En el
zoológico del coleccionista
Una típica historia a la Wildenstein me la contó sonriendo
Daniel (tercera generación):
«Ocurrió
al comienzo de los años cuarenta, cuando estábamos en Nueva York. Una señora
alemana, Frau Hirschland —miembro de una famosa familia de
banqueros de Essen, pero que en aquel entonces residía en Nueva York—, llamó
por teléfono a mi padre y le preguntó si estaba interesado en adquirir un Van
Gogh, Rosas blancas. Pidió por el cuadro 100.000 dólares (un valor
de compra equivalente a unos cien millones de pesetas en la actualidad).
»—Sí
—respondió mi padre—. Ahora mismo le envío a mi hijo para que vea el cuadro.
»Mi padre
me encargó que si el cuadro era de mi agrado lo comprara y lo pagara de
inmediato…».
El cuadro
le gustó a Daniel, pero había un pequeño inconveniente: la señora Hirschland le
había concedido una opción sobre el cuadro al millonario californiano Albert
Lasker, y faltaban todavía tres días para que se cumpliera ese plazo de opción.
La señora telefoneó a Lasker y le dijo que Wildenstein estaba interesado por el
cuadro, por lo que le rogaba le dijera si iba a hacer uso de su opción. Lasker
le respondió que no estaba interesado y que se lo podía vender tranquilamente a
Wildenstein.
Daniel
puso el cheque sobre la mesa, se llevó Rosas blancas bajo el
brazo y lo depositó en la galería de la familia. Al día siguiente, llamó Lasker
desde California y les dijo que les quería comprar el Van Gogh. Wildenstein se
quedó perplejo, se excusó y le dijo que no podía vender el cuadro sin ganar
nada, de modo que le pidió 130.000 dólares. «O.K.», fue la respuesta desde
California. Wildenstein sintió que le picaba la curiosidad, y quiso saber qué
había en el fondo de la actitud de Lasker. Pronto obtuvo la explicación de
labios del propio cliente: «Prefiero pagar 30.000 dólares más por el cuadro si
tiene su garantía».
Unos años
más tarde, ese mismo Van Gogh fue subastado y se vendió por seiscientos
millones de pesetas. En el momento en que un cuadro pasa por las manos de los
Wildenstein aumenta de valor y no sólo en un 30 por ciento, sino en ocasiones
en un 100 o un 200. Esto es lógico de acuerdo con la idea de que «el dinero es
perecedero; el arte, eterno». Los Wildenstein son los príncipes de los
marchantes y los marchantes de los príncipes, aun cuando en ocasiones se trate
solamente de los príncipes del dinero. No puede sorprender a nadie que para las
galerías Wildenstein la venta no constituya ningún problema, puesto que sus
principales clientes son los museos, las fundaciones, los millonarios, los
banqueros y hasta los sindicatos. ¡Sí, los sindicatos! Es sabido, por ejemplo,
que en el mercado de arte actual uno de los principales compradores es la caja
de pensiones de los ferroviarios británicos, que cada año invierte 15 millones
de dólares en la compra de obras de arte de primerísima categoría.
En este
zoológico de los coleccionistas se reúnen muchas figuras chocarreras. Uno de
los mayores coleccionistas de Estados Unidos, hace unos años, era un tal míster
Kress, el millonario propietario de unos grandes almacenes llamados
Five-and-ten-cent-stores. Creía que negociar con obras de arte era algo así
como el comercio con camisas o artículos de limpieza. Intentaba comprar al por
mayor, veinte o treinta cuadros de una vez, para obtener una rebaja. Cuando
Wildenstein aceptó, Kress compró inmediatamente.
Paul
Getty, el más opulento de los multimillonarios de su tiempo era bastante menos
importante a la hora de comprar obras de arte. En cierta ocasión fue a la
galería de Wildenstein y le preguntó: «¿Cuál es el cuadro más barato que tiene
a la venta?».
El mayor
coleccionista de nuestro tiempo, y sin duda el mejor cliente de Wildenstein, es
Norton Simon, el multimillonario norteamericano del ramo alimentario y de los
cosméticos. Wildenstein calcula que Norton habrá comprado en los últimos quince
años cuadros por valor de unos diez mil millones de pesetas. La importancia de
Wildenstein en el mercado de las obras pictóricas puede ser comparada a la de
Rothschild en el terreno de las finanzas. El brillo de la firma Rothschild se
ha ido apagando últimamente, mientras que Wildenstein sigue reinando como un
soberano en el mercado del arte.
También
la tradición desempeña un importante papel en ambos casos. Los clientes quieren
saber cómo serán los herederos de una empresa en la que han comprado, y por
valor de millones, una mercadería tan especial y delicada como las obras de
arte. Y hay también otro «fenómeno» que comparten ambas dinastías: su amor a
los caballos. Los colores de Wildenstein (del azul oscuro al azul claro) son de
los más populares en los grandes hipódromos. Las cuadras de Wildenstein tienen
en entrenamiento 150 purasangres de primera categoría y otros 150, que también
prometen mucho, en periodo de crianza. En 1975 ganaron cuatro de los más
importantes grandes premios, entre ellos el Prix de l’Arc de Triomphe y el Prix
de Diane, algo único en la historia de las carreras de caballos. No puede
extrañar que Daniel Wildenstein sea un excelente jinete y su hijo un gran
jugador de polo.
Aparte de
su interés por la pintura, la familia Wildenstein viene formando desde hace
varias generaciones una estupenda colección de muebles antiguos, de la cual
hace dos años vendieron un bloque al millonario saudí Akkram Jieh, por casi
cuatro mil millones de pesetas.
Capítulo
4
Bolsa y pasión
Contenido:
§. Un
amor pasajero
§. Una comedia divertida
§. Lo que las mujeres tienen que saber de la bolsa
§. Los héroes de la bolsa
§. Un
amor pasajero
COMO
puede verse, yo había derribado de su pedestal a los ídolos del dinero en época
muy temprana de mi vida. No puedo decir lo mismo de mis colegas, los
especuladores, agentes de Bolsa y demás.
Hay uno
de ellos del que siempre me acordaré: en su clase era un tipo poco corriente,
que se identificaba de manera absoluta con la Bolsa. Me parecía la encarnación
perfecta de la especulación, y la representaba mejor que cualquier alegoría.
Vivía en Viena, pero podría vivir en cualquier otra de las grandes ciudades del
mundo, siempre y cuando en ella existieran la Bolsa, el télex y el teléfono. Su
apego al terruño se satisfacía con el teletipo, el mayor número posible de
anuarios, las notas con las cotizaciones bursátiles de todo el mundo y los
periódicos y revistas de finanzas que se acumulaban en sus oficinas. Para él
solamente existían los gráficos y curvas que cubrían las paredes del despacho y
las cifras que guardaba en su cabeza…; todo lo demás carecía para él de
importancia. Incluso el reparto de su tiempo dependía de la Bolsa. Con la
mirada ausente y grandes pasos recorría las calles sin darse cuenta en absoluto
de lo que sucedía a su alrededor. No veía los abrigos de pieles en los
escaparates, los bellos collares de diamantes en las joyerías o las guapas
jóvenes en los anuncios que animaban al público a realizar maravillosas
vacaciones en los lugares más exóticos. Era como un caballo de carreras al que
las anteojeras sólo le dejan ver lo que tiene delante: en su caso la Bolsa.
Podía llover, nevar, tronar o brillar el sol; para él sólo tenía interés un
clima: el que reinaba en la Bolsa. Corría para estar allí antes de que sonara
el timbre anunciando la apertura de la sesión.
Por
suerte para él, podía prolongar un poco más su placer cuando regresaba a casa.
Allí, en su despacho, se ponía en comunicación telefónica o por télex con
ciudades extranjeras cuya diferencia horaria le permitía discutir sobre
acciones, obligaciones, divisas y materias primas… Ése era el mundo en el que
vivía y en el que se creía feliz.
Como
suele decirse en tales casos, estaba poseído por la rabia de la especulación.
Todo dependía de ella y todo se encaminaba a ella. Cuando se afeitaba pensaba
en Gillette, si escribía a máquina en Remington y si tomaba un refresco, en
Coca-Cola. Cada artículo de la vida cotidiana era para él, simultáneamente, un
valor bursátil: el algodón de su camisa, la seda de su corbata, el azúcar que
ponía en el café, no eran más que materias primas con las que se podía
especular. De la primavera no sabía otra cosa más que la cotización de las
acciones de los grandes almacenes de París que llevan ese nombre (Au
Printemps); de Montecarlo no conocía sino las acciones de la Sociedad Mónaco de
Baños de Mar.
Una
mañana se dirigió con mayor prisa de lo ordinario a la Bolsa. La radio había
transmitido una noticia desfavorable sobre una sociedad con cuyas acciones él
especulaba a la baja. Par lo tanto, para él se trataba de una buena noticia. Se
alegraba de antemano, no sólo pensando en sus ganancias materiales, sino en la
satisfacción de ganar. Subió de cuatro en cuatro los escalones de la Bolsa y
percibió de inmediato la música de la baja. Sus oídos no estaban educados para
captar a Mozart o Bach, pero podían distinguir perfectamente la diferencia
entre el tono mayor del alza y el tono menor de la baja.
Mona Lisa
en la Bolsa
«¿Qué hace esa escalera en el patio? No quiero forzar al destino pasando bajo
ella. ¡Eso podría traerme mala suerte y estropear mi entrada!».
De
repente, se sintió sacudido por una fuerte impresión, como si alguien lo
golpeara con el puño en el pecho. Desde arriba de la escalera, una joven rubia
le dedicaba una sonrisa y él, de pie, frente a ella, la contempló de pies a
cabeza.
«¡Esto es
un abuso, me volveré loco! —pensó—. ¿Será verdad que me está sonriendo?».
Seguidamente,
desapareció en el patio de la Bolsa. Pero aquella sonrisa le perseguía. Casi no
se daba cuenta de que las cotizaciones lo favorecían al máximo. Su mano le
temblaba un poco. No escuchó las felicitaciones de sus colegas… ¡Aquella
extraña sonrisa seguía fija en su mente, y creía verla a la izquierda, a la
derecha, por todas parles, constante, interrogante…! Finalmente, la campana
sonó por segunda vez. Ese día la jornada bursátil le pareció no tener fin.
¿Volvería a ver aquella sonrisa al salir de allí? No, no estaba en el patio, ni
tampoco la escalera… ¿Lo habría soñado? Una vez en la calle no caminó tan
deprisa como de costumbre. Cada cosa empezó a adquirir para él un nuevo
sentido. En los maniquíes de las tiendas de modas reconoció a la joven rubia.
Los diamantes bailaron ante sus ojos fingiendo una sonrisa: y desde los
carteles le llegó la misma sonrisa que le invitaba a emprender un viaje.
Cuando
llegó a casa sonó el teléfono, pero no lo descolgó. El télex tecleaba pero no
se molestó en leer el despacho. Esa tarde cursó pocos telegramas, y los
recibidos ni se molestó en abrirlos. No se preocupó en absoluto de las
cotizaciones al cierre en las Bolsas extranjeras. Nueva York, Chicago, Buenos
Aires, habían dejado de existir para él. Cuando llegó la noche, no pudo
conciliar el sueño. Su vida entera desfiló ante sus ojos, años vacíos sin
sonrisas, llenos de aventuras, pero sólo de aventuras bursátiles y
especuladoras, sin presencia humana. Hizo balance de su existencia hasta que
llegó la mañana. Tuvo la loca idea de que volvería a ver aquella sonrisa y que
todo podría cambiar para él. El tiempo parecía haberse detenido. Con redoblada
impaciencia esperó la hora de trasladarse a la Bolsa.
La joven
no estaba allí. Se sintió defraudado. Sus colegas se dieron cuenta de que, por
vez primera en su carrera de bolsista, estaba preocupado por cosas que no
tenían que ver con las cotizaciones y los cambios. Nervioso, distraído, iba a
marcharse tan pronto sonó la campana anunciando el cierre de la sesión…
¡Allí
estaba ella, en la casilla de la conserjería de su padre! La vio por la ventana
abierta, cómo se peinaba su largo cabello rubio ante un espejo. En un repentino
encuentro, se iluminaron sus miradas; un relámpago, como si él le hubiese
dicho: «¡Espérame!», y su respuesta fuera «¡Sí!».
Durante
el camino de regreso a casa vivió un auténtico drama. Cuando llegó ya había
tomado la decisión. Empezó a trabajar inmediatamente. Allí estaba la vida, a su
alcance, y había decidido, finalmente, disfrutar de ella. Durante varios días
estuvo enviando telegramas y dando instrucciones, pero en esta ocasión no se
encaminaban a poner en marcha nuevas especulaciones. Por el contrario, se libró
de todos sus compromisos, cubrió sus posturas a la baja y vendió sus
compromisos al alza. En una semana liquidó todos sus negocios. Después
emprendió un viaje al extranjero, visitó a sus amigos y compañeros de negocios,
saldó sus cuentas, recogió sus ingresos, puso en orden sus compromisos y
también allí liquidó sus negocios.
En la
última tarde de su viaje saldó definitivamente su cuenta, hizo la maleta y
compró el billete de vuelta a casa. Estaba decidido a emprender una nueva vida.
Colocaría su dinero en una cuenta de ahorro y no volvería a pensar en la Bolsa.
Sí, iría allí una vez más…, pero se quedaría de pie junto a la puerta de la
conserjería y permanecería allí hasta volver a ver a la joven rubia, la tomaría
de la mano y se la llevaría… ¡Y como en un cuento de hadas, vivirían juntos y
felices! Soñaba…
—¡Vaya,
por fin te encuentro! ¡Te he estado llamando durante toda la semana!
Era uno
de sus antiguos amigos, un agente de Bolsa especulador como él, que por
casualidad viajaba en el mismo tren.
—¡Figúrate…!
—continuó—. ¡He descubierto la especulación del siglo! Algo realmente
extraordinario.
—Ya no me
interesan esas cosas; me he retirado de la Bolsa.
—¿Te has
vuelto loco? Es una broma, ¿no? No hay que perder tiempo. Escucha, se trata de…
—No
pierdas tú el tiempo. Ya te he dicho que lo he dejado todo. Me he cansado de
especular.
—Pero
mira, hombre, verás en seguida…
Trató de
protestar, pero el otro se había lanzado de pleno a sus explicaciones.
—Hay que
comprar, al alza, pieles sin curtir en la Bolsa de Nueva York. Es una
confidencia segura. Las cotizaciones han subido ya un poco, pero siguen
subiendo y aún lo harán más. Los rusos están comprando todo lo que se pone a su
alcance y tratan de acaparar. Uno se encuentra con sus agentes en todos los
mercados del mundo, desde Argentina a Canadá. Están causando una situación de
escasez; muchas fábricas de calzado de Alemania han tenido que suspender la
producción por falta de cuero.
El agente
de Bolsa se había embalado, empujado por su entusiasmo. Pertenecía a ese tipo
de gente capaz de dejarse arrastrar por una idea que les entusiasma, agotarla
hasta el fin y tratar de contagiar a otros su propio entusiasmo.
—¿Es que
no te das cuenta? ¿No me entiendes? —continuó—. La evolución del precio de las
pieles no tiene nada que ver con otros productos. El cuero es un producto
colateral. Nadie mata a sus vacas sólo para aprovechar su pellejo, sino que lo
importante es la carne. Por lo general, la producción de una materia prima se
incrementa cuando su precio sube. Eso pasó, por ejemplo, con el cobre. Cuando
hace años subieron los precios, muchas minas que estaban cerradas volvieron a
ser explotadas. Lo mismo puede decirse del caucho y, recientemente, ha pasado
con el whisky y es posible que algo semejante vaya a ocurrir
con el níquel…
»Pero con
el cuero las cosas son absolutamente distintas. Los precios pueden subir a las
nubes, pero no por ello los mataderos aumentarán el número de reses
sacrificadas mientras el consumo de carne no aumente. Y está ocurriendo lo
contrario; más bien tiende a disminuir. Cada vez se consume más carne de
ternera y en Norteamérica aumenta el consumo de carne de cerdo, de pescado y de
aves, sin contar con el creciente número de vegetarianos, de modo que se matan
menos vacas o bueyes. Puedes ver que existen pocas posibilidades de que se
produzca un aumento de la oferta en el mercado del cuero. ¿Y qué tenemos al
otro lado de la balanza? Un consumo que aumenta hasta el infinito. ¿Qué hacen
los rusos con las divisas que reciben por su caviar, que exportan a toneladas,
o por sus millones de cangrejos de Kamtchatka?, las emplean en comprar todo d
cuero que pueden.
»Piensa
en los soldados. Sus botas, suelas, cinturones, cartucheras… Todo es de cuero.
Necesitan botas de verano y botas de invierno… ¿Cuántos soldados hay en todo el
mundo? ¿Cuántas divisiones y cuerpos de ejército que tienen que ser equipados
totalmente? ¿Cuántos países subdesarrollados donde no hay zapatos? ¿Y los 850
millones de chinos? No podrás negar que tengo razón.
Llovieron
argumentos, la geografía entró en acción, la política tenía que ser tomada en
cuenta… Y todo ello debía servir para sostener una única tesis: ¡había que
comprar cuero!
—En una
situación internacional tensa como la actual, querido amigo, hay que especular
con cuero. Siempre que el mundo empieza a oler a pólvora se necesita cuero en
grandes cantidades.
—No te lo
discuto. Tienes razón, pero te repito que me he retirado de los negocios.
—Bien, no
quiero seguir insistiendo, pero si cambias de opinión aquí tienes mi número de
teléfono.
Se
separaron con esas palabras. Nuestro amigo pasó una noche horrible en su coche
cama. Estuvo dando vueltas, sin poder pegar ojo, hasta que amaneció, soñando
medio dormido con botas, bueyes chinos, vegetarianos subdesarrollados,
cartucheras, carniceros que sacrificaban gallinas, suelas de botas rusas… y
después volvió a ver a la joven de los cabellos rubios sobre la escalera de
mano.
«¡Ahora
hay que comprar panceta!»
Se apresuró a regresar a su casa. Su piso tenía un aspecto completamente
distinto del que hasta entonces fuera habitual. Ya no había gráficos ni
estadísticas colgados de las paredes, ni télex; todo había sido sacado de allí
antes de emprender su viaje. Cuando se afeitó no pensó en las acciones de
Gillette. Mientras se vestía, no pensó tampoco en las cotizaciones de la lana,
y se puso la corbata sin acordarse de cómo se estada cotizando la seda. Debía
empezar una nueva vida. Por vez primera se vio en el espejo realmente. Algunas
arrugas, mucha fatiga. Comenzó a reflexionar y a hablar con su imagen en el
espejo:
—¡Estás
loco, no puedes lanzarlo todo por la borda de la noche a la mañana! No es fácil
librarse de la propia piel; no se cambia de ella como de camisa.
Sin
conciencia concreta de lo que hacía, movido por la costumbre de tantos años, se
dirigió al teléfono y marcó el número de su agente:
—Compre
para mi X opciones de cuero en la Bolsa de Nueva York a plazo fijo.
El
encargo era gigantesco, llegaba hasta el límite de sus medios económicos. Como
garantía, tuvo que depositar la totalidad del dinero que pensaba colocar en su
cuenta de ahorro.
Con toda
tranquilidad, se sentó a su mesa de despacho y reanudo su actividad. Partieron
telegramas, se instaló de nuevo el télex y empezó a teclear febril como
siempre. Con sus contratos de compra de cuero emprendía diariamente el camino
de la Bolsa, lleno de satisfacción. Se sentía dichoso de no haber dejado
escapar esa oportunidad y calculaba ya cual sería su beneficio futuro. No
volvió a dirigir su mirada a la conserjería. Tenía miedo de sí mismo. De nuevo
empezó a ser el primero en llegar y el último en salir de la Bolsa: siempre
estaba en su lugar habitual, en un rincón del gran patio de cotizaciones.
¿Qué pasó
con el cuero?
El
presidente Dwight Eisenhower invitó al presidente soviético Nikita Jruschov a
un viaje por los Estados Unidos. Fue el primer paso que condujo a una gran
distensión. La coexistencia y el desarme figuraban en el orden del día. La
gente trató de olvidarse de las botas militares y las cartucheras. Y los
precios del cuero comenzaron a caer.
Mi amigo
perdió su inversión, y con ella toda su fortuna. Así, los acontecimientos
felices del mundo castigaron al héroe de este romance incompleto.
Yo
también perdí algunas plumas en esta inversión. Tampoco yo pude resistir la
tentación de invertir en algo cuyo éxito parecía asegurado. Pero yo no merecía
seguir siendo castigado, pues ya había sufrido con anterioridad. Otras
especulaciones del siglo terminaron igualmente con un gran fracaso.
Sólo nos
queda esperar cuál será la próxima «especulación del siglo», pensé.
(Después
de haber escrito esta historia verídica se la leí al amigo que me había servido
de modelo y protagonista. Me escuchó atentamente y mostró su conformidad con un
movimiento de cabeza, pero no dejó ver la menor emoción en sus gestos:
Finalmente, acabó por decirme en tono confidencial: «Muy interesante, André.
Pero te diré algo: ¡ahora lo que hay que comprar es panceta!»).
§. Una
comedia divertida
TAMBIÉN
Budapest tuvo su escándalo… Eso ocurrió hace muchos años, pero se trata de una
historia característica de la Bolsa de aquella capital, debido tal vez a las
típicas circunstancias en las que tuvo lugar, y también porque prueba que a
veces la especulación y el humor se dan la mano.
La
Sociedad Anónima del Salchichón Húngaro fabricaba este famoso producto, en
competencia con el famoso salami de Milán, y todavía el salchichón ocupa un
lugar de honor entre las exportaciones de la Hungría comunista. El negocio era
floreciente y pronto se empezó a especular febrilmente con las acciones de la
compañía. Así se continuó hasta que las acciones de 50 coronas se cotizaron a
300. Un grupo de especuladores que encontraban esa cotización «ridículamente»
elevada, decidieron fundar un «sindicato» para jugar a la baja. Estaban
convencidos de que la curva descendente pronto cambiaría de sentido, porque el
salchichón, pese a su calidad, de la que ninguna persona de buen gusto podía
dudar, no justificaba sin embargo una cotización tan elevada. ¡Era una reflexión
lógica! Pero en la Bolsa, como ya he dicho siempre, dos más dos no son cuatro.
Era
encantadora y coqueta…
En resumen, la baja se produjo, pero por razones que no tenían nada que ver con
la lógica: exactamente porque los padres espirituales de esta inteligente
especulación se vieron envueltos en un auténtico sainete.
Ella, la
protagonista, era encantadora y coqueta.
Él, su
marido, uno de los más conocidos banqueros de Budapest, jugador de Bolsa
experimentado.
El
tercero en discordia, el amante de la señora, era también un especulador
apasionado y, casualmente, el jefe de la organización que esperaba la baja de
las acciones del salchichón.
La señora
deseaba con todo su corazón poseer el magnífico collar que venía admirando
desde hacía mucho tiempo en el escaparate de una joyería, en la más elegante de
las calles comerciales de Budapest. El Tercero quería regalárselo, pero ¿cómo
iba a explicarle ella a su esposo aquella adquisición? Ambos, ella y su amante,
se pusieron de acuerdo para valerse de un truco que, desde que el mundo es
mundo, se ha venido utilizando con los maridos excesivamente crédulos.
Antes de
pedirle a su esposo que le regalara el collar tan admirado, la esposa se
dirigió en secreto al joyero para preparar el genial proyecto.
El amante
estaba dispuesto a pagar las tres cuartas partes del valor del collar, lo que
ya era una gran suma, y dejar que la joya siguiera en el escaparate. Después
llegaría un segundo comprador, el marido, al que debía decirle un precio que no
se correspondía al verdadero valor del collar: sólo la cuarta parte que quedaba
por pagar, una suma comparativamente pequeña. En tales circunstancias, el
marido no vacilaría en adquirir el collar para su mujer. Esta ya le había hecho
a su esposo algunas insinuaciones sobre su próximo cumpleaños y la posibilidad
de una visita al joyero. Al marido todo aquello le pareció un poco raro.
—¡Un
collar tan barato! No me gustan los saldos —le dijo—. ¡No va con mi carácter
comprarte un regalo de cumpleaños en las rebajas!
No
obstante, se dirigió a la joyería y encontró de su gusto tanto el collar como
el precio. Pagó al contado lo que el joyero le pidió, que era solamente la
cuarta parte del verdadero precio de la joya, se metió el collar en el bolsillo
y se alejó de la tienda.
—Todo ha
salido como usted quería —le comunicó el joyero a su cliente por teléfono.
Pasaron
los días. El marido parecía satisfecho. La esposa esperó el collar inútilmente.
Cuando no pudo contenerse más emprendió algunas investigaciones por cuenta
propia. El collar no había salido de la ciudad: brillaba, en todo su esplendor,
en el cuello de la primadonna más bella de Budapest, unida por
amorosos lazos al cariñoso marido.
El
triunfo: ¡lo que el viento se llevó!
La noticia se hizo del dominio público y la ciudad entera se divirtió con ella.
Sólo hay que añadir que el marido quiso castigar a su esposa infiel, que se
había vuelto insoportable a causa de la decepción y la rabia. ¡El esposo
decidió que debía vengar su honor y matar a su rival! Y para ello decidió
valerse de un arma más segura que la espada de duelo o las pistolas. Debía
acabar con él con manipulaciones bursátiles… El talón de Aquiles de su rival
era realmente el salami con cuya baja había especulado. La estrategia que en
tales casos se suele emplear contra los que especulan a la baja se llama corner en
el lenguaje de los expertos en Bolsa.
En
negocios a plazo fijo, los que juegan al alza compran, pero sin hacerse cargo
inmediatamente de las entregas. Los que juegan a la baja venden, pero por el
momento no entregan las mercancías. Cuando el alcista consigue comprar a plazo
fijo más acciones de las que existen realmente, el que juega a la baja se queda
sin aliento, porque no se ha dado cuenta a tiempo de que ha vendido más
acciones de las que realmente quedan a la venta. Cuando llega el plazo fijado
para la entrega no puede entregarlas, y tiene que recurrir a comprar al alcista
las acciones que le faltan y, como es lógico, éste es quien dicta el precio, es
decir, lo «lleva al rincón». Tal es el sentido de la palabra inglesa corner.
El jugador a la baja se ve, pues, arrinconado.
Eso fue
lo ocurrido: el marido engañado compró todas las acciones de «salchichón»
disponibles en el mercado. La cotización subió de 300 a 1.000 y después a
2.000. Finalmente, llegaron a las 3.000 coronas y aún seguían subiendo. Una vez
que no pudo comprar más acciones, recurrió a un financiador, que estaba en
Alemania, para reunir nuevo capital y continuar sus compras. Así, cuando llegó
el término acordado con el jugador a la baja, éste tuvo que someterse a las
condiciones impuestas por el comprador, lo cual le costó muy caro.
El
triunfo del marido, sin embargo, no duró mucho. Él y su banco perdieron enormes
sumas porque había cometido la imprudencia de dejarse arrastrar por los
sentimientos, e invirtió en una «expedición de castigo» sumas enormes con unas
acciones que no valían la décima parte. No logró, posteriormente, librarse de
aquel enorme paquete de acciones de salami que nadie quería comprar, y acabó
teniendo que hacer suspensión de pagos. El Tercero en discordia, el amante,
también tuvo dificultades debido a sus inmensas pérdidas con su juego a la
baja.
Esta
historia es un claro ejemplo de cómo en una misma operación pueden sufrir
pérdidas el que, juega al alza y el que juega a la baja. Una misma transacción
puede significar lo mismo para ambos: ¡la ruina!
Los
sucesos de los lustros siguientes hicieron que los héroes de nuestra historia
se perdieran por el ancho mundo: El joyero logró establecerse en Nueva York y
continúa vendiendo collares en su nueva joyería de la Madison Avenue. Con el
desprendido amante volví a encontrarme hace como unos veinte años, en Sao
Paulo, donde continuaba especulando. El banquero arruinado por su culpa se
suicidó en París y su esposa falleció en Italia. La primadonna, sin
duda, vive en Hollywood y ha perdido la voz. ¿Y el collar? ¡El viento se lo
llevó!
§. Lo que
las mujeres tienen que saber de la bolsa
NATURALMENTE,
las mujeres no siempre desempeñan en la Bolsa un papel tan fatal como el
representado por una de ellas en la historia relatada en el capítulo anterior.
En ocasiones pueden ser de gran ayuda al lado de sus esposos o amigos.
¿Qué
tienen que saber las mujeres sobre la Bolsa? Ésta es una pregunta que las
señoras me han planteado a menudo. Realmente no es mucho. La Bolsa es un campo
de batalla reservado a los hombres. Pero es conveniente que las mujeres sepan
todo lo relacionado con los hombres que se dedican a especular. Los hombres se
benefician de la Bolsa y las mujeres deben beneficiarse de sus ganancias.
Los
jugadores de Bolsa gastan el dinero fácilmente y con ligereza, puesto que ganar
dinero es en ocasiones (aunque no con demasiada frecuencia) fácil, incluso muy
fácil, hasta el punto de que se tiene la tentación de encender el cigarro con
un billete de banco. El favorecido por la suerte no piensa siquiera que en
otras muchas ocasiones ha tenido que reunir fatigosamente sumas de dinero
prestado. A veces puede ocurrirle que en la próxima jugada se las vea y se las
desee para poder hacer frente a sus deudas.
El dinero
ganado fácilmente, que no es fruto del trabajo, se gasta en muchas ocasiones
con las mujeres, pues al fin y al cabo el jugador de Bolsa es un caballero.
Cuando todo va bien, cuando suben las cotizaciones y nos aprovechamos todos de
un alza generalizada, las cosas marchan bien para nuestras amantes. Pero cuando
la rueda de la suerte gira en sentido contrario, cuando viene la baja y caen
las cotizaciones, las primeras en sufrir son las esposas.
Realmente,
¿qué son el alza y la baja? La mejor respuesta a esa pregunta me la dio un
antiguo amigo mío, cuando su hijo menor le hizo esa misma pregunta: «El alza,
hijo mío, es champaña, caviar, automóviles, mujeres hermosas… Y la baja,
querido mío, una jarra de cerveza, un par de salchichas, el tranvía y tu mamá».
Creo que no habrá un solo catedrático de economía política que pueda dar una
definición más clara y contundente del alza y la baja, la coyuntura favorable y
la crisis económica.
Hay,
también, algunos jugadores de Bolsa a la baja, es decir, al descenso de las
cotizaciones. Consecuentemente, una mujer lista debe tener en la reserva a un
amante que juegue a la baja. Así su bienestar queda asegurado en cualquier
circunstancia.
La suerte
en la Bolsa es tan voluble como una veleta, y ni siquiera el más avispado de
los especuladores sabe de antemano cuándo se va a producir el cambio de
dirección. Las mujeres harán bien en tomar nota de esto: el estado de ánimo de
los hombres se desarrolla, evoluciona, de manera paralela a la tendencia de las
cotizaciones. En tiempos difíciles, las señoras tienen que ser pacientes y
esperar que pasen los años de las vacas flacas y lleguen de nuevo momentos de
abundancia, lo que acabará por ocurrir sin falta.
El
comportamiento de las mujeres es de extraordinaria importancia para un jugador
de Bolsa. Son muchos los especuladores que han perdido los nervios, y con ellos
el dinero, solamente porque sus mujeres no supieron ser comprensivas en tiempos
difíciles. No, no es fácil ser la esposa o la amante de un jugador de Bolsa. La
Bolsa determina el estado de ánimo, el humor cotidiano. Las vacaciones, un auto
nuevo o un abrigo de pieles se evaporan como el humo, solo porque las
cotizaciones no bajan tal y como se había esperado.
El
corazón de un hombre se gana fácilmente…
La vida con un profesional de la Bolsa también resulta difícil por otras
razones. El especulador apasionado vive, sueña y habla solamente de la Bolsa.
Cuando las señoras lo escuchan con atención, o al menos fingen hacerlo, si su
compañero habla de cotizaciones, dividendos y otros asuntos relacionados con
sus negocios, pueden estar seguras de que se habrán ganado al hombre para toda
la vida.
Algunos
hombres, tras un agotador día de trabajo, oyen a medias con cierto placer la
charla insustancial de sus esposas. Los profesionales de la Bolsa no se cuentan
entre ellos. Ellos quieren discutir, argumentar y convencer como si en vez de
estar delante de sus esposas tuvieran como interlocutor a un cliente. Una mujer
lista, por tanto, debe saber con qué tipo de acciones está especulando su
marido, pues a éste le gustará ver sobre la mesa el queso o el vino de cuyas
compañías es accionista. Pero perderá fácilmente el apetito si su mujer le pone
sobre la mesa un producto con cuya especulación fracasó. Comprará un Mercedes o
un BMW según tenga acciones de una o de otra compañía. Un Volkswagen sería
indigno de un jugador de Bolsa… ¡salvo que esté especulando en grande con sus
acciones!
La mujer
o la amante de un jugador de Bolsa es también una marca publicitaria. Su éxito
o su fracaso se puede leer en las joyas y las ropas de la señora en cuestión.
Una mujer encantadora, elegante, con joyas valiosas, aumenta el crédito del
marido o del amante frente a sus clientes, sus colegas o sus banqueros. Es, por
decirlo así, la encarnación de su éxito.
La mujer,
sin embargo, no tiene por qué resignarse a desempeñar siempre un papel pasivo
de extra. En muchas ocasiones el hombre precisa de la intuición femenina. ¿De
qué sirve toda la ciencia financiera y todos los conocimientos técnicos, si
falta la chispa divina de la inspiración?
¡Y esa
inspiración en decisiones de importancia procede frecuentemente de la mujer
amada!
§. Los
héroes de la bolsa
LOS
héroes de la Bolsa no son siempre y exclusivamente los financieros y los
banqueros, sino que también pueden serlo reyes o políticos. Éstos, en
ocasiones, se creen en posesión de los secretos de los dioses y olvidan con
gran frecuencia la «I» de los imponderables, y que el más seguro de los golpes
bursátiles puede chocar muchas veces con lo incalculable.
No hay
ejemplo mejor de lo antedicho que la desagradable aventura de determinado jefe
de gobierno. Estaba convencido de que podía especular con éxito y acabó en la
miseria. Hasta el día de hoy yo era el único en conocer esa historia. Por eso
dejaré que sean otros los que revelen el lugar de la acción y la identidad de
los personajes. Cosa que; por otra parte, me parece bastante fácil.
Un jefe
de gobierno
Ocurrió en cierto país europeo a principios de la década de 1950-1960. Las
dificultades financieras y políticas que reinaban en aquel país eran
consecuencia de la falta de estabilidad política.
El
presidente del Consejo de ministros, que pertenecía a una de las grandes
familias del país, acababa de subir al poder. El hombre poseía y dirigía un
buen número de negocios familiares florecientes, tan prósperos como sólidos.
Tal vez
por servir a los intereses nacionales o acaso porque sus negocios particulares
se beneficiarían con ello, el jefe de gobierno deseaba una devaluación de la
divisa nacional, y se puso a actuar en ese sentido. Los rumores de la próxima
devaluación se mantuvieron con fuerza, pese a que realmente la situación no
exigía ni justificaba tal medida. Algunas personas bien informadas creían que
era la intención del gobierno. Y no estaban equivocadas.
El jefe
de gobierno quería la devaluación tal vez porque había especulado a la baja
contra la divisa nacional, y lo hizo con la ayuda de una genial combinación en
la que estaban mezclados todos los negocios de su familia.
Una de
las empresas familiares del jefe de gobierno, exportaba gran cantidad de
mercancías a México, y los mexicanos tenían que pagar en pesos, una divisa en
aquel entonces muy sólida. La firma exportadora llevaba los pagarés
internacionales a su banco emisor para que los cambiara en moneda nacional. La
empresa, pues, estaba en posesión de una cuenta con el saldo positivo en pesos
mexicanos, y el negativo en moneda nacional. Es decir, que el banco le debía
pesos, y ella al banco le debía moneda nacional.
Es fácil
de comprender la razón por la cual el jefe de gobierno y su familia estaban
interesados en una devaluación, sobre todo habida cuenta de que se trataba de
sumas gigantescas. Todo iba por el mejor de los caminos. Pero en esos momentos
surgió un obstáculo que derrumbó el colosal edificio especulador. El enérgico
veto del ministro de Finanzas impidió la devaluación, pero lo que ocurrió fue
aún más dramático. Sin el menor aviso, el gobierno mexicano decretó el sábado
anterior a la fiesta de Pascua una devaluación del peso de un 35 por ciento.
Para el jefe de gobierno y su familia eso significaba que su saldo positivo en
pesos mexicanos perdía el 35 por ciento, mientras que su saldo deudor en moneda
nacional permanecía inalterado. El agujero que hubo que rellenar era tan
grande, que en él desaparecieron todas las reservas familiares, consideradas
inagotables. ¿Quién pudo haber pensado algo semejante? ¡Un jefe de gobierno que
especula contra su propia divisa nacional y quiere devaluarla para realizar un
beneficio personal, no es algo que se dé a diario! Pero quien se hubiese
enterado de aquello, lo hubiera aceptado como una confidencia digna de crédito…
¡aunque al fin todo saliera mal!
La
historia es tan sorprendente que se podría dudar de su autenticidad, y no creo
que muchos estén informados de ella. Personalmente, he conocido algunos
detalles de los distintos sucesos e indiscreciones gracias a un encuentro
extraordinario, y el resto de la historia lo he deducido.
Hace
algunos años me encontré con el ministro de Finanzas mencionado, al que le
recordé la política financiera de su gobierno en aquellos tiempos. Me confirmó
que realmente su Jefe de gobierno quería devaluar la moneda nacional, pero él
puso el veto porque no encontró razón que justificara esa medida. En aquella
ocasión no quise insistir sobre la desafortunada especulación de su jefe de
gobierno.
La
política y la Bolsa están entrelazadas. Por lo tanto, no es sorprendente que
quienes se enteran de los secretos políticos tratan de utilizarlos en su
beneficio. En Washington, por ejemplo, actúan en la actualidad cientos de
«enlaces», hombres que han sido enviados a la capital —y muy bien pagados, por
cierto— para que establezcan contacto con determinados ministerios u otros
departamentos oficiales, a fin de conseguir informaciones que podrían serles de
utilidad. También en los salones de Washington son muchos los especuladores de
Bolsa que aguzan los oídos tratando de captar el menor rumor, la más sencilla
de las palabras que puede tener algún significado importante en boca de un alto
funcionario. A la mañana siguiente, se dirigen a la oficina de Bolsa más
próxima para tratar de sacar provecho de lo que oyeron. Las informaciones
procedentes de rumores y chismes son numerosas, pero la mayoría de ellas
resultan falsas e inducen a error. Esa es la razón que justifica el capítulo
titulado «Informado… ¿arruinado?» de este libro.
Cuando se
quiere ganar dinero, todo truco es bueno. Existe una fuerza irresistible que
empuja al hombre hacia el beneficio. ¿Qué camino más fácil que la especulación?
Especialmente, cuando sólo se necesita un gesto tan ligero como apretar un
botón para modificar el destino. Para conseguir su objetivo, todo medio es
justo. Manipulaciones con divisas, acuerdos comerciales, disposiciones de todo
tipo, acuerdos nacionales o internacionales, espionaje de salón, aventuras
amorosas e incluso conflictos armados cuando se hacen necesarios.
El rey
Nikita
Es de todos conocido que la especulación produce beneficios incluso durante las
guerras y a costa de ellas. Pero ¿quién podría pensar que una guerra fuese
consecuencia de una especulación financiera?
En el año
1912 tuvo lugar en los Balcanes la siguiente historia. Allí existía un mosaico
de nacionalidades, reinos y religiones, y todos tenían que coexistir. En
aquella ocasión había cuatro Estados que decidieron aliarse contra su enemigo
común: Turquía. Un acuerdo militar reunió a los reinos cristianos de Grecia,
Serbia, Montenegro y Bulgaria contra el Imperio Otomano. La primavera de 1912
olía a pólvora. Montenegro, un pequeño reino a orillas del Adriático, estaba
regido por un soberano para quien especular era cuestión de vida o muerte. Las
cajas de su Estado estaban siempre vacías. Nos referimos al rey Nikita.
Para
conseguir dinero con destino a sus gastos particulares, recurrió a un método
que quizá no puede calificarse de elegante, pero sin duda sí merece el
calificativo de genial. En las transferencias de dinero por vía postal entre
Estados, existe lo que se llama el post-clearing. Los envíos
internacionales se pagan y, transcurrido un año, se establecen las
liquidaciones globales entre Estados. El rey Nikita enviaba a varios hombres de
paja situados en todo el mundo giros postales desde Montenegro. La oficina de
correos correspondiente pagaba la suma en el extranjero y la cargaba a la
cuenta de Montenegro. Los hombres de paja del rey Nikita cobraban. Cuando las
cuentas llegaban a Cetiña, por aquel entonces capital del reino montenegrino,
el rey encargaba a su ministro de Comunicaciones que declarase la imposibilidad
de hacer frente a los pagos, y pedía una moratoria. El truco le dio buen
resultado, y hasta el severo emperador Francisco José tuvo que mostrarse
tolerante y anuló las deudas de su colega en dificultades al Correo Imperial y
Real pese a que Montenegro se hallaba bajo el protectorado de los zares.
En mi
juventud se contaban docenas de anécdotas sobre el rey Nikita. Una de ellas
ocupó mi fantasía infantil de manera especial. Un famoso hombre de negocios
norteamericano y multimillonario realizó un viaje por los Balcanes y llegó a
Montenegro. Fue invitado a un banquete por el rey Nikita. Tras la comida, el
rey y su invitado aparecieron juntos en el balcón de palacio para mostrarse al
pueblo. Impresionado por la escena (él, un simple millonario norteamericano,
junto a un rey y aclamado por el pueblo), el huésped echó mano al bolsillo y
empezó a arrojar monedas de oro a la multitud que llenaba la plaza. Se divirtió
con el espectáculo y se volvió hacia el lugar donde había estado el rey, con
una sonrisa esperando ser correspondido. Se volvió a ambos lados, pero el rey
había desaparecido del balcón. Al cabo de un rato pudo descubrirlo entre la
multitud tratando de recoger las monedas arrojadas por su invitado. Se
non è vero è ben trovato. Al menos la anécdota refleja el ambiente de
aquellos tiempos.
Para sus
grandes gastos, el rey recurría a otro truco. Jugaba a la Bolsa. Ofrecía
consignas y confidencias secretas a sus banqueros, los hermanos Reitzes de
Viena, y O. A. Rosenberg, de París y Londres (yo los conocí personalmente
cuando trabajaba de aprendiz de Bolsa en los años treinta, pues ambos eran
clientes nuestros), para aprovecharse con ellos en las Bolsas de todo el mundo.
Una
mañana del mes de septiembre de 1912, llegó a la sede de la Banca Reitzes, en
Viena, un enviado del rey Nikita, su propio hijo, el príncipe Danilo. (El
prototipo del protagonista de la opereta vienesa La viuda alegre,
de Franz Lehar). Les llevaba una urgente noticia. La misma mañana, envió a otro
mensajero con idéntica noticia al banquero O. A. Rosenberg, de París.
«Venda
todo y al precio que sea —escribía el rey—. La guerra contra Turquía es
inmediata».
Los
Rosenberg vendieron en todas partes por cuenta del rey, por su propia cuenta y
también por cuenta de algunos amigos de confianza. Vendieron, incluso con
pérdidas, en las Bolsas de Viena, Frankfurt, París y Londres, todos los valores
de la deuda serbia, turca, búlgara y otras; una gran cantidad de efectos, en
suma. También ambos banqueros especularon a la baja con los créditos rusos, con
los cuales se realizaba un activo negocio entre París y San Petersburgo. Y lo
hicieron en gran medida.
Al
principio, los acontecimientos parecieron confirmar las informaciones
facilitadas por el rey Nikita. Turquía concentró sus tropas en la frontera y
los cuatro aliados balcánicos respondieron, el 1º de octubre, con la
movilización general. La Bolsa reaccionó fuertemente y se produjo la baja.
Pero casi
en seguida se firmo la alianza francorrusa. Ambas partes se comprometían a
evitar todos los riesgos que pudieran conducir a una conflagración en los
Balcanes. La situación aún no estaba madura para el ajuste de cuentas que
habría de producirse en 1914. El zar Nicolás y el presidente de la República
francesa, Poincaré, pusieron su veto a cualquier modificación fronteriza en los
Balcanes, y también a un eventual ataque contra Turquía, «el enfermo del
Bósforo». El presidente Poincaré garantizó personalmente las reformas políticas
en Macedonia. Se creyó que el fantasma de la guerra se alejaba definitivamente.
Y la Bolsa reaccionó con un alza escandalosa.
Los
banqueros del rey Nikita se sintieron incómodos en su pellejo. ¿Era posible que
su regio cliente los hubiera engañado?
Realmente,
la intervención del presidente Poincaré había devuelto el mercado bursátil a su
nivel normal, y los especuladores a la baja sufrieron grandes pérdidas. En las
oficinas de Rosenberg y Reitzes se recibieron sendos telegramas con el
siguiente texto: «No se preocupen stop continúen
vendiendo stop Nikita…». Y los banqueros así lo hicieron.
Vendieron en toda regla, pese a que no podían ocultar su inquietud aun con las
seguridades dadas por el rey de que la guerra de los Balcanes acabaría por
estallar.
El 18 de
octubre de 1912, los montenegrinos hicieron sus primeros disparos de cañón
contra Escútari, una pequeña ciudad turca junto al lago del mismo nombre, un
lugar muy pintoresco próximo al Adriático. Montenegro había hecho caso omiso de
las categóricas decisiones y compromisos de las grandes potencias y le declaró
la guerra Turquía. Los compromisos de alianza entraron en vigor, y Serbia,
Grecia y Bulgaria se vieron obligadas a intervenir en las hostilidades. Todos
los valores bursátiles de esos Estados se desmoronaron: la deuda rusa, turca,
serbia y búlgara se hundieron. Nikita, Rosenberg, Reitzes y sus socios se
embolsaron enormes ganancias.
Cabe
formularse la siguiente pregunta: ¿podría haberse evitado la guerra de los
Balcanes si Nikita de Montenegro no hubiera incendiado el polvorín para
asegurarse sus ganancias en la Bolsa? La historia conserva algunos enigmas. Y
ése no se ha desvelado en los siguientes setenta y tantos años, aunque las
sospechas fueron de boca en boca.
En mi
familia se hablaba con especial frecuencia del asunto. Repetidas veces oí decir
a mi madre:
—¡Si la
guerra de los Balcanes hubiera empezado unas semanas antes, tío Oscar y su hijo
serian hoy día multimillonarios, con millones de los de antes de la guerra!
Y eso a
pesar de que siempre se contaron entre los parientes pobres. En aquellos días,
mi tío era un especulador internacional que jugaba en todas las Bolsas. Había
jugado a la baja en espera de que estallara la guerra en los Balcanes… y con
gran estilo. En aquellas semanas fatales en que todo parecía indicar que la
guerra se había evitado, y las cotizaciones empezaron a subir rápidamente, tuvo
que cumplir sus compromisos a la baja y se arruinó por completo.
El
resultado siempre es el mismo: un especulador que no puede aguantar sólo
comprende que tuvo razón y que debió resistir más, cuando ya es demasiado
tarde. 2 × 2 = 5 − 1.
El
banquero Rosenberg
El banquero Rosenberg de mi historia se encontró dos años más tarde en el
vórtice de una catástrofe bursátil. Cuando estalló la primera guerra mundial,
en 1914, se dijo que Rosenberg había especulado fuertemente a la baja con los
valores de la renta francesa. Como es natural, la guerra produjo una serie de
catástrofes, y los valores de la renta francesa se vieron especialmente
afectados por ellas. Rosenberg logró enormes beneficios jugando a la baja.
Cuando llegó al edificio de la Bolsa al día siguiente de la declaración de
guerra, fue recibido con insultos y gritos y le lanzaron huevos podridos, no
sólo por sus especulaciones sino también porque era austríaco. (En aquel
entonces se hablaba en Francia de l’Autrichien: l’autre chien, es
decir, «el otro perro»). Tuvo que abandonar inmediatamente la Bolsa protegido
por la policía. Si verdaderamente ganó tanto dinero con la caída de los valores
de la renta francesa, es algo que hasta ahora no he podido confirmar.
Capítulo
5
El fabuloso mundo del dinero y la Bolsa
Contenido:
§.
Preludio al día de hoy: aventuras en la Bolsa de París 1939-1940
§. Nubes de tormenta sobre el fabuloso mundo
§. La divisa: espejo de nuestras virtudes y vicios
§. Especulaciones para la protección de la fortuna
§. Cuando los bancos vuelvan a ser cafés…
§. ¿Quién protege a quién contra quién?
§. Los paraísos fiscales, las Jaujas de nuestros días
§. Sobre los negociantes «visionarios»: ¡Dios mío, cuanto trabajo!
§. El camino hacia el minicapitalista: participación en trusts de inversiones
§. Cuando ríe el director de un fondo de inversión, lloran sus clientes
§. Engaño en la Bolsa con los consorcios mixtos
§. «Off-shore-fonds, made for Germany»
§. Cómo se engaña al público
§. Sociedades amortizadoras «Made in Germany»
§. «Quousque tandem, Catilina…»
§. Complicidad por ignorancia
§. El mundo libre: casino de juego de los traficantes de divisas
§. «David» Kostolany contra «Goliat» Dresdner Bank
§. Mamá Marx admiraría a los norteamericanos
§. «Esa fue solo la primera jugada…»
§. ¡América, no me olvides!
§. ¿Sobrevivirá el fabuloso mundo?
§.
Preludio al día de hoy: aventuras en la Bolsa de París 1939-1940
VEINTICINCO
años más tarde, los bolsistas franceses no eran tan susceptibles. Todavía me
acuerdo del malestar, que era casi como un sentimiento de culpabilidad, que
sentí durante los primeros seis meses de la guerra, cuando yo, como extranjero
neutral (húngaro), podía pasear tranquilamente por los Champs-Elysées, mientras
todos los hombres de mi generación, amigos y colegas, estaban prestando el
servicio militar. En vez de pasarme el día en el cuartel, yo lo pasaba en la
Bolsa. En vez de observar la línea Maginot desde las trincheras de la línea
Siegfried o viceversa, podía, sentado en un cómodo sillón, observar las
oscilaciones de la Bolsa. Nos encontrábamos en el periodo llamado drôle
de guerre, «una guerra cómica», que los alemanes llamaron a su vez Sitzkrieg,
que podría traducirse como «la guerra de asiento». A pesar de la situación
bélica, la Bolsa seguía dando muestras de gran actividad, y los precios subían
cada vez más.
Aunque no
era mi intención rebajar mi nivel de vida, traté en lo posible de eliminar los
signos externos de mi bienestar económico. Sustituí mis cigarros habanos,
símbolo de riqueza, por la más democrática pipa, que por lo general rellenaba
con tabaco negro siempre que me era posible. Seguía acudiendo a los
restaurantes de categoría pero, un poco avergonzado, me situaba medio escondido
en un rincón para disfrutar de mis suculentos manjares.
El
patriotismo bolsístico de los parisinos
Un día me sentaba de nuevo en uno de mis bares preferidos, Chez Pierre, de la
Place Grillon —en uno de sus rincones menos visibles, naturalmente— cuando
penetró un grupo en el local. Entre los recién llegados había una señora muy
elegante y encantadora, una amiga a la que frecuentemente había aconsejado en
asuntos relacionados con la Bolsa.
Me asusté
en el primer en el primer momento, pues sabía cuán gustosa y abundantemente
solía hablar aquella señora sobre la Bolsa, y una conversación de ese tipo no
me resultaba agradable en aquel lugar y circunstancia. Traté inútilmente de
esconderme tras el periódico desplegado, pero la señora ya me había
descubierto, y sucedió lo que temía. Con radiante humor me preguntó:
—¡Vaya,
mi pequeño André! ¿Cómo le van las cosas en la Bolsa? ¿Sigue ganando mucho
dinero? ¿Cuáles son las últimas noticias confidenciales? ¿Cree usted que la
guerra se prolongará mucho tiempo y que las cotizaciones seguirán subiendo?
¡Lo que
me faltaba! Me hubiera gustado desaparecer bajo tierra. El bar estaba lleno y
tuve la sensación de que todos los ojos se clavaban en mí. Casi sentí
físicamente el pensamiento de los demás: «Aquí tenemos un
"emboscado", a un extranjero que gana dinero mientras nuestros hijos
se pudren en el frente».
Pero no
tenía razón al pensar así. Mi mala conciencia era un caso único. Los franceses
no suelen ser tan melindrosos en asuntos de dinero. En guerra o en paz, cada
uno de ellos trata de ganar el máximo posible: los industriales con sus
suministros, los comerciantes con la coyuntura de alza de sus ventas en
retaguardia, y todo aquel que lograba hacer dinero de un modo u otro llevaba
sus beneficios a la Bolsa. Hoy sé que aquellos clientes del restaurante que se
sentaban a mi alrededor se sentían principalmente interesados en saber quién
podía ser aquel especialista en asuntos bursátiles. Y les hubiera gustado mucho
oír los consejos y recomendaciones que pensaban yo iba a hacer a aquella
señora.
Mi mala
conciencia estaba, pues, fuera de lugar. Más tarde me daría cuenta de que mis
amigos seguían jugando a la Bolsa, desde los cuarteles o en el frente, con el
mismo entusiasmo, y que estaban mejor informados que yo sobre los
acontecimientos bursátiles cotidianos. Cuando conseguían un día de permiso, se
dirigían inmediatamente a París, y su primera visita los llevaba al «Templo».
Conservo
todavía un mal recuerdo de la Bolsa durante la guerra. Desde hacía mucho tiempo
conocía a un periodista simpático e inteligente llamado Percy. Su hermano era
banquero, pero él prefería dirigirse a mí cuando necesitaba consejos para sus
negocios en la Bolsa. Yo le daba algunas explicaciones técnicas sobre el
funcionamiento de la Bolsa y, a cambio él me contaba algunos secretos
políticos. Como periodista trabajaba también en la radio, y yo creí que
resultaba fácil conseguir a través de personas como él informaciones sobre los
chismorreos y comentarios políticos.
Durante
las primeras semanas que siguieron a la declaración de guerra, vino a mí
frecuentemente con la información de que las hostilidades no llegarían a
hacerse realidad, y que no había razón para tener miedo. Debíamos seguir
comprando. El gobierno Daladier estaba a punto de dimitir, y Pierre Laval, el
futuro presidente del Consejo de ministros, se pondría de acuerdo con los nazis
sobre la cuestión de Danzig y todo volvería a su cauce. Ya se oía de boca en
boca la frase «¿morir por Danzig?», una consigna puesta en circulación por los
agentes nazis.
«¡Dios
mío, qué gran error!»
Mi amigo periodista se había equivocado. Después venía casi a diario con la
noticia de que en el momento en que Hitler hubiera acabado con el frente
oriental (se trataba de la guerra relámpago contra Polonia), Laval se haría con
el gobierno de Francia, etc., etc. En fin, que había que tener paciencia y
seguir comprando, pues la paz estaba en puertas.
Poco
antes de la declaración de guerra, fueron muchos los que creyeron que había que
aprovecharse de la baja de precios y comprar, que no se corría ningún riesgo,
pues o no habría guerra, lo que provocaría un alza incontenible, o vendría la
guerra y todo sería igual, pues el conflicto significaría el fin del mundo. Y
en ese caso, lo mismo daba tener dinero que no.
¡Dios
mío, cómo nos engañamos todos! Yo mismo hacía ya bastante tiempo que me había
comprometido jugando a la baja en la Bolsa de París. En principio, los precios
empezaron a caer lentamente; después con algo más de rapidez, y pude obtener
buenos beneficios. Mi especulación a la baja se basaba en compras a plazo fijo
que podía ser prolongado mensualmente. A principios de cada mes, el llamado día
de caja, podía recoger los beneficios obtenidos por la baja de las cotizaciones
de las acciones y valores con que negociaba durante el mes anterior. El primer
día de caja, el 6 de septiembre, hubiera podido retirar un buen beneficio.
Tras el
acuerdo Ribbentrop-Molotov del 24 de agosto de 1919, estaba convencido de que
la guerra era inevitable. El 6 de septiembre faltaban sólo catorce días para
ello, pero ese plazo me pareció una eternidad.
No perdí
los nervios, sino que reflexioné cómo podía poner en orden mis asuntos. Si
llegaba la guerra, causaría el derrumbamiento de la Bolsa. Ésta sería cerrada
antes. Los bancos y los banqueros conseguirían moratorias por parte del
gobierno. Consecuentemente, no sólo no podría liberarme de mis compromisos
aplazados, sino que se verían congelados mis depósitos bancarios destinados a
asegurar mis operaciones bursátiles. Tomé rápidamente una decisión. Al menos
tenía que salvar mis depósitos, pero para recuperarlos necesitaba librarme de
mis compromisos a la baja aplazados. Eso no era de mi agrado, pues estaba
convencido de que las cotizaciones seguirían bajando.
Estas
reflexiones, entre tanto, resultaban de todo punto intrascendentes. No tenía
para mí ningún aliciente seguir recogiendo nuevos beneficios. Estaba convencido
de que las Bolsas y los bancos serían cerrados. Así que ¡sálvese quien pueda!
Una vez que liquidé mis compromisos a la baja, transferí mis depósitos a
Estados Unidos. Mi padre solía decir; «Hay hombres que hablan inteligentemente
pero actúan como estúpidos, y otros que hablan como tontos pero actúan de modo
inteligente». En aquella ocasión, nosotros nos incluimos entre los últimos.
Todo ocurrió de manera distinta a como habíamos esperado.
Yo había
juzgado equivocadamente los acontecimientos y, sin embargo, tuve suerte. La
guerra estalló, pero la Bolsa no fue cerrada, e incluso siguieron los negocios
a plazo medio, no hubo moratoria y ni siquiera se estableció el control de
divisas. El 6 de septiembre pude recoger mis últimos beneficios en la Bolsa y
transferirlos a Estados Unidos. Ésa fue mi suerte, pues ¿qué ocurrió después?
Las cotizaciones subieron de manera tempestuosa. Todos los que habían comprado,
y yo, gracias a haber cubierto mis compromisos a la baja, tuvimos una suerte
fantástica.
También
se equivocaron quienes creyeron que el comienzo de la guerra significaba el fin
del mundo, y que después daría exactamente igual tener dinero o no tenerlo.
Precisamente en los meses y años siguientes, muchos hombres pudieron salvar sus
vidas si tenían dinero, y muchos acabaron su existencia por no tenerlo.
El que
más se había equivocado fue mi amigo el periodista, y de manera imperdonable.
Durante semanas y semanas no se cansó de repetir que Daladier dimitiría y sería
sustituido por Laval al frente del gobierno que, de inmediato le haría a Hitler
propuestas para poner fin a la guerra. Por lo tanto, había que comprar en la
Bolsa. Polonia ya había sido derrotada y repartida; después vino la guerra
relámpago contra Occidente: Holanda fue ocupada, Bélgica se rindió. Llegaron
días muy agitados, y durante varias semanas no vi a mi amigo. Un día llegó
hasta mí, en la Bolsa, a toda prisa y casi sin respiración. Me apartó a un lado
para que nadie pudiera oírnos, y me murmuró con una sonrisa de suficiencia:
—Bien,
amigo mío: ahora es usted quien tiene que aconsejarme. Dígame qué debo comprar
rápidamente para que yo también me aproveche de una futura e inevitable alza.
Para mí
fue el fin de un mundo
Estaba muy excitado.
—¿Es que
ha muerto Hitler? —Le pregunté.
—Nada de
eso; todo lo contrario. Los nazis están a treinta kilómetros de París, y en dos
días habrán llegado. La guerra ha terminado prácticamente. Las cotizaciones
subirán a las nubes. ¿Qué se puede comprar…?
¿Qué
podía responderle? Para mi aquello significaba el fin de un mundo. Los
empleados de la Bolsa iban de un lado a otro como si todo estuviera en orden,
como si no ocurriera nada, pero yo sabía que dos días más tarde los nazis y la
Gestapo estarían en París. Me sentía como si me hubieran golpeado la cabeza con
un pesado martillo, y todo comenzaba a darme vueltas.
Mi amigo
insistía, tratando de saber qué valores debía comprar Para él las cosas iban
del mejor modo. Hitler estaba al llegar, con todo lo que eso significaba. Sólo
que las ideas de mi amigo eran muy diferentes de las mías. Incluso si hubiera
querido responderle no hubiera podido hacerlo. Sentí una terrible opresión en
el pecho, dejé rápidamente la Bolsa, tomé un taxi y me dirigí a casa. Miré a mi
alrededor y acaricié como despedida, aquellos objetos que me eran más queridos
y que tenía que dejar allí. Pensé que nunca volvería a ver París, a aquellos
seres cuyo trato me había habituado, a los que había querido: mis amigos, mis
colegas, las calles acostumbradas, los bulevares y plazas y tantas otras cosas
que habían significado mucho en mi vida.
Durante
ese tiempo, mi amigo continuó buscándome en la Bolsa para que le ayudara a
elegir los valores con los cuales pudiera sacar provecho financiero de la
victoria de Hitler. No sé cuáles serían las acciones por las que acabaría
decidiéndose; sólo sabía que su error fue enorme en comparación con el nuestro.
Acabó por tener razón: Laval fue nombrado presidente del Consejo de Ministros
de la Francia ocupada por los nazis. Pero las cotizaciones no subieron. Todo lo
contrario. Entonces, sí que la Bolsa fue cerrada, y las acciones y valores
resultaron invendibles durante mucho tiempo. Después, cuando empezó a
desarrollarse un reducido mercado para ellos, los francos que podían obtenerse
habían perdido todo su valor…
El gran
error de mi amigo consistió en unir su suerte a la de los nazis. Después de la
guerra, cuando regresé a París, quise informarme de lo que había sido de él, y
supe que fue condenado a diez años de presidio por colaboracionista.
Mi padre
tuvo razón: hay hombres que hablan inteligentemente y actúan como estúpidos…
Esta
historia la escribí ya antes y del mismo modo en Francia, pero me fue rechazada
por el editor.
§. Nubes
de tormenta sobre el fabuloso mundo
Histeria
I: inflación
EL capitalismo tal vez esté en declive, pero los capitalistas —grandes y
pequeños— siguen presentes en gran número. Y como las abejas —las proverbiales
ahorradoras del reino animal— entran en conmoción cuando su colmena es
destruida, así los ahorradores capitalistas se ponen histéricos y van de un
lado para otro tratando de salvar su capital, o esconderlo o aumentarlo. Esta
actitud basada en el deseo de ganancia lleva a inversiones audaces (incluso con
materias primas) cuyos peligros no conocen plenamente. Estos inversores
resultan tan peligrosos para otros ahorradores como las abejas enloquecidas
para todo el que se acerca a ellas. En un día cualquiera se precipitan sobre
una mercancía simplemente porque ven que todos la compran, y con ello hacen
aumentar su precio. Las nuevas compras hacen subir aún más las cotizaciones. Al
día siguiente, adquieren algo distinto y así sucesivamente, sobre todo porque
encuentran en cualquier esquina a un avispado agente de Bolsa, negociante o
especulador, que trata de colocar a su víctima cualquier cosa con el pretexto
de que «hay que protegerse contra la inflación». Estas personas son las que aún
revuelven más las aguas para poder pescar mejor.
¿Está
justificada esa histeria? ¡No! Sólo una inversión reflexiva y analiza
profesionalmente puede resultar productiva. La histeria es siempre una mala
consejera, y puede influir el curso de la Bolsa de manera muy negativa. Pero
una inflación que se desarrolla de modo continuado es con frecuencia inevitable
por razones de tipo económico, tanto internas como externas. Mientras la
inflación permanezca controlada, siempre será preferible a una deflación. Una
inflación galopante siempre termina en catástrofe, pero otra que se mantenga
por debajo del cinco por ciento es un mal mucho menor que la deflación de ese
mismo porcentaje. La primera es estimulante, mientras que la segunda paraliza.
La economía y las finanzas no siempre se dejan conducir de acuerdo con los
deseos de los gobernantes para conseguir una completa estabilidad de precios.
El canciller de la República Federal Alemana Schmidt tenía toda la razón cuando
hace algunos años, dijo: mejor el cinco por ciento de inflación que el cinco
por ciento de paro.
La
inflación con tendencia a crecer tiene que ser cortada de modo radical en el
momento adecuado, aun cuando exija sacrificios. Con la inflación ocurre como
con un baño tibio: resulta agradable permanecer echado en la bañera mientras el
agua está templada, pero hay que tener mucho cuidado de que no se caliente
demasiado.
El pánico
que inspira la inflación siempre existió y sigue existiendo, exagerado en
nuestros días de una manera dramática. Muchos recuerdan lo ocurrido en los años
veinte en Alemania y en algunas otras naciones europeas, pero aquella inflación
galopante fue un fenómeno totalmente distinto. Las cajas estatales estaban
vacías y la producción era casi cero. Las fábricas de papel moneda ponían en
circulación billetes y billetes, miles de millones de marcos. Casi no había
mercancías y eran enormes las colas para comprar pan. A nadie le sorprendía que
el precio de un pantalón por el que el día anterior se habían pagado 10.000
marcos, al siguiente costara 30.000. Naturalmente, la situación inflacionista
actual no tiene nada que ver con aquélla.
Histeria
II: antigüedades
En la actualidad, el público que presupone la existencia del peligro de
inflación no se lanza a la compra de bienes de consumo ni de alimentos, que
pueden ser adquiridos en la cantidad y calidad deseadas, sino que busca
antigüedades y obras de arte. En estos tiempos la gente paga cualquier precio
que se le pida por objetos artísticos: lámparas antiguas, molinillos de café o
viejos sifones del siglo pasado, impulsada por la idea de que son antiguos y
cada vez se van haciendo más raros. En las colecciones de piezas raras y obras
de arte sólo pueden considerarse adecuadas las inversiones motivadas por la
afición, pero no por intereses meramente financieros.
Ni
siquiera en los tiempos que precedieron inmediatamente a la segunda guerra
mundial ni durante ésta reinó una histeria semejante a la actual, pese a que
hoy día puede excluirse de modo casi absoluto que vaya a producirse una tercera
guerra mundial. El temor a perder lo que se posee y el afán especulador han
alcanzado unas cotas que nadie podía prever, y han conducido a una crisis de
confianza, hasta el punto de que en los años 1979 a 1981 muchos compraron oro y
plata a precio superior a sus cotizaciones oficiales, tan pronto había una
reserva de esos metales en Suiza que pudiera adquirirse rápidamente y dejarse
depositada allí. Pero en caso de guerra, ¿es Suiza un país más seguro que
Estados Unidos? Yo lo dudo.
En lo que
se refiere a los viejos molinillos de café y a los sifones antiguos, ¿a quién
se le podrían vender en el caso de que verdaderamente estallara otra guerra
mundial? En el mercado hay demasiado dinero caliente y muchos objetos de arte
en manos de quienes no saben qué hacer con ellos, que no favorecen con esa
actitud ni sus propios intereses ni los ajenos. Al final, los inversores pueden
acabar colocando su dinero y perdiéndolo en inversiones desatinadas y no a
causa de la inflación. Como dijo Voltaire, «son más numerosas las personas que
mueren por ingerir medicamentos que por enfermedad».
¿Se puede
burlar la inflación?
Se me suele preguntar con frecuencia si en tiempos de inflación se puede y se
debe ahorrar. Mi respuesta es contundente: ¡sí!
Básicamente,
se debe ahorrar. Pero ¿cómo? Ésa es, naturalmente, la cuestión por resolver.
Dado que
se trata de una inflación a nivel mundial, que ni siquiera se detiene al llegar
a los países del bloque comunista, el problema es más grave que nunca. De las
antiguas inflaciones a nivel nacional uno se puede librar adquiriendo otras
divisas, en ocasiones incluso en el país vecino. Mientras que el marco del
Reich caía prácticamente a cero, los alemanes previsores compraron el rico
florín holandés; los franceses, más listos, escondieron su dinero en Suiza
mientras el franco siguió flotante; los sudamericanos adquirieron dólares para
librarse de la permanente inflación… Pero los ciudadanos de Estados Unidos
buscaron su salvación en obligaciones y acciones, en valores inmobiliarios
durante la inflación de la segunda guerra mundial. Claro que ésos son tempi
passati. En la actualidad, tanto el dólar como el franco suizo o el marco
alemán occidental están sometidos a los mismos condicionamientos políticos y
sociales y a idénticos riesgos. La única divisa que el ahorrador debería
comprar sería «el índice de precios». Pero como de momento esta divisa no
existe, cada uno tiene que buscarse su propia inversión, que mantenga su
«índice de precios». Subrayo el de momento, pues opino que
finalmente, tras estos años de desarrollo, acabará por conseguir inversiones
que mantengan un índice conforme al coste de la vida.
También
hay que plantearse la cuestión siguiente: ¿hasta dónde llegará y hasta cuándo
durará la ominosa situación presente? ¿Existe una posible salvación? ¿De dónde
nos llegará? La inflación tiene bases estadísticas, políticas y
psicológicas. Las tres están en relación mutua y constituyen un círculo
vicioso. Las razones estadísticas puedo expresarlas de la manera más adecuada
tomando prestada una frase de un escritor húngaro de hace más de cien años:
«Existen demasiados esquimales y muy pocas focas». Cientos de millones más de
consumidores en África, Asia o América del Sur, un ascenso del nivel de vida en
los países del Este europeo, el aumento artificial de consumo y el desperdicio
en los países altamente desarrollados y los llamados países capitalistas se
enfrentarán a un aumento insuficiente de la producción en otros países, sobre
todo en los del llamado Tercer Mundo.
Inflación:
el precio de la democracia
Esas discrepancias se irán haciendo cada vez mayores a consecuencia de la
emancipación de los pueblos. Esto podría evitarse tal vez gracias a la ciencia
moderna o, al menos, ésta debería ayudarnos a cruzar el puente, pero para ello
se hace necesario aumentar la capacidad de producción, que, a su vez, exige
nuevas inversiones gigantescas con todas sus consecuencias inflacionistas.
Durante el período en que se están realizando las inversiones, hay que
disminuir radicalmente el consumo. Y es entonces cuando aparece el
problema político: ¿qué gobierno democrático, obligado a rendir
cuentas a un Parlamento, y que tiene que presentarse a las elecciones cada
cuatro o cinco años, puede mostrarse dispuesto a tomar las medidas necesarias
para una restricción del consumo? Ninguno. Con la necesidad de celebrar
elecciones periódicas, cada dos, tres, cuatro o cinco años, el llamado «mundo
libre» vive sometido a una permanente dictadura, la dictadura de la
demagogia. Tanto si está en el poder un gobierno conservador o de
orientación izquierdista, las medidas necesarias no serían realizables a largo
plazo por razones demagógicas.
Hace unos
años, pasé varias horas con el profesor Milton Friedman, uno de los más
destacados expertos en economía de los Estados Unidos, perteneciente a la
escuela liberal. Afirmaba que hay medios para detener la inflación por completo
o, al menos, parcialmente, pero que eso era imposible por razones políticas. Él
dijo políticas; yo afirmo que son demagógicas.
Bajo
tales circunstancias, la espiral salarios-precios puede seguir desarrollándose.
Pero cuanto más comprende el público esa situación insoluble, más se sentirá
poseído por la psicosis de la inflación. Y aquí entra en juego el tercer motivo
de la inflación, el psicológico, que es el más peligroso.
Consecuencia: no hay solución; la inflación es el precio que hay que pagar por
la democracia.
¿Cómo
puede burlar el pequeño o mediano ahorrador esta catástrofe elemental o
protegerse contra ella? Existen distintas posibilidades, pero entre ellas hay
algunas que deberá evitar.
En ningún
caso guardará el dinero dentro de un calcetín o lo mantendrá en una cuenta
corriente que no produce interés. Cuando se tiene demasiado temor o se es
demasiado viejo, se puede poner el dinero en una cuenta de ahorro con elevados
intereses a plazo fijo, de uno o más años, en los bancos o cajas de ahorro.
Esos altos intereses, sin embargo, en ocasiones no son más que una engañosa
ilusión, pues tras pagar los impuestos, lo que se acaba cobrando queda por
debajo del crecimiento de la inflación, es decir, que el dinero va
prácticamente disminuyendo. La misma crítica puede aplicarse a los bonos del
Estado y otras inversiones con intereses fijos, sujetas además a una posible
alteración de su cotización, pues incluso los valores más firmes podrían verse
afectados cuando en el mercado del dinero aumentan los tipos de interés.
Naturalmente,
se puede especular; es decir, manipular el dinero, aprovechando las coyunturas
para mover el capital de un sector a otro. Pero ése es nuestro territorio de
caza, el reservado a los profesionales de la Bolsa con muchos años de
experiencia.
El
infierno del ahorrador, el paraíso del deudor
Una cosa sí es segura: hay que tener el valor suficiente en ocasiones para
renunciar a los intereses. Con ellos no se ha hecho rico nadie. Y es lógico.
Nuestro sistema capitalista no hace regalos. Abreviando: la inflación es el
infierno para el que ahorra y el paraíso del deudor. En la inflación de los
años veinte los especuladores pudieron comprar a crédito manzanas enteras de
edificios y fábricas a crédito, que, como consecuencia de la devaluación del
marco, pudieron saldar con calderilla. No creo que vuelvan a presentarse
tiempos tan extremados, y los gobiernos actuales no permitirían que se
realizaran tales beneficios, pero en medida más modesta también el ahorrador se
puede beneficiar hoy día endeudándose.
¿Debe
hacerse? La cuestión es: ¿quién, cómo y para qué? Esas cuestiones tienen que
plantearse porque existen periodos en los cuales los gobiernos acostumbran
tomar medidas, aunque sean transitorias, que pueden acabar con los deudores.
También
hay que poseer cosas de valor. Eso se refiere principalmente a todos los
ahorradores medios y grandes. Pero el catálogo de esas cosas de valor se hace
cada vez más pequeño debido a los riesgos políticos, sociales y psicológicos.
(Como riesgos psicológicos entiendo un peligro no existente pero que es temido
por el público y, consecuentemente hace que ciertas inversiones no sean
recuperables cuando se precisa su contravalor). Los propietarios de cosas de
valor intrínseco pudieron conseguir un notable aumento de su capital y más aun
porque esos beneficios no estaban gravados por impuesto alguno, con la
excepción de Estados Unidos, donde cualquier beneficio de una inversión, aunque
sólo sea a seis meses, está sometido a un determinado impuestos.
Histeria
III: oro
En la histeria inflacionista que ya hemos descrito, ha colaborado notablemente
la manipulación del precio del oro. El valor del oro tiene la extraña
característica de subir como consecuencia de la inflación, por un lado,
mientras que por el otro, cuando el oro sube —aunque cuando haya sido
manipulado artificialmente para conseguir esa subida— estimula aún más la
inflación. Se trata de un círculo vicioso. Si lo comparamos con un campo de
batalla, el oro son las banderas y las bandas de música tras las cuales son
arrastradas todas las demás materias primas.
Es una
indiscutible realidad que desde los tiempos más antiguos el oro ejerce una
atracción casi hipnótica sobre el ser humano, como lo prueban cientos de citas
mitológicas. Como inversión, sin embargo, se alinea junto a los valores
marginales. En nuestro sistema capitalista sólo puede clasificarse el valor de
una inversión por sus réditos presentes o futuros. Oro, diamantes u obras de
arte, por el contrario, únicamente pueden ser valorados de acuerdo con el
mercado de cada momento; es decir, ateniéndose a la relación entre oferta y
demanda.
Éstas, la
oferta y la demanda, tienen exclusivamente razones de tipo psicológico. El
precio de una obra de arte es la cantidad de dinero que su propietario puede
recibir de un tercero, sea un museo, un coleccionista, un marchante o un
especulador. Consecuentemente, también influirá la moda; incluso en los tiempos
en que se compran obras de arte, no por razones inversionistas, sino por simple
placer, los precios cambian ampliamente por las influencias de la moda. El
valor de un objeto que llegó a ser astronómicamente elevado, puede descender a
una fracción de ese precio cuando el estilo o el creador ha perdido el favor
del público o de los coleccionistas. Por otra parte, la moda también puede ser
manipulada por quienes tengan intereses en ella, y colaboran los medios de
información y las subastas cuando, en ocasiones, los precios son manipulados
desde dentro para hacerles alcanzar cifras muy altas. Esto se refiere a todos
los objetos de arte: muebles, porcelanas, bronces y demás piezas de
coleccionistas o para decoración. Lo mismo sucede con el oro, con la única
diferencia de que, básicamente, el precio es más fácil de manipular. Guerras,
revolución, contiendas civiles, devaluación de la moneda son otros tantos
argumentos para causar temor por la pérdida de los bienes y propiedades en un
público fácilmente influenciable y temeroso.
Janos
Fekete, director del Banco Nacional Húngaro, dijo en cierta ocasión, con
palabras inspiradas, que 300 economistas en todo el mundo están en contra del
oro, pero hay 3.000 millones de personas que están a su favor. Sólo que el
señor Fekete olvidada que la mayoría de esos 3.000 millones de personas es
fácilmente manipulable, sin contar con que la mayor parte de ellas no posee ni
un solo dólar para gastárselo en oro.
La
manipulación con el oro alcanzó especial extensión en los últimos años,
fomentada por el lobby del oro, la alianza entre la República
de África del Sur, el gobierno soviético y algunos institutos del oro suizos y
alemanes occidentales, que así pudieron realizar un gran negocio. Pero a ello
ya me referiré más adelante con mayor extensión.
Conozco
la teoría expresada por los fanáticos del oro: «el oro es eterno, imperecedero,
etc., etc.». Esas cualidades no se pueden traducir a pesetas o céntimos. ¿Es
que la cualidad «eterno» vale 100, 500 o quizá 1.000 dólares por onza? A 100
dólares la onza el oro es igualmente «eterno» que a 1.000 dólares. El oro como
mercadería tiene un valor de coste que no es una medida absoluta, en primer
lugar porque las minas no son todas iguales y unas son más difíciles de
explotar que otras. Además, el coste de explotación varia con los tiempos, y ni
siquiera esos costes son garantía de que el valor del oro en el mercado no
pueda bajar, como ya ocurrió en la década de los treinta con varias materias
primas.
Ciertamente,
el oro es una especie de fetiche para millones de personas, pero no es así para
las naciones ricas y superdesarrolladas, como Estados Unidos, Japón, Gran
Bretaña, etcétera; si esos pueblos compran oro no lo hacen por fetichismo sino
con la esperanza de poder venderlo a un precio más elevado. Naturalmente,
siempre habrá propietarios de grandes cantidades de oro que valoren el metal
amarillo de manera especial y que, incluso, puedan llegar a entusiasmarse con
él, pero llegan a olvidarlo cuando alcanza un determinado precio, para
revenderlo con beneficios.
¿Cuál es
la postura que el ahorrador debe tomar frente al oro, partiendo de la base de
que no quiera especular con él y ya ha efectuado otras inversiones?
Con
respecto a esto, quiero relatar una pequeña historia del salvaje Oeste. Los
ciudadanos más distinguidos de una pequeña ciudad norteamericana solían
almorzar cada día en su club privado, y prohibieron a los camareros y conserjes
que los molestaran por graves que fueran las razones salvo que se tratara de
una inundación, incendio o ataque de los indios de las praderas. Además, se
habían prevenido bien para estos casos, y en una caja acorazada o en otras
partes guardaban sus monedas de oro e incluso lingotes de ese metal.
Bien;
esas cosas podrían pasar incluso hoy día. También pueden llegar los pieles
rojas, aunque ahora no procederían de las praderas americanas, sino de las
heladas llanuras del Este. En casos semejantes, la mejor inversión es todo
aquello que puede esconderse, y también el oro. Permítaseme esta pequeña
desviación del tema. Volviendo al asunto en serio, hay que aceptar naturalmente
que el oro, en determinadas circunstancias y en cantidad
limitada, de manera transitoria y provisional, puede ser una buena inversión.
Ideas
sobre el patrón oro
Otra cosa muy distinta, sin embargo, es la caída de una divisa por causa del
oro, el llamado sistema del patrón oro.
Con el
análisis del significado y la importancia del oro y el tratamiento sumario de
las cuestiones relacionadas con ese metal, me parece igualmente indispensable
extenderme aquí en algunas aclaraciones. Cientos de miles de personas vienen
hablando desde hace años del sistema estándar del oro, pero el 99 por ciento de
ellos (entre los que incluimos al presidente Reagan y, con anterioridad, al
general De Gaulle) no saben de lo que hablan.
Se llama
sistema estándar del oro o, más comúnmente, patrón oro un mecanismo de
regulación de las divisas cuya misión es mantener en equilibrio económico la
oferta y la demanda —tanto en el ámbito nacional como en el comercio
interestatal— para, de ese modo, regular la balanza de pagos entre los diversos
países y asegurar una firme paridad entre las divisas.
¿Cómo
funciona ese mecanismo? El valor de cada divisa se fija en oro (por ejemplo, un
dólar es igual a X gramos de oro) y se prescribe de manera exacta cuál es la
cobertura oro mínima precisa para toda emisión de billetes por parte de cada
banco emisor. Es decir, que ese banco tendrá que vender o comprar oro a ese
precio determinado. Si, por ejemplo, la divisa se ofrece en abundancia en el
extranjero, el banco emisor afectado está obligado a comprar esa moneda en oro.
La oferta aumenta cuando la balanza comercial o la balanza de pagos de un país
entra en déficit. Para equilibrar la balanza comercial, el gobierno tiene que
luchar contra la inflación. Aumenta los tipos de interés para estimular la
importación de capital, reduce los créditos y sus gastos y aumenta sus
ingresos. En una palabra, hace una política deflacionista radical. Toma
prestado dinero del bolsillo de los consumidores y de las empresas aun cuando
la consecuencia de ello sean el paro y las quiebras, sólo para mantener
intactas sus reservas de oro.
Si, por
el contrario, el déficit comercial de un país muestra un exceso, la demanda de
dicha moneda en el extranjero se hace mayor y el banco emisor vende su divisa
en oro. De ese modo, el oro regresa al país en abundancia, se pueden reducir
los tipos de interés y aflojar las riendas de los créditos. A todo este
conjunto se le llama patrón oro. ¡Y con este avispado sistema, se quiere poner
orden en las finanzas estatales; «si es que alguien se lo cree», como se diría
entre la gente corriente!
Sobre el
papel, todo ello parece maravillosamente lógico, tan lógico que el famoso
Jacques Rueff (el experto en divisas del general De Gaulle, que se hizo famoso
por su apodo de señor Patrón Oro ), lo llamó en cierta ocasión
«un monarca soberano» que «vigilaba el orden de la economía mundial». «Pero
¿dónde tiene ese monarca sus ejércitos —le pregunté yo al señor Rueff en el
curso de un debate de televisión—, que obliguen a un gobierno a llevar a cabo
una radical política deflacionista?». Ya en 1932, en una conferencia en la
Sorbona, el señor Rueff puso por las nubes el patrón oro. Tomó como ejemplo
Alemania y alabó la política del gobierno Brüning-Luther porque, pese a la
crisis económica mundial había logrado aumentar las reservas de oro. Ahora
sabemos que la Política de Brüning tuvo tanto éxito, que un año después Hitler
ocupaba el poder en Alemania.
La
realidad habla un idioma muy distinto al de Rueff. No existe ningún gobierno
democráticamente elegido que se deje arrastrar de buen grado a una política que
aumenta el paro, reduce el nivel de vida y además crea problemas a las
empresas. Y si hubiera un gobierno que se atreviera a hacerlo, no necesitaría
para nada del patrón oro y, además, siempre cabría la duda de que se le ayudara
en sus esfuerzos.
Ni
siquiera en el caso opuesto los gobiernos siguen el patrón oro, pues de acuerdo
con las normas de ese sistema, algunos países, como la República Federal
Alemana o Suiza no hubieran debido realizar una política intervencionista para
satisfacer la demanda de sus divisas, como han venido haciendo. De no hacerlo
así, se hubiera producido un aumento de la importación de capitales y de oro
que, automáticamente, hubiese tenido como consecuencia un aumento de la
cantidad de dinero en circulación, es decir, la inflación. Para los dos países
citados, la lucha contra la inflación resultaba más importante que la
acumulación de reservas oro. Sólo reaccionaron con una revaluación de sus
respectivas divisas y con algunas otras medidas. Cuando se revalúa o se devalúa
una divisa en vez de seguir las disposiciones del sistema o patrón oro, este
mecanismo, en su totalidad, carece prácticamente de valor.
Seamos
sinceros: la calidad de una divisa no depende de su cobertura en oro sino
de la dirección de las finanzas estatales, de la productividad de la
economía y de la disciplina de la población. El oro afluye al país cuya
divisa es sana y merece confianza, y lo abandona cuando los defectos superan
las virtudes; es decir, cuando aumentan la cargas.
El
Deutsche Bundesbank comenzó con una cobertura oro cero y, pese a ello, en el
curso de los años el marco alemán occidental se ha convertido en una de las
divisas más fuertes. La Banque de Frane, por el contrario, tenía en 1968
gigantescas reservas de oro, acumuladas por De Gaulle, que se fundieron
totalmente en el transcurso de dos semanas durante la crisis política de la
época.
Dejando a
un lado todo lo expuesto, resulta imposible, por razones prácticas, regresar al
patrón oro. En la actualidad, incluso si el gobierno de los Estados Unidos fija
un nuevo precio más alto, el lobby del oro podría fomentar la
especulación, creando pánico e histeria, de tal modo que el precio de ese metal
pronto tendría que volver a aumentar. Sin el patrón oro, el oro seguiría siendo
una mercancía «trivial» como cualquier otro metal, sin tener nada que ver con
el sistema de divisas.
El patrón
oro, además, provocó penosos conflictos en las relaciones entre naciones
amigas, como diría en cierta ocasión Otto von Bismarck, pese a no ser un
experto en economía política: las reservas de oro son como una manta que cubre
a dos que duermen juntos y cada uno de ellos trata de envolverse en ella.
La
definición del oro hecha por Rabindranath Tagore, citada por mí en otra
ocasión, es desde luego más poética que la frase de Otto von Bismarck, pero
esta última es más sencilla, realista y acertada.
¡Con el
oro, pues, hay que ir con cuidado!
Pero en
el caso de que una divisa no esté cubierta por el oro, ¿qué la asegura? De ello
hablaré con más detalle en el capitulo próximo, que se basa en las reflexiones
que aquí he expuesto.
§. La
divisa: espejo de nuestras virtudes y vicios
DE nuevo
quiero insistir en algo que considero de enorme importancia: la conditio
sine qua non para la calidad de una divisa es la calidad de la dirección
de las finanzas estatales y la calidad de la dirección de la
economía global de un pueblo. Ambas cosas, a su vez, dependen de las
virtudes y los vicios de todos los ciudadanos de un país.
¿Cuáles
son las virtudes, cualidades y recursos de los diversos países que, de acuerdo
con mis observaciones, cubren sus actuales divisas?
He aquí
un resumen.
Dólar:
seguridad política, respeto absoluto a la propiedad privada en los Estados
Unidos, así como la más desarrollada de las tecnologías, riqueza en materias
primas y dinámica de los empresarios.
Marco
alemán occidental: estabilidad política (al menos hasta ahora),
aplicación en el trabajo, sentido del ahorro y disciplina del pueblo alemán.
Libra
esterlina: restos de la fortuna de un antiguo imperio mundial, del comercio
mundial y la City of London, que sigue siendo el centro de la banca
y los seguros internacionales, así como su navegación y el petróleo del mar del
Norte.
Franco
suizo: neutralidad secular y el secreto bancario protegido legalmente, aunque
no absoluto.
Franco
francés: inversiones internacionales en aumento desde hace lustros, el gusto y
el estilo de vida «a la francesa», así como la capacidad inventiva de los
franceses. Los franceses no tienen petróleo pero tienen ideas.
Yen:
robotización de la industria y modestia de los trabajadores.
Lira:
iglesias, museos y palazzi. Roma, Venecia, Florencia.
Florín:
herencia de un imperio colonial, una gran flota comercial, sentido del ahorro y
algo de gas natural.
Corona
noruega: petróleo del mar del Norte y una gran flota petrolera.
Chelín
austríaco: inventiva vienesa y dispendios de muchos norteamericanos, hambrientos
de tradiciones, con su nostalgia por los tiempos del Imperio austrohúngaro.
Florín
húngaro: astucia húngara; el florín tiene, relativamente, el mejor curso de
todas las divisas del bloque oriental, sólo el 15% por debajo de la cotización
oficial, gracias a la genial administración monetaria del directorio del banco
emisor.
Rublo: miedo a
Siberia, dictadura y mucho oro (todo ello no sirve de mucho, por lo visto,
puesto que en el mercado «gris» se puede conseguir el rublo por el 20% de su
cotización oficial).
Libra
israelí: donativos de la diáspora. (Israel es el único país del mundo en el
cual los más importantes pagos de impuestos están en el extranjero).
Resumiendo:
es el conjunto de las cualidades, virtudes y condicionantes de un país las que
determinan la categoría de su divisa. Si las virtudes se consolidan, la divisa
aumenta de valor; si ceden, la divisa pierde importancia.
No es la
cobertura oro la que protege la moneda a largo plazo, sino que el dinero afluye
al país con las mejores divisas y abandona a aquellas naciones cuando las
virtudes se desvanecen y 1os vicios se imponen. Naturalmente las circunstancias
y el destino desempeñan un importante papel: el hallazgo de petróleo, una
situación politicomilitar favorable, la histeria masiva alentada por los
especuladores, las manipulaciones y los medios informativos tienen también una
gran influencia sobre las cotizaciones, aunque desde luego sólo a corto plazo.
Finalmente,
acaba por llegar la hora de la verdad. La cobertura oro es sólo una ilusión que
desaparece con facilidad cuando la dirección falla. Sólo aquellos que sueñan y
deliran desean una vuelta al patrón oro; aquellos que creen saberlo todo sobre
el oro, pero que no comprenden la relación de dependencia.
La idea
de que la cobertura en oro determina el valor de una divisa la considero un
desatino, que para mí significa un auténtico test para determinar el buen
sentido de cualquier economista o especialista, según hable en favor o en
contra.
§.
Especulaciones para la protección de la fortuna
HOY día,
sabemos que quienes no especulan o que, al menos, no colocan su dinero en
inversiones con cierta fantasía, acabarán en dique seco. Un determinado tipo de
especulación —no me estoy refiriendo al juego— es una protección de la fortuna
incluso cuando para ello no se pretendan créditos, y el que no especula está en
peligro de que su cuenta corriente se le funda entre las manos.
La
historia de la pasada década es rica en ejemplos que nos previenen. Familias
enteras se encontraron sin nada de la noche a la mañana, pues los más seguros
ingresos se hicieron humo. Millones de refugiados tuvieron que empezar una
nueva vida en el extranjero y se encontraron frente al problema de si en su
nuevo país podrían disponer de los necesarios medios para intentarla. La guerra
y las ocupaciones militares, la extensión del comunismo y las nacionalizaciones
han barrido para siempre capitales por valor de muchos miles de millones.
No existe
protección absoluta contra ello, pero al menos se puede intentar hacer frente
al peligro mediante la distribución de los riesgos. Para ello, se necesitan
conocimientos profesionales y una buena cantidad de experiencia. No existe una
ciencia teórica de la inversión del dinero, que pueda aprenderse sin ayuda de
la experiencia.
El arte
de aumentar una fortuna
El ciudadano orientado de manera progresista debe tener en la actualidad al
menos un mínimo de conocimientos sobre las circunstancias financieras y acerca
de la Bolsa; en una palabra, sobre la especulación. Exactamente igual que se
educaba a nuestras abuelas en las virtudes hogareñas cuando todavía eran
muchachas. Ese conocimiento no es nuevo. Hace ya nada menos que 2.300 años,
Jenofonte dijo que no bastaba con mantenerse sano y conservar las fuerzas para
la guerra, sino que el arte y la capacidad de aumentar la fortuna merecían
igualmente respeto y admiración.
La forma
como cada uno invierte su dinero es, naturalmente, asunto personal. Cada
ahorrador tiene sus propios problemas y no hay dos situaciones iguales. De
acuerdo con sus conceptos y forma de pensar, cada uno elegirá una u otra forma
de inversión. A un soltero que quiera disfrutar de su capital no le aconsejaría
las mismas inversiones que al padre de familia que piensa en la educación y en
el futuro de sus hijos. En el caso de que se trate de un comerciante hay que
pensar, también, que en todo momento necesitará disponer de capital en
efectivo. Algo distinto ocurre con un abogado o un médico, que puede colocar a
largo plazo sus reservas. Si uno fuera el consejero de finanzas de un
trotamundos, podría ocurrir que se pasara varios meses sin entrar en contacto
con él. Por el contrario, el hombre que visita a diario la Bolsa está enterado
de las últimas evoluciones y se puede contactar con él en cualquier momento
para cambiar impresiones y tomar las iniciativas más pertinentes.
Antes de
ofrecer consejo al ahorrador, hay que saber exactamente cuál es el capital de
que dispone. ¿Posee sólo objetos de valor o tiene liquidez? Hablando
gráficamente, el consejero de finanzas se encuentra más o menos en la situación
del médico de cabecera que envía a su paciente al especialista, en este caso a
un especialista en acciones y valores bursátiles o en bienes inmuebles o en
cualquier otro sistema de inversión.
La edad,
profesión, estado de salud, carácter (malo o bueno), temperamento (nervioso o
flemático), situación familiar (soltero o abuelo), incluso los malos hábitos y
los hobbies del ahorrador tienen que ser conocidos por su
consejero para poderle recomendar una actuación correcta en asuntos de dinero.
En la
práctica, hay que entender que los problemas de los impuestos sobre la renta y
la herencia desempeñan un papel especialmente importante. A este respecto se
cuenta, en Francia una historia al mismo tiempo divertida y macabra que tuvo
lugar en torno a la llamada «tía Pinay», un valor excluido de todo tipo de
impuesto sobre la herencia. Allí donde una anciana estaba en su lecho de
muerte, su capital era invertido inmediatamente en la renta Pinay. «Si crees
que pronto vas a morir, la renta Pinay debes conseguir», decía el proverbio al
que he dado forma de verso para algunos de mis amigos. Cuando en un día
cualquiera las inversiones en renta Pinay aumentaban rápidamente, podía tenerse
la seguridad de que en algún lugar un millonario estaba a punto de morir.
Hay que
analizar los diversos factores y, al mismo tiempo, situarlos en el marco de los
acontecimientos mundiales. La evolución de la política interior y exterior, y
la situación económica, financiera y fiscal tienen que seguirse con atención.
Sólo cuando se conocen bien esos datos puede decirse que se es un especulador
en el verdadero sentido de la palabra.
Yo diría
que la especulación se inicia con el instinto de mantener el poder adquisitivo
de nuestros bienes de fortuna. Entre esa intención y la pasión que nos impulsa
a querer conseguir una fortuna aún mayor, sólo existe una diferencia de grado.
(¡El apetito viene comiendo!). Noles volens, en la actualidad todo
el mundo se convierte en especulador. Se puede llegar a serlo movido por la
satisfacción de la ganancia material, pero también por el deporte de querer ver
cómo se hace realidad un pronóstico razonado que nació de un sano entendimiento
humano.
Muchos
agentes de Bolsa y banqueros difieren en su juicio sobre valores, dividiéndolos
en especuladores y de inversión. Yo considero que esa diferencia es superficial
y fundamentalmente falsa. La diferencia no radica en la calidad de los valores
en los que se invierte, sino en la cantidad que en ellos se invierte. Cuando un
gran capitalista se hace con una acción de una mina o de unos yacimientos
petrolíferos relativamente dudosa, comprándola por poco dinero, eso no es una
especulación sino una inversión con riesgo calculado. Pero cuando un hombre de
la calle adquiere los valores más «sólidos» (deuda del Estado, valores
inmobiliarios u otros garantizados), pero invierte en ellos una cantidad mayor
de la que dispone, es decir, que compra a crédito, se precipita en una audaz
especulación. Hay que tener siempre a la vista el hecho de que la diferencia
entre especulación e inversión no es más que un asunto de proporción cuyos
límites son borrosos. Una correcta inversión es una buena especulación, y una
especulación con éxito es una buena inversión. Con frecuencia se oye a la gente
de la Bolsa jactarse de haber especulado con éxito cuando compró una acción por
100 y la vendió por 110. Pero si esa misma acción baja su cotización de 100 a
60 y su tenedor no quiere desprenderse de ella con pérdida, afirma que ha hecho
una inversión de capital y que la cotización actual es transitoria y no le
interesa. Eso, naturalmente, no es más que engañarse a uno mismo. Pero los
seres humanos tenemos nuestras debilidades y, de modo especial, los
especuladores.
Con qué
se puede especular
Se puede especular con cualquier cosa. Con todo tipo de inmuebles, desde una
mansión familiar basta zonas de anexión; con todo tipo de materias primas, a
las cuales ya me referí con detalle. Las materias primas son especialmente
adecuadas para aquellos que, por razones profesionales, están en algún tipo de
relación con ellas, puesto que así, posteriormente, pueden utilizarlas en sus
propias empresas. Un molinero puede colocar parte de su fortuna en trigo u
otros granos, un fabricante de chocolate comprará cacao y azúcar, un industrial
textil almacenará lana o algodón, un joyero se cubre con oro y plata, y así
sucesivamente. Yo conocí a un fabricante de pelucas francés que, durante la
inflación en su país, compraba cabello femenino, para protegerse de la pérdida
de poder adquisitivo de su dinero.
El mundo
del ahorro se parece a una democracia bipartidista. Uno de los partidos es el
de los que invierten en bienes inmuebles; el otro, el de quienes prefieren
bienes muebles, es decir, valores bursátiles. Es como si se tratara de dos
distintas confesiones religiosas, tan profundamente están anclados los
principios en cada uno de ellos. Uno y otro partido exponen buenos argumentos
en favor de sus respectivas teorías, pero raramente hablan de las desventajas
de ambas formas de inversión.
Valores
de inversión: acciones, inmuebles
Una de las desventajas de la inversión en acciones es que el inversor tiene que
vigilar diariamente la cotización de sus acciones y que, para su gran
desgracia, así lo hace. Aun cuando no quiera ver las cotizaciones, la prensa
diaria lo conduce a ellas, pues le pone las cotizaciones frente a los ojos. Eso
sin necesidad de recordar que, en caso de una fuerte caída de la Bolsa, los
propios titulares le hablarán de ello. De ese modo, quiéralo o no, el inversor
hace balance a diario. Y eso le arrastra a tomar decisiones irreflexivas.
En la
inversión en inmuebles esa tensión no existe. No hay cotizaciones diarias
visibles que juegan con los nervios como con las cuerdas de un arpa. Sin
embargo, el valor de una casa o de un terreno está sometido, en el transcurrir
del tiempo, a grandes cambios.
La
principal ventaja de la inversión en acciones, obligaciones, etc., es su
absoluta liquidez. Las acciones suben o bajan, pero cada día llegan a la Bolsa
y allí pueden ser convertidas de nuevo en dinero. Para desprenderse de un valor
inmobiliario, a veces hay que tener mucha paciencia. El accionista puede
disminuir su riesgo con cantidades pequeñas: puede distribuir sus inversiones
internacionalmente y también por ramas. Con la inversión inmobiliaria esto sólo
es posible si se disponen de grandes sumas. El riesgo político es relativamente
grande con la inversión inmobiliaria, pues entre los electores abundan más los
inquilinos que los caseros. ¿Qué gobierno no apoyará a los inquilinos aunque
sea a costa de enfadar a los caseros? En todos los países del mundo existe una
protección del inquilino bastante popular, que viene pesando gravemente desde
hace años sobre el mercado de bienes inmuebles.
Es cierto
que en los años pasados los accionistas se han visto «desplumados» algunas
veces, mientras que los propietarios de bienes inmuebles se pudieron aprovechar
grandemente del aumento continuado de los precios. Pero eso no es una garantía
de que en el futuro las cosas sigan así. Con frecuencia en los pasados 50 años,
muchos especuladores en valores inmuebles han perdido hasta la camisa en
Estados Unidos, Francia, España y — horribile dictu — incluso
en Suiza. En Alemania reinó en las décadas de los cincuenta y los sesenta y al
comienzo de los setenta un extraordinario boom inmobiliario.
Las cosas no tienen por qué seguir siempre así. Sin embargo, estoy convencido
de que para el pequeño inversor el primer mandamiento es la compra de su propia
vivienda. Con ello, sus primeros ahorros habrán sido invertidos a salvo de la
inflación.
Mi padre
decía frecuentemente: «No soy lo suficientemente rico para comprar cosas
baratas». Esas palabras pueden sonar contradictorias, pero contienen su verdad.
Un par de zapatos o un abrigo aparentemente baratos no pueden durar mucho,
debido a su falta de calidad. Ese proverbio no podría aplicarse a los valores
de inversión. Éstos, considerados con criterio objetivo, a veces se cotizan
demasiado altos o demasiado bajos, porque esas cotizaciones están sometidas a
la histeria de masas. El público desprecia toda reflexión lógica y se inclina
por los valores en alza y evitan aquellos que han caído. Pero sólo así debe
pensar y actuar un jugador que diariamente quiere recoger sus beneficios, y por
esa razón actúa con la masa. Pero, a largo plazo, ¿tiene razón la masa? ¡Casi
nunca!
Valores
de inversión: mercancías, materias primas
Junto a las ya citadas posibilidades de inversión de los ahorros en acciones y
valores inmobiliarios, así como la especulación bursátil, existe, naturalmente,
algo a lo que ya me he referido: la posibilidad que tiene todo comerciante o
industrial de adquirir mercancías que después revalorizará al usarlas en su
negocio.
Las
materias primas se consideran como una posible buena
inversión financiera. Cada uno puede ir a la Bolsa y comprar las más
importantes materias primas a los precios oficiales del día de la adquisición.
Pero en este campo quiero hacer una seria advertencia que nunca repetiré
demasiado: cuando escribo acerca de la inversión en una materia prima, no me
estoy refiriendo a especulaciones con mercancías compradas a determinado plazo,
para las cuales sólo se deposita una suma relativamente pequeña a fin de adquirir
una enorme cantidad de cobre, trigo o algo semejante, pues en tal caso la suma
pagada no es una inversión de capital sino un depósito de garantía contra las
eventuales alteraciones de las cotizaciones. Si la cotización de la mercancía
sigue bajando, el cliente tiene que pagar cantidades complementarias, y en el
caso de que no lo haga, su mercancía será vendida de inmediato, lo que en
ocasiones determina la pérdida de todo el dinero depositado. Ese tipo de
inversión en materias primas es, por lo tanto, la prohibición número uno para
el ahorrador. Cuando un capitalista, por el contrario, compra alguna materia
prima en la Bolsa de productos, cuyo contravalor se corresponde exactamente con
la suma que él quisiera invertir, en ese caso las materias primas son también
una posibilidad de inversión para el que está fuera del círculo de los
profesionales de la Bolsa.
Otras
inversiones que se han mostrado relativamente favorables en tiempos de
inflación son: cuadros, muebles antiguos, porcelanas, diamantes, monedas,
sellos de correos y muchos otros objetos que adquieren aficionados y
coleccionistas. En estos sectores, sin embargo, hay que observar muchas
precauciones. En cada esquina espera un consejero avispado dispuesto a asesorar
al cliente no profesional acerca de las inversiones que a él le dejarán mayor
comisión, no sobre las más favorables para el cliente. Es cierto que los
objetos de arte, como cuadros, plata antigua, muebles de época, porcelanas,
etc., han subido como cohetes en los últimos 30 años, alcanzando precios
realmente astronómicos, pero eso no debe constituir un ejemplo para el pequeño
ahorrador.
Valores
de inversión: cuadros
De acuerdo con la opinión de los expertos, los cuadros han visto su valor
multiplicado entre 8 y 20, en el curso de los últimos 50 años. Pero sólo las
obras cumbre son de fácil comercialización en el mercado, y también éstas se
hallan fuertemente sometidas a la influencia de la moda. Hubo años en los
cuales los impresionistas franceses del siglo XIX se pusieron por las nubes,
como impulsados por un cohete mientras los viejos maestros alcanzaban precios
modestos. El tema de los cuadros desempeñaba también un destacado papel. La
tendencia actual, y posiblemente para los próximos años, es la siguiente:
cuadros de colores claros, bien; oscuros, mal. Marinas con olas agitadas, mal;
en calma, bien; bodegones con flores, frutos u ostras, bien; caza mayor con
sangre, mal. Los paisajes invernales con patinadores son especialmente bien
acogidos; temas religiosos y batallas con muertos, especialmente mal, etc. Así
podría continuar la lista. Hay que hacer constar que el gusto de los coleccionistas
es extraordinariamente vario en matices.
Distintas
colecciones de pinturas en manos privadas representan en la actualidad valores
gigantescos, pero siempre fueron reunidas gracias a los esfuerzos de un
enamorado de la pintura, y no por razones de inversión de capitales. Las
colecciones de muchas familias ricas existen desde hace cientos de años. Las
mayores están en Norteamérica desde hace varios lustros, y en gran parte han
ido a parar a museos como las colecciones Mellon o Frick en
los Estados Unidos, o las de Bührle o Reinhardt en
Zúrich y Winterthur etc.
En la
evolución del precio de los cuadros más cotizados he vivido, en el período de
mi generación, los mayores extremos. Todavía me acuerdo con toda exactitud de
dos grandes quiebras del más famoso de los coleccionistas y marchante de
cuadros (ambas cosas suelen ir frecuentemente unidas) de su época. La
colección de Marcel von Nemos (Múnich) —llegué a conocerlo
personalmente— se subastó después de terminada la primera guerra mundial, pero
el dinero conseguido no bastó ni siquiera para cubrir las deudas de su dueño.
Hoy día el valor de esa colección sería incalculable, como lo sería la del
mayor marchante de todos los tiempos, sir Joseph Duveen (más tarde lord
Millbrook) quien, poco antes de la segunda guerra mundial, tuvo graves
problemas financieros. Por el contrario, Daniel Wildenstein, al que ya me he
referido, el tercero de una dinastía de marchantes, sigue siendo uno de los
hombres más ricos de Francia, gracias a las extraordinarias pinturas que
estaban en los almacenes heredados de su abuelo.
Valores
de inversión: muebles antiguos, porcelanas
En la década de los cincuenta, en los Estados Unidos, los únicos muebles
antiguos que se buscaban eran los ingleses, mientras que los franceses no se
tomaban en cuenta porque no resisten los efectos de una calefacción fuerte.
Sólo después de que el matrimonio Kennedy decidiera amueblar la Casa Blanca con
piezas francesas, éstas volvieron a hacerse populares y consiguieron precios
astronómicos, aunque, naturalmente, sólo las más notables.
La
antigua porcelana china ha visto aumentar su valor en los últimos
años, en los que ha multiplicado por cincuenta su precio porque han aparecido
en el mercado los coleccionistas japoneses, ciudadanos del país del mayor
milagro económico. Desde que la crisis del petróleo causó algunas dificultades
en la situación monetaria internacional del Japón, los precios han dejado de
subir, y su evolución se ha hecho errática. También las consecuencias de la
situación provocada por la crisis del petróleo ha determinado grandes
desplazamientos en otros valores. Mientras los árabes ríen, a muchos les toca
llorar.
La
repentina subida del precio del oro, la plata y los diamantes fue casi la
consecuencia directa. La tendencia de los capitalistas árabes se dirige
claramente hacia los diamantes y otras piedras famosas, antes que a los
impresionistas franceses. Los mayores joyeros europeos han sido ya visitados
por representantes de clientes de Arabia Saudí y Kuwait, que les han pedido
colecciones de sus mejores joyas. Es de todos conocido que los jeques del
petróleo también buscan los tapices orientales auténticos y otros objetos de
arte, así como las reliquias islámicas. Pero en un período de altos tipos de
interés, y como consecuencia de la lucha contra la inflación, esos valores han
sufrido pérdidas radicales.
Valores
de inversión: joyas y diamantes
También las joyas son sometidas fuertemente a los movimientos de la moda.
Las perlas auténticas, que hace sólo cincuenta años se consideraban
especialmente valiosas y eran muy solicitadas, han sufrido una auténtica
devaluación en el curso de los lustros pasados, debido en gran parte a la
competencia de las perlas cultivadas japonesas. He conocido a muchos emigrantes
de los países socialistas que lograron llevarse sus joyas familiares, que
consideraban una pequeña fortuna. Pero una vez en Occidente, con gran desengaño
de su parte, comprobaron que sólo conseguían con su venta una fracción de lo
que habían calculado.
Desde
hace unos pocos años, los diamantes han vuelto a recuperar su popularidad.
Hasta 1968 los precios subieron muy lentamente, y después, durante la crisis
monetaria internacional, subieron un 50 por ciento, para explosionar
literalmente en la década de los setenta, duplicando su valor y aun más. Al
principio, las piedras de más tamaño fueron las más caras (por quilate,
naturalmente), pero en la actualidad las más buscadas son las de un tamaño de 3
a 4 quilates. La razón es que el 91 por ciento de las esposas norteamericanas y
el 19 por ciento de las japonesas llevan hoy día un anillo de diamantes. Desde
hace muchos años, los precios son controlados por la sociedad De Beers (el
mayor de los grandes productores de diamantes). El mercado, considerado de modo
global, reacciona siempre de modo extremadamente sensible frente a los altos
tipos de interés y, en conjunto, ante la política monetaria, de modo que
siempre resulta muy difícil conseguir una evolución unitaria de los precios.
Las dificultades han aumentado porque desde 1981 la sociedad De Beers ya no
está en condiciones de dirigir el mercado y controlar los precios. A partir de
esa fecha se produjo en el mercado una evolución negativa de los precios, que
entre 1980 y 1982 cayeron basta un 50 por ciento.
Resumiendo:
la compra de diamantes puede ser una inversión buena, pero sólo a largo plazo.
Y algo más importante: los diamantes están muy sometidos a las tendencias de la
moda, la talla, la forma (redondos, cuadrados u ovales) y, en primer lugar, el
color y el brillo, que son los más importantes factores que influyen en el
precio. Además, la compra de un diamante es siempre un asunto delicado, pues
sólo un punto negro hace que el valor de la piedra se reduzca en un 80 por
ciento.
Los
precios de las piedras preciosas de color van muy por detrás
del de los diamantes, y su valoración es muy difícil. Hay esmeraldas que valen
100 dólares por quilate y otras 10.000. Se necesita una experiencia de muchos
lustros para poderse mover en ese terreno tan complicado.
Sin
embargo, nunca me atrevería a aconsejar a un hombre que dejara de comprar un
anillo de diamantes a su esposa, pues la alegría que siente la señora luciendo
su joya y enseñándosela a sus amigas, compensa de sobra los intereses perdidos.
Valores
de inversión: monedas antiguas y sellos
También las monedas antiguas y los sellos de correos tienen
sus partidarios. Los profesionales de estas inversiones, que siempre comenzaron
como coleccionistas antes de convertirse en comerciantes, han logrado
multiplicar su capital gracias a su hobby. Uno de mis amigos de
juventud, un numismático muy conocido, cuando tuvo que salir de Viena en 1937
sólo llevó consigo una antigua moneda griega. Esa moneda lo alimentó durante
los largos años de su emigración en Suiza. Otro amigo (L. Varga) posee una
fabulosa colección de sellos antiguos rusos que el gobierno soviético está
dispuesto a comprarle al máximo precio. Pero se trata de un filatélico de fama
mundial, editor de un catálogo y consejero especializado del Ministerio de
Correos de Francia, y no quiere vender sus piezas porque lo son todo para él.
Al mismo
tiempo, conozco a docenas de pequeños ahorradores que compraron monedas y
sellos como inversión y que no podrían volver a venderlos ahora sin sufrir una
gran pérdida (un fenómeno que se repite en todos los terrenos).
Un
vecino, capitalista (pese a ser un virtuoso del violoncelo), me contó hace muy
poco que entre sus múltiples inversiones, las más valiosas, porcentualmente,
son tres arcos de celo, que salieron de la mano de François Tourte, el gran
amigo de Beethoven. Los arcos, que los adquirió en su día por 500 dólares cada
uno, podría venderlos en el momento que así lo quisiera por 50.000 a algunos
museos interesados. Ni siquiera su violoncelo, obra de Stradivarius, ha
experimentado una subida tan grande como esos tres arcos. Sin embargo, jamás se
me ocurriría aconsejar a un pequeño inversor que dedicara sus ahorros a comprar
arcos de violoncelo.
Aún sigo
lamentando no haber hecho caso de una oferta que tuve durante la guerra, en
Estados Unidos. Se trataba del manuscrito original de la partitura de la Canción
de la tierra, de Gustav Mahler, por 9.000 dólares, lo que en aquel entonces
era una suma relativamente más elevada que en la actualidad, pero no
inalcanzable. En opinión de un experto, hoy día podría venderse por un millón.
Poco después de terminada la guerra, tuve oportunidad de comprar un pequeño
manuscrito de Goethe, Die Journalisten, por 200 dólares, y tampoco
lo hice. Todavía sigo lamentándolo. (Tengo cierta debilidad por los
manuscritos, pues cuando uno los tiene en las manos siente la «radiactividad»
que de ellos emana). Naturalmente, también se pueden sufrir desengaños. Un
funcionario suizo posee un manuscrito de Adenauer: su juramento de la
Constitución. Este caballero quiso su valor en billetes y me pidió, en Nueva
York, que tratara de conseguir una oferta. Pero ésta fue tan ridícula que me
resultó penoso transmitírsela y causarle así una sorpresa muy amarga.
Todos
estos artículos sólo son adecuados para los aficionados a ellos, y en ningún
caso los recomendaría como inversión generalizada, pese a sus aparentes
ventajas, como la exención de impuestos (no pagan por el valor añadido, ni
sobre la renta, ni derechos reales en caso de herencia), su movilidad, etc.
Casi siempre, las más espectaculares de las subastas afectan sólo a aquellas
obras cuyos dueños las compraron como hobby y no como
inversión propiamente dicha.
Para
terminar, un buen consejo
Para terminar, quisiera recomendarle al hombre de la calle, la mejor inversión
para su escaso dinero ahorrado, la más segura y noble de las inversiones: la
educación y formación profesional de sus hijos. Esta inversión le producirá en
el futuro los más elevados intereses y no puede hacerles mejor regalo a sus
hijos ni dejarles herencia más valiosa. El cómo, dónde y cuándo es algo que les
dejo a los pedagogos. Una cosa es segura, sin embargo: de todo aquello que
hayan estudiado —idiomas, música, formación general, viajes, deportes, etc.,
etc.— obtendrán provecho en su vida. Y esas cosas sólo se pueden asimilar en la
niñez. Mis propias experiencias son para mí la mejor prueba de la verdad de lo
que digo. Yo no tengo hijos, pero soy hijo de unos padres que lo perdieron todo
a causa de la inflación. Sin embargo, yo, gracias a su «inversión» (mi
educación), les he podido asegurar una cómoda vejez. Les estaré eternamente
reconocido por cada hora y cada céntimo que sacrificaron para darme educación y
formación.
§. Cuando
los bancos vuelvan a ser cafés…
«EL
banquero es despreciado por Dios, porque busca conseguir grandes réditos».
Jesús expulsó del Templo a los mercaderes y destruyó sus mesas. Hasta ahora la
cuestión de la maldad de los bancos y los banqueros es una cuestión candente.
Resulta difícil tratar con ellos, pero sin ellos no puede conseguirse nada.
Realizan negocios cuyas cifras pasan de los billones, y a veces en operaciones
tan pequeñas, que si no hubiera ordenadores la mitad de la población del mundo
tendría que estar formada por empleados de banca. Pese a todo, su actividad es
muy lucrativa y no hay ninguna otra empresa que en relación con su propio
capital disponga de recursos semejantes.
Una
empresa industrial precisa cubrir entre el 10 y el 40 por ciento —en ocasiones
hasta el 50 por ciento— de sus necesidades financieras con su propio capital;
los bancos tienen bastante con el 3, el 4 o el 5 por ciento. Incluso si todos
sus deudores se sintieran un día perezosos, no tendrían que cerrar sus
ventanillas, pues en todos los países los bancos emisores respaldan sus
institutos de crédito con todos sus medios. Excepto algunos casos raros, los
bancos no pueden ir a la quiebra, y ninguno de sus impositores perderá un solo
céntimo. La verdad es que el pasivo de los bancos está ya prácticamente
nacionalizado, pero el activo sigue siendo privado. Alejandro Dumas hijo tenía
razón: «¿Negocios? La cosa es sencilla: significan el dinero de los demás».
Entre los
magnates de la historia norteamericana, el banquero J. P. Morgan fue, sin duda,
el más «modesto» de sus millonarios: Sin embargo, se cita siempre en el primer
lugar entre ellos gracias a los miles de millones de dólares ajenos que tenía
bajo su control. En la Europa del siglo XIX, los Rothschild fueron símbolo de
la riqueza aunque sólo eran unos «peces pequeños» entre los superricos. También
ellos debían su fama únicamente al dinero que administraban.
En la
actualidad, los institutos financieros, con sus grandes redes de filiales y
millares de ventanillas, controlan una gran parte de la economía. Su poder lo
deben a los depósitos de sus clientes que ellos guardan (en dinero efectivo y
en acciones con derecho a voto), y es tan grande que podrían resultar un
peligro para el Estado. Eso depende de su filosofía de los negocios. Entre
ellos hay almas buenas y ovejas negras. Yo prefiero no hacer público mi
catálogo personal. Pero una cosa es segura: un gran banco no puede limitarse a
ser una empresa dedicada a hacer dinero, sino que casi debería ser una empresa
de suministros. En ningún caso, bajo ninguna circunstancia —independientemente
de los beneficios que pudieran obtener de ello—, deberán actuar en contra de
los intereses generales.
Los
bancos norteamericanos
Como incluso en los más distinguidos bancos es posible que uno se vea obligado
a enfrentarse con funcionarios muy simples, es recomendable mantener una
conducta precavida. Por ejemplo: mi experiencia con los bancos norteamericanos
es que vale la pena y resulta más diplomático dejarse tomar por tonto. Los
clientes inteligentes no gustan en los bancos norteamericanos. En una ocasión
tuve que hacer una pequeña reclamación en un gran banco de Estados Unidos.
Esperaba la venta de algunas obligaciones del Estado, que habían sido
prorrogadas. La respuesta del director fue tan infantil e inocente que me
hubiera gustado más que nada echarme a reír en su cara. Pero me controlé y
observé con aire serio: «Ah, pero ¿es verdaderamente así? En ese caso, deberé
esperar». La respuesta fue también tranquilizadora: «Sí, y ya veré lo que
podemos hacer por usted».
Si yo
hubiera invocado la ley X, articulo Y, seguramente no me hubiera ofrecido
ayuda, pues un hombre que sabe demasiado es ya de por sí sospechoso a los ojos
de un director de banco norteamericano. Y así solucioné el asunto en un abrir y
cerrar de ojos.
Los
bancos europeos
Con los bancos europeos, por el contrario, hay que ser duro y obstinado,
incluso fingirse más fuerte de lo que en realidad se es. En esos casos se
consiguen las condiciones más favorables. Los bancos europeos prefieren una
clientela medrosa y mezquina, frente a las empresas de gran estilo y plenas de
fantasía. El banco sólo contempla la seguridad del crédito concedido a la
empresa que lo necesita para conseguir mayores beneficios y expansión.
Como
todas las profesiones, también la de banquero ha cambiado en el transcurso de
los pasados cincuenta años. El lugar de los bancos privados es ocupado en la
actualidad por los grandes institutos financieros, que contratan a sus
colaboradores directamente entre el alumnado de la universidad. Una vez
colocados en los puestos directivos de los bancos, desde allí se dedican a
repartir sus consejos en serie. En la actualidad, en los bancos, todo está
informatizado, todo es uniforme y cada vez resulta más difícil conseguir
consejos individualizados, personales, a la medida de las necesidades de cada
uno. Al mismo tiempo, parece como si los bancos se fueran transformando en
negocios que se ocupan de todo. Se han convertido en «negociantes visionarios»
que comercian con todo lo que ven: inmobiliarias, diamantes, obras de arte,
contenedores, participaciones en sociedades de navegación, líneas aéreas,
compañías de prospección petrolera, propiedades y explotaciones forestales,
etc. Su ambición por ganar el máximo de dinero y quizá también el aumento de
los costes, muy elevados, los llevan a invertir en lo que sea, siempre que
puedan ganar algo, aunque sólo sea un vaso de agua.
En
términos generales, la inflación es un negocio igualmente bueno para los
bancos. Conceden préstamos a plazo fijo y tienen en su poder y como garantía
objetos cuyo valor aumenta con la inflación. Así, la concesión de créditos se
convierte en un negocio desprovisto de riesgos. Al mismo ritmo que aumenta el
valor de las garantías en depósito, los riesgos se hacen menores.
En la
República Federal Alemana, muchos bancos concedieron a sus clientes créditos
hipotecarios para la construcción de sus casas, con la esperanza de que los
objetos hipotecados aumentaran su valor al mismo tiempo que los ingresos de sus
deudores. También la extensión de los intereses se hace mayor, pues a medida
que la inflación crece, también los intereses suben de manera inmediata,
mientras el aumento de intereses de las cuentas acreedoras sólo se produce
posteriormente. No puede sorprender a nadie, por lo tanto, que en tales
períodos de inflación continuada se creen nuevos bancos, y los ya existentes
aumenten el número de sus sucursales y filiales.
En mi
juventud, durante la gran inflación que se extendió por Europa central en los
años veinte y que conmovió Budapest, cada vez que se cerraba un gran café, en
su lugar se instalaba un banco. El comentario general que se oía por todas
partes era: «Sólo volverán los buenos tiempos cuando los bancos vuelvan a
convertirse en cafés».
§. ¿Quién
protege a quién contra quién?
TODAVÍA
no hemos podido volver a disfrutar de una época totalmente tranquila. En
especial ocurre que éstos no son tiempos tan cómodos como desearían los amantes
del ahorro. Consecuentemente, son muchos los que se preguntan hasta qué punto
se pueden sentir protegidos por el tan pregonado secreto bancario.
¿Qué es
el secreto bancario? ¿Qué protege y contra quién? ¿Conservan los bancos el
secreto de las cuentas bancarias de sus clientes frente a sus compañeros de
negocios, sus rivales y, en primer lugar, frente a los servicios del Ministerio
de Hacienda? ¿Es que los bancos guardan en secreto sus reclamaciones fallidas o
sus pérdidas frente a sus clientes? ¿O frente a su accionariado o a la
inspección bancaria? En relación con ese «quién y por qué» son posibles muchas
variantes.
A primera
vista, el secreto bancario no es otra cosa que el secreto profesional que se
aplica en todos los países y en todos los bancos. El industrial mantiene el
secreto de los procedimientos de fabricación de los nuevos productos que quiere
lanzar al mercado; el comerciante guarda en secreto sus mercados más favorables
y la lista de sus clientes; el agente de Bolsa conserva en secreto el nombre de
sus «víctimas» para que no le puedan ser arrebatadas por un colega rival, que
les coloque sus acciones de compañías buscadoras de petróleo o intente
involucrarlas en sus especulaciones con bienes a medio plazo. Hay cocineros que
guardan el secreto de sus especialidades más antiguas, y hasta el ama de casa
sería incapaz de revelar sus secretos culinarios, como la tía Jolesh, de la
simpática novela de Friedrich Tolberg, que se llevó a la tumba el secreto de
sus finas hierbas.
Sin
embargo, el secreto bancario es algo especialmente sensible, como pueden serlo
el secreto de confesión o el deber de guardar silencio del médico o el abogado.
El negocio bancario surgió en la antigüedad un poco con la magia del templo, y
ese origen le confiere algo de misterioso y de «sagrado» que lo coloca por
encima de otras profesiones. Con los asuntos de dinero se emplea tanta o más
discreción que con la salud. Le podemos preguntar a un amigo por su salud, pero
nunca cuál es el estado de su cuenta bancaria. Tengo amigos en las viejas
generaciones, en especial franceses, que ocultan su riqueza con una histeria
enfermiza. Es propio de la naturaleza humana revelar su verdadera situación
económica tan sólo a su banquero, incluso cuando se trata de asuntos ilegales o
penados por el código. En esos casos, el banquero es como un sacerdote y está
obligado a la máxima discreción. Ya en el siglo XV recomendó el sabio León
Alberti: «El banquero tiene que guardar el secreto de los asuntos de dinero de
sus clientes ante su familia y, en especial, ante su esposa».
Esto
sigue siendo, al menos en Europa, una ley no escrita entre banquero y cliente.
El banquero tiene que verlo todo, oírlo todo y… ¡callarlo todo! Sabemos por
propia experiencia que la menor indiscreción, incluso una palabra erróneamente
interpretada, pueden significar para el cliente graves perjuicios o su ruina.
(El primer ministro israelí Itzhak Rabin y su partido cayeron como consecuencia
de una indiscreción bancaria).
Muchos
seres humanos movidos por simple curiosidad se sienten interesados por la
situación financiera de sus amigos. La cuenta bancaria es, en muchos círculos,
un símbolo de posición y, por lo tanto, ocupa un lugar de importancia en la
jerarquía social. Unos quieren ocultar el estado de su cuenta corriente delante
de sus amigos porque es muy pequeña; otros lo hacen por temor a los inspectores
de Hacienda porque es muy elevada. Sin embargo, no debe confundirse el secreto
bancario con las cuentas secretas: ambos conceptos no son idénticos. En Suiza
está garantizado el secreto bancario, pero no existen cuentas bancarias
anónimas.
Las
cuentas numeradas suizas
Quiero acabar con una leyenda. La cuenta numerada suiza no es más que un gag
publicitario, aunque resulte muy atractivo.
Si el
lector desea abrir una cuenta bancaria con un anonimato absoluto, tendrá que
abrirla en un país socialista. En Budapest o Praga le está terminantemente
prohibido al banco preguntar por el origen del dinero o el nombre del cliente
cuando se hacen ingresos o cobros en una cuenta. Eso no pasa en ningún país
occidental. Las cuentas secretas numeradas de los bancos suizos no son
totalmente anónimas. No pueden serlo. Por lo tanto, no hay cuentas anónimas
numeradas pero sí existe el secreto bancario. La cuenta numerada tiene,
siempre, un nombre detrás (el de su propietario), exactamente igual que cada
cuenta nominal posee también un número. La ventaja en los bancos suizos estriba
en que sólo un número muy reducido de empleados del banco conoce el nombre del
titular de la cuenta. De ese modo, el cliente se siente protegido contra las
indiscreciones. Incluso cuando una carta o un extracto de cuenta, sin nombre,
cae en manos no autorizadas, el documento no puede ser mal utilizado por nadie.
Básicamente,
el secreto bancario está garantizado en Suiza y en el Líbano, y cualquier
infracción será legalmente perseguida. Puede llegar a ser castigada con pena de
privación de libertad, aun cuando el infractor no pertenezca al instituto
financiero en cuestión.
El
secreto bancario incluye todas las cuentas, nominales o numeradas, pero en
cierto modo está limitado: no es válido en casos delictivos, asuntos de
herencias o quiebras y suspensiones de pagos. Pero incluso en esos casos se
necesitará una sentencia judicial que ordene al banco facilitar los datos
exigidos.
Por el
contrario, no se les facilitará información alguna a los funcionarios del
gobierno, a las autoridades impositivas ni a la policía de delitos financieros.
La defraudación de impuestos, las infracciones en materia de divisas y cosas
semejantes no constituyen delito en Suiza. En esos casos el secreto bancario es
«categórico e imperativo».
El
derecho de asilo en Suiza es histórico. Tras la publicación del Edicto de
Nantes (1685), los franceses disfrutaron de él. Desde hace 150 años vienen
haciendo uso de la hospitalidad suiza refugiados políticos de todas las
tendencias, desde Napoleón III a Lenin. Todos fueron bien recibidos. Para la
Constitución suiza, la libertad individual y la propiedad privada son derechos
inseparables y cuentan con la misma protección.
Especialmente
remilgada es la actitud de los suizos en la investigación de los asuntos
relacionados con los impuestos. Guillermo Tell no se convirtió en héroe
legendario de la historia suiza en virtud de su manzana y su arco, sino porque
dirigió la revuelta contra los exagerados impuestos establecidos por el tirano
Rodolfo de Habsburgo. El secreto bancario eventualmente sin necesidad de
cuentas numeradas, se mantendrá mientras Suiza exista. Con independencia de la
situación monetaria en el mundo y del desarrollo de la cotización del franco
suizo, los bancos helvéticos seguirán conservando su popularidad entre los
ahorradores del mundo entero porque tratan a sus clientes como si fueran
residentes del más distinguido de los sanatorios.
Después
de la segunda guerra mundial, el ministro y delegado especial suizo Walter
Stucki representó en Washington el papel de un moderno Guillermo Tell, cuando
opuso la más firme y tenaz resistencia (pese a la presión de los exportadores
suizos) contra las exigencias de Estados Unidos de que se permitiera a sus
autoridades echar una mirada a las cuentas norteamericanas y europeas. La
intransigencia de Suiza era de todo punto incomprensible para los Estados
Unidos, un país en el cual todo empleado bancario puede dar a cualquiera
información sobre una cuenta corriente.
Resulta
paradójico que en el país más libre del mundo los hombres del Servicio V
(agentes de la inspección federal de impuestos) posean poderes casi
inquisitoriales sobre los ciudadanos obligados a tributar.
La
indiscreción bancaria en Estados Unidos
En Estados Unidos, en lugar del secreto bancario existe la indiscreción
bancaria. En respuesta a una simple llamada telefónica, el banco informa del
estado de la cuenta de cualquier cliente.
Muchos
banqueros privados y agentes de Bolsa llegan a desvelar las transacciones de
sus clientes (pérdidas o ganancias) para poderse jactar de la confianza que
merecen sus consejos y confidencias: «Míster Smith ha ganado tanto dinero
gracias a mis indicaciones, pero Johns no quiso seguir mis consejos y Adams
vendió antes de tiempo».
Una
característica típica de la forma de ser del norteamericano es su inclinación a
hablar y jactarse de su dinero, y cuando no puede hablar del suyo propio lo
hace del de sus clientes. Yo conozco agentes de Bolsa cuyo mejor truco
publicitario era la indiscreción, pues muchos se hicieron clientes suyos sólo
para saber quién había comprado o vendido esto o aquello.
La
jactancia y la exposición de los asuntos financieros quizá tenga sus ventajas.
Si se pone fin a esa presunción del secreto, uno se acostumbra con mayor
facilidad a la idea de que todo el mundo lo sabe todo acerca de los demás. Los
secretos, realmente, pueden convertirse en peligrosos. Ya François de la
Rochefoucault lo sabía y lo expresó así: «A quien le confías un secreto de
importancia, lo conviertes en dueño y señor de tu libertad».
§. Los
paraísos fiscales, las Jaujas de nuestros días
EL
completo secreto bancario sólo puede desarrollarse plenamente en los paraísos
fiscales, países a los que en cierta ocasión llamé «las Jaujas de nuestros
días».
Con
frecuencia, el honrado ciudadano reflexiona sobre si debe pagar o no. Y en caso
de duda tratará de buscar una posibilidad de eludir al fisco.
En la
lejanía se perfila un camino: existen países pequeños o islas llamadas tax-haven por
los anglosajones, paradis fiscaux por los franceses y Steureroasen por
los alemanes. En palabras corrientes: son un asilo para el impositor.
Cuando el
Ministerio de Hacienda le recuerde sus deberes, puede soñar con esos bellos
países, rodeados de verdes montañas o con eternos cielos azules, donde uno
jamás encontrará a un inspector de Hacienda. Pero esos oasis sin impuestos no
son de utilidad para todo el mundo, y en ocasiones ni siquiera para los más
ricos. Todos los países occidentales están actualmente muy unidos en lo que a
impuestos se refiere. Mantienen con firmeza dos principios:
—Todo
ciudadano tiene que pagar sus impuestos en alguna parte.
—Ningún
ingreso será sometido a doble imposición en tanto existan acuerdos
interestatales.
Pero los
impuestos hay que pagarlos. Esto quiere decir que buscar uno de esos oasis sin
impuestos y fundar allí una empresa, disminuiría los impuestos, en tanto el
Departamento de Finanzas del país de origen no exija que se le pague la
diferencia, como probablemente ocurriría con una empresa alemana. Existe, pues,
más de un «pero».
Infeliz
víctima de los impuestos, ¿qué más necesitas?
En la actualidad, pueden contarse en todo el mundo 35 puntos geográficos que
cabría designar con el nombre de «oasis impositivos». Su número aumenta porque
cada vez se descubren nuevas «mini-islas» que han hecho de la evasión fiscal
una industria que les produce notables beneficios.
La
mayoría de esos puntos incluso resultaría difícil localizarlos en el mapa. Sin
embargo, por pequeños que sean, en sus registros mercantiles pueden estar
inscritos cientos o miles de empresas. En ocasiones, el número de empresas
mercantiles es mayor que el de sus habitantes. ¿De qué consta una de esas
empresas en el «oasis impositivo»? Sólo de un nombre comercial registrado
legalmente y un apartado de correos. Muchas veces, un mismo buzón o un apartado
puede ser utilizado por varias empresas.
El hecho
de que en la mayoría de esas islas no exista aeropuerto, que sólo tengan
comunicación con el continente los fines de semana, por barco, y que no
dispongan de teléfono ni de télex, no es ningún obstáculo. Lo único
imprescindible es que el país sea soberano en lo que se refiere al cobro de
impuestos, y que éstos no los tenga —o sean muy bajos— sobre la renta, los
beneficios del capital, el patrimonio o las herencias y otras transferencias. Y
que el secreto de la contabilidad esté garantizado.
Infeliz
víctima de los impuestos, ¿qué más necesitas? Sin embargo, nadie debe figurarse
que un comerciante o empresario puede ahorrarse todos sus impuestos gracias a
una mini-isla en medio del océano Pacifico. Esas empresas sin más domicilio que
una estafeta postal sólo pueden proteger dentro de ciertos límites.
Si un
millonario quiere ocultar su capital del departamento de impuestos de su país,
puede hacerlo. Mantiene sus depósitos de acciones u obligaciones a nombre de
una empresa radicada en un paraíso fiscal, en un gran banco del país que elija.
Sólo que no debe dejarse atrapar. Esto resulta fácil, pues no cabe suponer que
el departamento de inspección de Hacienda mande en comisión de servicio a uno
de sus agentes a uno de esos pequeños países en medio del Pacífico.
Cómo
blanquear el dinero sucio
Si lo que desea es no pagar impuestos en absoluto, tiene que convertirse en
residente del paraíso fiscal. Pese a ello, la nación de que sea ciudadano
siempre le tendrá cogido, aunque depende de hasta qué punto, según cuál sea su
país de origen. De acuerdo con las leyes alemanas, el súbdito de la República
Federal sigue sujeto al pago de los impuestos allí durante diez años. Y,
naturalmente, la oficina de Impuestos se quedará con la caja de su empresa que
no pudo llevarse consigo.
Es decir,
que los beneficios de sus empresas o de sus bienes inmuebles son sometidos a
impuestos en su país. Sólo cuando lleva diez años residiendo fuera de Alemania
el Estado no puede exigirle nada.
Ciertamente
que existen trucos y estratagemas para eludir la acción del fisco alemán. Los
que deben emplearse dependen de la situación exacta del impositor y del
carácter de sus ingresos. También hay que tener en cuenta la correcta
disposición de las inversiones.
En Europa
siguen siendo bastante convenientes en la práctica las pequeñas islas de Jersey
y Guernsey, en el canal de la Mancha, especialmente agradables para pasar en
ellas unas semanas de vacaciones gracias a su peculiar encanto y su clima.
Mónaco sólo es aconsejable para residentes fijos, y hay que decir que la
residencia en ese país no tiene nada de desagradable.
En
Estados Unidos, las islas Caimán son especialmente populares, debido a su
situación (apenas a una hora de vuelo desde Miami). En Asia tenemos Hong-Kong y
en el Pacífico Sur, Nuevas Hébridas, un condominio anglofrancés. En África, el
paraíso fiscal más conocido es la República de Liberia. Cada uno de estos
asilos financieros, libres de impuestos, tiene sus pros y sus contras, pero
todos poseen algo en común: convierten lo ilegal en legal y blanquean el dinero
sucio. Y muchas cosas que en la patria son un delito y un pecado allí se
consideran una virtud.
§. Sobre
los negociantes «visionarios»: ¡Dios mío, cuanto trabajo!
DESDE
hace cincuenta años vivo en un parque zoológico donde se reúnen las más
diversas especies humanas. Tuve muchos amigos: aristócratas de antiguo,
intelectuales, pequeños granujas y grandes ladrones, personas ricas como Creso
y pobres como un ratón de iglesia y, también, «negociantes visionarios» y
«negociantes supervisionarios». La definición de estas dos profesiones no se
encuentra en ningún diccionario económico especializado. Por esa razón quiero
enriquecer con ella la literatura profesional.
Precisamente
los «negociantes visionarios» han marcado períodos completos de la vida
económica. Se trata de gentes que comercian con todo lo que ven. Entran en
juego tan pronto escasea una mercancía y no puede ser encontrada en las fuentes
habituales. Vivieron su época más brillante en las dos últimas guerras
mundiales y en las respectivas posguerras: son los estraperlistas. Conozco
todavía algunos de ellos.
Presumen
de que no existe una sola mercadería con la que no hayan negociado. Y no se
trata de una exageración. Un día compran cien mil camisas de hombre y al día
siguiente diez vagones de mermelada de ciruela, un millón de cepillos de
dientes, gafas de sol o automóviles de segunda mano. En torno a todos estos
artículos se desarrolla una «cadena comercial» (otra palabra para el
diccionario). Las cosas se desarrollan así; A vende un vagón de sardinas a B,
éste cede el producto a C y se gana el diez por ciento. C carga un tanto por
ciento más y la cosa continúa así hasta que las sardinas vuelven a A,
naturalmente más caras.
El juego
se reanudó. El vagón fue de un lado para otro sin ser abierto hasta que, al
cabo de algún tiempo, fue a parar — horribile dictu — a manos
de un intermediario que, excepcionalmente, decidió la conveniencia de vender la
mercancía al consumidor. Entonces —¡qué horror!— se descubrió que estaba ya
estropeada desde hacía mucho tiempo. Objeciones, reclamaciones y protestas.
Pero la respuesta del último de los vendedores fue tan breve como lógica: «No
se trata de sardinas para ser comidas sino para comerciar con ellas».
Naturalmente,
esos estraperlistas también supieron adaptarse a los nuevos tiempos. En los
años cuarenta, por ejemplo, floreció el mercado negro de medias y bragas de
nilón, whisky, cigarrillos y cientos de otros artículos de lujo.
Pero después, poco a poco, esa actividad fue pasando de moda. Sólo durante la
guerra de Corea volvió a brillar por última vez.
Conozco a
muchos estraperlistas que en aquel entonces hicieron millones con mercancías
muy codiciadas por los chinos, pero que estaban en las listas de las prohibidas
por los norteamericanos. El lugar donde se realizaban los negocios era,
entonces, Berlín oriental. Allí las delegaciones comerciales chinas recibían a
los estraperlistas occidentales que podían ofrecerles caucho, productos
químicos y determinados metales.
Pese a
esa ayuda oficial china, los comerciantes Este-Oeste precisaban utilizar un
truco poco comercial. Por medio de un cónsul tolerante, en Amberes, recibían
listas de embarque no totalmente limpias para las mercancías, de modo que una
vez en alta mar se pudiera llevar a cabo el transbordo de los productos a
buques que se dirigían a puertos del bloque oriental.
Esos
negocios «fáciles» casi han desaparecido. Gentes más poderosas han ocupado el
lugar de esos comerciantes visionarios y estraperlistas. En la actualidad,
cuando se produce una notable escasez de alguna mercancía, son de inmediato las
grandes empresas —frecuentemente las multinacionales— las que dominan el
mercado. Los estraperlistas normales y corrientes no pueden competir con ellos.
Sin
embargo, en la década de los setenta, se intentó en varias ocasiones negociar
con petróleo, carbón y acero. En Rotterdam ha surgido un gigantesco mercado
«gris» en torno al petróleo, que si no va contra la ley, si contra ciertas
convenciones y tratados. La prensa diaria informa sobre las oscilaciones de sus
precios que, frecuentemente, tienen un claro efecto psicológico sobre la
evolución de otros muchos valores. Después se probó, también, con papel y
cemento. Pero fueron tan sólo «negocios en el aire»; es decir, se habló de
ellos, se hicieron llamadas telefónicas y viajes y, después, todo quedó en agua
de borrajas. La época de los estraperlistas ha sido ya superada y esperemos que
lo sea por mucho tiempo, pues casi siempre son producto de un enfrentamiento
militar.
§. El
camino hacia el minicapitalista: participación en trusts de
inversiones
AL hablar
de los trusts es necesario distinguir entre horizontales y
verticales. Los trusts de inversiones pueden ser definidos
como horizontales. No forman un grupo de empresas enlazadas. El dinero está
repartido en el máximo de direcciones posibles, pero sin que exista una
relación funcional entre las producciones de las instalaciones individuales. En
lugar de una forma de concentración es más bien una atomización. Por el
contrario, en el trust vertical se fusionan bajo una dirección
unitaria sociedades complementarias y emparentadas entre sí.
Cuando
los consorcios mixtos — trusts de inversiones— disponen, por
ejemplo, de más de un centenar de unidades de capital, el dinero puede ser
invertido en acciones del siguiente modo: dos por ciento en ferrocarriles, dos
por ciento en la industria alimentaria, cinco por ciento en la industria
metalúrgica, cinco por ciento en la industria química, tres por ciento en
prospecciones petroleras, cuatro por ciento en minas de cobre de Rhodesia,
cuatro por ciento en minas de cobre del Perú, etc., etc… Lo que busca esta
sociedad es una participación en el mayor número posible de sectores. De ese
modo, repartirá sus riesgos geográficos, políticos, industriales, sociales,
climáticos y demás, con lo cual puede ofrecer a sus accionistas mayor seguridad
gracias a un reparto muy amplio de la empresa.
El trust vertical
persigue objetivos completamente distintos. He aquí un ejemplo del proceso de
formación de un trust vertical.
Una
sociedad que originariamente se dedica a la fabricación de productos químicos y
lacas, trata de adquirir determinado número de acciones de una fábrica de
automóviles, que le permitan controlarla. De ese modo, puede conseguir el
suministro de pinturas y lacas para automóviles que se precisen. Por las mismas
razones, una fábrica de automóviles tratará de atraer a su círculo, empresas
que fabriquen neumáticos, parabrisas, cueros para tapicerías, cromados,
artículos de plástico, etc.; es decir, todo tipo de suministradores o de
clientes. Que el cliente controle al suministrador o sea éste quien controle al
cliente, es cuestión de la solidez del capital de cada uno de ellos.
A
comienzos de este siglo, los trusts verticales formaron
auténticos imperios industriales y financieros en el seno del sistema
capitalista. De ese modo, estaban es condiciones de imponer precios y tarifas y
explotaban al público y al consumidor. En determinadas épocas fueron los dueños
y a veces los expoliadores de un país. Todo eso forma ya parte del pasado. Las
leyes de muchos países han cortado las alas a los trusts verticales
y los han sometido a un control más o menos draconiano.
El
capital y el trabajo como aliados
En ningún caso debe confundirse un trust vertical con un trust de
inversiones. Este último ha conseguido consideración desde la última guerra.
Gracias a él, cada pequeño ahorrador puede participar en el desarrollo de su
país. Basta con comprar una o dos acciones de una sociedad para, de ese modo y
con medios relativamente modestos, ayudar a la industria de su país en su
camino de progreso y participar en él. A mi juicio, éste es el mejor sistema
para contrarrestar la propaganda marxista. Si cualquier ciudadano, mediante una
mini-inversión financiera puede convertirse en mini-capitalista, el
capital y el trabajo se convierten en aliados. El hombre de la calle, el
pequeño ahorrador dueño de unas pocas acciones, pasa a ser el mejor de los
bastiones contra el comunismo, al establecer la práctica del capitalismo
democrático y liberal en el seno de la gran masa popular. Por esa razón los gobiernos
occidentales ven satisfechos el progreso de los trusts de
inversión que, en general, se conocen como compañías de inversión financiera.
De hecho, las actividades de tales sociedades han adquirido tal importancia en
los últimos tiempos, que en la actualidad son la base de la Bolsa. Los trusts de
inversiones, y en ese aspecto también la Bolsa, están llamados a desempeñar un
papel de importancia en el desarrollo futuro de Europa, aun cuando en algunos
países ciertas empresas lleguen a ser nacionalizadas, como ya ha ocurrido en
Francia.
Hoy día,
una tupida red de obligaciones internacionales se extiende por encima de las
fronteras y va de una Bolsa a otra. Así, por ejemplo, un porcentaje creciente
de participaciones en sociedades francesas está siendo adquirido por
ahorradores alemanes. Del mismo modo, los franceses compran un número cada vez
mayor de acciones de sociedades alemanas. Así podría llegar el día en que la
mayor parte de las acciones de una sociedad francesa pasara a manos alemanas, o
que una empresa alemana tuviera la mayor parte de sus acciones en poder de
ciudadanos franceses.
Simultáneamente,
ambas sociedades podrían llevar a cabo un intercambio de patentes y de
procedimientos de fabricación y llegar a acuerdos sobre la racionalización de
sus respectivas producciones. Esto constituiría una ventaja tanto para los
consumidores como para los accionistas. Una vez conseguido ese estado de cosas,
la fusión jurídica de ambas sociedades quedaría reducida a una mera formalidad.
Multinacionales:
las fábricas europeas
No es en absoluto mi intención dejarme arrastrar al respecto por conceptos e
ideas utópicas, pero ¿por qué razón no puede llegar el día en que dejen de
existir las empresas nacionales, es decir, exclusivamente francesas o alemanas,
por ejemplo, y sólo haya multinacionales? Si partimos de esa base, podemos
aceptar la idea de que un día surja un nuevo tipo de empresa: ¡la europea! Si
lo vemos así, las futuras perspectivas de Europa sólo se verán plenamente
realizadas cuando los políticos responsables y los pueblos de esas naciones se
sientan en posesión de la fuerza suficiente para defender y conservar sus
libertades y todas las condiciones imprescindibles para la ordenación de la
libre economía de mercado. Es decir, cuando lo quieran así
verdaderamente. Volveré a tratar el tema con mayor detalle en el capítulo
«¿Sobrevivirá el fabuloso mundo?», pero ahora y aquí quiero subrayar, al
respecto, que la condición de todo punto necesaria para ello es que Europa no
profese la idea de que su salvación está en el neutralismo, puesto que tal
creencia significaría, indirectamente, someterse a la voluntad de Moscú,
supeditarse a la dictadura de la cotización del rublo, Y aceptar que los
gobiernos de Europa occidental pasaran a ser gobernadores nombrados por el
Kremlin.
¿Cuál
sería el aspecto de las Bolsas en esa posible Europa multinacional por mí
esbozada, con empresas europeas, es decir, multinacionales? ¿Cómo
serían las Bolsas de una Europa que, pese a las amenazas y las tentaciones,
fuera capaz de conservar su libertad y su independencia?
Ciertamente,
no sería un paraíso del juego al estilo de Montecarlo. Y está bien que así sea.
Esa nueva Europa sería más bien una Europa superindustrial, con grandes
fábricas, una dura competencia y una sólida capacidad productiva, con todo lo
cual podrían construirse los cimientos en que asentar la Europa del futuro.
§. Cuando
ríe el director de un fondo de inversión, lloran sus clientes
EXISTEN
dos tipos de trusts de inversión: las sociedades de inversión
cerradas y las abiertas.
Una
sociedad de inversión cerrada coloca sus disponibilidades en
distintos valores, tal y como ya hemos explicado. Las inversiones de esas
sociedades se comercializan en la Bolsa con una cotización variable, como
cualesquiera otras acciones. La sociedad, sin embargo, no está obligada a
desprenderse de las acciones a una cotización, cualquiera que sea. El ahorrador
que quiera colocar su capital de acciones de esa sociedad de inversión cerrada,
tiene que comprar acciones de dicha sociedad en la Bolsa al tipo que coticen, y
sólo puede librarse de ellas vendiéndolas así mimo en la Bolsa. El curso
bursátil no se corresponde siempre con el valor real de las acciones. En
algunas de esas sociedades la cotización de sus acciones está por encima y en
otras por debajo de su valor teórico. La cotización bursátil es el resultado de
la oferta y la demanda.
Las
acciones de las sociedades de inversión abiertas (se llaman en Estados Unidos
Mutual Funds), contrariamente a los certificados de las sociedades de inversión
cerradas, no se cotizan en Bolsa. La sociedad las vende directamente a su
clientela (y las vuelve a comprar, en ciertos casos, también directamente) de
acuerdo con las cotizaciones del día de cada una de las acciones y valores que
están en poder del fondo. Sin embarco, en cada venta estas sociedades cargan
una comisión al cliente, que oscila entre el cuatro y el nueve por ciento. Así
pues, entre las operaciones de compra y las de venta hay una diferencia de
precio que va del cuatro al nueve por ciento. Esa diferencia va a parar a los
bolsillos de los vendedores o de la organización de ventas.
Mi
posición con respecto a las sociedades de inversión y a los fondos abiertos de
inversión (Mutual Funds) fue en principio incondicionalmente positiva y estaba
basada en motivos de tipo social, político y económico. Ya en la década de
1930-1940 me ocupé con problemas de los Mutual Funds, cuando uno de mis amigos
de juventud, Imre Vegh, apareció en escena en medio de la crisis bursátil y
económica de la época, como uno de los pioneros de los Mutual Funds en los
Estados Unidos. Todavía hoy su fondo figura entre los mejores. Cuando hace
muchos años, algunos amigos con ahorros relativamente pequeños para hacerse con
una cartera propia me pedían consejo sobre cómo debían invertir sus ahorros,
les recomendaba con la más limpia conciencia que compraran Mutual Funds.
Con un
espanto tanto mayor, desde 1967 he dejado de hacerlo. A partir de esa fecha se
ha desatado, desgraciadamente, una auténtica manía por los fondos, que hasta
ahora les ha costado a los pequeños inversores —sobre todo en Alemania— la
pérdida de muchos miles de millones.
«¡Vaya,
vaya —dijo el agente de Bolsa—, tampoco están mal!»
El éxito obtenido por un joven bolsista chino de Nueva York atrajo a muchos
miles de aventureros dispuestos a ganar dinero en la Bolsa. Durante algunos
años, Gerald Tsai fue considerado el mayor genio de la Bolsa de Wall Street,
puesto que en los difíciles años de un mercado donde todo se compraba, que
comenzó en 1963, supo especular de manera muy positiva para una empresa,
Fidelity Funds. Quizá en vez de «especular», deberíamos decir que supo «jugar»
bien. Animado por el éxito, fundó su propia organización inversora, Manhattan
Fund. Simplemente a causa de la fama que había conseguido como genial director
de inversiones, el público (en Estados Unidos) le confió en pocos días 420
millones de dólares. Además, su fama fue cotizada al alza por una de las más
importantes firmas de Wall Street, que gracias a su extensa red de vendedores
podía colocar bien sus contingentes de acciones. Con ello, Gerald Tsai se
convirtió en una especie de prisionero de esa empresa y supongo, casi con toda
seguridad que se sentía obligado por la firma o conseguir una determinada
cantidad anual para la cuenta de Manhatan Fund. ¿Qué otro interés, si no,
hubiera tenido la firma de agentes de Bolsa para transferir a Gerald Tsai los
millones de dólares, que recibía de su clientela, para incorporarlos
permanentemente a su compañía de inversiones? Si la empresa de agentes de Bolsa
hubiera colocado directamente (y con frecuencia, en inversiones anuales) los
cientos de millones de las cuentas de sus clientes, hubiera conseguido millones
de dólares de comisión. Pero en vez de invertirlos directamente, los millones
pasaban a la cuenta de Manhattan Fund. En Wall Street no se hacen regalos. Lo
que interesa a los agentes es únicamente la cantidad invertida, es decir, las
comisiones. Cuando los agentes de Bolsa hablan entre sí, en primer lugar citan
la cantidad global de tus inversiones y, en segundo, la tendencia de la Bolsa.
Se cuenta
la siguiente historia:
Un
cliente se dirigió a su agente de Bolsa para pedirle consejo, y le recomendó
apasionadamente que comprara acciones de US-Steel. Cuando el cliente terminó su
charla, el agente observó que rechazaba sus US-Steel y decidía comprar GM.
«¡Vaya, vaya —dijo el agente de Bolsa—, tampoco están mal!».
No debe
sorprender que con un éxito publicitario tan sensacional como el conseguido por
el señor Tsai cientos de aventureros temerarios sintieran el olor de la sangre
y fundaran cientos de fondos, para administrar miles de millones de dólares,
sin ningún conocimiento de la materia. Para gente tan joven —el promedio de
edad era veinticinco años—, debió ser como una auténtica embriaguez el disponer
de medios financieros casi ilimitados y sin control en su administración, y sin
tener que rendir jamás cuentas por la forma como, los manejaban.
La
palabra mágica: «performance»
Al muchacho prodigio Tsai también le hubiera sido posible, en el transcurso de
pocos años, perder el 70 por ciento del dinero que le habían confiado. La gran
equivocación que lo arrastró a la perdición —y con él a los demás novatos— fue
la nueva palabra que se utilizaba para designar el éxito en la Bolsa: performance.
La corta carrera de Tsai nos lleva a la siguiente conclusión: hay que comprar y
vender, comprar y vender…, con cuanta más frecuencia mejor. Al hacerlo así se realiza
ese juego salvaje incluso con acciones que no tengan probabilidad real de
mantenerse o de seguir aumentando su valor. Hay que lanzarse a la ligera sobre
cualquier emisión de una pequeña sociedad desconocida, con el convencimiento
casi mesiánico de que en toda empresa en cuyo nombre figura la palabra computer daremos
con una segunda IBM o una segunda Xerox. Se compran las acciones como quien
adquiere un décimo de la lotería. Ese ambiente se contagió a todo Wall Street
y, poco a poco, aquellos jóvenes hicieron de la Bolsa un gigantesco casino.
Todo eso
cabe atribuírselo a la falta de conocimientos y de experiencia de los
directores de los fondos. A ello hay que sumar métodos totalmente nuevos de
realizar los balances, incluso recurriendo al fraude. Hoy se sabe ya, en
términos generales, el gran daño que causaron al pequeño inversor
norteamericano.
A partir
de ese momento retiré mi confianza a los fondos, incluso al antaño tan digno de
fiar US-Fonds, que, arrastrado por la manía de la performance y
bajo la presión de la competencia, cambió su anterior director, tan digno de
confianza, por otros nuevos y sin experiencia.
La
legislación norteamericana resultaba impotente contra esos malos hábitos y
abusos. Uno de mis antiguos amigos, un alto funcionario de la administración
norteamericana, del departamento responsable de los fondos de inversión (SBC),
se quejaba del poco campo de acción que le quedaba, de lo muy atadas que
estaban sus manos. Las autoridades norteamericanas no podían ir más allá de lo
que les permitía el marco de las antiguas disposiciones legales sobre las
inversiones. Y la falta de solidez de esas leyes anticuadas se hizo evidente en
el hecho de han sido muchos los presidentes que han exigido la redacción de
nuevos proyectos de ley. Pero cuando estos proyectos no resultaban del agrado
de los señores que dominaban los fondos de inversión, eran combatidos por los
potentes lobbies de Mutual Funds en el Congreso, y su
presentación quedaba aplazada o rechazada. ¡Cuando ríe el director de un fondo
de inversión, lloran sus clientes! Esa es la auténtica realidad.
§. Engaño
en la Bolsa con los consorcios mixtos
EN los
años sesenta surgió un tipo especial de financiero: el de conglomerado. Pero
¿qué es realmente un conglomerado? En español se le suele llamar un consorcio
mixto, y mi opinión sobre ese tipo de organización coincide casi por completo
con la que me merecen los trusts de inversión. El principio en
que se basan tales consorcios es sano y claro, y existen razones jurídicas y
económicas que hablan en su favor. Pero, como ocurre siempre, incluso el más
sano de los principios puede degenerar cuando, como en este caso, se trata de
dinero, de mucho dinero. El boom de los años sesenta en
Estados Unidos trajo consigo, junto con la ola de jóvenes ejecutivos de las
sociedades de inversión, una raza de financieros, igualmente jóvenes, los de
conglomerado, una mezcla de abogado experto y financiero temerario. Fueron
ellos los inventores de ese «aborto» de los consorcios mixtos, pues así pueden
ser calificados, a tenor de cómo consiguieron su auge y caída en Wall Street.
Las
leyes anti-trust y anti-cartel norteamericanas vigilan
severamente los consorcios mixtos para impedir que determinadas empresas puedan
comprar o fusionarse con industrias complementarias o del mismo ramo, si con
ello podía llegarse a una situación de monopolio que afectara la normal lucha
de la competencia. Por ejemplo: a una gran empresa de fabricación de
automóviles no le está permitido absorber a otras más pequeñas o fusionarse con
clientes o suministradores como suele hacerse en esos trusts. Grosso
modo, todo eso choca con la ley. Pero siempre tiene que ser un tribunal el
que determine si existe el peligro o no.
Construcciones
audaces
Frecuentemente grandes empresas industriales han dispuesto en el curso de los
pasados años de una gran cantidad de dinero en efectivo que necesitaban
colocar. Lo más sencillo hubiera sido invertir el dinero en empresas
industriales afines, pero eso está prohibido por la ley, y lógicamente por
buenas razones. Por el contrario, pueden emplear su dinero en la compra de
sociedades enteras siempre que sean de otros sectores industriales sin relación
directa con el suyo. Cuando se fundan varias de estas industrias no
emparentadas entre sí, es decir sin relación directa en sus productos, surge lo
que se llama un consorcio mixto o conglomerado. Tal y como la he descrito,
contra esa nueva construcción económica no habrá nada que oponer, pues sería
una institución financiera bastante parecida a una sociedad de inversión. Pero
la mayor parte de los consorcios mixtos, sobre los cuales tanto se ha hablado
en los pasados años, no surgieron gracias a un exceso de dinero disponible,
sino más bien debido a un golpe favorable en la Bolsa. La sociedad que se
quería convertir en un consorcio mixto no disponía de dinero líquido y, por lo
tanto, la compra de las otras sociedades las pagó con sus propias acciones o
con empréstitos amortizables que se emitieron a ese efecto.
Supongamos
que existe una fábrica de cervezas con diez millones de acciones que se cotizan
a diez dólares cada una. La fábrica tiene unos beneficios de cinco millones de
dólares al año, es decir, cincuenta centavos por acción. Esa sociedad, que se
cotiza en Bolsa, propone la fusión a una fábrica de papel cuyas acciones no se
negocian en la Bolsa, y que gana tres millones de dólares al año. La fábrica de
cerveza ofrece a la papelera 30 millones de dólares por la compra de toda la
sociedad, pero no en dinero sino en forma de sus propios empréstitos
amortizables. Esos valores le producirán al propietario de la papelera el seis
por ciento de interés anual y le darán opción a cambiarlos —a una determinada
cotización de Bolsa— por las acciones matrices de la propia fábrica de cerveza.
El beneficio de la fábrica de papel se sumará al de la fábrica de cerveza.
Consecuentemente, el interés anual de cada acción pasará de cincuenta a setenta
y dos centavos. Además, hay que tener en cuenta la reducción de impuestos consecuente
a la emisión y adquisición de deuda amortizable, lo cual hace que el beneficio
neto, al final de la operación, aún sea mayor. Esa empresa formada por una
fábrica de cervezas y una papelera compra un cine por medio de nuevos
empréstitos amortizables, y después, del mismo modo, una compañía naviera.
¿Qué se
consigue con ello? Debido a las fusiones, las ganancias de la fábrica de
cerveza quedan superadas por las del consorcio mixto (cerveza, papel, cine,
buques) y cada acción recibe permanentemente unos intereses más elevados. Pero
el aumento del precio de las acciones no es el resultado de un aumento de la
producción, sino de una operación financiera. ¡Se trata, pues, de
un maravilloso señuelo para el público inocente y para los no menos inocentes
directores de los fondos de inversión!
Los
analistas de Bolsa determinan el valor teórico de una acción, como ya hemos
dicho, con ayuda de la llamada relación precio-beneficio, para lo cual
multiplica el beneficio anual por un coeficiente que varía de acuerdo con cada
sector y con el ritmo de crecimiento.
Como
nuestra fábrica de cerveza consiguió gracias a las fusiones, en el plazo de
cinco años, un enorme aumento de los beneficios por acción, los analistas de
Bolsa establecen para esa acción un coeficiente de beneficio muy alto como
base, o coeficiente por el que multiplicar sus ganancias anuales. De ese modo
se les hace ver a los accionistas en potencia que tienen la posibilidad de
conseguir unos beneficios en crecimiento constante.
Directores
de cartera con poca experiencia, de los fondos de inversión y de otras
instituciones caen en la trampa y compran las acciones. Con ello hacen que su
cotización suba, hasta alcanzar la cotización profetizada por ellos. Gracias a
la elevada cotización de las acciones de esa «fábrica de cervezas», se puede
volver a considerar una nueva fusión, y una nueva sociedad puede ser adquirida,
incluso en mejores condiciones.
El
derrumbamiento del castillo de naipes
Quizá todo hubiera continuado así de no ser por la crisis de 1970. Uno de los
más famosos directores de un consorcio mixto fue tan lejos en su optimismo que
en una conferencia de prensa llegó a declarar, sin pestañear siquiera, que su
sociedad llegaría a ser en pocos años mayor que la General Motors…
Frecuentemente suben las acciones por el simple anuncio de una nueva fusión.
Eso era precisamente lo que buscaba el ejecutivo del consorcio mixto.
Las
consecuencias de esa operación para Wall Street fueron un auténtico aquelarre.
Las acciones de la nueva sociedad mixta ascendieron de forma vertical con cada
una de las siguientes fusiones.
Pero como
hemos dicho, con ese método no se producía en el consorcio un verdadero aumento
de su rendimiento. Las transacciones se llevaban a cabo sólo y exclusivamente
con miras a las especulaciones bursátiles, con ayuda de trucos para eludir
parte de los impuestos y con manipulaciones contables. Y a nadie se le ocurrió
la idea de que las cuentas se basaban en premisas del todo falsas. Por ejemplo:
se fusionaban tres sociedades, cada una de las cuales estaba valorada en cien
millones de dólares, y después la sociedad resultante se capitalizaba en la
Bolsa con un total de 600 millones de dólares en acciones.
Al final,
los financieros de esas sociedades mixtas se volvieron tan agresivos y
descarados en sus proyectos de absorción de nuevas sociedades, que pagaban con
empréstitos amortizables, que el Congreso se inquietó por ello y, mediante una
nueva legislación, prohibió el truco empleado por los financieros de los
consorcios mixtos para pagar menos impuestos. Con ello se les quitó la alfombra
bajo los pies y el castillo de naipes se desplomó. Las nuevas leyes hicieron
imposibles nuevas fusiones con ayuda de empréstitos amortizables. Y con ello se
evitó la subida de la cotización de las acciones de la sociedad matriz.
El sex-apeal de las acciones de los conglomerados desapareció.
Incluso, aunque no se hubiera producido la crisis de 1970, la mística de los
consorcios mixtos hubiera desaparecido definitivamente. Yo me inclino a creer
que la caída de estas sociedades fue una de las causas principales de la
catástrofe bursátil de 1970. La gran extensión de los consorcios mixtos en la
década de los sesenta fue, sin duda, uno de los mayores fraudes bursátiles de
la historia.
§. «Off-shore-fonds, made
for Germany»
NI
siquiera la defectuosa legislación satisfacía el apetito de los nuevos señores
que dominaban los fondos. Había que abrir los últimos y más débiles cerrojos.
Para ello inventaron un nuevo truco: los off-shore-fonds.
Off-shore-fonds son
fondos de inversión, que se registran en algún país exótico donde no existe
ningún tipo de control legislativo ni dependen de órgano alguno de vigilancia.
Consecuentemente, sus directivos no pueden ser considerados responsables ni
denunciados por nadie. Las puertas, pues, están abiertas de par en par al
«hurto». No quiero decir aquí lo que pienso de los off-shore-fonds.
Sobre todo desde el escándalo IOS, la prensa diaria alemana, y hasta las
revistas ilustradas, han informado de manera suficiente sobre el tema.
El nuevo
rey Midas: Bernie Cornfeld
Desgraciadamente, la campaña de desenmascaramiento llegó tarde. Durante muchos
años, los propios órganos de prensa habían venido describiendo las actividades
de los fondos de inversión con los más bellos colores. Estoy convencido de que
fueron precisamente sus reportajes detallados, llenos de color sobre la vida
lujosa y brillante de los fundadores y grandes rectores de los fondos, los que
más colaboraron para que miles de pequeños inversionistas depositaran su
confianza y entregaran sus ahorros a aquellos aventureros. Y ante todo a su
nuevo rey Midas, alias Bernard Cornfeld. La prensa diaria informó de manera
pormenorizada, objetiva y neutral sobre los acontecimientos relacionados con la
industria de los fondos off-shore. Pero básicamente no atacó nunca
a los fondos. Ese hecho constituyó de por si la mejor propaganda. Cuando se
recuerdan las engañosas promesas de los vendedores de fondos de inversión,
proclamadas a gritos como las verduleras de los mercados, y se comparan con los
«éxitos» de hoy, sólo cabe plantear esta pregunta: ¿cómo pudo ocurrir una cosa
así? ¿Cómo pudieron las autoridades alemanas responsables contemplar durante
tanto tiempo esa engañosa actividad sin intervenir? Uno se enfrenta a la
cuestión de por qué la industria de los fondos off-shore logró
tener en Alemania un éxito tan considerable, aun olvidando que la publicidad y
la propaganda les resultaron totalmente gratis. ¿El señor Cornfeld y compañía
eran unos genios? Ciertamente no. Todo el atractivo de los fondos les llegó sin
más gracias a una serie de acontecimientos y situaciones favorables. Estoy
convencido de que Cornfeld no era un estafador. Sólo un hombre falto de
experiencia, carente de preparación, primario y desconocedor de lo que en
realidad era la Bolsa. No tenía la menor idea de la historia de la Bolsa.
Realmente estaba convencido de haber inventado la pólvora. Tampoco sabía que ya
en el siglo XVII y en la Bolsa de Ámsterdam se había especulado de modo tan
animado como hoy se hace en Wall Street. Dado que las cotizaciones habían
estado subiendo ininterrumpidamente durante unos años, llegó a la conclusión de
que los efectos en la Bolsa producían un quince por ciento anual. Y ese error
monstruoso se lo hizo creer al público.
El
ejército de sus colaboradores lo miraba como si se tratara de un apóstol. Su
vida privada y el lujo de que se rodeaba, sólo servían para hacer más brillante
su nimbo a los ojos de aquellos jóvenes. Cada uno de ellos soñaba convertirse
en un nuevo Cornfeld. Y la gente de la calle, el inversor medio, opinaba que si
el señor Cornfeld podía permitirse aquellos lujos y ganar una fortuna tan
considerable con su fondo, cualquiera podía conseguirlo. No se le ocurría a
nadie pensar que la vida de lujo de Cornfeld estaba siendo financiada por el
público con su propio dinero. Para adivinar lo que había detrás de aquel
desmán, en toda su extensión, no se necesitaba ser un lince ni disponer de
grandes conocimientos de Bolsa. Bastaba poseer un poco de experiencia de la
vida y algo de conocimiento de la naturaleza humana.
El
inesperado éxito logrado por Cornfeld se explicaba en la discrepancia existente
entre un capital producto del ahorro, que había crecido de manera explosiva, y
una infraestructura defectuosa, casi inexistente, en la administración
inversora. Pero ¿cómo podía existir tal infraestructura? ¿De dónde podía haber
salido? El público alemán estaba apartado de la corriente internacional de
capitales desde 1930. ¿De dónde podía obtener Alemania auténticos especialistas
en el campo de las inversiones y, sobre todo, de las internacionales?
No cabía,
pues, sorprenderse de que el pequeño ahorrador alemán se sintiera feliz cuando
un «consejero de inversiones» llamaba a su puerta. Era muy bien recibido, se le
dejaba entrar y se le invitaba a una taza de café. Lo que seguía pertenece en
la actualidad a uno de los más tristes capítulos de la historia de las
finanzas.
En ningún
otro país que no fuera la República Federal Alemana se hubiera permitido
semejante abuso de confianza. Las inversiones off-shore y los
fondos inmobiliarios sólo estaban destinados a expoliar al inversor alemán.
Llevaban la etiqueta made for Germany, es decir, «hechos para
Alemania». En aquel entonces yo me sentía muy pesimista respecto a esos fondos,
y traté, de palabra y por escrito, de prevenir a los pequeños inversores. Si
hubiera conseguido convencer a uno solo de ellos de que no invirtiera sus
únicos 1.000 marcos en certificados de fondos de inversión, me hubiera sentido
dichoso y hubiera considerado cumplida mi misión.
¡Bolsa y
acciones, sí! ¡Fondos «off-shore», no!
¿Por qué era tan pesimista mi actitud? La dirección de unos fondos de inversión
requiere tres condiciones previas ineludibles: honradez, responsabilidad y
experiencia. No quiero decir nada más sobre la honradez, pues para mí todo el
mundo continúa siendo honrado en tanto no se demuestra lo contrario.
Ciertamente que tengo mi propia opinión personal sobre la honestidad del
director de fondos, pero como no me cabe la posibilidad de revisar sus libros
no puedo expresar un juicio profesional. Mi actitud pesimista se basaba en mis
muchos años de experiencia en la Bolsa y en el contacto con los seres humanos.
En lo que se refiere al sentimiento de responsabilidad, puedo
expresar la más dura crítica sin remordimiento alguno. Se había convencido a
pequeños ahorradores, que no tenían la menor idea sobre la Bolsa y la
especulación, de que podían conseguir una ganancia del quince por ciento anual.
Esa filosofía bursátil descansa sobre un error de apreciación, pero su difusión
es realmente un hecho delictivo. En la Bolsa se puede ganar dinero, mucho
dinero, incluso puede uno hacerse rico, pero también se puede perder mucho e
incluso arruinarse. Lo que no se puede, de ninguna manera, es asegurarse la
consecución de un beneficio anual fijo. Salvo que se compren obligaciones de
primera clase y se limite el cliente a cobrar los intereses fijos a su
vencimiento.
Igualmente
irresponsable era la continua propaganda puerta a puerta. Con estos sistemas,
se vino alentando la venta continuada de certificados de los fondos de
inversión, incluso en períodos en los cuales cualquier banco de inversión
honesto y consciente hubiera aconsejado a sus clientes que conservaran su
dinero efectivo, o que lo invirtieran en obligaciones de renta fija, pero que
no compraran acciones. El pobre cliente tenía que comprar fondos de inversión
no porque estuviera convencido de que debía hacerlo, sino porque era seducido a
fuerza de palabras. Vendía porque había llamado a su puerta un agente listo que
necesitaba urgentemente ganarse una comisión.
En cuanto
al tema experiencia, quiero expresar lo siguiente: los directores
de los fondos de Inversión habían llegado a creer ellos mismos en el aumento
anual del capital en un quince por ciento, y pensaban conocer la forma y manera
de conseguirlo con sus operaciones en la Bolsa. Eso, de por sí, es ya una
prueba de su falta de experiencia. Como además de ser inexpertos (o tal vez por
ello) actuaban de manera irresponsable, no tenían la menor idea de las trampas
que podía tenderles la Bolsa.
Los
directores de los fondos trataron de que su fracaso personal en la Bolsa se
atribuyera a causas ajenas a ellos y a su actuación. No eran los responsables
de la baja de las cotizaciones, decían. Y ése era un argumento falso, puesto
que, en primer lugar, el llamado índice Dow-Jones de enero de 1972 no estaba
más bajo que su posición histórica más alta.
Si los
administradores de los fondos de inversión hubieran empleado los recursos del
pequeño ahorrador en comprar valores de primera clase, no se hubieron producido
pérdidas. Más aún; es posible que los propietarios de los certificados hubieran
registrado beneficios. Pero compraron una serie de acciones, valores y todo
tipo de papel, carentes de valor, o incluso, fraudulentos. Con frecuencia las
acciones adquiridas, las llamadas letter stocks (acciones de
las que sólo se cotiza una pequeña parte, mientras la mayoría siguen
bloqueadas), eran registradas con precios muy altos y fraudulentos en sus
balances. Además, eran culpables de haber atraído engañosamente a aquella
salvaje especulación a muchas personas modestas que, con anterioridad y gracias
a sus cuentas de ahorro, a sus valores de la deuda, a sus cédulas hipotecarias,
etc., tenían asegurados unos ingresos menores pero permanentes. He recibido
cientos de cartas de pequeños ahorradores lamentándose de que a causa de los
fondos de inversión se encontraban en una situación financiera trágica. Por
desgracia, los agentes vendedores de fondos (a los que se llamaba consejeros de
inversión) estaban convencidos de las teorías de Cornfeld.
La prensa
financiera ofrecía permanentemente análisis y comentarios sobre la evolución de
los fondos. La definían como buena siempre que se situaba por encima del índice
Dow-Jones y como mala en caso contrario. En mi opinión, ese método es falso.
Es, aproximadamente, como si quisiera valorar la calidad de un alimento
comparándola con la capacidad del cocinero. El índice Dow-Jones representaría
en este caso la calidad de los alimentos, es decir, de los valores y acciones.
El resultado de la forma de tratar unos fondos de inversión debe compararse,
sin embargo, con el éxito de un cocinero que sabe conseguir un guiso más o
menos bueno con los alimentos de que dispone. Un cocinero realmente diestro y
con un buen conocimiento de su profesión puede, en determinadas circunstancias
y aun con limitados productos, presentarnos un plato muy sabroso en una taberna
de París, mientras que un jefe de cocina poco dotado, aunque preste sus
servicios en un elegante restaurante de Inglaterra y disponga de los mejores
alimentos, apenas si es capaz de ofrecer un menú agradable. Y aún hay algo más:
ni siquiera es posible siempre comparar a un cocinero con otro, puesto que cada
uno de ellos puede tener a su cargo tareas diferentes, disponer de medios muy
distintos y estar obligado a presentar menús a precios muy variados. Un
cocinero chino, por ejemplo, no puede ser comparado en ningún caso a un
cocinero húngaro. Lo mismo ocurre con los fondos de inversión: cada uno es
adecuado para cubrir un objetivo y tiene su carácter propio y diferenciado. No
siempre cualquier tipo de fondo de inversión es adecuado para una función
determinada, ni siquiera en el caso de que la persona que lo administre sea
honesta y consciente de su responsabilidad, amén de poseer la necesaria
experiencia.
Los
comentarios sobre los fondos de inversión tienen siempre un carácter
estereotipado: se toman como base los cambios de cotización semanales (dejando
a un lado que muchos de ellos sean ficticios o estén falseados). Al expresar el
aumento o la disminución del volumen de los fondos, se limitan a las cifras y
la cantidad, pero casi no se menciona el aspecto cualitativo o, al menos, no lo
absolutamente necesario. Esto último sólo puede ser juzgado estudiando los
libros y las transacciones de muchos años. Realmente, no basta saber cuánto
ganan los fondos, sino también con qué.
El
llamado comportamiento humano de la dirección no se tomaba en cuenta para nada,
desgraciadamente, a la hora de juzgar un fondo. Y eso era precisamente algo de
gran importancia. «Dime cómo eres y no quién eres» es mi demanda a los
administradores de los fondos de inversión. La industria de los fondos off-shore estaba
invadida por nombres muy llamativos y biensonantes. Los necesitaba para ganarse
la confianza de los futuros inversores. (Pero lo que realmente había detrás de
esos nombres y lo que trajeron consigo es algo que aún hoy día se contempla con
profunda inquietud).
¿Cuál fue
la lección que saqué de la historia de ese mago de los fondos de inversión?
Para todo el mundo, incluso para el pequeño capitalista que posee medios
suficientes para hacerse con una cartera de valores relativamente variada, los
valores (acciones, obligaciones amortizables, etc.) que elija, con la ayuda de
especialista, son una buena inversión. Para el mini-inversor cuyos medios no
bastan para esa variedad de inversiones, los fondos de inversión —pero sólo
aquellos que son controlados por los grandes bancos europeos— constituyen una
posible solución.
Mi
consigna sigue siendo: ¡Bolsa y acciones, sí; fondos off-shore, no!
§. Cómo
se engaña al público
DURANTE
años, Alemania sirvió de cubo de basura para las peores inversiones
internacionales. Muchos agentes que trabajaron para esos fondos exóticos, y que
con su ruina perdieron el empleo, siguen yendo de casa en casa, de puerta en
puerta, con acciones carentes de valor de los más diversos países.
Pero
también de manera oficial se lanzaron en Alemania valores extranjeros que
incluso llegaron a ser introducidos en las Bolsas después de que sus
cotizaciones en sus países de origen fueron artificialmente alzadas. Institutos
de crédito extranjeros hicieron optimistas pronósticos, y pusieron en
circulación rumores favorables para poder vender tales valores a un fantástico
precio en aquella Jauja que parecía ser la República Federal Alemana.
Cincuenta
años antes, ese papel de cubo de basura le correspondió a Francia. Todas las
acciones sospechosas, minas agotadas, pozos petrolíferos secos y obligaciones
del Estado muy inferiores podían ser vendidas al inversor francés, al que era
relativamente fácil engañar. Docenas de financieros sin escrúpulos se
enriquecieron de ese modo. Al más rico y más afortunado llegué a conocerlo
personalmente. En la Bolsa le motejaron La Pieuvre, es decir, la
sanguijuela.
Método «à
La Pieuvre»
El método à La Pieuvre operaba del siguiente modo: supongamos,
por ejemplo, que una determinada sociedad financiera de Londres quería librarse
en París de las acciones de una mina. La Pieuvre compraba
300.000 acciones a un precio muy bajo, digamos unos 20 chelines británicos, y
conseguía además una opción para la compra de 100.000 acciones más a 22
chelines, otra opción por el mismo número a 24 chelines y así sucesivamente
aumentando en dos chelines el precio por acción en cada nuevo lote de 100.000.
Después, compraba una pequeña cantidad de esas mismas acciones en la Bolsa de
Londres a un precio mucho más alto. Al hacer el trato, se había llegado a un
acuerdo con la sociedad vendedora para que, en un determinado periodo de
tiempo, mientras duraba la operación, no lanzara más acciones al mercado, para
que de ese modo sus manejos no pudieran verse alterados. Lograba hacer subir
las acciones en Londres, digamos hasta los 50 chelines. En ese momento se
producía su introducción en la Bolsa de París. Así, La Pieuvre podía
colocar toda su participación, incluso con ayuda de algún banco, apoyado por
los rumores correspondientes en la prensa, y depositarla en Francia…
No hay ni
que decir que, una vez terminada la operación, la cotización de esas acciones
caía en picado, en ocasiones hasta cero. El público sufría las más duras
pérdidas. Pero La Pieuvre, al morir varios años más tarde
—condecorado con la orden de Caballero de la Legión de Honor—, dejó bien
escondidos en bancos helvéticos ¡no menos de quinientos millones de francos
suizos!
Hace sólo
unos años oí una anécdota muy sabrosa sobre La Pieuvre. El señor
Pelletier, ex-ministro del Interior con el general De Gaulle, me contó que en
los tiempos en que era prefecto del departamento de París y sus alrededores,
fue visitado por La Pieuvre, que le hizo una propuesta. Le quería
regalar su valiosa colección de pinturas a la ciudad de París a condición de
que se diera su nombre, en vida, a una calle de la capital. (Naturalmente, no
quería que la calle fuera llamada de la Sanguijuela, sino que se bautizara con
sus verdaderos nombre y apellido). Como era lógico, el señor Pelletier rechazó
el trato de modo cortés, pero firme, por la sencilla razón de que en París
jamás se dio a una calle el nombre de una persona viva (ni siquiera se hizo una
excepción con el general De Gaulle). Cuando los financieros alcanzan éxito no
tienen ningún complejo. Incluso si se les conoce por la Sanguijuela o el
Degollador.
Las
transacciones compensadas
Existen otros muchos métodos para engañar al público. «No se puede exagerar
nunca cuando se habla de la estupidez de la gente», solía decir mi paternal
amigo el profesor Hahn. En los años cincuenta se la pudo engañar con los fondos
exóticos, y hasta ahora se ha podido continuar haciéndolo con promesas de
ganancias seguras en opciones o con las operaciones compensadas. Se llaman
transacciones compensadas (o transacciones hedge ) aquellas en
las que un especulador compra un valor y, al mismo tiempo, vende, sin tenerla,
una mercancía. Es decir, adquiere una mercancía y especula a la baja con otra.
Estas
operaciones compensadas se basan en la idea de que ciertas diferencias de
cotización entre dos distintos artículos del mismo carácter son siempre
demasiado pequeñas o demasiado grandes. Hay miles de jugadores de Bolsa que,
alentados por los agentes, se ven envueltos en esas transacciones «seguras»,
pues para el agente se trata de un negocio especialmente provechoso. Pueden
realizar transacciones dobles y, en consecuencia, cobrar comisiones dobles.
Naturalmente, para los profesionales de cuerpo entero esas operaciones
compensadas son válidas, pues los riesgos de una transacción se cubren con la
otra. Pero también ellos pueden equivocarse. De todos modos, los agentes de
Bolsa ven en estas operaciones compensadas la posibilidad de una comisión
doble.
Aun
cuando la Bolsa caiga, se puede ganar dinero
En relación con las transacciones compensadas, me viene a la memoria una
conversación que mantuve con una dama encantadora, bailarina clásica. Se
lamentaba la señora de que ella y su esposo, un famoso coreógrafo, llevaban
mucho tiempo discutiendo sobre un asunto de Bolsa. Se trataba de fondos de
inversión. Él era un partidario acérrimo de los fondos convencionales, pero
ella se entusiasmaba con los fondos compensados ( Hedgefonds ).
Cuando le pregunté la razón de su entusiasmo, me dio la más corta y también la
más convincente de las respuestas:
—¿Sabe
usted? La Bolsa no siempre sube; puede también caer, como frecuentemente se
observa en los últimos tiempos. Pero cuando la Bolsa cae, también se puede
ganar dinero. —¡Finalmente podía yo aprender esos dos axiomas sobre la Bolsa de
labios de una bailarina!—. Los fondos compensados especulan a la baja y venden
acciones en vacío, es decir, acciones que aún no tienen, pero que esperan
comprar más baratas. Así, en caso de que la Bolsa suba, ganan con sus valores,
y si baja, con sus ventas en vacío. Se aseguran un beneficio en ambos casos.
Los administradores que dirigen los fondos de inversión son los que mejor saben
cómo se realiza este tipo de operaciones compensadas. Esa es la razón por la
que me muestro partidariamente entusiasta de los fondos compensados.
Esas
palabras me iluminaron, sobre todo porque no era aquella la primera vez que las
oía. Las verdades fundamentales que ahora escuchaba de labios de mi bailarina,
habían venido siendo anunciadas durante meses en páginas enteras de los
periódicos, en aquellos ominosos tiempos en que imperaba la histeria de los
fondos.
La
verdad, sin embargo, es que también se puede perder con las operaciones
compensadas. Yo podría escribir todo un libro con mis experiencias en ese tipo
de transacciones en todas las Bolsas del mundo. Con frecuencia me habían sido
imprescindibles para cubrirme contra el riesgo de otra especulación. Puedo
decir que con las operaciones compensadas a veces he ganado y frecuentemente he
perdido. De lo que no cabe duda es de que, gracias a ellas, me hice más rico en
experiencia.
Ya me he
referido a mi operación compensada manteca de cerdo frente a maíz. Ahora quiero
informar de una transacción parecida aunque con valores bursátiles, que tuvo
lugar en la Bolsa de París antes de la guerra, y en la que participaron varios
de mis colegas. En la década de los treinta existía una intensa especulación
con la deuda amortizable del Estado francés. Jugadores de Bolsa, grandes y
pequeños, comerciaban intensamente con valores del Estado, cuyas cotizaciones
subían y bajaban como las de las acciones. Había diferentes series de
empréstitos estatales, al tres por ciento, al cuatro, al cuatro y medio, etc.
Los jugadores de Bolsa saltaban de una serie a otra para recoger pequeños
beneficios. El cálculo era sencillo; puesto que se trataba de los mismos
empréstitos (el mismo emisor, la misma divisa, la misma garantía). Bastaba
calcular qué serie estaba demasiado alta o demasiado baja en relación con las
otras. Era el paraíso de los negocios compensados: había que comprar las series
baratas, y las que estaban más altas se vendían en vacío. Eso es lo que en
términos bursátiles se llama hedge.
Hacia
finales de la década de los treinta, se produjo una notable situación de baja.
Los empréstitos al cuatro y medio por ciento se cotizaban a 80, los del tres
por ciento a 70. Las últimas se cotizaban muy altas en relación con las
primeras (teniendo en cuenta el tipo de interés). Cualquier estudiante de
comercio podía hacer cálculos y comprender que se trataba de un dislate
matemático. Algo resultaba claro: o bien una serie estaba demasiado alta o la
otra demasiado baja.
Todo el
mundo se precipitó para aprovecharse de aquella ocasión única. Había que
comprar las acciones al cuatro y medio por ciento y «hedgear» con las del tres
por ciento, es decir, venderlas sin poseerlas. Podían pasar dos cosas: una de
las series subiría o la otra bajaría. Eso estaba claro como la luz del día.
Pero ¿cómo terminó esa «segura» especulación? Con la mayor de las catástrofes.
Las acciones al cuatro y medio por ciento bajaron más, basta los 70 puntos, y
los empréstitos al tres por ciento subieron —algo que apenas resulta creíble—
hasta 90.
Esa
evolución fue tan lógica como la idea fundamental y opuesta en que se había
basado la especulación. Los empréstitos al cuatro y medio por ciento tenían una
gran cifra de emisión y por eso siempre llegaban nuevas ofertas de venta al
mercado. El empréstito al tres por ciento era el más antiguo de todos los
empréstitos estatales franceses, del año 1825, la llamada «renta perenne». Sus
propietarios se dormían con ellos y no llegaban apenas ofertas al mercado, así
que el que vendió al vacío, tuvo que comprar más caro a la hora de hacer la
entrega, una vez transcurrido el plazo. Las pérdidas fueron enormes, pues
aquella transacción compensada les había parecido a todos tan carente de
riesgos, que los profesionales participaron con grandes capitales. Ese es un
ejemplo clásico de cómo puede terminar mal hasta el más seguro de los negocios
compensados.
En la
Bolsa, la especulación más perfecta y mejor concebida puede terminar en
fracaso, y no porque adolezca de algún error de cálculo o de lógica, sino
porque la lógica de la Bolsa a veces transcurre fuera del campo técnico de lo
fundamental. Ni siquiera el más perfecto de los ordenadores podía calcular de
antemano tal situación. ¡Todo lo contrario!
§.
Sociedades amortizadoras «Made in Germany»
YO soy un
apasionado defensor de la Bolsa y su ámbito. La «mala» Bolsa es, como ya he
señalado anteriormente, y pese a todas sus manipulaciones de cotizaciones,
falsas confidencias e informes engañosos, el más importante motor de nuestro
libre sistema económico. La publicidad cotidiana, la prensa y la vigilancia
oficial se ocupan de que, pese a todo, siga funcionando.
Por esa
razón, observo que precisamente en la República Federal Alemana se viene
desarrollando un segundo mercado de capitales casi desprovisto de control,
paralelo a la Bolsa: el negocio con las empresas amortizadoras. Naturalmente,
no se pueden condenar de manera global los proyectos que de modo agresivo se
van tejiendo en ese mercado. Pero cada vez resulta más difícil distinguir la
paja del grano.
¿Quién
engaña a quién?
El gobierno de la República Federal tomó el camino pertinente cuando fomentó
determinadas inversiones mediante un trato de favor en relación con los
impuestos. Pero tanto si se trataba de fondos de inversión como de consorcios
mixtos norteamericanos, valores de Bolsa u otros, siempre conozco el mismo
resultado. Las mejores ideas y las medidas más inteligentes degeneran cuando
aventureros ambiciosos que sólo buscan ganar dinero las aprovechan sin
conciencia. En aquella ocasión la palabra mágica se llamó amortización de
impuestos o, mejor dicho, un truco con los impuestos para engañar al
Departamento de Hacienda. Con esto es fácil seducir al ciudadano, pese a que a
menudo no es el Estado sino el ciudadano que paga impuestos el engañado por su
consejero de inversiones. La deducción de impuestos es a menudo un mero
aplazamiento de su pago, como ocurre cuando la empresa amortizada entra en
quiebra. Los ex-vendedores puerta a puerta de aspiradoras o de IOS ahora se
dirigen a los ingenuos ciudadanos de la República Federal ofreciéndoles en su
propia casa los más diversos proyectos industriales, cinematográficos, de
construcción o de investigación de nuevas energías, y resaltando las grandes
deducciones fiscales que pueden conseguir. En caso de que el ahorrador tenga
cierta formación profesional, si considera que el proyecto puede resultar
lucrativo con independencia de las ventajas impositivas, puede morder el
anzuelo con tranquilidad. ¿Por qué no? La inversión privada es la esencia de la
economía de libre mercado. Si, tras un examen cuidadoso, considera que ciertos
valores inmobiliarios en territorio alemán o en países vecinos pueden ser una
buena inversión, debe comprar. Y si a la oferta se suman ventajas fiscales,
mejor que mejor. Pero no se debe dejar atraer por proyectos complicados
solamente porque significan un descuento de impuestos inventado por promotores
que se pasan de listos.
¿Por qué
calla el canciller federal?
Convertirse en víctima de esos oscuros aventureros no sólo es pecar de
ligereza, sino también caer en la simplicidad. Desgraciadamente, gran número de
médicos, dentistas, abogados y otros profesionales liberales, pretenden saber
mucho de asuntos que les son ajenos, como, por ejemplo, prospecciones
petroleras o cosas semejantes.
Admiro la
política financiera del canciller Helmut Schmidt; sus resultados son
relativamente buenos si se comparan con los obtenidos con otros países
industriales. Pero me resulta incomprensible su tolerancia ante tantos manejos
de muchos amortizadores. A los ciudadanos de la República Federal las cosas les
van bien, pero no tanto como para. Permitirse el lujo de convertir en polvo
miles de millones de marcos.
§.
«Quousque tandem, Catilina…»
QUOUSQUE
tandem, Catilina, abutere patientia nostra ? («¿Cuánto tiempo,
Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?»). Estas primeras palabras de
la inflamada acusación de Cicerón contra el estafador financiero Catilina, no
han perdido nada de su actualidad. ¿Cuánto tiempo continuaréis actuando así?,
les gritaría yo a los mozalbetes del negocio con los contratos de
entrega aplazada.
El
negocio con entrega de las mercancías o valores adquiridos, dentro de un plazo
determinado es, en muchos aspectos, comparable con el juego de azar. Y en el
fuero interno de cada uno de los pequeños inversores de la Bolsa dormita un ser
humano al que le gusta el juego. La entrada en los casinos está abierta a todos
los ciudadanos mayores de edad. Y quienes los visitan saben perfectamente que
allí todas las operaciones están sujetas al más severo control: la ruleta
funciona perfectamente y no está trucada, y las cartas están sin marcar. No
obstante, hasta en los casinos mejor controlados los jugadores pueden ser
víctimas de seducciones muy ingeniosas.
Los
especuladores con las operaciones aplazadas son personas muy serias
Si comparamos a los casinos de juego con las operaciones de compra con entrega
aplazada, podemos apreciar que existe una notable diferencia. Nadie quiere
hacer propaganda de los casinos de juego; sin embargo, los especuladores con
este tipo de operaciones aplazadas sí suelen ir de casa en casa y arrastran al
ciudadano ingenuo con las campañas de sus agresivos agentes. Y aquí se juega
con trampas. En muchas ocasiones cuesta trabajo aceptar la grosera publicidad
con que operan esos propagandistas. Ofertas telefónicas seductoras y lujosos
prospectos deben captar al inversor. Se barajan nombres de empresas de
prestigio (que de modo inocente se ven mezcladas en el asunto) como supuesta
garantía. Debo prevenir también contra un nuevo tipo de propaganda que asegura
que las autoridades oficiales de la Bolsa norteamericana (SEC) controlan esa
comercialización de valores. La SEC no tiene atribución alguna ni es
responsable en absoluto de las operaciones aplazadas; consecuentemente, no
tiene nada que ver con esas ofertas. En conjunto, como es natural, no estaría
justificado acusar a las instituciones bursátiles de las operaciones aplazadas,
como tampoco sería justo acusar a un casino de juego por un empleado o croupier
deshonesto. Son considerables los abusos que el ejército de agentes de ventas y
publicidad cometen con los contratos aplazados, pero no cabe duda de que se
trata de gentes sin conciencia a las que debería ponerse a buen recaudo para
que no siguieran causando daño.
Engaño en
la República Federal Alemana
No acuso, a priori, de estafador a ningún agente de Bolsa que opere
con los negocios de entrega aplazada, ni a sus vendedores o publicitarios. Pero
afirmo, con conocimiento de causa, que en esos negocios ocurre con frecuencia
que el único interés de quienes en ellos participan consiste en hacer pasar el
dinero del cliente a sus propios bolsillos. Los negocios de inversión con
entrega aplazada son una de estas cosas:
—un
engaño total;
—un
engaño a medias;
—un
engaño de facto, aunque no lo sea de jure.
Engaño
total: la empresa vende, por ejemplo, opciones de compra aplazadas de
mercancías (o cualquier tipo de valores) que todavía no posee. Cuando el
cliente cree que gracias a una subida de precio va a hacer un gran negocio, la
empresa no puede hacer frente a sus compromisos y se declara en suspensión de
pagos. Esa es una estafa exactamente igual que la que cometería un casino de
juego que se negara a liquidar sus ganancias a un jugador.
Engaño a
medias: la empresa compra verdaderamente las opciones en Londres, pero se las
vende a sus clientes con un ciento por ciento o un doscientos por ciento de
aumento. El cliente es engañado porque no sabe los precios reales.
Engaño de
facto: la empresa ofrece participaciones en cuentas conjuntas o en fondos
de venta a plazo fijo. El administrador de la cuenta conjunta o de los fondos
compra, por ejemplo, en el momento en que comienza un día bursátil, diez
contratos para la adquisición de soja, diez de oro y diez de platino. Con cada
uno de esos artículos puede producirse en el curso de la jornada, hasta el
cierre de la Bolsa, una ganancia o una pérdida de 30.000 marcos. Los contratos
con pérdida son englobados en la contabilidad de la cuenta común; los contratos
con ganancias los conserva el director para su propia cuenta personal. No hay
autoridad bursátil, ninguna ley o disposición (ni siquiera la conciencia del
director) que pueda impedirle hacerlo así.
En el
dialecto de la Bolsa, esas operaciones se llaman «jugar sobre terciopelo»: las
ganancias para el jugador, las pérdidas para el cliente. No puede sorprender a
nadie que, de la noche a la mañana, surjan nuevas empresas para negociar con
mercancías de entrega aplazada, como las setas en el bosque después de la
lluvia. Alejandro Dumas hijo ya escribió: «El mejor negocio es el que se hace
con el dinero de los demás».
Quien,
pese a todo, se sienta arrastrado por el irresistible impulso de especular con
mercaderías, deberá dirigirse a uno de los grandes agentes de Bolsa
norteamericanos, pero deberá darle sus instrucciones concretas de acuerdo con
sus propias ideas y decisiones. Al fin y al cabo, el jugador de ruleta también
tiene que acudir personalmente a la mesa, tomar asiento y no confiar a nadie su
dinero para que se lo juegue.
El
especulador con contratos de entrega aplazada no debe aceptar los consejos del
agente o de los empleados de éste, pues ninguna de esas personas que se titulan
a si mismas expertas sabe más que él mismo del asunto. Sistemas de ordenadores,
expertos y «campeones del mundo» son pura leyenda. Además, los agentes de Bolsa
no están en condiciones de aconsejar de modo objetivo, porque viven de las
comisiones y, por lo tanto, tienen que hacer lo posible para que la cantidad en
circulación sea la mayor posible. El jugador acabará por descubrir, pero sólo
al fin, que todo su capital ha desaparecido en comisiones. Por esa razón mi
consejo para los no iniciados es: las manos fuera del jueguecito de las
mercancías a plazo fijo. Como en el caso de la ruleta en los casinos, puedo
afirmar, tras 50 años de experiencia, que su norma puede aplicarse al comercio
con contratos a plazos: «Se puede ganar, pero se tiene que perder».
§.
Complicidad por ignorancia
ES una
verdadera desgracia que los estadistas, los políticos y todos aquellos que son
responsables de las más importantes decisiones en la economía y las finanzas
del Estado, no sepan comprender los manejos de los especuladores
internacionales. No conocen ni su mentalidad ni su fuerza efectiva y pueden,
con sus explicaciones irreflexivas y sus definiciones semánticamente falsas,
alentar al máximo las especulaciones.
Palabras
de Helmut Schmidt y del conde Otto Lambsdorff
Basta una palabra a la ligera en boca de un responsable, para que miles de
jugadores de Bolsa, pequeños y grandes acudan a «comprar» o a «vender». Y eso
sin la menor reflexión. Frecuentemente, contra toda lógica. Las transacciones
especuladoras alcanzaron en los últimos años dimensiones cada vez mayores y
formas cada vez más agresivas, y con ello causaron muchos daños a la economía.
Ejercen un efecto extraordinario sobre los medios de información de masas que,
por su parte, aumentan esos daños, porque siempre ejercen una influencia
desfavorable en la evolución de los precios y en el mercado. Un ejemplo
clásico: en el verano de 1977, el ministro de Finanzas norteamericano, Michael
Blumenthal, y el canciller de la República Federal Alemana, Helmut Schmidt,
declararon espontáneamente y al mismo tiempo —pese a que nadie les había
preguntado— que no intervendrían en el caso de una nueva devaluación del dólar,
siempre que tuviera fundamento económico. Pero lo cierto es que con ello ya
intervenían, y lo hacían en favor de la caída del dólar, que no tenía
ciertamente el menor fundamento económico. La explicación había sido bien
meditada, pues la no intervención constituye el principio de la «flotación
limpia». Pero resultaba superfluo subrayarlo.
Un gesto
así, desde arriba, es para el especulador una invitación al baile, y la
reacción en cadena hace todo lo demás. El daño estaba consumado. También el
ministro de Economía alemán, conde Otto Lambsdorff, había hecho en aquellos
días una observación forzada y llena de ingenio, pero superflua; temía que dos
artículos fueran a tener muy pronto el mismo precio de 1,50 marcos: el dólar y
la gasolina.
Todos
gastan en caprichos
¿De qué sirvió aquello? La tinta de imprenta de una opinión así aún no se ha
secado y ya todos los especuladores se apresuran a hacer juegos malabares con
el dólar para que baje. Los señores políticos deberían conocer el mecanismo de
la especulación y la actitud psicológica del especulador. Pero en vez de
hacerlo así, se conforman con justificar los cambios de precio y las
oscilaciones de las cotizaciones con tópicos, sin pararse a investigar las
verdaderas razones. De esa manera no se puede proteger contra el desatino a un
mercado ordenado, sea de materias primas o de divisas.
Por el
contrario, los políticos deben anticiparse a los especuladores o, al menos,
saber conservar la lengua quieta. Es una perogrullada que corre por todas las
Bolsas y mercados; cuando los especuladores esperan una cotización elevada o
baja, se dejaron convencer por los medios informativos; entonces, compran o
venden la mercancía, divisa o valores durante tanto tiempo y en tal medida, que
acaba por llegarse al precio por ellos esperado. En medio de la histeria nadie
recuerda que es imposible librarse de la psicosis de las masas. El especulador
de éxito tiene que prever, por ejemplo, lo que su posible comprador planea.
Para
Keynes, eso es una acumulación de anticipaciones, es decir, la anticipación al
cuadrado. Y el final del movimiento de las cotizaciones es la ruina, en contra
de toda lógica y de los hechos económicos.
El
jugador que apuesta por los números «seguros», se sentirá casi siempre
desengañado y castigado, puesto que, naturalmente, compra la mayoría a la más
alta cotización.
De nuevo
viene a mi mente un viejo chiste: el judío Grün se dirige al rabino para
preguntarle si en la noche de bodas su hija debe llevar pijama o camisón. «Es
exactamente igual —responde el rabino—. De un modo u otro será saboreada como
una golosina». El jugador, tanto si compra como si vende, al final acabará
perdiendo su dinero. Eso, además, es justo. Pero entretanto habrá causado mucho
daño.
¡Librad
de todo mal a la economía de mercado!
¿Qué deberían hacer las autoridades responsables contra esos especuladores
estúpidos o malvados, para evitar que sus manejos sigan causando daño, y
reducirlos a la impotencia? Existen abundantes métodos y posibilidades. En la
vieja Hungría se decía que es del granuja de quien puede hacerse el mejor de
los policías.
El
político, el ministro de Finanzas o el director del banco central emisor deben
tener a su lado a un antiguo especulador, en calidad de consejero. Le será de
gran ayuda con bastante frecuencia.
Siempre
he venido señalando, y naturalmente ya lo he indicado varias veces en este
libro, que la especulación es un motor legítimo de la libre economía de
mercado. Pero, al mismo tiempo, pienso en la especulación de valores en el
mercado de capitales y en la manipulación de los precios de las divisas o de
algunas mercancías, para hacerlas subir o bajar. Eso sólo puede debilitar y
degradar nuestro sistema de libre economía de mercado. Y eso lo escribo yo, que
soy partidario convencido de esa economía de mercado, y precisamente por
consideración a su función social.
§. El
mundo libre: casino de juego de los traficantes de divisas
J’ACCUSE! Acuso a
los grandes bancos europeos y norteamericanos que, movidos por la ambición y el
ansia de beneficios, pasión por el juego y estupidez, han convertido el mundo
libre en un casino de juego, han hundido el dólar más y, con ello, se han
convertido en los enterradores de la libre economía de mercado en Europa. Los
acuso porque han dado plenos poderes a miles de traficantes de divisas para que
puedan jugar con miles de millones. He dicho textualmente «jugar», pues soy el
último que se atrevería a decir algo contra la especulación.
«… Pero
por desgracia son también muy diligentes»
Mi padre dijo en cierta ocasión, refiriéndose a uno de sus empleados: «No me
importa gran cosa que sea tan tonto, pero por desgracia es también muy
diligente». Vuelvo a pensar en esa frase cuando veo la solícita aplicación de
esos traficantes de divisas. Quisiera contemplar por una vez las transacciones
en divisas de los bancos. Así, a la vista del corpus delicti,
podría probar algo de lo que hace ya mucho tiempo estoy plenamente convencido
que los grandes bancos del mundo libre son los responsables del caos que rema
en el mercado mundial.
Casi cada
banco dispone de un determinado número de agentes dedicados al comercio de
divisas (un promedio de 25 años de edad), los cuales tienen mano libre para
especular por cuenta propia con millones de dólares del instituto financiero en
cuestión sin necesidad de que medie encargo de cliente alguno de acuerdo con su
mejor criterio. Así se proponen ganar algunos puntos en unos cuantos días.
Anteriormente,
cuando las comunicaciones a distancia eran todavía complicadas, la actividad de
los agentes de cambio de divisas era una función de arbitraje. Aprovechaban la
diferencia de cotización entre los distintos mercados financieros, y así podían
conseguir un beneficio del 0,5 al 1 por ciento. Debido a la actual perfección
del sistema telefónico, la más pequeña diferencia se equilibra de manera
inmediata. En lugar de las diferencias de cotizaciones en el espacio, en la
actualidad los que especulan con divisas se aprovechan de la diferencia en el
tiempo.
Y esos
jóvenes hacen juegos malabares de manera tan irresponsable, que no es raro que
uno de ellos rechace diez o veinte millones de dólares, mientras que otro, en
el mismo momento está cubriendo esa misma cantidad.
A mi
pregunta de cómo es posible una cosa así, me respondió el director de uno de
los grandes bancos de la República Federal: «Acostumbramos dar a nuestros
agentes la oportunidad de ganarse unos céntimos con las cotizaciones. Es
posible que lo consigan y que, al mismo tiempo, nos beneficiemos también
nosotros, puesto que hinchamos un poco las cifras de nuestros balances».
En
ocasiones, los agentes de los bancos logran ganar ese par de céntimos, pero con
mucha frecuencia también causan grandes pérdidas a sus empresas, como lo
prueban muchos ejemplos en los últimos tiempos. Y es lógico: los traficantes de
divisas actúan casi siempre en la misma dirección; hacen caer el dólar con sus
propias ventas y provocan la reacción con sus readquisiciones. Dado que el
dólar, por razones históricas y gracias a una campaña bien orquestada, se ha
vuelto muy sensible (con algunas consignas propagandísticas como «el marco, la
barrera del sonido para el dólar»), el juego hace descender cada vez más la
cotización con completa independencia de que exista base económica o esencial o
no.
Cada
céntimo que desciende el dólar, se convierte en un sensacional titular en la
prensa y demás medios de comunicación, lo cual, a su vez provoca una histeria
de masas. La caída de la cotización crea desconfianza, y ésta, a su vez,
provoca muchas ventas, motivadas por el miedo a que la baja prosiga, entre las
multinacionales y el público en general. Mientras las sociedades venden sus
dólares, los traficantes de divisas introducen en el mercado nuevos dólares
prestados. No lo piensan demasiado; sólo ven que su vecino vende, y éste vende
únicamente porque hay un tercero que también vende.
Peligro
para la economía libre de mercado
Dudo que la mayor parte de las personas sepan lo que es, realmente, la divisa
monetaria de un país. Sus pronósticos están limitados en minutos. Contra ese
dislate no ayudan ya las medidas clásicas, como los elevados tipos de interés o
la escasez de dinero. Al final, el público llegó a estar, convencido de que
verdaderamente el dólar se había convertido en papel desprovisto de valor.
El que
con ese papel se pueden comprar tantas cosas, como por ejemplo aviones,
ordenadores, tecnología, empresas de primer orden con buenos beneficios,
inmuebles, uranio, cereales y carbón, parece de todo punto carente de
importancia, para quienes guardan el oro en su caja fuerte, donde pueden
admirarlo a diario. Si la mentalidad europea sigue evolucionando así, la
economía del continente deberá pagar algún día un elevado precio, ¡con la
pérdida de la libre economía de mercado!
Una
medicina efectiva contra ese caos sería un acuerdo entre caballeros que acabara
de una vez para siempre con los plenos poderes de los agentes de divisas para
llevar a cabo transacciones especuladoras con el dólar. Dejando aparte el hecho
de que la divisa de un país no puede convertirse en una pelota de fútbol para
que jueguen con ella los especuladores de divisas, sucede que este juego puede
resultar muy peligroso. Pero a los profesionales del tráfico de divisas eso no
parece importarles. Trabajan por cuenta de sus grandes institutos financieros,
y preciso es reconocer que a la gente joven le produce una sensación
embriagadora sentarse a una mesa de ruleta y jugar sin límite ni
responsabilidad con el dinero de los demás.
Muchas
multinacionales y entidades bancarias vienen pagándolo caro desde hace dos
años. Me gustaría mucho revisar sus libros para ver cuántos son los millones
que han perdido. Este estado de cosas parece más propio de una pocilga, y por
esa razón quiero recordar un viejo chiste que compara al traficante de divisas
con una vaca, porque ambos nos ensucian los prados con sus porquerías.
§.
«David» Kostolany contra «Goliat» Dresdner Bank
NO sólo
las divisas, sino también el oro puede ser un balón de fútbol en los pies del
jugador de Bolsa. Con respecto al oro, siempre se desarrolló en mi fuero
interno una lucha comparable a la del doctor Jekill y míster Hyde, sino que la
lucha también se extendió a la prensa: entre el «David» Kostolany y el «Goliat»
Dresdner Bank. Y las cosas sucedieron así:
Desde
hace años vengo siguiendo las maquinaciones del sindicato internacional del oro
para hacer subir el precio de este metal. El sindicato se ha ocupado:
—En
primer lugar, de que la Unión Soviética y la República Sudafricana puedan
colocar su oro al público a un precio cada vez más elevado;
—Segundo,
de que algunos institutos financieros se aseguren sus beneficios como
intermediarios, es decir, que compren en las subastas el oro a un precio que
pueda ser elevado cuando ellos lo vendan, más tarde, a sus clientes del golfo
Arábigo.
Esos
clientes son, en ocasiones, los propios Estados del golfo, pero en primer lugar
especuladores árabes que ni siquiera compran el oro al contado sino a crédito.
Dado lo elevado del precio, se pueden conseguir inversiones pequeñas y grandes
de particulares.
Un
adelantado de la manipulación con el oro: el Dresdner Bank
Para un rutinario y experimentado profesional de la Bolsa, resultaba un juego
de niños descubrir esas manipulaciones y, también, determinar que el Dresdner
Bank, con ayuda de sus numerosas filiales extranjeras y agentes, era el mayor
actuante en este terreno. A ese banco todos los métodos le parecían buenos: la
jactancia y la mayor publicidad, las declaraciones y vaticinios de sus
directores a los medios de comunicación de masas sobre la futura e inevitable
alza del oro, sobre el valor permanente de ese metal, etc., etc. También
llevaron a cabo distintas manipulaciones financieras, algo que cualquiera de
los grandes bancos puede realizar con facilidad gracias a su potencia y a sus
relaciones internacionales. Basta con hacer que en Hong-Kong (a una hora en la
que Europa aún duerme) se lancen al mercado de manera agresiva diez millones de
dólares, para conseguir que la cotización caiga. Seis horas más tarde, al
abrirse la Bolsa de divisas de Zúrich, influida por la situación en la Bolsa de
Hong-Kong, el dólar cae unos cuantos puntos más, sobre todo, si el Banco
Nacional Suizo no muestra la menor intención de apoyar la cotización. Después
llega Frankfurt. Conmovidos por las cotizaciones de Zúrich, los manipuladores
de divisas lanzan al mercado otros diez millones de dólares; incluso es posible
que el banco interesado aproveche los últimos momentos antes del cierre de la
sesión de Bolsa para poner en el mercado otros cuantos millones de dólares a
fin de provocar una caída notable del curso de la divisa y extenderla a todos
los rincones del mundo.
Al día
siguiente abrieron los negocios con la compra aplazada de oro en los Estados
Unidos, basándose en las alarmantes noticias que llegaban de Europa, con un
alza tempestuosa. El golpe había salido bien; se les podían traspasar a los
clientes árabes, y a mejor precio, las reservas de oro que se habían comprado,
¡y, naturalmente, también a los ahorradores alemanes!
El alza
del precio del oro influyó en las siguientes horas en el mercado de Hong-Kong,
y así continuó el círculo vicioso. Caía el dólar, subía el oro; subía el oro,
caía el dólar. Se trataba, tan sólo, de una partida de póquer, salvo que tenía
desastrosas consecuencias para toda la economía y para el mundo libre. Subía el
precio del dólar, y millones de pequeños y grandes inversores, animados por
miles de agentes de las compañías de inversión, corrían a comprar cobre, zumo
de naranja o panceta a crédito, y de ese modo se fomentaba la inflación. Todo
eso se publicaba en los medios de comunicación, cundía el pánico entre los
ahorradores y el oro alcanzaba de nuevo un precio récord.
El doctor
Friderich palidece
Como yo tenía el convencimiento de que el Dresdner Bank era el principal motor
de esas manipulaciones, traté de poner al descubierto sus manejos en mi columna
de prensa. El doctor Friderich, portavoz de la presidencia del Dresdner Bank,
me censuró en algunos encuentros casuales y, más aún, porque yo, frente a un
público de varios cientos de personas, le hice la pregunta de si él, en su
calidad de antiguo ministro de Economía de la República Federal, consideraba
ético que su banco, es decir, el segundo en importancia de Alemania se prestara
a esas manipulaciones y cometiera dos pecados capitales: primero, fomentar la
inflación, con lo que debilitaba el sistema capitalista; segundo, con cada
dólar de aumento del precio del oro ponía a disposición de la Unión Soviética
cientos de millones de dólares para que me incrementara su armamento. Al actuar
así, su banco se convertía automáticamente, nolens volens, en
agente de Moscú.
Oí el
rumor que se extendía entre el público. El doctor Friderich palideció, quedó
confuso y dijo que no acostumbraba desmentir nunca, pero que me invitaba a un
debate sobre el asunto, pero solamente en presencia de dos personas: el
director del departamento del oro de su banco, Schreiber, al que yo había
apostrofado con el calificativo del «Mefistófeles del oro»; y de quien por
aquel entonces era mi redactor jefe.
El debate
tuvo lugar a finales de 1979 en el banco. Los argumentos de los altos
ejecutivos contra mi campaña de prensa fueron: libertad de comercio, libertad
de economía, de la empresa, etc., etc. ¡La misma antigua canción! Mis
argumentos eran que también la libertad tiene sus límites. Si, por ejemplo, los
fabricantes de un suero hacen extenderse una enfermedad para poder vender un
mayor numero de dosis de su producto, eso no es libertad comercial, sino la ley
de la jungla.
Con el
pretexto de la libertad no debe permitirse todo, ni mucho menos, en especial
nada que vaya contra los intereses de la comunidad. Ese debate filosófico se
prolongó horas, hasta que, de repente, quise informarme de la cotización del
oro ese día.
—Al
principio dio muestras de cierta debilidad —fue la respuesta—, como reacción
ante malas noticias. Pero éstas han sido desmentidas y se ha recuperado.
—¿Qué
malas noticias? —pregunté, asustado.
—¡Se dijo
que habían sido liberados los rehenes!
(Se
trataba de los rehenes norteamericanos en el Irán).
Me parece
que a esa respuesta no es preciso añadir el menor comentario.
El cese
del señor Schreiber
Desde esa tarde han pasado ya dos años y medio y ahora cabe preguntarse cuáles
fueron las consecuencias de aquellas manipulaciones.
Un día el
mercado de oro se derrumbó por completo y el precio cayó en picado. Los
clientes de los territorios árabes perdieron millones, o miles de millones, y
quedaron desolados. Pese a la agresiva publicidad de los bancos, nadie
conseguía hacerles morder el anzuelo del oro. Toda la prensa alemana informó de
ello y, de la noche a la mañana, el «Mefistófeles del oro», el director
Schreiber, fue desposeído de su cargo. Yo lo considero un hombre muy simpático
y en extremo inteligente. En la actualidad, por lo que he oído decir, tiene un
cargo menor, en relación directa con las minas de oro de África del Sur.
El golpe
más duro lo recibió, desde luego, la Unión Soviética, realmente el mayor de los
especuladores de oro del mundo, que se había endeudado por valor de miles de
millones de dólares en intereses vencidos, para poder conservar su oro en vez
de pagar con él el transporte del cereal por ella importado. Aquel país había
actuado exactamente igual que lo haría el más vulgar e insignificante de los
especuladores, que, con un depósito de 5.000 dólares, puede comprar a crédito
100.000 dólares de oro a cualquier agente de Bolsa.
En ese
combate yo fui ciertamente David. Si el Dresdner Bank fue Goliat, eso es algo a
lo que sólo pueden dar respuesta sus directivos, que tienen acceso a los libros
de la central y de todas sus sucursales. Sobre mi análisis, sólo puedo decir
una cosa: Se non è vero, è ben trovato !
§. Mamá
Marx admiraría a los norteamericanos
ME parece
que fue ayer. Me encontraba en uno de los estudios de Hollywood junto a Nikita
Jruschov, que pronunciaba el siguiente discurso: «Con admiración, me inclino
ante vosotros, norteamericanos. Sois un pueblo grande y poderoso. Habéis hecho
realidad sueños fantásticos. Nosotros debemos aprender de vosotros y enviar
aquí a nuestros ingenieros y estudiantes. Pero somos tan buenos estudiantes que
en diez años os habremos alcanzado». El bueno de Nikita estaba un poco
achispado, pero precisamente por eso — in vodka veritas —
habló sinceramente, de todo corazón.
Desde
entonces han pasado más de veinticinco años, pero la profecía de Jruschov no se
ha hecho realidad. Es posible que los rusos hayan alcanzado a Estados Unidos en
lo que se refiere a armamento, pero todo lo más cuantitativa y no
cualitativamente. Los logros científicos y tecnológicos de Estados Unidos
siguen siendo el sueño anhelado de los soviéticos, y el armamento moderno es
pura tecnología. Por esa razón los soviéticos nunca se dejarán arrastrar a una
aventura que pudiera conducirles a una confrontación militar con Estados
Unidos.
El
gobierno de Reagan hará que en los años próximos la nación norteamericana
concentre sus fuerzas en la tecnología, la investigación, la energía y el
armamento, la automatización, la robotización de la industria (a la japonesa) y
el rearme, para volver a ser la mayor potencia mundial en el campo militar. Los
esfuerzos de un pueblo dotado de tal dinamismo tendrán como consecuencia un
crecimiento extraordinario en los más diversos sectores.
Lo que yo
les aconsejo a los europeos
¿Cómo podrán aprovecharse los inversores, ahorradores, empresarios y
especuladores europeos de ese futuro auge de la economía norteamericana?
Las
inversiones directas sólo pueden considerarse apropiadas para las grandes
empresas, que así ampliarán la capacidad de sus filiales y el número de éstas.
Las posibilidades del inversor privado quedan limitadas a dos sectores: los
valores bursátiles norteamericanos y el sector inmobiliario.
En lo que
respecta al sector inmobiliario, la elección es muy delicada, difícil y tal vez
hasta peligrosa. Ciertamente que en este campo existen grandes oportunidades,
pero también notables riesgos, puesto que el mercado inmobiliario es más
especulador y peligroso que el de los valores. Y esto ya quiere decir bastante.
Para el
extranjero, el mercado inmobiliario es poco transparente y con frecuencia no
está en manos totalmente limpias. Si un objeto es bueno y rico en
posibilidades, depende de tantas y tan diversas circunstancias que quien no
está metido por completo en el asunto debe actuar con la máxima precaución y
desconfianza. Aparte de eso, las ofertas inmobiliarias que llegan a la
República Federal (y lo mismo puede aplicarse a casi todos los países europeos)
son de aquellos objetos que no han podido ser colocados a los norteamericanos o
a los capitalistas árabes, a los que anteriormente les fueron ofrecidos con
insistencia.
También
hay que desaconsejar al inversor europeo los certificados de participación en
prospecciones petroleras, y a mis amigos personales incluso se lo prohibiría.
Los yacimientos ricos y fructíferos se los quedan los nativos; los vacíos o
agotados se los colocan al ahorrador alemán y no hay nadie en condiciones de
controlar ese mercado con las mínimas garantías. Ni siquiera en Wall Street es
oro todo lo que reluce. Sin embargo, allí el mercado es más transparente. En el
mismo momento que el inversor se hace con unas acciones, su cotización queda
establecida correctamente por la oferta y la demanda y son bien
comercializadas. El agente puede calcular dicha cotización, mientras que los
valores inmobiliarios pueden resultar —y generalmente resultan— desfavorables
desde el momento mismo de la adquisición.
Los
valores inmobiliarios yo los colocaría en el siguiente orden de preferencia:
obligaciones, seguros, las acciones con cotizaciones cíclicas y aquellas que en
los últimos tiempos estuvieron de moda. De todas formas, siempre que las
obligaciones descansen en el sótano, el mercado de acciones estará muy frenado.
El
desarrollo de la Bolsa en Wall Street está determinado en gran parte por la
política, puesto que la futura política monetaria y de rentas del gobierno
depende en gran parte de la situación internacional. Si en este campo no ocurre
nada dramático, en los próximos años viviremos una nueva euforia.
«Sobre el
papel todo parece bien…»
Sobre el papel todo parece bien y podría resultar igualmente bien en la
práctica, siempre y cuando el factor psicológico continúe siendo positivo. Los
Estados Unidos, bajo la presidencia de un hombre fuerte y decidido, y con
colaboradores de primera clase, podría reconquistar su antigua imagen como ya
ocurrió en los años treinta. Tras la mayor catástrofe financiera de todos los
tiempos, los Estados Unidos —como ya he contado en el capitulo «El jugador a la
baja afortunado»—, bajo la dirección de Roosevelt pudo recuperarse, y un
ambiente de extrema congoja se trocó en gritos de alegría que llegaban al
cielo.
Se dan
las condiciones previas para una evolución semejante. Los Estados Unidos son un
país con una riqueza casi ilimitada en materias primas, energía y tecnología.
Si en estos momentos yo tuviera veinte años, me iría a vivir a los Estados
Unidos. (Siempre advierto a los especuladores en divisas que se guarden bien de
apostar por su caída). Estados Unidos es el país en el que se pueden realizar
inversiones fantásticas, y el propio norteamericano invierte con frialdad y
agresividad, puesto que dispone del capital necesario para hacerlo. Jruschov
pudo confirmarlo, aunque su profeta Karl Marx fue enemigo acérrimo de todo lo
que ha hecho grande a Estados Unidos.
La madre
de Karl Marx dijo en cierta ocasión: «Si mi Karell hubiera hecho capital en
lugar de escribir El capital, todo hubiera ido mucho mejor».
Mamá Marx
admiraría de manera especial a los norteamericanos de hoy.
§. «Esa
fue solo la primera jugada…»
DURANTE
unos pocos años, algunos especuladores miopes que se llaman a sí mismos
expertos, trataron de incluir el dólar en los cursos descendentes. Para el
observador superficial, ha ocurrido algo que casi le parece un milagro: desde
la subida a la presidencia de Ronald Reagan, que en Europa está considerado muy
por debajo de su valía real, la divisa norteamericana se ha fortalecido de
manera notabilísima.
Como en
Francia en el año tal…
«¿Cómo se cotiza el dólar? ¿Adónde va a parar?». Esas preguntas están en la
actualidad en todos los labios. Sé que, desde hace sesenta años, se vienen
planteando esporádicamente. Esto no debe sorprender en absoluto, puesto que
Estados Unidos es el primer suministrador y primer cliente de la economía
mundial. Operadores en divisas, especuladores, banqueros e incluso expertos,
están perplejos ante un hecho que jamás habían presenciado con anterioridad:
una divisa sobre la que caían pesadas cargas materiales y psicológicas subió un
25 por ciento en el transcurso de pocas semanas.
Para mí
eso no constituyó ninguna sorpresa (desgraciadamente a causa de mi edad). Yo
viví el Marne del franco francés en la década de los años veinte, y de mis
experiencias personales he deducido por cuenta propia las debidas
consecuencias. En aquella ocasión el franco subió, simplemente, como
consecuencia de la noticia de que Raymond Poincaré (el mayor de los enemigos de
Alemania) iba a formar nuevo gobierno, en el que se reservaría la cartera de
Finanzas. La subida fue del 50 por ciento, y después alcanzó incluso el cien
por cien de su valor anterior. Y todo eso sin que nada hubiera cambiado desde
un punto de vista económico.
La rica
nación victoriosa que disponía de grandes reservas salió repentinamente de su
letargo y puso su confianza en un hombre que no tenía nada de genio de las
finanzas (más bien todo lo contrario), pero que era un íntegro y ardiente
patriota. Con un simple gesto, el pesimismo reinante en el país y en el
extranjero cambió totalmente de signo, y los especuladores en Ámsterdam,
Zúrich, Frankfurt y en especial Viena, que habían apostado por la segura caída
del franco, quedaron en la ruina.
El dólar
sale de la vaguada
Con razón he recordado esos días, pues hoy está ocurriendo exactamente lo
mismo. Un hombre nuevo tomó la presidencia, es decir, la dirección del país, en
Estados Unidos, y la opinión internacional cambió radicalmente de la noche a la
mañana. A esto se suma cierto regusto amargo en lo que al marco alemán se
refiere. El marco, ciertamente, no está por tierra y aún dispone de suficiente
fuerza, pero el dólar no se ha convertido en «un trozo de papel», como había
profetizado todo un ejército de especuladores, políticos y todos los que se
califican a sí mismos de expertos. Cualquier acontecimiento les parecía bien si
desataba un pánico que perjudicaba al dólar, pese a que muchos de esos
acontecimientos resultaban más bien perjudiciales para el mercado y las demás
divisas europeas (por ejemplo, la subida del precio del petróleo).
Ni uno
solo de los especuladores, políticos o traficantes de divisas pensaron en
analizar los acontecimientos en profundidad. No veían más allá de sus narices.
«El dólar cae y seguirá cayendo», repetían los medios de comunicación, día tras
día, y no se cansaban de reproducir e incorporar a sus informaciones los
argumentos de los más modestos traficantes que, realmente, ni siquiera saben lo
que es una divisa.
El
gobierno federal alemán estaba interesado en una baja de la cotización del
dólar a causa del petróleo, y valoró en exceso ese aspecto, en tanto no otorgó
suficiente valor a la futura competencia comercial norteamericana. La
consecuencia de esta actitud es el déficit de la balanza de pagos de la
República Federal y también el paro existente en el país. Los políticos habían
olvidado que las consecuencias económicas de una cotización poco realista del
dólar, por debajo de su valor, según muestra la experiencia, sólo se hacen
palpables al cabo de dos a tres años.
Es una
pura leyenda que la causa de todo esté en los elevados tipos de interés de los
Estados Unidos. Es posible que la espoleta fuera, parcialmente, el tipo de
interés. Pero, entretanto, en la República Federal Alemana se han aumentado
igualmente los tipos de interés, mientras que en Estados Unidos han empezado a
descender. Y eso no ha tenido una repercusión negativa apreciable en la
cotización del dólar.
Los
motivos técnicos y fundamentales hay que buscarlos en otros lugares: el dólar
está sobrevendido, pues todo el mundo se ha endeudado en dólares. Los elevados
intereses y el miedo a que las cotizaciones siguieran subiendo crearon de
repente un estado de pánico entre los deudores en dólares.
¿Cómo
seguirán las cosas?
Automáticamente surge la pregunta de cómo seguirán sucediendo las cosas. Para
responder a esa pregunta debe repetirse una de las reglas fundamentales de la
Bolsa: toda evolución de la cotización, tanto si se trata de acciones como de
materias primas o de divisas, se compone por lo general de tres fases. La
primera es la corrección, cuando una cotización ha bajado en exceso por razones
psicológicas o técnicas. Cualquier acontecimiento sirve de espoleta y se
produce la explosión, es decir, una corrección al alza. Una vez realizada esa
corrección, se presenta la segunda fase, a la que me gusta llamar «el
acompañamiento». La cotización evoluciona de acuerdo con los sucesos económicos
o políticos, con su cortejo de consecuencias psicológicas, en una u otra
dirección. Si la evolución es positiva, el optimismo hará subir aún más la
cotización, lo cual está justificado. Una cotización nunca está en el punto
exacto que le corresponde, sino un poco por encima o algo por debajo. Sólo la
primera fase corrige esa falsa cotización. Cuando la segunda fase transcurre de
manera igualmente beneficiosa, el optimismo trae la tercera fase, la de la
exageración, durante la cual las cotizaciones suben aun más, por encima de lo
que estaría justificado.
La forma
como se desarrollará la curva de una cotización depende de los acontecimientos
de política exterior e interior, económico y sociales, que nos afecten.
En el
caso de que la segunda fase se desarrolle de manera favorable, llegaremos sin
lugar a dudas a la tercera. Eso puede tener graves y dolorosas consecuencias
para los especuladores y los que están endeudados en dólares.
Quien en
la actualidad tenga que decidir si compra dólares y si, por el contrario, vende
los que posee, deberá observar con el mayor detenimiento, como con lupa, todos
los factores de influencia políticos y económicos.
§.
¡América, no me olvides!
ES
posible que se quiera aplazar el juicio definitivo de la situación para dentro
de algún tiempo, pero yo me limito a decir lo siguiente: amigos, conocidos y
desconocidos acuden a mí cada vez con mayor frecuencia para preguntarme cuáles
son las garantías de que el dinero que alguien envió a América en los buenos
tiempos pueda recibirlo en tiempos menos buenos. Y mi respuesta es: ninguna.
Nadie puede saber cuáles serán las leyes y disposiciones que el día X tengan
validez sobre el sistema bancario norteamericano.
Pero
puedo hablar basándome en mis propias experiencias, acumuladas en Nueva York en
situaciones semejantes. Estas experiencias me enseñan que en Estados Unidos la
propiedad privada es algo sagrado, con independencia de quién sea el dueño.
Consecuentemente, afirmo que confiscar a la gente su dinero y su propiedad
privada es algo que no está de acuerdo con la mentalidad norteamericana.
No es un
paraíso para los amantes de la buena vida
Pero el que envíe a Estados Unidos aunque sólo sea un céntimo deberá habituarse
a la mentalidad del Nuevo Mundo también por otras razones. No hacerlo así
podría conducir a desengaños como en una historia que tengo contada muchas
veces. Cuando mi amigo Grün, refugiado vienés en Nueva York y del que se habla
en este libro en otras dos ocasiones, le preguntó a un colega si se
sentía happy en Estados Unidos, la melancólica respuesta fue:
— Happy sí,
pero aún no soy feliz.
Por
sentirse happy, Grün entendía la seguridad personal, el saber que
él y su propiedad estaban protegidos y eran respetados. Pero para un viejo
europeo, vienés, francés y húngaro, con los hábitos de su patria metidos en la
sangre, la vida en Estados Unidos es muy distinta a aquella otra a la que
estaba acostumbrado, y que siempre consideró feliz. Falta el ambiente, el
poderse sentar en un café a solas para meditar y filosofar, pasear
tranquilamente y sin prisas por la calle, es decir, el dolce far niente.
Norteamérica es un paraíso para el que tiene que ganarse la vida trabajando y
para los millonarios, pero no para quienes gustan de pasarlo bien, los bohemios
que con poco dinero en el bolsillo quieren vivir como si fueran ricos.
«Lo único
que no se puede ser: ¡comunista!»
Si al lector no le importa, le voy a contar dos anécdotas de mi vida
relacionadas con el tema: durante la segunda guerra mundial eran numerosos los
refugiados, como es sabido, que vivían en los Estados Unidos sin tener su
situación legalizada. Muchos entraron con sólo un visado de tránsito para
alguna de las repúblicas bananeras, a la que naturalmente no estaban deseosos
de trasladarse. Era factible, sin embargo, solicitar la residencia, y eso daba
lugar a la posterior nacionalización.
Una
familia amiga, la de un ex-gran empresario de Siebenburgen, con su esposa, una
hija y un hijo, solicitaron legalizar su situación. Fueron citados a comparecer
ante un juez en Washington, y así lo hicieron puntualmente. La emoción de los
solicitantes era muy grande, pero el juez se limitó a preguntarles cuestiones
de rutina:
—¿Qué
significan para usted los Estados Unidos? ¿Por qué quieren vivir aquí…?
El padre
fue el primero en declarar, después su esposa y la hija. Todo transcurría
perfectamente hasta que fue llamado el hijo menor.
—¿Qué
significan para usted los Estados Unidos? ¿Por qué quiere vivir aquí?
Entonces
se produjo la explosión:
—Yo
pienso lo peor sobre este país. Sólo he venido a causa de mi padre. No quisiera
tener que vivir aquí. Esto no es una democracia sino un puro Estado fascista.
Sólo deseo salir de aquí cuanto antes… ¡Sí, cuanto antes! ¡Odio a los Estados
Unidos!
El juez
lo oyó con aire perplejo. El alguacil comunicó al resto de la familia, que
esperaba fuera, lo que estaba ocurriendo en la sala. La familia Honig,
indignada, creyó que había perdido toda oportunidad y que la suerte estaba
echada. Después llegó la sentencia: se concedió la residencia al padre, a la
madre y a la hija. Y también, horribile dictu, al hijo. Se hacía
constar que «odiar a los Estados Unidos es un derecho del solicitante. El decir
todo lo que piensa no es obstáculo para convertirse en norteamericano. Lo único
incompatible es la militancia comunista. Que se entere este joven irreflexivo
cómo pensamos en los Estados Unidos».
Un
paraíso de la seguridad
La otra historia es personal. Un antiguo colega de la Bolsa de Viena me
escribió durante la guerra mundial. Estaba en Lisboa, temblando sólo de pensar
que los nazis pudieran invadir la península Ibérica. Para conseguir un visado
de entrada en Estados Unidos necesitaba justificar que poseía algún dinero en
una cuenta bancaria del país, pero no disponía de ella. Quizá, me preguntaba,
yo podría facilitarle algún documento acreditativo, aunque fuera amañado.
Ciertamente yo estaba en condiciones de conseguirlo a través de una empresa de
agentes de Bolsa, y realicé la correspondiente manipulación. Todo salió bien.
Mi amigo recibió el visado y llegó a Nueva York.
Algunos
años después de su llegada a Estados Unidos, un buen día recibí una citación de
uno de los más severos funcionarios del Departamento de Inmigración, un tal
míster K. Un gigantesco irlandés me recibió con voz enérgica y clavó en mí sus
ojos penetrantes.
—En 1941,
usted le consiguió a un tal señor Weiss una cuenta corriente falsa —me dijo—.
Eso podría significarle una condena de privación de libertad por haber engañado
a funcionarios públicos en el cumplimiento de su deber. ¿Por qué motivos y en
qué condiciones cometió esa falsedad? —quiso saber.
Prefiero
silenciar lo que pasó por mí en aquellos momentos. Tartamudeando, murmuré:
—No hubo
ninguna condición; sólo quería ayudar a un amigo que se hallaba en peligro.
—Bien,
eso ya lo hemos comprobado —me respondió el irlandés—. Aquí hay toda una banda
que se dedica a «fabricar» esas cuentas por una pequeña comisión.
Seguidamente,
me descubrió cómo piensan los Estados Unidos:
—Usted ha
actuado sólo por el deseo de ayudar a un amigo que se hallaba en estado de
necesidad, y por esa razón voy a cerrar los ojos sobre este documento. Por
favor, no vuelva a hacer una cosa semejante, pues nosotros trabajamos despacio
pero a la larga, acabamos por descubrirlo todo —me amonestó.
Eso es
Estados Unidos. No se trata de un oasis contra los impuestos, pero sí de algo
más importante: un oasis de seguridad para los pobres como para los
millonarios, para los trabajadores como para los empresarios. El tío Sam vigila
para defender la libertad y la propiedad de todos.
¡Yo lo he
vivido personalmente!
§.
¿Sobrevivirá el fabuloso mundo?
LA Bolsa,
de la que tantos y tantos aspectos hemos informado en este libro, y que de tal
modo ha marcado mi vida, es uno de los componentes de la ordenación económica
del mundo occidental.
¿Seguirá
existiendo esa ordenación económica libre y occidental en la forma que
conocemos, durante algunos años más o estamos en un mundo herido de muerte?
A este
respecto, quiero recordar una frase del ministro de Finanzas francés, barón
Louis, dirigida a su rey, Luis Felipe: «Haga Vuestra Majestad una buena
política y yo os conseguiré una buena economía».
La
calidad de las finanzas del Estado determina cuáles son las inversiones más
favorables y cuáles las más arriesgadas. Lanzarse en la actualidad a una
política de inversiones a largo plazo sin haber examinado con todo detalle y
atención los acontecimientos de la política mundial, es una pura insensatez.
Todo análisis de la política de los bancos emisores, de las rentas y de los
intereses, así como de las teorías monetarias de Milton Friedman, todo eso se
irá al garete si se somete a nuestro sistema de economía libre a cualquier
dolorosa transformación.
«¿Sobrevivirá
el fabuloso mundo de la Bolsa y el dinero?». Esa pregunta podría afinarse aún
más: «¿Puede sobrevivir el sistema occidental, es decir, el sistema
capitalista, que es al mismo tiempo un notable sistema social?».
Estoy
convencido de que en Estados Unidos sí. En la Europa occidental posiblemente,
pero no estoy seguro. Si el sistema capitalista se hundiera en Europa
occidental, se replegaría a su fortaleza de Estados Unidos, donde toda la
población, incluso los sindicatos, creen en tres cosas: el sistema de
beneficios, la libre empresa y la competencia.
Peligros
internos y externos
Hay una previsión pesimista de la posible evolución: de momento, no veo la
posibilidad de que en la Europa occidental vayan a ocurrir cambios
revolucionarios. El peligro no radica, pues, en las decisiones libres de los
electores en comicios democráticos. El peligro viene desde fuera. La ofensiva
diplomática soviética, ya en curso, se hará aún más agresiva, y aparentemente
resulta incontenible. Es la consecuencia de una planificación de muchos años y
de una consciente estrategia. Por esa razón tengo miedo de que Europa, y en
especial la República Federal Alemana (y eso sería decisivo), se dejen
convencer por el bluff ruso.
Los
soviéticos actuarán con todos los medios —sonrisas, promesas, grandes contratos
industriales pero también amenazas militares— para que la República Federal se
separe de su compromiso con los Estados Unidos; es decir, paro hacer saltar la
OTAN. El gran objetivo soviético —como ya escribí hace meses— es la
«finlandización» o, incluso, la «polonización» de la República Federal, con
todas las consecuencias económicas y políticas que eso acarrearía. Así, Europa
occidental, como una fruta madura, podría caer en manos de la Unión Soviética
sin necesidad de movilizar un solo soldado ruso. Si en los próximos meses la
República Federal Alemana no toma una postura clara y categórica con respecto a
la instalación en su territorio de los misiles Pershing, eso podría significar
que renuncia a ser defendido por los norteamericanos.
El miedo
histórico de los soviéticos a los nuevos cohetes Pershing es una prueba de que
este sistema de armamento puede garantizar militarmente la integridad de Europa
occidental. Renunciar a una defensa de ese tipo y conformarse con las promesas
soviéticas significa la «finlandización». Sin la OTAN, sin la sombrilla atómica
norteamericana, la República Federal no podrá negarse a satisfacer cualquier
deseo ruso, por costosa que resulte su satisfacción. Sin cohetes, Europa
occidental sería una fácil presa de caza mayor para Moscú. Una Europa neutral
quedaría encadenada al bloque del rublo o, mejor dicho, al imperialismo del
rublo, mediante contratos comerciales y financieros impuestos, lo que
significaría su total explotación.
«En
política todo es posible…, hasta lo contrario de ese todo»
Muchas de las más gigantescas empresas alemanas se hacen la ilusión de que
también una Alemania neutral podría llevar a cabo grandes intercambios
comerciales con Rusia como uno de sus tradicionales socios. Eso es cierto, pero
se trata de un especial intercambio comercial en el que uno de los
participantes amenaza con una pistola, como en los filmes norteamericanos del
salvaje Oeste.
Los
precios de las materias primas importadas, como también el de la tecnología
entregada a Moscú, serían dictados por los soviéticos, o quizá ocurriera algo
aún más simple: por la exportaciones, los rusos pagarían en rublos y por su gas
natural tendrían que ser pagados en dólares. Todo hijo de vecino en la Unión
Soviética sabe que el rublo no tiene ningún valor, y hasta los ciudadanos de
los Estados del bloque oriental no saben qué hacer con su rublos cuando
regresan de Rusia.
Dejando a
un lado el hecho de que el «comercio rojo» atrae, existe también el peligro de
que en la República Federal haya hombres que, en un determinado momento y
durante un tiempo de transición, pudieran hacerse con el gobierno, pues un
Helmut Schmidt no sería para Moscú un socio digno de confianza. Miembros del
Partido, de fidelidad probada, tomarían en sus manos las riendas del poder para
cumplir y hacer cumplir al pie de la letra todos los «ukases» moscovitas. Una
República Federal neutral se iría reunificando con la República Democrática de
manera paulatina. Bajo qué sistema, fácil es suponerlo.
Me cuesta
trabajo pintar imágenes tan pesimistas pero en el análisis de las inversiones a
largo plazo hay que tomar en consideración ese riesgo. Es mejor tener miedo que
sufrir un ataque de pánico en el último momento, pues en política todo es
posible…, hasta lo contrario de ese todo.
¿Cuáles
son las inversiones apropiadas en los años ochenta? Eso depende de la evolución
que vaya a sufrir la política mundial. Veo con cierto desconsuelo cómo ante mis
ojos —que conocen bien el asunto— se está preparando el terreno para la odiosa
evolución que acabo de describir. La política soviética ha mantenido durante
lustros su economía sometida a grandes presiones, y lo ha sacrificado todo en
favor del rearme. Ahora puede haber llegado el momento en que reclame la
compensación por su sacrificio, consiguiendo la tecnología de la Europa
occidental y sus productos agrícolas a cambio de rublos carentes de valor. Así
podría hacerse con todo sin necesidad de un enfrentamiento abierto con los
Estados Unidos.
Por qué
soy optimista, pese a todo
Ésta es la otra posibilidad, la de una evolución positiva: el lector de este
libro sabe que desde hace lustros, juego a favor del marco alemán. Y es lógico.
El dólar está supervalorado desde el final de la segunda guerra mundial y en
los años siguientes se hizo aún más frágil debido a la guerra de Corea, al Plan
Marshall, al Vietnam y a la ayuda a los países en desarrollo (que más que
préstamos eran regalos). La brutal devaluación hubo de suceder, pues como
siempre se produjo una reacción en cadena, y la caída rebasó el nivel que
podría considerarse justificado.
Bajo la
presión de acontecimientos políticos, tal vez por causa de una interpretación
falsa e histérica, el dólar volvió a bajar. Una caída espectacular, como la de
los años setenta, era completamente improbable, pues sólo fue provocada
mediante manejos especuladores, y por sus correspondientes correcciones
posteriores. Al pequeño especulador eso no debía de interesarle de manera
especial; tenía que seguir una estrategia totalmente distinta. Debía pensar en
el marco alemán, invertir en él para equilibrarlo, es decir, para invertir en
la divisa con la que convive.
Si
excluyo el riesgo político, veo el transcurrir de la década de los ochenta con
gran optimismo. Estoy convencido de que los dos grandes problemas de hoy, la
energía y la inflación (que en cierto modo están unidas), podrán ser
dominadas en un período de tiempo razonable. Occidente, y en especial Estados
Unidos, tiene que concentrar todas sus fuerzas en la resolución de esos dos
problemas. Repito: los Estados Unidos deberán lograr la autarquía en materia
energética. No puede permitirse el lujo de ver influida su política exterior
por pequeños países sólo porque son productores de petróleo. Cuando los Estados
Unidos logren solucionar ese problema, se habrá solucionado para el resto del
mundo. Esos esfuerzos se extenderán a todos los campos: energías atómica, solar
y de las mareas, licuación del carbón, nuevas fuentes de gas natural y
yacimientos petrolíferos en el hemisferio occidental explotadas con todos los
métodos y procedimientos, posiblemente entre ellos muchos que ya ni siquiera
recordamos. Existe un amplio muestrario de empresas especializadas cuyas
acciones se cotizan en Bolsa.
La
palabra mágica contra la inflación es tecnología. Sólo la
automatización, la racionalización y los nuevos métodos científicos pueden
aumentar la productividad de la economía y de la agricultura, y gracias a una
mayor productividad, podrán aumentarse los salarios sin que crezcan los costes
del producto. No se podrán resistir ni la presión de los trabajadores y sus
sindicatos, ni las necesidades de cientos de millones de nuevos consumidores en
el Cuarto Mundo, en busca de un nivel de vida más elevado. La gran misión que
nos espera es romper la espiral salarios-precios. Esto será posible únicamente
con una productividad mayor. También el paro disminuiría con el tiempo, pues la
creciente capacidad de compra exigirá nuevas empresas y creará nuevos puestos
de trabajo.
Estoy
convencido de que ya en la actualidad existen cientos de patentes y maravillas
técnicas, que sólo llegarán a conocimiento del público en los próximos años,
cuando sean comercializadas. También durante la guerra del Vietnam y desde la
crisis del Watergate, en una época que los Estados Unidos estaban paralizados
política y anímicamente (o al menos parecían estarlo), esa falta de iniciativas
se extendió a investigadores, científicos, ingenieros e inventores. En los
momentos actuales no conocemos todos los acontecimientos. Pertenezco a la
generación que pudo seguir desde cerca los esfuerzos realizados en todas partes
por Estados Unidos durante la segunda guerra mundial y aún sigo impresionado
por ellos. Si ese gigante se pone en movimiento, sus logros serán tales que nos
parecerán propios del mundo de la fantasía.
Pero los
Estados Unidos tienen que ser estimulados. Las humillaciones sufridas por obra
del Irán, los aumentos de precio del petróleo, exagerados y chantajistas, y la
ocupación de Afganistán, fueron en conjunto sucesos que, poco a poco, habrían
de despertar y poner de pie al gigante dormido. Ahora está comenzando a
despertar, desperezándose y frotándose los ojos, antes de abandonar el lecho.
Creo que durante la década de los ochenta acabará de despertar.
Consecuentemente, los inversores deberán tener reservas europeas. De ahí mi
llamamiento: «¡No me olvides, América!».
Si la
OTAN sigue firme, cuando haya estabilizado su potencia militar con todo tipo de
armas modernas y haya demostrado su buena disposición a defender sus intereses
en todos los lugares del mundo, también militarmente, cuando no se limite a
hablar a todas horas de distensión y se renueve desde el interior; cuando no
sólo se invoque la libertad sino que esté dispuesta a su defensa, y así lo
expresé de modo explícito y digno de crédito, sólo entonces y nada más que
entonces será posible la coexistencia con la Unión Soviética y su poderío
militar. Ni siquiera una existencia «pacífica» cae del cielo; hay que luchar
por ella con paciencia y duramente.
¡La paz
es, pues, un bien raro y difícil!
Capítulo
6
«Mi» imperio, en el que —así lo espero— no se pone el sol
Contenido:
§. La
Bolsa como pasión
§. Esa Bolsa perversa…
§. Sobre los visitantes y los especuladores al día de la Bolsa
§. Los espectadores ocasionales de la Bolsa
§. La niña de mis ojos: la Bolsa de París
§. Las Bolsas extraeuropeas
§. Barbara Silbiger: la pitonisa de Hungría
§. Mi reducido círculo de los últimos mohicanos
§. La Bolsa: un imperio en el que —así lo espero— el sol no se pondrá jamás
§. La
Bolsa como pasión
LA Bolsa
se ha desarrollado en nuestro círculo cultural, y su esencia no ha cambiado
hasta ahora. Tanto la Bolsa gigantesca como la más pequeña se parecen en su
mecanismo y, en especial, los hombres que allí se reúnen son inconfundibles.
¿Cómo se
vuelve uno especulador? Aproximadamente del mismo modo que una muchacha
inocente a veces acaba ejerciendo la más antigua profesión del mundo: se
empieza por curiosidad, se continúa por pasión y se acaba haciéndolo por
dinero. En la Bolsa se vive un ambiente muy especial. El aire que se respira en
medio del tumultuario campo de batalla actúa como una droga.
En
ocasiones, los profesionales de la Bolsa, en malos tiempos o presionados por
circunstancias personales, se ven obligados a buscar otro oficio. Pero todos
conservan una insaciable nostalgia de aquel lugar, y a la menor oportunidad
regresan al «paraíso perdido».
Tras la
gran catástrofe bursátil de 1929, que he descrito en el capítulo titulado «El
jugador a la baja afortunado», la Bolsa fue durante mucho tiempo un desierto
donde no se podía encontrar ni un vaso de agua. Se cuenta al respecto que dos
antiguos colegas se encontraron en la calle.
—¿Qué
haces ahora? —preguntó uno de ellos.
—Vendo
cepillos de clientes. ¿Y tú?
—Bueno…
—Fue la respuesta—; voy a decírtelo, pero no lo divulgues. Continúo en Wall
Street, aunque mi esposa cree que toco el piano en un burdel.
Pese a la
indecible desilusión y a los sufrimientos personales que tuvieron que sufrir
muchos jugadores de Bolsa y sus familias en aquellos tiempos, la mayor parte de
mis amistades regresaron a la Bolsa tan pronto como les fue posible.
El
público que acude a la Bolsa, pese a todas las diferencias de carácter y de
temperamento que puedan separarles, tienen los mismos vicios e idénticas
virtudes. Todo aquel que actúa en la Bolsa sabe que una palabra dada (un
acuerdo de compra o de venta oral) es algo sagrado. El más modesto de los
jugadores no vacilará en empeñar su reloj de oro para liquidar una pérdida en
la Bolsa.
Muchos
tienen, también algunas pocas cualidades buenas. Presumen gustosamente y con
frecuencia.
—He
comprado un papel a 100 y lo he vendido a 110. ¿No estuvo mal, verdad? —le oí
decir en cierta ocasión al director de cartera de uno de los grandes bancos.
—Vendí a
50 y volví a comprar a 45 —se jactó en cierta ocasión el jefe de cartera de una
de las mayores compañías de seguros de Alemania Federal.
Así son
mis queridos colegas: siempre lo previeron todo… Todo lo que sube había sido
recomendado por ellos a sus clientes. (Claro está que a los demás, pero no
precisamente a aquel con quien están hablando). Siempre compran al cambio más
bajo y venden al más alto.
¿Existen
de verdad tales genios de la Bolsa? Esta es la respuesta que de todo esto se
desprende: sí, pero sólo entre aquellos que se engañan a si mismos.
La mejor
definición del jugador de Bolsa habitual es, a mi juicio, la siguiente. Es como
un buen jugador de póquer: gana mucho cuando tiene buenas cartas
y con las malas pierde poco.
§. Esa
Bolsa perversa…
TANTO si
trata de acciones, obligaciones, divisas o materias primas, todas son
intérpretes principales en el mismo escenario: la Bolsa. Consecuentemente, son
material para especulaciones y juego.
¡Esa
Bolsa perversa! Todos los caminos llevan a ese lugar de perdición, y en la
literatura del siglo XIX se describe ese «Templo demoníaco» con los más
tétricos colores. «Quien entre aquí deja atrás toda esperanza…». Con toda
seguridad que el lector sabe el desprecio y la desconfianza que determinados
héroes de las novelas de Zola, Balzac y Dumas sentían hacia la Bolsa. Sólo hay
que contemplar las siluetas descompuestas en los dibujos de Daumier para
comprender que expresan la misma desconfianza, el mismo desprecio. El acreedor
marcado por la ambición y la usura era muy corriente en el teatro frívolo del
siglo XIX. En aquel entonces, el ambicioso pequeño burgués se pegaba a los
faldones de los grandes magos de las finanzas, los únicos que conocían el secreto
de los dioses.
Desde
entonces los tiempos han cambiado. El mundo ha avanzado y, con él, la Bolsa.
Burgueses crédulos y también amas de casa que no sabían nada en absoluto sobre
la Bolsa han sido, en muchas ocasiones, beneficiarios felices de la general
subida de los valores bursátiles de los pasados treinta o cuarenta años. En lo
que respecta a Alemania, debo exponer cierto reparo. Los ahorradores de ese
país que antes de la subida de los nazis al poder, durante el dominio de éstos
e inmediatamente después del fin de la guerra pudieron comprar buenas acciones
cotizadas en Bolsa, han conseguido hasta ahora muy buenos beneficios, pero
muchos de ellos cayeron víctimas de agentes irresponsables y estafadores en los
últimos años. Y los llamados expertos, los profesionales de la Bolsa, dejaron
pasar su oportunidad. Los bolsillos de la mayoría siguieron vacíos.
La Bolsa
es hoy un hormiguero de jugadores de poca monta que van a la caza de una
confidencia o de un consejo personal que los haga ricos. Los grandes «magos»
que llegué a conocer antes de la guerra, y que existían a centenares, han
desaparecido de la superficie de la Tierra. Han fallecido y no han dejado
sucesores ni herencia. Sufrieron el naufragio financiero o, simplemente, han
visto sus lugares invadidos por las sociedades de inversión o los consorcios
mixtos, sobre todo en Estados Unidos.
Ciertamente,
los tiempos han cambiado en distintos aspectos. Y lo mismo ha ocurrido con la
Bolsa. Los «héroes» de ayer han abandonado el escenario. Una nueva generación
ha descubierto un nuevo estilo que le es propio. Y con ese nuevo estilo le han
dado a la Bolsa una nueva apariencia.
«El
dinero contante y sonante es la lámpara mágica de Aladino», dijo lord Byron en
cierta ocasión. Y esa lámpara sigue atrayendo a los hombres de todo el mundo,
por distintos motivos, que se esfuerzan en conseguirla. Que sean malos o buenos
es algo que se argumenta en este libro y así debe ser.
La
búsqueda de la lámpara maravillosa de Aladino, la búsqueda de la felicidad por
el bienestar y la riqueza, el éxito y el fracaso y de nuevo los intentos de
éxito, es lo que compone la atmósfera y el encanto de la Bolsa, que nos afecta
a todos los que entramos en su órbita, desde los pequeños especuladores hasta
los grandes magos y encantadores del dinero.
¡Y ese
encanto será eterno!
§. Sobre
los visitantes y los especuladores al día de la Bolsa
LOS
visitantes de la Bolsa y los que acuden a ella para especular al día, tienen un
rasgo en común. Ven cualquier acontecimiento a través de las gafas de sus
compromisos bursátiles. Eso conduce muchas veces a una peculiar degeneración
del pensamiento: disposiciones gubernamentales y decisiones oficiales, medidas
y leyes que les resultan desfavorables personalmente son calificadas por ellos
de caprichosas, inmorales, estúpidas o incluso dirigidas contra los intereses
nacionales. Pero cuando esas disposiciones les favorecen, las califican de
adecuadas, morales y al servicio de los intereses de la nación. Si hablo con un
bolsista sobre los sucesos del mundo, puedo deducir de inmediato, a partir de
sus comentarios e interpretaciones, cuáles son sus compromisos bursátiles. Los
especuladores ven en la evolución de las cotizaciones de Bolsa únicamente el
reflejo de los acontecimientos políticos o financieros internacionales. No
pierden la oportunidad de hacer sus pronósticos políticos y económicos, para
los cuales se basan exclusivamente en la tendencia de la Bolsa. Ésta, para
ellos, no es un simple termómetro, como afirman muchos economistas, sino
incluso un barómetro que permite pronosticar la futura tendencia del tiempo en
los terrenos de la economía y de la política. Pero ya he probado en varios
lugares de este libro con cuánta frecuencia pueden equivocarse.
Mi
barómetro bursátil
También yo tengo un barómetro bursátil, pero es de un tipo completamente
distinto. Los otros contemplan la Bolsa como barómetro, pero yo poseo un
barómetro para la Bolsa. Y lo conseguí de esta manera: los objetos de uso
personal de John Pierpont Morgan, el último de la dinastía de grandes banqueros
de Wall Street, fueron subastados en Nueva York poco después de su muerte.
Entre los muchos efectos de gran valor —los ópalos, las cajitas de oro
cincelado, los bibelots cubiertos con diamantes o de jade y cristal—, me llamó
la atención un pequeño objeto de acero.
Yo era
todavía un aprendiz en Wall Street y me sentía muy impresionado por la fama de
Morgan. Ardía de deseos de poseer un amuleto, algo que me trajera suerte. La
pieza de acero era lo único que yo podía permitirme: el barómetro de J. P.
Morgan, que siempre estuvo sobre su mesa de despacho en su palacete del número
23 de Wall Street, que aún conserva las señales de la bomba arrojada por un
vengativo especulador.
Por
treinta dólares, me convertí en feliz poseedor del barómetro del
supermillonario Morgan. Lo puse delante de mí sobre mi mesa de trabajo, como
hiciera el banquero. Al cabo de unos días, me di cuenta que reaccionaba
equivocadamente ante los cambios climatológicos. Marcaba «buen tiempo» y el
tiempo era de perros. Cuando llovía a mares señalaba tiempo bonancible.
Funcionaba rematadamente mal.
Tan
pronto aprecié esa circunstancia tan peculiar traté de averiguar el porqué. Y
descubrí algo sorprendente y hasta milagroso: el barómetro señalaba el tiempo
pero se trataba en realidad del «clima» de Wall Street. ¡Era un barómetro de la
Bolsa! Quién sabe si en él radicó el éxito de la Banca Morgan.
Fascinado
por mi descubrimiento, me apresuré a relatarles la historia a algunos de mis
amigos que no pudieron evitar la tentación de comprobar de inmediato y por sí
mismos lo que podía haber de cierto en el «milagro».
El más
famoso de los comentaristas del New York Post, y después toda la
élite periodística, informó con detalles de la historia que, seguidamente,
apareció en trescientos periódicos norteamericanos.
Durante
un día —la fama es perecedera— fui un personaje famoso. Los telegramas y cartas
que recibí en los días siguientes pesaban varios kilos, y en ellos se me
preguntaba: «¿Qué señala hoy el barómetro?».
Desde
entonces, conservo el instrumento y lo honro como si fuera un tesoro… ¡Y sigue
funcionando!
§. Los
espectadores ocasionales de la Bolsa
EL
encanto de la Bolsa ejerce también su influencia sobre los
«espectadores ocasionales» que frecuentemente tienen mayores éxitos que los
viejos profesionales, a veces por casualidad, pero otras veces gracias a su
paciencia.
Uno de
mis amigos, que pertenecía a la rama de la metalurgia (aceros y hierros), se
vio envuelto durante la guerra de Corea en negocios millonarios. Se jactaba de
haber ganado su dinero con esfuerzos y sudor. A sus ojos, nosotros, los
especuladores de Bolsa, éramos vagos, parásitos que no dábamos golpe y vivíamos
a costa de la economía. En parte tenía razón, pero yo no me avergüenzo de no
haber trabajado en mi vida y pese a ello haber disfrutado, y seguir haciéndolo,
de una existencia agradable y cómoda. Le formulé algunas advertencias a mi
amigo: la guerra de Corea no iba a durar siempre, y un día se sentiría dichoso
de poder colocar su dinero «ganado honradamente» en ventajosas acciones. Y como
eso no iba a tardar mucho en suceder, le aconsejé que fuera acostumbrándose a
la Bolsa con tiempo suficiente.
Al otro
día fue a verme. Había reflexionado sobre mi observación, me dio papel y pluma
y me propuso que le confeccionara una lista de valores bursátiles que
compraría, para hacer una prueba. No pensaba especular; sólo en invertir un
poco, a mi lado. En primer lugar, le anoté la deuda alemana de antes de la
guerra; en segundo lugar, acciones de la compañía sudafricana De Beers, y
seguidamente algunas Blue Chips norteamericanas. La lista
resultó maravillosa. Desde entonces las Young alemanas han visto su valor
multiplicado por cien, las De Beers decuplicaron su valor, y todas Las demás
subieron considerablemente. Cuando, tras las primeras compras, las cotizaciones
empezaron a tener una evolución favorable, mi amigo fue adquiriendo más y más
acciones en Nueva York, en Europa y hasta en Australia. Al principio, compró
con el dinero en efectivo de que disponía, después liquidó algunos valores y,
finalmente, acabó por comprar a crédito. En el punto culminante de su
inversión, comenzó a hacer cuentas y descubrió que las diferencias de valor de
sus acciones, de un día a otro, equivalían a cinco veces la cantidad que
necesitaba para satisfacer su presupuesto familiar. Descubrió, también, que las
cotizaciones podían bajar. Pero la Bolsa se animaba cada vez más, y las diferencias
crecían hasta tal punto que los nervios de mi amigo no pudieron seguir
soportando tanta excitación. Un día, durante la sesión de Bolsa, sufrió una
crisis nerviosa y fue a parar a una casa de salud.
¿Qué
sería del mundo sin locos?
Su familia celebró un tempestuoso «consejo de guerra». Decidió desprenderse de
todos sus compromisos bursátiles. Vendió todo el papel y su fortuna dejó de
estar invertida en acciones con curso variable, y pasó a una cuenta corriente
en el banco; es decir, se convirtió en dinero líquido. ¿Y qué ocurrió entonces?
Durante los muchos meses que mi amigo estuvo en el sanatorio se produjo una
catástrofe bursátil, una caída generalizada de las cotizaciones que se extendió
a todas las Bolsas del mundo en la primavera de 1962. (Su efecto aún lo siento
en mis propias carnes). Cuando mi amigo salió, ya curado, las cotizaciones
habían alcanzado su nivel más bajo. Tranquilo, sonrió como un recién nacido. La
cura de sueño había salvado su fortuna. Sin la venta realizada por su familia,
las acciones que había comprado a crédito hubieran provocado su ruina total.
También mi conciencia quedó tranquila, pues fui yo quien lo indujo a jugar en
la Bolsa. Pero bien está lo que bien termina… Jamás había sido tan rico como
entonces.
Las
cosas, sin embargo, no son tan fáciles cuando uno se siente poseído por la
quimera de la Bolsa. Si se poseen determinadas acciones, se tiembla pensando
que pueden bajar; si no se tienen, se tiembla pensando que pueden subir. A mi
amigo, ya curado, le ocurrió así. Cuando las cotizaciones comenzaron a
recuperarse de su caída, se puso nervioso. Cuando de nuevo los valores
subieron, lo invadió el pánico, el temor a no llegar a la Bolsa antes de que se
cerraran las puertas. Inútilmente traté de advertirle de que ya era demasiado
tarde para intervenir. Había caído víctima de la fiebre de la Bolsa. Si no
hubiera locos en el mundo, ¿qué sería de éste y de la Bolsa?
De esta
historia, el lector puede sacar una moraleja muy importante. Muchos analistas
norteamericanos de la Bolsa observan hasta qué punto ha subido en Nueva York la
llamada short-position (compromiso a la baja). Short-position significa
que tantas o tantas acciones se han vendido en vacío, es decir, por gentes que
no las poseen. Cuando esta posición es alta (es decir cuando son muchos los que
vendieron en vacío), todo el mundo se lanzará a comprar (un buen síntoma para el
desarrollo de las cotizaciones) porque los que vendieron las acciones sin
poseerlas, tendrán que comprarlas un día para cumplir sus compromisos. Son,
pues, futuros compradores seguros. Todo esto está justificado. También está
justificada la observación de cuántos ahorradores han liquidado sus carteras,
pese a estar acostumbrados a vivir con sus acciones. Son realmente los primeros
y más ambiciosos compradores cuando creen que el mercado ha dado la vuelta y de
nuevo empieza a orientarse al alza. Entre estos inversores se incluyen también
algunas poderosas instituciones, como cajas de pensiones, compañías de seguros
y muchas otras que están obligadas a mantener inversiones a largo plazo, pero
que transitoriamente sólo quieren poseer efectivo o inversiones a corto plazo,
los llamados money-market-Fonds.
§. La
niña de mis ojos: la Bolsa de París
EN la
actualidad, cuando paseo por las salas de la Bolsa de Frankfurt, que es una de
las más importantes del mundo, me sobrecoge la nostalgia. La nostalgia por la
Bolsa en la que comencé mi carrera y que sigo visitando cuando quiero
divertirme: la Bolsa de París. En la Place de la Bourse siempre pasa algo, aun
cuando no pase nada. Si vuelvo a París desde Frankfurt, tengo la sensación de
haber pasado de un balneario a un casino de juego.
Eso no se
debe, exclusivamente, a la diferencia de temperamento, sino también a la
distinta construcción de la Bolsa de París. No menos de 2.000 personas se
aprietan en París en las barandillas frente a las pizarras y tablones en que se
anotan los distintos cursos de los valores y acciones, donde todavía,
parcialmente, se sigue escribiendo con tiza y borrando con una esponja húmeda.
En los días agitados, el número de personas puede ascender a 5.000. Y todas
tienen que haber realizado lo que las llevó allí en el plazo de dos horas. En
Frankfurt, los bancos pueden actuar en la Bolsa las 24 horas del día. En la
Bolsa de París aparecen 24 agentes libres o dependientes de la Bolsa con una
cohorte de 800 personas. En París la clientela se compone en gran parte de
especuladores particulares que frecuentemente cambian sus compromisos a diario.
Esto se debe a que, en comparación con las Bolsas alemanas, los gastos son muy
bajos.
También
quienes acuden a la Bolsa sin intención de intervenir en los negocios pueden
pasar un buen rato. Casi en ninguna otra parte he podido oír más chismes y
comentarios sobre la Bolsa que en París. La gente discute de política, se
cuenta historias que la mayoría de las veces carecen de importancia, y sólo muy
pocas encierran un mínimo de verdad. Pese a todo, acudo allí con placer. En
ninguna otra parte del mundo se puede encontrar un número igual de ineptos por
metro cuadrado.
Todo
transcurre en medio de un gran bullicio, como si se hablara a través de un
sistema de altavoces. En París, los negocios de la Bolsa no están en manos de
banqueros distinguidos y bien educados, sino de las 45 empresas de agentes de
cambio y Bolsa, cada una de las cuales envía un promedio de 40 empleados de
temperamento apasionado y modales excitados, cada uno de los cuales se ocupa de
un grupo de valores o acciones. El escándalo que organizan causa la impresión
de que aquello es un verdadero caos, pero en realidad domina una rígida
organización.
En
recuerdo de Daumier y Zola
Realmente, en el Palais de la Bourse las cosas transcurren tal y como nos
muestran los geniales dibujos de Honoré Daumier y como nos describe Zola en su
novela El dinero. Las diferencias entre entonces y hoy es menor que
en el caso de las Bolsas alemanas. Eso se debe al carácter de los inversores.
El gran
juego de los especuladores profesionales en París va desde las acciones de las
compañías petroleras a los grandes almacenes. De momento, las minas de oro de
África del Sur se cuentan entre las favoritas. Los ahorradores y especuladores
franceses siempre se mostraron muy bien dispuestos hacia la aventura de las
inversiones en yacimientos de petróleo y en la minería.
El
mercado de los negocios con compras aplazadas ofrece una amplia gama de
operaciones con opciones; primas y negocios mixtos, y conduce a especulaciones
realmente audaces. Esos negocios recuerdan las gigantescas partidas de póquer
en las cuales dos jugadores —los partidarios del alza y de la baja— se
enfrentan y tratan de estrangularse mutuamente.
Los
llamados corner-syndicates (como recientemente el Hunt-Corner
de la plata) están a la orden del día con ayuda de las operaciones aplazadas y
las opciones. Hay también miles de seguidores, y entre ellos incontables
víctimas. Docenas de syndicates manipulan el curso de las
acciones al alza para después endosárselas a los incautos, entre ellos a
algunos directores de fondos de inversión.
«Aquí
están los gendarmes»
La diferencia se hace especialmente apreciable cuando el gobierno llega a la
Bolsa. En Alemania la Bolsa depende de la economía, mientras que en Francia
sucede lo contrario: la economía depende de la Bolsa. Si ésta presenta buen
cara, las empresas pueden colocar nuevas emisiones y procurarse así capital
para inversiones. Además; el gobierno, valiéndose de determinadas medidas de
reducción de impuestos, cuida de que haya un buen mercado para que las acciones
puedan ser colocadas rápidamente. «Los gendarmes están aquí, suelen decir los
profesionales de la Bolsa cuando, pese a las noticias desfavorables, las
cotizaciones no descienden».
Dejando a
un lado las engañosas manipulaciones de determinados grupos de presión, las
transacciones en la Bolsa de París como las de las Bolsas de la República
Federal Alemana son de todo punto correctas, con la diferencia de que el
mercado de París, gracias a las operaciones aplazadas y a miles de
especuladores, es siempre mucho más líquido. El gran público alemán no se deja
seducir, todavía, por la especulación bursátil. Prefiere reducir a polvo sus
ahorros con negocios amortizables y otros igualmente dudosos, con los que
existe mucha mayor posibilidad de perder el dinero. Con la Bolsa todo es más
romántico. Es posible que en las Bolsas alemanas falte ese elemento judaico que
es la fuerza impulsora de la especulación financiera. Por el contrario, en París,
como ocurre en Wall Street, en Londres o en Johannesburgo, existen todavía
muchos Grün y Kohn, sin los cuales una Bolsa no es una auténtica Bolsa. En una
palabra: París utiliza la Bolsa para jugar; el honesto alemán, para invertir.
Con frecuencia tengo que ir a Frankfurt, y cuando estoy allí pienso: Vive
la différence !
…Y ahora
François Mitterrand
¿Qué hace el nuevo gobierno francés bajo la presidencia de Mitterrand? ¿Apoyará
la cotización bursátil como antes bajo la dirección de Raymond Barre? No es de
creer. Más bien al contrario. Dejando a un lado las temidas evoluciones, tan
peligrosas, en la política económica, si el gobierno francés mantiene sus
promesas electorales, tarde o temprano se verá obligado a comunicar al pueblo:
«Las cajas están vacías». En todo el mundo, hasta ahora los socialistas se han
ocupado de dificultar el desarrollo de la economía política.
Me
acuerdo como si fuera ayer. Tras varios años de caos político y financiero
causado por los gobiernos de la izquierda radical, hubo en Francia un nuevo
ministro de Finanzas, Anatole de Mozie, un hombre extraordinariamente
brillante, al que llegué a conocer bastante bien. Su primer discurso ante el
Parlamento lo comenzó con las siguientes palabras: Messieurs, les
caisses sont vides. El gobierno se derrumbaba, el franco descendía y el
pánico desató una reacción política tan violenta hacia la derecha, que condujo
a la total recuperación de la salud económica de Francia. Y el franco,
impulsado por una euforia económica, pasó a ser durante unos años la moneda más
sólida del mundo.
El
ministro de Economía y Finanzas, Jacques Delors, que es un mesurado y
responsable catedrático, es además socialista y pudo haber tomado posesión de
su carteta ministerial con estas palabras: «Camaradas, las cajas están vacías».
El gobierno de Giscard-Barre le había dejado el tesoro en una situación
especialmente favorable y cómoda y con inmensas reservas de oro en la Banque de
France. Los «nuevos» sólo pudieron hacer lo que habían prometido: repartir el
dinero. El bueno de Raymond Barre, el prototipo del anti-demagogo, supo amasar
ese tesoro pese a todas las dificultades. Pero cometió el mismo error que
muchos otros políticos, profesores y soñadores bien intencionados, antes que
él: contó con la inteligencia de los electores y no con sus emociones y su fácil
credulidad. La derrota de Giscard no estaba justificada por la situación
económica y el relativo alto nivel de vida de la población. Naturalmente, no
podía hacer milagros, pero sus sucesores, tampoco.
La
consigna propagandística del «cambio» resultó, pese a todo, extraordinariamente
eficaz. Otros factores negativos fueron el estilo de vida de Giscard, propio de
un rey, y la presuntuosa actitud de la alta burguesía francesa, a la que él
representaba. Se trata, sin lugar a dudas, de la más arrogante y egoísta clase
social de Europa.
Un pueblo
con el alma escindida
El país está dividido en dos campos que se odian entre sí como a la peste. Ese
odio es propio de un pueblo entre cuyas características nacionales también se
cuenta la envidia. Con el bienestar relativamente elevado del viejo mundo,
aparte de la envidia no existe ninguna otra razón para el éxito de los partidos
y los agitadores de izquierdas, y esto no sólo puede aplicarse a Francia sino a
toda Europa. Tanto si se trata del socialismo como de una economía libre de
mercado, todo lleva siempre a lo mismo: un gran pastel que está injustamente
repartido o un pastel pequeño, equitativamente repartido, pero en trozos tan
pequeños que resultan menores que las más pequeñas porciones del pastel grande
mal repartido.
El
presidente Mitterrand, tratará, naturalmente, de fomentar la economía, de
aumentar masivamente los salarios y los gastos sociales para aumentar el poder
adquisitivo. Pero como la estabilidad es el primer mandamiento para todo
gobierno, el campo de juego de que dispondrá será muy reducido y demasiado
estrecho para él. Los electores, los compañeros de partido y, en especial, los
sindicatos controlados por los comunistas, son impacientes y quieren que sus
exigencias sean cumplidas. La consecuencia puede ser dramática: una fatídica
espiral de precios. La fuga de capitales de los ahorradores y la desconfianza
del extranjero podrán acelerar la devaluación del dinero, y en ese caso ni
siquiera bastarán las reservas en divisas heredadas de Barre. Cientos de medianas
empresas están amenazadas de quiebra, sobre todo porque los tipos de interés y
las cargas sociales han subido tanto que resultan ya insoportables.
Dónde y
cómo terminará todo esto es fácil de adivinar. La palabra «cambio» es sólo una
consigna apaciguadora. En realidad, se trata de un peligroso experimento que
sólo puede dar buen resultado sobre el papel de los teóricos del socialismo; en
la práctica, nunca podrá ser llevado a buen término. Para ello sería necesario
poseer una disciplina de hierro y un gran espíritu de sacrificio. ¿Y qué pueblo
los tiene? Los franceses, ciertamente, no. Así que llegará un día en que el
ministro de Finanzas de turno se verá en la obligación de declarar: «Señores,
las cajas están vacías». Dondequiera que se ha intentado, el experimento de la
izquierda sólo puedo ilustrarlo con una frase: «Las izquierdas llegan, traen la
ruina y se van o son expulsadas, pero la ruina queda». El júbilo de las
primeras semanas, los bailes y cantos en las calles no son decisivos. Nada es
tan variable como la opinión pública.
Por
principio, esperanza
El presidente Mitterrand es, sin duda, brillante y consciente de su
responsabilidad, pero también es un idealista. Y lo mismo que hay hombres que
hablan como ignorantes pero actúan correctamente, los hay, y sobre todo entre
los políticos, que hablan con inteligencia pero actúan de manera completamente
equivocada. Confiemos en que Mitterrand no se dejará llevar por sus
sentimientos y su ideología sino por su agudo intelecto y su realismo. Al menos
así es como yo veo el problema, puesto que mi corazón está a la izquierda, pero
mi cabeza muy a la derecha.
Subrayo
«mi cabeza» y no mi cartera. Mi cartera está en los Estados Unidos de América.
§. Las
Bolsas extraeuropeas
¿CUÁL
debe ser la postura con respecto a las Bolsas con las cuales los europeos
tienen poco contacto? La respuesta no es sencilla, puesto que no puedo ofrecer
más que impresiones personales. Aquellos que conozcan mejor las circunstancias
de los países en cuestión y de sus Bolsas, podrán ofrecer una descripción más
cabal de sus características.
La Bolsa
de Tokio
Hace unos treinta años podría tratarse de conseguir buenos resultados en la
Bolsa de Tokio, pero hoy no me gustaría seguir operando allí. Antaño la
especulación era un asunto relativamente fácil. El país se enfrentaba a su
reconstrucción, y había motivos fundados para creer en una euforia económica.
Daban igual la acción y el grupo que se compraran, pues todos eran buenos. Hoy
la situación ha cambiado de manera radical. Para poder operar en Tokio con
posibilidades de éxito, es preciso estar tan bien informado de las
circunstancias locales como de las de Wall Street, Londres, París o Frankfurt.
No sólo
la distancia geográfica separa, sino también la mentalidad asiática, difícil de
comprender para un europeo. No conozco la postura del gobierno japonés con
respecto a los problemas políticos, económicos y sociales. Ignoro así mismo la
actitud de la oposición. No sé cuál es la reacción emocional del pueblo ante
los acontecimientos ni tampoco la reacción de los profesionales de la Bolsa. Es
lo mismo que si tuviera que jugar una partida de póquer con cuatro
contrincantes totalmente desconocidos para mí, de cuya psicología y modo de
pensar no tuviera la menor idea. No me gustaría participar en una partida así.
Ésa es, únicamente, mi opinión personal, pero creo que la mayor parte de mis
colegas europeos se encuentran ante el mismo enigma que yo. Ciertamente existe
un gran número de agentes de Bolsa japoneses instalados en Europa y que podrían
informarnos sobre la situación y circunstancias de su patria. Pero como el
lector ya sabe, yo no doy demasiada importancia a la opinión de los agentes.
La Bolsa
de Sídney
En la Bolsa de Sídney reinan las tradiciones anglosajonas, un concepto
económico a la norteamericana y la mayor parte de los que allí operan en gran
escala son europeos. No se trata de un mercado para escolares. Los papeles
pueden comprarse fácilmente cuando alcanzan altas cotizaciones. Pero cómo
venderlos es otra cuestión. Hace unos años, algunos europeos perdieron millones
en la Bolsa de Sídney. Como puede verse, también allí se necesita entender su
«artesanía».
Las
Bolsas de América del Sur
Las Bolsas sudamericanas son varillas de colores en el imperio mundial de la
Bolsa.
En Buenos
Aires se juega con fuerza y con gran ruido, pero la completa organización de la
Bolsa tiene todavía que ser perfeccionada, al menos para satisfacer las
aspiraciones de un europeo o un norteamericano. Se hace un encargo y se recibe
la confirmación quizá algunas semanas más tarde. ¡Bolsa a la Sudamericana, algo
que no se olvida nunca!
Río de
Janeiro es una Bolsa pequeña en un gran país. Allí el público se interesa más
por la especulación inmobiliaria, con la que en los últimos años se ha ganado
mucho dinero, aunque también se ha perdido. A comienzos de la década 1970-1980
se ofrecieron a los bolsistas experimentados diversas oportunidades lucrativas
gracias a los empréstitos incluidos en el índice. Se dice que Brasil es el país
del porvenir. Y cuando ese futuro se haya convertido en presente, Río de
Janeiro será la sede de una animada Bolsa de valores.
La Bolsa
de Tel Aviv
Una Bolsa casi desconocida, pero no carente de interés, es la de Tel Aviv. Hace
unos años tuve ocasión de visitarla y quedé altamente impresionado por la
organización de este miembro tan peculiar en el reino de la Bolsa. Cada país
tiene la Bolsa que se merece, puesto que es el fiel espejo de una nación. Basta
con pasar unos días en Israel para darse cuenta de que aquellos que en ese país
no creen en milagros, no son verdaderamente realistas. Un milagro fue también
que al estallar la guerra de los seis días las cotizaciones de la Bolsa no
cayeran en absoluto… ¡Todo lo contrario! En el transcurso de la sesión de
Bolsa, banqueros y agentes acudieron varias veces a los despachos privados de
la Bolsa, y cuando regresaron a la sala, las cotizaciones subían unos cuantos
puntos. «Un truco», podría decirse, pero no era así. Se trataba sólo de una
muestra de la inconmovible confianza de un pueblo en su propio destino.
Hace
treinta años, la Bolsa de Tel Aviv se componía de una pequeña sala y una muy
reducida lista de valores. Unas cuantas personas se sentaban en torno a una
mesa y aquello causaba la impresión de una partida de canasta más que de una
sesión de Bolsa. En la actualidad, cuenta con un considerable número de
miembros, especialmente bancos y algunas firmas de agentes de Cambio y Bolsa…
todos ellos de origen alemán.
El patio
de la Bolsa se compone de dos partes: una para los valores de interés fijo y la
otra para las acciones. La lista de obligaciones es especialmente numerosa y
variada.
Puesto
que los judíos, al cabo de tantas pruebas, sólo creen en cosas seguras
—fronteras seguras, armas seguras e ingresos seguros—, las obligaciones y
valores de renta fija y la deuda cotizable son los preferidos en el índice de
precios.
En el
mercado de acciones, se cotizan en la actualidad sociedades de distintas ramas,
desde bancos a empresas madereras y constructoras. Los principales clientes de
la Bolsa son las compañías de seguros, los sindicatos, las cajas de pensiones y
la Jewish Agency, así como algunos fondos de inversión. Incluso los kibbuzim invierten
sus ahorros en acciones y otros valores.
La Bolsa
de Tel Aviv ya no es la más pequeña del mundo, pero sí la que tiene más
virtudes. En todas las Bolsas de los países en los que hay restricciones para
el movimiento libre de divisas, existe una mesa en un rincón, en la que se
llevan a cabo transacciones prohibidas sin que los que en ellas intervienen
vean nada reprobable en su actividad. En Tel Aviv es distinto. Los miembros de
la Bolsa considerarían una cosa así impropia de su dignidad.
Inútilmente
he tratado de encontrar anécdotas o chistes en relación con la Bolsa de Tel
Aviv. ¡Inútilmente! Eso no se correspondería con la mentalidad respetable y
puritana del Israel de hoy. Una actitud así no ofrece margen para la
especulación incontrolada ni para los escándalos.
El
fundador espiritual de Israel, Theodor Herzl, de Budapest, le escribió a un
amigo, dos meses antes de su muerte: «No hagas ninguna tontería mientras yo
estoy muerto». Los profesionales de la Bolsa de Tel Aviv, por lo que
personalmente he podido observar, se han tomado muy en serio ese consejo y lo
guardan en su corazón.
§.
Barbara Silbiger: la pitonisa de Hungría
YO poseo,
pues, un barómetro encantado. Muchos de mis colegas, sin embargo, contaban con
fuentes de información más «seguras», como he descubierto hace unos años.
Por aquel
entonces, acostumbraba pasar algunos de mis días de vacaciones en mi querida
Budapest. Mi intención de no hablar siquiera de la Bolsa ni tener que discutir
sus problemas me hacia muy feliz. Mi desilusión fue, por lo tanto, mayor
cuando, poco después de mi llegada, un buen amigo me rogó que lo acompañara a
visitar a una conocida suya que habrá oído hablar de mí como un «bolsista de
pura sangre» y que, por esa razón, quería conocerme a toda costa. Se llamaba
Barbara Silbiger y era una devota judía ya entrada en años. En los tiempos de
mi juventud había sido la más conocida de las pitonisas de Budapest. El
regente, almirante Nicolás Horthy, el jefe de gobierno, conde de Bethlen, y
muchos otros aristócratas húngaros se contaban entre su clientela o entre sus
pacientes. A comienzos de cada año, la prensa informaba ampliamente de sus
vaticinios. Se la reconocía oficialmente como la Pitonisa de Hungría.
Su
invitación no me produjo gran placer. Yo no deseaba saber nada en absoluto de
mi futuro, pues las sorpresas que depara cada nueva jornada de Bolsa son para
mí una dulce sensación. Mi amigo me tranquilizó al asegurarme que no se trataba
de leerme el porvenir. Lo que Barbara quería de mí era saber otras cosas. En
vista de eso, nos dirigimos al Delfos húngaro, es decir, hacia las montañas que
se alzan detrás de Buda, cerca del Fin del Mundo.
En el
cuarto lleno de trastos, nos recibió una anciana con el pelo revuelto y
terriblemente mal vestida. El viejo sillón en el que descansaba gemía bajo sus
cien kilos de peso, y en la estancia mal ventilada reinaba el mayor desorden.
Pero el escenario se transformaba en el momento en que empezaba a hablar. Su
forma de expresarse era distinguida; demostraba que poseía una excelente
educación y dominaba una buena cantidad de idiomas extranjeros.
—¡Vaya,
mi querido muchacho, usted es ese caballero que ha hecho una virtud de la
especulación! Por lo visto, conoce todos los tejemanejes del juego de la Bolsa.
Me sentiría feliz de oírle y aprender algo de usted.
No podía
dar crédito a mis oídos. ¿Qué podía saber esa anciana, aparentemente sin medios
de fortuna, y para colmo residente en un país comunista, sobre el índice Dow
Jones, la relación beneficios-cotización, trusts de
inversiones u obligaciones amortizables? Pero, por muy extraño que pueda
parecer, significó para mí un auténtico placer mejorar sus conocimientos sobre
la Bolsa. Me quedé allí casi dos horas y me resultó muy agradable encontrar una
discípula tan inteligente e interesada en el tema. Al despedirnos, me hizo
prometer que seguiría en contacto con ella y que, de tiempo en tiempo, le daría
por carta mi opinión sobre los distintos mercados bursátiles del mundo.
Señales
místicas desde Budapest
Unas semanas más tarde, cuando me encontraba de regreso en Occidente, le hablé
a uno de mis amigos de ese encuentro. ¡Cuál no sería mi sorpresa al enterarme
de que cuatro húngaros de origen, residentes en el extranjero —uno en Zúrich,
otro en Ginebra, un tercero en Londres y el cuarto en Nueva York— hacía años
que estaban en contacto con mi nueva amiga, y que todos ellos eran veteranos de
la Bolsa internacional! Enviaban a Barbara con regularidad paquetes y regalos
y, a cambio, recibían de ella sus vaticinios sobre lo que iba a suceder en
todas las Bolsas del mundo. Muchas veces sus consejos eran categóricos, como
«en otoño hay que venderlo todo en Wall Street». Otras veces los consejos eran
más místicos como, por ejemplo: «En París hay que comprar todas las acciones
que empiecen por P». O incluso pintorescos: «En Zúrich jugad al alza con todas
las acciones de color amarillo».
Y ¿por
qué no?, me dije a mí mismo. La mujer aconseja siguiendo sus intuiciones, que
con toda certeza deben fundarse en algo. Tal vez llega a sus conclusiones
basándose en acontecimientos que no llamarían la atención a un hombre práctico,
a un agente de Bolsa o a un banquero. Lo cierto era que desde su desordenada
habitación, en suelo comunista, tenía influencia en las operaciones de Bolsa de
cuatro especuladores profesionales internacionales.
Desde
aquella visita dispuse de un nuevo sistema de trabajo; un hilo directo, por
decirlo así. Desde París yo le enviaba una muestra de mis conocimientos hasta
su casa en los montes de Budapest, y desde allí era reenviaba como si se
tratara de sus supuestas profecías, a los ya nombrados cuatro rincones del
mundo. Con ayuda de su nuevo sistema no cabe duda de que los consejos de
Barbara habían ganado en profesionalidad. Pero si sus profecías probaban su
verdad, yo no podría asegurarlo.
§. Mi
reducido círculo de los últimos mohicanos
MI
distinguida amiga Barbara ya ha fallecido. Pero más allá de la participación
esotérica de Barbara en los negocios de Bolsa, en Hungría sigue habiendo
bolsistas profesionales… ¡naturalmente, fuera de servicio!
En
Estados Unidos, el ya citado profesional de la Bolsa, Bernard Baruch (al que se
llamaba B. B. ya cincuenta años antes que a Brigitte Bardot) fue objeto de una
ilimitada admiración por parte de la opinión pública norteamericana.
Mi
admiración por él, desde luego, no es tanta. Bolsistas de edad madura, listos
como él, antaño solían sentarse por docenas en los viejos cafés de Budapest.
Sólo que no tenían la suerte de haber nacido en Estados Unidos. Seguían siendo
bolsistas cuando ya hacía mucho tiempo que en su país no existía la Bolsa. Y
puesto que la Bolsa no existía, sólo eran bolsistas en teoría, en sus
pensamientos y en el fondo de su corazón. Se mostraban pesimistas u optimistas
sobre Wall Street, preveían una recuperación fuerte en Ámsterdam o un retroceso
en Londres, y hasta tenían su opinión sobre el futuro del dólar.
Yo lo
pude comprobar personalmente durante una de mis visitas a Hungría. Me enteré de
que los veinte antiguos profesionales de la sagrada Bolsa de Budapest seguían
reuniéndose con regularidad y deseé conocerlos, pues todos los profesionales de
la Bolsa son parientes por elección. En el camino hacia el café experimenté
cierto temor, «¡Dios mío! —pensé—. ¿Qué encontraré allí? ¿Una reunión de
ancianos entre 80 y 92 años, quizá seniles, que se lamentan mientras siguen
soñando y hablando de los buenos tiempos. Pasados?». ¡Qué grande fue mi
sorpresa! Todos tenían un aire más bien juvenil y estaban elegantemente
vestidos y cuidados. Parecían no tener preocupaciones, pese a que el Estado
socialista había desposeído a su instituto de pensiones de toda su fortuna y ahorros.
Pero tan sorprendente como su aspecto externo era su frescor intelectual y su
amplia inteligencia, así como lo bien informados que estaban sobre todas las
cosas del mundo.
Los
tiempos pasados no interesan
La reunión habitual era presidida con mano de hierro por Géza Kelemen, antaño
un bien considerado consejero de Bolsa (miembro del Consejo de Dirección de la
Bolsa). Como un pastor, vigilaba su rebaño. Con severidad, amonestaba a sus
colegas de 82 años que llegaban después de abierta la discusión.
—¡Has
llegado con diez minutos de retraso! —recriminaba a uno como si acabara de
llegar tarde a la sesión inaugural de la Bolsa.
Con
extraordinaria pasión, el consejero de Bolsa Kelemen nos hablaba del brillo de
la desaparecida Bolsa de Mercancías y Efectos de Budapest, de su importancia y
del papel que había desempeñado en otros tiempos. Y tenía razón, pues la Bolsa
de cereales de Budapest era en la época del Imperio Austrohungaro el mayor
mercado de compras aplazadas de toda Europa. Las comunicaciones telegráficas
con Chicago no se interrumpían. Todos los húngaros estaban interesados en
conocer la cotización del trigo o la cebada. Pero igualmente la Bolsa de
valores y efectos ocupaba a los profesionales hasta bien entrada la noche para
poder hacer o deshacer sus compromisos de acuerdo con las noticias que les
llegaban a la hora de cierre desde la Bolsa vespertina de Frankfurt.
El
consejero de Bolsa Keleman es algo así como una enciclopedia viviente en todo
lo relacionado con la Bolsa de Budapest desde el momento de su fundación en
1860. En 1906, la Bolsa de Budapest se trasladó desde su antigua sede a un
nuevo palacio que disponía de una de las mayores salas de cotizaciones y
cambios de todo el mundo (2.640 metros cuadrados de superficie). Hasta 1949
vivió días felices, otros menos dichosos y algunos dramáticos. El régimen
comunista decidió acabar con ella y transferir el palacio de la Bolsa a la
Radiotelevisión Húngara.
En el
punto culminante de las operaciones con todo tipo de acciones y valores, que
tuvo lugar durante el período de la gran inflación, entre 1921 y 1926, la Bolsa
de Budapest llegó a contar con más de 6.000 miembros, y pasaba de los 3.000 el
número de otras personas interesadas en ella. Los que no eran miembros tenían
que apretarse a diario en la antesala para poder satisfacer sus ansias por
conocer los acontecimientos. En el subsiguiente período de deflación, la cifra
de miembros se redujo a 1.400. Entre aquellos veteranos bolsistas me sentí como
en un pequeño círculo de «los últimos mohicanos», en un mundo tan extraño como
pintoresco. Sólo a fuerza de exclamaciones de admiración, lograba obtener de
ellos nuevas anécdotas de los viejos tiempos. En realidad, el pasado no les
interesaba. Preferían escuchar de mis labios el relato de algo nuevo o
sensacional. Aquel café en que se reunían (y quizá aún se reúnen) estaba en
Budapest, pero su mundo radicaba en Wall Street, Londres o Zúrich. Analizaban
el balance del papel moneda, el mercado internacional del oro, el más reciente
de los programas financieros del presidente francés Mitterrand o la influencia
de la cosecha rusa sobre el mercado de cereales de Chicago.
Estoy
orgulloso de pertenecer a ese gremio y de tener compañeros y colegas
semejantes. Cada uno de ellos podía compararse con ventaja al famoso B. B. Un
gerontólogo confirmaría, sin duda, que su talante juvenil es fruto de su
incesante gimnasia mental.
§. La
Bolsa: un imperio en el que, así lo espero, el sol no se pondrá jamás
ENTRETANTO,
todas las Bolsas del mundo funcionan cada vez más de acuerdo con la ley de los
vasos comunicantes. Alguien pulsa un botón en cualquier lugar del mundo, y a
cinco mil kilómetros de allí pueden apreciarse los efectos.
El emir
de Kuwait toma una decisión, y las acciones de las minas de oro suben su
cotización en la Bolsa de Toronto. Una quiebra que termina con un tiro en la
sien en París… ¡y la libra esterlina baja en Nueva York! Los acontecimientos en
todo el mundo conmueven los mercados de valores y divisas, la Bolsa de
mercancías…, todo el mundo financiero.
Detrás de
todo ello, ahora como siempre, está la ambición, el deseo de ganar dinero. Esto
se realiza con inteligencia, pero también con trucos, ideas, inventos,
informaciones secretas y también aprovechándose de la ignorancia y la pereza de
los demás. Muchas veces, todo depende de una palabra o del artículo de un
decreto. Ese mundo pleno de colorido —mi mundo— nunca descansa; gira noche y
día sin descanso. Tras el cierre de la Bolsa de Nueva York, comienza el juego
en la Bolsa de San Francisco, y antes comenzaron los negocios en Honolulu.
Cuando en Wall Street se han apagado las luces, la gente se apelotona en las
Bolsas de Tokio o Hong-Kong, ante las puertas cerradas de China. Siguen las
Bolsas de Bombay y Tel Aviv y, dos horas más tarde, Atenas, a una hora de la
apertura en Milán; después, Frankfurt y Londres. Y cuando la campana suena
anunciando el final de la jornada en París, ya hay cientos de miles de agentes
de Bolsa norteamericanos que se preparan para enfrentarse y animar a sus
clientes.
Las
veinticuatro horas de turno continuado de la Bolsa en todo el mundo transcurren
en un imperio donde la vida humana, en su lucha por el bienestar y el éxito
—pero también con sus fracasos—, se refleja en una amplitud para mí
fascinante: un imperio en el que, así confío, el sol no se pondrá jamás.
Apéndice
Contenido:
§.
Siempre hay que tener miedo, pero nunca aterrarse: pequeño catecismo de la
Bolsa, por André Kostolany
§. Diez mandamientos
§. Diez prohibiciones
§.
Siempre hay que tener miedo, pero nunca aterrarse: pequeño catecismo de la
Bolsa, por André Kostolany
·
El cliente nunca debe creer al agente, cualesquiera
que sean sus promesas.
·
A la Bolsa hay que amarla ardientemente, pero
tratarla con frialdad.
·
Para muchos, la Bolsa es un Montecarlo con música,
pero hay que disponer de la antena adecuada para captar la melodía.
·
El analista piensa; la Bolsa actúa.
·
Timing es money.
·
No hay un boom que no tenga su
crisis subsiguiente, ni crisis sin boom previo.
·
Quien tiene mucho dinero puede especular.
·
Quien tiene poco dinero no debe especular.
·
Quien no tiene dinero tiene que especular.
·
Las noticias falsas son peligrosas, pero una falsa
exposición de noticias correctas es todavía más peligrosa.
·
Las cotizaciones siguen sin animarse aun cuando se
conozca la razón de que así sea.
·
Los profesionales de la Bolsa presentan cada
noticia del modo que mejor les va.
·
En la Bolsa, una verdad a medias es una mentira
completa.
·
El jugador de Bolsa es el táctico; el especulador,
el estratega. Cuando uno se traslada al terreno del otro, no tendrá éxito en
ninguno de los dos.
·
La lectura e interpretación de los gráficos es una
ciencia que busca inútilmente lo que el saber consigue.
·
No es necesario saberlo todo (balances, dividendos,
etc.), sino entenderlo todo.
·
No sé lo que pasará mañana, pero sé lo que ocurrió
ayer y lo que ocurre hoy, y eso ya es mucho.
·
El que en la Bolsa se conforma con poco, no es
digno de ganar mucho.
·
Lo que dijo Moltke con respecto a la guerra puede
aplicarse a la Bolsa: se precisan las cuatro G ( Geld, Gedanken, Geduld
y Glück: dinero, ideas, paciencia y suerte).
·
Sólo puede entender los problemas de la Bolsa el
que los ha vivido con su propia experiencia.
·
Sin experiencia es muy difícil conservar los
nervios en la Bolsa.
·
Especular no es un juego, sino una medida de
protección de la propia fortuna.
·
¿Cómo se vuelve uno especulador? Como una joven
inocente llega a la más antigua de las profesiones de la humanidad: se comienza
por curiosidad, se continúa por diversión y se acaba haciéndolo por dinero.
·
En política todo es posible, incluso lo contrario
de ese todo.
·
Nada es más fácil que vender valores al público
cuando se le puede mostrar hasta qué punto han subido ya.
·
La especulación comienza con la intención
instintiva de conservar para siempre los bienes de fortuna.
·
El agente de Bolsa ama al jugador, pero nunca le
concedería la mano de su hija.
·
En cierta ocasión se ha dicho: el hombre pierde la
razón con su último millón. Hoy el ahorrador lo pierde con su primer millón.
·
Rothschild puede provocar un alza, pero no impedir
una catástrofe.
·
Hay que ir en contra de la tendencia, no correr
tras ella.
·
La lógica de Bolsa no tiene nada que ver con la
lógica cotidiana.
·
Quien no tiene las acciones cuando la cotización
retrocede, tampoco las tendrá cuando suba.
·
No existe ningún buen ministro de Finanzas; sólo
los hay malos y peores.
·
Cuando dos profesionales de Bolsa se saludan, no se
preguntan como están, sino a cómo se cotiza el dólar.
·
En la Bolsa sólo las pérdidas son positivas; las
ganancias, una ilusión.
·
Hay que tener miedo siempre, pero nunca aterrarse.
·
El conocimiento de la Bolsa es lo que queda una vez
se han olvidado todos los detalles.
·
En la Bolsa, especulación es permanente
improvisación.
·
La especulación en Bolsa es como una partida de
póquer: cuando se tienen buenas cartas hay que ganar más de lo que se pierde
cuando las cartas son malas.
·
El jugador a la baja es despreciado por Dios porque
trata de enriquecerse con el dinero de los demás.
·
Tras una transacción con éxito, en muchas ocasiones
el beneficio es sólo dinero prestado.
·
El optimismo de la Bolsa puede transformarse en el
mayor de los pesimismos en veinticuatro horas.
·
Lo que todo el mundo sabe en la Bolsa a mí ya no me
interesa.
·
¿Por qué le van bien las cosas al experto en
inversiones con experiencia y consciente de su responsabilidad? Porque no tiene
competencia.
·
En ninguna otra parte del mundo más que en la Bolsa
se encontrarán tantas personas por metro cuadrado que viven por encima de sus
posibilidades intelectuales.
·
Las cosas suceden en primer lugar de manera
distinta a como se habían pensado: dos más dos no son cuatro, sino cinco menos
uno.
·
Tener ideas no basta; realizarlas es más
importante, pero para ello hace falta valor.
·
Es un desatino y hasta resulta perjudicial observar
ininterrumpidamente las cotizaciones, calcular cuánto se ha perdido o se ha
ganado. Cuando se está convencido de la certeza de la inversión realizada, hay
que permanecerle fiel, ser firme y duro y tener paciencia.
·
Los únicos testigos que prueban el éxito de un
especulador de Bolsa son sus herederos.
·
Un profesional serio de la Bolsa puede desilusionar
a sus herederos, pero nunca a su banquero.
·
Cada país tiene los profesionales de Bolsa que se
merece.
·
En muchos casos, al profesional de la Bolsa le está
prohibido volver la vista para mirar las antiguas cotizaciones: podría pasarle
como a la mujer de Lot.
·
La diferencia entre especulación e inversión no
depende de la calidad de los valores, sino de la cantidad.
·
Los fondos de inversión en los paraísos fiscales
tienen todos la misma etiqueta: Made for Germany.
·
Se puede ganar, se puede perder, pero recuperar lo
perdido es imposible.
·
Sólo pueden entender los problemas se la Bolsa
aquellos que los han vivido en sus propias experiencias.
·
En la Bolsa todo es posible, incluso lo lógico.
·
El especulador, como el cocodrilo, debe dormir con
los ojos abiertos.
·
En la Bolsa no se pueden prever los
acontecimientos; sólo adivinarlos.
·
Si hay que comer carne de cerdo, que al menos sea
de la mejor calidad.
·
Antes de haber llegado a comprender e incluso
dominar un poco la Bolsa, es preciso haber pagado el aprendizaje con mucho
dinero.
·
En sus reacciones, la Bolsa se comporta con
frecuencia como el borracho: llora con las buenas noticias y se ríe de las
malas.
§. Diez
mandamientos
1.
Tener ideas, actuar de modo reflexivo. ¿Se debe
comprar? Si la respuesta es afirmativa, ¿dónde, en qué rama y en qué país?
2.
Tener suficiente dinero para no verse obligado a
actuar bajo presión.
3.
Tener paciencia, pues en primer lugar todo sucede
de manera distinta a como uno había pensado; y en segundo lugar, vuelve a
suceder de manera distinta a como uno había pensado.
4.
Ser duro y firme cuando se está convencido de algo.
5.
Ser flexible y contar siempre con que en nuestras
ideas pudo haber un error.
6.
Vender siempre que se está convencido de que las
cosas han cambiado por completo.
7.
Revisar de vez en cuando la lista de valores para
comprobar cuáles son los que se deben comprar.
8.
Sólo comprar cuando se considera que es una gran
fantasía.
9.
Tomar en cuenta todos los riesgos, incluso los más
improbables, o sea: contar siempre con los imponderables.
10. Seguir
siendo humilde, aun cuando la razón está, demostradamente, a nuestro lado.
§. Diez
prohibiciones
1.
Seguir las confidencias y creer las informaciones
secretas.
2.
Creer que los vendedores saben por qué venden o los
compradores por qué compran; es decir, creer que ellos saben más que uno mismo.
3.
Querer recuperar lo perdido.
4.
Tomar en consideración las cotizaciones antiguas.
5.
Cuando se tienen valores cotizables, dejarlos
dormir y olvidarlos, con la esperanza de conseguir una mejor cotización; es
decir, dejar pasar el tiempo sin tomar una decisión.
6.
Seguir las variaciones de cotización de manera
continua hasta en sus más pequeños cambios, y reaccionar a cada variación.
7.
Hacer balance de manera continuada para saber
siempre cuáles son los beneficios o las pérdidas del momento.
8.
Vender simplemente porque se quiere obtener un
beneficio.
9.
Dejarse influir en pro o en contra por simpatías o
antipatías políticas.
10. Sentirse
excesivamente satisfecho y presumir sólo porque se ha conseguido un beneficio.


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