© Libro N° 12936. La Cronología Viviente. Chéjov, Antón. Emancipación.
Septiembre 1 de 2024
Título original: ©
La Cronología Viviente. Antón Chéjov
Versión
Original: © La Cronología
Viviente. Antón Chéjov
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA CRONOLOGÍA VIVIENTE
Antón Chéjov
La
Cronología Viviente
Antón
Chéjov
Antón
Chéjov
(Ucrania,
1860 - Alemania, 1904)
La
cronología viviente (1885)
[Otro
título en español: “Cronología viva”]
(“Живая
хронология”)
Originalmente
publicado en la revista Fragmentos [Осколки], Núm. 8 (23 de febrero de 1885);
Relatos
abigarrados [Пёстрые рассказы] (1886);
Obras
completas (vol. 2, 1899-1901)
El salón del consejero áulico Sharamikin
se halla envuelto en discreta penumbra. El gran quinqué de bronce con su
pantalla verde imprime un tono simpático al mobiliario, a las paredes; y en la
chimenea, los tizones chisporrotean, lanzando destellos intermitentes que
alumbran la estancia con una claridad más viva. Frente a la chimenea, en una
butaca, está arrellanado, haciendo su digestión, Sharamikin, señor de edad, de
aire respetable y bondadosos ojos azules. Su cara respira ternura. Una sonrisa
triste asoma a sus labios. Al lado suyo, con los pies extendidos hacia la
chimenea, se encuentra Lopniev, asesor del gobernador, hombre fuerte y robusto,
como de unos cuarenta años.
Junto al piano, Nina, Kola, Nadia y
Vania, los hijos del consejero áulico, juegan alegremente. Por la puerta
entreabierta penetra una claridad que viene del gabinete de la señora de
Sharamikin. Esta permanece sentada delante de su mesita de escritorio. Anna
Pavlovna, que tal es su nombre, ejerce la presidencia de un comité de damas; es
vivaracha, coqueta y tiene la edad de treinta y pico de años. Sus ojuelos vivos
y negros corren por las páginas de una novela francesa, debajo de la cual se
esconde una cuenta del comité, vieja de un año.
—Antes, nuestro pueblo era más alegre
—decía Sharamikin contemplando el fuego de la chimenea con ojos amables—;
ningún invierno transcurría sin que viniera alguna celebridad teatral. Llegaban
artistas famosos, cantantes de primer orden, y ahora, que el diablo se los
lleve, no se ven más que saltimbanquis y tocadores de organillo. No tenemos
ninguna distracción estética. Vivimos como en un bosque. ¿Se acuerda usted,
excelencia, de aquel trágico italiano?… ¿Cómo se llamaba? Un hombre alto,
moreno… ¿Cuál era su nombre? ¡Ah! ¡Me acuerdo! Luigi Ernesto de Ruggiero. Fue
un gran talento. ¡Qué fuerza la suya! Con una sola palabra ponía en conmoción
todo el teatro. Mi Anita se interesaba mucho en su talento. Ella le procuró el
teatro de balde y se encargó de venderle los billetes por diez
representaciones. En señal de gratitud le enseñaba declamación y música. Era un
hombre de corazón. Estuvo aquí, si no me equivoco, doce años ha…, me equivoco,
diez años. ¡Anita! ¿Qué edad tiene nuestra Nina?
—¡Nueve! —gritó Anna Pavlovna desde su
gabinete—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada, mamaíta… Teníamos también
cantantes muy buenos. ¿Recuerda usted el tenore digrazia Prilipchin?… ¡Qué alma
tan elevada! ¡Qué aspecto! Rubio, la cara expresiva, modales parisienses, ¡y
qué voz! Adolecía, sin embargo, de un defecto. Daba notas de estómago, y otras
de falsete. Por lo demás, su voz era espléndida. Su maestro, a lo que él decía,
fue Tamberlick. Nosotros, con Anita, le procuramos la sala grande del Casino de
la Nobleza, en agradecimiento de lo cual solía venir a casa, y nos cantaba
trozos de su repertorio durante días y noches. Daba a Anita lecciones de canto.
Vino, me acuerdo muy bien, en tiempo de Cuaresma, hace unos doce años; no, más.
Flaca es mi memoria. ¡Dios mío! Anita, ¿cuántos años tiene nuestra Nadia?
—¡Doce!
—Doce; si le añadimos diez meses, serán
trece. Eso es, trece años. En general, la vida de nuestra población era antaño
más animada. Por ejemplo: ¡qué hermosas veladas benéficas les di entonces! ¡Qué
delicia! Música, canto, declamación… Recuerdo que después de la guerra, cuando
estaban los prisioneros turcos, Anita organizó una representación a beneficio
de los heridos que produjo mil cien rublos. La voz de Anita trastornaba el seso
de los oficiales turcos. Éstos no cesaban de besarle la mano. ¡Ja! ¡Ja! Aunque
asiáticos, son agradecidos. Aquella velada tuvo tanta resonancia que hasta la
anoté en mi libro de memorias. Esto ocurrió, me acuerdo como si fuera ayer, en
el año 76…, no, 77…; tampoco; oiga usted, ¿en qué año estaban aquí los turcos?…
Anita, ¿qué edad tiene nuestra Kola?
—Tengo siete años, papá —replicó Kola,
niña de tez parda, pelo y ojos negros como el carbón.
—Sí; hemos envejecido; perdimos nuestra
energía —dice Lopniev suspirando—. He ahí la causa de todo: la vejez; nos
faltan los hombres de iniciativa, y los que la tenían son viejos. No arde el
mismo fuego. En mi juventud no me gustaba que la sociedad se aburriera. Siempre
fui el mejor cooperador de Anna Pavlovna. En todo lo que ella llevaba a cabo,
veladas de beneficencia, loterías, protección a tal o cual artista de mérito,
yo la secundaba con asiduidad, dejando a un lado mis otras ocupaciones. En cierto
invierno, tanto me moví, tanto me agité, que hasta me puse enfermo. No olvidaré
jamás aquella temporada. ¿No se acuerda usted del espectáculo que arreglamos a
beneficio de las víctimas de un incendio?
—¿En qué año fue?
—No ha mucho…; me parece que en el 80.
—Decidme, ¿qué edad tiene Vania?
—¡Cinco años! —grita desde su gabinete
Anna Pavlovna.
—Como quiera que sea, ya se han ido seis
años. ¡Amigo mío! Ya no arde el mismo fuego.
Lopniev y Sharamikin permanecen
pensativos. Los tizones de la chimenea lanzan un postrer destello y se cubren
de ceniza.


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