Libro N° 12925. La Iniquidad. Bontempelli, Massimo.
© Libro N° 12925. La Iniquidad. Bontempelli, Massimo. Emancipación.
Agosto 31 de 2024
Título original: ©
La Iniquidad. Massimo Bontempelli
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Original: © La Iniquidad.
Massimo Bontempelli
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Guillermo Molina Miranda
LA INIQUIDAD
Massimo Bontempelli
La
Iniquidad
Massimo
Bontempelli
Hasta los
dieciséis años y su primer suicidio, Santos no había tenido una idea y menos
aún un sentimiento, así fuera confuso, de la desigualdad social.
No
conoció a sus padres. Nació casualmente, en el arroyo. Había cargado maletas,
pedido limosna, juntado colillas de cigarro y recogido desperdicios. Sabía que
con dos centavos se obtiene un pedazo de pan duro y un poco de tocino, y que
puede uno dejar de comer dos días sin sufrir mucho. Sabía que hay que huir de
ciertos hombres que usan casco y sable. Sabía que en ciertos bancos de las
calzadas y en los rincones de algunos atrios se puede pasar la noche durmiendo
sin ser molestado, y también en las iglesias, con tal de esconderse en un
confesionario antes de que el sacristán cierre las puertas; y sabía que andando
entre las casas, derecho, derecho, se llega a donde no hay casas ni peligro
alguno de hombres que nos peguen. Pero ni en los bancos ni en los atrios ni en
las iglesias se halla de comer. Por eso cuando, sin darse cuenta, llegaba a las
afueras de la ciudad, no iba más allá.
Esto
sabía Santos de la vida y nada más. Ignoraba de qué servían a los otros
aquellos atrios y aquellas iglesias. Claro está que no pensaba que fueran para
él, pero mucho menos que fueran para los demás y para otras cosas. No pensaba
en nada. No creía que las personas que lo rodeaban, los señores a quienes
llevaba las maletas y los que arrojaban las colillas, fuesen de su misma
especie; pero tampoco pensaba que fueran de especie diferente.
No creía
nada, y cuando a falta de otra cosa tenía que comer los mendrugos y los huesos
a medio roer que sacaba de los montones de basura, no pensaba ni creía que
aquellos fueran o no desechos de otros. Santos no sabía, no pensaba nada y no
creía nada.
Era como
una bestia y como una planta. Con las raíces, la planta chupa de la tierra
cuanto puede; con las hojas, absorbe del aire cuanto puede. No sabe si la
tierra y el aire tienen otros usos. Mira otras plantas a su alrededor, pero no
sabe si chupan y absorben más o menos que ella. Lo mismo una bestia. Un perro
callejero (porque los perros que tienen amo no son bestias) sabe dónde hallar
los huesos, y conoce los perros más grandes y que muerden más, y a los
muchachos que lanzan piedras con más fuerza; pero no sabe más, no envidia al
lebrel del cazador o al faldero de la señora. No los olfatea siquiera. Así era
Santos: como una bestia, como una planta. Pero el bruto y la planta, cuando no
encuentran con qué nutrirse, languidecen y luego mueren; mueren naturalmente,
sin saberlo y sin quererlo. Por el contrario, una vez que por más de dos días
no encontró qué comer, Santos estuvo a punto de morir, pero sabiéndolo y
queriéndolo.
Tenía
entonces dieciséis años y hacía unos cuantos días se había operado en su vida
un cambio, una ascensión. Tenía un trabajo fijo.
Era el
fin del verano. Un hombre lo vio de pie en una esquina, al sol, y lo llamó. Le
hizo algunas preguntas. Por fin lo condujo a una bodega. Allí lo hizo subir a
un templete que se alzaba al costado de una gran máquina, y le enseñó a tomar,
una por una, grandes hojas blancas y a colocarlas, una por una, encima de la
gran máquina, bien planas, bien extendidas. Algo giraba en la gran máquina y la
hoja blanca desaparecía para de pronto surgir, del otro lado, toda cubierta con
signos negros. Mientras tanto, Santos había colocado otra hoja y continuado la
operación del mismo modo. Aprendió pronto. Al mediodía le dieron de comer.
Continuó así varios días. Por la tarde le dieron unos centavos, pero esto no
sucedió siempre. Tenía tres compañeros de trabajo, solo que ellos tenían que
hacer cosas más complicadas. Por ellos supo que debía llamarse Santos y tener
dieciséis años. Pero no sabía desde cuándo tenía ese nombre y esa edad. Al
mediodía uno de aquellos hombres se iba. Los otros se quedaban a comer y hablaban
de aquel tercero. Lo llamaban “patrón” y decían de él cosas malas. Hablaban
entre ellos. A veces se dirigían a Santos. Le decían:
—Los
señores son carroña, habría que matarlos a todos.
Luego se
burlaban de él porque no asentía ni comprendía. Maldecían la desigualdad social
y la injusticia; y, como Santos permanecía indiferente, lo golpeaban. Pero
Santos no llegaba a comprender lo que es justo y lo que es injusto, porque era
como una planta y como una bestia. Para sentir menos los golpes se inclinaba,
sonreía. Cuando los otros contaban los sucesos más importantes acaecidos en la
ciudad, Santos comprendía mejor y retenía alguno en la memoria. Le gustaban.
Cuando oía hablar de heridas y muertes, sentía en todo el cuerpo un calor frío
turbador y agradable.
Por la
noche dormía bajo un portal oscuro y abandonado, no lejos de la imprenta. Por
la mañana volvía al trabajo. Se lavaba la cara y las manos en el agua que salía
de una llavecilla, y empezaba a colocar las hojas; entretanto, recordaba
algunos de los sucesos que le habían contado el día anterior.
La
séptima semana que fue a la imprenta había más gente por las calles. Al llegar
a la bodega la encontró cerrada. Llamó en vano. Pensó entonces que la imprenta
ya no existía.
Vagó un
poco por las calles rumorosas. Oyó luego campanas y recordó los discursos que
sus compañeros le dirigían todos los días. Por la noche sintió un poco de
hambre. Al día siguiente se encontró en el límite de las casas. Pasó el día
entero vagando por un prado, cerca de la muralla del río. Sentía mucha hambre.
Pero ya no recordaba de qué modo hallaba algo que comer, antes de aquel día en
que empezó a colocar hojas blancas sobre la gran máquina. Oyendo sonar las
campanas recordó las conversaciones de sus compañeros y también que, una vez,
habían contado de uno que no encontrando qué comer se había echado al río.
Recordó también que aquel día habían gritado más que de costumbre, hablando de
iniquidad, y que lo habían maltratado mucho. Pero no tenía qué comer y, por la
noche, no pudo dormir. Llegó la mañana y el hambre había crecido. Pero Santos
recordaba que cuando no se tiene qué comer se echa uno al río. Entonces saltó
el parapeto y se echó al río.
Unos
hombres que estaban en la orilla saltaron a una barca y lo alcanzaron y sacaron
cuando ya había tragado mucha agua; lo llevaron al hospital. Estuvo algunos
días en cama. Cuando empezó a comprender, oyó decir que lo habían podido salvar
porque, cuando se arrojó al agua, tenía el estómago vacío. Entonces recordó que
había querido matarse y comprendió que no lo había conseguido porque antes de
intentarlo no había tenido manera de comer. Pero no recordaba que por eso mismo
había querido matarse y solo pensaba que cuando se tiene que comer puede uno
matarse. Cuando se repuso completamente, le dieron algunos centavos y lo
despidieron.
Gracias a
aquellos centavos comió dos o tres días. Gastó el último con una vieja frutera
que le hizo muchas preguntas a las que Santos no supo qué responder. Luego, la
mujer le enseñó a sacudir la sartén donde asaba las castañas. En pocos días
aprendió a atizar las brasas, a saber el punto exacto de la cocción y a remover
en un paño las castañas ya listas. La frutera traía las cestas, limpiaba las
lechugas, hacía manojos de verduras diversas; vendía las verduras, las frutas y
las castañas preparadas por Santos. Este, entretanto, veía la vida con ojos
nuevos.
Y la vida
le gustaba. Pero no sabía si era más bella para los otros que para él. La
bodega estaba situada en la esquina de una gran plaza arbolada. Los últimos
soles de otoño encendían las coloradas hojas de los plátanos, que se
desprendían y bajaban a tierra cada vez más. Y a Santos le gustaba verlas bajar
y oírlas crujir al paso de las nodrizas que iban y venían con los niños de
pecho en los brazos. Tenían flancos fuertes y senos colmados, y Santos sentía
al verlas pasar de ese modo, su pecho y sus músculos henchirse de vigor. A
veces tenía una como nube roja ante los ojos. Ahora toda su vida pasada era
vaga y lejana, y el salto al río le parecía cosa de otro hombre.
Algunas
veces ciertos obreros que le compraban castañas le dirigían la palabra. Un día
un hombre que usaba una corbata flotante le preguntó si sabía leer. Por la
noche volvió a buscarlo y lo condujo a una casa, a una sala donde otros hombres
enseñaban a leer a algunos jóvenes. También Santos empezó a aprender. También
ellos le hablaron, luego, de los señores y de la injusticia; pero aquellas
palabras eran en extremo difíciles. En vez de escuchar, Santos miraba la
lámpara de petróleo pegada al muro, que siempre humeaba un poco, y unas grandes
sombras que se movían sobre el techo oscuro. Empezaba a dormirse y entonces lo
mandaban a su casa.
Su ama
dejaba que Santos durmiese sobre las gradas de un pequeño corredor cercano a la
bodega. Diariamente, al mediodía, la mujer leía en voz alta un periódico. Al
principio, mientras ella leía, Santos, sentado en un banquito bajo, miraba del
otro lado de la página las palabras más negras y grandes, reconocía ciertas
letras, hasta lograba juntar unas sílabas. Pero luego aquello que oía leer lo
absorbía por completo. Casi siempre eran historias de muerte. Pero aún no tenía
una idea clara de que la muerte fuera una cosa contraria a la vida; ni que
cuando se está muerto ya no se come ni se oye leer las notas de policía, ni
crujir las hojas al paso de las nodrizas y las criadas. Al oír cosas de heridas
y homicidios, la sangre le corría más rápidamente en las venas. Las historias
de amor le abrían al pensamiento vagas regiones misteriosas.
Cierta
vez oyó leer que un hombre, rechazado por una mujer, la había destrozado y
después se había matado tragando algunas pastillas venenosas que había comprado
en una farmacia. El periódico se extendía en la pintura del cadáver de la
mujer, ennegrecido y contrahecho, y luego en la descripción de las pastillas
color de rosa. Por varios días, Santos tuvo ante los ojos este rosa pálido y
aquel negro lívido de la mujer que había rechazado a un hombre.
Como
octubre estaba por acabar, las hojas secas se juntaban, cada vez más numerosas,
sobre la calzada, y crujían con más fuerza bajo los pies. En cierta ocasión,
Santos se quedó solo en la bodega: había aprendido a vender las legumbres y la
fruta, y la patrona se ausentaba por una media hora. Una criada entró a comprar
legumbres. A Santos se le nublaron los ojos, sintió un relámpago en la cabeza y
se lanzó sobre la mujer a fin de abrazarla. La mujer le dio un empellón que lo
hizo caer sobre una cesta de lechuga. Cuando Santos pudo levantarse, la mujer
había desaparecido.
Dudó un
momento aún; el relámpago se había convertido en una especie de eco lejano,
luego pasó, y Santos se sintió lúcido. Se echó a la bolsa todo el dinero que
había recibido en ausencia de la patrona y salió de la bodega.
No pudo
encontrar en las calles vecinas a la mujer que lo había rechazado. Renunció a
la idea de destrozarla. No le quedaba sino comprar las pastillas y tragarlas.
Entró a una farmacia y, mostrando los centavos que llevaba, pidió pastillas
color de rosa, venenosas. Se burlaron de él. Salió pensando que se habían
burlado porque los centavos que había enseñado eran pocos. Vagó un rato
pensando qué hacer. Vio una tienda más pequeña que las demás y en el escaparate
montoncitos de pastillas de varios colores, algunas de las cuales eran color de
rosa. Pidió ocho centavos de estas. Le dieron varias. Las metió en su bolsa y
luego empezó a comerlas, una por una, de regreso a la bodega. Cuando llegó, la
patrona lo recibió a gritos. Pero mientras ella gritaba, Santos sintió, de
pronto, un horrible dolor en las vísceras, una onda de sudor helado en el
rostro; osciló y cayó a tierra, sin sentido.
La
frutera y las vecinas lo atendieron en seguida, lo hicieron vomitar y lo
metieron en cama. Después de veinticuatro horas Santos estaba tan bien como
antes del suceso. Había encontrado en su bolsa algunos de aquellos cubos color
de rosa, que eran colores de ínfima calidad. Esta vez Santos recordaba todo y
pensaba que, si hubiese podido comprar pastillas mejores, habría podido
matarse.
Después
de algún tiempo dejó a la frutera y tuvo varias ocupaciones. Aprendió a leer
bastante bien, y solo leía en los diarios las notas de policía. Aprendía muchas
cosas nuevas del mundo; pero no se había hecho a la idea de que la vida no
fuera igual para todos, y mucho menos que la vida existiese.
Así vivió
por un año cambiando de oficios. Y después de un año tuvo una amante que era
criada y se llamaba Mariana. La criada fue despedida por sus amos y pasó a
vivir con él. Habitaban en un desván. La mujer iba a servir con varias
familias, una hora aquí y otra allá. Santos tenía ya cerca de dieciocho años.
También ganaba algo y lo entregaba a Mariana que hacía el gasto y arreglaba muy
sabiamente la vida en común. Después de algún tiempo les nació un hijo, y
Santos estaba muy contento y pasaba muchas horas viéndolos dormir y esperando
que se despertara. Pero el niño se enfermó. Para atenderlo bien, Santos vendió
todo lo que tenía. Mas, después de una semana, el niño murió y lo enterraron.
Mientras Mariana lloraba silenciosamente, Santos fue presa de una rabiosa
desesperación. Un amigo los acompañó en el desván. Trataba de consolar a Santos
y para lograrlo le decía:
—Esto
puede suceder a todos, pobres y ricos; esta es la única justicia del mundo.
Pero
Santos no comprendía. No obstante, pareció calmarse. Cuando el amigo se fue y
mientras Mariana se cubría la cara con las manos, Santos salió por la
ventanilla del desván, dio algunos pasos sobre el tejado y, cuando llegó a la
gotera, se arrojó a la calle.
Pero
Santos tenía una chaqueta toda desgarrada, y un poco más abajo de la gotera se
enganchó a un fierro que salía del muro. Permaneció un instante suspendido. El
paño empezó a desgarrarse poco a poco al peso de Santos. En la caída Santos se
desvió y fue a dar a una terracita del tercer piso. El golpe no fue muy fuerte.
Acudió gente gritando. Santos fue conducido al hospital todo contuso, pero sin
heridas de gravedad. Había allí un médico joven que le dijo alegremente:
“puedes dar gracias a tu miseria; si hubieras tenido una hermosa chaqueta
nueva, habrías ido directamente a hacerte tortilla en la acera”.
Dos días
después Santos salió del hospital. Y recordando e interpretando sus singulares
experiencias, se esbozó en su muerte madura el primer silogismo de su vida.
—Para
matarse es preciso haber comido; comprar pastillas de buena clase; tener la
chaqueta en buen estado. El pobre no puede comprar las pastillas ni tener la
chaqueta en buen estado, por consiguiente, el pobre no puede matarse cuando
quiere.
Y nació
en él una inmutable y furiosa envidia contra los afortunados que pueden
suicidarse, es decir, contra los ricos. Volvió entonces a aquella casa donde le
habían enseñando a leer, se hizo inscribir entre los anarquistas y juró que,
llegada la ocasión, mataría a algunos de los afortunados de la tierra.
FIN
Massimo
Bontempelli. Massimo Bontempelli (1878-1960), el
distinguido escritor italiano nacido en Como, fue un pionero en la introducción
del Surrealismo en Italia. Junto a Alberto Savinio y Giorgio De Chirico,
desarrolló lo que él mismo denominó como "realismo mágico". Graduado
en letras y filosofía en la Universidad de Turín en 1903, destacó como
periodista y profesor, colaborando con publicaciones notables como Il marzocco
y La Nazione.
La
amistad con Luigi Pirandello influenció su incursión en el teatro, dando vida a
obras como "Nostra Dea" (1925) y "Minnie la candida"
(1927). Fundó la revista internacional "900" con Curzio Malaparte,
atrayendo a intelectuales cosmopolitas. Bontempelli defendió una poética
innovadora del "realismo mágico", alentando a los artistas a
descubrir el encanto del inconsciente.
A pesar
de su incursión en el Futurismo y su admiración por la Vanguardia parisina, la
narrativa de Bontempelli evolucionó hacia un constructivismo abstracto y
sofisticado, evidente en obras como "Il figlio di due madri" (1929).
Si bien se adhirió al Fascismo, su aversión al provincianismo lo llevó a
posiciones antitéticas. En 1953, recibió el Premio Strega por su última obra,
"L'amante fedele". Falleció en Roma en 1960, dejando un legado
literario diverso y transgresor.

