Libro N° 12924. Historia Del Joven De Los Pasteles De Crema. Stevenson, Robert Louis.
© Libro N° 12924. Historia Del Joven De Los
Pasteles De Crema. Stevenson, Robert Louis. Emancipación. Agosto 31 de 2024
Título original: ©
Historia Del Joven De Los Pasteles De Crema. Robert Louis Stevenson
Versión Original: © Historia Del Joven De Los Pasteles De Crema.
Robert Louis Stevenson
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Guillermo Molina Miranda
HISTORIA DEL JOVEN DE LOS
PASTELES DE CREMA
Robert Louis Stevenson
Historia
Del Joven De Los Pasteles De Crema
Robert
Louis Stevenson
Mientras
vivió en Londres, el eminente príncipe Florizel de Bohemia supo
granjearse el aprecio de los más por la seducción de sus maneras y por su
concepción de la generosidad. Se le tenía por un hombre notable, aunque poco
más se sabía de él; apacible de carácter, con una visión del mundo propia de un
campesino, el príncipe de Bohemia mostraba cierto gusto por la vida aventurera
y acaso un tanto excéntrica, más que por las maneras de vivir propias de su
cuna y condición. De vez en cuando, si estaba aburrido o no representaban en
los teatros de Londres una buena comedia, o si la estación del año no
auspiciaba la práctica de esos deportes en los que siempre superaba a sus
contrincantes, hacía llamar al coronel Geraldine, su confidente y caballerizo
mayor, y le ordenaba acompañarlo en un paseo nocturno. El caballerizo mayor, un
oficial joven, más temerario que valiente, se mostraba encantado de cumplir la
orden recibida y de inmediato estaba presto para acompañarle; tenía además una
enorme facilidad para disfrazarse y pasar inadvertido, debido a ciertas y muy
intensas experiencias de la vida, por lo que podía hacerse pasar tranquilamente
por cualquier persona, fuera de la naturaleza que fuese, fuera natural del país
que fuese, adoptando su cara, su figura, su voz y hasta sus pensamientos.
Evitaba así que la atención de las gentes se centrara en el príncipe y con
relativa frecuencia lograba que se les admitiera en los grupos más extraños. No
hay ni que decir que las autoridades jamás tuvieron noticias de sus aventuras.
Tan grande e impávido era el valor de uno, y tan vivaz e ingenioso el celo
caballeresco del otro, que habían logrado salir sin mayores compromisos de una
buena cantidad de lances arriesgados, cosa que con el paso del tiempo les hizo
ganar una mayor confianza a la hora de llevar a cabo sus actividades.
Cierta
tarde de marzo en la que caía una lluvia helada, hubieron de buscar amparo en
una taberna próxima a Leicester Square en la que servían ostras; el coronel
Geraldine vestía aquel día como un periodista pobre; el príncipe, siguiendo su
costumbre, llevaba mostacho y cejas postizos, lo que le hacía aparentar rudeza
y abandono; un magnífico disfraz, por impenetrable, para alguien de modales tan
exquisitos como los suyos. Así, pues, disfrazados de tal manera, el caballero y
su escudero tomaron asiento para beberse con la mayor tranquilidad un brandy
con soda.
La
taberna rebosaba de parroquianos, hombres y mujeres, muchos de los cuales
trataron de entablar conversación con nuestros aventureros, aunque era poco
probable que después de hacerlo resultaran personas de mayor interés; eran
gentes de los arrabales de Londres o de la Bohemia más vulgar. Ya había
bostezado el príncipe un par de veces, ya comenzaba a hartarse de su excursión,
cuando de golpe se abrió violentamente la puerta de la taberna y entró un joven
caballero con dos criados que llevaban sendas bandejas repletas de pasteles de
crema, como se vio tan pronto levantaron las tapas que los cubrían. El joven
caballero, seguido de sus criados, comenzó a recorrer solemnemente la taberna,
ofreciendo pasteles a quienes allí se encontraban con una cortesía un tanto
ampulosa. Algunos se los aceptaban entre risas y otros se los rechazaban, no ya
con descortesía, sino con abierta rudeza; cuando ocurría esto último, el propio
caballero tomaba el pastel rechazado
y se lo comía mientras comentaba alguna cosa con humor.
Llegó al
fin hasta donde estaba sentado el príncipe Florizel de Bohemia.
—Caballero
—le dijo ofreciéndole uno de los pasteles, tomado entre el pulgar y el índice
de su mano, al tiempo que le dedicaba una muy cumplida reverencia—, ¿me hace
usted el honor, aunque sea yo un perfecto desconocido? Respondo plenamente de
la calidad de estos pasteles, puesto que llevo comidos veintisiete desde las
cinco de la tarde…
—Por lo
general me fijo —respondió el príncipe—, no tanto en el obsequio que se me hace
como en la intención de quien me lo hace.
—Mi
intención, señor —dijo el joven caballero haciéndole otra reverencia teatral—,
es de broma…
—¿De
broma? —dijo el príncipe—. ¿Y a quién quiere usted hacer objeto de su broma?
—No he
venido para exponer mi filosofía sino para repartir mis pasteles —dijo el
joven—. Le aseguro que asumo por completo la ridiculez de mi acto, así que le
ruego, por ello, que con su honor intacto acepte esta invitación. Mire que si
no lo hace me veré obligado a comerme el vigésimo octavo pastel, y le aseguro
que ya empieza a empalagarme todo esto…
—De
acuerdo —dijo el príncipe—, me ha convencido… Con mi mejor voluntad voy a
evitarle ese engorro, pero con una condición… Si mi amigo y yo nos comemos uno
de sus pasteles, aunque la verdad sea que no nos apetece lo más mínimo hacerlo,
cenará usted con nosotros.
El joven
se quedó pensativo unos instantes.
—Bueno,
aún me quedan unas docenas de pasteles, por lo que no tengo más remedio que
recorrer varias tabernas hasta concluir mi gran empeño… Lo digo porque en eso
tendré que emplear bastante tiempo y acaso ya tengan ustedes hambre…
El
príncipe lo interrumpió con un gesto de gran elegancia.
—Mi amigo
y yo le acompañaremos gustosos, pues la verdad es que nos llama poderosamente
la atención su manera tan divertida de pasar la tarde… Bien, ahora que hemos
acabado con los prolegómenos de la paz, permita que firme yo el acuerdo, en
nombre de los dos.
El
príncipe se comió entonces de golpe su pastel con mucha gracia.
—Está
delicioso —dijo.
—Ya veo
que usted sabe apreciar lo que es bueno —apuntó el joven caballero.
Por su
parte, el coronel Geraldine también hizo los honores debidos al pastel; de
inmediato, como todos los demás parroquianos habían aceptado o rechazado ya la
invitación, el joven salió para dirigirse a otra taberna; sus dos criados, que
en nada parecían extrañarse de semejante trabajo, lo siguieron tranquilamente;
el príncipe y el coronel, tomándose del brazo y con una amplia y divertida
sonrisa, cerraban la marcha. En el mismo e inalterable orden entraron en dos
tabernas, donde se reprodujeron las escenas ya vistas en la anterior: unos
aceptaron la invitación y otros rechazaron tan extraña como errabunda muestra
de cordialidad, por lo que el joven caballero hubo de comerse los pasteles rechazados.
Cuando
salieron de la tercera taberna visitada el joven hizo recuento; aún le quedaban
nueve pasteles, tres en una bandeja y seis en la otra.
—Caballeros
—dijo a sus nuevos acompañantes—, no quiero que demoren por más tiempo su cena;
me da la impresión de que están hambrientos y creo que, por su cortesía, les
debo una atención especial. Hoy es un gran día para mí; un día, por cierto, en
el que pongo punto final a mi carrera de locura con esta empresa, la más
declaradamente absurda de cuantas he llevado a cabo, por lo que quiero proceder
ya de la manera más correcta y respetuosa con quienes me han ayudado a
culminarla. Caballeros, no les haré esperar más; aunque acuse mi cuerpo los
excesos cometidos en el desempeño de mi tarea, estoy dispuesto a jugarme la
vida en aras del cumplimiento de nuestro acuerdo.
Y tras
decir así, uno a uno fue metiéndose en la boca los nueve pasteles restantes,
tragándoselos de un bocado. Cuando acabó, se volvió siempre solemnemente hacia
sus criados y les dio un soberano a cada uno.
—Os
agradezco vuestra paciencia conmigo —les dijo, despidiéndoles con una educada
inclinación de cabeza.
Después,
miró en silencio durante unos instantes el monedero del que había sacado los
soberanos con que gratificó a sus asistentes, y soltando de inmediato una
carcajada lo arrojó en mitad de la calle, anunciando a sus acompañantes que ya
estaba preparado para la cena. Entraron en un pequeño restaurante francés del
Soho que en tiempos gozó de una fama tan inmerecida como exagerada, pero que ya
comienza a ceder; subieron los tres a un salón reservado, donde se regalaron
con una cena más que buena y bebieron tres o cuatro botellas de champán,
mientras hablaban de cosas tan variadas como gratas e intrascendentes. El joven
caballero de los pasteles se mostraba encantado; era un buen conversador, pero
tenía una risa más alta y estridente de lo que es de recibo en una persona bien
educada; cuando se reía, le temblaban las manos, incluso se le crispaban con
violencia, y si intentaba hablar su voz se veía sometida a inflexiones
extrañas, ajenas a su voluntad. Una vez hubieron dado cuenta de los postres,
encendieron unos buenos cigarros; el príncipe se dirigió a él entonces, en los
siguientes términos:
—Espero
que sepa perdonar mi curiosidad; pero, como le tengo simpatía, me intriga usted
aún más… No me gustaría que me tomase por indiscreto, pero debo decirle que mi
amigo y yo somos hombres a los que puede confiar usted un secreto, quizás
porque tenemos muchos secretos que no nos importaría revelar a quien tenga
oídos tan curiosos como los nuestros… Imagino que su historia es realmente
absurda, pero no nos andemos con cuentos; nosotros quizás seamos los tipos más
absurdos de toda Inglaterra… Me llamo Godall, Theophilus Godall, y mi amigo es
el mayor Alfred Hammersmith, o digamos, más bien, que tal es el nombre por el
que desea ser conocido. Nos pasamos la vida en busca de aventuras
extravagantes; de hecho, no creo que haya extravagancia por la que no podamos
experimentar simpatía…
—Usted me
cae muy bien, Mr. Godall —dijo entonces el joven—; me inspira confianza, por lo
que acepto de buen grado la presencia del mayor, su amigo, a quien supongo un
noble disfrazado, claro… Apuesto lo que sea a que no es realmente un militar…
El
coronel Geraldine sonrió encantado, por lo que en aquellas palabras había, sin
saberlo quien las decía, de elogio hacia su capacidad para disfrazarse, y el
joven, entusiasmado, siguió hablando:
—Tengo
más que sobradas razones para no contar a nadie mi historia, pero quizás
seguramente por eso mismo se la voy a referir a ustedes; por nada del mundo
quisiera decepcionarles, ya que parecen suicidas tan bien dispuestos a escuchar
una historia verdaderamente absurda.
Disculpen
en cualquier caso si no les doy mi nombre, a pesar de que hayan tenido ustedes
la gentileza de ofrecerme el suyo. Mi edad tampoco tiene importancia. De mis
antepasados, no puedo sino contar que eran personas de lo más común, y que, eso
sí, he recibido en herencia la residencia en la que vivo, más que aceptable,
además de una asignación anual de trescientas libras. Estoy convencido de que
mi carácter, el propio de una persona más bien indolente, también se lo debo a
ellos, pero no me importa, cedo con gusto a esa incuria… He recibido una buena
educación, toco el violín tan bien como para ganarme la vida con ello, si
quisiera, en la orquestina de cualquier teatrucho de varietés, y lo mismo la
flauta y la trompa. En cuanto a mi destreza en el whist, admito que mis
conocimientos sobre ese científico juego me hacen perder alrededor de cien
libras al año… Gracias al dominio que tengo de la lengua francesa puedo
derrochar el dinero en París como si estuviera en Londres, de
manera que, en definitiva, me parece que respondo al prototipo varonil de la
persona adornada con las más excelsas cualidades. Además he vivido incontables
aventuras, entre las que destaco un duelo estúpido y gratuito, sin sentido;
apenas hace dos meses, por otra parte, conocí a una señorita de la que puedo
decir que tanto en cuerpo como en alma colmaba todas mis aspiraciones, dama que
cautivó mi corazón; supe que al fin había encontrado a mi ideal femenino y
estuve a punto de caer rendidamente enamorado; mas hice una estimación de mi
capital presente, vi que apenas me quedaban cuatrocientas libras en ahorro, y
díganme, por favor se lo pido, ¿cómo va a enamorarse un hombre que se considere
tal con sólo cuatrocientas libras? No podía hacerlo y me aparté decididamente
de tan encantadora dama; en ese corto espacio de tiempo ha ido menguando de tal
manera mi capital, que he llegado al día de hoy con un activo de ochenta
libras, así que hice una división en dos partes iguales, destinando cuarenta de
fondo para cierto asunto y dispuesto a gastarme las otras cuarenta en el
transcurso del día de hoy. Puedo jurar que he pasado un día divertidísimo,
haciendo muchas bromas y pantomimas, como la de los pasteles de
crema que me ha dado la oportunidad de trabar amistad con ustedes. Como ya les
he dicho, estaba dispuesto a concluir hoy día mi carrera de despropósitos, de
ahí mi gesto de tirar mi cartera cuando con el último gasto comprobé que se me
habían ido ya esas cuarenta libras… Bueno, ya me conocen ustedes, supongo,
también como yo mismo; creo que estoy loco, sí, pero también que soy un loco
coherente y fiel a su locura; y además, ni me quejo ante el infortunio ni soy
un cobarde.
Parecía
evidente, sin embargo, por el tono en que hizo el joven caballero aquella su
exposición, que sentía hacia sí mismo un amargo desprecio. Sus acompañantes
supusieron que aquel frustrado enamoramiento al que hiciera alusión le había
afectado mucho más de lo que deseaba hacer ver, por lo que temieron quisiera
suicidarse; aquella pantomima de los pasteles de crema comenzaba a cobrar ante
sus ojos todo el aire de una tragedia griega.
—¿No
resulta extraño —dijo el coronel Geraldine mirando al príncipe Florizel— que en
esta especie de enorme desierto que es Londres se encuentren casualmente tres
personas que viven situaciones casi idénticas?
—¡Vaya!
—exclamó el joven caballero—. ¿También ustedes se han arruinado? ¿Quizás esta
cena es una especie de broma loca como la de mis pasteles de crema? ¿Acaso el
demonio ha decidido juntar a tres de sus más queridas criaturas para que
levanten sus copas en un último brindis?
—El
diablo a veces actúa como todo un caballero, puede estar seguro de ello —dijo
el príncipe Florizel—. Me siento tan conmovido por esta feliz coincidencia,
que, ya que no se puede decir que estemos en condiciones de igualdad, decido
desde ahora mismo poner fin a la distancia que hay entre nosotros, tomando como
ejemplo su actitud heroica con los últimos pasteles de crema que le quedaban.
Apenas
acabó de decir estas palabras el príncipe, sacó su cartera y puso a un lado el
dinero que tenía.
—Ya ha
visto que estaba una semana más atrasado que usted en gastos —dijo el
príncipe—, pero quiero ponerme a su altura para que lleguemos a la par a la
meta… Con esto basta para pagar la cena —y puso un billete en la mesa—, pero
el resto…
Tomó
entonces los billetes que había apartado y los arrojó a la chimenea para que
ardieran de inmediato.
El joven
caballero había tratado de impedírselo, intentando agarrarle el brazo, pero la
distancia que ponía entre ambos la mesa evitó que lo hiciera.
—¡Mentecato!
—gritó el joven—. ¡Ha quemado todo el dinero! ¡Tenía que haberse guardado
cuarenta libras!
—¡Cuarenta
libras! —dijo el príncipe—. ¿Y por qué cuarenta libras? ¡Por todos los santos
del cielo!
—Sí, ¿por
qué no ochenta libras? —preguntó entonces el coronel Geraldine—. Ahí había, por
lo menos, cien libras…
—Sólo
necesitaba cuarenta libras —dijo con gesto sombrío el joven caballero—. Sin esa
cantidad no me admitirán, tienen reglas muy estrictas… Dicen bien a las claras
que cada persona tiene que depositar cuarenta libras… ¡Ah, qué asco de vida!
¡Hasta para morirse hay que tener dinero!
El
príncipe y el coronel se miraron, cómplices.
—Explíquese,
por favor —dijo el coronel—; tengo en mi cartera unos cuantos billetes, y ni
que decir tiene que los compartiré con Mr. Godall en lo que haga falta… Pero
necesito saber sus razones, necesito que me cuente a qué se refiere.
El joven
pareció recobrarse, miró con cierta ansiedad a los dos caballeros y se
ruborizó.
—¿De
verdad que no me engañan? —dijo—. ¿De verdad que están en la ruina, como yo?
—Así es,
en lo que a mí respecta —dijo el coronel Geraldine.
—Yo le he
dado pruebas concretas —aseguró el príncipe—. ¿Quién, si no está en la ruina,
echa el dinero al fuego? Mis actos hablan por mí…
—Sí, eso
lo haría un hombre arruinado…, o un hombre rico —dijo el joven con aire
suspicaz.
—Ya está
bien, caballero —cortó el príncipe—; no admito que se dude de mi palabra…
—¿De
verdad que están arruinados, completamente arruinados? —insistió el joven—.
¿Tan arruinados como yo? ¿De veras han cometido tantos excesos que sólo se
pueden permitir un lujo? ¿De veras quieren huir de la consecuencia de su locura
tomando ese camino tan directo como infalible? ¿Huirán del tribunal que les
forma su propia conciencia por la única puerta que ven franca?
Interrumpió
su discurso e intentó esbozar una sonrisa.
Las
nuevas noches árabes
—¡Brindo
por ustedes! —exclamó levantando su copa—. ¡Buenas noches, mis queridos y
arruinados amigos!
El
coronel Geraldine impidió que se levantara para irse, tomándole de un brazo.
—Hace mal
en no confiar en nosotros —le dijo—. Tenga por cierto que respondo
afirmativamente a todas las preguntas que nos hace. No soy un hombre tímido y
por eso puedo expresarme francamente; también nosotros, al igual que usted,
estamos cansados de vivir y deseamos la muerte… Tarde o temprano, juntos o por
separado, iremos al encuentro con la muerte; pero ya que le hemos conocido, y
como da la impresión de que su caso es de mayor urgencia, mejor que ocurra todo
esta misma noche, ahora mismo, incluso, y que nos ocurra a los tres a un
tiempo… Vayamos los tres, sin un penique en los bolsillos, a prosternarnos ante
Plutón… ¡Prestémonos apoyo los tres para caminar entre las sombras!
El
coronel Geraldine había acertado de pleno con el tono y los gestos del papel
que representaba; incluso el príncipe Florizel llegó a inquietarse ante lo que
oía y miró a su amigo sorprendido, dudando.
El joven
caballero volvió a ruborizarse, le ardían de brillo los ojos.
—¡Ustedes
son los hombres que buscaba! —dijo con alegría indescriptible—. Estrechemos
nuestras manos —dijo alargando la suya, fría y sudorosa—. Harán ustedes el
camino en la mejor compañía, se lo garantizo; no pueden hacerse idea de cuán
feliz fue ese momento en el que comieron mis pasteles de
crema. No soy más que un soldado raso, pero formo parte de un auténtico
ejército; conozco bien las puertas de la muerte; soy uno de sus más dilectos
hijos y puedo llevarles a ustedes a la eternidad sin ceremonias superfluas ni
escándalos poco elegantes.
Una vez
más le pidieron que se explicase con mayor amplitud.
—¿Podrían
reunir ustedes ochenta libras? —les preguntó.
El
coronel Geraldine, luego de mirar ostentosamente cuanto llevaba en su cartera,
respondió afirmativamente.
—Gran
suerte la suya, caballeros —dijo el joven—. El ingreso en el
Club de los suicidas cuesta cuarenta libras.
—¿El Club
de los suicidas? —dijo el príncipe, no sin sorpresa—. Pero ¿de qué barbaridad
se trata eso?
—Miren
—comenzó a decir el joven—; vivimos una época pródiga en servicios de todo tipo
y les voy a mostrar el más perfecto de todos… Como los intereses son distantes
y diversos, se inventaron los trenes; los trenes nos separan, lógicamente, de
nuestros amigos, por lo que se inventó el teléfono para poder comunicarnos con
ellos rápidamente y desde notables distancias; en los hoteles, por ejemplo, hay
ascensores para que no tengamos que subir algunos cientos de escalones… Por lo
demás, sabemos bien que la vida no es más que un teatro en el que hacemos a
menudo de bufones en tanto nos entretiene ese papel… Pero faltaba el servicio
más adecuado a las necesidades de la vida moderna, esto es, faltaba un servicio
que posibilitase la manera de salir fácil y decentemente de la escena, una
especie de escalera de incendios que condujera a la libertad; una puerta
secreta hacia la muerte, como ya he dicho… Eso es lo que ofrece el Club de los
suicidas, mis queridos y rebeldes amigos… Pero no crean que somos los únicos,
ni siquiera los hombres más excepcionales, que albergamos tan razonable deseo;
son muchos los que al sentirse realmente hartos de la vida diaria capaces
serían de huir en el acto si no les distrajeran esta u otra consideración; unos
tienen familiares: quedarían sumidos en el dolor y el estupor; muchos, de saber
las circunstancias reales de la muerte, hasta serían capaces de acusarles;
otros que desean irse de este mundo no poseen el valor necesario para hacerlo,
vacilan ante la posibilidad de morir, dudan y se arrepienten. Eso es en parte
lo que me ha ocurrido a mí; no soy capaz de dispararme con una pistola en la
cabeza, pues hay algo más fuerte que yo que me lo impide; odio la vida pero me
falta el coraje necesario para abrazar la muerte y acabar con todo de una vez.
El Club de los suicidas se ha creado para quienes, como yo, aspiran a romper
las amarras que les unen a este mundo, sin provocar un escándalo póstumo. No sé
ni su historia ni cómo se fundó; no sé, tampoco, si tiene sucursales en otros
países; y no tengo la libertad de decirles cuáles son los estatutos que rigen
el Club. Sin embargo, caballeros, puedo ponerme a su entera disposición; si de
verdad están hartos de la vida, esta misma noche puedo presentarles ante una de
las sesiones del Club; si no esta misma noche, les aseguro que antes de una
semana se verán libres de sus vidas… Veamos, son… —sacó entonces su reloj para
consultar la hora— las once en punto; a las once y media, como muy tarde,
tendremos que salir de aquí, así que les queda media hora para considerar mi
propuesta; esto, caballeros, es mucho más serio que el asunto de los pasteles de
crema y me parece también que mucho más apetecible —concluyó esforzándose en
mostrar una sonrisa.
—Desde
luego, es algo mucho más serio —dijo el coronel Geraldine—; precisamente porque
se trata de un asunto en verdad muy serio, me gustaría consultarlo en todos sus
extremos con Mr. Godall.
—Me
parece justo que lo haga —dijo el joven caballero—. Me retiro, con su permiso…
—Es usted
muy amable…
—¿A qué
viene esta especie de confabulación, Mr. Geraldine? —le preguntó el príncipe
nada más quedarse a solas—. Lo veo a usted muy excitado; yo, sin embargo, creo
haber tomado una decisión de manera muy meditada; quiero ver en qué acaba este
asunto.
—Su
Alteza —dijo el coronel Geraldine, pálido—, permita que le recuerde la
exigencia de preservar su vida ante todo, algo necesario no sólo para nosotros,
sus amigos, sino para el bien público… «Esta misma noche», ha dicho ese loco,
pero imagine que esta misma noche Su Alteza fuera víctima de una desgracia
irreparable… Imagine Su Alteza la situación tan desesperada en que me vería; e
imagine igualmente el dolor y el daño que infligiría a su gran país.
—Sólo
quiero ver en qué para todo esto —repitió con firmeza el príncipe—. Coronel
Geraldine, le ruego recuerde que me ha dado su palabra de caballero; recuerde
también que bajo ninguna circunstancia, por ello, y mucho menos sin una
autorización especial mía, podrá desvelar mi personalidad auténtica ni
traicionar la que he adoptado. Esas son mis órdenes —añadió—, que ahora le
reitero… Pida la cuenta, por favor.
El
coronel hizo una sumisa reverencia al príncipe; mostraba una gran palidez
cuando llamó al joven caballero de los pasteles de crema y pidió la cuenta al
camarero. El príncipe Florizel mostraba una apariencia inalterable; así,
refirió al joven una farsa que había presenciado poco antes en el Palais Royal,
mientras eludía las miradas suplicantes del coronel Geraldine y se entretenía
especialmente en la elección de otro cigarro. Era el único de los tres que
guardaba la calma.
Sorprendió
el príncipe al camarero que les había atendido dejándole todo el cambio;
partieron después en un coche de punto y El club como el trayecto no era largo
pronto se apearon a la entrada de una callejuela estrecha y oscura. Pagó el
coronel Geraldine al cochero y el joven caballero se volvió hacia el príncipe
Florizel.
—Todavía
está a tiempo, Mr. Godall —le dijo—, para salir corriendo y volver a la
esclavitud de la vida diaria… Usted también, mayor Hammersmith… Les ruego que
reflexionen antes de dar el paso definitivo; si su corazón les dice que deben
dar marcha atrás, háganlo.
—Muéstrenos
el camino, por favor —se limitó a decirle el príncipe—. Siempre cumplo mi
palabra.
—Su
entereza me sirve de ayuda —dijo el joven—, nunca había visto a un hombre tan
sereno en un trance semejante, y le aseguro que no es usted el primero al que
he guiado hasta aquí… Más de un amigo me ha precedido en este camino por el que
no tardaré en seguirles, pero eso ahora no importa… Aguarden un momento, se lo
ruego; regresaré con ustedes en cuanto haya pactado todo cuanto se refiere a su
presentación ante el Club.
Hizo el
joven un gesto de adiós con su mano y se perdió en un portal que había más
abajo.
—Me
parece que esta es la locura más peligrosa y absurda de todas cuantas hemos
cometido —dijo el coronel Geraldine, apenas con un hilo de voz.
—Estoy
perfectamente seguro de que es así —le respondió sin más el príncipe.
—Aún
estamos a tiempo —siguió el coronel Geraldine—; permita Su Alteza que le
sugiera aprovechar la ocasión para irse… Las consecuencias de este paso que
vamos a dar pueden ser tan tenebrosas y lamentables, que creo puedo hacer uso
de la libertad que Su Alteza tiene a bien permitirme en privado, para
aconsejarle que se vaya.
—¿Debo
deducir de esas palabras que el coronel Geraldine tiene miedo? —le preguntó el
príncipe retirando lentamente el cigarro de sus labios y mirándole fijamente a
los ojos.
—No temo
por mí, señor —dijo el coronel con orgullo—; de eso puede estar seguro Su
Alteza.
—Ya lo sé
—dijo el príncipe con su buen humor de siempre—, pero no creo necesario
recordarle la diferencia de condición que hay entre nosotros… Así que, ni una
palabra más, se lo ordeno —añadió al darse cuenta de que el coronel Geraldine
iba a excusarse—. De antemano le digo que está usted disculpado. Siguió fumando
con deleite y mucha tranquilidad el príncipe, apoyada su espalda contra la reja
de una ventana baja. Un rato después regresó el joven caballero de los pasteles de
crema.
—Y bien
—dijo el príncipe—, ¿ya está todo dispuesto para darnos la bienvenida?
—Síganme
—se limitó a decir el joven—. El presidente del Club en persona los recibirá en
su despacho. Les sugiero que sean sinceros en sus respuestas a las preguntas
que les haga; por mi parte, les garantizo mi apoyo, pero el Club tiene por
costumbre hacer una investigación en profundidad sobre quienes desean ingresar
como miembros, antes de darles el plácet; tengan en cuenta que bastaría la
indiscreción de una sola persona para que nuestra sociedad desapareciera para
siempre.
El
príncipe Florizel y el coronel Geraldine se consultaron en voz baja unos
instantes. «Confirme esto que voy a decir», señalaba uno; y el otro, «confirme
usted este aspecto». No tardaron mucho en ponerse de acuerdo, dado que sabían
representar con infinita audacia los papeles que escogían para sus
representaciones, y marcharon tras el joven, que les servía de guía, a
entrevistarse con el presidente del Club.
No les
resultó difícil el acceso. La puerta de entrada estaba abierta y la del
antedespacho del presidente entreabierta. Entraron en un salón pequeño pero de
techos altos y el joven caballero de nuevo los dejó solos.
—Ahora
los recibirá —les dijo con una inclinación de cabeza antes de salir.
A través
de las puertas plegables del despacho del presidente les llegaba el rumor de
voces en conversación animada y que de vez en vez e interrumpían para dejar que
se sintiera el sonido de una botella de champán al descorcharse, al que seguían
grandes risotadas.
En aquel
pequeño salón de techos altos había una ventana única que daba al río por la
zona de los muelles; creyeron, por las luces de la ciudad que alcanzaban a
distinguir, hallarse cerca de Charing Cross. Apenas había mobiliario en aquel
salón y las butacas tenían la tapicería muy sobada; tampoco había objetos
decorativos, salvo una campanilla de plata puesta en el mismo centro de
la mesa redonda
y baja frente a las butacas. Los percheros de las paredes estaban llenos de
abrigos.
—¿En qué
guarida nos habremos metido? —se extrañó el coronel Geraldine.
—Precisamente
para saberlo estamos aquí —dijo el príncipe—. Ya verá cómo nos topamos con unos
cuantos demonios de carne y hueso y nos divertimos un rato…
Se
abrieron entonces las puertas plegables para dar paso a un hombre y a las voces
que salían del despacho; aquel hombre era el presidente del Club de los
suicidas, un tipo de más de cincuenta años, alto, bastante calvo pero con
largas patillas, de ojos de un gris velado que sin embargo emitían destellos.
Fumaba un gran cigarro que no se quitaba de los labios, lo cual no le impedía
torcer la boca de comisura a comisura mientras examinaba con su mirada fría y
sagaz a los recién llegados. Lucía el presidente del Club de los suicidas un
traje de tweed claro bajo cuya chaqueta asomaba una camisa a rayas de cuello
abierto y sin corbata; bajo el brazo llevaba un grueso libro de actas.
—Buenas
noches —dijo mientras cerraba tras de sí la puerta plegable—. Me han dicho que
quieren hablar conmigo…
—Caballero,
deseamos ingresar como miembros en el
Club de los suicidas —dijo con decisión el coronel Geraldine.
El
presidente del Club se pasó de lado a lado de la boca su gran cigarro.
—¿Y eso
qué es? —preguntó molesto.
—Perdone
—dijo el coronel—, pero creo que es usted quien mejor puede explicarlo…
—¿Yo? —se
extrañó el presidente—. ¿Un club de suicidas? ¡No fastidie, caballero! Esto, la
verdad, me parece una broma de muy mal gusto… Comprendo que de vez en cuando un
caballero beba más de la cuenta y le dé por hacer chanzas, pero creo que usted
se ha excedido…
—Puede
usted llamar a su Club como le venga en gana —replicó el coronel Geraldine—,
pero le reitero que deseamos formar parte de esa partida que hay ahí, en su
despacho…
—Está
usted muy confundido, caballero —le dijo el presidente con gran acritud—. Como
han entrado ustedes en una residencia particular, no tengo más remedio que
pedirles que se larguen ahora mismo.
El
príncipe Florizel había permanecido hasta entonces en su butaca, sin abrir la
boca; cuando el coronel volvió a él los ojos como diciéndole «ya lo ve,
larguémonos de aquí cuanto antes, por Dios se lo suplico», se quitó de los
labios el cigarro.
—He
venido aquí —comenzó a decir el príncipe Florizel— invitado por alguien a quien
usted conoce; supongo que esa persona le habrá informado ya del objeto de mi
visita… Pero, en cualquier caso, permítame recordarle que un hombre en mis
circunstancias tiene pocas razones para contenerse cuando se siente ofendido,
lo que equivale a decir que no estoy dispuesto a consentirle a usted tamaña
descortesía… Por lo general soy un hombre apacible, pero, mi querido amigo, o
me complace usted en ese asunto del que ya ha tenido noticia, o se arrepentirá
profundamente de haberme permitido llegar a su despacho para dispensarme este
trato.
El
presidente se echó a reír a carcajadas.
—¡Así se
habla! —exclamó—. Es usted un hombre de verdad y se acaba de ganar mi favor,
hará usted lo que le venga en gana conmigo… Por favor —se dirigió ahora al
coronel Geraldine—, tenga la bondad de salir unos minutos; hablaré primero con
su amigo, ya que algunos trámites del Club deben hacerse en privado.
Abrió
entonces la puerta de un cuarto aún más pequeño e invitó a pasar al coronel.
—Usted me
inspira confianza —dijo después al príncipe—, pero su amigo… ¿Responde usted de
él?
—Claro
que no tanto como de mí mismo, aunque admito que mi amigo tiene razones de
mucho más peso que las mías para estar aquí —dijo el príncipe—. Respondo de él,
sí, pierda cuidado… Le aseguro que lo que ha tenido que pasar llenaría de
desesperación al hombre más inconmovible… Ya no podrá jugar más, pues le
descubrieron haciendo trampas…
—Sí, es
una buena razón para venir aquí —admitió el presidente—. Tenemos un miembro del
Club en la misma situación, y sé que es un hombre de fiar… ¿Me permite que le
pregunte si también usted ha sido militar?
—Sí, lo
fui, pero no tenía carácter para ello, era muy perezoso y abandoné pronto el
ejército…
—¿Y por
qué razones se encuentra harto de la vida?
—Pues
quizás por la que acabo de exponerle, la pereza…
El
presidente pareció de veras sorprendido por la respuesta.
—¡Caramba!
Pues me parece que tendrá usted que buscarse una razón mejor —le dijo.
—Bueno,
no tengo ni un penique —dijo entonces el príncipe Florizel—; eso, se lo
aseguro, resulta en verdad engorroso y agudiza en mí esa mi natural pereza…
El
presidente del Club estuvo unos segundos pasándose de lado a lado de la boca su
cigarro mientras miraba fijamente a los ojos del aspirante, que le soportó
perfectamente la mirada, con su habitual tranquilidad.
—Si no
fuera por mi larga experiencia en estas lides, no le aceptaría en nuestro Club
—le dijo al fin el presidente—. Pero sé cómo va el mundo y he aprendido que las
excusas en apariencia más nimias son a menudo las que con mayor firmeza
acrecientan en una persona el deseo de suicidarse… Además, cuando una persona
sabe ganarme, como usted lo ha hecho, caballero, cedo ante nuestras estrictas
normas de admisión, así que no le rechazo.
El
príncipe y el coronel tuvieron que someterse luego a un interrogatorio en
profundidad; primero, el príncipe Florizel; luego, un careo entre este y el
coronel Geraldine, al objeto de que el presidente del Club observara las
reacciones del rostro de uno mientras interrogaba al otro. El resultado fue el
apetecido por ambos, y tras apuntar en el registro abierto para los nuevos
miembros algunos datos sobre cada uno, les ofreció por escrito el juramento que
debían suscribir; todo, como cabe suponerlo, se refería a la aceptación plena
de obediencia incondicional, a la absoluta sumisión a los términos que allí se
exponían. Si un hombre faltaba a ese tan horrible juramento perdía al instante
su honor y el consuelo último de la religión. El príncipe Florizel firmó
aquello, no sin repugnancia; el coronel hizo lo mismo, profundamente triste.
Recibió entonces el presidente el dinero de la cuota de inscripción y acto
seguido los hizo pasar al salón de fumar de los miembros del Club
de los suicidas.
El salón,
que se comunicaba con el despacho del presidente, tenía también los techos
altos, y era amplio, con las paredes cubiertas por un empapelado que semejaba
láminas de roble. Había un buen fuego en la chimenea y las lámparas de gas
daban buena luz. Según las cuentas del príncipe y del coronel había allí un
total de dieciocho personas, que fumaban y bebían champán; se escuchaban risas
desesperadas, excesivas y afiebradas; de vez en cuando se hacía entre aquellas
gentes un silencio tan repentino como fúnebre.
—¿Han
venido muchos miembros del Club a esta reunión? —preguntó el príncipe.
—Más o
menos —le respondió el presidente—. Por cierto, es costumbre que los recién
ingresados inviten a champán; supongo que llevarán dinero para hacerlo… Es una
manera de mantener el buen ánimo, y también, por qué no decirlo, una forma de
financiarme…
—Mr.
Hammersmith —dijo el príncipe—, dejaré que corra usted con el gasto en champán…
Se
distanció unos pasos el príncipe Florizel para recorrer los corrillos que allí
se formaban; como hombre acostumbrado a salones de mejor tono, no tardó en
llamar la atención de quienes allí se habían reunido, seduciéndoles con sus
exquisitos modales en los que se daban a la par la autoridad y la
condescendencia, la simpatía y la seriedad; su proverbial templanza de
carácter, su sangre fría hasta en las situaciones de mayor compromiso, le
aportaban una mayor distinción entre aquel grupo de desesperados.
Iba de un
corrillo a otro con los ojos y los oídos expectantes, por lo que tardó mucho en
hacerse una idea cabal del tipo de personas entre las que se encontraba.
Predominaba, como en casi todos los salones de reunión, por lo demás, un tipo
de hombre joven, inteligente y sensible, pero apenas capacitado para el éxito;
un tipo de hombre escaso de vigor y de la voluntad que se requiere para
alcanzar los triunfos apetecidos. Los menos de entre ellos superaban los
treinta años y había unos cuantos que aún no habían llegado a los veinte. Allí
estaban, los que sentados, con los brazos sobre la mesa,
moviendo nerviosamente los pies; unos, fumando con avidez ansiosa; otros,
indolentemente, dejando que se les consumieran los cigarros entre los dedos.
Los segundos, por lo general, eran capaces de mantener convenientemente una
conversación, y los primeros, sin embargo, se expresaban tensos, hablaban sin
gracia ni sentido.
Cada vez
que se descorchaba una nueva botella de champán se renovaba la algarabía; sólo
dos de los miembros del club permanecían invariablemente sentados: uno, junto a
una ventana, con la barbilla hundida en el pecho y las manos en los bolsillos
de su pantalón; estaba empapado en sudor, pálido, silencioso y meditabundo, un
auténtico desecho tanto en cuerpo como en alma; el otro, en un diván, cerca de
la chimenea; era un tipo que llamaba la atención sin remedio por ser muy
distinto de los demás; andaría por los cuarenta años pero aparentaba diez más;
el príncipe Florizel no recordaba haber visto jamás a un sujeto en cuyo rostro
se reflejaran, como en aquel, enfermedades y vicios incontables; era un hombre
flaco, todo pellejo y hueso, que parecía aquejado por una parálisis al menos
parcial y que usaba lentes de cristal tan grueso que a su través los ojos se le
veían enormes y disparatados. Sin embargo, junto con el príncipe y el
presidente del Club, era el único de los allí reunidos que mostraba una calma común
a la de las personas normales en la vida diaria.
No se
puede decir que la decencia reluciera entre aquellos hombres. Unos se jactaban
de haber cometido las acciones más deshonestas que puedan imaginarse, acciones
que les habían empujado, en muchos casos, a buscar el amparo de la muerte, y
otros escuchaban a los que así hablaban sin mostrar en su gesto la menor
reprobación de sus actitudes, todos lo contrario… Había entre ellos un acuerdo
tácito, el de no hacer juicios de contenido moral sobre lo que allí se decía;
en suma, quien lograba acceder como miembro de pleno derecho al Club
de los suicidas, gozaba de antemano de esa inmunidad que sólo
otorga la muerte.
Allí se
brindaba en honor de los presentes y a la memoria de famosos suicidas de otro
tiempo; confrontaban sus distintas opiniones y suposiciones acerca de la
muerte, que era para unos todo oscuridad y vacío, y para otros, pura esperanza:
creían que aquella noche se elevarían más allá de las estrellas para conversar
con los más ilustres personajes, ya muertos.
—¡A la
memoria eterna del barón de Trenk, ejemplo para todos los suicidas! —brindó
uno—. Alcemos nuestras copas en honor de un hombre que fue de una estrecha
celda a otra aún más angosta para alcanzar al fin su libertad.
—Yo sólo
pido que me pongan una venda en los ojos y algodón en los oídos —dijo otro—.
Pero no creo que haya en el mundo algodón suficientemente grueso…
Habló un
tercero, que aspiraba a descubrir los misterios de la vida futura, y otro más
que no habría entrado en el Club de los suicidas, decía, de no ser porque le
indujeron a creer en Mr. Darwin.
—No
soporto la idea de venir del mono —afirmaba tan interesante suicida.
La verdad
es que el tono y las maneras en que se producían aquellas conversaciones de los
miembros del Club decepcionaron al príncipe. «No creo que haya motivos para
tanta estupidez», se decía; «si alguien quiere matarse, pues que se mate como
es digno de un caballero, ¡por Dios santo! No tienen sentido tanta cháchara y
excitación».
El
coronel Geraldine, a todo esto, seguía atenazado por las más negras
inquietudes. Tanto el Club en sí, como sus normas, constituían un misterio para
él, por lo que ansiaba encontrar a quien pudiera informarle
tranquilizadoramente sobre este extremo. Vio al paralítico de los gruesos
lentes, y como le pareció un hombre tranquilo, se dirigió al presidente, que
iba de aquí para allá, atendiendo a sus obligaciones de tal, y le pidió que lo
presentara ante aquel caballero del diván.
El
presidente le dijo, sin embargo, que en el Club no tenían cabida tales
formalidades, aunque aceptó hacerlo. Así, pues, le presentó a Mr. Malthus,
quien, tras mirar al coronel con mucha curiosidad, le pidió por favor que
tomara asiento a su derecha.
—Es usted
un neófito y desea información, ¿eh? —le dijo—. Pues bien, ha acudido usted a
quien puede dársela; hace ya dos años que frecuento este simpático Club…
Al oír
aquello respiró más sosegado el coronel Geraldine; se decía que, si Mr. Malthus
llevaba dos años dejándose caer por allí, el príncipe no tenía por qué correr
serio peligro en una sola noche… Pero Mr. Geraldine aún no había despejado
todas las incógnitas que se le presentaban y temió de golpe ser víctima de una
mentira.
—¿Dos
años? —dijo—. Yo creía que… Bien, da igual, ya veo que me han gastado una
broma…
—No, de
ninguna manera —le dijo aquel hombre con una voz muy suave—; mire usted, mi
caso es especial; yo no soy un suicida, en el estricto sentido del término; soy
lo que podríamos llamar un miembro honorario del Club. Vengo por aquí un par de
veces cada dos meses, una condescendencia que me hace el presidente, en
atención a la enfermedad que padezco, aunque no debo ocultar que pago una cuota
más alta que los otros… Pero me considero un hombre afortunado.
—Disculpe
si le pido que sea más explícito —dijo el coronel Geraldine—; tenga en cuenta
que apenas sé algo acerca de la normativa del Club…
—Los
miembros más comunes —respondió el paralítico—, los que como usted vienen en
busca de la muerte, acuden una noche y otra hasta que la fortuna les resulta
favorable y colma sus deseos; más aún, a cambio de un penique reciben del
presidente alojamiento y comida, nada de lujo, claro, pero sí limpio y
confortable; compréndalo, el lujo no tendría sentido, y menos con tan menguado
pago, si puedo decirlo así; además, la sola compañía del presidente es un
regalo…
—¿De
verdad? No he tenido tan favorable impresión —dijo el coronel.
—Bueno,
es que aún no le conoce usted bien… Es el hombre más divertido y jovial que
pueda imaginarse… ¡Qué historias cuenta! ¡Qué cinismo el suyo! Sabe de la vida
en profundidad tal, que causa admiración; aquí, entre nosotros, le digo que
para mí es el más corrompido sinvergüenza de toda la cristiandad…
—¿Acaso
es, como usted, socio vitalicio, si puedo decirlo así y sin querer ofenderle?
—preguntó el coronel.
—Claro
que es socio vitalicio, pero de manera distinta a la mía —respondió Mr.
Malthus—. Aunque me dejan de lado, por una especie de gracia especial, al final
también me llegará la hora… Pero nuestro presidente nunca juega; él baraja,
corta y reparte los naipes, además de prepararlo todo; es un auténtico
prodigio, un hombre muy ingenioso, créame, Mr. Hammersmith. Lleva tres años
haciendo tan productivo trabajo en Londres, o tan
artístico trabajo, podríamos decir, sin levantar la menor sospecha; por eso me
permito añadir que se trata de un hombre de inspiración genial… ¿Se acuerda
usted de aquel caso, hará unos seis meses, del caballero que murió en una
farmacia por envenenamiento aparentemente accidental? Pues mire, esa fue una de
sus ideas menos complejas, menos osadas… ¡No me diga que no es sencilla! ¡Y qué
eficaz!
—No puedo
negarle que me sorprende —dijo el coronel—. Pero, aquel pobre hombre… —iba a
decir «fue una de las víctimas del Club», pero rectificó a tiempo—: ¿pertenecía
al Club? —sin embargo cayó el coronel en la cuenta de que Mr. Malthus no era un
enamorado de la muerte y no le dejó responder, añadiendo—: Sigo sin comprender;
habla usted de barajar y repartir… ¿Por qué? Por lo demás, me da la impresión
de que no tiene usted la menor gana de morirse, así que no sé a qué se debe su
presencia en estas reuniones.
—Dice
usted que no se entera de nada y dice bien —contestó Mr. Malthus, con sorna—.
Amigo mío, este Club es un auténtico templo de la embriaguez; si mi quebrantada
salud me permitiera estas excitaciones más a menudo, no dude que vendría aquí
con mayor frecuencia… Pero, por ese sentido del deber y de la mesura que me
inspiran tantos años de enfermedad como llevo, en virtud de lo cual observo
cierta morigeración en los hábitos, evito los excesos; podría decir que el Club
es ya el único divertimento disipado que me concedo… Le aseguro, querido amigo,
que he cometido todos los excesos posibles —dijo tocando afablemente el brazo
al coronel Geraldine—, todos los excesos sin dejarme uno sólo… Por eso puede
decirle que no hay una depravación que no sea por lo general sobrevalorada, a
veces grotescamente. Mire, se habla tanto del amor… Yo niego, sin embargo, que
el amor sea una pasión subyugante. La única pasión subyugante es el miedo en
sí; pruebe usted a sentirlo si de verdad aspira a sentir la emoción más fuerte
de cuantas nos brinda la existencia… Puede envidiarme, sí señor, envídieme… ¡Yo
soy un cobarde! —exclamó soltando una risita.
Aguantó a
duras penas el coronel Geraldine la repugnancia que le provocaba aquel tipo al
que creía despreciable, y no sin hacer un gran esfuerzo siguió con sus
preguntas.
—¿Cómo es
posible mantener durante mucho tiempo una excitación como esa de la que habla,
si no hay de verdad elementos de incertidumbre que la mantengan?
—Bien,
pasaré a explicarle cómo ha de elegirse la víctima propiciatoria de cada noche
—dijo Mr. Malthus—. Y conste que no hablo sólo de la víctima en sí misma, sino
del otro miembro del Club que se convierte, por una vez siquiera, en el
oficiante sumo de la muerte.
—¡Por
Dios! —gritó el coronel—. ¿Quiere decir que se matan los unos a los otros?
—Bueno
—respondió Mr. Malthus—, así se evita al suicida el trance de suicidarse…
—¡Por
todos los cielos! —volvió a exclamar Mr. Geraldine—. ¿Quiere decir que yo…, o
ese de allí…, o que usted…, que cualquiera, en fin, puede ser elegido esta
misma noche para acabar con el cuerpo y el espíritu de otro hombre? ¿Es posible
que alguien nacido de mujer sea capaz de hacerlo? ¡Es la mayor infamia entre
todas las infamias!
Iba ya a
levantarse e irse del lado de aquel hombre, lleno de indignación, cuando
observó que desde un extremo del salón el príncipe Florizel le miraba con el
ceño fruncido y expresión de enojo, lo que hizo que el coronel Geraldine
recobrase al momento la compostura.
—Bueno,
al fin y al cabo —dijo como si hablara para sí—, ¿y por qué no? Como bien dice
usted, se trata de un divertimento interesante… ¡Rompamos las amarras y
despleguemos las velas! Estoy de acuerdo con el Club.
Mr.
Malthus parecía divertido ante la indignada sorpresa anterior del coronel, pues
además de perverso era un hombre muy pagado de sí mismo; le gustaba ver cómo un
hombre se dejaba arrebatar por los generosos impulsos de su corazón, mientras
él, un perfecto corrupto, se creía por encima de esas nobles emociones.
—Ya que
se le ha pasado a usted el primer asombro —dijo—, podrá admirar ahora las
auténticas delicias que ofrece nuestra sociedad; vea cómo se dan aquí, a un
tiempo, la excitación propia de las mesas de
juego, la del duelo y la del anfiteatro romano… Aquellos paganos sabían hacer
bien las cosas… No puedo por menos que admirar el refinamiento de su
inteligencia, aunque sólo en un país cristiano se podía obtener esta
experiencia de los límites, este patetismo quintaesenciado… Ya comprenderá
usted cuán insípidos resultan los otros divertimentos de la vida para quien se
acostumbra al que desde aquí se observa… Hacemos un juego muy simple; una
baraja completa…, pero, bueno, veo que pasamos a la acción… ¿Quiere darme su
brazo, por favor? Lamentablemente, estoy impedido…
Justo
cuando Mr. Malthus se disponía a explicarse, se abrieron otras puertas
plegables para dar pasar al salón adyacente a los miembros del Club, lo que
hicieron casi en tropel. Era un salón idéntico al anterior pero con distinto
mobiliario; había en el medio una gran mesa, larga y
cubierta por un tapete verde, en la cual tomó asiento de inmediato el
presidente y comenzó a barajar con mucha calma un mazo de naipes. Ayudándose de
su bastón, y con el apoyo que le prestaba el brazo del coronel Geraldine, Mr.
Malthus, sin embargo, avanzaba con tanta dificultad que ya estaban todos
sentados cuando ellos dos, junto al príncipe, que los había esperado, hicieron
su entrada a un tiempo en aquel salón, por lo que tomaron asiento juntos, en un
extremo de la gran mesa.
—Son
cincuenta y dos cartas —dijo en voz baja Mr. Malthus—. El as de espadas es la
carta de la muerte y el as de bastos señala al oficiante del sacrificio de cada
noche. ¡Qué suerte la de esos jóvenes que gozan de buena vista y pueden seguir
el juego sin perderse una baza! Yo, la verdad, no distingo un as de una dama
que me muestren del otro lado de la mesa…
Entonces
se cambió de lentes.
—Así por
lo menos les veo las caras —dijo.
El
coronel contó sucintamente al príncipe cuanto le había informado al respecto el
socio honorario del Club y la terrible situación que se les planteaba… Al
príncipe Florizel le dio un vuelco el corazón y sintió un escalofrío
estremecedor; tragó saliva, no sin dificultad, y miró desconcertado a uno y
otro lado.
—Si
queremos escapar, tendremos que jugárnosla por completo —susurró el coronel al
príncipe.
Aquello
consiguió que el príncipe Florizel se rehiciera.
—Calle
—le dijo—; demuestre usted que es capaz de jugar como todo un caballero, por
muy alta que resulte la apuesta.
Miró de
nuevo en derredor suyo, en calma ahora aunque el corazón seguía dándole brincos
en el pecho mientras una desagradable sensación de desasosiego y calor le
dificultaba la respiración.
Los
miembros del Club de los suicidas permanecían en silencio, expectantes,
pálidos; Mr. Malthus, el que más… Casi se le salían los ojos de sus cuencas,
pues en su afán de ver inclinaba ahora la cabeza para levantarla después
bruscamente mientras con un gesto automático se pasaba los dedos por los labios
amoratados, que le temblaban. Así de curiosamente disfrutaba de las reuniones
del Club el socio honorífico.
—¡Atentos,
caballeros! —dijo el presidente.
Comenzó a
repartir cartas entonces, despacioso, en sentido contrario a las agujas del
reloj, deteniéndose hasta que cada uno comprobaba qué carta le había
correspondido. Todos titubeaban al hacerlo; a más de uno se le enredaban los
dedos y tardaba más de lo que es normal en darle la vuelta al naipe. El
príncipe, a medida que el reparto se acercaba al lugar donde estaba, había ido
cobrando conciencia de su propia excitación nerviosa, pero aunque la
respiración le resultaba dificultosa, como buen jugador que era, no pudo por
menos que reconocer para sí que aquello, a la par, le resultaba grato, una
sensación que no por sorprendente para él mismo dejaba de placerle.
Tocó al
príncipe Florizel el nueve de bastos y al coronel Geraldine el tres de espadas;
a Mr. Malthus, que no pudo reprimir un gritito de alivio, que pareció sollozo,
le cayó en suerte la reina de corazones; al momento el joven caballero de
los pasteles de
crema, por llegarle el turno, volvió su naipe para encontrarse con el as de
bastos… Quedó mudo por el pánico, helada su sangre en las venas, con el naipe
entre los dedos… No había acudido a matar, sino a que lo mataran; entonces el
príncipe Florizel, con esa generosidad suya tan proverbial, y por la simpatía
que le inspiraba el atribulado joven, pareció olvidarse del peligro que se
cernía sobre su cabeza y sobre la cabeza del coronel.
De nuevo
se les acercaba el reparto de la segunda ronda y aún no había salido la carta
que significaba la muerte… Era perceptible que los jugadores aguantaban la
respiración, los unos, y jadeaban con extrema ansiedad los otros. Al príncipe
le cayeron más bastos y al coronel oros… Mas, cuando Mr. Malthus dio la vuelta
su naipe, se dejó sentir de sus labios una exclamación espantosa, como de algo
que se le hubiera roto en lo más hondo. Se puso de pie de golpe, sin denotar
impedimento alguno, para dejarse caer al momento, pesadamente, en su silla; le
había tocado el as de espadas… El socio honorífico había jugado durante mucho
tiempo con sus propios temores. Casi al momento cesó el reparto y volvieron las
conversaciones; abandonaron los jugadores su envaramiento anterior y
lentamente, aliviados, fueron levantándose de sus asientos para regresar en
grupos de no más de dos o de tres personas al salón de fumar. Estiró los brazos
el príncipe y bostezó, como quien se dispone a salir de su trabajo tras
concluir la jornada; Mr. Malthus, por el contrario, seguía inmóvil en su silla,
los codos en la mesa y
la cara perdida entre sus manos; parecía desmembrado en su propia ebriedad,
inmóvil como un objeto inútil.
El
príncipe y el coronel aprovecharon para marcharse de allí a toda prisa; cuando
salieron, el frío intenso de la noche renovaba en ellos el espanto que habían
vivido allí adentro.
—¡Unirse
en un juramento para algo como esto! —dijo el príncipe—. ¡Es una infamia que se
produzca esta especie de comercio del asesinato al por mayor, con lucro e
impunidad, encima! Si fuera capaz de romper mi promesa…
—Su
Alteza no puede hacer eso, pues su honor es el de Bohemia —le dijo el coronel
Geraldine—. Pero yo sí puedo hacerlo, yo sí puedo olvidarme de mi palabra…
—Mr.
Geraldine —dijo entonces el príncipe—, por nada del mundo querría que su honor
se viera menoscabado por estas aventuras en las que me acompaña; no podría
perdonárselo, y no podría perdonarme jamás que eso ocurriera.
—Siempre
a las órdenes de Su Alteza —se cuadró el coronel—. ¿Y si nos alejamos de este
maldito lugar?
—Sí,
llame por favor a un coche, y por Dios le juro que trataré de dormir
profundamente para borrar de mi memoria esta noche tan infausta.
Antes de
subir al coche de punto, sin embargo, el príncipe Florizel miró el rótulo con
el nombre de la calle para que no se le olvidase.
Al día
siguiente, apenas despertó, ya estaba ante él el coronel Geraldine con un
periódico en el que podía leerse lo que sigue:
«Lamentable
accidente. Sobre las dos de la madrugada pasada, Mr. Bartholomew Malthus, con
domicilio en el 16 de Chepstow Place, Westbourne Grove, cuando regresaba a su
casa después de pasar una velada en la residencia de unas amistades, cayó de
uno de los muros de Trafalgar Square, fracturándose el cráneo, una pierna y un
brazo. Su muerte fue instantánea. El suceso se produjo cuando Mr. Malthus, que
caminaba acompañado de un amigo, buscaba un coche de punto para volver a su
domicilio; como Mr. Malthus estaba impedido, se cree que pudo sufrir un
síncope, como consecuencia del cual cayó del muro. El infortunado caballero era
hombre muy conocido en los círculos más respetables de Londres y su muerte está
siendo causa de gran pesar en la ciudad».
—Si
alguna vez —dijo solemne Mr. Geraldine— hubo un alma que fuera más derecha al
infierno, no será otra que la de ese pobre inválido.
El
príncipe Florizel, sin decir palabra, se tapó la cara con las manos.
—La
verdad es que casi me alegro de su muerte —prosiguió el coronel—; lo que más
pena me causa es pensar en ese pobre joven, el de los pasteles de
crema…
—Mr.
Geraldine —dijo el príncipe—, anoche ese pobre muchacho era tan inocente como
usted y como yo; pero ya ve, hoy lleva en su alma el sangriento estigma de la
culpa… Me enferma pensar en el presidente de ese siniestro Club; no sé cómo ni
cuándo, pero le juro por Dios que daré su merecido a ese canalla… ¡Qué
experiencia tan terrible, qué lección tan memorable la de ese maldito juego de
cartas!
—No
debería repetirse jamás —dijo el coronel.
Estuvo
tanto rato sin hablar el príncipe, que Mr. Geraldine comenzó a alarmarse.
—No
piense en volver allí Su Alteza —siguió diciendo el coronel—; ya ha visto
demasiados horrores y ya ha sufrido bastante entre esa gente… Sus obligaciones
y su posición, además, le impiden exponerse vanamente a un peligro semejante.
—Tiene
usted razón, Mr. Geraldine; yo mismo me reprocho lo de anoche; bajo mis ropas
de potentado no hay otra cosa que un hombre, y jamás como hasta el presente
había tenido conciencia de mi propia debilidad… Pero, caballero, esto es más
fuerte que yo mismo… ¿Cómo podría olvidarme de la desgracia de ese pobre
infeliz con el que cenamos hace apenas unas horas? ¿Cómo permitir al presidente
del Club que siga lucrándose de manera tan vil? ¿Cómo iniciar una aventura
fascinante y no culminarla? No, Mr. Geraldine, lo siento… Solicita usted del
príncipe lo que no puede concederle el hombre; esta noche, por ello, volveremos
a tomar asiento en la mesa de
juegos del Club de los suicidas.
No pudo
evitar el coronel Geraldine hincarse de rodillas.
—¡Quíteme
la vida, Alteza, pero no me pida que le ayude en una empresa tan peligrosa!
—suplicó.
—Coronel
Geraldine —dijo el príncipe, altivo—, usted es el dueño único de su vida; sólo
solicito obediencia, pero si no me la quiere demostrar, no se la pediré más… Le
diré, para concluir de una vez por todas con este asunto, que ya se ha excedido
usted más de la cuenta importunándome.
Rápidamente
se puso en pie, de nuevo, el caballerizo mayor del príncipe.
—¿Me
dispensa del servicio Su Alteza, por esta tarde? —preguntó—. Soy hombre de
honor y no puedo regresar a ese maldito Club sin haber puesto en orden mis
cosas… Prometo a Su Alteza que no encontrará oposición alguna de mi parte, en
lo sucesivo, y que puede seguir teniéndome por el más fiel, agradecido y devoto
de sus asistentes.
—Mi muy
querido Mr. Geraldine —respondió el príncipe—, mire que lamento tener que
recordarle mi condición… Disponga usted del día como mejor le plazca, pero pase
a recogerme antes de las once de la noche… Y lleve el mismo disfraz que ayer.
Aquella
noche no estaba tan concurrido como la anterior el Club de los suicidas. Cuando
hicieron su entrada el príncipe y el coronel no había más de media docena de
miembros en el salón de fumar; Su Alteza tomó del brazo al presidente, lo llevó
a un extremo del salón y allí le felicitó vivamente por la forma en que se
había producido la muerte de Mr. Malthus.
—Me
alegro de hablar con alguien tan competente como usted —le dijo—; su profesión
es muy delicada, pero ya veo que sabe ejercerla con el acierto y la discreción
requeridos.
Casi se
mostraba humilde el presidente del Club, en su alegría, por recibir tales
elogios de alguien tan distinguido como el príncipe.
—¡Pobre
Mr. Malthy! —exclamó el presidente—. El Club ya no será el mismo sin su
presencia… Tenga en cuenta que la mayoría de mis clientes son jóvenes,
caballero; sí, jóvenes enfermos de poesía, pero que no constituyen para mí la
mejor de las compañías, precisamente… No es que no hubiera poesía en Mr.
Malthy, que la había, pero de la que yo puedo entender…
—Comprendo
perfectamente que tuviera tanto aprecio por Mr. Malthus —dijo el príncipe—. Me
pareció un hombre verdaderamente original.
El joven
de los pasteles de
crema permanecía cabizbajo y en silencio. Se le acercaron el príncipe y el
coronel, pero apenas pudieron cambiar con él unas palabras.
—¡No se
imaginan —les dijo— cuánta amargura siento por haberles traído a este espantoso
lugar! Váyanse de aquí cuanto antes, váyanse ahora que aún tienen las manos
limpias de sangre… ¡Si hubieran oído gritar a ese pobre viejo cuando caía del
muro…! ¡Si hubieran oído el ruido de sus huesos al troncharse contra el suelo!
Compadézcanse de mí, soy un hombre perdido. Recen para que me salga esta noche
el as de espadas.
Llegaron
algunos miembros más del Club, pero cuando se inició la sesión sólo eran una
docena. El príncipe Florizel advirtió de nuevo esa cierta alegría expectante y
alarmada de la noche anterior, y se sorprendió, sobre todo, de ver que el
coronel Geraldine demostraba una mayor presencia de ánimo. «Resulta
extraordinario —se dijo el príncipe— que hacer o no un testamento influya de
tal manera en el ánimo de un hombre joven».
—¡Atentos,
caballeros! —dijo al fin el presidente y comenzó a repartir las cartas.
Se
produjeron tres rondas de naipes, alrededor de la mesa, sin que
salieran las cartas malditas. Cuando inició el presidente la cuarta ronda la
excitación de los asistentes era máxima; no había naipes más que para una
última ronda; el príncipe, sentado en segundo lugar a la izquierda del
presidente, recibiría la penúltima carta, dada la manera en que se repartían
los naipes en el Club… El tercer jugador descubrió una de las cartas
siniestras, el as de bastos. Al siguiente le cayó una carta de oros, al otro
una de corazones… Aún no había aparecido el as de espadas. Entonces el coronel
Geraldine, que estaba sentado a la izquierda del príncipe, descubrió su carta:
un as, pero de corazones.
Casi se
le para el corazón al príncipe Florizel cuando vio su carta, no obstante ser un
hombre de probado valor. Se le cubrió el rostro de un sudor frío. Entre
cincuenta sobre cien probabilidades de verse condenado, le tocó el as de
espadas. Sintió que la mesa flotaba ante sus ojos, sus pensamientos se
enredaron en la más negra confusión… Oyó la carcajada nerviosa que soltaba el
jugador que había a su derecha, una carcajada que denotaba por igual alegría y
decepción. Vio el príncipe que el grupo se levantaba al instante de la mesa y
se dispersaba por el salón, pero su mente, ocupada en no sabía qué, le impedía
ponerse en pie. Sólo acertaba a reconocer lo absurdo y mortal de su
empecinamiento; gozando de buena salud, aún joven, heredero de un trono, había
perdido su futuro y arruinado el de una nación noble y leal en tan infame juego
de naipes.
—¡Que
Dios me perdone! —acertó a exclamar.
Dicho lo
cual, la confusión en la que había caído al descubrir su carta dio paso al
dominio de sí mismo.
Miró en
derredor suyo y se sorprendió de no ver allí al coronel Geraldine. Ya no había
un solo miembro del Club en el salón, salvo aquel a quien los naipes habían
deparado el destino de convertirse en su matarife; un hombre que conversaba
entonces con el presidente y con el joven de los pasteles de
crema, y que unos segundos después se acercó a él para decirle al oído:
—Daría un
millón de libras, si lo tuviera, para comprarle la suerte que ha tenido esta
noche.
Su
Alteza, por su parte, vio alejarse al joven, sin poder evitar el pensamiento de
que vendería su trágico destino a otro, si pudiera, a cambio de una suma mucho
menor…
Cambió
unas palabras más aquel hombre con el presidente y salió del salón, lanzando
una mirada cómplice al príncipe. El presidente del Club, entonces, se acercó al
infortunado tendiéndole la mano.
—Ha sido
un placer conocerle, caballero —le dijo—, y no sabe cuánto me alegra poder
prestarle este pequeño servicio… Al menos no tendrá quejas, dada la celeridad…
¡A la segunda noche! ¡Qué suerte tan increíble la suya!
Intentó
decir algo el príncipe, pero tenía la garganta terriblemente seca y la lengua
como de piedra.
—¿Se
encuentra mal? —le pregunto amablemente el presidente—. No se preocupe, eso les
ocurre a la mayoría de nuestros miembros… ¿Un poco de brandy?
Asintió
el príncipe con la cabeza y el presidente le sirvió al momento una copa.
—¡Pobre
Malthy! —evocó el presidente mientras el príncipe apuraba el trago—. Antes de
salir de aquí se bebió un litro entero de licor, pero no pareció hacerle
efecto…
—Yo no
soy tan resistente a ese tratamiento —habló al fin el príncipe, recuperado—.
Bien, ya me he sosegado, como puede comprobar… Tendrá algunas instrucciones que
darme…
—Sí,
bien… Mire, camine por la acera de Strand, en dirección a la City, hasta que
vea al caballero que acaba de salir… Él le dará nuevas instrucciones, que
deberá obedecer usted; esta noche él es la máxima autoridad del Club… Ahora
—concluyó—, sólo me resta desearle un agradable paseo…
El
príncipe Florizel respondió secamente a sus deseos y se despidió. Atravesó el
salón de fumar, donde bebían champán casi todos los miembros del Club que
habían participado en la ceremonia anterior, un champán pagado aquella noche
por el propio príncipe, y no pudo evitar maldecirles para sus adentros mientras
los contemplaba. En el antedespacho se puso abrigo y sombrero y tomó su
paraguas del rincón donde lo había dejado. Aquella familiaridad de los actos
diarios, y el pensamiento de que los hacía por última vez, le hizo soltar una
carcajada que sonó lamentable a sus propios oídos. Algo le impedía salir de
allí, sin embargo, y se asomó la ventana. Las lámparas del salón y la oscuridad
de la calle le hicieron recordar su compromiso. «Bien, ahora —se dijo—, debo
comportarme como un hombre de palabra y salir a la calle».
Al llegar
a la esquina de Box Court cayeron sobre él tres hombres que rápidamente lo
metieron en un coche. Conocía bien el príncipe a la persona que aguardaba en el
interior de aquel coche, que partió de inmediato y a toda prisa.
—¿Podrá
perdonarme Su Alteza esta muestra de celo? —le preguntó una voz más que
conocida.
El
príncipe, por toda respuesta, se abrazó lleno de alegría al coronel Geraldine.
—No sé
cómo agradecerle lo que ha hecho por mí —dijo—. Pero ¿y todo esto?
Aunque
había afrontado su destino con resolución, el príncipe estaba encantado de
aquella amistosa violencia con que había sido asaltado por esos hombres para
devolverle a la vida.
—No tiene
que agradecerme nada —respondió Mr. Geraldine—, me conformo con que no vuelva a
exponerse a peligros semejantes en lo sucesivo. En lo que a su pregunta se
refiere, le diré que ha sido de lo más sencillo; esta misma tarde llegué a un
acuerdo con cierto detective, muy reputado, al que he pagado para que guarde
bien el secreto de todo este asunto; esos tres hombres trabajan para él; la
casa de la esquina de Box Court estaba así sometida a vigilancia desde primeras
horas de la tarde, y este coche, que pertenece al detective, esperaba por Su
Alteza desde hace una hora…
—¿Y ese
miserable que iba a matarme? —preguntó el príncipe.
—Lo
cogimos nada más salir del Club; está a buen recaudo, espera en su palacio,
Alteza; no tardarán en unírsele los otros…
—Mr.
Geraldine —dijo el príncipe Florizel—, ha hecho bien en no prestar atención a
mis órdenes, pues gracias a eso me ha salvado la vida, que le debo además de la
gran lección recibida. No sería digno de mi condición de príncipe si no me
mostrase agradecido con usted, teniéndole por mi mejor maestro… Decida usted,
pues, lo que ha de hacerse.
Quedaron
ambos en silencio mientras el coche seguía recorriendo distintas calles de la
ciudad. El primero en hablar fue el coronel Geraldine:
—Su
Alteza —dijo— tiene a su merced ahora mismo a un buen número de presos; hay
entre ellos uno, por lo menos, con el que debe ser ejemplar la justicia, por
sus muchos crímenes. Es cierto que nuestro juramento nos impide acudir a la
ley, y aunque no hubiéramos jurado, la prudencia lo desaconsejaría… Pero,
¿puedo saber cuáles son las intenciones de Su Alteza?
—Ya lo he
decidido —respondió el príncipe—. El presidente del Club debe morir en un
duelo… Sólo falta elegir a su adversario.
—Su
Alteza me ha pedido que sea yo quien elija mi gratificación —dijo el coronel—.
¿Puedo designar a mi hermano para ese duelo? Es una misión muy honrosa y puedo
garantizar a Su Alteza que mi joven hermano sabrá responder perfectamente.
—Me pide
usted algo ciertamente ingrato —dijo el príncipe—, pero no puedo negárselo.
Le besó
la mano el coronel Geraldine con gran devoción y agradecimiento; el coche
cruzaba entonces los arcos que daban entrada a la suntuosa residencia del
príncipe. Apenas una hora más tarde el príncipe Florizel, vestido de gala y
adornado por todas las órdenes y condecoraciones de Bohemia, recibía en sus
salones a los miembros del Club
de los suicidas.
—Hombres
necios y malvados —comenzó a decirles—, quienes de entre ustedes hayan llegado
a estos extremos de depravación por causa de su fortuna escasa, recibirán de
mis asistentes trabajo y justo pago; pero aquellos a quienes hayan hecho sufrir
sus culpas deberán dirigirse a un más alto dignatario que yo… Me inspiran
ustedes, caballeros, una lástima más profunda de la que puedan imaginarse;
mañana cada uno me referirá su historia; cuanto mayor sea su sinceridad,
mayores serán los remedios que intente poner yo a sus padecimientos… En lo que
a usted se refiere —dijo entonces mirando al presidente—, no creo verme en la
necesidad de ofrecerle mi ayuda, pues supongo que eso sería un baldón para
usted, habida cuenta de sus muchos méritos… Pero tengo algo, un modesto
entretenimiento que proponerle… He aquí —dijo poniendo una mano en el hombro
del hermano menor del coronel Geraldine— a uno de mis oficiales; desea hacer un
viaje por Europa, por lo que le ruego a usted, como un gran favor, que lo
acompañe… Supongo que sabrá utilizar usted una pistola —siguió el príncipe, en
un tono ahora más grave—. Bien, mejor, pues eso puede resultarle muy útil… Más
vale que dos hombres que viajan estén bien preparados para hacer frente a
cualquier imprevisto… Mas, permítame añadir que, si acaso perdiera al joven
oficial Geraldine durante el viaje, siempre podré poner a su disposición a otro
miembro de mi corte… Si por algo soy bien conocido, señor presidente, es por mi
largo brazo y por mi buena vista.
Así de
severa y amenazadoramente concluyó su discurso el príncipe Florizel de Bohemia.
A la mañana siguiente los miembros del Club de los suicidas pudieron comprobar
cuán grande era la generosidad del príncipe y el presidente partió de viaje, en
compañía del joven oficial Geraldine y de dos ayudas de cámara debidamente
adiestrados en el palacio. Además, varios agentes al servicio del príncipe se
instalaron en la casa de Box Court, para revisar la correspondencia que llegaba
al Club de los suicidas, que posteriormente entregaban al príncipe Florizel, e
interrogar a los hombres que allí se dirigían.
***
En este
punto —dice mi autor árabe—, concluye la Historia
del joven de los pasteles de
crema, caballero que en el presente vive feliz y cómodamente instalado en
Wigmore Street, Cavendish Square, aunque por razones fáciles de comprender no
se ofrezca aquí su nombre. Quien desee saber más de las aventuras del príncipe
Florizel de Bohemia y del presidente del Club de los suicidas, deberá leer
la Historia del médico y el baúl de Saratoga.
Fin
Robert
Louis Stevenson.Conocido como uno de los más destacados novelistas
británicos del siglo XIX, nació el 13 de noviembre de 1850 en Edimburgo,
Escocia, y falleció el 3 de diciembre de 1894 en Samoa. Este prolífico autor,
cuya influencia en la literatura perdura hasta el día de hoy, dejó una marca
indeleble en el mundo literario con su versatilidad y su pasión por la
narración.
Stevenson
es ampliamente reconocido por su contribución a géneros literarios diversos,
desde novelas de aventuras e históricas hasta cuentos y poesía. Su obra más
icónica, "La isla del tesoro", es un ejemplo magistral de narrativa
de aventuras que ha cautivado a lectores de todas las edades a lo largo de
generaciones. Además, su novela de horror psicológico, "El extraño caso
del doctor Jekyll y el señor Hyde", explora temas profundos sobre la
dualidad de la naturaleza humana y ha dejado una huella duradera en la
literatura de terror.
Stevenson
también demostró un interés apasionado por los viajes, lo que se refleja en sus
crónicas de viaje y sus aventuras personales por el Pacífico Sur. Estas
experiencias se tradujeron en obras como "Cuentos de los Mares del
Sur", que ofrecen una visión fascinante de las culturas y paisajes de las
islas del Pacífico.
Además de
su destreza como novelista, Stevenson era un ensayista perspicaz, y su obra
ensayística abordó temas diversos, desde la moralidad hasta la política. Su
compromiso con cuestiones sociales y su valiente defensa del Padre Damián, un
misionero católico en Hawai, en su carta abierta, demuestran su disposición a
utilizar su voz para abordar temas importantes de su tiempo.
A lo
largo de su vida, Stevenson luchó contra problemas de salud, incluida la
tuberculosis, pero su determinación por vivir y crear fue insuperable. Su
capacidad para combinar aventura, misterio y profundidad emocional en sus
escritos le ha ganado un lugar perdurable en la literatura universal. La figura
de Stevenson sigue siendo un faro de inspiración para escritores y amantes de
la literatura en todo el mundo, y su legado literario perdura como un tesoro
invaluable en la historia de la literatura británica.

