Libro N° 12923. El Demonio De Maxwell. Liu, Ken.
© Libro N° 12923. El Demonio De Maxwell. Liu, Ken. Emancipación. Agosto 31 de 2024
Título original: ©
El Demonio De Maxwell. Ken Liu
Versión
Original: © El Demonio De
Maxwell. Ken Liu
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.isliada.org/relatos/el-demonio-de-maxwell/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://cdn.pixabay.com/photo/2016/11/21/18/12/wall-1846946_1280.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://www.isliada.org/static/images/2024/08/James-Clerk-Maxwell.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Ken Liu
El
Demonio De Maxwell
Ken Liu
JAMES
CLERK MAXWELL (1831-1879).
FEBRERO,
1943
Solicitud
de fin de confinamiento,
Centro de Reubicación de Tule Lake
Nombre:
Takako Yamashiro.
Pregunta
27: ¿Está dispuesto/a a prestar servicio en las fuerzas armadas de los Estados
Unidos e ir a combatir a donde se le ordene?
No sé
cómo responder esta pregunta. Al ser mujer no se me permite participar en
acciones de combate.
Pregunta
28: ¿Jura lealtad incondicional a los Estados Unidos de América y defenderlos
fielmente contra todo ataque de fuerzas foráneas o nacionales, y renunciar a
toda lealtad al emperador de Japón o a cualquier otro gobierno, poder u
organización extranjeros?
No sé
cómo responder esta pregunta. Nací en Seattle (Washington). Nunca he profesado
lealtad alguna al emperador de Japón, así que no hay nada a lo que pueda
renunciar. Juraré lealtad incondicional a mi país cuando mi país nos libere a
mí y a mi familia.
AGOSTO,
1943
Takako
iba caminando por la carretera, directa como una flecha hacia el complejo de
edificios administrativos, flanqueada a ambos lados por bloques de barracas
achaparradas dispuestas ordenadamente, cada una dividida en seis habitaciones,
cada habitación la morada de una familia. A lo lejos, hacia el este, se
atisbaba la redondeada silueta con forma de columna del monte Abalone. Takako
se imaginó cómo se vería la ordenada cuadrícula del campamento desde la cumbre:
como esos dibujos de equilibrada regularidad de la antigua Nara que su padre le
había enseñado en un libro cuando era pequeña.
Al ir
ataviada con un sencillo vestido blanco de algodón, una ráfaga de brisa le
mitigó el seco calor agosteño del norte de California, pero Takako añoraba la
fresca humedad de Seattle, las lluvias interminables del estrecho de Puget, la
risa de sus amigos allá en su ciudad y un horizonte que no estuviera ribeteado
por torres de vigilancia y cercas de alambre de púas.
Llegó al
cuartel general y se identificó ante los guardias, que la acompañaron por
largos pasillos y espaciosas salas atestadas de hileras de repiqueteantes
máquinas de escribir y humo rancio de cigarrillo hasta llegar a un despachito
en la parte de atrás. La hicieron pasar y luego cerraron la puerta, ahogando
así el bullicio de las conversaciones y las máquinas de la oficina.
Takako no sabía por qué la habían mandado llamar.
Se quedó de pie mirando al hombre de uniforme sentado al otro lado de la mesa,
recostado cómodamente fumando un cigarrillo. El ventilador eléctrico situado a
su espalda empujó el humo hacia ella.
El
director adjunto observó a la chica. Qué japo tan guapa, pensó. Tan guapa que
estás en un tris de olvidarte de lo que es. Casi lamentó tener que dejarla
marchar. Esa muchacha podía haber sido una buena fuente de diversión de haberla
mantenido a mano.
—Eres
Takako Yamashiro, una no-no.
—No —dijo
ella—. Yo no respondí «no» a esas preguntas. Maticé las respuestas.
—Si
hubieses sido leal, te habrías limitado a contestar «sí-sí».
—Tal como
ya expliqué en el formulario, esas preguntas no tenían sentido en mi caso.
Él le
indicó con un gesto que se sentara en la silla situada al otro lado de la mesa,
pero no le ofreció nada de beber.
—Vosotros,
los japos, sois de lo más desagradecidos. Os hemos internado aquí por vuestra
propia seguridad, y lo único que hacéis es quejaros, declararos en huelga y
comportaros de manera sospechosa y hostil. —Miró a Takako, desafiándola a
llevarle la contraria.
Sin
embargo, ella no dijo nada. Estaba acordándose del miedo y el odio en las
miradas de sus vecinos y compañeros de clase.
Tras unos
instantes, el hombre dio una profunda calada a su cigarrillo y continuó:
—A
diferencia de tu pueblo, nosotros no somos unos salvajes. Sabemos que hay japos
buenos y malos, pero el problema es diferenciar a los unos de los otros. Así
que abrimos la puerta una rendija y hacemos algunas preguntas. Los buenos caen
por el resquicio y los malos quedan dentro. Los hombres proceden de acuerdo con
su naturaleza, y leales y desleales terminan por diferenciarse. Pero entonces
tenías que venir tú y complicarlo todo.
Takako
abrió la boca pero luego se lo pensó mejor. En ese mundo en que vivía, ella
solo podía ser una «japo buena» o una «japo mala». No había lugar para que
fuese Takako Yamashiro, simplemente, libre de etiquetas.
—¿Fuiste
a la universidad? —cambió él de tema.
—Sí,
estudié física. Estaba en el posgrado cuando… pasó esto.
Él lanzó
un silbido.
—No tenía
ni idea de que hubiera licenciadas en física, japos o no japos.
—Era la
única mujer de mi clase.
Él la
sopesó con la mirada, igual que si hubiera sido un mono de circo.
—Estás
muy orgullosa de ser inteligente, aunque lo que eres, más bien, es taimada. Eso
explica tu actitud hostil.
Ella le
devolvió la mirada sin alterarse, en silencio.
—En
cualquier caso, al parecer se te va a ofrecer una oportunidad de ayudar a
Estados Unidos y demostrar que efectivamente eres leal. Los hombres de
Washington te han reclamado a ti en concreto. Si estás de acuerdo, firma estos
documentos y ellos te contarán más cuando te recojan mañana.
—Ocasión
puedo irme de Tule Lake? —pregunto ella sin dar crédito a sus oídos.
—No te
emociones demasiado. No te vas de vacaciones.
Ella
hojeó por encima el fajo de papeles que tenía delante y luego levantó la
mirada, atónita.
—Con
estos documentos estoy renunciando a mi nacionalidad estadounidense.
—Claro
—respondió él con aire divertido—. Difícilmente podemos enviarte de vuelta al
Imperio de Japón siendo ciudadana norteamericana, ¿a que no?
¿De
vuelta? Ella jamás había estado en Japón. Había crecido en el Japantown de
Seattle y de allí se había trasladado directamente a la universidad de
California. Lo único que había conocido era una pequeñísima parte de Estados
Unidos y su cómoda vida, y luego este campamento. Se sintió mareada.
—¿Y si me
niego?
—Será la
constatación de que no estás por la labor de ayudar a Norteamérica en esta
guerra. Y os trataremos a ti y a tu familia en consecuencia.
—Para
demostrar que soy patriota tengo que renunciar a Estados Unidos. ¿No se da
cuenta de lo ridículo que resulta eso?
Él se
encogió de hombros.
—¿Y mi
familia?
—Tus padres y tu hermano continuarán aquí a nuestro
cargo —respondió él sonriendo—. Así tendremos la seguridad de que te concentras
en tu trabajo.
Takako
fue acusada de lealtad a Japón: era una nisei, una descendiente de japoneses,
que estaba dispuesta a morir por el Emperador y que había renunciado de mil
amores a su nacionalidad. Las compasivas autoridades estadounidenses no habían
querido ajusticiar a una simple muchacha y la habían incluido en la lista de
prisioneros que iban a ser canjeados por los norteamericanos capturados por los
nipones en Hong Kong y repatriados a Japón. Aunque los internos projaponeses de
Tule Lake felicitaron a sus padres por la valentía de Takako, la mayoría de los
detenidos sintió lástima por la familia. El señor y la señora Yamashiro estaban
perplejos. El hermano de Takako, otro no-no que se había negado a responder
esas dos preguntas por cuestión de principios, se enzarzó en varias peleas con
otros prisioneros. La familia no tardó en ser trasladada a la prisión militar,
donde se la mantuvo aislada del resto de internos del campo «por su propia
seguridad».
Los
hombres de Washington le explicaron a Takako lo que debía hacer una vez el
barco arribase a Japón. Los japoneses sospecharían de ella y la interrogarían.
Tenía que contar y hacer lo que hiciera falta para convencerlos de su lealtad
al Imperio nipón. Para apoyar su historia, filtrarían que habían matado a los
miembros de su familia por encabezar un motín de prisioneros que había sido el
detonante de que en el campamento se instaurase la ley marcial. Así los
japoneses creerían que ya no tenía vínculos con Estados Unidos. Tenía que
utilizar todas las cartas de que dispusiera —los hombres miraron
significativamente su grácil cuerpo— para obtener información útil, en concreto
sobre avances japoneses en el campo de la ingeniería.
—Cuanto más nos consigas —le dijeron—, más seguros
estarán tu familia y tu país gracias a ti.
El
japonés de Takako, aprendido en casa y en los mercados de Japantown, fue puesto
a prueba duramente por los interrogadores de la Kenpeitai. Ella respondió las
mismas preguntas una y otra vez.
¿Por qué
odias a los norteamericanos?
¿Siempre
te has sentido leal al Imperio de Japón?
¿Qué
sentiste cuando te enteraste de la noticia de la victoria de Pearl Harbor?
Al fin
dictaminaron que era una súbdita leal del Emperador, una orgullosa japonesa que
había sufrido a manos de los salvajes estadounidenses. Sus conocimientos de
inglés y su formación científica se consideraron útiles y la pusieron a
traducir documentos del inglés para los científicos militares. Takako creía que
la Kenpeitai continuaba vigilándola, pero no podía tener la certeza.
Un equipo
de rodaje de material propagandístico la filmó en su puesto de trabajo en
Tokio, ataviada con una bata de laboratorio blanca. ¡Una física que había
abandonado Estados Unidos para trabajar por el triunfo del país! Ella era el
símbolo del Nuevo Japón. Takako miró a la cámara, luciendo una sonrisa recatada
y maquillaje profesional. Lo importante no es tanto lo bien que baile el perro
sino el que un perro esté nada menos que bailando, pensó.
Satoshi
Akiba, un físico y oficial del Ejército Imperial, quedó impresionado con ella.
Era un cuarentón de aspecto distinguido que había estudiado en Inglaterra y
Estados Unidos. ¿Estaría interesada, le susurró inclinándose hacia ella, en
unirse a su equipo en Okinawa, donde estaba embarcado en un importante proyecto
en el que podría resultar de ayuda? Y tras decir esto alargó la mano para
apartarle un mechón de pelo de los ojos.
MARZO,
1944
La
primavera en Okinawa, a más de mil quinientos kilómetros de Tokio, era
templada, incluso calurosa. También era tranquila, casi más propia de la época
premoderna si se la comparaba con el bullicio de las ciudades del archipiélago
japonés. En Okinawa, lejos de las continuas emisiones radiofónicas y
exhortaciones a contribuir a la campaña bélica, el conflicto parecía más
lejano, menos real. Takako en ocasiones incluso conseguía fingir que
simplemente estaba en la universidad.
Ella
disponía de su propia habitación en el complejo, pero rara vez podía dormir
allí. La mayoría de las noches, Akiba, el director, reclamaba su compañía. A
veces él escribía cartas a su esposa, que estaba en su hogar en Hiroshima,
mientras Takako le daba un masaje. Otras le apetecía hablar en inglés antes de
acostarse con ella, «para practicar». Las costumbres norteamericanas de Takako
y el que hubiera estudiado en Estados Unidos parecían proporcionarle un
atractivo especial a sus ojos.
Takako no
entendía cuál era el objetivo de la Unidad 98. Akiba no parecía confiar
plenamente en ella y nunca le comentaba nada relacionado con las noticias de la
guerra ni con su trabajo. Tenía cuidado de asignarle tan solo labores de lo más
inocuo, como leer y resumir investigaciones occidentales que en apariencia no
tenían demasiada aplicación práctica: experimentos sobre difusión gaseosa,
cálculos de niveles energéticos atómicos, teorías psicológicas contrapuestas…
Sin embargo, el complejo estaba estrechamente vigilado y en él reinaba un
ambiente de secretismo absoluto. Más de cincuenta científicos trabajaban en el
lugar, y todas las granjas circundantes habían sido desalojadas y los pueblos
cercanos evacuados a la fuerza.
Sus
responsables estadounidenses se habían puesto en contacto con ella a través de
los criados. Si creía que tenía algo relevante, debía dejarlo en el cubo de la
basura, envuelto en sus paños higiénicos. Los criados sacarían el atadijo del
complejo, lo introducirían en un contenedor que sellarían y entregarían a una
familia de pescadores, que a su vez lo llevarían hasta cierto atolón submarino
en el mar de Filipinas donde lo arrojarían al agua. Un submarino norteamericano
lo recogería luego.
Ella
pensó en esos atadijos en su largo viaje hasta Norteamérica, en el envoltorio
blanco manchado de su sangre menstrual, una parodia del Hinomaru que los
hombres se sentirían reacios a examinar de cerca. Tenía que reconocer que sus
responsables eran inteligentes.
Un día,
Akiba estaba meditabundo. Le apetecía ir a caminar por los bosques del interior
y le pidió a Takako que lo acompañase. Fueron en coche hasta el final de la
carretera y se internaron a pie en las profundidades del bosque. Takako
disfrutó del paseo. Desde su llegada a la isla no había tenido ninguna
oportunidad de explorarla.
Pasaron
junto a gigantescos mangles de una variedad cuyas raíces verticales parecían
formar mamparas: la versión de los biombos japoneses de la naturaleza.
Escucharon los chi-chi de las llamadas que lanzaban los picos okinawenses.
Admiraron los laureles de las Indias, con sus raíces aéreas retorciéndose y
descendiendo cual ninfas bajando de las ramas. Takako rezó en silencio cuando
pasaron junto a los árboles sagrados, tal como su madre le había enseñado de
niña.
Tras una
hora llegaron a un claro en el bosque. En el extremo opuesto del mismo se abría
la sombría boca de una cueva que penetraba bajo tierra. Un arroyo se adentraba
en la gruta, y su tintineo se amplificaba al reverberar contra las paredes de
la caverna.
Takako
sintió que en el interior de esa cueva había algo malévolo. Le pareció oír
gruñidos, chillidos y gritos acusatorios que se iban haciendo más fuertes
cuanto más tiempo permanecía allí. Notó flaquear las rodillas. Antes de poder
controlarse, cayó de hinojos, se inclinó hacia delante, apoyó manos y frente
sobre la tierra y, en un idioma que no había utilizado desde hacía tanto tiempo
que le sonó extraño a sus propios oídos, dijo: «Munoo yuu iyuru mun». Habla
bien de los demás.
Los
sonidos se acallaron y, cuando levantó la mirada, se encontró a Akiba de pie a
su lado, observándola con una expresión inescrutable.
—Lo
siento —dijo ella, y se postró ante él—. De niña, mi abuela y mi madre me
hablaban en uchinaguchi.
Se acordó
de las historias que su madre le había contado sobre cómo, cuando ella misma
iba al colegio en Okinawa, la profesora la obligaba a colgarse al cuello un
batsu fuda, un cartel que pregonaba que era una mala alumna porque hablaba
okinawense en lugar de japonés. Su madre descendía de un largo linaje de yuta:
mujeres capaces de comunicarse con los espíritus de los muertos. En las islas
principales habían decidido que la creencia en las yuta y las sacerdotisas nuru
eran supersticiones primitivas peligrosas para la unidad nacional, prácticas
que tenían que ser erradicadas para que los okinawenses pudieran limpiarse esa
mancha impura y convertirse en verdaderos miembros de la nación japonesa.
Quienes
hablaban uchinaguchi eran traidores, espías. Era un idioma prohibido.
—Tranquila
—dijo Akiba—. No soy nada fanático en lo relacionado con los idiomas. Conozco
tus antecedentes familiares. ¿Por qué crees que te he pedido que vinieras?
Akiba le
explicó que se rumoreaba que la cueva era el lugar donde siglos atrás los
antiguos reyes de Ryukyu habían ocultado su tesoro antes de que el ejército
japonés conquistase la isla. Algunos burócratas del Ejército Imperial habían
decidido que se trataba de un rumor digno de ser investigado, de modo que
habían traído trabajadores forzados de China y Corea y simpatizantes comunistas
condenados para que bregasen en la gruta. Como el comandante se tomó un poco
demasiado en serio lo de sisar parte de los fondos del proyecto, las raciones
de los prisioneros eran demasiado escasas. Los hombres se habían amotinado el
año anterior, y todos ellos, alrededor de unos cincuenta, habían sido abatidos
a tiros; los soldados habían dejado los cuerpos en la cueva, para que se
pudrieran allí. En ningún momento se había encontrado nada de valor.
—¿Los
oyes, verdad? —preguntó Akiba—. Tienes el don de tu madre, tú también eres una
yuta.
Un hombre
de ciencia,
continuó Akiba, no debería descartar de plano ningún fenómeno sin antes
analizarlo. La Unidad 98 había sido establecida para investigar supuestos
fenómenos paranormales: percepción extrasensorial, telequinesia, muertos que
volvían a la vida… Se decía que las yuta llevaban generaciones comunicándose
con los muertos, y él creía que era conveniente investigar esa afirmación y ver
si de ahí se podía sacar algo.
—Muchas
de las yuta aseguran poder oír y hablar a los espíritus de quienes han
fallecido violenta o prematuramente, pero hemos tenido poca suerte a la hora de
conseguir que logren que los muertos hagan nada útil. Les falta una base
científica mínima.
»Pero ahora te tenemos a ti.
Takako
convenció a dos de los espíritus, T’ai y Sanle, para que se vincularan a una
pala abandonada a la entrada de la cueva. Habían utilizado la herramienta en
vida y estaban acostumbrados a ella. Takako los veía: volutas con forma de
hombres famélicos y demacrados aferrando el mango de la pala.
Ellos le
mostraron imágenes de los campos de sorgo de Manchuria, su hogar, de las
ondulantes espigas rojas agitándose como un océano. Le mostraron imágenes de
explosiones, casas en llamas y soldados marchando en fila. Le mostraron
imágenes de mujeres cuyos vientres eran rajados con bayonetas y de niños que
eran decapitados con espadas alineados de rodillas bajo un flameante Hinomaru.
Le mostraron imágenes de grilletes y cadenas, de oscuridad, de hambre y del
momento final, cuando ellos ya no tenían nada que perder y la muerte casi fue
bienvenida.
«Basta —les suplicó ella—. Por favor, parad».
Le asaltó
un recuerdo. Estaba en Seattle, en el diminuto apartamento de su familia con
tan solo una habitación. Estaba lloviendo, como siempre. Tenía seis años y
había sido la primera en despertarse. Junto a ella estaba su abuela.
Se
inclinó sobre ella para subir la manta y taparla mejor. Nnmee había estado
enferma y por las noches tenía escalofríos. Le apoyó la mano en la mejilla. Así
era como la despertaba todas las mañanas, y luego se quedaban tumbadas una
junto a la otra, cuchicheando y riéndose mientras la ventana se iba iluminando
poco a poco.
Sin
embargo, esa mañana algo no andaba bien. La mejilla de su abuela estaba fría, y
tan rígida como el cuero. La pequeña Takako se incorporó y vislumbró un esbozo
fantasmal de su abuela sentado a los pies del futón. Fue pasando
alternativamente la mirada del cuerpo que tenía junto a ella a la versión
espectral, y comprendió.
—Nnmee,
maa kai ga? —preguntó. ¿Adónde te vas?
La abuela
siempre hablaba uchinaguchi con ella, incluso aunque su padre aseguraba que era
una mala costumbre. «Ahora, en Japantown, todos tenemos que ser japoneses
—decía él—. El okinawense carece de futuro».
—Nmarijima
—dijo su abuela. A casa.
—Njichaabira.
—Adiós. Takako se echó a llorar y los adultos se despertaron.
Su madre
había regresado a Okinawa sola, llevando una sortija de la abuela. Takako había
ayudado a su madre a convencerla de que se vinculara al anillo. «¡Agárrate con
fuerza, nnmee!», le había dicho. Y en su mente la había visto sonreír.
«Ahora tú también eres una yuta —le había dicho su
madre—. No hay nada peor que morir lejos del hogar. Los espíritus no pueden
descansar hasta que regresan a casa, y las yuta tienen la obligación de
ayudarles».
Se
llevaron la pala de vuelta con ellos; Akiba estaba de lo más animado y durante
todo el camino fue silbando y tarareando. Le preguntó a Takako detalles sobre
los espíritus: qué aspecto tenían, cómo sonaban, qué querían…
—Quieren
regresar a casa —dijo ella.
—¿Ah, sí?
—Akiba asestó un puntapié a un grupo de setas que había junto al camino,
desparramándolas por doquier—. Diles que podrán volver a casa una vez nos hayan
ayudado a ganar la guerra. Cuando estaban vivos fueron demasiado perezosos para
trabajar con ganas por el Emperador, pero ahora tienen una oportunidad de
redimirse.
Pasaron junto a laureles de las Indias y mangles,
arbustos de hibisco y lirios nocturnos con hojas cual enormes y tiesas orejas
de elefante. Sin embargo, Takako ya no podía disfrutar del paisaje. Apenas se
sentía capaz de retener su mabui, su esencia vital, en el interior de ese
caparazón que tenía por cuerpo.
Akiba le
mostró el prototipo: una caja metálica dividida por la mitad por un separador.
El separador estaba lleno de agujeros diminutos tapados por una membrana
traslúcida de seda.
—Las yuta
me aseguran que los espíritus son muy débiles. Que tienen poca fuerza para
manipular objetos físicos, ni siquiera la suficiente para levantar un lápiz de
una mesa. Lo más que podrían hacer es empujar ligeramente hacia un lado u otro
una hebra aislada, ¿es así?
Takako
estuvo de acuerdo. Los espíritus estaban ciertamente limitadísimos en sus
interacciones con el mundo físico.
—Supongo
que esas mujeres dijeron la verdad —dijo Akiba—. Torturamos a unas pocas para
asegurarnos de que no nos ocultaban el verdadero alcance de sus poderes.
Ella
trató de imitar la impasible expresión de Akiba.
—La
guerra no va bien —continuó él—, a pesar de lo que los responsables de la
propaganda puedan decir. Llevamos ya un tiempo a la defensiva, y los
estadounidenses continúan avanzando, saltando de isla en isla por el Pacífico.
Sus carencias en cuanto a valentía y habilidad las compensan con sus recursos
abundantes y suministros inagotables. Este siempre ha sido el punto débil de
Japón. Nos estamos quedando sin petróleo y sin otras materias primas
esenciales, y necesitamos dar con alguna fuente de energía insospechada, algo
que pueda cambiar el curso de la guerra.
Akiba le
acarició el rostro y, muy a su pesar, Takako sintió que se relajaba ante el
suave roce.
—En 1871,
James Clerk Maxwell concibió un ingenioso motor —continuó Akiba. Ella trató de
decirle que conocía la idea de Maxwell, pero él no le prestó atención porque
estaba con ganas de soltar el rollo—. Un tipo inteligente, para no ser japonés
—añadió.
»Una caja
llena de aire está llena de moléculas moviéndose rápidamente de un lado para
otro. Su velocidad media es lo que nosotros llamamos su temperatura. Sin
embargo, las moléculas de aire no se mueven en realidad a una velocidad
uniforme. Algunas tienen mayor energía y se mueven deprisa, mientras que otras
son perezosas y se mueven despacio. Supongamos, no obstante, que la caja está
dividida por la mitad por una trampilla. Supongamos también que tenemos un
minúsculo demonio plantado junto a ella. El demonio observa todas las moléculas
que rebotan de aquí para allá por la caja. Siempre que ve una molécula veloz
que se dirige a la trampilla desde el lado derecho, la abre para permitirle
pasar al lado izquierdo, y luego la cierra al instante. Siempre que ve una
molécula lenta que se dirige a la trampilla desde el lado izquierdo, la abre
para permitirle pasar al lado derecho, y luego la cierra al instante. Al cabo,
incluso aunque el demonio no haya manipulado ninguna molécula directamente ni
aportado energía al sistema, la entropía total del mismo decrece, y el lado
izquierdo de la caja estará lleno de moléculas veloces, con lo que se irá
calentado, mientras que el lado derecho estará lleno de moléculas lentas, con
lo que se irá enfriado.
—Ese
diferencial térmico puede emplearse para producir trabajo útil —dijo Takako—,
como una presa que retiene el agua.
Akiba
asintió con la cabeza y continuó:
—El
demonio tan solo ha permitido que las moléculas se agrupen en función de
información sobre sus características previas, pero con esa separación ha
convertido información en energía y se ha saltado la Segunda Ley de la
Termodinámica. Tenemos que construir este motor.
—Pero eso
no es más que un experimento teórico. ¿Dónde vamos a encontrar esos demonios?
Akiba le
sonrió y Takako sintió un escalofrío bajándole por la espalda.
—Ahí es donde intervienes tú —dijo Akiba—. Tú, tú
enseñarás a tus espíritus a alimentar este motor, a separar moléculas calientes
de frías. Cuando lo logres dispondremos de una fuente ilimitada de energía
generada de forma espontánea a partir del aire. Seremos capaces de construir
submarinos que no requieran gasóleo y que no necesiten emerger jamás, aviones
que nunca se queden sin combustible y nunca necesiten aterrizar. Con los
muertos abasteciéndonos de energía, bañaremos Nueva York y San Francisco en un mar
de fuego, y bombardearemos Washington hasta convertirlo de nuevo en la ciénaga
sobre la que se alzó. Los norteamericanos morirán o gritarán y gritarán presas
del terror, todos ellos.
—Vamos a
probar este juego —propuso Takako a T’ai y Sanle—. Si sois capaces de hacer
esto, tal vez pueda conseguir que regreséis a casa.
Takako
cerró los ojos y dejó vagar la mente, fusionando su consciencia con los
espíritus. Buscó a tientas su vista, la compartió, vio lo que ellos veían.
Libres de las ataduras de los cuerpos físicos, podían concentrar sus sentidos
en las magnitudes más diminutas y las fracciones de tiempo más infinitesimales,
de suerte que todo parecía tremendamente ampliado y ralentizado. Pero ellos,
analfabetos e incultos, no sabían qué debían buscar.
Con la
atención de los espíritus todavía bajo su control, Takako compartió sus
conocimientos con ellos y los ayudó a ver el aire como un mar de canicas
vítreas zigzagueando y rebotando de aquí para allá.
Les hizo
fijarse en las hebras de seda de la membrana que cubría el separador en mitad
de la caja. Con cuidado y paciencia infinitos les enseñó a esperar hasta que
una molécula se dirigiese a toda velocidad hacia esa barrera.
«¡Abrid!»,
gritaba entonces.
Y
observaba cómo T’ai y Sanle volcaban todas sus exiguas fuerzas en curvar las
hebras de seda y abrir una minúscula rendija a través de la cual la molécula de
aire pasaba zumbando.
«¡Más
deprisa, más deprisa!», gritaba ella. No sabía cuánto tiempo había pasado con
ellos, enseñándoles a trabajar más rápido, abriendo y cerrando rendijas en la
barrera, separando moléculas veloces de lentas.
Takako
abrió los ojos y dejó escapar un grito ahogado cuando su mabui volvió ocupar su
cuerpo por completo. El tiempo recuperó la normalidad, y en la sombría
habitación las motas de polvo se deslizaron lentamente por los rayos de sol.
Colocó la mano en un extremo de la caja metálica y
se estremeció al sentir cómo se iba calentado paulatinamente.
Plena
noche. Takako se hallaba en su propia habitación. Le había explicado a Akiba
que estaba en esos días del mes. Él había asentido con un cabeceo y recurrido a
la compañía de una sirvienta.
La parte
más difícil de su plan resultó ser conseguir que T’ai y Sanle se escondieran
dentro de los paños higiénicos. Con todo lo que habían sufrido, a Takako le
parecía absurdo que eso les echase para atrás. Pero los hombres eran así de
extraños. Por fin los convenció de que era el único camino para regresar a su
casa, un camino largo y tortuoso que pasaba por la otra punta del globo. Se
fiaron de ella y a regañadientes hicieron lo que les pidió.
Agotada
se sentó a la mesa y escribió a la luz de la luna casi llena.
Los
espías que tenían en Estados Unidos habían informado de que los norteamericanos
estaban tratando de desarrollar una nueva arma basada en la energía liberada en
el proceso de fisión de los átomos. Los alemanes ya habían conseguido dividir
átomos de uranio años atrás, y los japoneses estaban trabajando en esa misma
línea. Los estadounidenses tenían que apresurarse.
Ella
sabía que un paso crítico en la fabricación de una bomba atómica basada en el
uranio era disponer de la variedad apropiada de ese elemento. Existían dos:
uranio-238 y uranio-235. En la naturaleza, el 99,284 % del uranio era de la
variedad uranio-238, pero, para mantener una reacción nuclear en cadena, se
necesitaba sobre todo uranio-235. Y no había ninguna manera de diferenciar
ambos isótopos mediante procedimientos químicos.
Takako se
imaginó los átomos de uranio de una variedad compuesta en estado gaseoso. Las
moléculas rebotaban aquí y allá, como el aire en su caja de metal. Las
moléculas de uranio-238, más pesadas, tendrían una velocidad media ligeramente
más lenta que las moléculas de uranio-235, más ligeras. Se imaginó las
moléculas dando tumbos en el interior de un tubo, y los espíritus a la espera
cerca del extremo abriendo una trampilla para permitir pasar las moléculas más
rápidas pero cerrándola para mantener las lentas en el interior.
«Si
ayudáis a Estados Unidos a ganar la guerra, podréis regresar a vuestro hogar»,
susurró a los espíritus.
Takako
empezó a poner por escrito su idea.
Se
imaginó la potencia de la bomba que sus espíritus ayudarían a fabricar.
¿Brillaría con más fuerza que el sol? ¿Bañaría una ciudad entera en un mar de
fuego? ¿Crearía más millares, más millones de espíritus aulladores que nunca
jamás podrían regresar a su hogar?
Se
detuvo. ¿Era ella una asesina? Si no hacía nada, habría gente que moriría.
Hiciera lo que hiciera, habría gente que moriría. Cerró los ojos y pensó en su
familia. Deseó que no lo estuvieran pasando demasiado mal. Su hermano era
conflictivo. Nunca dejaba de darle vueltas a la cabeza y se enfadaba
continuamente. Se imaginó las puertas del campamento de Tule Lake abriéndose y
a todo el mundo saliendo, dando botes, como moléculas de alta energía. ¡La
guerra ha terminado!
Acabó su informe, confiando en que cuando en
Estados Unidos lo leyesen los analistas no lo tomasen por los desvaríos de una
lunática. Subrayó dos veces la petición de que permitieran que su madre
trabajara con T’ai y Sanle, y les ayudasen a regresar a su hogar una vez
concluido su trabajo.
—¿Qué
quieres decir con que han escapado? —Akiba no sonaba enfadado, parecía
perplejo.
—No supe
explicarles con la claridad suficiente lo que esperábamos de ellos —dijo Takako
postrándose ante él—. Perdón. Les prometí recompensas demasiado tentadoras. Me
engañaron, y durante un tiempo creí que el experimento estaba yendo bien, pero
resultó que no eran más que imaginaciones mías. Deben de haber escapado durante
la noche porque temían que yo hubiese descubierto su engaño. Si quiere, podemos
ir a buscar nuevos espíritus a la cueva.
—Eso
nunca había sucedido con ninguna de las otras yuta —dijo Akiba entornando los
ojos.
Takako no
apartó la mirada del suelo. El corazón le palpitaba en el pecho.
—Por
favor, tiene que comprender que estos espíritus no pertenecen a súbditos leales
al Emperador. Eran criminales. ¿Qué se puede esperar de los chinos?
—Eso es
interesante. ¿Estás sugiriendo que deberíamos pedir a súbditos leales que se
presenten voluntarios para esta tarea?, que, por así decir, conviertan su
cuerpo en un espíritu para así poder servir mejor al Emperador.
—En
absoluto —respondió Takako sintiendo la boca seca—. Tal como decía, la teoría
está bien, pero creo que la dificultad de la tarea supera la capacidad de
campesinos y soldados de origen humilde, incluso si su espíritu rebosa fervor
hacia el Emperador. Por ahora deberíamos centrarnos en otras líneas de
investigación.
—Por
ahora —dijo Akiba.
Takako se
tragó su pavor y le sonrió, y acto seguido empezó a desnudarse.
JUNIO,
1945
El pueblo
estaba enclavado en la ladera de una colina que lo protegía de gran parte de
los bombardeos y fuego de artillería. No obstante, el suelo bajo la pequeña
cabaña en la que estaban acurrucados temblaba cada pocos minutos.
Ya no
quedaban más lugares a los que huir. Los marines habían desembarcado dos meses
antes y avanzado lenta pero inexorablemente. El complejo de la Unidad 98 había
sido bombardeado y reducido a escombros semanas atrás.
En el
exterior de la choza, los aldeanos estaban reunidos en la plaza escuchando al
sargento. El militar se había despojado de la camisa, dejando a la vista el
torso con el costillar marcándose bajo la piel sucia. Los alimentos llevaban
meses racionados e, incluso aunque a muchos civiles se les había ordenado
suicidarse para que así el Ejército Imperial dispusiera de provisiones más
tiempo, la comida había terminado por acabarse.
Allí
reunidas estaban las mujeres, junto con los muy jóvenes y los muy viejos. Días
atrás, a todos los hombres sanos, incluidos los niños de más edad, les habían
entregado lanzas de bambú y se los habían llevado para que tomasen parte en una
carga banzai final contra los marines.
Takako se
había despedido de los críos. Antes de la batalla, algunos de los adolescentes
estaban tranquilos, casi ansiosos. «Nosotros, los okinawenses, ¡enseñaremos a
los norteamericanos lo que es el espíritu Yamato! —habían gritado al unísono—.
¡Cada día de lucha es otro día más en que el archipiélago está seguro!».
Ninguno
había regresado.
El
sargento portaba la espada al cinto. Su hachimaki estaba hecho jirones y
manchado de sangre y, mientras paseaba de acá para allá, las lágrimas le
resbalaban copiosamente por el rostro. La rabia y el pesar lo embargaban. ¿Qué
es lo que había fallado? Japón era invencible. Tenía que haber sido culpa de
los impuros okinawenses, quienes, al fin y al cabo, no eran verdaderos
japoneses. Aunque habían ejecutado a muchísimos traidores a los que habían
sorprendido cuchicheando en su dialecto incomprensible, seguro que otros
muchos, demasiados, habían estado ayudando a los norteamericanos en secreto.
«Los
estadounidenses dispararon contra todas las casas, casas en las que había niños
y mujeres. Y ni se inmutaron ante el llanto de los bebés. ¡Son unos salvajes!».
Takako
escuchó la alocución y se imaginó la escena. El sargento estaba describiendo el
ataque norteamericano al pueblo situado al otro lado de la colina. Los
japoneses se habían retirado al interior de las casas y habían utilizado a los
aldeanos como escudos humanos. Algunas mujeres habían cargado con lanzas contra
los marines. Ellos les dispararon y luego acribillaron a tiros las casas. No
hubo distinción entre civiles y combatientes. Ya era demasiado tarde para eso.
«Os
violarán a todas y torturarán a vuestros hijos delante de vuestros ojos
—aseguró el sargento—. No les deis esa satisfacción. Ha llegado el momento de
que entreguemos la vida por el Emperador. Triunfaremos con nuestro espíritu.
¡Japón nunca se rendirá!».
Algunos
niños rompieron a llorar y sus madres trataron de calmarlos. Las mujeres
miraban con expresión ausente al sargento, que gesticulaba como un poseso. No
reaccionaron ante la palabra «violarán». Días atrás, el Ejército Imperial ya se
había llevado a las mujeres para una última noche de solaz desenfrenado antes
de lanzarse a la carga suicida final. Pocas mujeres se habían resistido. Así
era la guerra, ¿no?
Se había
entregado una granada a cada cabeza de familia. En anteriores ocasiónes había
sido posible repartir dos a cada uno: una para el enemigo, otra para la
familia. Pero las granadas también se estaban agotando.
—Ha
llegado el momento —gritó el sargento. Ningún aldeano se movió—. ¡Ha llegado el
momento! —repitió, y apuntó con la pistola a una de las madres.
Ella
atrajo hacia sí a sus dos hijos. Chilló, quitó la anilla de la granada y apoyó
el proyectil contra el pecho. Continuó chillando hasta que la explosión puso
súbito final a sus gritos. Por todas partes llovieron pedazos de carne, y
algunos aterrizaron en la cara del sargento.
El resto
de madres y abuelos empezaron a lanzar alaridos y gritos, a los que siguieron
más explosiones. Takako se tapó los oídos con las manos, con fuerza, pero los
espíritus de los muertos continuaron chillando y le resultó imposible dejar de
escucharlos.
—También
es nuestra hora —anunció Akiba, más tranquilo que nunca—. Te permitiré elegir
cómo deseas morir.
Takako lo
miró con incredulidad. Él alargó la mano y le acarició las mejillas. Ella
retrocedió y Akiba se detuvo, sonriendo burlonamente.
—Pero
vamos a llevar a cabo un experimento —continuó él—. Deseo comprobar si tu
espíritu, el de una súbdita leal al emperador con formación científica, es
capaz de lo que los otros no fueron capaces: de desempeñar el papel de demonio
de Maxwell. Quiero saber si mi motor funcionará. —Señaló con la cabeza la caja
metálica que había en un rincón del cuarto.
Takako
vio el brillo demente en los ojos de Akiba. Se obligó a permanecer tranquila, a
hablar con dulzura, como con un niño.
—A lo
mejor deberíamos pensar en rendirnos. Usted es un hombre importante. Con todo
lo que sabe, no le harán daño.
Akiba se
echó a reír.
—Siempre
he sospechado que no eras lo que afirmabas ser. Tantos años de vivir en Estados
Unidos deben de haberte corrompido. Te voy a dar una oportunidad más de
demostrar tu lealtad al Emperador. Aprovéchala y decide cómo vas a morir, o yo
tomaré la decisión por ti.
Takako
miró a Akiba. Era un hombre que no tenía reparo alguno en torturar a ancianas,
un hombre que disfrutaba imaginando ciudades enteras arrasadas por las llamas,
un hombre que ponderaba fríamente la posibilidad de asesinar a otros hombres
para que sus almas pudieran suministrar energía a máquinas letales; pero
también era el único hombre que en todos esos años le había demostrado algo de
ternura, algo semejante al amor.
Aunque
Akiba le daba pánico, Takako también sentía el impulso de gritarle. Aunque lo
odiaba, también lo compadecía. Aunque deseaba verlo morir, también deseaba
salvarlo. Pero, por encima de todo, independientemente de lo que le sucediera a
él, ella deseaba vivir. Así era la guerra, ¿no?
—Tiene
razón, pero, por favor, antes de morir, una vez más, para hacerme feliz.
—Takako empezó a quitarse el vestido.
Él gruñó.
Dejó la pistola y comenzó a aflojarse el cinturón. La amenaza de la inminente
muerte incluso avivaba sus apetitos, y sospechaba que ese mismo efecto era el
que estaba teniendo sobre la muchacha.
Akiba
dejó divagar su mente.
Tal vez
había sido demasiado duro con la chica, que por lo visto sí era leal. Echaría a
faltar esas expresiones tan simpáticas y extrañas, como de norteamericana, que
de vez en cuando se dibujaban en su semblante; la forma en que sus ojos
vacilaban entre el miedo y el anhelo, como un cachorrillo que desea regresar a
casa pero no está seguro del camino. Decidió que esta vez sería delicado y la
trataría como trataba a su mujer antaño, de recién casados (y sintió
encogérsele el corazón un instante, al pensar en su esposa, sola en Hiroshima,
sin saber siquiera si él seguía con vida o si ya había muerto). Luego la
estrangularía, para preservar su belleza. Sí, así lo haría, en el instante de
su propio éxtasis enviaría a Takako camino de la otra vida, y luego él mismo la
seguiría.
Akiba levantó la vista. Takako se había esfumado.
Takako
siguió corriendo. Le traía sin cuidado hacia dónde se dirigía. Solo deseaba
alejarse cuanto pudiese de Akiba y de los aullidos de los espíritus.
A lo
lejos vio una brillante manchita de color. ¿Era posible? ¡Sí! Era la bandera de
las barras y estrellas ondeando al viento. Sintió como si el corazón le fuese a
salir por la boca y le pareció morir del repentino estallido de alegría. Corrió
todavía más deprisa.
Desde la
cima de una loma vio que se trataba de una pequeña aldea. Los cadáveres, tanto
japoneses como estadounidenses, yacían por todas partes. También de mujeres. Y
de niños. La sangre empapaba la tierra. La bandera restallaba con orgullo
agitada por el viento cálido.
Takako
vio que por la zona había desperdigados varios marines, vagando, escupiendo a
los japoneses muertos y recogiendo espadas y demás recuerdos de los cadáveres
de los oficiales. También los había sentados en el suelo, reponiéndose del
agotamiento. Otros se dirigían hacia las mujeres, que estaban encogidas de
miedo en las puertas de las casas. Cuando los marines llegaban al umbral, ellas
no se resistían. Se retiraban en silencio al interior de las viviendas. Así era
la guerra, ¿no?
Pero todo
eso ya casi había llegado a su fin. Ella ya casi estaba en casa. Con las
últimas fuerzas que le quedaban aceleró mientras corría a través del bosque la
última treintena de metros, y salió al pueblo.
Dos de
los marines se volvieron rápidamente hacia ella. Eran jóvenes, de alrededor de
la edad de su hermano. Takako trató de imaginar lo que pensarían al verla con
ese aspecto: el vestido rasgado, el rostro y cabello sin lavar desde hacía
varios días, y un pecho al aire, de cuando había salido huyendo de Akiba. Se
imaginó hablando con ellos en inglés, con la cadencia de la costa noroeste de
Estados Unidos, con sus vocales empapadas de lluvia y sus consonantes sin
florituras.
Los
rostros de los marines estaban tensos, asustados. Cuando ya creían que habían
terminado, ¿era este otro ataque suicida?
Ella
abrió la boca y trató de obligar a salir por su garganta constreñida el aire
que no estaba allí. «Soy estadou…», dijo con voz ronca.
Una ensordecedora ráfaga de balas.
Los
marines estaban de pie junto a su cuerpo.
Uno de
ellos silbó y dijo:
—Que japo
tan guapa…
—Bastante
guapa —convino el otro—. Lo único es que no aguanto esos ojos.
La sangre
borboteaba en el pecho y garganta de Takako.
Takako
pensó en su familia en el campamento de Tule Lake y en los documentos que ella
había firmado. Pensó en los espíritus que había ocultado y sacado de tapadillo
con su sangre. Pensó en su madre sujetando una granada contra el pecho. Luego
su mente fue arrollada por los gritos y gemidos de los muertos en torno a ella;
por su pena, dolor y espanto.
Las
guerras abrían una puerta en los hombres, y lo que tenían dentro, fuese lo que
fuese, caía al exterior. La entropía del mundo aumentaba si no había un demonio
vigilando la puerta.
Así era la guerra, ¿no?
Takako
flotó por encima de su cadáver. Los marines ya habían perdido todo interés en
él y se habían alejado. Ella lo observó desde lo alto, triste pero no enfadada.
Luego apartó la mirada.
La
bandera, manchada y hecha jirones, flameaba con el mismo orgullo de siempre.
Takako se
acercó más a ella. Se fundiría con sus fibras, sus hebras rojas, blancas y
azules. Yacería entre las estrellas y abrazaría las barras. La bandera sería
llevada de vuelta a Estados Unidos y ella la acompañaría.
«Nmarijima»,
se dijo a sí misma. «Regreso a casa».
Fin
Ken Liu. Escritor
de ciencia ficción
y fantasía nacido en la ciudad china de Lanzhou, pero afincado desde los 11
años en Estados Unidos, país cuya nacionalidad ostenta. Por sus relatos ha
recibido importantes galardones del género. Con su recopilación El zoo de papel
y otros relatos obtuvo los premios Locus e Ignotus a la mejor antología de
2017, quedando finalista también del World Fantasy. Liu debutó en la novela con
La gracia de los reyes, su primera obra publicada en castellano.

