Libro N° 12922. Bajo Los Toldos De Cubierta. London, Jack.
© Libro N° 12922. Bajo Los Toldos De
Cubierta. London, Jack. Emancipación. Agosto 31 de 2024
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Bajo Los Toldos De Cubierta. Jack London
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Jack London
Bajo Los
Toldos De Cubierta
Jack
London
—¿Puede
un hombre, y me refiero a un caballero, llamar cerda a una mujer?
El
hombrecillo lanzó ese reto a todo el grupo, luego se reclinó en su tumbona y
dio un sorbo a su limonada con un gesto que combinaba certeza y atenta
beligerancia. Nadie respondió. Estaban acostumbrados al hombrecillo y a sus
repentinas pasiones y enaltecimientos.
—Repito,
yo estaba allí cuando dijo que cierta dama, a quien ninguno de los presentes
conoce, era una cerda. No la llamó canalla o sinvergüenza. Crudamente dijo que
era una cerda. Yo sostengo que ningún hombre que lo sea de verdad puede hacer
semejante comentario acerca de una mujer.
El doctor
Dawson, imperturbable, dio una calada a su pipa. Matthews, con los brazos
rodeando las rodillas dobladas, observaba concentrado el vuelo de un albatros.
Sweet, que había terminado su whisky con soda, buscaba con la mirada a algún
camarero de cubierta.
—Se lo
pregunto a usted, señor Treloar, ¿puede un hombre llamar cerda a una mujer?
Treloar,
sentado junto a él, se sobresaltó ante lo repentino del ataque y se preguntó
qué motivos podría haber dado él para que el hombrecillo lo creyese capaz de
llamarle cerda a una mujer.
—Yo diría
—comenzó a responder, indeciso—, que… ah… depende de… ah… de la mujer.
El
hombrecillo se quedó horrorizado.
—¿Quiere
decir…? —balbuceó.
—Que he
visto mujeres tan malas como los cerdos… y peores.
Se
produjo un silencio prolongado, incómodo. El hombrecillo parecía fulminado por
la cruel brutalidad de la respuesta. A su rostro asomaron un dolor y una pena
indescriptibles.
—Usted ha
hablado de un hombre que hizo un comentario nada agradable y lo ha clasificado
—dijo Treloar en tono frío y mesurado—. Ahora le hablaré yo de una mujer, mejor
dicho, de una dama, y cuando termine le pediré que la clasifique. La llamaré
señorita Caruthers, principalmente porque no se llama así. Todo ocurrió a bordo
de un barco de la P & O, hace siete años.
“La
señorita Caruthers era encantadora. No, esa no es la palabra. Era
extraordinaria. Era una joven dama, hija de un alto funcionario cuyo nombre, si
lo mencionara, reconocerían todos ustedes de inmediato. En ese momento viajaba
en compañía de su madre y dos doncellas para reunirse con el anciano caballero
en un lugar de Oriente, el que ustedes prefieran.
“Era, y
perdonen que me repita, extraordinaria. Esa es la palabra adecuada. Incluso los
adjetivos de menor grado aplicados a ella se convierten en auténticos
superlativos. No había nada que no hiciera mejor que cualquier mujer y que la
mayoría de los hombres. Cantar, tocar… ¡bah!… Como algún retórico dijo una vez
sobre Napoleón, la competencia huía de ella. ¡Nadar! Podría haber ganado una
fortuna y hacerse famosa si se hubiese dedicado profesionalmente a la natación.
Era una de esas pocas mujeres que pueden despojarse de todos los adornos del
vestido y, con un simple traje de baño, resultar más hermosa aún. ¡Vistiendo
era una artista!
“Pero
cómo nadaba. Físicamente era la mujer perfecta. Ya me entienden, no tenía el
cuerpo tosco y musculado de los atletas, sino una textura y una silueta de
líneas delicadas, frágiles, con las que se combinaba la fuerza. Eso era lo más
asombroso. Ustedes ya saben lo maravilloso que puede ser un brazo femenino, un
antebrazo. La dulzura con la que se debilita desde el bíceps redondeado y esa
insinuación de músculo al descender hacia el pequeño codo, esa turgencia suave
y firme hasta la muñeca, tan pequeña, increíblemente pequeña, redonda y fuerte.
Así era su brazo. Sin embargo, verla nadar con esas brazadas precisas y rápidas
del crol, y además llegar muy lejos, era algo… bueno, comprendo lo que es la
anatomía, el atletismo y todo eso, pero para mí sigue siendo un misterio cómo
podía lograrlo.
“Era
capaz de permanecer dos minutos bajo el agua. Yo mismo la cronometré. Ningún
hombre de los que íbamos a bordo, excepto Dennitson, podía recoger tantas
monedas como ella en una sola zambullida. En la cubierta principal de proa
había un gran tanque de lona encerada con casi dos metros de agua de mar al que
solíamos arrojar monedas pequeñas. La he visto lanzarse a esos dos metros de
agua desde la cubierta de puente, hazaña nada despreciable por sí sola, y
recoger no menos de cuarenta y siete monedas, dispersas a la buena de Dios
sobre el fondo del tanque. Dennitson, un discreto joven inglés, nunca logró
superarla, aunque se esforzó por igualarla.
“Destacaba
en el agua, cierto, pero también en tierra. Dominaba el arte de cabalgar y… era
universal. Al verla, toda dulzura y suavidad, rodeada de media docena de
hombres entusiastas, lánguidamente indiferente a todos o desplegando ante ellos
su ingenio e inteligencia, cualquiera pensaría que no valía para nada más en el
mundo. En esos momentos me veía obligado a recordar las cuarenta y siete
monedas que había recogido en el tanque. Pero es que así era ella: una eterna
maravilla, una mujer que todo lo hacía bien.
“Fascinaba
a cualquier humano con pantalones que la rodeara. A mí me tenía, y no me
importa confesarlo, tan entregado como al resto. Tanto los cachorrillos como
los sabuesos más experimentados correteaban alrededor de sus faldas, aullando y
acudiendo serviles cada vez que ella silbaba. Todos eran culpables, desde el
joven Ardmore, un querubín de mejillas sonrosadas y diecinueve años que iba a
ocupar un puesto de oficinista en un consulado, hasta el anciano capitán
Bentley, de cabello cano, curtido en el mar y tan sensible como un ídolo chino.
Incluso un tipo de mediana edad, creo que se llamaba Perkins, olvidó que su
mujer se encontraba a bordo hasta que la señorita Caruthers le llamó la
atención y lo puso en su sitio.
“Los
hombres eran como cera en sus manos. Los derretía y los moldeaba con suavidad o
los incineraba a placer. Ni siquiera había un solo camarero que, a pesar de la
diferencia de clases y la imposibilidad de acceder a ella, hubiese dudado en
echarle un plato de sopa por encima al mismo capitán del barco si ella lo
hubiese pedido. Todos han visto alguna vez a una mujer así, una mujer
convertida en el mayor deseo de cualquier hombre. Como conquistadora no tenía
rival. Era un latigazo, un aguijón y una llamarada, una chispa eléctrica.
Créanme, a veces, de su belleza y capacidad de seducción surgían fogonazos de
voluntad que golpeaban a su víctima y la convertían en un ser vacío y
tembloroso, dominado por el miedo y la idiotez.
“No
quiero dejar de comentar, en vista de lo que voy a contarles, que era una mujer
orgullosa. Orgullosa de su raza, orgullosa de su casta, orgullosa de su sexo,
orgullosa de su poder. Su orgullo era algo extraño, obstinado y terrible.
“Dirigía
el barco, dirigía la travesía, lo dirigía todo y también dirigía a Dennitson.
Incluso los menos sensatos reconocíamos que él había dejado atrás al resto de
la jauría. Nadie dudaba de que a ella le gustaba y de que ese sentimiento no
dejaba de crecer. Estoy seguro de que lo miraba mejor de lo que nunca había
mirado a otro hombre. Nosotros continuábamos rindiéndole culto y siempre la
rondábamos a la espera de que nos silbase, aunque sabíamos que Dennitson nos
llevaba muchas vueltas de ventaja. Jamás sabremos lo que podría haber pasado,
porque llegamos a Colombo y allí ocurrió otra cosa.
“Ya
conocen Colombo y saben que los niños nativos se tiran de cabeza para recoger
monedas en la bahía infestada de tiburones. Por supuesto, solo se arriesgan
entre tiburones que no son peligrosos. Resulta inexplicable cómo los conocen y
sienten la presencia de un verdadero asesino, por ejemplo, un tiburón tigre o
un tiburón toro que se hayan desviado de su ruta desde aguas australianas. Si
aparece uno de esos, antes incluso de que los pasajeros se percaten, los críos
salen del agua en desbandada para ponerse a salvo.
“Habíamos
almorzado y la señorita Caruthers recibía sus atenciones bajo los toldos de la
cubierta. Acababa de silbarle al anciano capitán Bentley, quien le había
concedido algo que nunca antes había concedido y que nunca ha vuelto a
conceder: permiso para que los niños subiesen a la cubierta de paseo. Verán, la
señorita Caruthers, como buena nadadora, estaba muy interesada en ellos. Nos
pidió todo el cambio que llevásemos y reunió una buena colección de monedas de
poco valor que ella misma se ocupó de lanzar, de una en una o a puñados, además
de organizar las condiciones de la competición, reprender a los que fallaban y
conceder premios extra a los más listos. En resumidas cuentas, era ella quien
dirigía el espectáculo.
“En
especial, la entusiasmaba su forma de saltar. Ya saben que al saltar de pie
desde cierta altura resulta muy difícil mantener el cuerpo en perpendicular
mientras se está en el aire. El cuerpo masculino tiene el centro de gravedad
alto y tiende a volcar. Pero aquellos críos empleaban un método que ella, según
dijo, desconocía y quería aprender. Saltando desde los pescantes de la cubierta
de botes, caían con los rostros y los hombros inclinados hacia delante y, en el
último momento, se enderezaban y entraban en el agua perfectamente erguidos.
“Daba
gusto verlos. No lo hacían tan bien cuando se tiraban de cabeza, aunque había
uno que dominaba la técnica, como dominaba cualquier otra acrobacia.
Seguramente se la habría enseñado algún blanco, porque realizaba un salto del
ángel perfecto, de los más bonitos que he visto. Ya saben que al tirarse de
cabeza desde gran altura el problema reside en penetrar el agua en un ángulo
perfecto. Fallar el ángulo implica, como mínimo, una lesión de espalda que
puede ser de por vida. También ha supuesto la muerte de algún que otro inepto.
Pero aquel chico sabía hacerlo. Saltó veinte metros desde las jarcias con los
brazos en la posición perfecta, la cabeza echada hacia atrás, casi volando como
un pájaro, ascendiendo y avanzando para luego empezar a caer, con el cuerpo tan
horizontal que, si golpease la superficie del agua en esa posición, se partiría
en dos al instante. Pero justo antes de sumergirse, dejó caer la cabeza hacia
delante, extendió los brazos, ligeramente arqueados, por delante de la cabeza,
curvó el cuerpo con elegancia hacia abajo y entró en el agua tal y como debía
hacerlo.
“Repitió
la hazaña una y otra vez para deleite de todos, en especial de la señorita
Caruthers. No podía tener más de trece años y, sin embargo, era el más listo de
todo el grupo. Era el preferido de los suyos, su líder. Aunque había varios
chicos mayores que él, reconocían su liderazgo. Era guapo, como un dios de
bronce pero ágil y con vida, de ojos separados entre sí, inteligentes y
audaces; una burbuja, una mota, un destello, una chispa de vida. Todos ustedes
habrán visto criaturas espléndidas, magníficas; animales o lo que sea… un
leopardo, un caballo… inquieto, ansioso, demasiado vivo para quedarse quieto,
de músculos aterciopelados, el más mínimo movimiento una bendición, pura
elegancia; salvaje en cada uno de sus actos, sin límite; y siempre derramando
esa intensa vitalidad, ese brillo, ese lustre de la vida. Así era ese chico. La
vida salía de él a raudales, tanto que casi resplandecía. Brillaba en su piel.
Ardía en sus ojos. Juro que casi se la oía crepitar. Al mirarlo, me parecía
oler una ráfaga de aire fresco. Tan fuerte y joven era, tan lleno de salud, tan
salvaje.
“Así era
ese niño. Fue él quien dio la alarma en plena competición. Los chavales se
lanzaron hacia la pasarela, nadando tan rápido como podían, desordenadamente,
luchando, chapoteando, con el miedo en los rostros, trepando y saltando en
tropel, buscando cualquier forma de salir del agua, ayudándose los unos a los
otros a ponerse a salvo, hasta que todos formaron una fila sobre la pasarela,
mirando hacia abajo, hacia el agua.
“—¿Qué
ocurre? —preguntó la señorita Caruthers.
“—Creo
que hay un tiburón —contestó el capitán Bentley—. Han tenido suerte de que no
atrapara a ninguno.
“—¿Temen
a los tiburones? —preguntó ella.
“—¿Usted
no? —fue la respuesta.
“La joven
se estremeció, miró por encima de la borda hacia el agua e hizo un mohín.
“—Por
nada del mundo me zambulliría donde pueda haber tiburones —dijo y volvió a
estremecerse—. ¡Son espantosos! ¡Terroríficos!
“Los
chicos subieron a la cubierta de paseo, se apelotonaron cerca de la barandilla
y rindieron culto a la señorita Caruthers, que les había arrojado semejante
fortuna en propinas. Terminado el espectáculo, el capitán Bentley les pidió que
se marcharan. Pero ella lo detuvo.
“—Un
momento, por favor, capitán. Yo había entendido que los nativos no temen a los
tiburones.
“Le hizo
una seña al chico del salto del ángel para que se acercase más a ella y luego
le indicó que se zambullera de nuevo. Él negó con la cabeza y, junto con todo
el grupo que se arremolinaba a su espalda, se rio como si fuese una broma.
“—Tiburón
—explicó el chaval, señalando al agua.
“—No
—dijo ella—. No hay tiburón.
“Pero él
asintió muy seguro y los otros críos repitieron el gesto con la misma
convicción.
“—No, no,
no —gritó ella. Después, se dirigió a nosotros—. ¿Quién me presta media corona
y un soberano?
“De
inmediato, la media docena de hombres presentes le ofrecimos las monedas y ella
aceptó las del joven Ardmore.
“Alzó la
media corona para que los niños la vieran, pero ninguno se acercó más a la
barandilla para preparar el salto. Se quedaron donde estaban, sonriendo
tímidamente. Ofreció la moneda uno a uno y todos, al llegar su turno, frotaban
un pie contra la pantorrilla de la otra pierna, negaban con la cabeza y
sonreían. Entonces ella lanzó la media corona por la borda. Con pesar y deseo
en los rostros, los niños la vieron cruzar el aire, pero nadie se movió con
intención de seguirla.
“—No haga
lo mismo con el soberano —le dijo Dennitson en voz baja.
“Ella no
hizo caso y sostuvo la moneda de oro ante los ojos del chico del salto del
ángel.
“—No lo
haga —dijo el capitán Bentley—. Con un tiburón acechando, yo no tiraría por la
borda ni a un gato enfermo.
“Pero
ella se rio, decidida a salirse con la suya, y continuó deslumbrando al chaval.
“—No lo
tiente —insistió Dennitson—. Para él es una fortuna y podría acabar por
zambullirse.
“—¿No lo
haría usted también —estalló ella— si yo la arrojase? —Esto último lo dijo en
un tono más suave.
“Dennitson
negó con la cabeza.
“—Su
precio es más elevado —comentó ella—. ¿Por cuántos soberanos se zambulliría?
“—No se
han acuñado suficientes para que yo me lance al agua —fue la respuesta.
“Ella se
lo pensó un momento, olvidada del crío en medio de su torneo con Dennitson.
“—¿Lo
haría por mí? —preguntó con dulzura.
“—Para
salvarle la vida, sí. Pero solo por eso.
“Ella
volvió a centrarse en el crío. De nuevo sostuvo la moneda ante sus ojos,
deslumbrándolo con su inmenso valor. Luego amagó con lanzarla al agua y, de
forma involuntaria, el chico hizo un ligero movimiento hacia la barandilla,
pero los gritos de reproche de sus compañeros lo contuvieron. En sus voces
también se adivinaba el enfado.
“—Ya sé
que solo está bromeando —dijo Dennitson—. Siga haciéndolo tanto como guste
pero, por el amor de Dios, no lance la moneda.
“Si fue
debido a su extraña obstinación o porque dudaba de poder convencer al crío, no
lo sé. Resultó inesperado para todos. Al abandonar la sombra de los toldos, el
oro de la moneda brilló bajo el sol abrasador y cayó hacia el mar describiendo
un arco resplandeciente. Antes de que nadie pudiese detenerlo, el niño había
saltado la barandilla y se curvaba magníficamente hacia abajo, tras la moneda.
Ambos estaban en el aire a la vez. Fue una imagen preciosa. El soberano hendió
con fuerza la superficie del agua y, en el mismo lugar, prácticamente al mismo
tiempo y casi sin salpicar, se zambulló el chico.
“Los
niños de ojos asustados exclamaron a coro. Todos estábamos junto a la
barandilla. No me digan que un tiburón necesita ponerse boca arriba para
morder. Este no lo hizo. En aquella agua tan clara y desde la altura a la que
nos encontrábamos lo vimos todo. El tiburón era un bicho enorme y con un solo
mordisco partió al niño en dos.
“Alguien,
entre nosotros, murmuró algo, aunque no sé quién fue. Pude haber sido yo. Luego
se hizo el silencio. La señorita Caruthers fue la primera en hablar. Estaba
lívida.
“—Yo…
nunca imaginé… —dijo y soltó una risa breve, histérica.
“Todo su
orgullo se esforzaba en ayudarla a recuperar el control. Se volvió, sin
fuerzas, hacia Dennitson, y luego hacia cada uno de nosotros. A sus ojos
asomaba una angustia insoportable y sus labios temblaban. Fuimos unos bestias.
Sí, ahora lo sé; ahora que ha pasado el tiempo. Pero no hicimos nada.
“—Señor
Dennitson —dijo—. Tom, ¿podría acompañarme abajo?
“Él no
desvió la mirada, la más lúgubre que he visto en mi vida; ni siquiera pestañeó.
Sacó un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. El capitán Bentley hizo un
ruido desagradable con la garganta y escupió por la borda. Eso fue todo. Eso y
el silencio.
“Ella se
dio la vuelta y echó a andar con firmeza por la cubierta. A seis metros de
distancia se tambaleó y apoyó una mano en la pared para no caerse. Así continuó
avanzando, apoyándose en las cabinas y caminando muy despacio.
Treolar
guardó silencio. Giró la cabeza y dedicó una mirada fría e inquisitiva al
hombrecillo.
—Bueno
—dijo al fin—, clasifíquela.
El
hombrecillo tragó saliva.
—No tengo
nada que decir —contestó—. No tengo absolutamente nada que decir.
FIN
Jack
London. El apasionante novelista y cuentista estadounidense nacido como
John Griffith Chaney en 1876, dejó una huella indeleble en la literatura con
obras atemporales. Su seudónimo, Jack London, es sinónimo de aventura,
supervivencia y una profunda conexión con la naturaleza.
En su
periplo hacia la fama literaria, London se lanzó a una búsqueda de oro en
Alaska en 1897. Aunque el oro resultó esquivo, las experiencias vividas durante
esta odisea fueron el crisol que forjó su futuro como escritor. La
convalecencia de su regreso, marcada por la enfermedad y el fracaso, fue el
catalizador que lo impulsó hacia la literatura.
Su obra
cumbre, "La llamada de la selva" (1903), personifica la aventura
romántica y la narración realista. London, no solo un testigo de la naturaleza,
se convirtió en su intérprete, llevando al lector a enfrentarse dramáticamente
a la supervivencia humana en ambientes extremos.
La
influencia literaria de London se nutrió de lecturas heterodoxas que abarcaron
desde Kipling y Spencer hasta Darwin, Malthus, y Nietzsche. Este cóctel
intelectual le otorgó una perspectiva única, fusionando el socialismo con el
espíritu aventurero y, de manera controvertida, defendiendo la "raza
anglosajona".
El
epicentro de su cosmovisión literaria yace en la implacable lucha por la vida
en la frontera de Alaska. Sus relatos capturan la crueldad de la selección
natural, la esencia del ser humano librado a sus instintos casi salvajes. A
través de títulos como "El silencio blanco", London transporta al
lector a entornos donde la naturaleza y el hombre convergen en una danza feroz.
No
obstante, London no se limita a los confines helados de Alaska. Su pluma
también danza en las cálidas islas de los Mares del Sur, explorando la
diversidad de la naturaleza humana en un lienzo tropical. Jack London, un
visionario literario, deja tras de sí un legado que trasciende las páginas,
convirtiéndolo en un eterno compañero de aquellos que buscan la esencia de la
vida en las palabras de un maestro de la aventura literaria.

