© Libro N° 12056.
Los Doce Hermanos. Hermanos
Grimm. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
Los Doce Hermanos. Hermanos Grimm
Versión Original: © Los Doce Hermanos. Hermanos Grimm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hermanos Grimm
Los Doce
Hermanos
Hermanos
Grimm
Éranse
una vez un rey y una reina que vivían en buena paz y contentamiento con sus
doce hijos, todos varones. Un día, el Rey dijo a su esposa:
- Si el hijo que has de tener ahora es una niña, deberán morir los doce
mayores, para que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella.
Y, así,
hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, colocando además,
en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una habitación
cerrada, y dio la llave a la Reina, con orden de no decir a nadie una palabra
de todo ello.
Pero la madre se pasaba los días triste y llorosa, hasta que su hijo menor, que
nunca se separaba de su lado y al que había puesto el nombre de Benjamín, como
en la Biblia, le dijo, al fin:
- Madrecita, ¿por qué estás tan triste?
- ¡Ay, hijito mío! -respondióle ella-, no puedo decírtelo.
Pero el
pequeño no la dejó ya en reposo, y, así, un día ella le abrió la puerta del
aposento y le mostró los doce féretros llenos de virutas, diciéndole:
- Mi precioso Benjamín, tu padre mandó hacer estos ataúdes para ti y tus once
hermanos; pues si traigo al mundo una niña, todos vosotros habréis de morir y
seréis enterrados en ellos.
Y como le hiciera aquella revelación entre amargas lágrimas, quiso el hijo
consolarla y le dijo:
- No llores, querida madre; ya encontraremos el medio de salir del apuro. Mira,
nos marcharemos.
Respondió
ella entonces:
- Vete al bosque con tus once hermanos y cuidad de que uno de vosotros esté
siempre de guardia, encaramado en la cima del árbol más alto y mirando la torre
del palacio. Si nace un niño, izaré una bandera blanca, y entonces podréis
volver todos; pero si es una niña, pondré una bandera roja. Huid en este caso
tan deprisa como podáis, y que Dios os ampare y guarde. Todas las noches me
levantaré a rezar por vosotros: en invierno, para que no os falte un fuego con
que calentaros; y en verano, para que no sufráis demasiado calor.
Después
de bendecir a sus hijos, partieron éstos al bosque. Montaban guardia por turno,
subido uno de ellos a la copa del roble más alto, fija la mirada en la torre.
Transcurridos once días, llególe la vez a Benjamín, el cual vio que izaban una
bandera. ¡Ay! No era blanca, sino roja como la sangre, y les advertía que
debían morir. Al oírlo los hermanos, dijeron encolerizados:
- ¡Qué tengamos que morir por causa de una niña! Juremos venganza. Cuando
encontremos a una muchacha, haremos correr su roja sangre. Adentráronse en la
selva, y en lo más espeso de ella, donde apenas entraba la luz del día,
encontraron una casita encantada y deshabitada:
- Viviremos aquí -dijeron-. Tú, Benjamín, que eres el menor y el más débil, te
quedarás en casa y cuidarás de ella, mientras los demás salimos a buscar
comida.
Y
fuéronse al bosque a cazar liebres, corzos, aves, palomitas y cuanto fuera
bueno para comer. Todo lo llevaban a Benjamín, el cual lo guisaba y preparaba
para saciar el hambre de los hermanos. Así vivieron juntos diez años, y la
verdad es que el tiempo no se les hacía largo.
Entretanto
había crecido la niña que diera a luz la Reina; era hermosa, de muy buen
corazón, y tenía una estrella de oro en medio de la frente. Un día que en
palacio hacían colada, vio entre la ropa doce camisas de hombre y preguntó a su
madre:
- ¿De quién son estas doce camisas? Pues a mi padre le vendrían pequeñas.
Le respondió la Reina con el corazón oprimido:
- Hijita mía, son de tus doce hermanos.
- ¿Y dónde están mis doce hermanos -dijo la niña-. Jamás nadie me habló de
ellos:
La Reina
le dijo entonces:
- Dónde están, sólo Dios lo sabe. Andarán errantes por el vasto mundo. Y,
llevando a su hija al cuarto cerrado, abrió la puerta y le mostró los doce
ataúdes, llenos de virutas y con sus correspondientes almohadillas:
- Estos ataúdes -díjole- estaban destinados a tus hermanos, pero ellos huyeron
al bosque antes de nacer tú -y le contó todo lo ocurrido. Dijo entonces la
niña:
- No llores, madrecita mía, yo iré en busca de mis hermanos.
Y cogiendo las doce camisas se puso en camino, adentrándose en el espeso
bosque.
Anduvo
durante todo el día, y al anochecer llegó a la casita encantada. Al entrar en
ella encontróse con un mocito, el cual le preguntó:
- ¿De dónde vienes y qué buscas aquí? -maravillado de su hermosura, de sus
regios vestidos y de la estrella que brillaba en su frente.
- Soy la hija del Rey -contestó ella- y voy en busca de mis doce hermanos; y
estoy dispuesta a caminar bajo el cielo azul, hasta que los encuentre.
Mostróle
al mismo tiempo las doce camisas, con lo cual Benjamín conoció que era su
hermana.
- Yo soy Benjamín, tu hermano menor- le dijo. La niña se echó a llorar de
alegría, igual que Benjamín, y se abrazaron y besaron con gran cariño. Después
dijo el muchacho:
- Hermanita mía, queda aún un obstáculo. Nos hemos juramentado en que toda niña
que encontremos morirá a nuestras manos, ya que por culpa de una niña hemos
tenido que abandonar nuestro reino.
A lo que respondió ella:
- Moriré gustosa, si de este modo puedo salvar a mis hermanos.
- No, no -replicó Benjamín-, no morirás; ocúltate debajo de este barreño hasta
que lleguen los once restantes; yo hablaré con ellos y los convenceré.
Hízolo
así la niña.
Ya anochecido, regresaron de la caza los demás y se sentaron a la mesa.
Mientras comían preguntaron a Benjamín:
- ¿Qué novedades hay?
A lo que respondió su hermanito:
- ¿No sabéis nada?
- No -dijeron ellos.
- ¿Conque habéis estado en el bosque y no sabéis nada, y yo, en cambio, que me
he quedado en casa, sé más que vosotros? -replicó el chiquillo.
- Pues cuéntanoslo -le pidieron.
- ¿Me prometéis no matar a la primera niña que encontremos?
- Sí -exclamaron todos-, la perdonaremos; pero cuéntanos ya lo que sepas.
- Entonces dijo Benjamín:
- Nuestra hermana está aquí -y, levantando la cuba, salió de debajo de ella la
princesita con sus regios vestidos y la estrella dorada en la frente, más linda
y delicada que nunca ¡Cómo se alegraron todos y cómo se le echaron al cuello,
besándola con toda ternura!
La niña
se quedó en casa con Benjamín para ayudarle en los quehaceres domésticos,
mientras los otros once salían al bosque a cazar corzos, aves y palomitas para
llenar la despensa. Benjamín y la hermanita cuidaban de guisar lo que traían.
Ella iba
a buscar leña para el fuego, y hierbas comestibles, y cuidaba de poner siempre
el puchero en el hogar a tiempo, para que al regresar los demás encontrasen la
comida dispuesta. Ocupábase también en la limpieza de la casa y lavaba la ropa
de las camitas, de modo que estaban en todo momento pulcras y blanquísimas. Los
hermanos hallábanse contentísimos con ella, y así vivían todos en gran unión y
armonía. He aquí que un día los dos pequeños prepararon una sabrosa comida, y,
cuando todos estuvieron reunidos, celebraron un verdadero banquete; comieron y
bebieron, más alegres que unas pascuas.
Pero
ocurrió que la casita encantada tenía un jardincito, en el que crecían doce
lirios de esos que también se llaman "estudiantes". La niña,
queriendo obsequiar a sus hermanos, cortó las doce flores, para regalar una a
cada uno durante la comida. Pero en el preciso momento en que acabó de
cortarlas, los muchachos se transformaron en otros tantos cuervos, que huyeron
volando por encima del bosque, al mismo tiempo que se esfumaba también la casa
y el jardín. La pobre niña se quedó sola en plena selva oscura, y, al volverse
a mirar a su alrededor, encontróse con una vieja que estaba a su lado y que le
dijo:
- Hija mía. ¿qué has hecho? ¿Por qué tocaste las doce flores blancas?
Eran tus
hermanos, y ahora han sido convertidos para siempre en cuervos. A lo que
respondió la muchachita, llorando:
- ¿No hay, pues, ningún medio de salvarlos?
- No -dijo la vieja-. No hay sino uno solo en el mundo entero, pero es tan
difícil que no podrás libertar a tus hermanos: pues deberías pasar siete años
como muda, sin hablar una palabra ni reír. Una palabra sola que pronunciases,
aunque faltara solamente una hora para cumplirse los siete años, y todo tu
sacrificio habría sido inútil: aquella palabra mataría a tus hermanos.
Díjose
entonces la princesita, en su corazón: "Estoy segura de que redimiré a mis
hermanos". Y buscó un árbol muy alto, se encaramó en él y allí se estuvo
hilando, sin decir palabra ni reírse nunca.
Sucedió,
sin embargo, que entró en el bosque un Rey, que iba de cacería. Llevaba un gran
lebrel, el cual echó a correr hasta el árbol que servía de morada a la
princesita y se puso a saltar en derredor, sin cesar en sus ladridos. Al
acercarse el Rey y ver a la bellísima muchacha con la estrella en la frente,
quedó tan prendado de su hermosura que le preguntó si quería ser su esposa.
Ella no le respondió de palabra; únicamente hizo con la cabeza un leve signo
afirmativo. Subió entonces el Rey al árbol, bajó a la niña, la montó en su
caballo y la llevó a palacio. Celebróse la boda con gran solemnidad y regocijo,
pero sin que la novia hablase ni riese una sola vez.
Al cabo
de unos pocos años de vivir felices el uno con el otro, la madre del Rey, mujer
malvada si las hay, empezó a calumniar a la joven Reina, diciendo a su hijo:
- Es una vulgar pordiosera esa que has traído a casa; quién sabe qué perversas
ruindades estará maquinando en secreto. Si es muda y no puede hablar, siquiera
podría reír; pero quien nunca ríe no tiene limpia la conciencia.
Al
principio, el Rey no quiso prestarle oídos; pero tanto insistió la vieja y de
tantas maldades la acusó, que, al fin, el Rey se dejó convencer y la condenó a
muerte.
Encendieron en la corte una gran pira, donde la reina debía morir abrasada.
Desde una alta ventana, el Rey contemplaba la ejecución con ojos llorosos, pues
seguía queriéndola a pesar de todo. Y he aquí que cuando ya estaba atada al
poste y las llamas comenzaban a lamerle los vestidos, sonó el último segundo de
los siete años de su penitencia.
Oyóse
entonces un gran rumor de alas en el aire, y aparecieron doce cuervos, que
descendieron hasta posarse en el suelo. No bien lo hubieron tocado, se
transformaron en los doce hermanos, redimidos por el sacrificio de la princesa.
Apresuráronse a dispersar la pira y apagar las llamas, desataron a su hermana y
la abrazaron y besaron tiernamente.
Y puesto
que ya podía abrir la boca y hablar, contó al Rey el motivo de su mutismo y de
por qué nunca se había reído. Mucho se alegró el Rey al convencerse de que era
inocente, y los dos vivieron juntos y muy felices hasta su muerte. La malvada
suegra hubo de comparecer ante un tribunal, y fue condenada. Metida en una
tinaja llena de aceite hirviente y serpientes venenosas, encontró en ella una
muerte espantosa.
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