© Libro N° 12053.
Biología e individuo corpóreo: el problema del
«sexto predicable». 1. Sentido darvinista de la evolución. Insua
Rodríguez, Pedro. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
Biología e individuo corpóreo: el problema del «sexto predicable». 1.
Sentido darvinista de la evolución. Pedro Insua Rodríguez
Versión Original: © Biología e individuo corpóreo: el problema
del «sexto predicable». 1. Sentido darvinista de la evolución. Pedro Insua
Rodríguez
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conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
El Catoblepas •
número 41 • julio 2005 • página 11: https://nodulo.org/ec/2005/n041p11.htm
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
BIOLOGÍA E INDIVIDUO
CORPÓREO:
el problema del «sexto predicable»
1. Sentido darvinista de la evolución
Pedro Insua Rodríguez
BIOLOGÍA
E INDIVIDUO CORPÓREO:
el
problema del «sexto predicable»
1.
Sentido darvinista de la evolución
Pedro
Insua Rodríguez
Biología
e individuo corpóreo:
el
problema del «sexto predicable»
1. Sentido darvinista de la evolución
Pedro
Insua Rodríguez
Se
analiza desde las coordenadas gnoseológicas del materialismo filosófico el
sentido de la evolución darvinista
«Los
desequilibrios, los conflictos intelectuales, principian, en todo caso, en el
momento en el cual el hombre de ciencia comienza a filosofar. Es entonces
cuando el materialismo reclama imperiosamente sus derechos. Este es
precisamente el materialismo que denomino 'materialismo filosófico'.»
(Bueno, Ensayos
materialistas, pág. 25.)
Nuestro
propósito en este trabajo{1} es
el de analizar desde coordenadas gnoseológicas materialistas el «sentido
darvinista» de la evolución según aparece en El Origen de las
especies (1859) en la medida en que este sentido está completamente
comprometido con la «Teoría de la selección natural», para después poder
analizar las ideas (ontológicas) de «Biología» (Ecología y Genealogía) y de
«individuo corpóreo» a través de sus relaciones mutuas según se impone en tal
«sentido darvinista», así como los problemas que pudiesen surgir en tales relaciones,
con el objeto de analizar ontológicamente el mundo de los cuerpos vivientes
conformados según tal sentido. Finalmente trataremos de analizar a los
«individuos operatorios personalizados» en cuanto que insertos en tal marco de
relaciones.
El
darwinismo en cuestión
Hay que
constatar el hecho, un hecho de sociología de la ciencia, de que «en la
voluntad y en el entendimiento» de muchos biólogos, la evolución en
sentido darvinista, como proceso genealógico de la variedad y
disparidad de formas orgánicas, no termina de engranar, de entretejerse con
otros tejidos constitutivos del cuerpo biológico, propios de la Paleontología,
de la Genética, de la Etología...
Los
procesos de generación y extinción «explosiva» de formas orgánicas detectados
en el registro fósil (explosión cámbrica...), parecen minar el llamado
«gradualismo» darvinista en cuanto que instauran un tempo de
transformación evolutiva, el puntuacionismo –concepción
derivada de lo que Simpson llamó modo de «evolución
cuántica»–, según el cual la evolución tiene lugar a través de transformaciones
episódicas («abruptas») en rama (cladogénesis) y «rápidas», y no más
bien graduales en línea (anagénesis) y «lentas», como se afirma desde
la Teoría sintética (según Simpson lo que él llamó phyletic
evolution era el modo de transformación evolutiva más
frecuentemente documentado). Y es que, según se aprecia en el registro fósil,
argumentaron Eldredge y Gould al exponer la teoría del equilibrio
puntuado, los períodos en los que se registran procesos de cambio
evolutivo son menos frecuentes y de menor duración que los períodos de
estabilidad, lo que no se ajusta bien, al parecer, con las lentas
transformaciones graduales (acumulación de «ligeras e insensibles variaciones»,
según la expresión de Darwin) requeridas por la teoría de la selección natural
darvinista estricta. Tanto Eldredge como Gould, en todo caso, han ido
mitigando, desde que presentaron sus tesis en los años 70 del pasado siglo, la
oposición que para el darvinismo pueda representar la teoría del equilibrio
puntuado{2},
viniendo a centrar su oposición frente a la interpretación sintética del
darwinismo en otros lugares relativos a la consideración de los diferentes
«niveles» sobre los que actúa la «selección natural»: es lo que Gould, Eldredge
y Vrba llaman «teoría jerárquica», desde la que quieren practicar,
frente al geneticismo de la teoría sintética, y en palabras de Eldredge, una
«revisión ontológica» sobre el campo biológico, una «revisión» que más adelante
requerirá, por nuestra parte, una consideración detenida{3}.
En
cualquier caso, muchos otros biólogos entienden que el puntuacionismo es un
frente suficientemente amplio, como nueva teoría, como para «dar boleto», si se
nos permite la expresión, a un darvinismo al parecer ya caduco, sobre todo
cuando se supone que el puntuacionismo engrana mejor con los desarrollos de la
genética que a continuación mencionamos.
Unos
desarrollos de la genética y de la bioquímica (genes Hox, retrovirus, ADN
basura...) que, de nuevo, y aquí se asalta lo que muchos conciben como el
principal «dogma» del neodarvinismo (que después asumirá la teoría
sintética), parecen socavar las barreras del weismannismo (imposibilidad de
influencia del «soma» sobre el «plasma germinal»), abriendo lo que confusamente
se han llamado «ventanas lamarckistas» en el proceso evolutivo, de tal modo que
la evolución tiene lugar más bien a través de la yuxtaposición de formas
modulares, metámeros previamente dados, producida por la actividad de tales
genes Hox (reguladores de la actividad de otros genes) en un proceso por lo
visto ajeno a la selección natural: es lo que se viene reconociendo como evolución
modular, que no es sino la hipótesis de Duve-Margulis, la endosimbiosis –dirigida
a explicar el origen de las formas eucariotas–, generalizada, esto es, dirigida
a dar cuenta del origen de las especies, o por lo menos del origen de las
formas básicas de organización (Baupläne).
En
general, se puede decir, se están rehabilitando posiciones de corte
«mutacionista», más cercanas a las posiciones de Goldschmidt que a las de De
Vries, recuperando el (pseudo-)concepto de «monstruo prometedor» así como la
(pseudo-)distinción entre macro y microevolución, suponiendo que las grandes
transformaciones evolutivas, las responsables de los Baupläne, no
están producidas por las mismas causas que la teoría de la selección natural
establece para las transformaciones al nivel de las especies.
Por otra
parte, la influencia del comportamiento animal en la evolución, sigue siendo
una cuestión disputada desde que Lamarck la plantea en su Filosofía
zoológica (1809): «Sin embargo, se ha reconocido ya la influencia
de lo físico sobre lo moral [es decir, lo relativo a las costumbres
animales, y por extensión a las plantas], pero creo que todavía no se ha
prestado gran atención a las influencias de lo moral sobre lo físico. Y como
ambos órdenes de cosas, que tienen un origen común, reobran una sobre otra,
especialmente cuanto más separadas parecen, se tienen ya los medios de probar
que se modifican en sus variaciones» (pág. XV de la Introducción, ed. Alta
Fulla). Esta cuestión disputada, con todos sus «artículos»
(finalismo-teleología, «conducta heredada», instintos, «altruismo», esto es,
conductas mantenidas «por el bien de la especie»con el sacrificio individual, &c.),
relativos a la conducta animal y su papel adaptativo, y por tanto evolutivo,
sigue constituyendo, lejos de lo que Lamarck pensaba («se tienen ya los
medios de probar...»), «la historia de un problema no resuelto que, una
y otra vez, se plantea con toda su crudeza a pesar de las aparentes soluciones
surgidas desde diversas disciplinas como la Psicología, la Genética, la
Sociobiología, la Etología...» (Tomás R. Fernández, «Conducta y evolución:
Historia y marco de un problema», Revista Anuario de Psicología, 1988,
nº 39, pág. 101). De acuerdo con tal diagnóstico hay que decir que muchos
biólogos terminan, aún asumiendo el principio de Weismann, concediéndole «algo
de razón» al lamarckismo: hay textos de Waddington, de Von Frisch.... que
hablan en tal sentido. Otros biólogos, al margen de los que hoy día se
consideran directamente lamarckistas (Ho y Saunders, Steele, Temin,...),
mantienen, por lo menos en algunos tramos de sus argumentaciones, un
lamarckismo más o menos inconsciente, o se agarran a él sobre todo en
exposiciones «divulgativas», argumentando entre otras cosas que el propio
Darwin lo admitió{4}. Otros,
ante la imposibilidad (de nuevo, barrera de Weismann) de asumir el lamarckismo,
pero considerando que el darvinismo aparece en este punto bloqueado, acuden a
una «tercera vía»: Baldwin y su «teoría de la selección orgánica»{5}.
Y es que
siguiendo el dicho aristotélico acerca de lo indiscutible de los argumentos
científicos, advertimos cómo, en el caso del «largo argumento» darvinista, tal
dicho aristotélico prácticamente no ha tenido ningún «valor ecológico» en el
ambiente de la llamada «comunidad científica», no ya sólo antes de la
cristalización de la «teoría sintética» –en lo que J. Huxley, y Bowler después,
llamaron «el eclipse del darvinismo»–, sino tampoco después, es decir,
actualmente, cuando la «Síntesis moderna» es cada vez más discutida y
«eclipsada». (En este sentido hasta en las traducciones de los títulos de los
libros se impone tal hecho sociológico sobre las intenciones de sus propios
autores: resulta muy significativa la traducción al español del título del
libro de Mayr (1991) Una larga controversia: Darwin y el darwinismo, y
no más bien Una larga argumentación: Darwin y el darwinismo, como
correspondería literalmente según su título original en inglés, y que el autor
habría tomado de las conocidas primeras palabras del capítulo final de El
Origen de las especies.)
Significativo
es, pues, lo controvertida que resulta la argumentación darvinista después de
siglo y medio de desarrollo de la biología evolucionista, al defenderse, en el
seno de la propia «comunidad científica» alternativas que ponen en cuestión
este mismo desarrollo: así Síntesis inacabada, del
paleontólogo Eldredge, La estructura de la teoría de la evolución de
Gould, ya mencionadas, pero también por ejemplo Darwinismo, el fin de
un mito, del etólogo Chauvin, Deconstruyendo a Darwin, del
bioquímico y «periodista científico» de El País, Javier
Sampedro, La tautología darwinista de Fernando Vallejo,
&c., son algunos títulos recientes, más o menos rigurosos –y, desde luego,
de valor muy desigual–, que sugieren, por distintas razones, que el sentido
darvinista, por lo menos en su versión sintética, es
insuficiente para dar cuenta explicativa de la transformación evolutiva de las
formas orgánicas. En algunos casos se dirá incluso, como es el de Chauvin o el
de Vallejo, y como ya se ha dicho muchas veces (Popper...), que el darvinismo
es completamente tautológico en ese sentido, y que sólo por «fundamentalismo»
se sigue manteniendo. En otros casos se llega ya a anunciar un nuevo
paradigma tras el supuesto agotamiento del darvinismo: es el caso por
ejemplo del libro Lamarck y los mensajeros, de Máximo Sandín.
Frente a
estas posiciones, que se reclaman más o menos «heterodoxas» –formando un
«amplio espectro» que va desde los que se consideran darvinistas, aunque
revisionistas de la síntesis (Gould, Eldredge... Lewontin),
hasta los que se consideran directamente anti-darvinistas (Chauvin...)–,
existen los que creen mantenerse en la «ortodoxia» darvinista (Dawkins,
Dennett, Maynard-Smith... Jacob, Monod...), cuyas posiciones aparecen enraizadas
en torno a la teoría sintética o, incluso, pretenden ir «más allá» (neodarvinismo
«radical» de Dawkins), en un momento en que esta quiere ser «revisada». Así,
«ortodoxos» y «heterodoxos» –ya es un tópico en este tipo de literatura, por
cierto, que el autor se identifique con una u otra postura–, sostienen una
lucha por defender su versión, disputándose todos los medios para ello
(cátedras, seminarios, publicaciones, programas de televisión{6}), que
termina por consolidar una situación, la de la controversia, que alguno ya ha
bautizado como de «guerras darvinianas».
Sin
embargo también hay que constatar, constatación de nuevo sociológica, que ese «sentido
darvinista» de la evolución, precisamente por lo controvertido del asunto,
no es entendido de un modo unívoco desde este género de literatura, ya se
considere desde un punto de vista «ortodoxo» o desde un punto de vista
«heterodoxo»: conceptos tan fundamentales como «adaptación», «selección
natural», «variación», «herencia», «especie», «individuo orgánico», «gen»,
«fenotipo»... aparecen «bailando»al son de las distintas exposiciones, ocupando
distintos lugares lógicos, con distintas funciones en la teoría darvinista
según las distintas interpretaciones, interpretaciones que suelen, a su vez,
estar comprometidas con distintas reconstrucciones históricas del asunto. Bowler
ha llamado especialmente la atención sobre este punto{7}. Con
esto queremos advertir que buena parte de esta literatura, en la que biólogos y
no biólogos revisan los principios y fundamentos de tal disciplina, ya sea para
refutarlos o para reafirmarlos, no es «biológica» en sentido estricto sino más
bien gnoseológica, epistemológica, lógica, e incluso metafísica..., y hay que
decir, en relación a tales enfoques, que muchos biólogos, por decirlo con
Lenin, «caminan de espaldas» al explorar la naturaleza de su propia disciplina{8}. Porque,
si bien como biólogos, y en el mejor de los casos, ejercitan tales principios
(siempre suponiendo su consistencia), sin embargo, cuando se trata de
explicitarlos comienzan a explorar terrenos en los que tales principios ya no
sirven, y es ahí, en tales incursiones, en donde comienzan a hacerse cargo, con
mejor o peor fortuna, de cuestiones que, desde el Materialismo filosófico, se
entienden como cuestiones estrictamente filosóficas. Y es que en sus
planteamientos movilizan Ideas (Identidad, Unidad, Continuidad-Discontinuidad,
Fin, Progreso, Alma-Cuerpo, Individuo-Clase, Todo-Parte, Conocimiento-Acción,
Estructura-Función, Azar-Contingencia-Necesidad... son Ideas, pares o tríadas
de ideas con las que constantemente tratan los biólogos), muchas veces no
explicitadas (como si fuesen obvias) o espontáneamente tratadas (como si fuesen
inauditas), que determinan, ligadas a otras Ideas, resoluciones que en absoluto
se derivan de principios biológicos, aunque muchos así lo crean o lo pretendan.
Es más,
por la ceguera o confusión en muchos de estos planteamientos, en el contexto de
esta ingente literatura generada en los últimos tiempos en torno a la
exploración de tales conceptos fundamentales, el anacoluto, la anfibología y el
paralogismo son figuras que salen al paso constantemente, produciendo conceptos
y sintagmas cuya semántica biológica es realmente problemática y equívoca, y en
algunos casos completamente errónea e incluso vacía (por ejemplo,
pseudo-conceptos tales como «memes» o «culturígenos»), y cuya función muchas
veces sólo se explica como justificación de determinados ideologemas que han
rodeado al darvinismo en su intersección con otras disciplinas doctrinales: en
este sentido las nematologías que ha generado el darvinismo como institución
(darvinismo social, &c.), implantado en las Universidades, Sociedades
científicas, Revistas, &c., tienen un espesor muy considerable, aunque
muchas veces, insistimos, estén enfrentadas en múltiples versiones algunas de
ellas incompatibles entre sí.
De manera
que resulta, prima facie, muy confuso suponer que el
darvinismo no da cuenta de aquellas innovaciones paleontológicas y
genéticas mencionadas al principio, o que no resuelve las dificultades que se
le presentan derivadas de las cuestiones relativas a la conducta animal, cuando
se reconocen –por lo menos, insistimos, desde un punto de vista sociológico–
múltiples «darvinismos»enfrentados: además del darwinismo de la Teoría
sintética, y por decirlo con Iñigo Ongay ,«hay un darwinismo de
Darwin y un darwinismo de T. H. Huxley; un darwinismo de Weismann y un
darwinismo de Fischer, por no hablar de la sociobiología , de la teoría del
equilibrio puntuado o del neutralismo de Kimura» (Ongay, «Darwinismos desde
las antípodas», El Catoblepas, 1:11, 2002). El darvinismo,
pues, si no se determinan sus líneas característica, no es desde luego un
concepto evidente que se sobreentienda cuando se mienta, y mucho menos lo será
la oposición al mismo (anti-darvinismos).
Por este
motivo nuestro Juan Luis Arsuaga, en su libro El enigma de la esfinge (Plaza
y Janés, 2001, pág. 19), después de hacer un breve repaso, que a continuación
desarrollará ampliamente, por las alternativas (y disyuntivas) evolucionistas al
darwinismo (mutacionismo, ortogénesis, neolamarckismos...) así como por las
distintas versiones darvinistas, dice lo siguiente:
«Tantas
vueltas y revueltas se han dado y se siguen dando a la teoría de la evolución
desde Lamarck en adelante que se corre el riesgo de perder la paciencia. Asoma
entonces el demonio de la duda. ¿No deberíamos haber resuelto ya el problema de
una vez por todas? ¿Estamos avanzando en el conocimiento o navegando en
círculos? Y el demonio de la duda muestra sus cuernos en la más letal de todas
las preguntas: ¿será «esto» ciencia de la buena, o sólo especulación
interesante con un barniz académico?»
Parece,
al margen de la tonalidad psicologista del texto de Arsuaga (perder la
paciencia, duda), que aún se permanece en aquella perspectiva, que mantuvo en
su día la Unión Internacional de Ciencias Biológicas (IUBS) en
1966 al organizar el simposio, de gran repercusión internacional, que llevaba
por lema Hacia una biología teórica,{9} desde
la que Waddington, entre otros, plantean los problemas de constitución de la
biología como disciplina «teórica» –en contraste con la consistencia de la
física en este sentido–, intentando «descubrir y formular conceptos
generales y relaciones lógicas característicos de los sistemas vivientes,
frente a los sistemas inorgánicos», según presenta Waddington el motivo de
la organización de tal simposio, de lo que se deriva el reconocimiento, esto es
lo que queremos subrayar, de que los biólogos aún no se consideran instalados
en la «biología teórica», sino que se encuentran en un «hacia» indeterminado,
no se sabe si cercano o lejano a esa ciencia «que se busca». Llama pues la
atención en este planteamiento que los propios biólogos reconozcan aún estar buscando
lo «teórico» de su disciplina un siglo después de la publicación de El
Origen de las especies, en el supuesto de que sea verdad aquello de
que «nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución»
(Dobzhansky).
Otros,
sin embargo, suponen que la biología evolucionista no tiene por qué ir en busca
de una consistencia como pueda ser la de la física, sencillamente por las
características del campo que tiene como referencia. Así, dice Mayr:
«Si
comparamos dos campos tan diferentes como son la biología evolucionista de las
especies y la química de las enzimas, se obtienen algunos contrastes enormes
dentro de la ciencia. En la química nos ocupamos con fenómenos unitarios que se
repiten y con acciones que, una vez descritas, las sabemos para siempre. En la
biología evolucionista nos ocupamos con fenómenos singulares, con interacciones
complejas y con equilibrios de presiones de selección, en una palabra con
fenómenos de tal complejidad que escapa a nuestras posibilidades describirlas
de un modo exhaustivo. Sólo podemos acercarnos a la verdad por un proceso de
tentativa y error de creciente exactitud. Como sucede en las humanidades, y en
contraste con muchas de las ciencias físicas, un conocimiento a fondo de la
literatura clásica del campo, es un requisito previo, en la biología
evolucionista, para adquirir una comprensión previa del aparato conceptual
total» (Mayr, Especies animales y evolución, pág. 8.)
Además de
verse la influencia de los planteamientos popperianos (v. Popper, Conocimiento
objetivo, Ed. Tecnos) en las afirmaciones de Mayr (ensayo y error como
modo de acercarse a «la verdad» en las ciencias), Mayr entiende que, por el
tipo de fenómenos con los que se ocupa, fenómenos ideográficos, la
biología evolucionista está más cerca de «las humanidades» que de la
bioquímica, que se ocuparía de fenómenos nomotéticos similares
a los fenómenos de los que se ocupan las ciencias físicas, y que, por tanto, es
necesario en biología evolucionista, al igual que ocurre en «las humanidades»,
recurrir a los clásicos de la materia como requisito previo para «una
comprensión previa del aparato conceptual total». Sin embargo, en este recurso
a los clásicos{10}, las
reexposiciones que se hacen de los mismos, así como del «aparato conceptual»
por ellos tratado acerca de la evolución y el evolucionismo, transitan por
corrientes divergentes (neolamarckismo, ortogénesis, mutacionismo,
neodarwinismo...) que no terminan de cuajar semánticamente, haciendo inviable
esa «comprensión previa» de la que habla Mayr. Mayr en otros lugares{11}, y
haciendo en cierto modo de la necesidad virtud, resuelve el asunto, vía
Lakatos, suponiendo que el darvinismo es un «programa de investigación» que no
tiene por qué tener solución a todos los problemas.
En
cualquier caso, y en definitiva, la situación en torno al evolucionismo ya «un
siglo y medio después de Darwin» sigue siendo más bien la de una diafonía
ton doxon en torno a «sus conceptos generales y relaciones lógicas
características», en que cada uno, si se nos permite el refrán, cuenta la
feria según le va en ella.
Ante este
panorama, ¿cómo destilar un sentido darvinista de la evolución sin
eludir esta situación de diafonía?, ¿existe, más allá del polvo y
las cenizas generados en estas «guerras darvinianas», algún rescoldo
evolucionista que arroje luz sobre el origen de las formas orgánicas, de su
variedad y disparidad presentes en el campo de los vivientes orgánicos?, ¿habría
que hablar de la disolución de la categoría biológica evolucionista como
apunta, con toda la ingenuidad que se quiera, Arsuaga? Pero si se admite tal
disolución, ¿cómo entender que tal categoría se ha instituido para después
disolverse?: ¿acaso es que nunca se ha formado una ciencia biológica
evolucionista? Alguno incluso pensará que la sola duda ofende...
Desde el
punto de vista de una teoría de la ciencia como es la Teoría del Cierre
Categorial (TCC), en la que nosotros pretendemos movernos, esta falta
de consensus expertorum en cuanto a la verdad de
la teoría de la evolución, y en particular en cuanto a la «contribución» del
darvinismo a esa «verdad», o incluso la duda o pérdida
de la paciencia que tal situación pueda suscitar, según la dramática
expresión de Arsuaga, ¿qué alcance pueden tener en orden a la recurrencia o
mantenimiento de la disciplina biológica evolucionista como ciencia? ¿Cómo
interpretar tal situación en la que prácticamente todos los conceptos
evolucionistas, sean o no darvinistas, son objeto de controversia?
En
principio, desde las coordenadas de la TCC, hay que decir que
ni el consenso, frente a la controversia, ni la certeza, frente
a la duda, son la medida de la verdad científica tal como esta
es entendida desde la TCC, con lo cual ni una cosa ni otra
justifican una posición, digamos, «pirrónica» respecto a la biología
evolucionista.
Desde
la TCC la cuestión relativa al grado de firmeza que la verdad
del darvinismo pueda alcanzar, si es que alguna puede alcanzar, requiere más
bien de un análisis gnoseológico especial{12},
atendiendo a lo que los biólogos hacen, más bien que a lo que dicen que hacen,
desde el que se pueda determinar si el evolucionismo darvinista ha logrado
establecer un cierre categorial en torno al campo de los
vivientes orgánicos, de tal modo que, el origen de las especies orgánicas y su
variedad, por lo menos en algunos de sus tramos, tenga lugar efectivamente a
través de una lógica, la formulada a partir de la publicación de El
Origen de las especies y que Darwin denominó «Teoría de la
selección natural», que sea la misma lógica –según la
idea de identidad sintética que preside el núcleo de las
ciencias tal como se conciben desde la TCC–, a través de la cual se
originan las formas orgánicas. Desde este punto de vista, desde la tesis hiperrealista con
la que se compromete la TCC,{13} el
darvinismo no es que sea una teoría que, siendo científica, se corresponda con
«los hechos», o que los describa, o que no esté «falsada»
por ellos, sino que el darwinismo, si es verdadero, es la realidad
evolutiva misma circunscrita al campo de los vivientes orgánicos. Sólo
desde un análisis como este, con este compromiso hiperrealista, podremos
valorar si las controversias de las que sigue siendo objeto el darvinismo
tienen alguna profundidad semántica, o si, más bien, tales «guerras
darvinianas»se mueven en un terreno gremial, ideológico, de alcance meramente
pragmático, en el que desde cada especialidad (paleontología, genética...) se
pretende tener el monopolio sobre «la clave» evolutiva frente a las demás,
haciendo objeciones de un alcance semánticamente inane para el darvinismo, o
por lo menos sin influencia sobre su núcleo. Un núcleo, desde luego, que hay
que definir, delimitar.
Y es que
uno de los primeros correctivos que desde la TCC se pueden
hacer a muchas de las concepciones desde las que se aborda el darvinismo, es el
de recortar las exigencias que se le piden: se le ha exigido al
darvinismo demasiado (extendiendo su lógica tanto a contextos
infraorgánicos: origen de «la vida»{14}...; como
supraorgánicos: darwinismo social, epistemología «evolucionista»...), y en
virtud de tal excesiva exigencia se termina concluyendo que no está a la
altura, que es insuficiente o incluso que nada explica. Sin embargo, si su
alcance se sitúa en sus justos límites, las cosas se verán de otro modo.
El
enfoque de la Teoría del Cierre Categorial
Desde el
punto de vista gnoseológico de la TCC las ciencias son
consideradas como cuerpos organizados, institucionalizados, con sus dintornos,
contornos y entornos propios, compuestos de materiales polimórficos,
heterogéneos (incluyendo los instrumentos, signos, los propios científicos...),
dispuestos en torno a un núcleo cuya estructura se deja analizar muy bien desde
las coordenadas de un espacio gnoseológico en el que las
ciencias, como tales cuerpos organizados aparecen inmersas, y desde el cual son
analizadas por la propia actividad que como tales cuerpos organizados generan y
desarrollan, no tanto prescriptivamente, desde lo que las ciencias deberían de
ser, sino desde lo que son, según su rendimiento objetivo en dicho espacio. Un
espacio gnoseológico genérico –es decir no específico de los cuerpos
científicos{15}–,
organizado en tres ejes correspondientes a las tres dimensiones del espacio
lingüístico, tal como ha sido analizado por Bühler y Morris{16}, pero
que, en cualquier caso, no se reduce ni se confunde con él, toda vez que los
componentes analizados desde las coordenadas de este espacio gnoseológico,
frente a otras teorías de la ciencia que así lo consideran, no son únicamente
componentes proposicionales. Baste decir que ambos, el espacio lingüístico y el
gnoseológico, tienen los suficientes puntos en común como para, teniendo al
lingüístico como hilo conductor o como canon, derivar las principales
dimensiones del espacio gnoseológico sobre el cual se «proyectan» y ordenan,
por su propia estructura, los distintos componentes de los cuerpos científicos
(objetuales, subjetuales y proposicionales, sus principios y
sus modos, sus teoremas....), de tal modo que estos contenidos
así proyectados, aparecen ordenados, clasificados, en función de las
direcciones marcadas por cada una de estas dimensiones o ejes ortogonales de
tal espacio, generando sus relieves o figuras gnoseológicas características
según una combinatoria compositiva también característica determinada por tales
distintos componentes: estos son el eje sintáctico, el eje
semántico y el eje pragmático.{17}
Como
resultado del análisis de los contenidos de las ciencias desde estas
coordenadas, las situaciones gnoseológicas que se producen a través de tal
combinatoria, en cuanto se entiende que la relación entre dos puntos del mismo
eje aparece mediada por la neutralización de un tercero, arrojan los siguientes
valores en tal espacio en tanto configuraciones suyas: como figuras
gnoseológicas simples, dadas en cada eje en abstracto respecto de los
demás, tenemos en el eje sintáctico los términos, las operaciones y
las relaciones; como figuras simples del eje semántico, existen
los referenciales, los fenómenos y las esencias;
y como figuras simples del eje pragmático se distinguen
los autologismos, los dialogismos y las normas.
Los modos de las ciencias (clasificaciones, taxonomías,
cánones, desmembramientos, &c...) se concebirán como figuras
compuestas en cuanto que son modos de producir figuras simples a
partir de otras (términos a partir de relaciones, &c.),
del mismo modo que los principios de las ciencias (definiciones,
axiomas, postulados...) serán igualmente figuras compuestas porque se toman de
las figuras simples de un eje proyectado sobre un tercero. Los teoremas como
figuras gnoseológicas compuestas toman su forma de la composición entre los
tres ejes, alcanzando cada ciencia su sentido pleno cuando cristaliza en torno
a esta figura.
Desde
este contexto las ciencias se reconocerán como construcciones, es decir, y
según decíamos, como cuerpos de materiales organizados y conformados
operatoriamente, y de cuya variedad e inconmensurabilidad relativas a tales
materiales depende la configuración de cada una de las distintas ciencias, que,
en función de su misma disposición sintáctica, semántica y pragmática, se van
enlazando, ligando, tejiendo hasta el punto de llegar a producirse en el seno
mismo del espacio gnoseológico, y como resultado de esta roturación
operatoria, cierres categoriales en torno a tales materiales
así reorganizados, alcanzando dicha reorganización la forma demostrativa,
teoremática característica de las ciencias. Los cierres categoriales instauran
círculos de realidad –ampliada, densa... picnológica–,
inconmensurables entre sí, que surgen a partir de la actividad técnica,
quirúrgica, tecnológica de los sujetos operatorios actuando sobre el mundo de
las formas fenoménicas (mundus aspectabilis) envolventes, las cuales se
van descomponiendo y recomponiendo en función de la actividad de tales
demiurgos operatorios, transformándose en términos y clases de términos [A=
(a1, a2, ..., an), B= (b1, b2, ..., bn), C= (c1, c2, ..., cn)] que guardan
entre sí relaciones de diversa clase (inclusión, pertenencia, igualdad,
correspondencia, congruencia, semejanza... y/o sus contrarias...) conforme se
van roturando operatoriamente. Los cierres categoriales cristalizan cuando, en
virtud de la conmensuración de unas formas por otras (pero no de todas con
todas) a través de distintos cursos operatorios confluyentes, se
establecen relaciones de identidad entre los términos operados,
analizados, en principio diversos, que ya no necesitan de la asistencia de un
determinado curso operatorio para mantenerse, toda vez que tales relaciones,
como síntesis entre los términos analizados, aparecen sostenidas por efecto de
su propia identidad, quedando los términos sinectivamente ligados entre sí y
mutuamente neutralizados los cursos operatorios de partida. Es este proceso de
«segregación o neutralización de las operaciones», central para la
constitución de las ciencias según la entiende la TCC, la vía
a través de la cual esta conformación de tales materiales alcanza por
anamórfosis un plano esencial, teoremático, que desborda el plano fenoménico de
partida, siendo este el terreno propio, definido en el eje semántico, en el que
se configura la verdad científica en tanto,
precisamente, identidad sintética.{18} Una
verdad, con todo, que no es que rectifique o niegue el mundus
aspectabilis (fenoménico) de partida, sino que regresa a él penetrando
y ampliando determinados aspectos suyos, sin saturarlo o agotarlo en todo caso
(cierre no quiere decir clausura, sino todo lo contrario), toda vez que sigue
alimentándose circularmente de él.
Esta
«verdad gnoseológica», así entendida, constituye pues el núcleo esencial
en torno al cual cada ciencia se organiza y desarrolla como cuerpo institucionalizado,
en un curso con sus ritmos propios (al margen de las
conexiones e influencias que pueda tener procedentes de otros cuerpos así
organizados), a partir del cual ya podemos hablar con precisión de ciencia y de
su historia correspondiente, siendo la constitución de este núcleo el «hecho
diferencial» por el que se distinguen las ciencias de cualquier otro tipo de
construcción doctrinal.
La TCC se
sitúa en una perspectiva pues, la del Materialismo filosófico, que no considera
a las ciencias como «conocimientos» que posee un sujeto (¿el hombre?, ¿la
mente?) sobre un objeto (¿la realidad?, ¿el mundo?), siendo esta distinción
(sujeto/objeto) la clave idealista del enfoque epistemológico,{19} tal
como lo considera apagógicamente la TCC, sino que las
considera como construcciones instituidas, insistimos, en torno a
diversos campos de materiales determinados, con términos de
distintas clases, que se van configurando y enlazando sistemáticamente en
clases diversas de relaciones de identidad según el propio rendimiento objetivo
que los distintos cierres categoriales pueden alcanzar en torno a estos campos
así determinados, siendo la distinción clave del enfoque gnoseológico en
este sentido la distinción materia/forma{20}.
Desde
esta perspectiva la verdad de las ciencias, de cada ciencia,
no se sitúa pues en la correspondencia de la «teoría científica»con «la
realidad», alineadas con la forma y la materia respectivamente
(gnoseología adecuacionista) –como si se tuviese acceso directo por
no se sabe qué vía al conocimiento de «la realidad», para poder determinar
después si «la teoría» es verdadera o no al corresponderse o no
(isomorfismos...) con ella (y es que si ya se conociese «la realidad», ¿para
qué saber si la teoría se corresponde o no con ella si ya tenemos un acceso,
que por lo visto no es teórico, a la realidad misma?)–, ni tampoco se sitúa la
verdad en la forma teórica, al margen del material fenoménico (teoreticismo gnoseológico),
ni tampoco en el material fenoménico mismo al margen de su articulación teórico
formal (descripcionismo), sino que la verdad según la TCC se
sitúa en la propia codeterminación circular entre forma teórica y materia
fenoménica diaméricamente conjugadas{21}: es tal
codeterminación circularista la que recorre y a la que se
circunscribe el circuito de la identidad sintética, siendo el teorema o
conjunto de teoremas de aquí derivados la formalización proposicional inmanente
a tal proceso. De este modo, tales materiales, teoremáticamente codeterminados,
conforman un campo gnoseológico característico, con sus
principios y sus modos correspondientes a cada cierre categorial, en donde
aparece «realizada» la verdad científica como identidad sintética
sistemática.{22}
Una
identidad en cualquier caso, por la que se redefine la verdad gnoseológica,
que, siendo específica de las ciencias (existen otras determinaciones de la
identidad que no se expresan en forma de verdad gnoseológica), no es unívoca en
ellas, y es que admite grados, grados correspondientes a los modos de resolver
las distintas situaciones relativas a la heterogeneidad,
diversidad e inconmensurabilidad de materiales a través de los cuales se
entretejen cada uno de los distintos círculos categoriales, igualmente, y por
ello mismo, inconmensurables (mutuamente irreductibles) entre sí.
En este
sentido la heterogeneidad y diversidad de materiales dan de sí la distinción
fundamental para la TCC entre situaciones Alfa-operatorias y
situaciones Beta-operatorias. Y es que si entre los materiales así
organizados se encuentran clases de términos que ellos mismos
son análogos a los sujetos operatorios (digamos, sujeto
gnoseológico), lo que desde la TCC se concibe como situaciones
Beta-operatorias, entonces los circuitos sintéticos de identidad se
resuelven contando estructuralmente con la mediación de la actividad de tales
sujetos análogos (digamos, sujetos temáticos, con sus puntos de vista emic, intenciones,
causalidad final...), siendo necesariamente contemplados desde el cuerpo
científico en cuestión en su propia especificidad operatoria en cuanto que
tales operaciones, propias del sujeto temático, ya no figuran en el campo como
sólo determinantes formales suyos, sino más bien como formas en él
determinadas, bien por estructuras no operatorias, bien por otras operaciones:
este es el caso sui generis, tal como las concibe la TCC, de
las «ciencias humanas y etológicas» que resuelven tal situación a través
de metodologías betaoperatorias, esto es, las que proceden a
«neutralizar o segregar las operaciones» a través de un «envolvimiento», bien
estructural, bien así mismo operatorio, efectuado por el sujeto gnoseológico
(SG) sobre la actividad operatoria del sujeto temático (ST) en cuanto que
análogo suyo, siendo las operaciones temáticas formalmente incorporadas al
campo en cuanto que determinadas en él (ahora sí que el «conocimiento» forma
estructuralmente parte del campo, no sólo genéticamente).
Las
situaciones Alfa-operatorias, sin embargo, son las producidas
en aquellos campos en los que tan sólo genéticamente son operatorios, pues
estructuralmente no figuran términos en ellos con tales características,
resolviéndose tales situaciones a través de metodologías
alfa-operatorias por las que la «neutralización o segregación de las
operaciones» del campo adquiere un sentido pleno, en cuanto que tales
metodologías nos ponen delante de estructuras cuya textura gnoseológica ya no
es en absoluto operatoria.
Así, dice
Bueno, mientras que las ciencias físicas o las matemáticas son operatorias por
su origen pero no puede atribuirse, salvo antropomorfismo, operaciones a los
términos de su campo (los puntos, las rectas, los planos... geométricos, por
ejemplo, no son, desde luego, sujetos operatorios), las ciencias humanas o
etológicas tienen que cultivar estructuralmente este antropomorfismo, si no
quieren perder de vista la escala de su campo, y aún a riesgo de perder su
carácter de ciencia en sentido pleno. Y quien dice antropomorfismo, dice
«pongidomorfismo», si se nos permite la expresión, o, en definitiva,
«zoomorfismo», cuando se trata de operaciones temáticas análogas a las
operaciones gnoseológicas. En este sentido buena parte de los problemas a los
que se enfrentan las «ciencias humanas o etológicas» tienen que ver con los
límites de tal analogía entre el sujeto operatorio, en cuanto
que ST, y el sujeto operatorio en cuanto que SG.{23}
Tomando,
pues, ambas situaciones (alfa y beta) desde el punto de vista de sus estados
límite, desde la plenitud del proceso segregativo de las operaciones del campo,
producido en la situación alfaoperatoria (alfa-1), hasta la disolución de la
ciencia en tecnología, técnica o praxis en la situación límite betaoperatoria
(beta-2), en cuanto que no hay proceso de segregación alguno (sino que el saber
se resuelve y consiste en las operaciones mismas normalizadas), existen estados
intermedios de equilibrio correspondientes a distintas resoluciones
metodológicas en las que, si bien la segregación de las operaciones no adquiere
su plenitud genérica de ciencia, tampoco se puede decir que tales saberes se
disuelvan en técnicas o tecnologías. La TCC reconoce, pues,
diversos estados intermedios de equilibrio entre ambos extremos.{24}
Pues
bien, desde estas coordenadas: ¿en qué situación se encuentra el darvinismo?
Reformulando en nuestros términos la cuestión planteada por Arsuaga: ¿ofrece el
darvinismo algún género de verdades propias, de identidades sintéticas
sistemáticas, en torno al campo de los vivientes orgánicos?, y, en caso de
hacerlo, ¿qué género o géneros metodológicos recorre?; si así no fuera, ¿habría
que considerarlo quizás como técnica, o conjunto de técnicas y tecnologías a lo
sumo, que se resuelven en el tratamiento operatorio con los organismos
vivientes?; más aún, ¿será una suerte de doctrina metafísica o mitológica (tal
como quieren Popper, Chauvin, &c.), de Weltanschauung victoriana
quizás (Marx), cuya justificación doctrinal no va más allá del mantenimiento de
ciertos status quo socio-políticos definidos en distintos
frentes (gremiales, de clase...) amparándose en el mito de la Ciencia?
En definitiva, ¿cuál es el status gnoseológico del darvinismo?
Pero
antes de abordar tal análisis, es necesario subrayar las diferencias de
perspectiva entre el darvinismo, strictu senso, y la «teoría
sintética» cuyos campos, si bien producen intersecciones, no se confunden. Y es
que si bien las pretensiones de la «teoría sintética» son, precisamente, las de
la «síntesis», en cuanto que, se supone, ampliación y profundización del darvinismo
a través de su cristalización genética (bioquímica), sin embargo, tal
profundización, lejos de producirse, lo que hace es, sin perjuicio de su
efectiva cristalización genética, subvertir la propia lógica darvinista. Una
subversión que tiene que ver con las consideraciones relativas a los organismos
en su individualidad corpórea. Veamos.
Insuficiencia
de la «teoría sintética» y su tendencia hacia la disolución bioquímica de la
categoría biológica evolucionista
Las
consideraciones relativas a la influencia (causal) del «soma» del organismo
individual en la evolución, desde concepciones sintéticas, han llegado a cuajar
en esa perspectiva que Dawkins llamó del «gen egoísta» según la cual el
organismo individual corpóreo es un «vehículo», un «continente», cuyo fin es
poner en conexión unos genes (contenidos) con otros para su replicación; el
«soma» se representa así como una cobertura fenoménica, superficial, cuyo
cometido en el contexto del campo biológico evolucionista se resuelve con la
puesta en contacto entre «las esencias» (los genes), esto es, se resuelve en un
mero intermediario canalizador del «plasma germinal». Desde esta perspectiva
geneticista, pues, el individuo orgánico tiene relevancia biológica en cuanto
que «contiene» el tarro de las esencias biológicas, es relevante biológicamente
hablando tan sólo como recubrimiento fenoménico del gen, un recubrimiento a
través del cual tienen lugar las interacciones moleculares: el organismo
individual es considerado, en fin, como «una máquina de supervivencia
programada a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas
con el nombre de genes» (Dawkins, El gen egoísta, pág.
VII). Digamos hegelianamente que el organismo para Dawkins, y en general para
la perspectiva sociobiológica, es producto de la «argucia del gen», de tal
manera que el gen produce (norma de reacción) organismos individuales que son
sacrificados a fin de poder entrar en contacto con otros genes (la gallina es
el medio entre huevo y huevo). Incluso, no ya solo el «soma» individual, sino
el propio medio entorno (umwelt), en tanto que medio percibido por el organismo
(cuando se trata de organismos animales), es producto de la norma de reacción
del gen: el medio en torno apotético conforme al cual el individuo orgánico
animal se desenvuelve es considerado por Dawkins como «fenotipo ampliado»,
producto de la propia actividad del gen. En definitiva, toda la variabilidad
generada a lo largo de la vida individual del organismo es una «cantidad despreciable»
desde el punto de vista biológico, según la perspectiva geneticista, si tal
variabilidad termina por no engarzar un gen con otro: la vida individual sólo
tiene valor evolutivo entonces, si, en su lucha por la existencia, alcanza a
servir de nexo entre gen y gen.
Dawkins
se representa su posición como «radical», en el sentido en que sitúa la
biología evolucionista en una perspectiva (la bioquímica) que se pretende bien
enraizada, al quedar sostenida por unos principios activos firmes (los genes y
sus relaciones). Esta conciencia tiene sin duda su precedente en Morgan, siendo
éste el que, en buena medida, ha hecho que los biólogos evolucionistas hayan
centrado sus investigaciones en la Genética, pretendiendo que en tal
subdisciplina se hallan las claves del evolucionismo. Así esta tendencia, en la
el gen figura como unidad evolutiva fundamental, entiende a la variabilidad
genética como fuente principal e incluso formalmente única de variaciones, una
tendencia que está ya presente en los clásicos de la «teoría sintética». Así
Mayr, en su libro Especies animales y evolución, no está lejos
de aquellos extremos de Dawkins, cuando concibe al individuo orgánico como un
«mero vaso temporal» (pág. 36: subrayamos lo de «mero») cuyo «fin»
sería el de servir de depósito del plasma germinal y así, en cuanto tal función
se consuma, poder verter el líquido sobre otro vaso, propagándose tal «líquido»
de generación en generación. Dobzhanski lo dice ya claramente: «La evolución
es un cambio en la composición genética de las poblaciones. El estudio de los
mecanismos de la evolución cae dentro del campo de la genética de poblaciones» (Genética
y el origen de las especies, pág. 47). Con este laconismo define
Dobzhanski la evolución, reduciendo biología evolucionista a genética, esto es,
biología a bioquímica.
En esta
situación, tras la cristalización de la genética de poblaciones, observa
Waddington lo siguiente:
«Existe
hoy día universal acuerdo en cuanto a que los fundamentos de la teoría de la
evolución hay que buscarlos en los conceptos de Darwin de la variación debida
al azar y de la supervivencia del más apto. No obstante, ha de ser hecha,
además, la observación de que el moderno neodarvinismo ortodoxo, aun cuando
emplea las mismas expresiones, ha cambiado de hecho el significado de todas las
palabras, de tal manera que lo que resulta es considerablemente diferente de lo
que Darwin propuso» (Waddington, Las Ideas básicas de la Biología, en: Hacia
una biología teórica, pág. 37.)
Y no sólo
Waddington, el propio Mayr, reproduciendo en parte una tabla de Heuts, subraya
las distintas perspectivas elaboradas en relación al cambio evolutivo, desde
Lamarck en adelante, que se han ido elaborando hasta cuajar en la «síntesis
moderna», y el distinto modo en el que se incorporan, según el enfoque, los
conceptos evolutivos fundamentales (v. Mayr, Especies animales y
evolución, pág. 18). En la tabla (reproducida en el Apéndice I, al
final de nuestro texto) vemos cómo ninguna de las versiones de la «síntesis
moderna», la 4ª y la 5ª de las Teorías «sintéticas» del cambio evolutivo (ver
segundo cuadro de la tabla), incorpora el expediente 1 b), esto es, «Respuestas
adaptativas (Geoffroyismo)», evacuando de este modo las variaciones producidas
en el contexto de lo que Darwin llamó «lucha por la existencia» (adaptación),
es decir, quedan fuera de la lógica evolutiva los «rasgos adquiridos» a lo
largo de la vida individual: a fuerza de negar el lamackismo, se evacúa de la
lógica evolutiva las transformaciones producidas como respuesta adaptativa de
los organismos, al ser imposible la influencia hereditaria de las mismas. Es
decir, por no ser hereditarias las respuestas adaptativas, su papel evolutivo
se hace inocuo en la lógica de la síntesis moderna. Esto hace, a su vez, que el
concepto de selección natural, situado por Darwin en ese contexto de la lucha
individual por la existencia, se desplace a contextos, aparentemente más
profundos, infraorgánicos, bioquímicos, esto es, genéticos. El propio Mayr
reconoce muy bien el problema derivado de tal desplazamiento, a pesar de pasar
por ser uno de los insignes representantes de la «Teoría sintética»:
«Se
admite de antiguo, como reacción a los conceptos de Lamarck, que carecen de
importancia evolutiva las modificaciones del fenotipo que no implican cambios
genéticos. La opinión no es correcta. La variación agenética suele ser
adaptativa y está controlada por selección natural, dado que factores genéticos
determinan la cantidad y dirección de la flexibilidad admisible del fenotipo.
[...]. Es evidente que la modificabilidad fenotípica, la estabilidad fenotípica
(debida a la canalización del desarrollo) y la flexibilidad de conducta son
fenómenos biológicos de considerable importancia evolutiva. [...]. Merecen
mucha mayor atención por parte de los evolucionistas de la que han recibido
hasta ahora. Waddington (1957) ha destacado correctamente este punto y ha
planteado varios problemas evolutivos en términos de fisiología del desarrollo»
(Mayr, Especies animales y evolución, págs. 154-162).
Y es que
este es el asunto: el extraordinario prestigio que fue cobrando el concepto de
gen con el fabuloso desarrollo de la Genética en el último siglo ha hecho que
el papel del «soma», del organismo individual, como unidad fenotípica sobre la
cual actuaba la selección natural, tal como aparece en El Origen de las
Especies, es decir en la «teoría de la selección natural» strictu
sensu, se fuera desplazando (en proporción directa al desplazamiento
de los estudios de «historia natural» por los de genética) hasta prácticamente
formar el organismo y su actividad (ontogenética, conductual...), como fuente
de variación, una cantidad despreciable. Eldredge{25}, en su
«revisión ontológica», revisión en clave ontológica, de las obras de los
clásicos de la teoría sintética (Dobzhanski, Genética y el origen de
las especie; Mayr, Sistemática y el origen de las especies; y
Simpson, Tempo y modos en la evolución) habla de la tendencia a
este desplazamiento lógico (ontológico) en estas obras clásicas, lo que,
precisamente, motiva tal «revisión ontológica» buscada por Eldredge. Steven
Rose ya habla, en una reseña al último libro póstumo de S. J. Gould, de cómo este
proceso, de ser una tendencia en principio, termina por cuajar en la versión
«radical» de la teoría sintética: «Para Darwin, el organismo individual
(descrito ahora como el fenotipo) era la unidad sobre la que actuaba la
selección. Para los neodarwinistas estrictos, el organismo individual es
sustituido por el gen y los propios organismos desaparecen
virtualmente del procedimiento de cálculo, convirtiéndose simplemente en
herramientas por medio de las cuales investigar el gen».{26} Por
supuesto, Gould insistirá mucho, a lo largo de su gran obra, en este asunto
clave.
Y es que,
en efecto, esta sustitución, este es nuestro diagnóstico compartido por muchos,
no representa una nueva perspectiva sobre lo mismo, como sugiere Dawkins con la
imagen del cubo de Necker{27}: esta
sustitución supone perder de vista la biología evolucionista, por lo menos en
su sentido darvinista estricto, disolviéndola en bioquímica (disolución
descendente infraorgánica), de tal modo que el fundamental concepto de
«selección natural», situado por Darwin a escala orgánica fenotípica, a la
escala de los organismos individuales, queda o bien diluido o bien deformado,
siendo imposible su reconstrucción desde la bioquímica.
Es
sabido, insistimos, que frente a esta interpretación «sintética», que Dawkins y
Wilson llevan al extremo, se opone otro tipo de perspectiva que tiende a dotar
de mayor peso «ontológico» a los organismos individuales en el contexto
evolutivo. Así, Lewontin, el propio Rose y Kamin en su obra de significativo
título No está en los genes, rectifican este, según ellos lo
llaman, «determinismo biológico» que supone la perspectiva sociobiológica,
dotando de mayor relevancia o influencia (causal) a la actividad de los
organismos individuales en la evolución. Es decir, el curso evolutivo, no es
enteramente ajeno a la actividad individual de los organismos, sino que tal
actividad, no siendo determinada genéticamente, y sin necesidad tampoco de caer
en el lamarckismo, tiene influencia en el curso evolutivo. La «revisión
ontológica» aplicada al neodarwinismo que tanto Eldredge (Síntesis inacabada)
como Gould reclaman en sus últimos libros nos parece un asunto a tener en
cuenta, no tanto por las «soluciones» que ellos ofrecen{28}, sino
por las rectificaciones que plantean.
Y es que
precisamente cuando el darvinismo adquiere profundidad bioquímica
(cristalización de la Genética a partir del «redescubrimiento de Mendel») desde
comienzos del siglo pasado, este sentido darvinista de la
evolución se trastoca en el orden de la representación, produciéndose paradojas
y aporías que, en realidad (acto exercitu ), pueden diluirse, esta
es nuestra tesis, como pseudo-problemas relativos al campo evolucionista.
El
darvinismo desde la Teoría del Cierre Categorial
El
darvinismo tiene como campo propio de referencia, como términos suyos
característicos, a los organismos vivientes (ya sean meramente orgánicos,
operatorios o personalizados) en cuanto que organizados distributivamente en
clases climacológicas (clímax: escala, en griego), clases distributivas,
las más importantes de las cuales son las especies linneanas, producidas por
una característica que poseen esas unidades vivientes frente a otro tipo de
sustancias (como puedan ser los átomos químicos), y es que los organismos
vivientes proceden por vía segregativa de otros organismos de su misma clase,
ya sea por escisión (asexuada) o por reproducción sexual (que supone, en todo
caso, también escisión) en sus distintas variantes (diploide, haploide,
hapodiploide{29}).
Las clases constituidas de este modo, por depender su recurrencia de la
disposición de las unidades orgánicas (atributivas) disponibles de cada clase,
pueden ser consideradas como clases diatéticas{30} (diátesis:
disposición), siendo el modo de causalidad diatética característico de la
multiplicación (distributiva) de los organismos.
Este
campo propio de referencia, determinado por tal principio («procedencia de unos
organismos a partir de otro(s) de la misma clase») y en torno al cual se va a
articular el darvinismo, aparece recortado, hallado, fundamentado, por una
tradición que precisamente se constituye contemporáneamente al darvinismo:
la teoría celular (Henle nace el mismo año que Darwin). Este
principio, formulado de muchos modos (Pasteur lo formula así: Omne
vivum ex vivo, esto es, todo ser vivo proviene de otro ser vivo{31})
instaura una relación genealógica entre los vivientes
orgánicos que supone, sobre todo, la negación de su procedencia inorgánica (generatio
aequivoca{32}),
en la que todavía se movía por ejemplo Lamarck{33}, y la
reafirmación en este contexto del principio de continuidad (natura non facit
saltus) que, en todo caso, como principio de continuidad causal, no resulta
incompatible, como veremos, con un principio de discontinuidad estructural
entre las clases. Un principio («todo ser vivo procede de otro ser vivo de la
misma clase») que, en cierto modo, equivaldría para el campo de los vivientes
orgánicos, en cuanto regla de composición operatoria entre los términos dados,
al postulado «entre dos puntos se puede trazar una recta», relativo al campo de
la geometría euclídea, de tal manera que cualquier organismo viviente siempre
está vinculado por su descendencia con otros organismos de su misma clase
(negación de Adán{34}), dado
que la vía de composición entre organismos de clases distintas está cerrada
(aislamiento reproductivo){35}. De este
modo los organismos forman entre sí cadenas causales genealógicas en cada
clase, a través de su contacto sinalógico reproductivo (synallaso:
casamiento), que determinan los límites del campo biológico{36}: los
términos del campo vienen determinados por tal composición causal, que
presupone tal contacto, de tal modo que es desde este principio desde el que se
puede determinar si un término pertenece o no al campo categorial de referencia{37}. En
definitiva, y dicho con Bueno, «se trata de subrayar, en conclusión, que la
necesidad de situar a las unidades sustanciales vivientes, en cuanto son
unidades sustanciales dinámicas en el ámbito de la causalidad (de la
interacción celular de un sistema de partes dado), requiere presuponer un contacto entre
tales unidades» (Bueno, ¿Qué es la Bioética?, Pentalfa,
pág. 103). Un contacto entre las unidades sustanciales vivientes que, conviene
subrayar en todo caso, no tiene por qué volverse a dar entre los organismos de
la misma clase (extinciones) e incluso, un contacto que no tiene por qué
volverse a dar en absoluto (en todas las clases). Es decir, un contacto contingente (v.
Gould, La vida maravillosa, Ed. Crítica), que es necesario
presuponer como dado durante los últimos 3530 millones de años, pero que no
tiene por qué volver a producirse: la recurrencia de tal principio no está
asegurada, cabiendo la posibilidad de la disolución (bioquímica) del campo
biológico{38} si
tal relación no se produjera.
Un
contacto, pues, por el que de hecho ha discurrido y discurre un tipo de
relación fundamental para el mantenimiento y recurrencia del campo biológico,
la relación reproductiva, por la que se produce la multiplicación distributiva
de los vivientes, así como la recurrencia y, en su caso, transformación de las
clases climacológicas (linneanas) en las que los vivientes están distribuidos.
Precisamente el darvinismo, al margen de sus compromisos explícitos con
la teoría celular, instaurará sobre el campo un principio de
cierre por el que, asociado a este contacto entre las unidades orgánicas, se
producirá la transformación de las clases, unas a partir de otras, «a la escala
de las especies» (y desde ellas la transformación se «comunicará» a las demás
clases climacológicas), estableciéndose entre ellas relaciones sintéticas de
identidad filogenética.
Y es que,
sea como fuera, el darvinismo parte, in medias res, del
análisis (desarrollado por diversos cursos operatorios confluyentes:
paleontológicos, embriológicos, morfológicos, clasificatorios, etológicos...)
de este campo así recortado, el campo de los vivientes orgánicos enclasados
distributivamente, sobre el cual va a introducir una revolución, relativa al
origen de las clases, que el Materialismo Filosófico ha caracterizado, frente a
otro tipo de caracterizaciones{39},
como revolución lógica. Sobre el sistema de clasificación de
Linneo, que presupone un sistema de clases disyuntas (porfiriano)
incomunicables en su origen{40}, Darwin
introducirá un principio lógico de transformación de clases, unas a partir de
otras, que las remite a un origen común interno al propio campo, principio que
se abre paso a través de las relaciones de causalidad diatética compositiva{41} entre
las unidades orgánicas disponibles de cada especie (dado, insistimos, que la
composición entre organismos de especies distintas está bloqueada a los
efectos): la cadena causal genealógica, esto significa el darvinismo, no remite
regresivamente a un origen situado fuera del campo de los vivientes orgánicos
(inorgánico o supraorgánico), sino a un origen inmanente al propio campo, es
decir, de nuevo a organismos organizados en clases distributivas que actúan
progresivamente como género, lo que supone un nuevo sentido para el campo
linneano que implica su reorganización íntegra («nada tiene sentido en biología
si no es a la luz de la evolución»). Una reorganización exigida por este cambio
en la consideración lógica del concepto de especie y que afectará a la
totalidad del campo de organismos linneanos: esto es, la especie pasa a ser
concebida como género modulante (plotiniano), definida como género posterior,
en cuanto que el origen de las especies se produce por la transformación
progresiva de unas especies (A, B, C...) en otras (A', B', B'', C'...),
adquiriendo aquellas regresivamente la consideración de género en relación a
estas [A (A')], [B (B', B'')], [C (C')]:
«Al
considerar el origen de las especies, es totalmente comprensible que un
naturalista, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos,
sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica, sucesión
geológica y otros hechos semejantes, llegue a la conclusión de que las
especies no han sido creadas independientemente, sino que han
descendido, como variedades, de otras especies» (Darwin, El origen
de las especies, Edaf, pág. 56.)
Y es que
el origen de las especies, ese «misterio de los misterios», según la expresión
de Herschel, reside en las variedades generadas, y que se
siguen generando (actualismo), en el seno de otras especies dadas, recibiendo
de este modo toda especie la consideración de género (sea actual o potencial),
en cuanto que en su seno se han producido (y pueden seguir produciéndose)
variedades de las que, por la propia recurrencia del mismo principio, derivan
nuevas especies. La mediación, pues, por la que de unas especies descienden
otras son las variedades que proliferan en el seno de cada
especie: esta es la estrategia gnoseológica que preside El Origen de
las Especies y que se puede formular bajo el corolario, que Darwin
repite con frecuencia a lo largo de su obra, «toda especie es una variedad
fuertemente caracterizada, toda variedad es una especie incipiente», toda
especie, pues, y dicho retrospectivamente,«empezó siendo» una variedad
producida en el seno de una especie dada, la cual, a su vez, «termina siendo» considerada
como género{42}.
Las
especies, por tanto, no surgen independientemente unas de otras (por actos
separados de creación), sino que su origen tiene lugar a través de la relación
de contacto reproductivo (diátesis causal) entre las unidades orgánicas de la
misma clase (produciendo así genealogías), como quiera que tal
contacto se produce en el contexto de las relaciones de co-influencia que los
organismos mantienen con el medio y, por tanto, también con otros organismos
(de la misma y de otras clases: lo que da lugar a ecologías), esto
es, en el contexto de lo que Darwin ha llamado «lucha por la vida»: es decir el
origen de las especies no se explica al margen de esas relaciones mutuas entre
las unidades orgánicas que los «hechos» (clasificatorios, embriológicos,
ecológicos, paleontológicos, etológicos...) muestran a «cualquier» naturalista,
sino que el origen se explica a través de las transformaciones, inmanentes al
campo de los vivientes orgánicos, generadas por la propia actividad desenvuelta
por los organismos en el contexto de la lucha por la vida, actividad por la que
transcurre no sólo, y esto es fundamental, la relación reproductiva de
organismos de la misma clase, de la que resulta su multiplicación distributiva,
sino también la relación trófica, mediante la que se neutraliza la pérdida
entrópica y de la que resulta el desarrollo atributivo (crecimiento) de cada
organismo, o bien su muerte (transformación en cadáver) y, en su caso,
aniquilación{43}. Frente
a la tesis emergentista (creacionista o no), cuya explicación supone un origen
de las especies externo al campo de los vivientes orgánicos (externo a estas
relaciones que los organismos entablan con su actividad), Darwin supone que la
explicación acerca del origen tiene que ver con la dinámica misma del proceso
mediante el cual los organismos, siempre determinados genealógicamente (siempre
enclasados), con su actividad (ya sea, insistimos, meramente orgánica,
operatoria o personalizada), y las relaciones de co-influencia ecológica mutua
que se entretejen en symploké (biocenosis) con tal actividad (trófica y
reproductiva), están constantemente generando transformaciones (variaciones) en
el campo (es decir, en los propios organismos enclasados) que terminan por
producir nuevas clases, nuevas especies de organismos. Las especies, pues, no
han sido creadas ya disyuntas, sino que han descendido de
otras, y no son independientes unas de otras en su origen,
sino que en su origen dependen de otras a través,
precisamente, de las relaciones recurrentes de descendencia («descendencia
con modificación») y de mutua co-influencia («lucha por la vida»)
entre los organismos: es esa «modificación» producida con la descendencia la
que, con su «acumulación» generación tras generación en el contexto de la lucha
por la vida, sirve de tránsito entre una especie y otra, siendo las variaciones
producidas en el seno de aquella el origen de esta.
Las
especies quedan así vinculadas genealógicamente unas con otras (aunque no todas
con todas), de tal modo que entre ellas aparecen relaciones sintéticas de
identidad filogenética: la verdad (identidad sintética) del darvinismo tiene
que ver pues con las relaciones de semejanza (isológica) entre organismos de
especies distintas, cuando esta semejanza remite, a través de esas relaciones
de contacto (sinalógico) supuestas (intercalado de links intermedios),
a una forma originaria común (identidad sustancial), como quiera que las
relaciones sinalógicas reproductivas entre organismos generan, en tanto que
principio de conservación de clase, relaciones de semejanza isológica entre los
mismos.
Es en
este vínculo de ascendencia común entre especies distintas en lo que consiste
la verdad del darwinismo. Ahora bien, si bien la reproducción, el contacto
reproductivo entre organismos, es un principio de conservación de clase por
cuya recurrencia se mantiene la identidad de clase, es también, y este es el
«descubrimiento» del darwinismo, un principio de transformación de clases, en
cuanto que tal esquema de identidad, relativo a cada clase, está sometido, a
través de ese mismo contacto reproductivo recurrente entre individuos, a
variaciones –variaciones sobre la misma clase– que terminan
por generar metábasis (cambio de género) al quedar interrumpidas, por efecto de
la propia variación en divergencia, las relaciones sinalógicas reproductivas
entre grupos de unidades orgánicas de una misma especie. Es decir, toda especie
(A') tiene en común con otra (A''), una especie ancestral (A) de las que ambas
descienden a partir de variedades suyas(a', a'', a'''...): las relaciones de
semejanza (isologías) entre los organismos de ambas especies distintas son
razón de las relaciones de contacto sinalógico reproductivo (comunidad de
descendencia) producidas en el seno de tal especie ancestral común, de tal
manera que, aun cuando es interrumpido el proceso sinalógico reproductivo
(aislamiento), se siguen conservando semejanzas isológicas entre los organismos
de ambas distintas especies precisamente en razón de las relaciones sinalógicas
de reproducción mantenidas entre ancestros comunes. Así, desde esta «clave»,
«todas
las reglas precedentes y las ayudas y dificultades en la clasificación pueden
explicarse, si no me engaño mucho, de acuerdo con la teoría de que el sistema
natural se basa en la descendencia con modificación; de que los caracteres que
los naturalistas consideran como demostrativos de verdadera afinidad entre dos
o más especies son los que han sido heredados de un antepasado común, pues toda
verdadera clasificación es genealógica; y de que la comunidad de descendencia
es el vínculo oculto que los naturalistas han estado buscando
inconscientemente, y no un plan desconocido de creación o el enunciado de
proposiciones generales, ni el mero hecho de poner juntos o separados objetos
más o menos parecidos» (Darwin, El Origen..., pág. 420.)
Es decir,
y dicho de otro modo, la verdad del darwinismo se encuentra en las homologías (tal
como se conocen tales relaciones isológicas ligadas a la «comunidad de
descendencia» desde Owen) a partir de las cuales se dibujan sistemáticamente
las líneas filogenéticas que vinculan sinectivamente unas especies con otras a
través del género común del que proceden: este género es la especie ascendente
común por la que se explican las relaciones isológicas entre los individuos de
las distintas especies descendentes. En estas relaciones isológicas entre
individuos de especies distintas, asociadas a las relaciones sinalógicas que
hay que suponer mantenidas entre ancestros comunes, reside pues la verdad del
darwinismo. Y es que es a partir de tales relaciones isológicas, con el
intercalado de links intermedios, como se forman las líneas filogenéticas que
vinculan unas especies con otras a través de su comunidad de origen, siendo
estas líneas filogenéticas, pues, el resultado que arroja el análisis del
darvinismo, la revolución darvinista, sobre el campo biológico linneano,
quedando éste así reorganizado demostrativamente por tal principio de cierre
evolucionista. Así lo dice Bueno:
«Desde el
punto de vista gnoseológico (o, si se prefiere, desde la gnoseología del cierre
categorial) la revolución darvinista representó la instauración de un
determinado principio de cierre en el campo de los vivientes, no ya integral a
todo el campo, sino a la «escala de las especies», en virtud del cual se
establecerá, como norma constitutiva, que será preciso considerar a las
especies vivientes como «vinculadas» (y no todas con todas) genéticamente, y no
como si ellas pudiesen haber emergido de situaciones prebiológicas»
(Bueno, Los límites de la evolución en el ámbito de la Scala Natura, pág.
5.)
Siendo
así que este tipo de relación, de «vínculo» filogenético entre especies, es
universal al campo biológico linneano, aunque si bien no conexo: es decir, toda
especie mantiene relaciones filogenéticas con otra(s), pero dadas dos especies
no tienen por qué mantener una relación filogenética (procedencia de un mismo
género) entre sí (de haber semejanza entre organismos de distintas especies,
esta no tiene por qué remitir a un origen común: las isologías pueden ser analógicas, producidas
en razón de su comunidad adaptativa, y no en razón de su comunidad de
descendencia) o, por lo menos, no tienen por qué tener una relación
filogenética en el mismo grado climacológico que mantienen con otras (la
comunidad de género puede ser más o menos remota en la escala climacológica
entre las distintas especies).
Este
proceso de diversificación distributiva, aplicado recurrentemente, nos pone
delante de formas que se van ligando, vinculando regresivamente unas con otras
a través de su ascendencia común, dibujando, según tal proceso va penetrando y
recorriendo la escala geológica por la que se desenvuelve (desde el Cuaternario
hasta el Precámbrico), las líneas filogenéticas (algunas de las cuales aparecen
registradas paleontológicamente: registro fósil) que enlazan unas especies con
otras (y no con otras), hasta formar un sistema en el que las especies que
reciben la consideración de género, en tanto que origen común de otras
especies, proceden, a su vez, de otra especie que está actuando como género,
como origen común de otras especies, que a su vez también son géneros (y que ya
están actuando, según la nomenclatura propia del sistema climacológico de
clasificación, como familia, en cuanto que representan el
origen común de especies de distinto género). En este proceso de derivación, se
van constituyendo, pues, las distintas escalas climacológicas, que van de la
especie, que representa la comunidad de reproducción básica (contacto
sinalógico reproductivo entre individuos), hasta el phylum, que representa
especies dispares cuyo origen común es la especie arquetípica
(Owen) responsable de la forma (Baüplane: plan corporal) en la que
están «embutidas» progresivamente especies de distinto género, de distinta
familia, de distinta superfamilia, de distinto orden..., de distinto subphylum.{44}
Partiendo
pues, in medias res, del campo de los vivientes orgánicos
enclasados distributivamente en especies linneanas, la recurrencia del campo,
posibilitada por la multiplicación distributiva de las unidades orgánicas
enclasadas, no supone su replicación idéntica en las
siguientes generaciones (negación del fijismo), sino que la propia dinámica
producida en el proceso de recurrencia, implica la transformación de clases,
bien porque la recurrencia de unas clases no se produce (extinciones), bien
porque las variaciones en divergencia producidas en el seno de algunas clases
se acumulan hasta formar otras clases diferenciadas (ya sea por especiación,
evolución filética, o evolución cuántica, según los modos distinguidos
por Simpson). Un proceso de recurrencia, por tanto, que es irreversible,
ideográfico{45}, al
estar constantemente generándose, en el seno de cada especie, variabilidad
no idéntica a partir de materiales (organismos) ya genealógicamente
determinados por ese mismo proceso (diátesis causal compositiva). Así
pues exponer las causas del origen de esta variabilidad producida en el seno de
las especies es tanto como exponer el origen de las especies, y es que la causa
(vera causa, dirá Darwin en la terminología de Whewell) de la producción
de tal variabilidad es la misma que la causa de la producción de las especies y
de su extinción.
En el
seno de las especies se generan, pues, constantemente
variedades en divergencia que terminan (o pueden terminar), de hecho han
terminado, por dar lugar a nuevas especies: esta conclusión, que Darwin
introduce al principio de su obra, es la que tiene que ser demostrada a lo
largo del libro, y es que, continúa Darwin, «semejante
conclusión, aún cuando estuviese bien fundada, no sería satisfactoria hasta que
pudiese demostrarse de qué modo las innumerables especies que pueblan este
mundo se han modificado hasta adquirir esa perfección de estructura y
coadaptación que causa, con justicia, nuestra admiración» (Darwin, El
origen de las especies, Edaf, pág. 56). La cuestión, pues, es hallar
los principios de esa dinámica inmanente al campo, a través de la cual se
generan nuevas especies a partir de otras, esto es, la dinámica a través de la
cual se produce variabilidad como para que tenga lugar la transformación de
unas especies en otras. A esto, a la demostración de semejante conclusión,
Darwin la llamará «teoría de selección natural».
La teoría
de la selección natural, pues, va a ser el fundamento de la revolución
lógica que Darwin introduce sobre el sistema de clasificación de
Linneo. Y es que Darwin operará sobre el sistema de clasificación linneano una
operación disolvente, mediante dicho expediente («toda especie es una
variedad fuertemente caracterizada, toda variedad es una especie incipiente»),
al recibir las especies la consideración de géneros (posteriores, modulantes),
lo cual no implica que Darwin haya tenido un enfoque nominalista acerca de la
realidad de las especies{46}: la
perspectiva nominalista que parece mantener es más bien
metodológica: las especies linneanas son diluidas en el regressus al
considerarlas como variedades «fuertemente caracterizadas» (continuidad
genética), pero para ser reconstruidas progresivamente (discontinuidad
estructural) a partir del criterio que Darwin supone como efectivo al
establecer, restablecer las clases («verdaderas especies», dice Darwin)
según sus vínculos filogenéticos: la selección natural.{47} Y
es que ese proceso de «fuerte caracterización» mediante el cual desde las
variedades (continuidad genética) se llega a nuevas especies (discontinuidad
estructural), no es producto de la arbitrariedad, sino que es producto del
principio mismo que va a constituir tal dinámica «evolutiva», «transformista»,
característica del campo biológico, esto es, el principio de selección
natural. Desde tal criterio la especie biológica aparece definida de un
modo operacional (o, dicho en términos clásicos, aparece definida según su
definición genética){48}, lo que
implica una constante revisión de la sistemática cuando esta se (re)constituye
desde el evolucionismo darvinista, impidiendo, así, como subraya Alvargonzález,
una historia natural atributiva total{49}. En modo
alguno pues, más bien al contrario, tal definición darvinista supone la
disolución nominalista del concepto de especie, ni mucho menos.
Pero,
veamos, ¿cómo es posible que a partir de las variedades que proliferan en el
seno de cada especie terminen por surgir nuevas especies sin violar el
principio de continuidad causal?, es decir, ¿cómo es posible que, naturalmente,
se produzcan «cortaduras» en la dinámica de la multiplicación (distributiva) de
los organismos, si cada individuo siempre pertenece a la especie de su(s)
ascendente(s), no habiendo solución de continuidad posible (según el principio
de la «teoría celular»){50}?, es
decir, insistamos, ¿cómo es posible que, siendo la reproducción entre
organismos de la misma especie, en tanto que partes distributivas suyas, la vía
a través de la cual tiene lugar la recurrencia de la identidad de una especie
(en tanto principio de conservación suyo), sea también la vía a través de la
cual se generen divergencias entre los organismos de la misma especie
(variaciones) que puedan dar lugar a nuevas especies (en tanto que principio de
transformación suyo)?, dicho aún de otro modo ¿cómo aparece la discontinuidad
estructural manteniéndose el principio de continuidad causal? En definitiva,
¿cómo es que el campo biológico no es fijista?{51}
A esto va
a dar respuesta, como estudiaremos en el siguiente número, el concepto de
«selección natural», estrechamente ligado al principio de «lucha por la vida».
Apéndice.
Teorías del cambio evolutivo
|
A. Monísticas
(explicaciones por un solo factor) 1.
Ectogenéticas:
cambios inducidos directamente por el medio 1.
Respuesta al
azar (por ejemplo, efectos de radiaciones) 2.
Respuestas
adaptativas (Geoffroyismo) 2.
Endogenéticas:
cambios que resultan de fuerzas intrínsecas 0.
Finalista
(ortogénesis) 1.
Volitiva
(lamarckismo genuino 2.
Limitaciones
mutacionales 3.
Limitaciones
epigenéticas 3.
Acontecimientos
fortuitos («accidentes») 0.
Mutaciones
espontáneas 4.
Selección
natural |
|
B. Sintéticas
(explicaciones por varios factores) · 1 b) + 2 a) + 2 b) = la mayoría de las teorías de
«tipo lamarckiano» · 1 b) + 2 b) + 2 c) + 4 = algunas teorías
recientes lamarckianas · 1 b) + 3 + 4 = el último Darwin, Plate, la
mayoría de los no mutacionistas (primer cuarto del s. XX) · 3 + 4 = primera «síntesis moderna» · 1 a) + 2 c) + 2 d) + 3 + 4 = reciente «síntesis
moderna» |
Notas
{1} Texto
base (ampliado) de la ponencia presentada en las Jornadas celebradas en Murcia
los días 10, 11 y 12 de Septiembre de 2003, organizadas por la Sociedad de
Filosofía de la Región de Murcia y la Facultad de Filosofía de la Universidad
de Murcia con el título Filosofía y Cuerpo. Debates en torno al
Pensamiento de Gustavo Bueno. Texto que, por razones completamente ajenas a
la organización, no figura en el libro Filosofía y Cuerpo, Patricio
Peñalver, Francisco Jiménez y Enrique Ujaldón, (Eds.). Agradecemos a los
organizadores el que hayan contado con nosotros para participar en este curso.
Muy especialmente dirigimos nuestro agradecimiento a Patricio Peñalver y a
Joaquín Robles.
{2} Gould
disocia el «cambio gradual» de la «selección natural», en la medida en que esta
no tiene por qué comprometerse con aquel: «El registro fósil, con sus
transiciones abruptas, no ofrece respaldo alguno al cambio gradual, y el
principio de selección natural no lo necesita –la selección puede operar con
rapidez. No obstante la innecesaria ligazón [entre cambio gradual y
selección natural] forzada por Darwin se convirtió en elemento central
de la teoría sintética» (Gould, El pulgar del Panda, pág.
199, ed. Biblioteca del Muy Interesante). Asimismo, en La
estructura de la teoría de la evolución, Gould trata ampliamente este
tema (págs. 172-181).
{3} En
buena medida este trabajo nuestro se concibe como respuesta, que pretende
mantenerse bajo las coordenadas del Materialismo Filosófico, a la teoría
jerárquica que aparece expuesta de un modo pormenorizado y sistemático
en dos publicaciones recientes: Síntesis inacabada, de N.
Eldredge y la monumental y ya mencionada La estructura de la teoría de
la evolución, gran obra póstuma de S.J. Gould.
{4} Dobzhanski
mismo advierte, y es que como hecho sociológico es indiscutible, cierta «persistencia
entre los biólogos de la creencia en la herencia de los caracteres adquiridos»
(pág. 216 de Genética y el origen de las especies, Ed, Círculo
de Lectores) cuando muchos confusivamente interpretan determinadas reglas
ecológicas que afectan al campo biológico (regla de Gloger, regla de Bergmann,
regla de Allen...) como pruebas que refutan la teoría de la selección natural.
Tal persistencia, decimos, sigue estando muy presente entre los biólogos,
incluso entre aquellos que se dicen darvinistas.
{5} El
estudio más extenso que nosotros sepamos, si no el único, que hay en español
sobre la teoría de la selección orgánica, es la excelente
tesis doctoral de José Carlos Sánchez, El «efecto» Baldwin (Universidad
de Oviedo)
{6} Dice
Dennett en una entrevista concedida a la revista Métode (Univ.
de Valencia): «En EEUU, las ideas de Dawkins y Maynard Smith acerca de la
evolución han sido silenciadas y Gould tiene gran culpa de ello; es decir, él
ha sido muy convincente a la hora de presentar su propia visión del proceso
evolutivo como la visión correcta. Incluso ha disuadido a la televisión pública
de emitir programas en los que se expusieran otras visiones. Por ejemplo,
Dawkins realizó una serie de programas excelentes sobre la evolución para la
BBC que nunca se han visto en EEUU. ¿Por qué? Porque los asesores de la
televisión pública, entre ellos Gould, dijeron que no eran buenos. Pero Gould
no es el único, en cierto modo Steven Rose desempeña un papel similar en
Inglaterra, o Lewontin,... es terrible, pero es así.»
{7} vid.
P. J. Bowler Charles Darwin: el hombre y su influencia, págs.
21 y ss. Alianza Editorial.
{8} Para
un análisis pormenorizado de los distintos enfoques e interpretaciones
mantenidas en torno al darvinismo ver David Alvargónzalez, «El darvinismo visto desde el
Materialismo filosófico», El Basilisco, nº 20 (Segunda
época), págs. 5-20. Un análisis que tiene la virtud de descomponer ese «género
literario» del que venimos hablando en distintas especies correspondientes a
los distintos enfoques y perspectivas que apagógicamente afronta la Teoría
del Cierre Categorial.
{9} Cuyas
actas se publicaron en inglés por la Universidad de Edimburgo con el
título Towards a Theoretical Biology [Hay edición en
español: Hacia una biología teórica, Alianza Universidad,
1976]. También se publicaron en la URSS.
{10} Una
vuelta a los «clásicos» de la biología que muchos la entienden como
innecesaria, sobreentendiendo que su disciplina, frente a lo sostenido por Mayr
en el texto por nosotros recortado, se encuentra cercana a las «ciencias
duras»: así, dice Chauvin frente a Dennett, cuando este cree entender que la
biología «francesa» acusa la influencia constante del lamarckismo: «a pesar [dice
Chauvin] de que la mayoría de los biólogos franceses jamás han leído
una sola línea de Lamarck, y ni siquiera de Darwin: somos científicos,
demonios, no historiadores de las ciencias» (Chauvin, Darwinismo,
el fin de un mito, Espasa Calpe, 2000, pág. 32). Más adelante dice, «¿Qué
piensan muchos biólogos de Darwin? Nada. Hablamos muy poco de este tema porque
no nos resulta necesario. Es posible estudiar la fisiología animal y vegetal
sin que jamás venga al caso Darwin» (Idem. pág. 38).
{11} v.
págs. 48-49 de Una larga controversia: Darwin y el darwinismo. Ed.Crítica.
{12} Son
fundamentales en este sentido los siguientes trabajos: Gustavo Bueno, «La etología como ciencia de la
cultura» (El Basilisco, nº 9, 1991); Gustavo Bueno, «Los
límites de la evolución en el ámbito de la Scala Naturae» (Sesión de Clausura
de la Conferencia Internacional sobre Evolucionismo y Racionalismo, celebrada
en Zaragoza del 8 a 10 de Septiembre de 1997); Gustavo Bueno, «Cuerpo y
ecología (una visión materialista)» (conferencia en los VIII Cursos de Verano
de la UNED, 1997); Gustavo Bueno, ¿Qué es la Bioética? (Pentalfa,
Oviedo 2001), sobre todo la parte dedicada a la cuestión de los siameses y a la
cuestión de la clonación en el capítulo Ensayo de análisis de cinco
cuestiones desde la Bioética materialista; David Alvargonzález, El
sistema de clasificación de Linneo (Pentalfa, Oviedo 1992); David
Alvargonzález, «El darvinismo visto desde el
Materialismo filosófico» (El Basilisco, nº 20, 1996),
anteriormente mencionado.
{13} vid. Teoría
del Cierre Categorial, vol 3, págs. 88-108 (págs. 854-874, paginación
global) en el que de una manera espléndida se expone la concepción
hiperrealista de las ciencias.
{14} v.
Darwin, El Origen..., pág. 255.
{15} Otro
tipo de realidades configuradas institucionalmente además de las ciencias, como
puedan ser las artes, las técnicas... u otros saberes doctrinales, se dejan
analizar desde el punto de vista de su inmersión en estas coordenadas.
{16} vid.
K. Bühler, Teoría del lenguaje, Alianza Editorial y Ch.
Morris, Fundamentos de la teoría de los signos, Editorial
Piadós.
{17} Ver
su exposición pormenorizada en Gustavo Bueno, Teoría del Cierre
Categorial, vol. 1, págs. 110-126.
{18} «neutralización
que tiene lugar no ya por la eliminación de las operaciones [...], sino por
algún efecto generado en el curso mismo de ellas, un efecto que, en vez de
agradecer la eliminación, se nutre precisamente de la superabundancia
de las operaciones. [...] Si la eliminación, por neutralización, de las
operaciones que mueven los cursos constructivos pueden tener lugar en el
momento en que en su confluencia brota una relación necesaria en el universo
(que no puede ser sino la unidad e identidad misma dada en ese complejo de
términos diferentes), así también recíprocamente, la verdad científica podrá
hacerse consistir en esa identidad sintética mediante la cual las relaciones
pueden ser neutralizadas sin suspensión de su propio ejercicio, sino
precisamente por él y a través de él.» (Gustavo Bueno, «El cierre
categorial aplicado a las ciencias físico-químicas», en Actas del I
Congreso de Teoría y metodología de las ciencias, Pentalfa, págs.
141-143).
{19} vid.
Bueno, Teoría de Cierre Categorial, vol. 1, pág. 329 y ss.
{20} Los
«conocimientos» serán reinterpretados gnoseológicamente como componentes o
aspectos subjetuales de las ciencias (y no sólo: también de otro tipo de
formaciones) presentes en las figuras de la llamada capa metodológica de
los cuerpos científicos (la constituida por aquellas figuras que terminan
siendo neutralizadas en el proceso de cierre: operaciones; fenómenos;
autologismos, dialogismos y normas), y no en las figuras de la capa
básica de las ciencias (aquella cuyas figuras forman parte estructural
de la verdad científica ya constituida: términos, relaciones; referenciales,
esencias): precisamente las figuras de la capa básica se conforman como
resultado de la neutralización de los «conocimientos» así considerados –toda
vez que «el conocimiento» siempre es considerado por el MF desde un punto de
vista operatorio, desenvolviéndose en contextos apotéticos (alejar / aproximar
fenoménicos)– y, por tanto, será a través de la neutralización de las figuras
propias de la capa metodológica, ligadas a estos contextos
apotéticos, operatorios, cómo se constituya la capa básica, cuyas
figuras representan el núcleo desde el que se define la verdad como
identidad sintética.
{21} Entendiendo
siempre a la forma como determinada organización de la materia, como la
interconexión misma de partes materiales diversas: no por tanto como una forma
pura sobrevenida (procedente de Dios o del Sujeto) y yuxtapuesta a la materia
fenoménica, que, por cierto, tampoco se considerará como completamente amorfa
(no existe algo así como «una masa bruta de impresiones sensibles»), y es que
la materia fenoménica, por ser fenoménica, ya está organizada a cierto nivel:
ya está organizada operatoriamente.
{22} vid.
Gustavo Bueno, Teoría de Cierre Categorial, vol. 1, pág. 160 y
ss.
{23} He
aquí una representación poética que habla de ambas situaciones
alfa y beta: «Sospechamos que, para hacer matemáticas, nos bastaría ser
ángeles; pero para hacer biología, con la misma ayuda de la inteligencia, a
veces tenemos necesidad de sentirnos bestias» (Canguilhem, El
conocimiento de la vida, p12. Ed. Anagrama).
{24} vid.
Gustavo Bueno, Teoría del Cierre Categorial, vol. I, págs. 185
y ss.
{25} N.
Eldredge, Síntesis inacabada, págs. 23-143. (Ed. F.C.E.)
{26} Steven
Rose, «Exaptaciones que prueban una regla (reseña al libro de S. J.
Gould, The Structure of Evolutionary Theory», Revista de Libros, nº
86 (Febrero 2004), pág. 28.
{27} «La
teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin expresada de una manera que
Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría
encantado. Es de hecho una consecuencia lógica del neo-darwinismo ortodoxo,
pero expresado mediante una imagen nueva.. Más que centrarse en el organismo
individual, adopta el punto de vista del gen acerca de la naturaleza. Se trata
de una forma distinta de ver, no es una teoría distinta» (Dawkins, El
Gen egoísta, prefacio a la edición de 1989, pág. XI.)
{28} v.
S. J. Gould, Dientes de gallina y dedos de caballo, págs.
177-188, el artículo «¿Qué pasa con los cuerpos si los genes actúan por su
cuenta?», ver también en El pulgar del panda, págs. 89-96, el
capítulo titulado «Los grupos altruistas y los genes egoístas».
{29} Este
tipo de reproducción, por cierto, es uno de los argumentos más poderosos en
contra de la «herencia de los caracteres adquiridos», o «herencia blanda», como
ya subrayó el propio Darwin: «Me sorprende que nadie hasta ahora haya
presentado este caso demostrativo de los insectos neutros [hormiga
obrera, abeja obrera...] en contra de la famosa doctrina de las
costumbres heredadas, según la propuso Lamarck» (El Origen..., págs.
283-284). Aún sorprende todavía más que tal argumento en contra se siga pasando
por alto, siendo además quién es quien lo esgrime.
{30} vid.
Bueno, «Los límites de la evolución en el ámbito de la Scala Natura», y ¿Qué
es la bioética?
{31} Siebold
(1845): Omne vivum ex ovo; Virchow (1855): Omnis cellula ex
cellula; Fleming (1880): Omnis nucleus ex núcleo; Boveri
(1887): Todo cromosoma procede de otro cromosoma similar; Altmann
(1890): Omne granulum ex granilo.
{32} Pasteur
demuestra la inviabilidad de la generación espontánea.
{33} v.
Darwin, El Origen..., pág. 152, acerca de la generación
espontánea.
{34} Aquella
célebre cuestión relativa al «ombligo de Adán» tiene que ver precisamente con
la instauración de este principio de cierre causal del campo biológico.
{35} La
composición entre organismos de especies distintas a lo sumo produce hibridismo
que, a la larga, resulta estéril: no es posible, como principio recurrente
constitutivo del campo, por tanto, suponer una combinatoria compositiva entre
organismos de distintas especies, aunque esta tampoco represente una clase
vacía (hibridismo pre- y post-cigótico, y toda la complejidad lógica que
supone) y, por tanto, no exenta de influencia sobre el campo biológico (sobre
todo desde un punto de vista ecológico). El Cap. IX de El Origen... está
plenamente dedicado a este asunto y en el que Darwin prueba (según el «estado
de la investigación» en ese momento) que la esterilidad en el cruzamiento de
individuos de especies distintas se da en general, pero no es universal; además
también existe cierto grado de esterilidad en los cruces entre organismos de la
misma especie, de tal manera que la fecundidad /esterilidad no es un criterio
claro y distinto para diferenciar especie y variedad (v. págs. 285 y ss.)
{36} Las
cuestiones relativas al origen del campo mismo, las cuestiones relativas al
«origen de la vida», son cuestiones de un orden diferente a la cuestión que
trata de resolver el darwinismo (la cuestión del «origen de las especies»). Las
cuestiones relativas a la procedencia inorgánica de la materia orgánica
(«origen de la vida») es una cuestión ontológica, si no metafísica, que nada
tiene que ver con el problema categorial del origen de las clases («origen de
las especies») en las que están distribuidos los organismos. En cuanto a la
hipótesis de Crick, la panespermia, dirigida a resolver el problema del origen
de la vida en el globo, hipótesis que presupone un origen no linneano
(extraterrestre) de la «vida» en la tierra, no resuelve nada, sino que reitera
el problema desplazándolo, de modo completamente gratuito, a otros contextos
(sencillamente lo que hace Crick, al barrer el asunto con la panespermia, es
esconder el polvo debajo de la alfombra).
{37} Así
por ejemplo cuando Dawkins afirma que la «evolución de los automóviles» engrana
con la «evolución de las especies», Dawkins no advierte que los automóviles no
forman términos del campo, en la medida en que no son entidades que procedan,
por segregación, de entidades de su misma clase, sino que en su producción
interviene un demiurgo operatorio que conforma tales entidades.
{38} Esto
lo decimos ad hominem, sobre todo frente a aquellas
concepciones que entienden a los genes como «eternos» (Dawkins).
{39} Por
ejemplo la de Ghiselin, que caracteriza la revolución darvinista como metodológica, &c.
{40} Ver,
en todo caso, para mayores precisiones el estupendo estudio de David
Alvargonzález, El sistema de clasificación de Linneo (Pentalfa,
Oviedo 1992).
{41} Las
transformaciones entre una forma y otra no se establecen mediante «reglas de
transformación» meramente representacionales (tipo D'Arcy Thompson), digamos
proyectivas, sino que la transformación depende de la interacción causal entre
las unidades sustanciales orgánicas disponibles.
{42} La
presencia del anacoluto en muchas exposiciones relativas a este asunto es
constante por no tener en cuenta la dialéctica característica de los «géneros
posteriores»: los equívocos constantes producidos por el cambio inadvertido (quid
pro quo) de referencias, desde un predicable a otro (género, especie),
hasta el individuo, hacen decir cosas que desde una perspectiva evolucionista
darvinista carecen de sentido: así por ejemplo se dice, en un documental
televisivo recientemente emitido, que el pingüino perdió su capacidad de volar
al adaptarse a medios acuáticos, transformándose sus alas en aletas: esta es
una manera del todo equívoca de hablar desde la lógica darvinista, toda vez que
esto presupondría que el género de aves de la que se deriva el pingüino (con
sus distintas especies) estaría constituido por especies de «pingüinos que
vuelan», como si el pingüino fuese una sustancia continua que va adquiriendo
distintas formas dependiendo de los lugares a los que se adapta. Es decir, como
si la trasformación no afectase a la misma sustancia sino de un modo
accidental, manteniéndose la sustancia invariante a pesar de adquirir distintas
formas, lo que nos acerca al fijismo (aunque se utilicen términos
evolucionistas).
{43} Con
la muerte del organismo este puede devenir en cadáver (con la posibilidad de
dejar restos, fosilizados o no) manteniéndose partes formales suyas, o bien la
muerte del organismo puede dar lugar a su aniquilación, esto es, a su
descomposición en partes materiales. Incluso la muerte puede sobrevenir con el
resultado de la total disolución del organismo, de tal manera que no quedan de
él ni siquiera partes materiales suyas: por ejemplo, cuando un organismo
sucumbe devorado y metabolizado por otro...
{44} Se
ha observado, a partir del estudio de los yacimientos paleontológicos de
Burgess Shale principalmente, un fenómeno relativo a la distributividad de las
clases conocido como estereotipia: «La estereotipia, es decir el
hecho de que la mayoría de las especies estén embutidas en unos pocos planes
anatómicos, constituye una característica cardinal de la vida moderna, y su
mayor diferencia con el mundo de los tiempos de Burgess Shale [el mundo
orgánico poco posterior a la «explosión cámbrica»]. Varios de mis colegas
(Jaanusson, 1981; Runnegar, 1987) han sugerido que eliminemos la confusión
sobre la diversidad si limitamos este término vulgar al primer significado
(número de especies). El segundo significado (diferencia en planes corporales)
debería denominarse entonces disparidad. Si empleamos esta terminología
podremos reconocer un hecho básico y sorprendente de la historia de la vida:
una notable reducción en disparidad seguida de un marcado aumento de la
diversidad dentro de los pocos diseños supervivientes» (Gould, S.J., La
vida maravillosa, pág. 96.).
{45} «Podemos
comprender claramente por qué una especie, una vez que desaparece, no reaparece
jamás, aun cuando volvieran a darse las mismas condiciones de vida, orgánicas e
inorgánicas. Porque aunque la descendencia de una especie pudiera adaptarse –e indudablemente
esto ha ocurrido en innumerables casos– para ocupar el puesto de otra especie
en la economía de la naturaleza y, de este modo, suplantarla, sin embargo, las
dos formas –la antigua y la nueva– no serían idénticamente iguales, pues ambas
heredarían, casi con seguridad, caracteres diferentes de sus distintos
progenitores, y los organismos que ya difieren, variarían de un modo diferente»
(Darwin, El Origen..., pág. 346). La ley de Dolló, inmanente
a la propia lógica darwinista, supone que la recursividad evolutiva del campo
biológico no tiene vuelta atrás: la corriente evolutiva fluye en muchas
direcciones (tantas como géneros), pero en un solo sentido.
{46} La
controversia en torno a este asunto es patente incluso entre los popes de
la teoría sintética: «Darwin, en cuanto evolucionista, negaba la
existencia de especies como categorías no arbitrarias: 'pienso[...]' (Darwin,
1859). Eliminando la especie como unidad natural concreta, Darwin eliminó de
paso la necesidad de resolver el problema de cómo las especies se multiplican
(Mayr, 1959ª). Retrospectivamente se nos impone, pues que el fracaso de Darwin,
como el de los antievolucionistas, se debió en gran parte a que entendían mal
la verdadera naturaleza de las especies» (Mayr, Especies animales y
evolución, pág. 30). Véase sin embargo lo que dice Dobzhanski: «Una
opinión difundida es que Darwin demostró que las especies son ficciones ideadas
para ayuda de los sistemáticos. No es verdad: Darwin demostró que las especies
no son entidades estáticas, sino dinámicas, pero la distinción no rebaja su
autenticidad [...] como los biólogos han percibido desde antiguo intuitivamente
las especies son unidades tangibles [sic] en algún sentido más que los otros
grupos; las especies poseen propiedades especiales que hacen de ellas fenómenos
biológicos tanto como conceptos de grupo» (Dobzhansky, La idea de
especie después de Darwin, en Un siglo después de Darwin, S.A.
Barnett et al., pág. 60).
{47} Es
decir lo que se diluye con la revolución lógica es, más bien,
la perspectiva del «esencialismo jorismático» que Linneo, Agassiz y otros,
mantenían sobre el campo biológico, siendo rectificada tal posición desde el
«realismo ajorismático» en el que se sitúa Darwin (postura que Mayr caracteriza
como «pensamiento poblacional»). (vid. Bueno, Los límites
de la evolución en el ámbito de la Scala Naturae, parágrafo 5).
{48} Nowinski
acierta plenamente en este sentido cuando dice: «De ello resulta, entonces, una
nueva estructuración lógica de la noción de especie. Hablando con propiedad, la
especie es la fase de equilibrio de adaptación y estabilización de las formas diferenciadas
obtenidas en el curso de la selección natural. Es una noción teórica que
constituye un elemento integral de la teoría. La exigencia de una definición de
la especie, con independencia y al margen del sistema dinámico –como si la
noción estática de la especie fuera una premisa indispensable de la teoría de
la formación de ésta–, es una cosa irrealizable y hasta absurda desde el punto
de vista de la teoría de Darwin. Sólo si se plantea tamaña exigencia, extraña
al espíritu de éste, parece su obra volverse incoherente» (C.
Nowinski, Biología, teorías del desarrollo y dialéctica, pág. 85).
{49} v.
David Alvargonzález, «El darvinismo visto...», El
Basilisco, nº 20, págs. 42-43. Agassiz tuvo en mente semejante
proyecto utópico de una historia natural total desde un punto de vista
atributivo.
{50} Cuando
De Vries, desde el mutacionismo, introduce el término de «especie elemental»,
tal concepto supondría que los descendientes, en los que se produce la
mutación, son de una especie diferente de sus ascendentes inmediatos, situación
absurda producida por el desconocimiento de la lógica darvinista del «género
posterior»: la «especie elemental» representa la confusión entre individuo y
especie (tantas especies como individuos), confusión necesaria para justificar
el «mutacionismo», pero que viola el principio mismo de continuidad causal
asentado por la «teoría celular».
{51} v.
Lamarck, Filosofía zoológica, pág. 51.


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