© Libro N° 12033.
El Ángel De La Sombra. Lugones,
Leopoldo. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Ángel De La Sombra. Leopoldo Lugones
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leopoldo Lugones
El Ángel
De La Sombra
Leopoldo Lugones
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1. Título
2. El Angel de la Sombra
3. I
4. II
5. III
6. IV
7. V
8. VI
9. VII
10. VIII
11. IX
12. X
13. XI
14. XII
15. XIII
16. XIV
17. XV
18. XVI
19. XVII
20. XVIII
21. XIX
22. XX
23. XXI
24. XXII
25. XXIII
26. XXIV
27. XXV
28. XXVI
29. XXVII
30. XXVIII
31. XXIX
32. XXX
33. XXXI
34. XXXII
35. XXXIII
36. XXXIV
37. XXXV
38. XXXVI
39. XXXVII
40. XXXVIII
41. XXXIX
42. XL
43. XLI
44. XLII
45. XLIII
46. XLIV
47. XLV
48. XLVI
49. XLVII
50. XLVII
51. XLIX
52. L
53. LI
54. LII
55. LIII
56. LIV
57. LV
58. LVI
59. LVII
60. LVIII
61. LIX
62. LX
63. LXI
64. LXII
65. LXIII
66. LXIV
67. LXV
68. LXVI
69. LXVII
70. LXVIII
71. LXIX
72. LXX
73. LXXI
74. LXXII
75. LXXIII
76. LXXIV
77. LXXV
78. LXXVI
79. LXXVII
80. LXXVIII
81. LXXIX
82. LXXX
83. LXXXI
84. XXXLII
85. LXXXIII
86. LXXXIV
87. LXXXV
88. LXXXVI
89. LXXXVII
90. LXXXVIII
91. LXXXIX
92. XC
93. XCI
94. XCII
95. XCIII
96. XCIV
97. XCV
98. XCVI
99. XCVII
100. XCVIII
101. XCIX
102. C
103. Sobre
I
Entre los
asuntos de sobremesa que podíamos tocar sin desentono a los postres de una
comida elegante: la política, el salón de otoño y la inmortalidad del alma,
habíamos preferido el último, bajo la impresión, muy viva en ese momento, de un
suicidio sentimental.
Muchas
personas deben recordar todavía aquel episodio que truncó una de nuestras más
gloriosas carreras artísticas: el caso del malogrado D.F., que al pie del nicho
donde habían sepultado por la mañana una muchacha con la cual no se le conocía
relaciones, se mató al anochecer de un balazo en el parietal. Lo que más
interesaba a las señoras de nuestro grupo, era la singularidad de haber
conservado D.F. en su mano izquierda, seguramente a modo de ofrenda póstuma,
dos tulipanes rojos: extraño recuerdo cuyo sentido debía quedar para siempre
incomprensible.
—Los
símbolos de amor—había filosofado con sensatez uno de los comensales—no tienen
importancia más que para los interesados. Aquellas flores significaban,
probablemente, bien poca cosa.
—¡Poca
cosa el misterio de una vida, el secreto de una tragedia...
—exclamó
la más joven de las damas presentes.
—Misterio
y secreto vulgarísimos, quizá...
—¡Vulgar
D.F., un artista de tanto espíritu!—intervino a su vez la dueña de casa.
Y
dirigiéndose a mí con encantadora vivacidad:
—Defienda
usted, Lugones, que como poeta lo hará mejor, el honor de su gremio ante este
monumento de prosa.
El
"monumento" era demasiado respetable por su parentesco con la dama y
por su ancianidad, para no imponerme la evasiva de una sonrisa silenciosa.
—Cosas de
artistas!—añadió, justificándola, con la tranquilidad satisfecha de una
excelente digestión.
Entonces
otro de los convidados, un caballero que habíanme presentado al entrar y en
cuyo nombre no reparé, opinó suavemente:
—Morir de
amor nunca es vulgar...
Inútil
añadir que obtuvo, al acto, el sufragio de las mujeres. Pero advirtiendo, tal
vez, que su afirmación era demasiado romántica, la atenuó con un poco de
impertinencia psicológica:
—La gente
incapaz de amar, que es la inmensa mayoría, desde luego, se caracteriza por dos
creencias falsas: la vulgaridad del amor y el egoísmo de la mujer. Es
infalible.
—Cuestión
de experiencia—objetó un solterón elegante. —"Cada uno habla de la
feria..." y siendo así, me parece muy respetable el pesimismo de la
mayoría.
—Es que
ahi falta la experiencia, precisamente. Tanto valdría la opinión de un millón
de ciegos sobre la luz. En cambio, aquellos grandes vidente, que son los
iniciados del mundo oculto, consideran los dos mayores obstáculos para alcanzar
las puertas de oro de la inmortalidad, al orgullo en el hombre y al amor en la
mujer. Porque la mujer no ama sino en la eternidad: victoriosa de la muerte y
del olvido.
Aquellas
señoras, inclinadas de seguro al ocultismo cuya literatura empezaba a
difundirse en sociedad, concentraron visiblemente sobre el defensor su interés
y su simpatía.
—Dolorosamente
victoriosa—completó él con la desapasionada seguridad de una enseñanza. —Porque
el verdadero amor encierra este imperativo terrible: podrá no hallar
correspondencia en la dicha, pero siempre la impondrá en el dolor. Y esto basta
para explicarse por qué son tan escasos los seres dignos de amar.
—Y el
poder de las lágrimas femeninas—concluyó, irónico, el anciano caballero.
—Y el
poder de las lágrimas femeninas en que tantas veces, señor, se desangra un alma
asesinada.
El tono
de aquel hombre mantenía su perfecta discreción. Y acaso por su misma
naturalidad, comunicó a la frase un vigor extraño.
Su rostro
de nítida palidez, sus ojos obscuros, no delataban la menor emoción. Pero al
fijarme en ellos por primera vez, me sorprendió lo impenetrable de su negrura.
Al propio
tiempo, la joven dama exaltada, poniendo en él los suyos, preguntó con el
desenfado audaz que autorizaba su belleza:
—¿Jugaría
usted su inmortalidad al amor o al orgullo...
El
interpelado frunció ligeramente las cejas.
—Carezco
de orgullo—dijo—como no sea el nacional que oficialmente debo a la
representación de mi país. El orgullo personal es un error. Y si no temiera
pasar por jactancioso, lo definiría como un estado de desconfianza en nosotros
mismos, que concluye cuando ya no abrigamos ningún temor de morir.
—¿...Entonces...—apoyó
la interlocutora, insistiendo en su desafío.
—...Sólo
queda el amor—aceptó el otro con lisura cortés. Pero la inmortalidad a que se
refieren los maestros de la sabiduría, prosiguió, no es la bienaventuranza o la
condenación de nuestros teólogos, sino el agotamiento de la necesidad que nos
obliga a renacer y a morir otras tantas veces, mientras no logremos extinguir
toda pasión.
Y para
cortar, seguramente, aquel diálogo, generalizando la conversación, añadió con
su mismo tono discreto, en el cual insinuábase, no obstante, una gravedad de
advertencia:
—Porque
en el amor está el secreto del infierno. O para decirlo con lenguaje más feliz,
el secreto de Francesca. El infierno es la pasión insatisfecha que a la otra
vida nos llevamos...
Todos
habíamos callado alrededor de aquel original. Entonces, como él lo notara:
—Pero yo
no soy—dijo riendo—un propagandista de la Doctrina Secreta. Recuerdo lo que
afirman sus afiliados, y nada más. Sin contar, agregó, dirigiéndose a la dueña
de casa, aquel Nocturno de Chopin que se nos había prometido...
Acabado
el Nocturno, la conversación particularizóse en cuatro o cinco grupos. En el
mío, formado de hombres solamente, alguien comentaba, con cierto despecho a mi
entender, la provocativa insinuación del dilema de amor y orgullo que Clotilde
Molina había planteado poco antes al "ocultista".
—Quién
es?—aproveché para preguntar en voz baja a mi vecino.
—Un
diplomático, embajador de no sé dónde.
En ese
momento el hombre dirigíase a mí. Conocía algo de mi obra, por transcripción de
revistas literarias, e invocaba la amistad común de José Juan Tablada y de
Sanin Cano.
La verdad
es que no me fué simpático; pero la cortesía mediante, dado su carácter de
forastero mal conocedor de la ciudad por la noche, llevóme en su compañía hasta
el hotel donde se alojaba.
—Seguramente
va usted a extrañar mi pretensión—díjome de pronto, cuando estábamos a pocos
pasos de la puerta. Pero le ruego que suba hasta mi aposento. Tengo que hacerle
una comunicación de importancia; pues, no obstante mi propósito de permanecer
algún tiempo acá, debo partir dentro de dos días.
Mas, ante
mi indecisión asaz displicente:
—Un
mandato—afirmó con acento apremiante y sordo. Y estrechándome confidencialmente
la mano:
—En
nombre de AI-Aziz-Bil'lah!
Vacilé
como ante un abismo de misterio y de duda. Todo un mundo inmemorial, absurdo y
trágico a la vez, pasó ante mí con este recuerdo:
Al-Aziz-Bil'lah,
el último Imán de los Asesinos!
II
Con todo,
mi interlocutor debía resultar más sorprendente que su mensaje, por otra parte
incomunicable hasta hoy; aunque el lector habrá comprendido que se refiere a la
famosa secta maldita del Oriente, sobre la cual dije todo cuanto puedo publicar
sin felonía, en la narración titulada El Puñal.
Empezaré,
pues, a referir lo pertinente de la entrevista, desde que habiéndonos instalado
en la habitación de mi interlocutor, éste me dijo:
—Aunque
estuve, algunos años ha, designado en el Japón, que fué donde conocí a Tablada,
el encargo que acabo de cumplir me lo dieron para usted en Londres. Vengo de
allá directamente, acreditado también ante otros dos países limítrofes. Pensaba
establecerme acá, pero una amenaza fatal acaba de intervenir en mi destino.
Aquella señora de... —cómo es?—aquella hermosa mujer que se empeñaba en
filosofar conmigo...
—Clotilde
Molina?
—La
misma—recordó con tranquilidad. Y luego, sin variar de tono:
—Esa dama
se enamoraría de mí.
No pude
reprimir un movimiento de disgusto ante tan cínica impertinencia. Pero él,
comprendiéndolo:
—Cuando
sepa usted quién soy—repuso—verá que, además de imposible, eso no tiene para mí
ninguna importancia. Sólo me propongo evitar una desgracia que puede ser
irreparable. Por lo demás, convendrá usted en que mi fuga, decidida así, no
resulta un acto de tenorio.
Permanecí,
como es de suponer, impasible ante esa afirmación que no me interesaba discutir
ni esclarecer.
—El
interés de la historia que va a oir—explicó él entonces— hállase para usted en
su vinculación con el mensaje que le he traído. No sé si usted llegará a
entender por completo, ahora; aunque sabe muy bien que el destino de los seres
contemporáneos, principalmente si son del mismo país y del mismo grupo social o
profesional, suele hallarse ligado por antecedentes misteriosos que el instinto
revela bajo el nombre de simpatía, o que armonizan desde la sombra ciertas
entidades llamadas "ángeles de compasión". Pero lo que usted ignora,
quizá, es que dichas criaturas encarnan a veces, o para ser amadas, y entonces
truécanse en los "ángeles de adoración" cuyo tipo fué Beatriz, o para
amar con amor humano, bajo la noble designación de "ángeles de sacrificio".
Y estos seres vienen siempre a la tierra bajo forma de mujer.
—De
suerte—insinué—que los ángeles de la guarda...
—Provienen
de una confusa generalización teológica. La vinculación humana de aquellos
seres, no es común,—y su encarnación constituye un caso extraordinario.
Asimismo, no todas las mujeres son ángeles. Pero la condición angelical sólo
existe en la mujer.
—Con lo
que viene a ser exacta la interpretación, teológicamente herética, de
Boticelli.
—Sin
duda, porque los ángeles no se hacen visibles sino en figura femenina.
—"Angeles
o demonios", recordé, vulgarizando con desacierto. —Triste lugar
común!—refutó como apenado. Hasta para el
teólogo
más feroz, todo demonio es, al fin, un ángel caído.
Su
palidez habíase aclarado con una especie de lejano trasluz, mientras los ojos
ahondábansele, más sombríos que nunca. Sentí que en torno suyo formábase una
como depresión aérea, o lento desnivel, que sin ser visible, tendía a atraerme
con vaga impresión de vértigo. Y esta sensación fué tan nítida, que resistí,
asiéndome instintivamente a los brazos del sillón.
Pero mi
interlocutor distrájome a tiempo, agregando sin alterar la mesura de su tono:
—La
concepción femenina del ángel, pertenece a la más pura alma de artista que haya
existido nunca: es del beato Angélico,
quien ,
seguramente, "vió" en un éxtasis, lo que Sandro no haría más que
imitar después.
Reaccionando
entonces contra aquella situación, tan absurda como el diálogo que la sugería,
concluí no sin sarcasmo:
—Fácil
era inferirlo por el título popular de "pintor de los ángeles" que
daban al dominico.
—Es
posible. Pero advierta usted que la creencia en los ángeles es común a todos
los pueblos: hecho singular, puesto que no se trata de seres vinculados a
ningún interés capital, como la vida y la muerte, la bienaventuranza o la
salvación, sino puramente de entidades de belleza. Por lo demás...
—Por lo
demás, qué?—interrumpí con descortesía, bajo el incontenible sobresalto de una
inminencia fatal.
—Yo he
visto un ángel, señor, y asistí a su sacrificio.
Fué así,
claro, sencillo, sin un ademán, sin un gesto, sin una frase.
En el
silencio de la noche pareció que se acercaba la eternidad...
Pero
aquí, para evitar la monotonía de un relato en primera persona, contaré a
usanza corriente lo que el protagonista de la historia me refirió:
III
Carlos
Suárez Vallejo debió a la a notoriedad de algunos romancillos filosóficos
elogiados por la prensa de su ciudad natal, el puesto de ayudante en el archivo
de Relaciones Exteriores y la amistad de los Almeidas, familia distinguida, en
cuyo salón era tradicional el culto de la buena literatura.
Si el
dueño de casa, don Tristán, a quien por su estampa señoril solían llamar don
Tristán de Almeida, era mejor letrado de bufete que cultor de las bellas
letras, sin perjuicio de estimarlas en su justo valor, doña Irene Larrondo, su
esposa, de los Larrondos de Mauleon, como ella advertía siempre, jugueteando
con su guardapelo decorado por el blasón alusivo—un león de su color, rampante
en oro—amaba la literatura y la aristocracia con verdadera devoción,
remachándole al apellido marital aquel de que su propio dueño no usaba, y
conservando una enternecida predilección por los nombres románticos que desde
luego llevaban sus dos hijos, aun cuando nada satisficiera dicha ocurrencia el
gusto ya menos exuberante de ambos jóvenes.
Es así
que el primogénito, Efraim, para eludir su afiliación novelesca, firmaba con la
inicial de su nombre, a gran despecho de la sensible mamá, quien atribuía esa
resolución, por darle en cara, a imitación de la extravagancia pueril con que
su hermana hiciera lo propio, desdeñando el nombre de Eulalia que inmortalizaba
en ella a la marquesa de Rubén Darío.
Capricho
infantil, en efecto, aunque sostenido con genialidad precoz, la chicuela de
ocho años saolióle un día con que su nombre no le gustaba, por lo cual resolvía
llamarse Luisa desde entonces.
Vanas las
reflexiones y las órdenes, nunca se consiguió que dier a el motivo de aquel
cambio.
—Pero,
vamos—había concluído cien veces la desconcertada señora—por qué no quieres
llevar tu nombre?
—Porque
no me gusta, mamá. Y nunca variaba de respuesta ni de tono.
Don
Tristán que, naturalmente, no daba importancia a la nimiedad, intervino una vez
por condescendencia con su esposa.
Mas, como
sus apelacion es a la obediencia y al cariño, sólo obtuvieran pertinaz
silencio, preguntó con ligera incomodidad:
—Por qué
diantre quieres llamarte Luisa?
Entonces
la criatura afirmó dulcemente, alzando sin pestañear sus ojos serenos:
—Porque
ese es mi nombre, papá.
Lo
curioso era que ni entre las relaciones, los parientes o la servidumbre, había
ninguna Luisa.
Durante
algún tiempo, los más allegados de la familia y de la amistad, entretuviéronse
en procurar sorprenderla, llamándola de repente Eulalia, cuando se hallaba de
espaldas o distraída. Nunca respondió ni dió señal de que oyera.
Cuatro
años después, habiendo impuesto ya su nombre adoptivo, Efraim que le llevaba
cuatro también, decidía firmarse con la inicial solamente, para disimular así,
dijo, la cursilería novelesca del homónimo. Su apodo escolar de Toto
generalizóse con ello; y por consentimiento o por ignorancia, viejos y jóvenes
olvidaron al fin la realidad nominativa y romántica...
Sólo la
desolada doña Irene obstinábase en su fiasco literario. Y precisamente una
tarde, a la tercera o cuarta visita de Suárez Vallejo, que no obstante su
pobreza y su insignificancia social, entró
de
confianza, por ser literato, había sacado la conversación con buena maña.
Suárez
Vallejo supo así el verdadero nombre de Luisa, que consideró, a su vez,
insignificante, fuera de los versos donde correspondía sin duda al "aire
suave" de la melodía evocada; y aquel capricho de niña, que le causó
cierto interés.
—El
nombre adoptado así—concluyó deja a mi ver de ser vulgar. —Pero cállese,
Suárez—insistió la señora con risita sarcástica—si
es la
vulgaridad misma. Ni las lavanderas se acuerdan ya de
semejante
nombre. Lo más ridículo es que esta chica insísta en esa tontería de la niñez.
Luisa
sonrió vagamente, como alejándose en la larga mirada que atardó sobre la puerta
del salón, donde la vislumbre crepuscular encuadraba su estañadura de espejo.
Casi
enteramente de espaldas a la gran lámpara familiar puesta sobre el piano, en
cuya banqueta había girado al entrar el visitante, la luz vaporizaba con
ambarina fluidez su crencha castaña, aclaraba en gota rosa el lóbulo de la
oreja, enternecía con transparencia de lirio el largo cuello y la delicada
mejilla que una leve enjutez excavaba con lóbrega profundidad en la órbita,
palpitada misteriosamente por pestañas larguísimas. Su blusa de seda blanca
cobraba un tono de sonrosado marfil; y soslayada así en esa vislumbre que de
ella misma parecía emanar, confirmó a Suárez Vallejo la impresión de una
hermosa muchacha.
No pudo
menos de compararla entre sí a la madre, tan distinta en su belleza criolla,
espléndida todavía y de mucha raza también, aunque con ese tipo de ojos
aterciopelados y tez morena que parece traslucir el oro rosa de la granada.
Sólo se asemejaban por el perfil, particularmente en el corte de la boca.
—Entonces
nunca pudieron averiguar por qué no le gustaba su nombre...—concluyó él
bromeando a Luisa.
Hubo un
breve silencio de conversación decaída... Desde el inmenso patio solariego, que
tenía algo de plaza y de jardín, pareció suspirar la ya entrada noche... Oyóse
en el zaguán el paso de alguien que volvía.
—Efraim
...—murmuró la señora.
Cuando,
inesperadamente, la joven, dirigiéndose a ella, contestó la pregunta en que se
había interrumpido la conversación:
—Por
eufonía, mamá: Eulalia Almeida es un verdadero trabalenguas. Parece, añadió con
irónica suavidad, el cloqueo de un pavo sorprendido.
—Ahi
tiene usted, repuso doña Irene dirigiéndose al visitante; la comparación, la
eterna comparación de mal gusto. Pero—añadió por Luisa—si quisieras llevar tu
nombre como es, verías qué armonioso resulta: Eulalia de Almeida... Si es todo
un verso!...
Y acto
continuo, con ternura orgullosa de madre:
—No es
verdad, Suárez, que parece una marquesita?
—Una
marquesita de raza y de poema, contestó aquél con cierta extrañeza, al no
haberle oído la consabida protesta: Por Dios, mamá!...—de todas las muchachas
alabadas en tal forma.
Lejos de
eso, la joven iba a sorprenderlo, recitando con cierto mimo impertinente en su
propia gracia natural:
Mahaud
est aujourd'hui marquise de Lusace.
Dame,
elle a la couronne, et, femme, ene a la gráce.
—De quién
son esos versos?—preguntó Suárez Vallejo, complacido por el acierto de la cita.
—Pero de
Víctor Hugo...en Eviradnus.
—Es que
esta señorita, dijo riendo Efraim que en ese momento entraba, no lee sino
poemas formidables.
—Lo que
yo admiro es la memoria para retenerlos, afirmó el otro.
Eso
andará por los mil alejandrinos.
—Pero yo
no me lo sé de memoria. No retengo de lo que leo sino algunos versos, que se me
quedan como si los hubiera sabido. En ésos habrá sido, tal vez, por lo curioso
del nombre, añadió dirigiendo a doña Irene una sonrisa intencionada.
—Cómo se
dirá Mahaud en castellano?—preguntó la aludida. —Creo que Mafalda, dijo Suárez
Vallejo. O Matilde, que es lo
usual.
—Pero
Toto, insistió Luisa, es injusto con eso de los poemas formidables. De leer,
claro, me gusta elegir lo mejor...
—En el
género heroico.
—No,
Toto, no exageres. Ayer, no más, me viste entusiasmada con aquellos preciosos
versos de Francis Jammes...
—Es
verdad; pero porque hablaban de la muerte: el otro tema preferido:
...la
mort aux paleurs d'aube,
Qui dans
ses mains de cire a des légers lilas.
Sin saber
por qué, Suárez Vallejo notó repentinamente que las manos de Luisa, cruzadas
sobre la falda obscura, eran de una palidez extraordinaria...
Pero su
amigo interpelábalo en eso:
—A
propósito: la te de "mort" ¿se liga o no con la palabra que sigue?
Ayer discutíamos eso con Luisa.
—Nunca se
liga, salvo en la frase mort ou vif, contestó Suárez Vallejo levantándose.
—Pero
usted posee admirablemente el francés, comentó la señora.
—Tanto
como admirablemente... Lo perfeccioné un poco cuando fuí escribiente del jefe
de ingenieros en el ferrocarril de la compañía francesa.
—Y estuvo
ya en Francia?
—Todavía
no, aunque pienso ir, como es natural.
—Pronto?—interrogó
Luisa.
—Ni
pronto ni tarde. Es un proyecto en postergación permanente, añadió Suárez
Vallejo chanceando.
Y se
despidió.
IV
Mas,
apenas hubo salido, cuando Efraim saltó con brusco reproche: —Qué tienes tú que
interesarte porque un conocido se vaya o no?
Qué puede
pensar ése de tu pregunta?
—Tienes
razón, Toto, acató la joven suavemente.
—Tienes
razón... tienes razón... Ya sabemos tu costumbre de no contrariar jamás de
palabra. Pero conviene pensar más lo que se dice. A qué vino ese
"pronto"?... Te aseguro que me dió una rabia! Porque, veamos: a ti
qué te importa?
—Pero
nada, por Dios! Lo dije pensando en algo que está a mil leguas de tus
escrúpulos...
—Pensando
en algo?... Y en qué?
—En que
Suárez Vallejo podría quizás enseñarme, enseñarnos, si te parece, la dicción
que nos falta.
—Lo dices
porque sabes que suele ocuparse en preparar alumnos reprobados?
—No, no
lo sabía; pero tanto mejor, entonces. Así no te mortificará ya mi proyecto.
—Como
proyecto, no; aunque el profesor no me gusta. Es demasiado joven.
—Pero qué
edad tendrá?—intervino la señora.
—No sé,
mamá... Veintiocho a treinta años...
—Treinta
años, no es decir un jovencito, Efraim. Y Suárez Vallejo me parece, además, un
mozo serio, instruído.
—Como
serio y culto, lo es. Ya te he dicho que pasa francés a varios alumnos libres,
para ayudarse. Porque es muy pobre. Y muy altivo.
—Eso se
le advierte. Con lo que me parece más oportuna la idea de tu hermana. Siempre
le convendrá a ese joven una lección cómoda y bien retribuída.
—No sé si
aceptará; porque es muy distinto, siendo amigo de la casa. Además, no me
encargaría yo de verlo. Y francamente preferiría a M. Dubard...
—Pero si
el pobre M. Dubard, compadeció la señora, no tiene ya día sano. Es más que un
hombre un catarro de ochenta años cumplidos.
—M.
Dubard... u otro así.
—Pero qué
tiranía con tu hermana!
—Déjalo,
mamá, dijo Luisa con jocosa displicencia, echando los brazos atrás para apoyar
la cabeza en las manos. Quiere condenarme a vejestorio perpetuo.
—No hagas
la víctima, hermanita. Claro que no dudo de ti. Pero a veces eres demasiado
franca.
—Sin
embargo, nadie hay más dócil para dejarse gobernar.
—De
palabra, vuelvo a decirte; y tal vez por evitarte la molestia de discutir; pero
acabando siempre por hacer lo que quieres. Mujercita al fin...
—Plagio
de papá, señor hermano, como siempre que te pones cargoso.
—En suma,
interrumpió la señora por avenencia, será mejor consultarlo con tu padre.
Así se
hizo, en la mesa que presidían a la antigua, es decir desde ambas las
cabeceras, don Tristán y su esposa; si bien por impedimento de esta última,
siempre dolorida de su brazo neurálgico, ser vía su hermana mayor, la tía
Marta, una solterona agregada a la familia, a un cuando disfrutaba de renta
propia.
Consejera
de doña Irene, quien se casó muy joven, y huérfanas ambas, formó desde luego
parte del nuevo hogar, donde su prudencia ganóle a poco la estimación del
marido, predispuesta por la piedad ante el contraste sentimental que había
malogrado su existencia: el vulgar episodio del prometido infiel, que para
mayor pena no mereció el sacrificio de su belleza y su juventud.
Porque,
hermosa, lo fué realmente, hasta constituir un tipo, como su sobrina, que se le
parecía mucho, según era de ver cuando estaban juntas; pues, más que por las
facciones, de mayor finura en ella, asemejábanse por la expresión casi fatal,
que parecía sombrear la frente y los ojos con una leve cargazón de entrecejo.
Era, al
decir de doña Irene, el rasgo característico de los señores de Mauleon, que
para grima suya no había ella sacado, aunque legara, por su parte, a Luisa, la
nariz casi griega y la boca de palpitante frescura: una boca grande, vívida, en
que la juventud reventaba su generosa flor.
Precisamente,
la gracia singular de la joven provenía del contraste entre esa boca y los ojos
castaños, de claridad tan nítida, que sin ser melancólica, parecía llorada;
pues acentuando así la línea mística del rostro un poco largo, definían aquella
oposición en que reside el misterioso imperio del encanto, superior muchas
veces a la misma belleza.
Tía y
sobrina profesábanse gran cariño, al cual no eran, respectivamente, ajenos, el
parecido en que revivía para aquélla lo más hermoso de su noble dolor, y la
admiración que éste imponía a la otra, con una especie de trágica superioridad.
Fué así
la tía, quien al advertir el interés muy natural, aunque quizá indefinido aún,
de la joven, por aquella provechosa ocupación, allanó la dificultad que el
consultado no resolvía, disimulando, según costumbre su indecisión tras la
impasibilidad dad realmente marmórea de su lozano rostro y de su calva tan
límpida como sus lentes.
—Lo que
pueden hacer, dijo, es organizar una clase de conjunto con Adelita Foncueva que
también quiere perfeccionar su dicción, según me parece habérselo oído a Luisa.
Todo
quedó así arreglado al instante. Don Tristán se inclinó sobre el plato, dando
con el cuchillo en el borde los tres golpecitos que constituían su modo de
celebrar cualquier acierto; doña Irene dilató en una sonrisa como jugosa de
bondad, su boca siempre bella; y Efraim despojóse de su gravedad un poco hostil
al proyecto.
Su frente
más bien angosta, de una suave obstinación femenina, pareció iluminársele bajo
los cabellos, castaños como los de su hermana, pero abandonados en apolíneo
desorden; porque no había rostro más sensible a cualquier emoción, hasta
volverse, conforme ella fuera, desagradable y simpático en extremo. Una
verdadera claridad juvenil irradió sobre todos su expresión serena; y la fuerte
mandíbula, apretada con firmeza casi brusca, desafiló como bajo una caricia su
corte seco.
"Los
mismos ojos de Luisa", pensó cariñosamente la tía Marta, al ver abismarse
en su fondo aquella líquida claridad.
—Así
estudiarán los tres, dijo en alta voz, aludiendo a la amiga de su ocurrencia. Y
cuando sea menester, yo haré de rodrigón con el mayor gusto.
Luisa que
había permanecido como ajena, bajo aquella abstracción remota que le era
peculiar, pareció envolverla en la suavidad silenciosa de sus pestañas.
—Si
mandáramos por Adelita... para saber...—propuso.
Aprobó
doña Irene, levantáronse padre e hijo, y en ese momento entró el doctor
Sandoval que venía como todas las noches "a invitarse" su consabido
café.
V
Ignacio
Sandoval, médico de la familia y amigo íntimo de don Tristán con quien se
tuteaba, aunque tenía quince años menos, había convertido aquel café de
sobremesa en obligado prólogo de la tertulia del club, a la cual ambos acudían
con idéntica regularidad, sin perjuicio de considerarla invariablemente
aburrida.
Vinculado
a doña Irene por cierto lejano parentesco que sólo bromeando mencionaba, viudo
sin hijos desde la juventud, contrajo hacia aquella familia un afecto rayano en
ternura para los dos jóvenes, aunque jamás excedido de la mesura profesional.
Siempre
jovial, a despecho de canas precoces cuyo gris metálico obscurecía más aún el
rostro cetrino, de curtida magrura y larga nariz, su afable charla parecía
estar borrando constantemente en aquella faz, la ruda fiereza que le sobrevenía
con el silencio.
—Gesto de
los Mauleon, que fueron piratas—pretendía por afligir a su parienta.
Claro
está que le consultaron el proyecto, sabiéndolo informado sobre los
antecedentes del "profesor", y que lo aprobó sin ambages,
considerándolo en lo íntimo, excelente remedio contra el pertinaz aislamiento
de Luisa, motivo para él de recóndita inquietud. Ya había recomendado que lo
evitaran; pero según respondió doña Irene, nadie conocía mejor la invencible
obstinación de aquel capricho.
—Me
parece muy agradable, muy útil, y competente como ninguno el catedrático, ya
que M. Dubard se ha puesto, el pobre, tan viejito. Creo que Suárez Vallejo
aceptará, porque debe estar un poco harto de su clientela bajo cero...
Sonrió
con su propia alusión de doble sentido termoclínico, agregando por advertencia:
—Con
todo, será mejor que lo hables tú, Tristán, o más bien Marta, para salvar el
escollo quizá difícil del arreglo...
—Porque
supongo, afirmó Luisa con categórica serenidad, que no vamos a cometer la
grosería de proponerle una tarifa que no aceptará nunca.
—No veo,
entonces, cómo... —balbuceó don Tristán, ahogando a medias su frase en el humo
del cigarro que encendía.
—Me
inclino a creer lo propio, opinó el doctor, y quizá encuentre yo el arbitrio.
Veo, Luchita, que has comprendido al muchacho. No sólo es un hijo de sus obras,
formado a todo el rigor de la suerte, huérfano desde la primera niñez, sino un
espíritu generoso hasta la abnegación.
Y
suspendiendo a medio ademán la taza de café:
—Creo que
nunca les he referido cómo lo conocí. Fué ahora seis años, cuando hubo en la
línea francesa aquel descarrilamiento que hizo tantas víctimas. Era yo el único
médico que iba en el tren, y como tuve la suerte de salir ileso, emprendí al
acto el socorro de los heridos. El cuadro era horrible, entre los vagones
hechos pedazos y los escapes de vapor de la locomotora tumbada que podía
estallar de un momento a otro, completando la catástrofe. Para mayor desamparo,
los maquinistas y el conductor hallábanse entre los muertos. Procuraba
multiplicarme, ayudado por dos o tres pasajeros ilesos como yo, aunque
demasiado aturdidos para serme útiles, cuando vi que se me acercaba, cubierto
de polvo, sin sombrero, pálido, un muchacho que con voz tranquila me dijo:
—Soy
empleado de la compañía, doctor; puede usted disponer de mí.
—Lo
primero, respondí, será ver que la caldera no estalle.
Dirigióse
a la locomotora, con demasiada lentitud según creí.
—Pero
muévase, por Dios!—le grité indignado.
Apresuróse,
inclinándose un poco; pareció que se tambaleaba, como si tropezase; pero se
recobró, y un momento después hundíase a gatas entre el montón de ferralla,
vapor y fuego.
No sé
cómo dió con la válvula, exponiéndose sin duda a asarse vivo veinte veces; pero
de allí a poco, oí con satisfacción el chirrido salvador del escape.
Vuelto a
mi lado, trabajó sin desfallecer, silencioso, apretados los labios, más pálido
y más decidido cada vez, hasta la llegada del convoy de socorro.
Sólo
entonces, mientras nos lavábamos en el camarote que se nos destinó para
descansar, me dijo con la misma voz tranquila:
—Perdone
si lo molesto, doctor, porque los médicos de la empresa tienen todavía tanto
que hacer. Pero creo que a mí también me ha tocado algo.
Tenía dos
costillas rotas y la pleura lacerada por una tremenda contusión.
Estuvo
muy grave; pero no hubo modo de que aceptara ninguna gratificación de la
empresa, ni que consintiera en la publicidad de su acto.
Pidió
únicamente su traslado acá, para tener, decía, ocasión de instruirse un poco;
empezó a escribir, obteniendo luego el empleucho del Ministerio... y las
lecciones...
—Que tú
le proporcionaste, interrumpió don Tristán.
—Que yo
le sugerí. Pero, quién de ustedes tuvo la idea? ..
—Yo, dijo
Luisa, más abstraída que nunca en la serenidad de sus grandes ojos.
—Te lo
dirían las voces... —bromeó Efraim, tranquilizado por aquella actitud.
Luisa y
el doctor sonrieron vagamente.
VI
Aquello
de las voces, referiase a una de las rarezas infantiles de la muchacha; pues
como la tía Marta estuviera leyéndole una vez la vida de Juana de Arco, declaró
muy seria que ella también oía a los ángeles.
Desolada
por las reprensiones y las chanzas que motivó de consuno, refugióse en la
bondad del doctor, a quien preocupaban un tanto las ocurrencias de aquella
chica, absorta en esa época por un mórbido gozo de llorar que la extenuaba en
inefable abandono. Poco antes de esas crisis, todavía asaz lejanas de la
nubilidad, para no ser más singulares, era cuando experimentaba la ilusión de
las voces, que Sandoval aceptó como ciertas, ganándose su gratitud sin límites;
pues nada la ofendía tanto como que dudaran de su veracidad, perfecta, por otra
parte.
Eso
motivó confidencias de un éxtasis candoroso que asombraba al médico, tanto como
la seguridad afirmativa de las expresiones inconcebibles en aquella niñez, por
precoz que fuera.
Así, una
vez, sentándola en sus rodillas para consolarla de cierta duda con que habíanla
herido, preguntóle qué le decían los ángeles. —Me dicen cosas tan lindas y tan
raras!... —afirmó, mirándolo
como
solía con ojos apacibles.
Y al cabo
de un instante, sin pestañear:
—Me
hablan de amor y me llaman al olvido.
Por
sereno que fuera, Sandoval no pudo reprimir un escalofrío.
Mas,
dominándose por disciplina profesional:
—Qué te
dicen, insistió, cuando hablan así?
—Me dicen
que llore para no estar sola. Comprendió que se trataba de una turbación sin
consecuencias, causada tal vez por el efecto de palabras forzosamente
enigmáticas para la mente infantil.
Pero, no
sintiéndose satisfecho del todo con su propia explicación,
preguntó
por confirmarla:
—Y cómo
son los ángeles?...
—No son
como nada. Son unas listas azules en la oscuridad. Todas sus dudas disipáronse
entonces. Era un caso infantil de
imaginación
divergente.
Pocos
dias después, la criatura, ligeramente indispuesta, copiaba junto a la estufa
del comedor una lección atrasada, ocupando con libros y cuadernos la cabecera
de la mesa. El médico acababa de aprobar la precavida reclusión, y doña Irene
había ido por el termómetro. Sin levantar la cabeza del cuaderno, en el cual
seguía escribiendo al parecer, Luisa dijo:
—Sabe lo
que "me hablaron" anoche? M. Dubard está unido a mi destino.
La
aproximación entre "los ángeles" y el profesor, que envejecido ya
entonces, habíase retirado de la casa en un acceso de mal humor profesional,
era demasiado cómica para no sonreir.
Siempre
inclinada, Luisa lo advirtió, no obstante. Y poniéndose bruscamente sombría,
añadió con voz glacial:
—Pasado
mañana cumplo once años, no? No vaya a mandarme nada. No quiero que nadie se
moleste más por mí.
Retrájose
en adelante, como nunca estudiosa, hasta no abandonar sino por momentos la
habitación aislada que habían debido concederle, al fondo de la casa, para
evitarle una congoja: el pavor de la luna cuya claridad directa no podía
sufrir, y que sólo desde allá era invisible; mientras una ancha ventana abríase
con buena ventilación sobre la quinta. Autorizada por Sandoval, gracias a ese
detalle higiénico, aquella instalación, que Luisa no dejaría más, absorbió
entonces, en una especie de hurañía hostil, su almita exaltada. Sintióse, en
cambio, con desconocida felicidad, mucho más dueña de sí misma; y ante la
sombra de la noche, parecíale que en la reja de la ventana donde apoyaba
durante horas la frente, para contemplar, las estrellas, realizándole un cuento
sin principio ni fin, incrustaban los brillante de una corona...
VII
Largo
tiempo estuvo ofendida con el doctor, hasta que una desgracia la aproximó de
nuevo. Cierta chicuela expósita, que doña Irene aceptó criar, destinándola para
camarera de su hija, cayó grave de tifoidea.
Luisa que
hasta entonces no había hecho gran caso de ella, sintió despertársele repentina
piedad, al saberla aislada en el Hospital de Niños.
Y harto
discreta para no insinuar siquier a un proyecto de visita, decidió
"perdonar" al doctor, mediante la promesa de una atención especial,
implorada con ternura casi violenta.
Sandoval
debía traerle noche a noche su impresión y hasta una copia del diagrama febril,
que ella recorría palpitante de compasión, seca la garganta, bajo la angustia
de un invencible presentimiento.
Hasta que
un día, enervada por la lentitud para ella inicua del mal, arriesgó la petición
imposible, afirmando al doctor con suficiencia desconcertante:
—No
podemos dejarla morir así.
—Conforme,
hijita; pero al pabellón de aislamiento no se puede entrar, aunque yo lo
quisiera.
—¿De
ningún, de ningún modo?
—No,
Luchita.
Enmudeció,
resignada de pronto; pero al día siguiente muy temprano, la camarera de la tía
Marta, primera en levantarse, veíala aparecer ya vestida como para la escuela,
con un paquete que le entregó, mientras decíale:
—Acompáñame
al hospital. La Flora se muere.
Fué tan
imperioso aquel acento de opaca nitidez, que la criada obedeció sin réplica.
Mas, ya
en la calle, a los cincuenta metros de sumisa marcha, el eco de sus propios
pasos en la avenida desierta pareció volverla a la realidad.
Y
balbuciendo por excusa el recuerdo de un calentador que había olvidado apagar,
regresó llena de medrosa premura.
Cuando la
tía Marta advertida de aquel propósito asomó a la puerta, la criatura, firme en
la acera, duro el rostro, congelada en alabastro su palidez, imponía una
dominación seráfica. Hubiérase dicho que la vibración de su impaciencia
generosa, desprendíala del suelo como un resplandor de voluntad. Obedeció al
signo con que la llamaron, comprendiendo lo inútil de la resistencia; pero la
tía nunca pudo olvidar la arrogancia dolorosa de su mirada.
Llevaba
en el envoltorio un vestido blanco y una muda de ropia limpia. Al atravesar el
patio, sin que mediara ninguna pregunta, inútil por lo demás, afirmó con
entereza:
—Mándenle
entonces ustedes a la Flora ese vestido blanco que le gustaba... Para que se
muera contenta... Porque hoy se va a morir.
—Pero qué
ocurrencia, criatura!
—No es
ocurrencia. Anoche vino. Buscaba algo. Pasó junto ami cama y yo la oí.
"Una
de tantas", pensó la tía, recordando las extravagancias habituales.
Para
evitarle reprimendas, calló a su hermana el conato de escapatoria; pero como la
enferma murió en efecto esa tarde, la misma Luisa refiriólo por la noche a
Sandoval, delante de todos. Lo que nunca quiso decirle fué cómo había oído lo
que pretendía, afectada quizá por los reproches que suscitó su propia
franqueza.
Lo cierto
es que no volvió ya a hablar de las voces. Fué pasando el tiempo; la crisis
devota que el doctor esperaba para la adolescencia, no se presentó; y a los
dieciocho años, la ya hermosa muchacha solo conservaba de sus rarezas, si tal
nombre merecía, el excesivo retraímiento social motejado de orgullo por los
extraños, aun cuando no era más que un dulce pesimismo.
VIII
—Me
alegro, Sandoval, que halle buena la idea de tomar como profesor a Suárez
Vallejo, afirmó doña Irene. Por más que a este caballero—añadió por su hijo—le
parecía inconveniente.
—Inconveniente
no, mamá. Lo que cería, y creo, es que debe reflexionarse antes de introducir
un extraño. No basta que sea inteligente, culto, escritor, si quieres. Ya sabes
que el linaje no me preocupa ocupa como a ti; pero aunque la apariencia, los
modales de ese muchacho, causan buena impresión, nada sabemos de sus
antecedentes...
—Eso lo
encuentro muy justo, apoyó don Tristán, calándose los lentes con energía.
—Yo
también, convino el doctor; pero conozco los antecedentes de Suárez Vallejo, a
quien, como a todo el que vale, no faltan detractores, y les puedo garantir su
conducta.
—Ah,
sí?... murmuran algo?—preguntó don Tristán, tomando al propio tiempo que el
médico, gabán, sombrero y bastón.
La
llegada un tanto ruidosa de Adelita Foncueva, cuya entrada, en arranque de
pájaro, era siempre efectista y gentil, cortó la respuesta. Pero Sandoval,
aprovechando a la vez el ligero tumulto, aseguró a su amigo con evasiva
prontitud:
—A hora,
en la calle, te diré.
Luisa
enrojeció ligeramente. Unica en oir la frase, había comprendido lo que
insinuaba sobre el origen del "profesor".
Mientras
los fieles contertulios encaminábanse al club, la recién llegada comentaba con
los otros el oportuno proyecto.
Linda,
traviesa, un poco engreída de su lujo y su juventud, era a no dudarlo más
bonita que Luisa, aunque menos interesante; verdadero pimpollo en que la vida
se gloriaba con delicia triunfal.
Todo en
ella expresaba la dicha, desde la boca pequeña y dulce hasta los ojos de
antílope en que se azoraba—la suavidad de la promesa. Su encanto virginal era
un verdadero esplendor de aurora. Su gracia embellecía la serenidad de los
ancianos y hacía saltar como cabritos los corazones juveniles, cuando en reída
claridad granizaban su alegria los dientes luminosos. Vestía muy bien, con
cierto retargo que por lo demás sentaba mucho a su tipo, y ávida de seducir,
por dominio, que no por gentileza, no olvidaba detalle, desde la intención del
reojo hasta la coquetería del pie. Nadie conocía con arte más instintivo, que
es decir más perfecto, la atracción de la ingenuidad rebuscada.
Admirada
por Luisa con sinceridad, como una muñeca preciosa, ponía aquélla en
perfeccionarla una verdadera complacencia de hermana mayor, aun cuando tenía
dos años menos. Sólo disentían en el detalle del perfume, que Adelita cambiaba
según la moda, habiendo pasado últimamente de la Volkameria al Jockey Club,
intensos y complicados; mientras su amiga conservábase fiel a la nobleza
ligeramente sombría del ámbar, casi místico en su espiritual vaguedad. Así
había resistido la tentación pueril con que la otra quiso inducirla a
substituir "ese perfume de abuela", por el capitoso Bouquet Louise
que debía corresponderle.
Todo eso
denunciaba la cultura un poco fútil de la chica, nada dócil por lo demás en su
propia ligereza. De suerte que la ocurrencia de la tía comportaba un feliz
acierto.
Pero si
Adelita la acogió con entusiasmo, su impresión no era favorable al
"profesor". Parecíale, en suma, "demasiado filósofo". Y
luego:
—No lo
calificaré de antipático, no; pero lo hallo... este... cómo diré?... un poco
fortacho. No sé... demasiado ancho de espaldas... el pelo demasiado corto, y
tan renegrido... Y unas cejas que dan miedo de juntas! La frente, si, la tiene
despejada: una hermosa frente...
Claro...
algo ha de tener—comentó, echando una ojeada comparativa sobre Efraim—...Pero
mira con una tranquilidad tan segura, que choca, que ofende, porque es una
arrogancia. Y ese aire de estar siempre pisando la tierra como si fuera
suya?... Y las manos, señora! unas manos tremendas, con los dedos que parecen
fallebas.
Mamá dice que son de pianista o de espadachín. Yo le encuentro algo de
comandante.
—Pero
Adelita—rió Efraim—qué implacable está con el pobre Suárez Vallejo.
—Implacable
porque no lo hallo buen mozo? Puede ser... Pero no le niego su preparación ni
su talento.
—Eso es
lo razonable, Adelita, aprobó la tía Marta.
Con todo,
la chica insistió aún en sus reparos: los ojos demasiado negros, la boca
demasiado gruesa. Lo único que le hallaba distinguido era la palidez.
Advirtiendo
que se había manifestado un tanto excesiva, quizá, insistió sobre el mérito
intelectual del "profesor":
—Un
talento brillante... Una erudición... Quién va a negar... Procuraré no
desmerecerle como discípula. Quizá no me gusta porque no lo entiendo. Como soy
tan ignorante...—añadió, coqueteando visiblemente con Efraim. Es más para ti,
Luisa; más de tu temple...—podré decir... feudal?
Y con
homenaje irónico, que no excluía un cordial acatamiento: —Es de los que
prefieren como tú, Beethoven a Chopin. Luisa la miró con grave ternura.
IX
Suárez
Vallejo mismo, "hablado" al fin por doña Irene, evitó sin saberlo el
punto difícil:
—Con el
mayor gusto, si ustedes me creen útil. Pero sobreentendido que no se trata de
"pasar" lecciones a tanto la hora. Ni siquiera del reloj con
monograma al finalizar el curso—agregó festivamente.
Doña
Irene no pudo menos de admirar, tanto como su dignidad cortés, la hermosura
viril de su boca gruesa.
Por otra
parte, el doctor Sandoval había dado con el arbitrio que dijo.
Suárez
Vallejo, empeñoso siempre, deseaba seguir el curso diplomático que exigía la
ley a los cónsules generales, con obligación de practicar sus dos años en una
escribanía de la matrícula: adscripción bastante difícil de conseguir. Pero don
Tristán, aunque no tenía ya bufete abierto, conservaba muchas vinculaciones
curiales, siendo entre ellas la mejor una de cierto antiguo procurador suyo,
Fausto Cárdenas, a quien echó con felicidad el empeño. El tacto del adjunto
hizo lo demás; y a los quince días, él y Cárdenas eran ya buenos amigos.
No
costaba eso mayormente, cayéndole en gracia al escribano, recio criollo que
parecía aventar la espontaneidad con su renegrido pelo, echado todo hacia atrás
para más despejo de la ancha cara morena. Era hombre de primera impresión, y
justificábala por cierto su perspicacia, exenta, no obstante, de vanidad, hasta
resultarle una malicia plácida que reía con sus ojos de amarillez perruna,
mientras el bigote entrecano y rudo decidíale un gesto casi terrible.
Campechano
de suyo, gustábale, sin embargo, la expresión sentenciosa, que en los casos
difíciles solía ser una cita de cierto tío
suyo: el
finado coronel Cárdenas, "quien me crió y formó", recordaba
satisfecho.
X
Durante
seis semanas las lecciones progresaron, gratísimas, con intermedios de charla y
de música, dando a las tardes de viernes y domingos tan imprevisto encanto, que
de común acuerdo agregaron una reunión la n oche del miércoles. Así no
recargaba Suárez Vallejo sino una tarde por semana su que hacer de oficina, aun
cuando él consideraba ameno descanso aquella larga hora entre seis y ocho; al
paso que podía participar, pues bien lo deseaba, doña Irene, demasiado ocupada
por sus asociaciones pías y benéficas. La tía Marta, entregada a las atenciones
domésticas, exagerábalas un poco, tal vez, para dejar mayor libertad a la gente
joven; y don Tristán estimaba poco los versos. Así, Suárez Vallejo, invitado a
comer algunos miércoles, no hablaba con él más que de legislación y diplomacia,
reprimiendo con jovial disciplina de "profesor", cualquier conato
tendiente a proseguir o anticipar el tema literario.
—Cada
cual su gusto y provecho—sentenciaba—y el mío consiste ahora en escuchar.
De
sobremesa, solía recordar con el doctor, que era aficionado, algún certamen de
esgrima:
—Lo que
no me explico, decíale Sandoval, es cómo, siendo tan fuerte, nunca quiere usted
figurar en ninguno.
—Es que
no hago sino esgrima de combate.
—Y lo que
me explico menos, intervino una vez Efraim, es cómo se da tiempo para todo.
Porque me dijo el maestro de armas que nunca deja de tirar...
—Es la
voluntad, Tato, afirmó Luisa.
—Sí,
pues; la disciplina que te falta, completó el doctor , y que te haría tanto
bien. Porque a despecho de tu buena constitución, eres
más bien
un poco endeble...
Efraim se
encogió de hombros con displicencia.
—... O
demasiado nervioso si quieres... y con esto, bastante impulsivo.
—Razón de
más! Razón de más!—sentenció don Tristán, apoyándolo con los tres golpecitos de
costumbre.
Suárez
Vallejo calló, ganándose con ello la simpatía de Efraim.
XI
—Por qué
no hace más que esgrima de combate? habíale preguntado Luisa, la tarde
siguiente, mientras Efraim atendía a Adelita en el piano.
—Por
ganar tiempo, replicó brevemente. Mas, como ella insistió con incrédula mirada:
—Y por precaución... —añadió casi desabrido.
—Pero
quién va a atreverse a ofenderlo!—exclamó Luisa.
—Los
necios, peores que los enemigos.
Callaron
de golpe, cohibidos sin saber por qué, y disimulándose aquel recíproco malestar
con un interés musical que no sentían.
Era lo
inverso de la otra pareja, cada vez más preocupada de música que de dicción. El
caso es que bajo cualquier pretexto interrumpía la clase, formando
resueltamente "el partido de Chopin", como afirmaba Adelita con
gracioso descaro, y hasta ausentándose a la quinta, donde Efraim descubría
aquella estación una interesante precocidad en la florescencia de los naranjos.
—Felices
las novias!—había comentado Adelita con alusión trivial. Mucho avanzaba, por
cierto, la primavera, estallando como
aturdida
de sol en pimpollos y gorjeos, mecida en la cándida languidez de los nubarrones
con que parecían soñar su propio azul grandes cielos conmovidos; y adelantada
como ella, en un estreno algo profuso de trajecitos claros que le sentaban con
verdadero primor, la chica, al decir de Efraim, asemejábase locamente a una
mariposa.
"Locamente",
expresaba con propiedad la alada embriaguez en que aquella delicia de juventud
se abandonaba a la vida.
—Cómo
está de preciosa!—había admírado Luisa el último viernes, al verlos salir para
el ya habitual "paseo de los naranjos",
enternecida
a la vez por tanta hermosura y por la visible inclinación que nacía en la
pareja.
—Advierto,
dijo Suárez Vallejo con ironía cariñosa, que los naranjos no se cansan de
florecer...
Luisa
bajó la voz, como si la armonizara con la luz decreciente del salón en cuyo
fondo ya obscuro hundía una de sus habituales miradas largas:
—Siempre—meditó—siempre
florecerán demasiado pronto. Una alarma, juntamente indefinida y absurda,
angustió a Suárez
Vallejo.
—Lo
cierto es, rió para sobreponerse, que a mí también empiezan a interesarme los
donosos naranjos...
—Quiere
que vayamos a verlos?—preguntó Luisa con dulce sumisión.
—No,
gracias; malograríamos otra vez nuestra clase. Perdemos ya demasiado tiempo, y
no olvide que el miércoles hay asueto forzoso.
—Es
verdad, asintió ella con la misma dulzura.
Una
variación de la luz tardía transparentó en rosa el cristal de la ventana. Y
sobre aquel tenue resplandor, que diluía en irreal fluidez la sombra del
ámbito, sin aclararla, no obstante, el rostro de la joven transfiguróse con
secreta hermosura. Fué una revelación de pureza extrahumana, tan intensa y tan
nítida, que él sintió cortársele materialmente el aliento en temerosa ansiedad
de prodigio. Comprendió que acababa de verla tal como era en verdad, y advirtió
que lo embargaba una especie de pudor ante el sorprendido misterio de su
belleza.
XII
La tía
Marta entró, con su discreta oportunidad de costumbre. Hallaba siempre la
ocasión de aislarse un poco, buscando luz
adecuada
para su encaje o su lectura. O abandonaba el salón cuando lo requería algún
quehacer, a veces por bastante rato, para no extremar en sórdida vigilancia la
decorosa compañía.
Como todo
corazón realmente noble, detestaba la sospecha, más todavía que la vileza del
engaño; y aquel contraste que le truncó la vida, lejos de amargarla, infundióle
una delicada piedad hacia esa eterna tragedia del amor femenino, suspenso como
una florecilla sobre el abismo del inmutable dolor. Descubrió cuán poco valían,
en suma, los prejuicios y los deberes, que era menester llevar como la ropa de
diario, para no desigualarse con chocante jactancia—ante esa pobre dicha
sacrificada bajo código penal por la ya imperdible virtud de los malogrados y
de los viejos. Comprendió que la felicidad pasajera es tan irreparable como el
dolor de haberla frustrado; pues en el instante propicio que se dejó volar,
comienza ya la desventura.
Entonces
le sobrevino un inmarcesible candor.
Prematuramente
encanecida, adelgazada y pálida como un largo marfil, su traje siempre obscuro,
adoptado con rigor de uniforme, habríale dado cierta figura de aya, a no
definírsele en una línea de mordiente sequedad el señorío del porte. Sólo las
cejas, muy negras aún, echaban sobre aquella esclarecida blancura una ligera
lobreguez de voluntad.
Teníanla
por democrática y hasta libre pensadora, aun cuando nunca expresaba ni discutía
ideas; y su práctica religiosa, limitada a cumplir con la iglesia, explicábase
de suyo por la administración del hogar que doña Irene le dejaba.
Aquella
tarde, como notara que en el salón había ya demasiada obscuridad para seguir
tejiendo su encaje, encendió una lámpara de pantalla muy baja, a fin de
alumbrar mejor la malla menuda. El extremo opuesto, donde conversaban Luisa y
el "profesor", quedaba en la sombra.
Ellos
también, contagiados por la desaplicación de la otra pareja, olvidaban cada vez
más la clase, no obstante los buenos propósitos de aquél.
Sensible
al interés que inspiraban a Suárez Vallejo sus visiones de chicuela, Luisa
habíale referido su infancia.
Erale
grato confiarse a la resuelta lealtad que de él emanaba con impresión casi
física. Sentíalo, sin precisarlo, digno de su verdad. Su reserva, nada esquiva
por cierto, constituía una especie de sucinta elegancia que le resaltaba como
un temple en el desembarazo conductivo del andar. Y aquella impresión era tan
evidente, que si bien Luisa advirtió a poco la falta de reciprocidad
confidencial, siendo ella sola quien lo contaba todo, parecióle muy natural que
él no le debiera ninguna atención por eso.
—A veces
temo cansarlo—decíale con risueña franqueza—o que vaya a sentirse conmigo
demasiado profesor. Me da por preguntarle todo, como los chicos.
Y ante la
afable autorización con que él desvanecía su escrúpulo:
—Es que
hay tanta seguridad en lo que usted dice!
Sentía
con íntima gratitud, que esa superioridad guardaba para ella sola una delicada
reserva en que mimaba, callando, la cortesía. Criada entre seres indecisos de
carácter o de condición, aquella
sensibilidad,
aislada por despareja, habíase malogrado en caprichos. Así explicaba ella misma
sus ocurrencias de chica rara.
—Las
personas me parecían artificiales. Como pintadas... Estuve un tiempo convencida
de que me habría bastado querer para atravesar las paredes como un aire...
Cuando dejé de oir a los... en fin: lo que oía, me sentí tan sola!... Figúrese
que a veces me daba por preguntarme a mí misma con recelo ¿quién seré yo?...
Repetíamelo
en voz baja; pero a la tercera o cuarta vez, me entraba tanto miedo, que corría
a refugiarme en las faldas de tía Marta. Después, el trato con las personas de
nuestra clase me convenció de que somos muy poca cosa. A falta de mis...
fantasías, busqué
novelas.
Pero sólo me dieron la noción de las muñecas que nunca tuve. Las regalaba
todas, como mis trajes. Yeso que era coqueta. Pero a mi modo. Algún día le
contaré. La soledad interior en que siempre viví, me ha enseñado la dulzura de
la muerte.
Suárez
Vallejo, fugazmente alarmado otra vez, admiró la precisión de su palabra.
—Fuí así
desde chica. El doctor se divertía en hacerme hablar. Pero no es mérito propio.
Me pasa como con las cosas que aprendo. Es como si otra persona recordara y
hablara en mí. A veces yo misma me asombro de lo que digo.
—Eso no
es más que inteligencia. Por no decir talento, para evitarle la sospecha de una
alabanza cursi.
—Nunca
sospecho de usted—afirmó Luisa sencillamente. Callaron un momento, mirándose
con franqueza cordial. La verdad es que eran ya grandes amigos. Parecióle a
Luisa que por primera vez experimentaba el regocijo del descanso. La tía Marta
contaba
los puntos de su encaje, espiritualizada en la redonda claridad su fina cabeza
que inclinaba sobre la obra con prudencia indulgente.
XIII
Suárez
Vallejo advirtió con súbita inquietud, que tal vez la olvidaban demasiado.
Entonces,
renovando una petición sugerida días atrás por la joven, solicitó de su bondad
un poco de música.
Famosa
pianista en su tiempo, había enterrado también el arte en el silencio de su
infortunio, sin otra excepción que lo estrictamente necesario para la enseñanza
de Luisa, alumna indócil sin remedio a la disciplina del taburete.
Tuvo,
pues, que desistir, tras no pocos ensayos para adecuar al aprendizaje aquella
contradictoria sensibilidad, exaltada en ocasiones a un verdadero arrobo
lírico; y sólo de tiempo en tiempo, cuando la casa llegaba a quedar sola,
sabíase por la servidumbre o por haberla oído casualmente al entrar, que
tocaba, tal vez como ejercicio, algunos estudios.
Esa vez,
consintiendo a medias, según Luisa lo indujo por la simpatía que hacia Suárez
Vallejo le notaba, disculpóse, precisamente, con aquella excepción:
—Si sólo
recuerdo, y mal, uno o dos estudios de Schumann...
—Trozos
hermosísimos que siempre vale la pena oir. Y que seguramente ha de interpretar
usted muy bien...
—...Porque
es mú sica de mucho corazón, completó Luisa.
—Lamento
que insistan. Pero, por no hacerme rogar...
Y luego,
ante el teclado que no recorrió, limitándose a la noble evocación de algunos
acordes sobre los bajos:
—Veré de
recordar una página divina, y sin embargo, poco ejecutada de Schumann: A la
Bien-Aimée.
La música
empezó a sonar, con una misteriosa dulzura que parecía sutilizar el silencio.
Dulzura de padecer, que contenía todo el
bien de
la existencia.
Ambos
oyentes se estremecieron.
Sentían
formarse en la vaguedad de la sombra un ambiente de creación, que era el
despertar de un alma.
Adelita y
Tato que regresaban de la quinta, detuviéronse callados en la puerta.
Definía
el puro canto la ausencia y la esperanza. No era sino el comentario eterno en
que se desahoga la sencillez del corazón. Porque el genio, como todas las cosas
supremas: el cielo, el amor, no varía. Realiza la eternidad y la perfección en
la belleza de sí mismo. Y porque es siempre el mismo, es también cada vez más
bello.
Llevaba
el íntimo canto, a la bien amada, la sinceridad del dolor que reprocha su
inclemencia al destino. ¿Y para qué lo iba a decir de otro modo que como lo
dijeron todas las almas heridas, si de tanto decirla las bocas amantes y de
tanto llorarla los queridos ojos, se volvió hermosura la congoja de amar?
Abríase
en el breve canto la eternidad, como el fondo de la tarde en el vuelo del ave
pasajera. Lográbase al doble conjuro de la inspiración genial y de la emoción
que tan propiamente la reanimaba, aquella melodía que disuelve el silencio sin
abolirlo, alcanzando la perfección de la música.
Y como en
toda perfección hay un fondo de tristeza, en toda melodía perfecta hay algo
nuestro que se despide. Y como en toda belleza triunfa la vida, en la hermosura
lograda hay una esperanza que nos sonríe.
Amar,
esperar, partir: ¿no es, acaso, toda la existencia?...
Mas, a
despecho del propio desengaño y sobre la misma muerte, es el amor lo que
triunfa en la belleza de su congoja inmortal: Cuánto te quiero!... Cuánto te
quiero!...
La última
nota excavó el silencio en un trémulo agujero de oro lóbrego.
Pasó un
largo minuto sin que nadie se moviera ni hablara, como si el espíritu de la
música fuera replegándose en una callada lentitud de alas inmensas.
La tía
Marta continuaba ante el piano. Todos comprendían el motivo de su actitud: no
quería que la vieran llorar, o reprimíase
devorando
sus lágrimas.
Suárez
Vallejo miró de pronto a Luisa.
Pálida
hasta dar miedo, hondos los ojos, una especie de sacudón la enderezó, rígida,
bajo la involuntaria fascinación de aquella mirada. La ola de sangre que él
sintió refluir a su corazón, pareció incendiar por reflejo el rostro de la
joven, con violencia tal, que la obligó a echarse atrás como ante una
llamarada.
—¡Tía...
Tía Marta!—gritó con desesperada resistencia al fulminante arrebato. Y
precipitándose hacia ella, estrechóse por detrás, rostro contra rostro,
convulsa, aterrada, sollozante de miseria y de pequeñez.
El viejo
regazo, a la vez materno y virginal, ofreció a aquella espantada ternura el
refugio de los días infantiles. Serenaron la joven cabeza, como en un ademán de
bendición, las manos empapadas todavía de música; mientras la dulce voz,
aquella voz tanto tiempo callada, enternecíase consolando:
—Mi
Luchita!... Mi pobrecita!
XIV
El
episodio musical en que habíase manifestado, sin sorprender a nadie, la viva
sensibilidad de Luisa, casi al punto recobrada también, vinculábase por el
comentario inspirador de la petición de Suárez a la tía Marta, con el solemne
concierto primaveral del conservatorio donde Adelita iba a graduarse profesora
un año después. Aquella fiesta, en la que sólo tomaban parte las tituladas del
curso anterior, caía el próximo miércoles.
Luisa,
como era de esperarse, declaró que no asistiría; pero Adelita no podía faltar.
—Si
tocaras tú—díjole aquélla—iría por ti. Pero ahora, añadió con ligera intención,
no te hago falta. Irá Toto... y mamá, que es de la congregación protectora de
Santa Cecilia. Yo me quedaré con tía Marta, que tampoco ha de ir. Pero no seré
desleal contigo. No le pediré que toque nada para mí sola, ni daré la lección
de francés.
—Lo que
es por la lección... Por la música, sí, te agradezco. El momento de ayer fué
inolvidable! Sublime!... Toto y yo participamos de tu misma emoción. Te aseguro
que me he vuelto schumanniana. Elegiré para mi presentación de aquí a un año El
Carnaval de Viena... Pero qué le daría a nuestro "profesor" para irse
como se fué?... Estaría celoso de la pianista?
Suárez
Vallejo había partido casi bruscamente, conturbado hasta el disgusto por la
sospecha que se reprochaba como un error de su vanidad, no menos que por
haberse dejado traicionar con aquella mirada idiota.
Traicionar?...
Traicionar de qué?...
¿Iba,
acaso, a caer en una tontería de mozalbete? Bueno estaría él pensando en
Luisa... o Eulalia de Almeida—exageró para mortificarse con mayor sarcasmo—la
muchacha más ensoberbecida
con su
aristocracia y su fortuna, según lo indicaba su propio retraimiento, a pesar de
la sencillez, de la suavidad, que no son sino el pulimento de la buena crianza.
Bastábale recordar el donaire con que en aquellos versos se declaró marquesa. Y
muy justamente por cierto. Porque lo merecía más que muchas del título.
"Una marquesita de raza y de poema", pensó, recordando su propia
frase. No le faltaba más que caer en semejante locura! Y displicente hasta lo
sonbrío, apretada de amargura la garganta, sintióse, a la verdad, ferozmente
solo.
La
avenida desierta en su alejamiento ya considerable del centro, resultábale
hostil con su anchura, su arboleda, sus palacetes. Apretó el paso, hasta
alcanzar con verdadera satisfacción la primera encrucijada de tranvías. Saltó
al correspondiente, con tan alegre ímpetu de familiaridad, que el guarda no
pudo menos de sonreírle.
—Me he
libertado, pensaba con gozo ingenuo.
Una
alegría vertiginosa, desatentada, de contenerse para no gritar, inundóle de
golpe el alma.
Sí, sí:
era cierto! Aquellos ojos, aquel rubor, aquel grito, aquella transfiguración
sobrehumana! Veía bien el corazón, sin mengua de la rectitud consigo mismo. Y
cómo no iba a ver así, iluminado por el milagro de su hermosura! Pero ¿ era
posible? Era posible que ella, ella, el ser de luz, de fragancia, de pureza,
hubiera consentido aquella gracia maravillosa?
Una
sombra volvió a atravesar su espíritu.
¿Y si fué
la música...
Si fué la
música, no más?...
El arte
ejerce tanto poder sobre esos temperamentos exquisitos!...
No halló
en el club al doctor ni a Cárdenas, con quien contaba sin saber bien para qué.
La hora de la esgrima había pasado. Saludó en la biblioteca a dos o tres
lectores tardíos que prefirieron visiblemente sus diarios.
—La
verdad es que debo estar poco interesante, se dijo.
XV
La noche
fué desagradable. Hacía demasiado cacalor, y sólo entonces apreciaba el
inconveniente de aguantarlo sin alivio posible, en ese departamento con puerta
a la calle, preferido, no obstante el consejo de M. Dubard, por su mayor
independencia; pues, aunque el barrio era tranquilo, siempre había que contar
con la curiosidad de algún transeunte.
Tenía
razón el viejo francés, cliente perpetuo de aquella casa de huéspedes cuyas
habitaciones había acabado por conocer una a una; tenía razón el pobre viejo, a
quien se reprochó no ver sino fugazmente, desde hacía un mes largo; pues,
aunque apenas fué su colega eventual en algunas mesas de examen, debíale
atenciones, corrientes si se quería, pero apreciables, dadas su edad, su finura
y hasta la circunstancia de suponerlo resentido con los Almeidas, quién sabía
por qué...
...Por
algún menosprecio que le harían, tal vez sin notarlo, para mayor ofensa.
Revelósele,
de pronto, una enternecida relación entre esa soledad de extranjero, sin nadie,
acaso, en el mundo, y su desamparo de huérfano, tirado por la suerte a la buena
de Dios, sin dejarle, siquiera, el recuerdo de la madre muerta siendo él tan
niño...
Probablemente,
díjose, bajo el peso del deshonor... De un deshonor que fuí yo mismo... Solían
acometerlo de cuando en cuando aquellas crisis de angustiosa desazón ante la
desgracia imaginable. Pero la de esa noche asumía una violencia singular.
—Demonio
de ideas negras!, exclamó, encendiendo con rabiosa vehemencia su décimo
cigarrillo. Hacía más calor aún, y la comida, que pidió en la antecámara, había
contribuído a cargar la atmósfera. No podía, para colmo, abrir la ventana de
aquella habitación que
daba al
patio central, mientras tuviera luz, porque lo veían desde otros departamentos,
sobre todo desde uno donde acababa de instalarse, para peor, pues velaba hasta
el amanecer, una divette francesa: con lo que la humareda del continuo fumar;
llenaba a cada rato las dos piezas del suyo.
—Para
eso—se zahirió—para eso eres pobre, infeliz, y tienes que aprender a
resignarte.
Suspiró
con despechada ironía.
—Y a no
formar castillos en el aire... —concluyó, siguiendo largamente con los ojos una
voluta de humo.
Era
menester, en efecto, fumarse aquel insomnio que se anunciaba tenaz, a despecho
de los dos o tres expedientes aburridos cuyo estudio acometió con energía.
Por
suerte, hacia las cuatro de la mañana sobrevínole una soporosa lasitud, y se
durmió con sueño incómodo.
XVI
El sábado
por la tarde recibió Cárdenas dos sorpresas: el rostro sombrío de Suárez
Vallejo, en quien lo notaba por primera vez, y la invitación de ir juntos el
siguiente día al hipódromo.
Querrá
distraerse porque habrá trabajado en exceso, pensó, relacionando ambas cosas
con la entrega de los expedientes estudiados. Mas, rectificándose casi al punto
con malicia:
—Mañana?...
Bueno. Habrá dos carreras interesantes. Pero, usted renunció ya "su
cátedra"?... La lección, sabe?—a la chica de Almeida.
—No, por
ahora. Me he concedido un asueto que, de seguro, será grato allá también. Su
gesto púsose desapacible. Cárdenas echóle una mirada jovial.
—Ah, dijo
sin transición, no creía que estuviesen tan adelantados.
—Cómo
adelantados!...
—Sí,
porque esto tiene todo el aire de un enojito con "ella". —Pero qué
disparate, Cárdenas!
—No,
compañero, no lo tome así. Retiro todo, si se me va a ofender.
Se me
había puesto, no más...
—Qué
barbaridad redonda! Pero cómo se le ocurre que yo, un empleaducho... sin
posición social... un pobre diablo para ellos ...
—No, eso
no, tampoco. Usted vale lo que vale, y el talento empareja la alcurnia.
—Hum!...
puede ser. Pero no el dinero.
—Según la
gente. Los Almeidas, esto es lo justo, son de los pocos que merecen sus
talegas.
—Además,
L... u... La hija... usted la conoce, no piensa en novios ni hace caso a nadie.
Ha nacido para brillar desde arriba, como la luna.
Sintió al
decirlo una firme satisfacción, junto con un vago remordimiento de injusticia.
El escribano arrellanóse en su poltrona y cruzó los brazos con decisivo ademán.
—Amigo
Vallejo, sentenció, pues lo nombraba siempre por su segundo apellido: mi finado
tío el coronel Cárdenas solía decir que toda aventura de amor es un viaje a la
luna.
XVII
Mientras
rodaba hacia el hipódromo el carruaje que los conducía, un cupé vejancón que
Suárez Vallejo solía tomar, con opulencia inexplicable para sus medios, pensaba
el joven, desagradado todavía, en aquel irreverente nombre de aventura dado por
Cárdenas, la tarde anterior, a sus pretendidos amores. Para no fomentarle esa
chocarrería, que tal vez iba a disminuir su estimación por él, propúsose no
aludir, siquiera, a nada atinente. Mas; a la primera distracción, causada por
un grupo de muchachos que remontaban cometas, sorprendióse preguntándole:
—Sabe
usted, Cárdenas, por qué abandonaría M. Dubard la enseñanza de los chicos
Almeidas?
—Hombre,
como saber, no; pero creo que debió ser un acto de prudencia o delicadeza. A mí
me pareció—yo trabajaba entonces con don Tristán—me pareció que no hubo
disgusto profesional, como dijeron, sino que el hombre había empezado a gustar
de la cuñada—de Marta, eh?—que era lindísima, pero que vivía como una sombra,
anonadada por su decepción; y él comprendería que eso, o la diferencia de
posición, o todo junto—vaya uno a averiguar...
Interrumpióse
de pronto, ante la atónita indignación de la mirada que el joven clavaba en él.
—Ah, pero
no, qué diablos! No esté pensando que invento para darle una broma pesada. Eso
tampoco se lo voy a permitir, por lo mismo que soy su amigo. He hablado con
entera franqueza y estoy dispuesto a pedirle disculpa de un traspié que
reconozco, pero no de una mala acción.
Había en
sus palabras tal acento de afligida sinceridad, que Suárez Vallejo le palmeó el
hombro con cariño.
—Yo soy,
dijo, el que ha estado mal. Y además, qué me importa? —Claro!—apoyó Cárdenas
con decisión, aunque soslayándolo al
descuido.
No
obstante esa rotunda conclusión, el episodio le malogró la tarde.
Resultóle
particularmente incómodo pensar que habiendo perdido cuantas apuestas arriesgó,
Cárdenas estaría aplicándole en silencio el consabido refrán imbécil.
Pero el
escribano empeñóse, por el contrario, en buscarle distracción a porfía, fuera
del juego, hasta dar con tres o cuatro actrices de la recién llegada opereta
francesa, a quienes lo presentó con tanto elogio, que arriesgaba el ridículo.
Para colmo de molestia, encontróse con Toto, cuya tácita malicia debió
afrontar, cuando, habiéndolo éste invitado a irse juntos, por ser día de clase,
tuvo que comunicarle su imposibilidad de asistir, y encargarle la disculpa del
caso, sin hallar explicación sostenible.
Su
fastidio fué tal, que lo indujo a extremar las cosas:
—Hasta el
miércoles... O quizá hasta el viernes, porque no sé si alcanzo a desocuparme.
Iba el
cupé a detenerse de regreso, en la puerta del club, cuando
Cárdenas
le dijo:
—No es
por meterme en sus cosas, pero me parece que n o debe cortar usted con los
Almeidas. Deje correr el destino, que es lo mejor...
Y
animándose con la obscuridad casi completa, añadió sin mirarlo, mientras le
palmeaba confidencialmente la rodilla:
—Pero si
emprende la campaña, y por lo que pueda ocurrir, ya sabe que tiene amigos en
este mundo.
Suárez
Vallejo, saltando a la acera, respondió con jovialidad: —Para campañas andamos,
amigo Cárdenas! Métase uno a festejar millonarias, sin tener a veces ni con qué
mandarles por cumplido un ramo de flores.
XVIII
Como
después de sus infantiles crisis de llanto, la noche del espisodio musical
Luisa durmió con pesado sueño.
La clara
mañana del sábado sorprendióla, al despertar, con una impresión de trivialidad
vacía. Sentada en el lecho, tendió largamente al frescor que entraba por la
ventana, abierta sobre la quinta, sus brazos desnudos. Durante un rato, estuvo
sintiendo la incomodidad de una mecha sobre la cara, sin decidirse a romper la
inercia que la invadía. Causóle asombro la dispersión de sus ideas,
materializadas en fragmentos de imágenes sin relación entre sí. Parecíale tan
grande su tranquilidad, que la abatía como un desamparo; mas, hallábase en
realidad tan nerviosa, que el vuelo fugaz de un gorrión ante la ventana,
sacudióla con profundo escalofrío. Advirtió, entonces, que tenía helados los
brazos; y una desolación árida hasta arderle en los ojos con sensación de
arena, cayó sobre la inutilidad de su vida insignificante. Qué era ella en la
inmensidad del mundo?... Y sin embargo, su pequeñez ahogábase en tal inmensidad
como en un calabozo. Pero no; aquella ansia no era sino el recóndito temor de
algo que estaba eludiendo, sin atreverse, tan deslumbrador lo esperaba, a
preguntarse qué sería.
De golpe,
una sospecha traicionera hasta la maldad, la aterró petrificándola: Adelita
coqueteaba con Toto para interesar al otro... A él!...
El eco de
estas dos sílabas, pronunciadas en alta voz, la echó de la cama con un repelón
de miedo. y allá, de pie, temblorosa ante el abismo que sentía abrirse en ella,
el escalofrío la envolvió otra vez con su estridente varillazo.
Anonadada
un instante, su nobleza reaccionó casi heroica. Dios mío! Qué indignidad estaba
pensando!... Envidiaba a Adelita, porque
era
feliz!...
Cayó de
rodillas ante el lecho, como para un instintivo perdón, echando brazos y cabeza
sobre las revueltas sábanas.
Adelita,
sí, que era feliz!... y Tato, que ya la quería tanto!... ¡Si supieran lo que
ella, la hermana que tan buena creían, acababa de pensar!... Lo que era
realmente!...
Hundió
con apretón convulsivo la cabeza entre los brazos. Una pena honda, humillante,
infame, sin lágrimas para mayor
lobreguez,
definíasele poco a poco en sed de arrepentimiento.
XIX
Resuelta
a la expiación de su " maldad", recobró Luisa una calma extraña. La
angustia de su pequeñez ante la inmensidad del mundo y de la vida, trocósele en
abnegada fortaleza. Quedábale, tan sólo, un vago remordimiento de impiedad:
olvidaba quizá demasiado sus deberes religiosos. La verdad es que no acompañaba
a doña Irene en sus devociones, como era justo. Propúsose hacerlo, venciendo
aquella indiferencia que habíala puesto, de seguro, mal con Dios: por eso
pensaba semejantes cosas. ¡Sería tan bueno orar, purificarse en el
renunciamiento y en el dolor, como las santas, como las mártires...
Mandó por
Adelita con cualquier pretexto, a fin de mimarla, de ser con ella y Toto la
hermana buena, la dulce providencia de sus amores.
Fueron
juntos al "paseo de los naranjos", en los que afectó interesarse,
para dejar a la pareja la intimidad dicho sa de la glorieta central, agobiada
de bejuco.
Caía la
tarde.
El cielo
clarísimo era una tenue soflama de oro sobre desleído azul. Rayando las puntas
del pinar que daba fondo a la quinta, el último toque de sol descoloríase en
finas barbas de pluma. Al misterio ya próximo de la noche, atenebrábase el
follaje con lóbrega enormidad. Rebullía como un agua presurosa el pío
crepuscular de los pájaros. De la tierra mojada por reciente lluvia, exhalábase
con delicia campesina negro frescor de humedad. Una inmensa ternura
eternizábase sobre el mundo.
Y Luisa
sintió de pronto una amarga pena. Parecióle que toda entera se reducía al
doloroso nudo de sus manos. Y sin embargo,
toda
ella, también, era para esa dicha que cobijaba la glorieta próxima, una
oblación sin límites de cariño y de piedad.
¡Por que,
entonces, por qué Dios mío, aquella suavidad, aquella
paz,
aquella hermosura infinita del cielo y de la luz, le hacían
daño?...
Tanto
daño!...
XX
Durante
la comida y la sobremesa, estuvo como de costumbre, aunque tal vez un poco más
callada. Y apenas salieron don Tristán y el doctor, ganó su habitación, muerta
de sueño, según dijo.
Tía Marta
la siguió con los ojos, pensativa. Pero el alba sorprendióla enteramente
despierta ante su ventana. Las horas habíansele pasado sin sentirlas, y sin que
pudiera, tampoco, recordar lo que pensó en su larga inmovilidad ante la noche
profundizada por la sombra de la quinta, donde a ratos palpitaban, como
soñando, vagorosos murmullos.
Salía de
su ausencia en el seno de aquel insomnio, descansada cual si hubiera dormido;
mas, también, con la certidumbre de que su vida acababa de recobrar una
significación suprema.
La
tenuidad verdosa del alba aclaraba su pureza con una frescura de ablución.
XXI
Mas,
cuando el día entró de lleno, y la luz pareció volcar su copa en el raudal de
gorjeos matinales, definiósele un presentimiento de abrumadora seguridad:
Suárez Vallejo no va a venir esta tarde.
A medida
que corrió el tiempo, la paz dominical fué volviéndosele odiosa. En la asoleada
siesta, de un silencio como campestre por la total suspensión del tráfico, el
canto de los gallos insistía con claridad tan sonora, que exasperaba el tedio.
La idea
tenaz volvía, en cambio, sin un alivio de duda: No va a venir, no va a venir.
El canto
de los gallos era, a la vez, desolado y estúpido.
Tanto,
pensó Luisa, como los versos que había intentado leer, y cuya artificiosa
vaciedad comprendía ahora.
Si Suárez
Vallejo viniera, se lo diría sin ambages. Porque era así Pero no vendría.
Indudablemente, no. ¡Estúpidos los hombres
también,
como el domingo, como los gallos, como los versos!
XXII
Vistióse,
no obstante, con minuciosa lentitud, toda de negro, que era como más le
sentaba, y dejando un tendal de trajes, aunque el preferido finalmente,
antojósele, ya puesto, el peor de todos; pero cuando apareció en el comedor a
la hora del te, doña Irene y tía Marta la encontraron preciosa.
Su pálida
elegancia, agobiada por ligero dolor, era una lánguida perla. Nada más
ingenuamente poético hasta lo luminoso, en la pura frente y las mejillas de
nitidez virginal; mientras un temblor de apasionadas lágrimas y una divina
claridad de esperanza, parecían abismarse a la vez en al inmensidad de los ojos
atónitos.
—Amor de
criatura!—exclamó doña Irene,—si estás, verdaderamente, digna de un príncipe!
—Le
prince charmant?...— murmuró ella con malicia melancólica. El presentimiento
labraba siempre, allá en el sombrío fondo del alma.
De suerte
que al regresar Toto de las carreras con la noticia y la excusa, Luisa no se
inmutó.
Más
expresivo fué el mohín de Adelita, cuando Tato refirió la compañía en que
dejara al "profesor".
Tía Marta
miró a la sobrina con disimulado interés. Su tranquilidad era perfecta.
XXIII
Los tres
días siguientes mantuvóse lo mismo, aunque por dentro iba anonadándose con la
derruída pesadez de la arena que se aplana. Sin que nadie, ni ella misma lo
advirtiera, su conformidad era espantosa. Nada padecía; mas, aquella inercia
resultábale peor que la angustia. Y por extraña singularidad, sólo un detalle
mortificábala realmente: cada vez que partía Suárez Vallejo, oíase poco después
pasar un coche por la esquina. Advirtió que había establecido una relación
entre ambos hechos, y que el carruaje no pasaba desde el domingo, lo cual
volvía más profundo el silencio.
Bruscamente,
el miércoles por la mañana, mientras sentada en el lecho discurría sobre el
incomprensible fracaso de aquella amistad que él turbaba con su rara conducta,
el rodar de un coche distante cortó su divagación.
¡Seríale
un consuelo tan grande oír, solamente, en la acera los pasos del amigo!
La frase
de Adelita: "¿Pero qué le daria a nuestro profesor para irse como se
fué?"—acudió entonces a su memoria.
Abrazóse
desesperadamente las rodilla" y más que decírselo, gimió, dilatando sobre
la ventana llena de cielo su mirada doloro sa:
—¡Qué le
he hecho yo, qué le he hecho yo, Dios mio!...
XXIV
A eso de
las once, mientras Suárez Vallejo practicaba en la escribanía, recibió de la
tía Marta una invitación telefónica a comer.
Su rostro
pensativo se aclaró de pronto; y aunque con cierta ansiosa vacilación, no pudo
menos de comunicárselo a Cárdenas. —Ya ve, ya ve... Lo que yo decía. Gente
decente... Buena!—
sentenció
el escribano.
Y sin
añadir nada, aumentóle el trabajo para acortarle así las horas.
Suárez
Vallejo comprendió, agradecido.
Estuvo
tranquilo, aunque muy contento; pero esa noche, cuando llamó a la puerta de los
Almeidas, debió reconocer que el corazón le saltaba como un demonio.
"No
es, pues, recurso de novela"—pensó.
Comíase
un poco más temprano con motivo del concierto. Era la única novedad, aunque
Suárez Vallejo creía advertir que todos estaban más amables con él.
Experimentaba una satisfacción de regreso, y tuvo que cuidarse de no aparecer
demasiado jovial. Sobre todo cuando Adelita le preguntó si eran interesantes
las actrices francesas. La alegría de hallarse completamente ajeno a ellas, fué
tal, que casi le desborda en incoherente risotada.
—El
género no me seduce, respondió con desembarazo Pacotilla de exportación... al
pastel. Lo más divertido era oír el francés de Cárdenas.
—Demasiado
repintadas las damiselas, afirmó Sandoval.
—Y
demasiado estridentes. Cotorras al fin. Lo gracioso es que una de ellas había
ido a dar en la pensión donde vivo. Produjo la impresión de un cartel audaz en
aquel vecindario de familias humildes. Pero esto es nada. A los tres días,
alborotaba de tal modo
con sus
cancionetas, que los pensionistas apelamos ante la patrona, encabezados por el
propio M. Dubard. Indescriptible el escándalo de la expulsión, en un barrio tan
solitario y silencioso. Allá donde la paz de la noche empieza al entrarse el
sol, los alaridos fueron tales que hicieron volar a las palomas de los tejados.
Qué habría dicho la ofendida, a saber que yo me contaba entre sus verdugos...
—Era
fea?... —preguntó Adelita.
—Fea?...
No, como todas: una estampa convencional de ojeras, rouge y postizos.
Luisa
callaba con dichosa inocencia, enternecida tan sólo al pensar que en esos
viejos tejados anidaban palomas. Volvíale más grata aún aquella impresión de
reposo cuando él hablaba. Era, decíase, la confianza que no puede infundir sino
una noble amistad como la de Suárez Vallejo; y su regocijo dimanaba de creer
que todos los suyos la comprendían.
Enteramente
de blanco, ahora, una delicadeza infantil parecía sonreírla con frescura
adorable, hasta abolir en su gracia la misma feminidad, como si no fuera más
que una cándida nubecilla.{{np} Con todo, al levantarse los otros para salir,
como Suárez Vallejo hiciera a su vez ademán de retirarse:
—No nos
deja lección?—preguntó dulcemente, mientras, pretextando arreglar un fleco de
la pantalla, ponía bajo la araña su rostro, para que el reflejo directo de la
luz se confundiera con el rubor que le sobrevino.
—Pero yo
suponía... —balbuceó Suárez Vallejo, asombrado de ruborizarse él también.
—Ah,
no—dijo Adelita, quien, sabiéndose linda como nunca, y viendo con ello más
rendido a Tato, sentíase generosa—no tienes por qué perder la lección, siendo
tú la más constante. Ya que no vas al concierto ...
—Y que
Marta se queda también... —decidió doña Irene, contenta de hallar alguna
distracción para Luisa, cuya actitud de los días anteriores había acabado por
inquietarla vagamente.
Alzó ella
los ojos, dilatados por una súplica cordial que convenció a Suárez Vallejo.
En eso, y
como la hora avanzaba mucho ya, la madre de Adelita, doña Encarnación, mandó
decir que los esperaba a la puerta, en su
carruaje.
XXV
Antes de
empezar la lección, mientras la tía Marta distribuía adentro a la servidumbre
órdenes y tareas, sentáronse los jóvenes bajo la galería que avanzaba sobre un
costado del patio, profunda con la hiedra entretejida en sus pilares. A través
de las hojas, donde a veces parpadeaban luciérnagas, veíase el ancho damero de
mármol, sobre el cual, desde el opuesto muro, desmesuraba un antiguo farol la
sombra de las macetas. Muchas veces, cuando Luisa estaba así, de blanco,
agradábale la fantasía con que los espectros de las hojas salpicaban su traje,
como mariposas negras cuyo vaivén divertíase en provocar al balanceo de la
mecedora. Asaltado por penosa superstición, Suárez Vallejo habíale pedido esa
noche que evitara el sombrío juego, al notar cómo una de las
"mariposas" parecía subir con extraña nitidez hata sus labios, desde
las losas del piso...
—Y si me
negara?... —respondió ella con cierta rencorosa coquetería.
—No haga
eso! Usted misma se causa daño así.
No sé de
dónde le vienen caprichos tan lúgubres.
Impúsole,
al decírselo, una noble seguridad, el deber que sentía de cuidarla con
vigilante cariño; y otra vez, como aquella tarde, infundiéronle una recóndita
inquíetud sus manos tan pálidas.
Luisa
respondióle, inclinando como solía la cabeza con suave docilidad:
—Tiene
razón. Es malo, y nunca más lo haré.
Hubo una
pausa.
—Con que
también pudo faltarnos hoy... —murmuró ella con un acento de ronca dulzura que
estremeció hasta el fondo del alma a Suárez Vallejo.
Quebrado
el suyo en temblorosa opacidad, respondió él con una pregunta:
—La
habría molestado que no viniera?...
—Molestado,
no. Me habría resentido. Por qué no iba a venir? Qué le habían hecho? Esta
mañana poco antes que lo invitase tía Marta, pensé hablarlo yo, con el
propósito de preguntarle si no vendría, para irme también al concierto. No lo
hice, porque habría sido una mentira...
Vaciló un
instante.
—...Y
porque no me oyeran hablar con usted—concluyó de pronto, sintiendo que una
angustiosa intimidad la acercaba a él en la sombra.
Suárez
Vallejo comprendió, a su vez, cuán hondamente la idolatraba.
La tía
Marta vino a sentarse allá cerca.
Una
perezosa ráfaga esparció con tibieza de aliento blanda fragancia de jazmines.
En ese
momento, estalló en la calle, doblando la esquina próxima, violenta disputa.
Dos voces alzáronse con soeces injurias. Oyóse un conato de riña, una carrera
precipitada... Y de repente, un hombre en cabeza, atravesó, enloquecido de
terror, el patio, yendo a refugiarse en una de las habitaciones ante él
abiertas. Otro pasó casi al instante, persiguiéndolo; titubeó entre dos
macetas, de túvose bajo el farol, evidentemente desorientado por las puertas
obscuras. Cubríale la cara el ala del gacho, y en su mano, alzada aún, brillaba
un revólver.
Suárez
Vallejo, irguiéndose al punto, y tras un imperioso:
"¡Adentro
ustedes!", enderezó hacia el intruso con decidido andar:
—No te
muevas!
El otro,
echando un pie atrás, contestó sin bajar el arma:
—No es
con usted; pero no avance, porque tiro!
Suárez
Vallejo adelantó aún con dos grandes pasos, a los que siguieron sin
interrupción dos estampidos. Oyó claramente el pique de las balas detrás de
él... Pero estaba ya sobre el agresor, que, dominado, hizo ademán de huir.
No le dió
tiempo. Mientras con la mano izquierda lo asía por el pecho, tronchábale con la
otra, a la vez, muñeca y revólver.
Crujieron
los cascados huesos, y al potente empellón que lo aplastó como un bofe contra
un rincón del patio, sobre su mechuda lividez torciósele la boca en bramido de
dolor y de rabia.
—Quieto
he dicho!—insistió Suárez Vallejo, apuntándole ahora con el mismo revólver.
—En este
instante, el fugitivo reapareció enarbolando una silla.
—Quédate
ahí, Blas!—ordenó el joven sin volver la cabeza.
El
desconocido, plantándose en seco, depuso el mueble.
Tía Marta
llegaba a su vez por el comedor, con la media docena de criadas que había
arrancado al lecho o al comenzado desarreglo nocturno, y que sin atinar bien la
causa , seguíanla con azorado aspaviento.
—Qué
desgracia, Señor! Todas mujeres! No estar siquiera el cochero!
Suárez
Vallejo dominó la situación; y guardando prontamente el arma, dijo con
sequedad, tras un enérgico chito:
—Que se
retiren y acuesten. No hacen falta. Es un borracho y se lo llevarán. ¡Cuidado
con alborotar a nadie!
Las
criadas desaparecieron con sumiso silencio.
—Mira,
Blas, continuó, dirigiéndose al otro hombre, que habíase inmovilizado allá como
un centinela—busca tu sombrero y anda por el agente de servicio. Que venga con
el oficial, para que conduzcan seguro a este hombre.
Obedecido
al punto, dió la espalda al malhechor que continuaba quejándose sordamente.
—No se
descuide así!—suplicó la tía Marta.
Pero él
apenas la oyó, pasmado ante lo que veía.
Luisa, de
pie en el patio, destacábase sobre la hiedra del pilar medianero, inmóvil,
blanca, al borde mismo de aquella sombra por donde la muerte acababa de pasar.
Una de las balas había espolvoreado su cabeza con el yeso del refilón. Y ese
candor anómalo, parecía en sus cabellos el reflejo de un esplendor invisible.
Desoyendo
la orden que la tía Marta acató, aunque para lanzarse en busca de la
servidumbre, siguió ella al defensor en peligro, guiada por una súbita
certidumbre de salvación. Y allá se estuvo detrás de él, inmortalmente ajena al
miedo.
Bajo su
frente un poco inclinada, la sombra lúcida de los ojos profundizaba su
hermosura en cejijunta obstinación de fatalidad.
En aquel
instante de sobresaltado estupor, Suárez Vallejo la vió flotar lejana y
enaltecida.
Pero fué
la angustia de su amor lo que reprochó adorando:
—Luisa,
por Dios, qué ha hecho!...
Alzó ella
la cabeza con leve estremecimiento, y una centella de gloria exaltóse en la
caricia de sus ojos. Idealizada como aquella tarde, por fugaz transfiguración,
tendióle, sin hablar, las manos. Y fué la ofrenda de un alma el ademán
silencioso de sus manos tendidas.
XXVI
El agente
y el oficial acudían, precisamente, al estruendo de los disparos.
Nada
difícil fué la entrega del reo, sujeto conocido por ambos como peligroso y de
mala bebida. Suárez Vallejo advirtióles que al estrechase con él, habíale
notado el tufo alcohólico.
No
atribuía, pues, importancia criminal al suceso, y consideraba prudente
reducirlo a una contravención, para suprimir en bien de la respetable casa su
molesta notoriedad. Pidió, con esto, al oficial, que no le dieran la publicidad
de costumbre, prometiendo declarar al día siguiente, ya que no podía abandonar
de inmediato a mujeres solas, ni el sumario le parecía de urgencia.
Consintió
aquél, aunque sin duda más cortés que convencido: —Descuide, señor.
Procederemos con reserva, por más que al llegar noté que había gente curiosa en
los balcones de la vecindad. Si permiten, será mejor que salgamos por la
cochera... Lo que sí va a ser necesario—añadió por el llamado Blas—es que este
hombre nos acompañe para iniciar la prevención.
—Nada más
justo, señor oficial, y muchas gracias en nombre de todos—respondió Suárez
Vallejos.—Unicamente le pediré que, de pasada, permitan a este hombre acomodar
su coche... El coche con que trabaja. Anda, Bias, con el señor; y si te
detienen por el sumario, mándame avisar a cualquier hora. De lo contrario,
búscame mañana a las dos en la oficina... O mejor en la escribanía de Cárdenas.
—Está
bien, don Carlos. Pero yo quisiera que me permitiese... — añadió, y dientes y
ojos blanquearon con grotesca amenidad en su cara negra—que me permitiese
pedirles perdón a las señoritas por el mal rato que les di.
—Bueno,
bueno; estás perdonado. No demores...
El
delincuente habíase, en eso, incorporado. Y mientras pasábanle una esposa a la
mano izquierda, dijo con avezada naturalidad:
—Déjeme
suelta, no más, la otra, que la tengo zafada.
XXVII
Luisa
rehusó por innecesaria la tisana cordial que a indicación de Suárez Vallejo
habíale ofrecido la tía Marta.
Mientras
volvían los ausentes, a quienes decidieron no alarmar adelantándoles la noticia
ya inútil, el joven, para distraerlas, refirióles cómo era que conocía al negro
de la fuga.
—Fué,
dijo, en un descarrilamiento hace años. Creo que el doctor Sandoval les ha
contado algo de eso... Lo ayudé a salir de entre los hierros de un vagón.
Sostiene que le salvé la vida, y me guarda desde entonces una fidelidad de
perro. Lo más cargoso es que se empeña en ser mi cochero gratuito y va a
buscarme donde esté, si es de noche o un poco lejos. Me ha obligado a transijir
testarudo, al fin, como buen negro, mediante una retribución mensual. Y ahi me
tienen ustedes condenado a carruaje perpetuo, con grave detrimento de mi
peculio... y de mi estética—a pesar del boato. Porque se trata de una berlina
anticuada, que me da un aire de médico de provincia...
—¡Pobres
negros—compadeció la tía Marta—son tan consecuentes!
Luisa rió
callada, sintiendo una admiración pueril hacia ese afecto de pobre.
—Y por
qué querría el otro matarlo?—dijo con interés.
—Quién
sabe... Tal vez algún intríngulis galante, porque tiene esa debilidad. En suma,
es una suerte para él mismo que no cargue armas.
—Y
también, para el otro infeliz, no haberlo herido.
—El otro,
a pesar de la embriaguez, me parece un pillo de mala entraña.
—Pobre
gente!... —insistió ella suspirando.
XXVIII
Es de
imaginar la sorpresa de doña Irene y don Tristán, que habíala buscado a la
salida del concierto, mientras Tato acompañaba a Adelita y a su mamá, en ya
evidente anticipo de noviazgo.
La señora
hablaba de telefonear al doctor, doblemente impresionada por el suceso y por el
vago remordimiento de haber dejado a su hija, reprochándose en silencio un
excesivo abandono. Costóle a aquélla disuadirla, asegurando que nada había
sentido, hasta que resolvió en definitiva la inutilidad del llamamiento, un
triple enérgico papirotazo de don Tristán a la copa de su chistera.
Suárez
Vallejo recomendó calma, en resguardo contra exageraciones y comadreos; y
después de un relato que abrevió cuanto pudo, retiróse para evitar nuevas
expresiones de gratitud.
El
regreso de Tato renovó la narración y el comentario; y como a pesar de la orden
recibida, la servidumbre había permanecido en pie, eran más de las tres cuando
estaban todavía en aquéllo.
Luisa
hablaba poco, pero era visible su contradictoria inquietud. Sombría y alegre a
un tiempo, hacía lo posible por no acostarse; y como invitara a Tato para
quedarse juntos en el patio hasta ver salir el lucero, doña Irene exclamó:
—Pero qué
ocurrencia! Lo que te conviene es dormir. Dices que nada tienes, y bien se ve
que algo te pasa. Como es natural... ¡Con semejante emoción!...
Cohibida
de golpe, aceptó la opinión materna, dlanda las buenas noches con recobrada
obediencia de niña. Ya en su habitación, desvistióse en silencio, rápidamente;
paseó la mirada con vaga extrañeza por el ámbito; y encarándose ante el espejo
con su propia imagen, afirmóse en alta voz:
—Lo que
me pasa, pobre mamá, es que estoy enamorada.
XXIX
Como a
las once de la mañana siguiente, Luisa y Adelita paseaban por el patio
fraternalmente tomadas de la cintura en extremosa intimidad, cuando llamaron a
la puerta. Ambas volviéronse a un tiempo.
Era el
negro de la víspera, que avanzaba por el zaguán con un ramo de rosas y de
azucenas. Una críadita acercósele, y él presentó las flores esbozando una
genuflexión, mientras reía con todos sus dientes:
—Para la
señorita —acertó a decir, confuso, hasta malograr a ojos vistas el cumplimiento
que traía preparado.
Y como la
mirada de la chicuela vacilara entre las dos:
—Para la
niña... —apoyó con una indicación de cabeza hacia Luisa. —Para la novia de don
Carlos—precisó, más cohibido aún, y tomó la puerta casi corríendo.
Las tres
echáronse a reír de buena gana ante la ocurrencia. Pero Adelita evitó mirar a
su amiga, presintiendo, sin saber por qué, el rubor que habíala encendido.
XXX
Desde el
despacho interior donde por fineza de Cárdenas trabajaba solo, en el segundo
piso de la escribanía, Suárez Vallejo, asomándose a la ventana de reja que
dominaba el extenso patio y el portal sombrío de aquel anticuado caserón, vió
que Blas acudía con su habitual puntualidad. Dicha ventana conservaba desde un
tiempo en que la habitación fué dormitorio del escribano, los visillos y una
cortina de felpa granate que pendía a un costado, arrastrándose en polvoriento
desuso.
Aunque
Suárez Vallejo intentara disimularse todavía la intensidad de su propio cariño,
el recuerdo de Luisa dominábalo de tal modo, que al sentir los pasos, el polvo
acumulado en un pliegue de la cortina, renovóle con punzante vivacidad la
impresión del yeso en los cabellos de la joven.
—La que
me hiciste anoche!—reprochó un poco atropelladamente a Blas, apenas lo vió en
la puerta. Ya sé que ahora a las cuatro vas a declarar ante el juez. Anda
tranquilo. Estás bien recomendado. Pero ¡meterse así, en una casa respetable!
Qué miedo te entró?...
No tenías
armas?.... ¡Y qué cuestión era esa... Con un individuo de
esa
calaña... Polleras, seguramente!...
—Si nunca
cargo armas, pues, señor!... Cómo iba a pensar! Y por unos miserables pesos!...
Una deudita que tengo con unos vecinos. El se encargó del cobro, metiéndose de
puro malo... y porque no quise tratar con él—¡cuándo es juez ni procurador!—ya
sacó revólver. Me aventuró, y me asusté, don Carlos... Pa qué lo vaya negar...
Pero las niñas ya me habrán perdonado... y usted también...
Qué se
van a fijar en el mal paso de un pobre... Y por eso yo... esta mañana...
—Esta
mañana qué?...
—Llevé
allá un ramo de flores.
—Un
ramo?... Allá?...
—Sí,
pues. Unas azucenas y unas rosas más lindas!... Estuve por presentarlo en su
nombre... Después no me animé...
—Y quién
te autorizaba a meterte en eso?
—Como
usted le dijo a don Fausto el otro día... no?... cuando volvíamos del
hipódromo... que andaba.... que andaba... Bueno, que
tal vez
le faltaría para regalar unas flores... Y yo supe que le había ido mal en las
carreras.... Entonces...
—¡Magnífico!
Entonces tú te entregaste al derroche en mi lugar, como un potentado.
—No, don
Carlos, no. No fué por ponerme en su lugar. No fué, señor, ni tiene
importancia. Poco es lo que eso me cuesta. Yo tengo un crédito a plazos con
aquel jardinero... —usted se ha de acordar— Giacomo Sassone, que es casado con
una parienta mía...
Suárez
Vallejo echóse a reír ante la serie de galantes compromisos que ese crédito
suponía; mas casi al punto lo inquietó una sospecha:
—Y a
quién le llevaste el ramo?
—A quien
iba a ser, pues... A la niña... A su novia...
El joven
se exaltó con indignada alarma:
—Qué
barbaridades son las que estás ensartando? De dónde sacas eso? ¡A que has ido a
decir allá...
Blas
retrocedió un poco: y confuso, pero convencido:
—De dónde
quiere que saque... Pero uno comprende, pues, señor...
—¡Te
advierto, pedazo de imbécil, que esa niña no es mi novia! Bajó la cabeza, y
blanqueando ojos y dientes con humilde malicia: —Cómo no va a ser... Si es tan
linda y tan valiente!...
En lo
recóndito de su alma, Suárez Vallejo vaciló entre darle un empellón o un
abrazo. Pero, insistiendo en su severidad:
—Bueno,
entonces. Te prohibo hablar una palabra más de todo esto. Lo que yo quiero
decirte es...
—Sí, don
Carlos—rió francamente—que no haga cosas de negro...
—Y que
tienes que respetar a esa señorita...
—Sí, don
Carlos—interrumpió otra vez, enclavijando las manos con veneración. —Sí, don
Carlos: como a una virgen de altar.
En su
ingenua humildad, creía que se lo ordenaban, porque a una señorita así, debía
ofenderla hasta la alabanza de un negro.
XXXI
Claro
está que, el viernes, las muchachas esperaban a Suárez Vallejo con la broma.
Pero él se mostró evasivo hasta la frialdad. Don Tristán, que asistía por
primera vez a las lecciones, había dicho con una entonación de indefinible
alcance:
—Habráse
visto ocurrencia de negro!...
Tato
estaba displicente; y aun que su desagrado estribaba en que la noche del
concierto, Adelita, viéndolo más decidido, abusó adrede, para coquetear durante
los intervalos con cierto galancete ocasional, declarándolo amigo de la
infancia, Suárez Vallejo atribuyólo al mismo asunto.
Conforme
siempre ocurre entre las personas de buena educación, la violencia separaba. El
joven comprendía que, a pesar de cualquier mérito, nunca resulta lucido el
papel de héroe policial. retenidas quien sabe por qué ocupaciones, doña Irene y
su hermana retardábanse adentro.
Para
mayor contrariedad, el episodio había trascendido, a pesar de las precauciones.
No se hablaba de otra cosa entre la servidumbre del barrio; de la policía debió
salir algo también; y por reacción comprensible, la misma reserva deformábalo
ya todo, cuarenta y ocho horas después. Esa tarde no más, los compañeros de
oficina, para enfadar al protagonista, sacándole de mentira verdad, narraban
una novela cursi, en la cual Luisa era la víctima heroicamente salvada de una
misteriosa agresión.
Encogiéndose
de hombros ante la habladuría, sin refutarla, que era tal vez lo mejor,
dirigióse aquél a la casa de los Almeidas; pero cuando estuvo próximo, no pudo
menos de advertir con disgusto caras curiosas en balcones y portales.
Pasmada
ante esa actitud, para ella absurda, Luisa agravaba con su silencio, que
parecía una participación, la severidad de Suárez Vallejo. Por qué, otra vez,
poníase así con ella?... Qué tenían todos para estar con ese gesto?...
La
lección desarrollábase fatigosa, insípida, visiblemente apremiada por el
profesor, cuando entró doña Irene. Abrazando por detrás la cabeza de Luisa, que
con lánguida gracia se abandonó a aquel mimo, su inquietud maternal, revivida a
cada momento, volvió, intempestiva, sobre el asunto:
—Qué
alegría verlos otra vez así, como si nada hubiera pasado...
Oyóse
distintamente en el comedor el timbre del teléfono.
—Son, de
seguro, amigos que felicitan... Tienen razón. La verdad es que fué providencial
la presencia de Suárez Vallejo.
El joven
comprendió, al acto, la necesidad de eludir en cualquier forma su intolerable
mérito.
—No era
serenidad lo que aquí faltaba, repuso en alabanza de Luisa; pero con tal
despego, que ésta palideció, cerrando los ojos como ante un golpe inevitable.
Doña
Irene estrechóla con más viveza:
—Encanto
de mi vida! Diga, Suárez, diga cómo la vió cuando se dió vuelta.
—Pero,
mamá... —suplicó ella casi gimiendo.
—La
verdad, afirmó el otro, falseando más la situación-la verdad es que recordaba a
Nausicaa cuando apareció Ulises náufrago y huyeron las doncellas...
—Dónde es
eso?... —preguntó vagamente don Tristán, a quien la cita había causado una
mortificante impresión de ridiculez.
—En la
Odisea, uno de esos poemas formidables que le gustan a la señorita, según
afirma Tato...
Pero éste
respondió esbozando tan sólo un vago ademán, mientras proseguía en voz baja su
conversación con Adelita , cerca de la ventana.
Doña
Irene miró a su vez con asombro a Suárez Vallejo. Luisa respondióle con
naturalidad:
—Verá
hasta dónde soy ignorante. No he leído la Odisea. Empecé la Ilíada, pero me
aburrió y la dejé.
Había
tanta inocencia valerosa en su mirada y en su voz, que él tuvo, clara, la
noción de la injusticia.
Iba a
replicar algo, arrepentido ya, cuando se oyó en el zaguán un rumoreo de visitas
que llegaban.
Barruntando
su objeto, aprovechó la coyuntura para escaparse, toda vez, dijo rápidamente,
que la lección tocaba a su fin.
En el
ligero atropellamiento que se produjo, al levantarse todos cuando aquéllas
entraron, Luisa allegóse a él.
—Hasta el
domingo, murmuró para él sólo.
Y como
creyera verlo vacilar:
—No?...
—apoyó con un soplo, temblorosa, sin atreverse a mirarlo.
—Hasta el
domingo, contestó él resueltamente en el mismo tono, y salió sobre la avenida
con el paso triunfal de la dicha reconquistada. Todo su fastidio desvanecíase
en una certidumbre deslumbradora. Había ya un secreto entre ambos...
XXXII
Tuvo ante
Cárdenas, no obstante, una explosión de mal humor:
—Mire,
hágame el favor de esconderme por ahí a Blas, porque no sé si me contengo
cuando lo vea. Le debo toda mi desgracia. Me ha creado una situación
desagradable, me ha hecho héroe de folletín, novio... qué sé yo! Es un idiota,
un verdadero idiota!
-No creo
nada de eso. Lo que hay, no más, es que la chica le gusta mucho.
—Bueno,
sí; es verdad; me gusta. Y por lo mismo—usted se va a asombrar, tal vez a
burlarse por lo mismo, tengo que inventarme una ausencia. Hay que evitar que
esto acabe mal... Como puede suceder... Porque ni yo tengo cómo... ni ellos
consentirían nunca... Conmigo... usted me comprende.
—Yo no
veo lo mismo. Es una exageración. Si la chica lo quiere, usted no tiene más que
hacerse de su carrera consular. Y para no andar con venias judiciales y
escándalos de esos...
Detúvose
un instante:
—Qué edad
tiene? Debe andar por los veinte años.
—Va a
cumplir diecinueve.
—Diablo!
Es un poco largo, pero qué se le va a hacer. Yo también opino que don Tristán
no ha de consentir. Es hombre de principios... Como todos los débiles—dijera mi
tío ...
—Pero
esto es hablar por hablar, amigo Cárdenas. Vea lo que he pensado. En el
ministerio, hay que comisionar alguno, o algunos, para la inspeción de dos
viceconsulados de frontera que parecen haberse convertido, por abandono, en dos
sucursales de contrabando. Nadie quiere ir, porque se trata de lugarejos
miserables y de un trabajo engorroso. Si pido eso, lo consigo en el acto, y me
gano un derecho a la futura designación...
Cárdenas
meditó un instante, acodándose sobre el bufete.
—Está
bien pensado para la carrera. Y es muy suya la ocurrencia. Fuera de que como
notario ya nada tiene que aprender. Pero no lo haga sin hablar con la muchacha.
No la va a olvidar con irse, y en semejantes lugares... Y para mejor la deja
enamorada, y vaya la pobre a sufrir por usted. Quien sabe!...
—Si lo
que busco es no hablarla, precisamente...
El
escribano púsose a mirar un rincón del techo, mientras se metía con el pulgar
una punta del bigote entre los dientes. Luego, bajando los ojos con simpatía
sobre él:
—La
quiere mucho, amigo Vallejo. La quiere mucho.
XXXIII
Las dos
lecciones siguientes parecieron restablecer la normalidad; y el miércoles por
la noche, Suárez Vallejo comió como antes con los Almeidas. Tía Marta había
intervenido, para reprochar a todos la injusta frialdad que sobrevenía hacia
él, como si no se tratara, dijo, de una noble acción disimulada con tanta
modestia. Pero desde el pasado viernes, acaso con motivo de alguna insinuación
de aquellas visitas cuyas miradas de mal contenido interés recordaba con
ansiedad, Luisa sorprendió entre Doña Irene y su hermana conciliábulos
nocturnos.
Iluminada
por su amor, ahora oculto como un secreto precioso, comprendió que de eso mismo
se trataba; y temblando ante un riesgo cuya gravedad presentía invencible, no
vaciló un instante en cometer la acción que habría tenido, hasta entonces, por
suprema vileza. Espió desde la puerta intermedia, pegada a la sombra, sin rubor
y sin miedo, en esa tensión de voluntad tremenda que sobre un hilo, un
tiritante hilo de esperanza y de dolor, defiende al ser adorado contra las
potencias de la fatalidad.
Tratábase
de discernir si alguna inclinación hacia Suárez Vallejo podía nacer en ella.
Pero hasta entonces, al menos, la tía Marta nada había notado. Ambas hermanas
convenían, por lo demás, en que dado el carácter de Luisa, cualquier
contrariedad, sobre todo si era injusta para él, podía provocar el temido
efecto. Lo mejor, puesto que nada se advertía, era seguir como hasta entonces,
y apresurar, acaso, un veraneo separador, dado lo prematuro de la estación
calurosa.
La
impresión del peligro templó a Luisa con dura limpidez. Sólo su mirada, de
valerosa y sombría fijeza, aseguró al amado la irrevocable fe en la fugacidad
de dos in stantes propicios.
Pero él,
desconcertado por su actitud, recaía en la pasada decepción. El domingo, sobre
todo, no había cambiado fuera de la lección una palabra con él. Abstraíase como
al principio en aquella luz remota de su propia mirada.
Entonces
decidió pedir en definitiva la comisión de visitar el consulado sospechoso, el
peor, el más lejano, con que así se prolongara su ausencia.
Obtúvola
sin dificultad, como esperaba.
XXXIV
Al final
de la comida, el miércoles, Luisa que tal vez le pareció más indiferente o más
contenta, lo que venía, en suma, a resentirlo con igual sinrazón, díjole que
acababa de leer la Odisea.
—He
hallado una cosa muy curiosa, añadió, dirigiéndose al doctor Sandoval que
paladeaba cerca de ella su café; una cosa que no quise decirle cuando chica,
porque ustedes se burlaban de mí. Las almas de los pretendientes, que se llevó
Mercurio, daban chillidos de murciélago. Así mismo oí yo el alma de la
chica—recuerdan?— que se murió en el hospital.
Refiriólo
sin ironía ni afectación, fijando en Sandoval su clara mirada. Desde muchos
años ya, nunca había vuelto a hablar de eso.
El doctor
preguntóle si estaba bien segura de no haber leído antes la referencia, fuera
del poema mismo.
Bien
segura. Pero, no fuera a creer que volvía a sus rarezas infantiles.
Al
contrario; pensaba distraerse un poco más, conforme se lo tenía recomendado.
Iba a hacerse socia del Corazón de María, donde las muchachas proyectaban
reunirse a coser para los niños pobres.
—Los
jueves y sábados, añadió con naturalidad.
Suárez
Vallejo, a quien no había mirado, sintió una recóndita impresión de consuelo.
XXXV
Puesto el
oído en la puerta obscura que daba sobre el costurero maternal, comprendió
Luisa que su actitud había acabado por desvanecer toda sospecha.
Doña
Irene y tía Marta llegaban a idéntica conclusión.
En la
nocturna serenidad dió las once un reloj lejano.
Un divino
soplo de amor palpitaba en la sombra inmensa.
La tía
Marta hablaba con melancólica lentitud, como meditando:
—Mejor es
así, pobre criatura! Tienes razón, Irene... Porque... aun
cuando la
necesidad lo imponga... ¡puede ser tan grave contrariar un afecto!...
—Y aunque
no llegara a ese punto. Pero qué violencia tener que despedirlo con algún mal
pretexto, o con un desaire, siendo tan caballero, tan culto, tan simpático... Y
no habría remedio... Por eso era mejor hablar, prevenirse... Tristán, a pesar
de su blandura, es en esto más intransigente que yo. Como todos los caracteres
impresionables cuando se aferran a un principio. Ese joven...
—Pero yo
no me refería a él. El hombre lucha, padece; pero anda, se distrae. El alma de
toda mujer digna del amor, es siempre una tragedia desconocida. Porque hay un
misterio que sólo el dolor enseña: muchos son los que pueden querernos, sernas
fieles, darnos hogar, hijos, consideración, fortuna. El que puede revelarnos el
amor es uno solo. Y con frecuencia, también, uno que pasa o que no llega...
—Y a qué
viene, Marta?...
La otra
continuó sin responder:
—Ese amor
puede no ser placentero... Causarnos a veces la vergüenza... Quizá la muerte...
Pero es la dicha! La dicha, que alcanzada aunque sea un instante, vale todo eso
y encanta la vida
entera.
Con qué facilidad contrariamos un afecto ajeno... La facilidad
criminal
de la puñalada...
—Pero
nuestra honra... Las obligaciones de nuestra clase...
—Ahí está
la tragedia. El honor del hombre arriesga y lucha. Mata o muere. Porque saber
morir, eso es el honor. Para nosotras no hay dilema. No hay más que morir.
Morir del alma, que es la verdadera muerte. Y para eso basta un instante. La
felicidad tiene su día sobre la tierra. Un día no más... y cuando pasa... La
honra, el deber, son imposiciones de los otros. Los indiferentes... No niego
que tengan razón. Pero ¿bastará tener razón para imponer una desdicha
irreparable?
—La vida
se rehace... El error sentimental de la juventud o de la pasión se repara...
—No se
rehace. No se repara. El secreto de la tragedia a que nacemos destinadas, está
en que la mujer no quiere sino una vez. Vive fiel a ese único amor, o muere sin
haber querido nunca. Esto no lo saben o no pueden entenderlo las dichosas que
han cumplido su destino. Y no lo digo por reproche. Al contrario... Pero una
vez, la primera y última, he querido satisfacer mi conciencia.
Calló un
instante. La noche profundizábase más tranquila y más pura.
—Mejor—repitió
volviendo a su frase inicial—mejores que Luisa nada haya sentido. Un afecto
imposible o desigual la mataría. Me causa, no sé por qué, la ansiedad de los
seres predestinados.
En la
sombría frescura de la serenidad, vibraba como un canto lejano el silencio
transparente de la noche.
—Dios
mío, Marta, me horrorizas sólo con decirlo! Cuando pienso lo que sería para
Efraim, para Tristán... Enamorarse así... De un hombre... sea lo que sea...
personalmente... Pero sin familia... sin padre conocido...
Bajo la
impresión de haber estado soñando, Luisa encontróse en
su
aposento, temblorosa y helada. Había huído como un soplo ante
la brusca
revelación.
Era eso,
entonces!
Todos, la
misma tía Marta que acababa de hablar con tanta nobleza, hallábanse dispuestos
a la iniquidad. Todos, todos, la sociedad entera, contra él solo, contra uno
solo que no era culpable.
Allá en
el seno del silencio y de la sombra, tendida en su lecho, fijos los ojos en la
tenebrosa pureza palpitada de estrellas que consentían desde la eternidad, juró
la constancia heroica, la trágica entrega, alma por alma, dolor por dolor,
falta por falta si lo exigía su fe, abriendo los brazos con irrevocable ademán
a su amor y a su destino.
XXXVI
Pasó dos
días muy atareada, buscándose pretextos para evitar la soledad y caer, de
noche, rendida. Huía de su propia esperanza como ante un riesgo mortal que era,
a pesar de todo, la espantosa incertidumbre: Comprenderá?... Por qué me
miró así?
Por qué ha cambiado de repente, con tanta indiferencia?...
Comprenderá?...
Comprenderá que lo querré siempre, sin pedirle nada, ni siquiera su afecto?...
Y esta
resignación, casi suave al principio, paralizábala bruscamente en un atroz
desamparo.
Asistió
el jueves, con dedicación ejemplar, a la costura para los niños pobres. El
viernes hizo con doña Irene la guardia del Santísimo Sacramento.
Cuando
volvió para la lección, dejando, de paso, a la señora en otra cofradía que
reclamaba su presencia, supo que Adelita había telefoneado la excusa de no
concurrir, porque doña Encarnación la necesitaba.
Tato, que
salía en eso muy elegante y perfumado con aquella esencia Jockey Club, que no
le gustaba, pero que la chica habíale impuesto como prueba de amor, declarando
insoportable cualquier otra, reveló el verdadero motivo de la ausencia a su
hermana, quien lo zahería por demasiado oloroso:
—Pretexto!...
—dijo con irónica resignación. Pero bien comprendes que no voy a jugarme su
cariño por un capricho o unas gotas de extracto. Se ha dado por resentida
conmigo, que soy el ofendido en realidad-política muy femenina por cierto-y me
exige que vaya a verla. Y como es muy bonita y la quiero mucho, iré. En suma,
es ella quien debe tener razón. No te parece?...
—Ojalá
sea cierto que la quieres como dices. Esto es lo importante.
—Y que
ella me quiera?... Eso no?...
—Me haces
víctima de tu fastidio. No te siento enamorado. Bien enamorado. Piensas como un
viejo: "las mujeres tienen siempre razón...". Un enamorado podrá
decir disparates, pero no lugares comunes.
Tato le
acarició la barbilla:
—Estás
preciosa y te admiro. Retiro mi frase, en homenaje a tu sabiduría. Bravo,
señorita! Razona usted sobre el amor como si estuviera enamorada.
Y ya en
el zaguán:
—Qué le
digo a Adelita?...
—Que la
quieres mucho!
Sintió de
golpe, como un alivio, el encanto de aquella despreocupada simpatía.
XXXVII
La tarde
habíase nublado con calurosa densidad; de suerte que cuando Suárez Vallejo
entró, el salón estaba casi obscuro.
Toda la
angustia de Luisa desapareció. La butaca habitual renovábale aquella confiada
blandura de reposo, unida a una franca satisfacción de que la tía Marta
demorara allá adentro.
Puesta
enteramente de negro, en homenaje a la devota "guardia", había
conservado su capelina de terciopelo, más por olvido nervioso que por
coquetería, aunque consciente ya de saberse linda para él.
En la
penumbra que, al fondo, el ébano del piano desteñía con difusa luminosidad, era
toda ella una larga sombra, cuya mancha precisaban, apenas, como dos toques a
contraluz, el vago nácar de la frente, y abajo, en incolora pincelada, el
reflejo curvo del escarpín. Su propia alma parecía exhalarse en la levedad
sombría del ámbar.
Quietud y
silencio realizaron un instante en la eternidad la perfección de la poesía.
Luisa
dejó caer sobre el regazo su mano de nítida palidez.
Y con
aquella voz de ronca ternura en que arrullaba la inocencia de su abandono:
—¿Era muy
chico, todavía, cuando se quedó huérfano?...
Suárez
Vallejo se estremeció profundamente.
—Muy
niño, respondió con asombro casi huraño. Tanto, que ni siquiera recuerdo a mi
pobre madre.
Dijo
"pobre" con sombría altivez, como defendiendo al acaso la doliente
memoria. Luisa afirmó con mayor dulzura:
—Yo la
habría querido mucho.
—No lo
dudo, porque usted es capaz ele toda bondad... Como de toda valentía.
—Lo dice
por lo de la otra noche?—preguntó ella, estremeciéndose violentamente a su vez.
Y con voz
más opaca, pero más firme:
—No fué
miedo ni valor. Sentí que tenía que seguirlo hasta la muerte.
Las manos
encontráronse con temblorosa intimidad.
—A mí?...
Luisa!... A pesar de todo!... Debo creer entonces...
Su
actitud respondía mejor que toda palabra.
Echada la
cabeza hacia atrás, vencidas las pestañas por una sombra misteriosa de ensueño,
el alma, visible en la tenue palpitación de los párpados, entregábase en la
boca entreabierta con la delicia casi dolorosa de un éxtasis. Un soplo tan
leve, que no llegaba a suspiro, tembló en sus labios. La embriaguez de la vida
imploraba en aquella sed de sumisa paloma.
XXXVIII
Salieron
del beso como divinizados por luminosa fuerza, convulsos de abismo, en un
asombro de resurrección.
Por el
rostro de la joven rodaron con lentitud lágrimas claras y ligeras.
—Luisa,
mi amor querido, no llores!...
Pasóse
ella, con sorpresa infantil, la mano por las mejillas.
—Si no
lloro... Si es que... Si es que he sufrido tanto por...
—Por
ti... —murmuró él con mimo.
—Y es tan
bueno llorar dichosa!...
—Luisa,
mi cariño, mi amor del alma!
Bajo las
lágrimas que corrían aún, su rostro encendióse con celestial sonrisa. Puesta,
ahora, de pie, refugió la cabeza en el pecho amado, rendida con segura
intimidad al brazo que la rodeaba:
—Quererlo
así!... Quererte siempre!
XXXIX
La vida
de Luisa aclaróse, como lejana, en una deslumbrada melancolía.
Ajena a
todos y a todo, aquella misma habitación tan íntima, donde había soñado desde
la niñez, mirábala con desabrida
extrañeza.
El día
siguiente a la confesión del amor, amaneció lloviendo. El rumor del agua fué
propicio al
XXXIX
La vida
de Luisa aclaróse, como lejana, en una deslumbrada melancolía.
Ajena a
todos y a todo, aquella misma habitación tan íntima, donde había soñado desde
la niñez, mirábala con desabrida extrañeza.
El día
siguiente a la confesión del amor, amaneció lloviendo. El rumor del agua fué
propicio al dichoso azoramiento de su despertar. Parecía la continuación del
sueño dulcísimo, logrado tras las semanas de angustia. Tan profundo en su
levedad, que volvió a la luz con un sobresalto de desvarío. Un deslumbramiento
de felicidad anegó su ser. "Luisa, mi cariño, mi amor del alma",
repitióse con apasionado asombro, cerrando los ojos, para poseerla mejor, a la
certidumbre de su cariño.
Pasó
largas horas ante la ventana, intentando, más que consiguiendo, hilvanar a
ratos alguna pieza de la caritativa costura; absorta realmente en el pausado
rumor de la lluvia sobre los árboles tranquilos. ¡Hacía tanto bien al alma su
lenitiva tristeza! Decía y guardaba con tanta su avid ad a la vez su tierno
secreto!...
Su
secreto sin confidencia posible, y más dulce y más puro así, puesto que todos
hallábanse dispuestos a condenarlo.
Qué
importaba, si sabían quererse bien! A despecho de todo, silencio, desconfianza,
error, se habían querido.
Embebíala
una distracción tan llena de él, que el alma se le iba con blandura
irresistible en la efusión de la lluvia, como si fuera el derretimiento
dulcísimo de su nieve virginal al delicado mimo con que él la enamoraba.
Cuán
tiernamente contábaselo la lluvia! Volvieron a rodar por su rostro las lágrimas
luminosas de la dicha.
En los
hilos de la lluvia lloraba también el amor su eterna quimera...
XL
Al entrar
esa noche en el comedor, estaba tan linda, que doña Irene sintió exaltarse una
vez más su orgullo materno.
—Ya ves
cómo te sienta salir un poco. Pareces una flor, aunque te noto algo lánguida
todavía. Se conoce que estás contenta.
—Soy muy
dichosa, mamá—respondióle con sencilla dulzura. Don Tristán contemplóla no
menos satisfecho; pero como su
mirada
insistiera un poco, ligero fuego animó sus mejillas.
—Yo te
encuentro, sin duda, mejor semblante—dijo aquél.
—Y es
verdad-intervino Tato chanceando. —Una carita de novia. La risa de la joven
brotó espontánea, si bien con claridad un tanto
excesiva:
—Y cómo
son las caras de novia?...
—Psch...
Cómo son!... Como los caramelos rosados. Una mezcla de ángel y de muñeca boba.
—Tienes
alguna en vista, para comparar con tanta exactitud?...
Y
animándose con picaresca volubilidad:
—Te
gustaría que estuviera yo de novia? Con quién?... Veamos...
—Con un
príncipe, nada menos—afirmó la tía Marta en tono de cómica solemnidad.
—Transijo
hasta con un duque—repuso Tato, continuando la broma.
La joven
volvió a estallar en una risa casi luminosa de cristalina:
—Mándame
traer uno, papá!
Ambas
hermanas miráronse satisfechas.
XLI
Bromeaban
aún con lo de la cara de novia, cuando entró Sandoval, a quien prodigaron, como
era justo, las felicitaciones por el éxito de su prescripción .
—No es
mucha ciencia recomendar aire libre y ejercicio. Pero a mi vez te felicito,
Luchita. Será o no así la cara de la novia... Lo que yo sé es que con ésa, más
de un novio te va a salir...
Sorprendióse
de experimentar un recóndito dolor al eco de sus propias palabras.
Comprendiendo que iba a quebrársele la voz, calló de golpe; y bajo el silencio
que sobrevino, su rostro adquirió, pronunciada como nunca, la ruda fiereza que
le era entonces peculiar. A doña Irene le pareció que enflaquecía de pronto,
como excavado por interno derrumbe.
Mientras
reponíase de aquella anómala emoción, prolongado el paladeo de su café, miraba
a Luisa de soslayo sobre el borde de la taza.
Ganada
por su abstracción habitual, vencíala ahora una suavísima plenitud de azucena.
Eran los ojos lejanos de siempre, los mismos, sin duda. Por qué no?... Lo
cierto es que su mirada parecía
abismársele
hacia adentro en la contemplación de una luz profunda. Sobre aquella delicia
absorta, una sonrisa que no llegaba a definirse materialmente, difluía en
cándida gracia su vaguedad.
"Ama
pensó él con desgarradora clarividencia—ama o va a llegarle la hora de
amar".
Y con
violenta arrancadura de cepa, sangróle bárbaramente, hasta írsele en palidez
mortal, la angustia del corazón mordido.
Tan
singular fué aquel trance, que casi al punto reaccionó en asombro. Su voluntad
enderezóse como un látigo.
—Mal
tiempo—dijo;—pesado, fatigoso... Acabo de sentir un vago
mareo...
—Sí, está
muy pálido—afirmó Toto.
—No será
nada. Vamos, Tristán. El aire y la marcha me harán bien seguramente.
Por la
puerta que acababan de entreabrir, azuleó afuera un ancho relámpago.
—Va a
seguir lloviendo—advirtió doña Irene.
—No
importa; vamos, Ignacio. El coche nos seguirá. Vienes, Toto?
—No,
papá, no salgo esta noche.
Y en voz
baja, para que sólo su hermana oyera: —Estoy penitenciado... —añadió con
malicia cordial. —Me alegro , dijo ella del mismo modo.
Aquel
secreto estremeció con nuevo sobres alto el alma dolorosa de Sandoval.
XLII
—Han
advertido qué delgado está?—dijo por él doña Irene. —Es que trabaja demasiado,
repuso Tato. Ahora habría que
recomendarle
a él un poco de ejercicio. Consultorio, visitas, cátedra, hospital... y de un
tiempo a esta parte, laboratorio sin perdonar domingo. Se mata estudiando,
junto con los muchachos de la Facultad, que lo adoran, aunque los tiene
aplastados de tarea. "Es un verdadero sacerdote de la ciencia", me
decían, ayer no más, Emilio Beltrán y Arturo Miranda.
Y animado
él también por la admiración y el afecto, refirióles que en ese momento
costeaba el doctor de su peculio y dirigía personalmente, la investigación del
nuevo método curativo ideado por un biólogo francés, Quinton, quien había
descubierto que los actuales seres terrestres, inclusive el hombre, son
originarios del mar, y que el recobro de la salud había que buscarlo en dicho
elemento. La sangre no era más que agua marina coloreada por un óxido de hierro
y conservada en sus venas por los animales que se retiraron del agua, con el
mismo tenor de sal y la misma temperatura que el mar tenía en los tiempos
primitivos. De suerte que la reposición del equilibrio vital perturbado en el
enfermo, podía ser una tonificación marítima. Verificaban ya la teoría curas
realmente estupendas de la anemia y la tuberculosis, mediante la transfusión
directa de agua de mar o de sueros equivalentes cuya preparación estudiaba el
doctor...
Pero como
advirtiera la distracción de Luisa:
—Lo cual
prueba, señorita—exclamó, mientras le cascaba junto a la nariz una castañeta
que la estremeció, como despertándola—lo cual prueba científicamente que las
mujeres descienden de "las sirenas de engañoso canto", como dijo el
poeta...
—Y los
hombres de los tiburones!... —rió doña Irene con su buen humor habitual.
Toto le
plantó con cariño burlón dos besos en las mejillas.
XLIII
Suárez
Vallejo y Luisa aprovechaban con gran prudencia las ocasiones de hablarse.
Muchas veces no podían hacerlo; pero esa misma contrariedad purificaba su amor
con la palidez ardiente de una llama esencial, y las almas iban desposándose
por los ojos en el apego de una dulcísima aflicción.
Enterado
por ella de la oposición que presumía, y que nada, seguramente, lograría
vencer, impusiéronse como primer sacrificio el secreto de sus amores.
"Nuestro tesoro escondido" había dicho ella con mimo delicioso.
Todo
seguiría igual, sin aparentarse mayor indiferencia, sin escribirse, salvo en
casos extremos, para evitar la infalible traición de las cartas, sin buscar
otras ocasiones de encontrarse, ni variar por parte de Luisa la resolución de
distraerse que aconsejaba el doctor. Así, hasta que ella, dueña de su
albedrío...
Mas una
sombra fatídica obscureció su frente. Suárez Vallejo sintió desvanecerse la
voluntad en la palidez de las manos que acariciaba.
—Te he
dado mi vida, afirmó resuelta; y si tú lo dispones, si debe ser así,
esperaré... Pero tengo miedo. —Miedo, mi amor?...
-Sí; no
sé de qué... Del destino... Del misterio...
—La
injusticia con nuestro cariño te inclina a los presentimientos.
—No es
presentimiento...
Acogióse
a él con intimidad casi espantada:
—Es que
esta dicha es demasiado grande para guardarla sin morir. Y temo...
—Luisa!...
—acertó él a implorar apenas, cubriendo de besos sus ardorosas manos. Cerró
ella los ojos, estrechándosele más, con un
susurro
de pasión desgarradora:
—...Y
temo que me mate tu amor antes de darte todo el mío. Con desesperado afán,
temblaron las almas un instante al borde
abismal
del supremo encanto.
El paso
de la tía Marta que atravesaba el patio, contuvo ese vértigo, quizá fatal, con
advertencia casi instintiva; mas el sacudimiento había sido tan hondo, que
aquélla los miró con vaga extrañeza.
XLIV
No podían
malograr, pues, para el resguardo de su secreto, los preciosos instantes; y en
la primera ocasión, Suárez Vallejo comunicó a Luisa su próximo desempeño de
aquella inspección consular, que ahora lamentaba haber solicitado, pero que no
podía ya declinar sin fomento de habladurías y conjeturas.
La
oportunidad de semejante ausencia era tan evidente, que heló el alma de Luisa
con irrevocable desolación. Pero no vaciló un instante. Llegaba el momento de
ser, por su amor, valiente como una esposa.
—Tardarás
mucho?—acertó tan sólo a preguntar en el reprimido sollozo de su ternura.
—De un
mes a cuarenta días... —respondió él, conteniéndose lo mismo. Es un sacrificio
indispensable a nuestro bien—añadió, mientras le alisaba los cabellos para
serenarla, infundiéndole con el protector ademán la fortaleza de su lealtad
viril. —Y queriéndonos como nos queremos, todavía nos querremos mejor.
—Mejor?...
Cierto?... murmuró, sombría y dichosa.
—Cierto,
mi amor. Y para esperarme más linda, y para que nadie sospeche de nuestro
"tesoro escondido", no te pondrás triste...
—No me
pidas eso por bondad o temor. Nada me será más querido que mi tristeza. Pero no
la verá nadie... Te lo juro... Lloraré sola. Y mientras pueda llorar, me
parecerá que estoy contigo.
Convinieron
en dar con habilidad la noticia, aguardando el momento oportuno. La sobremesa
tal vez... El propósito del uno y la tranquilidad de la otra, confirmarían su
recíproca indiferencia.
XLV
Esperaba
Suárez Vallejo al maestro de esgrima en la sala de armas del club, cuando entró
Sandoval.
—Qué
milagro, doctor! Bienvenido, después de tanto abandono. —Gracias, mil gracias.
Abandono, en efecto; pero con propósito
de
enmienda. Me he excedido un poco en el quehacer, y comprendo que necesito
recobrarme.
Suárez
Vallejo advirtió entonces cuán demacrado estaba. El tono jovial no correspondía
al rostro, cerrado con tenebrosa reserva. Una abolladura de petrificación
descarnaba sus facciones. Más canoso también, pero no emblanquecido de plácida
ancianidad, sino agrisado con rudeza de jabalí, aquella ceniza trágica,
sacándole al ceño con mayor lobreguez la borra de las entrañas, reanimaba hasta
lo feroz el "gesto de pirata" que solía mentar chanceando. Su boca,
gruesa de fiebre, parecía consumir un gusto de sangre.
—He
decidido volver al noble ejercicio—añadió—y como seguiré su ejemplo,
limitándome a lo substancial, cruzaremos pronto el fierro, si le parece...
Suárez
Vallejo asió al punto la ocasión que se le ofrecía para anunciar su viaje:
—Desgraciadamente,
no podré aceptar por ahora tan honrosa invitación. Salgo dentro de ocho días en
inspección consular y estaré ausente unas seis semanas.
La mirada
de Sandoval se iluminó.
—Asciende
a inspector, entonces?
—No
tanto. El escalafón no lo permite. Una comisión, no más, para ganar méritos.
—Me
alegro de lo poco, aunque usted merece más. Pero es una sorpresa...
Tomó un
florete del armero, y mientras probaba el temple:
—Una
sorpresa! Y qué dicen por allá... sus discípulos?... O nada saben? Anoche, al
menos...
—No hasta
ahora. Como no se trata de verdaderas lecciones, sino de un entretenimiento,
nada había que advertir...
—Pero no
es reservado...
—De
ningún modo, y menos para usted. Hace ya días que está aceptado y re suelto.
Los
labios del doctor entumeciéronse en una sonrisa penetrante como las aristas del
acero que examinaba.
XLVI
De
sobremesa con los Almeidas, esa noche, entre sorbo y sorbo de café:
—Conque
el profesor se les ausenta... —dijo de pronto.
—Quién!
Suárez Vallejo?—exclamo Toto. No sabíamos nada.
La
miradas convergieron curiosas sobre el doctor.
—Sí, para
una inspección consular que durará mes y medio según creo. Me lo dijo hoy
mismo, conversando, en el club.
—Pero
cómo no nos ha advertido nada... —comentó doña Irene. Luisa había alzado con la
habitual lentitud sus ojos serenos. -Seguramente mañana nos lo dirá-opinó con
calma perfecta. —De manera que los versos... —insinuó, irónico don Tristán,
hiriendo
la taza con triple golpecito.
—Una
lástima... —lamentó la señora.
Luisa la
miró callada y tranquila.
XLVII
"No
es él, entonces", pensaba el doctor con satisfacción dolorosa, en la
soledad de su bibliotec a obscura. "No es él", volvió a decirse,
abriendo la ventana sobre las tinieblas de la noche.
Desde el
momento en que atravesó su espíritu la convicción fatal: "ama",
sospechó naturalmente de Suárez Vallejo. La actitud de ambos jóvenes desvanecía
su conjetura. Mas, lejos de aliviarlo, la consiguiente ansiedad le enconó el
tormento.
Miró la
sombra con desolación salvaje. Aquell a infinita obscuridad era la imagen de su
infierno sin salida.
Sin
engañarse un punto, desde la noche en que bajo esa fatal convicción había
vuelto a encontrarse allá, a solas con su conciencia, la idea de estar
irremisiblemente perdido impúsole su corrosiva nitidez...
Habituado
al análisis implacable por temperamento y hábito, hecho a las confrontaciones
definitivas con el peligro y el dolor, en esa tremenda serenidad que da el
dominio de la muerte, la pasión bruscamente revelada fué desde luego una
condena.
Formada
en la subconciencia indomable, como que es el alma obscura de la especie,
latente en cada ser así encadenado a su eterna continuidad; robustecida por los
años ya irrevocables; imposible y lastimosa hasta el ridículo; absurda hasta la
demencia— no dejaba otro recurso que morir para no verse lentamente devorado.
Cáncer del alma, que aparejaba la agonía sin tregua en el silencio y el
disimulo, ya que la sola idea de semejante amor infundiría a esa alma pura un
horror de incesto.
Comprendía
al súbito golpe el sentido trágico de la fatalidad.
Sus
veinte años de austeridad solitaria en la ciencia y en el deber, venían a dar
en eso! En esa obscura traición del destino! Síntoma y
no causa,
la herida en que se revelaba de pronto aquella pasión, aquel mal recóndito
difundido a ciegas por todo su ser, no se curaría.
Una idea
poética, porque era de amor, amargó su alma con irónica tristeza: el árbol
tardío florecerá solitario...
Entonces,
si era inútil mentirse propósitos de resistencia, forjarse la ilusión de
olvidar, en la cobardía de una esperanza insensata, valía más morir.
Valía
más. Su vida estaba ya vivida. A nadie perjudicaría su desaparición. Quedarse
acá o allá, antes o después, viene a dar lo mismo en un camino sin llegada.
Morir,
sin duda. Pero morir era dejarla! No verla más para siempre. Para siempre!
Quitarse hasta el consuelo desgarrador de padecer!
Era algo
mucho más cruel que dejarla. Era dejársela a otro!... Al otro!... A ese otro
que presentía ya, triunfante en la sombra. Feliz, feliz!... Monstruosamente
dichoso de ser amado!
Como
estrangulados por su propia tortura, sacudiéronlo un rato sollozos casi secos,
de iñaudita violencia.
Al rugido
de la fiera despierta en ese dolor, pareció responder el sordo trueno de la
tormenta que se alejaba.
Clavó de
golpe, llenos de aterradora serenidad, sus ojos áridos en la sombra
relampagueada todavía.
"Decoración
de ópera romántica"—pensó con feroz sarcasmo. Pues su vida acababa de
quebrarse entera bajo ese desvarío
cuya
racha de huracán le abatió el alma como un trapo.
En el
cavernoso hueco que todo él era ahora, renacía una voluntad formidable. Sintió
desmesurado su poderío hasta el vértigo, sabrosa hasta la dentera su atrocidad,
abismada su pasión en perversidad de crimen. Y con una decisión cuya lúcida
firmeza desolaba hasta el horror su negro diamante, sentenció en la plenitud
del silencio y de las tinieblas:
—Puesto
que no puede ser mía, tampoco será de nadie. Largo tiempo después, bajo el
lucero como nunca límpido en el
cielo,
aclarado ya, Sandoval lloraba dulce y profundamente, con sus últimas lágrimas
de piedad, la desventura de su cariño inmolado.
XLVIII
—Cómo es
que se nos iba a ir sin decirnos nada!...
Al
cariñoso reproche de doña Irene, Suárez Vallejo respondió lo debido, con amable
mesura.
Su
propósito fué advertírselo, por cierto, ésa misma tarde. Como no era por mucho
tiempo, ni su ausencia reportaría inconveniente alguno...
—Al fin
seré yo quien más los extrañe, dijo con sinceridad.
—No veo
el motivo, replicó Luisa. Nos extrañaremos igualmente, como buenos amigos.
Y feliz
hasta la travesura, al sentirse envuelta en su mirada de amor:
—Porque
no creo que se proponga hacer el cónsul sentimental!...
—Después
de Stendhal, sería cursi—afirmó él riendo de buena gana.
Aquella
malicia dichosa tornábasela más adorable.
Una
severa mirada de Tato contúvola con ligero sobresalto.
—Y cuándo
es el viaje?—preguntó la tía.
—El
jueves próximo. Salgo por el nocturno de las diez.
—Así es
que comerá el miércoles con nosotros...
—Y será
mi mejor augurio de viaje y mi mejor recuerdo.
—Supongo
que nos escribirá.
-Francamente,
lo haré si hay por allá algo que merezca la pena; y desde luego, sin reclamar
contestación.
—Porque
es tan fastidioso escribir cartas... —aprobó Luisa con indolencia.
No hubo
ya lección esa tarde; y como Adelita continuaba exigente, Tato salió. Pero los
enamorados no tuvieron sino un momento muy breve para hablarse. El domingo, con
todo, ya que
esa tarde
parecía imposible, procurarían darse el último beso. El último beso! Luisa
palideció.
—A menos
que otro día... el lunes o martes... poniéndonos de acuerdo... —insinuó él con
penosa ansiedad.
—El
jueves a esta misma hora—dijo rápidamente, al advertir que alguien se
acercaba—quiero que la pases pensando, solito, en mí.
Como doña
Irene entrara, Suárez Vallejo pudo prometér selo con la mirada solamente,
enternecido casi hasta el dolor ante aquella delicadeza de su ternura.
—Hablaban
del viaje? preguntó doña Irene.
—Sí,
señora. Estaba lamentando yo lo embarullado de mi apronte. Para un hombre solo,
todo es problema. Y después, la cachaza oficial... Figúrense ustedes que el
ministro no firmará sino el mismo jueves las órdenes de pasaje. Con lo que,
hasta eso de las tres, nada sabré en definitiva. Sin contar otras mil cosas.
Sólo al anochecer, a esta hora-añadió, mirando fijamente a Luisa-podré
dedicarme a ultimar mis preparativos.
La joven
sonrió vagamente, con sobrentendida conformidad. —Pero, no tiene quien se
comida?—insistió doña Irene. Su
cochero
que le es tan adicto?... La dueña de la pensión?...
—Estoy
tan acostumbrado a manejarme desde la niñez, que me estorba cualquier ayuda. Y
luego, antes de salir para un viaje largo, siempre es útil recapacitar un
momento a solas...
—Aunque
allá donde va, sobra tiempo, de seguro, para la meditación. Parece que es un
lugarejo tristísimo. Cómo irá a extrañar el tráfago y el ruido de esta ciudad!
El centro es una verdadera vorágine.
—Sí,
señora; pero el barrio donde vivo, resulta por su modestia y su tranquilidad
una anticipación de la aldea.
Callaron
entonces.
De la
quinta ya casi anochecida llegó clarísimo el flauteo del zorzal. En la
meditabunda paz, aproximó las almas una dulzura de acongojada simpatía.
XLIX
El
destino tornábase adverso para Suárez Vallejo y Luisa, que el domingo, contra
toda esperanza, tampoco pudieron hablarse. Precisamente cuando uno y otra
tenían como nunca un mundo de cosas que decirse.
Violentando
su propia recomendación, Suárez Vallejo había pensado en la carta, al parecer
inevitable; mas ella provocaría una respuesta no menos segura, con riesgosa
complicación de intermediarios.
Decidió,
entonces, publicar el jueves un romancillo que leería la víspera a los
Almeidas, poniéndolo para mayor precaución entre otros dos de asuntos distinto.
La verdad era que tenía olvidado el género. Doña Irene habíaselo recordado poco
antes, lo cual daba más oportunidad a su ocurrencia.
Entre
varios inéditos que guardaba, eligió dos para primero y final.
El otro
decía:
EL TESORO
ESCONDIDO
Separaba
a los amantes
La
inclemencia del destino.
Tanto
rigor les oponen,
Foso y
muro del castillo,
Que ni
mirarse podían,
Ni
convenirse por signos,
Uno del
otro alejados
Tras
cortina de granito.
Tanta
palabra amorosa
Que les
inspiró el cariño,
Para los
tristes no vale
Lo que
esa que no se han dicho.
Esa que
no se dijeron,
La más
preciosa habrá sido.
El
silencio en que la guardan
Forma su
peor suplicio.
Tanta
mirada que otrora
Les
prometió el Paraíso,
Nunca
igualarse podría
Con
aquella que al descuido
De la
sospecha celosa,
Del
comentario enemigo,
Les
juraría un infierno
Mejor que
el cielo perdido.
Tanto
beso que se dieron,
Más
embriagador que el vino,
Ante el
que no pueden darse
Lo catan
ya desabrido.
Una vida
en cada beso
Se han
jugado con peligro;
Mas: con
la muerte compraran
El que
darse no han podido.
Un tesoro
que tenían,
Ocultar
han conseguido.
Suplicio,
infierno y tesoro,
Por junto
llevan consigo.
El
infierno era la ausencia,
El
silencio era el suplicio,
y el beso
que no se dieron
Era el
tesoro escondido.
L
Suárez
Vallejo leyó en la sobremesa del miercoles su tríptico anticipado a manera de
homenaje que mereció, por cierto, unánime aplauso. Hallábanse presentes también
los íntimos de la casa, Adelita y Sandoval: ella tan bonita y elegante como
siempre; el doctor un poco más rehecho al parecer.
Luisa
había estado admirable de naturalidad; y con ser aquellos versos los primeros
que inspiraba su amor, no menos que inminente la despedida, nada traicionaron
su palabra ni su expresión. El mismo Suárez Vallejo sintióse asombrado ante esa
sencillez tan noble como valerosa. Cuánto y cuánto más la quería así—tan digna
de su tesoro escondido...
La
primera en opinar fué Ade ita:
—El que
más me gusta es el segundo romance... El Tesoro... —A mí también, dijo Luisa
con su acostumbrada serenidad. —Es que es precioso!—encareció doña Irene. Digno
de un
verdadero
poeta.
—Un buen
poeta!—confirmó don Tristán, buscando la cucharilla que le faltaba para su
triple percusión.
—Y pensar
que son los primeros versos suyos que consiente leernos!... —dijo la tía Marta.
—Es que
hay tantos mejores, que la discreción resulta una habilidad.
Sandoval
había sentido cruzarle el alma un soplo de alivio, semejante a la ráfaga de una
olvidada primavera. La actitud de Luisa despistábalo a él también.
—Ocupe
sus ocios por allá, dijo a Suárez Vallejo, en componer otros poemas. Es una
lástima que entre tanto libro malo, no nos dé
usted el
bueno, y muy bueno, que podría. Esos versos son lindísimos. Aprovechó usted con
maestría el tema de la ausencia.
—Con una
melancolía tan discreta y delicada!... volvió a decir Adelita.
—Discreta
y delicada. Es lo justo—aprobó Tato sonriéndole. Llegó el momento de la
despedida. No era cosa de mayor motivo
para
demostraciones, como había dicho el mismo viajero, y todos esforzáronse en
simplificar la escena. Fué casi lo mismo que habitualmente.
Observada
a hurtadillas por Sandoval, Luisa no varió lo más mínimo su actitud. Tendió
como siempre la mano al "profesor"; y sólo la iluminación fugaz de
sus ojos, expresó al amante la dicha orgullosa que le inspiraba el poeta de su
tesoro.
LI
La
actitud de Luisa, que admiraba cada vez más, aunque sin salir de su primer
asombro ante ella, ayudóle a dominar la impresión de orfandad desolada cuya
habitual congoja habíalo asaltado al hallarse en la avenida desierta.
El jueves
temprano, entrevistóse con Cárdenas a quien nada decía de sus amores, aunque el
malicioso escribano le sacaba por la cara, en silencio prudente y regocijado a
la vez, su feliz secreto. Quería hacerle los últimos encargos:
—Ya que
se empeña en asignarme emolumentos, aunque en la práctica que adquiero está mi
retribución, cuando paguen los honorarios de aquellas escrituras, mándele
abonar a mi patrona la pensión atrasada de M. Dubard. Le he salido fiador sin
que el pobre viejo sepa, porque de seguro no lo habría aceptado. Ya sabe lo
delicado que es. Pero visítelo en mi nombre. Está muy enfermo. Va a durar poco,
me parece... Del sueldo que me cobre, páguemele a Blas su mes de coche, o lo
que salga hasta mi regreso. Y creo que ya no tengo más molestias de darle...
Ah, sí, me olvidaba. El pícaro aquel del asalto, va a salir pronto en libertad.
Agradecido a mi declaración compasiva, y dispuesto a enmendarse, me pide que le
consiga un puesto de ordenanza. Queda con la mano falseada del torcijón que le
di. No podrá volver a su oficio de estibador y me parece listo. Quizá como
portero de la escribanía...
—Buena
pieza la que me recomienda! Ya fué un error esa declaración favorable. Yo
habría dejado que lo procesaran, como era justo, por atentado criminal. Pero
usted con su sentirmentalismo!... Usted y...
—Ella es
quien lo ha perdonado.
—Me lo
imaginaba. Claro! Claro! Sí, pues. Perfectamente claro!
Ambos
rieron con franqueza.
—Bueno,
prosiguió Cárdenas. Veremos... Aunque sin prometerle nada, eh?... En cambio, me
ocuparé gustoso del viejo Dubard. Hace mucho que no lo veo.
—Está
siempre muy rosadito; pero flaquísimo, encorvado. Parece, el pobre, un
langostino. Visitelo, que es obra de caridad.
La
patrona de la pensión había visto a Suárez Vallejo en son de consulta; pero en
realidad para quejarse del trimestre que el profesor le adeudaba. Cada vez más
imposibilitado de trabajar, si no le despachaban la jubilación durante las
próximas vacaciones... — adiós mi plata—concluyó con sardónica avaricia.
Suárez
Vallejo garantió la deuda hasta entonces, exigiendo en cambio toda la
consideración que merecía tan fiel y antiguo cliente.
LII
Fué a
despedirse del viejo, no bien regresó del ministerio con sus pasajes.
Hallólo
más abatido por el disgusto de su situación que por su dolencia; y para evitar
una negativa o la aflicción de una escena de miseria y gratitud, atribuyó a la
patrona la concesión de un crédito hasta aquella jubilación en moroso trámite.
El se encargaría de esto a su vuelta; y mientras tanto, podía ir ocupando a
Cárdenas.
Animado
por aquella cordialidad, el enfermo venció sus escrúpulos, hasta advertirle que
le encargaría la colocación entre sus relaciones de ciertos libros antiguos y
valiosos cuya remisión iba a pedir a Carcasona, su ciudad natal, y que esperaba
recibir cuando él regresara. Eran todo su patrimonio, del que nunca había
querido deshacerse; pero la vida parecía empeñarse en disponer otra cosa.
Suárez
Vallejo le estrechó la mano, conmovido por su sencilla dignidad.
LIII
La
satisfacción que su buen proceder causábale, tornósele melancolía no bien se
halló a solas en el cuarto revuelto.
Así,
pues, iba a partir sin verla. Cometía, en suma, un imperdonable exceso de
preocupación al no llevar su retrato. Una cabecita suya, siquiera!...
...¡Y
nada más que una cinta y unas flores secas—quién iba a creer—queriéndose tanto!
La
ausencia empezaba ya.
Caía la
tarde sobre el barrio tranquilo. Para aislarse con sus recuerdos, había cerrado
puerta y ventana, encendiendo apenas su lámpara de noche.
Mientras
tanto, ultimaba su arreglo. Todo se hallaba en orden: muebles, libros, ropas...
Minucioso adrede aquel apronte, para mayor distracción.
Quedábale,
sólo, abierta sobre la mesa, la valija de mano. El silencio de la calle
desierta aumentaba su impresión de
soledad.
Hasta las palomas del tejado enmudecían ya recónditas. Mas, llegaba la hora de
cumplir lo prometido a la bien amada. Qué haría ella? Lo mismo, sin duda.
Estaría despidiéndose con el
alma.
Allá, en la butaca de costumbre. LIorándolo tal vez sus ojos queridos.
Empezó a
pasearse con lentitud en la soledad, como ella había dispuesto, cuando llamaron
a la puerta. Giró resueltamente el pestillo, y Luisa se echó a sus brazos
estremecida de sollozante pasión:
—No puedo
quedarme así! Es demasiado cruel!... Demasiado triste!
Delirio,
riesgo, asombro, fatalidad, ahogáronse en el beso de ansia y olvido.
—Amor
mío!... Mi amor del alma!
Estrechóla
contra su estallante pecho, en el extravío de un deslumbramiento milagroso. Y
el vértigo del beso volvió a abismarlos en un gemido de amor.
Pero
ella, desprendiéndose con turbación ingenua:
—Me
perdonas?
—Qué
puedo perdonarte yo, mi dulzura...
Estaba
completamente de negro, como aquel día. Quitóse el sombrero, en una deliciosa
seguridad de posesión.
—La
puerta... —indicó sin mirar, velando su voz con intimidad resuelta y grave.
—Nadie
puede oírnos, aseguró él echando el cerrojo. Temblaba todo, ahogado por una
emoción rayana en espanto. Anduvo ella hasta la mesa, donde apoyó su mano con
naturalidad:
—Qué
lindo es acá!... Donde tú vives—exclamó, maravillada con gentil sencillez,
mientras sus ojos recorrían el ámbito a media luz. Creí que tenías más
libros... —añadió por los dos armarios donde se alineaban.
Estremecióla
en eso un vago terror.
—Qué
silencio!... —dijo.
—Has
pensado mucho, acá, en tu Luisa?
—Lo que
hallas hermoso en este pobre cuarto de pensión , es que está lleno de tu
imagen.
Alisóse
ella, lentamente, con los pulgares, el cabello en las sienes, mientras su
mirada humedecíase de ternura.
Y para
eludir aquel soplo de miedo que la subyugaba otra vez, bromeó, tocando la
valija mal colmada:
—Arreglo
literario...
—No, dijo
él dulcemente. Dejo siempre un hueco para algún imprevisto de última hora...
Una
sonrisa de malicioso misterio insinuóse apenas en los labios de la amada.
Y con sus
ojos iluminados de triunfal alegría:
—Tú no
pensaste, verdad?... No creías?... No sospechaste nada?...
Ahor ,
sí, comprendía. Comprendía todo y la quería mucho más por ello: su actitud, su
seguridad, su tranquilidad ante la despedida. Volvió junto a él, serenada, y
sentóse en el diván, mientras él lo
hacía a
sus pies, para beberla mejor con los ojos, como a una estrella. En lo suyos
brillaban, juntamente todavía, la alegría y las lágrimas.
—Nuestro
tesoro... —murmuró con aquella sonrisa celestial, en un susurro de ensueño.
Diré todos los días tus versos, para ir besando cada palabra al salir.
Estrechóla
él con intimidad más profunda. Pero, de pronto, lo estremeció una alarma:
—Cómo has
hecho, amor?...
—No te
inquietes. Me valí del taller de costura. Tengo dos horas para ti... Para
nuestro cariño... Malo que te vas!—añadió con mimosa queja.
Y
encendiéndose en ligero rubor:
—Me
confié a Blas, que me ha traído hasta aquí cerca, y me esperará. Como me cree
tu novia... el pobre!...
Dilató él
una mirada de asombro.
—Para el
taller y para casa, ando yo en comisión de compras. Tengo ya en el coche el
paquete de géneros. Y si supieras lo que contiene también...
Sin
esperar su respuesta, inclinóse más, y mirándole bien de cerca los ojos con una
especie de amorosa picardía:
—Aquel
trajecito escocés que te gustaba. Porque pensé que tal vez tuviera que irme
contigo...
Suárez
Vallejo alzóse hasta el diván, cubriéndole de besos el rostro. —Cuánto te
quiero!... Mi alma!... mi "mía"... mi valiente!... Pero
eso...
—Sí, sí,
es una locura. La locura con que yo también te quiero! Dobló la cabeza sobre el
hombro amado con honda queja de
ternura.
Mas, él
consiguió sobreponerse aún, con energía valerosamente desesperada, al arrebato
de sobrehumano delirio que desordenaba en huracanado empuje su corazón.
—Una
locura que comprometería sin remedio nuestra dicha...
Nuestro
pobre dicha, tan contrariada ya.
Hubo un
momento de silencio palpitante.
—Y si
fuera mejor... —insinuó ella todavía.
Temblaba
entera, casi hasta el dolor, en la caricia de aquel brazo que ceñía su
aflicción desamparada.
Pues cuán
desvalida y miserable sentíase ante la inmensa soledad... Ahora que iba a
perderlo.
—No me
dejarás así!...
Su voz
tornóse tan opaca, que era un aliento. El no acertó más que a bebérsela en un
beso, ebrio también de aquel aroma que era el divino regalo de su juventud.
El regalo
que le hacía, no por el deleite más temido que apetecible, sino para
descansarse el corazón de tanto querer. —Así, sola mi alma!... Volver así, a mi
casa que siento ya ajena, entre los que no saben comprender nuestro amor... Y
te desprecian!... No, no; nunca! Por eso he tomado, como dicen, una suprema
resolución.
—Entonces,
mi adorada...
Entonces,
agonizado en congojosa dulzura el arrullo de su cariño, cerró ella,
estremecida, los ojos, abandonando aun más sobre el hombro amado su cabeza
rendida de amor y fatalidad:
—Me iré
contigo o volveré tuya.
LIV
La aldea
frenteriza donde se hallaba el consulado en inspección, salió peor de lo que
Suárez Vallejo imaginaba. Extranjero y desagradable a la población cuya
prosperidad estribaba en el contrabando que iba él a suprimir, su aislamiento
era total entre las dificultades multiplicadas por la conjuración del
vecindario. Todo el mundo estaba secretamente con el cónsul, taimado vejancón
de cepa mestiza, que comenzó por declararse enfermo para atrasar la indagación.
Fué
evidente, desde luego, el propósito de aburrir al comisionado con la
prolongación de su permanencia en la desapacible fealdad de ese villorrio de
páramo, sin más posada eventual que la casa de posta, donde el alojamiento era
un favor de la concesionaria, misia Dalmira de Urioste, viuda y heredera de
aquel servicio fiscal, vitalicio ya para su finado.
Por
suerte de Suárez Vallejo, como la mensajería aparejaba el correo, y de este
modo una doble institución hostil al contrabando, con el cual nunca transiguió
el difunto, misia Dalmira púsose de su parte, asegurándole así la mitad del
éxito. Favoreciólo también, a no dudarlo, la circunstancia de ser ambos
compatriotas, según habíaselo dicho la hospedera, aunque de pasada y con
visible intención de eludir detalles, quizá en resguardo de una explicable
neutralidad. No excedió, pues, la consideración hospitalaria, que por lo demás
creía deber, como servidor a del Estado, al funcionario de un país vecino; y el
joven comprendió a su vez, que en la prudencia consistía el mejor modo de
agradecerlo.
Fuera del
consulado que le ocupaba el día con sus papelotes embrollados adrede, o de una
que otra excursión de pesquisa al inmediato poblacho de su bandera, limítrofe
arroyo por medio, y
también
contrabandista sobre aquella fácil vaguada internacional, no salía de su
habitación, bastante cómoda, por cierto, hasta resultar envidiable en las
siempre frígidas noches.
Sobrábale,
por lo demás, para distraerlo, la melancolía de la separación, en la inmensidad
de su ventura. El recuerdo de la hora divina lo embargaba tanto, que no sentía
ningún deseo de escribir. La grave situación creada con aquéllo, preocupábalo
sin angustia. Era un encanto más de la consumad a dicha. Ella lo había querido;
y al fundirse así sus dos existencias en una sola vida, realizando el triunfo
eterno del amor, inevitable como el destino, sólo le quedaba la congoja de no
verla.
Cárdenas,
por suerte, escribiríale algo. Al pie del vagón, junto con el abrazo de la
despedida, obtuvo para colmo de felicidad esa certidumbre consoladora.
Temeroso
de que Luisa no acertara a explicar su ausencia, había padecido cruel zozobra
hasta una hora antes de la partida.
En vano
procuró aquélla tranquilizarlo, radiante de inspirada seguridad. Entonces
imaginó ella misma el recurso.
Si nada
le ocurría al regreso, como estaba cierta, enviaría a Adelita con un criado,
cierto álbum de música pedido poco antes en préstamo por aquélla. Apostado a la
vuelta de la esquina, Blas tendría en eso la seña de que todo anduvo bien,
avisándolo acto continuo a Suárez Vallejo. Mas un inconveniente cualquiera
retardó sin duda el envío, y sólo cerca de las nueve apareció el negro con la
esperada noticia.
La
alegría que por reacción sobre aqueIla última inquietud lo dominaba, no escapó
a la perspicacia del escribano. Con lo que, aprovechando la batahola del andén:
—Me
alegro—dijo—que se vaya tan contento.
La
ternura dicho sa desbordó sele en ex pansión de correspondida amistad:
—¡Amigo
Cárdenas: abrace a un hombre feliz!
—Con toda
el alma —...y por ella también!-exclamó, noblemente conmovido.
Revibraba
ya, perentoria, la pitada de prevención.
—No puedo
decirle más, amigo Cárdenas. Es un secreto. Tenga cuidado... Figúrese que ni
nos escribiremos... Usted, en cambio,
hágame un
servicio... Otro entre tantos que ya le debo... Cuando la vea por ahí... dos
líneas—sabe?—con su impresión.
—Quién
fuera poeta como usted para mandársela en verso!
Y en la
calma de aquel villorrio lejano, Suárez Vallejo repetíase por milésima vez lo
que se dijera ya, al precipitado ritmo del tren en marcha:
"¿Qué
he hecho yo para que me sea dado poseer en el amor y la amistad toda la dicha
de la tierra? Predestinado al abandono, en la implacable fatalidad de mi
condición, un día cae para mí una estrella. El destino existe, entonces; y al
impulso del mismo azar que puede acarreamos la desgracia, nos hace dueños del
tesoro escondido que tan pocos encuentran, aunque en buscarlo consista al fin
para todos la inmensa pena de vivir..."
¡Si
aquello era tan hermoso, que angustiaba con su pureza excesiva!... ¡Si,
despierto y todo, no podía ser más que una quimera la posesión de la celestial
criatura!...
Horas y
horas embebíalo la sublime bobada de evocarla en la cintita que él mismo le
desprendió. Esa que, así, era más suya...
En el
ámbito de la noche montañesa sentíase la palpitación de la inmensidad. El
silencio era tan sutil, que dentro del propio oído zumbaba con tenuidad musical
el ritmo de la vida en el canto de la sangre.
Sobre la
mesa de noche, el reloj abierto acompañaba con su elemental golpecito, que en
la soledad remota adquiría una importancia personal de palabra.
LV
Corría ya
la tercera semana de inspección, en un aislamiento forzado cada vez más por la
malicia lugareña y sin otra novedad consoladora que una carta del escribano,
llegada poco antes.
Había
visto a "su chica" en el teatro, linda como nunca, aun cuando un poco
distraída, por más que así fuera su natural, y asediada, entre gemelos y
visitantes, por media docena de pollos con los cuales departía no sin
animación. Era todo, en suma, aunque el buen amigo lo prolongaba con detalles
que no carecían de agudeza. No había nombres propios, por discreción; pero dos
o tres bocetos valían la tinta en ellos gastada: "...apareció en el palco
aquel secretario crespito y cachetudo, con su naricita de botón plantada entre
los ojos redondos, lo que le daba un aire de payaso afligido..." O bien:
"un mulatillo largucho, que desde el pelo a la punta del frac parecía
untado de una dedada de betún". Y todavía: "Sólo una vez la vi
sonreírle cariñosa al doctor, que estaba detrás con su cara de verdugo..."
Contra lo
que esperaba, aquellas noticias causáronle una enorme tristeza.
Tranquilizábalo
sin duda el disimulo de Luisa, por la presencia de ánimo que revelaba. Pero la
soledad parecióle ya intolerable. Iba en verdad demasiado largo aquéllo. Y lo
peor era que no podía apurarlo ya, por temor de complicar algún inocente.
Chocóle
asimismo la excesiva jovialidad de Cárdenas, quizá rebuscada con mejor
intención que ingenio. Sobre todo aquello de "su chica"... Tonto,
vulgarote...
No
obstante, acostado ya, leía por décima vez la carta, cuando en una súbita
agravación del silencio, notó que el reloj acababa de pararse.
Habíale
dado cuerda, sin embargo, y lo comprobó acto continuo. Sacudiólo en vano, movió
los punteros que señalaban la una menos diez, con resultado igualmente nulo...
—Será el
frío—díjose con la anticipada molestia de la dificultad que suponía una
compostura en tal paraje.
Y volvió
a su meditación.
LVI
Consultada
al respecto, doña Dalmira indicó que en el pueblo vecino, el agente consular de
Turquía, comerciante acopiador, solía también oficiar de relojero.
Suárez
Vallejo recordaba haberlo visto una sola vez, cuando se lo presentó por
cortesía oficial el encargado de la Aduana, quien apreciábalo, según dijo, como
hombre serio y capaz. Habíale causado, en efecto, buena impresión su tipo
enjuto, de ojos verdes y corva nariz, que tornaba más aguileña el relieve de
pómulos y mandíbulas.
Volvió a
satisfacerlo la comedida mesura con que lo recibió, ajustándose acto continuo
el monóculo de aumento para examinar la avería. Su tupido cabello gris brillaba
como un terrón de galena.
En el
silencio del despacho interior donde lo introdujo por cortesía, crujió, neto,
el probado resorte.
—No tiene
nada—murmuró sin levantar la cabeza. Et pourtant e'est drole, ma foi!...
—Quizá el
frío... —insinuó Suárez Vallejo, empleando también el francés.
—No, no
es el frío. Estos relojes suecos se hallan lubrificados con aceite de quijadas
de delfín, que nunca se congela. Rica máquina!
—Es la
primera vez que falla en doce años.
Continuó
el examen, a prueba minuciosa de palanqueta y punzón. Y de golpe, quitándose el
monóculo, el hombre le devolvió la
prenda:
—No tiene
nada—dijo. —Llévelo consigo, y un día de éstos echará a andar por sí solo.
Suárez
Vallejo le agradeció la receta, si bien interpretándola como una evasiva.
El otro
pareció no advertirlo. Atusándose el ya encanecido bigote, envolvialo en una
mirada singular, cual si estuviese, a la vez, próximo y lejano.
—Señor
inspector—preguntó, mientras le ofrecía un cigarrillo: — ¿no tendrá usted
enfermo de gravedad algún ser querido?
—No,
ninguno—contestó resueltamente, aunque ahogando en la primer bocanada de humo
un repente de estupefacción y alarma.
—Soy solo
en el mundo—añadió, un poco al azar de su sorpresa. Mas, al punto, distrájolo
con agradable impresión la exótica
fragancia
del cigarrillo.
Seguían
hablando francés, idioma que parecía más familiar al comerciante. Este dijo:
—Yo
también soy solo. Me he criado en Siria, aunque nací en Armenia. Fuí alumno
hasta los quince años de los jesuítas franceses de Beirut. Pero la soledad
corporal, la ausencia, en fin, tiene remedio y puede ser el camino de la
perfección, la vía celeste. La soledad que mata, señor, es la que uno lleva
consigo en el alma.
El timbre
de aquella voz despertó en Suárez Vallejo la simpática intimidad de un recuerdo
desvanecido. Entregábase a su encanto, sin sorpresa, en una especie de sumisa
abolición.
Su
interlocutor, que había callado mientras fumaban con meditabunda placidez,
volvió a decir, ofreciéndole otro cigarrillo:
—Quizá
esté usted sorprendido de mi locuacidad poco asiática... Pero créame que no
hablo en vano. Habrá usted leído algo sobre las hermandades secretas del
Oriente...
—Poca
cosa. Lo que todo el mundo sabe... Fakires... Derviches giratorios...
—Sí,
sí... Al fin es lo mismo. Pero hay escuelas, comunidades diferentes... Y a eso
me refería. Según enseña una, de la cual le hablaré si le interesa, la soledad,
la verdadera soledad, que es la puerta del infierno, sólo comienza a existir
cuando el hombre pierde la vinculación con el ángel ligado a su destino. Porque
nosotros creemos que en la humanidad, cada alma es la mitad de un ángel.
—Cómo no
va interesarme una fantasía tan poética... —afirmó, saboreando con fruición
creciente el humo oloroso.
—Excúseme
la demasía, pero parece que su interés fuera más bien preocupación causada por
un especial estado de ánimo.
Suárez
Vallejo intentó apenas resistir.
—Es
posible... —dijo en voz baja.
Abandonándose
a la delicia ligeramente vertiginosa de una flotante liviandad, parecíale que
él mismo se exhalaba en el humo de su tabaco.
—Pretendemos—insitió
el oriental—que aquello es un hecho. Que bajo ciertas condiciones, vuélvese
visible el espíritu compañero. Puede adquirirse el don de percibirlo en el
campo magnético que rodea a cada persona, y que es su propia emanación vital.
Ahora mismo, el suyo, muy neto...
—Ve usted
a mi ángel?... —interrumpió Suárez Vallejo con lánguida ironía.
—No. Está
ausente en la sombra de la encarnación. Caído en el sacrificio de la materia.
Vibraba
su acento con extraña solemnidad, y por sus ojos verdes había cruzado un
resplandor de espada blandida.
—Está
usted—prosiguió—formidablemente
solo. Veo
casi desvanecida a su lado la imagen materna. Quedó usted huérfano muy niño. Es
usted, como dicen, un hijo del amor. Gente salvada por usted de un peligro
mortal, forma ahora su guardia invisible. Pero la potencia de una voluntad
hostil empieza a oponérsele. Goza usted plena la dicha del amor en el misterio
de una contrariedad irremediable. El ser humano que a usted se ha dado, no
pertenece a su familia terrestre. Es absolutamente suyo. Su amor es esta cosa
rarísima y divina: un encuentro en la eternidad. Está más allá de la vida y de
la muerte. Pero a costa de un inmenso dolor. Vienen ustedes de muy lejos: del
otro lado del mar y de los siglos. Usted lo sabrá un día por medio de un
anciano que va a morir. Cuando conozca el secreto del nombre que ella lleva, y
que no es el suyo.
Suárez
Vallejo se puso pálido.
—De modo
que usted sabe...
—Sé más
aún—interrumpió el otro con imperio. Ella estuvo en lo justo cuando quiso
acompañarlo acá. Era la hora del destino!
Y
cortándole palabra y ademán con dominante mirada:
—Ahora
que usted comprende que sé, creerá, sin duda.
Suárez
Vallejo alargó maquinalmente la mano hacia la cigarrera, pero el vidente la
apartó con suavidad.
LVII
"Soy
también uno que cayó por un ángel. Estoy aquí, en esta soledad del mundo, para
empezar mi expiación. Ella consiste por ahora en un encargo. Debo hallar en
estas comarcas dos hombres cuyos destino va a cumplirse en la eternidad, y
usted es uno de ellos. El nombre de Juan Medina, que llevo, es un seudónimo de
los que adoptan acá los árabes, dada la difícil pronunciación de los suyos.
Mas, para usted, me llamo Ibrahim Asaf."
"No
sé si cree usted en la vida futura. Yo podría darle la prueba real de su
existencia. Pero sepa usted que su suerte estuvo unida ya una vez a la
hermandad que me ha enviado. Algún día, quizá, hablaremos de eso, y usted oirá
al menos una interesante narración del tiempo de las Cruzadas..."
"La
duda que respecto a mí acaba de asaltarlo, es perfectamente justa. Yo podría,
en efecto, ser un impostor; mas lo que voy a decirle comprobará mi
desinterés."
"Grandes
sucesos van a transformar el mundo. Entonces necesitaremos de usted".
"Pero
antes de eso, el sacrificio de un ángel lo habrá salvado a las puertas de la
muerte".
"Sólo
cuando usted las haya pasado, le pediremos, libremente, la fidelidad."
"Como
viviente de este lado de la vida, nada tenemos que pedirle, y sí mucho que
ofrecerle".
"La
decisión de estar o no con nosotros, la tomará usted cuando haya comprendido el
secreto de la eternidad."
"Hasta
entonces, me limitaré a poner estas palabras y lo que usted pueda ver y oír
después, bajo la reserva que corresponde a un hombre de honor."
Suárez
Vallejo se estremeció bruscamente. Soñaba?...
Un ansia
infinita de recordar, de volver a ver algo que no podía definir, arrastrábalo
al misterio.
En la
tenuidad de humo fragante que llenaba la cerrada pieza, lucían con esplendor
inmóvil los ojos verdes de Ibrahim.
LVIII
Suárez
Vallejo siguió visitándolo con frecuencia.
Cautivado
por su inmenso saber, por su incontestable sinceridad, oyó sin asombro, aunque
sin consentirlo enteramente, todavía, la mención de su anterior existencia a
fines del siglo XII, y la interrupción violenta de su ciclo vital en un
conflicto de amor y guerra.
Volvía a
encontrarse ahora en relación con los haschischins, o tomadores de háschisch,
que los cruzados denominaban asesinos por defecto de pronunciación; droga
aquélla, que Ibrahim habíale administrado en los cigarrillos de la primera
entrevista.
Mas el
asiático nada le exigía fuera de la reserva natural, y declaraba nocivo el uso
del háschisch, con excepción de rarísimos casos y al único objeto de activar
ciertas comunicaciones. Su conducta era de perfecta honradez. Su bondad y su
calma inagotables.
Suárez
Vallejo adquirió a su lado, en pocos días, conocimientos que ni siquiera
sospechaba; pero supo, también, que dominado como se hallaba por la fatalidad
del amor, sólo la gracia de un ángel podía influir en la ya próxima consumación
de su destino.
—Es el
secreto de la eternidad —había concluído Ibrahim, por cuyos ojos verdes volvió
a pasar el resplandor de la espada.
LIX
Pero un
soplo de duda arrasó de repente el alma del joven. Todo aquello no era más que
una solemne superchería. Reprochóse con sarcarmo su credulidad, y sólo el honor
que en su palabra había empeñado, impidióle castigar con la divulgación el
abuso de que se lo hacía objeto.
Humillábalo,
sobre todo, el embrujamiento con los cigarrillos de háschisch. ¿Cómo pudo
abandonarse a aquella somnolencia lúcida, que alterando su conexión mental lo
indujo al absurdo y a la quimera?...
La
vergüenza de sí mismo retrájolo a su anterior soledad, y no volvió a pasar el
riachuelo divisorio.
Al propio
tiempo, su inspección se complicaba. Pronto iban a transcurrir las seis semanas
del plazo máximo que él mismo fijó con imperdonable ligereza. Hasta llegó a
decirse que la intervención de Ibrahim relacionábase tal vez con las pillerías
del contrabando. Quizá por esto habíase limitado a pagarle la primera visita.
La
interrupción de las suyas al asiático, sumíalo otra vez en absoluto
aislamiento, agravando hasta la desesperación su melancolía.
Escribió
entonces a la tía Marta, recordando su promesa de hacerlo si valía la pena,
cosa que no pasaba por cierto en tan desvalido poblacho; con lo cual su carta,
en vez de noticiosa, sería breve para no fastidiar. Contaba, eso sí, regresar
dentro del plazo, aun cuando debiera malograr su comisión.
Recordó
que no había contestado a Cárdenas, y lo hizo en términos análogos, aunque
naturalmente con mayor displicencia.
Y
mortificado siempre por aquella duda, afligente hasta el bochorno, llegó a
sentir horrorosa su soledad.
LX
Una
semana después cambiaban su situación tres sucesos de muy distinta importancia:
la esperada carta con noticias de los Almeidas, la compostura automática del
reloj y la inesperada conclusión del sumario, que a favor de dos o tres
circunstancias salía arreglándose casi de golpe, con doble satisfacción para
él; pues resultaba, así, posible cerrarlo sin mayor perjuicio de aquella pobre
gente, demasiado castigada ya por vida tan miserable.
La carta
no decía gran cosa, aunque daba buenas noticias sobre la salud de todos.
Unicamente
Luisa había sufrido una indisposición que no dejó de alarmarlos. Pero ya estaba
bien. Lo extrañaban mucho, como se lo merecía el buen amigo. Luisa y Adelita
proponíanse continuar las lecciones.
Besó
reiteradas veces el nombre amado, y con una alegría desbordada hasta lo
infantil activó sus preparativos.
La
víspera del regreso, un llamado de la conciencia impulsólo a despedirse de
Ibrahim. Lo cierto era que su actitud no obedecía a ningún motivo exacto. Nada
tenía que reprochar al vidente, nada le debía tampoco, puesto que nada le había
pedido, como no fuera su palabra de discreción, previa y libremente empeñada.
—Por lo
demás, se dijo, fuí yo en suma quien buscó la relación y su cultivo, sin pedir
correspondencia; de suerte que a mí me toca reanudarla con esta última
cortesía.
No pudo
hacerlo. El asiático acababa de salir para una de sus fincas en la montaña.
LXI
Desde que
el tren partió, las seis semanas de ausencia desvaneciéronse ante él. La imagen
de Luisa ocupó absoluta su mente. Verla!—pensaba—verla otra vez!... Y reía
enternecido en la soledad de su camarote, abriendo los brazos para dilatarse el
pecho, ahogando en la propicia baraúnda de la marcha su grito de recobrada
dicha, su tumultuoso arrebato de libertad ante la fuga de los campos tendidos
al júbilo del sol-con un regocijo tan agudo que er a casi dol or oso.
Luego, al
contundente ritmo del arrastre que precipitaba con martillado compás su pulso
de hierro, fué concentrándose en reflexiva ternura.
Cómo
habría soportado la separación? Qué habría sido de ella en la terrible delicia
de su secreto?...
Resuelta
al heroísmo que consideraba justo precio de su amor, Luisa perfeccionó su
disimulo. Asistía al taller de costura con rigurosa asiduidad, hasta tres veces
por semana, imprimiéndole provechosa disciplina y aparejando a su insospechada
competencia en ello, visible interés mundano.
No fué ya
extraño verla en teatros y salones, y hasta sospecháronle la aceptación de
algún festejo entre los muchos que suscitó su presencia, aunque otros
atribuíanlo a deferencia natural ante el ya inminente compromiso de su hermano.
Aquella
actitud defendía su secreto con mayor eficacia. Como toda alma realmente
valerosa, protegíase con la lucha; digna en esto de aquella "doctrina de
la espada" que Suárez Vallejo solía recordar al doctor: la defensa está en
la punta, no en la guarda. Una noche, al salir del teatro, Toto y el amigo que
más de cerca la cortejaba, propusieron finalizar la reunión en la confitería de
moda,
con
Adelita y su mamá que formaban parte del grupo. Pero al trasponer el portal,
las señoras advirtieron que el tiempo acababa de descomponerse y que era
imprudente proseguir, dado el desabrigo de las muchachas.
Reinaba,
en efecto, una helada brisa de las que solían alterar el acabo de la primavera
con chubascos cuya inclemencia exasperaba la ya anómala frialdad.
Pero la
gente joven protestó de las precauciones extremosas. No iban a asustarse por un
poco de viento, ni amenazaba lluvia. Y aunque así fuera... Los coches estaban
allí...
Con todo,
la detención a que hubo de obligarlos en la acera el turno, retardado aun más
por la simultánea salida de un music-hall vecino, resultó sumamente
desagradable. Luisa sintióse aterida hasta tiritar, y una tosecita seca que sin
embargo apenas advirtió, acometióla dos o tres veces en el trayecto.
Al salir
de la confitería, donde todo pareció haberse calmado, repitiósele la tos y
pasóle el pecho una honda puntada. Contúvose discreta; pero más aun que el
dolor, angustióla casi brutal la desolación de su amor ausente.
Oyó como
lejana la voz de Toto que acababa de consultar su reloj:
—La una
menos diez...
El abrego
del coché volvió a aliviarla, aunque el brusco dolor habíale dejado un fatigoso
encogimiento.
Ganó su
alcoba sin detenerse; y al encender la luz, vióse de pronto en la luna del
armario.
Repentina
demacración parecía reducirle el rostro al lóbrego hueco de las ojeras. La
puntada volvía con su nitidez dura y honda de daga.
—Me estoy
muriendo de quererte, mi amor!... —murmuró como si lo viera, cerrados los ojos
en sombría preñez de lágrimas.
Una
helada viscosidad de congoja serpenteóle, súbita, en sacudón de escalofrío.
—Me estoy
muriendo, mi amor!... —lamentó más bajito, llevándose a la garganta las manos,
tan ardientes, que la espantaron como si fuesen ajenas.
LXII
Tres días
después, disimulados con sobrehumano esfuerzo la fiebre y el dolor, so pretexto
de un colegible malestar, sobrevínole a la brusca, mientras conversaba en su
alcoba con doña Irene, un a bocanada de san gre.
Advertido
al punto, Sandoval procedió con tanto acierto, que a la semana y media Luisa
hallábase enteramente bien.
Pero
nadie más as ombrado que él mismo ante aquella reacción. Vaya uno a entender,
pensaba, estos organismos contradictorios!
Por más
que debe exi stir, sin duda, un motiv o que se me escapa. Aquel motivo!...
—decíase con rencorosa desesperación, en su
emboscada
de fiera.
Un
instante, había vuelto a sentirse purificado por la piedad en presencia de la
doliente criatura. Tan pálida bajo la fatídica condena que le anticipaba
aquella misma palidez!... Tan frágil bajo su mirada, cuando en fingida
prevención de alguna crisis, quedábase a su lado para verla dormida!...
Mas, la
propia contemplación resucitaba con implacable lucidez sus trágicos celos.
Era suya,
así, en la postración del mal, entregada por el dolor que lo tornaba dueño de
su muerte ya que la vida inexorable volvería a arrebatársela para el amor
ajeno.
Dueño de
su muerte en la inmaculada posesión de la sombra! Su muerte!...
Cultivaría,
si, con mimo de amante, en el secreto de un crimen más bello, por lo heroico,
que cualquier virtud, aquella flor tenebrosa.
No sería
suya, pero tampoco de nadie! El destino venía a ofrecerse como ejecutor de su
sentencia.
Sorprendíalo
su propia impasibilidad ante el horrendo designio. Dueño de su muerte!...
—repetíase con desolada grandeza, en una atónita voluptuosidad de sentirse
malo. Su firmeza consistía en una total ausencia de remordimiento. Su dolor de
amar era tan atroz, que se le torcía en crimen.
Una
premeditación bestial, alevosa, de fiera humana, que sin turbar su agudeza
crítica, llevábalo a compararse fríamente con los instintivos de la
delincuencia pasional: "mía o de nadie!"—en una hartura de infamia.
Dueño de
su muerte! Hallábase tan seguro de su dominio, que intentó una comprobación
decisiva.
LXIII
Luisa
convaleciente ya en una especie de reflorecimiento asombroso, escuchaba sus
recomendaciones.
Tenía que
dejar sus costuras caritativas; leer poco, y mejor aún nada por el momento;
acostarse temprano, alimentarse más, evitar la intemperie.
Disimuló
con un vago bostezo el retumbo asfixiante de su corazón.
—Hemos
creído—añadió—notarte ahora último algo triste... O quizá preocupada Hay que
evitar eso también... Las emociones.
Calló un
momento, como replegándose en su angustia escondida.
Y de
repente:
—Díme,
Luchita: bajo secreto de médico y de amigo fiel ¿no estarás acaso un poquito
enamorada?...
Cerró
ella los ojos, ruborizándose ligeramente, y una leve sombra pasó por sus
párpados estremecidos.
—Peut
etre... —suspiró con dulzura.
¿No debía
poner de su parte todo lo que pudiera para mejorar cuanto antes y esperarlo
sana?...
Una racha
de hielo endureció definitivamente a Sandoval. La sentencia de muerte estaba
dictada.
LXIV
Ordenó
que no la contrariasen mientras practicara el régimen prescripto. Mucha
dulzura, mucho disimulo ante sus caprichos, si, alterando su natural docilidad,
le sobrevenían.
Apreciaba
más bien como episódica aquella enfermedad; es decir con cuidado, pero sin
alarma. La rapidez de la mejoría confirmábalo al parecer.
Lo
indispensable, sí, era fortificar a Luisa, evitarle toda grande emoción.
Afortunadamente llegaba el verano. Apenas entrara de lleno, intentarían la cura
que era el grande hallazgo de actualidad para las afecciones del pecho, y nunca
aprovecharían mejor aquella residencia del balneario, que tantas comodidades
ofrecía. El sería también huésped de tiempo en tiempo, que muy cansado andaba,
y creía poder arreglarse con un suplente para dejar la clientela en sus manos
hasta por quince días. Bueno era, pues, que fuesen preparándose.
Enterada
de todo por la tía Marta, quien, considerándola digna de confianza sin ambages,
no le ocultó ni la prescripción de acatar sus previstos antojos, experimentó
Luisa confortante alegría. La carta de Suárez Vallejo llegó por entonces,
completando aquella favorable impresión; y para tornarla definitiva, decidió se
simultáneo el compromiso de Adelita y Toto, aunque a indicación de aquélla, no
lo formalizarían sino durante la temporada en el balneario.
Fué tan
visible el efecto del régimen prescripto por Sandoval, y ayudado por todo
aquello, que doña Irene no se cansaba de admirarlo.
—Es
maravilloso nuestro doctor, afirmaba diariamente a Luisa. Y te quiere tanto,
que las huellas de tu enfermedad las lleva él en su cara más que tú misma.
Y era
cierto. La decisión del crimen iba acuñándole aquella "cara de
verdugo" que el escribano le advirtió. Sombrío hasta lo funesto, parecía
que aun a pleno sol conservaba su tez la opacidad lúgubre ele las noches de
alarma.
Su
tremenda sentencia era aquel envío al mar que seguía creyendo mortífero para
las tisis abiertas, a pesar de la teoría biológica.
Jugaba,
así, conciencia y crédito, pero qué le importaba ya, si aquella condena a
muerte era también la suya. El se iría, claro está, a las tinieblas, detrás de
la criatura sacrificada. Con ella y con su secreto incomprensible para el
mundo, incapaz en su torpeza de comprender aquel amor. Aquel formidable amor
del pirata renacido en su limbo atávico.
Su idea
de transformar por un refinamiento de la ciencia el vigor del mar en veneno; su
voluntad sobrepuesta a todo escrúpulo; su gozo bárbaro de la muerte-eran eso,
de allá venían.
Y por eso
mismo, nadie ¡nadie sobre la tierra! nadie, nadie la quería como él.
Nadie; es
decir el otro, el probable mequetrefe de salón, indigno a buen seguro del
afecto que inspiraba.
Durante
la cuotidiana esgrima, a la que había vuelto con rigor, su alma entera
fulminaba en la hoja audaz, como una centella.
LXV
Luisa
aprovechaba con ingenio la situación creada por su mal. Desde el primer momento
exigió una reserva absoluta, hasta de
Adelita
con Toto, pues contaba segura su mejoría. El episodio pasó así como un fuerte
resfriado, y la pronta reaparición de la joven, más animada todavía por la
proximidad del esperado regreso, bastó para comprobarlo.
Prohibida
la costura, tomó a su exclusivo cargo las compras del taller, en las que
distraía sus tardes con Adelita o con doña Irene; o sola algunas veces que iba
discretamente multiplicando. Y suspendida asimismo la lectura, ideó para
compensarse la continuación de las lecciones que la ausencia de Suárez Vallejo
suspendiera, al limitado objeto de conversar en francés...
Cada día
iba siéndole más llevadero el martirio que la postró, al doble poder de su
tortura y del esfuerzo para ocultarla. Una e pecie de orgullo doloroso
enaltecía su amor. Había sido digna de él sin un desfallecimiento, sin una
duda.
Ante la
proximidad de la dicha, y para que la hallase más linda también como él lo
quiso, ya no lloraba. Pues noche a noche, en la soledad, ante las estrellas
amigas de su infancia, que volvían a asomar por la reja, había renovado al
ausente el llorado juramento de amor que llamaba ella misma la oración de las
lágrimas. ¿No era otro argumento de poema, como aquel tesoro escondido del
poético adiós?...
Y alguna
vez, con ironía melancólica, sorprendióse todavía llorando.
Pero
éstas eran ya las tiernas lágrimas que es dulce derramar en la sombra dichosa
del alma y de la noche, cuando bajo la plenitud estelar, en copa de fragancia
cuaja el misterio del rocío.
LXVI
Dos
estaciones antes de la terminal, Suárez Vallejo, acodado en la ventanilla, vió
que Blas subía al tren.
Medrosa y
gratamente sorprendido a la vez, tuvo acto continuo la explicación del caso:
—Don
Fausto recibió hace dos días su telegrama, y me ordenó que fuera a la estación
con el cupé, y que guardara reserva porque usted quería que nadie supiese nada.
Pero la niña me tenía mandado que viniera a esperarlo acá, para decirle que no
fuera esta noche a la casa, porque ella tiene que hablarlo antes, y que irá a
verlo mañana como a las diez. Está muy sanita ¡y de linda, don Carlos, que no
es por desmerecerlo, pero qué suerte tiene usted! Cómo se va a poner de
contenta, ahora cuando le lleve la noticia! Lo malo es que quiere darme plata.
Usted va a tener que decirle, don Carlos, que no me ponga en esa aflición. La
niña lo hace de buena, compriendo... Pero me ofende sin querer... —Y cómo te
arreglarás para avisarle?...
La negra
cara se le abrió a lo ancho en dos tajadas de risa.
—Tengo mi
argucia, don Carlos. Paso a la tardecita por la casa... —ya sabe que la calle
es muy sola—y pinto un ocho de tiza en la puerta izquierda del zaguán. Y si lo
advierten después, crerán que fué un muchacho travieso. Esa es la orden que
ella me dió.
—Cuándo?...
Entonces la has visto?
—Sí,
pues; porque en ocasiones, cuando la señora necesita el carruaje de ellos, me
ocupa la niña a mí. Yo tengo siempre mi parada en la plazoleta de la
escribanía. Por ahi suele pasar. Adiós, Bias—me dice como una música. Y a veces
se pone medio coloradita. Yo creo, don Carlos, que acordándose de usted.
Cárdenas
esperábalo en la pensión, conforme se lo pidió por el telegrama anunciador de
su regreso. Hallábalo un poco más delgado, aunque muy bien. Y sin interrumpir
su aseo, adelantábale noticias. Todo sin novedad en cuanto a salud, salvo el
pobre M. Dubard que empeoraba cada día. Había pasado poco antes a su
habitación, mientras arreglaban la del viajero, y traíale su saludo, así como
la impresión francamente mala de aquel caso que parecía perdido. Nada, tampoco,
digno de mención en el otro asunto. En el
ministerio,
todo igual como siempre. Sus recomendaciones estaban cumplidas. Entre sueldos y
honorarios sobraban trescientos pesos a su favor. Hasta el bribón del asalto era
mandadero de la escribanía. Qué más?... Nada. El calor... La política en
calma... El club, aburrido según costumbre... No había ya más que irse a comer
juntos para celebrar el regreso.
—A menos
que usted se proponga no perder tiempo.
Suárez
Vallejo hizo un ademán negativo.
LXVII
Pasaron
antes por la habitación de M. Dubard.
Cárdenas
tenía razón. El pobre era ya un espectro. Parecía que hasta la voz se le
apagaba como una sombra en los labios. Su regocijada gratitud por la visita le
aumentó la extenuación en vez de animarlo. Intentó en vano incorporarse. Bajo
la hilacha amarillenta de sus canas, su frente lívida parecía tocar el borde de
las grandes tinieblas. Una inmensa ternura pasó por sus ojos deslustrados. El
bulto de su cuerpo no era más que un vago pliegue en la colcha blanca.
Para
evitarle fatigas, pues por cortesía y por desvalimiento empeñábase en expresar
gratitud, abreviaron la visita.
Tuvo
tiempo, no obstante, para anunciar a Suárez Vallejo que los libros habían
llegado; pero que por no molestar más, dejábalos en la Aduana donde era
menester abrir la encomienda ante el propio destinatario.
El joven
limitóse a estrecharle largamente la mano, que tembló en la suya con dolorosa
intimidad.
LXVIII
En la
gavilla de sol que al abrirse la puerta
LXVIII
En la
gavilla de sol que al abrirse la puerta barrió el ámbito con ancha escobada de
oro, Luisa, toda de blanco, mejillas y ojos encendidos de alegría triunfal,
realizábale, deslumbrándolo, un prodigio de aparición.
Y al beso
mudo en que se embebieron, más intenso que el grito, más ansioso que el júbilo,
pasó por sus almas el soplo de la eternidad.
Derramáronse
los cabellos de la amada en perfume y en suavidad, como el deshojamiento de un
aflor excesiva.
Leve
quejido de pasión, todavía doliente, eneariñábase en el gozo de sus labios.
En el
corazón del amado y en la quieta penumbra de la seguridad, reinaron, como en
una fragante noche, su aroma y su frescura.
Bajo la
generosa fuerza de los brazos queridos, la sangre revertíale en un orgullo de
victoria.
Qué suya
era así, qué gloriosamente suya! Y qué suya la sentía él también en el tumulto
de su virilidad premiosa. Qué suya en la asombrada dicha de haberla merecido,
en la envolvente llama de su vigor, en su ímpetu abalanzado de reconquista.
Oíase
arrullar afuera las palomas que exaltaba el sol, ya estival, en el silencio
magnífico del día.
La sombra
de la cerrada habitación transparentaba una lobreguez azul de racimo.
LXIX
Mas,
pasado el momento de embriaguez, la terrible noticia con que ella lo esperaba,
lo anonadó bajo su inicua brutalidad.
Cómo iba
a ser posible, por Dios! Cómo era posible! Martirizábalo hasta el
desgarramiento su sencilla tranquilidad ante
el grande
abismo, su risueña seguridad de niño que juega en la ribera...
¿No
hallaba todavía preciosa aquella enfermedad que, convirtiendo en órdenes sus
caprichos, permitíale imponer las lecciones, para volver a verse, salir a sus
compras cuando quería y de ese modo...
Acurrucose
en su pecho con tan mimosa pequeñez, que la sintió palpitar como un pajarillo.
Si ya
estaba sana! Si ya nada tenía! Era miedo, no más, que les quedó al doctor y a
los otros.
Entrañábase
con mayor intimidad su ronco arrullo.
—No temas
por mi debilidad, amor de mi alma!... Hazme más tuya para quererte más!...
Y
estrechábase al amado con una desesperada incredulidad de recobro, sintiendo,
en un arrebato de vida, la imperiosa profundidad con que en ella triunfaban su
cariño y su fuerza.
Si
aquella enfermedad había sido una bendición!
Cuando se
instalaran en el balnearío, invitaríanlo para continuar allá las lecciones. Era
cosa resuelta. Había toda un ala del chalet destinada a los huéspedes... Dos
departamentos altos... Uno para el doctor ... Desde los balcones se dominaba el
mar.
Vería qué
azul de agua y de cielo! Cómo iban a quererse ante aquella hermosura!
El
obtendría fácilmente permiso. Recordaba haberle oído decir que nunca lo
solicitó, aunque tenía derecho a vacaciones, y que así aprovecharía cuando
quisiera el tiempo acumulado, para algún viaje de importancia, como era la
costumbre.
Y con
picaresca solemnidad, erguido el índice:
—Porque
no olvide, señor, que la ciencia ordena satisfacer todos mis caprichos.
Entornó
los ojos como en una deliciosa dormición, segura del beso que consentía.
Entonces pareció iluminarse de alma en la transparencia de la sombra.
Opalina
tenuidad aclaró como de lejos el albor de su frente. Misterioso hilo de luz
rayaba el borde de sus párpados. Sonrosábanse sus mejillas con ternura de
pétalo. Una humedad de luz se nacaraba en el cáliz de la boca preciosa.
Suárez
Vallejo olvidó un instante la amenaza fatal, absorto en tanta hermosura y tanta
dicha. La vida reinaba en ellas, armoniosa con la estival plenitud. En el
tejado, un arrullo que persistía más musical, más sordo, semejaba la
palpitación del silencio...
Con todo,
la ardorosa palidez de las manos que Luisa le abandonaba, la sombra de mariposa
funesta que parecía estremecerse sobre sus párpados, reanimaron su inquietud.
Quiso
indagar todo, desde el principio, por duro que fuese. El día, la hora...
Y al
saberlo de sus labios, con la precisión que le permitía aquella respuesta de
Tato a la natural pregunta materna: "la una menos diez", sintió
parársele el corazón de repente, tocado por la fatalidad, como el reloj esa vez
en el silencio de la noche.
La
enigmática avería explicábase, pues, si era explicación el misterio. Las
palabras del asiático acudieron a su memoria, enormes de miedo, formidables de
certidumbre:
—No
tendrá usted enfermo algún ser querido?
El
vidente sabía, entonces. "Sé más aún", había afirmado él mismo.
"Ella estuvo en lo justo cuando quiso acompañarlo. Era la hora del
destino".
Tarde lo
comprendía.
Si
hubiese accedido, afrontando la maldición familiar, hallaríanse ahora
repudiados del mundo, en peligro, en la miseria tal vez; pero el aire salubre
de la montaña habría evitado la aparición del mal tremendo. La hora del destino
dichoso, fué entonces esa que él perdió por haberla desoído!
Con
desesperado afán, sacudido aún por aquel vértigo de espanto, pegaba a la suya
su boca, ansioso de beber la muerte que ella podía darle, en la posesión
suprema de un delirio cuya sombría delicia superaba todas las dichas de este
mundo. Amarse en la
muerte
era poseerse en la eternidad. Pero ella había tenido la razón suprema, la razón
del amor, y ya nunca volvería a contrariarla.
Más que
con la palabra, decíaselo con aquella caricia mortal cuya intensidad llegó a
serle irresistible. Vió pasar él par sus ojos la ya mística angustia en que
peligraba el éxtasis; y en la fragante suavidad de los bucles deshechos, sintió
caer su cabeza desfallecida.
La
campanada de un reloj desvaneció el doloroso encanto. Acordaron verse allá por
las tardes, siempre que se pudiera. Cuando fuese de mañana, en la escribanía,
que no empezaba a funcionar hasta la una, y donde nadie había fuera de la
cuidadora cuya habitación quedaba aparte, a los fondos. Aunque bastante
central, la plazoleta donde se alzaba el caserón era un islote de
soledad y
silencio.
Y por
primera vez, al sentirse tan dichosos, tan dueños de su amor que a nadie
ofendía, abrigaron la ilusión de poder quererse como todos, en el
consentimiento de la intransigencia vencida.
LXX
Esa misma
noche, sin embargo, desvanecióse su esperanza. Suárez Vallejo, acogido por los
Almeidas con franca cordialidad,
en la
sobremesa que completaban, como al partir, Sandoval y Adelita, debió sufrir el
interrogatorio y los comentarios de práctica.
Halláronlo
muy curtido por la intemperie y más delgado, pero mejor así. Don Tristán
interesábase por el éxito y los detalles de la comisión; Toto por el paisaje
montañés; doña Irene y su hermana por aquella gente y sus costumbres.
La
actitud de Luisa, absorta como siempre en su ensimismada serenidad, tranquilizó
enteramente al doctor, confirmando su juicio:
—No es
él.
Habíalo
ella visto entrar con el agrado tranquilo de antes, sin el más leve rubor, sin
la más ligera animación de la mirada. Fué en suma la más indiferente; y él,
aunque un tanto conmovido en su afabilidad, lo que por cierto era explicable,
tampoco reveló particular interés al disimulado examen del médico.
Este y
Adelita reprochábanle haber olvidado los versos. Era demasiado economizarse,
cuando se podía escribir aquella delicia del Tesoro Escondido.
Como la
tía Marta insistiera en preguntar por los habitantes del remoto poblacho,
Suárez Vallejo, en el curso de la conversación, mencionó a su hospedera doña
Dalmira de Urioste.
—Dalmira
Melgar de Urioste?—preguntó doña Irene con interés. —Melgar me parece. Aunque
no lleva ese apellido ni siquiera
como
inicial de su firma.
Ambas
hermanas precisaron las señas: alta, blanca, pelo rubio, ojos chicos, un
lunarcito sobre el labio, a la derecha.
—La
misma.
Doña
Irene, entonces, recordó su historia con severidad. Hija de una familia
aristocrática, enamoróse de cierto
dependientucho
de mercería, un tal Urioste, que si bien cargaba el "de" como todos
los vascos, carecía de antecedentes y fortuna. Encaprichada, casóse con él,
contrariando a deudos y amigos; y corrida por el desprecio de su clase,
desapareció un día sin que nadie volviera a saber más de ella. Por esto, sin
duda, ocultaba su
apellido
familiar, y hacía bien. Era un resto de dignidad. Mire usted en lo que iban a
dar las romanticonas: en viudas de carteros... En hospederas de poblacho... Una
Melgar! Y todavía si su conducta Porque viuda rubia... y beldad de frontera...
—En
cuanto a eso, es de fama intachable, afirmó Suárez Vallejo con grave
moderación.
—Por algo
ocultará su apellido, insinuó malévolo don Tristán. Adelita intervino entonces
con una insospechable acritud que
pareció
ajarla de repulsiva vejez:
—Una
muchacha de sociedad, que se mal casa así, es todavía peor que cualquiera de
esas...
Don
Tristán miróla complacido tras el esplendor magnífico de sus lentes. Su calva
erguíase ilustre, en un sonroseo de dignidad. Y no sin sonreir con ternura a
aquella perfección de nuera:
—Peor,
sí, peor. Degradar así un nombre esclarecido, es falta que no merece perdón. El
claustro... El olvido...
Y ante la
desusada solemnidad de la escena, astilló su taza de café con seis golpecitos.
—El
claustro!—insistió implacable. Yo aconsejé el claustro...
—Pero
Dalmira Melgar era ya bastante mayorcita—recordó el doctor. Y hasta
solterona...
—Era
bonita?—interrogó Toto a la tía Marta que callaba discreta...
—Fea y
buena—dijo ella dulcemente.
Luisa
continuaba silenciosa, más alejada que de costumbre en la remota suavidad de
sus ojos.
Pero esa
no che, al sacudir sin mucha pena la fugaz ilusión, pasaron por su íntima
soledad, como entre sueños, los ángeles de la infancia.
LXXI
—¿Has
visto loque son—¡de ciegos... de crueles!... —decía poco después a su amante,
vibrando al temple de su indignada pasión, en el bufete alto de la escribanía.
Y
viéndolo entristecerse un poco ante la injusta maldad, más que de los hombres,
de la suerte:
—Qué
importa, si soy tuya con todo mi querer, y si tú me quieres? Vaciló un
instante, perdidos sus ojos en los ojos amados.
—Si no
fueras tan valiente, no te diría una cosa grande y santa que ha pasado por mí.
Pero tú debes saberlo, porque nuestro amor durará más que la muerte.
—Qué
estás diciendo, mi dulzura?...
Sentíala
tan clara y aromática, que no deseaba sino aspirarla como a una casta flor.
—No te
reirás? di. No te reirás como de una chicuela loca?...
Bajó los
ojos con sonreída gravedad.
—Ellos...
las voces—no?—murmuró apenas, juntando las manos en un gesto de suplicante
beatitud—me han revelado mi destino.
Y
mirándolo ahora con ojos tan sombríos de amor, que transparentaban su más
recóndita hermosura, como el misterio crepuscular saca a la faz del estanque el
alma del agua:
—He
nacido para quererte y morir.
LXXII
Disponíase
Suárez Vallejo a hacer con el doctor un poco de esgrima en la sala de armas del
club, cuando apareció Blas con un mensaje urgente.
La
patrona de la pensión avisábale que M. Dubard, agravado de pronto, quería
verlo.
Debe ser
el fin, díjose afligido, invitando a Sandoval que aceptó con simpatía.
Era así,
en efecto.
Más
reducido aún en su pobre lecho de muerte, cerrados los ojos, respirando apenas,
aquella inmaterial pero perceptible sombra de su frente, había descendido por
el rostro hasta abismar ya la garganta.
Quería
visiblemente hablar, y el doctor hubo de reanimarlo con oportuna inyección.
Al
recobrarse y mirarlos, halló fuerzas aún para sonreir con dignidad cortés.
Dió las
gracias al doctor y a su joven amigo. Había esperado el fin, que ahora llegaba,
para no molestar en vano. Sólo pocos días antes, conoció por boca de la patrona
la buena acción de Suárez Vallejo. No le quedaba nadie en el mundo que pudiera
responder por él de aquella deuda. Rogábale, pues, que aceptara como recuerdo,
que no como retribución, los libros detenidos aún en la Aduana. Creíalos
valiosos. Venían francos de porte, además...
En cuanto
a su entierro. prefería el carro de los pobres y la fosa común, por convicción
filosófica que ellos bien conocían. Esto era todo.
Sintiendo
que volvía a extenuarse, tendió la mano, primero a Sandoval, pero retuvo la de
Suárez Vallejo. Aceleróse la palpitación de su garganta. Su nariz se afiló,
blanquecina, en la lividez turbia del rostro, que fué lentamente serenándose
bajo una augusta claridad. Dos lágrimas brillaron sin desprender se en la
comisura de sus
párpados...
Su
respiración enronquecía y se apagaba...
De
repente, un hondo hipo lo sacudió; su mano crispóse, rígida, sus ojos
abriéronse enormes, terribles, clavándose en los del joven.
—Charles!...
Tu, sais?... Toi... —balbuceó con voz opaca, extraviada ya en lo ulterior, como
un eco.
Y se
cortó en un aliento lánguido.
Los dos
hombres miráronse con aterrado asombro.
Aquella
mirada suprema... Aquel tuteo ansioso de la agonía...
Sería
"eso", acaso, un secreto que el infeliz acababa de llevarse a la
tumba?
LXXIII
Esperaba
Toto junto al teléfono la hora exacta de su coloquio matinal con Adelita,
quien, imperiosa siempre, exigía la más rendida precisión, cuando importuna
llamada púsolo en comunicación con alguien que preguntaba por él.
Nombróse
al acto, no se interpusiera en eso la otra llamada, y con doble displicencia
por tratarse de un interlocutor anónimo.
Mas a las
primeras palabras su fastidio trocóse en atroz sorpresa. "Un amigo"
hacíale saber que su hermana tenía citas con Carlos
Suárez
Vallejo en su despacho de la escribanía de Cárdenas. Veíanse de mañana, cuando
estaban cerradas las otras oficinas; y si le interesaba sorprenderlos, se le
avisaría de igual modo y a la misma hora, sólo con que por tres o cuatro días
tuviera la paciencia de hallarse junto al teléfono.
Colgó
bruscamente el receptor, sin contestar la calumniosa insolencia, resuelto a
despreciarla en silencio como lo merecía todo anónimo y lo indicaba el estado
de Luisa.
—Idiota!...
Canalla!... —insultaba al desconocido con resolución y altivez, no exentas, sin
embargo, de sombría inquietud.
Al día
siguiente, sin atreverse, no obstante, a confesárselo, estaba junto al teléfono
cuando el timbre sonó.
—Vaya
ahora—dijo sin ambages la voz—y verá si miento. Preguntó por Luisa. No estaba
en casa. Había salido con doña
Irene,
pero debían separarse en el centro, conservando la señora el carruaje. Era lo
que sabía por habitual la tía Marta.
Diciéndo
se con insistencia que ir allá era otra infamia, y que. seguramente estaban
burlándose de él, Tato echóse el revólver al bolsillo y salió en dirección a la
escribanía.
Por más
que labrase su mente, no hallaba un sólo indicio confirmatorio de la ultrajante
novedad.
LXXIV
Con el
sombrero puesto ya para retirarse más pronto que de ordinario, p'ues doña Irene
debía buscarla en el obrador, así que acabara de visitar sus congregaciones,
Luisa, atisbando a través de los visillos, por habitual precaución, vió entrar
a Tato en la escribanía.
Detúvose
un instante en el vasto patio desierto, vacilando, talvez, entre dirigirse a la
cuidadora o avanzar por su cuenta, como lo hizo.
Luisa
comprendió al instante. —Viene acá—dijo a Suárez Vallejo, petrificado por
indescriptible estupor ante la imposibilidad de ocultarla.
La
habitación no tenía, en efecto, más que una puerta. La ventana, única también,
era enrejada y altísima. No había más muebles que un escritorio de altas patas
y el taburete; un pequeño lavabo en la pared, y un diván de cuero bajo el cual
pasaba toda la luz.
Sonaban
ya las pisadas de Toto en la escalera, cuando Luisa, suave y rápida, sin un
sobresalto, sin un ruido, sin una voz, envolvióse de golpe en la vieja cortina
que colgaba arrastrándose al costado de la ventana.
—Recuéstate
tú en mí—ordenó al desaparecer como una sombra —y ponte a leer un papel
cualquiera.
Simultáneo
con la llamada fué el franco "adelante!"—y Toto entró.
Una
mirada bastó para desengañarlo.
Detúvose
cohibido, descompuesto a un tiempo el semblante por la duda y el gozo.
—Usted
por acá?... —exclamó Suárez Vallejo simulando alegre sorpresa pero sin
abandonar su posición.
Tampoco
lo habría podido. Sentíase desvanecer hasta el vértigo al contacto del cuerpo
amado, sobre el cual cerníase casi tocándolo el riesgo fatal que él no sabría
sino compartir como un castigo inevitable. Y una ocurrencia atroz anonadábalo
todavía: la idea de que asomaban, mal cubiertos quizá, los pies de Luisa
calzada de blanco...
Invadíalo
tal temblor, que para no traicionarse arrojó sobre la mesa la escritura que
había tomado al azar.
Mas, el
otro, no menos confuso, abreviaba su permanencia, rehusando sentarse.
Tartamudeó el pretexto baladí de una consulta sobre verbos franceses. Pasaba
casualmente por ahí... Recordó... Tuvo la idea de subir, sin pensar que iba a
estorbarlo en su trabajo...
Suárez
Vallejo oía apenas. Ahora estrangulábalo otra ansiedad: el perfume. La cerrada
pequeña habitación debía estar llena de aquel aroma de ámbar.
Temeroso
de que cualquier movimiento descubriera el frágil ardid, cargábase con pesadez
casi brutal sobre la tierna criatura cuyo pecho sentía palpitar sereno y leve a
través de la cortina.
Esta
empezaba a ondular vagamente con aquel ritmo, y Tato fijó en ella su mirada un
instante...
Para
colmo de ansiedad, Suárez Vallejo comprendía que la propia turbación de su
fracaso impedíale marcharse más pronto.
Sirvióse
todavía un cigarrillo del paquete tirado sobre la mesa, invitó al vermouth de
la tarde, previa consulta de su reloj:—Las diez
y media...
Decidióse
al fin.
Apenas
traspuso el patio, abandonó Luisa su escondite. Encendida por ligera
sofocación, sonreía con descuido infantil
ante los
ojos estupefactos del joven.
—Pobre mi
amor!... —dijo compadeciéndolo. Y qué pálido estás! No acertaba él sino a
admirarla casi espantado, más linda en su animación, más adorable en su
valiente nobleza, recobrándose con
la
seguridad que le infundía el latido igual de su corazón, en el prolongado
abrazo.
Cayó de
rodillas, estrechando aún su cintura. Aspiraba anhelante el peligroso aroma que
pudo revelarla, buscaba con de voto labio los queridos pies que acaso la
arriesgan de muerte...
Retrayéndose
en evasiva suavidad, aludió ella con malicia un tanto forzada:
—Casi
estornudo con el polvo de la cortina...
Y de
pronto:
—Apenas
tengo tiempo de llegar al taller. Mamá me buscará a las once.
Cuando la
vió a su vez atravesar el patio desierto y trasponer el portal en el cándido
lampo de un vuelo de paloma, Suárez Vallejo
cayó
sobre el diván, deshecho, vencido. El exceso de su emoción desbordaba, absurdo,
hasta el llanto.
LXXV
Sólo
faltaba ya por suerte una semana para el viaje al balneario. Adelita y su mamá
partieron entonces con oportuna anticipación. Suárez Vallejo, formalmente
invitado, obtuvo con facilidad su permiso; debiendo a aquella milagrosa
economía de trescientos pesos que le hizo Cárdenas durante la inspección, la
posibilidad de renunciar al suplemento de las lecciones de aplazados y
disfrutar vacaciones por primera vez.
—Vacaciones
de bodas—decíale el escribano radiante de contento. Sepa amigo Vallejo que es
usted el hombre más dichoso del mundo, y yo el más feliz de que usted lo sea
con su tesoro. Porque esto no es un decir. Qué tesoro de criatura! Le aseguro
que cuando la veo, me entran ganas de "postrarme ante ella de
hinojos" como decían unos versos del coronel que empiezan así:
Postrado
ante ella de hinojos,
De los
querubes hermana...
Porque mi
tío, amigo Vallejo, era bastante buen poeta (mejorando lo presente)... y qué
preciosa se le ha puesto! Repito que no hay en el mundo hombre más dichoso...
—Dígamelo
a mí! Pero después de ella usted, amigo Cárdenas. Cómo le puedo agradecer tanta
bondad, sino recargándolo con mayores exigencias. Qué le parece?... Tengo que
nombrarlo todavía mi apoderado temporal y espiritual, porque debo confesarle
que estoy viviendo como en un sueño. Me siento indiferente a la realidad, y
para mí el mundo es un canto...
—Eso
también se lo he oído al coronel: "los enamorados viven por música",
decía. Ocúpeme no más. Para eso estamos los hombres. Váyase tranquilo. Yo me
encargo de todo. Yo le arreglaré todo Hasta la canallada que le han hecho y que
bien veo de dónde sale.
—Qué
canallada?...
—Cómo qué
canallada! Bien se ve que anda por las nubes. Pero el aviso al chico Almeida!
No me dijo usted mismo—y lo creo—que
si el
muchacho descubre la cosa los ultima a los dos?... Que al irse
le vió
patente el bulto del revólver?...
—Ah,
cierto. Y usted cree...
—Lo que
debía suceder. Dedíquese a protector de bribones! A sentimentalismos con la
chusma desagradecida!...
—No vaya
a cometer alguna injusticia, Cárdenas.
El
escribano echóse francamente a reir.
—Déjelo a
mi cargo. Pero no vuelva a recomendarme personal de servicio. No tiene mano
para eso. A otra cosa, en fin: y la licencia?
—Es
verdad. Aquí tiene la solicitud de prórroga. Pero aunque esté por vencérseme el
mes concedido, no la presente sin que yo se lo advierta.
Cuatro
días después que los Almeidas, partió a su vez, una luminosa tarde. Bajo la
polvareda cernida de sol, la ciudad parecía hundir se tras él en la cola de un
cometa dorado; mientras en el horizonte que iba a trasponer, las nubes abrían a
su destino un país de oro y de ensueño.
LXXVI
Ante la
meseta que acababa a pico sobre la playa arenosa, festoneada de espuma,
abríase, como suspendido del cielo, el mar tranquilo de la mañana. La mitad del
agua era perfectamente azul bajo el cristal sin mancha del firmamento. La otra
se obscurecía con lustre oleoso de cetáceo. Entre ambas zonas caía, relumbrando
al través, vibrante riel de sol rebullido en oro. Encaminada por aquel reguero
sin fin, la contemplación serenábase, conforme, en un embeleso de inmensidad
desierta.
La brisa
insinuábase asimismo con doble soplo, pasando por la cara como una cinta fresca
si venía del mar, difundiendo en languidez de abandonada pluma, si llegaba del
campo, la tibieza fragante de los tréb oles que socarraba el sol.
Allá
abajo, en la ribera sordamente atxxx de pleamar, Toto y Adelita, buscando
ocasión de aislarse, extremaban su afición al espectáculo del olaje rompiente.
Precaviéndose
de la humedad demasiado penetrante, Luisa quedábase en la ceja del acantilado,
acompañada por Suárez Vallejo, y algunas veces, también, por doña Irene que
conseguía levantarse temprano.
Reinaba
una soledad deliciosa, porque los bañistas matinales preferían la playa del
lado opuesto, más cercana a la población, mientras la gente mundana dormía aún
su escasa noche de sarao y de juego.
Las
Almeidas no figuraban en dicho grupo sino durante el paseo vespertino por la
explanada del kursaal, pues Luisa debía recogerse temprano; y las Foncuevas,
rindiendo el consabido homenaje al inminente noviazgo de Adelita, hacían lo
propio. Doña Encarnación era intransigente al respecto.
Podían
así los jóvenes disfrutar aquellas nítidas mañanas de oro ligero como la flor
de la retama hasta que a eso de las diez salía el viento del mar, cuajando las
primeras nubes.
Luisa
adoraba esas horas de felicidad perfecta, en que a solas con su amante y tan
apartados del mundo que la pitada de un tren lejano o la aparición de una
gaviota remontada hasta allá, maravillábanlos como por primera vez, sentía
vivir en ella el prodigio
de la
doble alma, embellecida de gracia, de silencio y de luz. Aquella impresión era
tan intensa en su propia quietud, que la agobiaba como una dichosa
convalecencia. Mecíala en una especie de adormecimiento lúcido la brisa de la
soledad. Quitábase entonces bajo la sombrilla su capota pastoril, para gozar
más benéfico el doble soplo, que ya lavaba su frente con salina frescura, ya le
avivaba las mejillas con su llama ligera. Habia allá romero y menta silvestre
con que solían llenar como un cesto la quitada capota. Sonreían entonces con
ternura sobre su propio romanticismo, juntas las manos en la misma mata que
olvidaban arrancar por mirarse. En el magnífico silencio trinaba al sol algún
pajarillo.
A la
parte opuesta, el pueblo medio enterrado en el follaje de quintas y jardines,
donde entreveraban recortes de acuarela los muros blancos y los tejados rojos,
animábase con el eco de tiroteo de los rodados matinales, que cortaba a bruscos
tijeretazos algún ladrido de mastín. Dando fondo al paisaje, un horizonte de
celestial fluidez, hacia
el cual
marchaban dorándose ascendentes praderas, desvanecíase en su propia claridad,
rayado de álamos.
Luisa
solía descansar allá su mirada, evitando la inmensa luz del mar.
—Me
aterra pensar—decía—que alguna vez, sin poder contenerme, empezara a andar
sobre ella para no volver más...
Una de
esas mañanas, el aire asoleado parecía aligerarse en ebriedad etérea. Menta y
romero perfumaban como nunca, colmando la abandonada capota, y la brisa del mar
insistía hasta volverse sonora sobre el tenso quitasol, cuya seda escarlata
infundía al rostro de la joven su encendido reflejo. Llevaba ella aquel
trajecito escocés que Suárez Vallejo prefería por juvenil, en la seriedad
colegiala de su rigor simétrico. Cada ráfaga parecía remolinarla en luz, que
avivábase, garruleando, en las medias de igual estampa, y punzando con fugaz
centelleo en la hebilla del cinturón. Otra chispa volada, pulía instantánea
lentejuela en el prendedor de su breve escote. Y bajo la inmensa amapola que el
quitasol fingía, su aflojada crencha oxidábase de oro bermejo, mientras la
pasión ahondaba sus ojos en una sombría transparencia de topacio.
Resaltábanle
en los pómulos, acentuando su gracia, dos o tres pecas de albaricoque maduro.
Su boca iluminábase con el ansia del mismo beso que estaba viendo palpitar en
el ardor de los labios amados. De pronto, una nube sombreó el mar,
envolviéndolos un instante en tenue frescura azul.
Suárez
Vallejo condújola, callado, hasta una vieja cantera que allá cerca había
descubierto. Crecían al borde matorrales y arbustos, y la triple pared formaba
como un profundo palco cuyo fondo, toldado por aquéllos, era invisible al
exterior.
Cesaba
allá de golpe, el rumor del mar. Sobre la húmeda paz ablandada de helechos,
agujereaba el cielo un brocal de aljibe. La sombra de las nubes, más frecuentes
cada vez, difundía, apagándose, un misterio de anochecido azul.
LXXVII
El efecto
del mar había sido tan prodigioso, que cuando algunos días después llegó a su
turno Sandoval, agobiáronlo las felicitaciones. Luisa destellaba realmente
belleza y juventud, como si en su delicia floreciese el granado.
Pero
aquello no hizo más que atenebrar todavía el alma siniestra. Un dolor de hierro
la hendió con recóndita trizadura. Tajo seco en cuyos labios de vibrante aridez
parecía persistir el doble filo de la daga.
Su
convicción renacía ante ese esplendor de flor abierta. Ama!—decíase,
enloquecido de tortura hasta astillarse los dientes
en el
espasmo de su desesperación. —Ama y es amada!
Por la
tarde, en el desfile del kursaal, donde era atendisísima y coqueteaba un poco,
más que por gala gentil, por irradiación natural de su propia dicha, el doctor
sospechaba de todos sin decidir su juicio sobre ninguno.
—Debe
ser—engañábase un momento—ese período de la adolescencia en que el alma
indecisa ama el amor...
La mirada
honda de luz, la boca venturosa, la elegancia como aérea del andar, desvanecían
su vacilante ilusión.
Entonces
revertíale en el dejo de sangre de su ebriedad, la gloria del crimen.
—Se está
quemando!... —pensaba, al verla como luminosa de vida, en aquella inflamación
triunfal que iba a consumirla, atizada desde la sombra por su horrendo
designio.
El apego
más infantil que Luisa le mostraba, su alegría de verlo allá, la vivacidad de
su agradecimiento, emponzoñábanlo con mayor torcedura. Cuán apartadas, cuán
inexorablemente apartadas de él aquellas manos, poéticas de generosidad, que
parecían ir deshojando sobre todos los senderos del dolor una inacabable
azucena! Cuán distantes aquellos ojos, aterciopelados de piedad sobre las
miserias de la vida! Cuán remotos aquellos labios, en que se distraía como de
regreso una sonrisa misteriosa y lejana!...
...A
quellas manos que le entregaban, no obstante, en su pulsación, el profundo
ritmo de la vida. Aquellos ojos que le imploraban con tanta inocencia la luz
temprana del pájaro y del
rocío.
Aquellos labios cuyo soplo sentía en sus cabellos al auscultar la fatídica
lesión.
Y ajeno
todo! Ajeno el tiern o herido pecho que le exhalaba su pureza de jazmín! De
otro, de otro para siempre!
Ah, no!
Siempre, es decir la eternidad, es decir también Jamás— eso era suyo !
El sería
también el único. El supremo evocador de aquellos nombres del abismo: Nadie,
Nada, Nunca...
LXXVIII
Por
disimulo y desgano a la vez, Suárez Vallejo no concurría al desfile de la
explanada. Su presencia en el balneario pasaba, pues, casi inadvertida.
Ocupábase
en hojear entonces los libros heredados del viejo profesor, obras raras, por
cierto, pero que debía substraer a la curiosidad de Luisa, conforme la doctoral
prescripción. Había sobre todo un volumen que lo tentaba.
Formábanlo
dos veintenas de pergaminos truncos, que contenían leyes del Consulado
marsellés pertenecientes a los siglos XIV y XV; varias actas condales del
Rosellón; y la sentencia de una Corte de Amor, celebrada en Narbona a fines del
siglo XII. Pero esta última era un manuscrito provenzal que le resultaba muy
arduo leer, por el entrelazamiento y las abreviaturas góticas. Su curso de
paleografía consular servíale, con todo, más de lo que supuso.
Algunas
tardes húmedas o ventosas, Luisa quedábase, prolongando la lección, mientras
los demás acudían al consabido paseo. La tía Marta acompañábala como siempre;
mas, ahora, recobrando su actividad musical, abstraíase en estudios de piano,
con gratísima oportunidad para los amantes.
Forzados
a una indiferente actitud, consumaban aquel encanto del coloquio amoroso que
habían apenas probado en sus escasas entrevistas, y que para mayor delicadeza,
tornaba casi místico la intimidad del susurro.
Era en
boca del amado aquella fineza con que había sabido enamorarla, ínsita ahora con
su propio ser, como el son en la cuerda tendida; aquella elocuencia gentil, en
la que había tanto suyo, que la misma alabanza parecíale natural, como el modo
propio de decir el amor, por la suavidad con que se le iba a lo hondo del
alma.Y era en sus labios de amada un silencio de perfección: —un silencio
suspirado y sonreído.
Encantados,
a sí, por la palabra, el desposorio de sus ojos era una transfiguración en la
Luz Suprema. ¡Tan leve que sentía ella su alma, mecida al infinito en el vuelo
de las golondrinas de la tarde! Mientras él, al acendrársele en adoración
clarísima el reprimido
afán,
sobrepujaba todo gozo terreno, como alzado en el aire por su llama cautiva.
Apenas,
al disimulo fugaz, serenábalos en belleza la decorosa posesión de las manos o
la noble caricia de alisar el cabello.
Una vez
de esas que se quedaron solos, recordaron ante la ventana, ancha de quieta luz,
aquel terrible episodio de la cortina, cuando ella, dominante el riesgo con su
alteza de lirio, vió la prosternación del amado, que asido a su talle imploraba
la gloria del beso de sus pies. Entonces ella recordó los versos de Las
Mpntaños del Oro:
Que mis
brazos rodeen tu cintura,
Como dos
llamas pálidas, unidas
Alrededor
de una ánfora de plata
En el
incendio de una iglesia antigua.
El ocaso
era un cráter de anaranjado rescoldo.
Y en el
reflejo que la envolvía desde la inmensidad sonroseando su cándida muselina,
pareció transparentar la suavidad de una larga perla.
LXXIX
Durante
la permanencia de Sandoval fué necesario suspender dichas pláticas, pues
tampoco salía aquél bajo la intemperie, habiendo organizado al efecto
ejercicios eventuales de esgrima con Suárez Vallejo, muy dedicado a complacerlo
por recóndita gratitud.
Pero
cierto caso urgente reclamó la presencia del doctor en la Capital; y como Luisa
hallábase tan buena, dejóle hasta la autorización de salir las noches calmosas,
o pasear por el jardín interior del chalet, donde había un estanque en cuyos
bordes érale a ella grato atardarse con el crepúsculo—"para ver pensar el
agua".
Suárez
Vallejo había admirado la poética originalidad de esta expresión que ella soltó
al pasar, bajo la influencia nocturna cuyo misterio tanto la impresionaba.
Poco a
poco, fueron prolongándose los paseos, favorecidos por noches de tibieza
dulcísima cuya morbidez, según don Tristán, presagiaba violentos temporales.
Iban todos los cinco, porque Toto faltaba como es de inferir, al parque vecino,
sobre el cual daba un costado de la mansión.
Avenida
por medio con la ribera, donde siempre había demasiada humedad, una vieja
glorieta municipal ofrecíase, solitaria, a su descanso. Conservaba un poyo a
medio derruir y una madreselva tan generosa, que daba flores sin cansarse a
todos los transeunetes sentimentales o distraídos. A unos cien metros detrás,
levantábase el chalet, sin que hubiese edificación intermedia; y como la
avenida era poco frecuentada, aquel trozo de parque resultaba casi una
pertenencia familiar de los Almeidas y sus huéspedes.
—Mi
hinterland—decía por diplomática alusión Suárez Vallejo cuyo balcón daba
directamente allá.
Al frente
abríase el mar obscuro en cuyo seno iban poniéndose, misteriosamente
embellecidas de soledad, las grandes estrellas.
Presentíase
en la inmensidad tenebrosa del agua, esa inquietud de su lobreguez en que
parece angustiarse la inminencia de un grito.
Unidos
por las manos, sólo con dejarlas caer en la obscuridad, los amantes
participaban apenas de la lenta conversación.
La
madreselva purificábalos con la frescura de su aroma silvestre. Parecía
nincnarse en el suspiro que ahogaban ellos, dulcemente llorada de flores.
Privados
de mirarse, convertían los ojos al cielo, llorado como la enredadera, para
eslabonar su destino en la cadena de las estrellas.
Suárez
Vallejo solía contar, adecuadas a la hora, cosas astronómicas y antiguas.
La
sentencia gótica que iba descifrando, fundábase, dijo, en un delicado concepto
del amor, compendio de la doctrina caballeresca: Es condición de las almas
comunes, amar para sí; en lo cual consiste el deseo. Mas, muy pocos son los que
saben amar, es decir poseer dándose por entero, con la perfecta generosidad de
la llama que para alumbrar se consume en sí misma. El ardor del deseo es
contacto de ascua que triunfa en lo que enciende: plenitud de la vida
vivificante. La iluminación del amor es la revelación de la vida eterna: la
inmaculada concepción que triunfa sobre la muerte. Dueño es de la perla quien
la ensarta en su collar; mas la perfecta posesión no se logra sino encarnando
en la perla. Que de esta suerte muere y revive en ella a la vez, el encarnado
del Perfecto Amor. El amor que siendo así incorruptible, triunfa de la muerte y
deviene inmortal.
En ese
instante, un reflejo que era más bien una descoloración de la sombra, tornó
visibles los rostros.
Y casi al
punto, brotó de todos los labios estupefacta exclamación. Como arrastrada por
irresistible soplo, Luisa empezaba a andar
hacia las
aguas que había iluminado de pronto el reguero de la luna, todavía oculta por
la masa del chalet.
—La
luna!... La luna!... Allá!... —decía, opaca la voz, deslizándose más que
caminando, proyectada con esbeltez fantasmagórica sobre el trémulo resplandor.
Cuando
Suárez Vallejo la detuvo, ya en la mitad de la avenida, irradiaba un
sobrenatural albor la palidez de su extravío.
Y con
ojos cuya alucinación trascendía un pavor de agua negra, donde se abismaban,
hondísimas, dos estrellita s pálidas, obstinábase en proseguir, atónita y muda,
hacia la luz inmensa del mar.
LXXX
Distraídos
una mañana en la cantera, hacia la cual atrájolos, según Luisa explicó después,
un enjambre de libélulas, tan profuso, que cubría los cardos con azulino
tul—dejáronse sorprender los amantes por brusca racha de tormenta. El denso
calor que desde temprano parecía desgajar el cielo en la pesadez de los
nubarrones, invertíase como un balde lleno, al tirón de alambre del vendaval.
El súbito
frío del chaparrón, no menos que la inminente mojadura, obligáronlos a correr,
campo traviesa. Luisa, encantada del episodio, reía bajo el relincho de la
racha cuyas mojadas crines azotábanla, casi dolorosas, al pasar. Sin embargo,
el vestido más ligero que de costumbre y el frágil quitasol, no impidieron que
llegara transida.
Así,
aunque para la tarde, todos, inclusive ella misma, habían olvidado aquello, a
eso de la media noche el vómito de sangre se repitió.
Suárez
Vallejo, despierto aún, oyó el confuso movimiento de alarma en el otro lado del
edificio; pero por más que lo asaltara viva inquietud, nada podía intentar bajo
pretexto valedero.
Además,
dentro de un rato cesó todo; y entonces, resuelto a dominarse por disciplina,
volvió al manuscrito gótico cuya lectura iba ya terminando.
Sólo se
oía, uniforme, el rumor del aguacero sobre los árboles del jardín.
De
pronto, al restablecer se más profunda la quietud tras un ímpetu del chubasco,
Suárez Vallejo advirtió, como aquella noche de la montaña, que su reloj se
había parado. Extremecido de presentimiento miró la hora. Eran las doce y diez.
El viento empapado aullaba en la obscuridad las asechanzas del espanto y de la
desdicha.
LXXXI
Seis días
estuvo sin ver a Luisa, aun cuando lo informaban sobre su estado la tía Marta y
el doctor que llegó treinta horas después bajo el temporal deshecho.
—Episodio
ingrato—habíase limitado éste a decirle, más cerrada que nunca su máscara
fatal.
—Grave?...
—atrevióse a balbucear el infeliz, con una timidez en que gemía toda su alma.
—Por
ahora, no. Pero habrá que redoblar las precauciones. La alucinación de la otra
noche—hum!—es un detalle que no me gusta...
Y
replegándose más aun en su acecho, mientras seguía con los ojos las rachas
empapadas del temporal:
—No le ha
notado usted, que la ve más de continuo, alguna contrariedad?... —O algún amor.
Una de esas inquietudes que los más íntimos suelen no advertir...
Un
asombro mortal aterró a Suárez Vallejo:
—De modo
que usted cree, doctor?...
—Sí...
Quizá... Una grande emoción podría...
Entonces,
ante el peligro de la bien amada, y puesto que todo debía sacrificarse a su
defensa:
—Algún
amor?... —dijo. Es posible.
Y con voz
tan extraña que le pareció de otro, tuvo fuerza para añadir:
—Siempre
hay que pensarlo así, tratándose de una muchacha hermosa.
El doctor
logró disimular un estremecimiento.
—Pero,
insistió—yo hablaba de alguna simpatía seria, profunda...
Sin
explicarse por qué, sintió el joven la necesidad de esquivar una recóndita
amenaza:
—La creo
incapaz, doctor, de una simpatía superficial.
—Tiene
usted razón—asintió el otro casi en voz baja.
Al caer
la tarde, siempre lluviosa, mientras paseándose solo por el salón, felicitábase
de la ingeniosidad con que pudo decir lo necesario, sin traicionar su secreto,
vió llegar a la tía Marta.
Bastóle
una ojeada para comprender que su impresión no era satisfactoria. Y
palideciendo con ansiedad:
—Una
nueva crisis... —insinuó, en vez de interrogarla.
—No, no.
Tranquilícese. Está bien... —es decir, descansa. Pero aunque yo nada sé de
esto, aunque nada vale mi opinión, tan perturbada como estoy por la zozobra...
por los desvelos... —qué quiere, será así. .. será así... —pero no veo venir la
reacción en que Sandoval confía...
Contúvose
de pronto. Por qué hablaban en esa forma?... Por qué le decía ella
"tranquilícese"?... Por qué estaba revelándole así su íntima
congoja?...
Suárez
Vallejo cedió de golpe a su vez:
—Por
favor, por favor!...
—Usted
que es tan buena... Dígame todo por favor! Atropelláronse a sus ojos lágrimas
ardientes que no llegaban a
brotar,
escaldándole los párpados con una especie de feroz hurañía.
—Todo!...
—murmuró ella desolada. Quién puede saber!...
Pero él
insistió, esquivando el rostro como para evitar su propia ocurrencia:
—¿No le
parece que yo... Que mi presencia aquí?... —Usted? .. Por qué? .. De ningún
modo... Al contrario!... Al contrario!
Cómo lo
enterneció esa espontaneidad de alma generosa! —Pero se va a morir!—prorrumpió
con rudeza absurda. Un sollozo de brutal sequedad le desgarró la garganta.
En el
silencio trágico que sobrevino, dominó la persistencia rumorosa de la lluvia el
estruendo sordo del mar.
Y con la
cara entre las manos, la tía Marta, sin responder, salió llorando.
LXXXII
Aquellos
seis días, casi solo en su aposento, ante la lluvia inacabable y el mar,
habíanlo desesperado hasta la demencia.
No pudo
aguantar sino dos la tortura de asistir a las comidas, donde su papel de
huésped forzábalo a intentar conversaciones triviales y fracasadas, ya con don
Tristán y el doctor, que callaban preocupados o distraíanse en el comentario de
sus mutuos recuerdos, ya con Tato cuya sombría displicencia disipaba apenas, de
cuando en cuando, Adelita, única persona de su sexo que aparecía por allá.
Acabó por
recluirse, para evitarlo, en los restaurantes más solitarios y alejados de la
costa, pues volvíansele insoportables la vista y el rumor del mar; proyectando,
aunque sin decidirse, llamar a Cárdenas como amparo y consuelo.
Dejaba, a
sí, correr el día, empapándose a veces en extenuadoras caminatas por los
desiertos alrededores, con el apasionado traspensamiento de predisponerse mejor
al mal qu e bebería en la amada boca. Su boca que presentía más bella en el
dolor, y más suya, también, en la seguridad del último llamamiento.
La idea
atroz volvíalo entonces a la realidad terrible. Y bajo el cielo que parecía
revolcar su andrajosa tristeza en la desolación del viento salvaje, ante los
campos lúgubres donde la lluvia blanqueaba como ceniza, regresaba agobiado, con
una fidelidad de perro a la puerta que no ha de abrirse.
Pero esto
era nada en comparación de las noches espantosas. Incapaz de alejarse en su
impotente desasosiego, afinado su oído
con
sutileza de tortura por la amenaza del posible fatal rumor, desvelado hasta el
alba ante los libros inútilmente abiertos, asechado por el enigma que le
acercaban las tinieblas y la soledad, sintiendo a cada crujido de mueble el
erizamiento del pavor en anillada frialdad de gusano, el sueño que sólo con la
vislumbre tardía lograba conciliar, fatigábalo como un aplastamiento.
No era
descanso, ni lo buscaba, ni lo quería.
Pasábase
largos ratos de cara a la pared, siguiendo con el dedo un rombo del empapelado.
¡Y aquel
implacable golpe del corazón, que parecía estar cavando en la sombra su
calabozo! Aquellos desgarrones de huracán que martirizaban la noche! Aquel
tronido del imponente mar!...
Oíaselo a
toda hora y de todas partes, potente, enorme, tremendo...
Desde el
borroso amanecer, bajo el cielo que se abajaba, embuchándose de lluvia, era
otra vez, siempre, aquel asalto al cantil costanero, abalanzado entre cañonazos
de espuma, o vomitado sobre el chorreante peñón en borbollón de salmuera verde.
A la
parte opuesta, más desolado aún, el paisaje abrumábase en una opacidad de
estaño, entristecida acá y allá por charcos turbios y árboles lóbregos.
Toda
aquella inmensidad parecía llorar sobre su tristeza. Cuando, el séptimo día,
Luisa, mejorada por completo otra vez,
asistió
al almuerzo, mucho más demacrado estaba él, y en sus sienes blanqueaban algunas
canas.
LXXXIII
Había
insistido, sin embargo, en partir, por deber de prudencia; pero Luisa
reclamaba, precisamente, las lecciones que iban a quedarte como única
distracción.
Pues
durante muchos días, quizá el resto de la temporada, no podría salir.
La
persistencia del temporal acarreaba ya desapacible frío. Fácil era prever que
al disiparse, sobrevendría con el cambio de viento una temperatura casi
invernal.
Además,
dos circunstancias contribuían a aumentar su ai slamiento: don Tristán debió
ausentarse a la campaña, donde la inundación acababa de perjudicar gravemente
una de sus más importantes posesiones; y casi al mismo tiempo, en forma
inesperada, el compromiso de Toto se rompió.
Para
colmar la aflicción de doña Irene, el doctor hallábase también en la Capital,
aunque una vez arreglada la suplencia del consultorio, regresaría lo más pronto
posible, con el fin de tomar, ya continuas, sus vacaciones.
LXXXIV
Contra lo
que pudo temerse, la ruptura del compromiso anunciada una noche por el mismo
Toto con su habitual impetuosidad, conmovió poco a Luisa.
Había
vuelto aquél, de pronto, hacia la mitad de la velada con que las tres, en
compañía de Suárez Vallejo, prolongaban la sobremesa.
Entró,
chorreando agua del impermeable, dijérase que al empuje del ventarrón, renovado
en eso, y avanzando hasta la cabecera de la mesa, donde asentó sus manos como
un orador, dijo con displicencia un tanto burlona:
—He
deshecho mi compromiso. —Pero Efraim!—reprochó angustiosamente doña Irene,
mirando a su hija.
Suárez
Vallejo púsole también cara de reproche.
Mas,
Luisa, volviendo hacia él con dulce gravedad sus ojos serenos:
—No me
extraña, dijo, y has hecho bien, porque nunca se han querido de veras.
—Tú, sí,
que eres inteligente!—alabó Tato, echando sobre una silla el capote y
sentándose a los pies de su hermana, en la alfombra, con mimo familiar.
Estaba
rosado de frío, brillantes los ojos de infantil travesura. Restregóse
satisfecho las manos; y tomando las de Luisa, las
apretó
contra su cara helada.
Suárez
Vallejo y ella sonrieron enternecidos. La tía Marta abandonó un momento su
encaje.
—No te
pongas trágica, mamá!—exclamó Tato, aludiendo al ademán con que doña Irene,
entreabierta la hermosa boca y alzado el rostro a la vez, había dejado caer los
brazos.
Entonces
refirió el episodio con pintoresca jovialidad. Sin exagerar nada, Adelita y
doña Encarnación eran ya
insufribles.
Al fin,
en la muchacha, explicábanse los caprichos, las exigencias... Aunque había
acabado por advertir en todo ello, a pesar de los arranques, el plan consabido
para asegurarlo más.
Este fué
el primer desengaño.
No
obstante, Adelita era demasiado linda para que no valiese la pena dejarse
embaucar a sabiendas, Su despotismo calculado, sus falsos celos, poníanla
deliciosa.
Un poco
monótona, si se quería, su seducción. El mismo éxtasis de ojos alzados, el
mismo ademán de apoyar en tres dedos el rostro pensativo, de sacar el pie, de
volver la cara con la mejilla sobre el hombro... Todo muy ensayadito ante el
espejo, muy Priere d'une Vierge...
Pero...
—bonito al fin.
En
cambio, con la proximidad del cotillón de gala en que por rito social debía
formalizarse el compromiso, doña Encarnación intervino en los amores de un modo
tal, que parecía ella la novia.
Había
acabado por no dejarlo vivir en casa más que para dormir, hasta durante la
enfermedad de Luisa.
Lo peor
era que Adelita, no obstante su petulancia voluntariosa, obedecía como un
alférez.
Muy
bonita siempre, muy elegante, muy gentil, justo era reconocerlo, aquella
disciplina filial acentuaba demasiado su semejanza con la absorbente señora.
Tato había advertido una noche, en el corte de su barbilla, el mismo pliegue
que con grotesca placidez inflábasele a aquélla hasta el seno de pujanza
monumental. Y eso podía anticiparle lo más cursi que en punto a belleza hubiera
para él: una gorda de ojos lánguidos ...
Pues ¿no
le daba todavía a la buena señora, por empolvarse, creyendo disimularlo, aquel
lunar que le colgaba de la mejilla como una borlita de felpa?... Y si también
se heredaba la predisposición a echar lunares?...
Con todo,
aunque aburrido ya, habría ido hasta el fin, por no dejar plantada una chica
distinguida, amiga de su hermana, cuando la propia suegra le alzó el escrúpulo
con una insensatez.
Empeñada
en renovarle el elogio de "la joya que se llevaba", aunque sin duda
creíalo digno de ella, no sólo aprobaba la debilidad de Adelita por todo
cortejo eventual, considerándolo tributo debido a su belleza irresistible, sino
que una de las últimas noches había llegado a encarecerle casi como un favor la
decisión de quererlo su hija a él solo, hasta concluir, tuteándolo, para mayor
impertinencia:
—Porque
cuando te prefirió, tenía cuatro festejantes más. Y todos de anillo!
Fué la
gota del desborde. No se diría, entonces, que la perjudicaba. Cuatro, nada
menos!
Carguen
ell os con el perfume Jockey-Club y con la suega de barlita!
Sin
embargo, para evitar explicaciones penosas y tentativas de acomodo, iría a
reunirse con don Tristán, que quizá estaba necesitándolo.
Partió,
pues, al día siguiente; y las Foncuevas, dando por malograda la estación con el
temporal, se ausentaron sin despedirse, decididas a completar su veraneo en la
montaña.
LXXXV
Veinte
días llovió casi de continuo; y si bien no enfriaba mucho, la humedad obligó a
calentar las habitaciones.
Luisa
adelgazaba, aunque sin debilidad aparente, adquiriendo una elegante delicadeza
que inducía a confiar. Parecía la natural transformción de adolescencia en
juventud, que suelen precipitar las crisis febriles.
Así
opinaba por otra parte Sandoval, después de minucioso examen. Insistía en creer
benéfico el ambiente marino, fuera de que habría sido imprudente emprender un
viaje con tiempo tan desapacible. Mejor estaba, en suma, allá, sólo con
mantener uniforme la temperatura interior.
La verdad
es que ante el nuevo síntoma, el doctor había sentido un amago de
remordimiento. Mas su diabólica tortura indújolo a martirizarse con nueva
comprobación, en la intimidad de la consulta:
—Mira,
Luchita, no es por entrometerme en tus tiernos secretos, si los tienes, pero
debo insistir en preguntarte si no te domina alguna intensa preocupación...
Algún sentimiento o contrariedad ...
En el
rostro empequeñecido por la característica extenuación, los ojos, alzados hacia
él tras largo silencio, dilatáronse con una inmensa y lenta luz. Pero al cabo
de un instante, sus párpados, tan solo, abatiéronse afirmando. Su pálida mano
buscaba con vago tanteo la frescura de la sábana.
—Preocupación?...
Contrariedad?... —insistió él bajando la voz para disimular el ansia.
En la
sombra de las pestañas, que desmesuraba hasta lo abismal ojeras fatídicas,
tembló fugitiva la levedad de un ala...
—Si es
necesario, entonces... Si tengo que sanar por él... —¡Por él?
Ahogóse
en la ronca exclamación la desgarradura de un grito.
Pero
ella, sin atribuirlo más que a sorpresa:
—Ni
preocupación ni contrariedad. Soy enteramente dichosa. Su voz había recobrado
la dulzura y firmeza habituales; pero sus
ojos
seguían entornados. Sandoval, a su vez, bruscamente endurecido por la
certidumbre, insistía con canallesca autoridad:
—Y?...
Mas como
Luisa alzara en eso los párpados, evitó su mirada escurriéndo se un poco hacia
la cabecera para ocultar la demudación.
—A
usted—prometió ella—a usted que ha sido para mí como un padre, se lo diré
primero si me decido a hablar. Antes que al mismo papá—añadió resuelta.
Un vahido
la descompuso, y la sombra de sus pestañas pareció difundírsele por el rostro
como una opacidad de ceniza.
Aquel
pasajero desmayo no impidió partir al doctor, tan segura fué la reacción de la
enferma.
Sólo que
para él empezaba el desenlace... No volvería ya hasta que el nuevo ataque, el
último sin duda, requiriera su impostergable asistencia. Su curiosidad
desgarradora, desaparecía, por lo demás. Qué le importaba el otro ya, si él era
el verdadero dueño? Si ya no sería de ese otro? Si, tal vez, ni verse más
podrían? La reclusión que dejaba prescripta era tan rigurosa, y el propio
Suárez Vallejo que, a no dudarlo, sólo por condescendencia permanecía allá, no
paraba en el chalet. Habíalo visto desde el balcón matar s u aburrimiento,
paseando campo afuera bajo la lluvia.
LXXXVI
En su
ocio forzado, que apenas alcanzaban a distraer las lecturas de pasatiempo
permitidas por el doctor, o los ejercicios, someros también, de la lección
vespertina, muchas veces postergada por capricho indolente, Luisa entregábase a
un lujo excesivo y pueril de nobles sedas y piedras precio sas.
Hubo que
llevarle de la Capital la colección de mantones y encajes cuya opulencia
enorgullecía a doña Irene, y las joyas familiares que se dió a usar con
abandono señoril, en predilecta profusión de sortijas.
Erale
grato sobrecargar con ellas por contraste sus lánguidas manos, que así
agobiadas, parecían desfallecer de amor, otorgando en su palidez el lirio
reinante de la hidalguía; trabarlas de pulseras con la bárbara pompa de una
esclava de cuento; atardarlas en la adorable caricia de las sartas de perlas;
desnudar en un temblor de rocío el grácil cuello mojado de diamantes; renovar
en un entrevisto esplendor el boato antiguo de las ajorcas...
Flúidas
líneas de túnica y de manto in materializaban su andar en deslizamiento de
larga seda. O era, bajo la espiritualidad sutil del ámbar, una elegancia otoñal
de deshojamiento en evaporación de amorosos encajes.
Exageraba
aquel perfume, para abolir el odioso dejo de creosota que difluía a veces en
torno suyo un resquemo de droga lúgubre. Y el exceso de aroma esclarecía con
ligero vértigo su palor, en una inmensidad de ojos sobrenaturales.
Así, en
su dulcísimo secreto, celebrábase esposa, engalanándose para él, nada más que
para él, con la plenitud de una estrella solitaria. La excelsa pasión educaba
sus ojos en la suavidad del apego, sus labios en la efusión del alma, sus manos
en la gracia del don, su actitud en la gentileza del señorío. Y de tal suerte,
gesto, ademán, postura, glorificaban en ella el Perfecto Amor, aquel arte
caballeresco que eternizaba la beldad, transfigurándola en expresión de la
cortesía.
La
limpidez de su hermosura así lograda era tal, que engañaba como un frescor de
salud. Ella misma olvidábase hasta el desvarío, en la propia ilusión que
extenuaba su delgadez de luna menguante.
y no era
sino mayor elegancia la holgura, excesiva ya, de las túnicas que ideaba,
rebuscando con aguda susceptibilidad la molicie del matiz y la tela: de
terciopelo negro, que fué su color aquella primera tarde de los amores, y que
permitía descubrir con garbo tan nítido la garganta fulgurada de pedrería; de
rosa tenue que encendía en claridad más sutil los brillantes; de ingenuo
celeste que fantaseaba la noble fatalidad de las turquesas y de los ópalos; de
lila delicado que enternecía el ensueño de las perlas; de verde luz en que,
sobre el tierno pecho, sangraban los rubíes palpitante paloma; de blanco
perfecto, que en la principalía del candor, pedía, único, el imperio de la
esmeralda.
Cuando
niña—recordaba dichosa—mientras en la reja de la ventana abierta sobre la
noche, fingíase corona de hierro y de estrellas, parecíale verse se ataviada
como entonces en una antigua cámara de muros formidables. Absurda coquetería
que la tornaba indiferente a las modas y atractivos de su edad.
Su
deslumbramiento arrastraba al mismo amante en una especie de mística anulación.
Después
de todo, por qué no iba a sanar? Por qué no la curaría aquel régimen adoptado
con tanta fe por un médico tan sabio y adicto? Su médico desde la infancia...
Cómo iba a equivocarse o fracasar así! Siendo ella, además, tan joven...
Y de
pronto, sorprendíase incrédulo, despreciable de bajeza consigo mismo,
temblándole en una lágrima, absurda quizá, la medrosa fragilidad de su engaño.
LXXXVII
Disminuía
el viento; y bajo la lluvia más pareja y nutrida, iba serenándose el mar con
densa ondulación de arena. Habríase dicho que regeneraba su piel en blanquecina
viscosidad de molusco.
Suárez
Vallejo describíalo como única novedad a Luisa, quien no podía verlo desde el
salón ni desde su alcoba, en aquellas conversaciones de la tarde que poco a
poco adquirían sobrehumano embeleso.
La
tibieza un tanto excesiva del salón, avivaba el perfume ambarino que las manos
de la amada parecían prodigar en la pompa de su alhajas. El pacífico gris de la
luz exterior cernía en el ámbito una tranquilidad de aislamiento tan
inviolable, que acurrucaba los ecos en los rincones con blandura de sueño. Los
cortinados pendían noblemente marchitos Desvaíanse los tapices en avejentada
opacidad, que sin embargo aumentaba más bien su opulencia. En la consola cuyo
espejo repetía el salón con vulgaridad de copia, una canasta de flores
renovábase con igual insignificancia. El rumor del mar era tan monótono, que
resultaba una percepción del silencio. La alfombra parecía ahogar los pasos en
una pulverulencia de ceniza. Todo adquiría una conformidad extraterrena, una
calma ya ulterior que habría sido cruelmente absurdo romper.
El mismo
reposo volvía a sugerir la consoladora ilusión: Por qué no iba a sanar?... No
lo afirmaba, acaso, la ciencia? No hacía milagros el mar con las parálisis y
los raquitismos tuberculosos?
Cada vez
más iluminada por una como milagrosa transparencia interior, Luisa iba tomando
la dorada palidez de la madreselva pronta a marchitarse.
Doña
Irene, harta de clausura y enteramente ciega de fe en el doctor, hallaba en su
devociones y obras pías, apenas modificadas allá, motivo para salir,
aprovechando los recalmones.
Además,
quedaba siempre en su puesto la tía Marta, que habiendo comprendido,
disimulábase, piadosa, o fingía abstraerse en prolongada divagación musical,
con esa sed del bien ajeno que deja en las almas hermosas la desdicha de un
grande amor.
Consciente
por otra parte hasta el martirio, ante la evidente delicadeza de aquel caso
cuyo tratamiento demandaba precauciones extremas, sabía que contrariar a Luisa
era matarla de una vez.
Acaso no
estaba viviendo sino de ese imposible amor...
¿Y a qué,
entonces...
Suárez
Vallejo sentía, a su vez, temblar en aquel hilo de dicha toda la angustia de su
alma.
Vivir
adorando ante su vida en peligro, hacerla feliz a costa de su propia ilusión,
embriagarse, para embriagarla mejor, de esperanza y de olvido...
Una vez
más la piadosa duda volvía. Por qué no?... Por qué no? Pero no bien advertían
la soledad, en los cortinajes lóbregos, en
los
muebles cerrados, en las mismas flores que aclaraban la penumbra con tardío
frescor, estirábase como una pantera negra la pérfida voluptuosidad de la
muerte.
Y eran,
en la ocasión conseguida, los besos ávidos de beberla, que la amada desunía a
veces, para atardarlos con mística pasión sobre aquellas sienes donde había
encanecido por ella la tortura de los aciagos desvelos.
—Cuéntame
el mar, mi amor, tú que puedes verlo. Cuéntame los colores del mar...
Lentamente
iba obscureciendo la noche.
Una
extraviada transparencia de charco demudábase en el espejo.
Encantaba
la serenidad alguna quejumbre de retardada melodía. De pronto, voltejeando en
la sombra como una almita, despertaba
la
fragancia de un jazmín o un narciso.
y en la
ya nocturna obscuridad que parecía profundizar la alfombra, retraían el último
reflejo, con esplendor fugaz, las chinelas recamadas de lentejuelas de oro.
LXXXVIII
Saltó de
golpe el viento, y su inverso empuje arrolló el temporal en balumba gris sobre
el horizonte.
La
limpidez azul del cielo y del mar embanderó triunfalmente el día.
Sobre la
crespa marejada, la contra ráfaga chapuzaba al sol, pulverizando irisados
vidrios.
De cuando
en cuando, una ola, en desmesurada efusión de brindis, rompía sobre el cantil
su copa de jaspe.
Bajo una
inocente alegría de renacer, la luz parecía nueva, y verdaderos lampos atizaban
su esplendor a cada sesgo de gaviota.
Un oro
flúido rizaba con sutil vibración el cristal del aire.
Pero en
aquel estremecimiento de sol tiritaba el frío.
Así, no
obstante las precauciones, el aumento de calefacción, los abrigos, Luisa sintió
el efecto del cambio brusco.
La
consiguiente inquietud, extremóse para el joven, bajo el disimulo de la
exaltada descripción, en un sobresalto intenso.
Pocos
días atrás, durante un silencio en la mesa, como Luisa extendiera la mano hacia
la garrafa, cayósele sobre el plato, con nítida sonoridad, una sortija. Suárez
Vallejo sintió el contragolpe en el corazón, como una advertencia.
—Te está
grande ese anillo, observó doña Irene.
Luisa
limitóse a contemplar con piedad melancólica sus dedos adelgazados.
LXXXIX
Una
congoja de vértigo, a pique ante ella como una sombra sin fondo, revelábale
bajo su helado trasudor la agravación inminente.
Sobrepúsose,
no obstante, al primer amago, para llegar hasta el salón una tarde más, una
límpida tarde, tan clara, que en vez de apagarse con el crepúsculo, reavivaba
más penetrante la luz, transparentando cielo y tierra en una diafanidad de
amatista.
Advertida
por su propia angustia, la tía Marta salió, comprendiendo que se aproximaba un
desenlace.
Los
amantes hablaron poco. Una pureza inefalile abstraíalos en aquella luz
apaciguada de la inmensidad. Callaban como cuidadosos de la perfección de su
amor. Una perfección que olvidaba en la delicia de su propia infinitud, ajena
al mundo, al tiempo, a la vida...
Mas, con
el cambio de viento, llegaban ahora hasta el salón las campanadas del reloj
municipal. Y de pronto, bajo el silencio que parecía eternizar la piedad de la
tarde suspensa en él, pasó con ellas nítida, lenta, irrevocable, la advertencia
de la fatalidad.
Suárez
Vallejo, con súbito escalofrío de pavor, notó aquella gracilidad en que
visiblemente abatíase una azucena; la afligida humedad de la frente demasiado
clara; las llamitas funestas de los pómulos; la quemadura aciaga de las ojeras.
Y con el
ademán habitual, le pidió en silencio las manos. Retirándolas del manguito en
que buscaban disimulo y no abrigo,
tendióselas
ella con desolada y suprema elegancia. Entonces lo erizó de nuevo el espanto.
Las sortijas habían
desaparecido.
Desnudos
en su ardorosa delgadez, los pobres dedos no podían ya retenerlas...
Sobre
esas manos que empezaba así a despojar la muerte, derramáronse, joyas vivas,
sus lágrimas.
—Qué
quieres que haga, mi amor... Las pobres se me han enflaquecido tanto!...
Y tras un
suspiro sonreído en la obscuridad:
—Ya no
sirven más que para lloradas. Una noche de paradisíaca hermosura, entraba sin
tinieblas, menos sombría que el mar.
Al ocaso,
en el cielo de intensidad verde, abríase con amorosa palpitación el capullo del
lucero.
XC
Todos
habían precipitado el regreso ante la ya extrema gravedad de Luisa.
Casi no
abandonaba el doctor la pequeña antecámara dispuesta como enfermería, para
evitar a aquélla la exhibición de remeclios y aparatos.
Doña
Irene y la tía Marta turnábanse en la alcoba, dejándola sólo por instantes, a
indicación de Sandoval.
Con
anomalía cruel mejoraba el tiempo. Un luminoso renacimiento estival glorificaba
la plenitud de la vida. La calma era tan profuncla, que apenas se oía el rumor
del mar.
Al
anochecer del cuarto día, tras la celebración, puramente consoladora, de una
junta con dos colegas que veraneaban allá, el doctor había decidido reposar un
instante.
Subió,
pues, a su habitación, con dicho pretexto, pero en realidad con el fin de
sobreponerse al duro reproche que el mayor de los médicos ni siquiera atenuó,
ante esa adopción contraindicada del ambiente marino bajo el prestigio de una
teoría elocuente. Eso no era experimentar, sino jugar con la vida humana, y su
pronóstico decidíase redondamente pesimista.
El más
joven callaba con adusto respeto, aunque se adhirió al mismo parecer.
Allá en
el balcón, sólo ahora, Sandoval erguíase, implacable, ante la propia desolación
de su maldad.
El
lucero, más límpido que nunca, iba cayendo al mar solitario. Pronósticos!...
Reproches!... Si él era el dueño de esa muerte! ¡Claro que se iba a morir,
divina y amada como nadie lo fué
nunca!
¡Eso era,
eso sí, querer hasta la muerte, como decían!
Y después
de verla muerta, qué le importaba a él morir también, fracasado, hundido!...
Ah, los
imbéciles con sus pronósticos!...
Las
potencias de la fatalidad y de la sombra: la pasión, el mar, la muerte, él las
desataba con poderío incontrastable. El, él solo precipitaba al abismo la
pálida criatura que iba hundiéndose en
aquella
inmensidad de amargura y de tinieblas, como el lucero tembloroso a la orilla de
la noche.
Quién
comprendería la desesperación de no poder evitar esa sentencia más fuerte que
él mismo!
La
horrenda angustia de llorar su propio crimen!
El paso
de Suárez Vallejo en la vecina habitación, contuvo el alarido de llanto demente
en que iba a estallar.
Habían
vuelto para aquél los días de soledad espantosa. Aferrado a la insensatez de
una esperanza más cruel que la
certidumbre,
partianle literalmente el alma, como un descuartizamiento, la absurda
posibilidad del milagro y la lucidez implacable de la fatalidad.
Caía así
otra horrenda noche, en la quietud como eterna que cruzaban, augurales, las
campanadas del reloj.
La tía
Marta, que piadosa siempre con él, solía traerle algún consuelo, no llegaba. No
vendría seguramente ya. Mala seña!...
Rehusó la
comida por no molestar y por no ver la cara del criado, que presentía de mal
augurio.
A eso de
las once, asomó la tía Marta. Su pálida serenidad infundióle instantáneo
alivio.
—Duerme
tranquila—limitóse ella a murmurar, retirándose acto continuo.
En el
exceso de su desesperación, tranquilizólo aquéllo con lasitud extrema. El
corazón temblábale, doloroso aún, pero la amena za de la soledad se alejaba de
él.
Reabrió
entonces el manuscrito provenzal que se daba la ilusión de descifrar para ella,
a título de sorpresa y galardón cuando sanara. La sentencia de la corte de amor
estaba ya puesta en claro.
Sólo
faltaba leer las firmas de las damas que subscribían el antiguo documento.
Nada lo
distraía tanto como la monótona pesadez de ese afán. Aunque la alcoba de Luisa
quedaba en el ala opuesta del edificio,
jardín
por medio, al levantarse en busca de un diccionario cualquiera, anduvo de
puntillas para no turbar el silencio.
Parecíale,
tan dolorido estaba, que iba pisando sobre su propio corazón.
La
lectura empezó, bastante difícil como para ir sumiéndolo en una abstracción
remota. Eran diez nombres que el copista había decorado de arabescos a la
usanza oriental: Eleonora de Sabran, Blancaflor de Saluces, Ana Gantelmes,
Alicia de Mont-Pahon, Hermisenda de Pierrefeu, Beatriz Malespine, Brianda
Tallard, Dulce de Moustiers...
Mas, al
descifrar la penúltima firma, el manuscrito se le cayó de las manos.
El soplo
del misterio erizó su nuca, abismándolo en estupenda palidez.
Sobre el
gótico pergamino, leía, sin creer a sus propios ojos, este nombre turbador,
asombroso, quizá fatídico: Luisa de Mauleon.
XCI
Amaneció
uno de aquellos días de oro claro, fragantes de pradera y de mar.
Gloriábanse,
casi continuos, jubilosos gorjeos.
Suavizaba
la urraca, como remota en la poesía matinal, su dulzura de pífano silvestre.
En el
parque inmediato, un arrullo de tórtola enternecía el misterio de la arboleda.
Reanimada
por aquella hermosura, Luisa había sentido un gozo tan absoluto de vivir, que
al acto quiso levantarse.
Afianzaba,
sobre todo, su impresión de salud, la agudeza con que sentía en murmullos y
trinos la música de la mañana.
Mas, al
traicionarla sus fuerzas, cuando apoyada en la tía Marta intentó dejar el
lecho, díjole sin perder su alegría:
—Qué
lindo es todo y qué buenos son todos conmigo! Cuando me muera, quiero que me
dejen acá, donde he sido tan dichosa.
Y ante la
actitud de piadosa protesta, que intentaba fingir despreocupación:
—No, no.
Prométame que harán así. No se lo pido a mamá por no afligirla. Suspiró
ligeramente, mirándose las manos:
—Me
siento sana. Tal vez el milagro del mar que el doctor espera... Y la promesa de
mamá a Nuestra Señora... A la Stella Maris... Pero estoy tan concWuída!...
Verdad que me sienta este batón de encajes? Cómo me halla hoy?... No estoy muy
fea?...
Abrazó de
pronto la vieja ama da cabeza:
—Tía,
tiíta Marta adorada! Usted es la única que sabe lo que es querer!
Su
recobro fué tan evidente, que animó a todos.
Volvíale
aquel sonroseo de perla que tenía algo de iluminación. Su sonrisa era tan
amorosa, que parecía reinfundirle una delicada ebriedad.
Jovial
con Tato, dulcísima con don Tristán, agradecida decida a la madre buena que
había obtenido para ella aquel favor de la Virgen, subyugábalos a su convicción
de mejoría, llena de encanto y de proyectos.
Mandó
retirar de la antecámara los remedios, para suprimir especialmente el olor a
creosota.
Enterado
de la novedad, Suárez Vallejo habíale enviado flores. Sólo la tía Marta,
ausentándose por momentos, lloraba a
escondidas.
La enferma tuvo una broma de piedad cordial para sus ojos que creía enroecidos
por el desvelo.
Y como
durante el almuerzo de la familia, se quedara un instante a solas con Sandoval:
—¿Sabe
que otra vez pasaron "ellos"... Aquellas listas azules en la
obscuridad...
—Y te
dicen algo, Luchita?
—Lo mismo
que antes—recuerda?... Me hablan de amor y me llaman al olvido.
El
olvido!...
Cuando al
caer la tarde fueron por él con alarma repentina, esperaba el trance de un
momento a otro.
El
crepúsculo reinaba ya en la alcoba tranquila.
La
palidez de Luisa destacábase en la penumbra, casi como un albor, devorada viva
por sus ojos inmensos. Su cabellera parecía evaporarse, enorme, en la sombra.
Quería
hablar a solas con el doctor, que inmóvil al pie del lecho, callaba.
—Gracias,
dijo con leve fatiga. Comprendo que ya nohay nada que hacer... No se alarme...
No me ofrezca ningún remedio más...
Estoy
tranquila Tengo que pedirle algo, y cumplirle una palabra que le di.
Bajó
ligeramente los ojos, añadiendo sin transición:
—Soy la
amante de Carlos Suárez Vallejo.
La
conmoción de Sandoval fué tan violenta, que Luisa alzó de nuevo los párpados.
—Nadie
fuera de usted debe saberlo en el mundo. Nadie— prosiguió con suave entereza—y
menos los de casa. Lo que tengo que pedirle es que lo cuide como me ha cuidado
a mí, para impedirle que me siga.
Su voz
era paulatinamente más baja y categórica.
—Ahora,
concluyó, quiero hablar con él solo. Vaya y envíelo acá.
Usted
manda en casa.
Y como el
otro no se moviera, frunció imperiosa el entrecejo:
—Vaya en
el acto!
XCII
Suárez
Vallejo cayó de rodillas ante el lecho, empapando en lágrimas la pobre mano ya
fría.
Luisa
suspiró con la dicha callada y honda de las tardes perfectas. Su mano
desprendióse lentamente, para acariciar como solía los
amados
cabellos.
—Amor
mío, mi único amor, el momento llega. Veo una luz inmensa en el mar!
El
infeliz tembló de espanto y de lástima. Empezaba a no dudarlo el delirio,
porque el mar, desde allá, no podía verse.
—No
deliro, adivinó ella. Estoy ya muy alta y veo la luna. Contemplaba él, aterrado
ahora, la palpitación de sus párpados
caídos.
—No te
desesperes, mi amor, proseguía la moribunda. Júrame que no te harás ningún mal
por mí... Que no intentarás seguirme. No lo hagas nunca... Espérame. Yo vendré
a buscarte. Tienes que cumplir tu destino... Ahora cuando salgas, di que me
dejas dormida. No quiero que perturben mi primer momento de eternidad...
Pobres!...
Sufren por mí... Pero yo no soy más que tuya. Nada temas. Sigue viviendo por
nuestro amor. Yo te cuidaré desde la sombra.
En la
propia inmensidad de su dolor, Suárez Vallejo dominado por misterioso poder
retuvo su llanto.
Luisa
tanteo vagamente el aire, extraviada ya en la ceguera de la agonía:
—Bésame,
mi amor, para irme en tu beso.
Suárez
Vallejo la sintíó, así, apagarse en sus labios. —Cuando salió de puntillas, los
demás esperaban, desolados
bultos,
en la obscuridad casi completa que ni siquiera atrevíanse a alumbrar.
—Se ha
dormido—murmuró, escurriéndose, sombra él también, entre las sombras.
Largo
rato después, cuando sintió llegar a su aposento el estallido de los sollozos
lejanos, hallóse, como de estupefacto regreso, en el balcón cuya baranda
soldábase a sus manos con frialdad metálica,
impasible
hasta verse infame, firme hasta darse miedo, hueca la frente y fijos los ojos
en la luz inmensa del mar.
XCIII
Pasados
tres días, y aun a riesgo de violentar el suplicante afecto de doña Irena que
le rogaba: "No se vaya así, no nos deje así, usted que fué para ella casi
un hermano"!—su decisión de partir estaba tomada.
No pegaba
los ojos, siempre hundido en aquella tranquilidad más tremenda que cualquier
desesperación.
La casa
entera parecía abandonada, y don Tristán había caído enfermo.
Resolvió
aprovechar la mañana hermosa, pues contaba tomar el tren nocturno para
conseguir un camarote solo, y andando como entre sueños, fué a dar sin pensarlo
en el reducido cementerio local donde se cumplía la voluntad de la difunta.
Estaba
cerrado; mas, la pared del recinto, tan baja que apenas le daba al pecho,
permitíale ver su interior solitario. En la cornisa de un sepulcro, un jilguero
trinaba junto a su nido. Suárez Vallejo intentó en vano enternecerse con esa
inocente dicha. Brillaba ante él, con igual indiferencia, el mar donde iban
alejándose las barcas pescadoras.
Allí
estaba, pues, su pobre amor, con su último beso muerto también en los labios.
Veía muy próxima la modesta sepultura prestada donde dormía entre un
desbordamiento de flores apenas marchitas, sobre las cuales zumbaba un
abejorro.
El
también sentía un ansia profunda de llorar y dormir.
Así pasó
el tiempo, indeterminado, inútil, bajo el ardiente sol que agravaba el
desamparo de los campos desiertos.
Y ella
estaba siempre allá, quieta, callada, y él sufriendo siempre hasta la agonía
aquella impotencia de llorar y dormir.
La última
vez que se vieron en el salón, ella dejó caer la cabeza en su hombro.
Tuvo de
repente la impresión de volver a sentirla.
Miró de
reojo con lentitud ...
Nada!...
En la
meseta arenosa que a su espalda extendíase, reinaba plena la soledad.
Dichosos
los muertos!
Una
infinita sed de libertad le angustió entonces el alma.
No iba a
dormir nunca, pues. El ansia inútil de llorar pesábale sobre el corazón,
intolerable como una piedra.
Intolerable
como una piedra...
Como una
piedra que era menester echar de encima a toda costa.
Advirtió
satisfecho que llevaba el revólver.
Sacólo
con pausa, echándole una mirada cariñosa. Cómo había tenido la buena idea de
alzarlo al salir!...
La vida
que iba a dejar, inundó su ser con la embriaguez de una belleza sobrehumana.
Oh
dulzura divinamente triste como la del amor! Dulzura de la perfección eterna!
Gozo inefable de morir!....
En ese
momento, un tilburi cuyo rodar apagaba la arena, detúvose detrás de él, al
propio tiempo que una voz exclamaba con acento extranjero:
—Doctor
Suárez Vallejo, qué hace aquí usted con este sol!
Su
mirada, turbia de extravío y de asombro, apenas reconoció al transeúnte.
Era
Ibrahim Asaf.
XCIV
—Volvía
de ver unos terrenos cuya adquisición me interesa, y que me han retenido acá
tres semanas con motivo del temporal— explicaba el asiático en el saloncito
familiar de la pensión donde residía.
—Soy
huésped único—añadió ante la mirada inquieta del joven.
—Nadie
puede oírnos, ni se ocuparán de nosotros. Gente inglesa:
reservada,
tranquila...
Calló un
momento.
—Así,
pues—prosiguió con gravedad—ha pasado usted el trance en la condición
prodigiosa que no se realiza sino cada muchos siglos. El sacrificio de un ángel
le ha abierto las puertas de la eternidad. Ahora conoce usted el secreto. No
tardará mucho en sentir materialmente sus consecuencias. Ella vino a buscarlo
del otro lado de la vida y del tiempo, separada de usted por sombrío episodio,
desde la época en que habitaba un castillo de piedra del Languedoc.
Volvió a
callar como recapacitando. El joven había empezado a llorar sin lágrimas, en un
suavísima desahogo interior que no alteraba su semblante. Parecíale que
recordaba y no, con incongruencia de sueño:
...Una
suntuosa cámara... El puñal que caía... Dos manos pálidas sobre un laúd... Un
velo empapado en sangre...
—No abren
la puerta de la eternidad sino la muerte aceptada o el sacrificio de un
espíritu puro que cae en la materia con ese fin, adoptando una encarnación que
ya no necesita. Vida por vida, según la inexorable ley. Pero encarnar es volver
al dolor extinguido tras siglos de prueba... Por otros tantos quizá... Milagro
de amor, tan difícil, hasta para los mismos ángeles de compasión!... Un grande
acontecimiento que reanudará la historia de nuestras razas, a la cual ella y
usted halláronse unidos, requerirá la colaboración de usted. Así podrá usted
cumplir su destino; y mientras tanto, ella será vengada. Así también podrá
usted acompañarla, para siempre ya, en el camino de expiación que se ha
impuesto.
Elija
usted entre perderla si la desoye, o seguirla a través del infierno que es la
encarnación adoptada, con todas sus infinitas
miserias,
de las cuales será una ya esa venganza.
Porque al
caer así en la materia, los espíritus de la luz se convierten en ángeles de la
sombra.
Y
ahora—quiere usted ser de los nuestros? Venir al seno de la Santa Fidelidad?
XCV
Apenas se
vió a solas, Suárez Vallejo experimentó un terror inmenso y confuso.
Inmóvil
en el centro de su habitación, sentíase, no obstante, desplazado materialmente
en un vacío sin término.
Caía?...
Flotaba?...
Palpóse
lentamente. La impresión que se causó fué como la del humo.
No. Eran
sus manos las que parecían de humo.
Percibíase
desde lejos, en aquella disgregación de su propio tacto.
Sus pies
asentaban netamente en el piso, pero sin ninguna impresión de sensibilidad.
Y de
pronto, su conciencia estalló en una explosión formidable y muda.
Algo que
se anulaba en él, anulándolo, intentó asirse a su propio ser con el soslayo de
un manotón errado.
Un frío
lento iba yéndose de él como la empañadura de un vidrio.
Su
mirada, lejanísima en la luz, era la misma línea del horizonte.
Más
allá...
No. Más
allá estaba él otra vez, opuesto a sí mismo, absolutamente lineal. Una línea,
no más: su propia mirada.
El terror
absoluto del horizonte...
... Un
vértigo abismal, que era su propia mirada.
Y todo él
cayendo en ella.
Caía?...
Flotaba?...
Flotaba?...
Comprendía?...
Comprender!...
Su
corazón era un agujero doloroso... El dolor que debió agujerearle el corazón.
El dolor
bienhechor del tiro!...
Y ahora,
sí, mucho más hondo, más negro, más fatídico, el pavor de comprenderlo!
La
voluntad de morir había sido tan poderosa, que desintegró su ser para siempre.
No era la
muerte, porque faltó el episodio mortal. Mas tampoco podía considerárselo ya un
viviente.
La muerte
requiere una causa material. Es un efecto. Pero la sola voluntad de morir puede
ponernos espiritualmente del otro lado de la vida. A veces por un momento. A
veces del todo.
Con qué
desolada lucidez lo comprendía!
El camino
del infierno empezaba, pues, para él. Otro y él mismo a la vez, era ya su
propio fantasma.
¡Qué
valía, con todo, su horror, ante el sacrificio de la celestial criatura?
Aquel
sacrificio en que el Angel debía caer a la obscuridad y a la tristeza, al dolor
y a la muerte, que son las miserias de la existencia carnal, para absorber
hasta extinguirla en su propia intrínseca luz, la sombra separatriz del ser
amado.
XCVI
Solitario
aun el club en aquel final de temporada veraniega, casi no había más
concurrentes a la sala de armas que Suárez Vallejo y el doctor.
Tácito
convenio impedíales hablar de la desgracia, aunque atribuyéndose recíprocamente
falsos motivos. Sandoval, alguna promesa impuesta al amante; el otro, aquel
siniestro fracaso que el médico debió cubrir con una verdadera fuga, bajo la
insistencia atroz del grito materno en que clamaba el instinto infalible:
—Me la
mató el mar! Me la mató el mar!
Pero el
joven no le guardaba rencor, creyendo en la buena fe que parecía confirmar su
tristeza trágica. Veía por el contrario en él algo de su pobre amor, que se lo
tornaba a la vez lúgubre y simpático.
Los
Almeidas habian decidido pasar el año en la estancia devastada por la
inundación, no sólo a fin de reparar los perjuicios que fueron cuantiosos, sino
para evitar las otras casas, demasiado llenas de recuerdos.
Cárdenas,
leal siempre, no descuidaba un día a su amigo, multiplicando su ingenio con
delicadeza "de hermana mayor" decía aquél. ¡Los sollozos que se había
tragado, hasta socavar se garganta y corazón en ronquera de aneurisma!
Y en
cuanto a Blas, Suárez Vallejo recordaría siempre aquel día de su llegada, en
que, de pura pena, habíasele escondido tras la puerta de la estación, por no
faltarle al respeto con el llanto que no iba a poder ahogar. Ahora vivía a su
servicio en la pensión, o mejor dicho a su arrimo; y por la tarde, cuando
salían todos, buscaba el umbral de la cocina donde se acurrucaba como un perro
para llorar a solas.
Suárez
Vallejo no tenía más distracción que sus asaltos de esgrima con Sandoval.
La
existencia no le representaba ya sino una amarga espera, indefinida en
titubeante estupor.
Existencia,
que no vida, ya que él mismo no era sino una ilusión corporal en este mundo:
una sombra del otro lado...
...Aquel
más allá que tampoco percibía sino como una vaga quietud gris: una vaguedad de
insomnio en la niebla...
Por esto,
una de esas mañanas de esgrima, habíalo sorprendido su propio entusiasmo ante
el doctor. Probablemente, díjose, debido a la misma intensidad del juego, si no
a la pasión comunicativa de su adversario.
Concluída
su lección, el maestro acababa de retirarse. Sandoval atacaba con ímpetu,
multiplicando los batimientos. El
centelleo
de su mirada era tal, que a despecho de la careta, la alegre valentía del
hierro parecía iluminar su palidez. Aguantaba el otro, correcto, hasta reducir
su línea al perfil de un rayo de luz; y con elástico apronte, recogíase en la
guardia, envuelto por su inevitable punta.
De
pronto, tras dos breves fintas, batió a su vez, entrando al grito. Sintió a un
tiempo caer un pedazo de hoja y hundirse su espada
rota en
la carne.
—Tocado!—gritó
con arrogante homenaje Sandoval, empinando su careta.
XCVII
La
estocada era mortal, y minutos después perdía el herido la palabra.
No la
recobró sino poco antes de fallecer esa noche, para decir al oído de Suárez
Vallejo con un soplo doloroso que aceleraba su estertor:
—Yo limé
la hoja. En una carta que le dejo, verá por qué. No merezco su compasión ni su
estima.
Retiró la
mano que el joven quería tomarle, y entró en agonía, ya para no volver.
XCVIII
La carta
era seca como un informe. Contaba todo, sin sombra de arrepentimiento. La misma
ejecución mortífera por mano del joven, fué, decía, una ocurrencia,
inexplicable, quizá; una forma de suicidio adoptada con fría desesperación.
Sandoval había se impuesto así la pena capital de los asesinos. No por él ni
por el otro, sino por ella. Para ser también él solo quien la vengara. Un
suicidio común habríale parecido poco. La elección del ejecutor era también por
ella. Porque, siendo su amante, era el que más habríala satisfecho. Y si todo
aquello parecía un caso de enajenación mental, o lo era en efecto, convendría
pensar que cualquier pasión desesperada es una forma de locura. El
despertamiento atávico del corsario antecesor, en él, constituía, pues, el caso.
Decía la tradición familiar que los Mauleon poseyeron sobre el Mediterráneo una
fortaleza desde la cual pirateaban y arrojaban a las mujeres infieles.
Comuníqueselo al doctor Fulano, añadía: el disidente del pronóstico fatal.
XCIX
—Y fué
así, concluyó Suárez Vallejo epilogando, como entré en relación con los
adeptos. El desarrollo de mi carrera me llevó al Asia, y allá conocí al
XCIX
—Y fué
así, concluyó Suárez Vallejo epilogando, como entré en relación con los
adeptos. El desarrollo de mi carrera me llevó al Asia, y allá conocí al último
de los cinco Imanes de Revelación, que invisible para los profanos, reside
en...
Pronuncié
mentalmente el nombre del paraje.
—Eso es,
dijo mi interlocutor, sin citarlo ya.
—Lo que
no puedo-prosiguió—es sofocar el ansia de reposo, de muerte completa, que me
domina... ¡Las temeridades que he cometido, los riesgos que he provocado a tal
fin!... Sin miedo, por lo demás, ya que en suma no pertenezco a este mundo.
Inútil todo, siempre inútil. El ángel vela en la sombra. Y cada vez, una
circunstancia inesperada pero lógica, me salva en el momento justo. Ya es un
episodio fortuito, aunque natural, ya una sugestión que desvía las voluntades
hostiles, como aquella de la propia ejecu ción que imbuyeron los adeptos en el
alma infame de Sandoval.
Un
relámpago de implacable aversión brilló en su mirada.
—Y lo más
triste es esto, que va a conc uir de sincerarme ante usted: Por ese instinto
del misterio, que explica la inc inación de las mujeres a lo trascendental, no
es raro que tiendan a enamorarse de mí. Trátase de una atracción casi física,
que experimentó usted mismo, me parece, bajo la forma del vértigo. Algo, sin
duda, más temible que grato. Pero el amor femenino empieza temiendo...
Su frente
inclinóse con desolada fatiga:
—Verá
usted la jactancia que en ello puede haber (por qué no decirlo ya?...) para un
muerto.
Clavóme
sus ojos, lejanos en la eternidad. Sus ojos sin fondo:
—Por eso
tengo que ausentarme. Soy uno que existe en el
vértigo...
Uno que debe incesantemente partir...
Y
tendiéndome la mano:
—En
homenaje al encargo que le he traído, prometóle que, si me es posible, me
despediré de usted cuando el ángel venga por mí. Cuando llegue mi hora...
C
Mediante
la copiosa información en que los diarios rivalizaban, asistíamos, por decirlo
así, a los preliminares del armisticio que iba a terminar la Gran Guerra.
Rendído a
tanta contradictoria emoción, dormía una noche, lejana ya de aquella extraña
entrevista, cuando me despertó la impresión de un estallido.
"Pesadilla
de guerra"—pensé sin sobresalto, atribuyéndolo a mí excesiva preocupación.
Habíame
quedado con los ojos abiertos en la obscuridad, gozando la sensación de las
tinieblas, que me es grato experimentar en el silencio de la noche.
Ajeno a
toda alucinación, clara la mente, y sin vincular a ningún recuerdo el estrépito
despertador, advertí que hacia el fondo del cuarto, a la altura del dintel,
cruzaba la sombra, sin ser de ningún modo claridad ni vislumbre, opaca como la
misma obscuridad, una lista azul que fué encogiéndose hasta desaparecer.
Entonces,
con certidumbre imperiosa y absurda a la vez, me
asaltó
una idea:
—La
despedida...
Dos días
después, entre la multitud de despachos que colmaban mi diario matinal, hallé
uno confirmatorio, de Lisboa:
"En
forma repentina, ha fallecido en el edificio de la legación, donde moraba, el
ministro de..."
—Al
fin!... —díjeme, como aliviado a mi vez por una especie de melancolía dichosa.
Pasaron
las horas, sin mayor preocupación a decir verdad, cuando cerca ya del mediodía,
el portero apareció con una tarjeta.
—Juan
Medina, acopiador—leí en voz alta. No sé quien es. Dígale que no estoy.
El
portero volvió momentos después con un legajo que el visitante me dejaba sin
insistir.
Bajo mi
dirección, puesta con tinta en la cubierta, había escrito a lápiz, en
caracteres arábigos y latinos: Ibrahim.


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