© Libro N° 12032.
El Anciano Campeón. Hawthorne,
Nathaniel. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Anciano Campeón. Nathaniel Hawthorne
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Nathaniel Hawthorne
El
Anciano Campeón
Nathaniel
Hawthorne
El Anciano Campeón
Contenido en Cuentos clásicos del norte
Nathaniel Hawthorne
Publicado: 1920
Fuente: Wikisource
Edición: Doubleday, Page and Company
Traductor: Carmen Torres Calderón Pinillos
El
anciano campeón
HUBO una
vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de injusticias más
graves que todas las que amenazara traer la revolución. Jaime II, el hipócrita
sucesor de
Carlos el
Voluptuoso, había abolido los privilegios de todas las colonias y enviado un
soldado grosero y sin principios para arrebatarmos nuestros derechos y poner en
peligro nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos
los rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que
recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes que se
fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata del pueblo o
de sus representantes; los derechos de los ciudadanos violados, y los títulos
de propiedad anulados; las quejas amordazadas por la censura de la prensa; y
finalmente, el descontento sojuzgado por una banda de tropas mercenarias que
por primera vez hollaba nuestro suelo. Durante dos años continuaron nuestros
antecesores en taciturna sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre
su lealtad a la madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un
protector o por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin
embargo, nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se
gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que disfrutan
ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.
Al fin
llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de Orange se había
lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de los derechos religiosos y
civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra. Era solamente un murmullo
incierto; podía ser falso o podía también fracasar la aventura; pero en ambos
casos costaría la
cabeza al
hombre que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia
produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y
lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir a lo
lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera señal estuviera
pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente abatimiento. Advirtiendo el
peligro, los gobernantes trataron de evitarlo por medio de un imponente
despliegue de fuerza, confirmando su despotismo con medidas aun más agresivas.
Una tarde de abril de 1689, Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos,
exaltados por el licor, reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del
gobernador y se presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su
ocaso cuando comenzó el desfile.
El sonido
del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de crisis y
agitación, parecía, más bien que la música marcial de los soldados, un toque de
rebato para los ciudadanos. Una multitud que afluía por diversas avenidas se
reunió en King Street, lugar destinado, casi una centuria más tarde, a ser el
escenario de otro encuentro entre las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha
contra su tiranía. Aun cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el
arribo de los primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes
mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más notables
quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices. Notábase el rostro
grave, el porte generalmente severo, la expresión firme aunque melancólica, la
bíblica forma de elocución y la confianza en las bendiciones del cielo por la
justicia de su causa, que distinguía a cualquier grupo de los primitívos
puritanos cuando se veían amenazados de algún peligro en su aislamiento. En
realidad, no era tiempo aún de que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que
se encontraban aquel día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en
los bosques al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir
un edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados del
parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus antiguas armas
fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de los Estuardos.
Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe, de
aquellos
que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con ferocidad religiosa
mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban con sus plegarias. Varios
ministros veíanse esparcidos entre la muchedumbre, que les miraba, a diferencia
de otras agrupaciones, con tanta reverencia que parecía que sus vestiduras
debieran encarnar la santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para
tranquilizar al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era
motivo de comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al
turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera conmoción
podía provocar un estallido en todo el país.
—Satanás
dará ahora su golpe maestro,—exclamaban algunos,— porque él sabe que el tiempo
es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán llevados a prisión! ¡Habremos
de verles en las
hogueras
de Smíthfield[1] de King Street!—
A esto,
los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en torno de su
ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor dignidad
apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más alto de su carrera,
la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en aquel momento que la
Nueva
Inglaterra tuviera su propio John Rogers[2] para reemplazar a este varón
ilustre en el martirologio.
—El Papa
ha ordenado una nueva San Bartolomé! —gritaban otros. —¡Nos asesinarán a todos,
a los hombres y a los niños!— Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la
clase más
pradente
juzgaba el objeto del gobernador algo menos atroz. Sabíase que Brádstreet, su
predecesor bajo la antigua constitución y compañero venerable de los primeros
colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí terreno para conjeturar que Sir
Édmund Andros intentaba producir el terror por un despliegue de fuerza militar,
y dominar a la facción enemiga apoderándose de su jefe.
—Firme
con los antiguos privilegios, gobernador! —rugía la multitud, apoderándose de
la idea, —¡Buen gobernador, anciano Brádstreetl —
Cuando
más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la aparición de la
figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet, un patriarca de cerca de
noventa años, que se destacó
en lo
alto de las gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la
multitud para que se sometiera a la autoridad constituida.
—Hijos
míos, —concluyó el venerable personaje, —no hagáis nada inconsideradamente. No
gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de la Nueva Inglaterra y aguardad
con paciencia que el Señor sea servido de hacer algo por nosotros. —
Los
acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo este tiempo
el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte y más profundo,
hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la misma calle acompañado
del eco regular de la marcha de los militares. Apareció una doble fila de
soldados ocupando todo el ancho de la vía, con el mosquete al hombro y mechas
encendidas, formando una línea de fuego en la obscuridad. Su marcha firme
semejaba el progreso de una máquina arrollando con irresistible empuje todo lo
que se encontrara en su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido
confuso de cascos en el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que
se destacaba la figura central de Sir Édmund Andros, el más anciano de ellos,
pero erguido y de aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros favoritos, los
enemigos más acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su derecha montaba Édward
Rándolph, nuestro principal adversario, aquel "mezquino demoledor,"
como le llama Cotton Máther, que llevo a cabo la ruina de nuestra antigua
administración, mereciendo el anatema que le persiguió obstinadamente durante
su vida y más allá de la tumba. Al otro lado iba Búllivant, lanzando burlas y
escarnio a su paso. Venía atrás Dúdley, con los ojos bajos y continente
temeroso, como si no se atreviera a afrontar las miradas indignadas del pueblo
que le contemplaba a él, su único compatriota, entre los opresores de su país
natal. El capitán de una fragata fondeada en el puerto y dos o tres oficiales civiles
se veían también en el grupo. Pero la figura que atraía más las miradas del
público y despertaba más vibrantes sentimientos, era el clérigo episcopal de
King's Chapel, con sus vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre
los magistrados, y encamando admirablemente la prelacía y la persecución, la
unión de la iglesia y el estado y todas aquellas
abominaciones
que habían llevado al destierro a los puritanos. Una doble hilera de soldados
cerraba la marcha. Toda la escena pintaba la condición de la Nueva Inglaterra:
desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que no nace de la
naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un lado, la multitud
religiosa, con su semblante triste y su obscura vestimenta; y del otro, el
grupo de gobernantes despóticos, ostentando acá y allá algún crucifijo sobre el
pecho, con el alto personaje eclesiástico al centro, magníficamente ataviados,
encendidos por el licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose del
murmullo universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una
palabra para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el
cual podía asegurarse la sumisión.
—¡0h.
Dios de los ejércitos! —clamó una voz entre la multitud, — ¡envía un salvador a
tu pueblo!—
Esta
exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del heraldo para
introducir un notable personaje. La multitud había retrocedido y se hallaba en
aquel momento en plena confusión a la extremidad de la calle, mientras los
soldados avanzaban en una tercera parte de su longitud. El espacio intermedio
estaba vacío, mostrando la calzada libre entre altos edificios que arrojaban
sombras confusas sobre toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de
un anciano, que parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo
hacia el centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba
el antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa a la
moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al costado; pero
llevaba además un bastón en la mano para sostener el trémulo temblor de los
años.
Cuando
estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano lentamente,
mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y doblemente venerable
por la blanca barba que descendía hasta su pecho. Hizo un ademán de aliento y
expectativa a la vez y, dando media vuelta, prosiguió su camino en linea recta
hacia adelante.
—¿Quién
es este anciano patriarca? —preguntaron los jóvenes a sus padres.—
—¿Quién
es este hermano venerable? —se preguntaron los viejos unos a otros.—
Nadie
pudo responder. Los patriarcas del pueblo, que contaban ochenta años y algo
más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido respecto de esta evidente
personalidad, a quien probablemente habían conocido en los días primitivos como
asociado de Wínthrop y todos los viejos consejeros, dictando leyes y elevando
plegarias, y apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían
recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises como
los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había borrado tan
completamente en su memoria el recuerdo de este blanco patriarca, reliquia del
tiempo desvanecido, cuya venerada bendición había acariciado seguramente en la
infancia sus cabezas descubiertas?
—¿De
dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este hombre?— susurraba la
admirada multitud.
Entretanto
el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía su solitaria
marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más cerca de los soldados
que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el redoble del tambor, irguióse el
anciano en toda su altura, envuelto en sombría e inquebrantable dignidad,
pareciendo que toda la decrepitud de la edad caía de sus hombros. Marchaba
ahora con paso marcial, llevando el compás de la música militar. De esta manera
avanzaron, la antigua aparición de un lado y toda la parada de soldados y
magistrados por el otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia
en medio de ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y
blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:
—¡Deteneos!—
La
mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial timbre de
la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo de batalla como a
elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria, fueron irresistibles. A la
voz del anciano y ante su brazo erguido, calló inmediatamente el redoble del
tambor y la línea entera se detuvo. Un temblor de entusiasmo se apoderó de la
multitud. Aquella augusta aparición, en que se cambinaban la santidad y el
poder, tan blanca, tan vagamente entrevista, con sus antiguas
vestiduras,
podía ser únicamente algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado
de su tumba por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante
y reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva Inglaterra.
El
gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su inesperada
detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus atemorizados y
palpitantes corceles contra la blanca aparición. El anciano, sin embargo, no
retrocedió un paso; y recorriendo con mirada austera el grupo que le rodeaba a
medias, la fijó al cabo severamente en Sir Édmund Andros. Podría haberse creído
que el sombrío anciano era el jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con
todos los soldados que les acompañaban, representando todo el poder y la
autoridad real, no tenían más recurso que obedecer.
—¿Qué
hace aquí este viejo?— gritó Édward Rándolph ferozmente. —¡Adelante, Sir
Édmund! Haced avanzar a los soldados y no dejéis a este viejo chocho más
alternativa que la que dais a toda la nación: ¡hacerse a un lado o ser
pisoteados!
—Vamos,
vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca, — dijo riendo Búllivant.—¿No
veis que es algún antiguo dignatario que ha estado durmiendo estos treinta años
y no sabe nada de los cambios ocurridos? ¡Sin duda piensa echarnos abajo con
alguna
proclama
en nombre del viejo Noll![3]
—¿Estáis
loco, anciano? —preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e incisivo. —¿Cómo os
atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey Jaime?
—Habría
detenido en estos momentos aun la marcha del mismo rey,—replicó el respetable
personaje con severa compostura. —Me encuentro aquí, señor gobernador, porque
el grito del pueblo oprimido ha llegado hasta mi escondida morada; e implorando
ardientemente la protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más
sobre la tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de
Jaime? No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía
su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo hacíais
emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás! ¡Esta noche tu
poder ha
terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos que desees que te pronostique el
cadalso!—
El pueblo
se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su campeón, que hablaba
con acento singular, como alguien que no estuviera acostumbrado a hacer uso de
la palabra, excepto con los muertos de años atrás. Pero su voz sacudió el
espíritu de la multitud. Afrontaron a los soldados, sacando a relucir algunas
armas y listos a convertir en instrumentos de muerte las mismas piedras de las
calles. Sir Édmund Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos
duros y crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil
de ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del anciano,
obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni enemigos se
habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus pensamientos, no
pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos. Mas, sea que estuviese
dominado por la mirada del blanco adalid, sea que adivinara el peligro en la
actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es que retrocedió ordenando a sus
soldados una retirada lenta y a la defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo
sol, el gobernador y todos los generales que tan orgullosamente montaban a su
lado estaban prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado,
Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.
Mas
¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se retiraban las
tropas de King Street y el pueblo se amotinaba tumultuosamente en su
seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo gobernador, abrazar a una figura que
aparentaba ser aun de mucha más edad que él. Otros afirmaban muy seriamente
que, en tanto que se maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase
éste desvanecido ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del
crepúsculo hasta que quedó solamente el espacio vacio. Pero todos convenían en
que la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época
aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en las
horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron cuándo se
celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra tumularia.
¿Quién
fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en los anales de
aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa para el tiempo, pero
gloriosa en la eternidad por su lección humillante para los monarcas, y
altamente ejemplarizadora para los vasallos. He oído decir que dondequiera que
los puritanos necesitan mostrar el espíritu de sus ascendientes, aparece de
nuevo el anciano. Transcurridos ochenta años, se presentó otra vez en King
Street. Cinco años después, en la aurora de cierta mañana de abril, apareció en
la pradera frente a la capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta
ahora el obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caida
de la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker
Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los alrededores.
¡Mucho, mucho riempo puede transcurrir antes de que se presente otra vez! Su
hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de peligro. Mas, si la tiranía
nacional nos oprimiera alguna vez o el paso de los invasores violara nuestro
suelo, volvería de nuevo el anciano campeón, porque encarna el espíritu genuino
de la Nueva Inglaterra; y su aparición simbólica en la hora del peligro
representará siempre la promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán
corresponder a su alcurnia.
_________________________________
1. ↑ Sitio notable en Londres en tiempo de la
reina María por ser el lugar donde levantaban la pira para quemar a los
heréticos.—La Redacción
2. ↑ Clérigo protestante inglés. Después de la
exaltación de la reina María al trono predicó contra los dogmas del catolicismo
en Paul's Cross; siendo arrestado, juzgado y quemado como hereje.—La Redacción
3. ↑ Apodo dado comúnmente a Óliver
Crómwell.—La Redacción


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