© Libro N° 12031.
El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Maza,
Carlos. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Carlos Maza Gómez
Versión Original: © El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey.
Carlos Maza
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL ANARQUISTA LOCO QUE QUISO MATAR A UN REY
Carlos Maza Gómez
El
Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey
Carlos
Maza Gómez
El Anarquista
Loco Que Quiso Matar A Un Rey
Carlos
Maza Gómez
© Carlos Maza Gómez, 2016
Todos los
derechos reservados
as
circunstancias históricas y los personajes (salvo el del reportero autor de las
notas), existieron realmente. La personalidad de los testigos, sus vidas, están
basados en testimonios de la época, pero son ficticios.
Índice
Pilar y
Catalina Gil ………………… 7
Ramón
Sancho Alegre …………….. 13
Alfredo
G. …………………………. 21
Rosa Emo
………………………….. 29
Francisco
Gómez …………………... 43
Gabina
Pérez ………………………. 53
Salvador
Lerols ……………………. 59
Rafael
Guijarro …………………….. 67
Gumersindo
Nuño …………………. 73
Rafael
López ………………………. 81
Eduardo
Barriobero ………………... 89
Diego
Medina ……………………… 97
El Editor
…………………………… 103
Pilar y
Catalina Gil
¿Sabe
usted que nosotras estuvimos cerca de los dos atentados contra el monarca? Sí,
ya sabe –aclara la menor de las hermanas-, el de Mateo Morral en 1906 y el otro
de 1913. Ahí estábamos las dos. Bueno, el primero no llegamos a verlo.
Estábamos con unas amigas viendo cómo pasaban los novios por la Puerta del Sol.
No cabía
un alfiler –tercia la mayor, parecen en perfecta sincronía, como si
compartiesen vida y detalles-. Vimos pasar a los recién casados, qué guapo
estaba él y qué guapa la novia sobre todo. La gente lo comentaba, vaya suerte
del rey casarse con Victoria Eugenia.
Ena, la
llamamos, como en su familia. Entonces era tan joven, ¿cuántos años tendría,
Pilar?
No creo
que llegara ni a veinte. Pobrecilla. Decían que la sangre de los caballos
muertos le salpicó todo el traje, que estaba pálida mientras su marido
intentaba darle ánimos. El rey siempre ha tenido mucha templanza, mucha
serenidad en esos casos. Morral ya le había lanzado una bomba en París, creo,
cuando Alfonso estaba con el presidente de allí. Según dijeron se quedó tan
pimpante, como si no pasara nada, insistiendo en seguir el recorrido.
Como en
Madrid, lo mismo. Dicen que Dios está con él, que nada le puede pasar.
Bueno
–interrumpe Pilar-, eso son exageraciones. Fíjate lo de Canalejas el año
anterior, cuando le pegó un tiro aquel anarquista, Pardinas. Uno que se suicidó
después de matarlo. Si a uno le llega su hora y estos asesinos se empeñan…
- Ustedes ¿a qué dedican su tiempo?
Pues
desde que murió mamá el año pasado seguimos viviendo en la casa familiar, que
se nos ha quedado grande, la verdad. Yo soy profesora de piano –dice Pilar- y
Catalina ayuda a vecinos ancianos que no pueden quedarse solos. Así completamos
la pensión de nuestro padre que nos quedó. Nuestro padre fue militar –aclara-,
murió joven, del cólera, ya ve usted.
Además
tenemos unos ahorrillos de nuestro abuelo, que tuvo una finca en el norte…
A este
señor no le interesa nuestro abuelo, Cata.
- También quería saber si aquello les había
cambiado en algo.
¿Qué nos
va a cambiar? Si lo único que hicimos fue ver lo que pasaba, eso sí, verlo muy
bien.
Incluso
hablamos un poco con el asesino antes de que se liara a tiros con el rey.
- A ver, cuéntenmelo con el mayor detalle
que puedan.
Toma la
palabra Pilar, la mayor. Lo cierto es que ambas se parecen físicamente mucho,
me han dado a entender que hay poca diferencia de edad entre ellas. Catalina,
la menor, tiene un rostro vivo, sonrosado. Pilar es más delgada pero la forma
de la nariz, los ojos marrones que miran con fijeza, el carácter nervioso que
denotan al mover las manos y los pies, son los mismos.
La casa
es algo vetusta, los muebles antiguos. “Nos da pereza cambiarlos” me han dicho.
“Fueron de nuestros padres y antes de nuestros abuelos paternos, cuando
vendieron sus tierras allá en Cantabria para venirse a vivir a la Corte”. No
menciono sus circunstancias personales pero, según me dijo una vecina algo
impertinente a quien pregunté antes de venir, las “dos solteronas”, como las
describía, parecían llevarse bien aunque tenían costumbres raras, horarios
inusuales. De todos modos, de aquella señora redicha y mal encarada no me
fiaría mucho. A mí se me antojan buenas mujeres, personas a las que las
circunstancias de la vida no les han dado la oportunidad de crear una familia.
He mirado
los retratos familiares, justo mientras Catalina preparaba un chocolate con
pastas para celebrar nuestro encuentro. “No es molestia” me respondió ante mis
leves protestas, “viene tan poca gente a visitarnos…”. De modo que opté por
agradecérselo mientras me mostraban el retrato de su padre, vestido de
uniforme, luego de paisano junto a una señora corpulenta con los mismos rasgos
que sus dos hijas. Incluso aparecía en otro marco la imagen de un viejo de
amplio mostacho que debía ser ese abuelo cántabro que combató en alguna guerra
carlista.
El 13 de
abril de aquel año fue un domingo precioso, soleado, tranquilo –comienza Pilar,
que llevará la voz cantante a partir de ahora-. Sabíamos que el rey tenía que
acudir a la Jura de Bandera de los nuevos reclutas. Además venían tropas
indígenas marroquíes, el tabor de Alhucemas y más regimientos en un desfile
precioso. Bueno, antes oyeron una misa de campaña, luego vino la Jura, pero
después el pueblo de Madrid se echó a la calle por el centro para contemplar el
desfile.
A
nosotras siempre nos gustaron –añade Catalina-, desde que veíamos a nuestro
padre allí, tan gallardo con su uniforme, y nosotras le gritábamos como locas.
Se ríen y
yo con ellas. Pese a su edad (rondarán los cuarenta años) tienen algo de
infantil que las hace simpáticas. Espontaneidad, me digo. Pese al barrio donde
viven no se han vuelto estiradas, quizá porque nunca han nadado en la
abundancia, qué se yo.
Nosotras
nos vinimos cerca de casa para ver pasar las tropas con el rey a la cabeza. Así
que nos quedamos en medio del gentío que abarrotaba las aceras de la calle
Alcalá, justo enfrente de la cervecería La Elipa. ¿Sabe usted dónde le digo,
no?
- Sí, he estado allí.
Ha
cambiado algo pero básicamente sigue igual que hace ocho años. Pues estábamos
allí con nuestra madre. Ya por entonces le costaba algo andar, iba con bastón,
pero hacía un día tan bonito que valía la pena ver pasar las banderas, los
entorchados, los jinetes tan elegantes, con su sable, sin descomponer la figura
pero muchos sonriendo ante los vivas al rey, sobre todo cuando éste se
aproximaba.
Al hombre
aquel le habíamos visto porque estaba muy cerca de nosotras –dice su hermana,
que toma el relevo-, al lado de una taberna junto a la esquina de Marqués de
Cubas, para que usted se sitúe. Estaba bien trajeado, el cabello algo rubio, me
pareció. Charlaba con otro individuo de gabán gris, alto, con sombrero
flexible…
Sobre eso
nos preguntaron mucho los agentes –tercia Pilar-, a cuántos y quiénes eran los
que estaban hablando con aquel hombre. Nos preguntaron tanto que nos hicieron
dudar. Luego incluso nos llevaron a que viéramos a dos sospechosos, uno un
francés llamado Pedro Pac, otro creo que Molina. La verdad es que no
reconocimos a ninguno, no eran esos los que hablaban con el criminal.
Quizá
fueron personas que estaban por allí nada más, como nosotras. Vamos, incluso
intercambiamos una conversación con él que luego nos causaba escalofríos. No sé
si sabe todo lo que se había dicho los días anteriores sobre un posible
atentado contra el rey en Madrid. Que se habían recibido anónimos hasta en
Palacio. Decían que en la Casa de Campo había aparecido un mensaje clavado a un
árbol anunciando que el día 13 del año 13, 13 anarquistas matarían al rey con
13 bombas. Aquello se comentó mucho, aunque la Policía lo desmintiera. A
nosotras nos lo dijo la Engracia, una prima que tenemos, que lo había oído a un
amigo de su marido, que era agente de vigilancia. Ese hombre no te iba a mentir
¿no?
El caso
es que hablamos de aquello un poco de refilón, ya sabe, sin decírselo a nadie
en particular, hablando entre nosotras. Aquel hombre nos miró sonriendo como si
nada y nos dijo: “Nadie va a hacerle nada al rey ¿no ven cuánto le quiere el
pueblo?”. Claro, nosotras no sabíamos nada, así que le dimos la razón. Aún nos
preguntamos por qué dijo aquello cuando estaba a punto de sacar su revólver del
gabán. Luego nos impresionó mucho lo que dijo. En eso que vimos llegar al rey a
caballo ¡qué guapo estaba uniformado! La gente gritaba, lanzaban vivas,
nosotras las primeras, aquello era emocionante.
De
repente –dice Catalina-, vimos a ese hombre que avanzaba. No sé qué pálpito me
dio que hasta intenté sujetarlo para que no empujara a los demás, pero fue
inútil, iba muy decidido. Se salió del cordón que había creado la policía y
marchó decidido hacia el rey. El caso es que su Majestad se había adelantado,
iba solo, sus ayudantes se habían quedado varios pasos por detrás. Anda,
cuéntalo tú, Pilar, que yo me emociono de recordar ese momento, no lo cuento
bien.
El resto
ya es sabido, imagino que ya lo habrá estudiado.
- Sí –les digo-, he leído los informes, el
sumario, todo, pero me gusta saberlo de primera mano. Muchas veces hay detalles
que no aparecen en las declaraciones.
Pues
aquel hombre cogió las riendas del caballo del rey, que empezó a caracolear.
Para entonces ya estaba con el revólver en la mano, a poco más de un metro de
Don Alfonso. Sonaron dos disparos seguidos antes de que un guardia se echara
sobre él. Fue espantoso. Mucha gente gritaba, trataba de huir, otros como
nosotras, nos quedamos quietos, sin creer lo que estábamos viendo. Aquel loco
quería matar al rey, había disparado contra nuestro Alfonso, Dios le guarde.
Ramón
Sancho Alegre
Mire –me dice casi al poco de sentarnos
frente a dos vasos de vino-, yo no estoy de acuerdo con lo que hizo mi sobrino.
Nada de acuerdo. Y no crea que eso no me ha causado disgustos con algunos
compañeros. Yo soy obrero, un obrero del textil ahora, aunque he pasado por
varios oficios, y tengo que trabajar muchas horas para dar de comer a los míos.
A mí nadie me ha regalado nada –continúa imparable-, ni los patronos, ni esos
que van pegando tiros por ahí, como si fueran a arreglar el mundo cuando no
hacen más que empeorarlo.
- Como Rafael –tercio en ese flujo de
palabras que seguirá a lo largo de la entrevista.
Rafael
fue un buen chico, un joven honrado, trabajador como lo fue toda su familia,
como lo soy yo. A mi sobrino lo estropearon tantas lecturas y esos amigos que
se echó, esos con los que formó aquel grupo de “Los Sin Patria”. ¡Valiente
tontería! ¡Sin patria! Como si no viviéramos como vivíamos en Barcelona, como
si no hubiera tenido que hacer el servicio militar hasta que le declararon
inútil.
- Perdone –le interrumpo-. Empecemos desde
el principio. Cuénteme de Rafael, de su familia, de por qué fue a dar en su
casa.
Como
quiera. Si es para escribir un libro sobre él diga que yo nunca estuve de
acuerdo con esas ideas, que soy un trabajador honrado y cabal. No entiendo cómo
ahora esos metalúrgicos, esos del Sindicato único lo organizan todo, mandan en
todas partes, cierran talleres, dictan cuándo trabajar y cuándo no…
- Sí, de acuerdo. Pero me iba a contar de
Rafael.
Bueno,
hasta su nacimiento fue desgraciado, ya tenía mala estrella entonces. Mi padre,
su abuelo, que en paz descanse, trabajaba por entonces en Caspe. Ahí estaba
toda la familia, el matrimonio y los tres hijos: yo, que era el mayor, luego
Concepción, que está casada con mi cuñado Raimundo Miguel. No vaya a molestarla
que ella nunca ha sido amiga de hablar de este tema. La última fue Carmen. A
Carmen la queríamos todos pero era una cabeza loca, una muchacha, ya sabe, que
le gustaban los pantalones. Bien lo sabía yo que tuve que pelearme con más de
uno en las fiestas porque querían propasarse con ella. Que me perdone porque
murió hace muchos años pero nos trajo muchos líos a la familia. No era
consciente del mal, de lo que pretendían los hombres de ella. Eso le pasó desde
pequeña. Mi padre incluso llegó a zurrarla alguna vez, y con razón, pero se
hizo mayor y no se corregía. Yo tenía mis propias ocupaciones, trabajaba desde
pequeño, como hicimos siempre en mi familia, en el campo, cuidando ganado,
donde saliese y ella venga pasear por aquí y por allá, cada vez con uno
diferente.
- ¿No conocieron al padre de Rafael?
Claro que
lo conocimos, bueno, al menos sospechamos quién fue. Ahora ya se puede decir,
ha pasado tanto tiempo… Un muchacho que había venido de fuera. Yo lo conocí.
Estuvo dos o tres años en el pueblo con su madre, trabajando en la recogida de
uva, sobre todo, arreglando los chamizos, en fin, lo que hacíamos todos para
ganarnos unos reales. El caso es que se conocieron en la fiesta patronal,
aunque yo creo que ya le había echado el ojo a mi hermana. Me sabe mal decirlo
pero ella tenía una fama entre los jóvenes de la localidad… El caso es que la
dejó preñada y, cuando se enteró, se largó más que a paso. Desde luego, si mi
padre o yo le hubiésemos cogido bien que se hubiera casado. O al altar o al
cementerio, una de dos. Pero el muy golfo se fue antes de que supiésemos nada,
con su madre y todo, desaparecieron del mapa. Fue después cuando el cura vino
con mi hermana a hablar con mis padres. La quería meter en un convento en
cuanto diera a luz, fíjese, pero la familia se opuso, mis padres no quisieron,
dijeron que al niño lo criarían su madre y su abuela. Una vergüenza en el
pueblo, ya se puede imaginar.
Al poco
marchamos a Barcelona, hartos de habladurías –continúa-, mis padres con el
disgusto pero también hablaban muy bien de la ciudad, que aquí podríamos salir
de pobres, que si tal y que si cual. Mi padre se dedicó a la construcción, me
metió a mí en ello también, estuvimos unos años levantando muros, enlosando, en
fin, lo que saliese. A Rafael le colocó mi padre de aprendiz en un taller de
carpintería porque se había hecho amigo del dueño, un tal Eustaquio, un buen
hombre. Trató bien a mi sobrino. Entonces el chico era trabajador a carta
cabal, obediente, un buen muchacho, todo el mundo lo decía. Nunca se metía en
líos.
- ¿Por entonces padecía ataques epilépticos
como se dijo?
No sé
decirle. Cuando tuvo el primero, sería… A ver, él nació en noviembre de 1888,
debía de tener, según me dijeron, como 17 años, así que sería en 1905 o 1906.
Para entonces yo me había independizado después de casarme con Dolores, mi
mujer.
- ¿Y su hermana Carmen?
Claro, me
había olvidado de mencionarlo. Es que ella murió muy pronto, en 1892, el chico
apenas tenía tres años. Nunca había tenido una salud muy fuerte, siempre estaba
cogiendo catarros y resfriados, pero se puso a toser cada vez más fuerte y para
cuando padre le llevó al médico ya tenía una tuberculosis pulmonar declarada,
según le dijo. No hubo remedio. La enterramos en Caspe. Ahora que me lo ha
recordado, fue poco después cuando nos fuimos para Barcelona. Allí estará
enterrada la pobrecita. Era una cabeza loca pero quería mucho a Rafaelito, le
cuidó tanto como pudo. A fin de cuentas bien que pagó por todos sus errores.
- Habíamos dejado a su sobrino con 17 años
sufriendo su primer ataque.
Ya le
digo, no me enteré más que de oídas. Yo mismo padezco ese tipo de ataques,
sobre todo cuando me disgusto mucho o hace mucho calor. No son fuertes ni
frecuentes. Con decirle que Rafael vivió con nosotros más de dos años y no vi
nunca que le pasara. Todo eso que se habló en el juicio sobre que era
epiléptico, que tenía trastornos mentales, todo eso era una exageración. Ahora
ya se puede decir porque condenado está y bien que purga su culpa en Santoña,
pero aquello fue un truco del abogado para que no lo condenaran a muerte. Lo
que me pareció mentira es que médicos tan eminentes se lo creyeran y hablaran
como lo hicieron, que si reacciones de la piel con un compás, me acuerdo que
dijo uno, el más joven de los tres, que si fugas epilépticas… Vamos, como si mi
sobrino no se hubiera marchado a Francia buscando trabajo y fortuna como todos.
Hacia 1907 conoció a esa muchacha, Rosa
Emo se llama. A nosotros nos cayó bien, una chica modesta, sencilla, muy
enamorada de mi sobrino. Pero el padre de ella se opuso a la boda. No sé quién
se creería que era si resultaba un obrero como lo éramos todos. ¿O es que
pensaba que era mejor que nosotros? En fin, los chicos porfiaron para
convencerlo. Por entonces Rafael se había cansado de la carpintería, aunque no
sabía hacer otra cosa. Como debía hacer el servicio militar entró en el
Regimiento de la Princesa, en Alicante. A mí me dijo que intentaría hacer
carrera militar pero le duró poco la intención, apenas un año. Parece que una
vez, estando de servicio, le dio uno de sus ataques y le llevaron al Hospital
Militar. Su jefe, el capitán Robles, se portó bien, ya sabía que era un soldado
trabajador, que no discutía las órdenes, con el que se podía contar. Pero le
dijo que tenían que licenciarlo declarándolo inútil para el servicio. Hay que
entenderlo. Si le da uno de esos ataques en un conflicto con el moro o en Cuba,
o empieza a disparar a sus propios compañeros sin darse cuenta…
- De manera que fue a la vuelta de Alicante
que conoció a Rosa.
Sí, ya se
había vuelto a colocar en una carpintería. Ganaba 30 pesetas, oiga, no era un
cualquiera, pero no sé si el padre se enteró de lo de la epilepsia o que
aspiraba a algo mejor para su hija, yo qué sé. Nunca nos hablamos con esa
familia después de la actitud que tomó. Porque lo cierto es que mi sobrino se
hartó de aquel imbécil y le propuso a su novia que se fugaran juntos, que su
padre ya entraría en razón después de aquello. De manera que dicho y hecho,
tomaron el tren y se largaron a Marsella.
- Hizo luego algunos viajes a Francia. ¿Por
qué allí?
Entonces
no era raro, solía haber trabajo y ya le digo que Rafael entonces no se había
estropeado como lo haría después con tantas lecturas. Estaba dispuesto a
trabajar en lo que saliera. Pero mucha fortuna no hicieron, no, las cosas le
fueron mal así que la chica, Rosa, le pidió dinero a su padre. ¿Y qué cree que
hizo aquel hombre? Se negó a enviarles ni una peseta. Tuvo que ser mi madre,
que mal vivía con sus ahorros y de lo que yo le ayudaba después de morir mi
padre, la que enviara el dinero para que volviesen y acogerlos en su casa desde
entonces.
- Se le preguntó en el juicio si había
participado en los sucesos de Barcelona en 1909, ya sabe, cuando mataron a
Ferrer. Como dijo que había atentado contra el rey para vengar su muerte…
No sé,
algo tendría que inventar para justificar esa locura. Cuando sucedió aquello él
tendría veinte años, estaba en casa de su abuela viviendo con Rosa. Mi madre
todo el día machacándolos con que se casaran, no quería que les pasara como a
mi hermana Carmen. Mi madre siempre fue una mujer de orden, como yo lo he sido,
pero de muy buen corazón y muy caritativa. Sobre todo, a la familia no podía
faltarle de nada. A fin de cuentas, a mí me inculcó lo mismo, por eso los
recogí cuando ella murió. Bueno, a lo que iba, en 1909 mi sobrino no se
enteraba de nada ni tomó parte en ninguna algarada ni le interesaba el
anarquismo. Él lo que quería era hacer su trabajo, ganar su jornal e irse a la
taberna con los amigos.
- ¿Cuándo se casaron?
Sería
como en 1910, un año antes de que muriera mi madre. La vieja consiguió por fin
que legalizaran su situación pero no sería para nada bueno. Ya por entonces
tenían sus peloteras…
- Se comentó que Rafael pegaba a Rosa, que
la maltrataba.
Algo de
eso vi, claro, cuando empezaron a vivir con nosotros en nuestra casa de la
calle Mallorca. Todo fue por celos, porque Rosa se molestaba de que estuviera
con sus amigos tanto tiempo en la taberna y pensaba que frecuentaba a otras
mujeres, ya sabe… En fin, un hombre también tiene que hacerse de respetar, no
podemos obedecerlas en todo. A ver si un hombre no va a poder estar con los
amigos en la taberna como nosotros estamos ahora, sin hacer nada malo,
charlando nada más, jugando a las cartas, tomándose unos vinos. Alguien que
trabaja como una mula tiene derecho… De manera que volvía a casa algo tarde y
ya le estaba montando una escenita, así que claro, bebido como venía además…
les escuchábamos discutir, ella llorando al final, como siempre. Yo le decía a
mi Lola: no nos metamos, que no es cosa nuestra. Hasta que la chica un día
cogió la puerta y volvió a casa de su padre. Mejor fue, si no podía aguantar lo
que es un matrimonio. Pero yo creo que ahí empezó a perder la cabeza Rafael.
Desde el año anterior formaba parte de ese grupo de haraganes, “Los Sin Patria”
se hacían llamar, unos inútiles que se dedicaban a leer y a discutir contra los
burgueses y los patronos. Así empezó y así terminó, así terminamos todos, con
el jaleo que hay cada día en la calle: huelgas, petardos, tiros por la noche de
unos contra otros… A ver, dígame: ¿Para qué ha servido tanto alboroto, tanto
sindicato? ¿Para qué le sirvió a Rafael? Al final, tuvo la misma mala cabeza
que su madre, así de sencillo.
Alfredo
G.
No puedo decirle mucho. Además, no va a
poner mi nombre en ese libro que prepara ¿verdad? No quiero meterme en más líos
de los que tenemos cada día en Barcelona. ¿Quiere que le hable de Rafael Sancho
Alegre? A fin de cuentas, solo coincidimos en un taller de carpintería de la
ciudad allá por 1912, creo yo, poco antes de ese año. Éramos simplemente unos
compañeros que charlábamos de nuestras cosas. Por entonces yo era un ignorante
de todo, como Rafael o Salvador, tres amigos nada más que hablábamos de mujeres,
fútbol y además de política.
- Pero ustedes formaban un grupo llamado
“Los Sin Patria”, un grupo anarquista que se mencionó mucho entonces.
Hablar
por hablar, se dijo de todo, que éramos anarquistas de acción, poco menos que
formábamos una organización extensa y conjurada para matar al rey. No hubo nada
de eso. Leíamos, discutíamos. Después de la rebelión de 1909 contra el embarque
de los reclutas para la guerra de África, empezamos a concienciarnos de que
pasaban cosas que no comprendíamos. Verá usted, yo estudios no he tenido,
Salvador y yo éramos casi analfabetos por entonces, el único que sabía leer y
pensaba dando vueltas a las cosas era Rafael. Nos explicaba que lo del
protectorado de Marruecos era una excusa de los amigotes del rey, el conde de
Romanones y gente así, que tenían intereses en las minas del Rif y por eso
querían controlar la zona, para llenarse los bolsillos con las ganancias. Para
eso querían llevar soldados al norte de África y sacrificarlos como a carne de
cañón, para que los ricos siguieran ganando. Eso nos contaba y nosotros le
creíamos a pies juntillas porque es verdad ¿no? Si no pone usted mi nombre
completo se lo digo a las claras, como se lo diría a un camarada: fue una
vergüenza, el enriquecimiento de los amigos del rey e incluso del propio rey a
costa de la sangre de los pobres.
Aquello
le daba vueltas en la cabeza a Rafael y también a nosotros pero no éramos
hombres de acción, no todavía al menos. Nos dedicábamos a discutir de esto y de
lo otro, de la forma de cambiar este país, darle la vuelta como un calcetín, ya
estaba bien de vivir como pobres cuando nosotros somos los que producimos, los
que damos el callo.
- Pero usted dijo, durante el juicio, que su
amigo estaba loco.
Claro ¿y
qué quiere que dijera? Salvador y yo habíamos hablado con Barriobero, el
defensor de nuestro amigo. Nos dijo que quería mostrarlo como un lobo
solitario, alguien con el juicio nublado por la epilepsia y no sé qué más, que
era la única forma de librarlo de la condena a muerte. Así que le hicimos caso.
Además, la policía nos señalaba. Nosotros también éramos sospechosos. Eso nos
dijo Barriobero y lo creímos, a los burgueses siempre les gusta cargar las
culpas sobre las espaldas de los que luchamos por un mundo mejor ¿o es que no
ha sido siempre así? Se hablaba de una conjura entre las fuerzas anarquistas de
Barcelona que mandaron a Rafael para que cometiera el atentado. Así que nuestro
pequeño grupo era el mejor candidato para servir de enlace o incluso de
promotor en la conspiración. ¿No ha pasado esto mismo hace unos meses con
Eduardo Dato? ¿De dónde vinieron sus asesinos? De Barcelona, naturalmente,
somos la cuna del terrorismo nacional y, si quiere saber lo que pienso, a mucha
honra. Hay que acabar con este fantoche de gobierno, los intereses de los
señoritos, de los patronos, esto tiene que acabar.
- Pero su grupo…
Mire, si
no va a poner mi nombre completo (le dejo el nombre ¿eh? no el apellido), le
diré una cosa. Si luego me lo reclaman diré que usted ha mentido, que se lo ha
inventado todo ¿estamos? De los tres amigos que nos juntábamos yo era el único
que tenía cojones para hacer algo y aún lo soy ¿sabe usted? Ahora más de uno
podría decirle… Pero en aquellos tiempos no ¿no se da cuenta que éramos unos
ignorantes? Luego la policía le decía: Rafael, Rafael ¿qué hiciste cuando los
alborotos de 1909? ¿Cuando mataron a Ferrer? Porque a él le dio por decir a la
policía que el atentado era por Ferrer y era verdad, por Ferrer y tantos de
nosotros que hemos caído víctimas de la represión y de los militares, como
están cayendo ahora tantos camaradas tiroteados por la espalda siguiendo las
órdenes de Martínez Anido. Ya se llevará lo suyo, ya, la justicia a lo mejor
llega tarde pero llega inexorable.
Pues lo que le contaba –continúa-. Le
decían: Rafael ¿en qué te metiste en 1909? Y él ¿en qué se iba a meter? Como
yo, como Salvador. Si éramos unos niños entonces que no nos enterábamos de
nada. Se había ido con su mujer, la Rosa, se había escapado y acababa de volver
como quien dice. Fue buscando trabajo hasta encontrarlo en un taller donde
estábamos Salvador y yo. Trabamos amistad, nos íbamos a tomar unos vinos cuando
acababa el horario, los fines de semana. Nos enterábamos de la vida de cada
uno, de los problemas que tenía con Rosa, que quería tenerlo bajo sus faldas,
nos decía, que se había vuelto insoportable pensando que se liaba con unas y
con otras. Total, porque era alegre, bien parecido, le gustaba gastar bromas
con las obreras cuando nos cruzábamos con ellas, pero era leal, vaya si lo era.
Alguna oportunidad tuvo y nunca lo aprovechó. Yo, en cambio, no podría decir lo
mismo y Salvador era un triste, sólo se animaba cuando bebía de más pero a
veces tenía un mal vino y era peor. De hecho, no sé qué ha sido de su vida. Con
la detención de Rafael y todo lo que se armó cada uno nos fuimos por nuestro
lado.
- Así que no estaba loco.
Dijimos
eso porque nos lo indicó el abogado, que lo dijéramos. No le digo que a veces
no se le fuera la cabeza pero eso nos pasaba a todos. Le tenía manía al rey,
eso es verdad, decía que era la máxima autoridad de toda esa red de corrupción
con que los grandes intereses de las empresas, los capitalistas y burgueses,
oprimen al pueblo. Entendí que hiciera lo que hizo. En realidad, lo había
estado anunciando muchas veces pero ¿qué quiere que le diga? Eso lo decíamos
todos: si no hubiera gobierno, si cayera el gobernador civil, si se proclamara
la república… Todos decíamos eso y lo seguimos diciendo pero es para
desahogarnos. Lo importante es la lucha de cada día, como la que mantenemos
ahora contra los patronos, contra los intereses del capital, que nos quiere
tener esclavizados, sometidos. ¿Usted se acuerda del motín de la Numancia?
- Sí, eso fue antes del atentado ¿no?
En 1911,
por aquellos años. No es casualidad, dos años después de la represión en
Barcelona, del fusilamiento de Ferrer, el año antes a que nos juntáramos los
tres y formáramos un grupo, dos años antes del atentado de Rafael sobre el rey.
Había un ambiente efervescente, hubo un golpe republicano en Portugal por
aquellos años, muchos pensamos que bastaba derribar al rey, crear la confusión,
para que España cayera como una fruta madura. Rafael nos hablaba de Antonio
Sánchez Moya, el fogonero de una simple fragata, que pretendía cambiar la
historia de España. Primero hacerse con el control de la nave, luego ir hasta
Málaga, levantar con su ejemplo a la flota allí amarrada. Bombardear la ciudad
si se resistía. Pensaba que las fuerzas obreras y republicanas se alzarían como
se alzaban liberales o conservadores el siglo pasado ¿no? Como pasó con Riego.
Ése sí que fue un tío valiente. Le costó la vida como al fogonero pero luchó
por sus ideales, por cambiar la desgraciada historia de este país, siempre
dominado por curas y capitalistas.
Yo, todo
esto lo supe por las lecturas de Rafael –continúa-. Hasta entonces solo sentía
una insatisfacción ante mi pobreza y la de tantos, por ese estar mendigando a
los patronos capaces de despedirte en cuanto replicaras algo o no trabajaras
como ellos querían, como un esclavo. Tenía mujer, un niño pequeño, tenía que
darles de comer y había veces que no me llegaba. Rafael era generoso, a veces
me pagaba los vinos. Yo sabía que él también tenía apuros pero me decía que no
tenía hijos como yo. Eso sí fue una desgracia para él. Si hubiera tenido algún
hijo su mujer se habría dedicado a algo y no a estar persiguiendo a su marido.
- Se dijo que la maltrataba.
No sé
decirle, a mí me decía que se zurraban los dos. Yo entonces no daba mucha
importancia a eso, luego lo he pensado mejor y la mujer es una compañera y pasa
sus miserias, como nosotros. Simplemente, aquello no iba bien así que no nos
sorprendió cuando la Rosa se marchó a casa de sus padres finalmente y dijo que
no quería saber nada más de él. Si las cosas no van bien es mejor eso que
pegarse y hasta darse una cuchillada cualquier día que andas bebido, se lo digo
yo. Pero a él aquello le afectó mucho. Nos vimos por entonces y parecía una
sombra. Nos decía: Voy a hacer una barbaridad, voy a hacer una barbaridad.
Nosotros le decíamos que se calmara, suponíamos que quería ir a por su mujer y
llevársela a viva fuerza pero eso no estaba bien. Además, si el padre se oponía
terminaría por haber sangre y acabaría en el calabozo como está ahora, para
toda la vida. ¿De qué sirve todo eso, dígame? Nada más que para extender la
desgracia. Ya sé que el orgullo es el orgullo y Rafael se consideraba muy
hombre, pero terminar así no servía para nada.
Un día
nos dijo que se iba –se sirve otro vaso-, que se marchaba a Madrid a hacer su
vida. A Salvador y a mí nos dio lástima porque éramos muy buenos amigos y,
además de política, nos contábamos nuestras cosas, había camaradería de la
buena, ya sabe. Pero él erre que erre con que se iba a trabajar a Madrid. Le
dijimos que pidiera algún socorro a la Casa del Pueblo, que le dieran nombres
de gente allí que le pudiera socorrer, al menos al principio, pero él estaba
ciego. Me voy y me voy, decía, no espero a nadie, mañana cojo el barco hasta
Valencia y de ahí a Madrid. Le dimos algunas pesetas para que le llegara a
pagar el pasaje de barco pero apenas teníamos nada. Le dijimos que esperara,
que pidiera dinero prestado, teníamos amigos, algunos compañeros, pero él que
no y que no. Estaba rabiando por irse. No sé si es que no quería cometer una
locura o qué. Pero le deseamos buen viaje y ahí quedó la cosa. Fíjese nuestra
impresión dos meses después, cuando nos llegó la noticia de que Rafael había
disparado contra el rey. Nos quedamos helados, asustados también pensando que a
continuación irían a por nosotros. No nos equivocamos.
- Pero conspiración no hubo ¿verdad? Por lo
que me dice…
Yo no sé
lo que habría en Madrid. No creo que en solo dos meses se metiera tanto en
aquel mundo como para participar de una conspiración semejante. Desde Barcelona
nada, ni instrucciones ni ayudas. Fíjese en los asesinos de Dato, esos debieron
tener todo eso para establecerse en Madrid, alquilar habitaciones, disponer de
armas, una moto… Todo eso no se improvisa. En cambio, ahí tiene a Rafael, con
un arma casi de juguete, un revólver que ni siquiera había probado ni disparado
antes, queriendo cargarse al jefe del estado. Hablar de conspiración ¿no es un
chiste?
Rosa Emo
Cuando llego a la calle Coll y Vehí,
cerca del parque de Guinardó, es media tarde. Estoy citado a esa hora por la
madre de Rosa Emo, la mujer de Rafael Sancho Alegre. La casa es muy modesta,
todo está hecho con malos materiales que crujen y parecen cerca de venirse
abajo. Forma parte de una serie de edificios hechos aprisa y corriendo para
recoger a tantos emigrantes como venían a principios de siglo.
Nosotros vinimos de Onda, en Castellón, a
finales de siglo –nos dice la madre, presente en toda la entrevista-. Mi padre
era tejero, ahora se dedica a la construcción, como guarda de obra, la edad no
le permite otra cosa. La niña nació allí, en Onda.
Nos dirigimos a “la niña”. Según nuestros
cálculos debe mediar los treinta años pero parece bastante mayor. No sabíamos
qué nos íbamos a encontrar porque su retrato nunca apareció en los periódicos
de entonces. Es una mujer pequeña, desgastada por el trabajo, las penas o la
vida en general. Lo que más destaca de ella es la tristeza, tiene un aire de
derrota inequívoco, la mirada baja, habla poco y es sustituida por la madre que
me mira con desconfianza.
- Hola, Rosa –le decimos-. Estoy preparando
un libro sobre aquel atentado.
¿Para qué
le hago falta yo? Yo no sé nada de aquello.
- No solo quiero hablar de aquella acción
sino del autor, de la vida que llevó, de lo que lo condujo a hacer lo que hizo.
Mire,
aquel hombre está loco, Rafael siempre fue un loco y un malnacido –interviene
la madre.
- Ya sé que te escapaste con él en 1907.
Le había
conocido en un baile –dice al fin con voz muy baja-. Iba con unos amigos de su
barrio. Los dos éramos muy jóvenes, yo no sabía lo que hacía, perdí la cabeza
por ese muchacho…
Ya puedes decirlo –asevera la madre
afirmando con la cabeza.
Entablamos relaciones, lo normal en
cualquier pareja de entonces. Yo estaba de tejedora en una fábrica aquí
cercana, en Sant Martí. Aún sigo haciendo el mismo oficio, las compañeras
siempre me han querido, el jefe me trata bien dentro de los problemas que hay
ahora para trabajar. Cuando el cierre patronal de hace un tiempo la fábrica de
Sant Martí se resistió a ello más tiempo que otras pero terminó cerrando igual,
nos vimos en la calle.
Sin una peseta –tercia su madre-. Tanto
que hablaban del socorro del Sindicato pero a nosotros nos llegó bien poco,
casi no teníamos con qué sostenernos. Tuvimos que ir pidiendo por las calles,
no le digo más. Nos íbamos las dos hasta las Ramblas pidiendo a todo aquel que
pasara y tuviera posibles. Una vergüenza. Aquí siempre hemos sido honrados,
trabajadores. Somos pobres, sí, pero ni nos humillamos ante nadie ni vamos
pegando tiros por la noche, como hacen otros. A nosotros no nos ha regalado
nadie nada.
- Rosa ¿qué hicisteis aquel tiempo? –trato
de reconducir la entrevista.
Nos
encontrábamos en el baile semanal, a los dos nos gustaba bailar. Yo entonces
tenía otro carácter, era más joven, creía que me comería el mundo a su lado…
Ya ves
–agria el gesto la señora.
- ¿Cómo era Rafael entonces?
Como
tantos muchachos de aquel tiempo. Era bullicioso, alegre, me hacía reír con sus
bromas. Ninguno de los dos llegaba a los veinte años. A esa edad mis padres ya
se habían casado. Lo normal. La vida estaba difícil, como siempre ha sido, no
nos llegaba el jornal para nada, mis dos hermanos aún eran pequeños y
trabajaban cobrando muy poco. Rafael tenía grandes proyectos, me llenaba la
cabeza de ellos. Decía que algún día se iría a trabajar a Francia, montaría su
propio negocio, siempre estaba hablando de Francia por entonces. A mí no me
parecía mal, un hombre debe tener ambiciones, me decía. Estaba muy engañada,
como tantas otras chicas que nos casamos sin saber lo que nos espera.
- Os escapasteis a Marsella por fin.
Entonces
creía que podríamos con todo, los dos trabajando duramente, claro, como siempre
habíamos hecho, pero ganaríamos dos buenos jornales, tendríamos hijos, mi padre
se ablandaría cuando nos viese transformados en una familia.
- Los planes no salieron –le ayudo. Su madre
tuerce el gesto y parece mirar por la ventana de la cocina, donde estamos.
No
tuvimos suerte. Rafael buscaba pero nada parecía gustarle. De uno decía que era
un patrono que lo quería de esclavo, de otro afirmaba que no le pagaban
suficiente, o que le trataban mal. Ya sabe que era carpintero, es el oficio que
aprendió de niño. Nunca fue malo en su oficio, todo el mundo decía que era
trabajador pero muy distraído, le gustaba más hablar y contar chistes y
protestar de las condiciones de trabajo, que lijar la madera o clavar clavos.
Ya entonces decía que el mundo estaba mal repartido, que a nosotros nos había
correspondido la peor parte y que eso tendría que cambiar.
- ¿Y su padre?
Mi Manuel
es un buen hombre –sostiene enérgica la madre-. Trabajador y honrado como él
solo pero muy rígido de costumbres, ya me entiende. A él ese chico nunca le
gustó. Decía que era un cantamañanas, que se le iba toda la fuerza por la boca.
Mucha risa, mucha broma pero un culo inquieto que nunca estaría a gusto en
ninguna parte.
- Parece que lo conoció bastante bien ¿no?
Mi Manuel
no tiene las costumbres de otros hombres. Muchas veces le decían los compañeros
que se fueran a la taberna, que jugaran al dominó, que se jugaran los cuartos,
fíjese. Él nunca. Hasta que los amigos se aburrieron y ya no le decían nada.
Vio a algunos de ellos arruinarse, perder la paga de toda una semana en una
tarde de dominó. Gente que luego volvía borracha a casa, que pegaba a sus
mujeres para que se callaran y no les reprocharan nada. Pero mi Manuel nunca.
Se iba con ellos a tomar un vino, dos como mucho. Luego, a casa con su mujer y
sus hijos, como debe ser. ¿A usted no le parece que es como debe portarse un
padre de familia?
- ¿Por eso no le gustaba Rafael?
A mí me
decía: Julia, ese chico es una desgracia. Hará cualquier tontería porque tiene
pájaros en la cabeza. Fíjese si acertó. La niña me escribía con frecuencia, yo
hablaba con él. Debo reconocer que trataba de que las cosas se suavizaran, el
mal ya estaba hecho, de nada servía esa postura. Le decía: Manuel, lo tuyo es
orgullo, nada más que orgullo. Me contestaba: No voy a aceptar a ese hombre ni
que me lo meta en casa. Ese hombre nos traerá la desgracia, Julia. Eso me decía
y ¡cuánta razón tuvo!
- ¿Cómo fue vuestra vida en Francia?
Nos fue
mal. Yo no encontraba nada, casi no entendía cuando hablaban, me encontraba
fuera de casa, tenía 19 años, me sentía como perdida. Rafael volvía a la
habitación que habíamos alquilado y me encontraba entre lágrimas. Le decía que
teníamos que volver, que aquello no era vida pero él seguía diciendo que
tendríamos que encontrar un buen trabajo, que ahorraríamos y podríamos montar
nuestro propio negocio. Mientras tanto no nos llegaba ni para comer. Además,
luego pasó lo que pasó.
- ¿Qué pasó, Rosa?
Hija, si
no quieres hablar de aquello, no hables.
No me
importa, mamá, ya no me importa nada. El caso es que esperamos un hijo. Yo
pensaba que, a pesar de vivir en tan malas condiciones, eso haría que mi padre
nos aceptara, hubiera sido su primer nieto. Pero se malogró. Una noche empecé a
sangrar y aquello no se detuvo. Casi me muero aquella noche. Yo creo que ahí se
me rompió la vida.
- ¿Fue entonces cuando volvisteis?
Yo era
incapaz de nada. Me puse triste, estaba todo el día encerrada en la habitación.
Los dueños de la casa se preocuparon, hablaron con Rafael y le dijeron que nos
teníamos que ir. Decían que yo ponía tristes a todos, que me escuchaban
llorando detrás de los tabiques, que no lo aguantaban. No tuvieron caridad con
nosotros, nos dieron una semana o dos.
- ¿Qué hicisteis entonces?
Los dos
escribimos a la familia. Rafael no quería nada con mi padre, era muy orgulloso
para pedirle un favor pero yo sí escribí contándoles la verdad de lo que estaba
pasando, nuestro fracaso allí, lo del niño. Mi padre no quiso saber nada y por
eso aceptamos la oferta de la abuela de Rafael.
- ¿Qué tal te llevaste con ella?
Era una
buena mujer. Hablaba poco, no era cariñosa, ya sabe, nunca daba un beso o un
abrazo a nadie pero nos aceptó en casa. Yo pensaba que tendríamos una nueva
oportunidad. Además, vivíamos cerca de esta casa y empecé a venir yo sola de
vez en cuando. Mi padre primero no quería coincidir conmigo pero una tarde me
lo encontré aquí mismo, en la cocina, y aunque dijo muy poco me di cuenta que
me compadecía y no me hacía muchos reproches. Pensé que las cosas podrían
mejorar.
- Pero no mejoraron.
No, nunca
pasó. Al principio íbamos bien. Rafael encontró trabajo en un taller, yo volví
a colocarme en mi antiguo oficio. Se me daba bien. Recobré un poco la alegría,
las ganas de vivir. Las amigas que lo supieron me decían que tenía que casarme,
tener hijos, que las desgracias no tenían por qué repetirse. Lo cierto es que
yo no me quedaba embarazada como quería. Pensaba que un hijo lo arreglaría
todo, con mis padres, con Rafael que se fue volviendo cada vez más esquivo.
La llevé
a un médico que conocíamos –interrumpe la madre-. Le dijo que le habían hecho
una carnicería en Marsella. La mujer que la atendió no era comadrona siquiera,
no tenía ni idea. El caso es que no puede tener hijos.
Nos
detenemos porque Rosa ha empezado a llorar. Trata de contener el pesar pero es
incapaz. Yo miro por la ventana mientras su madre le dice algo sin mucho
entusiasmo. Debe ser una escena mil veces repetida. Por la ventana veo el patio
donde hay ropa tendida, una mujer se asoma y le grita a un niño que juega con
otros más abajo. Éste protesta de tener que subir. Ella amenaza. Las escenas de
costumbre. Otra vecina se asoma para tender su ropa y entabla una conversación
con la primera. Hablan de lo que le ha pasado a un vecino, que se ha caído por
la escalera del segundo piso. Cuando vuelvo a mirar la madre nos ha puesto unas
tazas de algo parecido al café (debe ser achicoria, me digo) que tomaré
haciendo de tripas corazón porque está muy amargo (no tienen azúcar a la vista
y no me atrevo a pedirlo).
- ¿Estás mejor? –pregunto.
Sí, es un
mal momento nada más.
- ¿Las cosas con Rafael empezaron a ir mal?
Dicen que te pegaba –veo a la madre que refrena la lengua por no decir una
barbaridad.
Yo estaba
triste todo el día. Iba a trabajar, luego ayudaba en casa a su abuela. Ella no
hablaba mucho. Era muy trabajadora pero yo no me atrevía a contarle mis penas
¿sabe usted? En la vida, decía la mujer cuando se decidía a hablar, todo es
trabajo y trabajo, penar y sufrir y luego morirnos. Y mientras no lo hacemos,
hay que aguantar lo que Dios nos echa sobre la espalda. Eso es lo que decía y
claro, yo me callaba la tristeza que tenía. Su vida tampoco había sido fácil
porque enviudó pronto y tenía que vivir con lo que le ayudaban los hijos y lo
poco que conseguía ella. Yo prefería venirme aquí a casa pero tampoco quería
decir nada porque suponía que mis padres me dirían que lo tenía bien empleado.
Rafael
empezó a venir cada vez más tarde –continúa con un hilo de voz-. Me pegaba si
yo le decía algo y si no decía nada, a veces también. En fin, siempre lo había
hecho pero era una palabra fuerte, un bofetón, ya sabe, lo normal. En ocasiones
eso me ponía furiosa, aún tenía algún genio entonces. Veía que se gastaba el
poco dinero que ganábamos con una alegría… Si un amigo necesitaba algo, ya le
estaba dando unas pesetas; para Solidaridad obrera, otras pesetas. Claro, yo no
podía decirle que por qué no ayudaba mejor a su familia en vez de a los
camaradas, que los camaradas no movieron un dedo por nosotros cuando pasamos
tantas necesidades. De manera que me pegaba.
- ¿No era por celos como me han dicho?
Eso fue
una vez nada más. Cuando me dijo la Hortensia, una amiga mía, que lo habían
visto pasear con la hija de uno que tenía un puesto en el mercado. Se lo dije y
se puso hecho una furia. Eso ya fue en casa de Ramón, su tío. Cuando murió su
abuela y fuimos a vivir con él porque no teníamos dónde caernos muertos, Rafael
ya no se contuvo en nada. A su abuela aún la respetaba y no me pegaba mucho
pero cuando la pobre falleció se ve que ya no tuvo reparos.
- ¿Era un borracho?
Bebía
pero no, no era un borracho. A veces se ponía a discutir con su tío sobre el
capitalismo y los burgueses. Tú lo que tienes que hacer es trabajar más y no
cambiar de taller cada dos por tres, le dijo el tío que lo conocía bien. Pero
él se exaltaba, alzaba la voz y decía que algún día la clase obrera se haría
con el control de la producción, que los talleres serían suyos y la vida sería
distinta. Eres un soñador, le decía Ramón, un soñador sin fundamento, tienes la
cabeza a pájaros. Al parecer, en la familia todo el mundo lo consideraba así.
Él se enfadaba pero no se atrevía a meterse con su tío porque en el fondo lo
respetaba y además dependíamos de su caridad para estar en su casa. Al final,
quien lo pagaba era yo, terminábamos a golpes casi cada noche.
- ¿Tú también le pegabas?
A veces,
no le digo que no. Yo estaba desesperada. Le decía que aquella no era la vida
que me había prometido cuando huimos juntos, que era un falso. Cuando encima me
enteré de lo del putón aquel que le acompañaba recuerdo que le di con una
sartén y él no hacía más que reírse de mí. Me provocaba. Decía que era más
guapa que yo y más alegre. Yo le reprochaba la vida que me estaba dando. Al
final se enfadaba y terminaba pegándome, como casi siempre. Hubo días que casi
no me podía levantar, toda llena de moratones.
- ¿Cuánto tiempo siguieron así? Creo que
usted se iba a casa de sus padres de vez en cuando.
Primero
cuando él empezó a marcharse a Francia, decía que a trabajar. A mí me sabía mal
quedarme en casa de su tío, que siempre tenía un plato de sopa para nosotros,
aunque casi no aportábamos nada. De manera que me marchaba a casa de mis padres
un mes o dos, lo que tardaba él en volver. Recuerdo lo que sucedió, espere a
ver, creo que fue en octubre de 1912. Había ido a Bézieres con un amigo de los
suyos, otro anarquista llamado Pascual Torradellas. Entonces frecuentaba ese
tipo de amistades, incluso pasaba por ser uno de los más exaltados. El caso es
que allí los detuvieron, los tuvieron un mes en la cárcel por no pagar una
comida que pidieron. En su disculpa dijeron, según nos contó entre risas al
volver, que llevaban dos días sin comer caliente. Total, que los ficharon y
expulsaron en noviembre como vagabundos sospechosos. No se cansaban de contar
sus ideas a todo el mundo, que llegaría el día en que los obreros tuvieran el
poder, que las empresas serían suyas, todo eso que dicen ahora los del Sindicato.
Tonterías
–tercia su madre-. Tienen todos esas ideas ahora y se dedican a pegar tiros,
como Rafael. Al menos, a la mayoría de ellos no los detienen, como a él, que
siempre fue un tonto y un loco.
- Así que tampoco triunfó en Francia. ¿Por
qué se iba? En el juicio dijeron que esas fugas eran por su epilepsia, que
necesitaba escapar de vez en cuando.
Eso fue
algo que se inventaron entre el abogado y aquellos médicos. Rafael siempre
había tenido la monomanía de encontrar un trabajo que le reportara mucho
dinero, montar su propio negocio gracias a algún golpe de fortuna. Siempre
estaba lleno de sueños, de cosas que haría y no haría cuando tuviera mucho
dinero. Mucha gente marchaba entonces a Francia, como ahora que también se
hace. No se iba por la epilepsia que además, tenía muy pocos ataques y eran
leves, ni echaba espuma por la boca ni se mordía la lengua como otros. Lo que
quería era triunfar, decía, demostrar a todo el mundo que él no era un
fracasado, un inútil. Que algún día haría algo grande por lo que sería
recordado, eso decía.
Pues eso
sí lo consiguió –tuerce el gesto la madre-, pero no para bien.
Cuando
volvía de uno de sus viajes lo hacía más desanimado que antes. No veía la
manera de cambiar las cosas. Yo menos. Me contentaba con trabajar en la
fábrica, volver a casa, arreglar la ropa de mi marido, ayudar a la tía de
Rafael y esperar que volviera de la taberna. Empezó a ir cada noche. Creo que
jugaba porque sin decir una palabra, yo veía desaparecer los pocos muebles que
teníamos. Los vendía para pagar deudas o yo qué sé. A mí no me daba
explicaciones y si alguna vez preguntaba se ponía furioso y terminaba por
pegarme. Así que un día, con lo puesto, casi sin ropa porque hasta me vendía la
ropa, me harté y me fui a vivir con mis padres para siempre. Eso fue unos meses
antes de que marchara a Madrid para hacer lo que hizo.
- ¿Él intentó arreglar las cosas?
Se
presentó en casa. Ya había pasado antes y pensaba que era una de mis rabietas
nada más. Pero yo le dije que esta vez no pasaba, que estaba harta. Mi padre se
puso delante, le echó de la casa, forcejearon, se amenazaron pero él no se
atrevió a pegarle, aún lo respetaba. De manera que cogió la puerta y se fue a
Madrid.
- Desde allí le escribió cartas.
Alguna,
sí, tonterías.
- Luego se usaron en el juicio. Sobre todo
aquella que decía… espere que la tengo aquí copiada. Se la leo:
“Mi
compañera Rosa: Ésta es la última carta que te escribo, ya no volverás a hablar
más conmigo. Tú eres la autora moral de mi hecho. Si me hubieras mandado lo
pedido, yo no habría hecho el atentado por el cual, y después de eso, me
afusilarán. Y siempre serás la mujer de un regicida. Cuando recibas ésta, se
habrá verificado el regicidio. Salud y anarquía”
- ¿Qué quería decir con esto de “mandar lo
pedido”?
Eso fue
de una carta anterior. Quería que le enviara dinero para irse a Chile a
trabajar. Eso decía.
¡Malnacido!
–exclama la madre.
Ni tenía
dinero propio ni mis padres me hubieran dejado mandárselo, de haberlo tenido.
Era una forma fácil de echarme la culpa de todo lo que pasó, es lo que hacía
siempre antes de molerme a palos. Decía que yo le había amargado la vida, que
le había dejado sin oportunidades, que le impedía hacer las cosas que estaba
destinado a hacer.
Luego vuelve a llorar. No es un llanto
estrepitoso, no da grito alguno y casi le da vergüenza hacerlo en mi presencia,
que a fin de cuentas soy un extraño. Pero parece que con mis preguntas he
abierto una puerta que estaba cerrada desde mucho tiempo atrás.
- ¿Qué ha hecho Rosa desde entonces? –me
dirijo a la madre mientras ella se recupera.
¿Qué va a
hacer? –se encoge de hombros- ¿Qué hacemos todos? Trabajar duro cuando podemos,
cuando nos dejan los alborotos, las huelgas, los cierres patronales, los
militares por la calle, todo eso, ya sabe. ¿Qué vamos a hacer sino sufrir la
vida que a cada uno Dios le ha dado?
Francisco
Gómez
- Le voy a leer un editorial que salió por
aquellos días –me hace un gesto de asentimiento.
“Hasta El
Imparcial, salvando el obstáculo de sus prejuicios liberales, liberalísimos,
confiesa y reconoce que «la teoría de los criminales solitarios» es absurda, y
afirma que «en torno de cada criminal hay que buscar el ambiente»... y en el
delincuente político la pasión que lo impele es política también, es el fruto
de una preparación, de un ambiente, de una zona social donde está el deber del
gobernante. Los atentados -continúa diciendo—se incuban por un caldeamiento de
ciertos espíritus que, más propensos a la infamia del crimen o más accesibles a
la sugestión, ponen por obra las inspiraciones latentes en una atmósfera
espiritual torcida y exaltada”
Eso es un
diario conservador ¿no? Como la mayoría en este país. Liberales o
conservadores, albistas, mauristas ¿qué más da? Todos se parecen.
- El Siglo Futuro, al día siguiente del
atentado.
Claro
–ríe con ganas-, un diario católico además. Usted es que me quiere provocar.
- Bueno –sonrío yo también-, dudaba en
contárselo pero quería que me hablara de la teoría esa de los “criminales
solitarios”, la posibilidad que entonces se barajó de un complot…
Ese
editorial trata de otra cosa, creo yo. Echa la culpa del atentado al ambiente
político, a la exacerbación de ciertas ideas disolventes de la sociedad… ¿ve
cómo me sé todos sus argumentos? Puedo hasta hablar como ellos. Me lo decía mi
mentor en el anarquismo: conoce a tu enemigo más que a tus amigos. Y tenía toda
la razón. Lo que se buscaba entonces y se ha buscado siempre es la represión de
las aspiraciones obreras, que nos peleemos por cosas pequeñas, el jornal, las
horas de trabajo. No le digo que eso no sea importante para vivir pero no debe
ser el objetivo final de nuestro movimiento, lo nuestro no es una aspiración de
una clase social, como piensan los compañeros equivocados del socialismo o el
comunismo. Lo nuestro es una sociedad sin clases, sin amos, sin peleas por el
salario o la propiedad. Eso que me ha leído usted es simplemente un opúsculo de
los que entonces aparecían en todos los diarios. Si la culpa es del ambiente,
carguemos contra todos los que estropean ese ambiente, nuestro ambiente de burgueses
protectores de los beneficios empresariales, de los ricos y de los que tienen
el control de la sociedad. Basura burguesa.
- Pero ¿en cuanto a la conspiración? Se
habló mucho por entonces de esa posibilidad. Es cierto que no se encontraron
pistas fiables, sólo hubo rumores. De hecho, usted estaba dentro de ese posible
complot…
Claro,
por eso terminé en el calabozo pero no pudieron retenerme allí, aunque
quisieran. Los mismos diarios como el que me ha leído tuvieron que reconocer
que Rafael estaba loco por lo que hizo, que todo denotaba improvisación,
fantasía. Ya lo dijo mi amigo Antonio Lozano, que lo conoció tan bien como yo…
- Sí, aquí tengo sus declaraciones, también.
Espere que las encuentre y refrescamos la memoria.
“No creo
que Sancho Alegre tenga cómplices. Su atentado ha sido el producto de un
cerebro perturbado por lecturas doctrinarias o por disgustos familiares.
Además, Sancho era un suicida y lo demuestra el hecho de llevar a la práctica
el regicidio precisamente cuando la vigilancia de la policía era extremada, y
el rumor público acusaba la posibilidad del atentado.
Sobre
todo, es idiota realizar una agresión de esa naturaleza con un revólver de
juguete.
Lo único
que tengo que agregar es que, si el hecho llevado a cabo por Sancho Alegre
estuviera fraguado en un complot, el autor de él hubiera tenido buen cuidado de
realizarlo en otra forma y con una preparación suficiente. El atentado, pues,
de Sancho es el atentado de un solitario”.
Claro, tenía toda la razón, ya lo
hablamos entre nosotros. Fíjese lo que ha sucedido con Dato hace unos meses.
También me han interrogado sobre eso, han buscado conexiones con todos los que
profesamos el anarquismo en Madrid. El mismo Mauro, que estuvo preso por acoger
a Sancho Alegre, ahora está otra vez en el calabozo por posible complicidad con
Mateu y los demás compañeros. Todo porque es un hombre generoso y solidario,
como debe ser un buen anarquista, como lo fui yo mismo. Pero en lo de Dato se
ha buscado la oportunidad, cuando marchaba en un coche sin casi escolta, se
buscaron los medios, se actuó en grupo desde la moto, varios pistoleros para
asegurar el objetivo. De eso es lógico que busquen el complot que hay detrás,
pero ¿de Sancho Alegre? Un compañero equivocado, un loco, un suicida, ya vio la
carta que dirigió a su mujer pensando que le iban a matar allí mismo o al día
siguiente.
- Retrocedamos un poco. ¿Cómo lo conoció?
No sé
cuándo sería, como un mes antes de aquel atentado, quizá algo más. Yo estaba en
la plaza del Progreso, pasaba por allí y escuché la música de acordeón que
tocaba un ciego. Se había reunido un corro de personas y me uní a ellas. Ya se
me ha olvidado pero supongo que tocaba bien el condenado viejo. Iba en busca de
mi amigo Lozano precisamente, nos solíamos tomar unos vinos cuando salía de su
taller de marmolista.
El caso
es que allí, ya sabe, se comenta, se habla. Se me puso al lado un tipo. Parecía
abrumado, como pasando serios apuros. Le pregunté cómo le iban las cosas. Pensé
que era catalán aunque tenía poco acento. Supuse que pasaba algunos apuros y
así era. Me dijo que había venido de Cataluña en el barco hasta Valencia y que
allí cogió el tren para Madrid. Como el dinero que llevaba no le daba más que
para el billete a Chinchilla lo compró y, al llegar a su destino, se escondió
en la garita del guardafreno y pudo ir hasta Madrid sin pagar el resto del
billete.
“Ahora estoy sin nada” me comentó. No
crea que estaba mendigando. Eso me gustó. Le pregunté por qué se había ido de
Barcelona y me contestó que allí había mucha agitación, huelgas, problemas, con
sus ideas los patronos no querían saber mucho de él. En resumen, llevaba veinte
días sin encontrar trabajo, vendiendo los pocos muebles que tenía, sin saber
qué hacer. Además, se había separado de su mujer, que no aguantaba aquella
pobreza. Un desastre. Lo de las ideas trajo más charla. Vi que era anarquista
como yo, un compañero en apuros y si entre nosotros no nos ayudamos, nadie va a
hacerlo.
De manera que lo llevé con Lozano y nos
fuimos los tres a una taberna, lo invitamos a comer, se le veía con hambre. En
el poco tiempo que llevaba en la capital ya había pasado dos veces por la
Dirección de Seguridad y estaba pensando volver a Barcelona. Nos contó sus
andanzas mientras comíamos, toda una aventura la suya donde todo le salía mal.
La primera noche tras su llegada, sin un céntimo en el bolsillo, se metió en
una taberna y comió para decirle al dueño luego que no tenía con qué pagarle,
que tenía hambre y que se apiadara de él. El dueño del local fue una buena
persona y, aunque le advirtió que no volviera a pisar la taberna, le perdonó la
deuda. Claro, Rafael pensó al día siguiente que el truco le volvería a
funcionar y entró en una nueva, pero el dueño no tenía el mismo carácter y, por
una deuda de 60 céntimos, lo llevó ante la policía por primera vez.
Dijo llamarse Rafael Sánchez, para no dar
su nombre verdadero –continúa-. Le hicieron advertencias, le advirtieron que
estaba pendiente de nuevas resoluciones pero le dejaron libre por la escasa
cuantía de la deuda. Desanimado, quiso volverse a Barcelona y para ello fue
hasta la estación de Mediodía. Conocedor del truco, se volvió a esconder en la
garita del guardafrenos pero los ferroviarios madrileños anduvieron más
avispados. Lo encontraron y lo llevaron de nuevo a la Dirección de Seguridad,
donde lo ficharon por vagabundo y anarquista. Allí le sugirieron que buscara un
billete gratuito para Barcelona pero, ya sabe, con permiso de un cura y todo
eso. De manera que empezó a vagar por Madrid sin saber qué hacer cuando pasó
por la plaza del Progreso, donde lo encontré.
Ahora yo le digo lo siguiente –me mira
con fijeza-. Si el mismo atentado fue ridículo, mal hecho, mal elegido el
momento, el arma y la oportunidad. Si sucedió todo eso ¿qué clase de complot
puede haber para dejar que el principal ejecutor del regicidio deambule por
Madrid pasando necesidades, atrapado por la policía como vagabundo? ¿Usted cree
que alguna sección catalana va a enviar un hombre de acción en esas
condiciones? Hasta los diarios más conservadores como el que me ha leído hace
rato tenía que inclinarse ante lo evidente: Nadie organizó ese atentado, fue la
obra de un perturbado, un anarquista loco que quiso matar a un rey y pasar a la
historia, simplemente. Terminar su vida con una traca. Y hasta le pudo salir
bien, fíjese lo que le digo. Hubiera sido un milagro y ya sabe usted que yo no
creo en milagros –sonríe irónico.
- ¿Qué pasó entre su amigo Lozano, usted y
él cuando se encontraron?
Nada de
especial, lo que hacíamos por otros compañeros si podíamos. Lo llevamos donde
Mauro, ya sabe, Mauro Bajatierra, el que ahora es un peligroso asesino –dice
con sorna-, al que vuelven a tener preso y listo para el juicio que haya en su
día por complicidad en lo de Eduardo Dato. Él sabía qué hacer, es un hombre
informado, con muchos contactos. Ya lo era entonces pese a su juventud.
- Hábleme un poco de él, lo encontramos en
todos los casos de anarquismo en Madrid desde hace muchos años.
Y nunca
lo condenan –ríe-. Es muy hábil. Por entonces tendría, déjeme pensar. Nació en
1885, debía tener entonces –cuenta con parsimonia- no llegaría a treinta años,
pero era figura reconocida entre nosotros. Ejercía de panadero pero escribía
mucho en revistas cercanas a nuestra ideología, sobre todo conocía a mucha
gente. Si va usted a su casa en la calle Torrijos… Bueno, ahora no lo va a
encontrar ya que está en chirona, pero su comedor es un espectáculo –ríe de
nuevo, parece un hombre jovial-. Está todo lleno de retratos pero no de su
familia sino de Pi y Margall, de Ferrer, hasta de Morral tiene un retrato.
Llegó a Madrid a principios de siglo, con una familia de emigrantes como
tantas. Pero él supo sobresalir, es un hombre inteligente pero no un hombre de
acción, usted me comprende, no se dedica a darle armas a nadie, como afirma
ahora la policía. Mauro defiende que el anarquismo es un movimiento pacífico,
que busca la paz en el mundo, la ausencia de poder de un individuo sobre otro.
Ahí discutimos. Yo le digo que a la violencia hay que responder a veces con
otro tanto pero él a veces casi parece cristiano, predicando aquello de poner
una mejilla y todo lo que dicen los curas. Por eso no lo pueden meter en el
calabozo mucho tiempo y saldrá libre de la acusación que ahora cae sobre él, ya
lo verá.
Pues
cuando le llevamos a Sancho Alegre sabía lo que había que hacer. En primer
lugar, a la Casa del Pueblo, para que se sindicara dentro de su ramo, la
carpintería. Se ofreció a darle de comer hasta que encontrara trabajo pero puso
la pega de que él faltaba de noche y no le parecía bien que Sancho se quedara
en su casa a solas con su mujer. Por eso le pidió a Eusebio Martín, el
secretario de la sociedad de peones, que lo albergara hasta encontrarle algo.
Así fue
como dio Sancho sus primeros pasos en Madrid, encontrando en los anarquistas la
solidaridad que no le prestaban las autoridades. Como ha pasado con Mateu,
Casanellas y compañía, lo mismo. Eso no implica que se esté al tanto de los
proyectos de ese grupo ni de nadie. Los compañeros estamos para ayudarnos en
los momentos malos.
- Y luego encontró trabajo y dónde vivir.
Mauro le
consiguió ambas cosas. Así es él, va consiguiendo cosas, va ayudando. No se
dedica a organizar conspiraciones ni violencias. Sabe que existen, claro, pero
es un hombre inocente, no sé por qué lo tienen encerrado. A través de la Casa
del Pueblo supo que había una plaza de lo suyo en un taller de carpintería de
Santa Águeda. Cuando el dueño supo que venía sindicado por la Casa del Pueblo y
recomendado por Mauro, le permitió trabajar allí. Además, habló con una tal
Gabina, que tiene una casa en General Pardiñas y así pudo Sancho contar con una
habitación donde alojarse. Así hemos hecho las cosas siempre entre compañeros.
De lo que pasó después yo he sabido poco. La policía me llamó a declarar y fui.
No hice como Lozano, que es más radical y se negó a acudir cuando lo llamaron
–ríe nuevamente-. Le tuvieron que perseguir y llevarlo retenido para que
declarara. Este Lozano siempre ha sido igual. Yo le digo que se modere, que no
hay por qué desgastarse en luchas inútiles pero él es un cabezón. Será que todavía
es joven y yo, como ve, peino bastantes canas ya. Sé que no veré la sociedad
con la que sueño, una donde no haya patronos ni obreros, donde todos arrimemos
el hombro. Ya lo dijo uno hace mucho tiempo: de cada cual según su capacidad, a
cada cual según su necesidad.
- ¿Quién dijo eso?
Un judío
–ahora sonríe abiertamente-. Quizá le suene su nombre: Carlos Marx.
- No me diga que usted…
Hay
compañeros que lo detestan pero ¿qué quiere que le diga? No soy tan radical y
debo reconocer la buena intención que tuvo, lo que hizo por revelar la
explotación del hombre por el hombre. Él pensaba que la meta era la dictadura
del proletariado. Nosotros vamos más allá, a lo que tiene que haber después de
eso, a una sociedad sin proletariado, sin dictaduras, sin clases. Donde reine
la paz y la justicia para todos. ¿Qué es una utopía como nos dicen? Puede ser.
Nosotros creemos que podemos llegar a realizarlo, tal vez no aquí y ahora, sin
duda no lo verán mis ojos, pero yo sueño a veces ¿sabe usted? Tengo muchos años
y he visto de todo: represión de la policía, palizas, muertes. Y mucho tendrá
que haber todavía cuando caiga el rey, cuando se deshaga esta burguesía
opresora y dominante. Pero algún día… Yo le digo que algún día…
Gabina
Pérez
¿Esto no será de la policía, verdad?
- No, señora, no. La policía ya no tiene
interés ninguno en usted, no se preocupe. Esto es cosa mía, estoy preparando el
material de una novela sobre el atentado contra el rey.
Pues no
creo que le interese a nadie. Donde esté una buena novela de amores de esos que
hacen llorar… En fin, bastante llora una cada día pero eso al menos te distrae.
¿Y cómo le ha dado por escribir sobre algo así?
- ¿Usted sabe quién era don Benito Pérez
Galdós, verdad?
No lo voy
a saber. Con lo que me gustó esa novela de “Fortunata y Jacinta”, que me la
prestó una vecina, y daba pena Fortunata, siempre luchando como hacemos todas y
sufriendo horrores por todo lo que le sucedía.
- Verá, es que yo soy el hermano pequeño de
Juan Verdes, el marido de su hija.
¡No me
diga! ¿Y conoció a don Benito?
- No lo voy a conocer. Estuve en su casa
muchas veces, me animaba en mi propósito de ser escritor aunque yo era niño por
entonces. Cuando lo traté estaba muy mayor y al final ya sabe que perdió la
vista pero seguía con mucho ánimo, siempre hablando con actrices y amigos,
interesado en el teatro y en todo lo que se hacía.
Entonces
querrá escribir una de esas novelas nacionales que él escribía, me imagino.
- Algo así. Por eso he venido a verla. No
solo para saber de su huésped sino para que me cuente cosas de usted misma, de
cómo vino a Madrid, cómo llegó a tener una casa de huéspedes…
La
necesidad, joven, siempre es lo mismo. Verá, yo vine de Aragón hace mucho,
cuando tenía veinte años o así. Nací en un pueblo muy pequeño y muy pobre allí,
no había futuro para mí ni para mis hermanos. Ellos aún podían trabajar en el
campo, aunque la mayoría se fueron. Yo me coloqué en Calatayud en casa de un
matrimonio anciano. Me llevaba bien con la señora, que tenía buen carácter,
pero vino a morirse dos años después de yo haber entrado y me quedé sola con el
viudo. Ya sabe lo que pasa…
- La verdad es que no. ¿Qué pasó?
Aquel
hombre se portó bien conmigo, no puedo decir nada malo de él. Pero después de
unos meses empezó a decirme que él no tenía hijos ni herederos, que no sabría
qué sería de su casa y sus ahorros cuando muriera, que si esto y si lo otro.
Vamos, me dijo que si le calentaba la cama me lo dejaría todo pero yo me negué,
yo no era de ésas. Así que cogí el portante y me vine a Madrid, a casa de unas
amigas en el barrio de la Guindalera. Me coloqué enseguida, aquí había trabajo
entonces para todas y, modestia aparte, yo era trabajadora, callada y
obediente. Además educada, que no todas podían decir lo mismo. Si yo le
contara…
El caso
es que conocí a mi Alfonso por la calle, como se hacía entonces. Los domingos
iba a pasear con las amigas y siempre nos encontrábamos a alguno que nos
invitaba a una horchata o un helado y charlábamos. Muchos matrimonios nacieron
así. Pues conocí a Alfonso, trabajaba en un comercio, tenía sus pesetas, no me
ocultó que había corrido la vida, era algo mayor que yo pero a mí me gustaba.
Me hizo la corte un tiempo. Él quería que viviéramos juntos pero yo no quise,
incluso tuvimos alguna pelotera cuando él se enfadó una vez y le vi con otra.
Fue para darme celos ¿sabe usted? El caso es que terminó cediendo, dijo que nos
casáramos y aunque su familia no quiso mucho conmigo terminamos por ir a vivir
con su madre.
Aguanté
como pude las malas caras, el trato algo desabrido de uno de sus hermanos, pero
todos terminaron por irse y mi suegra por morirse. Al final nos quedamos con la
casa de General Pardiñas donde estamos, un buen piso, amplio, con muchas
habitaciones. Al cabo de algunos años las cosas se fueron atravesando. Mi
Alfonso enfermó de los pulmones, estaba siempre tosiendo, escupiendo sangre en
ocasiones. En el comercio se asustaron y le echaron de allí. Tuvimos que
alquilar habitaciones a estudiantes, funcionarios solteros, gente de paso. Mi
marido hacía cada vez menos, casi todo lo hacía yo, él estaba muy enfermo,
había días que no salía de la cama –entonces me enseña un retrato que tiene
sobre la cómoda. Un hombre de sonrisa irónica, con un recio mostacho.
Éste era Alfonso al poco de casarnos, qué
guapo mozo, qué buena pareja hacíamos. Ya ve usted. Al final solo hacía que
leer novelitas que le traía del mercado y preguntar por Pablo Iglesias. Porque
era socialista ¿sabe? Cerril como él solo cuando se le metían las ideas en la
cabeza o alguien hablaba bien del gobierno en la mesa. A veces le tuve que
decir que se moderara porque algunos clientes se levantaban soliviantados, eran
funcionarios, trabajaban para cualquier oficina y tenían que estar a bien con el
gobierno de turno. No era cuestión de asustarlos.
- ¿De qué conocía a Mauro Bajatierra? Porque
fue él quien le trajo a Rafael Sancho ¿no?
Sí,
claro, eso fue mucho después. Mi marido ya había muerto y me quedé con cinco
hijos que no es fácil criar a tantos. Crecieron como pudieron, ayudaban en la
casa lo que su padre no podía, se pusieron a trabajar desde pequeños, uno
vendiendo periódicos, otro entró en un comercio, otro se hizo soldado y me lo
mataron en África. Las dos niñas se casaron. El caso es que yo tenía que
asegurarme clientes y don Mauro me traía a más de uno. Alguno parecía una oveja
descarriada, como ese Sancho Alegre, pero don Mauro les conseguía una
colocación, los enderezaba y terminaban por pagarme, veintidós pesetas cobraba
yo por entonces. Sólo la habitación, que el señor Sancho no venía a comer
porque lo hacía con un amigo, me decía.
- ¿Venían amigos a verle?
No
muchos, no crea usted. Todos obreros, eso sí. A mí no me importaba quiénes
fueran siempre que no molestaran a nadie ni tuvieran costumbres extrañas. En la
mesa yo vi que siempre estaba defendiendo a los obreros y criticando al
gobierno, como mi difunto marido. Por las cosas que decía cuando salían a
relucir los desórdenes de Barcelona parecía que había estado en medio de todos
los jaleos. Yo no sé si es que quería darse importancia con los demás pero
hablaba a veces como si estuviera organizando una revolución él solo. Como a mi
marido, le tenía que contener porque
algunos estaban molestos. Una cosa es que tenga sus ideas, me decían, y otra
que nos quiera adoctrinar a todos. No le dé importancia, le decía al que protestaba,
si vino como un muerto de hambre, si es muy trabajador. Sólo que tiene esas
ideas que tienen tantos ahora. Yo le diré que no hable tanto de eso. Y se lo
decía. Pero él me contestaba que no era socialista, como yo pensé al principio,
sino anarquista. ¿Los de los tiros? Le pregunté yo, alarmada. No, me decía,
nosotros queremos una sociedad más justa y mejor, donde todos seamos felices
trabajando y aportando para los más necesitados.
En fin
–continúa-, yo veía que era un iluso pero no me parecía peligroso. Me recordaba
un poco a mi Alfonso, no lo podía remediar. De todos modos, en cierta ocasión
me empezó a preocupar ver a una pareja de hombres apostados cerca del portal.
Estaban allí todo el santo día sin hacer otra cosa que fumar o hacer que leían
el periódico. Un día me armé de valor y les pregunté qué hacían allí. Me
dijeron que eran policías y me asusté. Añadieron que estaban vigilando a Sancho
Alegre porque andaba fichado como vagabundo y anarquista. Les dije que
anarquista sí era pero vagabundo ya no, porque tenía un trabajo en una
carpintería. De todos modos, yo no quería líos. Me ofrecí a echarlo si lo
consideraban peligroso. Me dijeron: No, señora, no. No le eche porque así sabemos
dónde está y le tendremos mejor vigilado.
- ¿Le dijo algo a su huésped?
¡Ay, no
me atreví! ¿Usted cree que tendría que haberle dicho que lo vigilaban? A lo
mejor, si se lo hubiera dicho se habría ido o no se hubiera atrevido a disparar
contra el rey. El caso es que pensé que ya se habría dado cuenta él mismo como
me había dado cuenta yo, de modo que me limité a decirle que tuviera cuidado
con lo que decía en la mesa a los otros, que alguno podía ir con el cuento a la
policía y meterle a él y a todos en un lío. Me acuerdo que me dijo: “Estése
tranquila, doña Gabina, que yo soy perro ladrador pero poco mordedor. No tendrá
ningún problema conmigo, ya lo verá. Una vez me ficharon en Francia por no
pagar una comida, porque entonces no tenía dinero para ello, pero nada más.
Siempre he sido un trabajador honrado y cumplidor”.
- ¿Le creyó?
Entonces
sí, le creí a pies juntillas. ¿Cómo iba a imaginar que pasaría lo que luego
pasó? ¿No es verdad que yo no tuve la culpa de nada?
Salvador
Lerols
En cuanto lo vi sentí cierta
desconfianza. Y no era porque fuera mal encarado o tuviera un trato
desconsiderado, no, era otra cosa. Dijo que lo enviaban de la Casa del Pueblo,
que estaba inscrito allí. Dos días después fui a comprobarlo y me dijeron que sí,
que lo había llevado gente de los sindicatos, que todo estaba en orden. De
manera que tuve que admitirlo en mi taller, el de la calle Santa Águeda número
10.
- Me ha sorprendido no encontrarle allí. De
hecho, no he encontrado la carpintería, me dijeron que había cerrado el
negocio.
Ya le
diré por qué. Usted me ha dicho que le cuente de cómo fue que lo contraté, qué
impresión tenía de él, así que empezaré desde el principio. El taller lo
teníamos a nombre del Sr. Chinchilla y mío. Él puso más dinero que yo, fue
inspector de vigilancia casi veinte años hasta que se retiró. En vez de dejar
el dinero en la Caja de Ahorros, me dijo, lo quiero poner en movimiento, que
produzca. Era yo el que me había dirigido a él. Tenía algunos ahorros de una
herencia de mi madre, de cuando se vendió la finca del pueblo y la repartí con
mi hermana. En fin, no le aburro con detalles. El caso es que puse una cantidad
y el Sr. Chinchilla puso el resto y montamos el taller sería… como cinco años
antes de que viniera Sancho Alegre a trabajar.
Las cosas nos fueron bien hasta cierto
punto –continúa-, todo lo que puede ir bien un negocio en una ciudad que vive
entre huelgas. El taller siempre fue pequeño, tuvo pocos trabajadores y nos
conocíamos lo suficiente para saber hasta dónde podía llegar cada uno. Los
obreros venían de vez en cuando a decirme: Sr. Lerols, que el sindicato nos
obliga a faltar. Nosotros no queremos, necesitamos el salario, tenemos una
familia que mantener, pero el sindicato… Yo lo comprendía ¿no lo voy a
comprender? De joven he trabajado en el campo de sol a sol, me he deslomado
para sacar la cosecha adelante. Me vine a Madrid con mis padres, aprendí el
oficio. He estado toda mi vida trabajando, siempre lo mismo, para terminar
donde me ve, apenas ganándome para llevarme un plato caliente a la boca cada
día –menea la cabeza y queda un rato en suspenso, mientras atiende a unos
chiquillos que han venido por caramelos y me miran con curiosidad.
¿Qué le iba diciendo? ¡Ah, ya! De cuando
vino a trabajar aquel muchacho. Debo reconocerle que sabía su trabajo. Le tuve
una semana a prueba y vi que era verdad que había trabajado la madera antes. En
ese sentido me tranquilicé pero seguía sin tenerlas todas conmigo, no sé por
qué. Será que había tenido muchos obreros y los reconozco desde que los veo.
Sancho Alegre no era de fiar. Resultaba dicharachero, no paraba de hablar con
los compañeros, gastar bromas, tratar de hacerse el simpático conmigo. Pero de
repente venía con la cara crispada y se ponía a hacer su tarea sin abrir la
boca durante horas. A mí la gente tan variable me da mala espina ¿qué quiere
que le diga? Cada uno tenemos nuestros problemas, comprendo que no todos los
días podemos estar del mismo humor pero aquello era demasiado brusco, algo
pasaba con aquel muchacho que no estaba claro.
Luego empezaron a venir amigos, decía él.
Yo no estaba con una escopeta detrás de la puerta, comprenda usted. Siempre
traté bien a mis trabajadores, les echaba una mano si tenían algún problema, no
les prohibía que vinieran a verlos alguna amistad, un vecino que fuera a darle
un recado, ya sabe. A mí mismo me venían algunos del barrio, había que estar a
bien con todos, a fin de cuentas de eso comíamos ¿no? De encargos que nos
hacían, gente que conoce a alguien que necesita tal cosa e iban a ver al Sr. Lerols
al taller. Todo eso lo comprendo pero lo de aquel Sancho Alegre resultaba
excesivo. Me di cuenta que el trasiego de personas molestaba incluso a sus
compañeros, alguno llevaba conmigo desde que empezamos y se quejaba con medias
palabras. No querían hablar mal de un compañero, claro, y además ese Rafael era
simpático cuando quería, se iba a tomar unos vinos a la salida del trabajo en
ocasiones, le veían bien pero les molestaba que llegara gente a interrumpir. Y
no se crea que intercambiaban unas frases y se acabó, alguno se lo llevaba
fuera a fumarse un cigarrillo. Hubo incluso ocasiones en que marcharon del
taller sin dar explicaciones y el trabajo se quedó sin hacer hasta el día
siguiente.
En cierta ocasión se lo dije –continúa-.
Fue cuando empezó a faltar uno o dos días, sin dar más explicaciones ni
avisarnos. Cuando se lo reprochaba me decía que había venido una tía desde su
pueblo sin avisar, que un amigo tuvo un problema y hubo de ayudarlo, cosas así.
Yo le decía: Sancho, así no se hace el trabajo, tendré que quitarte del jornal
los días que no trabajes. Él alzaba los hombros, torcía la cabeza mirando a sus
compañeros, que nos miraban, y respondía: Lo que usted diga, Sr. Lerols. Respetuoso
era, eso también se lo reconozco. Tuve algunos que se insolentaban, gente de
mal vivir incluso que terminé por despachar. Ya se veía desde el principio que
durarían poco. Sancho Alegre no, era respetuoso pero como que no te escuchaba,
como si estuviera a otra cosa, los tejemanejes que se traía con esos amigos que
venían a verle. Parecía no importarle seguir o no seguir en ese trabajo.
Por allí pasaba a menudo el agente
Muslares. Yo ya le había dicho al Sr. Chinchilla que sospechaba que ese Sancho
se traía algo entre manos, siempre hablando con otros obreros que iban y
venían, como si no tuvieran trabajo. Claro, como había sido inspector tantos
años Chinchilla me recomendó que hablara con Muslares, que éste indagara a ver
si tenía antecedentes en la Dirección de Seguridad. De manera que se lo dije un
día que pasaba por la zona. Me contestó que ya me diría, en cuanto averiguara
algo. El caso es que pasaron los días y no me decía nada así que volví a
preguntar si había podido hacer esa averiguación. Pareció sorprendido y luego,
como si hubiera olvidado el tema, me dijo que estuviera tranquilo, que había
preguntado a sus superiores y no constaba ningún antecedente sobre Rafael
Sancho, que estaba limpio.
- Y era mentira.
Eso lo
supe mucho después, cuando el agente tuvo que declarar en el juicio. Me cogió
inquina desde entonces pero yo ¿qué le iba a hacer? No iba a pasar como el que
acogiese a un anarquista que había disparado contra el rey nada menos. El juez,
al principio, me miraba mal, como me miraron desde entonces todos los vecinos,
dijera yo lo que dijese. El señor juez pretendía que mi taller era lugar de
acogida de terroristas, que quizá yo mismo lo era. Y yo siempre fui hombre de
orden ¿sabe usted? –añade con énfasis, dolido-. Yo he trabajado toda mi vida,
he sido un carpintero que conocía su oficio y gustaba de trabajar nada más, no
meterse en líos de huelgas y cierres. Así que eso le dije al señor juez, que
era un hombre honrado, que yo no acogía a anarquistas. De hecho un día se lo
pregunté a Sancho a bocajarro, si lo era. Me contestó que no y se quedó tan
tranquilo. Pero me daba la espina que no era trigo limpio. Por eso le pregunté
al agente Muslares y así se lo dije al juez. Se quedó sorprendido, me pareció,
y mandó llamar al agente. Éste no se atrevió a mentir, tuvo que reconocer que
yo le había preguntado por los antecedentes de aquel muchacho. Se me olvidó,
dijo, y cuando Lerols me vino a preguntar otro día me dio apuro decirle que se
me había olvidado así que le contesté que estuviera tranquilo. Sé que le vino
una sanción por eso, nada importante. Dejó de patrullar por la calle Santa
Águeda pero a mí no me importó. Fue uno de los motivos de mi ruina, a fin de
cuentas. Si yo hubiera sabido que aquel Sancho era anarquista y fichado como
vagabundo, estafador e indeseable ¿de qué lo iba a tener trabajando en un
taller honrado como el mío? Y si lo hubiera despedido otro gallo me cantara
ahora y no estaría en este quiosco vendiendo para niños y ancianos, malviviendo.
Estaría ejerciendo mi oficio, lo que me he ganado con trabajo y honestidad toda
mi vida.
- ¿Cómo supo lo del atentado?
Los tres
últimos días no había venido a trabajar. Ya le digo que había empezado a
hacerlo con alguna frecuencia, pese a mis reconvenciones. Así no vas a ningún
lado, Sancho, le decía yo. En la vida hay que cumplir, no puedes dejar a los
compañeros pendientes de si vienes o no, tratando de suplirte. Si te he
contratado es para que cumplas. Me decía sí, señor Lerols, tiene usted razón,
pero es que me surgió esto, me llegó lo otro… Siempre tenía una excusa a punto.
Recuerdo que le comenté aquella misma semana: Empecé como tú, Sancho, y llegué
a levantar este taller. Eso fue trabajando duro. ¿Qué pretendes hacer con tu
vida? Por ese camino que llevas… Mire, siempre traté a mis obreros casi como si
fueran hijos míos, trataba de encauzarlos si iban torcidos, y aquel muchacho se
estaba torciendo con esas amistades que tenía, me parecía a mí. Pues aquella
semana me respondió: No se preocupe, señor Lerols, yo estoy destinado a hacer
cosas grandes. Me sorprendió su respuesta y no comprendía qué me decía. Sabía
que era un chico culto, no solo sabía leer y escribir sino que al parecer leía
mucho, se veía que tenía labia, pero de ahí a hacer cosas grandes como me dijo,
no comprendía de dónde sacaba eso. Se me ocurrió contestarle: Pues las cosas
grandes deben empezar por las pequeñas, por el trabajo de cada día. En fin,
tampoco le iba a dar un sermón, yo no soy cura para eso. Me miró con la sonrisa
que tenía, como si estuviera seguro de sí mismo y hasta le mirara a uno con
suficiencia, con simpatía. Me dejó sorprendido, lo recuerdo bien, pero añadí
que se pusiera a recuperar el tiempo perdido y volvió a su puesto. El sábado
antes del atentado vino a recoger su parte del jornal. Una parte porque aquella
semana había faltado la mitad. Ya me había cansado de decirle nada, él sabría
lo que hacía pero me prometí que si aparecía alguien que lo necesitara más, que
viniera bien recomendado y fuera trabajador, le diría a Sancho que prescindía
de él. Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá el agente Muslares no me hubiera mentido
¡maldita sea mi estampa!
- ¿Qué pasó con el taller?
Cuando se
supo que el anarquista de los tiros al rey estaba trabajando en mi taller se me
vino el mundo encima. No me lo podía creer. Me venían los vecinos a preguntar,
que cómo no me había dado cuenta, si sabía algo y no se lo había dicho a la
policía. Yo repetía todo lo que le he contado a usted pero nadie me creía. En
el barrio empezó a correr la opinión de que yo albergaba terroristas, que era
peligroso tener tratos con nosotros. Los compañeros también estaban
consternados, ya le digo que algunos llevaban desde el principio de montar el
taller, siempre habíamos sido cumplidores y ahora nos venía esto. Empezaron a
escasear los encargos, tuvimos que bajar precios, despedir a algunos de los
trabajadores y no conseguíamos remontar ni que se olvidara el baldón que había
caído sobre nosotros.
El Sr.
Chinchilla se portó bien, bastante sabía que las sospechas eran inciertas,
montó un escándalo en la Dirección de Seguridad, a fin de cuentas había
trabajado allí. Por eso le vino la sanción a Muslares, el no verle más por el
barrio. Pero eso no impedía que la gente desconfiara de nosotros y prefiriese
ir a un taller cercano que nunca había tenido la calidad con que nosotros
trabajábamos. Al cabo de un año habíamos tenido que prescindir de la mitad de
la plantilla, porque no eran necesarios, no había en qué trabajar. Las deudas
se acumularon, los materiales se quedaban en el taller sin emplear, se
estropeaban almacenados tiempo y tiempo.
Un día
vino el Sr. Chinchilla a decirme que lo dejáramos, que él no iba a seguir
perdiendo su dinero pagando deudas que no recuperábamos. Me preguntó si yo
podía poner más capital en el taller y la verdad es que no, tenía el depósito a
cero, ya me entiende. Estuve recorriendo otros talleres en Madrid, por si me
contrataban. Pero alguno, que incluso me veía con simpatía, no se atrevía a
hacerlo porque mi fama venía conmigo, pegadita a mi sombra. Al cabo de un año
de peregrinar, de hacer algún encargo, arreglar muebles rotos, lijar una
puerta, cosas así, me quedó el dinero justo para montar este quiosco de
caramelos. Tenía que pensar en mi mujer y mis dos hijas, algo tenía que tener
para el futuro. De manera que ahora vivimos con muchas estrecheces, con el humor
agrio de mi mujer que nunca tuvo, los reproches si me voy a tomar un vino con
antiguos amigos, si vuelvo tarde, si no nos llega. Esa es mi vida desde que
conocí a aquel muchacho, ese anarquista loco que bien se merecía haber muerto
fusilado. ¿No decía que quería eso? Pues no sé por qué no lo fusilaron. Pero le
digo una cosa: más culpo al agente Muslares por su descuido y sus mentiras,
otro gallo me hubiera cantado si hubiera cumplido con su obligación. Y ahora
perdone, pero tengo que atender el negocio y tanta charla no es buena para que
vengan clientes.
Rafael
Guijarro
Muchas veces me han hecho recordar
aquellos instantes, quizá hayan sido los más importantes de mi vida como agente
de vigilancia, los que cambiaron mi destino en el Cuerpo, no se lo puedo negar.
- Llegar a inspector no lo hace cualquiera,
hay que tener cualidades y, al decir de sus compañeros, usted las tiene.
Espero
tenerlas para bien del servicio pero muchas veces uno no disfruta de la
oportunidad de darlo a conocer, ya me comprende. Yo sigo siendo en parte el
muchacho que quería ser policía desde que era muy joven, servir a la Patria. Mi
madre siempre estuvo orgullosa de mí y me animaba, mi padre también, somos una
familia de orden. Bueno, a mi padre le gustaba más un destino en la milicia, no
se lo puedo negar, pero yo quería dignificar el Cuerpo de agentes, siempre tan
criticado porque dicen que nos falta profesionalidad, que se entra por
recomendación y no por la valía… No le digo que en otro tiempo… Ahora las cosas
están cambiando, poco a poco para lo que deseamos los que vivimos esto de
verdad, pero cambian y mejoran. Se habla de una nueva legislación que regule el
acceso al Cuerpo, los méritos para la promoción interna, las responsabilidades
de unos y otros. Todo se andará.
- Cuénteme de aquel día.
Tenía que
haber sido un domingo espléndido, el día era primaveral, la gente, el pueblo de
Madrid, se había echado a la calle para celebrar la Jura. Desde muy pronto, a
las nueve de la mañana, los reclutas se fueron disponiendo formando dos
columnas entre la glorieta del Obelisco y la calle Marqués de Riscal. Estaban
las Academias de Infantería, Ingenieros e Intendencia, las compañías de Saboya
y Wad Ras, brigada del Estado Mayor… A esa hora también empezaron a llegar las
autoridades hasta que a las diez hizo presencia Don Alfonso. El público
aplaudió. Estaba como lo vimos a su paso por Cibeles y la calle Alcalá, donde
yo me encontraba conteniendo al público: uniforme de capitán general de gala
con la banda de la Gran Cruz del Mérito militar y otras condecoraciones.
Después
de la revista, se escuchó misa. Habían instalado el altar donde la estatua de
Castelar, dando frente al norte. Fue después cuando se realizó la Jura
propiamente dicha, ya sabe, con el general preguntando a los reclutas si
juraban ante Dios seguir las banderas del rey y derramar hasta la última gota
de sangre siguiendo a quienes les mandaran. Tras el juramento vino el que
aquellas fuerzas fueran desfilando frente a la bandera de sus regimientos para
besarlas y completar el acto, que duró mucho por el grueso de tropas que se
habían congregado en el acto. Sólo después se inició el desfile.
- ¿Cómo iba el rey cuando usted lo vio?
Gallardo,
como siempre desfila, tan elegante, satisfecho sin duda por el entusiasmo que
desbordaba las calles. Tenía la costumbre de avanzar con su alazán… ¿cómo se
llamaba? Tenía una estampa preciosa.
- Alarún, creo.
Sí, eso,
Alarún. Pobre ejemplar, resultó herido en la refriega pero cumplió llevando a
su jinete hasta el Palacio real. Pues como le digo, tenía la costumbre el
monarca de adelantarse a sus batidores, el señor Guirao, que era jefe de
Cazadores y el conde de Aybar, que debían haber ido a su lado todo el camino.
Pero el monarca siempre ha sido así, todo el mundo lo sabía, joven, decidido,
sin miedo y mire que ya había tenido dos atentados en su vida. Pues estaba
llegando frente al número 48 de la calle Alcalá, junto a la calle del Turco
donde mataron a Prim hace tantos años. Allí vivía la duquesa de Nájera. Pues
llegaba allí cuando se adelantó ese hombre.
- Dígame con detalle las circunstancias, a
veces hay interpretaciones algo confusas de lo que sucedió.
No es de
extrañar, con todos interviniendo después.
- Pero usted fue el primero.
Sí, pero
me arrepiento de no haberlo hecho antes. Vi a aquel joven con la chaqueta
abierta que se dirigía a su Majestad bastante decidido. Yo pensaba que se
acercaba para entregarle un memorial, alguna queja o petición que deseaba
solicitar a su favor. No hubiera sido el primer caso. Se sabía que Don Alfonso
atendía esas peticiones y tenía consideración con el pueblo siempre que podía.
El caso es que aquel hombre echó un vistazo hacia atrás muy rápido, seguramente
para ver si alguien le seguía, el muy cobarde, temiendo que le impidieran
cometer su acción. Luego se acercó dos pasos más y vi brillar el revólver que
tenía en la mano.
- ¿Estaba muy cerca del rey?
Muy
cerca, casi cogiendo las bridas de Alarún. Aquello duró unos pocos segundos,
cuatro o cinco, pero luego, al revivirlos, parece que cada detalle se me ha
quedado grabado en la memoria de tal manera como si hubiera durado una hora
entera. En fin, se lo cuento tal como yo lo recuerdo. Trató de sujetar las
bridas con un gesto instintivo porque el rey ya se había dado cuenta de su
intención e, instintivamente, tiró de las riendas para intentar atropellarlo.
La montura no esperaba aquella brusquedad y caracoleó un poco, lo suficiente
como para que los dos disparos casi seguidos no dieran en el blanco. Dicen que
una de las balas pasó a escasos centímetros de la cara del rey, pero no sabría
decirle si es cierto o fueron habladurías.
- Al parecer lo comentó el rey al llegar a
Palacio y describir el incidente.
Eso
dijeron, sí. Será verdad. Quiero decir que yo no me quedé observando ese tipo
de detalles. Lo que sí fue cierto es que la montura terminó por desequilibrar
al asesino y para entonces yo me había arrojado sobre él echándolo al suelo.
Forcejeamos. Era joven y trataba de escapar.
- El tercer tiro, el que le hirió a usted…
hay controversias sobre qué intentaba hacer Rafael Sancho.
Eso
habría que preguntárselo a él. El que se lanzó después de mí a sujetarlo fue
Gumersindo Nuño. Estábamos en el suelo cuando sonó un nuevo disparo, no sé si
dirigido al monarca, para suicidarse o librarse de nosotros. Yo creo que fue
esto último. El caso es que noté un dolor muy intenso en la pierna y, aunque
seguía sujetándolo para que no escapara, me sentí débil de inmediato, a punto
del desmayo.
- Fue grave su herida.
Estuvo a
punto de costarme la vida, sí. Según me dijeron los médicos entró por la ingle
y afectó a la femoral. Creyeron que me desangraría allí mismo. Me llevaron en
volandas hasta el mismo portal 48 donde condujeron al criminal para salvarlo de
las iras del pueblo, que quería lincharlo allí mismo. De entonces recuerdo muy
poco, sólo lo que me han contado, que sangraba profusamente, que me empezaron a
poner compresas sobre la herida para contener la hemorragia. Con el tiempo me
fui recuperando. Me quedó una buena cicatriz para recordar el momento.
- Se puede decir que usted salvó al rey de
recibir un nuevo disparo.
No hice
más que cumplir con mi deber, como agente de vigilancia que era. Cualquiera
hubiera hecho lo mismo. Puede ponerlo en el libro que escriba: que cualquiera
hubiera obrado del mismo modo.
- Es usted muy apreciado por sus compañeros,
sus superiores creo que están muy satisfechos con su trabajo aquí en Barcelona.
Me
trasladaron hace tiempo y, por desgracia, hay mucho trabajo que realizar en
estos tiempos. Lo único que hago es obedecer las órdenes del Jefe de la Policía
y del gobernador civil, el señor Martínez Anido. Trato de hacer las cosas bien
y proteger así a la sociedad civil de tantos desmanes y alteraciones del orden
público que padecemos actualmente.
- ¿Qué piensa del momento, de su labor como
policía persiguiendo a los terroristas de uno y otro bando, haciendo frente a
las reuniones sindicalistas…?
Trato de
cumplir con la ley y las órdenes de mis superiores, como siempre he hecho. Yo
no le puedo decir más. Respondo a mis obligaciones y no cuestiono las
instrucciones que recibo. Tengo mis opiniones como ciudadano, entiéndame bien,
deseo la paz y la concordia entre las partes enfrentadas, pero como inspector
ejerzo mis obligaciones sin dudarlo.
Nota del
autor: Tres años después de esta entrevista, el 8 de julio de 1924, el
inspector Sr. Guijarro fue encargado de organizar la visita a Cataluña de su
Majestad don Alfonso. Con ocasión de ello y para revisar el itinerario se
trasladó en coche junto al agente Sr. Campos y otros miembros del Cuerpo. Por
desgracia, sufrieron un accidente en el que resultaron muertos los señores
Guijarro y Campos y heridos sus acompañantes. Antes de su entierro en Vich
algunos periódicos se hicieron eco de la noticia recordando su acertada
intervención en el atentado de 1913. “Profundamente adepto a la figura del Rey”
dijo el ABC de dos días después, “no se contentaba con hacer lo preciso de su
deber, sino que su devoción le llevaba a forzar su especial cometido, desvelándose
por garantizar la persona del Monarca”. Descanse en paz.
Gumersindo
Nuño
No sé cómo ha dado conmigo, no soy más
que un agente de vigilancia, no he dejado de serlo nunca. Además, que yo de
aquello no me gusta hablar. Al principio todo eran abrazos y hablar de premios
y recompensas pero luego si te he visto no me acuerdo, ya se puede imaginar.
- Pero un premio sí les dieron ¿verdad?
Unas
pesetas, sí. Pero yo siempre he querido hacer otras cosas ¿sabe usted? No sé
cómo decirlo, otras responsabilidades. Mire usted a Guijarro, por ejemplo.
Guijarro y yo éramos compañeros, entramos en el Cuerpo casi a la vez. Él había
tenido más educación que yo, venía de una familia acomodada al menos. Yo vengo
de una familia que han sido labradores toda la vida ¿sabe usted? Por tierras de
Palencia, a orillas del Carrión, mi padre trabajaba para uno que tenía fincas.
Un día se hartó de pobre, le dijeron que en Madrid había trabajo y aquí se
vino, pero ¿qué sabía hacer él? Sólo arar el campo, plantar, cosechar, eso no
se hacía en Madrid, así que se puso a trabajar en una fábrica de sol a sol por
cuatro perras, perdiendo la vida y la salud, que daba pena verlo cuando volvía
a casa por la noche. No nos daba ni para comer a veces, mi madre tenía que
pedir fiado en la tienda unas patatas para hacerlas a lo pobre, algo que
llevarnos a la boca cada día. Así estuve yo de chico, que ni sabía leer ni
escribir hasta que vino doña Genoveva, que era una buena mujer y trabajaba con
las monjas de un convento vecino. Le dijo a mi madre: Gumersindo es un chico
listo, se le nota. Y mi madre, a la que no le faltaba razón, le respondía: es
el hambre, señá Genoveva, es el hambre. ¡Claro que era el hambre y la
necesidad! Ahí estaba haciendo recados desde chico, me llevaba alguna pieza de
fruta a la carrera de las tiendas, rebuscaba donde podía para salir adelante.
Un día nos empezamos a meter con una señora cubierta que pedía en la puerta de
una iglesia, nos burlamos de ella los amigos y yo, así éramos de salvajes.
Cuando aquella señora levantó la cabeza para respondernos desabrida y vi que
era mi abuela por poco me quedo en el sitio allí mismo de la vergüenza que me
dio. Fue entonces, quejándose de aquello, cuando doña Genoveva dijo que yo era
listo, que si me dejaban suelto y con esas compañías, me transformaría en un
pillo, que ya lo era, y luego en un delincuente de los de la faca en la faja.
De modo
que dos veces a la semana me llevaba a ese convento con el que trabajaba y yo
me sentaba con otros niños tan pobres que yo, que hasta nos daba vergüenza
mirarnos los unos a los otros. Al principio a doña Genoveva, que era maestra,
la miraba cuando nos enseñaba y se me iba haciendo más y más pequeña hasta que
me daba un pescozón y era porque me había quedado dormido en clase. A mí me
preguntó después de dos meses haciendo el tonto allí, que quería ser de mayor.
Yo le hubiese querido decir que deseaba ser boxeador, que esos ganaban mucho
dinero y su nombre aparecía en letras grandes y luminosas cuando hacían un
combate. Yo no había conocido a ninguno pero una vez me llevaron a ver una
película que echaban en la plaza del pueblo de donde veníamos y trataba de la
vida de un boxeador que se lía a dar puñetazos y ganaba mucho dinero y había un
señor que fumaba un puro muy gordo y una mujer rubia que era la más elegante
que yo había visto. Pero me lo preguntó doña Genoveva y a mí me dio apuro
decirle eso que soñaba cada noche, lo de dar puñetazos, y no sé por qué se me
ocurrió responderle que yo lo que quería era ser policía.
A ella se
ve que le gustó y aprovechó la ocasión, que para eso me había preguntado, para
decirme que debía aprender a leer y escribir, que no había policías analfabetos
y, si los había, nunca progresaban en nada. Luego me fui a casa y le pregunté a
mi padre cuando vino por la noche, que qué era eso de ser policía. ¿Tú quieres
ser policía? Me preguntó con su rostro cansado de siempre. Le dije que sí ¿por
qué no iba a serlo? Podía ser tan bueno como policía a como antes quería ser
boxeador. El caso es que se echó a reír y aquello me llegó a lo más vivo ¿por
qué no podía ser policía? El que había en el barrio era un hombre gordo y de
mediana edad. No hacía nada más que pasearse, hablar con los del mercado,
advertir a algún golfillo que andaba por ahí, a mí ya me había amenazado un par
de veces. Si este señor, porque luego me dijo mi padre que era recomendado de
alguien, había entrado como agente ¿por qué no iba a serlo yo también y mucho
mejor que él?
De manera
que me puse a soñar que era policía y atrapaba a los ladrones tras luchar con
ellos, que descubría a un asesino que había matado a muchos hombres y los había
emparedado en su casa…, cosas así ¿sabe usted? Que la imaginación de un
muchacho se desboca a veces. Y ya me veía yo con el uniforme amenazando a un
hombre más grande que yo que me sacaba una navaja y yo lo desarmaba después de
luchar con él.
El caso
es que me puse a estudiar los palotes aquellos y aprendí rápido porque doña
Genoveva tenía razón y yo era listo. A todo el mundo le decía que yo iba a ser
policía y los amigos al principio se reían, me tomaron a mofa y se burlaban,
pero me peleé con el más gallito de todos y me hice de respetar. Así fue cómo,
al hacerme grande, mi padre habló con el jefe de su fábrica y éste tenía un
primo en la policía que mandaba bastante porque su padre también había sido
agente toda su vida…, algo así. Así que me vi un día empezando en el Cuerpo,
primero con tareas sencillas pero enseguida patrullando por los barrios,
agarrando a los que robaban fruta como yo lo había hecho de niño, amenazando a
las señoras que se peleaban con llevarlas al calabozo, aporreando a algún
carterista que pretendía escapar… ¡como si yo no me supiera todos sus trucos!
Pues en
ésas me encontré con Guijarro, que empezaba también y patrullaba por otro lado.
Nos hicimos amigos, entonces no era tan importante como lo es ahora en
Barcelona, ni había que llamarle señor. Entonces era Rafa, un buen amigo con el
que irse a beber unos vinos, hablar de chicas, ya sabe, las cosas de las que
hablábamos porque, aunque agentes, éramos jóvenes. A veces nos contábamos qué
queríamos conseguir y fíjese cómo eran las cosas, el más ambicioso era yo, el
que deseaba subir en el escalafón era yo. No le digo que Guijarro no, pero a mí
se me había metido en la cabeza que tenía que decirle un día a mi madre: mira
dónde he llegado. Porque mi madre, mi padre, los dos hicieron mucho por mí en
aquellos tiempos en que andaba perdido. Y doña Genoveva, que en paz descanse.
- Y de aquel día ¿qué recuerda?
El
primero que se echó sobre el criminal aquel fue Guijarro, detrás fui yo. Los
tres estábamos en el suelo cuando sonó el disparo que hirió a mi compañero. Fue
tal el desconcierto que casi se me escapa el condenado, menos mal que vino un
teniente de la Guardia civil que se llamaba Molino y Vicente Canaleda, otro
agente que estaba con nosotros un poco más lejos y vino corriendo. El que había
disparado se movía como un condenado. Con decirle que éramos tres y casi se nos
escapa. Vino un hombre ¿cómo se llamaba? Molledo o algo por el estilo. Era uno
del público que se acercó y le dio un bastonazo en la frente al Sancho Alegre
que lo dejó atontado, lo suficiente para volverlo a asegurar. Al principio la
gente se asustó y hasta hubo un conato de salir corriendo de la zona. Ése fue
el momento en que el criminal aquel pudo haber tenido la oportunidad de escapar
pero aquel bastonazo lo dejó tumbado e inerme.
- ¿Y el rey mientras tanto?
La verdad
es que yo no me fijé pero me lo contaron luego. Parece que ni se inmutó ni
cambió el gesto. Los ayudantes acudieron deprisa a rodearlo, se interesaron por
su estado, si había resultado herido. Él dijo tan tranquilo que no, que
mantuvieran la calma y siguieran el recorrido como hasta entonces. Con decirle
que la reina Victoria Eugenia y su madre, la princesa de Battenberg, que venían
detrás, ni se enteraron. Y nadie se lo dijo hasta que llegaron a Palacio y el
mismo rey les puso al tanto. Dicen que la reina se echó a llorar. Fíjese si
llega a verlo en el estado en que estaba entonces, esperando un hijo. Ya había
tenido que soportar el atentado de Morral siete años antes, que aquello fue
terrible, hubo más de veinte muertos y un montón de caballos despanzurrados.
Pues con
todo eso el público, que empezaba a acercarse al asesino una vez que Canaleda
le hubo desarmado, sujetándolo los otros dos que estábamos con él, empezó a
gritar que había que lincharlo. Con la actitud del rey, como le digo,
prorrumpió en una gran ovación y aprovechamos para llevarnos a Sancho Alegre
hasta el portal más próximo, el número 48, donde la marquesa de no sé qué y
donde también vivía una actriz que a mí me gustaba mucho y que actuaba en el
teatro de la Comedia: Mercedes Pérez de Vargas, eso es. Pero no fuimos a su
casa con el detenido. La ofreció un médico odontólogo llamado Forestán Aguilar
que vivía en el principal. Y allá fuimos con el detenido, para tenerlo seguro y
que empezasen a interrogarlo.
Mientras
tanto, llevaron a Guijarro, que se desangraba, a otra habitación en aquella
casa y allí le atendió ese médico y otro que vino después. Ya ve, así fueron
las cosas. Yo fui uno de los que detuvo a Sancho Alegre y aquí sigo como agente
de vigilancia mientras que Guijarro ha subido como deseaba hacer yo. Así es la
vida, él resultó herido y yo no, ésa es la diferencia. Luego lo nombraron
inspector y lo destinaron a Barcelona y si te he visto no me acuerdo. Así es la
vida, por eso no me gusta hablar de aquello ¿sabe usted? No sé qué me ha dado
hoy para que me desahogara así con usted, espero que cuente la historia como
fue, que diga quién detuvo a aquel regicida, que si no fuera por mí quizá
hubiera escapado tras herir a Guijarro. Que diga que ese disparo le pudo dar a
cualquiera, que pudo darme a mí, y a lo mejor se dan cuenta que aún sigo de
agente paseándome por las calles, con las del mercado metiéndose conmigo cuando
paro sus riñas, atrapando golfos que roban cualquier cosa y acordándome de los
sueños que tuve de joven, cuando quise ser boxeador y que me hicieran una
película como aquella, con el hombre gordo fumando un puro y una mujer rubia
que bebiera los vientos por mí. A lo mejor dando guantadas me hubiera ido mejor
que así.
Rafael
López
Le voy a
contar las cosas tal como las vi. No es fácil hacerlo, hubo mucha confusión en
los primeros momentos. Los agentes iban y venían entre el gentío, pensaban que
había cómplices, estaban atentos a cualquier indicio, un gesto, uno que huye,
otro que se acerca a disparar también. Y se puede imaginar, el miedo es libre.
De todos modos, yo llegué un poco más tarde, no en los primeros momentos. Iba
acompañando a mi teniente el señor Montijano, fue el que se hizo cargo de la
situación con mi ayuda. El hombre que había intentado matar al rey se
encontraba maniatado en una habitación dentro de la casa de un médico, el
doctor Forestán Aguilar, que se desvivía por atendernos, sobre todo con el
agente Guijarro, en muy mal estado en otra habitación.
Sabíamos
al llegar que alguien había intentado disparar contra el monarca, que había
otro detenido y, al cabo de un rato de estar con ellos, llegó un tercer hombre
apresado frente al número 6 de la calle Alcalá por haber querido salir al paso
del rey. Temíamos que aquello fuera un complot, naturalmente, y que hubiera
otros comandos dispuestos a rematar la acción que empezó el principal acusado
Rafael Sancho Alegre.
Como era nuestro principal objetivo,
empezamos por él. Por lo que me dice, no es necesario que le cuente los datos
principales de su pasado, que ya conoce. Muy bien. Por resumirle entonces, nos
enteramos de quién era, de donde venía, dónde trabajaba y en qué pensión paraba
desde que había llegado a Madrid. Todo eso ya lo sabe, muy bien. Cuando
quedaron aclaradas todas esas circunstancias y diversos agentes marcharon para
revisar su habitación en General Pardiñas, contactar con los dueños del taller
de carpintería donde trabajaba y localizar a la que decían que era su novia o
medio novia, que al principio no nos quedó claro, la tal Juana Rodríguez.
Cuando los agentes se distribuyeron por Madrid le pedimos detalles de tres
cosas: por qué el rey era el objetivo, si había alguien más en la conspiración
y qué había hecho con exactitud desde el día anterior. Ya puede imaginar que
las primeras declaraciones de un acusado son fundamentales porque luego viene
el juicio, los abogados, y se tergiversa todo diciendo que lo blanco era negro
y lo negro blanco. Así que le interrogamos pero sin dureza, no hizo falta,
aquel hombre estaba frío, apático, como si hubiera terminado una labor ardua y
compleja en la que anduviera preocupado mucho tiempo. No regateaba comentar lo que
había sucedido y por qué.
- ¿Qué quería entonces? Matar al rey
imagino.
Lo
reconoció desde el principio y además explicó sus razones con claridad: Le
culpaba del desarrollo de la guerra de África y de la muerte de Ferrer y
Guardia. Le preguntamos si le había conocido, si formaba parte de algún grupo
terrorista allí en Barcelona, de donde venía. Dijo que había estado en un grupo
llamado “Los Sin Patria” pero que no tenían nada que ver con su acción, que no
tenía cómplices. En principio no le creímos, claro, todos los anarquistas
atrapados dicen lo mismo. En todo caso, negó claramente haber conocido a Ferrer
de otro modo que por sus escritos, que tenía leídos una y otra vez, según
manifestó. Así que las cosas quedaban claras, no como en el juicio, tal como le
acabo de decir. Me acuerdo que estuve presente para declarar y le escuché decir
que estaba abochornado de la acción que había cometido. Era mentira. A nosotros
nos dijo exactamente lo contrario, que debía vengar la muerte ignominiosa (así
lo dijo) de Ferrer y que estaba orgulloso de ello. Cuando le quisimos tirar de
la lengua se volvió confuso mezclando otros motivos. Eso fue más tarde, al
registrar su habitación, cuando el agente nos trajo la carta que había escrito
a su mujer en la que hablaba del regicidio. Desde luego, no parecía abochornado
en lo más mínimo sino amenazante, como si le quisiera echar la culpa a su mujer
de lo que iba a hacer, el muy bribón. Dijo que en realidad lo había escrito
para que ella cediera en su rechazo y se avinieran de nuevo. ¡Bonita forma de
arreglar un matrimonio! ¿no le parece? Mi mujer se enfada conmigo y la emprendo
a tiros contra el rey ¿se puede usted creer que eso dijo más o menos? Luego
empezó diciendo que a ese punto le había llevado la escasez de recursos, que
así había terminado por pobre pero luego, preguntado el dueño en el taller,
resultó que ganaba una cantidad como carpintero, no mucho, desde luego, pero
suficiente para vivir y tener dónde dormir. Por lo visto, aquello le parecía
poco y, como no ganaba más, pensó en liarse a tiros con el Jefe del Estado.
Nosotros
no nos creímos los embustes que decía. Lo del principio estaba muy claro: la
guerra de África y Ferrer, es decir, dos de los motivos por los que los
anarquistas catalanes se la tenían jurada al rey desde 1909, aquellos alborotos
que le costaron el gobierno a Maura.
- Le preguntaron ustedes por el revólver
¿no?
Claro,
fue una de las primeras preguntas. Nos contestó que el día anterior, el sábado,
había ido a cobrar al taller y le habían dado 21 pesetas. Luego se dirigió a
una tienda de compra/venta que había en la calle Atocha y adquirió el revólver
con el que iba a cometer el atentado.
- Se habló de un policía implicado…
Sí, se
habló de ello. Resultó que en aquella tienda que al principio Sancho Alegre no
quería revelarnos dónde estaba exactamente, se vendían armas sin prestar mucha
atención a los detalles legales, podríamos decir. Unos días después se le llevó
de madrugada, para que no hubiera alborotos, hasta la calle Atocha y allí, en
el número 68, localizó la tienda donde compró el arma. Cuando al día siguiente
fuimos a ver al dueño éste temblaba, hasta lloraba, lo intentaba negar todo
pero finalmente, a base de amenazas de encerrarlo, reconoció que aquel sábado
por la tarde había vendido dos revólveres. Nos encontramos que uno de ellos fue
al policía en cuestión, que a su vez se lo había entregado a un lechero de
Vallecas que se lo encargó para proteger el negocio, porque había tenido muchos
robos. Ya sabe que un arma no se entrega a cualquiera, sólo a quien tenga
permiso para hacerlo. Pero también sabemos que algunos agentes se prestan a
estos negocios a cambio de una comisión. En fin, fuimos a casa del lechero y el
arma estaba allí, de manera que no era el revólver con el que Sancho Alegre
disparó. Ni el policía ni el lechero tuvieron nada que ver con el atentado.
Como le
decía, aquel sábado lo compró el regicida junto a unas balas que adquirió por
tres pesetas. De manera que por menos de veinte fíjese la que armó aquel
hombre. Después de la compra había quedado con Mauro Bajatierra para tomar unos
vinos. Antes se fue a la peluquería para rasurarse. Después de los vinos
Bajatierra se fue a su casa y él marchó a la Casa del Pueblo por si encontraba
a algún conocido. Se tomó un café con algunos de los que allí había y volvió a
General Pardiñas.
El
domingo se levantó sobre las ocho y media, se fue a desayunar y dar un paseo
hasta que, sabiendo que el rey iba a pasar por la calle Alcalá, se apostó allí.
Fin de la historia. Lo anterior al atentado no nos daba demasiadas pistas. En
todo caso, marchamos a casa de Bajatierra en la calle Montejos y le detuvimos a
él, a su mujer y unos parientes de Toledo que decían que estaban allí para
cobrar unos dineros de no sé quién. Todo eso había que comprobarlo. Al día
siguiente mandamos a casa a los parientes pero nos quedamos con Bajatierra
porque era un contacto sospechoso de Sancho Alegre en Madrid. Por mucho que lo
vigilemos ese hombre siempre está en todas las salsas, como ahora con la muerte
del presidente del Consejo. Eso sí, por aquel entonces nadie pudo culparlo de
nada, salvo de facilitar al futuro regicida casa y trabajo, poco más. Aquello
no era suficiente como para llevarlo a juicio.
- Y dígame, ¿qué fue de los otros dos
detenidos aquella mañana?
Ramón
Molina fue, diríamos, casi una anécdota fruto de los nervios de aquel momento y
la imprudencia de este hombre. Habiendo presenciado el atentado contra el rey,
no se le ocurrió otra cosa que bajar corriendo la calle Alcalá y, algo más
allá, intentar salir de entre el público hacia la calle por donde venía Don
Alfonso. Vamos, exactamente igual que Sancho Alegre. Alertados por lo que había
pasado, los agentes se lanzaron hacia él y lo detuvieron al instante,
trayéndolo hasta donde habíamos establecido el punto de interrogatorios, en el
número 48 de Alcalá.
Dijo su
nombre y manifestó que había sido una confusión propia de su entusiasmo. Afirmó
que había salido a la calle para vitorear al rey cuando pasaba, mostrarle su
apoyo. Cuando comprobamos sus antecedentes resultó que era conocido de la Casa
Real porque había pertenecido durante cinco años a la escolta de Don Alfonso.
Con esto le soltamos un par de consejos y algún insulto, no se lo niego, y le
dejamos marchar con aire contrito pero insistiendo en sus honradas intenciones.
- La detención del francés, Pedro Pac, fue
distinta ¿no? Más complicada.
Sí. Tenga
en cuenta que en un primer momento, como le dije, hubo mucha confusión. A la
posibilidad de que hubiera otros terroristas esperando para atentar se unía la
necesidad de retener al autor de los disparos y evitar que la multitud, una vez
que se recuperó del susto, terminara con su vida o lo tundiera a golpes de mala
manera. De manera que un agente había oído a dos testigos afirmando que Sancho
Alegre iba con un señor que hablaba francés. En eso, un hombre con marcado
acento de tal país se abrió paso hacia el regicida y no se sabía con qué
intención lo hacía. Unos pensaban que quería golpearlo, otros afirmaron que
obraba del modo exactamente contrario, intentando mediar para que no le pegaran
más. A todo esto siguió a los agentes entre empujones hasta el portal del
número 48 donde finalmente se defendieron de la multitud que insultaba al
prisionero. Un agente, sin pensarlo más, lo agarró del brazo y lo introdujo en
el portal también. La sorpresa de aquel hombre fue cuando el agente le dijo que
estaba detenido por cómplice.
- Tengo entendido que le costó aclarar las
cosas.
No poco
–por una vez, sonríe recordando aquel episodio-. Él venga decir que aquello era
un error, que él era monárquico a carta cabal, que hasta tenía en su habitación
de la pensión donde vivía varios retratos de la familia real. Cuando empezamos
a preguntarle si tenía antecedentes por haber sido detenido anteriormente,
empezó a tartamudear, de donde colegimos que los tenía y, a falta de
comprobarlo, le metimos en una habitación para interrogarlo después.
Resultó
que sí había sido detenido pero por revender entradas para la plaza de toros.
Mientras esto se confirmaba pasó varios días ante el Juzgado de Chamberí, donde
fue interrogado por el juez Martínez Enríquez, y luego en la Modelo.
- ¿Cómo se aclaró su inocencia?
Nos
vinieron dos íntimos amigos suyos de la pensión donde se alojaban. Los dos eran
personas respetables. El que primero se presentó voluntariamente, Ricardo
Pérez, nos dijo que Pac era profesor de francés de la academia Berlitz, que era
un hombre de pensamiento muy conservador, amante de los toros y de la
monarquía, a la que admiraba. Él había estado a su lado toda aquella mañana,
afirmó. Por la mañana dieron un paseo en bicicleta por el Retiro y luego fueron
a comprar unas entradas de los toros para la corrida de la tarde. Después de
eso marcharon donde la Elipa a ver el desfile. Aseguró que no quiso pegar al
detenido sino que se acercó gritando: “Ya está cogido, no le peguéis” pero no
era por apoyar a Sancho Alegre sino para evitar un linchamiento que parecía
posible en ese momento. Su entusiasmo lo llevó algo más allá de lo que debía,
simplemente, y los agentes creyeron que trataba de intervenir para liberar al
preso. El hecho de que tuviera un acento francés tan marcado y las palabras de
aquellas vecinas terminaron por formar un lazo de sospecha, eso era todo.
El juez
no se contentó con ello –continúa-. Tuvo que venir con el anterior otro huésped
del alojamiento donde residía el francés en la calle Pontejos para protestar de
su inocencia con el mismo énfasis. Habló de él como un hombre de conducta
intachable, de buenos antecedentes (él no sabría lo de su detención, imagino),
y respecto a la monarquía si acaso se le podía culpar de un exceso de
entusiasmo, antes que de una falta de él. Todo eso y la confirmación de que
ejercía de profesor en la academia, además de las protestas del afectado, más
humilde que al principio, terminaron por inclinar la balanza ante el juez para
que se le liberara tres días después del atentado. Al final, liberado más a
regañadientes Mauro Bajatierra ante la constancia de que aquel había sido un
tirador solitario, el único que fue a juicio resultó Rafael Sancho.
Eduardo
Barriobero
Me recibe en su despacho. Es un hombre de
recio aspecto, poblado mostacho, con una voz excelente para la oratoria que
modula a la perfección durante toda la conversación, no en vano es famoso por
sus discursos.
- Se dice de usted que defiende a los
obreros, a los anarquistas ¿simpatiza con ellos?
Mire, el
anarquismo no es más que una teoría económica, la negación de la propiedad. Los
actos terroristas que se cometen en su nombre están motivados por otras
cuestiones relacionadas con el desequilibrio de las personas que los cometen,
en modo alguno eso invalida la ideología.
- En lo que se refiere a la defensa del
señor Sancho Alegre sólo podemos contar con su palabra. Lamentablemente, los
peritos que llevó al estrado han fallecido.
Una
desgracia. El señor Jaime Vera fue un médico excelente además de un destacado
socialista. Morir con 59 años, de todos modos, entra dentro de lo previsible.
Sin embargo, lo sucedido con Nicolás Achúcarro fue una pérdida considerable
para sus amigos y para la sociedad médica en general. Un hombre tan destacado,
destinado a ser la máxima autoridad en enfermedades mentales, discípulo de
Ramón y Cajal. Un hombre así nos dejó con 37 años tan solo ¡Cuánto podría haber
hecho por la medicina, el diagnóstico de los perturbados, su curación
incluso!¡Una pérdida dolorosa!
- El juicio fue realmente un debate en torno
al estado mental de Sancho Alegre.
No podía
ser de otra forma. Ese debate era capital. Los hechos eran irrebatibles, su
culpabilidad en ellos manifiesta. Ahora bien, se trataba de averiguar por qué
lo había hecho y en qué medida era responsable de sus actos, además de otras
consideraciones jurídicas en torno a los agravantes que, según la fiscalía,
concurrían en el caso.
- Empecemos por aclararlos, si le parece, y
luego nos expone las cuestiones médicas, que siempre son algo difíciles de
entender.
Y de
explicar, no lo dude. Pues el tema de los agravantes se refería a la
premeditación y alevosía en el hecho mismo del atentado. Negué ambas por
distintas consideraciones. Agravar el delito del regicidio con la premeditación
no tenía sentido.
- Pero las pruebas de que había sido un acto
meditado anteriormente eran abrumadoras ¿no? En las cartas a su mujer ya lo
anunciaba.
Se
trataría de una distinción jurídica. Si usted me quiere matar a mí me puede
encontrar por la mañana, cuando voy a mi café favorito, el que está al lado de
mi casa, a desayunar, o al otro que voy por la tarde, cuando el trabajo en la
corte se termina. Me puede encontrar en los pasillos de la Audiencia, paseando
con mi señora por el Retiro, se puede tropezar conmigo en muchos sitios. Si es
así, si el encuentro es casual y usted, irritado por cualquier motivo, saca un
revólver y me dispara, puede decirse que no hay premeditación. La habría si
viene a buscarme a mi despacho, si escribe una carta anunciándolo, si trae un
revólver para cometer esa felonía. Pero ¿qué sucede cuando se atenta contra un
rey? Todavía se podía pensar otra cosa con el padre del actual monarca, Alfonso
XII, al que uno se encontraba por todas partes, pero su hijo siempre va
custodiado, hace recorridos muy precisos y va protegido por sus ayudantes. Si
la fiscalía aducía regicidio como delito principal, la premeditación está
incluida en él. Sancho Alegre, si quería atentar contra Don Alfonso y cometer
regicidio, por fuerza tenía que planearlo, comprar un revólver y esperar una
oportunidad. Eso no debía considerarse un agravante puesto que está implícito
en el acto de atentar contra este rey. El reo no tuvo posibilidad de otra cosa
para cometer el acto de que se le acusaba.
- ¿Y respecto a la alevosía? En otras
palabras, ¿el delito fue cometido sin riesgo para Sancho Alegre de encontrarse
con una reacción defensiva por parte de su víctima?
En el
recurso de casación que presenté en septiembre, dos meses después del proceso,
insistí en este punto que me pareció escandaloso que el tribunal hubiera
considerado como agravante. ¿Cómo indefensión del rey cuando éste portaba su
sable ceremonial pero perfectamente utilizable, iba en una montura que la
propia víctima reconoció posteriormente que había lanzado contra su agresor?
¿Estaba indefenso el rey con dos guardias a su lado que se lanzaron
inmediatamente sobre Sancho Alegre hasta inmovilizarlo? ¿Indefenso con sus
ayudantes que estaban algo retirados, ciertamente, pero acudieron prestos al
auxilio del Jefe del Estado? Eso no se sostenía pero fíjese cómo fue el juicio,
la presión ambiental que hubo sobre el tribunal y la misma actitud de éste,
siempre favorable a condenar al reo a la última pena.
- Pasemos a la atenuante que usted planteaba
y fue rechazada.
Era la
diferencia entre la pena de muerte y la reclusión por mucho tiempo, quizá de
por vida, en un centro psiquiátrico adecuado. Realmente, me hubiera gustado que
se les preguntara a los expertos que hubo en la sala. No a los señores Palancar
y Segarra, los peritos de la fiscalía, que eran médicos no especializados, sino
a los que realmente se dedicaban a los perturbados, como los que hemos
mencionado al principio de nuestra conversación. Ellos sí estaban
especializados y sabían entrar en detalles médicos de gran profundidad. Los de
la fiscalía se dedicaron sistemáticamente a poner en duda el diagnóstico de
Achúcarro y Vera, también del doctor Esquerdo, sin aportar prueba técnica
alguna, soltando largos discursos llenos de tecnicismos que no trataban del caso
de Sancho Alegre. En fin, trataré de explicarme en nombre de nuestros queridos
médicos que no pueden hacerlo.
- No es necesario entrar en aspectos muy
especializados que no podría entender.
Lo
intentaré, joven. Rafael Sancho Alegre había sido toda su vida un epiléptico.
Eso era difícil de rebatir en la medida en que fue rechazado del ejército
precisamente por esa circunstancia. Cuando el Estado te pone un fusil en las
manos, no puedes convertirte en un irresponsable por causa de una afección
semejante. De manera que la epilepsia, que se le había empezado a manifestar a
los 17 años, en la que recaen algunos miembros de su familia (su tío, su
abuela) es un mal que permanece en su cerebro enfermo. La fiscalía no rebatió
ese hecho, naturalmente, sino su gravedad y que afectara realmente a su
actuación en el atentado.
Estaba
comprobado que, en aquel momento, llevaba año y medio sin sufrir un ataque. Se
dio el caso, no obstante, que tras entrevistarse con el doctor Esquerdo, con la
excitación del momento, sufrió en la cárcel otro acceso de epilepsia. Dado el
momento escogido la fiscalía puso en duda la autenticidad del mismo diciendo
que era fingido. Entiendo su postura porque se trataba precisamente de
desbaratar cualquier idea de persistencia en la enfermedad, pero lo cierto es
que el ataque se dio, como fue comprobado por el mismo director de la Modelo.
Además, aunque atenuados porque el caso no era tan grave como puede llegar a
ser, la epilepsia continuaba. El doctor Achúcarro, muy brillantemente, sacó a
relucir determinadas pruebas como la del compás de Neber sobre la piel del
procesado, que indicaban la continuación de la epilepsia en los reflejos del
mismo. En suma, la epilepsia continuaba de forma atenuada y hasta latente pero
afectaba al estado mental del sujeto.
- Pero no todos los epilépticos cogen un
revólver y empiezan a tiros, podría decirse. ¿Qué pasó por la mente de Sancho
Alegre para que tomara esa determinación?
La
epilepsia conduce a un estado psíquico alterado, a una perturbación que puede
expresarse de muy distintas formas por influencia del medio ambiente. Coja
usted, por ejemplo, la telegrafía sin hilos. Un perturbado le puede decir que
escucha voces a través del aire pero eso no lo decía antes, cuando esta
telegrafía no era conocida por no existir. A Sancho Alegre le influyeron de
forma considerable sus lecturas, la alteración social de su tiempo en
Barcelona, donde se reprime la actuación sindical, florece la idea del
terrorismo, la acción directa, los obreros culpabilizan a toda una clase social
en cuya pirámide se encuentra el rey… Todo eso influye para encontrar un
enemigo y pensar que un acto extraordinario, un solo hecho que él pueda
ejecutar, cambiará la situación y proporcionará soluciones a todos los
problemas.
Pero
además –continúa- hay otros síntomas que ya denunciaban su perturbación y que
no fueron considerados por el tribunal. Los médicos hablaron de las fugas
epilépticas. Quizá no fue un buen argumento, entre otras cosas porque las
entrevistas que los peritos de la defensa pudieron realizar con el acusado
nunca tuvieron libertad suficiente. De eso me quejé ante el tribunal, de nuevo
para que éste lo ignorara. Les pedí que en dichas entrevistas no estuvieran
presentes guardias de la prisión que inhibían y coartaban la respuesta del
procesado. Pero no me hicieron caso. Sin embargo, otros hechos sí mostraban una
improvisación propia de los epilépticos. Por ejemplo, se podría haber dirigido
a cualquier sociedad obrera en Barcelona para trasladarse a Madrid pero no lo
hizo, cuando realmente no tenía dinero para culminar el viaje. Tuvo que
trasladarse de forma miserable, esconderse en una garita. Tuvo que comer gratis
en la capital, pasar todo tipo de necesidades, vagabundear, ser detenido ¿para
qué todo eso? ¿No se observa con claridad el impulso repentino e inconsciente
de los epilépticos? Ciertamente llevaba mucho tiempo sin trabajar, había tenido
un fuerte disgusto familiar pero ¿qué necesidad tenía de ir en tan precarias
condiciones? Y luego se le ocurre, como solución a todos los problemas de su
tiempo, disparar contra el rey. Él mismo confesó que pudo hacerlo antes, cuando
estaba a pocos pasos de él durante la misa de campaña, y no lo hizo. Prefirió
esperar al desfile. Todo improvisación. Comprar un revólver de juguete, como
otros testigos manifestaron, un arma que ni siquiera había probado cuando se
plantó delante de Don Alfonso dispuesto a disparar. Lo dijo un compañero suyo,
anarquista para más señas: “Ese atentado es un chiste”. Si en la calle Alcalá
Sancho Alegre se adelanta y grita, digamos: “¡Viva la anarquía! ¡Muera el
rey!”, lo detendrían tomándole por loco. Sin embargo, si hace esto mismo sin
gritar, con un revólver en la mano, entonces estaba cuerdo y era perfectamente
responsable de sus actos ¡No me diga más!
- Su conclusión entonces es que era un
irresponsable, un perturbado.
Indudablemente.
El doctor Achúcarro, muy acertadamente, insistió en la idea de que era un
suicida, que el reo quería morir en aquel momento o inmediatamente después. Por
eso decía a su mujer que le iban a fusilar. Es lo que deseaba como solución a
sus problemas, acabar con lo que lo perturbaba en la figura del rey, matar en
un acto más teatral que auténtico, morir después ajusticiado. El atentado fue
una caricatura. Compárelo con la acción tremenda de Mateo Morral unos años
antes, tirando una bomba en París, consiguiendo escapar y arrojando otra en
1906 al paso de la comitiva real, causando decenas de muertos. Eso es un
atentado planeado, meditado, con un propósito político, buscando una salida
para emprender la fuga tras causar el mayor daño posible, pero ¿lo de Sancho?
Aquella fue la acción de un imbécil, de un trastornado psíquico, de un
alienado. Pero el tribunal no quiso verlo así, no lo quiso aceptar desde el
principio.
Nota del
editor: Nacido en 1875 en Torrecilla de Cameros (Logroño), Don Eduardo
Barriobero y Herrán ingresó en la Unión Republicana en 1903. Desde el principio
destacó por su oratoria y, como abogado, su defensa de los obreros. Era
partidario de una conjunción con los socialistas y anarquistas. Antes de este
juicio adquirió fama por su defensa de los implicados en los sucesos de Cullera
de 1911. Sería elegido desde 1914 repetidamente como diputado por la Conjunción
Republicano-socialista.
Cabeza
del partido Republicano Federal desde 1930 su actuación durante la República
fue decidida pero no siempre exitosa en su intento de unir fuerzas democráticas
en la defensa de los valores que le fueron propios. Enfrentado a Lluis Companys
durante la guerra civil por no aprobar los métodos jurídicos de las autoridades
catalanas, fue acusado de actos irregulares y pasó en prisión algún tiempo. Con
la caída de Barcelona en 1939 se le sometió a un juicio sumarísimo, condenado y
fusilado. Sus restos acabaron en una fosa común.
Diego
Medina
Aquel desgraciado caso, sí, claro que me
acuerdo de él. No fue difícil desmontar la defensa hecha por el señor
Barriobero, un excelente abogado por otra parte pero que se había encargado de
un caso muy claro para la fiscalía que yo tenía el honor de representar.
- ¿Tal vez pensaba que Rafael Sancho no era
epiléptico?
La
situación no era de blanco y negro, enfermo o no. Se trataba de determinar el
grado de esa epilepsia y si esa enfermedad le había producido un trastorno tal
que no fuera responsable de sus actos. Por supuesto, había sido epiléptico pero
los accesos fueron esporádicos y leves, hasta el punto de que, como dije en mi
alegato final, no se había demostrado en realidad que hubiera tenido ataque
alguno desde 1911. La defensa, con ayuda de sus peritos médicos, hombres
eminentes en su campo, no le digo que no, descansen en paz, se agarraba a
cualquier elemento por pequeño que sea. Así, los señores Achúcarro y Vera
insistieron en una pequeña protuberancia craneal pero, como quedó claro durante
el proceso, esa característica no concurría con otras que sí hubieran sido
señal de perturbación. Se les dijo que la lengua no mostraba signo alguno de
haber sido mordida, ni el más mínimo tejido cicatricial y ellos aducían no sé
qué problemas en una prueba de lo más elaborada que consistía en cambiar
algunas letras en un mensaje escrito. Mire, comprendo que el caso era
desesperado porque defender la locura o el trastorno mental de una persona que,
por otra parte, actúa con una gran normalidad, resulta muy difícil. Se trataba
de magnificar determinados elementos de su conducta, darles una interpretación
que oscureciese el hecho de que Rafael Sancho era un sujeto normal.
Por
ejemplo –continúa gesticulando con las manos-, lo de las fugas epilépticas. ¿Su
huida a Marsella fue un acto impulsivo, propio de un perturbado, como
afirmaban, o era el de una persona que desea escapar del rechazo de los padres
de su futura mujer? Los distintos viajes que, una vez casado, realizaba a
Francia ¿eran impulsos epilépticos o bien es que buscaba un trabajo mejor
remunerado? Todo era lo mismo con la defensa. Pretendían que un acto cualquiera
fuera el de un sujeto enfermo cuando no lo era en lo más mínimo. Me acuerdo
perfectamente de la insistencia en que el arma empleada era de juguete, que no
la había empleado antes… ¿cómo dijo el señor Barriobero? Que era una caricatura
de atentado, afirmó. Muy bien, pero ¿no se disparó el revólver? ¿las balas no
eran de verdad? Cuando pretendió ganarse al público diciendo aquello de que
finalmente el arma era un juguete que todo el daño que había hecho era
atravesar el calcetín de un guardia, me rebelé, aquello fue dicho con muy mal
estilo, faltando a la verdad y para producir la risa del público presente
ganándose su voluntad, que bien lejos la tenía. No, el revólver utilizado era
capaz de matar, como lo demostraron las graves heridas que padeció el agente
aquel, el señor Guijarro. Sencillamente, el caracoleo del caballo del rey es el
que impidió que acertara plenamente en sus objetivos, el movimiento de la
montura y dos guardias que se lanzaron sobre él en cuanto se dieron cuenta de
lo que pretendía. Los argumentos de la defensa caían así, uno a uno.
- Permítame que le recuerde una frase de su
alegato:
“El
procesado, si bien es asiento de una afección morbosa que le producen algunos
accesos epileptiformes, no ha estado nunca privado de razón, ni es por
consiguiente un irresponsable”.
Efectivamente, hoy volvería a decir lo
mismo. No niego que existiera dicha afección ni que el procesado fuera un
hombre desequilibrado, pero resultaba evidente que era plenamente responsable
del regicidio que si había sido frustrado era solo por causa de la suerte y de
unos hechos imprevistos, no por su intención. Su deseo fue siempre el de matar
al rey. Sus lecturas lo habían hecho odiar a los patronos y burgueses, a los
capitalistas, a las instituciones y en la cumbre de todas ellas estaba el rey.
Que esas lecturas lo trastornaron es cierto, que el odio que sintió y los
planes que fue concibiendo son obra de un maniático, de alguien con el deseo
inexplicable de matar, no se lo niego. Pero en todo momento planeó su acción,
meditó lo que iba a hacer, pretendió escapar a la acción de la justicia. No
había trastorno mental que impidiera la plena responsabilidad por el regicidio.
Su memoria, por ejemplo, era excelente, tenía capacidades superiores de las que
carecen personas supuestamente normales: sabía leer y escribir, echar cuentas a
la perfección, se acordaba de todo lo realizado el día anterior hora por hora.
La defensa argumentaba que había estado condicionado por una persecución
policial implacable y un estado de necesidad social. No le digo que anteriormente
no padeciera hambre y necesidades, que se hubiera transformado en un vagabundo
durante su llegada a Madrid, pero en el momento de cometer ese acto traicionero
disfrutaba de un trabajo, cobraba un jornal suficiente y no le faltaba de nada.
Respecto a la vigilancia policial ¿qué quiere que le diga? Eso no le impidió
comprar un revólver y utilizarlo ¿no? Muy estricta no debía ser entonces,
simplemente las comprobaciones rutinarias sobre un sujeto fichado como
anarquista.
- El señor Barriobero sostenía que sus
agravantes…
Claro, el
tema de la premeditación y alevosía. Por desgracia, en el recurso de casación
la fiscalía no defendió esos agravantes con el énfasis con que yo lo hice en el
juicio. Afortunadamente, eso bastó para el juez, que tenía delante el sumario
de lo argumentado entonces. A ver, que hubo premeditación era indudable.
Incluso la defensa lo admitía porque era incontestable, aunque pretendía
retorcer la ley diciendo que el regicidio lo incluía por la propia naturaleza
del delito. Si fuera así ¿por qué la ley no dice nada al respecto? ¿Es que el
señor Barriobero, al que por otra parte respeto mucho, puede usted decírselo,
es que pretendía cambiar la ley, crear jurisprudencia en el caso del regicidio?
Pues no podía conseguirlo, con mi anuencia y la del tribunal no, desde luego.
Si en el Código Penal el delito de regicidio no incluye como propia de su
naturaleza la premeditación, es que no lo es, eso es irrebatible. Respecto a la
alevosía, que era más cuestionable, creo recordar que dijo que la víctima, Su
Majestad, no estaba indefensa. De todos modos, si los guardias que estaban
junto al rey en el momento de los disparos no pudieron impedirlos ¿lo podría
haber hecho Don Alfonso desde su montura? Ya sé que adoptó una posición
defensiva pretendiendo con éxito eludir las balas que le disparaban, pero se
vio incapaz de atajar la acción del criminal, del mismo modo que nadie pudo
impedirlo en su lugar. Los hechos estaban claros y responden a la definición de
alevosía, por mucho que se quisieran retorcer sus argumentos.
De manera
que el eximente de la epilepsia no bastaba para eximirle de responsabilidad y
los agravantes eran aplicables. La sentencia a muerte no pudo ser más justa.
- Respecto al indulto dado por el rey…
Eso es
atribución del monarca y, como sabe, es sumamente generoso con esa prerrogativa
real. Desde principios de siglo lo ha empleado en numerosas ocasiones. No cabe
duda que el espíritu de los tiempos no es favorable a las ejecuciones como lo
era antaño, pero nosotros nos sujetamos a la ley, somos sus representantes y
defensores, y esa ley aún no ha cambiado. El delito conllevaba la pena máxima.
De todos modos, si me pregunta mi opinión personal, me sentí algo aliviado
cuando el gobierno propuso el indulto y fue refrendado por el rey. Toda acción
penal que no termina en muerte, que se queda en grado de frustración, no
debería suponer la pena máxima. Pero ojo, joven, una cosa es lo que yo piense
en el ínterin de mi persona, como ciudadano, y otra muy distinta el papel a que
me obligan mis responsabilidades como fiscal.
Nota del
editor: Diego Medina y García, nacido en
Montoro (Córdoba) en 1866 había ejercido por entonces la fiscalía en Barcelona
con motivo de la llamada “Semana Trágica” y lo volvería a hacer en otro período
posterior (1921-1923) en importantes procesos como los asesinatos de Salvador
Seguí o el de Pau Sabater.
Nombrado en 1923 presidente de la
Audiencia Territorial de Madrid fue elegido como miembro del Tribunal Supremo
en 1930, ocupando la presidencia de dicho organismo durante el tiempo de la
Segunda República. Fue apartado de tal puesto en 1936 por su tibieza frente al
golpe militar, al negarse a firmar una declaración de lealtad al gobierno de la
República.
Pese a ello fue sometido a un consejo de
guerra por los vencedores de la contienda abriéndosele un expediente de
depuración en 1940 por el que fue separado definitivamente de la magistratura.
Moriría dos años después, retirado en su población de origen, con 76 años.
El editor
Conocí a Don Ángel Verdes en 1937, cuando
acababa de incorporarme al Ejército popular republicano en mi ciudad,
Barcelona. Era tan joven que me destinaron a vigilancia interna, llevar recados
de un organismo a otro, prestar ayuda donde fuera necesario. Yo estaba deseando
empuñar un arma frente al enemigo pero durante todo aquel tiempo la influencia
de un tío mío, un cargo relativamente importante del gobierno catalán, me lo
impidió. Con mi padre fallecido y yo con diecisiete años le tuve que agradecer
que velara por mí como lo hizo, tratándome como si fuera un hijo más. Para él
mi mejor recuerdo y mi eterno agradecimiento.
Asistía por entonces, con mi uniforme y
mi cara barbilampiña, a un café cerca del mercado de la Boquería donde se
reunían combatientes venidos del frente y de permiso. Me gustaba escuchar sus
historias, sentarme a su lado y sentirme uno de los suyos por un instante.
Alguno me decía: “No tinguis pressa, noi. En el front només hi ha mort, fang i
misèria”. Así supe de la muerte, del barro y la miseria pero también de
heroísmos, de gente dura que se enfrentaba a la muerte cara a cara, “dos amb
collons”, como solían afirmar.
Algunas veces encontré entre ellos, como
uno más, a un hombre delgado, de mirada triste. Hablaba muy bien de lo que
había visto, se veía que tenía letras, alguna vez me miraba con curiosidad.
“Tenías que estar estudiando” me dijo un día, “aprender tantas cosas que
deberías aprender”. Yo le respondí envalentonado: “Yo lo que quiero es
combatir”. Sonrió, lo recuerdo muy bien, pero seguía con esa mirada.
Cogimos confianza. Me contó que era
reportero para un diario madrileño. Entonces a Madrid se le admiraba, seguíamos
las noticias de la ciudad, el cerco al que resistía desde tanto tiempo atrás,
con una mezcla de envidia y admiración, de completa solidaridad. Las dos
ciudades estábamos en el mismo bando. Yo tenía mucha curiosidad que él
satisfacía. Acostumbramos a salir de paseo por Barcelona tras estar en el café
y charlar mucho. Le dije que me gustaba leer, le comenté mis lecturas. Me
indicó algunas que me harían falta para entender el horror que se extendía por
España. Otras para que mi espíritu volara por encima de aquella contienda entre
hermanos. Decía cosas que yo no entendía bien pero que recuerdo, siempre tuve
una excelente memoria.
Un día me dijo que había sido pariente
político del gran Benito Pérez Galdós. Aquello me deslumbró. Yo había leído
algunas de sus novelas en la biblioteca de mi tío. Me contó de sus últimos
años, cuando él era un chiquillo como yo lo era entonces, y su hermano terminó
casándose con la hija del escritor. No me cansaba de preguntarle sobre el lugar
donde vivía, las costumbres que tenía, las actrices de teatro que había
conocido en casa de su pariente.
“La afición de escribir me vino de aquel
tiempo” me dijo un día. “Lo mismo que hablamos tú y yo, yo lo hacía con Don
Benito, un hombre acogedor y muy descreído” añadió con una sonrisa. “Buena la
montaron algunos curas cuando murió. Según ellos destilaba azufre pero lo
cierto es que la gente lo quería y lo admiraba y no sé qué hacía más el pueblo
de Madrid, si quererlo o admirarlo”. Hablamos de sus primeras lecturas, de ese
afán naciente de escribir.
Una tarde en que me invitó a su casa, de
la que fui asiduo durante unos meses, me enseñó unos papeles que tenía dentro
de una carpeta. “Ésta es la novela que nunca escribí”. Quise saber más
detalles, leer aquellas notas escritas con buena letra pero con tachaduras.
Entonces me dijo que esa historia le había rondado la cabeza mucho tiempo, que
había buscado a los testigos de aquel hecho, recogidos sus testimonios. Con
todo ello había deseado “armar el rompecabezas” decía él, redactar una novela
como las de Don Benito, un cuadro, un fresco del Madrid de la época, de una
serie de personajes en torno a un atentado contra el rey del que yo no había
oído hablar.
Quise leerlo y me dejó una parte que
devoré al día siguiente. Cuando entré en su casa a la tarde siguiente ya tenía
listos muchos comentarios sobre algunas posibilidades de entretejer la
historia, de estructurarla de forma cronológica dejando los testimonios como
fueron pero suavizando sus bordes, enlazándolos de una manera que le propuse.
Me acuerdo que lo dejé sorprendido, no tanto porque mis aportaciones fueran de
interés, como por el hecho de haberlo leído todo tan rápido y en profundidad.
“Quizá tú pudieras escribir la historia
que yo no supe hacer con todo este material” me sonrió con esa mirada triste
que daban ganas de abrazarlo. “Quizá hayas nacido para ser un gran escritor”.
No fue así, desde luego, pero algo pude hacer con el tiempo en circunstancias
que luego comentaré.
La historia, de todos modos, me había
atrapado. Le pedí el resto de las declaraciones de aquellos que habían tenido
que ver con Rafael Sancho Alegre. Me lo dejó y a la tarde siguiente ya
estábamos comentándolo. Le cerqué a preguntas, quería saberlo todo.
Me dijo que había intentado hablar con el
protagonista de la historia, sin conseguirlo. Al parecer, no había confiado en
que contara su historia como él quería que se escribiera. Eso le dijo el
director de la prisión de Santoña. Se había transformado en un hombre
malhumorado, cerril, callado pero trabajador. Hacía servicios de carpintería
dentro de la cárcel, se comportaba bien en general, no causaba alborotos.
Diez años después de su condena lo
enviaron a Tarrasa. Era en 1923. Según supo indirectamente, había envejecido
mucho, tenía todo el pelo canoso y andaba encorvado pero siguió trabajando en
su oficio, por ejemplo construyendo la cabina del cinematógrafo de la prisión.
Intentó de nuevo verlo pero siguió negándose, ahora le dijo al director de
aquella cárcel que no quería recordar por qué le condenaron. “De manera que
quedé sin su testimonio que tal vez me hubiera animado a darle un final a esta
historia. Aunque debo reconocer que para entonces casi lo había olvidado
tratando de abrirme paso en los periódicos de la capital, el Heraldo de Madrid,
sobre todo, pero con una fortuna irregular. Nunca fui un gran escritor, ésa es
la verdad”.
Me dolió que dijera aquello. Nos quedamos
en silencio. Luego le manifesté que era necesario que aquellos testimonios no
se perdieran, que aquel hecho y sus protagonistas no cayeran simplemente en el
olvido. No entendía cómo no lo había publicado. “Esta noticia no interesa a
nadie ya” me contestó.
Varios días después, sería en verano de
1938, me dijo que marchaba al Ebro, para transmitir en su periódico las
crónicas de la terrible batalla que estaba sucediendo allí. “El destino de la
guerra se está escribiendo en el Ebro”, dijo. Yo me consumía de no poder ir, ya
me consideraba mayor pero mi tío me había destinado a un servicio de
información y me pasaba el día escribiendo informes y tascando el freno de mis
deseos juveniles. “Para morir siempre tendrás tiempo” me contestó tajante mi
tío cuando protesté.
Don Ángel me dijo aquella tarde, la
última que lo vi, algo que cambió el destino de aquellos papeles suyos. “Mira,
no sé qué pasará donde voy. Si algo me sucediera he dejado instrucciones
estrictas a la casera de que esos papeles sean para ti, para que te acuerdes de
tu amigo y quizá puedas llegar a escribir la novela que yo no supe escribir”.
Yo estaba conmovido. Pensaba que un reportero no corre los riesgos de los
soldados, que aquello no dejaba de ser una preocupación sin base alguna, aunque
la guerra fuera traicionera.
Un mes después me llamaron a la oficina
donde me encontraba. Ya sabía que habíamos sufrido grandes reveses en el Ebro,
que las fuerzas republicanas tuvieron que retroceder y pasar al otro lado del
río. Con ello toda Cataluña quedaba desprotegida y en riesgo de caer. La
llamada era de aquella señora, la casera de Don Ángel Verdes. Fui a su casa y
me lo dijo, que le habían avisado que mi amigo había caído, no sabía cómo ni
dónde pero que había sido en los primeros días de noviembre de 1938.
Me quedé inmóvil, como helado. No me lo
podía creer del todo. Por desgracia, en aquel tiempo era la noticia más
frecuente entre familiares y amigos. La mujer no se atrevió a darme el abrazo
que seguramente deseaba. Yo empezaba a dejarme el bigote, quería ser mayor y no
romper a llorar como estuve a punto de hacer. Me tendió la carpeta y la puse
debajo del brazo antes de despedirme.
El resto es mi historia. Ya sabía que
Rafael Sancho vivía en Marsella desde que fuera indultado por el mismo rey al
que quiso matar el 15 de agosto de 1930. Es de suponer que seguiría dedicándose
a sus tareas de carpintero, a fin de cuentas fue liberado con 42 años aunque
algunos lo vieron salir, como dije, muy envejecido. Luego se lo tragó la
historia como nos pasó a los republicanos que aún resistimos en Barcelona
sintiendo cada vez más cerca el aliento de la derrota.
Escapé hacia el paso fronterizo de
Francia el 23 de enero de 1939, en medio de un caos donde se mezclaban
automóviles, caballerías y caminantes que cargaban gruesas maletas que iban
quedando al borde del camino, a medida que avanzábamos entre grandes penalidades.
Después de estar internado un tiempo en un campo cerca de Colliure pude
embarcar para México donde aquel gran presidente, Lázaro Cárdenas, acogió a
miles de derrotados que llegábamos con el alma rota. Yo era joven, estaba
dispuesto a abrirme paso, rehacer mi vida. Los mayores lo tenían peor, alguno
murió en la zona de Chiapas donde terminamos destinados.
Me alié con dos amigos y decidimos
escapar hacia el Distrito Federal. Empezamos a vender libros por las casas,
aceptar encargos, llegamos a montar una pequeña oficina que era más una choza
que un despacho de verdad. Pero aquello creció, con el tiempo editamos nuestros
propios libros, la mayoría de naturaleza política, otros más distraídos que nos
reportaban las mayores ganancias. Contactamos con gente de Barcelona años
después para que distribuyeran nuestros libros, al menos los que eran
aceptables para la censura de la época. Tuvieron mucho éxito en el boca a boca
y nos animaron a seguir en el empeño creando una editorial dedicada a
cuestiones educativas, políticas (el sello de nuestra casa), y luego ya los
libros de autoayuda y todo lo que pudimos.
Ahora me llega el merecido retiro. Mis
hijos continuarán con la editorial, tal vez incluso pasen a trabajar con una
mayor que nos engullirá a todos. Pero hice mi camino, me abrí paso, viví lo
suficiente. Y ahora que se acaba tanto andar me acuerdo de aquel hombre, de ese
amigo que conocí y me animó a leer, a escribir, a vivir de esto como finalmente
he hecho, aunque no de la forma que él imaginaba. Me he acordado de Don Ángel
Verdes, un hombre maduro que fue a fijarse en el jovencito que era yo, el muchacho
impaciente por combatir y que tuvo que hacerlo, finalmente, con otras armas de
combate: los libros, los pensamientos y las ideas.
La carpeta tuve que cambiarla con el
tiempo porque quedó destrozada con los viajes y los avatares del exilio pero su
contenido se conservó. La historia es mínima. Un perturbado, un anarquista loco
que quiso matar a un rey. Un intento que casi fue una broma, una anécdota de la
historia, pero que pudo cambiarla por completo. A veces falta tan poco para
conseguirlo y aquel loco soñó con ello. No era un idealista como tantos otros
en su tiempo, no lo hizo para que triunfase en España una república, una nueva
oportunidad de vivir con libertad. Solo empuñó un arma que nunca había
utilizado para abatir a ese rey que nos condujo, junto a muchos más, a una
espiral de violencia y represión en aquellos tiempos. Quizá su muerte no
hubiera servido para nada, también lo he pensado.
En todo caso, he terminado de pagar una
deuda y ahora puedo retirarme a la Costa Brava, donde tengo una casita junto al
mar. A veces he pensado cómo lo alcanzó la muerte a mi amigo. Pregunté sin que
nadie me lo pudiera decir. Me hubiera gustado saber dónde fue enterrado, en qué
campo, en qué cuneta. Me gustaría llegar allí y permanecer mucho rato, mirar el
horizonte por él, contarle mis aventuras, decirle que crecí, me gané la vida y
que la España con que soñó nunca será perfecta pero al menos ha superado aquel
tiempo de horror y miseria.


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