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Libro N° 12031. El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Maza, Carlos.

Libro N° 12031. El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Maza, Carlos.

 


© Libro N° 12031. El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Maza, Carlos. Emancipación. Diciembre 30 de 2023

 

Título original: © El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Carlos Maza Gómez

 

Versión Original: ©  El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey. Carlos Maza

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ANARQUISTA LOCO QUE QUISO MATAR A UN REY

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Anarquista Loco Que Quiso Matar A Un Rey

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Maza Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

©  Carlos Maza Gómez, 2016

Todos los derechos reservados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

as circunstancias históricas y los personajes (salvo el del reportero autor de las notas), existieron realmente. La personalidad de los testigos, sus vidas, están basados en testimonios de la época, pero son ficticios.

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

Pilar y Catalina Gil …………………        7

Ramón Sancho Alegre ……………..        13

Alfredo G. ………………………….        21

Rosa Emo …………………………..        29

Francisco Gómez …………………...        43

Gabina Pérez ……………………….        53

Salvador Lerols …………………….        59

Rafael Guijarro ……………………..        67

Gumersindo Nuño ………………….        73

Rafael López ……………………….        81

Eduardo Barriobero ………………...        89

Diego Medina ………………………        97

El Editor ……………………………        103

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pilar y Catalina Gil

 

¿Sabe usted que nosotras estuvimos cerca de los dos atentados contra el monarca? Sí, ya sabe –aclara la menor de las hermanas-, el de Mateo Morral en 1906 y el otro de 1913. Ahí estábamos las dos. Bueno, el primero no llegamos a verlo. Estábamos con unas amigas viendo cómo pasaban los novios por la Puerta del Sol.

No cabía un alfiler –tercia la mayor, parecen en perfecta sincronía, como si compartiesen vida y detalles-. Vimos pasar a los recién casados, qué guapo estaba él y qué guapa la novia sobre todo. La gente lo comentaba, vaya suerte del rey casarse con Victoria Eugenia.

Ena, la llamamos, como en su familia. Entonces era tan joven, ¿cuántos años tendría, Pilar?

No creo que llegara ni a veinte. Pobrecilla. Decían que la sangre de los caballos muertos le salpicó todo el traje, que estaba pálida mientras su marido intentaba darle ánimos. El rey siempre ha tenido mucha templanza, mucha serenidad en esos casos. Morral ya le había lanzado una bomba en París, creo, cuando Alfonso estaba con el presidente de allí. Según dijeron se quedó tan pimpante, como si no pasara nada, insistiendo en seguir el recorrido.

Como en Madrid, lo mismo. Dicen que Dios está con él, que nada le puede pasar.

Bueno –interrumpe Pilar-, eso son exageraciones. Fíjate lo de Canalejas el año anterior, cuando le pegó un tiro aquel anarquista, Pardinas. Uno que se suicidó después de matarlo. Si a uno le llega su hora y estos asesinos se empeñan…

-      Ustedes ¿a qué dedican su tiempo?

Pues desde que murió mamá el año pasado seguimos viviendo en la casa familiar, que se nos ha quedado grande, la verdad. Yo soy profesora de piano –dice Pilar- y Catalina ayuda a vecinos ancianos que no pueden quedarse solos. Así completamos la pensión de nuestro padre que nos quedó. Nuestro padre fue militar –aclara-, murió joven, del cólera, ya ve usted.

Además tenemos unos ahorrillos de nuestro abuelo, que tuvo una finca en el norte…

A este señor no le interesa nuestro abuelo, Cata.

-      También quería saber si aquello les había cambiado en algo.

¿Qué nos va a cambiar? Si lo único que hicimos fue ver lo que pasaba, eso sí, verlo muy bien.

Incluso hablamos un poco con el asesino antes de que se liara a tiros con el rey.

-      A ver, cuéntenmelo con el mayor detalle que puedan.

Toma la palabra Pilar, la mayor. Lo cierto es que ambas se parecen físicamente mucho, me han dado a entender que hay poca diferencia de edad entre ellas. Catalina, la menor, tiene un rostro vivo, sonrosado. Pilar es más delgada pero la forma de la nariz, los ojos marrones que miran con fijeza, el carácter nervioso que denotan al mover las manos y los pies, son los mismos.

La casa es algo vetusta, los muebles antiguos. “Nos da pereza cambiarlos” me han dicho. “Fueron de nuestros padres y antes de nuestros abuelos paternos, cuando vendieron sus tierras allá en Cantabria para venirse a vivir a la Corte”. No menciono sus circunstancias personales pero, según me dijo una vecina algo impertinente a quien pregunté antes de venir, las “dos solteronas”, como las describía, parecían llevarse bien aunque tenían costumbres raras, horarios inusuales. De todos modos, de aquella señora redicha y mal encarada no me fiaría mucho. A mí se me antojan buenas mujeres, personas a las que las circunstancias de la vida no les han dado la oportunidad de crear una familia.

He mirado los retratos familiares, justo mientras Catalina preparaba un chocolate con pastas para celebrar nuestro encuentro. “No es molestia” me respondió ante mis leves protestas, “viene tan poca gente a visitarnos…”. De modo que opté por agradecérselo mientras me mostraban el retrato de su padre, vestido de uniforme, luego de paisano junto a una señora corpulenta con los mismos rasgos que sus dos hijas. Incluso aparecía en otro marco la imagen de un viejo de amplio mostacho que debía ser ese abuelo cántabro que combató en alguna guerra carlista.

El 13 de abril de aquel año fue un domingo precioso, soleado, tranquilo –comienza Pilar, que llevará la voz cantante a partir de ahora-. Sabíamos que el rey tenía que acudir a la Jura de Bandera de los nuevos reclutas. Además venían tropas indígenas marroquíes, el tabor de Alhucemas y más regimientos en un desfile precioso. Bueno, antes oyeron una misa de campaña, luego vino la Jura, pero después el pueblo de Madrid se echó a la calle por el centro para contemplar el desfile.

A nosotras siempre nos gustaron –añade Catalina-, desde que veíamos a nuestro padre allí, tan gallardo con su uniforme, y nosotras le gritábamos como locas.

Se ríen y yo con ellas. Pese a su edad (rondarán los cuarenta años) tienen algo de infantil que las hace simpáticas. Espontaneidad, me digo. Pese al barrio donde viven no se han vuelto estiradas, quizá porque nunca han nadado en la abundancia, qué se yo.

Nosotras nos vinimos cerca de casa para ver pasar las tropas con el rey a la cabeza. Así que nos quedamos en medio del gentío que abarrotaba las aceras de la calle Alcalá, justo enfrente de la cervecería La Elipa. ¿Sabe usted dónde le digo, no?

-      Sí, he estado allí.

Ha cambiado algo pero básicamente sigue igual que hace ocho años. Pues estábamos allí con nuestra madre. Ya por entonces le costaba algo andar, iba con bastón, pero hacía un día tan bonito que valía la pena ver pasar las banderas, los entorchados, los jinetes tan elegantes, con su sable, sin descomponer la figura pero muchos sonriendo ante los vivas al rey, sobre todo cuando éste se aproximaba.

Al hombre aquel le habíamos visto porque estaba muy cerca de nosotras –dice su hermana, que toma el relevo-, al lado de una taberna junto a la esquina de Marqués de Cubas, para que usted se sitúe. Estaba bien trajeado, el cabello algo rubio, me pareció. Charlaba con otro individuo de gabán gris, alto, con sombrero flexible…

Sobre eso nos preguntaron mucho los agentes –tercia Pilar-, a cuántos y quiénes eran los que estaban hablando con aquel hombre. Nos preguntaron tanto que nos hicieron dudar. Luego incluso nos llevaron a que viéramos a dos sospechosos, uno un francés llamado Pedro Pac, otro creo que Molina. La verdad es que no reconocimos a ninguno, no eran esos los que hablaban con el criminal.

Quizá fueron personas que estaban por allí nada más, como nosotras. Vamos, incluso intercambiamos una conversación con él que luego nos causaba escalofríos. No sé si sabe todo lo que se había dicho los días anteriores sobre un posible atentado contra el rey en Madrid. Que se habían recibido anónimos hasta en Palacio. Decían que en la Casa de Campo había aparecido un mensaje clavado a un árbol anunciando que el día 13 del año 13, 13 anarquistas matarían al rey con 13 bombas. Aquello se comentó mucho, aunque la Policía lo desmintiera. A nosotras nos lo dijo la Engracia, una prima que tenemos, que lo había oído a un amigo de su marido, que era agente de vigilancia. Ese hombre no te iba a mentir ¿no?

El caso es que hablamos de aquello un poco de refilón, ya sabe, sin decírselo a nadie en particular, hablando entre nosotras. Aquel hombre nos miró sonriendo como si nada y nos dijo: “Nadie va a hacerle nada al rey ¿no ven cuánto le quiere el pueblo?”. Claro, nosotras no sabíamos nada, así que le dimos la razón. Aún nos preguntamos por qué dijo aquello cuando estaba a punto de sacar su revólver del gabán. Luego nos impresionó mucho lo que dijo. En eso que vimos llegar al rey a caballo ¡qué guapo estaba uniformado! La gente gritaba, lanzaban vivas, nosotras las primeras, aquello era emocionante.

De repente –dice Catalina-, vimos a ese hombre que avanzaba. No sé qué pálpito me dio que hasta intenté sujetarlo para que no empujara a los demás, pero fue inútil, iba muy decidido. Se salió del cordón que había creado la policía y marchó decidido hacia el rey. El caso es que su Majestad se había adelantado, iba solo, sus ayudantes se habían quedado varios pasos por detrás. Anda, cuéntalo tú, Pilar, que yo me emociono de recordar ese momento, no lo cuento bien.

El resto ya es sabido, imagino que ya lo habrá estudiado.

-      Sí –les digo-, he leído los informes, el sumario, todo, pero me gusta saberlo de primera mano. Muchas veces hay detalles que no aparecen en las declaraciones.

Pues aquel hombre cogió las riendas del caballo del rey, que empezó a caracolear. Para entonces ya estaba con el revólver en la mano, a poco más de un metro de Don Alfonso. Sonaron dos disparos seguidos antes de que un guardia se echara sobre él. Fue espantoso. Mucha gente gritaba, trataba de huir, otros como nosotras, nos quedamos quietos, sin creer lo que estábamos viendo. Aquel loco quería matar al rey, había disparado contra nuestro Alfonso, Dios le guarde.

 

 

 

 

Ramón Sancho Alegre

 

       Mire –me dice casi al poco de sentarnos frente a dos vasos de vino-, yo no estoy de acuerdo con lo que hizo mi sobrino. Nada de acuerdo. Y no crea que eso no me ha causado disgustos con algunos compañeros. Yo soy obrero, un obrero del textil ahora, aunque he pasado por varios oficios, y tengo que trabajar muchas horas para dar de comer a los míos. A mí nadie me ha regalado nada –continúa imparable-, ni los patronos, ni esos que van pegando tiros por ahí, como si fueran a arreglar el mundo cuando no hacen más que empeorarlo.

-      Como Rafael –tercio en ese flujo de palabras que seguirá a lo largo de la entrevista.

Rafael fue un buen chico, un joven honrado, trabajador como lo fue toda su familia, como lo soy yo. A mi sobrino lo estropearon tantas lecturas y esos amigos que se echó, esos con los que formó aquel grupo de “Los Sin Patria”. ¡Valiente tontería! ¡Sin patria! Como si no viviéramos como vivíamos en Barcelona, como si no hubiera tenido que hacer el servicio militar hasta que le declararon inútil.

-      Perdone –le interrumpo-. Empecemos desde el principio. Cuénteme de Rafael, de su familia, de por qué fue a dar en su casa.

Como quiera. Si es para escribir un libro sobre él diga que yo nunca estuve de acuerdo con esas ideas, que soy un trabajador honrado y cabal. No entiendo cómo ahora esos metalúrgicos, esos del Sindicato único lo organizan todo, mandan en todas partes, cierran talleres, dictan cuándo trabajar y cuándo no…

-      Sí, de acuerdo. Pero me iba a contar de Rafael.

Bueno, hasta su nacimiento fue desgraciado, ya tenía mala estrella entonces. Mi padre, su abuelo, que en paz descanse, trabajaba por entonces en Caspe. Ahí estaba toda la familia, el matrimonio y los tres hijos: yo, que era el mayor, luego Concepción, que está casada con mi cuñado Raimundo Miguel. No vaya a molestarla que ella nunca ha sido amiga de hablar de este tema. La última fue Carmen. A Carmen la queríamos todos pero era una cabeza loca, una muchacha, ya sabe, que le gustaban los pantalones. Bien lo sabía yo que tuve que pelearme con más de uno en las fiestas porque querían propasarse con ella. Que me perdone porque murió hace muchos años pero nos trajo muchos líos a la familia. No era consciente del mal, de lo que pretendían los hombres de ella. Eso le pasó desde pequeña. Mi padre incluso llegó a zurrarla alguna vez, y con razón, pero se hizo mayor y no se corregía. Yo tenía mis propias ocupaciones, trabajaba desde pequeño, como hicimos siempre en mi familia, en el campo, cuidando ganado, donde saliese y ella venga pasear por aquí y por allá, cada vez con uno diferente.

-      ¿No conocieron al padre de Rafael?

Claro que lo conocimos, bueno, al menos sospechamos quién fue. Ahora ya se puede decir, ha pasado tanto tiempo… Un muchacho que había venido de fuera. Yo lo conocí. Estuvo dos o tres años en el pueblo con su madre, trabajando en la recogida de uva, sobre todo, arreglando los chamizos, en fin, lo que hacíamos todos para ganarnos unos reales. El caso es que se conocieron en la fiesta patronal, aunque yo creo que ya le había echado el ojo a mi hermana. Me sabe mal decirlo pero ella tenía una fama entre los jóvenes de la localidad… El caso es que la dejó preñada y, cuando se enteró, se largó más que a paso. Desde luego, si mi padre o yo le hubiésemos cogido bien que se hubiera casado. O al altar o al cementerio, una de dos. Pero el muy golfo se fue antes de que supiésemos nada, con su madre y todo, desaparecieron del mapa. Fue después cuando el cura vino con mi hermana a hablar con mis padres. La quería meter en un convento en cuanto diera a luz, fíjese, pero la familia se opuso, mis padres no quisieron, dijeron que al niño lo criarían su madre y su abuela. Una vergüenza en el pueblo, ya se puede imaginar.

Al poco marchamos a Barcelona, hartos de habladurías –continúa-, mis padres con el disgusto pero también hablaban muy bien de la ciudad, que aquí podríamos salir de pobres, que si tal y que si cual. Mi padre se dedicó a la construcción, me metió a mí en ello también, estuvimos unos años levantando muros, enlosando, en fin, lo que saliese. A Rafael le colocó mi padre de aprendiz en un taller de carpintería porque se había hecho amigo del dueño, un tal Eustaquio, un buen hombre. Trató bien a mi sobrino. Entonces el chico era trabajador a carta cabal, obediente, un buen muchacho, todo el mundo lo decía. Nunca se metía en líos.

-      ¿Por entonces padecía ataques epilépticos como se dijo?

No sé decirle. Cuando tuvo el primero, sería… A ver, él nació en noviembre de 1888, debía de tener, según me dijeron, como 17 años, así que sería en 1905 o 1906. Para entonces yo me había independizado después de casarme con Dolores, mi mujer.

-      ¿Y su hermana Carmen?

Claro, me había olvidado de mencionarlo. Es que ella murió muy pronto, en 1892, el chico apenas tenía tres años. Nunca había tenido una salud muy fuerte, siempre estaba cogiendo catarros y resfriados, pero se puso a toser cada vez más fuerte y para cuando padre le llevó al médico ya tenía una tuberculosis pulmonar declarada, según le dijo. No hubo remedio. La enterramos en Caspe. Ahora que me lo ha recordado, fue poco después cuando nos fuimos para Barcelona. Allí estará enterrada la pobrecita. Era una cabeza loca pero quería mucho a Rafaelito, le cuidó tanto como pudo. A fin de cuentas bien que pagó por todos sus errores.

-      Habíamos dejado a su sobrino con 17 años sufriendo su primer ataque.

Ya le digo, no me enteré más que de oídas. Yo mismo padezco ese tipo de ataques, sobre todo cuando me disgusto mucho o hace mucho calor. No son fuertes ni frecuentes. Con decirle que Rafael vivió con nosotros más de dos años y no vi nunca que le pasara. Todo eso que se habló en el juicio sobre que era epiléptico, que tenía trastornos mentales, todo eso era una exageración. Ahora ya se puede decir porque condenado está y bien que purga su culpa en Santoña, pero aquello fue un truco del abogado para que no lo condenaran a muerte. Lo que me pareció mentira es que médicos tan eminentes se lo creyeran y hablaran como lo hicieron, que si reacciones de la piel con un compás, me acuerdo que dijo uno, el más joven de los tres, que si fugas epilépticas… Vamos, como si mi sobrino no se hubiera marchado a Francia buscando trabajo y fortuna como todos.

       Hacia 1907 conoció a esa muchacha, Rosa Emo se llama. A nosotros nos cayó bien, una chica modesta, sencilla, muy enamorada de mi sobrino. Pero el padre de ella se opuso a la boda. No sé quién se creería que era si resultaba un obrero como lo éramos todos. ¿O es que pensaba que era mejor que nosotros? En fin, los chicos porfiaron para convencerlo. Por entonces Rafael se había cansado de la carpintería, aunque no sabía hacer otra cosa. Como debía hacer el servicio militar entró en el Regimiento de la Princesa, en Alicante. A mí me dijo que intentaría hacer carrera militar pero le duró poco la intención, apenas un año. Parece que una vez, estando de servicio, le dio uno de sus ataques y le llevaron al Hospital Militar. Su jefe, el capitán Robles, se portó bien, ya sabía que era un soldado trabajador, que no discutía las órdenes, con el que se podía contar. Pero le dijo que tenían que licenciarlo declarándolo inútil para el servicio. Hay que entenderlo. Si le da uno de esos ataques en un conflicto con el moro o en Cuba, o empieza a disparar a sus propios compañeros sin darse cuenta…

-      De manera que fue a la vuelta de Alicante que conoció a Rosa.

Sí, ya se había vuelto a colocar en una carpintería. Ganaba 30 pesetas, oiga, no era un cualquiera, pero no sé si el padre se enteró de lo de la epilepsia o que aspiraba a algo mejor para su hija, yo qué sé. Nunca nos hablamos con esa familia después de la actitud que tomó. Porque lo cierto es que mi sobrino se hartó de aquel imbécil y le propuso a su novia que se fugaran juntos, que su padre ya entraría en razón después de aquello. De manera que dicho y hecho, tomaron el tren y se largaron a Marsella.

-      Hizo luego algunos viajes a Francia. ¿Por qué allí?

Entonces no era raro, solía haber trabajo y ya le digo que Rafael entonces no se había estropeado como lo haría después con tantas lecturas. Estaba dispuesto a trabajar en lo que saliera. Pero mucha fortuna no hicieron, no, las cosas le fueron mal así que la chica, Rosa, le pidió dinero a su padre. ¿Y qué cree que hizo aquel hombre? Se negó a enviarles ni una peseta. Tuvo que ser mi madre, que mal vivía con sus ahorros y de lo que yo le ayudaba después de morir mi padre, la que enviara el dinero para que volviesen y acogerlos en su casa desde entonces.

-      Se le preguntó en el juicio si había participado en los sucesos de Barcelona en 1909, ya sabe, cuando mataron a Ferrer. Como dijo que había atentado contra el rey para vengar su muerte…

No sé, algo tendría que inventar para justificar esa locura. Cuando sucedió aquello él tendría veinte años, estaba en casa de su abuela viviendo con Rosa. Mi madre todo el día machacándolos con que se casaran, no quería que les pasara como a mi hermana Carmen. Mi madre siempre fue una mujer de orden, como yo lo he sido, pero de muy buen corazón y muy caritativa. Sobre todo, a la familia no podía faltarle de nada. A fin de cuentas, a mí me inculcó lo mismo, por eso los recogí cuando ella murió. Bueno, a lo que iba, en 1909 mi sobrino no se enteraba de nada ni tomó parte en ninguna algarada ni le interesaba el anarquismo. Él lo que quería era hacer su trabajo, ganar su jornal e irse a la taberna con los amigos.

-      ¿Cuándo se casaron?

Sería como en 1910, un año antes de que muriera mi madre. La vieja consiguió por fin que legalizaran su situación pero no sería para nada bueno. Ya por entonces tenían sus peloteras…

-      Se comentó que Rafael pegaba a Rosa, que la maltrataba.

Algo de eso vi, claro, cuando empezaron a vivir con nosotros en nuestra casa de la calle Mallorca. Todo fue por celos, porque Rosa se molestaba de que estuviera con sus amigos tanto tiempo en la taberna y pensaba que frecuentaba a otras mujeres, ya sabe… En fin, un hombre también tiene que hacerse de respetar, no podemos obedecerlas en todo. A ver si un hombre no va a poder estar con los amigos en la taberna como nosotros estamos ahora, sin hacer nada malo, charlando nada más, jugando a las cartas, tomándose unos vinos. Alguien que trabaja como una mula tiene derecho… De manera que volvía a casa algo tarde y ya le estaba montando una escenita, así que claro, bebido como venía además… les escuchábamos discutir, ella llorando al final, como siempre. Yo le decía a mi Lola: no nos metamos, que no es cosa nuestra. Hasta que la chica un día cogió la puerta y volvió a casa de su padre. Mejor fue, si no podía aguantar lo que es un matrimonio. Pero yo creo que ahí empezó a perder la cabeza Rafael. Desde el año anterior formaba parte de ese grupo de haraganes, “Los Sin Patria” se hacían llamar, unos inútiles que se dedicaban a leer y a discutir contra los burgueses y los patronos. Así empezó y así terminó, así terminamos todos, con el jaleo que hay cada día en la calle: huelgas, petardos, tiros por la noche de unos contra otros… A ver, dígame: ¿Para qué ha servido tanto alboroto, tanto sindicato? ¿Para qué le sirvió a Rafael? Al final, tuvo la misma mala cabeza que su madre, así de sencillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alfredo G.

 

       No puedo decirle mucho. Además, no va a poner mi nombre en ese libro que prepara ¿verdad? No quiero meterme en más líos de los que tenemos cada día en Barcelona. ¿Quiere que le hable de Rafael Sancho Alegre? A fin de cuentas, solo coincidimos en un taller de carpintería de la ciudad allá por 1912, creo yo, poco antes de ese año. Éramos simplemente unos compañeros que charlábamos de nuestras cosas. Por entonces yo era un ignorante de todo, como Rafael o Salvador, tres amigos nada más que hablábamos de mujeres, fútbol y además de política.

-      Pero ustedes formaban un grupo llamado “Los Sin Patria”, un grupo anarquista que se mencionó mucho entonces.

Hablar por hablar, se dijo de todo, que éramos anarquistas de acción, poco menos que formábamos una organización extensa y conjurada para matar al rey. No hubo nada de eso. Leíamos, discutíamos. Después de la rebelión de 1909 contra el embarque de los reclutas para la guerra de África, empezamos a concienciarnos de que pasaban cosas que no comprendíamos. Verá usted, yo estudios no he tenido, Salvador y yo éramos casi analfabetos por entonces, el único que sabía leer y pensaba dando vueltas a las cosas era Rafael. Nos explicaba que lo del protectorado de Marruecos era una excusa de los amigotes del rey, el conde de Romanones y gente así, que tenían intereses en las minas del Rif y por eso querían controlar la zona, para llenarse los bolsillos con las ganancias. Para eso querían llevar soldados al norte de África y sacrificarlos como a carne de cañón, para que los ricos siguieran ganando. Eso nos contaba y nosotros le creíamos a pies juntillas porque es verdad ¿no? Si no pone usted mi nombre completo se lo digo a las claras, como se lo diría a un camarada: fue una vergüenza, el enriquecimiento de los amigos del rey e incluso del propio rey a costa de la sangre de los pobres.

Aquello le daba vueltas en la cabeza a Rafael y también a nosotros pero no éramos hombres de acción, no todavía al menos. Nos dedicábamos a discutir de esto y de lo otro, de la forma de cambiar este país, darle la vuelta como un calcetín, ya estaba bien de vivir como pobres cuando nosotros somos los que producimos, los que damos el callo.

-      Pero usted dijo, durante el juicio, que su amigo estaba loco.

Claro ¿y qué quiere que dijera? Salvador y yo habíamos hablado con Barriobero, el defensor de nuestro amigo. Nos dijo que quería mostrarlo como un lobo solitario, alguien con el juicio nublado por la epilepsia y no sé qué más, que era la única forma de librarlo de la condena a muerte. Así que le hicimos caso. Además, la policía nos señalaba. Nosotros también éramos sospechosos. Eso nos dijo Barriobero y lo creímos, a los burgueses siempre les gusta cargar las culpas sobre las espaldas de los que luchamos por un mundo mejor ¿o es que no ha sido siempre así? Se hablaba de una conjura entre las fuerzas anarquistas de Barcelona que mandaron a Rafael para que cometiera el atentado. Así que nuestro pequeño grupo era el mejor candidato para servir de enlace o incluso de promotor en la conspiración. ¿No ha pasado esto mismo hace unos meses con Eduardo Dato? ¿De dónde vinieron sus asesinos? De Barcelona, naturalmente, somos la cuna del terrorismo nacional y, si quiere saber lo que pienso, a mucha honra. Hay que acabar con este fantoche de gobierno, los intereses de los señoritos, de los patronos, esto tiene que acabar.

-      Pero su grupo…

Mire, si no va a poner mi nombre completo (le dejo el nombre ¿eh? no el apellido), le diré una cosa. Si luego me lo reclaman diré que usted ha mentido, que se lo ha inventado todo ¿estamos? De los tres amigos que nos juntábamos yo era el único que tenía cojones para hacer algo y aún lo soy ¿sabe usted? Ahora más de uno podría decirle… Pero en aquellos tiempos no ¿no se da cuenta que éramos unos ignorantes? Luego la policía le decía: Rafael, Rafael ¿qué hiciste cuando los alborotos de 1909? ¿Cuando mataron a Ferrer? Porque a él le dio por decir a la policía que el atentado era por Ferrer y era verdad, por Ferrer y tantos de nosotros que hemos caído víctimas de la represión y de los militares, como están cayendo ahora tantos camaradas tiroteados por la espalda siguiendo las órdenes de Martínez Anido. Ya se llevará lo suyo, ya, la justicia a lo mejor llega tarde pero llega inexorable.

       Pues lo que le contaba –continúa-. Le decían: Rafael ¿en qué te metiste en 1909? Y él ¿en qué se iba a meter? Como yo, como Salvador. Si éramos unos niños entonces que no nos enterábamos de nada. Se había ido con su mujer, la Rosa, se había escapado y acababa de volver como quien dice. Fue buscando trabajo hasta encontrarlo en un taller donde estábamos Salvador y yo. Trabamos amistad, nos íbamos a tomar unos vinos cuando acababa el horario, los fines de semana. Nos enterábamos de la vida de cada uno, de los problemas que tenía con Rosa, que quería tenerlo bajo sus faldas, nos decía, que se había vuelto insoportable pensando que se liaba con unas y con otras. Total, porque era alegre, bien parecido, le gustaba gastar bromas con las obreras cuando nos cruzábamos con ellas, pero era leal, vaya si lo era. Alguna oportunidad tuvo y nunca lo aprovechó. Yo, en cambio, no podría decir lo mismo y Salvador era un triste, sólo se animaba cuando bebía de más pero a veces tenía un mal vino y era peor. De hecho, no sé qué ha sido de su vida. Con la detención de Rafael y todo lo que se armó cada uno nos fuimos por nuestro lado.

-      Así que no estaba loco.

Dijimos eso porque nos lo indicó el abogado, que lo dijéramos. No le digo que a veces no se le fuera la cabeza pero eso nos pasaba a todos. Le tenía manía al rey, eso es verdad, decía que era la máxima autoridad de toda esa red de corrupción con que los grandes intereses de las empresas, los capitalistas y burgueses, oprimen al pueblo. Entendí que hiciera lo que hizo. En realidad, lo había estado anunciando muchas veces pero ¿qué quiere que le diga? Eso lo decíamos todos: si no hubiera gobierno, si cayera el gobernador civil, si se proclamara la república… Todos decíamos eso y lo seguimos diciendo pero es para desahogarnos. Lo importante es la lucha de cada día, como la que mantenemos ahora contra los patronos, contra los intereses del capital, que nos quiere tener esclavizados, sometidos. ¿Usted se acuerda del motín de la Numancia?

-      Sí, eso fue antes del atentado ¿no?

En 1911, por aquellos años. No es casualidad, dos años después de la represión en Barcelona, del fusilamiento de Ferrer, el año antes a que nos juntáramos los tres y formáramos un grupo, dos años antes del atentado de Rafael sobre el rey. Había un ambiente efervescente, hubo un golpe republicano en Portugal por aquellos años, muchos pensamos que bastaba derribar al rey, crear la confusión, para que España cayera como una fruta madura. Rafael nos hablaba de Antonio Sánchez Moya, el fogonero de una simple fragata, que pretendía cambiar la historia de España. Primero hacerse con el control de la nave, luego ir hasta Málaga, levantar con su ejemplo a la flota allí amarrada. Bombardear la ciudad si se resistía. Pensaba que las fuerzas obreras y republicanas se alzarían como se alzaban liberales o conservadores el siglo pasado ¿no? Como pasó con Riego. Ése sí que fue un tío valiente. Le costó la vida como al fogonero pero luchó por sus ideales, por cambiar la desgraciada historia de este país, siempre dominado por curas y capitalistas.

Yo, todo esto lo supe por las lecturas de Rafael –continúa-. Hasta entonces solo sentía una insatisfacción ante mi pobreza y la de tantos, por ese estar mendigando a los patronos capaces de despedirte en cuanto replicaras algo o no trabajaras como ellos querían, como un esclavo. Tenía mujer, un niño pequeño, tenía que darles de comer y había veces que no me llegaba. Rafael era generoso, a veces me pagaba los vinos. Yo sabía que él también tenía apuros pero me decía que no tenía hijos como yo. Eso sí fue una desgracia para él. Si hubiera tenido algún hijo su mujer se habría dedicado a algo y no a estar persiguiendo a su marido.

-      Se dijo que la maltrataba.

No sé decirle, a mí me decía que se zurraban los dos. Yo entonces no daba mucha importancia a eso, luego lo he pensado mejor y la mujer es una compañera y pasa sus miserias, como nosotros. Simplemente, aquello no iba bien así que no nos sorprendió cuando la Rosa se marchó a casa de sus padres finalmente y dijo que no quería saber nada más de él. Si las cosas no van bien es mejor eso que pegarse y hasta darse una cuchillada cualquier día que andas bebido, se lo digo yo. Pero a él aquello le afectó mucho. Nos vimos por entonces y parecía una sombra. Nos decía: Voy a hacer una barbaridad, voy a hacer una barbaridad. Nosotros le decíamos que se calmara, suponíamos que quería ir a por su mujer y llevársela a viva fuerza pero eso no estaba bien. Además, si el padre se oponía terminaría por haber sangre y acabaría en el calabozo como está ahora, para toda la vida. ¿De qué sirve todo eso, dígame? Nada más que para extender la desgracia. Ya sé que el orgullo es el orgullo y Rafael se consideraba muy hombre, pero terminar así no servía para nada.

Un día nos dijo que se iba –se sirve otro vaso-, que se marchaba a Madrid a hacer su vida. A Salvador y a mí nos dio lástima porque éramos muy buenos amigos y, además de política, nos contábamos nuestras cosas, había camaradería de la buena, ya sabe. Pero él erre que erre con que se iba a trabajar a Madrid. Le dijimos que pidiera algún socorro a la Casa del Pueblo, que le dieran nombres de gente allí que le pudiera socorrer, al menos al principio, pero él estaba ciego. Me voy y me voy, decía, no espero a nadie, mañana cojo el barco hasta Valencia y de ahí a Madrid. Le dimos algunas pesetas para que le llegara a pagar el pasaje de barco pero apenas teníamos nada. Le dijimos que esperara, que pidiera dinero prestado, teníamos amigos, algunos compañeros, pero él que no y que no. Estaba rabiando por irse. No sé si es que no quería cometer una locura o qué. Pero le deseamos buen viaje y ahí quedó la cosa. Fíjese nuestra impresión dos meses después, cuando nos llegó la noticia de que Rafael había disparado contra el rey. Nos quedamos helados, asustados también pensando que a continuación irían a por nosotros. No nos equivocamos.

-      Pero conspiración no hubo ¿verdad? Por lo que me dice…

Yo no sé lo que habría en Madrid. No creo que en solo dos meses se metiera tanto en aquel mundo como para participar de una conspiración semejante. Desde Barcelona nada, ni instrucciones ni ayudas. Fíjese en los asesinos de Dato, esos debieron tener todo eso para establecerse en Madrid, alquilar habitaciones, disponer de armas, una moto… Todo eso no se improvisa. En cambio, ahí tiene a Rafael, con un arma casi de juguete, un revólver que ni siquiera había probado ni disparado antes, queriendo cargarse al jefe del estado. Hablar de conspiración ¿no es un chiste?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosa Emo

 

       Cuando llego a la calle Coll y Vehí, cerca del parque de Guinardó, es media tarde. Estoy citado a esa hora por la madre de Rosa Emo, la mujer de Rafael Sancho Alegre. La casa es muy modesta, todo está hecho con malos materiales que crujen y parecen cerca de venirse abajo. Forma parte de una serie de edificios hechos aprisa y corriendo para recoger a tantos emigrantes como venían a principios de siglo.

       Nosotros vinimos de Onda, en Castellón, a finales de siglo –nos dice la madre, presente en toda la entrevista-. Mi padre era tejero, ahora se dedica a la construcción, como guarda de obra, la edad no le permite otra cosa. La niña nació allí, en Onda.

       Nos dirigimos a “la niña”. Según nuestros cálculos debe mediar los treinta años pero parece bastante mayor. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar porque su retrato nunca apareció en los periódicos de entonces. Es una mujer pequeña, desgastada por el trabajo, las penas o la vida en general. Lo que más destaca de ella es la tristeza, tiene un aire de derrota inequívoco, la mirada baja, habla poco y es sustituida por la madre que me mira con desconfianza.

-      Hola, Rosa –le decimos-. Estoy preparando un libro sobre aquel atentado.

¿Para qué le hago falta yo? Yo no sé nada de aquello.

-      No solo quiero hablar de aquella acción sino del autor, de la vida que llevó, de lo que lo condujo a hacer lo que hizo.

Mire, aquel hombre está loco, Rafael siempre fue un loco y un malnacido –interviene la madre.

-      Ya sé que te escapaste con él en 1907.

Le había conocido en un baile –dice al fin con voz muy baja-. Iba con unos amigos de su barrio. Los dos éramos muy jóvenes, yo no sabía lo que hacía, perdí la cabeza por ese muchacho…

       Ya puedes decirlo –asevera la madre afirmando con la cabeza.

       Entablamos relaciones, lo normal en cualquier pareja de entonces. Yo estaba de tejedora en una fábrica aquí cercana, en Sant Martí. Aún sigo haciendo el mismo oficio, las compañeras siempre me han querido, el jefe me trata bien dentro de los problemas que hay ahora para trabajar. Cuando el cierre patronal de hace un tiempo la fábrica de Sant Martí se resistió a ello más tiempo que otras pero terminó cerrando igual, nos vimos en la calle.

       Sin una peseta –tercia su madre-. Tanto que hablaban del socorro del Sindicato pero a nosotros nos llegó bien poco, casi no teníamos con qué sostenernos. Tuvimos que ir pidiendo por las calles, no le digo más. Nos íbamos las dos hasta las Ramblas pidiendo a todo aquel que pasara y tuviera posibles. Una vergüenza. Aquí siempre hemos sido honrados, trabajadores. Somos pobres, sí, pero ni nos humillamos ante nadie ni vamos pegando tiros por la noche, como hacen otros. A nosotros no nos ha regalado nadie nada.

-      Rosa ¿qué hicisteis aquel tiempo? –trato de reconducir la entrevista.

Nos encontrábamos en el baile semanal, a los dos nos gustaba bailar. Yo entonces tenía otro carácter, era más joven, creía que me comería el mundo a su lado…

Ya ves –agria el gesto la señora.

-      ¿Cómo era Rafael entonces?

Como tantos muchachos de aquel tiempo. Era bullicioso, alegre, me hacía reír con sus bromas. Ninguno de los dos llegaba a los veinte años. A esa edad mis padres ya se habían casado. Lo normal. La vida estaba difícil, como siempre ha sido, no nos llegaba el jornal para nada, mis dos hermanos aún eran pequeños y trabajaban cobrando muy poco. Rafael tenía grandes proyectos, me llenaba la cabeza de ellos. Decía que algún día se iría a trabajar a Francia, montaría su propio negocio, siempre estaba hablando de Francia por entonces. A mí no me parecía mal, un hombre debe tener ambiciones, me decía. Estaba muy engañada, como tantas otras chicas que nos casamos sin saber lo que nos espera.

-      Os escapasteis a Marsella por fin.

Entonces creía que podríamos con todo, los dos trabajando duramente, claro, como siempre habíamos hecho, pero ganaríamos dos buenos jornales, tendríamos hijos, mi padre se ablandaría cuando nos viese transformados en una familia.

-      Los planes no salieron –le ayudo. Su madre tuerce el gesto y parece mirar por la ventana de la cocina, donde estamos.

No tuvimos suerte. Rafael buscaba pero nada parecía gustarle. De uno decía que era un patrono que lo quería de esclavo, de otro afirmaba que no le pagaban suficiente, o que le trataban mal. Ya sabe que era carpintero, es el oficio que aprendió de niño. Nunca fue malo en su oficio, todo el mundo decía que era trabajador pero muy distraído, le gustaba más hablar y contar chistes y protestar de las condiciones de trabajo, que lijar la madera o clavar clavos. Ya entonces decía que el mundo estaba mal repartido, que a nosotros nos había correspondido la peor parte y que eso tendría que cambiar.

-      ¿Y su padre?

Mi Manuel es un buen hombre –sostiene enérgica la madre-. Trabajador y honrado como él solo pero muy rígido de costumbres, ya me entiende. A él ese chico nunca le gustó. Decía que era un cantamañanas, que se le iba toda la fuerza por la boca. Mucha risa, mucha broma pero un culo inquieto que nunca estaría a gusto en ninguna parte.

-      Parece que lo conoció bastante bien ¿no?

Mi Manuel no tiene las costumbres de otros hombres. Muchas veces le decían los compañeros que se fueran a la taberna, que jugaran al dominó, que se jugaran los cuartos, fíjese. Él nunca. Hasta que los amigos se aburrieron y ya no le decían nada. Vio a algunos de ellos arruinarse, perder la paga de toda una semana en una tarde de dominó. Gente que luego volvía borracha a casa, que pegaba a sus mujeres para que se callaran y no les reprocharan nada. Pero mi Manuel nunca. Se iba con ellos a tomar un vino, dos como mucho. Luego, a casa con su mujer y sus hijos, como debe ser. ¿A usted no le parece que es como debe portarse un padre de familia?

-      ¿Por eso no le gustaba Rafael?

A mí me decía: Julia, ese chico es una desgracia. Hará cualquier tontería porque tiene pájaros en la cabeza. Fíjese si acertó. La niña me escribía con frecuencia, yo hablaba con él. Debo reconocer que trataba de que las cosas se suavizaran, el mal ya estaba hecho, de nada servía esa postura. Le decía: Manuel, lo tuyo es orgullo, nada más que orgullo. Me contestaba: No voy a aceptar a ese hombre ni que me lo meta en casa. Ese hombre nos traerá la desgracia, Julia. Eso me decía y ¡cuánta razón tuvo!

-      ¿Cómo fue vuestra vida en Francia?

Nos fue mal. Yo no encontraba nada, casi no entendía cuando hablaban, me encontraba fuera de casa, tenía 19 años, me sentía como perdida. Rafael volvía a la habitación que habíamos alquilado y me encontraba entre lágrimas. Le decía que teníamos que volver, que aquello no era vida pero él seguía diciendo que tendríamos que encontrar un buen trabajo, que ahorraríamos y podríamos montar nuestro propio negocio. Mientras tanto no nos llegaba ni para comer. Además, luego pasó lo que pasó.

-      ¿Qué pasó, Rosa?

Hija, si no quieres hablar de aquello, no hables.

No me importa, mamá, ya no me importa nada. El caso es que esperamos un hijo. Yo pensaba que, a pesar de vivir en tan malas condiciones, eso haría que mi padre nos aceptara, hubiera sido su primer nieto. Pero se malogró. Una noche empecé a sangrar y aquello no se detuvo. Casi me muero aquella noche. Yo creo que ahí se me rompió la vida.

-      ¿Fue entonces cuando volvisteis?

Yo era incapaz de nada. Me puse triste, estaba todo el día encerrada en la habitación. Los dueños de la casa se preocuparon, hablaron con Rafael y le dijeron que nos teníamos que ir. Decían que yo ponía tristes a todos, que me escuchaban llorando detrás de los tabiques, que no lo aguantaban. No tuvieron caridad con nosotros, nos dieron una semana o dos.

-      ¿Qué hicisteis entonces?

Los dos escribimos a la familia. Rafael no quería nada con mi padre, era muy orgulloso para pedirle un favor pero yo sí escribí contándoles la verdad de lo que estaba pasando, nuestro fracaso allí, lo del niño. Mi padre no quiso saber nada y por eso aceptamos la oferta de la abuela de Rafael.

-      ¿Qué tal te llevaste con ella?

Era una buena mujer. Hablaba poco, no era cariñosa, ya sabe, nunca daba un beso o un abrazo a nadie pero nos aceptó en casa. Yo pensaba que tendríamos una nueva oportunidad. Además, vivíamos cerca de esta casa y empecé a venir yo sola de vez en cuando. Mi padre primero no quería coincidir conmigo pero una tarde me lo encontré aquí mismo, en la cocina, y aunque dijo muy poco me di cuenta que me compadecía y no me hacía muchos reproches. Pensé que las cosas podrían mejorar.

-      Pero no mejoraron.

No, nunca pasó. Al principio íbamos bien. Rafael encontró trabajo en un taller, yo volví a colocarme en mi antiguo oficio. Se me daba bien. Recobré un poco la alegría, las ganas de vivir. Las amigas que lo supieron me decían que tenía que casarme, tener hijos, que las desgracias no tenían por qué repetirse. Lo cierto es que yo no me quedaba embarazada como quería. Pensaba que un hijo lo arreglaría todo, con mis padres, con Rafael que se fue volviendo cada vez más esquivo.

La llevé a un médico que conocíamos –interrumpe la madre-. Le dijo que le habían hecho una carnicería en Marsella. La mujer que la atendió no era comadrona siquiera, no tenía ni idea. El caso es que no puede tener hijos.

Nos detenemos porque Rosa ha empezado a llorar. Trata de contener el pesar pero es incapaz. Yo miro por la ventana mientras su madre le dice algo sin mucho entusiasmo. Debe ser una escena mil veces repetida. Por la ventana veo el patio donde hay ropa tendida, una mujer se asoma y le grita a un niño que juega con otros más abajo. Éste protesta de tener que subir. Ella amenaza. Las escenas de costumbre. Otra vecina se asoma para tender su ropa y entabla una conversación con la primera. Hablan de lo que le ha pasado a un vecino, que se ha caído por la escalera del segundo piso. Cuando vuelvo a mirar la madre nos ha puesto unas tazas de algo parecido al café (debe ser achicoria, me digo) que tomaré haciendo de tripas corazón porque está muy amargo (no tienen azúcar a la vista y no me atrevo a pedirlo).

-      ¿Estás mejor? –pregunto.

Sí, es un mal momento nada más.

-      ¿Las cosas con Rafael empezaron a ir mal? Dicen que te pegaba –veo a la madre que refrena la lengua por no decir una barbaridad.

Yo estaba triste todo el día. Iba a trabajar, luego ayudaba en casa a su abuela. Ella no hablaba mucho. Era muy trabajadora pero yo no me atrevía a contarle mis penas ¿sabe usted? En la vida, decía la mujer cuando se decidía a hablar, todo es trabajo y trabajo, penar y sufrir y luego morirnos. Y mientras no lo hacemos, hay que aguantar lo que Dios nos echa sobre la espalda. Eso es lo que decía y claro, yo me callaba la tristeza que tenía. Su vida tampoco había sido fácil porque enviudó pronto y tenía que vivir con lo que le ayudaban los hijos y lo poco que conseguía ella. Yo prefería venirme aquí a casa pero tampoco quería decir nada porque suponía que mis padres me dirían que lo tenía bien empleado.

Rafael empezó a venir cada vez más tarde –continúa con un hilo de voz-. Me pegaba si yo le decía algo y si no decía nada, a veces también. En fin, siempre lo había hecho pero era una palabra fuerte, un bofetón, ya sabe, lo normal. En ocasiones eso me ponía furiosa, aún tenía algún genio entonces. Veía que se gastaba el poco dinero que ganábamos con una alegría… Si un amigo necesitaba algo, ya le estaba dando unas pesetas; para Solidaridad obrera, otras pesetas. Claro, yo no podía decirle que por qué no ayudaba mejor a su familia en vez de a los camaradas, que los camaradas no movieron un dedo por nosotros cuando pasamos tantas necesidades. De manera que me pegaba.

-      ¿No era por celos como me han dicho?

Eso fue una vez nada más. Cuando me dijo la Hortensia, una amiga mía, que lo habían visto pasear con la hija de uno que tenía un puesto en el mercado. Se lo dije y se puso hecho una furia. Eso ya fue en casa de Ramón, su tío. Cuando murió su abuela y fuimos a vivir con él porque no teníamos dónde caernos muertos, Rafael ya no se contuvo en nada. A su abuela aún la respetaba y no me pegaba mucho pero cuando la pobre falleció se ve que ya no tuvo reparos.

-      ¿Era un borracho?

Bebía pero no, no era un borracho. A veces se ponía a discutir con su tío sobre el capitalismo y los burgueses. Tú lo que tienes que hacer es trabajar más y no cambiar de taller cada dos por tres, le dijo el tío que lo conocía bien. Pero él se exaltaba, alzaba la voz y decía que algún día la clase obrera se haría con el control de la producción, que los talleres serían suyos y la vida sería distinta. Eres un soñador, le decía Ramón, un soñador sin fundamento, tienes la cabeza a pájaros. Al parecer, en la familia todo el mundo lo consideraba así. Él se enfadaba pero no se atrevía a meterse con su tío porque en el fondo lo respetaba y además dependíamos de su caridad para estar en su casa. Al final, quien lo pagaba era yo, terminábamos a golpes casi cada noche.

-      ¿Tú también le pegabas?

A veces, no le digo que no. Yo estaba desesperada. Le decía que aquella no era la vida que me había prometido cuando huimos juntos, que era un falso. Cuando encima me enteré de lo del putón aquel que le acompañaba recuerdo que le di con una sartén y él no hacía más que reírse de mí. Me provocaba. Decía que era más guapa que yo y más alegre. Yo le reprochaba la vida que me estaba dando. Al final se enfadaba y terminaba pegándome, como casi siempre. Hubo días que casi no me podía levantar, toda llena de moratones.

-      ¿Cuánto tiempo siguieron así? Creo que usted se iba a casa de sus padres de vez en cuando.

Primero cuando él empezó a marcharse a Francia, decía que a trabajar. A mí me sabía mal quedarme en casa de su tío, que siempre tenía un plato de sopa para nosotros, aunque casi no aportábamos nada. De manera que me marchaba a casa de mis padres un mes o dos, lo que tardaba él en volver. Recuerdo lo que sucedió, espere a ver, creo que fue en octubre de 1912. Había ido a Bézieres con un amigo de los suyos, otro anarquista llamado Pascual Torradellas. Entonces frecuentaba ese tipo de amistades, incluso pasaba por ser uno de los más exaltados. El caso es que allí los detuvieron, los tuvieron un mes en la cárcel por no pagar una comida que pidieron. En su disculpa dijeron, según nos contó entre risas al volver, que llevaban dos días sin comer caliente. Total, que los ficharon y expulsaron en noviembre como vagabundos sospechosos. No se cansaban de contar sus ideas a todo el mundo, que llegaría el día en que los obreros tuvieran el poder, que las empresas serían suyas, todo eso que dicen ahora los del Sindicato.

Tonterías –tercia su madre-. Tienen todos esas ideas ahora y se dedican a pegar tiros, como Rafael. Al menos, a la mayoría de ellos no los detienen, como a él, que siempre fue un tonto y un loco.

-      Así que tampoco triunfó en Francia. ¿Por qué se iba? En el juicio dijeron que esas fugas eran por su epilepsia, que necesitaba escapar de vez en cuando.

Eso fue algo que se inventaron entre el abogado y aquellos médicos. Rafael siempre había tenido la monomanía de encontrar un trabajo que le reportara mucho dinero, montar su propio negocio gracias a algún golpe de fortuna. Siempre estaba lleno de sueños, de cosas que haría y no haría cuando tuviera mucho dinero. Mucha gente marchaba entonces a Francia, como ahora que también se hace. No se iba por la epilepsia que además, tenía muy pocos ataques y eran leves, ni echaba espuma por la boca ni se mordía la lengua como otros. Lo que quería era triunfar, decía, demostrar a todo el mundo que él no era un fracasado, un inútil. Que algún día haría algo grande por lo que sería recordado, eso decía.

Pues eso sí lo consiguió –tuerce el gesto la madre-, pero no para bien.

Cuando volvía de uno de sus viajes lo hacía más desanimado que antes. No veía la manera de cambiar las cosas. Yo menos. Me contentaba con trabajar en la fábrica, volver a casa, arreglar la ropa de mi marido, ayudar a la tía de Rafael y esperar que volviera de la taberna. Empezó a ir cada noche. Creo que jugaba porque sin decir una palabra, yo veía desaparecer los pocos muebles que teníamos. Los vendía para pagar deudas o yo qué sé. A mí no me daba explicaciones y si alguna vez preguntaba se ponía furioso y terminaba por pegarme. Así que un día, con lo puesto, casi sin ropa porque hasta me vendía la ropa, me harté y me fui a vivir con mis padres para siempre. Eso fue unos meses antes de que marchara a Madrid para hacer lo que hizo.

-      ¿Él intentó arreglar las cosas?

Se presentó en casa. Ya había pasado antes y pensaba que era una de mis rabietas nada más. Pero yo le dije que esta vez no pasaba, que estaba harta. Mi padre se puso delante, le echó de la casa, forcejearon, se amenazaron pero él no se atrevió a pegarle, aún lo respetaba. De manera que cogió la puerta y se fue a Madrid.

-      Desde allí le escribió cartas.

Alguna, sí, tonterías.

-      Luego se usaron en el juicio. Sobre todo aquella que decía… espere que la tengo aquí copiada. Se la leo:

 

“Mi compañera Rosa: Ésta es la última carta que te escribo, ya no volverás a hablar más conmigo. Tú eres la autora moral de mi hecho. Si me hubieras mandado lo pedido, yo no habría hecho el atentado por el cual, y después de eso, me afusilarán. Y siempre serás la mujer de un regicida. Cuando recibas ésta, se habrá verificado el regicidio. Salud y anarquía”

 

-      ¿Qué quería decir con esto de “mandar lo pedido”?

Eso fue de una carta anterior. Quería que le enviara dinero para irse a Chile a trabajar. Eso decía.

¡Malnacido! –exclama la madre.

Ni tenía dinero propio ni mis padres me hubieran dejado mandárselo, de haberlo tenido. Era una forma fácil de echarme la culpa de todo lo que pasó, es lo que hacía siempre antes de molerme a palos. Decía que yo le había amargado la vida, que le había dejado sin oportunidades, que le impedía hacer las cosas que estaba destinado a hacer.

       Luego vuelve a llorar. No es un llanto estrepitoso, no da grito alguno y casi le da vergüenza hacerlo en mi presencia, que a fin de cuentas soy un extraño. Pero parece que con mis preguntas he abierto una puerta que estaba cerrada desde mucho tiempo atrás.

-      ¿Qué ha hecho Rosa desde entonces? –me dirijo a la madre mientras ella se recupera.

¿Qué va a hacer? –se encoge de hombros- ¿Qué hacemos todos? Trabajar duro cuando podemos, cuando nos dejan los alborotos, las huelgas, los cierres patronales, los militares por la calle, todo eso, ya sabe. ¿Qué vamos a hacer sino sufrir la vida que a cada uno Dios le ha dado?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco Gómez

 

-      Le voy a leer un editorial que salió por aquellos días –me hace un gesto de asentimiento.

 

“Hasta El Imparcial, salvando el obstáculo de sus prejuicios liberales, liberalísimos, confiesa y reconoce que «la teoría de los criminales solitarios» es absurda, y afirma que «en torno de cada criminal hay que buscar el ambiente»... y en el delincuente político la pasión que lo impele es política también, es el fruto de una preparación, de un ambiente, de una zona social donde está el deber del gobernante. Los atentados -continúa diciendo—se incuban por un caldeamiento de ciertos espíritus que, más propensos a la infamia del crimen o más accesibles a la sugestión, ponen por obra las inspiraciones latentes en una atmósfera espiritual torcida y exaltada”

 

Eso es un diario conservador ¿no? Como la mayoría en este país. Liberales o conservadores, albistas, mauristas ¿qué más da? Todos se parecen.

-      El Siglo Futuro, al día siguiente del atentado.

Claro –ríe con ganas-, un diario católico además. Usted es que me quiere provocar.

-      Bueno –sonrío yo también-, dudaba en contárselo pero quería que me hablara de la teoría esa de los “criminales solitarios”, la posibilidad que entonces se barajó de un complot…

Ese editorial trata de otra cosa, creo yo. Echa la culpa del atentado al ambiente político, a la exacerbación de ciertas ideas disolventes de la sociedad… ¿ve cómo me sé todos sus argumentos? Puedo hasta hablar como ellos. Me lo decía mi mentor en el anarquismo: conoce a tu enemigo más que a tus amigos. Y tenía toda la razón. Lo que se buscaba entonces y se ha buscado siempre es la represión de las aspiraciones obreras, que nos peleemos por cosas pequeñas, el jornal, las horas de trabajo. No le digo que eso no sea importante para vivir pero no debe ser el objetivo final de nuestro movimiento, lo nuestro no es una aspiración de una clase social, como piensan los compañeros equivocados del socialismo o el comunismo. Lo nuestro es una sociedad sin clases, sin amos, sin peleas por el salario o la propiedad. Eso que me ha leído usted es simplemente un opúsculo de los que entonces aparecían en todos los diarios. Si la culpa es del ambiente, carguemos contra todos los que estropean ese ambiente, nuestro ambiente de burgueses protectores de los beneficios empresariales, de los ricos y de los que tienen el control de la sociedad. Basura burguesa.

-      Pero ¿en cuanto a la conspiración? Se habló mucho por entonces de esa posibilidad. Es cierto que no se encontraron pistas fiables, sólo hubo rumores. De hecho, usted estaba dentro de ese posible complot…

Claro, por eso terminé en el calabozo pero no pudieron retenerme allí, aunque quisieran. Los mismos diarios como el que me ha leído tuvieron que reconocer que Rafael estaba loco por lo que hizo, que todo denotaba improvisación, fantasía. Ya lo dijo mi amigo Antonio Lozano, que lo conoció tan bien como yo…

-      Sí, aquí tengo sus declaraciones, también. Espere que las encuentre y refrescamos la memoria.

 

“No creo que Sancho Alegre tenga cómplices. Su atentado ha sido el producto de un cerebro perturbado por lecturas doctrinarias o por disgustos familiares. Además, Sancho era un suicida y lo demuestra el hecho de llevar a la práctica el regicidio precisamente cuando la vigilancia de la policía era extremada, y el rumor público acusaba la posibilidad del atentado.

Sobre todo, es idiota realizar una agresión de esa naturaleza con un revólver de juguete.

Lo único que tengo que agregar es que, si el hecho llevado a cabo por Sancho Alegre estuviera fraguado en un complot, el autor de él hubiera tenido buen cuidado de realizarlo en otra forma y con una preparación suficiente. El atentado, pues, de Sancho es el atentado de un solitario”.

 

       Claro, tenía toda la razón, ya lo hablamos entre nosotros. Fíjese lo que ha sucedido con Dato hace unos meses. También me han interrogado sobre eso, han buscado conexiones con todos los que profesamos el anarquismo en Madrid. El mismo Mauro, que estuvo preso por acoger a Sancho Alegre, ahora está otra vez en el calabozo por posible complicidad con Mateu y los demás compañeros. Todo porque es un hombre generoso y solidario, como debe ser un buen anarquista, como lo fui yo mismo. Pero en lo de Dato se ha buscado la oportunidad, cuando marchaba en un coche sin casi escolta, se buscaron los medios, se actuó en grupo desde la moto, varios pistoleros para asegurar el objetivo. De eso es lógico que busquen el complot que hay detrás, pero ¿de Sancho Alegre? Un compañero equivocado, un loco, un suicida, ya vio la carta que dirigió a su mujer pensando que le iban a matar allí mismo o al día siguiente.

-      Retrocedamos un poco. ¿Cómo lo conoció?

No sé cuándo sería, como un mes antes de aquel atentado, quizá algo más. Yo estaba en la plaza del Progreso, pasaba por allí y escuché la música de acordeón que tocaba un ciego. Se había reunido un corro de personas y me uní a ellas. Ya se me ha olvidado pero supongo que tocaba bien el condenado viejo. Iba en busca de mi amigo Lozano precisamente, nos solíamos tomar unos vinos cuando salía de su taller de marmolista.

El caso es que allí, ya sabe, se comenta, se habla. Se me puso al lado un tipo. Parecía abrumado, como pasando serios apuros. Le pregunté cómo le iban las cosas. Pensé que era catalán aunque tenía poco acento. Supuse que pasaba algunos apuros y así era. Me dijo que había venido de Cataluña en el barco hasta Valencia y que allí cogió el tren para Madrid. Como el dinero que llevaba no le daba más que para el billete a Chinchilla lo compró y, al llegar a su destino, se escondió en la garita del guardafreno y pudo ir hasta Madrid sin pagar el resto del billete.

       “Ahora estoy sin nada” me comentó. No crea que estaba mendigando. Eso me gustó. Le pregunté por qué se había ido de Barcelona y me contestó que allí había mucha agitación, huelgas, problemas, con sus ideas los patronos no querían saber mucho de él. En resumen, llevaba veinte días sin encontrar trabajo, vendiendo los pocos muebles que tenía, sin saber qué hacer. Además, se había separado de su mujer, que no aguantaba aquella pobreza. Un desastre. Lo de las ideas trajo más charla. Vi que era anarquista como yo, un compañero en apuros y si entre nosotros no nos ayudamos, nadie va a hacerlo.

       De manera que lo llevé con Lozano y nos fuimos los tres a una taberna, lo invitamos a comer, se le veía con hambre. En el poco tiempo que llevaba en la capital ya había pasado dos veces por la Dirección de Seguridad y estaba pensando volver a Barcelona. Nos contó sus andanzas mientras comíamos, toda una aventura la suya donde todo le salía mal. La primera noche tras su llegada, sin un céntimo en el bolsillo, se metió en una taberna y comió para decirle al dueño luego que no tenía con qué pagarle, que tenía hambre y que se apiadara de él. El dueño del local fue una buena persona y, aunque le advirtió que no volviera a pisar la taberna, le perdonó la deuda. Claro, Rafael pensó al día siguiente que el truco le volvería a funcionar y entró en una nueva, pero el dueño no tenía el mismo carácter y, por una deuda de 60 céntimos, lo llevó ante la policía por primera vez.

       Dijo llamarse Rafael Sánchez, para no dar su nombre verdadero –continúa-. Le hicieron advertencias, le advirtieron que estaba pendiente de nuevas resoluciones pero le dejaron libre por la escasa cuantía de la deuda. Desanimado, quiso volverse a Barcelona y para ello fue hasta la estación de Mediodía. Conocedor del truco, se volvió a esconder en la garita del guardafrenos pero los ferroviarios madrileños anduvieron más avispados. Lo encontraron y lo llevaron de nuevo a la Dirección de Seguridad, donde lo ficharon por vagabundo y anarquista. Allí le sugirieron que buscara un billete gratuito para Barcelona pero, ya sabe, con permiso de un cura y todo eso. De manera que empezó a vagar por Madrid sin saber qué hacer cuando pasó por la plaza del Progreso, donde lo encontré.

       Ahora yo le digo lo siguiente –me mira con fijeza-. Si el mismo atentado fue ridículo, mal hecho, mal elegido el momento, el arma y la oportunidad. Si sucedió todo eso ¿qué clase de complot puede haber para dejar que el principal ejecutor del regicidio deambule por Madrid pasando necesidades, atrapado por la policía como vagabundo? ¿Usted cree que alguna sección catalana va a enviar un hombre de acción en esas condiciones? Hasta los diarios más conservadores como el que me ha leído hace rato tenía que inclinarse ante lo evidente: Nadie organizó ese atentado, fue la obra de un perturbado, un anarquista loco que quiso matar a un rey y pasar a la historia, simplemente. Terminar su vida con una traca. Y hasta le pudo salir bien, fíjese lo que le digo. Hubiera sido un milagro y ya sabe usted que yo no creo en milagros –sonríe irónico.

-      ¿Qué pasó entre su amigo Lozano, usted y él cuando se encontraron?

Nada de especial, lo que hacíamos por otros compañeros si podíamos. Lo llevamos donde Mauro, ya sabe, Mauro Bajatierra, el que ahora es un peligroso asesino –dice con sorna-, al que vuelven a tener preso y listo para el juicio que haya en su día por complicidad en lo de Eduardo Dato. Él sabía qué hacer, es un hombre informado, con muchos contactos. Ya lo era entonces pese a su juventud.

-      Hábleme un poco de él, lo encontramos en todos los casos de anarquismo en Madrid desde hace muchos años.

Y nunca lo condenan –ríe-. Es muy hábil. Por entonces tendría, déjeme pensar. Nació en 1885, debía tener entonces –cuenta con parsimonia- no llegaría a treinta años, pero era figura reconocida entre nosotros. Ejercía de panadero pero escribía mucho en revistas cercanas a nuestra ideología, sobre todo conocía a mucha gente. Si va usted a su casa en la calle Torrijos… Bueno, ahora no lo va a encontrar ya que está en chirona, pero su comedor es un espectáculo –ríe de nuevo, parece un hombre jovial-. Está todo lleno de retratos pero no de su familia sino de Pi y Margall, de Ferrer, hasta de Morral tiene un retrato. Llegó a Madrid a principios de siglo, con una familia de emigrantes como tantas. Pero él supo sobresalir, es un hombre inteligente pero no un hombre de acción, usted me comprende, no se dedica a darle armas a nadie, como afirma ahora la policía. Mauro defiende que el anarquismo es un movimiento pacífico, que busca la paz en el mundo, la ausencia de poder de un individuo sobre otro. Ahí discutimos. Yo le digo que a la violencia hay que responder a veces con otro tanto pero él a veces casi parece cristiano, predicando aquello de poner una mejilla y todo lo que dicen los curas. Por eso no lo pueden meter en el calabozo mucho tiempo y saldrá libre de la acusación que ahora cae sobre él, ya lo verá.

Pues cuando le llevamos a Sancho Alegre sabía lo que había que hacer. En primer lugar, a la Casa del Pueblo, para que se sindicara dentro de su ramo, la carpintería. Se ofreció a darle de comer hasta que encontrara trabajo pero puso la pega de que él faltaba de noche y no le parecía bien que Sancho se quedara en su casa a solas con su mujer. Por eso le pidió a Eusebio Martín, el secretario de la sociedad de peones, que lo albergara hasta encontrarle algo.

Así fue como dio Sancho sus primeros pasos en Madrid, encontrando en los anarquistas la solidaridad que no le prestaban las autoridades. Como ha pasado con Mateu, Casanellas y compañía, lo mismo. Eso no implica que se esté al tanto de los proyectos de ese grupo ni de nadie. Los compañeros estamos para ayudarnos en los momentos malos.

-      Y luego encontró trabajo y dónde vivir.

Mauro le consiguió ambas cosas. Así es él, va consiguiendo cosas, va ayudando. No se dedica a organizar conspiraciones ni violencias. Sabe que existen, claro, pero es un hombre inocente, no sé por qué lo tienen encerrado. A través de la Casa del Pueblo supo que había una plaza de lo suyo en un taller de carpintería de Santa Águeda. Cuando el dueño supo que venía sindicado por la Casa del Pueblo y recomendado por Mauro, le permitió trabajar allí. Además, habló con una tal Gabina, que tiene una casa en General Pardiñas y así pudo Sancho contar con una habitación donde alojarse. Así hemos hecho las cosas siempre entre compañeros. De lo que pasó después yo he sabido poco. La policía me llamó a declarar y fui. No hice como Lozano, que es más radical y se negó a acudir cuando lo llamaron –ríe nuevamente-. Le tuvieron que perseguir y llevarlo retenido para que declarara. Este Lozano siempre ha sido igual. Yo le digo que se modere, que no hay por qué desgastarse en luchas inútiles pero él es un cabezón. Será que todavía es joven y yo, como ve, peino bastantes canas ya. Sé que no veré la sociedad con la que sueño, una donde no haya patronos ni obreros, donde todos arrimemos el hombro. Ya lo dijo uno hace mucho tiempo: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad.

-      ¿Quién dijo eso?

Un judío –ahora sonríe abiertamente-. Quizá le suene su nombre: Carlos Marx.

-      No me diga que usted…

Hay compañeros que lo detestan pero ¿qué quiere que le diga? No soy tan radical y debo reconocer la buena intención que tuvo, lo que hizo por revelar la explotación del hombre por el hombre. Él pensaba que la meta era la dictadura del proletariado. Nosotros vamos más allá, a lo que tiene que haber después de eso, a una sociedad sin proletariado, sin dictaduras, sin clases. Donde reine la paz y la justicia para todos. ¿Qué es una utopía como nos dicen? Puede ser. Nosotros creemos que podemos llegar a realizarlo, tal vez no aquí y ahora, sin duda no lo verán mis ojos, pero yo sueño a veces ¿sabe usted? Tengo muchos años y he visto de todo: represión de la policía, palizas, muertes. Y mucho tendrá que haber todavía cuando caiga el rey, cuando se deshaga esta burguesía opresora y dominante. Pero algún día… Yo le digo que algún día…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gabina Pérez

 

       ¿Esto no será de la policía, verdad?

-      No, señora, no. La policía ya no tiene interés ninguno en usted, no se preocupe. Esto es cosa mía, estoy preparando el material de una novela sobre el atentado contra el rey.

Pues no creo que le interese a nadie. Donde esté una buena novela de amores de esos que hacen llorar… En fin, bastante llora una cada día pero eso al menos te distrae. ¿Y cómo le ha dado por escribir sobre algo así?

-      ¿Usted sabe quién era don Benito Pérez Galdós, verdad?

No lo voy a saber. Con lo que me gustó esa novela de “Fortunata y Jacinta”, que me la prestó una vecina, y daba pena Fortunata, siempre luchando como hacemos todas y sufriendo horrores por todo lo que le sucedía.

-      Verá, es que yo soy el hermano pequeño de Juan Verdes, el marido de su hija.

¡No me diga! ¿Y conoció a don Benito?

-      No lo voy a conocer. Estuve en su casa muchas veces, me animaba en mi propósito de ser escritor aunque yo era niño por entonces. Cuando lo traté estaba muy mayor y al final ya sabe que perdió la vista pero seguía con mucho ánimo, siempre hablando con actrices y amigos, interesado en el teatro y en todo lo que se hacía.

Entonces querrá escribir una de esas novelas nacionales que él escribía, me imagino.

-      Algo así. Por eso he venido a verla. No solo para saber de su huésped sino para que me cuente cosas de usted misma, de cómo vino a Madrid, cómo llegó a tener una casa de huéspedes…

La necesidad, joven, siempre es lo mismo. Verá, yo vine de Aragón hace mucho, cuando tenía veinte años o así. Nací en un pueblo muy pequeño y muy pobre allí, no había futuro para mí ni para mis hermanos. Ellos aún podían trabajar en el campo, aunque la mayoría se fueron. Yo me coloqué en Calatayud en casa de un matrimonio anciano. Me llevaba bien con la señora, que tenía buen carácter, pero vino a morirse dos años después de yo haber entrado y me quedé sola con el viudo. Ya sabe lo que pasa…

-      La verdad es que no. ¿Qué pasó?

Aquel hombre se portó bien conmigo, no puedo decir nada malo de él. Pero después de unos meses empezó a decirme que él no tenía hijos ni herederos, que no sabría qué sería de su casa y sus ahorros cuando muriera, que si esto y si lo otro. Vamos, me dijo que si le calentaba la cama me lo dejaría todo pero yo me negué, yo no era de ésas. Así que cogí el portante y me vine a Madrid, a casa de unas amigas en el barrio de la Guindalera. Me coloqué enseguida, aquí había trabajo entonces para todas y, modestia aparte, yo era trabajadora, callada y obediente. Además educada, que no todas podían decir lo mismo. Si yo le contara…

El caso es que conocí a mi Alfonso por la calle, como se hacía entonces. Los domingos iba a pasear con las amigas y siempre nos encontrábamos a alguno que nos invitaba a una horchata o un helado y charlábamos. Muchos matrimonios nacieron así. Pues conocí a Alfonso, trabajaba en un comercio, tenía sus pesetas, no me ocultó que había corrido la vida, era algo mayor que yo pero a mí me gustaba. Me hizo la corte un tiempo. Él quería que viviéramos juntos pero yo no quise, incluso tuvimos alguna pelotera cuando él se enfadó una vez y le vi con otra. Fue para darme celos ¿sabe usted? El caso es que terminó cediendo, dijo que nos casáramos y aunque su familia no quiso mucho conmigo terminamos por ir a vivir con su madre.

Aguanté como pude las malas caras, el trato algo desabrido de uno de sus hermanos, pero todos terminaron por irse y mi suegra por morirse. Al final nos quedamos con la casa de General Pardiñas donde estamos, un buen piso, amplio, con muchas habitaciones. Al cabo de algunos años las cosas se fueron atravesando. Mi Alfonso enfermó de los pulmones, estaba siempre tosiendo, escupiendo sangre en ocasiones. En el comercio se asustaron y le echaron de allí. Tuvimos que alquilar habitaciones a estudiantes, funcionarios solteros, gente de paso. Mi marido hacía cada vez menos, casi todo lo hacía yo, él estaba muy enfermo, había días que no salía de la cama –entonces me enseña un retrato que tiene sobre la cómoda. Un hombre de sonrisa irónica, con un recio mostacho.

       Éste era Alfonso al poco de casarnos, qué guapo mozo, qué buena pareja hacíamos. Ya ve usted. Al final solo hacía que leer novelitas que le traía del mercado y preguntar por Pablo Iglesias. Porque era socialista ¿sabe? Cerril como él solo cuando se le metían las ideas en la cabeza o alguien hablaba bien del gobierno en la mesa. A veces le tuve que decir que se moderara porque algunos clientes se levantaban soliviantados, eran funcionarios, trabajaban para cualquier oficina y tenían que estar a bien con el gobierno de turno. No era cuestión de asustarlos.

-      ¿De qué conocía a Mauro Bajatierra? Porque fue él quien le trajo a Rafael Sancho ¿no?

Sí, claro, eso fue mucho después. Mi marido ya había muerto y me quedé con cinco hijos que no es fácil criar a tantos. Crecieron como pudieron, ayudaban en la casa lo que su padre no podía, se pusieron a trabajar desde pequeños, uno vendiendo periódicos, otro entró en un comercio, otro se hizo soldado y me lo mataron en África. Las dos niñas se casaron. El caso es que yo tenía que asegurarme clientes y don Mauro me traía a más de uno. Alguno parecía una oveja descarriada, como ese Sancho Alegre, pero don Mauro les conseguía una colocación, los enderezaba y terminaban por pagarme, veintidós pesetas cobraba yo por entonces. Sólo la habitación, que el señor Sancho no venía a comer porque lo hacía con un amigo, me decía.

-      ¿Venían amigos a verle?

No muchos, no crea usted. Todos obreros, eso sí. A mí no me importaba quiénes fueran siempre que no molestaran a nadie ni tuvieran costumbres extrañas. En la mesa yo vi que siempre estaba defendiendo a los obreros y criticando al gobierno, como mi difunto marido. Por las cosas que decía cuando salían a relucir los desórdenes de Barcelona parecía que había estado en medio de todos los jaleos. Yo no sé si es que quería darse importancia con los demás pero hablaba a veces como si estuviera organizando una revolución él solo. Como a mi marido, le tenía que contener  porque algunos estaban molestos. Una cosa es que tenga sus ideas, me decían, y otra que nos quiera adoctrinar a todos. No le dé importancia, le decía al que protestaba, si vino como un muerto de hambre, si es muy trabajador. Sólo que tiene esas ideas que tienen tantos ahora. Yo le diré que no hable tanto de eso. Y se lo decía. Pero él me contestaba que no era socialista, como yo pensé al principio, sino anarquista. ¿Los de los tiros? Le pregunté yo, alarmada. No, me decía, nosotros queremos una sociedad más justa y mejor, donde todos seamos felices trabajando y aportando para los más necesitados.

En fin –continúa-, yo veía que era un iluso pero no me parecía peligroso. Me recordaba un poco a mi Alfonso, no lo podía remediar. De todos modos, en cierta ocasión me empezó a preocupar ver a una pareja de hombres apostados cerca del portal. Estaban allí todo el santo día sin hacer otra cosa que fumar o hacer que leían el periódico. Un día me armé de valor y les pregunté qué hacían allí. Me dijeron que eran policías y me asusté. Añadieron que estaban vigilando a Sancho Alegre porque andaba fichado como vagabundo y anarquista. Les dije que anarquista sí era pero vagabundo ya no, porque tenía un trabajo en una carpintería. De todos modos, yo no quería líos. Me ofrecí a echarlo si lo consideraban peligroso. Me dijeron: No, señora, no. No le eche porque así sabemos dónde está y le tendremos mejor vigilado.

-      ¿Le dijo algo a su huésped?

¡Ay, no me atreví! ¿Usted cree que tendría que haberle dicho que lo vigilaban? A lo mejor, si se lo hubiera dicho se habría ido o no se hubiera atrevido a disparar contra el rey. El caso es que pensé que ya se habría dado cuenta él mismo como me había dado cuenta yo, de modo que me limité a decirle que tuviera cuidado con lo que decía en la mesa a los otros, que alguno podía ir con el cuento a la policía y meterle a él y a todos en un lío. Me acuerdo que me dijo: “Estése tranquila, doña Gabina, que yo soy perro ladrador pero poco mordedor. No tendrá ningún problema conmigo, ya lo verá. Una vez me ficharon en Francia por no pagar una comida, porque entonces no tenía dinero para ello, pero nada más. Siempre he sido un trabajador honrado y cumplidor”.

-      ¿Le creyó?

Entonces sí, le creí a pies juntillas. ¿Cómo iba a imaginar que pasaría lo que luego pasó? ¿No es verdad que yo no tuve la culpa de nada?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salvador Lerols

 

       En cuanto lo vi sentí cierta desconfianza. Y no era porque fuera mal encarado o tuviera un trato desconsiderado, no, era otra cosa. Dijo que lo enviaban de la Casa del Pueblo, que estaba inscrito allí. Dos días después fui a comprobarlo y me dijeron que sí, que lo había llevado gente de los sindicatos, que todo estaba en orden. De manera que tuve que admitirlo en mi taller, el de la calle Santa Águeda número 10.

-      Me ha sorprendido no encontrarle allí. De hecho, no he encontrado la carpintería, me dijeron que había cerrado el negocio.

Ya le diré por qué. Usted me ha dicho que le cuente de cómo fue que lo contraté, qué impresión tenía de él, así que empezaré desde el principio. El taller lo teníamos a nombre del Sr. Chinchilla y mío. Él puso más dinero que yo, fue inspector de vigilancia casi veinte años hasta que se retiró. En vez de dejar el dinero en la Caja de Ahorros, me dijo, lo quiero poner en movimiento, que produzca. Era yo el que me había dirigido a él. Tenía algunos ahorros de una herencia de mi madre, de cuando se vendió la finca del pueblo y la repartí con mi hermana. En fin, no le aburro con detalles. El caso es que puse una cantidad y el Sr. Chinchilla puso el resto y montamos el taller sería… como cinco años antes de que viniera Sancho Alegre a trabajar.

       Las cosas nos fueron bien hasta cierto punto –continúa-, todo lo que puede ir bien un negocio en una ciudad que vive entre huelgas. El taller siempre fue pequeño, tuvo pocos trabajadores y nos conocíamos lo suficiente para saber hasta dónde podía llegar cada uno. Los obreros venían de vez en cuando a decirme: Sr. Lerols, que el sindicato nos obliga a faltar. Nosotros no queremos, necesitamos el salario, tenemos una familia que mantener, pero el sindicato… Yo lo comprendía ¿no lo voy a comprender? De joven he trabajado en el campo de sol a sol, me he deslomado para sacar la cosecha adelante. Me vine a Madrid con mis padres, aprendí el oficio. He estado toda mi vida trabajando, siempre lo mismo, para terminar donde me ve, apenas ganándome para llevarme un plato caliente a la boca cada día –menea la cabeza y queda un rato en suspenso, mientras atiende a unos chiquillos que han venido por caramelos y me miran con curiosidad.

       ¿Qué le iba diciendo? ¡Ah, ya! De cuando vino a trabajar aquel muchacho. Debo reconocerle que sabía su trabajo. Le tuve una semana a prueba y vi que era verdad que había trabajado la madera antes. En ese sentido me tranquilicé pero seguía sin tenerlas todas conmigo, no sé por qué. Será que había tenido muchos obreros y los reconozco desde que los veo. Sancho Alegre no era de fiar. Resultaba dicharachero, no paraba de hablar con los compañeros, gastar bromas, tratar de hacerse el simpático conmigo. Pero de repente venía con la cara crispada y se ponía a hacer su tarea sin abrir la boca durante horas. A mí la gente tan variable me da mala espina ¿qué quiere que le diga? Cada uno tenemos nuestros problemas, comprendo que no todos los días podemos estar del mismo humor pero aquello era demasiado brusco, algo pasaba con aquel muchacho que no estaba claro.

       Luego empezaron a venir amigos, decía él. Yo no estaba con una escopeta detrás de la puerta, comprenda usted. Siempre traté bien a mis trabajadores, les echaba una mano si tenían algún problema, no les prohibía que vinieran a verlos alguna amistad, un vecino que fuera a darle un recado, ya sabe. A mí mismo me venían algunos del barrio, había que estar a bien con todos, a fin de cuentas de eso comíamos ¿no? De encargos que nos hacían, gente que conoce a alguien que necesita tal cosa e iban a ver al Sr. Lerols al taller. Todo eso lo comprendo pero lo de aquel Sancho Alegre resultaba excesivo. Me di cuenta que el trasiego de personas molestaba incluso a sus compañeros, alguno llevaba conmigo desde que empezamos y se quejaba con medias palabras. No querían hablar mal de un compañero, claro, y además ese Rafael era simpático cuando quería, se iba a tomar unos vinos a la salida del trabajo en ocasiones, le veían bien pero les molestaba que llegara gente a interrumpir. Y no se crea que intercambiaban unas frases y se acabó, alguno se lo llevaba fuera a fumarse un cigarrillo. Hubo incluso ocasiones en que marcharon del taller sin dar explicaciones y el trabajo se quedó sin hacer hasta el día siguiente.

       En cierta ocasión se lo dije –continúa-. Fue cuando empezó a faltar uno o dos días, sin dar más explicaciones ni avisarnos. Cuando se lo reprochaba me decía que había venido una tía desde su pueblo sin avisar, que un amigo tuvo un problema y hubo de ayudarlo, cosas así. Yo le decía: Sancho, así no se hace el trabajo, tendré que quitarte del jornal los días que no trabajes. Él alzaba los hombros, torcía la cabeza mirando a sus compañeros, que nos miraban, y respondía: Lo que usted diga, Sr. Lerols. Respetuoso era, eso también se lo reconozco. Tuve algunos que se insolentaban, gente de mal vivir incluso que terminé por despachar. Ya se veía desde el principio que durarían poco. Sancho Alegre no, era respetuoso pero como que no te escuchaba, como si estuviera a otra cosa, los tejemanejes que se traía con esos amigos que venían a verle. Parecía no importarle seguir o no seguir en ese trabajo.

       Por allí pasaba a menudo el agente Muslares. Yo ya le había dicho al Sr. Chinchilla que sospechaba que ese Sancho se traía algo entre manos, siempre hablando con otros obreros que iban y venían, como si no tuvieran trabajo. Claro, como había sido inspector tantos años Chinchilla me recomendó que hablara con Muslares, que éste indagara a ver si tenía antecedentes en la Dirección de Seguridad. De manera que se lo dije un día que pasaba por la zona. Me contestó que ya me diría, en cuanto averiguara algo. El caso es que pasaron los días y no me decía nada así que volví a preguntar si había podido hacer esa averiguación. Pareció sorprendido y luego, como si hubiera olvidado el tema, me dijo que estuviera tranquilo, que había preguntado a sus superiores y no constaba ningún antecedente sobre Rafael Sancho, que estaba limpio.

-      Y era mentira.

Eso lo supe mucho después, cuando el agente tuvo que declarar en el juicio. Me cogió inquina desde entonces pero yo ¿qué le iba a hacer? No iba a pasar como el que acogiese a un anarquista que había disparado contra el rey nada menos. El juez, al principio, me miraba mal, como me miraron desde entonces todos los vecinos, dijera yo lo que dijese. El señor juez pretendía que mi taller era lugar de acogida de terroristas, que quizá yo mismo lo era. Y yo siempre fui hombre de orden ¿sabe usted? –añade con énfasis, dolido-. Yo he trabajado toda mi vida, he sido un carpintero que conocía su oficio y gustaba de trabajar nada más, no meterse en líos de huelgas y cierres. Así que eso le dije al señor juez, que era un hombre honrado, que yo no acogía a anarquistas. De hecho un día se lo pregunté a Sancho a bocajarro, si lo era. Me contestó que no y se quedó tan tranquilo. Pero me daba la espina que no era trigo limpio. Por eso le pregunté al agente Muslares y así se lo dije al juez. Se quedó sorprendido, me pareció, y mandó llamar al agente. Éste no se atrevió a mentir, tuvo que reconocer que yo le había preguntado por los antecedentes de aquel muchacho. Se me olvidó, dijo, y cuando Lerols me vino a preguntar otro día me dio apuro decirle que se me había olvidado así que le contesté que estuviera tranquilo. Sé que le vino una sanción por eso, nada importante. Dejó de patrullar por la calle Santa Águeda pero a mí no me importó. Fue uno de los motivos de mi ruina, a fin de cuentas. Si yo hubiera sabido que aquel Sancho era anarquista y fichado como vagabundo, estafador e indeseable ¿de qué lo iba a tener trabajando en un taller honrado como el mío? Y si lo hubiera despedido otro gallo me cantara ahora y no estaría en este quiosco vendiendo para niños y ancianos, malviviendo. Estaría ejerciendo mi oficio, lo que me he ganado con trabajo y honestidad toda mi vida.

-      ¿Cómo supo lo del atentado?

Los tres últimos días no había venido a trabajar. Ya le digo que había empezado a hacerlo con alguna frecuencia, pese a mis reconvenciones. Así no vas a ningún lado, Sancho, le decía yo. En la vida hay que cumplir, no puedes dejar a los compañeros pendientes de si vienes o no, tratando de suplirte. Si te he contratado es para que cumplas. Me decía sí, señor Lerols, tiene usted razón, pero es que me surgió esto, me llegó lo otro… Siempre tenía una excusa a punto. Recuerdo que le comenté aquella misma semana: Empecé como tú, Sancho, y llegué a levantar este taller. Eso fue trabajando duro. ¿Qué pretendes hacer con tu vida? Por ese camino que llevas… Mire, siempre traté a mis obreros casi como si fueran hijos míos, trataba de encauzarlos si iban torcidos, y aquel muchacho se estaba torciendo con esas amistades que tenía, me parecía a mí. Pues aquella semana me respondió: No se preocupe, señor Lerols, yo estoy destinado a hacer cosas grandes. Me sorprendió su respuesta y no comprendía qué me decía. Sabía que era un chico culto, no solo sabía leer y escribir sino que al parecer leía mucho, se veía que tenía labia, pero de ahí a hacer cosas grandes como me dijo, no comprendía de dónde sacaba eso. Se me ocurrió contestarle: Pues las cosas grandes deben empezar por las pequeñas, por el trabajo de cada día. En fin, tampoco le iba a dar un sermón, yo no soy cura para eso. Me miró con la sonrisa que tenía, como si estuviera seguro de sí mismo y hasta le mirara a uno con suficiencia, con simpatía. Me dejó sorprendido, lo recuerdo bien, pero añadí que se pusiera a recuperar el tiempo perdido y volvió a su puesto. El sábado antes del atentado vino a recoger su parte del jornal. Una parte porque aquella semana había faltado la mitad. Ya me había cansado de decirle nada, él sabría lo que hacía pero me prometí que si aparecía alguien que lo necesitara más, que viniera bien recomendado y fuera trabajador, le diría a Sancho que prescindía de él. Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá el agente Muslares no me hubiera mentido ¡maldita sea mi estampa!

-      ¿Qué pasó con el taller?

Cuando se supo que el anarquista de los tiros al rey estaba trabajando en mi taller se me vino el mundo encima. No me lo podía creer. Me venían los vecinos a preguntar, que cómo no me había dado cuenta, si sabía algo y no se lo había dicho a la policía. Yo repetía todo lo que le he contado a usted pero nadie me creía. En el barrio empezó a correr la opinión de que yo albergaba terroristas, que era peligroso tener tratos con nosotros. Los compañeros también estaban consternados, ya le digo que algunos llevaban desde el principio de montar el taller, siempre habíamos sido cumplidores y ahora nos venía esto. Empezaron a escasear los encargos, tuvimos que bajar precios, despedir a algunos de los trabajadores y no conseguíamos remontar ni que se olvidara el baldón que había caído sobre nosotros.

El Sr. Chinchilla se portó bien, bastante sabía que las sospechas eran inciertas, montó un escándalo en la Dirección de Seguridad, a fin de cuentas había trabajado allí. Por eso le vino la sanción a Muslares, el no verle más por el barrio. Pero eso no impedía que la gente desconfiara de nosotros y prefiriese ir a un taller cercano que nunca había tenido la calidad con que nosotros trabajábamos. Al cabo de un año habíamos tenido que prescindir de la mitad de la plantilla, porque no eran necesarios, no había en qué trabajar. Las deudas se acumularon, los materiales se quedaban en el taller sin emplear, se estropeaban almacenados tiempo y tiempo.

Un día vino el Sr. Chinchilla a decirme que lo dejáramos, que él no iba a seguir perdiendo su dinero pagando deudas que no recuperábamos. Me preguntó si yo podía poner más capital en el taller y la verdad es que no, tenía el depósito a cero, ya me entiende. Estuve recorriendo otros talleres en Madrid, por si me contrataban. Pero alguno, que incluso me veía con simpatía, no se atrevía a hacerlo porque mi fama venía conmigo, pegadita a mi sombra. Al cabo de un año de peregrinar, de hacer algún encargo, arreglar muebles rotos, lijar una puerta, cosas así, me quedó el dinero justo para montar este quiosco de caramelos. Tenía que pensar en mi mujer y mis dos hijas, algo tenía que tener para el futuro. De manera que ahora vivimos con muchas estrecheces, con el humor agrio de mi mujer que nunca tuvo, los reproches si me voy a tomar un vino con antiguos amigos, si vuelvo tarde, si no nos llega. Esa es mi vida desde que conocí a aquel muchacho, ese anarquista loco que bien se merecía haber muerto fusilado. ¿No decía que quería eso? Pues no sé por qué no lo fusilaron. Pero le digo una cosa: más culpo al agente Muslares por su descuido y sus mentiras, otro gallo me hubiera cantado si hubiera cumplido con su obligación. Y ahora perdone, pero tengo que atender el negocio y tanta charla no es buena para que vengan clientes.

 

 

Rafael Guijarro

 

       Muchas veces me han hecho recordar aquellos instantes, quizá hayan sido los más importantes de mi vida como agente de vigilancia, los que cambiaron mi destino en el Cuerpo, no se lo puedo negar.

-      Llegar a inspector no lo hace cualquiera, hay que tener cualidades y, al decir de sus compañeros, usted las tiene.

Espero tenerlas para bien del servicio pero muchas veces uno no disfruta de la oportunidad de darlo a conocer, ya me comprende. Yo sigo siendo en parte el muchacho que quería ser policía desde que era muy joven, servir a la Patria. Mi madre siempre estuvo orgullosa de mí y me animaba, mi padre también, somos una familia de orden. Bueno, a mi padre le gustaba más un destino en la milicia, no se lo puedo negar, pero yo quería dignificar el Cuerpo de agentes, siempre tan criticado porque dicen que nos falta profesionalidad, que se entra por recomendación y no por la valía… No le digo que en otro tiempo… Ahora las cosas están cambiando, poco a poco para lo que deseamos los que vivimos esto de verdad, pero cambian y mejoran. Se habla de una nueva legislación que regule el acceso al Cuerpo, los méritos para la promoción interna, las responsabilidades de unos y otros. Todo se andará.

-      Cuénteme de aquel día.

Tenía que haber sido un domingo espléndido, el día era primaveral, la gente, el pueblo de Madrid, se había echado a la calle para celebrar la Jura. Desde muy pronto, a las nueve de la mañana, los reclutas se fueron disponiendo formando dos columnas entre la glorieta del Obelisco y la calle Marqués de Riscal. Estaban las Academias de Infantería, Ingenieros e Intendencia, las compañías de Saboya y Wad Ras, brigada del Estado Mayor… A esa hora también empezaron a llegar las autoridades hasta que a las diez hizo presencia Don Alfonso. El público aplaudió. Estaba como lo vimos a su paso por Cibeles y la calle Alcalá, donde yo me encontraba conteniendo al público: uniforme de capitán general de gala con la banda de la Gran Cruz del Mérito militar y otras condecoraciones.

Después de la revista, se escuchó misa. Habían instalado el altar donde la estatua de Castelar, dando frente al norte. Fue después cuando se realizó la Jura propiamente dicha, ya sabe, con el general preguntando a los reclutas si juraban ante Dios seguir las banderas del rey y derramar hasta la última gota de sangre siguiendo a quienes les mandaran. Tras el juramento vino el que aquellas fuerzas fueran desfilando frente a la bandera de sus regimientos para besarlas y completar el acto, que duró mucho por el grueso de tropas que se habían congregado en el acto. Sólo después se inició el desfile.

-      ¿Cómo iba el rey cuando usted lo vio?

Gallardo, como siempre desfila, tan elegante, satisfecho sin duda por el entusiasmo que desbordaba las calles. Tenía la costumbre de avanzar con su alazán… ¿cómo se llamaba? Tenía una estampa preciosa.

-      Alarún, creo.

Sí, eso, Alarún. Pobre ejemplar, resultó herido en la refriega pero cumplió llevando a su jinete hasta el Palacio real. Pues como le digo, tenía la costumbre el monarca de adelantarse a sus batidores, el señor Guirao, que era jefe de Cazadores y el conde de Aybar, que debían haber ido a su lado todo el camino. Pero el monarca siempre ha sido así, todo el mundo lo sabía, joven, decidido, sin miedo y mire que ya había tenido dos atentados en su vida. Pues estaba llegando frente al número 48 de la calle Alcalá, junto a la calle del Turco donde mataron a Prim hace tantos años. Allí vivía la duquesa de Nájera. Pues llegaba allí cuando se adelantó ese hombre.

-      Dígame con detalle las circunstancias, a veces hay interpretaciones algo confusas de lo que sucedió.

No es de extrañar, con todos interviniendo después.

-      Pero usted fue el primero.

Sí, pero me arrepiento de no haberlo hecho antes. Vi a aquel joven con la chaqueta abierta que se dirigía a su Majestad bastante decidido. Yo pensaba que se acercaba para entregarle un memorial, alguna queja o petición que deseaba solicitar a su favor. No hubiera sido el primer caso. Se sabía que Don Alfonso atendía esas peticiones y tenía consideración con el pueblo siempre que podía. El caso es que aquel hombre echó un vistazo hacia atrás muy rápido, seguramente para ver si alguien le seguía, el muy cobarde, temiendo que le impidieran cometer su acción. Luego se acercó dos pasos más y vi brillar el revólver que tenía en la mano.

-      ¿Estaba muy cerca del rey?

Muy cerca, casi cogiendo las bridas de Alarún. Aquello duró unos pocos segundos, cuatro o cinco, pero luego, al revivirlos, parece que cada detalle se me ha quedado grabado en la memoria de tal manera como si hubiera durado una hora entera. En fin, se lo cuento tal como yo lo recuerdo. Trató de sujetar las bridas con un gesto instintivo porque el rey ya se había dado cuenta de su intención e, instintivamente, tiró de las riendas para intentar atropellarlo. La montura no esperaba aquella brusquedad y caracoleó un poco, lo suficiente como para que los dos disparos casi seguidos no dieran en el blanco. Dicen que una de las balas pasó a escasos centímetros de la cara del rey, pero no sabría decirle si es cierto o fueron habladurías.

-      Al parecer lo comentó el rey al llegar a Palacio y describir el incidente.

Eso dijeron, sí. Será verdad. Quiero decir que yo no me quedé observando ese tipo de detalles. Lo que sí fue cierto es que la montura terminó por desequilibrar al asesino y para entonces yo me había arrojado sobre él echándolo al suelo. Forcejeamos. Era joven y trataba de escapar.

-      El tercer tiro, el que le hirió a usted… hay controversias sobre qué intentaba hacer Rafael Sancho.

Eso habría que preguntárselo a él. El que se lanzó después de mí a sujetarlo fue Gumersindo Nuño. Estábamos en el suelo cuando sonó un nuevo disparo, no sé si dirigido al monarca, para suicidarse o librarse de nosotros. Yo creo que fue esto último. El caso es que noté un dolor muy intenso en la pierna y, aunque seguía sujetándolo para que no escapara, me sentí débil de inmediato, a punto del desmayo.

-      Fue grave su herida.

Estuvo a punto de costarme la vida, sí. Según me dijeron los médicos entró por la ingle y afectó a la femoral. Creyeron que me desangraría allí mismo. Me llevaron en volandas hasta el mismo portal 48 donde condujeron al criminal para salvarlo de las iras del pueblo, que quería lincharlo allí mismo. De entonces recuerdo muy poco, sólo lo que me han contado, que sangraba profusamente, que me empezaron a poner compresas sobre la herida para contener la hemorragia. Con el tiempo me fui recuperando. Me quedó una buena cicatriz para recordar el momento.

-      Se puede decir que usted salvó al rey de recibir un nuevo disparo.

No hice más que cumplir con mi deber, como agente de vigilancia que era. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Puede ponerlo en el libro que escriba: que cualquiera hubiera obrado del mismo modo.

-      Es usted muy apreciado por sus compañeros, sus superiores creo que están muy satisfechos con su trabajo aquí en Barcelona.

Me trasladaron hace tiempo y, por desgracia, hay mucho trabajo que realizar en estos tiempos. Lo único que hago es obedecer las órdenes del Jefe de la Policía y del gobernador civil, el señor Martínez Anido. Trato de hacer las cosas bien y proteger así a la sociedad civil de tantos desmanes y alteraciones del orden público que padecemos actualmente.

-      ¿Qué piensa del momento, de su labor como policía persiguiendo a los terroristas de uno y otro bando, haciendo frente a las reuniones sindicalistas…?

Trato de cumplir con la ley y las órdenes de mis superiores, como siempre he hecho. Yo no le puedo decir más. Respondo a mis obligaciones y no cuestiono las instrucciones que recibo. Tengo mis opiniones como ciudadano, entiéndame bien, deseo la paz y la concordia entre las partes enfrentadas, pero como inspector ejerzo mis obligaciones sin dudarlo.

 

 

Nota del autor: Tres años después de esta entrevista, el 8 de julio de 1924, el inspector Sr. Guijarro fue encargado de organizar la visita a Cataluña de su Majestad don Alfonso. Con ocasión de ello y para revisar el itinerario se trasladó en coche junto al agente Sr. Campos y otros miembros del Cuerpo. Por desgracia, sufrieron un accidente en el que resultaron muertos los señores Guijarro y Campos y heridos sus acompañantes. Antes de su entierro en Vich algunos periódicos se hicieron eco de la noticia recordando su acertada intervención en el atentado de 1913. “Profundamente adepto a la figura del Rey” dijo el ABC de dos días después, “no se contentaba con hacer lo preciso de su deber, sino que su devoción le llevaba a forzar su especial cometido, desvelándose por garantizar la persona del Monarca”. Descanse en paz.

 

Gumersindo Nuño

 

       No sé cómo ha dado conmigo, no soy más que un agente de vigilancia, no he dejado de serlo nunca. Además, que yo de aquello no me gusta hablar. Al principio todo eran abrazos y hablar de premios y recompensas pero luego si te he visto no me acuerdo, ya se puede imaginar.

-      Pero un premio sí les dieron ¿verdad?

Unas pesetas, sí. Pero yo siempre he querido hacer otras cosas ¿sabe usted? No sé cómo decirlo, otras responsabilidades. Mire usted a Guijarro, por ejemplo. Guijarro y yo éramos compañeros, entramos en el Cuerpo casi a la vez. Él había tenido más educación que yo, venía de una familia acomodada al menos. Yo vengo de una familia que han sido labradores toda la vida ¿sabe usted? Por tierras de Palencia, a orillas del Carrión, mi padre trabajaba para uno que tenía fincas. Un día se hartó de pobre, le dijeron que en Madrid había trabajo y aquí se vino, pero ¿qué sabía hacer él? Sólo arar el campo, plantar, cosechar, eso no se hacía en Madrid, así que se puso a trabajar en una fábrica de sol a sol por cuatro perras, perdiendo la vida y la salud, que daba pena verlo cuando volvía a casa por la noche. No nos daba ni para comer a veces, mi madre tenía que pedir fiado en la tienda unas patatas para hacerlas a lo pobre, algo que llevarnos a la boca cada día. Así estuve yo de chico, que ni sabía leer ni escribir hasta que vino doña Genoveva, que era una buena mujer y trabajaba con las monjas de un convento vecino. Le dijo a mi madre: Gumersindo es un chico listo, se le nota. Y mi madre, a la que no le faltaba razón, le respondía: es el hambre, señá Genoveva, es el hambre. ¡Claro que era el hambre y la necesidad! Ahí estaba haciendo recados desde chico, me llevaba alguna pieza de fruta a la carrera de las tiendas, rebuscaba donde podía para salir adelante. Un día nos empezamos a meter con una señora cubierta que pedía en la puerta de una iglesia, nos burlamos de ella los amigos y yo, así éramos de salvajes. Cuando aquella señora levantó la cabeza para respondernos desabrida y vi que era mi abuela por poco me quedo en el sitio allí mismo de la vergüenza que me dio. Fue entonces, quejándose de aquello, cuando doña Genoveva dijo que yo era listo, que si me dejaban suelto y con esas compañías, me transformaría en un pillo, que ya lo era, y luego en un delincuente de los de la faca en la faja.

De modo que dos veces a la semana me llevaba a ese convento con el que trabajaba y yo me sentaba con otros niños tan pobres que yo, que hasta nos daba vergüenza mirarnos los unos a los otros. Al principio a doña Genoveva, que era maestra, la miraba cuando nos enseñaba y se me iba haciendo más y más pequeña hasta que me daba un pescozón y era porque me había quedado dormido en clase. A mí me preguntó después de dos meses haciendo el tonto allí, que quería ser de mayor. Yo le hubiese querido decir que deseaba ser boxeador, que esos ganaban mucho dinero y su nombre aparecía en letras grandes y luminosas cuando hacían un combate. Yo no había conocido a ninguno pero una vez me llevaron a ver una película que echaban en la plaza del pueblo de donde veníamos y trataba de la vida de un boxeador que se lía a dar puñetazos y ganaba mucho dinero y había un señor que fumaba un puro muy gordo y una mujer rubia que era la más elegante que yo había visto. Pero me lo preguntó doña Genoveva y a mí me dio apuro decirle eso que soñaba cada noche, lo de dar puñetazos, y no sé por qué se me ocurrió responderle que yo lo que quería era ser policía.

A ella se ve que le gustó y aprovechó la ocasión, que para eso me había preguntado, para decirme que debía aprender a leer y escribir, que no había policías analfabetos y, si los había, nunca progresaban en nada. Luego me fui a casa y le pregunté a mi padre cuando vino por la noche, que qué era eso de ser policía. ¿Tú quieres ser policía? Me preguntó con su rostro cansado de siempre. Le dije que sí ¿por qué no iba a serlo? Podía ser tan bueno como policía a como antes quería ser boxeador. El caso es que se echó a reír y aquello me llegó a lo más vivo ¿por qué no podía ser policía? El que había en el barrio era un hombre gordo y de mediana edad. No hacía nada más que pasearse, hablar con los del mercado, advertir a algún golfillo que andaba por ahí, a mí ya me había amenazado un par de veces. Si este señor, porque luego me dijo mi padre que era recomendado de alguien, había entrado como agente ¿por qué no iba a serlo yo también y mucho mejor que él?

De manera que me puse a soñar que era policía y atrapaba a los ladrones tras luchar con ellos, que descubría a un asesino que había matado a muchos hombres y los había emparedado en su casa…, cosas así ¿sabe usted? Que la imaginación de un muchacho se desboca a veces. Y ya me veía yo con el uniforme amenazando a un hombre más grande que yo que me sacaba una navaja y yo lo desarmaba después de luchar con él.

El caso es que me puse a estudiar los palotes aquellos y aprendí rápido porque doña Genoveva tenía razón y yo era listo. A todo el mundo le decía que yo iba a ser policía y los amigos al principio se reían, me tomaron a mofa y se burlaban, pero me peleé con el más gallito de todos y me hice de respetar. Así fue cómo, al hacerme grande, mi padre habló con el jefe de su fábrica y éste tenía un primo en la policía que mandaba bastante porque su padre también había sido agente toda su vida…, algo así. Así que me vi un día empezando en el Cuerpo, primero con tareas sencillas pero enseguida patrullando por los barrios, agarrando a los que robaban fruta como yo lo había hecho de niño, amenazando a las señoras que se peleaban con llevarlas al calabozo, aporreando a algún carterista que pretendía escapar… ¡como si yo no me supiera todos sus trucos!

Pues en ésas me encontré con Guijarro, que empezaba también y patrullaba por otro lado. Nos hicimos amigos, entonces no era tan importante como lo es ahora en Barcelona, ni había que llamarle señor. Entonces era Rafa, un buen amigo con el que irse a beber unos vinos, hablar de chicas, ya sabe, las cosas de las que hablábamos porque, aunque agentes, éramos jóvenes. A veces nos contábamos qué queríamos conseguir y fíjese cómo eran las cosas, el más ambicioso era yo, el que deseaba subir en el escalafón era yo. No le digo que Guijarro no, pero a mí se me había metido en la cabeza que tenía que decirle un día a mi madre: mira dónde he llegado. Porque mi madre, mi padre, los dos hicieron mucho por mí en aquellos tiempos en que andaba perdido. Y doña Genoveva, que en paz descanse.

-      Y de aquel día ¿qué recuerda?

El primero que se echó sobre el criminal aquel fue Guijarro, detrás fui yo. Los tres estábamos en el suelo cuando sonó el disparo que hirió a mi compañero. Fue tal el desconcierto que casi se me escapa el condenado, menos mal que vino un teniente de la Guardia civil que se llamaba Molino y Vicente Canaleda, otro agente que estaba con nosotros un poco más lejos y vino corriendo. El que había disparado se movía como un condenado. Con decirle que éramos tres y casi se nos escapa. Vino un hombre ¿cómo se llamaba? Molledo o algo por el estilo. Era uno del público que se acercó y le dio un bastonazo en la frente al Sancho Alegre que lo dejó atontado, lo suficiente para volverlo a asegurar. Al principio la gente se asustó y hasta hubo un conato de salir corriendo de la zona. Ése fue el momento en que el criminal aquel pudo haber tenido la oportunidad de escapar pero aquel bastonazo lo dejó tumbado e inerme.

-      ¿Y el rey mientras tanto?

La verdad es que yo no me fijé pero me lo contaron luego. Parece que ni se inmutó ni cambió el gesto. Los ayudantes acudieron deprisa a rodearlo, se interesaron por su estado, si había resultado herido. Él dijo tan tranquilo que no, que mantuvieran la calma y siguieran el recorrido como hasta entonces. Con decirle que la reina Victoria Eugenia y su madre, la princesa de Battenberg, que venían detrás, ni se enteraron. Y nadie se lo dijo hasta que llegaron a Palacio y el mismo rey les puso al tanto. Dicen que la reina se echó a llorar. Fíjese si llega a verlo en el estado en que estaba entonces, esperando un hijo. Ya había tenido que soportar el atentado de Morral siete años antes, que aquello fue terrible, hubo más de veinte muertos y un montón de caballos despanzurrados.

Pues con todo eso el público, que empezaba a acercarse al asesino una vez que Canaleda le hubo desarmado, sujetándolo los otros dos que estábamos con él, empezó a gritar que había que lincharlo. Con la actitud del rey, como le digo, prorrumpió en una gran ovación y aprovechamos para llevarnos a Sancho Alegre hasta el portal más próximo, el número 48, donde la marquesa de no sé qué y donde también vivía una actriz que a mí me gustaba mucho y que actuaba en el teatro de la Comedia: Mercedes Pérez de Vargas, eso es. Pero no fuimos a su casa con el detenido. La ofreció un médico odontólogo llamado Forestán Aguilar que vivía en el principal. Y allá fuimos con el detenido, para tenerlo seguro y que empezasen a interrogarlo.

Mientras tanto, llevaron a Guijarro, que se desangraba, a otra habitación en aquella casa y allí le atendió ese médico y otro que vino después. Ya ve, así fueron las cosas. Yo fui uno de los que detuvo a Sancho Alegre y aquí sigo como agente de vigilancia mientras que Guijarro ha subido como deseaba hacer yo. Así es la vida, él resultó herido y yo no, ésa es la diferencia. Luego lo nombraron inspector y lo destinaron a Barcelona y si te he visto no me acuerdo. Así es la vida, por eso no me gusta hablar de aquello ¿sabe usted? No sé qué me ha dado hoy para que me desahogara así con usted, espero que cuente la historia como fue, que diga quién detuvo a aquel regicida, que si no fuera por mí quizá hubiera escapado tras herir a Guijarro. Que diga que ese disparo le pudo dar a cualquiera, que pudo darme a mí, y a lo mejor se dan cuenta que aún sigo de agente paseándome por las calles, con las del mercado metiéndose conmigo cuando paro sus riñas, atrapando golfos que roban cualquier cosa y acordándome de los sueños que tuve de joven, cuando quise ser boxeador y que me hicieran una película como aquella, con el hombre gordo fumando un puro y una mujer rubia que bebiera los vientos por mí. A lo mejor dando guantadas me hubiera ido mejor que así.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rafael López

 

Le voy a contar las cosas tal como las vi. No es fácil hacerlo, hubo mucha confusión en los primeros momentos. Los agentes iban y venían entre el gentío, pensaban que había cómplices, estaban atentos a cualquier indicio, un gesto, uno que huye, otro que se acerca a disparar también. Y se puede imaginar, el miedo es libre. De todos modos, yo llegué un poco más tarde, no en los primeros momentos. Iba acompañando a mi teniente el señor Montijano, fue el que se hizo cargo de la situación con mi ayuda. El hombre que había intentado matar al rey se encontraba maniatado en una habitación dentro de la casa de un médico, el doctor Forestán Aguilar, que se desvivía por atendernos, sobre todo con el agente Guijarro, en muy mal estado en otra habitación.

Sabíamos al llegar que alguien había intentado disparar contra el monarca, que había otro detenido y, al cabo de un rato de estar con ellos, llegó un tercer hombre apresado frente al número 6 de la calle Alcalá por haber querido salir al paso del rey. Temíamos que aquello fuera un complot, naturalmente, y que hubiera otros comandos dispuestos a rematar la acción que empezó el principal acusado Rafael Sancho Alegre.

       Como era nuestro principal objetivo, empezamos por él. Por lo que me dice, no es necesario que le cuente los datos principales de su pasado, que ya conoce. Muy bien. Por resumirle entonces, nos enteramos de quién era, de donde venía, dónde trabajaba y en qué pensión paraba desde que había llegado a Madrid. Todo eso ya lo sabe, muy bien. Cuando quedaron aclaradas todas esas circunstancias y diversos agentes marcharon para revisar su habitación en General Pardiñas, contactar con los dueños del taller de carpintería donde trabajaba y localizar a la que decían que era su novia o medio novia, que al principio no nos quedó claro, la tal Juana Rodríguez. Cuando los agentes se distribuyeron por Madrid le pedimos detalles de tres cosas: por qué el rey era el objetivo, si había alguien más en la conspiración y qué había hecho con exactitud desde el día anterior. Ya puede imaginar que las primeras declaraciones de un acusado son fundamentales porque luego viene el juicio, los abogados, y se tergiversa todo diciendo que lo blanco era negro y lo negro blanco. Así que le interrogamos pero sin dureza, no hizo falta, aquel hombre estaba frío, apático, como si hubiera terminado una labor ardua y compleja en la que anduviera preocupado mucho tiempo. No regateaba comentar lo que había sucedido y por qué.

-      ¿Qué quería entonces? Matar al rey imagino.

Lo reconoció desde el principio y además explicó sus razones con claridad: Le culpaba del desarrollo de la guerra de África y de la muerte de Ferrer y Guardia. Le preguntamos si le había conocido, si formaba parte de algún grupo terrorista allí en Barcelona, de donde venía. Dijo que había estado en un grupo llamado “Los Sin Patria” pero que no tenían nada que ver con su acción, que no tenía cómplices. En principio no le creímos, claro, todos los anarquistas atrapados dicen lo mismo. En todo caso, negó claramente haber conocido a Ferrer de otro modo que por sus escritos, que tenía leídos una y otra vez, según manifestó. Así que las cosas quedaban claras, no como en el juicio, tal como le acabo de decir. Me acuerdo que estuve presente para declarar y le escuché decir que estaba abochornado de la acción que había cometido. Era mentira. A nosotros nos dijo exactamente lo contrario, que debía vengar la muerte ignominiosa (así lo dijo) de Ferrer y que estaba orgulloso de ello. Cuando le quisimos tirar de la lengua se volvió confuso mezclando otros motivos. Eso fue más tarde, al registrar su habitación, cuando el agente nos trajo la carta que había escrito a su mujer en la que hablaba del regicidio. Desde luego, no parecía abochornado en lo más mínimo sino amenazante, como si le quisiera echar la culpa a su mujer de lo que iba a hacer, el muy bribón. Dijo que en realidad lo había escrito para que ella cediera en su rechazo y se avinieran de nuevo. ¡Bonita forma de arreglar un matrimonio! ¿no le parece? Mi mujer se enfada conmigo y la emprendo a tiros contra el rey ¿se puede usted creer que eso dijo más o menos? Luego empezó diciendo que a ese punto le había llevado la escasez de recursos, que así había terminado por pobre pero luego, preguntado el dueño en el taller, resultó que ganaba una cantidad como carpintero, no mucho, desde luego, pero suficiente para vivir y tener dónde dormir. Por lo visto, aquello le parecía poco y, como no ganaba más, pensó en liarse a tiros con el Jefe del Estado.

Nosotros no nos creímos los embustes que decía. Lo del principio estaba muy claro: la guerra de África y Ferrer, es decir, dos de los motivos por los que los anarquistas catalanes se la tenían jurada al rey desde 1909, aquellos alborotos que le costaron el gobierno a Maura.

-      Le preguntaron ustedes por el revólver ¿no?

Claro, fue una de las primeras preguntas. Nos contestó que el día anterior, el sábado, había ido a cobrar al taller y le habían dado 21 pesetas. Luego se dirigió a una tienda de compra/venta que había en la calle Atocha y adquirió el revólver con el que iba a cometer el atentado.

-      Se habló de un policía implicado…

Sí, se habló de ello. Resultó que en aquella tienda que al principio Sancho Alegre no quería revelarnos dónde estaba exactamente, se vendían armas sin prestar mucha atención a los detalles legales, podríamos decir. Unos días después se le llevó de madrugada, para que no hubiera alborotos, hasta la calle Atocha y allí, en el número 68, localizó la tienda donde compró el arma. Cuando al día siguiente fuimos a ver al dueño éste temblaba, hasta lloraba, lo intentaba negar todo pero finalmente, a base de amenazas de encerrarlo, reconoció que aquel sábado por la tarde había vendido dos revólveres. Nos encontramos que uno de ellos fue al policía en cuestión, que a su vez se lo había entregado a un lechero de Vallecas que se lo encargó para proteger el negocio, porque había tenido muchos robos. Ya sabe que un arma no se entrega a cualquiera, sólo a quien tenga permiso para hacerlo. Pero también sabemos que algunos agentes se prestan a estos negocios a cambio de una comisión. En fin, fuimos a casa del lechero y el arma estaba allí, de manera que no era el revólver con el que Sancho Alegre disparó. Ni el policía ni el lechero tuvieron nada que ver con el atentado.

Como le decía, aquel sábado lo compró el regicida junto a unas balas que adquirió por tres pesetas. De manera que por menos de veinte fíjese la que armó aquel hombre. Después de la compra había quedado con Mauro Bajatierra para tomar unos vinos. Antes se fue a la peluquería para rasurarse. Después de los vinos Bajatierra se fue a su casa y él marchó a la Casa del Pueblo por si encontraba a algún conocido. Se tomó un café con algunos de los que allí había y volvió a General Pardiñas.

El domingo se levantó sobre las ocho y media, se fue a desayunar y dar un paseo hasta que, sabiendo que el rey iba a pasar por la calle Alcalá, se apostó allí. Fin de la historia. Lo anterior al atentado no nos daba demasiadas pistas. En todo caso, marchamos a casa de Bajatierra en la calle Montejos y le detuvimos a él, a su mujer y unos parientes de Toledo que decían que estaban allí para cobrar unos dineros de no sé quién. Todo eso había que comprobarlo. Al día siguiente mandamos a casa a los parientes pero nos quedamos con Bajatierra porque era un contacto sospechoso de Sancho Alegre en Madrid. Por mucho que lo vigilemos ese hombre siempre está en todas las salsas, como ahora con la muerte del presidente del Consejo. Eso sí, por aquel entonces nadie pudo culparlo de nada, salvo de facilitar al futuro regicida casa y trabajo, poco más. Aquello no era suficiente como para llevarlo a juicio.

-      Y dígame, ¿qué fue de los otros dos detenidos aquella mañana?

Ramón Molina fue, diríamos, casi una anécdota fruto de los nervios de aquel momento y la imprudencia de este hombre. Habiendo presenciado el atentado contra el rey, no se le ocurrió otra cosa que bajar corriendo la calle Alcalá y, algo más allá, intentar salir de entre el público hacia la calle por donde venía Don Alfonso. Vamos, exactamente igual que Sancho Alegre. Alertados por lo que había pasado, los agentes se lanzaron hacia él y lo detuvieron al instante, trayéndolo hasta donde habíamos establecido el punto de interrogatorios, en el número 48 de Alcalá.

Dijo su nombre y manifestó que había sido una confusión propia de su entusiasmo. Afirmó que había salido a la calle para vitorear al rey cuando pasaba, mostrarle su apoyo. Cuando comprobamos sus antecedentes resultó que era conocido de la Casa Real porque había pertenecido durante cinco años a la escolta de Don Alfonso. Con esto le soltamos un par de consejos y algún insulto, no se lo niego, y le dejamos marchar con aire contrito pero insistiendo en sus honradas intenciones.

-      La detención del francés, Pedro Pac, fue distinta ¿no? Más complicada.

Sí. Tenga en cuenta que en un primer momento, como le dije, hubo mucha confusión. A la posibilidad de que hubiera otros terroristas esperando para atentar se unía la necesidad de retener al autor de los disparos y evitar que la multitud, una vez que se recuperó del susto, terminara con su vida o lo tundiera a golpes de mala manera. De manera que un agente había oído a dos testigos afirmando que Sancho Alegre iba con un señor que hablaba francés. En eso, un hombre con marcado acento de tal país se abrió paso hacia el regicida y no se sabía con qué intención lo hacía. Unos pensaban que quería golpearlo, otros afirmaron que obraba del modo exactamente contrario, intentando mediar para que no le pegaran más. A todo esto siguió a los agentes entre empujones hasta el portal del número 48 donde finalmente se defendieron de la multitud que insultaba al prisionero. Un agente, sin pensarlo más, lo agarró del brazo y lo introdujo en el portal también. La sorpresa de aquel hombre fue cuando el agente le dijo que estaba detenido por cómplice.

-      Tengo entendido que le costó aclarar las cosas.

No poco –por una vez, sonríe recordando aquel episodio-. Él venga decir que aquello era un error, que él era monárquico a carta cabal, que hasta tenía en su habitación de la pensión donde vivía varios retratos de la familia real. Cuando empezamos a preguntarle si tenía antecedentes por haber sido detenido anteriormente, empezó a tartamudear, de donde colegimos que los tenía y, a falta de comprobarlo, le metimos en una habitación para interrogarlo después.

Resultó que sí había sido detenido pero por revender entradas para la plaza de toros. Mientras esto se confirmaba pasó varios días ante el Juzgado de Chamberí, donde fue interrogado por el juez Martínez Enríquez, y luego en la Modelo.

-      ¿Cómo se aclaró su inocencia?

Nos vinieron dos íntimos amigos suyos de la pensión donde se alojaban. Los dos eran personas respetables. El que primero se presentó voluntariamente, Ricardo Pérez, nos dijo que Pac era profesor de francés de la academia Berlitz, que era un hombre de pensamiento muy conservador, amante de los toros y de la monarquía, a la que admiraba. Él había estado a su lado toda aquella mañana, afirmó. Por la mañana dieron un paseo en bicicleta por el Retiro y luego fueron a comprar unas entradas de los toros para la corrida de la tarde. Después de eso marcharon donde la Elipa a ver el desfile. Aseguró que no quiso pegar al detenido sino que se acercó gritando: “Ya está cogido, no le peguéis” pero no era por apoyar a Sancho Alegre sino para evitar un linchamiento que parecía posible en ese momento. Su entusiasmo lo llevó algo más allá de lo que debía, simplemente, y los agentes creyeron que trataba de intervenir para liberar al preso. El hecho de que tuviera un acento francés tan marcado y las palabras de aquellas vecinas terminaron por formar un lazo de sospecha, eso era todo.

El juez no se contentó con ello –continúa-. Tuvo que venir con el anterior otro huésped del alojamiento donde residía el francés en la calle Pontejos para protestar de su inocencia con el mismo énfasis. Habló de él como un hombre de conducta intachable, de buenos antecedentes (él no sabría lo de su detención, imagino), y respecto a la monarquía si acaso se le podía culpar de un exceso de entusiasmo, antes que de una falta de él. Todo eso y la confirmación de que ejercía de profesor en la academia, además de las protestas del afectado, más humilde que al principio, terminaron por inclinar la balanza ante el juez para que se le liberara tres días después del atentado. Al final, liberado más a regañadientes Mauro Bajatierra ante la constancia de que aquel había sido un tirador solitario, el único que fue a juicio resultó Rafael Sancho.

Eduardo Barriobero

 

       Me recibe en su despacho. Es un hombre de recio aspecto, poblado mostacho, con una voz excelente para la oratoria que modula a la perfección durante toda la conversación, no en vano es famoso por sus discursos.

-      Se dice de usted que defiende a los obreros, a los anarquistas ¿simpatiza con ellos?

Mire, el anarquismo no es más que una teoría económica, la negación de la propiedad. Los actos terroristas que se cometen en su nombre están motivados por otras cuestiones relacionadas con el desequilibrio de las personas que los cometen, en modo alguno eso invalida la ideología.

-      En lo que se refiere a la defensa del señor Sancho Alegre sólo podemos contar con su palabra. Lamentablemente, los peritos que llevó al estrado han fallecido.

Una desgracia. El señor Jaime Vera fue un médico excelente además de un destacado socialista. Morir con 59 años, de todos modos, entra dentro de lo previsible. Sin embargo, lo sucedido con Nicolás Achúcarro fue una pérdida considerable para sus amigos y para la sociedad médica en general. Un hombre tan destacado, destinado a ser la máxima autoridad en enfermedades mentales, discípulo de Ramón y Cajal. Un hombre así nos dejó con 37 años tan solo ¡Cuánto podría haber hecho por la medicina, el diagnóstico de los perturbados, su curación incluso!¡Una pérdida dolorosa!

-      El juicio fue realmente un debate en torno al estado mental de Sancho Alegre.

No podía ser de otra forma. Ese debate era capital. Los hechos eran irrebatibles, su culpabilidad en ellos manifiesta. Ahora bien, se trataba de averiguar por qué lo había hecho y en qué medida era responsable de sus actos, además de otras consideraciones jurídicas en torno a los agravantes que, según la fiscalía, concurrían en el caso.

-      Empecemos por aclararlos, si le parece, y luego nos expone las cuestiones médicas, que siempre son algo difíciles de entender.

Y de explicar, no lo dude. Pues el tema de los agravantes se refería a la premeditación y alevosía en el hecho mismo del atentado. Negué ambas por distintas consideraciones. Agravar el delito del regicidio con la premeditación no tenía sentido.

-      Pero las pruebas de que había sido un acto meditado anteriormente eran abrumadoras ¿no? En las cartas a su mujer ya lo anunciaba.

Se trataría de una distinción jurídica. Si usted me quiere matar a mí me puede encontrar por la mañana, cuando voy a mi café favorito, el que está al lado de mi casa, a desayunar, o al otro que voy por la tarde, cuando el trabajo en la corte se termina. Me puede encontrar en los pasillos de la Audiencia, paseando con mi señora por el Retiro, se puede tropezar conmigo en muchos sitios. Si es así, si el encuentro es casual y usted, irritado por cualquier motivo, saca un revólver y me dispara, puede decirse que no hay premeditación. La habría si viene a buscarme a mi despacho, si escribe una carta anunciándolo, si trae un revólver para cometer esa felonía. Pero ¿qué sucede cuando se atenta contra un rey? Todavía se podía pensar otra cosa con el padre del actual monarca, Alfonso XII, al que uno se encontraba por todas partes, pero su hijo siempre va custodiado, hace recorridos muy precisos y va protegido por sus ayudantes. Si la fiscalía aducía regicidio como delito principal, la premeditación está incluida en él. Sancho Alegre, si quería atentar contra Don Alfonso y cometer regicidio, por fuerza tenía que planearlo, comprar un revólver y esperar una oportunidad. Eso no debía considerarse un agravante puesto que está implícito en el acto de atentar contra este rey. El reo no tuvo posibilidad de otra cosa para cometer el acto de que se le acusaba.

-      ¿Y respecto a la alevosía? En otras palabras, ¿el delito fue cometido sin riesgo para Sancho Alegre de encontrarse con una reacción defensiva por parte de su víctima?

En el recurso de casación que presenté en septiembre, dos meses después del proceso, insistí en este punto que me pareció escandaloso que el tribunal hubiera considerado como agravante. ¿Cómo indefensión del rey cuando éste portaba su sable ceremonial pero perfectamente utilizable, iba en una montura que la propia víctima reconoció posteriormente que había lanzado contra su agresor? ¿Estaba indefenso el rey con dos guardias a su lado que se lanzaron inmediatamente sobre Sancho Alegre hasta inmovilizarlo? ¿Indefenso con sus ayudantes que estaban algo retirados, ciertamente, pero acudieron prestos al auxilio del Jefe del Estado? Eso no se sostenía pero fíjese cómo fue el juicio, la presión ambiental que hubo sobre el tribunal y la misma actitud de éste, siempre favorable a condenar al reo a la última pena.

-      Pasemos a la atenuante que usted planteaba y fue rechazada.

Era la diferencia entre la pena de muerte y la reclusión por mucho tiempo, quizá de por vida, en un centro psiquiátrico adecuado. Realmente, me hubiera gustado que se les preguntara a los expertos que hubo en la sala. No a los señores Palancar y Segarra, los peritos de la fiscalía, que eran médicos no especializados, sino a los que realmente se dedicaban a los perturbados, como los que hemos mencionado al principio de nuestra conversación. Ellos sí estaban especializados y sabían entrar en detalles médicos de gran profundidad. Los de la fiscalía se dedicaron sistemáticamente a poner en duda el diagnóstico de Achúcarro y Vera, también del doctor Esquerdo, sin aportar prueba técnica alguna, soltando largos discursos llenos de tecnicismos que no trataban del caso de Sancho Alegre. En fin, trataré de explicarme en nombre de nuestros queridos médicos que no pueden hacerlo.

-      No es necesario entrar en aspectos muy especializados que no podría entender.

Lo intentaré, joven. Rafael Sancho Alegre había sido toda su vida un epiléptico. Eso era difícil de rebatir en la medida en que fue rechazado del ejército precisamente por esa circunstancia. Cuando el Estado te pone un fusil en las manos, no puedes convertirte en un irresponsable por causa de una afección semejante. De manera que la epilepsia, que se le había empezado a manifestar a los 17 años, en la que recaen algunos miembros de su familia (su tío, su abuela) es un mal que permanece en su cerebro enfermo. La fiscalía no rebatió ese hecho, naturalmente, sino su gravedad y que afectara realmente a su actuación en el atentado.

Estaba comprobado que, en aquel momento, llevaba año y medio sin sufrir un ataque. Se dio el caso, no obstante, que tras entrevistarse con el doctor Esquerdo, con la excitación del momento, sufrió en la cárcel otro acceso de epilepsia. Dado el momento escogido la fiscalía puso en duda la autenticidad del mismo diciendo que era fingido. Entiendo su postura porque se trataba precisamente de desbaratar cualquier idea de persistencia en la enfermedad, pero lo cierto es que el ataque se dio, como fue comprobado por el mismo director de la Modelo. Además, aunque atenuados porque el caso no era tan grave como puede llegar a ser, la epilepsia continuaba. El doctor Achúcarro, muy brillantemente, sacó a relucir determinadas pruebas como la del compás de Neber sobre la piel del procesado, que indicaban la continuación de la epilepsia en los reflejos del mismo. En suma, la epilepsia continuaba de forma atenuada y hasta latente pero afectaba al estado mental del sujeto.

-      Pero no todos los epilépticos cogen un revólver y empiezan a tiros, podría decirse. ¿Qué pasó por la mente de Sancho Alegre para que tomara esa determinación?

La epilepsia conduce a un estado psíquico alterado, a una perturbación que puede expresarse de muy distintas formas por influencia del medio ambiente. Coja usted, por ejemplo, la telegrafía sin hilos. Un perturbado le puede decir que escucha voces a través del aire pero eso no lo decía antes, cuando esta telegrafía no era conocida por no existir. A Sancho Alegre le influyeron de forma considerable sus lecturas, la alteración social de su tiempo en Barcelona, donde se reprime la actuación sindical, florece la idea del terrorismo, la acción directa, los obreros culpabilizan a toda una clase social en cuya pirámide se encuentra el rey… Todo eso influye para encontrar un enemigo y pensar que un acto extraordinario, un solo hecho que él pueda ejecutar, cambiará la situación y proporcionará soluciones a todos los problemas.

Pero además –continúa- hay otros síntomas que ya denunciaban su perturbación y que no fueron considerados por el tribunal. Los médicos hablaron de las fugas epilépticas. Quizá no fue un buen argumento, entre otras cosas porque las entrevistas que los peritos de la defensa pudieron realizar con el acusado nunca tuvieron libertad suficiente. De eso me quejé ante el tribunal, de nuevo para que éste lo ignorara. Les pedí que en dichas entrevistas no estuvieran presentes guardias de la prisión que inhibían y coartaban la respuesta del procesado. Pero no me hicieron caso. Sin embargo, otros hechos sí mostraban una improvisación propia de los epilépticos. Por ejemplo, se podría haber dirigido a cualquier sociedad obrera en Barcelona para trasladarse a Madrid pero no lo hizo, cuando realmente no tenía dinero para culminar el viaje. Tuvo que trasladarse de forma miserable, esconderse en una garita. Tuvo que comer gratis en la capital, pasar todo tipo de necesidades, vagabundear, ser detenido ¿para qué todo eso? ¿No se observa con claridad el impulso repentino e inconsciente de los epilépticos? Ciertamente llevaba mucho tiempo sin trabajar, había tenido un fuerte disgusto familiar pero ¿qué necesidad tenía de ir en tan precarias condiciones? Y luego se le ocurre, como solución a todos los problemas de su tiempo, disparar contra el rey. Él mismo confesó que pudo hacerlo antes, cuando estaba a pocos pasos de él durante la misa de campaña, y no lo hizo. Prefirió esperar al desfile. Todo improvisación. Comprar un revólver de juguete, como otros testigos manifestaron, un arma que ni siquiera había probado cuando se plantó delante de Don Alfonso dispuesto a disparar. Lo dijo un compañero suyo, anarquista para más señas: “Ese atentado es un chiste”. Si en la calle Alcalá Sancho Alegre se adelanta y grita, digamos: “¡Viva la anarquía! ¡Muera el rey!”, lo detendrían tomándole por loco. Sin embargo, si hace esto mismo sin gritar, con un revólver en la mano, entonces estaba cuerdo y era perfectamente responsable de sus actos ¡No me diga más!

-      Su conclusión entonces es que era un irresponsable, un perturbado.

Indudablemente. El doctor Achúcarro, muy acertadamente, insistió en la idea de que era un suicida, que el reo quería morir en aquel momento o inmediatamente después. Por eso decía a su mujer que le iban a fusilar. Es lo que deseaba como solución a sus problemas, acabar con lo que lo perturbaba en la figura del rey, matar en un acto más teatral que auténtico, morir después ajusticiado. El atentado fue una caricatura. Compárelo con la acción tremenda de Mateo Morral unos años antes, tirando una bomba en París, consiguiendo escapar y arrojando otra en 1906 al paso de la comitiva real, causando decenas de muertos. Eso es un atentado planeado, meditado, con un propósito político, buscando una salida para emprender la fuga tras causar el mayor daño posible, pero ¿lo de Sancho? Aquella fue la acción de un imbécil, de un trastornado psíquico, de un alienado. Pero el tribunal no quiso verlo así, no lo quiso aceptar desde el principio.

 

Nota del editor: Nacido en 1875 en Torrecilla de Cameros (Logroño), Don Eduardo Barriobero y Herrán ingresó en la Unión Republicana en 1903. Desde el principio destacó por su oratoria y, como abogado, su defensa de los obreros. Era partidario de una conjunción con los socialistas y anarquistas. Antes de este juicio adquirió fama por su defensa de los implicados en los sucesos de Cullera de 1911. Sería elegido desde 1914 repetidamente como diputado por la Conjunción Republicano-socialista.

Cabeza del partido Republicano Federal desde 1930 su actuación durante la República fue decidida pero no siempre exitosa en su intento de unir fuerzas democráticas en la defensa de los valores que le fueron propios. Enfrentado a Lluis Companys durante la guerra civil por no aprobar los métodos jurídicos de las autoridades catalanas, fue acusado de actos irregulares y pasó en prisión algún tiempo. Con la caída de Barcelona en 1939 se le sometió a un juicio sumarísimo, condenado y fusilado. Sus restos acabaron en una fosa común.

Diego Medina

 

       Aquel desgraciado caso, sí, claro que me acuerdo de él. No fue difícil desmontar la defensa hecha por el señor Barriobero, un excelente abogado por otra parte pero que se había encargado de un caso muy claro para la fiscalía que yo tenía el honor de representar.

-      ¿Tal vez pensaba que Rafael Sancho no era epiléptico?

La situación no era de blanco y negro, enfermo o no. Se trataba de determinar el grado de esa epilepsia y si esa enfermedad le había producido un trastorno tal que no fuera responsable de sus actos. Por supuesto, había sido epiléptico pero los accesos fueron esporádicos y leves, hasta el punto de que, como dije en mi alegato final, no se había demostrado en realidad que hubiera tenido ataque alguno desde 1911. La defensa, con ayuda de sus peritos médicos, hombres eminentes en su campo, no le digo que no, descansen en paz, se agarraba a cualquier elemento por pequeño que sea. Así, los señores Achúcarro y Vera insistieron en una pequeña protuberancia craneal pero, como quedó claro durante el proceso, esa característica no concurría con otras que sí hubieran sido señal de perturbación. Se les dijo que la lengua no mostraba signo alguno de haber sido mordida, ni el más mínimo tejido cicatricial y ellos aducían no sé qué problemas en una prueba de lo más elaborada que consistía en cambiar algunas letras en un mensaje escrito. Mire, comprendo que el caso era desesperado porque defender la locura o el trastorno mental de una persona que, por otra parte, actúa con una gran normalidad, resulta muy difícil. Se trataba de magnificar determinados elementos de su conducta, darles una interpretación que oscureciese el hecho de que Rafael Sancho era un sujeto normal.

Por ejemplo –continúa gesticulando con las manos-, lo de las fugas epilépticas. ¿Su huida a Marsella fue un acto impulsivo, propio de un perturbado, como afirmaban, o era el de una persona que desea escapar del rechazo de los padres de su futura mujer? Los distintos viajes que, una vez casado, realizaba a Francia ¿eran impulsos epilépticos o bien es que buscaba un trabajo mejor remunerado? Todo era lo mismo con la defensa. Pretendían que un acto cualquiera fuera el de un sujeto enfermo cuando no lo era en lo más mínimo. Me acuerdo perfectamente de la insistencia en que el arma empleada era de juguete, que no la había empleado antes… ¿cómo dijo el señor Barriobero? Que era una caricatura de atentado, afirmó. Muy bien, pero ¿no se disparó el revólver? ¿las balas no eran de verdad? Cuando pretendió ganarse al público diciendo aquello de que finalmente el arma era un juguete que todo el daño que había hecho era atravesar el calcetín de un guardia, me rebelé, aquello fue dicho con muy mal estilo, faltando a la verdad y para producir la risa del público presente ganándose su voluntad, que bien lejos la tenía. No, el revólver utilizado era capaz de matar, como lo demostraron las graves heridas que padeció el agente aquel, el señor Guijarro. Sencillamente, el caracoleo del caballo del rey es el que impidió que acertara plenamente en sus objetivos, el movimiento de la montura y dos guardias que se lanzaron sobre él en cuanto se dieron cuenta de lo que pretendía. Los argumentos de la defensa caían así, uno a uno.

-      Permítame que le recuerde una frase de su alegato:

 

“El procesado, si bien es asiento de una afección morbosa que le producen algunos accesos epileptiformes, no ha estado nunca privado de razón, ni es por consiguiente un irresponsable”.

 

       Efectivamente, hoy volvería a decir lo mismo. No niego que existiera dicha afección ni que el procesado fuera un hombre desequilibrado, pero resultaba evidente que era plenamente responsable del regicidio que si había sido frustrado era solo por causa de la suerte y de unos hechos imprevistos, no por su intención. Su deseo fue siempre el de matar al rey. Sus lecturas lo habían hecho odiar a los patronos y burgueses, a los capitalistas, a las instituciones y en la cumbre de todas ellas estaba el rey. Que esas lecturas lo trastornaron es cierto, que el odio que sintió y los planes que fue concibiendo son obra de un maniático, de alguien con el deseo inexplicable de matar, no se lo niego. Pero en todo momento planeó su acción, meditó lo que iba a hacer, pretendió escapar a la acción de la justicia. No había trastorno mental que impidiera la plena responsabilidad por el regicidio. Su memoria, por ejemplo, era excelente, tenía capacidades superiores de las que carecen personas supuestamente normales: sabía leer y escribir, echar cuentas a la perfección, se acordaba de todo lo realizado el día anterior hora por hora. La defensa argumentaba que había estado condicionado por una persecución policial implacable y un estado de necesidad social. No le digo que anteriormente no padeciera hambre y necesidades, que se hubiera transformado en un vagabundo durante su llegada a Madrid, pero en el momento de cometer ese acto traicionero disfrutaba de un trabajo, cobraba un jornal suficiente y no le faltaba de nada. Respecto a la vigilancia policial ¿qué quiere que le diga? Eso no le impidió comprar un revólver y utilizarlo ¿no? Muy estricta no debía ser entonces, simplemente las comprobaciones rutinarias sobre un sujeto fichado como anarquista.

-      El señor Barriobero sostenía que sus agravantes…

Claro, el tema de la premeditación y alevosía. Por desgracia, en el recurso de casación la fiscalía no defendió esos agravantes con el énfasis con que yo lo hice en el juicio. Afortunadamente, eso bastó para el juez, que tenía delante el sumario de lo argumentado entonces. A ver, que hubo premeditación era indudable. Incluso la defensa lo admitía porque era incontestable, aunque pretendía retorcer la ley diciendo que el regicidio lo incluía por la propia naturaleza del delito. Si fuera así ¿por qué la ley no dice nada al respecto? ¿Es que el señor Barriobero, al que por otra parte respeto mucho, puede usted decírselo, es que pretendía cambiar la ley, crear jurisprudencia en el caso del regicidio? Pues no podía conseguirlo, con mi anuencia y la del tribunal no, desde luego. Si en el Código Penal el delito de regicidio no incluye como propia de su naturaleza la premeditación, es que no lo es, eso es irrebatible. Respecto a la alevosía, que era más cuestionable, creo recordar que dijo que la víctima, Su Majestad, no estaba indefensa. De todos modos, si los guardias que estaban junto al rey en el momento de los disparos no pudieron impedirlos ¿lo podría haber hecho Don Alfonso desde su montura? Ya sé que adoptó una posición defensiva pretendiendo con éxito eludir las balas que le disparaban, pero se vio incapaz de atajar la acción del criminal, del mismo modo que nadie pudo impedirlo en su lugar. Los hechos estaban claros y responden a la definición de alevosía, por mucho que se quisieran retorcer sus argumentos.

De manera que el eximente de la epilepsia no bastaba para eximirle de responsabilidad y los agravantes eran aplicables. La sentencia a muerte no pudo ser más justa.

-      Respecto al indulto dado por el rey…

Eso es atribución del monarca y, como sabe, es sumamente generoso con esa prerrogativa real. Desde principios de siglo lo ha empleado en numerosas ocasiones. No cabe duda que el espíritu de los tiempos no es favorable a las ejecuciones como lo era antaño, pero nosotros nos sujetamos a la ley, somos sus representantes y defensores, y esa ley aún no ha cambiado. El delito conllevaba la pena máxima. De todos modos, si me pregunta mi opinión personal, me sentí algo aliviado cuando el gobierno propuso el indulto y fue refrendado por el rey. Toda acción penal que no termina en muerte, que se queda en grado de frustración, no debería suponer la pena máxima. Pero ojo, joven, una cosa es lo que yo piense en el ínterin de mi persona, como ciudadano, y otra muy distinta el papel a que me obligan mis responsabilidades como fiscal.

 

Nota del editor:  Diego Medina y García, nacido en Montoro (Córdoba) en 1866 había ejercido por entonces la fiscalía en Barcelona con motivo de la llamada “Semana Trágica” y lo volvería a hacer en otro período posterior (1921-1923) en importantes procesos como los asesinatos de Salvador Seguí o el de Pau Sabater.

       Nombrado en 1923 presidente de la Audiencia Territorial de Madrid fue elegido como miembro del Tribunal Supremo en 1930, ocupando la presidencia de dicho organismo durante el tiempo de la Segunda República. Fue apartado de tal puesto en 1936 por su tibieza frente al golpe militar, al negarse a firmar una declaración de lealtad al gobierno de la República.

       Pese a ello fue sometido a un consejo de guerra por los vencedores de la contienda abriéndosele un expediente de depuración en 1940 por el que fue separado definitivamente de la magistratura. Moriría dos años después, retirado en su población de origen, con 76 años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El editor

 

       Conocí a Don Ángel Verdes en 1937, cuando acababa de incorporarme al Ejército popular republicano en mi ciudad, Barcelona. Era tan joven que me destinaron a vigilancia interna, llevar recados de un organismo a otro, prestar ayuda donde fuera necesario. Yo estaba deseando empuñar un arma frente al enemigo pero durante todo aquel tiempo la influencia de un tío mío, un cargo relativamente importante del gobierno catalán, me lo impidió. Con mi padre fallecido y yo con diecisiete años le tuve que agradecer que velara por mí como lo hizo, tratándome como si fuera un hijo más. Para él mi mejor recuerdo y mi eterno agradecimiento.

       Asistía por entonces, con mi uniforme y mi cara barbilampiña, a un café cerca del mercado de la Boquería donde se reunían combatientes venidos del frente y de permiso. Me gustaba escuchar sus historias, sentarme a su lado y sentirme uno de los suyos por un instante. Alguno me decía: “No tinguis pressa, noi. En el front només hi ha mort, fang i misèria”. Así supe de la muerte, del barro y la miseria pero también de heroísmos, de gente dura que se enfrentaba a la muerte cara a cara, “dos amb collons”, como solían afirmar.

       Algunas veces encontré entre ellos, como uno más, a un hombre delgado, de mirada triste. Hablaba muy bien de lo que había visto, se veía que tenía letras, alguna vez me miraba con curiosidad. “Tenías que estar estudiando” me dijo un día, “aprender tantas cosas que deberías aprender”. Yo le respondí envalentonado: “Yo lo que quiero es combatir”. Sonrió, lo recuerdo muy bien, pero seguía con esa mirada.

       Cogimos confianza. Me contó que era reportero para un diario madrileño. Entonces a Madrid se le admiraba, seguíamos las noticias de la ciudad, el cerco al que resistía desde tanto tiempo atrás, con una mezcla de envidia y admiración, de completa solidaridad. Las dos ciudades estábamos en el mismo bando. Yo tenía mucha curiosidad que él satisfacía. Acostumbramos a salir de paseo por Barcelona tras estar en el café y charlar mucho. Le dije que me gustaba leer, le comenté mis lecturas. Me indicó algunas que me harían falta para entender el horror que se extendía por España. Otras para que mi espíritu volara por encima de aquella contienda entre hermanos. Decía cosas que yo no entendía bien pero que recuerdo, siempre tuve una excelente memoria.

       Un día me dijo que había sido pariente político del gran Benito Pérez Galdós. Aquello me deslumbró. Yo había leído algunas de sus novelas en la biblioteca de mi tío. Me contó de sus últimos años, cuando él era un chiquillo como yo lo era entonces, y su hermano terminó casándose con la hija del escritor. No me cansaba de preguntarle sobre el lugar donde vivía, las costumbres que tenía, las actrices de teatro que había conocido en casa de su pariente.

       “La afición de escribir me vino de aquel tiempo” me dijo un día. “Lo mismo que hablamos tú y yo, yo lo hacía con Don Benito, un hombre acogedor y muy descreído” añadió con una sonrisa. “Buena la montaron algunos curas cuando murió. Según ellos destilaba azufre pero lo cierto es que la gente lo quería y lo admiraba y no sé qué hacía más el pueblo de Madrid, si quererlo o admirarlo”. Hablamos de sus primeras lecturas, de ese afán naciente de escribir.

       Una tarde en que me invitó a su casa, de la que fui asiduo durante unos meses, me enseñó unos papeles que tenía dentro de una carpeta. “Ésta es la novela que nunca escribí”. Quise saber más detalles, leer aquellas notas escritas con buena letra pero con tachaduras. Entonces me dijo que esa historia le había rondado la cabeza mucho tiempo, que había buscado a los testigos de aquel hecho, recogidos sus testimonios. Con todo ello había deseado “armar el rompecabezas” decía él, redactar una novela como las de Don Benito, un cuadro, un fresco del Madrid de la época, de una serie de personajes en torno a un atentado contra el rey del que yo no había oído hablar.

       Quise leerlo y me dejó una parte que devoré al día siguiente. Cuando entré en su casa a la tarde siguiente ya tenía listos muchos comentarios sobre algunas posibilidades de entretejer la historia, de estructurarla de forma cronológica dejando los testimonios como fueron pero suavizando sus bordes, enlazándolos de una manera que le propuse. Me acuerdo que lo dejé sorprendido, no tanto porque mis aportaciones fueran de interés, como por el hecho de haberlo leído todo tan rápido y en profundidad.

       “Quizá tú pudieras escribir la historia que yo no supe hacer con todo este material” me sonrió con esa mirada triste que daban ganas de abrazarlo. “Quizá hayas nacido para ser un gran escritor”. No fue así, desde luego, pero algo pude hacer con el tiempo en circunstancias que luego comentaré.

       La historia, de todos modos, me había atrapado. Le pedí el resto de las declaraciones de aquellos que habían tenido que ver con Rafael Sancho Alegre. Me lo dejó y a la tarde siguiente ya estábamos comentándolo. Le cerqué a preguntas, quería saberlo todo.

       Me dijo que había intentado hablar con el protagonista de la historia, sin conseguirlo. Al parecer, no había confiado en que contara su historia como él quería que se escribiera. Eso le dijo el director de la prisión de Santoña. Se había transformado en un hombre malhumorado, cerril, callado pero trabajador. Hacía servicios de carpintería dentro de la cárcel, se comportaba bien en general, no causaba alborotos.

       Diez años después de su condena lo enviaron a Tarrasa. Era en 1923. Según supo indirectamente, había envejecido mucho, tenía todo el pelo canoso y andaba encorvado pero siguió trabajando en su oficio, por ejemplo construyendo la cabina del cinematógrafo de la prisión. Intentó de nuevo verlo pero siguió negándose, ahora le dijo al director de aquella cárcel que no quería recordar por qué le condenaron. “De manera que quedé sin su testimonio que tal vez me hubiera animado a darle un final a esta historia. Aunque debo reconocer que para entonces casi lo había olvidado tratando de abrirme paso en los periódicos de la capital, el Heraldo de Madrid, sobre todo, pero con una fortuna irregular. Nunca fui un gran escritor, ésa es la verdad”.

       Me dolió que dijera aquello. Nos quedamos en silencio. Luego le manifesté que era necesario que aquellos testimonios no se perdieran, que aquel hecho y sus protagonistas no cayeran simplemente en el olvido. No entendía cómo no lo había publicado. “Esta noticia no interesa a nadie ya” me contestó.

       Varios días después, sería en verano de 1938, me dijo que marchaba al Ebro, para transmitir en su periódico las crónicas de la terrible batalla que estaba sucediendo allí. “El destino de la guerra se está escribiendo en el Ebro”, dijo. Yo me consumía de no poder ir, ya me consideraba mayor pero mi tío me había destinado a un servicio de información y me pasaba el día escribiendo informes y tascando el freno de mis deseos juveniles. “Para morir siempre tendrás tiempo” me contestó tajante mi tío cuando protesté.

       Don Ángel me dijo aquella tarde, la última que lo vi, algo que cambió el destino de aquellos papeles suyos. “Mira, no sé qué pasará donde voy. Si algo me sucediera he dejado instrucciones estrictas a la casera de que esos papeles sean para ti, para que te acuerdes de tu amigo y quizá puedas llegar a escribir la novela que yo no supe escribir”. Yo estaba conmovido. Pensaba que un reportero no corre los riesgos de los soldados, que aquello no dejaba de ser una preocupación sin base alguna, aunque la guerra fuera traicionera.

       Un mes después me llamaron a la oficina donde me encontraba. Ya sabía que habíamos sufrido grandes reveses en el Ebro, que las fuerzas republicanas tuvieron que retroceder y pasar al otro lado del río. Con ello toda Cataluña quedaba desprotegida y en riesgo de caer. La llamada era de aquella señora, la casera de Don Ángel Verdes. Fui a su casa y me lo dijo, que le habían avisado que mi amigo había caído, no sabía cómo ni dónde pero que había sido en los primeros días de noviembre de 1938.

       Me quedé inmóvil, como helado. No me lo podía creer del todo. Por desgracia, en aquel tiempo era la noticia más frecuente entre familiares y amigos. La mujer no se atrevió a darme el abrazo que seguramente deseaba. Yo empezaba a dejarme el bigote, quería ser mayor y no romper a llorar como estuve a punto de hacer. Me tendió la carpeta y la puse debajo del brazo antes de despedirme.

       El resto es mi historia. Ya sabía que Rafael Sancho vivía en Marsella desde que fuera indultado por el mismo rey al que quiso matar el 15 de agosto de 1930. Es de suponer que seguiría dedicándose a sus tareas de carpintero, a fin de cuentas fue liberado con 42 años aunque algunos lo vieron salir, como dije, muy envejecido. Luego se lo tragó la historia como nos pasó a los republicanos que aún resistimos en Barcelona sintiendo cada vez más cerca el aliento de la derrota.

       Escapé hacia el paso fronterizo de Francia el 23 de enero de 1939, en medio de un caos donde se mezclaban automóviles, caballerías y caminantes que cargaban gruesas maletas que iban quedando al borde del camino, a medida que avanzábamos entre grandes penalidades. Después de estar internado un tiempo en un campo cerca de Colliure pude embarcar para México donde aquel gran presidente, Lázaro Cárdenas, acogió a miles de derrotados que llegábamos con el alma rota. Yo era joven, estaba dispuesto a abrirme paso, rehacer mi vida. Los mayores lo tenían peor, alguno murió en la zona de Chiapas donde terminamos destinados.

       Me alié con dos amigos y decidimos escapar hacia el Distrito Federal. Empezamos a vender libros por las casas, aceptar encargos, llegamos a montar una pequeña oficina que era más una choza que un despacho de verdad. Pero aquello creció, con el tiempo editamos nuestros propios libros, la mayoría de naturaleza política, otros más distraídos que nos reportaban las mayores ganancias. Contactamos con gente de Barcelona años después para que distribuyeran nuestros libros, al menos los que eran aceptables para la censura de la época. Tuvieron mucho éxito en el boca a boca y nos animaron a seguir en el empeño creando una editorial dedicada a cuestiones educativas, políticas (el sello de nuestra casa), y luego ya los libros de autoayuda y todo lo que pudimos.

       Ahora me llega el merecido retiro. Mis hijos continuarán con la editorial, tal vez incluso pasen a trabajar con una mayor que nos engullirá a todos. Pero hice mi camino, me abrí paso, viví lo suficiente. Y ahora que se acaba tanto andar me acuerdo de aquel hombre, de ese amigo que conocí y me animó a leer, a escribir, a vivir de esto como finalmente he hecho, aunque no de la forma que él imaginaba. Me he acordado de Don Ángel Verdes, un hombre maduro que fue a fijarse en el jovencito que era yo, el muchacho impaciente por combatir y que tuvo que hacerlo, finalmente, con otras armas de combate: los libros, los pensamientos y las ideas.

       La carpeta tuve que cambiarla con el tiempo porque quedó destrozada con los viajes y los avatares del exilio pero su contenido se conservó. La historia es mínima. Un perturbado, un anarquista loco que quiso matar a un rey. Un intento que casi fue una broma, una anécdota de la historia, pero que pudo cambiarla por completo. A veces falta tan poco para conseguirlo y aquel loco soñó con ello. No era un idealista como tantos otros en su tiempo, no lo hizo para que triunfase en España una república, una nueva oportunidad de vivir con libertad. Solo empuñó un arma que nunca había utilizado para abatir a ese rey que nos condujo, junto a muchos más, a una espiral de violencia y represión en aquellos tiempos. Quizá su muerte no hubiera servido para nada, también lo he pensado.

       En todo caso, he terminado de pagar una deuda y ahora puedo retirarme a la Costa Brava, donde tengo una casita junto al mar. A veces he pensado cómo lo alcanzó la muerte a mi amigo. Pregunté sin que nadie me lo pudiera decir. Me hubiera gustado saber dónde fue enterrado, en qué campo, en qué cuneta. Me gustaría llegar allí y permanecer mucho rato, mirar el horizonte por él, contarle mis aventuras, decirle que crecí, me gané la vida y que la España con que soñó nunca será perfecta pero al menos ha superado aquel tiempo de horror y miseria.

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