© Libro N° 12030.
El Anacronópete. Gaspar,
Enrique. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Anacronópete. Enrique Gaspar
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Enrique Gaspar
El Anacronópete
Enrique
Gaspar
Páginas
El Anacronópete
Capítulo primero. En el que se
prueba que ADELANTE no es la divisa del progreso.
Capítulo II. Una conferencia al
alcance de todos.
Capítulo III. Teoría del tiempo:
cómo se forma: cómo se descompone.
Capítulo IV. En el que se tratan
asuntos de familia.
Capítulo V. Cupido y Marte.
Capítulo VI. El vehículo
considerado como escuela de moral. Capítulo VII. ¡Marchen!
Capítulo VIII. Efectos
retroactivos.
Capítulo IX. Reducción gradual
del ejército hasta su supresión definitiva.
Capítulo X. En que tiene lugar un
incidente que parece insignificante y es, sin embargo, de mucha importancia.
Capítulo XI. Un poco de erudición
fastidiosa aunque necesaria.
Capítulo XII. Cuarenta y ocho
horas en el Celeste Imperio.
Capítulo XIII. La Europa del
siglo XIX ante la China del siglo III.
Capítulo XIV. Un huésped
inesperado.
Capítulo XV. La resurrección de
los muertos antes del Juicio final.
Capítulo XVI. En que todo se
explica complicándose todo.
Capítulo XVII. Panem et
circenses.
167
Capítulo XVIII. «Sic transit
gloria mundi»
186
Capítulo XIX. Los náufragos del
aire.
197
Capítulo XX. El mejor, no porque
sea el más bueno, sino por
207
Nota de transcripción
Índice
CAPÍTULO PRIMERO
E( ADELANTE
París, foco de la animación,
centro del movimiento, núcleo del bullicio, presentaba aquel día un aspecto
insólito. No era el ordenado desfile de nacionales y extranjeros dirigiéndose a
la exposición del Campo de Marte ya para satisfacer la profana curiosidad, ya
para estudiar técnicamente los progresos de la ciencia y de la industria. Mucho
menos reflejaban aquellas fisonomías la alegre satisfacción con que los
habitantes de la antigua Lutecia corren anualmente a ver disputar el gran
premio en el concurso hípico destrozando palabras inglesas y luciendo trajes y
trenes, capaz cada uno de satisfacer el precio del handicap y de saldar todos
juntos la deuda flotante de algún Estado.
Verdad es que aunque época de
certamen universal, pues desfilaba el año de H O, no lo era de carreras, pues
no iban transcurridos más que diez días del mes de julio. Además no había
vaivén; es decir que no acontecía lo que en aquellos casos, que la gente que se
divierte se cruza en opuesta dirección con la que trabaja o huelga. Todos
seguían el mismo rumbo llevando impresa en la mirada la huella del asombro. Las
tiendas estaban cerradas, los trenes de los cuatro puntos cardinales vomitaban
viajeros que asaltando ómnibus y fiacres no tenían más que un grito: «¡Al
Trocadero!»
Los vaporcitos del Sena, el
ferrocarril de cintura, el tram-way americano, cuantos medios de locomoción en
fin existen en la Babilonia moderna, multiplicaban su actividad hacia aquel
punto atractivo del general deseo. Aunque el calor era sofocante como de
canícula, dos ríos humanos se desbordaban por las aceras de las calles, pues,
exceptuando los vehículos de propiedad, París con sus catorce mil carruajes de
alquiler, no podía transportar arriba de doscientas ochenta mil personas,
concediendo a cada uno diez carreras con dos plazas; y como la población se
elevaba a dos millones, en virtud del espectáculo del día a que todos querían
asistir, resultaba que un millón y setecientos veinte mil individuos tenían que
ir a pie.
El Campo de Marte y el Trocadero,
teatro de aquella representación única, habían sido invadidos desde el amanecer
por la impaciente multitud que, no contando con billete para la conferencia que
en el salón de festejos del palacio debía celebrarse a las diez de la mañana,
se contentaba con presenciar la segunda parte, mediante el valor de la entrada,
en el área de la Exposición. Los que ya no tuvieron acceso a ella, asaltaron
los puentes y las avenidas. Los más perezosos o menos afortunados se vieron reducidos
a diseminarse por las alturas de Montmartre, los campanarios de las iglesias,
las colinas del Bosque y las prominencias de los Parques. Tejados, obeliscos,
columnas, arcos conmemorativos, observatorios, pozos artesianos, cúpulas,
pararrayos, cuanto ofrecía una elevación había sido adquirido a la puja; y los
almacenes quedaron exhaustos de paraguas, sombrillas,
sombreros de paja, abanicos y
bebidas refrigerantes para combatir al sol.
¿Qué ocurría en París? Hay que
ser justos. Ese pueblo que así se admira a sí propio colocando sus medianías
sobre pedestales para que el mundo los tome por genios, como se divierte
consigo mismo caricaturándose en sus infinitos ratos de ocio, se conmovía esta
vez con sobrada razón. La ciencia acababa de dar un paso que iba a cambiar
radicalmente la manera de ser de la humanidad. Un nombre, hasta entonces oscuro
y español por añadidura, venía a borrar con los fulgores de su brillantez el
recuerdo de las primeras eminencias del mundo sabio. Y en efecto. ¿Qué había
hecho Fulton? Aplicar a la locomoción marítima los experimentos de Watt o de
Papin a fin de que los buques caminasen con mayor rapidez venciendo más
fácilmente la resistencia de las olas con su fuerza impulsiva; pero salir en
lunes de un puerto para llegar en martes a otro en que antes, a la vela y
viento en popa, no hubiera sido posible fondear hasta el sábado, no puede
decirse que fuera ganar tiempo sino perder menos a lo sumo. Stephenson, inventando
la locomotora, le hacía devorar espacio sobre dos nervios de metal; pero
recorrer mayor distancia en menos minutos era siempre ir en busca del mañana
por la senda del hoy. Lo mismo digo de Morse: transmitir el pensamiento por un
alambre merced a un agente eléctrico, no destruye el que, aunque el fluido sea
capaz de dar cuatro veces la vuelta al orbe terráqueo en un segundo, la idea
tarde en volver a su punto de partida en cada revolución sobre la línea
equinoccial la duocentésimo-cuadragésima parte de un minuto. Es decir que el
resultado es fatalmente posterior en la noción del tiempo. Además, el no
poderse prescindir de los conductores hace gráfica la definición que del
telégrafo eléctrico daba en esta forma un individuo: «Perro muy largo al que se
tira de la cola en Madrid y ladra en Moscú.»
Las hipótesis del famoso Julio
Verne tenidas por maravillosas, eran verdaderos juguetes de niño ante la
magnitud del invento real del modesto zaragozano vecino de la Corte de las
Españas. Bajar al centro de la tierra es cuestión de abrir un orificio por donde
verificar el descenso; imitar a los habitantes de Ergasteria que muchos siglos
antes de la era cristiana, ya penetraron en los abismos del Laurium
para desenterrar el plomo
argentífero. El trayecto era más corto; pero la carretera la misma. Navegar en
los aires por la ingeniosa teoría del soplete, no ofrece otra ventaja que
reducir la dirección a la voluntad del aereonauta suprimiendo la maroma con que
en la batalla de Fleurus hacía transportar Jourdan los Montgolfier para
descubrir la posición del enemigo. Ir al polo esperando el deshielo es obra de
pura paciencia; copia servil aunque sabia de esas personas que, para hacer
compras en un almacén, aguardan a que la tienda esté en liquidación. Por lo que
al Nautilus respecta, mucho antes que Verne ya había hecho una prueba
felicísima con el Ictíneo nuestro compatriota Monturiol. Para relatarnos lo que
existe en el fondo de los mares basta reunir un congreso de buzos. Y sobre todo
(perdón si me repito) que arrancar en lunes del terreno de aluvión para llegar
en martes al eoceno, en miércoles al permeano y concluir la semana en el mar de
fuego; trasladarse en veinte horas desde Francia al Senegal por la vía aérea; o
alcanzar por la submarina el fin de un viaje más tarde o más temprano, pero
siempre después, encierra una idea de posterioridad que hace monótona la misión
de la ciencia, corriendo invariablemente tras el mañana como si el ayer le
fuese conocido.
El mundo es la casa de la
humanidad, cuyos habitantes al irse multiplicando, van añadiendo pisos a la
fábrica con el fin de estar con más holgura; pero sin cuidarse de estudiar los
cimientos del edificio, para cerciorarse de que podrá resistir el peso abrumador
que le echan encima. Cuando tan desfigurado vemos media hora después el hecho
de que hemos sido testigos treinta minutos antes ¿podemos confiar ciegamente en
los relatos que la historia nos hace de los tiempos primitivos sobre los que
fundamos nuestra conducta por venir? Si por una serie de deducciones Boucher de
Perthes creyó probar la existencia del hombre fósil, ¿no es posible que el
fémur que él tomó por humano perteneciera en la escala zoológica a algún
congénere de la montura del escudero de don Quijote? El pasado nos es
absolutamente desconocido. Las ciencias retrospectivas al estudiarlo, proceden
casi por inducción, y mientras no tengamos conciencia del ayer, es inútil que
divaguemos sobre el mañana. Antes que ir a la negación por las hipótesis del
futuro,
aprendamos a creer en Dios
tocando de cerca los maravillosos orígenes de su colosal obra de arquitectura.
Tales eran los principios
filosóficos del doctor en ciencias exactas, físicas y naturales don Sindulfo
García, y su aplicación el espectáculo a que aquel pueblo, ávido de emociones,
concurría en masa con la ansiedad y la duda que necesariamente debía despertar
en él lo que, a pesar de llamarse París el cerebro del mundo, no cabía en su
cabeza.
—Pero, diga usted, señor capitán
—preguntaba a uno de húsares de Pavía un caballero que con diecinueve
individuos más se dirigía en ómnibus al sitio de la experiencia—. Usted como
español debe estar enterado del mecanismo del Anacronópete.
—Dispense usted —respondió el
interpelado—: Yo sé batirme contra los enemigos de mi patria; ser comedido con
los hombres, galante con las señoras; conozco la disciplina, la táctica y la
estrategia; pero en punto a navegar por el aire solo he aprendido a ser
manteado en el colegio cuando no tenía la petaca bastante repleta para
abastecer a mis condiscípulos.
—Con todo —insistía el
preguntón—. A mí se me figura que en calidad de compatriota del sabio inventor
del aparato, debe usted poseer nociones más exactas de él que un extranjero.
—Me honro con el título de
español y soy además sobrino del señor García; pero no tengo más luces sobre el
asunto que cualquier otro.
La noticia del parentesco del
capitán con el coloso científico, redobló la curiosidad de los viajeros, que
empezaron a querer encontrar en él huellas de su tío, como en las desiertas
llanuras de Maratón o entre los viñedos de los campos cataláunicos buscamos las
pisadas de Milcíades o el casco del corcel de Atila. Las mujeres preguntaban si
don Sindulfo era casado; los hombres si tenía alguna condecoración, y todos si
era pariente de Frascuelo.
—Pero, en resumidas cuentas, ¿qué
se propone? —decía uno. —Lo que estamos hartos de hacer los franceses
—exclamaba un
patriota exaltado—. Viajar por
los aires.
—Sí; mas con dirección fija y con
una velocidad vertiginosa — argüía prudentemente un guardia nacional reparando
que el húsar
echaba mano del sable sin más
intención que la de colocárselo a su gusto.
—No niego —objetaba un cuarto—
que es maravilla y grande surcar a medida del deseo las corrientes
atmosféricas; pero esto más tarde o más temprano hubiera acabado por hacerse.
Lo que no concibe la inteligencia humana, es que con ese vehículo pueda el hombre
retrogradar en el tiempo saliendo hoy de París después de comer en Véfour para
llegar ayer al monasterio de Yuste y tomar chocolate con el emperador Carlos V.
—Eso es imposible —gritaron
todos.
—Para nosotros los ignorantes
—prosiguió el que hacía uso de la palabra—. No así para la ciencia que ha
sancionado la invención en el congreso último. De todos modos, pronto saldremos
de dudas. El señor García parte hoy en su Anacronópete para el caos, de donde
se propone regresar dentro de un mes trayendo las pruebas de su expedición
fabulosa.
—Apuesto a que el inventor es un
bonapartista que quiere poner de nuevo sobre el trono de Francia al traidor de
Sedán —vociferaba el patriota.
—O traernos el Terror con
Robespierre —decía apretando los puños un partidario de la causa legitimista.
—Poco a poco —argumentaba un
sensato—. Si el Anacronópete conduce a deshacer lo hecho, a mí me parece que
debemos felicitarnos porque eso nos permite reparar nuestras faltas.
—Tiene usted razón —clamaba
empotrado en un testero del coche un marido cansado de su mujer—. En cuanto se
abra la línea al público, tomo yo un billete para la víspera de mi boda.
Celebrando estaban aún todos la
ocurrencia, cuando el ómnibus (no sin gran riesgo de aplastar a la apiñada
muchedumbre) se paró en la cabeza del puente; y, apeándose, cada cual trató de
abrirse paso como pudo para dirigirse a su destino.
Parece ficción lo que acabamos de
oír, y sin embargo nada hay más positivo. El doctor don Sindulfo García se
aprestaba a hacer el experimento práctico de la resolución del más arduo
problema que hasta hoy registran los anales científicos: viajar hacia atrás en
el tiempo.
¿Qué análisis había hecho de él?
¿A qué clase de cuerpos pertenecía, lo que hasta hoy era una idea abstracta,
que así podía someterse a la descomposición? ¿De qué agentes se valía para
ello? ¿Qué colosal sistema era ese con que amenazaba llegar al descubrimiento
de la verdad retrogradando, en un siglo que busca sus ideales en el mañana y
que acepta el «adelante» como fórmula del progreso?
El capítulo siguiente nos lo
dirá.
CAPÍTULO II
U
Componíase el espectáculo de dos
partes. En la primera el sabio español se despedía de sus colegas, de las
autoridades y del público de París con una conferencia dada en el palacio del
Trocadero, en la que, supliendo el tecnicismo con demostraciones vulgares, se proponía
hacer comprensible a los menos versados en ciencias, los principios
fundamentales de su invención. Formaba la segunda la elevación del monstruoso
aparato desde el Campo de Marte hasta la zona atmosférica en que debía
realizarse el viaje. Para ser testigo presencial de la última, bastaba haber
satisfecho la cuota de entrada en el recinto de la exposición, trepar a las
eminencias o diseminarse por las llanuras en espacio abierto; y es lo que, como
hemos visto, hicieron las masas desde que empezó a alborear, poniendo a prueba
la prudencia y los puños de la gendarmería que al fin logró evitar una
irrupción en el palacio de la Industria. Pocos, relativamente, eran los
escogidos entre los muchos que alegaban derecho a oír la palabra del doctor. El
salón de fiestas, aunque espacioso, no bastaba a contener tanta gente. Ninguno
de los espectadores seguía el tratamiento del anti-fat, y sin embargo diríase
que todos habían enflaquecido, pues en cada asiento cabía por lo menos persona
y media. Las entradas estaban obstruidas y los pasillos cuajados de esa
multitud que aguarda paciente la ocasión de avanzar un paso, sabiendo que no ha
de llegar nunca a la meta.
Los presidentes de la república,
de los cuerpos colegisladores y del gabinete; el cuerpo diplomático, las
comisiones de los institutos y academias, de las corporaciones sabias y del
ejército alternaban, luciendo sus uniformes sembrados de placas y cintas, con
el modesto sacerdote sin más cruz que la del Gólgota destacada sobre el fondo
negro o morado de su túnica talar. Algunos fracs, aunque pocos, pues en Francia
raro es el que no tiene uniforme, asomaban como con vergüenza su condición
civil entre océanos de seda, cascadas de blondas, montes de brillantes y nubes
de cabellos, negras unas como de tempestad, rubias otras como estratos heridos
por el sol poniente y casi ninguna del color que anuncia la nieve en el
invierno de la vida: que mujer y vieja va siendo ya cosa incompatible en la
patria de Violet y de Pinaud.
Por fin sonó la hora: una
ondulación de curiosidad vibró en el recinto y la puerta, abierta de par en par
por dos ujieres, dio paso a la comisión científica, a la derecha de cuyo
presidente caminaba el héroe con la modestia propia del talento impresa en el
semblante. Todo en él era vulgar. Su nombre más que de sabio parecía de barba
de sainete. Su apellido no estaba ligado por ninguna partícula a esas hojas
patronímicas que, como Paredes, o Córdoba, prestan frondosidad a los árboles
genealógicos e impiden la falta de respeto con que un vástago ilustre de los
García, la Malibrán, es nombrada en el mundo del arte cual pudiera serlo la
Bernaola en el de los criminales célebres. Llevaba sus cincuenta años, no con
el soberbio orgullo del titán aportando la piedra para escalar el cielo, sino
con la resignación del mozo de cordel que transporta un baúl. Pequeñito, con
sus guedejas lisas y en correcta formación, el traje muy cepilladito y como
colgado de su armazón de huesos, tenía una de esas caras que parecen hechas
bajo la influencia del nombre del que las ha de ostentar. En suma, era digno de
llamarse D. Sindulfo García y merecedor del apodo de Pichichi que su criada le
había puesto por sambenito. Tal era la envoltura que la sabiduría eligiera para
asombrar al mundo probando una vez más que bajo una mala capa se esconde un
buen bebedor.
La comisión tomó asiento debajo
del órgano monumental; el presidente agitó una campanilla de plata, la sesión
quedó abierta, y el inventor del Anacronópete pasó a ocupar la tribuna a través
de
una tempestad de aplausos que
apagó, no su voz harto débil e insonora, sino el movimiento de sus labios que
hizo comprender a la multitud que había pronunciado el sacramental «señores»
comienzo de todo discurso.
Restablecido el silencio, el
héroe se expresó de esta manera:
—Seré breve porque cuantas más
horas consuma más alargo la distancia que me separa del ayer a donde me dirijo.
Seré vulgar, porque, sancionadas mis teorías por el mundo sabio, solo me resta
hacerme comprender de todos. Ello no obstante contestaré a cuantas objeciones
se me hagan. Mi propósito nadie lo ignora, es retroceder en el tiempo, no para
detener el continuo movimiento de avance de la vida, sino para deshacer su obra
y acercarnos más a Dios encaminándonos a los orígenes del planeta que
habitamos. Pero para explicar cómo se deshace el tiempo, es preciso que antes
sepamos de qué se compone este. Procedamos con orden. Dios hizo el cielo y la
tierra: aquel oscuro; esta en la forma caótica. Después dijo:—«Sea hecha la
luz»—y la luz quedó hecha. Tenemos pues al Sol flotando en la bóveda celeste y
al orbe suspendido en el espacio por la atracción solar. Cualquiera sabe, desde
que Galileo demostró el principio de la rotación de la esfera, que el mundo se
mueve; pero lo que no ha dicho la ciencia todavía, es por qué la tierra al
girar verifica su movimiento de occidente a oriente en vez de hacerlo a la
inversa; y esto es lo que yo voy a exponer como base de mi sistema
anacronopético.
El auditorio dejó escapar un
murmullo de satisfacción, y el sabio continuó de este modo su conferencia:
—La Tierra en un principio estaba
sumida en el caos; era una inmensa bola de fuego que, como todo cuerpo
incandescente, exhalaba esos vapores que conocemos con el nombre de
irradiación. Fija en su eje, pues como obra acabada de crear no había empezado
aún las revoluciones que el Hacedor le impuso, su calor era infinitamente más
intenso por Oriente en virtud de la influencia del sol que constantemente la
estaba bañando por aquella parte. Los que hayan visto fundirse en una marmita
sustancias bituminosas habrán observado la enorme cantidad de vapor que se
desprende de ellas. Figúrese por lo tanto el que despediría la fusión de un
esferoide cuyo volumen es de mil setenta y nueve millones de
miriámetros cúbicos. El más lego
concibe que semejantes evaporaciones no podían tener lugar sin que cada
desprendimiento fuese acompañado de un estampido y de una convulsión. Ahora
bien, si al dispararse un cañonazo, la repercusión hace que el cañón retroceda,
cada descarga de la irradiación debía llevar consigo dislocaciones en la esfera
terráquea. Y como las descargas se repetían con más frecuencia e intensidad por
la parte Oriente del planeta en razón del mayor calórico que el sol le
suministraba, los repetidos retrocesos originados hacia aquel lado por las
constantes sacudidas dieron por resultado la rotación del esferoide sobre su
eje, en la dirección de Poniente a Levante, sabiamente prevista por la
Providencia para la periódica sucesión de los días y las noches, y tan duradera
como a su omnipotente arbitrio plazca que sea el fuego central que le sirve de
motor.
Un prolongado hurra acogió esta
teoría tan nueva como atrevida e inesperada. El doctor sin humedecerse la
boca—lo que no dejó de llamar la atención de los oyentes, acostumbrados a ver a
sus oradores hacer siempre uso del agua en la peroración,—reanudó así el hilo
de la suya.
—Todo fenómeno obedece a una
causa; y sin embargo han transcurrido dos siglos y medio desde que el inventor
del termómetro y del compás de proporción, el sabio de Pisa que por el isócrono
movimiento del péndulo enseñó a medir las pulsaciones de la arteria y a contar
los segundos, Galileo en fin, nos dijo que la Tierra se movía, hasta hoy que
nos ha sido revelada la razón de un hecho tan sencillo. Pero ¿basta esto? De
ningún modo. Si todo fenómeno obedece a una causa, preciso es también que tenga
un fin, que produzca un resultado, que llene un objeto. «La Tierra se mueve»
grita un hombre; y en seguida la ciencia pregunta: «¿Por qué se mueve?» «Por el
desprendimiento de calórico» responde la observación; pero acto continuo la
filosofía da el alto, cruza el arma y exclama a su vez: «¿Y para qué se mueve?»
Vamos a contestar a la filosofía. La Tierra se mueve para hacer tiempo. Nuestro
planeta que, como hemos visto, no era más que una masa incandescente, llegó a
solidificar su corteza, vio surgir de su superficie montañas colosales, llenó
de mares sus senos, vistió su aridez con una flora sorprendente y poblóse de
una fauna riquísima. ¿Cómo se operó
este milagro? Muy sencillamente;
por la acción del tiempo: por una sucesión de días o de épocas cuyo trabajo
presidía la sabiduría y la voluntad del Hacedor Supremo, el cual permite que la
revolución continúe para perfectibilidad del hombre y admiración de su
omnipotencia. Las transformaciones del globo son pues la obra del tiempo. Pero
¿quién es este artífice? ¿Dónde están sus materiales? ¿Cuál es su laboratorio?
El artífice es la irradiación; sus materiales están en la zona gaseosa; su
laboratorio es el espacio: EL TIEMPO ES LA ATMÓSFERA. Todas las maravillas que
la naturaleza, la ciencia, el arte y la industria presentan hoy a nuestra
admiración y que creyéndolas la expresión genuina del progreso nos llenan de
orgullo, proceden íntegras de esa región en que el hombre no ha sabido
encontrar hasta ahora más que aire, lluvia, relámpagos, rayos, truenos y media
docena más de accidentes meteorológicos. Refrenad vuestra impaciencia: voy a
probar lo expuesto con una demostración práctica. A mí me gusta que la convicción
llegue al ánimo por el sentido de la vista.
Una oleada que amenazaba ser una
explosión se produjo en el auditorio. El presidente agitó su campanilla, y el
disertante, que se había vuelto de espaldas un momento, volvió a reaparecer de
frente teniendo en la mano un sombrero de copa cuyo cilindro envolvía una de
esas enormes gasas con que el hombre va diciendo que está de luto a los que no
se lo preguntan, por lo poco que les importa.
La gasa, dispuesta previamente
para el caso, daba cinco o seis vueltas al sombrero y no estaba adherida a este
más que por su cabo interior. Don Sindulfo empezó a desenvolverla entre las
carcajadas de la muchedumbre, que en aquella, como en todas las circunstancias
de la vida, aprovechó la que se le presentaba de abandonarse a su condición
frívola y bullanguera.
El sabio, como si nada oyese,
continuó su tarea; dejó flotar el crespón cosido por un borde a la copa y,
exhibiendo la sedosa felpa del sombrero, dijo, señalando el cilindro libre de
toda envoltura:
—He aquí la Tierra en su estado
incandescente tal y como a Dios le plugo arrojarla en el espacio infinito. Como
veis, está fija, inmóvil; pero de pronto, la irradiación representada por esta
gasa produce un desprendimiento; este por la repercusión origina una
dislocación en
el globo y la esfera principia a
girar sobre su eje dando lugar al tiempo que no es otra cosa que el movimiento
incesante.
Y así diciendo, mientras con la
mano derecha tendía la gasa simulando una columna de humo que se elevase, con
la izquierda imprimía una imperceptible rotación al sombrero.
—Mirad el tiempo —proseguía
señalando el crespón—. ¿Queréis saber cómo por una sucesión no interrumpida de
segundos se convierte en minerales, en plantas y en seres orgánicos? ¿Cómo del
alga llega al jardín de aclimatación, del caolín al aderezo de diamantes, de la
caverna a la arquitectura, del trilobito con sus tres lóbulos, a la frente del
hombre y al cálculo infinitesimal? Seguidle conmigo a su laboratorio
atmosférico.
La estupefacción estaba pintada
en todos los semblantes. El doctor dejó escapar una sonrisa de triunfo, heraldo
de su convicción, y remondándose el pecho continuó así:
CAPÍTULO III
T : :
Cualquiera que haya visto hervir
en un hornillo una cazuela de sopas, habrá tenido que fijarse necesariamente en
el fenómeno de transformación que se verifica en el vaho al escaparse por la
campana de la chimenea. Lo primero que hace es enfriarse y convertirse en gotas
de agua que paralizan la ebullición si caen en el fondo del recipiente; o bien
se trueca en hollín si la condensación tiene lugar a tal distancia del fuego
que le permite solidificarse. Es decir que si la cazuela continuara hirviendo
durante una serie no interrumpida de años, concluiría por formarse en la
superficie de las sopas una película o corteza producto de los desprendimientos
de los vapores, ni más ni menos que la que se forma en el fogón y que acabaría
por petrificarse a fuerza de tiempo. Pues apliquemos este principio a nuestro
caso.
El sombrero es la tierra; la gasa
el vaho. Este sube y se condensa; pero aquella gira y lo envuelve del mismo
modo que la faja se lía en la cintura del chulo o el turbante en la cabeza del
musulmán. Y aquí tienen ustedes cómo por esta rotación la primera capa del
crespón oculta ya la seda del sombrero como la primera película sólida del
globo ocultó la masa ígnea del planeta. La gasa aparece llena de pliegues y
hendiduras. ¿Qué representan? Los montes y las llanuras obra del tiempo. ¿En
dónde se ha producido este tiempo? En la atmósfera. ¿Es decir que el Himalaya y
la montaña del Príncipe Pío; el valle de Josafat y el de Andorra nos
han caído de las nubes?
Indudablemente. ¿Cómo? Así: los espantosos huracanes que entonces reinaban,
barrían hacia un punto dado las sustancias en fusión de la superficie de la
Tierra que, aglomeradas y acumuladas, formaban puntos prominentes, del mismo modo
que cuando soplamos en un plato de sémola, la sopa se llena de montoncitos. Por
otra parte las continuas descargas eléctricas abrían zanjas en la corteza del
esferoide o la deprimían produciendo cauces por los que corría la masa
incandescente que son los filones de hoy. Vinieron por último las lluvias
torrenciales que, enfriándolo y solidificándolo todo, dieron lugar a la
formación del terreno primitivo o sea de la primera capa consistente (contando
de abajo arriba) de esta corteza de ochenta kilómetros que nos sirve de
pedestal.
«Poco a poco, me objetará alguno:
Yo no veo en esas revoluciones atmosféricas sino agentes modificadores de las
propiedades del globo; pero nunca la idea del tiempo. Obra de este es
indudablemente el mundo; sin embargo, la razón no admite que los minerales, los
vegetales y los animales que en sí encierra, sean producto del rayo, del
huracán o de la lluvia.»
¿Qué es el tiempo? preguntaré yo
contestando. El tiempo es el movimiento; en la inacción no hay ni antes ni
después. ¿Quién ha impreso el suyo en la Tierra? La irradiación, el
desprendimiento de calórico, el vaho en fin por las repercusiones de sus descargas.
¿De qué agentes se componía este vaho? De todos los que hoy constituyen nuestro
planeta; y la prueba es que si la Tierra no se hubiese movido, los gases,
perdiéndose en el espacio, nos hubieran dejado sin globo llevándose con la
evaporación todas sus substancias. Luego la atmósfera, recibiendo
incesantemente las respiraciones del planeta, y devolviéndoselas transformadas,
es el laboratorio donde se operan las metamorfosis cósmicas, donde el
movimiento se realiza y donde por consiguiente el tiempo se produce. ¡Cómo!
¿Vosotros no veis en la lluvia más que la gota de agua, la chispa en el rayo,
la ráfaga en el huracán? Levantad el espíritu y adorad al Creador que os envía
en esos fluidos el mañana incesante, como hace cerca de siete mil años os mandó
el hoy en que vivís y sus maravillas que admiráis. Las nubes arrojaron la
columna de Santa Sofía en Constantinopla y el obelisco de Sixto V
en la ciudad Eterna trayéndonos
en sus gotas el pórfido rojo de Egipto con sus cristalizaciones blancas. De su
laboratorio bajaron las agujas de Luxor y la columna de Pompeyo. El bermellón
con que el hijo de David y Betsabé mandó pintar el templo de Jehová, ¿quién lo
produjo sino el cinabrio llovido sobre Almadén en la Mancha? La cal y el
carbono desprendidos de las entrañas del nimbo, os regalaron las casas que
habitáis procurándoos las calcáreas y las calizas, de que extraéis el mortero y
con que talláis la ménsula. En el mismo chaparrón en que venía envuelta la
marga para ladrillos, llegaba el caolín que con el feldespato se vitrificaba
para procuraros tazas en que tomar los alimentos y porcelanas con que adornar
vuestros salones. ¿Dónde estarían los ferrocarriles que atraviesan el
Mont-Cénis y el San Gotardo y los vapores que, como el Vega, se abren ya camino
por el estrecho de Behring, sin la acción atmosférica que descomponiendo la
vegetación del período carbonífero elaboró la hulla? ¿Negaréis que en cada gota
existía el germen de una locomotora o de una goleta y en cada temporal el de un
tren o de una escuadra? Pero no llovían solo medios de locomoción; del llanto
de la zona gaseosa se desprendían chimeneas, alumbrados públicos y caricias
femeniles: porque extraído el hidrógeno de la hulla, aquel levantaba fábricas
de gas, mientras sus residuos metamorfoseados en coque congregaban a la familia
al amor de la lumbre o servían para firmar las paces entre marido y mujer
cuando, carbono cristalizado, se presentaban en la forma de diamante. La
brújula y el telégrafo eléctrico tuvieron por inspirador al rayo. ¿Qué sería de
la humanidad sin el mercurio que así le señala las variaciones de la
temperatura como le sirve para la extracción del oro y de la plata? Pero aún
hay más. En los elementos constitutivos de los fenómenos atmosféricos, Dios
permite que vengan a la tierra en embrión las conchas, las tortugas, las aves,
los reptiles y los mamíferos de la época secundaria; y que, purificado el aire
por la absorción que del ácido carbónico ha hecho la vegetación carbonífera,
sople ya tan respirable en el período terciario para la familia orgánica, que
el infusorio, caído en la tierra con la gota de lluvia, se desarrolle, se cruce
y se agigante convirtiéndose en mastodonte, hipopótamo, rinoceronte, caballo,
toro, búfalo, ciervo, dromedario, tigre y león. Por fin, el terreno
cuaternario nos presenta el
mamut, el auroch, el urus, el gamo, el ciervo y el megaterio; hasta que la
Providencia para coronar su obra, toma una porción de aquella arcilla elaborada
al efecto durante seis días o épocas, y, modelando con ella una figura, le
comunica su Divino soplo, la llama hombre y le proclama por su inteligencia rey
de la creación. Señores, las envolturas concéntricas de la gasa simbolizan las
épocas geológicas de la naturaleza. Estas épocas deben considerarse como las
matemáticas del mundo. ¿No son producto de evoluciones atmosféricas? Sí. ¿No
contamos por ellas la edad del globo? Sí. Pues si cada película es una serie de
siglos, cada gota, cada chispa, cada ráfaga debe ser una porción de segundo;
luego las horas se ciernen en el espacio: afirmemos pues que el tiempo es la
atmósfera.
El entusiasmo, reprimido en el
auditorio por efecto de la admiración, estalló en la primera pausa propicia, y
una tempestad de aplausos y aclamaciones retumbó en el recinto haciéndose
extensiva hasta los corredores donde la gente aplaudía por espíritu de
imitación. Uno de los concurrentes, levantándose del asiento con gran extrañeza
del público que creía que abandonaba el local, se encaró con el sabio y le
dijo:
—¿Se me permite exponer una duda?
—Todas cuantas se originen
—respondió don Sindulfo.
—Si el orador considera al tiempo
como una faja densa, ¿no es de presumir que dada la depresión de todo cuerpo
esférico por sus polos, los de la tierra queden sin envoltura como la imperial
del sombrero y el aro o círculo de la cabeza han quedado sin gasa en la
demostración?
—Es indudable; y eso no hace sino
confirmar mi tesis. Probado que la atmósfera es el tiempo y que el tiempo lo
forman los acontecimientos, si nadie ha ido todavía a los polos, en los polos
no ha sucedido nada; y no haciendo falta el crespón o envoltura allí donde no
hay vitalidad, esta economía de atmósfera ha sido la sisa del sastre
naturaleza.
Una sonora carcajada acogió la
humorística refutación del sabio, quien sin inmutarse prosiguió el curso de su
conferencia.
—Nada más simple, señores, que
descomponer un cuerpo cuando los elementos que lo componen nos son conocidos.
Si yo sé
que este signo de luto de mi
sombrero lo forman capas concéntricas de gasa liadas alrededor del cilindro,
con irlas desenvolviendo en sentido contrario al que ellas emplean en su
revolución envolvente, es indudable que llegaré a dejar a descubierto la copa;
lo cual aplicado al cosmos significa que a fuerza de desliar zonas geológicas
se ha de tropezar con el caos. Ahora bien: ¿Cómo tiene lugar esta
descomposición? Para explicarlo satisfactoriamente es preciso que me ocupe un
poco de mi aparato. El Anacronópete, que es una especie de arca de Noé, debe su
nombre a tres voces griegas: Aná que significa hacia atrás, cronos el tiempo y
petes el que vuela, justificando de este modo su misión de volar hacia atrás en
el tiempo; porque en efecto, merced a él puede uno desayunarse a las siete en
París, en el siglo XIX; almorzar a las doce en Rusia con Pedro el Grande; comer
a las cinco en Madrid con Miguel de Cervantes Saavedra —si tiene con qué aquel
día— y, haciendo noche en el camino, desembarcar con Colón al amanecer en las
playas de la virgen América. Su motor es la electricidad, fluido a que la
ciencia no había podido hacer viajar aún sin conductores por más que estuviese
cerca de conseguirlo, y que yo he logrado someter dominando su velocidad. Es
decir que lo mismo puedo dar en un segundo, como locomoción media, dos vueltas
al mundo con mi aparato, que hacerlo andar a paso de carreta, subirlo, bajarlo
o pararlo en seco. Dado el agente impulsor, todo lo demás son procedimientos
mecánicos cuya relación ningún interés despertaría, especialmente en un público
que sabe de memoria las obras de Julio Verne; obras de entretenimiento que si
bien no he de comparar con el solemne carácter científico de mis teorías,
encierran no obstante hipótesis basadas en estudios físicos y naturales que me
eximen de explicaciones enojosas sobre el regulador, los compensadores,
termómetros, barómetros, cronómetros, anteojos de gran potencia, recipientes de
potasa, aparato Reiset y Regnaut para producir el oxígeno respirable y tantos
otros detalles rudimentarios. Elévome, pues, al centro de la atmósfera, que es
el cuerpo que se trata de descomponer y al que seguiré llamando tiempo. Como el
tiempo para envolverse en la tierra camina en dirección contraria a la rotación
del planeta, el Anacronópete para desenvolverlo tiene que andar en sentido
inverso al suyo e igual al
del esferoide o sea de occidente
a oriente. El globo emplea veinticuatro horas en cada revolución sobre su eje;
mi aparato navega con una velocidad ciento setenta y cinco mil doscientas veces
mayor; de lo cual resulta que en el tiempo que la Tierra tarda en producir un
día en el porvenir, yo puedo desandar cuatrocientos ochenta años en el pasado.
Ahora bien; lo primero que salta
a la vista es que, cualquiera que sea la velocidad de la locomoción y la altura
a que esta se verifique, el Anacronópete no ha de hacer más que describir una
órbita alrededor de la tierra como la que alrededor de los planetas describen
los satélites; y así sucedería en efecto si la atmósfera permaneciera
inalterable; pero como la descompongo, en cada vuelta deshago su obra de un día
y allí donde me paro allí está el ayer. Veamos cómo se verifica este fenómeno.
Dícese vulgarmente que para
conservar las sardinas de Nantes y los pimientos de Calahorra hay que extraer
el aire de las latas. Error. Lo que se extrae es la atmósfera y por
consiguiente el tiempo; porque el aire no es más que un compuesto de nitrógeno
y oxígeno, mientras que la atmósfera, además de constar de ochenta partes del
primero y veinte del segundo, lleva en sí una porción de vapor de agua y una
pequeña dosis de ácido carbónico, elementos todos que no se separan nunca al
llenar un vacío. Pero apartémonos de la ciencia y vengamos al razonamiento
vulgar.
Figurémonos que el mundo es una
lata de pimientos morrones de la que no hemos extraído la atmósfera. ¿Qué
sucede una vez tapada sin esta precaución? Que el tiempo empieza a ejercer su
influencia y a verificar su obra. En primer lugar se adhieren a las paredes del
bote unas moléculas que, aglomeradas y solidificadas concluirían a fuerza de
años por petrificarse y en cuyas substancias encontraríamos los gérmenes
minerales de las rocas primitivas. Después observamos que el jugo se cubre de
una especie de verdín que no es otra cosa que la vegetación rudimentaria. Y por
último los infusorios del vapor de agua vivificados, reproducidos y
desarrollados agusanan la conserva enriqueciéndola con las múltiples variantes
del reino animal. ¿Puede aún dudarse que la atmósfera es el tiempo?
Pues volvamos la oración por
pasiva. Supongamos que hemos extraído el aire y que abrimos la lata cien años
después de haberla tapado. ¿Qué vemos? Los pimientos en perfecto estado de
conservación sin que el tiempo haya pasado por ellos; luego si la acción
atmosférica debió destruirlos o metamorfosearlos y la falta de esta acción los
ha mantenido en su completa integridad, es indudable que lo que nos comemos
cien años después, es la vida vegetal de una centuria antes y que por
consiguiente retrogradamos un siglo. Más claro. No hemos extraído el aire de la
lata y la abrimos en el momento en que la descomposición empieza; si tomamos
una cuchara y con ella empezamos a quitar las capas de moho que envuelven los
pimientos, su rojizo color, aún no alterado, concluirá por descubrirse a través
de las injurias de la atmósfera. Pues esta es la teoría del tiempo. Muy joven
el mundo todavía para que el fuego central haya desaparecido, se halla no
obstante cubierto de esas películas de moho que el Anacronópete va a desenvolver
con el auxilio de cuatro grandes cucharas o aparatos neumáticos fijos en sus
extremos angulares; con los que, no solo descompongo las miserables veinte
leguas de gases que circundan el esferoide en capas concéntricas, sino que al
desalojarlas logro navegar en el vacío impidiendo que mi vehículo se inflame
con la frotación atmosférica. Porque, volviendo a los símiles: la atmósfera no
es más que una aglomeración de átomos imperceptibles, del mismo modo que una
playa no es otra cosa que la reunión de millones de granos de arena. O si la
queremos más perceptible, la atmósfera es una vastísima plaza pública llena de
gente en un día de revolución. Si un hombre temerario e inerme se empeñara en
llevar corriendo un parte de un extremo a otro contra la oposición de la
atmósfera popular, sucedería que empellón de aquí, tirón de allá, resistencia
de todas partes, perecería sin remedio entre las ondas de aquel revuelto
piélago, como el Anacronópete acabaría por desaparecer abrasado en su carrera
en razón de la frotación y el movimiento.
Pero ¿qué hace un gobernador
prudente representado en esta circunstancia por la ciencia? Le da un caballo al
encargado de llevar el parte (la electricidad aplicada al Anacronópete), le
rodea de un piquete de caballería (los cuatro aparatos neumáticos), y les
ordena que, lanza en ristre, desemboquen por una de las calles adyacentes.
El fenómeno que se opera es de
todos conocido. Los átomos se dispersan delante de los lanceros; las moléculas
que quedan atrás tratan de llenar el hueco originado por el desalojamiento o
sea la dispersión; pero, como la caballería camina con más velocidad que los
amotinados de la retaguardia y los de delante huyen fuera del alcance de las
picas, los grupos desaparecen, y el parte, libre de toda fuerza de resistencia
llega a feliz término sin obstáculo alguno galopando por el vacío que le van
abriendo las lanzas del escuadrón.
El auditorio delirante iba a
prorrumpir en una entusiasta exclamación; pero se detuvo al ver que el
interruptor volvía a ponerse de pie, y encarándose con el disertante exclamaba:
—No sin temor voy a exponer una
duda.
—Escucho —dijo el sabio.
—Si por ese procedimiento, que no
admite refutación, camina uno hacia atrás en el tiempo: ¿no sucederá que a
medida que el anacronóbata pierda años, se vaya volviendo más joven?
—Indudablemente.
Aquí la sensación del bello sexo
se tradujo en un grito de alegría. —¿De modo que el viajero acabará por no
existir a fuerza de irse
achicando?
—Eso es lo que acontecería si la
ciencia no lo hubiera previsto todo.
—¿Y cómo neutraliza su señoría
esos efectos?
—Muy sencillamente: haciéndome
inalterable merced a unas corrientes de un fluido de mi invención. ¿No camino
yo hacia el pasado? Pues así como pueden guardarse sardinas frescas para el
porvenir, me garantizo del ayer que constituye mi mañana. Es el procedimiento
de las conservas alimenticias aplicado a la vida animal con el efecto
invertido. Y esto sentado, permítaseme poner punto final a mi conferencia, pues
avanzan las horas y me urge tener esta noche una entrevista con Felipe II para
enterarme de si el pastelero de Madrigal fue o no positivamente el rey
portugués cuya desaparición dejará de ser en breve uno de los misterios de la
historia.
Un diluvio de hurras se
desencadenó en la sala. Los hombres lanzaban al aire sus tricornios y sus
sombreros; las señoras cubrían
de flores la tribuna del orador,
y el órgano, ejecutando una marcha compuesta para aquella solemnidad, lograba a
duras penas dejarse oír entre las frenéticas vociferaciones del desbordamiento
público.
Por fin, nuestro ilustre
compatriota, rodeado del congreso científico y seguido de la multitud consiguió
llegar a la puerta; y, dando allí un viva al atrás como nuevo grito de la
civilización, atravesó la balaustrada, descendió la colina del Trocadero y se
encaminó al Anacronópete que majestuoso descansaba su inmensa mole en la
explanada del palacio del campo de Marte.
CAPÍTULO IV
E(
Los grandes efectos no son
siempre el resultado de grandes causas. Ahí tenemos si no las guerras del
Peloponeso a las que la historia atribuye una razón eminentemente política y
que sin embargo debieron su origen al rapto que de tres doncellas educandas de
Aspasia hicieron unos habitantes de Megara, jóvenes de buen humor, sin contar
que la cosa no había de ser del agrado de Pericles —de quien dicen malas
lenguas si tenía o no tenía que ver con la profesora—. Y paréceme a mí que sí
que le gustaba al hombre porque, cuando acusada de impiedad él se encargó de su
defensa, no supo hacer más que cubrirse el rostro con el manto y llorar como un
chiquillo en el Pnix; lo que por cierto le valió la absolución a la buena
discípula de Anaxágoras.
Pues bien, erudición a un lado,
tampoco el invento de don Sindulfo era debido, como lo parecía, a su amor por
la ciencia; sino a un interés doméstico, mejor diré, a una mira puramente
personal.
Cuatro palabras sobre su vida.
Muy joven aún nuestro héroe se
encontró solo en el mundo, doctor en ciencias y dueño de una inmensa fortuna
cuyos rendimientos invertía, anualmente y casi íntegros, en aparatos de las
mejores fábricas extranjeras con que enriquecer su gabinete de física y
mineralogía. Tan pródigo para sus estudios como avaro para todo lo demás, llegó
a los cuarenta años sin conocer ni los rudimentos del amor. Todas sus
afecciones se concretaban en su amistad por Benjamín, otro sabiote dos lustros
menor que él, pero
casi tan ajeno como don Sindulfo
a todas las cosas de la tierra; verdad es que el tiempo le faltaba para cuanto
no fuese aprender sánscrito, hebreo, chino y un par de docenas más de lenguas
difíciles, para las que tenía una aptitud sin igual. Aunque no habitaban la
misma casa, puede decirse que vivían juntos, pues Benjamín no abandonaba la de
García en la que diariamente podía contar con su plato de cocido a las dos y su
guisado a las ocho, en virtud de lo cual Benjamín, que era pobre, resolvía el
problema de ahorrar sin tener, y don Sindulfo encontraba un estómago agradecido
que soportase sus impertinencias.
Los periódicos de Zaragoza, como
todos los de la Península, amanecieron una mañana anunciando la venta del museo
de un célebre arqueólogo de Madrid fallecido pocas semanas antes; y como
Benjamín, a quien no se le cocía el pan en el cuerpo cuando de cosas antiguas
se trataba, manifestase deseos de adquirir algunas baratijas, su amigo le
procuró la ocasión decidiendo trasladarse ambos a la corte de las Españas, y
poniendo a disposición del anticuario su bolsillo y sus conocimientos.
Dicho y hecho: llegaron a Madrid,
tomaron un cuarto común en las Peninsulares y el día de la venta se trasladaron
al gabinete del coleccionador. Benjamín lo hubiera comprado todo a haber tenido
dinero; pero se contuvo ante su pobreza y aun fue preciso que don Sindulfo le
aguijoneara para hacerse con algunos ejemplares. La verdad es que se necesitaba
ser un santo para no quitárselo de la boca, por ser dueño de aquel cúmulo de
maravillas. Allí en un estuche de cuero y en estado fósil se encontraba el ojo que
Aníbal perdió en el sitio de Sagunto: a su lado se erguía la punta del cuerno
del buey Apis: un poco más allá reposaba una carabina llena de moho que, por
haberse encontrado cargada con cañamones, se suponía que fuese la de Ambrosio
que hasta entonces se había tenido por legendaria. Pero como los precios no
estaban al alcance de todas las fortunas, Benjamín tuvo que reducir sus
aspiraciones y concretarse a la adquisición de una medalla relativamente
importante. El tiempo había corroído parte de la inscripción; pero lo que de
ella podía aún leerse que era esto: SERV C POMP PR
JO HONOR
no dejaba duda acerca del origen
que el catálogo le atribuía suponiéndola tributo conmemorativo de Servio Cayo,
prefecto de Pompeya, en honor de Júpiter.
Ya iban a abandonar el museo
cuando llamó la atención del absorto aficionado el ínfimo precio en que estaba
tasada una momia de carácter particular. Y en efecto, ni el sarcófago tenía la
forma egipcia, ni el procedimiento por que aquel cadáver había sido embalsamado
era el que, según Herodoto, se practicaba en Tebas y Memfis abriendo el pecho
con una aguzada piedra de Etiopía para sacar el ventrículo y rellenar el
vientre con mirra, casia y vino de palmera. Tampoco se había obtenido la
momificación con la resina llamada Katran por los árabes, extraída a fuego vivo
de un arbusto muy abundante en las orillas del mar Rojo, la Siria y la Arabia
feliz, como lo consigna el coronel Bagnole. Su acartonamiento parecía obra
natural; pues, sobre no tener huella de incisión alguna, ni estaba envuelta en
las tradicionales bandas, ni, falta de depresiones, podía decirse que hubiera
sido fajada nunca. El catálogo decía modestamente: «Momia de origen
desconocido;» y esta ausencia de abolengo o de historia es lo que la hacía despreciable
para los que de ordinario solo se pagan de genealogías apócrifas las más veces.
Benjamín, con su espíritu
observador, puso sus cinco sentidos en el estudio de los menores detalles; y
fijándose en una ajorca o argolla de metal adaptada en el tobillo derecho y
sobre la que campeaba una inscripción china —que el vulgo había tomado por un
adorno—, no pudo reprimir un grito de sorpresa.
—¿Qué es eso? —le preguntó don
Sindulfo. —Acabo de hacer un descubrimiento prodigioso. —¿Cuál?
—Oiga usted lo que dice esta
inscripción: «Yo soy la esposa del emperador Hien-ti, enterrada viva por haber
pretendido poseer el secreto de ser inmortal.»
—¡Hien-ti! —exclamó don Sindulfo
partícipe ya del entusiasmo de su amigo—. ¿El último vástago de la dinastía de
los Han?
Destronado en el siglo tercero de
la era cristiana por Tsao-pi, fundador de la dinastía de los Ouei.
—Es decir...
Ilustración
Don Sindulfo
—Es decir que ese pueblo, cuna de
la civilización del resto del mundo, poseía, si no el secreto de la
inmortalidad, por lo menos el de la longevidad fabulosa de los tiempos
patriarcales.
Don Sindulfo, sin esperar nuevas
explicaciones, sacó su cartera y extendió una orden de pago contra su banquero,
encargando el transporte a las Peninsulares de los objetos adquiridos, entre
los que figuraba otro hallazgo hecho a última hora y consistente en un hueso
petrificado, que tuvieron que pagar a peso de oro, pues se trataba nada menos,
según el inventario, de una canilla de hombre fósil descubierta en las
inmediaciones de Chartres, en unos terrenos de la época terciaria.
Los dos inseparables no pensaban
más que en los preparativos de regreso a Zaragoza para entregarse de lleno a
sus investigaciones científicas. Pero un garbanzo interpuesto en su camino
cambió de fase la majestuosa monotonía de su existencia. Al ir por la tarde a
liquidar y despedirse del banquero, fornido zamorano viudo y enriquecido
durante la primera guerra civil con la empresa de suministros para el ejército
leal, hubo aquello de:
—¿Y qué tal los tratan a ustedes
en la fonda?
—Mal; comida francesa con la que
nunca sabe uno lo que se mete en el estómago. Nos vamos de Madrid sin probar un
cocido a la usanza de Castilla.
Y lo de:
—Pues hoy satisfarán ustedes su
capricho; porque precisamente acabo de recibir unos garbanzos de Fuentesaúco
que ni de manteca serían más tiernos.
—Que eso sería mucha incomodidad.
—Que no.
—Que sí.
—Que toma.
—Que daca.
El resultado es que se quedaron a
comer con el banquero, el cual banquero tenía una hija; la cual hija era muda;
pero, aunque no le faltaba más que la palabra para hablar, a ella no se le
quedaba nada por decir, que con pies y manos todo lo daba a entender. Yo no sé
cuál de estos aparatos locutorios
es el que ella puso más en juego durante la comida; lo cierto es que a los
postres, don Sindulfo que ocupaba su derecha, estaba a pesar de sus cuarenta
años enamorado ya de la chica como un cadete. Por supuesto que todo se lo
merecía la hija de su padre, pues no había línea en su cuerpo que no alcanzase
el máximo de curva, ni facción que no incitase a cualquiera a ser Espartero no
solo para perseguirlas como en Bilbao sino para abrazarlas como en Vergara.
El viaje se suspendió; las
visitas se repitieron; la necesidad de no tener los aparatos físicos
encomendados a manos mercenarias para su conservación sirvió a don Sindulfo de
tema con Benjamín sobre la conveniencia del matrimonio: el asentimiento de este
alentó al sabio, la demanda fue hecha en debida forma; y el banquero, que
siempre tenía garbanzos del Saúco que probar cada vez que se le ponía a tiro un
hombre en estado de merecer, dijo que sí con la alegría del enfermo a quien se
le resuelve un tumor. La muchacha no hay que consignar si recibió bien la
noticia, pues sabido es que tratándose de matrimonio hasta las mudas se
alegran.
Estipulóse la dote que fue
pingüe, dispusiéronse los regalos de boda, y como entre las condiciones
figuraba la de residir en Madrid, los sabios se volvieron a Zaragoza para
empaquetar convenientemente el laboratorio. Un mes después, marido, mujer y
amigo, se instalaban en la calle de los Tres Peces de la coronada villa.
Mamerta, que así se llamaba la
señora de García, salió de un natural excelente; porque el que gustase más de
estar con Benjamín que con su marido, nada tenía de particular, si se considera
que aquel en su calidad de políglota la enseñaba a hablar por señas en varias
lenguas diferentes, mientras que don Sindulfo aun en la suya propia no
conseguía hacerse entender; y las mujeres se pirran por que les den
conversación. También se le iban los ojos detrás de los uniformes; pero don
Sindulfo, comprendiendo que este es achaque de muchachas, se ponía de cuando en
cuando el de nacional de caballería que usó en el bienio, y la dejaba tan
contenta. El único defecto que tenía era el de no podérsela contrariar. Al
instante le daba un ataque de nervios que se traducía en una serie de cachetes
descargados sobre el occipucio de su marido, en gracia de cuya
conservación el hombre tuvo por
prudente dejarle hacer su voluntad en adelante para no excitar, decía, su
sistema nervioso. Otra particularidad suya digna de notarse es que en cuanto
veía una aguja enhebrada, se desmayaba; lo que, a pesar de sus buenos propósitos,
la impedía ocuparse de los quehaceres domésticos. Pasábase pues el día
poniéndose moños en el tocador, haciendo señas con Benjamín o tañendo a la
guitarra una cosa que nadie le había enseñado ni nadie podía entender; pero que
ella reproducía siempre invariablemente con el mismo ritmo, idénticas
modulaciones y análogos efectos: romper el tímpano de los que la oían.
Y así se deslizaron seis meses
llenos de paz y de ventura para aquella trinidad; tras de los cuales vino el
verano y con este los baños de mar, que el banquero tomaba en Biarritz para
enflaquecer, sin lograrlo nunca, acompañado de su hija a quien se los propinaban
para adquirir carnes, sin conseguirlo tampoco. Visto pues que Mamerta, a pesar
del matrimonio, no engordaba, se decidió que aquel año iría con su padre, como
de costumbre, a ponerse en remojo en la playa favorita de la emperatriz.
Llegaron y se zambulleron; pero, con tan mala suerte, que el banquero mientras
hacía una habilidad tuvo un vahido y se ahogó. Su hija pidió auxilio por señas;
el bote de salvamento acudió como un rehilete; la muchacha no anduvo bastante
lista en evitarlo y, dándole en la nuca con la proa, en vez de uno fueron dos
los cadáveres que sacó a la orilla. Con lo que, como el padre había sido la
primera víctima y Mamerta tenía hecho testamento en favor de su esposo, don
Sindulfo se encontró posesor de una fortuna considerable que unida a sus bienes
le permitía emular la fama de Creso.
«Bien vengas mal si vienes solo»
dice el refrán; y nunca proverbio tuvo más exacta aplicación, pues desde
entonces empezaron las tribulaciones de nuestro sabio, si bien pueden darse
todas por bien sufridas en gracia de los beneficios que reportaron a la ciencia.
Murió también por aquel entonces
una hermana de don Sindulfo, tan rica como él, viuda de luengos años y madre de
un tierno pimpollo de quince primaveras que respondía al nombre de Clara. Al
dejar esta tierra, en la de Pinto, donde residía, nombró tutor de la niña a su
hermano, después de dejarle su manda correspondiente, sin otra condición que la
de no separar en vida a la huérfana de una
mozuela, cuatro años mayor que
Clara, con quien esta se había criado y a quien, no obstante la condición
humilde de Juanita —pues no pasaba de ser una criada suya— quería
entrañablemente.
La viudez que lloraba nuestro
sabio, sus aficiones que le incitaban a la soledad, las circunstancias que le
atraían al retiro le indujeron a cambiar de residencia, y los dos inseparables
con sus retortas y crisoles, sus pluviómetros y brújulas, sus pedruscos y sus
fósiles, fueron a sepultarse en Pinto entre la inocente sencillez de Clara y
las inocentes ocurrencias de Juanita que, hija de la tierra —sin dejar de serlo
de su padre y de su madre, difuntos—, largaba una fresca al lucero del alba en
ese tono mayor que usa la gente de Madrid abandonada a su natural instinto. Los
sabios no le entraron a la maritornes por el ojo derecho y ya principió por
regalarle a cada uno su mote. A don Sindulfo le llamaba el tío Pichichi y al
profesor de lenguas el locutorio.
Pero ¡oh fragilidad de las cosas
humanas! Aquel hombre que llegara hasta los cuarenta años sin experimentar la
atracción de las hijas de Eva, no necesitó más que seis meses de consorcio para
no saber ya resistir a la influencia de su imán. Desconociendo que su caso con
la muda había sido una chanca matrimonial cedida al primer postor, llegó a
figurarse que su cara era moneda de buena ley para adquirir a tan bajo precio
artículos no averiados, y siempre se la estaba poniendo delante a su sobrina
que, inocente y cariñosa, la contemplaba sin ver en ella más que una cara de
tío.
Estimulado por lo que nuestro
héroe juzgaba el triunfo de sus atractivos y secundado por las sugestiones de
Benjamín, siempre dispuesto a lisonjear las debilidades de su protector, un día
al cabo de algunos meses don Sindulfo se decidió a declarar a su pupila su
atrevido pensamiento, lo que le valió una negativa rotunda, si bien regada con
amargo llanto de Clara que no se resolvía a explicar el motivo de su oposición.
—¡Hombre de Dios! venga usté acá
—le dijo Juanita saliendo al encuentro de su amo al enterarse de lo ocurrido—.
Hágame usté el favor de mirarse las arrugas delante de ese espejo: ¿Cree usté
que a mi señorita le ha de gustar casarse con un fuelle?
—¡Deslenguada! —gritó don
Sindulfo ciego de cólera—. No des lugar a que te ponga en el arroyo.
—¿A mí? Ni usté ni nadie. Estoy
aquí por la voluntad de la testaora y me defiende la curia. Yo soy una criada
ante escribano.
—Pero ¿en qué se funda para
desahuciarme? —preguntó el tutor en tono humilde, probando si por la dulzura
sacaba mejor partido.
—Pues miste; finalmente, que a la
señorita y a mí no nos da por la cencia sino por la melicia.
—¿Cómo?
—Que ella quiere retemucho a su
primo don Luis el capitán de húsares, y yo a su asistente Pendencia; que dentro
de tres días llegarán de guarnición a Madrid, y que si nos viene usted con
retruécanos verá usted el escabeche de sabio que resulta.
Aquella revelación, confirmada
por su sobrina, fue el golpe de gracia para don Sindulfo, cuya pasión alcanzó
el período álgido aguijoneada por los celos. El capitán, más enamorado que
nunca de su prima, llegó efectivamente a la corte una semana después, y dos
horas más tarde se personaba en Pinto; pero la puerta de la casa le fue
herméticamente cerrada por don Sindulfo con la intimación de no volver a poner
allí los pies so pena de desheredarle. El primer impulso de Luis fue pedir
amparo a la justicia contra la arbitrariedad del despiadado tutor; pero ni
Clara tenía la edad legal para que el juez supliese el disenso paterno, ni aun
teniéndola hubiera ella contrariado la última voluntad de su madre por la que
le obligó a no tomar marido que no fuese de la aprobación de don Sindulfo.
Preciso fue por lo tanto sufrir y
esperar. Cuando se quiere y se es querido, todo se soporta con resignación.
Pero desde aquel punto la casa fue un infierno, pues las cartas iban y venían
por conducto del asistente y de la maritornes, y al sabio todo se le volvía
vigilar sin fruto y enflaquecer sin resultado.
—¡Oh! —exclamaba el infeliz en su
desesperación—. ¿Por qué se habrán liberalizado tanto las leyes? Dichosos
tiempos aquellos en que un tutor tenía derecho de imponerse a su pupila. ¿Quién
pudiera transportarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el
respeto y la obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad?
¡Si yo pudiese retrogradar en los siglos!
—¡Ojalá Dios! —contestaba
Benjamín haciéndole el dúo—. De ese modo podríamos caer sobre China en el
imperio de Hien-ti y
aclarar ese enigma iniciado por
la momia, para cuya interpretación he leído inútilmente cuantos historiógrafos
han escrito sobre los sectarios de Confucio y Mencio.
Esta idea predominante en ambos
llegó a tomar en ellos las proporciones de una monomanía. El políglota soñaba
en chino y su colega se pasaba la existencia extrayendo aire de los recipientes
con la máquina neumática, para su análisis y descomposición. Pero todo fue
inútil hasta que la Providencia —que quiso en este caso, como en la mayor parte
de los descubrimientos, disfrazarse de casualidad— vino inesperadamente en su
ayuda.
Cierta tarde en que el nuevo don
Bartolo, impulsado por sus celos penetró de puntillas en la cocina con el fin
de sorprender a las palomas, que huyendo del gavilán se refugiaban casi siempre
en el fogón, halló a Juanita deletreando una carta de Pendencia, que ella se
guardó precipitadamente donde sabía que don Sindulfo no se la había de coger.
—¿Qué estás haciendo? —le
preguntó.
—Instruyéndome —le dijo ella sin
inmutarse.
—Más valdría que te entretuvieses
en limpiar la chimenea que tiene un palmo de hollín y un regimiento de
telarañas.
—Y la creación entera encontrará
usted ahí. Eso es la obra del tiempo. Si puede que desde que usted ha nacido no
le hayan pasado un escobón.
Don Sindulfo, que tenía un
cuchillo a mano, lo blandió con ánimo sin duda de cometer un homicidio; pero
deteniéndose oportunamente se puso a rascar con él la campana del hogar como
para paliar su arrebato.
—Pues entretente —añadió— en
quitar las capas de basura y verás cómo consigues sacar a luz los hornillos.
—¡Ay! No me haga usté reír. Pues
si eso fuera posible ya se hubiera usted puesto como nuevo rascándose con un
cuchillo las capas de años que le sobran.
Don Sindulfo se las iba a echar
de matón; pero una idea súbita cruzó por su mente y se quedó en un pie como las
grullas y en la actitud de Caín al oír al Señor preguntarle: «¿Qué has hecho de
tu hermano?» Aquel ser vulgar sin la menor noción científica acababa
de iniciarle en la solución del
problema que perseguía con tanto empeño.
Desde aquel instante puso manos a
la obra. La física, las matemáticas, la geología, la dinámica, la mecánica, el
cálculo sublime, la meteorología, todo el saber humano en fin, espoleado por su
amor y azotado por sus celos, le abrió sus más recónditos enigmas, y reduciendo
a una fórmula su maravillosa invención, sentó el axioma de que retrogradar en
los siglos no era otra cosa que deshollinar el tiempo.
Algunos años, todo su capital y
gran parte del de su sobrina, se invirtieron en la construcción del
Anacronópete. Entre tanto los novios esperaban pacientemente y aventuraban,
aunque en vano, alguna tentativa de transacción. Don Sindulfo ejercía cada vez
mayor vigilancia, ocultaba a todos, excepto a Benjamín, el trabajo que le
absorbía y daba rienda suelta a su pasión con la ilusoria esperanza de la
victoria.
La terminación del aparato,
coincidiendo con la apertura de la Exposición Universal de Q L, permitió por
fin que un día se cargasen varios vagones con todas sus piezas desmontadas; y,
encajonados en un coche de primera el inventor, su amigo, la sobrina y el
sinapismo de la criada, emprendieron todos súbitamente el camino de París,
donde el enamorado tutor se proponía, libre de las persecuciones del húsar,
realizar su sueño; lo que no consiguió nunca, como verá el lector que con
paciencia quiera seguir el curso de este increíble relato.
CAPÍTULO V
C M
Mientras se montaba el armatoste
en el área que le habían destinado en el palacio de la exposición, don Sindulfo
se estableció con su familia en el hotel de la Concordia sito en el boulevard
Malesherbes. Inútil es decir que las horas que el sabio se pasaba en el Campo
de Marte dirigiendo los trabajos, Clara y Juanita quedaban encerradas bajo
llave en sus habitaciones; pues, celoso como un turco, nuestro compatriota
temía a cada momento una evasión o un rapto. Cuando sacaba a las muchachas a
paseo, siempre lo hacía en coche, y no asistían al teatro sino en palco con
celosías.
Todas estas precauciones, la
distancia que los separaba de Madrid, la idea de dejar pronto la edad presente
y los ineludibles deberes militares de su sobrino que le impedían abandonar su
puesto, infundieron cierta tranquilidad relativa en el ánimo de don Sindulfo.
Así pasó cerca de un mes viendo disminuir sus temores, cuando una tarde al
regresar solo de una sesión del Congreso científico y remontar el lado
izquierdo de la Magdalena, sintió como si le tirasen de la levita por detrás.
Volvió la cabeza y casi la perdió al encontrarse de manos a boca con Pendencia,
el asistente de su sobrino.
—¿Me da vu de la candel? —le dijo
este disponiéndose a encender su chicote en el medianito del aturdido
zaragozano y traduciendo en lengua de Racine su patrio estilo cordobés.
—¡Un cuerno le daré a usted yo!
¿Qué hace usted en París?
—Puez he venío penzionao por el
Gobierno con quince camaradaz máz a las orillaz del Ciena para que aprendan los
franceses a jacer zordaoz a nueztra jechura y cemejanza.
Y en efecto, el ministerio de la
Guerra enviaba al certamen un individuo de cada arma de que se compone el
ejército español, para dar una muestra así de los uniformes como de su
envidiable apostura y bizarría.
—¿Y mi sobrino es también de la
tanda? —preguntó el sabio presintiendo su desventura.
—¡Ci ez él quien noz manda! Le
ezcogieron a pulzo.
—¡Cómo!
—El meniztro le dijo: «Hombre,
vaya usté a la dizpocición para que vean allí que todoz no zomoz tan feoz como
zu tío de usté.» —¡Insolente! Comprendo la trama; pero sus inicuos proyectos
quedarán frustrados. ¡Ay de él si
se atreve a declararme la guerra! Puede usted ir a decírselo de mi parte.
Y como en aquel momento llegasen
a la fonda, don Sindulfo se separó bruscamente de Pendencia, que con un: «A la
orden, don Pichichi» corrió en busca de su amo, en quien mis lectores habrán ya
reconocido al capitán de húsares que al principio de esta historia se apeó del
ómnibus en la cabecera del puente. Ilustración
—¿Quién ha venido? ¿Habéis visto
a alguien por el balcón? —fue la primera pregunta formulada por el atribulado
tío al entrar en las habitaciones de su sobrina.
—¿Y a quién quiere usted que
veamos si nos pone usted candados hasta en las vidrieras? —replicó Juanita con
su respingo habitual.
Don Sindulfo no juzgó conveniente
dar más explicaciones y se dirigió a su cuarto contiguo al de las reclusas;
pero al volverse de espaldas dejó ver unos papeles que, pendientes de un hilo y
enganchados a la levita por un alfiler, le había prendido Pendencia durante su
trayecto por el boulevard; y de los que Juana se apoderó graciosamente mientras
su amo abría la puerta, pues tanto la fregatriz como su señorita estaban
seguras de que Cupido había de aprovechar la primera ocasión que se le
presentase de comunicar con ellas.
Apenas se quedaron solas empezó
la lectura de las cartas. La de Luis encerraba mil protestas de amor para su
prima, dándole la seguridad de que en breve se vería libre del yugo de su
implacable tío.
La de Pendencia era tan lacónica
como digna de conocerse.
Decía así:
«Mi coracon es pera, y a esto y
acui coma tullo asta la merte ilo es Roce Gomec.»
Juanita, acostumbrada al estilo
epistolar de su soldado comprendió que aquello quería decir: «Mi corazón
espera. Ya estoy aquí. Coma (o sea la puntuación escrita.) Tuyo hasta la
muerte. Y lo es Roque Gómez.»
Al día siguiente Luis ocupaba ya
un cuarto en el hotel de la Concordia. Por fortuna don Sindulfo, que marchaba
el primero, pudo verle al entrar en el comedor, y retrocediendo antes de que
los demás le apercibiesen, volvió a subir las escaleras con todos y dio orden
de que en adelante les dieran de comer a él y a los suyos en gabinete aparte.
Redobláronse las precauciones: cada vez que el tutor se ausentaba, Benjamín
quedábase de centinela; pero, vano empeño; Luis sobornaba al criado de turno y
las cartas iban y venían liadas en las servilletas, que era un llover.
¿Descubríase el ajo? ¿Suprimíanse los camareros sirviéndose a sí propios?
¿Prohibíase a Juanita que se acercase a la mesa para cambiar un plato y que
saliese de su prisión para nada? Las misivas no por eso dejaban de llegar, ya
pegadas con cola en el asiento de los jarros de agua para el tocador, ya en el
hueco de un pastelillo que, con una señal convenida de antemano, elegía Clara
entre los demás de la fuente, ya por último dentro de una nuez de que era
portador un perro de la fonda al que Pendencia había enseñado a escabullirse
entre las piernas de don Sindulfo, cada vez que este abría la puerta para
recibir por sí mismo los manjares.
Realmente aquello no era vivir;
los cien ojos de Argos no bastaban para atender a tantas y tan frecuentes
asechanzas. Así es que en cuanto el Anacronópete estuvo en disposición de
habitarse, don Sindulfo estableció en él su domicilio obteniendo, bajo pretexto
de su custodia, una guardia permanente de dos gendarmes que impedían la
aproximación al aparato de todo el que no fuese
acompañado por el inventor. Pero
si la incorruptibilidad de los guardianes no cedió ni ante las súplicas ni ante
las dádivas de Luis, la travesura de su asistente se multiplicó con los
obstáculos. Tan pronto mientras los viajeros visitaban los Inválidos, donde ya
había hecho él conocimientos, se presentaba con una pierna de palo y unas
barbas de chivo sirviendo de cicerone, como envuelto en los andrajos de
mendigo, les pedía una limosna en medio de los bulevares, lo que —la mendicidad
estando prohibida— le costaba pasar unas cuantas horas en la prevención. Casi
siempre concluía por ser descubierto; así es que don Sindulfo decidió que en lo
sucesivo no saldrían más que a misa y en carruaje. Pendencia se disfrazó de
cochero; pero se vendió, porque al darle en francés las señas de la Magdalena,
él, que no era fuerte en idiomas, los llevó al cementerio del Père Lachaise.
Agotados por fin todos los recursos, un día se confabuló con el suizo de la
iglesia a que asistían sus compatriotas y, ocupando su puesto a la vanguardia
del postulante que durante la ceremonia recoge las limosnas de los fieles, se
aprestó a entregar una carta a Clarita; pero la falta de costumbre de circular
por entre las filas de los reclinatorios, cargado con la alabarda y el palo de
tambor mayor, le hizo enredarse en el espadín en momento tan inoportuno que,
cayendo sobre el sabio mientras la peluca se posaba en el devocionario de un
caballero y el tricornio en la cabeza de una devota, descubrióse el pastel y
don Sindulfo abandonó con su gente el templo regresando al Anacronópete que en
adelante quedó convertido para todos sus moradores en prisión celular.
Los días que siguieron a esta
catástrofe fueron de desesperación para el enamorado Luis que veía desaparecer
sus esperanzas, y para el asistente y sus quince compañeros que sentían
aproximarse la hora de la expedición al pasado sin recoger el fruto de sus
maquinaciones. El único consuelo del capitán era colocarse con los muchachos en
la galería del arco central del palacio de la exposición y contemplar desde
allí el Anacronópete que a un centenar de metros se erguía con la sombría
majestad de un inmenso sepulcro.
Una tarde, que como de costumbre
se hallaban ocupados en esta contemplativa tarea proponiendo quién enviar una
misiva encerrada en un proyectil hueco, quién valerse de la balística para
lanzar un
hilo telefónico, empezaron las
nubes a arrojar agua que no parecía sino que se desprendían sobre la tierra las
cataratas del cielo.
—Buena va a ponerce la
dizpocición ci hay alguna gotera —dijo el asistente prestando oído al diluvio
que con fragor se despeñaba por los canalones.
—No hay miedo —le arguyó su amo—.
Tal vez los desagües son los trabajos más portentosos de esta fábrica. ¿No has
visto los planos expuestos en la sección de París? Las alcantarillas son más
altas que esta bóveda.
—¡Cómo! —exclamó Pendencia
abriendo desmesuradamente los ojos—. ¿Aquí hay zumieroz?
—¡Qué duda cabe! Mira, el
principal circula casi tangente al aparato.
—¡Digo! Turgente y todo, ¿y ce
eztá uzté con la lengua pegada al paladar?
—No te entiendo.
—Ci uzté no ha nacido para la
guerra. Como genioz militarez Napoleón y yo.
—¿Te explicarás?
—Puez ez muy cencillo. Ci don
Cindulfo tiene para zu defenza ezcarpaz y contraezcarpaz, nozotros para el
ataque le abrimos minaz y contraminaz. Cabayeroz... al albañal.
Un entusiasta viva acogió la idea
del cordobés. Indudablemente la alcantarilla era la última trinchera del amor.
Reconocidos los planos vióse con placer que bastaba abrir una galería
transversal de pocos metros para encontrarse debajo del centro matemático del
Anacronópete. Sobornar al encargado de la limpieza en aquella sección, fue obra
tanto más fácil y hacedera, cuanto que el individuo en cuestión era rayano de
España por el lado de Canfranc y gustaba de las peluconas de Carlos IV, que
Luis no le escaseó para lograr su objeto.
El tiempo apremiaba, pero contra
diecisiete españoles, de los cuales la mitad se componía de aragoneses y
catalanes, no hay obstáculos, sobre todo tratándose de militares siempre a las
órdenes del general No importa.
Los picos y azadones fueron
abriendo paso; los puntales formando túnel y por último, el día fijado para el
inverosímil viaje,
mientras don Sindulfo daba su
conferencia en el Trocadero acompañado de su inseparable Benjamín, los
dieciséis hijos de Marte saludaban la llegada de su capitán con el último golpe
de piqueta que los colocaba bajo la plaza enemiga. Al salir del foso se encontraron
en una estancia rectangular de la altura de un hombre buen mozo. Era el podio u
obra muerta del aparato para precaverle de las humedades en las paradas.
El plan de los invasores era
romper a hachazos el suelo del Anacronópete; pero con gran sorpresa suya, se lo
encontraron abierto, pues el vehículo tenía en el fondo para la limpieza de la
cala una compuerta que funcionaba eléctricamente con el mecanismo de una
guillotina horizontal y que, sin duda con el objeto de dar mayor ventilación al
piso bajo no se habían cuidado de cerrar, muy ajenos de que por allí pudiera
tener efecto un ataque subterráneo.
—¡Arriba! —fue el grito unánime;
y transponiendo escaleras, cruzando corredores, invadiendo salas, llegaron a
donde estaban las cautivas, que no pudieron reprimir un grito de terror al ver
delante de sí a tantos hombres con armas que a prevención para cualquier evento
llevaban consigo.
El acto del reconocimiento no hay
para qué pintarlo. Siéntanlo los que sepan amar.
—Huyamos, mi bien —fue la primera
frase que Luis acosado por el tiempo y las circunstancias acertó a decir a su
prima.
—¡Oh! Nunca —le respondió ella—.
Cualquiera que sea mi suerte, la soportaré resignada antes que faltar al
juramento que hice a mi madre moribunda. Te amaré siempre; pero huir contigo no
lo esperes de mí.
Los ruegos, las exhortaciones,
las lágrimas eran inútiles ante la irrevocable resolución de aquella hija
sumisa y obediente. Perdida parecía ya toda esperanza cuando las aclamaciones
de la multitud penetrando en el recinto indujeron a Clara a inquirir el origen
de tamaña confusión. Cuando Luis le explicó que obedecía al entusiasmo popular
por el invento de su tío, las pobres prisioneras que ignoraban en absoluto los
propósitos del tutor, prorrumpieron indignadas en invectivas contra aquel
monstruo que con su silencio las obligaba a una peregrinación tan llena de
peligros.
—¡Eso es imposible! —balbuceaba
la huérfana.
—¡El demonio del sabio! —decía la
maritornes—. ¡Pues ni que fuéramos cangrejos para andar hacia atrás!
—¡Digo! Y tú que erez tan echada
para adelante.
—¡Huyamos! —repetía Luis
apercibiéndose de que la gritería era cada vez más cercana—. Huyamos, no para
esconder nuestro amor, sino para pedir a la justicia el amparo que la ley te
debe.
Esta juiciosa observación produjo
su efecto. Los minutos eran preciosos; el tirano se aproximaba; un espantoso
porvenir podía ser el resultado de aquella perplejidad.
—Sea pues —exclamó la pupila
resueltamente.
Y todos se encaminaron a la mina.
Pero al querer penetrar por la
abertura la encontraron obstruida.
Un desprendimiento del terreno
les había cortado la retirada.
CAPÍTULO VI
E(
Qué hacer en circunstancias tan
adversas? Los pusilánimes proponían permanecer en el espacio hueco del podio y
esperar a que el Anacronópete al elevarse les permitiera salir; pero sobre
correr el riesgo de ser descubiertos si se notaba la falta de las cautivas,
exponíanse —aun salvando esta eventualidad— a ser pulverizados por una
desviación del vehículo en el momento del arranque. Los más resueltos optaban
por romper la puerta y conquistar la salida con las armas. Este plan se desechó
por violento e infecundo, prevaleciendo al fin la idea sugerida por los
prudentes, de ocultarse y aguardar la ocasión propicia de emprender la fuga.
La cala estaba por fortuna harto
provista de materiales de construcción, destinados a las reparaciones, y de
vituallas de toda especie para que no abundasen los escondrijos. Fuéronse pues
metiendo los unos tras la pipería de los caldos, los otros en los intersticios
de los balotes de gramíneas; y así se formaban parapetos con los sacos de
harina y los cajones de conservas, como se atrincheraban en los montones de
legumbres o hacían reducto del sarcófago de la momia.
Clara recomendó a todos la mayor
prudencia exhortándoles a no moverse hasta que ella o Juanita viniesen en su
busca, lo que, en nombre de sus compañeros, le fue prometido solemnemente por
Pendencia, excitando una carcajada unánime al asomar la cara
embadurnada de blanco por efecto
de sus frotaciones contra unos costales de candeal.
Mientras esta escena tenía lugar
en el Anacronópete, fuera ocurrían incidentes dignos de ser narrados.
Concluida la conferencia, don
Sindulfo, como hemos visto, empezó su marcha triunfal desde el Trocadero al
Campo de Marte entre los vítores de la multitud frenética y dos filas de
guardia nacional que la villa de París había puesto a su disposición para conservarle
el paso expedito. Una vez dentro del área de la exposición, el maire invitó al
sabio a reposarse breves momentos en una elegante tienda de campaña levantada
ad hoc cerca del Anacronópete, en el centro de la cual veíase una mesa capaz de
satisfacer la intemperancia de Lúculo y de emular la esplendidez de los
festines de Cleopatra. Era el lunch de despedida ofrecido por la municipalidad
de París al insigne inventor, pues parece imposición de la naturaleza,
respetada por la costumbre, que en todo regocijo público el estómago haya de
meter la primera cucharada.
Sentáronse anfitriones,
convidados y parásitos (planta que brota espontáneamente en todos los
comedores) y, con el reposo del cuerpo, dio principio el trabajo de las
mandíbulas. Durante los encurtidos, los torsos formaban con la mesa un ángulo
recto. A medida que el lastre iba estibando el aparato digestivo, el ángulo se
convertía en agudo. Al sonar la hora del champagne los lados móviles trataron
de reconquistar el equilibrio; pero la perpendicular al mantel no pudo
restablecerse y, dando por tope a los omoplatos el respaldo de los sillones, el
ángulo obtuso dominó en toda la línea.
Entonces empezaron los brindis,
peores unos que otros, si bien todos malos, pues no hay nada que limite tanto
la inteligencia como el elogio. Así es que, haciendo gracia de ellos al
asendereado lector, me limito a extractar lo único que en aquel cúmulo de
peroraciones hubo de bueno, que fue precisamente lo que no tuvieron de
alabanza.
El bibliotecario de la Sorbona,
levantándose del asiento y sacando a luz un primoroso ejemplar de la Iliada,
publicado recientemente a expensas de la sociedad bibliófila, rogó a don
Sindulfo que al pasar por la olimpiada en que floreció el padre de la epopeya,
obtuviese de Homero que le firmase su obra magna corrigiendo los yerros
tipográficos que encontrase y
consignando bajo el testimonio de su facsímil si fue en Quío o en Esmirna donde
vio la luz primera.
—Propongo que se substituya esa
última frase por esta otra: «En dónde nació» —interpuso un académico de la
historia—. Porque — prosiguió— suponiendo que la lógica fuese en aquellos
tiempos fabulosos una ciencia tan exigente como lo es en nuestros días, nos
exponemos a seguir ignorando cuál fue la patria del cantor de Troya, si al
preguntarle dónde vio la luz primera, él lo toma pedem literæ y nos contesta
que en ninguna parte por ser ciego de nacimiento.
Aprobada la enmienda, tocole el
turno al presidente de la junta de agricultura, quien en correcta frase —pues
era un poeta el encargado de velar por los intereses agrícolas del país—
encareció a don Sindulfo casi en verso, la necesidad de combatir los efectos
del oidium y de la philoxera en las vides: para lo cual creía el medio más
seguro hacerse con unos sarmientos de la viña de Noé a fin de reproducirlos en
Francia.
Esta proposición levantó una
tempestad de aplausos, pues nadie ignora que el vino es una de las principales
riquezas del suelo transpirenaico, cuya producción aunque fabulosa, por poco
que la cosecha flojee ya no alcanza a cubrir las necesidades del consumo.
Muchas más fueron las ideas que,
dirigidas todas al mejoramiento de la condición humana, se desarrollaron en la
sobremesa, e infinitos los encargos particulares y de índole risible que se
hicieron al doctor. Ya era un empresario de teatros quien le abría un crédito
incondicional con el fin de que ajustase a Molière para dar doce
representaciones antes de que se cerrara la exposición. Ya un tipógrafo quien
se comprometía a trasladarse a la Grecia del siglo de Pericles, con el objeto
de imprimir las conferencias de Sócrates y publicar un periódico político.
Don Sindulfo dio las gracias a
todos y a cada cual; objetó que aquel su primer viaje no tenía otro carácter
que el de exploración, y, ofreciendo desempeñar cuantas pudiera de las
diferentes comisiones que se le confiaban, dio por concluido el acto.
No había llegado aún a la puerta
cuando el prefecto de policía, apeándose de su carruaje, penetró en el pabellón
y se dirigió al sabio.
—¿Puede el señor García acordarme
una conferencia de breves minutos? —le dijo.
—Hiciéralo con placer si no fuese
ya la hora reglamentaria y temiese abusar de la impaciencia pública.
—Me trae aquí una misión oficial.
Vengo en nombre del gabinete. Ante esta observación no había medio de insistir.
Los comensales se retiraron prudentemente a un extremo de la tienda, mientras
en el
opuesto los dos interlocutores
sostenían el siguiente diálogo: —El gobierno me delega para pedirle a usted un
señalado
servicio.
—Me honra tal confianza. Escucho
a usted.
—A nadie se le oculta que la
Francia, desgraciadamente, atraviesa un período de relajación moral que amenaza
destruir los ya minados cimientos de la familia, fundamento de todas las
sociedades.
—Aunque con dolor, me es fuerza
asentir a tan acertado parecer. —El gobierno, más interesado que nadie en la
redención de su patria, ha penetrado con ánimo resuelto en el fondo de esta
cuestión
pavorosa; y cree poder afirmar
que el quebrantamiento de los vínculos sociales proviene de ese escandaloso
mercado sensual con que no ya emulamos, sino trasponemos el histórico y poco
plausible renombre de Síbaris y Capua.
—Evidentemente; mas no alcanzo
cuál pueda ser la parte que me incumba en esa misión redentora.
—A eso voy. Regenerar a la mujer
es crear buenas madres de que carecemos.
—No, en absoluto.
—Es usted muy amable. Gracias por
la mía. Tener madres es garantizar la educación de los hijos. De los buenos
hijos germinan los esposos modelos y los íntegros ciudadanos. Luego hay que
purificar la familia para salvar la patria.
—Estamos de acuerdo.
—Ahora bien; de esas desgraciadas
mujeres, que, para vergüenza de propios y extraños, arrastran sus vicios por
nuestras populosas ciudades pregonando con histéricas carcajadas su mercancía,
pocas, contadas, son las que consiguen un resultado beneficioso que consolide
su existencia en la vejez. Los hospitales,
los teatros, las porterías suelen
constituir su última trinchera; y muchas hay que al perder la menguada lozanía
de los primeros años volverían con arrepentimiento a la senda de la virtud, a
no impedírselo el estado en que los excesos y la depravación las han sumido y
que las hacen ineptas para los puros goces de la familia. El gabinete, pues, en
consejo extraordinario, me encarga ser intérprete de sus sentimientos cerca de
usted y me comisiona para dirigirle a usted una proposición.
El prefecto acercó más aún su
silla a la de don Sindulfo y prosiguió de esta manera:
—¿Hemos entendido mal o es cierto
que con el maravilloso vehículo de su invención puede el navegante
rejuvenecerse a medida que retrograde en el tiempo?
—Así es, con tal de que
previamente no se haya sometido a la inalterabilidad de las corrientes del
fluido que lleva mi nombre; pues de otro modo vería pasar los siglos sin
experimentar alteración alguna.
—¿En qué tiempo puede usted
recorrer un espacio de veinte años?
—En una hora.
—¿Y llegado a ese término, le es
a usted dable perpetuar la edad de la persona en el punto porque entonces
atraviese?
—Sin ningún obstáculo.
—Pues bien. El plan del gobierno
es rogar a usted que acepte en la expedición una docena de señoras que frisen
en los cuarenta (edad en que la vejez no las ha hecho aún desistir de las
ilusiones; pero harto avanzada en mujeres de su condición para abrigar
esperanzas de medro), y ofrecerles que en sesenta minutos van a reconquistar
sus veinte abriles. De este modo, es indudable que, aleccionadas por la
experiencia, y arrepentidas por el fracaso, al encontrarse dueñas de sus
hechizos por segunda vez, sigan la senda de la morigeración y abandonen la del
vicio.
—Plausible es la intención. ¿Pero
no teme usted, señor prefecto, que si lo que entra con el capillo no sale sino
con la mortaja, las buenas señoras al verse en el pleno ejercicio de sus
facultades quieran volver a tentar fortuna?
—No lo espero. De todos modos
este no es más que un ensayo de que desistiremos si no salimos airosos, o que
en caso contrario repetiremos en grande escala. ¿Qué responde usted al
ministerio?
—La misión me honra sobremanera
para rechazarla; pero debo advertir a usted que yo viajo con mi sobrina y...
—No tema usted el menor
desafuero. Se portarán dignamente. Ya las hemos exhortado y el miedo al castigo
las contendrá.
—Lo celebraría aunque lo dudo.
—Se lo aseguro a usted; la
amenaza es temible.
—¿Cuál se les ha impuesto?
—No quitarles ni un año de encima
si se exceden en algo.
—Tiene usted razón; me
tranquilizo.
—¿Estamos de acuerdo?
—Completamente.
—El gobierno sabrá recompensar a
usted favor tan señalado. —Me basta conseguir por premio que Francia sea digna
en el orden moral de la supremacía que por tantos otros conceptos se ha
conquistado en el mundo.
Terminada la entrevista, el
cortejo con don Sindulfo a la cabeza salió del pabellón, a cuya puerta
esperaban en sus carruajes las alegres expedicionarias que, apeándose, se
agregaron al grupo oficial, tomando todos juntos la dirección del Anacronópete.
Llegados al pie del coloso
cruzóse un último adiós. El sabio, Benjamín y las viajeras penetraron en el
vehículo y este, herméticamente cerrado, atrajo desde aquel momento las miradas
de todos los circunstantes.
No habría transcurrido un cuarto
de hora, cuando un murmullo de dos millones de almas onduló en el espacio. El
Anacronópete se elevaba con la majestad de un montgolfier. Nadie aplaudía
porque no había mano que no estuviese provista de algún aparato óptico; pero el
entusiasmo se traducía en ese silencio más penetrante que el ruido mismo.
Llegado a la zona en que debía
tener lugar el viaje, el monstruo, reducido al tamaño de un astro, se paró como
si se orientara. De repente estalló un grito en la multitud. Aquel punto,
bañado por un sol canicular, había desaparecido en el firmamento con la brusca
rapidez con que la estrella
errática pasa a nuestros ojos de la luz a las tinieblas.
CAPÍTULO VII
¡M !
Constaba el Anacronópete, como
hemos dicho, de un podio o basamento sobre el que descansaba el suelo de la
bodega, y en el espesor de cuyo muro veíanse empotrados los escalones que daban
acceso al portón, única entrada del vehículo. La forma de este era rectangular.
En sus ángulos erguíanse cuatro formidables tubos correspondientes a los
aparatos de desalojamiento que, con sus bocas retorcidas en dirección de los
puntos cardinales, parecían otros tantos enormes trabucos arqueados en figura
de F. En el piso principal, y corriendo por sus cuatro lados, circulaba una
elegante galería cuya puerta, como todas las demás aberturas del locomóvil,
quedaba herméticamente cerrada en viaje. Un inmenso disco de cristal, rasante
por cada viento a la pared, servía a los viajeros para desde el interior y con
el auxilio de potentes instrumentos ópticos, contemplar el paisaje y rectificar
la orientación durante la marcha. Dos frontones coronaban los testeros
ostentando en sus tímpanos el nombre del coloso y sosteniendo en sus caballetes
la cubierta en plano inclinado, así dispuesta para las paradas; pues en
movimiento —navegando por el vacío— ni había que cuidarse de los desagües ni
precaverse contra las afecciones atmosféricas.
Exteriormente, era pues el
Anacronópete una especie de arca de Noé sin quilla; toda vez que sus funciones
no se relacionaban con el líquido elemento y que, para flotar en caso
necesario, bastábale la tripa que, a modo de los antiguos navíos, arrancaba del
suelo de la
cala y se contraía debajo del
balcón sirviéndole de soporte.
Examinémosle ahora por dentro.
La planta baja la ocupaba toda la
bodega a excepción del pequeño espacio —destinado a vestíbulo y a la escala
espiral— que constituía la entrada de honor para las dependencias superiores,
de las que se descendía a la cala por otra escalera de caracol levantada en uno
de los ángulos. En el opuesto veíase el aparato del fluido García, con cuyas
corrientes hacíanse inalterables los cuerpos; precaución tomada ya de antemano
con cuantos materiales de construcción y provisiones de boca había a bordo.
Enfrente de aquel, funcionaba el mecanismo Reiset y Regnaut para producir el
oxígeno respirable. Tanto este aparato como el de la inalterabilidad estaban
prudentemente reproducidos diversas veces en el Anacronópete, aunque sus
efectos podían hacerse sentir en cualquiera parte con el auxilio de
conductores. También las pilas eléctricas tenían los suyos diseminados por el
vehículo, para llevar las corrientes a donde se necesitara un movimiento,
porque allí toda actividad era mecánica. Así por ejemplo; la compuerta que, en
forma de guillotina horizontal, dio acceso como hemos visto a los hijos de
Marte, correspondía con otra de idéntica estructura tallada en el suelo del
piso alto. ¿Queríase cargar el Anacronópete? Pues no había más que elevarle
convenientemente, colocar debajo las mercancías, aplicarles un conductor y
ellas solas subían por las aberturas hasta dar con los aisladores que
paralizaban su ascensión en el punto deseado. La limpieza tenía lugar por el
mismo procedimiento. Unas escobas mecánicas barrían los espacios libres y
conducían los residuos sobre la trampa del piso principal. Abierta esta caían
las escorias sobre la cala y, repetida allí la operación, un bostezo de la
guillotina las arrojaba fuera; de modo que bastaba empezar en lunes el barrido
para en un segundo encontrarse con el sábado hecho.
En la planta alta residía el
poderoso agente de la locomoción: la electricidad. Nada tan interesante como el
relato de su mecanismo; pero como esto nos llevaría muy lejos y el lector,
aceptado el principio, ha de hacerme gracia de las explicaciones técnicas,
limítome a decirle que del centro de aquella zona lanzaban las pilas sus
torrentes de fluido a todas las articulaciones encargadas de
producir el movimiento y a los
tubos neumáticos repulsores de la atmósfera. Un elegante registro marcaba la
velocidad y una sencilla aguja la regulaba. En la misma pieza estaban el
observatorio y el laboratorio con sus lentes, retortas, mapas, compases, bibliotecas,
aerómetros y utensilios cronográficos. En las crujías laterales y con el
sistema de los camarotes, alternaban por el ala derecha, el gabinete de señoras
con el cuarto de baño y la despensa con la cocina; en la que sobre una plancha
colocábase un pollo vivo que una descarga eléctrica desplumaba, mientras un
chispazo lo convertía en comestible, siete mil doscientas veces más pronto que
cualquier asador común.
El lavadero, situado en la
extremidad posterior del eje, era un prodigio. Entraba la ropa sucia por un
lado y salía por el otro, lavada, planchada, seca y zurcida.
El ala izquierda se la había
reservado íntegra el sexo fuerte, y nada tenía de notable a no ser el
departamento de los relojes; en que uno marcaba la hora real en la existencia
efectiva y otro la relativa al momento histórico del viaje con expresión del siglo,
año, mes y día según el cómputo Gregoriano.
Cuando después del entusiasta y
último adiós de las corporaciones, los sabios penetraron en su baluarte, el
primer cuidado de don Sindulfo fue alojar bajo llave en el cuarto de las
colecciones, a las atónitas agregadas, con intimación de no moverse de allí
hasta que él fuera en su busca; pues por más confianza que le mereciesen sus
protestas, él creía, y con razón, que las rejas no perjudicaban a los votos. En
seguida y de una sola conmoción eléctrica dejó herméticamente cerrado el
Anacronópete; hecho esto propinó a Benjamín unas descargas del fluido de la
inalterabilidad, recibiendo él otras tantas de mano de su amigo.
—Ya no puede el tiempo ejercer su
influencia sobre nosotros — exclamó con aire de triunfo una vez terminada la
operación.
—¿No cree usted sin embargo
—objetó su inseparable— que nada perdíamos con esperar para fijarnos a que el
Anacronópete llevase algunos minutos de marcha?
—Comprendo la intención de usted,
y nadie más interesado que yo en perder algunos años para ver si
rejuveneciéndome cesaban los rigores de mi sobrina; pero si a usted o a mí,
únicos que
conocemos este mecanismo, nos
sobreviniera un accidente cualquiera ¿cuál sería nuestra suerte disparados sin
rumbo en el espacio y qué responsabilidad no pesaría sobre nosotros dejando
insoluble el más gigantesco de los problemas científicos?
La observación era tan justa, que
el políglota no tuvo nada que objetar. Verdad es que todo hubiera sido inútil,
pues, una vez fijados, solo la acción regular del tiempo hubiera tenido poder
para destruir la producida por el fluido.
Dirigiéronse por lo tanto al
gabinete de señoras, donde Clara y Juanita se habían refugiado como los chicos
que se esconden cuando creen haber hecho algún mal; y conduciéndolas
capciosamente al laboratorio, mientras Benjamín conseguía con maña que las muchachas
se pusiesen en contacto con los conductores, don Sindulfo las volvía
inalterables con un par de descargas que las hizo retorcerse como culebras.
—Oiga usté —dijo la de Pinto
encarándose con su amo así que pudo enderezarse y articular palabra—, si es que
usté quiere no seguir comiendo más que sémola, repita usted esa operación y
verá usted salirle muelas... de la boca. ¿Para qué ha dado usted esas vueltas
al organillo que nos ha dejado como si tuviésemos alferecía?
—Menos gritos —le arguyó su amo—.
Aquí estáis bajo mi férula. Empezó mi dominio y no hay para qué pedirme
explicaciones de mi conducta. Vuestra misión es obedecer y callar.
—En cuanto a eso, poco a poco
—interpuso Clara.
—¡Cómo! ¿Te me insubordinas?
—No señor; pero protesto de que
haya usted abusado de nuestra ignorancia, para obligarnos por sorpresa a
emprender un viaje sin precedente en el mundo.
—¿Y quién te ha dicho?...
—¿Quién ha de ser, hombre de
Dios, sino la mismísima milicia española que se está burlando de usté, a pesar
de saber más matemáticas que Motezuma?
—¿Qué oigo? ¿Ha encontrado Luis
medio de hacerte llegar alguna carta? —preguntó el sabio aturdido y sin
sospechar que, no obstante su tiranía, hubiera podido ser el capitán esquela
viviente.
—¡Digo, digo, una carta!... Toda
una baraja completa para hacerle a usted tute.
—Procura no ser insolente, porque
de lo contrario en llegando a la Roma de los Césares, te vendo como esclava al
primer patricio que encuentre en la calle.
—¿Y qué van a hacerme a mí los
patricios? ¡Pues qué! ¿Yo no vengo de liberales? Mi padre fue furriel de
voluntarios.
—Oiga usted nuestros ruegos.
—Nunca.
—Si le digo a usted que el tal
don Pichichi es el Calomarde de los tíos.
—Se concluyeron las intrigas
—vociferaba don Sindulfo lívido de coraje—. Se acabaron los amorcillos de
colegiala: y ya que a buenas no has querido aceptar mi mano, yo te sabré
conducir a países y edades en que la voluntad del tutor siendo ley para su pupila,
mal que te pese tendrás que llamarte mi esposa.
—Eso jamás. Primero la muerte;
antes la tortura. Y pues agotada la persuasión recurre usted a la violencia, yo
le probaré que tengo valor para afrontarlo todo.
Y dirigiendo una mirada de
connivencia a Juanita, añadió:
—En marcha cuando usted guste.
—Sí, señor. Arre; que en el
primer cambio de tiro ya nos apearemos para quejarnos a la autoridad.
El sabio no se hizo repetir la
orden; juntó los polos y el Anacronópete comenzó su marcha ascensional, no sin
cierta emoción de parte de las reclusas que veían desaparecer por instantes los
contornos de la ciudad bajo sus plantas.
En el cuarto de las agregadas, la
impresión fue más viva por estar esperando con más impaciencia los resultados
del viaje. En la cala, el silencio era absoluto. Solo Pendencia se permitió
decirle en voz baja a su jefe, al apercibirse de la oscilación:
—Mi capitán: el botacilla.
De repente el coloso tomó rumbo y
empezó a desalojar atmósfera sin que nadie se apercibiera de que viajaban con
una velocidad de dos vueltas al mundo por segundo; pues la locomoción,
verificándose en el vacío, falta de capas con que rozar no producía movimiento
alguno sensible.
—Ya andamos —exclamó don Sindulfo
con el orgullo paternal que le inspiraba su invención.
—Adelante —prorrumpió
resueltamente su sobrina.
—¡Loor al genio! —balbuceó
Benjamín abrazando a su protector. —¡Jesús! —decía Juana—. Si esto es más soso
que un cocido sin
sal. Ni se ve un campanario, ni
una lechuga, ni ná que le pueda alegrar a una el corazón. Prefiero el ordinario
de mi pueblo. Vamos, don Sindulfo, sóoo... En llegando a los Inválidos pare
usted.
La pobrecilla no calculaba que
había empezado su frase en París el diez de julio de mil ochocientos setenta y
ocho y que la estaba acabando en treinta y uno de diciembre del año anterior
sobre la cordillera de los Andes.
CAPÍTULO VIII
E(
Las suertes estaban echadas y no
había medio de retroceder, o mejor dicho, de avanzar, si queremos ser lógicos
con la situación. Clara y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas en la
vecindad de sus defensores y dispuestas a exhibirlos en el primer alto que
hicieran; pues en marcha les parecía aventurado sacarlos de su escondite,
temerosas de que don Sindulfo, por vengarse, los condenara a todos a movimiento
continuo.
El sabio por su parte no se
saciaba de saborear su triunfo con Benjamín; y verdaderamente no le faltaba
razón para ello, pues jamás experimento alguno había tenido éxito tan
satisfactorio.
—¡Eureka! —exclamó en un arranque
de entusiasmo aquel segundo Arquímedes que, sin el auxilio de una palanca,
removía el mundo hasta en sus cimientos.
—¿A qué altura estamos? —preguntó
el políglota.
—Hace veintiún minutos que
salimos de París —le contestó su amigo consultando el cronómetro—; por
consiguiente hemos desandado siete años y nos hallamos en diez de julio de mil
ochocientos setenta y uno.
—¿Estudiemos la situación?
—Sea.
—Rumbo a oriente —dijo Benjamín
clavando los ojos en su compás.
—Fijo —asintió el sabio mirando
el suyo.
—Latitud L ° N.
—Exacto.
—No hay más que inclinar los
catalejos un grado al Sur y dirigir nuestras observaciones sobre el punto de
partida.
Y asestando los anteojos al disco
meridional, cuyas puertas se abrieron de una descarga, ambos profesores se
pusieron a sondear el espacio. Por supuesto que previamente apagaron las luces
eléctricas que constituían el alumbrado constante de aquella hermética clausura
donde siempre era de noche; pues como el vacío solo se hacía alrededor del
Anacronópete, las capas atmosféricas inmediatas a él conducían los rayos del
sol; y de no haber tenido cerrado el vehículo, nadie hubiera podido resistir
las vertiginosas intermitencias de luz y sombra ocasionadas por la violenta
transición del día a la noche en una velocidad de cuarenta y ocho horas por
segundo.
Pocos llevaban de observación los
anacronóbatas sin apercibir en su carrera más que el vapor iluminado con que
como aliento fosforescente, les anunciaban su presencia las ciudades en el
período nocturno, o las grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y
recortadas sobre el fondo oscuro del terreno durante el día, cuando de repente
los dos observadores lanzaron un grito tan rápido como fugaz había sido la
sensación que experimentaran. En medio de las tinieblas y sobre el meridiano de
París, el reflejo de una inmensa hoguera acababa de herir su retina.
—¡La Commune! —exclamaron ambos.
Y en efecto, aquel resplandor era
el petróleo de los pozos norteamericanos oponiendo en vano su devastadora
influencia al sentimiento de civilización de la vieja pero noble Europa.
Los sabios no se movieron de su
observatorio hasta dar con otro hecho ostensible que ratificara sus deducciones
cronológicas; pocos segundos les bastaron para transponer la primavera y cruzar
aquel riguroso invierno teatro de la más espantosa de las luchas
internacionales, y digno campo de la locura humana. La tierra era una inmensa
sábana de nieve, como si el frío del terror sembrado en las campiñas hubiera
germinado en cosechas de hielo. El astro rey no se reflejaba sino en mortíferas
superficies de acero y bronce, y las parábolas de los proyectiles parecían
arcos de fuego levantados en las sombras para impedir que se desplomase la
bóveda sideral.
Globos aerostáticos confiando a
una corriente atmosférica la salvación de la patria, palomas mensajeras
volviendo al arca sin el ramo de olivo, París capitulando, Metz cediendo, Sedán
dejando huérfana una corona... ¿A qué más efemérides? El cómputo era exacto.
Estaban en el año de los castigos.
Cerradas las compuertas y vuelta
a iluminar la estancia:
—Maestro; una duda —exclamó
Benjamín.
—¿Cuál?
—Puesto que nosotros nos
dirigimos al ayer y vamos a llegar al pasado con la experiencia de la historia,
¿no nos sería dable cambiar la condición humana evitando los cataclismos que
tamañas dislocaciones han producido en la sociedad?
—Aclare usted su pensamiento.
—Supongamos que caemos sobre el
Guadalete en las postrimerías del imperio godo.
—¿Y bien?
—¿No cree usted que dando un
curso de moral a la Cava y a don Rodrigo, o haciendo ver al conde don Julián
por medio de la lectura de Cantú, Mariana y Lafuente, las consecuencias de su
traición, lograríamos torcer el rumbo de los acontecimientos e impedir que
hubiera tenido lugar la dominación árabe en España?
—De ningún modo. Nosotros podemos
asistir como testigos presenciales a los hechos consumados en los siglos
precedentes; pero nunca destruir su existencia. Más claro; nosotros
desenvolvemos el tiempo, pero no lo sabemos anular. Si el hoy es una consecuencia
del ayer y nosotros somos ejemplares vivos del presente, no podemos, sin
suprimirnos, aniquilar una causa de que somos efectos reales. Un símil le
patentizará a usted mi teoría. Figúrese usted que usted y yo somos una tortilla
hecha con huevos puestos en el siglo VIII. ¿No existiendo los árabes, que son
las gallinas, existiríamos nosotros?
Benjamín recapacitó un momento,
después de lo cual repuso:
—¿Y por qué no? Aun admitiendo la
hipótesis de que ambos seamos descendientes del moro Muza, el evitar que este y
los suyos penetren en España no impide nuestra existencia. Yo no destruyo las
gallinas; lo que hago es obligarlas a que sigan poniendo en
África. Luego la tortilla puede
subsistir sin otra diferencia que tener el Atlas por hornillo en lugar del
Guadalete. Ilustración
Don Sindulfo se mordió los labios
no encontrando refutación al argumento de su amigo que él calificó de
paradójico, y cortó la conversación abriendo el pupitre y disponiendo a anotar
en su diario las observaciones de la derrota. Benjamín a su vez dirigióse al
armario en que encerraba los más preciados ejemplares de su museo arqueológico
y se entretuvo en comprobar las clasificaciones.
Dejémosles entregados a tan sabia
tarea y veamos lo que en el ínterin ocurría en el cuarto de las colecciones,
donde esperaban impacientes su transformación las doce hijas de Eva en que el
gobierno francés fundaba la regeneración moral de su país.
A aquellos de mis lectores que
hayan visitado la Francia, y lo serán todos probablemente, no hay para qué
hacerles la descripción de los trajes de las viajeras. Teniendo el lujo por
cebo y el arte de agradar por oficio, fácilmente se colige que las tales
señoras habían puesto a contribución para adornarse todo el ingenio de la
industria sedera de Lyon, agotado los maravillosos recursos que posee la
fabricación de encajes en Cluny y Valenciennes y engarzado en el oro de
California los diamantes del Brasil, las esmeraldas de Colombia y las perlas
del golfo de Bengala.
—Y bien, Niní; ¿qué tal va eso?
—preguntó a una esbelta rubia otra que acusaba haber sido incitante morena en
sus mocedades y que respondía al nombre de Naná, pues todas tenían el suyo
artístico.
—Por ahora no puede decirse nada;
pero si la prefectura me vuelve a mis quince años, le juro no casarme sino con
un hombre que vote siempre por el gobierno. Hay que ser agradecida.
—Cualquier día me uncen a mí
—repuso desde su rincón una nerviosilla que con una carta se estaba
entreteniendo en doblar pajaritas de papel.
—¿Pues cuáles son tus propósitos,
Emma?
—Hacer que me desembarquen en la
corte de Luis XV y pedir que me presenten a S. M.
—Lo que es yo —dijo otra que se
llamaba Sabina— primero me dejo robar por los romanos que volver a París a
vestirme de percal y dormir sobre un felpudo.
—Pero hemos dado nuestra palabra
—insistió Niní.
—Pensad que la regeneración de la
Francia depende de nosotras. —Para la que se fíe de promesas oficiales —arguyó
Emma—. En cuanto nos viesen jóvenes y bonitas, los mismos que hoy nos toman
por instrumentos de
rehabilitación serían los primeros en querer venir a turbar nuestra paz
doméstica. ¡Ah! ¡Los hombres! ¡Los hombres!...
Y como siguiese jugueteando con
la pajarita, observó que se le pulverizaba sin que sus dedos la triturasen.
—Aquí tenéis la prueba —añadió
explicando a su modo el fenómeno y dando cima a su pensamiento—. Escriben sus
protestas de amor sobre papel podrido para que duren poco.
—Eso es el fuego de la pasión que
calcina el papel —objetó la optimista Niní.
—O la humedad del recinto que lo
deshace —adujo una nueva interlocutora—. No brilla el Anacronópete por su
limpieza: desde que hemos entrado en él, no hago otra cosa más que quitarme
velloncitos de lana y borrillas de toda especie que sin duda caen del techo.
—Es verdad. Lo mismo he notado yo
—dijo Sabina—. No te muevas, aguarda.
—¿Qué es?
—Una mariposa que tienes en el
lazo del sombrero. ¡Una polilla! —¡Ay! ¡y yo un gusano! —gritó otra corriendo
en busca de una
mano benéfica que la libertara de
él.
Emma quiso volar en su auxilio;
pero se detuvo al ver sus dedos impregnados de una sustancia viscosa que había
sustituido a la pajarilla. Instintivamente produjo con el brazo un sacudimiento
nervioso; pero al quererse mirar de nuevo la mano, la pasta había desaparecido
y en su lugar pendían de sus falanges pedacitos de trapo y filamentos de todos
tamaños y matices.
Un grito de asombro resonó en el
cuarto y la algarada se hizo general cuando Sabina, que consultaba con la
mirada a Niní, vio que de la boca de esta, abierta por la sorpresa, salía un
diente
postizo disparado por el empuje
de otro verdadero que tomaba su lugar. Simultáneamente el rubio añadido de
Naná, perdido el color y falto del cordón que le sujetara, caía en el suelo
mientras su cabeza se cubría de sedosas hebras capaces de causar envidia a la
Margarita del Fausto.
—Mirad a Emma —vociferaba una—.
Ya no tiene pata de gallo.
—Y Coralia ha perdido su verruga
—exclamaba otra.
—¡Qué tersura la de mi cutis!
—¡Qué morbidez la de mis hombros!
—¡No más canas!
—¡Ya somos jóvenes!
—¡Viva!
Y todas consultaban los espejos
de sus estuches o se miraban en cualquiera superficie bruñida, distribuyéndose
besos y abrazos en el vértigo de su admiración.
La causa de tan maravillosos
efectos se explica muy fácilmente. El tiempo empujado hacia atrás verificaba su
obra de destrucción; las viajeras no habían sido sometidas a la
inalterabilidad; pero sus trajes tampoco. Así es que cada minuto que
transcurría dejaba lo mismo en su organización física que en su tocado la
huella del retroceso; pues todo en ellas caminaba hacia su origen; y del mismo
modo el papel pasaba de la consistencia del billete a la trituración del batán
y a la primera forma de guiñapo, que el raso se metamorfoseaba en mariposa para
degenerar en larva y reducirse a semilla. Nada más encantador que aquellas
turgentes formas mal cubiertas por racimos de capullos de seda entretejidos con
vellones de finísima lana y contrastando el dorado color de sus tenues
filamentos con el nácar de las ostras a medio abrir que servían de lecho a las
perlas embrionarias. ¡Qué artística agrupación la de aquellos minerales
incrustados en fragmentos de rocas, rodeados de copos de algodón en rama,
ceñidos por verdes aristas de cáñamo y cruzados por residuos de cintas que, de
confección anterior a aquel momento histórico, conservaban su integridad como
un anacronismo de la moda en la armonía de descomposición de la naturaleza!
La estupefacción era unánime; el
entusiasmo indescriptible; pero el tiempo no se detenía en su carrera y el
fenómeno empezó a
tomar proporciones alarmantes.
Los productos transformados en primeras materias dejaron en breve de adornar
los contornos de aquellas humanas esculturas. Traspuesto el período en que cada
porción de materia había sido arrancada de su asiento, las fracciones
comenzaron a desertar en busca de sus matrices. El vellón desaparecía para
adherirse a la oveja; la ostra atraída por el banco corría a sepultarse en las
costas de Malabar; el algodón huía a hundir sus raíces en las llanuras
norteamericanas y la cabritilla de los borceguíes despojada del curtido, volaba
a revestir el esqueleto de la inocente res de los Alpes, mientras por los
huecos que dejaba la deserción asomaban trazos dignos de inspirar el desnudo a
los clásicos escoplos de Miguel Ángel, Praxíteles y Fidias.
Las viajeras al contemplar su
desnudez se taparon el rostro con las manos, que el pudor es algo inherente a
la hermosa mitad de la especie humana, y prorrumpieron en tan desaforados
gritos, que don Sindulfo y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y este sus
clasificaciones, corrieron en averiguación del alboroto.
—No se puede entrar —decían unas
al apercibirse de que los sabios trataban de abrir la puerta.
—Ya tenemos bastante —exclamaban
otras.
—¡Ay! Mi corsé... —gritaba una
tercera.
Clara y Juanita, a quienes los
sabios al verlas llegar despavoridas pusieron al corriente de la situación,
penetraron en la estancia; y asustadas ante tan insólito espectáculo volvieron
a salir pidiendo auxilio a la ciencia.
—¡Hombre de Dios! Que se van a
constipar esas señoras — vociferaba la maritornes.
En esto Benjamín que ya había
comprendido la situación, llegó con unos transmisores del fluido de la
inalterabilidad; y pasándolos por la puerta entornada, aconsejó a las
excursionistas que se agarrasen a ellos. Hiciéronlo así ellas, y con cuatro
vueltas al aparato y otras tantas docenas de quejidos de las víctimas, quedaron
estas fijadas y remediado el mal.
—Prestadles unos vestidos
vuestros —dijo don Sindulfo a su pupila y a Juana, en tanto que él y Benjamín
desternillándose de risa tornaban a reanudar su tarea en el laboratorio,
comentando el incidente. Pero apenas el políglota se había dejado caer en su
asiento, cuando con los cabellos
de punta y lanzando un grito desgarrador volvió a levantarse como si un
sacudimiento galvánico le hubiese arrancado de la silla.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el
sabio acudiendo en su socorro. —¡Mire usted... mire usted!... —balbuceaba el
infeliz, señalándole
la célebre medalla conmemorativa
comprada en la almoneda del arqueólogo madrileño y atribuida según el catálogo
a Servio Cayo, prefecto de Pompeya, en honor de Júpiter.
Don Sindulfo tomó el disco que
reluciente como una chapa de aguador brillaba sobre la mesa. El objeto en
cuestión no había sido fijado aún, esperando para hacerlo el instante
cronológico que pudiese acusarles su autenticidad; pero este había ya llegado y,
destruida la acción del tiempo, los caracteres campeaban sobre el bruñido fondo
con una elocuencia aterradora.
SERV... C. POMP... PR...
JO... HONOR
era el anuncio sobre latón de una
empresa de coches de muerto fundada en París por la época que ellos atravesaban
y que restituida a su integridad decía así:
SERVICE DE POMPES FUNÈBRES
RUE D’ANJOU SAINT HONORÉ.
CAPÍTULO IX
R
Reparadas las averías causadas
por la retrogradación en el indumento, las viajeras corrieron al laboratorio en
busca de don Sindulfo y empezaron a darle múltiples pruebas de su gratitud.
Los dos sabios no habían vuelto
aún del estupor que les produjera la metamorfosis del disco; y en verdad que no
les faltaba motivo para renegar de la ciencia que en tal ocasión los había
tratado como madrastra. Ello no obstante hicieron de tripas corazón,
disimularon su enojo y, cerrando los armarios, consagraron su atención
preferente a la contemplación de aquellos tan variados ejemplares de la más
hermosa mitad del género humano. La colección era completa: creeríase uno
transportado al paraíso de Mahoma o al foyer de la danse en la grande ópera de
París.
Aunque la conducta de las
agregadas a bordo era irreprochable, don Sindulfo, temeroso de alguna
imprudencia, quiso evitar a Clara su contacto y la exhortó a que con Juanita se
retirara al gabinete.
—Como que nos vamos a quedar
encerradas allí dentro —dijo la de Pinto— ahora que hemos encontrado que la
casa está habitada por presonas.
—No importa —repuso el tutor
tragando bilis—. No os conocéis, no habláis el mismo idioma.
—Mi señorita entiende el francés,
y estas señoras conocen todas las lenguas. Ya nos han dicho que viajan por
gusto y eso que andan a repelo.
Y efectivamente: en los pocos
minutos que habían tenido disponibles para conferenciar, no solo Juanita las
había impuesto en la situación, sino que se había conquistado el concurso de
las expedicionarias para obligar con ardides a don Sindulfo a hacer un alto que
les permitiera sacar de su escondite a la fuerza armada y emprender juntos la
fuga; pues hay que advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas de Eva,
ya no tenían más que una aspiración: ser libres.
Comprendiendo el tutor que la
lucha era desigual y tranquilizado con la falsa idea de que, restituidas a la
edad del candor relativo, las parisienses solo abrigarían sentimientos puros e
inocentes, puso en olvido aquello de «lo que entra con el capillo sale con la
mortaja» y las dejó a todas juntas, si bien bajo la custodia de su inspección
inquisitorial.
—En este momento entramos en el
año Q W —exclamó Benjamín consultando el derrotero.
—¡Ay! El día en que perdí a mi
novio en Constantina —interpuso Niní poniendo en juego la sensibilidad para
mover el corazón de don Sindulfo y auxiliar los planes de Clara.
—Y el mismo en que yo abandoné el
hogar materno en Bona, por los excesivos rigores de mi padrastro —adujo Sabina
mojándose los ojos con saliva para fingir que lloraba.
El sabio tomó oportunamente la
palabra, pues de tardar unos segundos más, todas aquellas jóvenes hubiesen
resultado oriundas de la Argelia.
—Poco a poco —objetó don
Sindulfo—. Se están ustedes enterneciendo prematuramente. Recapaciten ustedes
que andamos hacia atrás; y que por lo tanto el año principia para nosotros en O
de diciembre, o lo que es lo mismo, que entramos en él cuando en la vida real
se sale. De modo que aún les quedan a ustedes tres minutos para consagrarse a
su doloroso aniversario.
—Tanto mejor —prorrumpió Niní en
un arranque de alegría—. Así podré verle vivo. Pídame usted lo que quiera; pero
restitúyame usted a sus brazos y empezará una era de ventura para mí que solo
he tocado humillaciones.
—Por piedad —vociferaba Sabina—.
Ya que se ha encargado usted de nuestra rehabilitación, que se la debamos
completa.
—Lo que solicitan es imposible.
Yo las restituiré a ustedes a Francia al regreso de nuestro viaje; pero el
tiempo es oro y no puedo permitirme un alto. De hacer uno en África lo
verificaría sobre Tetuán para asistir a la memorable jornada que tan alto puso
el honor de las armas españolas.
—¡Cómo! —arguyó Juanita tomando
parte en la trama—. ¿Vamos a pasar por el Riff, donde murió de un balazo, antes
de nacer yo, mi tío el trompeta de cazadores, y será usted tan cruel que no le
deje dar un abrazo a su sobrina predilecta?
—¿Pues no acabas de decir que no
le conociste?
—Eso no importa. Tenemos en casa
su retrato al garrotipo. —Creo —balbuceó Clara, empleando todos sus medios de
seducción— que mi tío considera
lo bastante el nombre castellano para no dejar de rendir este justo tributo de
admiración al heroísmo de nuestros compatriotas; y es harto amable para no
acceder al ruego de su pupila.
—Sea, pues tú lo quieres
—respondió el tutor vencido—.
Asistiremos a aquella epopeya;
pero sin bajar.
—¿A vista de pájaro? —preguntó
Juanita tratando de insistir; pero un gesto de su ama la hizo comprender que
puesto en el camino de las concesiones, don Sindulfo no tardaría en rendirse.
El sabio torció el rumbo hacia el
O° de latitud N.; y, al marcar el cronómetro el crepúsculo vespertino del de
febrero de S H, redujo la marcha a paso de carreta y dejó que el Anacronópete
se deslizara sobre Tetuán, fuera del alcance de los proyectiles; pero bastante
cerca del teatro de la lucha para poder apreciar los menores detalles de
aquella memorable batalla.
Todos los corazones nacidos de la
vertiente meridional de los Pirineos a la punta de Tarifa, palpitaban con
violencia. Abierto el disco, cada cual asestó su instrumento óptico al campo de
operaciones y un grito de entusiasmo resonó en la estancia.
—Allí se divisan los combatientes
—exclamó Naná, arreglándose el tocado por si levantaba los ojos alguno de los
oficiales de Estado Mayor, mientras Juanita atónita balbuceaba:
—¡Jesús! Si parece un
titirimundi.
—¡Pero, es extraño!... —adujo
Clara, fijándose en el fenómeno que se desarrollaba a sus ojos—. Yo no me
explico sus
movimientos.
—Es verdad —prorrumpieron todos
parando mientes en caso tan original.
—¿Qué es ello? —preguntó el
sabio.
—Mire usted. Lo hacen todo a la
inversa.
—¡Ah! sí —repuso el sabio dándose
cuenta de lo que para él carecía de importancia, pues ya lo tenía previsto—.
Eso consiste en que, como nosotros vamos viajando hacia atrás en el tiempo,
empezamos a ver la batalla por el fin.
—¡Ya! —interpuso Juanita—. ¡Cosas
de usted, que lo principia todo por la cola!...
Y efectivamente, los viajeros
observaban la batalla de Tetuán con el orden cronológico invertido; como el
héroe de Lumen de Flammarión veía la de Waterloo, al remontarse en espíritu a
la estrella Capella, teniendo que pasar antes por los rayos luminosos de la
Tierra que alumbraban en el espacio hechos posteriores.
—Observen ustedes —proseguía don
Sindulfo— cómo lo primero que se advierte es que los cadáveres se incorporan.
—Es verdad —asentía Benjamín—. Y
luego disparan sus fusiles.
—Y después cargan.
—¿Cargan? Porque serán sabios
—argüía la maritornes, no desperdiciando ocasión de zaherir a su víctima.
—¿Qué es eso? ¿Huyen?
—No. Es que retroceden, porque
caminamos hacia el momento en que están ocupando las posiciones que tenían
antes de avanzar. Es decir, que ahora llegamos propiamente al principio de la
batalla. De modo que parándonos podríamos asistir a ella por su orden.
—Pues, sóoo —dijo la lugareña
excitando la hilaridad en todos, a cuyas reiteradas súplicas el sabio no tuvo
valor de resistir, aguijoneado a su vez por el orgullo patrio. El Anacronópete
quedó suspendido en la atmósfera merced a un ligero movimiento en el graduador.
Escritos estos renglones veintiún
años después de aquel memorable acontecimiento, paréceme que su relato, aunque
hecho a vuela pluma, no ha de carecer de atractivo para la generación que nos
está acabando de reemplazar. Copio aquí, pues, la narración del diario de don
Sindulfo, en la que sin duda se ha inspirado el
pintor Castellani para reproducir
con el pincel aquella jornada, y que también ha servido a la prensa de la corte
para describir el panorama que se exhibe en Madrid frente a la casa de la
Moneda. Dice así:
«Estamos en el centro del
campamento marroquí de Muley-Ahmed. Las tropas españolas llegan hacia él
persiguiendo de cerca al enemigo, cuyas posiciones corona simultáneamente.
Tenemos en frente el mar, Tetuán a la espalda, el río Martín a la derecha, y a
la izquierda la torre de Geleli y la Casa Blanca.
»El general O’Donnell dispone que
sus fuerzas ejecuten un movimiento envolvente sobre el campamento de
Muley-Ahmed, con objeto de atacarlo por dos puntos distintos con las tropas de
los generales Prim y Ros de Olano, entre las que se sitúa la artillería protegida
por los ingenieros. Rómpese el fuego de cañón por cuarenta piezas que avanzan
gradualmente hasta colocarse a cuatrocientos metros de las trincheras
marroquíes.
»En primer término se destaca el
general en jefe a caballo con su estado mayor, dando órdenes al comandante Ruiz
Dana y teniendo a su lado al coronel Jovellar y al jefe del Estado mayor,
general García. Detrás las baterías españolas cañonean los reductos. En el
fondo a lo lejos el mar y la escuadra.
»A la derecha el general Ros de
Olano, dando instrucciones a su hijo y dirigiendo el movimiento de la primera
división del tercer cuerpo, mandada por el general Turón, consigue que sus
soldados penetren por distintos puntos en las trincheras. El regimiento de
Albuera con su coronel Alaminos; Ciudad-Rodrigo con el teniente coronel
Cos-Gayón, y el brigadier Cervino al frente de los batallones de Zamora y
Asturias, invaden a la vez el campamento a pesar de la tenaz resistencia de los
enemigos; uno de los cuales en las ansias de la muerte, encuentra fuerzas
suficientes en su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón abandonado, y
dispararlo causando horroroso estrago en las primeras filas de nuestras tropas.
»Por la izquierda el general Prim
ataca las trincheras seguido del coronel Gaminde; penetra por una tronera
rodeado de catalanes, soldados de Alba de Tormes, Princesa, Córdoba y León;
forma confuso tropel con los enemigos y sostiene cuerpo a cuerpo una lucha
encarnizada. A su lado veo caer moribundos al comandante
Sugrañes y al teniente Moxó,
tremolando el primero en sus manos la bandera de los intrépidos tercios
catalanes. Don Enrique O’Donnell apoya enérgicamente el ataque de su jefe el
general Prim, y se dirige luego al campamento de Muley-Abbas en la torre de Geleli,
que los moros abandonan precipitadamente.
»Muley-Ahmed intenta en vano con
enérgico valor detener la fuga de sus soldados, que huyen despavoridos ante las
aguerridas huestes de Prim y abandonan la Casa Blanca. Llenos de terror,
desoyen el mandato de su jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder de
nuestras tropas, como trofeo de tan señalado triunfo, el campamento con
ochocientas tiendas, ocho cañones, armas, municiones, camellos, caballos y
bagajes.
»En el fondo, hacia Tetuán, el
sultán de Marruecos contempla consternado la derrota de su ejército numeroso.
»Durante la marcha de nuestros
soldados, los enemigos amenazan atacar la retaguardia; pero el general
O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos batallones del tercer cuerpo
a las órdenes del general Makenna, quien adelantando rápidamente a lo largo del
río Martín protegido por la brigada de coraceros del general Alcalá Galiano,
rechaza al enemigo sobre la plaza después de breve lucha y paraliza sus
esfuerzos.
»Formidables fuerzas enemigas,
bajando a la vez de la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con sus
infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe, atento a todas las
peripecias del combate, hace adelantar la brigada de lanceros del conde de
Balmaseda. Las tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le ponen en
precipitada fuga protegidas en su movimiento por el cuerpo de reserva del
general Ríos, situado en el reducto de la Estrella.
»La jornada ha sido completa.
Tetuán no tardará en abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Marruecos
debe ya empezar a arrepentirse de haber excitado el justo enojo de la nación
española.»
El entusiasmo a bordo no
reconocía límites. Todos suplicaban a don Sindulfo que les permitiese bajar
para dar un abrazo a aquellos héroes, inclusa Juanita que pretextaba haber
reconocido los pulmones de su familia en un paso de ataque tocado por su tío con
la trompeta. El sabio que, además
de estar poseído de la admiración general, tenía un carácter vengativo impropio
de sus luces intelectuales, vio en aquella circunstancia una ocasión de
desembarazarse del torcedor de su fregatriz, y accedió a la demanda decidido a
volver a emprender la marcha en cuanto Juanita traspusiese los umbrales del
Anacronópete en busca del supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un
bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y con gran contentamiento
de todos y una sencillísima manipulación, el vehículo tocó tierra.
Pero ¡ay! que no comete el hombre
acción mala sin recibir tarde o temprano por ella el condigno castigo.
Saboreando estaba cada cual la realización de sus propósitos, cuando Benjamín,
que, asomado al disco contemplaba el horizonte, dio un grito y retrocedió
involuntariamente.
—¿Qué es eso? —le preguntó su
inseparable, corriendo a su lado.
—¡Friolera! —contestó el
políglota perdiendo el color—. Que sin duda hemos caído en una emboscada
tendida por los marroquíes a nuestras tropas.
Un sudor frío circuló por la
frente de todos los viajeros.
—¡Huyamos! —fue la opinión
general.
—Mire usted los kabilas que se
dirigen hacia aquí.
—No hay más remedio que apelar a
la fuga —adujo el sabio corriendo al regulador y poniendo en movimiento la
máquina, mientras Benjamín cerraba los discos y restablecía el alumbrado
eléctrico, exclamando:
—Pronto, que nos alcanzan.
Aún no había acabado de
pronunciar la frase cuando: —¡Un moro! —articuló con voz ahogada una de las
viajeras. —¡Dos! —prorrumpió Juanita parapetándose detrás de su amo. —¡Veinte!
—profirieron todos poseídos de un terror pánico
cobijándose en un rincón del
laboratorio en compacto grupo. Eran en efecto dos docenas de fugitivos del
campamento de
Muley-Ahmed que, buscando su
salvación en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y tomándolo por
arma de guerra habían resuelto atacarlo; pero, no encontrándole entrada franca,
se valieron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la
entereza que da el fanatismo,
lograron introducirse por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso
emprendiese la marcha. Ilustración
Pasado el primer momento de
estupor, en que nadie osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis
pies de altura provistos de gumías y espingardas y llevando escrito en el
rostro el vengativo ceño del enemigo derrotado, Naná se resolvió a preguntar a
don Sindulfo:
—Diga usted. ¿Nos harán algo?
—A nosotros rebanarnos el
pescuezo; y a ustedes llevárselas al harem en calidad de odaliscas.
—¿Con los eunucos? ¡Qué horror!
—articularon las aludidas por lo bajo.
—Pues lo que es al harem
—interpuso Juana encarándose con su señor— creo que también podría usted venir.
—¡Insolente!
—Para hacernos compañía y
enseñarnos ciencias en los ratos de ocio.
El tutor no se había equivocado
acerca del propósito de los invasores, según la traducción que Benjamín le hizo
de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza. Los expedicionarios estaban
irremisiblemente perdidos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cerebro
del atribulado don Sindulfo.
—Si logramos ganar tiempo —dijo
al políglota— nos hemos salvado.
—¿De qué modo?
—Dando al vehículo la velocidad
máxima y consiguiendo que estos kabilas, que no están sometidos a la
inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta que concluyan por desaparecer
una vez traspuesto el instante de su natalicio.
—¡Sublime idea!
Y forzando el graduador, la
máquina se puso a funcionar con una rapidez vertiginosa.
—¡A ellos! —gritó el capitán; y
los moros se aprestaron a consumar su obra; pero los ayes y las lamentaciones
del sexo débil eran tan repetidos y penetrantes, que, no logrando restablecer
el silencio, les pusieron a todos a guisa de mordaza un lienzo atado en
la boca y, oprimiendo sus brazos
con fuertes ligaduras, los arrastraron tras sí para conducir los esclavos al
asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora
anduvieron buscando los riffeños inútilmente la salida, con gran satisfacción
de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni fugarse maniatados como
estaban, veían en cambio que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y
acariciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su yugo.
Pero los caracteres meridionales
son impetuosos y no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los hijos del
desierto al sospechar que estaban siendo los prisioneros de sus rehenes, se
conformaron con salir por donde entraran; mas, convencidos de la imposibilidad
de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema resolución de exterminar a los
viajeros.
Encontrábanse a la sazón en la
cala y las mujeres se desesperaban al pensar que cuando una sola voz les
bastaría para llamar en su auxilio a sus salvadores, tenían que sucumbir al
mutismo. Colocados los reos en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el
centro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba duda a aquellos
infelices acerca de la triste suerte que les deparaba el destino. Apiñados y
confundidos revolvíanse los desgraciados en la desesperación de la impotencia y
ya los cañones estaban apuntados hacia su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo
su poderoso influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al tutor en
finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron libre el ejercicio de sus
músculos. Apercibirse de tan providencial beneficio y emplearlo en poner en
contacto los conductores que junto a él descendían por las paredes de la cala,
fue operación tan rápida como el pensamiento. Acto continuo las compuertas se
abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siempre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió a aquellos
minutos de angustia no hay quien la describa. Restituidos a la libertad
abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condiciones; y hasta la misma
Juanita no pudo prescindir de decir a su amo, en un arranque de gratitud:
—Si no fuera usted tan feo, me
casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su
triunfo muy convencido de haber conquistado con él un lugar preferente en el
corazón de su pupila, cuando esta temiendo ver surgir nuevos contratiempos,
—Ya es ocasión de revelárselo
todo —exclamó, pidiendo consejo a Juanita.
—¿Qué duda cabe? —respondió la
resuelta asesora.
Y añadiendo:
—¡A mí, valientes! —incitó a
salir de su guarida a los soldados españoles, riéndose con descaro del asombro
del buen tío que intuitivamente comprendió la asechanza de que le habían hecho
objeto.
—¡Cómo! ¿Están aquí? —prorrumpió
lívido de coraje.
—¡Perdón! —repetía Clara.
—Ni para ti ni para ellos
—proseguía el celoso tutor dando golpes en cuantos objetos tenía a tiro.
—Pues, ea —arguyó Juanita—.
Guerra a muerte; y el sabio que sea hombre, que salga. Don Luis, Pendencia,
melitares: ¡Mueran las matemáticas!
Un ay de espanto reemplazó a tan
enérgico apóstrofe. Los diecisiete hijos de Marte aparecieron en la cala
trepando por los sacos de harina y los barriles de provisiones; pero, como no
habían sido sometidos a la inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba
veinticinco primaveras, los cuatro lustros desandados en el tiempo desde la
salida de París los habían reducido a la condición de tiernos parvulillos.
—¡Esto es espantoso! —murmuraban
las francesas que se las habían prometido muy felices de la galantería
española.
—¡Yo desfallezco! —articulaba la
pupila no dando crédito a la realidad, mientras Juanita hecha un basilisco
exclamaba enseñándole los puños a su amo:
—Si es usté el sabio más animal
que conozco.
El tutor se bañaba en agua de
rosas al contemplar la venganza que le servía el azar. Entre tanto el vehículo
caminaba y los infantes se achicaban hasta el extremo de no poderse tener ya en
pie.
—Pero, hombre de Dios, ¿no ve
usted que se nos deshacen como la sal en el agua? —argüía la maritornes echando
espuma por la boca.
—Mejor —contestaba aquel segundo
Otelo—. Así acabaremos de una vez.
Y los angelitos yacían tendidos
en el suelo agitando brazos y piernas en la inacción de los primeros meses y
llorando a pulmón lleno. Compadecidas de su situación, cada hija de Eva tomó en
brazos al suyo y se puso a pasearlo por la cala viéndolos mermarse
progresivamente, en tanto que el implacable tío se frotaba las manos con
satisfacción y sonreía con satánico gesto.
—¡Luis mío! —repetía Clara
anegada en llanto y tributando sus caricias a aquel residuo de su capitán de
húsares.
—¿Ya no tienes una gracia para tu
Juanita? —preguntaba a su microscópico Pendencia la de Pinto.
Y el bribón del asistente, como
si aún quisiera darle una prueba de su travesura, le mordió el vestido por la
parte en que a los niños de su edad se les sirven los alimentos.
De pronto aquellas mujeres se
quedaron pálidas con los brazos cruzados sobre el pecho; ya no abarcaban objeto
alguno: el ejército se les había disuelto entre las manos.
CAPÍTULO X
E( , ,
La pérdida de un ser querido es
una de las más terribles pruebas a que puede exponerse la sensibilidad humana:
y aun así la aflicción pasa por distintas gradaciones según las circunstancias
que han acompañado al hecho.
—Al menos ha muerto en su cama y
rodeado de los suyos —le dicen al atribulado pariente los encargados de
consolarle.
—Y ha tenido usted la
satisfacción de que Dios se lo conserve hasta una edad avanzada —añaden otros.
Y efectivamente, todas estas
reflexiones son un lenitivo al dolor que, resultado de una máquina pensante y
contante, paga la situación en su justo precio reservándose para las grandes
catástrofes el máximum de intensidad.
Ahora bien: imagínense los
lectores cuál sería la disposición de ánimo de los viajeros ante aquel quinto
acto de una tragedia para cuyo desenlace no había Deus ex machina posible.
Porque un novio es algo más que un pariente a los ojos del objeto de su cariño;
y además de la amargura de separarse para siempre del suyo, las enamoradas
doncellas sufrían el vejamen de ver que, siendo el amor un numen que engrandece
cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre las manos.
Clara perdió el sentido ante la
inmensidad de su infortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en brazos de
las expedicionarias.
Juana, más entera aunque no menos
herida, se desahogaba dando gritos contra el opresor y llamando a la guardia en
su socorro.
Pero la situación más grave era
sin duda la de don Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezquina que
fuera su condición, por miras estrechas que lo alentasen, distaba mucho de ser
un malvado: y la muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada a cabo en
legítima defensa propia, eran dos docenas de puñales que tenía hundidos en el
corazón. Agréguese a esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía no
solo una desobediencia a sus mandatos sino la inutilidad de haber agotado su
ciencia y sus recursos para desembarazarse de un rival, y se comprenderá
fácilmente que su razón trastornada le indujese a permitir que el tiempo
devorase a aquellos infelices, sin prestarles el menor auxilio. Primer paso
suyo en la senda del crimen por la que hemos de verle avanzar presa de los
celos, la desesperación y la locura. No adelantemos empero el discurso.
Los mahometanos, aunque hombres,
eran enemigos de Dios y habían atentado contra su vida; por consiguiente, bien
muertos estaban. ¿Pero aquellos diecisiete infantes, a quienes había servido de
implacable Herodes, qué daño le habían hecho? ¿Merecía tan horroroso castigo
una travesura de la juventud? ¿No era su sobrino una de las víctimas? ¿No
hubiera sido más humano, pues no estaban sometidos a la acción del fluido,
hacer rumbo hacia el presente y, una vez reconquistadas sus naturales
proporciones, desembarcarlos en los alrededores de su edad?
Todas estas y otras muchas
observaciones se hacía don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendida, y
su amor propio sublevado concluían por vencer, y resultado de tan acerba lucha
fue que delirante cayese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una
continua convulsión.
¿Pues no estaba garantizado por
la inalterabilidad? me objetará alguien. Ciertamente, pero la acción del
fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atravesando el dermis e
infiltrándose por los tejidos musculares, solo alcanza a la superficie de los huesos,
que petrifica como las demás vías por donde circula. Así pues el ejemplar
influido por sus corrientes, ni pierde la tersura del cutis, o sea la juventud,
ni sufre de erupciones cutáneas, ni está expuesto a
las inflamaciones producidas por
la acción atmosférica: pero experimenta hambre, sed y sueño y no se exime de
padecimientos viscerales, productos las más veces del sistema moral al que la
ciencia no ha llegado a dar todavía la osificación que a un tegumento.
Cargó pues Benjamín con aquel
cuerpo inanimado y lo condujo a su dormitorio para ver de provocar la reacción
metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el laboratorio, recordó la velocidad
vertiginosa que habían impreso al aparato en el momento de la invasión
marroquí, y temeroso de alguna catástrofe por imprudencia, dio un golpe a la
aguja del graduador, reduciendo el Anacronópete, a su entender, a la locomoción
media.
¡Qué pequeños incidentes son
origen de los más grandes acontecimientos!
Don Sindulfo, acurrucado en el
lecho, daba diente con diente de continuo y alguna que otra sacudida por
intervalos a Benjamín.
—Juanita —dijo este saliendo al
encuentro de la de aparejo redondo—. Calienta un poco de agua para hacer una
infusión a tu amo que se siente mal.
—¿Quién? ¿Yo? Pues como no sea
para escaldarle vivo, que se aguarde a que encienda fuego.
—¡Vamos! Deja a un lado el enojo
y recapacita que si él se muere nadie podrá llevarnos a puerto de salvación.
—¿Pues usted no entiende la
maquinaria?
—Muy poco. Además, la caridad te
aconseja ser compasiva.
Prepara la lumbre mientras yo
saco el té y el azúcar de la despensa.
Sea el miedo a permanecer
indefinidamente en el espacio o la compasión inherente a su sexo, Juanita no
replicó e hizo rumbo a la cocina.
—Ya sabes. Con un par de
chispazos eléctricos alumbras una hoguera en un decir Jesús.
—A mí déjeme usted de telégrafos,
que yo me las compondré a la moda antigua.
Y, así diciendo, llegó al
hornillo, colocó en él unos carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras
otro sobre la lija, sin conseguir encender ninguno; pero lo más notable del
caso era que ni dejaba
huella la cerilla en el raspador
ni la cabeza del de Cascante se gastaba.
—Es claro. Las babas de don
Sindulfo que lo reblandecen todo — murmuró, y echóse en busca de otra caja y de
algunas virutas y trapos con qué facilitar la combustión. No encontrando nada a
propósito, dio al pasar por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de
telas y pieles que, aunque acusaban una rica procedencia, eran retales al fin y
muy del caso en circunstancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el
fogón y, haciendo una nueva e inútil tentativa con los fósforos:
—A ver si usted tiene más gracia
—dijo a Benjamín que acudía cargado con un pilón de azúcar y un bote de té
Hulón.
—Esto es más breve —arguyó el
políglota comunicando la chispa eléctrica al hornillo a merced de la cual los
trapos se encendieron pero no los carbones; siendo de notar, por más que
ninguno de ambos observase el fenómeno, que las suplentes virutas iban tomando
extrañas formas parecidas a lazos, mangas de vestido, tacones de bota y objetos
de mercería.
—Parte un poco de azúcar —ordenó
Benjamín a Juanita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, derramaba
encima el agua hirviendo.
—¡El demonio que pueda con esta
pirámide de Egipto! Si es más dura que la cabeza de un sabio —repetía Juanita
dando golpes en el pilón con un martillo sin conseguir levantar una arista.
—Déjate; aquí hay azúcar molido
—exclamó el interpelado poniendo una cucharada en la taza de otro paquete que
para el uso ordinario había en el vasar y sirviendo en ella el licor benéfico.
—Pero aguarde usted... ¡si eso no
está aún! Todavía no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la
frente de Benjamín, en quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de
los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron a darle la llave del
enigma. Presa de una agitación nerviosa se puso a disolver el azúcar en la
infusión; y al llevarse una cucharada a los labios:
—¡Horror! —dijo palideciendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó la
doncella mirándole de hito en hito temerosa de que también empezara él a
reducirse como los otros.
—¿Qué ha de ser? Que hemos vuelto
inalterables para su conservación los artículos de consumo, y ahora nos
encontramos con que son resistentes a toda influencia física.
—¿Es decir?...
—Que ni el azúcar endulza, ni el
carbón se enciende, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hincar el
diente a una patata.
—¿De modo que nos vamos a morir
de hambre? —balbuceó Juanita con los ojos desencajados.
—No; pero tendremos que apearnos
a cada comida y tomar los alimentos propios de la época y de la localidad; pues
de fijarlos ya ves lo que sucede; y de abandonarlos a la acción retrógrada del
tiempo, en tres minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino en
cepas.
—¿Y dónde tomaremos hoy la
pitanza? —repuso la lugareña a quien la idea de un alto sonreía por lo que
encerraba de salvador para las reclusas.
—En los infiernos —salió
murmurando Benjamín con la taza del agua caliente en la mano; la que propinada
a su amigo le produjo las consecuencias de un emético sumiéndole después en una
dulce y agradable somnolencia.
Entretanto Juanita volaba a dar
parte de lo ocurrido a sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el lecho
de la pupila, presenciaban una escena no menos digna de admiración que la
precedente.
Es pues el caso que mientras
prodigaban sus consuelos a la pobre huérfana, Niní, que no sin profunda
aflicción había visto desaparecer de sus lóbulos, antes de ser fijada, las dos
hermosas perlas que llevaba por pendientes, dio un grito de alegría al llevarse
las manos hacia los desheredados cartílagos y encontrarse con la restitución de
sus preciadas joyas.
—Mirad, esto es milagroso...
—En efecto —exclamaron todas. Y
al tender en torno suyo una mirada de asombro, este creció de punto al observar
que todos los objetos arrebatados por la acción retrógrada del tiempo les eran
devueltos sin saber cómo. Ya un girón del vestido de Naná, cubriéndose de
larvas, tomaba la forma de capullos para metamorfosearse en tupido raso de
Lyon; ya una tira de becerro,
curtiéndose repentinamente y
modelándose al pie de Sabina se llenaba de pespuntes y lazos hasta elevarse a
la categoría de un borceguí Carlos IX.
—¡Mi chal! —gritaba una...
—¡Mis encajes! —decían otras.
Y todas se libraban al más
expansivo arranque de entusiasmo, cuando la más razonadora de ellas:
—Poco a poco —les arguyó—.
Moderad vuestro júbilo. Cierto es que reconquistamos nuestro ajuar; pero ¿quién
os asegura que la devolución no será completa?
—¡Cómo!
—¿No teméis que por este
fenómeno, cuya explicación ignoramos, cada perla que creemos ganada nos
devuelva la arruga que juzgamos perdida?
La observación era tan atinada y
el temor de perder los encantos tan profundo, que un grito unánime salió de
todos los labios en demanda de socorro; y las viajeras, dejando a Clara en el
gabinete al cuidado de Juanita, echáronse en busca de los sabios encontrando
felizmente en el laboratorio a Benjamín que consiguió a duras penas imponer
silencio a aquella rebelde turba.
—¿Qué significa esto? —preguntó
la más osada—. ¿Tratáis de volvernos a envejecer?
—Que se nos admita a libre
plática —argumentaba otra—. Ya hemos pasado la cuarentena.
—¡No más lazareto! —vociferaban a
coro.
Benjamín, que no acertaba a darse
razón de lo que veía, estudiaba el caso con los ojos fijos en el suelo; y
maquinalmente al notar un objeto que relucía, lo recogió y dio con un ochavo
moruno.
—Alguna moneda que se le ha caído
a un kabila —dijo Niní llamándole la atención hacia lo más urgente—, no haga
usted caso de eso.
—Pero si esta moneda —repuso el
políglota— procede de un marroquí, ¿cómo, no estando sometida a la
inalterabilidad, subsiste todavía? Debería haberse descompuesto toda vez que
viajamos hacia atrás.
—Acaso sea más antigua que el año
en que nos hallamos.
—No. Su fecha es del F K ; y como
el cómputo árabe principia en g , época
de la Hégira, este ochavo corresponde al V W de nuestra era o sea al año
anterior en que fuímos atacados por los riffeños y que debimos trasponer tres
minutos después de la invasión.
—¿Entonces?... —interrogaron las
atónitas viajeras con la mirada. Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el
cuarto de los relojes: —¡Maldición! —dijo al consultar el cronómetro del tiempo
relativo. E inmediatamente hizo parar en seco el Anacronópete. —¿Qué es ello?
—Que al querer moderar hace poco
la locomoción, he rebasado sin duda la línea de la aguja y caminábamos hacia
adelante. Hemos deshecho lo andado. Estamos sobre Versalles a O de julio o sea
en la víspera del día que salimos de París.
La alegría que se pintó en el
rostro de las viajeras al convencerse de que, sin detrimento de su juventud,
eran restituidas al teatro de sus operaciones, no hay quien la describa. Todas
suplicaron a Benjamín que las desembarcase; y aunque este temía las iras de don
Sindulfo, pudo más en él la idea del ridículo de que iba a cubrirse cuando su
colega advirtiese su ineptitud. Así es que confiado en el seguro del secreto,
toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su derrota; y en la
persuasión de cohonestar con una medida de buen gobierno el abandono de las
agregadas, determinóse a darles gusto, lo que le valió una abundante y
envidiable cosecha de abrazos y besos.
El vehículo descendió majestuoso
en el parque contiguo al Trianon; las viajeras lo abandonaron sigilosamente, y
Benjamín, dando la velocidad máxima se echó por el espacio a desquitarse de lo
perdido diciendo:
—Ahora a China en busca del
secreto de la inmortalidad.
Al día siguiente los periódicos
de París traían dos noticias: una que fue comentada por todos los desocupados
de los bulevares; otra que solo conmovió al mundo sabio.
Decía la primera, que habían sido
reducidas a prisión doce jóvenes que, valiéndose de las circunstancias, querían
explotar la credulidad pública haciéndose pasar por las expedicionarias del
Anacronópete; siendo así que en ninguna de ellas se encontraban
trazos que acusasen ser las
agraciadas por la Prefectura, donde constaba su filiación y se les había
entregado pasaportes de que las impostoras no venían provistas a su regreso.
La segunda era más lacónica
aunque más trascendental para la ciencia, en cuyos anales sigue constando como
artículo de fe: se reducía a dar cuenta de que a las nueve y cuarenta y cinco
minutos de la mañana el observatorio astronómico había presenciado la caída de
un enorme aereolito en las inmediaciones de Versalles.
¡Así se escribe la historia!
CAPÍTULO XI
U
El día t del noveno mes del año H
Q (antes de J. C.) en la aldea de Li, estado feudal de Tsou, hoy provincia de
Hou-nan, nacía con los cabellos blancos después de ochenta y un años de
gestación (al decir de sus sectarios) el gran metafísico de la China, apellidado
por esta circunstancia Lao-tseu o sea el viejo niño.
Hasta su aparición, la filosofía
más remota del Celeste Imperio estaba reducida al Y-King, enciclopedia puesta
en orden por Fo-hi, en quien los historiadores creen reconocer a Noé después
que salió del Arca e hizo su viaje a la provincia de Xen-si cerca del monte
Ararat en la parte opuesta de la Bactriana. Su fundamento es enseñar el origen
de las cosas y las transformaciones sufridas en el curso de las edades. Dios es
considerado en ella como la piedra angular sobre que todo descansa. Es a un
tiempo mismo Ly y Tao (razón y ley) y como tal se revela a la inteligencia
humana.
Lao-tseu, guiado por una
sabiduría apacible, enseñó a despreciar las pasiones, a elevarse sobre todos
los intereses, grandezas y glorias terrenales, recomendando hacer abnegación de
sí propio en beneficio de los demás y humillarse para ser enaltecido: lenguaje
que recuerda la humildad y la caridad de la doctrina del Salvador.
Todo el tesoro de su inteligencia
lo encerró en su obra titulada Tao-te-King. King significa que el libro es
clásico: Tao y Te son las palabras porque empiezan las dos partes de que consta
su tratado y que, como sucede con el Pentatéuco, le han servido para darle el
nombre. Ambos títulos reunidos
quieren decir Libro de la razón suprema y de la virtud.
He aquí un fragmento que confirma
que, ante el espectáculo de las desgracias de su patria, en vez de aspirar a
una reforma, como Confucio lo hizo más tarde, Lao-tseu se aisló, exhortando al
hombre a buscar el bien supremo en la soledad ascética y haciéndolo consistir
en la calma absoluta:
«El hombre, dice, debe esforzarse
en obtener el último grado de incorporeidad a fin de conservarse tan
inalterable cuanto le sea posible. Los seres aparecen en la vida y cumplen sus
destinos: nosotros contemplamos su renovación sucesiva por la cual cada uno de
ellos vuelve a su origen. Volver a su origen significa ponerse en reposo;
ponerse en reposo es restituir su mandato; restituir su mandato es hacerse
eterno. El que sabe hacerse eterno es iluminado; el que no, se convierte en
víctima del error y de todas las calamidades.»
Esta moral, que podemos llamar
pasiva, fue exagerada por sus prosélitos que se apellidaron Tao-sse o sean
doctores celestes. Y en efecto, mientras Lao-tseu no asentaba el bien público y
el privado sino en el ejercicio de la virtud y en la identificación con la
razón suprema para dominar los sentidos y alcanzar la impasibilidad, sus
sectarios abusaron de esta inacción para abandonarse a un rígido ascetismo; y,
proclamando que la sabiduría engendra los desórdenes, recomendaron al pueblo la
ignorancia más absoluta, reservándose no obstante las artes cabalísticas y
adivinatorias a fin de embaucar con ellas a las masas cuando, a la aparición
del budismo en China, los Tao-sse se confundieron con los bonzos.
Las dos sectas de los Yang y los
Me no son sino ramas del mismo tronco: sus diferencias son tan insignificantes
que no merecen ser reseñadas sino comprendidas en el principio fundamental de
la religión de los Tao-sse, cuya consecuencia fue elevar a dogma la ociosidad
entre las clases ignorantes.
El año D x antes de la era
vulgar, hacia el solsticio de invierno del año vigésimo segundo del reinado de
Ling-uan, nació en la aldea de Tseu, reino feudal de Lu (hoy provincia de
Chan-tung), el gran Kun-fu-tseu o Confucio como le llamamos en Europa.
Tan distante este filósofo de la
ciega credulidad como de las mágicas ficciones de los Tao-sse, jamás se ocupó
ni de la naturaleza humana, ni del principio divino, ni de la metafísica en
fin. Su carácter no es el de un innovador; limítase tan solo a restablecer las
bases de la moral práctica de las sociedades primitivas.
«Lo que yo os enseño, decía él,
lo podéis aprender por vosotros mismos haciendo un legítimo uso de las
facultades de vuestro espíritu. Nada tan natural ni tan sencillo como la moral
cuyas prácticas saludables trato de inculcaros. Todo lo que yo os predico, los
sabios de la antigüedad lo han ejecutado ya. Su práctica se reduce a tres leyes
fundamentales: de relación entre vasallos y señores, entre padre e hijo y entre
marido y mujer, y el ejercicio de estas cinco virtudes capitales: la humanidad,
es decir, el amor de todos sin distinción ninguna; la justicia, que da a cada
uno lo que le pertenece; la observancia de las ceremonias y usos establecidos,
a fin de que todos los que viven juntos sigan una misma regla y participen de
las mismas ventajas y de los mismos inconvenientes; la rectitud de juicio y de
sentimiento para buscar y desear lo verdadero en todo, sin alucinaciones
egoístas para sí, ni apasionadas para los otros; la sinceridad, o sea un
corazón abierto que excluya la ficción y el disimulo, así en las palabras como
en las obras. Estas son las virtudes que han valido el dictado de venerables a
los primeros institutores del género humano, en vida, y los han conducido
después a la inmortalidad: Tomémoslos por modelo y esforcémonos en imitarlos.»
Tal es en resumen la moral de
Confucio, cuyo carácter distintivo es hacer derivar todos los deberes de los de
la familia, y reducir las virtudes a una sola: la piedad filial. Su dogma es la
obediencia del inferior al superior.
En cuanto a metafísica, he aquí
lo que al padre Pedranzini decía un mandarín sectario de Confucio:
«Nosotros nos guardamos mucho de
decidir sobre cosas que no son evidentes y que los sabios antiguos tenían por
inciertas. El axioma de los hombres santos consiste en la partícula si, puesto
que dicen: Si hay un paraíso, los virtuosos gozarán en él mil delicias; si hay
un infierno, los malvados serán precipitados en él; pero ¿quién puede afirmar
que existan o no? Abstenerse del mal y
hacer bien, he aquí el punto
importante. El Tai-hio recomienda que lo principal es la virtud y lo accesorio
las riquezas y el bienestar. El Liun-in encarga que no hagas a otro lo que no
quieras para ti. Todo estriba en esto. Procédase así y basta; las felicidades
del paraíso, si hay uno, vendrán como consecuencia.»
Esta moral fue la que dominó en
las clases ilustradas cuyos sectarios, hostiles a los preceptos oscurantistas
de los Tao-sse, tomaron el nombre de letrados y su comunión el de academia.
Entre los discípulos de Confucio
el más notable es Meng-tseu o Mencio, muerto en X (a. de J. C.). Afligido de
ver triunfantes las dos sectas de Tao-sse, o sean la de Yang que predicaba el
egoísmo como el principal regulador de las acciones humanas, y la de Me que
sostenía que el afecto debía extenderse a todos por igual sin distinción de
parentesco, propagó una filantropía generosa basada en la moral de Confucio
cuyo resumen es este: «Sirve bien al cielo quien sigue la recta razón.» Su
libro reunido a los tres de apotegmas de Confucio, es aún hoy de texto entre
los que aspiran a los cargos públicos.
Vemos, pues, dos grandes grupos
disputándose el dominio de las conciencias: la metafísica de Lao-tse, relajada
por los mágicos procedimientos de los Tao-sse, sus sectarios, dueña de las
masas ignorantes y perezosas: la moral de Confucio, observada por los letrados,
alumbrando las inteligencias privilegiadas y siendo, por decirlo así, la
religión del estado, patrocinada y seguida por los emperadores, indiferentes
más que tolerantes de todas las demás prácticas y creencias. Hubo sin embargo
una época en que los cabalísticos amenazaron invadirlo todo. Fue en el siglo II
(antes de J. C.) cuando los Tao-sse , separándose de la pura doctrina de
Lao-tse, empezaron a librarse a extrañas especulaciones y pretendieron haber
descubierto el secreto de la inmortalidad contenido en un misterioso brebaje.
En vano fue que los sectarios de Confucio quisieran desenmascararlos;
protegidos por el emperador Wu-ti hubieran sin duda alguna triunfado de los
letrados, si uno de estos, tomando la copa que sus rivales destinaban al monarca,
no la hubiese apurado de un sorbo desafiando el enojo del augusto personaje
que, en su ceguedad, le condenó a morir en su presencia.
—Si la eficacia de este licor es
verdadera —le dijo el confucista— la orden que acabáis de dar es inútil: si por
el contrario es falsa, con mi muerte destruiréis vuestro error.
El engaño descubierto, Wu-ti
volvió su crédito a los letrados, y los Tao-sse continuaron ejerciendo su
influencia tan solo entre los ignorantes y amigos de la ociosidad. Estos
siguiendo la religión de los espíritus, como ya se ha visto; aquellos predicando
el escepticismo y la indiferencia y consignando que la muerte no tiene más
objeto que hacer pasar el alma a otro cuerpo o descomponerla en aire, sin que
quede nada del hombre a no ser la sangre en sus hijos y el nombre en su patria.
Ello no obstante, como en sus
libros consignase Confucio que él no trataba sino de restablecer la doctrina
primitiva y que no era más que el precursor de un ilustre personaje que vendría
de Occidente, el rey Ming-ti envió en el siglo primero de nuestra era una flota
hacia aquella parte, en busca del gran reformador. Las naves fueron bastante
lejos; pero no atreviéndose a ir más allá, abordaron una isla en que
encontraron una estatua de Buda que, trasladada a China en el año de Jesucristo, fue desde entonces adorada
bajo el nombre de Fo y sigue compartiendo el culto con los prosélitos de
Lao-tse y los letrados.
Algunos cristianos, huyendo por
esta época de las persecuciones de Nerón, llegaron hasta el Celeste Imperio;
pero cohibidos por la escasez del número y por las condiciones del país,
quedaron oscurecidos hasta que en K D de nuestra era, bajo el reinado de
Tai-tsung, fue recibido en Chang-ngan el sacerdote nestoriano O-lo-pen del
Ta-tsin, es decir del imperio romano. El emperador envió a su encuentro los
principales dignatarios que le condujeron al palacio; hizo traducir sus santos
libros y, persuadido de que encerraban una doctrina verdadera y saludable,
decretó que fuese erigido un templo a la nueva religión y que veintiún
sacerdotes se consagrasen a su servicio. El hecho está consignado en un
monumento levantado en Si ngan fu, en el cual la doctrina cristiana se
encuentra expuesta sucintamente, y se dice que los misioneros llamados por
O-lo-pen llegaron en R a la corte de Tai-tsung; que este publicó un edicto en
favor del cristianismo; que Kao-tsung hizo construir iglesias en
todas las ciudades; que Vu-heu
persiguió a sus sectarios y que Kuo-tsé iba siempre seguido de un sacerdote
cristiano en las batallas.
Las revueltas políticas, que a
principios del siglo tercero de nuestra era (en que va a tener lugar este
relato) agitaban la China, no podían por menos de transmitir su influencia a
los antagonismos religiosos que entre sí despertaban los tres principios de
Lao-tse, Confucio y Fo o Buda.
El emperador Ho-ti fue el primero
que en el año , era cristiana como todo
lo que a seguir va, concedió honores y dignidades a los eunucos de palacio, en
detrimento del ascendiente que los letrados habían tenido hasta entonces en la
corte. Unos y otros continuaron disputándose el poder hasta el año R G en que
los eunucos hicieron sospechosa a los ojos del monarca la academia,
presentándole la unión de los hombres instruidos como un peligro contra su
tiranía. El emperador Chung-ti desterró a los doctores y libró a los tribunales
a los más ilustres proclamándose él a su vez amigo de la ciencia por haber
hecho grabar sobre cuarenta y seis lápidas de mármol y en tres clases de
caracteres los cinco libros clásicos del I-King.
Aunque los Tao-sse hacían
aparentemente causa común con los eunucos, no tardaron, aprovechando las
circunstancias, en utilizarlas en su provecho. La peste, habiendo desolado el
imperio durante once años, un Tao-sse llamado Chang-kio halló contra ella un remedio
seguro en cierta agua preparada con unas palabras misteriosas. Este charlatán
obtuvo fácilmente crédito entre las masas. Seguido por una turba de empíricos,
los disciplinó, y en breve encontróse a la cabeza de un partido numeroso. Su
doctrina era que el cielo azul, o sea la dinastía de los Han dominante a la
sazón en la persona del emperador Hien-ti, tocaba a su término para dejar paso
al cielo amarillo . Descubiertos sus propósitos y viendo su pérdida segura, se
echó al campo en abierta rebelión. Cincuenta mil hombres secundaron su grito, y
tomando un gorro amarillo por insignia, se aprestaron a devastar el país. Sus
expediciones fueron favorecidas por el levantamiento de muchos ambiciosos que
aspiraban a repartirse la China en diversos estados; pero la prudencia y el
valor del general Tsao-tsao, jefe del partido de los letrados a quienes el
monarca llamó en su auxilio, sofocaron la insurrección y los vencidos se
acogieron a su bandera. Hien-ti le
nombró su primer ministro; pero
enorgullecido por su triunfo, pronto se vio a Tsao-tsao ceñirse el sombrerete
de doce colgantes, adornado con cincuenta y tres piedras preciosas —atributo
distintivo de la majestad— y hacerse llevar en el coche de eje de oro con tiro
de seis caballos. No hubiera tardado mucho en apoderarse del sello imperial si
la muerte no le hubiera atajado el camino. Su obra no obstante fue consumada
por su hijo Tsao-pi, primer calado o ministro de Hien-ti a quien arrebató la
corona en el año D dando fin a la dinastía de los Han para dar comienzo a la de
los Ouei.
Pero, no adelantemos los sucesos
toda vez que vamos a hacer asistir a los lectores a este acontecimiento
memorable; y dejemos consignado para su mayor inteligencia que el Anacronópete
llegó a Ho-nan, corte entonces del imperio chino, en el año S , bajo el reinado
de Huen-ti y en sazón en que la revuelta dominada, muerto Tsao-tsao y elevado a
la dignidad de Calado su hijo Tsao-pi, el poder había sido reconquistado por
los letrados, quienes perseguían sin piedad así a los sectarios de Fo, por lo
que tenía de nuevo la religión búdica importada del Indostán, como a los
Tao-sse por la grosería de sus empíricos recursos.
CAPÍTULO XII
C C I
Miente como un bellaco el refrán,
cuando asegura que no hay mal que dure cien años; pues sus dieciséis centurias
bien contadas se pasó don Sindulfo en el lecho del dolor, desde que arrojó a
los hijos de Mahoma en el espacio y a los de Marte en la nada, hasta que el
Anacronópete se posó en los alrededores de Ho-nan, capital a la sazón del
imperio chino.
En los tres días y medio que duró
el viaje, Benjamín, aprovechándose del sopor del sabio y del sueño de las
muchachas, hizo sus correspondientes altos y salió sigilosamente del vehículo
para proveerse de las indispensables municiones de boca; pues ya hemos visto
que las que a bordo llevaban eran inútiles. El primer festín se lo debió a la
piadosa munificencia de la reina Isabel la Católica; y por cierto que estuvo a
punto de costarle la vida porque llegado al campamento de Santa-Fe, donde el
ejército castellano se desesperaba ante la tenaz resistencia de los moros de
Granada, fue tomado por espía de Boabdil, a lo que contribuía no poco el
extraño disfraz que para aquella época constituían su americana y sus
pantalones con boca de trabuco. Afortunadamente el políglota no perdió la
serenidad; y acordándose de lo beneficiosos que podían serle los conocimientos
adquiridos en la cátedra de historia, pidió ser conducido a presencia de la
reina a fin de hacerle revelaciones importantes. Acompañada estaba doña Isabel
de su esposo don Fernando, del cardenal Ximénez y de sus primeros capitanes; y
todos, menos la augusta señora, sostenían el parecer de levantar un
sitio en que se enterraban la
paciencia de los sitiadores y los fondos del erario, cuando Benjamín haciendo
irrupción en la tienda:
—¿Qué es levantar el sitio?
—exclamó con alientos de profeta.
E inclinándose al oído de la
reina añadió en voz baja:
—Hoy R de enero de H , día de viernes, como aquel en que el
Redentor de los hombres derramó en el Calvario su preciosa sangre, y a las
tres, hora precisa en que el Verbo encarnado exhaló su postrer suspiro, el pendón
de Santiago y el estandarte real ondearán en la torre de la Alhambra.
Doña Isabel palideció; los
cortesanos que la rodeaban, recelando algún desafuero, echaron mano a sus
espadas; y no lo hubiera pasado muy bien el maestro de lenguas si los añafiles
moros mezclándose con la trompetería cristiana no hubieran traído con sus ecos
una pausa salvadora.
—¿Qué ocurre? —preguntó el rey al
ver aparecer en la tienda al conde de Cifuentes llevando en el semblante
impresa la alegría.
—Ocurre, señor —dijo el noble
caballero— que Boabdil acaba de rendirse; y que para que los vencedores puedan
entrar en Granada con entera seguridad, el vencido envía en rehenes al campo de
Castilla a sus hijos con seiscientos hombres de armas al mando de dos de sus
más esclarecidos jefes.
Un grito de asombro se escapó de
todos los pechos.
—¿Quién eres tú? —preguntó la
reina casi prosternándose atónita ante el que en su fe bendita tomaba por
aparición celeste.
—Un pobre mortal —respondió
Benjamín— que os pide por toda recompensa que le dejéis seguir libremente su
camino suministrándole un bocado de pan con que aplacar su hambre.
Tan limitada exigencia acabó de
ratificar el juicio que doña Isabel formara del profeta; y sin atreverse a
insistir en premiarle con dádivas humanas, ella por sus propias manos le
aderezó unas alforjas henchidas de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de
pan del mejor candeal de Castilla, amén de una cantimplora de vino de Aragón
del que, para el servicio de la mesa de don Fernando, custodiaban en el
repuesto los despenseros de campaña.
Ya se disponía Benjamín a
abandonar la tienda, cuando la soberana llamándole aparte y con las manos
cruzadas en ademán de súplica:
—¿Qué puedo hacer —le dijo— para
felicidad de mis vasallos y esclarecimiento de mi trono?
—Dad oídos, señora —le contestó
el políglota— a un genovés que vendrá a ofreceros un mundo.
—¿A Colón? —preguntó la reina
admirada—. Ya le he visto; ¡pero si aseguran que es un loco!... Además, mi
tesoro está exhausto.
—Vended vuestras joyas si es
preciso. Él centuplicará su valor creando vicios para la humanidad.
Y así diciendo entregó a la reina
una breva de Cabañas a la que la pobre señora daba vueltas entre sus dedos sin
explicarse su virtud.
—¿Y qué es esto? —se resolvió a
inquirir al cabo.
—¡Humo! —exclamó Benjamín, y
desapareció.
Y en efecto, dos años después,
corriendo en busca de otro rumbo
para las Indias orientales,
volvía Colón de América con un nuevo
mundo para España y una infinidad
de estancos para las viudas de
militares pobres.
Ilustración
—¿A Colón? —preguntó la reina
admirada
El segundo descenso que en busca
de vitualla hizo Benjamín a la tierra, veinte horas más tarde o sea en las
postrimerías del siglo XI, no ofreció nada de notable. No así el que después de
un período equivalente verificó en el año L I a la ciudad de Rávena al declinar
la tarde de un domingo.
Esta villa, como saben todos, era
a la sazón la residencia de los exarcas que dirigían los destinos de la parte
de Italia sometida al poder de Bizancio. Gobernada por las instituciones
municipales del Bajo-Imperio, estaba distribuida en escuelas para las milicias
urbanas; pero una bárbara costumbre tenía allí lugar. Los días de fiesta,
jóvenes y viejos, niños y mujeres, cualquiera que fuese su condición, salían de
la ciudad y, divididos en bandos, se libraban a unas pedreas de que resultaban
siempre heridos y muertos. Gozoso volvía Benjamín de un convento en que,
gracias a los harapos de mendigo que se había colgado, recibiera abundantes
provisiones; y dirigiéndose iba hacia su vehículo, cuando una desaforada
gritería y una multitud de gente que avanzaba en precipitada fuga le dieron a
comprender, compulsando fechas y según lo que en Agnelli había
leído, que atravesaba aquel
histórico momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedores de los de la
poterna de Sommovico, los persiguieron hasta dar cuenta de la mitad del opuesto
campo.
—Esto no reza conmigo —dijo para
su capote el viajero, y se echó a correr a campo traviesa; pero los guijarros
llovían con tal profusión que a fin de acelerar su marcha no titubeó en
apoderarse de un burro lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos oprimiendo
sacó al escape. Desgraciadamente una piedra salida de una honda tiguriana hirió
con tan mala suerte a su cabalgadura que, dándole de lleno en un corvejón, le
rebanó la pata por entero sin que al reponerse de la caída pudiera el jinete
dar con el miembro mutilado que deseaba conservar como recuerdo de aquel drama
cuyo fin, según diremos de paso, fue el siguiente: Vencidos los de la poterna
simularon una reconciliación; e invitando a un festín a los de la escuela
Tiguriana, los degollaron a todos arrojando sus cadáveres en las cloacas. Los
traidores fueron ahorcados, sus muebles consumidos por el fuego; y, allanadas
sus viviendas, el área en que se alzaban fue conocida en adelante con el nombre
del barrio de los asesinos.
Restituido milagrosamente
Benjamín al Anacronópete, compartió su pitanza con Clara y con Juanita que
desde la desaparición del ejército no salían de su cuarto en el que la
aflicción las tenía relegadas; propinó algunas yerbas saludables que había
cogido para don Sindulfo y emprendió su marcha hacia el celeste imperio. Pero
al abrir su armario para hacer unas apuntaciones en el diario de bordo ¿qué
creerán mis lectores que encontró dentro? Pues nada menos que la pata del burro
hirsuta y sanguinolenta ocupando en el casilicio el lugar del famoso hueso que
el desgraciado comprara en Madrid a peso de oro tomándolo por una canilla de
hombre fósil descubierta en las inmediaciones de Chartres.
Por fin sonó el año Q en el
cuadrante del tiempo relativo y, haciendo alto el coloso en los arrabales de
Ho-nan, la esperanza de hacerse dueño del secreto de la inmortalidad borró el
desengaño antropológico de que jamás hizo mención Benjamín a sus compañeros de
viaje.
Repuesto ya don Sindulfo de su
acceso, aunque con la razón no muy conforme, como se verá por el curso de los
acontecimientos, y
entregadas las muchachas a esa
obediencia pasiva que es la indiferencia del dolor, dispusiéronse todos a
penetrar en la corte de Hien-ti, no sin que previamente cohonestara el
políglota la desaparición de las francesas con una insurrección a bordo que le
había puesto en el caso de desembarcarlas según sus deseos.
Nadie le hizo observación alguna
sobre el particular.
Clara y Juanita sentían el
corazón muy lacerado para ocuparse de otra cosa que de su desgracia, y el sabio
por su parte, silencioso como un marmolillo, solo tenía puesta su imaginación
en su proyecto, que era desembarcar en una época de oscurantismo y de
autocracia donde la arbitrariedad de las leyes le permitiera obligar a su
pupila a llamarse su esposa.
La ciudad estaba desierta. La
primera emperatriz había fallecido la noche antes, y el luto nacional, según el
edicto del emperador, prohibía a todo hijo del celeste Imperio salir de sus
viviendas ni abrir puertas ni ventanas en el transcurso de cuarenta y ocho
horas.
Llegados los viajeros a los muros
de Ho-nan e interrogados por el jefe de la guardia acerca de sus designios,
Benjamín, que era el intérprete de la expedición, le expuso sus deseos de ser
recibidos en audiencia por el emperador Hien-ti. El traje de los excursionistas,
los rasgos fisonómicos de la raza europea, la vigilancia que se le tenía
prescrita y la sospecha de que los anacronóbatas pudieran ser sectarios de los
Tao-sse, tan perseguidos a la sazón por el partido de los letrados dueños del
poder, hicieron parar mientes al oficial, y creyendo servir con ello la causa
de su monarca, dispuso que, escoltados por su gente y con los ojos vendados,
fueran conducidos a la presencia del emperador.
Obtenida la venia del monarca,
los viajeros, no sin gran susto aunque tranquilizados por la erudición de
Benjamín que se esforzaba en persuadirles de que en la conducta del jefe de
guardia no había malevolencia sino cumplimiento del ritual observado en la
corte china, se encontraron delante de Hien-ti.
Era este soberano un hombre
corrompido, de condición viciosa, en quien la sed de placeres no bastaba a
saciar el insultante lujo de que se rodeaba a costa de sus abyectos vasallos.
El palacio o yamen que habitaba y del que tomó copia el príncipe Tchao para
construir el suyo en Yé un siglo más tarde, era de una suntuosidad
indescriptible. En sus muros no
se veía sino mármol y en sus techos resbalaban los rayos del sol sobre la tersa
superficie de los barnices y las lacas. Las campanillas que colgaban de los
cornisamentos eran de oro; de plata las columnas que sostenían el entablamento,
y toda suerte de piedras preciosas esmaltaban los cortinajes que cubrían las
puertas.
Las más hermosas mujeres, así de
la clase mandarina como de la plebe, lo habitaban con más de diez mil personas
que entre astrólogos y artistas formaban el séquito del emperador. Mil
doncellas montadas en corceles ricamente enjaezados le servían de guardia y le
acompañaban en sus excursiones, cuando no se hacía llevar en un ligero carruaje
tirado por corderos adiestrados que se paraban allí donde una de las cinco mil
actrices destinadas a la voluptuosidad de Hien-ti, ofrecía a los rumiantes
pastos frescos para detener su carrera y lograr la insigne honra de que el
monarca se reposase en sus brazos.
Apenas los viajeros se
presentaron en la estancia en que los aguardaba Hien-ti, este no pudo reprimir
un movimiento de sorpresa, arrancado por la hermosura de Clara. Dominándose no
obstante por el decoro que le imponía su condición de viudo, contentóse con
cruzar una mirada de inteligencia con su primer ministro Tsao-pi; quien a su
vez, y tal vez por adulación hacia su amo, hizo un gesto significativo
contemplando a Juanita como quien dice: «Pues esta otra tampoco me parece a mí
costal de paja.»
Nos llevaría tan lejos la
descripción del ceremonial empleado en la entrevista y el extraño estilo usado
por los interlocutores que, para dar una idea de ambos, haremos un resumen de
lo que el historiador Cantú y otros sinólogos cuentan sobre el particular;
advirtiendo de paso que estos usos siguen practicándose hoy en China casi en
absoluto, pues sabido es que el estacionamiento constituye la base de su
carácter.
«La cortesía artificial de los
chinos —dicen los que de relatar estas ceremonias se han ocupado— se manifiesta
en todos sus actos, en sus visitas sujetas a reglamentación, en el modo de
colocarse en ellas según la categoría, en su manera de andar y en sus
interminables cumplimientos. Jamás emplean el yo personal en la conversación;
dicen, sí, vuestro criado; o si el rango lo exige,
vuestro indigno y humilde
esclavo. No dirigen la palabra a nadie sin tratarle de muy noble señor. Su país
es vil, miserable y abyecto, lo mismo que sus presentes por suntuosos que los
hagan; al paso que cuanto pertenece al señor a quien hablan es digno de la
consideración más elevada. En sus visitas todo esta prescrito por el código de
la etiqueta, que tiene fuerza de ley, y el que descuidase la menor de sus
prescripciones inferiría al otro un insulto, quedaría deshonrado y hasta se
haría acreedor a un castigo. Los embajadores europeos quedaban antes sometidos
a cuarenta días de aprendizaje y eran examinados por el tribunal de los ritos;
transcurridos los cuales, si cometían algún yerro ante el emperador, eran
responsables de él sus institutores.»
«Cuéntase que un duque de
Moscovia rogó al emperador en sus credenciales que dispensara a su enviado si,
falto de práctica, caía en alguna falta venial; y que el Hijo del cielo dando
sus pasaportes al plenipotenciario, contestó en estos términos al soberano
moscovita: Legatus tuus multa fecit rústice.»
«Pero no es solamente en la corte
donde se procede así; todo chino que desea hacer una visita a otro, sea letrado
o mercader, hace presentar por el criado que le precede una tarjeta (tie tsée)
con su nombre y sus cumplidos, en la que se lee por ejemplo: El amigo tierno y
sincero de su señoría, o el discípulo perpetuo de su doctrina se presenta para
hacerle su reverencia hasta el suelo.
»Si el visitado le recibe, la
silla o litera entra a través de los patios hasta la sala de recepción. Llegado
a ella el ceremonial marca uno por uno los saludos que deben hacerse, las
conversiones a derecha y a izquierda, las cabezadas, la súplica de pasar el
primero y el no aceptarlo, la reverencia que el amo de la casa tributa al
sitial destinado al huésped que este no ocupa sin que aquel le limpie antes el
polvo con sus vestidos. Siéntanse por fin con la cabeza cubierta, pues lo
contrario sería irreverente, y empieza la conversación cuidando mucho de
llamarse viejos, refinamiento exquisito de amabilidad y buena educación. En
seguida se sirve el té para el cual hay también su manera de ofrecerlo, de
aceptarlo, de llevárselo a la boca y de devolvérselo al criado. Al despedirse,
media hora bien contada se pierde en palabrería vana de la que tienen a
provisión un buen repuesto. Si uno dice una galantería, fei-
sin responde el otro, es decir:
Prodiga usted su corazón. El menor servicio le vale a uno un Sie-putsin. (Mi
gratitud no puede tener fin.) Favor pedido va siempre acompañado del
indispensable te-tsui (¡Qué gran pecado tomarme tamaña libertad!) La alabanza
no se recibe sin protestar Ki can. (¿Cómo poder creerlo?) Y el postre de toda
comida es esta frase del anfitrión: Yeu-mau, tai-man. (Mal te hemos recibido,
mal te hemos tratado.)»
«El amo de la casa sale a la
puerta para ver subir en la silla a su amigo. Este asegura que no lo hará nunca
en su noble presencia: y después de un cange de instancias y de negativas,
aquel se retira y el otro se mete en la litera; pero aún no se ha sentado
cuando el primero llega a la carrera para desearle feliz viaje. El huésped le
devuelve sus saludos, insiste en no marcharse sin que el amigo se retire, y
aunque el amigo dice que allí permanecerá clavado hasta perderle de vista, el
buen tono aconseja que al cabo sea él quien después de muchas dificultades ceda
y se aleje. Parte el huésped, y apenas ha dado unos pasos, cuando el que lo
recibió sale a la puerta para darle el adiós último al que el otro responde por
gestos sacando la cabeza por la ventanilla; hasta que al fin logra llegar a su
casa, y a los dos minutos un criado del anfitrión viene a enterarse de su salud
de parte de su amo, a darle las gracias por su visita y a hacer votos para que
se repita en breve.»
Enterados de estas
minuciosidades, demos cuenta en nuestro estilo usual de la interesante
entrevista que los cuatro viajeros tuvieron con el emperador Hien-ti y con su
primer calado, en el palacio de la corte de Ho-nan.
CAPÍTULO XIII
L
E( XIX
C III
El espectáculo de tantas
maravillas acumuladas no pudo menos de sacar de su estupor a Clara y a Juanita;
especialmente a la última que, si bien no logró reconquistar su buen humor,
empezó a hacer uso de la palabra.
—Oiga usted —preguntó
dirigiéndose a su amo—. ¿Pues no dicen que los chinos llevan coleta? ¿Cómo es
que estos son rabones?
—Porque los celestiales —le
contestó don Sindulfo— conservaron su integridad capilar hasta el siglo XVII en
que, vencidos por los tártaros manchures, estos les obligaron a dejarse crecer
en la cabeza un como rabo de perro en señal de esclavitud.
—Me lo estudiaré —dijo gravemente
la de Pinto, sentándose a una indicación del calado.
Terminado el ritual de las
salutaciones, el emperador interrogó a los viajeros acerca de su origen y del
objeto que los conducía a su presencia; a lo que Benjamín respondió que eran
habitantes de la región occidental; que vivían en una época mil seiscientos
años posterior a la suya, y que, poseedores del secreto de retrogradar en los
siglos, acudían a Ho-nan para inquirir el principio de la inmortalidad
predicado por los Tao-sse y poder, perfeccionándolo, abrir al hombre las
puertas del porvenir como ya le tenían abiertas las del pasado.
Hien-ti cruzó con su valido una
mirada de inteligencia. Para ellos era indudable que los excursionistas
pertenecían a la secta derrotada de los embaucadores que con tan inverosímiles
relatos trataban sin duda de alucinar a la corte y al pueblo, para renovar las
luchas de los gorros amarillos. Su sentencia de muerte estaba tácitamente
dictada desde aquel instante, si bien el arrobamiento con que contemplaba las
facciones de ambas doncellas parecía presagiar en su favor una conmutación de
la pena capital.
—¿Y qué pruebas podéis aducir que
nos den testimonio de vuestra veracidad? —adujo el monarca a fin de conocer los
subterfugios de que los impostores pensaban servirse para cohonestar sus
afirmaciones.
—Señor —repuso Benjamín—. Tarea
fácil ha de sernos la de convencer a V. M. con solo presentarle alguna pequeña
muestra de los progresos operados por la civilización en los dieciséis siglos
que nos separan, y de que tan buen uso puede hacer el imperio, ya apropiándose
los realizados en otras naciones, o ya anteponiéndose en su descubrimiento a
los que, en centurias muy posteriores a la que atravesamos, llevó a cabo la
China.
—En efecto —dijo Hien-ti con una
sonrisa de incredulidad—. Si la cosa es como aseguras, bien merece tomarse en
cuenta. Haznos admirar esas maravillas de la civilización.
Benjamín no se hizo repetir la
orden; y, echando mano a un saquito de noche que a prevención llevaba provisto
de multitud de zarandajas, empezó a vaciarlo con el orgullo de un hijo del
siglo XIX que, engreído con las conquistas de su época, cree poder burlarse
impunemente de sus antecesores, a quienes, después de todo, debe la base de
unos conocimientos que él no ha hecho las más veces sino perfeccionar.
—Aquí tenéis —dijo exhibiéndolo
con paternal solicitud— un vaso de bronce, imitación del ánfora griega.
Sustancia fusible desconocida en vuestro imperio, cuyas aplicaciones os será
grato saber.
—Poco a poco —replicó el
emperador cortándole el discurso y llevando a Benjamín a una puerta, ante cuyas
antas se erguían dos colosales jarrones del mismo metal.
—¡Cómo! —preguntó el políglota
aturdido—. ¿No solo tenéis idea
de la fusión sino que sabéis
aplicarla a trabajos artísticos monumentales?
Hien-ti no pudo reprimir una
carcajada; y poniendo el dedo sobre unos caracteres chinos que por los adornos
corrían:
—Lee aquí —añadió.
El atribulado viajero dio un paso
atrás, producido por el asombro, al ver sobre el cuello del vaso esta máxima: A
fin de mejorar tu condición purifícate cada día; lema perteneciente a todos los
enseres del uso del emperador Chang fundador de la segunda dinastía, y de cuya
autenticidad no dejaba duda el sello de su reinado que campeaba en el centro.
—Señores —gritó Benjamín
dirigiéndose a los suyos—. Estos jarrones han sido fundidos en el año I X antes de la era cristiana. —De modo
—interpuso el tutor— que según nuestra cuenta,
tienen de existencia casi treinta
y seis siglos y medio. Mordiéndose los labios por despecho arqueológico estaba
aún
Benjamín, cuando descubriendo, a
través de la pedrería que lo ocultaba, el fondo del cortinaje:
—¿Qué es esto? ¿También os es
familiar el arte de tejer la seda? —Tu ignorancia me asusta —le contestó el
calado—. ¿No sabes
que ese descubrimiento tuvo lugar
en el año sesenta y uno del reinado de Hoang-ti, época en que dan principio
para los letrados los tiempos históricos de la China y el ciclo de sesenta años
divididos estos en H días y horas, base
de nuestro cómputo?
—Y apuesto —dijo Juanita al oír
la traducción— que ese don Juan Tic era ya viejo en tiempo de Jesucristo.
—Como que floreció I
años antes —replicó don Sindulfo.
—Lo que yo decía; contemporáneo
de usted.
—Pase por el bronce y vaya en
gracia la seda —insistió Benjamín, que no se acomodaba a ser vencido en el
certamen—. Pero a fe que esto no sabrá V. M. para lo que sirve.
Y desdoblando un papel presentó
al emperador una brújula. Hien-ti se sonrió con el ministro; y, conduciendo al
políglota a una
ventana que sobre el río caía,
—¿Ves esos barcos? —le preguntó.
—¡Con casco de hierro! —exclamó
el interpelado atónito, pudiendo distinguir las planchas del forro a través de
la luz crepuscular.
—Sí; hace ya seiscientos años que
no nos servimos de los buques de madera; y más de doce siglos que hacemos uso
en ellos de ese aparato que tú nos presentas como una maravilla y cuya
invención sabe el cielo a quién pertenece.
Absortos estaban los dos sabios
sin acertar a darse la explicación de lo que veían, cuando un confuso tropel de
gente que, gritando para abrirse camino, precedía a unos carromatos de extraña
forma, les sacó de su atolondramiento.
—¿Qué ocurre? —inquirió don
Sindulfo.
—Nada importante —repuso
Tsao-pi—. Algún incendio. Eso son las bombas que van a sofocarlo.
—¡Las bombas! —prorrumpieron
todos.
—Que le echen a usted un roción
—dijo la de Pinto a su amo— a ver si le calman a usted esos ardores de la
juventud.
—Pero esa invención —añadió
Benjamín oponiéndose aún a la evidencia— como la de los pozos artesianos, la
porcelana, los puentes colgantes, los naipes y el papel moneda, no datan en
China, según nuestros historiógrafos, sino de los siglos octavo al trece, y
estamos a principios del tercero. Pues si bien es cierto que el sabio sinólogo
Estanislao Julien comunicó en V O a la academia de ciencias de París la fecha
de ciertos descubrimientos de los chinos, las épocas que cita parecen tan
fabulosas que el orgullo europeo se resiste a aceptarlas.
—¿Y qué dice de nosotros ese buen
señor?
—Supone que en el siglo X de
nuestra era ya poseíais el grabado y la litografía.
El emperador por toda respuesta
le enseñó su retrato y el de su difunta, que, hechos por ambos procedimientos,
pendían de los muros con siete siglos de antelación a la hipótesis de Julien.
—¿Y qué más refiere? —añadió
Hien-ti.
El políglota, bajando la voz,
repuso:
—Que en el siglo XI erais dueños
de la maravillosa invención de Gutenberg.
Y así diciendo le alargó un
periódico al monarca, explicándole al propio tiempo la misión que venía a
llenar la prensa periódica.
—¡Ah! Sí. Mi predecesor trató de
permitir la publicación de una gaceta con el fin de que todos sus vasallos
pudieran convertirse en censores de los abusos del poder; pero en vez de
utilizarla ellos como instrumento de censura, la convirtieron en palenque de
diatribas e insultos, y fue preciso derogar la autorización y limitar el
permiso de imprimir a la publicación de nuestros libros sagrados.
E hizo ver a los viajeros un
ejemplar de los apotegmas de Confucio que, ricamente encuadernado, yacía sobre
un velador.
Los dos sabios se abalanzaron a
él con hidrofobia bibliómana; pero las sombras de la noche eran ya tan espesas
que no lo hubieran podido examinar si Tsao-pi, dando la orden de encender las
luces, no hubiera mandado entrar a unos esclavos que con unas esponjas,
empapadas en cierta substancia inflamable, llenaron de claridad el recinto con
solo aplicar la llama a unos mecheros salientes en el muro.
—¡Gas! —fue el grito unánime.
—Sí, gas —dijo tranquilamente el
emperador.
—¿Pero de dónde lo extraen?
—Del seno de la tierra; de las
materias fecales, cuyas emanaciones conducimos a donde queremos merced a unos
tubos subterráneos.
—Eso también lo dice Julien; pero
se lo atribuye al siglo VIII. No os admire, señor, nuestra extrañeza; pues
aunque teníamos vagos indicios de vuestros adelantos, son estos tales y tan en
abierta contradicción con la decadencia y el atraso de la China del siglo XIX,
que no nos atrevíamos a dar crédito a la civilización del pasado por el
estacionamiento y hasta retroceso del presente.
—Todas las naciones que alcanzan
un gran desenvolvimiento,
suelen ver desaparecer su
grandeza, que utilizan otros estados
nacientes —arguyó Hien-ti, no
creyendo prudente, en razón de los
planes que abrigaba, decir a los
viajeros que eran unos impostores
vulgares que querían hacer pasar
por prodigios de supuestas
edades futuras las nociones más
rudimentarias de la ciencia
practicada a la sazón.
Ilustración
—¿De modo que habrá que tomar por
artículo de fe el aserto de Julien que, con la tinta y el papel de trapo,
coloca la pólvora entre los descubrimientos del siglo segundo, anterior a
Jesucristo?
—¿La pólvora?
—Sí. Esa composición de setenta y
cinco partes de sal de nitro con quince y media de carbón y nueve y media de
azufre, atribuida en la Edad media al monje alemán Schwartz, y que el sinólogo
en cuestión cree que fue introducida en Europa, de la China, donde el nitrato
de potasa lo da ya preparado la naturaleza.
—Como no te refieras a los
cañones, no sé qué quieres decir. A ver si es esto.
Y tomando el emperador de una
panoplia una flecha embadurnada de un polvo negro (que no era otra cosa sino
pólvora), a cuyo extremo inferior había un cohete amarrado, prendió fuego a la
corta mecha que de este pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y
disparándolo por la ventana se incendió en el espacio como una lengua de fuego,
acrecentando su marcha con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la
explosión del petardo en la atmósfera.
El monje alemán quedó relegado
desde aquel momento a la categoría de los seres fabulosos.
—No dudo —prosiguió Hien-ti— que
todos estos procedimientos se perfeccionarán con la marcha de los siglos; pero
ya veis que esencialmente no podéis enseñarnos nada nuevo; y la prueba es que
venís a nuestros dominios en busca del secreto de la inmortalidad que se tiene
por dogma entre los sectarios de los espíritus del celeste imperio. Pues bien;
no quiero que vuestro viaje sea infructuoso. Yo os descubriré ese arcano con
una condición.
—¿Cuál?
—Ayer he perdido a la emperatriz
mi compañera; las leyes me autorizan a tomar nueva esposa transcurridas que
sean las cuarenta y ocho horas del luto nacional. Mañana vence el plazo.
Concededme que comparta el trono con esta linda joven.
Y acompañando la acción a la
frase puso entre las suyas la mano de Clara que, asustada, la retiró, pidiendo
que la explicaran tan brusca acometida. La traducción que Benjamín les hizo de
la exigencia del monarca sublevó a la pupila y exasperó a don
Sindulfo, que en vano había
puesto en las autoritarias leyes del imperio la esperanza de ser el esposo de
su sobrina.
—Dígale usted que no se ha hecho
la miel para la boca del asno —argumentaba la maritornes. Y todos, menos el
políglota, se disponían a protestar tumultuosamente, cuando la idea de poder
perder la vida si se obstinaban en rehusar, sugirió a don Sindulfo un plan
conciliador.
—Finjamos ceder —dijo por lo bajo
a los suyos—, y una vez restituidos al Anacronópete, a donde pediremos que se
nos conduzca para disponer los trajes de ceremonia, nos ponemos en movimiento y
que nos echen galgos.
Las muchachas asintieron a la
proposición; pero Benjamín se resistía porque la fuga le privaba del secreto de
la inmortalidad tan codiciado. Sin embargo, no tardó en avenirse aparentemente,
pues abrigaba el proyecto que más tarde se verá.
Ilustración
Entre tanto el emperador
organizaba con su ministro la manera de desembarazarse de los embaucadores, en
cuanto la autoridad del jefe de la familia (tan ineludible en China para el
matrimonio) le concediese el honor a que aspiraba.
El ritual chino prescribe que la
novia quede en su casa hasta que la comitiva nupcial vaya en su busca para
transportarla a la del marido. Determinóse, pues, que los viajeros volviesen a
su morada de donde al día siguiente por la noche iría a sacarla el cortejo
imperial.
Despidiéronse todos de Hien-ti y
de su ministro; y, acompañados de una guardia de honor, para custodiar
exteriormente el Anacronópete, y de multitud de esclavos cargados de
provisiones y presentes, se encaminaron los anacronóbatas al vehículo cuya
puerta abrió Benjamín entrando en él el primero.
En cuanto los servidores se
hubieron retirado y los centinelas esparcido por los alrededores del coloso, a
distancia respetuosa, don Sindulfo tocando el regulador y soltando una
carcajada:
—No dirán que no los engañamos
como a chinos —exclamó. Pero de pronto quedóse pálido; el engañado era él. El
aparato
eléctrico no funcionaba. Estaban
reducidos a prisión.
CAPÍTULO XIV
U
Triste, como la misma noche
triste de Hernán Cortés en la víspera de la batalla de Otumba, fue la pasada a
bordo del Anacronópete por los expedicionarios. Clara, la más digna de
compasión sin duda, no hacía sino llorar y preguntarse, en su situación desesperada,
qué delito había cometido para ser directa o indirectamente la víctima
expiatoria de todos los caprichos del destino inexorable. El tutor protestaba
de su buena fe en las circunstancias presentes, puesto que su plan al acceder
había sido burlar los designios del emperador emprendiendo la fuga; pero sus
buenos propósitos, que no encerraban más que una mira egoísta, se estrellaban
contra una fuerza mayor que los reducía a la inmovilidad contra todas las
previsiones de sus cálculos científicos.
—Una solución de continuidad no
es la causa de la paralización, puesto que las corrientes circulan sin
impedimento; decía el sabio fundándose en las observaciones que él y su amigo
habían hecho repetidas veces en el vehículo y sin sospechar que Benjamín pudiera
hacerle traición.
—Me juego la cabeza de usted
—argüía Juana a su señor— a que si llamamos a un herrero chino nos dice en
seguida en qué consiste la atascadura del carro. ¡Vaya! Que han quedado ustedes
lucidos delante de su majestad. Alumbre usted su inteligencia, hombre, ya que,
según le ha probado a usted el emperador, lleva usted una fábrica de gas en su
persona.
Don Sindulfo miraba a su amigo en
demanda de consejo; pero Benjamín permanecía mudo como todo el que tiene sobre
su conciencia algún delito de que no se arrepiente y cuya responsabilidad
procura eludir con el silencio. Y en efecto, la culpa de aquella situación era
exclusivamente del políglota. Verdad es que él ignoraba los proyectos de
Hien-ti sobre la parte masculina de la tripulación y confiaba en que un
subterfugio cualquiera restituiría a Clara al Anacronópete a fin de escapar
apenas terminase la ceremonia, pero la ciencia es tan egoísta que todo lo juzga
anima vili cuando se trata de un experimento; y la idea de perder el secreto de
la inmortalidad, si abandonaban la China del siglo III, podía más en él que las
contingencias a que, si se quedaban, exponía a sus compañeros de infortunio.
Así es que entrando el primero en el Anacronópete, como hemos visto, colocó
capciosamente una jícara de porcelana entre los conductores del fluido y el
volante, con cuyo aislador perdida la corriente eléctrica, el aparato dejaba de
funcionar. Cada vez que don Sindulfo, sin sospechar la asechanza de su
correligionario, verificaba con él un reconocimiento, Benjamín, afectando
oficiosidad, se adelantaba y escabullía el pocillo con un hábil escamoteo,
volviéndolo a ingerir en cuanto el sabio, convencido de que no había ningún
obstáculo, pasaba adelante para poner en actividad el mecanismo.
Agotados todos los recursos
técnicos se pensó seriamente en desertar; pero ni era posible realizarlo con
éxito, toda vez que la guardia afecta a su servicio tenía la orden de no
abandonar un instante a los viajeros sospechosos, ni aun suponiendo posible la
evasión mejoraban su precaria suerte; pues advirtiendo su ausencia, poco habían
de tardar en dar alcance a los fugitivos. Además existía otra razón poderosa
para oponerse; y era que no podían abandonar el Anacronópete sin correr el
riesgo de permanecer indefinidamente a más de mil seiscientos años de distancia
de su edad; cosa que hubiera sonreído a don Sindulfo si las circunstancias
locales le hubieran permitido realizar su desideratum de imponer a la pupila su
conyugal yugo.
Tomóse pues la resolución de
esperar a que la Providencia les enviara con la luz del nuevo día algún rayo de
esperanza, y rendidos por la fatiga se recostaron en sus lechos.
La noche fue larga como de dolor:
cada cuarto de hora el grito de los centinelas cortaba la monotonía del
silencio interrumpido además a intervalos por unos golpes secos como los que da
el martillo sobre el clavo. El ruido parecía subir de la cala y, temiendo
alguna invasión de los celestiales, don Sindulfo y Benjamín bajaron a la
bodega; pero aunque permanecieron allí más de quince minutos, no volvieron a
oír los martillazos que no obstante se reprodujeron apenas restituidos a sus
habitaciones.
—Es por este otro lado sin duda
—exclamó Benjamín. —Sí —interpuso el sabio—. Algún arco de triunfo que nos
preparan.
Y absortos en sus pensamientos
quedáronse ambos aguardando la aurora que no tardó en venirlos a saludar con
una sonrisa que parecía feliz augurio de esperanza. Pero el día, sin detenerse
en su carrera, seguía su curso no solo desprovisto de todo medio de salvación,
sino devorando en cada minuto una ilusión de los viajeros.
Al anochecer espiraba el plazo de
las cuarenta y ocho horas prescrito por la ley para el luto nacional, y acto
continuo la nueva emperatriz debía dirigirse al yamen a compartir el trono con
el soberano.
Desde muy temprano fue visitado
el Anacronópete por la servidumbre de Hien-ti, que, con opíparos manjares,
ricos presentes y trajes de boda, a la usanza china, para todos los
expedicionarios, estaba presidida por King-seng, maestro de ceremonias de la corte
y joven simpático, de gallarda apostura, a quien todos otorgaron una
preferencia espontánea, no sé si por el sello de tristeza que llevaba en el
semblante o por las atenciones que guardaba a los cautivos.
Por fin al declinar la tarde
llegaron las esclavas y los eunucos encargados de vestir y aderezar el tocado,
así de la contrayente como de su séquito, lo que quería decir que la hora había
sonado de abandonar toda esperanza. La desesperación, último baluarte del
impotente, se apoderó de los expedicionarios. Clara y Juanita abrazadas en un
rincón se resistían heroicamente a entregar sus cuerpos a aquel para ellas
fúnebre atavío. Don Sindulfo con los ojos extraviados incitaba a su amigo a que
protestase de aquella violencia en el idioma de Confucio, como él lo hacía en
el más
enérgico aragonés. Benjamín, sin
arrepentirse de lo hecho, empezaba a experimentar cierta compasión por sus
correligionarios; y todo era lamentos, confusión y desorden cuando el maestro
de ceremonias, mandando salir del laboratorio a la servidumbre y tomando aparte
a los viajeros:
—Desgraciados —les dijo— no
temáis; yo os salvaré. Júzguese de la sorpresa y de la alegría de los cuatro
ante las
palabras de King-seng, cuya
traducción les iba haciendo Benjamín. Clara le estrechaba las manos, don
Sindulfo le daba gracias en latín por si las humanidades habían llegado hasta
el celeste Imperio, y Juanita le largó un abrazo a la usanza de Pinto que casi
lo derriba.
—Silencio, imprudentes —prosiguió
el ángel tutelar de los desahuciados—. Evitad que nos oigan. El emperador os ha
tomado por Tao-sse venidos a Ho-nan para renovar las luchas de los gorros
amarillos y se propone exterminaros apenas verificada la ceremonia nupcial.
Esta boda no la lleva a cabo más que para saciar un grosero apetito, toda vez
que una ley reciente le prohíbe aumentar el número de sus concubinas.
—¡Qué horror! —balbucearon los
reos.
—Sí; pero aquí estoy yo que lo sé
todo.
—¿Cómo? —inquirieron los
circunstantes estrechando el grupo. —Hace como diez lunas que llegó de
Occidente un hombre
fugitivo. Oculto en Ho-nan
encontró medio de ponerse en contacto con la emperatriz Sun-ché, la esposa
mártir del opresor. Lo que le dijo lo ignoro; pero la augusta señora, que me
honraba con sus confidencias, me dio a comprender que aquel hombre era el que
en sus apotegmas dice Confucio que traería de Occidente la revelación de su
doctrina y que, en efecto, le había ofrecido la inmortalidad.
—¡La inmortalidad! —repitieron
todos escuchando con interés creciente un relato que justificaba la monomanía
de Benjamín.
—Sí —prosiguió King-seng—; para
ella y para los suyos. La emperatriz me encargó de crear prosélitos y ordenó al
misterioso personaje que hiciese venir de sus apartadas regiones algunas
familias que alimentaran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda los
primeros en acudir al llamamiento y yo os brindo con mi protección.
La oferta tenía demasiada
importancia para que nadie se atreviera a destruir la suposición del maestro de
ceremonias; así es que viendo en ello su salvación, se convinieron en seguirle
la corriente, y sobre todo el políglota que tocaba la meta de sus aspiraciones.
—¿Y ese occidental dónde
encontrarle? —preguntó Benjamín. —La desgracia os persigue —adujo King-seng—.
Ha muerto. —¡Muerto! —exclamaron todos fingiendo una profunda aflicción. —Pero
vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días el
emperador, que ya miraba a su
esposa con malos ojos por creerla sectaria de los Tao-sse, sorprendió al
extranjero en conferencia con la emperatriz; y al oír que la brindaba con la
inmortalidad, acabó por convencerse de que ambos pertenecían a la secta de los
embaucadores. Tsao-pi, su primer ministro y jefe del partido de los letrados,
pidió venganza; y, mientras el occidental era aserrado en la plaza de las
ejecuciones, anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuanto en palacio
ocurre, que Sun-ché había sucumbido repentinamente; pero la infeliz había sido
enterrada viva en las mazmorras del yamen por orden de su despiadado esposo.
—¡Qué inhumanidad! —arguyeron los
oyentes a excepción de Benjamín que parecía absorto en profundas reflexiones.
—La indignación ha dado un grito
en el pecho de todos los parciales de la emperatriz, que aún es posible que
exista, porque ese género de muerte es lento. Pero animada o cadáver la
sacaremos de su tumba, para lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle
la rebelión mientras se celebre el banquete nupcial. Vosotros desechad todo
temor; yo me encargo de protegeros con mis tropas; pero disponeos al ceremonial
secundando así mis planes, pues la menor sospecha puede perdernos. Confiad en
la gente que he traído para vuestro servicio. Me obedecen con absoluta
abnegación. Andad, que la hora avanza.
La idea de una lucha con
resultados desconocidos no era en verdad halagüeña para gentes pacíficas,
ajenas a los intereses del imperio; pero su situación particular se presentaba
tan erizada de peligros insuperables, que no titubearon en decidirse por el término
del dilema que les ofrecía alguna probabilidad de éxito.
Llamada la servidumbre dejáronse
ataviar con todo el esplendor debido a su rango, y aun sazonada estuvo la tarea
con algunos
chistes, pues no hay que olvidar
que eran españoles los que corrían tamañas contingencias.
Concluido el tocado, un ruido
infernal de tamboriles, címbalos y el obligado gong o campana china, además de
multitud de linternas de caprichosa estructura que por los abiertos discos
divisaron, les anunció que la comitiva imperial llegaba a las puertas del
Anacronópete, donde se detuvo, pues el ritual prescribe que no se invada el
domicilio de la virgen.
—Adelante —exclamó King-seng
tomando de la mano a Clara para conducirla a la litera en nombre del emperador.
—¡Adelante! —gritaron todos
poseídos del entusiasmo que infunde la esperanza.
Y atravesando estaban la bodega
para ganar el portón, cuando unos golpes secos y repetidos obligaron al séquito
a pararse en medio de la estancia.
—¿Qué es ello? —preguntó el
maestro.
—¿No habéis oído? —repuso
Benjamín.
—Sí. Parece que alguien llama.
Y como todos prestasen atención,
los golpes se reprodujeron con mayor insistencia.
—¿No advertís? —hizo notar
Clara—. Resuenan por este lado. —En la caja —añadió Juanita consultando con los
ojos al
anticuario.
—¡Cómo! ¿En la de la momia?
—balbuceó don Sindulfo tan asombrado como sus compañeros.
En esto, Benjamín que había
permanecido en la actitud de la
meditación:
Ilustración
—Sí; eso es —articuló, dándose un
golpe en la frente.
—¿El qué? —prorrumpieron todos en
coro.
—Que retrogradando hemos llegado
al período en que la emperatriz aún vivía, si bien enterrada, y mi momia no es
sino la desgraciada consorte del emperador Hien-ti.
Y dirigiéndose estaba ya al
sarcófago, cuando un nuevo golpe más formidable que los otros hizo saltar los
goznes de la caja, y una hermosa mujer en toda la lozanía de la juventud salió
de aquel lecho de muerte.
—¡Sun-ché! —gritaron todos los
chinos reconociéndola y prosternándose ante la maravillosa aparición.
—¡La emperatriz! —repitieron los
atónitos expedicionarios. Juanita no decía nada; pero en conciencia empezaba a
sospechar
que los sabios no eran tan
estúpidos como ella se figuraba.
CAPÍTULO XV
L
J
Venganza! —fue la primera frase
que articuló la emperatriz al verse rodeada de los suyos.
—¡Venganza! —repitieron sus
parciales aclamando a Sun-ché. —Dejad —prosiguió la egregia dama— que bese las
rodillas de la
criatura que ha velado por mi
existencia.
Y sus ojos arrasados de lágrimas
se posaron con gratitud en King-seng.
—No es mía desgraciadamente la
honra de haber salvado vuestros preciosos días —replicó el maestro de
ceremonias que, no explicándose de otro modo la presencia de la emperatriz en
el Anacronópete, supuso desde luego que sus tripulantes, más felices que él,
habían logrado con astucia sacar de las mazmorras a la víctima inocente de
Hien-ti.
Los viajeros, aunque sabían que
la momia encerrada en un sarcófago de alcanfor de época harto remota para poder
resistir victoriosamente la acción retrógrada del tiempo, debía su resurrección
a la circunstancia de no estar sometida a la inalterabilidad, dejaron al
mandarín en su creencia, tanto por lo que tenía de racional, cuanto por lo que
favorecía sus planes.
—¡Cómo! ¿Son estos? —adujo la
emperatriz al enterarse de la situación y besando con transportes de gozo a
Clara y a Juanita; con gran contentamiento de la última que por primera vez se
veía objeto de las caricias de una soberana.
—Sí; estos son los que han roto
vuestras cadenas. Desgraciadamente llegaron tarde para librar de la muerte al
occidental su hermano, que como no ignoráis os precedió en el suplicio.
—¡Pobre mártir! —articuló Sun-ché
tributando un triste recuerdo al que fue su mejor amigo.
Pero de pronto, levantando sus
hermosas pupilas negras y fijándolas en don Sindulfo y en Benjamín que, con
fruición arqueológica, saboreaban aquel triunfo de la ciencia,
—Es extraño —repuso—. Yo os he
visto antes de ahora. Vuestras facciones despiertan en mí un recuerdo vago y
confuso que no acierto a precisar.
—¡Ca! No lo crea Usía
—interrumpió Juana—. Si estos moscones no se separan de nuestro lado. Son dos
granos malignos que nos han salido a la señorita y a mí.
El políglota, buscando la lógica
de tamaño fenómeno, supuso, y así se lo comunicó a su amigo, que la momia al
volver a la vida los había visto en la bodega a través de algún resquicio de la
caja; pero que, expuesta a síncopes frecuentes antes de entrar en la plenitud
de la existencia, había perdido la noción del tiempo en sus alternativas de
insensibilidad, atribuyendo así a épocas remotas sucesos recientes. Error
craso, como se probará en el curso de esta inverosímil historia.
—¿Pero qué significa esta música?
¿Qué anuncian estos aprestos de fiesta? —preguntó Sun-ché al oír unos golpes de
gong con los que se daba a entender a la comitiva que la hora avanzaba y que la
paciencia del emperador tocaba a su término.
Entonces King-seng narró lo
ocurrido y puso al corriente a su soberana de cómo Hien-ti, pretextando al
pueblo su muerte por accidente natural, se disponía a celebrar segundas nupcias
con la extranjera a cuyos parientes había ofrecido, en cambio del consentimiento,
el secreto de la inmortalidad.
—Miente el infame —exclamó con
voz de trueno la emperatriz—.
Lo que medita es vuestro
exterminio; pero no lo conseguirá.
Y por un instintivo movimiento se
abrazó a don Sindulfo como para defenderle de toda asechanza.
—No hay más; la ha flechado —dijo
Juana a su señorita—. A ver si así la deja a usted de mortificar ese sinapismo.
—No lo conseguirá —replicó el
maestro de ceremonias—; porque presintiendo que aún no habíais exhalado el
postrer suspiro, vuestros parciales solo aguardan a que dé principio la
ceremonia para provocar la rebelión.
—Pues bien, marchemos; yo os
guiaré al combate.
—Poco a poco —objetó Benjamín, a
quien el bélico entusiasmo de la augusta señora cercenaba las probabilidades de
éxito si, vencidos en la refriega, no podía hacerse dueño del talismán que
tanto ambicionaba—. La prudencia dicta meditar bien el caso antes de
abandonarse a una aventura peligrosa.
—Sí —adujo King-seng—. Vuestra
egregia persona no debe exponerse. Todo está ya previsto para caer
oportunamente sobre el tirano cuando menos lo presuma. No por anticipar el
triunfo lo convirtamos en derrota.
—Esperemos a que nos libre el
arcano de la inmortalidad.
—¿La inmortalidad? —inquirió con
cierto orgullo la emperatriz—. ¿Y qué sabe él de ella? Os ha mentido. Yo sola
poseo las pruebas que me dio el occidental y que he sabido sustraer a las
requisas de Hien-ti ocultándolas en lo más recóndito del palacio.
—Con doble motivo debéis proceder
con cautela si vuestro objeto es recuperarlas; pues no imagino que queráis
dejar ignorada tan preciosa conquista.
—¡Oh! No. Decís bien. Es preciso
aclarar ese enigma cuya solución parece hallarse en Occidente.
—¡Cómo! —interrogaron todos.
—No es este el momento de las
explicaciones —continuó Sun-ché—. La noche avanza y el tirano debe estar
impaciente. Seguid a la comitiva; fingid doblegaros a los proyectos del
emperador. Yo os precedo a palacio para hacerme con las pruebas; y en cuanto la
ceremonia comience en el patio del Dragón, me presento a mis secuaces; tras
breve lucha os apoderáis de Hien-ti y, libertando al pueblo de un opresor, yo
os indicaré quién debe compartir conmigo el trono de Fo-hi.
Y así hablando, lanzó una mirada
a don Sindulfo que heló a este la sangre en las venas, y le valió el que su
criada le dijese al oído:
—La suerte no es para el que la
busca sino para el que la encuentra. ¡Viva don Pichichi primero! ¡Valiente rey
de bastos va usted a hacer!
Todos iban a prorrumpir en una
aclamación; pero Sun-ché imponiéndoles silencio, vistióse, para no ser
reconocida, las túnicas de una esclava; y seguida de dos eunucos de su
confianza absoluta, salió del Anacronópete. King-seng llevando de la mano a
Clara la condujo al palanquín; y cerrado este con llave, la música hirió el
espacio y el cortejo nupcial tomó lentamente, entre la apiñada multitud, el
camino del yamen.
Catorce patios había que
atravesar para dirigirse a las habitaciones imperiales, siendo el llamado de
honor el inmediato al cuerpo del edificio. En el centro se hallaba el dragón
sagrado, monstruo fundido en bronce con las fauces abiertas rasantes al suelo y
la cola enroscada perdida en las alturas. Limitaban el área innumerables
kioskos que servían de tribuna en las grandes solemnidades para los mandarines
y dignatarios de alto rango y que formaban, por decirlo así, escolta al
templete imperial al que solo el monarca, su familia y su primer ministro
podían tener acceso.
Todas estas fábricas, como el
yamen que abierto a cuatro vientos se erguía en el fondo sobre una suntuosa
escalinata de mármol con adornos de jade sanguíneo, estaban profusamente
iluminadas con miles de linternas de múltiples formas y dimensiones: ya un tulipán
y una rosa robaban sus colores a la naturaleza, ya un enorme globo a través de
sus paredes hechas de arroz con toda la transparencia del cristal, lucía
figuras de movimiento. Junto a un pez de luz que agitaba sus natatorias y
coleaba, veíanse dos gallos que libraban entre sí descomunal combate. Ora eran
dos medias sandías las que luciendo su rojiza pulpa pendían de un arquitrabe,
ora una langosta la que contrayendo y dilatando sus articulaciones coronaba el
vértice de un frontón. Gomas odorantes se consumían en centenares de pebeteros;
escudos de flores simulando mariposas e insectos alados embalsamaban el
ambiente. La entrada estaba custodiada por los dioses porteros: dos gigantescas
figuras de siniestra faz, de musculatura titánica y de una riqueza indumentaria
solo comparable con su candor artístico. La guardia de doncellas rodeaba el
templete del emperador; las demás fuerzas militares con
sus arcos terciados y sus
partesanas en reposo ocupaban el segundo término. La baja servidumbre del
palacio invadía el graderío.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—murmuró por lo bajo el monarca a Tsao-pi para evitar el ser oído por sus tres
concubinas oficiales que detrás de él tomaban asiento. Ilustración
—¡Sun-ché! —exclamó toda la corte
—No tardaréis en convenceros ante
la evidencia. La rebelión debe estallar esta misma noche en el yamen; pero será
sofocada, yo os lo juro. Los rebeldes me son conocidos y mis precauciones están
tomadas.
—¿De modo que esos impostores
eran realmente sectarios de los gorros amarillos?
—Y parciales de la emperatriz.
Aquí llegaban en su diálogo
cuando la comitiva nupcial empezó a trasponer con solemne paso el patio de
honor, y a la voz de alerta cada cual se aprestó a llenar su cometido.
Linternas y banderolas componían el fondo de esta procesión terminada por el
palanquín de la desposada, a cuya puerta caminaba de vigía el maestro de
ceremonias delegado por el augusto consorte para la presentación. Don Sindulfo,
Benjamín y Juana hacían uso de su derecho de rodear la litera como miembros de
la familia. Los cortesanos y la servidumbre venían detrás. Fuerzas de
caballería cerraban la marcha.
Depuesta la preciosa carga en
mitad del patio, previas las rituales genuflexiones, King-seng entregó la llave
del palanquín al monarca que, saliendo al encuentro de su futura, la condujo al
templete. Acto continuo el jefe de los letrados leyó los preceptos de Confucio
sobre los deberes que contrae la mujer para con el marido; y a felicitar a
Hien-ti comenzaba en nombre de la academia cuando una melancólica canción de
ritmo particular hizo volver la cabeza a los circunstantes que, atónitos,
vieron aparecer a la emperatriz por entre las abiertas fauces del dragón
sagrado.
—¡Sun-ché! —exclamó toda la corte
presa de sentimientos distintos.
—¡Traición! —gritó Hien-ti ante
la resurrección de su víctima.
Pero la extrañeza de los
celestiales al recuperar a su soberana era juego de niños ante la que
experimentó Juanita al sentirse cogida de los brazos como con tenazas por don
Sindulfo y Benjamín que, con los ojos fuera de las órbitas y el pelo de punta
balbuceaban entre sacudidas nerviosas:
—¡Mamerta!...
—¡Mi mujer!...
Juanita creyó que estaban locos;
pero no; era en efecto que los sabios habían reconocido en las modulaciones de
aquella cantinela el célebre e ininteligible estribillo con que, en vida, les
destrozaba el tímpano constantemente la hija del banquero, la muda de los
garbanzos, la esposa del inventor ahogada con su padre, como recordarán mis
lectores, al tomar un baño en las playas de Biarritz.
En vano buscaban en los rasgos
fisonómicos de la emperatriz trazos que acusasen alguna afinidad con la
difunta. Empezando por que hablaba, todo en ella era diametralmente opuesto;
mas no obstante, aquella rara melodía ¿era posible que fuese calcada con tan
asombrosa exactitud de pausas e inflexiones por otro ser humano nacido a más de
tres mil leguas de distancia y a dieciséis siglos de separación del primitivo
ejemplar?
Los dos amigos no tuvieron tiempo
de rectificar ni de ratificar sus impresiones, porque la impaciencia de los
rebeldes desbordada por el entusiasmo, les hizo prorrumpir en un viva a
Sun-ché; y antes de que los secuaces del emperador pudieran apercibirse al
combate, volvieron contra ellos sus armas. Por desgracia para los generosos
libertadores, la previsión de Tsao-pi había hecho frotar las cuerdas con una
sustancia corrosiva; de modo que al tender los arcos aquellas se rompieron; y
las flechas en vez de salir disparadas por la tensión cayeron a sus pies
dejándolos inermes.
—¡A ellos! —gritó el calado a los
suyos; y sin respetar jerarquías ni condiciones, la emperatriz, los
anacronóbatas y los insurrectos fueron ceñidos por estrechas ligaduras y sus
gritos ahogados por mordazas de cuero.
—¿Tenéis más cómplices? —preguntó
el emperador a Clara, que con desesperados esfuerzos protestaba de su
inocencia.
—Advierte —añadió Hien-ti— que
mis bodas no han sido más que un pretexto para descubrir vuestros planes. Solo
la delación puede
salvarte la vida. Responde.
Ilustración
Clara hizo un gesto negativo.
—¿Y bien? ¿Vuestras órdenes?
—dijo Tsao-pi al tirano. —Cumple con tu deber —repuso este tras breve pausa—. Y
para
que mi pueblo vea que nada me
hace retroceder ante la salud del estado, comienza el sacrificio por la
emperatriz rebelde y por los encubiertos partidarios de los gorros amarillos.
Y mientras obligaban a los reos a
arrodillarse delante del dragón, un pelotón de arqueros destacándose de las
fuerzas se aprestó espontáneamente a consumar la hecatombe.
Apuntaron en efecto; pero al dar
el emperador la voz de tirar, volvieron contra este sus armas y el feroz
Hien-ti cayó sin vida en el suelo atravesado por las flechas y bañado en
sangre. Sus soldados, poseídos de la superstición de que cuando el jefe muere,
sus legiones no alcanzan jamás la victoria, emprendieron despavoridos la fuga
sin que los esfuerzos de Tsao-pi los pudieran detener, y perseguidos por los
defensores de Sun-ché que libertados de sus trabas por los arqueros corrieron a
coronar su obra.
Entretanto las inocentes víctimas
restituidas a la existencia, se abrazaban entre sí, lloraban de emoción; y por
señas, pues la voz no salía del pecho, daban gracias a sus salvadores.
—¿A quién debemos la vida? —pudo
por fin articular Clara. —¡Viva España! —gritaron diecisiete voces. Y los
arqueros
despojándose de sus vestiduras
dejaron ver a los hijos de Marte en toda la plenitud de su desarrollo.
—¡Ellos! —exclamaron sus
compatriotas ante aquel espectáculo más fenomenal que los anteriores.
—¡Tú! ¡Y de tamaño natural!
—repetía Juanita sin cansarse de mirar a su Pendencia y midiéndole la caja del
cuerpo con los brazos. —¡Pues qué! ¿Crees tú que a mí ze me encoge el corazón
ante el
peligro?
Clara estuvo a punto de
desmayarse de alegría; pero como las mujeres tienen el talento de la
oportunidad, no perdió el sentido más que lo estrictamente necesario para tener
que apoyarse en el hombro de Luis. Benjamín discurría sobre las causas del
fenómeno, y don Sindulfo echaba espumarajos por la boca vociferando:
—¿Cómo estáis aquí?
—¡Toma! ¿Puz no viajamos juntoz?
—Yo os lo explicaré —repuso la
emperatriz—. Al dirigirme a palacio los vi rondando la poterna; conocí por sus
trajes que eran de los vuestros; y ellos, comprendiendo por mis señas mis
intenciones, se acomodaron a ejecutar mis planes que eran velar por vosotros.
—Pero no es eso —gritaba el tutor
cada vez más exaltado—. ¿En qué consiste que después de evaporarse en el camino
reaparecen en China en toda su integridad?
—No es este el momento de las
explicaciones —adujo Benjamín, temiendo alguna nueva complicación—. ¿Traéis las
pruebas de la inmortalidad?
—Sí —repuso Sun-ché.
—Pues lo que urge es ponernos en
salvo. —¡Al Anacronópete! —propusieron todos. —¡Si no funciona!
—¿Quién sabe? Allá veremos
—objetó Benjamín, seguro de lo que anticipaba—; lo principal es parapetarnos en
sitio seguro.
Y la emperatriz, cobijándose en
don Sindulfo:
—Partamos —añadió—, que ya libres
del monstruo, la que fue dueña de un imperio podrá abandonarse a la
irresistible atracción que por ti siente y tendrá orgullo en llamarse tu
esclava.
No le faltaba al sabio más que
aquella declaración a quemarropa para acabar de perder el juicio; y hubiera
cometido alguna inconveniencia en el estado en que se hallaba su razón, si el
chocar de las armas no hubiera acusado la proximidad del enemigo y la precisión
de huir. Colocaron pues a las damas entre las filas del sexo fuerte, y unos
abandonados a su legítimo gozo y alguno a su desesperación, tomaron todos el
camino del Anacronópete al que llegaron sin contratiempo.
Para terminar los anales de la
contienda civil entre los Tao-sse y los letrados, diremos, que vueltas de su
estupor las huestes de Hien-ti, concluyeron por vencer a los parciales de
Sun-ché desanimados ante la desaparición de su soberana y sin un jefe que los
condujera al combate. Tsao-pi, viendo huérfano el trono, subió sus gradas, se
ciñó el sombrerete y fundó la séptima dinastía de los emperadores, conocida en
la historia con el nombre de los Ouei.
CAPÍTULO XVI
E(
La situación a bordo había
cambiado completamente. Las muchachas bailaban en un pie ante un aumento de
tripulación tan inesperado como de su gusto, y la misma emperatriz no ocultaba
a nadie el contento que le producía su viudez. Los mílites arrullados por
Cupido perdían la memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín, próximo a
tocar su desideratum, bendecía las circunstancias que le colocaban en el caso
de dar cima a su obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho él se
hallaba convertido en jefe de la expedición.
Y efectivamente; desde el punto
en que entraron en el Anacronópete, don Sindulfo, que no había desplegado sus
labios por el camino, se dejó caer en una silla víctima de un abatimiento
alarmante. Tan pronto su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hombre
que medita, como sus ojos desencajados erraban de uno a otro de sus compañeros,
brillando con el siniestro resplandor de la amenaza. Cien ideas confusas se
disputaban el paso por las inyectadas venas de su frente, en cuyas pulsaciones,
alternativamente regulares y febriles, podía leerse ya el planteamiento de un
teorema en demanda de una explicación científica para tantos fenómenos
incomprensibles, ya los arrebatos de la ira caminando ciega de los celos a la
venganza.
—Me parece que a don Pichichi se
le ha aflojado algún tornillo del Capitolio; —dijo Pendencia observando como
los demás el estado del tutor.
—Y a usted también se le
desmorona el cimborio —adujo Juanita encarándose con Benjamín—. Figúrense
ustedes que hace poco, cuando los chinos querían mecharnos, estos dos señores
han creído reconocer a la difunta de don Sindulfo que requiescat. ¿Habráse visto
despropósito mayor?
—En cuanto a eso, hablaremos más
tarde —contestó el políglota un sí es no es picado. No por desconocer las
causas hemos de negar los efectos de las cosas.
—¿Cómo?
—En este viaje inverosímil lo
lógico es tal vez lo absurdo. Demos tiempo al tiempo.
En aquel momento oyeron un
penetrante grito y vieron a Sun-ché que, asida por el brazo, hacía esfuerzos
para desprenderse de las férreas y convulsas manos de don Sindulfo. La infeliz,
llevada de su instintivo amor hacia el sabio, había querido prodigarle una
caricia, y el pobre loco la había recibido como algunos cuerdos reciben a la
mujer propia, por la sola razón de serlo. Pero la víctima, cediendo a una
convulsión nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres, con tan mala
suerte para el presunto marido, que a más de algunos puntapiés en las
espinillas se llevó desde la boca a la nuca una colección de redobles a puño
cerrado, en que las narices, como punto más saliente, no fueron las menos
favorecidas.
—¡Es ella! ¡Es ella! —exclamó don
Sindulfo soltándola por fin, y corriendo despavorido al lado de su familia—.
¡Es Mamerta! ¿Recuerda usted que tampoco podíamos contrariarla sin que
sufriésemos las consecuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía hacer
siempre su voluntad?
—Calma, amigo mío, calma —repetía
Benjamín no menos absorto que el tutor ante la analogía de la soberana con la
hija del banquero zamorano. Mientras no nos expliquemos racional o
científicamente cómo una mujer española y del estado llano, ahogada en el siglo
XIX, puede ser una emperatriz china del siglo tercero, estamos en el caso de
suponerlo todo pura coincidencia.
—Pero, hombre de Dios —arguyó
Juana—: si eso es achaque de cada hija de vecino; la gramática parda del sexo.
Y yo misma, si no hubiera usted sido mi señor, del primer ataque que me tomo
cuando
nos sacó usted de París, le
deshago a usted el depósito de la sabiduría.
—¡Y los cazcoz zon para ello!
—repuso Pendencia haciendo notar los puños que Juanita crispaba.
—¿No tendría la difunta alguna
especialidad más marcada a cuyo cotejo someter a la emperatriz por vía de
prueba? —preguntó el capitán de húsares participando de la extrañeza general.
—Piénselo usted bien —insistió
Clara.
Don Sindulfo recogió un momento
sus ideas, y después de reiterados esfuerzos:
—Sí —exclamó dándose un golpe en
la frente y sacando del reverso de la solapa una aguja que enhebrada tenía
siempre a prevención para ensartar papeletas del catálogo.
Y antes de que los circunstantes
pudieran inquirir su propósito, dirigióse a donde Sun-ché se hallaba
descansando del accidente.
—Cósame usted esto —dijo
arrancándose bruscamente un botón de la levita, y presentándoselo a la
emperatriz, a quien miraba de hito en hito para no perder detalle del
experimento.
La buena señora que, no
entendiendo nada de lo que ocurría en torno suyo, comenzaba a aburrirse, echó
mano al botón considerándolo un objeto de curiosidad; pero al ver el arma de
costura dio un penetrante grito, y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada
en la silla; circunstancia que, como dijimos al comienzo de este relato, era
peculiar de la organización de la muda y que Benjamín, lívido de estupor,
refirió a los atónitos viajeros.
—No hay duda, no —gritaba don
Sindulfo retorciéndose como una culebra—; el mismo horror a las agujas
enhebradas que no la permitió zurcirme nunca un par de calcetines.
—Se conoce que la banquera era
catedrática en holgazanería — arguyó en voz baja la doméstica; mientras el
atribulado don Sindulfo, pronunciando frases incoherentes, golpeando cuanto en
el camino encontraba, y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se
dirigió frenético a su gabinete en busca de una solución para aquel problema.
Todos se precipitaron tras él;
pero la puerta, cerrada con estrépito, les cortó el paso. Entonces se
resolvieron a prestar algún auxilio a la emperatriz; precaución que fue inútil,
porque la augusta dama, como
si se lo hubiesen soplado al
oído, en cuanto la aguja desapareció, se quedó más buena que antes.
—Supongo —dijo Luis al políglota—
que en el estado en que está mi tío no le confiará usted el rumbo de la
expedición.
—¡Dios me libre! Podría hacernos
víctimas de su enojo —adujo Clara.
—Con ece arriero eztamoz ceguroz
de volcar. —Descuiden ustedes —objetó Benjamín—. Me interesa
demasiado el asunto para confiar
la derrota a un demente.
—¡Cómo! ¿Ha perdido el juicio?
—preguntaron los demás.
—Mucho me lo temo. Con todo, no
desespero de salvarle.
Confíen ustedes en mí.
E invitando a Sun-ché a acercarse
al aparato de la inalterabilidad, en tanto que los viajeros hacían comentarios
sobre la situación, la descargó unas corrientes que debieron contrariarla
también a juzgar por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el occipucio
del anticuario. Acto continuo separó el aislador que entorpecía la acción del
volante; y elevando el vehículo a la zona atmosférica en que debía tener efecto
la locomoción, hizo parar en seco el Anacronópete exclamando:
—Ahora sepamos a dónde nos
dirigimos.
—¡A París! —fue el grito unánime.
—Juzto; a Pariz para encerrar al
zabio en un manucordio y hacer que a nozotroz noz eche el cura el garabato
nuncial.
—Antes —objetó Benjamín— veamos
si el principal objeto de nuestra expedición se ha logrado satisfactoriamente.
—¿Cuál?
—La posesión del secreto de la
inmortalidad que nos ha ofrecido la emperatriz.
Instada esta a explicarse, sacó
un pergamino en el que había trazado por una mano experta el plano de una
ciudad.
—¿Qué es esto? —preguntó el
ansioso arqueólogo temiendo un desengaño.
—Algún pellejo de zambomba de la
adoración de los pastores en el Portal de Belén —dijo Juanita.
—Pero, ¡la fórmula!... —volvió a
insistir impaciente Benjamín apremiando a Sun-ché.
—El occidental no tuvo ocasión de
iniciarme en ese misterio, sorprendido como fue por mi tirano esposo; pero al
encarecerme la eficacia de su principio, me manifestó que las pruebas de la
inmortalidad habían sido enterradas por uno de sus antecesores en Pompeya,
debajo de la estatua de un emperador, marcada en el pergamino con un círculo
rojo.
—Sí, aquí está —interpuso
Benjamín señalando en el papiro una mancha circular bajo la que en correcto
latín se leía: «Efigie pétrea de Nerón.»
—Parece ser —prosiguió la
emperatriz— que el conocimiento de esta circunstancia pasó tradicionalmente por
varias generaciones sin que nadie se atreviera a evidenciarlo; hasta que el
intrépido mártir cuya muerte sentimos, se resolvió a sacarlo a luz; pero
acusado de profanación por habérsele sorprendido en el instante en que se
disponía a zapar la estatua, consiguió a duras penas evadirse de la prisión y
llegar a mis dominios donde tuve la fortuna de conocerle. Una expedición
secreta a su patria estaba ya decidida para hacerse con el misterioso talismán,
cuando el fin que todos sabéis ha venido a destruir nuestros proyectos.
—Aún vive quien los secundará
—dijo Benjamín con los ojos centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose a los
suyos—: A Pompeya —añadió.
Algunas protestas levantó aquel
grito; pero la felicidad es tan complaciente y era tan natural el deseo de los
viajeros de hacer una excursión por el pasado, libres ya de los riesgos que
hasta entonces habían corrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orientó el
vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo hacia la hija tan feliz como
mimada del risueño golfo de Neápolis.
Las siete horas que habían de
tardar en recorrer los ciento cuarenta y un años que separaban a los
anacronóbatas del principio del tercer siglo al último tercio del primero, no
eran intervalo para que se aburriesen unas personas que tanto tenían que contarse
y tantas curiosidades que admirar. Capitaneados pues por Juanita, los neófitos
pusiéronse a girar una visita de inspección al Anacronópete en tanto que
Benjamín, normalizada relativamente la situación, buscaba la causa de aquellos
efectos fenomenales.
Lo primero que trató de
explicarse es la aparición de los mílites evaporados. Retrogradó por
consiguiente en sus pensamientos, y a fuerza de hombre lógico, se dijo que si
la consecuencia era anómala, el origen tenía que ser necesariamente irregular.
Ahora bien: ¿qué circunstancia extraordinaria había ocurrido durante la
navegación? Al momento le vino a las mientes el impulso retroactivo que él
mismo imprimió al Anacronópete poco después de la catástrofe de los riffeños,
cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo haciendo rumbo al presente hasta
llegar a Versalles en la víspera del día de partida. La luz estaba hecha y las
tinieblas disipadas: la deducción no tenía vuelta de hoja.
Y en efecto, si mis lectores
recuerdan el incidente del ochavo moruno (que, perdido por un kabila, se
aniquiló en cuanto traspuso el instante en que fue acuñado, pero que volvió a
cobrar forma apenas el Anacronópete, marchando hacia el presente, rebasó el
minuto de la acuñación), comprenderán que el fenómeno de la resurrección de los
hijos de Marte obedecía a la misma causa. Evaporados al retrogradar, habían
perdido su forma humana, obra del tiempo; pero su espíritu inmortal no había
abandonado el Anacronópete, como el grano de trigo oculto en la gleba no deja
de existir en el terruño aunque invisible hasta la germinación. Así es que,
cuando en su marcha hacia el hoy, sonó en el vehículo la hora del nacimiento de
los soldados, la envoltura de carne acudió al llamamiento cronológico; y el
germen, rompiendo la tierra, dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver a
tomar las proporciones de su espiga.
El cómo se sustrajeron a una
segunda disolución cuando, apercibido de la falta, Benjamín reconquistó el
verdadero rumbo, tiene una explicación muy sencilla. Los soldados, que
alternativamente se habían visto reducirse y desarrollarse, al recobrar sus proporciones
quisieron no volverlas a perder y escalaron el laboratorio decididos a implorar
el amparo de la ciencia; pero al llegar al pasillo, oyeron las explicaciones
que sobre la inalterabilidad estaba dando Benjamín a las parisienses; y como el
capitán de húsares tenía sus rudimentos de física, propinóse con sus compañeros
unas corrientes del fluido y opinó muy sabiamente que permaneciendo ocultos
servirían mejor la causa de las reclusas
doncellas que exponiéndose, si se
exhibían, a ignotas contingencias provocadas por los celos del tutor. Y así es
cómo ocultos en sus gazaperas llegaron a China oportunamente para evitar una
catástrofe.
Apuntó Benjamín estas
observaciones en su memorandum particular; pero abstúvose muy mucho de
divulgarlas, prefiriendo dejar a todos en la persuasión de lo maravilloso a
confesarse reo de ineptitud.
El segundo problema era más
difícil de resolver. ¿Cómo a través de dieciséis siglos una emperatriz china se
presentaba a sus ojos con tan señaladas diferencias físicas, pero con analogías
de organización tan evidentes con aquella Mamerta ahogada en las playas de
Biarritz? Ensimismado estaba el políglota en tan metafísicos conceptos y ya el
trayecto casi tocaba a su fin sin que hubiese podido coordinar dos ideas
afines, cuando unos gritos desaforados que partían del gabinete de don Sindulfo
le sacaron de su abstracción.
—¡El loco! ¡El loco! —exclamaron
los excursionistas, que al oír las voces acudieron precipitadamente en busca de
Benjamín.
—Sí. ¿Qué podrá ser?
—Algún calambre en la mollera
—dijo el andaluz.
E instintivamente todos se
dirigieron al cuarto; pero apenas iniciado el movimiento, la puerta se abrió; y
don Sindulfo con el traje en desorden, las manos crispadas y la púrpura de la
ira en el semblante, hizo irrupción en el laboratorio vociferando:
—¡Maldición! —Ya dí con la clave
del enigma. Ya comprendo cómo Sun-ché puede ser mi difunta Mamerta.
—¿Cómo?
—¡Por la metempsicosis!...
Los profanos no entendían ni una
palabra; pero el políglota se quedó pensativo luchando entre la fe y la duda.
—Diga uzté; ¿y ezo ce come con
cuchara o con tenedor? —¡La metempsicosis! —prosiguió el sabio sin atender a
observaciones—. La transmigración de las almas, por la cual el
espíritu de los que mueren pasa
al cuerpo de otro animal racional o inmundo según sus merecimientos en vida.
—¡Ay! —arguyó Juanita—. Pues lo
que es ustedes dos, por lo chinches que han sido con nosotros, van a parar al
Rastro.
—¿Es decir —interrogó el sobrino,
a quien el asunto empezaba a interesar— que la emperatriz por una serie de
transmigraciones llegó en su última evolución a ser la esposa de usted?
—Justamente. Y al retrogradar en
el tiempo se nos presenta bajo la envoltura real que tenía en esta época, como
en el alto que hicimos en África pudimos —a haber tropezado con ella— hallarla
convertida en vegetal o en acémila entre los bagajes.
—Permítame usted —objetó
Benjamín—. Nosotros somos cristianos y nuestro dogma rechaza esas teorías.
—¿Y qué importa? —replicaba el
demente exaltándose por grados.
—Nosotros somos católicos; pero
ella es china, sectaria de Buda; luego bien puede transmigrar según prescribe
su religión. Porque ¿quién le dice a usted que la Providencia no impone sus
castigos con arreglo a las creencias que profesa cada uno?
Todos, menos Sun-ché, que estaba
como en el limbo sin saber lo que pasaba, comprendieron que el pobre doctor
tenía el juicio extraviado. Solo Benjamín, a fuer de hombre de ciencia,
entusiasmado con el descubrimiento de aquella especie de metafísica experimental,
concluyó por dar al loco la razón; que era como perder la suya.
—Es indudable. ¡Eureka! —gritó
como Arquímedes abrazando a su amigo.
—Pero si aquella no hablaba
—insistió Juanita— y esta echa cada discurso como un diputado.
—Ezo no; porque ci zu marido no
entiende lo que dice, para él ez lo mismo que ci fuese muda.
—Además —dijo Luis sonriendo— que
si entonces perdió el uso de la palabra, tal vez fue un castigo del dios Buda
por el abuso que de ella hizo acaso en una existencia anterior.
—De modo —argumentó Clara
aprovechando aquella ocasión de romper sus cadenas— que ya cesará usted de
perseguirme; porque ligado como está usted a esta señora por los vínculos del
matrimonio, ¿no pretenderá usted casarse conmigo cuando nuestra religión proscribe
la bigamia?
El doctor, al sentirse hostigado
en lo que precisamente constituía su preocupación desde que sorprendido hubo la
afinidad de la emperatriz con Mamerta, estalló al ser argüido de aquel modo por
Clara, y de la monomanía pacífica pasó al vértigo furioso.
—¿Desistir yo de un cariño al que
he consagrado todas las fuerzas de mi vida, mi actividad, mi inteligencia?
—decía apretando los puños y haciendo rodar los ojos en sus órbitas—. ¡Oh,
nunca!
—¡Que muerde! —interrumpió
Pendencia separándose por precaución, como los demás, del delirante sabio que
persiguiéndolos añadía:
—No. Si el destino me es adverso,
lucharé contra el destino; pero serás mi mujer aunque para ello tenga que ir
hasta el crimen.
—Es inútil —repuso la atrevida
maritornes—. Si aunque nos degüelle usted, aquí los muertos resucitan.
—Pues bien, pereceremos todos. Es
preciso acabar con esta situación.
—¿Cómo?
—En la cala hay diez barriles de
pólvora; les aplicaré una mecha, y ni rastro quedará del Anacronópete.
—No cea uzté bárbaro.
—Tranquilícense ustedes —exclamó
Benjamín recordando el incidente que en diversas ocasiones le obligó a
descender a tierra en busca de vitualla en su trayecto de África a China—. Las
provisiones, sometidas a la inalterabilidad, resultan ineficaces para su uso,
según prácticamente he observado.
—¡Ignorante! —interrumpió el loco
recobrando por un momento su lucidez.
—¿Qué?
—Arrojando nuevo fluido sobre los
cuerpos para que las corrientes anteriores se pongan en contacto con las nuevas
y formen una sola, no hay más que dar vueltas a la inversa al disco del aparato
transmisor para recogerlas todas y, neutralizadas, devolver a las provisiones
sus propiedades específicas.
—Bueno es saberlo; pero estamos
perdidos.
—Hay que inundar la Zanta
Bárbara.
—Corramos.
—No, no temáis —interpuso el
tutor pasando, para detenerlos, de la amenaza a la súplica—. Una voladura
acabaría con todos, y yo no quiero que ella muera. Respetaré sus días. Pero
vosotros —añadió dirigiéndose a los militares y a la emperatriz, y volviendo a
la exaltación con más fuerza que nunca— preparaos a sufrir mi venganza. Sois el
obstáculo de mi dicha y os exterminaré a fin de realizar mis designios, aunque
para llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de sangre. ¡Ah! ¡Ya sé
cómo!...
Y así diciendo traspuso la puerta
y se dirigió frenético a la cala. Sus compañeros, recelando no sin razón algún
inminente peligro, corrieron tras él con intención de detenerle.
Luis, capitaneando a los suyos,
fue el primero en llegar a la bodega; pero el doctor, que acariciando su plan
se había ocultado capciosamente, apenas vio a los hijos de Marte y a su sobrino
en medio de la estancia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diecisiete
héroes desaparecieron en el espacio entre los gritos de las enamoradas
doncellas y de Benjamín, que al ir en su seguimiento solo alcanzaron a ser
testigos de tan horrorosa catástrofe.
—¡Salvémonos! —fue la voz
general, sin que nadie pensara en desmayarse ante la gravedad de las
circunstancias. Y todos se abalanzaron a la escalera; pero Benjamín,
apercibiéndose de que don Sindulfo trataba de cortarles el paso subiendo por
otra escala espiral que había en el fondo, aconsejó a las tres cadavéricas
mujeres que le esperasen allí; y trepando como un gamo por los salientes de la
maquinaria, se introdujo por la claraboya del techo en el laboratorio, paró en
seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el aislador, descendió por el
mismo conducto y, abriendo la puerta, abandonó con sus compañeras de infortunio
aquel lugar de muerte antes de que el loco se apercibiera de su fuga.
La suerte les favorecía en medio
de tantas contrariedades.
Habían arribado a Pompeya.
CAPÍTULO XVII
P
Pocos meses hacía que, sucediendo
a su progenitor, imperaba Tito en Roma. Este príncipe generoso, que llamaba día
perdido a aquel en que no había dispensado algún bien, empezaba a borrar con su
clemencia el sangriento recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespasiano
su padre.
El triunfador de Jerusalén, las
delicias del género humano como le apellidaban, había proscrito las
persecuciones contra los sectarios del Nazareno, iniciadas por Tiberio y
sobrepujadas por el hijo de Agripina. Ello no obstante, los suplicios no
cesaron completamente.
Las provincias, gobernadas por
prefectos arbitrarios revestidos de una autoridad suprema y escudados en una
irresponsabilidad absoluta, se libraban a cruentos espectáculos, ora para
satisfacer los naturales instintos de la plebe, ya para secundar los ocultos
planes de los pretores. En este caso se hallaba Pompeya.
Residencia de estío de las
familias patricias de la Campania y del Lacio, sus habitantes más que de luchas
políticas se ocupaban del embellecimiento de su ciudad con el fin de atraer a
la población flotante que tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su
fanatismo para la conservación del ornato público que, cuando a la caída de
Nerón la Italia entera destruyó las estatuas de este monstruo, ellos
respetaron, sin deificarlas, todas las que erigidas en sus calles encerraban
alguna notoriedad artística. Pero así que el caliginoso aliento del verano
empujaba hacia aquella vertiente del Vesubio a los levantiscos ciudadanos de
Neápolis y Salerno, las
pasiones se encendían y Pompeya
era durante cuatro meses émula en discordias civiles de Roma su metrópoli.
Tenían los pompeyanos a la sazón
por Præfectus urbis un senador vendido a la causa de Domiciano, aquel segundo
Calígula que dos años después debía precipitar la muerte de su hermano Tito,
colocándole en la fila de los dioses mientras le denigraba entre los simples
mortales. Fingiendo pues someterse a los designios del emperador, el prefecto
no desperdiciaba coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para
favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín su protector.
Habían dado comienzo las
vindemiales, ferias de las vendimias que desde el tres de septiembre al tres de
octubre se celebraban en toda la Italia agrícola. La época de los grandes
juegos se aproximaba y con ella el descontento público; no solo porque su terminación
era la señal de desfile para los veraneantes impelidos mal de su grado a
consagrarse a sus tareas ordinarias, sino porque desde el advenimiento de Tito
las circenses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pueblo romano bebía
su bélica inspiración. Reducidos a la carrera, al salto, al disco y al
pugilato, echaban de menos los gladiadores, los bestiarios, los secutores y los
dimaqueres con su polvo, sus rugidos, su sangre y sus cadáveres.
Pero a las ya expuestas uníase
aún otra circunstancia. Habiendo consumido un incendio en Roma el Capitolio, el
Panteón, la Biblioteca de Augusto y el Teatro de Pompeyo, amén de otros
monumentos menos importantes, Tito prometió que todo sería reedificado a sus
expensas; y, rehusando los donativos que le ofrecían así las ciudades del
imperio como los príncipes sus aliados, vendió hasta los muebles de su palacio
para cumplir su palabra. El entusiasmo público desbordó en todas partes
organizándose festejos con que solemnizar la largueza del emperador. Pero los
secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan propicia para tomar en
ridículo la clemencia del soberano, indujeron a la plebe a reclamar con tal
insistencia la restitución de su espectáculo predilecto, que Tito debió ceder
ante el clamor general y, al inaugurar su célebre anfiteatro, otorgó
gladiadores, naumaquias o combates navales y hasta cinco mil fieras. Los
pompeyanos no
fueron los que contribuyeron en
menor parte a esta dolorosa reconquista instigados por el Præfectus urbis.
Era el anochecer del día H de
septiembre del año de Jesucristo. El
ceryx encargado de la conservación del orden, recorría presuroso todos los
puestos recomendando a sus vigiles que atendieran a la seguridad pública, sin
oponerse no obstante al torrente popular que, desbordando de las termas, de la
Basílica, de los templos de Júpiter y Hércules, de las tiendas de la avenida de
la Abundancia y de los tugurios de la calle de la Fortuna, se dirigía en tropel
a la morada del Pretor, llevando teas encendidas y gritando como en la Roma
cesárea:
—¡Panem et circenses!...
El prefecto, queriendo cubrir con
cierto velo de legalidad su propia obra, presentóse en la puerta de palacio,
rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido de seis lictores que vestidos
con el sagum descansaban los fasces sobre el hombro izquierdo mientras con la
virga en la opuesta mano separaban los grupos:
—Al foro, dijo —y tomó el camino
de las asambleas generales seguido de la multitud que tras él continuaba
vociferando:
—¡Panem et circenses!...
En aquel santuario de la opinión
pública, una representación verbal le fue elevada en nombre de todos los
ciudadanos de Pompeya.
—¿Sabéis —arguyó— que las leyes
lo prohíben?
—Entiende tú —repuso el tribuno
que llevaba la voz— que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la
lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del templo de Jano.
—¡No más quadriga!...
—No más disco.
—¡Luchadores!... —fue el grito
unánime.
Y como la exasperación amenazara
convertirse en motín, el prefecto les concedió los andabates que, peleando con
una venda en los ojos o cubiertos con una armadura, ofrecían menos riesgo.
—No: ¡gladiadores! —repitió la
turba.
Y el demandado fingiendo
doblegarse a las circunstancias, asintió a los clamores de la plebe; pero como
la debilidad de parte de la fuerza es la señal del abuso en el oprimido:
—¡Bestiarios! —prorrumpieron unos
pocos; lo que no tardó en hacerse el eco general. Y de concesión en concesión,
los pompeyanos consiguieron que les restituyesen no solo los laquearios (que
por un lazo escurridizo tirado con destreza procuraban detener y cazar a los
adversarios) y los retiarios que, con una mano armada de un tridente y llevando
en la otra una red, envolvían con ella a su antagonista para darle muerte una
vez vencido, sino el repugnante espectáculo de las bestias feroces, desgarrando
entre los aplausos de la abyecta muchedumbre las carnes de los prisioneros de
guerra, o abriendo con sus dientes el camino de la gloria a los mártires
sublimes de la religión cristiana.
La impaciencia popular señaló el
día siguiente para renovar el derramamiento de sangre en el anfiteatro. La
premura de la exigencia no permitiendo que se restablecieran los abolidos
gladiadores fiscales, que eran los que el Fisco suministraba a sus expensas, ni
los postulatitii, o sea los que por más hábiles el pueblo reclama
preferentemente, hubo de recurrirse a los privados, sostenidos por empresas
particulares que los alquilaban mediante una retribución pecuniaria.
En cuanto a los bestiarios , a
falta de prisioneros de guerra y de delincuentes condenados a este género de
lucha, se determinó substituirlos con esclavos o con gente ya acusada de
impiedad, ya sospechosa de seguir la doctrina del que llamaban impostor de
Galilea.
Restituido el prefecto en triunfo
al pretorio y agotados los vítores al emperador, la ebria muchedumbre se retiró
a sus hogares a esperar el mañana, quedando sumida Pompeya en esa calma
precursora de toda tempestad horrible.
Este fue el instante en que los
fugitivos del Anacronópete, deslizándose como sombras sobre el empedrado de
lava de sus rectas y elegantes avenidas, penetraron en la ciudad.
Benjamín, que en medio de las
mayores contrariedades perseguía su fin científico con la terquedad de un sabio
aragonés, se había provisto en su fuga de un zapapico y caminaba consultando al
resplandor de la luna creciente el plano del teatro de sus operaciones.
Sun-ché, que además de haber asistido a la trágica desaparición de los
militares había sido impuesta por el políglota en
la locura del doctor, se apoyaba
en el brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio y entregada a
tristes pensamientos. Pendida del derecho arrastrábase mejor que andaba la más
digna de compasión de todos: la desventurada pupila que por breves horas había
tocado el séptimo cielo de sus ilusiones para ser precipitada desde más alto en
los últimos abismos de la desesperación.
Juana era la única que, no
obstante la gravedad de las circunstancias, no se abandonaba al desaliento.
—Verá usted —decía— cómo a lo
mejor nos los vemos aparecer por ahí vestidos como judíos del monumento.
—No, esta vez los hemos perdido
para siempre.
—¡Quiá! Si ellos son como el ave
Félix que según cuentan renace después de hecha cecina.
—Por fin llegamos —exclamó
Benjamín deteniéndose en un quadrivium o desembocadura de cuatro avenidas, en
cuyo centro se alzaba la estatua de Nerón dando frente a la puerta de Herculano
situada en la extremidad de la calle Domiciana.
Invitados los viajeros por el
impaciente sabio a tomar algún reposo mientras él se libraba a sus
excavaciones, Clara y Sun-ché se recostaron en los poyos de una fuente que
junto a ellas corría con manso murmullo; y, entregadas a sus reflexiones,
quedáronse pronto, si no dormidas, aletargadas.
Juanita, en la esperanza de ver
aparecer a Pendencia en la forma de centurión o de draconarius, se quedó
haciendo compañía al arqueólogo amenizándole la tarea con sus aceradas pullas.
La situación del tesoro estaba
tan perfectamente señalada en el plano, que a la media hora escasa de remover
la tierra, el zapapico tropezó en un cuerpo resistente.
Benjamín, con el corazón hecho un
molino de viento, desenterró una pequeña caja de metal que, sin inscripción
alguna, revelaba servir solo de estuche a algún objeto precioso. Abierta por
fin en medio de la mayor ansiedad, sacó a luz el políglota unos manojos de
cordelillos en los que de distancia en distancia había nudos que a primera
vista dejaban comprender por sus combinaciones que no habían sido hechos al
azar. El sabio dio un grito de asombro. Ilustración
—¡Cordeles! —dijo Juanita—.
¿Hombre, y no le dan a usted ganas de ahorcarse?
—Silencio, profana.
—Siquiera propínese usted con
ellos una docena de disciplinazos. —¿Sabes tú lo que es esto?
—A que salimos ahora con que es
alguna libra de fideos del tiempo de Salomón...
—Esta es la primera escritura que
usaron los hombres sobre la tierra, legada a la humanidad por Fo hi, como le
llaman los chinos, o según nosotros por Noé a su salida del arca. Este es el
prototipo de la palabra escrita revelado al mundo sabio en la academia de
inscripciones por el paleógrafo Shuckford.
Y con verdadera hidrofobia
científica Benjamín se dispuso a interpretar el enigma. Desgraciadamente una
densa nube le eclipsó el tenue rayo de la luna próxima ya a desaparecer en el
horizonte occidental; y no bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su
empresa.
—Pero diga usted: ¿qué tintero
empleaban esos potrotipos? Pues
qué: ¿siempre no se ha escrito
del mismo modo?
—Ni por soñación. Que sepamos,
hasta ahora son tres las maneras conocidas de trazar la escritura: Por línea
perpendicular, por orbicular o redonda y por horizontal; y aun así estas tres
grandes ramas se subdividen en muchas variantes.
—¡Jesús! Y yo que no sé poner una
carta más que con falsilla, porque, si no, me tuerzo.
Benjamín, a quien la nube se
empeñaba en velar el astro de la noche, tanto para distraer su inacción, como
cediendo a sus naturales aficiones, tomó así la palabra creyendo asistir a un
curso de paleografía:
En la Mitología de Carrasco se
lee que los indios de la isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben por
líneas perpendiculares rectas. Du-Halde consigna que los chinos y japoneses,
aunque usan la escritura perpendicular, la trazan como los hebreos de derecha a
izquierda; así es que sus libros comienzan por donde los nuestros tienen su
fin. Los septentrionales o Escitas grababan en las rocas sus letras llamadas
Runas o Rúnicas en renglones curvos, reuniendo las líneas de alto abajo y
vice-versa;
pero oblicuamente o en espiral.
Los tártaros, según Nienhoff, cuyas consonantes son parecidas a las de los
etíopes porque las enlazan con sus vocales, escriben en línea perpendicular de
derecha a izquierda; y los mogoles, de alto abajo en opinión de Treveux. Los
habitantes de las Islas Filipinas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que
comienzan, por el contrario, de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha. Y
los mejicanos, según Acosta, lo verifican por línea perpendicular ocupando de
alto abajo toda la página. Conocieron también el uso de unas cuerdecitas
teñidas de diversos colores anudadas y entrelazadas de varios modos según la
importancia del suceso que debía referirse; esta costumbre era común en todos
los salvajes de la América septentrional. Las grandes poblaciones del Perú,
dice Baltasar Bonifacio, usaron como las de la América del Norte las
mencionadas cuerdecitas, que conservaban en archivos (establecidos y
custodiados por personas instruidas) para consulta de todos los sucesos dignos
de ser transmitidos a la posteridad.
—Aguarde usted —interrumpió
Juanita—. ¿Va a ser muy larga la procesión?
—Si te molesta la dejaremos.
—Nada de eso; a mí no me
incomoda, porque lo que no entiendo, por un oído me entra y por otro me sale;
pero si usted me lo permite me sentaré. Con que quedamos en los salvajes de la
Habana serpentrional.
Benjamín la miró con lástima y
prosiguió así:
—Entrando en el segundo sistema,
aseguran Pausanias y Bimard de la Bastie, que los griegos conocieron la
escritura orbicular como se desprende de la inscripción del disco de Ífito que
se reputa posterior en L R años al sitio de Troya. También se sirvieron de
ella, según Maffei, los etruscos o antiguos toscanos. Los más remotos pueblos
septentrionales enlazaron la escritura de alto abajo y vice-versa; pero también
en líneas oblicuas o en espiral. Y no ofreciendo dificultad el que estos
caracteres sean los verdaderos runos, resultan legítimas las inscripciones que
cita el mismo Pausanias por tener sus líneas mucha semejanza y aun identidad
con las de los pueblos del Norte. Las inscripciones griegas del monumento
erigido en Olimpia por los cipsélidas, eran difíciles de leerse a causa de sus
multiplicadas curvas.
—Lo mismo me pasaba a mí con las
cartas de Pendencia; y eso que venían en papel rayado; pero cada renglón
parecía un via-crucis: aquello sí que a estar en latín, lo cree usted escritura
articular.
—Tomemos la horizontal —continuó
el sabio.
Y Juanita, creyendo que se
trataba de una orden que empezaba a lisonjearla, se tendió cuan larga era en el
arroyo, como lo pudiera hacer en el más mullido lecho.
—No me duermo, no señor —adujo al
comprender por el movimiento de extrañeza de Benjamín que se había equivocado—.
Siga usted, que si me aburro ya le diré a usted que se pare.
Benjamín buscó la luna; pero como
ella no se dejase ver, reanudó su discurso con desaliento.
—Pues bien: la escritura por
línea horizontal abraza varias especies. La bustrofedona de la primera edad, de
derecha a izquierda; la del segundo hasta el cuarto período, de izquierda a
derecha; y la aratoria que reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas
paralelas y frente por frente del punto de partida.
—¡Vaya un trajín! ¿Sabe usted que
una plana de esas parecerá un ejercicio de bomberos?
—Los orientales siempre han
escrito de derecha a izquierda como los etruscos; menos los armenios y los
habitantes del Indostán que lo hacen de izquierda a derecha. En los griegos se
ha observado que, bien sea por los métodos de Pelasgo, de Cécrope o de Cadmo,
participa aunque a lo oriental de las dos especies; porque cuando escriben
muchas líneas vuelven de derecha a izquierda. Esta dirección es la que
empleaban los hunos.
—¿Y los otros?
—Hablo de los hunos, hoy zikulos
de la parte de la Transilvania.
—¡Ah! sí. Adelante, no los
conozco.
—Los etíopes o abisinios, los
siameses y los tibetanos escriben de izquierda a derecha, y estos últimos casi
horizontalmente. Dos inscripciones notables presenta la escritura bustrofedona
de la primera edad, admitida también entre los galos y los francos; la una se
halló en las ruinas del templo de Apolo Amyclæus en Amycles, villa de la
Laconia, hacia el año L D antes de J. C.; la segunda, que refiere Muratori,
consta en el mármol de Nointel o Baudelot
descubierto en H U en una iglesia
de Atenas, cuyo mármol fija la época por los años O antes de la era cristiana. Las pieles de
los cuadrúpedos preparadas de diversas maneras, las de los pescados, los
intestinos de las serpientes y de otros animales, las telas de lienzo y de
seda, las hojas, la corteza y la madera de los árboles, la borra de las plantas
y su corazón, el hueso, el marfil, las piedras comunes y preciosas, los
metales, el vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido las
materias sobre las que en todos tiempos y en el día se escriben los caracteres.
—Pues en cuestión de caracteres,
aunque el mío no es de los peores, como don Sindulfo no nos devuelva los
militares, aún ha de ver usted a las criadas escribir con las uñas sobre
pellejo de sabio. —Los mármoles, los bronces y las planchas o láminas de metal
han sido de uso común entre los griegos y romanos: el de las pieles data del
tiempo de Job. En planchas de madera y tablitas de bambú
escribieron los chinos, dice
Du-Halde, antes de la invención del papel. Las pirámides, los obeliscos y las
columnas de las observaciones astronómicas de los babilonios, que refiere
Flavio Josefo, fueron de mármoles, piedras y ladrillo. Las leyes de Solón
estaban escritas en madera; las de los romanos en bronce, de las que tres mil
se perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos septentrionales grababan
sus inscripciones rúnicas en las piedras y en las rocas. La escritura en plomo
sube al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se ha conservado en las tablas
llamadas dípticas o de dos hojas, porque las polípticas son las que exceden de
este número. Se escribía también, según Plinio, en las hojas de palmera y de
ciertas malvas; así es que en algunas comarcas de las Indias orientales, afirma
Alfonso Costadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que tienen seis
pies de largo por uno de ancho. Lo propio hacen, dice Michael Boim, los
habitantes del fuerte de Mieu, junto a Bengala y Pegú, sirviéndose del Areca,
especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado Avo. Los del reino de
Siam y Camboya y los insulares de Filipinas (aunque estos últimos siguen el
método de los españoles) se valen de las hojas de plátano, de palmera o de la
parte lisa de las cañas en las que trazan sus caracteres con un punzón o
cuchillo. Los siracusanos lo hacían en hojas de olivo y los atenienses en
conchas. En Atenas, cuenta
Suidas, que se consignaban los
nombres de los valientes que habían sucumbido en defensa de la patria, sobre el
velo de Minerva.
—Pues buena la pondrían la
mantilla a la pobre señora. ¡Vamos! sería de casco y lo escribirían por el
revés.
—Los indios, según Filostrato,
hacían su escritura en los Syndones, que así llamaban a sus telas o vestidos.
—¡Ay! Pues yo siempre los he
visto en cueros; es decir, en las estampas.
—Los judíos tenían una particular
habilidad en unir los diferentes trozos del pergamino, haciéndolo en términos
de no poderse distinguir señal alguna. Con este motivo, añade Flavio Josefo que
Tolomeo Filadelfo se llenó de admiración cuando los setenta ancianos, enviados
por el gran sacerdote, desdoblaron en su presencia los rollos de la ley toda
escrita con caracteres de oro. No obstante, el grabado en seco, sin auxilio de
la tinta ni de otro color, parece haber sido el primer procedimiento: los
montañeses de Kuei-cheu en China, así lo ejecutan sobre unas tablitas de madera
muy tierna. Los parthos hacían en sus vestidos las letras con aguja, no usando
del papyrus que podrían haber hallado en abundancia en Babilonia.
—Ya que me vuelve usted loca con
tanto nombre extranjero, explíqueme usted siquiera alguno de esos terminachos
que como guijarros de punta me están levantando chichones en la cabeza.
—El papyrus es una especie de
caña parecida a la typha propia de los parajes bajos y húmedos. Sus raíces
leñosas tienen por lo regular diez pies de longitud: su tallo triangular no
excede de dos codos en tanto que no se eleva sobre la superficie de las aguas;
pero en su totalidad alcanza hasta cuatro o cinco. Después de varios
procedimientos llegaba a ser papel, no excediendo nunca de la marca que se le
tenía asignada, que era dos pies de longitud. Los instrumentos empleados para
escribir han sido con corta diferencia los mismos que usamos en el día, a
saber: la regla, el compás, el plomo, las tijeras, el cortaplumas, la piedra
para afilar, la esponja, el estilo o punzón, la pluma o caña, el tintero o
escribanía, el atril y las ampolletas o botellitas de vidrio, conteniendo una
el líquido para volver más suelta la tinta espesada, y otra el bermellón o rojo
para escribir los principios de los capítulos. El estilo, stylus graphium, y el
buril, cælum celtes, sirvieron
para la escritura en seco o sin tinta; de consiguiente se empleaban en los
mármoles, metales y en las tablas preparadas con cera y yeso, y eran de varios
tamaños y formas. La caña, arundo; el junco, juncus y el calamus usáronse en la
escritura que se hacía con tinta; pero antes de conocerse la aplicación de las
plumas. El Egipto, Gnido y el lago Amais en Asia, según Plinio, daban profusión
de estos juncos o cálamos que los griegos se hacían llevar de Persia y que,
cogidos en el mes de marzo en Aurac, dejaban endurecer por espacio de seis
meses entre el fiemo o estiércol, tomando de este modo un hermoso barniz
jaspeado de negro y amarillo oscuro.
En aquel instante sonó un
ronquido; pero Benjamín embriagado en su peroración, no se detuvo hasta
terminar su relato.
—El uso de las plumas de ánsares,
cisnes, pavos y grullas — continuó disparado— no data al parecer sino del siglo
quinto. Los siameses se valían del lápiz. Los chinos emplean actualmente, como
en la antigüedad, el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La tinta
de los tiempos remotos no tenía de común con la nuestra sino el color y la goma
que entraba en su composición: Se llamaba atramentum scriptorium o librarium,
para distinguirla del atramentum sutorium o calchantum. El negro lo hacían con el
humo de la resina, de pez, de tártaro, marfil quemado y carbones triturados;
cuyos ingredientes en fusión se sometían a la acción solar. Los pueblos
orientales empleaban la gibia y el alumbre que los africanos substituían a
veces con la adormidera o el jugo del calamar. Refiere Allatius haber visto la
tinta de pelo de cabra quemado que, aunque un poco roja, tenía las propiedades
de no perder su color, ser lustrosa y adherirse muy bien al pergamino; de modo
que era muy difícil borrarla. La tinta china, conocida U O años antes de J. C.,
se extrae de varias materias y especialmente de los pinos o del aceite quemado.
Entre los indios la decocción de las ramas de un árbol llamado aradranto les
suministra este licor tan...
Aquí llegaba Benjamín en su
afluente desbordamiento, cuando un —«Mátame al sabio», de Juanita que soñaba,
le hizo comprender
que su erudición era inútil y dio
por terminada la conferencia.
En esto un hombre, que con una
linterna encendida en la mano doblaba la esquina, desembocó en el quadrivium.
Ilustración
—¡El loco! —gritó Benjamín
reconociendo a don Sindulfo, que en efecto venía en busca de los fugitivos; a
cuya voz despertáronse los tres durmientes como si hubiesen sentido un
sacudimiento galvánico.
—¡Favor! —exclamaron las
infelices, abrazándose en defensa mutua.
Pero Benjamín, para quien aquella
luz era como el relámpago para el caminante perdido en las tinieblas, antes de
que su amigo les apercibiese, corrió a su encuentro vociferando como el sabio
de Siracusa cuando al dar con la teoría del peso específico dicen que salió
desnudo del baño repitiendo: ¡Eureka!
—¿De qué se trata? ¿Ha vuelto a
la vida mi rival? —preguntó el demente persiguiendo su manía.
—No. He hallado el secreto de la
inmortalidad. Leamos, alúmbreme usted.
Y consultando los cordelillos, su
pecho se dilató al ver que la disposición de los nudos correspondía a la
escritura armenia en la que creía poder alardear sus conocimientos.
—Y bien: ¿Qué dice?
Benjamín con no poca dificultad
leyó lo que sigue:
—«Si quieres ser inmortal, anda a
la tierra de Noé y...» ¡Maldición! —¿Qué es ello?
—Que no puedo interpretar el
sentido de los demás caracteres. No importa —continuó en su delirio—. Volaremos
a la región del Patriarca y daremos solución a este enigma indescifrable.
—Si usted en cuestión de lenguas
no conoce más que la estofada —se permitió argüir la intemperante Juanita; a
cuya voz el loco fijando mientes en el grupo de las tres gracias, crispó los
puños, y dirigiéndose a Sun-ché:
—Tú también me estorbas —dijo—
pero pronto no serás más que un cadáver.
E iba a abalanzarse sobre ella,
cuando por dicha suya el sabio tropezó en uno de los poyos y cayó al suelo de
bruces. Benjamín acudió en su auxilio mientras la trinidad femenina se
replegaba con espanto hacia la fuente.
—Esto no se hace entre cristianos
—gritó la de Pinto con toda la fuerza que le prestaba la indignación.
—¡Cristianos han dicho! —murmuró
por lo bajo a su gente el ceryx, que atraído por la linterna de don Sindulfo,
acechaba a los viajeros y que, por la relación de la palabra española con la
latina dedujo una verdad funesta para los anacronóbatas.
—¿Qué? —se preguntaron todos al
verse rodeados de los vigiles.
—Apoderaos de ellos.
El terror fue general.
—Yo soy inocente —aducía Clara.
—Respetad a la emperatriz
—ordenaba Sun-ché en chino. —¡Prenda usted a ese, señor guindilla! —balbuceaba
la
maritornes señalando al tutor.
Ilustración
Pero como los gritos fuesen en
aumento, les aplicaron unas mordazas y maniatados los condujeron a la presencia
del prefecto que en desenfrenada orgía saboreaba en el pretorio el motín tan
favorable a la causa de Domiciano.
—¡Piedad! —articularon todos,
libertados de sus ligaduras y cayendo a los pies del ebrio senador.
—No le excitéis con vuestros ayes
—observó el políglota—.
Reparad que no entiende más que
el latín.
—Pues bien: In nomine Domini
nostri Jesu-Cristi —dijo Juanita muerta de miedo y recordando la salutación con
que el cura de su lugar daba los buenos días a sus feligreses.
—¿Quién pronuncia aquí el nombre
del impostor de Galilea? — rugió el prefecto pudiendo apenas mantenerse en
equilibrio.
—Estos cristianos que acaban de
profanar la estatua de Nerón. —¿Cuál es el jefe?
—Este, el más viejo —contestó
Juanita impuesta por la traducción de Benjamín.
—Subidlo al cráter y arrojadlo en
las entrañas del Vesubio. Una explosión de lágrimas y lamentos sucedió a tan
bárbara orden; pero antes de que las excursionistas pudieran dirigir una
palabra de consuelo a don
Sindulfo, este había desaparecido entre un grupo de vigiles encargados de la
ejecución del decreto.
—Los demás —prosiguió el togado
beodo— apréstense a servir de bestiarios en los circenses de mañana.
—¡Horror! Nos destinan al circo
—tradujo el arqueólogo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras Clara
perdía el sentido y Sun-ché interrogaba con ojos extraviados sin obtener
contestación.
—¿Al circo? Pues no se apuren
ustedes —objetó Juana— que si es en el de Price yo tengo allí un primo
aposentador.
—No: se nos condena a ser
devorados por las bestias feroces. Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir
una queja. Los vigiles
sacaron del pretorio a los reos,
y el Præfectus urbis, tambaleándose, volvió a la sala del festín gritando a sus
comensales con feroz alegría:
—El pueblo tendrá bestiarios: la
paz de Pompeya queda por ahora asegurada.
Y en efecto; unas horas después,
al resplandor del sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrentados por
la penosa ascensión del Vesubio rodaba a los profundos abismos del volcán, al
mismo tiempo que sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras del
anfiteatro para servir de pasto a las fieras y de diversión a la más soez de
las plebes.
CAPÍTULO XVIII
«S6 »
No me detengo a describir el
anfiteatro porque, exceptuando los ciegos de nacimiento, todos en España han
visto una plaza de toros, con la que aquel guarda una completa analogía. Baste
saber que los veinte mil espectadores, de que era capaz el de Pompeya,
invadieron desde muy temprano aquel día los asientos que los locarios les
designaban en los cunei o secciones previamente dispuestas por los designatores
o maestros de ceremonias, según el rango y circunstancias de cada uno.
El podium, que era como si
dijéramos la meseta del toril con gradines y extendiéndose por todo el círculo
de la plaza, estaba destinado a los funcionarios de alta jerarquía. En él
campeaba el cubiculum o palco del prefecto, a imitación del suggestum o trono
del emperador en Roma, cubierto con un dosel a manera de pabellón; distintivo
que, aunque menos suntuoso, ostentaban asimismo las localidades accidentalmente
ocupadas por una vestal, un senador o algún enviado de las naciones
extranjeras.
A continuación del podium venían
las filas de gradas para los caballeros; y tras de ellas la popularia, el
tendido, el sol por decirlo así; aunque la comparación no es fiel, pues maldito
si los rayos del rubicundo Febo molestaban al público. Y no es porque nubes lo
empañasen, que esplendente brillaba en mitad del firmamento, y con alientos
tales que, no por ser el octavo día del mes de septiembre, pudieron prescindir
de refrescar el ambiente, como lo verificaban en canícula, merced a un licor
odorífero compuesto de
agua, vino y azafrán, conducido
por unos tubos hasta el espacio cubierto, consagrado a las mujeres en la parte
superior del edificio, para desde allí hacerlo caer en lluvia cernida sobre el
concurso. Tampoco obedecía el eclipse al capricho de ninguna empresa niveladora
de clases en beneficio de sus intereses, como la de Casiano, que en Madrid y en
el año de gracia de H, se permitió
fijar este anuncio célebre la víspera de una corrida extraordinaria: De orden
de la autoridad mañana no hay sol. Consistía sencillamente en que por encima de
las cabezas de los circunstantes corrían unos toldos de lona que en los grandes
circenses romanos solían ser de seda y púrpura bordados de oro.
Bajo el podio, en derredor de la
arena, estaban las caveæ, bóvedas o casetas poco elevadas, con sus posticæ o
compuertas cerradas por los ferreis clathris —grifos de hierro— en las que se
metía a los gladiadores y las fieras destinados al combate. En frente se
hallaba situada la puerta libitinensis, por donde se sacaba a los bestiarios
muertos para ser conducidos al spoliarium, en el que se les despojaba
completamente de lo que sobre sí tenían.
Los ecos de los clarines
anunciaron la aproximación de los gladiadores; y en efecto, no tardaron en
presentarse en la arena todos juntos para saludar al auditorio; siendo
recibidos por este con un batir de palmas que no parecía sino que Frascuelo y
Lagartijo habían cambiado de traje y que el público de los barrios altos y
bajos de Madrid estaba veraneando en Pompeya. Porque hay que tener presente que
aplaudir y silbar ha sido en todas épocas el modo más admitido por el pueblo de
expresar su satisfacción o su desagrado; y cuando esta última manifestación
tenía lugar en un teatro, el actor que de ella era objeto, estaba en el deber
de quitarse la máscara como para acusar recibo de la silba.
Despejado el redondel después del
paseo, un nuevo punto de clarín echó al anillo a los essedarios ; luchadores
que combatían sobre carros, a ejemplo de los galos y bretones. Vinieron en
seguida los hoplomacos, armados de pies a cabeza y antagonistas de los
provocadores. Ni unos ni otros consiguieron hacerse sangre, quedando todo
reducido, con gran descontentamiento de la muchedumbre, a unos cuantos
chichones sin consecuencia. Tras estos exhibiéronse los mirmillones o gallos,
que usando de lanza y
escudo a la manera de los
originarios de la Galia, reñían con los retiarios; los cuales al perseguirlos
con la red y el tridente les gritaban: «Galle, non te peto; piscem peto ». Es
decir: «Gallo, no a ti; a tu pescado quiero». Con lo que aludían a un pez de
metal que en la cimera de sus cascos ostentaban los opuestos combatientes. O el
gallo había perdido los espolones o el pescador lo era más de caña que de red,
ello es lo positivo que en una de las intentonas tuvieron la mala suerte de
tropezar, cayendo cada cual por su lado, y sobre los dos una rechifla que ni
cuando el concejal presidente deja pasar un toro de varas.
Por fin sonó la hora de los
meridianos, gladiadores que peleaban a la de medio día, y cuyo espectáculo era,
para hablar técnicamente, el bicho de la tarde, el quinto escogido a pulso: una
circunstancia excepcional venía a hacerlos más interesantes; ambos luchadores
eran rudiarii; o lo que es igual, que habiendo servido tres años consecutivos,
tenían ganado el rudis, grueso bastón con nudos, símbolo de retiro o
licenciamiento en los circenses, donde ya no debían volver a presentarse sino,
como en la ocasión aquella, por un acto de su voluntad omnímoda.
Aplaudidos y otorgada la venia
por el gobernador o prefecto presidente, empuñaron las arma lusoria; espadas de
madera recibidas en premio en varios ejercicios; y con ellas empezaron a
ejercitarse cruzándolas en continuos choques: especie de proemio, como cuando
los picadores prueban las puyas sobre la valla, al que daban el nombre de
præludere, ventilare . Pero era necesario andar muy listos en esta operación;
porque, en cuanto el clarín sonaba, deponían los juguetes; y, echando mano de
los verdaderos trastos de matar, propinábanse cada linternazo que era una
bendición de Dios.
Así lo hicieron; y como los dos
eran mataores de fama, costó gran trabajo al más afortunado —pues no sé si era
el más fuerte— derribar de un volapié a su antagonista que cayó a plomo
revolcándose en la arena.
A la vista de la sangre, el
pueblo lanzó un rugido de entusiasmo. El vencedor consultó con la mirada al
auditorio que, teniendo derecho de vida o muerte sobre el vencido, podía
otorgarle gracia presentando la palma de la mano con el pulgar encogido; pero
la
sed de matanza era tal, que los
jueces, tendiendo por el contrario el pólice y cerrando el puño, prorrumpieron
unánimemente en voces de: recipere ferrum; lo que equivalía a exigir que se le
diera el cachete. Solo faltaba la ratificación del prefecto al clamor popular;
pero el presidente, sea por lástima o por capricho autoritario de oposición,
agitó un lienzo blanco en señal de conceder el missio o perdón por aquella vez
en nombre del monarca augusto. Clemencia estéril entonces porque el herido
acababa de ascender a cadáver. Retirado su cuerpo de la arena con unos garfios
de que tiraban cuatro esclavos, dos ediles salieron a ofrecer al victorioso
atleta la palma de plata otorgada a su valor. Los espectadores no creyendo
justa la recompensa, pusiéronse a gritar:
—¡Lemnisci! ¡Lemnisci!
Y el prefecto, a fin de no herir
susceptibilidades, accedió a la demanda disponiendo entregar al gladiador, en
sustitución de la palma, las guirnaldas de flores sujetas por cintas de lana,
símbolo de los lemniscati; con lo que el agraciado quedaba manumitido de la
esclavitud, entrando desde aquel instante en la categoría de los libertos.
Un murmullo de satisfacción que
con el arrellanarse en los asientos es en toda asamblea precursor del
espectáculo preferente, indicó el turno de los bestiarios.
Clara y Sun-ché, agobiadas bajo
el peso de tan espantosa situación, eran casi conducidas en vilo por unos
soldados, pues su abatimiento las impedía caminar. Benjamín, sacando fuerzas de
flaqueza, procuraba mostrarse hombre y filósofo, avanzando serenamente. Juanita
era la que con una resolución impropia de las circunstancias, entró en la arena
emulando en desenvoltura a los chicos que se echan al redondel a correr
novillos embolados. Habiendo escapado ya a tan varios como inminentes peligros,
creíase impermeable, valiéndonos de su propia expresión para traducir la idea
de invulnerabilidad. El éxito que obtuvo su porte no se puede comparar sino a
las ovaciones que alcanzan en Madrid las malas comedias.
Vestían los reos calzón y túnica
corta y llevaban los brazos y piernas liados con unas tiras de cuero como los
primitivos guerreros de la Lombardía. Blandiendo con la mano derecha una espada
corta, pendía de su izquierda un
paño rojo destinado a excitar a las fieras, de lo que acaso ha tomado origen
nuestra suerte de matar en el arte de Pepe-Hillo.
Llevados ante el cubiculum del
prefecto, les obligaron a entonar por tres veces el morituri te salutant; pero
Juanita, amiga siempre de chacota, queriendo patentizar sus conocimientos en el
latín de su uso, tomó los trastos con la extremidad del siniestro remo anterior
y, simulando descubrirse con el brazo libre:
—Dominus vobiscum —le dijo al
senador—. Brindo para que usiam reventatur como un perri de una indigestionem
de morcillam. Salutem y sarnam.
Concluida la peroración y
diseminados los luchadores por el anillo, los guardias se retiraron y el
prefecto hizo la señal de que soltasen las fieras. Juanita, cuadrándose delante
de las caveæ, se dispuso a recibir y las puertas giraron sobre sus goznes. Pero
en vez de los leones del desierto de Lybia, Luis y Pendencia con sus quince
compañeros de armas desembocaron en el circo apercibiendo los revólveres ya
habilitados por el sistema de la desinalterabilidad, de que el malogrado don
Sindulfo les enseñó a hacer uso en su primer rapto de locura.
Verlos y arrojarse cada una sobre
su cada cual, inclusa Sun-ché aunque no tenía cuyo, y Benjamín que simpatizaba
con todos, obra fue de un mismo instante.
—¿No se lo decía yo a usted?
—gritaba la de Pinto—. Si son como los espárragos, perdonando el modo de
señalar; que les corta usté la cabeza y en seguida les vuelve a salir otra.
Pero la ocasión no era la más
propicia para entretenerse con símiles. Los espectadores, defraudados en sus
esperanzas y comprendiendo por lo que veían, que estaban siendo víctimas de un
engaño, prorrumpieron en voces de:
—¡Traición!
Y abandonando las gradas, echaron
fuera sus aceros y se aprestaron a hacer irrupción en la arena, para tomarse
venganza por su mano.
Luis, que todo lo tenía previsto,
formó el cuadro con su fuerza, y, colocando en el centro a las mujeres, antes
de que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga de la que ni un
solo tiro
quedó por aprovechar. Sucedió una
pausa producida por el asombro; mas como el valor de los pompeyanos era
incontestable y no habían tenido aún tiempo de encontrar la explicación del
fenómeno, trataron de insistir con más vehemencia, siendo detenidos en su
empuje por una segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron; los más
esforzados solo tuvieron un grito:
—¡Adelante!
Y ya empezaban a descolgarse en
la arena cuando Luis, mandando hacer fuego graneado sobre ellos, dispuso una
especie de caza, cuyos efectos los dejó consternados. Aquellos pequeños útiles
de guerra que a tal distancia enviaban la muerte arrojando proyectiles sin
interrupción, tomaron a sus ojos un carácter sobrenatural que no titubearon en
atribuir al implacable enojo de sus dioses: el pánico sobrevino y la dispersión
se hizo general.
¡Poder del progreso que permitía
a un puñado de hombres ver
correr en su presencia a veinte
mil legionarios conquistadores del
mundo entero!
Ilustración
Antes que la turba transpusiese
el podio, le envió una descarga...
El anfiteatro se quedó vacío.
Entonces comenzaron las expansiones, el deplorar la suerte adversa del tutor
para cuyo rescate toda tentativa se juzgó inútil, pues debía haberse ya
cumplido la sentencia; y por último las explicaciones y muy particularmente la
que con la reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Esta no podía ser
más sencilla.
Mis lectores recordarán sin duda
unos martillazos que don Sindulfo y Benjamín oyeron mientras recorrían el
Anacronópete la noche que pernoctaron en China. Pues bien, dábanlos los mílites
que, buscando asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los parapetos
de las provisiones, se confeccionaron, con unas lonas embreadas que había en la
cala, un enorme zurrón o hamaca tendida en el espacio hueco del podio, con la
que comunicaban merced a una abertura, provista para mayor disimulo de su
correspondiente compuerta, practicada junto a la guillotina de la descarga, y
donde el gas respirable entraba por un tubo de goma a través de un simple
agujero.
—De modo —concluyó Pendencia— que
cuando don Pichichi, que requiezcat, creyó arrojarnos en el dezpacio, no hizo
más que abrirnos la puerta prencipal de nuestra propia caza.
Dadas gracias a Dios y celebrada
la ocurrencia:
—Ahora escapemos; la tierra de
Noé nos aguarda —dijo Benjamín sacándose del pecho los cordeles que había
conservado en medio de tanta tribulación.
Embriagados todos en su felicidad
le siguieron automáticamente; pero al llegar a la puerta la encontraron
cerrada; y, por los alaridos que daba el populacho al exterior, dedujeron que
forzarla sería imprudencia. Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles,
canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran servirles para formar
barricadas, levantaban una colosal alrededor del edificio en el que los
anacronóbatas iban a ser sitiados por hambre.
La situación era grave.
Restituidos al redondel, ya se habían puesto a discutir en consejo de familia,
cuando un estampido horroroso retumbó en todos los ámbitos de la ciudad y una
luz cárdena iluminó el espacio. El susto fue de padre y muy señor mío, porque,
sin pensar en el anacronismo que cometían, los expedicionarios atribuyeron la
detonación a la pólvora de alguna mina con que los indígenas querían volar el
edificio.
—Piensen ustedes en la fecha
relativa de hoy —decía Benjamín —. ¿En qué día creen ustedes que vivimos?
—Lo que es para nosotros siempre
es martes —repuso Juanita. Una segunda conmoción aumentó la alarma. El
arqueólogo se
puso pálido como la muerte y,
aspirando el olorcillo de azufre de que estaba impregnada la atmósfera:
—¡Maldición! —gritó mesándose los
cabellos.
—¿Qué pasa? —interrogaron los
excursionistas.
—¡Sí... eso es... día de
septiembre del año setenta y nueve de la era cristiana!... ¡La erupción del
Vesubio!... ¡¡¡Nos hallamos en el último día de Pompeya!!!...
Aún no había concluido la frase,
cuando un calambre geológico, una sacudida del suelo volcánico, sacando al
circo de su asiento, derribó gran parte de sus muros haciendo rodar por la
arena a los interlocutores sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado
por los escombros. La lava caía a
torrentes, la ceniza embargaba la respiración.
—Salvémonos —gritó Benjamín
apenas pudo ponerse en pie; y todos se precipitaron por la abertura, pasando
por encima de cadáveres abrasados por la erupción y desatendiendo los ayes de
los moribundos y la desesperación de los vivos.
La inalterabilidad a que estaban
sujetos haciéndolos insensibles a la influencia de cualquiera acción física,
les permitió llegar al Anacronópete sin obstáculo alguno; pues las sustancias
en fusión resbalaban sobre sus carnes sin adherirse.
Instalados en él, Benjamín elevó
el vehículo a la zona de locomoción. Un ruido como el de una piedra chocando en
un tubo de desalojamiento, produjo un sonido campanudo; pero ya el coloso había
emprendido su vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se lanzaba a enriquecer
la ciencia con el descubrimiento del pasado, mientras a sus pies dejaba una
dolorosa enseñanza para el porvenir.
CAPÍTULO XIX
El trayecto que tenían que
recorrer, pues determinaron no detenerse en ningún punto, era el más largo que
se había llevado a efecto en toda la expedición. Se encontraban en el año Q de
la era cristiana; y el Diluvio Universal corresponde como nadie ignora al d d antes de J. C.
Aunque la zona en que viajaba el
Anacronópete estuviese muy por encima de la región en que se forman las
tempestades y no tuvieran nada que temer por consiguiente del cataclismo
provocado por la maldad de los hombres, creyeron no obstante deber dar oídos a
la prudencia y se convino en hacer alto en un período posterior, históricamente
hablando; lo que caminando hacia atrás equivale a tocar tierra antes de llegar
a aquella gran catástrofe.
Su objeto era avistarse con Noé;
y como este repoblador del mundo vivió todavía y años después de salir del
arca, no solamente podían evitar las contingencias del Diluvio, sino hacerse
más pronto dueños del secreto de la inmortalidad desembarcando en el H O (a. de
J. C.) en que acaeció su muerte; o sea a X H años de la destrucción de Pompeya
añadiendo los H que les faltaba trasponer del siglo primero.
Con todo; como no era cosa de
irle a entretener de semejante asunto en las postrimerías de su existencia, y
teniendo tiempo a mano de que disponer, se votaron un par de lustros más para
imprevistos, y se fijó el descenso en el año
H del día de la fecha;
trece antes del fin del
patriarca, a los G H de su edad y con F de antelación al desquiciamiento del
globo.
Contando pues en números redondos
una marcha de cinco siglos diarios, necesitaban siete días (incluyendo las
paradas de las comidas en plena atmósfera) para tragarse las treinta centurias
y media en cuestión. Pero el humor no faltaba, si bien turbado a intervalos por
el recuerdo de don Sindulfo, y había provisiones para dos meses; de modo que,
si nada es más largo que una semana de hambre, ellos parafraseando el axioma,
presentían que nada iba a ser más corto que otra de felicidad.
La expedición tuvo principio en
las mejores condiciones. Los ocios se mataban ora explicando a Sun-ché las
maravillas del invento y narrándole las peripecias del viaje (si bien haciendo
caso omiso de su parentesco con el inventor para evitarle las amarguras de la
viudez), ora fundando planes sobre el porvenir, todos por supuesto de color de
rosa y perfumados con el incienso de la vicaría.
Poco más de la mitad del camino
tenían ya andado, cuando en la hora meridiana del cuarto día y en sazón en que
el vehículo cortaba la más limpia y transparente de las atmósferas, el aparato
dejó repentinamente de funcionar.
—¿Qué ocurre? —se preguntaron
todos con extrañeza.
—Algún cambio de tiro —repuso
Juanita.
Pero la actitud alarmante de
Benjamín no permitió a nadie saborear el chiste.
—Tal vez una solución de
continuidad... —dijo este meditabundo. —Entonces vamos a despeñarnos sobre la
tierra si la corriente no
se establece —adujo Luis.
—Sin embargo —objetó el
políglota— no nos movemos.
—¡Cómo! ¿Ezto ni zube ni baja?
—No.
—Puez ací ce quedó Quevedo.
Y precedidos de Benjamín los
excursionistas se consagraron al reconocimiento del mecanismo sin hallar
desperfecto alguno que les procurara la clave del enigma. La tarde se pasó en
vanas tentativas, y con las sombras de la noche la alarma, exagerando el peligro,
alcanzó proporciones considerables. Pocos fueron los que lograron dormitar;
dormir ninguno. Con la luz del alba repitiéronse las
observaciones; y como casi todos
alcanzaban los mismos grados de inteligencia en mecánica, las opiniones podían
contarse por los individuos.
Al tercer día, los militares como
recurso supremo y sin dar cuenta a Benjamín de lo que consideraban muy luminosa
idea, se decidieron a deslastrar el Anacronópete; y empezaron a arrojar por las
compuertas las cajas y costales que más a mano se les vinieron, sin reparar en
clase ni condición. Término estaban poniendo a su tarea, cuando Benjamín que,
atraído por los golpes, llegó a la cala:
—¡Desgraciados! ¿Qué hacéis?
Deteneos —gritó fuera de sí. —¡Le peza mucho la tripa a la cabalgadura!
—Pero nos estáis dejando sin
provisiones de boca; y nuestro caso es horrible: ¡Hemos naufragado en el
aire!...
Aquel grito fue la señal del
pánico. Toda esperanza estaba en efecto perdida; y por un azar hijo de la
impremeditación se veían sin vitualla, pues las existentes apenas alcanzaban
para cuarenta y ocho horas.
Semejante peligro era
indudablemente el más grave a que habían estado expuestos.
—¿Quién podrá venir en nuestro
socorro? —preguntaba la pupila con las de sus ojos arrasados en lágrimas.
—Deje usted; que puede que pase
algún titiritero de esos que suben en globo y nos echará una cuerda —aducía
Juana optimista hasta competir con el célebre Panglos.
—¿Aereonautas aquí? —exclamaba
con desaliento el arqueólogo consultando la situación—. ¿Ignoras que estamos en
el año J Q antes de la era cristiana y encima mismo del desierto de Sin?
—Ci a mí me dan un cable yo me
comprometo a dezcolgarme para ezplorar el horizonte —propuso Pendencia.
Pero ni había a bordo soga tan
larga, ni, aun siendo posible el descenso, debía exponerse el valiente andaluz
a quedar en tierra si al vehículo se le ocurría emprender la marcha sin más
razón que la que había tenido para pararse. Encomendóse pues la salvación de
los náufragos a aquella débil pero única probabilidad, y como medida de
precaución se acortaron las raciones.
Seis días después de la detención
ya no tenían qué llevarse a la boca. Al séptimo hubo que triturar las
sustancias que contenían
algún jugo y elaborar una especie
de harina con sus principios leñosos. Al octavo la fiebre había ganado las
filas. Al noveno no quedaba ningún recurso; y el aire que por todas las
ventanas abiertas penetraba, era insuficiente para la respiración de aquellos
infelices asfixiados por la sed y demacrados por el hambre.
Al amanecer del décimo, los
excursionistas yacían tendidos por el laboratorio, cuyo aspecto tenía muchos
puntos de contacto con un campo de batalla sembrado de cadáveres.
—Decidámonos. ¿Qué se hace?
—preguntó Benjamín dando un rugido con el aliento que le prestaba la
desesperación.
—Devorarnos a la suerte —gritó un
soldado. A cuya proposición asintieron en coro todos los hijos de Marte
cerrando los oídos a las súplicas que las mujeres anonadadas les dirigían.
—Un momento de reflexión —adujo
Luis pensando en Clara—.
Acaso se le ocurra a alguien otro
plan menos cruento.
—No; a la suerte —vociferaron los
mílites tomando una actitud amenazadora.
—Dicen bien —objetó Benjamín—. No
hay salvación para nosotros; hace diez días que permanece inmóvil el aparato.
—Zobre todo el dijeztivo.
—El hambre nos acosa y el
instinto de conservación aconseja una determinación radical.
—¡Qué lástima que los judíos
hayan matado a don Sindulfo! — balbuceó la decidora Juanita—. ¿Quién le tuviera
aquí?
—¿Para qué? ¡Una boca más!
—No, señor; para hacerle pagar el
pato.
Al oír el pato verificóse un
movimiento de reacción en los viajeros que les hizo incorporarse; pero
convencidos de que eran víctimas de una ilusión, todos ahogaron un suspiro y
volvieron a dejarse caer.
—¡No más treguas! —insistieron
los peticionarios. —¡Piedad! —murmuró Clara, estrechando las manos de Luis.
—Por última vez —intercedió el enamorado capitán dirigiéndose a
los suyos— yo os exhorto a que
hagáis gracia a las mujeres.
—Ci. Puez para hacerlaz reír
eztamoz ahora.
—¡No!
—Pues bien; yo os doy mi vida por
la suya.
—Ezo ez diztinto; ze aprueba,
porque todoz hemoz de ir cayendo por turno. Ahora te convenceráz de mi amor,
Juanita.
—¿Por qué?
—Porque mil vecez te he dicho:
«Te quiero tanto, que te comería.» Y ci te toca número bajo yo te probaré mi
cariño.
Perdida ante el hambre toda
noción de humanidad y de respeto, los soldados puestos de pie exigían con tal
ahínco el cumplimiento de su demanda, que hubiera sido temeridad exponerse a
que, tomando por sí mismo la justicia, se convirtiese en ley del capricho lo
que podía concretarse a contingencia de la fortuna.
—Resignación —dijo Benjamín—.
Manos a la obra. Apuntemos los nombres; venga papel.
—¿Papel? Nos hemos engullido
hasta los billetes de banco.
—Pues echemos pajas.
—No; que nos podemos comer el
juego.
—Ya sé —prosiguió el políglota—.
Aquí tengo mi colección de minerales y piedras preciosas; cada cual tome un
ejemplar cuya inicial del color corresponda con la de su nombre. Así, por
ejemplo: Luis, lázuli: Pendencia... perla: Clara, coral.
—Usted, Benjamín, tomará el verde
—interpuso Juanita.
—Verde se escribe con V.
—Para prozodias eztá el estómago.
Distribuidas aquellas boletas de
nueva invención, metiéronlas en un pañuelo y dispusiéronse a dar comienzo al
acto.
—¡A ver! Una mano inocente.
—Como no zea la del almirez...
—Usted, Clara.
—Yo no quiero ser responsable de
la muerte de mi prójimo —dijo la pupila eludiendo la oferta.
—Tú, Juana.
—No, que estoy segura de sacar la
jota. Que escoja la emperatriz, que justo es que le toque a ella la China.
Y ya le iban a presentar el bombo
a Sun-ché, cuando un bulto que se desprendía por uno de los ventiladores, hizo
volver a todos la cabeza hacia aquel sitio.
—¡Don Sindulfo! —gritó el
arqueólogo dejando caer las piedras.
—¡El loco! —exclamaron los
circunstantes no atreviéndose a creer lo que veían.
Era realmente el asendereado
tutor el que, excitado por la locura, aunque impotente por la inanición, se
presentaba a sus ojos convertido en un esqueleto parlante.
¿Cómo se encontraba allí? Es muy
sencillo. Al arrojarle al Vesubio, su cuerpo en vez de seguir hasta el fondo,
se detuvo en una de las rocas salientes del interior del cráter. La
inalterabilidad a que estaba sometido le permitió no solo resistir la caída sin
el menor daño, sino soportar también la alta temperatura de aquel antro en
fusión. Al verificarse la erupción fue lanzado al espacio con la peña que le
sustentaba; pero como en aquel instante el Anacronópete, al salir huyendo de
Pompeya, cortase la parábola que don Sindulfo describía, uno de los tubos de
desalojamiento le recibió como el buzón recibe una carta, produciendo aquel
extraño ruido que los viajeros tomaron por el choque de una piedra sobre el
vehículo.
—¿De modo, que del boleo que le
dio a usted el volcán, vino usted a colarce por el rezpiradero del ana compepe?
—Sí; para satisfacer mi venganza.
—¿Cómo?
—Al oír que mi sobrina y Luis se
abandonaban a los mayores transportes de felicidad: al ver vivo al rival de
quien ya me juzgaba libre, los celos ejercieron sobre mí su funesto poder y
concebí la idea de que pereciésemos todos juntos.
—Pero ¿por qué medio? —interrogó
su colega.
—Fijando en el espacio el
Anacronópete, cuyo mecanismo secreto no conocéis ninguno, para condenaros a la
inmovilidad en la atmósfera insondable y complacerme en vuestra lenta agonía.
—¡Miserable! —prorrumpieron los
soldados—... ¡Muera! —Ci, muera; que cea ezta la primera rez que ce zacrifique
en
nuestro holoclauztro.
—Matadme en buen hora; no haré
sino precederos. Vuestra suerte no por eso ha de cambiar.
—Tiene razón —objetó Benjamín—,
no adelantamos nada.
—Sí; se adelanta la comida
—arguyó la de Pinto.
—¿Luego no hay clemencia?
—Ninguna. Muramos.
—Corriente, muramoz; pero lo que
ez usted inaugura el matadero.
—A él, camaradaz.
Los soldados se precipitaron
sobre don Sindulfo a pesar de la resistencia de Sun-ché que por gestos les
pedía el perdón del hombre por quien experimentaba tan invencible simpatía. Ya
iban a descargarle el golpe fatal, cuando una lluvia benéfica que penetraba por
la claraboya del techo, suspendió la mano de aquellas sedientas criaturas.
—¡Agua! —articularon todos
abriendo la boca para recibir el celestial rocío.
—¡Es nieve! —exclamó Juanita
reparando que más que gotas aquello parecían copos.
—¡Tampoco ez nieve! —repuso con
alegría Pendencia al saborearlo—. Hay dentro azí como unos chícharoz.
Benjamín que hasta entonces
permaneciera silencioso, dióse un golpe en la frente, y embriagado de gozo:
—¡Nos hemos salvado! —dijo.
Y corrió en busca de una biblia
que en el armario estaba, mientras don Sindulfo se mesaba los cabellos de
desesperación al presentir su derrota.
—Mirad —insistió el políglota
leyendo en el libro—. «Capítulo XVI del Éxodo. Israel vino a parar en el
desierto de Sin que está entre Elim y Sinaí.» Donde nos hallamos nosotros.
—¿Y bien? —preguntaron los
circunstantes atónitos al contemplar que envueltos en la lluvia caían por la
claraboya centenares de pájaros animando el laboratorio con sus voces y
aleteos.
—«Y vinieron codornices que
cubrieron el campamento, el cual se llenó también de un rocío que los
israelitas llamaron maná.»
—¡El maná! ¡Bendito sea Dios!
Y todos se hincaron de rodillas.
—¿Y ahora persistirá usted en su
criminal proyecto? —preguntó Luis a su tío.
—Y la peregrinación duró cuarenta
años —interpuso Juanita—. Con que de aquí a que se nos acaben las provisiones,
tiempo le queda a usted de ver cómo se arrullan.
—En vano es luchar —exclamó el
tutor vencido y humillado—.
Llevadme adonde os plazca.
—A la tierra de Noé en el Ararat
—gritó Benjamín.
—Sea —balbuceó el sabio; pero por
lo bajo añadió: «Todavía puedo vengarme».
Y los excursionistas, después de
recoger abundante cantidad de aquel pan del cielo y de reconfortar sus perdidas
fuerzas, obligaron a don Sindulfo a dejar desembarazados los movimientos del
Anacronópete, encerrándole luego por precaución en el cuarto de los relojes
para no verse expuestos a algún nuevo rapto de locura.
—Que nadie ce coma laz plumaz de
laz codornicez que han de cervir para hacerle un plumero al zabio.
—¿No se lo decía yo a usted,
señorita? —observó Juana—. Nosotros somos como los tentetiesos; aunque nos
tiren de cabeza, siempre caemos de pie.
Y el Anacronópete emprendió su
majestuosa marcha sobre el pueblo escogido por Dios, al que aún tuvieron
ocasión de ver atravesando el mar Rojo a pie enjuto mientras sus aguas,
uniéndose tras él, abrían ancha tumba a los ejércitos del cuarto Amenophis.
CAPÍTULO XX
E( , ,
Sesteaban tranquilamente los
pastores mientras el ganado se esparcía por la falda de la montaña o por las
laderas de dos ríos que, al cruzar sus brazos, parecían decirse estrechamente
adiós como si presintieran que en su curso iban a separarse para no volver a
reunirse nunca.
Los labradores en el valle,
congregados en familia, dormitaban bajo sus tiendas, soñando tal vez al
resguardarse de los rayos del sol, en el botín que la noche les reservaba en el
ataque de la vecina tribu.
La mujer, reducida en aquellos
tiempos a la condición de animal, el menos mimado del hombre, aderezaba las
pieles que habían de servir de envoltura al fornido Triptolemo y al infatigable
Nemrod, o disponía el tasajo con cuyos restos, disputados a los canes, se la
premiaba el ejercicio de la maternidad.
Dominando el campamento sobre una
no muy elevada colina, alzábase la tienda del jefe, donde este y los ancianos
organizaban el pillaje y resolvían las diferencias de la tribu con veredictos
que nada tenían de común con la justicia.
El descenso del Anacronópete en
aquel risueño valle, produjo en la nómada multitud la extrañeza supersticiosa y
cobarde que en la ignorancia infunde siempre lo desconocido. Al despertar
sobresaltados por el aviso de los vigías, todos apercibieron sus hondas,
empuñaron sus cayados y corrieron adonde el consejo
estaba reunido para preguntar
tumultuosamente si era al ataque o a la defensa a lo que debían disponerse.
Aunque la caída del vehículo
tenía algo de sobrenatural a sus ojos, y los trajes de los expedicionarios
aumentaban su confusión, la exigüidad del número con relación a la tribu
restableció la confianza y se determinó dejarlos avanzar para despojarlos en sazón
oportuna y repartirse las mujeres entre los que más se distinguieran por la
noche en el rebato del aduar enemigo.
En aquel momento una negruzca
nube, que poco antes empezara a subir por el horizonte, llenó el valle de
sombras y descargó en lluvia torrencial.
—¡Ah de la tienda! —gritó
Benjamín al llegar con los suyos a la de los ancianos.
—Me parece que también aquí van a
recibirnos con tanto gusto como al casero —murmuró Juanita al ver la actitud de
la gente.
—¿Por qué venís a turbar el
sosiego de nuestro campo? —Somos viajeros errantes y pedimos hospitalidad.
—Pagadla.
—Ved nuestra extenuación
—prosiguió el políglota—. Reconfortad con algún alimento nuestras perdidas
fuerzas.
Y la verdad es que, hartos de
codornices, los excursionistas
deseaban adquirir a cualquier
precio una cazuela de modestas
sopas de ajo.
Ilustración
—Trocadlo por vuestras vestiduras
—repuso el jefe—. Aquí no se da nada sino por algo.
Convenido el trueque, se
transmitió la orden de servirles leche, frutas y un par de recentales.
Entre tanto la tempestad seguía
rugiendo y el eco de las descargas eléctricas repercutía en el valle con
imponente fragor.
—Mirad, mirad esa colección de
ancianos venerables —repetía Benjamín dominado por su idea y contemplando con
éxtasis la ratificación de sus esperanzas en aquellas cabezas cubiertas de
nieve—. Decidme si no son ellos los que poseen el secreto de la inmortalidad.
—¿Cuántoz añoz tiene usted,
abuelo?
—Quinientos setenta y cinco
—repuso el interpelado al enterarse por Benjamín de la pregunta de Pendencia.
—Gemelo de usted —dijo Juanita a
don Sindulfo que, absorto y reflexivo, solo dejaba escapar una sonrisa de
satisfacción cada vez que el rayo iluminaba la tienda con su cárdena luz.
—Puez habrá usted conocido a
Mahoma.
—Creo prudente, don Benjamín
—observó el capitán de húsares —, que mientras disponen los alimentos, aclare
usted su enigma a fin de emprender el rumbo hacia nuestras tierras.
—Sí... voy a realizar mi sueño
dorado.
Temblando de emoción y rodeado de
sus compañeros que, después de tantos peligros, esperaban saborear las delicias
del triunfo, el paleógrafo sacó los cordeles encontrados en Pompeya, y
enseñándoselos avaramente al jefe de la tribu:
—A ver —le dijo— si podéis
descifrarme esta escritura de que solo me ha sido dado interpretar los primeros
caracteres.
Todos los circunstantes contenían
la respiración. El cinco veces centenario patriarca repasó los nudos entre sus
dedos y, lanzando una carcajada estrepitosa:
—¡Mirad! —exclamó haciendo
circular el documento entre los suyos que con irreverentes signos de desprecio
hicieron coro a la hilaridad del anciano.
—¿Pero en suma?... —preguntó
Benjamín con desconcierto. —Esto son tonterías del soñador Noé: consejos que ha
repartido
por todas las tribus para
curarnos de lo que él llama la corrupción de los hombres.
—¿Qué? —interrumpieron los
circunstantes presintiendo algún desengaño.
—Él sabe que nosotros no nos
acomodamos sino con el robo, el pillaje y el escándalo, y pretende que Dios, a
quien no conocemos, va a castigarnos con sus iras.
—No parece que os haya
escarmentado el Diluvio —objetó Benjamín ante aquella tan paladina como
desvergonzada confesión.
—¿El Diluvio? No sé. Nosotros
venimos de luengas tierras. —¿Pero no habéis experimentado una inundación
general? —No en mis días.
—Bien hice yo en sostener en el
Ateneo que el cataclismo no había sido universal. En fin; volviendo a nuestro
asunto, aquí dice: «Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y»...
—«Y él —prosiguió el viejo
interpretando la escritura— enseñándote a conocer a Dios te dará la vida
eterna.»
Los expedicionarios no pudieron
reprimir un movimiento de indignación contra Benjamín, al ver reducido a un
precepto moral lo que ellos acariciaron como receta empírica. Todo se explicaba
perfectamente: los cordeles transmitidos a varias generaciones habían sido
enterrados bajo la estatua de Nerón por algún cristiano habitante de la
Campania deseoso de eludir las persecuciones del siglo primero; y el occidental
refugiado en China, descendiente suyo e iniciado en el secreto, se había
introducido en Ho-nan para difundir la doctrina del Salvador anteponiéndose a
las gloriosas conquistas de las misiones católicas en el extremo Oriente.
—¿De modo?... —balbuceó el
políglota ruborizado...
—Que nos ha hecho usted pasar las
de Caín —repuso Juanita— para aprender lo que desde chiquitines sabíamos ya por
el catecismo del Padre Ripalda.
—¡Ci zon uztedes doz zabioz de
cimilor!...
Las pullas y las diatribas no
hubieran tenido fin sin una detonación espantosa que, pareciendo conmover hasta
los cimientos del mundo, produjo un silencio de muerte.
La lluvia se despeñó de golpe
como si cataratas la vomitasen, y todos por instinto trataron de salir de la
tienda; pero un vigía penetrando en ella con la mirada errante:
—¡Salvaos! —dijo con terror—. El
firmamento se desgaja; los ríos han roto sus barreras y el valle ha
desaparecido bajo las hondas encrespadas de un mar de espuma. ¡A la montaña!
—¡A la montaña! —gritó la tribu
desapareciendo al par que la tienda: aquella impelida por el pánico; esta
arrebatada por el huracán.
Las mujeres, perdiendo el
sentido, impidieron emprender la fuga a los anacronóbatas, que con espanto
veían flotar los cadáveres sobre las aguas, ganar los vivos las alturas,
iluminar el espacio sierpes de fuego, y sobre el negro fondo del horizonte
subir el nivel
de aquella rugiente masa líquida
hasta lamer la cúspide del montículo que les servía de base.
—¡Valiente chaparrón, caballeroz!
¿Ci cerá el Diluvio? —Imposible —dijo Benjamín—. Aquella catástrofe tuvo lugar
en el
d d antes de Jesucristo y nosotros hemos hecho
alto en el V R o sea D años antes.
—¿Y mi venganza? —vociferó don
Sindulfo con la alegría de una satánica satisfacción.
—¿Cómo?
—Me habéis encerrado como una
fiera en el cuarto de los relojes y yo los he retrasado para que, dirigidos por
un falso cómputo, seáis víctimas conmigo de esta conflagración universal.
Un rugido prolongado sucedió a
las palabras del implacable loco. La situación era insostenible; las aguas
desprendían bajo los pies de los viajeros las piedras de la colina, y la
oscuridad era tan profunda que a dos pasos no se distinguían los objetos. Las
fuerzas de Luis cedían al peso de su preciosa carga. Ello no obstante trató de
subir hasta la punta del promontorio; pero una ráfaga le derribó y Clara
desasida de sus brazos sepultóse en el abismo.
—¡Dejarme a mí que nado como un
boquerón! —dijo Pendencia y se arrojó al agua; pero al caer, sin lastimarse
gracias a la inalterabilidad, en vez de sumergirse en un cuerpo líquido dio con
el inanimado de Clara tendido sobre una superficie sólida y dura. Un manojo de
rayos iluminó el firmamento, y a su resplandor pudo el intrépido soldado medir
la inagotable bondad de la Providencia, enviándole en un grito agudo todo un
himno de alabanza.
—¡El cangrejo! —exclamó
reconociendo el Anacronópete y recordando su condición retrógrada.
Era en efecto el vehículo, que
arrastrado por la corriente flotaba sobre las olas junto a aquella colina que
de tumba se había trocado en embarcadero.
Don Sindulfo, con los ojos
inyectados en sangre, fue el primero en penetrar en él ciego de cólera.
El trasbordo se verificó sin
dificultad por la galería que recibiera a Clara y al asistente, y unos segundos
más tarde los expedicionarios, hendiendo aquella cortina de agua y fuego,
seguían su curso
navegando por la más diáfana y
apacible de las atmósferas primitivas.
Ocupados en prestar auxilios a
las enfermas y preocupados con la duración del síncope, todos advirtieron que
andaba; pero a nadie se le ocurrió preguntar quién había puesto en actividad al
coloso.
Luis, ante el temor de que su
pobre tío cometiese por razón de su
estado alguna nueva imprudencia,
le puso cuatro centinelas de vista
señalándole otros tantos pies
cuadrados de zona de movimiento
fuera del alcance del mecanismo.
Ilustración
En las primeras horas se
desconfió de salvar a aquellos exánimes seres harto resistentes hasta entonces
a tantas vicisitudes; pero la juventud suele acordarse en medio de sus derrotas
del indisputable derecho que la asiste a la vida, y provoca crisis tan rápidas
y absolutas como la que a nuestras simpáticas viajeras devolvió el uso de sus
facultades.
Abrazado que se hubieron como
hacían después de haber corrido algún gran peligro, por cuya razón paréceme que
si no los deseaban tampoco los temían, nadie pensó sino en la felicidad que al
regreso les esperaba.
—¡Ah! —decía Juanita—. Cuando yo
vuelva a oír pregonar por Madrid la Correspondencia...
—Nada, nada: cada oveja con zu
pareja. Uzté, capitán, con la ceñorita; don Pichichi con la emperatriz y yo con
la doncella (perdonando el modo de ceñalar) —con lo que se refería a un
cariñoso golpe que le había dado en la espalda a la de Pinto— noz vamos a la
parroquia, noz echa el cura el garabato y a vivir.
—A este paso no tardaremos en
llegar —adujo Luis. Entonces fue cuando el políglota fijó mientes en la
vertiginosa
rapidez que llevaban; pero
ignorando si la imprudencia estaba de su parte, se calló limitándose a
consultar los relojes que con gran asombro suyo encontró desmontados y con las
manillas fijas en el año R , época del
Diluvio que habían traspuesto hacía seis horas.
—¿Qué es esto? —se preguntó
alarmado. Y abriendo uno de los discos del laboratorio, trató de reconocer la
posición. Aquello era horrible; las alternativas de luz y sombra se sucedían
como las vibraciones de un timbre eléctrico en que la transición del sonido al
silencio no deja espacio
perceptible. De vez en cuando el Anacronópete suspendía su marcha; diríase que
se procuraba algún reposo, tras del cual, nuevo Judío Errante, emprendía su
curso como si una voz oculta le gritase: «Anda.» Aprovechando estos fenómenos,
para él incomprensibles, Benjamín con la vista clavada en el telescopio asistía
al desfile de la descomposición de la naturaleza. Ora, al cruzar la antigua
Hélade, robaba sus secretos a la mitología apercibiéndose de que los cíclopes
no eran más que los primeros explotadores de las minas bajando a las entrañas
de la tierra con una linterna en la frente, convertida por los poetas en un
ojo; ya al cortar los confines del Asia y de la América, sorprendía que los
siberianos habían sido los pobladores de las regiones descubiertas por Colón,
pues los veía atravesar en caravanas, lo que entonces era un istmo, abierto más
tarde por las aguas para formar el estrecho de Behring; el Mediterráneo no
existía; los Alpes eran una llanura; el desierto de Lybia un mar. Tras los
hijos de Caín, aparecía el cadáver de Abel: después del Paraíso la Creación...
Una carcajada sacó a Benjamín de
su estupor: era don Sindulfo que, recreándose en el asombro del arqueólogo,
gritaba en el paroxismo de la locura:
—Habéis provocado mi venganza y
yo no cejo en la empresa. —¿Qué? —exclamaron todos presintiendo alguna nueva
desventura.
—Creíais caminar hacia adelante,
y ya veis que seguís retrocediendo.
—¿Pero aquí no se acaban las
tribulaciones? —decía Juana.
—Ce noz orvidó trincarlo.
—Cambiemos de rumbo.
—Sí.
—Es inútil —prosiguió el loco con
sus carcajadas convulsivas—. ¿No observáis que viajamos con una velocidad
quintuplicada? No hay quien nos detenga: he destruido el regulador, y el
Anacronópete disparado corre a precipitarse en las masas candentes primitivas.
—¡Horror!...
—La muerte nos espera a todos en
el caos.
—¡El caos!
—Mirad.
Y en efecto; a través del disco
brillaba una tenue luz, principio del orden de la naturaleza y fin de la
confusión de los elementos; pero, al retrogradar, la masa caótica iba
espesándose gradualmente, y el grueso vidrio no alcanzaba a resistir los aluviones
de agua, tierra y fuego que, agitados por el aire suspendían a intervalos y con
violentos choques el empuje del vehículo flotante en aquel barro incandescente.
La inalterabilidad había perdido sus propiedades; la asfixia se apoderaba de
los viajeros, por el calórico desprendido de las paredes; hasta que por fin el
cristal fundido, dando paso a un torrente de sustancias ígneas, ¡¡¡se abrió con
el estampido de cien volcanes!!!...
Era el público del teatro de la
Porte Saint Martin que, concluida la representación de una comedia de Julio
Verne, premiaba la inventiva del autor. Juanita con Pendencia y los agregados
militares enviados por nuestro gobierno a la exposición de París, ocupaban unos
asientos de galería. Clara, casada desde la víspera con Luis, compartía con
este las miradas de los curiosos en un palco de proscenio, acompañada de su
tutor y de su inseparable amigo el arqueólogo, parte integrante de la
existencia de don Sindulfo desde que perdió a la muda en las playas de
Biarritz, y atraídos ambos a la Babilonia moderna por el aliciente del
universal concurso.
Ya se comprende lo demás: el
tutor se había dormido y había soñado. Cuando por el camino contó el sueño a su
familia, todos rieron grandemente; lo que dudo mucho que haya acontecido a mis
lectores con este relato. Y no obstante hay que reconocer que mi obra tiene por
lo menos un mérito: el de que un hijo de las Españas se haya atrevido a tratar
de deshacer el tiempo, cuando por el contrario es sabido que hacer tiempo
constituye la casi exclusiva ocupación de los españoles.
V9 C
CARTAS AL DIRECTOR DE «LAS
PROVINCIAS»
M , 26 1878.
Querido amigo: A las diez en
punto de la mañana del H de agosto, el vapor Tigris, de las Mensajerías
Marítimas, largó sus amarras, y como flecha salida del arco, se desprendió de
Marsella con rumbo al extremo Oriente.
Todos tus lectores saben sin duda
lo que es un barco; pero pocos habrán estado a pupilo en uno correo durante
treinta y ocho días, y por si alguno llegara a necesitar ese hospedaje, allá
van unos cuantos informes sobre el particular.
Los buques tienen su fisonomía
como las personas; pero como en ellas, el cruzamiento de razas influye en la
alteración de las facciones. No sé si la estética naval o la conveniencia
indujo, no hace mucho, a los ingleses a suprimir el tajamar en sus steamers, y
naturalmente, del comercio de sus astilleros con las naciones marítimas,
resultó una generación de buques chatos que se pasea por los mares con los
quevedos en la frente, puesto que los dos vigías de proa ya no encuentran
narices sobre qué cabalgar. El Tigris, harto viejo para someterse a las
exigencias de la moda, conserva aún su cartílago nasal, y hace bien, pues tengo
para mí que en cuestiones de navegación, tan indispensable es el olfato como la
vista.
La patrona de estos pupilajes,
que se llama Agencia general, y que tiene sucursales en las cinco partes del
mundo, reside en Marsella, y le indica a uno el cuarto que puede ocupar en tal
o cual de las nueve casas que desde la Joliette hasta Shang-hai tiene en aquel
momento disponible; y he aquí lo que por H francos y céntimos al día puede exigir el huésped.
Una de las dos camas de que se
compone cada camarote y los accesorios correspondientes a un cuarto-tocador con
ropa; un camarero; baño diario, caliente o frío; un peluquero; el derecho de
usar como costureras a las
camareras destinadas al servicio de señoras; un médico; un boticario; cuarenta
fogonistas, africanos, en su mayor parte salidos del golfo de Adén, encargados
de alimentar los hornos; un primer maquinista y cuatro segundos; dos cocineros
con sus marmitones correspondientes; un maître d’hôtel y doce criados para las
mesas de primera y segunda; cerca de cuarenta chinos para el servicio
secundario, entre los cuales algunos boys (voz inglesa que significa muchacho o
criado de distinción), consagrados a agitar las pancas de que hablaré a su
tiempo; un capitán de armas conservador de las de a bordo, y con el deber de
cerrar las escotillas de los camarotes cada vez que al mar se le hinchan las
narices y amenaza invadir el buque por la menor abertura; despenseros;
carniceros; un repostero; sobre cincuenta tripulantes para poner y quitar las
cortinas de los balcones, según el viento que sopla; un agente de correos; un
comisario, a cuyo cargo corre la administración general, pago de haberes, compra
de provisiones y que recibe las quejas de los inquilinos si alguna tienen que
formular; no sé cuántos timoneros; tres oficiales y un segundo capitán, salidos
del cuerpo de pilotos, cada uno de los cuales hace el servicio de puente
durante cuatro horas, lo que en lenguaje técnico se llama el cuarto, y por
último, un comandante, por lo común teniente de navío de la marina de guerra,
jefe nato de todo el personal, y por decirlo así, intendente de la casa.
De paso, y como detalle, te diré
que el carbón que se gasta diariamente a bordo se eleva a R toneladas, que, a Y
francos una como mínimum, representa una suma de H.V H por día.
Pasemos a la alimentación.
A las seis y media de la mañana
empiezan los desayunos de café solo o con leche, té, chocolate, pan con
manteca, una copa de vino generoso u otra bagatela por el estilo. A las nueve y
media se sirve el almuerzo, compuesto de cuatro hors d’œuvres, como sardinas de
Nantes, salchichón, agujas u otro pastelillo de carne, huevos, manteca, ostras,
langostinos, etc., etc., a los que siguen dos platos fuertes de cocina, tan
abundantes como variados, y el indispensable karrick (arroz con salsa muy
cargada de pimienta), terminándose con un surtido postruario y una taza de
café. Las libaciones se
hacen con vino tinto francés,
Marsala, Jerez seco, cerveza y coñac.
También hay agua.
Cuanto sale de este programa se
paga a parte.
«Y ya me tiene usted como un
reloj», diría el caballero particular, hasta las doce y media, hora en que se
sirve el tiffin, palabra con que se designa en Asia el tente en pie, que en
Europa llaman los ingleses y sus adeptos lunch, y que consta de caldo, salchichón,
pollo o carnes fiambres, queso, sandwiches, vino, cerveza, refrescos de limón y
brandy, y otras menudencias. Concluido el tiffin, ya no se yanta nada más...
hasta las cinco y media, en que la campana vuelve a congregar a los pasajeros
en el refectorio para la comida. Afortunadamente esta es ligera: una sopa, un
relevé, cuatro suculentas entradas, dos asados (de ave y de carne), ensalada,
karrick, un plato de legumbres, dos entremets o platos dulces, uno de los que
muy a menudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas frescas y secas,
pastas, café, pan, vinos y licores.
Y ya no toma uno otra cosa hasta
las ocho y media. Entonces, con el pretexto de la taza de té, se paladea un
bombón por aquí, se engulle una galleta por allá, se discute y se prueba
experimentalmente que el sandwich es mejor por la noche que por la mañana; y
con una limonada ahora, un vaso de cerveza poco después y un grog más tarde,
dan las diez de la noche, y las mandíbulas se entregan al reposo, para
emprender de nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos que un peón de
albañil, sin domingos ni fiestas de guardar.
A propósito de fiestas, te diré
que estas no se solemnizan, por no haber a bordo sacerdotes; y que habiendo
preguntado la causa de esta omisión, se me contestó, y me convencieron, que de
establecer en los vapores un presbítero católico, había que dar cabida en
ellos, por equidad, a un pastor protestante, a un papa griego, a un derviche
musulmán, a un bonzo chino y a tantos otros encargados de los diferentes cultos
con que los hombres interpretan la idea de la Divinidad.
Las diversiones y los
espectáculos se dividen en naturales y técnicos. Son naturales el whist y el
ajedrez; el piano y canto, prodigados generalmente por los que menos aptitudes
deben a la madre naturaleza y al arte auxiliar; el mareo desde la palidez, su
primer síntoma en ambos sexos,
hasta la abstinencia del tabaco en el hombre y la descompostura e impudibundez
sin conciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta de los pasajeros con sus
sillas en días de marejada; los equilibrios y el cojeo de aquellos valientes
que se pasean por vanidad, y a quienes al echar el pie les falta el barco; el
pajarito que vuela, el pez que salta, el buque que se divisa, el promontorio
que sale de las aguas, el panorama del puerto a que se arriba, y el ridículo
tocado con que el europeo se disfraza por estas latitudes, y que contrasta con
el traje negativo de la mayor parte de los indígenas asiáticos.
Constituyen los técnicos las
maniobras de la marinería, que los pasajeros experimentados explican a los
novicios con gravedad cómica y en detrimento de la exactitud la mayor parte de
las veces; las noticias geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el
viajero se enriquece, gracias a la amabilidad de los oficiales; el lenguaje de
las banderas y de las luces; las de Bengala con que se saludan por la noche al
cruzarse dos vapores de la misma compañía, y que, tomadas por un incendio a
bordo, hicieron salir de su camarote a cierta señora tan despavorida, como
ligera de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de cerca de dos varas de
diámetro; la revista de inspección que el domingo pasa el comandante, seguido
de su estado mayor, a todo el personal, vestido de gala y formado en su puesto;
el simulacro de fuego a bordo que se hace cada jueves y en el que, al minuto de
dar la campana la señal de alarma, todo tripulante debe hallarse en su destino,
la bomba funcionando, el doctor en la farmacia y las camareras preparando hilas
y vendajes; por último, el zafarrancho de combate que, una vez en el viaje de
ida y otro en el de vuelta, se simula para el horrible caso de abandono del
buque, y que se practica tomando cada oficial el mando de un bote cuyas amarras
hace picar, y saliendo primero el más joven con los niños, después el que le
sigue en edad con las mujeres, el tercero con los viejos, y los sucesivos con
el resto de la tripulación: todos los oficiales, armados de revólveres, tienen
la consigna de levantar la tapa de los sesos al que no se someta a la
disciplina del caso.
¡Delisioso! como diría el capitán
de la zarzuela Robinson.
Y enterado ya de lo que es el
domicilio flotante y de la vida que en él has de llevar, pasemos a lo que
podrás ver, si te da la ocurrencia de venir a hacerme una visita; para lo cual
principias por gastarte dos mil francos para meterte como un libro en el
estante de una biblioteca; y una vez encasillado, si el mareo no te vuelve
tísico, o la diferencia de climas no te mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la
nostalgia te impele a suicidarte, ya estás seguro de que a menos de que la
máquina estalle, o se declare una manga de agua que sumerja el buque, o que
haya un incendio a bordo, o que otro barco aborde el tuyo, o que un error de
cálculo en una noche oscura te haga estrellar contra una roca, o que el mistral
te quiera guardar en el Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullirte en
el Océano Índico o devorarte un tifón en el mar de la China, ya estás seguro,
repito, de llegar sano y salvo a Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus
playas: «Me separan de mi casa treinta y ocho días de mar y tres de tierra,
descompuestos en tres mil leguas de veinte al grado. Aquí son las ocho de la
noche y en mi patria apenas si será medio día: me hallo en pleno Celeste
Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al mundo: escribiré mi llegada a la
familia y antes de tres meses tendré la contestación, si la manda a correo
seguido.»
Créeme, llévate pañuelo, porque
si no tendrías que secarte más de una lágrima con el dorso de la mano.
En fin, no pensemos más en ello;
el comandante sobre el puente, grita con voz de trueno: «Larguez tout: en
avant», y las amarras se divorcian de los bitones.
Partamos.
M , 8 1878.
Querido amigo: No me exijas que
entre en un análisis profundo de las cosas que vamos a ver. Recuerdo aún la
sorpresa que me produjo siendo niño, y ya empieza a ser larga la fecha, el
primer prestidigitador que admiré en un teatro, y el desengaño que experimenté
cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo las cajas; y desde entonces,
siempre que puedo, me limito a la superficie, sin meterme en honduras,
convencido de que la ilusión es más bella que la realidad.
Te convido, pues, a una función
de fantasmagoría sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo, no
serán de trascendencia, puesto que no trato de producir enseñanza.
Pasemos el estrecho de Bonifacio,
con la Córcega a un lado y la Cerdeña al otro. ¿Ves a la derecha una casita
blanca con un toldo de pámpanos? Es la residencia de Garibaldi en Caprera. El
brazo de la unidad italiana está allí para señalar enfrente al viajero la cuna
de los Bonapartes.
Alborea el día y fondeamos en Nápoles. Su extensa y hermosa
bahía se baña de luz; los vendedores de objetos de coral y de lava invaden el
Tigris, mientras los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te saludan con sus
cantos populares, llenos de poesía y ejecutados con una admirable precisión por
jovencillas vivarachas de ojos de fuego, para quienes la música es como la
palabra: no saben cuándo la aprendieron.
El vapor debe zarpar a las nueve,
y no hay tiempo para visitar todo lo notable que encierra este primer punto de
escala. Afortunadamente, yo la conozco desde mi regreso de Atenas y voy, aunque
muy de prisa, a señalarte lo que más impresión ha de producirte.
Figúrate que desembarcamos a las
seis de la tarde.
En primer lugar, tomemos un
sorbete en casa de Benvenuto; es un tributo que hay que pagar al gran
confeccionador de helados que tiene Europa. Por media lira, o sean dos reales,
te sirven una como rodaja de queso de bola, de dos dedos de gruesa y en forma
de media luna, que te deja recuerdo indeleble del nombre de pezzi con que lo
bautizan. De allí nos vamos al teatro de San Carlos, suntuoso edificio dirigido
por un arquitecto español y academia en que se sanciona, como en la Scala de
Milán, la fama de los artistas líricos.
Ya es media noche y el estómago
pide que nos ocupemos de él; por consiguiente, en lugar de meternos entre las
ahogadas paredes de un restaurant, nos vamos a Santa Lucía. Allí, a la orilla
del mar, al aire libre, sobre magníficas mesas de mármol, alumbradas por globos
de gas, unos criados vestidos de rigurosa etiqueta nos sirven pescado frito,
langostinos y ostras frescas, que unas vendedoras muy jóvenes y bien ataviadas
abren y preparan en elegantes casilicios alineados al borde del parapeto del
muelle; y todo esto rociado con Salerno y Siracusa, y amenizado con las
picarescas canciones de tanta Malibrán en flor y tanto Paganini degenerado como
fecunda en aquella tierra privilegiada la lava del Vesubio.
Una carretela nos aguarda.
Subamos a ella y sigamos la herradura de la bahía. Al cabo de dos horas de
marcha, me preguntas admirado si aquella calle de Nápoles no acaba nunca; y tu
asombro crece de punto al saber que hace más de una y media que hemos dejado la
ciudad, y que aquella serie interminable de quintas, caseríos, villas y hasta
palacios, no son otra cosa que pueblecillos, jardines y granjas que se suceden
sin interrupción ni intervalo desde Nápoles hasta Reggio, extremo occidental de
la Italia en el estrecho de Mesina. Nosotros nos paramos en Portici, donde, a
defecto de la Muda del maestro Auber, encontramos a un locuaz arriero, que nos
prepara las caballerías para la ascensión al Vesubio.
Larga y penosa esta, fuera del
interés científico que puede despertar en un geólogo, no tiene otro encanto que
la satisfacción de haber marchado sobre cenizas, la vanidad de haber tocado los
bordes de su inmenso cráter y oído la bronca respiración de sus pulmones; y
para el que, como yo, madruga poco, haber asistido a la iluminación del golfo
por los primeros rayos del sol naciente. Plata
en el mar, verde en la montaña,
rojo en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la ciudad, perfume en el
ambiente, música en el espacio, luz en el aire. Tú, poeta, dispón en tu
fantasía y como te dicte el sentimiento, los colores y los ruidos que te libro
a granel; pero que son los verdaderos componentes de una alborada en Nápoles.
Desde allí, y por otra vertiente,
las acémilas nos bajan a Pompeya, sepultada en el primer siglo de la era
cristiana y descubierta en tiempo de Carlos III, de la que hoy se conoce ya
todo el perímetro y más de tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas.
¿Qué podré decirte de ella? Su orden arquitectónico te es bien conocido. Pues
bien; imagínatela toda cortada a la altura del primer piso de sus casas y sin
más que la planta baja en pie. Pórticos, vestíbulos, patios con fuentes
microscópicas y detalles liliputienses, y detrás el gineceo o habitaciones para
las mujeres; columnas estriadas como base de apoyo, mosaicos por adorno y el
cave canem inscrito en el suelo cerca de la perrera, como aviso prudente para
las pantorrillas del visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han salido
para asistir a alguna fiesta cercana, y a cada momento crees que van a hacer
irrupción en sus dominios. En su museo se admiran cosas sorprendentes: trigo y
legumbres carbonizadas, pan cocido el día de la erupción, aceite metido en
tinajas, joyas pertenecientes a los cadáveres, que se han encontrado envueltos
en una capa petrificada de lava y azufre, y de los que han sacado vaciados en
yeso, conservando la posición en que los sorprendió la muerte; papiros a los
que se da cierta consistencia con una substancia química, y que colocados bajo
una campana de cristal, se los sujeta a un aparato que desenvuelve dos
milímetros por día, hasta que toda la hoja desarrollada, se la fotografía, y
pegada a un cartón, pasa a enriquecer la biblioteca de manuscritos, más notable
bajo el punto de vista de la curiosidad que de la historia. ¡Qué impresión al
visitar aquel teatro donde resonó la musa de Plauto y de Terencio! ¡Qué
movimiento de horror ante aquel circo, donde tantos gladiadores han apagado con
su sangre la sed de espectáculos cruentos del pueblo latino! ¡Qué
sobrecogimiento ante aquel foro, que Cicerón ha sabido llenar con su presencia
cuando para reposar de las tareas de Roma, iba a
solazarse durante el estío en la
patricia residencia pompeyana! ¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen
en un principio de salubridad y de higiene en una raza guerrera; fomentador más
tarde de la corrupción y la molicie en aquellos imitadores de Capua! ¡Qué
vergüenza en aquellos templos del amor, con sus lechos de mármol, sus
estimulantes del deseo artísticamente pintados en las paredes, y su padrón de
ignominia esculpido en la puerta como testimonio de la divinidad a que se
rendía culto!
Las ruinas de Herculano son más
importantes en el concepto del arte; pero lo difícil del descenso y la premura
de nuestro viaje nos impiden ir a verlas.
Tomemos el tren, y atravesando
vergeles llenos de quintas, con sus colgantes de macarrones puestos a secar en
todas las ventanas (y de que el pueblo napolitano hace un inconcebible consumo,
comiéndolos la gente baja con las manos y por madejas), volvamos a Nápoles, y a
uña de caballo, echemos una ojeada al museo de Borbón. Vasto y suntuoso
edificio; posee numerosos y notables cuadros; y en escultura se honra con el
grupo de Farnesio; pero como no podemos apreciar una por una las bellezas que
atesora, vamos a ceñirnos a una sola, aunque típica especialidad. Me refiero a
la venta de copias de aquellos lienzos maestros, ejecutadas, no diré por
artistas, mas sí por obreros del arte de Apeles que, a centenares, invaden las
espaciosas crujías del palacio y asaltan al curioso con ofertas tentadoras y en
competencia sin igual. Allá va un ejemplo para muestra: una copia de una Santa
Familia del Sarto, midiendo media vara, tendida en un bastidor con cuñas, y
aunque ligeramente tratada, representando un trabajo de tres sesiones por lo
menos, me ha sido adjudicado en la suma de... ¡una peseta!
Y basta, que nos esperan a bordo.
Atravesemos a escape la Chioja y Toledo, las dos grandes arterias de la
populosa Nápoles, el palacio real y la multitud de teatrillos que, como hongos,
salen por todos lados; y mientras el Tigris larga sus amarras, echemos unas
monedas de cobre a esos buzos, que desde su lancha nos desean buen viaje.
Míralos cómo se zambullen, cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el más
hábil se presenta en la superficie, llevando en la boca los dos cuartos de la
presea. Por fin, zarpamos; los músicos ambulantes entonan desde sus canoas una
marcha, cuyos ecos se
van debilitando poco a poco; la
bahía parece como que se contrae, y la ciudad como que se repliega; ya un solo
punto luminoso se ve en el horizonte: el Vesubio; después su aliento... después
nada; el mar, tan imponente cuando aleja al viajero; tan juguetón y bullicioso
cuando le vuelve a los suyos.
A las nueve de la noche, el
Stromboli, como faro de las islas Líparis, se presenta por estribor, arrojando
fuego de su cráter. A media noche, el vapor corre entre dos cordones de luces;
son Mesina y Reggio; Scila y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga
silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se pierde en las olas y
se confunde en la bruma. Dos días después llegan hasta nosotros las brisas del
archipiélago griego que, envidiosas de la isla de Candía, que nos sale al paso,
trepan por sus ásperas montañas, y nos saludan con la más cariñosa de las
sonrisas; y el L, a las dos de la tarde, el vigía de Daimieta anuncia nuestra
llegada a Puerto-Said. Estamos en África.
Instintivamente la mirada se
vuelve hacia atrás como buscando algo que se lleva el agua al borrar la estela
de nuestro barco. Es que acabamos de dejar una parte del mundo; la nuestra.
¡Adiós, Europa! Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo; el que
seguimos nosotros y el que se hace desembarcando en Alejandría y tomando el
ferrocarril que pasa por el Cairo y va a Suez. Este último es más largo, no por
la duración del viaje, sino porque una vez en la capital
del Egipto, ¿quién se vuelve sin
visitar la Esfinge, la pirámide de Gizeh, las demás tumbas de los Faraones y
lavarse en la corriente del Nilo?
He dicho que el viaje es más
largo, no por su duración, y debo rectificar este aserto, pues según me han
referido, parece ser que la locomoción ferrocativa de los fellah, hace de la
lentísima española algo vertiginoso, como los convoyes de San Francisco de
California a Nueva-York, pues entre otras causas hay la muy poderosa de que
cuando al maquinista se le cae la petaca, o encuentra a un amigo que sigue a
pie la ruta, para el tren, y recoge a una o a otro, sin que nadie le dirija
cargos por ello.
Nosotros, ya puestos en la boca
del canal, seguiremos la recta trazada por el inmortal Lesseps.
En Puerto-Said desembarcan los
pasajeros para Beirut, Damasco, Esmirna, y toda la costa de Siria y Palestina,
y en los que seguimos al extremo Oriente, empieza a verificarse la metamorfosis
reglamentaria de trajes, usos y costumbres.
Lo primero es despojarnos de todo
sombrero a la europea, y calzarnos el hélmed (con h aspirada); casco para el
uso de los ingleses en la India, que le da a uno el aspecto de un cocinero de
bomberos, en razón de la forma del utensilio y de la blanca funda que lo
reviste. A este preservativo de la insolación sigue el aligeramiento de traje,
como recurso contra los calores sofocantes que nos aguardan, y que consiste en
la sustitución de la lanilla por el lino y el empleo de la morisca por la
noche. La morisca es un traje de algodón, compuesto de calzones anchos y blusa
de manga perdida, que se viste con exclusión de camisa e interioridades
equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de arroz hervido, rociado con una
salsa muy picante, de la que toma el nombre de Kury para los ingleses, Cary
para los franceses, y que todos, indistintamente, llamábamos Karrik en tono de
broma, porque, como dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago contra
el desnivel de calórico producido por la transpiración. Las pancas, que son
como unas bambalinas de lona pendientes del techo, forradas de algo que sin
hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se adornan con un volante al
canto, son puestas en movimiento de vaivén por un chino que, desde el extremo
del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que es como la mano de
aquellos abanicos, encargados de refrescar el aire a las horas de comer; o lo
que es lo mismo, constantemente. Por último, se nos da la orden de dormir sobre
cubierta, pues ha habido casos, como el de unas religiosas que por pudor se
quedaron en el camarote, y amanecieron asfixiadas por la atmósfera de fuego que
reina por las noches, principalmente en el mar Rojo.
Puerto-Said no tiene nada de
notable, aunque su porvenir es inmenso; ciudad brotada de la apertura del
istmo, no hay nada en ella, fuera del sol, que acuse el carácter oriental; todo
está construido a la europea, si bien con arreglo a las exigencias locales; su
faro recuerda los de los puertos franceses; su plaza de Lesseps es un pequeño
square a la inglesa; las casas, aun las más
fastuosas, como la agencia de las
mensajerías y las oficinas del canal, podrían pasar por quintas de recreo en
los alrededores de Roma, o en la campiña de Pau; las tiendas, pobres en
general, se parecen a las de una provincia de segundo orden de España.
Las calles, tiradas a cordel y a
medio construir, son un remedo, en fin, de las modernas poblaciones. En ellas
abundan los cafés cantantes con orquestas alemanas, billares, ruletas y demás
entretenimientos. Pero lo que a Puerto-Said le falta como sello urbano, lo
suple con creces con la diversidad de razas orientales que lo pueblan. Desde el
negro del Sudán que en la barcaza conduce el carbón para El Tigris, hasta el
chipriota que vende fotografías en el bazar, todo difiere de lo nuestro. Ya es
el indolente mozo de cordel, que sucio y harapiento, acorta su miseria
durmiendo en la arista de sombra que proyecta en la calle el alero de un
tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que con su túnica azul y su
tabardo gris, ostenta sobre un fondo de luz los viriles y correctos contornos
de una fisonomía abierta como el desierto; ya el beduíno de la fuente de
Moisés, con la bruñida y negra faz, destacándose sobre el blanco y recogido
turbante, y acariciando la espingarda, compañera de su soledad. Allí se codean
la beduína de las montañas de Altaka, con la cara descubierta y llena de
ajorcas y de joyeles, y la mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos
de sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro; el chek de la
guardia nocturna, de rugosa frente y acusadas facciones, y el beduíno del monte
Sinaí, con su turbante en punta y el torso desnudo; la dama turca y la esclava
del Sudán; el derviche y el camellero, el hombre de mar y el de la montaña; el
mercader, en fin, de bazar cubierto, y el hijo de los aduares; pero todo con
tal perfume de Mahoma, con un sello tan marcado de Corán, que, para que la
ilusión sea completa, hasta el cielo parece asociarse a nuestra causa,
retrasando el plenilunio, y coronando en una luna creciente el inmenso turbante
azul, bajo el que asoma la islamita fisonomía de Puerto-Said.
Volvamos a bordo. Aquí ya nadie
canta como en Nápoles; pero todos gritan. El batelero no te transporta al
Tigris si antes no pagas al chek el precio del pasaje. El buhonero ya no vende
baratijas de su confección, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte
se
acabó en Italia, para no volver a
verlo. En Egipto la fuerza natural impera, pero con un carácter retrógrado a
medida que avancemos. Con los primeros albores del día , el vapor se pone en marcha para entrar en
el canal, admirable corrección hecha por la ciencia sobre el libro de la
naturaleza, sublime puerta por la que la civilización va a invadir los dominios
de la barbarie. Entremos.
Largamente debatida ha sido la
cuestión de si en los tiempos antiguos existió o no un canal que ligaba el mar
Mediterráneo al golfo Arábigo. Los que lo afirman, aducen como razón la
presencia de los lagos en el istmo; lagos que, hábilmente utilizados por
Lesseps, han facilitado notablemente su titánica empresa. Yo dejo al tiempo y a
la ciencia que aclaren este punto, y limitándome a mi papel de cronista, relato
lo que veo.
Para no andar buscando mapas,
vamos a formarnos uno, que nos dé una idea aproximada del istmo de Suez.
Apoyemos las dos manos de plano sobre una mesa y unamos los pulgares por sus
extremos como para formar la cadena magnética, con la que dicen que se hacen
girar los platos y los sombreros. La mano derecha representa el continente
africano, la izquierda es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y el
pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose por la muñeca derecha (a la
que supondremos cortada, para que nos haga el efecto del Estrecho de
Gibraltar), toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca hasta el extremo del
meñique izquierdo, el nombre de Océano Atlántico.
El hueco desde los pulgares hasta
los nudillos de los índices, es el mar Rojo o golfo Arábigo; y desde dichos
nudillos hasta la extremidad de los dedos, el mar de las Indias.
Los pulgares, unidos, son la
lengua de tierra que une al Asia con el África, y que, impidiendo que el
Mediterráneo y el mar Rojo se junten, toma el nombre de istmo de Suez.
Cuando, antiguamente, un buque
tenía que transportar mercancías a las Indias o a los puertos chinos
colonizados por europeos, abordaba el Océano Atlántico, costeaba la punta de la
mano derecha, y navegando después de índice a índice, estaba seguro de llegar
en unos seis meses a su destino, cuando no tenía que detenerse un par de ellos,
esperando viento favorable sobre la
extremidad del anular derecho,
conocido con el nombre de Cabo de las Tormentas o de Buena Esperanza.
Pero un día el orbe entero se
conmovió. Era por los años H . Un
inglés llamado Mr. Wagorne había imaginado el modo de hacer llegar el correo
desde Europa a las Indias, ganando más de una mitad de tiempo. Time is money,
gritó la Gran Bretaña; y la Mala inglesa quedó establecida de este modo: un
buque de vapor conducía los paquetes desde Gibraltar hasta el nudillo del
pulgar derecho, o sea Alejandría; desde allí, atravesando el dedo, o sea el
istmo, el correo era llevado por tierra con graves riesgos y exposiciones,
hasta el puerto de Suez, en la bifurcación del pulgar y el índice: y una vez en
Suez, otro vapor de la compañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía a su
destino por el mar Rojo.
Era este un inmenso adelanto, y
bien merecido tiene Mr. Wagorne el busto que la Compañía le ha levantado en el
extremo del canal; pero la rapidez de la comunicación postal no hacía sino
aguijonear la impaciencia del mercader que, si bien recibía la remesa con mucha
antelación, no por eso las mercancías tardaban menos. En esto apareció Mr. de
Lesseps, y esgrimiendo unas tijeras de gran temple intelectual y de muchos
millones de coste, dio un corte en el istmo, hizo que dos mares, hasta entonces
separados por dimes y diretes de una mala lengua de tierra, quedasen amigos
hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado por el vapor, logró que en la
quinta parte del tiempo que un buque invertía antes en costear el África, pueda
hoy el viajero trasladarse desde el Campo de Marte hasta Pekín.
El canal no es otra cosa que una
inmensa zanja abierta en el istmo y que se ensancha de cuando en cuando por la
presencia de los lagos Menzaleh, Ballah, Timsah y los Amargos. A derecha e
izquierda el desierto con sus ribazos blancos de sal por la evaporación del
agua. De distancia en distancia un chalouf o estación de la empresa, donde un
poco de tierra vegetal, llevada exprofeso, ha permitido que broten algunas
plantas para solaz y entretenimiento del guarda y remembranza de la vegetación
en la mente del viajero. Por rara casualidad, un árabe con la espingarda al
hombro atraviesa aquellos arenales, veloz como el pensamiento y como huyendo de
la soledad. En las horas en que el sol cae más a
plomo, algún camellero, con cinco
o seis de sus fieles rumiantes, busca saludable refugio cerca de la corriente
de las aguas, tendido en la vertiente del talud. Constantemente el espejismo,
produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son montículos de arena que,
reflejados en la atmósfera, semejan islotes saliendo del fondo de un lago: ya
es una ciudad con sus cúpulas y minaretes, que la realidad destruye y convierte
en la reflexión de una bandada de grullas que dispersa el silbido del vapor. En
el medio del canal, un verdadero oasis: Ismailía con el palacio del virrey,
rodeado de palmeras, naranjos y bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la
noche; pero como la navegación está aquí prohibida fuera de las horas de sol,
hacemos alto. Se respira plomo; las bujías del piano ostentan una llama fija e
inmóvil sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y nadie se atreve a
desembarcar: hay fieras. Amanece el P y nos ponemos en marcha.
Tres horas después estamos en
Suez. La ciudad, distante como una legua del puerto, se une a este por una faja
de tierra echada sobre el agua, sin una piedra, sin un árbol, sin el menor
pretexto de sombra. Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y penetra en
el mar Rojo.
La sacudida de la hélice
repercute en el corazón del viajero, y de un solo latido de su frente,
retrograda miles de años. Va a pasar de Mahoma a Moisés, del Corán al Génesis;
de la leyenda árabe al dogma bíblico; del mórbido seno de la desnuda poesía, al
severo y majestuoso pliegue de la túnica cristiana.
M , 14 1879.
Mi querido amigo: Estamos
atravesando el golfo de Suez; parece que, con solo extender los brazos, vamos a
tocar al África por la derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos
la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo, cuna del gran legislador
del pueblo Israelita; al otro el desierto, cuarenta años de peregrinación,
Judea, el Jordán, Jerusalén.
¿Ves por babor aquel pequeño
paraíso destacándose en medio del arenal de la Arabia pétrea? Es un grupo de
palmeras y plátanos dando sombra a la fuente de Moisés, primer alto de los
Israelitas después de pasar a pie enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del
monte Sinaí sale a recordarnos los preceptos del Decálogo. El mar se ensancha,
bórranse las costas; pero la imaginación le hace adivinar a uno la proximidad
de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores que, hacinados de sectarios
del Corán en caravana, se cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la
Meca, la ciudad santa del islamismo.
Durante tres días el calor nos
sofoca. Por fin, llegamos al estrecho de Bab-el-Mandeb, o puerta de los
Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de Moka. Destacado de la
costa africana se ve un peñón; es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel
guardián habla inglés, y a guisa de llavero ostenta un variado y surtido manojo
de cañones. Unas horas más tarde, al amanecer el día D, otro inglés, con más
cañones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra hoja de la puerta, y
fondeamos en Adén, pequeño rincón de la Arabia feliz.
Los hijos de Albión han impuesto
al mundo conocido la sacramental frase de las casas de Madrid: Nadie pase sin
hablar con el portero. Inglaterra es el conserje universal. Desde su casa puede
pasar revista a todo el que se proponga dirigirse por el mar
del Norte a las regiones árticas.
El estrecho de Gibraltar le permite husmear cuanto ocurre en el Océano y el
Mediterráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y Túnez; lo tapa con
Malta; y Constantinopla, sobre la que de hecho ejerce el protectorado, cierra
la marcha de esta serie de mamelones, que forman la gran muralla marítima de la
Europa. En el triángulo del África es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el
canal de Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el Cabo. La América
se halla prensada entre la Nueva-Bretaña, o Canadá, la Jamaica y las posesiones
antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta, empezando en
Chipre, siguiendo por Adén (donde se convierte en oro el café de Moka y desde
el que se escudriña todo el movimiento de la costa S. E. del África, del cabo
Guardafui al de Buena Esperanza) y terminando en el estrecho de Bering, todo
habla inglés y nada escapa a la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán,
enclavado entre dos golfos, está defendido en el de Omán por Adén y la isla de
Ceylán, y por esta y Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la
Australia para tener en jaque a toda la Malasia y la Micronesia en el Océano
equinoccial; la Cochinchina no puede moverse entre la Península de Malaca y
Hong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas en Shang-hai, Tien-tsing y
la costa de la China, llevan la influencia del Reino Unido hasta las regiones
árticas en el estrecho de Davis, y puede decirse que la Inglaterra tiene al
mundo metido en el bolsillo.
Pero hablemos de Adén. Allí
dejamos a los viajeros que se dirigen a Zanzíbar, Mozambique, Madagascar,
Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin más vegetación que una
lujuriante de artillería de grueso calibre, sirve de asiento a la ciudad. Esta
es una de las primeras fortificaciones del mundo; luego la visitaremos; antes
fijémonos en lo que rodea al Tigris. Ya han trepado por la borda multitud de
mercaderes y se han cerrado las portillas de los camarotes para evitar el hurto
y la rapiña. Aquello es una invasión de hordas salvajes de aspecto aterrador,
color de ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa infernal,
alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y ofreciéndote sus mercancías,
consistentes en pieles de tigre, de leopardo o de mono, maderas
toscamente labradas, flechas,
crises, armas, dientes de animales; la especulación, en fin, en su forma más
rudimentaria.
Nuestro vapor se ve rodeado por
infinidad de barcazas, tripuladas por seres que parecen monstruos salidos del
Averno, y que en un inglés sui generis , te brindan con llevarte a tierra. Los
niños, que de cinco o seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el aspecto
de monos; como el simio, rechinan los dientes, y como él tienen los pies y las
manos aplastadas, y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el agua,
y es de ver como, por una pequeña retribución, se precipitan desde la borda del
Tigris, atraviesan su quilla de babor a estribor, luchan entre sí y pescan la
moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al fondo. Otras, como en el
viaje anterior al del Tigris, acontece que un tiburón se encarga de dirimir la
contienda, devorando a alguna de aquellas pobres criaturas.
Lo que llama poderosamente la
atención, es que la mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera rubia
como un hijo de las orillas del Támesis. Confieso que mi primera intención fue
creer que la influencia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo
de la raza; pero luego supe que solo se debe a la moda, que allí, como en todas
partes, hace sentir su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de
distinción entre los habitantes del golfo de Adén, y que para obtener el
resultado que se proponen, se untan la cabeza, después de raspada, con una
mezcla de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que muchos de ellos
llevaban su hedionda plasta sobre el occipucio, pareciendo como atacados de
alguna asquerosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo, que, crespo
y de colores distintos, les abulta la cabeza en tres o cuatro veces el tamaño
natural, y excuso decirte si, al ver correr hacia ti a un fenómeno semejante,
no echas mano al revólver, como medida de precaución.
Lo primero que, después de los
cañones, se ve al tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias,
fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos sucios e incómodos
coches de cuatro asientos le llevan a uno por la ciudad indígena, formada de
chozas y zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Adén, con sus cuarteles,
sus casuchas jalbegadas y sus estrechas calles, sigues subiendo, con el mar
siempre a la izquierda y algunos
arrabales hediondos a la derecha,
hasta llegar a las cisternas, obra titánica donde apaga su sed aquel pueblo,
asfixiado por los rayos de un sol tropical.
En todo el trayecto de dos horas
no se encuentra ni el vestigio de una planta; solo al pie de las cisternas han
conseguido, llevando tierra vegetal de Europa, plantar una docena de árboles,
pero una docena literalmente hablando, que han alcanzado el desarrollo de una
mata de laurel. En los puestos de la policía, que se suceden de trecho en
trecho, se ve por vez primera el gong o campana china, disco de metal que da un
sonido como el del címbalo, y con el cual se comunican los agentes. Estos
dominan a la turba a palos, y te libertan por ese medio de los innumerables
chiquillos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna, lo que no quita para
que, después de despejado el terreno, el policeman tienda también la mano en
demanda de retribución.
Asombra la diversidad de razas
que allí pululan. El árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando al
sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando sus piernas con una sábana
llamada sarrong, que, liada a la cintura, pende hasta los tobillos, mientras
que embozado en otra, echada sobre los hombros, encuadra con elegantes pliegues
su bronceada fisonomía, de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el
inseparable junco en forma de cayado, indispensable atributo de su elegante
condición; el somaulís, con su gracioso turbante; el afeitado y desnudo
habitante de Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, descendiente
de los antiguos persas, sectario de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto
con un jaique sobre calzones a la europea, y calzada la cabeza con una como
mitra en forma idéntica a la boquilla de un clarinete; el indostánico o
malabar, con la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante
escarlata, fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su camello; hasta
el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la cintura,
ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra allí en mezcla
confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita para asombro del
viajero, que solo conoce el mundo por las cartas geográficas.
Amanece el día , y zarpamos con rumbo a Ceylán. A las dos
de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb
para cruzar el golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empieza a danzar
el buque impelido por un violento SO., que no es otra cosa que los últimos,
pero respetables, aletazos del monzón.
Son los monzones unos vientos que
en dirección distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De octubre a
marzo soplan de NE., y de mayo a agosto del SO.; pero hasta entablarse o
fijarse, hay en los meses intermedios una lucha entre ambos, que produce en el
mar de la China los horrorosos huracanes conocidos con el nombre de tiffones
que, aunque de menor importancia que los ciclones del Atlántico, ocasionan
catástrofes espantosas. Ilustración
Pasemos lo mejor que podamos
estos ocho días que nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre las
Maldivas y las Laquedivas, recalemos sobre el cabo Comorin, crucemos el golfo
de Manaar y fondeemos al terminar el de septiembre en la parte meridional de la
isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués primero, luego holandés y británico
últimamente, que lleva el nombre de Punta de Gales.
Busco, pero en vano, la manera de
describirte esta maravilla; no se me ocurre más que compararla a una decoración
de ópera de gran espectáculo. Voy a ver si puedo dar de ello alguna idea.
Estando en rada, miras de frente a la ciudad, y por tu derecha se extiende la
costa. ¿Te has detenido a observar alguna vez el innumerable tejido de troncos
y ramas de que se componen los zarzales y las malezas? Pues figúrate que toda
aquella inextricable red de palitos se convierten en elevados y airosos
cocoteros, que se cimbrean al soplo de una benéfica brisa, y tendrás la base de
esta inconcebible vegetación. Imagínate que del centro de la ciudad, surgen
cúpulas de templos católicos, pingorotes de capillas ojivales o góticas,
promontorios de pagodas búdicas, pirámides de monumentos bramines, minaretes de
mezquitas árabes, terrazas de opulentas moradas; y todo esto entre bosques de
jardinería. Yo no sé si me explico; pero a ver si me entiendes: recuerdo que en
todas partes por donde la vegetación es rica, se ve una masa hermosa,
imponente; pero masa en fin, cosa
maciza. En Gales no; los troncos están tan compactos que se tocan; pero las
ramas son tan variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan poética, que
parece como que el artífice de aquella naturaleza ha estudiado la combinación
de la luz sobre los colores de las plantas, y se ha complacido en recortar
aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siempre azul caiga a pabellones
por las ondulaciones de los árboles, y un sol tropical se infiltre por entre
los hilos de aquel encaje de verdura. Junto al cocotero de cubierto tronco y
arqueado penacho, surgen el bananero, de ancha y deshilachada hoja, y la palma
del viajero, abanico abierto de colosales ramas, que lanza al aire sus
varillas, adornadas de plumas de esmeralda, con la regularidad de los radios de
una circunferencia; y si de los prismas pasamos a los olores, dime el maridaje
que resultará de la mezcla de aquellas gomas, con los efluvios de unos frutos
que, empezando en la odorante piña, espiran y se ahogan en los bosques de
caneleros. ¡Aquello es un caos de colores y perfumes!
Saltemos pronto a tierra; hay que
entrar allí. ¿Pero qué es esto? En Gales todo es sorprendente. Las lanchas
tampoco son como en los demás países; los botes, las canoas, las falúas, todo
aquello concluyó. Aquí nos sale al encuentro la piragua, embarcación típica y
original, que merece describirse.
Figúrate un cajón de madera, de
la longitud y de la altura de una canoa ordinaria, con dos proas como esta,
pero sin tripa, toda vez que sus costados lo forman sencillamente dos planchas,
unidas entre sí por unos travesaños en la parte superior, y una especie de
peana o contrapeso por abajo. Su anchura no llega a media vara, de tal modo que
los tripulantes, al sentarse en ellas, llevan las piernas encajadas, y las
caderas fuera de la embarcación. Como supones, sería imposible que este aparato
flotase, a no ser por el balancín que le agregan por un costado, y que consiste
en dos largos remos armados y sujetos a la borda en posición de bogar, a cuyos
extremos se ata transversalmente, o sea paralelo a la piragua, un cilindro de
madera que, descansando sobre el agua, establece el equilibrio, presentando un
extenso polígono de resistencia que le impide zozobrar.
Ya asaltan el Tigris los
buhoneros del país. La raza humana, que en Nápoles era morena, tostada en
África y negra en Adén, empieza a perder color en la India; el cingalés es un
moreno con fondo amarillo y pelo de azabache. Hombres y mujeres se peinan echándose
las melenas hacia atrás, y retorciéndolas para sujetarlas, hechas un bodrio,
sobre la nuca; un peine de goma como el que en Europa usan las niñas, completa
su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong de colores, como la sábana de los
abisinios, y una chaquetilla europea en ellos y un gabancito o caracó en ellas,
que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar patillas, lo que acaba de
asimilarlos a los gitanos.
La venta a bordo ha cambiado
también de fase. A los productos artísticos de Italia y a los zoológicos de la
Arabia, han sucedido los finísimos encajes de Lahor, los bordados y telas
primorosas de Cachemira, los productos persas, que las caravanas indostánicas
transportan de Ispahán y de Teherán, y por último, las piedras preciosas con
que en calidad y cantidad compite la India con el mundo entero.
Debo advertirte que se venden muy
caras y que te piden por ellas el cuádruplo de su valor; así como que hay que
ser muy experto para no tomar gato por liebre, pues son más las piedras falsas
que las verdaderas que se ponen en circulación. Solo de ese modo se explica que
yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres enormes zafiros y un topacio en cambio
de tres levitas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso. Fue un
cambalache de cristal por paño, muy admitido entre los joyeros falsos
cingaleses.
Desembarquemos; pero no me
preguntes lo que es Punta de Gales; no lo sé. Allí no hay calles; son bosques
inmensos en los que, diseminados, encuentras templos, casas, chozas, hoteles,
agencias, joyerías; coches que se cruzan con carretas tiradas por bueyes
pequeños, que trotan como caballos, bayaderas que bailan, magnetizadores de
serpientes que las electrizan al son de la flauta, juglares que te asombran,
titiriteros que te horripilan. Ya sabes que los indios del Malabar son los más
hábiles gimnastas que se conocen; estoy persuadido, sin embargo, de que van a
maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación de que he sido
testigo en uno de aquellos jardines que llaman plazas.
Un hombre coloca tres venablos o
chuzos atados en forma de trípode y con los hierros hacia abajo, sobre el puño
de un sable; apoya la punta de este sobre una lanza, y acostándose en el suelo,
tiene todo aquel armatoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dándole una
sacudida, despide la lanza por un lado, el sable por otro y los venablos vienen
a clavarse en el suelo entre las rodillas y los sobacos del titiritero.
Otro individuo puso sobre una
mesa, sin tapete, una canasta de mimbre, en la que, encogiéndose mucho, se
arrebuñó un muchachuelo; cubrió el cesto con su tapa, y blandiendo un enorme
cris, se entretuvo en dar de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse
los ayes más desgarradores, la sangre corría por la mesa...
—¡Basta! ¡Basta! —gritamos todos,
no dando crédito a nuestros ojos.
El juglar destapó entonces el
canasto; el canasto estaba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo
con su platillo unas monedas de cobre por aquel inconcebible espectáculo al
aire libre.
Una de las imprescindibles
excursiones que hay que hacer en Punta de Gales es a Wackwella (pronuncia
Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias
(treinta reales), y durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros;
y por un camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más
raros, las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por el
que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya un mangustán
rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con que aplacar la sed,
ya una rama de canela con que perfumarte, llegas a la plataforma en cuestión,
desde la que, saboreando un refresco del país, divisas un extenso horizonte,
cuajado de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por las que serpentea
lo que al pronto parece un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que
resulta ser una interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En
el fondo se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del
que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente Índico,
separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que los cingaleses
pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal
estaba en su casa; así es que se
encuentran allí todos los nombres de nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se
rinde culto a la Virgen María.
Oye cómo la teogonía de los
bramines cierra el capítulo de su
Génesis:
«Atani entristecía en el Paraíso;
Dios le dio a Iva por compañera (aquí sigue una bellísima descripción imposible
de traducir, pero tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al
contemplar Dios tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra;
ya es perfecta; he producido el amor”.»
Suenan las once de la mañana del
día y no tenemos tiempo que perder.
Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en el
E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el ferrocarril del
continente. Volvamos al Tigris y zarpemos. En cuatro días cruzamos el golfo de
Bengala. El se aparece Penang, el portero inglés de los Estrechos, con su
artillería correspondiente, formando pendant con la punta de Achem, de la isla
de Sumatra, en la Oceanía. Al amanecer del concluímos de pasar el estrecho de
Malaca y atracamos junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un
grado más y cortamos la línea.
La entrada a esta posesión
inglesa es uno de los espectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte
justamente la admiración del viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la
bahía de Río de Janeiro y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un
gigante cuyos enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El
vapor se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una de sus
bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y variado, que te
lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación, si no tan exuberante, por
lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la cumbre los
bungalows, o casas de campo inglesas, con sus galerías corridas bajo una serie
de arcadas, mientras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos enteros
de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan
árboles copudos y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas
ensenadas parece un Nacimiento.
Aquí la raza es ya amarilla, con
ese tinte enfermizo que caracteriza al malayo.
Elegantes y ventilados
cochecillos llamados palanquines, tirados por caballitos malabares, de la
alzada de un borriquillo moruno y guiados por un cochero indio, con quien
generalmente se cierra el ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo
camino poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, a la city o barrio
comercial. Este es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.
Singapore es el punto de escala
de los que van y de los que vienen, y el almacén de depósito de todas las
mercancías imaginables. Así es que, relacionado con el resto del mundo, pululan
en su seno todas las razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de
los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los
tagalos del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del
archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las Molucas,
las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que preguntar al europeo el
derrotero que sigue; su rostro te lo indica; el que llega tiene color, está
rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se lleva el sello del país,
amarillea, calla, se queja, muere. En Singapore el traje se simplifica; el
sarrong se reduce a un taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los
shalakos, enormes discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas
cabezas afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio
del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente sobre
una de ambas orejas.
En la City vi el tipo que más ha
excitado mi hilaridad. Era a la puerta de una tonelería; y sobre una pipa un
hombre totalmente desnudo, con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices
unos anteojos chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el
diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de ancho,
leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el Times de Londres.
Por un magnífico puente colgante,
se atraviesa el río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí están las
casas habitables, el palacio del gobierno, el City hall o casa municipal, las
iglesias, colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de
árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las
condiciones locales. Poca
sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho comfort; pero expansión, cero.
Ilustración
El O salimos de Singapore y
empezamos a subir hacia el N. el mar de la China, cruzando el golfo de Siam. El
G recalamos en el cabo de San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen,
en cuya cumbre se levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras,
contra las que tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel
peligroso servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre
de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros; pintoresco
y ameno lugar donde se halla establecida la estación telegráfica del cable
submarino, por la que, pocos días después, recibía mi familia la noticia de mi
feliz llegada, a las siete horas de mi desembarco en Hong-Kong, mediante la
módica suma de once pesetas por palabra.
Remontamos con la luna el Donaí,
ancho y profundo río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en
los que duermen algunos cocodrilos; y antes de que alborease el día V,
atracábamos delante de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la
Cochinchina francesa.
Situado al lado opuesto del río,
hay que atravesar este en una lancha para llegar a la ciudad. Sin querer
exclama uno: «Esto es Francia.» En efecto, los hijos de San Luis tienen tres
necesidades, que no pueden dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a
sus colonias menos importantes: Cafés, restaurants y demi-monde. Saigon está
alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero como en
estas los establecimientos de diversión pública no existen, resultan oscuros,
mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz incita al paseante a
recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse de la hora del
apaga-fuegos.
Otro distintivo peculiar de la
buena administración francesa es que el barquero o el cochero no te exigen
nunca más dinero del que tú les das por su trabajo.
Las calles, nacientes aún, están
edificadas sobre bosques y jardines; pero estos, ni tienen el aspecto virgen de
Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han
obligado a los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que
alinear, para producir anchos
boulevares sujetos a escuadra. El palacio del gobernador es un magnífico y
suntuoso monumento, los jardines recuerdan el parque Monceau de París. Dentro
de algunos años aquello no se diferenciará en nada de una capital de provincia
francesa, aparte de las chozas de los naturales.
La arteria principal de Saigon se
llama calle de España. Es el único testimonio y el solo provecho que hemos
sacado de la campaña de Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado
a sus vecinos de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la
costa del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener el
protectorado sobre toda la India Transgangética.
A rumbosos no nos gana nadie.
Amanece el día , levamos ancla, y Norte arriba del mar de
la China, bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y
fondeamos el D a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia
inglesa del Celeste Imperio.
Y terminados aquí los treinta y
ocho días de navegación, en que a escape hemos visitado lo que nos salía al
encuentro, hagamos alto y empecemos a tratar detenidamente de los usos,
costumbres, ceremonias y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de
las principales poblaciones del país de Confucio.
M , 19 1879.
Mi querido amigo: Cuando desde
Europa se le ocurre a uno pensar en China, se la representa en su imaginación
como una inmensa tela de esos abanicos que llegan allí del Celeste Imperio. Por
lo menos así me la forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la
esmeralda, salpicadas de flores rojas y azules; en medio de aquellas limpias
sábanas de verdura, casitas con su agalerada techumbre, flanqueadas de kioskos
en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla correspondiente al
extremo de cada radio; el arqueado puente como la joroba de un camello tendido
sobre un riachuelo transparente que refleja los vivísimos colores del junco al
deslizarse por su superficie; a la puerta, en forma de una O, de la casa,
ataviadas damas con sus bordados trajes de seda y diminuto pie departiendo
tranquilamente con gallardos mancebos envueltos en talares túnicas de recamo de
oro, y saboreando una taza de té; en el fondo niños remontando cometas sobre
una terraza, y ancianos venerables de luenga barba blanca viendo volar pintados
pajarillos. Todos ellos, por supuesto, con caras de marfil, aguzadas y
nacaradas uñas y ojos oblicuos. En resumen, la China del europeo es el progreso
material del siglo XIX combinado con las patriarcales costumbres de los tiempos
bíblicos; de la tela del abanico se desprenden para él estas tres condiciones
distintivas de la raza mongólica: lujo, limpieza y silencio.
Cerremos el abanico y abramos la
puerta del hoy imperio tártaro.
Vas a ver el desengaño que nos
espera.
Una gritería, comparable tan solo
a una riña de verduleras, es lo primero que te llama la atención al despedirte
de la gente de a bordo y disponerte a tomar una embarcación que, desde la
inmensa y hermosa bahía de Hong-Kong, te conduzca a tierra. Son los barqueros
pugnando por atracar sus champanes al Tigris,
ofreciéndote sus servicios o
diciendo buenos días simplemente a un camarada, pues para todo se alborota
aquí.
Y palpitando de emoción bajas las
escaleras con los ojos cerrados para abrirlos de repente y gozar del
espectáculo de aquella China soñada.
Lo primero que ves es el champan
o bote para conducción de pasajeros y mercancías, tosca embarcación parecida a
una barcaza muy tripuda, con un toldo de bambú en la popa, chorreando mugre por
todas partes y exhalando una fetidez insoportable, a la que concluyes por
habituarte, pues la forma un conjunto de circunstancias inherentes a la raza
indígena, que constituye el perfume local, conocido por el europeo con el
nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación está compuesta de varias
mujeres de distintas edades, pero de fealdad idéntica; algunas veces hay
también un hombre; pero como este viste el mismo traje que aquellas, carece en
absoluto de barba y todos poseen los mismos rasgos fisonómicos, resulta que
para el viajero inexperto el chino es el ser que bajo una misma terminación y
artículo comprende los dos sexos, masculino y femenino, y que la gramática
coloca en el género epiceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un
párpado carnoso, sin casi ceja, frente no muy deprimida, nariz aplastada, pómulos
salientes, labio superior con honores de hocico, dientes un poco más pequeños
que teclas de piano, color mejor que ictérico, amarillo de vicio, pelo negro de
sartén con la aspereza exacta de la crin; lampiño el hombre, rechoncha la
mujer, pero ambos escrofulosos y llenos de pupas y asquerosidades, son los
componentes de una cabeza china de la clase humilde, que comprenderemos en la
denominación de culi, como aquí se llama al bracero, mozo de cuerda y todo el
que ejerce un oficio bajo.
Un calzón ancho hasta el tobillo,
de una tela que debió ser percal negro o azul y que, perdido el aderezo de
goma, ha degenerado en tejido de grasa, y una blusa de lo mismo abrochada por
el costado, pendiente hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta
rebasar un palmo las manos, que quedan ocultas en ellas, constituyen el traje
común de dos. No hay camisa ni cosa que lo valga. El pie desnudo; alguno que
otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero es raro. Como ves,
nada más parecido al
disfraz del pierrot francés,
salvo el color y la limpieza. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo
de algodón, colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el hombre la
ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin embargo, en verano un shalakó o sombrero
de bambú, en forma de un disco desmesurado, con un pingorote en el centro, como
la tapadera de una taza, y en invierno una montera de fieltro oscuro, menos
alta, pero idéntica en la forma al sombrero del pierrot.
Tanto el macho como la hembra se
abrigan con un saco hasta la cintura, sin mangas y guatado, que visten sobre el
traje descrito, y llamado patchama. Los niños emplean el mismo uniforme, pero
de colores rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, del que
penden borlas y cordones, ya con una cosa parecida a las carteras en que los
chicos de la escuela guardan los libros, colocada de modo que la cubierta penda
sobre el cogote, y adornando los dos picos del remate de arriba con unas
orejitas de gato hechas de algodón en rama.
Pasemos al peinado. Los
parvulillos llevan sobre cualquiera de ambas orejas un plumerito, como la
perilla de un hombre, atadito con una cinta de color; el resto afeitado; con lo
cual se consigue que se fortalezca la parte de pelo que más tarde han de
dejarse crecer, y que, como dejo dicho, toma la consistencia de la cerda. En
efecto: en cuanto el niño llega a adulto, se le afeita también el tuferito y se
le hace adoptar el invariable aderezo de la epidermis capilar masculina; porque
debo advertirte que aquí nada cambia, todo es inmutable; no hay modas ni
caprichos. El pasado se sabe por el presente, el mañana puede leerse por el
hoy, la tradición impera; el estacionamiento es la base de su sistema.
Hasta hace dos siglos el
habitante del Celeste Imperio lucía larga cabellera y ostentaba el traje con
que vemos representados en sus estampas a los ídolos y los héroes de sus
leyendas; pero al caer la dinastía china de los Ming y tener que soportar la dominación
tártara de los manchures del N., la dinastía Tsing, que hoy subsiste, impuso a
sus vasallos la dura ley del vencedor, y haciéndoles cambiar de traje, les
obligó a afeitarse la cabeza y dejarse una cola de perro, en signo de
servidumbre.
Coloca sobre la cabeza un
solideo; afeita todo lo que no esté cubierto por él; deja crecer hasta donde
quiera el pelo que aquel encubre; haz después una trenza que, con el auxilio de
cordones, casi siempre negros, pero alguna vez azules o encarnados, llegue
hasta los tobillos, y tendrás la idea exacta del peinado chino, desde el primer
mandarín hasta el último culi, sin más diferencia que, mientras las clases
acomodadas se afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, el pobre lo
toma por semestres y cambia de cordón cuando la miseria se ha comido el
primero. Algunos fashionables dejan crecer alrededor de la mata una como
aureola de pelos cortos, que flotan a merced del viento y que acaba de
embellecerlos. Agrega a todo esto las rarezas de configuración de aquellas
cabezas, cuyos defectos nada hay que disimule; los chirlos, las protuberancias
y las cicatrices de todo género que las ornan, y calcula los purgantes que ha
debido uno tomar hasta acostumbrar el estómago y la vista.
Ya que de pelos me ocupo,
consignaré que la barba en los chinos son diez o doce hebras de esparto,
brotadas al azar, y que les está prohibido por sus leyes y costumbres llevar
bigote hasta que han cumplido cuarenta y ocho años, o tienen nietos, o bien a los
veintiocho si son mandarines.
Pasemos a las mujeres. La soltera
se echa atrás todo el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo tronco
lleva liada una cinta de color, formando un anillo; saca de la sien izquierda
un banda de pelo como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una
pequeña raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que
va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves, las
hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son tan lampiñas
como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que verlas con microscopio.
El peinado de la casada es muy
difícil de explicar: echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados dos
enormes cocas, que sujetan con alambres por dentro; el topo se separa más de un
palmo de la nuca, y le forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón
de un buque de guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un
cordón de pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza
hasta el vértice de aquel ángulo agudo,
y multitud de broches y alfileres
sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan el
nombre de peinado del ave de la inmortalidad. Y esta denominación me sugiere
una explicación más exacta del efecto que produce este tocado. Córtale a una
gallina el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela en la cabeza a
una china por esta abertura, ábrele las alas en toda su extensión, que son las
cocas, y adereza el topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico
hasta en sus proporciones.
Por decreto de no sé qué
emperador, cierta gente de mar está proscrita de la tierra, y por consiguiente
no puede habitar más que en sus embarcaciones. De modo que el champan es el
estrado, la cocina, el dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de
sus moradores; allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.
Las madres, consagradas a sus
tareas, no pueden atender muy asiduamente a sus hijos; así es que para trabajar
desembarazadamente, se los echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo
de lana, al que va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se
ajustan como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es
aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única precaución
que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle cada una de las
veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden corchos o vejigas, para
que flote el náufrago; pero no es de rigor, en atención a que sin ellos aprende
a nadar más pronto.
Al cruzar la bahía, mi primer
cuidado fue estudiar su aspecto; allí te encuentras el pontón para hospital
militar, navío de tres puentes sin arboladura; el comodoro inglés, el almirante
francés, corbetas rusas y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la
inglesa que sale para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy,
españoles para Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las
Mensajerías para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la
tienes representada por miles de champanes y centenares de lorchas para la
pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.
La lorcha es lo que vulgarmente
llamamos junco; barco tripudo, más o menos grande, con una popa semi-esférica,
anchísima y desmesuradamente alta, timón descomunal calado en celosía, y dos
palos, a los que van sujetas unas
velas latinas despuntadas con una serie de travesaños horizontales de madera, a
modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de ellas, aun las mercantes,
llevan a bordo cañones de hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el
champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo desaseo está en proporción de
su mayor capacidad. El día se lo pasan tocando el gong, o tan-tan, o campana
chinesca, que estos tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche
quemando papelitos para ahuyentar a los espíritus maléficos.
La media docena de lanchas
cañoneras que posee el gobierno, están mandadas por capitanes franceses,
ingleses o americanos.
Por fin, desembarcamos en el
muelle; culis machos y hembras transportando mercancías, pendientes a los
extremos de un bambú, colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con
las de mano o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de
policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo bofetones y
latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas humanas del
servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas, constituyen el
movimiento de la población; pero aquello no es China; las casas que veo son las
de mis latitudes, la gente con coleta que circula por las calles es la hez del
pueblo uniformemente vestida, y yo necesito la tela del abanico, los colores,
la luz, el recamo de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus
mandarines, sus tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida
peculiar. «Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas
chinescas» —escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo de Madrid—,
y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda su
integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego iremos al barrio chino;
ahora recorramos la ciudad europea.
Hong-Kong es una maravilla.
Edificada en anfiteatro sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni una
planta, asombra el ver lo que los ingleses han hecho de ella en tan corto
espacio. Calles paralelas y escalonadas, abiertas a lo largo de la isla, te
ofrecen por doquiera la grata sombra de sus amenos, elegantes y caprichosos
jardines; porque es de notar que, aprovechando los accidentes del terreno, han
edificado sus avenidas de modo que las calles no
parecen calles; al lado de un
templo ves una esbelta escalinata que conduce a la casa contigua, levantada
sobre un terraplén con árboles; junto al graderío que te hizo subir, se abre
una cuesta con artística ornamentación, que te hace bajar al bungalow vecino;
una tapia te oculta el cottage que se alza sobre el promontorio de una colina
interior; de modo, que la vista va de sorpresa en sorpresa, descubriendo aquel
sembrado de moradas espléndidas entre una vegetación artificial, y de
fortificación en fortificación, de paseo en paseo, de la iglesia al club, del
teatro al hospital, subes por magníficos caminos en zig-zag, hasta el pico
Victoria, donde se halla el semáforo y desde el que abarcas todo el panorama de
la rica colonia inglesa.
El mando superior de la isla es
conferido por la corona inglesa a un gobernador, con la categoría (aunque
civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que preside los dos Consejos,
ejecutivo y legislativo. La administración comprende la secretaría colonial, el
tesoro, obras públicas, registro y correos.
La de justicia tiene tres
jurisdicciones, la Suprema corte o audiencia, la corte de policía o tribunal
sumario y de primera instancia, y la corte de marina. La institución del jurado
existe para lo civil y lo criminal.
Además del pontón destinado en la
bahía a hospital militar, hay en la población un hospital civil para europeos,
otro para chinos, otro para variolosos y otro para la marina.
Hay ocho o diez centros de
enseñanza pública, la mayor parte encomendados a los misioneros.
El material de incendios es una
cosa admirable. En cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que en
pocos minutos se transportan al lugar del siniestro. Esto no quita para que el
W de diciembre de E U se declarase un incendio a las once de la noche, y el H ,
a las tres de la tarde, estuviesen convertidas en escombros seiscientas casas.
Las libaciones de Navidad influyeron mucho en ello.
Fue el espectáculo más imponente
que he presenciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo individuo con
tienda abierta tiene obligación de mandar a los culis que están a su servicio,
provistos de una linterna china de papel de colores, y vestidos con
un saco de arpillera, en que
consta la razón de la casa en grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la
población dominando las alturas de la ciudad, la gente de los barrios
amenazados por el incendio salvando sus muebles, los culis transportándolos a
hombros en medio de la gritería más espantosa y de la confusión menos
descriptible, toda la fuerza armada de la plaza y la de los buques surtos en la
bahía prestando su concurso, el gas apagado, las calles convertidas en ríos y
en campamentos, la dinamita y el cañón derribando manzanas enteras, y en el
fondo aquella hoguera colosal, de la que, como chispas, se desprendían millares
de linternas en todas direcciones, y que convertía el mar en un espejo de
fuego: comprendí a Nerón.
La vida en Hong-Kong, como país
comercial, tiene pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas pasean por
este o el otro vericueto, como medida higiénica; pero sin un punto fijo de cita
para el high-life. Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al que
apenas asisten señoras: verdad es que estas son escasas. En cambio el hombre se
divierte mucho a la inglesa, es decir, haciendo excursiones campestres y
desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímnicos. Como no hay cafés
públicos, existen un club alemán, otro portugués y otro parsi, pero ninguno
puede compararse al británico, que es un verdadero modelo. El ingreso cuesta
treinta duros y cuatro la cuota mensual; el edificio, suntuoso, pertenece a la
sociedad, que ya no sabe en qué invertir el dinero que le sobra; del seno del
mismo club emanan multitud de sociedades de sport, tales como el club de
regatas, el de carreras, el de declamación, el de conciertos, el juego de
pelota con variadísimas manifestaciones, la lucha de la maroma, en la que dos
bandos tiran de los extremos de una cuerda hasta atraerse el uno al otro; por
supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local ad hoc, no siendo el
menos notable las praderas que les sirven de trinquete; el gobernador y los
notables presiden muchas de estas fiestas, y a todas tiene derecho el miembro
del club general.
En este puede decirse que vive la
parte europea masculina de Hong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su correo en
magnífico papel que, a granel, y con preciosos membretes, anda tirado por las
mesas, y recibe la correspondencia que en un cuadro está a merced
del que la quiera tomar, sin que
se le ocurra hacerlo nunca mas que al interesado. En el salón de lectura hay
todos los periódicos notables del mundo; de la biblioteca, rica en obras sobre
la China, toma el socio los volúmenes que le da la gana y se los lleva a su
casa, dejando en cambio un recibo. Hay un bar-room, o sitio de bebidas, un
lunch-room o puesto de fiambres para el tente-en-pie, y un diner-room o
comedor, donde almuerza y come muchísima gente, teniendo sus platos huecos, que
se llenan de agua caliente en el invierno, y su hielo, pancas y ventiladores para
el verano. Existen trece dormitorios, con el objeto de que el socio que llegue
de fuera esté seguro de tener cuarto donde pasar la noche, aunque las fondas
estén atestadas. Y al efecto, cada uno que se sucede toma su turno; de modo que
cuando arriba un décimo-cuarto huésped, el número uno se va con la música a
otra parte, pues se supone que ya ha debido tener tiempo de procurarse posada.
Lo que se consume no se paga hasta fin de mes, a la presentación del ticket, o
boleta, que por cada cosa ha firmado el socio, así es que los dependientes,
todos chinos, no pueden robar ni un céntimo. Magníficos billares, tocadores
espléndidos y salones confortabilísimos completan este prototipo de casinos,
cuya administración corre a cargo de un solo dependiente inglés con el título
de secretario.
La vida es cara en Hong-Kong. Una
casa, no muy grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento cincuenta el
orificarle a uno cinco muelas. En las fondas se paga cuatro duros por día, sin
los vinos, y cinco reales en el Club por una copa de licor cualquiera.
Pero dejemos ya todo lo que huela
a Europa y corramos en busca de cosas celestes.
En Queen’s road, o sea en la
arteria principal, alternan con establecimientos europeos, multitud de tiendas
chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que vemos en nuestra casa, a
excepción de las mercancías que en ellas se expenden.
Trabajos en marfil, filigranas de
plata, vasos de porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran valor en
estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos de concha y de laca, muebles de
maqué y otras industrias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates,
relativamente limpios, pero sin agrupación artística.
Las muestras de los bazares son
unas planchas de madera rojas o negras, colocadas en las puertas verticalmente
y de canto como columnas, con caracteres chinos de relieve y dorados, que
constituyen el mejor adorno posible, pues sabido es que la escritura china es
un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el fondo y detrás del mostrador,
uno o dos chinos macilentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, como
el de todo el Celeste Imperio. Sillas o sitiales, en ángulos rectos, de una
madera oscura, casi negra, con más o menos tallado, según su riqueza, y con
asiento por lo común de piedra, con unas mesas pequeñas, rectangulares también,
con su tapa de mármol incrustada en el marco. Con estas tiendas alternan algún
bazar japonés, con sus elegantes productos de idéntica fisonomía, pero más
artísticos que los chinos, y mercaderes parsis e indostanes con sus cachemires,
telas de la India y mantones de capuchas, hechos con retalitos del tamaño de
dos reales, cosidos entre sí, y que parecen remiendos, de los que no compré uno
porque me pidieron por él más de mil pesos, y era usado.
Por fin, a la terminación de
Queen’s road, en el extremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino.
¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado treinta y ocho días y me he
expuesto a las contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas
casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni por
fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de mampostería,
porque es preciso que así sea, a fin de que no entren los espíritus maléficos.
Unos gruesos barrotes de palo en sentido vertical hacen de cancela. En cada una
de estas viviendas habitan treinta o cuarenta individuos, la mayor parte con el
torso desnudo, destilando pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del
marrano y de las gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro
artesano de índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra
media a un platero o pintor de retratos.
Todo son abacerías, expendedurías
de verduras, pescado salado y objetos de culto para las pagodas, tocinerías,
zapateros remendones, armeros y artículos de ferretería oxidados por el moho y
la incuria. En fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura
elevado al infinito. Ya
hablaremos de ello al ocuparnos detenidamente de los usos y costumbres locales.
Por hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en Hong-Kong la tan deseada
tela del abanico, me falta tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer
rumbo hacia Macao.
M , 30 1879.
Querido amigo: Un elegante vapor
de ruedas, estilo americano como los del Misisipí, pintado de blanco y con la
gran cámara a proa sobre cubierta, te hace recorrer en tres horas y cuarto, y
por la suma de H duros, las cuarenta millas que separan a Hong-Kong de Macao.
Las segundas están en el través del barco. Los chinos, cualquiera que sea su
categoría, no son admitidos más que en la cala.
Al ponerse en marcha el buque, lo
primero que te llama la atención es un guardián que, con un sable desnudo,
vigila una escotilla de proa, que comunica con la cala, y que antes ha tenido
cuidado de tapar con unos barrotes de hierro, a los que ha echado la llave.
Otro centinela, igualmente
armado, custodia la escalera que desciende al sollado. Por último, en la cámara
hay dos panoplias con machetes, puñales, carabinas, revólveres y municiones de
reserva, con un letrero que dice: loaded, es decir, cargados. Son precauciones
tomadas, invitaciones hechas al viajero para el caso probable, y antes muy
frecuentemente reproducido, de que los chinos se subleven al pasar por las
Islas de los Ladrones y entreguen la tripulación a los piratas que infestan
estos mares y que no perdonan vidas ni haciendas.
Por fin, llegamos a Macao,
pequeña península que afecta la forma de una S, en cuya cabeza y tripa existen
unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto interior, en la
desembocadura del río. La bahía, huérfana de todo buque que no sean las lorchas
chinas y sin casi calado, la representa el semicírculo entre el cuello y la
cabeza, en cuyo muelle está situada la Praia Grande, la mejor o la única calle
de la ciudad. Las demás, abiertas paralelamente a esta sobre la colina, y las
transversales, son callejones tristes, sombríos, conventuales, acusando
pobreza, ruina y privaciones. El barrio
chino, idéntico al de Hong-Kong,
se extiende por la espalda de la S desde la embocadura del río hasta la nuca,
de la que arranca un istmo, el que liga la isla al continente chinesco, largo
de un kilómetro y ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin caerse
al agua, si no se desvía del centro. Al cruzar la bahía, Macao, del que solo se
ve la Praia Grande, parece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un pueblo
de Aragón o de Castilla en pleno siglo XVI.
No voy a hacer historia, ni te
enseñaría nada diciéndote que esta es la primera factoría europea que el arrojo
de los portugueses abrió en los mares de China. Tampoco te importa saber que el
mando de la isla esté confiado a un gobernador, teniente de navío; que existen
un juez de derecho, un procurador de asuntos sínicos, una oficina de hacienda,
encargados de obras públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición al
mando de un comandante, jefes de fortificación, y media docena más de
funcionarios portugueses, todos ellos amabilísimos y de franco y abierto
carácter. Entre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo Marqués, dueño
de una casa con un espacioso parque, en el que se encuentra la gruta de
Camoens, compuesta de dos peñascos verticales y uno horizontal, apoyándose en
aquellos a semejanza de dolmen o altar druida, y en la cual el desterrado vate
compuso la mayor parte de sus Lusiadas. Un templete con el busto de Camoens, y
algunas estrofas de su poema esculpidas en mármol, alternan con ditirambos de
poetas modernos de todas las naciones, figurando en muy buen lugar una octava
de don José Heriberto García de Quevedo, ministro que fue de S. M. Católica en
China.
Las señoras europeas son nones y
no llegan a tres, como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué decirte
para darte una idea de su fealdad. Es imposible que nada en el mundo se parezca
al cruzamiento de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus posesiones
de Goa en la India, Timor en Oceanía o Cabo Verde y demás establecimientos del
África occidental. Imagínate un bull-dog con vestimentas humanas, y te quedas
atrás. Por supuesto, no se tratan con ningún europeo, ni se las ve a ellas en
ninguna parte; deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan detrás de las
persianas (cierre ineludible de todo hueco de Macao), y desde allí
ven sin ser vistas. Los días de
fiesta van a misa, vestidas de negro, y cubiertas con un enorme manto de seda
del mismo color, que pende hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en
lo cual obran con gran prudencia; además, las que pueden usan silla de mano,
con puerta apersianada también; es su único ventilador. Te aseguro que al
contemplar aquellas recatadas damas, cruzando en sus literas las tortuosas y
empinadas calles de la ciudad, alumbradas de noche por algún modesto reverbero
de aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en punta, le da a uno gana de
calarse un chambergo con pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada de
cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro digno de la época de
Velázquez.
Abolida en G D la emigración de
culis o trabajadores para Cuba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso, con
que contaba Macao desde que la apertura del puerto de Hong-Kong le privó del
gran tráfico con la Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta con
industria de ninguna clase, si no es la torrefacción del té, de la que están
encargadas casas chinas. Se puede decir que los macaenses se hallan sumidos en
la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portugués no saca de ella más
rendimientos que los que el juego público le procura; porque hay que notar que
Macao es el Mónaco o el Baden-Baden del Celeste Imperio. El juego prohibido,
perseguido y castigado severamente en todo el imperio, se ha refugiado en
Macao, a la sombra de la bandera lusitana.
El chino, que posee todos los
vicios, no podía dejar de ser
jugador, y lo es, en efecto, en
grado superlativo. Además del
ajedrez, las damas, el billar y
el volante, para el que se sirve de los
pies con suma destreza, tiene
cartas más numerosas que las
nuestras ( U naipes), pero en estrechas tiras, como los
dedos de
las manos, y con caracteres en
vez de figuras; dominó, con Q
fichas de madera, al que llama
Paí; el atchen, o juego de tres dados,
en que sobre un cartón, en que
figuran los seis números de uno de
aquellos y las combinaciones de
los tres, apunta el jugador, y al que
por onomatopeya se le da el
nombre de Kulú-Kulú, pues imita el
ruido que producen los dados
cuando el banquero los agita sobre un
platillo cubierto de una pequeña
taza de porcelana. Estos y otros
muchos juegos se juegan en mitad
de las calles del bazar chino por
culis y arrapiezos que apenas
pueden tenerse en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas
y apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre las
sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en que están
sentados.
Ya que de sentarse hablo, te diré
que la manera que tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del Asia es
especial, e incomprensible que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se
dejan caer en cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras.
Pruébalo y me contestarás.
Pero volvamos a los juegos y
consignemos los tres más productivos para el gobierno portugués.
El Pakopio es una especie de
lotería antigua o primitiva, en la que, mediante una contribución, un
comerciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en todas las tiendas del
bazar unos papeles o billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres
arriba, y otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su
elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de la inferior,
arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero a su vez, y a una hora
dada, antes de que empiece el juego en las tiendas expendedoras de billetes, ha
borrado a su arbitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depositado esta
boleta en una caja, cuya llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al
medio día, y los jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero
imaginó, cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve
a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh moralidad!
El segundo en jerarquía superior
es el Fantan. Doce son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, que
se consagran hasta media noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un
rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.
Entras por una puerta adornada
con calados dorados, como todas las casas lujosas de China, y alumbrada por
linternas de papel de colores o de cola de pescado, con inscripciones. Un
biombo de madera oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar del
suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y ennegrecida por el
aceite de coco de las
iluminaciones, y penetras en un cuartucho con un balcón o galería elíptica en
el centro, que deja ver la sala de abajo, donde está el tapete. Algunas casas
tienen otra galería en el segundo piso, tan falta de aseo como la del primero.
Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de grasa, en compañía de
varios culis y europeos, que los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y
otros puntos a probar fortuna. Unas canastillas, pendientes de unas cuerdas
sujetas a la baranda de la galería, te permiten hacer llegar a los de abajo el
dinero que vas a exponer. Nada te digo de los perfumes que allí se aspiran
entre efluvios de tabaco, tufo de las lámparas y eructaciones de los chinos,
que consideran este desahogo como el más delicado refinamiento de cortesía, y
en especial cuando uno está convidado en casa ajena para demostrar que la
comida le ha sentado bien.
Veamos ahora el salón. Un público
tan numeroso y escogido como el de las galerías, rodea un mostrador, cubierto,
a falta de tapete, con una esterilla fina de junco, en el centro del cual hay
como un ladrillo de plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un número del
al . Un culi, desnudo hasta la mismísima
región umbilical, es el encargado de colocar las apuestas donde el público le
marca, y de pagar a los gananciosos (con por V de descuento, que se reserva la
casa para la contribución), o de cobrar íntegro de los perdularios. Otro
caballero chino, en lucha anatómica con el primero, se entretiene en un
aditamento del mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los duros
mejicanos, que por aquí son la moneda corriente, y envolver en papelitos los fragmentos
de plata, escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las
transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pasemos al croupier, o
tenedor de la banca. Es este, por lo común, un señor carnoso y tranquilo, que
no exhibe lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan desnudo como ellos,
sino por impedírselo un pliegue abdominal que candorosamente descansa sobre la
mesa. Tiene delante como quinientas o seiscientas sapecas. La sapeca es la
moneda china de cobre en circulación; su diámetro es el de un cuarto de los
nuestros, con un agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte forman dos
reales. Las sapecas destinadas al Fantan son, sin embargo, ad hoc, más
perfectas y sin inscripción como las otras. Toma un puñado
como de doscientas próximamente,
y las coloca en el mostrador, cubriendo aquel promontorio con una pequeña tapa
de latón para impedir que el público pueda contarlas con la vista, tapa que
mientras está puesta, indica que puede hacerse juego.
Por fin la quita, y esgrimiendo
una varita afilada por el extremo inferior, empieza con una delicadeza
exquisita a separar con ella sapecas de cuatro en cuatro, hasta dejar una
última porción que, según resulta ser de una, dos, tres o cuatro, da la ganancia
a los que han jugado a estos números, amén de las infinitas combinaciones a que
da lugar el sistema. Por supuesto, que cuando aún quedan por separar sesenta o
más sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va a ser el residuo. Dícese también
que no obstante la vigilancia del público y el esmero con que la operación se
practica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le conviene. De mí he de
decir que he estado tres veces para enseñar este juego típico a extranjeros, y
ellos y yo hemos perdido siempre.
Pero el que revela hasta dónde
llega la pasión del azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en grado
supino, es el juego del Vaisen o de los examinandos.
Si las instituciones chinas y sus
preceptos sociales y políticos tuviesen en la práctica la observancia exigida
por sus códigos, habría que confesar que era la primera nación del mundo, y
tendríamos a honra el imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que las
sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores.
Hable el Vaisen.
En China no hay otra aristocracia
que la del talento. Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos, todo,
en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el más oscuro y humilde del país
deje de poder optar a la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en
Pekín y en Cantón, alternativamente, exámenes públicos, para cuyos ejercicios
existen espaciosos locales con cuatro, cinco mil o más celdas, en las que,
tapiados como los cardenales en la elección de Papa, ejecutan los examinandos
sus composiciones; no creas que de ciencias exactas, naturales y físicas, no;
toda la sabiduría de los celestes se reduce a conocer el mayor número de signos
de que se compone su escritura, las máximas de Confucio y Mencio, y la
genealogía de sus monarcas con hechos notables de su historia. Así
obtienen el título de mandarín,
que comprende nueve grados y se distinguen por el color del botón que colocan
sobre el sombrero oficial, como te explicaré a su tiempo, con lo cual se hallan
en aptitud para ejercer un destino público, el que, con una gran longevidad y
un hijo varón, completa los tres mayores beneficios que estos señores se desean
entre sí. Al terminar los exámenes de un año se reparten las listas de los
examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello. Fórmanse con estas listas
millones de cuadernos en que figuran los nombres de los alumnos; estos
cuadernos, que son otros tantos billetes de lotería, se venden a distintos
precios a los jugadores, quienes marcan, como en el Pakopio , los nombres de
los que juzgan que han de ser aprobados, ganando al terminar los exámenes en
proporción de los nombres que acertaron y de la cantidad que representaba el
cuaderno. ¡Qué sumas se jugarán al Vaisen cuando el monopolizador de esta
industria en Macao, único punto donde se tolera, paga al gobierno portugués
cuatrocientos cincuenta mil duros anuales!
Excuso decirte que cuando se
aproxima la época de los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones a los
catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprueben a fulano o a mengano,
sobre el que se ha inclinado la balanza de las apuestas; o bien recurren al
examinando mismo para que conteste mal a trueque de dinero. En fin, no hay
género de cohecho ni de prevaricación que deje de ponerse en práctica, con lo
que resulta una segunda lotería para alumnos y examinadores.
Ahora, antes de empezar a tratar
al chino, acabemos de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hembra, con
su traje y su fisonomía; ambos son uno, salvo el que en la patchama de las
mujeres las mangas perdidas solo llegan a la mitad del brazo, que adornan con
una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y los aretes de las orejas.
¡Coquetuelas en todas partes! Subiendo un peldaño en la escala femenina,
tropezamos con la camarera o ama, como la llaman por aquí. Es la misma mujer
culi, más limpia, con traje idéntico, si bien aseado, y con la patchama azul de
lustrina ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos. Usa zapatos con
dos tacones, a proa y a popa, o de seda como el de los hombres, de forma
agalerada, con una suela blanca de fieltro
sumamente gruesa. Las hay que
llevan medias de Europa; pero nunca se tapan la cabeza con shalakó como las
jornaleras; se preservan del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas
de Eva, puesto que la que ocupa una posición desahogada, la mujer de clase, si
aquí puede llamarse de ese modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después
de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su marido.
Vamos a hablar ahora del famoso
pie pequeño de las chinas. En todas las clases lo encuentras con profusión. He
aquí cómo se practica esta bárbara costumbre. Al nacer la niña le descoyuntan
hacia dentro, triturándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le doblan el
pie de modo que se apoye al andar sobre las falanjes, quedando el dedo gordo
formando el empeine, y le maceran el talón, que desaparece por completo en el
tobillo. Es decir, que el pie lo forma solo el dedo respetado; lo demás es un
muñón informe. Naturalmente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vistosos
colores y bordados, y sujeto a la canilla por una faja para que se sostenga,
resulta de una pequeñez inconcebible y se da al pie la apariencia de una pata
de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce, o mejor dicho, se le
atribuyen varias causas. Pretenden unos escritores que fue por adulación hacia
una emperatriz que, por lo diminuto de su pie, mereció ser española; suponen
otros que es signo de distinción para dar a entender con ello que no necesitan
andar y pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo, pues hay muchas
que, sin este requisito, no dan un paso. Algo de esto último debe haber dado la
inclinación del chino a hacer ver que puede derrochar dinero, y sus aficiones a
lo simbólico y emblemático, como lo es también el dejarse crecer las uñas, muy
ribeteadas por lo común, para indicar que no se consagran a tareas manuales.
Mujeres hay que las llevan cubiertas con dediles, y en Siam se ven individuos
con treinta centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en forma de
tirabuzón.
Volviendo al pie pequeño, y
respetando las opiniones de los que saben más que yo, opino, sin embargo, que
hay otra razón para este martirio. Con la trituración desaparece por completo
la pantorrilla; desde el tobillo a la rótula, la pierna no es más que una
canilla; pero en compensación los muslos y las caderas adquieren
un desarrollo fenomenal y muy en
armonía con los gustos estéticos de los chinitos.
—¿Por qué no suprimen ustedes esa
costumbre? —pregunté a un celeste de quien me asesoro para mis apuntes.
—Porque nos gusta —me respondió—
ver cimbrearse al andar a la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe tener
piernas de faisán.
—Pero eso es bárbaro —añadí.
—¿No lo es más el corsé europeo?
—objetó en son de demanda. —De ese modo condenan ustedes a la pobre mujer a no
participar
de ninguno de los goces de su
sexo —proseguí eludiendo la pulla. —¿Cuáles?
—El baile, verbi gracia.
—¡El baile! —me dijo soltando una
carcajada—. Nosotros no bailamos nunca. Es una de las cosas que más nos llaman
la atención en ustedes; que se sofoquen y echen los hígados para no gozar del
espectáculo. ¿No sería más natural y más noble dejar bailar a los criados, y
que los amos los contemplasen? Es lo que nosotros hacemos con los músicos y los
juglares; nosotros los pagamos y ellos nos divierten.
—Tiene usted buenas ocurrencias.
—No, señor, es que ustedes tienen
cosas muy raras.
—¡Hombre!
—Sí, señor, muy raras y muy
inútiles. Así, por ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy en razón
en el traje cuando sirven para abrochar algo.
—Y nosotros lo mismo —le argüí.
—Entonces ¿por qué se ponen
ustedes estos? —me dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los dos
tradicionales botones del talle de la levita.
Ante tamaño argumento confieso
que me quedé mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante de mí un europeo,
no puedo dejar de mirar aquellas dos obleas que me parecen los ojos del chino
riéndose de las modas de París, y diciéndome: «Te veo».
En todas partes del mundo se nota
diferencia en los rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición y otro
educado. Hay en este último más delicadeza en los trazos, más suavidad en los
músculos, más distinción en general. Aquí no; todos son iguales. El
príncipe Kung, regente del
imperio, el virrey de Cantón, el opulento empresario del opio, el mercader y el
culi, son ejemplares del mismo cliché.
Una sola cosa los distingue, y es
la mejor tela del traje. Todo el que no es culi usa patchama de la misma forma
que la de aquel, pero de merino o de seda cruda, de delicados colores celeste,
violeta o amarillo de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos
calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre unos calcetines de
lienzo blanco, muy ajustados del pie y anchos de la canilla. En invierno añaden
unas pistoleras, o sea un segundo calzón sin fondillos, que deja ver el de
abajo por detrás desde las corvas hasta arriba y un capotón guatado y sin
mangas como el de los culis, pero limpio relativamente. La blusa se convierte
en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando se visten de gala, de igual
forma y color que la patchama, pero descansando en los talones. La cabeza, en
verano descubierta y garantizada por un paraguas, en los meses de frío se la
tapan con una flanerita de seda negra del tamaño de un solideo y colocada como
este.
El boy o ayuda de cámara es el
único chino de modales más desenvueltos y de rostro más simpático; yo creo que
en ello influye su trato constante con europeos. Habla inglés o portugués,
según la colonia en que habita, francés los de los puntos en que hay concesión
de terreno a aquella nación, algunos alemán por análoga causa, y muchísimos
español por haber permanecido en Manila o ido a Cuba en el período de la
emigración. El boy es el jefe de todos los criados de una casa; las mujeres no
hacen otro servicio que el de camareras. Se necesitan los siguientes: Un
cocinero con siete duros mensuales: él provee el menaje de cocina y se agencia
el pinche o aprendiz. Dos culis de silla; algunos tienen de cuatro a seis
duros; encargados de la limpieza de la casa y de servirle a uno de acémila
enganchados a la litera. Un office coolie, para las comisiones, correo y
mandados burocráticos, con igual salario, y por último, el boy con ocho duros.
Reservados, respetuosos, fieles,
salvo las pequeñas sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el
cumplimiento de su deber, los chinos son un verdadero modelo de criados. No
viven más que para adivinar lo que a su amo puede hacerle falta. Hace
pocas noches, con el deán de la
Catedral de Manila, que me hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al
Círculo; de allí nos trasladamos a una casa de Fantan para que conociera este
juego. A la salida, sobre media noche, advertimos que llovía; pero al trasponer
la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla, sin que nadie los
hubiera avisado y en un sitio al que jamás concurro.
Un diplomático, amigo mío,
asistió de uniforme a una comida oficial en Hong-Kong. Después se fue a tomar
el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo indispuesto, le obligaron a
pasar allí la noche: al amanecer del día siguiente estaba su boy personado en
la casa con el traje de levantarse y otro de calle para cuando su amo se
despertara.
Te vas de paseo al campo, llega
una carta para ti y el office coolie, como un podenco, se pone a olfatear tu
rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y haberte dado la misiva.
Con su salario se mantienen, se
visten y economizan para dar la mitad lo menos a su padre, o sostener su casa
si no son solteros.
En cambio no les mandes nada que
esté fuera de sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de ellos. El
office coolie no te encenderá una lámpara ni tomará una escoba, el culi de
silla no te sacará una camisa del armario, el boy no irá con un recado a casa
de tu vecino.
Ayer estaba en mi escritorio
dándole unas instrucciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos los
papeles.
—Cierra esa ventana —le digo. Él
gira sobre sus talones, y desde la puerta grita:
—¡Culi! Ventana.
El culi, como si hubiera
presentido la caricia de Eolo, estaba ya trasponiendo el dintel.
—¿Por qué no la has cerrado tú?
—le grito al boy indignado. Y él sin alterarse, me contesta:
—Not my business, sir. No es de
mi incumbencia.
M , 18 1879.
Mi querido amigo: Una
representación teatral china es sin disputa lo que más llama la atención del
europeo, acostumbrado a ver que entre los celestiales todo pasa al revés que
entre nosotros. Así, por ejemplo, estar con la cabeza descubierta delante de una
visita, se considera como signo irrespetuoso y hasta insultante. El lado
izquierdo es el preferente en toda ceremonia. Una sonora eructación hacia el
final de una comida, es la prueba más relevante de cortesía que puedes dar a tu
anfitrión, para hacerle entender con ello que sus manjares te han sentado bien.
Cuando a uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más cumplido, y es hasta
fórmula precisa preguntar a la persona a quien ves por la vez primera los años
que tiene, y responderle que aparenta más edad. Por supuesto, ya sabes que
escriben de arriba a abajo y de derecha a izquierda; de modo que sus libros,
impresos en pliegos como los del papel de cartas por un solo lado, y
encuadernados de manera que el doblez haga las veces de canto, formando una sola
página lo que entre nosotros constituiría la primera y la cuarta, tienen el fin
en el lugar en que en Europa se pone el principio.
Pues bien, todo esto son tortas y
pan pintado en comparación de los templos en donde se rinde culto a Melpómene y
Talía.
Los chinos son idólatras del
teatro: es una verdadera pasión la que tienen por estos espectáculos, en que se
representan batallas y pasajes de su historia, alternados con entremeses, de
autor siempre anónimo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en lo
que muy pronto creo que los vamos a imitar en Europa, si seguimos por donde
andamos.
Pero vayamos por partes.
Las compañías, por lo menos las
que yo he visto, están compuestas de hombres solos, y es notabilísima por
cierto la
habilidad con que los encargados
de los papeles de mujer las imitan en todo; llegando la perfección hasta el
punto de remedar el pie pequeño de las chinas, formado con un taruguito de
madera que se colocan en la punta de los dedos, y con el que tienen que andar
de puntillas. Su identificación con la metamorfosis es tal, que hasta fuera de
la escena se los toma por mujeres. Me han asegurado que hay compañías
exclusivamente formadas por el bello sexo y otras mixtas; y verdad debe ser,
por cuanto las leyes chinas niegan a las actrices el derecho de contraer
matrimonio legal, relegándolas a la condición de concubinas.
Estas compañías, más o menos
numerosas, se dividen en de .º,
.º y .er orden, y llevan una vida nómada y
errante, como la de nuestros antiguos faranduleros , trabajando allí donde los
ajustan, si bien su adquisición es siempre disputada. Rara vez son empresarios
los actores.
Lo que llamaremos temporada dura
cinco días consecutivos, y los artistas reciben por su trabajo una remuneración
que varía entre X Q y , b duros.
Generalmente los teatros se
improvisan con bambú en los pueblos de poca importancia; pero donde las
representaciones son frecuentes, hay edificios de planta, hechos de ladrillo y
yeso, a cuya categoría pertenecen los dos que posee Macao.
La sala es un rectángulo. Dos
órdenes de lunetas de madera oscura, separadas por un callejón en el centro,
componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que concurre la gente
acomodada. Estas lunetas están separadas de la pared por un ancho pasillo a
cada lado, a los que de pie y gratis asiste el pueblo. En el primer piso hay
dos galerías laterales para señoras y caballeros preferentes. En el segundo y
en el fondo, paralelamente a la escena, se levanta un graderío para todos, como
el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas del vulgo por una barrera y de
los vecinos por un tabique, son los palcos para las autoridades de la Colonia.
Los precios de las localidades
varían desde un real hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debieron
estar enlucidas de yeso, no están ya más que relucientes de mugre, y jamás hubo
mano de pintura en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas y
frecuentes fumigaciones. Alguna
que otra lámpara de aceite de coco, despabilada a intervalos por culis
(coolies), vestidos lo estrictamente necesario para no poder decir que van
desnudos, alumbran y asfixian al público. El traje del que no paga y el de la
muchedumbre de a real, viene a ser como el del culi. Los de los caballeros y
señoras ya nos son conocidos. Pero hay otra clase de Evas, luciendo patchamas
de la forma invariable china, si bien bordados en sedas de colores
vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oropeles de su prendido y
el blanco de magnesia y rojo de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para
imitar a las grandes damas, acusan a la legua su triste condición de hetairas.
Su misión se reduce a dar testimonio con su presencia de la prodigalidad del
que las alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza, no la lleva
allí con fin alguno ulterior: el oficio de aquella mujer termina con el
espectáculo. Aquel buen hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal circunstancia
algo más que el precio del billete, y ha convidado a aquella criatura, para que
esté sentada junto a él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa; pues se
me olvidaba decir que todos, sin distinción de sexos, fuman durante la
representación, comen y beben y se dicen que les ha sentado bien.
En los pasillos hay puestos donde
se confecciona toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la morcilla
asada, que aún humeante, sirven por la sala los dependientes de los
abastecedores. Imagínate el olor que allí habrá, si agregas a esto el que todos
los descartes de la naturaleza se llevan a cabo donde al público le place.
Aquello es un vasto jardín. ¡Quién fuera alcalde de barrio de Sevilla para
poder poner aquel célebre aviso: «¡No se premite jumar en el zalon ni llevar
castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!»
Se me pasaba por consignar un
detalle. Las representaciones dan comienzo a las siete de la noche, continúan
hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden hasta las once, y terminan a las
cinco de la tarde. El que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los
ruidos alternan con los perfumes.
Pasemos a la escena, poco elevada
sobre el nivel del público. Figúrate una decoración de sala cerrada; pero que
en vez de ser de
tela y madera, sea de ladrillo y
yeso, es decir, fija, invariable, sin más puertas que dos pequeñas en el fondo,
y adornada con pinturas y hojarascas de talla dorada. De los muros penden
grandes tarjetones encarnados o negros, donde con caracteres de oro se
consignan el nombre de la compañía y sus títulos. Dos pasillos laterales
interiores, prosecución de los que en el público sirven para espacio gratuito,
conducen al foro, donde en un solo recinto se hallan la guardarropía, la
sastrería, el vestuario y todas las dependencias.
En el centro del escenario está
la orquesta destinada a acompañar a los ejecutantes. Su instrumental se compone
de una especie de rabel o violín de una sola cuerda, una o dos guitarras
chinas, desmesuradamente grandes, y con la caja en forma de concha, una como a
modo de dulzaina, címbalos, gong o campana china, un tambor convexo de metal,
como una cazuela pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que producen el
sonido de nuestras castañuelas. Todo el proscenio está invadido por un centenar
de culis, parte de ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores y
dependientes, colocados, como los coros de las óperas en los teatros de
provincia, en fila a guisa de soldados de papel. Comprenderás, por lo dicho,
que el espacio libre para representar se reduce a unas cuatro varas en cuadro.
Las decoraciones, cualquiera que
sea el sitio en que pase la acción, se reducen a una mesa tosca de madera con
una silla de bambú a cada lado. Si el teatro representa una casa rica, revisten
las sillas de un paño encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega
algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol a cuyo pie debe sentarse un
personaje, cúbrese el asiento de un paño negro, al que se sujeta un cartelón
que dice: «Árbol.»
Fácilmente se ve hasta dónde
puede llegarse por este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se
convierte en cama, agregándose unos riquísimos cortinajes: es el único lujo,
pero preciso, que se permiten en la mise en scène.
Desterrados del teatro los trajes
de la dinastía reinante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los
artistas usan los de la época de los Ming, pura rama celestial o del imperio
del Centro, que son lujosísimos, raros hasta lo indescriptible, y de que solo
puedo darte
una ligera idea, recordándote los
personajes de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas del país.
Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo va fiado a la memoria; con la
particularidad de que el público conoce casi siempre la obra tan bien o mejor
que los actores, a quienes nunca aplaude, reduciéndose la manifestación de su
agrado a un murmullo de aprobación.
La mímica es entre los chinos el
fundamento de la declamación; todo lo componen con gestos. Un personaje que
escribe, otro que come, no se servirán nunca del pincel (que es su pluma), ni
de la taza o los palillos (que forman el plato y el cubierto); con las manos
dan a entender como pueden lo que hacen; y sin duda para ellos debió escribir
aquel libretista del baile El robo de las Sabinas, la célebre acotación que
decía: «Los romanos dejan ver por sus ademanes que carecen de mujeres.» Los
chinos lo hubieran interpretado sin apurarse.
Hay, sin embargo, algunos
utensilios de que se sirven como símbolo: por ejemplo, el personaje que figura
estar montado lleva como látigo una cola de caballo; el que navega blande un
remo, porque es de notar que la acción no se interrumpe nunca ni se subsanan
ciertas justificaciones con recursos de arte. Si alguien dice que se va de
Cantón a Pekín, y la escena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino,
es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los medios de locomoción de
que ha de servirse, llegando a tal extremo la escrupulosidad de estos detalles,
que no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y golpear el aire con
sus nudillos cuando figura que llama en otra casa.
Pero lo más raro sin duda en este
convencionalismo, es la manera de dar a entender que uno de los interlocutores
no ha oído lo que los otros se han dicho aparte. Consiste el movimiento en
volver la espalda al público.
Siguiendo por la vía de los
emblemas, no te sorprenderá el saber que, para demostrar un personaje que es
hipócrita y de doble intención en sus actos, se pinta las narices con una
mancha blanca. Por supuesto que abundan las prosopopeyas o personificaciones de
ideas, entre las cuales he visto a la inspiración, vestida como de arlequín,
penetrar en el cerebro de varios examinandos que
concurrían a un certamen del
grado de mandarines, dando brincos por encima de sus cabezas.
Su literatura dramática no puedo
yo apreciarla, aunque conozco algunas traducciones de obras antiguas. Sin
embargo, sé de ella lo bastante para consignar que los entremeses modernos son,
en su mayoría, obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus costumbres.
En ellos ves títulos como este: El castigo de una mujer que no ha tenido hijos
varones, circunstancia que entre los celestiales autoriza al marido a tomar
concubina legal; como verás cuando te dé a conocer al chino en familia. Son de
larga duración, sin estar divididos en actos, o constando de uno solo. Se
representa y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto los personajes
masculinos como los femeninos, cantan en falsete con unas modulaciones
imposibles de comprender, y llevando un compás muy parecido a un laberinto.
Añade el acompañamiento de aquellas chicharras, y el ruido infernal del gong y
los platillos, que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y tendrás una
idea de cómo se rinde aquí culto a Euterpe. Esto no obsta para que en Pekín
haya un ministerio que se llama de la música.
Yo he asistido a la
representación de una obra, que es la historia de un matrimonio, a cuyos
contrayentes otorga el cielo, coram populo, el beneficio de un hijo en la forma
de un muñeco de cartón, y a cuya paternidad legal puede el público servir de
testigo de prueba.
Por la contra, existen obras
antiguas de un delicioso carácter y de una intención filosófico-social del
mejor cuño. Juzga por este relato. Ilustración
Tchuang-Tsen es un sabio y viejo
confucista, casado con la hermosa Tián. Un día que el marido se paseaba por el
monte, observó junto a una tumba a una linda mujer aventando la tierra con su
abanico. Preguntándole lo que aquello significaba, contestóle ella que aquel
sepulcro era el de su marido, que al morir le había impuesto la obligación de
no volverse a casar hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese
completamente seca, y que trataba de ver si con sus esfuerzos lograría lo que
la naturaleza se empeñaba en negarle: secarla.
El sabio, que al mismo tiempo
tiene sus ribetes de hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que la
humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge con evidentes muestras de
júbilo, llenando de caricias a Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su
abanico. De regreso a su casa, entera a Tián de lo ocurrido, y esta, que
demuestra ser mujer rígida en sus principios e intransigente en cuanto con la
decencia y la consideración se relaciona, se desata en improperios y llena de
dictados a aquella mujer, que tan pronto y sin recato alguno olvida el respeto
debido a su difunto esposo.
—Lo mismo harías tú y todas —le
contesta el sabio.
—Nunca —replica Tián—. Eso es
indecoroso e impropio de mujer que se estima.
Finalmente, tras una larga
discusión, cada uno se queda con su razón, sin avenirse.
A los pocos días, Tchuang-Tsen
cae enfermo, y se muere. Tián se abandona al más vehemente y más ostensible
dolor. Terminadas las ceremonias fúnebres, mete el cadáver en la caja, y se
dispone, según la usanza china, a guardarle en la cámara mortuoria los tres o
cuatro meses de rigor entre la gente rica.
En este intervalo, llega a la
casa Wang-Sun, joven y apuesto mancebo, que ignorando la muerte de
Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomendación, desde lejanas tierras, a
ser su discípulo y compartir con él su hogar. La viuda le da alojamiento hasta
que disponga su regreso, y ambos lloran al difunto, encomiando las excelencias
de su carácter y sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en aiguille ,
como dicen los franceses, Tián concluye por enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo
José, quiere buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la viuda del
Putifar chino. La pasión de Tián se excita con su esquivez, y por fin... ambos
se ablandan.
Entonces óyense golpes en la
caja; Wang-Sun, aterrado, echa a correr; Tián, con mano trémula, abre el
féretro, y lo halla vacío. Vuelve a la sala en busca de su amante, y se
encuentra con su marido Tchuang-Tsen, que la recibe con una carcajada, y le
explica que es él quien ha tomado la forma de Wang-Sun, concluyendo con esta
frase:
«¡Vamos! ¿Te convences de que lo
mismo sois todas?»
Los hechos históricos que en el
teatro se representan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los
combatientes se entregan a saltos muy notables, luciendo trajes lujosísimos y
armas de una rareza ejemplar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan, y
las describiré a su tiempo cuando te hable de mi visita al virrey de Cantón.
Lo original de estas
representaciones es el combate. Si la crónica refiere que el héroe de la
leyenda mató a quinientos combatientes, no cesará el espectáculo mientras los
comparsas no hayan pasado otras tantas veces bajo el filo de su espada, que él
blande de un modo muy artístico, figurando que mata con ella a sus enemigos;
hasta que al fin, para indicar que la lucha ha terminado, coge una cabeza de
cartón que está sobre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo. Entonces
retumban vivas y gritos de victoria, y cercándole de banderas, se lo llevan en
triunfo; el público murmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno a
respirar el fresco ambiente de la tarde.
M , 26 1880.
Mi querido amigo: Ya te he dicho
que en vano busca uno colores en China; pues lo mismo sucede con los olores
(salvo los malos, peculiares de este país), los ruidos, los afectos y las
pasiones. Todo aquí es vergonzante o rudimentario; no hay nada franco y
decidido. Aspirando bien, llegas a encontrar a la flor algún perfume recatado y
modesto; las frutas no son ni agrias ni dulces, pero sí insípidas; los
instrumentos músicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chinos y chinas
cantan en falsete, sin vibraciones en la voz y en el diapasón de la
confidencia; se diría que hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tanto,
el saber que en China no hay amor, con lo que probado queda que no hay nada: lo
que no obsta para que los estadistas difieran en reconocerle de cuatrocientos a
quinientos millones de población, que es una apreciable diferencia. Esto indica
que hay familia en el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está organizada
esta operación aritmética.
El nacimiento de una hembra es
una desgracia en el hogar. La ley protege al marido cuya mujer no le ha dado
hijos varones, y le autoriza a tomar concubina legal. La superstición, base de
esta sociedad, va aún más lejos, y madres hay que considerando como un castigo
celeste el no tener sino hijas, las matan, por aplacar el enojo divino.
Venderlas es cosa frecuente; por dos reales adquieres una niña de tres o cuatro
años. No hace muchos días vino una madre a regalarnos la suya, en
agradecimiento de unos juguetes que a su hijo le habían dado los míos.
Es tan inconcebible lo que voy a
contarte y tan frecuente en los escritores el inventar por producir efecto,
que, aunque te consta mi veracidad, creo de mi deber repetirte bajo palabra,
para satisfacción de tus lectores, que estas correspondencias no tienen otro
mérito que el de la exactitud, reducidos sus detalles las más veces a las
menores proporciones, pues cosas
hay que no sabe uno cómo decirlas, y que no obstante se deben dar a conocer.
Entre muchas hermanas hay siempre
una que es la predilecta de los padres, predilección que debe trascender al
público, lo que consiguen colocándole en un lado de la cabeza el tuferito de
pelo que las demás ostentan en mitad del occipucio, hasta que ya adultas unas y
otras, dejan crecer la parte afeitada y adoptan el peinado de soltera o el de
casada, aun siendo célibes, si no quieren consagrarse al matrimonio. Por
supuesto, no las enseñan a leer ni a escribir, y su educación se reduce a
empezar a comprimirlas el pie desde que tienen cuatro años, para destinarlas a
esposas, que necesariamente han de ser de pie pequeño. Hablo de las clases
acomodadas, pues los pobres, como en todas partes, hacen lo que pueden, y se
casan sin miramiento a la base.
Muchas de estas desgraciadas
mujeres quedan relegadas a la condición de concubinas de algún chino acomodado,
o pasan a ser mercancía vil del transeúnte, porque sucede que, si joven aún,
cae enferma, in articulo mortis la madre la vende a una curandera, que se
encarga de cerrarle los ojos y sufragar su entierro; pero si sana, la empírica,
que a su profesión agrega el oficio de zurcidora de voluntades, queda dueña
exclusiva de la infeliz, y la explota hasta que ella puede emanciparse mediante
un rescate pecuniario.
La elefantíasis , esa terrible
enfermedad hereditaria conocida vulgarmente con el nombre de lázaro, hace en
China estragos horrorosos; y la mujer que por desgracia cuenta algún lazarino
en su abolengo, es llevada por su propia madre a esos centros de la higiene
pública, donde cubriéndose treinta y seis veces de oprobio, asegura la
superstición que desaparece el germen del mal.
Pero nace un hijo y la decoración
cambia; no creas que hay bautizo ni inscripción civil; toda la ceremonia se
reduce a celebrar tan fausto suceso con una comilona, mucho más copiosa para el
mayorazgo que para los demás hermanos varones que le sigan: derecho de
gradación que se refleja en todos los actos de la vida china, alcanzando hasta
la herencia, de la que, excluidas las hembras, toca a cada hijo una parte tanto
mayor cuanto aventaja en años a sus hermanos menores.
El padre pone un nombre a su
antojo al chico, y este lo conserva hasta que se halla en disposición de
empezar su instrucción primaria. Entonces lo cambia, operación que verifica
también al casarse y al desempeñar un cargo público. Los emperadores mudan asimismo
de nombre al subir al trono, al entrar en la mayor edad y al ser juzgados
después de su muerte por los censores, quienes le conceden el dictado con que
han de ser conocidos en la historia.
Empieza, pues, el muchacho por
estudiar los caracteres de que se compone su lengua, y que se elevan a la
enorme cifra de H , H . Conocer la mayor cantidad posible de ellos constituye
el desideratum de los chinos. Escritura ideológica trazada con pincel de arriba
abajo y de derecha a izquierda, cada signo de sus más de doscientas radicales
corresponde a la representación de un objeto, y combinados, producen esa
multiplicidad de caracteres a cuya absoluta posesión no hay nadie que haya
podido llegar todavía. Agrega a esto el que cada signo tiene una pronunciación
monosílaba y que cada monosílabo es susceptible de ser pronunciado de cuatro
maneras diferentes, y tendrás una idea, aunque remota, de las dificultades de
la lengua.
El idioma oficial es el mandarín
o pekinés, existiendo además muchísimos dialectos o puncti (lengua del país),
entre los cuales el más generalizado es el cantonés. El populacho y la gente de
mar hablan una jerga conocida con el nombre de Aka.
Como en China no hay
universidades ni centros de enseñanza oficial, el muchacho tiene que estudiar
con maestros particulares, empezando por imponerse en moral según las máximas
de Confucio, retórica, historia la estrictamente necesaria para conocer la cronología
de sus reyes, pues la de los demás pueblos maldito lo que les interesa;
filosofía con las ampliaciones de Mencio a los preceptos de Confucio y
comentaristas de este, y legislación, la cosa menos parecida al derecho que
puedas suponer.
Y aquí se acabó toda la
enseñanza. Lo importante es obtener un grado de mandarín, única aristocracia
personal, no hereditaria, en China, a la que tiene opción el individuo
cualquiera que sea su origen, y que si se otorgase exclusivamente al mérito, en
vez de adjudicarse al mejor postor, justificaría en los chinos el dictado de
celestiales con que se adornan;
pero ya te dije al hablar de los juegos cómo se verifican estos exámenes.
Nueve son los grados de mandarín
y se distinguen por el botón o bellota con que adornan su sombrero. Este es
como una gorra de jockey, a la que se le añadiese, en lugar de visera, un ala o
baranda como la de un sombrero calañés ceñida al casquete, es decir, sin vuelo
y tan alta como este, teniendo por remate en el centro de la copa, su borla de
fleco encarnada y el botón distintivo de la categoría. Su efecto es el de un
cubo de ancha base, puesto por la boca sobre el cráneo.
El botón rubí o rojo
transparente, es el signo de los mandarines de primera clase, la más elevada.
Su número es de veinticinco. Seis están en el ministerio, quince presiden los
tribunales de provincia y cuatro tienen a sus órdenes al ejército. Todos ellos
han de ser letrados y forman el Consejo del emperador.
El botón rojo coral opaco, lo
usan los mandarines de segunda clase, en la que están comprendidos los
magistrados y jefes militares, y los de los ramos de la administración pública,
entre ellos los gobernadores de las provincias.
El zafiro o azul transparente,
corresponde a la tercera clase, o sea a los presidentes de los tribunales de
segundo orden, en las provincias, estando comprendidos en la cuarta los
individuos de estos mismos tribunales con derecho al uso del botón azul opaco.
La quinta y sexta, relativas a
cargos públicos de menor importancia, se diferencian por el botón blanco
transparente y blanco opaco; y la séptima, octava y novena, que abrazan los
maestros de instrucción y los encargados de la vigilancia y conservación del
orden público, ostentan el botón dorado, ya liso, ya trabajado a cincel.
Su número total asciende a D
. ; de ellos, G . pertenecientes a ramos civiles y . D al ejército, si bien estos pueden
triplicarse en caso de guerra.
Los cuatro grados principales
son: el de siut-sai o bachiller, cuyos exámenes escritos, verificados por el
sistema celular y juzgados por tres tribunales distintos a pliego cerrado y con
lema, como en los concursos poéticos, tiene lugar anualmente en las ciudades
todas del imperio. El siut-sai se subdivide en ling-sen, que con sueldo del
Estado, sirve a las órdenes de
mandarines de alto rango; en seng-seng o agregado del ling-sen, con sueldo
temporal, y en fu-hio, o sea una especie de alumno de la normal dedicado a la
enseñanza.
El grado inmediato superior es el
de Ku-jin o licenciado, el primero que da aptitud para aspirar a los cargos
públicos, y cuyos exámenes, verificados como todos, por el mismo sistema
celular, tienen lugar en la capital de la provincia.
El de Tsin o doctor, y el de
Ham-ling profesor, han de pasarse en Pekín. Todos los gastos en época de
exámenes, son costeados por el emperador. Y ya en aptitud por razón de su
categoría, lo mismo desempeña el mandarín un cargo en la magistratura que en la
administración, en el ejército que en la marina. Lo compra y luego lo
usufructúa como mejor le place, con arreglo a la tarifa de su capricho. Ya te
he dicho que, una vez mandarín, el chino puede y debe dejarse crecer el bigote.
Llegada la época de casar al
muchacho, lo que si es mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín
precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar los novios no se conocen;
uno y otro ignoran en absoluto con quién van a compartir la existencia. Una
casamentera de oficio arregla con los padres de los contrayentes las
condiciones del contrato, en las que para nada interviene el dote, pues no le
hay. Basta saber que la novia es de pie pequeño y su familia de posición
análoga a la del novio. Si es posible, se procura que los dos contrayentes
hayan nacido en el mismo día de la luna (los chinos computan por lunaciones),
si bien en año diferente, en atención a que ella debe ser más joven. Te diré de
paso que, como para los celestiales el ser viejo es un título, todo chino
cuenta adelantado, y desde que nace tiene un año: de modo que cuando realmente
cumple uno, para él son dos.
Unos días antes del destinado
para la ceremonia, recorren las calles multitud de culis, harapientos como
siempre, cargados con los regalos de la novia, consistentes en provisiones de
boca para un mes, y el ajuar; todo metido en cajas, sobre las que hay unos
letreros expresando el contenido, que nunca es tan ostentoso como reza el
cartel, dado el defecto de ostentación de la raza.
El día de la boda, a las nueve o
las diez de la noche, la novia se viste con lo peor que tiene; deshace su
peinado de soltera, y a
medio hacer el de casada, se
despide de su madre. Es condición precisa que alborote la casa, fingiendo gran
desesperación; y así la bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla
nupcial, palanquín cerrado por todas partes y adornado de vistosa talla, que se
alquila ad hoc, y en el que la meten a puñados y como por violencia, al compás
de sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la dulzaina, el tamborete
convexo de metal y los cohetes del séquito, compuesto de culis provistos de
linternas de papel de todos tamaños y hechuras.
Antes de salir del hogar paterno,
la madre arroja sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de vino,
extraído de este grano, para que la abundancia acompañe a su hija, y puesto un
velo rojo a modo de cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en marcha
hacia la casa del novio, seguida de la casamentera y de un marrano abierto en
canal y asado, con que la suegra tiene que obsequiar necesariamente al yerno.
En cuanto este advierte la proximidad del cortejo, sale a la puerta y espera
que depositen la preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el velo que
cubre la litera y llamar a su esposa, que continúa lanzando ayes como si la
desollaran viva. Si el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra
llamando a su mujer merced a una patada que da contra la puerta del palanquín;
si, por el contrario, la boda le viene cuesta arriba, se concreta a golpear la
silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encantado y la novia se
presenta cubierto el rostro en señal de rubor. La casamentera la toma sobre sus
espaldas, y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las escaleras y la
deposita detrás de la cama, sobre el duro suelo. Síguela el marido, contempla a
su cónyuge, y si no es de su agrado, se presenta ante los circunstantes con el
abanico metido en la babucha; pero si merece su aprobación, se lo coloca entre
el pescuezo y la cavalla o túnica, cena con los circunstantes y remite a su
suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio de satisfacción absoluta.
La noche se pasa devorando,
bebiendo té, disparando cohetes y oyendo aquella música infernal. A la mañana
siguiente tiene lugar la recepción de los parientes y amigos, provistos de su
correspondiente regalo. Una vez reunidos, colocan a la novia en el centro, y
las mujeres que la rodean principian a decir todo género de
obscenidades y conceptos libres,
que aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el acto envuelve una especie
de examen de su inocencia. Restituida al hogar paterno, y convencida la madre
de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al recato, descósele las
vestiduras que iban unidas entre sí para que no pudiera ser despojada de ellas,
lávale la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casada, y con los
aderezos propios de su condición, regresa definitivamente a casa de su marido,
donde tiene sus habitaciones reservadas o su gineceo, inaccesible al sexo
fuerte extraño a la familia.
La mujer, degradada y envilecida
en el Celeste Imperio, no come jamás con su marido, quien no titubea en
sentarse a la mesa con los últimos culis de su servidumbre; y mientras no tenga
un hijo varón, está en el deber de considerarse como la esclava de su suegra.
El adulterio contra mujer
legítima o primera, es decir, no concubina, es castigado de muerte sin
substitución; pues en los demás casos de pena capital, el reo puede comprar
substituto, y la ley se da por satisfecha con decapitar a un hombre que se
avenga a purgar el delito ajeno.
Los chinos, ostentosos por
naturaleza, toman concubinas sin limitación, como cuestión de lujo, aun cuando
su mujer les haya dado hijos varones. Todas habitan bajo el mismo techo y en
perfecta armonía; pero los hijos de las segundas mujeres no pueden llamar madre
sino a la esposa legal (de quien son criadas las otras), si bien gozan de toda
consideración y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos legítimos que
son según sus Códigos.
Uno de los cuidados más
importantes del chino es hallarse rodeado de los suyos en el momento de la
muerte; el hijo mayor es el encargado de dar a las cenizas de sus padres los
honores más exagerados posibles, honores que a veces conducen hasta a la ruina.
Vayamos por partes.
Desde el instante en que
principia la agonía de un celestial, todos los suyos rodean el lecho y
prorrumpen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto aquel espira, pues,
rituales, más que espontáneas, tienen por solo objeto dar al moribundo un
postrer testimonio de consideración; y muchas veces se alquilan llorones de
oficio, si la familia no es
bastante numerosa para armar todo el ruido de precepto.
Con las ansias de la muerte se
ponen a hacerle el tocado, incluso peinarle, operación que en las mujeres
invierte horas enteras; y acto continuo le revisten de todos los trajes que
constituyen su ajuar, puestos unos sobre otros, a fin de que en la otra vida no
carezca de abrigo. Ya en las postrimerías, le arrojan de la cama abajo, pues
ningún chino debe morir sino en el duro suelo, y cerrados los ojos, guardan el
cadáver durante tres días, en los que los bonzos, con los invariables
instrumentos de gong, chirimía o dulzaina y timbalillo de metal, se entregan en
la casa mortuoria a sus oraciones fúnebres, acompañados de los parientes más
cercanos, que se distinguen por una montera de tela blanca con que cubren la
cabeza. El luto consiste en ponerse el cordón de la coleta de color azul y
revestir la casa con entrepaños de papel celeste, también con caracteres
dorados, en los que se consignan el nombre del finado y las máximas sobre el
respeto debido a los que ya no son.
Transcurrido aquel plazo, meten
el cuerpo en una caja cuadrilonga con una especie de medias cañas superpuestas
en toda la longitud de sus lados, lo que, vistas por sus testeros, le da la
apariencia de una flor de cuatro hojas, y en tal estado conservan el cadáver en
la casa dos, cuatro meses y hasta un año, según los medios de que dispone la
familia, pues en todo este intervalo continúan las preces, y por consiguiente
los gastos.
Llegado el día del entierro, se
reunen parientes, amigos, llorones, bonzos y músicos, y precedidos de dos con
estandartes de madera, se dirigen al sitio de la inhumación. Si el muerto es
pobre, le dan sepultura en el cementerio general, que es el lomo de una colina
sin tapia ni cercado, lleno de pilares de piedra, donde está inscrito el nombre
del que debajo reposa.
Si, por el contrario, se trata de
un rico, el féretro es transportado a veces a centenares de leguas de
distancia, a la tumba que, el finado en vida o el hijo a su muerte, ha
adquirido en virtud de informaciones dadas por una especie de agoreros o adivinos,
que viven de esta especulación. Su misión es estudiar el terreno, siempre
montuoso, en que el cadáver hallará más dulce bienestar, y que mejor se adapte
a sus condiciones de carácter, según las
revelaciones atribuidas a sus
sortilegios. Inútil es decirte que los tales arúspices se ponen a menudo de
acuerdo con el propietario de un yermo invendible; y que, abusando de la
supersticiosa credulidad en que todo chino incurre, llega hasta a hacer pagar a
su cliente cien mil duros por lo que no valdría veinticinco en buena venta.
La tumba china afecta
invariablemente la forma de Omega, o para los que no sepan griego, de una
corcheta, mucho más elevada por el centro de la curva que por los extremos, y
con el espesor suficiente para contener un cuerpo humano entre el doble tabique
de su línea. Su diámetro alcanza catorce o más metros; el hueco central está
esmaltado de flores, y una verja de caprichosa forma circuye, aunque no
siempre, el todo.
La comitiva enciende grandes teas
de ramas secas, con las que a los cuatro vientos se ponen todos a dar golpes al
aire para ahuyentar los malos espíritus, operación muy frecuente en los actos
de la vida china, concluido lo cual dan sepultura al muerto, gritan otro
ratito, y depositando en la tumba comestibles y otras menudencias, se da por
terminado el acto.
La idea de que el espíritu del
muerto anda errante, y puede carecer en la otra vida de los artículos más
necesarios, incluso el dinero, hace que el chino esté enviando constantemente
remesas a sus deudos de todo género de cosas; pero como el procedimiento
saldría muy caro, han inventado un expediente tan original como lucrativo para
los que a tal industria se dedican. Consiste este en la fabricación de enseres
fúnebres de papel representando corpóreamente sillas, mesas, barcos, literas,
caballos, armas, camas, pagodas y hasta dinero (pedacitos cuadrados de talco
pegados sobre una cuartilla de papel de estraza); todo lo cual se vende en
multitud de almacenes especiales, para que los chinos lo quemen diariamente, y
convertido en humo, lo hagan llegar a su destino. En fin, conduce a tal extremo
la superstición de estas gentes sobre el particular, que, aunque algo en
desuso, todavía se practica una bárbara costumbre; al dar sepultura a un chino
opulento, entierran vivos con él a dos o más muchachos para que desempeñen con
el muerto las funciones de criados... y otras.
M , 30 1881.
Mi querido amigo: Los chinos
computan por lunaciones y por los años de entronizamiento del príncipe
reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año séptimo del emperador
Kuang. La única fiesta, propiamente hablando, que le está concedida al
celestial, y cuya duración es generalmente de treinta días. Es condición
indispensable que nadie entre en el año nuevo sin haber pagado todas las deudas
contraídas en el anterior; de ahí el que a la espiración de diciembre los
artículos de lujo se vendan en las tiendas por la mitad del precio, la
estadística de hurtos, nunca robos, aumente de una manera considerable, y los
prestamistas no puedan dar abasto a los clientes.
Quince días antes del que hoy se
conmemora, las transacciones se paralizan; el chino, comerciante con lonja
abierta o propietario con casa cerrada —como lo están todas las que no son
expendedurías, pues el prurito del celestial es que nadie inspeccione sus
actos, y para ello fabrica su vivienda a cubierto del murallón que adopta por
fachada— todo confucista, budista o taotista, en fin, barre o manda barrer su
hogar; operación que no vuelve a repetir hasta el año siguiente, pues entre
otras preocupaciones, tiene la de creer que quitar las inmundicias, es
ahuyentar la fortuna. Tanto es así, que el mayor castigo que en su superstición
puede dársele a un celestial, es condenarle a pobreza eterna, pasándole una
escoba por la cara. Y por mi nombre, que deben ser riquísimos, a juzgar por los
ostensibles signos de economía de que hacen alarde.
Engalánanse los almacenes con
hojarasca de papel de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas de
plantas naturales, algunas de las cuales, por su rareza, alcanzan ciento o más
duros de valor; ilumínase todo con arañas, linternas y candelabros;
dispónese en el centro una mesita
cubierta con riquísimo tapete de seda recamado de oro, sobre la cual el dragón
sagrado u otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de las golosinas que los
visitantes han de comerse después, y da comienzo al disparo de millones de
pequeños cohetes, con que sin interrupción están saludando a la luna.
Al principiar el año nuevo, o sea
a las doce de la noche, pues nadie duerme para no entrar en él con malos
sueños, todo el mundo —menos la mujer de condición que vive siempre reclusa—
échase a la calle a contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la
pólvora, asistir a los espectáculos teatrales y decir Kon-ji o sea «viva» al
deudo, pariente o amigo. Amanece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre
además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos barrotes verticales de
madera al exterior, ingeniosamente atrancados por una traviesa que los sujeta
todos por dentro, quedan cerradas, a excepción del postigo, para dar paso a las
visitas. Estas las constituyen caballeros, que aquel día no parecen millonarios
por lo limpios que se ponen, que van a comer alguna golosina y a emborracharse
jugando a la morra, o sea a acertar el número de dedos que entre los jugadores
presentan simultáneamente. Al revés que entre nosotros, el que pierde es el que
queda obligado a beber, y el que gana el que paga el vino de arroz, único que
ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de porcelana. Aunque la
embriaguez llega a su colmo en estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca
una consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del año se encuentra un
chino beodo por la calle. La morigeración de este pueblo, en lo que a
costumbres públicas se refiere, es ejemplar. ¿Será la civilización el germen de
nuestros vicios? Creamos que no, y pasemos adelante.
Por supuesto que en ese día no
puedes contar con ninguno de tus servidores; tienes que andar a pie, prescindir
de recados y darte por muy feliz si, en gracia de los aguinaldos recibidos,
alguno de ellos se digna hacerte la cama y darte de comer algo frito, para
acabar pronto. Desde muy temprano vienen todos a prosternarse en tu presencia,
y en seguida echan a correr al bazar a comprarse zapatos, de que hacen
provisión para los doce meses restantes; pues nadie deja de estrenar algo en
año nuevo; y hasta los pobres
de solemnidad, a falta de otra
cosa, renuevan el cordón con que se trenzan la coleta. En cambio ellos te
obsequian con toda clase de dulces, desde el de toronja o zambúa, hasta el de
guisantes en vaina azucarados; y te regalan cohetes.
Entre las clases acomodadas el
ceremonial es el mismo, sin más diferencia que el hacerse a cencerros tapados.
Se saludan por tarjetas, pedazos rectangulares de papel grana, de un palmo de
largo, con tres o cuatro caracteres negros, del diámetro de un napoleón; se
envían presentes comestibles, y se visitan con el ritual que te explicaré al
hablarte de mis relaciones sociales con los hijos del cielo. Poco a poco el
bullicio va perdiendo en intensidad, y quince días después todo torna a su
natural estado.
Los chinos celebran otras
festividades; pero en ninguna de ellas se cierran los establecimientos ni se
suspende la vida pública. La conmemoración de los difuntos, que tiene lugar
durante la cuarta luna, se reduce a quemar objetos de uso doméstico, simulados
en papel, que por ese medio creen enviar a los errantes espíritus para que no
carezcan en la otra vida de lo necesario. Lo más notable de este rito son las
visitas a las pagodas que entonces se construyen a expensas de los
consumidores, pues se sufragan con el producto de una especie de subsidio con
que todo expendedor recarga sus ventas anuales y que religiosamente entrega a
la comisión encargada de alquilar o adquirir los adornos y de dirigir los
festejos.
Estas construcciones, que ocupan
un área como la plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como la de la nave
del Escorial, están hechas exclusivamente de bambú sin el auxilio de un clavo
ni otra trabazón que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas bóvedas
penden millares de lámparas y objetos de adorno, cuyo peso maravilla que puedan
resistir unos soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algunas de las
cuales sustentan hasta cien globos de luz, tienen sus brazos y machones
revestidos de diminutas plumas de un pájaro azul turquí que se confunden entre
filamentos de oro con el más acabado esmalte de orfebrería. El interior de las
pagodas no puede describirse; es de un efecto maravilloso, hasta para los
europeos acostumbrados a ver prodigios en los concursos universales de la
industria. Sobre colosales armazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio
gigantescas
mariposas, aves e insectos de
flores naturales con todos los matices y perfumes de que es susceptible la
naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos ramilletes y encuadradas
en magníficos marcos de talla, vense representaciones esculturales de tamaño
natural y de movimiento, recordando pasajes de las mejores obras dramáticas;
cuyos personajes, luciendo los trajes de la pasada dinastía Ming, son un
asombro de lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, que nadie ha podido
aún igualar en perfección ni en opulencia. Más allá los bronces del culto y
suntuarios se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín, de los
tiempos remotos, confundidos a su vez con los monstruosos bloques de verde jade
o de sanguinolento mármol de la Tartaria. Mientras la susurrante fuente
humedece las espirales de humo perfumado que exhalan centenares de pebeteros,
los ídolos búdicos, de quince codos de altura, resisten con sus atléticos
brazos los arranques del entablamento, y las obras más acabadas del recamo de oro
y plata sobre seda, cuelgan desde el friso hasta el pavimento como
ramificaciones de un Pactolo aéreo e inagotable. Es la primera vez que he visto
realizado el esplendor de mi China soñada. Desgraciadamente solo dura la
ilusión ocho días al año. Quince minutos han bastado muchas veces para que un
incendio lo devorase todo y produjese innumerables víctimas; pero ¿quién se
resiste a visitar de noche aquel admirable conjunto, realzado con millares de
luces y transparentes de tan delicado gusto como caprichosas formas?
Desgraciadamente el encanto huye con solo fijarse en el sucio porte de la
concurrencia. No hay compensación.
Contrastando con esta magnífica
exposición, llega la fiesta del plenilunio de la octava luna; manifestación
modesta, pero imprescindible, del culto budista. En ella se conmemora el
aniversario de la creación por Dios del astro de la noche. Todo chino permanece
en su casa, y aguarda con la ventana abierta y a oscuras a que la casta Selene
haga su aparición en la rendija del firmamento que le permite ver su angosta
calle; y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema pebetes, la saluda
prosternándose hasta el suelo y come en su honor un pedazo de pastel,
confeccionado exprofeso con tocino y almendra para aquella solemnidad, cuya
virtud no se me alcanza; pero te diré acerca de su
consumo, que una sola pastelería
de Hong-Kong produce anualmente a cada uno de sus cinco socios, la enorme cifra
de diez mil pesos fuertes. Verdad es que se trata de un pastelero más famoso
que el mismo de Madrigal.
Otro espectáculo que realmente
tiene importancia y novedad para el europeo es una procesión de linternas.
Estas no se verifican en épocas determinadas; son expansiones accidentales que
se permite sufragar, ya un vecino acomodado a quien un negocio le ha salido
bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia memorable, ya, en fin, un
barrio que impetra el favor del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque,
aunque retarde con una digresión su relato, debes saber que aquí la medicina no
constituye facultad ni se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo; no hay
más que curanderos, cuyo mérito está en proporción del número de recetas que
poseen. Su diagnóstico es muy sencillo: para ellos las enfermedades se reducen
a fuego o aire. Su terapéutica aún lo es más. El fuego lo apagan con jugos de
vegetales, y el aire lo sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya
chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y la cabeza, lleno de
cicatrices y quemaduras. El tifus, que en China se llama fiebre del cabello,
consiste, a su juicio, en una como venita o hebra capilar que circula por el
cuerpo llena de sangre corrompida y que hay que extraer. Para asesorarse de que
el enfermo padece semejante dolencia, le dan a saborear un manjar amargo; y si
lo halla dulce, es prueba inconcusa de que el mal existe. Entonces hay que
buscar el sitio en que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo
extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin embargo, algunos
medicamentos de virtud reconocidísima; y no puedo resistir a la tentación de
transcribirte el que para combatir el cólera emplean en el Ton-Khin. Se lo debo
a nuestro compatriota el Reverendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus,
obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región de Annam; que siempre lo
ha usado con resultados satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos,
mejor de río que de mar; machácanse bien con su cáscara; se disuelve media
cucharada de aquellos polvos en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da
a beber al paciente. Generalmente basta con la primera dosis; pero si el mal no
cediera, se repite la operación.
Suele ocurrir que al desaparecer
el cólico, se paralizan también los descartes diuréticos. Para provocarlos y
combatir la irritación que origina aquel estado, no hay sino machacar vivos, y
por consiguiente crudos, dos o tres cangrejos; mezclarlos con igual cantidad de
vino y de la misma clase que en el procedimiento anterior, y, colado su jugo,
dárselo a beber al enfermo.
Volvamos ahora a la procesión de
linternas, a la que concurren todos los vecinos del barrio con objetos de su
exclusiva confección o alquilados a industriales al efecto; pero de un modo o
de otro, llevados a cabo con una perfección asombrosa. El elemento principal de
ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el papel, y una pasta de arroz
transparente como el cristal, y muy parecida, aunque más pura, a nuestra cola
de pescado, que adaptan primorosamente a unos armazones de mimbre o bambú
finísimo.
En cuanto anochece, se reúne el
cortejo en el lugar de la cita; y al estampido de algunos morteretes y de
algunos millares de petardos, da comienzo el desfile por el orden siguiente:
abren la marcha unas cuantas docenas de individuos, vestidos como todos los que
componen la procesión con los pintorescos e indescriptibles trajes de la época
de los Ming, llevando piras embreadas en recipientes de metal, que iluminan el
espeso humo que van produciendo. Síguense unas banderas más grandes, pero
idénticas en corte a las de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro
del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí principia un ascua de
fuego producida por cuatro o cinco mil linternas de todos tamaños, formas y
colores, levantadas sobre unas perchas, cuyo río de luz corta de trecho en
trecho, ya un grupo de músicos con címbalos, crótalos, dulzaina, timbales,
discos convexos (sobre los que repican con una sola baqueta) y el obligado
gong; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras andas, llenas de molduras y rodeadas
de pebetes; ora unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro, parecidas a
las del culto católico; luego los monstruosos ídolos de la teogonía búdica. No
ha concluido aún la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro, el buque,
el jarrón, el kiosco y el templo montados con flores naturales y circuidos de
puntos luminosos, cuando te arranca un nuevo grito de admiración el niño que,
simbolizando un guerrero
mitológico cabalga sobre un
microscópico caballo de los confines del desierto de Gobi, enjaezado a la
usanza mandarina y cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial
jinete; te encanta la imaginación que han desarrollado en la gigantesca concha con
todos los cambiantes de la madrépora, en cuyo seno descansa una elegante china
simulando una perla del río de Cantón, o te seducen el albérchigo y la naranja
que, abiertos en gajos, presentan a tus atónitos ojos, humanas simientes en la
clásica agrupación del arte asiático. Pero donde está el mérito sobresaliente
de la procesión, es en la infinita variedad de aquella multitud de linternas,
donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa de la inspiración del
hombre. Sin detenerme a describir los faroles ordinarios, pequeños unos y
colosales otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí constituye un
adorno singular; pasando en silencio los tulipanes, girasoles, estrellas,
globos y pirámides; ¿cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz, contrastando
con el oro de su fruto el verde tono de sus pámpanos; las dos medias sandías
con la púrpura de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa, el
salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus aletas; los dos gallos
combatiendo con la saña de la verdad; el pavo que se esponja ante la
contemplación del auditorio; la langosta que despide aletazos o contrae y
dilata sus articulaciones; el faisán de Shang-hai; los monstruos gesticulantes
emblema de las pasiones humanas; y por último, las monumentales pagodas con sus
cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y sus afiligranados detalles —más
numerosos y sutiles que los de la arquitectura gótica— dejando escapar por el
mosaico de su policromía torrentes de luz y de perfumes? Una guardia, provista
de partesanas y lanzones dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede a un hombre
con cabeza de león (animal fatídico de esta fauna mitológica), huyendo ante el
dragón sagrado, que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la lucha de la
virtud con el vicio. Este dragón, de formidables fauces y armado con anillos
que le permiten plegarse a discreción de los doscientos hombres que lo llevan
sobre puntales de bambú, está forrado de seda verde transparente, y va
alumbrado por dentro. Tiene más de cien metros de longitud, y se considera como
un favor celeste y un signo de felicidad el que incline la cabeza delante de la
casa de uno.
El favorecido le dispara entonces
unos millares de cohetes en justo reconocimiento, y el reptil se libra a una
graciosa y bien combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dilatándose y
retorciéndose en espirales luminosas.
Terminaré mi catálogo de festejos
con la descripción de los fuegos artificiales, a que son muy aficionados los
chinos. Para el concurso del gran patchon (cohete), se exhiben con anterioridad
en un barracón los premios consistentes en un espejito de mano, un
transparente, un ramo de papel de talco, o cualquiera zarandaja por el estilo,
que ellos en dar no son muy pródigos.
Llegada la tarde de la lucha,
colócase el pirotécnico sobre un tablado y empieza a disparar voladores. La
muchedumbre, apiñada alrededor, observa la dirección de la caña; aguarda a que
baje, y entonces hace prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo cual
y consecuente con la superstición que preside todos sus actos, no solo alcanza
ventura para sí y los suyos —mayor cuanto es más gordo el cohete— sino que
obtiene una recompensa, quedando obligado a sufragar otra para la justa del año
siguiente.
Sus tan decantados fuegos
artificiales, repetidos con frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen
de particular más que la candidez. Divídense en diez o doce actos, y cada uno
de estos en tres transformaciones, lo que da lugar a que el espectáculo termine
a las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas anochecido. Allá va un acto
por cuyo patrón están cortados todos los demás. Princípiase por disparar en
medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de voladores con poca o
ninguna luz, muchas chispas, profusión de humo y largos compases de espera.
Luego la escena se traslada a un catafalco, sobre el que se alza un andamiaje
de bambú de la altura de una casa de cuatro pisos. Ízanse en él tres como
bombos, de cuádruple diámetro que el de los de una orquesta, en que van
encerrados los fuegos. Se aplica una mecha al inferior, y después de diez
largos minutos, el armazón se abre y deja ver una maceta con una planta cuyas
hojas van cambiando lentamente de colores. Llegado el turno del segundo tambor,
aparece una rueda horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movimiento que
montan a caballo, se apean, riñen o se abrazan, pero todo tan diminuto,
alumbrado por unas lucecitas de tan poca intensidad y tan
envuelto en humo, que solo el
espectador de primera fila puede apreciarlo. La última caja contiene el
bouquet; y en honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llamar la
atención, pues fatigada la vista con tanto inútil esfuerzo, gusta de que la sorprendan
con una masa luminosa; y lo consigue una gran torre transparente de forma
octógona, que se desprende desde lo alto del andamiaje hasta el suelo, llevando
pendiente de cada ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas, que ni
sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, ni se explica que puedan caber en
tan estrecho recinto.
M , 26 1881.
La primera parte la constituye la
afluencia de cien mil forasteros a una ciudad de sesenta y ocho mil almas; se
albergan donde pueden, duermen donde se albergan y comen en la alcoba: no he
nombrado la calle porque se sobreentiende.
Cuatro días de fiesta: ni una
borrachera, ni un robo, ni una disputa.
¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni
tengo tiempo de estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el primero,
después de Dios, de los santos de la corte celestial china. Se le invoca para
que conceda paz a todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue
riquezas innúmeras; participa, por consiguiente, del Jano de los paganos, del
San Roque de los católicos y de la lotería de los españoles.
En el cómputo chino, cada tres
años traen uno bisiesto, que se compone de una luna más de veintinueve o
treinta días en la lunación séptima, época en que debe verificarse la fiesta
del santo; pero como no siempre hay dinero disponible, redúcese aquella a una
modesta manifestación, transcurriendo a veces catorce y más años sin que tenga
efecto una solemnidad como la que voy a describir, y que en la ocasión presente
ha sobrepujado a cuanto se ha hecho hasta ahora en Macao, matriz, metrópoli,
casa solariega del festival en cuestión.
¿Cómo se arbitran los fondos?
Como no puede copiar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el patriotismo, el
amor, en una palabra, del celestial a su enorme familia de cuatrocientos
millones de individuos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta está
obligado a recargar cada objeto que vende en cinco sapecas (cada sapeca vale
medio maravedí), que entrega religiosamente a una comisión económica, la cual
se encarga de aumentar los productos
con el interés que hace ganar al
dinero y con los donativos espontáneos de los particulares, cuyos nombres
figuran después inscritos en sendos papeles encarnados en el pabellón central
del barrio chino. Desde el año ' hasta
hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, que son los que se han
invertido en alquiler de los objetos de ornamentación para la ceremonia:
calcúlese por ahí el valor intrínseco de este Pactolo de oro, seda y luces.
Describamos, si podemos:
Una cruz griega forma la parte
engalanada del Bazar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi por el
centro y a cada una de las cuales puede que el kilómetro le venga como a su
medida. Unos armazones, o andamios de bambú, atados con hojas de la misma caña,
y sin que en su sostenimiento entre un clavo, se elevan hasta por encima de las
casas, produciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas de una elevación
como el cimborio del Escorial. Todo aquel armazón se cubre con lo que ahora
diré; y el vecino a quien le tapan una ventana, ni se queja al alcalde, ni
habla mal del gobierno; come a oscuras, y se calla.
Reviste el techo un lienzo de
colores abigarrados con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que penden
tulipanes, peces, frutas e infinitas representaciones, que no son sino otras
tantas linternas que le dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos
luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hombres, caen, sujetos por
gruesas maromas, millares de lucernas, arañas, girandolas y quinqués, cuya
forma no hay medio de describir ni por su variedad ni por su complicación. Voy
a ver si, ciñéndome a una sola, logro hacerme comprensible. Figúrense los
lectores la Catedral de Milán reproducida materialmente en madera, con siete
metros de altura, y todo el resalte de filigrana de oro. El fondo para el
profano es de esmalte azul; para el observador que lo toca y se convence de que
la paciencia del hombre pueda llegar a tal límite, es de plumas microscópicas
de alción o martín pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de
estatuitas esculpidas en pirámides o en racimos como los grupos de los juegos acrobáticos;
e iluminándola con doscientos globos de luz con colgantes o lágrimas de cristal
de todos los colores del prisma, se sabrá lo que es una de estas
lámparas, como se sabe que el
punto que asoma en la lontananza del mar es un vapor, porque se ve el humo con
el catalejo.
Sin que la bóveda se venga abajo
por el enorme peso que resiste, sustenta además de todo lo que es luz, una
asiática profusión de gigantescas mariposas, dragones colosales, caracteres
chinos titánicos y un centenar más de variantes en ramos de flores; que no otra
cosa son los tales monstruos sino la parte perfumada de la naturaleza, adornada
con pedazos de espejo y cintas de seda y oro.
Nosotros decimos que todo pende
de Dios, pero los chinos deben creer que todo pende del bambú; porque después
de lo que dejo colgado, aún faltan unos centenares de cajones con veinte o
treinta figuras de medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de
los dramas y entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de
los personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el sable
que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según él, era de
buena verdad... de carne.
Las calles están cortadas a
trechos por arcos de triunfo colgantes; pues son sin pies, no tienen más que un
cornisamento y un gran friso, se estriban en las paredes y los sostiene el
entablamento. Cada arco parece el puente de los Suspiros en Venecia.
Todas las fachadas de las casas
están literalmente cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de
ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de algunos metros con
figurillas hacinadas del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas
aromáticas, otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada
puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda con su altar
en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comestibles. A intervalos
una música deleita al transeúnte (si es chino) con sus chirriantes ecos, o un
juglar luce sus habilidades sobre un estrado.
Pero donde está la verdadera
maravilla es en el pabellón principal; vasto recinto, colosal nave formando la
cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos visto, está centuplicado en
profusión y en riqueza. ¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas,
cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes
o donantes, músicos, un teatro en el fondo con
representación permanente y
quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan en las
calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos de plantas y
son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría por un juguete de
Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento ébano guardando todas las
proporciones debidas en sus microscópicos detalles. Un arbusto que más allá
simula un león hecho con astas de venado, es una raíz que a fuerza de
mutilaciones, injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella forma en un
transcurso de doscientos años tal vez, y con el concurso de seis o siete
generaciones. Lo mismo digo del carácter chino que está a su lado; con la
apariencia de una rama de boj recortado recientemente para aquella
circunstancia, es no obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde
hace siglos para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un
emperador o de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil
pesos, no hay para qué consignarlo.
La calle termina por un inmenso
altar a cada lado, defendido por dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los
telamones del orden atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante
arde todo un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos
metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras de
metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de paños
bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras preciosas; todo está
allí hacinado, como si la mano de un Pluto invisible hubiera removido las
entrañas del universo para hacer ante la humanidad el inventario de su riqueza.
Hablemos ya de la procesión. Esta
en algunos casos suele ir por dentro; pero en el presente va por todas partes,
porque es de rigor que pase por la casa de cuantos a ella han contribuido. No
se extrañará por lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de
marcha, con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la
mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres días
consecutivos.
Relatar todo lo que va en ella y
por su turno correspondiente, es tarea superior a mi asendereada memoria. El
oro, la seda y los adornos que hemos visto en el bazar, constituyen su base.
Pero
asusta pensar que el traje más
modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor, que pasan de tres
mil los asistentes, y que no hay medio de contar las banderas monumentales de
raso recamado de oro, los estandartes de sedas flojas, los parasoles de plumas
de pavo real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles sanguinolentos,
maderas preciosas y tanto y tan infinito detalle de un exagerado precio, ya por
su rareza como por su antigüedad o mérito artístico.
Aunque variados hasta la
saciedad, he aquí el patrón de los dos figurines, que dan la norma en esta
especial indumentaria.
Las congregaciones de chinos
ricos llevan el tradicional zapato de galera bordado; media blanca con polainas
de cintas de seda de colores hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de
lo, color de plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y
cuyos cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de
torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero tártaro
de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con caracteres y
adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable abanico de plumas de
cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da el aspecto de una cola
de palomo.
Todos llevan su correspondiente
culi o criado portador del banquillo para reposarse en las paradas.
El otro traje yo no lo sé
explicar. Se compone de una túnica y una sobretúnica bordadas; mejor diré,
empedradas de oro y plata, comparables tan solo, aunque más ricas, a los
vestidos de luces de nuestros toreros. Los sombreros, ya representando un
enorme tulipán con franjas de seda, ya un capacete o casco con aletas y plumas
de faisán, son de lo mismo, y el efecto general es el de un ejército de astros.
Con ellos alternan los mandarines
modernos en traje de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo color en
cada individuo, y mil reproducciones del iris entre todos; los bonzos, de
cabeza rasa, y los ejecutores de la justicia (séquito de los grandes personajes),
con sus hopalandas negras, uno como cencerro de mimbre oscuro en la cabeza, y
portador cada cual de un instrumento de suplicio.
A las banderas, grandes como las
de los gremios valencianos, suceden niños a caballo en traje de emperadores de
la dinastía de
los Ming. Detalle curioso; entre
las cabalgaduras figuraba un pollino, especie rarísima en estas regiones. A
aquellos siguen timbaleros redoblando sus tamboretes de metal (porque aquí se
puede repicar y andar en la procesión); andas con objetos raros, perfumes,
pagodillas, músicas, angarillas con comestibles y bebidas para los que tengan
necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios con trajes para reponer los
desperfectos, cuadros de talla, lemas, parasoles de flores naturales, y
multitud de centenares de representaciones humanas, simbolizando pasajes de su
teogonía, cuya explicación no es de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente
no puedo dejar de transmitir.
Imagínense los lectores un
pescador y una tancalera colocados de pie sobre un torniquete giratorio; él
echa las redes, ella rema; ambos dan vueltas como la tablilla de un
barquillero, y ninguno se cae ni oscila, a pesar de ser párvulos como todos los
actores de esta especie de autos religiosos.
Otra de las andas es una mujer
que se abanica mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio sobre el
país del abanico.
Ya un anciano tao-tsé ve brotar
un guerrero de su dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de una
paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesanas y sostienen terrible lucha en
el aire, o un Buda en fin apoya un pie en los pétalos de un lotho mientras en
su infantil mano se yergue su elegido, que vuela a la región de los espíritus
descartado de su envoltura material. No se ve ni un alambre, ni el menor asomo
de mecanismo: aquello asombra.
Precedido de un lujoso
acompañamiento y al son de atambores (algunos del tamaño y configuración de una
pipa de cien arrobas sobre la que pegan a quien más puede dos robustos
mancebos), aparece el dragón cornúpeto; monstruo de cartón con escamas de oro y
marabus en las articulaciones, con cincuenta metros de longitud, tres mil duros
de coste, y admirable obra de atrezista cantonés. Es llevado por treinta
hombres, que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público le saluda con
cohetes y petardos, que se confunden con los acordes de la música que
graciosamente y en honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gobernador de
la colonia que toque a su paso por delante del palacio. El reptil, en
cambio, recorre todo el
vestíbulo, pues sabido es que donde mete la cabeza el tal animal sagrado, entra
la felicidad.
Cierra la marcha la guardia de
honor, ostentando armas blancas de una rareza que casi frisa en extravagante.
Lanzones, partesanas, pinchos, medias lunas, harpones, horquillas, machetillos
y adargas de mimbres son los objetos más salientes de aquella hoy ya inocente
armería.
Y aquí da fin este desaliñado
relato hecho a vuela pluma, para que no pierda su sello de oportunidad.
Los chinos dentro de casa.
Visita a una familia rica. — La
habitación. — El mobiliario. — El
banquete. — Elaboración del té. —
Uso del opio.
M , 10 1882.
Mi querido amigo: El tiempo y el
comercio se han encargado de destruir la preocupación con que los celestiales
miraban a los europeos. Hoy encuentran que sus dollars son excelente lazo de
unión, y gracias a las transacciones mercantiles, las puertas de la casa china
no están ya cerradas al diablo blanco, mote de todo occidental. El gineceo
continúa siendo inaccesible; pues sabido es que las hijas de Eva no son aquí
visitadas sino por los parientes íntimos, ni salen a la calle más que para
llenar deberes de cortesía, y aun eso en palanquín cerrado y con previo
anuncio. Ello no obstante, como satisfacción de una curiosidad y con alguna
influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario de las mujeres,
acompañado, como es natural, del gallo del gallinero. Mi mujer y yo hemos
tenido la dicha de ser recibidos por la familia de un miembro de la alta banca,
y creo que será grato conocer mis impresiones sobre el particular.
Como en China el ir a ver a una
señora no es aquello de «me voy a pasar un ratito con fulana,» como sucede en
nuestros países, sino que el acto, sobre poco frecuente, reviste el carácter de
una solemnidad, es preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, y
acompañar la solicitud con un regalito de tanta más monta, cuanto mayor es la
categoría del visitante.
***
Las viviendas ya tengo dicho que
están a cubierto de la curiosidad pública; así es que tienes que atravesar uno
o más patios para encontrar la puerta de la casa, donde el dueño te está
esperando, y en la que te recibe con las cortesías propias de su ceremonial.
Consisten estas en juntar las
manos sobre el pecho, como el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con
los puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo tiempo que inclina la
cabeza. Apenas transpuesto el umbral, se tropieza con un gran biombo o mampara,
último tapujo del interior, en que alineadas y puestas sobre pies derechos, se
destacan unas planchas (a veces quince o veinte) pintadas de encarnado y con
letras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dignidades del morador.
El zaguán, que en algunas partes
es un patio cubierto alrededor con su impluvium en el centro, a la pompeyana,
constituye el estrado del marido. Allí me recibió el banquero, mientras su
primera esposa, acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y de su
servidumbre (entre la que hay que colocar a las concubinas de su esposo),
apareciendo en lo alto de una escalera, se llevó a mi mujer y a la del señor
que me servía de intérprete, a las habitaciones superiores.
La disposición del mobiliario es
igual en todas partes. Las sillas, grandes sitiales de tamarindo, de la forma
de nuestros sillones de baqueta, pesados como el plomo y negros como el ébano,
tienen el asiento y el respaldo de piedra cuyas vetas —simulando montañas y
paisajes— les dan un valor fabuloso. Cuando el personaje es muy rico, los
muebles están cubiertos de paños color de grana, con bordados de oro y sedas.
Arrimados a la pared, de la que nunca se separan, a cada dos sillones sucede
una mesita alta, estrecha y con tres estantes, que sirve de pedestal a un
jarrón de flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que visita es
obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas, entre las que figuraban guisantes
en su vaina, cigarros y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja
circular con radios que constituían otros tantos casilicios. Mi anfitrión se
entretuvo mientras hablaba en roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos
desperdicios, expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi Hou-lon, rico cha,
como aquí se llama al té, presentado en tazas sin asas, provistas de una
cobertera que uno entreabre para beber con la misma mano con que la sostiene, y
cuyo objeto es impedir el sorber las hojas que flotan en el líquido.
El chino no usa el agua como
bebida; el consumo, por lo tanto, de cha, es incalculable; no le ponen jamás
azúcar, ni emplean más que
el negro. Su precio varía, desde
diez reales hasta treinta y dos duros la libra. Este es el mandarín, que se
vende en manojitos de la cantidad de cada toma, atados con cintas de colores.
***
Allá va una sucinta reseña sobre
la elaboración del té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen sus
infinitas variedades; sométesele a la acción del fuego en unas colosales
cacerolas, como las perolas de hilar la seda, y agitándolo constantemente,
espérase a que las hojas queden contraídas por la torrefacción. El que posee
aroma propio no sufre nuevas operaciones; al inodoro se le perfuma después con
unas fumigaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores, y encerrado en
cajas de plomo, recubiertas de otra de madera, se le exporta. El verde procede
de unas hojas superiosísimas, que se tuestan muy poco; pero como la cosecha es
escasa y el consumo en Europa grande, se le falsifica como los vinos de
Lebrija, las Cabezas, Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Burdeos. Los
ácidos son la base de aquella mistificación, contra la que hay que ponerse en
guardia.
El espíritu de especulación lleva
tan lejos a los chinos, que los agentes de las casas europeas necesitan ojos de
Argos para no caer en las mil y una añagazas que les tienden los celestiales.
La prueba del té destinado a la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos
puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera caja al azar; colócanlos
en unas cubetas bañadas de luz zenital, que penetra por un enorme embudo de
madera fijado en la ventana donde se apoya el mostrador. Pésase un tael
(próximamente una onza) de cada montón, y se deposita en tantas teteras como
especies han de analizarse, y que, numeradas como las tazas que tienen delante,
corresponden a las cubetas. Echase encima el agua hirviendo, y transcurridos
los cinco minutos que marca un diminuto reloj de arena, viértese el licor en
los pocillos y los residuos pasan al mostrador junto con el puñado
correspondiente. Entonces se escudriña con minuciosidad la diferencia entre el
cha en crudo y el poso de la infusión. El color acusa la frescura de la hoja.
Si esta, al desrizarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho servir
ya, porque en China, donde nada se desperdicia, recogen los detritus del té y
lo venden a los fabricantes, para mezclarlo con el
virgen. La sed de ganancia hace
que también el europeo, cuando no hay abuso, pero sí rebaja de precio, pase por
esta mala fe, que no sospechan los consumidores de Occidente; pero en cambio
son muy rigurosos con el peso, por lo que, provistos de un imán muy potente, lo
restriegan por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo las limaduras
de hierro con que se mezcla el artículo. Ahora bien; problema: Cuando un
enfermo se propina en España una taza de Pei-Kó, ¿qué es lo que cura, el té, la
herradura o las babas de chino que por tercios entran en su composición?
***
Reanudemos nuestra visita, en la
que es de rigor permanecer cubiertos, porque ya sabes que aquí todo se hace al
revés que entre nosotros. El primer cumplido que te espeta el dueño de la casa
es decirte que pareces un viejo; la senectud es para el celestial la condición
más respetable. Todo lo que es tuyo lo eleva a las nubes con hipérboles
extremadamente orientales, y lo que con él se relaciona lo pone a los pies de
los caballos. Si le encomias la buena disposición de la casa, te contestará que
vive en una pocilga, y si le alabas la hermosura de su mujer, te argüirá que es
una bruta (sic).
Después nos hizo pasar a sus
oficinas de comercio, donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes y
mozos de carga, nos congregamos alrededor de una mesa, abandonándonos a un
expansivo banquete de todo género de sucia pastelería.
***
Como creo que ha de interesarte
el relato de una comida a su usanza, voy a permitirme esta digresión. Las
mujeres no asisten; la confusión de ambos sexos es degradante para el fuerte,
que ve en la madre de sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa no
puede contener más de ocho personas; por consiguiente aquellas se multiplican
en proporción del número de convidados. Manteles no los hay; en cuanto a
servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de seda que hace sus veces. Los
manjares están ya servidos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de
otras más pequeñas para las salsas y jugos con que han de adobarse, y que
vierte el comensal con una cucharilla de loza, cuando no pringa en el líquido
condimento el bocado que, por ser muy grande, ha tenido que llevar tres o
cuatro veces a la boca. Una taza sin asas, para los
comestibles, y otra microscópica
para el único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfumado con una
esencia, constituyen la vajilla. El cubierto son los célebres palillos,
llamados fachi, que colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y
otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón y el meñique
funcionan, a guisa de muelle, para abrirlos y cerrarlos como unas tenazas. Con
este aparato cada cual toma de la vasija común el pedazo que más le apetece, y
lo traslada a la suya parcial, después de multitud de paseos y baños por las
diferentes salseras.
El sitio preferente es el de la
izquierda. He aquí ahora el orden del menú: abren la marcha los dulces y las
frutas. Síguense a estos las cuatro entradas de manjares finos, entre los que
figuran los deliciosos cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de
tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los repugnantes nidos de pájaro,
que nosotros llamamos de golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga a
peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, que se encuentra en Java.
Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia de plumones y otras adherencias,
y deshechos por la cocción, quedan reducidos a una sustancia gelatinosa, con la
que mezclan almendras de varias frutas, y de la que, a pesar de sus condiciones
pectorales, no he podido intentar una segunda prueba. Su nombre es ning-vo.
A estas delicadezas suceden los
platos fuertes. Manos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos salados y
prensados, que saben a jamón, faisanes que en Shang-hai valen a dos reales
pieza, corzo y pescados ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que
produce escrófulas y asquerosidades a que la pluma se resiste. Excuso decirte
que, dado el cubierto, todo tiene que presentarse hecho pedacitos; y que si
algo hay que trinchar, los dedos se encargan de la operación.
Aquí principian las libaciones,
en las que son muy parcos. En seguida entra en tanda el arroz hervido
simplemente y servido en cubos de madera, de los que cada convidado se propina
dos o tres tazas, pues constituye la verdadera y diaria alimentación del chino,
que nunca prueba el pan. Amenízanlo con langostinos, cerdo, aves, pescado y
todo género de chow-chow (chau-chau), como ellos llaman a las mezclas. La
manera de devorarlo, pues no puede
decirse que lo comen, es
nauseabunda. Pizcan de la fuente general un trozo de chow-chow, lo trasladan a
su escudilla y, colocándose esta debajo de la barba, como una bacía de afeitar,
empujan precipitadamente con los fachis el arroz, ni más ni menos que si
rellenasen de casquijo un agujero, y no lo mascan hasta que se les sale por la
boca.
***
Relatarte lo que come el
indigente es tarea ímproba. Aquí no se desperdicia nada. La carne de perro y de
gato se vende públicamente; a la de ratón y toda suerte de animales inmundos se
le da caza en el propio domicilio. Sé que voy a extralimitarme poniendo a
prueba el estómago de tus lectores; pero la cosa es tan notable, que no puede
pasarse en silencio. Para el chino pobre, peinarse es un banquete. De ese modo
pretenden que recuperan la sangre que el insecto les ha chupado.
Terminada la comida, es preciso
colocar los fachi cruzados sobre la taza en signo de satisfacción y gratitud;
el anfitrión los va retirando y poniendo sobre la mesa como contestando: no hay
de qué. Un par de eructaciones son del mejor tono para atestiguar que los
manjares te han sentado bien.
El té sin azúcar y unas chupadas
de pésimo tabaco ponen fin a la fiesta. Las pipas en que fuman, indescriptibles
y variadas hasta lo infinito, no contienen, por enormes que sean, más tabaco
que el indispensable para una bocanada; por consiguiente, hay que cargarlas en
cada aspiración, valiéndose para encenderlas de unas mechas de papel retorcido
(que también se usa como cordel) sobre las que soplan muy hábilmente para que
produzcan llama.
***
Admitidos por fin en el gineceo,
nos encontramos a las señoras terminando su tiffin y en sazón que la dueña de
la casa, quitándose un nivat de plata (horquilla) y pinchando con él un
pastelillo, se lo ofrecía a mi mujer; que como puedes imaginarte, no tenía ya
más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua caliente, en la que
remojó un pañuelo de espumilla de seda, con el que su ama se limpió las manos y
la boca, pasándolo después a toda la reunión para que hiciera lo propio. Luego
sacaron las pipas. Todo el sexo bello fuma.
Acto continuo nos llevaron a
visitar las habitaciones, idénticamente amuebladas a las que ya he descrito. En
el salón penden algunos retratos de familia, horriblemente pintados al óleo,
cuadros inocentes como los países de los abanicos y entrepaños con máximas y
caracteres. Las paredes no están enlucidas; ostentan el ladrillo vivo de color
gris azulado y ennegrecido por el humo de los pebetes que a todas horas están
ardiendo en nichos destinados a los dioses penates y porteros. En el oratorio
álzase un altar con pebeteros y relicarios de metal blanco, flores
artificiales, estatuitas de Lao-tse, el fundador de la metafísica, de Cug-ñan,
la Virgen de la pureza, y de la multitud de ídolos de las teogonías búdica y de
Brahma, que mezcladas con la moral de Confucio, forman las tres religiones
dominantes en el país.
En los dormitorios, arcones de
sándalo y armarios de alcanfor alternan con las camas de tamarindo,
confundiéndose la de la primera mujer con las de las concubinas, que el dueño
comparte indistintamente. Duermen vestidos y sobre una esterilla que sustituye
al colchón, sin más sábanas que un abrigo de lana, en que se arrebujan. La
almohada es de loza del tamaño y forma de las almohadillas que antiguamente
usaban las señoras en España para coser; y no apoyan en ellas la cabeza sino el
cuello, con lo que las mujeres consiguen no deshacerse el peinado que, por su
complicación, no restauran más que semanal o quincenalmente. En la cabecera hay
colgados infinidad de amuletos, acusadores de la superstición que los domina.
Un sobre de un despacho imperial trae fortuna; y, si se le hierve, su agua cura
enfermedades epidémicas. Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de ojo.
La infusión de una bolita de oro, otra de plata y una ramita de coral es
eficacísima contra los sustos. La nuez extraída de la garganta de un mono vivo
no tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como acontece en la mía
que está apoyada sobre un monte, entran culebras, ya no hay más que pedir.
***
El fumador de opio pertenece a lo
reservado; los hay públicos para los transeúntes, sin perjuicio de tener cada
uno el suyo particular en el domicilio. Este horrible vicio, que embrutece al
hombre y le acorta la vida, no ha podido ser desterrado, a pesar de
los esfuerzos del gobierno
imperial, que ha tenido que contentarse con infligirle un impuesto de diez
pesetas por bola de cuatro libras, que es como se expende en crudo. En las
colonias está monopolizado, mediante una suma, que en Macao asciende, con la inclusión
de la pequeña isla de Taipa y Colowane, a cerca de cincuenta mil duros al año.
Sus efectos son espantosos; el pobre compra el residuo del de la gente
acomodada, y no gasta menos de un real diario. Yo conozco en Hong-Kong a un
rico mandarín que invierte más de peso y medio cada día, y que, a consecuencia
del abuso, tiene que trasladarse a Cantón de dos en dos meses, para hacerse
operar por la paralización absoluta de sus funciones digestivas.
El opio, que cocido toma el
nombre de anfión (a-pin hi en chino), se reduce por esta operación a una pasta
bastante dura. Para fumarlo, se necesita que la habitación esté cerrada, a fin
de que el aroma no se evapore. En el centro del cuarto elévase un entarimado
cubierto con un boca-porto, más o menos lujoso, que imprime al conjunto el
carácter del escenario de un teatro, del tamaño de una cama de matrimonio. En
él, provistos de dos almohadas, se acuestan los fumadores, separados por un
banquillo, sobre el que arde una lamparilla de aceite. Cuando el chino no tiene
un amigo que le acompañe, lo reemplaza por una concubina que, aunque no
comparte su placer, le arrulla y le canta. La mujer propia jamás se presta a lo
que entre ellos es el colmo de la abyección. La pipa es de las dimensiones y
estructura de una flauta, con un agujero en el centro, al que se adapta el
hornillo de barro, como un hongo o seta, provisto de un oído diminuto. Las
sustancias de estos aparatos varían hasta lo infinito; y a veces su mérito, por
la saturación del tubo o la riqueza del utensilio, es tal, que lámpara,
cilindro y horno cuestan tres mil duros, como los que yo he visto destinados al
último embajador de China en Rusia. El procedimiento es este: con un alambre se
extrae del bote una partícula de anfión como un guisante; se somete a la acción
de la llama para fundirlo, y rozándolo sobre el hornillo de la pipa, se le hace
tomar, cilindrándolo, el tamaño del oído, en el que se adapta, después de
repetidas manipulaciones. Aplícasele a la luz, arde y se aspira. Su
sabor es acre como su perfume;
pero no tiene nada de repulsivo.
Sus efectos son la atrofia y sus
consecuencias, la imbecilidad.
***
Una revista, pasada a las joyas y
telas bordadas del ajuar de la señora, puso término a una visita en que
invertimos más de tres horas de reloj, volviendo a casa cargados con multitud
de golosinas, de que nos llenaron los bolsillos, como testimonio comestible de
la honra que les acabábamos de dispensar.
Hasta la otra.
CANTÓN
I
Macao, D de diciembre de G L .
Cantón es para los chinos lo que
París para los europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la industria,
de la actividad y de la riqueza. Pekín, con ser la capital del Imperio, no
tiene para los celestiales otro aliciente que el de la vida pública con su
balumba oficial.
Nacer en Suchau , que produce los
hombres más hermosos; vivir en Cantón, paraíso de los bienes terrenales, y
morir en Lauchan, donde se fabrican las mejores cajas de muerto, son los tres
dones más preciados que la naturaleza puede hacer a un hijo de Confucio.
Las noventa y tantas millas que
separan al emporio chino de la colonia de Hong-Kong, y de las cuales más de dos
tercios son de navegación fluvial, se recorren en unas siete horas en vapores
de río, sistema americano, pertenecientes a compañías, ya indígenas, ya
inglesas, con servicio cuotidiano de día y de noche.
Ni Cunard, ni las Mensajerías, ni
la Mala del Pacífico, ni la Trasatlántica, ni la Trinacria pueden compararse en
lujo y comodidad con algunos de los buques de esta empresa británica.
Construidos para cortas travesías, sin riesgo de ninguna especie (pues al menor
indicio de tifón dejan de circular), estos steamers tienen en el centro de la
cubierta la cámara; vasto y elegante salón ventilado en verano por multitud de
ventanas que permiten al viajero admirar las riberas sin moverse de su sitio, y
abrigado en invierno por caloríferos y estufas.
Los camarotes son verdaderos
gabinetes, con camas en vez de literas, lámparas suspendidas e inmensos
tocadores de mármol provistos de irreprochables artículos de limpieza. El
pasaje no cuesta más que tres duros, y uno y medio cada comida, que en
cantidad satisfaría la
intemperancia de Lúculo, y en calidad merecería el aplauso de Brillat-Savarin;
se la rocía con Burdeos, Jerez, Porter y Pale-ale, sin contar los licores que
precipitan el Moka, y añadiendo un desayuno a elección en los viajes de noche.
Viajar por agua sin columpiarse,
es el bello ideal de la locomoción: metido, pues, en un palacio que se desliza,
avanza uno con vertiginosa rapidez embelleciendo con la feliz disposición del
ánimo los detalles que le salen al encuentro. Para Boca Tigris, fortificación
que defiende la entrada del río, es la primera sonrisa del excursionista, que
en cada montón de tierra que saca la cabeza del agua, reconoce siempre a un
simpático amigo. Renuncio a juzgar si este mamelón está bien o mal artillado,
porque en punto a cañones, yo no he tenido trato más que con los de las plumas
cuando se estilaban de ave. Lo único que sé, es que los chinos lo miran como un
Gibraltar, y los europeos se ríen de él. Sumando, pues, ambos términos, y
tomando la proporción media, deduzco que con unas leccioncitas de los oficiales
del ramo ingleses y buena pólvora de Albión, el ruido y las nueces andarían
equilibrados.
Remontando aquellas riberas
amenizadas con las típicas torres de cinco, seis o siete pisos, terminados por
tejadillos en forma de araña y alfombradas de diversas plantaciones, llégase a
Wampoa, avanzada de Cantón, donde ya nos interceptan el paso los innumerables
botes de la población flotante, condenada a vivir y morir en sus esquifes, y
cuyo número excede a toda ponderación. Los ingleses llaman a estas
embarcaciones Slipper-boat (barco zapatilla) por la forma que afectan con su
puntiaguda proa y sus toldos agalerados de bambú: el efecto real es el de un
cerdo nadando. Al verlos hacinados a miles bajo los puentes de Cantón y en los
puntos más resguardados del río, se le ocurre a uno preguntar si la ciudad está
abandonada, pues no parece sino que se ha trasladado a bordo el millón y medio
de sus habitantes.
Por fin se atraca: estamos en el
emporio chino. Cerremos los ojos ante aquella especie de muladar que constituye
el carácter distintivo de los barrios celestiales, y apretemos el paso para
hacer entrar a los sentidos en puertos de salvación. Después nos encenagaremos.
Antes de rebasar la línea, nos
sorprende un edificio severo y majestuoso con cara de persona decente y
acomodada. Es el
Custom house o aduana inglesa.
Sabido es que cuando la poderosa Albión terminó a cañonazos sus diferencias con
el imperio del Medio, intervino las aduanas, como garantía del pago de la
indemnización de guerra. Saldada que fue la operación, observó el gobierno
chino que los rendimientos durante la gestión administrativa de sus
apaleadores, habían sido mucho más pingües que en manos de sus funcionarios
nacionales; y rogó a aquellos que continuasen en su tarea por cuenta del Estado
en lo que se refiriera a importación o exportación en buques extranjeros. Desde
entonces radica en Pekín un inteligentísimo Director general, retribuido con un
elevado tanto por ciento sobre el total de la recaudación, a cuyo cargo,
elección y coste, están los funcionarios de las diferentes agencias fiscales
del imperio. Sujetos a un escalafón riguroso y a reglamentos fijos, exígeseles
a estos empleados el conocimiento perfecto del inglés, e ingresan en el cuerpo,
después de unos meses de prueba, con un haber mínimo de ciento veinte pesos al
mes y casa en común o independiente si son casados. Simultaneando con el
ejercicio de sus funciones, aprenden la lengua mandarina y obtienen sus
ascensos a medida de su aplicación, hasta llegar a jefes de departamento con
diez, doce y creo que hasta catorce mil duros anuales, y habitación, criados,
convites oficiales y otros gastos satisfechos. El personal se compone de
ingleses, americanos, españoles, franceses, italianos; de todas las
nacionalidades en fin. De ese modo el día que el gobierno chino quisiera
prescindir de la administración inglesa, habría una reclamación universal de
intereses lastimados, y tendría que someterse a la dura ley de la fuerza. Esto
es entenderlo y saber hacer duraderas las cosas. Lo mismo nos pasa a nosotros.
No nos entristezcamos y pasemos
adelante.
Atravesando el puente de los
señores, pues el otro que lo separa de la población china está destinado a la
servidumbre, nos encontramos en Shameen; islote no más grande que una manta de
cama pequeña de matrimonio, cuyo terreno constituye la concesión o morada
europea. Habitado por el cuerpo consular, los funcionarios de la aduana y los
agentes de las casas de comercio extranjeras, Shameen encierra en junto treinta
familias. Cada casa es un pequeño hotel con su galería abierta sobre la
fachada, respirando
alegría, riqueza y buen gusto. El
arroyo es de césped y las calles andenes de jardín. Hay una capilla protestante
y hasta gente que se pasea a caballo y al trote. ¡Qué temeridad! Pero no vayan
ustedes a figurarse que aquí se detienen las maravillas del pequeño Lilliput:
es todo un Estado bajo la base del comunismo. Un cónsul es administrador de
correos con la responsabilidad y formalidades de un funcionario público. Todos
los habitantes, excepto las señoras (que me parece que son nones y no llegan a
tres), están obligados a prestar servicio como bomberos. El de las armas es
gratuito y obligatorio: al menor asomo de revuelta por parte de los chinos,
como aconteció hace dos o tres años, cada cual empuña el útil de guerra de que
dispone, organízanse guardias y retenes, los vapores de la línea aprontan sus
calderas; y, como fuera vano empeño resistir, al primer tiro de alarma, todo el
mundo a bordo: el ejército de tierra se convierte en fuerzas de mar.
Sobre ser tan pequeña la isla,
aún queda espacio para un elegante paseo sobre el malecón; desde el cual,
dirigiendo la vista del lado de la tierra, apercíbense hombres que se agitan en
diversas direcciones, pelotas que describen giros parabólicos y raquetas que
muy a menudo resignan sus poderes en la cara de su dueño. Son praderas
públicas, trinquetes a la inglesa, sport verdadero, donde los moradores
entretienen sus ocios con el ejercicio gímnico del cricket. Teniendo ya
lawn-tennis, no pierdo la esperanza de asistir a un handicap en el futuro
hipódromo de Shameen.
¿Me preguntan ustedes qué ruido
de billar es el que sale por las ventanas de ese magnífico edificio? Pues qué
quieren ustedes que sea sino el del billar del club inglés; donde además de
todos los juegos lícitos y de todas las bebidas y reconfortantes gástricos
apetecibles, encontrarán ustedes una magnífica biblioteca, de cuyas obras se
puede disponer a domicilio, y habitación dispuesta para que pernocte el socio
transeúnte. Esto sin contar los periódicos y el papel gratis para la
correspondencia.
Pero no nos detengamos aquí, que
mejor que el club inglés es el alemán, en el que, amén de las mismas
comodidades y atractivos, existe un teatro, un verdadero teatro común de dos;
pues en él los pobladores de Shameen hacen de hombres y mujeres; de actores y
público; de empresario y abono.
¿Quieren ustedes más? Pues como
no nos metamos en un houseboat (bote-casa), con su dormitorio, cocina y demás
menesteres, para entrarnos río adentro y pasar ocho días consagrados a la pesca
o a la caza en domicilio flotante propio, de que nadie carece, la isla ya no da
más de sí.
Ahora repasemos el puente;
hagamos irrupción en la ciudad china y digamos como en los libretos de las
comedias de magia: Mutación.
Así como el comedor de la casa de
aquel chusco era tan bajo de techo que no podía comerse en él más que
lenguados, así las calles de Cantón son tan estrechas que no hay mortal que
entre en su recinto si no es con calzador. Extendiendo los brazos, y hablo en
serio, se tocan ambas paredes; y en todas las esquinas hay una tienda con una
puerta en cada lado del ángulo, a fin de que, al cruzarse dos palanquines,
mientras el uno sigue por el arroyo, el otro tome por el almacén y no se
interrumpa la circulación. De trecho en trecho un enorme portón se atraviesa en
el camino para limitar un barrio; abierto al tránsito de día, ciérrase al
ponerse el sol, y nadie pasa sin permiso del portero, lo que permite no solo
localizar cualquier motín en un momento dado, sino saber quién trasnocha y por
qué motivo.
El que haya visto una población
china las conoce todas; su construcción es idéntica. Casas hechas con un
ladrillo gris azulado, sin más presión que la de los pies del obrero, y que no
enlucen jamás ni en paredes ni en tabiques: vigas al aire; en el interior una
zahurda; en la fachada una puerta con una ventana encima. Escalas de mano para
el acceso: dos o tres industriales viviendo en comunidad, y toda clase de
animales domésticos, desde el guarro hasta la chinche, compartiendo el hogar
con los moradores racionales. El chino rico solo se diferencia del pobre en
tener casa más grande y poseer más dinero.
Pekín es la única ciudad que
reviste otro carácter. Sus calles anchas tienen en el centro a modo de un
terraplén formado por la basura, que arrojan los vecinos y que el sol se
encarga de secar y corromper. Sobre esta alfombra transita la gente, ya a caballo
ya en carretas, en las que no cabe más que un individuo sentado en el fondo de
la caja; porque asientos, Dios nos los dé. El polvo es asfixiante y fétido;
pero la municipalidad ya lo tiene previsto todo: ha
colocado de distancia en
distancia unos recipientes de barro que hacen el oficio de columnas
mingitorias; y a determinadas horas del día la escuadra de la limpieza,
provista de sendos cazos, riega la vía con aquel precioso licor. No hablemos
más de Pekín; en primer lugar porque no lo conozco y me alegro; y en segundo,
porque mis lectores han de participar de mi alegría.
CANTÓN
II
Ya estamos dentro de Cantón; ya
estamos en medio de esta red de estrechas callejas, llenas en toda su extensión
de tiendas y tiendecillas.
¿En dónde están los que consumen?
se pregunta uno al ver aquella profusión de abastecedores. Porque en efecto, no
hay una sola casa que no sea una tienda, a excepción del barrio tártaro,
erigido en una zona especial, cuyos moradores, de más bizarro continente que
los chinos, y soldados por derecho de raza (pues pertenecen a la nacionalidad
de la dinastía manchú reinante) tienen viviendas de un solo piso, jalbegadas
por el exterior, y si mucho menos aseadas, parecidas a las de algunas aldeas
pobres españolas. El fenómeno se explica con recordar que Cantón es a Asia lo
que París a Europa. Los cuatrocientos millones de habitantes del Celeste
imperio se surten en él, no solo de los artículos de lujo, sino de los de boca
de primera necesidad que, salados y secos, transportan a los últimos confines
en millares de lorchas o juncos de su temeraria cuanto rutinariamente diestra
marina mercante.
Dicho sea en honor de la verdad,
hay algunos establecimientos que seducen, no por la suntuosidad de los
edificios, que en poco o en nada difieren de los otros, sino por la riqueza de
los objetos que en ellos se expenden. Los bordados de seda, las lacas, las
porcelanas, los tejidos, las incrustaciones de nácar sobre madera, peculiares
del Tonkín, las sillerías de tamarindo (el ébano local), las tallas
perfeccionadas de Ning-po con aplicaciones de marfil, las filigranas de plata y
oro, y las antigüedades, fascinan por su valor intrínseco y por la novedad que
producen a nuestros ojos; pero carecen de aquella variedad infinita, del gusto
ejemplar de la industria europea, y sobre todo de su perfección irreprochable.
Aquí
no hay nada bien concluido, y las
más preciadas joyas concluyen por hastiar a fuerza de monotonía. Se fabrica
sobre un tipo y solo varía la materia. El arte, como la existencia del chino,
está sujeto a patrón. Así es que cuando se han aprendido ya de memoria las dos
docenas de moldes en que se vacía su inteligencia industrial, los bazares
suntuarios con sus preciosidades gemelas (o por lo menos con su aire
incontestable de familia) y sus enormes muestras de planchas de charol con
caracteres de oro que, pendientes del arquitrabe y rasando el suelo en sentido
vertical, dan a la calle el aspecto de una columnata, quedan eclipsados por la
asombrosa multiplicidad y el inagotable surtido de abacerías, bodegones,
ropavejeros, confeccionadores de toscos objetos de papel para conmemoración de
los difuntos, y tantos y tan repugnantes comercios bajos que, ora detienen la
marcha del transeúnte con un buey o un cerdo abierto en canal junto a la
carcomida tabla anunciadora: ya le salpican el rostro con la sangre del pescado
que cortan a rebanadas; o provocan sus náuseas, en fin, con la exhibición de
verduras en salmuera, salazones de especies desconocidas, gusanos de seda
sacados de las perolas de las fábricas de filatura para ser comidos con arroz,
hierro enmohecido, festines de animales al aire libre, dentistas ambulantes
revestidos de rosarios de muelas, barberos que sacuden sus navajas sobre los
circunstantes, hombres desnudos que, con sus amarillentas manos provistas de
largas y negras uñas, sacan de las vasijas los manjares que aquel pueblo
famélico devora con avidez; ciegos en filas de seis y ocho tocando campanillas
para no ser atropellados por la muchedumbre, mendigos con úlceras y escrófulas
que solo se creen viéndolas, truhanes, agoreros, jugadores de dados y fumadores
de opio. Este es el Cantón típico: miseria, basura, abyección.
Apenas anochece cesa el ruido;
las puertas se cierran herméticamente. En las primeras horas arden unas
candelillas, que cada familia enciende a sus dioses penates en hornacinas
abiertas sobre el umbral. Cuando se apagan, todo queda en tinieblas. Entonces
aparecen las rondas nocturnas, armadas de lanzones retorcidos, partesanas,
escudos de mimbre, y precedidos de un gong o campana china, en el que dan
sendos porrazos; con lo que
consiguen dos objetos: despertar
al que duerme y prevenir a los ladrones para que burlen su vigilancia.
Una buena costumbre, que debe ser
imitada en ciertos países donde la policía deja mucho que desear, es la de
hacer responsables a los inquilinos con tienda abierta de los desórdenes que
pueden ocurrir en la calle delante de su casa. De ese modo el temor de una
multa, hace que en cuanto en el arroyo se origina una disputa, salga el tendero
provisto de un garrote o de cualquier otro argumento de persuasión, y se lleve
a los contendientes a la zona de su vecino, quien a su vez repite la operación,
y así sucesivamente hasta dar con la fuerza pública, que termina en la cárcel
la partida de tente-tieso.
Las pagodas, aunque en la parte
consagrada al culto difieren poco entre sí, tienen notables diferencias de
aspecto como edificios. Cuéntanse a centenares, por lo que no nos detendremos
mas que en las que ofrezcan alguna particularidad. La de los Quinientos ídolos
es sencillamente un museo de escultura encargado de perpetuar, en toscas
figurillas de madera dorada de medio tamaño natural, la memoria de los que se
han distinguido por cualquier concepto. Un padre que tuvo muchos hijos, un
hombre que alcanzó una gordura fenomenal (signo de favor celeste), un individuo
virtuoso, un general valiente, están seguros de inmortalizarse en aquel totum
revolutum de santos, héroes y monstruos de feria. No hablemos del mérito
artístico de las estatuas. Hay allí (y por cierto que es circunstancia
singular) una reproducción del gran viajero del siglo XIII, del veneciano Marco
Polo, con una chaquetilla de trajinero de la Mancha y un hongo pavero, que
pedir más fuera gollería.
La de la Campana es solo notable
por el gigantesco tamaño de la que pende de una oscura y medio derruida
linterna. Todos estos templos poseen la suya además del gong y del bombo con
parche de piel de vaca sin curtir; pues, según la tradición, los primitivos
bonzos eran criminales condenados al aislamiento; y debían anunciar, con una
campanada repetida cada quince minutos, que no habían apelado a la fuga.
La Torre de porcelana, mal
comprendida entre las pagodas, es uno de esos polígonos de varios cuerpos que
figuran en todas las telas de abanicos y cuyas tejas barnizadas relucen al sol
con varios
cambiantes. Sus relieves de buen
gusto y su elegante forma la conquistan un primer lugar entre los monumentos de
su especie.
La Pagoda de los Cerdos, así
llamada por una pocilga en la que pasan feliz existencia cinco o seis
ejemplares sagrados de ellos, que se renuevan anualmente, encierra un culto
simbólico; pues parece ser que, según la metempsicosis, el hombre que transmigra
a aquel animal inmundo es de los menos pecaminosos; y tiene la seguridad de
recobrar pronto su condición primitiva, visto que la vida del marrano no excede
por lo común de doce meses. Constituye, en una palabra, una dosis de purgatorio
a su manera, tanto más pronto redimido cuanto menos tardan en desarrollarse las
mantecas del pecador.
La de los Cinco pisos,
desmantelada, no sirve ya mas que de mirador, en gracia de su altura, y fue
cuartel general del ejército de ocupación.
El ritual del culto de Buda, cuya
religión tiene tantos puntos de contacto con el cristianismo, se parece
bastante al ceremonial católico. El oficiante junta las manos sobre el pecho,
como nuestros sacerdotes, con ligeras alteraciones en la colocación de los
dedos; y hasta en sus cantos hay inflexiones que diríanse copiadas de nuestra
liturgia.
Jamás olvidaré la impresión que
me produjo un servicio fúnebre a que asistí en Macao con motivo del entierro
más suntuoso que registran los fastos chinos. Invirtiéronse en él cerca de
cuarenta mil duros; pues en los cien días que se conservó el cadáver en la casa
y que, según el budismo, es el tiempo que el alma anda errante hasta ocupar su
puesto en la región de los espíritus, cuantos parientes, deudos y amigos
acudieron a rendir el último tributo al finado, fueron mantenidos, incluso de
opio, a expensas del hijo primogénito. Sin detenerme a describir las maravillas
de ornamentación de la casa mortuoria, atestada de muebles excepcionales, de
plantas en cuya cultura habían intervenido tres o cuatro generaciones para ir
conduciendo los tallos hasta formar con las robustas ramas caracteres, figuras
y símbolos; de objetos de papel para quemar ante la tumba que se confundían con
el marfil, el bronce y el cristal; omitiendo la narración de los tres meses de
ceremonias religiosas, en las que tomaron parte sesenta bonzos y
dos obispos o jefes de comunidad,
referiré a la ligera la que tuvo efecto la víspera de la inhumación. Una
pagoda, aislada de la capilla ardiente, ocupaba dos habitaciones contiguas. En
la interior y bajo unos arcos de ramaje de una transparencia cristalina,
profusamente iluminados, doce bonzos y un superior vestidos de seda y oro y
apoyados en una fauna simbólica, se mantenían en éxtasis. ¡Qué inmovilidad en
aquellas difíciles posiciones! ¡Qué inercia y qué absorción en aquella actitud
contemplativa! Era preciso detenerse media hora ante aquellas estatuas
animadas, para sorprender una ligera oscilación que acusase un soplo de vida en
su marmórea rigidez. Así se mantuvieron desde las seis de la tarde hasta la una
de la madrugada. En la pieza vecina, atestada de relicarios gigantescos de
filigrana, revestida de paños bordados, en que el oro entraba por arrobas, e
iluminada profusamente, veíanse unas mesas dispuestas en trapecio, como en los
festines de las óperas. Ocupaban las de los lados los bonzos de orden menor,
cubiertos de unas hopalandas oscuras y ceñidos de unas fajas y bandas de
diversos colores, según la comunidad a que pertenecían. En las tres del fondo
estaban los oficiantes. Sobre estos y en un trono de nubes pendiente del techo,
yacía recostado un obispo en el mismo arrobamiento que sus otros compañeros de
reposo; si bien acompañado de dos harapientos culis, que con sendos abanicos,
le refrescaban la atmósfera deletérea de aquella elevación en que se acumulaban
las emanaciones del aceite de las luminarias y la respiración, a menudo
ruidosa, de sus colegas y del auditorio celeste. Otros mancebos, con más o
menos mugre, distribuían té a los religiosos. Preces, invocaciones,
purificación de la morada por el fuego y mucho golpe de gong acompañado de dulzaina,
formaron la parte esencial de la ceremonia. Por fin, el oficiante principal se
puso en pie detrás de su mesa; y en medio de un silencio sepulcral, levantó los
ojos al cielo, blandió dos campanillas y se puso a comunicar con el muerto.
Después del Dies iræ del
catolicismo, no conozco nada más sublime que ese coloquio de la religión con el
pecador. Ni una voz, ni un canto, ni una palabra; pero ¡cuánto arte en las
vibraciones del timbre que, ora simulan el terror del alma puesta al borde del
abismo de las penas eternas; ora traducen la satisfacción y la gratitud del
espíritu arrancado de repente a
la condenación, por las plegarias de los vivos; o bien, por último,
evaporándose en una imperceptible noción del sonido, acusan el alejamiento del
hálito vital por las regiones etéreas, para volar a fundirse en Dios, principio
y germen de todo lo creado, de quien era partícula y a cuyo todo se restituye!
Es un pasmo de ejecución y un torrente de sentimiento. Por desgracia, pronto
descubren la oreja; pues el difunto, para quien aquel día suele ser siempre
nefasto, responde que su alma está sufriendo crueles torturas, que no cesarán
hasta que doten con una fuente en que naden peces de colores a tal convento, o
hagan a cual otro los donativos que sus riquezas le permitan; de modo que el
estómago se apodera de la sublimidad de la concepción, y toda la grandeza del
espíritu se desvanece entre la gente bonza, ante una solución gástrica de
refectorio.
Cerremos esta crónica religiosa
con cuatro palabras sobre la Catedral erigida en el centro del barrio tártaro.
De orden gótico, está tallada en duro granito y recuerda la de Amiens. Carece
aún de pavimento, de ornamentación, de altares y de objetos de culto, y van
invertidos en ella ocho millones de francos, producto de donaciones y limosnas.
Su diócesis alcanzará a veinte personas; sin embargo, al verla ostentar su
inmensa nave en medio de millón y medio de gentiles, diríase que ha sido
construida en la previsión de que pueda servir para millón y medio de
católicos. Todo es de esperar de nuestras intrépidas misiones.
CANTÓN
III
En la parte opuesta del río,
llamado Honam, hay unos jardines, que visitaremos, por no quedarnos sin verlo
todo; pero no porque merezca la pena de perniquebrarse al pasar aquellos
carcomidos puentes, ni de atrapar unas fiebres palúdicas por intentar en vano
reflejar nuestra imagen en el impuro seno de unas charcas cenagosas. La flora
es rica, pero descuidada; y como esta excursión no es científica, suprimo por
inoportuno lo que habla a la inteligencia y callo por inexistente lo que halaga
los sentidos. No saldremos, sin embargo, de allí sin entonar un himno de
asombro a la camelia de Cantón, rarísima variedad, que solo florece de dos en
dos años y cuya forma es una verdadera maravilla. Redúcese a una estrella de
varias puntas, cada uno de cuyos radios está compuesto de pétalos
sobremontados, que disminuyen hacia las extremidades con una simetría y
proporción geométricas. Estos pétalos, que son de color de rosa pálida, doblan
sus bordes hacia fuera, presentando una fimbria de matiz más fuerte, que dan a
la flor, como dejo dicho, el aspecto de una estrella de escamas, con círculos
concéntricos festoneados de rojo.
No salgamos del slipper boat,
toda vez que nos hallamos en el río; y desafiando su impetuosa corriente,
dirijámonos de nuevo a las márgenes de la ciudad china, en busca de los tan
afamados botes de flores, donde los celestiales comparten los placeres nocturnos
con los teatros y los culaus; bodegones sobre los que vale más callarse, y
espectáculos de que es preferible no volver a decir una palabra.
Constituyen aquellas mansiones de
la alegría unas enormes barcazas flotantes, que en nada difieren entre sí, a
pesar de su número. Vista una, vistas todas. Alegremente pintadas al exterior,
ocupa el puente un salón
alumbrado por linternas y amueblado con sitiales y mesillas. Unos canastillos
de flores penden del techo: y allí se come, se bebe y se fuma, mientras unas
cuantas mujeres de jalbegado rostro, con los pómulos y los párpados cubiertos
de almazarrón (aristocrático afeite del bello sexo), bien vestidas y mejor
peinadas (pero nunca limpias), cantan, al parecer acompañadas de instrumentos
músicos, muy semejantes para nosotros a los de tortura, preparan las pipas de
los consumidores y les dan conversación. Todo ello sin algazara expansiva,
pacíficamente y sin ulteriores consecuencias. Los hombres pagan y no riñen; y a
las cantantes les dura el peinado intacto una semana, que es lo que tarda en
volver la peinadora. No hay propinas.
Se me olvidaba consignar que los
europeos deben ir provistos de algún frasco de esencia con que preservar el
olfato de ciertas emanaciones, porque además de los perfumes urbanos, existen
los fluviales, despedidos por unas góndolas que constantemente están cruzando
el río cargadas con materias para el abono de sus fértiles tierras de labor, y
a las que los habitantes de Shameen han bautizado con el nombre de tigres, no
sé si por el aliento que exhalan o por el terror que inspiran: lo cierto es que
se las presiente y se las huye.
Saltemos a tierra. ¿Pero qué es
esto? ¿Tocan somatén? ¿Hay algún incendio? Toda la gente mira hacia arriba, y
provistos de gongs, cacerolas, latas de petróleo o simples pedazos de bambú,
grandes y chicos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres golpean y gritan a quien
mete más ruido. ¡Ah! No hay que asustarse. Es que hay eclipse, y como según la
astronomía china, este fenómeno tiene lugar porque la luna riñe con el sol, y
en la contienda lleva la casta Selene la mejor parte, pues empieza ya a comerse
al astro del día, los moradores de la tierra la obligan por aquel medio a
soltar el bocado, a fin de no quedarse sin luz y sin calor; lo que consiguen
siempre, porque aquí no tiene el mismo significado que en Europa lo de ladrar a
la luna.
Verifícanse en Pekín y en Cantón
alternativamente los exámenes anuales para los diversos grados de mandarín. Los
ejercicios se hacen por el sistema celular; es decir, que cada examinando queda
recluso y tabicado durante unos días, con el objeto de escribir su
tesis sin el auxilio de
bibliotecas ni consultores; y a este fin se destina un edificio conocido con el
nombre de las once mil celdas, que mas propiamente deberían llamarse chiqueros.
No es, pues, una universidad, porque la enseñanza es libre y a domicilio; y
tampoco es una pocilga, porque son miles de ellas. Con saber las máximas de
Confucio, los comentarios de Mencio, la cronología de los emperadores y contar
hasta diez mil, sale de allí un hombre con aptitud para general, almirante,
presidente del Supremo, obispo, ministro de la música (existe un ministerio ad
hoc) o cualquier otro cargo en armonía con sus aficiones o al alcance de sus
recursos, pues importa saber que en China la administración del Estado se
concede a la puja. Luego nos extenderemos sobre este particular. Recordemos
antes a los lectores que lo hayan puesto en olvido, que existe una lotería
llamada Vaiseng (desterrada del imperio y acogida al pabellón portugués en
Macao), reducida a jugar sobre el nombre de los examinandos que se presume que
han de ganar el curso. Cuál sea el número de los jugadores dedúzcase de lo que
el monopolizador paga al gobierno del establecimiento lusitano, que en la
última subasta trienal satisfizo la enorme suma de seiscientos cuarenta mil
duros. Así es que cuando la opinión se inclina por tal o cual estudiante de
reconocida aplicación e incontestable inteligencia, el concesionario, ante la
probabilidad de tener que satisfacer grandes premios, procura sobornar a los
examinadores para que desahucien al candidato, o corromper a este con dádivas
para que abdique del éxito.
Volvamos a lo de la puja. Cantón,
capital de los dos Kuanes (Kuan-tung y Kuan-si) es la sede de un a modo de
gobierno de provincia; con la sola diferencia de que el gobernador tiene el
título de virrey y ejerce jurisdicción sobre cuarenta millones de habitantes en
una extensión de H , V kilómetros cuadrados. Pues bien; cuando el gabinete de
la metrópoli, o más propiamente hablando, el emperador —y en su defecto el
regente, si como acontece ahora, el soberano está aún en la menor edad— trata
de proveer el cargo, elige un mandarín de la más elevada categoría; pero siendo
muchos los aspirantes, opta por aquel que ofrece mayor suma de rendimientos al
Estado. Por supuesto que el monarca repite, como Luis XIV, el Estado soy yo.
Una vez el agraciado en el ejercicio de
sus funciones, saca sus cuentas y
dice: «Seis que me cuesta el destino y seis que yo quiero ganar son doce, que
corresponden a los contribuyentes. Dividiendo estos doce por tres, que son los
años que ha de durar mi ejercicio, tocan a cuatro anual.» Y en efecto; llama a
los mandarines sufragáneos, y suma por aquí, multiplica por allá, él se las
arregla de modo que le salgan los cuatro. Pero ¿qué acontece? Que, como las
autoridades inferiores han escalado sus destinos por igual procedimiento,
apelan a los mismos recursos económicos; y pídales lo que les pida el virrey,
se lo dan, pues toda la operación se reduce a aumentar la derrama entre sus
administrados. No hay más ley que el capricho, y es inútil quejarse, porque al
que protesta se le confiscan los bienes, y al que se resiste lo decapitan.
Para muestra basta un botón. El
general de las fuerzas militares de Cantón, a quien tuve el gusto de conocer, y
que entre varias cosas notables me preguntó si España estaba junto al Perú,
responde de un contingente de doscientos mil soldados, pues el efectivo apenas
llega a la mitad; los restantes figuran solo nominalmente en los cuadros del
ejército, y el pre se cobra pero no se paga. El día que hay una revista
general, lo que ocurre de higos a brevas, se echa mano de los culis de los
oficiales, de los cargadores, mozos de esquina, vagos y mendigos, y hasta la
otra. Este espectáculo, que tiene mucho de curioso (y no en la acepción de
limpio), se divide en dos partes.
Es la primera una parodia de
táctica al estilo europeo, en que las voces de mando son sustituidas por golpes
de gong y las descargas dirigidas por los banderines de las secciones. Los
movimientos resultan a discreción, sin duda para corresponder al calzado de la
tropa, que es también discrecional. Unos llevan borceguíes viejos de señora con
bigotera de charol, otros botas de hombre con la caña por fuera, algunos los
usan de gendarme francés montado, y la generalidad caret utroque. En fusiles
los hay desde el arcabuz hasta el de aguja, largos y cortos, y que apuntan y no
tiran.
La parte nacional comprende el
tiro al blanco con arcos de un peso y de una tensión excepcionales; la esgrima
de lanza, en la que agotan todos los recursos de la gesticulación para hacerse
miedo; y las maniobras hípicas con jinetes, que montan y desmontan a la
carrera, se tienden sobre el
caballo, que es poco mayor que una rata gorda, y ejecutan, en fin, todas las
habilidades propias de los clowns.
Ahí van algunos datos curiosos.
Según la estadística de Behm y
Wagner de U a , las veinticinco provincias en que se divide
el Imperio del medio, contando la China propiamente dicha y los países
tributarios, miden una superficie de I.L F.L H kilómetros cuadrados, y tienen
una densidad de D . . H habitantes.
Pero vaya usted a saber la verdad en un país donde no hay censo y en el que es
preciso sacar las cuentas como las presupuestaba de las obras municipales aquel
arquitecto de Soria, que, preguntándole lo que podría costar un matadero,
respondía: «De quinientos a sesenta mil duros.»
Los ingresos de la nación, según
los ingleses, que son los más versados en la contabilidad china, ascienden por
el presupuesto de b i a f . D . h taels (cada tael valiendo peso y medio), y se
descomponen así:
Por territorial
Impuesto sobre mercancías
Renta de aduanas
Sal
VENTA DE CATEGORÍAS
Ingresos eventuales
Ganados, agricultura y demás
productos naturales y en especie
18.000.000
20.000.000
15.000.000
5.000.000
7.000.000
1.000.000
13.100.000
Total 79.100.000
En Q emitió el gobierno chino el primer
empréstito exterior por b.f .g j francos, dando en garantía la renta de
aduanas.
Careciendo de administración
civil, no es para extrañarse que tampoco la tenga militar. Verdad es que el
mismo vacío se nota en ingenieros y estado mayor; y aun me atrevería a decir en
el ejército en absoluto, si no vinieran a desmentirlo los siguientes datos de
Klaprotz, de que él no sale garante, ni yo tampoco, pues están adquiridos en
los cuadros mitológicos del ya conocido contingente ideal.
Infantería regular 300.180 hombres.
Caballería regular 227.000 »
Artillería 17.000 »
Reserva 30.000 »
Oficiales del ejército regular 6.000 »
Infantería irregular 400.000 »
Caballería irregular 273.000 »
Oficiales del ejército irregular
5.200 »
Marina 32.440 »
Total 1.290.820 hombres.
Si yo fuera ministro de la Guerra
en China, pondría una nota al pie de mi presupuesto departamental, como la de
los antiguos billetes de diligencia en las observaciones sobre los equipajes,
diciendo: «No se responde de robos por fuerza mayor.» Como no lo soy, y me
alegro, me limito a consignar que el efectivo del ejército celeste depende del
resultado de las cosechas generales.
CANTÓN
IV
Según hemos consignado al
principio, la dinastía reinante no es china, propiamente hablando, sino tártara
manchú; es decir, invasora, dominante por derecho de conquista, y mirada, por
consiguiente, con prevención por los oprimidos. De aquí nace el que, favorecidos
por la gran desorganización del Estado, tengan estos formadas sociedades
secretas, que funcionan en el misterio, y cuyo fin, como fácilmente se colige,
no es correr tras la libertad en busca del derecho político moderno, sino
sencillamente cambiar de yugo. Dos siglos hace que trabajan con este objeto,
sin lograrlo.
Hay además otro partido: el
extranjerista, compuesto indistintamente de tártaros y chinos, que reconociendo
las ventajas de la civilización, pide telégrafos, ferrocarriles, reformas en
las costumbres y progreso, en una palabra; pero sus sectarios se hallan en
minoría, pues ni el espectáculo del gas incita a la masa tradicional del pueblo
a desprenderse de sus linternas, ni el espíritu revolucionario del movimiento
en sentido de avance, se aviene con la rutinaria y perezosa marcha de estos
seres mecánicos. Ello vendrá, no obstante, y acaso muy pronto, pues ya empiezan
a observar que la actividad es un elemento de riqueza, y el chino es avaro.
Tomando pretexto de cualquiera de
estas razones políticas, sucede a lo mejor que un mandarín cuyas aspiraciones
no han sido satisfechas, se levanta en armas, recluta ciento cincuenta mil
hombres, y recorre con ellos las provincias, amenazando absorber el imperio.
Pero como en Pekín le ven las cartas, le envían un emisario para que ajuste la
paz con él; le dan algo de lo mucho que pide y una mañana el rebelde no amanece
en el campo, con lo cual se disuelve el ejército; porque, lo mismo en
sublevaciones que en
batallas, en faltando el jefe se
acabó el cotarro. Algunas veces, pocas, pillan al descontento y le cortan la
cabeza, como acaeció hace cuatros años con el general Li, que se había
enseñoreado del Tonkín, y cuyo recuerdo me trae a la memoria una frase del
virrey de Cantón, que no debo pasar en silencio. Esto me da pie para relatar
nuestra visita al yamen o palacio del feudal lugarteniente del emperador.
Agregado en calidad de curioso a
la misión diplomática que cerca de Li-u (nombre del virrey, que no hay que
confundir con el del general rebelde) fue a desempeñar por entonces nuestro
malogrado ministro en China D. Carlos A. de España, vestíme, como los demás
señores del cortejo, de chaqué y sombrero gacho; y suprimidos con el frac los
guantes como innecesario e incomprensible atributo de cortesía en las altas y
bajas regiones celestes, encaminámonos todos en sendas sillas mandarinas
forradas de algo que fue paño verde, y con alamares, que a haber conservado su
envoltura de seda, hubieran sido negros, al yamen del gobernador, precedidos
del porta-tarjetas para anunciarnos.
Forman el palacio en cuestión
multitud de anchurosos patios con pabellones sueltos, que en nada difieren,
como arquitectura y muebles, de las casas de los chinos ricos. En la puerta
exterior unos harapientos culis disparan seis morteretes; y unos hombres
vestidos de colorines, con la cabeza calzada de una especie de enorme cencerro
colorado, del que salía como cimera una tiesa, larga y única pluma de faisán,
se pusieron en fila junto a unos figurones gigantescos y ridículos de cartón,
dioses porteros de la morada.
En el último patio, y acompañado
de su séquito, nos esperaba el virrey, que graciosamente nos saludó a todos
cerrando los puños, juntándolos por las falanges y agitándolos a la altura del
pecho, como si zarandease una sonajera. Li-u, que respecto a fisonomía y
modales está cortado por el patrón general de su raza, en la que no se nota
nunca esta diferencia de cutis, de movimientos, de dicción y de forma que
distinguen a nuestras clases privilegiadas del común de las gentes, vestía
túnica de riquísimo satín celeste con caballa o balandrán azul tina, ostentando
en el pecho, a modo de sacerdote bíblico, una placa cuadrada con los emblemas
de su magistratura bordados en seda y oro. Botas de raso negro con ancha suela
de
fieltro blanco cubrían sus
piernas hasta la rodilla; y de sus hombros pendía una esclavina de lustrosa
piel de nutria, sobre cuyo fondo destacábase un profuso collar de cuentas de
ámbar. Cubría su cabeza el sombrerete mandarín de castor, con un botón de coral
del tamaño de un huevo de paloma, y de la parte posterior del bonete salía en
sentido horizontal un plumero a modo de rabo de zorra, que se extendía hasta
media espalda.
Invitados a pasar al pabellón de
las recepciones, encontramos servida en él una mesa con dulces, vinos, tazas de
té y cubiertos europeos. El virrey puso al ministro a su izquierda, lugar de
honor según los usos locales, y al intérprete a su derecha. Los secretarios, la
oficialidad del aviso Marqués del Duero, el vice-cónsul de España en Cantón, y
el cronista, muy servidor de ustedes, nos acomodamos donde quisimos,
permaneciendo con nuestros hongos encasquetados, para seguir el ceremonial de
la etiqueta confucista. Los oficiales de Li-u, de pie detrás de nosotros a
manera de coperos, nos escanciaban el champagne, y colmaban los platos de
sabrosos limoncillos en almíbar, jengibre en dulce, guisantes azucarados y
otras golosinas, por las que previamente había pasado sus manos el virrey,
atestiguando así que podíamos comerlas con entera confianza, seguros de que no
contenían veneno. El gobernador, entre bocado y bocado, daba una chupada a la
pipa, que cada vez le cargaba su secretario particular; pues sabido es que el
recipiente de estos utensilios no admite tabaco más que para una sola
aspiración. Y allí empezaron a tratarse los asuntos de Estado con la asistencia
de nuestros culis de silla y de los barrenderos, apaga luces y encargados de
las salvas en el yamen, que hicieron irrupción en la sala, en uso por lo visto
de un legítimo derecho; pues nadie los estorbó en su faena de interrumpir con
sus animadas conversaciones y carcajadas a los conferenciantes.
—¿Qué noticias hay de la
insurrección de Li? —preguntó nuestro plenipotenciario.
—Eso acabará pronto —contestó el
virrey.
Y haciendo un gesto de
contrariedad:
—El caso es —añadió— que yo he
tenido en la mano el evitar esta revuelta, porque días antes de levantarse en
armas, y cuando
todavía nadie sospechaba de su
lealtad, vino a visitarme, y en su conferencia conmigo noté cierta vaguedad en
su mirada que no me dio buena espina. Tanto, que tuve una corazonada, y
determiné mandarle cortar la cabeza; pero luego ¡SE ME OLVIDÓ!
¡Desventurado país donde la vida
de los ciudadanos está a merced de las corazonadas de un gobernador! A él
debían mandarse a todos los que en la vieja Europa se rebelan contra la tiranía
imaginaria del cumplimiento de sus obligaciones, porque ávidos de privilegios
injustos, olvidan que sus ansiados derechos no son más que sus propios deberes
ejercidos por otro.
Li-u, quitando la cobertera a su
taza de té, nos invitó a apurar las nuestras; lo que significaba que la
conferencia había dado fin.
Al día siguiente, embarcado en un
bote de flores, remolcado por una lancha de vapor, fue a devolver la visita al
ministro; sin que en ella ocurriera otro incidente digno de relato, que la
súplica dirigida a don Guillermo Lobé, comandante del Marqués del Duero, de no
saludarle con los cañonazos de ordenanza, hasta encontrarse fuera del alcance
de los tacos. Lo que se cumplió, esperando para hacer la salva a que tomase
tierra, y metido en la silla que allí le aguardaba, desapareciese entre la
multitud precedido de soldados, tocando gongs y caracoles (que hacen las veces
de trompetas).
Yo quería llevar a mis lectores a
conocer la cárcel, pero no me atrevo, porque, francamente, es un espectáculo
que con dificultad se resiste. Me limito, pues, a pasearlos por delante del
establecimiento, sito en una plazoleta cerrada por un murallón, sobre el que se
ven pintados monstruos de una fauna sui generis. Allí, convenientemente
custodiados, se solean centenares de presos con la coleta cortada, envueltos en
andrajos, comidos por la miseria, y ostentando la importancia de su penalidad,
quien con la cabeza metida en la canga, cual arrastrándose con los pies en
cepo; otro, en fin, con una cadena sujeta a la garganta, y de cuyo extremo
inferior pende una piedra como un queso de bola, en la que estriba su libertad,
pues solo puede recobrarla el día en que, por efecto del uso, el adoquín se
desprenda de la cadena.
Los mandarines encargados de
administrar la justicia, proceden también por corazonadas. Cuando hay un delito
que castigar, echan mano del presunto reo; pero si este se fuga, lo substituyen
con su
pariente más próximo, o en
defecto de familia, con el vecino más inmediato. El interrogatorio da
principio, suspendiendo al que va a servir para satisfacción de la vindicta
pública, a un como banquillo de cama puesto en sentido vertical, amarrándole
por los pulgares de manos y pies. Por no prolongar esta posición insostenible,
el acusado reconoce las más veces una culpabilidad de que está inocente; y ya
convicto, no hay más procedimientos ni apelaciones: se le mete en la cárcel y
se aguarda la llegada de la primavera, que es la época en que a granel se
verifican las ejecuciones. Ya no consisten estas, como antiguamente, en aserrar
en dos a lo largo a la víctima, ni en cortarle lentamente en miles de
pedacitos, ni en quemar a fuego lento, ni en ninguno de tantos primores como
aún se admiran en efigie en la pagoda de los tormentos; pero se flagela hasta
la muerte; se divide viva en setenta y cinco trozos a la mujer adúltera; se
estrangula a los cómplices atándoles una soga al pescuezo y tirando un verdugo
de cada uno de los cabos; se tritura liando al reo con una cuerda y oprimiendo
el cable a merced de un torno; y se decapita, por último, a gusto del
consumidor; porque si es pobre, se arrodilla en el suelo con las manos sujetas
a la espalda y recibe dos o tres sablazos, hasta dividirle la cabeza del
tronco: si tiene con qué pagar la supresión del sufrimiento, elige un ejecutor
afamado, que con solo apoyar en la nuca la hoja, le corta de un golpe las
vértebras cervicales, ni más ni menos que como se descabella a un toro: y si es
muy rico, compra quien lo reemplace en el cadalso; lo que se obtiene, tanto por
la indiferencia con que mira la muerte el chino de precaria condición (que
halla en este mercado manera de que sus hijos le hagan honras fúnebres de que
carecería de otra suerte), cuanto por la benevolencia de los tribunales, que se
contentan con que al crimen suceda el castigo, sea quien fuere el que lo sufra:
por último, cuando se cuenta con influencias, se soborna a los jueces, y
entonces la faena se lleva a efecto fuera de la época reglamentaria; pero en
lugar de salir el reo de la cárcel metido en un canasto con las piernas
colgando coram populo y a la luz del día, lo llevan por la noche al campo del
suplicio, donde le aguarda una litera que lo conduce a otra provincia, y el
público se da por satisfecho con creer que la cabeza del inocente que yace en
el suelo es la del verdadero criminal.
Después de referir tantos
horrores, quisiera concluir con una frase de consuelo. Ya dí con ella:
No hablemos más de Cantón.
L
M
I
Pues señor, era una vez un tal
don Abundio Recogido con quien tan bien cuadraba el apellido por la
morigeración de sus costumbres, como contrastaba el nombre por la escasez de
sus recursos. Ex-profesor de Historia de un instituto de provincia, vivía reducido
a los estrechos límites de su jubilación de catedrático de entrada, pues jamás
pudo conseguir el ascenso. Era sin embargo feliz, tan feliz como puede serlo un
hombre que a los sesenta años habita un piso cuarto en la calle de la Palma
Alta de Madrid, posee una regular biblioteca, se hace servir por una maritornes
alcarreña el chocolate con buñuelos a las siete de la mañana, come a las dos su
eterno cocido, y digo eterno por carecer de principio y de fin, y cena a las
once su inevitable guisado con patatas, precedido en invierno de unas sopas de
ajo y seguido en la época canicular del indigesto pero refrescante gazpacho con
pepino.
Por las tardes de tres a cinco o
de cinco a siete, según la estación, se encaminaba pian pianino a la calle de
la Victoria y, ya saboreando un vasito de café con leche, ya paladeando un
chico de horchata, repasaba la prensa del día que el camarero le iba
presentando, seguro de que los dos cuartos de propina no habían de faltarle.
Todos los parroquianos del café de la Vizcaína conocían a don Abundio; pero
ninguno le trataba. No tenía amigos, y desde diez años atrás se le había
bautizado con el mote de Juan Palomo, por aquello de yo me lo guiso y yo me lo
como que reza el refrán. Los domingos amenizaba el Moka con una copita de ron o
las chufas con una ración de bizcochos. El primero de mes se permitía el
despilfarro de una peseta para asistir al paraíso del teatro Real, y el quince
se deleitaba con lo que entonces era literatura dramática en el teatro Español,
donde por cinco reales ocupaba un asiento de galería alta. Practicaba las
fiestas de precepto, nunca faltaban en su
bolsillo los cuatro ochavos que
destinaba diariamente a la limosna de un anciano, de una mujer, de un niño y de
un lisiado, y así tranquilo, ordenado y solo, llevaba don Abundio su existencia
calzada con chanclos, tanto para evitar el lodo del mundo como para pasar por
él sin hacer ruido y evitar el molestar y que le molestasen.
Había con todo una nube en su
horizonte, y el género de vida que se había impuesto era como una especie de
expiación de su pasado. Hagamos historia.
Allá en sus mocedades, don
Abundio había tenido por amigo fraternal a un don Serapio Benigno Prudencio
Manso y Cordero, natural de Toro, propietario, viudo y padre de un niño llamado
León, de quien el catedrático de historia había sido padrino al mismo tiempo
que albacea testamentario de la madre. El lazo que los unía era tan estrecho
que no tenían pan partido como suele decirse; y en casa del propietario había
el cuarto de don Abundio, el cubierto de don Abundio y hasta las zapatillas de
don Abundio, pues allí se descalzaba, comía a menudo y aun pernoctaba con
frecuencia.
Fragility, your name is woman:
Fragilidad, tu nombre es mujer, ha dicho Shakespeare, y aun cuando yo no sé lo
que quiso dar a entender con ello el poeta de Stratford, aquí lo aplico por si
viniera bien, pues la fragilidad de don Serapio le condujo a contraer segundas
nupcias en cuanto hubo acabado de llorar los doce meses reglamentarios a su
difunta esposa.
Ocioso creo consignar que don
Abundio fue padrino de la boda y que, si bien retiró sus zapatillas del hogar
conyugal, siguió compartiendo frecuentemente con sus amigos el cocido de la
amistad sazonado con el chorizo de la abundancia.
Non bis in idem, dice el
proverbio latino, que cito para que vean ustedes que lo mismo manejo yo las
lenguas muertas que las vivas, y también para probar que efectivamente no se
debe reincidir en nada si es esto lo que aquella máxima prescribe; pues así como
le pudo salir bien a don Serapio la segunda edición de su esclavitud, le salió
en la frente, como vulgarmente se dice, para dar a entender que algo le sale a
uno mal.
Y en efecto, doña Remigia, pues
así se llamaba la consorte, le salió rana; y no lo digo porque careciese de
pelo, que mata era la de sus trenzas capaz de adornar la cimera del casco de un
oficial de
caballería; lo que ya creo que
había tenido lugar cuando estuvo en relaciones con un teniente de lanceros de
Calatrava; y en cuanto a guapa, llamábanla en su pueblo la hermosa Judit no
solo por sus encantos personales sino porque hacía perder la cabeza a cuanto
Holofernes se le ponía a tiro. Pero pagada de sí misma, esclava de su belleza,
manirrota y poco dada al trabajo, resultó madrastra del hijastro y cara mitad
del esposo; cara, en lo que tenía de dispendiosa, y mitad en lo que dividía al
entero. Alegre como unas castañuelas eso sí; porque su cama podría parecer un
plantel de espárragos por los cuarenta dedos que ella y su marido dejaban
asomar por los agujeros de las sábanas, las calcetas asemejar a los desiertos
africanos por no tener una planta, los baberos del niño competir en barbas con
un albañil en sábado; pero ni una noche faltaría en su casa la tertulia de
hombres solos, en la que se entretenían en juegos inocentes, entre los cuales
el escondite, siendo don Serapio el encargado de buscar siempre sin encontrar
nunca, especialmente a su mujer y a un empleado en consumos que tenían una
habilidad notable para esconderse.
Hubo a la sazón una de esas
expansiones populares que, como lluvia tras sequía, lo fecundan todo, y del
chaparrón aquel brotó una milicia nacional. Don Serapio fue nombrado capitán de
la cuarta del primero y don Abundio su teniente. Con este motivo las visitas
del catedrático se sucedían sin interrupción, pues a los deberes de la amistad
se agregaban las exigencias de la patria.
Aunque don Abundio frisaba ya en
los cuarenta años, conservaba rasgos de esa belleza a lo Espartaco que tanto
cautiva a ciertas Evas idólatras de la forma. Además en su calidad de
catedrático de historia, relataba con frecuencia la de España a doña Remigia
que, a fuer de mujer, se encantaba aprendiendo vidas ajenas. Si a esto se añade
el aliciente del uniforme y la veleidad de la dama, fácilmente se deducirá de
todo junto que, nueva edición de la señora de Putifar, doña Remigia trató de
quedarse entre las manos más de una vez la capa de don Abundio. Fiel este al
que, imitando los tiempos de la Edad Media, llamaba su hermano de armas,
rechazó como pudo las obsesiones de aquel súcubo tentador en quien la virtud de
la víctima no hacía sino aguijonear el deseo.
Pero ce que femme veut, Dieu ou
le diable le veut. ¡Cuidado si sé yo lenguas! Vamos al decir que doña Remigia
se empeñó en que allí fuera Troya, y Troya hubo con su Paris y su Menelao
correspondientes.
Un día de parada, estando reunido
el batallón en el patio de un ex-convento de carmelitas, don Serapio se
apercibió de que se había dejado olvidada en su casa la alocución que debía
dirigir a su compañía en el convite que después de la formación había de darle,
para agradecer el honor de haberle elegido capitán. Don Abundio fue el
encargado de ir en su busca. Al entrar en el domicilio de su jefe, lo primero
que vio fue a doña Remigia acabando de ataviarse para asistir a la parada.
Estaba hecha un brazo de mar; pero si hemos de ser justos, él no la iba en
zaga. Aquellos pantalones blancos y relucientes cuya posesión se disputaban por
arriba dos tirantes con las hebillas corridas hasta los hombros y por debajo
unas trabillas con las que parecía llevar los pies en cabestrillo, eran el
summum de la marcialidad de afición. ¿Pues dónde me dejan ustedes la casaca de
paño verde botella con vivos y golpes de color de canario, que amarillo era el
distintivo de los fusileros, y botones de metal numerados a un lado y otro del
péti cerradito en forma de pechuga de pichón? No había medio de resistir a un
hombre que sobre sus cinco pies y cinco pulgadas se ponía un morrión de un
palmo cumplido, con una visera como el pescante de un coche, una chapa hasta la
imperial despidiendo rayos de latón y un par de carrilleras con escamas. Pues
no digo nada cuando repicaban gordo y le añadían el último piso al chacó. El
golpe maestro era aquella cuarta de plumero en forma de nabo arqueado hacia
delante, utensilio de triple utilidad, pues no solo quitaba el sol, sino que
aventaba las moscas y llenaba de cortesías a los transeúntes. En esta forma,
más la espada en el biricú y el corbatín de suela, se presentó don Abundio ante
la esposa de don Serapio; y si hoy estaría para pegarle un tiro, entonces no
cabe duda que estaba seductor.
Doña Remigia al verle lanzó una
exclamación de asombro que le hizo dar tres o cuatro vueltas al plumero. Él se
descubrió, y arreglándose el cucuné le expuso el objeto de su visita. Busca por
aquí, busca por allá, ni sombra de alocución en el pupitre de don
Serapio. Con la confusión y las
prisas debieron ponerse tan cerca uno del otro, que el fleco de la berta de
doña Remigia se enredó en uno de los botones de la casaca del catedrático, y
cátenlos ustedes trabajando por desasirse. Primero todo fueron risas, después
ya empezaron como a ponerse formales, el fleco no se desprendía y los dedos se
enredaban. En suma, cuando don Serapio que había encontrado el discurso en el
fondo del morrión, entró en la casa para decirle a su amigo que no se molestase
en buscarlo, pues había dado con él donde menos lo presumía, es decir cerca de
su cabeza, encontró al teniente ascendido, y, señalándole la puerta, dimitió la
capitanía y se retiró con su mujer a Toro de donde ya he dicho que era natural.
Los remordimientos, la vergüenza
y el desprecio de sí mismo que le inspiraba su conducta, produjeron en don
Abundio unas viruelas que le pusieron entre la vida y la muerte. Por fin se
restableció; pero ya no volvió a ser ni sombra de lo pasado. Transcurrido el
tiempo reglamentario pidió su jubilación y retiróse a Madrid donde le tenemos
buscando por la paz del cuerpo la tranquilidad del espíritu.
Pero nada hay duradero sobre la
tierra, ha dicho el sabio (y no lo repito en griego no sé por qué).
Un día recibió una carta que, si
empezó llamándole la atención por la ridícula forma del sobre, le llenó de
alarma al abrirla y verla fechada en Toro. Decía así; salvo la ortografía:
«Muy señor mío y mi dueño: Tengo
el gusto de participar a usted que ayer se murió el difunto don Serapio Manso,
lo que hemos sentido mucho y rogad por él. Lo hemos enterrado junto con doña
Remigia (q. b. s. p.) que también se murió hace dos días de una indigestión en
el vientre que el médico dice que es cólera; pero yo no quiero que sea cólera
que para eso soy alcalde, servidor de usted, y después se asustarán los
vecinos.
»El niño está en mi casa, jugando
a la pelota de luto, porque son criaturas que nada entienden de aflicciones, y
el sastre que es el pregonero se lo ha cosido en dos trancos.
»Don Serapio ordena y manda que
usted sea tutor y curador de Leoncito, y se lo remitiremos si usted no viene
según la disposición del difunto cuya vida Dios guarde muchos años. Juan Artola
— Alcalde. Por no saber firmar hace la señal de la cruz, †.»
Don Abundio lloró al amigo, rezó
por la pecadora, comprendió que aquella disposición testamentaria era el
castigo impuesto a su felonía, y quince días después entraba en Madrid con su
pupilo León.
II
El angelito acababa de cumplir
los quince años y tenía ya la cara llena de vello como melocotón verde de
Calatayud. Mal criado y voluntarioso como si fuera hijo de su madrastra, había
que darle gusto en todo, so pena de que escandalizase el barrio a berridos.
Insolente a fuer de rico ignorante, y desarrollado por las faenas agrícolas de
su pueblo, don Abundio no tenía sobre él dominio alguno físico ni moral. En
vano trató de inculcarle algunas nociones de Historia; los resultados fueron
nulos. Una vez al preguntarle quién era Colón respondió que un hombre que había
puesto un huevo de punta; y en Geografía sostenía que la capital de Holanda era
Bola, de donde tomaba su nombre el queso.
¿Asistir a las academias? Perdone
por Dios, hermano. De pedrea
todos los días, eso sí, con los
pilletes de la puerta de Santa Bárbara;
y llenos andaban los encantes de
sus libros de enseñanza que
malvendía para comprar un tendido
de sol en los novillos, su pasión
dominante. Él era siempre el
primero en saltar a la arena en cuanto
tocaba el turno de los embolados
para el público, y más de un
revolcón le costaba la
aficioncilla. Su aula predilecta era el
matadero, de donde siempre volvía
con algún chirlo más y unas
tajadas menos.
Ilustración
En la casa todos eran sus
víctimas. Tan pronto era el perro de aguas, compañero inseparable de don
Abundio, el que atado por el rabo y sujeto a una escarpia de la pared, pasaba
media hora boca abajo atronando la manzana con sus aullidos, como el minino el
que, con un mazo de cohetes encendidos en la cola, salía bufando por la calle
como alma que lleva el diablo. El pobre tutor le hacía reflexiones amenizadas
siempre con su poquito de Historia para ver si, por la misma puerta por donde
trataba de inculcarle la
morigeración y el respeto, le
entraba también la instrucción; pero, nada; era como lavarle la cara con jabón
a un burro negro.
Un día en que León había atado
mano con mano y pata con pata a los dos pobres bichos, unidos así de costado
como los hermanos siameses, y los había lanzado a la calle con unas alcuzas en
las extremidades posteriores, don Abundio, que atropellado por los fugitivos
midió el suelo, habló así a su pupilo:
—Tu conducta es salvaje, León. El
que hace daño a los animales está en camino de hacérselo a los hombres. Además,
si tú no fueses un ignorantón, sabrías que los egipcios creían en la
metempsicosis o transmigración de las almas, por la cual el hombre que no había
cumplido con todos sus deberes morales y sociales, en vida, pasaba al morir a
la condición de bruto o bestia inmunda. Esta creencia, más generalizada de lo
que algunos suponen, la profesan también los chinos, quienes consideran como un
don celeste el transmigrar a un cerdo, porque de ese modo solo ha de durar un
año la esclavitud de su espíritu en una envoltura irracional. Ahora bien;
¿quién te asegura que semejante castigo no es una de las manifestaciones de
nuestras penas eternas? ¿Por qué no ha de formar parte eso del infierno o del
purgatorio de los creyentes? Y si es así ¿quién te dice que al martirizar a un
pobre bruto no estás lastimando a un amigo, a un pariente, acaso a los mismos
que te dieron el ser?
Yo no sé el efecto que esta
homilía produjo en el ánimo del adolescente; pero lo que sí puedo atestiguar
es, que algunos días más tarde, la maritornes volvió de la plazuela trayendo
una marranilla de leche que su padre (el de la criada, no el de la lechona)
remitía a don Abundio, por vía de regalo, con el ordinario de su pueblo; y que
León, aprovechando un descuido, cargó con ella y la vendió al primer transeúnte
para, con su producto, asistir a la corrida de toros. El ex-profesor de
Historia, enfurecido ante la pérdida de aquel suculento manjar, raro en su
mesa, repetía:
—¡Vender una marranilla de tres
meses!
—Esos hace que lloramos a doña
Remigia —contestó el pupilo—. ¿Querría usted que me expusiera a comerme a mi
madrastra?
Y efectivamente, desde aquel día,
empezó a dejar en paz a los animales; pero la emprendió con las personas; y así
llenaba de
recortes de ortiga la cama de su
tutor, como conteniendo el aliento y de puntillas, se acercaba por detrás a la
alcarreña mientras espumaba el puchero, de bruces sobre el fogón, y metiendo
una mano entre el zagalejo corto y sus piernas sin medias, le clavaba los dedos
en la robusta pantorrilla al par que imitaba el ladrido de un perro; con lo que
la pobre muchacha al principio se asustaba mucho; pero luego se fue
acostumbrando.
Las cosas iban llegando a tal
punto que el infeliz don Abundio no gozaba momento de reposo. César Cantú,
Lafuente, Mariana y multitud de historiógrafos habían desaparecido de su
biblioteca y tomado la forma de tendidos; el uniforme de teniente de nacionales
yacía en una casa de préstamos de donde salió el dinero para una tienda de
manzanilla. Finalmente una noche en que, a hora muy avanzada, León se dirigía a
oscuras desde su cuarto al de la alcarreña con intención de darle algún susto,
tropezó en las sombras con su tutor que, con los brazos abiertos, buscaba la
manera de orientarse por el pasillo.
—¿Qué hace usted aquí? —le
preguntó con severidad don Abundio.
—¿Y usted? —le replicó el
mozalbete.
—Yo he sentido pasos; y temeroso
de alguna trastada de las de usted, me he levantado a velar por el reposo de
esa inocente criatura.
—Pues yo he venido a preguntarle
si había puesto a remojo los garbanzos.
Y al día siguiente, con el
pretexto de dar un paseo matinal, tutor y pupilo se encaminaron a la calle de
Sal si puedes, donde Leoncito quedó como pensionista en el colegio de don
Tranquilino Verdugo, bajo la advocación de San Juan Capistrano.
Ustedes habrán oído decir, y por
si no yo se lo digo, que no hay nada peor que un chico travieso a no ser dos
chicos traviesos. Pues bien, en el colegio de don Tranquilino había treinta
pensionistas, de los que pronto se hizo jefe nuestro héroe; y si antes León
valía por cuatro, concluyó por hacerse insoportable con la emulación de sus
compañeros.
El desgraciado director, hombre
entrado en edad y cuyas narices eran una bomba aspirante de rapé, apeló a todos
los correctivos
imaginables para meterlo en
cintura; pero no alcanzó mejor suerte que don Abundio. Ya era un bramante
sujeto por un extremo a la mampara y prendido por el otro con un alfiler a su
peluca el que dejaba al profesor con la calva al aire cada vez que abrían la
puerta; ya una vejiga provista de un pito la que, al ir a sentarse en el
sillón, aplastaba con su cuerpo y le hacía saltar hasta las vigas creyendo, con
el quejido que daba al deshincharse, que había despanzurrado a su gata de
Angora. Por supuesto que no cejó en su manía de asustar a las criadas; pero a
la de don Tranquilino, que era del Escorial, le cayó en gracia el chico, y
lejos de incomodarse, engordaba, como suele decirse, con las travesuras de
León.
Un domingo del mes de diciembre
en que había novillos con mojiganga y dos toros estoqueados, el director tuvo
la desgraciada ocurrencia de llevarse de paseo a sus alumnos por la calle de
Alcalá para que asistiesen al espectáculo de la ida de la gente a la plaza.
León, que formaba a la cola de la ruta, contemplaba con ojos de envidia aquel
torrente humano que a pie, en berlina, en ómnibus, en calesa y aun en tartana,
se precipitaba desde la Puerta del Sol hasta la Cibeles como desbordando por un
embudo invertido. La cara de satisfacción de los transeúntes, la idea de las
emociones que iban a experimentar aquellos con quienes se codeaba al paso y de
quienes tan lejos estaría dentro de poco, el humo de los cigarros, pues hasta
los que no van a los toros fuman el día de corrida para hacer creer a los que
los ven que van; el ruido, el sol, el conjunto, en fin, trastornaron el juicio
del hijastro de doña Remigia, y unas se le iban y otras se le venían sin
cocérsele el pan en el cuerpo. De repente la luz parece como que adquirió más
intensidad y el ambiente un olor como de carne muerta y tripas rotas. Todas las
miradas convergieron a un punto dado. Era la cuadrilla de chulos que en coches
abiertos se dirigían al redondel luciendo colores, lentejuelas, moñas y pasamanería.
La sangre afluyó al corazón del aficionado y un velo cubrió su vista; pero no
tan tupido que le impidiese percibir entre la comitiva a un picador que,
caballero en una alimaña, llevaba a la grupa a uno de esos pilletes que les
sirven de escuderos y que, bajo la égida de su protector, tienen entrada
triunfal y gratuita en la plaza. León no resistió más; echó a correr como
deudor perseguido por acreedores y, agarrando de un tobillo al escudero, lo
desmontó
de una sacudida y de un salto
ocupó su lugar. Aunque se subía el embozo del capote para no ser conocido, sus
camaradas de colegio le olfatearon y fueron con el soplo a don Tranquilino que,
ahogado por la pena, y en la imposibilidad de darle alcance, volvió a casa con
la ruta y participó a don Abundio lo ocurrido, consignando en la carta su
irrevocable resolución de despedir al mozalbete.
El ex-catedrático de Historia,
que le estaba poniendo a la alcarreña unos pendientes de similor que le había
regalado por su buen comportamiento, recibió la misiva como si fuera el casero,
es decir, de mal humor, y se echó a la calle confeccionando un discurso con que
ablandar a don Tranquilino y evitarse la irrupción del ahijado en su hogar, si
bien metiéndose tres reales en el bolsillo del chaleco para, si no lograba
convencer al señor Verdugo, comprar a su criada unas medias de estambre. En
todo pensaba el bendito señor.
Llegado que hubo al colegio de
San Juan Capistrano, pudo convencerse de que la determinación de don
Tranquilino no tenía vuelta de hoja. Le ofreció aumentarle los honorarios, le
habló de Cicerón y de Séneca probándole que sabía más que ellos. Nada, ni las
dádivas, ni la adulación quebrantaron aquella naturaleza de diamante: «Usted
que tiene criada —concluyó por decirle— comprenda usted lo que a la mía le
espera».
En estas estaban departiendo en
el refectorio, pues ya había anochecido y los muchachos cenaban bajo la
vigilancia del director que andaba viendo a quienes tocaba el turno del castigo
para ahorrarse las diez raciones que diariamente suprimía bajo el pretexto de
penas correccionales, cuando se presentó León con la gorra encasquetada y
embozado en un capote que, si no tan roto como el del lazarillo de Tormes,
quien tiraba piedras sin desembozarse, estaba reducido al tercio de su peso
específico en virtud de tanto agujero por donde se tamizaba su individuo.
Verle llegar y caer sobre él una
granizada de improperios de don Tranquilino y don Abundio acompañada de una
rechifla de los imberbes fue cosa simultánea. León impávido se mantenía de pie
en un rincón.
Restablecido el orden y penetrado
el tutor de que no tenía más remedio que compartir el hogar con su ahijado,
pronunció su
discurso de despedida y exhortó
al reo a que pidiera perdón a su víctima. Resistióse aquel, y como don Abundio
se empeñara en apelar a la violencia, el muchacho dejó caer su capa en el
suelo, blandió un par de banderillas que ocultas llevaba y, aprovechando la
actitud de don Tranquilino que había dejado caer su pañuelo de yerbas y se
disponía a recogerlo, se las clavó de frente en medio de las dos paletillas y
emprendió la fuga entre la algazara de los alumnos, los berridos del director y
las convulsiones de don Abundio que, con la boca a un lado y agitando pies y
manos como si nadase, se revolcaba por los suelos. Media hora después sucumbía
el desgraciado a un ataque de apoplegía fulminante, y a don Tranquilino, de
bruces en la cama, le hacían la primera cura.
De este no volveremos a saber
nada. De los demás nos ocuparemos en los capítulos siguientes.
III
Han transcurrido cinco años desde
los últimos acontecimientos y nos hallamos donde Tajo a Jarama el nombre quita,
o sea en la provincia de Aranjuez, como decía un amigo mío que se gastó todo su
patrimonio en que le eligieran diputado con el objeto de ser nombrado
gobernador, lo que no pudo lograr ni siquiera del punto en que tiene lugar esta
escena.
Yo les describiría a ustedes
Aranjuez; pero temo abusar, porque pocos serán mis lectores que no hayan estado
allí, y además porque con la explicación de los países pasa lo que con la de
las personas en las novelas, que por más que los autores se empeñen en
pintarnos la forma de sus narices, el color de sus ojos y el timbre de su voz,
los personajes pasarían impunemente al lado de uno sin cuidado de ser
conocidos, a no haberlos visto antes, pues en la cara es donde se admira la
fecundidad y la inventiva de la naturaleza: todas están compuestas de los
mismos órganos y ninguna se parece.
Así pues plantemos árboles,
tracemos alamedas, hagamos brotar abundantes pastos, dejemos serpentear por
allí brazos de ríos, y que cada cual se lo forme en su imaginación como le
parezca que ha de estar más bonito y más adecuado a un sitio real cantado por
los poetas y atravesado por el ferrocarril. Solo les exijo a ustedes no dar al
olvido que allí hay dehesas en donde se crían toros que, después de corridos y
martirizados en el espectáculo más típico y peculiar de nuestro país, nos los
comemos en estofado los españoles y las españolas.
La luna de octubre siete meses
cubre, dice el proverbio; y, como la de aquel año hubiera sido esplendente y
limpia, he aquí por qué en el mes de enero, en que empieza este relato, el sol
brillaba en el cielo como el ojo de una muchacha bonita; que si a soles
comparan
los poetas los ojos, no hay razón
para que a ojo no compare yo el sol, si es verdad aquello de que el orden de
los factores no altera el producto.
En fin, eran las dos y sereno de
una tarde del mes de los gatos, y la yerbecilla, caldeada por los rayos de
Febo, parecía cama de canónigo atemperada por confortante calentador.
Sobre aquella sábana de
esmeralda, rumiando los tallos tiernecitos, como quien después de una comida
abundante no desdeña el paladear una golosina, un enorme cabestro yacía
muellemente tendido haciendo firmas con la cola sobre el suelo, como las hace
cualquiera con el bastón cuando está sentado pensando en las musarañas. Un
colosal cencerro pendiente de un collarín de baqueta cortaba las líneas de su
cuello, y era su pelo cárdeno como espalda de azotado. Colmillos de elefante de
Bankok eran sus astas, y por la redondez de su cuerpo parecía ir diciendo a
todos: «Pues señor, no estoy descontento de mi suerte.»
Y apuesto a que ya han reconocido
ustedes en él al cónyuge de doña Remigia, al bueno de don Serapio que, después
de seis años de transmigración, estaba reducido a custodiar cornúpetos
jarameños, del mismo modo que entre los seres racionales se cuida de las
odaliscas en el harem.
No olviden ustedes que, aunque
transmigrado, don Serapio conservaba recuerdos de su vida anterior, porque de
lo contrario ¿dónde estarían la gracia y el castigo de la metempsicosis?
Sentado este precedente, asistamos a su soliloquio penetrando en sus reflexiones.
«Lo que es este año se puede
decir que no tenemos invierno. Miren ustedes qué días estos. Yo estoy con un
palmo de lengua fuera; y si es los muchachos, andan por ahí revueltos como en
canícula; hace materialmente calor. La verdad es que esta existencia no deja de
tener su encanto, sobre todo para las naturalezas pacíficas como la mía. Nadie
se mete con uno, a uno le importa un pito todo cuanto pasa a su lado; buena
yerba, buen establo y ningún quebradero de cabeza. Verdad es que tampoco me la
quebraba mucho cuando era hombre; pero me la quebraban los demás, porque ya era
el inquilino que no pagaba, el investigador de hacienda que me aumentaba la
contribución, y eso que siempre que
pasaba por el pueblo venía a
vivir a mi casa; por más señas que como al maldito no le gustaba acostarse
temprano, mi pobre mujer se tenía que quedar acompañándole hasta las tantas
para hacerle la tertulia, porque lo que es yo con la primera campanada de las
diez las buenas noches y a dormir. Ahora, nada; en cuanto amanece viene el
mayoral, me dice: arriba, Manteca, y yo dolón, dolón, dolón a llevar a pacer a
la gente del bronce; una vez en la pradera, a comer y a revolcarse; si hay
alguna disputilla, de las que siempre tienen la culpa las vacas, los meto en
cintura, porque, parece mentira; pero ahora que no tengo ni voluntad, ni
inteligencia, ni raciocinio, ni nada, soy más valiente que cuando lo tenía
todo. Y así que empieza a anochecer vuelve a decir el mayoral: arriba, Manteca,
y yo dolón, dolón, dolón, a casa con ellos. Y ¡cómo me obedecen! ahora sí que
puede decirse que soy capitán y no cuando lo era de nacionales, que tenía
descuidados todos mis asuntos con la bendita patria, y el tiempo se me pasaba
en recibir a los subalternos que me venían a pedir la orden, hasta que tuve que
tomar la determinación de que fuera mi mujer la que se entendiera con los
oficiales. ¡Pobre Remigia! ¿Qué habrá sido de ella? La echo mucho de menos, no
porque la necesite, que maldita la falta que me hace el que venga a turbar mi
sosiego, sino por saber qué suerte ha sido la suya. ¡Cómo lloró su extravío! se
empeñó en hacer testamento porque quería suicidarse, lo que hubiera llevado a
cabo a no ser porque me previno el escribano y convinimos él y yo en que
pretextaría un quehacer apremiante siempre que ella fuera a su casa con objeto
de testar.
»Pues así y todo estuvo Remigia
yendo diariamente por espacio de un año en busca de don José, hasta que se le
pasó aquello no sé cómo. La verdad es que yo procedí muy cruelmente; llevármela
a Toro donde no tenía trato con nadie, ella, acostumbrada toda la vida a
alternar con los unos y con los otros... Pues no digo nada, despedir de mi casa
a Abundio, al amigo de toda la vida; porque de aquel incidente, como de ello me
convenció mi mujer, solo era responsable la casualidad, el demonio que anda
suelto y hace que se enrede un fleco en un botón, precisamente en el momento en
que a mí se me ocurre volver a mi casa; porque si yo me quedo con el batallón
en el convento, nada. ¿Y cómo estará mi hijo? ¡Qué
adelantos habrá hecho bajo la
inspección de Abundio para quien lo mismo eran griegos y romanos que paja y
avena para mí! ¿Vivirán? ¿Serán infelices? ¿Dónde estarán?»
Y así pensando, y con la boca
abierta se fue quedando dulcemente dormido, cayéndosele la baba de gusto.
Pocos minutos hacía que se
hallaba entregado al reposo, cuando un alboroto promovido en la torada vino a
sacarle de su letargo.
—¿Qué será ello? —se preguntó don
Serapio levantándose y dirigiéndose hacia el teatro de la lucha. En esto vio
llegar una vaca que desalentada corría hacia él gritando:
—Señor Manteca, señor Manteca;
venga usted pronto, que se matan.
—Pero ¿qué ocurre?
—Un toro que han traído de las
dehesas del Norte, donde nadie le podía domeñar y que, dada la fama de usted,
le ponen bajo su vigilancia. Apenas entró en el prado se empeñó en decirme
chicoleos, y como mi Caramelo es tan celoso, se trabaron de palabras, de las
palabras vinieron a las manos, sus amigos tomaron parte por él, y allí los
tiene usted a todos revueltos sin que zagales ni mansos los puedan hacer entrar
en razón.
Un silbido acompañado de un grito
de Manteca lanzado por el mayoral, le hizo apretar el paso a don Serapio que,
sonando el cencerro, se interpuso entre los combatientes. El intruso era un
toro de cinco años berrendo en negro, bonito de estampa y duro de cabeza; pero
en cuanto don Serapio metió la suya en el corro, allá fue rodando el otro como
tente-tieso de mojiganga.
—¿Conque contigo no ha podido
nadie? Pues a ver si yo te enseño a tratar a las personas decentes.
Y a darle se disponía un nuevo
revolcón, cuando el vencido bajando la voz para no ser oído de nadie le dijo al
cabestro:
—Detente, Serapio. ¿No me
reconoces?
—¡Abundio! —murmuró este con un
ahogado gemido solo perceptible del catedrático. Y los dos quedaron mirándose
silenciosos.
Los demás testigos de la escena
fueron a comentar el triunfo de Manteca diseminados en corrillos por el prado,
y cuando los dos estuvieron solos se hablaron de esta manera:
—¿Tú por aquí, Abundio? ¡Qué
alegría! Pero déjame que te mire.
Te encuentro hasta buen mozo. Al
pronto no te había reconocido.
—Pues yo a ti, Serapio, al
momento. No has cambiado nada; estás lo mismo.
—Cuéntame qué ha sido de ti. ¿Te
has casado? ¿Y mi hijo?
¿Vive? ¿Es hombre de bien?
¿Estudia mucho?
Aquí el berrendo lanzó un suspiro
y, tomando sus precauciones para no dar a su amigo tan triste noticia de
sopetón, fue poco a poco y con rodeos detallándole las proezas de León hasta el
paso de las banderillas, último detalle de que había podido ser testigo el
profesor de historia. Por supuesto que bien pudo ahorrarse ceremonias, porque
don Serapio en vez de afligirse lanzó una sonora carcajada y pareció divertirse
mucho con el relato.
—¡Qué diablillo! ¡Qué diablillo!
—decía sin dejar de reír—. La misma afición de su madre, que esté en gloria,
que se moría por los toreros. Y en cuanto a lo de asustar a las criadas, vamos,
no lo ha robado de nadie, ¡que yo también cuando chico las daba cada susto!
¡Qué diantre! Todos hemos sido jóvenes. ¿Verdad, Abundio?
Y diciendo así le daba con el
cuerno en el hombro maliciosos golpecitos.
—Serapio, tu grandeza de
sentimientos me humilla y me degrada más y más a tus ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que no obstante mi conducta para
contigo, me conservas tu amistad y...
—¿Vas a ponerte de mal humor por
una niñería que no vale un pito? Ya sé yo que en el fondo ninguno de los dos
teníais la culpa de aquello. ¡Ea! lo pasado, pasado y abracémonos.
—Pero... —insistía el profesor
titubeando.
—Si no me abrazas para probarme
que no me guardas rencor por haberte echado de mi casa, me incomodo.
Y los dos amigos se confundieron
en un estrecho abrazo. —Ahora vente conmigo y te enseñaré una praderita donde
hay
unos pastos con los que te vas a
chupar los dedos, pero te encargo que delante de gente no me llames Serapio
sino Manteca. Y tú, ¿qué nombre tienes?
—A mí me llaman Pendenciero.
—Y lo eres, según me han
referido.
—Chico, no es esto revolverme
contra lo que ya no tiene remedio; pero encuentro que mi transmigración no es
justa.
—Hombre, no le dan a uno a
elegir. Yo tampoco merecía esta suerte; pero ¿qué hacer? Hay que conformarse.
Después de todo, esto no es tan malo; y si en vez de mostrarte bravucón y
gallito haces por aparecer reflexivo y prudente, llegarás a verte como yo, y ya
tienes tu vida asegurada.
Y departiendo así, los dos amigos
recorrieron la dehesa con gran contentamiento de los pastores, que en aquella
unión no veían sino el ascendiente de Manteca, cuya fama de cabestro número uno
quedó asegurada para siempre.
Y así transcurrió como medio año,
hasta que un domingo del mes de julio...
Pero lo que sigue merece capítulo
aparte.
IV
—¿En dónde estoy? —se decía para
sí don Abundio dando vueltas y más vueltas en un pequeño espacio sin luz alguna
cuyos límites medía con la cabeza y con la cola—. Vamos a ver, recojamos las
ideas —se repetía—. Ayer por la tarde con cinco compañeros más y acompañado de
don Serapio y algunos otros cabestros, me metieron en una jaula de madera y me
empaquetaron en un vagón del ferrocarril; pero las portezuelas eran tan altas
que no pude orientarme en todo el trayecto. Por la noche, que era oscura como
boca de lobo, nos desembarcaron a todos juntos; custodiados por zagales,
vinimos a un corralón en donde sin pegar los ojos, la hemos pasado tratando
inútilmente de explorar el terreno y haciendo comentarios sobre lo que nos
ocurría. Esta mañana, obligándome a pasar por un corredor con puertas a los
lados, una de las cuales estaba abierta, y con gente por arriba, a quien no he
visto, si bien oía su algazara, han empezado a pincharme y a hacer conmigo
tales cosas, que me metí no sé por dónde y de repente me encontré encerrado en
este cuchitril. Mi primer cuidado fue llamar a gritos a Manteca; pero en lugar
de la suya, fueron las cinco voces de mis camaradas las que me contestaron
contándome que también ellos se hallaban en idéntica situación. Yo creo sin
embargo que esto no ha de durar mucho, porque mis compañeros han ido saliendo
por turno, y al pasar por aquí delante decían a los que quedábamos: «¡Una
puerta abierta! ¡Sálvese el que pueda!» Y ya no he vuelto a oírlos; lo que me
prueba que han logrado evadirse. Hasta ahora van cuatro, de modo que solo
gemimos presos el Carabinero y yo.
Así discurría Pendenciero cuando
de repente encontróse inundado en luz; la puerta de su mazmorra se había
abierto de par en par como movida por un resorte, e inútil es decir que se echó
fuera dando brincos de alegría y
gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Carabinero, Carabinero! ya me
han soltado, estoy libre. ¡Viva la libertad! ¡Viva Riego!
—Acérquese usted por acá —le
contestaba el otro— y ayúdeme usted a derribar esta maldita puerta a ver si
podemos escaparnos juntos.
Y don Abundio por una parte y
Carabinero por la de dentro, pusieron a prueba sus testuces; pero aquello era
más duro que pan de limosna. En esto el liberto sintió un agudo dolor entre las
paletillas y notó que le colgaban unas como cintas escaroladas por el lomo.
—¡Brutos! —exclamó con un
prolongado bramido.
—¿Qué es eso?
—Una cerbatana que algún mal
intencionado acaba de propinarme. ¡Y cómo me pica! Carabinero, compóngaselas
usted como pueda que yo no aguanto más. Aquí hay una salida y por ella me
escurro. Hasta más ver.
Y colóse en efecto por una como
boca de antro que, apenas lo recibió en su seno, cerróse herméticamente
dejándolo tan a oscuras como lo estuviera hasta entonces.
—Pues, vaya, que esto es salir de
Málaga y entrar en Malagón — decía el pobre don Abundio frotándose contra las
paredes tanto para orientarse como para calmar el escozor de la espaldilla.
Aplicó el oído y percibió en
confusa mezcla, aplausos, gritos y música hacia la parte exterior. Un rayo de
luz, que entraba por un agujero en forma de calabaza, hirió su vista, velada
por el dolor y el enojo, y, colocando su cuerpo de modo que la armadura no le
molestase, guiñó un ojo y aplicó el abierto al de la cerradura.
—¡Horror! —gritó retrocediendo y
alcanzando toda la medida de su situación—. ¡Estoy en una plaza de toros! ¡Soy
el quinto; el predilecto de la corrida!...
Y empezó a revolverse con furia
loca, embistiendo a todas partes y haciendo ariete de su cabeza con que
producir brecha y escapar. Pero fue inútil. Una serie de puyazos dirigidos por
una ventanilla que abrieron en el techo del toril, acabaron de hacerle perder
el juicio: y, cuando al son de los clarines y timbales giró sobre sus goznes la
ferrada puerta, salió a la plaza
dispuesto a comerse al que se le pusiera delante.
Del primer arranque despanzurró a
dos jamelgos cuyos jinetes quedaron sepultados bajo las cabalgaduras.
—¡Caballos! ¡Caballos! —aullaba
el público, o sea la fiera de los tendidos, entusiasmado con aquel prólogo que
tan bello porvenir prometía.
La gente de a pie apenas si tenía
tiempo de saltar el olivo.
—El toro de la tarde —decían
unos.
—El de la temporada —argumentaban
otros.
—Sentarse —gritaban los de
arriba, poniéndose de pie como los de abajo.
Un picador de los de reserva, que
quería contraer méritos para asegurar su contrata, se acercó al ángulo cinco, y
echando al aire su sombrero,
—Vaya por ustedes —dijo, y se
encaminó sobre su sardina en busca de don Abundio.
—¡Bravo! ¡bravo! —fue el grito
general.
Pero apenas se había puesto en
suerte cuando caballo y caballero fueron rodando por la arena con gran peligro
del segundo que, solo dando vueltas como una perinola, logró escapar de una
muerte segura, llevando dos pisotones en la cabeza, un varetazo en el muslo y
un susto en todo su cuerpo.
—¿Me haría usted el favor de
repetir esa suerte, que estaba distraído y se me ha pasado? —le dijo un chusco;
pero como en aquel momento se apercibiera el público de que, con el marronazo ,
el reserva había despaldillado al toro, se armó una de silbidos que ni en un
teatro en noche de estreno infeliz.
—¡A la cárcel! —decía la sombra.
—¡Que lo ahorquen! —coreaba el
sol, siempre partidario de los recursos extremos.
Y las botellas y los proyectiles
andaban por los aires como murciélagos perseguidos, mientras los alguaciles
agitando sus penachos y luciendo sus pantorrillas, se llevaban al reserva al
palco presidencial e intimaban a los picadores la orden de salir a los medios.
Restablecida la calma y
normalizada la corrida, don Abundio empezó a experimentar cansancio, y ya le
era preciso traer a la memoria su desesperada suerte para que se decidiera a
tomar varas.
Un prolongado punto de clarín
despejó de cuadrúpedos el redondel, no sin que el presidente se llevara una
silba por no haber dejado al toro dar todo su juego, y don Abundio creyó que
todo había concluido. Pero como viese delante a un mozalbete que, con unos
palitos en la mano, se entretenía en dar saltos, ya corriendo hacia delante ya
hacia atrás:
—Tú vas a pagar por todos —dijo
el berrendo, y fuese a él en derechura; pero el chulo, dándole un gracioso
quiebro como bolero en salida, le dejó clavadas en el morrillo dos banderillas
que le hicieron dar un bote y exclamar:
—¡Pobre don Tranquilino! ¡Qué
rato pasaría usted!...
Al segundo par sintió no haberse
fingido cobarde como le aconsejó don Serapio, cuya condición envidiaba; y al
tercero se decidió a vender cara su vida y se entableró pegando la cola a la
valla sin que los capotes de los chicos lograran hacerle arrancar. —Ande usted,
que nos ha engañado —gritó una voz femenina desde la barrera—. Salió usted más
valiente que el Cid y se ha
quedado usted más reflexivo que
un catedrático de Historia.
Al oír la alusión volvió don
Abundio la cabeza y se encontró con una hermosa muchacha, vestida de manola,
apoyada sobre la capa de paseo del matador puesta a guisa de colgadura en el
antepecho.
—¡Sí, señor!, yo se lo digo a
usted —proseguía ella—, la moza de Pinturita que va a mandarle a usted de un
volapié a la eternidad, en cuanto el señor presidente acabe de sonarse y pueda
hacer seña con el pañuelo.
Don Abundio dio un bramido
horroroso. ¿Ustedes creen que de indignación? Nada de eso; es que acababa de
reconocer en aquella manola a la alcarreña su criada. El pobre señor ya no tuvo
momento de reposo; se fue al centro de la plaza y, tomando carrera, saltó el
olivo con tal empuje que a no haber maroma, se cuela en el tendido con ánimo de
dar un abrazo a su antigua maritornes. Tres veces repitió la tentativa, y solo
a duras penas, y después de haberle
clavado un rejón en al anca, se
logró que fuera a entablerarse al lado opuesto.
Por fin, tocaron a matar;
Pinturita tomó los trastos, y después del correspondiente brindis, se fue solo
a la fiera, paró los pies y se puso en facha.
Tres pases al natural y dos de
pecho forzados llevaba cumplidos el matador con gran contentamiento del público
y absorta extrañeza de Pendenciero que no le quitaba ojo, cuando, liando el
trapo y armándose para el volapié, echó atrás la cabeza el diestro y dejóle ver
al toro un lunar como una pieza de dos reales que tenía junto a la nuez.
Descubrir don Abundio aquel signo y echarse a correr por la plaza todo fue uno.
—¡Está huido! —vociferaban todos
silbando al toro como pudieran hacerlo con un actor que no supiera su papel.
Y sin embargo, el pobre cornúpeto
llevaba la razón en su fuga; quería evitar una horrorosa catástrofe. Había
reconocido en Pinturita a su ahijado León.
En vano fue que este cambiara de
muleta y apelara a todos los recursos para traer al toro a jurisdicción; don
Abundio, transido de pena, esquivaba la lucha. Lo que pasó por su pupilo, nadie
lo sabe. ¿Temía el fiasco? ¿Recordaba lo que sobre la metempsicosis le había
repetido tantas veces su tutor y, compulsando fechas, abrigaba algún temor
sobre el caso presente? Lo ignoro; lo cierto es que se puso pálido, y volviendo
a la barrera depositó trapo y estoque y se sentó en el estribo diciendo que él
no podía hacer más.
—¡Perros! ¡perros! —gritó el
público; porque se me olvidaba decir a ustedes que esto pasaba antes de que la
media-luna se hubiera introducido en la lidia.
Y, en efecto, la traílla salió a
la arena con gran contentamiento de don Abundio que, no hallando motivos de
consideración para los canes, los fue despanzurrando por turno después de
llevarlos y traerlos como pelota en trinquete. La única que se le resistía era
una perra con cara de patrona de casa de huéspedes sin principio, que siempre
encontraba modo de escabullírsele entre las patas.
—También llevarás tu merecido
—murmuró el catedrático dando un derrote al aire.
—¿Yo? —le contestó la perra
soltando una de esas carcajadas más insultantes que un bofetón—. ¡Si no ha
podido conmigo mi marido! Caro va usted a pagar el haberme puesto en el caso de
ir a acabar mis días en Toro con Serapio.
—¡Remigia! —pues la mastina no
era otra— argüía Pendenciero falto de fuerzas para resistir a tanta
tribulación. Mira que yo no soy manso, y si me buscas camorra la encontrarás.
—Calle usted la boca, teniente de
papel. Ni a usted ni a todo Jarama junto temo yo. Y el toro que sea hombre, que
salga.
Y daba brincos procurando hincar
el diente donde podía; hasta que convencida de la inutilidad de sus esfuerzos y
oyendo al tendido pedir a voz en cuello que se llevaran al toro al corral,
porque la noche se venía encima, se dirigió resueltamente a donde León estaba,
y ladrando y enseñándole los dientes, le increpó de esta manera:
—Lo mismo que tú, torero de
invierno, ¿así vuelves por la honra de tu familia? ¿Por qué no le diste un
golletazo? ¡Si me voy convenciendo de que eres hijo de tu padre!...
León no entendía; pero no quitaba
los ojos de la perra y meditaba. Por fin soltaron a los cabestros y, en cuanto
doña Remigia
reconoció a su marido, se le
abalanzó a una oreja diciéndole con transportes de fingido gozo:
—¡Serapito mío! Esta vez sí que
no nos separaremos; yo quiero ir a donde tu vayas. Mira, aquí tienes a Leoncito
que se hará pastor, y reunidos pasaremos la existencia. Hasta si tú quieres
consentiré en que nos acompañe don Abundio.
Y don Serapio, inmóvil, conmovido
y con la cabeza inclinada por el peso de su esposa, cuyas virtudes admiraba,
quiso hablar, pero solo tuvo fuerzas para decir: Muuu...
Todo parecía augurar un feliz
desenlace, cuando uno de los pastores, creyendo por la actitud de Manteca que
la perra le martirizaba en vez de acariciarle, tomando por odio de raza lo que
era expansión de familia, llegó con el garrote enarbolado a donde los cónyuges
estaban, y descargó con él tan tremendo como infortunado golpe sobre la cabeza
de doña Remigia, que esta, dando media vuelta, cayó exánime a los pies de su
marido.
—¡Pobrecita! ¡tan buena! —murmuró
Serapio.
Y, dirigiéndose a donde el
catedrático estaba:
—La hemos perdido —exclamó—.
¡Valor, amigo!
Y ambos tomaron el camino del
toril, lanzando al pasar junto a León una mirada y un mugido que conmovieron al
émulo de Costillares. Pero al llegar a la puerta, don Abundio dobló las
rodillas y, sin proferir una queja, quedó muerto de repente.
En las reseñas de los periódicos
dijeron que le había ocasionado la muerte la despaldilladura del reserva. ¡Así
se escribe la Historia! En el matadero se vio que tenía el corazón deshecho.
Había muerto de un aneurisma.
Don Serapio siguió llevando el
cencerro y acabó por olvidar y ser feliz.
Lo que pasó por León nadie lo
sabe; pero es lo cierto que al día siguiente se cortó la coleta con asombro de
sus admiradores; se volvió misántropo y concluyó por fundar en Madrid la
primera sociedad protectora de los animales.
En cuanto a la alcarreña,
continuó sirviendo.
FIN
Páginas
El Anacronópete
Capítulo primero. En el que se
prueba que ADELANTE no es la divisa del progreso.
Capítulo II. Una conferencia al
alcance de todos.
Capítulo III. Teoría del tiempo:
cómo se forma: cómo se descompone.
Capítulo IV. En el que se tratan
asuntos de familia.
Capítulo V. Cupido y Marte.
Capítulo VI. El vehículo
considerado como escuela de moral. Capítulo VII. ¡Marchen!
Capítulo VIII. Efectos
retroactivos.
Capítulo IX. Reducción gradual
del ejército hasta su supresión definitiva.
Capítulo X. En que tiene lugar un
incidente que parece insignificante y es, sin embargo, de mucha importancia.
Capítulo XI. Un poco de erudición
fastidiosa aunque necesaria.
Capítulo XII. Cuarenta y ocho
horas en el Celeste Imperio.
Capítulo XIII. La Europa del
siglo XIX ante la China del siglo III.
Capítulo XIV. Un huésped
inesperado.
Capítulo XV. La resurrección de
los muertos antes del Juicio final.
Capítulo XVI. En que todo se
explica complicándose todo.
7
7
15
22
33
47
56
64
71
82
96
105
114
125
135
144
155
Capítulo XVII. Panem et
circenses.
167
Capítulo XVIII. «Sic transit
gloria mundi»
186
Capítulo XIX. Los náufragos del
aire.
197
Capítulo XX. El mejor, no porque
sea el más bueno, sino por
207
ser el último.
Viaje a China — Cartas al
director de «Las Provincias» 219
Macao, 26 de septiembre de 1878.
221
Macao, 8 de octubre de 1878.
227
Macao, 14 de marzo de 1879.
240
Macao, 19 de abril de 1879.
256
Macao, 30 de abril de 1879.
269
Macao, 18 de noviembre de 1879.
283
Macao, 26 de marzo de 1880.
293
Macao, 30 de enero de 1881.
305
Fiestas de Hon-Kung en Macao.
Macao, 26 de septiembre de
316
1881.
Los chinos dentro de casa. Macao,
10 de marzo de 1882.
324
Cantón I. Macao, 8 de diciembre
de 1882.
335
Cantón II.
342
Cantón III.
349
Cantón IV.
356
La Metempsicosis 363
I.
365
II.
371
III.
379
IV.
386
Índice
395
Nota de transcripción
Los errores de imprenta han sido
corregidos sin avisar.
Se ha modernizado la ortografía
del original impreso y se han espaciado las rayas.
Las páginas en blanco han sido
eliminadas.
Se ha expandido el Índice para
detallar mejor el contenido del libro.

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