© Libro N° 11961.
La Doctrina De Los Tres Géneros De Materialidad Y
Las Anamórfosis Absolutas Contra El Emergentismo. Pérez
Jara, Javier. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
La Doctrina De Los Tres Géneros De Materialidad Y Las Anamórfosis
Absolutas Contra El Emergentismo. Javier Pérez Jara
Versión Original: © La Doctrina De Los Tres Géneros De
Materialidad Y Las Anamórfosis Absolutas Contra El Emergentismo. Javier Pérez
Jara
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El Catoblepas • número 40 • junio 2005 • página 15: https://nodulo.org/ec/2005/n040p15.htm
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Guillermo Molina Miranda
La Doctrina De Los Tres
Géneros De Materialidad Y Las Anamórfosis Absolutas Contra El Emergentismo
Javier Pérez Jara
La
Doctrina De Los Tres Géneros De Materialidad Y Las Anamórfosis Absolutas Contra
El Emergentismo
Javier
Pérez Jara
Desde la
singularidad primordial hasta el surgimiento emergente
del intelectual y escritor, que reflexionará sobre todas estas cosas
Este
artículo será necesariamente repetitivo. Bien podría no haber sido escrito,
porque, en general, todos los puntos que aquí se exponen ya han sido tratados a
lo largo de esta polémica. Sin embargo, y como, «según mi opinión», JALD persevera
en sus posiciones gratuitas, metafísicas, ignorando mis argumentos, no
encuentro mejor manera que volver a repetir mis argumentaciones centrales en
esta polémica, porque, al contrario de lo que pueda pensar mi polemista, en
modo alguno han sido refutadas. De este modo, además, pienso que se le da
cierta autonomía al presente artículo, porque ir remitiendo a fragmentos de
textos expuestos en artículos anteriores, sin copiarlos, podría posibilitar una
mayor incomprensión de las tesis que se defienden en este texto; o, cuanto
menos, haría este presente artículo más caótico e incomprensible. He creído
conveniente, por tanto, volver a repetirme, pero por última vez, porque si JALD
o cualquier otro autor responde a este artículo para tratar de refutar las
posiciones que en él se mantienen, sólo contestaré si verdaderamente tratan de
argumentar contra las posiciones aquí defendidas, cosa que hasta ahora no ha
pasado, salvo muy parcialmente, como veremos ahora.
Este
artículo, por tanto, puede ser pensado como un compendio de las posiciones que,
según creo, mantiene el materialismo filosófico respecto de doctrinas tales
como el Big bang, el vacío, la Scala naturae, la causalidad,
el Mundo, &c. Posiciones que, sin duda, «chirrían» ante la ideología
popular, todavía solidaria de mitos creacionistas o de esquemas metafísicos
arcaicos, que incluso pueden ser calificados de presocráticos (precisamente en
uno de sus últimos artículos –«Confrontación de doce tesis características del
sistema del 'Idealismo trascendental' con las correspondientes tesis del
'Materialismo filosófico'», El Basilisco, nº 35– Gustavo Bueno
califica a la cosmogonía del Big bang de presocrática, esto es, de moverse
según el esquema ontológico: E Ì Mi Ì M, con el
sentido vectorial de M → E ¿flecha vectorial guiada por el principio antrópico
fuerte?). Y esto sin perjuicio de que a través de las páginas de esta revista,
haya incluso llegado a haber autores que defiendan la «compatibilidad» entre el
Big bang y el materialismo filosófico. Pero éste no es el caso de JALD, desde
luego. Es probable que JALD ejercite algún tipo de materialismo, al menos si
rechaza, por absurdas, las posiciones espiritualistas que defienden la
posibilidad de vivientes no corpóreos (posición «no delirante» que, en todo
caso, requiere del ateísmo para poder ejercitarse); pero en
caso de que así fuese, este materialismo «vulgar y corriente» distaría mucho de
parecerse al materialismo filosófico.
Dicho
autor (quizá inspirado por la actividad del Dios aristotélico como noesis
noeseos) emplea la estrategia de «contestarme», según nos dice él,
inventándose una «entrevista» de él a manos de él mismo, eligiendo ad
hoc las preguntas. Esto es, su último artículo tiene la forma de
una auto-entrevista. Este sorprendente recurso literario (que
algunos calificarán de ridículo) hace del texto de JALD una pieza de retórica
de cuyo interés literario, aunque sólo sea en cuanto originalidad, nadie con
sensibilidad artística puede dudar. Sin embargo, el problema está en ver si la
«profundidad filosófica» de su artículo está a la altura de su «profundidad
literaria». Porque JALD, por decirlo así, ha demostrado que es completamente
impermeable a mis argumentaciones, usando cuatro tipos de estrategias ante
éstas, que no estará de más recordar: o bien este autor distorsiona mis
posiciones ad hoc para así refutarlas mejor, o bien no las
nombra si quiera (como la sinexión entre la percepción apotética y el vacío o
las sinexiones entre los géneros, argumentaciones, además, que son nucleares),
o bien las nombra pero no las responde (como en el caso de la emergencia
metafísica o de la escala antrópica del Big bang), o bien las nombra pero al no
entenderlas responde a otra cosa.
Si no me
equivoco, parece que esta polémica ya no da más de sí, y no porque mediante el
diálogo habermasiano hayamos llegado todos a un consenso, o quizá al respeto
mutuo de las opiniones del otro para preservar la convivencia en un estado
democrático, sino porque desde hace varios meses esta polémica no ha avanzado
ni un milímetro. Posiblemente JALD, y sus seguidores (que creo poder dividir,
sin equivocarme, en fundamentalistas científicos o en teístas), pensarán
que es debido a que no me rindo ante la evidencia de las «pruebas» que aquí se
han dado a favor al Big bang, el vacío, el «acausalismo cuántico», &c. Pero
puede que otros piensen lo contrario: es la incapacidad de los defensores del
Big bang, &c., para hacer frente a las objeciones del materialismo
filosófico (objeciones que son ignoradas la mayoría de veces, porque no pueden
ser comprendidas por gentes indoctas y analfabetas en filosofía académica) lo
que ha llevado a esta polémica a permanecer en un punto muerto.
Pero como
agradezco a JALD que haya destinado parte de su tiempo en contestarme, me
encuentro en la obligación de responderle. Obligación que acometo con gusto,
además, aunque sólo sea por tener la oportunidad de volver a refutar posiciones
metafísicas que, aunque absurdas, mucha gente de hoy en día «se ha comido con
patatas», por decirlo mundanamente. Posiciones como las del Big bang, que han
calado en la ideología popular de la sociedad, posiblemente gracias al interés
de «entidades» diversas, tales como la Nasa, la Iglesia católica, revistas de
«divulgación científica» o los documentales de la televisión. Posiblemente, el
más analfabeto de los que vayan andando por la calle, podría responder, si le
preguntásemos por una cuestión tan compleja como la del origen del mundo, con
«según nos dicen los científicos, todo vino de una gran explosión»; los más
doctos incluso aportarán datos exactos relativos a tiempos, temperaturas,
&c. ¿Cómo puede esta teoría haber calado tan hondo en las ideologías del
presente? Sin embargo, analizar las causas que han llevado a que la cosmogonía
del Big bang haya calado tan ampliamente en la sociedad (cuando hasta hace solo
unos pocos años era una teoría marginal y se aceptaban otras de signo opuesto)
no es el motivo de este artículo. El objeto de este artículo es más bien volver
a exponer las contradicciones de teorías como las del Big bang o la Scala
naturae desde las coordenadas del materialismo filosófico. Sirva el presente
artículo como resumen de esta polémica, que lleva ya bastantes meses en las
páginas de esta revista, sin querer con ello decir que eso signifique más
interés filosófico que aburrimiento o repetición.
He
dividido al presente artículo en tres grandes parágrafos, cuyos objetos serán
el vacío, el Big bang y el «acausalismo cuántico» respectivamente. También he
considerado oportuno incluir en el presente texto algunas imágenes (que algunos
considerarán de carácter cómico) para amenizar su lectura, así como para la
función pedagógica de explicar con imágenes algunas de las posturas aquí
debatidas.
La tesis
fundamental de este artículo es ésta: que el Big bang, el vacío (en sus
diversas modulaciones) y el llamado acausalismo cuántico son tesis
gnoseológicamente gratuitas, esto es, que no pueden ser consideradas como
teorías científicas estrictas, sino como teorías metafísicas (u ontológicas en
el mejor de los casos) pertenecientes a la capa metodológica de la física. Son
teorías metafísicas (por abrirse paso a través de la vía del sustancialismo)
construidas mediante categorías positivas, cierto, pero cuyos resultados
desbordan toda cientificidad categorial (como el móvil perpetuo está
fuera de la capa básica de la termodinámica, según el ejemplo que usé en mi
artículo anterior).
Son
hipótesis (gnoseológicamente) gratuitas, cierto, en tanto no pueden ser
construidas mediante lo que el materialismo filosófico conoce como identidades
sintéticas. Pero hay más: a parte de ser gnoseológicamente gratuitas, son ontológicamente contradictorias.
Pudiera ocurrir que sólo fuesen gnoseológicamente gratuitas, con lo que estas
teorías (Big bang, vacío, &c.) podrían sobrevivir, al menos, como hipótesis
de trabajo, o como teorías posibles (aunque fuese en el plano de la Ontología,
y no en el de la ciencia categorial). Si así fuese, lo más prudente sería optar
por la vía del agnosticismo en estos asuntos: la teoría del Big bang podría no
ser demostrable científicamente, cierto, pero tampoco podría ser refutada, y
podría figurar como hipótesis probable (frente a otras), por lo que lo más
prudente, en todo caso (y siendo «críticos»), sería optar por la epojé
pirrónica. Pero no es éste el caso: el materialismo filosófico no es
escéptico en este punto, sino dogmático (usando la terminología de los escépticos,
dogmático es todo aquel que no sea escéptico, aunque la alternativa elegida lo
sea mediante vía apagógica); el materialismo filosófico no duda del Big bang, o
el Universo de Minkowski: los niega. ¿Y cómo? Mediante la vía dialéctica. ¿Pero
cómo se puede demostrar la inexistencia de algo? Respuesta: mediante la
imposibilidad de su Idea; supuesta la posibilidad de algo, es prácticamente
imposible demostrar su inexistencia, y por eso muchos piensan que no se puede
demostrar filosóficamente el ateísmo, porque al partir del principio (ingenuo)
de que la Idea de Dios es posible, no encuentran medio alguno para negarle toda
posibilidad de existencia («puede que no exista, ¿pero cómo lo demuestras?»).
Ahora bien, si lo que se discute es la misma posibilidad de la Idea de Dios (la
composibilidad entre sus partes, por ejemplo) la cosa cambia radicalmente. Algo
análogo ocurre, a mi juicio, con las teorías metafísicas aquí debatidas, y por
eso, la vía de negarlas se abre paso a través de la constatación de las contradicciones
entre las Ideas que conllevan dichas teorías (Scala naturae, emergencia
creadora, aniquilación de la materia, &c.).
§1
El vacío
Para
comenzar en este punto, tengo que decir que me parece que JALD, en este lugar
de su último artículo, distorsiona mis palabras ad hoc para
buscar disparates donde no los hay; como por ejemplo cuando al parecer traduce
mi afirmación de que en el contexto de la relatividad especial seguimos
aplicando la mecánica newtoniana, porque ésta no ha sido impugnada de lleno,
sino ampliada en un contexto más extenso y complejo, por la de que, según yo,
la mecánica newtoniana conmensuraría la relatividad especial. Pero, nos dice
JALD, fórmulas como E = mc2 están fuera del contexto de la
mecánica newtoniana, como si con ello hubiese creído poder refutarme. ¿Pero
acaso esto significa que Newton no elaboró multitud de identidades sintéticas
que hoy siguen aplicándose en la física, que han sido reabsorbidas por la
teoría de la relatividad? ¿Acaso la teoría de la relatividad impugna de lleno
la mecánica newtoniana? ¿No queda ésta reabsorbida, en gran medida, en la
teoría de la relatividad como un caso específico suyo? ¿Y no está bastante
claro lo que yo quería decir, de tal manera que JALD distorsiona mi
argumentación para elaborar su única estrategia posible en esta polémica, a
saber, hacer gala de sus grandes conocimientos en física, ignorar mis
argumentaciones filosóficas y leer con lupa mis comentarios físicos, para
distorsionarlos y hacerlos pasar por absurdos?
Dicho en
nuestra terminología: si grandes partes de la mecánica newtoniana no pudieran
ser reabsorbidas por la teoría de la relatividad (para casos específicos),
significaría que Newton no elaboró ninguna identidad sintética; toda la
mecánica clásica carecería de verdad científica, y no serían sino hipótesis o
teorías que, en todo caso, habría que incluir en la capa metodológica o
conjuntiva de la física, pero no en su capa básica. Porque, si se acepta que
Newton llegó a verdades científicas (esto es, identidades sintéticas), ¿cómo
pensar que esas verdades fueron desbancadas por la teoría de la relatividad?
¿Qué clase de concepción de verdad sería ésa? Porque las identidades sintéticas
establecen vínculos de sinexión (esto es, de relación necesaria, no contingente)
entre unos términos dados; términos operados por el sujeto operatorio, cierto,
pero cuyas operaciones son segregadas en el mismo proceso de la constitución de
dichas sinexiones, que por tanto se dan como independientes de toda actividad
operatoria (gracias al mecanismo de neutralización del sujeto operatorio,
porque no hay que olvidar que las verdades científicas son materialidades
antrópicas y que por tanto no pueden existir independientemente de la
existencia de los sujetos operatorios que las han constituido).
Ahora
bien, si las verdades son identidades sintéticas, como decimos, y éstas
establecen sinexiones entre determinados términos, ¿cómo va a superar una
verdad a otra? Una verdad, en todo caso, puede ampliar su franja de verdad,
pero no ser desbancada por otra: tal es la concepción gnoseológica que defiende
el materialismo filosófico a través de la teoría del cierre categorial.
Esto
significa una cosa: supuesto que la teoría de la relatividad y la mecánica
clásica no tengan ningún punto de intersección, habría que optar por una de las
siguientes conclusiones: 1) La mecánica clásica no desarrolló ninguna verdad
científica, ya que si no éstas habrían sido reabsorbidas por la teoría de la
relatividad, al ser las verdades relaciones necesarias, y por tanto no
contingentes; 2) La mecánica clásica desarrolló verdades científicas, pero
éstas fueron desbancadas por la teoría de la relatividad: lo que fallaría,
entonces, es la concepción de la verdad del la teoría del cierre categorial.
Ahora bien, suponemos que estas dos concepciones son falsas, por lo que es
absurdo que la mecánica clásica no tenga «ningún punto de intersección» con la teoría
de la relatividad. Ahora bien, supuesto este punto de intersección, y usando
una concepción de la verdad no pragmatista o sociologista, ¿dónde quedan las
críticas de JALD a mi postura?
Por otra
parte, y como tampoco es de extrañar, este autor también vuelve a deformar mi
argumentación en lo referente al espacio-tiempo de Minkowski. A lo largo de
esta polémica he criticado, atendiendo a motivos ontológicos diversos (que han
sido siempre mostrados explícitamente) tanto la posibilidad de considerar como
«posibles», regiones vacías del espacio (en un espacio en el que también habría
«regiones con materia»), como el espacio-tiempo de Minkowski de curvatura 0,
esto es, un universo donde, al no haber masas gravitatorias, la curvatura del
espacio sería nula, estando éste «vacío de materia». Estas concepciones,
además, se declararon como metafísicas, en tanto se encontraban más allá del
horizonte de la ciencia positiva y se abrían camino por vías sustancialistas,
al hipostasiar el espacio y concederle una autonomía ontológico hipostática que
en modo alguno posee.
Dicho con
otras palabras: el materialismo filosófico rechaza tanto las concepciones
exclusivas, o absolutas del vacío (según las cuales podría haber espacio sin
nada de materia), como las concepciones «moderadas» (según el lema: «admitimos
el vacío, pero con moderación»), en las cuales, supuesto un universo con
«regiones de materia», también habría regiones de vacío.
Recordemos,
para mayor claridad, la auto-pregunta y la auto-respuesta donde JALD habla de
esto en su último artículo, a fin de que, o bien encontremos sabiduría en sus
palabras, o bien la más oscura metafísica:
P. Más
adelante sí que aborda JPJ el problema del vacío local, ¿qué opinión le merecen
sus argumentos?
R. Básicamente consisten en definir previamente el ET como supeditado por
completo a la materia, como un sistema de relaciones de la materia, al modo
leibnitziano. A partir de ahí pretende demostrar que el ET vacío no puede
existir. Hay un sentido en el que este tipo de definición es indiscutible, y es
considerando que para obtener cualquier medida relacionada con el ET tiene que
haber un agente material de por medio. Sin embargo, como ya he expuesto
anteriormente, las propiedades físicas del ET no quedan explicadas por completo
a partir de la distribución de masas, por eso sigue teniendo sentido atribuir
al ET una realidad independiente. Las fuerzas inerciales son prueba de lo que
digo. Es cierto que el tipo de realidad que tenga, desde este punto de vista,
el ET es misteriosa, pero efectiva desde luego físicamente (recordemos aquí el
ejemplo del cubo de Newton). Si algún día se explicaran por completo todas las
propiedades del ET en términos de relaciones entre masas, por ejemplo,
podríamos entonces prescindir de este concepto. En cualquier caso hay que
recordar que la raíz de esta polémica estriba en que JPJ afirmó con rotundidad
que el ET vacío es absurdo, y eso no lo prueba en ningún momento. Se puede
mantener de forma perfectamente coherente, como hago yo y otros muchos, que el
ET vacío puede existir y que exista o no es cuestión de comprobación
experimental. Este punto de vista es el más natural en la Relatividad General,
donde se pone primero la variedad 4-dimensional con signatura de Lorentz (el ET
vacío), y luego esta variedad se curva como consecuencia de la presencia de la
materia de acuerdo con la ecuación de Einstein. Pero no se afirma que la materia
genere en ningún sentido la variedad 4-dimensional, ni su signatura métrica, ni
por supuesto se aporta ningún mecanismo para explicarlo, como falazmente sigue
repitiendo JPJ.
En este
fragmento destacan a mi juicio, por su sinsentido, tesis tales como: «Si algún
día se explicaran por completo todas las propiedades del ET en términos de
relaciones entre masas, por ejemplo, podríamos entonces prescindir de este
concepto». Aquí JALD defiende nada más ni nada menos que si el espacio-tiempo
fuese el fruto de la codeterminación diamérica entre las masas gravitatorias,
dicho concepto (el de espacio-tiempo) ya carecería de utilidad, y por tanto,
que si el espacio-tiempo, como concepto, tiene sentido, es porque es una
entidad autónoma independiente de la materia, aunque pueda «relacionarse» con
ésta. ¿Pero esto no es completamente gratuito? ¿De qué oscura chistera ha
sacado JALD esta concepción? ¿De del espacio absoluto de Newton? Si no me
equivoco, es algo análogo a como si se afirmase «si x es un término que designa
un determinado tipo de relaciones entre los términos q, p, r, t, el término x
es inservible, o en todo caso, completamente prescindible»; es una especie de
nominalismo de las relaciones. ¿También podemos prescindir en matemáticas de
los conceptos que «únicamente» designan relaciones entre determinados términos?
En realidad parece que JALD con su afirmación no hace otra cosa que pedir el
principio: «el espacio-tiempo sólo es un concepto útil si designa una entidad
hipostasiable de la materia» ¿pero no es esto precisamente lo que se discute?
También
me sorprende que este autor cite el experimento del cubo de Newton, experimento
que dicho físico hizo para demostrar la existencia del espacio y el tiempo
absolutos, que es firmemente rechazado por el «modelo relacional» de
la relatividad. El espacio y el tiempo absolutos que trata de demostrar Newton
con su experimento exige la existencia de movimientos absolutos, firmemente
rechazados por la relatividad. Ya Mach, anteriormente, había criticado dicho
experimento. Recordémoslo:
La
experiencia de Newton con el vaso de agua que gira, nos enseña simplemente que
la rotación relativa del agua respecto de las paredes del vaso
no despierta ninguna fuerza centrífuga efectiva, pero que ésta es, en cambio,
provocada por la rotación relativa respecto de la masa de la tierra y de los
demás astros. Nadie puede decir cómo se habría desarrollado cuantitativa y
cualitativamente la experiencia, si las paredes del vaso se tornaran cada vez
más espesas y macizas hasta llegar a un espesor de varias millas. No tenemos,
frente nuestro, sino una única experiencia que debemos poner de acuerdo con el
resto de los hechos que nos son conocidos, pero no con nuestras fantasías
arbitrarias. (Mach, Desarrollo histórico-crítico de la mecánica, Espasa-Calpe,
Buenos Aires, págs. 196-197.)
Que el
espacio-tiempo es un sistema de relaciones dadas a escala antrópica entre
materialidades primogenéricas («en sinexión» con materialidades segundo y
terciogenéricas) y que por tanto carece de sentido hipostasiarlo y defender que
pueden existir «regiones del espacio sin materia», como, usando terminología
arcaica, no pueden existir accidentes sin substancias, es una argumentación que
vengo defendiendo, desde las coordenadas del materialismo filosófico, desde
hace meses, y que ninguno de mis polemistas se ha molestado en tratar de
refutar. JALD sigue hipostasiando el espacio-tiempo «como si nada». Por
ejemplo, este autor llega a decir cosas sorprendentes como:
En
cualquier caso hay que recordar que la raíz de esta polémica estriba en que JPJ
afirmó con rotundidad que el ET vacío es absurdo, y eso no lo prueba en ningún
momento
JALD
podrá decir, con más o menos acierto, que mis argumentaciones a este respecto
no son verdaderas, o suficientemente potentes, &c., pero lo que es excesivo, por
no decir absurdo, es que este autor diga que no he dado ninguna prueba desde
que empezó esta polémica sobre por qué el espacio-tiempo «desligado» de la
materia es absurdo. Más bien, desde que empezó esta polémica he sostenido,
mostrando las sinexiones entre las materialidades primogenéricas y el
espacio-tiempo, que la operación extracción de materia física no puede llegar a
ningún espacio vacío, porque en la propia extracción de materia física,
el propio espacio-tiempo desaparece. También he defendido, y esto es
fundamental, que el vacío está ligado necesariamente a la percepción
apotética, y que sin mecanismos de kenosis no hay criterios positivos para
hablar de vacío ni de espacialidad. Naturalmente, después de todos
estos meses JALD sigue sin siquiera nombrar esta argumentación. Este autor no
entiende, debido a sus «agujeros negros filosóficos», que el espacio-tiempo no
es una entidad exenta en la que pueda haber materia o no, según sea el caso.
Sino que el espacio-tiempo es un contenido de la propia materia cósmica,
inseparable de ésta, como la «conciencia» lo es del cerebro. La estructura terciogenérica
del espacio-tiempo es disociable de la materia cósmica primogenérica,
pero inseparable de ésta.
Para
demostrar esto expuse las sinexiones entre el tiempo y la materia cósmica, lo
que nos llevó a defender, desde el materialismo filosófico, al tiempo como «la
medida del devenir» cósmico («el tiempo es el reloj»), y el devenir como
vinculado sinectivamente a las totalidades jorismáticas, «todos efectivos» en
los que sus partes se van codeterminando sucesivamente, y no según el infantil
esquema de causalidad que propone JALD (una causa eficiente A y un efecto B),
del que luego hablaremos, sino pasando necesariamente por esquemas materiales
de identidad sobre los que actuaría la causa eficiente A, y sin los cuales, los
propios «efectos» serían ininteligibles. El tiempo, sería dicho
simplificadamente, la medida del devenir de la propia materia cósmica. Es ridículo,
o digno de ser un episodio más a estudiar por la psiquiatría, defender la
posible existencia del tiempo sin materia cósmica.
¿Pero
acaso no es igual de absurdo defender un espacio sin materia? En cuanto a este
tema, traté de mostrar, con más o menos acierto, las sinexiones entre éste y
«la materia», en tanto, nuevamente, el espacio es un contenido del Mundo
inseparable de los tres géneros de materialidad; un contenido, además,
constitutivo del Mundo, pues sólo a través de la mediación de los sujetos
operatorios humanos o animales puede haber espacio.
Las
sinexiones más obvias entre la «materia» y el «espacio», por tanto, se muestran
al analizar la percepción apotética, de tal modo que no hay criterios positivos
(sino metafísicos) para hablar de espacio sin percepción apotética, «sin
kenosis» para posibilitar la percepción «a distancia», objetiva. Desaparecidos
(no neutralizados) los sujetos operatorios de la realidad, desaparecería el
espacio. Porque es la kenosis la que constituye la espacialidad. A su
vez, esta kenosis no está puesta por el cerebro de los sujetos
operatorios, porque el cerebro es ya un objeto apotético; esto es:
el sistema nervioso presupone la kenosis. Sólo se puede conectar necesariamente
la kenosis a los sistemas nerviosos de los sujetos humanos o animales con
percepción avanzada, pero en ningún caso deducir la percepción apotética
únicamente del cerebro, porque en ese caso estaríamos de nuevo tratando de
deducir el Mundo únicamente desde marcos ontológico-especiales, lo que recae
una y otra vez en contradicciones y círculos viciosos. La kenosis, por tanto,
sólo se puede explicar negativamente por una anamórfosis absoluta en la materia
ontológico-general; atendiendo únicamente a los tres géneros de materialidad y
poniendo entre paréntesis a M, la kenosis no es más que una cuestión de hecho
imposible de explicar, pues como hemos dicho, «la razón» de la kenosis no puede
radicar únicamente en M1, M2 o M3, en
tanto los géneros de materialidad presuponen y están constituidos por mediación
de la kenosis. Según creo, ésta es la tesis fundamental del hiperrealismo del
materialismo filosófico, pues desde la concepción diamérica del sujeto, esto
es, desde la concepción de que sujeto y objeto están en un mismo plano
ontológico y que por tanto uno no pone al otro (como dirían respectivamente el
idealismo o el realismo, como concepciones metaméricas del sujeto), la razón de
la existencia de sujetos y objetos debe quedar, por definición, en un contexto
de materialidad más amplio que el inmanente a la ontología-especial (los
contenidos mundanos que constituyen el Ego trascendental o el Mundo): este
contexto es la materia ontológico-general como materia trascendental, en
sentido absoluto, al Mundo.
En suma,
si JALD quiere «refutarme», tendrá que enfrentarse a la concepción
epistemológica del hiperrealismo y a la doctrina empírico-trascendental de los
tres géneros de materialidad que defiende el materialismo filosófico, cosa que,
obvio es decirlo, no ha hecho. Más aun: ni siquiera las ha nombrado, y, en una
vuelta de tuerca de la deshonestidad intelectual, dice sin ningún tapujo que no
he dado ningún tipo de prueba sobre por qué el espacio-tiempo no puede existir
«separado de la materia». Como si JALD tuviese muy claro qué es eso de
«la materia».
Pero
resulta que es nuestro físico el que no ha dado ningún tipo de prueba sobre lo
contrario, pidiendo el principio de que el espacio-tiempo puede ser separado
(=hipostasiado) de la materia cósmica (y por tanto de la percepción animal). Este
autor se siente resguardado por el cálido cobijo de ecuaciones matemáticas que,
sin embargo, y aunque JALD lo desconozca, únicamente pueden tener un
significado terciogenérico, pero no físico, de igual modo a que el hipercubo o
el punto no pueden existir físicamente, sino que son entidades terciogenéricas
fruto de las operaciones segundogenéricas del sujeto gnoseológico sobre
referenciales fisicalistas primogenéricos. Las matemáticas sólo tienen
consistencia en el papel, por así decirlo, y sin las operaciones del sujeto
gnoseológico, ni los referenciales fisicalistas, las ecuaciones matemáticas y
sus resultados «trascendentales» carecerían de sentido, porque ni
siquiera existirían. Y por supuesto, que decir cabe que M3 no
tiene la autonomía metafísica que JALD le concede; nuevamente tenemos que decir
que desaparecidos todos los sujetos operatorios, desaparecerían a su vez todos
los contenidos pertenecientes al tercer género de materialidad, al estar estos
sinectivamente conectados a los otros dos géneros.
Todas las
incomprensiones de JALD sobre mis argumentos se basan, según creo, en que este
autor no entiende las posiciones del materialismo filosófico en absoluto, y
así, cierto, difícilmente puede «avanzar» lo más mínimo esta polémica.
No
obstante, el resumen de las posiciones sostenidas podría ser dicho en pocas
palabras: JALD hipostasia M3 y el espacio-tiempo; yo, en
cambio, sostengo que eso es metafísico, absurdo, mostrando, desde las
coordenadas del materialismo filosófico, las sinexiones entre los tres géneros
de materialidad, así como el espacio-tiempo con la materia cósmica, en tanto
contenido de ésta, que sólo en la intersección de los tres géneros de
materialidad puede existir (doctrina del hiperrealismo, fundamento
empírico-trascendental de los tres géneros de materialidad, principio
zootrópico, &c.). Dicho nuevamente: el espacio está ligado sinectivamente a
la percepción animal.
JALD,
como no las entiende, dice que mis posiciones filosóficas «son muy respetables»
(y más en un estado democrático como el que vivimos, podría añadir), pero que
en nada refutan a lo que él sostiene. Pero esto es simplemente ridículo. Las
decenas de páginas que he escrito en torno a las sinexiones de los géneros de
materialidad sólo han conseguido que JALD las tilde de respetables, pero no han
conseguido su objetivo, a saber: que JALD se enfrente a ellas. ¿Pero cómo puede
esperar este autor participar en una polémica ignorando las posiciones del otro
y diciendo que las ha refutado?
Ahora, si
se me permite, me gustaría comentar brevemente este «parrafito» de JALD:
En cuanto
al «plenum energético» ya expliqué que es un dogma «ad hoc» que introduce JPJ y
que no se deriva en absoluto de la Relatividad General. Sigue además cometiendo
importantes errores físicos, como cuando pone en pie de igualdad a las ondas
electromagnéticas con las gravitatorias, diciéndonos que ambas son tan
materiales «como un zapato o una bota de fútbol», para que nos quede muy claro.
Desconoce este autor, y eso que ya se lo dije en otro artículo, que las ondas
gravitatorias son perturbaciones del propio ET vacío, por tanto esencialmente
distintas de las electromagnéticas, por ejemplo. Así las ondas
electromagnéticas dentro de un volumen dado tienen una «masa» gravitatoria
perfectamente determinada y en consecuencia deforman el ET a su alrededor de
acuerdo a la Relatividad General, sin embargo las ondas gravitatorias no. La
energía asociada al «campo gravitatorio» (ondas gravitatorias incluidas), según
la Relatividad General, no está localizada, no cabe asociarla a regiones
determinadas del ET de forma unívoca, en contraste rotundo con las ondas
electromagnéticas o los zapatos de JPJ. Así que son muy escurridizas como
material para llenar el ET vacío como él pretende, en realidad decir que las
ondas gravitatorias llenan el ET es lo mismo que decir que el ET llena el ET.
1º) el
plenum energético no es un dogma ad hoc, como saca de su
chistera JALD: es, por una parte, una cuestión de hecho, y por otra un
resultado dialéctico al que se llega por la vía apagógica de negar la acción a
distancia y de por tanto introducir la sinalogía en toda
relación entre materialidades primogenéricas, así como la toma de conciencia de
que el vacío es una apariencia constitutiva del Mundo apotético, no una
realidad autónoma. Ya reté en otro artículo a JALD a que me dijese cómo las
regiones del espacio vacías que pudieran existir en el Universo, según él, no
estarían «atravesadas» por ondas gravitatorias, por ejemplo. Por otra parte, al
defender la concepción hiperrealista en epistemología y al vincular al vacío a
una apariencia constitutiva del mundo de los fenómenos elaborada por los
filtros de kenosis «conectados» al sujeto operatorio, también defendí que el
vacío era una apariencia fruto de «filtrar» contenidos materiales reales para
posibilitar la percepción apotética, a distancia. No es que no estén en el
espacio, es que son filtrados para posibilitar la percepción que, además,
constituye la propia espacialidad. Aun más: no es que exista un espacio macizo
a través del cual la kenosis perforaría galerías, constituyendo los objetos
corpóreos tridimensionales: es que el propio espacio se constituye no en la
«perforación» de un espacio anterior macizo, sino de contenidos de la materia
ontológico general que no son ellos mismos espaciales y que al constituirse
como «espaciales» quedan dentro de la escala zootrópica en que nos es dada el
Mundo.
De otro
modo: el plenum es energético porque no es corpóreo (como sostiene Descartes),
pero es un plenum de materialidad primogenérica; lo contrario, esto es, la
postura que defiende JALD es solidaria del atomismo clásico, que necesariamente
ha de ver al vacío como no-ser. A parte de la gratuita concepción de las
partículas elementales como «corpúsculos», como si tuviese sentido hablar de
cuerpos sin percepción apotética. No estaría de más que JALD, en sus ratos de
ocio, estudiase a los presocráticos, para que viera que, aun sin haberlos
leído, sus posiciones no son mucho más avanzadas ontológicamente que las de
éstos, por mucha artillería matemática con que quiera recubrirlas, o por muchas
entrevistas imaginarias que este autor se imagine a si mismo. No en balde
Gustavo Bueno defiende, como ya apuntamos antes, que la cosmogonía del Big bang
es una cosmogonía presocrática.
En un
artículo anterior expuse un texto de Gustavo Bueno breve pero esclarecedor
sobre la materia de este asunto.
El
proceso de negación del mundo corpóreo equivale, en física, a la nada cósmica,
al vacío (pero no tanto al vacío atmosférico, ni siquiera al llamado «vacío
cuántico» –en tanto contiene en potencia a las partículas posibles que
aparecerían y desaparecerían según fluctuaciones «capaces de provocar la
inestabilidad del Universo de Minkowski»–, sino al vacío absoluto, el espacio
vacío de los atomistas antiguos concebido como un no-ser, o el universo vacío
definido como un espacio de Minkowski de curvatura cero).
La nada cósmica se nos aparece tanto a propósito de las categorías de la
dinámica como de las categorías de la termodinámica. Como principal
antecedente, dentro de las categorías de la dinámica, podríamos tomar a ciertas
ideas de Jordan (que transmite Gamow en su autobiografía) proponiendo a
Einstein la posibilidad de que la energía total del Universo
fuese nula; la reformulación más reciente de esta sugerencia se debe a E. P.
Tryon (Nature, vol. 246, 1973): el Universo podría ser «expresión
de la Nada», siempre que físicamente se suponga que no hay inconveniente para
que surja espontáneamente ex nihilo (de la nada cósmica). «El
origen del universo podría ponerse en una fluctuación espontánea en el vacío».
En cuanto a la reformulación de la idea de nada cósmica con las categorías de
la termodinámica (E. Grunzig): la idea central se basa en que la diferencia
entre el universo de Minkowski (curvatura cero) y el universo real no es
función de la energía, sino función de la entropía, con lo que el paso de un universo
a otro no consistiría en la aparición de la energía, sino en la aparición de la
entropía. (Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico, págs.
94-95.)
Este
«plenum energético», además, en contra de lo que sostiene JALD, está avalado
por la Relatividad general, que niega categóricamente la existencia del espacio
exenta de Campo.
2º) En
ningún momento he dicho que las ondas gravitatorias y las electromagnéticas
sean iguales; esta supuesta afirmación que JALD me atribuye sólo puede haber
sucedido en su imaginación.
Lo que
sostuve, y sostengo, es que las ondas electromagnéticas y gravitatorias son
contenidos primogenéricos (por tanto materiales), que «llenan el espacio», sin
ser corpóreos. A mi juicio, estas invenciones de JALD las hace este autor ad
hoc para provocarse situaciones en las que exponer sus sólidos
conocimientos de física (sin necesidad de recurrir a imaginarias entrevistas),
para compensar, sin duda, sus «agujeros negros» en filosofía, que es el campo
de batalla en donde se mueve esta discusión.
Vayamos
ahora a la particular «exégesis» que hace JALD del texto de Einstein que expuse
en un anterior artículo de esta polémica, y que ahora vuelvo a repetir:
Según la
teoría de la relatividad general, el espacio no tiene existencia peculiar al
margen de «aquello que llena el espacio», de aquello que depende de las
coordenadas. Sea, por ejemplo, un campo gravitacional puro descrito por
las gik (como funciones de las coordenadas)
mediante resolución de las ecuaciones gravitacionales. Si suprimimos
mentalmente el campo gravitatorio, es decir, las funciones gik,
lo que queda no es algo así como un espacio del tipo (1), sino que no queda
absolutamente nada, ni siquiera un «espacio topológico». Pues
las funciones gik describen no sólo el campo, sino
al mismo tiempo también las estructuras y propiedades topológicas y métricas de
la variedad. Un espacio del tipo (1) es, en el sentido de la relatividad general,
no un espacio sin campo, sino un caso especial del campo gik para
el cual las gik (para el sistema de coordenadas
empleado, que en sí no tiene significado físico) poseen valores que no dependen
de las coordenadas; el espacio vacío, es decir, un espacio sin campo, no
existe.
Así pues, Descartes no estaba tan confundido al creerse obligado a excluir
la existencia de un espacio vacío. Semejante opinión parece
ciertamente absurda mientras uno sólo vea lo físicamente real en los cuerpos
ponderables. Es la idea del campo como representante de lo real, en
combinación con el principio de la relatividad general, la que muestra el
verdadero meollo de la idea cartesiana: no existe espacio «libre de campo». (Alberto
Einstein, Sobre la teoría de la relatividad especial y general, RBA
[de la edición de Alianza], Barcelona 2002, pág. 106.) [subrayado mío]
Según
JALD, en este texto nada se demuestra en lo referente a que la teoría de la
relatividad general niegue la posibilidad de un universo vacío. ¿Pero es esto
así? ¿Cuáles son las «coordenadas hermenéuticas» de JALD?
Porque
Einstein defiende explícitamente que no existe espacio «libre de campo», porque
precisamente desde la Relatividad general el espacio es una «expresión» del
campo. ¿Pero no es esta conclusión precisamente la que JALD
denomina como postulado ad hoc del plenum energético, postulado dogmático según
él? ¿No está en este texto Einstein diciendo que Descartes tenía razón
al negar la existencia de regiones vacías del espacio, y que se equivocaba
simplemente en pensar que sólo lo corpóreo era físico, sin contar con las ondas
energéticas, ya sean gravitatorias, ya sean electromagnéticas, ya sean de otro
tipo? Y si esto es así ¿no es precisamente ésta mi postura a lo largo de esta
polémica? En otro artículo anterior («Disputas ontológicas sobre temas
cosmológicos», El Catoblepas, nº 28) también
puse otro texto bastante claro de Einstein. Volvamos a recordarlo:
De
acuerdo con la relatividad general, el concepto de espacio desprendido de todo
contenido físico no existe. La realidad física del espacio está representada
por un campo cuyos componentes son funciones continuas de las cuatro variables
independientes: las coordenadas del espacio y el tiempo. Es precisamente esta
clase particular de dependencia lo que expresa el carácter espacial de la
realidad física.
Dado que la teoría de la relatividad general implica la representación de la
realidad física mediante un campo continuo, el concepto de
partículas o puntos materiales no puede desempeñar un papel fundamental como
tampoco lo puede hacer el concepto de movimiento. La partícula sólo puede
aparecer como una región limitada del espacio en la que la fuerza del campo o
la densidad de energía son particularmente elevadas. (Einstein, «Acerca de la
teoría de la gravedad generalizada»)
Volvemos
a preguntar: ¿las regiones vacías que defiende JALD como posibles no van
explícitamente en contra del campo continuo de la relatividad general? De otra
forma: ¿el plenum energético que este autor denomina como
«postulado ad hoc dogmático» no forma parte del abc de
la relatividad general?
Podríamos
decir que para Einstein, desde su «mundanismo», el campo es el Ser (la materia
ontológico-general en coordenadas del materialismo filosófico), el
«representante de lo real», según su interpretación monista de la ontología de
Espinosa; los cuerpos, el propio espacio-tiempo, como sistema de relaciones
fruto de la codeterminación diamérica entre las masas gravitatorias, son
manifestaciones en último lugar del campo. ¿Cómo pueden existir regiones del
espacio vacías de campo según la relatividad general? A mi juicio de ningún
modo.
Y en
cuanto al Universo de Minkowski, como mera entidad terciogenérica sin sentido
físico, tendríamos que preguntar: ¿no desaparecerían todas las estructuras
matemáticas y en general todo contenido terciogenérico al hacer desaparecer los
cuerpos del Mundo (con lo cual desaparecería también el propio Mundo)? ¿Cómo no
ve JALD que el Universo de Minkowski no puede tener sentido físico alguno?
¿Pero
entonces cómo interpretar la posición de JALD en el momento en que él defiende
un vacío absoluto, no sólo corpóreo, sino también de ondas gravitatorias o
electromagnéticas? ¿No «separa» JALD el espacio-tiempo del campo, y aun de las
masas gravitatorias, hipostasiándolo, creyéndolo subsistente por sí mismo, de
análogo modo a como ciertos cristianos veían a los ángeles como «formas puras»,
separadas de toda materia? ¿Piensa JALD que recubriendo matemáticamente sus
delirios metafísicos éstas pasan automáticamente a tomar un matiz más
científico? Porque el vacío no ya corpóreo, sino energético o de toda
materialidad, es el no-ser.
Repitamos:
según la relatividad general, no hay espacio sin campo; por tanto no hay vacío,
en tanto, sencillamente, esas «regiones del espacio» no estarían vacías, sino
«llenas de campo». Sólo a título de petición de principio del todo gratuita
podría declararse al «vacío» como «vacío corpóreo». Pero hay más: desaparecidos
los cuerpos del Mundo también desaparecería el espacio-tiempo y el campo, en
tanto contenidos dados a escala antrópica, esto es, contenidos de los tres
géneros de materialidad, sustentados ontológicamente por el sujeto operatorio
(y no al modo del realismo como hemos dicho, sino del hiperrealismo), que es un
sujeto corpóreo. Más aun, y aunque suene duro para los «realistas ingenuos»:
desaparecidos los cuerpos desaparecería el Mundo (en otro lenguaje: sin masas
gravitatorias no habría universo, ni campo, en tanto el campo, la energía,
&c., son contenidos antrópicos que sólo «desde la perspectiva de los
cuerpos» pueden tener cabida). Por tanto, el Universo de Minkowski es imposible
y su aceptación por parte de tantos físicos, según creo, se debe a su
desconocimiento sobre «cómo funciona» M3.
Como ya
dije desde el principio, ninguna de estas argumentaciones es nueva. En
artículos anteriores de esta polémica ya defendí por qué sin el sujeto
operatorio no habría espacio, ni tampoco vacío (sino que nos encontraríamos en
«pleno terreno» de la materia ontológico-general, que es
a-espacial), pero JALD ha empleado la estrategia erística de saltarse a la
torera mis argumentaciones, bien porque no las comprende, bien porque no sabe
refutarlas, bien porque no las ha leído, o bien por una mezcla de los puntos
anteriores. Ciertamente no me interesa. Ya estoy acostumbrado en esta polémica
a que mis polemistas recurran a esta «estrategia erística».
Pero
prosigamos estoicamente. Posteriormente JALD escribe:
Pero
quizá merezca la pena, aunque no tengo mucha confianza en ello, seguir al hilo
del texto de Einstein el razonamiento, yendo de espacios más «llenos» hasta el
vacío total, la nada cósmica, para esquematizar la postura de JPJ y que se vea
más claro su error. Tendríamos en primer lugar un espacio con contenido
material en todos los puntos, o con más rigor, dentro del cual en todos los
puntos el tensor de tensiones-energía T no se anula, sea la clase de estos
espacios E3. Vaciándolos un poco tendríamos a continuación aquellos en que T se
anula en algún punto, pero no en todos, sea su clase E2. A continuación
suponiendo que T se anula en todo el espacio obtenemos el Universo de Minkowsky
E1. Después aún vendría un «espacio» como el que Einstein nos pide considerar,
con tensor métrico nulo, y que muchos sostendríamos (entre ellos Poincaré, de
quien Einstein debió acordarse cuando escribió este texto) que tiene un tipo de
realidad, si no física como dice Einstein (no podemos medirlo en metros al
carecer de tensor métrico) sí al menos matemática, pues un espacio puede tener
perfectamente dimensionalidad y topología, por ejemplo, sin tener métrica: sea
su clase E0. Por último aparece la nada total, o cósmica o como se quiera
llamar, el conjunto vacío Ø. Pues bien, la postura de JPJ consiste en aceptar
solamente espacios del tipo E3, y en eliminar todos los intermedios entre E3 y
Ø, acusando a quien cree en la existencia de alguno de los intermedios de dar
un «salto mortal» a Ø. No quiere ver que puede uno saltar tranquilamente de E3
a E2, de este a E1, e incluso especular matemáticamente con E0 antes de ser
engullido por Ø.
Tenemos
que comenzar por decir que el «espacio originario» es lo designado por E3, «los
otros» de los que nos habla JALD son fruto de un regressus dialéctico por
parte del sujeto operatorio desde E3; regressus que llevaría a
entidades terciogenéricas que dejan de tener significado físico; que no pueden
existir «realmente» (y que, como hemos dicho ya «decenas de veces»,
desaparecerían suprimidos M2 y M1). Esto es lo que
se niega a entender JALD, sin duda por su desconocimiento de cómo se generan
los contenidos terciogenéricos. Porque el espacio es originariamente el espacio
físico, de objetos apotéticos tridimensionales (y no son tridimensionales
porque nuestro ojo lo sea, como infantilmente pensaba Poincaré) constituidos
por los mecanismos de kenosis; atendiendo a que el espacio fenoménico es el
espacio originario, no tiene sentido, por ejemplo, decir, como muchos dicen,
que nuestro espacio tridimensional es un caso particular para el que n = 3,
porque resulta que los otros espacios son derivados, fruto de las operaciones
del sujeto gnoseológico; suprimido E3, ningún espacio subsistiría por sí mismo,
ni siquiera a título de mero contenido terciogenérico, en tanto M3 no
está por ahí, flotando, en una suerte de nebulosa metafísica esperando a que la
descubramos, sino que (repito) es un contenido del mundo conectado
sinectivamente a M1 y M2, de tal modo que los
contenidos terciogenéricos son fruto de la dialéctica entre el primer y el
segundo género de materialidad (volveremos a hablar de esto más abajo, en lo
referente al principio antrópico fuerte referido a las dimensiones del
Universo). Parece que el E2 de que nos habla JALD, arruinaría el plenum
energético e introduciría las (mágicas) relaciones a distancia, ignorando la
necesidad de la sinalogía entre las materialidades primogenéricas que se
codeterminan las unas a las otras; a parte de que, desde el hiperrealismo, esa
«ausencia de materia», aunque fuese parcial de regiones determinadas del
espacio, se vuelve ininteligible, porque el vacío no tiene una realidad
positiva, sino la realidad negativa de ser una «apariencia eleática»
constituida por la kenosis para posibilitar la percepción apotética y por tanto
la conformación del mundo fenoménico en que viven los sujetos humanos y
animales; en todo caso, el vacío, como apariencia eleática (ver Televisión:
Apariencia y Verdad), presupone la continuidad sinalógica primogenérica,
aunque ésta sea en forma de «continuidad energética». Dicho de otro modo: los
cuerpos, como objetos fenoménicos apotéticos, presuponen el vacío (ya que sin
vacío no habría percepción a distancia), pero este vacío, como apariencia
eleática constitutiva del mundo, presupone a su vez la continuidad sinalógica.
El vacío, fuera del contexto de la percepción, sólo puede ser interpretado como
no-ser cósmico, lo que es absurdo, y por tanto rechazable apagógicamente. Es
éste, como se sabe, un antiguo problema del atomismo presocrático.
Nuevamente,
solo decir que de todas estas tesis de la ontología del materialismo filosófico
he hablado una y otra vez a lo largo de esta polémica, pero como si no lo
hubiera escrito. Por eso he optado en este artículo a repetir estas tesis a
cada renglón, para que si JALD me responde, se acuerde de ellas, aunque sea por
el «efecto subliminal» que hayan podido tener.
Pero
pongamos, además, un texto de Gustavo Bueno para tratar de aclarar aun más esto
y que si JALD diga que no está de acuerdo con el hiperrealismo, no sea al menos
porque no haya tenido oportunidades de saber qué es, aunque sólo sea para
tratar de rebatirlo.
El hiperrealismo es
la concepción ontológica propia del materialismo filosófico que, aplicada a la
realidad cósmica, niega el vacío, en cuanto no-ser, vinculándolo a una kenosis constitutiva
del mundo. El hiperrealismo se opone tanto al realismo como al idealismo y se
abre paso a través de la reabsorción o desbordamiento de la dicotomía
sujeto/objeto. Esto es posible, no ya postulando la yuxtaposición de los
términos S,O a título de términos co-determinados, sino regresando a
situaciones tales en las cuales pueda afirmarse que O es, al mismo tiempo, un
S; o bien, que un S es al mismo tiempo un O. Ahora bien: una tal conjunción de
papeles entre S y O sólo podemos encontrarla a través de los otros sujetos
corpóreos, de cuyo conjunto forma parte (y no por mera yuxtaposición, sino por
interacción operatoria, cooperativa o destructiva) cada sujeto individual. Lo
que, a su vez, implica que el propio sujeto individual (S) no habrá de ser
considerado originariamente como un ego espiritual, que hace epojé cartesiana
de los cuerpos ajenos («como si fueran autómatas») para recluirse en el fuero
interno de su cogito, homogeneizando, a título de
«sensaciones» o pensamientos (concebidos como afecciones de un sujeto
único –ego cogito cogitata–) la heterogeneidad irreductible de los
diferentes sentidos orgánicos de cada sujeto y de los diferentes sujetos [...]
Con la expresión [Si/Sj/Oi/Oj/Sk/Ok/Oq/Sp] no hacemos, por tanto, otra cosa
sino simbolizar la implantación de los sujetos de la misma o diversas especie o
cultura dentro de un mundo común («campo de batalla» común), pero que es
percibido por ellos según «longitudes de onda» diferentes (fuera de algunas
franjas compartidas, a través de las cuales se establece la unidad, por
entretejimiento, de ese mundo). Los «objetos» dados en el mundo como «objetos
apotéticos» (es decir, con espacios vacíos entre sujetos y objetos
interpuestos, gracias a los cuales las operaciones de aproximación y separación
se hacen posibles) son, por tanto, fenómenos, considerados
por relación a los objetos percibidos por otros sujetos.
Cuando nos situamos en el marco binario [S/O] estos fenómenos nos obligan a
plantear la disyuntiva entre el idealismo (los fenómenos como
«proyecciones» de formas del sujeto desde sus terminaciones nerviosas, o su
cerebro, hacia el locus apparens de los objetos) y el realismo (los
fenómenos como reflejos en mi cerebro de objetos, de ese modo,
duplicados). Pero, situados en la estructura compleja y heterogénea de la red
intersubjetiva (heterogeneidad que es también interna a cada sujeto, cuando se
le considera estratificado según los diversos órganos de los sentidos,
correspondientes, además, a diferentes niveles de la evolución zoológica:
tacto, vista, termosensores...), estamos en condiciones de poder afirmar que
muchos de esos «espacios vacíos» son, más que «ausencias de realidad» (o «zonas
de no ser») «ausencias de percepción» o de conocimiento: son zonas
invisibles (o inaudibles o intangibles) para un sujeto (o para un sentido del
sujeto), pero visibles (o audibles o tangibles) para otros. Es ahora
cuando se hace preciso introducir la dialéctica del enfrentamiento entre los
diversos órganos del conocimiento de cada sujeto y a los sujetos de la misma o
de diferentes especies. No es suficiente reconocer las diferencias y, a partir
de ellas, dar cuenta de la manera como alcanzamos su unidad (este es el planteamiento
del problema de Molyneaux); es necesario tomar en cuenta que son unos órganos
–y unos sujetos– aquellos que deben intervenir en la explicación de la
estructura de los otros. Así, por ejemplo, el objeto apotético, ante el ojo, no
se constituye con independencia del tacto (de nuestros movimientos de
aproximación o de separación, por ejemplo, en la oscuridad de una caverna). Un
objeto visual apotético es un objeto intangible, hasta que la aproximación no
tenga lugar. Y dado que son otros sujetos quienes se nos presentan también como
apotéticos, pero tales que ellos interaccionan conmigo prácticamente, concluiré
que el espacio interpuesto es real y que, por tanto, no es vacío, sino que es
un plenum energético. Y esto significa que la apariencia, no
es tanto la del fenómeno apotético cuanto la del «vaciamiento aparente» o kenosis del
espacio interpuesto. Vacío que habrá que considerar como una transparencia o
diafanidad definida en función de determinados sentidos: el tacto comienza
operando una kenosis en los intervalos temporales en los
cuales se interrumpe; una kenosis negativa que ulteriormente
será enmascarada por el horizonte espacial ofrecido por la vista. Hay objetos
«opacos» o resistentes para algunos sentidos. Una serpiente de cascabel, con
los nervios olfatorios anestesiados y los ojos vendados, localiza a un ratón
por sus radiaciones térmicas gracias a las terminaciones nerviosas
termosensibles distribuidas por las fosetas de su rostro; las boas o las
anacondas tienen terminaciones termosensibles dispuestas a lo largo de sus
mandíbulas: basta una cantidad de 0'00004 calorías por cm2 para
activar estos detectores térmicos.
En resolución: los fenómenos apotéticos –los objetos cuyas relaciones
constituyen los términos del campo operatorio de una ciencia– no se
constituirán (según la «metáfora idealista») como proyecciones de formas a
priori o Gestalten de un sujeto, ni tampoco podrán
suponerse dados (de acuerdo con la «metáfora realista») como sustancias que
envían sus reflejos (eidola) hacia el sujeto cognoscente. Los
fenómenos apotéticos son, por un lado, resultados de una acción reiterada
–oleadas sucesivas de fotones que reproducen ciertos patrones procedentes de la
fuente energética: el Sol, por ejemplo, que percibimos desde el lugar que ocupaba
hace ocho minutos– que está determinando a los sujetos, sin que sea legítimo
separar, en dos mitades discontinuas, las ondas que van alcanzando las
terminaciones nerviosas y las que son asimiladas por el sistema nervioso (la
onda electromagnética asimilada o inmanente al sujeto se mantiene en
continuidad causal con la onda exterior y se realimenta de esta onda exterior
sostenida, a su vez, desde sus fuentes). Por otro lado, son resultados de
una kenosis que, a través de los filtros sensoriales,
será capaz de abrir esos espacios vacíos aparentes, gracias a los cuales las
operaciones son posibles. El mundo objetivo, el que corresponde a nuestra
visión precientífica y, desde luego, el que corresponde a nuestra visión
científica, se nos presenta así como una suerte de «espectro de absorción»
practicado por nuestra subjetividad al intervenir en una realidad envolvente.
Puede decirse, por tanto, que la morfología del mundo de la ciencia tiene que
estar dada, en segmentos suyos esenciales, a escala del cuerpo humano y este es
el fundamento más profundo en el que, a nuestro juicio, podría asentarse el
llamado principio antrópico.
Lo que llamamos apariencia, en resolución, no consistirá tanto en la
presencia de lo que no es, cuanto en la ausencia sensible de lo que es y actúa: las
ondas electromagnéticas o gravitatorias que invaden los espacios «vacíos»
interplanetarios o, simplemente, el aire calmado y transparente que envuelve la
atmósfera terrestre y que necesitó de la clepsidra de Empédocles para ser
detectado. Por eso hablamos –en lugar de realismo o de idealismo– de hiperrealismo, porque
la tesis más característica de esta concepción es la negación del vacío como no
ser (el mh> o5n de los atomistas). El hiperrealismo, en este sentido, podría
vincularse al principio eleático que establece que «lo ente toca con lo ente»
(Parménides, Fragmento 8, 22). [Gustavo Bueno, TCC, págs.
863-912]
Acabemos
con este punto: el espacio físico está constituido por los mecanismos de
kenosis conectados a los filtros de percepción del sujeto operatorio, de tal
modo que no hay espacio, ni vacío sin percepción apotética, y ésta no existe
sin sujeto operatorio, que, por cierto, es un sujeto corpóreo (esto es, un
sujeto apotético), por lo que es necesario apelar, en último lugar, a una
anamórfosis absoluta en M para explicar la kenosis, en tanto ésta no puede
deducirse únicamente de contenidos ontológico-especiales. El vacío, como
apariencia constitutiva del Mundo fenoménico, carece de autonomía ontológica
propia, e hipostasiado de la percepción animal, coincide con el no-ser cósmico,
que obviamente es absurdo ontológicamente. Y en este aspecto, el materialismo
filosófico está más cerca de Parménides que de Demócrito.
Por otra
parte, los espacios matemáticos están constituidos regresivamente por el sujeto
operatorio desde el mundo de los fenómenos, de tal modo que estos espacios no
tienen sentido físico, y desaparecido el mundo de los fenómenos, dejarían de
existir. Significa esto que el Universo de Minkowski sólo tiene sentido
terciogenérico, pero no físico, en tanto si hiciéramos desaparecer las masas
gravitatorias, también desaparecería el espacio-tiempo (JALD desde el comienzo
de esta polémica, una y otra vez, confunde el espacio físico con los espacios
matemáticos). Por tanto, si quitamos E3, desaparece «el resto», porque los
otros espacios son «derivados gnoseológicamente» de él. Pero no nos quedamos
ante la pavorosa presencia de la Nada. Sino simplemente ante una materia
indeterminada (ontológico-especialmente) no espacial. A su vez, el plenum
energético es una realidad obvia cuando vemos la contradicción de aceptar
acciones a distancia (y de aquí la defensa de la propuesta eleática antes
citada), y por tanto la necesidad de descubrir los mecanismos de sinalogía
entre materialidades primogenéricas, que no tendrían por qué ser corpóreos, sin
perjuicio de su materialidad (ondas electromagnéticas, gravitatorias, &c.).
Además, este plenum energético está avalado, en contra de la
opinión de mi polemista, por la relatividad general, que niega regiones del
espacio «vacías de campo».
Conclusión:
JALD en nada ha refutado las objeciones que, desde el materialismo filosófico
hice al vacío y al Universo de Minkowski; en su auto-entrevista este autor se
hace a sí mismo las preguntas que le interesan, omitiendo las que yo le haría,
como por ejemplo:
1º) ¿Qué
piensa de las sinexiones entre el espacio y el vacío y la kenosis constitutiva
del Mundo? ¿Desde qué perspectiva, y cómo la fundamenta, puede defender que
puede existir espacio físico sin kenosis? O lo que es lo mismo
¿hablar de vacío exento de toda percepción animal no es tanto como hipostasiar
la apariencia eleática que posibilitan los filtros de percepción apotética,
hipostatización que acaba, además, con la absurda aceptación del no-ser cósmico?
Y si este espacio o vacío sin materia es puramente terciogenérico, ¿sostener su
posible existencia no es tanto como: 1) confundir M1 con M3,
y 2) pensar que M3 puede existir desaparecido M1 y
M2?
2º) ¿Qué
opina de la escala antrópica a la que está dado el espacio-tiempo, de tal modo
que suprimidos los sujetos operatorios desaparecería también el espacio-tiempo?
¿No está de acuerdo? Y si es así ¿dónde se encuentran sus argumentaciones
contra estas tesis del materialismo filosófico? Dado que usted se ha enzarzado
en una polémica contra concepciones del materialismo filosófico ¿no sería
«lógico» ponerlas?
3º)
¿Tratar al espacio-tiempo como una realidad independiente de la materia, aunque
se declaren interactuaciones «experimentables» entre estas dos entidades, no
está mucho más cerca de la concepción metafísica de Newton del espacio y el
tiempo como substancias absolutas, antes que de la teoría de la relatividad,
que defendería un modelo relacional, y no sustancial, del espacio-tiempo dado
siempre en función del campo y las masas gravitatorias?
4º) ¿Cómo
puede negar exactamente que la Relatividad general defienda la existencia de un
plenum energético de campo (que además tilda de postulado dogmático y
gratuito), que «llenaría» el espacio físico, cuando uno de los contenidos
básicos de esta teoría es negar la existencia del espacio exento de campo?
5º) ¿Qué
idea de Materia tiene usted? ¿Y de Ego? ¿Cómo puede hablar de Materia en esta
polémica sin definir qué concepción tiene de dicha idea? ¿Y de espacio o
tiempo? ¿Cuál es la diferencia entre el espacio con significado físico del mero
espacio terciogenérico? ¿Cree que estas Ideas se agotan en sus conceptos
físicos o que son Ideas trascendentales, materia de análisis filosófico, en
tanto atraviesan multitud de categorías científicas de tal modo que su
totalización como ideas trasciende toda categoría científica y posibilidad de
estudio científico?
6º)
¿Acepta usted las acciones a distancia (mágicas por tanto) que serían
necesarias suprimido el plenum energético? ¿Cómo puede ser justificado
racionalmente esto?
§2
Big bang
Cuadro similar al que, prescindiendo del armazón matemático, podría
construirse con las cosmogonías de Hesiodo o Lactancio
Pasemos
de nuevo al tema del Big bang. En este punto, las argumentaciones de JALD no
son más sutiles que en lo referente al vacío. Veamos una de sus auto-preguntas.
P.
Comienza esta parte JPJ defendiendo la imposibilidad de existencia de los
agujeros negros. ¿Le ha convencido esta vez?
R. La verdad sigo sin entender qué razones filosóficas tiene JPJ para decretar
que los agujeros negros no tienen realidad científica. Es sorprendente que diga
por ejemplo que el científico cuando «observa unos fenómenos, y postula unas
entidades que formarían un sistema coherente desde el que esos fenómenos
observados tendrían una explicación, cuanto menos, plausible» no está
procediendo científicamente. Y que por tanto los agujeros negros, como son
«singulares», no pueden existir científicamente. Creo que la palabra «singular»
es la que le molesta profundamente, seguramente no entiende lo que significa en
este contexto. Ya le aclaré en mi anterior artículo que los agujeros negros son
materiales, tan «corpóreos» como cualquier otro objeto, con un concepto de
corporeidad adecuado para la física moderna (que no puede ser el mismo
obviamente que para Newton). Continuamente hemos tenido que ir admitiendo en la
física objetos cada vez más extraños, el aumento de las capacidades de
observación lo ha hecho necesario. Con los argumentos de JPJ alguien en los
albores de la teoría electromagnética se hubiera empeñado en negar la
«cientificidad», por no hablar de la «corporeidad», de los campos
electromagnéticos, que tan extraños y singulares debieron de aparecer al
principio. En suma, JPJ hace unas consideraciones un tanto misteriosas sobre la
teoría de la ciencia, y de estas pretende deducir cosas que en absoluto
demuestra.
Creo que
no tiene mucho sentido que JALD diga que no entiende las razones filosóficas
que he mantenido sobre por qué la teoría de los agujeros negros no es ni puede
ser una teoría perteneciente a la capa básica de la física, sino a su capa
metodológica. A lo largo de esta polémica he escrito varias decenas de página
explicando estas razones desde la teoría del cierre categorial; podrá JALD
estar o no de acuerdo con ellas, pero lo que es del todo punto intolerable es
que diga que no las entiende, como si no las hubiese expresado lo
suficientemente claro, o aun más, como si ni siquiera las hubiese escrito.
Parece
que este autor sostiene una teoría hipotético-deductiva, teoreticista de la
ciencia. Pero resulta que la ciencia no funciona como JALD pretende. Desde las
coordenadas del cierre categorial, ya he hablado suficientemente de esto en
artículos anteriores, y me parece absurdo volver a repetirlo; si nuestro físico
quiere refutarme, que al menos lea mis argumentaciones y trate de contestarlas.
Y si quiere saber más de esto, que lea la teoría del cierre categorial desde la
que hablo. Porque ¿cómo se puede estar en contra de una concepción (la del
cierre categorial) que uno no entiende o que le es completamente desconocida?
También
tenemos que señalar que es sorprendente, por no decir surrealista, que JALD
diga que los agujeros negros son corpóreos (aunque aclarando: «con un concepto
de corporeidad adecuado para la física moderna»). ¿Qué idea de cuerpo tiene
JALD? ¿Son los agujeros negros entidades tridimensionales apotéticas? ¿Para
JALD cuerpo es sinónimo de materia en general? ¿Dónde están las teorías de este
autor de la materia y de lo corpóreo? Porque yo he tratado de exponer las
coordenadas desde las que hablo (el materialismo filosófico). ¿Pero desde qué
coordenadas filosóficas nos habla este autor? ¿Acaso piensa que sigue haciendo
ciencia categorial al hablar de estos temas? Si así fuese, se debería a su
desconocimiento de «los límites» de las ciencias categoriales.
En
artículos anteriores dije que los agujeros negros eran postulados, porque eran,
para la mayoría de físicos, la forma más coherente de explicar determinados
fenómenos gravitatorios (la teoría de los agujeros negros, obviamente, y como
es bien sabido, se apoya en la relatividad general). Pero los agujeros negros,
al ser contenidos hipotéticos de la física, no pertenecen a la capa básica de
ésta, sino a la metodológica (de igual modo a como el móvil perpetuo pertenece
a la capa metodológica de la termodinámica, según el ejemplo que usé en la
respuesta a Carlos Madrid). Para que los agujeros negros perteneciesen a la
capa básica de la física deberían ser elaborados mediante identidades
sintéticas sistemáticas (mediante la segregación de las operaciones del sujeto
gnoseológico con referenciales fisicalistas), esto es, relaciones necesarias
terciogenéricas en las que el materialismo filosófico sitúa el papel de la
verdad científica. Pero, a día de hoy, parece que la teoría de los agujeros
negros (y no digamos ya la de los «agujeros blancos» o los «agujeros de
gusano»), es demasiado hipotética como para considerarla científica en su
sentido estricto. Y hay indicios para pensar que los agujeros negros, tal como
los conceptúan muchos en la actualidad, son más bien entidades terciogenéricas
que físicas, esto es, que no pueden existir físicamente. En todo caso, elaborar
hipótesis plausibles puede ayudar a trazar modelos plausibles de la realidad,
pero no modelos científicos, en tanto la ciencia, en su sentido estricto,
alcanza su verdadera naturaleza cuando es capaz de llegar a relaciones
necesarias (identidades sintéticas), esto es, verdades en su sentido fuerte,
que desbordan los marcos hipotéticos (que en todo caso siempre nos llevaría, si
somos críticos, a una suerte de escepticismo, aunque sea moderado). En resumen:
la verdad científica no es «coherencia con los fenómenos» como defiende el
teoreticismo.
Pero
seguir con este tema carecería de sentido, pues JALD tiene a su disposición la
teoría del cierre para estudiarla, si quiere enfrentarse a ella. De momento
sólo podemos preguntar: ¿Qué Idea de ciencia tiene este autor? ¿Y qué idea de
verdad? Desde el criterio hipotético-deductivo empleado por JALD ¿cómo demarca
este autor (el tradicional problema de Popper) la ciencia de la metafísica?
Reto a JALD a que me conteste estas preguntas, si tiene a bien, porque él habla
de verdades, demostraciones, ciencia, &c., como si supiera de que está
hablando. Pero sin una Idea de ciencia, de verdad científica, &c., no se
puede hablar de estos temas seriamente. Como mucho, sólo se puede
hacer retórica.
Pero más
sorprendente es la respuesta de JALD a otra de sus auto-preguntas:
P. Y qué
le parece su afirmación de que «desde la teoría del cierre categorial, la
cosmología, en general, difícilmente puede ser una ciencia estricta».
R. Pues algo parecido. Estructura su argumentación en dos partes: primero nos
da una lección sobre las ideas cosmológicas que él tiene según su filosofía,
para en la segunda parte atacar a los que sostengan otras ideas distintas,
basándose en que hacen lo que él ha hecho en la primera parte, o sea, sostener
ideas cosmológicas. No parece juego muy limpio intelectualmente. Por ejemplo es
muy crítico con el Principio Cosmológico, porque pide lo que tiene que
demostrar, al extrapolar observaciones locales a la Omnitudo Rerum, pero cuando
él postula la eternidad de la materia ontológico-general, para negar la posibilidad
del Big Bang, ¿no está acaso extrapolando? Yo lo que creo es que el campo de la
cosmología es por fuerza más especulativo que otros de las ciencias, al referir
sus enunciados a un sistema que no podemos observar más que de forma muy
incompleta. Pero esto sólo significa que sus contenidos serán más susceptibles
de posterior reforma, no que no sean científicos. O como dice Carlos M. Madrid
Casado (El Catoblepas, nº 34) que su franja de verdad es más
reducida. Pero todas las ciencias positivas están sujetas a revisión en mayor o
menor grado, están basadas en una coordinación de datos observacionales en un
esquema teórico determinado, nuevas observaciones o avances teóricos pueden
hacerlas cambiar, como ha sucedido siempre en la historia de la ciencia. La
velocidad de los cambios en la cosmología, entonces, será previsiblemente más
grande que en otras ramas. Eso es todo.
Este
fragmento me parece que no hace justicia a la inteligencia que ha demostrado
tener JALD. Y más cuando recientemente volví a exponer las argumentaciones que,
desde la teoría del cierre categorial, cabe hacer a la tesis de la
«cientificidad estricta» de la cosmología moderna. Estas argumentaciones
giraban, si no recuerda mal JALD (y por desgracia me parece que sí recuerda
mal), sobre la imposibilidad de tomar al universo como un contexto
determinante, la imposibilidad de la disciplina cosmológica de cerrarse
categorialmente (por los postulados de multiplicidad y corporeidad holótica) o
por la falta de referenciales fisicalistas a la hora de tratar de elaborar
identidades sintéticas en la cosmología. Pero sobre estas argumentaciones este
autor ha preferido «correr un tupido velo». De estos temas ya hablé otra vez en
mi artículo-respuesta a Carlos Madrid, por lo que remito a él para no
alargarnos más.
«Sorprendente»
(por no decir onírico) es que este autor diga que la tesis de la eternidad de
la materia ontológico-general es fruto de extrapolación de lo observado
localmente a la Omnitudo rerum, como lo era el principio
cosmológico por mí criticado anteriormente.
Sin duda,
«mis sospechas» anteriores de que cuando JALD me leía hablar de la materia
ontológico-general, en realidad no sabía «muy bien» de qué estaba hablando, se
confirman con creces. No voy a hablar mucho de esto, sólo apuntar algunas cosas
básicas:
1º) El
camino de las determinaciones ordo cognoscendi de la materia
ontológico-general es el inverso de la extrapolación de lo observado localmente
a la Omnitudo rerum: A) Porque la Idea de materia
ontológico-general se constituye regresivamente negando dialécticamente los
contenidos del Mundo, no afirmándolos para extrapolarlos «más allá del
horizonte de las focas»; eso sería proyectar marcos ontológico-especiales a la
Ontología general, esto es, el camino opuesto al que sigue el materialismo
filosófico, en tanto la materia ontológico-general que desborda al mundo (o se
le opone dialécticamente) no es, obviamente, ni primo, ni segundo ni
terciogenérica (ya que si no, el Mundo «conmensuraría» plenamente a la
realidad); B) Porque el materialismo filosófico reniega de la metafísica Idea
de Omnitudo rerum, en tanto la realidad no es una totalidad,
sino una pluralidad infinita, en su sentido más negativo e indeterminado. La
Idea de Omnitudo rerum hace referencia a esquemas mundanistas (los hegelianos,
por ejemplo). Y ya en artículos anteriores hablamos de los postulados holóticos
de corporeidad, multiplicidad, &c., que impiden considerar al Mundo como
una totalidad, y mucho menos aplicar esquemas holóticos a la materia
ontológico-general, en tanto las totalidades siempre están en función de las
operaciones de conformación del sujeto operatorio, y la materia
ontológico-general no puede ser conformada, por principio, dado que no está
dada a escala antrópica.
2º)
Cuando he hablado de la «eternidad» de la materia ontológico-general me he
referido al sentido puramente negativo de negar el tiempo (y esto ya lo he
repetido varias veces a lo largo de esta polémica, por lo que estoy cada vez
más seguro que JALD no me lee «con demasiada atención»), tal como lo entendemos
ontológico-especialmente, en ella (pues el tiempo está dado a escala
zootrópica). Como ya defendí en artículos anteriores, la Idea tradicional de
eternidad es, fundamentalmente, la atribuida a Dios por Boecio (interminabilis
vitae tota simul et perfecta possesio); pero esta Idea es contradictoria y
metafísica, como ya hemos dicho anteriormente, y por supuesto la rechaza el
materialismo filosófico (el «tota simul» es ininteligible). Creo que la tesis
de la «intemporalidad» de la materia ontológico-general (M) es una tesis en
gran parte construida apagógicamente, fruto de negar, por contradictorios, los
caminos de la creación o de la aniquilación (aunque
también, por supuesto, se llega a la intemporalidad en el regressus de
negaciones de esquemas ontológico-especiales hasta llegar a la materia
trascendental en sentido absoluto al Mundo). El materialismo está ligado, en
este sentido, y si no me equivoco, a defender la «eternidad» de la realidad (en
el sentido no metafísico dicho), y la prioridad ontológica de M respecto del
Mundo. El tiempo, como Idea, «la hemos sacado» de marcos ontológico-especiales
(las totalidades jorismáticas), que al negarlos dialécticamente en el regressus a
M, llegamos a una entidad infinitamente plural (que como hemos dicho no puede
ser conceptuada con marcos holóticos, en tanto las totalidades están dadas a
escala antrópica) y que no puede comenzar ex nihilo, ni
acabar, aniquilándose, sin perjuicio de que algunos de sus cauces materiales
estén en devenir, esto es, que sus contenidos van codeterminándose
sucesivamente, recurriendo infinitamente en el devenir por el propio argumento
ontológico de la recurrencia, sin duda desconocido por JALD. Argumento que,
como hemos dicho otras veces, ya se encontraba en los Ensayos materialistas de
1972, en los que se negaba por tanto un comienzo absoluto de la materia en el
tiempo, como sin duda defiende la cosmogonía del Big bang. No tiene sentido,
por tanto, postular un T0, y aunque sea como límite, como defiende
JALD, «porque las ecuaciones nos llevan a ello», porque, en primer lugar, las
ecuaciones que llevan a la teoría del Big bang están llenas de peticiones de
principio, de postulados ad hoc y gratuitos, y de hipótesis no
demostradas (y de esto ya hablamos en otros artículos). Y porque en segundo
lugar, y esto es fundamental, si las ecuaciones llevan a algo contradictorio,
como se demuestra en Ontología (por ejemplo por el argumento de la recurrencia
y de la negación de la emergencia creadora), es obvio que hay que cambiar esas
ecuaciones, porque las ecuaciones no son versículos de la Biblia, sino
construcciones terciogenéricas hechas por el sujeto operatorio que bien pueden
ser contradictorias o simplemente tener un mero significado matemático, pero no
físico. En todo caso las ecuaciones no son entidades absolutas que nos revelan
los más profundos secretos de la realidad, sino meras construcciones
operatorias que miden en gran parte nuestro grado de poder de transformación de
un mundo que, por otra parte, está dado a escala antrópica en gran medida por
estas operaciones de conformación, y que por tanto desaparecería si los sujetos
operatorios (humanos y animales) también lo hiciesen. Sin duda, JALD saldría de
muchas de estas confusiones si estudiase con detenimiento el espacio
gnoseológico de la teoría del cierre y comprendiese las sinexiones entre los
tres géneros de materialidad ontológico-especial. JALD podrá decir que no tiene
necesidad de estudiar dichas teorías (pongamos porque no le interesen), ¿pero
entonces qué sentido tiene el querer enfrentarse a ellas en una polémica en la
que ha intervenido voluntariamente?
Pero
pasemos a la siguiente auto-pregunta de nuestro físico:
P. ¿Y, qué
hay acerca de la relación entre Relatividad General y Big Bang?
R. Que mi contrincante sigue sin enterarse de lo que ya he expuesto con mayor
extensión antes y no voy a repetir ahora. No voy a entrar a discutir con él las
razones teóricas, el grado de plausibilidad teórica por así decirlo, del Big
Bang a la luz de la RG, ya le he dado suficientes indicaciones antes al
respecto. Por otra parte vuelve a intentar que yo me centre en lo de la
radiación de fondo y demás. Le repito que este tipo de resultados no son
esenciales en el surgimiento de la teoría, ni su fuerza radica en ellos, sólo
son una confirmación que sobrevino después. Me dice que la mayoría de los que
defienden el Big Bang se basan en esos resultados, no en la Relatividad
General. La razón de esto es que muchos de los que aceptan el Big Bang, o
trabajan incluso de alguna forma con él, no saben suficiente Relatividad
General y no se han molestado en analizar a fondo las raíces de la teoría. Con
esto no estoy criticándolos, yo también me apoyo en ciencia en resultados de
los que no conozco a fondo su fundamento, no puede uno profundizar en todo. Lo
que sí es grave es que JPJ pretenda arrancar de raíz la teoría del Big Bang y
muestre una ignorancia tan grande de sus fundamentos. Para arrancar algo de
raíz hay que saber primero dónde está la raíz, digo yo vamos.
Sé que
voy a repetirme de nuevo con esto, pero tengo que decir que esta auto-respuesta
de JALD es nuevamente ridícula; en anteriores artículos lo que he
defendido es que la teoría del Big bang, aunque apoyándose en la relatividad
general, no se sigue necesariamente de ésta. JALD tiene la sofística
ocurrencia de volver a ignorar aquí todos mis argumentos, para presentar mis
posiciones como gratuitas. Pero nada perdemos por volver a recordárselos,
aunque sea resumidamente, ¿no?:
En mi
anterior artículo expuse lo gratuito de algunas de las tesis centrales que
vertebran la teoría del Big bang, especialmente de las supuestas
«predicciones», como la radiación de fondo. Sin embargo, JALD, para tratar de
escapar de estas acusaciones escoge la estrategia (a mi juicio desafortunada)
de decir que la fuerza de la teoría del Big bang no reside en su capacidad para
explicar o predecir la radiación de fondo, la expansión del Universo y la
explicación de las abundancias de determinados elementos químicos, como el
hidrógeno y helio, &c., sino que, como si estas predicciones fuesen
«contingentes» o «colaterales» a la teoría (curiosamente JALD ni se molesta en
tratar de refutar las objeciones que puse a dichas «pruebas» de la veracidad
del Big bang), su fuerza reside, en realidad, en la Relatividad general. Ahora
bien, a mi juicio, esta interpretación, en primer lugar, nada a contracorriente
de lo que defienden la práctica totalidad de los defensores de la teoría del
Big bang, que se aferran, una y otra vez, a las «predicciones» expuestas
(radiación de fondo y demás) para corroborar la «verdad» de la teoría de la
«Gran explosión»; en segundo lugar, da a entender que de la relatividad general
se deduce necesariamente la teoría del Big bang, lo que es completamente
gratuito, pues en primer lugar, la relatividad general, aun cuando trata de
moverse en los terrenos de la especulación cosmológica, sigue siendo igualmente
válida si introducimos en las ecuaciones la constante cosmológica einsteniana
para tener un universo estático, dado que la expansión observada por Hubble
pudiera ser puramente local, y la «expansión del universo en general» el
resultado de una extrapolación ilegítima de lo observado localmente; o, aunque
aceptásemos la supuesta realidad de un universo no estático, éste podría
contraerse o expandirse sin llegar nunca a una singularidad primordial, por un
lado, ni a una fuga gravitatoria por el otro. ¿Dónde está la férrea necesidad
de aceptar la teoría del Big bang según la teoría de la relatividad general? A
mi juicio, sólo en la mente de Lemaître, Gamow o el propio JALD.
Cosmólogos como Gunzig o Nordon, aceptando los principios básicos de la
relatividad general, por ejemplo, llegan a una conclusión opuesta: el universo
procede de una fluctuación cuántica en el vacío cuántico capaz de desgarrar el
espacio-tiempo de Minkowski y generar el mundo de los cuerpos. Aun más, ¿acaso
Hoyle o Bondi no aceptan la relatividad general en su teoría de la continua
creación de materia? Si en gran parte fue abandonada dicha teoría no fue por la
relatividad general (que tanto Hoyle como Bondi aceptaban, como digo), sino por
el descubrimiento de la radiación de fondo y su interpretación (gratuita
y ad hoc) en términos de la ley de Hubble, y la coordinación de
todo esto con las teorías de Lemaître y Gamow principalmente. (La cosmología
como...)
La tesis
que he defendido a lo largo de esta polémica es bien clara: la teoría del Big
bang no se deduce, en modo alguno, necesariamente de la relatividad general;
otras teorías cosmológicas que sin duda también se apoyan en la relatividad
general, caminan por otros senderos completamente distintos a los del Big bang,
por lo que si esta teoría es más aceptada, habría de ser por sus «evidencias
empíricas» (la radiación de fondo, la ubicuidad del hidrogeno, &c.), que
por su «plausibilidad desde la relatividad general»; pero resulta que estas
«evidencias empíricas» no son tales, como ya también he expuesto anteriormente
numerosas veces; son fenómenos que son interpretados ad hoc para
que encajen con la teoría del Big bang, pero podrían ser interpretados de
manera «igual de lícita» para que encajasen con otras teorías cosmológicas
opuestas. Luego la defensa de JALD de la teoría del Big bang es
completamente dogmática y gratuita, por no decir inquisitorial, en el
sentido de Halton Arp (autor que presupongo JALD no habrá leído ni tendrá
intención de leer). Porque no hay ninguna razón empírica para aceptar la teoría
del Big bang (o en todo caso no hay más razones empíricas para aceptar el Big
bang más que otras teorías cosmológicas), ni tampoco hay ninguna razón desde la
relatividad general a aceptarla más que a cualquier otra teoría alternativa,
también trazada desde la relatividad general. Lo que hay, más bien, son
decenas de razones para desechar la teoría del Big bang del campo de la ciencia
estricta y para refutarla por su imposibilidad ontológica.
El sacerdote católico Jorge Enrique Lemaître (1894-1966), padre de la teoría
del Big bang, con expresión satisfecha por haber descubierto «científicamente»
el origen del Universo
Por otra
parte, no creo que esté demás señalar que Einstein estuvo siempre en contra de
la teoría del átomo primigenio de Lemaître, padre de la teoría del Big bang,
pues vio perfectamente la artificiosidad de los cálculos del sacerdote
católico, elaborados ad hoc para buscar una teoría de la
creación que pudiera coincidir con sus «creencias» (respetables para unos,
absurdas para otros) católicas. Y Einstein siguió en contra de esta teoría aun
cuando aceptó la expansión global del Universo (y por tanto suprimió la
constante cosmológica que hacía el universo estático), así que si la teoría del
Big bang se sigue necesariamente de la relatividad general, entonces habría que
concluir que Einstein no sabía demasiado de su propia teoría. Y en este sentido
Einstein se presentó mucho más materialista (en tanto negaba la creación) que
muchos de sus posteriores «seguidores», que teniendo que aceptar por necesidad
la relatividad general, querían forzarla hasta llevarla a legitimar sus
concepciones cosmogónico-míticas.
Posteriormente
JALD se hace otra tanda de auto-preguntas donde sostiene (en sus
auto-respuestas) que mi objeción a la contradicción en el regressus a
la singularidad primordial, se debe en que «no comprendo bien» la idea de
límite (por no decir que no la comprendo en absoluto). En este punto defenderé
una tesis parecida, pero inversa, a saber: es JALD el que no tiene ni idea de
la Idea de límite, y mucho menos aplicada a la singularidad primordial.
Seguramente esta tesis podrá parecer excesiva a muchos, ya que este autor es
matemático. Pero sin perjuicio de sus sólidos conocimientos matemáticos, este
autor sostiene la sorprendente tesis de que la singularidad es un límite
contradictorio, pero que aún así es posible y que por tanto no ha de ser
suprimido de la teoría por absurdo. ¿No es esto una muestra de delirio
fideísta, por no decir orwelliano? Naturalmente, JALD se salta completamente
todas mis argumentaciones al respecto, como si no las hubiese leído, pues esta
posición suya ya la trituré en diversas ocasiones en artículos anteriores de
esta polémica. Resumiré de nuevo las posiciones que defendí desde el
materialismo filosófico:
1º) Si en
un proceso continuo llegamos a un límite contradictorio, debemos detener el
proceso y declarar el límite como imposible mediante las estrategias
dialécticas de la anástasis o de la catástasis.
2º) Si en
un proceso continuo llegamos a un límite posible, tenemos que declarar como
real al límite, «saltando a él» mediante las estrategias dialécticas de
la metábasis o de la catábasis.
3º) Si en
un proceso continuo, como el regressus temporal desde el
estado actual del universo, mediante ecuaciones, llegamos a un punto de
singularidad que es contradictorio, debemos parar el proceso y decretar el
límite como imposible mediante una anástasis, llegando
entonces, apagógicamente, a la tesis de la recurrencia infinita de la materia
cósmica en el tiempo.
4º) Si en
este proceso alguien defiende a la vez la anástasis (por
decretar contradicciones en la singularidad) y la metábasis (por
decretar a la singularidad como real, incluyéndola en el seno de la teoría, y
no como un límite imposible) es que o no tiene ni idea de lo que está diciendo,
o es que es un sofista, o bien es un bromista que trata de alegrar una, sin
duda, pesada polémica con un toque de humor, que por otra parte siempre es
cálidamente recibido.
Sorprendentemente,
en su artículo anterior, Carlos Madrid defendió también esta absurda teoría,
así que volveré a copiar la respuesta que le escribí, pues allí donde pone
Carlos Madrid, sólo hay que poner, ahora, mentalmente «JALD».
CM vuelve
a «amparar» la postura (a mi juicio absurda) de JALD: defender por una parte la
estrategia dialéctica de la anástasis para no llegar a la singularidad
primordial, en tanto al llegar a este límite nos encontramos con todo tipo de
contradicciones, pero por otra parte, defender que la singularidad primordial
es posible, y aun más, que fue real. ¿Pero no es esto un caso de «esquizofrenia
noetológica»? ¿No es ridículo, por no decir delirante, sostener, para un mismo
problema, la metábasis y la anástasis a la vez, cuando son precisamente
estrategias dialécticas antitéticas, de suerte que una constituye la negación
de la otra? En mi anterior artículo expuse por qué esta postura es absurda,
pero obviamente (a estas alturas del artículo ya no debe resultar ninguna
sorpresa para el lector) Carlos Madrid vuelve a saltárselas a la torera. Pero
como, en este artículo, el «olvido» de CM es «directamente proporcional» a mi
papel de «recordador», volveré a repetirla: los físicos (o meta-físicos) que
sostienen la realidad de la singularidad primordial, lejos de realizar una
anástasis (lo que les llevaría a declarar a la singularidad primordial como un
imposible ontológico) realizan una metábasis o paso al límite de la
materia cósmica a una singularidad primordial donde desaparece el
espacio-tiempo de Minkowski. Pero utilizar la estrategia dialéctica de
la anástasis conlleva, necesariamente, a declarar como absurdo el límite (la
singularidad primordial) y por tanto a aceptar, apagógicamente, la tesis de que
la materia cósmica siempre está en devenir (o sea, que no hubo
Big bang). CM se contradice nuevamente, y parece no entender demasiado bien
en qué consisten las estrategias dialécticas de la metábasis, catábasis,
&c., por lo que le sugiero «que se las estudie» antes de hablar de ellas,
si no quiere ser partícipe de la más oscura y contradictoria confusión de
conceptos.
¿Qué más
cabe decir? ¿Acaso JALD ha contestado a algo de esto que llevo repitiéndolo
desde hace varios meses en esta polémica? Pero sin embargo JALD concluye con
otra auto-pregunta:
P.
Entonces, ¿qué queda de los argumentos de JPJ?
R. Pues como se basan en las dificultades que plantea meterse en la
singularidad, y en la teoría no nos metemos, no tienen ningún valor para
refutar la teoría del Big Bang. Además en el segundo argumento que da, cuando
pregunta que el «punto» en qué espacio se proyecta, sigue sin enterarse de que
en la Relatividad General nunca proyectamos el Universo en otro universo de
mayor dimensionalidad desde el que verlo como suspendido, como ya le dije.
Demuestra ignorancia palmaria de los principios de la geometría diferencial,
otro de los pilares básicos de la Relatividad General. Podría tomarse la
molestia de estudiar la teoría de la geometría intrínseca de superficies, por
ejemplo, logro importantísimo de Gauss, para enterarse de que podemos hablar
perfectamente de curvatura de una variedad sin necesidad de imaginarla flotando
dentro de un espacio de mayor dimensionalidad. El ejemplo que se suele poner
para ilustrar estas ideas es el de seres bidimensionales que vivieran sobre la
superficie de una esfera. Al ser bidimensionales sólo verían en el entorno de
cada punto un trozo de la superficie de la esfera, que si son lo
suficientemente pequeños con relación a la esfera las parecerá plano. Estos
seres no podrían «ver» la esfera en el espacio, al ser bidimensionales, pero
sin embargo podrían llegar a descubrir que la esfera está curva, o sea, que no
viven en un plano. Para ello, por ejemplo, podrían trazar la gráfica de
longitud de circunferencia (sobre la esfera) en función del radio, y verían que
no es lineal (como corresponde al plano, en que como se sabe l = 2 π r). Con
esto estarνan estudiando la geometría intrínseca de la esfera. Siguiendo con el
ejemplo, para esos seres el proceso de contracción del Universo sería con si la
esfera fuese reduciendo paulatinamente su radio. Las distancias que los seres
midieran entre puntos fijos de la esfera decrecerían paulatinamente al mismo
ritmo que el radio de la esfera, y al final acabarían concentrados en una
superficie de extensión límite nula. Pero en ningún momento para esos seres
tendría sentido preguntar en qué espacio se proyecta el punto, pues nunca
verían la esfera en un espacio de dimensión superior.
Señalar a
esto varios puntos, también defendidos anteriormente:
1º) Si en
el regressus a la singularidad primordial hacemos desaparecer
el espacio, también negamos la posibilidad de hablar de entidades espaciales.
No existe punto sin espacio, sea «euclidiano» o no. Y esto porque el
punto no es una entidad autónoma, sino una entidad terciogenérica fruto de un
proceso dialéctico: suprimido todo contexto espacial, también desaparece la
posibilidad de seguir hablando de un punto.
2º) JALD
vuelve al platonismo esencialista de imaginarse entidades terciogenéricas
exentas de M1 y M2, aun más: este autor sostiene la
tesis de que de un contenido terciogenérico deriva M1 y M2.
Pero (volvemos a repetir) no existe M3 sin M2 ni
M1, y si JALD defiende la posibilidad de un contenido
terciogenérico, subsistente por sí mismo, hipostasiándolo, es que está situado
en una metafísica arcaica, completamente absurda y en todo caso refutada por la
doctrina de los tres géneros de materialidad. Pero el progressus desde la
singularidad a la materia cósmica es tan imposible como un círculo cuadrado, y
no sólo por la cuestión del tiempo (un comienzo absoluto del tiempo como límite
posible), también es esencial la cuestión de tratar de hacer surgir las
relaciones de isología de dicha singularidad. Gustavo Bueno señala a este
efecto:
Sería
imposible, a partir de un migma amorfo primordial –como el de
la materia del big bang antes de su «inflación», o como, en
Geometría, a partir del «espacio fibrado»– pretender construir estructuras
isológicas ulteriores. (TCC, pág. 539)
Pero como
JALD ha ignorado mi argumentación, volveré a copiar un extracto de mi respuesta
a CM:
Prácticamente,
todas las objeciones que a mi juicio se pueden hacer desde el materialismo
filosófico, se centran en el camino metafísico de todas las teorías
cosmológicas que practican la operación «extracción de materia», para dar
cuenta, según ellas, del origen del Mundo. En ellas, tras esta extracción de
materia (mental, o en todo caso acrítica) se llegaría a un vacío
cuántico, a una singularidad primordial, a un plasma electrónico originario del
que todo emergería, o cualquier otra cosa por el estilo. Pero las
contradicciones derivan en tratar de sacar la «aparición» del Mundo atendiendo
únicamente a marcos ontológico-especiales (el vacío cuántico o la singularidad
primordial son puramente mundanos, aunque se presenten como tras-mundanos;
siguen estando a escala antrópica, y carecen por completo de sentido sin el Ego
trascendental). Pero es imposible explicar la «aparición» del Mundo a
través de elementos ontológico-especiales. Porque ¿cómo se puede
pretender que de la singularidad primordial, o del vacío cuántico, por ejemplo,
surjan los tres géneros de materialidad, cuando, precisamente, tanto la
singularidad primordial como el vacío cuántico presuponen a
los tres géneros de materialidad y por tanto al Ego trascendental? Esto es
tanto como apelar a la Causa sui. Tratar de explicar el
surgimiento del Mundo a través de marcos ontológico-especiales, a parte de ser
algo obviamente absurdo, por el circularismo vicioso que ello conlleva,
únicamente se puede llevar a cabo a través de la metafísica tesis de la Scala
naturae, pues al tener que «deducir» («deducción» que ignora el
dialelo corpóreo-viviente) toda la pluralidad de nuestro Mundo de entidades
mucho más «simples» como la singularidad primordial o el vacío cuántico, se ha
de apelar necesariamente a la emergencia metafísica de niveles
ontológicos que vayan apareciendo (ex nihilo) y superponiéndose hasta
alcanzar la «pluralidad y riqueza de nuestro estado actual del Mundo».
Formulaciones que tendrán que defender, ya en el ejercicio, ya en la
representación, que de la singularidad primordial o del vacío cuántico, emerge M1,
y de éste, a través de los organismos con sistema nervioso, M2, y de
éste, a través de los mamíferos superiores con corteza cerebral capaces de
generar operaciones abstractas, M3 (y esto, además, con la
contradicción de que la singularidad primordial sea una entidad terciogenérica,
en tanto no es física y sus atributos son ideales –todo esto está expuesto más
detalladamente en artículos anteriores, como sabrá cualquiera que sepa un
mínimo de esta polémica–).
Pero esta posición, de ir haciendo «brotar», por emergencia creadora, un género
de materialidad de otro, se encuentra, nuevamente, en las antípodas del
materialismo filosófico. Porque los tres géneros de materialidad no son mundos
megáricos, que se irían yuxtaponiendo jorismáticamente, sino que son
dimensiones inconmensurables, pero sinectivamente conectadas, de un único Mundo
empírico común, dado a escala del sujeto operatorio, y sin él cual no existiría
en cuanto a sus morfologías. Los tres géneros de materialidad están conectados
de tal manera (a través de sinexiones) que no se puede suprimir un
género de materialidad sin destruir el resto. ¿Acaso piensa CM que M1 –pongamos
por caso la materia en inflación después de la «Gran explosión»– puede existir
sin M2 ni M3? ¿Acaso piensa que de la «singularidad
primordial» –perteneciente a M3 como hemos dicho– puede
emerger, mágicamente (creadoramente) M1? [...]La operación
«extracción de materia» no nos puede llevar nunca, si no estamos situados en la
vía de la metafísica (como lo están sin duda los cosmólogos que la practican, y
por tanto la necesidad de la crítica filosófica), a entidades mundanas, dadas a
escala del Ego (volvemos a remitir, debido a su decisiva importancia, a la
interpretación que hace el materialismo filosófico del principio
antrópico débil), sino a la materia ontológico-general; porque
la realidad es infinita, y el Mundo, como contenido finito suyo, es sólo una
parcela «infinitesimal», por así decirlo, de la realidad, dada a escala del Ego
trascendental (en donde actuarían las ciencias positivas). Según esto, tanto
las posiciones de JALD como las de CM, a mi juicio, están inspiradas por un
profundo «mundanismo», fruto de no comprender (al parecer en modo alguno a
juzgar por sus argumentos) la distinción fundamental entre Ontología especial y
Ontología general; de desconocer las complejas relaciones dialécticas entre la
materia cósmica y la materia ontológico-general; relaciones que nos llevan, en
la mayoría de casos, a la doctrina de las anamórfosis absolutas, que son la
cara opuesta de la Scala naturae o de la emergencia metafísica de que son
solidarias la teoría del Big bang o del vacío cuántico, en cuanto al
«surgimiento» del Mundo y su posterior «evolución» hasta la actualidad se
refiere. [Contra el Big bang (y secreciones metafísicas similares)]
También
argumenté contra la posibilidad de apelar a una anamórfosis absoluta para
tratar de evitar la emergencia creadora en la teoría del Big bang, porque dicha
anamórfosis absoluta, sin duda necesaria para explicar, aunque sea
negativamente, el «surgimiento» del Mundo, haría saltar en pedazos a la propia
teoría del Big bang. ¿Habrá leído todo esto JALD? Y si es así ¿considera este
autor que ha refutado todas estas posiciones, precisamente las nucleares? Y si
su respuesta es afirmativa ¿dónde están sus refutaciones? Porque desde luego no
se encuentran en las páginas de esta revista. ¿No será que JALD ha refutado
todas estas tesis del materialismo filosófico en su mente, y una vez refutadas
las ha visto tan triviales que ni siquiera ha considerado pertinente exponerlas
en alguno de sus artículos? Y si esto fuese así ¿sería excesivo pedirle que
hiciese el esfuerzo de poner sus refutaciones a estas posiciones aquí
defendidas en forma de artículo?
Cuadro ilustrativo de la Scala naturae o sistema de grados
según el cual la realidad va evolucionando desde lo menos complejo a lo más
complejo ontológicamente por medio de emergencias creadoras
(guiadas por el principio antrópico fuerte)
En su
pelicular sistema metafísico, JALD también defiende la Scala naturae, como ya
hicimos ver en anteriores artículos. Recordemos estas auto-preguntas de JALD:
P. En el
cuarto argumento JPJ trata de impugnar el Big Bang en función de que conlleva
al principio antrópico fuerte, rechazado por la filosofía materialista.
R. Este cuarto argumento es un alegato contra el principio antrópico fuerte,
pero desde luego para nada invalida la teoría del Big Bang. Por una parte JPJ
en absoluto demuestra que la teoría del Big Bang implique el principio
antrópico fuerte, ni que este, caso de contaminar más la teoría del Big Bang
que la suya basada en la eternidad del Universo, fuera capaz de derribarla.
Esto es, este principio tiene un carácter demasiado especulativo como para
basar en él ninguna refutación.
P. ¿Qué opina en fin del último argumento, basado en que el Big Bang lleva a
las tesis de la Scala Naturae y el monismo de la armonía?
R. Por lo que entiendo de lo que dice es un argumento cortado según el patrón
de otros anteriores, basado en las dificultades que plantea arrancar desde la
singularidad, con variable asociada ahora la complejidad, como antes lo fue la
escala de longitudes, por ejemplo cuando lo del supuesto absurdo del punto. Es
inválido, por tanto, por las mismas razones ya expuestas: no pasamos «de un
punto infinitamente simple (la singularidad) a la pluralidad inagotable del
Mundo actual». Los infinitos ya hemos vistos que JPJ los entiende mal y la
teoría no los incluye. Sí es cierto que la complejidad, en determinado sentido,
disminuye a medida que nos acercamos al tiempo T0 , compare
usted por ejemplo la complejidad del Sistema Solar actual, Tierra incluida con
la vida, con la del mismo sistema cuando estaba en forma de nebulosa, por
ejemplo. Pero este aumento gradual de la complejidad seguiría siendo cierto
aunque quitáramos de en medio al Big Bang, por lo que sabemos. En resumen, las
cinco vías que JPJ nos ofrece para demostrar que la teoría del Big Bang es
absurda y contradictoria quedan muy lejos de conseguir su objetivo.
Esta parodia, en forma de caricatura, no dista demasiado de la realidad del
argumento del átomo primigenio del padre Lemaître
JALD,
según creo, defiende que no hay conexión alguna entre la teoría del Big bang y
el principio antrópico fuerte; o mejor dicho: que cabe defender sin ningún tipo
de problemas la teoría del Big bang sin contar para nada con el principio
antrópico fuerte.Como no podemos extendernos demasiado, sólo apuntaré algunas
ideas, muy generales, y que sin duda necesitan de una ampliación que habrá que
dejar para otro momento.
Desde el «inicio absoluto del tiempo» hasta nuestro Universo actual,
mostrando una interrogación por la posible causa eficiente del Big bang ¿aquí
es cuando, según muchos, debemos dejar el laboratorio de física para irnos a
misa, dado que la razón humana ha encontrado sus límites infranqueables? ¿O
puede que algún día la ciencia descubra el interrogante de la ilustración,
acorde con la opinión de aquellos científicos que dicen que nos queda cada vez
menos para comprender los últimos secretos de la realidad, sin necesidad de
religión?
Parece
que hemos demostrado con suficiente soltura que la teoría del Big bang es
solidaria de la emergencia metafísica, en tanto dicha cosmogonía, va haciendo
surgir ex nihilo diferentes tipos de materialidad, en orden de
mejor a mayor complejidad, «hasta llegar al estado actual del Universo». Como
defienden los defensores del principio antrópico fuerte, es completamente
cierto que la más mínima variación del proceso que, desde la singularidad
primordial, dio lugar al surgimiento del universo, habría impedido que
existiesen seres humanos sobre la tierra. Esto es, las condiciones necesarias
para la vida en el universo son tan completamente específicas y particulares,
que prácticamente la «infinitud de universos posibles» que cabe pensar nada más
con leves cambios en alguna variable física, serían universos en los que sería
imposible la vida humana. Dicho de otro modo: de los infinitos universos
posibles, sólo el nuestro es el que posibilita la existencia de vida humana.
Las
emergencias creadoras tienen como causa final la aparición del hombre; porque
dado que el proceso desde el Big bang hasta la aparición del hombre no puede
ser estudiado mediante causas eficientes en lo que las emergencias creadoras se
refiere, y cualquier mínimo cambio de dichas emergencias habrían impedido la
existencia del ser humano, dichas emergencias ex nihilo van orientadas
teleológicamente a la aparición de los seres humanos sobre la tierra. Y esto
puede ser entendido fácilmente desde una perspectiva teológica, porque no es
otra cosa que el argumento del diseño tradicional reelaborado con categorías
físicas y biológicas.
Cuadro ilustrativo que muestra, nada más ni nada menos, que un resumen desde
el «Origen de la Materia» a la emergencia de la Cultura
JALD
podría argumentar que dichas emergencias que dieron lugar a la posibilidad de
la existencia de seres humanos en el universo fueron casuales, ciegas; pero no
es una emergencia la que dio lugar (entre infinitas posibles que no habrían
posibilitado la vida en el universo), sino infinidad de emergencias las que se
dieron desde el Big bang, todas siempre las únicas que podían posibilitar la
vida «en el cosmos». Y dado que el proceso no es explicable mecánicamente (las
emergencias son «saltos mortales» que trascienden las causas mecánicas), sólo
es «explicable» al introducir las causas finales y por tanto el teleologismo en
el Universo, se recurra al Dios de la ontoteología (la perspectiva que desde
luego más «encaja» con nuestra tradición) o se recurra a otros esquemas no
menos metafísicos, como pudiera ser el hegeliano, que negando el Dios personal,
también introduce un componente de necesidad en la existencia del ser humano
(acaso Engels en su Dialéctica de la naturaleza no esté
demasiado alejado de esta posición).
Miremos
por ejemplo, y para mayor comodidad, la siguiente tabla así como el texto de
debajo:
Si la
constante de gravitación hubiera sido mayor, solo levemente mayor, las
estrellas se consumirían a mayor velocidad y, posiblemente, nunca hubiera sido
posible la existencia de planetas con condiciones adecuadas para la existencia
de la vida. No hubiéramos existido nosotros.
Si la masa hubiera sido algo mayor, el universo se hubiera colapsado al poco
tiempo, si hubiera sido algo menor, la rápida expansión no hubiera permitido la
formación de galaxias ni estrellas, el universo sería una sopa diluida de partículas.
Para alcanzar esta densidad crítica se tuvo que ajustar en los primeros
instantes diversos parámetros con extraordinaria precisión.
Si la velocidad inicial de la gran explosión hubiera sido mayor, y solo
levemente mayor, no hubiera sido posible la condensación de materia que se
acumula formando los sistemas galácticos y demás estructuras estelares. Por el
contrario, si esa velocidad inicial hubiera sido menor, sólo levemente menor,
la materia se hubiera retrotraído, colapsado, y, en ambos casos no hubiera
existido universo. No hubiéramos existido nosotros.
Si las fluctuaciones de densidad en los primeros momentos hubieran sido algo
mayores, entonces las galaxias se habrían formado muy rápidamente y ahora no
habría mas que grandes agujeros negros.
Si la velocidad de desintegración de los átomos de hidrógeno en el Sol hubiera
sido diferente, y sólo levemente diferente, no hubiera sido posible la
formación del carbono, imprescindible para la vida. No hubiéramos existido
nosotros.
Si la masa de los electrones y de los protones fuese un poco mayor con respecto
al neutrón resultaría que los átomos de hidrógeno serían inestables y se
desintegrarían inmediatamente en neutrones y neutrinos, imposibilitando la
formación de estrellas.
Si la interacción nuclear fuerte en relación con el electromagnetismo hubiera
sido menos intensa de lo que es, entonces no hubiera podido vencer la repulsión
electrostática entre protones y no habría mas que hidrógeno y deuterio en el
universo.
Si la masa del neutrón fuese mas de un 0,14% mayor que el protón la masa del
universo sería 100% helio. Si fuera menor, la masa del universo sería 100%
hidrógeno. Una interacción débil más potente, y el universo sería un cien por
cien de hidrógeno, un poco más débil y todo sería helio.
Si la fuerza electromagnética fuera ligeramente menor, los electrones no se
mantendrían en órbita alrededor del núcleo. Si fuera mayor, un átomo no podría
compartir un electrón con otro átomo. En cualquier caso no podrían formarse
moléculas. [este texto, como la tabla, han sido extraídos de un artículo de
Jose Maba en http://www.ilustrados.com/publicaciones/EpZVAlylApaKpzPwzI.php]
Dicho más
claramente la consecuencia de estas teorías metafísicas: El Universo es
un sistema de grados orientado a la existencia del ser humano. A mi
juicio, aceptar el Big bang implica aceptar necesariamente el principio
antrópico fuerte. Y si JALD no lo ha visto, se debe sin duda a su
desconocimiento de las «consecuencias metafísicas» de la teoría de la «Gran
explosión». No es posible apelar al azar (azar que, en todo caso, sería más que
dudoso una vez consideramos las condiciones tan completamente específicas que
dan lugar a la posibilidad de la existencia de vida humana en el universo;
sería como tirar un dado de cientos de miles de caras cientos de miles de veces
y que siempre saliese la misma cara: aquella que posibilita la existencia de
vida humana y pensar que dicho proceso se debe a un «azar ciego»). Y no es
posible apelar si quiera al azar (azar «más que sospechoso», como ya hemos
dicho) porque el azar presupone el determinismo: el determinismo se
da a escala de individuos y el azar a escala de clases. Pero las emergencias
creadoras «rompen» con el determinismo necesario para poder hablar de azar.
Desde la teoría del Big bang, la emergencia de la vida no puede ser explicada
por causas mecánicas (mecanicismo), porque el mecanicismo presupone el determinismo
entre las partes materiales de la realidad; pero emergencias ex nihilo, incausadas,
hacen saltar en pedazos, como decimos, a toda concepción mecanicista.
Cuadro que muestra como se van seleccionando emergentemente aquellas
variables que posibilitan un Universo con vida según el principio antrópico
fuerte. También muestra la posibilidad de universos físicos sin vida, esto es,
de M1 exentamente sin M2 ni M3, lo
que es tanto como un círculo cuadrado ¿qué quedaría de esta tabla desde el
dialelo corpóreo-viviente?
Hoyle,
por ejemplo, en su libro Galaxies, Nuclei and Quasars escribió:
«Las leyes físicas han sido deliberadamente diseñadas considerando las
consecuencias que habrían de tener en el interior de las estrellas. Sólo
existimos en regiones del Universo en las que han sido fijados exactamente los
niveles energéticos de los núcleos de carbono y oxigeno»
Principio
antrópico fuerte, además, que llega al culmen del delirio cuando se aplica
además de a variables físicas, a las dimensiones espaciales del universo, como
si pudieran existir Universos con otras dimensiones distintas a las nuestras,
cuando resulta que los espacios de dimensiones diferentes a tres son
construcciones dialécticas elaboradas por el sujeto operatorio desde el espacio
originario tridimensional. Como ya hemos defendido en otros artículos,
atendiéndonos a una potente argumentación de Gustavo Bueno, nuestro mundo no es
un caso especial para el que n = 3, porque el espacio es originariamente
tridimensional (constituido por la kenosis), y los otros espacios son
construcciones terciogenéricas derivadas, que, en todo caso, desaparecerían,
aun de su mero horizonte terciogenérico, suprimidos los sujetos operatorios que
sustentan la kenosis y por tanto la conformación tridimensional apotética de
los cuerpos fenoménicos.
¿Hasta qué punto puede llegar el analfabetismo filosófico en tantos
científicos de nuestra actualidad? No parece una pregunta de fácil respuesta.
Pero como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga, y analfabetismos
así proporcionan momentos cómicos difícilmente adquiribles por otros medios
Ahora
bien, desde las coordenadas del materialismo filosófico todo esto es muy
distinto: las emergencias creadoras son absurdo ininteligible, al igual que la
existencia de causas finales en el Mundo (causas finales que ya fueron rechazas
por Espinosa en su Ética). Nuevamente aquí todas las confusiones se
dan por el desconocimiento de la escala zootrópica del Mundo. No tiene sentido
hablar de la posibilidad de Universos con condiciones que impidan la
vida: porque el Universo está siempre dado a escala zootrópica; esto
es, las entidades que constituyen el universo, se lo piense como se lo piense,
son materialidades ontológico-especiales que presuponen la existencia de
sujetos operatorios. Y por tanto no es que las emergencias creadoras
que se dieron en M1 (pongamos la materia cósmica en inflación)
estuviesen orientadas a la aparición de la existencia de sujetos humanos; o que
con leves cambios de variables de temperaturas, presiones, &c., no habría
existido la vida en el universo: Porque M1 no puede existir sin
M2; dicho de otro modo: M1 no representa un reino de
entidades que dieron lugar a la existencia de los sujetos sobre la tierra,
porque dichas entidades primogenéricas no existen con independencia de los
sujetos operatorios, en tanto las morfologías primogenéricas presuponen ya la
kenosis constitutiva del Mundo, la cual, sólo a través de la existencia de los
sujetos operatorios puede tener cabida. Cuando los defensores del Big bang
hablan de una materia primogenérica completamente independiente de los sujetos
operatorios, que más tarde, quince mil millones de años después habrán de
representársela en sus sistemas científicos, están inmersos en una ingenuidad
ontológica apabullante.
Esto
significa que cuando algunos científicos hablan de universos en los que no es
posible la vida humana, deberían saber que sus «universos» son construcciones
contradictorias porque están dadas a escala antrópica (en tanto M1 no
es pensable sin M2 ni M3) y por tanto presuponen ya
la existencia de sujetos operatorios. Ya lo hemos dicho muchas veces: no existe
materia ontológico-especial (Mi) sin Ego trascendental (E) ni
viceversa. Como los marcos ontológico-especiales presuponen ya la existencia
del sujeto operatorio, es obvio que partiendo de ellos se llegue a la
existencia de éstos: porque partir de marcos ontológico-especiales ya implica
partir, aunque sea en el ejercicio y no en la representación,
de la existencia de los sujetos operatorios. Esto es lo que el materialismo
filosófico conoce como el dialelo corpóreo-viviente del que, por cierto, ya
hemos hablado en anteriores artículos.
En todo
caso, esto lleva a la conclusión tantas veces repetida: que el surgimiento del
Mundo se explica por el desarrollo de cursos materiales de una materia
ontológico-general desconocida (esto es, no dada a escala antrópica). La
existencia del Mundo es contingente; podría no haber existido el Mundo ni el
Ego, pero lo que no podría decirse, bajo ningún caso, es: «podría haber
existido M1 sin vida en el universo».
La
contingencia del Mundo («el Universo») y su dependencia ontológica de la
existencia de los sujetos operatorios humanos o animales van, por tanto, contra
la supuesta eternidad que, según JALD, yo atribuyo al Universo. Aquí el
problema es muy complejo, y sólo apuntaré dos ideas que, por lo demás, ya han
sido dichas numerosas veces: el materialismo demuestra apagógicamente que la
materia cósmica recurre infinitamente en el tiempo, pero cuando imaginamos
materia cósmica antes de la aparición de los sujetos operatorios sobre la
tierra, o aun después de su extinción (pongamos después de la desaparición del
sistema solar), es porque «seguimos a escala de Ego», solamente que estamos
neutralizando al sujeto operatorio; dicho con otras palabras: el mecanismo de neutralización
del sujeto operatorio nos posibilita pensar en materia cósmica antes o después
de la desaparición de dichos sujetos, como podemos pensar en un bosque sin que
haya ningún sujeto en él; pero dicho bosque, por ejemplo, desaparecería en
cuanto a sus morfologías si desapareciesen los sujetos humanos o animales que
posibilitan la kenosis, y por tanto las morfologías apotéticas que conforman al
bosque como materialidad primogenérica. Significa que el Mundo no es eterno,
pero un regressus temporal desde dentro de él no acabará
nunca, porque tal regressus no trascenderá los marcos de la
ontología especial, en tanto el tiempo es inmanente al Mundo, y por tanto
recurrirá indefinidamente en materia antrópica. El regressus infinito
de la materia cósmica en el tiempo supone el mecanismo de neutralización del
sujeto operatorio, no él de su eliminación ontológica. Por tanto yo no defiendo
ninguna eternidad metafísica del Universo como supone JALD; mi postura,
simplemente, no puede ser entendida por este autor hasta que no comprenda la
teoría de los géneros de materialidad, la escala antrópica de la materia
cósmica, la doctrina de las anamórfosis absolutas, &c.
Por otra
parte, JALD como hemos visto no tiene ninguna dificultad en defender la
viabilidad de las emergencias creadoras que irían dando lugar a nuevas capas de
complejidad ontológica hasta llegar a nuestro universo actual. Dice que el
aumento de la complejidad ontológica en el universo es una cuestión de hecho,
aunque no aceptásemos la teoría del Big bang.
La
posición de los niveles emergentes que irían sucediéndose ya fue criticada por
mí exponiendo textos de Gustavo Bueno que JALD tiene muy buen cuidado de
ignorar completamente, quizá porque le parezcan irrelevantes. Así que
nuevamente resumiré la argumentación del materialismo, para hacerle saber a
JALD que no la ha contestado en modo alguno.
Así que
he optado por volver a copiar el texto de Gustavo Bueno que ya puse de manera
íntegra:
El
materialismo filosófico se enfrenta críticamente con la teoría de los «niveles
de complejidad» o de integración establecida para dar cuenta de la graduación
de las diferentes categorías correspondientes a las ciencias positivas; teoría
que envuelve la idea de una scala naturae que se extiende
«desde lo más simple y homogéneo hasta lo más complejo y heterogéneo». La
teoría de los niveles de integración (otras veces: «niveles de complejidad»,
«niveles integrados», o de «organización») se presenta como alternativa tanto
al monismo reduccionista (que intenta resolver los «niveles más complejos» en
los «más simples», por ejemplo, el nivel biológico en el nivel molecular: «todo
es química») como al pluralismo sustancialista (que postula la irreducibilidad
de la vida biológica a la materia, o de la vida espiritual a la vida biológica,
&c.). La teoría de los niveles de integración asume de un modo nuevo el
viejo proyecto de una scala naturae unificada desde una perspectiva
evolucionista (no procesionista, al modo de los neoplatónicos) pero tratando de
evitar el reduccionismo de lo más complejo a lo más simple mediante el
postulado de una emergencia de propiedades, cualidades o
estructuras constituidas en el momento de formación de un nuevo nivel de
integración o de complejidad. Generalmente, y auxiliándose en la teoría
del big-bang, se parte de un nivel primario de integración,
el quark, al cual sucederán otros niveles emergentes
(moléculas, átomos, macromoléculas, mitocondrias, células... y jaguares, para
emplear la fórmula de Murria Gell-Mann). De este modo se reproducirá una
«jerarquía» o escala de los niveles de complejidad, basada en la emergencia
como concepto clave (como reconoce M. Bunge) que constituye la alternativa
evolucionista la vieja scala naturae procesionista. Los
precedentes de la teoría de los «niveles de complejidad» podrían acaso ponerse
en el evolucionismo decimonónico de H. Spencer; pero la teoría se ha
desarrollado sobre todo por obra de físicos y biólogos amigos de los «libros de
síntesis» en la segunda mitad del siglo XX (L. Law Whyte, D. Mesarovic, M.
Bunge, J. Platt).
Sin embargo, la teoría de los niveles de complejidad o de los niveles de
integración es oscura y confusa, sin perjuicio de su aparente claridad y
distinción, derivada acaso de la utilización del esquema de las «cajas chinas»
aplicado al universo. Ante todo, porque la teoría se apoya en la constante
ambigüedad entre los dos planos en los que juegan los niveles, a saber, el
plano ontológico (el jaguar es más complejo que el quark) y el plano
gnoseológico (la biología sería más compleja que la física). La ambigüedad
consiste en la constante transferencia de la complejidad ontológica a una
supuesta mayor complejidad gnoseológica Pero en virtud del principio de la
autonomía categorial postulado por la teoría del cierre categorial, no es
evidente que una mayor complejidad ontológica (a la mayor complejidad del
jaguar respecto de los quarks integrados en él) haya de
corresponder una mayor complejidad categorial gnoseológica. Un dominio categorial
(por ejemplo, el constituido por el campo de la teoría política) se ajusta
generalmente a relaciones estructurales categoriales independientes y muchas
veces más sencillas, que las que corresponden a otros dominios categoriales
implicados en su campo material (una clasificación de los sistemas políticos es
más sencilla estructuralmente que una clasificación de las partículas
elementales que son partes materiales de los ciudadanos). Así lo reconocen,
aunque sin sacar consecuencias y confundiendo constantemente el plano
ontológico y el gnoseológico, algunos expositores de la teoría: «el nivel
organizativo de la evolución –dice Edwin Laszlo– no determina la complejidad
estructural [sin duda se refiere a la estructura gnoseológica] de un sistema:
el nivel superior no es necesariamente más complejos que sus subsistemas. Por
ejemplo, la estructura de la molécula de la molécula H2O es
considerablemente más simple que la estructura atómica del hidrogeno y del
oxigeno.» En cualquier caso la jerarquía de la scala naturae de
la teoría de los niveles de integración no ofrece ningún lugar a las
matemáticas (que en la serie de ciencias de Augusto Comte ocupaban el primer
escalón), y esto constituye la mejor prueba del fracaso de una teoría que
pretende abarcar a la totalidad de las categorías. El principio de autonomía
categorial obliga en consecuencia a distinguir el concepto de niveles de
integración (que es ontológico) y el concepto de nivel de complejidad (que
pretende incorporar el momento gnoseológico), y considerar la tendencia a
considerar la complejidad como paralela a la integración, como un mero efecto
de la ideología jerárquica ligada a un «monismo del orden».
Sobre todo, la teoría de los niveles de integración, en la medida en que apela
a la idea de emergencia creadora, y al monismo del orden, es incompatible con
el pluralismo materialista, indisociable de la doctrina de la symploké. El
materialismo filosófico opone a la teoría de los niveles de complejidad y de
integración, la doctrina de la autonomía de los dominios categoriales
intersectados, y a la emergencia vinculada a la integración, opone la anamórfosis vinculada
a la resolución de las «estructuras básicas» en la materia ontológico general.
(Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico, págs. 108-109).
Significa,
en tres palabras, que los defensores de la emergencia creadora, tales como
JALD, al poner entre paréntesis la materia ontológico-general y por tanto
sostener gratuitamente que los contenidos del Mundo agotan los de la realidad,
se ven obligados a postular saltos cualitativos o emergencias metafísicas ex
nihilo que se irían sucediendo desde los estados «más simples del
universo» (cuyo límite es la singularidad primordial, y quien no la acepte: la
Nebulosa primordial, &c.) hasta llegar «al estado actual» del Mundo. Pero
la emergencia creadora es absurda, y sólo un ignorante en ontología, o un
metafísico en el sentido más peyorativo del término puede mantenerla. La
emergencia metafísica es insostenible desde posturas racionales; y la defensa
de esta tesis metafísica por parte de algún autor corta toda posibilidad de
diálogo racional (pues quien defienda la posibilidad de emergencias metafísicas
debe estar situado en una posición análoga a que Tertuliano describía con
su Credo qui absurdum).
Sin
embargo, las contradicciones se deshacen cuando se apela a la materia
ontológico-general que desborda al Mundo (esto es, materia que no está dada a
escala zootrópica y que por tanto no pertenece a ninguno de los géneros de
materialidad). Entonces resulta que, en las transformaciones materiales que
tengan que ver con cuestiones tales como la génesis de los géneros y por tanto
del Mundo, no hay emergencias creadoras ni reduccionismos, sino anamórfosis
absolutas o indeterminadas (categorialmente). Pero mientras JALD no comprenda
el papel crítico de la Idea de materia ontológico-general no podrá comprender
la vía del materialismo, y por tanto esta polémica seguirá siendo un diálogo de
sordos, en tanto, por principio, JALD es incapaz de contestar a posturas
filosóficas que se ha demostrado con bastante solvencia no entender. Podría
alguien, quizá, decir que nadie obliga a JALD a saber qué es eso de la materia
ontológico general, pero lo que no podría ese alguien, salvo impostura, es
defender que no es necesario comprender las posiciones del contrario cuando uno
decide voluntariamente intervenir en una polémica para tratar de refutarle.
Unas
palabras más: apelar aquí a la materia ontológico-general no es, en modo
alguno, una apelación ad hoc para salir de una eventual
contradicción (la de la emergencia ex nihilo), porque la existencia
de la materia ontológico-general puede ser probada de muchas maneras, entre las
que se puede elegir, por mayor facilidad, la vía de las sinexiones entre los
tres géneros de materialidad y la comprensión de la «contingencia» del Mundo.
Pues si los tres géneros de materialidad están sinectivamente conectados y son
contingentes, si desapareciesen los sujetos operatorios (humanos, pero también
animales) desaparecerían los tres géneros, pero no nos quedaríamos ante la
abismal presencia de la Nada (que es una idea contradictoria y absurda), sino
ante una materia (en cuanto entidad vertebrada por los atributos de
multiplicidad y codeterminación sin los cuales sería imposible el progressus al
Mundo) indeterminada desde nuestras coordenadas mundanas, pero completamente
real. Esta materia indeterminada es la materia ontológico-general (precisamente
por oposición a la materia de la Ontología especial: M1, M2 y
M3), que es conceptuada, como decimos, como materia en tanto (aunque
no sólo por esto) es una pluralidad infinita de contenidos que se codeterminan
en symploké. Desde una Idea monista de Ser no podría
posibilitarse el progressus racional al Mundo del que se
partió; el regressus desde el Mundo hasta un contexto más
amplio que lo desborde (ontológicamente, no espacialmente, claro está, dado que
el espacio es inmanente al Mundo) nos lleva a una entidad infinita (en tanto no
está codeterminada ni limitada por nada externa a ella), plural (en tanto el
Monismo de la substancia es contradictorio, como ya hemos dicho), cuyos
contenidos se codeterminan (en tanto la autodeterminación es una idea absurda
que se abre paso a través de la causa sui). Y todo esto, como se
sabe, está ampliamente explicado en Ensayos materialistas y Materia.
En todo
caso la conclusión es que desde el mundanismo metafísico de JALD, que ignora la
realidad de la materia ontológico-general y piensa por tanto que los contenidos
del Mundo agotan los de la realidad, difícilmente se pueden rebatir las
posiciones del materialismo filosófico; porque resulta que, aunque
nuestro físico no se haya percatado, es el materialismo filosófico el que
tritura las posiciones metafísicas arcaicas en que está situado dicho autor.
De este
modo, JALD, en su ronda de auto-preguntas bien podría haberse mejor formulado
algunas como éstas que, por lo menos, le habrían tenido más entretenido a la
hora de contestarlas:
1º) Si la
teoría del Big bang no se deduce necesariamente de la relatividad general, sino
que otras teorías cosmológicas que también se apoyan en la relatividad general
llegan a resultados completamente distintos, y las «evidencias empíricas» de la
teoría del Big bang no son tales, como se ha demostrado, ¿por qué se emperra en
seguir defendiendo dicha teoría, tratando de hacer radicar su fuerza en la
relatividad general, como si la teoría de la continua creación de materia no se
apoyase, por ejemplo, con la misma firmeza en la relatividad general también, o
como si Einstein no hubiese estado en contra de la propia teoría del Big bang,
aun aceptando la expansión global del universo? ¿Su confianza en la teoría del
Big bang no es por tanto puramente gratuita?
2º) ¿Cómo
puede usted sostener en lo referente al regressus temporal
efectuado por la cosmología del Big bang, a la vez la estrategia dialéctica de
la anástasis y de la metábasis? ¿No es esto un absurdo? Si el límite es
contradictorio, hay que parar por anástasis y por tanto excluirlo de la teoría,
con lo que llegaríamos que un T0 es imposible.
3º)
Nuevamente preguntamos: ¿cómo puede defender la posibilidad de contenidos
terciogenéricos «exentos», como la singularidad primordial, subsistentes por sí
mismo, al margen de M1 y M2? ¿No es esto una forma
arcaica de idealismo esencialista? ¿Y cómo pretende deducir unos géneros de
materialidad de otros, vía emergencia creadora, cuando esto también es otro
imposible? ¿Niega el argumento de la escala antrópica de la materia cósmica? Si
es así, ¿en qué se basa?
4º) ¿Qué
Idea de ciencia tiene usted? Sin exponer esta Idea ¿cómo defender que la teoría
del Big bang es científica?
§3
El problema de la Causalidad
en el «mundo subatómico»
Pasemos
ahora por último al tema de la causalidad, tema que, como ya podrá sospechar
cualquier lector, también lo he tratado en artículos anteriores, omitiendo JALD
completamente todo lo defendido en ellos. Para evitar la prolijidad, resumiré
las (supongo) posturas que mantiene el materialismo filosófico respecto a estos
temas:
1) Las
relaciones de causalidad suponen cuerpos; donde no hay cuerpos, no se puede
hablar de relaciones de causalidad. Esto no significa ya que el Mundo no tenga
causa, por no ser un cuerpo (preguntar por la causa del mundo es tan absurdo
como preguntar: «¿dónde está el Mundo?», porque tanto las relaciones de
causalidad como las espaciales son inmanentes al Mundo), sino que es absurdo
hablar de acausalismo (en el sentido de emergentismo por tanto) en el «mundo
subatómico». Volveré a copiar un fragmento de mi artículo anterior, donde se
contestaba no ya a las posiciones metafísicas de Carlos Madrid, sino también a
las de JALD (y es trivial decir que éste último ni lo menciona):
El
materialismo filosófico, al establecer las relaciones de causalidad en función
de los cuerpos, establece que el determinismo causal se mueve a escala
corpórea, siendo los cuerpos los individuos determinados (= codeterminados unos
junto a otros sinalógicamente) en un aquí y un ahora. Pero
como ya hemos dicho, el materialismo filosófico reniega de la visión
corpuscularista de los electrones, fotones, &c., y se acoge a una visión
ondularista. Esto significa que a escala microscópica, la mecánica cuántica se
contradice, por una parte, al tratar a sus individuos como corpúsculos, y, por
otra, al tratarlos como indeterminados. Al pensar los electrones como
corpúsculos, por ejemplo, necesariamente habría que verlos como determinados
causalmente. En todo caso, el materialismo filosófico denuncia, como
metafísica, la concepción indeterminista-corpuscularista (a «nivel subatómico»)
de la mecánica cuántica, pero no se acoge a una visión determinista-causal de
los «individuos cuánticos», al defender que éstos no son corpúsculos (y por
tanto que están en otro contexto de en el que se dan las relaciones causales),
sino ondas energéticas, en las que, en todo caso, no interviene la emergencia
metafísica que habría que postular para explicar «los movimientos cuánticos» (no
continuos) de las llamadas «partículas elementales» pensadas a la vez como
corpúsculos, y a la vez como indeterminadas. Esto significa que si no podemos
hablar, en sentido estricto, de relaciones de causalidad en el «ámbito
microscópico», dado que este ámbito no está constituido por cuerpos (sin
perjuicio de que lo sigamos considerando como primogenérico), sí podemos hablar
de razones (ver, por ejemplo, Gustavo Bueno, «Predicables de
la Identidad», El Basilisco, nº 25, pág. 20). [Contra el
Big bang (y secreciones metafísicas similares)]
El
determinismo materialista, por tanto, no sólo se refiere a un «determinismo
causal», porque también hay un «determinismo de razones» (como el que se da en
las matemáticas, donde tampoco tiene sentido hablar, en sentido estricto, de
relaciones de causalidad); en todo caso, el determinismo es una postura
ontológica que se entiende dialécticamente como contrafigura del «emergentismo»
que defienden tantos «físicos cuánticos», como JALD. Toda materialidad tiene
una causa o una razón, en tanto vertebrada por los principios de multiplicidad
y codeterminación; pues el emergentismo, o la causa sui (la
autodeterminación de las «partículas subatómicas» para desplazarse
cuánticamente, pongamos por caso), sólo puede abrirse paso mediante los
atributos de una unidad simplicisima y autodeterminada, atributos, éstos,
obviamente contradictorios, en tanto toda unidad presupone una multiplicidad
(toda unidad es unidad isológica o sinalógica de unos contenidos previos), y la
autodeterminación es una idea contradictoria fruto de hipostasiar la idea de
forma de la materia (todo esto está profundamente explicado en Materia).
En
resumen, toda materialidad primogenérica está determinada en un aquí y
un ahora, y una cosa es que no se pueda determinar (por causas
o razones) el aquí y ahora de una determinada materialidad, y otra que no
tenga. Pues no hay ninguna razón para pensar que se podría determinar el aquí y
ahora de toda materialidad primogenérica a la luz del principio de symploké, y
de las «fracturas» o «inconmensurabilidades» dadas en el Mundo que nos abren
paso a la materia ontológico-general.
En este
sentido, sólo puede hablarse de acausalismo en el ámbito microscópico en
sentido meramente negativo, en tanto dicho ámbito se encuentra a otra escala de
donde se dan las relaciones de causalidad (esto es, la escala de los
referenciales fisicalistas); pero en ningún modo puede hablarse de
acausalismo en sentido privativo, porque eso sí que es irracional. La
diferencia entre el sentido negativo y el sentido privativo es clave; por
ejemplo, podemos decir que la materia ontológico-general no es racional, en el
sentido negativo, en tanto esta materia se encuentra en otro ámbito de donde se
dan las operaciones corpóreas, lugar de la racionalidad del sujeto operatorio.
Pero la materia ontológico-general no es a-racional en el sentido privativo,
porque eso sería tanto como decir que las estructuras de dicha materia
contradicen a las de la razón (como los creyentes que sostienen que Dios es
irracional en el sentido privativo). Pero la materia ontológico-general es
a-racional en el mismo sentido en que es a-sonora, por ejemplo. De análogo modo
ocurre con el tema del acausalismo en el ámbito microscópico; en resumen: en
donde no hay corporeidad, no puede haber relaciones de causalidad, pero esto no
significa, en modo alguno, que entonces rija la espontaneidad metafísica o la
emergencia ex nihilo.
A su vez,
esta argumentación no es dogmática, ni ad hoc, sino puramente
dialéctica.
En todo
caso JALD tiene una visión infantil al contemplar las llamadas partículas
elementales como corpúsculos, porque los cuerpos son sólo materialidades que
tienen sentido «macróscopico»; allí donde no hay kenosis y percepción
apotética no tiene sentido hablar de corporeidad (ni de vacío por tanto). El
materialismo filosófico, ya lo hemos dicho, se acoge por tanto a una visión
«ondularista», en la capa metodológica de la física. Y en este punto remitimos
a artículos anteriores para una mayor explicación de estos puntos, pues no hay
que olvidarse que este artículo tiene como función ser un resumen de las
posiciones mantenidas por mí en esta polémica, y todo resumen tiene sus
límites.
Por otra
parte, y como ya también hemos repetido numerosas veces anteriormente, no tiene
sentido hablar de un «mundo macroscópico» y un «mundo microscópico o
subatómico», porque la idea de Mundo tiene unicidad, de tal manera que es
contradictorio hablar de más de un Mundo (pues al estar relacionados isológica
o sinalógicamente ya no serían dos, sino uno). Sólo hay por tanto un mundo,
dado a escala zootrópica en general, y antrópica en particular, con lo que el
sujeto operatorio humano no descubre «secretos de la Naturaleza» a través de la
investigación científica, porque tal «Naturaleza» no existe como entidad
autónoma y previa a las operaciones o conformación del Mundo de los sujetos
operatorios, y porque la actividad científica no es descriptiva o adecuacionista,
sino constructiva, transformacionista.
Por
último, finalicemos comentando la «perla intelectual» con que nos deleita JALD
para acabar su artículo. Recordémosla:
P.[Para
JPJ] la emergencia metafísica no es admisible, y además
atribuye el indeterminismo de la física cuántica a una confusión del orden
gnoseológico con el ontológico.
R. En realidad la postura de JPJ no es coherente. Fíjese que la idea de
causalidad, cuando se analizan sus raíces, está toda ella basada en la
gnoseología, el paso a la ontología es, en mi opinión, un salto para el que es
preciso apoyarse en algún postulado generalizador de carácter inductivo.
Decimos que A es causa de B si siempre que observamos que sucede B antes ha
sucedido A, y además entre ambos pensamos que hay un vínculo que decidimos
calificar de causal (básicamente conseguimos imaginar un mecanismo que lleve de
uno a otro). Y esto funciona porque en muchos casos conseguimos predecir B
cuando A sucede, pero no tenemos nunca una certeza lógica de que esto va a
funcionar la próxima vez, aunque el grado de certeza subjetiva, la
probabilidad, pueda ser muy alto (estas ideas se pueden formalizar en el
contexto de la teoría de probabilidades bayesiana). Así que en sentido estricto
¿cuál es la definición ontológica de causa a la que alude JPJ?
Además es interesante notar que el concepto de causalidad está íntimamente
ligado al de temporalidad, como se ve de lo dicho antes (A debe preceder a B).
Por tanto del reajuste tan importante que la teoría de la relatividad supuso en
el concepto de tiempo no es de extrañar que el concepto de causa también
resultara afectado. De hecho, como se sabe, la relatividad ha introducido una
nueva clase de parejas de sucesos entre los cuales no puede haber relación
causal de ningún tipo. Esto supone un acotamiento muy importante del ámbito de
actuación del determinismo clásico. Curiosamente los deterministas como JPJ
parecen no protestar por esta merma notable de sus prerrogativas. Por usar un
símil, el determinismo responde a una idea «aristocrática» de la ciencia, muy
propia del Siglo de las Luces en que eclosionó, que se basa en suponer que
existe un criado, la luz, que es infinitamente rápido e infinitamente discreto
(«no se sabe que está», como decían antes las señoras en términos laudatorios
de una criada muy discreta). Con este criado perfecto pensaba el aristócrata
científico poder controlar lo que sucede en cualquier parte del Universo, y a
cualquier escala, tanto para poder intervenir como para obtener información de
lo que sucede. Pero, ay, la física moderna nos ha enseñado que la luz no es
perfecta, tiene una velocidad finita y está cuantizada. En fin, es una lástima
pero es así.
Como
vemos, JALD nos ofrece nada más ni nada menos que un análisis de las raíces de
la idea de causalidad («Fíjese que la idea de causalidad, cuando se analizan
sus raíces, está toda ella basada en la gnoseología, el paso a la ontología es,
en mi opinión, un salto para el que es preciso apoyarse en algún postulado
generalizador de carácter inductivo»). Sin embargo, este análisis es, por
decirlo así, absurdo, porque la idea de causalidad es originariamente
ontológica, al girar en torno a la Idea de realidad, y no gnoseológica (pues la
Gnoseología gira en torno a la idea de Verdad). Sólo en tanto que toda
Gnoseología siempre se apoya en una ontología, se puede relacionar la doctrina
de la causalidad con una doctrina gnoseológica, porque dicha doctrina es, como
decimos, «por su objeto», originariamente ontológica. El «postulado
generalizador de carácter inductivo» de que nos habla JALD para saltar de la
Gnoseología a la Ontología sólo existe en su mente, y es fruto de su simplismo
filosófico.
Pero aun
más grave, si cabe, es el análisis que JALD hace luego de la Causalidad
(«Decimos que A es causa de B si siempre que observamos que sucede B antes ha
sucedido A, y además entre ambos pensamos que hay un vínculo que decidimos
calificar de causal (básicamente conseguimos imaginar un mecanismo que lleve de
uno a otro). Y esto funciona porque en muchos casos conseguimos predecir B
cuando A sucede, pero no tenemos nunca una certeza lógica de que esto va a
funcionar la próxima vez, aunque el grado de certeza subjetiva, la
probabilidad, pueda ser muy alto»), donde dicho autor se aventura a defender
una teoría completamente psicologista de la causalidad, al estilo del empirismo
escéptico de Hume («empirismo escéptico» que compagina muy mal, por cierto, con
la defensa firme de la teoría del Big bang). Pero resulta que las relaciones de
causalidad son objetivas, y no meramente psicológicas; y son «autónomas»
atendiendo al mecanismo de neutralización del sujeto operatorio, en tanto el
Mundo fenoménico-corpóreo no podría existir sin relaciones de causalidad
objetiva. Las relaciones de causalidad, por tanto, no dependen de la
«experiencia acumulada», o de predicciones, sino más bien las predicciones o la
experiencia acumulada dependen de las relaciones de cualidad objetivas que se
dan en la materia cósmica corpórea. La visión psicologista de JALD es,
por tanto, tan gratuita como falsa.
Por otra
parte, la doctrina de JALD, aparte de ser gratuita y falsa, tiene el
«privilegio añadido» de ser infantil, pues es completamente estéril tratar de
analizar las relaciones de causalidad en torno a dos términos (causa eficiente
A, efecto B); porque resulta que, como mínimo, son necesarios tres términos
para analizar las relaciones de causalidad, esto es, no sólo hace falta contar
con una causa eficiente A y un efecto B, sino con un esquema material de
identidad H sobre el que actuaría A para «causar» B. Las relaciones de
causalidad, de este modo, no se pueden escribir según el esquema infantil Y =
F(x) (el efecto está en función de la causa eficiente x), sino Y = F(x, H),
porque el efecto Y, como decimos, no sólo está en función de la causa eficiente
x, sino del esquema material de identidad sobre el que actúa x. Dicho aun más
claro: «saltándose a la torera» el esquema material de identidad H es imposible
entender nada de las relaciones de causalidad. La causa eficiente siempre actúa
sobre algo para causar el efecto, y ese «algo» es el esquema material de
identidad.
El
concepto de H efecto Y será originariamente considerado por nuestra teoría
general de la causalidad como un concepto dado en función de un sistema
complejo que, por de pronto, contiene un esquema material y procesual (que
transcurre, por tanto, en el tiempo) de identidad H, de suerte que para que
algo se configure como efecto será preciso contar con un esquema material
procesual de identidad cuya configuración depende de diversos supuestos de
índole filosófica, científica o cultural. El esquema material de identidad
podría hacerse corresponder con la causa material aristotélica, siempre que
ella quedase determinada según criterios positivos E, que expresamos por la
fórmula E(H). El efecto se define entonces como una interrupción, ruptura,
alteración o desviación del esquema material procesual de identidad (ruptura
que no afecta, en principio, al sistema que, por decirlo así, engloba al
efecto). Se comprenderá, dada la relatividad del concepto de efecto, no ya
inmediatamente a su causa, sino a un esquema material procesual de identidad
(dado en un sistema complejo de referencia) que, si no es posible determinar en
cada caso este esquema procesual de referencia, la noción de efecto se
desvanece.
De aquí se sigue que la idea de creación o de efecto creado es absurda o vacía
puesto que en la creación el único esquema de identidad que cabe ofrecer es la
nada (creatio ex nihilo subiecti) –y no la causa eficiente divina
inmutable– es decir, justamente lo que no puede ser un esquema de identidad.
(Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico, págs. 135-136)
Posiblemente
en lo único que tiene razón JALD de su «último parrafito» es en que las
relaciones de causalidad suponen la temporalidad y esto aunque, cuando dicha
tesis no se justifique filosóficamente, no sea más que la evidencia empírica a
la que podría llegar cualquier albañil o empleado de la construcción sin
demasiada formación filosófica.
Por
decirlo en tres palabras: las relaciones de causalidad y la temporalidad están
conectadas a través de los cuerpos. Como ya dijimos, el tiempo supone las
totalidades jorismáticas, cuyas partes se van codeterminando sucesivamente (de
ahí el jorismós), desde el postulado de corporeidad holótica vemos
que las totalidades son eminentemente corpóreas, con lo que el tiempo supone
cuerpos. Y desde aquí la conexión con la causalidad es obvia, pues también las
relaciones de causalidad suponen cuerpos.
Esto
significa algo también claro: relaciones de causalidad y temporalidad son
antrópicas, en tanto sin sujetos operatorios no existirían cuerpos, pues no
tiene sentido hablar de una kenosis exenta, en sentido absoluto, de sujetos y
objetos. Pero que «tiempo» y «causalidad» sean entidades antrópicas no
significa que sean subjetivas, que no trasciendan de la mera inmanencia
psicológica, pues, desde las coordenadas del materialismo filosófico, M2 no
tiene más peso ontológico que los otros dos géneros de materialidad. Tiempo y
causalidad son entidades objetivas sin perjuicio de su conexión ontológica con
los sujetos operatorios (doctrina de las sinexiones entre las materialidades
dadas en el terreno de la ontología-especial). Pero todo esto exige un
desarrollo mucho más amplio que se puede encontrar (como el fragmento que hemos
expuesto más arriba), para los interesados, en el artículo de Bueno «En torno a la doctrina
filosófica de la causalidad» (La filosofía de Gustavo Bueno, Editorial
Complutense, Madrid 1992, págs. 207-227.)
Por
último, me aventuro a mostrar un cuadro de (según creo) las posiciones
ontológicas de JALD en torno a la realidad. Como sin duda la visión ontológica
de la realidad de JALD es mucho más rica que la mostrada en esta tabla, quiero
advertir que dicha tabla es generalísima, y por tanto se basa en cómo (a mi
juicio) JALD interpreta los géneros de materialidad, así como su origen, el
Universo (que es dividido en dos grandes planos, el «macroscópico» y el
«microscópico») y su comienzo absoluto, vía emergencia ex nihilo. Creo
que si no he entendido mal los artículos de JALD, dicha tabla no distorsiona
nada, pero si alguien pensase que así fuese, estoy abierto a las críticas.
Tabla, según mi «exégesis», de la visión de la realidad de JALD
Dicha
tabla, por tanto, no puede ser interpretada como una parodia, debido a su
excesiva simplicidad, ¿pues acaso el materialismo filosófico no podría resumir
su doctrina de la realidad en esta escueta fórmula R = E È Mi È M?
El problema es que en la explicación de esta fórmula serían necesarios cientos
de páginas. ¿Pero acaso JALD no podría escribir cientos de páginas en torno a
su doctrina de la realidad, embelleciéndolas, además, con sus sólidos
conocimientos de matemáticas y física?
Por otra
parte, podríamos acabar resumiendo mis posiciones de modo análogo a las
presentadas en la tabla precedente, así:
1) Frente
al comienzo absoluto del tiempo, la defensa de la recurrencia infinita de la
materia cósmica en el tiempo (mediante el mecanismo de neutralización del
sujeto operatorio).
2) Frente
a la emergencia creadora que iría haciendo surgir unos géneros de materialidad
de otros, el postulado de una anamórfosis absoluta en la materia
ontológico-general.
3) Frente
a la independencia ontológica de entidades terciogenéricas (como la
singularidad primordial) o de materia física sin sujetos operatorios, la
defensa de las sinexiones entre los tres géneros de materialidad y la escala
antrópica de la materia cósmica.
4) Frente
a la división del mundo físico en dos planos hipostasiados (el «macroscópico» y
el «microscópico»), la defensa de un ondularismo a nivel «microscópico» que por
tanto «sirva de freno» a las posiciones corpuscularistas que interpretan las
partículas elementales como cuerpos diminutos, en tanto no se puede hablar de
corporeidad alguna sin kenosis y por tanto sin percepción apotética.
Por
último acabar diciendo (o mejor dicho, repitiendo) que sólo seguiré esta
polémica, en caso de que alguien contestase este artículo para tratar de
refutarlo, si de verdad mis polemistas muestran oposiciones serias a las tesis
aquí defendidas, pues como he mostrado a lo largo de todas estas páginas, hasta
ahora las argumentaciones más importantes han sido simplemente ignoradas.
Es
posible que JALD siga pensando que todas estas argumentaciones filosóficas,
«aunque respetables», no logran poner entre las cuerdas a «teorías científicas
como las del Big bang»; pero sin duda esto se debe a que este autor no ve que
sus posiciones no son científicas, sino metafísicas, y de esto se daría cuenta
si dispusiese de una Idea sólida de ciencia, y no de tres o cuatro definiciones
retóricas inservibles.
En
efecto, desde aquí sólo puedo retar a JALD a que nos diga desde qué teoría de
la ciencia trabaja, una teoría tal que le hace pensar que la cosmogonía
presocrática del Big bang (que algunos «enriquecen» con la teoría del Big
crunch, acorde con la doctrina de la Ekpyrosis de los antiguos
estoicos), las teorías que defienden la aniquilación de la materia en los
agujeros negros, &c., son teorías científicas, y no metafísicas. ¿Cuál es
el criterio de demarcación de ciencia y metafísica seguido por JALD? ¿Cómo
alguien que no sabe prácticamente nada de filosofía puede hablar de estos temas
como si fuesen asuntos bien conocidos por todos? ¿No es esto una tremenda
impostura? No discuto los sólidos conocimientos de física que tiene JALD, pero
¿acaso estos sólidos conocimientos le capacitan para hablar de problemáticas
filosóficas tales como la Causalidad, la Ciencia, el Universo, o el Tiempo? En
modo alguno. Pero entonces, si este autor habla de hecho de estos problemas,
¿desde dónde habla? Nuestra respuesta: desde las nebulosas ideológicas o
nematologías de la comunidad científica en que está imbuido. Por eso, JALD en
su polémica hace filosofía, pero mala filosofía.
Por eso,
por ejemplo, aunque JALD domine a la perfección las matemáticas de Cauchy,
Bolzano, &c., su Idea de límite es oscura y confusa, por no decir absurda.
Ya vimos que dicha Idea le llevaba a reconocer límites como contradictorios,
pero a la vez como posibles: así con las singularidades, como la del Big bang,
o los agujeros negros.
Gustavo
Bueno, en su último libro (El mito de la felicidad), vuelve a repetir,
en un pasaje, que ante los agujeros negros, al llegar a un límite
contradictorio (la aniquilación de materia, por ejemplo), hay que aplicar un
detención, vía regressus, del proceso que ha llevado hasta
dicho límite.
Lo
sorprendente, como ya hemos dicho otras veces, son las personas que creen
encontrarse en las coordenadas del materialismo filosófico, pero a la vez
defienden, como posibles, o aun como verdaderas, dichas teorías cosmogónicas,
cuya cientificidad sólo puede defenderse desde un modelo teoreticista de
ciencia, y cuya verdad sólo puede, a su vez, sostenerse desde los postulados de
la más oscura y contradictoria metafísica: una metafísica tal que acepte la
Scala naturae, la emergencia creadora, la idea de causa sui, el monismo del
orden, contenidos de algún género completamente exentos de los restantes,
&c. Y es que el cientificismo es una de las ideologías más fuertes en la
sociedad de nuestros días. Un cientificismo que provoca que multitud de
personas, por ejemplo, escuchen una conferencia de Hawking como si de un asunto
solemne, serio y profundo se tratase, en vez de reírse de dicho impostor y de
sus teorías que tratan de revelarnos nada más ni nada menos que la estructura
última del Universo.
Un
cientificismo, además, que se presenta a sí mismo como crítico, cuando en rigor
no es más que un fundamentalismo, y por cierto uno de los más dogmáticos que
han cruzado por la historia. Las analogías, tantas veces repetidas a lo largo
de esta polémica, empleadas por Halton Arp, entre tribunales de científicos y
tribunales de la Inquisición no es gratuita. Es una beatería barata por la
ciencia que no puede sino producir repugnancia; cada día se imprimen más y más
libros de «Divulgación científica», cuyo mayor contenido es filosofía barata:
así, los libros de divulgación de neurología, no suelen temer enfrentarse con
problemas tales como la conciencia (entendida en un sentido mentalista), la
libertad, o incluso la cultura. Los libros de divulgación de física son aun más
ambiciosos: en muchos, ya en sus índices nos prometen revelarnos nada más ni
nada menos que el origen del Universo («el origen de todo esto», diría alguien
de la calle con expresión de asombro o de solemnidad), así como el posterior
«despliegue» del Cosmos, vía emergencia metafísica, sacando de una chistera
mágica crecientes niveles de complejidad ontológica, completamente
sacados ex nihilo (del quark al jaguar), pero sin
ningún problema: porque es la «ciencia» misma la que nos lleva a esas teorías.
¿Y quién va a discutir los resultados de la ciencia? Nosotros desde luego
no: lo que discutimos es que todo ese elenco de absurdos de ciencia
ficción, o fantasía sea ciencia. Y para ellos contamos con algo que
estará de más para muchos: contamos con una Idea de ciencia, y no precisamente
sacada de una chistera, o reducible a dos o tres frases abstractas y
metafísicas que nada dicen. Esta teoría es la teoría del cierre categorial.
Volvamos
a repetir nuestra conclusión: el científico, fuera de su categoría, no tiene
absolutamente nada que decir (en cuanto científico), y si se aventura a dar
teorías de la causalidad, «del origen del Todo», &c., será en su calidad de
filósofo. Ahora bien, la ideología del fundamentalismo científico impide que el
científico trate con profundidad a los clásicos de nuestra tradición
filosófica, por lo que las coordenadas filosóficas desde las que suele hablar
el fundamentalista científico suelen ser completamente ingenuas e infantiles.
El cientificista, a lo sumo, leerá a Popper, a Hacking, a Kuhn o a Stegmuller.
Se olvidará de filósofos de primera magnitud como Plotino, como Santo Tomás,
como Hegel o como Schopenhauer. Si el cientificista lee a Platón, por ejemplo,
lo leerá en calidad de «literatura» (lectura, además, presumiblemente influida
por el Mito de la cultura); el cientificista, al leer a Platón, por ejemplo, no
tomará en serio (de hecho es probable que ni siquiera repare en ello) la teoría
de la Symploké del Sofista, o del conocimiento en el Teeteto, o
la dialéctica regressus/progressus del Mito de la carverna de la República:
el cientificista leerá a Platón como el que lee un poema.
La
filosofía, hoy día, pensarán, está de más: hay que agradecerle los servicios
prestados, en cuanto madre de las ciencias; pero una vez cumplidos esos
servicios de génesis, habrá que jubilarla, por de lo que antiguamente se
ocupaba la filosofía, hoy se ocupa la Ciencia, que cada vez está más cerca de
una plena y perfecta comprensión de la Realidad (desde sus elementos primarios:
los quarks; su origen: el Big bang; el principio que rige su desarrollo: el
principio antrópico, &c.). Sin embargo, la idea de materia ontológico
general pone en ridículo todas estas pretensiones infantiles y ridículas, por
parte de tantos eminentes hombres de nuestra actualidad. Las ciencias positivas
están lejos de agotar el conocimiento racional que tenemos del Mundo: las Ideas,
como fruto de la confluencia objetiva de varios conceptos provinientes de
diversas categorías no se dejan atrapar en los cierres categoriales, y por
tanto quedan fuera de la ciencia, aunque hayan sido constituidas, la mayor
parte de las veces, gracias a conceptos científicos: y aquí está la función de
la filosofía, una función que sería digno de risa ningunear, ¿acaso las Ideas
no tienen un puesto decisivo en la conformación de nuestro Mundo? ¿Cómo
ningunearlas si se está todo el día hablando desde ellas (realidad, género,
especie, causalidad, tiempo, materia, conciencia, libertad, ciencia, método,
teoría, hipótesis, persona, &c., &c.)?; pero si es ridículo
ningunearlas ¿cómo no dignarse a analizarlas rigurosamente? Porque esto, y no
otra cosa, es la Filosofía: el análisis abstracto de las Ideas (y por tanto el
análisis de sus relaciones, de sus contradicciones, de sus confrontaciones,
&c.).
Si en
otro tiempo las ideologías más perniciosas, desde el racionalismo filosófico,
eran las teológicas, hoy día, es la ideología barata y metafísica del
cientificismo la que ha de ser combatida desde el materialismo filosófico: es
ésta una de las tareas decisivas que hay que realizar desde el presente; un
presente en el que hay que ser muy optimista para mirarlo con buenos ojos.


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