© Libro N° 11939.
Lázaro. Andreiev,
Leónidas. Emancipación. Diciembre 2 de 2023
Título original: ©
Lazarus, Leónidas Andreiev (1871-1919)
Versión Original: © Lázaro. Leónidas Andreiev
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leónidas Andreiev
Lázaro
Leónidas
Andreiev
Cuando
Lázaro salió del sepulcro, donde tres días y tres noches yaciera bajo el
misterioso poder de la muerte, y, vuelto a la vida, tornó a su casa, no
advirtieron sus deudos, al principio, las malignas rarezas que, con el tiempo,
hicieron terrible hasta su nombre. Alborozados con ese claro júbilo de verlo
restituido a la vida, amigos y parientes prodigábanle caricias y halagos sin
cesar y ponían el mayor esmero en tenerle a punto la comida y la bebida y ropas
nuevas. Vistiéronle hábitos suntuosos con los colores radiantes de la ilusión y
la risa, y cuando él, semejante a un novio con su traje nupcial, volvió a
sentarse entre los suyos a la mesa, y comió y bebió con ellos, lloraron todos
de emoción y llamaron a los vecinos para que viesen al milagrosamente
resucitado.
Y los
vecinos acudieron y también se regocijaron; y vinieron también gentes
desconocidas de remotas ciudades y aldeas y con vehementes exclamaciones
expresaban su reverencia ante el milagro... Como enjambres de abejas
revoloteaban sobre la casa de Maria y Marta. Y lo que de nuevo se advertía en
el rostro de Lázaro y en sus gestos, reputábanlo naturalmente como huellas de
la grave enfermedad y de las conmociones padecidas. Era evidente que la labor
destructora de la muerte, en el cadáver, había sido detenida por milagroso
poder, pero no borrada del todo; y lo que ya la muerte lograra hacer con el
rostro y el cuerpo de Lázaro, venía a ser cual el diseño inconcluso de un
artista, bajo un fino cristal.
En las
sienes de Lázaro, por debajo de sus ojos y en las demacradas mejillas,
perduraba una densa y terrosa cianosis; y esa misma cianosis terrosa matizaba
los largos dedos de sus manos y también en sus uñas, que le crecieran en el
sepulcro, resaltaba ese mismo color azul, con tonos rojizos y oscuros. En
algunos sitios, en los labios y en el cuerpo, habíasele resquebrajado la piel,
tumefacta en el sepulcro, y en esos sitios mostraba tenues grietas rojizas,
brillantes, cual espolvoreadas de diáfana mica. Y se había puesto obeso. El
cuerpo, hinchado en el sepulcro, conservaba aquellas monstruosas proporciones,
aquellas protuberancias terribles, tras las cuales adivinábase la hedionda
humedad de la putrefacción. Pero el cadavérico hedor de que estaban impregnados
los hábitos sepulcrales de Lázaro, y, al parecer, su cuerpo todo, no tardó en
desaparecer por completo y al cabo de algún tiempo amortiguose también la
cianosis de sus manos y su rostro y se igualaron aquellas hinchazones rojizas
de su piel, aunque sin borrarse del todo. Con esa cara presentóse a la gente,
en su segunda existencia; pero aquello parecía natural a quienes le habían
visto en el sepulcro.
Lo mismo
que la cara pareció haber cambiado también el carácter de Lázaro; pero tampoco
eso asombró a nadie ni atrajo sobre él demasiado tiempo la atención. Hasta el
día de su muerte, había sido Lázaro un hombre jovial y desenfadado, amigo de
risas y burlas inocentes. Por esa su jovialidad simpática e inalterable, exenta
de toda malignidad y sombra de mal humor, cobrábale tanto cariño el Maestro.
Ahora, en cambio, habíase vuelto serio y taciturno; jamás gastaba bromas a
nadie ni coreaba con su risa las ajenas; y las palabras que rara vez salían de
sus labios, eran las mas sencillas, corrientes e indispensables y tan faltas de
sustancia y enjundia, cual esos sonidos con que el animal expresa su dolor y su
bienestar, la sed y el hombre. Palabras que un hombre puede pronunciar toda su
vida, sin que nadie llegue a saber de que se duele o se alegra su profunda
alma.
Así, con
la faz de un cadáver, sobre el que, por espacio de tres días, señoreara la
muerte en las tinieblas... vestido con sus nupciales ropas, brillantes de
amarillo oro y sanguinolenta púrpura, pesado y silencioso, vuelto otro hasta el
espanto, pero aun reconocible para todos... sentábase a la mesa del festín,
entre sus amigos y deudos. En anchas ondas, ora dulces, ora sonoramente
aborrascadas surgían en torno a él, las ovaciones; y miradas, encendidas de
amor, iban a posarse en su rostro, que aún conservaba la frialdad de la tumba;
y la tibia mano de un amigo acariciaba la suya, pesada y azuleante. Tocaba la
música. Habían llevado músicos y éstos tocaban cosas alegres; y vibraban
címbalos y flautas, citaras y guzlas. Como enjambres de abejas, bordoneaban...
como cigarras estridentes... Como pájaros, cantaban sobre la venturosa mansión
de María y Marta.
II.
Un
imprudente levantó el velo. Con el soplo indiscreto de una palabra lanzada al
azar, rompió el luminoso encanto y en toda su informe desnudez dejó ver la
verdad. Aún no se concretara del todo en su mente la idea, cuando sus labios,
sonriendo, preguntaron:
-¿Por que
Lazaro, no nos cuentas... lo que viste allí?
Y todos
guardaron silencio, sorprendidos de aquella pregunta. Parecía como si, por
primera vez entonces, se diesen cuenta de que Lázaro había estado muerto tres
días y miráronlo curiosos, aguardando su respuesta. Pero Lázaro callaba.
-¿No
quieres contárnoslo? —insistió el preguntón con asombro— ¡Tan terrible era
aquelIo !
Y otra
vez su pensamiento fuele a la zaga a sus palabras; de haberle ido por delante,
no habría formulado esa pregunta, que en aquel mismo instante, le destrozaba el
corazón con irresistible pánico. Inquietáronse también todos y con ansia
aguardaban las palabras de Lázaro; pero éste seguía guardando un silencio grave
y frío y sus ojos tenían una mirada vaga. Y otra vez volvieron a notar, como al
principio, aquella terrible cianosis de su rostro y aquella repugnante
obesidad; sobre la mesa, como olvidadas por Lázaro, yacían sus manos. de un
azul rojizo... Y todas has miradas involuntariamente fijas, convergían en
ellas, cual si de ellas aguardasen la respuesta anhelada. Y seguían tocando los
músicos ; pero no tardó en correrse hasta ellas el silencio y así como el agua
apaga un rescoldo, también aquel silencio apagó los alegres compases. Callaron
las flautas; callaron también los sonoros címbalos y las bordoneantes guzlas; y
lo mismo que una cuerda que salta, gimió desmayada la canción... y como un
trémulo, intermitente sonido, enmudeció también la cítara. Y todo quedó en
silencio.
-¿No
quieres decírnoslo? —repitió el preguntón, incapaz de contener su lengua.
Reinaba el silencio y sobre la mesa descansaban inmóviles las azulosas, rojizas
manos de Lázaro. Y he aquí que aquellos manos moviéronse levemente v todos
respiraron aliviados y alzaron los ojos; y las fijaron en ellas, y todos a una,
con una sola mirada, pesada y terrible, quedáronse contemplando al resurrecto
Lázaro. Era aquél el tercer día, después que Lázaro saliera del sepulcro. De
entonces acá, muchos habían sentido el poder aniquilador de su mirada; pero ni
aquellos que por ella quedaron destruidos para siempre ni aquellos otros que en
las primordiales fuentes de la vida, tan misteriosas como la propia muerte,
encontraron valor para afrontarla. .. jamás pudieron explicarse lo horrible
que, invisible, yacía en el fondo de sus negras pupilas. Miraba Lázaro de un
modo sencillo y sereno, sin deseo de descubrir cosa alguna, ni intención de
decir nada... hasta miraba fríamente cual si fuese del todo ajeno al
espectáculo de la vida.
Y eran
muchos los despreocupados que tropezaban con él y no lo notaban, y, luego, con
asombro y pavor, reconocían quien era aquel hombre obeso y flemático que los
rozaba con la orla de su lujosa y brillante túnica. Seguía brillando el sol
cuando miraba él, y seguía manando, cantarina, la fuente y no perdían los
cielos su color cerúleo; pero el hombre que caía bajo su mirada enigmática, ya
no oía el rumor de la fuente ni reconocía los nativos cielos. Unas veces,
rompía a llorar con amargura; otras, desesperado, se arrancaba los cabellos y,
como loco, gritaba pidiendo socorro; pero lo más frecuente era que, con toda
calma e indiferencia, empezara a morirse y siguiera muriéndose durante largos
años, muriéndose a vista de todos, muriéndose descolorido, bostezante y tedioso
como un árbol que se va agotando en silencio sobre una tierra pedregosa. Y los
primeros, los que gritaban y enloquecían, volvían luego a la vida; pero los
otros... nunca.
-¿De
modo, Lázaro, que no quieres contarnos lo que viste alli? —por tercera vez
repitió el preguntón.
Pero
ahora su voz era indiferente y brumosa y mortecina y un tedio gris miraba por
sus ojos. Y sobre todas las caras extendióse como polvo, aquel mismo tedio
mortal y con romo asombro miráronse unos a otros los comensales, sin comprender
por que se habían reunido allí, en torno a aquella rica mesa. Dejaron de
hablar. Con indiferencia pensaban que debían irse a sus casas, pero no podían
sacudirse aquel pegajoso e indolente tedio, que paralizaba sus músculos, y
continuaban sentados, apartados unos de otros, cual nebulosas lucecillas
desparramadas por los nocturnos campos. Pero a los músicos les habían pagado
para que tocasen y volvieron a coger sus instrumentos y volvieron a surgir y
saltar sus sones estudiadamente alegres, estudiadamente tristes. Toda aquella
armonía vertíase sobre ellos, pero no sabían los comensales que falta les hacia
aquello ni a que conducía el que aquellos individuos pulsasen las cuerdas,
inflando los carrillos y soplasen en las tenues flautas y armasen aquel raro,
discordante ruido.
—iQué mal
tocan! —dijo uno.
Los
músicos diéronse por ofendidos y se largaron. Detrás de ellos, uno tras otro,
fuéronse también los comensales, porque ya estaba anocheciendo. Y cuando por
los cuatro costados envolviólos la sombra, y ya empezaban a respirar a sus
anchas... súbitamente, ante cada uno de ellos, con el fulgor de un relámpago,
surgió la figura de Lázaro; rostro azuleante de muerto, vestidura nupcial
lujosa y brillante y fría mirada, del fondo de la cual destilaba, inmóvil, algo
espantoso. Cual petrificados quedáronse ellos en distintos sitios y la sombra
los circundaba; pero en la sombra, con toda claridad, destacábase la terrible
visión, la sobrenatural imagen de aquel que, por espacio de tres días yaciera
bajo el enigmático poder de la muerte. Muerto estuvo tres días; tres veces
salió y se puso el sol y él estaba muerto; jugaban los chicos, bordoneaba el
agua en los guijarros, ardía el polvo, levantado en el camino por los pies de
los viandantes... y él estaba muerto. Y ahora otra vez se hallaba entre los
hombres..., los palpaba..., los miraba..., ¡los miraba!... y por entre los
negros redondeles de sus pupilas. como al través de opaco vidrio, miraba a las
gentes el más incomprensible Allá.
III.
Nadie se
preocupaba de Lázaro, amigos y deudos, todos sin excepción, lo habían
abandonado y el gran desierto que rodeaba la ciudad santa, llegaba hasta los
umbrales mismos de su casa. Y en su casa se metía y en su cuarto se instalaba
cual si fuese su mujer y apagaba los fuegos. Nadie se preocupaba de Lázaro. Una
tras otra, fuéronse de su lado sus hermanas.... Maria y Marta... Resistióse
mucho a hacerlo Marta, porque no sabía quien iría luego a alimentarlo y le daba
lástima y lloraba y oraba. Pero una noche, habiéndose levantado en el desierto
un huracán que, silbando, zarandeaba los cipreses sobre el techo, vistióse sus
ropas con sigilo y con el mismo sigilo se fué. Seguro que Lázaro oiría el ruido
de la puerta que, mal cerrada, volteaba sobre sus goznes bajo los intermitentes
embates del viento... pero no se levantó ni salió a mirar. Y toda la noche,
hasta ser de día, estuvieron zumbando sobre su cabeza los cipreses y crujiendo,
quejumbrosa, la puerta, dando paso franco hasta el interior de la casa, al frío
y ansiosamente galopante desierto.
Cual a un
leproso huíanle todos y como a un leproso querían colgarle al cuello una
campanilla, con el fin de evitar oportunamente su encuentro. Pero hubo quién,
palideciendo, dijo que seria terrible eso de oír en el silencio de la noche, al
pie de la ventana, el tintineo de la campanilla de Lázaro... y todos también,
palideciendo, le dieron la razón. Y como tampoco él se cuidaba de si mismo, es
posible que se hubiera muerto de hambre, si sus vecinos, por efecto de cierto
temor, no se hubieran encargado de llevarle la comida. Valíanse para esto de
los niños, que eran los únicos que no se asustaban de Lázaro; sino que, lejos
de eso, burlábanse de él, como suelen hacerlo, con inocente crueldad, de todos
los desdichados.
Mostrábansele
indiferentes, y con la misma indiferencia pagaba Lázaro; no sentía el menor
antojo de acariciar sus negras cabecitas ni mirar a sus ojillos, brillantes e
ingenuos. Rendida al poder del tiempo y del desierto, derrumbose su casa, y
mucho hacía ya que se le fueran con sus vecinos sus hambrientas escuálidas
cabras. Desgarráronsele también sus lujosas vestiduras nupciales. Según se las
pusiera aquel venturoso día, en que tocó la música, así las llevó sin
mudárseles, cual si no advirtiese diferencia alguna entre lo nuevo y lo viejo,
entre lo roto y lo entero.
Aquellos
vistosos colores se destiñeron y perdieron su brillo; los malignos perros de la
ciudad y los agudos abrojos del desierto convirtieron en andrajos su delicado
cíngulo. Un día, que el implacable sol volviérase un verdugo de toda cosa viva
y hasta los escorpiones permanecían amodorrados bajo sus piedras, conteniendo
su loca ansia de morder, Lázaro, sentado inmóvil bajo los rayos solares, alzaba
a lo alto su azulesco rostro y sus greñudas y salvajes barbazas. Cuando todavía
los hombres le hablaban, preguntáronle una vez:
—Pobre
Lázaro, ¿es que lo gusta estarte sentado, mirando al sol?
Y
contestó él:
—Sí.
Tan
grande debía de ser el frío de tres días en la tumba y tan profunda su
tiniebla, que no había ya en la tierra calor ni luz bastantes a calentar a
Lázaro y a iluminar las sombras de sus ojos —pensaban los preguntones y,
suspirando, se alejaban.
Y cuando
el globo rojizo, incandescente, se inclinaba hacia la tierra, salíase Lázaro al
desierto e iba a plantarse frente al sol. como si quisiera cogerlo. Siempre
caminaba cara al sol, los que tuvieron ocasión de seguirlo y ver lo que hacia
por las noches en el yermo, conservaban indelebles en la memoria la larga
silueta de aquel hombre alto, sombrío sobre el rojo y enorme disco encendido
del astro. Ahuyentábalos la noche con sus terrores y no llegaban a saber lo que
hacía Lázaro en el desierto; pero su imagen negra sobre rojo, quedábaseles
grabada en el cerebra, con caracteres imborrables. Como una fiera, que revuelve
los ojos y se frota el hocico con sus patas, así también apartaban ellos la
vista y se restregaban los ojos; pero la imagen de Lázaro quedaba impresa en
ellos hasta la muerte.
Pero
había individuos que vivían lejos y nunca habían visto a Lázaro y solo tenían
de él vagas referencias. Por efecto de esa curiosidad irresistible, más
poderosa todavía que el miedo, aunque del miedo se nutre, con una íntima burla
en el alma, llegábanse a Lázaro, que estaba sentado al sol, y lo interpelaban.
Por aquel entonces, ya el aspecto exterior de Lázaro había mejorado y no
resultaba tan imponente; así que, al pronto, ellos chascaban los dedos y
pensaban que los habitantes de la ciudad santa eran unos estúpidos. Pero luego
de terminarse el breve coloquio, cuando ya se iban a sus casas, mostraban un
aspecto tal, que en seguida los habitantes de la ciudad santa los conocían y
comentaban:
—Todavia
hay locos que van a ver a Lázaro —y sonreían compasivos y alzaban al cielo los
brazos. Llegaban, con estruendo de armas, valientes guerreros que no conocían
el miedo; llegaban, con risas y canciones, jóvenes felices; y discretos
publicanos, preocupados con el dinero, y los arrogantes ministros del templo
detenían sus rebaños junto al hebreo Lázaro..., pero ninguno volvía de allí
como había ido. La misma sombra terrible caía sobre las almas y confería un
nuevo aspecto al viejo mundo conocido. Así expresaban sus sentimientos aquellos
que se prestaban aún a hablar:
Todos los
objetos, visibles para los ojos y tangibles para la mano, vuélvense vacíos,
livianos y translúcidos... semejantes a claras sombras en la bruma nocturna,
así se vuelven: porque esa misma gran bruma que envuelve toda la creación, no
iluminada por el sol ni por la luna, ni por las estrellas, que cual velo negro
infinito arropa a la tierra como una madre, envolvíalos a todos; todos los
cuerpos penetrábamos, así el hierro como la piedra y soltábanse las partes del
cuerpo, faltas de encaje, y en lo hondo de esas partes penetraba también y
disgregábanse las partes en partículas; porque ese gran vacío, que envuelve la
creación no se colmaba ni con el sol ni con la luna o las estrellas, sino que
imperaba sin límites, por doquiera calaba, separándolo todo, cuerpos de cuerpos
y partes de partes; en el vacío hundían sus raíces los árboles y ellos también
estaban vacíos; en el vacío, amenazando con espectral caída, gravitaban los
templos, los palacios y las casas y ellos también estaban vacíos; y en el vacío
agitábase inquieto el hombre y también resultaba vacío y leve cual una sombra:
porque no existía el tiempo y el principio de cada cosa fundiase con su fin;
apenas labraban un edificio y aun sus constructores daban martillazos; cuando
ya se dejaban ver sus escombros y en el lugar de ellos, el vacío; apenas nacía
una criatura, cuando ya sobre su cabeza ardían los blandones fúnebres y se
apagaban y ya el vacío ocupaba el lugar del hombre y de los fúnebres blandones;
y abrazado por el vacío y la sombra, temblaba sin esperanza el hombre ante el
horror de lo Infinito.
Así
decían aquellos que aun se prestaban a hablar. Pero es de suponer que aún
habrían podido decir más aquellos otros que se negaban a hablar y en silencio
morían.
IV.
Por aquel
tiempo había en Roma un escultor famoso. Del barro, el mármol y el bronce
creaba cuerpos de dioses y hombres y era tal su divina belleza que todos la
reputaban sin igual.
El, sin
embargo, no estaba satisfecho de sus obras y afirmaba que aún había algo más
bello que no podía reproducirse ni en el mármol ni en el bronce.
—Aún no
pude captar el fulgor de la Tuna —decía— ni tampoco el del sol... y mis
mármoles no tienen alma ni mis bellos bronces, vida.— y cuando las noches de
luna, vagaba despacio el artista por la ciudad y, recortando ]as negras sombras
de los cipreses, se deslizaba con su blanco jitón bajo la luna, los amigos que
se lo encontraban, echábanse a reir afectuosamente y decian:
-¿Es que
andas tras de cazar el fulgor de la luna, Aurelio? ¿Por que no te trajiste un
cesto?
Y él,
también riendo, señalaba a sus ojos:
—Estos
son mis cestos, en los que recojo la luz de la luna y el resplandor del sol.
Y era
verdad; brillaba en sus ojos la luna y el sol resplandecía en ellos. Sólo que
no podía trasladarlos al mármol y aquel era el luminoso dolor de su vida.
Procedía de antiguo linaje patricio, estaba casado con una mujer de buena
condición, tenia hijos y no podía sufrir deficiencia de ninguna clase. Luego
que hubo llegado a sus oídos la vaga fama de Lázaro, consultó con su mujer y
sus amigos y emprendió la larga peregrinación a Judea, al solo fín de ver con
sus propios ojos a aquel hombre milagrosamente resucitado. Sentíase por aquel
entonces un tanto aburrido y esperaba reavivar con aquel viaje su adormecida
atención. Cuanto le habían referido del resucitado, no fué parte a intimidarlo;
había meditado mucho sobre la muerte, y aunque no le resultaba simpática, menos
simpáticos le eran todavía aquellos que la descartaban de su vida.
A este
lado... la bellisima vida; a este otro ... La enigmática muerte —pensaba él— y
nada mejor podía discurrir el hombre que lo vivo..., alegrarse con la vida y la
belleza es lo vivo.
Y hasta
sentía cierto presuntuoso deseo; ver a Lázaro con la verdad de sus ojos y
volver a la vida su alma de igual modo que volviera su cuerpo. Lo cual le
parecía tanto más fácil cuanto que aquellos rumores sobre el resucitado, raros
y medrosos, no expresaban toda la verdad acerca de é l y solamente de un modo
confuso prevenían contra algo espantoso.
Ya se
levantaba Lázaro de la piedra para seguir al sol que iba a ocultarse en el
desierto, cuando hubo de llegarse a él un opulento romano, seguido de un
esclavo armado, y en voz recia, le dijo:
—¡Lázaro!
Y reparó
Lázaro en el bello arrogante rostro nimbado por la fama y las radiantes
vestiduras y las gemas que centelleaban al sol. Los rojizos rayos del astro
daban a la cabeza y a la cara un cierto parecido con el bronce vagamente
brillante... y Lázaro lo advirtió. Sentóse dócilmente en su sitio y agobiado,
bajó la vista.
—Si... no
tienes nada de bello, mi pobre Lázaro —dijo lentamente el romano, jugando con
su cadenilla de oro— incluso terrible pareces, mi pobre amigo; y la muerte no
anduvo perezosa el día que tan imprudentemente caiste en sus brazos. Pero estás
inflado como un tonel y los gordos son gente buenaza, por lo general —decía el
gran Usar— y no me explico por que la gente te tiene tanto miedo. ¿Me
permitirás pasar la noche en tu casa? Es tarde ya y no tengo posada.
Nadie
hasta entonces pidiérale hospitalidad por una noche en su casa al resucitado.
—Yo no
tengo casa —dijo Lázaro.
—Yo soy
algo martial y puedo dormir sentado —respondióle el romano—. Encenderemos
lumbre...
—Yo no
tengo fuego.
—Pues
entonces, nos sentaremos en la sombra, como dos amigos y conversaremos. Pienso
que tendrás algo de vino ...
—Yo no
tengo vino.
El romano
echóse a reir.
—Ahora
comprendo por que estás tan sombrío y descontento de tú segunda vida. ¡Te falta
el vino! Bien...; es igual, nos pasaremos sin él ; mira, hay manantiales cuyas
aguas se suben a la cabeza lo mismo que el falerno.
Despidió
con un gesto al esclavo y ambos se quedaron solos. Y de nuevo rompió a hablar
el escultor; pero habríase dicho que, juntamente con el sol declinante, íbase
la vida de sus palabras y quedábanse pálidas y hueras... cual si se tambaleasen
sobre sus mal seguros pies, como si resbalasen y cayesen, ebrias de un vino de
pena y desesperanza. Y dejáronse ver negros resquicios entre ellas..., cual
remotas alusiones al gran vacío y a la gran tiniebla.
—¡Ahora
soy tu huésped y no me ofenderás, Lázaro! —dijo—. La hospitalidad es un deber,
incluso para quién estuvo muerto tres días. ¡Porque tres días, según me han
dicho, estuviste en el sepulcro!... ¡OH y que frío debe de hacer allí!... Allí
debiste aprender esa mala costumbre de prescindir del fuego, aún en invierno...
Con lo amante que soy yo de la luz... y lo pronto que oscurece aquí ... Tienes
un diseño muy interesante de cejas y frente; se diría las calcinadas ruinas de
un palacio, después de un terremoto. Pero por que vas vestido de un modo tan
raro y feo? Yo he visto a los recién casados en vuestro país y hay que ver como
van vestidos... de un modo tan ridículo... ¡tan horrible!... Pero ¿acaso eres
tú uno de ellos?
Ocultábase
ya el sol, negras sombras gigantescas venían del oriente... ; cual pies enormes
y descalzos hacían crujir la arena y un leve escalofrío corríase por la
espalda.
—En la
sombra pareces todavía más grande, Lázaro; se diría que has engordado en este
instante. ¿No será que te alimenta la sombra?... Pero yo daría algo por tener
aquí fuego..., por poco que fuere..., solamente unas brasas... Si no estuviera
esto tan oscuro, diría que me estás mirando, Lázaro... Sí, no hay duda que me
miras... Porque lo siento...; sí..., y ahora te has sonreído.
Hízose de
noche y el aire se llenó de una pesada negrura.
—¡Qué
gusto mañana, cuando vuelva a salir el sol!... Porque has de saber que yo soy
un gran
escultor,
por lo menos eso dicen mis amigos. Yo creo...; sí..., eso se llama crear...;
pero para eso necesito la luz del día. Infundo vida al frío mármol, moldeo en
el fuego el sonoro bronco, en el radiante, cálido fuego. ¿Por que me has tocado
con tu mano?
—Vámonos
—dijo Lázaro—. Eres mi huésped.
Y ambos
se encaminaron a la casa. Y la larga noche tendióse por la tierra. No aguardaba
el esclavo a su señor y marchó en su busca cuando ya iba alto el sol. Y vió con
asombro, cara a los quemantes rayos del sol, que estaban sentados, uno junto al
otro, Lázaro y su amo, y fijos en lo alto los ojos, callaban. Echóse a llorar
el esclavo y gritó recio:
—Señor,
¿qué te pasa? iSeñor!
Aquel
mismo día regresó el escultor a Roma. Todo el camino fué Aurelio ensimismado y
silencioso, mirándolo todo de hito en hito... la gente, los barcos, el mar...,
y habríase dicho que hacía esfuerzos por recordar algo. Sobrevino en el mar una
recia tempestad y todo el tiempo que duró estúvose Aurelio sobre cubierta
mirando las olas que se encrespaban y caian. Al llegar a su casa chocóles a sus
deudos el terrible cambio que sufriera; pero él los tranquilizó diciéndoles
estas ambiguas palabras:
—Lo
encontré.
Y sin
quitarse aquel sucio traje con que hiciera el camino, puso inmediatamente manos
a la obra, y el mármol plegábase dócil, retumbando bajo los recios martillazos.
Larga y tensamente estuvo trabajando el artista, sin siquiera interrumpir su
labor para tomar un bocado, hasta que, al fin, una mañana anunció estar ya
terminada su obra y mandó llamar a los amigos, severos estimadores y expertos
en achaques de buen gusto. Y en tanto llegaban, vistióse ropas suntuosas, de
fiesta, brillantes de oro rubio, rojas de púrpura.
—He ahi
lo que he creado —dijo pensativo.
Miraron
sus amigos y la sombra del más profundo agravio cubrió sus semblantes. Era
aquello algo monstruoso, sin forma conocida habitual, pero no exento de cierto
aire novedoso, de cosa nunca vista. Sobre una tenue, encorvada florecilla, o
algo semejante, posábase torcido y raro, el ciego, informe y arrugado pecho de
alguien vuelto hacia adentro, de unos trazos que pugnaban impotentes por huir
de sí mismos. Y al azar, por debajo de uno de esos salientes, bárbaramente
clamantes, veíase una mariposa admirablemente esculpida, de alitas
translúcidas, como temblando en impotente ansia de volar.
-¿Por que
esa admirable mariposa, Aurelio? —preguntó uno indeciso.
—No sé
—respondióle el escultor.
Pero era
preciso decir la verdad; y uno de los amigos, aquel que queria más a Aurelio,
con tono firme dijo:
—¡Eso es
algo informe, mi pobre amigo! Hay que destruirlo. Dame acá el martillo. —Y de
dos martillazos destrozó al monstruoso grupo, dejando sólo aquella mariposa,
admirablemente esculpida.
A partir
de aquel dia, ya no volvió Aurelio a crear nada. Con absoluta indiferencia
miraba el mármol y el bronce y todas sus divinas creaciones anteriores, en las
cuales anidara la belleza inmortal. Pensando despertarle su antiguo fervor por
el trabajo, vivificar su alma mortecina, llevándolo a contemplar las más bellas
obras de otros artistas..., pero no sacudió ante ellas su apatía y la sonrisa
no vino a caldear sus cerrados labios. Y sólo, después que le hubieron hablado
largo y tendido de la belleza, objetó cansado y bostezante:
—Pues
para que lo sepáis, todo eso es... mentira. Pero de dia, en cuanto brillaba el
sol, salíase a su espléndido jardín construido con un alarde de arte y buscando
allí un lugar adonde no hiciese sombra, entregaba su desnuda cabeza y sus
nublados ojos a su brillo y su flama. Revoloteaban por alli mariposas rojas y
blancas; en la marmórea fuente corria, chapoteaba el agua, manando de las
crispadas fauces de un sátiro; y él que estaba alli sentado, sin moverse...
Cual pálido trasunto de aquel que en la profunda lejanía, en las mismas puertas
del pedregoso yermo, permanecía asi también, sentado y sin moverse, bajo los
ardientes rayos del sol.
V.
Y hete
aquí que hubo de llamar a Lázaro a su palacio, el propio divino Augusto.
Vistieron suntuosamente a Lázaro, con solemnes atavíos nupciales, como si el
tiempo los legitimase y hasta el fín de sus días hubiese de seguir siendo el
navío de una novia ignorada. Parecía como si a un viejo y podrido féretro que
ya empezaba a pudrirse y deshacerse, le hubiesen dado capa de oro y colgádole
nuevos y alegres cascabeles. Y triunfalmente llevándolo entre todos, todos
ataviados y brillantes, cual si de verdad fuese aquel un viaje de bodas y
trompeteaban los batidores en sus trompetas pidiendo paso para el legado del
emperador. Pero desiertos estaban los caminos de Lázaro; su país entero
maldecía ya el nombre del resucitado y el pueblo huía al solo anuncio de su aproximación
terrible. Las trompetas eran las únicas que sonaban y el desierto les respondía
con sus largos ecos.
Lleváronlo
luego por el mar. Y fué el mas lujoso y el mas triste navío, que jamás se
hubiese reflejado en las ondas del Mediterráneo. Muchos pasajeros iban a bordo
de él, pero resultaba silencioso como una tumba y parecía cual si llorase el
agua, al hendirla la aguda y esbelta proa. Solo iba allí sentado Lázaro,
expuesta al sol la frente; escuchaba el rumor de las olas y callaba mientras
lejos de él, en confuso enjambre de tristes sombas, sentábanse y bostezaban
marineros y embajadores. Si en aquellos momentos hubiese estallado una
tempestad y desgarrado el viento las rojas velas, es seguro que el bajel
habríase hundido, sin que ninguno de los que a bordo llevaba hubiese tenido
fuerzas ni deseo de luchar por su vida. Haciendo un supremo esfuerzo, asomábanse
algunos a la borda y fijaban ansiosos la vista en el azul, diáfano abismo...
¿No se deslizarían por entre las ondas los hombros rosados de una náyade?...
¿no retozaría en ellas, levantando con sus cascos ruidosos surtidores, algún
ebrio centauro, loco de alegria? Pero desierto estaba el mar y mudo y vacío el
ecuóreo abismo.
Indiferente
recorrió Lázaro las calles de la ciudad eterna. Habríase dicho que toda su
riqueza, sus grandes edificios, erigidos por titanes, todo aquel brillo y.
belleza de un vivir refinado..., eran para él apenas otra cosa que el eco del
viento en el desierto, el reflejo de las muertas inestables arenas. Rodaban las
carrozas, pasaban densos grupos de gentes recias, gallardas, bellas y altivas,
fundadoras de la ciudad eterna y orgullosas partícipes de su vida; sonaban
canciones..., reían las fuentes y las mujeres con su risa perlada...,
filosofaban los borrachos... y los que no lo estaban escuchaban sus discursos,
y los cascos de los corceles aporreaban a más y mejor las piedras del
pavimento. Y rodeado por doquiera de alegre rumor, cual un frío manchón de
silencio, cruzaba la ciudad el sombrio, pesado Lázaro, sembrando a su paso el
desánimo, sombra y una vaga, consuntiva pena.
¿Quién se
atreve a estar triste en Roma? —murmuraban los ciudadanos y fruncian el ceño;
pero ya, al cabo de dos dias, nadie ignoraba en la curiosa Roma al
milagrosamente resucitado y con terror se apartaban de él.
Pero
también allí habia muchos osados que querían probar sus fuerzas y Lázaro acudia
dócilmente a sus imprudentes llamadas. Ocupado en los asuntos de Estado, tardó
el emperador en recibirlo y por espacio de siete dias enteros anduvo el
milagrosamente resucitado por entre la muchedumbre. Y una vez hubo de llegarse
Lázaro a un alegre borracho y éste riendo con sus rojos labios, lo saludó
diciendo:
—iVen
acá, Lazaro, y bebe!... ¡Que Augusto no podrá contener la risa, cuando te vea
borracho!
Y reían
aquellas mujeres desnudas, borrachas, y ponían pétalos de rosa en las azulosas
manos de Lázaro. Pero no bien fijaban los borrachos sus ojos en los ojos de
Lázaro... ya se había acabado para siempre su alegría. Toda su vida seguian ya
borrachos; no bebian ya, pero no se les pasaba la jumera... y en vez de esa
jovial locuacidad que el vino infunde, sueños espantables ensombrecían sus
mentes infelices. Sueños horribles venian a ser el único pábulo de sus almas
desatentadas. Sueños horribles, lo mismo de noche que de dia, tenian los
cautivos de sus monstruosos engendros y la muerte misma era menos horrible que
aquellos sus fieros pródromos. Pasó una vez Lázaro por delante de una parejita
de jóvenes, que se amaban y eran bellísimos en su amor. Estrechando ufano y
recio entre sus brazos a su amada, dijo el joven con honda compasión:
—Miranos,
Lazaro, y alégrate con nosotros. ¿Hay acaso en la vida algo más poderoso que el
amor?
Y miró
Lázaro. Y toda su vida siguieron ellos amándose, pero su amor se les volvió
triste y sombrío cual aquellos cipreses sepulcrales, cuyas raices se nutren de
la podredumbre de las tumbas y cuyas agudas y negras copas tiéndense
afanosamente al cielo en la plácida hora vespertina. Lanzados por la misteriosa
fuerza de la vida uno en brazos del otro, iban sus besos mezclados con
lágrimas, su placer, con dolor, y ambos sentíanse como dos esclavos; cual dos
sumisos esclavos de la vida exigente y servidores sin rechistar de la
amenazante silenciosa Nada. Eternamente unidos, eternamente separados,
chisporroteaban como chispas y como chispas se apagaban en la ilimitada
oscuridad.
Y pasó
Lazaro junto a un orgulloso sabio y el sabio le dijo:
—Yo ya sé
todo cuanto puedas decir de horrible, Lázaro... ¿Con qué podrías tu asustarme
ya?
Pero al
cabo de breve tiempo, ya sintió el sabio que conocer lo horrible... no es
todavía lo horrible y que la visión de la muerte... no es todavía la muerte. Y
sintió asimismo que la sabiduria y la necedad vienen a ser iguales ante la faz
de lo Infinito, porque el Infinito no sabe nada de ellas. Y borróse el lindero
entre vision y ceguera, entre verdad y mentira, entre el arriba y el abajo, y
su pensamiento informe quedóse colgando en el vacio. Y entonces llevóse el
sabio las manos a la cana cabeza y clamó, desolado:
—¡Ay, que
no puedo pensar! ¡Que no puedo pensar!
Así
perecía, ante la mirada indiferente del milagrosamente resucitado, todo cuanto
contribuye a afianzar la vida, el pensamiento y su gozo. Y empezaron los
hombres a decir que era peligroso Ilevarlo a presencia del emperador y que era
preferible matarlo y enterrarlo en secreto y decirle al César que había
desaparecido no se sabía dónde. Y ya se afilaban los cuchillos y jóvenes leales
al poder de la vida, apréstabanse con abnegación al homicidio... Cuando Augusto
mandó que a la mañana siguiente le llevasen a Lázaro y con ello frustró
aquellos planes crueles. Pero ya que era imposible eliminar del todo a Lázaro
acordaron los cortesanos atenuar por lo menos la penosa impresión que producía
su rostro. Y a ese fin, reunieron hábiles artistas que, toda la noche trabajaron
modelando la cabeza de Lázaro. Le recortaron las barbas, y se las rizaron,
dándoles una apariencia grata y bella. Desagradable resultaba aquel mortal viso
azul de sus brazos y su cara y con colorete se lo quitaron; blanqueáronle las
manos y le arrebolaron las mejillas. Repelentes resultaban aquellas arrugas que
el sufrimiento marcara en su rostro senil y se las quitaron y borraron del todo
y sobre aquel fondo limpio grabáronle con finos pinceles Ias arrugas de una
benévola risa y de.una jovialidad simpática y bonachona.
Con
absoluta indiferencia sometióse Lázaro a cuanto quisieron hacerle y quedó
pronto convertido en un anciano naturalmente gordo, guapo, apacible y cariñoso
abuelo de numerosos nietos. Aún no huyera de sus labios la sonrisa con que
contara divertidos chascarrillos, aún perduraba en el rabillo del ojo una mansa
ternura senil... tal hacía pensar. Pero a quitarle sus vestiduras nupciales, no
se atrevieron, como tampoco lograron cambiarle los ojos..., aquellos
cristalillos opacos y terribles, al trasluz de los cuales miraba a las gentes
el propio inescrutable Allá.
VI.
No
impresionaron a Lázaro lo mas mínimo los imperiales aposentos. Cual si no
advirtiese la diferencia entre su derruída casa, a cuyos umbrales llegaba el
desierto, y aquel sólido y bello palacio de mármol...; con esa misma
indiferencia miraba y no miraba, al pasar.
Y los
recios pisos de mármol parecian volverse bajo sus pies semejantes a las
rnovedizas arenas del yermo y aquella muchedumbre de gentes bien vestidas y
arrogantes convertíase en algo así como la vacuidad del aire, bajo su mirada.
No lo miraban a los ojos al pasar, temiendo quedar sometidos al terrible poder
de sus pupilas; pero cuando por el pesado ruido de sus pisadas sentían que ya
pasaba de largo... erguían la frente y con medrosa curiosidad contemplaban la
figura de aquel anciano sombrio, corpulento, levemente encorvado, que despacio
se adentraba en el propio corazón del imperial palacio.
Si la
muerte misma hubiera pasado ante ellos, no los hubiera aterrado más; porque
hasta entonces sólo los muertos habían conocido a la muerte, y los vivos sólo
de la vida habian, y no había puente alguno entre una y otra. Pero aquel hombre
extraordinario conocia a la muerte y tenia una significación ambigua y
terriblemente maldita. —¡Va a matar a nuestro grande, divino Augusto!— pensaban
los cortesanos llenos de pavor y lanzaban impotentes maldiciones a la zaga de
Lázaro, el cual lentamente y con indiferencia absoluta seguía adelante,
adentrándose cada vez más en las honduras del palacio.
Ya estaba
también informado el Cesar de la clase de hombre que era Lazaro, y aprestábase
a recibirlo. Pero era hombre varonil, sentía toda la magnitud de su enorme e
invencible poder y en su fatal entrevista a solas con el milagrosamente
resucitado no quería apoyarse en la débil ayuda de la gente. Solo con él, cara
a cara los dos, recibió el Cesar a Lázaro.
—No
levantes hasta mí tu mirada, Lazaro —ordenóle cuando aquél entró en la cámara.
Me han dicho que tu rostro es semejante al de Medusa y que conviertes en piedra
a quien miras. Pero yo quiero mirarte a ti y hablar contigo antes que me
conviertas en piedra —añadió con imperial jovialidad, no exenta de terror.
Y
llegándose a Lázaro contempló de hito en hito su rostro y sus extranas
vestiduras nupciales. Y padeció el engaño del artístico aliño, aunque su mirar
seguía siendo agudo e insolente.
—¡Vaya!
Al parecer, no tienes nada de espantoso, respetable anciano. Pero tanto peor
para la gente el que lo horrible asuma tan respetable y simpático aspecto.
Hablemos ahora.
Sentóse
Augusto e interrogando con la mirada tanto como con la palabra, inició el
diálogo:
—¿Por que
no me has saludado, al entrar?
Lázaro
con indiferencia, contestóle:
—No sabia
que hubiera que hacerlo.
—Pero
¿quién eres tú?
Con
cierto esfuerzo respondió Lázaro:
—Yo he
sido un muerto.
—Bien. Ya
lo he oído decir. Pero y ahora ¿quién eres?
Lázaro
tardó en responder y al cabo repitió con indiferencia y vaguedad:
—Yo he
sido un muerto.
—Escúchame,
desconocido —dijo el emperador, expresando clara y severamente lo que ya antes
pensara— mi imperio es un imperio de vivos; mi pueblo, un pueblo de vivos y no
de muertos. Y tú estás de más aquí. No se quien seas, no se lo que allí hayas
visto...; pero si mientes, abominaré de tu mentira; y si dices verdad...,
abominaré de tu verdad. Siento en mi pecho el palpitar de la vida; en mis
manos, el poder... Y mis altivos pensamientos, igual que las águilas, recorren
con sus alas el espacio. Y allí, a mis espaldas, bajo la salvaguardia de mi
poderío, bajo las redes de las leyes por mí promulgadas, viven y trabajan y se
alegran los hombres. ¿No oyes esta portentosa armonia de la vida? ¿No oyes ese
grito de guerra que lanzan las gentes a la faz del que pasa, provocándole a
lucha?
Augusto
extendió los brazos en actitud de rezo y solemnemente exclamó:
—¡Bendita
seas, grande, divina vida!
Pero
Lázaro callaba; y con severidad creciente, continuó el emperador:
—Tú estás
de más aquí. Tú, despojo lamentable, medio roído por la muerte, infundes a los
hombres tristeza y aversión a la vida; tú, como la oruga de los campos, devoras
la pingüe mies de la alegria y dejas la baba de la desesperación y el encono.
Tu verdad es semejante al puñal tinto en sangre de nocturno asesino... y como a
un asesino voy a entregarte al verdugo. Pero antes quiero mirarte a los ojos.
Puede que solo a los cobardes metan miedo y a los valientes les despierten
ansias de combate y victoria..., y, si asi fuere, no serás digno del suplicio,
sino de un premio... Mírame también tu a mí, Lázaro.
Y al
principio parecióle al divino Augusto que era un amigo el que lo miraba... que
así era de mansa, de tiernamente halagadora la mirada de Lázaro. No terror,
sino una dulce serenidad prometía, y a una tierna amante, a una compasiva
hermana... o madre parecíase lo Infinito. Pero sus abrazos volvíanse cada vez
mas fuertes y ya la respiración faltábale a los labios ávidos de besos y ya por
entre el suave talle del cuerpo asomaban los férreos huesos, apretados en
férreo círculo... y unas garras de no se sabia quién rozaban el corazon y en él
se clavaban.
—¡Oh, que
dolor! —exclamó el divino Augusto—.¡Pero mira, Lazaro, mira!
Lentamente
abrióse una pesada puerta, cerrada de siglos y por el creciente resquicio,
entróse fría y tranquilamente el amenazante horror de lo Infinito. Y he aquí
que como dos sombras penetraron alli el inabarcable vacio y la inabarcable
tiniebla, y apagaron el sol; lleváronse la tierra de debajo de los pies y la
techumbre de sobre las cabezas. Y dejó de doler el desgarrado corazon.
—Mira,
mira, Lazaro —ordenó Augusto, tambaleándose.
Detúvose
el tiempo y terriblemente se juntaron el principio y el fin de toda cosa. Aún
recién levantado el trono, de Augusto derrumbóse y ya el vacío vino a ocupar el
lugar del trono y de Augusto. Sin duda alguna, desplomóse Roma y una nueva
ciudad vino a ocupar su puesto y también, a su vez, se la tragó el vacío. Cual
colosales espectros, caían y desaparecían en el vacío ciudades, imperios y
países y con indiferencia se los tragaban, sin hartarse, las negras fauces de
lo Infinito.
—Deténte
—ordenó el emperador. Y ya en su voz vibraba la indiferencia e inertes colgaban
sus manos y en su afanosa lucha con la creciente tiniebla encendíanse y se
apagaban sus aquilinos ojos.
—Me has
matado, Lázaro —dijo de un modo vago y bostezante.
Y
aquellas palabras de desesperanza lo salvaron. Acordóse del pueblo, a cuya
defensa venía obligado y un agudo, salvador dolor penetró en su corazón
agonizante.
—¡Condenados
a perecer! —pensó con pena—. Sombras luminosas en la tiniebla de lo infinito
—pensó con espanto— frágiles arterias con hervorosa sangre, corazones que saben
del dolor y la gran alegria, pensó con ternura.
Y asi
pensando y sintiendo, inclinando la balanza ya del lado de la vida, ya del lado
de la muerte, volvióse con lentitud a la vida para en sus dolores y sus goces,
encontrar amparo contra las tinieblas del vacio y el espanto de lo Infinito.
—¡No; no
me has matado, Lazaro! —dijo con firmeza— ipero yo voy a matarte a tí! ¡Ven
aca!
Aquella
noche, comió y bebió con especial fruición el divino Augusto. Más de cuando en
cuando flaqueábale en el aire la levantada mano y un opaco brillo deslucía el
radiante fulgor de sus ojos aquilinos... otras el horror corríale en doloroso
calofrio por las piernas. Vencido, pero no muerto, esperando friamente su hora,
cual una negra sombra permaneció toda su vida a su cabecera, imperando por las
noches y cediendo dócilmente los claros dias, a los sufrimientos y goces del
vivir. Al dia siguiente, por orden del emperador, con un hierro candente
quemáronle a Lázaro los ojos y lo volvieron a su tierra. A quitarle la vida no
fué osado el divino Augusto.
Volvió
Lazaro a su desierto y acogiólo el desierto con sus vientos de alentar
sibilante y su calcinante sol. De nuevo se sentó sobre la piedra, levantando a
lo alto sus greñudas barbas salvajes y dos negros huecos en lugar de sus
quemados ojos, miraban estúpida y terriblemente al cielo. En la lejanía,
zumbaba y rebullíase inquieta la ciudad santa; pero en su proximidad todo
estaba yermo y mudo; nadie se acercaba al lugar donde dejaba correr los dias el
milagrosamente resucitado y hacia ya mucho tiempo que los vecinos abandonaran
su casa.
Traspasado
por el hierro candente hasta lo hondo del meollo, su maldita fama manteníase
allí como en emboscada; como desde una emboscada lanzaba él miles de ojos
invisibles sobre el hombre ... Y ya no osaba nadie mirar a Lázaro. Pero al
atardecer, cuando enrojeciendo y guiñando, declinaba el Sol hacia su ocaso,
lentamente íbase tras él el ciego Lázaro. Tropezaba con los guijos y caía,
obeso y débil; a duras penas se levantaba y seguia andando; y sobre el rojo
fondo del poniente, su negro torso y sus tendidos brazos, dábanle un prodigioso
parecido con la cruz. Y sucedió que salió un dia al desierto y ya no volvió
más. Así por lo visto, acabó la segunda vida de Lázaro, el que había pasado
tres dias bajo el misterioso poder de la muerte y resucitado milagrosamente
después.
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Leónidas
Andreiev (1871-1919)


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