© Libro N° 11938.
La Voz En La Noche. Hope
Hodgson, William. Emancipación. Diciembre 2 de 2023
Título original: ©
The Voice In The Night, William Hope Hodgson (1877-1918)
Versión Original: © La Voz En La Noche. William Hope Hodgson
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
William Hope Hodgson
La Voz En
La Noche
William
Hope Hodgson
Era un
noche oscura y sin estrellas. La falta de viento nos tenía detenidos en el
Pacífico Norte. No sé cuál era nuestra posición exacta, pues durante un semana
fatigosa y jadeante el sol había permanecido oculto detrás de un tenue neblina
que parecía flotar sobre nosotros, aunque a veces descendía para envolver el
mar que nos rodeaba.
Ante la
falta de viento, habíamos sujetado en posición firme la caña del timón y yo era
el único hombre que se encontraba en cubierta. La tripulación, que consistía en
dos marineros y un grumete, dormía en su camarote de proa, mientras Will —mi
amigo y a la vez patrón de nuestra pequeña embarcación— se hallaba en su litera
de popa, en el lado de babor. De pronto, surgió un llamada de entre las
tinieblas que nos rodeaban:
—¡Eh, de
la goleta!
Fue tan
inesperada, que la sorpresa me impidió contestar inmediatamente. Volvió a oírse
la llamada; un voz curiosamente gutural e inhumana nos llamaba desde alguna
parte del mar tenebroso, por el lado de babor.
—¡Eh, de
la goleta!
—¡Eh!
—grité, después de reponerme un poco de mi sorpresa— ¿Qué sois? ¿Qué queréis?
—No
temáis —contestó la voz extraña, que probablemente había captado cierto tono de
confusión en la mía—. No soy más que un hombre... anciano.
La pausa
resultó extraña, pero hasta más adelante no le encontraría sentido.
—Si es
así, ¿por qué no atracas a nuestro costado? —pregunté con cierta sequedad, pues
no me gustaba la insinuación de que me había mostrado un tanto confundido.
—No... no
puedo. Sería peligroso. Yo...
La voz
enmudeció y todo volvió a quedar en silencio.
—¿Qué
quieres decir? —pregunté, cada vez más asombrado— ¿Por qué sería peligroso?
¿Dónde estás?
Escuché
durante un momento, pero no hubo respuesta. Y entonces, un sospecha súbita e
indefinida, aunque no sabía de qué, se apoderó de mí. Me acerqué rápidamente a
la bitácora y saqué la lámpara encendida. Al mismo tiempo golpeé la cubierta
con el tacón para despertar a Will. Luego me aproximé de nuevo al costado y
proyecté el haz de luz amarilla hacia la silenciosa inmensidad que había más
allá de nuestra borda. Al hacerlo, oí un grito leve y sofocado y luego un
chapoteo, como si alguien acabase de sumergir los remos precipitadamente. Pese
a ello, no puedo decir que viera nada con certeza, excepto, me pareció, que el
primer destello de luz había iluminado algo en el agua, allí donde ahora no
había nada.
—¡Eh!
—llamé— ¿Qué broma es ésta?
Pero lo
único que oí fueron los confusos ruidos de un embarcación que se alejaba de
nosotros y se internaba en la noche. Entonces oí la voz de Will que venía de
popa.
—¿Qué
pasa, George?
—¡Ven
aquí, Will! —dije.
—¿De qué
se trata? —preguntó, cruzando la cubierta.
Le conté
el raro incidente que acababa de producirse. Él me hizo varias preguntas;
luego, tras un momento de silencio, hizo bocina con las manos y llamó: ¡Ah, del
barco!
Desde
mucha distancia nos llegó débilmente un réplica y mi compañero repitió su
llamada. Al poco, después de un breve silencio, el sonido apagado de unos remos
fue acercándose a nosotros y, al oírlo, Will volvió a llamar. Esta vez hubo
respuesta.
—Apagad
la luz.
—Que me
cuelguen si la apago —musité, pero Will me dijo que hiciera lo que ordenaba la
voz, así que metí la luz debajo de las amuradas.
—Acercaros
más —dijo Will.
Siguieron
oyéndose los remos. Luego, cuando parecían estar a un media docena de brazas,
cesaron de nuevo.
—¡Atracad
al costado! —exclamó Will— ¡A bordo no tenemos nada que deba daros miedo!
—Promete
que no mostrarás la luz.
—¿Qué te
pasa? —pregunté— ¿Por qué sientes ese temor infernal a la luz?
—Porque...
—empezó a decir la voz y enmudeció de repente.
—Porque,
¿qué? —pregunté en seguida. Will me puso un mano en el hombro.
—Cállate
durante un minuto, viejo —dijo—. Ya me encargo yo de él.
Se
inclinó más sobre la borda.
—Oiga
usted, señor —dijo—. Todo esto es muy extraño..., acercarse a nosotros de esta
manera, en medio del bendito Pacífico. ¿Cómo vamos a saber que no se trae algo
raro entre manos? Dice que está solo. ¿Cómo podemos saberlo si no le vemos?
¿Cómo... eh? ¿Qué tiene contra la luz, si puede saberse?
Cuando
Will terminó de hablar, volví a oír el ruido de remos y luego la voz, pero
ahora procedía de más lejos y su tono reflejaba una desesperanza y un patetismo
tremendos.
—Lo
siento... ¡Lo siento! No quería molestaros, pero es que tengo hambre..., y ella
también.
La voz se
apagó y hasta nosotros llegó el ruido de los remos sumergiéndose
irregularmente.
—¡Alto!
—gritó Will— No quiero ahuyentarte. ¡Vuelve! Esconderemos la luz, si a ti no te
gusta.
Will se
volvió hacia mí:
—Todo
esto resulta muy extraño, pero creo que no hay nada que temer.
Había un
interrogante en su tono y le contesté:
—Yo
tampoco. El pobre diablo habrá naufragado por aquí cerca y se habrá vuelto
loco.
El sonido
de los remos iba acercándose.
—Vuelve a
guardar la lámpara en la bitácora —dijo Will; luego se inclinó sobre la borda y
aguzó el oído.
Dejé la
lámpara en su sitio y volví a su lado. El ruido de los remos cesó a un docena
de metros aproximadamente.
—¿No
quieres atracar de costado ahora? —preguntó Will con voz tranquila— He vuelto a
meter la lámpara en la bitácora.
—No....
no puedo —repuso la voz—. No me atrevo a acercarme más. Ni siquiera me atrevo a
pagar las... las provisiones.
-Eso no
importa —dijo Will, titubeando luego—. Toma toda la comida que quieras.
Volvió a
titubear.
—¡Eres
muy bueno! —exclamó la voz— Que Dios, que todo lo comprende, te recompense por
tu...
La voz se
quebró roncamente.
—¿La....
la señora? —dijo de pronto Will— ¿Está...?
—La he
dejado en la isla —dijo la voz.
—¿Qué
isla? —tercié yo.
—No sé
cómo se llama —contestó la voz—. Ojalá... —empezó a decir, pero se calló
súbitamente.
—¿No
podríamos enviar un barca en su busca? —pregunté a Will.
—¡No!
—dijo la voz con un énfasis extraordinario— ¡Dios mío! ¡No! —Hubo un breve
pausa; luego, en un tono que hacía pensar en un reproche merecido, añadió-— Me
he aventurado a causa de nuestra necesidad... Porque su agonía me atormentaba.
—¡Soy un
bruto despistado! —exclamó Will— Aguarda un minuto, seas quien seas, y en
seguida te traigo algo.
Al cabo
de un par de minutos volvió con los brazos cargados de los más variados
comestibles. Se detuvo ante la borda.
—¿No
puedes acercarte a recogerlo? —preguntó.
—No....
no me atrevo —replicó la voz.
Me
pareció detectar en ella un tono de anhelo sofocado, como si su dueño
reprimiera algún deseo mortal. Y entonces se me ocurrió que aquella criatura
vieja e infeliz sufría realmente necesidad de lo que Will tenía en los brazos
y, pese a ello, debido a algún temor ininteligible, se abstenía de acercarse
velozmente al costado de nuestra pequeña goleta y recogerlo. Y junto con este
convencimiento relámpago, llegó el conocimiento de que el invisible no estaba
loco, sino que afrontaba con cordura algún horror intolerable.
—¡Maldita
sea, Will! —dije, lleno de muchos sentimientos, entre los que predominaba un
solidaridad inmensa— Trae un caja. Meteremos la comida en ella y se la haremos
llegar flotando.
Así lo
hicimos, empujando la caja con un bichero hacia la oscuridad. Al cabo de un
minuto llegó a nuestros oídos un leve exclamación del invisible y entonces
supimos que tenía la caja en su poder. Poco después se despidió de nosotros y
nos lanzó un bendición que, de ello estoy seguro, no nos vino nada mal. Luego,
sin más, oímos que los remos se alejaban en la oscuridad.
—Mucha
prisa en irse —comentó Will, quizás un tanto ofendido.
—Espera
—repliqué—. No sé por qué, pero me parece que volverá. Seguramente esos
alimentos le hacían muchísima falta.
—Y a la
dama también —dijo Will. Guardó silencio durante un momento, luego prosiguió-—
Es lo más raro que me ha pasado desde que me dedico a la pesca.
—Sí —dije
yo, y me puse a reflexionar.
Y así fue
pasando el tiempo: un hora, y otra, y Will seguía conmigo, pues la extraña
aventura le había quitado todo deseo de dormir. Habían transcurrido ya las tres
cuartas partes de la tercera hora cuando nuevamente oímos ruido de remos en el
silencio del océano.
—¡Escucha!
—dijo Will, con un leve tono de excitación en la voz.
—Lo que
imaginaba. Ya vuelve —musité.
El ruido
de los remos al sumergirse era cada vez más cercano y me fijé en que los golpes
de remo eran más firmes y duraban más. Era verdad que necesitaban los
alimentos. El ruido cesó a poca distancia del costado de la goleta y la voz
extraña llegó de nuevo a nosotros a través de las tinieblas:
—¡Eh, de
la goleta!
—¿Eres
tú? —preguntó Will.
—Sí
—replicó la voz—. Me he ido repentinamente, pero es que la necesidad era
grande. La señora les está agradecida aquí en la tierra. Pero más lo estará
pronto en...en el cielo.
Will
empezó a decir algo con voz desconcertada, pero sus palabras se hicieron
confusas y optó por callarse. Yo no dije nada. Me sentía maravillado por
aquellas pausas curiosas, y además de mi maravilla, me embargaba un gran
solidaridad. La voz continuó:
—Nosotros...
ella y yo, hemos hablado mientras compartíamos el fruto de la ternura de Dios y
de vosotros.
Will le
interrumpió, pero sin coherencia.
—Os
suplico que no menospreciéis vuestro acto de caridad cristiana de esta noche
—dijo la voz—. Cercioraros de que no haya escapado a Su atención.
Se calló
y durante un minuto entero reinó el silencio. Luego la voz volvió a oírse:
—Hemos
hablado juntos de lo... de lo que ha caído sobre nosotros. Habíamos pensado
salir, sin decírselo a nadie, del terror que ha entrado en nuestras vidas.
Ella, igual que yo, cree que los acontecimientos de esta noche obedecen a algún
designio especial y que es deseo de Dios que os contemos todo lo que hemos
sufrido desde... desde...
—¿Sí?
—dijo Will quedamente.
—Desde el
hundimiento del Albatross.
—¡Ah!
—exclamé involuntariamente— Zarpó de Newcastle rumbo a Frisco hace unos seis
meses y no ha vuelto a saberse de él.
—Sí
—contestó la voz—. Pero unos grados al norte de la línea le sorprendió un
terrible tempestad y quedó desarbolado. Al hacerse de día, se vio que el barco
hacía agua por todas partes y, finalmente, cuando amainó el temporal, los
marineros huyeron en los botes, dejando..., dejando a una joven dama... mi
prometida..., y a mí mismo, en los restos del naufragio.
»Nosotros
estábamos bajo cubierta, reuniendo algunas de nuestras pertenencias, cuando
ellos se fueron. A causa del miedo se comportaron de un modo muy cruel, y
cuando subimos a cubierta eran ya unas formas pequeñas en el horizonte. Mas no
desesperamos, sino que nos pusimos a construir un pequeña balsa. En ella
colocamos lo poco que cabía, incluyendo un poco de agua y algunas galletas.
Luego, como el barco estaba ya casi del todo sumergido, nos subimos a la balsa
y nos alejamos de él.
»Fue más
tarde cuando me dí cuenta de que parecíamos estar en medio de alguna marea o
corriente que nos alejaba del barco, de tal modo que al cabo de tres horas,
según mi reloj, dejamos de ver su casco, aunque los mástiles rotos siguieron
siendo visibles durante un poco más. Luego, hacia el crepúsculo, se levantó un
niebla que duró toda la noche. Al día siguiente continuábamos envueltos por la
niebla, y el tiempo permanecía encalmado.
»Durante
cuatro días navegamos a la deriva bajo esta extraña niebla hasta que, al
anochecer del cuarto día, llegó a nuestros oídos el murmullo de unos lejanos
rompientes. Poco a poco el ruido fue haciéndose más claro y, al poco de la
medianoche, pareció que sonaba a ambos lados y en un espacio no muy grande. Las
olas levantaron la balsa varias veces y luego nos encontramos en aguas
tranquilas, con el ruido de los rompientes a nuestras espaldas.
»Al
hacerse de día, vimos que nos encontrábamos en un especie de laguna grande;
pero poco vimos de ella en ese momento, pues cerca de nosotros, por detrás, el
casco de un gran velero asomó entre la niebla. Como si estuviéramos de común
acuerdo, los dos nos postramos de rodillas y dimos gracias a Dios, pues
creíamos que era el final de nuestras desventuras. Nos quedaba mucho por
aprender. La balsa se acercó al barco y gritamos que nos subieran a bordo, mas
nadie contestó. Al poco, la balsa rozó el costado del barco y, viendo que de él
colgaba un soga, la así y empecé a subir. Pero me costó mucho subir por culpa
de un especie de masa gris y viscosa que cubría la soga y que pintaba unas
manchas lívidas en el costado del barco.
»Finalmente,
llegué a la borda y salté a cubierta. Vi que estaba llena de manchas grises,
algunas de las cuales formaban nódulos de varios palmos de altura, pero yo
pensaba más en la posibilidad de que a bordo hubiera gente que en lo que veían
mis ojos. Grité, pero nadie contestó. Entonces me acerqué a la puerta que había
debajo de la cubierta de popa, la abrí y me asomé a su interior. Percibí un
fuerte olor a aire enrarecido, por lo que adiviné al instante que allí dentro
no había nada vivo y, sabiendo esto, me apresuré a cerrar la puerta, pues de
repente me sentí solo.
»Volví al
costado por donde había subido a bordo. Mi..., mi amada seguía en la balsa,
sentada tranquilamente. Al ver que la estaba mirando desde arriba, me preguntó
si había alguien a bordo. Le contesté que el barco parecía abandonado desde
hacía mucho tiempo, pero que, si quería aguardar un poquito, buscaría un
escalera o algo que pudiera usar para subir a bordo. Luego, un vez juntos,
registraríamos todo el barco. Unos momentos después, encontré un escalera de
cuerda en el otro extremo del barco. Me la llevé al costado por donde había
subido y, al cabo de un minuto, mi amada estaba junto a mí. Juntos exploramos
las cabinas y camarotes en la parte de popa, mas en ninguna parte encontramos
señales de vida. Aquí y allá, en el interior de las cabinas, encontramos
manchas de aquella masa extraña, pero, como dijo mi amada, iba a resultar fácil
limpiarlas.
»Al
final, convencidos ya de que no había nadie en la popa, nos dirigimos a proa
caminando por entre los repugnantes nódulos grises de aquella extraña
sustancia. También registramos la parte de proa y averiguamos que,
efectivamente, salvo nosotros no había nadie a bordo. Ya sin ninguna duda al
respecto, volvimos a proa y procedimos a instalarnos tan cómodamente como nos
fue posible. Entre los dos pusimos orden y limpiamos dos de las cabinas y
después miré si en el barco había algo comestible. No tardé en comprobar que
así era y mi corazón dio gracias a Dios por su bondad. Además, descubrí dónde
estaba la bomba de agua dulce y, tras repasarla, comprobé que el agua era
potable, aunque tenía un sabor desagradable.
»Durante
varios días permanecimos a bordo del barco, sin tratar de llegar a la playa.
Trabajábamos afanosamente para hacer de aquél un lugar habitable. Sin embargo,
ya entonces empezábamos a darnos cuenta de que nuestra suerte era aún menos
deseable de lo que hubiera cabido imaginar, pues, aunque, como primera medida,
rascamos las manchas de aquella sustancia que había en el suelo y las paredes
de los camarotes y el salón, en el plazo de veinticuatro horas recuperaban casi
su tamaño original, lo cual no sólo nos desalentaba, sino que nos inspiraba un
vaga sensación de inquietud. Con todo, no estábamos dispuestos a darnos por
vencidos, así que volvíamos a poner manos a la obra y no sólo rascábamos la
masa, sino que los sitios donde había estado los regábamos profusamente con
ácido carbólico, pues en la despensa había encontrado una lata llena. Sin
embargo, al final de la semana, la sustancia volvía a presentar toda su fuerza
y, además, se había propagado a otros lugares, como si nosotros, al tocarla,
hubiéramos permitido que los gérmenes se esparcieran.
»Al
despertar en la mañana del séptimo día, mi amada se encontró con que un pequeña
porción de la misteriosa sustancia crecía en su almohada, cerca de su cara. Al
verlo, se vistió a toda prisa y vino a mí. En aquel momento me encontraba yo en
la cocina, encendiendo el fuego para el desayuno.
»Ven
conmigo, John, dijo, y me condujo a popa. Al ver lo que crecía en su almohada,
me estremecí y en aquel mismo instante decidimos abandonar en seguida el barco
y ver si podíamos instalarnos más cómodamente en tierra firme.
»Rápidamente
recogimos nuestras escasas pertenencias y entonces vi que incluso entre ellas
había aparecido la masa, pues en uno de los chales de mi amada, cerca del
borde, había un poco. Tiré la prenda por la borda, sin decirle nada a ella. La
balsa seguía en el costado del barco, pero como era demasiado difícil
gobernarla, eché al agua un bote pequeño que colgaba de lado a lado de popa y a
bordo del mismo nos dirigimos a la playa. Mas al acercarnos a ella, poco a poco
me dí cuenta de que la vil masa que nos había hecho abandonar el barco empezaba
a cubrir todo cuanto había en tierra. En algunos sitios formaba montículos
horribles, fantásticos, que casi parecían moverse, como si albergaran algún
tipo de vida silenciosa, cuando el viento pasaba sobre ellos. En otras partes
tomaba la forma de dedos inmensos, mientras que en otras se limitaba a
extenderse, lisa, viscosa y traicionera. En algunos sitios hacía pensar en
árboles enanos y grotescos, llenos de nudos y pliegues extraordinarios... Y
todo ello se movía a ratos, horriblemente.
»Al
principio nos pareció que en toda la costa que había a nuestro alrededor no
quedaba ni un solo lugar que no estuviera oculto bajo aquella horrible
sustancia; pero más tarde pudimos comprobar que nos equivocábamos, pues al
navegar siguiendo la costa, a cierta distancia, vimos un pequeña extensión de
algo que parecía arena fina y allí desembarcamos. No era arena. Lo que era no
lo sé. Lo único que he podido observar es que sobre ella no crece la masa,
mientras que nada más que ésta aparece en todas partes, salvo allí donde esa
tierra que parece arena dibuja extraños senderos entre la gris desolación, que
es en verdad un espectáculo terrible de ver.
»Es
difícil haceros comprender cómo nos animamos al encontrar un sitio que aparecía
absolutamente libre de aquella sustancia. En él depositamos nuestras
pertenencias. Luego volvimos al barco para recoger las cosas que parecía que
íbamos a necesitar. Entre otras cosas, logré llevarme a tierra un de las velas
del barco, con la que construí dos tiendas pequeñas, las cuales, pese a tener
un forma muy irregular, cumplían su cometido. En ellas vivíamos y teníamos
almacenadas las cosas que necesitábamos, y durante varias semanas todo fue
bien, sin que sufriéramos ningún percance digno de señalar. A decir verdad, nos
sentíamos muy felices... porque.... porque estábamos juntos.
»Fue en
el pulgar de la mano derecha de mi amada donde apareció la primera porción de
sustancia gris. No era más que un pequeña mancha circular, muy parecida a un
lunar gris. ¡Dios mío! ¡Qué temor embargó mi corazón cuando ella me la enseñó!
La lavamos entre los dos, rociándola con ácido carbólico y agua. Al día
siguiente, por la mañana, volvió a enseñarme la mano. La mancha gris, parecida
a un verruga, volvía a ser visible. Durante un rato estuvimos mirándonos en
silencio. Luego, todavía sin mediar palabra, nos pusimos a eliminarla de nuevo.
Estábamos a la mitad de la operación cuando de pronto mi amada dijo: ¿Qué es
eso que tienes en la cara, amado mío? Su voz reflejaba inquietud.
»Alcé la
mano para tocarme la cara.
»¡Ahí!
Debajo del cabello junto a la oreja. un poco hacia el frente.
»Mi dedo
se posó en el lugar que me indicaba y entonces lo supe.
»Primero
acabemos de curarte el pulgar, dije. Y ella se sometió sólo porque temía
tocarme antes de que se lo hubiese limpiado. Terminé de lavarle y desinfectarle
el pulgar y entonces ella hizo lo propio con mi cara. Al terminar, nos
sentarnos y estuvimos hablando durante un rato; hablamos de muchas cosas, pues
en nuestras vidas acababan de irrumpir pensamientos inesperados y terribles. De
pronto, sentimos miedo de algo peor que la muerte. Hablamos de cargar el bote
con provisiones y agua y hacernos a la mar; pero por diversas causas éramos
impotentes y... la sustancia ya nos había atacado. Decidimos quedarnos y que
Dios hiciera con nosotros su voluntad. Nosotros esperaríamos.
»Pasó un
mes, dos meses, tres meses, y las manchas iban creciendo, a la vez que
aparecían otras. Pero seguíamos esforzándonos por luchar contra el miedo, tanto
es así que sus progresos eran lentos, relativamente hablando. De vez en cuando
nos aventurábamos a volver al barco en busca de cosas que nos hacían falta.
Allí comprobamos que la sustancia crecía de modo persistente. Uno de los
nódulos de la cubierta principal no tardó en llegar a la altura de mi cabeza.
Para entonces ya habíamos abandonado toda esperanza de salir de la isla. Nos
dábamos cuenta de que, padeciendo de aquel mal, no nos permitirían volver con
los demás seres humanos.
»Un vez
hubimos llegado a tal conclusión, comprendimos que era necesario vigilar
nuestras existencias de alimentos y agua, pues a la sazón no sabíamos cuánto
tiempo pasaríamos allí, aunque era posible que fuesen muchos años. Esto me
recuerda que ya os he dicho que soy un anciano. No es así si nos atenemos a mis
años. Pero.... pero...
Se
interrumpió, pero luego continuó hablando con cierta brusquedad:
—Como
decía, sabíamos que teníamos que ir con cuidado con nuestros alimentos, pero
ignorábamos que nos quedasen tan pocos. Fue un semana después cuando descubrí
que todos los demás depósitos de pan..., que yo suponía llenos..., estaban
vacíos, y que, aparte de algunas latas de verduras y carne y algunas otras
cosas, no teníamos nada para comer excepto el pan del depósito que yo había
abierto. Al descubrir esto, decidí hacer algo, lo que pudiese, y traté de
pescar en la laguna, pero no lo conseguí. Entonces me sentí un tanto inclinado
al desespero, hasta que se me ocurrió que podía probar suerte fuera de la
laguna, en mar abierto. Aquí pescaba algún que otro pez, pero con tan poca
frecuencia que apenas resultaba suficiente para protegernos del hambre que nos
amenazaba. Empecé a pensar que nuestra muerte sobrevendría probablemente a
causa del hambre y del crecimiento de la sustancia que se había apoderado de
nuestros cuerpos.
»En ese
estado se encontraban nuestros ánimos cuando el cuarto mes tocó a su fin.
Entonces hice un descubrimiento en verdad horrible. Un mañana, poco antes del
mediodía, regresé del barco con un pedazo de galleta que quedaba en él y vi que
mi amada estaba sentada ante la entrada de la tienda, comiendo algo. ¿Qué es,
amada mía?, le pregunté en el momento de saltar a tierra. Mas, al oír mi voz,
pareció un tanto confundida y, volviéndose, con gesto furtivo arrojó algo hacia
el lindero del pequeño claro. Cayó más cerca de lo que ella deseaba y yo, que
empezaba a sentir un vaga sospecha, me acerqué y lo recogí. Era un trozo de la
sustancia gris.
»Al
acercarme a ella con aquello en la mano, se puso pálida como un cadáver y luego
se ruborizó. Yo me sentía extrañamente aturdido y asustado. ¡Querida mía!
¡Querida mía!, dije, incapaz de decir nada más. Pero, al oír mis palabras, no
pudo resistirlo y rompió a llorar amargamente. Poco a poco, cuando se fue
calmando, me confesó que lo había probado el día anterior y que... le había
gustado. La obligué a arrodillarse y le hice prometer que no volvería a
tocarlo, por grande que fuera nuestra hambre. Después de prometérmelo, me dijo
que el deseo de comer de aquello le había sobrevenido de pronto y que, hasta el
momento de sentir tal deseo, la sustancia no le había inspirado más que un
repulsión infinita.
»Unas
horas después, sintiéndome extrañamente desasosegado, y muy consternado por lo
que había descubierto, eché a andar por uno de los senderos retorcidos que
formaba aquella especie de tierra blanca que parecía arena y que cruzaba la
sustancia gris. Ya me había aventurado por allí en otra ocasión, aunque sin
llegar muy lejos. Esta vez, hallándome enfrascado en pensamientos que me
llenaban de perplejidad, llegué mucho más lejos.
»Súbitamente
salí de mi ensimismamiento al oír un ruido extraño y áspero a mi izquierda. Al
volverme rápidamente vi que algo se movía entre la masa que había cerca de mí,
y que presentaba unas formas extraordinarias. Se balanceaba de un modo
precario, como si poseyera vida propia. De pronto, mientras mis fascinados ojos
contemplaban aquello, pensé que se parecía de un modo grotesco a la figura de
un ser humano deforme. Todavía estaba pensando en ello cuando se oyó un ruido
desagradable, como si algo se estuviera rasgando, y vi que uno de los brazos,
que más bien parecían ramas, se estaba despegando de las masas grises que lo
rodeaban y acercándose a mí. La cabeza.... un especie de bola gris sin forma
definida, se inclinó hacia mí. Me quedé allí parado como un estúpido y el brazo
repugnante me rozó la cara. Proferí un grito de terror y retrocedí
apresuradamente unos pasos. En mis labios notaba un sabor dulzón. Pasé la
lengua por ellos y al instante sentí que me embargaba un deseo inhumano. Me
volví y cogí un puñado de sustancia. Luego más Y... más. Mi deseo era
insaciable. Mientras devoraba la sustancia, el recuerdo del descubrimiento de
la mañana penetró en el laberinto de mi cerebro. Dios lo había enviado. Tiré al
suelo el fragmento que tenía en la mano. Luego, totalmente abatido y
sintiéndome horriblemente culpable, regresé al pequeño campamento.
»Creo que
en cuanto puso sus ojos en mí, ella lo adivinó, merced a alguna intuición
maravillosa que el amor debía de haberle dado. Su comprensión silenciosa hizo
que me resultara más fácil confesarle mi repentina flaqueza, aunque omití
decirle la cosa extraordinaria que había ocurrido antes. Deseaba ahorrarle todo
terror innecesario.
»Mas lo
que había descubierto resultaba intolerable y hacía nacer un terror incesante
en mi cerebro, pues no me cabía la menor duda de que había presenciado el fin
de uno de los hombres que habían llegado a la isla en el barco que estaba en la
laguna. Y en aquel fin monstruoso había presenciado el nuestro propio. En lo
sucesivo nos abstuvimos de aquel alimento abominable, aunque el deseo de
comerlo se nos había metido en la sangre. Sin embargo, nuestro temible castigo
era inminente, pues día a día, con un rapidez monstruosa, la sustancia fangosa
iba apoderándose de nuestros pobres cuerpos. Materialmente no podíamos hacer
nada para detenerla, y así. .., nosotros.... que habíamos sido humanos, nos
convertimos en... Bueno, cada día importa menos. Sólo. .., sólo que habíamos
sido hombre y doncella.
»Y cada
día resulta más terrible la lucha por resistirse al hambre, al deseo lujurioso
de comer esa horrible sustancia. Hace un semana terminamos la galleta, y desde
entonces he pescado tres peces. Me encontraba pescando aquí esta noche cuando
vuestra goleta surgió de entre la niebla y casi se me echó encima. Entonces os
llamé. El resto ya lo conocéis. Y que Dios os bendiga por vuestra bondad para
con un par de pobres almas proscritas.
Se oyó el
ruido de un remo al sumergirse, luego el de otro. Después, la voz habló de
nuevo y por última vez, atravesando la niebla que la envolvía, fantasmal y
lúgubre:
—¡Que
Dios os bendiga! ¡Adiós!
—¡Adiós!
—gritamos al unísono con voz ronca y el corazón rebosante de emociones.
Miré a mi
alrededor y noté que empezaba a amanecer. El sol lanzó un rayo aislado sobre el
mar oculto; la luz mortecina perforó la niebla y con un fuego melancólico
iluminó la barca que se alejaba. Aunque no muy claramente, vi algo que
cabeceaba entre los remos. Me hizo pensar en un esponja..., un esponja grande y
gris que movía la cabeza arriba y abajo... Los remos continuaron moviéndose.
Eran grises... Igual que la barca... Y mis ojos buscaron inútilmente el lugar
donde la mano se unía al remo. Mi mirada volvió rápidamente a la cabeza. Se
inclinaba hacia delante cuando los remos se movían hacia atrás a causa del
golpe. Luego los remos se hundieron, la barca salió de la zona iluminada y la
cosa se perdió de vista en medio de la niebla, sin dejar de cabecear.
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William
Hope Hodgson (1877-1918)


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