© Libro N° 11184.
Marx Y La Historia. Hobsbawm,
Eric. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
Marx Y La Historia. Eric Hobsbawm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Eric Hobsbawm
Marx Y La
Historia
Eric
Hobsbawm
Estamos
aquí para discutir temas y problemas de la concepción marxista de la historia,
cien años después de la muerte de Marx. Éste no es un ritual de celebración de
su centenario, pero sí es importante que comencemos por recordar el papel único
de Marx dentro de la historiografía. Lo haré sencillamente por medio de tres
ilustraciones. La primera es autobiográfica. Cuando yo era estudiante en
Cambridge en los años treinta, muchos de los hombres y mujeres más aptos se
afiliaron al Partido Comunista. Pero como ésta era una época muy brillante en
la historia de una universidad muy distinguida, muchos de ellos estaban
profundamente influidos por los grandes nombres a cuyos pies nos sentábamos.
Allí, entre los jóvenes comunistas, solíamos decir en broma que los filósofos
comunistas eran wittgensteinianos, los economistas comunistas eran keynesianos,
los estudiantes comunistas de la literatura eran discípulos de F. R.
Leavis. ¿Y los historiadores? Eran marxistas, porque no había ningún
historiador que conociéramos en Cambridge ni en ninguna otra parte ―y
conocíamos a algunos grandes, como Marc Bloch― que pudiera competir
con Marx como maestro y como inspiración. Mi segundo ejemplo es similar.
Treinta años después, en 1969, Sir John Hicks, ganador del premio
Nobel, publicó su Teoría de la Historia Económica. Escribió: “La
mayoría de aquellos [que deseen otorgar un lugar al curso general de la
historia] usarían las categorías marxianas, o alguna versión modificada de
ellas, ya que no hay muchas versiones alternativas disponibles. Sin embargo,
sigue siendo extraordinario que cien años después de Das Kapital […] no haya
surgido mucho más”.[1] Mi
tercera ilustración proviene del espléndido libro de Fernand Braudel El
capitalismo y la vida material, un libro cuyo título mismo indica un
vínculo con Marx. En ese ilustre trabajo se alude a Marx más que a ningún otro
autor, más aún que a cualquier otro autor francés. Un tributo de esta
naturaleza de un país no muy dado a subestimar a sus pensadores nacionales, es
en sí impresionante.
Escritos
históricos
Esta
influencia de Marx en la escritura de la historia no es un desarrollo evidente.
Aunque el concepto materialista de la historia es el fundamento del marxismo, y
aunque todo lo que Marx escribió está impregnado de historia, Marx mismo no
escribió mucha historia en el sentido en el que los historiadores la entienden.
En este respecto Engels fue más historiador, pues escribió más trabajos que
razonablemente podrían clasificarse como “historia” en las bibliotecas. Desde
luego Marx estudió historia y era erudito en extremo. Pero no escribió ningún
trabajo que dijera “Historia” en el título, a excepción de una serie de
artículos polémicos antizaristas que después se publicó bajo el título La
historia secreta de la diplomacia en el siglo XVIII y que es uno de
sus trabajos menos valiosos. Lo que llamamos criterios históricos de Marx
consisten casi exclusivamente de análisis políticos de acontecimientos actuales
y comentarios periodísticos, combinados con cierto trasfondo histórico. Sus análisis
políticos, como La lucha de clases en Francia y El
dieciocho brumario de Luis Bonaparte, son realmente notables. Sus
voluminosos escritos periodísticos, aunque no todos son de igual interés,
contienen análisis de la mayor relevancia ―uno piensa en sus artículos sobre la
India― y son, en todo caso, ejemplos de cómo Marx aplicó su método a problemas
concretos tanto de historia como de un periodo que desde entonces se ha
convertido en historia. Pero no fueron escritos en tanto que historia, como la
entienden las personas que se dedican al estudio del pasado. Finalmente, el
estudio que Marx hizo del capitalismo contiene una enorme cantidad de material
histórico, ilustraciones históricas y otros elementos importantes para el
historiador.
Así, el
grueso del trabajo histórico de Marx está integrado a sus escritos teóricos y
políticos.
Todos
ellos consideran el desarrollo histórico dentro de un marco más o menos a largo
plazo, que abarca todo el lapso del desarrollo humano. Deben leerse en conjunto
con los escritos que se centran en periodos cortos o en problemas y temas
particulares, o en la historia detallada de acontecimientos concretos. Sin
embargo, no puede encontrarse en Marx ninguna síntesis completa del proceso del
desarrollo histórico; ni tampoco puede tratarse a El Capital como
una “historia del capitalismo hasta 1867”.
Existen
tres razones, dos menores y una fundamental, por lo cual esto es así; y por qué
los historiadores marxistas no se limitan meramente a comentar a Marx sino que
llevan a cabo lo que él mismo no hizo. Primero, como sabemos, Marx tuvo una
gran dificultad para terminar sus proyectos literarios. Segundo, sus puntos de
vista continuaron evolucionando hasta su muerte, aunque sujetos a un marco
establecido “a mediados de los 1840”. Tercero, y más importante, en sus
trabajos más maduros Marx deliberadamente estudió la historia en un orden
inverso, tomando al capitalismo desarrollado como su punto de partida. “El
hombre” era la clave para la anatomía del “simio”. Desde luego, esto no es un
procedimiento antihistórico. Implica que el pasado no puede ser entendido
exclusiva o primariamente en sus propios términos: no sólo porque forma parte
de un proceso histórico, sino porque también sólo ese proceso histórico nos ha
permitido analizar y entender cosas sobre ese proceso y sobre el pasado.
Tomemos el concepto de trabajo, fundamental para el concepto materialista de la
historia. Antes del capitalismo ―o antes de Adam Smith, como Marx
lo dice más específicamente― el concepto de trabajo-en-general, a diferencia de
las clases particulares del trabajo que son cualitativamente diferentes y no
comparables, no existía. Mas si hemos de entender la historia de la humanidad,
en un sentido global, a largo plazo, como la utilización progresiva y efectiva
de la naturaleza por el hombre, entonces el concepto del trabajo social en general
resulta esencial. La posición de Marx aún es debatible, en el sentido de que no
puede decimos si un análisis futuro, basado en el desarrollo histórico futuro,
será capaz de hacer descubrimientos analíticos comparables que permitan a los
pensadores reinterpretar la historia de la humanidad en términos de algún otro
concepto analítico central. Éste es un hueco potencial en el análisis, aun
cuando no pensamos que tal futuro desarrollo hipotético pueda abandonar la
centralidad del análisis marxista del trabajo, al menos respecto a ciertos
aspectos obviamente cruciales de la historia humana. No intento cuestionar a
Marx, sino sencillamente mostrar que su postura debe excluir mucho de lo que a
los historiadores les interesa saber ―como algo de no inmediata relevancia para
su propósito―; por ejemplo, muchos aspectos de la transición del feudalismo al
capitalismo. Éstos fueron dejados a los marxistas posteriores, aunque es cierto
que Federico Engels, siempre más interesado en “lo que sucedió realmente”, se
ocupó más de tales asuntos.
El
concepto materialista de la historia
La
influencia de Marx en los historiadores, y no sólo en los historiadores
marxistas, está, sin embargo, basada tanto en su teoría general (el concepto
materialista de la historia), con sus alusiones y esbozos de la configuración
general del desarrollo histórico de la humanidad desde el comunalismo primitivo
hasta el capitalismo, cuanto en sus observaciones concretas en relación a
aspectos particulares, periodos y problemas del pasado. No quiero decir mucho
acerca de estas últimas, aun cuando han sido extremadamente influyentes y aún
pueden ser muy estimulantes e iluminadoras. El primer volumen de El
Capital contiene tres o cuatro referencias más o menos marginales
acerca del protestantismo, pero el debate acerca de la religión en general y el
protestantismo en particular, así como sobre el modo de producción capitalista,
se deriva de ellas. De manera similar, El Capital tiene una
nota al pie de página sobre Descartes en que vincula sus
puntos de vista (animales como máquinas, lo real en oposición a lo especulativo,
la filosofía como medio para dominar la naturaleza y perfeccionar la vida
humana) con el “periodo de la manufactura” y plantea la pregunta de por qué los
primeros economistas preferían a Hobbes y a Bacon como
filósofos, y los posteriores a Locke. (Por su parte, Dudley North creía
que el método cartesiano había “comenzado a liberar a la política económica
de sus antiguas supersticiones”.)[2] Hacia
el año de 1890 los no-marxistas ya estaban utilizando esto para ejemplificar la
notable originalidad de Marx, y todavía hoy puede proporcionar material para un
seminario de al menos seis meses de duración. Sin embargo, no será necesario
convencer a ninguno de los asistentes a esta reunión de la genialidad de Marx o
de la gama de sus conocimientos e intereses; y debe apreciarse que muchos de
sus escritos acerca de aspectos particulares del pasado reflejan
inevitablemente el conocimiento histórico disponible en su tiempo.
Vale la
pena discutir más la concepción materialista de la historia porque hoy es punto
de controversia o de crítica no sólo de los no-marxistas y los antimarxistas,
sino también dentro del marxismo. Por generaciones fue la parte menos
cuestionada del marxismo y se le consideraba, correctamente creo yo, como su
meollo. Desarrollada en el transcurso de la crítica que Marx y Engels hicieron
de la filosofía e ideología alemanas, la concepción materialista de la historia
apunta esencialmente contra la creencia de que “las ideas, pensamientos y
conceptos producen, determinan y dominan al hombre, sus condiciones materiales
y su vida real”.[3] A
partir de 1846 este concepto permaneció casi inalterado. Puede resumírse en una
sola frase, repetida con variantes: “No es la conciencia la que determina la
vida, sino la vida la que determina la conciencia”.[4] Ya
está elaborada en La ideología alemana:
Esta
concepción de la historia por tanto se basa en explicar el proceso real de
producción empezando por la producción material de la vida misma- y en
comprender la forma de relación conectada con y creada por este modo de
producción, por ejemplo, la sociedad civil en sus varias etapas, como la base
de toda la historia; describiéndola en su acción como Estado, y también
explicando cómo todos los distintos productos teóricos y formas de la
conciencia, la religión, la filosofía, la moralidad, etcétera, etcétera, surgen
de ella, y rastreando el proceso de su formación desde esa base; es así como
todo el conjunto puede, por supuesto, ser representado en su totalidad (y por
lo tanto también las acciones recíprocas de estos diferentes aspectos entre
sí).[5]
Debemos
notar de paso que para Marx y para Engels el “verdadero proceso de
producción” no es simplemente “la producción material de la vida misma”,
sino algo más amplio. Para utilizar la justa formulación de Eric Wolf,
es “el complejo conjunto establecido de relaciones mutuamente dependientes
entre naturaleza, trabajo, labor y organización social”.[6] También
debemos notar que los humanos producen tanto con las manos como con la cabeza.[7] Esta
concepción no es historia sino una guía para ella y un programa de
investigación. Citemos nuevamente La ideología alemana:
Ahí
donde termina la especulación, donde comienza la vida real, ahí por
consiguiente empieza la verdadera ciencia positiva, la explicación de la
actividad práctica, del proceso práctico del desarrollo humano […] Cuando se
describe la realidad, la filosofía autosuficiente [die selbstiindinge
Philosophie] pierde su medio de existencia. En el mejor de los casos su lugar
sólo puede ocuparlo una suma de los resultados más generales, abstracciones que
se derivan de la observación del desarrollo histórico de los hombres. Estas
abstracciones, divorciadas de la historia real, no tienen valor alguno en sí
mismas. Sólo pueden servir para facilitar el acomodo del material histórico,
para indicar la secuencia de sus estratos independientes. Pero de ninguna
manera proporcionar una receta o un esquema, como lo hace la filosofía, para
recortar nítidamente las épocas de la historia.[8]
La
formulación más completa viene en el Prefacio de 1859 a la Contribución
a la crítica de la economía política. Debe preguntarse, desde luego, si uno
puede rechazarlo y seguir siendo marxista. Sin embargo, es perfectamente claro
que esta formulación ultraconcisa requiere de una elaboración: la ambigüedad de
sus términos ha suscitado un debate acerca del significado preciso de “fuerzas”
y “relaciones sociales” de producción, lo que constituye la “base económica”,
.la “superestructura”, etcétera. También está perfectamente claro el principio
que, debido a que los seres humanos tienen conciencia, el concepto materialista
de la historia es la base de la explicación histórica, pero no la explicación
histórica en sí. La historia no es como la ecología: los seres humanos deciden
y piensan acerca de lo que sucede. Lo que no queda tan claro es si es
determinista en el sentido de que nos permite descubrir lo que sucederá
inevitablemente, a diferencia de los procedimientos generales de la
transformación histórica. La cuestión de la inevitabilidad histórica sólo puede
resolverse de manera firme en retrospectiva, y aun así sólo como una
tautología: lo que sucedió era inevitable porque no pasó otra cosa; por lo
tanto, cualquier cosa que hubiera podido ocurrir es de interés académico. Marx
quería probar a priori que un cierto resultado histórico, el comunismo, era el
producto inevitable del desarrollo histórico. Pero de ninguna manera parece
claro que esto pueda demostrarse a través de un análisis histórico científico.
Lo que era patente desde un principio es que el materialismo histórico no era
determinismo económico: no todos los fenómenos no-económicos de la historia
pueden derivarse de fenómenos económicos específicos, y los acontecimientos y
las fechas particulares no están determinados en este sentido. Aun los más
rígidos proponentes del materialismo histórico dedicaron largas discusiones al
papel del accidente y del individuo en la historia (Plejánov); y pese a
todas las críticas filosóficas que puedan hacerse a las formulaciones de
Engels, éste fue bastante poco ambiguo en este punto en sus últimas cartas
a Bloch, Schmidt, Starkenburg y otros. Marx mismo, en textos
tan específicos como El dieciocho brumario y en textos
periodísticos de los años cincuenta, no deja duda alguna de que su punto de
vista era básicamente el mismo.
El ser y
la conciencia
En
realidad, el argumento crucial acerca de la concepción materialista de la
historia ha tenido que ver con la relación fundamental entre el ser social y la
conciencia. Esto se ha centrado no tanto en consideraciones filosóficas (por
ejemplo “idealismo” contra “materialismo”) o en cuestiones morales (“¿cuál es
el papel del libre albedrío y de la acción humana consciente?”, “si la
situación no está madura, ¿cómo podemos actuar?”), cuanto en problemas
empíricos de historia comparativa y antropología social. Un argumento típico
sería que es imposible distinguir las relaciones sociales de producción de las
ideas y los conceptos (por ejemplo, distinguir la base de la superestructura),
en parte porque ésta es, en sí, una distinción histórica retrospectiva, y en parte
porque las relaciones sociales de producción están estructuradas por la cultura
y por conceptos que no pueden ser reducidos a ellas. Otra objeción sería que ya
que un cierto modo de producción es compatible con n tipo de conceptos, éstos
no pueden explicarse mediante la reducción a la “base”. Así, sabemos de
sociedades que tienen la misma base material pero con diferentes maneras de
estructurar las relaciones sociales, la ideología y otros rasgos
superestructurales. Hasta este grado la visión que tienen los hombres del
universo determina las formas de su existencia social, al menos en la medida en
que éstas determinan a aquélla. Lo que designan estos puntos de vista debe
entonces analizarse de modo distinto: por ejemplo, siguiendo a Lévi-Strauss,
como un conjunto de variaciones sobre un número ilimitado de conceptos
intelectuales.
Dejemos
de lado la cuestión de si Marx abstrae de la cultura. (Mi propio punto de vista
es que en sus escritos históricos es todo lo contrario de un reduccionista
económico.) El hecho fundamental sigue siendo que el análisis de cualquier
sociedad, en cualquier momento de su desarrollo histórico, debe comenzar con el
análisis de su modo de producción: esto es decir, de a] la forma
técnico-económica del “metabolismo entre el hombre y la naturaleza”
(Marx), la manera en que el hombre se adapta a la naturaleza y la transforma a
través del trabajo: y b] los arreglos sociales por medio de los cuales el
trabajo es movilizado, organizado, distribuido. Hoy esto es así: si deseamos
comprender lo que sea acerca de Gran Bretaña o Italia a finales del siglo XX,
obviamente debemos comenzar por las transformaciones masivas de los métodos de
producción que se llevaron a cabo en los años cincuenta y sesenta. En el caso
de las sociedades más primitivas, la organización basada en el parentesco y en
el sistema de ideas (del cual la organización por parentesco es, entre otras
cosas un aspecto) dependerá de si estamos tratando con una economía basada en
la recolección o en la producción de alimentos. Por ejemplo, como lo ha
señalado Wolf,[9] en
una economía basada en la recolección de alimentos los recursos están
ampliamente disponibles para cualquiera con la habilidad de obtenerlos, y en la
economía basada en la producción de alimentos (agrícola o pastoral) el acceso a
estos recursos es restringido. Debe ser definido, no sólo aquí y ahora sino a
lo largo de generaciones.
Ahora
bien, aunque el concepto de base y superestructura es esencial para definir una
serie de prioridades analíticas, la concepción materialista de la historia se
enfrenta a otra crítica más seria. Marx sostiene no sólo que el método de
producción es primario y que la superestructura debe de alguna manera
conformarse a “las distinciones esenciales entre los seres humanos” que implica
(es decir, las relaciones sociales de producción), sino también que hay una
inevitable tendencia evolutiva al desarrollo de las fuerzas productivas
materiales de la sociedad y, merced a ella, a que entren en contradicción con
las relaciones de producción existentes y sus expresiones superestructurales
relativamente inflexibles, las cuales entonces tienen que ceder. Como G.A.
Cohen ha sostenido, esta tendencia evolutiva es, entonces, en el
sentido más amplio, tecnológica.
El
problema no es tanto por qué debería existir esta tendencia, ya que, a través
de la historia del mundo entero, sin lugar a dudas ha existido hasta nuestros
días. El verdadero problema está en que, evidentemente, esta tendencia no es
universal. Aunque podemos dar explicaciones sobre muchos casos de sociedades en
que no se presenta, o parece detenerse en cierto punto, esto no es suficiente.
Bien podemos postular una tendencia general a progresar de la recolección a la
producción de alimentos (donde esto no sea imposible o innecesario por razones
ecológicas), pero no podemos hacer lo mismo para los desarrollos modernos de la
tecnología y la industrialización, los cuales han conquistado el mundo desde
una, y una sola, base regional. Esto parece crear una trampa sin salida: o bien
no hay una tendencia general de desarrollo de las fuerzas materiales de la
producción de una sociedad, o a desarrollarse más allá de cierto punto; en cuyo
caso el desarrollo del capitalismo occidental debe ser explicado sin una referencia
primaria a una tendencia tan general, y la concepción materialista de la
historia sólo puede en el mejor de los casos utilizarse para explicar un caso
en especial. (Apunto de pasada que abandonar la opinión de que los hombres
están actuando constantemente de una manera que tiende a aumentar su control
sobre la naturaleza no es realista y produce considerables complicaciones
históricas y de otros tipos.) O bien existe tal tendencia histórica general; en
cuyo caso debemos explicar por qué no ha funcionado en todas partes, o por qué
en muchos casos (por ejemplo en China) ha sido efectivamente contrarrestada con
toda claridad. Parecería que tan sólo la fuerza, la inercia o algún otro poder
de la estructura social y de la superestructura sobre la base material pudieron
haber detenido el movimiento de esa base material.
Desde mi
punto de vista esto no crea un problema insuperable para la concepción
materialista de la historia como forma de interpretación del mundo. El mismo
Marx, que estaba muy lejos de ser un pensador de una sola línea, ofreció una
explicación de por qué algunas sociedades evolucionaron desde la antigüedad
clásica al capitalismo pasando por el feudalismo y, también, por qué no lo
hicieron otras sociedades (la mayoría de las cuales pueden más o menos
agruparse bajo el Modo de Producción Asiático). Sin embargo, esto crea una
dificultad muy grande para la concepción materialista de la historia como
manera de cambiar el mundo. El meollo del argumento de Marx con respecto a esto
es que la revolución debe venir porque las fuerzas de producción han alcanzado,
o deben alcanzar, un punto en el cual son incompatibles con “el tegumento
capitalista” de las relaciones de producción. Pero, si puede demostrarse que en
otras sociedades no ha habido ninguna tendencia a crecer de las fuer- zas
materiales, o bien que su crecimiento ha sido controlado o desviado por la
fuerza de la organización social y la superestructura, o que ésta misma ha
impedido el estallido de la revolución tal como la define el Prefacio
de 1859, entonces ¿por qué no ocurre lo mismo en la sociedad burguesa? Por
supuesto, sería posible y hasta relativamente fácil formular un argumento
histórico más modesto sobre la necesidad o acaso la inevitabilidad de la
transformación del capitalismo en socialismo. Pero entonces perderíamos dos
cosas que eran importantes para Karl Marx, y ciertamente para sus seguidores
(yo incluido): a] la idea de que el triunfo del socialismo es el fin lógico de
toda la evolución histórica hasta la fecha; y b] que el socialismo marca el fin
de la “prehistoria”, en el sentido de que no puede ser ni será una sociedad
«antagonista”.
Modos de
producción
Esto no
afecta el valor del concepto de “modo de producción”, que el Prefacio define
como “el agregado de las relaciones de producción que constituyen la
estructura económica de una sociedad y forman el modo de producción de los
medios materiales de la existencia”.
Cualesquiera
que sean las relaciones de producción, y cualesquiera sean las otras funciones
que puedan tener, el modo de producción constituye la estructura que determina
la forma que tomarán el crecimiento de las fuerzas productivas y de la
distribución del excedente, y determina cómo la sociedad puede o no cambiar sus
estructuras, y cómo, en momentos adecuados, la transición a otro modo de
producción pueda llevarse o se llevará a cabo. También establece la gama de
posibilidades superestructurales. En resumen, el modo de producción es la base
para comprender la variedad de sociedades humanas y sus interacciones. Así como
sus dinámicas históricas. El modo de producción no es idéntico a una sociedad:
“la sociedad” es un sistema de relaciones humanas, o para ser más precisos, una
relación entre grupos humanos. El concepto de “modo de producción” (MDP) sirve
para identificar las fuerzas que conforman la alineación de estos grupos; lo
cual puede hacerse de varias maneras en diferentes sociedades, dentro de una cierta
gama. ¿Forman los MDP una serie de etapas evolutivas ordenadas cronológicamente
o de alguna otra manera? No parece haber mucha duda de que Marx veía a los MDP
como formando una serie en la que la creciente emancipación del hombre de la
naturaleza y su control sobre ella afectaban tanto a las fuerzas como a las
relaciones de producción. De acuerdo con este grupo de criterios, podría
pensarse que los distintos MDP están agrupados en orden ascendente. Pero
mientras es claro que algunos MDP no pueden situarse o pensarse unos antes que
otros (por ejemplo aquellos que requieren la producción de mercancías o
máquinas de vapor antes qué aquellos que no la requieren), la lista de MDP que
hizo Marx no intenta formar una cronología lineal sucesiva. De hecho, es cuestión
de observar que en todos, menos los (hipotéticos) estados más primitivos del
desarrollo humano, ha existido una variedad de MDP que coexisten e interactúan.
Un modo
de producción abarca tanto un programa particular de producción (una manera de
producir sobre la base de una tecnología particular y la división productiva
del trabajo) como “un conjunto específico histórico de relaciones sociales a
través de las cuales se despliega el trabajo para arrebatar energía a la
naturaleza por medio de herramientas, habilidades, organización y conocimiento”,
en una cierta fase de su desarrollo, y a través de la cual el remanente
socialmente producido es circulado, distribuido y utilizado para acumularse o
para algún otro fin. Una historia marxista debe considerar ambas funciones.
Aquí está la debilidad de un libro importantísimo y muy original del
antropólogo Eric Wolf: Europa y el pueblo sin historia. En él Wolf intenta
demostrar cómo la expansión global y el triunfo del capitalismo han afectado a
las sociedades precapitalistas que aquél ha integrado a su sistema mundial; y
cómo el capitalismo, a su vez, ha sido modificado y moldeado al ser empotrado,
en cierto sentido, dentro de una pluralidad de modos de producción. Éste es un
libro de conexiones más que de causas, aunque las conexiones puedan resultar
esenciales para el análisis de las causas. De manera brillante explica una
forma de comprender “las características estratégicas de […] [la] variabilidad”
de diferentes sociedades; esto es, las formas en las que podrían modificarse o
no por el contacto con el capitalismo. Incidentalmente, también nos proporciona
una guía para entender las relaciones entre los MDP y las sociedades que los
contienen y sus ideologías o “culturas”[10] Lo
que no hace ―ni de hecho intenta hacer― es explicar el movimiento de la base
material y de la división del trabajo, y por lo tanto las transformaciones de
los MDP. Wolf trabaja con tres grandes MDP o “familias” de MDP: el modo
“ordenado por el parentesco”, el modo “tributario” y el “modo capitalista”.
Pero aunque reconoce el cambio de una sociedad cazadora y recolectora de
alimentos a una sociedad productora dentro del modo “ordenado por el
parentesco”, su método “tributario” es un vasto continuo de sistemas que
incluye tanto lo que Marx llamó “feudal” como lo que llamó “asiático”. En todos
éstos, los grupos dominantes que ejercen una fuerza política y militar se
apropian de los excedentes. Hay mucho que decir sobre esta clasificación tan
amplia, tomada de Samir Amin, pero su inconveniente es que el
método “tributario” claramente incluye sociedades en muy diferentes etapas de
capacidad productiva, de los señores feudales occidentales de la Edad Media al
Imperio Chino; de economías sin ciudades a las urbanizadas. Sin embargo, el
análisis toca sólo periféricamente lo que es el problema esencial del por qué,
cómo y cuándo una variante del método tributario generó el capitalismo
desarrollado.
En
resumen, el análisis de los sistemas de producción debe estar basado en el
estudio de las fuerzas materiales de producción existentes: esto es, estudio
tanto de la tecnología y de la organización como de la economía. No debemos
olvidar que en el mismo Prefacio, cuyo pasaje posterior es
citado con tanta frecuencia, Marx sostiene que la economía política es la
anatomía de la sociedad civil. Sin embargo, en un aspecto el análisis
tradicional de los MDP y su transformación aun debe desarrollarse; y el trabajo
marxista reciente lo ha hecho. A menudo, la transformación real de un modo de
producción ha sido vista en términos causales y unilineales: dentro de cada
modo, se dice, existe una “contradicción básica” que genera la dinámica y las
fuerzas que llevarán a su transformación. No está muy claro que ésta sea la
visión de Marx ―a excepción del capitalismo― y ciertamente nos conduce a
grandes dificultades y a debates sin fin, particularmente en referencia a la
transición del feudalismo occidental al capitalismo. Parece de mayor utilidad
hacer las siguientes dos suposiciones. Primero, que los elementos básicos
dentro de un modo de producción que conducen a desestabilizarlo implican la
potencialidad, más que la certeza, de la transformación, pero que, dependiendo
de la estructura del método, también establecen ciertos límites al tipo de
transformación posible. Segundo, que los mecanismos que conducen a la
transformación de un modo a otro pueden no ser exclusivamente internos de ese
modo, sino pueden surgir de la conjunción e interacción con sociedades con
diferentes estructuras. En este sentido todo desarrollo es un desarrollo mixto.
En vez de buscar únicamente las condiciones regionales específicas que llevan a
la formación de, digamos, el sistema peculiar de la antigüedad clásica en el
Mediterráneo, o de la transición del feudalismo al capitalismo dentro de los
feudos y las ciudades de Europa occidental, deberíamos observar los distintos
caminos que conducen a los cruces y encrucijadas en que se encontraron estas regiones
en cierta etapa de desarrollo.
Este
acercamiento ―que me parece cabe perfectamente dentro del espíritu de Marx, y
para el cual, si es preciso, puede encontrarse alguna autoridad textual―
facilita la explicación de la coexistencia de sociedades que progresan más en
el camino del capitalismo y aquellas que, hasta no ser penetradas y
conquistadas por él, no pudieron desarrollarse de esa manera. Pero también
centra la atención en un hecho, de que los historiadores y los capitalistas
están cada vez más conscientes: que la evolución de este sistema es en sí una
evolución mixta; que se construye sobre la base de materiales preexistentes,
utilizándolos y adaptándolos pero también siendo moldeado por ellos.
Investigaciones recientes sobre la formación y el desarrollo de las clases
trabajadoras han servido para ilustrar este punto. De hecho, una de las razones
por las que los pasados veinticinco años en la historia del mundo han sido
testigos de cambios sociales de tal profundidad, es que esos elementos
precapitalistas, hasta ahora partes esenciales de la operación del capitalismo,
finalmente han sido demasiado erosionados por el desarrollo capitalista para
jugar el papel vital que alguna vez ocuparon. Estoy pensando aquí, por
supuesto, en la familia.
El legado
de Marx
Permítanme
ahora volver a los ejemplos de que hablaba al principio de esta charla que
ilustran la gran significación que tuvo Marx para los historiadores. Marx sigue
siendo la base esencial de cualquier estudio adecuado de la historia, porque
―hasta ahora― sólo él ha intentado formular un enfoque metodológico de la
historia como totalidad, y de concebir y explicar el proceso entero de la
evolución social humana. En este sentido es superior a Max Weber,
su único verdadero rival como influencia teórica para los historiadores, y en
muchos aspectos un suplemento importante y correctivo. Una historia basada en
Marx es inconcebible sin adiciones weberianas, pero la historia weberiana es
inconcebible excepto en la medida en que toma a Marx, o al menos el Fragestellung
marxista, como punto de partida. Si deseamos responder la gran pregunta de toda
la historia ―principalmente, cómo, por qué y a través de qué procesos ha
evolucionado la humanidad, del hombre de las cavernas al astronauta, el
detentador de la fuerza nuclear y el ingeniero genético― sólo podemos hacerlo
formulando preguntas al estilo de Marx, aunque no aceptemos todas sus
respuestas. Lo mismo se aplica si queremos responder la segunda gran pregunta
implícita en la primera: por qué esta evolución no ha sido pareja y lineal,
sino extraordinariamente desigual y combinada. Las únicas respuestas
alternativas que han sido sugeridas formulan en términos de evolución biológica
(la sociobiología), pero son evidentemente inadecuadas. Marx no dijo la última
palabra ―todo lo contrario― pero sí la primera, y todavía estamos obligados a
continuar el discurso que él inauguró.
El tema
de esta charla es Marx y la Historia, y no es mi función anticipar aquí la
discusión acerca de cuáles son (o deberían ser) los temas más relevantes para
los historiadores marxistas de hoy. Pero no quisiera terminar sin llamar la
atención hacia dos temas que a mi parecer requieren de atención urgente. El
primero ya lo he mencionado: es el desarrollo de la naturaleza mixta o
combinada de cualquier sociedad o sistema social; su interacción con otros
sistemas y con el pasado. Es, si desean, la elaboración de la frase célebre de
Marx en el sentido de que los hombres hacen su propia historia, pero no como
ellos la eligen sino “bajo circunstancias específicas, dadas y transmitidas
desde el pasado”. La segunda es la clase y la lucha de clases. Sabemos que
ambos son conceptos esenciales para Marx, al menos en la discusión de la
historia del capitalismo, pero también sabemos que los conceptos están
pobremente definidos en sus escritos, lo cual ha originado grandes debates. Una
gran parte de la historiografía marxista tradicional no ha podido
esclarecerlos, y por lo tanto esto ha acarreado dificultades. Permítanme dar un
solo ejemplo. ¿Qué es la “revolución burguesa”? ¿Podemos pensar en una
“revolución burguesa” como “hecha” por una burguesía, como el objetivo de una
lucha burguesa por el poder contra el antiguo régimen o la clase dominante que
obstaculiza el camino de la institución de una sociedad burguesa? ¿O cuándo
podemos pensar que esto sucede así? Las críticas recientes de la interpretación
marxista de las revoluciones inglesa y francesa han sido efectivas, en gran
parte porque han demostrado que una imagen tan tradicional de la burguesía y de
la revolución burguesa es inadecuada. Deberíamos haber sabido esto. Como
marxistas, o de hecho como observadores realistas de la historia, no seguiremos
a los críticos que niegan la existencia de tales revoluciones, o niegan que las
revoluciones inglesas del siglo XVII y la revolución francesa consiguieron
cambios fundamentales y la reorientación “burguesa” de sus sociedades. Pero
tendremos que pensar con mayor precisión lo que queremos decir.
Entonces,
¿cómo podemos resumir el impacto de Marx en la escritura de la historia cien
años después de su muerte? Podemos señalar cuatro puntos esenciales:
1.
La actual influencia de Marx en los países
no-socialistas es indudablemente mayor entre los historiadores de lo que lo fue
durante mi vida ―y mi memoria abarca cincuenta años― y probablemente más que
nunca desde su muerte. (La situación en países oficialmente comprometidos con
sus ideas obviamente no puede compararse.) Es necesario decir esto, porque en
el Oeste momento hay un movimiento bastante generalizado de alejamiento de Marx
entre los intelectuales, particularmente en Francia y en Italia. El hecho es
que su influencia puede verse no sólo en el gran número de historiadores que se
proclaman marxistas, aunque es bastante grande, y et número que reconocen su
significación en la historia (por ejemplo Braudel en Francia, la escuela de
Bielefeld en Alemania), sino también en el enorme número de historiadores
exmarxistas, a menudo eminentes, que sostienen el nombre de Marx ante el mundo
(por ejemplo Postan). Más aún, existen muchos elementos que, hace cincuenta
años, eran manejados principalmente por marxistas y ahora se han vuelto parte
de la principal corriente de la historia. Es cierto que esto no ha sido sólo
debido a Carlos Marx, pero probablemente el marxismo ha sido la influencia
principal en la “modernización” de la escritura de la historia contemporánea.
2.
El marxismo, tal y como se escribe y discute hoy,
al me- nos en la mayoría de los países, toma a Marx como punto de partida y no
como su punto de llegada. No quiero decir que necesariamente este marxismo esté
en desacuerdo con los textos de Marx, aunque está preparado para hacerlo donde
éstos están equivocados o donde son obsoletos. Esto sucede claramente en el
caso de su visión de las sociedades orientales y del “modo de producción
asiático”, brillantes y profundas como a menudo eran sus ideas, y también respecto
a sus puntos de vista sobre las sociedades primitivas y su evolución. Como se
ha señalado en un reciente libro sobre el marxismo y la antropología escrito
por un antropólogo marxista: “El conocimiento de Marx y Engels de las
sociedades primitivas era bastante insuficiente como base para la antropología
moderna”. Tampoco quiero decir que este marxismo necesariamente desee revisar o
abandonar las líneas principales del concepto materialista de la historia,
aunque está preparado para considerarlas críticamente donde sea necesario. Por
mi parte, no deseo abandonar la concepción materialista de la historia. Pero la
historia marxista, en sus versiones más fructíferas, ahora utiliza los métodos
de Marx más que comentar sus textos; excepto donde claramente vale la pena
comentarlos. Tratamos de hacer lo que el mismo Marx no hizo.
3.
Hoy la historia marxista es plural. Una sola
interpretación “correcta” no es lo que Marx nos heredó: se volvió parte de la
herencia marxista, particularmente a partir de 1930 más o menos, pero esto ya
no se acepta ni es aceptable, al menos ahí donde la gente tiene una opción en
el asunto. Este pluralismo tiene sus desventajas. Son más obvias entre quienes
teorizan acerca de la historia que entre quienes la escriben, pero son visibles
aun entre estos últimos. Sin embargo, ya sea que pensemos que estas desventajas
son más grandes o mas pequeñas que las ventajas, el pluralismo del trabajo
marxista de hoy constituye un hecho ineludible. Es más, no hay nada malo en
ello: La ciencia es un diálogo entre distintos puntos de vista basados en un
método común. Sólo deja de ser ciencia cuando no hay un método para decidir
cuál de los dos puntos de vista contendientes está equivocado o es menos
fructífero. Desafortunadamente, a menudo éste es el caso en la historia, pero
de ninguna manera sólo en la historia marxista.
4.
Hoy la historia marxista no está, ni puede estar,
aislada del resto del pensamiento y de la investigación histórica. Ésta es una
declaración con una perspectiva doble. Por una parte los marxistas ya no
rechazan ―excepto como fuente de material básico para su trabajo― los escritos
de historiadores que no pretenden ser marxistas, o que de hecho son
antimarxistas. Si son buenos, debe tomárseles en cuenta. Esto no nos detiene,
sin embargo, para criticar o librar una batalla ideológica aun contra los
buenos historiadores que actúan como ideólogos. Por otra parte, el marxismo ha
transformado la corriente fundamental de la historia a tal grado que a menudo
hoy resulta imposible decir si un trabajo particular ha sido escrito por un
marxista o por un no-marxista, a menos que el autor nos advierta de su posición
ideológica. Esto no es causa de lamentaciones. Me gustaría pensar en un tiempo
futuro en que nadie preguntara si los autores son marxistas o no, porque
entonces los marxistas podrían estar satisfechos con la transformación de la
historia alcanzada a través de las ideas de Marx. Pero estamos lejos de una
condición tan utópica; las luchas de ideología y política, clase y liberación
del siglo XX son tales que ni siquiera es concebible. Para el futuro
previsible, tendremos que defender a Marx y al marxismo dentro y fuera de la
historia, contra aquellos que lo atacan con bases políticas e ideológicas. Al
hacerlo, defenderemos también la historia, y la capacidad del hombre para
comprender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es, y cómo el hombre puede
avanzar hacia un futuro mejor .
NOTAS
[1] J.
Hicks, A Theory of Economic History, Londres, 1969, p. 3-8.
[2] Citado
de El Capital, vol. I, Carlos Marx, Penguin Books, Harmondsworth, 1976, p. 513.
[3] Marx,
Engels. La ideología alemana, ed. Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1973, p. 26.
[4] Ibid.,
p. 37.
[5] Ibid.,
p. 53.
[6] E.
Wolf. Europa y el pueblo sin historia, Berkeley, 1983, p. 74.
[7] Ibid.,
p. 75
[8] La
ideología alemana, cit., p. 37.
[9] Wolf,
op. cit., pp. 91-92.
[10] Wolf,
op. cit., p. 389.


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