© Libro N° 11182.
¿Porqué (Re)Leer Las Teorías Del Sistema Mundial
Capitalista? Amin, Wallerstein, Arrighi Y Frank. Herrera,
Rémy. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
¿Porqué (Re)Leer Las Teorías Del Sistema Mundial Capitalista? Amin,
Wallerstein, Arrighi Y Frank. Rémy Herrera
Versión Original: © ¿Porqué (Re)Leer Las Teorías Del Sistema
Mundial Capitalista? Amin, Wallerstein, Arrighi Y Frank. Rémy Herrera
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
¿PORQUÉ (RE)LEER LAS TEORÍAS DEL SISTEMA MUNDIAL
CAPITALISTA? Amin, Wallerstein, Arrighi Y Frank
Rémy Herrera
¿Porqué
(Re)Leer Las Teorías Del Sistema Mundial Capitalista? Amin, Wallerstein,
Arrighi Y Frank
Rémy
Herrera
Introducción
Aunque
las estructuras nacionales del capitalismo funcionan y se reproducen localmente
gracias a un mercado doméstico en el que las mercancías, el capital y el
trabajo son móviles y a un conjunto de aparatos estatales que le corresponden,
lo que define sin embargo al sistema mundial capitalista es la
dicotomía entre la existencia de un mercado global, integrado en todos sus
aspectos salvo el laboral (limitado por una casi inmovilidad internacional), y
la ausencia de un orden político único a escala mundial, que fuera más allá de
una pluralidad de instancias estatales gobernadas por el derecho internacional
público y/o las relaciones de fuerza basadas en la violencia. Los teóricos del
sistema mundial capitalista reflexionan sobre las causas, los mecanismos y las
consecuencias de esta asimetría en la acumulación del capital, en términos de
relaciones desiguales de dominación entre naciones y de explotación entre
clases. Éstos han elaborado una teoría global que tiene como objeto de estudio
y que propone como concepto el mundo moderno, entendido como
entidad concreta socio-histórica que forma un sistema, así como un
conjunto, estructurado por relaciones complejas de interdependencia y por
varios elementos de una realidad que se convierte en una totalidad coherente y
autónoma que les otorga su lugar y su significado.
Entre los
representantes de esta teoría destacaremos cuatro autores principales: Samir
Amin, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi y André Gunder Frank. Es
inútil intentar elaborar una posición común a partir de sus trabajos, ya que
sus áreas de investigación son muy amplias y sus fuentes de inspiración son
distintas, pero es evidente que sus teorías científicas tienen un origen común:
de referencias históricas (los conceptos marxistas fundamentales e incluso
la economía-mundo del historiador francés Fernand
Braudel o la visión jerárquica de centro y periferia…); de
premisas metodológicas (un modelo de explicación holístico, un análisis
estructural, la combinación teoría e historia…); de ambiciones intelectuales
(una representación global de los fenómenos, el intento de unir economía,
sociedad y política…); y de objetivos políticos (la crítica radical de los
daños mundiales provocados por el capitalismo y la hegemonía estadounidense,
una visión “mundial”, el estudio de una sociedad post-capitalista…).
En estas
condiciones, es difícil situar a estos teóricos inclasificables en el marxismo,
puesto que cada uno de ellos parece crear su propia categoría sui
generis. Amin siempre se ha considerado y se considera marxista, pero su
obra se nutre con espíritu crítico de las teorías del imperialismo, así como de
los trabajos pioneros sobre el subdesarrollo, como el de Raúl Prebisch o,
en menor medida, el de François Perroux, y se aleja claramente del
“corpus ortodoxo” marxista. Wallerstein —en la
línea de Fernand Braudel y de la Escuela de los
Annales, influenciado también por la teoría de las “estructuras
disipativas” de Ilya Prigogine— propone una lectura tan libre del
marxismo que es mejor considerarlo como un “sistemista”. Por lo que se refiere
a él, Giovanni Arrighi pertenece a la escuela marxista de
sociología histórica del sistema mundial. En cuanto a André
Gunder Frank, cercano a los escritos de Paul Baran sobre
la economía política del crecimiento y a ciertos estructuralistas
latinoamericanos, se le suele considerar un “dependentista” radical. Sin
embargo, sus investigaciones, muy influenciadas por el marxismo aunque también
por otras corrientes, le han conducido al análisis del sistema mundial.
La
herencia de Marx
De todas
las herencias intelectuales que reivindican los teóricos del sistema mundial
capitalista, ya sean neomarxistas o no, hay que destacar como principal fuente
de inspiración la obra de Marx. Aunque no se pueda atribuir a Marx una teoría completa
del sistema mundial, éste contribuyó enormemente en su desarrollo al establecer
las bases teóricas y al alentar las reflexiones contemporáneas de esta
corriente, debido a la riqueza de las problemáticas que plantea y a las
implicaciones que traza. Por lo tanto, creemos que es necesario y enriquecedor
estudiar dicho autor antes de presentar las teorías más destacadas del sistema
mundial.
Marx, al
criticar el mito de la infalibilidad de otro Sistema, les abrió un
nuevo camino. Destrozó la filosofía hegeliana –salvo la eficacia del método
dialéctico– durante el largo trabajo de elaboración del materialismo histórico
(primera ruptura temprana con Hegel [1843-1845]), y al abandonar la visión de
un desarrollo histórico a partir de una línea universal que va desde el mundo
oriental a la civilización occidental, en un esfuerzo por alejar al marxismo de
todo intento economicista-evolucionista-determinista (lo que debe interpretarse
en mi opinión como una segunda ruptura con Hegel, que
tiene lugar en las últimas investigaciones de Marx [1877-1881]).
El
análisis que lleva a cabo Marx de la acumulación del capital y
de la proletarización de los trabajadores convierte al capitalismo en el primer
modo de producción mundial en oposición, por la mundialización,
a todos los modos de producción precapitalistas; “la tendencia a crear un
mercado mundial está incluida en el mismo concepto de capital”[1]. El
punto de partida del capitalismo es el mercado mundial, que se establece con la
generalización de la mercancía y a través del enfrentamiento del capital-dinero
con otras formas de producción diferentes al capitalismo industrial. De la
acumulación primitiva a la expansión colonial, la génesis del capitalismo,
aunque se sitúe geográficamente en Europa occidental e históricamente en el
siglo XVI, no pertenece únicamente al continente europeo, ya que si el espacio
de reproducción de la relación capital-trabajo se considera mundial, y no sólo
nacional, las sociedades extra-europeas se encuentran violentamente en la
contemporaneidad del capitalismo.
Las
aportaciones teóricas de Marx no pueden por tanto, en nuestra
opinión, reducirse a las afirmaciones de las fuerzas motrices: i) del
proletariado industrial occidental en los procesos capitalistas (por la
producción de plusvalía del esquema D–M–D y de la reproducción ampliada); ii) de
los países capitalistas en el triunfo de la revolución y de la construcción del
comunismo (lo que conlleva a asimilar el capitalismo al “progreso”, aunque “los
individuos y los pueblos se vean obligados a deambular por la sangre y el
barro, la miseria y la degradación”[2] ,
pero in fine un progreso de la civilización burguesa que conlleva dolorosamente
todas las contradicciones del capitalismo); iii) del capital
industrial y de la esfera de la producción en la identificación del lugar de
explotación y del “verdadero” capitalismo.
En los
escritos que conforman su obra central, precedentes o posteriores a la
publicación del primer libro del Capital, Marx ofrece,
repitámoslo, no una teoría, sino los elementos constitutivos de un pensamiento
social del sistema mundial. Entre ellos, se presentan matices prudentes que
relativizan las afirmaciones que pudieran prestarse a confusión (el “de te
fabula narratur!” por ejemplo), así como incertidumbres que quedan
abiertas en ámbitos poco explorados por las ciencias sociales (en particular,
la evolución del obšcina ruso). Destacamos los cinco elementos
siguientes que se articulan en torno al eje del mercado mundial.
Elemento
1. La constatación de Marx de una
superposición de las relaciones de dominación de las naciones y de explotación
de clases (Discurso sobre el levantamiento polaco de 1830 [1847], Discurso
sobre el libre comercio [1848]), es lo que hace más difícil la lucha
de clases, en esencia internacional pero nacional en realidad, así como la
constatación de un proletariado dividido estructuralmente a partir de un
criterio de nacionalidad (Carta a Kugelmann [1869], Carta a
Engels [1869]); hasta tal punto que llega incluso a afirmar que la
revolución en Irlanda, donde confluyen aspectos coloniales y nacionales,
constituye “el preámbulo de todo cambio social” en Inglaterra (Carta a Meyer
y a Vogt [1870], Carta de Engels a Kautsky [1882]).
Sin embargo, dicha afirmación no la aplican más allá del caso irlandés ni Marx
(en Argelia: “Bugeaud” en The New American Encyclopaedia [1857]),
ni Engels (en Egipto: Carta a Bernstein [1882]).[3]
Elemento
2. Marx destaca y repite la determinación de “toda
organización interna de los pueblos” por el mercado mundial, su división del
trabajo y su “sistema interestatal” (Carta a Annenkov [1846], Crítica
del programa de Gotha [1875]), que obliga “a partir de leyes que rigen
de forma conjunta” las estructuras productivas de las “naciones oprimidas”
destruidas por la colonización a regenerarse a través de una especialización
rigurosamente conforme con los intereses metropolitanos dominantes (“La
Dominación británica en la India” en el New York Daily Tribune [1853]).[4] Dichas
naciones sufren por una parte el desarrollo, y por otra el subdesarrollo del
capitalismo. Pero Marx no rechaza totalmente la idea de
“progreso” a través del capitalismo (Manifiesto comunista [1848],
artículos dedicados a los Estados Unidos en Nouvelle Gazette
Rhénane [1850] y Die Presse [1861]).
Elemento
3. Marx explica de nuevo que el Estado en Inglaterra
está al servicio de los intereses de la burguesía industrial porque ese
“demiurgo del cosmos burgués” ha conseguido “conquistar el mercado mundial” y
se presenta como el “corazón” capitalista que exporta sus crisis al resto del
mundo y amortiza sin embargo las revoluciones políticas que tienen lugar en el
continente europeo (Las Luchas de clases en Francia [1849]). Marx establece
la conexión entre la estructura social nacional y la dimensión internacional a
través de la figura (abstracta-concreta) del “mercado del mundo” y el “sistema
de los Estados” (“Revolución en China y en Europa” en el New York Daily
Tribune [1853])[5], pero no
ofrece los conceptos necesarios para estudiar a la misma vez las dinámicas
nacionales e internacionales del sistema.
Elemento
4. Además, Marx reconoce la
similitudes entre ciertos modos de explotación con el proletariado industrial
–precisamente se refiere a la pequeña agricultura– (El dieciocho de Brumario
de Luis Bonaparte [1852]), que la extracción de la plusvalía es
posible incluso sin subsunción formal del trabajo al capital (Capítulo inédito
de los Manuscritos de 1861-1863) y que la “esclavitud del
sistema de plantación para el mercado mundial” en los Estados Unidos tiene que
ser considerada “una condición necesaria de la industria moderna” (Libro III
de Capital) así como productora de plusvalía desde su integración
en el “proceso de circulación del capital industrial” por el mero hecho de
la “existencia del mercado como mercado mundial” (Libro II de Capital).
Igualmente se aplica a otras formas de relación no asalariadas como aquellas
que rigen los coolies chinos y los ryots indios,
por ejemplo.
Elemento
5. En último lugar, rechaza expresa y categóricamente toda “teoría
histórico-filosófica impuesta fatalmente a los pueblos, cuales sean sus
circunstancias históricas” (Carta a Mikhaïlovski [1877])[6] y
sabe aprehender de manera dudosa pero tangible, historias singulares, es decir,
evoluciones no lineales y no mecánicas de formaciones sociales que deben
considerarse como combinaciones de modos de producción y que hay que
diferenciarlas en función de sus “medios históricos” (Grundrisse [1857-1858],
Contribución a la crítica de la economía política [1859]). Marx acepta
por lo tanto plantearse otras transiciones hacia el socialismo diferentes al
“largo y sangriento calvario” de la vía capitalista; aunque en el caso de Rusia
lo acepta bajo condiciones estrictas como la de “incorporar los logros
positivos elaborados por el sistema capitalista” occidental (Borradores y
carta a Véra Zassoulitch [1881])[7].
A menudo,
estas afirmaciones que formula Marx por precaución y deseando
elaborar una teoría más compleja han podido confundir a numerosos marxistas
(cuando no han caído en el olvido pura y simplemente), pero debemos tener en
cuenta que gracias a la indeterminación de las sucesivas comparaciones, existe
la oportunidad de que surjan reflexiones que sean susceptibles de renovar
profundamente el marxismo para que siga siendo un teoría en consonancia con la
evolución real del mundo, para que ofrezca la posibilidad de transformar
revolucionariamente el mundo.
Samir
Amin
En la
contribución científica de Samir Amin, destaca que el capitalismo
como sistema mundial es diferente al modo de producción
capitalista a escala mundial. La pregunta que articula su obra consiste en
saber por qué la historia de la expansión capitalista se identifica con una
polarización a escala mundial entre formaciones sociales centrales y
periféricas. Su respuesta aspira a estudiar la realidad de dicha polarización
en su totalidad para integrarla en el análisis de sus leyes en el marco del
materialismo histórico, esforzándose a la vez por combinar teoría e historia y
aunar los campos económico, político e ideológico. La unidad de análisis
necesaria para comprender los problemas principales de la sociedad es el
sistema mundial –objeto posible de un estudio científico holístico y coherente
a esta escala– y no las formaciones sociales locales que la componen. Para este
autor, la polarización es inmanente al capitalismo mundial y se interpreta como
el producto moderno de la ley de la acumulación a escala mundial –ley cuya
explicación no puede reducirse a la extensión al mundo de la teoría de la
acumulación en el modo de producción capitalista.[8]
Aunque Amin sitúa
la totalidad de sus escritos en la perspectiva metodológica del marxismo,
se aleja de ciertas interpretaciones que han prevalecido en esta corriente de
pensamiento durante años. Su originalidad estriba en que rechaza una lectura
de Marx que admita que la expansión capitalista homogeniza el
mundo al crear un mercado global integrado en tres dimensiones (mercancías,
capital, trabajo). Puesto que el imperialismo saca las mercancías y el capital
del espacio nacional para conquistar el mundo limitando a los trabajadores al
marco nacional, nos encontramos con un problema de repartición de la plusvalía
a escala mundial. El funcionamiento de la ley de la acumulación (o de la
pauperización) no se haya en cada subsistema nacional, sino a escala mundial.
Amin es hostil a todo tipo de evolucionismo y rechaza una interpretación
economicista del leninismo que al subestimar la gravedad de las implicaciones
de la polarización, plantee la transición en términos inadecuados: si los
centros no reflejan la imagen de lo que serán en el futuro las periferias y
sólo se entienden si se estudia el sistema en su conjunto, el problema de éstas
no consiste en la “recuperación” (desarrollo prioritario de las fuerzas
productivas que reproduce los caracteres inherentes del capitalismo), sino en
la construcción de “otra sociedad”. Según Amin, la
inspiración del maoismo, puesto que es “volver a Marx” verdaderamente,
ofrece elementos para llevar a cabo una reflexión sobre las posibilidades
de “hacer otra cosa”, de transformar el mundo.[9]
Por lo
tanto, considera que el subdesarrollo es el producto de la lógica polarizante
del sistema mundial y constituye el contraste de los centros-periferias a
través de un ajuste estructural permanente de las periferias a
las exigencias de expansión del capital de los centros —lógica que ha impedido
a las economías periféricas desde el principio, dar el salto cualitativo que
representa la creación de sistemas productivos capitalistas nacionales,
industriales y autocentrados, construidos por la intervención activa del Estado
burgués nacional. En esta óptica, dichas economías no se presentan como
segmentos locales particulares del sistema mundial, sean o no subdesarrolladas
(ni mucho menos como sociedades atrasadas), sino como proyecciones de ultramar
de las economías centrales, ramas no autónomas y desarticuladas de la economía
capitalista –lo que excluye todo tipo de “circulacionismo”. La organización de
la producción de las periferias se ha elaborado para acumular capital central
en el marco de un sistema productivo que alcanza el nivel mundial en la
actualidad y traduce el carácter global de la génesis de la plusvalía.
El
sistema mundial está de hecho basado en el modo de producción capitalista, cuya
naturaleza se expresa en la alienación mercante, la preeminencia del valor
generalizado, que somete al conjunto de la economía (mercantilización de la
producción, del trabajo, de los recursos naturales…), e incluso de toda la vida
social (política, ideológica…). La contradicción fundamental de este modo de
producción, que opone capital (relación social mediante la cual la clase
burguesa se apropia del trabajo muerto reflejado en medios de producción) y
trabajo (del individuo libre obligado a vender su fuerza de trabajo), hace del
capitalismo un sistema que genera una tendencia permanente a la
superproducción.
En el
marco de un modelo de reproducción de dos departamentos, Amin muestra
que la realización de la plusvalía exige un aumento del salario real
proporcional al crecimiento de la productividad del trabajo –lo que supone
abandonar la ley de la tendencia a la baja de la tasa de beneficio. De ahí
surge una formulación de la teoría de intercambio desigual (diferente de la
propuesta por Arghiri Emmanuel) como transferencia a escala mundial
por deterioración de los términos factoriales dobles del intercambio: en el
centro, el salario aumenta con la productividad, en la periferia no.[10]
La
polarización indisociable del funcionamiento de un sistema fundado en un
mercado mundial integrado de mercancías y capital, pero que excluye la
movilidad del trabajo, se define mediante el diferencial de las remuneraciones
del trabajo, inferiores en la periferia que en el centro, con una misma
productividad. Garantizada por un Estado que dispone de una autonomía real, la
regulación fordista en el centro –menos socialdemócrata que “social-imperialista”, en
un mundo compuesto por un 75% de pueblos periféricos– implica, a escala
mundial, la reproducción de la relación desigual centros-periferias. La
ausencia de regulación del sistema mundial se traduce por tanto en el
despliegue de los efectos de la ley de acumulación; el contraste
centros-periferias que se organiza en torno a articulaciones de producción de
medios / producción de bienes de consumo (que define las economías capitalistas
autocentristas) y exportación de materias primas / consumo de lujo (que
caracteriza a las formaciones sociales periféricas).
En estas
condiciones, la polarización no puede ser suprimida en el marco de la lógica de
despliegue del capitalismo realmente existente. Amin percibe
los intentos de despliegue puestos en marcha en la periferia, en sus versiones
del liberalismo neocolonial (apertura al mercado mundial), del nacionalismo
radical (modernización en la línea de Bandung), así como del sovietismo
(prioridad a las industrias sobre la agricultura), no como un cuestionamiento
de la mundialización, sino como su continuación. Tales experiencias sólo podían
llevar al “fracaso” general del desarrollo –el “éxito” en algunos
nuevos países industrializados debe así interpretarse como una forma nueva y
profundizada de polarización a escala mundial. Sin embargo, la crítica de los
conceptos y prácticas del desarrollo está acompañada en este caso por una
alternativa: la desconexión. Esta última se define como la sumisión
de las relaciones exteriores (gracias a la selección por parte del Estado de
posiciones no desfavorables en la división internacional del trabajo) a la
lógica del desarrollo interno –es decir exactamente al contrario que el ajuste
estructural de las periferias a los límites que impone la expansión
polarizante del capital. Se trata entonces de desarrollar acciones sistemáticas
enfocadas a la construcción de un mundo policéntrico, capaz de
abrir espacios de autonomía para el progreso de un internacionalismo de los
pueblos, constituir un socialismo mundial y permitir una transición “más
allá del capitalismo”.[11]
La
construcción de una teoría de acumulación a escala mundial, que reintegre la
ley del valor en el marco del materialismo histórico –y que permita, entre
otros, analizar la crisis estructural actual como una disfunción de la ley del
valor mundializado– apela al mismo tiempo a la historia de las formaciones
sociales. Al rechazar la teoría de las “cinco etapas” y la multiplicación de
los modos de producción, Amin no conserva más que dos etapas
sucesivas: comunitaria y tributaria –siendo los diferentes
modos de producción variantes de estas familias. Todos los sistemas sociales
anteriores al capitalismo presentan relaciones contrarias a las que lo
caracterizan (sociedad dominada no por el valor, sino por la instancia del
poder; leyes económicas y explotación del trabajo que la alienación mercante no
ha ocultado; ideología necesaria para la reproducción del sistema de carácter
metafísico y no economista…). Las contradicciones internas del modo comunitario
han encontrado una solución en el pasaje al modo tributario. En las sociedades
tributarias –en el grado diferenciado de organización del poder (mediante el
cual la extracción de la plusvalía está centralizada por la clase dirigente
explotadora)– operan las mismas contradicciones fundamentales, preparando el pasaje
al capitalismo como solución objetivamente necesaria, pero, en las formas
periféricas, más flexibles (como era el caso del feudalismo en Europa), los
obstáculos frente a la transición hacia el capitalismo ofrecen una capacidad de
resistencia menor. De ahí surge la evolución hacia una forma central en la
época mercantilista a través de la puesta en marcha del capital de la instancia
política, y por tanto el “milagro europeo”. Por consiguiente, la obra de Samir
Amin invita al marxismo histórico a hacer autocrítica de su
eurocentrismo y a desarrollar plenamente su vocación afroasiática.
Immanuel
Wallerstein
Immanuel
Wallerstein trata también de aprehender la realidad de
este sistema histórico que es el capitalismo para reflexionar en torno a él de
manera global, en su totalidad.
Mientras
que el enfoque de Amin es explícitamente el de una
interpretación del sistema mundial en los términos del materialismo histórico,
la ambición de Wallerstein es, en apariencia, inversa: él
trata de integrar los elementos del análisis marxista en el marco de un enfoque
sistémico. En realidad, precisa Wallerstein, “si las
comprendemos [las teorías de Marx] en la perspectiva más amplia de un
sistema-mundo histórico, cuyo desarrollo mismo implica el ‘subdesarrollo’,
entonces permanecen válidas, eincluso siguen siendo revolucionarias”.[12] La
perspectiva del sistema-mundo se explicita mediante un principio triple: en
primer lugar, espacial, “el espacio de un mundo” –la unidad de análisis que hay
que adoptar para estudiar el comportamiento social es el sistema-mundo–; a
continuación temporal, “el tiempo de la larga duración” –los sistemas-mundo son
históricos, en forma de redes integradas y autónomas de procesos internos de
naturaleza económica y política cuya suma garantiza la unidad y cuyas
estructuras, sin cesar de evolucionar, permanecen fundamentalmente las mismas–;
por último analítico, en el marco de una visión coherente y articulada: “una
manera de describir la economía-mundo capitalista”, sistema-mundo singular,
como entidad económica sistémica que organiza una división del trabajo, pero
desprovista de estructura política única que la domine. Ése es el sistema que
analiza Wallerstein para ofrecer así un análisis estructural,
a la vez que prever las transformaciones. Su fuerza reside en su
totalidad, como subraya Balibar, en su capacidad de “considerar
la estructura de conjunto del sistema como la de una economía generalizada [en
la cual] los procesos de formación de los estados, las políticas de hegemonía y
alianza de clases forman la textura de esta economía”.[13]
Para Wallerstein,
la economía-mundo capitalista presenta determinadas características
distintivas. La primera característica de este sistema social, fundado sobre el
valor generalizado, es su dinámica incesante y auto-gestionada de acumulación
del capital, sobre una escala creciente, impulsada por los poseedores de los
medios de producción. Contrariamente a Braudel, para quien el
mundo, desde la Antigüedad, ha estado dividido en varias economías-mundo
coexistentes, “mundos de por sí” y “matrices del capitalismo europeo,
y después mundial”. [14] según Wallerstein,
no hay otra economía-mundo más que la de Europa, constituida a partir del siglo
XVI: “alrededor del año 1500, una economía-mundo particular, que por aquel
entonces ocupaba una amplia parte de Europa, pudo proporcionar un marco al
desarrollo pleno del modo de producción capitalista, el cual requiere para
implantarse la forma de una economía-mundo. Una vez consolidada, y siguiendo
una lógica interna, esta economía-mundo se ha extendido en el espacio,
integrando los imperios-mundos colindantes como los mini-sistemas vecinos. A
finales del siglo XIX, la economía-mundo capitalista acabó por extenderse en la
totalidad del planeta. Así, por primera vez en la historia, llegamos a un
momento en el que no existía más que un único sistema histórico”.[15]
La
explicación de la división del trabajo en el marco del sistema mundial
capitalista entre centro y periferia permite mostrar los mecanismos de
apropiación de la plusvalía a escala mundial por parte de la clase burguesa, a
través de un intercambio desigual materializado en múltiples cadenas
industriales que garantizan el control de los trabajadores y la monopolización
de la producción. La existencia de una semi-periferia es, en este marco,
inherente al sistema, cuya jerarquía económico-política se modifica
permanentemente. Sin embargo, el sistema interestatal en el marco de la
economía-mundo capitalista está continuamente conducido por un Estado
hegemónico, cuya dominación, temporal y contestada, se ha impuesto
históricamente mediante “guerras de treinta años” (Provincias-Unidas en
el siglo XVII, Inglaterra en el siglo XIX). La hegemonía de los Estados Unidos
establecida desde 1945 cesará; Japón y Europa se presentan, con más o menos
éxito, como los pretendientes del próximo ciclo hegemónico mundial. Wallerstein le
otorga una atención minuciosa por una parte a los ritmos cíclicos (la “microestructura”),
y por otra parte, a las tendencias seculares (la “macroestructura”),
estudiando el capitalismo histórico para finalmente caracterizarlo por la
alternancia de periodos de expansión y de estancamiento y sobre todo, por una
recurrencia de grandes crisis. “El capitalismo ha entrado históricamente en
una crisis estructural en los primeros años del siglo XX y conocerá sin duda su
final como sistema histórico a lo largo del siglo siguiente”.[16]
Giovanni
Arrighi
Las
contribuciones de Giovanni Arrighi a las teorías del sistema
mundial están vinculadas, entre otras, a las reflexiones sobre el capitalismo
en sus orígenes, su articulación con los modos de producción precapitalistas,
su estrecha relación con el imperialismo y su crisis actual. Arrighi considera
que el proceso de formación del capitalismo como sistema moderno del mundo no
ha partido de las relaciones socioeconómicas predominantes entre las grandes
potencias nacionales europeas (en la agricultura en particular), sino más bien
de los intersticios que las han conectado entre sí, así como con los otros
“mundos”, gracias al comercio euroasiático de finales del siglo XIII. Las
organizaciones intersticias adoptaron inicialmente la forma de Estados-ciudades
y de redes de negocios extra- o no territoriales, donde pudieron realizarse
enormes beneficios en el comercio de larga distancia y las finanzas. “El
capitalismo-mundo no encuentra su origen en [within], sino entre [in-between] o
en los intersticios entre [on the outer-rim] estos Estados [europeos]”. Es
ahí donde comenzó la acumulación “infinita” del capital.[17]
La mayor
parte de los estudios de Arrighi dedicados a la acumulación
primitiva colonial tratan sobre la penetración del capitalismo en África y su
articulación con los modos de producción comunitarios. Ha analizado más
concretamente los efectos sobre las estructuras de clases de las formas
capitalistas que han aparecido y han diferenciado sus trayectorias en función
de las oportunidades encontradas por el capital, principalmente en su demanda
de trabajo (local o inmigrante, no cualificado o semicualificado…), pero
también en función de las configuraciones adoptadas por esta penetración (más o
menos competitiva, más o menos capitalista…) –y diferentes de lo que ocurrió en
América Latina. Mientras que en el África tropical, el capitalismo se ha
impuesto sin la formación de una clase proletaria, ni tan siquiera de una
burguesía, los trabajadores del África austral, por el contrario, han sido
transformados en proletariado mediante la concentración de tierras y minas en
manos de colonos europeos capitalistas y la expulsión de los campesinos
africanos, empobrecidos en el proceso mismo de su integración en la economía de
mercado monetaria. En ambos casos, ese capitalismo se ha caracterizado por un “desarrollo
del subdesarrollo”.[18]
Arrighi dirige
sus esfuerzos a la reformulación de una teoría del imperialismo, que se adapte
a las evoluciones presentes del capitalismo. Recurriendo, en una perspectiva de
largo plazo, al concepto de “hegemonía”, propone una periodización de la
historia según dos criterios: el de la potencia hegemónica y el de los rasgos
específicos del imperialismo que tiende a organizar esta potencia. Tras haber
concluido su construcción nacional y con la intención de dominar un espacio que
se extiende desde Canadá a Panamá, bajo el principio unificador del mercado,
los Estados Unidos han conseguido poco a poco organizar un “imperialismo
formal”, que ha garantizado, en el marco del orden jerárquico que han
impuesto sobre el sistema mundial, la paz entre los países capitalistas y su
unidad contra la Unión Soviética. Como refleja la crisis estructural de
acumulación comenzada a principios de los años 70, el declive de la hegemonía
estadounidense debe comprenderse como un proceso de transición hacia la
emergencia de una nueva potencia hegemónica.[19] El
periodo de caos actual podría así interpretarse como la conclusión de un ciclo
sistémico de acumulación capitalista, o el final de un cuarto “siglo largo”21
— tras los de Génova, las Provincias Unidas e Inglaterra-, presentando, a pesar
de una complejidad creciente, similitudes con los ciclos pasados, como el
resurgimiento de las finanzas o una proliferación de los conflictos sociales,
pero también determinadas particularidades. Entre éstas, Arrighi destaca
el auge de las empresas multinacionales –el capital financiero ya no se
identifica con un único interés nacional, sino que se vuelve multinacional,
emancipándose a la vez de los aparatos productivos y de los poderes del
Estado–, así como el desplazamiento de los motores de acumulación al exterior
de Europa. De ahí surge la aparición, en Asia del este, de candidatos a la
hegemonía en el sistema mundial capitalista; a la cabeza de los cuales se
encuentra Japón. La nueva etapa neoliberal de la mundialización tiende a
acercar las formaciones sociales de los centros y las periferias, conectando
ejércitos activos y ejércitos de reserva, mediante la exacerbación de la
competencia y la reducción de las remuneraciones del trabajo. Por consiguiente,
las movilizaciones de los trabajadores tienen futuro, aunque su composición y
sus luchas hayan cambiado a lo largo de estas últimas décadas. En estas
condiciones, cómo sorprenderse de que las contribuciones de Arrighi,
fuertemente analíticas, se movilicen de manera útil y eficaz contra algunas de
las “modas intelectuales” de la era neoliberal (como El Imperio de
Negri, entre otras).
André
Gunder Frank
Paul
Baran concentra la mayor parte de sus aplicaciones empíricas en el
replanteamiento del papel progresista de la expansión del capitalismo
(enfatizando la extorsión de la plusvalía económica) sobre el continente
asiático. En su línea teórica, André Gunder Frank dedica, por
su parte, la mayor parte de sus reflexiones a América Latina, cuya realidad no
puede aprehenderse más que remontándose a su determinante fundamental,
resultado del desarrollo histórico y de la estructura contemporánea del
capitalismo mundial: la dependencia. A partir del momento en que
consideramos las esferas de producción y de intercambio como estrechamente
solapadas para la valorización y la reproducción del capital en un mismo
proceso global de acumulación y un único sistema capitalista en transformación,
la dependencia ya no se percibe únicamente como una relación externa –imperialista–
entre los centros capitalistas y sus periferias subordinadas; se convierte
también en una condición interna –y de facto en un fenómeno integral–
de la sociedad dependiente en sí misma.
Por
tanto, el subdesarrollo de los países periféricos debe interpretarse como uno
de los productos intrínsecos de la expansión mundial del capitalismo,
caracterizada por sus estructuras monopolísticas en el intercambio y sus
mecanismos de explotación en la producción. La postura de Frank consiste
en que la integración al sistema mundial capitalista ha metamorfoseado, desde
las conquistas europeas del siglo XVI, las colonias de América Latina
inicialmente “no desarrolladas” en formaciones sociales “subdesarrolladas”
fundamentalmente capitalistas, porque disponen de estructuras productivas y
comerciales conectadas a la lógica del mercado mundial y sometidas a la
búsqueda del beneficio. El origen del “desarrollo del subdesarrollo”
reside en la estructura misma del sistema mundial capitalista, construida como
cadena jerarquizada de expropiación/ apropiación de las plusvalías económicas
que vinculan “el mundo capitalista y las metrópolis nacionales con los
centros regionales, y a partir de ahí, con los centros locales, y así
consecutivamente hasta los grandes terratenientes y los grandes comerciantes
que extorsionan la plusvalía a los pequeños campesinos, y a veces de estos
últimos hasta los trabajadores agrícolas sin tierras que ellos mismos explotan
a su vez”[20]. Así, en
cada eslabón de esta cadena, que marca, a través de una extraña “continuidad
en el cambio”, las formas de explotación y de dominación entre “metrópolis
y satélites”, el sistema mundial capitalista internacional, nacional y
local genera simultáneamente, desde el siglo XVI, el desarrollo de determinadas
zonas, “para la minoría” y, “para la mayoría”, el subdesarrollo
en otros lugares –en estos márgenes periféricos sobre los cuales Braudel decía
que “la vida de los hombres evoca a menudo el Purgatorio, e incluso el
Infierno”[21].
Las
clases dirigentes de las sociedades satélites se esfuerzan así en conservar
intactos estos vínculos de dependencia con las metrópolis capitalistas –que las
sitúan localmente en una posición dominante confiriéndoles al mismo tiempo un
estatus de “lumpen-burguesía”– mediante políticas estatales voluntarias
de “lumpen-desarrollo del conjunto de la vida económica, política, social y
cultural de la “nación” y del pueblo de América Latina”[22]. Su
teoría proviene de la historia económica de América Latina, que contrasta
singularmente con la de América del Norte, “submetrópolis” controlando
un comercio triangular desde sus orígenes modernos. Ni la industrialización por
substitución en las importaciones (que comenzó tras la crisis de 1929), ni la
promoción de industrias exportadoras (reactivada tras la Segunda Guerra
mundial), ni mucho menos las estrategias de apertura del libre-intercambio
(tras las independencias del siglo XIX, o más recientemente, a finales del
siglo XX), han permitido a los países latinoamericanos romper esta cadena de
extracción de la plusvalía operada mediante el intercambio desigual, las
inversiones directas extranjeras y la ayuda internacional. Para Frank,
en este contexto, para las periferias del sistema mundial capitalista, no
existe otra salida al “desarrollo del subdesarrollo” más que la
revolución socialista, a la vez “necesaria y posible”.[23]
Conclusión
Las
teorías del sistema mundial capitalista constituyen uno de los ámbitos de
investigación más ricos, dinámicos y estimulantes en los que se ha implicado el
marxismo estos últimos años. Reforzando tanto uniones interactivas entre
economía y política como las relaciones de articulación entre lo intranacional
y lo internacional, reformulando asimismo problemas de periodización y de
articulación de los modos de producción y los de combinación de las relaciones
de explotación y de dominación, estos análisis modernos del capitalismo han
permitido a la vez aclarar determinadas categorías, absolutamente cruciales
para los planes teóricos y políticos y durante mucho tiempo cuestionadas en el
marco de la corriente marxista, como las de clase, nación, Estado, mercado o
mundialización. Así, el marxismo se ha visto considerablemente enriquecido,
para renovarse y extenderse sobre fundamentos teóricos y empíricos más sólidos,
amplios y profundos, no historicistas y no economicistas.
La
importancia de estos avances, que se han producido en la confrontación con
economistas marxistas críticos (como Charles Bettelheim, Paul Boccara,
Robert Brenner, Maurice Dobb, Ernest Mandel, Ernesto Laclau, Paul Sweezy…)
y otros “movimientos” de pensamiento (principalmente el estructuralismo), debe
evaluarse conforme a las influencias reales y plurales ejercidas hoy en día por
los teóricos del sistema mundial capitalista: ya sea los (“neo” o “post”)
marxistas que evolucionan en ámbitos ajenos a las ciencias sociales (entre
otros, Harry Magdoff en Economía, Étienne Balibar en
Filosofía, Pablo Gonzales Casanova en Ciencias
Políticas, Pierre-Philippe Rey en Antropología…) o los autores
más reformistas (como Celso Furtado en concreto). Llevadas por
la ola de los movimientos populares de liberación nacional del Tercer Mundo,
estas teorías van más allá pero a la misma vez mantienen la tesis del
imperialismo. Por lo tanto, es lógico que encuentren un eco favorable en los
países latinoamericanos, africanos, árabes y asiáticos. De hecho, los
investigadores neomarxistas deberían de preocuparse por dichas regiones, en un
momento en el que el discurso neoclásico/neoliberal dominante funciona –a
imagen y semejanza de un nuevo Sistema idealista– como una
máquina que absorbe las tesis contrarias para desintegrarlas y someterlas al
orden establecido.
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NOTAS
[1] Marx
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[2] Marx
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[3] Marx
et Engels (1977).
[4] Marx
et Engels (1978).
[5] Marx
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[6] Godelier
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[7] Godelier
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[8] Amin
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[9] Amin
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[10] Amin
(1976).
[11] Amin
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[12] Wallerstein
(1991).
[13] Balibar
et Wallerstein (1991).
[14] Braudel
(1985).
[15] Wallerstein
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[16] Wallerstein
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[17] Arrighi
(1994).
[18] Arrighi
et Saul (1973).
[19] Arrighi
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[20] Frank
(1978).
[21] Braudel
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[22] Frank
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[23] Frank
(1981).


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