© Libro N° 11180.
Organizarse Para La Transición Anticapitalista. Harvey,
David. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
Organizarse Para La Transición Anticapitalista. David Harvey
Versión Original: © Organizarse Para La Transición
Anticapitalista. David Harvey
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://kmarx.wordpress.com/2013/03/14/organizarse-para-la-transicion-anticapitalista/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
https://kmarx.files.wordpress.com/2013/03/construyendo-el-socialismo.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ORGANIZARSE PARA LA
TRANSICIÓN ANTICAPITALISTA
David Harvey
Organizarse
Para La Transición Anticapitalista
David
Harvey
La
geografía histórica del desarrollo capitalista se encuentra en un punto clave
de inflexión en el cual las configuraciones geográficas de poder están
cambiando rápidamente en el mismo momento en que la dinámica temporal enfrenta
serias limitaciones. El 3% de crecimiento compuesto anual (usualmente
considerada la tasa de crecimiento mínima aceptable para una economía
capitalista saludable) es cada vez menos posible de sostener sin recurrir a
todo tipo de ficciones (como las que han caracterizado a los mercados de
acciones y mercados financieros en las dos últimas décadas). Existen buenas
razones para creer que no hay otra alternativa a un nuevo orden mundial de
gobierno que, al fin y al cabo, tendrá que gestionar la transición a una
economía de crecimiento cero. Si eso ha de realizarse de manera equitativa,
entonces no hay otra alternativa al socialismo o comunismo. Desde finales de
los noventa, el Foro Social Mundial se convirtió en el centro de articulación
del tema “otro mundo es posible.” Ahora debe asumir la tarea de definir cómo
otro socialismo o comunismo es posible y cómo se consumará la transición a
estas alternativas. La crisis actual ofrece una oportunidad para reflexionar
sobre lo que esto podría implicar.
La crisis
actual se originó en las medidas adoptadas para resolver la crisis de los
setenta. Estas medidas incluyeron:
El ataque
exitoso a las organizaciones laborales y sus instituciones políticas mientras
se movilizaba mano de obra global excedente, la implementación de cambios
tecnológicos para reducir mano de obra y elevar la competencia. El resultado ha
sido la reducción global del salario (disminución de la participación del
salario en el PIB total en casi todas partes) y la creación de una reserva
laboral descartable, aún más vasta, viviendo en condiciones marginales.
Socavar
las estructuras precedentes de poder monopolista y desplazar la fase previa de
capitalismo monopólico (de Estado nación) mediante la apertura capitalista a
una competencia internacional mucho más salvaje. Intensificar la competencia
mundial, traducida en reducir ganancias corporativas no financieras. El
desarrollo geográfico desigual y la competencia interterritorial se
convirtieron en rasgos fundamentales del desarrollo capitalista, abriendo la
brecha hacia un cambio hegemónico de poder, en particular, pero no
exclusivamente, en Asia oriental.
Utilizar
y habilitar a la forma de capital más fluida y de mayor movilidad –capital
dinerario– para reasignar recursos de capital a nivel mundial (con el tiempo,
por medio de mercados electrónicos), provocando, así, la desindustrialización
en las regiones centrales tradicionales y nuevas formas (ultra opresivas) de
industrialización y de extracción de recursos naturales y materias primas
agrícolas en los mercados emergentes. El corolario fue aumentar la rentabilidad
de las corporaciones financieras y encontrar nuevas formas de globalizar y,
supuestamente, absorber riesgos mediante la creación de mercados de capital
ficticios.
En el
otro extremo de la escala social, esto significó mayor confianza en la
“acumulación por desposesión” como medio para aumentar el poder de la clase
capitalista. Los nuevos ciclos de acumulación primitiva contra poblaciones
indígenas y campesinas fueron aumentados por las pérdidas de bienes de las
clases más bajas en las economías centrales (como lo demostró el mercado
inmobiliario sub-prime [2] en
los Estados Unidos que impuso la enorme pérdida de bienes, principalmente a la
población afroamericana).
El
aumento de la demanda efectiva, de lo contrario menguada, mediante el impulso
de la economía de deuda (gubernamental, corporativa y del mercado interno)
hasta su límite máximo (especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido,
pero además en muchos otros países de Letonia a Dubai).
La
compensación de las tasas de retorno anémicas en la producción por la
construcción de toda una serie de mercados- burbuja de activos, la cual tenía
la impronta Ponzi [3], culminó
con la burbuja inmobiliaria que estalló en agosto de 2007. Estas burbujas de
activos se basaron en el capital financiero y fueron facilitadas por las
innovaciones financieras como los derivados y las obligaciones de deuda con
garantía u obligaciones de deuda colateral.
Las
fuerzas políticas que se unieron y movilizaron en pos de estas transiciones
tenían un carácter de clase particular y se vestían con las prendas de una
ideología distintiva llamada neoliberal. La ideología se basaba en la idea de
que los mercados libres, el libre comercio, la iniciativa personal y el
espíritu emprendedor eran los mejores garantes de las libertades individuales y
de la Libertad absoluta, y que el “Estado niñera” debía ser desmantelado para
beneficio de todos. Pero la práctica implicaba que el Estado debía respaldar la
integridad de las instituciones financieras, introduciendo así a lo grande
(empezando con las crisis de la deuda mexicana y de los países en vías de
desarrollo de 1982) al “riesgo moral” en el sistema financiero. El Estado (local
y nacional) incluso estaba cada vez más comprometido en proporcionar “un buen
clima de negocios” para atraer inversiones en un entorno altamente competitivo.
Los intereses de las personas eran secundarios para los intereses del capital
y, en el caso de un conflicto entre ellos, los intereses de las personas fueron
sacrificados –como se convirtió en una práctica habitual en los programas de
ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) desde principios de
los ochenta en adelante–. El sistema que se ha creado equivale a una verdadera
forma de comunismo para la clase capitalista.
Estas
condiciones variaban considerablemente, desde luego, dependiendo de en qué
parte del mundo se habitara, las relaciones de clase imperantes, las
tradiciones culturales y políticas y la forma en que estaba cambiando el
equilibrio del poder político-económico.
Entonces,
¿cómo puede la izquierda negociar las dinámicas de esta crisis? En tiempos de
crisis, la irracionalidad del capitalismo queda claramente expuesta a la vista
de todos. Los excedentes de capital y mano de obra coexisten uno al lado del
otro y, aparentemente, no hay manera de volver a juntarlos en medio del
sufrimiento humano inmenso y las necesidades insatisfechas. A mediados del
verano de 2009, un tercio de los bienes de capital en los Estados Unidos
estaban ociosos, mientras que un 17% de la población económicamente activa
estaba o bien desempleada o bien obligada a trabajar medio tiempo, o eran
trabajadores “desalentados”. ¡Qué podría ser más irracional que eso!
¿Puede el
capitalismo sobrevivir el trauma actual? Sí. Pero ¿a qué costo? Esta pregunta
encubre otra. ¿Puede la clase capitalista reproducir su poder ante las
dificultades económicas, sociales, políticas y geopolíticas, y
medioambientales? Una vez más, la respuesta es un rotundo “sí”. Pero las masas
tendrán que entregar los frutos de su trabajo a los poderosos, claudicar a
muchos de sus derechos y valores que tanto han costado conseguir, a todo, desde
viviendas a derechos de pensión y sufrir degradaciones del medio ambiente, y ni
qué decir de la serie de reducciones en su nivel de vida, lo cual significa
hambrunas para muchos de los que ya están luchando en los niveles más bajos
para sobrevivir. Las desigualdades de clase aumentarán (como ya vemos que está
sucediendo). Todo esto puede requerir mucho más que un poco de represión
política, violencia policial y control estatal militarizado para reprimir los
disturbios.
Dado que
gran parte de esto es impredecible y que los espacios de la economía mundial
son tan variables, la incertidumbre en cuanto a los resultados se acentúa en
tiempos de crisis. Surge toda clase de posibilidades localizadas para que los
capitalistas incipientes en algún nuevo espacio aprovechen las oportunidades de
desafiar a clases capitalistas anteriores y a hegemonías territoriales (como
cuando Silicon Valley sustituyó a Detroit desde mediados de la década del
setenta en los Estados Unidos), o para que los movimientos radicales desafíen
la reproducción de una ya desestabilizada clase dominante. Decir que la clase
capitalista y el capitalismo pueden sobrevivir no significa que estén
predestinados a hacerlo, ni tampoco que su signo futuro esté dado con
antelación. Las crisis son momentos de paradoja y posibilidades.
Por lo
tanto, ¿qué pasará esta vez? Si vamos a volver a un crecimiento del 3%,
entonces esto significa que debemos encontrar oportunidades globales de
inversión, nuevas y rentables, de 1,6 billones de dólares en 2010, llegando a
más de 3 billones de dólares en 2030. Esto contrasta con el 0,15 billón de
dólares de nuevas inversiones necesarias en 1950 y el 0,42 billón de dólares
necesario en 1973 (las cifras en dólares están reajustadas a la inflación). Los
problemas reales para encontrar salidas adecuadas para el capital excedente
comenzaron a surgir después de 1980, incluso con la apertura de China y el
derrumbe del bloque soviético. Las dificultades fueron resueltas, en parte,
mediante la creación de mercados ficticios donde la especulación con los valores
de los activos podía despegar sin obstáculos. ¿Adónde irán todas estas
inversiones ahora?
Dejando a
un lado las incuestionables limitaciones en la relación con la naturaleza (con
el recalentamiento global, de suma importancia), las otras barreras potenciales
de la demanda efectiva en el mercado, de tecnologías y de las distribuciones
geográficas/geopolíticas tienden a ser profundas, incluso en el supuesto, que
es poco probable, de que no se materialice ninguna oposición activa contra la
continua acumulación de capital y una mayor consolidación del poder de clase.
¿Qué espacios se dejan en la economía mundial para los nuevos arreglos
espaciales para la absorción de excedentes de capital? China y el ex bloque
soviético ya se han integrado. Asia, meridional y sudoriental, se está
atiborrando rápidamente. África aún no está totalmente integrada, pero no hay
otro lugar con la capacidad de absorber todo este excedente de capital. ¿Qué
nuevas líneas de producción pueden abrirse para absorber el crecimiento?
Probablemente no haya soluciones capitalistas efectivas de largo plazo (además
de revertir las manipulaciones de capital ficticio) a esta crisis del
capitalismo. En algún punto, los cambios cuantitativos conducen a cambios
cualitativos y tenemos que tomar en serio la idea de que podemos estar
exactamente en ese punto de inflexión en la historia del capitalismo.
Cuestionar el futuro del capitalismo como un sistema social adecuado debe, por
tanto, estar a la vanguardia del debate actual.
Sin
embargo, parece haber poco interés en ese debate, incluso entre la izquierda.
En su lugar, continuamos oyendo los mismos mantras convencionales,
como la perfectibilidad de la humanidad con la ayuda de los mercados libres y
el libre comercio, la propiedad privada y la responsabilidad personal, los
impuestos bajos y la participación del Estado minimalista en la provisión
social, a pesar de que todo esto suena cada vez más hueco. Surge una crisis de
legitimidad. Pero las crisis de legitimación generalmente se desarrollan a un
ritmo diferente que el de los mercados de valores. Tomó, por ejemplo, tres o
cuatro años para que la caída de la bolsa de 1929 produjera movimientos
sociales masivos (tanto progresistas como fascistas), después de 1932
aproximadamente. La intensidad del ejercicio en curso por el poder político
para salir de la crisis actual puede tener algo que ver con el temor político
de una inminente ilegitimidad.
En los
últimos treinta años, sin embargo, se ha visto la aparición de sistemas de
gobierno que parecen inmunes a los problemas de la legitimidad e indiferentes,
incluso, a la creación de consenso; de la mezcla de autoritarismo, corrupción
monetaria de la democracia representativa, vigilancia, patrulla policial y
militarización (en particular, mediante la guerra contra el terror) y el
control de los medios de comunicación cuyo giro sugiere un mundo en el que
tiende a prevalecer el dominio del descontento a través de la desinformación,
la fragmentación de las oposiciones y la formación de las culturas de
oposición, mediante la promoción de las ONG con el respaldo pleno de la fuerza
coercitiva, cuando es necesario.
La idea
de que la crisis tuvo orígenes sistémicos es poco discutida en los medios
convencionales de comunicación (incluso cuando algunos economistas importantes
como Stiglitz, Krugman y hasta Jeffrey
Sachs intentaron robar algunas de las consignas históricas de la
izquierda, confesando a una epifanía o dos). La mayoría de los movimientos
gubernamentales para contener la crisis en América del Norte y Europa
persistió en hacer negocios como de costumbre, lo que se traduce en un apoyo a
la clase capitalista. El “riesgo moral”, que fue el detonante inmediato de los
fracasos financieros, llegó al paroxismo en el rescate de la banca. La realidad
de las prácticas del neoliberalismo (en oposición a su teoría utópica) siempre
supuso el apoyo descarado para el capital financiero y las élites capitalistas
(por lo general, con el pretexto de que las instituciones financieras deben ser
protegidas a toda costa y que es el deber del poder estatal crear un buen clima
de negocios para una actividad lucrativa sólida). Esto no ha cambiado
fundamentalmente. Este tipo de prácticas se justifica apelando a la proposición
dudosa de que la “pleamar” de la actividad capitalista “levantaría todos los
barcos”; por tanto, los beneficios del crecimiento compuesto se repartirían,
como por arte de magia, entre toda la población (cosa que nunca se hace, salvo
en la forma de unas pocas migajas de la mesa de los ricos).
Entonces,
¿cómo saldrá la clase capitalista de la crisis actual, y cuán rápidamente lo
hará? El rebote del mercado de la bolsa de valores de Shangai y Tokio a
Frankfurt, Londres y Nueva York es una buena señal, se nos dice, incluso cuando
el desempleo, prácticamente en todas partes, sigue en aumento. Pero nótese el
sesgo de clase en esa medida. Se nos ha encomendado regocijarnos con el repunte
de los valores bursátiles para los capitalistas porque siempre precede, se
dice, a un repunte en la “economía real” donde se crean empleos para los
trabajadores y se obtienen ingresos. El hecho de que la última recuperación
bursátil en los Estados Unidos después de 2002 resultó ser una “recuperación de
desempleados” parece haber sido olvidado. El público anglosajón, en particular,
parece estar gravemente afectado con amnesia. Olvida con demasiada facilidad y
perdona las transgresiones de la clase capitalista y las catástrofes periódicas
que sus acciones precipitan. Los medios de comunicación capitalistas están
felices de promover ese tipo de amnesia.
China e
India siguen creciendo, la primera a pasos agigantados. Sin embargo, en el caso
de China, el costo es una enorme expansión de los préstamos bancarios para
proyectos de riesgo (los bancos chinos no se vieron atrapados en el frenesí
especulativo mundial, pero ahora lo están continuando). La sobreacumulación de
ganancias de la capacidad productiva, que promueve inversiones de
infraestructura a un ritmo acelerado y en el largo plazo, cuya productividad no
se conocerá hasta dentro de varios años, está en auge (incluso en los mercados
inmobiliarios urbanos). Y la creciente demanda de China está abarcando a las
economías que suministran materias primas, como Australia y Chile. La
perspectiva de un desplome ulterior en China no puede descartarse, pero puede
tomar tiempo percibirlo (una versión a largo plazo de Dubai). Mientras tanto,
el epicentro mundial del capitalismo acelera su desplazamiento hacia el este de
Asia, principalmente.
En los
viejos centros financieros, los jóvenes tiburones financieros tomaron sus bonos
de antaño; comenzaron, colectivamente, las instituciones financieras boutique que
rodean a Wall Street y a la City de Londres para tamizar, negocios jugosos y
empezar una vez más mediante los detritus de los gigantes
financieros de ayer. Los bancos de inversión que permanecen en los Estados
Unidos –Goldman Sachs y J.P. Morgan–, aunque reencarnados como sociedades de
cartera bancarias, están exentos de requisitos legales (gracias a la Reserva
Federal) y están obteniendo enormes ganancias (dejando de lado enormes sumas de
dinero para sus propias ganancias sobre primas) especulando peligrosamente con
el dinero de los contribuyentes en mercados derivados, que continúan en plena
expansión y sin reglamentar. El apalancamiento que nos llevó a la crisis ha
vuelto triunfal como si nada hubiera pasado. Están en marcha innovaciones en
las finanzas, como las nuevas formas de paquetes de venta de pasivos de capital
ficticio que son promovidas y ofrecidas a las instituciones (como los fondos de
pensión) desesperadas por encontrar nuevas salidas para el capital excedente.
Las ficciones (así como los bonos) ¡han vuelto!.
Los
consorcios están comprando propiedades ejecutadas, ya sea esperando un cambio
en el mercado antes de liquidar o financiando lotes de alto valor para un
momento futuro de reconstrucción activa. Los bancos tienden a acaparar
efectivo, en gran parte obtenido de las arcas públicas, también en vistas a
reanudar el pago de primas en consonancia con un estilo de vida anterior,
mientras que una gran cantidad de empresarios da vueltas esperando aprovechar
este momento de la destrucción creativa respaldada por una gran cantidad de
fondos públicos.
Mientras
tanto, el poder rudo del dinero ejercido por unos pocos socava todas las
apariencias de gobernabilidad democrática. La industria farmacéutica, los
seguros de salud y los lobbies hospitalarios, por ejemplo, gastaron más de 133
millones de dólares en los tres primeros meses de 2009 para aseverar que se
salieron con la suya con la reforma de la salud en los Estados Unidos. Max
Baucus, presidente del Comité de Finanzas del Senado, que dio forma al
proyecto de ley de salud, recibió 1,5 millones de dólares por un proyecto de
ley que ofrece un gran número de nuevos clientes a las compañías de seguros con
poca protección contra la explotación despiadada y el lucro desmedido (Wall
Street está encantado). Otro ciclo electoral, legalmente corrupto por el inmenso
poder del dinero, pronto estará sobre nosotros. En los Estados Unidos, los
partidos de “K Street” y de Wall Street serán debidamente reelegidos mientras
que a los trabajadores estadounidenses se los exhorta a encontrar la manera de
salir del desastre que la clase dominante ha creado. Hemos estado en
situaciones precarias antes, se nos recuerda, y cada vez los trabajadores
estadounidenses se arremangaron, se ajustaron el cinturón y salvaron al sistema
de una misteriosa mecánica de autodestrucción, de la cual la clase dominante
niega toda responsabilidad. La responsabilidad personal es, ante todo, para los
trabajadores y no para los capitalistas.
Si este
es el esbozo de la estrategia de salida casi con toda seguridad estaremos en
otro lío en cinco años. Cuanto más rápido salgamos de esta crisis y cuanto
menos exceso de capital se destruya ahora habrá menos cabida para la
reactivación de crecimiento activo a largo plazo. La pérdida de valor de los
activos en esta coyuntura (mediados de 2009) es, nos informa el FMI, como
mínimo de 55 billones de dólares, lo que equivale, casi exactamente, a la
producción mundial anual de bienes y servicios. Entonces, ¿cuáles son las
alternativas?.
Tiene
largo tiempo el sueño de muchos en el mundo en que una alternativa a la i-racionalidad
capitalista pueda ser definida, y que se llegue a la racionalidad mediante la
movilización de las pasiones humanas en la búsqueda colectiva de una vida mejor
para todos. Estas alternativas –llamadas históricamente socialismo o comunismo–
han sido intentadas en distintos momentos y lugares. En épocas anteriores, como
la década del treinta, la visión de una u otra de ellas funcionaba como un faro
de esperanza. Pero en los últimos tiempos ambas han perdido su brillo,
desestimadas no sólo por el fracaso histórico de las experiencias comunistas en
hacer honor a sus promesas y por la inclinación de los regímenes comunistas a
encubrir sus errores por medio de la represión, sino también debido a sus
presupuestos incorrectos con respecto a la naturaleza humana y el potencial de
perfectibilidad de la personalidad humana y de las instituciones humanas.
La
diferencia entre el socialismo y el comunismo es digna de mención. El
socialismo tiene por objeto gestionar democráticamente y regular el capitalismo
con el objetivo de apaciguar sus excesos y redistribuir sus bienes para el bien
común. Se trata de la redistribución de la riqueza mediante acuerdos en torno a
medidas impositivas progresivas, mientras que las necesidades básicas –tales
como educación, salud y vivienda– son provistas por el Estado lejos del alcance
de las fuerzas del mercado. Muchos de los principales logros del socialismo
redistributivo en el período posterior a 1945, no sólo en Europa sino en otros
lugares, han arraigado tanto socialmente como para ser prácticamente inmunes al
ataque neoliberal. Incluso en Estados Unidos, Social Security y Medicare son
programas extremadamente populares y para las fuerzas de derecha son casi
imposibles de proscribir. Los thatcheristas en Gran Bretaña no pudieron
modificar la cobertura nacional de salud, salvo marginalmente. La prestación
social en los países escandinavos y la mayoría de Europa occidental parece ser
un lecho de roca inquebrantable del orden social.
El
comunismo, por el contrario, busca desplazar al capitalismo mediante la
creación de un modo de producción y distribución de bienes y servicios
totalmente diferente. En la historia del comunismo realmente existente, el
control social sobre la producción, el intercambio y la distribución
significaba el control estatal y la planificación estatal sistemática. A largo
plazo, esto no resultó ser próspero, pero, curiosamente, su conversión en China
(y su implementación temprana en lugares como Singapur) ha demostrado ser mucho
más exitosa que el modelo neoliberal puro en la generación de crecimiento
capitalista, por razones que no pueden ser proporcionadas aquí. Los intentos
contemporáneos de revivir la hipótesis comunista usualmente prescinden del
control estatal y buscan otras formas de organización social colectiva para
desplazar a las fuerzas del mercado y a la acumulación de capital como base
para organizar la producción y la distribución. Integrados horizontalmente en
red, a diferencia de los sistemas de mando jerárquico, la coordinación de
colectivos de productores y consumidores organizados ora de manera autónoma,
ora con gobierno propio, se vislumbra como el núcleo de una nueva forma de
comunismo. Las tecnologías de comunicación contemporáneas hacen que este
sistema parezca factible. Se pueden encontrar, en todo el mundo, toda clase de
experiencias en pequeña escala en la que tales formas económicas y políticas se
están construyendo. En esto hay una convergencia de algún tipo entre las
tradiciones marxista y anarquista que se remonta, en general, a la situación de
colaboración entre ellas de la década de 1860 en Europa.
Aunque
nada es seguro, podría ser que el año 2009 marque el inicio de un cambio
prolongado en el cual la cuestión de las alternativas al capitalismo, amplias y
de mayor alcance, saldrán paso a paso a la superficie en una parte del mundo u
otra. Cuanto más tiempo se prolongue la incertidumbre y la miseria más se
cuestionará la legitimidad de la manera actual de hacer negocios y la demanda
de construir algo diferente se intensificará. Reformas radicales, en oposición
a las reformas estilo parches band aid para el sistema
financiero, pueden parecer más necesarias.
El
desarrollo desigual de las prácticas capitalistas en todo el mundo ha
producido, por otra parte, movimientos anticapitalistas en todos lados. Las
economías estadocéntricas de gran parte de Asia oriental generan descontentos
diferentes (como en Japón y China), comparadas con la agitación de las luchas
antineoliberales que ocurren en gran parte de América Latina, donde el
movimiento revolucionario bolivariano de poder popular mantiene una relación
particular con los intereses de clase capitalista que aún tienen que ser
verdaderamente enfrentados. Las diferencias sobre las tácticas y políticas en
respuesta a la crisis entre los Estados que conforman la Unión Europea están
aumentando, incluso cuando está en marcha un segundo intento de llegar a una
constitución europea unificada. Movimientos revolucionarios y decididamente
anticapitalistas también se encuentran en muchas de las zonas marginales del
capitalismo, aunque no todos ellos son de un tipo progresivo. Se han abierto
espacios en los que puede prosperar algo radicalmente diferente en términos de
relaciones sociales dominantes, de estilos de vida, de capacidades productivas
y concepciones mentales del mundo. Esto se aplica tanto a los talibanes y al
régimen comunista en Nepal como a los zapatistas en Chiapas, los movimientos
indígenas en Bolivia y los movimientos maoístas en la India rural, aun cuando
ellos vivan en mundos separados en lo que hace a objetivos, estrategias y
tácticas.
El
problema central es que, en conjunto, no hay un movimiento anticapitalista
decidida y suficientemente unificado que adecuadamente pueda impugnar la
reproducción de la clase capitalista y la perpetuación de su poder en el
escenario mundial. Tampoco hay una forma obvia de atacar los bastiones de
privilegios de las élites capitalistas o de poner freno a su desmesurado
poderío financiero y militar. Si bien existen aperturas hacia un posible orden
social alternativo, en realidad, nadie sabe dónde está ni qué es. Pero sólo
porque no hay ninguna fuerza política capaz de articular y mucho menos de
construir su programa, ello no es razón para claudicar en la proyección de
alternativas.
La famosa
pregunta de Lenin, “¿qué hacer?”, no se puede responder, por
cierto, sin una idea de quiénes pueden hacerlo y dónde. Sin embargo, un
movimiento anticapitalista global es poco probable que surja sin cierta visión
de lo que hay que hacer y por qué. Existe un bloqueo doble: la falta de una
visión alternativa evita la formación de un movimiento de oposición, mientras
que la ausencia de tal movimiento se opone a la articulación de una
alternativa. ¿Cómo puede ser superado este bloqueo, entonces? La relación entre
la visión de lo que está por hacerse y por qué y la formación de un movimiento
político en lugares específicos para hacerlo tiene que convertirse en una
espiral. Cada una tiene que reforzar a la otra si hay algo realmente por hacer.
De lo contrario, la oposición potencial estará por siempre confinada a un
círculo cerrado que frustrará todas las perspectivas de un cambio constructivo,
dejándonos vulnerables a la perpetua crisis del futuro del capitalismo con
resultados cada vez más mortíferos. La pregunta de Lenin exige
una respuesta.
El
problema central que debe abordarse es suficientemente claro. El crecimiento
sostenido por siempre no es posible, y los problemas que han afectado al mundo
en estos últimos treinta años señalan que se avecina el límite para la
acumulación de capital y que no podrá ser superado sin crear ficciones, poco o
nada duraderas. Añádase a esto el hecho de que muchas personas en el mundo
viven en condiciones de pobreza extrema y que la degradación del medio
ambiente, que está fuera de control, ofende la dignidad humana por doquier;
mientras que los ricos acumulan más riqueza (el número de multimillonarios de
la India se duplicó el año pasado, de 27 a 52) y las palancas de poder
político, institucional, judicial, militar y de los medios de comunicación
están bajo su estricto control político, sino dogmático, siendo incapaces de
hacer mucho más que perpetuar el statu quo y el descontento
frustrante.
Una
política revolucionaria que enfrente la acumulación ilimitada de capital
compuesto y que finalmente la desactive como el principal motor de la historia
humana requiere una comprensión sofisticada de cómo se produce el cambio
social. El fracaso de esfuerzos anteriores para construir un socialismo y
comunismo duraderos debe ser evitado y las lecciones de esa historia,
enormemente complicada, deben ser aprendidas. Sin embargo, también debe ser
reconocida la necesidad absoluta de un movimiento revolucionario
anticapitalista coherente. El objetivo fundamental de dicho movimiento social
es asumir el mando tanto de la producción como de la distribución de
excedentes.
Necesitamos
urgentemente una teoría revolucionaria adecuada a nuestros tiempos. Propongo
una “teoría co-revolucionaria” derivada de la comprensión de lo postulado por
Marx acerca de cómo el capitalismo surgió del feudalismo. El cambio social
emerge mediante el despliegue dialéctico de las relaciones entre los siete
momentos del cuerpo político del capitalismo visto como un conjunto, o como un
conjunto de actividades y prácticas: las formas tecnológicas y organizacionales
de la producción, intercambio y consumo; las relaciones con la naturaleza; las
relaciones sociales entre las personas; las concepciones mentales del mundo que
abarcan conocimientos, saberes culturales y creencias; los procesos específicos
de trabajo y producción de bienes, geografías, servicios o afectos; convenios
institucionales, legales y gubernamentales; y la conducta en la vida cotidiana
que sustenta la reproducción social.
Cada uno
de estos momentos es internamente dinámico y está intrínsecamente marcado por
tensiones y contradicciones (basta pensar en las concepciones mentales del
mundo), pero todos ellos son co-dependientes y co-evolucionan
interrelacionadamente. La transición al capitalismo implica un movimiento de
apoyo mutuo a través de los siete momentos. Las nuevas tecnologías no pudieron
ser identificadas y practicarse sin nuevas concepciones mentales del mundo
(incluidas aquellas en relación con la naturaleza y las relaciones sociales).
Los teóricos sociales tienen la costumbre de tomar sólo uno de los momentos y
vislumbrarlo como la “bala de plata” que causa todo cambio. Tenemos los
deterministas tecnológicos (Tom Friedman), deterministas ambientales (Jarad
Diamond), deterministas de la vida cotidiana (Paul Hawkins),
deterministas de los procesos de trabajo (autonomistas), los
institucionalistas, y así sucesivamente. Todos están equivocados. Es el
movimiento dialéctico a través de todos estos momentos lo que realmente cuenta,
aun cuando haya un despliegue desigual en ese movimiento.
Cuando el
capitalismo se somete a una de sus fases de renovación lo hace precisamente por
la co-evolución de todos los momentos, obviamente, no sin tensiones, luchas,
peleas y contradicciones. Pero consideremos cómo estos siete momentos se
configuraban alrededor de 1970, antes de la aparición neoliberal, y
consideremos cómo se ven ahora y sabrán que todos han cambiado de manera tal
que redefinen las características operativas del capitalismo visto como una
totalidad no hegeliana.
Un
movimiento político anticapitalista puede empezar en cualquiera de estos
momentos (en los procesos de trabajo, alrededor de concepciones mentales, en la
relación con la naturaleza, en las relaciones sociales, en el diseño de
tecnologías y formas de organización revolucionarias, en la vida cotidiana o
por medio de intentos de reformar las estructuras institucionales y
administrativas, como así también la reconfiguración de los poderes del
Estado). El truco es mantener el movimiento político desplazándose de un
momento a otro mediante el refuerzo mutuo. Así fue como el capitalismo surgió
del feudalismo y así es como algo radicalmente diferente que se llama
comunismo, socialismo o lo que sea necesario, surgirá del capitalismo. Los
intentos anteriores de crear una alternativa socialista o comunista,
fatalmente, no lograron mantener la dialéctica del movimiento entre los
diferentes momentos y no lograron distinguir imprevistos e incertidumbres en el
movimiento dialéctico entre ellos. El capitalismo ha sobrevivido precisamente
por mantener el movimiento dialéctico entre esos momentos y zanjar de manera
constructiva las tensiones inevitables, incluidas las crisis que han resultado.
El cambio
surge, por supuesto, de un estado de cosas existente y tiene que aprovechar las
posibilidades inmanentes de una situación existente. Dado que la situación
actual varía enormemente de Nepal a las regiones del Pacífico, de Bolivia a las
ciudades desindustrializadas de Michigan y a las ciudades aún en auge de Mumbai
y Shangai y a los sacudidos, pero de ningún modo destruidos, centros
financieros de Nueva York y Londres, todo tipo de experimentos de cambio social
en diferentes lugares y en diferentes escalas geográficas son probables y
potencialmente reveladores como formas de hacer (o no hacer) otro mundo
posible. Y en cada instancia puede parecer que uno u otro aspecto de la
situación actual es la clave para un futuro político diferente. Pero la primera
regla para un movimiento anticapitalista global debe ser nunca confiar en la
dinámica del despliegue de un momento sin calibrar, cuidadosamente, cómo se
están adaptando las relaciones con todos los otros y cómo reverberan.
Las
posibilidades futuras viables surgen del estado de relaciones existente entre
los diferentes momentos. Las intervenciones políticas estratégicas dentro y a
través de las esferas pueden gradualmente mover el orden social hacia un camino
de desarrollo diferente. Eso es lo que los líderes sabios e instituciones de
avanzada hacen todo el tiempo en situaciones localizadas, así que no hay razón
para pensar que existe algo particularmente fantástico o utópico en cuanto a
actuar de esta forma. La izquierda debe buscar construir alianzas entre y a
través de aquellos que trabajan en las diferentes esferas. Un movimiento
anticapitalista tiene que ser mucho más amplio que grupos movilizándose en
torno a las relaciones sociales o en torno a las cuestiones de la vida
cotidiana en sí mismas. Las hostilidades tradicionales entre, por ejemplo,
aquellos con pericia técnica, científica y administrativa, y aquellos que
animan a los movimientos sociales en las bases, tienen que resolverse y
superarse. Ahora tenemos a mano, en el caso del movimiento en torno al cambio
climático, un ejemplo significativo sobre cómo tales alianzas pueden comenzar a
funcionar.
En esta
instancia, la relación con la naturaleza comienza a despuntar, pero todo el
mundo piensa que algo tiene que ceder en todos los demás momentos, y aunque hay
un cierto tipo de política fantasiosa que quisiera ver la solución como
puramente tecnológica, se hace más evidente cada día que la vida cotidiana, las
concepciones mentales, los arreglos institucionales, los procesos de producción
y las relaciones sociales tienen que estar involucradas. Y todo esto
personifica un movimiento que para reestructurar la sociedad capitalista en su
totalidad debe confrontar la lógica de crecimiento en que subyace el problema,
en primer lugar.
En
cualquier movimiento de transición, sin embargo, debe haber al menos algunos
objetivos comunes. Algunas normas generales pueden establecerse como guía.
Éstas podrían incluir (y las menciono aquí meramente para ser discutidas)
respeto a la naturaleza, igualitarismo radical en las relaciones sociales,
arreglos institucionales basados, en algún sentido, en el interés y la
propiedad común, procedimientos administrativos democráticos (contrarios a los
esquemas monetizados fraudulentos que existen hoy), procesos de trabajo
organizados por procedimientos directos, la vida cotidiana como libre
exploración de nuevos tipos de relaciones sociales y acuerdos de convivencia,
concepciones mentales enfocadas en la autorrealización en servicio a los demás
e innovaciones tecnológicas y organizativas orientadas hacia la búsqueda del
bien común en lugar del apoyo al poderío militar, la vigilancia y el egoísmo
corporativo. Estos serían puntos co-revolucionarios en torno a los cuales la
acción social podría converger y girar. ¡Por supuesto que es utópico! ¡Y qué!
No podemos darnos el lujo de no serlo.
Permítanme
detallarles un aspecto particular del problema que se plantea en el lugar donde
trabajo. Las ideas tienen consecuencias y las ideas falsas pueden tener
consecuencias devastadoras. Políticas fallidas basadas en el pensamiento
económico erróneo desempeñaron un papel crucial tanto en el período previo a la
debacle de la década del treinta como en la aparente incapacidad de encontrar
una salida adecuada. Aunque no hay acuerdo entre los historiadores y los
economistas en cuanto a cuáles políticas fracasaron exactamente, se acordó que
la estructura del conocimiento mediante el cual la crisis se entendía
necesitaba ser revolucionada. Keynes y sus colegas llevaron a cabo esa tarea.
Pero a mediados de la década del setenta se hizo evidente que las herramientas
de la política keynesiana ya no funcionaban, por lo menos en la forma en que se
estaban aplicando, y fue en este contexto que el monetarismo, la teoría de la
oferta y los (bellísimos) modelos matemáticos de los comportamientos de
mercados microeconómicos suplantaron, a grandes rasgos, el pensamiento
macroeconómico keynesiano. El estrecho marco teorético monetarista y
neoliberal, que dominó a partir de 1980, hoy es cuestionado. De hecho, ha
fracasado estrepitosamente.
Necesitamos
nuevas concepciones mentales para entender el mundo. ¿Cuáles podrían ser esas y
quién las producirá, dado el malestar sociológico e intelectual que se cierne
sobre la producción de conocimiento y la difusión (igualmente importante) más
general? Las concepciones mentales profundamente arraigadas asociadas a las
teorías neoliberales, a la neoliberalización y
corporativización de las universidades y los medios de comunicación no han
jugado un papel menor en la producción de la crisis actual. Por ejemplo, toda
la cuestión de qué hacer con el sistema financiero, el sector bancario, el nexo
entre el Estado y la financiación y el poder de los derechos de propiedad
privada no puede ser abordada sin salir de los marcos del pensamiento
convencional. Para que esto suceda se necesita una revolución en el
pensamiento, en lugares tan diversos como las universidades, los medios de
comunicación y el gobierno, así como dentro de las propias instituciones
financieras.
Karl Marx, quien
bajo ningún aspecto estuvo inclinado a abrazar el idealismo filosófico, sostuvo
que las ideas son una fuerza material en la historia. Las concepciones mentales
constituyen, después de todo, uno de los siete momentos de su teoría general
del cambio revolucionario. La evolución autónoma y los conflictos internos
sobre qué concepciones mentales han de ser hegemónicas, por tanto, tienen un
papel histórico importante. Es por esta razón que Marx (junto
con Engels) escribió El manifiesto comunista, El
capital y otras innumerables obras. Estas obras ofrecen una crítica
sistemática, aunque incompleta, del capitalismo y su tendencia a las crisis.
Pero como Marx insistió, sólo cuando estas ideas críticas
fueran trasladadas al campo de los arreglos institucionales, formas de
organización, sistemas de producción, la vida cotidiana, las relaciones
sociales, las tecnologías y relaciones con la naturaleza, el mundo realmente
cambiaría.
Dado que
la meta de Marx era cambiar el mundo, y no meramente
comprenderlo, las ideas tuvieron que ser formuladas con una profunda intención
revolucionaria. Esto condujo inevitablemente a un conflicto con los modos de
pensamiento más atractivos y útiles para la clase dominante. El hecho de que
las ideas del conflicto en Marx, especialmente en los últimos años,
han sido objeto de represiones repetidas y exclusiones (por no hablar de bowdlerizaciones y
tergiversaciones en abundancia), sugiere que sus ideas pueden ser muy
peligrosas de tolerar para las clases dominantes. Aunque Keynes declaró
repetidamente que él nunca había leído a Marx, estaba rodeado e
influenciado en la década del treinta por mucha gente (al igual que su colega
economista Joan Robinson) que sí lo habían leído. Si bien muchos de
ellos se opusieron ruidosamente a los conceptos fundacionales de Marx y
su modo dialéctico de razonar, eran plenamente conscientes de, y estaban
profundamente afectados por, algunas de sus conclusiones más esclarecidas. Es
justo decir, creo, que la revolución de la teoría keynesiana no se podría haber
llevado a cabo sin la presencia subversiva de Marx al acecho.
El
problema en esta época es que la mayoría de las personas no tiene idea de quién
fue Keynes y lo que realmente defendió, mientras que el
conocimiento acerca de Marx es insignificante. La represión de
las corrientes críticas y radicales del pensamiento, o para ser más exactos, el
acorralamiento del pensamiento radical dentro de los límites del
multiculturalismo y las políticas de identidad y elección cultural crean una
situación lamentable en la academia y fuera de ella, que no difiere en
principio del hecho de tener que pedirles a los banqueros que hicieron el lío
que lo limpien con exactamente las mismas herramientas que usaron para crearlo.
La adhesión generalizada a las ideas posmodernas y posestructuralistas que
celebran lo particular, a expensas de un pensamiento amplio, no ayuda. Sin
duda, lo local y lo particular son de vital importancia y las teorías que no
pueden abarcar, por ejemplo, la diferencia geográfica, son más que inútiles.
Pero cuando este hecho se utiliza para excluir a todo aquello mayor que la
política parroquial, entonces es total la traición de los intelectuales y la
derogación de su papel tradicional.
La
población actual de académicos, intelectuales y expertos en ciencias sociales y
humanidades está por lo general mal equipada para realizar la tarea colectiva
de revolucionar nuestras estructuras de conocimiento. De hecho, han estado
profundamente implicados en la construcción de los nuevos sistemas de la
gobernabilidad neoliberal que evade preguntas acerca de la legitimidad y la
democracia e impulsa una política tecnocrática autoritaria.
Pocos parecen predispuestos a participar en la reflexión autocrítica. Las
universidades siguen promoviendo los mismos cursos inútiles sobre economía
neoclásica o teoría política de elección racional como si nada hubiera sucedido
y las escuelas de negocios, tan presumidas, sólo tienen que añadir un par de
cursos sobre ética empresarial o de cómo hacer dinero con las quiebras de otra
gente. Después de todo, ¡la crisis surgió de la codicia humana, y no hay nada
que se pueda hacer acerca de eso!.
La
estructura actual de conocimientos es claramente disfuncional y evidentemente
ilegítima. La única esperanza es que una nueva generación de estudiantes
perceptivos (en el sentido amplio de todos aquellos que buscan conocer el
mundo) lo vea claramente e insista en cambiarlo. Esto sucedió en la década del
sesenta. En varios puntos críticos de la historia, los estudiantes inspiraron
movimientos, reconociendo la disyunción entre lo que sucede en el mundo y lo
que se les enseña y muestra desde los medios de comunicación, y estuvieron
dispuestos a hacer algo al respecto. Hay indicios de tal movimiento, desde
Teherán hasta Atenas y en muchas universidades europeas. Cómo actuará la nueva
generación de estudiantes en China, seguramente, debe ser motivo de profunda
preocupación en los pasillos del poder político en Beijing.
Un
movimiento liderado por estudiantes, revolucionario y juvenil, con todas sus
incertidumbres y problemas evidentes, es condición necesaria pero no suficiente
para producir esa revolución en las concepciones mentales que nos pueda llevar
a una solución más racional de los problemas actuales del crecimiento
ilimitado.
En
términos más amplios, ¿qué pasaría si un movimiento anticapitalista fuese
constituido a partir de una amplia alianza entre los alienados, los
descontentos, los marginados y los desposeídos? La imagen de todas esas
personas por todas partes, que se levantan, exigen y alcanzan un lugar
apropiado en la vida social, política y económica, está sucediendo de hecho.
También ayuda a concentrarse en la cuestión de qué es lo que pueden demandar y
qué es lo que hay que hacer.
Las
transformaciones revolucionarias no se pueden lograr sin un mínimo cambio en
nuestras ideas, sin abandonar las creencias apreciadas y prejuicios, sin dejar
diversas comodidades diarias y derechos, someterse a algún nuevo régimen de
vida cotidiana, cambiar nuestros roles políticos y sociales, reasignar nuestros
derechos, deberes y responsabilidades y modificar comportamientos para
ajustarse mejor a las necesidades colectivas y de una voluntad común. El mundo
que nos rodea –nuestras geografías– debe ser radicalmente reformado al igual
que nuestras relaciones sociales, la relación con la naturaleza y todos los
otros momentos del proceso co-revolucionario. Es comprensible, hasta cierto
punto, que muchos prefieran una política de negación a una política de confrontación
activa con todo esto.
También
sería reconfortante pensar que todo esto se podría lograr de manera pacífica y
voluntaria, que nos despojaríamos, nos desharíamos, por así decirlo, de todo lo
que poseemos ahora y que se interpone en el camino de la creación de un mundo
socialmente más justo, un orden social estable. Sin embargo, sería ingenuo
imaginar que esto podría ser así, que no habrá una lucha activa, incluyendo un
cierto grado de violencia. El capitalismo vino al mundo, como Marx dijo
una vez, bañado en sangre y fuego. Aunque sería posible hacer un trabajo mejor
para salir de él que aquel que hiciéramos cuando entramos en él, las
probabilidades están fuertemente en contra de cualquier pasaje puramente
pacífico a la tierra prometida.
Hay
tantas corrientes facciosas en el pensamiento de la izquierda como formas de
abordar los problemas que ahora enfrentamos.
Tenemos,
en primer lugar, el sectarismo habitual derivado de la historia de la acción
radical y las articulaciones de la teoría política de izquierda. Curiosamente,
el único lugar donde la amnesia no es tan frecuente es dentro de la izquierda
(las divisiones entre los anarquistas y los marxistas que ocurrieron hacia
1870; entre trotskistas, maoístas y comunistas ortodoxos; entre los
centralizadores que quieren el comando del Estado y los autonomistas y
anarquistas antiestatalistas). Los argumentos son tan acerbos y facciosos como
para hacernos pensar, a veces, que más amnesia no vendría mal. Pero más allá de
estas sectas revolucionarias tradicionales y facciones políticas, todo el campo
de la acción política ha sufrido una transformación radical desde mediados de
la década del setenta. El terreno de la lucha política y de las posibilidades
políticas ha cambiado, tanto geográfica como organizacionalmente.
En la
actualidad, hay un gran número de ONG que juegan un papel político que apenas
era visible antes de mediados de la década del setenta. Financiadas tanto por
el Estado como por los intereses privados, pobladas a menudo por pensadores
idealistas y organizadores (lo que constituye, en sí, un vasto programa de
empleo), y en su mayor parte dedicadas a problemáticas individuales (medio
ambiente, pobreza, derechos de la mujer, lucha contra la esclavitud y los
trabajos de trata, etc.) se abstienen de políticas anticapitalistas directas
incluso cuando defienden ideas y causas progresistas. En algunos casos, sin
embargo, son activamente neoliberales, participando en la privatización de las
funciones del Estado de Bienestar o fomentando reformas institucionales para
facilitar la integración de las poblaciones marginadas en los mercados
(sistemas de microcrédito y microfinanciación para la población de bajos
ingresos son un ejemplo clásico de esto).
Mientras
que hay muchos profesionales radicales, y muy dedicados, en este mundo de las
ONG, su trabajo es el mejor de los paliativos. En conjunto, tienen un registro
confuso de logros progresivos, aunque en ciertas instancias, tales como los
derechos de la mujer, el cuidado de la salud y la preservación del medio
ambiente, pueden proclamar, razonablemente, que han hecho importantes
contribuciones al mejoramiento humano. Pero el cambio revolucionario por las
ONG es imposible. Están demasiado ajustadas a la política y a las posturas
políticas de sus donantes. Por eso, aunque en el apoyo a la promoción local
ayudan a abrir espacios donde las alternativas anticapitalistas son posibles e
incluso apoyan la experimentación con tales alternativas no hacen nada para
prevenir la absorción de estas alternativas por la práctica capitalista
dominante: incluso la fomentan. El poder colectivo de las ONG en estos momentos
se refleja en el papel dominante que desempeñan en el Foro Social Mundial,
donde se han concentrado durante los últimos diez años los intentos por forjar
un movimiento de justicia global, una alternativa global al neoliberalismo.
La
segunda gran tendencia de la oposición surge de los anarquistas, autonomistas y
organizaciones de base, que rechazan financiamiento externo, incluso cuando
algunos de ellos se basan en instituciones alternativas (tales como la Iglesia
Católica, con su iniciativa de “comunidad de base” en América Latina para
ampliar el patrocinio de la iglesia a la movilización política en los centros
urbanos de los Estados Unidos). Este grupo está lejos de ser homogéneo (de
hecho, hay fuertes disputas entre ellos, picas, por ejemplo, la de los
anarquistas sociales contra los que tildan cáusticamente como de mero “estilo
de vida” anarquista). Hay, sin embargo, una antipatía común de negociación con
el poder del Estado y un énfasis en la sociedad civil como la esfera donde el
cambio se puede lograr. El poder de autoorganización de las personas en las
situaciones cotidianas que viven debe ser la base para cualquier alternativa
anticapitalista. La creación de redes horizontales es su modelo de organización
preferido. Las llamadas “economías solidarias”, basadas en el trueque, sistemas
de producción colectiva y local o regional, son su forma político-económica
preferida. Normalmente se oponen a la idea de que cualquier dirección central
podría ser necesaria y rechazan las relaciones sociales jerárquicas o las
estructuras jerárquicas de poder político, junto con los partidos políticos
convencionales. Organizaciones de este tipo se pueden encontrar en todas partes
y en algunos lugares han alcanzado un alto grado de prominencia política.
Algunos de ellos son radicalmente anticapitalistas en su postura y defienden
objetivos revolucionarios y en algunos casos están dispuestos a defender el
sabotaje y otras formas de disturbios (reflejos de las Brigadas Rojas en
Italia, la Baader Meinhoff en Alemania y el Weather
Underground en los Estados Unidos, en la década del setenta). Pero la
eficacia de todos estos movimientos (dejando de lado sus franjas más violentas)
está limitada por su resistencia y su incapacidad de convertir su activismo en
formas de organización a gran escala capaces de enfrentar problemas globales.
La presunción de que la acción local es el único nivel de cambio significativo
y que cualquier cosa que huela a jerarquía es contrarrevolucionaria se torna
autodestructiva cuando se trata de cuestiones mayores. Sin embargo, estos
movimientos proporcionan, incuestionablemente, una base amplia para la
experimentación con políticas anticapitalistas.
La
tercera posición o tendencia general está dada por la transformación que viene
ocurriendo en la organización laboral tradicional y en los partidos políticos
de izquierda, que van desde las tradiciones sociales democráticas a formas más
radicales, trotskista y comunista, de organización de partidos políticos. Esta
tendencia no es hostil a la conquista del poder estatal o a las formas
jerárquicas de organización. De hecho, se refiere a este último como necesario
para la integración de la organización política mediante una variedad de
escalas políticas. En los años en que la socialdemocracia era hegemónica en
Europa y aún influyente en los Estados Unidos, el control estatal sobre la
distribución del excedente se convirtió en una herramienta crucial para reducir
las desigualdades. El hecho de no tener el control social sobre la producción
de excedentes y, por lo tanto, impugnar realmente el poder de la clase
capitalista, era el talón de Aquiles de este sistema político, pero aunque no
debemos olvidar los avances que se hicieron, ahora es claramente insuficiente
volver a ese modelo político con su asistencialismo social y la economía
keynesiana. El movimiento bolivariano en América Latina y el ascenso al poder
estatal de los gobiernos socialdemocráticos progresistas son uno de los signos
más esperanzadores de la reanimación de una nueva forma de estatismo de
izquierda.
Tanto los
sindicatos como los partidos políticos de izquierda han sufrido algunos golpes
duros en el mundo capitalista avanzado durante los últimos treinta años. Ambos
han sido o bien convencidos o bien forzados a un amplio apoyo al proceso
neoliberal, aunque con un rostro algo más humano. Una forma de mirar al
neoliberalismo, como se ha señalado, es como a un movimiento muy revolucionario
y muy grande (encabezado por la autoproclamada figura revolucionaria, Margaret
Thatcher) encargado de privatizar los excedentes o de al menos prevenir más
su socialización.
Si bien
hay algunos signos de recuperación tanto de la organización laboral como de las
políticas de izquierda (a diferencia de “la tercera vía”, celebrada por el
nuevo laborismo en Gran Bretaña bajo la égida de Tony Blair y
desastrosamente copiada por muchos partidos socialdemócratas en Europa) junto
con los signos de la aparición de los partidos políticos más radicales en
diferentes partes del mundo, depender exclusivamente de una vanguardia de
trabajadores está ahora en cuestión como lo está la capacidad de los partidos
izquierdistas que ganan un poco de acceso al poder político para tener un
impacto sustantivo en el desarrollo del capitalismo y hacer frente a la
dinámica problemática de la propensión a la crisis de la acumulación. La
actuación del Partido Verde Alemán en el poder ha sido poco estelar en relación
con su postura política fuera del poder, y los partidos socialdemócratas han
perdido completamente el camino de una verdadera fuerza política. Sin embargo,
los partidos políticos de izquierda y los sindicatos todavía son importantes y
su toma de posesión de aspectos del poder estatal, como el Partido de los
Trabajadores en Brasil o el movimiento bolivariano en Venezuela, ha tenido un
claro impacto en el pensamiento de izquierda, no sólo en América Latina. El
problema complicado de cómo interpretar el papel del Partido Comunista Chino,
con su control exclusivo sobre el poder político, y cuáles podrían ser sus
políticas futuras, no es fácil de resolver tampoco.
La teoría
co-revolucionaria descripta con antelación sugiere que no hay forma de que un
orden social anticapitalista pueda construirse sin tomar el poder del Estado,
transformándolo radicalmente y reconstruyendo el marco constitucional e
institucional que actualmente consolida la propiedad privada, el sistema de
mercado y la acumulación ilimitada de capital. La competencia interestatal y
las luchas neoeconómicas y geopolíticas por todo, desde el comercio y el dinero
hasta las preguntas sobre hegemonía, son demasiado importantes como para
dejarlas libradas a los movimientos sociales locales o como para dejarlas de
lado por ser demasiado grandes para contemplar. Cómo será reelaborada la
arquitectura de los vínculos de la financiación estatal junto con la cuestión
inevitable de la medida del valor dado por el dinero son preguntas que no
pueden ser ignoradas en la búsqueda de construir alternativas a la economía
política capitalista. No tener en cuenta al Estado y a la dinámica del sistema
interestatal es, por lo tanto, una idea ridícula de aceptar para cualquier
movimiento anticapitalista revolucionario.
La cuarta
tendencia general está constituida por todos los movimientos sociales que no
estén guiados por alguna filosofía política en particular o tendencias, sino
por la necesidad pragmática de resistir el desplazamiento y el despojo
(mediante el aburguesamiento, el desarrollo industrial, la construcción de
represas, la privatización del agua, el desmantelamiento de servicios sociales
y las oportunidades de educación pública, o lo que sea). Esta instancia
focaliza en la vida cotidiana en la ciudad, pueblo, aldea o en lo que provea
una base material para la organización política contra las amenazas que las
políticas estatales y los intereses capitalistas invariablemente plantean a las
poblaciones vulnerables. Estas formas de protesta política son masivas.
Una vez
más, hay una amplia gama de movimientos sociales de este tipo, algunos de los
cuales pueden radicalizarse con el tiempo a medida que sean cada vez más
conscientes de que los problemas son sistémicos y no particulares y locales. La
puesta en común de esos movimientos sociales en alianzas por las tierras –como
la Vía Campesina, el Movimiento Sin Tierra (MST) de campesinos de Brasil o los
campesinos en la India que se movilizan contra la apropiación de tierra y
recursos por parte de las corporaciones capitalistas– o en contextos urbanos
–el derecho a la vida digna en la ciudad y los movimientos de recuperación de
tierras en Brasil y ahora en los Estados Unidos– sugiere que el camino puede
estar abierto para crear alianzas más amplias, para debatir y confrontar a las
fuerzas sistémicas que sustentan las particularidades del aburguesamiento, la
construcción de represas, la privatización o lo que sea. Más pragmáticos antes
que impulsados por preconceptos ideológicos, estos movimientos, sin embargo,
pueden llegar a entendimientos sistémicos desde su propia experiencia. En la
medida en que muchos de ellos coexisten en el mismo espacio, como dentro de la
metrópoli, pueden (como supuestamente sucedió con los trabajadores de las
fábricas en las primeras etapas de la revolución industrial) hacer causa común
y empezar a forjar, sobre la base de su propia experiencia, una conciencia de
cómo funciona el capitalismo y qué es lo que colectivamente se podría hacer.
Este es el terreno donde tiene mucho que decir la figura del “intelectual
orgánico”, que es muy representativa y parte fundamental en la obra de Antonio
Gramsci, los autodidactas que llegan a entender el mundo inmediato a través de
experiencias difíciles pero que forman su comprensión del capitalismo en general.
Escuchar a los líderes campesinos del MST en Brasil o a los dirigentes del
movimiento anticorporativo de apropiación de tierras en la India es una
educación privilegiada. En este caso, la tarea de alienados y descontentos
educados es ampliar la voz subalterna de manera tal que se pueda prestar
atención a las circunstancias de explotación y represión y a las respuestas que
se pueden formar en un programa de lucha anticapitalista.
El quinto
epicentro para el cambio social reside en los movimientos emancipatorios en
torno a cuestiones de identidad –mujeres, niños, homosexuales, razas y minorías
étnicas y religiosas demandan un mismo lugar bajo el sol– junto con la amplia
gama de movimientos medioambientales que no son explícitamente
anticapitalistas. Los movimientos que reclaman emancipación en cada uno de
estos temas son geográficamente desiguales y a menudo están espacialmente
divididos en términos de necesidades y aspiraciones, pero las conferencias
mundiales sobre los derechos de la mujer (Nairobi en 1985, que condujo a la
declaración de Beijing de 1995) y el anti-racismo (la conferencia más polémica
fue la de Durban en 2009) están tratando de encontrar un terreno común, como es
cierto también de las conferencias del medio ambiente y no hay duda de que las
relaciones sociales están cambiando a lo largo de todas estas dimensiones por
lo menos en algunas partes del mundo. Cuando son enunciados en estrechos
términos esencialistas, estos movimientos pueden parecer antagónicos a la lucha
de clases. Ciertamente, en gran parte de la academia se arrogan un lugar de
privilegio a expensas del análisis de clase y la economía política, pero la
feminización de la fuerza laboral global, la feminización de la pobreza en casi
todas partes y el uso de las diferencias de género como medio de control
laboral hacen que la emancipación y la eventual liberación de la mujer de sus
represiones sea una condición necesaria para enfocar más definidamente la lucha
de clases. La misma observación se aplica a todas las otras formas de identidad
donde se encuentran la discriminación o la represión pura y simple. El racismo
y la opresión de mujeres y niños fueron fundacionales para el surgimiento del
capitalismo, pero el capitalismo, tal como en la actualidad se constituye, en
principio, puede sobrevivir sin estas formas de discriminación y
opresión, aunque su capacidad política para hacerlo se vería gravemente
disminuida, si no herida de muerte, frente a una fuerza de clase más unificada.
El abrazo modesto del multiculturalismo y los derechos de la mujer dentro del
mundo corporativo, especialmente en los Estados Unidos, aporta algunas pruebas
del alojamiento del capitalismo en estas dimensiones del cambio social (incluyendo
el medio ambiente), aun cuando hace hincapié en la relevancia de las divisiones
de clase como principal dimensión de acción política.
Estas
cinco grandes tendencias no son mutuamente excluyentes o exhaustivas de las
plantillas de organización para la acción política. Algunas organizaciones
combinan perfectamente los aspectos de las cinco tendencias. Pero hay mucho
trabajo por hacer para unir a estas tendencias en torno a la cuestión
subyacente: ¿puede cambiar el mundo material, social, mental y políticamente,
de tal manera que sea enfrentado no sólo el mal estado de las relaciones
sociales y naturales en muchas partes del mundo sino también la persistencia
del crecimiento compuesto ilimitado? Esta es la pregunta que deben insistir en
preguntar los alienados y descontentos, una y otra vez, incluso cuando aprenden
de los que experimentan el dolor directo y por lo cual son tan adeptos a organizar
resistencias a las graves consecuencias del crecimiento compuesto.
Los
comunistas, Marx y Engels, afirmaban en su
concepción original, expresada en El manifiesto comunista, no
tener partido político. Simplemente se constituyen en todo momento y en todo
lugar como aquellos que comprenden los límites, fracasos y tendencias
destructivas del orden capitalista, así como las innumerables máscaras
ideológicas y legitimaciones falsas que los capitalistas y sus apologetas
(particularmente en los medios de comunicación) producen para perpetuar su
poder singular de clase. Comunistas son todos los que trabajan sin cesar para
producir un futuro diferente al que el capitalismo depara. Esta es una
definición interesante. Mientras que el comunismo tradicional
institucionalizado está muerto y enterrado, según esta definición hay millones de
comunistas de facto activos entre nosotros, dispuestos a
actuar según sus comprensiones, preparados para consumar de manera creativa los
imperativos anticapitalistas. Si, como declaraba el movimiento altermundista de
finales de los noventa “otro mundo es posible”, entonces por qué no decimos
también “otro comunismo es posible”. Las circunstancias actuales del desarrollo
capitalista exigen algo así, si es que queremos lograr un cambio fundamental.
NOTAS
[1] Conferencia
pronunciada en el Foro Social Mundial de 2010, Porto Alegre. Traducción de
Eugenia Cervio.
[2] Hipotecas
de alto riesgo [N. de la T.].
[3] Carlo
Ponzi (1882-1948), precursor de una estafa financiera denominada Esquema
de Ponzi, que consiste en ofrecer a los inversores intereses
extraordinarios, que al comienzo son pagados rigurosamente y finalmente
defraudados [N. del E.].


Publicar un comentario