© Libro N° 11175.
La Mano De Goetz Von Berlichingen. Ray, Jean.
Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
La Main De Goetz Von Berlichingen, Jean Ray (1887-1964)
Versión Original: © La Mano De Goetz Von Berlichingen. Jean Ray
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA MANO DE GOETZ VON
BERLICHINGEN
Jean Ray
La Mano
De Goetz Von Berlichingen
Jean Ray
Habitábamos
en Gante, en el Ham, una casa grande y antigua, tan grande que yo estaba
convencido de poder extraviarme en ella en el transcurso de mis desobedientes
incursiones a los pisos superiores. Hoy existe aún; pero sobre ella pesan el
silencio y el polvo del olvido, ya que no hay nadie que quiera habitarla con
cariño.
Dos
generaciones de marinos y de viajantes vivieron en ella, y, como el puerto está
cerca, la llamada de las sirenas armoniza bien con las inmensas resonancias de
los sótanos y los ecos empobrecidos de la calle sin alegría que es el Ham.
Elodie, nuestra anciana criada, que estableció para su uso particular un
calendario de santos propicios a las fiestas y a los ágapes familiares, había
canonizado, en cierto modo, a algunos de nuestros amigos y visitantes, y, entre
ellos, el más aureolado de gloria fue sin duda mi tío Frans-Pieter Kwansuys.
Este hombre de bien y de alma grande no era tío mío, sino, todo lo más, primo
lejano de mi madre.
Sin
embargo, su gloria, de darle ese nombre tan íntimo, recaía sobre nosotros. Los
días en que Elodie hacía pato asado o doraba a fuego lento los panecillos de
melaza, él tomaba parte en el festín, porque era «de buen paladar» y discurría
agradablemente a propósito de manjares, salsas y especias.
Frans-Pieter
Kwansuys había vivido doce años en Alemania, se había casado allí y allí había
enterrado, después de diez años de gran cariño, a su mujer y a su felicidad. Se
había traído, aparte de sus queridos recuerdos cuyo secreto guardaba
celosamente, el amor a los libros y a la sabiduría: un discurso de Goethe; una
excelente traducción de la Jobsiade, ese poema heroico-cómico de Zacharie, tan
agradable que parece digno, por su humor y su inspiración, de Holberg; algunas
páginas sueltas de la extraña novela picaresca de Christian Reuter,
Schelmuffski's Abenteuer; un fragmento de un tratado de espagírica, de Kurt
Auerbach, y algunas empalagosas imitaciones del Tagebuch eines Beobachters
seines selbst, de Lovater. Hoy, toda esa literatura polvorienta es mía, porque
me la legó mi tío Kwansuys, con la esperanza de que, un día, pudiese sacarle
algún provecho.
¡Ay! No
he respondido a esta última esperanza y solamente el grito desesperado de Goetz
von Belichingen…, aquel formidable héroe de un siglo atormentado que el
discurso de mi querido tío sobre Goethe sacó a luz de forma tan curiosa…, queda
vivo en mi memoria:
«¡Escribir!
Eso no es más que un ocio atareado…»
Por cinco
veces, sirviéndose de lápices de colores diferentes, mi tío subrayó esta frase.
¡Silencio y polvo!.. ¡Qué difícil es animar todo esto!.. Y si lo hago, es por
culpa de la señal que recibo desde el fondo de las tinieblas.
El tío
Kwansuys vivía en una casa vecina a la nuestra, en ese largo y desagradable
Ham, sempiternamente crepuscular. Era menos grande que la nuestra, pero más
oscura aún y más sonora durante los días de vendaval y lluvia. Sin embargo,
habíase sustraído al ambiente taciturno, a la frialdad de las «cocinas bodegas»
y a la oscuridad de los pasillos, una habitación alta y clara, tapizada de
amarillo, calentada por una espléndida estufa Marlbach e iluminada por una
lámpara de doble mecha que bajaba de la moldura central del techo con ayuda de
un triple cable dorado. Durante el día, la masiva mesa ovalada desaparecía bajo
los libros y las carpetas repletas de láminas; pero por la noche, a la hora de
la cena, se cubría con un mantel blanco bordado en azul y naranja, y se cargaba
de hermosa porcelana de Tournai y de cristal de Bohemia.
Se comían
cosas exquisitas en aquellos platos y se bebían, en altas copas, vinos del Rin
y del Bordelais. Alrededor de esta mesa, el tío Kwansuys reunía amigos que le
eran queridos por la atención y la gran admiración que prestaban a sus
discursos. Aún los veo, felices de atracarse de pierna de cordero asada al
ajillo, de pollo salado, de raya adobada y de pastel de oca; pero también
satisfechos, al parecer, de escuchar las doctas palabras de su anfitrión.
Eran
cuatro: monsieur van Piperzele, que era doctor en algo, aunque no en medicina;
el dulce y tímido Finjaer; el grueso y plácido Binus Compernolle, y el capitán
Coppejans. Coppejans era ya tan capitán como Frans Kwansuys tío mío. Había
navegado y poseía el título de capitán de barco de cabotaje. Elodie le
consideraba como buen consejero y hombre de gran talento, lo cual continuó
creyendo, sin sombra de pruebas. Una noche en que monsieur van Piperzele
cortaba la tarta de macarrones y el capitán Coppejans escanciaba el ron, el
kummel y el chartreuse verde en las copas, el tío continuó su discurso sobre
Goethe en el punto en que lo interrumpiera la antevíspera, es decir, el día en
que comieron la cabeza de ternera con salsa de tortuga. «Continuó con la obra
maestra de Goethe, el admirable Goetz von Berlichingen. Fue, pues, durante uno
de los valerosos ataques de este hombre de honor contra el obispo de Bamberg,
los mercaderes de Nuremberg o los burgueses de Colonia cuando Goetz perdió la
mano derecha.
Un hábil
artesano en metales le hizo una mano de quíntuples resortes con la cual podía
seguir manejando la espada.
En este
punto, el dulce Finjaer intervino:
—Una obra
maestra de la mecánica, diríase.
—Recuerdo
—dijo el capitán Coppejans— que a mi timonel, Petrus D'hont, se le quedó
aprisionado el puño entre el cabrestante y el cable de hierro, y la mano quedó
cortada totalmente. Luego, llevaba un gancho de hierro; lo cual quiere decir
que en nuestra época no se sabe hacer manos parecidas a la de Goetz.
El tío
Kwansuys inclinó la cabeza en señal de condescendencia a esas vanas palabras.
—Recordad,
amigos míos —dijo—, estas palabras dignas de la eternidad del bronce, con que
acaba el drama de Goethe: «¡Hombre noble! ¡Hombre generoso! ¡Maldito sea el
siglo que te ha rechazado!»
Al decir
esto, mi tío se quitó las gafas y guiñó los ojos. El doctor van Piperzele,
servil como de costumbre, le imitó, como si participase algún secreto con él.
—Este
hermoso final, ¡ay!, no está de acuerdo con la verdad, y lo deploro —continuó
el orador—. Goetz von Berlichingen, considerado como rebelde, fue encerrado en
la cárcel de Augsburgo, en donde permaneció dos años. El emperador le concedió
inmediatamente la libertad de retirarse a sus tierras y de vivir en el castillo
de Juxthausen, a cambio de su palabra de caballero de no salir jamás de sus
dominios ni de volver a tomar las armas en provecho del partido que fuese.
Quince años más tarde, Carlos Quinto le relevó de su promesa, y Goetz, ebrio de
felicidad, siguió al emperador a Francia, España y los Países Bajos. Tras la
abdicación del soberano en Yuste, Goetz retornó a Alemania, donde murió siete
años después. Ahora bien…
Nuevo
guiño, imitado por monsieur van Piperzele.
—¡Después
de su estancia en los Países Bajos, Goetz no llevaba ya su mano de hierro!
—Se
encuentra —comenzó a decir Finjaer— en el museo de…
Mi tío
Kwansuys le impuso silencio:
—De
Nurenberg, de Viena o de Constantinopla… ¿Qué importa? Puesto que sólo es un
guantelete sin vida colocado dentro de una urna de cristal. Esta mano, la
verdadera, que permitía a Goetz sostener la espada y hasta la pluma de ave, se
perdió o la robaron en…
Alzó la
mano y sus ojos arrojaron llamas.
—…en
Gantes, la ciudad maravillosa de Carlos Quinto, donde Goetz von Berlichingen
permaneció al lado del emperador. Es allí donde se encuentra aún y es allí, por
tanto, donde yo iré a buscarla.
No se
puede negar a Frans-Pieter Kwansuys, a falta de una verdadera erudición, el
espíritu testarudo de la búsqueda o investigación benedictina. Los papeles que
yo he examinado después de su muerte me lo demuestran. Pero sus investigaciones
me parecieron bastante inútiles, sin un fin determinado, hechas al azar de los
hallazgos de biblioteca. Transcribió una parte de los tres volúmenes del
valiente escritor flamenco Degrave, quien trató de demostrar, de la forma más
seria del mundo, que Homero y Hesiodo eran originarios de Flandes, y quien
tradujo del latín, con textos originales a la vista, la disertación del doctor
flamenco Paschasius Justus sobre «los juegos de azar y la enfermedad de jugarse
el dinero.
Paschasius…
Paschasius —le he oído murmurar alguna vez—, ese espíritu curioso del siglo
dieciséis, nos hubiese dejado numerosos escritos si el miedo a la hoguera no
hubiese obsesionado sus días y sus noches. Adoptó ese nombre por admiración
hacia Paschase Radbert, cura de Corbie en el siglo noveno, autor de muy
hermosas páginas de Teología. ¡Ah, mi dulce Paschasius!.. ¡Oh, mi viejo amigo,
perdido en los siglos huidos!.. ¡Ayúdame, socórreme!..
No puedo
decir de qué forma la sombra evocada del doctor magnífico acudió en ayuda de mi
tío durante la fatal búsqueda de la mano de hierro. Pero es seguro que tuvo que
jugar en ello un papel importante. En el transcurso de la semana que siguió a
la memorable noche del discurso, el tío Kwansuys convirtió una parte de las
«cocinas-bodegas» en laboratorio. Sólo se le permitía la entrada en ella al
tímido Finjaer, porque no cuento mi propia presencia en esos lugares
misteriosos, considerada sin duda sin importancia. Es cierto que me hacía útil
accionando un pequeño fuelle de forja que hacía elevarse llamitas azules sobre
el lecho de brasas de un hornillo. Hacía frío en aquel antro de dudosa ciencia,
y los vapores que exhalaban las probetas de grueso cristal olían mal; pero el
rostro de mi tío era grave y las sonrosadas mejillas de monsieur Finjaer
brillaban de sudor con frecuencia, a pesar de la baja temperatura. Un día, al
cabo de cuatro horas, una bola de cristal olía mal; pero el rostro de mi tío,
de un hermoso color verde dorado, se elevó hasta el techo.
Monsieur
Finjaer lanzó un grito de terror.
—Mire…
Oh, mire…
Yo veía
mal porque estaba sentado a contraluz, al lado de mi fuelle, pero me parecía
que el humo verde había tomado una forma precisa.
—Una
araña… No, un cangrejo que corre por el techo— exclamé con horror.
—¡Cállate,
pequeño imbécil!— rugió el tío Kwansuys.
La forma
se fundió rápidamente y no fue más que un humo en el techo, pero yo vi que el
tío y monsieur Finjaer sudaban la gota gorda.
—¡Cuando
yo se lo decía, Finjaer!.. ¡Los escritos de estos sabios antiguos no mienten
jamás!
—Ha
desaparecido— murmuró el bonachón de Finjaer.
—No era
más que su sombra, pero ahora sabemos…
No dijo
lo que sabía ni Finjaer le hizo ninguna pregunta. Al día siguiente se cerró el
laboratorio y yo recibí el fuelle de forja, regalo que no debió gustarme nada,
porque lo vendí por ocho pesetas a un estañador. El tío Kwansuys me quería
mucho; acaso apreciaba los pequeños servicios que yo le prestaba, exagerando su
importancia. Como no andaba bien, sufría de debilidad en una pierna, la
izquierda, y más adelante me enteré de que padecía de una enfermedad que se
llama planofobia, le acompañaba durante sus breves y raras salidas. Se apoyaba
pesadamente en mi hombro y, al cruzar las calles y las plazas, siempre con la
mirada fija obstinadamente en el suelo, se dejaba conducir como un ciego.
Mientras andábamos, me largaba discursos sobre temas doctos y aprovechables sin
duda, de los que lamento mucho haber perdido su recuerdo.
Poco
tiempo después del cierre de la bodega-laboratorio y de la venta del fuelle de
forja, me rogó que le acompañara a la ciudad. Acepté de buen grado, porque ese
servicio me dispensaba de media jornada de clase; los ruegos del tío Kwansuys,
eran, además, órdenes para los míos, excelentes personas que vivían con la
esperanza de futuras herencias. Mi antigua y huraña ciudad se arropaba, aquel
día, en un manto de bruma y de llovizna. El agua del cielo hacía un ruido
atareado de ratón sobre la bóveda de algodón verde del inmenso paraguas que yo
sostenía con el brazo extendido por encima de nuestras cabezas. Seguíamos por
calles lúgubres, atravesando lívidas praderas de lavaderos, provistas de
arroyuelos de agua jabonosa y opalina.
—¡Y decir
que este pavimento que pisoteamos ha sonado bajo las pisadas de los caballos de
Carlos Quinto y de su fiel Goetz von Berlichingen!.. —exclamó mi tío—. ¡Ah!..
Donde las torres se desplomaron envueltas en ceniza y polvo, los adoquines
quedaron. Acepta la lección de ello, pequeño mío, pensando que todo lo que se
mantiene cerca del suelo tiene la vida larga y dura, y lo que afronta la gloria
del cielo está próximo a la muerte y al olvido.
Cerca de
la Grauwpoorte, se detuvo para respirar, poniéndose a examinar atentamente las
fachadas decrépitas de las casas.
—¿La casa
de las señoras Chouts?— preguntó, parándose junto a un portador de pan.
El hombre
dejó de silbar una picaresca melodía que hacía más llevadero su triste
recorrido.
—Allí,
aquella casa con las tres feas cabezas sobre la puerta. Y es cierto que las que
están detrás son más feas todavía.
A nuestro
campanillazo, la puerta se entreabrió y una nariz roja apareció en la abertura.
—Deseo
hablar con las señoras Chouts— dijo mi tío, quitándose cortés el sombrero.
—¿A las
tres?— preguntó la nariz roja.
—Claro
que sí.
Nos
hicieron pasar a un vestíbulo amplio como una calle y negro como una forja, que
se llenó inmediatamente de tres sombras más negras aún.
—Si es
para vender algo…— clamaron en coro voces agudas.
—Por el
contrario, yo deseo comprar algo que perteneció al difunto escudero Chouts, de
grata memoria— respondió amablemente mi tío.
Tres
sucias cabezas de lechuza surgieron de la oscuridad.
—Podría
tratarse —repuso el coro—, aunque no estamos dispuestas a vender nada.
Yo estaba
inmóvil al lado de la puerta, con náusea en los labios, porque un espantoso
olor a bazofia y encebollado invadía el pasillo. Y es así como las palabras que
el tío pronunció a continuación en tono muy bajo y muy rápido se perdieron para
mí.
—Entre
—aceptó el coro—. El joven esperará en el locutorio.
Pasé una
hora interminable en una habitación minúscula de alta ventana de medio punto,
cuyos cristales estaban oscurecidos por un adorno bárbaro, acompañado de un
sillón de rotén, una rueca de madera negra y de una chimenea roja de moho
húmedo. Aplasté siete cucarachas que marchaban en fila india sobre el pavimento
azul, pero no pude alcanzar a las que caminaban alrededor de un espejo
brillante que lucía en la penumbra como agua fétida de pantano. Cuando el tío
Kwansuys regresó, su cara estaba roja como si hubiese estado sentado al lado de
un horno al rojo vivo. Las tres cabezas de lechuza le escoltaban maullando
cortesías dislocadas. Ya en la calle, el tío se volvió hacia la fachada de las
tres máscaras y su rostro tomó una expresión de desprecio y rencor.
—Necias…
Brujas del diablo— gruñó.
Me alargó
un paquete envuelto en duro papel gris.
—Llévalo
con cuidado, pequeño. Es un poco pesado.
Era muy
pesado y, a todo lo largo del camino, la cuerda que rodeaba el paquete me hacía
daño en los dedos. Mi tío me acompañó a nuestra casa, porque según Elodie, era
un día santo y se festejaba comiendo barquillos con mantequilla y bebiendo
chocolate en anchas tazas de color azul y rosa. El tío Kwansuys, en contra de
sus costumbres, estaba triste y taciturno. Y comía sin ganas. No obstante, un
fulgor de alegría danzaba en sus ojos. Elodie engrasaba el molde caliente y
vertía en él la pasta de crema, de donde surgían los grandes barquillos
cuadrados. De repente, movió la cabeza, rabiosa.
—Ya hay
otra vez ratas en la casa —gruñó—. ¡Escuchen a las asquerosas bestias! Dejé mi
cuchara con terror al oír un repentino ruido de papel estrujado y roto.
—No sé de
dónde puede venir eso —continuó Elodie, dejando errar su mirada por la cocina—.
Ese espantoso ruido.
El ruido
procedía de un trinchero, que servía para poner todos los objetos que, de
momento, no se usaban. Pero aquel día estaba vacío. Sólo el paquete envuelto en
papel gris se encontraba allí. Yo iba a hablar cuando los ojos de mi tío se
fijaron sobre mí: eran extrañamente elocuentes y leí en ellos una intensa
súplica. Me callé y Elodie no insistió. Pero yo sabía que el ruido procedía del
paquete y hasta vi… Algo vivía en la prisión de papel y de cuerdas, algo que
buscaba la forma de evadirse a fuerza de lentas dentelladas y arañazos. A
partir de aquel día, mi tío y sus amigos se reunieron todas las noches, pero yo
no asistí siempre, porque no me admitían a esas conferencias, que eran muy
serias y sin gran alegría epicúrea. Llegó la noche de Saint-Eloi, que es
también la de Sainte-Philarète.
—Philarète
había recibido de Dios y de la Naturaleza todo cuanto puede hacer agradable y
hermosa la vida —decía mi tío—. Y hay que amar a Saint-Eloi por la alegría que
nos proporcionó el buen rey Dagoberto. Sería injusto, pues, no celebrar como es
debido una doble fiesta semejante.
Se comió
pastel de anchoas, faisanes rellenos de tocino fino, pava trufada, jamón de
Mayence con gelatina, y los cinco amigos bebieron grandes cantidades de vino
extraídos de honorables botellas selladas con lacre de diferentes colores. A
los postres, compuestos de pasteles de crema, mermelada, mazapán y pan de higo,
el capitán Coppejans reclamó un ponche. Este humeó en las copas de cristal y
los espíritus se llenaron de brumas. Binus Compernolle se escurrió de su silla
y se dejó conducir al sofá, donde se durmió inmediatamente, y el bonachón de
Finjaer quiso cantar un aria de ópera antigua.
—Se trata
de la Vestal de Spontini, que quiero sacar del olvido —declamó—. ¡Es preciso
que repare esta injusticia!
No cantó.
Pero un instante después se puso en pie, gritando:
—¡Quiero
verla! ¿Me oye usted, Kwansuys? ¡Quiero verla! ¡Tengo derecho a verla! ¡Le he
ayudado a encontrarla!
—¡Cállese,
Finjaer! —gritó, colérico, mi tío—. ¡Está usted borracho!
Pero el
buen Finjaer no le escuchaba apenas y abandonó bruscamente la habitación.
—¡Deténganle!
¡Va a cometer una tontería!— gritó mi tío.
—Sí.
¡Deténganle, porque lo hará!— aprobó el doctor von Piperzele, con la boca
pastosa y los ojos extraviados.
Se oyeron
los pasos de Finjaer perderse por el piso, y mi tío se lanzó en su persecución,
arrastrando, muy a disgusto, según me pareció, al servil van Piperzele en su
marcha. El capitán Coppejans se encogió de hombros, vació su copa de ponche, la
llenó de nuevo y atascó la pipa.
—¡Tonterías!..—
murmuró.
Entonces
se oyó un grito de terror y sufrimiento, seguido de clamores y del ruido de
caída.
Oí gritar
a Finjaer:
—Me ha
picado… Me ha cortado el dedo… ¡Oooh!
Y al tío
gemir:
—Se ha
ido… ¿Cómo encontrarla de nuevo, Dios mío!
Coppejans
sacudió la ceniza de su pipa, se puso en pie y, abandonando el comedor, subió
trabajosamente la escalera de caracol que conducía al hermoso piso. Le seguí,
curioso y ansioso a la vez, al interior de una habitación que me fue
desconocida hasta aquel día. Estaba casi desprovista de muebles, y vi a mi tío,
al doctor Piperzele y a monsieur Finjaer agrupados en torno a una gran mesa
central. Finjaer estaba blanco como un sudario y su boca se retorcía de dolor.
Su mano derecha colgaba, roja de sangre.
—¡La
abrió usted!— decía mi tío con voz aterrada.
—Quería
mirarla más de cerca —lloriqueó el bondadoso Finjaer—. ¡Oh, mi mano!.. ¡Oh,
cómo me duele!
Entonces
vi, colocada sobre la mesa, una cajita de metal, que me pareció pesada y
sólida. La tapa estaba levantada y la cajita vacía. El día de San Ambrosio yo
estaba enfermo, como todos los niños golosos, porque el día anterior, por ser
San Nicolás, se atiborran de dulces, pasteles y otras chucherías. Tuve que
levantarme por la noche, con la boca amarga, el vientre descompuesto y grandes
ganas de vomitar. Pasado el malestar, miré por la ventana hacia la calle oscura
y llena de viento, invadida por el silencio. La casa de mi tío Kwansuys estaba
casi enfrente de la nuestra y me quedé asombrado al ver, a aquella hora
avanzada, los estores de su dormitorio manchados de luz amarilla.
Está
enfermo como yo, me dije, recordando con gran amargura la gran cantidad de pan
de higo que había recibido entre mis regalos de San Nicolás. Y de pronto me
eché hacia atrás, ahogando un grito de espanto. Una pequeña sombra veloz corría
sobre el estor, la sombra odiosa de una araña gigantesca. Subía, bajaba, corría
de acá para allá en círculo, y, de pronto, dio un salto, desapareciendo de mi
campo visual. Al otro lado de la calle se elevaron entonces voces de auxilio,
aterrorizadas, que, sacudiendo el inmenso sueño del Ham, hicieron que se
abrieran las ventanas de las casas y después las puertas. Esa fue la noche que
encontraron a mi tío Frans-Pieter Kwansuys degollado en su cama.
Según me
contaron después, tenía la garganta destrozada y la cara arañada
espantosamente. Heredé del tío Kwansuys, pero, naturalmente, era demasiado
joven para entrar en posesión de los bienes bastante estimables que me dejaba.
Sin embargo, por deferencia hacia mi título de futuro propietario, me dejaron
vagar por la casa el día que los abogados hicieron allí el inventario. Encontré
el laboratorio frío, negro y ya cubierto de polvo, y me dije que cualquier día
quizá encontrara placer en continuar el juego misterioso de las probetas y de
los hornillos del pobre espagirista. De repente se me cortó la respiración, los
ojos fijos en un objeto agazapado entre dos matraces de cristal, en un rincón.
Era un grueso guante de hierro oscuro, que me parecía untado de grasa. Entonces
de la bruma de mis recuerdos surgió un pensamiento claro, venido de no sé
dónde: la mano de hierro de Goetz von Berlichingen. Sobre la mesa se encontraba
una de esas gruesas pinzas que sirven para agarrar las retortas calientes.
Me
apoderé de él y levanté el guantelete. Era tan pesado que mi mano se curvó
hacia el suelo. La ventana de la cueva, que se abría a ras del suelo de la
calle, daba a un canal de aguas profundas que iba a desembocar más lejos, en el
Pas de la Lavandería. Con el brazo extendido llevé allí mi siniestro encuentro.
Pero entonces tuve que hacer grandes esfuerzos para no gritar de terror
abominable. La mano de hierro se puso a retorcerse con furia, mordiendo las
pinzas de madera, cuyas astillas saltaron, y tratando de agarrarme los dedos.
Se convulsionó horrorosamente en un gesto de amenaza cuando yo la mantuve
encima del agua. Cayó en ella con un ruido enorme, y durante largos minutos,
gruesos borbotones agitaron la onda tranquila, como si una respiración monstruosa
terminara allí en medio de la desesperación y el sufrimiento.
No me
queda mucho más que añadir a la extraña y terrible historia de mi querido tío
Kwansuys, que continúo llorando con toda mi alma. No volví a ver más al capitán
Coppejans, que volvió al mar y cuyo barco se fue a pique, una noche de
tempestad, en los Wadden de la Frise. La herida del bondadoso monsieur Finjaer
se gangrenó. Hubo que amputar la mano y luego el brazo, lo que no le salvó,
porque al poco tiempo moría después de enormes sufrimientos. Binus Compernolle,
convertido en valetudinario muy rápidamente, no abandonó ya su lejana mansión
del Muide, donde no recibía a nadie, tan triste y sucio estaba. En cuanto al
doctor van Piperzele, al que vi algunas veces, afectó no conocerme ya. Diez
años más tarde se hicieron trabajos en el canal de Pas y dos obreros perdieron
allí la vida de una forma que aún continúa siendo inexplicable. Hacia la misma
época, tres crímenes, que quedaron impunes, ensangrentaron la calle
Terre-Neuve, próxima al Ham. Se había construido allí una hermosa casa nueva
por cuenta de tres hermanas, que la habitaron en cuanto se marcharon los
constructores.
A las
tres se las encontraron estranguladas en su cama. Eran las ancianas señoras de
Chouts, cuyo conocimiento hice en época lejana. Abandoné la casa del Ham, donde
la muerte había entrado y de donde había huido toda alegría. Allí dejé todo lo
que me quedaba de la herencia de mi tío: un busto de yeso de un guerrero romano
con cota de malla. Pero me llevé sus escritos, que aún hojeo buscando algo;
pero ¿qué?
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Jean Ray
(1887-1964)


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