© Libro N° 11176.
Leyendas De La Tierra. Vitaliano,
Dorothy. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
Leyendas De La Tierra. Dorothy Vitaliano
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEYENDAS DE LA TIERRA
Dorothy Vitaliano
Leyendas
De La Tierra
Dorothy
Vitaliano
CONTENIDO
Prólogo
I.
Explicaciones
II. El
papel de la geología en la historia y en la leyenda
III.
Movimiento lento
IV.
Folklore sobre la forma de la tierra
V.
Folklore sobre los terremotos
VI.
Folklore sobre los volcanes 101
Láminas
VII. El
diluvio
VIII. La
erupción minoica de santorín
IX. ¿Se
ha encontrado la perdida atlántida?
X.
Santorín, egipto y el mediterráneo oriental
Epílogo
Apéndice
A
Apéndice
B
Apéndice
C
A
Charles, por su infinita paciencia
Prólogo
Desde
niña me fascinó la mitología y el folklore de todo tipo, y desde hace muchos
años me dedico profesionalmente a la geología. Sin embargo, no fue hasta 1961
en que comprendí que las dos tenían un origen común. Esto sucedió cuando
tropecé con un artículo de A. G. Galanopoulos que relacionaba la Atlántida con
la erupción de Santorín, en la Edad del Bronce. El término geomitología
(geomythology) se me ocurrió en noviembre de 1966 cuando estaba describiendo a
un grupo de colegas las ideas del profesor Galanopoulos. En mayo de 1967, me
encontré a mí misma impartiendo una conferencia, en el Coloquio de Geología en
la Universidad de Indiana, sobre «Geomitología: el impacto de la Geología sobre
la Historia y la Leyenda, con especial referencia a la Atlántida». Entre el
público estaba el profesor Richard M. Dorson, director del Instituto de
Folklore de la Universidad de lndiana, que me pidió publicar la charla en la
revista de ese Instituto. La entusiasta recepción, tanto de la charla como de
su texto impreso, por parte de los geólogos y también de los profanos, me
alentaron a tomar en serio la sugestión de la editorial de la Universidad de
Indiana (Indiana University Press) de que lo desarrollara hasta la extensión
requerida para un libro.
Una de
las principales razones para afrontar esta empresa, más ambiciosa, ha sido la
esperanza de que, dentro de sus limitadas posibilidades, este libro podría
salvar la brecha en las comunicaciones entre los científicos y los no
científicos. En estos tiempos, cuando los resultados de la manipulación del
medio ambiente natural por el hombre están alcanzando con suma rapidez
proporciones críticas, es fundamental que todo el mundo, desde el hombre de la
calle hasta quienes elaboran las leyes y toman las decisiones políticas que
afectan al medio ambiente, estén familiarizados con los procesos físicos y
biológicos que lo crean, lo mantienen o lo modifican. Pero, mientras los
científicos continúen hablando en una jerga que sólo es comprensible para otros
de su misma especialidad, la separación entre ciencia y humanidades continuará
existiendo y aumentando. Creo firmemente, junto con muchos otros, que como
científicos tenemos la obligación de explicar las cuestiones en términos que
sean comprensibles a los no científicos. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo
hará?
Leyendas
de la Tierra proporciona un marco excepcional para exponer información
científica sobre una gran variedad de fenómenos geológicos. Por supuesto, no
puede presentar una visión total de nuestro entorno físico, pero, al menos, la
visión fugaz que proporciona, mejorará la comprensión de los no geólogos, de
algunos aspectos de su medio, y, quizás, incluso, estimulará su curiosidad lo
suficiente como para que busquen más información acerca de la Tierra sobre la
que vivimos. Al mismo tiempo, tanto los científicos de la Tierra como los
profanos hallarán divertido contrastar las explicaciones del folklore y las
científicas respecto de distintos rasgos geológicos, y, por su parte, los
científicos de la Tierra se sentirán especialmente intrigados buscando una
posible base geológica para ciertas leyendas y tradiciones. Como la
investigación ha incluido folklore de muy diversos tipos, ha considerado,
también, una amplia variedad de cuestiones geológicas. Puesto que la geología
está tan especializada como el resto de las ciencias modernas, es posible que
incluso el científico de la Tierra encuentre en estas páginas algún tipo de
información que no había hallado todavía en alguna especialidad que no fuera la
suya. Finalmente, en vista de la reciente proliferación de trabajos referidos
al origen egeo de la Atlántida, a estos científicos, lo mismo que a los legos,
cabe que les interese un análisis razonablemente objetivo de esta idea, desde
el punto de vista de la credibilidad geológica. Como saben quienes se han preocupado
por este tipo de problemas, la sugerencia de que la isla de Santorín pudiese
haber sido el lugar de asentamiento de la Metrópolis de Atlántida está
íntimamente ligada a la teoría de la destrucción volcánica de la Creta Minoica.
Sobre este punto, el resultado de las investigaciones realizadas por mi marido
y yo, aún no completadas, prometen arrojar una nueva luz, como se verá en el
capítulo VIII.
Se han
efectuado numerosos intentos para explicar detalles específicos del folklore en
términos de fenómenos naturales. A veces, se han citado adecuadamente mitos y
leyendas en los trabajos geológicos, especialmente en aquellos que se refieren
a terremotos y volcanes. De vez en cuando se han realizado intentos para borrar
concepciones equivocadas de algunos fenómenos geológicos. Hasta donde yo sé,
sin embargo, ningún trabajo singular ha intentado demostrar hasta ahora todos
los modos en que la geología, la historia y el folklore pueden
interrelacionarse. La mayor parte del material que se ha utilizado en este
libro ha sido compilado de muchas fuentes conocidas y algunas desconocidas. La
preparación de este compendio ha servido de estímulo para llegar a algunas
conclusiones y especulaciones originales, que se exponen como tales en el
contexto correspondiente.
Han sido
tantos los que me han estimulado y ayudado con sus consejos, sus críticas, sus
informaciones, sus ilustraciones, referencias y ejemplos adicionales, que
enumerarlos ocuparía muchas páginas y, lo que es peor, correría el riesgo de
ofender a alguno por el pecado de omisión. No obstante, no puedo dejar de
nombrar a algunos pocos que merecen una mención especial: Dr. Sigurdur
Thorarinsson, de la Universidad de Islandia, por sus numerosas sugerencias y
amplificaciones respecto de temas islandeses, por el uso de fotografías, por la
crítica de partes del manuscrito en sus primeras etapas y por su trabajosa
revisión del primer borrador; profesor Spyridon Marinatos, Inspector General de
Antigüedades de Grecia, por la oportunidad de participar en el Congreso
Científico Internacional sobre el Volcán de Thera, en 1969, sin el que mi
información sobre los problemas de la desaparición de la civilización minoica
hubiera estado totalmente desactualizada, y por su ayuda a mi marido y a mí en
nuestra investigación sobre Creta, así como por su hospitalidad cuando hicimos
excavaciones en Thera, el verano de 1971; profesor Angelos G. Galanopoulos,
Director del Instituto Sismológico del Observatorio Nacional de Atenas, cuyos
trabajos sirvieron de inspiración original para Leyendas de ¡a Tierra, aunque
yo no comparta totalmente sus puntos de vista, y Dr. Howard A. Powers, Director
retirado del Observatorio de Volcanes del Parque Nacional de Hawái, por su
entusiasta cooperación sobre el folklore volcánico Hawáiano y su revisión total
del primer borrador del manuscrito.
La
propiedad de las fotografías se establece en la leyenda de las mismas. A no ser
que se especifique lo contrario, los dibujos han sido pensados y diseñados por
James R. Tolen, responsable del gabinete de dibujantes del Departamento de
Geología de la Universidad de Indiana.
Capítulo
I
Explicaciones
Geomitología
es una palabra nueva. ¿Qué significa, exacta- menté? Tal como fuera concebida
en principio, .se la definió como la aplicación geológica del evemerismo.
Evémero de Mesina fue un filósofo siciliano que vivió alrededor del año 300 a.
C, y que sostenía la teoría de que los dioses de la mitología no eran sino
mortales deificados; por tanto, el evemerismo será la interpretación de los
mitos como relatos tradicionales de hechos y personajes históricos. En este
sentido, entonces, la geomitología trata de explicar ciertos mitos y leyendas
específicos en términos de acontecimientos geológicos reales que pueden haber
sido vistos por distintos grupos de gentes.
La
geomitología incluye también lo que los folkloristas llaman mitos etiológicos o
explicativos, es decir, los ideados para explicar diversos rasgos del medio del
hombre. Debido a lo que se ha caracterizado correctamente como «la atracción
que la impresionante geografía ejerce sobre el folklore», hay gran cantidad de
estos mitos e, incluso, pseudo-folklore (o fakelore. como-lo ha-denominado
Richard M. Dorson), que pretenden explicar el origen de formas sorprendentes de
la tierra en todo el mundo. También, en ocasiones, han inspirado al folklore
características especiales que se producen en pequeña escala, como minerales
particulares. Resulta innecesario agregar que los mitos etiológicos que
intentan esclarecer las erupciones volcánicas y los terremotos han proliferado
en aquellas partes del mundo sujetas a estos siniestros y espectaculares
fenómenos geológicos que se producen cíclicamente.
Aunque
éstas son las formas más comunes en que la geología y el folklore se
relacionan, no son las únicas. Una forma perfectamente válida del folklore
moderno está constituida por los errores conceptuales comunes en lo que se
refiere a asuntos geológicos. También se produce el caso contrario, es decir,
lo que se considera una antigua fábula resulta tener, en definitiva, una base
científica. Por último, la mitología, de un modo muy modesto, ha tenido algún
efecto sobre la geología, especialmente en cuestiones de nomenclatura y, de vez
en cuando, de un modo menos pasivo. Todas estas posibles relaciones entre la
geología y el folklore se analizarán en las páginas siguientes, ya que el
estudio de tales relaciones constituye la esencia de la geomitología.
Antes de
abocarnos de lleno a la demostración de las formas en que se interrelacionan la
geología, la historia, el mito y la leyenda, podría resultar interesante
establecer con precisión lo que entendemos por cada uno de estos términos,
puesto que significan distintas cosas para distintas personas.
Si se le
preguntara al hombre de la calle qué cree que es la geología, lo más probable
es que la considere el estudio de las rocas. Sin embargo, significa mucho más
que eso. La palabra geología significa «ciencia de la Tierra», y la Tierra está
formada no sólo por el globo sólido constituido por rocas y tierra vegetal
(litosfera) y un centro metálico, sino también por las aguas que hay en el
interior y alrededor de la litosfera (hidrosfera) y el aire que está por encima
(atmósfera); un campo magnético lo rodea (magnetosfera) y, junto con su Luna,
es parte integrante del sistema solar. La superficie de las tierras habitables,
las aguas y el aire, constituyen la biosfera, es decir, el territorio de las
cosas vivientes. Todos estos elementos, en mayor o menor grado se afectan entre
sí, por lo cual es imposible trazar una línea que separe terminantemente la
geología de las otras ciencias físicas y naturales, o sea, la astronomía, la
física, la química y la geología, ni que tampoco separe las diferentes ramas de
las ciencias de la Tierra entre sí. Estas interrelaciones se reflejan en
algunas denominaciones que designan los campos inter e intradisciplinarios de
las ciencias de la Tierra: por ejemplo, geoquímica y geofísica, que se refieren
específicamente a la química y la física de la Tierra; geografía (descripción
de la Tierra), que se ocupa de la Tierra, principalmente como el entorno del
hombre; geomorfología, que es el estudio de la forma de la superficie de la
Tierra determinada por las distintas fuerzas internas y externas;
geohidrología, que se ocupa de las reservas de agua, particularmente las que se
hallan en el suelo; qeocronología, que trata sobre la edad absoluta de las
rocas; e incluso, geopolítica o geografía política.
A todas
ellas proponemos agregar la geomitología, que incluye la geología, la historia,
la arqueología y el folklore, en otras palabras, las ciencias naturales,
sociales y las humanidades. Por tanto, la geomitología es, sin duda, la
geociencia más interdisciplinaria entre todas ellas.
La
próxima pregunta será la siguiente: ¿qué entendemos, exactamente, por mito,
leyenda y folklore? La respuesta es, otra vez, muy simple, porque la distinción
entre mitos y leyendas ha sido y sigue siendo objeto de interminables
discusiones y desavenencias entre todos aquellos que se ocupan de estos temas.
H. J. Rose prefiere utilizar leyenda como un término generalizador, y subdivide
todas las historias tradicionales en mitos propiamente dichos, que son el
«resultado de reflexión»; sagas, que tienen una base histórica (y que él
reconoce que suelen conocerse como leyendas), y märchen,(cuentos cuya finalidad
es exclusivamente divertir. J. H. Brunvand, por su parte, emplea folklore como
un término más general; definiéndolo como «las tradiciones no registradas de un
pueblo», esa parte de la cultura que se transmite oralmente. El folklore
incluye mitos, leyendas y cuentos populares. Ahora bien, los mitos y las
leyendas pueden ser considerados verdaderos por quienes los relatan (en
contraste con los cuentos populares o märchen) y se distinguen, sobre todo, por
«la actitud que tienen los relatores hacia ellos, el medió que se describe y
sus personajes principales. Los mitos se consideran sagrados y las leyendas
pueden ser tanto sagradas como profanas; los mitos se ambientan en pasados
remotos, en el otro mundo o en la antigüedad, y las leyendas, en un pasado
histórico; los mitos tienen .como protagonistas a dioses o animales, mientras
las leyendas tienen, por lo general, a los humanos como personajes centrales». Para
los fines geomitológicos resulta más conveniente considerar como mitos aquellas
tradiciones que son totalmente etiológicas, y como leyendas las que, en
realidad, son evemerísticas (el evemerismo sostiene la teoría de que los dioses
son la magnificación de figuras históricas relevantes). Por tanto, si hablamos
en sentido riguroso, el contenido de este libro debería denominarse
geo-folklore. No obstante, y puesto que una clara distinción entre mito y
leyenda es imposible en una definición, y como los términos han acabado
empleándose de modo intercambiable, utilizaremos geo-mitología en un sentido
más amplio, refiriéndonos a cualquier tipo de folklore inspirado en la
geología, sin tener para nada en cuenta sus diversos orígenes.
Se han
expuesto muchas teorías que pretenden explicar el origen de los mitos. Cada una
de tales teorías ha sido sostenida con vehemencia por sus partidarios y, quizá
con demasiada frecuencia, con exclusión de cualquier otra. Fundamentalmente,
dichas teorías han tratado de explicar la notable similitud entre los elementos
de las mitologías y las que existen entre los mitos y los cuentos populares.
Estas semejanzas se explican por medio de cualquiera de los dos siguientes
modos básicos: por la invención independiente en distintos lugares
(poligenismo) o por la transmisión de una invención a otras regiones
(difusión). La difusión conduce a lo que los folkloristas llaman sincretismo en
que elementos de tradiciones que han evolucionado separadamente se funden en
una sola. Las teorías generalizadoras modernas admiten que los mitos, las
leyendas y los cuentos populares de muchas naciones han surgido probablemente
de una combinación de fuentes, y no de una sola. Si bien la geomitología se
ocupa de pequeños segmentos del vasto conjunto del folklore, que se refieren al
medio físico, en las páginas siguientes quedará bien patente la validez de este
origen múltiple de los distintos puntos de vista.
Debemos
ahora ocupamos de la historia. En el sentido estricto de la palabra, historia
es sólo lo que se ha preservado en forma escrita. Los mitos y las leyendas
datan, habitualmente, de antes de que la palabra escrita apareciese en las
culturas que se estudian, de modo que no importa cuál sea la base real que
puedan tener, ya que serán prehistóricos, de acuerdo con esta definición. Más
aún, dado que la escritura se desarrolló en diferentes momentos y en diferentes
lugares, lo que es prehistórico en un lugar cabe que sea contemporáneo de lo
que es verdaderamente histórico en otro. En este libro utilizaremos la
historia, en un sentido indeterminado, para designar lo que se conoce como
fuentes escritas y lo que fueron tradiciones orales originariamente (tradiciones
semi-históricas) y, más importante aún para nuestros propósitos, todo lo que
está «escrito» en los registros geológicos y arqueológicos, y desde los que es
factible deducir el hecho implícito de una leyenda. A medida que avancemos,
quedará claro que, cuanto más hacia atrás nos remontemos en el tiempo, más
confusa se nos aparece la línea que divide la historia (o sea, lo que realmente
ocurrió) de la leyenda. Por tanto, se impone una aclaración sobre la relativa
fiabilidad de la tradición oral, de los documentos históricos y de la evidencia
científica.
La
fiabilidad de la historia transmitida por tradición oral ha sido objeto de
violentas controversias desde el tiempo de Evémero, si no antes. Los escépticos
extremos niegan que las anticuadas tradiciones contengan ni un ápice de verdad
histórica; los defensores de la tradición oral, aunque no niegan que existan
elementos de ficción, afirman que es posible separar lo que es histórico de lo
que no lo es. Si pensamos en términos del mundo actual, en que un rumor llega a
transmitirse con alteraciones sustanciales cada vez que se repite, hasta que se
pierde cualquier parecido con la verdad, es difícil creer que se mantenga la
más mínima semejanza con el hecho en la tradición oral. Pero existe otra
analogía que puede resultar más apropiada. ¿Cuántas veces, como padres, hemos
contado el mismo cuento a nuestros hijos para que se durmieran y hemos
comprobado que nos corrigen porque hemos modificado tan sólo una palabra con
respecto a la versión original que antes ha escuchado el pequeño? Del mismo
modo, ¿no sería difícil introducir modificaciones en las historias contadas por
narradores profesionales a personas cuyas culturas permanecen prácticamente
invariables durante miles de años; pueblos, por ejemplo, como los indios
americanos antes de la presencia de los «rostros pálidos», y que dependían de
los narradores para divertirse y para preservar las tradiciones? Bajo tales
circunstancias, los cambios se introducirían con gran lentitud. Cuando la
historia se ha transmitido a través de una sucesión de narradores profesionales
que han sido especialmente adiestrados en el uso de la memoria, como los bardos
islandeses, por ejemplo, hay muchas y buenas razones para creer que cuando,
finalmente, y después de algunos cientos de años, el relato se escribe, resulta
razonablemente exacto. Sin embargo, debe admitirse que la primera versión
escrita de los hechos más antiguos difiere, inevitablemente, y en alguna
medida, de los hechos originales.
Por
supuesto, la historia escrita está menos sujeta a modificaciones que la
tradición oral, pero, en última instancia, la palabra escrita es sólo tan
fiable como lo sea el cronista original. Existe la posibilidad de que la
información sea distorsionada antes de llegar hasta el narrador, o que, incluso
un relato de primera mano, sea inexacto. Baste considerar las discrepancias
que, con demasiada frecuencia, existen entre el propio recuerdo de un
acontecimiento que hemos presenciado y la descripción que el periódico nos
ofrece al día siguiente. También es bien conocido el hecho de que diez testigos
lleguen a dar hasta diez versiones distintas de un determinado suceso, sobre
todo si éste ha sido corto y sorprendente.
Las
desviaciones del original, aun después de que el relato haya sido escrito, cabe
que se produzcan por posteriores copistas descuidados (antes de la imprenta) o
por defectuosas traducciones. Los traductores, evidentemente, no son
infalibles. El proverbio que utiliza un lenguaje figurado en el Nuevo
Testamento: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un
rico entre en el reino de los cielos», se considera por algunos como un error
de traducción en el que alguien consideró equivocadamente la palabra griega
Καμηλος, que significa cuerda o cable, por Καμελος, que significa camello.
Además
del problema de un simple error de traducción, existe el aspecto, mucho más
sutil, de la versión exacta del significado, cosa que a menudo implica una
cierta interpretación y lleva a traductores de igual capacidad a versiones
diferentes del mismo texto. Se me ocurre un ejemplo un tanto frívolo: hace unos
años existió una popular tonadilla que se titulaba «El devorador de gente
púrpura»[1]. Si se
escuchaba lo que decía, era evidente, en la parte culminante, que el animal en
cuestión no era un aterrador monstruo púrpura que devoraba a cualquier
desventurada persona que caía en sus garras, sino una criatura amigable e
incomprendida que era peligrosa para la gente púrpura. Ahora bien, supongamos
que pretendemos traducir ese título al francés sin saber cuál es el significado
exacto. ¿Debería ser «Le mangeur de gens pourpres» (The eater of purple people)
o «Le mangeur-de-gens pourpre» (The purple eater of people)? Sólo una de las
dos alternativas es la correcta, pero cualquiera de las dos (al menos, impresa)
perderá la ambigüedad que proporciona todo su sentido a la canción. En la gran
mayoría de los casos, el contexto indica cuál es la correcta interpretación al
traducir, si bien existen casos en que no es así, de modo que la conocida frase
«algo se pierde en la traducción» no deja de ser cierta.
Por
último, es posible que exista una distorsión deliberada en cualquier matiz de
los documentos históricos, de forma que éstos se adapten a algún propósito
tortuoso, o para que se ajusten a una filosofía prevalente, como, por ejemplo,
la filosofía «aria» de Hitler, o el materialismo dialéctico.
En
general, no es posible falsificar deliberadamente las crónicas geológicas y
arqueológicas. Por supuesto, las crónicas arqueológicas son registros humanos
conscientes y cabe que incluyan alguna distorsión por parte de gentes
desaparecidas ya mucho tiempo atrás, como, por ejemplo, la pintura y escultura
que glorificaban a gobernantes indignos. El fraude científico real es tan raro
que si llega a tener éxito y consigue engañar a unas pocas personas, aunque sea
por poco tiempo, constituye un acontecimiento. En geología, sólo hubo dos casos
en que este tipo de fraudes estuvo a punto de obtener éxito. Uno de ellos, el
caso Beringer, fue cometido-contra un individuo, y no contra toda la ciencia.
El otro, la falsificación de Piltdown, mucho se aproximó al «crimen perfecto»,
pero, aun en este caso, se logró engañar a pocas personas y durante breve
tiempo.[2]
Uno puede
preguntarse si no habrá habido engaños tan inteligentes que no han sido
detectados ni lo serán. No obstante, encontrar en una sola persona el deseo de
engañar a los científicos y el conocimiento necesario para idear y llevar a
cabo con éxito un fraude (tal como parece haber sido el caso de la
falsificación de Piltdown) es extremadamente difícil; encontrar a alguien con
la necesaria experiencia y que esté dispuesto a prestarse a una confabulación
que incluya a varios individuos, es aún más difícil; y, finalmente, que la
«evidencia» elaborada encaje tan bien con los descubrimientos posteriores, de
modo que no se evidencie su falsedad, como ocurrió con el Hombre de Piltdown,
supondría una coincidencia inconcebible, y, en ese caso, ¿qué daño se habría
hecho en realidad?
Pero,
aunque la evidencia geológica y arqueológica es muy difícil que mienta, es tan
fragmentaria que es factible que nuestra interpretación sea totalmente errónea.
La situación es análoga a un gigantesco puzzle hecho de partes irregulares y
del que sólo tenemos algunas pocas piezas sueltas. Debemos tratar de encajarlo
totalmente, pero, hasta que encajemos las precisas piezas como para que el
diseño se evidencie, debemos «unirlo» mediante una red de simples conjeturas
que lo reforzarán o, por el contrario, lo harán añicos cuando aparezcan nuevas
piezas del puzzle.
Las
teorías científicas se parecen a los mitos etiológicos en que ambos intentan
explicar hechos observados. Pero, mientras los mitos son producto de la
imaginación simple y recurren a lo sobrenatural o a lo físicamente imposible
para explicar estos hechos, las teorías científicas deben ser compatibles con
todo lo que sobre el mundo natural se sabe hasta ese momento. Los mitos aún
persisten cuando los hechos incontrovertibles se presentan contra ellos. Las
teorías científicas también persisten, y sus más celosos partidarios se aferran
a ellas mientras exista alguna posibilidad de que las piezas del puzzle se
ajusten tal y como ellos desean. Ahora bien, cuando las hipótesis implícitas
son insostenibles, cualquiera que se precie de ser un científico debe rechazar
una teoría científica.
Capítulo
II
El papel de la geología en la historia y en la leyenda
Sin duda,
la mayor parte del folklore inspirado en la geología se clasifica en dos
categorías principales, como ya se dijo, la etiológica y la evemerística. Los
geomitosetiológicos, exceptuando los que explican los terremotos y los
volcanes, casi siempre se refieren a características geológicas que surgieron
hace mucho tiempo. Los procesos geológicos, como los dioses, en general actúan
con lentitud, requiriendo miles o millones de años para revelarse. El
levantamiento vertical o la subsidencia de áreas importantes de la corteza
terrestre, la contracción de regiones móviles de la corteza formando montañas,
la erosión y la deposición de sedimentos, el vulcanismo, la glaciación
continental, todos estos fenómenos han ocurrido, ya sea en forma continua o
intermitente, desde el comienzo de los tiempos geológicos, hace más de tres mil
millones y medio de años. La mayor parte de esta acción, si es que puede
aplicarse este término a un proceso tan lento, se había realizado y completado
mucho antes de que existiera el hombre. El primer hombre «moderno», el Hombre
de Cro-Magnon (Homo sapiens sapiens), apareció alrededor de hace cincuenta mil
años, y si en esta escala se admite al Hombre de Neanderthal (como Homo sapiens
neanderthalensis), nuestra especie, a lo sumo, apareció hace sólo cien mil
años, a diferencia de varias criaturas primitivas, apenas humanas, que datan de
hasta más de tres millones de años. La existencia del hombre, comparada con
toda la era geológica (véase tabla 1), es sólo un fugaz abrir y cerrar de ojos.
El lento
proceso geológico ha tenido un efecto igualmente importante en la historia y en
los mitos. Este lento proceso determinó la actual distribución de las tierras y
los océanos, la topografía de la superficie del suelo, la naturaleza de las
rocas que se hallan bajo esta superficie, la distribución de las riquezas
minerales, la provisión de aguas y otras características semejantes de nuestro
planeta. A su vez, dichos factores determinan qué regiones son más agradables
para residir, qué naciones son las «que tienen» y cuáles las «que no tienen»,
qué áreas son accesibles con facilidad, qué regiones son más vulnerables para
los ataques y cuáles más defendibles, y así sucesivamente Mucho se ha escrito
sobre geografía política, o el papel que han desempeñado los minerales en la
historia, pero estos temas están fuera de la finalidad de la geomitología. Nos
interesa, principalmente, el abundante folklore inspirado en estos procesos
geológicos.
Todas las
naciones poseen su folklore para explicar los rasgos de su paisaje; sin
embargo, muy raramente y, en general, por coincidencia, los mitos etiológicos
tienen la menor semejanza con la verdadera historia geológica de las
características que lo inspiraron. Los mitos de este tipo pueden denominarse
geomitos ex post facto porque son inventados para explicar el resultado final
de procesos cuya acción no ha sido presenciada. El capítulo IV se dedica
totalmente a este tipo de folklore. También se encontrarán otros ejemplos en el
contexto más especializado del folklore de los volcanes y las tradiciones de
diluvios. ,
A largo
plazo, los procesos geológicos son la suma de un infinito número de pequeños
acontecimientos individuales, a menudo demasiado insignificantes para ser
percibidos, aun cuando constantemente se producen a nuestro alrededor. De vez
en cuando, y en un particular punto, se presentan con suficiente rapidez como
para que sus resultados resulten perceptibles durante una vida, o a lo largo de
varias generaciones. Los procesos de este tipo incluyen cambios en el nivel
relativo de la tierra y el mar, el avance o retroceso de glaciares, mutaciones
climáticas y la obstrucción con cieno de los puertos. Como se verá en el
capítulo III, estos fenómenos tuvieron un efecto considerable sobre las
migraciones de los hombres más antiguos, pero, en tiempos más próximos, el
impacto sobre la historia humana ha sido relativamente menor, y prácticamente
nula su acción sobre las leyendas.
A veces,
un solo hecho en el conjunto geológico sucede muy rápidamente y nos permite
echar una ojeada sobre las tremendas fuerzas que operan dentro de la Tierra,
comparado con las cuales, el esfuerzo más formidable del hombre, como podría
ser la bomba de hidrógeno, no es más que un gran cohete. Los grandes
terremotos, las erupciones volcánicas, las inundaciones, los desprendimientos
de tierras, causan víctimas o alteran drásticamente el curso de la vida de
mucha gente. Cuando se ve afectada una gran cantidad de personas, comunidades
enteras quedan, de una forma temporal o permanente, desorganizadas, y, en
algunos casos muy notables, tales acontecimientos han llegado a influir sobre
naciones enteras. Sin embargo, en general, el impacto de tales acontecimientos
que ocurren súbitamente ha sido insignificante en la historia humana si lo
comparamos con la influencia de los lentos procesos geológicos -que configuran
el medio ambiente. No obstante, dichos procesos constituyen la materia con que
se nutre la leyenda: las evemerísticas, en las que hay un germen de verdad
(como en una ostra, un grano de arena es el origen de una perla) en estrato
sobre estrato de brillante ficción. Se encontrarán abundantes ejemplos de este
tipo en los capítulos 6 al 10.
Pero,
¿por qué son hechos geológicos los que dan origen a las leyendas, si, en
general, su impacto en la historia humana no ha sido importante? Creo que a
causa de que en el momento en que se producen interesan notablemente. Y es así
porque, a no ser que la naturaleza humana haya cambiado de un modo considerable
a lo largo del tiempo, lo que se considera remarcable y, por tanto, debe
recordarse cuando los hechos cotidianos de la vida hace mucho tiempo que se han
olvidado, es lo insólito, sobre todo lo que resulta profundamente insólito. ¿Y
qué lo es más que una catástrofe natural? Para entender cómo los hechos
geológicos inspiran las leyendas, observemos los pocos casos en que las fuerzas
geológicas han alterado el curso normal del devenir humano en los tiempos
modernos o, al menos, en los tiempos históricos. Los ejemplos son tan numerosos
que debe establecerse algún criterio que oriente la elección de los que deben
incluirse. Así, he seleccionado los que ilustran este punto en que el concepto
de catástrofe es en gran medida subjetivo. En otras palabras, la magnitud de un
desastre provocado por fuerzas geológicas no significa, en modo alguno, la
medida de la magnitud de esas fuerzas, sino sólo de su «notabilidad». Más aún,
he tratado de evitar ejemplos que ya han sido analizados una y otra vez,
excepto en el caso de que sean particularmente relevantes.
El 8 de
mayo de 1902, una erupción del tipo «nube ardiente» descendió por los flancos
del monte Pelée en Martinica, aniquilándolo todo excepto a dos de los más de
treinta mil habitantes de San Pedro, al pie del volcán. (Uno de los
supervivientes fue, irónicamente, un asesino condenado que se encontraba en un
calabozo.) Yo dudo mucho que la erupción se hubiera recordado en absoluto,
excepción hecha de los vulcanistas, si la terrible nube hubiera tomado otra
dirección y descendido por la montaña sin afectar a la ciudad. Por la energía
volcánica desplegada, la erupción del Pelée no fue más importante que muchas
otras de nuestro tiempo. En 1915, se produjo una explosión similar en el pico
Lassen, en California, pero en este caso no resultaron perjudicados nada más
que algunos miles de áreas de bosques y la vida salvaje que en ellos había.
Tres de las erupciones más violentas de toda la historia se han producido en
este siglo: Katmai, en Alaska, en 1912: Bezymianny, en Kamchatka, en 1956, y
Sheveluch, en Kamchatka, en 1964, pero todas ellas se produjeron en zonas
deshabitadas y, por tanto, sólo les interesan a los vulcanistas y a las pocas
personas más que pudieran haberlos presenciado, o sentido indirectamente sus
efectos desde lejos. La erupción del Pelée, en cambio, se considera
generalmente como una de las erupciones más grandes de todos los tiempos: en
realidad, fue una de las grandes catástrofes de todos los tiempos, lo que, por
supuesto, no es lo mismo.
* * * *
El
informe de las catástrofes naturales está regido por factores completamente
subjetivos. Como ejemplo, puede tomarse el terremoto de Nevada del año 1954. El
7 de julio de ese año, el Washington Post informó, en un pequeño artículo de
primera página, que un terremoto había sacudido el área alrededor de Fallón,
Nevada, durante la noche, ocasionando algunos daños en los edificios del centro
y afectando seriamente al sistema de irrigación. Decía asimismo que por la
tarde se había producido un segundo temblor. En San Francisco, el Examiner
dedicaba al suceso la primera página con fotografías de los daños producidos en
Fallón, pero, en general, le preocupaba, sobre todo, el hecho de que el segundo
terremoto se había registrado en San Francisco. En Nevada, principalmente en el
área de Fallón, el hecho era lo más importante.
Fallón,
un centro agrícola en el borde del Carson Sink (Sumidero de Carson), depende
del río Carson para su provisión de agua y, por tanto, el deterioro del sistema
de irrigación era algo muy importante. La pregunta esencial en la mente de
todos, especialmente después de la segunda fuerte sacudida, era: «¿Se repetirá
otra vez?» Se instaló temporalmente un sismógrafo en el sótano del Ayuntamiento
de la ciudad, y el aparato registró numerosas sacudidas posteriores cada día;
muy pocas de ellas fueron perceptibles, excepto para los instrumentos, pero
fueron muchas e indicaron que aún no habían desaparecido las tensiones
desatadas en la tierra. No obstante, todo el mundo, excluidos los residentes de
Fallón, olvidaron pronto el incidente... hasta que, el 23 de agosto, otro
intenso temblor localizado un poco más hacia el este, en Stillwater, destrozó
las reparaciones recién terminadas en las acequias de irrigación. Esta nueva
sacudida no mereció ni una simple línea en el Washington Post, aunque su
intensidad fue exactamente igual a la del 7 de julio. El Examiner informó,
simplemente, que el movimiento sísmico había ocasionado algunos daños en Fallón
y en Lovelock y que se había percibido en San Francisco, así como en Boise y en
Salt Lake City. Y en Fallón, en cambio, las sacudidas posteriores continuaron
siendo causa de preocupación.
La serie
de terremotos culminó con dos fuertes temblores el 16 de diciembre, otra vez al
este de la última, en Dixie Valley y cerca de Fairview Peak (pico de
Hermosavista). (El temblor de Dixie Valley se acompañó de una espectacular
falla en la superficie; lo que puede observarse si se hace un pequeño rodeo
fuera de la carretera U.S. 50, donde está indicada con un letrero.) Aunque
resulte extraño, la única pérdida en dinero se produjo en Sacramento, a unos
290 kilómetros en línea recta, y el hecho lo provocó el bullir de fluidos en
los tanques de la planta municipal de tratamiento de aguas en un depósito
cubierto, y en un tanque clarificador de una compañía de fabricación de sopas.
Los daños producidos por este nuevo temblor sólo merecieron una pequeña mención
en el Washington Post. El Examiner le dedicó un artículo en la primera página,
bajo el título de: «Dos nuevos temblores sacuden el área de la bahía de San
Francisco», y se refería principalmente a los efectos que el fenómeno había
tenido en la ciudad, que eran, sin duda, infinitamente menores. Como de paso,
se comentaban los deterioros que había sufrido Sacramento, pero, ¡no se decía
una palabra sobre Nevada, que es donde se había registrado el terremoto!
Resulta
evidente, según se desprende de estos ejemplos, que el valor de la noticia de
un desastre provocado por fuerzas geológicas depende principalmente de los
intereses humanos afectados, que varían según la intensidad de los daños y la
distancia a que éstos se han producido. Cuanto mayores sean las pérdidas en
vidas y propiedades, mayor el interés. El más grande de los cataclismos no es
noticia si sucede donde pocos, o nadie, sufran sus consecuencias, mientras que
un siniestro relativamente pequeño, pero en áreas densamente pobladas, como el
terremoto del 9 de febrero de 1971, cerca de Los Ángeles (que ni siquiera fue
tan fuerte como el temblor de Nevada en 1954), llega a provocar mucho
sufrimiento y ocupa los titulares de los periódicos de todo el mundo.
Sin
embargo, ocasionalmente, un acontecimiento geológico menor en un lugar
apartado, ocupa los titulares, aun cuando no se produzcan víctimas. Esto
ocurrió en la erupción de Tristan da Cunha, en 1961. Esta isla es la parte
superior de un pico volcánico en la ladera externa de la cresta Dorsal del
Atlántico Medio, próxima a su terminación sur (Figura 1). Los habitantes de la
isla son descendientes de soldados ingleses apostados allí desde los tiempos en
que Napoleón hubo de exiliarse en Santa Helena, otro pico de la cresta Dorsal
del Atlántico Medio, o de cazadores de ballenas que se asientan en el lugar. Se
produjo una erupción por un nuevo orificio, a sólo trescientos metros de
Settlement, donde vive toda la población (los 264 isleños y 11 oficiales con sus
familias) y todos tuvieron que ser evacuados a Inglaterra[6]. Cuando
se produjeron las erupciones, éstas fueron insignificantes: la lava cubrió
menos de 650 metros cuadrados, y otro tanto las cenizas. Nadie resultó herido.
Las únicas cosas vivientes que padecieron fueron las plantas que crecían muy
cercanas al lugar, envenenadas por los humos tóxicos. La vida animal no fue
afectada. Sin duda, los habitantes podrían haber permanecido allí durante la
erupción si los daños no se hubieran concentrado sobre el llano de Settlement,
y si no se hubiese destruido la fábrica de conservas que formaba parte integral
de la única industria existente: la pesca. Tal como ocurrió, toda la vida de la
pequeña y aislada comunidad resultó interrumpida. Sin embargo, esta
desorganización resultó ser temporal. La mayor parte de los isleños no se
acostumbraron al confuso mundo moderno al que habían sido empujados y en el que
fueron distribuidos y, casi todos, jóvenes y viejos, eligieron regresar, cuando
el peligro hubo pasado, a la vida tranquila, limitada y relativamente primitiva
de la isla.
Figura 1. Mapa esquemático del océano Atlántico, en el que se indica la
Dorsal del Atlántico Medio y otros lugares que se mencionan en este capítulo y
en los siguientes.
Otro
desastre que ocupó los titulares de los periódicos de todo el mundo fue el de
Tangiwai, en Nueva Zelanda. Debido a una caprichosa combinación de
circunstancias, lo que no debió ser más serio que una interrupción del servicio
de ferrocarriles se transformó en un accidente que, el día de Navidad de 1953,
costó la vida a 151 personas. Y, aunque en esos momentos el volcán Ruapehu
estaba en reposo, sin causar ninguna alteración a su alrededor, resultó ser
finalmente el culpable. El río Whangaehu tiene su origen en un glaciar en lo
alto del volcán de 2.750 metros, que es el pico más alto de la isla del Norte
de Nueva Zelanda (Figura 2).
Figura 2. La isla del Norte de Nueva Zelanda, con la indicación de lugares
que se mencionan en varias leyendas maorís.
En su
última erupción, en 1945, se había formado un lago en el cráter, embalsado allí
por una combinación de lava, cenizas y nevizas. Al derretirse debido al calor
del volcán, y también, sin duda, al sol del verano (Nueva Zelanda está en las
Antípodas), la parte del embalse constituido por neviza cedió de pronto y
liberó agua que produjo una inundación, descendiendo con estrépito y
arrastrando grandes piedras y materiales que formaron un flujo de barro del
tipo llamado lahar[7]. El
puente del ferrocarril, a cuarenta kilómetros río abajo, cerca de Tangiwai,
quedó destruido cuando el lahar chocó contra él, y, para aquellos que estaban
en el expreso que se acercaba al lugar, el momento resultó diabólico. Si el
puente se hubiera hundido unos pocos minutos más tarde, el tren habría pasado
sin el menor problema; unos minutos antes, el tren habría podido detenerse a
tiempo. Pero tal como se produjo, varios coches se precipitaron en el
desfiladero, lo que ocasionó la pérdida de muchas vidas.
Aunque el
desastre de Tangiwai desplegó un manto de tristeza sobre esa Navidad en Nueva
Zelanda, a largo plazo afectó sólo a las víctimas y a los amigos y familiares
de éstas. Incluso desastres de la magnitud del terremoto de San Francisco de
1906, o el de Tokio de 1923, aunque desconciertan por el tributo en vidas y
propiedades que significan, fueron resistidos por las respectivas comunidades y
países. Sin embargo, hay un desastre geológico que se produjo en los tiempos
históricos y que casi arruinó a todo un país; la erupción del Lakagígar
(«Volcanes de Laki»), de Islandia.
Islandia
es una de las áreas volcánicas más activas del mundo. Toda la isla es,
esencialmente, una pila de capas de lava formadas durante y desde el período
Terciario en la cresta Dorsal del Atlántico Medio, cerca de su terminación
norte (véase Figura 1). La erupción de lava más grande de los tiempos
históricos se produjo cuando ésta fluyó sin cesar de los orificios a lo largo
de los 25 kilómetros de la fisura de Laki (Figura 3), durante ocho largos
meses. La erupción comenzó el 8 de junio de 1783. La lava encontró una vía de
escape descendiendo por los valles de dos ríos hacia las llanuras, donde se
esparció y, finalmente, cubrió un área de 565 kilómetros cuadrados en total,
estimándose que su volumen alcanzó de 12 a 15 kilómetros cúbicos de lava, y que
ahora se conoce como el Eldhraun («flujo de fuego»). En la actualidad, el
camino principal se extiende por kilómetros y kilómetros a través de un paisaje
fantasmagórico que semeja la decoración de algún relato de ciencia-ficción en
otro planeta, especialmente cuando el telón de fondo de las montañas cubiertas
de hielo se oscurece por la niebla. La espesa cubierta de musgo y liquen que se
forma sobre la lava en la época de lluvias, intensifica esta impresión
(Ilustración 1). Aunque una cierta cantidad de granjas desaparecieron bajo la
lava, el daño mayor no lo produjo ésta sino la «niebla azulada» que la
acompañó. Esta bruma contenía gases nocivos, especialmente dióxido de azufre, y
estuvo suspendida sobre la mayor parte de Islandia durante todo ese verano e
impidió el crecimiento de pastos para el ganado. Este fue un desastre de
magnitud sin igual porque la ganadería depende de la cosecha de heno y la gente
depende de la ganadería. Siguió el «hambre debido a la bruma» en que el 77% de
las ovejas, el 76% de los robustos ponys islandeses (usados sobre todo para
transporte, en esos días), el 50% del ganado y el 20% de las personas murieron
de hambre, o debilitados por la desnutrición sucumbieron a las enfermedades. A
la luz de las experiencias de las erupciones del Hekla de 1947-48 y 1970, hoy
se cree que el flúor de las cenizas volcánicas que son expelidas junto con la
lava es responsable, en parte, de la pérdida de la ganadería. Se requiere un
pueblo fuerte, como sin duda lo es el islandés, para sobrevivir a semejante
golpe.
Figura 3. Mapa esquemático del sudeste de Islandia. Se señala la
localización de la hilera de cráteres de Lakagígar, el volcán subglacial de
Katla y otras características mencionadas en este capítulo y en los siguientes.
Otra
intensa erupción ayudó a tomar una importante decisión en la historia de
Islandia. Para apreciar eficazmente el hecho es necesario comprender el medio
geológico. Cuando los primeros colonizadores llegaron desde Noruega, alrededor
del 874, se sorprendieron del contraste que se ofrecía entre las frescas lavas
posglaciales y las antiguas rocas. Un geólogo experimentado no tendría hoy
dificultad en reconocer que las rocas antiguas también fueron lavas
(Ilustración 2), pero debemos tener en cuenta que, incluso en el siglo XIX,
cuando la geología estaba en su infancia, se produjo una gran controversia
sobre el origen de rocas de capas de grano fino de este tipo. Los partidarios
del punto de vista «neptunista» sostenían que tales rocas eran sedimentos
depositados en el mar, como las areniscas, las pizarras y las piedras calizas;
los «plutonistas» insistían que se trataba de rocas volcánicas, cristalizadas a
partir de lavas caídas sobre la superficie, como las lavas modernas. Hasta 1858
no se desarrolló la técnica que permitió cortar capas muy finas de rocas que
así pudieron ser estudiadas con el microscopio polarizador. Cuando esto
ocurrió, la cuestión fue decidida, sin discusión, en favor de los plutonistas.
Por otra parte, las lavas posglaciales (Ilustración 3) eran, sin duda, el
producto del vulcanismo. En Islandia existe una palabra especial para designar
estos flujos recientes: hraun (que se pronuncia «hroin»), y que cabe traducir
como «campo de lava». Cualquiera que haya visto los lechos de lava del oeste de
Estados Unidos, ha visto los hraun. Ejemplos notables son los de Lava Beds
National Monument (Monumento Nacional de los Lechos de Lava), de California;
los Craters of the Moon National Monument (Monumento Nacional de los Cráteres
de la Luna), de Idaho; el Sunset Cráter National Monument (Monumento Nacional
del Cráter del Crepúsculo), de Arizona; y, a lo largo de la autopista 66, cerca
de Grants, en Nuevo México.
En el año
930, Islandia estableció el Alting, el primer parlamento democrático del mundo
y el que lo ha sido en forma más continuada. Representantes de todas las zonas
del país se encuentran cada año en verano en Thingvellir (Ilustración 4), donde
una fisura natural, el Almannagjá, proporciona una excelente acústica para el
orador que se ubica de pie sobre la Law Rock (Roca de la Ley). En el año 1000,
el punto principal de la agenda del Alting fue la candente cuestión de si
Islandia debía adoptar oficialmente la Cristiandad o continuar adorando a los
viejos dioses escandinavos. Desde ambos bandos se presentaron hábiles
argumentos y no pudo tomarse ninguna decisión. Según el Kristnesaga. la
historia oficial de la Cristiandad en Islandia, el debate había alcanzado un
punto en el que «cada hombre declaraba fuera de la ley al otro: los cristianos
contra los paganos, y viceversa». En ese momento, llegó un mensajero anunciando
que la lava estaba fluyendo de una fisura en Aulfus, a unos treinta kilómetros
al este de Reykjavik, y que amenazaba las granjas del jefe Thorodd (Figura 4).
«Entonces, los paganos comenzaron a decir: “No es sorprendente que los dioses
se sientan airados después de esos discursos".» Las opiniones parecieron
inclinarse a su favor, pero el jefe Snorre, orador de la Cristiandad, aprovechó
la oportunidad para transformar la noticia en argumento a su favor.
Contemplando la vasta extensión de hraun que cubre todo el valle en
Thingvellir, preguntó: «¿Dónde estaban los iracundos dioses cuando la lava, sobre
la que estamos en este momento, quemó todo esto?» Finalmente, los votos fueron
en favor del Cristianismo.
Aunque
resulte sorprendente, también un volcán jugó un papel importante en la
aceptación del Cristianismo por otro pueblo que está en el extremo opuesto del
mundo con respecto a Islandia. Esta es la historia de Kapiolani, inmortalizada
por Tennyson en un poema que lleva su nombre. Kapiolani, esposa del gran jefe
del distrito de Kona, de la isla de Hawái, se convirtió desde el principio al
Cristianismo. En diciembre de 1824, cuando hacía tres años que se había
convertido, decidió demostrar a su pueblo que Pele no era una deidad que
mereciera la adoración ni necesitaba que se le apaciguara, sino que se trataba
de una superstición pagana. Su marido y sus amigos, aún bajo la influencia de
esta superstición, trataron de disuadirla, y los sacerdotes y sacerdotisas de
Pele le profetizaron un destino horrible. Desde su casa, que estaba en la parte
oeste de la isla, hasta el cráter de Kilauea donde se creía que vivían Pele y
sus numerosos familiares, había más de ciento cincuenta kilómetros. El viaje
fue difícil, la mayor parte del camino a pie y a veces atravesando los terrenos
de lava «aa»[8] más
escarpados. Kapiolani respondía a cuantos le rogaban que no continuara: «Si soy
aniquilada, vosotros podréis creer en Pele, pero si no lo soy, todos debéis
convertiros a las verdaderas escrituras.» Al llegar al foso de Pele, la mujer
rompió varios tabúes: cogió y comió las bayas sagradas ohelo sin antes ofrecer
algunas a Pele, arrojó piedras en el cráter y descendió varios metros hasta
llegar al borde del lago de lava (Ilustración 5). Cuando regresó ilesa y el
pueblo vio que había llegado hasta el temido final, comprendieron que Pele no
era tan de temer como habían creído. Los años siguientes hubo muchos conversos
en todo Hawái, entre ellos el Sumo Sacerdote del volcán.
En
Filipinas, casi doscientos cincuenta años antes de la demostración de fe de
Kapiolani, un monje franciscano llamado Esteban Solís realizó un servicio
similar a la causa de la Cristiandad. En 1592, ascendió por el terrible volcán
Mayon para persuadir a los supersticiosos nativos de que ningún espíritu
maligno residía en las montañas. Se le tuvo que retirar casi inmediatamente de
la cima, a causa de los gases y vapores asfixiantes que emanaban del volcán,
pero los nativos se convencieron y permitieron que se les bautizara. El monje
no fue tan afortunado como Kapiolani porque, un año más tarde, enfermó y murió,
debido, posiblemente, a los efectos de los gases venenosos que había inhalado.
Figura 4. El flujo de lava del año 1000, cerca de Hveragerdi, que jugó un
papel decisivo en la historia de la Cristiandad en Islandia. La lava manaba de
los orificios y fluía a lo largo de la fisura alrededor del monte Skálafell,
amenazando las cercanas granjas del jefe Thorodd. (Tomado de Einarsson, 1960.)
Unos
cuarenta años antes de Kapiolani, el mismo Kilauea intervino directamente en
los asuntos de Hawái. El último jefe en cuestionar el derecho de Kamehameha de
gobernar la «Big Island» («Gran Isla»), fue su primo Keoua. En noviembre de
1790. Keoua y su ejército, acompañados por sus mujeres y sus hijos, acamparon
cerca del cráter. Durante la noche se produjo una erupción del volcán y,
temiendo haber ofendido a Pele por haber dejado caer piedras al cráter, pasaron
el día siguiente tratando de aplacarlo. Al tercer día, por la mañana,
emprendieron de nuevo la marcha divididos en tres compañías. En el momento en
que el grupo central había pasado el cráter, la tierra comenzó a temblar y una
terrible explosión de vapor, cenizas ardientes y rocas estallaron, aniquilando
a todos los que componían el grupo. Incluso fueron alcanzados algunos del grupo
que les seguía, quienes murieron o resultaron heridos, pero, aunque el grupo
posterior estaba, en realidad, más cerca del cráter en ese momento, no se
hallaba en la línea de fuego del Kilauea y escaparon ilesos. Dado que las
explosiones violentas son muy raras en las erupciones del Kilauea, el hecho fue
considerado como un signo de que Kamehameha se encontraba bajo la especial
protección de Pele. Keoua, que iba con el último grupo, había sido perdonado y
continuó su lucha, pero Kamehameha venció y, finalmente, todas las islas se
unieron bajo su mando.
Alrededor
de la misma época en que una erupción influía en la historia de la Cristiandad,
el floreciente reino hindú-javanés de Mataram, en el centro de Java,
desapareció súbitamente después de una breve decadencia. Su fin constituye uno
de los grandes misterios de la historia javanesa. El centro de la cultura y del
poder se desplazó al este de Java y no se oyó hablar más de él hasta el segundo
Estado de Mataram, fundado por mahometanos que ascendieron al poder
posteriormente al 1595. La Calcutta Stone (Piedra de Calcuta), llamada así
porque sir Thomas Stamford Raffles (lugarteniente del Gobernador General de
Java. 1811-1816) la llevó de Java a Calcuta, tiene una inscripción que
conmemora la fundación de la ermita, por el rey Erlangga, al este de Java, en el
año 1041. El texto describe la destrucción del viejo reino de Mataram en el año
928 Sjaaka (1006 d.C.). Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el
significado exacto del relato, y, mientras algunos creen que se refiere
simbólicamente a guerras o pestes, otros lo interpretan, más literalmente, como
referencia a una gran catástrofe natural. El geólogo holandés R. W. van
Bemmelen, tras realizar un estudio completo de la historia del volcán Merapi y
de la región costera cerca de Semarang, llegó a la conclusión de que el antiguo
Estado de Mataram había sido víctima no de uno, sino de dos golpes asestados
por agentes geológicos. Descubrió que había existido un buen puerto natural en
la costa norte de Bergota, cerca de la actual ciudad de Semarang. La prosperidad
y la importancia del antiguo Mataram dependió de ese puerto, puesto que no
había otros seguros en la costa sur. A comienzos del siglo X. el río arrastró
cieno que comenzó a llenar y obstruir el puerto de Bergota, y en algún momento
entre 916 y 927, fue abandonado como tal. Más adelante, en 1006. Merapi recibió
el golpe de gracia.
En la
inscripción que relata la destrucción del antiguo Mataram, es difícil separar
los hechos de la ficción, pero los antecedentes vulcanológicos son evidentes.
Dichos antecedentes demuestran que en el viejo Merapi se formó una fisura
catastrófica y la erupción que se produjo esparció una espesa capa de cenizas
sobre todo el centro de Java, destruyendo, sin duda, su fertilidad durante
muchas décadas e interrumpiendo completamente su red de drenaje. Usando
antiguos mapas y descripciones de las cantidades de material producido por una
erupción en el período 1833 hasta 1942-43 (que se pudo obtener porque Merapi ha
sido observado científicamente desde hace más de 150 años), van Bemmelen
calculó que eran necesarios alrededor de nueve siglos y medio para que pudiera
formarse el nuevo cono de Merapi sobre las ruinas del antiguo, del mismo modo
que el Vesubio se ha «reconstruido», desde el año 79, sobre las ruinas del
monte Somma. Nueve siglos y medio significa un período muy próximo al año 1006,
lo que indica que la erupción es, en realidad, la catástrofe natural a que hace
referencia la inscripción de la Piedra de Calcuta, y que, por tanto, fue la
naturaleza, no la guerra, lo que destruyó al antiguo Mataram.
* * * *
Desde el
viejo Mataram, balanceándose en el umbral que separa la historia de la leyenda,
es fácil dar un paso atrás hacia el reino del folklore evemerístico. Rastrear
estas leyendas hasta sus posibles orígenes geológicos constituye uno de los
aspectos más excitantes de la geomitología y, por tanto, basándonos en el
principio de que se debe reservar lo mejor para el final, nos ocuparemos antes
de los otros tipos.
Capítulo
III
Movimento lento
En el
capítulo II comentamos fugazmente que los procesos geológicos que son poco
perceptibles durante la vida humana, o en unas pocas generaciones, producen un
insignificante impacto sobre la historia reciente, y aún menos sobre las
leyendas. En realidad, han tenido un efecto tan imperceptible sobre éstas, que
constituyen una prueba negativa del argumento de que sólo las catástrofes
engendran las leyendas evemerísticas.
Estos
cambios, rápidos desde el punto de vista geológico, pero lentos desde el
humano, incluyen las fluctuaciones de nivel, las mudanzas climáticas, las
glaciaciones y las sedimentaciones. Las primeras y terceras son, en gran parte,
interdependientes. La exacta posición de cualquier línea costera oceánica
depende de uno de estos dos factores: levantamiento o hundimiento de la tierra,
y elevación o descenso del nivel del mar. La posición absoluta del nivel del
mar depende de la desembocadura del agua encerrada en las capas de hielos
continentales y glaciares de las montañas, en todo el mundo y en determinado
momento. Las «eras de los hielos» se supone que tuvieron lugar en ciertos
momentos en la historia de la Tierra. Durante el período Pleistoceno (véase tabla
1), sobre el que, naturalmente, sabemos un poco más debido a que las evidencias
geológicas son todavía frescas, el frente de hielos avanzó desde los centros de
acumulación en el norte de Canadá y Escandinavia y, posteriormente, retrocedió[9] al
menos cuatro veces.
Los
tiempos geológicos han evolucionado tan poco desde que retrocedió la última
capa de hielos que, en realidad, no sabemos si la Edad de Hielo ha terminado o
si vivimos en otra era interglacial. Aún subsisten remanentes de las capas de
hielo en el hemisferio norte, sobre Groenlandia e Islandia. y en algunas de las
islas árticas. Todavía no es seguro si el máximo avance de los hielos en el
hemisferio Sur se produjo en forma alterna o coincidente con la del Norte,
pero, en la actualidad, la capa de hielo antàrtica continúa retrocediendo. De
cualquier modo, el nivel del mar se hallaba en su punto más bajo cuando el
hielo cubría la mayor extensión, y viceversa. El levantamiento de terrazas
marinas en varias partes del mundo indica que, en su nivel máximo, el nivel del
mar se encontraba alrededor de unos treinta metros sobre el actual.
Los
glaciares también afectan al nivel de la tierra firme. Bajo el tremendo peso
del hielo, la corteza rígida de la Tierra presionó sobre el manto inferior,
menos rígido (Figura 5). Cuando se eliminó este peso, el manto se ajustó
lentamente y la tierra comenzó a elevarse, y todavía sigue subiendo un poco.
Este tipo de ajuste se llama isostático, mientras que la alteración del nivel
del mar, independiente de los cambios del nivel de la tierra, se llama
eustático, o glacioeustático. Hay varios tipos de evidencias que
nos~3emuestranía extensión y velocidad del levantamiento isostàtico. En las
costas de Escandinavia, de América del Norte o de alrededor de los Grandes
Lagos, es posible seguir el rastro de las riberas que se elevaron inclinándose
hacia el centro de glaciación. Es posible datar dichas playas por las conchas
fósiles, o por el polen, o por el método del carbono-14[10]. Los
levantamientos actuales se miden por medio de nivelaciones geodésicas muy
precisas —que se repiten, más o menos, cada década—, y, en algunos casos,
utilizando documentos históricos. Recientemente, en Noruega, se ha producido
una elevación promedio de 1,2 milímetros por año en la costa del área de
Trondheim, y de 4.8 milímetros por año en el límite de Suecia. En Bergen, el
aumento ha sido de alrededor de un metro desde 1150, y, en la isla de Karmøy,
en tomo a los dos metros desde el año 900.
En la era
del Pleistoceno fue cuando el hombre prehistórico pasó, de ser un homínido
parecido al mono, a la especie Homo sapiens. La dispersión del hombre
prehistórico hacia varias partes del mundo, particularmente al hemisferio
occidental, estuvo íntimamente ligada a las fluctuaciones glacioeustáticas del
nivel del mar en todo el mundo. En algunos momentos, cuando el nivel del mar
era más bajo de lo que lo es hoy, el estrecho de Bering estuvo seco, de modo
que el hombre de la Edad de Piedra pudo cruzarlo libremente desde Asia y
esparcirse hacia el sur, hasta el extremo de América del Sur, y, hacia el este,
hasta el océano Atlántico. La primera ola migratoria debió de producirse hace,
por lo menos. 15.500 años, puesto que objetos que tienen tal antigüedad se han
encontrado recientemente en el foso de alquitrán de La Brea, en Los Ángeles, el
más antiguo del hemisferio occidental descubierto hasta ahora. Sin embargo,
pocos habrán logrado cruzar el estrecho de Bering sobre una capa de hielo
flotante, como ocurre también, de vez en cuando, en la actualidad (en general,
por accidente). Ahora bien, las migraciones en gran escala debieron de ser casi
imposibles, ya que nunca han existido puentes de tierra firme entre Asia y
América del Norte. En cambio, puentes de tierra firme, como los mencionados,
facilitaron la entrada del hombre primitivo a las islas Británicas a través de
lo que es hoy el canal de la Mancha y el mar de Irlanda.
Ni la
elevación del nivel del mar debido a la fusión de los glaciares del mundo, ni
la elevación isostàtica de áreas que estuvieron en algún momento oprimidas por
el peso del hielo, parecen haber tenido un efecto apreciable en la historia
reciente. En Escandinavia, el levantamiento isostàtico relativamente rápido, y
el consiguiente desplazamiento de la orilla hacia el mar, ha separado de éste a
algunas poblaciones costeras, en los últimos miles de años (incluso sólo mil
años, en algunos casos). En las áreas en que ha habido un hundimiento local de
tierra, lo que ha provocado la elevación eustàtica del nivel del mar, las
ciudades, o parte de ellas, han quedado sumergidas, como lo han demostrado las
investigaciones arqueológicas realizadas fuera de las playas, en el
Mediterráneo. En la mayoría de los casos, esto no fue la causa de que se las
abandonara, sino que, simplemente, los pobladores debieron de retirarse a
tierras más elevadas, lo que constituyó un retroceso tan gradual que la
continuidad de la existencia de la comunidad nunca se interrumpió.
Figura 5. Esquema simplificado del ajuste isostático durante y después de la
glaciación.1. Prevalece el equilibrio isostático. 2. La corteza terrestre se
comprime lentamente bajo el peso de la capa continental de hielo. 3. Al
desaparecer el peso del hielo, la corteza se eleva lentamente.
Como
indica el levantamiento que todavía se produce, y que es medible, el equilibrio
aún no se ha restablecido.
El
acelerado avance y el retroceso de los glaciares, a escala completamente local,
ha influido muy poco en la historia humana, porque muy pocas personas han
vivido lo suficientemente cerca como para que les afectara el frente de hielos.
Las fluctuaciones de los frentes de los glaciares de las montañas y de los
lóbulos de las capas de hielo que aún quedaban, se han medido directamente, por
observación sistemática, en los últimos siglos, y las fluctuaciones que se
produjeron antes de que comenzaran las mediciones directas se determinan
valiéndose de varios tipos de evidencia geológica, por el método del Carbono-14
y, a veces, por testimonios arqueológicos o históricos. Sólo lugares como
Groenlandia, Islandia y Alaska tienen poblados que han sido afectados seriamente
por los movimientos de hielos. En el sudeste de Islandia, granjas asoladas
durante los avances momentáneos de hielo, de nuevo se hallan amenazadas.
En el
área de Yakutat, de Alaska, las tradiciones nativas que se refieren a avances y
retrocesos de hielos han sido corroboradas ampliamente por las observaciones
geológicas. Los geólogos han llegado a la conclusión que los lóbulos del
glaciar Malaspina llenaron, en otros tiempos, la bahía ley y la bahía Yakutat
y, entonces, comenzando alrededor del año 1400, retrocedieron a posiciones
cercanas, o por detrás de los límites actuales (Figura 6). Un segundo avance,
que culminó en algún momento entre 1700 y 1791, ocupó toda la bahía Icy y el
extremo superior de la bahía de Yakutat. El hielo comenzó a retroceder desde la
bahía de Yakutat en 1791, pero permaneció en la bahía ley hasta alrededor de
1904. Una tradición nativa, que se cree data del 1400, cuenta cómo la bahía ley
y la Yakutat estaban llenas hasta sus desembocaduras, mientras las gentes
vivían, o al menos cazaban, sobre la costa no helada del este y el oeste. (El
nombre Yakutat significa, en Eyak, «una laguna (o bahía] en formación», y hace
referencia a las aguas que aparecen gradualmente cuando el hielo retrocede.) Un
yacimiento arqueológico en la Knight Island (isla del Caballero), en la bahía
de Yakutat, y que se conoce como «Oíd Town» («Antigua Ciudad») indica que ésta
fue fundada, según la tradición, antes de que aparecieran los árboles en la
isla, lo que podría significar que la isla fue poblada poco después de que los
hielos permitieron que apareciera. Según otra tradición local, un pueblo en la
costa oeste de la bahía Icy, que fue poblada presuntamente después de que se
produjo este mismo retroceso, quedó sumergida después por un avance de hielos,
probablemente el que culminó en el siglo XVIII.
Estas
tradiciones son históricamente exactas en cuanto se refieren a acontecimientos
constatados. Pero, al tratar de explicar por qué ocurrieron tales hechos, las
tradiciones entran en el reino de la geomitología. La razón que se da para
explicar el retroceso, que comenzó alrededor del 1400, es que los indios Atna,
que emigraban del río Copper, arrojaron un perro muerto en una profunda grieta
cuando atravesaban la helada bahía Yukutat. El avance que sumergió el pueblo de
la bahía Icy se atribuye a que algunos jóvenes bromistas invitaron al hielo a
unirse a ellos en una fiesta (del mismo modo en que Don Juan invita a cenar a
la estatua del Comendador). El último retroceso de la bahía Icy se atribuye a
que un indio Tsimshian, que murió en la región, fue enterrado por sus amigos
cerca del frente de hielo, ya que deseaban preservar el cuerpo hasta que
pudiera ser transportado hasta su casa. Se sabe que este hecho ocurrió en algún
momento entre 1890 y 1903.
Figura 6. Mapa esquemático de la parte sudeste de Alaska. Las tradiciones
indígenas que se refieren a avances y retrocesos de hielos en las bahías ley y
Yakutat concuerdan con los hechos geológicos.
Otro
proceso geológico lento, pero perceptible, la sedimentación, ha cambiado la
historia de algunas comunidades. Muchas grandes ciudades que en la antigüedad
florecieron sobre las playas del Mediterráneo, sólo son hoy meros poblados
agrupados sobre las ruinas de su antiguo esplendor, o han sido completamente
abandonadas a la arqueología. Antiguos e importantes centros decayeron cuando
los puertos que eran su raison d'être fueron obstruidos por el cieno, o como
resultado de la tala de bosques que aceleró el proceso de erosión en el área de
drenaje. Los puertos que se hallaban en las desembocaduras de los ríos, o cerca
de ellas, siguieron el destino de éstos y, cuando su corriente se frenó antes
de entrar en el estuario o bahía, descargaron sus sedimentos. En otros casos,
la corriente perdió velocidad debido a que la pendiente se había suavizado,
formándose entonces un delta llano inundable. En cualquier caso, el puerto
quedó inutilizable.
Figura 7. Izmir (Esmirna) se ha salvado, al menos temporalmente y debido a
la desviación del rio Gediz, del destino de Mileto, Tarso y otras importantes
ciudades antiguas de la costa egea de Turquía. (Tomado de Snell. 1963.)
Los
fenicios fueron durante varias generaciones los grandes traficantes del mundo
mediterráneo. Su importancia se inició alrededor del 1200 a.C., pero disminuyó
cuando sus puertos, incluidos los de Sidón y Tiro, fueron obstruidos parcial o
totalmente por el cieno. L. J. Snell ha narrado cómo los sedimentos
constituyeron al menos una causa que contribuyó a la decadencia de Troya,
Mileto, Éfeso, Priene, Heraclea, Esmirna y Tarso. De todos estos enclaves sólo
Esmirna (la actual Izmir), en la parte superior del golfo de Izmir, es todavía
un puerto. También comenzó su decadencia a causa de los sedimentos del río
Gediz (el antiguo Hermos), pero éste ha sido postergado, al menos durante
algunas generaciones, por la desviación del río Gediz, que deposita su carga cerca
del borde norte del golfo (Figura 7).
Tarso, la
ciudad del apóstol Pablo, fue un puerto comunicado con el Mediterráneo por un
corto canal dragado. Tarso existe aún y no es, en realidad, desafortunada, pero
hoy es sólo una comunidad agrícola que está a doce kilómetros tierra adentro,
en un delta llano formado por tres ríos (Figura 8). Troya sufrió muchos
altibajos, y la pérdida de su puerto debió de contribuir a su total abandono.
Las ruinas de Troya se encuentran hoy separadas de la costa por cuatro
kilómetros de sedimentos depositados por el río Scamander (actual
Kanamenderes). Mileto, con una población que llegó a ser de doscientas mil
personas, era el principal puerto y centro comercial de la Confederación
Jónica. Estaba en un promontorio que se proyectaba sobre el golfo Bafa (Figura
9). El Buyuk Menderes, antes conocido como el Meander[11],
formó su delta a través del golfo; el promontorio de Mileto llegó a estar
rodeado por un «mar» de sedimentos; Priene, al norte, fue separado del mar, y
Heraclea, en la parte superior del golfo, se transformó en un lago rodeado de
tierra, a veintiocho kilómetros de la costa. En los comienzos de la
Cristiandad, Éfeso (véase Figura 9) compitió con Esmima y Pérgamo por el honor
de ser llamada la primera ciudad de Asia. Siguió el destino de Mileto cayendo
en el olvido cuando su estuario se llenó ele sedimentos del río Causter. (hoy
Kucuk Menderes) (véase Figura 9). La causa inmediata del abandono de Éfeso fue
la malaria, que se produjo debido al aumento de sedimentos que intensificaba
las condiciones pantanosas que determinaron que el área se hiciera cada vez
menos saludable.
Figura 8. Tarso, antes próxima al mar, se halla hoy, rodeada por los
sedimentos del llano del delta, alrededor de 11 kilómetros tierra adentro.
(Tomado de Snell, 1963.)
Figura 9. Mileto, Priene, Heraclea y Éfeso, antes ciudades portuarias,
fueron separadas del mar por los sedimentos depositados por sus respectivos
ríos. (Tomado de Snell, 1963.)
De todos
los cambios que se producen sobre la faz de la Tierra, los climático»—que son
cambios geológicos en un sentido más amplio qué los que hemos considerado hasta
ahora— son los que, indudablemente, más han condicionado el desarrollo del
hombre. En todo el mundo, es posible encontrar rastros de civilizaciones que
han desaparecido cuando el agua escaseó: pueblos abandonados, como Mesa Verde,
están esparcidos en todo el sudoeste, debido a la prolongada .sequía del siglo
XIV; o la civilización centrada en la ciudad de Harappa, del área del Rájput,
en India. La historia de Islandia ha estado firmemente unida al clima, gozando
de dos eras de prosperidad e independencia (870-1262 y 1918- ), coincidentes
con períodos de clima favorable, separados por períodos en que se perdió la
independencia bajo Noruega y, luego, Dinamarca, que coinciden con etapas de
adversas condiciones climatológicas. Finalmente, el drástico deterioró
climático del noroeste de Europa, alrededor del año 500 a.C. provocó el primer
impulso al movimiento hacia el sur de los pueblos teutónicos, los cuales, al
fin, ocasionaron la caída de Roma. Algunos estudiosos sostienen que estos
cambios climáticos fueron el fimbulveir (el largo y horrible invierno) de la
mitología escandinava.
* * * *
Es
difícil hallar geomitos que hayan sido motivados por los procesos geológicos
lentos (en términos humanos). Los fimbulveir podrían ser un ejemplo; las
tradiciones de los pueblos de Alaska mencionados antes, otra. Los hechos de
Alaska son comparativamente recientes. En realidad, puede haber gente que
recuerde todavía cuando la bahía ley se llenó de hielo. Por otra parte, tanto
en las ciudades mediterráneas que perdieron importancia cuando desaparecieron
sus puertos, como en los poblados escandinavos que quedaron alejados del mar
como consecuencia de un levantamiento isostático, los habitantes tuvieron
suficiente tiempo para ajustarse a las condiciones cambiantes y, en caso
necesario, trasladarse a otro lugar. Aunque no hubiera habido documentación
escrita, el tiempo transcurrido desde las fluctuaciones de hielo de Alaska ha
sido muy poco.
La mayor
parte de las grandes ciudades antiguas del Mediterráneo, hoy abandonadas, se
recuerdan principalmente por las crónicas históricas. De haber existido antes
de la historia escrita, ¿cuántas de ellas no habrían sido olvidadas por
completo? Troya, sin duda, se transformó en una leyenda, pero esto sucedió con
lo que fue la Troya de Homero, que era la sexta de nueve ciudades construidas
en el mismo sitio. La Troya greco-romana, cuyo final puede atribuirse, al menos
en parte, a la sedimentación, perduró hasta el siglo V. Sin embargo, la Troya
que se recuerda es la que se conmemora en la poesía de Homero, que terminó
violentamente en manos de los griegos, y, durante mucho tiempo, se la consideró
una ficción. La Troya más reciente, que tuvo una muerte más lenta, ya sea
debido a la acción del hombre o de la naturaleza, o a ambas, fue, durante
siglos, olvidada completamente. Del mismo modo, la críptica inscripción
referente a la desaparición de la antigua Mataram, en Java, a la que se ha
hecho referencia en el capítulo anterior, no da ningún indicio del lento
declive que tuvo la ciudad a consecuencia de la obstrucción con cieno del
puerto de Bergota, pero sí hace referencia al violento desastre final.
Por
tanto, este reducido número de ejemplos sirve para destacar que la influencia
de los procesos geológicos, graduales pero perceptibles, sobre la leyenda, es
ínfimo y que sólo los acontecimientos espectaculares engendran leyendas
evemerísticas. El hombre se adapta con tanta naturalidad a los cambios lentos,
pero seguros, que, en la mayor parte de los casos, los olvida por completo.
Capítulo
IV
Folklore sobre la forma de la tierra
Había
gigantes en la Tierra en esos tiempos.
Génesis 6:4
Este
capítulo reúne algunos ejemplos típicos de folklore asociados a características
del paisaje. En casi todos los casos, estos hechos se produjeron antes de la
aparición del hombre en la región y, por tanto, los geomitos son exclusivamente
etiológicos. En realidad, el título «Folklore sobre la forma de la Tierra» no
es tan amplio como debería ser porque se ha incluido aquí, no sólo el folklore
ligado a rasgos generales del paisaje, sino también el que se refiere a
depósitos minerales, e incluso el asociado a algunos minerales especiales.
Es
natural que la imaginación del hombre primitivo, al buscar una explicación a
características topográficas demasiado vastas para haber sido creadas por el
hombre común, las atribuyera a la obra de seres de tamaño y fuerza sobrehumana.
De ahí que en todo el mundo se encuentren leyendas que atribuyen las montañas,
las colinas, las grandes piedras, los lagos, las islas, y casi cualquier forma
terrestre, al esfuerzo de gigantes. Incluso, en algunos casos, tales
formaciones se consideraron los mismos gigantes convertidos en piedra. La
creencia popular en los gigantes fue a menudo reforzada, o quizás incluso
creada, por el hallazgo, en los depósitos glaciares, de inmensos huesos de
mastodontes, de mamuts o de otros grandes animales extinguidos.
La
tradición germánica es particularmente rica en historias sobre gigantes. Según
uno de estos mitos, los gigantes estropearon la primitiva lisura de la Tierra,
recién creada, al deambular pesadamente sobre su superficie, todavía suave. Por
otra parte, las mujeres de los gigantes lloraron al ver las huellas que, en su
torpeza, habían dejado sus maridos (los valles de los ríos), y sus lágrimas
formaron los cursos de agua. Este es un ejemplo tan bueno como cualquier otro
para ilustrar cuán alejado de la realidad de los hechos suele estar el folklore
etiológico. Los geólogos todavía debaten cuándo y cómo se formó la corteza
original de la Tierra, pero creo que todos estarán de acuerdo en que, en sus
orígenes, no fue ni lisa ni suave. Entonces, una vez que se formó la atmósfera
(por la acumulación de gases que salían del interior, como ocurre también en la
actualidad, a través de los volcanes), pudo comenzar el proceso de erosión y de
sedimentación. Las corrientes de agua no ocuparon simplemente los valles, sino que
los crearon. Las primeras lluvias que cayeron sobre la Tierra debieron de
escurrirse hacia los puntos bajos de la corteza terrestre, dando origen así a
los primeros cursos de agua de los valles. A lo largo de toda la historia
geológica, los valles de los ríos han nacido, se han desarrollado hasta
alcanzar la juventud, la madurez y la vejez, y o bien han rejuvenecido o
«desaparecido» cuando la tierra se ha elevado o hundido.
La raza
de gigantes germánicos se movía sólo en la oscuridad y la niebla: si los rayos
del Sol los tocaban, se convertían en piedra. La Riesengebirge («montañas
Gigantes»), una de las cadenas montañosas de los Sudetes, en el límite entre la
Silesia prusiana y Checoslovaquia, se decía que eran gigantes que no pudieron
guarecerse a tiempo y el Sol los petrificó. Para los geólogos, el Riesengebirge
se encuentra formado por bloques de montañas (esculpidas por la erosión debida
a un gran levantamiento de bloques terrestres, limitadas en uno o ambos lados
por líneas de falla cortadas en pendiente) compuestas de gneis y granitos.
Constituyen los puntos más altos y escarpados de las Mittelgebirge («montañas
Centrales»), por lo que su nombre y su leyenda debe de haberse inspirado
exclusivamente en su tamaño.
La
Siebengebirge son siete colinas que se hallan en el flanco derecho del Rin,
cerca de Bonn. Se dice que se contrató a siete gigantes para que cavaran un
canal (el Rin), y que, después de completar su tarea, desprendieron con fuerza
lo que había quedado adherido a sus palas, formándose así las siete colinas. En
realidad, el Siebengebirge tiene un origen volcánico formado, en la era
Terciaria. por una serie de cimas de traquita y tarugos de basalto. Una cima
volcánica es una prominencia, de pendiente muy pronunciada, de una lava viscosa
(es decir, un líquido espeso que no se escurre) que se abulta sobre y alrededor
de una abertura volcánica. Un tarugo volcánico es el relleno solidificado de la
abertura de un volcán extinguido. Una cima se forma alrededor del terreno
circundante y permanece más alta si, como por lo general sucede, el material
que la constituye es más resistente a la erosión que el que sirve de
obstrucción. El tarugo, siendo más resistente usualmente que el resto del
material que constituye la masa volcánica, permanece como una columna o un
peñasco escarpado después de que el volcán se haya desgastado.
* * * *
Una
tradición de la Frisia del Norte atribuye la blancura de los acantilados de
Dover (Ilustración 6) —que son blancos porque están constituidos por creta— a
que un barco de un gigante quedó casi atascado mientras trataba de pasar por el
canal de la Mancha, cuando venía desde el mar del Norte. La tripulación
enjabonó los lados, especialmente el de estribor, donde las rocas se elevaban
en profundos peñascos y, por este procedimiento, el barco pasó justamente a
través del estrecho. Ahora bien, tanto jabón fue arañado por los acantilados,
que, por esta causa, permanecieron blancos para siempre, y las olas que chocan
contra ellos son, generalmente, espumosas.
* * * *
Torghatten
es un promontorio con forma de sombrero en la isla Torget (Ilustración 7),
ubicada fuera de la costa oeste de Noruega, a unos 240 kilómetros al norte de
Trondheim. A una altura de unos 120 metros sobre su base la penetra un túnel
natural de 165 metros de longitud, unos 75 metros de altura y más de 16 de
ancho. Sería sorprendente si una forma única como ésta, no tuviera una leyenda.
Así es. Un gigante llamado Senjemand se enamoró de una hermosa giganta.
Juterna-jesta, que vivía a unos ciento treinta kilómetros de distancia, pero
ella lo rechazó burlándose de él. Furioso, el gigante le disparó una de sus
flechas, pero el enamorado de la giganta, Torge, alzó su sombrero y la desvió.
Senjemand huyó a caballo, pero, al amanecer, él y su corcel, junto con el
sombrero de Torge, se convirtieron en piedra. Torghatten es ese sombrero, el
túnel de la montaña es el orificio dejado por la flecha, un obelisco natural
que existe en las proximidades es la flecha, y la isla Hestmona, en el círculo
Ártico, es el jinete petrificado.
La
verdadera razón del orificio de Torghatten es la erosión producida a lo largo
de una fractura. Las fracturas son grietas o divisiones que interrumpen
bruscamente la continuidad física de una masa de roca. Se forman como resultado
de una carga y constituyen líneas débiles a lo largo de las cuales la erosión y
la acción del tiempo actúan con mayor rapidez que en la roca sólida contigua.
La roca granítica de que está compuesta Torghatten se halla atravesada por
varios sistemas de fracturas. Cuando la tierra estaba mucho más baja con
respecto al mar que en la actualidad (durante un período interglacial, y antes
que ocurriera un levantamiento isostático), las olas golpeaban contra la isla,
lanzando incesantemente una gran cantidad de piedras y arena contra ella.
Alrededor de toda la isla cortaron un desfiladero, formando la base de la
«copa» del sombrero, mientras las cuevas marinas, cada vez más profundas, se
desarrollaron a ambos extremos de una fractura débil y, finalmente,
configuraron un túnel.
* * * *
Se le
atribuye a un equino gigante la formación de Asbyrgi, una hermosa depresión al
nordeste de Islandia, de una extraña apariencia de herradura (Ilustración 8).
La depresión de Asbyrgi se supone que fue la huella de uno de los cascos de
Sleipnir, el corcel, de ocho piernas, de Odín, la contrapartida escandinava de
Zeus. Esta depresión es, en realidad, el lecho fosilizado de un salto de agua y
de un río, desgastado por el río Jökulsá-a-Fjöllum, que corría por allí (en los
tiempos glaciales y principios de los posglaciales) hasta que, de una forma
natural, fue desviándose hasta concretar su actual curso. Puesto que la
desviación se produjo después que los glaciares se hubieron retirado del área,
el cambio de su curso no puede ser atribuido a una interrupción del drenaje por
lenguas de hielo. El cambio se debió, posiblemente, a un flujo de agua de
deshielo producido, por una actividad volcánica subglacial bajo la parte norte
de la capa de hielo del Vatnajökull (veáse Figura 3).
* * * *
La Torre
del Diablo, o Mateo Tepee como la llaman los indios, es una formación
prominente, al nordeste de Wyoming, que se proyecta sobre el campo que la
rodea. Por supuesto, los indios tienen una explicación sobre su origen. Según
los Kiowas, siete niñas que estaban jugando, a cierta distancia de su pueblo,
fueron perseguidas por osos. Comprendiendo que no podrían alcanzar a tiempo la
seguridad de $u aldea, saltaron sobre una pequeña roca y rogaron a ésta que las
salvara. Inmediatamente, la roca comenzó a elevarse y, cuando su parte superior
llegó al cielo, las niñas se convirtieron en siete estrellas, que son las que
conocemos como las Pléyades, en la constelación de Tauro. Las características
muescas verticales que descienden hasta los flancos de la Torre son las marcas
dejadas por los osos cuando, en un vano intento de alcanzar a sus pretendidas
víctimas, clavaron sus garras en la roca.
La
leyenda Cheyene es un tanto distinta, pero también atribuye estos rasgos
peculiares de la Torre a las garras de un oso. Según los Cheyenes, la mujer del
mayor de siete hermanos fue raptada por un oso. Todos los hermanos corrieron a
rescatarla y, con la ayuda del hermano menor, que era un poderoso curandero,
liberaron a la esposa mientras el oso dormía. El oso despertó y, llamando a sus
seguidores, los persiguió. En el lugar donde está la Torre del Diablo, el
hermano menor cantó una melodía mágica, y una pequeña roca que llevaba consigo
se convirtió en la Torre, transportando al grupo fuera del alcance de los osos.
Los hermanos mataron a todos éstos, menos a su jefe, cuyos intentos de
atraparlos (Ilustración 9) produjeron las características estrías de la Torre.
Finalmente, el hermano menor consiguió matar al oso gigante y llamó a las
águilas, que los llevaron a todos hasta el suelo.
La
perfección geométrica del haz de columnas que constituyen la Torre del Diablo
sugiere un origen artificial, pero esas columnas se deben totalmente a la
acción de la naturaleza. Se trata de formaciones típicas en algunos tipos de
lava: cuando ésta se enfría, se contrae y se parte. Los cortes comienzan sobre
la superficie fría, del mismo modo que lo hace el lodo al secarse y contraerse
sobre una superficie plana también de lodo. Al contraerse, las roturas tienden
a demarcar áreas de seis lados porque el hexágono es la forma que contiene más
área dentro de un perímetro dado con respecto a cualquier otra, cuando las
formas son completamente contiguas (de no ser así, el círculo contiene el área
mayor dentro de una circunferencia dada). Cuando un lago de lava se enfría, los
cortes se extienden hacia abajo desde la superficie, constituyendo apretadas
columnas cuya forma regular será revelada posteriormente por la erosión. Sin
embargo, no todas las columnas de este tipo tienen su origen en lagos de lava.
Pueden configurarse con la misma facilidad en cuerpos tubulares de roca
introducidos entre los estratos, como el bien conocido acantilado (Palisade) a
través del río Hudson, desde la ciudad de Nueva York; en escolleras que cortan
de través el «grano» de la roca, o en ciertas clases de rocas volcánicas
llamadas «flujo de cenizas» («ash-flow-tuffs»). En todos los casos, las
columnas son perpendiculares a la superficie de enfriamiento, ya sea
horizontal, o vertical, o en ángulo. La Torre del Diablo, originada en la roca
que se llama fonolita (porque se «corta en rodajas» claramente cuando se la
golpea), ni es el cuello de un viejo volcán hoy desgastado, ni un pequeño
tarugo de material volcánico introducido en rocas más blandas que se han
desgastado. Un ejemplo aún más famoso lo encontramos en el Giant’s Causeway
(arrecife del Gigante), un promontorio situado en la costa norte del condado de
Antrim, en Irlanda del Norte. Las columnas de basalto miden entre cuarenta y
cincuenta centímetros de sección (Ilustración 10), y, a veces, llegan a tener
hasta seis metros de altura. La leyenda dice que, en algún tiempo pasado, se
extendían en todo el trayecto a Escocia, constituyendo una ruta sobre la que
transitaban los gigantes de la antigüedad.
* * * *
Las
montañas más espectaculares de la agreste y pintoresca Skye, son las Cuillins,
más grandes que las Hébridas Interiores de Escocia y que se elevan empinadas
desde el nivel del mar hasta más de novecientos noventa metros en su punto más
alto. En el mismo conjunto son visibles, desde algunos puntos, las más suaves
de Red Hills (montes Rojos), de contornos más redondeados y de un color marrón
rojizo. Aunque las Cuillins son más altas, raramente la nieve cubre más de unas
pocas horas sus laderas sombrías, mientras que en las Red Hills persiste
durante días. Las Cuillins deben su nombre a un gigante, pero la historia de
cómo sucedió esto es más complicada que una simple leyenda de causa-y-efecto
como las anteriores.
A
Cailleach Bhur, o Invierno (literalmente, la Bruja de la Colina), se le
atribuye la creación de Escocia tras haber dejado caer turba y roca en el mar.
Originalmente, el área entre las Red Hills y Loch Bracadale (bahía Bracadale)
en Skye (Figura 10) era un gran llano y Cailleach Bhur solía ir allí mientras
su ropa hervía en el remolino de Corryvreckan. Para secar la ropa, ella la
extendía sobre Storr, un pico de unos setecientos metros de altura, en la parte
norte de Skye. La Bruja tenía prisionera a una doncella que era amada por la
Primavera, la cual pidió al Sol que la ayudase a liberarla.
Figura 10. Mapa esquemático de las Hébridas Interiores, indicando los
lugares que se mencionan en la leyenda de los Cuillins.
El Sol
arrojó su terrible lanza a la Bruja cuando ésta paseaba un día por el páramo,
pero erró. Cuando la lanza dio contra el suelo, brotó una inmensa burbuja que
se hinchó hasta estallar. Soltó entonces una masa fundida que tanto atemorizó a
Cailleach Bhur que ésta huyó, escondiéndose para siempre. La brillante masa se
congeló y formó montañas que nunca pudieron ser conquistadas por la nieve.
Después, se les dio a tales montañas el nombre del gigante irlandés Cuchullin,
para conmemorar su batalla, en la que nadie resultó vencedor, con las diosas
guerreras locales.
A
Cailleach Bhur, o Invierno (literalmente, la Bruja de la Colina), se le
atribuye la creación de Escocia tras haber dejado caer turba y roca en el mar.
Originalmente, el área entre las Red Hills y Loch Bracadale (bahía Bracadale)
en Skye (Figura 10) era un gran llano y Cailleach Bhur solía ir allí mientras
su ropa hervía en el remolino de Corryvreckan. Para secar la ropa, ella la
extendía sobre Storr, un pico de unos setecientos metros de altura, en la parte
norte de Skye. La Bruja tenía prisionera a una doncella que era amada por la
Primavera, la cual pidió al Sol que la ayudase a liberarla. El Sol arrojó su
terrible lanza a la Bruja cuando ésta paseaba un día por el páramo, pero erró.
Cuando la lanza dio contra el suelo, brotó una inmensa burbuja que se hinchó
hasta estallar. Soltó entonces una masa fundida que tanto atemorizó a Cailleach
Bhur que ésta huyó, escondiéndose para siempre. La brillante masa se congeló y
formó montañas que nunca pudieron ser conquistadas por la nieve. Después, se
les dio a tales montañas el nombre del gigante irlandés Cuchullin, para
conmemorar su batalla, en la que nadie resultó vencedor, con las diosas
guerreras locales.
Las
Cuillins (Ilustración 11) están constituidas por gabro, un tipo de roca que
cristaliza de una materia fundida, pero muy por debajo de la superficie, y no
sobre ésta. En realidad, se trata de las raíces profundas de los volcanes que
estuvieron en actividad en la era Terciaria. Las Red Hills (Ilustración 12) son
de granito, otro tipo de roca ígnea profunda. Siendo de diferente composición
mineral, el gabro y el granito resisten la intemperie de forma desigual. La
nieve persiste más sobre las Red Hills, aunque su altura es menor, simplemente
porque sus laderas son menos escarpadas.
La idea
de una burbuja formando la superficie de la Tierra y soltando una masa roja y
caliente, sólo pudo ser concebida por algún antiguo habitante de Skye, ya que
las erupciones volcánicas han existido en las Hébridas desde hace millones de
años. Sin embargo, también pudo haber sido un testigo ocular de la formación de
una cima volcánica. La erupción del Tristan da Cunha incluye la conformación de
una cima de lava, y se ha visto formar otra, recientemente, en Japón. El 28 de
diciembre de 1943, una serie de intensos terremotos comenzó a sacudir las
costas del hermoso lago Toya, en Hokkaido, la isla del Japón situada más al
norte, y comenzó a formarse una inmensa burbuja que hinchó la tierra cerca del
volcán Usu. En seis meses había llegado a casi cincuenta metros sobre el nivel
normal del suelo y, el 23 de junio de 1944, estalló, lanzando cenizas
volcánicas. Continuó creciendo y lanzando cenizas después de pequeñas
explosiones. Por último, en noviembre de 1944, apareció una protuberancia de
lava roja y caliente, pero ya sólida, a través del bulto que aún crecía. Cuando
la cima, llamada Showa-Shinzan («la-nueva-montaña-del-reino-de-Showa»), alcanzó
una altura de unos trescientos metros sobre el nivel original del terreno, dejó
de crecer, lo que sucedió en septiembre de 1945, y, hoy, Showa-Shinzan sigue
lanzando vapor vigorosamente (Ilustración 13). Si el hecho se hubiera producido
hace mucho tiempo, y tan sólo se describiese en una leyenda local del pueblo de
Ainu, que habitaba Hokkaido antes de los japoneses, sin duda lo creeríamos muy
exagerado, o incluso fruto de la ficción.
* * * *
La
mitología clásica ofrece dos versiones sobre la aparición de los montes Atlas,
ambas relacionadas con gigantes. Uno de los Titanes que luchó junto a Cronos en
su guerra contra Zeus, era Atlas, un sobrino de Cronos. Cuando el victorioso
Zeus castigó a sus adversarios. Atlas fue condenado a soportar, por toda la
eternidad, los cielos sobre sus espaldas. La otra versión forma parte de la
historia de
Perseo.
Después de matar a la Gorgona. Perseo, mientras aún usaba las sandalias aladas
de Hermes, y llevando la cabeza de la Gorgona, voló por todas partes hasta que,
hacia la caída de la tarde, se encontró cerca del límite oeste de la Tierra.
Allí buscó refugio para pasar la noche con el rey Atlas, un hombre de gran
altura y, además, muy rico, pero fue rechazado porque Atlas temía que él le
robara sus preciadas manzanas de oro. Ante esta sin precedentes contravención
de las normas de hospitalidad. Perseo apartó la mirada y enseñó la cabeza de la
Gorgona. Atlas, entonces, quedó súbitamente petrificado. «Su barba y sus
cabellos se transformaron en bosques, sus brazos y hombros en peñascos, su
cabeza en una cúspide y sus huesos en rocas. Cada parte aumentó de tamaño hasta
que se convirtió en una montaña y (éste fue el deseo de los dioses) el cielo
con todas sus estrellas descansó sobre sus espaldas.» Así es cómo Bulfinch
describe la transformación. Ambas versiones reflejan el hecho geográfico de que
los montes Atlas, al límite oeste del mundo conocido por los antiguos griegos,
parecen sostener la bóveda celeste.
* * * *
No todas
las montañas se explican como obra de gigantes, o como gigantes transformados;
algunas son personificaciones, como en esta historia de nuestro Pacífico
Noroeste: los picos de la cordillera de las Cascadas (Cascades Range) fueron,
en otros tiempos, gentes. Pahto, a quien hoy llamamos monte Adams, y Wyeast,
que conocemos como monte Hood, lucharon por una joven. Pahto vivía al norte del
río Columbia y Wyeast al sur (Figura 11), pero en aquellos tiempos había un
puente sobre el río, y ellos lo atravesaban a menudo para reñir, una vez a un
lado del río, otras veces al otro. El Viejo Coyote llamó a los otros picos para
detener la disputa. Todos comenzaron a marchar hacia el norte para celebrar una
gran asamblea, pero antes de que pudieran llegar allí, Coyote hizo caer el
puente en un último esfuerzo para apartar a los antagonistas. Cuando la gente
de las montañas oyó que el puente se había derrumbado, se detuvo en el camino,
y aún están allí hoy: el monte Jefferson, las Tres Hermanas (Three Sisters) y todos
los demás. Black Butte se había sentado junto al camino para descansar,
mientras su marido, Green Ridge, yacía tendido junto a ella. El calor solar era
intenso, y el sudor de Black Butte formó dos cursos de agua que se unieron para
dar origen al río Metolius. Éste se eleva junto a los pies de Black Butte, un
extinto volcán de más de mil novecientos metros, y fluye después abruptamente
hacia el norte, en la parte inicial de su curso. Green Ridge, precisamente al
nordeste de Black Butte, es una sierra larga e inclinada de norte a sur y
paralela al Metolius, formada por basalto terciario de las formaciones del río
Columbia.
Figura 11. Mapa esquemático de Washington y de la parte norte de Oregon,
indicando la ubicación de lugares mencionados en varias de las leyendas
referentes a montañas, lagos y otras características geográficas del área.
El puente
sobre el río Columbia que se menciona en este geomito parece, a primera vista,
ser el recuerdo de algún hecho geológico real. Aunque las leyendas individuales
varían en los detalles, todas las tribus que viven a lo largo del río Columbia
están de acuerdo en afirmar que, en el pasado, fluía a través de un túnel, o
bajo un arco conocido como el Puente de los Dioses (Bridge of the Gods), que o
bien cayó al río durante un terremoto ocasionado por las peleas entre los
montes Hood y Adams, o fue destruido por las rocas que dichos volcanes se
lanzaban uno al otro. Algunas de esas rocas cayeron también al río, un poco más
al este, conformando las Dalles (véase Figura 11). Desde el punto de vista
estructural, un puente que se extienda sobre el río en este punto, es
imposible. Sin embargo, una enorme roca se deslizó desde las montañas, de las
cuales quedaron Table Mountain y Red Bluffs, y, en el pasado, bloqueó por
completo, en este punto, el río Columbia. Aguas arriba de esta barrera, se ven
árboles bajo seis a nueve metros de agua, extendiendo las ramas hasta, algunas
veces, muy cerca de la superficie y amenazando a las canoas y otras
embarcaciones. Las Cascadas del Columbia indican dónde el río se abrió camino a
través del material deslizante. En la actualidad, una moderna estructura de
acero, que también se llama Puente de los Dioses, cruza el río en ese lugar,
pero los rápidos han sido sumergidos bajo las aguas, cubiertos por la presa de
Bonneville. Las Dalles son islas de paredes verticales y que tienen plana la
parte superior. Canales fluviales del tipo Dalles son característicos de la
meseta basáltica del río Columbia. Están constituidos por ríos de gran volumen
y con mucha pendiente que fluyen sobre rocas con fracturas verticales, que
corroen arrancando en lugar de desgastar, con lo que, de este modo, forman
islas tan .inusuales que no es extraño que inciten a meditar sobre su origen.
No es
probable que los indios presenciaran realmente el desprendimiento de tierra
que, presumiblemente, configuró las Cascadas. Según la tradición india, el
Puente de los Dioses se supone que se desplomó «en los tiempos de nuestros
abuelos». Si se toma la palabra «abuelos» literalmente, se estima que el hecho
pudo producirse en algún momento entre 1750 y 1760[12]. Sin
embargo, por la evidencia geológica, los desprendimientos deben de haberse
producido hace unos mil años, en cuyo caso la expresión «nuestros abuelos» debe
ser considerada sólo metafóricamente, significando en realidad «nuestros
antepasados». Si los hechos hubiesen tenido lugar en una fecha más próxima,
como, por ejemplo, mediados del siglo XVIII, estoy segura de que la tradición
reflejaría los acontecimientos geológicos con más fidelidad que lo hace al
referirse a un mítico puente. Tal como se han dado las cosas, aparte de las
implicaciones que pueda conllevar el que los indios fueran testigos de algún
tipo de actividad de los montes Hood y Adams, el Puente de los Dioses, como la
explicación de las Dalles, parecen ser una pura invención etiológica.
El
folklore de los indios norteamericanos es rico no sólo en mitos sobre montañas,
sino también en los que explican la presencia de otros tipos de formaciones
terrestres, masas de agua, ríos y otras características del paisaje. En el
estado de Washington explican de esta forma Puget Sound y la cordillera de las
Cascadas (Cascades Range): cuando el mundo era muy joven, donde están las
Cascadas hoy, la tierra era llana. La lluvia no existía aún, sino que la
humedad necesaria para los árboles y las plantas provenía de la tierra.
Entonces, por alguna razón, dejó de llegar a la zona que hoy constituye el este
de Washington. Se envió una delegación al océano que estaba al oeste, para
rogarle que enviara agua. El Océano, como respuesta, envió a sus hijos Nubes y Lluvia,
y pronto la tierra se colmó de nuevo de frutos. Pero la gente era codiciosa y
no dejaron que Nubes y Lluvia se alejasen, sino que las retuvieron y cavaron
zanjas y pozos para almacenar más y más agua. El Océano comunicó a la gente que
podía contar con el agua cada vez que la necesitara, pero aun así, no
permitieron que Nubes y Lluvia regresasen a sus casas. Entonces, el Océano rogó
al Gran Espíritu que castigara a la gente. El Gran Espíritu se inclinó desde el
cielo y extrajo con una pala una gran cantidad de tierra y con ella formó las
Cascadas; el Océano inundó el hueco que había quedado en el lugar de donde se
había extraído la tierra, y así se produjo Puget Sound. La tierra que estaba al
este de las Cascadas se secó, porque el Océano envió muy poca humedad sobre las
montañas, de modo que toda el agua que quedó para la gente que estaba en la
ladera este de la cadena de montañas fue la que estaba en los pozos que cavaron
sus antepasados, de entre los cuales el mayor es el lago Chelan (véase Figura 11).
Sin
embargo, las Cascadas se produjeron a causa del vulcanismo, cuya actividad duró
a lo largo de las eras Terciaria y Cuaternaria y aún continúa. Seis de los
picos se hallan clasificados técnicamente como activos. Se trata de los montes
Baker, Rainier, Saint Helens, Shasta, Cinder Cone y el pico Lassen. (Un volcán
activo es uno del que se sabe que ha entrado en erupción en los tiempos
históricos. Las erupciones registradas de todos ellos, con excepción del pico
Lassen, han sido en verdad muy débiles, sin que merezcan este nombre.) La
glaciación de los picos más altos durante la Edad del Hielo ha contribuido a
moldear las peculiaridades esculturales de esta imponente cordillera, y el
monte Rainier contiene el sistema más grande de glaciares montañosos de Estados
Unidos, fuera de Alaska. Puget Sound constituye un amplio estuario[13], y el
lago Chelan ocupa el valle de un rio que fue canalizado por uno de los
glaciares del valle durante el período Pleistoceno. Al menos, los indios
parecen haber sido conscientes de la verdadera razón por la cual la tierra al
este de la cordillera es árida, ya que las Cascadas presentan una barrera sobre
la cual los vientos húmedos se han de elevar excesivamente, lo que origina que
se enfríen en las capas más altas de la atmósfera y que sus precipitaciones
caigan, en su mayor parte, sobre la laderas del lado oeste.
Un mito
muy distinto relacionado con el origen del lago Chelan comienza de un modo
similar: en otros tiempos no había ni lagos ni montañas en esta parte del país,
sólo una pradera, cubierta de hierba, con abundante caza. Pero llegó un
monstruo que se comió o ahuyentó a tantos animales que la gente empezó a
padecer hambre. El Gran Espíritu escuchó sus plegarias y mató al monstruo, pero
éste volvió a la vida dos veces más. Después de matar al monstruo por tercera
vez, el Gran Espíritu golpeó el suelo con su gran cuchillo de piedra. La
tierra, entonces, se estremeció, y una gran nube descendió y lo ocultó todo.
Cuando se disipó la nube, el paisaje había cambiado: donde había existido un
llano, apareció una cadena de altas montañas, y profundos desfiladeros indicaban
los lugares en que se habían removido rocas y lodo para construirlas. El Gran
Espíritu arrojó el cuerpo del monstruo en el desfiladero más largo y profundo y
lo llenó de agua, creando así el lago Chelan. Esta vez, el monstruo no volvió a
la vida, excepto su cola, que continúa agitándose en todos los sentidos y
produce unas olas tan grandes que los indios evitan navegar con sus canoas por
el lago Chelan. (Este lago tiene ochenta y ocho kilómetros de longitud, y no
alcanza a dos kilómetros y medio de ancho, razón por la cual es comprensible
que resulte traicionero para las canoas cuando el viento sopla con fuerza en
ciertas direcciones.)
El Cañón
del Diablo (Hell's Canyon), del río Snake, es uno de los más inaccesibles
desfiladeros de Estados Unidos. Se encuentra profundamente atrincherado en una
alta meseta y es, en algunos sitios, más hondo que el Gran Cañón del Colorado.
En su orilla de Idaho se elevan las montañas de los Siete Diablos (Seven Devils
Mountains) y, un poco más lejos, al oeste, se hallan las montañas Azules (Blue
Mountains) (Figura 12). Este mito relatado por Nez Percé trata de explicar
algunos de los rasgos geográficos de esta área: Hace mucho tiempo, las montañas
Azules se encontraban habitadas por siete hermanos gigantes que aterrorizaban a
los antiguos pobladores de la región. Cada año, dichos hermanos se trasladaban
al este buscando niños para comérselos. Coyote llamó a todos los animales
excavadores y les hizo cavar juntos siete agujeros muy profundos en el sendero
que habitualmente utilizaban los gigantes en su paso hacia el este, y llenó los
huecos con un líquido hirviente de color amarillo-rojizo. Cuando llegó el momento
de su saqueo anual, los gigantes marcharon con las cabezas altas, con la
confianza que les inspiraba su tamaño y fuerza superiores. Así, tropezaron y
cayeron en los siete hoyos y, por más que se debatieron, salpicando el líquido
en todas direcciones durante todo el día, no consiguieron salir. Entonces,
Coyote los transformó en siete montañas, poniéndolos de pie para recordar a la
gente que tal cosa les espera a quienes no se comportan correctamente. Golpeó
la tierra e hizo un corte largo y profundo, abierto a los pies de los nuevos
picos, para evitar que nadie de la familia de los gigantes se aventurara a
cruzar las montañas Azules. El líquido que se desparramó durante la lucha de
los gigantes por liberarse, se transformó en el cobre que se encuentra en las
minas de la región.
Figura 12. Geografía de la región del Cañón del Diablo y de las montañas
Azules (Hell’s Canyon-Blue Mountains). (De D. C. Livingstone. 1928)
Desde el
punto de vista geológico, las montañas de los Siete Diablos, que llegan a una
altura de más de dos mil setecientos metros sobre el nivel del mar, y muy por
encima de la meseta que los circunda, son la consecuencia del levantamiento de
un bloque con una falla que posteriormente se erosionó. Las montañas Azules
también son un elevado bloque de basalto que asciende en una serie de
escalones, con un centro de granito que, en las partes más altas, sobresale en
forma de protuberancias a través del basalto. La historia del drenaje del área
es complicada. El río Snake parece haber sido en su origen un tributario del
Grande Ronde River. Desgastó su cauce avanzando a lo largo de las líneas
debilitadas, siguiendo la dirección nordeste de las fallas y la tendencia de la
estructura general de las rocas más antiguas de la región y, a medida que se
abría camino en la meseta que se elevaba suavemente para formar el Cañón del
Diablo, captó una parte del drenaje de la montaña Wallowa y de las montañas del
lado de Idaho, hasta que, finalmente, evitó la mayor parte del desagüe del
Grande Ronde.
* * * *
Además de
los numerosos mitos y leyendas indias auténticas, asociadas a las formas del
paisaje, Norteamérica tiene un moderno tipo de folklore geográfico (o, como ha
sido denominado con más precisión por R. M. Dorson, «fakelore» o
pseudo-folklore) en lo referente a las historias sobre el gigante de los
bosques Paul Bunyan, héroe de la tala de los bosques, y a su compañero Babe, el
Blue Ox (Buey Azul). Entre las numerosas proezas de este equipo se encuentra,
por ejemplo, el haber cavado el curso del río San Lorenzo, porque sin este
límite, la gente no podía estar segura de si estaba en Estados Unidos o en
Canadá. Paul y Babe realizaron la extraordinaria tarea en sólo tres semanas,
utilizando una pala de cuchara grande como una casa. El lodo que excavaron lo
descargaron en Vermont, donde están los Green Mountains (montes Verdes). Como
el millón de dólares que le habían prometido por realizar el trabajo no
llegaba, Paul amenazó con llenar de nuevo la zanja y arrojó unas pocas paladas
de tierra, simplemente para demostrar que lo decía en serio. El dinero,
entonces, fue enviado inmediatamente, pero aquellas paladas de tierra formaron
las Thousand Islands (Mil Islas).
En cierta
ocasión, cuando Paul y Babe estaban en el noroeste, Babe se asustó por el
rugido de las Cataratas de Spokane (Spokane Falls) y huyó con el trineo de las
provisiones, arrastrando un anzuelo. Este anzuelo excavó el Columbia River
Gorge (Desfiladero del río Columbia) y, finalmente, se enganchó, atascándose,
en las montañas de las Cascadas (Cascade Mountains). Cuando Paul tiró para
soltar el anzuelo, el agua brotó del hueco que había dejado. Comenzó a disponer
algunas rocas para interrumpir la salida de agua, pero se detuvo porque el buey
azul estaba muy nervioso. El orificio quedó obstruido, conformando el Cráter
Lake (lago del Cráter). Una de las rocas arrojadas por Paul es la isla Wizard
(isla del Mago) en ese lago (Ilustración 14).
Para
enviar los troncos que él y los suyos habían derribado en el norte de
Minnesota. Paul cavó el cauce del río Mississippi hasta el golfo de México. La
tierra que lanzó por encima de su hombro derecho formó las montañas Rocosas
(Rocky Mountains), y la que arrojó por encima de su hombro izquierdo configuró
los Apalaches. Cuando concluyó su trabajo, arrojó a un lado la pala, la cual se
transformó en la península de Florida, y un mitón que dejó caer cuando
regresaba a su campamento del norte, se convirtió en la península de Michigan,
con dedo pulgar incluido.
Paul y
Babe son también los autores del Gran Cañón. Antes que ellos llegaran, el río
Colorado era conocido como Old Contrary (Viejo Contradictorio) debido a que en
algunos tramos tenía una milla de ancho (un kilómetro seiscientos metros) y un
pie (treinta centímetros) de profundidad, mientras que en otros puntos medía
una milla de profundidad y un pie de ancho. Babe, enganchado a un arado de una
cuchilla, y simplemente para nivelar las cosas, lo ensanchó en donde era hondo
y lo profundizó donde era ancho.
Casi
cualquier rasgo topográfico, importante o no, de América del Norte ha sido, o
puede ser, entretejido en las historias de Paul Bunyan. Las semejanzas con
otras leyendas en las que los gigantes crean curiosas formas terrestres son
obvias, pero hay una diferencia esencial entre Paul Bunyan y los gigantes de
las culturas primitivas: las hazañas de Paul. Babe y el resto de los suyos son
una creación puramente literaria y nadie, sino los más ingenuos, han creído
nunca que existieron. Estas historias entran en la categoría de cuentos
increíbles de Papá Noel.
Posiblemente,
en el mismo horizonte que las historias de Paul Bunyan, pero quizá verdadero
folklore, aunque algo sarcástico, está la historia de Montenegro, la parte
menos desarrollada de Yugoslavia. En general, se trata de una región difícil y
montañosa, la mayor parte de la cual es karst[14] (estéril).
De ahí que no puede sorprender que se diga que cuando Dios terminó de crear el
Cielo y la Tierra, reunió todos los fragmentos inservibles en un gran montón,
los cuales conformaron Montenegro.
Algunos
mitos sobre montañas se han inspirado en la semejanza con algunos objetos
familiares. Este es el caso de la cadena de montañas Takitimu (Takitimu Range),
en el sur de Nueva Zelanda, que los maoríes consideran el casco al revés de una
de las canoas originales de la flota que los trajo de la tierra legendaria de
«Hawáiki»[15],
convertido en piedra; su borde dentado representa la quilla rota. La cadena de
montañas Takitimu está formada principalmente por capas de varias clases de
rocas volcánicas que fueron lanzadas al fondo del mar en una geosinclinal (un
profundo canal hundido), junto con algunas rocas sedimentarias entre las
estratificaciones, del tipo llamado grauvaca, que proviene de estas rocas
volcánicas; más adelante, todas las formaciones geológicas se plegaron y
alzaron sobre el nivel del mar y, debido a las diferencias en la resistencia de
los distintos tipos de rocas, la erosión y el desgaste causado por los
elementos naturales originaron la forma actual, que es la que ha inspirado al
folklore. En Indonesia también hay un barco quilla arriba: el volcán Tangkuban
Prahu, que domina Bandung y cuyo contorno suave tiene la forma de la parte
inferior de una de las proas nativas. Su historia se relata en el capítulo
correspondiente a las leyendas sobre volcanes.
* * * *
Otro tipo
de leyendas sobre formas terrestres conformadas en la antigüedad y en sitios
completamente alejados entre sí, ilustran la riqueza y alcance de la
imaginación humana. Al pie del Ngatuku Hill, en la carretera de Rotorua-Taupo,
en Nueva Zelanda, se halla un bloque de riolita, de forma peculiar, ahuecado en
un lado como si hubiera sido hecho artificialmente. Hasta allí rodó desde su
afloramiento en la ladera de la colina. Se dice que un hombre llamado Hatupatu
se refugió allí cuando era perseguido por la bruja Kura-of- the-Claws (Kura. la
de las garras). Cuando pronunció las palabras «Matiti, matata», que en maorí
equivale a «Sésamo, ábrete», la roca se abrió para acogerlo y, luego, se cerró.
Pero Kura esperó y cuando él reapareció, la caza continuó, terminando cuando
Hatupatu saltó con éxito a través de un amplio estanque de lodo hirviente que
Kura no vio hasta que fue demasiado tarde. El hueco en la roca de Hatupatu, de
un aspecto tan poco natural, es simplemente una erosión que se encuentra muy a
menudo sobre la superficie de este tipo de bloques. Las ranuras que se dice son
las marcas dejadas por las garras de Kura cuando trataba de coger a Hatupatu
que huía (pero él pudo esquivarla detrás de la piedra), son erosiónales, debido
al desgaste irregular de los distintos tipos de rocas.
El bien
conocido mito maorí sobre el origen de Nueva Zelanda demuestra cómo un cuento
popular puede contener, por simple coincidencia, algunos elementos reales.
Mientras estaba pescando un día con su anzuelo mágico, el semi-dios Maui (que
también figura en muchas historias Hawáianas) enganchó la puerta de la casa de
Tonganui, hijo (o en algunas versiones, nieto) del dios del mar. Tirando con
fuerza del sedal, Maui arrastró no sólo la casa, sino también las suaves y
brillantes tierras que se hallaban bajo ella. Maui encaló su canoa y bajó a la
playa para hacer las paces con Tonganui, advirtiéndoles a sus hermanos que
permanecieran tranquilos detrás. Pero no bien hubo desaparecido de su vista, le
desobedecieron y corrieron de uno a otro lado cortando irregularmente la tierra
con sus cuchillos, exigiendo partes de ésta para ellos. Sin embargo, esta
tierra era en realidad el lomo de un pez gigantesco que había permanecido
durmiendo plácidamente. Al ser atacado se agitó violentamente y el suave lomo
se quebró en rugosas montañas y valles y en ásperas rocas y costas. El anzuelo
de Maui (Te Mahia a Maui) es el punto de la bahía Hawke que se conoce como la
península Mahia (véase Figura 2). No es posible evitar la tentación de creer
que la historia de Maui refleja el conocimiento del proceso activo de
construcción de las montañas que. en los tiempos geológicos recientes, han
elevado a Nueva Zelanda sobre el mar. Para un experto, hay suficiente evidencia
del levantamiento reciente, sobre todo la magnífica serie de terrazas elevadas
que se despliegan a lo largo de los ríos del sur de la isla que desaguan en el
Pacífico. No obstante, los maoríes llegaron a Nueva Zelanda hace sólo unos
ochocientos años, lo que no es suficiente como para haber percibido el lento
proceso de levantamiento. Además, trajeron a Maui con ellos cuando emigraron de
«Hawáiki», ya que muchos pueblos polinésicos poseen leyendas sobre él,
incluidas las que suponen que él pescó algunas islas desde las profundidades
del mar.
* * * *
Los
aborígenes de Australia tienen una gran cantidad de leyendas que se refieren al
origen de ríos y lagos, lo que no resulta sorprendente ya que el agua es algo
escasa y muy apreciada en la mayor parte de dicho continente. El río Murray, el
más importante, nace en los Alpes australianos y recorre unos mil novecientos
kilómetros hasta llegar a la bahía Encounter, después de atravesar el lago
Alexandrina, cerca de Adelaida. Según la leyenda, un terremoto produjo una
angosta grieta en la tierra por la que, cuando llovía, pasaba un pequeño curso
de agua. Después, en otro temblor, un enorme pez se abrió camino, desde algún
profundo lugar de la tierra, hasta la superficie. Pero, al ser demasiado grande
para ese pequeño curso de agua, su cabeza se atascó contra el suelo, de modo
que tuvo que abrirse paso hacia el mar, ensanchando el cauce, mientras
avanzaba, dando poderosos golpes con la cola. Junto con el pez, surgió de las
profundidades el agua, que llenó el valle tras él, formando el Murray. En el
lago Alexandrina, el Soberano de los Cielos cogió al gran pez, lo cortó en
pequeños trozos y los arrojó al río en el que se transformaron en las
diferentes clases de peces que viven hoy en sus aguas.
Figura 13. (a) Esquema de drenaje anormal en el área del lago Narran,
Australia. Todo el sistema de drenaje se anastomosa como se entrelazan los
canales de un curso individual (b).
El río
Murray (que jugó un importante papel en el desarrollo primitivo del sudeste de
Australia, en el que, junto con sus tributarios, fueron las arterias
principales de transporte y comercio, permitiendo la navegación de los buques a
vapor) corre por ásperos desfiladeros en sus tramos superiores, por colinas
onduladas después y emerge en un llano —o más bien, una meseta— plano y
monótono, cubierto por sedimentos depositados en el mar y en tierra adentro, en
la Era Terciaria. Cuando el área se elevó lentamente desde el mar, el curso
inferior del río quedó protegido por trincheras[16] en
la meseta. Desde el nivel del suelo no se puede saber que allí se halla el
valle hasta que uno se aproxima al borde del peñasco. Las paredes del valle son
casi verticales y tienen entre treinta y sesenta metros de altura; el fondo del
valle es plano y el curso de agua serpentea entre terrazas fluviales bajas.
Todo el valle produce la impresión de que la tierra ha sido desencajada, de
modo que si se juntaran las paredes la hendedura se cerraría. Sin embargo, no
ha ocurrido nada de esto, ya que el curso del agua ha cavado poco a poco la
trinchera. Se comprende así por qué los aborígenes imaginaron un monstruo
abriéndose paso en el valle del Murray, especialmente cuando se contempla desde
las alturas. El lago Alexandrina es una típica laguna[17] costera
en la desembocadura del río. El largo bajío de arena que lo separa del mar
obstruye el acceso de la navegación hacia éste.
El lago
Narran de Australia, cerca del límite de Queensland con Nueva Gales del Sur
(New South Wales), se explica de la siguiente forma: cuando las dos jóvenes
mujeres de Baiame, el Gran Espíritu, se bañaban en el manantial de Cowragil
(Cowragil Spring), los cocodrilos las cogieron y las transportaron por una
corriente subterránea que iba hasta el río Narran, haciendo desaparecer el agua
a su paso. Baiame los persiguió siguiendo un atajo a través de un recodo del
río en el que sus huellas están marcadas por las murrillas, colinas guijarrosas
que se extendían a lo largo del río. Al final de éste, los encontró, luchó con
ellos y los mató. Al agitarse en su mortal agonía, produjeron un gran agujero
que, rápidamente, el agua llenó y, desde entonces, en los tiempos de
crecientes, el Narran se ha desbordado en esa depresión.
En esta
parte de Australia, el esquema de drenaje es decididamente anormal (Figura 13).
Usualmente, los pequeños ríos se unen a los más grandes para configurar formas
arbóreas (Figura 14a). Aun en los casos en que existe un poderoso control
estructural, permitiendo que progrese la erosión, más rápidamente a lo largo
del afloramiento de lechos más débiles o de grietas, el resultado sigue siendo
de tipo arbóreo, si bien, en ese caso, la forma es análoga a la del árbol
forzado a adquirir una forma que, de crecer libremente, no hubiera tenido
(véase Figura 14b). El único caso en que un curso de agua se divide en ramas se
presenta cuando se llena hasta el tope con sus propios pesados sedimentos, como
ocurre en un delta (véase figura 38) o en llanuras formadas por detritus sobre
grava y arena (véase Figura 3), o un abanico fluvial[18], o entre
sus propios bancos cuando el agua está baja. Debido a que los canales
individuales, especialmente en este último caso, se dividen y se unen de nuevo
como hebras trenzadas, este tipo de forma se denomina curso entrelazado (véase
Figura 13b).
Figura 14. Formas de drenaje (a) dendrítico y (b) entrelazado. En el último,
el curso principal se ha desarrollado a lo largo de una serie de afloramientos
paralelos de rocas blandas, mientras que sus tributarios corren
perpendicularmente a ellos, bajando por las laderas de las colinas de rocas más
duras que se mantienen entre los principales valles. La estructura geológica
controla las formas de drenaje del mismo modo en que un horticultor vigila el
crecimiento de un árbol con espaldera. Sin dicho control, las formas de drenaje
se asemejan a las normales dendríticas de crecimiento de los árboles, como
indica la figura en (a). (De una ilustración de Principies of Geomorphology, de
W. D. Thornbury, reproducido con el consentimiento de John Wiley and Sons.)
En el
área del lago Narran, como en muchas otras partes del interior de Australia, la
topografía es excepcionalmente plana. Como consecuencia de ello, todo un
sistema de flujos se une, como lo hacen los canales de un río cuando se
entrelazan dentro de su lecho. En efecto, los «brazos» del sistema tributario
del río Darling en esta área constituyen, esencialmente, un inmenso río
entrelazado. En este territorio horizontal, el menor reordenamiento de
material, ya sea por pequeños levantamientos tectónicos[19] o
por la formación de dunas arenosas, es capaz de producir cambios sustanciales
en el curso de un río, o embalsarlo de modo que conforme un lago. El lago
Narran tiene un origen de este tipo. Las lluvias son tan escasas que nunca
llegan a producir desbordamientos y, por tanto, no tiene salida. Es innecesario
agregar que su tamaño y forma varían según la cantidad de agua que recibe y, en
este país criador de ovejas, la cantidad utilizada para el ganado. También
sirve como refugio de las aves silvestres.
El nombre
aborigen murrilla significa colinas o suelos cubiertos de guijarros o de
piedras. Las colinas de murríllas de nuestra historia están asociadas con
terrenos «fósiles», producidos en un tiempo en que el clima era menos árido,
con estaciones alternadas humedad y sequía. Bajo estas condiciones se formó una
tapa de silcrete (suelo consolidado por sílice) en las áreas en que debajo se
extendía piedra arcillosa cretácica y, por tanto, había estado a la intemperie,
originando colinas cubiertas de piedras.
Muchas
leyendas fueron originadas por obstáculos naturales. Así, entre ellas, las de
Escila (Scilla) y Caribdis de la mitología clásica. Odiseo encontró estos
peligrosos gemelos en su largo viaje de retorno a su hogar después de la Guerra
de Troya. Caribdis era un temible golfo en el que, tres veces al día, las aguas
eran aspiradas con un gran estruendo y, luego, descargadas, lo que provocaba
remolinos que sumergían cualquier barco que se acercara demasiado. Sin embargo,
los que lograban evitar a Caribdis, se encontraban demasiado cerca del peñasco
en que acechaba el monstruo Escila, de seis cabezas y devorador de hombres. Los
legendarios Escila y Caribdis eran, en realidad, los estrechos de Messina
(Figura 15), el angosto pasaje entre el dedo del pie de la bota de Italia y la
extremidad nordeste de Sicilia. La escarpada playa rocosa del lado del
continente, al norte de Reggio, que aún se llama Escila, y las peligrosas
corrientes en el estrecho del lado siciliano, deben de haber supuesto una
gravísima amenaza para las pequeñas embarcaciones de los antiguos. Las
desventuras de los que perdieron la vida al intentar navegar ese particular
tramo de agua, alimentaron con fundamento la leyenda.
* * * *
Figura 15. La «punta del pie» de la bota de Italia, y parte de Sicilia,
indicándose los lugares que se asocian a las leyendas mencionadas en éste y en
otros capítulos.
Otro mito
clásico con escenario también siciliano, se refiere a un famoso manantial, la
fuente de Aretusa, en Ortygia, la isla que constituye la parte más antigua de
la histórica ciudad griega de Siracusa. El manantial brota y conforma un
estanque, más o menos t circular, sobre un hueco rocoso; los patos nadan sobre
su superficie I o reposan para limpiar sus plumas junto a él, mientras los
papiros ^mueven sus graciosas hojas sobre las aguas. Se dice que es el único
sitio, fuera de Egipto, donde el papiro crece de forma natural. Los habitantes
de la antigua Siracusa, para quienes el estanque era sagrado, explicaban su
presencia del siguiente modo: mientras Aretusa, una hermosa y joven cazadora,
se bañaba un día en el río Alpheus, en el Peloponeso, el dios del río se
enamoró de su belleza y trató de abrazarla. Asustada, Aretusa huyó, perseguida
apasionadamente por el dios, que adoptó forma humana. Desesperada, ella llamó a
la diosa Artemisa, pidiéndole ayuda, e, inmediatamente, la diosa la disolvió,
transformándola en un estanque. Alpheus, por tanto, recobró su forma fluvial y
trató de unir sus aguas a las de ella. Aretusa se sumergió en la tierra y
corrió hacia el mar Jónico. Finalmente, emergió en Ortygia, pero Alpheus fluyó
detrás de sí, pasando por un túnel debajo del mar, y sus aguas, a pesar de
todo, surgieron y se mezclaron con las de ella. Esto también forma parte del
mito que afirma que las flores griegas surgen de vez en cuando de las
profundidades del estanque, y del que se dice que los objetos que se arrojan al
Alpheus, en Grecia, reaparecen en la fuente de Aretusa, en Sicilia.
Por
supuesto, nada en esta historia tiene el menor viso de realidad. El origen del
agua de los manantiales se encuentra en la lluvia que penetra por el suelo y se
cuela a través de las capas porosas hasta que las condiciones geológicas e
hidrológicas le permiten fluir a la superficie en un lugar determinado. No
obstante, la idea de una corriente subterránea puede provenir del hecho de que,
en su curso superior, el Alpheus desaparece bajo la tierra en un tramo que es
una zona de karst de piedra caliza. El mito de Aretusa constituye un ejemplo de
un concepto equivocado respecto de las aguas subterráneas. Cuando una
excavación encuentra agua, no es que haya penetrado hasta un río, o pozo
subterráneo, sino hasta un estrato de roca cuyos poros y grietas se hallan
saturadas del agua confinada allí porque las capas inferiores son impermeables.
El estrato permeable puede ser un depósito de poca profundidad, de arena o
grava no consolidada, o ser roca sólida más profunda. Sólo en las áreas de
karst es posible que existan corrientes o lagos subterráneos[20].
* * * *
Uno de
los monumentos sobresalientes de Copenhague es la fuente Gefion, que representa
a la diosa Gefion cuando con el arado separa del territorio sueco la isla de
Sjaelland (Seeland), lo que produjo el hueco que fue ocupado por el lago
Vänern. En realidad, hay un parecido superficial, tanto en tamaño como forma,
entre la isla más grande de Dinamarca y el lago más grande de Suecia (figura
16), pero esa semejanza era difícil de percibir en los días en que se originó
el mito, o sea, mucho antes de que existieran mapas de Escandinavia. La leyenda
se encuentra en el estudio del famoso historiador del siglo XIII, Snorri
Sturluson, de Islandia, quien, a su vez, cita un verso en el que el poeta Bragi
Boddason, que vivió en la primera mitad del siglo IX, lo menciona. En la
versión más antigua, el lago en cuestión es el Mälaren. La versión de Snorri
narra que el rey Gylfi, de Suecia, le ofreció a una viajera que lo había
entretenido toda la tierra que pudiera arar con cuatro bueyes durante un día y
una noche. Ignoraba que la mujer era Gefion disfrazada. Ella llevó, desde la
morada de los gigantes, cuatro bueyes, sus propios hijos habidos con otro
gigante. Los unció al arado y aró un surco tan profundo y ancho que una parte
de la tierra de Gylfi se separó. Gefion obligó a los bueyes a que la
arrastrasen al mar, donde la colocó, y la llamó «Sea Land», es decir, «Tierra
del mar» (Sjaelland, en danés). En el sitio de donde ella había tomado la
tierra se formó un lago «Lögr» (Mälaren), cuya cala corresponde al promontorio
de Sjaelland. El mito debe de haber sido transferido al lago Vänem
posteriormente a que hubiese mapas del área, en los cuales se constató el gran
parecido de Sjaelland con el lago Vänem.
Figura 16. Se supone que la semejanza de tamaño y forma entre la isla danesa
de Seeland (Sjaelland) y el lago Vänem de Suecia han inspirado el mito según el
cual la diosa Gefion aró Seeland, arrebatándolo así del suelo sueco y dejando
en su lugar la depresión del lago.
Existe
otro tipo de fenómenos naturales continuos que han sido la causa de geomitos.
Los fuegos que se producen de forma natural en la tierra, cerca del antiguo
puerto licio de Phaselis, debido a las filtraciones de gases, es posible que
hayan sido el origen de la quimera, es decir, del monstruo que vomitaba fuego,
a la que mató Belerofonte. En realidad, algunos afirman que Prometeo, que le
dio el fuego a los hombres, y Hefesto, que, en los mitos más antiguos, es la
deidad amable y amante de la paz que usaba el fuego en beneficio de los dioses
y los hombres, fueron personificaciones del poder del fuego ofrecido por la
misma naturaleza. Los mitos pudieron comenzar en Asia Menor, o en el Cáucaso,
siendo llevados más tarde a Grecia. En Lemnos, morada favorita de Hefesto y
consagrada a él, hay una colina, llamada Mosychlos, desde la que antes surgían
fuegos naturales, pero los hidrocarburos que alimentaban estas llamas se han
extinguido hace ya mucho tiempo.
* * * *
Puesto
que las grandes formas terrestres se consideran realizadas por gigantes, es
lógico que se atribuyan ciertos elementos naturales menores a la actividad de
pequeñas criaturas. Con respecto al posible origen de la idea de los gnomos de
la mitología escandinava, se ha hecho una interesante sugerencia. Se sabe que
los fenicios tuvieron minas de hierro, cobre, oro y estaño en puntos tan
alejados como Inglaterra, Noruega y Suecia. También supieron mantener el
secreto de la ubicación de sus minas. Aprovechando la credulidad de algunos de
los primitivos habitantes de esas áreas, ¿trataron de alentar deliberadamente
la creencia de que sus mineros eran una raza supernatural que vivía bajo
tierra? Si bien la idea de criaturas pequeñas está implícita en los gnomos de
la mitología escandinava, y suponiendo que el concepto wagneriano de ellos sea
el de los Nibelungos, ocupados en apilar tesoros de oro en las profundidades de
la tierra, no es fácil encontrar muchos ejemplos de este tipo.
Sin
embargo, el folklore, bajo muchas otras formas, desde los mitos hasta las
supersticiones corrientes, se halla estrechamente asociado con varios tipos de
minerales, o con concentraciones de minerales en ventajosos depósitos. Desde
los tiempos más remotos, las gemas y las piedras preciosas han sido apreciadas
por su hermosura y su rareza, y asimismo, se las ha considerado como amuletos
que protegían al que las llevaba contra varios tipos de infortunios, o que
también servían para acarrear desgracias a los enemigos de quien las poseía. Se
ha dicho que el uso de piedras preciosas como joyas proviene de su primitiva
utilización como amuletos o talismanes. Vestigios de esta creencia perduran en
la costumbre de usar la piedra preciosa considerada como símbolo del mes en que
uno ha nacido. Todas las gemas y piedras preciosas, y también algunas
semipreciosas, están rodeadas de abundante folklore y superstición. En algunos
casos, existe una relación evidente entre las propiedades supuestamente
sobrenaturales de una piedra y alguno de sus atributos individuales, como, por
ejemplo, la dureza del diamante. En otros casos, la razón para el atributo que
la superstición concede a una piedra es oscura, no habiendo ninguna relación
entre el poder que se le supone y las propiedades intrínsecas del mineral. El
folklore sobre gemas y minerales es tan extenso que aquí nos limitaremos a los
casos en que la leyenda o supersticiones que se asocian a la piedra son
inherentes a su naturaleza de mineral.
En
nuestros tiempos, el ópalo se asocia casi siempre a la idea de mala suerte,
como el número 13 o los gatos negros, pero no siempre fue así. Antes del siglo
XIX se atribuían muchas virtudes al ópalo, incluso la de proteger contra las
enfermedades. Una razón para la actual superstición puede ser su fragilidad. El
ópalo es sílice hidratado en una forma que se comporta bajo los rayos X como si
fuese amorfo, es decir, como si sus moléculas no estuvieran ordenadas en
ninguna estructura cristalina. El juego de los colores, que caracteriza a la
variedad de ópalo que es precioso, se debe a. la dispersión de la luz, pero la
causa exacta de tal dispersión no se ha conocido hasta hace muy poco tiempo. El
microscopio electrónico ha revelado que, después de todo, existe un orden en la
estructura del ópalo. Las partículas esféricas que tienen un tamaño menor que
un micrón (un micrón es la milésima parte de un milímetro) constituyen lo que
los cristalógrafos denominan orden cúbico centrado en el lado (Figura 17), y
esto difracta la luz.
Antes se
creía que las grietas microscópicas y ultramicroscópicas del ópalo, ocasionadas
por deformaciones producidas durante el proceso de secado del gel original de
sílice, refractaban la luz, creando así la interferencia de colores. Estas
deformaciones internas pueden ser fuente de infortunios... pero no para el que
los usa. A veces, los ópalos se astillan cuando se extraen del terreno, y esto,
sin duda, supone «mala suerte» para quienes esperan, al extraerlos, obtener un
beneficio. Se hacen añicos con mucha facilidad cuando se cortan y pulen, lo que
supone una «mala suerte» para el lapidario al que se le encargó el trabajo. Una
vez convertidos en gemas utilizables, los ópalos deben manipularse con cuidado,
ya que se astillan con facilidad si se los trata con dureza (pero esto ocurre
también con muchas otras piedras), y es factible que absorban humedad o aceites
por sus hendiduras. Los mejores ópalos pierden algo de su vida y color después
de un siglo más o menos, y los inferiores, en algunos años. Sin embargo,
tratándolo con cautela, un buen ópalo proporciona placer a su dueño durante
toda su vida y, después de todo, ¿no es esto una clase de buena suerte?
Figura 17. Estructura cúbica de cristal centrada en el lado. Una estructura
ultramicroscòpica rudimentaria de este tipo produce el juego de colores del
ópalo.
Las
piedras «mágicas» son maclas de estaurolita o piedra de la cruz. La
estaurolita, mineral de sílice, se desarrolla en ciertas rocas de pizarra
cuando se convierte en esquisto a causa de la acción del calor y la presión.
Tiene un atractivo color marrón-rojizo y posee un brillo algo vítreo, y con
frecuencia constituye formas cristalinas casi perfectas, qué se extraen con
facilidad de su roca madre. De vez en cuando, un transparente cristal de
estaurolita se corta para moldear una gema, pero la mayor parte de las
estaurolitas son opacas y, si no fuera por su característica forma, no
resultarían lo bastante atractivas como para aplicarse en joyas. Las maclas
constituyen dos o más cristales individuales que crecen de modo que algunos de
los planos (que reflejan las capas de los átomos) son paralelos, mientras que
otros presentan una dirección contraria. En el caso de la estaurolita (el
nombre viene del griego stauros, que significa cruz) las maclas son casi
perfectamente cruciformes, interpenetrándose los dos elementos en ángulos
perpendiculares o de sesenta grados, según en qué plano del cristal está el
plano gemelo (Ilustración 15). El que se produzcan formas perfectas de cruces
naturales en una roca se ha relacionado con la crucifixión. En Bretaña se creía
que las maclas de las estaurolitas habían caído del cielo, por lo que eran
apreciadas como amuletos. Buenos cristales de estaurolita se encuentran en el
condado de Patrick, en Virginia. La leyenda dice que hace mucho tiempo, un
grupo de hadas bailaba alrededor de un manantial local cuando llegó un
mensajero que portaba la noticia de la crucifixión. Las hadas lloraron al saber
los sufrimientos que había padecido Jesús, y sus lágrimas se cristalizaron en
forma de cruz. (Mucho me temo que, con su mezcla de hadas y elementos
cristianos, esta leyenda huela a pseudo-folklore.)
* * * *
Frecuentemente,
a lo largo de las costas de Hawái se encuentran grandes piedras de roca de lava
que contienen pequeños guijarros o granos de arena incrustados en las cavidades
redondeadas. A menudo se hallan tan firmemente aseguradas que resulta difícil imaginar
que se introdujesen después de que la lava se endureciera. Los Hawaianos las
llaman hanau o «piedras que aún no han nacido» y afirman que son pequeños que
nacerán de la piedra mayor (Ilustración 16). La verdadera explicación parece
bastante simple. La parte superior del flujo de lava contiene generalmente
cavidades (vesículas) que son burbujas de gas que no tuvieron tiempo de escapar
antes de que la roca se petrificara. Como las olas hacen rodar y pulverizan y
suavizan trozos de estas rocas, las cavidades se agrandan y también se alisan.
Las olas tormentosas apilan algunas de las piedras sobre la playa, donde son
golpeadas por los granos de arena, los guijarros y fragmentos mayores llevados
por el incesante oleaje. En algún momento, un grano de arena, o un guijarro del
tamaño apropiado, golpea contra la cavidad, en el ángulo exacto, con tal fuerza
que quede firmemente encajado y, voilá... un hanau. La acción de las olas que
arrastran arena va produciendo más erosión, lo cual puede aflojar el hanau en
su ámbito, tras lo cual, si no son arrastrados nuevamente por el agua, se
revolverán agrandando su agujero y formando diminutas cavidades. He visto
algunas de éstas de dos centímetros y medio de profundidad y que contenían
varios guijarros. Los hanau se encuentran también en los bloques de lava que se
emplean para construir diques o rompeolas.
* * * *
Sobre una
extensa área del sur de Australia, en el suelo, soportando los rigores de la
intemperie, se han encontrado miles de pequeños cuerpos cristalinos, negros y
de extrañas formas, que no se parecen a ningún objeto geológico «normal». Estas
piedras, llamadas australitas, raramente tienen más de una o dos pulgadas (de
dos y medio a cinco centímetros) y, a menudo, bastante menos. Sus formas
varían, siendo redondas las más comunes, vistas de frente, y con forma de
lente, vistas de costado. A veces tienen como una pestaña. Las hay ovales,
mientras que otras presentan la forma de las pesas de gimnasia, de lágrimas o
de botes o canoas (Ilustración 17). Los sagaces aborígenes han observado que
estas piedras son insólitas y las consideran, con supersticioso temor, objetos
mágicos y misteriosos. No es raro que especulen sobre el origen de las
australitas. Algunos creen que son ojos de emú, perdidos cuando los pájaros
buscaban comida, u «ojos que miran fijamente», pertenecientes a seres
ancestrales. Otros opinan que han sido producidos por los relámpagos, ya que,
en algunas ocasiones, se los ha encontrado en el suelo junto a las raíces de un
árbol que había sido derribado por un rayo. Otros, en cambio, suponen que han
caído del cielo. La explicación de los «ojos que miran fijamente», u ojos de
emú, basada exclusivamente en la semejanza física de las australitas con estos
ojos, tiene tanta base real como el caprichoso nombre de «botones de aborigen»
(«blackfellows buttons») que les dieron los primitivos colonizadores, en jocosa
referencia al hecho de que el atavío habitual de los aborígenes se reduce al
mínimo. La explicación del rayo no está mal como conjetura, porque éste puede
fundir la roca en el sitio donde cae, pero las resultantes «fulguritas»
(denominación que deriva del latín «piedra de rayo») tienen un cuerpo
irregular, en forma de tubo, que no se parece en nada a las australitas. La
última explicación, es decir, que caen del cielo, resulta que es correcta, pero
sólo por casualidad, ya que la caída de las australitas, aunque geológicamente
recientes, es anterior a la llegada del hombre a Australia.
Las
australitas son un tipo de tectitas (del griego tektos, fundido). Las tectitas
se hallan no sólo en Australia, sino en diversas zonas, muy distantes entre sí,
de la superficie de la tierra, y se las denomina según el lugar en que se
encuentren. Las indochinitas, de Indochina y Tailandia, son geológicamente
recientes y es posible que procedan de la misma caída; las tectitas, de la
Costa de Marfil, cuentan alrededor de un millón de años; las moldavitas, de
Checoslovaquia (cuyo nombre se debe al río Moldava), tienen entre 13,5 y 20
millones de años; y las bediasitas, de Texas (nombre que deben a las areniscas
de Bedias, con las que se las asocia), y algunas tectitas halladas en Georgia,
y que posiblemente pertenecen a la misma caída, cuentan unos 34 millones de
años.
Algunos
de los nombres que se les da a las tectitas en otras partes del mundo, aparte
de Australia, reflejan las ideas locales respecto de su origen. En la isla de
Hainan, en el mar de la China del Sur, se las conoce como «excremento de las
estrellas», «deyecciones del demonio» o «piedras de la Luna». Otros tipos de
tectitas indo- malasias se llaman «estiércol del trueno», «piedras del Sol»,
«bolas de la Luna» y «bolas del diablo». En todas partes se les han atribuido
poderes mágicos, por lo menos como talismanes de la buena suerte. Los
buscadores de oro australianos, como los nativos de la Costa de Marfil, siguen
manteniendo la superstición de que su presencia entre los guijarros indica la
existencia de un rico depósito de oro.
El origen
de las tectitas es, en la actualidad, objeto de grandes discusiones.
Decididamente, no son una clase de meteorito, como se creía antes, pero sí
parecen Haberse separado de algún cuerpo a causa del impacto de un meteorito o
un cometa. El problema estriba en saber si ese cuerpo era la Tierra o la Luna.
La ausencia del isótopo de aluminio-26 demuestra que no han estado en el
espacio lo suficiente como para venir de más lejos. También se estudia la
posibilidad de que las tectitas tengan un origen terrestre que podría residir
en la composición química e isotrópica (que se parece mucho a la de las rocas
típicas o suelos de la corteza terrestre) en el agrupamiento de las localidades
de las tectitas, ya que las moldavitas, por ejemplo, parecen tener una relación
con los impactos del cráter Ries, en Alemania, y, las de la Costa de Marfil,
con el meteoro del cráter de Bosumtwi, en Ghana. Sin embargo, el análisis
aerodinámico de la forma de las tectitas y las diferencias químicas y físicas
entre ellas y los cristales terrestres que se sabe con seguridad que se han
formado por el impacto de un meteorito, parecen indicar un origen
extraterritorial. La gravedad de la Luna es suficientemente baja como para que
el material lanzado por el impacto de un gran meteorito pueda escapar
fácilmente al espacio, entrar en una órbita de la Tierra y fundirse al penetrar
en la atmósfera terrestre. No obstante, la composición química de las muestras
de la Luna que trajeron los astronautas de la misión Apolo no ha alentado a los
que piensan que las tectitas tienen un origen lunar.
* * * *
A
diferencia de las tectitas, que, a pesar del interés que revisten desde el
punto de vista científico, no tienen un valor económico, excepto como
curiosidad o piezas de museo, los depósitos de minerales reúnen un gran interés
práctico. Sus orígenes han preocupado desde la antigüedad. La tribu de
Ngadjuri, del sur de Australia, describe, en un relato, cómo se formaron dos
depósitos de pigmentos minerales que ellos utilizan para pintarse cuando
practican sus ritos. Desde algún lugar del norte llegó una anciana con dos
perros salvajes, uno rojo y otro negro. La anciana era caníbal y los perros
mataban gente para ella y compartían el festín, de modo que los pobladores
abandonaban frecuentemente los terrenos en los que acampaban para así apartarse
de su camino. Sin embargo, cuando se supo que se aproximaba a uno de sus
campamentos más grandes, la gente decidió, en lugar de huir, matar al salvaje
trío. Dos hermanos fueron elegidos para realizar la tarea y, armados de sus
bumerangs, se dispusieron a hacerles frente. Uno de los jóvenes se escondió en
un árbol y llamó a los perros para atraer su atención. El perro rojo lo divisó
y se lanzó sobre el árbol, mientras el otro hermano salía de su escondrijo,
detrás de un arbusto, y arrojaba el bumerang con tal habilidad que cortó al
perro en dos. De nuevo, el joven que trepó al árbol llamó la atención del perro
negro, y éste corrió la misma suerte. Después, los hermanos mataron a la mujer
caníbal, y así concluyó aquella terrible amenaza. En el lugar en el que se
derramó la sangre del perro rojo se formó un depósito de ocre de este color, y,
donde se esparció la del perro negro, uno de ocre negro. (El ocre rojo es una
forma impura, en polvo, del mineral de óxido de hierro, hematita; el negro, es
una mezcla impura de óxido de manganeso y otros óxidos.)
* * * *
El
descubrimiento de oro o plata es, en sí mismo, un acontecimiento fascinante. En
nuestra memoria surgen historias que, frecuentemente, constituyen más bien
folklore que realidad, acerca de depósitos particulares. Se supone que el
descubrimiento de plata en Tonopah, en Nevada, en 1902, se debe a un mono del
que se dice que pateó un trozo del metal, llamando así la atención de su amo,
el buscador de yacimientos Jim Butler.
Cuando
los inicios de una empresa minera se pierden en las brumas del tiempo, las
circunstancias que motivaron su descubrimiento adquieren visos de leyenda. Tal
es la historia de Banská Stiavnica, una vieja ciudad minera de Eslovaquia, que,
según Tácito, producía oro y plata desde el siglo l a.C. (El oro y la plata
hace mucho que ya no existen, pero el depósito de Banská Stiavnica aún contiene
plomo, cinc y cobre.) De acuerdo con la leyenda, un hombre poseía dos
salamandras, una de las cuales tenía la habilidad de oler el oro, y la otra, la
plata. Lo único que el hombre tenía que hacer era soltarlas, seguirlas a donde
le condujeran y, si había oro o plata en el suelo, le indicaban dónde era
preciso cavar. Estas salamandras, por tanto, le señalaron el lugar en el que se
encontraba el mineral en Banská Stiavnica. La leyenda está tan firmemente unida
a este depósito que el emblema del lugar presenta dos salamandras, y las
procesiones festivas hasta allí están dirigidas por un hombre que lleva una
figura exageradamente grande de una salamandra. No se sabe si alguna salamandra
tuvo algo que ver con este descubrimiento... Cabe considerar que, quizás,
alguien vio desaparecer una salamandra por un orificio, o debajo de una roca
—lo que es completamente natural en el caso de una criatura que se sobresalta
tan fácilmente—, y, puesto que desde siempre se ha atribuido a las salamandras
un increíble poder mágico (incluida la habilidad de vivir en las llamas), se
habría sentido impulsado a investigar y... ¡Eureka!
* * * *
Retrocediendo
un poco más en el tiempo, llegamos hasta el Jasón de la mitología clásica, cuya
principal aventura, el apoderarse del Vellocino de Oro, presenta matices
geológicos. Jasón, hijo de un rey de Tesalia, fue con sus acompañantes los
Argonautas a capturar el Vellocino de Oro que se hallaba en un huerto sagrado
en el reino de Cólquide, en Fasis (mar Negro), donde lo custodiaba un dragón
que nunca dormía. Ayudado por la hechicera Medea, princesa de Cólquide, Jasón
realizó hechos prodigiosos y, finalmente, consiguió apoderarse del Vellocino de
Oro y escapar con él, llevando consigo, de regreso a Tesalia, a Medea. Una
antigua interpretación de este mito indica que la expedición de los Argonautas
era semi-pirata y que el Vellocino de Oro representa el botín que obtuvieron.
Una posibilidad más interesante, desde el punto de vista geológico, ha sido
expuesta por T. A. Rickard. En su opinión, Jasón es el antecesor espiritual de
los Forty-Niners[21] de
California, los Sourdoughs[22] del
Klondike y todos los buscadores de oro de todos los tiempos. Parece que existía
una tribu, llamada Tibareni, en la antigua Cólquide, que practicaba una técnica
de búsqueda consistente en lavar mediante una corriente de agua los yacimientos
que contenían oro, dejando correr el agua sobre pieles de oveja que retenían
las auríferas partículas. Después de sacudir las escamas gruesas y las pepitas,
colgaban los vellones en los árboles para que se secaran y, luego, los
golpeaban para extraer el polvo de oro más fino. Fue el rumor acerca de estos
«vellones de oro» lo que impulsó a Jasón a emprender su expedición a Cólquide.
En esta explicación, dice Rickard, también se encuentra implícito el moderno
método de flotación[23], según
el cual el aceite natural de los vellones coge y retiene las partículas
metálicas.
* * * *
El nombre
de un pequeño yacimiento minero, hoy desaparecido, en la Paradise Range
(cordillera del Paraíso) de Nevada, es Pactolus. Nunca se materializaron las
esperanzas de encontrar oro allí. El nombre se debe a alguien que sin duda,
recibió una educación clásica. El río Pactolus, en Lidia, Asia Menor, era una
fuente de aluvión aurífero en la antigüedad. La explicación geológica de cómo
llegó allí el oro es prosaica si la comparamos con el mito que inspiró el
nombre del yacimiento de Nevada. Los depósitos de oro se configuran cuando las
rocas que contienen venas del metal se desgastan y sus pesadas partículas,
debido a la acción de la corriente de agua, se concentran en el lecho de
terreno aluvial. Algunas veces, estos depósitos se rastrean corriente arriba,
hasta el punto desde el que provienen las rocas, pero, otras veces, el filón ha
sido erosionado por completo. Este debe de haber sido el caso del río Pactolus,
ya que uno de los mitos más pintorescos que se refieren a la presencia de oro
en el río, es el del fabuloso rey Midas, al que se le concedió el deseo de que
todo lo que tocara se convertiría en oro. Midas descubrió en seguida que el
«toque de oro» era una bendición a medias, por decirlo así, ya que todos los
alimentos y bebidas se convertían en oro en cuanto los acercaba a sus labios.
Rogó que se le liberara de este poder y se le concedió, pero debía ir a bañarse
al nacimiento del río Pactolus. Por tanto, su poder se transmitió al río, cuyas
arenas se transformaron en oro.
Hasta
aquí hemos considerado el folklore que ha sido o pudo haber sido inspirado por
algún hecho geológico. Antes de cerrar este capítulo, consideraremos un ejemplo
de «factlore» (folklore real) con una base mineralógica. Mucho antes de conocer
la brújula magnética, los vikingos —en Escandinavia apareció después, alrededor
del 1200— navegaban con gran precisión en las aguas abiertas del Atlántico
Norte, llegando incluso a Norteamérica. ¿Cómo podían mantener el rumbo en los
días nublados, que debieron de ser frecuentes en ciertas épocas del año? Según
las tradiciones, utilizaban una piedra extraordinaria llamada solarsteinn, o
piedra del Sol, con la cual podían saber cuál era la dirección del Sol aunque
el cielo estuviera completamente nublado. Aunque resulte evidente que debieron
de contar con algún tipo de ayuda para navegar, la idea de que tuvieran una
piedra que les guiara fue descartada durante mucho tiempo, considerándola tan
sólo folklore.
* * * *
Hace
poco, el Dr. Thorkild Ramskou sugirió, no sólo que la piedra del Sol era una
realidad, sino que también su principio básico es el mismo que se utiliza en el
de la moderna brújula crepuscular (twilight compass). Este instrumento,
inventado en 1948 por la Marina de Estados Unidos, se utiliza por los pilotos
que vuelan siguiendo la ruta del Polo Norte. (La brújula magnética, por
supuesto, se torna inestable al acercarse al polo magnético de la Tierra.) Al
amanecer, o al ocaso, cuando el Sol declina en el cielo, sus rayos inciden
horizontalmente sobre la parte superior de la atmósfera y se reflejan hacia el
suelo. La luz reflejada se polariza siempre, es decir, los rayos luminosos
vibran en un mismo plano, y no en todas las direcciones alrededor del paso de
propagación. Como todos aquellos que han jugado alguna vez con dos trozos de
película Polaroid saben, cuando un haz de luz polarizado se mira a través de
otro polarizador, la cantidad de luz que pasa por el segundo varía según su
orientación respecto del primero; cuando ambos planos de vibración de la luz
coinciden, la luz que pasa por el primer polarizador también atravesará, sin
obstáculos, el segundo; cuando los planos son perpendiculares, ninguna luz
puede pasar por el segundo (figura 18). Por tanto, si había un claro en la
cubierta de nubes que permitiera ver un fragmento de cielo, los vikingos podían
determinar dónde se encontraban el este y el oeste si poseían algún tipo de
piedra que fuera sensible a la dirección de la luz polarizada reflejada por el
cielo (Figura 19). Por supuesto, las sagas exageran cuando afirman que la
piedra del Sol funcionaba en base al principio descrito incluso cuando el cielo
se encontraba completamente encapotado.
Figura 18. Polarización de la luz. Izquierda: luz no polarizada (a),
vibrando en todas direcciones alrededor de la dirección de propagación, pasa a
través de una sustancia polarizante (b). Sólo los rayos (c) que vibran en el
mismo plano que el polarizador, se transmiten y no son obstaculizados por un
segundo polarizador (d) cuyo plano de polarización es paralelo al de (b).
Derecha: el rayo polarizado (c) que sale de (b) es totalmente detenido por un
segundo polarizador (d) perpendicular al primero. Para posiciones intermedias
de (d) se transmitirá más o menos luz, según su posición con respecto a (b). La
luz también se polariza cuando es reflejada.
¿Qué
mineral pudieron utilizar los escandinavos de hace mil años como piedra del
Sol? El primero en que pensamos es el espato islandés, porque se trata del
mineral que polariza la luz con más eficiencia debido a su extremadamente alta
doble refracción (birrefringencia). Es una variedad de calcita muy clara, usada
en el microscopio petrográfico (polarizante) y otros instrumentos ópticos. Pero
los cristales deben ser cortados en un ángulo matemático exacto y preparados de
un modo muy especial para que puedan reflejar uno de los dos rayos refractados
y transmitir sólo el otro, polarizado en un mismo plano. Sin duda, los vikingos
no tenían los sofisticados conocimientos necesarios como para descubrir cómo
lograr este tipo de polarizador con el espato de Islandia.
Figura 19. El principio en que se basa la piedra del Sol de los Vikingos.
(De Ramskou, 1967.)
Ramskou,
por tanto, cree que empleaban cristales de cordierita (dicroíta) o andalucita,
los cuales es posible encontrar en las playas de grava a lo largo de las costas
de Noruega, donde han estado a la intemperie después de desprenderse de las
rocas metamórficas en las que se originaron. Ninguno de estos minerales es tan
birrefringente como la calcita, mas poseen, y en alto grado, otro efecto, el
conocido como pleocroísmo. Debido a su estructura cristalina, absorben mayor
cantidad de luz en unas direcciones que en otras. Cuando se los ve contra la
luz polarizada, y se los hace rotar, muestran un rotundo cambio de color.
Cuanto más grueso es el cristal, más notable es el cambio. (Los minerales
incoloros, como es lógico, no pueden ser pleocroicos.) Ramskou cree que los
vikingos pudieron observar y utilizar el pleocroísmo de la cordierita o de la
andalucita para determinar la dirección de la fuente de la luz polarizada.
Aunque
cabe que los vikingos encontrasen cristales de cordierita o andalucita de gran
calidad (transparencia), los minerálogos no están de acuerdo con esta
explicación porque los cristales suficientemente grandes como para ser
efectivos como piedras del Sol, son desconocidos en Escandinavia. Y, si bien es
cierto que un trozo de calcita incolora, con un perfecto clivaje, no
evidenciará un cambio en la cantidad de luz polarizada transmitida en distintas
direcciones (puesto que los dos rayos refractados a través de él se polarizarán
perpendicularmente entre sí. y cuanto más se recorte uno de ellos más se alarga
el otro, permitiendo así que la misma cantidad total de luz pase a través del
cristal en cualquier dirección), hay un modo en el que la calcita puede haber
servido como piedra del Sol. Se ha demostrado, en el Mineralogical Museum
(Museo Mineralógico) de Copenhague, que si la luz polarizada atraviesa un
fragmento de calcita clara por un enrejado fino, se produce un notable cambio
en la cantidad de luz transmitida en distintas direcciones. La demostración del
citado museo utilizaba como enrejado un trozo de papel con dos ranuras que
formaban un ángulo de noventa grados, pero este mismo efecto se obtiene con una
calcita en la que una de sus caras sea un cristal grabado naturalmente, y no
una cara con un brillante clivaje. Es completamente factible que esta pieza,
alguna vez, cayera en manos de un vikingo que, de una forma accidental,
descubriese sus singulares propiedades. Trozos adecuados de calcita pueden no
ser comunes —la leyenda menciona que eran costosos—, pero serían mucho más
fáciles de encontrar que grandes gemas de cristales de gran calidad de
cordierita o andalucita. Las sagas narran asimismo cómo un ladrón arrojó una
vez una piedra del Sol creyendo que se trataba de un fragmento de cuarzo. Si la
piedra del Sol era un mineral coloreado, parece muy improbable que un ladrón la
hubiese desestimado aunque la confundiera con cuarzo, ya que las variedades de
cuarzo de colores claros son piedras semipreciosas por derecho propio. Sin
embargo, un observador inexperto puede fácilmente confundir la calcita incolora
con cuarzo incoloro común, de modo que este hecho agrega una credibilidad
adicional a la idea de que la piedra del Sol era el espato de Islandia.
Capítulo
V
Folklore sobre los terremotos
...algunos
dicen que la Tierra se hallaba febril y se estremecía.
MACBETH
El
conocimiento popular sobre los terremotos parece ser exclusivamente etiológico.
Sólo he encontrado dos ejemplos de leyendas evemerísticas que puedan atribuirse
específicamente a los movimientos sísmicos: uno referente al de Nueva Madrid,
de 1811, que se relata en este capítulo, mientras que el otro es parte de la
tradición de los indios araucanos acerca de inundaciones y se halla en el
capítulo sobre el Diluvio. Incluso en aquellas zonas que no son particularmente
sísmicas, los habitantes han intentado explicar porqué, de vez en cuando,
tiembla el suelo. En su libro Causes of Catastrophe (Causas de catástrofe), L.
Don Leet ha recogido más de veinte explicaciones de este tipo, de todo el
mundo. La mayoría de las que se transcriben más adelante proceden de esta
fuente, a menos que se acrediten específicamente como provenientes de otras.
Las ideas más generales suponen que existe una criatura o divinidad que reside
sobre o debajo de la tierra, y si no fuera por el hecho de que las ideas
geológicas falsas están extraordinariamente bien representadas en lo que se
refiere al fenómeno de los terremotos, este capítulo estaría compuesto, en su
mayor parte, por variaciones sobre un mismo tema.
Muy a
menudo se ha considerado que el ser responsable de los terremotos era al mismo
tiempo el que estaba encargado de sostener a la Tierra. Los indios algonquinos
representan a la Tierra transportada sobre una tortuga gigante. En las islas
Célebes creen que un inmenso cerdo ocasiona los temblores que produce cuando se
rasca contra una gigantesca palmera. En las Molucas y en Sumatra, el animal que
sostiene la Tierra es una serpiente, y, en Persia, un cangrejo. En lugares tan
separados entre sí como Bali, Bulgaria. Borneo. Malaya y Constantinopla, de
entre todas las bestias, se eligió al búfalo. Los Lamas de Mongolia creían que
la Tierra descansaba sobre la espalda de una inmensa rana, y que los terremotos
se producían sobre cualquier parte de su cuerpo que se sacudiera. En la
mitología de Brahmán, de la India, las siete serpientes que custodian las siete
partes inferiores del cielo se turnan para sostener a la Tierra; los temblores
se producen cuando cambian los turnos. En otras mitologías de la India son ocho
elefantes los que sostienen la Tierra, que se estremece cuando uno de ellos se
fastidia y sacude la cabeza. Según los indios del sur de California, siete
gigantes sostenían la Tierra.
Los
tlascaltans, de México, creen que el globo terráqueo descansa sobre las
espaldas de ciertas criaturas divinas, las cuales ocasionan los terremotos al
cambiarla de uno a otro hombro. Hace mucho tiempo, en Letonia, se suponía que
un dios llamado Drebkhuls llevaba la Tierra consigo y que ésta vibraba cuando
él caminaba. Los habitantes de Nias, una de las islas de Indonesia, creen que
la Tierra está sostenida por un demonio, Ba Ouvando, que la sacude cuando se
enfada porque no se ofrecen los apropiados sacrificios en su honor. En la
religión maniquea se dice que la Tierra se halla sostenida por el gigante
Homophore y que los movimientos sísmicos se producen cuando él lucha con otro
gigante. En Colombia, el dios Chibchacum fue condenado a transportar la Tierra
sobre sus espaldas como castigo por haber inundado, en una travesura, el valle
de Bogotá. Antes de que esto ocurriera, el planeta descansaba sobre una sólida
base formada por tres vigas.
En la
parte del África occidental que se conocía como Senegambia, los aborígenes
percibieron que los terremotos siempre parecían provenir del oeste y los
explicaban del siguiente modo: después de su creación, la Tierra fue colocada
sobre la cabeza de un gigante. Todas las cosas que crecen en el suelo, son sus
cabellos, y las criaturas que se mueven sobre ella son los parásitos que se
arrastran en esos cabellos. Dicho gigante se sienta y mira hacia el este, pero
de vez en cuando vuelve tranquilamente su rostro hacia el oeste, y entonces, al
girar la cabeza a su anterior posición, lo hace tan torpemente que vibran las
cosas que están en la parte superior de su cabeza. (El continente africano es.
en general, sísmicamente estable. Incluso en los agrietados valles del este, y
en el mar Rojo, la actividad sísmica es moderada si se la compara a la de otras
zonas activas. No obstante, como la mayoría de las masas estables. África se
encuentra bordeada por disyunciones que son sísmicamente activas. De ahí que en
el África Occidental las sacudidas provengan del oeste.)
Otra
imaginativa explicación africana de los terremotos se encuentra en la creencia
de la tribu de Wanyamwasi, en la que se dice que un lado del disco de la Tierra
descansa sobre una montaña, mientras que el otro lado está sostenido por un
gigante, cuya mujer, a su vez, sostiene al cielo. Si el gigante abraza a su
mujer, la Tierra tiembla[24].
* * * *
Una
cristiana leyenda rumana imagina un apoyo inanimado y precario para la Tierra,
es decir, que se asienta sobre tres pilares: Fe, Esperanza y Caridad. Si uno de
ellos no se muestra eficaz, el pilar correspondiente se contrae y la Tierra
oscila, perdiendo el equilibrio hasta que Dios lo restablece. (Un defecto de
esta leyenda es que la Tierra puede carecer de las tres virtudes y, sin
embargo, no por ello estar a punto de sufrir algún terremoto...)
La
mayoría de este tipo de leyendas no muestran la menor preocupación por explicar
qué es lo que sostiene a la Tierra, aunque algunas de ellas la describen como
una criatura acuática nadando en una especie de océano universal. La tribu
Masawahili, del este de África, ha imaginado un complejo ejercicio circense en
el que un gigantesco pez lleva en su espalda una piedra, sobre la que hay una
vaca que hace balancear la Tierra en uno de sus cuernos. En este caso, un
terremoto se produce cuando la vaca, para aliviar su dolorido cuello, cambia de
un cuerno a otro el peso que soporta.
El
folklore más elaborado sobre terremotos se da, sin duda, en el altamente
sísmico Japón. La superstición más corriente atribuye los movimientos de tierra
al serpenteo de un barbo gigante (namazu) que se encuentra en el subsuelo y
cuya cabeza se sitúa en la provincia de Hitachi. El dios Kashima controla todo
lo posible los movimientos del pez, al que mantiene por medio del kaname-ishi o
«piedra-pivote» (Ilustración 18). No se sabe con exactitud cuándo se originó la
leyenda de namazu, pero, según C. Ouwehand, es probable que este origen se
encontrase en la idea de una serpiente-dragón que rodea a Japón, representando
(como también sucede en otras culturas primitivas) el mar primario que
circundaba y sostenía la Tierra. Los conceptos de este ser que parece una
serpiente (casi insecto, o como una araña en algunas representaciones), el pez
o ballena gigantes, y, finalmente, el barbo, son mutuamente intercambiables y
conservan la misma idea básica. Más tarde, en las últimas décadas del siglo
XVII, la asociación del dios Kashima y la piedra pivote con los terremotos
namazu aparecen en representaciones pictóricas que posteriormente se
transformarían en las formas corrientes después de una serie de grabados que
surgieron a partir del terremoto del Edo[25] en
1855, la «era Ansei de los desastrosos terremotos». El citado seísmo no fue el
más serio de esta era, pero, como dice Ouwehand. «parece, sin embargo, que
después del inicio de la era Ansei —tan turbulenta desde muchos puntos de
vista, incluso el político—, con desastres naturales y hambres en varias partes
del Japón, fue el acontecimiento que, sin duda, estimuló con mayor intensidad
la imaginación.» La aparición de los grabados namazu fue una reacción ante la
catástrofe. Además de representar el acontecimiento y varias versiones del mito
namazu, los dibujos y los textos de tales grabados, típicamente folklóricos,
satirizan acerca de ciertas condiciones sociales. El cómo se producen los
terremotos se explica por la ausencia del dios Kashima que el namazu aprovecha;
el porqué se originan se describe como un castigo motivado por los abusos
sociales... ¡y también como una consecuencia de las visitas de la escuadra del
comodoro Perry en 1853 y 1854! La sátira expresada en los grabados tiene como
finalidad «hacer la vida más llevadera para las masas cuya existencia, aun
antes de los terremotos, ya estaba lejos de ser envidiable». Los grabados se
compraban también como amuletos contra futuros terremotos.
* * * *
En
algunas leyendas, las sacudidas de los movimientos sísmicos se atribuyen a
seres que, en lugar de sostenerlo, están dentro del globo terráqueo. En una
región de la India se cree que existe un gigantesco topo cuyas excavaciones
sacuden la tierra que está sobre él. Los Kukis de Assam creen todavía que hay
una especie, que vive dentro del planeta, que sacude el suelo para averiguar si
aún vive alguien en la superficie. Cuando los Kukis perciben un temblor, gritan
«¡Estamos vivos, vivos!» para asegurarles que hay alguien. Los Karens de Burma
culpan de los terremotos a las actividades de un dios Shie-Ou que se encuentra
prisionero en la tierra por el dios sol Ta-Ywa. Los Tongans los atribuyen a un
dios que descansa sobre un volcán que forma la isla de Tofua y que se mueve o
cambia de postura mientras duerme. La antigua mitología escandinava también
atribuye los terremotos a un demonio en la Tierra: por sus fechorías, Loki, el
demonio o semidiós de la maldad y la perversidad, ha sido encarcelado por los
dioses en una cueva, encadenado de tal modo que se encuentra echado sobre su
espalda y apoyado sobre tres agudas piedras; sobre su cabeza cuelga una
serpiente venenosa que constantemente deja caer veneno sobre su rostro. La fiel
mujer de Loki, Sigyn, está junto a él recogiendo el veneno en un cazo, pero, de
vez en cuando, ella se aparta de Loki para vaciar el cazo y entonces el veneno
cae sobre la cara del demonio, momento en que éste experimenta un violento
sobresalto que sacude toda la Tierra.
Otro tipo
de leyenda achaca los terremotos a las fuertes pisadas de algún gigante o
deidad. Por ejemplo, la tribu Basoga, que vive en la costa norte del lago
Victoria Nyanza, en África, cree en un dios de los terremotos que se llama
Kitaba y que sacude la Tierra si camina demasiado aprisa.
Otras
creencias personifican la Tierra. Los Kaffirs, en Mozambique, consideran que la
Tierra tiembla cuando tiene un escalofrío, analogía ésta que Aristóteles
utilizó en forma figurada, como así también lo hizo Shakespeare, según la cita
que hay al comienzo de este capítulo. Desde Perú llegan los pensamientos más
joviales, que afirman que, de vez en cuando, la Tierra echa una cana al aire y
baila.
En la
mitología griega. Poseidón era el dios de las tempestades marinas que sacudían
la Tierra. Por lo visto, los antiguos griegos reconocían la diferencia entre un
terremoto volcánico completamente local (que atribuían a la lucha de gigantes
prisioneros) y los terremotos tectónicos. Aunque a primera vista resulte
extraño que no culparan de estos últimos a Atlas, que sostenía la Tierra, su
elección del dios del mar no resulta sorprendente si se tiene en cuenta cuántos
temblores que asolaron Grecia y las islas cercanas se originaron bajo el mar, y
cuán a menudo estaban acompañados por tsunamis[26],
intensos o leves. Después, los filósofos griegos reflexionaron seriamente sobre
las causas de los terremotos, pero sus explicaciones fueron casi tan erróneas
como las leyendas primitivas. Para Aristóteles, los terremotos estaban
ocasionados por los vientos que trataban de escapar de su encierro en las
cuevas subterráneas. Esta idea persistió, al menos, hasta los tiempos de
Shakespeare, porque en Enrique IV, Parte I, Hotspur le explica a Glendower cómo
La
naturaleza enferma estalla con frecuencia en extrañas erupciones. A menudo, la
tierra de fértiles entrañas se convulsiona y perturba a causa de una especie de
cólico debido a la retención de aires inquietos dentro de su vientre. Los
aires, esforzándose por salir, sacuden a la vieja dama y derrumban las altas
torres reverdecidas de musgo.
En el
Antiguo Testamento se consideran los terremotos como signo de la cólera divina,
y la Iglesia de la Edad Media continuaba enfatizando la idea del castigo por no
haberse mantenido dentro de la obediencia. Por supuesto, desde este punto de
vista, ninguna explicación mecánica científica hacía falta, pero se ofreció, en
cambio, una pseudo-científica, en 1682, formulada por J. B. Van Helmont. Se
trata de un químico y físico belga que fue una curiosa mezcla de místico,
alquimista y científico. Fue el primero en comprender la naturaleza de los
gases como algo diferente al aire, y contribuyó al conocimiento de la nutrición
y digestión. Su explicación de los movimientos sísmicos sugiere que un ángel
vengador golpea el aire para obtener un sonido musical cuyas vibraciones se
comunican a la Tierra por una serie de sacudidas.
En
Estados Unidos, los seísmos han motivado más de un fuego infernal y sermones
amenazantes del castigo eterno. Se dice que después del terremoto de Nueva
Madrid, el 16 de diciembre de 1811, cuyas sacudidas posteriores continuaron
durante años, más de un pecador arrepentido volvió al redil. Es posible que
este terremoto haya sido el más intenso que pueda haber experimentado
Norteamérica, pero el área, en aquella época, estaba escasamente poblada y,
claro está, no había ningún sismógrafo que registrara la pertinente información
científica. Una de las pocas leyendas evemerísticas sobre este tema se refiere
a las causas que originaron el terremoto de Nueva Madrid, y a algunos de sus
resultados topográficos.
Según
esta leyenda, existía un guapo jefe chickasaw, llamado Reelfoot (Pie
bamboleante), que, desgraciadamente, había nacido con un pie deforme. A causa
de dicha deformidad, el padre de la hermosa princesa Choctaw, a quien él amaba,
rehusó permitir que él la cortejara para pedir su mano. Sin desalentarse,
Reelfoot y sus amigos se llevaron a la princesa y la boda se llevó a cabo, lo
que motivó que el Gran Espíritu se encolerizase. Así, en plena fiesta, el Gran
Espíritu pisó con fuerza e hizo temblar la tierra. El Padre de las Aguas (el
río Mississippi) cambió su curso y se desbordó, por lo que Reelfoot, su novia y
todos los que participaban en la boda quedaron sumergidos en las aguas de un
nuevo lago.
El lago
Reelfoot, en el lado del Mississippi que está sobre Tennessee, se formó en
realidad a consecuencia del terremoto de Nueva Madrid (Figura 20). Una
extensión pantanosa se hundió varios palmos y, después, se llenó de agua. El
Mississippi, después del primer y más intenso temblor, pareció fluir contra la
corriente durante un corto trecho, lo que pudo deberse a una temporal
obstrucción del curso causada por deslizamiento de tierras o por perturbaciones
producidas por el levantamiento de áreas rocosas en las proximidades. La
depresión ocupada por el lago Reelfoot pudo haber sido colmada súbitamente por
olas que anegaron los márgenes del río a cierta distancia, o, lentamente, por
los riachuelos que desembocaban en el pantano original.
Figura 20. Lago Reelfoot. Tennessee, creado en el terremoto de Nueva Madrid
de 1811. (Tomado de Fuller. 1912.)
No he
podido confirmar si se trata de una auténtica leyenda india o si constituye
otro ejemplo de fakelore (pseudo folklore). Sin embargo, existe otra tradición
de un desastre que, posiblemente, se basa en parte en un temblor y que es, sin
duda, auténtico. Se trata de la destrucción de Sodoma y Gomorra. El Génesis nos
cuenta que Sodoma y Gomorra y otras dos de las cinco «Ciudades del Llano»
(Adnía y Zeboyim) fueron destruidas, en castigo a su perversidad, por una
lluvia de fuego y azufre que cayó del cielo. Las ruinas de estas ciudades nunca
se han encontrado. Según J. P. Harland, las evidencias que proporciona la
Biblia, así como escritores griegos y latinos posteriores, indican que tales
poblaciones debieron de situarse en un área fértil en las proximidades del
extremo sur del mar Muerto. Puesto que el nivel de dicho mar se ha elevado en
los últimos siglos, el área, el bíblico valle de Siddim, en la actualidad se
encuentra sumergida (Figura 21), de modo que islas descritas en el siglo XIX no
existen hoy, y la línea costera se ha desplazado progresivamente hacia el sur.
Primero se supuso que la causa natural que produjo el desastre que causó la
desaparición de Sodoma y Gomorra fue una erupción volcánica, pero las pruebas
geológicas descartan tal posibilidad. Se cree que la destrucción de las
Ciudades del Llano se produjo alrededor del año 2000 a.C., y no existen rocas
volcánicas tan recientes en esa región.
F. G.
Clapp ha sugerido una explicación geológica más aceptable: el mar Muerto se
asienta sobre un graben, o valle de rift, y la región es altamente sísmica
porque los movimientos a lo largo de las fallas limítrofes todavía siguen
produciéndose. En otros tiempos, el mar Muerto se llamaba «lago de Asfaltita»
debido a las masas de betún natural que de vez en cuando afloraban a la
superficie. Aparentemente, estas masas brotan de las filtraciones que se hallan
bajo el agua, y son particularmente notables después de los terremotos. Se han
registrado volúmenes tan grandes como casas. Los habitantes del lugar recogen y
venden este betún flotante y, a juzgar por lo extendida que entre los antiguos
estaba su comercialización, los depósitos de betún fueron entonces mayores que
ahora. Los numerosos «fosos de cieno» del valle de Siddim eran este tipo de
filtraciones desenterradas para obtener el betún. Además de este asfalto
natural, en la región abundan rocas bituminosas, algunas de las cuales
contienen un porcentaje tan alto de betún que llegan, posiblemente. a arder.
También hay algunas filtraciones de petróleo. Los escritores de la antigüedad
decían que de las aguas del mar Muerto emanaban olores pestilentes y un «tizne
invisible», posiblemente gases de azufre, que manchaba los metales. Tales gases
no se detectan en la actualidad, pero recordemos que los gases naturales
frecuentemente están asociados al petróleo y son los primeros en escapar de la
tierra. Todos estos fenómenos —gas natural, petróleo y betunes— se relacionan,
en este caso, con la intrusión de una gran masa de roca salina, o bóveda
salina: la colina llamada Jebel Usdum (véase Figura 21).
Figura 21. El mar Muerto, indicando lugares que se mencionan en conexión con
la destrucción de Sodoma y Gomorra. Las «Ciudades del Llano» estaban situadas
probablemente en el área que hoy se halla cubierta por las aguas de la ensenada
del sur. Jebel Usdum es una bóveda de sal de la que, en el transcurso de los
siglos, se han excavado por la erosión varios pilares de sal. (Tomado de Clapp,
1936.)
En este
ambiente, todo lo que se requiere para producir un voraz incendio es un agente,
natural o humano, que encienda el material combustible. Teniendo en cuenta la
afirmación bíblica de que era fuego que venía del cielo, surge inmediatamente
la idea de un relámpago. El azufre desprende al quemarse un olor penetrante y
pudo fácilmente identificarse entre los otros olores producidos por el
incendio. Sin embargo, no parece probable que sólo un rayo pudiera ocasionar un
fuego tan incontrolable que devorase cuatro ciudades que se hallaban separadas.
Uniendo las ideas adelantadas por Clapp y Harland, y otros autores citados por
ellos, se compone el siguiente cuadro: un desastroso terremoto sacudió el valle
de Siddim, alrededor del año 2000 a.C., liberando gran cantidad de gases
naturales y betunes que ardieron a causa de algunos fuegos dispersos. El
incendio resultante borró Sodoma, Gomorra, Adnía y Zeboyim. La quinta ciudad,
Zoar, se salvó debido a alguna característica de su ubicación. Si algunas de
las rocas que tenían componentes altamente betúnicos se utilizaron en la
construcción de las paredes de los edificios, significa que hubiese sido como
agregar petróleo al fuego. Un rayo pudo o no haber sido el responsable del
inicio del incendio, pero si, simplemente, se hubiese visto en el cielo en el
momento de la catástrofe, habría creado la impresión de que la catástrofe
provenía del cielo.
El macizo
de sal también tiene una explicación geológica, si bien, en realidad,
correspondería tratarse en el capítulo sobre el folklore acerca de la forma de
la Tierra. El Jebel Usdum, monte que se eleva unos 220 metros, más o menos,
sobre el nivel del agua en el lado oeste de la bahía, al sur del mar Muerto,
está formado por roca de sal cubierta de yeso que tiene marga (la marga es una
piedra caliza impura). Su característica más conocida es un pilar de sal que la
erosión ha separado del cuerpo principal de sal. No parece probable que este
pilar se haya erguido allí durante casi cuatro mil años. No sólo porque la
región sufre frecuentes temblores, sino también porque la sal se erosiona con
facilidad. Otro pilar de sal, en la orilla sur, fue descrito por Josefo hace
alrededor de dos mil años y todavía se encontraba en pie al menos doscientos
años más tarde. Es muy posible que existiera un conjunto de pilares de sal en
los alrededores hasta la historia geológica reciente, y durante toda la
historia humana, separados de Jebel Usdum por las lluvias invernales. Así, ¿no
sería natural que un rasgo tan sobresaliente próximo al escenario de una
catástrofe memorable fuera incorporado a la tradición, o específicamente
asociado a una de las víctimas más importantes, la esposa del rey?
Figura 22. Constitución interna de la Tierra. La mayor parte de lo que
conocemos del interior de nuestro planeta se ha deducido por el comportamiento
de distintas clases de ondas sísmicas originadas por los terremotos y, más
recientemente, por grandes explosiones, ya sean nucleares o químicas, tales
como explosiones en canteras, o especiales mediciones sísmicas de las
detonaciones.
Hasta
aquí los aspectos folklóricos de los terremotos. Pero, ¿qué dicen los geólogos
sobre sus causas? Los seísmos se producen cuando algo que genere ondas sísmicas
sucede en la Tierra. En la mayoría de los casos se trata de una falla, es
decir, el deslizamiento de rocas, unas sobre otras, bajo la carga que se ha
producido durante un determinado período. El punto donde se genera un terremoto
en la Tierra se llama foco o hipocentro (Figura 22) y puede encontrarse en
cualquier parte, desde muy cerca de la superficie hasta unos cientos de
kilómetros de profundidad. Los temblores se clasifican, según donde esté el
foco, en superficiales o normales, intermedios y profundos. Los superficiales
se inician a profundidades de hasta 70 kilómetros (alrededor de 44 millas), los
intermedios desde los 70 hasta los 300 kilómetros (44 a 188 millas) y los
profundos a más de 300 kilómetros (188 millas). El más profundo registrado
hasta ahora se produjo a 700 kilómetros (440 millas) debajo de la corteza
terrestre. El lugar que, sobre la superficie, está directamente encima del foco
se denomina epicentro.
La
magnitud define la cantidad de energía liberada en el foco. Una de las mayores
magnitudes documentada hasta hoy es de 8,6 o 8,7 para el temblor de Alaska, en
marzo de 1964. La magnitud se determina más exactamente por medio de registros
instrumentales, pero también es factible estimarla por la intensidad y la
distancia al foco. La intensidad es una medida subjetiva de la tuerza de un
terremoto en la superficie. Se estima según una escala que, esencialmente,
refleja la extensión de los daños causados a las estructuras construidas por el
hombre, así como los distintos efectos producidos sobre las personas que viven
en el área. Por tanto, en una zona despoblada es prácticamente imposible
estimar la intensidad de un seísmo. Cualquier terremoto sólo tiene determinada
magnitud, si bien la intensidad con la que se percibe en un lugar concreto
depende de la distancia del foco (la intensidad decrece en proporción inversa
al cuadrado de la distancia al foco. Así, el epicentro, que es el punto que se
halla más cerca del foco, registra la máxima intensidad), de la naturaleza del
suelo (las vibraciones son de una mayor amplitud y, en consecuencia, más
destructivas, en un suelo no consolidado —especialmente si es húmedo— que sobre
un lecho de roca) y de la estructura geológica de la región (las ondas sísmicas
disminuyen menos si se trasladan en el sentido «del grano» de la estructura que
si van en sentido contrario). Normalmente, toda la tensión acumulada no se
libera al mismo tiempo: el temblor más intenso suele ir precedido por los
llamados temblores precedentes y, por lo general, va seguido de una serie de
temblores posteriores, de fuerza variable. Los movimientos sísmicos
superficiales causan daños en un área limitada alrededor del epicentro; los
intermedios y los profundos pueden producir serios efectos sobre amplias
regiones.
Los
temblores del tipo que se han descrito se llama tectónicos —porque tienen que
ver con la deformación de la estructura de la Tierra— para distinguirlos de los
que están asociados a la actividad volcánica o a los pocos que están
ocasionados por el deslizamiento de tierras o el derrumbe de cavernas
subterráneas. Los temblores que se deben a estas dos últimas causas suelen ser
muy débiles y completamente locales, de modo que podemos prescindir de ellos.
Los que preceden o acompañan a las erupciones pertenecen a un tipo especial.
Todos son relativamente superficiales, la mayoría de ellos en gran medida y,
por tanto, nunca se perciben fuera de la vecindad del volcán. En muy pocas
ocasiones son lo suficientemente intensos como para causar daños. La cuestión de
los temblores volcánicos y tectónicos es bastante importante con relación a la
erupción minoica del Santorín, y se le prestará más atención en el capítulo
VIII.
Un
corolario de la explicación de Aristóteles sobre los temblores indica que los
días precedentes a que se producen son sofocantes y sin viento, ya que todo el
viento ha sido arrastrado bajo la Tierra. Este concepto persiste en la
extendida noción del «tiempo de'' temblores» que se encuentra en el folklore
moderno, a pesar del hecho comprobado de que los antecedentes demuestran que
los terremotos han sucedido en cualquier momento del año, en todos los
instantes del día y con todo tipo de tiempo. C. McWilliams, en un resumen
sucinto, dice:
«En el
sentido popular, la frase (tiempo de temblores) parece referirse a una
atmósfera pesada, sofocante, encapotada y bochornosa. Uno se sentiría dispuesto
a creer que este tipo de tiempo presagia la proximidad de un terremoto si no
fuera por el hecho de que esta descripción detalla unas condiciones
atmosféricas que, en lugares como California, todo el mundo detesta. La
conclusión, casi incontestable, nos viene a decir que los pobladores,
simplemente, han responsabilizado a los odiosos “días sofocantes" de las
calamidades que, en verdad, podrían haber imputado a cualquier otro tipo de
tiempo.»
Las
condiciones meteorológicas pueden relacionarse con los temblores sólo de una
forma: la presión barométrica es capaz de ayudar a desatarlos, ya sea
independientemente o en conjunción con otras fuerzas, como las mareas del Sol o
de la Luna. Dado que la tierra sólida, lo mismo que los océanos, se ve influida
por la atracción del Sol y de la Luna, y así como las mareas son más altas en
ciertos momentos, dependiendo de las posiciones relativas del Sol y de la Luna,
las tensiones que actúan sobre el suelo son más fuertes en ciertas ocasiones.
Una ligera tensión adicional debida a estas «mareas» terrestres, o la presión
atmosférica, o ambas cosas, pueden, en determinadas circunstancias, ser la
última gota que, en una región de temblores, libera las fuerzas hasta un punto
de rotura. Sin embargo, el agente que desata un terremoto no debe confundirse
con sus causas, lo mismo que no se ha de confundir el gatillo de un arma de
fuego con el explosivo que impulsa la bala. De igual forma que si se aprieta el
gatillo en un arma vacía no se producirá el disparo, las fuerzas externas que
actúan sobre la superficie no provocarán un terremoto si las condiciones
internas, dentro de la Tierra, no están «maduras» para ello. Además, la
correlación entre las «mareas» terrestres y los terremotos no es muy intensa, y
muchos movimientos sísmicos se han producido cuando las fuerzas de las mareas
no se encontraban al máximo, e incluso cuando estaban en su mínimo. Por tanto,
la creencia de que los temblores tienen su origen en el cielo resulta tan
infundada como la del tiempo de temblores al que antes aludimos. En el mejor de
los casos, existe la posibilidad, aún no probada, de que las fuerzas
planetarias o las condiciones atmosféricas ayuden a precisar cuándo, con
exactitud, se producirá un terremoto, pero esto no tiene nada que ver con por
qué se produce.
También
se ha señalado una correlación entre los temblores y la «fluctuación polar». El
eje de la Tierra no es completamente fijo, sino que fluctúa levemente mientras
el planeta gira, como lo hace con frecuencia una peonza. La razón de esta
fluctuación cabe que se relacione con la fricción de la fuerza de gravedad
dentro de la Tierra, o con el movimiento del núcleo líquido exterior. Ahora
bien, el hecho de que la fluctuación polar cause los terremotos, o sea causada
por ellos, es un problema que actualmente se halla en estudio. De cualquier
modo, el porqué fundamental de los temblores reside en lo más profundo de la
Tierra.
* * * *
El error
más frecuente sobre los efectos de los terremotos está en la creencia,
terrible, de que en el suelo pueden abrirse precipicios sin fondo capaces de
tragarse a cualquier infortunada persona que se encuentre en el lugar exacto en
el que se «abre» la tierra para después cerrarse triturando a la desgraciada
víctima. De todos los peligros reales que cabe temer de un seísmo, éste es,
probablemente, el último. Es cierto que a veces se producen grietas en el
suelo, pero nunca sobre la roca sólida. Son siempre superficiales y no se
cierran otra vez, excepto en rarísimas circunstancias. Seguramente, alguien que
haya visto cómo un edificio de pisos que no estaba adecuadamente construido se
derrumbaba en pocos segundos para convertirse en un montón de escombros, como
sucede en los países que no poseen códigos de edificación adecuados en lo que
respecta a la resistencia a los temblores, tendrá incluso la impresión de que
el edificio ha desaparecido materialmente en el suelo. Pero la verdad es que
los informes sensacionalistas acerca de gentes desapareciendo, o atrapadas
hasta la cintura dentro de la tierra, o de casas, o incluso referentes a
pueblos enteros que han sido tragados y triturados, son anteriores al pasado
siglo y siempre se constituyen en rumores que, por lo general, han pasado por
tres, cuatro o más intermediarios. Informes comprobados, prácticamente no
existen. Sin embargo, en Japón, que es el país que ha tenido más experiencia en
terremotos, están convencidos de que estarán más seguros en la casa que en
campo abierto, ya que temen que el suelo se abra bajo sus pies.
L. Don
Leet sitúa este problema de los temblores en la perspectiva adecuada: «A veces,
las sacudidas hacen vibrar masas de materiales, no consolidados, que se hunden
o deslizan hacia nuevas posiciones. Las fisuras y grietas resultantes no son
más temibles, o notables, que los hundimientos o deslizamientos que hubiera
producido una intensa lluvia...» Describe el caso inusual de la grieta, en un
arrozal abandonado en Japón, que se abría y se cerraba nuevamente. En dicho
campo, la capa superficial de marga seca se hallaba sobre un mantillo húmedo.
Durante el terremoto, las ondas remolinearon, lo que produjo que el citado
mantillo se moviese de un lado a otro, y motivó que la marga se arqueara y,
finalmente, se resquebrajara, cerrándose cuando todo se asentó.
Los
sismólogos sólo han aceptado dos informes de accidentes en grietas producidas
por los terremotos. Me ha costado cierto tiempo rastrear las fuentes que había
detrás de los informes publicados. Uno se refiere a la tan conocida vaca que
cayó en una grieta durante el terremoto de 1906 de San Francisco. Los geólogos
se encuentran divididos en cuanto a la fiabilidad de este informe. El relato
oficial sobre el temblor contiene la siguiente afirmación:
«...en el
rancho Shafter una fisura fue, en determinado momento, tan ancha como para
admitir una vaca, que cayó de cabeza y quedó, por tanto, enterrada.
Inmediatamente, volvió a cerrarse la fisura y sólo fue visible la cola del
animal. Después quedó una huella de la grieta, una zanja de 1,80 a 2,40 metros
de ancho, y el nivel del suelo en ella era de unos 30 a 60 centímetros por
debajo del suelo de alrededor, que no sufrió daños.»
En otro
párrafo del mismo informe se dice:
«El señor
Payne J. Shafter tiene su casa cerca del pueblo de Olema. La huella de la
fisura se halla cerca de la casa y de otros edificios... Durante el terremoto,
una vaca cayó en la grieta y la tierra se cerró sobre ella de tal modo que sólo
la cola quedó visible. En el momento de mi visita, la cola había desaparecido,
comida por un perro, pero numerosos testigos sostuvieron la verdad del hecho.
Como la huella de la grieta que se observaba en las proximidades no era lo
bastante grande como para que cupiese una vaca, parece que durante la formación
de la fisura se produjo una temporal separación de las paredes.»
El autor
de esta parte del informe, el eminente geólogo G. K. Gilbert, recibió los
testimonios de segunda mano, pero, evidentemente, no tuvo razones para dudar de
la veracidad del relato de sus informantes. No obstante, en 1906, la idea de
fisuras producidas por los terremotos que se abrían y cerraban otra vez, no se
cuestionaba seriamente. En la actualidad, este informe sería rigurosamente
comprobado cavando la tierra para hallar los restos de la vaca. Algunos creen
que Gilbert así lo hizo, pero que las notas de su libreta sólo contienen la
afirmación de que «una vaca fue engullida allí por una grieta, desapareciendo
todo su cuerpo excepto la cola... El testimonio en esta cuestión está fuera de
duda».
Aun en el
caso que se hubieran encontrado los restos de la vaca, esto no demostraría que
la vaca hubiese desaparecido en la grieta durante el terremoto. Robert Iacopi,
autor del libro Earthquake Country (Tierra de terremotos), recibió una carta
del señor H. H. Howard en la que se pone en duda el testimonio de todos los
testigos. El señor Howard, primo de los Shatters, en cuyo rancho se supone que
se produjo el hecho, vivía, cuando era niño, en la propiedad adyacente. Su
carta[27] narra
lo siguiente:
«Lo que
quiero relatarle es un recuerdo de mi niñez que tiene relación con lo que usted
afirma en la página 147; un recuerdo que me abruma cada año cuando, mientras
vivía en el Oeste medio (de Estados Unidos), la gente me enviaba la edición
anual de los periódicos de San Francisco sobre el terremoto y el incendio, en
donde se repetía esa hermosa historia de la tierra tragándose la vaca... Un
espléndido y cálido día, puedo recordar esto porque, aunque yo era muy pequeño,
estábamos en el año 1912 ó 1913, mi padre y yo nos hallábamos sentados en un
banco del jardín, cuando nuestro primo Payne Shafter llegó a caballo. Los dos
hombres hablaron brevemente y, luego, sin razón aparente, recuerdo que mi padre
preguntó a Payne: “Payne, ¿por qué diablos les dijiste a los reporteros aquella
vez que tu vaca había sido tragada por esa grieta en la tierra?" A lo que
Payne respondió, y otra vez, reproduzco aproximadamente las palabras: “Mira,
Pax, la vaca había muerto y teníamos que enterrarla. Esa noche se produjo el
terremoto que abrió una gran resquebrajadura en el suelo. Simplemente,
arrastramos la vaca hasta allí y la arrojamos con las patas sobresaliendo.
Después llegaron esos reporteros y, cuando se les ocurrió la idea de que la
vaca había caído dentro, no quisimos estropear toda la historia. ¿Por qué
hacerlo ahora?”
»Yo no tengo ningún conocimiento directo de lo que sucedió realmente, pero sí
sé que la conversación que describo es cierta porque la escuché y oí luego a mi
padre reír muchas veces por su causa. Admiro su cuidado al transmitir el
incidente en su libro y dejar el relato “oficiar como una cita.»
Esta
carta, al menos, plantea la pregunta de si Gilbert vio la misma fisura en la
que había desaparecido la vaca, viva o muerta, y nos deja con el deseo de que
haya visto con sus propios ojos esa cola surgiendo del suelo.
Sólo hay
otro caso documentado y éste incluye la muerte de una persona, una mujer que
murió en el terremoto del Fukui, el 28 de junio de 1948, en Japón. No existe
duda alguna respecto de lo que sucedió, pero incluso en el informe oficial del
terremoto Fukui se manifiestan contrarias opiniones acerca de cómo ocurrió. El
informe habla por sí mismo (muy parafraseado para obtener una redacción
correcta):
«Existe
un miedo universal a hundirse en las fisuras que los terremotos abren en la
tierra. Pero no existe ningún testimonio de que esto haya ocurrido en este
país. Sin embargo, Imamura afirma que no se halla justificado tal miedo, aunque
él mismo ha informado sobre un caso de una pequeña fisura que se produjo en el
terremoto de 1923, en Kwanto, en el patio del colegio de Hojo, en la prefectura
de Chiba, cuando dos líneas de fisuras se abrieron y se cerraron, y de ellas
brotó, intermitentemente, agua a borbotones. Pero en el actual Fukui hubo un
caso trágico. Una campesina de 37 años estaba trabajando en su arrozal en el 33
Wada-shussaku-machi, en la ciudad de Fukui. cuando se produjo el seísmo. Se la
encontró muerta, enterrada hasta el mentón en una fisura de 100 metros de
longitud. Se cree que murió aplastada, no ahogada. Se dice que una raja de
alrededor de 1,20 metros de ancho se abrió, cerrándose después. Del terremoto
sólo quedó una leve huella: unos 2 centímetros de anchura de la dirección de la
fisura que se pudo rastrear en aquel sitio...
»Esto (la fisura que se abrió y se cerró) cabe atribuirlo a las ondas de
gravedad producidas en el suelo blando. Las grietas estaban, en algunos
lugares, ordenadas siguiendo el curso del antiguo río, si bien éste se halla
relleno actualmente, lo que debe considerarse como una evidencia del movimiento
relativo del blando relleno causado por los violentos movimientos del
terremoto. Si éstos se repitieron más de una vez. el relleno blando habrá
oscilado de un lado a otro, de modo que las grietas que se produjeran allí
pueden haberse abierto y cerrado sucesivamente.»
Lo que se
cita arriba corresponde a la descripción general del terremoto recopilada por
H. Kawasumi. En una parte posterior del mismo informe, en la que se trata
específicamente de las fisuras y grietas que se abrieron durante el temblor, N.
Miyabe prefiere otra interpretación para explicar la muerte de la mujer:
«En el
vecindario de la ciudad de Fukui se extiende un llano bajo, aluvial y
pantanoso. Durante el terremoto, el agua subterránea surgió en tantos lugares
que en algunos de ellos se formaron volcanes de lodo. La resistencia del suelo
fue [reducida] por el agua, de modo que cerca de Fukui, en donde el agua salía
a borbotones, algunos coches se hundieron hasta las ruedas. Se encontró una
mujer muerta, casi sumergida en la tierra, cerca de Fukui, después del
terremoto. La gente dijo que había sido aplastada cuando se cerró una fisura
producida por el terremoto. No obstante, quien esto escribe considera que debió
de hundirse en el suelo durante el terremoto cuando la resistencia del terreno
disminuyó tanto a causa del agua que fluía a borbotones, tal como antes se ha
dicho. Por otra parte, deben considerarse los siguientes hechos: aun en
circunstancias normales, los pantanosos campos de arroz cerca de Fukui son tan
blandos que los hombres corren el peligro de hundirse en el suelo, a menos que
caminen sobre bambú o troncos de madera dispuestos sobre la tierra.»
De las
dos explicaciones, la última parece más lógica. Si una grieta se abrió a los
pies de la mujer, ¿no habría perdido el equilibrio y habría caído de cabeza en
ella, o atravesada en ella, o a lo largo, extendiendo por completo los brazos
al caer? Pero al encontrarla se hallaba en posición vertical, lo que sugiere
que cuando estaba de pie, posiblemente tratando de salir o correr fuera del
arrozal, fue literalmente arrojada sobre la tierra blanda, como si se tratase
de arenas movedizas, y, después, aplastada por el peso de la gruesa capa de
lodo que presionó su cuerpo alrededor y sobre ella. Algún mecanismo de este
tipo debe de constituir también la explicación de viejos relatos sobre personas
que quedaron enterradas hasta la cintura en el suelo, suponiendo que haya algo
de verdad en dichos relatos.
Durante
el terremoto de Nueva Madrid se abrieron grandes grietas, y permanecieron
abiertas. Todavía hoy es posible ver algunas. No todas eran simples fisuras,
sino que muchas de ellas eran fallas profundas, zanjas o grabens (fosas
tectónicas). Las más hondas no tenían más de veinte pies (6 metros). Si bien
corrieron muchos rumores erráticos sobre personas que se habían perdido en
dichas fisuras, todos los que cayeron en ellas pudieron ser extraídos, aunque,
algunas veces, con dificultad. Todos los accidentes de los que de este temblor
se tuvo noticia, menos dos, se refirieron a personas ahogadas y se produjeron
cuando las barrancas del río se desmoronaron, o cuando los botes o las islas
del río se sumergieron. (Una persona murió al caer de una pared, y una mujer se
asustó tanto que echó a correr hasta que se desplomó, muriendo de miedo y
agotamiento.) Además, el temor de quedar sepultado en la tierra se apoderó de
todo el mundo, de modo que, al observar que el «abismo» se abría en una
dirección, la gente taló árboles y los dispuso perpendicularmente a esa
dirección. Al iniciarse un temblor, la gente corrió precipitadamente a situarse
sobre esos troncos de árboles. Muchas personas creían que así salvarían sus
vidas. Una de las cosas que desapareció durante los temblores de Nueva Madrid,
fue una carga de moldes de hierro fundido que estaban en un sótano. Tales
moldes, como la mujer de Fukui, pudieron, al producirse las vibraciones, haber
sido sacudidos y hundidos en la tierra no consolidada. En el río Mississippi
desaparecieron varias pequeñas islas. Los relatos populares que se refieren a
este hecho dan la impresión de que las islas fueron engullidas por la tierra.
Es posible que algunas fuesen arrastradas bajo el nivel del agua, pero lo que
en muchos casos ocurrió fue que, estando constituidos por tierra blanda, no
consolidada y saturada —que es la que resulta más inestable durante un
temblor—, los islotes fueron literalmente destrozados y, después, los
fragmentos arrastrados por el agua.
La forma
más fácil de que actualmente la grieta producida por un terremoto ocasione un
accidente estriba en que un coche, cuando transita por una autopista, caiga en
ella. Las grietas en el pavimento son los daños más usuales. Muchas de ellas
son lo bastante grandes como para hacer perder el control de un coche, o para
que éste dé una vuelta de campana. En el caso de que se produzca el hecho, nada
habitual, de que una grieta, debido a hundimientos o a materiales no
consolidados, se abra bajo nuestros pies, el daño más probable consistirá en
algunos golpes o, a lo sumo, en uno o dos huesos rotos. Lo que es importante
recordar en todo momento es que, si durante un temblor se abre una grieta en el
suelo, casi con toda seguridad permanecerá abierta (Ilustración 19). Las
probabilidades de que una grieta nos «trague» son infinitamente pequeñas,
tantas, por ejemplo, como las que se tienen de ser golpeado por un avión que se
precipita contra el suelo.
Los
verdaderos peligros en un terremoto son los siguientes: 1) ser golpeado por
objetos que caen, especialmente si se huye hacia el exterior; 2) quemarse con
algún fuego que se haya producido 'durante el temblor, peligro que,
generalmente, se agrava si se rompen las grandes tuberías de conducción de
agua, ya que no es posible recurrir a ésta; 3) quedar enterrado, si se está en
una zona de montañas, por un desprendimiento provocado por el temblor, como les
ocurrió a las diecinueve personas que se encontraban durmiendo en un campamento
en Hebgen Lake, en Montana, la noche del 17 de agosto de 1959, o los diez o
veinte mil habitantes de Yungay y Ranrahirca, en Perú, que fueron sepultados
por la avalancha de detritos del Huascarán, provocada por el terremoto del 31
de mayo de 1970, y 4) ahogarse en un tsunami, si se está en la costa. Por
tanto, si se está fuera, en campo abierto, lejos del mar, lo mejor es...
¡relajarse y disfrutar! Como última referencia tranquilizadora acerca de las
grietas producidas por los terremotos, cabe tener en cuenta lo siguiente: en
1954, en el terremoto de Dixie Valley, en Nevada, una choza de madera,
firmemente construida, se mantuvo en pie sobre un espacio de suelo que se
hundió formando un pequeño graben. Si bien la choza sólo se hundió unos
centímetros en la escarpada falla, de doce pies y medio (3,75 metros), que se
formó, ni siquiera se rompió un cristal de las ventanas, y un vaso de porcelana
ni se movió del estante en que se hallaba.
En
contraste con la idea de tierra que se abre, que, sin duda, en gran parte —y en
mi opinión, totalmente— es folklore, existen ejemplos de folklore sobre
terremotos que es factible se transformen en factlore (hechos reales). En
Japón, junto a la creencia de namazu como causa de los terremotos, han existido
relatos que han tenido amplia difusión, en los que se narra que, antes de los
seísmos más importantes, los barbos se comportan de modo inusual. Se dice, por
ejemplo, que justamente antes del temblor de 1855, un pescador se sorprendió de
la agitación que mostraban los barbos y, creyendo que presagiaban un movimiento
de tierra, corrió a su casa a tiempo de salvar a su familia y bienes. Otra
narración cuenta la acentuada agitación que existía entre los barbos el día
antes del terrible terremoto de Tokio de 1923. La creencia de que los barbos
son capaces de detectar un terremoto antes de que se produzca ha sido tan
persistente que los científicos comenzaron a preguntarse si no habría algo de
verdad. En consecuencia, hace casi cuarenta años, el profesor Hatai y sus
colegas de la Universidad de Tohoku comenzaron a observar sistemáticamente
sobre una mesa de laboratorio tanques en los que había barbos. Descubrieron que
el pez permanece habitualmente inmóvil y que no reacciona a los estímulos
externos como, por ejemplo, un suave golpe sobre la mesa. Sin embargo, de vez
en cuando, se crispan ostensiblemente o saltan cuando se golpea varias veces
sobre la mesa, y, en el 80% de los casos, esta reacción precede de seis a ocho
horas a un terremoto. El hecho de que el barbo «sepa» que está a punto de
producirse un seísmo cabe que esté relacionado con las corrientes naturales de
la tierra, porque cuando el agua que circula dentro de los tanques no pasa por
la tierra, la sensibilidad, virtualmente, desaparece.
Si esa
facultad del pez para percibir un inminente terremoto es cierta, no hay nada en
ello de sobrenatural. En los últimos años, los sismólogos interesados en la
predicción de los terremotos han estudiado, entre otras cosas, los efectos
sismoeléctricos y sigmomagnéticos. Las cargas acumuladas en las rocas, que
eventualmente se liberan en forma de temblores de tierra, producen leves
cambios en el campo magnético de la Tierra o en su conductividad eléctrica,
cambios que han podido ser verificados con instrumentos sensibles. No sólo el
barbo, sino también otras criaturas que viven en el agua, poseen células
nerviosas capaces de percibir seísmos u otros fenómenos naturales, cosa que a
los seres humanos no les es posible. (En el caso del barbo se cree que dichas
células se encuentran en los palpos, así como a lo largo de los costados del
cuerpo.)
En esta
misma línea, un norteamericano, B. H. Armstrong, ha investigado las
posibilidades de certeza que pueden tener informes que aseguran haberse
comprobado una inusual agitación en los animales antes de los terremotos, y
comprobar si tal hecho tiene una base física. Existen historias tales como las
que se refieren a perros que corrían y aullaban en Talcahuano, Chile, antes del
terremoto de 1835 en Concepción, y acerca de cómo los perros, los gatos y las
vacas despertaron a la población de Taal, en Filipinas, poco antes de que se
produjera un terremoto. A Armstrong le interesan los efectos «sismoacústicos»,
que es la liberación de ondas sonoras de "alta frecuencia, más alla del
nivel de la audición humana, que son el resultado de la deformación progresiva
de las rocas. La emisión acústica de las rocas deformadas ya se controla en las
minas para advertir de inminentes derrumbes o rockbursts[28].
Aunque los resultados obtenidos en los experimentos de Armstrong no son
concluyentes, no es posible excluir la posibilidad de que los terremotos que
provocan la rotura de la superficie, o los que implican rotura de un cuerpo
líquido (lo que lleva otra vez al comportamiento de los peces), o la
acumulación de cargas que ocasiona un terremoto produzcan un cambio en las
propiedades de absorción acústica de la roca lo suficientemente importante como
para provocar la emisión de ondas sonoras perceptibles para los animales.
Capítulo
VI
Folklore sobre los volcanes
Los
pueblos primitivos que viven en áreas volcánicas, a menudo dominadas por el
siempre imponente, y con frecuencia peligroso, despliegue de fuerzas de la
Tierra, cuya naturaleza no comprenden, suelen atribuir las erupciones a las
actividades de dioses o demonios perversos, o, en el mejor de los casos,
caprichosos. Los aztecas, los mayas y los quechuas («Incas») ofrecían
sacrificios humanos a los volcanes, y, hasta hace poco tiempo, lo mismo hacían
los pueblos de muchas otras regiones en las que hay volcanes activos. Los
javaneses sacrificaban seres humanos al monte Bromo y todavía hoy arrojan una
vez al año pollos vivos en el cráter. En el Congo, el cruel dios Nyudadagora
exige anualmente como esclavos a diez de los mejores jóvenes de las tribus que
habitan cerca de Nyamuragira y Nyiragongo, al norte del lago Kivu (véase Figura
25). Tras cumplir unos ritos salvajes y brutales se arrojaba a los muchachos en
la morada de su nuevo amo. En Nicaragua se creía antes que Cosegüina sólo se
mantendría en reposo si, cada veinticinco años, se lanzaba un bebé a su cráter.
Si en cualquiera de estos casos los sacrificios no lograban impedir o detener
una erupción, siempre era posible alegar que las cosas hubieran sido peor de no
haberlos ofrecido.
Las
leyendas y los mitos sobre los volcanes son de varios tipos. Algunos tratan de
explicar la existencia de los volcanes individuales o las formas volcánicas y,
en este caso, son claramente etiológicos. Otros pretenden una razón que
justifique la actividad volcánica en general, o las erupciones particulares, y
éstos poseen también el carácter de etiológicos. Ahora bien, más de una de
tales descripciones puede corresponder a una erupción real en la cual la base
histórica resulta irreconocible. Todos estos tipos de geomitos son factible que
se den en la misma región, como ilustrarán los siguientes ejemplos.
Para los
norteamericanos, la deidad volcánica más conocida es la diosa que impregna el
quincuagésimo estado, las islas de Hawái, de tal modo que ningún visitante, aun
casual, no oye hablar de ella. De ahí que no resulte extraño que se le dedique
a Pele una atención exagerada. Incluso hoy día, es tal diosa reverenciada y
temida por muchos Hawáianos. En agosto de 1881, cuando la lava de Mauna Loa
amenazó la ciudad de Hilo, se llamó a la princesa Ruth Keelikoani, una de las
últimas de la línea dinástica de Kamehameha. La princesa, de sesenta y tres
años, llegó en seguida a Hilo y se aproximó al borde del flujo de lava que
avanzaba, donde entonó un antiguo conjuro, ofreció pañuelos de seda a Pele y,
finalmente, vació una botella de coñac en la reptante corriente de fuego (del
mismo modo que sus antepasados habían derramado libaciones de awa. bebida
alcohólica destilada de las raíces de Piper methysticum. una especie de
pimienta). A la mañana siguiente, la lava se detuvo justamente antes de llegar
a la ciudad. En épocas tan recientes como 1955, cuando un río de lava amenazaba
al pueblo de Kapoho, sus habitantes cantaron al borde de la lengua
incandescente y ofrecieron tabaco y comida a Pele. También esa vez se detuvo la
lava poco antes del poblado.
Figura 23. Mapa esquemático del archipiélago de las islas de Hawái. Las
leyendas que se refieren a la llegada de Pele a las islas demuestran que los
Hawáianos eran conscientes de que la actividad volcánica se ha desplazado, a lo
largo de la cadena de islas, hacia el sudeste. En la actualidad, sólo Mauna Loa
y Kilauea son activos, aunque tanto Hualalai como Haleakala han experimentado
una erupción en los tiempos históricos y, por tanto, están clasificados como
activos.
Hay
innumerables variantes del relato de cómo Pele llegó a las islas, y nadie sabe
con precisión cuándo fue, excepto que vino desde algún lugar más al sur, de
Tahití según dicen algunos. Aparentemente, y debido a una áspera discusión con
su hermana mayor. Namakaokahai, debió de buscar una nueva morada. Pele llevaba
consigo un utensilio mágico, llamado Paoa, para cavar, y cuando ella hendía la
tierra, se abría un nuevo cráter volcánico. Trató de asentarse primero en la
isla de Kauai (Figura 23), y allí cavó una profunda zanja. La tierra que
extrajo formó la colina conocida como Puu-ka-Pele («colina de Pele»).
(Puu-ka-Pele es el núcleo erosionado de un cono volcánico del que brotó parte
de la lava de la serie de Waimea Canyon, las rocas que han formado las principales
montañas volcánicas de Kauai.) Namakaokahai persiguió y atacó a Pele y la dejó
creyéndola muerta, pero Pele se repuso y se trasladó a Oahu.
En Oahu
cavó un foso de fuego en Moanalua, cerca de Honolulú, pero ese cráter se llenó
de agua salada y se transformó en Keealipaakai, el Salt Lake (lago Salado); el
material excavado formó la colina llamada el White Bird (Pájaro Blanco).
(Keealipaaki y Keealiamanu son dos cráteres que se superponen con un tercero
llamado Makalapa, constituyendo los Salt Lake Craters [cráteres del lago
Salado], el centro más occidental de la actividad piroclástica[29] reciente
en Oahu. El White Bird es el punto más alto del contorno superior del
Keealiamanu.) No importa cuán profundamente Pele cavara en las montañas, ya que
no encontró fuego, pero a lo largo de la costa tuvo más suerte. En Leahi, hoy
conocido como Diamond Head (punta de Diamante), grandes cantidades de
materiales brotaron de una erupción producida en !a fosa que ella había cavado,
hasta que, finalmente, encontró el agua que apagó el fuego.
Diamond
Head es un cráter extinguido que se formó hace unos ciento cincuenta mil años
en lo que se conoce como una erupción freatomagnética, es decir, una en la que
el agua se mezcla con el ardiente magma[30] que
asciende. El agua del mar y la subterránea se vierten en la grieta por la que
sube el magma, produciendo así violentas explosiones de vapor. El cono,
constituido por capas blandas de cenizas volcánicas no consolidadas, lapilli[31], y finos
fragmentos desmenuzados del arrecife de piedra caliza, penetra en el magma que
se erosiona con suma rapidez por la corriente de agua y las olas marinas. En la
actualidad, todo lo que queda de él es el mismo cráter y su contorno inmediato.
El nombre de Diamond Head le fue dado por un marino inglés, porque debido a los
cristales de calcita de la piedra caliza, ésta brilla sobre sus paredes como si
fueran diamantes.
O sea que
Pele pasó a la isla siguiente. Molokai. Allí cavó el cráter Kauhako (cuyas
erupciones han formado la península de Kalaupapa. en la que se halla la famosa
leprosería), pero, nuevamente, encontró agua y se desilusionó. Lo intentó en
Maui, en cuya cima trató de crear el gran volcán Haleakala. Cuando Namakaokahai
vio el humo que se elevaba de allí, supo que su hermana seguía viva. Lucharon
de nuevo, y Pele fue otra vez derrotada. Sus huesos fueron esparcidos a lo
largo de la costa, formando los islotes de lava conocidos como Kaiwi o Pele
(«Los huesos de Pele»), Namakaokahai se retiró alborozada por su victoria,
pero, cuando miró hacia atrás sobre el mar, vio el invencible espíritu de Pele
flotando entre nubes de humo y llamas sobre Mauna Loa, en la isla de Hawái
(Ilustración 20). Comprendió entonces que nunca vencería a la diosa del fuego,
de modo que, en lo sucesivo, la dejó en paz. Pele cavó su última zanja de
fuego. Halemaumau, en el suelo de la caldera de Kilauea, y condujo a vivir con
ella al resto de su numerosa familia. Allí moran aún.
Esta
leyenda demuestra claramente que los Hawaianos son conscientes de que la
actividad volcánica de las islas es, de una forma progresiva, más reciente
desde el norte hacia el sur (véase figura 23). Un «sofisticado salvaje»
inteligente no necesita una formal preparación geológica para deducirlo, lo
logra observando el grado relativo de erosión de los distintos volcanes, la
extensión en que ellos y sus erupciones se hallan cubiertos de vegetación, y la
frescura relativa de sus lavas. Sólo hay cuatro volcanes activos, tres en la
Gran Isla (Kilauea, Mauna Loa y Hualalai) y Haleakala en Maui. En la
actualidad, sólo Mauna Loa y Kilauea se mantienen en plena actividad. Hualalai
y Haleakala entraron en erupción en lejanísimos tiempos, Hualalai alrededor de
1800 y Haleakala en algún momento entre 1786 y 1793.
Kilauea
ha sido mucho más espectacularmente activo que Mauna Loa, y su folklore refleja
su historia geológica con bastante fidelidad. En el cuarto volumen de su
Polynesian Researches (Investigaciones polinésicas), publicado en 1833, William
Ellis, un misionero británico que entendía el lenguaje Hawáiano y que recopiló
por primera vez muchas de las leyendas y tradiciones de esas regiones, describe
con vivacidad el ardiente espectáculo de Halemaumau y, luego, prosigue:
«Los
nativos se sientan y comentan durante la mayor parte de la noche las proezas de
Pele, y observan con un supersticioso temor, que no nos sorprende, el
deslumbrante fenómeno. Lo consideran la primera morada de sus deidades
volcánicas. Los cráteres cónicos (no son en realidad cráteres, sino montículos
formados por puentes de lava), dicen, eran sus casas (Ilustración 21), donde a
menudo se entretenían jugando al konane (un juego parecido a las damas). El
estrépito de los hornos y el chisporrotear de las llamas eran la música de sus
bailes, y las ondas de rojas llamas, el oleaje en el cual se recreaban,
retozando deportivamente en las olas de la marejada (Ilustración 22).
»Aprendimos que él (el volcán) ha ardido desde tiempos inmemoriales y que ha
anegado alguna parte del territorio durante el reinado de cada rey que ha
gobernado Hawái: que en la antigüedad acostumbraba bullir, desbordando sus
orillas e inundando el suelo adyacente, y que, durante el reinado de los
últimos reyes, se ha mantenido por debajo del nivel que pudiera inundar los
alrededores, extendiendo constantemente su superficie y aumentando su
profundidad, de vez en cuando, arrojando, con violentas explosiones, inmensas
rocas o piedras al rojo vivo.
»No se ha producido, agregan, ninguna gran explosión desde los días de Keoua
(véase capítulo II), pero muchos lugares que estaban junto al mar han sido
inunda dos, por lo cual suponen que, en estas ocasiones. Pele ha ido por un
camino subterráneo desde su casa en el cráter hasta la playa.»
¿Qué
descripción más apropiada de una erupción por el flanco[32] podría
haberse encontrado para expresar en sentido figurativo que «Pele fue por un
camino subterráneo desde su casa en el cráter hasta la playa»?
La fosa
de fuego de Pele, de Halemaumau, ha permanecido activa de modo constante desde
la primera vez que los europeos visitaron Kilauea, en 1823, hasta 1924.
Repetidamente brotó la lava y llenó la fosa, anegando e inundando a veces todo
el suelo de la caldera. Una y otra vez la fosa recuperó su forma anterior,
descendiendo su suelo hasta el espacio más bajo. Sin embargo, desde 1924, la
superficie de lava del lago se ha revestido con una espesa capa de lava
solidificada, de un color gris oscuro. Espectáculos como el presenciado por
Ellis sólo cabe contemplarlos en erupciones específicas, cuando la superficie
gris y dura se raja por fisuras que se producen a lo largo, y de las que brota
lava incandescente, o se alzan fulgurantes chorros de fuego que llegan a
alcanzar alturas de cientos de metros. Al entrar en contacto con el aire, se
enfría, y la superficie brillante del lago de lava pronto se cubre de una
película gris, si bien esta corteza recién formada se resquebraja cuando la
masa derretida que hay debajo bulle y se agita. Durante un tiempo flotan
planchas de corteza sobre el líquido resplandeciente, se ladean y, lentamente,
se deslizan bajo la superficie. Es un espectáculo imposible de olvidar, aun
cuando sólo se vea en películas, sin el acompañamiento del sonido estruendoso y
los humos asfixiantes.
* * * *
Pele es
una diosa temperamental que se encoleriza fácilmente, hasta el punto de enviar
flujos de lava para destruir el objeto de su desagrado, destruyendo a menudo a
gran cantidad de inocentes que sólo eran espectadores. Cuando ella sacude el
suelo con ira, como lo hace con frecuencia para provocar una erupción, la
tierra tiembla. (Las erupciones volcánicas, como regla general, van precedidas
y acompañadas por leves movimientos de tierra.) Según una leyenda, la región de
Kahuku, en la costa sudoeste de Hawái, hoy desolada, era verde y floreciente,
con muchos árboles y flores, así como cultivos de caña de azúcar y taro que
mantenían a varias poblaciones. Pele lo destruyó todo en un acceso de rencor.
Se había enamorado de dos jóvenes jefes de esa región que sobresalían en los
deportes, incluidas las carreras de holua[33].
Apareció en la forma de una hermosa princesa y se unió a los jefes y sus
compañeros, compitiendo en este deporte en el que ella aventajaba con facilidad
a todas las demás mujeres.
Figura 24. La «Gran Isla» del archipiélago de Hawái, indicando la situación
de los lugares relacionados con varias leyendas sobre volcanes.
Transcurrieron
días placenteros, pero los jóvenes comenzaron a sospechar cuál era la identidad
de la extranjera, cuyos estados de ánimo cambiaban tan caprichosamente, y
entonces trataron de evitarla. A medida que su renuencia a competir con ella
aumentaba, también se incrementaba el fastidio de Pele, hasta que el suelo
comenzó a calentarse y la hierba murió. Entonces, los jefes se asustaron y
trataron de huir, pero Pele golpeó la tierra hasta que ésta tembló y brotaron
ríos de lava que inundaron todo Kahuku. Cuando los jefes trataban de huir por
el mar, Pele los encerró en un terrible abrazo y, después, les echó a un lado,
uno después del otro, y la lava se extendió alrededor de sus cuerpos. Y allí se
quedaron, como Na Puu a Pele («Las colinas de Pele»), dos montículos simétricos
en la playa, rodeados por un mar de yerma lava.
Como
hecho geológico. Na Puu a Pele son las formaciones más grandes de conos
litorales a lo largo de la costa de Kahuku. Cuando la lava caliente entra en el
mar, especialmente una corriente de aa, cuya superficie fragmentada permite que
el agua penetre con facilidad hasta el centro ardiente de la corriente, se
producen explosiones de vapor. Los conos litorales se forman cuando los
fragmentos de lava triturados por las explosiones se acumulan sobre la
superficie de la corriente. En verdad, el área de Kahuku es una de las partes
más desoladas de Hawái: está cubierta por un desierto flujo de lava, el último
de los cuales se produjo en 1907. Incluso los flujos prehistóricos están
relativamente yermos, sin vegetación, debido a su situación con respecto a la
gran masa montañosa de Mauna Loa y a causa de los vientos dominantes, que hacen
que el área de Kahuku reciba nocas lluvias y que la que cae se escurra
profundamente en la lava permeable. La leyenda de Na Puu a Pele no corresponde
a los hechos geológicos por dos causas: la región de Kahuku nunca pudo ser
verde y floreciente en el recuerdo de los Hawáianos, y las colinas mismas no
están constituidas por lava, sino por montones de material fragmentado.
El cabo
de Kumukahi debe su nombre a otro hermoso jefe que despertó el afecto de Pele y
que sufrió un destino similar. La conoció primero disfrazada de bella y joven
princesa, pero cometió el fatal error de ridiculizarla cuando se le apareció en
forma de una anciana que solicitaba se le permitiera participar en los deportes
con él y sus amigos. Inmediatamente, una fuente de fuego estalló. Kumukahi se
dirigió hacia el mar, pero Pele lo alcanzó en la playa y amontonó lava sobre él
mientras un flujo de lava se esparcía a su alrededor y formaba el cabo (En
realidad, el cabo se ha constituido por repetidos flujos del East Rift [Grieta
del Este] de Kilauea. En épocas tan recientes como 1960, se agregaron alrededor
de doscientas hectáreas de tierra por el lado norte.)
Otro
jefe, llamado Papalauahi, también provocó el desagrado de Pele cuando brilló
más que ella en una carrera de holua. Esta vez, la lava apresó a algunos de los
otros jefes que corrían con Papalauahi y transformó en pilares de piedra a un
grupo de asustados espectadores. Los pilares de lava que figuran en esta
leyenda son moldes con forma de árboles (Ilustración 24). Dichos moldes son
cilindros huecos que llegan a tener hasta sesenta centímetros de diámetro, con
paredes de dos a quince centímetros de espesor, que se alzan de tres a cuatro
metros y medio sobre el suelo de lava. Cuando la lava fluye a través de un
bosque, se enfría al entrar en contacto con un tronco de árbol y se solidifica
formando una corteza alrededor del tronco. Cuando la lava se escurre, la
corteza se mantiene erguida. Si el drenaje es rápido, como suele ocurrir en una
pendiente pronunciada, los árboles carbonizados se preservan dentro del molde,
pero si la lava forma un lago, y se detiene allí cierto tiempo, los árboles se
queman totalmente, dejando sólo la huella de la madera carbonizada en la parte
interior del molde.
Ya que
Pele demostraba tal inclinación por los jóvenes y bellos príncipes, cabe pensar
que cualquiera que reuniese tales características podría haber aprendido a ser
amable con las extranjeras, jóvenes o ancianas. Pero, aparentemente, no fue
así. Otro que se enredó en las iras de Pele, fue Kahawali, un jefe del distrito
Puna que era un experto corredor de holua. Dedicaba, con su mejor amigo Ahua,
muchas horas a deslizarse por la pendiente de una colina cerca de Kapoho. Un
día, una mujer de vulgar aspecto les preguntó si podía probar su trineo. Él se
negó con desprecio: ¡Algo que pertenecía a un jefe no podía ser utilizado por
las gentes vulgares! Kahawali, echándose sobre su holua, descendió a toda
velocidad por el flanco. En ese momento, los ojos de la mujer despidieron
chispas mientras ella golpeaba el suelo con fuerza. La ladera se rasgó por un
movimiento sísmico, la lava brotó a chorros y se desparramó en dirección de la
holua y Pele, en su terrible forma supernatural, deslizó su trineo sobre una
ola de fuego. Llamando a su amigo Ahua. Kahawali corrió hacia el mar. En la
pequeña colina conocida como Puukea, arrojó su manto: en Kukii se topó con su
madre, y, después, llegó hasta su casa. Su mujer le imploró: «Quédate y muramos
juntos», pero él continuó corriendo, pasando junto a su hermana. Se encontró
posteriormente con su cerdo, Aloipuaa, al que atropelló. Unos minutos más
tarde, el cerdo quedó sumergido y se transformó en una gran piedra negra. Al
llegar a la playa, Kahawali se adueñó de una canoa que su hermano menor había
conseguido para tratar de salvar a su familia, y Kahawali y Ahua remaron
velozmente mar adentro. Pele arrojó inmensas rocas contra sus siluetas que se
alejaban, pero ninguna dio en el blanco. Se dice que estas rocas se ven aún
bajo el agua...
Ellis,
que fue el primero en registrar esta leyenda, describió el cráter que le
indicaron como el lugar en que se produjeron las carreras de holua, como «un
cráter negro y ceñudo, de unos treinta metros de altura, con un profundo
boquete en su lado este, desde el cual podía trazarse con claridad el curso de
la corriente de lava.» En otras palabras, un ejemplo típico de una brecha
abierta en un cono por un flujo de lava. La colina que se conoce como Kaholua o
Kahawali («Sitio de deslizamiento de Kahawali») en los mapas modernos
topográficos, no corresponde a esta descripción, aunque esté en la posición
correcta con respecto a los otros lugares mencionados. El Kaholua o Kahawali de
hoy es sólo lo que resta de un antiguo cono de cenizas, la mayor parte del cual
se ha extraído para construir caminos que atraviesen los campos de caña de
azúcar que lo rodean. Una vegetación tropical corona lo que debió de ser su
cima original, mientras que sus flancos, desnudos y acanalados, se destiñeron y
adquirieron un color marrón rojizo. Cualquier evidencia de un flujo de lava que
haya brotado de él, hace mucho tiempo que ha desaparecido bajo los campos de
caña (porque los suelos productivos se desarrollan rápidamente en este lado de
la isla, bien provisto de agua), o bajo las corrientes de lava de los años 1955
y 1960, que ahora cubren la mayor parte de la escena de las actividades de
Kahawali. La roca de Aloipuaa, en el centro del canal de lava, y otras rocas
esparcidas a lo largo de los bancos del canal, que se indicaban antes como
personas y casas destruidas por Pele, también se hallan enterradas bajo dichos
flujos. Sin embargo. Puukea aún está allí como el «Sitio de deslizamiento de
Kahawali». Este cono tiene un pesado manto de vegetación excepto en un lado en
el que las cenizas fueron excavadas para construir un camino. Puukea es un cono
joven (pero prehistórico) que está en el flanco del cráter más antiguo y mayor,
Kapoho, y que debe de ser de la misma época de la erupción que engendró la
leyenda de Kahawali, en cuyo caso quizá fue el origen de las rocas
(probablemente bombas volcánicas) que se supone que Pele arrojó a los ofensores
que huían. Kukii es el sitio de un heiau o lugar sagrado de otro pequeño cono
cubierto de hierbas. Puu Kukau, hoy rodeado por la lava del flujo de 1960, que
extendió el cabo Kumakahi hacia el mar.
Seguramente,
Ellis estaba en lo cierto cuando dedujo que esta leyenda se basaba,
probablemente, en algunas «súbitas e inesperadas erupciones de un volcán
mientras un jefe y su pueblo jugaban al holua», porque han brotado varias
erupciones en los flancos de esta región. Como se dijo al comienzo del presente
capítulo, la lava de la erupción de 1955 amenazó, pero no llegó, a la villa de
Kapoho, pero la erupción de 1960 la destruyó por completo. En 1960. la
destrucción de este pueblo fue ampliamente recogida por los medios de
comunicación. Acontecimientos similares, en los tiempos prehistóricos, nos
legan las leyendas de Kahawali. Papalauahi y Kumukahi, pertenecientes, todas
ellas, a una región situada a lo largo del Kilauea East Rift. Como misionero,
Ellis se sintió desalentado por el carácter de los Hawáianos y por lo que de él
se revelaba en estos relatos. «La ausencia de afecto hacia sus familiares
demostrada por Kahavari (Kahawali), quien, a pesar de que su mujer se lo
suplica, la abandona, y así también a sus hijos, madre y hermana, a una
destrucción segura, no despierta la reprobación, ni tampoco se censura que se
apropie de la canoa de su hermano, que deseaba salvar a su familia, mientras se
aplaude, en términos tan poco delicados que es preferible no recordarlos, su
destreza para evitar la terrible calamidad de la que él es el único causante.»
Esta misma ética, tan distinta a la judeo-cristiana, se evidencia en las
tradiciones polinesias sobre inundaciones, como veremos en el séptimo capítulo.
Durante
un tiempo. Pele estuvo casada con el semidiós Kamapuaa, que era un kupua, es
decir, un ser que podía mostrarse en forma humana o animal. Generalmente, era
un atractivo ser humano, pero, en su apariencia brutal, tomaba la forma de un
cerdo. En aquel tiempo. Hawái estuvo dividida entre Pele y Kamapuaa,
perteneciendo a ella los distritos de Puna. Kau y Kona (véase Figura 24), donde
existe más cantidad de rocas de lava (los citados son los distritos donde se
han producido las actividades volcánicas más recientes), y a él los distritos
de Kohala. Hamakua e Hilo, donde no hay lava fresca. El matrimonio entre estos
dos decididos individuos fue tormentoso y de corta duración. Reñían a menudo.
En poderosas batallas de los elementos, los movimientos sísmicos y el fuego se
enfrentaban con las inundaciones provenientes del mar y de los cielos (sobre
los cuales Kamapuaa tenía alguna influencia). Finalmente, Kamapuaa tuvo que
marcharse del Pit de Pele perseguido por una corriente de lava. La lava se
extendió hasta el mar, rodeó a Kamapuaa y cortó la retirada por tierra. Al
mismo tiempo calentó el agua a punto de ebullición para así evitar también su
huida por el mar. Pero Kamapuaa se transformó en un pez cubierto de una piel
muy dura, por lo que pudo nadar bajo el agua, excesivamente caliente. y
salvarse. De ahí que los Hawáianos cuenten con un pez, que se llama
humuhumu-nukunuku-a-puaa, de forma angular, piel muy dura y que emite un
gruñido (del que deriva su nombre, que significa «cerdo angular que gruñe»).
Desde entonces hasta ahora, se ha considerado que la ofrenda más agradable para
Pele es un cerdo.
* * * *
Cada
nueva erupción Hawáiana origina nuevos relatos sobre Pele. El doctor Gordon
Macdonald. vulcanòlogo de la Universidad de Hawái, transcribe una divertida
historia. Estas son sus palabras:
«Se
cuenta que un hombre de Kohala, lugar que se encuentra en el extremo norte de
la isla de Hawái, se hallaba sentado, cerca del borde de un flujo de lava de
1926, observando el movimiento y bebiendo de una botella de (entonces ilegal)
ginebra Uno de sus amigos le dijo: “¿No sabes que trae mala suerte beber eso
sin darle algo a Pele?" Le preocupó la pregunta, de modo que. después de
beber otro trago, le puso el corcho a la botella, la levantó y advirtió con
pena que aún quedaba la mitad Después, la tiró al río de lava y exclamó:
"¡Esto es para ti, Pele!" La botella desapareció, pero después de
unos 30 segundos volvió a la superficie y se posó sobre la hierba, a sus pies.
Cogió la botella y observó que todavía quedaba un cuarto de su contenido. Desgraciadamente,
¡no se sabe qué ocurrió con el resto de la ginebra!»
Pele ha
dado su nombre a dos características vulcanológicas relacionadas con las lavas
basálticas. Las burbujas de gas que estallan en un orificio activo, las
pequeñas burbujas que se forman sobre la superficie hirviente de un lago o río
de lava, y que cuando se alzan sobre una poderosa corriente térmica ascendente
(como en un cañón de chimenea) se enfrían y se convierten en glóbulos vidriosos
negro-verdosos o marrón-negruzco, se conocen como Peles tears (Lágrimas de
Pele). En la mayoría de los casos, una «lágrima» arrastra un hilo de cristal.
Estos hilos se rompen con mucha facilidad y se arrastran entre sí formando
masas de Peles hair (Cabello de Pele). Dichos cabellos también surgen de las
fuentes de lava, de un modo similar a como se fabrica el material aislante que
se conoce como lana de roca o lana mineral, que se forma inyectando un chorro
de vapor en roca fundida, que es exactamente lo que la naturaleza hace en una
fuente de fuego. Una hebra del cabello de Pele es la más pequeña de las bombas
volcánicas. Los términos Cabellos de Pele y Lágrimas de Pele se han adoptado en
el vocabulario técnico de vulcanología. La ilustración 25 muestra estos dos
tipos de elementos del Kilauea.
* * * *
Nueva
Zelanda se vanagloria de tener varios volcanes activos y de ser una de las
grandes áreas termales del mundo, el rival más próximo al Yellowstone National
Park en características como manantiales cálidos, géiseres, lagos y piscinas de
agua hirviente, fumarolas y otras manifestaciones del calor subterráneo
relacionado con las fases muertas del vulcanismo. Los maoríes, que vivían allí
cuando los ingleses llegaron a explorar y colonizar, son pueblos polinesios
como los Hawáianos. Fatalmente, el folklore de los maoríes es rico en leyendas
sobre volcanes. Uno de los relatos más conocidos es una variación del tema del
eterno triángulo. Los volcanes Taranaki, Ruapehu y Tongariro (luego conocido
como Ngauruhoe. véase Figura 2) eran gigantes que antes vivían en la misma
región. Taranaki y Ruapehu se enamoraron de Tongariro, pero ella no pudo
decidir a cuál de los dos prefería. Finalmente, acordaron luchar por su amor.
Taranaki se separó de la tierra y se lanzó sobre Ruapehu, tratando de
destruirlo, pero Ruapehu reaccionó calentando, hasta que hirvieron, las aguas
del lago de su cráter y pulverizándolas sobre Taranaki y el campo que lo
rodeaba. Taranaki, encolerizado y dolorido, arrojó una lluvia de piedras que
destrozaron la parte superior del cono de Ruapehu, destruyendo así su atractivo
aspecto. Ruapehu se tragó el cono quebrado, lo fundió y lo escupió sobre
Taranaki,
que se vio forzado a dirigirse al mar para aliviar sus quemaduras. El recorrido
que realizó hasta llegar al mar constituye el valle de Wanganui River. Se
replegó sobre la costa hasta su situación actual en la provincia que lleva su
nombre, donde se yergue preparando su venganza. Los supersticiosos maoríes no
quieren vivir ni ser enterrados en ningún lugar que esté sobre la línea que va
de Taranaki a los otros dos picos, porque creen que algún día él volverá.
Taranaki,
hoy conocido como monte Egmont, que se eleva majestuosamente desde el nivel del
mar hasta una altura de más de dos mil cuatrocientos metros, es un cono
simétrico cubierto de nieve que. a menudo, es comparado con el Fujiyama de
Japón. Los vientos que circulan frente al Tasman Sea se ven forzados a elevarse
sobre el pico y, al enfriarse en las alturas, precipitan su humedad, por lo que
la provincia de Taranaki es rica en verdes pastos que alimentan la cabaña de la
mayor parte de la industria lechera de Nueva Zelanda. Tan bien cumple la
montaña su función de «fabricante» de lluvias, que su hermosa cabeza se oculta,
habitualmente, tras las nubes. No existe ningún registro histórico de una
erupción del Egmont, pero una de sus capas más frescas de lava ha sido sometida
a la prueba de radiocarbono, comprobándose que es de hace unos trescientos
años. Por tanto. Taranaki puede estar realmente «meditando». (Hace unos quince
años, se escucharon ruidos de explosiones en las vecindades del pico, que no se
han explicado, lo que produjo una gran inquietud entre los residentes locales
que temían que el volcán pudiera estar despertando. No obstante, una
investigación oficial llegó a la conclusión que se trataba sólo del sonido
provocado por las explosiones en canteras situadas a cierta distancia y que se
reflejaban en el suelo bajo ciertas condiciones atmosféricas.)
El
detalle sobre la rotura del cono de Ruapehu sugiere que la leyenda puede tener
su fundamento en alguna erupción real de ese volcán —es posible que,
aproximadamente, al mismo tiempo que una de Taranaki— que fue presenciada por
los maoríes antes de la llegada de los pakeha (hombre blanco). Los cambios de
forma en las cumbres de los volcanes son un resultado de las erupciones: la
parte superior, o se expulsa o cae dentro del cráter, o en algunos casos, se
eleva aún más. La leyenda insinúa que en este caso se debe de haber producido
una caída. Ruapehu y Ngauruhoe aún permanecen activos. La región en que se
hallan, no lejos del lago Taupo, ha sido separada, como el Tongariro National
Park (Parque Nacional de Tongariro). Durante mucho tiempo, una erupción del
Ngauruhoe se consideraba una orden para las belicosas tribus del área de Taupo
a fin de que luchasen contra otras.
Los
maoríes poseen un mito que explica cómo llegó el fuego a los volcanes y a las
áreas termales de Nueva Zelanda. Ngatoro era un poderoso tohunga, un hombre de
las medicinas, un líder del primer grupo de personas que llegó en canoa desde
«Hawáiki». Un día, Ngatoro subió al Tongariro llevando consigo a su esclava
favorita. Auruhoe. Advirtió a su pueblo que ayunara hasta su regreso para
proporcionarles fuerza contra el frío reinante en aquellas grandes alturas. Al
no regresar en la fecha prevista, lo dieron por muerto y rompieron su ayuno.
Inmediatamente. Ngatoro y Auruhoe, que estaban en la cima de la montaña,
sintieron un intenso frío y ambos hubieran muerto si no fuese porque el tohunga
imploró a sus hermanas, que estaban en Hawái, que le enviaran fuego para
calentarlo. Las hermanas, poderosas hechiceras, llamaron a los demonios del
fuego, los cuales comenzaron inmediatamente a nadar bajo el agua hacia Nueva
Zelanda. En la isla White (isla Blanca) (Ilustración 26) emergieron para
respirar, y la tierra estalló allí en llamas que aún perduran. (La isla White
es un volcán en la bahía de Plenty. La mayor parte de su actividad conocida ha
sido del tipo llamado solfatárico, expulsando vapor y exhalaciones sulfurosas
por varios orificios. De vez en cuando, se han producido suaves erupciones de
carácter explosivo intermitente. La más reciente se prolongó desde noviembre de
1966 a abril de 1969.) Al llegar a tierra firme, los demonios continuaron
viajando bajo el suelo hacia Ngatoro. y cada vez que salían a la superficie
dejaban un área termal. En la cúspide de Tongariro, irrumpieron. El calor
reavivó a Ngatoro, pero Auruhoe había muerto. Ngatoro lanzó su cuerpo al
cráter. Desde entonces, la montaña se conoce con el nombre de Ngauruhoe. (El
nombre de Tongariro se le da hoy a un volcán más pequeño, aparentemente
extinguido, adyacente a Ngauruhoe.)
* * * *
El tema
del triángulo amoroso aparece también relacionado con tres volcanes antiguos de
Nueva Zelanda. Kakepuku y Kawa son dos colinas basálticas en el llano de Waipa,
a unos treinta kilómetros al sur de Hamilton (véase Figura 2). La leyenda dice
que Kakepuku se enamoró de Kawa, pero debía vencer a varios rivales para
obtenerla. Uno de los más perseverantes era otra colina volcánica llamada
Karewa. Este luchó muy bien, pero, finalmente, fue obligado a retroceder hasta
el mar, donde se transformó en lo que hoy es la isla Gannet. A veces, una
corriente de bruma es arrastrada flotando a tierra firme desde Karewa hasta
Kawa.
Kakepuku
y Kawa son conos volcánicos desgastados que se encuentran sobre una fisura
sobre la cual también están dos grandes masas volcánicas. Pirongia y Kariori.
La isla Gannet es pequeña y se halla a unos veinte kilómetros al oeste de la
costa y aproximadamente en la misma latitud que Kakepuku y Kawa. No se
encuentra en la misma fisura, pero ha sido registrada en los mapas como
perteneciente a la misma formación volcánica. Todos están extinguidos desde
hace tiempo. (En una leyenda alternativa de la misma región, Kakepuku es
femenina y es la mujer de Pirongia.)
* * * *
En 1886,
los picos del norte y el centro del Mount Tarawera, en el centro de la región
termal de Nueva Zelanda, entraron en inesperada y violenta erupción que enterró
a tres pueblos maoríes en una lluvia de cieno, piedras y cenizas ardientes.
Murieron más de cien personas. Este desastre se interpretó como un castigo a
causa de alguna transgresión y dio origen, al menos, a dos leyendas. Una de
ellas culpa de la erupción a la gente del pueblo de Te Ariki, que, por haber
comido miel salvaje, lo que estaba prohibido, había quebrantado un tabú de la
montaña sagrada. Los que comieron de esa miel, murieron, mientras que otra
tribu que habitaba una población cercana y que no había participado en el
hecho, fue perdonada. El otro relato es algo más complejo. Tamaohoi era un
demonio que se comía a los hombres y que vivía en las laderas de Mount
Tarawera. Ngatoro le aprisionó en la montaña, y allí durmió durante siglos. Uno
de sus descendientes, un tohunga llamado Tuhoto, lamentando la degradación
moral de su pueblo bajo la influencia del hombre blanco, invocó al demonio para
que lo castigara. Tamaohoi salió de su prisión y aniquiló a los pecadores. Este
es un excelente ejemplo moderno de evemerismo: un tohunga llamado Tuhoto, de
cien años de edad, tenía un antepasado llamado Tamaohoi, y fue desenterrado
vivo bajo los escombros de su choza cuatro días después de la erupción del
Tarawera y, a continuación, vivió otros cuatro días más.
De México
nos llega una historia más amable de amantes volcanes, y en la que ningún rival
complica el suave curso del verdadero amor, como sucedía con Ruapehu y
Tongariro. o con Kawa y Kakepuku. Los aztecas creían que los dos magníficos
picos volcánicos que forman el marco sudeste del valle de México. Popocatepetl
(la Montaña que fuma) e Ixtaccihuatl (la Dama blanca), eran amantes que no
soportaban la posibilidad de no verse. La silueta de Ixtaccihuatl parece, sin
duda, el contorno de una mujer reclinada.
* * * *
Los
indios Klamath, del noroeste de Estados Unidos, tienen una leyenda sobre
volcanes en conflicto. Llao, jefe del Mundo Subterráneo, y Skell, jefe del
Mundo en lo Alto, lucharon por sus respectivas posiciones en el monte Mazama,
en Oregón, y monte Shasta, en California, dos picos que estaban a unos ciento
sesenta kilómetros de distancia. Se arrojaron rocas y llamas uno a otro
mientras las tinieblas cubrían la tierra que los rodeaba. La contienda acabó
cuando el monte Mazama cayó sobre Llao, precipitándolo a su mundo subterráneo,
donde permanece desde entonces. En el lugar en que se produjo el hecho quedó un
gran boquete que llenó de agua para formar un lago, el llamado lago del Cráter.
Lo interesante de esta leyenda estriba en que, despojada de sus elementos
supernaturales, describe con bastante precisión cómo se formó el citado lago.
El monte Mazama produjo una erupción de gran violencia y se derrumbó hace más
de 6.500 años, dejando una depresión que hoy ocupa el lago (Ilustración 27).
El lago
del Cráter (Cráter Lake) constituye un clásico ejemplo de lo que los
vulcanólogos denominan una caldera[34], es
decir, una gran depresión, más o menos circular, que se forma cuando un volcán
se derrumba en el vacío que se crea debajo, después de una erupción (o una
separación) de grandes cantidades de material. En la erupción del monte Mazama,
la campiña quedó cubierta por varias toneladas de cenizas volcánicas. En el
punto álgido de la actividad, el día, a causa de la densa nube constituida por
la erupción, debió de parecer la noche. En ese momento, los Klamaths debían de
estar viviendo en la región, ya que se encontraron sandalias y otros objetos
enterrados en las cenizas. Inmediatamente, surge una pregunta: si la
destrucción del monte Mazama se recuerda en una leyenda, ¿no se habrá producido
una erupción del monte Shasta aproximadamente en la misma época (en la misma
generación, digamos) que haya motivado que los dos volcanes se asociaran en tal
leyenda?
El monte
Shasta estaba formado principalmente por lavas, pero la última erupción del
cono de su cima produjo sólo deyecciones piroclásticas, sobre todo piedra
pómez, que sólo aparece en actividades altamente explosivas. Las erupciones
siguientes (de cráteres satélites o de fisuras en sus flancos) han sido
fundamentalmente flujos de lava, el último de los cuales puede ser de sólo hace
unos doscientos años. O sea que, por lo que sabemos, pudo haberse producido una
erupción bastante violenta del Shasta alrededor de la época en que se produjo
la del lago del Cráter. Sin embargo, desgraciadamente, no se han datado los
últimos productos del Shasta.
Los
indios Modoc, de la parte sur de Oregón y norte de California, parecen recordar
los días de actividad del Shasta. Ellos lo cuentan de este modo: el jefe de los
Espíritus del Cielo encontró que hacía mucho frío en el Mundo en lo Alto, por
lo que efectuó un agujero en el cielo con una piedra que hizo girar, y por ese
orificio arrojó hielo y nieve a fin de formar un montón que casi tocaba al
cielo. Bajó a la Tierra después y, tras crear los árboles, los ríos, los
animales, los peces y los pájaros, condujo a su familia con él, para vivir en
las montañas. Desde el orificio de la parte alta de su vivienda brotaban
chispas y humo que el fuego de su hogar despedía. Cuando agregó un gran leño al
fuego, las chispas ascendieron a mayor altura, y la tierra tembló. Finalmente,
dejó el fuego y volvió a vivir en el cielo.
Aunque no
existen registros históricos de la actividad del monte Hood (véase Figura 11),
la evidencia geológica indica que debe de haberse producido una erupción hace
apenas un siglo. Un relato indio de esta región se refiere a una actividad, y
resalta la conciencia de que su fuego pueda no estar extinguido totalmente. Se
dice que la montaña era la morada de espíritus malignos que, cuando se
enfadaban, arrojaban fuego, humo y corrientes de roca líquida. En aquellos
tiempos, los indios eran todos altos como los pinos, y su jefe era el más
valiente, el más fuerte y el más alto de todos. Una noche, se le advirtió en un
sueño que, si no dominaba a los espíritus malignos, éstos inundarían la tierra
con fuego. De modo que subió a la cima de la montaña, en donde encontró un
orificio que conducía al hogar de los espíritus. Arrojó rocas por ese agujero,
pero los espíritus las calentaron al rojo vivo y, entonces, devolvieron.
Durante varios días la batalla se tornó cada vez más violenta, hasta que el
jefe hizo una pausa para tomar aliento y observó que, a pesar de sus
desesperados esfuerzos, el valle que antes fuera verde y hermoso había quedado
ennegrecido y arruinado. El jefe, entristecido, se hundió en la tierra y fue
enterrado por una corriente de roca hirviendo. Cuando el suelo se enfrió y la
hierba volvió a crecer, regresaron los que se habían refugiado en las cumbres
montañosas distantes, pero sus hijos, tras el hambre pasada durante tanto
tiempo, ya no eran altos y fuertes como lo fueron sus antepasados. Así, hasta
que no aparezca otro jefe capaz de conquistar los demonios del fuego, la gente
permanecerá empequeñecida y débil. Se dice que, a veces, el rostro del jefe
puede verse, como un contorno impreciso, en la mitad de la montaña, en el lado
norte.
* * * *
En una
leyenda Nisqually, el monte Rainier se trasladó al lado este de Puget Sound
para escapar de! apiñamiento cuando todas las montañas de la península Olympic
(véase Figura 11) crecieron demasiado aprisa. En su nueva localización se
transformó en un monstruo que succionaba a cualquier criatura que se le
aproximaba demasiado. Finalmente, llegó el Changer en forma de zorro, y lo
desafió a que se lo tragara. Como se había atado a las montañas cercanas con
cuerdas muy fuertes, el monstruo succionó y succionó en vano, hasta que se le
reventó una arteria y murió. El monte Rainier no ha producido recientemente
flujos de lava como para que evoquen ríos de sangre descendiendo de las
montañas, pero, una vez, un flujo de cieno volcánico recorrió unos setenta
kilómetros por el valle del río White hasta las tierras bajas que están al
oeste de Tacoma, y allí se esparció formando un lóbulo de unos treinta
kilómetros de longitud y de cinco a quince de anchura. Los troncos hallados en
este fango se han datado como pertenecientes a menos de cinco mil años. De modo
que es posible que los «ríos de sangre» sean el recuerdo de este
acontecimiento.
* * * *
Ninguna
tierra tiene un origen más volcánico que Islandia, y pocos países han
presenciado más actividad volcánica en los tiempos históricos. De ahí que
resulte sorprendente que los islandeses otorguen tan poco significado
supernatural a las frecuentes erupciones. Por supuesto, la Islandia
pre-cristiana creía en el panteón nórdico. Los Eddas hablan de un gigante
llamado Surtur, guardián de Muspell, un mundo de llamas que está ubicado en
algún lugar del sur. Un día, Surtur destruirá el mundo con el fuego, construyendo
otro, más feliz, que saldrá del mar. Pero, en general, los islandeses han
aceptado sus volcanes como una parte natural de su existencia y temen las
noticias de una erupción sólo por la destrucción que podría ocasionar a las
granjas y al ganado.
¡Pero no
pensaba igual el resto del mundo! En la Edad Media, se creía que Hekla era la
entrada principal al infierno. Hekla es el volcán más temible de Islandia,
porque, debido a su situación, amenaza a más distritos habitados que ningún
otro. Dormido durante siglos, produjo, en 1104, una erupción que es la primera
que recuerdan los hombres, y, desde entonces, se han producido otras trece más.
La mención más antigua de Hekla, de alrededor de 1180, es del capellán
Herbert., del monasterio cisterciense de Clairvaux:
«El
renombrado calderón de Sicilia (Etna), que los hombres llaman la Chimenea del
Infierno... se dice que es como un pequeño horno comparado con este enorme
infierno... ¿Quién puede ser tan recalcitrante y descreído como para no creer
en la existencia de un fuego eterno donde las almas sufren, cuando con sus
propios ojos puede ver el fuego del que he hablado...?»
Casi
cuatrocientos años después. Caspar Peucer escribió:
«Desde el
fondo del abismo de Heklafell, o mejor desde el infierno mismo, se elevan los
gritos melancólicos y los fuertes lamentos, que pueden oírse desde varios
kilómetros a la redonda. Los cuervos y los buitres, negros como el carbón,
revolotean por allí... Es la Puerta del Infierno (y), en cualquier parte que se
libre una batalla, o haya una matanza sangrienta en el globo, se escucharán en
la montaña aullidos, terribles llantos y crujir de dientes.»
S.
Thorarinsson, que cita estas palabras en su libro Hekla on Fire (Hekla
incendiado), agrega que rastros de esta superstición persistían todavía en el
siglo XIX y que, incluso en nuestros días, un sueco que desea mandaros al
diablo, os dirá «go to Mount Hekla» (vete al monte Hekla). En los anales
medievales de Islandia, sólo hay dos referencias a lo supernatural en relación
con Hekla. En el informe de la erupción de 1341, en el Flatey Book, se relata
que la gente vio algo que parecían pájaros, y que creyeron que eran almas que
volaban en el fuego y proferían fuertes gritos. En los Annals of the Bishops
(Anales de los obispos) se dice que, durante la erupción de 1510, el pueblo
percibió ciertos indicios de que el rey Hans de Dinamarca había llegado a Hekla
después de su muerte. Sobre esto. Thorarinsson hace la siguiente observación:
«Debo
señalar que a los que durante la reciente erupción de Hekla tuvieron la
oportunidad de estar de pie durante horas cerca del cráter, y vieron fragmentos
de formas fantásticas de lava negra que eran arrojados desde las columnas de
humo con sonidos espantosos y sibilantes, no les parecerá extraño que nuestros
antepasados los consideraran pájaros monstruosos o las almas de los
condenados... (Ilustración 28). En cuanto a la segunda parte, el rey Hans no
murió, en realidad, hasta dos años después de la erupción de 1510, por lo que
el informe debe de significar más bien la transcripción de un deseo que una
simple superstición.»
Un
antiguo relato de uno de los monjes irlandeses que vagabundeaban por el norte
del Atlántico en sus botes de piel, describe lo que, indudablemente, era una
erupción islandesa, en los términos siguientes:
«...Llegaron
cerca de una isla, que era áspera y rocosa, cubierta de escoria, sin hierbas ni
árboles, pero llena de forjas de herrero... Escucharon el ruido de truenos
debajo de la tierra... Un poco después llegó uno de los habitantes, hirsuto y
espantoso, tiznado de fuego y humo. Cuando vio a los servidores de Cristo cerca
de la isla, retrocedió hasta la fragua, gritando con fuerza: "¡Ay de mí!
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!" San Brendan se armó de nuevo con el signo de la
cruz y les dijo a sus hermanos: "Izad más vela y moved los remos con más
energía para que podamos alejamos de esta isla." Al oír esto, el salvaje
corrió otra vez a la playa, sosteniendo en sus manos un par de tenazas en las
que llevaba una masa de escoria ardiendo, de gran tamaño e intenso calor, que,
en seguida, arrojó a los servidores de Cristo... Esto pasó a unos doscientos
metros de distancia y, cuando cayó en el mar, exhaló vaho como si se tratara de
un montón de carbón ardiendo y arrojó tanto humo como si fuese un horno
ígneo... Todos ios habitantes de la isla se apiñaron en la playa, llevando cada
uno de ellos una gran cantidad de escoria encendida que arrojaban, uno después
de otro, a los siervos de Dios: luego, volvían a sus fraguas, en las que
soplaban para avivar las llamas, de modo que toda la isla parecía un globo de
fuego, y el mar, alrededor, hervía y producía una espuma como si se hubiera
puesto un caldero a un fuego bien alimentado. Durante todo el día, los hermanos
escucharon los fuertes lamentos de los habitantes, aun cuando ya hacía mucho
que no los veían, pero el hedor perduró durante mucho tiempo.»
En esta
descripción se capta vivamente el aspecto, los sonidos y el hedor de una
erupción, hasta el silbido de las bombas volcánicas al rojo vivo cuando caen en
el mar. Pero, por lo visto, una erupción no entraba entre las experiencias de
San Brendan y su tripulación, y de ahí que imaginasen unos habitantes salvajes
y sus fraguas para explicar el fenómeno que habían presenciado.
* * * *
Islandia
no puede ser superada como región de contrastes. Los folletos turísticos no
exageran cuando la describen como la «tierra de fuego y hielo». Con esta
expresión no quieren significar que se trate simplemente de volcanes con cimas
heladas: cualquier pico que sea lo suficientemente alto puede estar cubierto de
nieve durante todo el año, aunque se encuentre en el ecuador. Tampoco se trata
de que aquí haya volcanes, allí glaciares. Existen los volcanes activos y sus
erupciones se producen bajo las capas de nieve. La blancura de nieve del
glaciar conocido como Höfdabrekkujókull, un orificio de salida de la cumbre de
hielo del Myrdalsjökull (véase Figura 3), oculta uno de los volcanes activos
más destructivos de Islandia, el Katla. Hay una terrible leyenda que cuenta de
dónde toma su nombre este volcán, pero, para apreciarla, debe explicarse
primero cómo es su medio geológico.
En el
caso de los volcanes subglaciales, como Katla, existe, además del peligro
habitual de que una buena granja sea enterrada bajo lava o cenizas, la
posibilidad potencial, aún más desastrosa, de un jökulhlaup, o explosión de un
glaciar. Continuamente se funden grandes cantidades de hielo, debido al calor
que producen las solfa- taras y las fumarolas de los campos subglaciales
volcánicos y las ocasionales erupciones; esta agua se acumula bajo el hielo
hasta que la presión es tan grande que estalla en un repentina torrente de
increíbles proporciones. Las explosiones glaciares del Katla (Kötluhloups)
duran, generalmente, menos de un día, pero pueden transportar enormes
cantidades de deyecciones y hielo que, a lo largo de las centurias, han hecho
avanzar la línea de la costa internándose en el mar a gran velocidad. Por
ejemplo, antes de 1170, Hjorleifshöfdi (véase Figura 3) era un promontorio que
se proyectaba sobre el mar, con una bahía baja que estaba al oeste; en la
actualidad está a tres kilómetros de la costa. Los depósitos fluvio-glaciares
que forman llanuras de sedimentación producidas por éste y otros casos de
explosiones glaciares, y que se extienden con tanta rapidez hacia el mar, se
denominan sanders o sandur.
Una de
estas explosiones del Katla figura en el relato de cómo este volcán adquirió su
nombre: En Thykkvabaejarklaustur había un monasterio benedictino, fundado en
1186. El abad tenía un ama de llaves que se llamaba Katla, a quien todos
temían, incluido el mismo abad, porque no sólo mostraba muy mal genio sino que
también practicaba la hechicería. Nadie la temía más que Bardi, el joven pastor
encargado del rebaño del monasterio. Si se perdía una oveja. Katla maltrataba
sin piedad al muchacho. Un otoño, el abad y Katla se marcharon porque debían
asistir a una ceremonia en otro distrito. Ella le dijo a Bardi que reuniese
todas las ovejas antes de que ellos regresaran, «de lo contrario...». Cuando el
momento de su retomo se acercaba, algunas ovejas no estaban todavía allí y
Bardi, desesperado, se apropió de los pantalones mágicos de Katla, que poseían
la virtud de que quien los usaba podía correr todo el día sin cansarse. Con
esta ayuda. Bardi logró pronto reunir el resto del rebaño. Katla no le permitía
a nadie usar sus pantalones, por lo que él trató de dejarlos exactamente como
los había encontrado. Pero ella notó en seguida que habían sido utilizados y,
furiosa, ahogó al muchacho en un tonel de skyr (un producto lácteo, exclusivo
de Islandia. que es muy semejante al yogur). Nadie podía imaginarse qué le
había pasado al chico, aun cuando, a medida que avanzaba el invierno y
descendía el nivel del skyr en la cuba, se oía a Katla murmurar: «Pronto
aparecerá Bardi.» Cuando se hizo evidente que su crimen no podría permanecer
oculto, Katla se puso sus pantalones mágicos y se dirigió hacia el glaciar, y
nunca más se la volvió a ver. Se murmuró que había saltado dentro de una
profunda fisura, y todos estuvieron seguros de esto cuando, un poco después, el
glaciar explotó con estrépito hacia el distrito en que estaba el monasterio. El
hecho se atribuyó a la brujería de Katla. La fisura en que se suponía que había
saltado se llamó «Katla's cleft» (grieta de Katla): el área cubierta por las
deyecciones de la explosión del glaciar, se llamó «Katla's sandur» (Sandur de
Katla); y al volcán que ahora sabemos fue responsable de la inundación —y
también para el folklore— se le dio el nombre de la presencia demoníaca que se
creía oculta bajo el hielo (Ilustración 29).
* * * *
El volcán
Huzi, de Japón, mejor conocido por nosotros como monte Fuji o Fujiyama, es
considerado el pico más hermoso del mundo (Ilustración 30). Acaso su nombre se
derive de Fuchi (o Huchi), la diosa de fuego de Ainu. Esta montaña sagrada es
un cono perfectamente simétrico, de un poco menos de 3.700 metros de altitud, y
es la más alta de Japón. Su última erupción fue en 1707. Según una leyenda que
me contara el principal vulcanòlogo de Japón, Hisashi Kuno, ya fallecido, la
montaña se formó del modo siguiente: «Un gigante decidió un día llenar el
océano Pacífico. Trabajó toda una noche, levantando progresivamente grandes
cantidades de tierra (¿de algún lugar como Siberia?) y descargándolas en el
mar. Cuando amaneció, se disgustó al ver lo insignificantemente que había
progresado y abandonó su proyecto: vació el último montón... y esto es
Fuji-san.»
Otra
versión de su origen es completamente distinta, pero en ésta también se dice
que la montaña se formó durante una noche. Hace muchos años, vivía en el llano
de Suruga un pobre guardabosques, llamado Visu. Una noche, cuando estaba a
punto de dormirse, oyó un terrible retumbar en la tierra y, temiendo un
terremoto, cogió a sus hijos más pequeños y salió corriendo de su choza. ¡Qué
panorama se ofrecía ante sus ojos! En lo que hasta entonces había sido un llano
vacío, se elevaba ahora una soberbia montaña de cuya cumbre brotaban llamas y
nubes de humo. La mañana siguiente, bañada por el sol, el pico brillaba como un
ópalo. Muy impresionado, Visu lo llamó Fujiyama, la montaña Eterna. Un día en
que Visu estaba sentado, disfrutando de la belleza de Fuji (que era todo lo que
hacía esos días, provocando la angustia de su mujer y de su familia), pensó que
sería agradable que el pico pudiera verse a sí mismo en todo su esplendor.
Acababa de imaginar esto cuando un gran lago, con la forma de un laúd japonés,
biwa, apareció de pronto al pie de la montaña. Y así es como se produjo el lago
Biwa. En realidad, el lago Biwa está a unos doscientos veinte kilómetros del
Fuji, y otra leyenda afirma que dicho lago se formó al mismo tiempo que el Fuji
surgía de la tierra. Se ha insinuado que esta parte de la leyenda de Visu es
una reminiscencia de alguna erupción anterior que fue el origen de numerosos
pequeños lagos al pie de la montaña, y no de un solo lago como el Biwa. Los
lagos se producen durante las erupciones volcánicas cuando la lava obstruye los
cursos de agua.
* * * *
Dos
leyendas que se refieren a dos volcanes javaneses tienen el mismo tema, es
decir, exigir una tarea imposible para evitar una boda imposible. Tangkuban
Prahu (el «Prao volcado») es un volcán activo que domina la llanura de Bandung
desde el norte. He aquí su historia: Sangkuriang, el hijo de un rey, era un
niño revoltoso. Un día exasperó tanto a su madre que ésta perdió la paciencia y
le golpeó en la cabeza, produciéndole una seria herida. El rey, que idolatraba
a su hijo, se enfureció tanto que repudió a la reina y la desterró a un lugar
alejado del país. El tiempo pasó, y Sangkuriang creció hasta convertirse en un
hermoso joven. Cuando llegó a ser mayor de edad, su padre le permitió viajar a
todo lo largo y ancho de Java. En la llanura de Bandung encontró a una hermosa
mujer de la que inmediatamente se enamoró. Ella correspondió a su amor y aceptó
su propuesta de matrimonio. Un día, mientras acariciaba la cabeza de su amado,
percibió la herida y, con horror, se dio cuenta de que era su propio hijo. Debía
evitarse la boda a cualquier precio, pero no se atrevía a confesarle la verdad.
El día de la boda se acercaba, pero ella no conseguía resolver el dilema. Por
fin, un día antes de la boda, pidió a Sangkuriang que le probara su cariño
construyendo un hermoso prao, en el que se celebraría la boda con una gran
fiesta, y así también un lago en el cual la nave pudiera navegar. Sangkuriang
oró a los espíritus benéficos, los dewatas, y ellos produjeron un
desprendimiento de tierras que bloqueó el río Tarum que desaguaba el valle.
Mientras tanto, otros dewatas cortaron un gran árbol y construyeron un inmenso
prao, al mismo tiempo que algunos otros preparaban una gran fiesta digna de los
dioses. A la mañana siguiente, la reina quedó atónita al comprobar que lo imposible
se había cumplido. Desesperada, rogó a Brahma que la ayudara a detener el
matrimonio incestuoso. Brahma destruyó el dique que contenía las aguas del
nuevo lago, y éstas brotaron con tanta violencia que el prao zozobró y
Sangkuriang se ahogó. Atormentada, la reina se lanzó con tal fuerza contra el
casco del barco volcado, que lo atravesó y también se ahogó.
Así, el
prao que naufragó se eleva hoy en la llanura: el orificio por el cual se
sumergió la reina al atravesar el casco, es el Kawah Ratu, el «cráter de la
Reina»; las fumarolas de vapor en el cráter y los frecuentes temblores que se
perciben en la montaña demuestran que la acongojada madre solloza aún por su
hijo. Bukit Tugul, la «montaña del Tronco», al este de Tangkuban Prahu, es el
trozo de árbol que se cortó para construir el prao, y el monte Burangrang, al
oeste del volcán, es la «Corona de Hojas» que se supone debía de usarse en las
fiestas de bodas. Esta leyenda combina elementos exclusivamente etiológicos,
inspirados por la semejanza de rasgos topográficos prominentes con los objetos
de los cuales toman el nombre, con lo que podría ser una memoria popular de un
lago real que alguna vez ocupó la cuenca. Los estudios geológicos han
demostrado que el río Tarum fue obstruido, en los tiempos neolíticos, por
avalanchas del Tangkuban Prahu, formándose así un lago cuyo nivel original
estaba a unos 715 metros sobre el nivel del mar. En las playas del lago
desaparecido, que debe de haber tenido unos cincuenta metros de profundidad se
han encontrado utensilios de obsidiana de los primitivos habitantes de la
región. A medida que el río se erosionó por la pérdida de material que lo
bloqueaba, el nivel del lago descendió hasta quedar un llano pantanoso. Su
existencia anterior ha sido recordada a lo largo de los siglos por unas gentes
para las cuales los tabúes, los fantasmas, los dioses y los espíritus eran más
reales que los hechos geológicos.
* * * *
La otra
leyenda javanesa se refiere al monte Bromo, al este de Java. Según me la relató
otro vulcanòlogo, el profesor Robert Decker, un poderoso gigante pidió, en
cierta ocasión, la mano de la hija de un rey. La princesa encontró repulsivo al
gigante, y su padre no deseaba forzarla a esta unión, pero, al mismo tiempo,
temía la ira del gigante. En lugar de rechazarlo directamente, el rey le
prometió la mano de la muchacha, pero con la condición de que derribara en una
noche la montaña Tengger, hazaña que él y su hija consideraron imposible. Pero
el indeseado pretendiente encontró una gigantesca corteza de coco y atacó la
montaña con tal vigor que parecía que tendría éxito en la empresa. Pero la
princesa era capaz de enfrentarse a esto: despertó al gallo, que, fastidiado,
cantó vigorosamente. Engañado, pensando que el amanecer estaba próximo, el
gigante abandonó, arrojó la corteza de coco y se fue para no regresar jamás. La
montaña, parcialmente vaciada, es la caldera del Tengger (Ilustración 31), y la
corteza del revés es Batok, un cono de cenizas extinguido, empinado y elevado,
cerca de Bromo, el cono central activo de la caldera (Ilustración 32). Esta
leyenda, por cierto, es puramente etiológica.
* * * *
En Zaire
(antiguamente la República Democrática de Congo), al norte del lago Kivu, hay
un grupo de volcanes que se conocen como los Virunga. Un héroe o semidiós
llamado Ryang'ombe, el Comedor-de-bueyes, se dice que se quedó en el volcán que
está más al este, después de su muerte en Muhavura (Figura 25). Solía luchar
con su enemigo Nyiragongo, que vivía en Mikeno. En una pelea. Ryang'ombe partió
en dos a Mikeno y, desde entonces. Nyiragongo huyó hacia el oeste del volcán
que hoy lleva su nombre. Ryang’ombe cortó la cúspide de ese pico y empujó a
Nyiragongo. Después, apiló piedras calientes de la cima para mantenerlo dentro.
¿Cómo
encaja esta leyenda en la historia geológica? Los volcanes Virunga son todos
jóvenes, tanto que cuando se formó la cadena de volcanes, las aguas del lago
Kivu, que antiguamente desembocaban sus aguas al norte, a través del lago
Edward, en el Nilo, debieron de buscar una nueva salida al sur, por el río
Ruzizi y el lago Tanganyika, hacia el Congo. Nyiragongo y Nyamuragira (o
Nyamlagira) aún permanecen activos: el último de ellos tuvo una erupción
recientemente, en los años 1957-58. Las luchas legendarias entre Ryang'ombe y
Nyiragongo recuerdan, sin duda, erupciones reales. Mikeno es un antiguo cono y
su doble pico puede ser el resultado o de la erosión o de una explosión: en el
último caso, sería difícil saber si Mikeno «hizo volar su cima» en una época en
que presenciaron el suceso los antepasados de las tribus actuales. La cúspide
truncada de Nyiragongo, que es una caldera, como la de Kilauea, no se debe a un
hecho tan violento como el que relata la leyenda. Su semejanza con el volcán
Hawaiano se acentúa porque hay un foso encendido, en el suelo de la caldera, en
el cual la lava hierve constantemente, como era Halemaumau hasta 1924. ¡No
resulta sorprendente que las tribus locales piensen en demonios prisioneros!
Figura 25. El campo volcánico de Virunga, al este de África. Lo mismo que en
Hawái, el folklore de las tribus que habitan en el área refleja que el centro
de la actividad volcánica ha emigrado, en este caso, desde el este al oeste;
actualmente sólo Nyamuragira y Nyiragongo son activos. En la parte inferior, un
perfil, tomado de un dibujo de M. Denaeyer, Bruselas.
Otro pico
volcánico en el cual también se supone hay un demonio prisionero es el monte
Demavend, al sur del mar Caspio, en Irán (véase Figura 27. capítulo VII). El
Demavend es el cono más grande de las montañas Elburz y se encuentra en
actividad en estado fumarólico, aunque no se han producido erupciones en los
tiempos históricos. Los vapores y efluvios sulfurosos que surgen de sus
orificios se han atribuido al aliento de un demonio llamado Biourasf, y los
ocasionales ruidos sordos son sus gruñidos. Otros aseguran que la montaña es la
prisión de los ángeles caídos encerrados por el rey Salomón.
* * * *
La misma
idea de gigantes o demonios encadenados que producen las manifestaciones
volcánicas se remonta a los tiempos clásicos. Según los antiguos griegos, los
primeros hijos del Cielo (Urano) y la Tierra (Gea. de cuyo nombre deriva el
prefijo «geo-» de las ciencias de la tierra) fueron tres monstruos con
cincuenta cabezas y cien manos, características que representaban las violentas
fuerzas de la naturaleza: los terremotos, las erupciones, los huracanes, el
trueno y el rayo. Su padre los odiaba y los encerró en la Tierra. Los
siguientes hijos fueron los Cíclopes, de un solo ojo, comedores de hombres, más
semejantes a los hombres en su aspecto. Después de los Cíclopes llegaron los
Titanes, uno de los cuales fue Cronos (Saturno). Cuando la Tierra llamó a los
Cíclopes y a los Titanes para que la ayudaran a liberar a sus hermanos mayores,
aunque éstos fuesen monstruos. Cronos acudió, dispuso una emboscada e hirió a
Urano: de la sangre que se derramó surgió la cuarta raza de monstruos, los
Gigantes. Cronos gobernó el Universo durante mucho tiempo, hasta que, en una
guerra terrible que casi destruye todo el Universo, fue destronado por su hijo
Zeus. Zeus liberó a los primeros monstruos, que lucharon a su lado con sus
armas: el rayo, el trueno y los terremotos. Zeus aprendió a controlar el trueno
y el rayo, y con ellos pudo vencer a los gigantes Encelado. Briareo y Tifón, y
los enterró bajo el monte Etna. (Algunas versiones de este mito dicen que sólo
enterró a Tifón, otras afirman que sólo a Encelado. y otras, a su vez. citan a
otros volcanes.) Sus esfuerzos por liberarse originan los terremotos
volcánicos, y su ardiente aliento provoca las erupciones. Los Cíclopes, que
habían ayudado a Zeus, pudieron vagar libremente por Sicilia; ayudaron a
Hefesto, el dios del fuego y el metal, a forjar el rayo de Zeus en una herrería
situada en el monte Etna o en alguno de los otros volcanes.
A corta
distancia de la costa de Sicilia, en Aci Trezza, justo al norte de Aci Castello
(véase Figura 15), hay un grupo de rocas que se conocen como las rocas de los
Cíclopes (Ilustración 33). En la «Odisea», de Homero, cuando Odiseo y su
tripulación son capturados por el Cíclope Polifemo. y encerrados en una cueva,
logran escapar dejándole ciego y agarrándose a la barriga de las ovejas.
Mientras se alejaban en su nave, el furioso Cíclope arrojó enormes rocas en la
dirección de la voz de Odiseo. Se supone que las rocas que están mar adentro,
en Aci Trezza, son aquellas que él arrojara y que permanecen en donde cayeron.
Se piensa que la asociación de un gigante de un solo ojo con el Etna, proviene
del brillo que produce el cielo nocturno sobre el pico, visible desde mar
adentro cuando el volcán se halla en actividad. Del mismo modo, la idea de
lanzar rocas pudo haberse originado para explicar los bloques y bombas
volcánicas de todas dimensiones que el Etna arroja durante una erupción. No
obstante, las rocas de los Cíclopes en Aci Trezza no son realmente deyecciones
volcánicas, sino residuos de pequeños tarugos de roca basáltica, que son más
duros que las rocas que los rodean y que han sido erosionados por las olas; uno
de ellos aún conserva un casquete de sedimentos marinos que éstas han
insertado. Para el ojo no entrenado parecen extraños al medio.
Se ha
sugerido que Talos, el formidable gigante que patrullaba las costas de Creta,
podría ser la personificación del volcán Santorín, la isla de las Cíclades que
está más al sur, y que «vigilaba» para que no se produjeran incursiones a Creta
desde tierra firme. Hefesto forjó a Talos en bronce para que fuera
invulnerable, excepto un punto de su tobillo, en el que la vena que llevaba su
sangre vivificante estaba cubierta por una delgada membrana. Podía calentarse a
sí mismo en el fuego y matar a los extraños envolviéndolos en un abrazo a) rojo
vivo. Cuando Jasón y los Argonautas trataron de desembarcar en Creta, de
regreso a Colchis con el vellocino de oro. Talos les arrojó rocas y hubiera
logrado hundir el Argos si los remeros no hubieran alejado el barco velozmente.
Medea hechizó al gigante nublando su vista y, cuando trataba de levantar un
trozo particularmente grande de roca, se raspó el tobillo contra un afilado
peñasco. Mientras fluía su sangre «como plomo derretido», su fuerza se consumía
y cayó al suelo y expiró. En la interpretación volcánica, las rocas arrojadas
son bombas volcánicas, el tobillo podría ser un cráter secundario, la sangre
que mana de la herida, lava derretida (que en realidad parece metálica, más que
roja, a la luz directa del sol), la caída y muerte del gigante podría ser la
calma del volcán después de la erupción, y el ardiente abrazo es,
evidentemente, el destino de cualquiera que se acerque demasiado a la erupción
de un volcán.
* * * *
Una
leyenda mediterránea, que ya pertenece a la era cristiana, es un ejemplo de
geomito que, en verdad, contribuyó a resolver un problema geográfico. En su
Voyage aux lies de Lipari, publicado en 1783. Déodat de Dolomieu registra una
tradición local referente a san Calogero, un ermitaño que vivió en Lípari (la
mayor de un grupo de islas llamadas las Lípari o islas Eólicas; véase Figura
15), en el siglo VI. A este santo se le atribuye el haber expulsado a los
demonios que, en aquel entonces, se creía que eran los responsables de los
fuegos subterráneos de Lípari. Los persiguió, primero a Vulcanello y luego a
Vulcano porque los habitantes de Lípari pensaban que el primer lugar estaba
demasiado próximo. Desde ese momento, los fuegos de Lípari desaparecieron. Esta
leyenda le permitió al vulcanòlogo alemán Jòrg Keller precisar la fecha de la
última erupción de Lípari, dentro de un margen de unos quince años, lo que es
razonablemente exacto desde el punto de vista geológico, basándose para ello en
algo que sucedió hace casi mil quinientos años. Una toba de pómez que provenía
de esa erupción, y que había sido datada como de los siglos IV y V, cubría las
ruinas de Roma. Keller pudo así determinar que la erupción debió de ocurrir
después del siglo V, pero, si alguna vez existió una crónica de esa erupción,
ésta no sobrevivió a los tiempos oscurantistas. Puesto que sabe con certeza que
san Calogero vivió en los años 524-562. Keller deduce, tomando esta leyenda
como base, que, probablemente, la erupción se produjo en algún momento entre
los años 500 y 550. La misma leyenda, dicho sea de paso, refleja fielmente el
hecho de que la actividad volcánica es cada vez más reciente desde Lípari a
Vulcanello y, luego, Vulcano.
Antes de
terminar con el tema del folklore de los volcanes, se ha de mencionar que
debemos a Vulcano (nombre romano para Hefesto) la denominación de la palabra
volcán y al volcán particular que lleva este nombre, por el término más oscuro
de volcánico, que describe un estilo particular de actividad típica de las
erupciones de Vulcano. Una vez más, la mitología ha contribuido, si bien
levemente, a los conocimientos cientifico.
Láminas
Ilustración 1. Brazo este del flujo de lava de 1783 del Laki, que casi
barrió Islandia. Vista hacia el este. Los picos cubiertos de nieve que se ven
al fondo, a la derecha, son los de Óraefajökull, la montaña más alta de
Islandia. Se trata de un impresionante volcán activo, cubierto de glaciares.
(Foto de Sigurdur Thorarinsson.)
Ilustración 2. Lavas preglaciares que es posible observar en la garganta que
está debajo de Dettifoss, el salto de agua más alto de Islandia. (Foto de la
autora, agosto, 1960.)
Ilustración 3. Lava posglacial (hraun), Herdubreidarlindir, Islandia. Esta
corriente muestra la superficie viscosa del tipo de lava llamada pahoehoe y una
cordillera comprimida, abierta cuando se comprimió el flujo aún en movimiento
al enfriarse la corteza. (Foto de Claude M. Roberts, agosto, 1972).
Ilustración 4. El Almannagjá, en Thingvellir, Islandia. El parlamento
democrático más antiguo del mundo, el Alting, acostumbraba reunirse al aire
libre en esta fisura volcánica natural. El mástil marca Law Rock, donde se
situaba el orador. (Foto de la autora, agosto, 1960.)
Ilustración 5. Kapiolani, desafiando a Pele en Kilauea, 1824. De un cuadro
de Peter Hurd. (Cortesía de Amfac, Inc., Honolulú, Hawái.)
Ilustración 6. Los blancos acantilados de Dover. (Foto de Donald E. Hattin,
abril. 1969).
Ilustración 7. Torghatten, fuera de la costa de Noruega, al norte de
Trondheim. (Foto de Knut Auné Kunstforlag A/S, Trondheim. Cortesía del
Geological Institute [Instituto Geológico], Universidad Técnica de Noruega,
Trondheim.)
Ilustración 8. Ásbyrgi desde el aire. La única depresión con forma de
herradura al norte de Islandia es el desfiladero de la foto, una cascada
«fósil», cortada cuando el río Jókulsá, en Fjöllum (derecha), fluía al este,
hacia su lecho actual. De una foto aérea. (Reproducida con permiso del
Departamento de Investigación de Islandia, Reykjavik.)
Ilustración 9. La legendaria Torre del Diablo, Wyoming. (Cortesía del
Servicio Nacional de Parques de Estados Unidos.)
Ilustración 10. Parte superior de columnas de basalto Giant’s Causeway,
condado de Antrim. Irlanda. (Foto de Donald E. Hattin, enero. 1969.)
Ilustración 11. Scurr nan Gillean, en las Cuillins de Skye, desde el camino
de Sligachan. (Foto de R. Thompson, septiembre. 1962).
Ilustración 12. Las Red Hills en la isla de Skye. (Foto de C. J. Vitaliano.
septiembre. 1969.)
Ilustración 13. Monte Showa-Shinzan. Hokkaido. Japón, una nueva cima
volcánica producida en una erupción en 1943-44 casi del mismo modo en que la
leyenda (equivocadamente) explica la formación de las Cuillins de Skye. (Foto
de C. J. Vitaliano. septiembre. 1970.)
Ilustración 14. El lago del Cráter (Cráter Lake), Oregón, mostrando la isla
del Mago (Wizard Island), un cono volcánico joven dentro de la depresión de la
caldera. (Foto de la autora, agosto, 1959.
Ilustración 15. Cristales de estaurolita. Izquierda: Un cristal sencillo.
Centro y derecha: «Piedras mágicas», maclas cruciformes (90 y 120°,
respectivamente). (Foto por cortesía de L. G. Berry.)
Ilustración 16. Hanau o piedras que aún no han nacido, Ninole Cove, Haws Los
Hawaianos creen que los guijarros pequeños alojados en los huecos de las
grandes piedras basálticas son bebés que están a punto de nacer de la piedra
mayor. (Foto de la autora, agosto, 1970.)
Ilustración
17. Formas típicas de australitas. (Foto por cortesía de Brian Mason,
Smithsonian Institution.)
Ilustración 18. Para prevenir los terremotos, el dios Kashima inmoviliza al
namazu (barbo) por medio de la «piedra-pivote», mientras el pueblo ora. Los
caracteres que se ven, «Kaname-ishi», significan piedra-pivote. (Dibujo de
Kenzo Yagi tomado de uno de los antiguos grabados Namazu-e.)
Ilustración 19. Una de las fisuras más grandes que se abrieron durante el
temblor de Alaska de marzo de 1964. Esta fisura, de 3 pies (90 cm) de ancho y 7
pies (2,1 metros) de profundidad, está en un glacial no consolidado hasta la
huella de la Patton Bay Fault (Falla de la bahía de Patton), en la isla
Montague. Debe resaltarse que no es sin fondo, y que tampoco se ha cerrado
sobre los árboles que cayeron en ella. (Foto de George Plafker, U.S. Geological
Survey.)
Ilustración 20. Pele, la diosa de los volcanes Hawaianos, tal como la
imagina D. Howard Hitchcock. El artista explica con estas palabras por qué la
representa blanca: «...Es exactamente así como la imagino. Su cutis es claro
porque es fuego; sus cabellos son espirales de humo y llamas, y rezuma fuego
por sus dedos.» En realidad, las tradiciones Hawaianas afirman que Pele es una
mujer alta y rubia que no tiene cejas. (Reproducido por cortesía del U.S.
National Park Service.)
Ilustración 21. Halemaumau, el «foso de fuego» de Kilauea, durante una
erupción. Los montículos cónicos que los Hawaianos creían que eran las moradas
de Pele y su familia, son características transitorias formadas por los
surtidores de lava. (Foto de Donald A. Swanson, junio, 1968. Reproducida por
cortesía del Hawaiian Volcano Observatory, U.S. Geological Survey.)
Ilustración 22. Lago de lava en Halemaumau, volcán de Kilauea. Hasta 1924,
la lava hervía constantemente en Halemaumau, pero, desde entonces, el
espectáculo descrito por primera vez por William Ellis sólo puede contemplarse
en períodos de erupciones activas. (Foto de Richard S. Fiske, noviembre, 1967.
Reproducido por cortesía del Hawaiian Volcano Observatory, U.S. Geological
Survey.)
Ilustración 23. Pista de deslizamiento de holua en Puu Hinahina, Kapu'a, S.
Kona, Hawái. En la parte inferior: un trineo holua usado para deslizarse por
las laderas cubiertas de hierba, o por caminos como el que se muestra en la
fotografía. En el folklore Hawaiano, Pele a menudo compite en las carreras de
holua y produce erupciones si no le agrada el resultado. (Fotos por cortesía
del Bernice P. Bishop Museum, Honolulú.)
Ilustración 24. Formas de árboles en el Lava Tree State Park (Parque estatal
de arboles de lava), distrito de Puna, Hawái. Éstos surgieron durante una
erupción en 1790 y podrían ser las «personas petrificadas» que figuran en la
leyenda de Papalauahi. (Foto de C. J. Vitaliano, agosto, 1970.)
Ilustración 25. «Cabellos de Pele» y «Lágrimas de Pele», conformadas por la
lava derretida arrastrada por el viento. (Foto de C. J. Vitaliano.)
Ilustración 26. White Island (isla Blanca), Nueva Zelanda, un volcán en
estado de actividad solfatárica. En la leyenda maorí existe un lugar en el que
los demonios que llevan fuego al área volcánica de Nueva Zelanda emergen a
veces a la superficie en busca de tierra firme. (Foto de D. Callard. Tauranga,
Nueva Zelanda, agosto. 1969.)
Ilustración 27. Monte Mazama, Oregon, al comienzo de la fase climáctica de
la erupción, hace alrededor de 6.500 años (arriba), e inmediatamente después de
la caída de su cumbre (abajo). De una serie de cuadros de Paul Rockwood.
(Tomado de «Ancient Volcanoes of Oregon» [Antiguos volcanes de Oregon], de
Howel Williams. Reproducido con permiso del Condon Lecture Series of the Oregon
State System of Higher Education.)
Ilustración 28. Actividad explosiva en uno de los cráteres de Óldugígar, al
pie del monte Hekla, Islandia, durante la erupción lateral de 1970. Una
actividad de este tipo es la que ha inspirado, sin duda, la creencia,
ampliamente difundida en la Edad Media, de que las grandes cantidades de lava,
aún fresca y suave, con forma de pájaros, eran las almas de los condenados que
flotaban sobre la entrada del infierno. (Foto de Sigurdur Thorarinsson.)
Ilustración 29. Mirando a través del depósito fluvio-glaciar (sandur) hacia
el casco nevado de Myrdalsjökull, debajo del cual acecha uno de los volcanes
más temidos de Islandia, el Katla. (Foto de la autora, agosto. 1960.)
Ilustración 30. Fuji-san, la Montaña Eterna de Japón, desde Oshiro-mura.
(Foto de Hiroshi Nakano, Tokio, febrero. 1970.)
Ilustración 31. Modelo de la caldera de Tengger, Java, en el Geological
Museum de Bandung. El norte está a la derecha. (Foto de R. W. Decker, 1959.)
Ilustración 32. Mirando hacia el este desde el borde de la caldera del
Tengger. Bromo (a la izquierda, echando vapor) y el extinguido Batok (derecha).
(Foto de R. W. Decker, 1959.)
Ilustración 33. Las rocas de los Cíclopes, en Aci Trezza, Sicilia. Este
sorprendente grupo de rocas, a corta distancia de la costa, son en realidad
residuos de tarugos incrustados, erosionados por las olas. Los antiguos creían
que eran las piedras lanzadas por el ciego Polifemo a Odiseo y su tripulación
cuando huían. (Foto por cortesía de Foto Enit Roma.)
Ilustración 34. LasDry Falls(cataratas Secas) enGrand Coulee(Gran
Quebrada), formadas en los tremendos diluvios que crearon la topografía de
los«channeledscablands»en la meseta de basalto del Washington oriental. (Foto
de la autora, agosto, 1959.)
Ilustración 35. Los «Apache Warriors» («Guerreros apaches») en las
Superstition Mountains (montañas de la Superstición), Arizona. (Foto de Michael
F. Sheridan.)
Ilustración 36. Las Goldfield Mountains (Montañas de los campos de oro) de
Arizona, indicando la capa más clara de toba de riolita que, algunos, incluso
en nuestros días, creen que es la marca más alta del diluvio bíblico.
Contempladas en dirección nordeste desde el Bush Highway (Autopista Bush).
(Foto de Michael F. Sheridan.)
Ilustración 37. La pared de la caldera de Santorín vista desde la bahía.
Mirando hacia el este. Las paredes verticales de pumita, que antes llegaban
hasta el mismo borde del peñasco, han sido empujadas hacia atrás por la
cantera, hasta el punto de que resulta difícil de ver desde este punto
privilegiado. El talud más claro al pie de la colina es piedra pómez que ha
sido excavada y arrojada sobre el borde, para ser cargada en los barcos.
Ilustración 38. El «Fresco del torero» del palacio de Knosos, representando
el deporte popular minoico de saltar sobre el toro. (Cortesía del Archeological
Museum, Heraklion.)
Capítulo
VII
El diluvio
Hay una
serie de tradiciones que son distintas a las demás porque aparecen en toda la
Tierra, o, para ser más exactos, en casi toda ella. Tales tradiciones son las
que se refieren a grandes inundaciones que destruyeron, ya sea a la Humanidad
o. al menos, a una parte muy importante de los habitantes de la Tierra. Estas
tradiciones están tan extendidas que muchos las consideran una «memoria racial»
de alguna inundación catastrófica que afectó simultáneamente a una porción
considerable del mundo. En el otro extremo se encuentran los que creen que
todas las tradiciones de inundaciones derivan de un mismo y único diluvio, el
diluvio universal de la Biblia cuya memoria se diseminó por el mundo cuando el
hombre emigró desde la escena original. ¿Soporta la evidencia geológica alguno
de estos puntos de vista diametralmente opuestos y, si no, qué nos dice sobre
ello?
Cuando la
geología comenzaba a surgir como ciencia, no existía problema. Los primeros
geólogos no dudaban que los fósiles que había en las rocas sólidas, actualmente
muy por encima del nivel del mar, fueron dejados allí por la inundación de Noé:
lo que contrasta con lo que reconocen incluso los pueblos primitivos como
restos de criaturas que antes vivieron en el agua. Todavía en la actualidad hay
quienes coinciden con el primer punto de vista. Sin embargo, pronto se admitió
que las rocas que contenían fósiles marinos habían sido arrojadas muy
lentamente y a lo largo de prolongados períodos que comenzaban hace cientos de
miles de años. Las formas marinas más antiguas datan del Precámbrico, hace más
de 600 millones de años. También resultó evidente que la superficie de la
Tierra nunca, en ninguna época, había estado totalmente sumergida. Mientras los
sedimentos que más tarde se consolidarían, formando las rocas, como arenisca y
esquisto, se depositaban en un determinado lugar, alguna otra región debía
estar sobre el nivel del agua para poder erosionarse y proveer de este
sedimento. Sólo la piedra caliza se precipita directamente con el agua del mar
(o, lo mismo sería, con agua fresca), pero ni la piedra caliza más conocida,
como la de los tiempos Cretácicos, estaba en todas partes. La posibilidad de
una inmersión total de la superficie de la Tierra, si es que existió alguna
vez, debe situarse en una era primitiva de la historia terrestre, a más de 3.5
mil millones de años, y tal vez antes de la vida misma.
Durante
un tiempo, los primeros geólogos continuaron pensando que los extensos
depósitos de arena y grava que dejaban atrás los glaciares continentales del
Pleistoceno eran el resultado del diluvio bíblico. De ahí que denominaran
«diluviales» a esos depósitos y que apodasen «diluviano» al tiempo en que se
produjeron. Ahora bien, las analogías con los depósitos de los glaciares de las
montañas actuales no dejan ninguna duda de que éstos son el resultante de
glaciares más gruesos y extensos que ninguno de los hoy conocidos, pero
diferentes de los cascos helados que cubren la Antártida y Groenlandia, sólo en
grado pero no así en la clase. Hoy se sabe que durante la pequeña parte de
tiempo geológico que le atañe a la Humanidad, la distribución de los océanos y
los continentes, e incluso de las montañas y los valles, ha sido prácticamente
la misma, y que cualquier cambio, relativamente reciente, que se produzca
tendrá lugar, en conjunto, de una forma lentísima.
Los
cambios más sustanciales en el nivel del mar, que se han verificado durante el
tiempo en que el hombre se halla presente en el planeta, han sido los
relacionados con la glaciación del Pleistoceno, ya comentados en el capítulo 3.
Estos cambios no sólo son demasiado lentos para haber incitado a tradiciones de
catástrofe, sino que también son insuficientes para producir las profundas
inundaciones imaginadas en la mayoría de los mitos. Recordemos que el nivel más
alto alcanzado por el mar durante el último período interglacial fue sólo de
alrededor de treinta metros sobre el nivel actual, lo que deja una parte
importante del globo sobre el agua. Además, esa cota sólo se alcanzó hace más
de cien mil años. Y esto no es todo: como ya se ha visto en el capítulo 3,
algunas regiones del mundo se elevaron después de que el peso del hielo fuese
eliminado, y se elevaron a un ritmo más rápido que el del nivel del mar: o sea,
que el cambio del nivel del mar con respecto al de la Tierra, desde la
terminación del Pleistoceno, debería recordarse como-el opuesto a la
inundación.
¿Podrían
lluvias intensas producir una inundación tan extensa que anegara todos los
lugares bajos del planeta? Otra vez la respuesta es un definitivo no.
Suponiendo que las intensas lluvias cayeran sobre todas las áreas del mundo al
mismo tiempo, habría grandes dificultades mecánicas para tratar de sumergir una
parte importante del suelo, y, luego, para que se escurriera. Para empezar, el
único punto del que puede venir el agua es desde el mar, porque, aparte de una
cantidad insignificante, que podría agregarse desde las profundidades de la
Tierra a través de los volcanes —lo que los geólogos llaman «agua juvenil»—, la
cantidad total de agua en el planeta es constante. Por tanto, si una gran
cantidad de agua pasa a la atmósfera para formar nubes de lluvia, el nivel del
mar descenderá en la misma cantidad y, así, más cantidad de suelo estará
expuesto. Así, una vez que la humedad cae en forma de lluvia, ¿qué le impedirá
fluir hacia el océano tan rápidamente como pueda? Lo mejor que se puede hacer
para lograr un diluvio debido a lluvias simultáneas, muy fuertes y en todo el
mundo, sería el desbordamiento de muchos grandes ríos al mismo tiempo.
Debido a
que es imposible producir un verdadero diluvio universal por medio de ningún
proceso geológico normal, se han hecho algunos ingeniosos intentos para
invocar, como causa de los mismos, algún agente extraterrestre. Tales teorías
citan siempre al folklore como evidencia, y refuerzan sus argumentos con
interpretaciones incorrectas o forzadas de rasgos geológicos que pueden ser
explicados mucho más fácilmente en términos de la acción normal de los agentes
geológicos. Pero la universalidad de las tradiciones sobre inundaciones puede
explicarse sin necesidad de un diluvio generalizado de origen cósmico o de
ningún otro origen, si se tiene en cuenta que las inundaciones son un fenómeno
geológico universal. Se ha visto cómo leyendas sobre volcanes, relatadas por
pueblos muy separados en el tiempo y en el espacio, tienen muchos rasgos
comunes. Si los volcanes estuvieran en todas partes, las leyendas sobre ellos
serían, sin duda, tan comunes que alguien podría buscar una erupción universal
como la causa fundamental. Tal como se han dado las cosas, los volcanes
activos, y con ellos sus leyendas, se hallan restringidos a algunos cinturones
en la faz de la Tierra. Por otra parte, prácticamente no existe región en que
no se haya producido alguna vez una inundación que pusiese en peligro las vidas
de los pobladores del lugar. Un río de cualquier parte puede desbordarse a
causa de las Intensas lluvias, o aumentar súbitamente su caudal por la rotura
de un dique natural. Hasta los desiertos tienen inundaciones, porque, cuando
cae una lluvia que no es frecuente, en general estriba en intensos aguaceros, y
allí no hay vegetación capaz de retardar el escurrimiento. (Los habitantes del
desierto han sido atrapados alguna vez en uno de estos temporales,
increíblemente temibles, que son las «inundaciones repentinas».)
Hubo un
tiempo, no demasiado lejano (en términos geológicos), en el que el clima del
mundo era, en general, más húmedo que ahora. Cuando los glaciares cubrieron la
parte norte de Eurasia y Norteamérica, las precipitaciones eran más intensas
fuera de estas zonas, y también en las regiones de nieve. Por otra parte, los
ríos tenían mayor longitud y existían muchos lagos inmensos fuera del frente de
hielos. Great Salt Lake (Gran lago Salado), en Utah, es el remanente del Lake
Bonneville (lago Bonneville), una antigua masa de agua fresca que antes llenó
parte de la Great Basin (Gran Cuenca). Varios lagos en el desierto de Nevada,
incluidos Pyramid Lake (lago de la Pirámide) y Walker Lake (lago Walker) y,
recientemente, el ya seco Winnemucca Lake (lago Winnemucca), son residuos del
antiguo Lake Lahontan (lago Lahontan). Otros rasgos topográficos asociados con
diferentes niveles de estos lagos resultan llamativos —al menos, para un
experto— cuando se viaja por Utah y Nevada. Así, la elevación de las playas y
los sedimentos de los deltas debidos a la erosión producida por las olas sobre
la línea costera. Cuando los glaciares se derritieron, se formaron inmensos
lagos en el frente de los hielos. Los Grandes Lagos de Norteamérica constituyen
hoy una parte de su tamaño primitivo, y existía un gigantesco lago Agassiz, del
que el lago Winnipeg es el residuo mayor. Es imposible estimar la cantidad de
pequeños lagos que fueron aprisionados temporalmente por lenguas de hielo, pero
debió de haber miles de ellos en diferentes momentos y en distintos lugares.
Cuando
los diques de hielo que embalsaban estos lagos fallaban, se producían de pronto
muchas inundaciones locales que podían arrasar las poblaciones indígenas,
arrastrándolas corriente abajo, del mismo modo en que fue arrasada la ciudad
italiana de Vajont Dam, en el año 1963[35], pero en
mayor escala. La topografía de los «channeled scabland» (mesetas cortadas por
cañones), en el estado de Washington, en el que extensas áreas de la
altiplanicie de basalto del río Colorado quedaron al descubierto, son un
ejemplo de estas inundaciones de grandes proporciones producidas por el agua
derretida. El rasgo sobresaliente de esa región es la serie de quebradas
interconectadas (valles que son secos la mayor parte del tiempo) y que cortan
una altiplanicie, transformándola en un laberinto de montecillos aislados,
mesetas y grandes extensiones. Dry Falls (cataratas Secas) Grand Coulee (Gran
Quebrada) (Ilustración 34) tiene ciento veinte metros de altura. Los cañones
del río Columbia fueron socavados por una o más inundaciones originadas cuando
gigantescos lagos periglaciares desaguaron de pronto y, probablemente, una de
las fuentes de estas aguas fue el antiguo lago Missoula, que se originó cuando
Clark Fork quedó obstruido por una lengua de hielo (Figura 26). Si la mente
humana retrocediera varios miles de años, comprobaría que las condiciones
existentes hasta hace unos diez mil años, al menos en Norteamérica, eran de
continuas inundaciones —como sugiere la leyenda de Klamath, de la creación de
Cráter Lake (lago del Cráter), narrada en el capítulo anterior— que se
producían cuando los lagos, embalsados por lenguas de hielo que se retiraban,
vertían súbitamente sus aguas, lo que constituía un fenómeno habitual, y
frecuentemente serio, aun cuando no llegara a alcanzar el grado de gravedad de
los que se produjeron en los «channeled scablands».
En todos
los tiempos, incluido el presente, ha habido temor de inundaciones en las áreas
costeras de todo el mundo —especialmente sobre las costas del Pacífico— que
serían particularmente memorables para aquéllos suficientemente afortunados
como para sobrevivir al desastre. Nos referimos a los tsunamis, o seísmos de
las olas del mar. Aunque no de un modo universal, los tsunamis pueden producir
estragos, con frecuencia en sitios muy separados entre sí, con un intervalo de
pocas horas de diferencia. Puesto que los tsunamis son importantes, no sólo
como posible fuente de leyendas sobre inundaciones, sino también en relación
con temas de importancia primordial en los capítulos siguientes, es necesario,
ahora, considerar detalladamente estas formidables olas.
* * * *
Los
tsunamis se asocian, como regla general, a los terremotos submarinos. Pueden
producirse directamente si la falla del terremoto desplaza la superficie del
mar, o, indirectamente, por avalanchas submarinas, inundaciones de lodo o
hundimientos debidos a un seísmo. De vez en cuando, se originan por una
erupción submarina si una explosión bajo el agua desplaza importantes
cantidades de ésta. Cuando se produce la caída de una caldera sobre el mar, los
desplazamientos del fondo pueden ocasionar tsunamis, como sucedió cuando la
erupción del Krakatoa, en 1883. En estos casos, el tsunami puede alcanzar
proporciones asombrosas. También en las erupciones del tipo de la del Krakatoa,
las inmensas olas se producen cuando, de pronto, después de una explosión
importante, caen grandes cantidades de cenizas volcánicas sobre la superficie
del mar.
La
propagación de un tsunami es extremadamente compleja. La velocidad con que se
desplaza depende de la profundidad del agua y llega hasta trescientas y
quinientas millas (de 480 a 800 kilómetros) por
hora en mar abierto. Debido a que la velocidad depende de la profundidad
(cuanto mayor es la profundidad, más veloz es la ola), y debido a que el suelo
oceánico es cualquier cosa menos suave y plano, la ola frontal se hace pronto
muy irregular; por otra parte, la altura de ésta disminuye rápidamente a medida
que se expande, aproximadamente en una proporción igual a la raíz cuadrada de
la distancia recorrida. Por tanto, antes de que un tsunami se haya desplazado
mucho desde su origen, se transforma, no en una ola tremendamente alta, sino en
una ola larguísima, hasta el punto de que llega a alcanzar de cien a
cuatrocientas millas (ciento sesenta a seiscientos cuarenta kilómetros) de una
cresta a otra, pero no tiene más que unos pocos metros de altura. Los barcos
que se hallan en alta mar ni se dan cuenta de su paso, tan gradual es su
elevación y su descenso. Pero cuando tales volúmenes de agua se aproximan a una
costa empinada, se superponen y son capaces de producir graves daños, aun
cuando su punto de origen se encuentre a miles de millas. Los científicos de muchos
países trabajan para perfeccionar un sistema de alarma ante los tsunamis,
porque, como se dijera en el capítulo 5, éstos son, potencialmente, la
consecuencia más seria de un terremoto. La mayor parte de los 2.000 muertos
causados por el terremoto de Chile de 1960 se debió al tsunami que produjo el
sismo; y, además, 61 personas muñeron por ese mismo tsunami en Hilo y Hawái, y
180 en Japón. Afortunadamente, sólo un pequeño porcentaje de terremotos causan
desplazamientos del fondo marino como para originar tsunamis, y las caídas de
las calderas al fondo del mar se dan rarísimamente.
Figura
26. «Lake Missoula» (lago Missoula), que desaguó repentinamente cuando la
lengua que bloqueaba Clark Fork cedió y creó parte de la topografía de los
«channeled scabland». Los diluvios pos glaciales de este tipo pudieron inspirar
algunas de las leyendas que sobre inundaciones tienen los indios
norteamericanos. (Tomado de Regional Geomorphology of the United States
(Geomorfolcgía regional de Estados Unidos), de W. D. Thornbury. Reproducido con
permiso de John Wiley and Sons.)
Por lo
general, pero no siempre, el primer signo visible de que se acerca un tsunami
estriba en una retirada del mar muy por debajo fie la marca de la marea baja.
Algunas veces, el agua retoma en pocos minutos, y, en otras, .se retira a
varios kilómetros mar adentro regresa incluso media hora más tarde. La mayoría
de la gente describe un tsunami como una rompiente gigantesca que corre sobré
el mar y aparece espectacularmente sobre la playa antes de romper sobre ésta.
En realidad, la mayor parte de las veces, el agua llega como una pared sólida,
o, más generalmente, como una marea que sube con extrema rapidez. Todo lo que
flota, incluidos barcos de considerable tamaño, puede ser alzado y llevado
lejos, tierra adentro. Los objetos sólidos que pesan toneladas son arrastrados
como si se tratase de trozos de madera. En el tsunami del terremoto chileno de
1960, en Ofunato, Japón, grandes barcos de pesca fueron levantados por encima
de un muelle de ocho pies (dos metros cuarenta) sobre el nivel del agua y
depositados a ciento cincuenta pies (cuarenta y cinco metros) hacia dentro,
entre las ruinas de las casas. En 1946, un tsunami arrojó un bloque de coral
que pesaba varias toneladas sobre un malecón en el puerto de Mahukona, Hawái.
Aun cuando el descenso de las aguas no ocasiona grandes devastaciones en un
lugar determinado, sí es posible que produzca terribles daños cuando desaguan
de nuevo en el mar, socavando los cimientos, arrancando de cuajo los árboles y
llevándose cualquier cosa, incluso las personas, hacia el mar. En el pueblo de
Tjaringin, en la costa de Java (véase Figura 32, capítulo 8), las olas
producidas por la caída de la caldera del Krakatoa fueron responsables, aunque
resulte paradójico, de los incendios, porque cuando las aguas arrancaron las
casas desde los cimientos, las lámparas se volcaron y derramaron su
combustible.
Para
determinar la altura a que se elevará un tsunami en una playa, así como la
altura inicial de la ola en su origen, es tan importante la configuración de la
línea costera y el fondo del mar, como la topografía local. Arrecifes o islas a
corta distancia de la costa pueden servir de protección, mientras en una bahía
en forma de embudo, o en la desembocadura de un río, el agua se eleva a alturas
fantásticas. Cada tsunami es único en sus características y proporciones. En
Hawái se observó que un determinado tsunami resulta más intenso en una
localidad que en otra, mientras que los efectos del próximo, si llega desde una
dirección ligeramente distinta, tiene efectos opuestos en los mismos lugares.
También varía la ola más alta de una serie de un tsunami. En el que alcanzó a
Hawái después del terremoto de las islas Aleutianas, en marzo de 1957, la
tercera cresta fue la más alta, alcanzando nueve o diez pies (dos setenta a
tres metros); en el tsunami del terremoto de Chile, en 1960, la primera ola que
llegó a Hilo tenía cuatro pies (un metro veinte) sobre el nivel medio del mar,
la segunda, nueve pies (dos metros setenta), y la tercera, treinta y cinco pies
(diez metros y medio); sin embargo, en Hawái, las alturas máximas oscilaron
entre dos y diecisiete pies (sesenta centímetros a cinco metros con diez
centímetros). El tsunami del gran terremoto de Alaska, en marzo de 1964,
produjo daños a lo largo de la costa de California, especialmente en Crescent
City, donde se perdieron varias vidas debido a la ignorancia popular de las
características de los tsunamis: muchas personas que habían evacuado el área
peligrosa comenzaron a regresar después de que pasaron la primera y la segunda
cresta, pero fueron la tercera y la cuarta, ambas de doce pies (tres metros
sesenta) de altura, las que barrieron la ciudad. En San Francisco, se calcula
que se apiñaban en la playa unas diez mil personas en el momento crítico. Si
una ola importante, como la tercera y la cuarta de Crescent City, hubiera
azotado esa extensión de costa, todas hubieran perecido.
* * * *
Por
tanto, desde el punto de vista exclusivamente geológico, se podría esperar que
las tradiciones de inundaciones independientes hubieran surgido, casi en
cualquier parte del mundo y en cualquier época, originadas por catastróficas
inundaciones que provenían de causas perfectamente naturales y, sin embargo, de
todas las posibles causas de anegamiento, sólo los tsunamis han sido capaces de
inspirar mitos en zonas muy separadas entre sí, en el mismo momento. Aunque se
requieren inundaciones muy distintas para explicar las muchas tradiciones
conocidas, no es sorprendente que éstas guarden entre sí notables semejanzas.
Porque, bien mirado, sólo de dos maneras puede la gente sobrevivir a una
inundación: o estando por encima de ella o huyendo en algún objeto flotante.
Por tanto, hay leyendas en las que los supervivientes se van a puntos elevados
o trepan a árboles muy altos. Otros relatos dicen que los supervivientes flotan
a salvo en una barcaza, una canoa, un arca, o lo que sea. En la mayoría de las
tradiciones de este tipo, una embarcación constituye el medio de salvación,
cosa que tampoco resulta sorprendente, ya que la profundidad del agua se suele
exagerar hasta el punto de que se considera que todo queda sumergido y no hay,
por tanto, otra forma de explicar la salvación de alguien que se salve para
posibilitar el desarrollo de la Humanidad. Este tipo de exageraciones tienden,
también, a reducir el número de sobrevivientes al mínimo de un hombre y una
mujer, necesarios para repoblar el mundo (pero, sin embargo, algunas leyendas
se las arreglan incluso con menos). Y, finalmente, ¿es que acaso sorprende que
algunas leyendas que se originaron independientemente culpen del desastre al
mal comportamiento de «alguien»? Se ha de recordar cómo los maoríes (véase capítulo
6) atribuían la erupción del Tarawera al hecho de que las víctimas habían
quebrantado un tabú. No obstante, es indudable que muchas tradiciones de
inundaciones en partes muy separadas del mundo muestran similitudes en
detalles, muy reminiscentes del diluvio de la Biblia, que no pueden explicarse
totalmente por la semejanza de las inundaciones y la de las reacciones humanas
ante ellas.
La
historia del diluvio y de Noé, cualquiera que sea su origen, puede haberse
extendido por el mundo sólo de dos modos: por difusión, cuando la gente que
pertenece a una cultura en la cual se origina la leyenda emigra a nuevas
tierras, o por transmisión, que requiere el contacto entre un narrador y
alguien, perteneciente a otra cultura, que le escuche. Las tradiciones sobre
inundaciones se encuentran en todo el hemisferio occidental, desde Alaska a
Tierra del Fuego. Desde el punto de vista extremo del difusionismo, este hecho
evidencia que los indios de Norte y Sudamérica descienden de una de las tribus
perdidas de Israel, que llevaron con ellos el relato de Noé cuando migraron, a
través de Asia, a Norteamérica, por el estrecho de Bering, y, luego, hacia el
sur, en Sudamérica. Pero mientras los antropólogos creen que el hombre llegó a
América por el estrecho de Bering, las olas de migración se produjeron mucho
antes de que existiera el prototipo de Noé. Por tanto, esto nos lleva a la
transmisión y a su corolario, es decir, al sincretismo (fusión de elementos de
tradiciones independientes). Si todos los paralelos bíblicos en las tradiciones
sobre inundaciones del Nuevo Mundo son el resultado de contactos culturales, o
bien ese contacto se produjo mucho antes de que llegara el primer misionero, lo
que parece difícil, o tales paralelismos son posteriores a la llegada de los
primeros misioneros.
* * * *
Un
ejemplo, que resulta muy esclarecedor, de cómo una leyenda se comunica de una
cultura a otra, literalmente de la noche a la mañana, ha sido relatado, hace
algunos años, por Alice Lee Marriott en un artículo de New Yorker. Un día,
cuando se hallaba en Dakota del Sur reuniendo el folklore de las tribus de la
región, el anciano que la informaba le pidió que le relatara alguna de las
leyendas de su pueblo. Ella le contó la historia de «the Brave Warrior and
the Water Monsters» («el bravo guerrero y los monstruos del agua»):
Beowulf. No fue necesario introducir muchos cambios: «Todo estaba tan dentro de
las pautas del comportamiento legendario que el anciano pudo entender con
facilidad, y reflexioné que debía de haber más de este tipo de
distribución-universal-del-folklore de lo que imaginaba.» Un poco después, oyó
que el hombre relataba la historia a una audiencia constituida por su pueblo,
«y debo admitir que lo hizo mejor que yo. Era un relator de historias creativo,
nacido para eso, y agregaba aquí y allá pequeños detalles que redondeaban el
relato y lo enriquecían. De esta forma se debe de haber transmitido la historia
de Beowulf, hace cientos de años, de un oyente a otro, mejorada y embellecida
hasta que, finalmente, fue escrita». El artículo culmina graciosamente cuando
relata que, unos años más tarde, encontró, en una revista de etnología, un
trabajo titulado «Occurrence of a Beowulf-like myth among North American
Indians» («Un caso de mito del tipo de Beowulf entre los indios
norteamericanos»), publicado por un estudiante graduado que, violando una ley
tácita entre los etnólogos, utilizó el mismo informante.
* * * *
Teniendo
presente este ejemplo, parece completamente natural que ciertos detalles del
relato bíblico del diluvio reaparezcan por todo el mundo. Durante más de
diecinueve siglos, los misioneros lo han llevado a cada rincón de la Tierra. La
historia de Noé es una de las más pintorescas de la Biblia, y es, también, su
sentido particularmente evidente y, por tanto, susceptible de enfatizar. Más
aún, debe de haber resultado impresionante precisamente en esos pueblos que
tenían una tradición de inundaciones con la cual se podía fusionar. Los
misioneros han sido siempre de los primeros en afrontar los lugares salvajes
para llevar el Evangelio a los pueblos primitivos, y, en muchos casos, fueron
los primeros en transcribir las leyendas de los pueblos entre los que cumplían
su misión. En otros casos, sin embargo, estas leyendas fueron recopiladas por
etnólogos y otras gentes que llegaron bastante después que los misioneros. Y
debido precisamente a que ellos fueron los primeros que dieron forma escrita a
lenguajes oscuros, resulta imposible probar si un relato sobre inundaciones es
verdaderamente anterior a su influencia o si es, simplemente, el de Noé
recreado con locales particularidades, lo mismo que Beowulf en Dakota del Sur.
Sólo se conoce un ejemplo incierto de documentos pre-misioneros (que se
considerará posteriormente), pero, en cambio, sí se ha comprobado un caso en
que Noé fue devuelto del mismo modo en que Beowulf: un misionero, de nombre
Moffat, relató en un libro publicado en 1842, que nunca había encontrado una
leyenda referida a inundaciones entre los sudafricanos hasta que, un día, un
hotentote namaqua le contó una. Sospechando que, podía tener la influencia de
algún misionero, interrogó al hombre exhaustivamente, pero éste le aseguró que
era una historia de sus antepasados, y que los hotentotes nunca habían
encontrado antes un misionero. Sin embargo, más adelante, cuando Moffat
comparaba sus notas con las de otro misionero, se enteró que el otro había
relatado la leyenda de Noé al mismo hotentote.
El
antropólogo inglés sir James Frazer, y otros antes que él, especialmente el
geógrafo y antropólogo alemán Richard Andree, recopilaron leyendas sobre
inundaciones de todas partes del mundo y las examinaron para tratar de
establecer si se debían a origen local o a transmisión. Tratar de citar lo que
ellos exponen llenaría un extenso libro y, además, sería repetitivo. De modo
que sólo se examinarán algunos ejemplos, típicos del mundo entero, a la luz de
su medio geológico. Así, posteriormente, el lector podrá obtener sus propias
conclusiones en cuanto al origen de las tradiciones que sobre inundaciones se
hallan en tan diversos pueblos.
* * * *
La más
antigua historia de inundaciones conocida es la de Noé, cuyo origen puede
rastrearse hasta Sumeria. La historia bíblica es demasiado conocida como para
repetirla aquí. Lo que no es tan conocido es que la versión del Génesis fue
recogida, por algún ignoto editor, de dos narraciones distintas y no por
completo consecuentes. Una de ellas proviene de los documentos yahavistas
(jehovistas) (J) y la otra de una fuente «sacerdotal» más cercana (S). El
enviar las aves para constatar si las aguas habían descendido, y el
ofrecimiento de sacrificios por Noé, son peculiares de J; las instrucciones
detalladas para construir el arca, el monte Ararat como el lugar de descanso, y
el arco iris de promesas, son peculiares de S. En J. la inundación culmina en
cuarenta días; en S, en ciento cincuenta. En J. los animales tardan una semana
en embarcar: en S, aparentemente, un día. Y en S la inundación se produce,
además de las lluvias, por un embate de aguas subterráneas.
La
versión babilónica es prácticamente idéntica, excepto que el nombre del
personaje principal es Utnapishtim. La historia de Utnapishtim está incorporada
en la épica de Gilgamés, recordada en tabletas desenterradas, en Nínive, de la
biblioteca de Ashurbanipal (668-633 a.C.). Se han encontrado bastantes
fragmentos y textos de versiones más antiguas, en distintos lugares, como para
probar que la versión de Ashurbanipal, a su vez, se basa en un relato sumerjo
que se remonta hasta alrededor del 3400 a.C., y en la cual el héroe se llama
Ziudsuddu o Xisuthrus. Utnapishtim era un buen hombre al que el dios del mar le
previno que el mundo, para castigar la debilidad de la Humanidad, sería
destruido por una inundación. Según las instrucciones recibidas. Utnapishtim
construyó un barco en el que se acogió con su familia, en la cual todos sus
miembros eran hábiles artesanos, y los animales. Después de siete días de
tempestad, la embarcación varó en «Mount Nisir» (monte Nisir). Utnapishtim
envió una paloma que no vio tierra y regresó; luego, una golondrina, que
también regresó, y, finalmente, un cuervo que no retomó a la nave. Después de
desembarcar. Utnapishtim ofreció un sacrificio a los dioses, que «olieron el
dulce sabor» y prometieron que no habría más diluvios y, por último.
Utnapishtim se fue a vivir con ellos.
Al
principio se pensó que los hebreos podían haber conocido esta historia cuando
estuvieron cautivos en Babilonia, bajo el reinado de Nabucodonosor (605-562
a.C.), pero el relato del Génesis en su forma más antigua, en los documentos
jehovísticos, se cree que se escribió en el siglo VIH o IX antes de Jesucristo.
Otros han sugerido que pudieron recoger el relato de los canaanitas, si bien
parece más factible que los Patriarcas llevasen el relato con ellos cuando
migraron desde Mesopotamia.
Figura 27. Mapa esquemático de Mesopotamia, cuna de la tradición
hebreo-babilónica sobre inundaciones.
Se ha
intentado desvirtuar a Mesopotamia (Figura 27) como la fuente de la tradición
bíblica, basándose en que las lluvias no son lo suficientemente intensas en la
zona como para producir una inundación. No obstante, las lluvias que originan
la crecida de un río en su curso inferior pueden caer en cualquier punto de su
cuenca colectora, y tanto el Tigris como el Éufrates son, en verdad, ríos muy
largos. Además, existen pruebas arqueológicas de que hubo inundaciones allí, no
una, sino varias veces. En Ur, a la altura de el Obeid, se halló una capa de
cieno producida por una inundación de tres metros de espesor, lo que indica que
tuvo lugar durante el cuarto milenio antes de Cristo; en Kish también existen
pruebas de otra inundación producida bastante después del 3000 a.C.; en Fara
hay una capa de sesenta centímetros de terreno aluvial que prueba que hubo una
inundación que se produjo un poco después de la de Ur, pero antes de la de
Kish; y en Nínive hay un estrato de seis a siete pies (un metro ochenta a dos
diez) de espesor, que debe ser de la misma época de la de Ur, o muy cercana.
Estas capas constituyen una prueba de posibles inundaciones locales del Tigris
o del Éufrates, o de ambos a la vez.
El
geólogo austríaco Eduard Suess planteó, en 1904, que las inundaciones en
Mesopotamia podrían haber sido más catastróficas si un tifón hubiera empujado
las aguas poco profundas del golfo Pérsico hacia dentro, sobre el delta,
aumentando así la crecida de los ríos, ya desbordados. El reciente desastre
producido por un tifón en el este de Pakistán acentúa la verosimilitud de esta
sugestión. Además. Suess creía que un terremoto pudo haber sido la causa de la
irrupción de las aguas subterráneas, como un factor adicional de la inundación.
La región es sísmicamente inestable y, en los planos aluvionales de los grandes
ríos, el agua, frecuentemente, brota a chorros y forma grandes fuentes cuando
el suelo se comprime debido a las sacudidas de un terremoto (estos chorros de
aguas subterráneas se observaron en el terremoto de 1811-12, en Nueva Madrid,
entre otros). Frazer señala que este detalle, que no se halla ni en la antigua
versión jehovística ni en la sumeria, parece constituir un embellecimiento
posterior de la historia primitiva. Creo que esto fortalece la posibilidad de
que se iniciara al observar cómo las aguas brotaban a borbollones del suelo
durante un seísmo, porque, de este modo, no es necesario depender de la
coincidencia de un terremoto con una inundación simultánea.
El
espesor del cieno de las inundaciones que aparece en las excavaciones de
Mesopotamia no prueba ni que las aguas fueron profundas ni que se mantuvieron
durante mucho tiempo. El factor decisivo en la sedimentación no es la
profundidad del agua, sino su velocidad. Las aguas que fluyen con rapidez no
depositan sedimentos; por el contrario, frotan y erosionan levantando todo lo
que esté suelto y arrastrándolo o haciéndolo, girar. En el momento en que, por
cualquier razón, la corriente se detiene, las partículas caen al fondo: primero
las más pesadas y, luego, cuando la velocidad de la corriente disminuye, caen
sucesivamente las más finas. Las obstrucciones locales, así edificios o muros,
pueden acelerar o, por el contrario, frenar la corriente. Si el flujo tiene que
estrecharse para pasar alrededor de diversos objetos, o entre éstos, su
velocidad aumenta, y lo mismo sucede con su capacidad de roce y, entonces,
socava o elimina la obstrucción. Pero si ésta está situada de tal modo que
favorezca el estancamiento de agua, una parte importante de la carga queda en
el lugar en reposo, mientras otros puntos no reciben ningún sedimento. Esto
puede explicar por qué la capa aluvial dejada por la inundación del cuarto
milenio a.C. no se encuentre en todas las zanjas que se cavaron en los primeros
estratos de ocupación en Ur.
La
inundación del cuarto milenio pudo ser o no la que se conmemora en la tradición
de Utnapishtim-Noé, aunque muchos, entre los que me incluyo, creen que sí lo
fue. Pero, cualquier crecida que haya sido la responsable, estuvo limitada a la
cuenca inferior del Tigris-Éufrates. Sin embargo, especialmente si ambos ríos
se desbordaron al mismo tiempo, se debió de inundar una gran extensión de las
tierras bajas del delta, lo suficiente como para haber constituido «todo el
mundo» para los habitantes de Ur y de otras ciudades de la planicie.
* * * *
Después
del diluvio babilónico-hebreo, el más conocido para la mayoría de nosotros es
el de Deucalión, de la mitología clásica.
De las
varias tradiciones griegas sobre inundaciones, es la única en que se dice que
éste fue universal. Deucalión, hijo de Prometeo, era un rey de Tesalia. Cuando
la Humanidad se comportó de un modo malvado. Zeus decidió destruir el mundo.
Prometeo se lo advirtió a Deucalión, que era un hombre piadoso y bueno, y le
aconsejó construir una gran barcaza de madera y llenarla de provisiones. Llovió
durante nueve días y nueve noches y las aguas crecieron tanto que sólo la
cumbre del monte Parnaso (véase Figura 28) se mantuvo sobre el nivel del agua.
Deucalión y su mujer, Pirra, flotaron a salvo en su barcaza, que, finalmente,
se varó sobre el Parnaso cuando las aguas retrocedieron. Tan sólo desembarcar
dieron gracias por su salvación y le rogaron a Zeus que aliviara su soledad.
Zeus les ordenó que lanzaran tras de sí los «huesos de su madre». Interpretando
que esto debía significar las rocas, los huesos de la madre Tierra, Deucalión y
Pirra arrojaron piedras detrás de ellos y cada una de ellas se transformó en un
hombre o en una mujer. Deucalión y Pirra tuvieron un hijo al que llamaron
Helen, del que nacieron los antecesores de los griegos (helenos).
Los
griegos, incluido Aristóteles, aceptaban el diluvio de Deucalión como hecho
histórico. Un pilar de mármol hallado en la isla de Paros anota una lista de
los reyes de Grecia y las fechas de sus reinados, según la cual el diluvio de
Deucalión tuvo lugar alrededor de 1539 a.C. Sin embargo, las fechas del mármol
de Paros son, para los acontecimientos más antiguos, un poco más antiguas que
las estimadas en las genealogías existentes, ya que, de acuerdo con éstas,
Deucalión vivió alrededor de dos generaciones después, y la inundación se
produjo alrededor de 1430 a.C. El historiador egipcio Manetho afirmó que el
diluvio de Deucalión se produjo durante el reinado de Tuthmosis III (1490-1439
a.C.). En la mitad del siglo XV a.C., o quizás antes, hubo una erupción, del
tipo Krakatoa, en el volcán de Santorín, en el mar Egeo (sobre el que
trataremos en los capítulos siguientes). Al terminar dicha erupción, el volcán
cayó formándose una caldera, y esta caída pudo generar uno o más tsunamis,
posiblemente mucho mayores que ninguno de los que se habían producido antes en
el área del Mediterráneo. Las fechas posibles para Deucalión y la erupción son
lo suficientemente cercanas, según nuestros conocimientos actuales, como para
que la interpretación (planteada por primera vez por A. G. Galanopoulos) de que
la leyenda o mito del diluvio de Deucalión sea una consecuencia de esta
catástrofe, parezca muy razonable. Bajo este punto de vista, resulta
significativo que Andree exprese que, en una versión anterior del mito, se diga
que la inundación había venido del mar («Meerjlut»), y esto, ¿qué puede
significar si no un tsunami?
Figura 28. Grecia y el mar Egeo, indicando la situación de lugares que se
mencionan en varios mitos clásicos. La erupción del Santorín, en el año 1500
a.C., puede haber sido el origen de varios mitos y tradiciones aparentemente no
relacionados, y pudo, asimismo, ser la causa de la súbita desaparición de la
civilización minoica.
Versiones
posteriores de la historia del diluvio de Deucalión incluyen detalles muy
semejantes al relato hebreo-babilónico. Con el paso del tiempo, la inundación
venida desde el mar se transformó en lluvia durante nueve días y nueve noches,
la barcaza se transformó en un arca, se incluyeron animales en la lista de
pasajeros y Deucalión envió varias veces consecutivas una paloma para comprobar
si las aguas se habían retirado. De este modo, dos tradiciones de dos lugares
diferentes, basadas en inundaciones que se produjeron a varios siglos una de
otra, se funden en lo que es, esencialmente, el mismo relato. Una de las
diferencias entre la tradición griega y la hebrea es que a Deucalión y Pirra
les siguieron un número no especificado, pero presumiblemente bastante elevado,
de acompañantes, surgidos de «los huesos de la Tierra», para ayudarles a
repoblar la Tierra. Ahora bien, evidentemente, si los griegos creían que su
inundación se había producido menos de mil años antes, eran necesarias más de
una familia de sobrevivientes para llegar a constituir, en el tiempo que había
transcurrido desde el desastre, una población igual a la del mundo que ellos
conocían.
No hay
acuerdo respecto a Deucalión y los personajes asociados a otras tradiciones de
inundaciones. Frazer, quien, por supuesto, ignoraba que se hubiera producido un
acontecimiento geológico aproximadamente en la misma época, y que podría haber
sido el origen de una gran inundación, y que, además, no se impresionó con la
sugerencia, bastante acertada, de Andree, de que el diluvio de Deucalión pudo
constituir la tradición de algún tsunami generado por un terremoto (aunque
Frazer creía firmemente que un tsunami podía ser la causa de la inundación),
calificaba la leyenda de Deucalión como mito de observación, ideado para
explicar el espectacular valle de Tempe (valle del Templo) (véase Figura 28).
Los antiguos griegos suponían que dentro del círculo de las montañas tesalianas
hubo un lago de vastas proporciones, y que el desfiladero se había producido
cuando, súbitamente, las aguas irrumpieron. (En realidad, el desfiladero es el
resultado del proceso normal de erosión, y el lago es un producto de la
imaginación.)
J. V.
Luce y otros prefieren relacionar el diluvio de Deucalión con el desbordamiento
de la cuenca de lago Copáis (véase Figura 28), una tierra baja pantanosa (hoy
drenada y cultivada) que se inundaba cada vez que el río Cefiso aumentaba su
volumen. Según Luce, esta crecida se debía, posiblemente, a las excesivas
lluvias producidas por la erupción del Santorín (lo que es verosímil), y el
desagüe de la cuenca bloqueada como resultado de «un terremoto asociado con una
erupción del Thera» (lo que, por las razones que se expondrán en el capítulo
siguiente, no es posible). Ambos, Frazer y Andree, unen la inundación del lago
Copáis con Ogyges, un rey de quien se dice que fundó la ciudad de Tebas, en
Beocia. La inundación de Ogyges, la tradición más conocida sobre inundaciones
después de la de Deucalión, no se difundió tanto ni fue tan importante como la
de Deucalión, y los griegos —para los que ésta también era un hecho histórico—
creían que había sido anterior. Por supuesto, existe la posibilidad de que el
diluvio de Deucalión se debiese a una inundación desde la costa, producida por
un tsunami o por la inundación de una región mal desaguada, como la cuenca del
lago Copáis. En el caso de que se diera una conjunción de ambas causas, sería
más factible que la inundación resultante inspirara una tradición de diluvio
universal.
La
tercera gran inundación en las leyendas griegas es la que se asocia al rey
Dárdano de Arcadia, quien debió retroceder hasta Samotracia a causa de las
inundaciones que se produjeron en su tierra. Frazer atribuye este mito a alguna
inundación real en los alrededores del lugar de nacimiento del rey, Feneus,
zona que, como la región del lago Copáis, sufría frecuentes crecidas. Existen
muchas otras leyendas referidas a inundaciones totalmente locales, algunas de
las cuales señalan con claridad un tsunami en su punto de partida. Muchas de
ellas, también, pudieron inspirarse de un modo particular en el tsunami de
Santorín, pero dichas leyendas se considerarán en un capítulo posterior, ya que
en éste nos ocuparemos sólo de las tradiciones de diluvios generalizados.
* * * *
Fuera de
Grecia, las leyendas sobre inundaciones son sorprendentemente raras en Europa.
Hay una referida a Gales, otra a Lituania, dos en la mitología nórdica, una de
Transilvania, que involucra a un pez que puede derivarse de la leyenda india, y
otra de Voguls, una tribu que vive a ambos lados de los Urales, que atribuye
las inundaciones a las lluvias después de una prolongada sequía. La historia
galesa cuenta cómo se inundó toda Gran Bretaña cuando el lago Llion se
desbordó; en sus detalles se trata, obviamente, del relato bíblico trasplantado
a un medio local. La leyenda lituana resulta más elaborada, y contiene
elementos comunes a la Biblia y a Deucalión: cuando Dios miró hacia abajo desde
el cielo y contempló guerra e injusticias entre los hombres, envió dos
gigantes, el viento y la lluvia, que llevaron durante veinte días y veinte
noches la devastación a la tierra pecadora. Cuando miró de nuevo, estaba
comiendo nueces y arrojó una de las cáscaras, que cayó precisamente en la cima
de una montaña en la que los animales y unas pocas personas se habían
refugiado. Todos subieron a la cáscara de nuez y flotaron sobre las aguas,
salvándose así. Cuando Dios decidió que aminorara la tormenta y que las aguas
retrocedieran, distribuyó a los sobrevivientes enviando una pareja a cada
región. La que llegó a Lituania era ya vieja y se sentía sola. De modo que Dios
les envió el arco iris para que se consolaran, y les ordenó que saltasen sobre
los «huesos de la Tierra». Saltaron nueve veces y cada vez que lo hicieron surgió
otra pareja, constituyéndose así los progenitores de las nueve tribus lituanas.
Aparentemente,
en la mitología nórdica no hay influencia de la Biblia. Uno de los mitos se
sitúa en tiempos anteriores a la aparición del hombre, en el tiempo de los
gigantes. Cuando el malvado Ymir fue herido por Odín y sus hermanos Vili y Ve,
la sangre se vertió a borbotones y produjo una inundación que ahogó a todos los
gigantes cubriéndolos de escarcha, con excepción de Bergelmir y su mujer, que
escaparon a Jótunheim y fundaron una nueva raza de gigantes. El otro mito
escandinavo que hace referencia a una inundación es el de Ragnarok. «El
crepúsculo de los dioses», inmortalizado en la ópera de Wagner. No resulta
claro si esta debacle se supone que sucedió en el pasado o si está reservada
como el Día del Juicio Final de la Cristiandad. Según lo describe Bulfinch, no
ha llegado aún el día en que será destruida toda la creación visible. La Tierra
se estremecerá, el mar se saldrá de su cauce, el cielo se despedazará y
multitud de hombres perecerá. Luego, el lobo Fenris arrancará las cadenas que
lo aprisionan, la serpiente Midgard saldrá del mar, y su padre Loki se liberará
de su cautiverio y se unirá a los enemigos de los dioses. Encabezadas por
Surtur, los gigantes de fuego de Muspelheim avanzarán. En la batalla que
seguirá, los dioses y sus enemigos morirán, excepto Surtur, cuyas llamas
consumirán el Universo. Después, un nuevo cielo y un nuevo mundo surgirán del
mar. Otras versiones utilizan el tiempo pasado, y afirman que unos pocos
hombres sobrevivieron al holocausto escondiéndose en el interior del gran árbol
de cenizas Yggdrasil, que es el que sostiene al Universo, y que no fue
destruido.
* * * *
Las
tradiciones sobre inundaciones de Asia son muy diversas. El mito persa del
Bundahish, una de las últimas escrituras de los persas, relata cómo, en los
tiempos antiguos, la Tierra estaba repleta de criaturas malignas moldeadas por
el perverso príncipe Ahriman. El ángel Tistar (la estrella Sirio) descendió
sucesivamente en tres formas distintas —hombre, caballo y toro— y, en cada una
de estas formas, hizo que lloviese durante diez días y diez noches. La primera
inundación ahogó a todas las criaturas malvadas, pero las semillas del mal
perduraron y envenenaron la Tierra. Antes de que Tistar regresara (en la forma
de un caballo blanco) para enviar una segunda lluvia de limpieza, tuvo que
luchar con el demonio Apaosha, que apareció bajo la forma de un caballo negro.
Finalmente, con la ayuda de Ormuz, que atacó al demonio con un rayo. Tistar
obtuvo la victoria. Antes de ser reducido. Apaosha profirió un terrible grito
que aún se escucha durante las tormentas. La segunda lluvia limpió de veneno la
Tierra e hizo que el mar fuese salado. Un gran viento arrastró las aguas hasta
el fin del mundo, donde formaron tres grandes mares y veintiuno menores. Este
mito no ofrece una visible semejanza con la tradición hebrea y parece ser
esencialmente etiológico, ya que explica un cierto número de fenómenos
naturales.
La
tradición india es completamente distinta. En su versión más antigua relata
cómo un hombre llamado Manu encontró un pequeño pez en el agua que le llevaron
para sus abluciones matinales. El pez dijo: «Protégeme y yo te salvaré. Una
gran inundación destruirá a todas las criaturas.» «Pero, ¿cómo puedo
protegerte?», preguntó Manu. «Ponme en una jarra hasta que sea mayor. Cuando
sea más grande que la jarra, cava un estanque para mí. Cuando sea demasiado
grande para el estanque, déjame en el mar, puesto que entonces seré lo
suficientemente grande como para que otros peces no puedan comerme.» Manu así
lo hizo. Por indicación del pez construyó una embarcación, y cuando llegó la
inundación, embarcó en ella. Él fue el único que se salvó de entre todas las
criaturas de la Tierra. La raza humana se reprodujo porque los dioses dieron a
Manu una mujer, después que éste ofreciera un sacrificio acordado con los
dioses.
La
leyenda de Manu es posterior al Veda, y sólo existen en estos libros oscuras
referencias que puedan relacionarse con ella. Apareció por primera vez en el
Satapatha Brahmana, que se remonta hacia el 600 a.C. Sin embargo, algunos creen
que puede ser más antigua que la leyenda babilónica, aunque no hay razón para
creer que haya sido el origen de ésta. Se ha sugerido que, según el medio
geográfico, es posible que la rotura de una presa de un lago en el Himalaya sea
la base real para una tradición de inundaciones en la literatura sánscrita.
En
versiones posteriores. Manu no es un hombre común, sino un gran profeta o un
rey. Como en el caso del mito de Deucalión, después de un tiempo aparecieron
elementos posiblemente semíticos. En el Matsya Purana, que es del año 320. Manu
lleva consigo a todas las criaturas vivientes y las semillas de las plantas en
su «arca».
Cachemira
posee un mito, obviamente etiológico, similar al que se atribuye al valle de
Tempe (valle del Templo), en Grecia. El famoso valle de Cachemira, rodeado por
altas montañas, se dice que estaba ocupado en la antigüedad por un lago, pero
Vishnú creó una abertura en las montañas, cerca de Baramulla, a través de la
cual desaguaba el lago, dejando el Happy Valley, que entonces estaba habitado
por los descendientes de Ksayapa, tío de Brahma
La
tradición budista de China y Japón no alude a una inundación universal. Hay una
leyenda china que se refiere a la crecida de un río en particular. Frazer lo
atribuye a un intento histórico de tratar de controlar las aguas del Hwang Ho
(río Amarillo), llamado el «Dolor de China» debido a las desastrosas
inundaciones que a menudo se producen. Durante el reinado de un soberano mítico
llamado Yao, hubo un terrible diluvio que duró veintidós años. Yao llamó a Kun
para controlar la situación. Kun luchó sin éxito durante más de nueve años,
tratando de contener las aguas por medio de diques. Su hijo Yu continuó esta
tarea, pero utilizando un sistema distinto, pues trató de diversificar el curso
del río, dividiéndolo en nuevos cauces, y, después de trece años, obtuvo éxito.
Muchos fragmentos de folklore geográfico recuerdan la labor de Yu. Así, la
famosa Lung Men Gorge (Puerta de los Dragones), por ejemplo, se supone que fue
cortada por él para desviar el Hwang Ho al mar.
Un relato
chino completamente diferente, y bastante imaginativo, narra que una reina o
diosa, llamada Nu Kua, luchó con el jefe de una tribu vecina. Mortificado por
el hecho de haber sido vencido por una mujer, se golpeó la cabeza contra el
Bambú Celestial y se desmayó, produciendo un agujero en la Bóveda del Cielo.
Por allí cayó agua en grandes cantidades, pero Nu Kua cogió piedras de cinco
colores distintos, las deshizo hasta transformarlas en polvo y mezcló una
argamasa con la cual remendó el orificio y detuvo la inundación.
No hay
tradiciones de inundaciones en el Asia Central semiárida, lo que no resulta
sorprendente. El sudeste de Asia, en cambio, sí tiene mitos sobre inundaciones,
muchos de los cuales muestran influencias bíblicas. Uno de los más interesantes
es el de los Lolos, unos aborígenes independientes y cultos que viven al
sudeste de China. Los Lolos creen que los patriarcas que vivían en la Tierra
alcanzaron edades increíbles, más avanzadas que la de Matusalén, y que moran en
el cielo. Cuando la Humanidad se tornó malvada, uno de estos patriarcas
semi-divinos, Tse-gu-dzih, envió un mensajero a la Tierra pidiendo un poco de
sangre y carne de un mortal. Sólo se encontró una persona que estuviera
dispuesta a complacerle, un hombre llamado Du-mu. De modo que Tse-gu-dzih cerró
las puertas de la lluvia y dejó que las aguas se acumularan hasta el cielo.
Du-mu se salvó, en un tronco hueco, junto con sus cuatro hijos y algunas
nutrias, patos salvajes y lampreas. De los cuatro hijos (de cuyas esposas no se
habla) descienden los pueblos cultos del mundo, mientras que el resto de la
humanidad es el producto de figuras de madera realizadas por Du-mu para
repoblar la Tierra. Los Lolos observan el Sabbat o día de descanso (que. sin
embargo, es cada seis días), durante el cual no trabajan. Esta costumbre, junto
con las tradiciones de los patriarcas y la de las inundaciones, se adjudican a
las enseñanzas de los misioneros nestorianos. el primero de los cuales se dice
que llegó a China en el año 635.
Para los
Benua-Jakun, una tribu aborigen del estado malayo de Johore, la superficie
terrestre es sólo una piel que cubre el abismo lleno de agua. Una vez, el dios
Pirman cortó la piel y todos se ahogaron, con excepción de un hombre y una
mujer que él había encerrado en una embarcación de madera. Cuando, después de
la inundación, la nave quedó inmóvil, ellos royeron hasta que lograron salir.
La mujer concibió en las pantorrillas de sus piernas y, de la derecha, surgió
un niño, mientras que de la izquierda lo hacía una niña. Toda la Humanidad
desciende de dichos niños.
* * * *
Resulta
curioso que no haya leyendas de inundaciones entre los egipcios. E igualmente
sorprendente es que no existan en Egipto inundaciones desastrosas. Todos los
años, el Nilo se desborda suave y previsiblemente, dejando detrás suyo un
depósito de magnífico lodo que proporciona al suelo nueva vida. Cuando las
aguas no alcanzan la altura habitual, se suceden días de escasez y, si bien
crecidas demasiado grandes llegan a producir ciertos trastornos, las crecidas
anuales han sido siempre, en líneas generales, benignas. De no producirse, este
hecho constituiría precisamente el desastre capaz de ser conmemorado en una
leyenda. También los otros ríos importantes de África experimentan una anual
inundación que, puesto que se espera, no constituye ninguna calamidad.
La única
leyenda del sur de África que guarda alguna relación con una inundación no es,
en absoluto, una leyenda de inundaciones, sino una que trata de explicar el
origen de un lago particular, el Dilolo, en el límite entre Zaire y Angola En
realidad, esta leyenda pertenece al capítulo 4. «Folklore sobre la forma de la
fierra», como algunas otras ya citadas en dicho capítulo. Según este relato,
una cacique llamada Moena Monenga solicitó abrigo y comida en un poblado. No
solamente no se los proporcionaron, sino que, cuando les reprochó a los
pobladores su orgullo, ellos se burlaron y le dijeron: « ¿Qué puedes tú hacer?»
En consecuencia, ella se lo demostró: comenzó un lento exorcismo y, al final
del mismo, todo el pueblo se hundió en el suelo y el agua empezó a fluir
llenando la depresión. Cuando el cacique del pueblo regresó de caza y vio lo
que le había sucedido a su familia, se ahogó en el lago, desesperado. Este
relato fue recogido por Livingstone y resultó ser el único que encontró en sus
años de misionero que guarde alguna relación con una tradición de inundaciones.
Él pensaba que el nombre del lago provenía de la palabra ilolo, que
en el lenguaje local significa «desesperación».
La falta
de tradiciones en Egipto y el resto de África ha sido un obstáculo definitivo
para las teorías que sostienen que hubo grandes volúmenes de agua sobre toda la
faz del globo a causa de colisiones cósmicas. Un trabajo poco conocido que
afirma que hubo un impacto con un meteorito gigantesco alrededor de hace unos
11.500 años, expresa, un poco débilmente, que «Egipto tuvo la suerte de estar
situado fuera de los efectos geológicos y de flujos producidos por la colisión
y que fueron los causantes del diluvio». No alcanzo a comprender cómo Egipto
pudo estar «situado fuera» cuando, precisamente, el
impacto-generado-por-el-meteorito es lo que originó la inundación de la que se
habla en la leyenda de Deucalión, que, justamente, se cita como evidencia en
favor de la misma catástrofe. Se dice que el interior de África está «incluso
mejor situado que Egipto, con elevaciones mayores y más cerca del punto de no
distorsión de la geosfera»; pero luego, en la oración siguiente, los autores
citan una versión, distinta de la leyenda del lago Dilolo, que dice que una
gran ola cruzó el país, dejando el lago en una depresión. Una vez más, es
difícil seguir el razonamiento que, por un lado, atribuye la falta de folklore
sobre inundaciones a la ausencia de inundaciones allí, mientras expone la
«evidencia» de un folklore que se refiere a una ola gigantesca que barrió una
parte considerable del interior del sur de África. En su bien conocido Worlds
in Collision (Mundos en colisión). Immanuel Velikovsky se enfrenta a
la falta de tradiciones africanas sobre inundaciones con un ingenio que resulta
admirable: invoca una «amnesia colectiva» que, de un modo muy conveniente,
eclipsa el desastre fuera de la memoria de sociedades enteras, del mismo modo
en que un individuo trata de borrar por completo acontecimientos desgraciados.
* * * *
En el
otro extremo del mundo. Australia posee varias tradiciones sobre inundaciones
que tienen muy poco en común entre sí, y nada en común con el relato bíblico.
Es posible que se trate de relatos independientes acerca de inundaciones
locales. Según los aborígenes del lago Tyres, de la región de Victoria, en
cierta ocasión, una rana gigante se tragó toda el agua del mundo. Los otros
animales trataron de hacerla reír para que, de este modo, devolviera el agua,
pero ninguna de sus bufonadas consiguieron arrancarle más que una sonrisa,
hasta que la anguila se puso sobre su cola y comenzó a danzar. Entonces, la
rana rió tan estrepitosamente que el agua brotó a chorros provocando una
terrible inundación, en la que muchos se ahogaron. En otra leyenda de Victoria
(¿quizá parte de la misma?) los sobrevivientes de una gran inundación deben sus
vidas al pelícano que los cogió en su barca.
Desde el
oeste de Australia llega un relato con una moral bastante obvia: hace mucho
tiempo vivían dos razas en las orillas opuestas de un río, una blanca y otra
negra. Se casaban entre ellos, compartían las festividades y luchaban entre sí
de modo amigable. Los blancos eran más poderosos y tenían mejores lanzas y
boomerangs y, por tanto, llegaron a sentirse superiores y rompieron sus
relaciones con los negros. Durante cierto tiempo, esta situación se mantuvo.
Hasta que un día comenzó a llover. Llovió durante meses, y el río se desbordó y
forzó a los negros a retirarse tierra adentro. Finalmente, las lluvias cesaron
y las aguas retrocedieron. Cuando los negros volvieron a sus antiguos terrenos
de caza les sorprendió ver que sus orgullosos vecinos habían desaparecido bajo
las aguas de un amplio mar. Según Andree, esta leyenda es antigua, pero el
detalle de que la raza blanca era orgullosa fue agregado después de la
colonización de Australia por los ingleses.
* * * *
Los Mares
del Sur también suministran una abundante tradición sobre inundaciones en
diversas formas. Aparte de algunos paralelos bíblicos, que pueden ser
atribuidos fácilmente a influencia misionera, muchas de estas tradiciones son
asombrosamente compatibles con el ambiente geológico local. Con frecuencia se
dice que la inundación llega del mar, como puede esperarse en islas que están
sujetas a terremotos que generan tsunamis, u olas que azotan como tifones.
En las
Society Islands hay una leyenda ligada a la isla de Raiatea. Un día, un
pescador, ya sea por ignorancia o por desobediencia, violó un tabú pescando en
aguas sagradas del dios del mar Ruahatu. Su anzuelo se enganchó en los cabellos
del dios, que estaba durmiendo, y después de una larga e intensa lucha tiró de
un dios que, en verdad, estaba furioso. Para castigar al pescador. Ruahatu
decidió que la Tierna se hallaba entonces profanada y debía ser destruida. El
pescador se echó a sus pies y le pidió clemencia, implorándole que, al menos,
le permitiera escapar. Ruahatu cedió y le ordenó que se dirigiera con su
familia al islote de Taomorama, dentro de los arrecifes del lado este de
Raiatea. A la mañana siguiente, las aguas del océano comenzaron a subir y la
gente de Raiatea se fue hacia las montañas. Por fin, todo quedó sumergido,
hasta las cumbres de las montañas, y todos se ahogaron. Cuando las aguas
retrocedieron, el pescador y su familia volvieron a la isla principal y fueron
los antecesores de los habitantes actuales. Esta leyenda es, según Andree, un
intento de explicar los fósiles de corales y conchas encontrados sobre el nivel
del mar, y que datan de una posición más alta del mar con relación a la tierra.
Las gentes de Raiatea no parecen preocupadas por una inconsistencia llamativa
en el relato: el punto más alto del lugar está a 3.388 pies (1.016 metros)
sobre el nivel del mar, mientras que Taomorama, el lugar en que se refugiaron,
es una pequeña isla coralina de sólo un par de pies (unos sesenta centímetros)
sobre el nivel de la marea alta en su punto más alto. Nada puede estar más
alejado de la tradición bíblica que el pecador sea salvado mientras los
inocentes son destruidos. Se trata, simplemente, de la misma actitud polinesia
evidenciada en la leyenda de Kahawali, que tanto llegó a perturbar a William
Ellis (véase capítulo 6).
La misma
postura se revela en una tradición sobre inundaciones de las islas Fiji. En
este caso, la inundación (en forma de lluvia incesante) la envía el gran dios
Ndengei para castigar a sus débiles e impenitentes sobrinos por haber matado al
pájaro de Turukawa. Cuando las aguas llegaron hasta los picos altos en los que
se habían refugiado, las cimas se salvaron por la intervención de dioses
menores, a los que ellos apelaron. Algunas versiones dicen que se les aconsejó
que construyeran una balsa con los frutos de la pampelmusa, otras que les
enviaron dos canoas, y otras, en fin, que se les enseñó cómo hacer una piragua.
De cualquier modo, llegaron, flotando, hasta la isla de Mbengga, cuyos
habitantes se consideran el equivalente Fuji de los descendientes del
Mayflower.
La
topografía decididamente inusual de Mangaia, una de las islas Cook, se refleja
claramente en las tradiciones sobre inundaciones. Roca volcánica erosionada
coronada por un núcleo central plano a 554 pies (166 metros) sobre el nivel del
mar en su punto más alto, dicha isla está rodeada por una especie de foso, que
no tiene más de 20 a 40 pies (6 a 12 metros) sobre el nivel del mar, en el que
se cultiva el taro. El foso, a su vez, está rodeado por una plataforma elevada
de rocas de coral erosionadas llamadas Makotea, de 110 hasta
210 pies (de 33 a 63 metros) sobre el nivel del mar. Desde la base del Makatea
hasta una altura de unos 45 pies (13.50 metros) se extiende un talud, de unos
100 pies (30 metros) de anchura, que desciende escalonado hasta el mar, terminando
en un risco de 15 a 35 pies (de 4.5 a 10.50 metros) de altitud. Al nivel del
mar hay un arrecife periférico de 300 yardas (274 metros) de ancho, en donde se
encuentran formas coralinas. La forma de Mangaia es única (figura 29).
Figura 29. La isla de Mangaia, en el sur del Pacífico, cuya forma única
inspiró una tradición local. El centro de la isla es un antiguo volcán que se
redujo hasta el nivel del mar. y, después, alzado de nuevo y erosionado,
mientras un arrecife periférico se formaba a su alrededor. El hundimiento
gradual permitió que el coral creciera hacia arriba, formando un arrecife
coralino separado de la isla por una laguna. La nueva elevación dejó al
arrecife de coral alto y seco, formando el «Makatea», una plataforma rodeada
por una depresión como un foso, que fue la laguna. (Tomado de Marshall. 1927.)
El mito
local relata que la forma de la isla era antes llana y regular, con suaves
declives. Un día, los dioses del mar y de la lluvia decidieron desafiarse para
ver quién era el más poderoso de los dos. Con la ayuda del dios del viento, el
del mar atacó la isla y pudo inundar la costa hasta la altura del Makatea.
Después, el dios de la lluvia hizo que lloviese durante cinco días y cinco
noches, de modo que el agua arrastró la arcilla roja y las pequeñas piedras
hacia el océano y excavó profundos valles de las lomas, hasta que sólo quedó,
de la superficie original, la parte central plana del pico. Habiéndose enterado
de la amenazante lucha, el primer jefe, llamado Rangi, condujo a su pueblo al
pico central: la «Crown of Mangaia» («Corona de Mangaia»), Cuando la situación
se hizo más precaria. Rangi suplicó al dios supremo que ordenase a los otros
que suspendieran la contienda.
Esta
explicación folklórica de la forma de Mangaia indica una valoración precisa,
aunque mal aplicada, del papel que representan las aguas al escurrirse y las
olas del mar, especialmente las que son llevadas por la tormenta, en la
formación del paisaje. La historia geológica de la isla, expuesta brevemente,
es la siguiente: la isla fue, en un principio, un volcán formado desde el fondo
del mar. Cuando cesó toda su actividad, fue erosionándose a causa de la acción
combinada del agua al escurrirse y de las olas del mar, hasta que no quedó nada
más que un bajío. Este último fue elevado sobre el nivel del mar y sometido a
la acción prolongada de los elementos naturales (descomponiéndose la roca
superficial en arcilla roja) y a la erosión de las aguas que se deslizaban y
cavaban profundos valles en los taludes. Mientras tanto, un arrecife periférico
creció alrededor del límite de la isla. Luego, la isla se hundió tan
gradualmente que los corales pudieron desarrollarse hacia arriba hasta formar
un arrecife de coral, separado de la tierra firme por una laguna. En etapas
posteriores del hundimiento, el arrecife se extendió también hacia fuera. La
nueva elevación de la tierra dejó al arrecife alto y seco, formando el Makatea:
la extensión hacia el mar del arrecife coralino se transformó en el talud
escalonado: y la antigua laguna, detrás del arrecife, se convirtió en el foso
plano como una hoja de nenúfar. En la última etapa de desarrollo, creció un
nuevo arrecife periférico que avanzó más allá del borde de la terraza. Frazer
hace notar que:
«Si el
que recopiló la historia no hubiera descrito los aspectos de la isla... quizá
nosotros no habríamos podido percibir el origen puramente local del relato, v
nos hubiéramos sentido tentados a buscar sus orígenes en alguna lejana fuente,
incluso encontrando una confusa reminiscencia con Noé y su arca. Se puede
conjeturar que muchas otras histonas de grandes inundaciones podrían ser
resueltas, en forma similar, refiriéndolas a mitos locales, si estuviéramos más
familiarizados con aquellos rasgos naturales de! lugar que con los relatos que
se han inventado para tratar de explicarlos.»
Los
indios de América del Norte tienen un abundante folklore que evidencia la forma
en que mitologías primitivas asimilan profundamente elementos posteriores. Por
ejemplo. Old Coyote Man (Anciano coyote), el héroe de la
leyenda del Cuervo, se supone que inventó los caballos; sin embargo, los
caballos eran desconocidos para los indios hasta que los conquistadores los
introdujeron en el siglo XVI. El parecido general de la mayoría de las leyendas
de los indios norteamericanos sobre inundaciones se explica fácilmente en
términos de migraciones o contactos entre las tribus, y la frecuente semejanza
con el relato bíblico no es difícil atribuirla a los esfuerzos de los
misioneros.
Una
leyenda chippewa es inusual porque atribuye las inundaciones a la fusión de la
nieve. AI comienzo de los tiempos, en el mes de septiembre hubo una gran
nevada. Un pequeño ratón hizo un agujero en la bolsa de piel que contenía el
calor del sol, y el calor se esparció por la Tierra y fundió las nieves en un
instante. El agua derretida se elevó hasta la parte alta de los pinos más altos
y continuó ascendiendo hasta que las montañas más altas quedaron sumergidas. Un
anciano había previsto la inundación y advirtió a sus amigos, pero ellos sólo
respondieron: «Cuando llegue, nos iremos a las montañas.» Todos se ahogaron,
pero el anciano había construido una gran canoa en la que flotó sobre las aguas
y rescató a todos los animales que encontraba. Después de cierto tiempo, envió
al castor, a la nutria, a la rata almizclera y al pato, uno cada vez, para
tratar de encontrar tierra. Sólo el último regresó, llevando lodo en su pico.
El anciano puso el lodo sobre el agua y sopló sobre él, y éste se expandió
formando una isla lo bastante grande como para acogerle a él y a todos los
animales.
Aun en el
árido Sudoeste hay tradiciones de inundaciones. Según los papagos, el Gran
Espíritu creó primero la Tierra y todos los seres vivos, menos el hombre.
Luego, hizo al héroe Montezuma, con cuya ayuda creó todas las tribus indígenas.
El primer mundo era feliz y apacible, pero fue destruido en una gran
inundación. Advertido por su amigo Coyote. Montezuma había construido un barco
y, cuando las aguas se elevaron, ellos dos se salvaron. Al retirarse las aguas,
el Gran Espíritu, otra vez con la ayuda de Montezuma, creó de nuevo el hombre y
los animales.
Un relato
sobre inundaciones de Arizona pertenece a la categoría de geomitos «ex post
facto», inventados para explicar un detalle del paisaje. En este relato se
narra cómo, cuando las aguas subieron, un gran jefe condujo a sus guerreros más
y más arriba en las Superstition Mountains (montañas de la
Superstición). Cuando fue obvio que incluso los picos más altos quedarían
sumergidos, el jefe convirtió a sus guerreros en piedra para que no tuvieran el
ignominioso destino de ahogarse, y allí están hasta hoy, guardando las alturas
(Ilustración 35). Los Apache Warriors (Guerreros apaches) son,
en realidad, columnas de toba[36]
del
Mioceno, unidas y desgastadas por los elementos naturales. No sé si ésta es una
leyenda auténtica o no. pero las Superstition Mountains, que están
a unas veinte millas (32 kilómetros) al este de Fénix, son consideradas
sagradas por los apaches. Creen que el orificio que lleva a las profundidades
de la Madre Tierra está ubicado en esta cadena de montañas, y que esta entrada
se halla custodiada por una serpiente de nueve cabezas que no permite el paso a
ningún mortal. Se supone que los vientos que surgen de dicho orificio son los
causantes de las grandes tormentas de polvo. La importancia del relato de los
Guerreros Apaches no reside en la inundación misma, sino en la creación de una
impresionante forma terrestre que necesita ser explicada. Si el relato no es un
moderno «fakelore» (pseudo folklore) y si se dice que la inundación es el diluvio,
me inclinaría a creer que se fusionaron tradiciones después de que los apaches
se enteraron de la inundación de Noé.
Dicho
entre paréntesis, me han asegurado que hay norteamericanos actuales que señalan
una capa de roca, débilmente coloreada, en la parte alta de las Goldfield
Mountains (montañas de los Campos de oro) de Arizona, como la marca
más alta de! diluvio de Noé (Ilustración 36). La capa descolorida es una toba
de riolita, debajo de la cual hay granito precámbrico gris oscuro y cubierta
por un flujo de lava oscura; la toba sobresale tanto que, en los días claros,
puede verse desde Fénix, a veinte millas (treinta y dos kilómetros) de allí.
En una
leyenda de los indios Makah, del cabo Flattery, de Washington, en cierta
ocasión el océano Pacífico se elevó y descendió varias veces en el transcurso
de pocos días. Primero, el agua se elevó lo bastante como para separar el cabo
de la tierra firme; luego, de pronto descendió, dejando alta y seca la bahía
Neah. Cuatro días después alcanzó el nivel más bajo y, entonces, comenzó a
crecer lentamente hasta que el cabo y toda la Tierra quedaron sumergidos, con
excepción de las cumbres de las montañas. El agua que se elevaba era muy
cálida. Los que tenían canoas, cargaron en ellas sus pertenencias, y las aguas
los llevaron de aquí para allá, pero, generalmente, hacia el norte, pues la
corriente era muy intensa. Numerosas canoas quedaron atrapadas en los árboles,
y muchos indios murieron. Cuando, después de más de cuatro días, el mar volvió
a su normalidad, un considerable número de las tribus se encontraron que
estaban más al norte, donde aún permanecen sus descendientes.
J. G.
Swan, que, según Andree, fue el primero en registrar esta leyenda, en 1869, lo
atribuye a algún movimiento «volcánico que elevó y hundió un área». Sin
embargo, la región inmediata no es volcánica y, en cualquier caso, no se conoce
este tipo de levantamientos en relación con el vulcanismo. ¡Cuánto más simple
resulta decir que fue el mar el que se elevó y descendió, como afirma la
leyenda! Permitiendo algún tipo de exageración, no es posible describir mejor
un tsunami originado por algún lejano terremoto.
* * * *
La
tradición sobre inundaciones es muy numerosa a lo largo de toda la América
Latina. Hay muchas leyendas en las que los sobrevivientes de un diluvio, una
familia o una pareja, escapan en una calabaza, en una canoa o en una balsa, o
se suben a los árboles o escalan una montaña. En algunos casos son muy fáciles
de identificar los matices bíblicos.
Un
ejemplo primitivo de leyenda sobre inundaciones de origen local e
independiente, es el de los indios araucanos, cuya región comprende la parte de
Chile que se conocía como Araucanía (figura 30). Se dice que dos serpientes
fueron la causa de que el mar se elevara cuando trataban de probar cuál de
ellas poseía más poderosas artes mágicas. La inundación se produjo tras un
intenso terremoto relacionado con una erupción volcánica, y la gente se refugió
en una montaña que flotó hasta llegar cerca del Sol. Desde entonces, cada vez
que los araucanos perciben un terremoto, corren hacia las montañas llevando
consigo cuencos para protegerse del calor del Sol. A lo largo de esa parte de
la costa del Pacífico hay fallas activas, el movimiento de una de las cuales originó
el terremoto de mayo de 1960. Esa sacudida generó un tsunami que resultó
desastroso. A través de los tiempos, los tsunamis originados por terremotos
deben de haber sido numerosos. También resulta significativo que una de las
tres veces en que una erupción volcánica parece haber sido motivada
directamente por un terremoto es la de Puyehue, situado en una de las fallas en
que se producen seísmos. Comenzó, primero, una erupción que se prolongó durante
dos días antes de la primera sacudida, probablemente porque el movimiento de
tierra permitió que aguas superficiales se pusieran en contacto con el magma
caliente (como ocurrió en otro conocido caso, el de Pematang Bata, de Sumatra,
en 1933). ¿Es necesario buscar otro origen para la tradición araucana sobre inundaciones
que alguna cadena de circunstancias similar en el pasado? El hecho de que el
desastre fuera atribuido sólo al capricho de criaturas sobrenaturales, y no a
un castigo por alguna transgresión, explica claramente la consciencia que
tenían los indios, que eran quienes lo sufrieron directamente, de las causas
del fenómeno.
Bogotá,
la capital de Colombia, está en la meseta de Cundinamarca, rodeada por
montañas. El drenaje de esta meseta se produce a través del río Punza, que
corre por un estrecho desfiladero, en las montañas que limitan la meseta por el
oeste, y cae por allí formando las cataratas de Tequendama, de alrededor de 450
pies (135 metros) de altura, antes de encontrarse con el río Magdalena. La
tradición respecto a inundaciones de los indios chibchas, como las del valle de
Tempe (valle del Templo) y el de Cachemira, significa un intento imaginativo de
explicar la geografía local: hace mucho tiempo, las gentes que vivían en la
meseta eran temibles salvajes. El dios del Sol, Bochica, se mezcló entre ellos
tomando la forma de un anciano, y les enseñó cómo construir cabañas y
organizarse en sociedades ordenadas. Su hermosa mujer. Chia, que era malvada,
trató de frustrar sus esfuerzos de civilizar a los indios, pero su magia no era
tan poderosa como la de él. Lo mejor que pudo hacer, en lo que a maldades se
refiere, fue lograr que el Funza creciera fuera de su cauce e inundara toda la
meseta, que en aquellos tiempos estaba rodeada por una ininterrumpida cadena de
montañas. Sólo unas pocas personas, que llegaron a tiempo a las montañas,
pudieron escapar y no se ahogaron. Bochica, enfadado, desterró a Chia al cielo,
en el que ella se transformó en la Luna. Luego, rompió las montañas y las aguas
de la inundación pudieron escurrirse, dejando sólo el lago Guatavita.
Figura 30. La región de Chile en la que se produjo el terremoto de mayo de
1960. Un tsunami como el originado por la sacudida más fuerte pudo ser el
origen de la tradición sobre inundaciones entre los indios araucanos.
En la
región de Río de Janeiro, en Brasil, los indios tienen una leyenda en la que
dos parejas se salvan subiéndose a altos árboles. Los hermanos gemelos de un
gran mago reñían constantemente porque uno era bueno y el otro malo. Un día, el
hermano bueno, enfadado por alguna acción del gemelo malo, dio una patada tan
fuerte que la Tierra se abrió y apareció una fuente de agua que la lanzaba tan
alto que llegaba hasta las nubes. Pronto, todo el mundo quedó sumergido. El
hermano bueno y su mujer se subieron a un árbol de pindona,
mientras que el hermano malo y su mujer lo hicieron a un árbol de geniper, y
allí permanecieron hasta que las aguas se retiraron. De estas dos parejas
descienden los tupinambas y los tominus, dos tribus que siempre disputan entre
sí. Cualquier inundación local pudo originar esta leyenda.
Como es
lógico esperar de pueblos geográficamente contiguos, los aztecas, los mayas y
los quichés de México y de Guatemala tienen tradiciones sobre inundaciones que
poseen muchos elementos en común. En todas ellas, la inundación es parte del
mito de la creación, en el que hay varios intentos de crear al hombre, con
insatisfactorios resultados, y su destrucción en una serie de cataclismos. Como
se relata en el Popul Vuh, de los quichés, los dioses no
estaban satisfechos después de crear los animales, porque éstos ni hablaban ni
reverenciaban a sus creadores. Por tanto, trataron de crear al hombre partiendo
de la arcilla. Las primeras personas no podían girar la cabeza, y, aunque sí
hablaban, no entendían nada. Entonces los dioses enviaron una inundación que
destruyó su defectuosa tentativa. En un segundo intento, hicieron al hombre de
madera, y a la mujer de caña, pero, aunque tales criaturas eran mejores que las
primeras, todavía ofrecían el aspecto de animales, hablaban de un modo
ininteligible y no resultaron agradables a los ojos de los dioses. La mayoría
de esos hombres y mujeres fueron destruidos por una lluvia de incandescente
resina y por un terremoto, pero quedaron algunos supervivientes que huyeron a
los bosques y se transformaron en monos. La tercera vez. los dioses utilizaron
maíz blanco y amarillo, y los resultados fueron tan excelentes que los dioses
se inquietaron y les desposeyeron de algunas de las características
sobrehumanas con que les habían dotado, dejando el tipo imperfecto de seres humanos
que tenemos en el mundo de hoy, y que son los descendientes de los quichés.
En los
relatos aztecas, la primera raza de hombres fue devorada por los jaguares (u
ocelotes): la segunda fue llevada por el viento, siendo los hombres
transformados en monos: la tercera, regada con fuego (¿una erupción?) y los
seres humanos convertidos en pájaros: y la cuarta fue arrastrada por las aguas
y los hombres metamorfoseados en peces, con excepción de una pareja que se
salvó en un tronco hueco de un ciprés. La versión mexicana más corriente dice
que el hombre que pudo escapar se llamaba Coxcox y su mujer Xochiquetzal: en
otras versiones son un dios y una diosa. La pequeña embarcación en la que
escaparon quedó varada en el pico de Culhuacán. De ellos nacieron muchos hijos,
todos mudos. Más tarde, llegó una paloma que les dio las lenguas y los dotó de
muchos idiomas distintos. De estos niños descienden todas las naciones del
mundo.
La
historia de Coxcox es la única leyenda sobre inundaciones con posibles
elementos bíblicos introducidos posteriormente en un documento pre-misionero
existente en forma de pictografía. ¿O no? Según Andree, ninguno de los
escritores dedicados a la mitología mexicana que pudieron haber escuchado el
relato en el tiempo de los conquistadores, o poco después, mencionó nunca una
leyenda del tipo del diluvio bíblico y, además, duda que la interpretación de
las pictografías fuera la correcta. En esto sigue a don José Fernando Ramírez,
conservador del Museo Nacional de la ciudad de México, que demostró que las
descripciones de las pictografías dadas por Clavijero. Humboldt, Kingsborough y
otros, estaban basadas en la misma fuente: un mapa publicado por Gemilli Careri
en A Collection of Voyages and Travels (Una colección de
viajes y travesías), volumen 4, de Churchill. Gemilli Caren interpretó este
dibujo como la histona del diluvio y Humboldt y los demás hicieron lo mismo y
aceptaron su interpretación. Pero, según Ramírez, la «paloma» trata, en
realidad, de representar al pájaro conocido como el tihuitochan, que llama
«Ti-hui», y el dibujo representa, en realidad, la historia de la migración de
los aztecas al valle de México. Se cree que los aztecas llegaron a México desde
el norte. Sus tradiciones cuentan cómo un pequeño pájaro repetía continuamente
«Ti-hui, ti-hui», que, en su lengua, quiere decir « ¡Vamos!», y sus sacerdotes
interpretaron esto como una orden divina para buscar un nuevo hogar. Se
establecieron siete sub-tribus, seis de las cuales se instalaron con bastante
rapidez en varias partes de México, mientras que la séptima vagabundeó un
tiempo, buscando un signo con la forma de un águila asentada sobre una roca y
con una serpiente en el pico. Hallaron el signo prometido en el lago Texcoco y,
de acuerdo con esto, se fundó en sus costas la ciudad que hoy se conoce como
México D.F., en el año 1325. Esta, pues, es la tradición que los historiadores
creen que se representa en el dibujo en cuestión. Sólo fue Gemilli Careri el
que decidió que el pájaro del dibujo era una paloma que distribuía las lenguas.
El también admite que la cronología no «era tan exacta como debería ser, pues
transcurren pocos años entre la inundación y la fundación de México», ya que el
dibujo incluye símbolos que cuentan la cantidad de años que pasaron en
distintos lugares durante el deambular de las tribus.
Gemilli
Careri recibió de Coxcox la historia durante su estancia en México, en 1667,
bastante más de un siglo después de que los primeros misioneros arribaran con
Cortés, mucho tiempo, así, para que los detalles bíblicos pudieran superponerse
a las tradiciones y mitos aztecas. Otros relatos mexicanos sobre inundaciones
son, obviamente, la historia de la Biblia trasplantada a un medio local más
familiar. Por ejemplo, en Michoacán, el personaje central se llama Tezpi en vez
de Noé, pero después sigue un relato semejante, en general, a la versión
bíblica, Tezpi envía primero a un buitre para encontrar tierra; éste halla
tantos cuerpos que no vuelve; luego, envía a otros pájaros, hasta que,
finalmente, el colibrí retoma con una ramita en el pico.
Citar
otros ejemplos de tradiciones sobre inundaciones podría resultar tedioso, si es
que no lo ha sido ya. Se han dado muchos ejemplos, espero, para demostrar que,
cuando se las contempla desde el contexto geológico, muchas tradiciones se han
originado en el lugar. No veo razón para suponer que, al explicar la ubicuidad
de las tradiciones sobre inundaciones, estemos limitados a elegir entre dos
alternativas extremas. Velikovsky, por ejemplo, afirma:
«Desde mi
punto de vista, la respuesta al problema de la similitud de motivos en el
folklore de distintos pueblos, es como sigue: muchas ideas reflejan el
contenido histórico real. Hay una leyenda, que se encuentra en todas partes del
mundo, según la cual un diluvio barrió la Tierra y cubrió colinas, y aun
montañas. Tenemos una pobre opinión sobre las habilidades mentales de nuestros
antepasados si creemos que una simple inundación extraordinaria del Éufrates
impresionó tanto a los nómadas del desierto que pensaron que todo el mundo se
había inundado, y que la leyenda así nacida se transmitió de pueblo en pueblo.»
A esto se
puede replicar: por supuesto que muchas ideas reflejan un contenido histórico
real. Sin embargo, no existe una leyenda sobre el diluvio,
sino, más bien, una colección de tradiciones que son tan distintas que no
pueden ser explicadas ni por una sola catástrofe, ni por la diseminación de una
sola tradición local. Algunas de ellas son muy imaginativas, pero otras significan
intentos corrientes de explicar características topográficas locales, o la
presencia de conchas fósiles por encima del nivel del mar. Gran número de ellas
son relatos —muy exagerados y distorsionados, como es una regla general del
folklore— de desastres locales reales, a menudo consistentes con las especiales
condiciones geológicas locales. Por ejemplo, no es accidental que en muchas
tradiciones de la costa del Pacífico de las Américas y de las islas de este
océano, la inundación se atribuya a la elevación del mar. Más del 90% de la
energía liberada anualmente por los terremotos en el mundo se produce en el
área del Pacífico, y, por tanto, los tsunamis se generan allí con mayores
probabilidades. Uno de los desastres más antiguos de inundaciones que se
recuerdan ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en Mesopotamia, y produjo tal
impresión en los habitantes de la ciudad de Ur que el relato pasó de generación
en generación y fue llevado por los patriarcas cuando migraron hacia el
Mediterráneo. La leyenda que nació de esa inundación de hace tanto tiempo no
hubiera ido muy lejos de su lugar de origen si no fuera por el hecho de que se
transformó en parte de las Escrituras, y así, posteriormente, fue llevada
celosamente a todos los rincones del mundo por los misioneros cristianos, a
menudo mezclándose con tradiciones preexistentes naturales de esos lugares. Las
tradiciones sobre inundaciones son casi universales, pero, principalmente,
porque las inundaciones en plural son las más universales de
todas las catástrofes geológicas.
Capítulo
VIII
La erupción minoica de Santorín
En el
capítulo 2 se ofrecieron ejemplos que ilustraban cómo las erupciones volcánicas
afectaron el destino de comunidades enteras, e incluso de naciones, sin
descontar, por supuesto, las pequeñas. ¿Qué sucedería si ocurriera una
inundación, de violencia sin precedentes, en el centro del mundo civilizado?
Hubo un tiempo en que el área del Mediterráneo era el centro de las
civilizaciones europea, egipcia y del Oriente Próximo, y en aquel entonces se
produjo una erupción cuya violencia no había sido igualada en el recuerdo de
los hombres, en ninguna parte del globo: la erupción de Santorín, de la Edad
del Bronce, cuyo impacto en la historia y en la leyenda ha llegado a ser el
objeto de numerosas especulaciones. En los últimos años se ha planteado que
esta erupción podría haber sido la causa, directa o indirectamente, no sólo del
diluvio de Deucalión, sino también de la súbita desaparición de la civilización
minoica en Creta y el consiguiente desarrollo de la civilización micénica en la
Grecia continental; del mito de Atlanta: de las plagas de Egipto y del milagro
de la separación de las aguas del mar Rojo; del mito de Faetón e Ícaro, partes
del mito de Teseo, y algunos detalles de mitos de Anfitrión, los Argonautas y
Talos; y de muchas tradiciones semi históricas del Egeo y del Mediterráneo
oriental, particularmente en lo que se refiere a inundaciones locales. Antes de
que podamos juzgar la validez de estas afirmaciones generalizadas, es obvio que
se debe analizar con más detenimiento el volcán y las circunstancias en que se
produjo su erupción en la Edad del Bronce.
El volcán
Santorín comprende cinco islas que constituyen la unidad que está más al sur de
las islas Cicladas del Egeo (véase figura 28). El punto más alto, el macizo del
Profeta Elías, en Thera, representa la isla original, de esquisto y mármol. En
algún momento, hacia el final de período Plioceno, nació un volcán, probable
mente muy cerca de la costa oeste, y experimentó sucesivas erupciones por
varios de los orificios de salida hasta que se formó una gran estructura que
cubrió la mayor parte de las antiguas rocas de la isla. Para los habitantes de
la Edad del Bronce, la isla se llamaba Stronghyli («Redondo»), A mediados del
siglo XV a.C., hubo una tremenda erupción pumítica[37],
similar a la del monte Mazama, en Oregón, algunos miles de años antes, y que,
como ésta, culminó con la caída de la caldera. Los fragmentos del Stronghyli,
cubiertos por una espesa capa de cenizas, permanecieron inhabitados durante un
período no precisado, posiblemente un par de siglos por lo menos. Luego, parece
que los fenicios fundaron una colonia más grande, que ellos llamaron Kalliste
(«El más hermoso»[38]). Se
dice que su jefe era el legendario Cadmo, quien redescubrió la isla cuando
buscaba a su hermana Europa que había sido raptada por Zeus disfrazado de toro.
En su historia posterior, el pequeño conjunto de islas cambió de manos muchas
veces. Sólo merecen mencionarse aquí dos de sus gobernantes porque explican dos
de los nombres habituales. En el siglo IX a.C., las islas fueron conquistadas
por los espartanos bajo el mando de Theras, del que deriva el nombre Thera con
que se designa a la isla más grande del conjunto y también al grupo que
constituye la unidad política; y, luego, por los venecianos que cambiaron su
nombre por el de Santorini (del que se usa en general la forma francesa
Santorín), que a su vez sería una deformación del nombre medieval italiano de
San Irene, el santo patrón de Thera. Hoy, los nombres Santorín y Thera se
suelen intercambiar. En este libro, el nombre Thera se reservará exclusivamente
para la isla principal, y Santorín para el volcán, que, además, comprende el
conjunto de las islas.
Inmediatamente
después de la caída de la caldera. Santorín quedó reducido sólo a Thera.
Therasia y las diminutas islas Aspronisi (Figura 31). Pero el volcán no estaba
dormido y comenzó discretamente a construir una nueva estructura sobre las
ruinas de la antigua. El primer antecedente histórico de actividad data del
año197 a.C. En aquel entonces, una nueva isla emergió sobre el agua, en medio
de la bahía, y se le dio el apropiado nombre de Kameni («Quemado»). Las
erupciones fueron, una y otra vez, incrementando el crecimiento de la masa
submarina. Hay relatos, no todos verificados, de catorce erupciones entre 1900
y 1950. En 1570 apareció una segunda isla y, en la erupción de 1707-1711,
emergió otra entre las dos primeras. En 1866 surgió una nueva cúpula sobre el
nivel del mar y, finalmente, en la última y más importante erupción, la de
1925-1926, la lava fluyó uniéndolo todo menos la antigua isla Palea («Antigua»)
Kameni, formando la actual Nea («Nueva») Kameni.
Los
habitantes de Santorín viven en la actualidad en un ambiente precario e
impresionante. Los peñascos empinados, en forma de semicírculo, de Thera caen
abruptamente desde alturas de 500 hasta 1.200 pies (150 a 360 metros) en el
agua, y tan profundamente que los barcos no pueden anclar debajo de la ciudad
principal de Phira, pero sí les es posible amarrarse a las boyas sujetas al
fondo del mar por cadenas de una excepcional longitud, o bien anclar cerca de
Nea Kameni. En cualquier caso, deben trasladar a los pasajeros y la carga a
tierra por medio de lanchas. Un empinado camino asciende serpenteando, por el
lado del peñasco, desde el atracadero principal a Phira, que está en el borde
superior. Ningún vehículo se arriesga por aquel agudo zigzag, de modo que los
visitantes ascienden en burros o yeguas. Es difícil decir qué es lo que más
asombra: si la vista de Thera de día o de noche. La primera vez que yo la vi
era de noche. El barco de vapor había llegado mientras estábamos cenando y,
cuando llegamos al desembarcadero, era noche cerrada, de modo que el
espectáculo completo estalló ante nuestra vista con toda su fuerza.
Figura 31. El grupo volcánico de Santorín en las Cicladas. Arriba: mapa
geológico del conjunto. Abajo: una sección a lo largo de la línea AB. La
supuesta profundidad del fondo de la caldera, inmediatamente después de la
caída, puede estar algo exagerada.
Un puñado
de brillantes luces señalaba el muelle al borde del agua; una luminosa corona
indicaba a Phira, formando una hilera de luces a lo largo del borde del
peñasco, muy arriba: y una línea de luces en forma dentada marcaba el
serpenteante camino.
De día,
puede verse el lado del peñasco formado por capas multicolores de cenizas y
lava. Se ven todas las gradaciones, desde el rojo ladrillo y el rosa fuerte
hasta el rosa pálido, desde el marrón oscuro hasta el color ante claro y desde
el negro al blanco, todos contrastando contra el azul índigo oscuro del mar que
está abajo y el azul celeste, igualmente asombroso, del cielo mediterráneo,
arriba. Las casas blanqueadas de Phira. y de otros pueblos de los alrededores,
agregan un matiz deslumbrante. Cerca del muelle, debajo de Phira, hay un cono
de un blanco grisáceo, con un talud[39] artificial,
formado de piedra pómez, arrojada sobre el peñasco desde una cantera que hay
arriba, y que espera ser cargada en los barcos (Ilustración 37). Desde algunos
puntos de la bahía, el contorno, antes suave, que estaba directamente encima de
este talud, presenta una apariencia de falta de un diente, en los sitios en que
los bloques de piedra pómez han sido minados y dejaron paredes verticales. El
talud exterior de Thera es suave y desciende gradualmente hasta una costa de
arena que no constituye un buen abrigo como puerto. La mayor parte de la gente
en Santorín vive en Phira y en algunos pueblos grandes, incluido uno que está
en Therasia.
La vida
es precaria por más de una razón. Mucho más temibles que la repetición de las
erupciones son los terremotos que sacuden el área de vez en cuando. Después de
uno muy fuerte que se produjo en 1956. y que causó la muerte a docenas de
personas, muchos habitantes se fueron. Los que quedaron se sustentan, y no
demasiado bien en la mayoría de los casos, por medio de la pesca, la
agricultura y la minería. Las lluvias son tan escasas que el agua para uso
doméstico se lleva una vez por semana en un gran contenedor de plástico
remolcado por un barco. El suelo de pómez, muy poroso, absorbe y retiene la
poca lluvia que cae, de modo que permite el pobre cultivo que existe. Por otra
parte, los veranos son calientes y secos. Todo lo que crece, incluso las viñas,
debe recogerse contra el suelo, en las depresiones bajas, para protegerse del
intenso viento que es muy frecuente. La ceniza de pómez que se recoge allí es
del tipo denominado pozzuolana, utilizado para fabricar cemento hidráulico, es
decir, cemento que puede permanecer sumergido: la pozzuolana de Santorín, que
se usó para la construcción del canal de Suez, es la que se produjo en la
erupción de la Edad del Bronce.
Santorín,
ejemplo excepcional de caldera formada en el fondo del mar, es una región
clásica para los vulcanólogos. La isla de Thera también es importante para los
arqueólogos, porque las nuevas excavaciones realizadas prometen arrojar nueva
luz sobre cuestiones cruciales referentes a la arqueología minoica. Puesto que
la posible conexión entre Santorín y Atlántida está relacionada con la cuestión
(que no es insoluble) de su posible vinculación con la desaparición de la
civilización minoica, deberemos dejar la Atlántida por ahora hasta que hayamos
establecido, primero, qué sucedió o qué pudo haber sucedido y, lo que es
igualmente importante, lo que no sucedió, como consecuencia de la erupción de
Santorín en la Edad del Bronce: y segundo, cómo lo que sucedió, o pudo suceder,
afectó a la Creta minoica.
* * * *
Una
caldera aún mejor conocida que la de Santorín es la de Krakatau (Krakatoa), en
el estrecho de Sunda, entre Java y Sumatra (Figura 32) formado en la erupción
de 1883. Como ya hemos detallado una explicación de esa erupción y sus
consecuencias, podemos, porque es del mismo tipo, extraer algunas consecuencias
válidas respecto a la erupción de Santorín en los tiempos minoicos. Antes de la
erupción de 1883. Krakatoa consistía en tres conos unidos en hilera. En los
tiempos prehistóricos fue un solo cono, quizá de más de una milla (un kilómetro
y seiscientos metros) de altura, que cayó después de una violenta erupción y
formó una caldera completamente cubierta por las aguas, con excepción de
algunas pequeñas islas en su borde superior. Los tres nuevos conos se formaron
en erupciones siguientes, que habían comenzado a crear una nueva estructura
volcánica dentro de la caldera prehistórica, del mismo modo que las islas
Kameni lo están haciendo hoy dentro de la actual caldera de Santorín. En 1883
la actividad comenzó, el 20 de mayo, en forma bastante discreta. Las
explosiones no eran particularmente alarmantes y pronto cesaron. La actividad
se reanudó el 19 de junio, y el 11 de agosto los tres conos presentaban un
estado de inusitada actividad explosiva. La primera explosión seria se produjo
a la una de la tarde del 26 de agosto. Explosiones cada vez más fuertes
continuaron hasta las cinco de la tarde, hora en la que se produjo la primera
caída, y continuaron a lo largo de la noche, manteniendo despierta a toda la
población hasta en lugares tan alejados como Batavia (hoy Djakarta) y
Buitenzorg (hoy Bogor). Hacia las diez de la mañana, cuando se producía la
vigésimo séptima erupción, se alcanzó el máximo clímax, durante el cual la nube
de cenizas llegó a tener una altura de cincuenta millas (ochenta kilómetros), y
entonces se produjo la caída principal. Continuaron las explosiones con menos
intensidad durante el resto del día 27 y la mañana del día 28. Después terminó
todo.
Figura 32. El estrecho Sunda, mostrando Krakatoa después de la erupción de
1883 (Verlaten. Rakata y las islas Lang son sus remanentes) y la extensión de
la inundación causada por un importante tsunami. La altura alcanzada por las
olas era generalmente mayor en el extremo más angosto del estrecho, al comienzo
de la bahía, y en los lados de la isla frente al volcán. Sobre un pequeño
Toppershoedje que estaba justo en la boca del estrecho, la ola alcanzó casi
veinte pies (6 metros) más de altura en la parte sudoeste que en la nordeste.
Como
consecuencia de la ingente cantidad de cenizas que fueron lanzadas al aire,
regiones que se hallaban hasta a 275 millas (440 kilómetros) quedaron sumidas
en una oscuridad total; a una distancia de 130 millas (208 kilómetros) el
oscurecimiento duró veinticuatro horas, y, a 50 millas (80 kilómetros),
cincuenta y siete horas. En los lugares más cercanos a Krakatoa duró tres días
y fue tan denso que nadie podía ver su propia mano ante el rostro; la luz de
las bombillas apenas penetraba la penumbra. El polvo cayó sobre barcos que
estaban a 1.600 millas (2.560 kilómetros) tres días después, y el polvo más
fino permaneció suspendido en la parte alta de la atmósfera durante años,
produciendo ocasos espectaculares en todo el mundo. El mar, en las proximidades
del volcán, quedó prácticamente cubierto por una espesa capa de piedra pómez[40]. Los
navíos que tuvieron que abrirse paso a través de la piedra pómez que flotaba
informaron que, en algunos sitios, tenía diez pies (tres metros) de espesor.
Una barra de hierro que arrojaron sobre ella desde uno de los barcos, no se
hundió, y tres troncos se veían incrustados en esa capa de piedra pómez.
Grandes cantidades de piedra pómez del tamaño de un puño fueron arrojadas a
veinticuatro millas (treinta y ocho kilómetros) de Krakatoa: el lapilli fino, a
una distancia dos veces mayor. Las vibraciones aéreas tomaron la forma de ondas
sonoras u ondas de choque, según la longitud de onda. El estruendo de la
explosión se escuchó en la isla Rodríguez, en el océano Indico, que está a casi
tres mil millas (cuatro mil ochocientos kilómetros) de distancia. Las ondas de
presión del aire apagaron los quemadores de gas, volcaron las lámparas,
rompieron los escaparates a 80 millas (128 kilómetros) y agrietaron las paredes
de los edificios hasta a 480 millas (768 kilómetros) de distancia.
Prácticamente
todas las muertes del desastre de Krakatoa se debieron al tsunami generado por
la caída principal. La ola destruyó 295 pueblos y se ahogaron, por lo menos.
36.000 personas en las costas cercanas de Java y Sumatra. Alcanzó la altura
máxima de 36 metros (alrededor de 120 pies) en dos lugares: en Anjer, en la
costa de Java, y en el lado que se orienta hacia el sur de la pequeña isla de
Dwars en la caverna Weg, en la parte más angosta del estrecho Sunda (véase
Figura 32), ambos a más de treinta millas (cuarenta y ocho kilómetros) de su
origen; en la isla Seboekoe sólo alcanzó 82.5 pies (24.75 metros) de altura a
una distancia igual a la mitad de Krakatoa, pero que estaba protegida por la
isla Sebesi; y en el pequeño islote de Toppershoedje, también en la parte
angosta del estrecho Sunda, hubo una diferencia sustancial de casi 20 pies (6
metros) en la altura de la ola en el lado que estaba frente a Krakatoa y en el
lado protegido.
En
relación con la erupción del Krakatoa sólo se produjeron pocos terremotos
verdaderamente importantes y éstos sólo en las cercanías intermedias. Los
primeros informes de terremotos en puntos más distantes del archipiélago
indonésico se supone que se produjeron por los efectos del temblor aéreo de las
ondas, más que por verdaderos movimientos subterráneos. Como en el caso de
temblores bajos, especialmente terremotos volcánicos, la energía sísmica
generada por la explosión del Krakatoa debió de disiparse rápidamente hacia
fuera desde su punto inicial. (Por supuesto, si en ese instante se hubiera
contado con sismógrafos sensibles, las ondas sísmicas generadas por las
explosiones del Krakatoa se hubiesen registrado en todo el mundo, aun cuando no
fueran perceptibles[41].) Aunque
no hubo terremotos apreciables directamente asociados con la erupción del
Krakatoa, parece haberse producido un aumento de la propensión a los seísmos en
la región un tiempo después: se percibieron temblores en el área de Bantam el 1
y el 18 de septiembre, el 6 de diciembre de 1883, y en enero y febrero de 1884.
¿Cómo
fue, en comparación con la del Krakatoa, la erupción de Santorín en la Edad del
Bronce? Debemos conocer la respuesta a fin de valorar sus posibles efectos
sobre Creta y otros lugares. Algunas veces se ha afirmado que puesto que la
caldera de Santorín es cuatro o cinco veces mayor que la de Krakatoa, sus
erupciones debieron haber sido cuatro a cinco veces más poderosas, pero esto es
más bien una simplificación. Lo que es importante no es cuánta energía total se
produjo, sino cómo se dividió esta energía. Por supuesto, los
efectos de unas pocas ingentes explosiones[42] llegarán
más lejos que el de numerosas pequeñas, aunque la energía total sea la misma.
De igual modo, lo que importa en relación con el posible daño producido por un
tsunami sobre playas lejanas no es qué cantidad de la isla ha caído, sino qué
cantidad ha caído en un momento cualquiera. También es importante, para la
arqueología minoica, la respuesta a estas preguntas: ¿Cuánto duraron las
erupciones desde el comienzo hasta el final? ¿Cuándo ocurrió exactamente la
caída (o caídas) en relación con el clímax de la erupción? ¿Se produjo algún
terremoto en relación con la erupción y, si fue así, a qué distancia se
percibió? Estas preguntas no pueden contestarse de un modo inequívoco.
Se han
reconocido tres capas de cenizas como producto de la erupción del Santorín en
la Edad de Bronce: la inferior tiene 10 pies (3 metros) en algunos sitios; la
segunda, de 17 a 33 pies (5.70 a 9.90 metros) de espesor, y la superior, de 33
a 100 pies (9,90 a 30 metros) de espesor. Aparentemente, una de estas capas, la
superior, se puede rastrear a grandes distancias en pruebas[43] del
fondo del mar (Figura 33). Se ha estimado que cubrió un área de alrededor de
77.000 millas cuadradas (199.430 kilómetros cuadrados) y que las nubes de
gases, vapores y polvo deben de haber cubierto un área bastante mayor. Las
cenizas del Krakatoa, cuya extensión y efectos atmosféricos son tan conocidos,
casi no se detectan en las muestras tomadas en el fondo del mar. Por tanto, al
menos una de las erupciones más fuertes de Santorín debe de haber sido
sustancialmente más poderosa que la más grande de las explosiones del Krakatoa,
ya que pudo lanzar tal cantidad de material a tan considerable altura en la
atmósfera como para que fuera llevado tan lejos.
La capa
intermedia de cenizas muestra signos de estratificaciones cruzadas, lo que, al
principio, se interpretó que se había formado en una larga serie de explosiones
entre débiles y moderadas, separadas por períodos de reposo. Sin embargo, las
observaciones de las explosiones nucleares han llamado la atención de los
vulcanólogos por el fenómeno conocido como «base surge» («marejada
base»), nube característica en forma de anillo que gira hacia fuera desde la
base de la columna vertical de una explosión. Este tipo de] nubes se ha
advertido en las erupciones volcánicas, particularmente; en aquellas en que
penetra agua en el conducto volcánico. Transé porta material de todas las
medidas a velocidades tremendas, y cerca del centro de erupción puede erosionar
canales y depositar material en estratificación cruzada, como el de Thera. Por
tanto, la supuesta evidencia de intervalos de erosión durante el depósito de la
piedra pómez intermedia pudo, en realidad, haberse producido muy rápidamente
—incluso en cuestión de días u horas— y esencialmente en el mismo momento que
la capa superior de cenizas, que podría ser material que volvió a caer desde
alturas mayores.
Figura 33. Distribución de las cenizas de la erupción de Santorín, en la
Edad del Bronce, según las pruebas de las muestras del fondo del mar. (Tomado
de Ninkovich y Heezen, 1965.)
La
analogía con Krakatoa, válida en términos generales, no puede hacerse extensiva
a los detalles específicos. Por ejemplo, porque sabemos que la actividad de
Krakatoa comenzó suavemente y alcanzó sus dos días de clímax unos tres meses
después de su erupción inicial, no podemos suponer que Santorín hiciese
exactamente lo mismo. Cada volcán posee su propio estilo característico, y
algunas erupciones conocidas, del mismo tipo muy explosivo, han cumplido su
ciclo muy rápidamente, mientras que otras se han prolongado durante bastante
tiempo. La erupción de 1835 de Cosegüina, en Nicaragua, comenzó sin advertencia
alguna y terminó al cabo de una semana. En otro extremo, en la gran erupción de
Tambora, en Indonesia, en 1815, los primeros signos de actividad aparecieron
tres años antes de alcanzar el clímax, aunque la erupción catastrófica se
produjo en dos días. Las erupciones de Hekla, en Islandia, comienzan con su
fase más violenta y, luego, van disminuyendo gradualmente. Lo que los
vulcanólogos pueden decir con cierta seguridad respecto de la
erupción extrema representada por la capa superior de cenizas de Santorín, es
que no debe de estar muy alejada. en el tiempo, de la erupción violenta
representada por la capa inferior: seguramente, no más de treinta a cincuenta
años, ya que se precisan miles de años para que la presión forme este tipo de
erupciones y, una vez que se libera, tiende a agotarse rapidísimamente. Así
pues, podemos suponer de una forma razonable que la erupción de la Edad del
Bronce comenzó, probablemente, en forma suave y se desarrolló hasta alcanzar su
clímax: que, además, el clímax fue muy rápido y, sin duda, muy violento, y que
el signo inicial de actividad pudo comenzar meses o. posiblemente, incluso
algunos años antes de la catástrofe final.
La
distribución de las cenizas volcánicas de la erupción de la Edad del Bronce es
de vital importancia para valorar los efectos de la erupción a cierta distancia
desde Santorín. En la caída de las cenizas están implicados varios factores: su
espesor, sus propiedades físicas y químicas, la época del año y el clima de la
región. Los efectos sobre la agricultura se clasifican en inmediatos y a largo
plazo los primeros son, sobre todo, destructivos, pero, después de varios años,
o generaciones, los últimos son. en algunos casos, beneficiosos. porque si bien
la caída de cenizas pudo destruir totalmente las cosechas, «si el depósito no
tiene más que unas pocas pulgadas de espesor... la siembra de los siguientes
años llega a dar cosechas iguales, o mejores, debido a los efectos benéficos,
mecánicos y químicos, de las cenizas sobre las viejas tierras». Cuanto más
espesa sea la capa y más seco el clima, más lenta será la recuperación. Los
pastos y los follajes bajos son los que primero, naturalmente, quedarán arrasados;
para los arbustos altos y para los árboles, el mayor daño estribará en la
rotura de algunas ramas.
En
Paricutín, un volcán que apareció en los maizales mexicanos en 1943, el maíz
creció más alto, y las ramas de café dieron más cantidad de granos en los
lugares donde cayeron cenizas, cuando éstas tenían menos de un pie (treinta
centímetros) de espesor, porque las cenizas actúan como estiércol para retener
la humedad. Por otra parte, unos pocos centímetros de ceniza volcánica fresca
arruinaron, en Islandia, tierras que habían sido buenas para la agricultura
durante mucho tiempo. Tuvo que abandonarse las granjas durante, al menos, un
año, cuando las cenizas tenían unas cuatro pulgadas (diez centímetros) de
espesor; hasta cinco años, cuando la capa de cenizas era de seis pulgadas
(quince centímetros) de espesor; y durante décadas, cuando las tierras quedaron
enterradas bajo una capa de ceniza de ocho a veinte pulgadas (veinte a
cincuenta centímetros). Después de la erupción del Hekla de 1947, se tuvo que
abandonar los pastos temporalmente cuando la capa de cenizas alcanzó un espesor
de sólo media pulgada (un centímetro y medio); las reservas de agua se
contaminaron y, en algunas regiones, las ovejas enfermaron y murieron tras
comer el forraje que sólo estaba un poco cubierto de un polvo de cenizas,
porque éstas contenían grandes cantidades de flúor adheridas a las pequeñas
partículas de cenizas y envenenaban el forraje.
De las
pruebas de las muestras —antes mencionadas— del fondo del mar se desprende que
un promedio de alrededor de cuatro pulgadas (10 centímetros) de cenizas
volcánicas cubría, como resultado de la erupción de la Edad del Bronce, la
parte este de Creta. Es difícil que llegasen hasta Creta nada más que las
materias expelidas más finas que el aire podía transportar. Sin embargo, si una
o más explosiones del Santorín fueron mucho más fuertes que la más fuerte del
Krakatoa, como muy bien pudo ocurrir —especialmente si la caída de la caldera
permitió que el agua del mar entrara en contacto con el magma caliente,
justamente en el clímax de la erupción, agregando la violencia del agua lanzada
como vapor a la violencia del magma que estallaba formando cenizas de pómez—,
entonces es posible que algunas bombas volcánicas llegaran hasta las playas de
Creta, a noventa y seis kilómetros de distancia.
* * * *
Las
respuestas que se refieren a la caída de la caldera del Santorín son,
necesariamente, vagas. La caída del Krakatoa se produjo al mismo tiempo que el
paroxismo (o, posiblemente, el mayor paroxismo acompañó a la caída). Por otra
parte, la caldera del Askja, en Islandia, se formó gradualmente en un período
de alrededor de quince años después de una erupción de 1875, y la caldera de la
isla Femandina, una de las islas Galápagos, aumentó lentamente en uno o dos
kilómetros cuadrados en doce días, inmediatamente después de una breve, pero
violenta, erupción en 1968. Los primeros investigadores del Santorín, viendo
las paredes verticales de piedra pómez al borde de la caldera, pensaron que la
caída debía de haberse producido bastante después de que se hubiera depositado
la última capa de cenizas, es decir, bastante después del fin de la erupción.
Entendieron que las cenizas sueltas y recién caídas no podían sostenerse en
forma vertical y que, por tanto, debió de pasar bastante tiempo como para que
el material se hubiera compactado antes de que el centro de la isla se
sumergiera, dejando los peñascos más escarpados. No obstante, en Nueva Zelanda,
por ejemplo, se observó que una capa de fragmentos de cenizas de pómez de
ángulos afilados —que sólo son cristales volcánicos en pequeños fragmentos—
puede adquirir el grado necesario de coherencia después de horas de haber
caído. Por tanto, la verticalidad de las paredes de piedra pómez no tiene
importancia con relación al tiempo en que se produjo la caída. Los informes geológicos
disponibles no dicen si tal caída se produjo rápidamente, generando así uno o
más tsunamis, o si se produjo por partes y suavemente, de modo que las olas que
se formaron, si es que se formaron, no fueron particularmente destructivas en
las playas lejanas. No obstante, lo más probable es que la caída se produjera,
o al menos comenzara, en el momento del clímax de la erupción, o muy próximo a
él. La idea de que la caída no se originó hasta después de más de doscientos
años, y que entonces fue súbita y completa, no es en absoluto verosímil desde
el punto de vista geológico. Pero, en cualquier caso, la caída de la erupción
de la Edad del Bronce generó un tsunami que no fue originado por las
explosiones o por los temblores de esas explosiones.
Se han
hecho algunas estimaciones totalmente irreales de la probable altura del
tsunami de Santorín, basadas en concepciones equivocadas sobre la forma en que
se generan y propagan este tipo de olas. Un punto de vista ha supuesto que la
ola se originó por una explosión en la que toda la energía de la erupción había
sido liberada al mismo tiempo, lo que elevaba a una altura de varios miles de
pies el centro de la explosión, y que se esparció en todas direcciones como una
montaña de agua, destrozando todo lo que encontraba a su paso, inundando toda
la llanura central de Creta y perdonando sólo a los pastores que se refugiaron
en la parte alta de las montañas. Otros han descrito el tsunami como causante
de deterioros del mismo nivel en todas las costas del Mediterráneo, hasta una
curva de nivel de cien o doscientos pies (treinta o sesenta metros), por
ejemplo; pero, como ya se ha visto, el nivel hasta el cual puede subir el agua
en un lugar determinado depende más de factores locales que de la altura
original de la ola.
Las
manchas de piedra pómez encontradas a los comienzos de los valles en las islas
de Anafi, de los cuales el más alto está a 825 pies (247,50 metros) sobre el
nivel del mar. se han mencionado como prueba de la altura del tsunami de la
Edad del Bronce, a pesar del hecho de que es mucho más posible que dicha piedra
pómez, incluso a un nivel inferior, pueda ser un remanente de una cubierta
llevada por el aire, y no que la piedra pómez llegara hasta esas alturas
transportada por una ola de increíbles proporciones, casi cuatro veces más alta
que el más alto tsunami registrado nunca, que tenía 210 pies (63 metros), en el
extremo sur de Kamchatka en 1737[44]. De
todos modos la cuestión es discutible, porque las investigaciones posteriores
han demostrado que la piedra pómez de Anafi es de una erupción mucho más
antigua, datada por el radiocarbono como de hace dieciséis a dieciocho mil
años.
Se han
realizado otros cálculos de la altura inicial del tsunami de Santorín,
estimándolo en 210 metros, o casi 700 pies, en base a una capa de piedra pómez
pos glacial encontrada a unos dieciséis pies (cuatro metros con ochenta
centímetros) sobre el nivel actual de Jaffa, muy cerca de Tel Aviv. Estos
cálculos no sólo no tienen en cuenta los efectos de la acumulación, sino que
además se basan en la fórmula de la raíz cuadrada del inverso de la distancia
(véase capítulo 7), que. por razones matemáticas, funciona sólo en una
dirección (dada la altura inicial y las condiciones ideales, puede predecir
aproximadamente la altura a una cierta distancia desde el origen. pero da
valores excesivamente exagerados cuando se utiliza la inversa, para calcular la
altura inicial partiendo de la amplitud supuesta en una costa lejana). Por
tanto, si la piedra pómez en cuestión fuera la piedra pómez minoica, la
estimación carece de sentido. Un análisis de los minerales pesados y livianos
que allí hay ha excluido desde entonces a Santorín como una fuente posible.
La
propagación real de cualquier tsunami de Santorín, cualquiera que fuese su
altura inicial, debe de haber resultado extremadamente compleja. Puesto que hay
tres islas que están alrededor del vacío creado por la caída, la ola al
principio pudo no haberse propagado libremente en todas direcciones, y un
tsunami pudo generarse en el mar abierto. Una vez fuera de la caldera, el
frente de olas, especialmente la parte que se traslada hacia el este alrededor
de las extremidades norte y sur de Thera, debió de haberse complicado por las
interferencias (a veces reforzando y otras veces disminuyendo la amplitud) y
por la pérdida de energía al encontrarse con varias islas. Lo único
completamente seguro es que cualquier ola u olas originadas por la caída no se
irradiaron desde Santorín en círculos nítidamente concéntricos, y que la ola u
olas no alcanzaron la misma altura en todas las costas, ni siquiera en puntos
equidistantes del origen. Al contrario, puede decirse que si al menos una parte
importante de la caldera cayó súbitamente —lo que, desde el punto de vista
geológico, es una suposición muy razonable—, las consecuencias sobre la costa
norte de Creta y la del este del Peloponeso pudieron haber sido muy serias.
* * * *
En lo que
concierne a asociar la posibilidad de terremotos con la erupción de la Edad del
Bronce, sólo cabe contestar con un rotundo no. Los temblores generados por una
explosión volcánica tienen un foco muy bajo —dentro de una superficie de pocos
kilómetros, y casi podría decirse mejor de unos pocos cientos de metros de
profundidad—, y como los temblores poco profundos, especialmente los
volcánicos, nunca se perciben muy lejos del punto de origen, no es probable que
una onda sísmica originada en la erupción del Santorín pudiese haberse
percibido en Creta, y, mucho menos, causar daños allí. Tampoco es probable que
un terremoto tectónico coincidiese exactamente con la erupción. Aunque las
zonas volcánicas del mundo están muy próximas a las zonas de alto grado sísmico
(no obstante, la inversa no siempre se produce), la conexión entre terremotos
tectónicos y vulcanismo no es una simple cuestión de causa y efecto. Como se
mencionara en el capítulo anterior, sólo hay tres casos en que un terremoto
importante ha producido, en forma directa, una erupción: Puyehue, en los Andes,
en 1960; Pematang Bata, en Sumatra, en 1933, y Fuego (Colima), en México, en
1973. Igualmente raros son los casos en que las erupciones parecen haber
provocado terremotos lo bastante fuertes como para considerarlos tectónicos. En
1868, un intenso temblor sacudió el sudoeste de Hawái cuando se abrió una nueva
grieta durante una erupción del Kilauea. Unas pocas horas después se produjo un
fuerte terremoto tras el comienzo de la erupción de Sakurajima, en Japón, en
enero de 1914, que ocasionó daños cerca del volcán y que fue registrada en los
sismógrafos de Europa. Sólo unos pocos meses después, se registró un terremoto
similar relacionado con una erupción en Iwo Jima, a cincuenta millas (ochenta
kilómetros) al sur de Sakurajima. Todos estos casos representan límites entre
temblores volcánicos y tectónicos. Cualquiera que sea la relación existente
entre las erupciones y los terremotos tectónicos, se encuentra en las
profundidades del manto de la Tierra (véase Figura 22). Ambos fenómenos son el
resultado de procesos que se producen allí y cuya exacta naturaleza aún no ha
sido aclarada. Con una relación tan remota como la señalada, no es sorprendente
que los terremotos tectónicos y las erupciones coincidan muy raramente.
No
obstante, la historia registrada de Santorín demuestra que sus erupciones más
fuertes fueron precedidas, o seguidas, por intensos terremotos cuyo foco se
encontraba a una altura intermedia (en el manto de la Tierra) en alguna parte
de la región mediterránea. La erupción de 1925-26 comenzó en agosto y terminó
en el mes de enero siguiente; el 6 de julio de 1925 se produjo un terremoto de
magnitud 6.5, cuyo foco estaba a 120 kilómetros de profundidad debajo el
Peloponeso, y otro terremoto el 26 de junio de 1926 con su foco a 100
kilómetros de profundidad debajo de Rodas. El último tuvo una magnitud de
alrededor 8.2 y produjo daños y muertes en Creta, especialmente en Candía
(Heraklion) y sus cercanías, y destruyó pueblos enteros en la provincia turca
de Esmirna. Entra totalmente dentro de los límites de lo posible que un intenso
temblor de este tipo pudo haberse producido dentro de unos pocos años, o unos
pocos meses, antes o después de la erupción del Santorín de la Edad del Bronce,
y que ese temblor se percibiese en toda la región oriental del Mediterráneo,
incluida la zona libre de terremotos de Egipto. Y, desde nuestro punto de
vista, los resultados de un acontecimiento que ocurrió poco antes o después de
la erupción pudieron fácilmente aparecer como simultáneos con ella.
Además de
la posible relación (si bien remota) entre los terremotos y la erupción, es
posible que se produjeran tsunamis y que Creta se cubriera con una capa de
cenizas de un espesor no determinado. Pero también hubo otras consecuencias de
la erupción, que seguramente se percibió a distancia del volcán, y que pudo
haber sido del tipo de un oscurecimiento de intensidad variable, después de
cada explosión fuerte, cuyos efectos psicológicos debieron de ser generales, y
cuyos efectos físicos son evidentes en áreas donde hubo una intensa lluvia de
cenizas, como la que cayó en la parte oriental de Creta: tremendas olas de
temblores o fuertes estampidos después de cada potente explosión que debieron
de percibirse en toda el área del Mediterráneo, llegando algunas de ellas a
dañar los edificios dentro de un radio considerable; espectaculares descargas
eléctricas en las nubes de cenizas, sobre el volcán, que, por supuesto, no
fueron visibles desde muy lejos durante el oscurecimiento más intenso; lluvias
muy copiosas y tormentas eléctricas provocadas por las partículas de cenizas
que había en la atmósfera y que actuaban como núcleos de condensación («siembra
de nubes») para condensar el vapor del agua: un notable descenso de las
temperaturas en todos los lugares en los que el Sol quedó oculto por la nube de
cenizas; y, con seguridad, llameantes y espectaculares atardeceres en todo el
mundo, durante muchos meses después de la erupción. Todo esto imprimió su
huella en la historia o en la leyenda. o en ambas. Nos ocuparemos primero de
las gentes que se hallaban más próximas a la escena: los habitantes de
Stronghyli y de Creta.
* * * *
La
civilización de la Creta de la Edad del Bronce se vanagloriaba de ser una
cultura altamente refinada. Sir Arthur Evans, que sacó a la luz la cultura de
Cnosos en sus excavaciones, la llamó minoica, por el rey Minos, el rey del mar
del mito de Teseo. Tucídides, en el primer capítulo de su Peloponnesian
Wars («Guerras del Peloponeso») afirma: «... Para nosotros, la primera
persona conocida por la tradición que contó con una flota fue el rey Minos. Se
adueñó de lo que hoy es el mar Helénico y gobernó sobre las Cicladas, a muchas
de las cuales envió las primeras colonias, expulsando a los carios y nombrando
gobernadores a sus hijos. Así se empeñó en acabar con la piratería en esas
aguas, un paso necesario, imprescindible para asegurar la fuente de ingresos en
su propio beneficio.» Sin embargo, antes del descubrimiento de Evans, y de
acuerdo con las referencias que de Minos hacía Tucídides, se creía que éste más
bien fue un personaje mítico y no histórico.
Evans
dividió la época Minoica en tres períodos principales: primitiva, media y
tardía. Cada una de éstas se subdividía en tres etapas: I. II. III. La mayoría
de dichas etapas han sido después subdivididas de nuevo en subetapas tempranas
y tardías, A y B, y, a veces, también C. Por tanto, la primera parte del
minoico tardío se designa «Minoico tardío I A» o, simplemente. «MT I A». La
cronología se da en la tabla 2. (Se debe recordar que los arqueólogos no
coinciden totalmente en cuanto a las fechas precisas de las varias etapas y
subetapas y su correlación con la cronología egipcia.)
Los
minoicos fueron los primeros en contar con gentes marineras. En la culminación
de su poder controlaron políticamente toda la región del Egeo, mientras que su
influencia económica se extendió por todo el Mediterráneo oriental y llegó,
hacia el oeste, hasta Sicilia. Eran pacíficos, dependiendo completamente del
mar y de su marina para la defensa: sus palacios y sus ciudades no estaban
fortificadas. No poseían barcos de guerra, al menos no como tales en un
riguroso sentido, pero sus navíos mercantes llevaban guerreros cuando era
necesario. Las comunidades minoicas más importantes se constituyeron alrededor
de numerosos y espléndidos palacios, cada uno de los cuales era la sede de un
rey-sacerdote. Estos gobernantes locales se unían en una especie de confederación
y, de entre ellos, el de Cnosos era el supremo rey-sacerdote. El nivel de vida
de que se gozaba en la civilización minoica era, probablemente, más alto del
que se tiene hoy en algunos países europeos. Incluso las casas más pequeñas
constaban de dos o tres plantas, con amplias ventanas, patios y, a menudo,
varias cocinas. En algunos palacios había refinamientos tales como retretes,
salidas de agua, drenaje y un sistema de desagües. Los artesanos, altamente
cualificados, fabricaban en los palacios las mercancías de lujo que después se
comercializaban en lugares tan lejanos como Egipto y Siria. El arte de la
cerámica estaba muy desarrollado y la alfarería reflejaba una vida amable. Los
frescos y la pintura de los vasos, lo mismo que la talla de las piedras
(especialmente recogidas del mar) alcanzaron una perfección que no se
alcanzaría de nuevo al menos en casi mil años. Otros artesanos esculpieron en
piedra y marfil, o trabajaron exquisitamente el oro, la plata y el bronce. La
moda minoica en el vestir, como la de la alfarería y otros diseños, cambió a lo
largo del tiempo, como sucede, en general, con todas las modas, pero lo que se
presenta como el vestido «típico» de una dama minoica es la falda, con
pliegues, que cae desde una cintura ajustada, complementada con una chaqueta
que cubre los brazos hasta el codo, pero que deja completamente desnudo el
pecho. Los peinados eran muy elaborados. Los hombres de las clases altas se
vestían principalmente con una falda corta, con una pieza para cubrir los genitales,
sus pechos desnudos se adornaban con valiosos collares, y sus cabezas lucían
extravagantes peinados.
La
religión parece haberse centrado alrededor de una diosa- madre y otras
personificaciones de las fuerzas naturales, que se veneraban en santuarios
naturales, tales como cuevas y grutas. Sus templos no eran sofisticados, y no
erigían esculturas ni de los dioses ni de los héroes. Se adoraban árboles,
postes o columnas como las moradas visibles de los dioses. En los palacios y,
probablemente, también en las casas, se usaban pequeñas habitaciones para el
culto real o privado. En sus ceremonias religiosas, la música y la danza
jugaban un papel importante, y quizás en la vida cotidiana también. Un deporte
popular era el salto del toro (Ilustración 38), en el que se enviaba a jóvenes
de ambos sexos a la arena para realizar peligrosas proezas acrobáticas con un toro,
tales como cogerlo de las astas y lanzarse sobre el lomo del animal, saltar
apoyándose en la mano o dar brincos mortales sobre él, etc. El boxeo era
también muy habitual, lo mismo que el lanzamiento de la jabalina y, desde los
tiempos clásicos, los cretenses fueron reconocidos por su habilidad con el
arco.
El
palacio de Cnosos, como algunos de los otros, fue dañado por los terremotos en
varias ocasiones en su larga historia, y otras tantas fue reconstruido. La
destrucción del final del Minoico medio III fue particularmente generalizada y
marca la terminación de la era de los «Primeros palacios». A fines del Minoico
tardío I se produjo un cambio mucho más drástico. De pronto, el desastre parece
haber golpeado en todas partes al mismo tiempo. Con una excepción, todos los
palacios y todas las casas y, en algunos casos, ciudades enteras, quedaron
reducidos a ruinas. Ninguna de las grandes casas se volvió a construir, y
algunas de las ciudades no se repoblaron de nuevo. Kato Zakros. Palaikastro.
Modos. Pseira. Gurnia. Nirou Khani. Malia y Amniso, en la costa, quedaron
destruidas, y lo mismo ocurrió con Tiliso. Sklavokambos. Hagia Triada, y otras
que estaban en el interior, a alturas de hasta seiscientos o setecientos pies
(ciento ochenta a doscientos diez metros) sobre el nivel del mar (Figura 34).
En muchos casos, la destrucción parece haberse producido, o al menos
completado, por el fuego. Los habitantes regresaron a Tiliso, a Gurnia, a
Palaikastro y a algunos de los otros asentamientos, y construyeron nuevamente
sus hogares junto a las ruinas de las grandes casas. Otros lugares, como, por
ejemplo. Pseira y Modos, quedaron abandonados para siempre. En la misma época.
Cidonia, una ciudad relativamente sin importancia, en la parte occidental de
Creta (aproximadamente en el lugar que hoy ocupa la moderna Khania), comenzó a
asumir mayor importancia, y en la parte occidental de la isla comenzaron a
formarse nuevos núcleos urbanos. De todos los palacios, sólo Cnosos permaneció
erguido y continuó siendo habitado, pero, aun allí, el estilo de vida cambió
notablemente: las grandes habitaciones se dividieron en pequeños apartamentos:
los diseños de la alfarería se hicieron menos elegantes, más ostentosos: y, lo
que es más importante, el idioma que se hablaba entonces en Cnosos ya no era el
minoico.
Figura 34. Creta, indicando los lugares destruidos al final del Minoico
tardío I B. (Tomado de Hood. 1970. y Luce. 1969.)
Uno de
los avances más significativos de los años cincuenta fue el de descifrar la
escritura llamada Linear B. Se han hallado dos sistemas de escritura en Creta.
La antigua. Linear A, representaba, aparentemente, el lenguaje que se hablaba
en toda la isla. Parece haber sido utilizado principalmente para propósitos
prácticos de la vida cotidiana, como, por ejemplo, inventarios, más bien que
como instrumento literario, y su desarrollo se rastrea ya desde las primeras
pictografías del comienzo hasta la forma silábica. La escritura Linear B
aparece en Cnosos después del Minoico tardío I. Se conoce en Creta sólo desde
Cnosos, pero, posteriormente, aparece también tierra adentro. Aun antes de que
ninguna de las dos fuera descifrada, se reconoció que la forma Linear B tenía
la misma escritura silábica que la Linear A, pero se usaba para un lenguaje
diferente —del mismo modo en que el alfabeto latino puede usarse para el
francés, el alemán, el inglés y otras lenguas. El descifre del Linear B. en
1953, resultó desagradable para algunos, placentero para otros y, para la
mayoría, sorprendente, incluido el que lo descifró, Michael Ventris, cuando
resultó ser una forma arcaica del griego. Esto prueba que Creta había sido
tomada por gente de Micenas que estaba en el continente. Aquellos que habían
mantenido que los micénicos eran apenas algo más que bárbaros, y no muy
poderosos en aquellos tiempos, estaban desconcertados: ¿cómo pudo semejante
nación conquistar a los infinitamente superiores minoicos? Los que habían insistido
en que los micénicos estaban bastante desarrollados y eran poderosos, estaban
encantados: al haber dominado a Creta, los micénicos demostraban su
superioridad. Lo mismo que la Linear A. la Linear B se usó sólo para
inventarios y transacciones comerciales. Se ha indicado que cuando los
micénicos se apoderaron del territorio, instruyeron a los escribas del palacio
para adaptar su escritura al griego, pero que «los resultados no fueron los
apetecidos y que, por tanto, la forma silábica de la Linear B continuó siendo
un medio inadecuado para la lengua egea. Entonces, la nueva escritura se
difundió desde Cnosos hacia el continente, sin duda todavía en manos de los
minoicos, los escribientes de Cnosos, y sólo para ser utilizada en los
palacios».
La
escritura Linear A no ha sido descifrada aún, al menos no hasta el grado
satisfactorio de la Linear B. Decididamente, no es griega. ¿Es una lengua
indoeuropea, y, si es así, cuál?, se preguntan Luvian y Hittite. ¿O es
semítica, como también se ha sugerido? Cuando la Linear A revele su secreto
ayudará a arrojar alguna luz sobre el origen minoico, pero, sin embargo, lo que
aquí nos concierne es su fin, no su origen. Porque desde el principio de
nuestra frecuentación con los minoicos, su colapso repentino y total, la caída
súbita y vertical desde el pináculo del poder hasta ser sólo una dependencia
menor de Micenas, ha desconcertado a todos aquellos estudiosos de la historia
antigua. Ninguna de las explicaciones habituales para el declive y caída de
grandes naciones parece aplicable en este caso. El declive fue demasiado brusco
como para ser achacada a una decadencia cada vez mayor. El desplazamiento por
una horda invasora puede ser excluido porque ninguna otra cultura extranjera
suplantó a la minoica, ya que ésta, simplemente, se deterioró. El cambio es tan
inexplicable que se ha llegado a sugerir que quizá los minoicos se cansaron de
su papel de líderes del mundo egeo y entregaron la hegemonía a los micénicos en
una «pasiva renuncia al poder».
Después
de experimentar en carne propia el terremoto de 1926. Evans llegó a la
conclusión de que las grandes rupturas de la continuidad de la civilización
minoica de Cnosos debieron de deberse a «estas fuerzas catastróficas de la
naturaleza que aquí están siempre latentes». El evidente cambio de estilo de
vida en Cnosos después del Minoico tardío 1 B lo atribuyó al hecho de que fue
ocupado por la gente común como resultado de sublevaciones de elementos
oprimidos de la población que aprovecharon el caos que siguió al terremoto.
También cree que el sentimiento de inseguridad, a causa de la repetición de los
destructivos terremotos, que se reproducían a intervalos de una o dos
generaciones a lo largo de toda Creta, pudo inducir a que la gente emigrara,
alentó las conquistas allende los mares e impulsó a la colonización de tierras
continentales, porque, al mismo tiempo en que los micénicos se establecían en
Creta (o lo que de ella había quedado) como gobernantes, parece haberse
producido una emigración masiva hacia el continente, lo que, por tanto, produjo
el despoblamiento de la isla. La agresión desde Cnosos (que. hasta donde Evans
sabía en esos días previos al descifre de la escritura, estaba aún ocupado por
minoicos) podría explicar la destrucción de cualquier palacio que hubiera sido
respetado por los terremotos.
El
arqueólogo griego Spyridon Marinatos no quedó satisfecho con esta explicación.
Sólo un desastre de una magnitud más grande que ningún terremoto podría
explicar esa destrucción total, y, sobre todo, el no intentar reconstruir. En
base a sus excavaciones en Amniso, donde encontró suave piedra pómez,
procedente del mar, en las ruinas del palacio, volvió sus ojos hacia Santorín
en busca de una explicación. En un trabajo titulado «The Volcanic Destruction
of Minoan Crete» («La destrucción volcánica de la Creta minoica»), publicado en
1939, planteó que los efectos del tsunami de Santorín, junto con un terremoto
(que aún necesita explicar la destrucción de los sitios interiores), son los
que dieron el golpe mortal a la supremacía minoica. Los destrozos producidos
sobre la costa por el tsunami debieron de haber sido suficientes como para
arruinar la economía de un pueblo que dependía del mar; su flota mercante y sus
instalaciones portuarias habrían quedado destruidas junto con los edificios de
todos los tamaños y de distintos grados de esplendor, y miles de personas
debieron de morir ahogadas.
Al
principio, la idea fue recibida con gran escepticismo. No cabía duda que la
ruina total de las ciudades costeras, con grandes pérdidas humanas, debió de
debilitar a una nación que dependía del comercio marítimo para su prosperidad y
de los barcos para su defensa. Pero, como ya hemos visto, los daños causados
por un tsunami y un terremoto no pudieron ser tan severos como supone
Marinatos. Aun un tsunami del tipo de Krakatoa, o incluso uno mayor, no podría
haber ocasionado una devastación igual en todos los puntos de la costa de
Creta, ni tampoco afectar a los barcos que en ese momento estuvieran en el mar
o en puertos extranjeros, en los que no habrían sufrido serias consecuencias.
Ningún terremoto volcánico pudo ser tan fuerte como para destruir ciudades
enteras o edificios individuales en Creta (aunque las ondas de temblores de las
explosiones más violentas puedan causar, por ejemplo, el mismo tipo de daños
que un terremoto menor aquí o allí). No se puede descartar la posibilidad de
que se produjera un serio terremoto tectónico, después de meses o algunos años
del clímax de las erupciones. Sin embargo, un terremoto tectónico tan severo
que derribó palacios y mansiones, y hasta las viviendas más humildes a lo largo
de toda la Creta oriental, no hubiera exceptuado a Cnosos y, aunque a los
terremotos suele seguirles el fuego, un incendio de tales proporciones no es
habitual. Y, además, ¿por qué los minoicos no reconstruyeron después del
terremoto (si es que lo fue), antes de dejar masivamente la mayor parte habitable
de Creta?
Dos
oceanógrafos norteamericanos, Dragoslav Ninkovich y Bruce Heezen, dieron,
aparentemente, a la última pregunta una respuesta en forma específica, y una
razón adicional para explicar la rapidez de la decadencia de la civilización
minoica, cuando demostraron, en el estudio de los centros de alta mar que se
mencionaran antes, que una parte sustancial de Creta había sido cubierta por
las cenizas de la erupción del Santorín. La isla de Creta es una tierra seca, y
la mayoría de las lluvias que caen se concentran en los meses de otoño e
invierno. El esquema de distribución de las cenizas minoicas en los núcleos
profundos de alta mar (véase Figura 33) indica que éstas cayeron durante el
verano, cuando los vientos domínanos proceden, en su mayor parte, del noroeste.
En 1947, los islandeses pudieron salvar, de las cenizas del Hekla, la mayor
parte de sus granjas con el auxilio de tractores y bulldozers, y con la
considerable ayuda del viento y de la lluvia, ya que ese año las lluvias
duplicaron la cantidad habitual. Las lluvias lavan rápidamente las hierbas
contaminadas por las cenizas que contienen flúor. Pero, en el caso de Creta,
incluso el doble de la escasa cantidad de lluvias normales del verano no
hubiera sido de gran ayuda para las cosechas sofocadas bajo una capa de
cenizas. Tampoco, naturalmente, los minoicos habrían contado con las ventajas
de las maquinarias modernas de los islandeses para limpiar sus tierras, ya que
sólo contaban con la labor manual de una población desalentada. Aun en el caso
de que las cenizas no hubieran contenido ninguna sustancia perniciosa, como el
flúor o el dióxido de azufre, sus efectos habrían sido graves en cualquier
parte en que se acumularan en espesores sustanciales, y esta acumulación habría
sido mayor en los puntos que estaban a un nivel más bajo, o sea, los que más
factiblemente se hallaban cultivados.
Cuando se
consideraron las consecuencias de los daños causados por una lluvia de cenizas,
la teoría de Marinatos se asentó en una base más sólida y obtuvo una más amplia
aceptación. Sin embargo, los problemas continuaron. ¿Era lo suficientemente
gruesa la capa formada por la lluvia de cenizas como para ser necesario el
abandono de la tierra durante años, o sólo temporalmente? La estimación
provisional de diez centímetros (cuatro pulgadas) habría dañado los campos de
cultivo y las hierbas en las áreas bajas, pero no habría sido suficiente como
para acabar con los olivos y las viñas, y seguramente se habrían limpiado
después de una o dos estaciones de torrenciales lluvias invernales. Más
importante todavía: ¿cuándo ocurrió la erupción, exactamente? Para ser la causa
inmediata de la decadencia de la Creta minoica. la erupción —o al menos, sus
manifestaciones más violentas, cuyas cenizas cayeron sobre Creta, y el tsunami
originado por la caída de la caldera— debió de ocurrir en el tiempo de la
devastación de la isla, al final del Minoico tardío 1 B. ¿Cómo se puede
determinar exactamente cuándo sucedió, en relación con las etapas de la cultura
minoica?
En este
caso, la datación por radiocarbono no es suficientemente precisa como para
responder a esta pregunta. Las mejores dataciones disponibles con el método del
carbono 14, que se obtuvieron de un árbol enterrado bajo piedra pómez, en
Thera, y que estaba en proceso de crecimiento en el momento de la catástrofe,
dan la fecha de 1456 a.C. (± 43 años). Perfecto: significa una excelente
concordancia con la fecha arqueológica de 1450 a.C. para el final del Minoico
tardío I B (véase tabla 2). Los «± 43 años» significan que pudo ser antes, o
sea, en 1493 a.C., que también coincide con las fechas arqueológicas con el
final del Minoico tardío I A, o más tarde, en 1407 a.C., época en la cual los
micénicos se habían establecido ya en Cnosos. Más aún: si la fecha se calcula
en base a la «preferencia» de la mitad de vida del carbono 14 (véase Apéndice
B), resulta ser 1559 a.C. (± 44 años), y si corregimos los efectos de las
fluctuaciones del carbono 14 en la atmósfera (véase Apéndice B), ambas fechas
aún aparecen anteriores —1673 y 1771 a.C. respectivamente. No obstante, las
fechas dadas por el carbono 14 de los objetos arqueológicos también aparecen
anteriores cuando se aplica la corrección, o sea, que los valores relativos no
serán afectados. Aunque para los arqueólogos resulte un duro golpe saber que
las etapas minoicas pueden ser un par de cientos de años más antiguas de lo que
pensaban en base a su correlación con la cronología egipcia, la validez última
de la teoría de Marinatos depende, desde un punto de vista geológico, de si hay
una conexión causal entre la erupción y la desaparición de la Creta minoica o
no, cualesquiera que resulten ser las fechas. Por tanto, para evitar una
confusión adicional se utilizarán las fechas arqueológicas.
Para
tratar de fijar con precisión el tiempo de la erupción, con más exactitud de la
que permite el método del carbono 14, es necesario retornar a la evidencia
arqueológica, y, entonces, surge un conflicto. Bajo una ancha capa de cenizas,
en el mismo Santorín, están enterradas las ruinas de una floreciente colonia
minoica. Las excavaciones sistemáticas en Therasia, en 1866-67, en Balos, en
Thera, en 1870, y en dos ciudades cercanas a Akrotiri, en Thera, en 1870 y 1899
respectivamente, descubren una comunidad próspera, con viviendas sólidas y de
buen gusto en las que el lujo no era en modo alguno desconocido. Sólo se
encontró un esqueleto de un hombre anciano. Aparentemente, el anciano murió a
causa de las deyecciones que cayeron en un terremoto. No se realizaron nuevas
excavaciones hasta 1967, cuando Marinatos comenzó a abrir una nueva zanja en
Akrotiri. Hasta ahora, este lugar ha permitido el hallazgo de un grupo de
impresionantes mansiones, con escaleras interiores de piedra, frescos soberbios
y una espléndida cerámica, la mayor parte de manufactura local. Las paredes de
varios de los edificios parecen haberse derrumbado antes de que la piedra pómez
las enterrara, presumiblemente, durante un terremoto. No se han encontrado más
cuerpos, y esto, junto con la ausencia de joyas u otros objetos de valor,
indica que el poblado fue abandonado antes de que cayera la piedra pómez.
El
problema estriba en que, hasta ahora, no se ha encontrado en parte alguna de
Santorín ninguna cerámica posterior a la del primer Minoico tardío I B. que
está representado por un solo hallazgo en 1972. Esto sugiere que Thera fue
abandonada no mucho después del Minoico tardío 1 A. mientras que la destrucción
generalizada de Creta ocurrió al final del Minoico tardío I B. El período
comprendido en el Minoico tardío I B es el de las realizaciones artísticas más
importantes en la cerámica cretense, y culmina con el «estilo marino»,
denominado así porque en sus diseños se utilizaron elementos marinos, tales
como el pulpo, el nautilo, el delfín y la estrella de mar. Estos vasos,
excepcionalmente finos, no son numerosos y, obviamente, fueron hechos por un
pequeño grupo de artistas en un período relativamente corto, mientras que otros
talleres continuaron fabricando el típico estilo del Minoico tardío 1 A. Hasta
ahora, la fecha más temprana que los arqueólogos están dispuestos (con
bastantes reticencias) a aceptar como el final del Minoico tardío I B. es 1470
a.C. (en realidad, prefieren la de 1450 a.C.). y lo más tarde que aceptan para
el período del Minoico tardío I A. es 1500 a.C., porque se necesita por lo
menos una generación para poder explicar la cantidad de cerámica de estilo
marino que se conoce.
Las
primeras interpretaciones de las capas de cenizas en Santorín (dos fases
violentas separadas por un largo intervalo de actividad apacible intermitente)
se adecuaban perfectamente a esta teoría: la primera fase causó el abandono y
la sepultura de la colonia minoica de Santorín, mientras que la segunda y más
violenta fase ocasionó la destrucción general de Creta una generación, o más,
después. Pero si, como a la luz de los conocimientos geológicos actualizados es
más probable, sólo hubo una fase, violenta y breve, es fundamental saber si se
produjo al comienzo del Minoico tardío I B. como la falta de cerámicas
perfectas del estilo marino en las ruinas de Santorín parece sugerir, o si fue
más o menos simultánea con la destrucción general de Creta al final del Minoico
tardío I B. En el primer caso, la erupción pudo no haber sido la causa
inmediata de la caída de la Creta minoica; en el segundo, es difícil explicar
la casi total ausencia del estilo marino en Santorín.
La idea
de que el estilo marino estaba bien desarrollado en el momento de la erupción,
pero que pasó por alto a Thera casi completamente, cabe descartarla como poco
probable porque se han encontrado piezas en poblados más pequeños y menos
sofisticados, como Keos, por ejemplo, y tan lejos de Creta como Rodas. También
se ha sugerido que los habitantes de Thera se atemorizaron y huyeron ante la
posibilidad de un terremoto y estuvieron fuera durante treinta años, pero esto
es igualmente irreal. Por una parte, esto sería totalmente inusitado. Aun en
los casos en que comunidades enteras han estado amenazadas, la gente del
Mediterráneo siempre ha regresado y ha reconstruido sus casas en pocos años, si
es que no lo han hecho inmediatamente, y, a juzgar por la historia de Cnosos y
de otros palacios hasta el momento de su destrucción, los minoicos no eran
distintos, en este sentido, del resto de los pueblos que viven hoy en el área.
Más aún, el terremoto, según la extensión de los daños que produjo en Akrotiri,
pudo no haber sido demasiado severo. Y aunque parece existir alguna prueba
arqueológica de una reocupación temporal después del terremoto, presuntamente
por los que buscaban objetos de valor que habían abandonado al huir, también
existe la prueba geológica de que el temblor se produjo inmediatamente antes
del primer paroxismo, o junto con él, porque se han registrado grietas del
terremoto llenas con piedra pómez fresca. Si tales grietas hubieran estado
abiertas desde mucho tiempo antes de que cayera en ellas la piedra pómez,
contendrían también otros desechos lavados u oscurecidos antes de la erupción.
Y a pesar de que los terremotos volcánicos lo bastante fuertes como para causar
daños son decididamente raros, si se produjo uno en esta erupción inusualmente
violenta, es más probable que fuese la sacudida que acompañó a la primera
erupción paroxismal.
Aun
después del descubrimiento de que las cenizas del Santorín estaban en las
profundidades de los centros marinos, alrededor de la Creta oriental (lo que
para los geólogos es prueba suficiente de que esa parte de la isla debió estar
cubierta también), algunos arqueólogos continúan siendo escépticos. ¿Por qué
ellos no encuentran restos de cenizas en sus excavaciones? Por la simple razón
de que están buscando una capa visible de material volcánico, olvidando que las
habitaciones son el lugar en que es más probable que las cenizas hayan sido
limpiadas rápidamente sacándolas fuera para ser arrastradas por los agentes de
la erosión. Si es que algunas partículas han sobrevivido hasta hoy, deben de
ser muy pocas y hallarse alojadas en las resquebrajaduras de las paredes o de
los suelos, de tamaño microscópico, mezcladas con el polvo y la tierra locales,
y, por tanto, sería imposible distinguirlas sin una buena preparación. Al aire
libre, el terreno rocoso y escarpado de Creta no es favorable para la
preservación de remanentes inalterados de la capa original de cenizas, y el
único lago de Creta en cuyos sedimentos podría haberse preservado una capa
reconocible, el lago Kournas, está fuera del área de la probable distribución
de las cenizas minoicas. Sólo la colección sistemática de muestras para ser
examinadas después bajo el microscopio petrográfico puede revelar la presencia
de fragmentos muy pequeños de cristales volcánicos que es todo lo que
razonablemente cabe esperar que se encuentre hoy de las cenizas minoicas.
En 1971,
mi marido y yo realizamos este tipo de investigación y descubrimos partículas
de las cenizas minoicas en los suelos cretenses, desde la extremidad oriental
de la isla hasta Heraklion, en el oeste (que fue el punto más occidental al que
llegamos), y también en muestras recogidas de las grietas de los edificios
ocupados en el Minoico tardío I. La presencia de este tipo de partículas en los
suelos confirma la evidencia de los núcleos de las aguas profundas, pero, por
supuesto, no nos dice nada específico, respecto del momento en que cayeron las
cenizas sobre Creta, con relación a las etapas del Minoico tardío. Del mismo
modo, su presencia en los edificios destruidos en el Minoico tardío I B —como
en Arkhanes, Malia, Gurnia, Zakros y Pyrgos— sólo nos dice que se derrumbaron
antes de la destrucción. Pero si esos edificios estaban ocupados durante el
tiempo del Minoico tardío 1, pudieron haberse destruido en una fecha tan
temprana como el Minoico tardío 1 A. del mismo modo en que cabe sucediese
inmediatamente antes de (o simultáneamente con) la destrucción. Sólo la
presencia o ausencia de partículas de cenizas en los niveles del Minoico tardío
I A. que fueron destruidos y sepultados bajo escombros antes del Minoico tardío
I B y que, por esto, quedaron efectivamente aislados de la «contaminación»
posterior, puede arrojar una luz definitiva sobre el momento de la erupción. Y
nuestras muestras de los niveles del Minoico tardío I A. todas recogidas en
Kato Zakros y, al menos una de ellas (recién extraída), aislada completamente,
antes del Minoico tardío I B. no sólo contienen partículas de las cenizas
minoicas, sino que también éstas se hallan en mayor cantidad que en todas las
otras muestras de los otros niveles, incluido el Minoico tardío I B. del mismo
sitio.[45]
* * * *
Si la
identificación arqueológica de los niveles de los cuales recogimos estas
muestras es correcto, y si las partículas de cenizas minoicas que aparecen en
otras muestras recién extraídas aíslan el Minoico tardío I A de otros lugares,
se llega, sin lugar a dudas, a la conclusión de que la erupción comenzó y
terminó alrededor de 1500 a.C., destruyendo totalmente la colonia minoica de
Santorín, pero no acabando con la civilización minoica en Creta ni en las otras
islas. ¿Significa esto que debemos rechazar totalmente la teoría de la
destrucción volcánica de la Creta minoica y empezar todo de nuevo para
averiguar la razón de su desconcertante y rápida decadencia? Como causa
inmediata, sí. Pero, ¿qué sucede con los efectos a largo alcance de un hecho de
tal magnitud, con las causas fundamentales o. al menos, contribuyentes a la
decadencia?
Lo que
sigue es una secuencia hipotética de los hechos del modo en que pueden haberse
producido. Puesto que no cabe probarse ni descartarse, es posible que pueda ser
clasificado como ciencia ficción, pero, como toda la ciencia ficción, se basa
en posibilidades científicas verosímiles, y, en vista de que la mayor parte de
los que se han ocupado de esta cuestión han sobrevalorado el efecto probable de
la erupción, posiblemente esté más cerca de la verdad que muchas otras
explicaciones que se han ofrecido hasta ahora.
Los
pobladores del viejo Stronghvli comenzaron a percibir una serie de terremotos
suaves. Al principio no se alarmaron demasiado, ya que los terremotos habían
sido parte de la existencia normal allí desde los tiempos más remotos. No
obstante, las sacudidas aumentaron en frecuencia e intensidad, sobrepasando el
nivel normal usual de los movimientos, y todos se preguntaron qué podían
significar. Ninguna otra isla, ni la principal, habían notado ninguna actividad
sísmica anormal. Una o dos familias, que eran relativamente recién llegadas a
la colonia, tomaron sus pertenencias y regresaron a sus antiguos hogares. La
gran mayoría ofreció plegarias y sacrificios a sus dioses y, como siempre, se
dedicaron a sus tareas habituales. ¿Por qué irse? ¿Qué parte del reino minoico
estaba exenta de terremotos? Ciertamente. Stronghyli se mostraba un poco más
inestable que otros lugares, pero ahí estaban los recientes temblores que
habían sacudido parte de Creta y produjeron algunos daños en Cnosos y en
Amniso.
Antes de
que pasara demasiado tiempo, se hizo evidente que su isla era, en verdad,
distinta a sus vecinas. En la parte alta de los flancos del majestuoso pico que
coronaba Stronghyli, los pastores de cabras dijeron que había puntos en los que
el suelo se había recalentado y que aparecían vapores y gases de olor
desagradable. ¿Era posible que el volcán no estuviera extinguido, como siempre
habían creído[46]? A
medida que aumentaba la emisión de vapor y la frecuencia e intensidad de los
temblores, lo mismo ocurría con las aprensiones de las gentes. Una familia
detrás de otra cogió sus objetos de valor y se fueron en el primer barco
disponible. Entre estos objetos de valor estaban sus mejores piezas de
cerámica, decoradas en el nuevo estilo que acababa de ser importado desde
Creta.
Una
noche, de pronto, comenzaron a arder llamas misteriosas sobre uno de los
lugares de los que brotaban vapores calientes desde el suelo, de una grieta
incrustada sobre un antiguo sedimento amarillo[47]. Esto se
consideró como un signo de los dioses, y, al día siguiente, comenzó un éxodo
general. Y no demasiado rápido. Antes de que todos los que deseaban abandonar
la isla tuvieran tiempo de hacerlo, la cumbre de la montaña estalló en un
amortiguado gruñido. Rápidamente, un penacho de vapores y de cenizas se elevó
en el aire. y, mientras ascendía tomó la forma que algunos compararon con un
gigantesco pino de piedra, y otros con un aún más gigantesco hongo. Siguieron
más explosiones a intervalos de unos pocos minutos. Contra las nubes cargadas
de cenizas eruptivas podían verse trozos de rocas (que parecían manchas negras
vistas desde los pueblos anidados en la parte baja de las laderas) que eran
lanzados hacia arriba en el aire para caer luego en el cráter, o rodar cuesta
abajo. Cuando oscureció, la escena fue aún más estremecedora: la nube eruptiva
quedó tenuemente iluminada en su base, reflejando los fuegos que había dentro
de la montaña, y las materias expelidas, que parecían oscuras durante el día,
describían ardientes parábolas contra el tenebroso cielo y la montaña. Los
fragmentos más pequeños se ennegrecían antes de llegar al suelo, pero los más
grandes aterrizaban todavía ardiendo y trazaban un camino ígneo al rodar por la
ladera. Cerca de la cumbre, la vegetación quedó sin sus hojas, y las bombas, de
un rojo intenso, a menudo provocaban fuegos en los matorrales.
Entonces
cundió el pánico. ¡No quedaba tiempo más que para coger los bienes más valiosos
y fáciles de llevar! Las joyas, por supuesto. y las calderas de metal, y sólo
las cerámicas más apreciadas. Se utilizó todo barco, pequeño o grande, y,
mientras los refugiados alcanzaban otros puertos, se pedían más embarcaciones
para completar la evacuación. El pánico llevó al borde del histerismo a las
últimas personas en dejar la isla, porque, en aquel momento, las explosiones
eran más fuertes y más frecuentes, y bombas de piedra pómez, de considerable
tamaño, caían sobre los fugitivos, que tenían que protegerse las cabezas cuando
abandonaban el refugio de sus casas y la lluvia de cenizas era tan intensa que
oscureció el Sol[48].
Akrotiri y las otras comunidades de Stronghyli se transformaron en ciudades
fantasmas, pero, como en las ciudades fantasmas del oeste norteamericano, hubo
un puñado de antiguos residentes que, obstinadamente, rehusaron irse. Lo peor
ya ha pasado, o casi, exclamaban, y, durante cierto tiempo, pareció que tenían
razón: la violencia de las explosiones comenzó a disminuir sensiblemente y los
intervalos entre ellas se hicieron más y más prolongados. Tras un par de
semanas de una relativa calma, según informaban los barcos que pasaban por
allí, algunas personas regresaron para constatar la situación. Descubrieron
que, si bien la actividad estaba entonces limitada al cráter y parecía no
plantear amenaza alguna, ni siquiera la menor molestia, a quienes se mantuvieran
a una prudente distancia, «algo» seguía sucediendo dentro de la montaña.
Cargando con todo lo que podían acarrear de sus posesiones abandonadas,
embarcaron hacia sus nuevos refugios e informaron que aún era prematuro
regresar. Aun durante esta calma pasajera, aparecieron en escena bandas de
saqueadores atraídos a la isla como buitres, puesto que había muchas cosas que
podían cogerse en las ciudades y pueblos desiertos. Muy pronto, todo lo que
tenía algún valor, excepto los frescos de las paredes, había desaparecido: sólo
quedaron los cacharros de todos los días, especialmente aquellos que eran
demasiado grandes para ser fácilmente transportados. Los pocos que habían
quedado en la isla no pudieron impedir el pillaje y creyeron que lo más
conveniente era esconderse cuando los merodeadores se acercaban.
* * * *
Muy
pronto, el volcán se «aclaró la garganta» nuevamente y las explosiones se
reanudaron. Esta vez, la actividad se aceleró rápidamente hasta llegar al
clímax. En una rápida serie de explosiones de una fuerza sin par, cuyos rugidos
se escucharon desde Creta y el continente, el Santorín vomitó incontables
toneladas de cenizas y pumita, la mayor parte de las cuales cayeron dentro del
volcán y en el cercano mar. La primera de estas fuertes explosiones fue
acompañada por un temblor lo bastante intenso como para derribar las paredes de
varios edificios (matando a un anciano mientras trataba de escapar) y abrió
resquebrajaduras en el suelo que, en seguida, se llenaron de pumita. Todos los
pueblos de Stronghyli quedaron sepultados, algunos totalmente, otros parcialmente.
Por las ventanas y las puertas abiertas de los edificios se introdujeron
fragmentos de piedra pómez y polvo de cenizas. Los tejados, debilitados por los
temblores sísmicos, cedieron ante la carga creciente y, a menudo, arrastraron
con ellos al caer las paredes y los pisos superiores. Los pocos habitantes que
aún permanecían en la isla corrieron hacia las playas, pero pocos llegaron
hasta ellas: la mayor parte quedaron allí, asfixiados, en la oscuridad: los
otros se dieron cuenta de que el mar no ofrecía ninguna seguridad porque estaba
tan repleto de pumita que no podían botar sus lanchas. Así perecieron los
últimos habitantes de Stronghyli.
En Creta,
los efectos de la primera explosión fuerte resultaron desconcertantes y
fastidiosos, pero no particularmente perjudiciales. El tronante rugido de las
explosiones distantes era sobrecogedor y, más aún, las ondas de temblores
agrietaron los muros e hicieron caer algunos edificios de ladrillos que no
estaban en buenas condiciones. Lo más sorprendente fue observar una inmensa
nube sombría que se elevaba rápidamente en el horizonte y oscurecía el Sol,
llegando, en determinado momento, a ocultarlo totalmente durante algunas horas.
Desde esta nube comenzaron a llover finas partículas de cenizas que penetraban
en los ojos, el cabello, la comida y las ropas, acumulándose en todos los
rincones de las viviendas y cubriendo de polvo las cosechas en los campos y los
olivos y las viñas. Para aplacar a los dioses, que evidentemente estaban muy
molestos por algo, los cretenses se congregaron en los santuarios e hicieron
sacrificios y ofrendas apropiadas a la ocasión. Una de las ofrendas consistía
en enterrar pequeños cuencos conteniendo trozos de pumita debajo de los
umbrales de la habitación que se destinaba a fines religiosos[49]. Unos
pocos días antes, desde el comienzo de la fase más violenta de las erupciones,
aparecieron, esparcidos sobre la costa, trozos de pumita cuyo origen era bien
conocido.
El gran
clímax de la erupción, en comparación, hizo parecer insignificante lo que había
ocurrido antes. El despliegue fue aterrador en sitios tan alejados que no
podían saber dónde estaba el origen del fenómeno que presenciaban. En Creta y
en las islas cercanas a Stronghyli, donde eran conscientes que la erupción iba
en aumento, el impacto no era menos estremecedor, físicamente incontrolable y,
además, peligroso. Primero hubo una serie de rugidos que destrozaban los oídos,
más fuertes que las ensordecedoras explosiones que habían estado escuchando
hasta entonces (la más fuerte se oyó en un punto tan lejano como Escandinavia.
y muy bien en Asia y África). Las ondas de temblores dañaron las viviendas de
construcción deficiente —incluso edificios hechos de piedra— que estaban a
varios cientos de kilómetros, y derrumbó las plantas altas de los edificios
sólidos en toda Creta y en otras islas del Egeo. Inmediatamente después de las
ondas de temblores, descendió una oscuridad que, en Creta, pronto se hizo tan densa
que era casi palpable. Una extensa región quedó blanqueada por las cenizas. La
Creta oriental se cubrió de una fina ceniza que formó una capa lo bastante
espesa como para ahogar las cosechas que no habían crecido suficientemente y
también los pastos, y derribar las ramas de los árboles y viñedos. Las ramas se
rompieron bajo el peso al no poder desprenderse de él antes de que se
acumulara, y asimismo las viñas, por las mismas razones. El polvo volcánico
roció, leve pero perceptiblemente, hasta el Bajo Egipto.
Cuando el
aire se aclaró, se pudo ver que la forma del Stronghyli había cambiado. La
parte superior del alto cono parecía decapitada a corte de espada. Desde las
fisuras de los flancos brotaban vapores, pero sin mucha fuerza. Toda la isla
estaba amortajada bajo un manto de cenizas blanco-grisáceo: era un desierto y
lo seguiría siendo durante generaciones. El mar, alrededor, estaba saturado de
pumita que flotaba formando una capa tan gruesa que se hubiera podido caminar
sobre ella, si es que hubiese habido alguien para intentarlo. Durante cierto
tiempo, la navegación fue imposible en el vecindario, hasta que, finalmente,
los bancos de piedra pómez comenzaron a romperse, desapareciendo en parte de la
escena y formando flotantes islas fantasmagóricas de múltiples tamaños.
De vez en
cuando, al imponerse la curiosidad al azoramiento, algunos marinos micénicos se
detenían para explorar el siniestro paisaje. Algunos de ellos, que subieron
hasta el cono truncado, observaron que la cumbre, aparentemente plana, era, en
realidad, el borde de una inmensa depresión en forma de olla. De su parte
inferior, de varios orificios alineados a lo largo de las fisuras, se elevaba
vapor. Excepto algunas pequeñas avalanchas de roca y cenizas que se deslizaban
por los lados de la olla, nada interrumpía la quietud total, con exclusión de
sus propias voces, que ellos apagaban instintivamente. De pronto, asustados, se
apresuraron a volver con sus compañeros, que, como ellos, estaban subyugados.
Aquellos hombres no encontraron el menor rastro de la bulliciosa ciudad
portuaria que habían conocido en sus anteriores viajes. Atemorizados,
regresaron al mar. y, en el camino de retorno, balbucearon algo sobre los
designios de los dioses —porque ¿qué otra cosa podía explicar la completa
aniquilación, sino el desagrado de los dioses?— y recordaban cómo los
habitantes de Stronghyli habían sido los más orgullosos y altaneros de los
minoicos, lo cual quería decir mucho. Y mientras se alejaban más y más de la
maldita isla, sus espíritus se fueron elevando e incluso comenzaron a
regocijarse del destino de una parte de la nación rival.
Mientras
tanto. Creta se mostraba consternada: las tierras más productivas, los mejores
valles y llanos estaban asfixiados bajo varios centímetros de polvo volcánico,
y los intentos para salvar, al menos, parte de la cosecha del año, se
frustraban por las fuertes lluvias que no correspondían a la estación, y que,
mientras se escurrían por las laderas de las montañas, acumulaban más
sedimentos en los llanos. Algunas veces, en las laderas escarpadas, las
saturadas cenizas se desplomaban en corrientes de lodo legamoso que sepultaba
profundamente todo lo que crecía bajo ellas. Los bosquecillos de olivos, las
huertas y los viñedos de los flancos de los montes no sufrieron mucho,
especialmente si sus ramas se habían desprendido del peso de las cenizas antes
de que éstas se acumularan. Ese otoño y ese invierno debieron los cretenses
ajustarse considerablemente los cinturones, porque no sólo eran escasas las
reservas de grano y vegetales, sino que también el ganado creció magro al no
contar con el forraje necesario. Pero, en realidad, nadie murió de hambre, aun
cuando los pobres se vieron obligados a utilizar en su dieta importantes
cantidades de algarrobas[50].
Con la
llegada de la primavera renació el optimismo. Las nuevas cosechas, plantadas
donde la capa de cenizas había sido arrastrada por las lluvias, o donde el
terreno fue limpiado laboriosamente durante el invierno, prometía ser tan
buena, o mejor, que la del año precedente. Entre las cenizas cada vez más
escasas, especialmente en las laderas de las colinas, comenzaron a aparecer
nuevos pastos, y el ganado, las ovejas y las cabras, empezaron a perder su
huesudo aspecto. Los días de viento eran molestos porque, entonces, las finas
partículas de polvo volcánico se introducían en los ojos, pero, más pronto o
más tarde, el polvo encontró su camino hacia el mar y, en tal caso, el viento
se consideró un aliado.
Pero
mientras en Creta la vida reemprendía su ritmo normal, bajo la superficie
acechaba un fuerte sentimiento de desasosiego. Las gentes de Stronghyli habían
sido típicos y prósperos minoicos. Si los dioses estaban tan quejosos de ellos
como para empujarles al exilio y arrasar sus ciudades y sus pueblos, ¿no
reservarían algo semejante para Creta? La inquietud aumentó cuando los que,
durante los meses siguientes, visitaron Stronghyli dijeron que las cosas aún no
estaban del todo resueltas: la depresión en la cumbre del pico se hundía,
lenta, pero perceptiblemente. Las gentes observaron los ritos de su religión
con mayor rigor que nunca, y los sacerdotes llegaron a inventar nuevos rituales
relacionados con la pumita, que continuaba llegando hasta las playas mucho
después de que terminara la erupción. Nunca los minoicos habían obedecido antes
tan concienzudamente la censura de sus reyes-sacerdotes y de sus sacerdotisas:
la delincuencia descendió al más bajo nivel; los orgullosos caminaban con más
humildad, y los artesanos de los talleres de los palacios se esforzaron en
crear objetos más bellos, especialmente los vasos que se utilizaban en las
ceremonias religiosas. Aunque había sido permanentemente desastrosa para
aquellos que habían vivido en Stronghyli, y temporalmente penosa para los que
habían recibido la lluvia de cenizas volcánicas, se podía llegar a decir que la
erupción se había aposentado en la edad de oro de los minoicos. Si alguno se
sentía dispuesto a descarriarse, siempre estaba allí la isla de Stronghyli,
desintegrándose lentamente en su depresión de la cima, que constituía una
constante advertencia. Con el tiempo, la depresión central se hizo más baja que
el mar que la rodeaba y, un día, después de que un trozo particularmente grande
se fue al fondo, en el borde de la caldera se abrió una brecha y el mar
penetró, formando una bahía en el lugar en que había estado el pico más alto.
En una hora, una ola —del mismo tipo de las que a menudo siguen después de un
terremoto— produjo importantes daños, aunque no irreparables, en varios puntos
a lo largo de la costa norte de Creta. Estas olas se hicieron anormalmente
frecuentes durante los años siguientes, y los minoicos se percataron de que
cada una seguía a la caída de otro trozo del antiguo Stronghyli.
Y si los
signos perturbadores visibles no eran bastante para mantener viva la inquietud
que subyacía bajo la creciente prosperidad de los minoicos, allí estaban los
micénicos, celosos desde siempre de la dominación que los minoicos ejercían
sobre el Egeo (lo que. entre otras cosas, incluía el pago de un tributo anual a
Cnosos), que no perdían oportunidad de burlarse de los mercaderes minoicos por
el destino que habían tenido los orgullosos habitantes de Stronghyli, y
sugiriendo que alguna suerte innombrable le esperaba también a Creta. Así
pasaron los años. Muchos de los que recordaban los días de ruido, oscuridad y
terror, y el invierno de privaciones que le había seguido, ya no existían. Los
que entonces sólo eran niños, ahora ya tenían sus propios hijos. Y, entonces,
los dioses golpearon otra vez: en el fondo del Egeo, profunda y
convulsivamente, la tierra se estremeció. Este temblor se percibió, con
intensidad variable, en toda Creta, pero, como sucede siempre, aun en los
temblores más fuertes, los daños se concentraron en un área que, en este caso,
fue la parte más oriental de Creta. Zakros fue la que más sufrió. En medio de
un banquete celebrado en palacio, un fuerte temblor arrojó, con el tiempo
justo, a nobles y esclavos al aire libre. Presos de pánico contemplaron cómo
las paredes se derrumbaban y cómo las lámparas que se habían volcado
transformaban, al arrastrarse entre las ruinas, en voraz incendio todo el
escenario. El fuego era tan cálido que los bloques de piedra caliza quedaron
calcinados, convirtiéndose en cal blanca, y fragmentos de ladrillos de barro se
fundieron parcialmente.
¡Era
demasiado! Desalentados por completo a causa de esta nueva prueba de que los
dioses habían elegido sus dominios como objeto de su ira, los minoicos
comenzaron a emigrar hacia otras tierras. Algunos utilizaron las conexiones que
habían establecido en el curso de sus negocios y se fueron a tierras distantes,
como Egipto y Asia Menor, pero la mayoría de ellos se dirigieron a Micenas,
donde siempre, particularmente, se requerían hábiles artesanos. Estos
refugiados cretenses infundieron nueva sangre y nuevas ideas que proporcionaron
ímpetu al recién iniciado surgimiento de Micenas, la antecesora de nuestra
propia civilización occidental, como un gran poder del Egeo.
Los que
permanecieron en Creta se vieron hostilizados por un creciente número de
atrevidas bandas de malhechores que se aprovecharon de la confusión reinante y
del despoblamiento para atacar los puntos de la costa en que se hallaban las
mejores casas. A menudo, los saqueadores terminaban incendiando las ruinas. En
el exterior se supo que la situación se deterioraba rápidamente y, por último,
unas tropas enviadas desde Micenas desembarcaron en Amniso y marcharon hacia
Cnosos, donde sólo encontraron una débil resistencia por parte de los restos de
la guardia del rey-sacerdote. Casi con alivio, los monarcas minoicos se
rindieron y fueron conducidos a Micenas, donde vivieron el resto de sus días en
una lujosa semi cautividad. Los gobernantes locales, que aún ocupaban palacios
que habían sobrevivido al terremoto y a los salteadores, eran jóvenes y estaban
preocupados por luchar para restablecer el orden. Pelearon contra los
invasores, valiente pero infructuosamente, y fueron muertos o esclavizados, y
sus palacios quemados hasta convertirlos en cenizas. La gente común se acomodó
a los nuevos gobernantes, ya que en su existencia cotidiana no se produjeron
cambios notables. Los ceramistas minoicos que no se fueron trataron de
complacer el gusto de sus señores (o. posiblemente, así se lo ordenaron), y
desarrollaron el florido «estilo de Palacio», que se reservó sólo a Cnosos; en
el resto de los lugares, los ceramistas continuaron produciendo los estilos que
habían sido populares desde el Minoico tardío I A. Cuando, unos años más tarde,
Cnosos fue, al fin, destruida. Creta no era nada más que otra dependencia de
Micenas, y ni siquiera una de las importantes. Los minoicos, un día dirigentes
de su mundo, habían desaparecido de las primeras páginas de la Historia, y
nunca más resurgió Creta de la oscuridad de las últimas páginas.
Capítulo
IX
¿Se ha encontrado la perdida Atlántida?
Las
excavaciones en Cnosos acababan de dejar a la luz la tanto tiempo sepultada
civilización minoica cuando ya se hacían conjeturas sobre la posible conexión
entre Creta y la Atlántida, aunque tales suposiciones fueron pronto olvidadas.
La renovación actual del interés es, esencialmente, un corolario de la
hipótesis de destrucción volcánica de la Creta minoica. Pero, antes de analizar
los argumentos a favor de la Atlántida egea, es necesario conocer el origen del
relato sobre la Atlántida y sus rasgos esenciales, así como comprender las
razones para negar la posibilidad de que el enclave de la Atlántida se
encuentre en la zona.
Contrariamente
a lo que se piensa en general, la Atlántida no es en absoluto un invento del
folklore, es decir, no es parte de la tradición oral de ninguna cultura de
parte alguna de la Tierra. Su mención emana de una, y sólo una fuente escrita[51]:
los Diálogos de Platón y, más específicamente, los de Timeo y
de Critias. El Timeo pretende registrar una
conversación entre Sócrates. Timeo (un científico). Cutías (un historiador) y
Hermócrates (un general), durante la cual discuten la naturaleza del Universo.
Critias narra la historia de Atlántida, que se supone le contó Solón, el gran
legislador de Atenas, que vivió unos doscientos años antes de Platón, a su
abuelo. En su juventud. Solón visitó Sais, en el delta del Nilo, que entonces
era la capital del Bajo Egipto (véase Figura 38, capítulo 10). Allí conversó
con sacerdotes cultos y, en el curso de la conversación, descubrió que sabía
muy poco de la historia antigua de su propio país. Para alentar a los
sacerdotes a que relataran historias de la antigüedad. Solón comenzó a
contarles el hecho más antiguo del que los atenienses tenían noticia, el
Diluvio de Deucalión, lo que hizo que el más anciano de los sacerdotes
exclamara: «Oh. Solón. Solón, vosotros los griegos sois como niños... Vuestras
almas son jóvenes, no abarcan ni conclusiones derivadas de las tradiciones
remotas, ni ninguna antigua disciplina de su existencia en otros períodos
anteriores.» ¿Es que Solón no sabía que el Diluvio de Deucalión era la última
de una serie de catástrofes, y que los atenienses descendían de una noble raza
que vivió mucho tiempo antes de todo esto? De las numerosas y poderosas hazañas
de estos antiguos atenienses, cuya ciudad había sido fundada nueve mil años
antes de la conversación de Solón con los sacerdotes, lo más sobresaliente fue
la derrota del poder guerrero del océano Atlántico.
Este
poder guerrero provenía de una isla más grande que Libia y Asia juntas. La isla
«proveía un paso fácil a otras islas vecinas, como también era fácil pasar
desde ellas al continente que bordea el océano Atlántico». (Para comprender
mejor esta geografía se recomienda al lector observar la figura 35. Para los
griegos del tiempo de Solón, el mundo estaba compuesto por «Europa» y «Asia»
—comprendiendo, esta última. Asia Menor y el norte de África— separadas por el
Mediterráneo, y todo esto rodeado por la «corriente del Océano», que, a su vez,
estaba cercado por un continente. En los tiempos de Platón se sabía ya que el
Océano era mucho más grande que una corriente y se le llamó Atlántico, pero,
hasta donde llegan mis conocimientos, no fue explorado por los griegos.) Cuando
los reyes de Atlántida intentaron conquistar y esclavizar toda el área
mediterránea, los antiguos atenienses encabezaron la lucha contra ellos y
«consiguieron la más amplia libertad para todos nosotros que vivimos dentro de
los pilares de Hércules». Con posterioridad, se produjeron grandes terremotos y
diluvios y, en el transcurso de un día y una noche, la raza de los antiguos
atenienses fue «sumergida debajo de la tierra», mientras que Atlántida
desapareció bajo el mar, dejando sólo bajíos no navegables para señalar su
emplazamiento.
Figura
35. El mundo, tal como lo conocían los antiguos griegos.
En
el Critias, en un diálogo con los mismos cuatro participantes.
Critias ofrece detalles completos sobre la historia, la geografía, la religión
y la cultura de la Atlántida y, luego, continúa explicando cómo los habitantes
de esas tierras habían degenerado gradualmente, hasta que Zeus pensó que su
debilidad no debía permanecer sin castigo, por lo que llamó a todos los dioses
y dijo... En este momento el diálogo termina bruscamente Algunos creen quo
Platón murió antes de terminarlo, mientras que otros consideran que lo comenzó
antes, pero después lo dejó de lado, ocupado en otras cuestiones, y nunca
volvió a acercarse a él.
¿Describió
Platón un lugar que pensaba real, o lo imaginó para probar un punto de vista
filosófico? Si creía que era real, ¿qué parte de su relato es fiable? Los
trabajos sobre la Atlántida son de tres tipos principales: los que tratan de
probar que la descripción de Platón es literalmente cierta; los que conceden
alguna distorsión en el tiempo o en el lugar, o en ambos; y los que rechazan de
plano el aceptar que sea algo más que una ficción. Si ignoramos a los que basan
sus argumentos en relaciones ocultas y fantasías similares y no se dejan
confundir por los simples hechos, se verá que todos los que integran la primera
teoría, y muchos de los de la segunda, han dicho sinceramente que creen que la
evidencia científica es válida. Sin embargo, demasiado a menudo se han extraído
conclusiones incorrectas a partir de hechos científicos establecidos, o se han
basado las argumentaciones en teorías científicas anticuadas. El verdadero
análisis científico, en cambio, ha apoyado invariablemente a aquellos que afirmaban
que la Atlántida era una ficción y que, en el mejor de los casos, admitirían
que pudiese estar basada, en parte, en hechos reales conocidos por Platón.
* * * *
El
concepto popular de la Atlántida se planteó en un libro de Ignatius T. T.
Donnelly, un autodidacta de múltiples inquietudes: Atlantis: The Antediluvian
World («Atlántida: El mundo antediluviano»), que se publicó por primera vez en
1882 y fue el primero de varios libros de éxito. (Otro que ha tenido el mismo
permanente impacto, aunque en un campo muy distinto, es The Great Cryptogram
[El gran criptograma], en el que trataba de probar que la obra de Shakespeare
estaba literalmente salpicada de claves criptográficas que indicaban que el
verdadero autor era sir Francis Bacon. Lo mismo que en el caso de la Atlántida,
la idea original no era suya, pero su libro constituyó el trampolín para que
los partidarios de este punto de vista lo transformaran en un culto
permanente.) El concepto que Donnelly tenía sobre la Atlántida era el de un
continente, en el océano Atlántico, habitado por una raza superior que existió
hasta hace alrededor de 11.500 años, y que se desplomó en un gran cataclismo.
Los supervivientes se abrieron camino hacia otras regiones, llevándose con
ellos su importante cultura. Donnelly comienza por formular trece propuestas
que trata de probar. Sus «pruebas» se basaban principalmente en la comparación
de las civilizaciones del Viejo y Nuevo Mundo, en la distribución en el globo
de las tradiciones sobre diluvios, y en supuestas referencias a la Atlántida en
las mitologías del Viejo Mundo. Sólo tres de dichas propuestas mantienen una
relación directa con nuestra perspectiva orientada hacia la geología:
1. Que
antiguamente existía en el océano Atlántico, frente a la desembocadura del
Mediterráneo, una gran isla formada por los restos del continente atlántico y
que en el mundo antiguo se conocía como Atlántida.
2. Que
la descripción que Platón hace de esa isla, que hasta ahora se había
considerado una fábula, era historia real.
12. Que
la Atlántida desapareció después de una terrible convulsión natural que
sumergió a toda la isla en el océano y, con ella, a casi todos sus habitantes.
En
relación con las propuestas 1 y 12, Donnelly invoca argumentos geológicos para
demostrar: a) que existían grandes masas de tierra en el lugar en que Platón
sitúa a Atlántida, y b) que era posible que un continente fuera destruido de la
noche a la mañana. El primer argumento es razonable a la luz de los
conocimientos geológicos de entonces. La sonda de profundidad ha revelado la
existencia de una cordillera en el centro del Atlántico Norte, a la que se le
ha dado el nombre de Dolphin Ridge (cordillera del Delfín) y que es la parte
que está más al norte de la cresta dorsal del Atlántico medio. Se ha observado
que la flora y la fauna en ambos lados del Atlántico Sur son similares, lo que
indica que, en algún momento, existió algún tipo de conexión entre ellos. Pero
las deducciones que hace Donnelly con respecto del segundo punto, tomando como
base las pruebas geológicas de que disponía, son muy dudosas. Esencialmente,
sus argumentos se reducen a los siguientes: a lo largo de los tiempos
geológicos, los continentes han surgido y se han sumergido; se sabe de islas
que desaparecieron súbitamente (se da como ejemplo a Santorín; Krakatoa, por
supuesto, no había entrado aún en erupción ni había caído su caldera, cosa que
ocurrió en 1882). En consecuencia, no hay nada extraño en la afirmación de
Platón de que el continente Atlántida desapareciese con tanta rapidez como él
sostiene.
Donnelly
no tiene en cuenta el hecho de que mientras es cierto que los continentes
surgen y desaparecen, lo hacen muy lentamente. Si una gran isla o un continente
desaparecieran, el proceso precisaría muchos milenios: no puede suceder tan
súbitamente como para dejar el recuerdo de un gran desastre, que es lo que cree
Donnelly (como muchos otros, aún hoy) que sucedió con la tradición del diluvio.
Las inundaciones, sin duda, pueden anegar extensas áreas con bastante rapidez,
pero la más generalizada que pueda imaginarse, finalmente se escurrirá y dejará
las tierras por encima de las aguas. Las únicas fuerzas geológicas capaces de
producir un hundimiento súbito y permanente de la tierra son los terremotos y
las erupciones de las calderas, pero, en tal caso, sólo afectan, como máximo, a
unos pocos kilómetros cuadrados.
* * * *
El ya
fallecido Lewis Spence, un científico dedicado a los mitos, intentó conciliar
el relato de Platón con los hechos geológicos como él los entendía, cambiando
la época de la Atlántida. Hizo notar la incongruencia existente entre la
cultura descrita como seguramente perteneciente a la Edad del Bronce y su
destrucción hace alrededor de 11.500 años; porque la Edad del Bronce no comenzó
hasta aproximadamente hace 5.000 años. En 1925 indicó que la destrucción de la
Atlántida constituyó sólo el último hecho en la disolución de un inmenso
continente que antes había ocupado todo el Atlántico Norte, o su mayor parte.
Ese continente, afirmó, comenzó a desintegrarse en la época del Micénico
tardío, «debido a sucesivos acontecimientos volcánicos y, también, a otras
causas». Dos grandes restos, las Antillas y la Atlántida, persistieron, hasta
hace 25.000 años, unidos por una cadena de islas. Las Indias Occidentales
representan los restos de las Antillas; la Atlántida continuó desintegrándose
hasta que el desastre final alcanzó los últimos restos hacia el año 10.000 a.C.
La lenta desaparición de la Atlántida produjo sucesivas olas de migraciones
durante mucho tiempo, y una de éstas coincide con la fecha que da Platón para
la destrucción de ese continente. La raza superior era el Cromañón, cuya
avanzada cultura de la Edad de Piedra es similar a la de los antiguos
habitantes de América Central.
En la
época de Spence, los geólogos habían llegado aproximadamente a un acuerdo
respecto a una antigua posible conexión entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Las
similitudes entre los fósiles pre-Mesozoicos de la flora y la fauna a ambos
lados del Atlántico Sur son demasiado sorprendentes como para que sean una
coincidencia. Algunos sostienen que esta conexión fue un angosto puente de
tierra, de existencia más o menos temporal, como, por ejemplo, el istmo de
Panamá, mientras que otros consideran todavía que la cordillera del Delfín fue
una gran masa de tierra que se hundió. En 1912 apareció una «evidencia» que fue
lanzada como prueba de que, en algún momento, la cordillera del Delfín estuvo
sobre el nivel del mar. Un eminente geólogo francés pronunció una conferencia
en la que afirmó que fragmentos de roca rescatados en 1898 por el arpeo de un
barco que buscaba un cable telegráfico que se había roto eran de cristal
basáltico (taquilita), similar al que se formó en la erupción del Pelée en
1902. Se ha hecho notar que mientras la lava del monte Pelée se había
solidificado al aire libre, era cristalina en su textura, pero que cuando se
solidificó fuera de otra lava se formó el típico basalto de grano fino. El
geólogo francés consideraba esto como una prueba de que la roca cristalina del
fondo del océano se había formado bajo la presión atmosférica, y que, por
tanto, una superficie que ahora estaba a dos millas (más de tres kilómetros) de
profundidad, debió de estar antes sobre el nivel del mar.
Pero, por
desgracia para esta argumentación, no es la presión, sino la velocidad de
enfriamiento, lo que rige la cristalización del magma, un hecho que ya era
conocido en el momento en que se dio la conferencia. Si el magma se enfría muy
rápidamente, los cristales no tienen tiempo de crecer y, por tanto, la roca
resultante no será vítrea. Nada cambia si el enfriamiento se produce por el
contacto con el aire o con agua fría que esté en las profundidades del mar. Si
se enfría más lentamente, como la lava del Pelée que no estuvo expuesta al
aire, se formarán finos cristales, y si se enfría lentísimamente en las
profundidades de la tierra, producirá rocas de grano grueso, como el gabro, en
el que los cristales individuales son visibles a simple vista. En las islas
Hawái se han observado cubiertas vidriosas sobre los basaltos recogidos a una
profundidad de 17.000 pies (5.100 metros) o más, de modo que no hay razones
para que la taquilita tomada de la cordillera del Delfín no se formara
precisamente en el lugar en que fue recogida.
Algunos
geólogos aún pretenden que plantas y animales pudieron cruzar puentes de
tierra, aunque la cantidad de éstos es cada vez menor. La existencia de puentes
de tierra que permitan el paso de seres humanos es fácilmente demostrable sólo
en el caso de que las regiones estén casi contiguas, como sucede en el estrecho
de Bering, o en la parte occidental de las islas Canarias[52] y
África. Sin embargo, puentes de tierra sobre el Atlántico son sólo una
conjetura y nunca se ha producido un acuerdo general respecto de dónde pudieron
haber existido. De cualquier modo, aun en el caso en que existieran, la
conexión se cortó hacia el final del período Mesozoico, hace 70 millones de
años, porque, desde ese momento, las floras y las faunas a ambos lados del
Atlántico se desarrollaron de forma independiente. Por tanto, los puentes de
tierra, si es que existieron alguna vez, no sirven en absoluto de ayuda para
demostrar la existencia de tierra en medio del Atlántico en tiempos tan
recientes como hace 11.500 años.
Cuanto
más se sabe sobre el fondo del océano Atlántico —y nuestro conocimiento se ha
incrementado a pasos agigantados en las últimas décadas— se hace más difícil,
yo diría que imposible, encontrar ningún lugar en el que pudiese existir una
conexión por tierra. Se sabe que la corteza terrestre que está debajo de los
océanos es esencialmente diferente de la que se encuentra bajo los continentes;
es más delgada y falta el estrato «granítico» que tienen los continentes[53]. No hay
ninguna corteza del tipo continental sumergida debajo de ningún océano, y
tampoco existen estrechas franjas de este tipo de corteza que unan los márgenes
opuestos de ningún océano.
Más aún,
los conceptos geológicos actuales eliminan la necesidad de que existiera tierra
de ningún tipo en ningún momento. Actualmente, la teoría del deslizamiento
continental, que hasta hace una década no se tomaba en serio entre los geólogos
de Estados Unidos, es respetada y gana partidarios día a día. Según esta teoría
(formulada independiente y casi simultáneamente por Frank B. Taylor. geólogo
norteamericano, y Alfred Wegener. meteorólogo alemán. alrededor de 1910-1911),
los continentes estuvieron unidos y constituían uno o quizá dos
supercontinentes que, posteriormente, se rompieron, formándose así dos bloques
que se van separando entre sí lentamente durante los últimos 70 millones de
años. El deslizamiento continental, además, explica fácilmente el que las
líneas costeras en los lados opuestos del Atlántico encajen perfectamente
cuando, en un mapa, se las recorta y junta entre sí, lo que también explica por
qué el sistema de rocas de África se corresponde con el de América del Sur,
como asimismo sucede con la edad de los fósiles; y explica por qué pueden
eliminarse algunas diferencias en las direcciones paleo magnéticas[54] de
las rocas anteriores al Terciario, desplazando los continentes hasta unirlos de
nuevo.
Al
principio, el deslizamiento continental no se aceptó con entusiasmo porque el
mecanismo que se propuso no era razonable. Describía bloques rígidos de un
material liviano llamado «sial» (esencialmente granítico en su composición, con
altas proporciones de silicato de aluminio) que flotaban como icebergs en una
«sima» más densa y algo plástica (que era básicamente basáltica, con altas
proporciones de silicatos de hierro y magnesio). Actualmente, aun cuando el
mecanismo no se entiende totalmente, se dan dos tipos de evidencias
independientes que hacen que resulte difícil creer que los continentes no se
han movido uno con relación al otro. El último refinamiento de la teoría
constituye el concepto de «placas tectónicas» que ha revolucionado el
pensamiento geológico. Según tal planteamiento, la litosfera (la corteza
terrestre y parte del manto; véase Figura 36) se divide en varias planchas (las
opiniones sobre su espesor exacto difieren, pudiendo llegar a 200 kilómetros),
creando en la cresta del centro del océano fosas que se deslizaron sobre una
capa débil de la parte superior del manto, el que, a juzgar por el hecho de que
las ondas sísmicas se retardan en él, está en un estado más plástico que el
material que se encuentra por encima y por debajo de él: posiblemente, porque
está parcialmente fundida. Esta débil capa se llama astenosfero[55].
Figura 36. El desplazamiento continental según una nueva tectónica global.
Nuevo material del manto de la Tierra se levanta a lo largo de la cresta media
oceánica, produciendo las placas (compuestas de la corteza y la parte superior
del manto) que se separan. En este caso, una placa se desplaza hacia el oeste,
arrastrando un continente (que podría ser Sudamérica), choca con una placa
oceánica que se mueve hacia el este (placa del océano Pacífico), y, esta
última, se hunde bajo el continente. Las reacciones físicas y químicas entre el
material de la corteza que se hunde y el manto originan el vulcanismo y los
terremotos. (Tomado de Takeuchi y de otros, 1967.)
Cuando
chocan las placas se producen fenómenos desde el punto de vista geológico. Si
dos placas que transportan continentes se encuentran, se origina un pliegue
montañoso. El Himalaya, por ejemplo, se formó cuando la India se desplazó hacia
el norte contra Asia. Cuando una placa oceánica choca contra un continente,
como ocurrió cuando el nordeste del Pacífico chocó contra Asia y el sudeste del
mismo océano lo hizo contra Sudamérica, se sumerge bajo la placa continental
más liviana y su camino de descenso queda marcado por un plano inclinado de los
hipocentros de los terremotos llamado (en honor al sismógrafo norteamericano
Hugo Benioff) zona de Benioff, por un foso oceánico, mar adentro, y
montañas encogidas, al borde del continente. Cuando el material que se hunde
desciende a una profundidad considerable, se funde y, lentamente, se recicla,
formando así una cresta en una acción de tipo de correa transportadora que, se
supone, es arrastrada por las corrientes. La asociación del vulcanismo activo
con el descenso de las placas no es casual, sino que se debe a que los
materiales más livianos pierden el gas al hundirse. No todas las placas chocan
de frente, sino que algunas giran un poco mientras se trasladan. El nordeste
del Pacífico golpeó de refilón sobre la costa oeste de Estados Unidos y se
sumergió bajo las islas Aleutianas, separando a la Baja California de México y
produciendo la conocida falla de San Andrés y sus ramificaciones, a la que
están ligados la mayor parte de los terremotos de la zona.
Las dos
pruebas que sirven de base a la idea de que el fondo del océano se está
expandiendo realmente son las “anomalías magnéticas" y la datación por el
potasio-argón de las rocas del fondo del océano. Aunque la dirección del
campo magnético de la Tierra —es decir, la localización geográfica de los polos
magnéticos, que no coinciden totalmente con los polos geográficos— no ha
cambiado sensiblemente desde los tiempos del comienzo del Terciario, su polaridad
se ha invertido —o sea, que los polos magnéticos del norte y del sur se han
hecho intercambiables— varias veces, de un modo brusco, a través de los tiempos
geológicos. La última inversión conocida sucedió entre 13.500 y 17.500 años
atrás. No se sabe ni cuándo ni por qué se produjo, aunque debe relacionarse de
algún modo con el núcleo fluido exterior de la Tierra que creó el campo
magnético principal cuando ésta giraba sobre su eje como una dinamo gigantesca.
Cualquiera que haya sido la razón, las capas que se formaron a raíz de
erupciones en las distintas épocas geológicas muestran alteraciones de la
polarización normal e invertida[56],
polarización que puede estar en relación recíproca en todo el globo.
Se ha
pronosticado que si el fondo de los océanos se está expandiendo desde las
crestas medio-oceánicas, como afirma el concepto de las placas tectónicas, la
dirección paleomagnética alternativa de las rocas que se han formado en épocas
sucesivas de polaridad magnética alternativa debería mostrar anomalías en el
esquema del campo magnético, tales como franjas paralelas a la cresta dorsal
del centro del océano a ambos lados, cosa que se ha confirmado por las
investigaciones magnéticas realizadas allí (para las que se utilizan
magnetómetros aéreos o remolcados por barcos). La velocidad de esta expansión
se ha estimado en. al menos, un centímetro por año, aunque algunos la elevan
hasta ocho centímetros y, además, la velocidad no ha sido constante. Las
pruebas de las anomalías magnéticas son confirmadas por los resultados de la
datación de carbono-14 realizadas en las rocas del fondo del océano a distintas
distancias de la Cresta Dorsal del Atlántico Medio. Las edades que se
obtuvieron coinciden con las pronosticadas en las pruebas de polaridad,
indicando un aumento uniforme desde el centro a ambos lados de la cresta.
* * * *
No se
necesitan, pues, más argumentos para probar que nunca existió una masa de
tierra, o isla, en el océano Atlántico, al menos no desde el tiempo que el
hombre está sobre el planeta. Pero aún hay otra comprobación, surgida desde el
campo relativamente reciente de la paleoclimatología, que aporta otro grano de
arena para confirmar que no existe una Atlántida sumergida en el océano
Atlántico. Por medio de técnicas biogeoquímicas fundamentadas en las
proporciones en que se halla el estable (es decir, no radiactivo) isótopo de
oxígeno en las conchas de los organismos marinos, es posible determinar la
temperatura del agua en la que viven dichos organismos y en la que secretan sus
conchas. La mayoría de los átomos de oxígeno tienen un peso atómico de 16, pero
algunos pocos —en el oxígeno de la atmósfera alrededor de dos sobre mil— tienen
un peso de 18. Por estudios realizados sobre especies vivas se sabe que cuanto
más fría está el agua, mayor es la proporción de oxígeno «pesado» (O18)
que interviene en la composición del carbonato de la concha. Por tanto,
midiendo las proporciones relativas de los dos isótopos de oxígeno en los
fósiles de conchas, es posible calcular la temperatura de las aguas marinas de
la antigüedad, lo que, a su vez, indica cómo era el clima en aquel entonces.
(Este condensado esquema del método está muy simplificado, pero sirve para
ofrecer una idea general del principio en que se basa.) De cualquier modo, las
investigaciones paleoclimáticas indican que hace 11.500 años, el océano
Atlántico, en una latitud media, era frío —precisamente en el punto en que se
supone que estaba la Atlántida—, como podía esperarse, ya que esta época se
sitúa hacia el final de las glaciaciones del Pleistoceno. Sin embargo, el clima
que describe Platón en la Atlántida era suave y bastante parecido al del área
del Mediterráneo en los últimos miles de años.
* * * *
Tras
eliminar, desde el punto de vista geológico, la posibilidad física de que
existiera en alguna parte una antigua masa de tierra sobre el Atlántico, toda
argumentación sobre la Atlántida basada en similitudes culturales y
lingüísticas cae por su propio peso. Si estas similitudes no son simplemente
casuales o imaginarias, deben de tener alguna otra explicación. (No obstante,
estas preguntas van más allá de los fines de este horizonte geológico.) O bien
la Atlántida existió en otra parte, o nunca existió, excepto en la imaginación
de Platón.
* * * *
Seleccionando
con sensatez aquellas partes del relato de Platón que resultan apropiadas, y
desechando las que aparecen como distorsiones o exageraciones, cabe suponer el
enclave histórico de la Atlántida en cualquier parte del globo y, en verdad, es
difícil encontrar ninguna zona de éste que no haya sido propuesta en uno u otro
momento: el Ártico; varios lugares de Europa y del Mediterráneo; África del
Norte y del Sur; América del Norte, del Sur y Central; Sri Lanka e, incluso, el
Pacífico Sur. En muchos casos, la elección del punto revela una buena dosis de
chauvinismo, y el que hace la propuesta trata de probar que su propio país
constituyó el enclave real de la Atlántida. o que su nación desciende de los
atlantes y, por tanto, sus miembros son superiores a los demás. Spence, por
ejemplo, afirma:
«Si se le
permite a un patriota escocés jactarse, diré que creo firmemente en la
superioridad mental y espiritual de los escoceses, lo que se debe, en gran
parte, al predominio de sangre Cromañón que, seguramente, corre por las venas
de sus gentes... Los ingleses también, sin duda, extraen su cordura, su poder
físico y la marcada superioridad en las cosas mentales de la misma fuente y, si
la mayor parte de su sangre es ibérica, ¿no deriva esto, también, de la
Atlántida? A la mezcla de sangre Cromañón e ibérica se debe el genio de
Shakespeare y de Burns, de Massinger y de Ben Jonson, Milton, Scott y, para
referirnos a nuestra época, H. G. Wells y Galsworthy son casi Cromañón
puros...»
Los
vascos también reclaman el ser descendientes de los habitantes de la Atlántida
y creen que su lengua, que no se relaciona con ninguna otra actual, es lo que
queda de la lengua original de la Atlántida. El gran erudito sueco del siglo
XIX Olaf Rudbeck creía, como muchos de sus contemporáneos, que su nombre se
recordaría principalmente por un inmenso tratado inacabado en el que «probaba»
que la Atlántida era la península escandinava, y Suecia el lugar de origen de
la civilización. Sin embargo, se le recuerda, en realidad, como el descubridor
del sistema linfático del cuerpo humano.
Cualquier
tratado sobre todas las sugerencias de lugares alternativos para la Atlántida
llenaría por sí solo un libro de considerables proporciones. El lector que se
interese por más detalles puede consultar el completo trabajo de L. Sprague
DeCamp que se titula Lost Continente (Continentes perdidos),
publicado por primera vez en 1954 y reimpreso, tras ser revisado, en 1970. Sus
disquisiciones geológicas son meditadas y sus argumentaciones son
fundamentalmente sensatas[57].
El mismo
proceso de aceptación y rechazo que permite considerar las numerosas
localizaciones alternativas de la Atlántida puede ser invocado con respecto al
enclave de los egeos. Entonces, ¿por qué debe tomarse con más seriedad que
otros? Porque, por primera vez, los dos elementos esenciales y absolutos del
relato de la Atlántida —una civilización superior y una catástrofe natural—
están presentes en ambas.
La
primera persona que pensó que era posible que los minoicos fueran el prototipo
de los habitantes de Atlántida fue el erudito K T. Frost, quien, primero en una
carta anónima enviada al Times de Londres el 19 de enero de 1909, y luego en
una exposición más detallada en que reconocía la autoría de la carta,
enfatizaba que la leyenda tenía sentido si se la consideraba como histórica
desde el punto de vista egipcio. A los egipcios, la desaparición de los
minoicos, cuando parecían ser más fuertes y más seguros, les debió de parecer
como si éstos se hubieran hundido en el mar. Pero los escépticos, que exigían
una sumersión literal de la Atlántida, no tardaron en señalar que Creta está
aún, en gran parte, sobre el nivel del mar. En 1928, un ruso, L. S. Berg, trató
de localizar la Atlántida en el Egeo, cerca de Creta. El Egeo se formó en
tiempos geológicos recientes (Cuaternario) por la subsidencia de un bloque de
tierra («Aegeis») que en otros tiempos unía la península balcánica con Turquía.
Pero hoy sólo quedan los puntos más altos sobre el nivel del mar que
constituyen las islas del Egeo. Berg creía que el recuerdo de estas antiguas
tierras podría haber sido transmitido a los minoicos, quienes, a su vez, las
pudieron mencionar a los egipcios durante sus transacciones comerciales, y que
estos últimos pudieron haber deducido del relato la tradición de una
catástrofe. Esta teoría no es muy recomendable porque requiere que se recuerde
el fin de los egeos después de diez o cien mil años, puesto que, en realidad,
este fin se produjo gradual e inadvertidamente.
Cuando
Marínatos propuso, en 1939, su teoría de la destrucción volcánica de la Creta
minoica, se apresuró a reconocer sus implicaciones para con la Atlántida. En
1950 publicó un trabajo en el que demostraba que, posiblemente, el mito de la
Atlántida había surgido de la fusión de varios episodios distintos que tuvieron
lugar durante un espacio de tiempo de alrededor de novecientos años, pero que
se centraban en «la destrucción de Thera acompañada por un fenómeno natural que
se percibió en puntos tan lejanos como Egipto» originando «el mito de una isla,
poderosa y rica más allá de lo imaginable, que terminó hundiéndose». Dado que
este trabajo se publicó originariamente en griego (la versión inglesa no fue
publicada hasta 1969, por el First International Scientific Congress on
the Volcano of Thera (Primer Congreso Internacional sobre volcanes de
Thera]), no recibió el general reconocimiento. El interés actual debe
atribuirse a A. G. Galanopoulos, quien, en una serie de trabajos que comenzaron
en 1960, se esfuerza en demostrar que las erupciones de la Edad del Bronce de
Santorín no sólo explican la Atlántida, sino también varios otros mitos y
tradiciones semihistóricas, incluido el diluvio de Deucalión.
Las
teorías de Marínatos y de Galanopoulos representan dos caminos distintos que
conducen desde la Creta minoica hasta la Atlántida. La ruta de Galanopoulos se
basa en la creencia de que la confusa información histórica que existe sobre
las erupciones de Santorín y sobre los minoicos fue llevada a Grecia desde
Egipto por medio de Solón, que la tradujo, y que fue transmitida a Platón,
quien la registró unos doscientos años después Para recorrer este itinerario es
necesario encontrar una explicación lógica a las diferencias entre la
descripción de Platón y lo que se sabe respecto de los minoicos y las
erupciones de la Edad del Bronce.
Se
comenzará por seguir la ruta de Galanopoulos, aunque no necesariamente paso a
paso. ¿Se puede ir desde Creta y Santorín hasta la Atlántida sin hallar algún
obstáculo insuperable? La única forma de averiguarlo es considerar
separadamente cada hito importante en la descripción de Platón (suponiendo, por
el momento, que se basa en un documento real) y juzgar si encaja en la Creta
minoica y/o Santorín y, de no ser así, si existe alguna explicación verosímil
para conciliar las discrepancias.
* * * *
1. Según
Timeo, la antigua Atenas se fundó nueve mil años antes de los tiempos de Solón,
y guerreó con la Atlántida en algún momento posterior no determinado; según
Critias, la guerra fue nueve mil años antes de los tiempos de Solón. (Si Platón
estaba en realidad informando, esta inconsistencia revela un cierto descuido
por su parte.)
Uno de
los argumentos fundamentales de Galanopoulos estriba en que todas las cifras
por encima de 100 (en los textos griegos) se han exagerado diez veces como
resultado de un error de traducción introducido cuando el sacerdote egipcio le
comunicó el relato a Solón: al traducir la palabra o símbolo egipcio de 100 se
registró como 1.000. Como se verá más adelante cuando se analicen otras
medidas, esta idea tiene bastante sentido, ya que reduce todas las cifras —ya
se refieran a tiempo, lugar o número de personas y barcos— a valores que son
compatibles con lo que se sabe de la Creta minoica. Sólo alguien que haya
tenido la oportunidad de comparar las traducciones con los originales puede
apreciar la bella simplicidad y la lógica del argumento de un error de traducción.
Como constante consumidora, a veces editora, y, en la actualidad, traductora
profesional de textos técnicos, os puedo asegurar que un error como el que
pretende Galanopoulos es trivial para la mayoría de la gente en comparación con
algunos otros escritos que he visto, tanto publicados como inéditos.
Se sabe
que Solón visitó Egipto cuando era joven. Por tanto, no es seguro el momento
exacto de su visita. Se cree, sí, que acaeció en algún momento entre 593 y 583
a.C., pero también pudo haber sido después del 570 a.C. De cualquier forma, si
se reemplaza 900 por 9.000 años, tanto la fundación de Atenas como la guerra
con la Atlántida se sitúan dentro de los límites de error admitido de los datos
obtenidos por el carbono-14 para las erupciones minoicas, y un conjunto de
datos (después de 1470 a.C.) se aproxima a la datación arqueológica para el fin
de la Creta minoica.
* * * *
2. «Este
poder vino desde el océano Atlántico... y había una isla que estaba frente al
estrecho... llamada las Columnas de Hércules: la isla era más grande que Libia
y Asia juntos...»
Galanopoulos
piensa que Platón trasladó la Atlántida al océano Pacífico, comprendiendo que
una isla de dimensiones tan exageradas no podía estar en el Mediterráneo.
Entonces, presentó argumentos para probar que las «Columnas de Hércules» se
referían al principio, no al estrecho de Gibraltar, sino a los cabos Malea y
Taenarum (Matapán) (véase Figura 28). No veo la necesidad de falsear la
geografía de las «Las Columnas de Hércules». Ya fuera el mismo Platón o algún
antiguo egipcio el que ubicó la Atlántida en el océano Atlántico, esto
significa que habría estado más allá del estrecho de Gibraltar, y Platón,
naturalmente, utilizaba el nombre por el cual él conocía el estrecho.
* * * *
3. «La
isla... era el camino hacia otras islas y, desde allí, se podía pasar a todo el
continente opuesto...»
No cabe
duda de que Creta era un paso entre África del Norte. Asia Menor, las islas
orientales del Mediterráneo y Europa. Como indica J. V. Luce, «desde el punto
de vista egipcio, ésta es una descripción bastante exacta de Creta como puerta
de entrada hacia las Cicladas y la parte continental de Grecia».
* * * *
4. La
Atlántida era un «reino grande y espléndido» que gobernaba también sobre otras
islas y parte del continente y había dominado a parte de Libia dentro de las
Columnas de Hércules «llegando hasta Egipto y, desde Europa, hasta Tirrenia».
Políticamente,
los minoicos controlaron Creta, muchas de las islas egeas y parte de la Grecia
continental, mientras que, desde el punto de vista económico, su influencia se
extendió, por lo menos, hasta Libia, Egipto y Sicilia.
* * * *
5.
Después de que los atenienses derrotaron a los agresivos atlantes, «...se
produjeron violentos terremotos e inundaciones, y en sólo un día y una noche...
todos los guerreros se hundieron juntos en la tierra, y también la isla de
Atlántida desapareció en las profundidades del mar».
Como ya
se indicara, a causa de las erupciones minoicas se produjeron intensas lluvias,
incluso a grandes distancias del volcán, y debido al efecto siembra de nubes de
las cenizas en la parte alta de la atmósfera y un tsunami que se originó en la
caída de Stronghyli (como se ha estado denominando a !a erupción previa de
Santorín), pudieron calificarse como diluvio cuando y donde se hicieron sentir.
La terminación de las explosiones principales pudo haberse interpretado como
terremotos, como en el caso del Krakatoa, o cabe que un seísmo tectónico se
produjese, dentro de un período razonable, después de la erupción. El clímax de
la erupción, incluyendo la caída de la caldera, pudo producirse en un día y una
noche. La noticia de la súbita desaparición de gran parte de una pequeña isla
debe de haber circulado durante un cierto tiempo por todo el Mediterráneo,
probablemente sin alteraciones. Al escucharla. ¿no es posible que los egipcios
ataran cabos y la unieran a la desaparición más o menos brusca de los comerciantes
minoicos? Pero, oyeran o no algo sobre la isla desaparecida, va qué agente
podían atribuir los hogareños egipcios la errónea interpretación de la
desaparición de toda Creta más que a un terremoto? Aún ahora, como ya se ha
visto, la gente cree toda clase de cosas imposibles sobre los terremotos.
* * * *
6. «...El
mar en esa parte es imposible de pasar o penetrar porque en el camino hay un
bajío pantanoso que se debe al hundimiento de la isla» (Timeo): «Y después de
haber sido hundida por un terremoto (Atlántida) se transformó, para los
viajeros de aquí que intentaban cruzar el océano que está más allá, en una
infranqueable barrera de lodo» (Critias).
No hay
bajíos en el Mediterráneo que puedan ser la base de esta teoría, pero tampoco
hacen falta. Como ya señalara Galanopoulos, cuando se produjo la erupción
minoica, el mar alrededor de Santorín debió de estar cubierto por una capa
espesa de pumita. Probablemente fue más espesa que la que se formó alrededor
del Krakatoa en 1883, y en ese caso llegó a tener más de diez pies (tres
metros) de espesor. Para los pequeños barcos de la Edad del Bronce, el mar
cubierto de piedra pómez resultaría verdaderamente imposible de navegar hasta
que la pumita que flotaba se dispersase gradualmente gracias al viento y a las
olas o cuando, saturada de agua, se hundiera hasta el fondo. Si la caída de la
caldera se produjo cuando la pumita todavía formaba esta capa, es decir, como
la culminación de una erupción, es más fácil comprender la conexión entre la
isla que se hundía y el bajío enfangado de la descripción.
* * * *
7. La
Atlántida estaba dividida en diez partes, gobernadas por los descendientes de
cinco pares de gemelos masculinos que habían nacido de Poseidón y de una
mortal, Cleito. El mayor se llamaba Atlas y era «rey sobre los demás». Sus
descendientes «poseyeron tal cantidad de riquezas como nunca habían poseído
antes los reyes y los potentados... y tenían todo lo que necesitaban, tanto en
la ciudad como en el campo, porque, debido a la magnitud de su imperio, muchas
cosas se recibían desde el extranjero...»
Esto es
compatible con lo que se sabe de la riqueza de los minoicos,
comerciantes-marinos gobernados por una confederación de sacerdotes sometidos a
la supremacía de Cnosos.
* * * *
8. En la
descripción de Platón, los detalles geográficos de la Atlántida no están del
todo claros, y esto se demuestra por el hecho de que distintos traductores
discrepan en cuanto a la versión precisa de varios pasajes. La parte del país
en que vivía Cleito era donde luego se levantó la Metrópolis de Atlántida, que
se describe como «el llano más bello y más fértil»; en el centro de éste había
una colina baja, a cincuenta estadios[58],
aparentemente, desde el borde del llano. Pero, la misma ubicación de este valle
es algo ambigua: dos traductores coinciden en que estaba hacia el
mar; un tercero dice al borde del mar y extendiéndose hasta
el centro de la isla.
Alrededor
de la colina, Poseidón había creado zonas alternativas, perfectamente
circulares, de mar y tierra. Todos los traductores están de acuerdo en que la
isla central, en la que se construyeron el palacio real y otros edificios,
tenía cinco estadios de diámetro; la zona interior de mar, un estadio: las
zonas de mar y tierra que seguían, dos estadios cada una; y la zona exterior de
mar y tierra, tres estadios cada una. Los posteriores reyes de Atlántida
construyeron puentes sobre las zonas de mar y dragaron un canal desde el mar
hasta el puerto interior. El canal tenía trescientos pies (noventa metros) de
ancho, cien pies (treinta metros) de profundidad (tres plethra y un plethrum,
en griego) y cincuenta estadios de longitud. Si dibujamos un plano siguiendo
estas especificaciones, se obtendrá un esquema como el de la figura 37.
La
descripción del campo circundante es menos clara. La traducción de Jowett dice
que toda la campiña era elevada y escarpada del lado del mar, pero rodeando
inmediatamente a la ciudad había un valle oblongo y llano, rodeado de montañas
que descendían hasta el mar. Según la traducción de Taylor, cada sitio cercano
al mar era elevado y abrupto, pero alrededor de la ciudad había un llano
circular «bordeado y encerrado por las montañas» que se extendían hasta el mar.
Y, finalmente, la versión de Loeb cuenta que toda la región «se elevaba
perpendicularmente desde el mar hasta una gran altura, pero que la ciudad
estaba en un suave valle.... circundado por montañas, que se dilataba hasta el
mar». Todos coinciden en que el llano tenía tres mil estadios de longitud y dos
mil de anchura. ¿«Esta parte de la isla miraba al sur y estaba protegida del
norte» (Jowett): o es que «toda la isla estaba orientada hacia el sur, pero sus
extremos lo estaban hacia el norte» (Taylor); o tal vez «esta región, a lo
largo de toda la isla, miraba hacia el sur y estaba protegida de los vientos
del norte» (Loeb)?
Figura 37. La Metrópolis de Atlántida, dibujada según las descripciones de
Platón.
¡No cabe
duda de que, como afirma Galanopoulos, Platón describía dos lugares distintos!
El sugiere que la Metrópolis de Atlántida estaba en la isla de Stronghyli, y la
Ciudad Real y el valle de sus alrededores en la parte continental de Creta,
siendo la primera el centro comercial y la segunda el asiento del gobierno. En
este contexto, los pasajes que describen Metrópolis podrían aplicarse a la
época anterior a la caída de Santorín. Las dimensiones resultan acertadas:
ninguna de las cifras es un número mayor que cien (en las unidades griegas), y,
por tanto, no han estado sujetas a un posible error de traducción. Si por
alguna razón Santorín era todavía una caldera antes de la erupción minoica,
como lo era Krakatoa en 1883, y si esa caldera estuvo llena parcialmente en la
siguiente erupción, lo mismo que se está llenando la caldera en la actualidad,
sólo que un poco más, es posible, entonces, que el Stronghyli tuviera una
depresión central con una pequeña colina en su centro. Pero, para que esto
encaje literalmente con la descripción de la Metrópolis, el fondo de la
supuesta caldera pre-minoica tuvo que ser lo suficientemente baja como para que
el mar fluyera por el canal artificialmente excavado (lo que supondría una
tremenda empresa de ingeniería aun en los depósitos piroclásticos), y esto no
es coherente con la actual interpretación de la configuración del volcán antes
de la caída. Hasta donde se sabe, se elevó desde el mar hasta formar un pico de
altura desconocida. En cualquier caso, aun cuando existiera alguna vez, buscar,
como se ha sugerido, los restos de la Metrópolis de Atlántida en la actual
bahía de Santorín se trata de algo excesivamente optimista. Cualquier resto de
obras humanas que pueda estar en el fondo del mar después de la caída, hace
mucho tiempo que habrá quedado enterrado bajo los productos de la erupción que
forman el actual Kamenis (véase Figura 31).
Por otra
parte, la semejanza entre el valle alrededor de la Ciudad Real y el llano de
Mesara, en Creta, es innegable. El valle de Mesara es ovalado y llano, se
encuentra al lado sur de Creta, está protegido del norte y sus dimensiones se
ajustan si se dividen por diez. Sin embargo, no es Cnosos la que está en el
valle de Mesara, sino Festos. y si Creta era la isla principal de la Atlántida,
sin duda, sería Cnosos la Ciudad Real. Luce desecha la idea de que la
descripción de Platón de la Metrópolis de Atlántida se refiera a Stronghyli y
sitúa la Metrópolis en Cnosos, que está en el montículo de Cefala, en un valle
fértil y rico.
* * * *
9. Se
dice que Poseidón dotó a la isla central de Metrópolis con agua corriente fría
y caliente por medio de dos manantiales.
El
manantial cálido se ha esgrimido en favor de Santorín como el enclave de
Metrópolis, ya que la actividad térmica se suele asociar con los volcanes. Como
regla general, esto es cierto, pero la asociación se produce cuando ha habido
actividad volcánica en el pasado geológico reciente, como es el caso del
Yellowstone National Park (Parque nacional de Yellowstone): muy raramente (si
es que alguna vez) se hallan inmediatos o alrededor de volcanes que aún están
en actividad. Las áreas termales de Islandia, por ejemplo, están ligadas a la
juventud geológica, pero en ellas actualmente las erupciones volcánicas se han
extinguido, mientras que no hay manantiales cálidos en Hekla y otros volcanes
vivos. En lo que a Creta se refiere, no es ni nunca ha sido volcánica. Hasta
donde se sabe, no existen allí manantiales cálidos, ni siquiera del tipo que se
debe a flujos surgentes que proceden del interior de la tierra (como los de
Carlsbad) y no a antiguos volcanes extinguidos.
* * * *
10.
Poseidón hizo «que surgieran del suelo, y en abundancia, todo tipo de
alimentos». Había gran cantidad de madera para el trabajo de los carpinteros, y
todo lo necesario para mantener a los animales salvajes y domésticos. Toda
clase de productos fragantes —raíces, hierbas, maderas o esencias destiladas de
las frutas y las flores, también frutos cultivados y castaños—, «todo esto,
agradable y maravilloso, lo tenía en infinita abundancia esta isla sagrada».
Esta
descripción de una tierra de esplendoroso verdor no se parece en nada a la
moderna y yerma Creta, y no hay fundamentos para suponer que el clima fuera
sustancialmente diferente hace tres mil quinientos años. Seguramente, el
Santorín de antes de la caída podría haber sido más húmedo si sus picos eran lo
bastante altos como para lograr que las nubes dejaran caer la lluvia en sus
flancos: y los árboles deben de haber sido más abundantes en Creta porque sus
bosques proporcionaron cipreses para los navíos venecianos hasta los tiempos
medievales. Creta llama la atención, aún hoy, por las plantas y las hierbas
aromáticas: el tomillo salvaje crece en todas partes propagando en el aire su
fragancia cuando se pisa al pasar; los líquenes comunes de Creta se han hallado
en las tumbas egipcias y pudieron importarse hasta allí para ser empleados en
perfumes, y los aceites aromáticos de Creta se usaban en Egipto para
embalsamar. En la Creta actual, también se cultivan frutas. Las viñas crecen en
todas partes y se utilizan para fabricar vino, para servir las uvas en la mesa
o preparar pasas de uva; las naranjas se cultivan, pero en suelos irrigados;
las higueras y los olivos también se hallan por doquier. Pero, por otra parte,
las grandes extensiones de Creta seguramente fueron siempre improductivas, aun
cuando la cantidad de tierra cultivada en los tiempos minoicos fuera la misma
que en la actualidad. En 1948l el 8% del suelo era de labranza; el 10% lo
constituían viñas, olivos y huertos; el 5%, barbecho; el 7%, forraje; el 2%,
bosques, y un 48% era madara, es decir, tierra desnuda utilizada para pastoreo
(especialmente ovejas y cabras); el restante 20% constituía la zona
improductiva y montañosa. Al menos la mitad de la madera debió
de constituir bosques vírgenes en los tiempos minoicos, pero los despeñaderos y
los torrentes debieron de existir y ser como los actuales. Además, ahora, la
mayor parte de los cultivos son posibles sólo gracias a los amplios terraplenes
y, en realidad, no hay modo de saber si los minoicos utilizaron de forma
semejante las escarpadas laderas de las colinas.
11. En la
Atlántida «había toda clase de animales, tanto los que viven en lagos y
pantanos y ríos como los que habitan en las montañas y en los llanos», y, entre
los animales salvajes, se encontraba el «más grande y voraz de todos»; el
elefante.
Los lagos
y los pantanos casi no existen en Creta y sólo hay dos cursos de agua
permanentes. Y si bien no resulta difícil imaginar que algunos elefantes
pudieran importarse a Creta como curiosidad, la lógica rechaza la idea de que
los rebaños erraran por allí. Un fresco egipcio muestra un mensajero cretense
portando un colmillo de elefante. Sin embargo, se ha dicho que quizá los
egipcios supusieron que el marfil venía de Creta, mientras que. en realidad,
los minoicos pudieron cazar elefantes en el norte de África, o adquirirlos en
sus relaciones comerciales con Siria, que se sabe que tenía elefantes en
tiempos de Tuthmosis III de Egipto, que reinó hasta 1439 a.C.
12. Los
atlantes «extraían de la tierra todo lo que allí se encontraba». incluso oricalco, «en
aquellos días más preciado que nada, excepto el oro».
Los
recursos minerales de Creta y de otras islas del Egeo son limitados Los
minoicos debieron importar una gran parte de los metales que necesitaban. El
oricalco, o «montaña de bronce», se supone que era una aleación de cobre y cinc
—en otras palabras, latón— que se fabricaba empíricamente agregando «cadmio»
(óxido de cinc) en polvo sobre el cobre fundido. Los antiguos desconocían el
cinc como metal. No se sabe si los minoicos conocieron el oricalco, ni si se
trata del oricalco mencionado en la descripción de la Atlántida, porque de este
último se dice que «brillaba con una luz roja», o «resplandecía con ardiente
esplendor», o «centelleaba como fuego», depende de qué traducción se lea: todo
lo cual indica un tinte rojizo que el oricalco conocido no tiene , ya que es
más blanquecino que el latón común.
13. El
palacio real construido en el enclave de la colina de Cleito era suntuoso, ya
que cada rey luchaba por sobrepasar a su predecesor en la ornamentación, «hasta
que lograron que el edificio fuera una maravilla por su tamaño y por su
belleza».
¿Cnosos a
la perfección?
* * * *
14. Cada
área del centro de la Metrópolis de Atlántida estaba rodeada por un muro de
piedra que se extraía de las profundidades de esas áreas. Una clase de piedra
era «blanca, otra negra y una tercera roja». El muro alrededor de la isla
central o acrópolis estaba cubierto con oricalco: el de la zona siguiente, con
estaño; y el que bordeaba la zona exterior, con latón. A cincuenta estadios desde
el puerto exterior «se llegaba a un muro que empezaba en el mar y seguía
alrededor» de Metrópolis, «al final del cual se hallaba la desembocadura de un
canal que llevaba hasta el mar».
Las
piedras blancas, rojas y negras se encuentran en Santorín, pero también en
cualquier sitio del Egeo. De cualquier modo, seguramente los minoicos no
rodeaban sus asentamientos con murallas, ni las revestían con metales ni con
cualquier otro material.
15. La
acrópolis que había sido la colina de Cleito se vio favorecida no sólo por la
instalación del palacio real, sino también por espléndidos templos, uno de
Cleito y Poseidón y otro sólo de éste, en el que había diversas estatuas de
oro, una inmensa del mismo dios, de pie en un carro romano, y otras imágenes
«dedicadas por particulares», mientras que en la parte exterior, bordeando el
templo, había estatuas de oro «a las que se les había dado los nombres de los
diez reyes» y de sus mujeres.
Decididamente,
los minoicos no construían templos ni erigían estatuas heroicas, ni tampoco,
hasta donde se conoce, adoraban a un dios del mar. Su religión parece haberse
centrado en una madre- diosa, de la cual sólo modelaban o tallaban pequeñas
figuras de 30 a 60 centímetros de altura.
16. En
torno a los manantiales de agua fría y caliente de que los había provisto
Poseidón, los atlantes construyeron edificios y plantaron árboles. «También
hicieron cisternas, algunas a cubierto y otras al aire libre, para usarlas en
el invierno como baños calientes. Había baños para los reyes y baños para uso
de la gente común... y había baños para las mujeres...»
Estos
detalles se ajustan a la vida minoica de palacio. Los palacios estaban
equipados con baños, no sólo para uso de sus habitantes sino también para los
baños rituales de los visitantes, antes de que éstos llegaran a presencia del
rey. En Cnosos al menos, la reina tenía su propio y elegante baño.
17. En el
valle en derredor de la Ciudad Real había un foso que la bordeaba, de cien pies
(treinta metros) de profundidad, trescientos pies (noventa metros) de anchura y
treinta mil pies (nueve mil metros) de longitud, que se llenaba con los cursos
de agua que descendían de las montañas, canalizados hasta el mar. Una red de
canales que se comunicaban, alimentados por el canal principal, cruzaba el
valle en varias direcciones y por ellos se enviaba la madera talada de las
montañas, y también se transportaba a la ciudad los productos del valle. Dos
veces al año «juntaban los frutos de la tierra, disfrutando de las ventajas de
las lluvias en invierno y de las aguas que proveía la tierra en el verano,
cuando se conectaban los cursos de agua a los canales».
Reduciendo
en diez veces las dimensiones de este sistema de canales coincide con el valle
de Mesara en Creta, pero, aunque la concentración de las lluvias en invierno
está de acuerdo con el clima mediterráneo, el total de precipitaciones caídas
que implica esta descripción es mucho más elevado que el que tiene Creta.
Tampoco existen rastros de un sistema de irrigación en el valle de Mesara ni en
ningún otro lugar, al menos hasta ahora.
* * * *
18. Para
fines militares, la Ciudad Real estaba dividida en sesenta mil lotes de diez
estadios cuadrados, cada uno con un conductor que debía participar con hombres
y materiales en caso de guerra: un carro romano por cada seis lotes, además de
caballos y jinetes, soldados armados con armas pesadas y livianas (estos
últimos incluían arqueros, hondero, lanzador de piedras y tiradores de
jabalina) y marinos para complementar mil doscientos barcos. Los otros nueve
gobiernos elevaban sus contribuciones de modo algo distinto que no se
especifica.
Reduciendo
estas grandes cantidades por el factor diez, la cantidad de barcos y carros
desciende a proporciones más creíbles. Sin duda, el sacerdote-rey de la Creta
minoica debió de compartir la responsabilidad para asegurar la defensa de la
nación, posiblemente en líneas generales, tal como se describe.
* * * *
19. Los
reyes de la Atlántida se encontraban cada pocos años para discutir sus
intereses comunes y para administrar justicia, y en esa ocasión aseguraban su
lealtad en una ceremonia que se describe con algún detalle. Se soltaba a los
toros en el templo y se los cazaba sólo con garrotes y lazos: el que se
atrapaba era conducido al pilar sagrado en que estaban inscritos los preceptos
de Poseidón y, luego, lo sacrificaban del modo habitual.
Si los
minoicos asociaban al toro con el dios del mar, como hacían los griegos —y,
hasta donde se sabe, no lo hacían—, o no. es obvio que lo creían sagrado, como
demuestra el hecho de que el toro es uno de los motivos más frecuentes en su
cultura. La caza de los toros con redes se describe en los vasos de oro
minoicos hallados en Vapheio, en Esparta. La representación de los toros atados
y listos para el sacrificio en el altar también se conoce. El salto del toro,
aunque era un espectáculo para el público, debió asimismo de poseer un
significado religioso, por lo menos en sus comienzos. La idea del pilar sagrado
ofrece otro elemento de semejanza con los minoicos, y hace más posible que los
atlantes fuesen los minoicos.
Suponiendo
que cuando los comerciantes minoicos dejaron bruscamente de ir a Egipto,
algunos sacerdotes egipcios recopilaran la información de que disponían
respecto de la geografía, el gobierno. las costumbres de los minoicos y las
circunstancias de su desaparición como gran poder, se puede esperar que su
relato contenga alguna información que sea razonablemente precisa, mucha que
estaba deformada en distintos grados y, posiblemente, algunos hechos que no
pertenecían en absoluto a Creta o a los minoicos. Revisando la argumentación
presentada en los apartados 1 a 19 que se detallan más arriba, se ve que 3. 4.
7. 13. 16, y especialmente el 19, se ajustan a la descripción general de la
Creta minoica, y que 1, 2, 5, 6, 8, 9, 17 y 18 pueden encajar, con correcciones,
a veces muy fácilmente, y otras sólo con argumentos tortuosos. Sin embargo. 11,
12, 14 y 15 resultan completamente opuestas a lo que se sabe. Y debajo de todo
esto hay una pregunta insistente: si Solón estaba tan impresionado con el
relato sobre la Atlántida que intentaba escribir un poema épico sobre ella,
¿por qué no se lo dijo a nadie, ni siquiera a su amigo más íntimo? ¿Temía que
otro escritor le robara la idea? Sin embargo, esto continúa sin explicar por
qué Critias. a su vez, guardó el relato para sí desde la edad de diez años, en
que lo escuchó por primera vez, hasta que fue el hombre maduro que se supone
compartía los Diálogos, porque él también proclamó que le había
impresionado profundamente.
* * * *
El
terreno que se atraviesa en el camino alternativo desde la Atlántida hasta la
Creta minoica se resalta por la premisa de que la descripción de Platón es
esencialmente de su propia invención, pero que probablemente no la hizo a
partir de nada. Según el sistema tradicional de los escritores, la tejió con
trozos de mito y de tradiciones que conocía, y adornó el conjunto con detalles
basados en su propia experiencia e imaginación. Si seguimos este camino no
necesitamos preocuparnos por explicar las discrepancias entre Atlántida y
Creta, aunque resulta interesante especular sobre las posibles fuentes de
algunos detalles. Nuestra tarea principal, a estas alturas, estriba en explicar
las semejanzas más importantes. ¿Cómo pudo Platón saber tanto sobre los minoicos,
que, en su tiempo, eran los olvidados súbditos de un rey mítico?
El mito
de Teseo incorpora uno de los dos ingredientes esenciales de la Atlántida y,
además, algunos detalles de la vida minoica. La dominación minoica del Egeo se
manifiesta en el hecho de que el mítico rey de Creta exigía tributos a Atenas.
Los jóvenes y las doncellas que bailaban peligrosamente delante de los toros
(frecuentemente, sin duda, con un final trágico) se transforman, en el mito, en
ese tributo que se sacrifica a un toro-monstruo. El laberinto del Minotauro es,
obviamente, el palacio de Cnosos. La victoria de Teseo sobre el Minotauro
refleja el hecho de que los griegos lograron el dominio sobre Creta.
Finalmente, el que los minoicos eran un poder marino se afirma directamente en
Tucidides. De este modo. Tucídides y el mito, ambos bien conocidos por Platón,
suministran la descripción de una nación marina, más fuerte que todos sus
vecinos, en cuya cultura el toro desempeña un papel importante, y que fue
sojuzgada por los antiguos griegos. O sea, si Platón eligió el supuesto mítico
pueblo de Creta como el prototipo de los minoicos, ¿no era lo más lógico que
diera a su país imaginario las características geográficas que le hiciesen
semejante a Creta, aunque decidiera cambiar su situación y sus dimensiones? Las
semejanzas geográficas permiten avanzar por este camino.
Al
asignar una religión a sus ficticios marinos atlantes, era también natural que
Platón los hiciera adorar al dios del mar sobre todos los otros, y que modelara
su culto sobre el de los griegos —incluido el toro como símbolo sagrado (que ya
era sobresaliente en el mito de Teseo) y la erección de templos y de estatuas
heroicas— llegando a rastrear sus ancestros hasta el mismo Poseidón. En cuanto
a los detalles del ritual atlante del toro, parece demasiada coincidencia que,
sólo con la imaginación. Platón se haya aproximado tanto a la realidad. ¿Es
posible que hubiese visto representaciones de la ceremonia minoica en obras de
arte como las copas de Vapheio, objetos perdidos para nosotros, pero que él
conocía como antigüedades de la antigua Creta, o incluso de origen desconocido?
Pero,
¿qué sucede con otro de los ingredientes esenciales del relato sobre la
Atlántida, su catastrófica desaparición? Ninguno de los mitos y tradiciones
referidos a la Creta minoica que podía conseguir Platón, hasta donde se sabe,
contiene ni pizca de semejante idea. ¿Pudo sobrevivir algún eco del suceso de
Santorín, al menos oralmente, hasta su tiempo, aunque no fuera necesariamente
vinculado a Creta?
La
erupción de la Edad del Bronce y la caída de la isla de Stronghyli debió resultar
impresionante en aquella época, y es sorprendente que la memoria de dicho
acontecimiento se hubiera desvanecido en los tiempos de Platón. En definitiva,
los indios de Klamath han preservado la tradición de una erupción similar que
sucedió hace más de 6.500 años (véase capítulo 6). No obstante, hay varias
razones por las cuales el recuerdo de un acontecimiento egeo pudo quedar
empañado más rápidamente. Los pobladores del área del Mediterráneo estaban
organizados en sociedades mucho más complejas que las de los indios, y su forma
de vida cambiaba rápidamente y, muchas veces, hasta con brusquedad. En el
intervalo entre la erupción de Santorín y el tiempo en que Platón escribió los
Diálogos se produjeron repetidas guerras y otros cataclismos. Frecuentemente,
la atención se centraba en los «peligros presentes y reales», y olas de
emigración llevaron a nuevos pueblos al antiguo ámbito. En cambio, los indios
Klamath siguieron con los mismos esquemas de existencia de la Edad de Piedra en
el mismo lugar durante varios miles de años, prácticamente sin cambios hasta la
llegada del hombre blanco.
Probablemente,
si los que estaban próximos a la escena hubieran sabido escribir, hubiesen
redactado alguna crónica de la erupción de la Edad del Bronce, y quizá tal
crónica hubiera resultado enigmática, como la de Old Mataram (Antiguo
Mataram). Pero, en aquel entonces, los griegos no tenían escritura, y la
escritura minoica Linear A sólo servía, aparentemente, para propósitos
limitados a usos domésticos o comerciales. Sobre todo, los antiguos habitantes
de Stronghyli no estaban oprimidos. Es posible que si no hubieran tenido tiempo
de huir, el hecho se hubiese estimado digno de consideración, desde el punto de
vista de sus contemporáneos, especialmente por aquellos que hubieran perdido
amigos o familiares en el desastre. Así, con el tiempo, habría surgido un mito
en el que se interpretara un justo castigo divino.
El
recuerdo de la erupción pudo oscurecerse para la época de Platón, pero no había
muerto por completo. Al menos, algunos ecos de ella han permanecido hasta
nuestros tiempos, si bien bajo la forma de mitos y tradiciones semihistóricas
que, obviamente, no guardan relación entre sí, ni tampoco con la erupción. Así
hemos de suponerlo, ya que las consecuencias de la erupción se debieron de
experimentar de un modo distinto a diferentes distancias de la fuente de
perturbación, y los que estaban en lugares apartados entre sí no tenían forma
de comparar sus impresiones y, por tanto, de entender o deducir que el fenómeno
que estaban presenciando tenía un origen común. Y de todos los efectos
producidos, el del tsunami, como el del Krakatoa, se debió de extender por todas
partes, ya que era el más desastroso y, por tanto, más fácil de recordar que
otros. Existe el diluvio de Deucalión, que, como ya se vio, cabe que sea un
recuerdo del tsunami de Santorín: y es evidente que Platón tenía a Deucalión en
la mente cuando escribió el Timeo, porque les hace mencionar a los sacerdotes
egipcios su diluvio, considerándolo como una de entre otras muchas catástrofes.
En Grecia
existen muchas tradiciones acerca de inundaciones, y algunas de ellas pudieron
surgir a causa de la erupción minoica: Platón pudo tomar de cualquiera de ellas
la idea del hundimiento, Apolodoro relata que, una vez. Atenea y Poseidón
lucharon por la posesión de Ática (una narración que Luce cree que podría
reflejar las tensiones entre los minoicos y los micénicos). Atenea creó el
olivo, y Poseidón un manantial. Cuando se decidió que la invención más útil era
la de Atenea. Poseidón, enfadado, inundó toda Ática, Pausanias dice que
Poseidón perdió una contienda similar, con Hera, por la posesión de Argos y
que, por esta razón, inundó el llano de Argive. Poseidón también luchó con
Atenea sobre Trecén, el lugar de nacimiento de Teseo, con consecuencias
similares: la ola era «el toro del mar» que arrolló a Hipólito, hijo de Teseo,
como se describe en una novela de Mary Renault. Los tres lugares están situados
en la parte este del Peloponeso, en donde el tsunami de Santorín debió de
percibirse intensamente. Sin embargo, no debe culparse a la erupción de
Santorín de la muerte del hijo de Teseo, ni de que los micénicos arrebataran el
poder a Creta, lo que se manifiesta en la muerte del Minotauro a manos de
Teseo, cuando éste era joven. Por tanto, o bien la tradición es inconsistente
(hecho que se produce con suma frecuencia), o el «toro del mar» fue un
terremoto común originado por un tsunami en una época posterior.
Luce cita
algunas otras tradiciones que, incuestionablemente, hacen referencia a
tsunamis, pero no necesariamente al de Santorín. En una región tan sísmica como
ésta se deben de haber producido muchos terremotos causados por un tsunami que
se habrían percibido con más fuerza que el de Santorín, aunque éste haya sido
el peor. Cuando Belerofonte, el joven que poseía a Pegaso, el caballo alado,
rechazó las insinuaciones de la mujer del rey Proteo, de Argos, ella lo acusó
de pretender llamar su atención. Proteo no podía matar a alguien que era su
huésped, de modo que envió a Belerofonte a Licia con una carta para el rey
Yóbates pidiéndole que matara al portador de la misiva. Pero el rey ya había
aceptado a Belerofonte como huésped antes de leer la carta y, por tanto, estaba
obligado por el código de hospitalidad. Envió a Belerofonte a matar la Quimera
que lanzaba fuego por la boca y que, supuestamente, era invencible (véase
capítulo 4), esperando que el joven muriera en su intento. Después de matar al
monstruo, hiriéndolo desde el lomo de Pegaso, que lo mantenía a una altura
segura. Belerofonte oró a Poseidón para que castigara a Yóbates, y todo el
valle de Lidia se inundó con una gran ola.
Estrabón
cuenta que, durante el reino de Tántalo, un gran terremoto devastó Lidia y
Jonia hasta llegar a Troya: los pantanos se transformaron en lagos y una ola
marina inundó toda la región alrededor de Troya. El extraño detalle de la
inundación de los pantanos puede ser, como sugiere Luce, el recuerdo remoto de
las lluvias torrenciales que siguieron a la erupción, pero también es posible
que la inundación de los pantanos se debiera a un terremoto que impidió el
drenaje, como ocurrió con el Reelfoot Lake (lago Reelfoot) (véase capítulo 5),
y que también pudo ocasionar un tsunami.
En una
tradición de Rodas se mencionan específicamente unas intensas lluvias junto con
una gran «inundación que vino del mar» -—lo que es una correcta descripción de
un tsunami— que arrasó la ciudad de Cyrbe. Después de la destrucción, la región
se dividió entre Lindos, Yaliso y Camiro, cada uno de los cuales fundó una
ciudad con su nombre. Según el testimonio de Luce, hay pruebas arqueológicas en
Triandra, en Rodas, de que, después de que ese asentamiento minoico quedó
destruido, se implantó cerca una colonia micénica, probablemente en Yaliso. Los
colonizadores minoicos reconstruyeron Triandra y coexistieron con los micénicos
durante cierto tiempo, pero, finalmente, fueron dominados por estos últimos,
coincidiendo, aproximadamente, con la destrucción final de Cnosos.
Hay otra
leyenda griega sobre inundaciones que se origina en Samotracia y que relata un
diluvio que sobrevino cuando las barreras que separaban el mar Negro del
Mediterráneo se rompieron de pronto y el Bósforo y los Dardanelos fueron
separados por el flujo de las aguas. En realidad, el pasaje desde el mar Negro
al Mediterráneo quedó cortado a fines del Pleistoceno, lo que se debió a la
normal erosión. Frazer denomina a esto «mito de observación», adjudicándolo al
acierto de algún antiguo filósofo que «imaginó el origen del estrecho, sin
poder explicárselo debido a la extremada lentitud del proceso por el cual la
naturaleza lo ha excavado». No obstante, el historiador Diodoro Sículo narra
que en sus tiempos (era contemporáneo de Julio César) los habitantes de
Samotracia aún ofrecían sacrificios en los altares colocados en todo el país
para marcar la línea hasta la que había llegado la gran inundación desde el
mar, lo que indica que existió una verdadera inundación que dio base a la
leyenda. Es posible que fuera el tsunami producido por el Santorín, como dice
Luce, pero, sin embargo, pudo también ser algún otro.
Luce
piensa que hay una referencia específica a la erupción de Santorín en el peán
de Píndaro para Delos, compuesto por haberlo solicitado las gentes de Keos.
Píndaro (522-428 a. C.) pone las palabras en boca de Euxantius, quien ensalza
la seguridad de una pequeña isla al abrigo de las intrigas y rivalidades de un
gran reino. Euxantius, hijo de Minos, rehusó, para poder permanecer en Keos, la
séptima parte de Creta. Como un presagio ante la posibilidad de abandonar Keos,
hace referencia a un antiguo desastre: «Temblé al oír el ruido de la batalla
entre Zeus y Poseidón. En una ocasión, con un rayo y un tridente hundieron un
trozo de tierra y toda una fuerza de combate al fondo del Tártaro, quedando
sólo mi madre y la bien protegida casa.» El ruido de la batalla puede muy bien
referirse a una erupción. Las explosiones de Krakatoa en 1883 fueron
confundidas con el fuego de cañones en varios lugares alejados y, en la época
en que el arco y la flecha eran las armas más poderosas de los hombres, tales
ruidos sólo podían atribuirse a un conflicto de los dioses. La parte de tierra
que se hundió en el Tártaro puede ser, según afirma Luce, la de Santorín que se
sumergió, y la «fuerza de combate» el desastre de la marina minoica como
resultado de la catástrofe.
Marinatos,
en cambio, cree que la caída de un ejército al Tártaro se refiere a la
devastación de la costa de Creta, y de otras partes, por el tsunami de
Santorín. Personalmente, opino que se refiere más bien al daño producido en el
mismo Keos. La destrucción, aparentemente injustificable, que revelan las
excavaciones en el asentamiento minoico de Hagia Eirene en esa isla se ha
atribuido al tsunami de Santorín: si la tierra y las gentes que cayeron al
Tártaro fueron las partes más bajas de Keos y sus habitantes, y si la casa
«bien protegida» (o con «poderosos muros») fue lo único que quedó sobre el
nivel de la destrucción, entonces la yuxtaposición de estas ideas parece tener
más sentido. Al mismo tiempo, resulta tentador pensar que la fuerza de combate
a que se refiere fuese un cuerpo militar, y que Píndaro aludiera al mismo hecho
que da base a la afirmación que hace Platón, en el Timeo, sobre «todos tus
guerreros en un cuerpo» que se hundió en la tierra al mismo tiempo que se
sumergió la Atlántida.
Además,
hay un elemento adicional en el mito de Talos (véase capítulo 6) que podría ser
un eco de la erupción minoica. Se dice que Talos tenía un hijo llamado Leucos
(«Blanco»), que expulsó al verdadero rey de Creta y mató a su hija Kleisthera
(«Llave de Thera»), con quien se había comprometido, y destruyó diez ciudades
cretenses. Luce piensa que Leucos representa las blancas cenizas minoicas que
«cubrieron las ciudades y los campos de Creta después de la “muerte” de Talos».
En la
crónica de los Argonautas hay un episodio que es factible que implique el
recuerdo de la erupción minoica. Cuando se alejaban de Creta por el mar,
después de derrotar a Talos, los Argonautas se vieron envueltos por un «negro
caos que venía del cielo, o algún otro tipo de oscuridad que surgía de las
cavidades más profundas de la Tierra», y se desorientaron por completo. Jasón
oró a Apolo, y el dios del Sol les guió, con el brillo de su arco dorado, a la
isla de Anafi (a unos 20 kilómetros al este de Santorín). Supongo que algún
barco griego se aventuró, acercándose demasiado, a Santorín durante alguna
calma pasajera en la erupción minoica y que quedó atrapado en una densa nube de
cenizas después de una inesperada y violenta explosión[59]; no
durante uno de los paroxismos, porque, a esa altura, el mar que rodeaba a
Santorín habría estado completamente lleno de pumita, lo que en absoluto habría
permitido la navegación, sino otro menor, pero capaz de producir un total
oscurecimiento que sólo fuese temporal y local. Este barco atracó en Anafi sólo
por casualidad si estaban desorientados, y, habiendo salido con vida para poder
contar la aventura, la tripulación agregó un detalle que podía incluirse en la
historia de Jasón y de los Argonautas por los que, más tarde, relataron el
suceso.
Un
incidente final en la saga de los Argonautas indica que alguien sabía que la
geografía de Santorín había sufrido un drástico cambio poco después del
episodio del oscurecimiento. En una primera etapa del viaje de regreso a sus
hogares, el Argo cruzó el lago Tritonis (que se cree que es el Chott Djerid. en
Túnez), en donde el dios local. Tritón, se había presentado a Euphemus, uno de
los pilotos del Argo, con un terrón de tierra. Cuando dejaban Anafi, en el
último tramo de su viaje. Euphemus tiró el terrón sobre la borda y éste se
transformó en la isla de Caliste, que hoy se conoce con el nombre de Thera.
En
la Teogonía de Hesíodo hay un gráfico pasaje que describe la
batalla entre Zeus y Tifón, que se mencionara en el capítulo 6; «Y el calor que
emanaba de ellos tiñó de púrpura el mar, y se produjeron truenos y rayos y
vientos de tormenta enfurecidos, y llameantes descargas de rayos. Y toda la
Tierra y el firmamento y el mar comenzaron a bullir. Y largas olas se
expandieron formando círculos ardientes que llegaron hasta las partes altas y
estalló un inacabable terremoto.» Luce comenta que «este pasaje puede
interpretarse como la descripción clásica de una erupción volcánica completada
con tormentas eléctricas, terremotos y marejadas. Pero se debe admitir que no
hay nada que haga suponer que se trate de Thera.» No estoy de acuerdo, hay algo
que la liga a la erupción minoica más que a ninguna otra, y esto es «la
marejada». Normalmente, los tsunamis no se asocian con las erupciones, sino con
las erupciones submarinas, y sólo unas pocas de ellas. La única erupción de la
antigüedad que pudo generar un tsunami, si la caída de la caldera fue súbita,
es precisamente ¡la erupción de la Edad del Bronce de Santorín!
* * * *
En
resumen, la mitología y las tradiciones griegas que se refieren a los minoicos
y a las erupciones de la Edad del Bronce pueden haber provisto los dos
ingredientes básicos de la historia de la Atlántida, pero, como ideas
independientes, requerían la fusión que realizó Platón, convirtiéndolas en la
historia que relató. Porque aunque sabemos que los minoicos debieron de sufrir
más que ningún otro pueblo las consecuencias de la erupción, no hay tradiciones
que, específicamente, unan a los minoicos con la catástrofe, o. por lo menos,
ninguna que haya sobrevivido hasta hoy.
Si las
dos ideas básicas de la Atlántida, el poder de una nación y su hundimiento
catastrófico, derivan de la yuxtaposición hecha por Platón, debemos considerar
Egipto como la fuente, pero no a partir de un documento específico que Solón
hubiese llevado a Grecia. Si se ha escrito alguna información sobre los
minoicos y su virtual desaparición, tienen que haber sido los egipcios quienes
lo hicieron. Por otra parte, es pedir demasiado que sus crónicas sean
correctas, de modo que más bien cabe esperar que exista alguna distorsión. No
es posible eliminar la posibilidad de que, directa o indirectamente, pero de
algún modo a través de Egipto. Platón conociera la historia del catastrófico
final del gran poder. Debido a la barrera del idioma y otras bases de confusión,
pudo no haber reconocido a Creta, pero sí elegir a los míticos minoicos como
prototipos de los atlantes, ya sea por la supuesta crónica o rumor que existía
sobre la gente de Creta o porque (lo que no es sorprendente) le recordaba a la
Creta que conocía, por el mito de Teseo y por su propia observación.
Tomando
todo esto en consideración, si se cree en la realidad del documento egipcio
«citado» por Platón en el Timeo y en Critias (que es dudoso), siguiendo así la
ruta de Galanopoulos, o si creemos que Platón imaginó a la Atlántida a través
de los mitos y de las tradiciones, algunas de las cuales venían desde Egipto,
pero que él alteró arbitrariamente, y agregó detalles de su propia experiencia
o su imaginación (lo que es muy posible), si, en definitiva, seguimos de este
modo la senda de Marinatos, es factible llegar a la conclusión de que la
Atlántida deriva de la Creta minoica. Este argumento no es más probable que
ninguno de los otros considerados, pero es más verosímil que muchos de los
existentes y, al menos, es menos refutable que otros. Ningún razonamiento que
no sea prueba tangible y documentada zanjará la cuestión, y no es muy posible
que esta prueba se descubra, aunque el argumento sea perfectamente válido. Aun
en el caso en que la civilización minoica no hubiese recibido el golpe de
gracia de Santorín, el argumento de una Atlántida minoica no queda eliminado,
ya que los minoicos fueron un hecho, y la erupción y caída de Santorín acaeció
y pudo haber sido Platón el que unió ambas realidades. De cualquier modo, es de
esperar que la Atlántida continúe siendo tema de discusión durante muchos años
más. No he encontrado ninguna forma mejor de resumir mi pensamiento que citar
una afirmación de Bruce Heezen, uno de los autores del trabajo sobre las
cenizas de Santorín, que sienta la teoría de la destrucción volcánica de la
Creta minoica sobre una firme base científica: «En lo que se refiere a la
Atlántida, es muy divertido, y podemos tener razón.»
Capítulo
X
Santorín, Egipto y el Mediterráneo Oriental
Si bien
Creta y otras islas del Egeo recibieron el mayor impacto de los distintos
fenómenos producidos por la erupción de Santorín en la Edad del Bronce, algunos
de sus efectos pudieron causar consternación o caos en lugares más distantes
del mundo mediterráneo. Egipto, aproximadamente a quinientas millas
(ochocientos kilómetros) de Santorín, y precisamente en el paso de los vientos
dominantes del noroeste (véase Figura 33), no pudo dejar de experimentar una
serie de espectaculares manifestaciones. Comparándolo con Krakatoa, cabe
suponer, sin temor a equivocarse, que al menos el Bajo Egipto se oscureció
durante cierto tiempo debido a la nube de cenizas que acompañó a los paroxismos
mayores, y que todo Egipto debió de escuchar el ruido o experimentar el golpe
de las olas que seguían a tales explosiones. Más aún: cualquier tsunami debió
de llegar hasta las costas del país. Además, los egipcios eran cultos, de modo
que sería sorprendente que ningún escrito hiciera mención de un fenómeno tan
inusual que podía ser interpretado como un efecto, directo o no, de la erupción
minoica. Y aun sería más sorprendente si los egipcios que registraron el
fenómeno se dieran cuenta de la conexión de éste con un hecho tan alejado,
aunque más tarde oyeran hablar de él.
Sin
embargo, no hay textos que se refieran a esta época particular de la historia
egipcia, que se produjo durante la dinastía XVI11 (véase tabla 2). Se ha dicho
que muy poco de la literatura de ese tiempo se ha preservado, debido a que
Akhenatón (Amenofis IV), el rey que trató infructuosamente de imponer una
religión monoteísta en Egipto, ordenó destruir la totalidad de las antiguas
escrituras en un esfuerzo por borrar toda mención de los nombres de antiguos
dioses. Sin embargo, algunas inscripciones y papiros posteriores se refieren a
hechos que debieron de suceder en la dinastía XVIII.
En el
papiro del Hermitage, en Leningrado, hay pasajes como el siguiente:
«El Sol
queda velado y no brilla a la vista del hombre. Nadie puede vivir cuando el Sol
queda velado por las nubes.
»Nadie sabe que es el mediodía... su sombra no se percibe. No hay brillo cuando
él (el Sol) está oculto... está en el cielo como la Luna.
»El río está seco, incluso el río de Egipto.
»El viento del sur soplará contra el viento del norte.
»La Tierra está cayendo en la desdicha.
»Esta tierra debe de estar perturbada.
»Te enseñaré una tierra que está cabeza abajo: en ella sucede lo que nunca ha ocurrido
antes.»
Y en el
papiro de Ipuwer, del museo de Leiden, se dice:
«La plaga
se extiende por toda la Tierra.
»La
sangre se halla en todas partes. El río está rojo. Los hombres se acobardan
tras probarlo... y tienen sed después del agua (de beber).
»¡Todo está en ruinas! Puertas, columnas y muros se consumen por el fuego. Las
ciudades están destruidas. ¡Oh, que cese el ruido de la Tierra y no haya más
tumultos!
»Los árboles están destruidos. No se encuentran frutas ni hierbas... hambre...
los granos han muerto por doquier.
»Todos los animales, sus corazones lloran... el ganado se lamenta. Mirad, el
ganado se ha extraviado y no hay nadie que lo reúna.
»La tierra está sin luz.»
Y,
finalmente, una inscripción en un altar de El Arish, que se ha indicado como
perteneciente a la época de Ptolomeo, o a los tiempos helenísticos, relata
hechos que sucedieron durante el reinado de un rey Thom (o Thoum):
«La
tierra está muy afligida. La maldad ha caído sobre esta Tierra...
»Hubo un gran trastorno en la morada...
»Nadie dejó el palacio durante nueve días, y en esos nueve días de trastornos
hubo una tempestad que ni los hombres ni los dioses veían la cara de su
vecino.»
Sin duda,
parece haber sucedido algo que no tenía precedentes, incluyéndose fenómenos que
hacían una referencia directa a una nube de cenizas que produjo un
oscurecimiento, y que se escuchó el sonido y el choque de las olas del
paroxismo más importante de la erupción de la Edad del Bronce. También se
sugiere algo de un terremoto.
Tan
pronto como se descifraron estos escritos egipcios fragmentarios, se resaltó la
similitud que existía con la descripción bíblica de las plagas de Egipto. Hay
que admitir que algunos de los paralelos son muy próximos cuando se comparan
pequeños extractos fuera del contexto, pero son demasiado similares para
descartarlos como mera coincidencia. Recientemente. J. G. Bennett señaló que
ambos, el relato bíblico y el escrito egipcio, tienen muchos rasgos comunes con
el informe sobre la erupción de Tambora, de 1815, así como la mejor documentada
de Krakatoa en 1883. En su relato del desastre de Tambora en su History
of Jaua (Historia de Java), sir Stamford Raffles menciona el
oscurecimiento del Sol, una lluvia de piedras y granizo, plagas de insectos, un
remolino de viento, la destrucción de las cosechas (por las cenizas caídas) y
de los animales (por falta de forrajes), y las epidemias, atribuyéndolo todo,
de un modo u otro, a los efectos de la erupción. Bennett cree que las plagas de
Egipto que prepararon el camino del Éxodo fueron, en realidad, efectos de la
erupción de Santorín cuando ésta se percibió a cientos de kilómetros de
distancia.
Los
eruditos sobre la Biblia no están de acuerdo acerca de la probable fecha en que
se produjo el Éxodo, pero una de las posibilidades lo sitúa en 1446-1447 a.C.
(la otra, alrededor del 1200 a.C.). Esta fecha se basa en una frase del Libro
de los Reyes 6:1, que dice que Salomón comenzó a construir el templo de
Jerusalén en el cuarto año de su reinado, 480 años después del Éxodo. El
reinado de Salomón se ha fijado, con aceptable grado de certeza, entre 970-930
a.C. Supongamos por un momento que 1447 a.C. es la fecha correcta, y examinemos
las plagas de Egipto a la luz de su posible conexión con la erupción minoica.
1. «...Y
todas las aguas que estaban en el río se volvieron de sangre. Y los peces que
estaban en el río murieron, y el río apestaba y los egipcios no podían beber
del agua del río; y había sangre en toda la tierra de Egipto» (Éxodo 7:20-21).
Galanopoulos,
elaborando el pensamiento de Bennett, ha indicado que lluvias cargadas con
cenizas rojizas pudieron caer sobre Egipto. Es verdad que las cenizas minoicas
más profundas de Santorín son de un color rosa pálido y que algunas cenizas
finas de esa fase de la erupción pudieron llegar hasta Egipto. Sin embargo, la
mayor parte del material que llegó tan lejos habría sido la pumita superficial,
que es más blanca. Tanto el relato bíblico como el egipcio acentúan el aspecto
sangriento de las aguas, pero incluso cantidades mayores de cenizas rosadas es
muy difícil que sugieran sangre, ni siquiera en forma figurada. Y si durante
una tormenta cayó material rojizo o rosado en tan grandes cantidades como para
que las aguas del río se tiñeran sensiblemente, ¿no hubiera sido la lluvia
misma más colorida y más idónea para inspirar un relato de una lluvia de
sangre?
Hay un
modo más fácil de que las aguas tomen un color rojo sangre. A lo largo de la
historia se han registrado muchos casos en que las aguas se han enrojecido. Las
algas, de agua salada o dulce, producen pigmentos rojos, y lo mismo ocurre con
algunos protozoarios. En su texto sobre Modera Microbiólogo (Microbiología
moderna). W. Umbreit afirma: «Ninguna (de las algas) provoca enfermedades, pero
algunas, al crecer, secretan sustancias venenosas. A veces se desarrollan con
tal vigor que originan mareas venenosas que pueden ser verdes, rojas, amarillas
o marrones. De hecho, este tipo de crecimiento de las algas pudo muy bien ser
una de las plagas de Egipto...»
No sólo
cabe que se diese una proliferación de las algas o de otros organismos que
secreten pigmentos que tiñeran de color «sangre» las aguas del río y las
lagunas, sino que existe una remota posibilidad de que dicha proliferación se
relacione con la erupción de Santorín. En 1850. C. G. Ehrenberg registró más de
cincuenta casos de lluvias y nieves «sangrientas» desde 730 a.C. hasta 1850. e
hizo una lista de varias algas que en algunos casos específicos, las producen.
Muchos de estos sucesos coincidieron con lluvias meteóricas y otros fenómenos
anormales. Sería muy interesante investigar la posibilidad de descubrir si el
régimen meteorológico normal de todo el Mediterráneo oriental fue alterado por
la erupción de Santorín. y si esto provocó condiciones favorables para que se
desarrollara algún tipo de organismo que secretara pigmentos, en el caso de
Egipto. Pero esto es tarea para un «biomitólogo».
2. «...Y
salieron las ranas y cubrieron el suelo de Egipto» (Éxodo 8:6).
Gaianopoulos
piensa que las perturbaciones meteorológicas ocasionadas por la erupción
levantaron remolinos de viento que, al pasar sobre los lagos y los ríos,
arrastraron a las ranas a otra zona. Hay casos en que, literalmente, han
«llovido» ranas y otros pequeños animales. Pero, una vez más, creo que hay una
explicación más simple para aclarar la presencia de tales batracios.
En Nuevo
México vi directamente, durante un verano, cómo una humedad anormal en el
desierto es capaz de lanzar, desde el suelo, miles de ranas. Un día, después de
un aguacero que se había producido a varios kilómetros de distancia, en la
montaña, un arroyo, normalmente seco, se desbordó en cuestión de minutos
inundando el suelo. El agua permaneció allí bastante tiempo antes de
absorberse, ¡y de pronto había ranas por todas partes! Sin duda estaban en el
suelo, en un estado de vida latente, esperando la humedad para emerger y
alimentarse. No eran tantas como las ranas bíblicas, pero sin duda
constituyeron una plaga, con su coro incesante, día y noche. En pocos días, las
aguas se secaron y las ranas desaparecieron tan súbitamente como habían
aparecido.
¿Cómo
resultado indirecto y remoto de la erupción de Santorín se produjeron lluvias
especialmente fuertes que fueron la causa de la plaga de ranas de Egipto?
3. «...Y
el polvo de la tierra... se transformó en piojos en los hombres y en las
bestias; todo el polvo del suelo se transformó en piojos en todos los lugares
de Egipto» (Éxodo 8:17).
4. «...Y
llegó un gran enjambre de moscas hasta la casa del faraón y a las casas de sus
sirvientes y en toda la tierra de Egipto: el suelo se echó a perder por el
enjambre de moscas» (Éxodo 8:24).
Si las
condiciones anormales de humedad pueden producir ranas, también pueden
favorecer la reproducción de los piojos y las moscas, que explicarían las
plagas tres y cuatro.
5. «...Y
todo el ganado de Egipto murió, pero no el ganado de los hijos de Israel»
(Éxodo 9:6).
6. «...Y
cogieron las cenizas del horno y se pusieron de pie delante del faraón; y
Moisés las espolvoreó hacia el cielo; y se transformaron en hervor sobre los
hombres y los animales, que se llenaron de llagas» (Éxodo 9:10).
Decididamente,
la «peste de las bestias» recuerda a las ovejas envenenadas de Islandia en 1947
y 1970 a causa de las erupciones del Hekla. Durante las primeras dos horas de
las erupciones relativamente menores, que comenzaron el 5 de mayo de 1970, las
violentas explosiones lanzaron lluvias de cenizas sobre alrededor de veinte mil
kilómetros cuadrados a la redonda hacia el norte y nordeste del volcán. Las
malditas partículas, que cayeron cerca del volcán, contenían cien partes por
millón de flúor: las partículas más finas, que cayeron sobre algunos de los
terrenos de pastos más importantes del país, contenían dos mil partes por
millón. Las ovejas que comían la hierba con polvo que contenía las cenizas
venenosas murieron al cabo de unos pocos días si la dosis ingerida era lo
suficientemente alta; en caso contrario morían por hambre cuando los nocivos
efectos impedían que pudieran comer hierba. Afortunadamente. la mayor parte de
los granjeros siguieron las indicaciones oficiales y pudieron conservar sus
vacas, y tantas ovejas como fue posible, cobijándolas bajo techo hasta que las
lluvias eliminaron el nocivo polvo de las hierbas. Sin embargo, se perdieron
por lo menos 6.000 corderos y 1.500 ovejas.
Las
tóxicas cenizas de esta erupción relativamente menor llegaron a más de mil
doscientos kilómetros de su origen, si bien no se conoce el límite exacto que
alcanzaron, puesto que cayeron en el mar. En la mayor parte de los puntos en
que se depositaron tenían sólo un poco más de un milímetro de espesor, como
término medio. No resulta, por tanto, descabellado suponer que las cenizas
minoicas, que provenían de un magma algo más rico en sílice, contenían flúor o
alguna sustancia capaz de envenenar al ganado. De cualquier modo, por supuesto,
pudo haber presencia de flúor, o de algo parecido, en las cenizas que cayeron
en Creta, aunque allí las concentraciones acaso no fueron tan altas como para
sumarse al daño de la lluvia de cenizas per se. Sólo las cenizas más finas
llegaron hasta Egipto, y en el caso de Hekla eran las cenizas más finas las que
contenían la mayor concentración de flúor.
Por
supuesto, es difícil que ésta o cualquier otra desgracia afectara el ganado
egipcio y, al mismo tiempo, no al de los israelitas, de modo que cabe presumir
que este detalle se debe a una exageración chauvinista por parte del que
narraba la tradición: a no ser que, por alguna razón, los israelitas hubieran
puesto a resguardo su ganado y lo alimentaran directamente durante el período
crítico.
Incluso
no resulta descabellado estimar que gente que no estaba acostumbrada a bañarse,
y los animales otro tanto, comenzaran a «hervir y llenarse de ampollas» si el
polvo de cenizas contenía sustancias irritantes. Las implicaciones de la lluvia
de cenizas que caen del cielo son también un poco sugestivas, aun cuando se
advierta que antes fueron lanzadas hacia el cielo por Moisés.
7. «Y
Moisés prolongó su camino hacia el cielo: y el Señor envió trueno y granizo, y
el fuego se extendió sobre los campos... De modo que hubo granizo, y el fuego
se mezcló con el granizo, muy horrible, y como ése nunca hubo otro igual en la
tierra de Egipto desde que era una nación. Y el granizo castigó todas las
tierras de Egipto, todo lo que estaba en los campos, tanto hombres como
bestias: y el granizo castigó a todas las hierbas del campo y a todos los
árboles» (Éxodo 10:23-26).
Muy
frecuentemente, el granizo se asocia a una lluvia de cenizas porque las
partículas de ceniza actúan como un núcleo alrededor del cual se condensa el
hielo. Más aún, toda la clase de fenómenos eléctricos es factible que se
asocien con una lluvia de cenizas, incluso en lugares muy alejados de la
erupción. Por ejemplo, cuando se produjo la erupción del Hekla en 1766, el aire
estaba tan cargado de electricidad en Skagafjördur, situado a trescientos
veinte kilómetros del volcán, que la veleta de hierro del tejado de una iglesia
parecía que lanzaba lenguas de fuego, y en Holar, que está en el mismo
territorio, las pértigas y los bastones brillaban con una luz fosforescente.
También se observaron precipitaciones radiactivas fosforescentes en la
atmósfera a cincuenta millas (ochenta kilómetros) de la erupción del Krakatoa.
8. «Y el
Señor envió un viento del este sobre la tierra durante todo el día, y toda
aquella noche; y cuando llegó la mañana, el viento del este trajo la
langosta... y no quedó nada verde... en toda la tierra de Egipto» (Éxodo 10:13,
15).
Es
difícil, de alguna forma, relacionar la plaga de langostas con la erupción
minoica. a no ser que el viento del este que las trajo fuera parte de los
efectos meteorológicos. De otro modo, las langostas serían sólo una
coincidencia que añadiría el insulto al agravio. Por supuesto, las desastrosas
plagas de langostas no son raras en esta parte del mundo.
9. «Y
hubo una espesa oscuridad en toda la tierra de Egipto durante tres días: nadie
veía a los demás, ni tampoco nadie se movió en tres días del sitio en que
estaba...» (Éxodo 10:22).
¿Qué
mejor descripción podría hacerse de la densa oscuridad que se produjo como
consecuencia de la erupción de Santorín, semejante a la del Krakatoa? Las
discrepancias entre la versión egipcia y la bíblica, en cuanto a la duración
del oscurecimiento, puede atribuirse fácilmente al hecho de que ambas crónicas
se recopilaron cientos de años después del suceso.
10. Y
sucedió que a medianoche el Señor aniquiló a todos los primogénitos de
Egipto... y a todos los primogénitos del ganado» (Éxodo 12:29).
La
enfermedad y muerte de las gentes y de los animales pudo deberse a los efectos
indirectos de la erupción, porque los piojos y las moscas criados en las
condiciones excepcionalmente húmedas fueron capaces de provocar enfermedades.
Aunque en las erupciones históricas de Santorín los gases tóxicos produjesen
náuseas en las personas, o incluso violentos trastornos, a distancias de hasta
sesenta millas (noventa y seis kilómetros) en la dirección de los vientos, no
es probable que dichas emanaciones llegaran hasta Egipto, y menos aún tan
concentradas como para matar a todos los jóvenes o a los débiles. En cualquier
caso, la selectividad que supone el afectar únicamente a los primogénitos sólo
puede considerarse figurativamente.
* * * *
En
resumen, la plaga de la oscuridad es la que más fuertemente puede estar ligada
a la erupción de Santorín. En realidad, es difícil explicarla, excepto como
consecuencia de los efectos de una nube de cenizas. Todos los otros posibles
vínculos son exclusivamente especulativos. Componen una tambaleante pirámide
invertida de condicionantes: si la erupción influyó sobre el clima de una
amplia región (como puede haber sucedido, al menos en el sentido de provocar
más lluvias que las habituales) y si, como consecuencia, hubo tormentas
eléctricas y granizo, y suficientes lluvias para que todo tuviera un grado de
humedad mucho mayor al de una tierra normalmente muy seca, en ese caso se
pudieron crear las condiciones apropiadas para que algunas de las plagas se
produjeran. No es posible probar la presencia de flúor en las cenizas, ni
tampoco el que no lo hubiera y, por tanto, continúa siendo una mera
posibilidad. Pero, sea lo que fuere lo que sucedió con respecto a la historia
de Egipto, la erupción minoica debe haber sido la causa de una serie de
manifestaciones muy alarmantes, desagradables en extremo e incluso totalmente
inusuales, que parecieron de origen sobrenatural. Si tales manifestaciones
tuvieron lugar cuando Moisés agitaba a las gentes en favor de la liberación del
cautiverio de los israelitas, pudieron constituir la razón por la cual el
faraón se decidió, finalmente, a permitir que se marcharan.
La idea
de que el Éxodo y la erupción minoica estuvieron relacionados está en parte
sostenida por el hecho de que muchos de los primeros padres de la Iglesia, como
Agustín. Eusebio e Isidoro, arzobispo de Sevilla, trataron de emparentar a
Deucalión y a Ogyges de las tradiciones griegas sobre inundaciones, con las
figuras bíblicas. Isidoro consideró a Ogyges contemporáneo de Jacob, y a
Deucalión de Moisés. Julio Africano, por su parte, consideró a Ogyges como
contemporáneo de Moisés. Todos ellos aceptaban la tradición firmemente
establecida de que la inundación de Ogyges era la más antigua. Velikovsky, cuya
teoría de la colisión cósmica requiere dos catástrofes en que la primera fue
más fuerte que la segunda, relaciona a Deucalión con el Éxodo y traslada la
inundación de Ogyges hasta los tiempos de Josué.
* * * *
La parte
más impresionante de la historia del Éxodo es el milagro de la división de las
aguas del mar Rojo. En este caso, otra vez, la similitud entre la Biblia y la
inscripción de El Arish no deja ninguna duda de que algo muy anormal sucedió, y
que sus consecuencias fueron desastrosas para los faraones egipcios. La
inscripción cuenta que durante el tiempo de la oscuridad y de las tempestades,
el rey Thom (o Thoum) condujo a sus fuerzas a luchar contra los «compañeros de
Apopi» (el dios egipcio de la Oscuridad), y que se perdió en un remolino en un
lugar denominado Pi-Kharoti. Este es, sin la menor duda, el mismo que
Pi-ha-Hiroth (o -Khiroth), donde los israelitas acamparon justo antes de cruzar
las aguas. Desgraciadamente. no se sabe dónde estaba Pi-ha-Hiroth. Ni tampoco
la Biblia aclara qué faraón gobernaba Egipto en el momento del Éxodo. Su nombre
se menciona como «Rameses», del que muchos estudiosos piensan se refiere a
Ramsés 111, que reinó alrededor del 1200 a.C. Sin embargo, si el Éxodo comenzó
480 años antes de que Salomón iniciara la construcción de su templo, el faraón
no pudo ser Ramsés III ni ningún otro Ramsés, porque, según la actual
cronología aceptada, fue Tuthmosis III el que reinaba entonces. El argumento de
que era Tuthmosis III coincide con lo que afirman las fuentes egipcias: el
historiador egipcio Manetho se refiere a un rey llamado «Tutimacus» o
«Timaios», en cuyo tiempo cayó sobre Egipto la desaprobación divina. (¿Podría
ser «Thom» o «Thoum» otra versión del nombre de Tuthmosis? La versión de
Manetho ha sobrevivido sólo como cita de otros escritores posteriores.)
Se ha
dicho que Tuthmosis III era un gobernante demasiado fuerte como para permitir
que los israelitas dejaran Egipto e invadieran Canaán, una región que
controlaba Egipto en ese momento, mientras que, bajo el reinado más débil de
Ramsés III, Egipto había comenzado a desintegrarse. Este argumento ha sido
refutado por Bennett, que señala que el Libro del Éxodo define sin lugar a
dudas al faraón como un gobernante poderoso que sólo podía vacilar frente a un
terror bajo el cual se sintiera indefenso.
En todo
caso. Galanopoulos ha indicado que cabe explicar no sólo las plagas de Egipto,
sino también el milagro del cruce del mar Rojo en términos de la erupción de
Santorín, es decir, por el tsunami producido por la caída de la caldera que
sería responsable de la inundación de Deucalión. De ser así. Pi-ha-Hiroth debió
de estar en la costa del Mediterráneo. Los estudiosos de la Biblia hace mucho
que sostienen que la masa de agua que cruzaron los israelitas no era el mar
Rojo que hoy conocemos como tal, sino una masa de agua salina. El nombre hebreo
en el manuscrito original es «Jam Suf», que significa «Reed Sea» («mar del
Cañaveral»), y las cañas no crecen en agua salada. En las costas de la
península de Sinaí. a lo largo de la cual ha existido desde lejanos tiempos una
ruta principal desde Egipto hasta los países del Mediterráneo oriental, hay una
laguna que en la actualidad se llama Sebkha el Bardawil, que, en los tiempos de
Herodoto, se conocía con el nombre de Sirbonis Lake (lago Sirbonis) (Figura
38). Este es el lugar que han elegido algunos estudiosos como aquel por el que
se cruzó y con el que coincide Galanopoulos. A corta distancia de la costa, las
vallas y lenguas de tierra, cortadas por estrechos canales, separan las aguas
de la laguna del mar abierto. Durante la retracción de las aguas que se produce
antes de un tsunami, la laguna pudo vaciarse total o parcialmente, volviendo
después las aguas pasando sobre las vallas. De este modo, los israelitas
pudieron cruzar por un tramo del fondo de la laguna cuando las aguas se
retiraron, mientras que los que los perseguían fueron atrapados por el mismo
tsunami.
Sin duda
un gran tsunami, uno particularmente grande originado por la caldera, pudo
producir los efectos descritos para Sebkha el Bardawil y otras lagunas a lo
largo de la costa. El problema principal que plantea esta hipótesis radica en
el tiempo. En realidad, resulta una coincidencia de proporciones astronómicas
que los israelitas estuvieran en el punto preciso en el momento exacto, lo que,
al parecer, sólo la intervención divina podía determinar y, entonces, se ha
tratado de sustituir otro milagro con una explicación científica. Sin embargo,
pensándolo mejor, la coincidencia es algo menos asombrosa. Si se supone que la
erupción minoica fue la causa básica de. al menos, algunas de las plagas que
allanaron el camino para el Éxodo, y si la caída de una parte importante de la
caldera se produjo poco después del clímax de la erupción, entonces los
israelitas pudieron estar en la costa en el momento oportuno, suponiendo, claro
está, que la ruta que tomaron fuera ésa. Es más. Sebkha el Bardawil no es el
único lugar para el cual es válida la teoría. El mecanismo propuesto pudo
funcionar lo mismo en la laguna de Manzala (véase Figura 38), otro de los
lugares que los estudiosos consideran posible.
Figura 38. Mapa del delta del Nilo y áreas adyacentes. Se indican los brazos
del Nilo y la Sebkha el Bardawil tal como son hoy. Es probable que fueran algo
distintos en el tiempo del Éxodo. La línea de puntos indica los lugares que se
han propuesto como el verdadero punto en que las aguas del mar Rojo se
separaron para que pasaran los israelitas.
Pero aun
cuando sea factible situar a los israelitas en el punto y en el momento
precisos, es difícil imaginar cómo se logró el paso en el tiempo de que se
disponía entre el instante en que se retiraban las aguas y cuando retornaron.
Generalmente, estos intervalos duran, como máximo, media hora. En el caso
excepcional del tsunami de Santorín, dicho tiempo pudo prolongarse un poco más,
pero todo el que se gane está compensado por el hecho de que las aguas de una
laguna sólo tienen estrechos canales para su desagüe y, por tanto, no
descienden tan rápidamente como en la costa abierta, aun cuando se dé el caso
de que las aguas sean relativamente bajas. Sin embargo, cuando retorna la ola,
no se verá obstaculizada por este inconveniente, ya que se vuelca sobre las
fajas de arena que separan a la laguna del mar. O sea, que el intervalo entre
la máxima exposición del fondo seco y la máxima inundación es menor que en la
costa abierta. Aun cuando los Hijos de Israel fueran, en ese momento, sólo
alrededor de seiscientos, como ha sugerido Ben Gurion, sería un problema
conseguir cruzar lo que, posiblemente, era una extensión pantanosa en el
limitado tiempo de que disponían y teniendo en cuenta que eran muchos hombres,
mujeres y niños que llevaban sus ganados y sus posesiones indispensables para
poder sobrevivir en el desierto. Sin embargo, no es imposible, especialmente si
debían cruzar sólo un pequeño rincón de la laguna. El lugar marcado con una X
en la figura 38, por ejemplo, pudo haber sido uno de los primeros sitios expuestos
cuando las aguas se retiraron, mientras que el canal que une la laguna con el
mar (el lugar sugerido por Galanopoulos y Bacon) sería el último sitio en
secarse.
Por la
configuración actual de Sebkha el Bardawil (si se acepta como el lugar, por el
momento) es imposible determinar dónde pudieron acampar los israelitas, ni
tampoco dónde, exactamente, cruzaron, porque los bancos de arena y las lenguas
de tierra que enmarcan las lagunas son rasgos topográficos variables que se
modifican constantemente debido a la acción de las olas y de las corrientes. Un
mapa de Sebkha el Bardawil, publicado en 1875, muestra una forma diferente, con
dos canales que lo comunican con el mar. El informe de Estrabón dice que sólo
había un resquicio. ¿Quién es capaz de decir cómo era alrededor del 1447 a.C.?
No obstante, las posibles diferencias de matiz no invalidan, de ningún modo, la
premisa básica de este mecanismo del cruce, y si alguna vez se prueba que
Pi-ha-Hiroth estaba en la costa, la teoría de Galanopoulos se verá sólidamente
fortalecida. Hasta entonces, no pueden descartarse otros puntos propuestos.
La
descripción que hace del sitio la Biblia carece de información hasta un grado
increíble sobre dónde estaba éste. Se había instruido a los israelitas para que
«giraran y acamparan delante de Pi-Hahiroth, entre Migdol y el mar, sobre
Baalzephon: delante del cual acamparéis junto al mar» (Éxodo 14:2). Respecto
del cruce mismo, dice: «...Y el Señor hizo que el mar se retirara por un fuerte
viento toda la noche, y transformó el mar en tierra seca y se separaron las
aguas» (Éxodo 14:21). Se cree que las inscripciones egipcias que se refieren a
esta época también mencionan tempestades. Los vientos fuertes pueden hacer
retroceder las aguas relativamente bajas en el nacimiento del golfo de Akaba o
el de Suez, o en algunos de los lagos ahora unidos por el canal de Suez (véase
Figura 38). Esto podría haber proporcionado a los israelitas hasta siete horas
para efectuar el paso, en vez de bordear la masa de agua junto a la que
acamparon; luego, una súbita disminución del viento, o un cambio en su
dirección, permitió que las aguas volvieran rápidamente, ahogando a los
egipcios. El nacimiento del golfo de Suez o el de Akaba son demasiado salados
para ser el «Reed Sea»; los Bitter Lakes (lagos Amargos) constituyen una mejor
elección. Por la forma de la línea costera (véase Figura 38) no es difícil
imaginar que un fuerte viento del este separase las aguas del Great Bitter Lake
(Gran lago Amargo) hacia su lado norte, dejando al descubierto el cerro bajo
que lo separa del Little Bitter Lake (Pequeño lago Amargo) (en el que hay mucha
menos agua, y en el cual, cualquiera que fuere la acumulación que se produjera,
ésta habría sido contra la costa occidental. y no contra la colina que separa
la cuenca). El lugar del Bitter Lake, propuesto hace algún tiempo por sir
William Dawson, es, para mí, más adecuado a la idea de que las aguas se
separaron como afirma la Biblia.
* * * *
En la
Biblia hay, además del Éxodo, por lo menos otros tres pasajes en que se alude
específicamente a «Caphtor», que es el nombre con que los hebreos conocían a
Creta. Uno menciona el hecho de que los filisteos emigraron de Creta, y los
otros describen gráficamente una catástrofe que aplastó la «tierra de los
filisteos» en términos que, sin lugar a equivocarse, indican dos de las
principales consecuencias de la erupción minoica: la oscuridad y el tsunami.
Amos 9:5-7 (escrito en el siglo IX a.C.) dice:
«Y el
Señor, nuestro Dios de los Ejércitos, si toca la Tierra, ésta se fundirá, y
todos los que allí viven se lamentarán y se elevará como una inundación: y
morirán, como en la inundación de Egipto. Es Él, el que llamó a las aguas del
mar y las dejó caer sobre la faz de la Tierra... ¿No he sacado Yo a Israel de
la tierra de Egipto, y los filisteos de Caphtor, y los sirios de Kir?»
Esto ha
sido interpretado como indicativo de que el Éxodo y la emigración de los
filisteos fueron contemporáneos, pero también podría referirse a hechos que
tuvieron lugar en momentos distintos.
(Nadie
parece saber demasiado sobre los «sirios de Kir».) Zephaniah 1:15. 17 y 2:5
(siglo VII a.C.) nos dice:
«Ese día
es un día de furia, un día de problemas y de desastres, un día de oscuridad y
tristeza, un día de nubes y espesas tinieblas... Y deseo llevar dolor a los
hombres, que caminen como ciegos... Infortunio sobre los habitantes de las
costas., la tierra de los filisteos. Te destruiré incluso a ti, y no habrá
habitantes.»
Jeremías
47:2. 4, escrito en el siglo VI a.C., se refiere en forma más específica a un
tsunami:
«Mirad,
las aguas se elevan desde el norte, y habrá una gran inundación, y cubrirá la
Tierra. Porque llegará el día en que todos los filisteos serán desposeídos...
porque el Señor despojará a los filisteos, los restos del país de Caphtor,»
Este
pasaje parece implicar que el desastre afectó a «los restos del país de
Caphtor» después de que se establecieran en Filistea (lo que
sucedió alrededor del 1200 a.C.), y considerándolo aislado puede referirse a
algún tsunami posterior al producido por la caída de Santorín. No obstante, las
ciudades de Filistea se fundaron tierra adentro, no en las costas, en lugares
que podían estar a salvo del mar. Además, las «aguas que se elevaron desde el
norte» es una descripción más precisa de la aproximación de un tsunami a Creta,
no a Filistea, cuyas costas se extienden, en general, de norte a sur. La
«tierra de los filisteos», en el pasaje de Zephaniah, por supuesto, puede
significar Caphtor, desde donde venían ellos, y describe muy bien las
condiciones que debieron de predominar en Creta durante la erupción y en el
momento de un tsunami. Cualquier discrepancia menor se resuelve fácilmente si
se recuerda que los pasajes citados fueron escritos mucho después de que
sucedieran los hechos (aunque en forma de profecía), que si son tradiciones
relacionadas con la erupción minoica, la dispersión de los minoicos a otras
tierras y el establecimiento de Filistea. Todas estas cosas debieron de parecer
contemporáneas a los cronistas posteriores, aun cuando, en realidad, se
desenvolvieron en un período que abarcó más de dos siglos.
No se
sabe con seguridad si los filisteos llegaron directamente desde Creta el 1200
a.C. Los recientes hallazgos arqueológicos indican que es posible que
deambularan durante quizá toda una generación antes de encontrar un lugar donde
establecerse. Eran una de entre varias tribus (no relacionadas, necesariamente,
pero todas desalojadas) de las «Gentes del Mar» (o, más exactamente, «gente de
más allá del mar»), que emigraron a la región del Mediterráneo oriental,
aproximadamente en la misma época. Las nuevas excavaciones realizadas sobre las
ciudades filisteas, tanto tiempo abandonadas, han obligado a revisar antiguas
opiniones sobre ellos. No eran semíticos, como se había pensado antes.
Cualquiera que haya sido su lengua, no era hebrea, pero qué era no se sabe aún.
Una de las hipótesis que se adelantaron es que podría ser luwita[60],
lo que resultó acertado, y que la Linear A minoica podría tener el mismo
origen. También se aclaró que los filisteos no eran los palurdos incultos que
describen la Biblia o los egipcios. Las excavaciones de Ashdod demuestran que
llegaron a conocer refinamientos tales como las bañeras. Pero no cabe afirmar
que las relaciones con los israelitas fueran cordiales, hasta el punto de que,
antes de establecerse en Filistea, trataron de arrebatar violentamente el
territorio que pertenecía a los egipcios. Por tanto, no es posible esperar que
ninguno de estos dos pueblos los considerara con simpatía.
Existe
una cierta confusión respecto del nombre Caphtor. Según la Encyclopaedia
Britannica (Enciclopedia Británica), «se la debe identificar con la
egipcia Ka(p)tar, que, en tiempos posteriores a Tolomeo, pareciera significar
Fenicia, aunque el antiguo Keftiu denota a Creta». Alguien ha
sugerido que los minoicos podrían ser los antecesores —espirituales, si no
físicos— de los fenicios, pero éstos eran un pueblo semítico cuya historia se
remonta al menos a 1600 a.C. Después de la caída de la Creta minoica es más que
posible que algunos emigrados minoicos se asimilaran en el crisol de razas de
Fenicia. Quizá fueron ellos los que infundieron a los fenicios lo que la Britannica llama
su «extraño amor, no-semítico, al mar». De cualquier modo, fueron los fenicios
los que, comenzando alrededor del 1200 a.C., emergieron como una nación marina,
del mismo tipo que lo fueron los minoicos antes del 1450 a.C. Por otra parte,
los filisteos, que se sabe llegaron desde Creta, aunque por qué y cómo no está
completamente claro, evitaron la costa y establecieron sus ciudades en las más
seguras zonas del interior. ¿Es que representan una migración posterior
(durante los tiempos turbulentos de alrededor del 1200 a.C.) de un resto de
minoicos que —aun cuando su cultura había sido sofocada, primero por las
costumbres de sus dominadores micénicos y, luego, por aquellos con los que se
encontraron cuando deambulaban antes de llegar a Filistea— todavía retenían en
la memoria un terrible desastre que había llegado desde el mar? La respuesta a
esta pregunta debe buscarse en la arqueología, no en la geología.
Hasta
ahora, se han considerado las posibles relaciones entre la erupción de la Edad
del Bronce hasta el diluvio de Deucalión, pasando por otras tradiciones griegas
locales de inundaciones, llegando hasta la desaparición de la civilización
minoica y el Éxodo. Hay aún otros mitos y tradiciones semihistóricas que
también deben rastrearse hasta este momento. ¿Y por qué no? Seguramente, fue el
más estupendo despliegue de las fuerzas de la naturaleza que nunca asombró al
mundo mediterráneo.
Uno de
esos mitos es el de Faetón. Faetón era el hijo de una ninfa. Clímene.
Ridiculizado por sus compañeros de juego por no tener padre, su madre le
aseguró que su padre no era otro que Helios (Apolo), el dios del Sol. Entonces
Faetón se propuso encontrar a su padre y lograr que éste lo reconociera.
Después de un largo viaje hacia el este llegó hasta el palacio del Sol, en el
que fue recibido y tratado regiamente. Cuando su padre le prometió el regalo
que quisiera. Faetón, decididamente, le pidió tener el privilegio de conducir
el carro del Sol a través del cielo durante un día. Desalentado, porque sabía
que las fuerzas del joven no eran suficientes para realizar esa tarea. Helios
trató de disuadirlo, prometiéndole cualquier cosa en lugar de eso. Pero todo
fue en vano: el testarudo joven insistió, y el dios tuvo que mantener su
promesa. Como era de esperar. Faetón no pudo controlar los fieros corceles y
éstos se lanzaron salvajemente a su recorrido. A cualquier lugar al que el
carro se acercaba demasiado en la Tierra, manantiales y ríos se secaban —hasta
el Nilo se apartó y escondió su cabeza— y todo se chamuscó. Cuando el carro se
alejaba demasiado, la Tierra se cubría de hielo y nieve. La Tierra llamó a Zeus
en su ayuda y Zeus golpeó con un rayo a Faetón, y éste cayó a la Tierra sobre
el banco del Érídanus (Po), y fue enterrado allí por sus llorosas hermanas, que
se transformaron en árboles que sudaban ámbar.
Con la
posible excepción del fimbulvetr (véase capítulo 4). Faetón
es, hasta donde yo sé, el único mito que se menciona en relación con cambios
muy lentos en el medio del hombre. En el Timeo, en la discusión que precede el
relato de la Atlántida, Platón hace que el sacerdote egipcio le diga a Solón
que el mito de Faetón «realmente significa un descenso de los cuerpos que se
mueven alrededor de la Tierra y en el cielo, y una gran conflagración de las
cosas que están sobre la Tierra durante largos intervalos de tiempo...».
Tomando esto como base, se ha dicho que cabe atribuir el mito a los cambios de
clima que produjeron los varios avances y retrocesos de los glaciares
continentales en el periodo del Pleistoceno, y al aumento generalizado de las
temperaturas desde la última glaciación. Pero, como señala muy razonablemente
Galanopoulos, el término medio del cambio de las temperaturas del océano
Atlántico, desde el final del Pleistoceno, ha aumentado un grado centígrado
cada mil años, lo que es suficiente para fundir las capas de hielo a lo largo
de las centurias, pero demasiado lento como para que tal cambio fuera notado
por el hombre. Si el mito tiene alguna base real, un hecho catastrófico
significa una fuente mucho más adecuada.
Galanopoulos
ha sugerido que los «arcos luminosos» o rayos que se ven durante una erupción,
junto con el descenso de la temperatura asociado con la presencia de cenizas en
la atmósfera, pueden atribuirse a Faetón. Los arcos luminosos, un fenómeno
volcánico único que se origina en el cráter y que se expande en todas
direcciones con la velocidad del sonido, se deben a ondas de sonido cuyos
frentes de compresión y dilatación esféricos refractan la luz a distintas
distancias, haciéndose así visibles. (El mismo fenómeno se observa desde detrás
de un cañón.) También son comunes exhibiciones luminosas espectaculares cerca
de los volcanes en erupción, particularmente los volcanes submarinos.
Si bien
coincido con que Faetón puede ser el resultado de la erupción de Santorín, creo
que hay una conexión más directa. Es bien sabido que después de la erupción del
Krakatoa de 1883, el polvo volcánico permaneció suspendido en la alta atmósfera
durante mucho tiempo, provocando durante bastante tiempo después sorprendentes
ocasos flameantes en varias partes del mundo. Tan inusitado y brillante era el
espectáculo el 30 de octubre de 1883, que las brigadas de los bomberos fueron
llamadas en dos ciudades norteamericanas (Poughkeepsie. Nueva York, y New
Haven. Connecticut) porque se temía que el fuego venía del oeste. Este tipo de
puestas de Sol (que son especialmente notables cuando el tiempo es seco) se
vislumbran desde mucho más lejos que ningún otro de los efectos de una
erupción, y es posible que sea uno de éstos el que haya originado el mito de
Faetón[61].
Piénsese en algunos individuos o grupos preocupados por las cosechas
estropeadas por la sequía (o asfixiadas por las cenizas, si se tratara de
Creta) contemplando, algún tiempo después de la erupción, este extraordinario
ocaso. ¿No pensarían que el mundo entero estaba en llamas? Más aún, ocasos de
este tipo se han observado próximos a un oscurecimiento o un apagón, con sus
consiguientes descensos en las temperaturas. Para las gentes de aquellos días
una desaparición del Sol debió de parecer una lógica explicación de estas
manifestaciones anormales. La explicación de un carro enloquecido para
esclarecer la causa de las luces y los arcos de fuego que se habían visto en el
momento de la erupción (visto con mayor claridad cerca del volcán) no es
fundamental, porque la idea de un carro siguiendo un recorrido prescrito a
través del cielo pudo haber sido anterior a Faetón, y utilizarse como
explicación del curso normal del Sol. Es el apartarse de la normalidad, no la
existencia del carro del Sol per se, lo que requería una explicación desde el
punto de vista de una alteración de la rutina habitual del dios Sol.
* * * *
Una
leyenda muy similar a la de Faetón se ha hallado entre los indios kwakiutl, de
la Columbia Británica. El hijo del Sol ascendió una vez hasta el cielo, en
donde su padre, encontrando la oportunidad de descansar un rato, confió al
joven la nariz brillante y las joyas de las orejas que iluminaban al mundo y le
pidió que, en su lugar, las llevara por el cielo durante un día. Advirtió al
muchacho, por miedo a que provocase un fuego, que no se acercara demasiado a la
Tierra. Todo fue bien hasta el mediodía, pero, entonces, el joven se impacientó
y comenzó a correr, tomando un atajo. Todo habría ardido si no fuera porque el
Sol despertó a tiempo para ver lo que sucedía. Se apresuró a alcanzar a su
hijo, arrebató las joyas de su puño y lo lanzó al mar. E. S. Hartland empleaba
esta narración para ilustrar la «integridad de la naturaleza humana». Como en
el caso de las tradiciones sobre inundaciones, la semejanza entre esta leyenda
y la de Faetón podría reflejar una respuesta parecida a la misma clase de
estímulos. Los ocasos llameantes son comunes en áreas limitadas después de los
incendios de bosques o de pequeñas erupciones, y en todo el mundo después de
las grandes erupciones. Incluso resulta posible que la leyenda de los kwakiutl
se inspirase también en el brillo ocasionado por la erupción minoica. Pero
siempre existe la posibilidad de que Faetón fuese llevado a la Columbia
Británica del mismo modo en que Beowulf llegó a Dakota del Sur (véase capítulo
7), sufriendo modificaciones adecuadas para ajustarse a alguna tradición
existente sobre las joyas del Sol. Por ejemplo, ¿quién es capaz de asegurar que
ningún buscador de oro no intercambió historias con los indios en algún momento
antes de 1895, que es cuando la leyenda se registró por primera vez? Los
nombres de muchos de los yacimientos en todo el Oeste son un claro testimonio
de que la fiebre del oro atrajo una buena cantidad de gente que había recibido
una educación clásica. No obstante. Galanopoulos y Bacon se refieren a un mito
del tipo de! de Faetón en Guatemala. Por tanto, algún fenómeno que llegó a
tener un alcance mundial puede hallarse en la base de los tres, y en verdad que
nada se difunde más que el polvo atmosférico que aparece después de una
erupción semejante a la del Krakatoa.
* * * *
Hay aún
otro mito clásico que tiene un detalle que podría constituir una memoria de la
erupción minoica. Cuando Zeus atrajo a la fiel Alcmena y la llevó al lecho
valiéndose de una treta, pues asumió la forma de su marido. Anfitrión (unión de
la cual nacería Hércules), hizo que la noche durara tres días enteros para así
escapar de los ojos de águila de su esposa Hera (y quizá para prolongar el
placer). Marinatos cree que esto es una referencia al extenso y sin duda
prolongado oscurecimiento que acompañó al clímax de la erupción.
El
sumario de Luce de las posibles memorias de la erupción de Santorín en la
literatura griega incluye varias menciones de islas flotantes. Se dice que. en
particular, la isla de Delos originalmente flotaba por el Egeo, y sólo quedó
inmóvil cuando Apolo nació allí. Las islas flotantes pueden ser el recuerdo de
los bancos de pumita que, sin duda alguna, infectaron el mar después de la
erupción, como los que se vieron en varias partes del océano Índico después del
suceso de Krakatoa.
Se ha
expresado la posibilidad de que el mito de Ícaro constituya otra repercusión de
la erupción minoica. Ícaro era el hijo de Dédalo, aquel «hábil artífice» que
construyó el laberinto de Cnosos para el rey Minos. Dédalo perdió el favor del
rey y fue encerrado como prisionero en una torre, pero él logró fabricar con
cera y plumas alas para sí y para su hijo Ícaro, y ambos escaparon por el aire.
Sin embargo. Ícaro ignoró la advertencia de su padre de no volar demasiado
cerca del Sol y, por tanto, la cera que sostenía las alas se derritió, de modo
que Ícaro cayó al mar cerca de una isla que desde entonces lleva su nombre. Una
roca que hay cerca de la costa sur de dicha isla se supone que es Ícaro
convertido en piedra. Lo que se da como explicación es que una bomba volcánica
de Santorín pudo inspirar el mito, pero, de ser así, no habría caído cerca de
Icaria, pues aun cuando la erupción minoica fuese mucho más intensa que la del
Krakatoa, ningún fragmento considerable pudo llegar hasta allí, ya que Icaria está
precisamente en el límite de distribución de cenizas llevadas por el viento y
encontradas en el fondo de los mares (véase Figura 33). La roca de Ícaro
coincide con las de la costa, de las que es posiblemente un resto de una
erosión. Probablemente, el mito se originó cuando alguien observó la caída de
un meteoro en el mar. Y es posible también que sea una invención del ingenio.
El nombre Ikaria es, en realidad, el equivalente fenicio del
antiguo nombre Ichthyassa, que significa «isla del Pez». No
obstante, la gente que vive allí hoy todavía cree que su roca es el Ícaro
caído, y aún están más convencidos desde que el gobierno griego eligió el lugar
para erigir una estatua en conmemoración del nacimiento de la aviación.
Antes de
abandonar el Mediterráneo oriental y sus tradiciones con relación a Santorín,
debemos mencionar otro ejemplo que podría constituir la evidencia de un tsunami
en esa parte del mundo. Las excavaciones realizadas en Ugarit, la antigua
ciudad que está cerca de la moderna Latakia, han demostrado que su puerto y la
mitad de la ciudad quedaron destruidos alrededor del 1400 a.C. Un poema
fenicio, encontrado en la biblioteca de Ugarit, habla de tempestad y tsunami, y
se supone que hace referencia a aquel suceso. Ugarit sobrevivió al golpe,
cualquiera que haya sido su causa, y continuó hasta el 1350 a.C., en que fue
finalmente destruida por un terremoto. La fecha de esa ola destructiva está
demasiado cercana a la erupción minoica, teniendo en cuenta la incertidumbre
que rodea todas las fechas relacionadas con todo esto, y es muy posible que
haya sido un tsunami producido por Santorín antes que un tsunami originado por
algún terremoto.
Epílogo
Los
ejemplos citados en las páginas precedentes han demostrado, espero, que la
geología, el folklore y la historia están interrelacionados de muchas formas.
Los
procesos geológicos, y sus consecuencias, han dejado su impresión sobre el
folklore en la forma de leyendas evemerísticas, incluyendo el recuerdo, más o
menos distorsionado, de hechos reales, generalmente catastróficos, y mitos
etiológicos que reflejaban el innato deseo del hombre de comprender y explicar
el medio físico. Esto último, en la mayoría de los casos, debe atribuirse a los
poderes de observación de gentes hace mucho tiempo desaparecidas, pero,
ciertamente, pocas veces se acercan a la verdadera razón del fenómeno que
tratan de dilucidar, y, cuando esto sucede, suele ser sólo por coincidencia.
Sin
embargo, antes de sentirnos con aires de superioridad ante los antiguos
filósofos, o ante la sabiduría de los hombres tribales, es importante recordar
dos cosas: primero, hay todavía entre nosotros muchas personas inteligentes,
pero mal informadas, que, respecto de los fenómenos geológicos, creen posibles
muchas cosas imposibles, y algunas de estas falsas ideas están tan difundidas
que en sí mismas constituyen una forma de folklore; y, segundo, de vez en
cuando alguna idea desprestigiada como perteneciente al folklore ha resultado
ser, en definitiva, un hecho real.
Si bien
los procesos geológicos y sus resultados tienen, sin duda, más influencia sobre
el folklore que viceversa, la relación no es, en absoluto, unilateral. La
nomenclatura geológica debe al folklore una serie de términos, especialmente
sobre vulcanología. y en algunas ocasiones las leyendas locales han ayudado a
resolver detalles de la geología local.
Atlántida,
sin duda, el mito más controvertido de todos los tiempos, pertenece a una
categoría propia. Puesto que no está incluida en la tradición oral de ninguna
nación o cultura, no es, en absoluto, folklore. Con más exactitud puede
clasificarse como la parcela de fakelore o pseudo-folklore más
descomunal que se haya inventado nunca, pero, por el hecho de que existen
abundantes razones para creer que Platón, sabiéndolo o no. incorporó en su
creación literaria algunas referencias de la erupción de la Edad del Bronce de
Santorín, esto proporcionó a la Atlántida una base real, al menos
indirectamente. Considerándolo así, emerge como un híbrido fascinante que se
monta a horcajadas entre la invención y la leyenda.
El
argumento para suponer que la Atlántida estaba en el Egeo no depende de la
validez de la teoría de la destrucción volcánica de la Creta minoica. Si el
súbito eclipse del poder minoico no se produjo simultáneamente con la
destrucción de la colonia de Santorín, se encuentra tan próximo en el tiempo
que no es imposible que la erupción haya contribuido a la decadencia final de
la Creta minoica. En la reconstrucción al estilo ciencia-ficción que hice de
los hechos posibles (en el capítulo 8) he restado importancia al papel
desempeñado por un tsunami originado por la caída de la caldera de Santorín.
Esto se debe al hecho de que creo que si la caída se produjo en el clímax de la
erupción, y con la suficiente rapidez como para originar un tsunami comparable,
al menos, al del Krakatoa, entonces habría habido signos más notables del
decaimiento económico durante el Minoico tardío I B. Esto no significa que un
tsunami de proporciones menores, pero suficientemente grande como para que
pudiera ser recordado en la historia del diluvio de Deucalión, no se haya
producido antes o después. No obstante, posponer una caída en gran-escala
durante toda una generación, o más, después del clímax de la erupción, no
parece razonable desde el punto de vista geológico (si bien no puede
descartarse por completo como totalmente imposible): una caída gradual, que
ocasionara un tsunami menor o ninguno, parece mucho más lógico.
Con toda
seguridad, la erupción del Krakatoa no destruyó las Indias Orientales
Holandesas, como los oponentes a la teoría de la destrucción volcánica de la
Creta minoica están siempre dispuestos a puntualizar. Pero sus cenizas volaron
lejos en el mar. y las pocas que cayeron en el suelo no significaron un daño
importante para la agricultura en ese clima tropical; un alto índice de
natalidad reemplazó rápidamente a los habitantes que fueron arrastrados por el
tsunami; y no hubo ningún terremoto. Sin embargo, dos erupciones de magnitud
menor que la de Krakatoa tuvieron serias consecuencias en naciones enteras:
Islandia estuvo a punto de ser abandonada como consecuencia de la erupción de
Lakagígar de 1783, y el estado del Antiguo Mataram, en Java, parece haber
descendido mucho a causa de una precipitación de cenizas. En verdad, para la
asombrosamente rápida decadencia de los minoicos desde la cima del poder, no se
ha dado una explicación mejor que la de un golpe de gracia de la naturaleza,
golpe que, posiblemente, no se produjo de pronto, sino en la forma de uno, dos,
o incluso tres, fuertes golpes: la caída de cenizas (que es un hecho); los
posibles tsunamis (no necesariamente catastróficos, pero sí destructivos); y un
gran terremoto, uno fuerte seguido de otro en el espacio de, digamos, veinte
años. Todo ello pudo facilitar el camino para la invasión de Creta por los
micénicos.
En todos
los intentos de encontrar un hecho geológico en los fundamentos de un mito o de
una leyenda debe recordarse que las sugerencias propuestas son meras
posibilidades. En algunos casos hay la probabilidad de que el intento haya sido
metafórico desde el comienzo. En otros, algunas de las explicaciones pueden ser
excluyentes entre sí. Por ejemplo, si el diluvio de Deucalión y el Éxodo llegan
a datarse con precisión y se prueba que se produjeron a cien o más años de
distancia, no pueden, obviamente, ser ambos consecuencia de la erupción de
Santorín de la Edad del Bronce. Cuando sus fechas, y la fecha exacta de la
erupción, sean finalmente establecidas, el argumento de la relación
evemerística de una o de las dos tradiciones con la erupción será sustancialmente
fortalecido o descartado. Hasta entonces, en estos casos, y probablemente para
siempre en la mayoría de los demás, seguiremos nadando en un mar de
especulaciones. Pero, en conclusión, ¿no es éste un delicioso deporte?
Apéndice
A
El caso
Beringer
Puesto que los hechos del caso Beringer son totalmente distintos de la historia
generalmente aceptada por los mismos geólogos, éste constituye un ejemplo de
una ciase especial de folklore geológico, el «geomito profesional». La mayor
parte de los estudiantes de geología elemental, o de paleontología, han oído el
cuento tragicómico del pobre profesor Beringer, un ávido coleccionista y
descriptor de fósiles en los tiempos en que la idea de la creación especial era
incuestionable y la naturaleza y propósitos de estas formas, obviamente de
aspecto orgánico, que se habían recobrado de la roca sólida eran objeto de
vivas especulaciones. Se ha contado y vuelto a contar cómo los estudiantes de
Beringer decidieron gastarle una broma y construyeron formas extravagantes que
«colocaron» para que él las encontrara. Sólo después de haber publicado un tomo
describiéndolas e ilustrándolas supo la verdad —se dice que no se dejó abatir
por la decepción hasta que encontró su propio nombre— y, desde entonces, se
arruinó financieramente tratando de localizar y comprar todas las copias,
muriendo poco después con el corazón destrozado.
La
verdadera historia no es tan triste. El doctor Johann Bartholomew Adam Beringer
(1667-1740) no era un profesor, sino un físico y sabio de Würzburg, interesado
en los «oryctics» («cosas excavadas de la Tierra»). En realidad, debe su puesto
en la historia de la geología a un engaño perpetrado a sus expensas. Según M.
E. Jahn y D. J. Woolf, que tradujeron y anotaron sus trabajos, la motivación
fue más siniestra que una simple picardía estudiantil. Dos colegas conspiraron
para desacreditar a Beringer, aparentemente porque estaban resentidos por su
indudable arrogancia y quizá, también, porque envidiaban su igualmente
indudable habilidad. Sea como fuere, en mayo de 1725 los tres jóvenes
contratados como excavadores por Beringer (uno de los cuales estaba en el
complot) encontraron el primer hallazgo inusual, una talla con algo parecido al
Sol y sus rayos, y otras de gusanos. Pronto le siguieron cangrejos, escuerzos,
moscas y otros insectos, lagartos, más gusanos, serpientes de agua, plantas
completas con flores e incluso cartas hebreas. Cuando Beringer tenía láminas
grabadas y preparaba una conferencia sobre las curiosas piedras, los
conspiradores decidieron que la broma había ido demasiado lejos e hicieron
correr el rumor de que los hallazgos eran falsos. Beringer no lo creyó.
Compraron algunos de los «fósiles» al meritorio doctor y le confesaron su
manufactura, pero él se afirmó obstinadamente en la creencia de que trataban de
minimizar su gran descubrimiento porque estaban celosos, y continuó adelante
con la publicación de su tratado. Cuando, finalmente, se vio forzado a admitir
que había sido burlado —posiblemente porque encontrara su propio nombre
petrificado, como dice la leyenda— se sintió más furioso que con el corazón
destrozado y entabló una querella legal. La verdad salió a la luz al interrogar
a sus excavadores y fueron sus conspiradores los que debieron afrontar la ruina
y el descrédito, no él. No murió hasta catorce años después, durante los cuales
publicó al menos dos libros más, de mérito considerable. Sin embargo, su nombre
hoy sólo se recuerda por sus «piedras falsas».
El fraude
de Piltdown
Con el fraude de Piltdown se trató de engañar a los científicos en general, y
se logró hacerlo, al menos con algunos, durante cuarenta años. En 1912 se
encontraron la base de un cráneo humano y una mandíbula del tipo de la de un
mono, junto con utensilios primitivos y restos de mamíferos del Pleistoceno, en
un depósito funerario de Piltdown. Inglaterra. Se le dio al hallazgo el nombre
de Eoanthropus dawsoni (Hombre del Amanecer de Dawson) en honor de su
descubridor Charles Dawson, un abogado que también era un competente geólogo y
arqueólogo aficionado. Desde el principio, los científicos se dividieron en dos
grupos sobre el Dawn Man (Hombre del Amanecer). Los «monistas» estaban
convencidos de que el cráneo y la mandíbula representaban, en realidad, un
remoto antepasado del hombre, en el cual se combinaban las características
simias y humanas, es decir, un verdadero «eslabón perdido». Los «dualistas»
afirmaban que representaba a dos criaturas, un hombre del Pleistoceno tardío y
un mono del Plioceno, que habían llegado hasta el depósito arrastrados por las
aguas desde un depósito más antiguo junto con los restos del mamífero del
Plioceno. El hallazgo de unos restos de un segundo individuo, unas dos millas
(tres kilómetros) más lejos, convenció hasta a los más escépticos de que el
Eoanthropus era, en verdad, un antiguo homínido. Parte de ese segundo hallazgo,
un diente, fue sacado a la luz por un intachable testigo como el
filósofo-antropólogo Teilhard de Chardin, que había ofrecido su ayuda en la
excitante búsqueda de más evidencias. La coincidencia total de este diente,
hasta el más mínimo detalle, con la forma que se había pronosticado en base a
la supuesta unión del cráneo y la mandíbula era, en sí misma, demasiado
perfecta para ser verdad, y debió de resultar sospechosa. Pero, ¿por qué podía
nadie sospechar que el Dawn Man fuera sólo un inusualmente planeado y
extremadamente elaborado fraude?
A medida
que se hicieron nuevos descubrimientos de fósiles humanos en otras partes del
mundo, el Hombre de Piltdown comenzó a parecer cada vez más y más anómalo desde
el punto de vista geográfico, geológico y, particularmente, antropológico.
Finalmente, en 1949, la prueba del flúor, desarrollada por J. S. Weiner, se
aplicó a los huesos de Piltdown. Esta prueba se basa en el hecho de que el
flúor que hay en las aguas del suelo se acumula gradualmente en los huesos y
dientes enterrados. Por tanto, los huesos más antiguos contienen más cantidad
de flúor que los recientes. La mandíbula y el cráneo del Hombre de Piltdown
resultaron pertenecer a distintas épocas, y ambos restos con muy bajo contenido
en flúor: no más antiguos de cincuenta mil años. Esto presentaba tales
problemas, tanto a los «monistas» como a los «dualistas», que, finalmente, hubo
de aceptarse la idea de un fraude como única respuesta posible. Trabajosas
investigaciones revelaron finalmente que, en realidad, el cráneo era el de un
fósil humano, pero no muy antiguo, y la mandíbula pertenecía a un mono moderno.
Los huesos y el diente habían sido hábilmente manchados por una mano experta y
gastados para que parecieran tan antiguos como pertenecientes al Plioceno, y
colocados entre restos apropiados de mamíferos y pedernales. Las evidencias
circunstanciales señalaron a Charles Dawson como el único responsable del
engaño, pero como había muerto mucho antes de que se reconociera el fraude, los
detalles del suceso nunca se conocerán. Algunos que resueltamente rehusaron
aceptar el Hombre de Piltdown, también murieron antes de que su posición
pudiera reivindicarse, pero muchos otros vivieron para poder decir: « ¡Os lo
había dicho!»
Apéndice
B
Métodos
de datación radiactiva
Dado que varias veces nos hemos referido a la datación por radiocarbono, será
útil una breve explicación de los métodos de datación radiactivos en general y
del método del carbono-14 en particular. Todos se basan en el hecho de que los
elementos radiactivos decaen (es decir, sueltan espontáneamente partículas
nucleares. produciendo nuevos elementos) en una proporción medible y constante
llamada la vida media, que es el tiempo necesario para que la mitad del núcleo
de una muestra del elemento se desintegre. La relación entre la cantidad de
elementos radiactivos presentes en un momento dado y la cantidad en el producto
desintegrado da la cantidad de tiempo que ha necesitado el proceso de
descomposición, o, en otras palabras, cuál es la edad de la muestra. La mayor
parte de los elementos radiactivos que se hallan en las rocas y que se utilizan
para fines cronológicos tienen vidas medias muy prolongadas: el uranio y el
torio (que guían el cambio), el rubidio-87 (que se desintegra con el
estroncio-87) y el potasio-40 (que termina como argón-40) son los más
utilizados. En la mayor parte de los contextos geológicos es necesaria una
larga vida media, especialmente cuando se trata de rocas que tienen millones o
miles de millones de años. Sin embargo, los elementos de larga vida no sirven
cuando es necesario datar materiales relativamente recientes, en cuyo caso se
utiliza el método de radiocarbono, de W. F. Libby (abreviación para carbono
radiactivo).
Ciertos
átomos de carbono, que constituyen una proporción muy pequeña, tienen un peso
de 14, en lugar del habitual 12, y están formados por reacciones del nitrógeno
con rayos cósmicos en la capa superior de la atmósfera. El carbono-14 es
inestable (radiactivo) y se desintegra espontáneamente con el nitrógeno-14. Los
átomos «pesados» de carbono se combinan con el nitrógeno en la capa superior de
la atmósfera, formando dióxido de carbono «pesado» que, eventualmente, puede
ser absorbido por las cosas vivas junto con el dióxido de carbono «normal». La
distribución del carbono-14 es constante en todo el mundo en un momento dado, y
todos los seres vivos contienen pequeñas cantidades de él, que vuelve a
cargarse constantemente en el proceso de la vida al desintegrarse. Cuando el
organismo muere, cesa el proceso de recargarse y, entonces, es posible medir la
desintegración del radiocarbono. Si se compara la cantidad de carbono-14 que
resta en las materias orgánicas antiguas —tales como turba, conchas, madera
enterrada o carbón de los fondos prehistóricos— con el caudal universal, es
posible calcular el tiempo transcurrido desde la muerte del individuo.
La mayor
dificultad con la datación por el método del carbono-14 es encontrar material
que se haya preservado de la contaminación. El escurrido de las aguas, la
alteración química o el lavado de antiguos materiales (en depósitos de lagos,
p. ej.) pueden cambiar la proporción del carbono radiactivo que se halla en la
muestra y, por tanto, dar una edad que no es la verdadera. Recientemente se ha
descubierto que la proporción de carbono-14 producido por los rayos cósmicos no
ha sido constante, como antes se creía, sino que varía ligeramente a lo largo
de los siglos, porque ha variado la intensidad del campo magnético de la
Tierra, con pequeñas fluctuaciones, más o menos cíclicas, que se superponen a
una dirección, generalmente lineal, más grande y que es parte de un ciclo mucho
mayor. Cuando el campo geomagnético es débil, la Tierra está menos protegida de
los rayos cósmicos que producen el carbono-14 en la parte superior de la
atmósfera. Comparado con los errores que produce la contaminación, los que se
dan por las variaciones de los rayos cósmicos son pequeños, pero se magnifican
cuanto más antigua sea la muestra. Se han confeccionado tablas que indican la
corrección exacta para este efecto y que abarcan los últimos siete mil años.
Dichas tablas se han obtenido calibrando las fechas dadas por el radiocarbono
con la de los anillos de los árboles, que se establecen con exactitud por
dendrocronología.
Hasta
hace poco, la datación por radiocarbono se calculaba utilizando un valor de
vida media del carbono-14 de 5.568 años. Desde entonces se ha determinado con
más precisión la vida media, fijándola en 5.730 años. Actualmente, las fechas
se calculan tomando como base este valor «preferido». Sin embargo, también se
darán fechas con el antiguo valor de la vida media. Las fechas del radiocarbono
se dan como «años B.P.» (B.P.= antes del presente), y si es necesario situarlas
en el calendario cristiano, se toma como año de referencia el de 1950. Por
tanto, una fecha de «3.500 ± 100 años B.P.» corresponderá al 1600 a.C., más o
menos cien años. Para los fines geológicos, la precisión del método del
radiocarbono es suficiente. Para, por ejemplo, datar un depósito pos glacial de
hace 10.000 años, con una aproximación de ± 50 o ± 100 años, es lo bastante
precisa para todos los propósitos prácticos. Pero para los arqueólogos, que
necesitan subdivisiones mucho mayores del tiempo —una o dos generaciones—
dentro del último milenio, la datación del radiocarbono es sencilla, pero no
exacta en su estado actual de desarrollo. Sin embargo, los resultados de las
investigaciones recientes ofrecen muchas razones para esperar una determinación
más precisa, permitiendo una datación más ajustada en términos del calendario
cristiano, lo que se logrará en un futuro próximo.
Apéndice
C
El mamut
helado
Para aquellos cuyas teorías exigen algún tipo de catástrofe global para
explicar el que prevalezca la tradición sobre diluvios, son especialmente
apreciables los mamuts, así como otros animales cuyos restos congelados se han
encontrado en el permanente suelo helado ártico. La cantidad de animales bien
conservados se ha calculado en unos diez mil, sólo mamuts, o alrededor de un
millón, toda clase de animales. La opinión general sugiere que todo el rebaño
de animales que se alimentaban tranquilamente durante un agradable día fue
aniquilado por una catástrofe, y que sus cadáveres pasaron de pronto a
latitudes polares sólo en cuestión de horas, debido a un cambio del eje de
rotación de la Tierra o a un desprendimiento de la corteza exterior.
El hecho
es que se han encontrado muy pocos mamuts completos en buen estado de
conservación. Sólo cuatro, para ser exactos. Lo más frecuente ha sido encontrar
fragmentos de pelos y de piel, o incluso carne, junto a esqueletos
desmembrados, pero sobre todo se han hallado huesos y colmillos. (Los
colmillos, que son más inalterables químicamente, han durado más que cualquier
otra cosa. Sólo en Siberia se han recogido, durante las últimas centurias, unos
cincuenta mil colmillos de mamut para el comercio del marfil, y gran parte del
marfil que se utiliza hoy tiene este origen.) En su conjunto, estos restos
representan a animales que vivieron y murieron en un período de miles de años.
El más
famoso, y el más documentado, de todos los mamuts es el Berezovka, del que se
encontró todo el cuerpo y que fue hallado en 1900 en el este de Siberia, cuando
se cavaba en el banco de un río parcialmente expuesto sobre el barro helado. El
verano siguiente se envió una expedición especial para estudiarlo,
encontrándose con que la parte de la espalda expuesta había sido devorada por
animales salvajes. La presencia de sangre congelada en el pecho, restos de
comida que no había llegado a tragar, y huesos rotos, indicaba claramente que
el animal había muerto al quedar atrapado bajo sus patas. Probablemente comía a
lo largo de un risco junto al río, en un día de otoño, cuando el banco se
hundió bajo su peso, cayendo en la parte plana y húmeda del fondo, donde pronto
se heló. Si esto sucedió al final de un período interglacial, el cuerpo pudo
permanecer helado hasta que quedó expuesto a causa de la erosión. Otra teoría
que se ha formulado para explicar su preservación total indica que pudo caer en
una grieta de una tundra cubierta de hielo sobre un suelo permanentemente
helado, en el que se preservó, como ocurre con los cuerpos de los desdichados
montañeros que caen en fisuras de los glaciares alpinos. Sin embargo, tales
montañeros pueden ser descubiertos algunos años después en el frente de hielo,
mientras que el mamut helado tuvo que esperar a que la erosión o los cazadores
de marfil descubrieran sus restos.
Algo que
generalmente olvidan explicar los catastrofistas cuando utilizan a los mamuts
helados como evidencia de un estupendo cataclismo es: ¿Por qué no se han
hallado también restos humanos? Cualquier desastre que pudo borrar miles de
mamuts de un solo golpe fue, sin duda, igualmente duro para los hombres que
habitaban en las cavernas y que los cazaban. En cuanto al argumento de un
cambio fulminante del clima en toda la zona, que se hizo más fría, hay que
preguntarse por qué los mamuts, que antes de su desaparición vivían en una zona
de clima suave, estaban dotados, sin embargo, de sus pesados abrigos de lana.
Y, además, ¿por qué hay también los restos de otros animales que pertenecen a
especies que se crían precisamente en climas fríos, como los mastodontes, los
antes, los ciervos, los osos, los bueyes almizcleros, los yaks, los bisontes y
los lobos, por citar sólo algunos de ellos?
En
realidad, la evidencia paleomagnética indica que los polos magnéticos de la
Tierra no estuvieron siempre en la misma posición, sino que se han desplazado
como si toda la Tierra hubiera echado a rodar sobre su propio eje, o como si la
corteza exterior del planeta se hubiese desplazado relativamente hacia el
interior (esto además de la traslación de los continentes, unos respecto de
otros, sobre la superficie, como se explicara en el capítulo 9). Pero, como la
mayoría de los procesos geológicos, el errar de los polos se ha producido muy
lentamente a lo largo del tiempo a una velocidad imperceptible para los seres
vivos. Asimismo, el hallazgo de restos de muchos individuos mezclados en un
mismo depósito no significa necesariamente que todos murieran de pronto, sobre
todo si estos restos se encuentran en distintos estados de descomposición.
Tales concentraciones pudieron acumularse durante largos períodos en lugares
pantanosos, o bien deberse al hecho de que se acumularan depósitos
transportados por los cursos de agua. Simplemente, los mamuts no se suman a una
catástrofe universal.
Los
mismos mamuts congelados han originado teorías equivocadas tan difundidas entre
los geólogos que constituyen por sí mismas un segundo ejemplo de folklore
profesional (el primero lo constituye el caso Beringer). Un relato que ha
tenido amplia divulgación afirma que uno de los mamuts del Pleistoceno que se
hallaron en Siberia, estaba en un estado de preservación tan excelente que su
carne se sirvió en un banquete que se celebró con motivo de una reunión de
geólogos en San Petersburgo. Cuando yo lo escuché por primera vez, en mis días
de estudiante, el banquete se ofreció en un Congreso Internacional de Geología.
Pero el caso es que no pudo tratarse del mamut Berezovka, puesto que éste no
fue descubierto hasta 1900, y el VII Congreso Internacional de Geología tuvo
lugar en San Petersburgo en 1897. Por tanto, tenía que ser otro mamut y otro
encuentro, y ambas posibilidades son igualmente imposibles. Ni siquiera el
mamut Berezovka, que es el que mejor se ha conservado, pudo haber constituido
un apetitoso bocado para nadie tras ser llevado a San Petersburgo, como un
examen de los documentos demostrará.
O. F.
Herz. el guía de la expedición que se envió a excavar el mamut Berezovka en
1901, relata más de una vez en su informe el terrible hedor de la carne cruda:
«Sobre la pierna posterior izquierda encontré también trozos de carne en
descomposición, en donde se veía fácilmente el manojo de músculos. El hedor que
se desprendía de esta extremidad era insoportable, de modo que fue necesario
detener constantemente el trabajo. Un lavado a fondo no pudo eliminar el olor
de nuestras manos...» Y más adelante: «A pesar de que el mamut estaba
congelado, el hedor que emitía era muy desagradable.» Y un poco después: «El
hedor no es tan insoportable como los primeros días, debido, posiblemente, a
que nos hemos acostumbrado a él.»
Sin
embargo, cuando ahondaron en los restos encontraron parte de la carne en muy
buen estado de conservación, y es posible que el pasaje siguiente sea el que ha
dado pie a la ficción de que era adecuado para el consumo humano: «La carne de
debajo del hombro... que es fibrosa y marmórea, con grasa, es de un color rojo
oscuro y parece fresca, como si fuese carne de buey congelada. Parecía tan
apetitosa que, durante un tiempo, nos preguntamos si debíamos probarla, pero
nadie se aventuró a llevársela a la boca y se prefirió la carne de caballo. Los
perros, en cambio, se comieron toda la carne que se les dio.»
Resulta
asombroso que la carne fuera adecuada para los perros, pero el hecho es que
nadie tuvo el valor de intentar probarla cuando estaba fresca. ¿Cómo hubiera
estado después de un viaje hasta San Petersburgo, aunque fuera en un clima
frío? La expedición tardó cuatro meses en llegar hasta el lugar del hallazgo y,
presumiblemente, el mismo tiempo para regresar. No obstante, el folklore del
banquete de la carne de mamut ha llegado hasta los libros de texto de geología,
y sólo de vez en cuando precedido por un cauteloso «se dice que...».
Notas:
[1] El
título en inglés es «The Purple People Eater». La traducción al castellano
presenta las mismas dificultades que la autora detalla más adelante con
relación a las posibles traducciones francesas. Y, por supuesto, la misma
pérdida de la ambigüedad que tiene el texto inglés. (N. del T.)
[2] Un
resumen de estos casos se halla en el Apéndice A.
[3] Las
subdivisiones se dan sólo para el Cenozoico.
[4] El
Paleozoico y el Mesozoico se llamaban, original y respectivamente. Primario y
Secundario.
[5] El
Carbonífero se considera como dos sistemas sólo en América del Norte.
[6] Más
recientemente, una erupción en la isla de Heimaey, en las Islas de Westman,
cerca de la costa sudoeste de Islandia. atrajo la atención del mundo de un modo
similar, por haber forzado a los prósperos habitantes de la ciudad pesquera de
Vestmannaeyjar a evacuar la isla.
[7]Lahar es
una palabra javanesa que se usa en vulcanologia para designar un flujo
torrencial volcánico de lodo, ocasionado por la rotura del lago formado en un
cráter, como en este caso, o por la fusión de nieve y hielo a causa del calor
del volcán, o por el arrastre de cenizas que han quedado sobre las laderas
profundas y son llevadas por las lluvias tropicales.
[8] Los
vulcanistas han adoptado internacionalmente dos palabras Hawáianas para
designar los tipos principales de campos de lava: aa y pahoehoe. El
pahoehoe tiene una superficie suave, ondulada y viscosa (véase Ilustración 3) y
está formado por una lava más fluida que el aa. El aa es una mezcla de
escorias, algunas de ellas increíblemente ásperas y dentadas (véase Ilustración
1). El terreno aa es diabólicamente difícil de atravesar. Los Hawáianos,
acostumbrados desde la antigüedad a arrojar grandes piedras suaves, pulidas por
el agua, las acarrean con mucho esfuerzo desde las playas para formar senderos
que les permitan cruzar el. de otro modo intransitable, aa. Me han dicho que
algunos vendedores de fincas de la Costa Oeste agregan en sus anuncios
periodísticos, al describir algunas tierras Hawáianas. «Buenas tierras AA». lo
que parece indicar que estas tierras son mejores en calidad que la Tipo A.
[9] Es
decir, la posición del frente de hielo cambió de dirección
hacia el norte porque la velocidad de fusión era mayor que la del movimiento
del hielo. De modo que el mismo hielo nunca modificó, en realidad, la dirección
de su movimiento, que siempre fue hacia delante desde el centro de acumulación.
[10] Véase,
en el Apéndice B. una descripción del método radiactivo, en general, para
datar, y, en particular, del método del carbono-14.
[11] El
Meander (Meandro) ha dado su nombre a la nomenclatura geológica para designar
las curvas desarrolladas por un curso de agua que fluye a nivel en un área
inundable, tipificando este fenómeno.
[12] La
dificultad en datar los hechos geológicos en base a las tradiciones, aun cuando
se conozca el número de generaciones comprendidas en ellos, está ilustrada por
los intentos de datar las erupciones del Maui en las islas Hawái, en las que la
lava formó el cabo Kinau. Los primeros cálculos del tiempo de la erupción,
basados en los informes de los nietos que lo presenciaron, suponiendo treinta y
tres años por generación, da como resultado la fecha de 1757. Un segundo
cálculo, en el que se considera el período de veinticinco años como promedio
más lógico de una generación Hawáiana, fija la fecha en el 1770. Comparando los
mapas más antiguos de la costa de la región. B. L. Ootsdam demostró
recientemente que la última fecha ofrece todavía un error de alrededor de
veinte años. El mapa dibujado por el explorador francés La Perouse (que ha dado
nombre a la bahía sur del prominente cabo Kinau) es de 1786 y en él se ve una
ensenada baja ininterrumpida por la protuberancia de cabo Kinau. En cambio, el
mapa dibujado por el navegante inglés Vancouver, en 1793, marca decididamente
el cabo, lo que, por tanto, indica que debe de haberse formado, año más o
menos, en 1790.
[13] Estuario:
canal ancho en la desembocadura de un río y en el que se produce una marcada
acción de las mareas. Habitualmente está originado por el hundimiento del valle
de un río o, en este caso, de varios valles.
[14] El
término geológico karst (denominación alemana de la meseta del
Carso. al norte de Eslovenia. que es la localidad típica de esta clase de
topografía) simboliza un área de piedra caliza donde las formaciones terrestres
han sido determinadas especialmente por el drenaje y la solución subterráneos,
siendo la piedra caliza la más soluble de todas las rocas. La rotura de las
cuevas y canales del subsuelo motivaron que la superficie quedara marcada como
por picaduras de viruela, debido a los orificios que funcionaban como
sumideros: los cursos de agua desaparecían debajo y reaparecían en alguna otra
parte, siendo el relieve generalmente caótico.
[15] Se
cree que ha sido en las Society Islands, no en Hawái.
[16] Un
rio atrincherado es una zanja serpenteante abierta de par en par en un lugar
cuyo fondo es plano, y que se hunde respecto a la superficie de la tierra alta
adyacente.
[17] Una
laguna es un lago, de agua salina, separado del mar abierto por depósitos
marinos como bajíos de arena. El nombre se aplica también a las extensiones de
agua detrás de las barreras de arrecifes coralinos de las islas tropicales, o
semi-tropicales, o en el centro de un atolón.
[18] Un
abanico fluvial estriba en un montón de material depositado, por los ríos que
descienden de las montañas hacia las tierras bajas, en forma de cono bajo.
[19] Tectónico:
Que pertenece o designa la estructura rocosa y forma externa resultante de la
deformación de la corteza terrestre. De la palabra griega tekton,
que significa constructor.
[20] El
mismo error se aplica aún más respecto al petróleo, en que el uso de los
términos pozo de petróleo y depósito de petróleo, tal
como los emplea la industria, no hace nada para aclarar esta cuestión. En
realidad, cuando un geólogo especialista en petróleo habla de un pozo de
petróleo piensa en un estrato de roca cuyos poros están saturados de petróleo.
Cuando el taladro penetra en esta capa, el petróleo se escurre hasta el
receptáculo y fluye por sí mismo a la superficie o hay que bombearlo, según la
presión, que a su vez depende del medio geológico e hidrológico. La areno
asfáltica es, generalmente, una arena de arenisca, no arena
desmenuzada. Esta arenisca porosa constituye un yacimiento rocoso para petróleo
o para agua.
[21] Los
Forty-Niners son los que llegaron a California durante la fiebre del oro de
1849. (N. del T.)
[22] Sourdoughs
son los catadores que llevaban consigo una masa fermentada para hacer
pan. (N del T.)
[23] Flotación:
Método de separar los diferentes minerales pulverizados según su disposición
para flotar en un líquido espumoso. El mineral más finamente pulverizado se
trata con una sustancia oleaginosa, lo que acentúa las diferencias en absorber
la humedad entre las partículas metálicas y no metálicas.
[24] Cuando
cité esta leyenda para responder a una pregunta humorística de un colega que
deseaba saber si había algo de sexo en mi libro, le ofrecí la oportunidad de
hacer un pequeño chiste: «Esto debe de ser el origen de Love waves (ondas
de Love) [Se hace un juego de palabras con el nombre del matemático Love y la
palabra love. amor, que no tiene sentido en castellano. (N.
del T.)]» Love waves son una forma de olas superficiales
producidas durante los terremotos y que deben su nombre al matemático inglés A.
E. H. Love. que realizó parte de la investigación teórica fundamental sobre
propagación de ondas sísmicas.
[25] Antiguo
nombre de Tokio.
[26]Tsunami es
una palabra japonesa aceptada internacionalmente como término científico para
lo que de otro modo se conoce como olas sísmicas del mar, y que popular, pero
erróneamente, se denominan «marejada». En los capítulos siguientes se tratará
mucho más sobre tsunamis.
[27] Esta
carta al señor Iacopi terminó en los archivos del U S. Geological
Survey 's Office of Earthquake Research en Menlo Park. California, y
fue descubierta allí por un colega que me llamó la atención sobre ella. Cuando
me autorizó a citarla, el señor Howard comentó que, sin duda, la carta había
dado muchas vueltas porque en toda California le habían hecho muchas preguntas
acerca de ella. Subrayó que sólo podía informar sobre lo que había oído decir a
los dos hombres, pero, agregó, que no creía que existiese ninguna razón para
que lo que dijeron no fuese la verdad.
[28] Rockburst
(rotura de la roca) es el súbito y a menudo violento deterioro de las rocas en
las minas o canteras, lo que llega a ser fatal para los mineros y que, en
pequeña escala, recuerda un terremoto natural.
[29] Erupciones
piroclásticas son aquellas en que el material eruptivo sólo lo forma materia
sólida. Son mucho más explosivas que las erupciones de lava La palabra piroclástico también
se aplica a los productos de cualquier erupción.
[30] El
magma es material rocoso fundido, que se origina en lo más profundo de la
Tierra cuando las condiciones de presión y temperatura resultan favorables a la
fusión El magma puede solidificarse transformándose en roca debajo de la
superficie del terreno, en cuyo caso forma rocas de grano grueso, alcanzando
una posición a medio camino o hasta la superficie. La lava es magma que llega a
la superficie en forma fluida.
[31] Los
fragmentos de materiales arrojados por los volcanes —esto es, todo lo que no
sea lava fluida y gases— son de todos los tamaños. Los bloques son
masas de rocas preexistentes arrancadas del substrato o de las paredes del
orificio. Incluso llegan a tener las dimensiones de una casa. Las bombas
volcánicas son masas de lava fundida expulsada por el orificio y que
se solidifican durante su recorrido en el aire o cuando llegan a tierra.
Los lapilli son bombas cuyo tamaño varía entre e! de un
guísame hasta el de una nuez Todo lo que no alcance este tamaño se
denomina cenizas (a veces, las panículas más gruesas se
llaman escoria volcánica). Las partículas de cenizas más
pequeñas llegan 3 permanecer en suspensión en la atmósfera durante mucho tiempo
y son transportadas por el viento a cientos de kilómetros. Todos los fragmentos
lanzados se denominan, en conjunto, tetra (nombre griego que
significa ceniza) El término piroclástico (que ya se definió)
incluye no sólo la tetra recién caída, sino también el material arrojado,
después de que éste adquiere una estructura compacta y forma rocas, ya sea
donde ha caído o tras erosionarse o refundirse». La toba es la
roca blanda constituida esencialmente por cenizas volcánicas.
[32] Es
una erupción en la que la lava fluye por un orificio o fisura en el lado del
edificio volcánico. Las erupciones por el flanco han sido muy frecuentes en los
últimos años a lo largo del East Rift que se extiende desde Kilauea hasta el
cabo Kumukahi (Figura 24). La erupción más prolongada que se conoce de Kilauea
es la del Mauna Ulu, que comenzó en mayo de 1969 y aún continúa mientras se
escriben estas líneas.
[33] Una holua es
un trineo de madera, largo y angosto que se utiliza para deslizarse por las
laderas cubiertas de hierba, o por caminos en los flancos especialmente
pavimentados (Ilustración 23). El corredor lo impulsa y se acuesta boca abajo,
aplastándose contra el trineo, como hacen los niños en los trineos para la
nieve. Como los que se utilizan para holua sólo tienen de
cinco a diez centímetros de anchura en el frente, y alrededor de quince en la
parte posterior, y tienen una longitud de entre dos y cuatro metros, es
necesaria una gran habilidad para mantenerse en equilibrio. Un corredor experto
de holua llega a recorrer hasta doscientos metros.
[34] El
término viene del español (en portugués, caldeira) y se utilizó
originalmente en las islas Cananas, donde los nativos lo emplearon para
describir cualquier depresión natural de esta forma, y, luego, se introdujo en
la nomenclatura geológica para describir, en particular, la depresión de la
cumbre del volcán de La Palma.
[35] En
este caso, el agua que estaba detrás de la presa se derramó sobre ésta en una
enorme ola que se produjo como resultado de un deslizamiento de tierra en el
lago. Las consecuencias para los que vivían en el valle, un poco más abajo,
fueron las mismas que se habrían producido si el dique hubiera cedido.
[36] Roca
pumícea en la que las partículas han sido aglomeradas juntas por el intenso
calor de los gases eruptivos en ignición Las tobas unidas recuerdan mucho los
íluios de lava una vez que se enfrían Las columnas reunidas en general se
desarrollan bien en ellas
[37] Constituida
por piedra pómez.
[38] Según
algunos. Kalliste fue uno de los nombres de Santorín antes de las erupciones y
seguramente habría sido más apropiado entonces que después No se sabe si el
nombre es posterior a la erupción, o se refiere a la belleza impresionante de
los riscos escarpados y coloridos que bordean la bahía, o se aplicó
irónicamente al paisaje desolado, del mismo modo en que el inmenso
lugarteniente de Robin Hood era conocido como «Pequeño John», por ejemplo.
[39] El
talud o ladera cubierta de guijarros y piedras es un montón de material
desintegrado caído y que forma una ladera al pie de un empinado declive.
[40] La
piedra pómez, o pumita, es un producto típico de las erupciones asociadas a
muchas calderas y se forma cuando el magma fundido «hace espuma» en el orificio
y explota al salir violentamente. Todos los magmas contienen cantidades de
materiales volátiles —agua o gases— que continúan disueltos en la fase líquida
durante el tiempo en que la presión sigue siendo alta. Cuando el magma se
aproxima a la superficie, la presión aumenta y se liberan los gases y el vapor,
lo mismo que sucede con las burbujas del champán cuando se extrae el corcho de
la botella El contenido volátil del magma y la rapidez con que queda liberado
o. en otros términos, la explosividad de la erupción— depende de varios
factores que, en último término, se relacionan con la composición química del
magma, su temperatura y su presión. Los magmas de composición basáltica (con
poco sílice) fluyen más frecuentemente en forma líquida de lava y no son
peligrosos para nadie o nada que no esté en el recorrido de su flujo. Por otra
parte, los magmas de composición desde andesítica a riolítica (que contienen
cantidades intermedias a altas de sílice) pueden explotar violentamente con
mayor facilidad, en cuyo caso la lava en el orificio de salida es deshecha en
ceniza o espuma, transformándose en piedra pómez y lanzada en forma de cenizas.
La piedra pómez es tan liviana y tiene tanto aire que flota a lo largo de
grandes distancias antes de llenarse de agua y hundirse, o antes de ser llevada
a la costa a muchas millas de distancia desde su origen.
[41] Las
pruebas nucleares subterráneas son monitorizadas por una red de sismógrafos que
están a cientos o miles de millas de distancia, para ofrecer información de un
valor científico y práctico. Las ondas sísmicas de la primera de estas pruebas,
realizada en Nevada, una explosión equivalente a 1.700 toneladas de TNT, se
registraron con instrumentos que estaban a 370 millas (592 kilómetros) de
distancia, y la energía de la explosión principal de Krakatoa se estima que fue
equivalente a 100 o 150 megatones, lo que, aproximadamente, es ¡de 60 000 a
90.000 veces mayor!
[42] Desgraciadamente,
en muchos trabajos sobre este asunto las palabras «explosión» y «erupción» se
han utilizado intercambiándolas, pero en modo alguno son sinónimas. Una
erupción no es sólo un big bang; hay numerosas explosiones
individuales de diversa intensidad.
[43] Los
oceanógrafos utilizan un ingenioso instrumento denominado «pistón
coren» («pistón para obtener pruebas») para obtener muestras de las
capas de sedimentos que están en el fondo del mar. Es un largo tubo de metal,
de unas tres pulgadas (siete centímetros y medio) de diámetro con un
revestimiento de plástico. Dicho tubo se desliza sobre el lado del barco de
investigación y se lo deja caer hasta el tondo por su propio peso. Un gatillo,
que cae sobre el fondo antes que el tubo, libera un pistón que absorbe dentro
del tubo una columna de los sedimentos sueltos a medida que lo penetra Algo
semejante a como una aguja hipodérmica extrae una muestra de sangre. Una
válvula cierra el extremo inferior mientras se transporta la muestra hacia la
superficie. Posteriormente, la muestra, en el forro de plástico, se expulsa,
seca y desliza cuidadosamente afuera para estudiarla Si se tiene mucha suerte,
es posible obtener muestras de hasta 100 pies (30 metros) de largo, pero el
promedio de lo que se recupera oscila entre quince a treinta pies (cuatro y
medio a nueve metros).
[44] Se
han registrado olas más altas, pero no han sido tsunamis En las discusiones
acerca de la posible altura del tsunami de Santorín, se ha comparado algunas
veces con la gigantesca ola de Lituya Bay (bahía Lituya).
Alaska, en julio de 1948 En aquella ocasión, un terremoto provocó un derrumbe
que cayó en el nacimiento de una bahía en forma de T. profunda y estrecha.
Elevó una capa de agua sobre un promontorio de 1.720 pies (516 metros) directamente
frente al alud, y también originó una ola que se trasladó mar adentro como una
inmensa pared de agua. La altura de esta ola puede ser medida con bastante
exactitud porque casi desnudó las laderas cubiertas de bosques. Su altura
máxima fue de 680 pies (204 metros) junto al origen, y disminuyó hasta unos 35
pies (10.50 metros) en la desembocadura de la bahía (Una ola similar producida
por un derrumbe en el lago Loen. Noruega, en 1936, fue de 230 pies [69 metros]
de altura.) Pero esta ola, sólo después de dejar Lituya Bay, pudo comenzar a
comportarse como un tsunami, lo mismo que cualquier ola generada en la caída de
Santorín pudo empezar a comportarse como un tsunami sólo después de abandonar
los confines de su recién formada bahía. La pregunta pertinente es ¿a qué
altura se elevó en las costas aleladas de Santorín?, y además, la altura
inicial es sólo uno de los factores que intervienen en el problema
[45] En
los años transcurridos desde la primera edición de esta obra, los estudios
realizados por varios investigadores independientes sobre el momento de la
erupción del Santorín en la Edad del Bronce, con respecto a las fases de la
cultura minoica, ha confirmado enteramente la conclusión de que la erupción
tuvo lugar a finales del Minoico tardío I A. mientras que la destrucción
generalizada ocurrió al final del Minoico tardío I B. una generación, o dos,
más tarde. Hay algunos indicios de que toda la sucesión de acontecimientos tuvo
lugar alrededor de doscientos años antes de lo que se pensaba, si bien esto aún
no ha sido confirmado.
[46] El
profundo suelo que hay debajo de las cenizas minoicas de Santorín es prueba de
que el volcán había estado inactivo durante miles de años antes de esa erupción
[47] Alrededor
de siete semanas antes de una erupción del volcán Ebeko en las islas Kuriles,
que comenzó en febrero en 1967. el aumento de la temperatura de los gases
emitidos produjo una combustión espontánea de azufre alrededor de las fumarolas
Aunque esto no es imprescindible para el «argumento» que se desarrolla aquí,
pudo ocurrir también en Santorín y lo incluyo porque le confiere un bello toque
dramático.
[48] A
esta altura, nuestra hipotética secuencia de hechos se basa en una analogía con
las reacciones de la gente de Saint Pierre, Martinique, en 1902. Allí, el
primer signo de una erupción inminente del monte Pelée se notó el 2 de abril y
tomó la forma de una nueva actividad de fumarolas en la ladera del pico. Hacia
fines de abril, las cenizas caían continuamente, pero no eran muy intensas, ya
que los testigos presenciales estaban escalando el volcán para poder echar una
ojeada al cráter. No fue hasta unos días después, antes de la calamidad final
del 8 de mayo, que la violencia de la actividad adquirió proporciones
alarmantes y gran cantidad de personas se prepararon para abandonar la ciudad.
Sin embargo, equivocadamente, el gobernador, en un esfuerzo para calmar sus
temores (y, como se ha sugerido, para que se quedaran allí al menos hasta
después de la elección fijada para el 10 de mayo), se instaló en la ciudad con
su mujer y, al mismo tiempo, apostó guardias en todos los caminos de salida
para hacer regresar a aquellos que no se hubieran sentido lo suficientemente
reafirmados con su propio ejemplo. El y su mujer estuvieron entre los treinta
mil, aproximadamente, que murieron Los habitantes de Stronghyli fueron más
afortunados, ya que, si así lo deseaban, nadie les impidió marcharse
[49] Se
ha encontrado este tipo de depósitos votivos en una casa grande en Nirou Khani,
al este de Amniso Recientemente, en Cidonia. se halló un vaso que contenía
trozos de pumita en una capa del siglo XIV antes de Jesucristo, que se supone
que refleja una supervivencia tardía de un culto inspirado por la erupción.
[50] Durante
la ocupación de Creta en la II Guerra Mundial, cuando los alemanes requisaron
la mayor parte de las existencias en alimentos, la gente subsistió utilizando
grandes cantidades de algarrobas, o el llamado pan de San Juan, que crece casi
salvaje en Creta.
[51] Algunos
piensan que hubo escritos anteriores que se refieren a la Atlántida. Homero y
Hesíodo aluden a la antigua idea de que, en algún lugar lejano del oeste, más
allá de los límites de la tierra habitada, existe un paraíso para los héroes
que han muerto: el Jardín de las Hespérides, con sus manzanas de oro. (El
Avalón de !a leyenda de Arturo parece ser un eco de la de las Hespéridas: en
realidad, el nombre Avalón deriva del significado celta
de manzana.) Algunos creen que el paraíso occidental de la
mitología clásica es una referencia a las islas de Atlántida como las Azores, o
incluso al Nuevo Mundo, vistas por marinos sacudidos por la tormenta que, de
algún modo, lograron encontrar el camino de regreso y contar la historia. Este
puede muy bien ser el origen de la idea de un paraíso más allá del mar
occidental, pero los dos elementos esenciales del relato de la Atlántida —una
nación superior sufriendo un fin catastrófico- están notoriamente ausentes.
Ellos también se perdieron en Ogygia, la isla que estaba en el medio del océano
en que Odiseo flirteó con la hija de Alias. Calipso, en sus vagabundeos, lo que
también se ha sugerido como una referencia pre-platónica a la Atlántida
[52] Desde
hace tiempo, las islas Cananas han sido unas de las señaladas como el
emplazamiento de la Atlántida, y Spence creía que la última ola de migración de
Atlántida llegó a través de esas islas. Pero las Canarias no representan, en su
conjunto, los restos de una masa de tierra que se hundió; por el contrario, las
islas occidentales de dicho conjunto se han formado desde el fondo de! mar,
debido al vulcanismo, durante los últimos diez millones de años
[53] La
mayor parte de lo que sabemos sobre las partes de la Tierra que son demasiado
profundas como para investigarlas directamente por medio de sondas (lo que
significa todo, menos la «piel» de la Tierra) se infiere por el comportamiento
de las ondas sísmicas cuando se propagan desde los terremotos hasta las
estaciones sísmicas por todo el mundo tras las explosiones, grandes o pequeñas,
en los instrumentos sísmicos en tierra o en buques Las ondas sísmicas se
desplazan a distintas velocidades según los materiales, y las velocidades para
todos los tipos de rocas se han medido en los laboratorios; por tanto, la
velocidad de las ondas sísmicas que se propagan en diferentes capas terrestres
es una indicación de la clase de roca que constituye esas capas.
[54] Mientras
algunas rocas se encuentran en proceso de formación, las partículas magnéticas
se imantan en la dirección del campo magnético de la Tierra que prevalezca en
ese momento y, en condiciones normales, retienen esa magnetización aunque se
cambie fundamentalmente la posición de la roca en relación con el citado campo.
Existen varias formas de estos remanentes o imantación de los
fósiles. La más útil, porque es muy estable, es la magnetización termorremanente,
que es del tipo que toma la lava al enfriarse. Las rocas volcánicas, como el
basalto, que tiene una alta proporción de minerales que contienen hierro,
incluso magnetita, el material que se imanta más fácilmente, adquirirán un
remanente magnetizado que se mide con facilidad. Las rocas sedimentarias que
contienen una gran cantidad de óxido de hierro, como la arenisca roja, también
sirven, porque sus granos de óxido de hierro se alinean con el campo
geomagnético al depositarse. Si se recogen con cuidado muestras de estas rocas,
observando su posición exacta en el espacio, la dirección de su fragmento
magnetizado se puede, después de la preparación adecuada, medir en el
laboratorio y por esta dirección, es posible determinar la posición de los
polos magnéticos de la Tierra en el momento en que se formaron. Las medidas
paleo magnéticas también registran la desviación polar, que es un tipo
diferente de los polos magnéticos. En la desviación polar se produce un
movimiento de toda la Tierra (o, al menos, de su «envoltura» exterior) con
respecto del polo: o del polo respecto de la Tierra. En el caso que sólo se
produzca la desviación polar, no habrá movimientos relativos de los continentes
de uno con relación al otro.
[55] El
prefijo asteno deriva del griego, de una palabra que
significa débil.
[56] El
magnetismo «normal» significa que los polos magnéticos norte y sur caen,
respectivamente, cerca de los polos geográficos norte y sur, como ocurre en la
actualidad El «inverso» es cuando el polo norte magnético está cerca del polo
sur geográfico, y viceversa.
[57] Es
muy interesante la forma en que DeCamp, con estas palabras, descartó, en 1954,
la posibilidad de que los continentes se desplazaran: «En suma, quizá sea mejor
situar la teoría de Wegener en la estantería marcada como “muy dudosa” y
dejarla allí por el momento» (página 162). En la edición de su obra de 1970 la
había sacado de esa estantería, la había sacudido y la desplegó en toda su
nueva respetabilidad.
Puesto que el pensamiento geológico ha cambiado muy significativamente a partir
de 1925. en que se publicó por primera vez la teoría de Lewis Spence, resulta
un ejemplo interesante de la renuencia con que teorías apreciadas se abandonan
después para descubrir, en una reedición póstuma de los trabajos de Spence, en
1968, que su teoría sobre el enclave en que estaba la Atlántida es,
simplemente, replanteada, para lo cual el lector debe dirigirse a la edición
original a fin de hallar los argumentos geológicos que se esgrimieron para
afirmarla. Tales argumentos, que se extendieron durante cincuenta años, se llaman
las ideas de la «geología moderna».
[58] Cada estadio equivale
a unos 606 pies, o sea, unos 182 metros (N. del T.)
[59] En
las erupciones volcánicas, con frecuencia se ha observado que ¡a fuerza de
paroxismos individuales es directamente proporcional al tiempo transcurrido
desde la última que se produjo, porque, si los demás factores son iguales,
cuanto mayor es el intervalo, mayor es la presión del gas que se acumula.
[60] Lengua
de un pueblo del sur de Anatolia (N. del T.)
[61] Galanopoulos
y Bacon relatan incidentes con la brigada de bomberos, pero no relacionados
específicamente con Faetón.


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